Libro N° 9578. Reinos olvidados - 1 - Las tablas del Destino. Awlinson, Richard.
© Libro N° 9578. Reinos olvidados - 1 - Las tablas del
Destino. Awlinson, Richard. Emancipación. Febrero
12 de 2022.
Título original: © Shadowdale
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Original: © Reinos olvidados - 1 - Las tablas del Destino. Richard
Awlinson
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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Reinos olvidados - 1
LAS TABLAS DEL DESTINO
Richard Awlinson
Reinos olvidados - 1
LAS TABLAS DEL DESTINO
Richard Awlinson
REINOS OLVIDADOS
Volumen I de Avatar
LAS TABLAS DEL
DESTINO
Richard Awlinson
TIMUN MAS
Ilustración de cubierta: Pauline Martin
Título original: Shadowdale
Traducción: Sofía Noguera
© 1989,
1991 TSR, Inc. All right reserved FORGOTTEN REALMS™ (Fantasy Adventure) is a
trademark owned by TSR, Inc., Lake Geneva, WI USA
Derechos exclusivos de edición en lengua
castellana: Grupo Editorial Ceac, S.A., Timun Mas es marca
registrada por Grupo Editorial Ceac, S.A. ISBN:
84-7722-720-9 (Obra completa)
ISBN: 84-7722-721-7 (Volumen I)
Depósito legal: B. 24.938- Hurope, S.L.
Impreso en España - Printed in Spain Grupo
Editorial Ceac, S.A. Perú, 164 - 08020 Barcelona Dedico este libro a Anna,
Frank, Patricia,
Gregory, Laura, Marie, Millie, Bill, Christie,
Martin, Michele, Tom, Lee, Joan,
Allison, Larry, Jim y Mary, en agradecimiento a su
amabilidad y ayuda.
Prólogo
Helm, la divinidad de los Ojos en Vela, dios de los
Guardianes, permanecía vigilante observando a los dioses, sus compañeros. La
reunión estaba al completo. Dioses, semidioses y elementales, todos habían
hecho acto de presencia. Las paredes del gran panteón que albergaba a las
deidades habían desaparecido hacía tiempo, pero las ventanas, suspendidas en el
aire, permanecían allí, y por ellas Helm miraba un universo que se precipitaba
hacia la degeneración. El panteón, con sus altares inacabados, se levantaba en
el corazón mismo de esa inexorable degeneración; se había construido en una
isla capaz sólo de albergar el lugar de encuentro de los dioses. En el
exterior, un sendero de escalones grises en vías de desmoronarse flotaba sobre
el mar decadente hacia un destino que se hallaba más allá de la visión de los
dioses. Era el único camino para escapar del panteón, pero ninguna de las
divinidades era tan estúpida como para adentrarse la primera por aquellas
piedras escarpadas, ante el temor de que el sendero pudiese llevarla a un lugar
todavía más espantoso. La atmósfera que rodeaba la isla era una lona de color
marfil salpicada de estrellas negras. En la tela ardían unas luces tan
brillantes que ni siquiera los ojos de los dioses podían mirarlas mucho rato.
Los rayos de estas luces formaban runas y Helm se estremeció al leerlas.
Todo lo que ha sido, ha desaparecido. Todo lo que
hemos conocido, todo en lo que hemos creído, es una mentira. El tiempo de los
dioses toca a su fin.
Luego las runas se desvanecieron. Helm se preguntó
si alguno de los dioses allí reunidos habría enviado ese mensaje enigmático en
un intento de asustar a los demás, pero descartó la idea. Sabía que el poder
que había mandado las runas era mucho mayor que el de los dioses que lo
rodeaban.
Helm escuchó el monótono rugido del trueno mientras
se acercaban unas gigantescas nubes grises con vetas de relámpagos negros, y
las sombras envolvían el panteón. Las nubes oscurecían el puro azul del cielo y
los escalones que salían del panteón se desmoronaron precipitándose dentro del
enorme mar decadente. Helm había sido el primero en ser convocado. Estaba en su
templo, meditando sobre sus recientes fracasos como guardián de lord Ao, y un
instante después se encontraba solo en el panteón. Los demás dioses, sus
compañeros, no tardaron en aparecer. Estaban desorientados, desfallecidos por
el largo viaje hasta aquel lugar apartado de todo lo que se conocía.
Las citaciones habían llegado con el rostro y la
forma de lo que cada dios más temía. A Mystra, diosa de la Magia, como un
heraldo del caos mágico. A la hermosa Sune, Cabellos de Fuego, diosa del Amor y
la Belleza, en forma de una criatura demacrada y consumida por el cáncer, que
se lamentaba a gritos por su suerte a la vez que dejaba a Sune a la suya. A
lord Black, Bane, la convocatoria le llegó en forma de absoluto amor y
compresión, cuya luz abrasaba su esencia mientras lo sacaba de su reino.
Helm no tuvo más que desviar ligeramente la mirada
para ver a lord Bane, lady Mystra y lord Myrkul enfrascados en una acalorada
discusión que llegó a su punto álgido cuando Mystra se alejó hecha un huracán
en busca de una compañía más apropiada. Helm miró en otra dirección y vio a
Llira, diosa de la Alegría, que, con una expresión preocupada, se retorcía las
manos irreflexiblemente, para luego caer en la
cuenta y bajar la vista, horrorizada, hacia sus
manos. Junto a ella, Ilmater, dios del Sufrimiento, no pudo contener un
ininterrumpido torrente de carcajadas al tiempo que bailaba sin moverse de
sitio y murmuraba comentarios maliciosos que no iban dirigidos a nadie en
particular. Mientras Helm estudiaba los rostros de los dioses, le rodeó un
pequeño grupo de deidades a las que no las había afectado de forma tan
traumática las citaciones. El dios de los Guardianes trató de ignorar las
súplicas de los dioses, cuya dignidad, aparentemente, ya no les importaba, pues
lamentándose se aferraban a él en busca de más información.
—¡Mi casa fue destruida!
—¡Mi templo en las Esferas fue destrozado! Uno tras
otro los dioses fueron repitiendo sus quejas, pero Helm era sordo a sus
súplicas.
—Ao ha ordenado una convocatoria. Todo se explicará
en su momento —les dijo Helm a cada uno de ellos, pero no tardó en cansarse de
repetirlo y al final se alejó del pequeño grupo de dioses.
Helm, mientras meditaba sobre la voluntad de su
inmortal señor, Ao, llegó a la conclusión de que se iba a producir un cambio.
No le cabía la menor duda. La voluntad de Ao era tan grande que, elevado sobre
la vorágine brumosa del Caos al principio de los tiempos, se puso a crear un
equilibrio entre las fuerzas de la Ley y del Caos. De este equilibrio salió la
vida; primero con la creación de los dioses en los cielos, luego con los
mortales en los Reinos. Ao, creador de todas las cosas, escogió a Helm como su
brazo derecho. Y Helm sabía que era el poder de Ao el que había llevado a los
dioses a aquel lugar de locura y confusión. Mientras Helm seguía absorto en sus
pensamientos, se adelantó Talos, dios de las Tormentas.
—¡Oye, basta de supercherías! ¡Si nuestro señor
tiene algo que decirnos, que hable, que su sabiduría llene nuestros corazones
rotos y nuestras mentes vacías! —Talos dijo «sabiduría» con todo el desprecio
que pudo reunir, pero no convenció a los demás. Su miedo era tan evidente como
el del resto de asistentes. El desafío de Talos, dios de las Tormentas, no fue
secundado por los que estaban a su lado y todos se alejaron de él. En medio del
silencio que siguió al arranque de cólera de Talos la respuesta que hubo fue
más desconcertante que cualquier proclamación; en medio del silencio se oyó la
resolución de la sentencia de Ao. Fue entonces cuando los dioses comprendieron
que su suerte, cualquiera que fuese, se había decidido mucho antes de la
convocatoria. Aquel silencio invadió la sala, pero no tardó en romperse.
—¡Guardianes del Equilibrio, me dirijo a todos y a
cada uno de vosotros! Era la voz de Ao. En ella se escuchaba el poder de un ser
tan grande que los dioses, en respuesta, se apresuraron a ponerse de rodillas.
Únicamente lord Bane se las ingenió para apoyar una sola rodilla en el frío
suelo del panteón. —¡Vuestra herencia fue de las más nobles! —continuó—.
Vuestro era el poder de mantener a distancia la omnipresente amenaza del
desequilibrio entre la Ley y el Caos, y sin embargo optasteis por actuar como
niños, recurriendo al robo en vuestra sed de poder...
Bane se preguntó si el ser que había dado vida a
los dioses mucho tiempo atrás, llamaba ahora a aquel lugar a los seres que
había creado con el fin de enmendar su error y empezar de nuevo.
—Tu futuro puede ser la extinción, Bane —proclamó
Ao, como si lord Black hubiese expresado sus
pensamientos en voz alta—. Pero no dejes que esto
te inquiete;
sería un fin mucho más misericordioso comparado con
el que te espera a ti y a los otros
dioses que han defraudado mi confianza.
Helm se adelantó.
—Lord Ao, las Tablas estaban bajo mi custodia, deja
que... —Silencio, Helm, no vayas a sufrir su misma suerte. Helm se volvió y se
plantó de cara al grupo de dioses. —Cuando menos sabed cuál ha sido vuestro
delito: han robado las Tablas del Destino.
Un rayo de luz brilló en la oscuridad y envolvió al
dios de los Guardianes. Unas sutiles llamas blancas rodearon las muñecas y los
tobillos de Helm y éste fue levantado a una distancia insondable, más allá de
los sentidos de los otros dioses, que, sin dejar de observar, se quedaron
prácticamente sin respiración. Helm, que nunca había sido levitado, rechinó los
dientes indefenso mientras miraba una zona de tinieblas de una intensidad jamás
vista, unas tinieblas que existían y ambicionaban consumir, y que eran la ira
de lord Ao.
—¿Estás con tus compañeros y no con tu señor, buen
Helm? —Sí —contestó el dios con los dientes apretados. Helm fue bajado
bruscamente, y su descenso fue demasiado rápido y demasiado brutal para poder
ser seguido por los sentidos de los otros dioses. Ensangrentado y amoratado por
el golpe, Helm hizo un esfuerzo para levantarse y volver a enfrentarse a su
señor, pero el cometido estaba más allá de sus fuerzas. Sus compañeros los
dioses no movieron un dedo para ayudarlo, tampoco miraron sus ojos implorantes
cuando cayó boca abajo sobre el suelo de piedra del panteón. Unos haces de luz
que aparecían de vez en cuando dejaron al descubierto unas franjas negras de
energía que se iban acercando a los dioses. —No volveréis a sentaros en
vuestras torres de cristal, mirando a los Reinos postrados a vuestros pies como
si hubiesen sido creados sólo para divertiros. —El exilio —murmuró Bane,
jadeante.
—Sí —dijo lord Myrkul, dios de la Muerte, con un
escalofrío que alcanzó el centro de su alma exánime.
—¡No volveréis a ignorar el verdadero propósito
para el cual se os dio vida! Conoceréis vuestras transgresiones y las
recordaréis eternamente. Habéis pecado contra vuestro señor y seréis
castigados. Bane sintió que las tinieblas en forma de espirales se acercaban.
—¡El ladrón! —gritó Mystra—. ¡Deja que descubramos la identidad del ladrón y te
devolvamos las Tablas!
Tyr, dios de la Justicia, levantó implorante los
brazos. —¡No nos hagas pagar por la necedad de uno solo de nuestros hermanos,
lord Ao! —Las tinieblas restallaron como un latigazo en el rostro de Tyr, que
se desplomó hacia atrás gritando y tocándose sus inservibles ojos. —¡No veis
sino la salvación de vuestra propia piel! Los dioses guardaron silencio y las
franjas oscuras se fueron deslizando entre ellos como dardos, juntando a los
dioses como si los estuviesen reuniendo en manadas a fin de crear un solo blanco
para la cólera de Ao. Los dioses gritaron, algunos de miedo, otros de dolor. No
estaban acostumbrados a ser tratados de aquella forma. —¡Cobardes! El robo de
las Tablas ha sido la afrenta final. Me las devolveréis. Pero, primero,
pagaréis el precio de un milenio de decepciones. Bane se mantenía firme contra
las franjas de energía, pero de repente las cortantes hebras tenebrosas
irrumpieron convirtiéndose en unas cegadoras llamas de luz fría y azul que lo
abrasaron. Dio la espalda a la luz y vislumbró a Mystra, que también se
mantenía firme con una ligera sonrisa grabada en su
rostro. A continuación las franjas
cogieron a Bane, y su mundo se volvió doloroso como
sólo un dios podía llegar a imaginar o soportar.
Después de una eternidad de tormentos, las oscuras
franjas abarcaron a todos los dioses y los juntaron
estrechamente. Sólo entonces pudieron las deidades
volver a recobrar el movimiento y el pensamiento.
Y el miedo que conocían íntimamente.
Lord Talos consiguió finalmente hablar. Su voz era
débil y ronca, sus palabras surgieron en forma de asustados gritos sofocados.
—¿Se ha acabado? ¿Es posible que esto haya sido todo? Dio de repente la
impresión de que el panteón desaparecía y los dioses, todavía juntos, se
encontraron mirando de lleno
lo que más aterrorizaba a cada uno de ellos: el
caos, el dolor, el amor, la vida, la ignorancia. Y, asimismo, cada dios y cada
diosa vio allí su propia destrucción.
—Esto no ha sido más que una muestra de mi ira.
¡Bebeos ahora un vaso entero de verdadera rabia divina!
Se oyó entonces un ruido distinto a cualquier otro.
Los dioses gritaron.
Mystra luchó para retener algún control mientras
era lanzada a plomo por un fantástico vórtice que desafiaba a la realidad.
Sufrió indeciblemente cuando le quitó la divinidad. Pero la diosa de la Magia
no soportaba sola sus tormentos. Todos los dioses, salvo Helm, fueron
expulsados de los cielos. Al cabo de un tiempo, Mystra se despertó en los
Reinos. Se quedó consternada al comprobar que su forma se había reducido a su
esencia original. Su cuerpo era más pequeño que una masa brillante de luz
azulada. —Os encarnaréis —la voz de Ao resonó en su mente—. Poseeréis el cuerpo
de un mortal y viviréis como humanos. Quizás apreciéis ahora lo que antes
dabais por sentado. Después de esto, se encontró sola.
La diosa caída permaneció inmóvil un momento
mientras las palabras de lord Ao daban vueltas en su cabeza. Si iba a
encarnarse, a poseer un cuerpo de carne y hueso, significaba que Ao tenía
realmente la intención de expulsar a los dioses de las Esferas. A pesar de que
Mystra sospechaba que Ao castigaría a sus servidores por sus fallos —y se había
preparado ocultando una parte de su poder en los Reinos—, a la diosa le
resultaba sencillamente imposible asimilar la pérdida de su condición, la
pérdida de su hermoso palacio en los cielos.
Mystra miró a su alrededor y se estremeció, en la
medida en que podía hacerlo en su estado informe. Los mortales considerarían
muy atractiva la tierra que la rodeaba; unas montañas onduladas se extendían
alrededor de la diosa de la Magia y un castillo antiguo en ruinas dominaba el
horizonte por el oeste. Mystra pensó que sí, que a muchos humanos aquella
escena les parecería tranquila, pero para ella era una cosa repelente y
antiestética comparada con su casa. El dominio de Mystra estaba en Nirvana, la
esfera de la Ley fundamental. Se trataba de una infinita zona organizada
perfectamente y de un modo estricto donde la luz y la oscuridad, el calor y el
frío, estaban equilibrados. A diferencia del caótico paisaje de los Reinos,
Nirvana estaba estructurado como el interior de un inmenso reloj, con unos
engranajes idénticos y metódicos que trabajaban al unísono. En cada uno de
estos engranajes descansaba el reino de uno de los dioses legítimos que
habitaban la esfera. Como es de suponer, para Mystra su reino era el más
hermoso de Nirvana; de hecho, el más hermoso de todas las Esferas.
La diosa de la Magia estudió el castillo en ruinas
un momento, luego maldijo a Ao
para sus adentros y pensó con amargura que ni
siquiera cuando aquellas ruinas eran un castillo recién construido iban más
allá de un armario de su casa; y la imagen de su magnífico y deslumbrador
palacio surgió espontáneamente en su mente. El castillo que llenaba su reino
estaba construido con pura energía mágica, llevada directamente del tejido
mágico que rodeaba Faerun. Como todo lo demás en Nirvana, el palacio estaba
estructurado de forma perfecta y era eterno. Sus torres tenían exactamente la
misma altura, sus ventanas las mismas dimensiones, incluso los ladrillos
entretejidos de magia que formaban el castillo eran idénticos unos a otros. Y
en el centro de la casa de Mystra estaba su biblioteca, que contenía todos y
cada uno de los libros y manuscritos donde constaban todos los hechizos
conocidos en el mundo, y algunos que todavía no habían sido descubiertos.
Mystra dirigió la mirada a los oscuros nubarrones
que encapotaban el cielo. —Volveré a tener mi casa, Ao —dijo en voz baja—. Y no
tardaré en conseguirlo. Mientras la diosa de la Magia observaba las
amenazadoras nubes, distinguió algo que brillaba en el aire. Al tratar de fijar
la mirada en la luz que parecía colgar de las nubes, se mareó. Creyó que se
debía a estar todavía confusa por el ataque de Ao y volvió a reparar en lo que
parpadeaba del cielo hasta el suelo cerca del castillo en ruinas. Al cabo de un
rato su visión se aclaró y reconoció la imagen vacilante que tenía ante sí: una
Escalera Celeste.
Una escalera que, mientras Mystra la miraba,
cambiaba continuamente. Era el sendero común que utilizaban los dioses para
viajar entre sus respectivas casas en las Esferas y los Reinos. Si bien Mystra
rara vez había usado los puentes que iban a Faerun,
sabía que había muchos en los Reinos y que llevaban a un nexo en los cielos. El
nexo, a su vez, conducía a todas las casas de los dioses. Mientras Mystra,
todavía con los ojos pesados, miraba la escalera, ésta se transformó. De una
larga espiral de madera cambió a una hermosa escalera de mano de mármol. La
diosa comprendió luego por qué le costaba tanto fijar la vista en la Escalera
Celeste: sólo podían verla los dioses o los mortales con un gran poder. Y ella
no era ninguna de estas cosas.
El hecho de darse cuenta de ello, la estimuló a
actuar y se dispuso a recuperar la parte de poder que había escondido con uno
de sus leales en los Reinos pocas horas antes de la convocatoria de Ao. Mystra
empezó a lanzar un hechizo para localizar el escondite del poder. Incluso con
su forma nebulosa, la diosa de la Magia llevó fácilmente a cabo los complicados
gestos y pronunció el conjuro necesario para el hechizo. Pero una vez hecho
esto, nada sucedió. —¡No! —gritó, y su voz resonó por las montañas—. No puedes
arrebatarme mi facultad, Ao. ¡No lo permitiré!
La diosa recurrió de nuevo al hechizo. Un pilar de
energía verde surgió de la tierra en erupción y se desplazó rápidamente para
envolver a Mystra. Gritó cuando la energía atacó su forma insustancial y rayos
de luz verde atravesaron la vaporosa nube azulada que era la diosa de la Magia,
haciendo que Mystra gritase por el dolor. Durante los segundos que
transcurrieron antes de perder completamente el conocimiento, su vista descansó
en las nubes negras que giraban alrededor de la deslumbrante Escalera Celeste.
En lo alto de la escalera, en el nexo de las
Esferas, lord Helm, dios de los Guardianes, observaba cómo Mystra era atacada
hasta perder el sentido por el hechizo malogrado. Helm estaba todavía amoratado
y ensangrentado por la furia de Ao, pero a diferencia de los otros dioses,
seguía reteniendo la forma que adoptaba normalmente en las Esferas: la de un
guerrero gigante con armadura y ojos impenetrables pintados en
sus guanteletes de acero.
Los ojos de Helm eran claros, pero cuando se volvió
y levantó la mirada hacia la palpitante nube negra que colgaba sobre él,
reflejaron una enorme tristeza. —¿Y mi castigo, lord Ao?
Reinó el silencio. Cuando Ao habló, Helm asintió
inclinando lentamente la cabeza. La respuesta a su pregunta no era inesperada.
1
Los despertares
El más fuerte aguacero que había sufrido la ciudad
de Zhentil Keep en todo el año era el que ahora inundaba sus calles estrechas.
Trannus Kialton, sin embargo, no lo advertía. Nada podía perturbar su sueño.
Compartía la pequeña habitación alquilada con la hermosa y solitaria Angelique
Cantaran, esposa de uno de los más acaudalados importadores de especias de la
ciudad. Las contraventanas de la habitación se estremecieron impotentes ante
las fuerzas que se desencadenaban en el exterior. Sólo una fresca brisa, que,
de repente, pareció adquirir forma e incorporarse a la oscuridad, amenazaba con
despertarlo, después de flotar por el cuarto hasta el hombre dormido y
desaparecer entre sus labios ligeramente entreabiertos. El trueno retumbaba sin
cesar. Trannus soñaba con un lugar oscuro donde sólo los gritos de los
moribundos animaban al ser que allí residía, que no era más que una figura vaga
sentada en un trono de calaveras incrustadas de alhajas. Unos ardientes vapores
rojos entraban y salían por las cuencas de los ojos de las calaveras, para
luego desaparecer en las mandíbulas de otras calaveras que se abrían y cerraban
como si gritaran incluso mucho después de que sus agonías hubieran llegado a su
fin. La figura del que se sentaba en el trono hecho con calaveras era demasiado
grande para ser un hombre, sin embargo tenía una apariencia vagamente humana.
Llevaba ropa negra, sólo de trecho en trecho una lista roja rompía la
monotonía. En la mano derecha portaba un guantelete incrustado de alhajas, con
unas rayas de sangre indelebles. La sala del trono estaba envuelta en una
niebla azulada. Aun cuando parecía que no había paredes, ni techos ni suelos,
flotaba una sensación de agobio que conseguía aplacar lo suficiente a aquellos
desdichados antes de ser lanzados a la diabólica sala donde,
después de levantar la mirada hacia el auténtico
rostro del terrible ser del trono, transcurrirían los momentos finales de su
vida. Ahora, sin embargo, aquel ser terrible parecía contento de estar solo,
con la mirada clavada en un cáliz de oro lleno de lágrimas de sus enemigos. El
lord de aquel terrible lugar, el dios Bane, levantó de pronto los ojos hacia el
durmiente y levantó la copa como para brindar. Trannus se despertó
sobresaltado, como si le faltara el aire. Era como si hubiese estado tan entregado
al sueño que se hubiera olvidado de respirar. Pensó que era una tontería, pero
tenía las manos y los pies entumecidos y tuvo que saltar de la cama para
ahuyentar aquella sensación de los miembros, recorridos por un intenso
hormigueo. Sintió un deseo vehemente de vestirse y no tardó en caer sobre su
piel el frío tacto del cuero. Angelique se movió y alargó una mano sonriendo.
—Trannus —le llamó, nada satisfecha de tener como compañero sólo el calor que
el cuerpo del hombre había dejado en las sedosas sábanas. Levantó una mano y se
apartó el cabello de los ojos—. ¿Te has vestido ya? —dijo, como tratando de
convencerse de este hecho y a la vez de encontrar una razón para ello. —Tengo
que marcharme —se limitó a decir él, aun sin saber adónde se dirigía. Todo lo
que sentía era una urgente necesidad de salir de aquel edificio. —Vuelve pronto
—rogó ella mientras se instalaba en el reconfortante abrazo del colchón blando
como las plumas con una expresión soñadora que se hacía eco de la
confianza que tenía en su regreso.
Trannus la miró y le embargó súbitamente la certeza
de que no volvería a verla nunca más. Cuando se marchó, cerró la puerta al
salir. Fuera, la fuerte lluvia lo caló hasta los huesos y entre deslumbrantes
relámpagos fueron apareciendo las calles de la ciudad. Parecía estar solo, pero
demasiado bien sabía que no era para fiarse de las apariencias. Las calles de
Zhentil Keep nunca estaban completamente desiertas, gracias a la continua
habilidad de asesinos y ladrones para enseñarles a dar esa impresión. En Zhentil
Keep las sombras vivían y hasta respiraban, los monstruos cuchicheaban con sus
voces chillonas y desabridas desde sus oscuros escondrijos. Aunque parecía
extraño, se había quedado solo y se permitía pasar por el peligroso laberinto
como si el camino lo hubiese despejado ante él un heraldo a quien nadie se
hubiese atrevido a acercarse.
Mientras caminaba, Trannus pensaba en el sueño.
Imaginaba que las calles brillaban por la sangre de sus enemigos y que la
lluvia que caía lo acariciaba como las lágrimas de sus viudas. Cayó un rayo que
desprendió un trozo de la pared cercana, yendo a caer alrededor de él unos
escombros. El clérigo siguió caminando, ajeno a todo menos a la llamada de la
sirena que daba fuerza a sus piernas cansadas, resolución a su cerebro
embrutecido y deseo a su corazón apagado. Trannus sólo se preguntaba por qué
él, un humilde sacerdote al servicio de Bane, había tenido aquella visión, por
qué él había sido bendecido con aquel deseo.
Delante tenía el templo de Bane. Trannus se detuvo
un momento, paralizado por aquella visión. El Templo de las Tinieblas era una
silueta que se destacaba en el cielo nocturno, con unas torres imponentes que
destacaban como negras espadas a la espera de atravesar a un insospechado
enemigo. Incluso cuando el relámpago resplandecía, envolviendo al mundo en su
intensa luz, el templo seguía apareciendo negro, sin dejar al descubierto
siquiera una sola grieta de su fachada de granito. Circulaba el rumor de que el
templo había sido construido en Acheron, la dimensión secreta de Bane, para
luego ser llevado a Zhentil Keep piedra a piedra, y que la cola que unía el
cemento del templo era un río de sangre y sufrimiento.
Le sorprendió a Trannus no encontrar ni un solo
guardia paseando de arriba abajo por los contornos del templo. Luego oyó la
risa del guardia y su compañero cuando éstos surgieron de las sombras en
dirección a él. El ruido le produjo tal rabia que la furia de la tormenta era
sólo un eco de la suya. Trannus levantó la vista y vio a través de la lluvia
unas densas nubes que se deslizaban veloces por el cielo, desplazándose
increíblemente en direcciones opuestas unas con respecto a las otras. De pronto
el cielo pareció arder en llamas, cayeron rayos, las nubes blancas se
partieron, las estrellas desaparecieron de la vista, cayeron con estrépito
enormes esferas en llamas y una bola de fuego voló y se acercó
todavía más que las otras para adquirir a
continuación espantosas proporciones; fue entonces cuando Trannus se dio cuenta
de que aquella bola se dirigía al templo. No hubo tiempo para dar aviso antes
de que la esfera se estrellase contra el Templo de las Tinieblas. Trannus se
quedó clavado al suelo, y vio cómo las agujas de granito adquirían un brillo
amarillo rojizo y luego se convertían en una masa derretida. Escombros y
cascotes volaban a su alrededor, pero él salió ileso. A continuación el clérigo
observó cómo las paredes se derrumbaban hacia el interior y el Templo de las
Tinieblas se iluminaba de rojo. Cuando los ladrillos, el metal y el cristal se
redujeron a deslumbrantes cenizas en cuestión de segundos, dio la impresión de
que la sangre y los tormentos de sus anteriores víctimas se habían desbordado y
tomado forma. Al final, allí donde había habido un templo, no quedaban más que
unas ruinas en llamas. Trannus avanzó hacia los restos del templo y se preguntó
si no estaría todavía
soñando.
Los derretidos escombros que humeaban bajo sus pies
no le quemaban, y las violentas llamas que abarcaba su visión, no hacían más
que chisporrotear y apagarse a medida que se iba acercando, dejándole un
sendero en el centro del desastre. Las llamas volvían a adquirir forma y a
reanudar su fanático baile apenas él había pasado. Por las paredes,
parcialmente en pie, supo Trannus que se hallaba cerca de la sala del trono de
su señor, y se detuvo cuando el objeto de su búsqueda apareció ante él. El
trono negro de Bane estaba intacto. Unas tenues y blancas nieblas flotaban ante
Trannus y unas formas fantasmales le rodearon con suavidad las muñecas para
arrastrarlo, ingrávido, hasta el trono. Era un sitial, donde sólo un gigante
podía descansar cómodamente y, junto a él, había una réplica, hecha a propósito
para ser utilizada por un hombre. El guantelete incrustado de joyas del sueño
de Trannus descansaba sobre el trono pequeño.
Trannus sonrió. Por vez primera su corazón conoció
la alegría y su espíritu la liberación. Aquél era su destino: gobernar un
imperio de tinieblas. Sus sueños de poder se veían recompensados.
Cogió sumiso el guantelete y se estremeció al
sentir que lo recorría una oleada de poder. Una de las alhajas se convirtió de
pronto en un ojo rojo que brillaba al abrirse y seguía los movimientos del
sacerdote, si bien Trannus era completamente ajeno a aquella intromisión en su
ceremonia privada. Unos misteriosos riachuelos de oro y plata fluyeron del
guantelete tan pronto como Trannus se lo puso, con recelo, y un dolor
penetrante atravesó su brazo al corromper su sangre una llama diabólica. Una
profunda oscuridad envolvió el corazón del clérigo que latía aceleradamente y
su sangre se le heló en el cerebro arrastrando consigo todo rastro de la
anterior conciencia del hombre. Las palabras «mi señor» se escaparon de sus
labios y un soplo de niebla blanca le arrebató el alma de su cuerpo. Lord Black
miró con sus frágiles ojos humanos y sintió una debilidad repentina. Se
aferraba al trono negro en busca de apoyo y su mente, ahora limitada
patéticamente a la comprensión humana, le daba vueltas y trataba de entender
los cambios que se producían en él al mutarse en humano. Ya no podía ver más
allá del velo mortal, ni leer en él, ni influir en el momento y el modo de
morir de quienes componían su séquito. Ya no podía ver detrás de las mentiras y
las circunstancias desdichadas ni presionar con fuerza en el alma humana para
conocer la verdad que sólo se encuentra en la parte más profunda de la
conciencia. Y ya no podía presenciar simultáneamente un número casi infinito de
acontecimientos, y comentarlos y abordarlos en perfecta armonía mientras
ocupaba su mente en otras actividades.
—Ao, ¿qué me has hecho? —gritó Bane, y notó que la
suave piedra del trono se desmoronaba bajo sus fuertes dedos. Hizo un esfuerzo
para controlar su rabia. No tardarían en llegar los cientos de adoradores a
quienes había visitado en sueños, y tendría que estar preparado.
El dios de la Lucha se sentó en el trono pequeño,
también negro, tratando de ignorar el que antes había sido suyo. Pensó que sus
seguidores lo mirarían, sin ver más que una forma humana, uno de su especie que
se había vuelto loco al afirmar haber sido castigado y estar poseído por su
dios. Después de torturar su cuerpo para sonsacarle quién había destruido el
templo, lo matarían. Lord Black sabía, por consiguiente, que para impresionar a
sus adoradores debía tener un aspecto más que humano. Recordó el rostro que se
había otorgado en el sueño y se dispuso a adoptarlo. Sabía por sus seguidores
que bajo
el templo había una habitación con tesoros, de modo
que formó la imagen de un anillo de jade y pronunció un hechizo que elevaría el
objeto hasta su mano. Un momento más tarde, armado con el
anillo, empezó a recitar, con movimientos perfectos
y elegantes, otro encantamiento
para cambiar de forma. Así lo requería el hechizo.
Empezó por los ojos, introduciendo unos globos en llamas dentro del cráneo
humano. La piel que rodea los ojos no aceptó esta tensión, de modo que a Bane
se le mudó la carne blanca hasta convertirse en negra totalmente chamuscada y
correosa con colgajos que dejaban parcialmente al descubierto una ruina secreta
y misteriosa. Al propio cráneo le creció una especie de afiladas agujas que
sobresalían de la carne ennegrecida hasta tener su rostro el aspecto más horrible
que imaginarse pueda, sin dejar por ello de ser humano.
Las manos de Bane se convirtieron en garras capaces
de desgarrar carne, huesos y triturar acero. Ahora le resultaba doloroso llevar
el guantelete, pero sabía que no tenía otra alternativa si deseaba impresionar
a sus adoradores. Además, ya oía las firmes pisadas de sus sacerdotes, de los
soldados y de los magos que se abrían paso por las ruinas en dirección a la
destrozada sala del trono. Bane presintió que algo iba mal con el hechizo.
Estaba seguro de haber dicho bien el conjuro, pero la fuerza que se agitaba
dentro de él, llevando a cabo los cambios por él deseados, había creado un
impulso que no se detenía, a pesar de las órdenes mentales que él daba. Pareció
como si el aire que lo rodeaba se hubiese solidificado y estuviese a punto de
triturarle la vida y sacársela de dentro. Hubo un momento que sintió verdadero
pánico humano y trató de poner fin al hechizo. Pero, por el contrario,
descubrió que su nueva forma estaba recubierta de cuero negro y de apelmazada
sangre rojiza. Lord Black hizo añicos el anillo en un intento de neutralizar el
hechizo, cuyo control se le había ido de las manos. Pero en lugar de recobrar
forma humana, los efectos del hechizo no desaparecían y conservaba la forma
monstruosa que había creado.
Bane no tuvo tiempo de ponderar la extraña reacción
del hechizo. Apareció el primero de los componentes de su grey, bien armado,
dispuesto a destruir al profanador del Templo de las Tinieblas. Lord Black no
dio a su seguidor oportunidad de hablar, se levantó del trono y comenzó a
mascullar: — Arrodíllate ante tu dios —se limitó a decir Bane, con el
guantelete sagrado sobre la espantosa cabeza de su mutación. El clérigo
reconoció al instante el artefacto y obedeció con expresión consternada en su
rostro. A medida que los demás adoradores fueron irrumpiendo en el templo,
hicieron lo propio. Bane miró las aterrorizadas caras de sus seguidores y
contuvo las carcajadas que se habían desencadenado en su interior.
Medianoche cerró los ojos y sintió que el sol
matutino la bañaba y unos suaves dedos cálidos acariciaban su rostro. Eran
aquellos momentos sencillos en los que el recuerdo dulce de la vida sorprendía
a la maga, capaz de disfrutar del bienaventurado olvido de las pruebas a las
que se había visto sometida recientemente. Medianoche llevaba caminando por los
Reinos cerca de veinticinco años y, en su opinión, pocas cosas había ya que
pudieran sorprenderla. Sabía que debía haber aprendido más de la experiencia, sobre
todo teniendo en cuenta que sus circunstancias actuales eran, como mínimo,
bastante insólitas.
Su ropa, su armamento y sus libros estaban
cuidadosamente colocados sobre una cómoda de hermosa artesanía que había en el
otro extremo de la habitación decorada con elegancia, como si el que se ocupó
de aquellos objetos hubiese querido que las pertenencias de Medianoche
estuviesen a la vista. Hasta las dagas estaban a su alcance. Medianoche
descubrió que iba vestida con un camisón de fina seda, del color de la primera
escarcha del invierno, blanco con ligeras tonalidades celestes.
La joven se apresuró a examinar los libros y
respiró aliviada al encontrarlos
intactos. Seguidamente se dirigió a la ventana y la
abrió, dejando así entrar el aire fresco. Le costó un poco abrir la ventana,
como si la hubiesen cerrado herméticamente y nadie hubiese vuelto a tocarla en
muchos años. Pero, en cambio, la habitación estaba inmaculada, lo que
significaba que la habían limpiado recientemente. Cuando se retiró de la
ventana, Medianoche distinguió un espejo con marco de oro y la imagen que éste
le devolvió la dejó desconcertada. El pelo de Medianoche, que le llegaba hasta
la cintura, aparecía lavado y cepillado con gran
cuidado. En las mejillas vio el rubor artificial, pero no por ello menos sutil,
de una joven doncella. Sus labios aparecían pintados de carmesí, cosa insólita
en ella, y alguien había aplicado una delicadísima sombra de color burdeos
sobre sus ojos. Incluso se había suavizado el tono de su bien proporcionado
cuerpo. En comparación con la imagen sudorosa y desmelenada que había soportado
una horrible tormenta en su camino hasta Arabel la noche anterior, la mujer
cuyo reflejo le devolvía el espejo era casi una diosa capaz de seducir y reunir
un séquito con su encanto sobrenatural.
Medianoche se llevó la mano a la garganta y, bajo
el camisón notó el frío acero del medallón.
Se quitó el camisón, se acercó al espejo, se
desprendió de la ropa y examinó mejor el medallón. Era una estrella azul y
blanca, con franjas de energía que se movían por la superficie como diminutos
rayos. Dio la vuelta al medallón para ver su dorso, y sintió un ligero tirón en
la piel del cuello.
La cadena del medallón se había enganchado a su
piel. Necesitó de toda su concentración para lanzar un simple hechizo a la
estrella y detectar magia, pero el resultado del hechizo fue asombroso. Del
medallón surgió un haz de luz que iluminó toda la habitación. Aquella simple
pieza de joyería contenía un poder tan grande que le temblaban las rodillas y
la habitación se puso a girar ligeramente en torno a ella.
Medianoche se volvió hacia la cama, caminó hasta el
colchón de plumas y antes de tumbarse sobre él cayó de bruces. Apretó las
sábanas con los dedos y cerró con fuerza los ojos hasta que se le pasó el
vértigo que sentía; luego se puso boca arriba y volvió a mirar la habitación.
Sus pensamientos volaron a los incidentes del mes anterior. Menos de tres
semanas hacía que Medianoche se había incorporado a la Compañía del Lince, que
estaba bajo el mando de Knorrel Talbot, en el mar Interior. Talbot se había enterado
de la muerte del gran dragón wyrn a orillas del Wyvernwater. Aunque los
valientes héroes que habían abatido al viejo dragón no lo sabían, este animal
particular había atacado a unos enviados diplomáticos que cruzaban el desierto
de Anauroch.
Según el relato del único superviviente, el dragón
se tragó enteros a los diplomáticos, y con ellos las grandes riquezas que los
hombres llevaban consigo como regalo para el gobernador de Cormyr. Talbot
quería encontrar los restos del dragón y recuperar una serie de bolsas
mágicamente precintadas que se había tragado. Era un trabajo sucio, pero
también muy lucrativo. La búsqueda fue un éxito y la tarea de desprecintar las
bolsas recayó en Medianoche. Le llevó casi todo un día retirar las capas
protectoras con que los magos habían envuelto los objetos. Cuando finalmente
sacó las trampas mágicas, la compañía se quedó de piedra al comprobar que el
contenido de las bolsas no era otra cosa que lo que Talbot interpretó como
tratados y promesas de transacciones. Medianoche se quedó con la compañía y
Talbot les pagó los salarios con el oro reunido en una búsqueda anterior. Pero
hasta aquella noche Medianoche no tuvo
conocimiento de los asuntos secretos de Talbot.
Acababa de ser relevada de su servicio de
vigilancia por Goulart, un hombre fornido que apenas hablaba, y estaba
empezando a sumergirse en un profundo sueño cuando el murmullo de unas voces la
alertaron. Las voces se apagaron al instante y Medianoche fingió dormir, pero,
en verdad, estaba preparándose para defenderse. Al cabo de un rato volvieron a
escucharse las voces, y en esta ocasión Medianoche reconoció la de Talbot como
una de ellas. Lanzó un hechizo de clariaudición a fin de escuchar a escondidas
la conversación, y se enteró de que su misión no había sido un fracaso ni mucho
menos.
Los pergaminos contenían los nombres verdaderos de
muchos de los Magos Rojos de Thay. La información de los documentos la habían
obtenido varios espías al servicio del rey Azoun como seguro contra la
creciente amenaza del imperio del este. Con la información encontrada en los
pergaminos, podían destruir a los Magos Rojos. Medianoche había sido el último
miembro contratado por la compañía, y por una buena razón. Parys y Bartholeme
Guin, hermanos gemelos, eran en realidad los magos de la compañía. Se habían negado
a verse involucrados en la apertura de las bolsas, por temor al
hechicero superior del imperio lejano que las había
precintado. Obligaron a Talbot a contratar a otro mago para ese cometido, con
la intención de matarlo una vez hubiera realizado su trabajo.
Talbot, sin embargo, quería decirle la verdad a
Medianoche y darle la oportunidad de unirse a ellos para encontrar a los
enemigos de los Magos Rojos y subastar los pergaminos al mejor postor. Mientras
los hombres discutían, Medianoche utilizó su magia para robar los valiosos
pergaminos, escapar y ponerse a salvo. Medianoche viajó hacia el norte desde el
campamento del camino de Calanter, preocupada por el extraño comportamiento de
su caballo. Nunca le había inquietado al animal viajar de noche; era una yegua
ligera como el viento incluso en las horas más oscuras de la madrugada. Pero,
aquella noche, el bruto se negaba a aligerar su lento y cansino paso mientras
recorrían el trecho final de la, en apariencia, desierta carretera que conducía
a la ciudad amurallada de Arabel y al santuario. —Tenemos que llegar a la
ciudad esta noche —susurró Medianoche dulcemente, después de arrear al caballo
vociferando, despotricando, espoleando y gritando. Al cabo de un rato,
Medianoche empezó a inquietarse ante la idea de que los miembros de la compañía
pudiesen alcanzarla. Sin embargo, no había nadie a la vista en la carretera
despejada, ni tampoco había bosques cerca de la carretera, donde pudiera
ocultarse una emboscada.
Medianoche palpó los pergaminos sustraídos bajo la
capa. Talbot y sus hombres la estarían persiguiendo para recuperarlos. A pesar
de que no había leído las inscripciones, comprendía perfectamente el poder de
aquellos pergaminos; capaces de hacer tambalearse imperios lejanos. De pronto
el caballo se encabritó, sin que hubiera nada en el campo de visión de
Medianoche que justificase la alarma del animal. Se fijó en las estrellas.
Muchas se estaban apagando, luego volvieron a aparecer formando constelaciones.
En el momento en que Medianoche levantaba un brazo para protegerse, aparecieron
los hermanos Guin. Cabalgaban por el aire y atacaban tanto por delante como por
detrás. De la oscuridad que flanqueaba a Medianoche surgieron Talbot y el resto
de sus hombres, que se abalanzaron sobre ella.
Medianoche se defendió bien, pero ellos eran mucho
más numerosos. Sólo el hecho de estar en posesión de los pergaminos evitó que
la matasen al instante. Y cuando la golpearon y cayó del caballo, Medianoche
pidió ayuda a la diosa Mystra. «Te salvaré, hija mía —dijo una voz que sólo fue
audible para Medianoche—.
Pero sólo si mantienes a salvo mi sagrada
responsabilidad.»
—¡Sí, Mystra! —gritó Medianoche—. ¡Lo que tú
quieras! De las tinieblas surgió entonces, a una velocidad increíble, una
enorme bola de fuego azulado. Alcanzó a Medianoche y a sus enemigos,
envolviéndolos en un infierno cegador. Medianoche tuvo la sensación de que le
arrancaban el alma y la certeza de que iba a morir. Luego se cerró la noche.
Cuando se despertó, la carretera que aparecía ante
ella estaba quemada y todos los miembros de la Compañía del Lince habían
muerto. Los pergaminos estaban destrozados y su caballo había desaparecido. Un
extraño y hermoso medallón azulino colgaba del bronceado cuello de Medianoche.
La responsabilidad de Mystra.
Consternada, la maga siguió su camino a pie. Sólo
era vagamente consciente de la fuerte tormenta que se había desencadenado a su
alrededor. Si bien era de noche, la carretera por la que caminaba estaba
iluminada como si fuese mediodía. Continuó caminando en dirección a Arabel
hasta que, falta de fuerzas, se desplomó. Medianoche no recordaba nada desde el
momento en que cayó en la carretera hasta que se despertó en la desconocida
habitación donde se encontraba ahora. Tocó inconscientemente el medallón con los
dedos, y empezó a vestirse. Medianoche llegó a la conclusión de que,
evidentemente, la estrella era un recordatorio del favor que le había hecho
Mystra. Pero ¿por qué le pellizcaba la piel? Medianoche sacudió la cabeza.
«Supongo que tendré que esperar hasta que me llegue
la respuesta a esta pregunta», dijo la maga con tristeza. Habría
contestaciones, a su tiempo. Estaba segura de ello. Si le gustarían o no, ése
era otro cantar. Medianoche estaba deseando inspeccionar el entorno donde
estaba, de modo que se apresuró a
terminar de recoger sus cosas. Cuando se inclinó
sobre la bolsa para meter en ella su libro de hechizos y su ropa, una ligera
ráfaga de aire le advirtió que no estaba sola en aquellos aposentos
desconocidos; un instante después unas manos se posaron sobre su espalda.
—Milady —dijo una voz suave, y Medianoche se volvió
para ver de quién partía aquel amable requerimiento.
Ante sí tenía a una niña vestida con un camisón
rosa y blanco, que parecía exactamente una delicada rosa que floreciese en cada
movimiento. El pelo, largo hasta los hombros, enmarcaba su rostro y la
expresión que aparecía en sus atractivos rasgos era la de una niña asustada.
—Milady —volvió a decir la muchachita—, ¿estáis
bien? —Sí, estoy bien. ¡Vaya tormenta la de
anoche! —repuso Medianoche tratando de disipar los
temores de la niña mediante un comentario
trivial. —¿Una tormenta? —preguntó la niña con una
voz que apenas era un susurro. —Sí —contestó
Medianoche—. Supongo que oirías la tormenta que
descargó anoche. —El tono de Medianoche era
seco. No deseaba echar leña al fuego de los temores
de la niña, pero tampoco quería que le tomasen el
pelo con una ignorancia fingida.
La niña respiró profundamente.
—Anoche no hubo ninguna tormenta.
Medianoche miró a la niña y se quedó consternada al
ver reflejada la verdad en sus ojos. La maga volvió a mirar por la ventana
ladeando la cabeza, y el pelo negro que le llegaba hasta la cintura le cayó
hacia adelante ocultando su rostro. —¿Qué lugar es éste? —dijo por último
Medianoche. —Es nuestra casa. Vivimos aquí mi padre y yo, milady, y vos sois
nuestra
invitada.
Medianoche suspiró. Por lo menos no parecía estar
en peligro. —Yo soy Medianoche, del valle profundo. Acabo de despertarme y me
encuentro vestida como una gran dama cuando no soy más que una viajera y no
recuerdo haber llegado a vuestra casa —comentó Medianoche—. ¿Cómo te llamas? —
¡Annalee! —gritó una voz detrás de Medianoche. La niña se estremeció y se
recogió en sí misma mientras se volvía hacia la puerta, donde había un hombre
alto, delgado y fuerte, con finos cabellos castaños y una tosca barba de varios
días. Iba vestido con una túnica marrón claro sujeta por un grueso cinturón de
cuero. Unos galones dorados adornaban el cuello abierto y los anchos puños de
la prenda. Annalee pasó como flotando por delante de Medianoche y salió de la
habitación; a su paso el aroma de una fragancia embriagadora perfumó el aire.
—¿Serías tan amable de decirme dónde estoy y cómo he llegado aquí? Todo lo que
recuerdo es la devastadora tormenta de la que fuimos víctimas anoche —dijo
Medianoche.
—¡Oh, es extraordinario! —exclamó él a la vez que
se dejaba caer en el borde de la cama—. ¿Cómo te llamas, hermosa viajera?
Medianoche deseó en aquel momento conocer la frase adecuada para aceptar con
elegancia un cumplido. Como no era así, se limitó a apartar la vista, miró al
suelo y recitó obedientemente su nombre y el lugar de origen. —¿Y cómo te
llamas tú? —quiso saber Medianoche. Volvía a sentir la debilidad que había
experimentado poco antes y se vio obligada a sentarse en el borde de la cama.
—Soy Brehnan Mueller. Soy viudo, como sin duda
habrás adivinado. Mi hija y yo vivimos en esta casa de campo, en el bosque que
está al oeste del camino de Calanter. —Brehnan recorrió la habitación con la
mirada, y sus ojos se entristecieron—. Mi esposa enfermó, la trajimos a este
cuarto, la habitación de huéspedes, y aquí murió. Desde hace diez años eres la
primera persona que duerme en esta cama. — ¿Cómo he llegado hasta aquí?
—Primero, dime, ¿cómo te encuentras? —preguntó
Brehnan. —Dolorida, cansada, casi... aturdida. Brehnan asintió con una
inclinación de cabeza. —¿Dices que anoche hubo una tormenta? —Sí.
—Una impresionante tormenta sacudió los Reinos
—dijo Brehnan—. Los rayos que rasgaban el cielo por todas partes asolaron los
templos de los Reinos. ¿Lo sabías? Medianoche sacudió la cabeza.
—Sabía lo de la tormenta, pero nada de la
destrucción. La maga notó que se tensaba la piel de su rostro. Volvió a mirar
por la ventana. Vio de pronto claramente las imágenes que tenía ante sí. —Pero
la tierra está seca. No hay señales de lluvia. —La tormenta de la que hablas se
desencadenó hace dos semanas, Medianoche. El maravilloso semental de Annalee se
asustó con la tormenta y se desbocó. Yo alcancé al caballo al otro lado del
bosque, cerca de la carretera, y fue allí donde te encontré; tu piel brillaba
con una luminiscencia que casi llegó a cegarme. Te agarrabas con las manos al
medallón que colgaba de tu cuello. Incluso una vez te hube traído aquí, tuve
que hacer lo imposible para apartar tus dedos de ese objeto. Y no pude quitarte
el medallón.
»Al principio temí que la cama donde estamos ahora
sentados fuese tu último lugar de descanso, pero fuiste recuperando poco a poco
las fuerzas y comprobé que día
a día iba avanzando el proceso de curación. Ahora
ya estás bien.
—¿Por qué me ayudaste? —preguntó Medianoche como
ausente. La debilidad que sentía iba pasando, pero seguía aturdida. —Soy uno de
los clérigos de Tymora, diosa de la Fortuna. He visto milagros. Milagros como
el que sin lugar a dudas se produjo contigo, hermosa dama. Medianoche se volvió
para mirar al clérigo, poco preparada para oír las siguientes palabras ni el
fervor con que las pronunció. — ¡Los dioses deambulan por los Reinos, querida
Medianoche! Se puede ver a la propia Tymora entre el banquete de mediodía y el
banquete del anochecer en pleno Arabel. Por supuesto, se debe entregar una
pequeña donación a la iglesia por este privilegio; pero ¿no vale la pena pagar
unas monedas de oro para ver a un dios? Además, hay que reconstruir el templo,
¿comprendes? —Claro —dijo Medianoche—. Dioses... y oro... y dos semanas que se
han ido. — Vio que la habitación empezaba de nuevo a dar vueltas. Se oyó de
pronto un ruido fuera. Medianoche miró por la ventana y vio a Annalee guiar un
caballo por el claro del bosque. El caballo volvió la mirada a la ventana y
Medianoche sofocó un grito que se le escapaba. El animal al cuidado de Annalee
tenía dos cabezas.
—Como es lógico, ha habido algunos cambios desde
que los dioses llegaron a los Reinos —dijo Brehnan. Luego su tono se volvió
acusador—. ¿No habrás intentado alguna magia? —¿Por qué?
—La magia se ha vuelto... inestable desde que los
dioses llegaron a los Reinos. Será preferible que no lances ningún hechizo a
menos que tu vida dependa de ello. Medianoche oyó a Annalee llamar a cada
cabeza del caballo con un nombre distinto, y estuvo a punto de echarse a reír.
Ahora la habitación giraba vertiginosamente y la maga supo la razón; era el
hechizo que había lanzado. Trató de levantarse pero se cayó hacia atrás sobre
la cama. Consternado, Brehnan pronunció el nombre de Medianoche y trató de sujetarla
por el brazo. —Espera. No estás lo bastante recuperada como para marcharte.
Además, los caminos no son seguros.
Pero Medianoche ya había logrado ponerse de pie y
se encaminaba a la puerta. —Lo siento. Tengo que ir a Arabel —dijo la maga
mientras salía precipitadamente—. ¡Tal vez haya alguien allí que pueda
explicarme lo que ha pasado en Faerun durante estos últimos días!
Brehnan miró a Medianoche encaminarse a la
carretera y sacudió la cabeza. —No, milady, dudo que nadie, salvo quizás el
propio gran sabio Elminster, pueda contarte lo que ha ocurrido en los Reinos
estos días.
2
El aviso de reunión
Kelemvor caminaba por las calles de la ciudad de
Arabel, teniendo siempre a la vista las murallas que la habían protegido de las
invasiones repetidas veces. Lo que nunca admitiría es que las murallas lo
ponían nervioso, porque hacían alarde de una prometida seguridad que para el
guerrero no era mucho mayor que los barrotes de una jaula.
Atronaban sus oídos los ruidos, el bullicio y la
actividad propios de un día típico en aquella ciudad dedicada al comercio a
medida que se acercaba el mediodía. Kelemvor estudiaba los rostros de quienes
pasaban junto a él. La gente había sobrevivido a los recientes infortunios,
pero la supervivencia no era
suficiente si había destruido el espíritu de la
gente.
Kelemvor oyó el alboroto de una reyerta, aunque no
veía la pelea. El guerrero oía gritos y el estruendo de golpes dados contra
cotas de malla, un hecho bastante común en aquellos días. Sin embargo, esa
descarada exhibición no era más que una trampa cuidadosamente tendida con el
fin de atraer la atención de algún viajero solitario con el propósito de
abrirle la cabeza y robarle la bolsa. Estos hechos también eran comunes en
aquellos tiempos. El griterío se calmó como presumiblemente ocurrió con quienes
lo producían. Kelemvor inspeccionó la calle y vio que nadie más reaccionaba
ante la reyerta. Daba la impresión de ser el único que la oía. Esto significaba
que el alboroto podía proceder de cualquier parte. Kelemvor tenía el oído
extraordinariamente agudo, lo que no siempre era una ventaja. No obstante, ese
robo, si realmente lo había sido, no era nada insólito. En cierto sentido,
Kelemvor se sentía aliviado por el hecho de que aquella reyerta hubiera sido
sólo un acto trivial, pues pocas cosas había en Arabel, o en todos los Reinos,
que siguieran siendo normales y corrientes. Todo era insólito e incluso la
magia había dejado de ser digna de confianza desde el Advenimiento, como
empezaba a ser conocido aquel día. Kelemvor pensó en los cambios que habían
tenido lugar en los Reinos en las dos semanas anteriores, de los que él mismo
había sido testigo. La noche en que los dioses llegaron a los Reinos, un amigo
y aliado de Kelemvor cayó herido en su alojamiento después de una escaramuza
con una banda errante de duendes. El soldado, y el clérigo que le ayudó,
perecieron en las llamas de una bola de fuego que surgió de la nada cuando el
clérigo trató de invocar su magia curativa. Kelemvor y los otros allí presentes
se quedaron conmocionados; jamás antes habían sido testigos de un hecho
semejante. Días después, cuando los supervivientes de la destrucción del templo
de Tymora se reagruparon, encabezados por la propia diosa, la iglesia negó
oficialmente toda responsabilidad en las acciones del clérigo, al que calificó
de hereje por provocar la cólera de los dioses. Sin embargo, este incidente fue
solamente el primero de muchos sucesos extraños que acosarían a Arabel.
Una mañana, el carnicero del lugar salió gritando
de su tienda, porque las reses muertas que mantenían en hielo habían cobrado
repentinamente vida; estaba sediento de venganza contra los responsables.
El propio Kelemvor estaba presente cuando un mago,
que intentaba llevar a cabo
un simple hechizo de levitación, descubrió que el
hechizo se escapaba a su control. Su petición no fue oída, y el guerrero vio
cómo se desvanecía la forma del histérico mago y desaparecía entre las nubes.
Nunca más volvió a vérsele. Hacía una semana, poco más o menos, que Kelemvor y
dos miembros de la guardia fueron llamados para tratar de salvar a un mago que
había requerido que una cegadora esfera de luz adquiriese vida y se encontró
atrapado en el globo. No se supo si invocó a la esfera por accidente o adrede.
El incidente se produjo delante de la taberna Máscara Negra y los miembros de
la guardia acudieron a controlar al gentío allí congregado para ver a otro par
de magos que intentaban ayudar a su hermano. La esfera no se desvaneció hasta
una semana después, cuando el mago atrapado murió de sed. Kelemvor advirtió,
con amargura, que el negocio de la taberna Máscara Negra nunca había sido tan
próspero como aquella semana. A juzgar por todo lo que Kelemvor escuchaba de
boca de los viajeros que anhelaban la protección de la gran ciudad amurallada,
parecía que todos los Reinos, no solamente Arabel, estaban en un profundo caos.
Cambió, pues, de pensamiento y se concentró en el presente. Al guerrero le
dolía el hombro derecho y, a pesar de los ungüentos y los bálsamos que se había
aplicado en las heridas, el dolor no cejaba desde hacía ya días. En
circunstancias normales, su estado habría mejorado con sólo unos cuantos
hechizos curativos, pero Kelemvor, después de lo que había visto, no confiaba
ya en ninguna magia. No obstante, a pesar de la desconfianza que reinaba por la
magia, muchos profetas, clérigos y sabios proclamaban que se había iniciado una
nueva era, una época de milagros. Esto se debía a que de repente surgieron un
montón de aspirantes anónimos a profetas que afirmaban estar en contacto
personal con los dioses que deambulaban por los Reinos.
Un anciano particularmente fervoroso juraba que
Oghma, dios del Conocimiento y las Ideas, había tomado la forma de Pretti, su
gato, y comentaba con él asuntos de la más perentoria urgencia.
Nadie daba crédito al anciano, pero, en cambio, la
mayoría aceptaba que la mujer que había salido de
las llamas producidas a raíz de la destrucción del
templo de Tymora en Arabel era la diosa en forma humana. De pie en medio de las
llamas, la mujer había hecho gala del poder de unir las mentes de cientos de
sus seguidores en un solo instante, permitiéndoles compartir unas visiones que
sólo un dios podría haber presenciado. Kelemvor había pagado la entrada para
ver el rostro de la diosa, pero no observó nada notable. Dado que no formaba
parte de la grey de Tymora, no se molestó en pedirle a la diosa que curase su
herida. Estaba completamente seguro de que le habría hecho pagar una cantidad
adicional si lo hacía. Además, el dolor haría que a Kelemvor le resultase más
difícil olvidar que cuando Ronglath, el Caballero Siniestro, incrustó la
claveteada maza en su carne, hirió también su orgullo más que su propio cuerpo.
Luchaban en lo alto de la torre de la atalaya principal, donde el Caballero
Siniestro estaba apostado, y durante la lucha Kelemvor fue arrojado
violentamente por encima de los muros de la ciudad, hacia una muerte segura.
Pero no murió.
Kelemvor ni siquiera sufrió heridas graves cuando
cayó. El guerrero interrumpió sus meditaciones y observó su reflejo en el
cristal de la casa de Gelzunduth, un comerciante de dudosa reputación. Kelemvor
contempló, detrás de su imagen, la extraña colección de artículos expuestos en
el escaparate. Se rumoreaba que detrás de la cuidada fachada que mantenía la
compra y venta de joyas hechas a mano, armas de época y raros volúmenes de
olvidado saber popular, Gelzunduth traficaba con privilegios y otros documentos
falsos, así como con la
información relativa a los movimientos de la
guardia en toda la ciudad. Habían
fracasado los numerosos intentos llevados a cabo
por los agentes no sobornables de la guardia para coger en falta al taimado
Gelzunduth en cualquiera de estas prácticas. Precisamente cuando Kelemvor iba a
alejarse del escaparate, la vista de su propio reflejo volvió a llamar su
atención. El guerrero estudió su rostro: unos ojos penetrantes de un color
verde luminiscente, profundamente destacados sobre un rostro bronceado de
despejada frente, nariz recta y mandíbula cuadrada. Enmarcando el rostro, una
melena desordenada y negra como el ébano, con unas hebras grises reveladoras de
los treinta años que llevaba recorriendo los Reinos. En los lugares donde la
ropa no protegía su piel, era evidente que un espeso pelo negro cubría su pecho
y sus brazos. Iba vestido con cuero y cota de malla, y una espada del tamaño de
la mitad de su cuerpo colgaba a su espalda dentro de la vaina. —¡Eh, soldado!
Kelemvor se volvió y miró a la jovencita que lo
abordaba. No tenía más que quince años y sus delicados rasgos parecían haber
pagado el precio de los infortunios y los problemas que, evidentemente,
soportaba en los últimos tiempos. Era rubia y llevaba el pelo corto, como un
chico, y el sudor pegaba sus greñas despeinadas al cuero cabelludo. La ropa que
llevaba la muchacha era poco más que andrajos y no habría sido difícil
confundirla con una pordiosera. Daba la impresión de estar débil, a pesar de
que sonreía con coraje y trataba de moverse aparentando una seguridad que su
cuerpo ya no estaba dispuesto a permitir.
—¿Qué quieres de mí, criatura? —preguntó Kelemvor.
—Me llamo Caitlan, Melodía de la Luna — contestó la muchacha con una voz
ligeramente quebrada—, y he recorrido un largo camino para encontrarte. —Sigue.
—Necesito un espadachín —prosiguió— para un asunto
de la mayor urgencia. —¿Serán recompensados mis esfuerzos? —quiso saber
Kelemvor. —Grandemente recompensados —prometió Caitlan. El guerrero frunció el
entrecejo. La muchacha parecía estar a punto de caerse cuan larga era por
inanición de un momento a otro. A menos de una manzana estaba la hostería El
Hombre Hambriento, así que Kelemvor cogió a la muchacha por el hombro y la
llevó a la hostería. —¿Adónde vamos? —preguntó Caitlan.
—Tu estómago necesita una abundante comida, ¿no
crees? Seguramente sabías que Zehla, la de la hostería El Hombre Hambriento,
ayuda a los necesitados. — Kelemvor se detuvo, con una sombra de preocupación
en sus rasgos endurecidos. Cuando habló, sus palabras eran circunspectas y su
tono de voz frío y nada amistoso—. Dime que no necesitabas que te informase de
ello. —Claro que no —
replicó la muchacha. Kelemvor no se movió. Su
inquietud no menguó—. No necesitaba que me lo
dijeses. No me has hecho ningún favor. —Está bien
—dijo él, y volvió a emprender el camino hacia la
hostería. Caitlan se dejó llevar, consternada por
el extraño intercambio de palabras que acababa de
producirse.
—Pareces inquieto.
—Son tiempos inquietantes —replicó Kelemvor. —Tal
vez si hablaras...
Pero en aquel momento llegaban a El Hombre
Hambriento y Kelemvor guió a la muchacha hacia el interior. Era un momento
tranquilo con pocos clientes aún para la comida de mediodía. Quienes cometieron
la insensatez de observar a Kelemvor y a la muchacha recibieron una mirada que
les heló la sangre en las venas y los obligó a
apartar inmediatamente la vista.
—Un poco joven para lo que a ti te gusta, Kel —dijo
una voz familiar—, pero sospecho que llevas buenas intenciones.
Viniendo de cualquier otra persona, una observación
así habría provocado violencia, pero procediendo de la anciana que se acercaba
hizo que los labios de Kelemvor se iluminasen con una fina sonrisa. — Me temo
que la pobre se va a desplomar de un momento a otro. La mujer, Zehla, tocó el
hombro de Kelemvor y miró a la muchacha. —Sí, a decir verdad, está bastante
escuálida —dijo—. Tengo exactamente lo que hace falta para poner un poco de
carne sobre esos miserables huesos. En un momento lo tendré listo.
Caitlan, Melodía de la Luna, miró a la mujer
mientras ésta se alejaba, luego a Kelemvor. Los pensamientos que turbaban al
guerrero volvía a acaparar su atención. Caitlan era consciente de la
importancia de escoger adecuadamente a su hombre, de modo que metió la mano en
el bolsillo y sacó una piedra preciosa, roja como la sangre, que llevaba
consigo; extendió la mano con la piedra oculta y cubrió la mano de Kelemvor con
la suya. Se produjo un resplandor de luz rojísima y Caitlan notó que, en el
mismo momento que la piedra arañaba la mano del guerrero, rasgaba también su
propia carne. Kelemvor saltó de la silla para retroceder luego y alejarse de la
muchacha. Su espada había abandonado la vaina y estaba suspendida sobre la
cabeza de Kelemvor. Entonces se oyó la voz de Zehla: —¡Kelemvor, detén tu mano!
No pretende hacerte daño alguno. —La anciana estaba a unas cuantas mesas, con
la comida de Caitlan en las manos. —Tu pasado es como un libro abierto para mí
—dijo suavemente Caitlan; y Kelemvor miró a la muchacha, rabiando de ira a
causa de sus palabras. Caitlan tenía la reluciente piedra roja en las palmas
abiertas y hablaba como si estuviese poseída. Kelemvor fue bajando lentamente
la espada—. Te encargaron una misión cuajada de decepciones e inquietudes
durante interminables días y noches. Myrmeen Lhal, soberana de Arabel, temía la
existencia de un traidor. Asignó a Evon Stralana, ministro de Defensa, la tarea
de contratar mercenarios para que se infiltrasen en la guardia de la ciudad a
fin de tratar de desenmascarar al traidor. Zehla colocó la bandeja delante de
Caitlan, pero la muchacha ni siquiera miró la comida. Parecía como si las
palabras que había pronunciado hubiesen consumido su voz.
—¿Qué brujería es ésta? —preguntó Kelemvor a Zehla.
—No lo sé —contestó la anciana.
—¿Por qué, entonces, me has detenido? —dijo
Kelemvor, inquieto ante la idea de que la muchacha pudiese todavía resultar un
peligro. Zehla arrugó la frente.
—Por si lo has olvidado, te diré que jamás se ha
derramado sangre en mi establecimiento. Y seguirá siendo así mientras yo viva.
Además, es sólo una niña. Kelemvor frunció el entrecejo y escuchó a Caitlan,
que se había puesto a hablar de nuevo.
—El ministro de Defensa acudió a ti y a un hombre
llamado Cyric. Acababais de llegar a la ciudad y erais los únicos
supervivientes del intento fallido de recuperar un objeto conocido como el
Anillo de Invierno. Se temía que el traidor estuviera al servicio de quienes
conspiran para hundir la economía de Arabel mediante el sabotaje de las vías
comerciales y, en general, desacreditando a Arabel como ciudad vital de los
Reinos. »Con la ayuda de Cyric y otro hombre, encontrasteis al traidor, pero él
logró
escapar y ahora la ciudad está tan temerosa como
recelosa. Te culpas de ello y ahora trabajas duramente como un guardia normal y
corriente, dejando que tu talento para la aventura languidezca infructuoso.
La piedra dejó de brillar y adquirió el aspecto de
una piedra común de jardín. Caitlan suspiró. Kelemvor pensó en la criatura de
hielo que custodiaba el Anillo de Invierno. Él no movió un dedo cuando la
criatura heló la sangre de sus compañeros y sus gritos se ahogaron bruscamente
cuando el hielo agarrotó sus gargantas. Sus muertes habían comprado el tiempo
que Kelemvor y Cyric necesitaban para escapar. El primero en saber del anillo
había sido Kelemvor y era él quien había organizado la expedición para recuperarlo,
si bien había cedido el liderazgo a otro. —Mi «talento» para la aventura
—comentó Kelemvor con desprecio—. Han muerto hombres por culpa de mi presunto
talento. Hombres buenos. —Cada día mueren hombres, Kelemvor. ¿No es preferible
morir con los bolsillos llenos de oro... o por lo menos persiguiendo este
objetivo? Kelemvor se reclinó contra el respaldo de la silla. —¿Eres maga? ¿Es
así como ves mis pensamientos más secretos? Caitlan movió la cabeza.
—No soy maga. Esta piedra..., esta piedra preciosa
fue un regalo. Era lo poquito de magia que poseía. Ahora se ha apagado. Estoy
indefensa y a tu merced, buen Kelemvor. Te pido perdón por mi forma de
proceder, pero tenía que saber que eras un hombre honrado.
El guerrero se levantó para guardar la espada y
volvió a sentarse. —Se te está enfriando la comida — dijo.
Aun cuando su apetito era evidente, Caitlan ignoró
los alimentos. —Estoy aquí para proponerte algo, Kelemvor. Para proponerte
aventura y peligro, riquezas más allá de lo imaginable y emociones como las que
has estado anhelando estas semanas. ¿Quieres oír lo que te propongo? —¿Qué más
sabes de mí? —preguntó Kelemvor—. ¿Qué más te ha contado tu piedra preciosa?
—¿Qué más hay que saber?
—No has contestado a mi pregunta.
—Tú no has contestado a la mía.
Kelemvor sonrió.
—Háblame del asunto que te ha traído aquí. Adon, a
pesar de la presencia de cuatro guardias armados que lo rodeaban y lo conducían
a través de la gran Ciudadela de Arabel, sonreía audazmente. Pasaron por
delante de todos los sitios de interés con los que Adon se había familiarizado
durante su última visita a la Ciudadela: los hermosos edificios públicos llenos
de actividad, y las vidrieras alegremente coloreadas a través de las cuales se
filtraba una preciosa luz que avivaba su rostro. El esplendor de la fortaleza
suponía un asombroso contraste con la miseria que Adon había observado en las
calles. El clérigo se llevó una mano al rostro, como si temiese que la
inmundicia en la que estaba pensando se hubiese, en cierta forma, desvanecido
para ir a desfigurar su prístino aspecto. Sune, Cabellos de Fuego, la diosa a
la que él había servido como clérigo fiel durante la mayor parte de su corta
vida, le había bendecido con lo que él consideraba era la piel más suave y
hermosa de todos los Reinos. Le habían acusado alguna vez de ser vanidoso, pero
él quitaba hierro a estas acusaciones. No esperaba que quienes no veneraban a
Sune comprendiesen que tenía que cuidar y custodiar los preciosos bienes
que le había donado la diosa, a la que regularmente
daba gracias por encomendarle ese
cargo. Venía luchando por preservar el buen nombre
y la reputación de Sune, y jamás sufrió más allá de un leve arañazo que
desfigurase su rostro. Por esto sabía que era bienaventurado.
Ahora que los dioses habían llegado a los Reinos,
Adon presentía que era sólo cuestión de tiempo que su camino se cruzase con el
de Sune. Si hubiese sabido su paradero, ya habría ido en su busca. Dada la
situación de Arabel, con su constante flujo de comerciantes, parlanchines y de
sed insaciable, lo mejor era esperar aquí a que le llegase más información.
Era cierto que en el templo de Sune había habido
ciertas disensiones. Dos clérigos habían abandonado el templo en circunstancias
dudosas. La inquietud embargaba a otros por el abandono de Sune; según
decían, un hecho que confirmaba la diosa con su
silencio ante sus oraciones. También era cierto que desde el Advenimiento, sólo
los clérigos de Tymora habían logrado llevar a cabo con éxito la magia clerical
y ello se atribuía a la proximidad de su dios hecho carne. Daba la impresión de
que si un clérigo estaba fuera de la vista de su dios, sus hechizos no
funcionaban. Como es de suponer, las pociones curativas o los objetos mágicos
que simulaban los efectos de la magia curativa se vendían en aquellos momentos
a más de su valor, aunque no eran dignos de confianza. Los alquimistas locales
se vieron obligados a contratar guardias privados que protegieran a ellos y a
sus mercancías. Adon se adaptó mejor que otros al caos de los Reinos. Sabía que
todo lo relativo a los dioses se producía por alguna razón de peso. Un fiel
seguidor debía tener la paciencia y el buen juicio de esperar una explicación,
en lugar de dejar que su imaginación se desbocase. La fe de Adon era
inquebrantable y había sido recompensado por ello. El que la hermosa Myrmeen
Lhal, soberana de Arabel, hubiese requerido su presencia, era una prueba de que
era bienaventurado. La vida se portaba bien con él.
El grupo atravesó un pasillo que Adon no conocía;
trató de detenerse cuando pasaron por delante de un espejo, pero los guardias
le dieron un ligero codazo para que siguiese. Algo molesto, obedeció.
Entre los guardias había una mujer de piel oscura y
ojos negros. Adon estaba contento de que la hubiesen admitido en las filas de
guardias con tanta facilidad. «Encuentra una ciudad gobernada por mujeres y
encontrarás verdadera igualdad y justicia en todo su dominio», era su lema.
Sonrió a la guardia y comprendió que elegir la ciudad de Arabel como su nuevo
hogar era realmente un acierto. — ¿Qué honor se me concederá por haber
contribuido a acabar con el asqueroso villano de Caballero Siniestro? No tengáis
miedo de decírmelo, yo no diré nada y fingiré la mayor de las sorpresas. Pero
¡la incertidumbre es superior a mis fuerzas! Uno de los guardias se rió
disimuladamente, y ésta fue la única respuesta que recibió Adon. La recompensa
que el clérigo recibió por el trabajo que había realizado por la ciudad fue
insignificante, a pesar de haber rogado al ministro de Defensa que abogase por
él. Ahora Myrmeen Lhal había intervenido personalmente y Adon adivinaba la
razón.
El papel de Adon en el aborto de la conspiración
consistió en seducir a la amante de uno de los presuntos conspiradores, una
mujer que, según se rumoreaba, hablaba en sueños. Adon actuó de modo admirable,
pero su recompensa fue pasarse una semana en la compañía de los guardias,
observando los movimientos de dos mercenarios que el ministro de Defensa había
reclutado para el asunto del Caballero Siniestro. Cuando se libró la batalla
con el traidor, ante el asombro de todos breve y sin desenlace, el Caballero Siniestro
se escapó, aunque el propio Adon había descubierto
dónde estaba la cámara de los conspiradores y un
libro que contenía información que
podía interpretarse como los puntos clave del
ataque de los conspiradores contra Arabel. Adon dejó de lado los recuerdos y
regresó al presente. Estaban bajando y bajando a una sucia y polvorienta
sección de la fortaleza de la que había oído hablar pero nunca había visitado.
—¿Estáis completamente seguros de que nuestra dama ha solicitado verme aquí y
no en los aposentos reales? Los guardias no contestaron.
La luz se convirtió de pronto en un precioso lujo
muy escaso, oyó ruido de ratas corriendo por el pasillo y detrás de él el
chirriar de las puertas macizas que se cerraban de golpe. En medio del silencio
del pasillo, el eco retumbaba una y otra vez. Los guardias habían cogido
antorchas encendidas puestas en los muros y Adon se sintió incómodo ante el
calor de una antorcha que tenía detrás. Sólo se oía en aquellos momentos las
pisadas del grupo mientras avanzaban con decisión. Y, a pesar de que los anchos
hombros del guardia que Adon llevaba delante no le dejaban ver lo que había más
allá, tuvo una idea clarividente. «¡Una mazmorra!», gritó Adon en la seguridad
relativa de su propia cabeza. «¡Estos bufones me llevan a una mazmorra!» Adon
notó las manos de los guardias sobre él y, antes de que pudiese reaccionar, lo
empujaron de golpe. Su cuerpo delgado y musculoso acusó el golpe de la caída
cuando rodó por el suelo; se levantó de un salto y se puso en guardia, en
disposición de pelea, pero en ese momento oyó cómo se cerraba de golpe una
puerta de acero. Las lecciones que Adon había tenido que tomar cuando
practicaba el arte de la defensa personal le habrían venido muy bien de haberse
percatado antes de la situación. Se maldijo por
haber entregado el hacha de guerra con tanta facilidad y maldijo su propia
vanidad que le nubló la razón, aunque sólo fuese por un instante. ¡Aquellos
canallas eran leales al Caballero Siniestro! El clérigo estaba seguro de que
sus conciudadanos Kelemvor y Cyric no tardarían en reunirse con él. Pensó que
habían sido unos estúpidos. ¿Cómo podían creerse que la amenaza hubiera
desaparecido sólo porque habían puesto en fuga a un hombre? No había luz en la
habitación; Adon se quitó el polvo de su delicada ropa. Se había puesto sus
sedas preferidas y cogido un pañuelo de puntillas doradas, para el caso de que
la dama no pudiera contener las lágrimas cuando él aceptase su propuesta y se
convirtiese en consorte real. A pesar de la porquería que se había visto
obligado a pisar, sus botas seguían relucientes y se reflejaba en ellas hasta
el más pequeño destello de luz. —Soy un estúpido —dijo Adon a las tinieblas.
—Eso me han dicho —contestó una voz femenina detrás de él—. Pero todos tenemos
nuestros puntos débiles.
En seguida Adon oyó el roce de una piedra y se
encendió una antorcha que reveló a la poseedora de la luz, una hermosa mujer
morena. Myrmeen Lhal.
Los ojos de la joven aparecieron en el reflejo de
las llamas y la luz parpadeante parecía bailar con el único fin de celebrar su
belleza. Llevaba un manto oscuro, abierto de cintura para arriba, y Adon miró
la plenitud de sus pechos que se agitaban dentro de su cota de malla.
Adon abrió los brazos y avanzó hacia su amor, una
mujer guerrera que contaba con el valor y la sabiduría para controlar un reino.
La vida se portaba con él mejor de lo que pensaba. —No te muevas, a menos que
tengas ganas de salir de aquí reducido a otra cosa que no sea un cerdo
atravesado.
Adon se paró.
—Milady, yo...
—Hazme el favor de limitar tus contestaciones a
«sí, milady» o «no, milady» — dijo Myrmeen en tono airado.
La soberana de Arabel se adelantó y el clérigo notó
la fría punta de una hoja contra su estómago.
—Sí, milady —dijo Adon, luego guardó silencio.
Myrmeen retrocedió y estudió su rostro.
—Eres guapo —dijo ella, aunque en realidad estaba
siendo muy amable, pues la boca del clérigo era un poco grande, su nariz estaba
lejos de ser perfecta y su mandíbula era demasiado angulosa para ser
considerada particularmente agradable. Sin embargo, en sus inocentes ojos había
algo infantil y travieso, quizás el reflejo de un alma que ansiaba aventura,
siempre al servicio de su diosa y de las hermosas damas de Arabel, si es que
había que dar crédito a los rumores que sobre él circulaban. Adon dejó escapar una
sonrisa que no tardó en desvanecerse cuando la punta del cuchillo encontró un
nuevo y más bajo lugar donde posarse. —Un hermoso rostro, acompañado de un
cuerpo sano y utilizable... «¿Utilizable?», empezó a preguntarse Adon. —¡Y un
ego del tamaño de mi reino!
Cuando Myrmeen le gritó, con la antorcha
peligrosamente cerca de su rostro, Adon retrocedió. El clérigo notó la frente
bañada de sudor. —¿No es así? El clérigo tragó saliva.
—Sí, milady.
—¿Y no has sido tú quien ha estado jactándose todos
estos últimos días de que me llevarías a la cama antes de que finalizase el
mes? Adon guardó silencio.
—No importa. Sé que es así. Y ahora, escúchame,
estúpido. ¡Cuándo y cómo decido tomar un amante es asunto mío y sólo mío! ¡Así
ha sido y así será! Adon se preguntó si no le estaría chamuscando las cejas.
—Me habló de ti lady Tessaril, Bruma de la Estrella Vespertina, antes de que yo
permitiese que te establecieses en Arabel. Llegué incluso a considerar que tu
talento a la hora de obtener información valiéndote de intrigas podía ser
valioso, y en esto has demostrado ser de utilidad.
El clérigo pensó en los lechosos hombros de
Tessaril, en el suave y perfumado cuello, y se preparó a morir.
—Pero desde el momento en que has volcado tus
asquerosas fantasías en Myrmeen de Arabel sólo puede haber un castigo adecuado.
Adon cerró los ojos y esperó lo peor.
—El exilio —dijo ella—. Mañana a mediodía tienes
que estar fuera de mi ciudad. No me obligues a enviarte a mis guardias. Su
tierna clemencia no te dejará con juicio suficiente para dar las gracias. Adon
abrió los ojos con el tiempo justo de ver la espalda de Myrmeen cuando salía de
la celda, demostrando con ello un desprecio olímpico y una altanería como Adon
no había visto jamás. Admiró con qué gracia hizo una seña a dos guardias, que
se colocaron junto a ella mientras los otros dos avanzaban hacia Adon. Admiró
su enorme valor, su buen juicio, su gran misericordia por haberle dado la
opción de abandonar la ciudad amurallada en lugar de limitarse a ordenar a los
guardias que le cortasen el cuello.
Sin embargo, cuando los dos guardias se acercaron a
él y le obligaron a introducirse más adentro de la celda en lugar de permitirle
abandonarla, quedó
anonadado, pero sólo un instante. Sabía que
planearan lo que planeasen, él no se atrevería a luchar. Aunque derribase a los
dos guardias en aquella mazmorra, había pocas probabilidades de llegar hasta
las puertas de la ciudad, y menos de traspasarlas. Aun cuando lo consiguiese,
sería un fugitivo, no un exiliado, y sus acciones sólo serían fuente de
desgracias y castigos para la iglesia. —¡Por favor, no me desfiguréis el
rostro! —gritó, y los guardias empezaron a reír. —Por aquí —dijo uno de ellos
mientras cogían el brazo de Adon y lo arrastraban fuera de la celda.
Cyric regresó a su habitación desde la hostería El
Lobo de la Noche con el alma apesadumbrada. A pesar de que había tomado la
decisión de que sus días de ladrón quedaban muy lejos, seguía pensando como un
ladrón, moviéndose como un ladrón, y comportándose como un ladrón. Sólo en el
fragor de la batalla, cuando necesitaba de toda su concentración para asegurar
su supervivencia, era capaz de resistir a la influencia de su antigua vida.
Incluso entonces, a medida que la noche se iba
cerrando, Cyric subió las escaleras débilmente iluminadas para dirigirse a su
habitación. Sólo un agudo observador habría sido capaz de detectar alguno de
los ruidos producidos por la sombra de un hombre, delgado y de pelo corto, que
se dirigía ágilmente hacia el rellano del segundo piso. Los recientes
acontecimientos habían sido horribles. Acudió a Arabel para empezar de cero y,
sin embargo, fue necesario recurrir a su talento como ladrón para desenmascarar
las pruebas contra el Caballero Siniestro. Ahora sus días transcurrían llevando
a cabo las sencillas tareas de un guardia, siendo el tedio una fútil
recompensa, muy deprimente, para sus esfuerzos. La recompensa que Evo Stralana
prometiera en un principio se vio reducida a la mitad a causa de la huida del
Caballero Siniestro. Stralana acudió a Cyric y a Kelemvor porque eran
forasteros, recién llegados a la ciudad y probablemente desconocidos para los
traidores. Aun cuando Cyric no tenía intención alguna de entrar a formar parte
de los guardias de Arabel, Stralana impuso esa condición, e insistió en la
autenticidad de un contrato firmado para probar que Cyric era un guardia y
disipar así las sospechas de su presa, que se creía infiltrado en la guardia.
Sin embargo, el contrato que Cyric había firmado como parte de este subterfugio
resultó ser vinculante. Al estallar el conflicto, Stralana obligó a Cyric a
respetar los términos del contrato. Arabel necesitaba todos los guardias que se
pudiesen reunir. Ya no se podía contar con muchas de las defensas de la ciudad,
antes fortalecidas por la magia, ya que la ciudad había llegado incluso a
reclutar civiles para el servicio temporal. Para salir de apuros, Cyric creía
en una buena hacha o en un cuchillo, en la fuerza de su brazo, en la fuerza de
su ingenio y en su habilidad. Eran ya muy pocos los que en el curso de las
últimas semanas seguían creyendo únicamente en el poder de la magia.
También para Cyric era inquietante la presencia de
los «dioses» en los Reinos. Como desafío a Kelemvor, su compañero de
infortunios en el fiasco del Caballero Siniestro, Cyric visitó el derruido
templo de Tymora y pagó el precio de la entrada para disfrutar de la presencia
de la deidad recientemente instalada en Arabel. Aunque Cyric se había prometido
considerar aquel acontecimiento con una visión optimista, la «diosa» leyó
inmediatamente su pensamiento. —Tú no crees en mí —dijo Tymora con un tono de
voz desprovisto de sentimiento.
—Yo creo en lo que mis sentidos ponen en evidencia
—replicó Cyric con franqueza—. Si tú eres una
diosa, ¿para qué necesitas mi oro?
La diosa lo observó con frialdad, luego apartó la
mirada y levantó una de sus
cuidadas manos para indicar que la audiencia había
terminado. Cyric, en su camino hacia el exterior, robó del bolsillo de tres
clérigos y aquella tarde entregó el dinero a una misión dedicada a socorrer a
los pobres. Lo que más perturbaba a Cyric era que había cientos de indicios que
probaban que no todo iba como era debido en los Reinos. El propio Cyric había
sido testigo de una buena parte de los extraños sucesos acaecidos desde la
noche del Advenimiento. Una noche lo llamaron a un mesón llamado La Amable
Sonrisa, donde tuvo que proteger a un clérigo de Lathander que regresaba a
Tantras. El clérigo trató inocentemente de invocar un hechizo para purificar un
trozo de carne pútrida que le habían servido y, no sólo el hechizo no surtió
efecto, sino que estalló una histeria colectiva entre los demás comensales
porque temían que el clérigo hubiese envenenado toda la comida del mesón con su
«magia no bendita». Una tarde, en un mercado al aire libre, dos magos se
enfrascaron en una discusión que desembocó en una batalla campal donde se
recurrió a la magia. Por la expresión de sorpresa que apareció en los rostros
de ambos magos, sus hechizos no actuaron según sus expectativas; uno de los
magos fue sacado de allí por un sirviente invisible y el otro miró indefenso cómo
una capa de telarañas caía del cielo y cubría todo el mercado. Los fuertes y
pegajosos filamentos se agarraron a todos y a todo lo que había a la vista. El
género que había en el mercado quedó inutilizado y, como las telarañas eran muy
inflamables, Cyric y sus compañeros los guardias estuvieron dos días sacando a
tajo limpio las fuertes telarañas en un esfuerzo por liberar a los inocentes
que habían sido atrapados en ellas.
Cyric interrumpió sus meditaciones cuando dobló una
esquina. Una pareja joven se sobresaltó cuando él la sorprendió. Se pusieron a
abrir la puerta de su habitación con la llave y Cyric pasó por delante de
ellos, reconociendo al joven como al hijo de un guardia que no paraba de hablar
de los problemas que le causaba su hijo. La muchacha debía de ser la «ramera»
que el padre del joven le había prohibido volver a ver. A Cyric no le pasaron
inadvertidas las oleadas de miedo que surgieron del joven, pero fingió no
haberlo reconocido, y envidió los sentimientos de la pareja. Hacía mucho tiempo
que nada en la vida despertaba sus emociones, ni para bien, ni para mal.
«Vuelve en ti —pensó Cyric—, ésta es la vida que has escogido.» «O la vida que
el destino ha escogido para ti», se apresuró a añadir. Entró en su habitación
impulsando todo su peso contra la puerta y haciendo que ésta se abriese de par
en par y golpease contra la pared. Alguien desde la habitación contigua aporreó
la pared protestando por el estrépito. Mientras Cyric se apresuraba a entrar,
pensó que no había nadie detrás de la puerta, en caso contrario habría recibido
el impacto. Cerró la puerta de una patada al mismo tiempo que se lanzaba
rodando sobre la cama, preparado para sacar su espada corta, listo para
mantener a raya a cualquier intruso que pudiera haberse colgado del techo,
dispuesto a defenderse de él. Pero no había nadie.
Saltó de la cama, dio una patada a la puerta del
armario y aguzó el oído atento a cualquier eventual grito de sorpresa que
pudiera producirse cuando un atacante oculto se diese cuenta, súbitamente, de
que Cyric había empujado la puerta quedando abierta hacia adentro. Seguía sin
haber nadie.
Cyric contempló la tarea de recomponer la puerta
del armario y decidió dejarlo para después de cenar. Comprobó las armas que
había escondido en lo más recóndito del armario; el hacha de mano, las dagas,
el arco, las flechas y la capa para los viajes:
nada se había tocado. Verificó el pelo que había
pegado al marco de la ventana y vio que no estaba roto. Por fin se relajó un
poco. A continuación Cyric se fijó en la sombra de aproximadamente el tamaño de
un hombre que había aparecido de pronto en la parte exterior de la ventana. La
ventana explotó y Cyric se echó hacia atrás, en un intento de esquivar la
ráfaga de trozos de afiladísimos cristales que llovieron en la habitación.
Cyric oyó a su agresor saltar dentro del cuarto antes de que cayese el último de
los cristales rotos. Imaginó a su adversario unos momentos antes, esperando en
la habitación de encima, atento a los ruidos producidos por la llegada del ex
ladrón. Cyric
se maldijo por haber seguido una rutina; era
evidente que el asaltante debía de haber estado días observándolo.
Cuando Cyric se puso de pie, una ligera corriente
de aire a su derecha le avisó del peligro. Se movió hacia la izquierda
escapando por los pelos al cuchillo dirigido a su espalda. Sin volverse, Cyric
hundió el codo en el rostro de su enemigo, luego pasó al otro lado de la
habitación saltando por encima de la cama. Antes de hacerlo para quedarse de
frente a la ventana rota, la espada corta ya estaba en su mano. No había nadie
en la habitación. Cyric advirtió a través del destrozado marco de la ventana la
cuerda que había utilizado su agresor. Se balanceaba de un lado a otro como un
péndulo, entraba en el cuarto y volvía a salir. Sin embargo, el hombre que la
había usado no estaba en ninguna parte.
Una ráfaga de aire volvió a ponerlo sobre aviso y
se movió rápidamente. En la pared que había junto a él vio materializarse una
daga. Invisibilidad, observó con calma. Sin embargo algo no encajaba. La
invisibilidad sólo protegía a quien hacía uso de ella hasta el momento del
ataque. En ese caso, su adversario se había vuelto invisible mientras atacaba.
Cyric supo que tenía muy pocas posibilidades de salir bien parado de aquella situación.
Sin embargo, una sonrisa más amplia que cualquiera que hubiese esbozado en los
últimos tiempos se extendió por su rostro. El ladrón empezó a desplazarse
deprisa, cubrió una zona delante de él blandiendo continuamente la espada, sin
dar a otra cosa que no fuese el aire y cambiando constantemente de dirección.
Con la mano libre, Cyric fue cogiendo objetos diversos de la habitación y
lanzándolos en diferentes direcciones, esperando oír el ruido de alguno de
ellos al golpear al asesino invisible. El borde del cubrecama se levantó
ligeramente y un hilo de éste se elevó en el aire, sin sujeción aparente pero
sin duda enganchado a la ropa del enemigo invisible. Cyric dio la espalda al
asaltante y se alejó un poco para, inmediatamente, ponerse en cuclillas.
La estocada del agresor dio demasiado arriba y
Cyric, después de apresurarse a levantar una mano, notó que sus dedos sujetaban
un brazo humano. Se puso de pie y lanzó al hombre por encima de su hombro sin
dificultad, mientras oía el ruido que producía un cuchillo al caer al suelo,
para luego materializarse. Cyric puso su rodilla sobre la garganta del agresor
y deslizó la espada junto a ella. —¡Déjate ver! — ordenó Cyric.
—Tendrás que esperar —dijo una voz apagada. —¿El
qué?
—Tendrás que esperar a que el hechizo se
desvanezca. Tarda un poco una vez he dejado de atacar. Ya sabes que,
últimamente, cualquier cosa relacionada con la magia funciona de forma bastante
extraña, si es que llega a funcionar. Cyric frunció el entrecejo. A pesar de
que el tono de voz estaba amortiguado, le resultaba familiar.
El hechizo se desvaneció un momento después y pudo
ver al hombre. Llevaba el
rostro envuelto en una especie de tela que parecía
haber sido reforzada con malla de acero y la mayor parte del cuerpo había sido
amortajada de modo similar. El otro detalle digno de mención era la piedra
preciosa de color azul que había en su dedo. Cyric retiró la tela del rostro
del hombre con la mano libre. —¡Marek! —exclamó Cyric casi en un susurro—.
Después de todos estos años... Cyric miró los ojos del anciano y Marek se echó
a reír; un rugido franco y bonachón le brotó de la garganta.
—Sigues siendo aquel estudiante de mal genio,
Cyric, incluso con tu mentor. Apretó con más fuerza la espada y Marek miró al
techo. —¡Jovenzuelo estúpido! —dijo con voz ronca—; si mi intención hubiese
sido la de quitarte la vida, hace días que habrías dado tu último suspiro. Sólo
quería demostrarme a mí mismo que todavía eras dueño del saber que yo te
enseñé, que eras todavía digno de mi atención. — Marek hizo una mueca—. Una
locura de anciano, si quieres. Mi necedad podía haber hecho que me matases. —¿Por
qué debería creerte, a ti que eres el maestro de las mentiras? Marek dejó
escapar un bufido.
—Cree lo que quieras. La Cofradía quiere que
vuelvas a donde perteneces, con los de tu propia especie. Cyric trató de
ocultar su reacción, pero no pudo reprimir la sonrisa que cruzó sus labios y lo
delató. —Tú también has pensado en ello —dijo Marek, contento—. Te he estado
observando, buen Cyric. La vida que llevas no es digna ni de un perro. —Es una
vida —replicó Cyric.
—No para alguien con tus cualidades. Te enseñaron
la forma, y tú la elevaste a cotas inimaginables.
La sonrisa de Cyric se hizo más amplia.
—Cuando empiezan las mentiras es como un maldito
estallido, ¿no es así? Yo era un buen ladrón. Pocos advirtieron mi ausencia.
Esto es solamente motivo de orgullo para ti. De hecho, apuesto a que la
Cofradía de los Ladrones no sabe de tu visita. Marek hizo una mueca. —¿Hasta
cuándo va a durar esta comedia?
—Depende —contestó Cyric, y apretó con fuerza la
hoja contra la garganta de su antiguo mentor.
Marek lanzó una mirada al cuchillo.
—Entonces ¿vas a matarme?
—¿Qué? —dijo Cyric sonriendo—. ¿Y malgastar así el
cortante filo de mi espada con alguien como tú? No, creo que Arabel sabrá
servirse de tu talento. Es posible que hasta obtenga una comisión decente en el
juicio. —¡Te desenmascararé!
—Para entonces ya me habré marchado —repuso Cyric—
Además, nadie te creerá y, si así fuese, tampoco se molestarán en ir a
buscarme. No es frecuente que nosotros, los de nuestra ralea, seamos muy
solicitados una vez nuestros secretos han dejado de serlo.
—Vendrán otros —replicó Marek—. Véndeme como
esclavo y vendrán otros. —¿Preferirías que te
matase?
—Sí.
—Razón de más para no hacerlo —dijo Cyric; a
continuación se levantó y se apartó de Marek, dando así por finalizado el
juego. —¡Te enseñé demasiado bien! —comentó Marek, que luego se levantó para
ponerse frente a su antiguo alumno—. La Cofradía de
los Ladrones volvería a
contratarte, Cyric. Aunque ni siquiera hayas
intentado quitarme el anillo. —Marek guiñó un ojo—. Se lo robé a un brujo,
junto con un montón de cosas que tenía escondidas y que no tengo intención
alguna de comprender. Llamaron a la puerta.
—¿Sí? —gritó Cyric sin apartar los ojos de Marek
más que un instante. Cyric oyó un crujido de cristales. Cuando volvió la vista,
Marek no estaba ya delante. Cyric corrió hasta la ventana y lo vio abajo en la
calle. Parecía que el anciano estuviese desafiándole a que lo siguiera. La
llamada a la puerta se repitió.
—Kelemvor y Adon quieren que te reúnas con ellos en
El Orgullo de Arabel cuando te vaya bien. —¿Cómo te llamas?
—Tensyl Durmond, de los Mercenarios de Iardon.
—Espera un momento, buen Tensyl, y te daré una moneda de oro. —¡Ven con
nosotros! —gritó Marek desde la calle—. En caso contrario, antes de quince días
te habrás quedado sin la insignificante vida que llevas entre los trabajadores.
Soy capaz de desenmascararte para conseguir lo que quiero, Cyric. Recuérdalo.
—Lo recordaré —repuso Cyric suavemente; luego se volvió y se dirigió a la
puerta—. Siempre me acuerdo.
Cyric abrió la puerta al muchacho e ignoró la
expresión abobada de su rostro cuando vio la ventana rota y las evidentes
señales de una reciente lucha en la habitación.
3
El encuentro
Medianoche no tardó en despejarse después de
abandonar la granja y consiguió que una pequeña caravana, bastante corriente en
la carretera que conducía a la ciudad incluso en tiempos difíciles, la llevase
a Arabel. Sin embargo, ningún viajero de cuantos encontró pudo explicarle nada
acerca de los sucesos de las últimas dos semanas, si bien todos contaban
historias sobre la enloquecida magia y el desorden de la naturaleza. Cuando la
caravana llegó a la ciudad, Medianoche se fue en busca de sus propias respuestas.
Pasó el día deambulando por las calles de Arabel,
tratando de verificar las historias de Brehnan con respecto a los dioses y al
extraño estado de la magia en los Reinos. Medianoche sabía que podía pasarse
todo el tiempo que quisiera buscando respuestas, pues tenía todavía llena la
bolsa que tan fácilmente
había ganado en la Compañía del Lince. Si era
prudente, el oro le duraría como mínimo tres meses. Al principio de sus
pesquisas, Medianoche encontró la Casa de las Damas, el templo de Tymora, y
pagó la entrada para ver la cara de la diosa. La mirada de Medianoche se cruzó
con la de Tymora y una extraña emoción la embargó al comprobar al instante, de
eso no cabía la menor duda, que aquella mujer era la diosa en carne mortal.
Entre las dos surgió un sentimiento de afinidad, como si a cierto nivel
primario compartiesen un gran secreto que, en honor a la verdad, Medianoche no
sabía de qué podía tratarse. Sin embargo, el momento más impresionante del
encuentro fue aquel en que la diosa miró a Medianoche antes de que la maga se
retirase. El temor se reflejaba en su mirada.
Medianoche se apresuró a salir del templo y pasar
el resto del día explorando la ciudad. No encontró ningún templo de la diosa
Mystra y, cuando se atrevió por fin a entrar en una posada del lugar, sus
preguntas sobre el paradero de la diosa de la Magia no recibieron más
respuestas que ojos en blanco y encogimiento de hombros. Parecía que no todos
los dioses habían hecho espectaculares entradas la noche del Advenimiento, como
era el caso de Tymora. De hecho, algunos dioses ni siquiera se habían presentado.
Los pasos de Medianoche la llevaron finalmente al
mesón El Orgullo de Arabel, a la hora de la cena. Se quedó un momento en la
puerta y observó a un cuervo negro que daba vueltas como un buitre en la
penumbra. Luego apartó la mirada de aquella criatura y entró. Tras instalarse
en una mesa situada cerca de la parte posterior, pidió su cerveza preferida y
abundante comida.
Al cabo de un rato, llamó su atención un grupo de
aventureros. Estaban sentados en el extremo opuesto de la posada y su
conversación era una de las muchas que se oían en la sala cada vez más llena,
pero Medianoche no pudo evitar que su mirada se posase una y otra vez en el
fornido guerrero y sus compañeros. Se levantó finalmente de su mesa y se
dirigió al otro extremo del mostrador, donde podía escuchar sus palabras con
bastante claridad.
—Los muros viven y respiran —dijo Caitlan, Melodía
de la Luna—. ¿Dicen que ningún muro tiene oídos de verdad? ¡Pues éstos sí!
—¿Y esto debe animarnos? —preguntó Adon.
Kelemvor se reclinó contra el respaldo de la silla,
se tomó su cerveza de un trago y dejó escapar un eructo. Adon lo fulminó con la
mirada. El Orgullo de Arabel era un mesón caro donde había que mantener cierto
decoro. Los nobles que acudían a la ciudad, cuando escaseaban las habitaciones
en el palacio, se alojaban en esta hostería, y de los comerciantes y hombres de
negocios sólo los de muy alta categoría podían permitirse el lujo de pagar los
precios de El Orgullo. Por haber acabado con la conspiración del Caballero
Siniestro, Kelemvor, Cyric y Adon contaban con el favor permanente de visitar
gratis el mesón cuantas veces lo desearan. Si bien se habían permitido ese lujo
por separado, aquélla era la primera vez que acudían juntos al mesón.
Mientras los aventureros escuchaban la historia de
Caitlan, Adon advirtió que una bonita camarera miraba en su dirección y le
sonreía. La cara de la joven le resultaba familiar, pero el clérigo no fue
capaz de reconocerla. —Es imposible que una fortaleza tenga vida —observó
Cyric. —¡Ésta sí! Los muros pueden envolverte. Los pasillos pueden cambiar de
forma sin que lo adviertas y convertirse en un laberinto donde uno acaba
muriendo de hambre. El polvo en sí es suficiente para matarte; tiene la
facultad de solidificarse y convertirse en dagas que atraviesan el corazón de
un valiente guerrero que jamás haya conocido la fatiga ni el agotamiento.
«¡Ah! ¿Cómo escapaste tú, entonces, pequeña?», se
preguntó Cyric, con una sonrisa jugando en sus rasgos semiocultos por las
sombras. Estaba sentado de espaldas a la pared, otra lección bien aprendida en
sus días de ladrón; y una lección aplicada ahora bastante razonablemente,
teniendo en cuenta la batalla que había librado con Marek hacía menos de una
hora.
Cyric estaba seguro de que Caitlan no les estaba
contando todo y, por esta única razón, el ladrón guardaba silencio y se cubría
la amplia sonrisa con una mano enguantada.
—Vuelve a explicarme por qué debemos arriesgar la
vida y el pellejo sólo para ayudarte a ti y a esta
simple niña que promete grandes riquezas y sin
embargo va vestida de harapos —dijo Adon a Kelemvor. Cyric observó que el
clérigo estaba muy nervioso; tan nervioso, que cada vez que se abría la puerta
de la hostería y entraba un nuevo cliente se sobresaltaba. Adon, el clérigo, se
comportaba de forma extraña desde que llegó, en respuesta a la llamada de
Kelemvor; en aquellos momentos su estado de ánimo le incapacitaba para la
compañía humana. El efecto era desconcertante.
—¿A quién estás esperando? —preguntó Cyric al
impaciente clérigo, que se limitó a hacer una mueca. —¡Claro que hay un riesgo!
—dijo Kelemvor finalmente—. Pero ¿qué otra cosa es la vida, sino una serie de
riesgos? No sé si vosotros dos pensáis como yo, pero no soporto la idea de
pasar otro día encerrado dentro de estos muros desesperantes. —¡Y mi señora
está atrapada dentro de ellos, prisionera de por vida a menos que vosotros la
rescatéis! —Caitlan se puso pálida a medida que hablaba y en su frente aparecieron
unas gotas de sudor.
Adon desvió la mirada y vio que la camarera que le
había sonreído se acercaba. Era chiquita, con un brillante pelo rojo que le
recordaba a la propia Sune. Llevaba una bandeja cargada de bebidas y se detuvo
junto a la mesa contigua. Recordó de repente la conversación que habían
mantenido dos noches antes, cuando la conoció en la hostería Luna Alta. A Adon
le gustaba el ambiente de aquella hostería; el salario de la joven era
demasiado bajo para pensar siquiera en permitirse los
lujos de El Orgullo de Arabel.
—Adon —dijo ella, recorriéndole de arriba abajo con
la mirada. —¡Querida! —Adon no recordaba su nombre. Un momento después Adon
estaba en el suelo, el impacto de la bandeja resonando todavía en sus oídos.
—¡Bonito consejo me diste, patán! ¡Exige igualdad
de retribución! ¡Que te traten justamente, como a una persona, no como a una
puta sirvienta a quien acarician y se comen con los ojos los borrachos
acaudalados de ropa elegante que pasan por esa puerta!
Adon trató de que se excitara algún sentido en su
confundido cerebro, pero no lo consiguió. Sí, las palabras parecían ciertamente
las suyas... —¿La conversación no dio sus frutos? —dijo el clérigo en voz baja.
La camarera temblaba de rabia.
—He perdido mi puesto, que me llevaba directamente
a ser la siguiente dama refinada de la hostelería, la esposa del propietario.
¡Una vida de lujo echada por la borda por tu culpa!
Le arrojó la bandeja y, en esta ocasión, Adon tuvo
cuidado de evitarla. La camarera se alejó como un huracán y Adon miró a sus
compañeros. —¿Cuándo nos marchamos? —preguntó Adon; luego aceptó la mano que
Cyric le ofrecía para ayudarle a ponerse de pie.
—¡Bienvenido! —dijo Cyric, sin ocultar ya la
sonrisa. —Debemos tener en cuenta algo más que nuestra prisa por marcharnos o
nuestro deseo de aventura —observó Kelemvor—. Aunque no se pueda confiar en la
magia, deberíamos llevar un mago en este viaje. Cyric frunció el entrecejo.
—Sí, supongo que tienes razón. Pero ¿quién? —¿Qué
me decís de lord Aldophus? —preguntó Adon al cabo de un momento—. Es un sabio
de gran reputación y mantiene una sólida amistad con el rey Azoun. —Un cúmulo
de curiosas circunstancias..., si todas arden desencadenan un infierno —dijo
Cyric en voz baja, repitiendo la frase acuñada por Aldophus, una frase cuyo
significado había adquirido nuevo sentido y, en cierta forma, más misterioso
del que el sabio había pretendido cuando la pronunció por primera vez. —Aldophus
es un diletante en las ciencias físicas. —Todos los rostros se volvieron hacia
la mujer de pelo oscuro que estaba delante de los aventureros—. Dudo mucho que
la práctica de adivinar las cualidades del lodo y de los metales bajos de ley
os resulte de mucha utilidad donde tenéis intención de meteros. —¿Debo suponer
que tú podrías hacerlo mejor? —dijo Kelemvor con desprecio. La mujer levantó
las cejas y Kelemvor estudió su rostro. Eran sus ojos de un negro profundo e
insondable con unos puntos color escarlata que bailaban dentro de ellos. Tenía
la piel bronceada e imaginó que procedía del sur. Sus labios eran gruesos y
rojos como la sangre; una fría sonrisa cruzaba su misterioso rostro, enmarcado
por un pelo largo y negro recogido en un par de trenzas. Era alta para ser
mujer, ligeramente más alta que Kelemvor. Se cubría con una capa que sólo
permitía distinguir un
hermoso medallón azul en forma de estrella. La tela
era de un color violeta intenso y llevaba dos grandes libros, atados con una
correa de cuero, colgados en bandolera.
Kelemvor pensó que aquello era un asunto de hombres
y que ella estaba metiéndose donde no la llamaban. Empezó a decírselo a gritos
cuando su vaso se partió y de él surgió un dragón hecho de fuego blanco azulado
de la envergadura de un hombre. Acompañó su salto de un rugido que atrajo la
atención de todos los huéspedes
del mesón. El dragón abrió las fauces y dejó los
colmillos al descubierto, unos colmillos
que parecían estar afilados como dagas. Luego se
alzó sobre sus patas traseras y se abalanzó hacia
adelante con la única intención de arrancarle a
Kelemvor la cabeza y poner fin así a la dinastía de los
Lyonsbane. La rapidez y la furia del monstruo
impidieron que Kelemvor sacase su espada a tiempo y el
dragón habría matado al guerrero en un instante;
pero, de pronto, la criatura se detuvo, dejó escapar de
su garganta un ruido impresionante y desapareció.
Kelemvor se quedó sentado sobre la silla hecha
trizas en el suelo, con las piernas estiradas, el
corazón latiéndole aceleradamente, y lanzó miradas
fulminantes a un lado y a otro; la mujer sonrió y
dejó escapar un bostezo. Kelemvor la miró con
severidad. —¿Hacerlo mejor? —dijo ella, repitiendo
el comentario sarcástico del guerrero—. Debo
suponer que podría hacerlo. —A continuación cogió
una silla—. Soy Medianoche, del valle profundo.
Las espadas volvieron a sus fundas, las hachas a
sus lugares, se retiraron los resortes de las ballestas y
la calma general volvió a la posada. —Una simple
ilusión. Necesitamos un mago, no un ilusionista. —
Pero la risa gutural de Kelemvor quedó interrumpida
de golpe al ver la mesa donde había aparecido el
dragón de fuego: se había quemado el sólido roble.
Kelemvor pensó que aquel control de la magia era
sorprendente, sobre todo procediendo de una mujer.
Quizás había sido un accidente. Echó mano de la
espada para apoyarse y ponerse de pie. Antes de que
se le ocurriese volver a meter la espada en su
funda, se dejó oír una voz demasiado familiar:
—¡No! ¡Mis ojos me están engañando! ¡No puede ser
que Kelemvor el Fuerte haya venido a honrar este
pobre mesón con su maravillosa presencia!
Kelemvor se levantó con la espada por delante, y
miró la cara risueña del mercenario Thurbrand.
Kelemvor se dio cuenta de que no estaba solo. Se
habían juntado dos mesas cuadradas para acomodar
al grupo de Thurbrand, compuesto por siete hombres
y tres mujeres, ninguno de los cuales, a menos de
tener muchísima imaginación, sería jamás confundido
con un cliente habitual de la hostería El Orgullo
de Arabel. Los hombres, a pesar de su aparente
juventud, tenían aspecto de combatientes veteranos.
Uno de ellos, un albino, alargó la mano para coger
su daga, pero Thurbrand le indicó con un gesto que
se tranquilizase. Junto a Thurbrand había una mujer
de pelo rubio y corto que se mostraba fascinada
ante cada palabra y cada gesto del mercenario. En
la otra punta de la mesa, una joven de pelo castaño,
también corto, permanecía silenciosa mirando con
suspicacia a Kelemvor. Kelemvor observó los
demasiado conocidos ojos color esmeralda de
Thurbrand, y le parecieron tan engañosos y cautivadores
como siempre. Hizo una mueca. —¡Y yo que pensaba
que los perros estaban a buen recaudo en la
perrera! — espetó Kelemvor—. Espero que el
vigilante sea castigado. Mientras miraba a sus
compañeros, Thurbrand movió la cabeza y sonrió.
Aquella mirada les puso claramente de manifiesto
que no debían interferir, pasara lo que pasase.
—¡Kelemvor! —exclamó, como si el mero hecho de
pronunciar aquel nombre fuese por sí mismo una
adversidad—. ¡Espero que los dioses no sean tan
crueles! Kelemvor dirigió la vista hacia los
curiosos de las otras mesas y éstos, uno a uno, fueron
apartando su inoportuna mirada.
—Te estás haciendo viejo —dijo Kelemvor en un tono
de voz mucho más bajo. Thurbrand, que acababa de cumplir los treinta años, era
apenas algo mayor que el propio Kelemvor, y, sin embargo, la edad había
empezado a causar verdaderos estragos en el guerrero. Thurbrand había ido
perdiendo el pelo, hermosamente rubio, y lo llevaba más largo de lo normal en
un intento de cubrir las zonas calvas. Era evidente que
Thurbrand era consciente de ello pues no dejaba de
tocarse y acariciarse el pelo con los
dedos a fin de mantenerlo sobre los trozos claros.
Desde la última vez que Kelemvor lo viera, le habían
salido arrugas en la frente y alrededor de los
ojos; su actitud, incluso sentado, daba la imagen de un hombre de negocios
rechoncho sin aquel aire elegante y espigado del guerrero con el que Kelemvor
había compartido unas cuantas aventuras intrépidas años atrás, antes de que un
altercado, cuya raíz habían olvidado ambos hombres hacía tiempo, hiciera que
cada uno se fuera por su camino. Sin embargo, el rostro de Thurbrand estaba
rojo por haber tomado demasiado sol y sus brazos estaban tan fuertes y musculosos
como los de Kelemvor.
—¿Viejo? ¿Thurbrand de las Tierras de Piedra,
viejo? ¿Por qué no te miras de vez en cuando en el espejo?, tú sí que estás
hecho una ruina. ¿Y nadie te ha dicho que los hombres civilizados no sacan las
armas a menos que tengan un uso que darles? —Compadezco a quien nos confunda a
ti o a mí con hombres civilizados —dijo Kelemvor, luego guardó la espada.
—Kel —dijo Thurbrand—, vas a echar abajo mi frágil
fachada. Soy cliente habitual de este establecimiento. Un respetado
representante de armas con experiencia y talento para empuñarlas. A propósito,
tal vez tenga un trabajillo que tú... —¡Basta! —lo interrumpió Kelemvor.
Thurbrand movió la cabeza en una actitud de fingida
desesperación. —¡Ay! ¡Está bien! Por lo menos sabes dónde puedes encontrarme.
—Eso no lo sabría a menos que tuviese ojos en la nuca —replicó Kelemvor para
luego volverle la espalda.
Kelemvor encontró otra silla esperándole y vio a un
camarero meterse precipitadamente en la cocina con los pedazos de la silla rota
bajo el brazo. Medianoche estaba sentada con toda confianza entre Cyric y Adon.
Caitlan guardaba silencio, fascinada por el medallón de la maga que ahora
descansaba sobre su capa. Daba la impresión de que la muchacha estaba a punto
de desmayarse. Estaba pálida y le temblaban las manos.
—Estábamos hablando del camino más adecuado a
seguir y de la parte del botín para alguien con mi talento —dijo Medianoche sin
turbación alguna, y a Kelemvor se le erizaron todos los pelos del cuerpo —. Yo
sugiero que... —Levántate —se limitó a decir Kelemvor.
—Me necesitáis —dijo Medianoche con incredulidad
mientras obedecía a regañadientes.
—Sí —replicó Kelemvor—. Tanto como necesito que me
corten la garganta mientras duermo. ¡Fuera de aquí!
Caitlan se levantó de repente, moviendo la boca
como si estuviese a punto de gritar. Se llevó las manos a la garganta y se
desplomó sobre la mesa. Kelemvor miró a la muchacha con el pánico reflejado en
los ojos. —Mi recompensa —murmuró. Cuando levantó la vista se dio cuenta de que
los otros estaban esperando a que él les dijese lo que había que hacer—. ¡Adon!
No te quedes ahí parado. Eres clérigo. Mira lo que le pasa a la niña y cúrala.
Adon sacudió la cabeza y dejó las manos abiertas colgando de sus costados. —No
puedo. Estando los dioses en los Reinos, nuestros hechizos no surten efecto a
menos que estemos cerca de ellos. Debes de saberlo. Kelemvor soltó un juramento
al ver que Caitlan estaba temblando a pesar del calor que hacía en la sala.
—Ve a buscar una manta o algo para darle calor.
Medianoche se adelantó.
—Mi capa —dijo a la vez que empezaba a desabrochar
el cierre del cuello.
—Tú no tienes nada que ver con esto —dijo Kelemvor
mirándola severamente. Apareció una camarera con un mantel.
—Os he oído —dijo, y se puso a ayudar a Kelemvor a
envolver a la muchacha en el mantel; se retiró cuando el guerrero cogió a la
inconsciente chica en sus brazos. Kelemvor miró los rostros de sus compañeros.
—¿Os vais con la maga o venís conmigo? —se limitó a decir. Adon y Cyric se
miraron entre sí, luego a Kelemvor. Ni siquiera se dignaron mirar a Medianoche.
—Como queráis —dijo fríamente la maga.
Kelemvor y sus compañeros pasaron uno detrás del
otro por delante de ella, que los estuvo observando mientras Adon mantenía la
puerta abierta para los otros y salía a su vez.
Medianoche se volvió y casi chocó con una camarera
cuya frágil figura coronaba una turbada sonrisa. La muchacha jugaba
nerviosamente con su delantal. —¡Guarda silencio! —le espetó Medianoche. —Su
cuenta, señora.
Medianoche se fijó en su primera mesa, donde la
comida que había pedido se había enfriado hacía rato. Poco importaba. Ya no
tenía hambre. Medianoche siguió a la muchacha hasta el mostrador y pagó al
propietario. —¿Hay alguna habitación libre? —preguntó Medianoche. El
propietario del mesón le devolvió el cambio. —No, señora. Está todo completo.
Quizás en La Lanza Escarlata. Está cerca de aquí...
Medianoche escuchó las indicaciones del hombre y le
dio una moneda de oro por las molestias. Antes
de que el hombre pudiese siquiera expresar su
sorpresa ante una propina tan extravagante, Medianoche
empezó a encaminarse hacia la puerta. Mientras
Medianoche cruzaba las puertas del mesón y recibía
con gusto la cortante ráfaga del tenue aire
nocturno, una figura oscura se levantó de una mesa,
intencionadamente desatendida. Al parecer era poco
lo que un puñado de oro no pudiese comprar en
Arabel; por ejemplo, el derecho a permanecer
sentado sin ser molestado en un rincón débilmente
iluminado de un mesón donde apenas cabía un
alfiler. Las negras cuencas de los ojos del desconocido
brillaban con las imágenes de los aventureros.
Sonrió de oreja a oreja, luego desapareció entre las
sombras y se marchó antes de que nadie se hubiera
percatado siquiera de su llegada. Kelemvor llevaba
a Caitlan atravesada en el caballo y cabalgaba en
la oscuridad de la noche. Cyric y Adon lo seguían a
corta distancia con sus respectivas monturas. No
tardaron en llegar a la hostería El Hombre Hambriento
y, una vez allí, Cyric ayudó a Kelemvor a bajar a
la muchacha hasta los brazos abiertos de Adon. El
guerrero saltó de su caballo y corrió a la puerta
de la hostería sin preocuparse siquiera por atar al
caballo. —¿Lo seguimos? —quiso saber Adon.
—Dale unos minutos —dijo Cyric.
Al cabo de un momento, Kelemvor salió de la
hostería y empezó a ordenar en tono brusco que llevasen a la muchacha a la
parte de atrás. En la puerta posterior los esperaba una anciana con una
linterna y les indicó con muchos aspavientos que entrasen. En presencia de la
mujer, Kelemvor tenía un aspecto sumiso.
—Zehla, te presento a Cyric, un compañero de la
guardia, y Adon de Sune —dijo Kelemvor.
La anciana movió la cabeza.
—Ya habrá tiempo para cortesías. Seguidme. Momentos
después estaban junto a Zehla en una habitación que ella reservaba siempre para
emergencias como ésta, y observaban los febriles y atormentados movimientos de
Caitlan, Melodía de la Luna. A medida que se iban formando gotas de sudor en la
frente de la muchacha, Zehla las iba enjugando con una toalla húmeda. —Está muy
enferma, posiblemente a punto de morir, Kel —dijo Zehla, cuyos apergaminados
rasgos y arrugas del rostro evidenciaban su autoridad con respecto al dolor y
al sufrimiento.
Kelemvor se dio cuenta de que Caitlan recobraba el
conocimiento; estaba tratando de decir algo. Él se inclinó para poder escuchar
sus palabras. —Sálvala —dijo la muchacha con voz débil y quebrada—, salva a mi
señora. —Descansa —se limitó a decir Kelemvor, mientras le apartaba el pelo de
los ojos. De repente Caitlan cogió su maciza mano con tanta fuerza que el
guerrero se sobrecogió.
—Ella puede curarte —dijo Caitlan, luego sus
músculos se relajaron y se dejó caer en la cama. —¡Zehla! —gritó Kelemvor, pero
la anciana ya estaba allí. Kelemvor miró a los otros hombres. Si habían oído la
promesa de la muchacha, no lo dejaron entrever. Su secreto estaba a salvo.
—Vive —declaró Zehla—. Por ahora.
La anciana se volvió hacia Cyric y Adon y les pidió
que saliesen de la habitación para poder hablar a
solas con Kelemvor. Ambos hombres miraron buscando
su aprobación, pero él miraba a la muchacha,
absorto en sus propios pensamientos. Salieron sin
que se lo volviesen a pedir y Zehla cerró la puerta
tras ellos. —Mi recompensa —dijo Kelemvor, a la vez
que señalaba a la muchacha—. Si muere, me
engañarán con la recompensa.
Zehla se acercó a él.
—¿Eso es todo lo que te preocupa?
Kelemvor apartó la mirada de la muchacha y volvió
la espalda a la anciana. —Las riquezas pueden ser algo más que oro, buen Kel.
Hay personas que ayudan al prójimo sólo por el placer que les proporciona
actuar así y por el convencimiento de que han hecho algo que las distingue en
el mundo. En comparación, los brazos alquilados son baratos y abundantes.
Harías bien en pensar en ello. —¿Crees que no lo sé? ¡Lo pienso todos los días!
Pero no olvides que no soy un niño ni un jovenzuelo ingenuo para que me sermonees.
No me queda más remedio que seguir el camino que tengo trazado. Zehla se acercó
más y le tocó el brazo.
—Pero ¿por qué, Kel? ¿No puedes decirme por qué?
Los hombros de Kelemvor se hundieron como si la ira que los había recorrido se
hubiese evaporado. —No puedo.
Zehla movió la cabeza y pasó por delante del
guerrero. Apartó una silla y retiró fácilmente con las manos una tabla del
suelo, dejando al descubierto una cajita que había escondido en aquel agujero.
Zehla sacó la caja y se apoyó en la cama para ponerse de pie.
—Ayúdame —dijo Zehla mientras colocaba la caja
junto a Caitlan. Kelemvor vaciló. Los rasgos de Zehla se endurecieron—. Venga,
tenemos que proteger tu inversión.
Kelemvor se adelantó para ver como Zehla abría la
caja, que contenía una serie de frasquitos multicolores.
—Pociones curativas —dijo Kelemvor.
—Claro. ¿No es por eso por lo que has acudido a mí
en lugar de llevarla a uno de los templos? —Sí —contestó Kelemvor—. No se puede
confiar en la magia del clero. Antes le dije a Adon que la curase, sin pensar,
como si estuviésemos todavía antes del Advenimiento. No ha podido, por
supuesto. Me daba miedo que los adoradores de Tymora le volviesen la espalda
por no ser uno de ellos o que nos obligasen a llevarla por la mañana. Para
entonces puede haber muerto. —Que beba esto puede resultar tan mortal como no suministrarle
nada —observó Zehla mientras cogía un frasquito—. No hay ninguna magia segura.
Kelemvor suspiró y miró a Caitlan, que no había dejado de temblar. —Pero ¿acaso
tenemos otra alternativa?
Zehla retiró el tapón del frasco y levantó la
cabeza de la muchacha. Kelemvor la ayudó y juntos alentaron a la inconsciente
muchacha a beber. —De modo que has acudido a mí por mis pociones curativas.
—Sabía que si tú no las tenías, sabrías dónde conseguirlas —le dijo Kelemvor—.
Si era preciso, en el mercado negro. Están muy solicitadas. —El frasco estaba
vacío y Kelemvor dejó que la cabeza de Caitlan descansase sobre las blandas
almohadas—. Y ahora ¿qué?
—Ahora a esperar —contestó Zehla—. A menos que la
hayamos envenenado, no obtendremos ningún resultado hasta mañana. —Si la poción
surte efecto, ¿estará en disposición de viajar con nosotros a caballo?
—preguntó ansiosamente Kelemvor. —Vivirá —le contestó Zehla—. Con respecto a lo
otro, ya veremos. Kelemvor hizo un movimiento para sacar su oro, pero Zehla
detuvo su mano. —A diferencia de ti, Kel, yo no necesito más recompensa que
saber que he salvado una vida. —Zehla señaló la caja abierta donde había media docena
de frascos— . Guárdala —dijo, y luego salió de la habitación. Kelemvor estuvo
un buen rato sin moverse, mirando a la muchacha y los frascos, profundamente
afectado por las palabras de Zehla. Cuando el guerrero salió de la habitación
de Caitlan, encontró a Cyric y Adon esperándolo. Zehla los había informado ya
sobre la mejoría de Caitlan y querían hablar sobre los próximos pasos. Sin
embargo, Kelemvor no estaba de humor para hablar. Salió del mesón acompañado de
sus camaradas y esperó a que montaran a caballo y se alejaran bastante de la
hostería para empezar a dar una serie de órdenes que sorprendieron a Cyric y
desvanecieron algunas de las dudas que el ex ladrón había albergado con
respecto a la capacidad de Kelemvor.
—¿Recuerdas al muchacho que mencionaste antes,
Cyric? El que viste en el mesón, aquel cuyo padre es guardia. Hazle una visita
y convéncele para que mañana al mediodía distraiga a su padre, que monta
guardia en la puerta norte. Si pone objeciones, le amenazas con revelar su
relación con la muchacha. Y dile que guarde silencio una vez nos hayamos
marchado, pues tú tienes amigos en la ciudad que lo
desenmascararían en tu ausencia. Aprovecha las
sombras de la noche para hacerlo, luego ve a descansar un poco y a preparar tus
cosas. Nos encontraremos al alba en El Hombre Hambriento. »Adon, quiero que
vayas a ver a un hombre llamado Gelzunduth. Te indicaré dónde vive. Cyric y yo
necesitamos unas identificaciones falsas que resistan cualquier examen. Ese
gordo y viejo halcón es un maestro a la hora de falsificar documentos. También
necesitaremos un fuero falso. —Kelemvor arrojó una bolsa de monedas de oro a
Adon—. Esto debería cubrir el gasto con creces. Con tu cara inocente, no creo
que
tengas problemas para convencerle de que ponga
manos a la obra. Si se niega, ve a buscarme a mi habitación de El Hombre
Hambriento. Si no estoy, me esperas y yo mismo iré allí contigo. Por otra
parte, tengo una deuda pendiente con ese hombre. Adon estaba confuso. —¿Ninguno
de vosotros va a ir a los barracones con los otros guardias? Kelemvor miró a
Cyric.
—Es parte de nuestra recompensa por ahuyentar al
traidor —contestó Cyric—. Una independencia que agradecimos mucho. —¿Documentos
falsos? —dijo Adon con el entrecejo fruncido—. Eso no es muy legal.
Kelemvor tiró de las riendas y detuvo bruscamente
su caballo. Fulminó a Adon con la mirada.
—No puedes curar. No puedes recurrir a los
hechizos. En una pelea eras... Si consideramos todo esto, no creo que comprar
documentos falsos sea pedir demasiado. Adon bajó la cabeza y escuchó las
indicaciones que le daba Kelemvor, luego se dirigió a la casa de Gelzunduth.
—¿Tú qué vas a hacer? —preguntó Cyric.
Kelemvor estuvo a punto de echarse a reír. —Yo voy
a tratar de encontrar un mago que no sea una mujer. Se introdujo en la
oscuridad de la noche con su caballo, dejando a Cyric con la tarea que tenía
por delante y meditando sobre sus propias preguntas. Las calles de Arabel
estaban desiertas. Medianoche se preguntó distraídamente si no se habría
establecido un toque de queda. Se había desviado del camino que le indicó la
camarera de El Orgullo de Arabel y no tardó en percatarse de que se había
perdido. Medianoche sabía que era preferible así, pues ello le daba tiempo para
tranquilizarse antes de encontrarse en compañía de otras personas en la
hostería La Lanza Escarlata. Medianoche tocó el medallón —la responsabilidad de
Mystra— mientras pensaba en el dragón de la llama azul que se había
materializado en El Orgullo de Arabel. Estaba tratando de lanzar un simple
hechizo de levitación para impresionar a Kelemvor, pero, sin saber cómo, se
cambió el sortilegio. Y, si bien Medianoche había mantenido una visible calma y
se había atribuido el mérito del dragón como si fuese eso lo que había querido
crear, estaba muerta de miedo.
La maga volvió a tocar el medallón. Quizá tenía
algo que ver con el dragón. Luego pensó que tal vez
había sido únicamente la naturaleza inestable de la
magia lo que había hecho aparecer al dragón.
Incapaz de llegar a una conclusión sobre la fuente
real del hechizo malogrado, Medianoche se
concentró en encontrar el camino de La Lanza
Escarlata. Luego, en la calle que tenía delante,
Medianoche vio un caballo, y un hombre se dirigió
hacia ella. Se trataba de Thurbrand, el mercenario
que había desafiado a Kelemvor en el mesón.
—¡Mi hermoso narciso!
—Me llamo Medianoche —dijo ella cuando el hombre se
acercó. No había nadie más en la calle. La forma en que la llamó causó un
cierto regocijo en Medianoche, a pesar de la suspicacia propia de su naturaleza
que la animaba a desconfiar del hombre sonriente que tenía delante. —No soy el
«hermoso narciso» de nadie.
—No hay justicia en este mundo —dijo Thurbrand,
cuyos verdes ojos absorbían la luz de la luna que brillaba sobre ellos. —¿Qué
quieres, Ojos de Dragón?
—Ah, ya veo que la tierna misericordia de Kelemvor
te ha dejado marcada —dijo
Thurbrand suavemente—. Produce este efecto en
muchas personas que desean su amistad. Ha sufrido mucho, lady Medianoche, y
proyecta este sufrimiento en todos los que están a su lado.
—Sólo «Medianoche» —dijo la maga, a la vez que
sentía un repentino escalofrío y se apretaba la capa sobre los hombros.
Thurbrand sonrió y retocó un mechón de cabello que había dejado al descubierto
un
trozo de cuero cabelludo.
—Ven, te ofrezco un lugar donde dormir esta noche y
una compañía que apreciará a una mujer encantadora y competente como tú.
Thurbrand se volvió y se encaminó a su caballo. —Tal vez podamos también hablar
de negocios. Medianoche pensó que o sus ojos la engañaban o el caballo hacia el
cual se dirigía Thurbrand tenía una crin color rojo como la sangre; un caballo
que era la viva imagen de aquel del que la separaron cuando se encaminaba a
Arabel. Con el corazón latiéndole aceleradamente, vio a Thurbrand detenerse y
mirar por encima de su hombro. Medianoche se adelantó, se puso a su lado y
sonrió como si estuviese tomando forma un plan en su mente. Quizá Thurbrand
podría ayudar a demostrarle a aquel estúpido y altanero Kelemvor que ella no
era una mujer con la que se pudiera jugar; al propio Thurbrand no le habría
molestado el curso que habían tomado sus pensamientos. —Más exactamente, del
asunto para el cual el canalla de Kelemvor no ha tenido el buen juicio de
contratarte. Hay muchas cosas que quisiera saber. Medianoche frunció el
entrecejo y lanzó a Thurbrand un sortilegio para que olvidase. En la nuca de
Thurbrand apareció un suave resplandor azul y blanco y, molesto, ladeó la
cabeza y se dio una palmada en el cuello. —¡Malditos bichos! —exclamó con
brusquedad—. Y dime, ¿de qué íbamos hablando? —No me acuerdo.
—Qué extraño —dijo Thurbrand a la vez que montaba
sobre el semental negro, luego miró a Medianoche que tenía la mano extendida;
ella saltó, después de colocar la bota en la mano del guerrero, y casi lo
arrojó del caballo cuando se instaló cómodamente. —¿Extraño? —dijo ella.
—Parece que yo tampoco lo recuerdo. —Thurbrand se
encogió de hombros—. Supongo que carecía de importancia.
—Sí —dijo Medianoche, para luego espolear
suavemente al caballo. Cuando los jinetes empezaron a ponerse en movimiento en
mitad de la noche, ella se agarró con fuerza—. Supongo que tienes razón. Tienes
un caballo precioso. —Hace sólo una semana que lo compré. Es algo indócil, pero
audaz en la batalla. Medianoche sonrió y le dio unas palmadas al caballo en el
flanco. —Me atrevería a decir que ha salido a su amo. Thurbrand se echó a reír
y descansó su mano enguantada en la rodilla desnuda de Medianoche; la retiró
cuando el caballo se encabritó, pues se vio obligado a coger las riendas, o
correr el riesgo de caerse.
Medianoche se preguntó si conocía algún hechizo
para que el hombre tuviese las manos quietas y la cabeza sobre su propia
almohada durante la noche. A decir verdad, ello carecía de importancia. Si
Medianoche decidía dormir sola aquella noche y si le fallaba la magia, le
quedaba el cuchillo. Un cuchillo nunca fallaba.
Medianoche sonrió para sus adentros y se relajó un
poco. Kelemvor no le daría la espalda después de haber visto lo que le iba a
hacer a Thurbrand.
De su búsqueda infructuosa Kelemvor regresó furioso
y cansado. Le pareció extraño encontrar a Adon tumbado en el suelo; despertó al
hombre el rato suficiente para enterarse de que todo había salido según el plan
trazado: Gelzunduth había proporcionado los documentos falsos. Una vez los
papeles en poder de Kelemvor, Adon volvió a rastras a su cama, hecha en el
suelo con mantas arrugadas, y se quedó dormido inmediatamente.
El guerrero quería saber cómo había ido la misión
y, lo que era más importante, por qué Adon no estaba durmiendo en el templo,
pero se alegró de que Adon no se hubiese mostrado dispuesto a dar una
explicación. El vivo recuerdo de una noche pasada en vela, escuchando al
clérigo alabar incansablemente a su diosa y, de paso, a sí mismo, fue
suficiente para que Kelemvor se abstuviese de pedirle explicación alguna sobre
el más insignificante de los asuntos. Adon no dudaría en convertir la
conversación en una oportunidad para alabar a Sune.
Horas más tarde, cuando Kelemvor estaba
profundamente dormido, Adon se despertó y no pudo volver a dormirse. El
clérigo, temiendo encontrar en su humilde alojamiento del templo de Sune a un
guardia
armado esperándolo para escoltarlo de nuevo a la
mazmorra, había evitado aparecer por el templo aquella noche. Adon agradecía a
Kelemvor su generosa hospitalidad, pero había aprendido que era poco
aconsejable expresarle este tipo de sentimientos. Encontraría alguna otra forma
de darle las gracias.
Adon era consciente de que estaba llevando su
prudencia demasiado lejos. Al fin y al cabo, Myrmeen le había dado hasta el
mediodía del día siguiente para marcharse de Arabel. Pero si ella cambiaba de
opinión, podía encontrarse siendo la víctima de una espada asesina. Su
experiencia con la camarera de El Orgullo de Arabel le había vuelto cauteloso.
Adon empezó a vestirse en la semioscuridad, a la
vez que trataba de ignorar el estado de la habitación. El clérigo había
mantenido siempre su alojamiento meticulosamente pulcro; la habitación de
Kelemvor daba la impresión de que un pequeño huracán hubiese barrido el lugar,
dejando armas, mapas, ropa sucia y restos de comida esparcidos por todas
partes. A juzgar por el aspecto del cuarto, Kelemvor no permitía, bajo ninguna
circunstancia, que entrasen las mujeres de la limpieza. Después de caer en la
cuenta de que debía, por lo menos, tratar de recuperar sus efectos personales,
Adon salió del mesón y recorrió las calles apartadas del centro de la ciudad
hasta el templo de Sune. Una vez allí y no viendo señal alguna de guardias,
encargó a un compañero sunita la tarea de ir a buscarle las pertenencias a su
celda de adobe. El sunita murmuró algunas amenazas poco amistosas, referidas en
su mayoría a golpearle su espesa cabeza con el mayal por haberle molestado en
pleno sueño. Sin embargo, cuando el clérigo comprendió que Adon iba a marcharse
para siempre, aceptó con entusiasmo.
Cuando el sunita regresó de la celda, Adon se
cercioró de que había metido en la bolsa el mazo de guerra pues, según la
descripción que la muchacha había hecho del castillo, era muy probable que lo
necesitase. Después Adon regresó al mesón El Hombre Hambriento, despejó una
zona en el suelo para sus bártulos, y se quedó profundamente dormido.
Cuando empezó a clarear, Cyric despertó a los dos
hombres y les comunico que su misión también había ido sobre ruedas. Kelemvor
se apresuró a vestirse y fue a ver cómo estaba Caitlan. Le sorprendió
gratamente encontrarla sentada, desayunándose con lo que Zehla acababa de
llevarle.
—¡Kelemvor! —exclamó Caitlan cuando vio al
guerrero—. ¿Cuándo nos ponemos en camino?
Zehla dirigió una mirada de entendimiento a
Kelemvor. —Tan pronto como tengas fuerzas suficientes. Y... —¿Está Medianoche
con vosotros? ¡Tengo tantas preguntas que hacerle! —dijo Caitlan—. Es
maravillosa, ¿no te parece? Es tan hermosa, tan inteligente y tiene tanto
talento...
—No vendrá con nosotros —le informó Kelemvor, y
advirtió que sus palabras extrañaron a Caitlan.
Vio que la muchacha palidecía. —Tiene que venir con
nosotros —afirmó Caitlan. —Hay otros magos...
—Se trata de mi proyecto —replicó Caitlan, y, por
primera vez, su verdadera edad se reflejó en su rostro—. ¡O te llevas a
Medianoche o no vas! Kelemvor se enjugó la frente con la mano. —No lo
comprendes. Zehla, explícale que para una misión de este tipo no es apropiada
una mujer. Zehla se levantó de la cama y cruzó los brazos. —¿Y una niña sí lo
es?
Kelemvor comprendió que le habían vencido y se
rindió con un suspiro. La búsqueda que había llevado a cabo la noche anterior
para encontrar un mago había sido inútil. Los pocos magos que mostraron algún
interés por la aventura eran entusiastas, pero bastante incompetentes. Uno
llegó incluso a abandonar su hogar incendiándolo en un intento de demostrar que
era digno de la misión. —Supongo que puedo tratar de encontrarla —dijo
Kelemvor—. Pero Arabel es una ciudad grande y me llevará más tiempo del que disponemos.
—Pues esperaremos —dijo Caitlan mirando hacia otro lado. —¿Y qué pasará con tu
señora? —preguntó Kelemvor en un tono lleno de suspicacia, y de nuevo sus
palabras causaron un efecto de expectación. —No esperaremos mucho —dijo Caitlan
en voz baja. Zehla salió con Kelemvor de la pequeña habitación y se reunió con
él en el vestíbulo.
—He observado que no falta ni una sola poción
—comentó Zehla. —Soy muchas cosas, pero no un ladrón —aseguró Kelemvor—. ¿Se te
ocurre cuál ha sido la causa de su estado?
—El agotamiento, vivir a la intemperie... Su
organismo estaba predispuesto a cualquier enfermedad. Creo que llevaba bastante
tiempo deambulando por la ciudad tratando de decidir quién sería su paladín.
Adon y Cyric llegaron al vestíbulo a tiempo de oír estas últimas palabras y no
tardaron en unirse a la conversación.
—Es halagador —dijo Adon en un rasgo de ingenio—.
Ha debido de ver algo especial en ti, Kelemvor. —En realidad, había llegado al
borde de la desesperación. Kelemvor fue simplemente el primer candidato que le
dirigió la palabra —dijo Zehla—. Cuando uno consigue que suelte la lengua, es
una jovencita muy habladora. Kelemvor dio un respingo. ¿Qué le habría dicho la
muchacha a Zehla? ¿Había revelado su secreto?
—Tenemos trabajo —dijo Kelemvor, y mediante un
gesto indicó a Cyric y a Adon que lo siguieran. Escapar de la ciudad pasando
inadvertidos no sería tarea fácil. Se suponía que tanto Kelemvor como Cyric
debían incorporarse al servicio poco después de la cena.
Cyric podía ser lo suficiente cauteloso como para
lograrlo pasando por delante de los nerviosos guardias o por encima de los
muros imposibles de escalar, pero llevando a remolque una niña, un clérigo
galán y un mago, era sin duda imposible que el fornido guerrero lo consiguiera.
—Cyric, ve a comprar ropa y lo que te parezca que nos pueda servir para
disfrazarnos. Adon, intenta encontrar a Medianoche. Vamos a tener que...
aceptarla. Yo estaré aquí, terminando de recoger mis cosas y trazando un plan
—dijo Kel apenas los tres aventureros hubieron salido del mesón. Una hora más
tarde, cuando Kelemvor salía de su habitación, estuvo a punto de chocar con dos
hombres de Zehla cargados de comida. Fuera, encontró a Cyric y Adon
empaquetando las provisiones a un ritmo sorprendentemente ligero. Adon sonrió
y, con un gesto de la cabeza, indicó las sombras de los establos, donde
apareció Medianoche con un magnífico caballo negro de deslumbrante crin roja.
Vencido, Kelemvor dejó caer los hombros, con el peso del recuerdo del rostro de
Caitlan y de la posible pérdida del oro que ella le había prometido. —¿Juegas,
Kel? —preguntó Medianoche alegremente. —Me parece que estoy a punto de hacerlo
—gruñó él. Medianoche extendió una mano. Sostenía un enorme montón de pelo
trenzado que parecía una escoba.
—Una gentileza de tu amigo Thurbrand —dijo
Medianoche. Kelemvor comprendió que las trenzas eran pelo humano; todo el pelo
humano que quedaba en la cabeza de Thurbrand. —¿Está...?
—Bastante molesto, sí.
Kelemvor no pudo reprimir una sonrisa.
—¿No acabas de mencionar el juego?
Medianoche asintió.
—Considéralo mi apuesta para entrar en tu partida.
En esta ocasión Kelemvor rió con una risa franca que quedó interrumpida al
fijarse en los disfraces que sobresalían de los paquetes colocados en la parte
trasera del caballo de Cyric. Examinó los paquetes y encontró unas pelucas,
unas máscaras de una naturalidad sorprendente y unos vestidos andrajosos de un
par de ancianas pordioseras. Apareció Caitlan detrás de ellos con un aspecto
radiante, rebosante de salud. Saludó a Medianoche como si ésta hubiese sido la
respuesta a sus plegarias, luego dirigió la vista por encima del grupo, como si
estuviese mirando algo que hubiera al otro lado de las murallas de Arabel, y su
expresión volvió a ensombrecerse. —Tenemos que marcharnos —dijo Caitlan con
gravedad—. No queda mucho tiempo. Medianoche miró a Kelemvor.
—Si quieres puedo ayudar a Adon con las
provisiones. Kelemvor asintió con una inclinación de cabeza, seguidamente cogió
los paquetes que contenían los disfraces y Cyric lo siguió cuando entró en el
mesón. —¿Cómo se llama el lugar a donde vamos? —quiso saber Medianoche. —El
castillo de Kilgrave.
Medianoche se encogió de hombros y se quitó la capa
para trabajar más cómodamente. Mientras colocaba la capa sobre el lomo de su
caballo, el medallón azul con la estrella brilló a la luz del sol. En
las sombras de los establos, una figura surgió de
la oscuridad, adoptó la forma de un cuervo, salió velozmente y pasó volando
sobre las cabezas de los aventureros, a una velocidad que ningún ser de la
naturaleza podría alcanzar jamás.
4
La naturaleza enloquece
Bane no estuvo ocioso durante las dos semanas
transcurridas desde el Advenimiento, como sus adoradores llamaban a la noche en
que fue expulsado de los Cielos. Necesitaba una actividad constante para no
pensar en su lamentable estado mortal y, en las pocas ocasiones en que
examinaba y consideraba la frágil forma mortal que la necesidad le había
obligado a asumir, lord Black se perdía en las complejidades infinitas de la
máquina que le daba movimiento y voz. ¡Qué regalos y milagros encontraba dentro
de las zonas microscópicas que rodeaban la corteza! Y cuando sumergía su
conciencia, aunque fuera únicamente en una sola célula del interminable flujo
de sangre del cuerpo, y dejaba que el propio cuerpo decidiese el circuito de
sus exploraciones, se sentía tan pletórico como con su propia divinidad
perdida.
Era entonces cuando comprendía la trampa en que
podía caer y se obligaba a ahuyentar estos pensamientos. Colocaba barricadas
entre el cerebro y el cuerpo que estaba obligado a habitar y fortalecía sus
percepciones en un intento de dirigirlas hacia el exterior, siempre hacia el
exterior, y no volver a sucumbir a los peligros encerrados dentro de su marco
mortal. Bane era un dios; hasta entonces los milagros habían sido para él una
rutina, algo normal y corriente. Pero ahora los milagros de las Esferas estaban
fuera de su alcance y debía concentrarse en la tarea que tenía ante sí, si
quería algún día no muy lejano reclamar los Cielos y satisfacer, como
correspondía a un dios, la sed de milagros y prodigios que le corroía. Durante
los primeros días de la estancia de Bane en Zhentil Keep, los gobernantes
humanos de la ciudad se postraron de rodillas en su presencia y pusieron todas
sus posesiones a disposición de Bane. Se alegraba de que no hubiera habido
derramamiento de sangre durante el golpe, pues iba a necesitar tanta para
engrasar las ruedas de sus maquinaciones como las garras de su puño pudiesen
conseguir. Se había empezado la construcción del nuevo templo de lord Black; no
tardaron en desaparecer los escombros y elevarse unos muros provisionales para
ocultar las sesiones de planificación convocadas por Bane. A pesar de que lord
Chess había presentido que su posición como soberano nominal de Zhentil Keep
estaba en peligro, se ofreció a poner su persona y su equipo a disposición de
Bane. Éste prefirió permanecer cerca de su trono negro pues, mientras los
ciudadanos fuesen leales y estuviesen dispuestos a sacrificarse cuando lo
considerase oportuno, no tenía interés alguno por vivir el tedio de las
operaciones cotidianas de la villa. Al cabo de tres noches de llegar a los
Reinos, Bane empezó a soñar; en sus sueños veía a Mystra, que sonreía ante su
cara de terror, sonreía ante Ao mientras los dioses eran entregados a su
suerte. Bane, responsable de las pesadillas, era víctima de una de ellas.
Maldijo su propia carne por compartir esta nueva debilidad. Sin embargo, las
pesadillas tenían un propósito. Bane volvió a meditar sobre el modo
inescrutable en que Mystra se despidió de las Esferas.
Y así, Bane decidió que debía buscar a Mystra y
descubrir por qué había contemplado la cólera de Ao con tanta calma. Cinco días
después del Advenimiento, Tempus Blackthorne, un hechicero de gran
poder e importancia, llegó anunciando que había
encontrado el paradero de Mystra en
los Reinos. Bane precintó las puertas que daban a
sus aposentos privados y se teletransportó, junto con Blackthorne, al castillo
de Kilgrave. Encontraron a Mystra fuera del castillo, desfallecida e
imposibilitada a causa de algún trauma o ataque. Bane pensó que tal vez había
intentado lanzar un sortilegio que había salido mal, y se rió ante la ironía.
Cuando Mystra se dio cuenta de pronto de que lord
Black estaba suspendido sobre ella, lanzó un poco de su poder, un hechizo
modificado pensado para su deseada encarnación. El sortilegio tomó la forma de
un halcón azulado, que se elevó en el cielo nocturno y escapó. Bane ordenó a
Blackthorne que siguiera a la criatura mágica. El emisario se transformó en un
enorme cuervo negro que echó a volar en
pos del halcón, al que perdió de vista en Arabel.
Cuando Bane encerró a la diosa en la mazmorra del
castillo de Kilgrave con cadenas místicas nacidas de fuegos encantados, sintió
una ola de poder precipitarse por la habitación. La desnuda mazmorra de piedra
se sacudió cuando Mystra volvió en sí y probó la resistencia de sus cadenas.
Y entonces Bane invocó su poder con el fin de
mantener a Mystra débil y dócil. Ven, monstruo, te llamo a esta esfera, como
mis secuaces han hecho muchas veces con anterioridad.
La criatura contestó: Voy. Para Bane fue como un
gruñido que resonó en la profundidad de su mente. Y apareció, primero en forma
de bruma roja que se arremolinaba y giraba como un ciclón que se elevaba y le
crecían cientos de manos palpitantes y deformes hendiendo ávidamente el aire
delante de la diosa. Se abrieron luego un número igual de pálidos ojos
amarillos, flotando alrededor de la bruma arremolinada y pasando como fantasmas
a través de sus compañeras a la vez que se agitaban de acá para allá, cada ojo
deseoso de estudiar a su víctima desde todos los ángulos. Finalmente, se
abrieron gran cantidad de grietas en la niebla y surgieron bocas abiertas cuyo
fondo era una interminable sucesión de dimensiones oscuras. Las bocas se abrían
y cerraban rápidamente cuando de una de ellas se escapó un grito que sólo podía
interpretarse como de hambre.
Mystra reconoció a aquella criatura: se trataba de
un hakeashar, un ser de otra esfera con un apetito voraz por la magia. No cabía
duda de que Bane había hecho un pacto con el monstruo. A cambio de ayudarle a
pasar a la Esfera de Materia Prima, el monstruo daría a lord Black algo que
éste valoraba mucho: poder, ya que el hakeashar tenía la facultad de soltar
parte de la magia que consumía y Bane quería esa energía prima para dar impulso
a sus planes.
Mystra meditó sobre sus posibilidades. Si Bane era
tan estúpido que hacía un pacto con aquel ser, conocido por su naturaleza
traicionera, era posible que hubiese un medio de aprovecharse de tal situación
en beneficio propio. —Tenemos mucho que hablar —dijo Bane al hakeashar cernido
sobre él. —¿Por qué me has encerrado? —preguntó Mystra. —Será un placer para mí
librarte de estos grilletes cuando me hayas escuchado..., y aceptado ayudarme a
completar mi plan. —Sigue.
—Quiero formar una alianza de dioses —prosiguió
Bane—. Si me juras lealtad a mí y a mi causa, diosa, te dejaré en libertad. A
pesar de la presencia del hakeashar, Mystra no pudo reprimir una carcajada.
—¡Estás loco! —dijo.
—No —replicó Bane—. Me estoy limitando a ser
práctico. —Se volvió hacia el monstruo—. Es toda tuya —le dijo en tono
tranquilo—. Pero no olvides nuestro pacto.
Naturalmente.
Cien ojos dejaron de mirar a Bane y en esta ocasión
Mystra no pudo reprimir un grito.
Cuando se acabó, la grotesca criatura soltó una
risita maliciosa y metió los resplandecientes ojos en sus abiertas fauces,
dispuesta a dormir, ahora que estaba saciada. Mystra se sorprendió al comprobar
que seguía con vida, pero el dolor, incluso estando ella en su forma nebulosa,
había sido espantoso. Bane lanzó maldiciones al monstruo hasta que éste abrió
unos cuantos ojos y dejó escapar una ráfaga de llamas azuladas que envolvieron
al villano. Al cabo de un rato, el poder robado hacía latir literalmente a
Bane. —¡Basta! —gritó Bane, y las llamas azuladas se apagaron. —Fuiste tú,
¿verdad? —dijo Mystra a la vez que forcejeaba débilmente con sus cadenas—. Tú
robaste las Tablas del Destino. Sospeché de ti desde el principio. —Yo las cogí
—afirmó Bane; a continuación el ser que él había llevado a aquella esfera se
desplomó allí mismo, se tragó sus últimos ojos y se quedó profundamente
dormido—. Junto con lord Myrkul.
—Ao te lo hará pagar caro —dijo ella.
Bane sintió que la magia que le habían succionado a
ella se enrollaba dentro de él, a la espera de ser soltada.
—Ao no tendrá ningún poder sobre mí —dijo lord
Black, y su risa resonó en el local.
Desde aquella noche, y más de una docena de veces,
Bane dejó que el hakeashar le fuese arrebatando
el poder a Mystra, el cual daba la impresión de
reproducirse como las células de la sangre en un humano. En cada ocasión, Bane
recibía una fracción de esta energía, según los términos de su acuerdo con el
monstruo. Cada vez que recibía más poder, Bane recorría los pasillos de Nueva
Acheron, antes castillo de Kilgrave, anhelando su verdadero templo y deseando
compartir con alguien sus triunfos. Blackthorne estaba ausente la mayor parte
del tiempo, supervisando asuntos varios en Zhentil Keep o buscando alguna señal
de magia de la cual Mystra hubiese podido desprenderse antes de ser capturada.
El puñado de hombres que Blackthorne había reclutado para hacerse cargo de las
necesidades humanas de Bane era un despreciable ejemplo de la especie, y a Bane
no le interesaba ninguno. Aquel día, lord Bane estaba en la impenetrable
mazmorra que había debajo del castillo de Kilgrave, contemplaba las tranquilas
aguas de la balsa que había construido y hablaba con lord Myrkul. Una buena
parte del espacio, de hecho una buena parte del castillo, había sido modificada
en función de las necesidades de Bane, por lo que el castillo de Kilgrave había
sufrido muchos cambios desde que el dios lo tomó como cuartel general. Lord
Black había intentado esculpir mágicamente algunas habitaciones y otras salas
para hacer de ellas una réplica de su templo del Sufrimiento en Acheron, si
bien la mayoría de sus esfuerzos desembocaron en un rotundo fracaso. La
inestabilidad de la magia hacía que fuese imposible, incluso para un dios,
atinar con todos los sortilegios; y, cuando Bane hacía uso de la magia, se
sentía como un artista tratando de pintar sin la ayuda de las manos. Bane
consideraba que el castillo tenía cierta gracia, sólo que su existencia era
como un monumento a su pérdida y ello no gustaba en absoluto al destituido
dios.
—¿Qué esperas lograr drenando el poder de Mystra?
—preguntó Myrkul en un arrebato de impaciencia
—. Tu forma mortal sólo puede contener una
determinada cantidad de poder, y habrá que ir rellenando el recipiente
paulatinamente. —Te olvidas de algo —replicó Bane—. Tú y yo establecimos una
alianza cuando
robamos juntos las Tablas.
—Una alianza temporal —dijo Myrkul— que no se ha
demostrado muy lograda. Mira en lo que nos hemos convertido. Menos que dioses,
más que hombres. ¿Qué lugar tenemos en los Reinos, lord Bane? Bane miró el
rostro demacrado, casi esquelético, de la mutación de Myrkul, y, al recordar su
propia forma espantosa, se estremeció. —Tenemos nuestros derechos —dijo Bane—.
Somos dioses, por muchas adversidades que Ao nos haga pasar. —Bane sacudió la
cabeza, pero cuando cayó en la cuenta de que era un gesto puramente humano,
paró inmediatamente—. Myrkul, recuerda por qué nos apoderamos de las Tablas del
Destino. Myrkul se rascó su descarnado rostro y Bane estuvo a punto de echarse
a reír. Resultaba tan patético ver al temido dios de la Muerte importunado por
algo tan vulgar como una comezón que resultaba casi divertido. El dios de la
Lucha suspiró ante la idea y prosiguió: —Robamos las Tablas porque creíamos que
Ao sacaba fuerza de ellas y porque, sin las Tablas, se mostraría menos
inclinado a interferir en nuestros asuntos. —Eso es lo que creíamos —dijo
Myrkul con tristeza—. Fue una estupidez por nuestra parte pensar así.
—¡No estábamos equivocados! —exclamó Bane—. ¡Piensa
un momento! ¿Por qué Ao no ha recuperado las Tablas?
Myrkul dejó caer sus flacas manos pegadas a los
costados. —Yo también me he hecho esa pregunta. —¡Creo que es porque no puede!
—dijo Bane—. Es posible que ya no tenga la fuerza. ¡Ésta puede ser la razón por
la cual nuestro señor nos exilió de las Esferas! Nuestro plan fue un éxito y Ao
tuvo miedo de que los dioses se uniesen y se sublevasen. Por eso Ao nos ha
dispersado por los Reinos y nos ha vuelto suspicaces, miedosos y vulnerables al
ataque.
—Comprendo —dijo Myrkul—, pero no es más que una
teoría tuya. —Apoyada en los hechos — replicó Bane—. Ya he capturado el primer
peón de este juego, si quieres llamarla así.
—¿A Mystra?
—Con su poder, controlaremos toda la magia de los
Reinos. —Bane se echó a reír. Estaba mintiendo, por supuesto. Si la diosa
hubiese poseído semejante poder, jamás la habría capturado tan fácilmente.
—Supongo que aquellos dioses que no quieran
secundar tus planes serán esclavizados o destruidos — dijo Myrkul con toda la
suspicacia que fue capaz—. Y utilizarás el poder de Mystra para poner esto en
práctica. —Claro —dijo Bane—, pero tú y yo ya somos aliados. ¿Por qué hablar de
estas cosas? —Así es —dijo Myrkul.
—Además, creo que hay poder para librarnos de este
estado —dijo Bane—. Poder que Mystra ha ocultado en algún lugar de los Reinos.
Myrkul asintió con una inclinación de cabeza. —¿Cómo tienes previsto actuar?
—Hablaremos de ello más adelante —contestó Bane—.
Por el momento debo ocuparme de otros asuntos igualmente acuciantes. Myrkul
agachó la cabeza y su imagen se desvaneció de la balsa. A decir verdad, Bane
había contactado prematuramente a Myrkul; todavía no tenía decidido cuál sería
el siguiente paso.
Bane se volvió bruscamente cuando un cuervo negro
entró volando en la mazmorra a una velocidad impresionante, para luego
convertirse en su criado,
Blackthorne.
—Lord Bane, tengo buenas noticias para ti. Creo que
he localizado en Arabel al humano que tiene un regalo de Mystra. Es una mujer y
lo lleva consigo. Es un medallón azul y blanco en forma de estrella. Bane
sonrió. El medallón que describía Blackthorne era idéntico al símbolo que
Mystra llevaba en las Esferas.
—Todavía mejor —añadió Blackthorne—. La maga que
lleva el medallón viene hacia aquí.
El grupo se dividió para salir de Arabel. Adon fue
el primero en marcharse de la ciudad, solo. Media hora después lo siguieron
Medianoche y Caitlan guiando dos caballos de carga. Finalmente, a mediodía,
Kelemvor y Cyric, vestidos como dos viejas pordioseras, pasaron por la puerta
sin que se produjera incidente alguno. Luego se encontraron todos a media hora
de camino a caballo, como había planeado Kelemvor. El guerrero insistió en
enterrar los disfraces que se habían puesto él y Cyric. En realidad habría querido
quemarlos, pero le preocupó que el humo pudiera ser visto desde las torres de
vigilancia de Arabel.
Ahora, después de una hora, las opresivas murallas
de Arabel habían quedado reducidas a una mancha apenas visible que marcaba el
horizonte a espaldas de los héroes; luego desaparecieron por completo. A partir
de ahí delante de ellos no aparecía nada ante su vista más que la muy
concurrida carretera y la tierra llana que se extendía interminablemente por el
campo de este a oeste. Al norte, a lo lejos, podían verse las montañas del
desfiladero de Gnoll.
Kelemvor se puso con su caballo junto a Cyric y le
dio a éste una palmada en la espalda. El impacto hizo caer a Cyric hacia
adelante sobre la silla y miró con cautela al otro hombre. —¡Ay! Esto es vida,
¿verdad, Cyric?
«Placeres simples para mentes simples», pensó
Cyric. —¡Sí! —se limitó, sin embargo, a contestar alegremente. Al cabo de un
momento Kelemvor se adelantó y Cyric se detuvo para comprobar las cuerdas que
sujetaban a los caballos de carga atados a su propio caballo; todo estaba en
orden.
Pasado un rato, Cyric llevó la fantasía de su
imaginación por otro derrotero más agradable y se puso a examinar las sedosas
piernas de Medianoche que colgaban a los flancos de su caballo, delante de él.
Veía que, de vez en cuando, sus hermosos rasgos se retorcían en una dolorosa
mueca. Adon, junto a la maga, no dejaba de marearla con constantes y
embarazosos cumplidos.
Cyric se preguntó si el clérigo estaría intentando
seducir a Medianoche con sus palabras. No, no era eso. Parecía, en cambio, que
Adon prefería el rumor de la continua conversación, aunque fuese él el único
contertulio, al silencio de la tierra que atravesaban. Cyric pensó que tal vez
Adon no quería estar a solas con sus tediosos pensamientos.
Delante de él, Medianoche había llegado a la misma
conclusión hacía muchísimo rato. Presentía que Adon estaba preocupado, pero le
resultaba difícil poder ayudarle porque el hombre se negaba a revelar sus
problemas. Peor aun, probablemente tendría que haber aprovechado el tiempo para
conservar sus
energías y aislarse en la meditación, pero su no
deseado compañero de viaje no le dejaba un momento en paz. Cuando llegó al
límite de su paciencia, Medianoche expresó su deseo de estar sola; primero
sutilmente, pero como no funcionó, enfocó el asunto de forma directa.
—¡Aléjate, Adon! ¡Déjame en paz!
Pero ni siquiera así logró Medianoche descansar de
la interminable lista de cumplidos de Adon.
—¡Una verdadera diosa! —exclamó Adon.
—Si crees que puedes seguir cantando mis alabanzas
sin la ayuda de ambos pulmones..., por favor,
adelante.
—¡Además, modesta!
Medianoche elevó la vista al cielo.
—¡Mystra, líbrame de él!
—Ah, disfrutar del calor de una de las más intensas
llamas no sería nada comparado con... Finalmente, miró atrás y le dijo a
Kelemvor: —¿Puedo matar a este hombre?
Kelemvor, divertido, sacudió la cabeza. Caitlan se
puso a su lado. A Medianoche no parecía divertirle nada la aparente discordia
que había en el grupo; en todo caso, aquella exhibición la ponía nerviosa. —No
hay nada de qué preocuparse —le dijo Kelemvor—. Confía en mí. Caitlan asintió
con un gesto de cabeza, incapaz de apartar la mirada de la maga de pelo oscuro
y del clérigo.
—¡Ay! ¡Y con un temperamento vehemente, a tono con
su corazón ardiente! — exclamó Adon.
—¡Trozos de tu anatomía es lo que arderá si no
paras inmediatamente! —gritó Medianoche.
Y así siguieron hasta que el aire fresco agrupó
unos negros nubarrones sobre sus cabezas. El cielo se abrió de repente con un
fuerte rugido y un chaparrón de verano dejó caer la lluvia caliente sobre los
héroes. Adon siguió hablando, haciendo una pausa de vez en cuando para escupir
agua de lluvia, pero los ruidos de la tormenta sirvieron para ahogar su voz
hasta que sus palabras se convirtieron en un murmullo sordo enterrado bajo el
tamborileo de la lluvia. Medianoche echó la cabeza hacia atrás. La suave caricia
de la lluvia sirvió para apaciguar los nervios de la maga y, cuando la tormenta
arreció, Medianoche cerró los ojos y se entregó a las tranquilizadoras
sensaciones causadas por la constante lluvia. Se puso a imaginar unos brazos
fuertes y firmes que estuviesen haciendo masajes a sus sienes, a su cuello, a
sus hombros, y sonrió. Imaginó los brazos de Kelemvor; parecían tener la fuerza
suficiente para arrancar un árbol de raíz y, sin embargo, tenía unas manos
suaves capaces de secar las lágrimas de un niño. El caballo de Medianoche se
encabritó y la maga salió con un estremecimiento de su sueño. — He enviado a
Adon a guiar a Cyric por los caminos de Sune —dijo Kelemvor, sonriendo a pesar
de lo evidente que era su irritación por cómo arreciaba la lluvia. Se le había
pegado el largo pelo negro a la cabeza y los mechones grises hacían que
pareciese llevar la piel de una mofeta que hubiese muerto de un susto.
Medianoche consideró oportuno decírselo y él bajó la cabeza y murmuró algunos
juramentos; trató de no prestar atención a la lluvia mientras seguía hablando—.
Tenemos que hablar... —se interrumpió y escupió agua—, de cómo repartiremos las
distintas obligaciones. Medianoche asintió con una inclinación de cabeza. —Tú,
como eres una mujer, te encargarás de hacer la comida y de todos los demás
quehaceres domésticos.
El caballo de Medianoche se estremeció cuando su
dueña apretó sus fuertes piernas contra los flancos y clavó firmemente las
manos en su cuello. —¿Como soy mujer? —replicó Medianoche, y no pudo evitar que
volviera a su
memoria el sortilegio estudiado por la mañana para
convertir al pomposo imbécil que
estaba junto a ella en una especie más adecuada a
su forma de ser. Luego recordó la última vez que había preparado una comida
para todo un grupo. El único clérigo que no había comido tuvo que hacer uso de
todos sus hechizos curativos con sus involuntarias víctimas.
—Caitlan puede ayudarte. Repartiremos el trabajo
propio de los hombres entre nosotros.
Medianoche vaciló y miró hacia delante.
—Sí —se limitó a contestar.
—¡Bien, entonces! —repuso Kelemvor, para luego dar
una palmada al caballo de Medianoche. El animal volvió ligeramente la cabeza y
no hizo caso del impacto que se suponía debía hacerle salir a galope tendido.
Medianoche aflojó la presión de sus puños sobre el caballo hasta convertirla en
una suave caricia. Kelemvor se volvió para hablar con los otros, mientras
Medianoche se esforzaba por recordar exactamente por qué había sido tan
importante para ella unirse a aquellos hombres.
Sus dedos encontraron inconscientemente la
superficie del medallón y, estaba todavía acariciando la estrella azul y
blanca, cuando advirtió los efectos que la lluvia estaba causando en la tierra
llana que los rodeaba. Algunos pedazos de tierra se ablandaban, mientras que
otros se endurecían como si fueran a convertirse en roca sólida. En otros
puntos, se abrían pequeñas fisuras en la superficie de la tierra. En algunos
lugares, había zonas enteras donde la verde hierba crecía a un ritmo increíble,
alimentada por la extraña lluvia. De pronto, la tierra mojada se volvió negra y
chamuscada, y los árboles, muertos hacía tiempo, empezaron a echar retoños y a
crecer; sus ramas ennegrecidas se elevaron al cielo como si estuviesen
implorando al responsable de aquella locura que parase inmediatamente. De las
vacilantes ramas colgaban pequeños ejércitos de gusanos que empezaron a
adquirir un tamaño obscenamente abotargado, explotaron y se convirtieron en
manzanas rojas como la sangre. Por la fruta se arrastraban unos bichitos
negros, que luego resultaron ser diminutos ojos negros que parpadeaban bajo el
aguacero. De la tierra brotaron y crecieron al revés unos hermosos arbolillos,
a cuyas ramas superiores más frágiles les resultaba imposible soportar el peso
del tronco principal mientras éste crecía recto hacia arriba. Los árboles
estaban llenos de maravillosas hojas verdes y de transparentes frutas rosadas y
doradas. De las copas de los árboles empezó a brotar una cadena de raíces color
ámbar que se elevaron muy alto en el aire y se entrelazaron con las nuevas
raíces y ramas de su vecino más cercano. Finalmente, incluso las ramas de los
árboles marchitos se elevaron en el aire y se unieron a aquella cadena, y sus
ramas color ébano se mezclaron con las raíces color ámbar. Donde apenas unos
momentos antes no había más que tierra estéril se elevaba ahora un bosque
exuberante lleno de milagros y de misterios. Sobre la carretera, la cadena de
raíces había formado un dosel de raíces entrelazadas y ramas de árboles
chamuscadas que se fueron juntando y enmarañando hasta que el cielo, ahora
rojo, podía únicamente verse a trozos y la lluvia caía sólo ligeramente sobre
los héroes. Avanzaban lentamente por el nuevo bosque, incluso siguiendo el
camino, y la propia carretera no tardó en quedar bloqueada por los árboles; los
héroes tuvieron que seguir a pie lo mejor que pudieron entre la confusión de
ramas en el suelo. —Tengo la impresión de que nos hemos perdido completamente —
murmuró Cyric mientras se abría paso a través de un laberinto de vides para
entrar en un claro. — Imposible —dijo Kelemvor con voz bronca—. No hay más que
un camino y éste sólo conduce al castillo de Kilgrave y lo que hay al otro
lado.
—Pero es posible que nos hayamos apartado del
camino hace rato, Kel. ¿Quién
puede decirlo? —repuso Medianoche, a la vez que se
detenía para ayudar a su caballo a pasar sobre una rama y guiarlo hasta la zona
abierta. —Es posible que estemos describiendo círculos desde hace horas
—comentó Adon en tono quejumbroso.
El bosque, silencioso hasta aquel momento, cobró
vida de forma repentina y ruidosa. Los insectos empezaron a zumbar, hablando su
lenguaje secreto. Un susurro de alas se mezcló con el ruido sordo de unas
piernas recién formadas que surgieron de pronto de unos capullos cargados de
licor y dieron sus primeros y laboriosos pasos. Pero los héroes no podían ver
nada en la cada vez mayor oscuridad del bosque. A través de los pequeños huecos
del dosel, Medianoche vio que el cielo, antes rojo, se volvía negro. Paró de
llover, por lo menos momentáneamente. Las bridas que sujetaban a los caballos
de carga se tensaron cuando los asustados animales empezaron a debatirse para
liberarse, tirando así de Cyric y de su caballo, presa del pánico. Las cuerdas
acabaron por romperse y los animales se alejaron torpemente del grupo y se
introdujeron en el bosque. Cyric lanzó una maldición y empezó a seguir al
caballo más cercano.
—¡Déjalos! —le advirtió Kelemvor.
Los ruidos volvieron a arreciar y Cyric regresó
junto a los demás en el claro del bosque. El paisaje se tiñó de sombras y los
ruidos de movimientos en los árboles se fueron aproximando.
Los relinchos de los caballos de carga resonaron de
pronto en el bosque. Kelemvor desenvainó su espada, a la vez que se ponía al
lado de Medianoche. —Un viejo tipo de emboscada —dijo. El ruido aumentó a su
alrededor hasta convertirse en un constante estruendo—, transmitida a través de
generaciones de guerreros...
Cyric encontró su capa de viaje en uno de los sacos
de lona que llevaba sobre su caballo y se la echó rápidamente sobre los
hombros. Su imagen empezó a brillar y un montón de Cyrics aparecieron a su
alrededor; algunos delante, otros detrás, otros haciendo gestos ligeramente
distintos, hasta que resultó imposible decir cuál era el verdadero Cyric. Todos
parecían sorprendidos por el efecto de la capa, sorprendidos y regocijados.
A Kelemvor también le impresionó.
—¡Cyric! ¿Qué está pasando?
—¡No lo sé! ¡Nunca me había pasado una cosa así con
la capa! En esos momentos veían también puntitos de luz, destellos plateados y
ambarinos en los árboles, tanto en las cercanías como en las profundidades del
bosque. A medida que las luces fueron aumentando de tamaño y los ruidos se
hicieron más fuertes, Medianoche supuso cuál era su verdadera naturaleza. Ojos
que deslumbraban. Dientes que castañeteaban.
Se estremecieron las raíces y las parras que había
sobre los héroes. Dio la impresión de que la tierra se desangraba a sus pies y
Adon vio una colonia de hormigas de fuego que surgían de las grietas. Lanzó un
grito cuando pisó accidentalmente un montículo recién excavado y todo un
hormiguero empezó a trepar por sus piernas. Se puso a sacudirse los insectos y
sus cuerpos ya hinchados reventaban bajo sus golpes. Cerca de Cyric se partió
un árbol que expelió el cuerpo, baboso y trepidante, de una criatura macabra,
de cara blanca, desnuda y cubierta de venas negras que latían y se desviaban
por todo el cuerpo. Los miembros de la cosa se doblaban hacia atrás y hacia
adelante, el aire se llenó del espantoso sonido de huesos al romperse
reventando la piel,
y de los enormes y ennegrecidos árboles fue
arrojada una docena de aquellos seres abominables.
—¡Soltad los caballos! —gritó Kelemvor; los héroes
soltaron las riendas. Sin embargo los caballos, que estaban bien adiestrados y
acostumbrados al peligro, no se alejaron mucho.
La criatura empezó a reírse delante mismo de Cyric
mientras sus ojos color ámbar desaparecían dentro de su cabeza para volver a
salir sobre la lengua. Luego se los tragó de nuevo y, en esta ocasión,
volvieron a surgir, ahora de la pálida carne del pecho. La criatura avanzó, se
arrancó su propio brazo para usarlo como arma y arremetió contra Cyric,
abriendo y cerrando con entusiasmo los dedos de su desmembrado brazo, a manera
de garras.
Antes de que el monstruo atacase a una de las
sombras de sí mismo, Cyric apenas tuvo tiempo de advertir que el hombro vacío
no sangraba. El ladrón se giró y usó el hacha de mano para atacar al monstruo.
Kelemvor permaneció junto a Medianoche, Caitlan y
Adon mientras el monstruo de blanca piel atacaba a Cyric. Pero al oír un débil
gruñido, se volvió, y vio dos perros amarillos, cada uno con tres cabezas y
ocho patas de araña, que se acercaban por detrás, arrastrándose. Los perros se
separaron y se situaron para disponerse a atacar. —¡Adon! ¡Medianoche! Poneos
conmigo espalda con espalda. ¡Tenemos que proteger a Caitlan!
El clérigo y la maga reaccionaron inmediatamente,
ayudando a Kelemvor a formar un triángulo con Caitlan en el centro. —Caitlan,
ponte en cuclillas, con las manos alrededor de las rodillas y el rostro
escondido. Procura no levantar la vista a menos que no tengas más remedio.
Estate preparada para echar a correr si nosotros caemos. Caitlan obedeció sin
replicar. Desde su posición, cerca del suelo, y mirando entre las botas de
Kelemvor, distinguió más perros en el bosque; algunos esperando fuera del
pequeño claro, otros atacando a los monstruos de
piel blanca. Uno de los perros-araña corría cerca del suelo y parecía dirigirse
directamente hacia Caitlan. Ésta cerró con fuerza los ojos y agachó la cabeza,
también elevó una plegaria a su ama para que todos saliesen bien librados de
aquello.
Medianoche se preparó para lanzar un hechizo de
defensa y también rezó para que no fallase. Era posible que los misiles mágicos
no tuviesen el poder para detener a la bestia y Medianoche no se atrevía a
recurrir a algo tan potente como una bola de fuego, por temor a que ésta se
revolviese y matase a sus amigos. Por consiguiente se dispuso a conjurar una
«decaestrofa» —un polo de fuerza— utilizando para el sortilegio una rama caída.
La maga completó el hechizo justo cuando el primero
de los perros se abalanzaba sobre ella.
No sucedió nada.
Medianoche tuvo tiempo de oler el fétido aliento de
la cabeza central de la criatura antes de que tres
grupos de mandíbulas se abriesen de par en par con
el fin de desgarrar su carne. Pero Adon se lanzó
sobre el perro y lo apartó de un golpe antes de que
Medianoche fuese herida. Adon y el perro-araña
cayeron al suelo por separado, el perro sobre un
hoyo lleno de lodo y con las patas pedaleando en el
aire como si intentara incorporarse.
Adon levantó la vista y gritó:
—¡Medianoche, Caitlan, apartaos!
El segundo perro se abalanzó sobre Kelemvor. Éste
se agachó y destripó al vociferante animal al pasar sobre él. Medianoche cogió
a Caitlan y se alejó dando
traspiés mientras el guerrero era derribado por el
peso del perro y caía en el punto donde
Caitlan había estado agazapada unos segundos antes.
Kelemvor se levantó, sacó su espada del cuerpo
del perro y al advertir que otro de los canes se
estaba ahogando en la charca de barro, se acercó a la
bestia y la traspasó con la espada, poniendo fin
así a su sufrimiento y a su amenaza. El monstruo gimió
antes de morir y se hundió en el lodo.
Más perros-araña merodeaban por el lindero del
claro, pero parecían querer evitar la muerte rápida que la avanzadilla de la
jauría había encontrado con la espada de Kelemvor y se dedicaban a atacar a los
monstruos de piel blanca que habían surgido de los árboles muertos.
—¡Deprisa, Adon, ayuda a Cyric! —gritó Kelemvor
cuando otra de las criaturas humanoides avanzó para atacar al ladrón. —¡Kel, si
tienes alguna baza oculta, ahora sería el momento de sacarla! —siseó
Medianoche.
—Nunca pidas nada que no estés preparada para
recibir —gruñó el guerrero, que luego sacudió la cabeza y se preparó para
resistir a un trío de monstruos blancos que, habiendo esquivado a los perros,
se acercaba. Caitlan se puso entre Kelemvor y Medianoche. Kelemvor sabía que lo
mejor que podían hacer era mantener a los monstruos alejados de la muchacha
durante tanto tiempo como fuera posible. Adon, a unos cuantos metros de
distancia, estaba metido en el confuso montículo de trozos trepidantes de
cuerpos que yacían rodeando a Cyric, mientras éste luchaba con otro de los
abominables seres de cara blanca. Éste advirtió la presencia de Adon, se
arrancó su propia cabeza y la lanzó volando en dirección al joven clérigo. Pasó
la cabeza, mostrando sus enormes colmillos, Adon la esquivó y asestó un duro
golpe con su mazo a la desmembrada mano en forma de garra que, suspendida,
estaba a punto de cercenarle la garganta a Cyric.
La mano explotó ante el impacto del mazo; Adon,
ante el ruido provocado por un jadeo enloquecido y el calor de algo oscuro y
diabólico en su oído, se volvió bruscamente. La desmembrada cabeza flotaba en
el aire junto al clérigo, con una amplia sonrisa que dejaba ver los dientes
afilados. —No son humanos —gritó Cyric—. Ni siquiera están vivos, me refiero a
la vida como la entendemos nosotros. ¡Son algún tipo de plantas con forma
humana! La cabeza que se cernía junto a Adon emitió un extraño sonido, como una
risita. Adon retrocedió ligeramente, sin apartar su mirada de la cabeza en
ningún momento, y levantó el mazo. La cabeza se abalanzó sobre el clérigo, pero
él le asestó un sonoro golpe en la mandíbula antes de que tuviera oportunidad
de morderlo. Mientras gemía con voz potente, la
cabeza empezó a dar locas vueltas hasta caer al
suelo. Poco después de haber acabado con la cabeza, Adon vio que los tres
humanoides que se habían atrevido a atacar a Kelemvor yacían en el suelo
reducidos a pedazos palpitantes y exangües. Pero otra jauría de monstruos se
estaba aproximando a Kelemvor y a Medianoche y, detrás de éstos, una docena de
bestias surgía del bosque, retorciendo sus afilados colmillos mientras hendían
el aire. Medianoche ordenó a sus compañeros que se pusieran detrás de ella mientras
trataba de encontrar el punto idóneo de calma necesario para lanzar un
sortilegio. Empezó a balancearse y a salmodiar, y su canto se elevó por encima
del guirigay de los monstruos que se acercaban. De pronto apareció un relámpago
cegador y de sus manos surgieron descargas de misiles blancos y azules, que se
lanzaron sobre todas las criaturas humanoides que había a la vista. La magia
parecía como una marea inagotable e incluso Medianoche se quedó atónita ante el
efecto de su sortilegio. Los dardos de luz
mágica atravesaron a las bestias como dagas y, de
repente, los monstruos dejaron de atacar.
Luego aquellos macabros seres empezaron a caminar
de aquí para allá, miraron al cielo, después a sí mismos, para ir cayendo uno a
uno; su carne perdió consistencia cuando se desvaneció la ilusión de humanidad
y quedó al descubierto su verdadera naturaleza. De su cuerpo salieron raíces
que se metieron en la tierra y, momentos después, todo lo que quedaba de
aquellos monstruos era una serie de sarmientos negros y blancos.
Medianoche se miró el medallón y observó que unas
cuantas diminutas rayas de luz se movían en su superficie, luego
desaparecieron. Ella misma se sintió como si la hubiesen desangrado.
Destruida la víctima fácil, los perros-araña
empezaron a salir del bosque y a avanzar hacia los héroes. Había más animales
de lo que Kelemvor había imaginado: como mínimo veinte bestias entraron en el
claro. De repente, algo fantástico atrajo la mirada de Medianoche: un
movimiento, un contorno del tamaño y forma de un caballo y un jinete. El
impreciso jinete no tardó en llegar junto a ellos y se puso a girar a su
alrededor a una velocidad de vértigo. Medianoche tuvo la sensación de estar en
el centro de un torbellino. Vio un repentino resplandor amarillo y se dio
cuenta de que el jinete era Adon. Pero ¿cómo había sido capaz de llevar a cabo
aquella proeza?
Medianoche dejó de lado sus conjeturas cuando vio
que Adon rompía el cerco protector que había formado alrededor de los héroes y
se lanzaba hacia los perros-araña. Cabalgó entre la jauría y, al igual que una
hoz cortando el trigo, así fue dando tajos con su maza de guerra a través de la
horda de criaturas cogidas de improviso; al cabo de unos segundos, los
perros-araña se batían en retirada en dirección a los bosques. No obstante,
aunque la amenaza había terminado, Adon y su caballo siguieron moviéndose inquietos
hasta que desaparecieron en el bosque. Era evidente que Adon había perdido el
control de la magia que estuviese ejerciendo. —¡Por Mystra, vas a acabar
conmigo! —exclamó Medianoche cuando desistió de un esfuerzo imposible por coger
al clérigo. Empezó a caer una lluvia glacial que se filtraba a través del dosel
de árboles. Cuando las diminutas gotas golpearon su piel y los vientos
impetuosos le impidieron avanzar, Medianoche tuvo la sensación de que la
estaban mordiendo. Mientras Adon, con el corazón sobresaltado y la mente
desbocada, se agarraba desesperadamente, se dio cuenta de que sus pulmones no
estaban expulsando aire y que estaba desapareciendo el tenue dominio que tenía
sobre el caballo. Le había dado una dosis de su poción de velocidad al animal,
lo único que había ocultado con ocasión del meticuloso inventario que Kelemvor
había hecho de las pertenencias de todos los miembros del grupo. Adon sabía que
era un error mentir con respecto a estas cosas, pero también sabía que aquella
poción había sido un favor de la diosa Sune, y sólo su sabiduría guiaría su
mano para que la usase. Sin embargo, cuando los perros-araña se agruparon para
atacar sin que Adon hubiera recibido señal alguna de la diosa, fue presa del
miedo y tomó las riendas del asunto. Suministró la poción al caballo, que
empezó a ponerse en movimiento antes de que él mismo pudiese tomar más que unas
cuantas gotas. El frasquito salió volando de sus manos y él se agarró al
caballo desesperadamente.
Ahora, cuando la velocidad del caballo le robaba el
aire de los pulmones y estaba a punto de perder el conocimiento, Adon tuvo una
visión: el rostro de una hermosa mujer se abría camino a través de las fugaces
líneas de luz y color que lo rodeaban en su vertiginosa carrera. La mujer
extendió las manos y le cogió la cara, apretando aquí y
allá como si quisiera explorar completamente los
prodigios que Sune le
había
concedido.
—No está herido de gravedad —dijo Medianoche. Adon
parpadeó y la sensación de movimiento empezó a desvanecerse. —Pensaba que eras
Sune —dijo.
—Parece aturdido —repuso Kelemvor.
—Sí —intervino Cyric—. Pero ¿acaso eso es nuevo? De
pronto el mundo quedó enfocado y Adon se encontró mirando los rostros de sus
compañeros. Parecían estar en un bosque, si bien Adon estaba seguro de que sólo
había tierra llana en el camino del castillo. Entre las ramas de los árboles
que había sobre ellos se dejaron ver unos diminutos parpadeos, aunque algunos
bastante extraños, de resplandor escarlata.
—Medianoche, tú... ¡me has salvado la vida!
—exclamó Adon, estupefacto, con una sonrisa iluminando su rostro.
—Te has caído del caballo —le explicó Medianoche.
La silla de Adon y las provisiones estaban esparcidas por el camino junto a él.
Medianoche imaginó que el clérigo debió de agarrarse a la silla y las cinchas
que la sujetaban se rompieron bajo la presión de la velocidad del caballo. Una
oleada de horror inundó al clérigo.
—¡Mi rostro! No estará...
—Está intacto —dijo Cyric, hastiado—. Como siempre.
Y ahora explícame lo que hemos visto.
—No lo comprendo... —empezó a decir Adon tratando
de parecer lo más inocente posible.
—Cabalgabas como el viento, Adon. Dabas la
impresión de ser más una ráfaga de movimiento que un jinete y un caballo
—comentó Kelemvor—. Yo pensaba que tu magia te había abandonado.
—Yo no lo diría de esa forma —replicó Adon. —Me da
igual cómo lo dirías tú. ¿Qué nos estás ocultando? Medianoche se adelantó y
ayudó al clérigo a ponerse de pie. —¡No seas estúpido, Kelemvor! —dijo—. Está
claro que no puede explicar lo que ha sucedido, de la misma forma que ninguno
de nosotros puede explicar la locura de la que son víctimas los Reinos desde la
caída de los dioses. Kelemvor sacudió la cabeza. —¿Nos ponemos en camino?
Adon, aliviado, asintió con una inclinación de
cabeza y todos, salvo
Medianoche, se dirigieron a sus caballos.
—Ha sido un terrible error, Adon —comentó
Medianoche en voz muy baja. El clérigo estaba a punto de hablar cuando
Medianoche prosiguió—: He tardado unos minutos en comprenderlo. Tienes
pociones, ¿verdad? Adon agachó la cabeza.
—Tenía una. Pero ahora no la encuentro.
Medianoche frunció el entrecejo.
—¿Alguna otra sorpresa? —preguntó.
—¡No, Medianoche! —exclamó Adon, alarmado—. ¡Te lo
juro por Sune! Medianoche asintió.
—Por favor, no le cuentes a Kelemvor lo que he
hecho. ¡Me desollaría vivo! — murmuró Adon.
—No podemos permitir una cosa así —dijo Medianoche
sonriendo, y se alejó del clérigo.
—¡Por supuesto que no! —exclamó Adon con una
bravuconería que estaba lejos
de sentir. A continuación se agachó y empezó a
recoger sus bártulos. — Vamos —dijo Caitlan al clérigo—. ¡Tenemos que ponernos
inmediatamente en camino hacia el castillo!
—Pero ¡si nos hemos perdido! —exclamó Adon. Pero,
como en respuesta a las palabras del clérigo, los árboles empezaron a
marchitarse y deshacerse. Al cabo de unos segundos, la carretera volvía a estar
despejada y dejó de llover. —¡Alabada sea Sune! —dijo el clérigo, y se apresuró
a reunirse con los demás. Como su caballo había huido, Adon tuvo que montar con
Kelemvor. Su preferencia instintiva fue ir en el caballo de Medianoche, así
podrían reanudar la conversación de antes, pero ella entornó los ojos hasta convertirlos
en dos resquicios y Adon descartó la idea. Fue Caitlan quien montó con la maga.
Debido a que los caballos de carga habían muerto, el grupo tuvo que llevar lo
que les quedaba de provisiones sobre la grupa de los caballos restantes.
Medianoche fue a pie guiando el caballo, con Caitlan sobre él, hasta que
estuvieron a dos kilómetros del desastre. El antes exuberante bosque estaba ya
en un avanzado estado de deterioro. Medianoche supuso que por la mañana el
bosque no sería otra cosa que la tierra polvorienta y seca que había sido antes
de su llegada. Los héroes acamparon bajo las estrellas y comieron lo que no
habían devorado las hormigas o no se había perdido en medio de la arcana legión
que los había atacado. Seguirían
adelante. No había ningún voto en contra. Aun
cuando Cyric no sugirió volver sobre sus pasos, estaba claro que le preocupaban
los extraños acontecimientos de los que habían sido víctimas todo el día. Sin
embargo, en lugar de ponerse a comentar la batalla, el ladrón cogió sus mantas
y se fue a dormir apenas terminaron de cenar. Antes de disponerse a dormir,
Kelemvor vio a Caitlan, sentada mirando el horizonte. La muchacha había hablado
muy poco desde el ataque en el bosque y el guerrero se preguntó qué habría
detrás de aquella mirada enigmática. En ocasiones, Caitlan parecía solamente
una niña asustada; otras veces, su inteligencia y resolución le recordaban a un
general cansado de luchar. La contradicción era desconcertante. Kelemvor había
rechazado siempre las riendas del mando. Se sentía incómodo siendo responsable
de alguien que no fuese él mismo. ¿Por qué entonces había aceptado aquella
misión con la creencia ciega de que él era el hombre idóneo para llevarla a
buen fin? Kelemvor se dijo que había sido el aburrimiento lo que lo había
incitado a aceptar aquella aventura y a marcharse de Arabel. Necesitaba
aventura. Necesitaba dejar la vida ordenada y civilizada de la ciudad que había
abandonado. Pero había otra razón que le había hecho decidirse.
Ella puede curarte, Kelemvor.
El guerrero sabía que era preferible agarrarse a la
sombra de la esperanza que aceptar la luz de la realidad y encontrarse
embargado por la desesperación. Sólo confiaba en que Caitlan estuviese diciendo
la verdad. Los pensamientos de Kelemvor siguieron en esta línea hasta que se
quedó profundamente dormido soñando con la persecución. Cuando los demás se
retiraron, Medianoche se quedó haciendo la primera guardia, con los sentidos
demasiado alerta, demasiado vivos para dejarla dormir o dejarla relajarse. Mientras
escuchaba los ruidos nocturnos, la maga meditó sobre el extraño comportamiento
de Kelemvor desde la batalla. Con ocasión de la cena, el guerrero insistió en
que todos ayudasen a preparar la comida. Después de comer, se empeñó en
que todo el mundo ayudase a enterrar la basura,
para así no atraer a los animales.
Parecía un hombre distinto del que había conocido
en la taberna de Arabel. Quizás el guerrero había comprendido que Medianoche
era, en efecto, una parte valiosa del grupo y se sentía avergonzado por haberse
equivocado al aceptarla sólo como último recurso y por haber tenido luego el
mal gusto de
subrayar este hecho una y otra vez. Además, había
algo que ambos compartían, estaban marcados por una vena salvaje que los
adecuaba para la vida errante y aventurera, y para poca cosa más. Medianoche se
pasó las cuatro horas siguientes dándole vueltas a sus crecientes sentimientos
para con el guerrero y a las preguntas relativas al medallón enganchado a su
piel. Sus pensamientos giraron en círculo durante horas, hasta que Adon fue a
relevarla de la guardia.
El clérigo observó que Medianoche se quedaba
inmediata y profundamente dormida, y la envidió. Sin embargo, a pesar de las
duras pruebas y de los horrores con los que se había enfrentado aquella tarde,
a pesar de que el aire viciado con la peste de las tierras muertas asaltaba su
olfato, sabía que habría podido estar en una situación peor. Por lo menos
estaba en compañía de camaradas valientes y gozaba de libertad. No tenía que
inquietarse por el inminente peligro de ser encarcelado o por la humillación de
la que hubiese sido víctima si Myrmeen Lhal hubiese acudido directamente a sus
ancianos del templo de Sune.
No, estaba libre y ello le hacía ser un hombre
mejor. Por otra parte, habría agradecido aunque sólo fuese una almohada de
seda. Los aposentos de Myrmeen Lhal tenían un diseño espectacular, techo
abovedado de artesanía y gradas en círculos concéntricos que ascendían en
espiral hasta su centro. La habitación estaba dominada por una cama redonda, de
casi cuatro metros de diámetro, adornada con sábanas de seda roja y una docena
de suaves almohadas con puntillas de oro. Abundaban los objetos de arte;
algunos quitaban la respiración, otros eran simplemente hermosos.
Pero el objeto de arte más delicado era la propia
Myrmeen, que sólo podía ser vista a través de unas cortinas negras, que los más
escogidos ilusionistas de la ciudad mantenían constantemente cargadas y
permitían echar una ojeada a cualquier puerto exótico con la única ayuda de la
más ligera insinuación de su imaginación. Myrmeen salió de su bañera, labrada
con el más delicado de los marfiles por artesanos venidos del remoto Shou Lun y
mantenida a buena temperatura mediante chorros de agua caliente que fluía
constantemente. Los más exóticos aceites y sales de baño encantadas trataban su
piel, produciéndole unas ardientes delicias más placenteras incluso que las
caricias del más experto de los amantes. Detestaba dar fin a su lujuriosa
sesión en el agua encantada, pero no se atrevía a abandonarse al sueño, a menos
que quisiera encontrarse tan aletargada por la mañana que tuviera que aplazar
sus
compromisos una semana, hasta que pasaran los
efectos y pudiese pensar con claridad. Apareció en la mano de Myrmeen un
camisón traslúcido azul celeste donde brillaban diminutas estrellas. El camisón
secó su piel y, mientras ella se lo deslizaba por la cabeza, le peinó el
cabello de la forma más delicada. Aquel vestido era un regalo de un mago
poderoso, y enamorado, que había visitado la ciudad el año anterior. Y si bien
los magos de su corte habían confeccionado el camisón mágico, temía que fuese
peligroso llevarlo a causa del estado imprevisible de la magia y, como había
estado proponiéndose desde hacía casi una semana, se prometió prescindir de él
en adelante.
Myrmeen pensó que si el camisón la mataba, por lo
menos estaría presentable para los clérigos.
Recordó de pronto a Adon de Sune y se echó a reír
con incontrolables espasmos.
El pobre diablo estaba probablemente temblando de
miedo y, temiendo por su vida, se habría escondido en algún lugar horrible. Por
supuesto, no estaba realmente en peligro, pero Myrmeen no desaprovechaba la
oportunidad de bajar los humos a aquel engreído; de hecho tenía bien pocas
ocasiones para dar rienda suelta a su antiguo talento de embustera. Suspiró y
se tumbó en la cama. Estaba a punto de llamar a un paje cuando advirtió algo
bastante extraño: habían desaparecido los rubíes del cáliz de oro. Myrmeen se
levantó de la cama pero, como su instinto de guerrera se había embotado a causa
de años de gobernar, no reaccionó lo bastante deprisa para esquivar al hombre
vestido de negro que se abalanzó sobre ella y la arrojó violentamente sobre la
cama, dejándola sin aliento. Notó el peso del hombre sobre ella,
inmovilizándola, y una mano se cerró sobre su boca. El rostro y el cuerpo del
hombre estaban envueltos en una gasa que parecía ser una especie de malla de
acero. Las franjas de la cara habían sido dispuestas de forma que quedasen al
descubierto los ojos, la nariz y la boca del hombre. —Estate quieta, milady. No
quiero hacerte daño —dijo el hombre, en voz baja y gutural. Myrmeen se debatió
todavía con más fuerza—. Tengo noticias sobre la conspiración. Myrmeen dejó de
luchar y notó que la presión de su asaltante se reducía un poco. —¿Cómo has
llegado hasta aquí? —murmuró ella en la mano del hombre. —Todos tenemos
nuestros secretos —dijo él—; No sería conveniente divulgarlos. —Has... has
mencionado... la conspiración —dijo, con el pecho agitado por su imaginado
temor. Se preguntó si no debería
empezar a llorar, luego se lo pensó mejor. —El
villano Caballero Siniestro está todavía en libertad. Myrmeen entornó los ojos.
—Sí, esto ya lo sabía. Lo que puede ser una novedad
es que los tres agentes que utilizó Evon Stralana han huido de la ciudad.
Kelemvor, Adon y Cyric, el antiguo ladrón, se han marchado disfrazados antes
del mediodía en compañía de dos desconocidas.
—¿No fueron esos tres los que permitieron que el
Caballero Siniestro se marchase impune? Piensa en ello, milady. Eso es todo lo
que tenía que decirte. Cuando Marek empezó a incorporarse, Myrmeen rodó hacia
la izquierda, fingiendo llevarse las manos a su enrojecido rostro, pero, en
cambio, se agarró al borde de la cama y, con las dos piernas, lanzó una patada
al estómago del intruso. A juzgar por su grito y el ruido que oyó, supuso que
había encontrado las costillas del hombre. —¡Por todos los dioses! —gritó el
ladrón cuando Myrmeen le dio un resuelto puñetazo que por poco le alcanza la
garganta. Él comprendió la estratagema y le asió el brazo, pero se dio cuenta
inmediatamente de su error, pues ella le dio una fuerte patada en el tobillo
que provocó un segundo aullido de dolor de sus labios y tuvo que soltar su
brazo antes de tener ocasión de retorcérselo desde el hombro. Myrmeen no había
dejado de gritar todo el rato, por consiguiente a Marek no le sorprendió que
las puertas de los aposentos se abriesen de golpe e irrumpiese un puñado de
guardias. Lo primero que pensó Marek fue si atacar a los guardias o tratar de
huir. Pero cuando cayó en la cuenta de lo fácil que le resultaría escaparse de
las tan mal construidas mazmorras de Arabel, levantó las manos y se rindió.
—¡Haced hablar a este perro! —ordenó Myrmeen, ajena a las miradas que había
provocado su cuerpo casi desnudo—. ¿Y bien? ¿Estáis sordos? ¡Moveos! Paró a uno
de los hombres.
—¡Y hacedle saber al ministro de Defensa que deseo
verlo en la sala de planificación inmediatamente! —Bajó la vista a su camisón
roto—.
Cuando me haya
vestido de forma más apropiada.
—Te dije que no te quejases del turno de guardia
—dijo uno de los guardias mientras se llevaba a Marek, y Myrmeen esperó a estar
sola de nuevo en sus aposentos antes de esbozar una amplia sonrisa, fruto de
las palabras del pícaro guardia. Pero su sonrisa desapareció tan rápidamente
como había aparecido al pensar en el trío que tal vez la había traicionado y en
las medidas que iba a tomar para descubrir si había sido así.
Media hora más tarde, en la sala de planificación,
Myrmeen transmitió toda la información que acababa de recibir a Evo Stralana,
un hombre delgado, de pelo oscuro y tez pálida. Stralana asintió gravemente.
—Me temo que ese gusano de Gelzunduth estaba diciendo la verdad —observó
Stralana. —¿Estabas enterado de todo esto? —gritó Myrmeen. —Esta mañana, uno de
nuestros hombres ha logrado obtener la prueba que necesitábamos para detener al
falsificador, Gelzunduth. —Sigue. Stralana tomó aliento.
—Ayer noche, Adon fue a casa de Gelzunduth y pagó
al falsificador para que le hiciese unas identificaciones falsas para unos
hombres cuya descripción, curiosamente, coincidía con Kelemvor y Cyric. También
compró un fuero falso. Gelzunduth comprendió inmediatamente lo que tenía entre
manos y accedió tan cordialmente como pudo.
»Cuando Gelzunduth fue interrogado insinuó que
podía revelar cierta corrupción entre los guardias. Gelzunduth ha considerado
que podría utilizar esta información para conseguir pactar por su libertad o
para obtener una sentencia menor. Pero hace unas horas el cerdo se derrumbó y
lo ha contado todo. Myrmeen observó la diminuta llama de la única vela que
había entre Stralana y ella. Cuando levantó la vista, podía verse en sus ojos
toda la furia provocada por lo que acababa de oír.
—Quiero saber quién estaba de guardia en las
puertas cuando Kelemvor y los demás se marcharon de Arabel. Quiero que me los
traigáis aquí y que sean interrogados. Veremos el castigo que les imponemos una
vez hayamos descubierto qué puerta utilizaron para huir. Stralana asintió.
—Sí, milady.
Los puños de Myrmeen estaban apretados y juntos, y
sus nudillos se habían vuelto blancos. Hizo un esfuerzo para relajar las manos
mientras hablaba. — Luego nos ocuparemos de Kelemvor y sus amigos.
5
Las columnatas
Cyric, el último en montar guardia, observó el
hermoso color rosa pastel del cielo al amanecer. Unas suaves rayas ocres
parecían iluminar las nubes puras y blancas que se elevaban sobre el horizonte.
Sin embargo, el ladrón no tardó en notar una oleada de calor que penetraba en
su cuello. Se volvió y descubrió una segunda salida de sol que remedaba la
primera con total
perfección. Con visible velocidad, salían otros
soles tanto por el norte como por el sur. Ilusión o no, el efecto era
desconcertante. El sofocante calor de las esferas cegadoras hizo que los
pequeños montones de barro del camino se secasen y endureciesen; y la propia
tierra empezó a humear desprendiendo un olor insoportable. Cyric despertó a los
demás antes de que se pusiese de manifiesto todo el efecto del tremendo calor.
Kelemvor, todavía aturdido por una mala noche, fue en busca de la única tienda
que tenían, luego juró para sus adentros al recordar que había quedado
destruida cuando los caballos de carga habían sido atacados por los monstruos
el día anterior. Ordenó a los demás que reuniesen todas las mantas y capas que
hubiere y se cubriesen inmediatamente, pues la tierra rasa que rodeaba a los
héroes no los protegía mucho del sol.
—¡Medianoche! —llamó Kelemvor—. Si te queda algún
sortilegio milagroso que pueda ayudarnos, éste es el momento de usarlo.
Medianoche no prestó atención al tono sarcástico de la voz de Kelemvor.
—¡Poneos todos juntos! —gritó Medianoche—. Los caballos también. Luego colocad
toda el agua que tengamos en un punto. Las órdenes de Medianoche fueron
ejecutadas y una densa niebla llenó el aire cuando la maga de cabello oscuro
lanzó un sortilegio menor destinado a humedecer la zona. Un segundo sortilegio
enfrió el agua que tenían para beber, para evitar así que se evaporase con el
calor. Las mantas envolvieron a los aventureros en la oscuridad y ayudaron a
que se mitigase el intenso calor de los soles. Medianoche se alegró de que sus
hechizos no hubiesen fallado. Vio diminutas rayas de luz moverse por la
superficie del medallón y, a pesar del sofocante calor de los soles que salían,
un escalofrío recorrió su cuerpo.
Adon, a oscuras bajo la manta, recordó un
sortilegio simple susceptible de permitirle soportar los efectos del intenso
calor sin que éste lo dañase. Deseó ardientemente poder recurrir al hechizo,
pero sabía que no tendría efecto. Antes y después de su guardia, había rezado a
Sune y probado unos sortilegios; sus esfuerzos habían sido vanos, como había
ocurrido desde el Advenimiento. Medianoche podía ver los soles incluso a través
de la tela de su capa. Observó, fascinada, cómo convergían directamente sobre ellos
formando una deslumbradora serie de luces, que luego se convirtieron en una
sola; el calor disminuyó hasta niveles normales casi al instante. Parecía que
la crisis había llegado a su fin. Sin embargo, el calor afectó a los
aventureros que, incluso mientras se preparaban para ponerse en marcha,
discutían acerca
de qué sol había sido el verdadero y en qué
dirección debían encaminarse. Al final se rindieron al infalible instinto de
Cyric y el día recuperó una apariencia de normalidad.
Al cabo de un rato, las tierras llanas dieron paso
a unas montañas exuberantes y
onduladas en el este, y aparecieron las imponentes
cimas de las montañas del desfiladero de Gnoll en la lejanía. Los héroes
dejaron la carretera principal, sorprendiéndose gratamente al encontrar las
ruinas de una columnata que rodeaba una reluciente charca de agua fresca; Adon
la probó y afirmó que era pura. Bebieron con avidez y rellenaron sus
cantimploras.
La idea de bañarse apenas había pasado por la mente
de los sudorosos
aventureros cuando Adon, sin pudor alguno, empezó a
desnudarse. —¡Adon!
—gritó Kelemvor, y el clérigo quedó inmóvil en
equilibrio sobre una pierna y
con las manos asidas a una bota—. ¡Hay una mujer y
una niña! Adon posó el
pie antes de caerse.
—¡Oh, disculpad!
Medianoche movió la cabeza. La idea de bañarse y
refrescarse antes de la última etapa del viaje no era mala en absoluto, pero
habría que disponerlo de otra forma. —Si los tres tenéis ganas de bañaros, me
llevaré a Caitlan y esperaremos al otro lado de la charca... de espaldas a
vosotros —propuso la maga. —¡Bien! Luego haremos lo mismo para que os podáis
bañar vosotras —repuso Kelemvor y empezó a sacarse la camisa.
—Sí, con la diferencia de que vosotros estaréis en
la cima más cercana antes de que estemos dentro del agua. —Medianoche tomó a
Caitlan de la mano y se la llevó. Cuando Medianoche y Caitlan estuvieron al
otro lado de la columnata, Adon se desnudó completamente y, después de doblar
con cuidado su ropa y dejarla apilada, tomó carrerilla y se zambulló en las
cristalinas aguas. Se puso a chapotear y gritar como un niño, mientras Kelemvor
se reía.
—¡Bien hecho, muchacho! —Y Kelemvor se desnudó a su
vez. Hasta Cyric se metió en la charca, si bien parecía bastante inseguro en
comparación con los demás compañeros.
Mientras esperaban a que los hombres acabasen de
bañarse, a Medianoche le sorprendió el silencio de Caitlan. Le gustaba hablar
con la muchacha, sin embargo, incluso después de haberla instado dulcemente a
que dijese algo, permaneció en completo silencio, sin dejar de mirar el
horizonte. —
¡Medianoche!
Sin volverse, Medianoche contestó:
—¿Sí, Kelemvor?
—Tengo que decirte algo.
Medianoche notó el tono festivo de la voz de
Kelemvor y frunció el entrecejo. —Puede esperar.
—Puedo olvidarme —replicó Kelemvor—. No te
preocupes, estamos dentro del agua.
Medianoche relajó los hombros y miró a Caitlan.
—Espera aquí —le dijo.
Caitlan asintió.
Medianoche se levantó y encontró a Kelemvor cerca
de la parte de la charca donde estaba ella. Adon y Cyric seguían en el otro
extremo. El Kelemvor desnudo de su imaginación resultó no ser muy diferente del
verdadero; cuando vio el cuerpo mojado y brillante de Kelemvor, Medianoche no
pudo evitar un estremecimiento. No recordaba la última vez que la habían tocado
unas manos como las suyas. Kelemvor la interrumpió en sus pensamientos al
salpicarla con el agua mientras se acercaba a ella nadando y bromeando para que
se reuniese con él. —Te gustaría, ¿verdad? —dijo Medianoche, a la vez que
cruzaba los brazos sobre el pecho.
—Sí —dijo Kelemvor, con un brillo travieso e
infantil en los ojos. —Pues mi ropa no se moverá de su sitio hasta que los tres
estéis bien seguritos en aquella colina —dijo ella, para luego meter un pie en
la charca y salpicar el hermoso rostro del guerrero. Él quiso agarrarle el
tobillo pero no atinó, cayó hacia adelante y se dio un fuerte golpe en la
cabeza con el borde de piedra de la charca. Los brazos del guerrero se agitaron
mientras empezaba a hundirse y un rastro de sangre ensució el agua. —¡Kel! —gritó
Medianoche.
De pronto, se formó un remolino y una mano hecha de
agua agitada alzó a Kelemvor de la charca y lo colocó en un pequeño remanso.
Adon corrió junto al hombre. Cuando Kelemvor empezó a moverse, Medianoche fue a
buscar la ropa de sus compañeros.
—No es grave —dijo Adon después de haber examinado
la herida—. Yo diría que es preferible no moverlo durante un rato. —¡Necio! —le
reprendió Medianoche, pero Kelemvor se limitó a sonreír y mover la cabeza.
Adon tapó al guerrero con una manta y fue a hablar
con Cyric, que ya estaba completamente vestido.
—Habría valido la pena —dijo el guerrero. Luego la
inquietud arrugó sus rasgos —. Estás temblando.
Medianoche, en efecto, estaba temblando sin poderse
controlar. No había lanzado ningún sortilegio para salvar a Kelemvor, pero
estaba segura, aunque no sabía cómo, de que lo había salvado. La maga, mientras
se cogía los brazos para dejar de temblar, pensó que quizás el medallón iba a
explotar. Al fin y al cabo, era mágico. Medianoche lanzó un grito poco después
cuando un segundo géiser de agua saltó de la charca y la envolvió en una
brillante columna. La maga se quedó consternada cuando todo lo que llevaba encima,
salvo el medallón, se desprendió de ella sin movimiento alguno por su parte, y
unos agradables chorros de agua concentrada empezaron a lavarla; mientras, su
ropa bailaba en el aire y recibía el mismo tratamiento. Los otros apenas veían
lo que pasaba dentro de la columna y, cuando todo acabó, el agua fue tragada
ávidamente por la charca y apareció Medianoche, vestida y deslumbrantemente
limpia.
Medianoche había dejado de temblar, pero la asaltó
de nuevo la duda. Llegó finalmente a la conclusión de que, tanto si había sido
el medallón como si había sido algún poder del agua el responsable de todo
aquello, era evidente que no se trataba de ninguna magia nociva.
—Bonito truco —dijo Cyric sonriendo a la maga—,
pero me sorprende que sigas confiando en tus sortilegios después de todo lo que
hemos visto. —No he recurrido a ningún hechizo desde los sortilegios de esta
mañana — replicó la maga—. No sé qué ha causado esto. Por lo que sabemos, puede
haber sido Caitlan.
Medianoche miró al lugar donde había dejado a la
muchacha y se llevó un susto de muerte cuando vio que el remanso estaba vacío.
Antes de poder siquiera abrir la boca, se oyó un chapoteo detrás de ella;
Medianoche se volvió y vio a Caitlan disfrutando en la reluciente charca.
Debido a la herida de Kelemvor, los héroes
decidieron acampar en la columnata y seguir la marcha hacia el castillo por la
mañana. Cyric se pasó gran parte de la tarde estudiando los pilares y las
estatuas que rodeaban el campamento. Las columnas eran gruesas y lisas y, a
casi cuatro metros del suelo, unos hermosos arcos de piedra, como arcos iris
terrestres, unían una columna con otra. Las vigas de
piedra se extendían hasta la siguiente columna, de
la cual salía a su vez un arco, y así
sucesivamente.
Algunas columnas estaban derruidas y las puntas de
sus capiteles fragmentados formaban lanzas melladas. De la parte alta de las
columnas bajaban unas fisuras que degradaban sin piedad toda la longitud de los
pilares y, junto a las fracturadas columnas, podían verse fragmentos de piedra
hundidos profundamente en el suelo. Faltaban muchos arcos, lo cual estropeaba
la otrora perfecta simetría de la columnata y reemplazaba ésta con un diseño
extravagante e imprevisible. El interés de Cyric se centró principalmente en
las estatuas, a pesar de que casi todas las esculturas estaban rotas por alguna
parte y a muchas les faltaba la cabeza. Algunas eran de hombres, otras de
mujeres, pero todas representaban unos ejemplares físicos perfectos. El ladrón
estuvo horas observando una estatua en particular: una pareja de enamorados sin
cabeza, que estaban de espaldas a la columnata, cuyas manos expresaban las
emociones que no podían manifestar sus inexistentes cabezas. Cuando anocheció,
empezó a emanar de la charca una luminiscencia intensa, como si su fondo
estuviese cubierto de fósforo, cosa que un minucioso examen demostró no ser
cierta. Mientras los viajeros descansaban y, de vez en cuando, sacaban algún
tema de conversación, aquella luz azul y blanca del agua bailaba en sus
rostros. Cyric contó unas historias sobre unos aventureros malhadados que
habían buscado la fortuna en las legendarias ruinas de Myth Drannor, ignorando
las advertencias de los héroes que custodiaban el lugar. En todos sus relatos
terminaban muriendo o desapareciendo para siempre los aventureros. Medianoche
reprendió a Cyric por sacar a la luz aquellas historias deprimentes.
—Además, a menos que hubieras estado con ellos y
hubieras logrado salir con vida, ¿cómo puedes saber qué peligros arrostraron
aquellas personas? — quiso saber Medianoche.
Cyric miró fijamente el agua y no contestó.
Medianoche decidió dejar las cosas como estaban.
Adon empezó a ensalzar las virtudes de Sune y
Kelemvor cortó al clérigo cambiando de tema para hablar de los sueños y su
realización. —No te deprimas —dijo Kelemvor devolviendo a Medianoche sus
propias palabras —, pero los relatos de Cyric tienen significado para todos
nosotros. He visto con demasiada frecuencia a hombres a quienes la persecución
de sus sueños los ha llevado por el mal camino. Luego, un día, miran a su
alrededor y reconocen todas las alegrías y maravillas que se han perdido por
estar
demasiado ocupados yendo de acá para allá con el
fin de amasar sus riquezas. —Es muy triste —comentó Medianoche—. Yo he conocido
a hombres así. ¿Y vosotros?
—Encuentros casuales —contestó Kelemvor. —No
entiendo qué tiene que ver todo esto con nosotros —dijo Adon sin poder evitar
su tono hosco. —Tiene mucho que ver con nosotros —replicó Kelemvor, que estaba
observando el movimiento casi hipnótico del agua—. ¿Qué me dices si morimos
mañana? Caitlan adivinó adónde quería ir a parar Kelemvor con sus palabras, y
palideció. —Como decía Aldophus, «un curioso cúmulo de circunstancias..., se
ponen a arder todas, y se desencadena el infierno». Pensad en lo que nos ocurrió
ayer. ¿Vale la pena realmente el riesgo de volver a enfrentarnos con semejantes
pesadillas o con cosas que pueden ser peores? Yo he jurado seguir adelante,
pero estoy dispuesto a dispensar a cualquiera de vosotros de la obligación de
cumplir vuestra promesa —dijo Kelemvor sin dejar de mirar el agua.
Adon se puso en pie.
—Me siento insultado. Por supuesto, yo seguiré
adelante. No soy un cobarde, aunque puedas pensar lo contrario.
—Yo nunca he dicho que lo seas, Adon. De haber
pasado esta idea por mi imaginación, no te habría pedido que nos acompañases en
esta misión. — Kelemvor se volvió hacia los demás.
Medianoche vio que Caitlan estaba temblando y le
puso su capa sobre los hombros.
—Mi promesa va dirigida tanto a Caitlan como a ti,
Kel —dijo Medianoche mientras abrazaba a la asustada muchacha—. Yo continuaré,
y eso no tenía que haber sido puesto en duda.
Cyric se había apartado a las sombras, fuera de la
luz de la charca. Comprendía perfectamente la estrategia que Kelemvor estaba
poniendo en práctica; trataba de fortalecer la aprobación y el entusiasmo del
grupo poniendo estas mismas actitudes en duda. Pero para Cyric, Kelemvor no
estaba más que expresando las mismas inquietudes que él había estado
experimentando desde el principio de la aventura. Cyric pensó que podía
abandonar, y nadie lo detendría. —¿Cyric? —llamó Kelemvor—, ¿dónde está Cyric?
—Estoy aquí —contestó Cyric, y, sorprendido de sí mismo, volvió donde estaban
los demás y tomó asiento junto a ellos—. Pensaba haber oído un ruido. Kelemvor
miró a su alrededor con suspicacia. —Pero no era nada
—dijo el ladrón, para luego arrodillarse frente a
Caitlan, a quien apenas había dirigido la palabra durante todo el viaje—. En lo
que vale, Caitlan, te reitero mi promesa de rescatar a tu señora del castillo.
—Luego miró a Kelemvor—. Hay quien cree que nuestras vidas están predestinadas,
que tenemos poco control sobre ellas y que podemos dejarnos llevar por
cualquier cosa que nos depare el destino. ¿Has sentido eso alguna vez?
—¡En absoluto! —exclamó Kelemvor—. Nadie más que yo
gobierna mi destino. Cyric alargó una mano y cogió la del guerrero. —Siendo
así, por fin estamos de acuerdo en algo —dijo Cyric sonriendo, si bien su
corazón sabía que estaba mintiendo.
Bane pensó que debían de estar cerca. Removió las
aguas del estridente estanque hasta que se le cansaron los brazos. Se sintió
aliviado cuando una imagen empezó a tomar forma. Sin embargo, algo interfería
en su intento de espiar a los salvadores de Mystra. Incluso cuando el agua del
estanque volvió a quedarse quieta, la imagen siguió siendo vaga e indistinta.
Bane estudió la imagen casi quieta de los humanos
que habían acudido a rescatar a Mystra. Le interesaba sobre todo la mujer, pero
ella estaba dormida de costado y no podía ver el medallón. Estudió a los demás
y una carcajada salió del dios hecho carne. La laringe de Bane, demasiado
humana, se rebeló contra este tratamiento cruel al que era sometida y el
estruendo de la risa de Bane se convirtió en un gruñido ronco. Bane estaba
delante de Mystra, a la cual había despertado la risa cruel de lord Black.
—¿Esto es lo que mandas contra mí? —dijo Bane
señalando el ruidoso estanque —. Impresionan todavía menos que la descripción
que de ellos hizo Blackthorne. Mystra guardó silencio.
—Yo pensaba que tus redentores estarían por lo
menos en condiciones de proporcionarme cierta diversión. Pero ¿estos cuatro?
Mystra hizo un esfuerzo para no mostrar reacción alguna, aun cuando vislumbrara
de pronto un rayo de esperanza. «¿Sólo cuatro?
—pensó—. ¡Entonces el
despacho
funcionó!»
Cuando Bane capturó a Mystra, la diosa había usado
una fracción de su poder para enviar un hechizo modificado en forma de un
halcón mágico. La posible mutación que localizaría debía ser joven, con un
inmenso potencial, es decir, un gran mago, pero inexperto. Cuando localizaron a
Caitlan, se produjo un contacto entre Mystra y la muchacha y, en aquel
instante, la diosa le dio
instrucciones para que encontrase a Medianoche y el
medallón y reuniese a
unos guerreros dignos de su causa. Asimismo, Mystra
le dio al halcón
algunos hechizos que éste debía otorgar a quien
recibiese su llamamiento.
Uno había sido un sortilegio para ver en la mente
de otros, a fin de poder así
encontrar el defensor adecuado. El segundo era una
capa para detectar
cualquier forma de magia. Mystra presintió que el
tercero y último hechizo
no había sido usado todavía. Un ligerísimo
estremecimiento dentro de su
esencia le había indicado el lanzamiento de los dos
primeros sortilegios
cuando éstos se produjeron; no le había llegado una
sensación similar del uso
del tercero. Todavía no. Cuando lord Black volvió a
hablar, el desprecio
endurecía sus rasgos. —Por lo menos han tenido el
buen juicio de dejar a la
niña. No habrían ganado nada con su muerte, salvo
causarte más inquietud. Y
yo, de verdad, no quiero causarte dolor, querida
Mystra. A menos, claro está,
que no me dejes otra alternativa. Durante el tiempo
que llevaba siendo
prisionera de lord Bane, Mystra había aprendido a
tener paciencia y, a pesar
de lo mucho que deseaba gritar cuánto agradecía que
su plan hubiese sido un
éxito hasta aquel punto, puso en práctica lo que
había aprendido con la
máxima habilidad. Caitlan había sido protegida de
las inoportunas brujerías
de Bane; él no sabía que la joven estaba aún con el
grupo. —Te ofrezco mi
indulgencia una vez más. Prométeme lealtad a mi
causa. Ayúdame a unir a
los dioses contra lord Ao, y poder así recuperar
los cielos. Si haces esto, todo
quedará perdonado. Si desaprovechas esta
oportunidad que te ofrezco, ¡te
juro que estos humanos que intentan arrancarte de
mis garras recibirán unos
tormentos propios de los condenados!
Se oyó un ruido detrás de ellos.
—¡Lord Bane!
Éste se volvió para saludar a Tempus Blackthorne.
El hechicero tenía una piel pálida, casi color marfil, y llevaba su largo pelo,
negro como el azabache, recogido en una cola. Se cubría el pecho con un peto
hecho de puro acero negro en cuyo centro aparecía una joya del tamaño de un
puño. Asimismo, parecía ser insustancial, casi como un fantasma.
—Hay asuntos urgentes que requieren tu atención en
Zhentil Keep —dijo Blackthorne—. Han encontrado al Caballero Siniestro. —¿El
Caballero Siniestro? —exclamó Bane moviendo la cabeza. —La conspiración contra
Arabel. Él era nuestro agente. Bane lanzó un profundo suspiro. —El que fracasó.
—Lord Chess quiere ejecutarlo inmediatamente —dijo
Blackthorne—. Sin
embargo ese hombre tiene un expediente intachable y
tropezó con
imponderables en su cometido.
Bane juntó sus manos-garras.
—Para ti es un asunto personal, ¿verdad?
Blackthorne agachó la cabeza. —Ronglath, el Caballero Siniestro, y yo somos
amigos desde niños. Su muerte sería una pérdida sin sentido.
Bane respiró hondo.
—Vamos a hablar del asunto. Luego le llevarás mi
sentencia a Chess. Nadie se atreverá a discutirla.
Mystra observaba mientras Bane y su emisario
hablaban. La atención del dios de la Lucha estaba fijada en el asunto que tanto
importaba a Blackthorne y Mystra agradeció aquel respiro de su constante acoso.
Mystra pensó que, por lo menos, existía una probabilidad de escapar. El hecho
de que la mutación que ella había creado hubiese encontrado a quien poseía su
responsabilidad era más de lo que hubiera podido esperar. No habría otra
ocasión como aquélla.
Y entonces le proporcionaría la identidad de los
ladrones a lord Ao, y ¡volvería a casa!
Sin embargo, no era momento de regocijarse. Era
momento de actuar. Mystra sabía que, encadenada como estaba, no podría escapar
a sus grilletes. No obstante, sus cadenas y las atenciones del hakeashar no
habían impedido completamente que conservase suficiente energía mística para
lanzar un último hechizo menor. Mystra se concentró y no tardó en sentir una
conexión con Caitlan. ¡Ven inmediatamente!, ordenó Mystra, y sus palabras
retumbaron en el cerebro de
la muchacha. Utiliza el último hechizo que te he
concedido y ven enseguida.
No esperes a los otros. Ellos no tardarán en
llegar.
La conexión se interrumpió de pronto y Mystra oyó
las pisadas de Bane. Blackthorne se había marchado. Bane se detuvo delante de
la diosa. —¿Has cambiado de opinión? ¿Has decidido finalmente unirte a mí?
—preguntó Bane.
Mystra guardó silencio.
Bane suspiró.
—Es una lástima que vayas a morir pronto. Al fin y
al cabo, ¿cuántas veces podrás soportar todavía al hakeashar? Los tormentos que
te causa cuando
viola tu esencia deben de ser increíbles.
Mystra ni se movió.
—Contigo, o sin ti, encontraré un medio para
derrocar a Ao, Mystra. Harías bien uniéndote a mí antes de que deba matarte.
Como la diosa de la Magia siguió guardando silencio, Bane se volvió y se
dirigió al ruidoso estanque, donde reanudó la vigilancia de los huéspedes
acampados fuera del castillo. ¡Ven inmediatamente!, ordenó Mystra, y Caitlan se
puso en acción. A pesar de las
palabras de la diosa, según las cuales debía dejar
a sus nuevos amigos detrás, Caitlan tuvo la tentación de despertar a Medianoche
o a Kelemvor, explicarles la llamada de Mystra y decirles que no había tiempo
que perder, que tenían que dirigirse inmediatamente al castillo.
Pero había que seguir las órdenes de Mystra al pie
de la letra; de modo que Caitlan repitió para sus adentros las palabras del
sortilegio y se vio elevada en el cielo nocturno. Cyric ni siquiera oyó nada
cuando empezó a moverse. Y, a pesar de la alegría producida por la experiencia
de volar por el aire, Caitlan no olvidó en ningún momento la triste razón de su
viaje. La diosa la necesitaba.
Con el requerimiento de Mystra, Caitlan había
recibido una compleja serie de imágenes y, siguiendo la equivalencia de estas
imágenes en la vida real, no tardó en llegar al castillo de Kilgrave y entrar
en él sin ser detectada. Aun cuando los
polvorientos pasillos que recorría parecían
bastante inofensivos, Caitlan presintió la
presencia de un demonio en el lugar. La muchacha
encontró, finalmente, la habitación donde vio la extraña y resplandeciente
forma de la diosa de la Magia. Mystra no parecía en absoluto humana. Había sido
encadenada a la pared de la mazmorra con unas cadenas extrañas, y flotaba por
la sala delante de Caitlan como un fantasma.
En la sala había también un hombre de una
deformidad horrible. Estaba en el centro del cuarto mirando dentro de una cuba
vistosamente tallada que contenía un agua oscura, casi negra. Caitlan vio que
sus rasgos eran en parte humanos, en parte animales y en parte demoníacos. El
hombre deforme se volvió súbitamente y miró en dirección de la muchacha, pero
ésta permaneció escondida en las sombras. Daba la impresión de que él la
hubiera oído entrar en la mazmorra o, de alguna forma, presintiese su
presencia.
El hombre de negro se volvió hacia Mystra y sonrió.
—Tengo ganas de que salga el sol, así podrán venir esos pobres humanos y
distraerme un poco. —Harán algo más que distraerte, Bane —dijo Mystra. Caitlan
estuvo a punto de lanzar un grito. ¡El hombre deforme era lord Bane, dios de la
Lucha! Debía de haberse mutado, como había hecho Tymora en Arabel. Fue entonces
cuando Caitlan supo lo que se esperaba de ella y se regocijó al comprender cuál
era su último destino. Ante ella, Bane gritaba a la diosa, le lanzaba viles
amenazas, imploraba a la cautiva diosa que se uniese a él en cierto plan
disparatado que él había ideado. Mystra no contestó y Caitlan temió que la
esencia de la diosa se estuviese desvaneciendo, que la diosa pudiese morir.
Luego descartó estos pensamientos y esperó a que Bane se alejase el tiempo
suficiente para cubrir la distancia que la separaba de la diosa de la Magia. Le
llegaría entonces a Mystra el momento de regocijarse.
6
Nueva Acheron
Cuando los héroes llegaron a la cima de la última
montaña y miraron el valle donde estaba el castillo de Kilgrave, pudieron
comprobar hasta qué punto se había desmoronado. Mientras se encaminaban hacia
las ruinas, Kelemvor iba con el corazón encogido.
—A menos que alguna criatura se la haya llevado o
que el suelo se la haya tragado, Caitlan tiene que estar aquí, en algún lugar
—dijo el guerrero—. Pero sigo sin comprender por qué se ha marchado. Cyric
suspiró.
—No he parado de decírtelo toda la mañana, Kel; no
creo que se haya ido. Caitlan estaba todavía durmiendo cuando yo empecé mi
guardia y no la he oído marcharse. —Pero esto tampoco aclara dónde está
—replicó Medianoche, en cuya voz era evidente la inquietud que sentía por la
muchacha—. O cómo se ha marchado del campamento sin que nadie la haya oído.
—Con todas las cosas extrañas que están pasando, no
me sorprendería que se la hubiese tragado la tierra —comentó Adon. Kelemvor se
puso tenso. Si la muchacha había muerto o aunque sólo se hubiese ido para no
volver, él no obtendría la recompensa prometida. Se le estremecieron todos los
músculos del cuerpo.
—¡Baja del caballo, Adon! ¡Enseguida!
—Pero..., pero...
Kelemvor ni siquiera se volvió para discutir con él
y Adon comprendió que sería preferible limitarse a caminar el resto del camino
hasta el castillo de Kilgrave. En cualquier caso, no le gustaba compartir el
caballo con el guerrero: sudaba demasiado. Kelemvor volvió a centrar su
atención en el castillo. Parecía imposible que el castillo de Kilgrave hubiese
sido magnífico en algún momento. Su silueta era siniestra, lo que hacía que el
lugar intimidase todavía más. El torreón era un cuadrado perfecto, con unas
gigantescas torres cilíndricas en cada uno de sus extremos. Estas torres no
tenían ventanas y se unían entre sí mediante enormes muros. En la entrada de
los héroes sobresalía un obelisco. Toda la estructura tenía el aspecto de
huesos dejados al sol para blanquearse.
Cuando los héroes se acercaron, vieron que el
castillo tenía tres plantas y estaba rodeado por un foso que se había secado
hacía tiempo. Cualesquiera que hubiesen sido los terrores contenidos en el foso
a fin de ahuyentar a ladrones y asesinos, habían quedado reducidos a fragmentos
de huesos deformes que sobresalían de la oscura y fértil tierra y servían de
excelentes asideros para que Cyric bajase hasta el fondo. —Trata de subir hasta
la puerta —dijo Kelemvor a Cyric cuando éste llegó al fondo del foso seco y
empezó a trepar hacia el castillo. —Siempre señalando «lo fácil» —murmuró Cyric
entre dientes—. Éste es nuestro Kelemvor.
El puente levadizo colgaba parcialmente abierto y
las macizas cadenas que hacían funcionar sus mecanismos estaban tan oxidadas y
pegadas que se negaron a hacer el más ligero ruido cuando Cyric trepó desde el
foso hasta la base de las cadenas y se
agarró a ellas, utilizando los enormes eslabones
como asideros para manos y pies.
Cyric subió hasta un saliente en vías de
desmoronarse y siguió éste hasta la parte lateral del propio puente,
parcialmente levantado. Una vez allí, Cyric se deslizó entre el puente y el
muro y saltó cinco metros hasta el suelo. Momentos después hacía funcionar, no
sin esfuerzo, los mecanismos para bajar el puente. Mientras el puente rechinaba
ruidosamente en su camino hasta el suelo delante de ellos, Kelemvor, Medianoche
y Adon ataron sus caballos a los postes que hacían las veces de centinelas
delante del puente levadizo, y cogieron solamente las armas y algunas antorchas
para llevarse con ellos. —¿No estamos exagerado con tanta cautela y sutileza?
—dijo Medianoche con un suspiro—. También podríamos esperar a que saliesen los
dueños y nos invitasen a entrar.
A Adon le pareció divertido el comentario de la
maga, no así a Kelemvor. — Vamos a acabar con esto de una vez por todas —gruñó
el guerrero—. Si encontramos a Caitlan y a su señora, todavía podemos esperar
alguna recompensa. Cyric se quedó en la puerta con la espada pronta esperando
que surgiese algún guardia estúpido cuando los héroes entrasen en el castillo
de Kilgrave, pero ningún ser sacó su fea cabeza. De hecho, el ruidoso descenso
del puente levadizo no parecía haber llamado la atención de nadie.
—Esto es muy extraño —dijo el ladrón cuando los
héroes llegaron junto a él
—. Tal vez no sea éste el castillo en ruinas que
buscábamos. Kelemvor frunció el ceño y, a la cabeza del grupo, entró en la
primera sala del castillo. La visibilidad dentro de los muros era escasa,
incluso con las goteantes antorchas que llevaban los héroes. A pesar de ello,
pronto se puso de manifiesto que el amplio vestíbulo principal estaba
completamente vacío; y el grupo se encaminó a un pasillo que estaba al otro
lado de aquella sala. A medida que los héroes se iban adentrando en el castillo
de Kilgrave, Cyric fue mirando dentro de las pequeñas habitaciones por las que
iban pasando. Todos los cuartos que vio eran muy similares; restos
desvencijados de una mesa apoyada contra una pared, junto a ella el asiento
roto de un sillón antaño regio, el cadáver descompuesto de algún animal que
había entrado y se había muerto de hambre, o había enfermado antes de encontrar
la muerte en un rincón. Otras habitaciones estaban completamente vacías.
Pilares de marfil guarnecidos de oro enmarcaban los
pasillos a intervalos de cinco metros. El oro había desaparecido en su mayoría.
Las alfombras que cubrían los pasillos estaban anegadas de agua y destrozadas,
si bien los dibujos y los materiales, visibles incluso a través de la mugre,
ponían de manifiesto que habían sido unos objetos de inapreciable valor. Los
techos abovedados tenían un intrincado trabajo de enlucido, de cuyos detalles
sólo era posible ver una pequeña parte. Las pocas imágenes visibles eran unas
mezclas extrañas y caóticas que hablaban de enfrentamientos entre titanes y
monarcas sin rostro sentados en tronos hechos con calaveras. Ni una sola vez el
yeso plasmaba una ilustración de bondad o alegría. Al cabo de casi una hora de
deambular sin encontrar nada que justificase la increíble historia de la
muchacha, Cyric expresó aquello que preocupaba a todos. —¡Oro...! —dijo con
sarcasmo, y sus palabras resonaron siniestras en los desiertos pasillos en
sombras.
—¡Sí! —dijo Kelemvor deseando al mismo tiempo que
no se lo hubiesen recordado. Su cuerpo se estremeció de forma violenta y el
guerrero recordó para sus adentros que la aventura no había terminado aún.
Todavía podía obtener su recompensa. —Riquezas inimaginables, aventuras
increíbles — dijo Cyric, a la vez que hacía
crujir los nudillos para ahuyentar el fastidio.
—Me duelen todos los miembros —dijo Adon en voz
baja. —Por lo menos están todavía en su sitio —le recordó Kelemvor, y el
clérigo guardó silencio. —Tal vez haya riquezas aquí —dijo Cyric—, alguna
recompensa que justifique nuestros esfuerzos, como mínimo.
—¿Creéis que han limpiado este lugar alguna vez?
—comentó Medianoche a la vez que señalaba los alrededores con un gesto de su
antorcha—. ¿Habéis visto algo de valor hasta el momento?
—Todavía no —dijo el ladrón—, pero no hemos llegado
muy lejos. Adon no estaba convencido de ello.
—Si la señora de Caitlan fue hecha prisionera por
unos bandidos, un humano o lo que sea, deberíamos quedarnos el tiempo
suficiente para encontrar el cuerpo y darle la debida sepultura. Quizá Caitlan
esté ya aquí en algún lugar haciendo precisamente esto. —En ese caso, lo mejor
que podemos hacer es dividirnos y cubrir así más terreno. Adon, tú te vas con
Medianoche e inspeccionáis los sótanos. Cyric y yo buscaremos arriba —decidió
finalmente Kelemvor—. Tenemos que sacar alguna ventaja de este viaje y no pienso
marcharme hasta que no hayamos encontrado algo de valor. Cuando vieron una
escalera, Kelemvor y Cyric subieron a las plantas superiores, con la esperanza
de hallar a Caitlan; o por lo menos algunas riquezas escondidas en lo que sin
duda habían sido los aposentos reales de las familias acaudaladas que habían
erigido la fortaleza mucho tiempo atrás. Adon acompañó a Medianoche en busca de
los niveles inferiores del castillo. Bajaron la escalera de caracol y el aire
iba siendo más frío a medida que descendían por debajo del nivel del suelo.
Después del último tramo, cuando ya se disponían a introducirse en una pequeña
antecámara situada al pie de la escalera, Adon lanzó un grito de consternación:
del techo bajaba una verja de hierro forjado que, después de atravesar sus
vaporosas mangas, lo inmovilizó; al mismo tiempo, otras dos verjas le impedían
seguir y sus largas lanzas amenazaban con poner fin a la vida del clérigo. Adon
se soltó antes de que las verjas llegasen con estrépito al suelo, pero se
encontró separado de Medianoche.
Adon miró sus mangas desgarradas, se lamentó por
ello sólo un segundo y se dispuso a ayudar a Medianoche, que estaba probando la
resistencia de las barras al otro lado de las mismas. —¡Kel! —gritó Adon—,
¡Cyric! Medianoche sabía que por lo menos sus amigos no iban a oír los gritos
del clérigo. Se puso de espaldas a las barras y se quedó helada al encontrar
una pesada puerta de madera, de tres veces su estatura, que le bloqueaba el
paso. Unos momentos antes, la puerta no estaba allí. Se oyeron unos arañazos en
ella y una voz que gritaba al otro lado. —¿Caitlan? —gritó a su vez la maga
—. Caitlan, ¿eres tú? Medianoche se acercó a la
puerta con el fin de percibir los sonidos con mayor claridad. La puerta se
abrió de golpe y dejó al descubierto una sala larga y vacía. Los gritos habían
cesado.
Medianoche sacudió la cabeza.
—Adon, tú espera aquí mientras yo voy a ver adónde
conduce. Pero cuando se dio media vuelta, el clérigo había desaparecido.
Kelemvor y Cyric encontraron los pisos superiores del castillo en el mismo
estado ruinoso que la planta baja. Lo único que parecía extraño era la ausencia
total de ventanas. No habían visto ni una sola abertura desde que llegaron al
último nivel y cada habitación que visitaban tenía el mismo aspecto que la
anterior, o estaban vacías o
llenas de muebles rotos y alfombras hechas jirones.
En un momento dado descubrieron un arcón cuya
oxidada tapa estaba cerrada. Kelemvor desenvainó su espada y rompió la
cerradura. Ambos levantaron la tapa, para retroceder cuando sus esfuerzos se
vieron recompensados por el repugnante olor que emanaba de su «tesoro». Dentro
del arcón encontraron los cadáveres de un pequeño ejército de ratas. Los
cuerpos, al ser expuestos de repente al aire, se descompusieron rápidamente y
se fueron deshaciendo hasta convertirse en una pulpa que goteaba de los
esqueletos en vías de desmembrarse.
Cuando Cyric y Kelemvor volvieron al pasillo, el
guerrero notó los músculos tensos y una sacudida de dolor recorrió su cuerpo.
—¡Aquí no hay nada! — exclamó. El guerrero soltó su antorcha y se llevó las
manos al rostro. Vete de aquí, Cyric. ¡Déjame solo! —¿Qué estás diciendo?
—La muchacha debió de mentir desde el principio.
Deja mi caballo, coge a los demás y marchaos —dijo Kelemvor.
—¡No puedes estar hablando en serio! —repuso Cyric.
Kelemvor le dio la espalda al ladrón.
—¡En este lugar no hay tesoro alguno que encontrar!
¡No hay nada! Renuncio a la misión.
Cyric notó algo extraño bajo sus pies. Miró y vio
que, bajo él, la alfombra hecha jirones empezaba a tejerse de nuevo y sus
brillantes dibujos se extendían, de arriba abajo del pasillo, como un reguero
de pólvora. Pareció que la rejuvenecida alfombra echaba raíces en el suelo;
luego empezó a subir a toda velocidad hasta cubrir el techo. El pasillo empezó
a estremecerse como si un terremoto estuviese abriendo la tierra bajo el
castillo. Se desprendieron trozos de pared que cayeron sobre Kelemvor y Cyric,
pero los golpes fueron amortiguados por las armaduras y se protegieron los
rostros lo mejor que pudieron. Entonces, como si unas manos gigantescas y
fortísimas estuviesen utilizando la alfombra a modo de guantes, ésta se puso en
movimiento para atacarlos. Era evidente que la alfombra estaba tratando de
apresar a los guerreros y aplastarlos. Cyric sintió un agudo dolor cuando las
manos de la alfombra lo cogieron por detrás y amenazaron con arrancarle un
miembro detrás de otro. Sin titubear, empezó a rasgar la alfombra con la
espada. —¡Maldita sea, Kelemvor, haz algo!
Pero el guerrero estaba paralizado, tenía todavía
las manos sobre el rostro. La alfombra lo apresaba por todas partes.
—Caitlan mintió —se lamentaba Kelemvor, pálido y
tembloroso—. No habrá recompensa...
El guerrero dejó escapar un grito sobrehumano.
Luego soltó un cierre que había junto a su hombro y dejó caer el peto. La malla
que llevaba debajo se rompió y Cyric creyó ver que una de las costillas de
Kelemvor salía de su pecho. A continuación, Kelemvor, mientras parecía que
tenía el cerebro a punto de estallar y surgía algo con relucientes ojos verdes
y piel negra como el azabache, avanzó dando traspiés hasta uno de los rasgones
que Cyric había hecho en la alfombra y se precipitó hacia la escalera. Lord Black
notó que una sonrisa cruzaba su rostro. Había confiado en tener la posibilidad
de comprobar los poderes del medallón y en juzgar la fuerza de los presuntos
salvadores de Mystra. Sus esperanzas se habían visto recompensadas. Cada uno de
los miembros del grupo había caído, por separado, en una trampa, donde Bane
podía observarlos y poner en práctica sus siniestras magias con ellos; y, en el
proceso, arrancarles el alma.
Mystra seguía debatiéndose con sus punzantes
cadenas, pues la proximidad del
medallón la ponía frenética.
—Pronto estará aquí —dijo Bane mientras se volvía
hacia la diosa—. Pronto será mío. —El dios de la Lucha echó la cabeza para
atrás y se puso a reír. Mystra dejó de debatirse y se unió a Bane con su risa
de demente. —¿Estás loca? —dijo lord Bane dejando de reírse, luego se acercó a
la diosa cautiva
—. Tus «salvadores» ni siquiera saben por qué están
aquí. No tienen idea del poder al que se están enfrentando y, además, no te
guardan ninguna lealtad ¡Lo único que quieren es oro!
Mystra se limitó a sonreír, mientras unas llamas
azules y blancas chisporroteaban por todo su ser.
—No todos —dijo luego ella, y se hizo el silencio.
Bane estaba a sólo treinta centímetros de la diosa y observaba su forma, que no
dejaba de cambiar. —El hakeashar te bajará los humos —dijo el dios, pero tenía
miedo de que Mystra le hubiese ocultado algo, alguna otra reserva de poder. La
superficie del estanque empezó a burbujear, reclamando la atención de Bane.
Lord Black miró dentro del estanque y una sonrisa cruel pasó por su rostro
deforme.
—¿No crees que, como mínimo, habría que recompensar
los esfuerzos de tus supuestos salvadores? —Bane trató de lanzar un sortilegio
en el agua del estanque. Un resplandor de luz surgió de sus manos y seis dardos
relucientes empezaron a volar frenéticamente por la habitación. El dios de la
Lucha gritó cuando las flechas mágicas lo atacaron a la vez.
—Desde que abandonamos los cielos, la magia se ha
vuelto muy inestable — gruñó lord Black, a la vez que colocaba un brazo donde
le habían alcanzado los dardos —. Únete a mí, Mystra, y podremos hacer que este
arte vuelva a ser de fiar. La diosa de la Magia guardó silencio.
—No importa —dijo Bane mientras repetía el
conjuro—. El caos de la magia nos afecta mucho menos a los dioses que a tus
adoradores mortales. Al final lo conseguiré. Bane volvió a lanzar el hechizo y,
en esta ocasión, salió bien.
El agua se calentó hasta alcanzar el grado de
ebullición, luego se convirtió en vapor y se transformó de nuevo en líquido
claro y brillante. Las imágenes que reflejaba el agua cambiaron de forma
dramática y Bane miró con interés cómo se iniciaba la siguiente fase de su
plan. Introdujo su vaso en el agua y lo llenó. —¿Han venido aquí a por oro y
riquezas? Bien, que tengan oro y riquezas. ¡Que se cumpla el deseo de sus
corazones, aunque ello pueda destruirlos! El animal que había sido Kelemvor,
mientras caminaba sin hacer
ruido por el hermoso bosque, se dejaba llevar por
sus sentidos. Reconoció el aroma del rocío recién caído y la tierra húmeda bajo
sus garras era suave y florecía llena de vida. El sol sobre su cabeza era
magnífico; calentaba y reconfortaba al animal, que se detuvo para lamer la
sangre de ciervo que tenía en una de sus zarpas, luego volvió a ponerse en
movimiento. Los árboles del jardín tocaban los cielos, y sus ramas, arropadas
con hojas color ámbar, se mecían suavemente con la brisa que acariciaba la fina
piel del animal, produciendo una sensación de hormigueo en todo su cuerpo. Pero
algo ocurría.
La pantera llegó a un claro. Aparecieron unos
objetos que su limitada mente no podía identificar. Los objetos no habían
salido de la tierra, no habían caído del cielo. Habían sido puestos allí por un
hombre y, a pesar de su corta inteligencia, su propósito intrigó al animal.
De repente, un estallido de dolor penetró en la
cabeza del animal y éste empezó a
tener dificultad para mantener el equilibrio y
moverse. La pantera gruñó y echó la cabeza hacia atrás cuando algo, desde
dentro, se clavó en sus entrañas. El animal lanzó un largo y horrible lamento
cuando su caja torácica se dilató y explotó. Al final, su cabeza se partió por
la mitad y los gruesos y musculados brazos de un hombre surgieron de la
destrozada piel.
Antes de tratar de levantarse, Kelemvor comprobó el
estado de sus miembros. Sobre su cuerpo colgaban todavía trozos de carne de
pantera y él desgarró los detestados restos de la maldición que su linaje le
había condenado a sufrir.
Pues si bien ahora su piel desnuda era suave y
carecía de pelo, él sabía que sólo pasarían unos minutos antes de que los
suaves mechones que cubrían normalmente su cuerpo volvieran a crecer y se
extendiesen por su piel con voluntad propia hasta cubrirlo por completo.
Kelemvor llegó a la conclusión de que, en aquella
ocasión, la transformación había sido causada por el abandono de la misión.
Emprender el viaje con Caitlan y arriesgar su vida no había servido de nada,
pues al final se había quedado sin recompensa. La maldición no lo aprobó y la
pantera había sido el castigo. Kelemvor encontró su ropa y su espada en el
claro del bosque. La sangre había empapado su ropa y, al sentir la humedad del
cuero mojado sobre su piel, tuvo ganas de quitárselo, pero sabía que ello sería
una locura. No recordaba haber llegado a aquel lugar que parecía estar muy
lejos del castillo de Kilgrave. El jardín se asemejaba un poco a las tierras
llanas del
norte de Cormyr. De hecho, parecía más el marco de
un cuento de caballerías, donde los caballeros defendían su honor en los
torneos y el amor siempre salía triunfante. Kelemvor se dio cuenta de que
estaba sonriendo y empezaron a fluir unos recuerdos reprimidos durante largo
tiempo. A medida que unos podios de mármol, con vidrios de delicados azules y
rosas pastel, se formaron a partir del aire y fue apareciendo una gran
biblioteca de libros prohibidos, los recuerdos fueron tomando cuerpo delante de
él. Siendo niño, en Lyonsbane Keep, Kelemvor tenía prohibida la entrada a la
biblioteca salvo que hubiera un adulto presente; incluso en ese caso, sólo se
le permitía leer textos o historias militares. Los libros de fantasía,
aventuras y caballerías estaban escondidos en las estanterías superiores, donde
sólo podía llegar su padre. Mirando hacia atrás, Kelemvor se preguntó qué
hacían allí. ¿Le gustaban a su padre, un hombre monstruoso y de alma mezquina,
esas hermosas historias? En aquel momento Kelemvor pensó que no era posible.
No, los libros debían de haber sido de la madre de Kelemvor, que murió al darle
a luz. Por la cantidad de polvo que Kelemvor había encontrado en los libros
prohibidos en las frecuentes ocasiones en que desobedeciendo a su padre se
deslizaba dentro de la biblioteca, en medio de la noche, disponiendo sillas y
mesas para poder llegar a los maravillosos volúmenes, tenía la seguridad de que
los libros eran su tesoro privado, que ni siquiera su padre, en su momento de
mayor crueldad, podría llevarse. En los libros encontró historias de aventuras
épicas y heroísmo, y cuentos sobre extrañas y hermosas tierras que él ansiaba
visitar algún día. Escondido en el bosque, después de haber matado a su propio
padre, Kelemvor sacó fuerzas de aquellas historias. Algún día, también él sería
un héroe en lugar de un animal que mataba a su propia familia.
Y ahora, alrededor del guerrero, aparecía una
biblioteca, con sus estanterías llenas de maravillosas hazañas de héroes cuyos
nombres y aventuras se habían convertido en leyenda. Del ruedo que se estaba
formando en el bosque salieron volando unos cuantos libros, que se abrieron a
fin de exponer sus sueños secretos a Kelemvor.
Le desconcertó que su nombre fuese mencionado una y
otra vez en las historias de
valor y heroísmo. Sin embargo, los acontecimientos
relatados no habían ocurrido en la realidad. Cuando pasó ante Kelemvor una
historia donde él salvaba a los Reinos, pensó que tal vez se tratase de una
profecía. Suspiró:
no, no podía existir un pago lo bastante elevado
para satisfacer a la maldición. Y si no le pagaban la totalidad por hacer algo
que no fuese por interés propio, se convertía en animal. Kelemvor estaba tan
absorto en las palabras que leía en los libros flotantes y en sus meditaciones
sobre la maldición de Lyonsbane, que no advirtió los cambios que se habían
producido a su alrededor hasta que una voz familiar lo llamó: —¡Kelemvor!
Levantó la vista y vio que el bosque había sido sustituido por una hermosa sala.
Los libros desaparecieron; en la estancia había cientos de hombres y mujeres
que estaban de pie completamente quietos sobre unas plataformas y pedestales
altos. Por su forma de vestir y por su actitud, Kelemvor tuvo la certeza de que
eran guerreros. Cada uno de ellos estaba bañado por una columna de luz, si bien
dicha luz no tenía fuente y se mezclaba con la oscuridad sobre sus cabezas.
—¡Kelemvor! ¡Aquí, muchacho! —exclamó la misma voz familiar. El guerrero se
volvió y se encontró cara a cara con un hombre de cierta edad cuya constitución
y estatura eran idénticas a las suyas. Burne Lyonsbane, su tío. El hombre
estaba de pie sobre una plataforma, bañado por la luz. —¡No puede ser! Tú
estás...
—¿Muerto? —Burne se rió—. Tal vez. No obstante,
quienes son recordados en los anales de la historia nunca mueren totalmente.
Por el contrario vienen a este lugar, a esta sala de los héroes, desde donde
observan a sus seres queridos y esperan a que éstos se reúnan con ellos.
Kelemvor retrocedió apartándose de su amigo. —Mi
buen tío, yo no soy un héroe. He hecho cosas horribles. —¿De veras? —dijo Burne
a la vez que levantaba las cejas. Con un rápido ademán, sacó su espada y hendió
el aire junto a él. Un rayo de luz atravesó la oscuridad y dejó al descubierto
una plataforma vacía—. Ha llegado tu hora, Kelemvor. Ocupa tu lugar entre los
héroes y todo quedará demostrado. Kelemvor sacó su espada.
—Esto es una mentira. ¡Una parodia! ¿Cómo puedes
tú, precisamente tú, traicionarme ahora? ¡Tú fuiste quien me salvó cuando yo
era un niño! — Puedo volver a salvarte —dijo Burne—. Escucha. —¡Kel! —llamó una
voz. Kelemvor se volvió y, de pie junto a la plataforma que le había sido
reservada, había un hombre con barba roja y vestido con las galas de un rey
guerrero. —¡Torum Garr! —exclamó Kelemvor—. Pero... —Quiero rendir homenaje a
tu pureza y a tu honor, Kelemvor. De no haber sido por tu presencia junto a mí
durante la batalla final de nuestra guerra contra el drow, habría muerto. A
pesar de que yo no podía pagarte más que con mi
agradecimiento, tú luchaste. ¡La forma en que te
has entregado a menudo para proteger a otros, sin pedir nada a cambio, te ha
marcado como a un verdadero héroe! A Kelemvor le daba vueltas la cabeza. Apretó
con fuerza la empuñadura de su espada. En sus recuerdos, Kelemvor le había
vuelto la espalda a Torum Garr, y el rey exiliado había muerto en la batalla.
—Kelemvor, gracias a ti he recuperado el control de mi reino. Sin embargo,
cuanto te propuse nombrarte mi heredero, dado que no tenía hijos, tú declinaste
el ofrecimiento. Ahora comprendo que actuaste correcta y honradamente. Tu
valentía ha
sido un ejemplo digno de ser emulado por otros y
tus aventuras han hecho de ti una
leyenda. Acepta por fin tu justa recompensa y
permanece junto a nosotros para la eternidad.
Apareció otro hombre, un hombre de la misma edad
que Kelemvor. Tenía el cabello negrísimo y lo llevaba en estado salvaje, y la
expresión de sus hermosos rasgos era todavía más salvaje.
—Vance —dijo Kelemvor, con una voz fría y distante.
El otro hombre bajó de su pedestal y lo abrazó obligando al guerrero a bajar la
espada. Vance se echó hacia atrás y observó a Kelemvor. —Amigo de la infancia,
¿cómo te va? He venido a rendirte homenaje. A Kelemvor jamás se le había
ocurrido pensar cómo sería Vance a aquella edad. Hacía diez años que unos
asesinos atacaron a aquel hombre y Kelemvor se había visto obligado a ignorar
sus súplicas de ayuda, dictada su actitud por la maldición que había sido siempre
el azote de su existencia.
—Tú me salvaste la vida y, aunque fue corto el
tiempo que pasamos juntos, siempre te he considerado como a mi mejor y más
íntimo amigo. Volviste para mi boda y, en aquella ocasión, no solamente
salvaste mi vida, sino también la de mi esposa y la de nuestro hijo todavía por
nacer. Juntos descubrimos la identidad de quien deseaba mi perdición y pusimos
fin a la amenaza. Te saludo, mi más viejo y querido amigo. —Esto no puede ser
cierto —dijo Kelemvor—. Vance está muerto. —Aquí está vivo —dijo Burne Lyonsbane,
y los visitantes de Kelemvor se alejaron para que el anciano se colocase
delante de su sobrino—. Instálate en este lugar. Asume la posición que te
corresponde en la sala y no recordarás nada de tu vida anterior. Los fantasmas
que te asedian serán enterrados y tú te pasarás una eternidad volviendo a vivir
tus actos heroicos. ¿Qué dices, Kelemvor? —Tío... —
empezó a decir Kelemvor a la vez que levantaba la
espada. Le temblaban las manos—. Soñé, en cierta ocasión, que todo lo que
habías prometido se convertía en realidad, pero el tiempo de los sueños ha
pasado. —¿Es así como quieres ver la realidad? Pues fíjate bien. De repente, el
libro donde se detallaba la vida heroica de Kelemvor apareció en las manos de
su tío. Las páginas empezaron a pasar solas, despacio al principio, más deprisa
luego a medida que avanzaban. Kelemvor comprendió que el libro estaba siendo
escrito de nuevo en aquel momento, mientras él observaba. Desaparecieron los
relatos heroicos acerca de Kelemvor para dar paso a las historias de su
verdadero pasado. —¡Tus sueños se han hecho realidad, Kel! Decídete
rápidamente, antes de que acabe de escribirse la última historia y haya pasado
tu única oportunidad de ser un verdadero héroe.
Kelemvor observó cómo el relato de cuando rescató a
Vance de los asesinos era modificado. Oyó un grito y levantó la vista, a tiempo
de ver a Vance desaparecer de la sala. La historia del libro se estaba
volviendo cierta y su posibilidad de deshacer los agravios que había cometido
se estaba desvaneciendo ante sus ojos. Torum Garr lo agarró por el brazo.
—¡Decide rápidamente, Kelemvor! ¡No me dejes morir
de nuevo! Kelemvor titubeó y volvió a ser escrito el capítulo que trataba sobre
Torum. El rey de barba roja murió de nuevo a manos del drow. Kelemvor ya no
estaba allí para protegerlo.
Torum Garr se desvaneció delante de Kelemvor. —No
es demasiado tarde — le dijo Burne Lyonsbane—. No es demasiado tarde para
cambiar lo que recuerdas. —El anciano, desesperado, apretó los dientes. Cruzó
su mirada con la de su sobrino—. Recuerdas cómo se acabó entre nosotros,
Kelemvor. ¡No
dejes que vuelva a suceder! ¡No me des la espalda,
no permitas que muera otra vez!
Kelemvor cerró los ojos con fuerza y la emprendió a
hachazos con el libro, encuadernado en oro, que tenía delante. La
encuadernación del libro se rompió y surgió una bruma brillante. Todos los
héroes de la sala desaparecieron en nubes de bruma roja. A continuación, la
propia sala empezó a volverse borrosa en los rincones y acabó, también,
despareciendo. Al cabo de unos segundos, en el aire sólo había unos vestigios
de ilusión que, a su vez, no tardaron en desvanecerse. Kelemvor se encontró en
una biblioteca asolada que estaba en el primer piso del castillo. A sus pies
yacía
un viejo y roto libro de cuentos de hadas para
niños. Mientras corría hacia la puerta, Kelemvor apartó el libro de su camino
con una patada. En el vestíbulo, el guerrero vio el cadáver, ferozmente
atacado, de un hombre; probablemente el ciervo de su sueño. En su prisa por
dirigirse a la escalera que daba a los oscuros niveles inferiores del castillo
de Kilgrave, Kelemvor no se dio cuenta de que el hombre muerto llevaba el
símbolo de Bane, dios de la Lucha. Medianoche se encontró caminando por una
interminable serie de pasadizos oscuros. Adon había desaparecido y ella no
recordaba cómo había llegado a aquellas tenebrosas galerías. Percibía ligeros
movimientos por el rabillo del ojo, pero apuntó su mirada hacia delante y no
les prestó atención. Oyó algo que podían ser voces, sonidos de angustia y
horror. Tampoco les hizo caso. Estaban destinados a distraerla, a alejarla de
su objetivo. Y no podía permitir que eso ocurriera. La maga se detuvo delante
de un arco bien iluminado. Tomó aliento y avanzó hasta la luz, que anegó sus
sentidos mientras notaba que una mano de hierro cogía su brazo. —¡Llegas tarde!
—gritó una anciana.
Medianoche parpadeó y empezó a ver con sorprendente
claridad los detalles del pasillo por donde la llevaba la anciana a una
alarmante velocidad. Medianoche vio una amplia sala de espejos. Todos los
espejos estaban incrustados en un arco finamente decorado y delante de cada uno
de ellos había un banco, con decorativos detalles, cubierto de cuero rojo. A
cada lado de los arcos colgaban unos candelabros y cientos de arañas bajaban
del techo abovedado. Miles de velas ardían en el pasillo y Medianoche retrocedió
cuando vio su propia imagen.
—¡La ceremonia ya ha empezado! —siseó la anciana
moviendo la cabeza. Medianoche iba vestida con un hermoso vestido de
relucientes diamantes y rubíes, y sus dedos y muñecas estaban adornados con
joyas hechas con piedras preciosas regiamente montadas. Llevaba el pelo
recogido hacia arriba y hacia atrás, y éste se sujetaba, con magnífica
afectación, con una corona de piedras preciosas. El medallón había
desaparecido.
Ante este descubrimiento, la debilidad se apoderó
de sus piernas y la anciana hizo sentar a Medianoche en uno de los regios
bancos. —Por favor, querida, no es momento para dejarte llevar por el
nerviosismo. ¡Hoy te van a premiar con un gran honor! Sunlar se molestará en
extremo si le haces esperar.
«¿Sunlar? —pensó—, ¿mi profesor del valle
Profundo?» Cuando trató de ponerse en pie, Medianoche sintió que la sangre
abandonaba su cabeza.
Luego el mundo se convirtió en un torbellino
enloquecedor de arañas y brillantes velas que no se enderezaron hasta que
Medianoche comprendió que ahora estaba sentada en un trono de un hermoso
templo. Delante de ella había una multitud de hombres y mujeres vestidos con
túnicas; la opulencia del aposento abovedado hacía que la sala de los espejos
pareciese un elegante ejemplo de modestia. Sunlar entró en el templo acompañado
de un grupito de estudiantes. Era el sumo
sacerdote de Mystra en el valle profundo y había
mostrado un interés personal en el
cuidado y preparación de Medianoche cuando ésta era
más joven, si bien jamás explicó las razones que había detrás de su forma de
actuar. Cuando Medianoche lo conoció, Sunlar era guapo y fuerte y, mientras
atravesaba la sala del trono, comprobó que sus rasgos eran exactamente como
ella los recordaba. Sus ojos eran de un color fantasmal azul y blanco, y su
cabello castaño y espeso, con ondas, cortado con un estilo inmaculado y dos
bucles que caían hasta sus cejas y enmarcaban sus cincelados rasgos. Pero iba vestido
con un hábito de ceremonia que Medianoche no había visto con anterioridad, sin
duda porque aquellas galas se reservaban para dar la bienvenida a personajes
regios. Un puñado de hombres y mujeres rodeaba a Medianoche. Llevaban el
símbolo de Mystra, la estrella azul y blanca, y cuidaban de desviar la vista
cuando Medianoche intentaba cruzar su mirada con la de alguno de ellos, como si
no fuesen dignos de mirarla directamente. Su actitud inquietó a Medianoche y,
cuando iba a abrir la boca para preguntarles, Sunlar llegó a su altura. —Lady
Medianoche —dijo Sunlar—, esta reunión se celebra en tu honor y todos los
presentes están interesados en escuchar tus palabras y respetar tu decisión.
—¿Mi... decisión? —preguntó Medianoche, bastante confusa. Sunlar pareció
desconcertado. A pesar de la reverencia con que se había recibido a Medianoche
y se estaban celebrando aquellos actos, murmullos crecientes se propagaron por
la sala. Sunlar levantó las manos y se hizo el silencio. —Es justo que se
permita a Medianoche volver a escuchar formalmente lo que se le ha ofrecido
—dijo Sunlar dirigiéndose a los cientos de adoradores que se habían reunido en
el templo.
Sunlar se volvió de nuevo hacia Medianoche. —Hacía
tiempo que la Dama de los Misterios no había concedido este honor — dijo, y
tendió la mano a Medianoche. Ésta se levantó y la tomó. La sala se quedó de
repente a oscuras
y, sobre los asistentes, apareció una inmensa
estrella azul y blanca, con un constante flujo de brillantes estrellas que
rodeaban su perímetro. Cuando se vio que la estrella era plana, como una
moneda, surgió un grito ahogado de entre los adoradores. A continuación la
estrella centelleó y cambió de forma, convirtiéndose en un portal que daba a
otra dimensión. La luz de este otro reino era cegadora y Medianoche apenas
podía ver lo que había al otro lado de la puerta. Medianoche se cubrió los
ojos. —¿El poder de la Maga?
—Sí, lady Medianoche —dijo Sunlar sonriendo—, el
poder de la Maga. —El brillante portal giraba locamente, dando vueltas sobre sí
mismo—. Lady Mystra, diosa de la Magia, te ha escogido a ti, entre todos los de
los Reinos, para ser su defensora..., la Maga.
Estaban debajo del portal que no dejaba de dar
vueltas. Medianoche levantó una mano y sintió que las estrellas que acompañaban
al portal acariciaban su piel. Aquella sensación le hizo sonreír. Escudriñó los
rostros de quienes se habían reunido en el templo. La expresión de aquellos
rostros era de afecto y amor, y se percibía una oleada de expectación emanando
de ellos. Reconoció a muchos como compañeros suyos de su época de estudiante en
el valle profundo. Medianoche levantó la vista hacia la cegadora luz de la
puerta. — ¡No hablas en serio!
Sunlar extendió una mano y el portal bajó hasta
ellos. Medianoche se quedó paralizada.
—Ven. Vamos a visitar el dominio de Mystra, el
tejido mágico que rodea el mundo. Tal vez ello te ayude a tomar una decisión.
Medianoche y Sunlar fueron tragados por la puerta y
la maga se encontró en un reino de extrañas construcciones de luz blanca
azulada que se proyectaban delante de ella, siendo sus dibujos, que no dejaban
de cambiar, casi un lenguaje por sí mismos. Cayó un relámpago cegador y
Medianoche comprobó que era levantada en el aire. Ella y Sunlar atravesaron los
muros del templo y luego se elevaron en el aire y volaron por encima de las
nubes hasta que Faerun se convirtió en una simple mota de polvo que daba vueltas
muy por debajo de ellos. Medianoche se fijó en el planeta un momento, luego
sintió una presencia detrás. Se volvió y se encontró cara a cara con una
increíble matriz de energía, un hermoso tejido de poder que se extendió por el
universo y latió con una llama distinta a cualquier cosa que Medianoche hubiese
visto jamás. —Puedes formar parte de esto —dijo Sunlar.
Medianoche levantó la mano en dirección al tejido,
pero se detuvo cuando vio su propia mano. La carne se había vuelto traslúcida
y, dentro de los límites de su forma, vio un latido de fantásticos colores que
reflejaban la mágica energía prima. —Esto es poder —dijo Sunlar—. Poder para
crear mundos, para curar la enfermedad, destruir la maldad. Poder para servir a
Mystra como ella desea que hagas. Medianoche estaba boquiabierta. —Está a tu
alcance —prosiguió Sunlar—. Y debes aceptarlo, Medianoche. Nadie más puede ser
el defensor de lady Mystra en Faerun. Sólo tú. El mago de pelo color ala de
cuervo guardó silencio un momento, luego Medianoche preguntó suavemente:
—Pero ¿qué quiere Mystra a cambio de este honor?
—Tu absoluta lealtad, por supuesto. Y tendrás que dedicar el resto de tu vida a
luchar por la causa de Mystra a lo largo y ancho de los Reinos. —Lo quiere
todo, entonces. No tendré vida propia. Sunlar sonrió.
—Es un precio pequeño por convertirte en el más
poderoso representante de una diosa en el mundo.
Sunlar se puso de cara al diminuto mundo, allá
abajo de todo, y abrió los brazos. —Todo esto será tuyo, lady Medianoche.
Conseguirás que el mundo entero esté bajo tus pies y sin ti perecerá.
La tela del universo empezó a rasgarse. Ante los
ojos de Medianoche, se iban deshaciendo vastas secciones de tejido y, al otro
lado de los desgarrones, aparecieron imágenes del templo y de los seguidores de
Mystra. Gritaban, instaban a Mystra a que los salvase, llamaban a la maga para
que salvase los Reinos. —Debes tomar una decisión rápida —dijo Sunlar. Los
agujeros del universo se agrandaban. En algunos puntos, Medianoche no podía ver
siquiera el tejido.
—Eres la única que puede salvar a los Reinos, lady
Medianoche, pero tienes que decidirlo inmediatamente.
La respiración de Medianoche se volvió irregular.
El tejido parecía llamarla. Empezaba a abrir la boca para hablar, para aceptar
aquella responsabilidad, cuando oyó una voz, suave pero clara, que clamaba
junto con los adoradores del templo. —¡Medianoche! —gritó una voz familiar—.
¡Necesito tu ayuda para salvar a Cyric y Adon!
—¡Kel! —exclamó Medianoche—. Sunlar, tengo que
ayudarle. —Olvida esos asuntos de poca monta —replicó Sunlar—. Es preferible
que resuelvas sus problemas ayudando a todos los Reinos. —¡Espera, Sunlar! No
puedo
renunciar a lo que constituye mi vida, no puedo
abandonar a quienes me interesan sin reflexionar un
poco. ¡Necesito más tiempo!
—Tiempo es lo único que no tienes —dijo Sunlar en
voz baja. La eternidad se desvaneció, desapareció el tejido y sólo quedó el
templo. Medianoche miró sus manos, que volvían a ser de carne y hueso, y sintió
el azote de las lágrimas en sus mejillas; estuvo a punto de echarse a reír. Uno
de los adoradores de Mystra se adelantó. Era un hombre cuyo rostro reconoció.
Kelemvor.
El guerrero extendió una mano.
—Vuelve —le dijo—. Los demás te necesitan. Yo te
necesito. Sunlar la cogió por el hombro y la hizo dar media vuelta para
mirarlo. —No le escuches. ¡Tienes un deber para con tu diosa! ¡Tienes un deber
para con los Reinos! —¡No! —gritó Medianoche a la vez que se desasía de la mano
de Sunlar. Los seguidores de Mystra interrumpieron cualquier movimiento y
quedaron parados; solo Kelemvor, ataviado con su equipo de guerrero, avanzó
hasta colocarse delante de ella.
—Te has deshonrado y has deshonrado a tu diosa
—dijo Sunlar, cuyo rostro se desvanecía en las sombras que, como cortinas,
empezaban a caer sobre la habitación del trono y oscurecían las ilusiones.
Luego desapareció del todo.
Al cabo de un rato sólo quedaron trozos sueltos de
ilusión, y Medianoche vio a Kelemvor arrastrarse por el suelo de una habitación
que antes podía haber sido una sala de audiencias. En un rincón yacía una silla
volcada que se parecía al trono donde ella había estado sentada. La sala
destrozada era abovedada, como había sido en su ilusión. Medianoche bajó la
vista y vio que el medallón estaba todavía allí, pegado a su piel.
—¿Qué está pasando aquí? Primero abro una puerta,
luego me encuentro flotando por encima del mundo y ahora estoy en una sala de
trono desmantelada. Medianoche advirtió que Kelemvor parecía estar herido.
Corrió junto a él, pero en ese momento se desplomó. Vio que tanto el rostro
como el cuerpo estaban ilesos y que, sin embargo, el guerrero sudaba y parecía
aterrorizado. —¡Ofréceme algo! —gritó él con una voz ronca y amenazadora en
extremo. —¿Qué? ¿De qué estás hablando?
Kelemvor se echó hacia atrás; daba la impresión de
que sus costillas se movían por impulso propio. Medianoche lo miró
cautelosamente. —¡Una recompensa! —contestó él, y su carne empezó a
oscurecerse—. Por haberte
librado de la ilusión y por seguir con esta misión.
Cyric y yo la abandonamos... El guerrero se estremeció y se alejó de
Medianoche. — ¡Deprisa!
—Un beso —propuso ella en voz baja—. Tu recompensa
será un beso de mis labios.
Kelemvor había caído al suelo. Sin aliento. Cuando
se levantó, su piel tenía de nuevo su color natural.
—¿Qué significa todo esto? —quiso saber Medianoche.
Kelemvor sacudió la cabeza.
—Tenemos que encontrar a los otros.
—Pero yo...
—No podemos salir de aquí con vida sin ellos —gritó
Kelemvor—. ¡Por esto, por nuestro propio bien, tenemos que hacerlo
inmediatamente! Medianoche no se movió.
—Nos separaron —dijo Kelemvor—. Nos enviaron a
diferentes partes del castillo.
Yo me desperté en una biblioteca del primer piso.
Siguiendo el ruido te encontré. —¿Ruido? Entonces has visto y oído...
—Apenas. He oído tu voz y la he seguido hasta
encontrarte. Pero ya tendremos tiempo después para descifrar ese enigma. ¡Ahora
ayúdame a encontrar a los otros! Medianoche siguió al guerrero por los oscuros
pasillos. Después de que Kelemvor se escapase por la hendidura de la alfombra,
ésta empezó a cerrarse alrededor de Cyric y se fue reduciendo hasta volverse
del tamaño de un arcón. El ladrón trató de desgarrar la alfombra con su espada,
pero fue inútil; cada vez que lo intentaba golpeando el tejido, la hoja no
hacía otra cosa que saltar. La alfombra siguió encogiéndose hasta que Cyric
notó que se ajustaba a la forma de su cuerpo y le apretaba con tanta fuerza que
perdió el conocimiento. Cuando se despertó, estaba en una de las callejuelas de
los barrios bajos de Zhentil Keep y un guardia lo estaba despertando a patadas,
igual que le había ocurrido regularmente en su infancia. —Muévete —dijo uno de
la Guardia Negra—, si no quieres que tus tripas se llenen sólo de plomo.
Cyric esquivó los golpes y se puso de pie.
—¡Asquerosos vagabundos! — insistió el guardia, para luego escupir al suelo
cerca de los pies de Cyric. El ladrón se adelantó para atacar al hombre, pero
algo surgió de las sombras que había detrás de él. Unas manos se aferraron a su
boca, otras le agarraron
los brazos. Por más que se debatió para desasirse
de las manos no pudo hacer nada. Así que fue arrastrándose a un callejón, entre
la risa de los guardias. — Cálmate, muchacho —dijo una voz muy familiar. Cyric
vio que el guardia caminaba hasta el extremo del callejón, doblaba la esquina y
desaparecía de su vista.
El ladrón relajó el cuerpo y las garras que lo
sujetaban se aflojaron. Cyric se volvió y escudriñó las sombras. Antes incluso
de que sus ojos se adaptasen a la oscuridad, supo la identidad de los hombres
que tenía ante sí. Uno era conocido como Quicksal, un malvado ladronzuelo que
disfrutaba matando a sus víctimas. Tal y como Cyric lo recordaba, el fino y
dorado cabello de Quicksal estaba sucio, con restos de tinte de todo tipo.
Solía disfrazarse muy a menudo. Echaba mano de barbas postizas, maquillaje para
envejecer, acento extranjero, caracteres de raras personalidades, todo ello
formaba parte del cada vez más extenso repertorio al que recurría Quicksal para
crear unos rasgos muy sobresalientes que fuesen recordados por sus testigos
potenciales. Tenía un rostro delgado, de halcón, y unos dedos extremadamente
largos. Cosa extraña, Quicksal parecía estar todavía en la adolescencia, si
bien Cyric sabía que tenía como mínimo veinticinco años. El otro hombre era
Marek. Cuando Cyric examinó el rostro de su mentor, no encontró en él la cara
avejentada y endurecida que había visto unas noches antes, cuando Marek le
cogió por sorpresa en el mesón. Aquel Marek era joven y su pelo, espeso y
ensortijado, no tenía el color gris, mezcla de sal y pimienta que habría debido
tener, sino que era negro como el azabache. Su piel apenas mostraba indicios de
las arrugas que algún día se formarían. Sus penetrantes ojos azules no
renunciaban a la fogosidad anterior y en su enorme humanidad no había rastro
alguno de flaccidez. Aquél era el hombre con quien Cyric había aprendido,
robado y cometido atropellos, ahora inimaginables, sin titubeos. Cyric era
huérfano y, en muchos sentidos, Marek había sido el único padre que había
conocido. —Ven con nosotros —dijo Marek.
Cyric obedeció y se dejó conducir a través de una
serie de puertas hasta llegar a la
cocina de un mesón que él no reconoció. Tuvo la
impresión de haberse dejado llevar por toda una eternidad y, cuando pasaron por
un vestíbulo iluminado, observó su imagen en un espejo próximo. De su rostro
habían desaparecido más de diez años; no había patas de gallo alrededor de sus
ojos; su piel parecía más elástica, menos endurecida por el paso del tiempo y
los
infortunios que había soportado. —Estarás
preguntándote sin duda por qué estamos aquí —dijo Marek al cocinero, un hombre
de una gordura grotesca que estaba junto a una cortina al otro extremo de la
cocina.
—No, en absoluto —replicó éste, acompañando sus
palabras con una amplia sonrisa que sostenía sus fofas mejillas. Señaló la
cortina y añadió—: Está aquí. Marek tomó a Cyric por el brazo y lo llevó hasta
la cortina. —Mira — dijo Marek abriendo ligeramente las cortinas—. Ahí está
nuestra próxima víctima y tu pase para la libertad, Cyric. Éste miró hacia
afuera. Desde su posición sólo veía en la fonda unas cuantas mesas de las que
sólo una estaba ocupada por una hermosa mujer de mediana edad, vestida de finas
sedas, y con un bolso lleno a rebosar. Tenía delante un cuenco de sopa que
acababa de llevarle una atractiva camarera. Interpeló a la muchacha: —¡Esta
sopa no está lo bastante caliente! —gritó la mujer con una voz que produjo
dentera a Cyric
—. ¡He pedido que me traigan la sopa hirviendo, no
simplemente caliente! —Pero, señora...
La mujer asió la mano de la camarera.
—¡Compruébalo tú misma! —chilló la mujer, y metió
la mano de la muchacha en el cuenco de sopa.
La muchacha ahogó un grito y logró soltarse la mano
sin derramar el contenido del cuenco sobre la mujer. La piel de la camarera se
puso de un color rojo brillante. La sopa estaba hirviendo.
—¡Si no podéis atenderme como necesito, tendré que
ir a otro lugar! —dijo la mujer, con los ojos en blanco—. Me gustaría saber qué
está reteniendo a mi sobrino. Se suponía que debíamos encontrarnos aquí.
—Frunció el entrecejo y señaló la sopa mediante un gesto—. ¡Ahora llévate esto
y tráeme lo que te he pedido! La camarera cogió el cuenco, hizo una pequeña
reverencia y se volvió para dirigirse a la cocina; Cyric tuvo que echarse para
atrás antes de ser visto. —Tranquilo —dijo Marek detrás de Cyric.
Las cortinas se separaron y entró la muchacha. Miró
a Marek, y puso la bandeja en las manos de Cyric, se estrechó contra Marek y lo
besó en la boca; luego retrocedió, cogió un trapo mojado del fregadero y se
envolvió la mano con él. —En esta ocasión, me gustaría no tener que esperar mi
parte —dijo. Quicksal sacó y volvió a meter la espada en su funda, produciendo
el roce un ruido que hizo sonreír a la camarera.
—He prometido a nuestra benefactora que no tendrá
que esperar. —¡Lo mismo digo yo! —exclamó Cyric, sorprendido de sí mismo ante
ese
sentimentalismo.
La camarera guiñó un ojo a Marek.
—Ya sabes dónde encontrarnos esta noche. Lo
celebraremos. Recuperó la bandeja de manos de Cyric y se dirigió al fogón, a
una olla de sopa de donde sirvió otra ración. Luego se quitó el trapo húmedo y
volvió al bodegón con la sopa ardiendo.
—Quedaos aquí —dijo Marek, y siguió a la muchacha.
Cyric apartó las cortinas y vio a Marek hablar con
la mujer. Dejó caer la cortina
cuando Quicksal le tiró de la manga.
—Ha llegado el momento —dijo éste.
Poco después estaban de nuevo agazapados en las
sombras del callejón que había detrás de la hostería. La puerta se abrió y
Marek hizo salir a la mujer al callejón. Ella miró a su alrededor, desorientada
y confusa. —No comprendo —dijo la mujer de mediana edad—. Me has dicho que mi
sobrino había sufrido un contratiempo en este callejón, que no podía moverse
y... Sus ojos reflejaron la zozobra que la embargaba cuando Quicksal salió de
las sombras. —No eres mi tía —dijo Quicksal—. Sin embargo vamos a llevarnos tu
dinero. La mujer se puso a gritar, pero Quicksal la empujó contra la pared y le
puso una mano sobre la boca, y el cuchillo contra la garganta. —Y ahora,
quietecita, tía. No me gustaría tener que matarte ahora mismo. Además, esto es
Zhentil Keep. Si tus gritos atraen a alguien, sólo será para compartir tu
dinero.
Marek se apoderó del bolso de la mujer y lo saqueó.
Luego movió la cabeza con expresión afligida.
—¡Ay, esto no es suficiente! —dijo Marek, para
seguidamente indicar a Cyric que se acercase.
Quicksal se apartó de la mujer, pero sin dejar de
blandir el cuchillo en su dirección.
—¡No tengo nada más! —gritó ella—. ¡Piedad! —Me
gustaría condescender —insistió Marek en un tono de pena y agachando la
cabeza—, pero no puedo negar a los jóvenes que disfruten. Cyric blandió su
espada. Quicksal puso una mano en el pecho del muchacho y lo empujó
ligeramente.
—Tú nunca serás capaz de matarla, Cyric. Entonces
Marek te tendrá pegado de por vida como aprendiz. —El ladrón rubio se acercó de
nuevo a la mujer —. Marek, podrías dejar que la matase yo.
—¡Apártate! —exclamó Cyric, y Quicksal se volvió
hacia él. Los ojos de la mujer estaban anegados de lágrimas. —¡Tened compasión!
—gritó, levantando las manos temblorosas. —¡Ay, qué dilema! —dijo Marek—.
¿Quién derramará esta sangre inocente? —¡En este mundo no hay sangre inocente!
—replicó Cyric con brusquedad. Marek alzó las cejas.
—Pero ¿qué crimen ha cometido esta mujer? —Ha
herido a la muchacha.
Marek se encogió de hombros.
—¿Eso? Yo mismo le he hecho daño muchas veces.
Hasta ahora no se ha quejado. —Marek se echó a reír—. Creo que es Quicksal
quien debería matar a esta mujer. Al fin y al cabo, Cyric, nunca me has
demostrado que estés preparado para ser independiente y tal vez la Cofradía de
los Ladrones no lo apruebe. —¡Estás mintiendo! —gritó Cyric.
A cada paso que daba Quicksal hacia la mujer, Cyric
veía cómo su oportunidad de independencia se le escapaba de las manos. —Un
momento —dijo Marek, levantando una mano ante Quicksal; luego añadió
dirigiéndose a Cyric—: ¿Merece morir sólo porque así obtendrás tu libertad? —La
conozco. Es... —Cyric sacudió la cabeza—. Es la arrogancia y la vanidad
personificadas. Está cargada de privilegios y prejuicios. Disfruta ignorando a
los pobres
y a los necesitados, estaría dispuesta a dejarnos
morir antes de levantar un dedo para
ayudarnos. Es indiferente y cruel, menos cuando su
cabeza está en peligro.
Entonces sí pide clemencia y perdón. Antes he
conocido otros como ella.
Representa todo lo que yo desprecio.
—¿Y no tiene ninguna cualidad buena? ¿No es capaz
de amar, de sentir piedad? ¿No hay posibilidad de que cambie su forma de ser?
—preguntó Marek. —En absoluto —contestó Cyric.
—Todo un argumento —dijo Marek—. Pero no me ha
convencido. Quicksal, mátala.
La mujer lanzó un grito ahogado y trató de huir,
pero Quicksal era demasiado rápido para ella. Apenas dio dos pasos cuando el
ladrón rubio estaba sobre ella y le cortaba la garganta. La mujer se desplomó
en el callejón. Quicksal sonrió. —Tal vez la próxima vez, Cyric.
Cyric miró a Quicksal a los ojos y tuvo la
sensación de haber ahondado en dos pozos gemelos de locura.
—Me merezco la libertad —gruñó Cyric, y sacó el
cuchillo. —Pues
demuéstramelo —dijo Marek—. Muéstrame lo que vales
y yo te recompensaré con la independencia. Te dejaré salir de forma segura de
la ciudad si así lo quieres y haré que el bandolero Guild te reconozca como
miembro numerario. Tu vida te pertenecerá, para hacer con ella lo que te
plazca. Cyric se estremeció.
—Todo lo que he soñado —dijo, como ausente. —Pero
sólo tú puedes hacer el sueño realidad —dijo Marek—. Y ahora, sé buen chico, y
mata a Quicksal aquí mismo.
Cyric volvió a mirar a Quicksal y vio que aquel
fullero rubio blandía ahora una espada que no tenía unos segundos antes. Sin
embargo, en lugar de prepararse para atacar, el rival de Cyric se puso a la
defensiva y daba la impresión de estar muy asustado.
—Guarda el cuchillo —dijo Quicksal con una voz que
no era la suya—. ¿No me reconoces?
Cyric se mantuvo firme.
—Demasiado bien. Y no trates de confundirme
disfrazando la voz. Conozco
todas tus artimañas.
Quicksal sacudió la cabeza.
—¡Esto no es real! —Cyric comprendió que habría
debido reconocer la voz que estaba poniendo Quicksal, pero no pudo concentrarse
en ello. El ladrón rubio dio un paso atrás—. Cyric, es una ilusión. No sé lo
que crees ver delante de ti, pero soy yo, Kelemvor.
Cyric hizo un esfuerzo para relacionar el nombre y
la voz, pero le costaba pensar. —Debes luchar —dijo Quicksal.
—Tiene razón, Cyric —repuso Marek en voz baja—. Hay
que librar esta
batalla. —Pero la voz de Marek también había
cambiando de repente. Sonaba
como voz de mujer.
Cyric no se movió.
—Marek, aquí está pasando algo. No sé a qué estáis
jugando conmigo, pero no me importa. Confío en que cumplas tu palabra. Dicho
esto, Cyric se abalanzó sobre Quicksal. Quicksal esquivó la primera arremetida
y sorprendió a Cyric retrocediendo unos pasos y adoptando una actitud
defensiva. Cyric pensó que aquello no era propio de Quicksal.
—¡Para inmediatamente! —chilló Quicksal, a la vez
que eludía la
segunda
cuchillada.
Cyric fue impulsado por la fuerza del rechazo y dio
de lleno con el codo en el rostro de Quicksal. Al mismo tiempo, pasó el
cuchillo de una mano a otra y agarró la muñeca de Quicksal. A continuación
Cyric aplastó la mano del fullero rubio contra la pared y le obligó a soltar la
espada.
—Con tu muerte ganaré una vida —exclamó Cyric, y
levantó el cuchillo para matarle.
—¡No, Cyric, vas a matar a un amigo! —gritó Marek.
Cyric reconoció la voz de Medianoche en el instante mismo en que su daga se
clavaba en el hombro de su adversario. Su víctima no era Quicksal, sino
Kelemvor. Cyric retrocedió en su arremetida lo mejor que pudo, pero era
demasiado tarde. La daga se había hundido en el hombro de Kelemvor. El héroe lo
empujó y Cyric cayó al suelo, con la daga todavía clavada en el hombro de su
víctima. El guerrero levantó su espada y avanzó hacia el ladrón. —Perdóname —
murmuró Cyric cuando el guerrero levantó la espada para atacarlo.
—¡Kel, no lo hagas! —gritó Medianoche—. ¡No puede
ver que somos nosotros! El guerrero se paró, y dejó caer la espada. Cyric se
echó hacia atrás y vio a Medianoche donde sólo un segundo antes estaba Marek.
Luego a Kelemvor junto a ella, le brotaba la sangre de su hombro herido. El
guerrero estaba lívido. El callejón empezó a desvanecerse para acabar
desapareciendo, pero el cuerpo de la mujer que había matado Quicksal, la mujer
que Cyric había querido asesinar si le hubiesen dado la oportunidad, seguía allí,
boca abajo, en medio de la mugre. A su alrededor se extendía todavía un charco
de sangre. Cyric estuvo mirando a la mujer hasta que, también ella, desapareció
de su vista. —¿Qué mira? —susurró Kelemvor—. Aquí no hay nada. Medianoche movió
la cabeza.
—Lo siento, Kel. Pensaba que eras otra persona
—repuso Cyric mientras se acercaba al guerrero.
Kelemvor se arrancó la daga del hombro,
encogiéndose ante el terrible dolor. Arrojó el arma a los pies de Cyric y
Medianoche le ayudó a vendarse el hombro herido. —Tenemos que encontrar a Adon
—dijo Kelemvor—. Es el único que falta. —Adivino con qué le habrán tentado
—expuso Medianoche cuando acabó de vendar la herida de Kelemvor y los héroes se
precipitaban hacia las escaleras. Adon se apartó de las barras que lo separaban
de Medianoche y caminó un trecho por el vestíbulo, sólo para ver si hallaba una
forma sencilla de reunirse con la maga al otro lado de la barrera. Se encontró
observando un cielo increíblemente hermoso y cuajado de estrellas.
Mientras Adon contemplaba el cielo nocturno,
advirtió que las estrellas estaban dispuestas de forma muy extraña. Todas
parecían estar en movimiento. De hecho, las estrellas estaban en movimiento, se
desplazaban por el cielo como cohetes, a tal velocidad que muchas eran sólo
contornos de luz. Adon cerró los ojos, pero las estrellas no desaparecieron,
siguieron desplazándose incluso detrás de sus párpados cerrados.
Adon estuvo largo rato observando las estrellas.
Cuando volvió a mirar a su alrededor, se encontró tumbado sobre un delicado
lecho de rosas, y la fragancia que inundaba sus sentidos era dulce y suave, a
pesar de que aceleraba los latidos de su corazón y embotaba su cabeza. Los
pétalos acariciaban tan ligeramente sus dedos que
no pudo evitar una sonrisa ante aquella delicadeza.
Entonces fue cuando cayó en la
cuenta. Las estrellas no se movían, era él quien se
movía. Abrió los ojos, miró sobre el borde del lecho de rosas y vio los seres
más hermosos que jamás había visto, aproximadamente una docena. Daba la
impresión de que sus cabellos estuvieran iluminados, y sus cuerpos eran
ejemplares de la mayor perfección física. La magnífica cama de Adon descansaba
sobre sus hombros complacientes.
La presencia de aquellos seres tranquilizó tanto a
Adon que ni siquiera sintió miedo cuando una pared de llamas surgió a su
alrededor. Se le nubló la vista y parecía que todo lo que miraba adquiría una
fisonomía ámbar, pero no desprendían calor cuando las llamas saltaron de las
rosas rojas a las blancas, transformándolas en orquídeas negras, para brincar
finalmente hasta la carne del clérigo. Cuando las llamas lo envolvieron no hubo
dolor, ni siquiera una ligera molestia. Y al llegar a la evidencia final de su
propia muerte, que ya tenía que haberse producido mucho antes, no hubo más que
un brillante resplandor que amorosamente recorrió su alma produciéndole un
inefable bienestar.
Por mucho que se esforzase, no podía recordar nada
de lo que había sucedido después de separarse de Medianoche en los pasillos de
los sótanos del castillo de Kilgrave. Se despertó sobre su pira funeraria,
llevado hacia lo que sólo podía ser su eterna recompensa.
«Pero ¿cómo he muerto?», se preguntó Adon; y, por
turno, las hermosas
voces de sus portadores llenaron el aire crepitante
que lo rodeaba. —Uno
nunca recuerda —dijeron—. Es otro quien sufre el
momento de dolor para
ahorrárselo a uno.
¿Otro?
—Otros semejantes a lo que nos hemos convertido
nosotros. Nuestro objetivo es aliviar el sufrimiento. Nosotros vivimos tu
muerte para que puedas volver a nacer en el reino de Sune.
Brillantes agujas de cristal atravesaron la noche.
Adon centró su atención en el templo que había delante de él. A medida que las
paredes del templo se extendían por el horizonte, se iban adornando de dibujos
cristalinos de asombrosa belleza, sin ninguna composición uniforme que hiciese
del palacio un lugar aburrido y repetitivo. Era como si todos los seguidores de
Sune que descansaban en aquel lugar hubiesen aportado sus propios conceptos
sobre lo que la eternidad debería revelar en cuanto a límites y apariencias.
Resultaba de todo ello una amalgama de formas expectantes, guiadas por una mano
que había tomado todas las imágenes diferentes y las había incorporado a un
todo ordenado, que no defraudaba a nadie y creaba un lugar tan bello que
desafiaba a superar los más disparatados sueños de Adon. La propia entrada era
mayor que cualquier templo que Adon hubiese visto anteriormente y lo que había
detrás de ella era ya todo un mundo. Sus portadores lo llevaron a través de
unas tierras donde un número infinito de seguidores se bañaban y retozaban en
piscinas hechas con sus propias lágrimas de alegría; las rocas donde se
tumbaban para deleitarse con el calor del amor que Sune les profesaba habían
sido en otra época las piedras de la incredulidad cuyo peso habían soportado
sus almas y había hecho imposible la unión con la diosa. Aliviados de las
terribles cargas de la vida, ahora podían dedicarse totalmente a preservar el
orden, la belleza y el amor adorando a Sune. Adon y sus portadores atravesaron
muchas tierras similares, y a Adon le impresionaba cada nuevo paisaje más que
el anterior y se sorprendía de su capacidad para ir extasiándose fascinado,
hasta que, al final, sus portadores se desvanecieron y se encontró de pie
delante de una puerta de hierro forjado brillante y se convirtió en una
lluvia de agua reluciente. La atravesó.
En comparación con las maravillas que acababa de
presenciar, lo que había al otro lado era una modesta cámara. No tenía paredes,
pero unas llamas intensas se elevaban al cielo en todo su contorno. Unas
cortinas suaves y ondeantes protegían los ojos del clérigo de las llamas que
ardían crepitantes y marcaban los límites de la sala, que estaba en el corazón
de la lumbre eterna
de la belleza. —¿Quieres beber algo?
Adon se volvió y, delante de él, estaba la
mismísima diosa de la Belleza, Sune, Cabellos de Fuego. En cada una de sus
resplandecientes manos esperaban unos vasos llenos de un denso néctar carmesí.
Adon tomó uno de los vasos y vio que su piel empezaba a brillar con la misma
luz ámbar que la carne de Sune. —¡Diosa! —exclamó Adon, para luego caer de
rodillas delante de ella sin derramar una sola gota de la bebida que tenía en
la mano. Sune se rió y le hizo ponerse de pie con la ayuda de una de sus
fuertes manos. Cuando ella lo tocó, Adon sintió que el aire se congelaba en sus
pulmones y, cuando la tuvo delante, una fuerza inimaginable recorrió a raudales
todos sus miembros. «Respiro. Estoy todavía vivo», pensó Adon, feliz ante la
evidencia. Sune debió de leer sus pensamientos.
—No has muerto, muchacho estúpido. Todavía no. Te
he traído aquí por la más simple de las razones: estoy enamorada de ti. De
entre todos mis adoradores, tú eres el que deseo.
Adon se quedó sin habla; se llevó el cáliz a los
labios y sintió el dulce néctar
abrirse camino a través de su cuerpo.
—Diosa, ciertamente yo no soy digno...
Sune sonrió y empezó a desnudarse; se desprendió de
una seductora túnica de seda que dejó caer al suelo y luego desapareció. Adon
miró hacia abajo y vio unas nubes a sus pies.
—Soy hermosa —dijo Sune—. Tócame.
Adon se acercó, como si estuviera soñando. —La
verdad es hermosura, la hermosura, verdad. Abrázame y todas tus preguntas no
expresadas se verán contestadas.
Procedente de no se sabe qué lugar Adon oyó una voz
que le advertía, pero él la ignoró. Nada podía ser más importante que aquel
momento. Tomó a la diosa en sus brazos y puso sus labios sobre los de ella.
Daba la impresión de que el beso era interminable. Pero Adon, incluso antes de
abrir los ojos, tuvo la sensación de que Sune estaba cambiando. Los suaves
labios se habían vuelto salvajes, exigentes. De sus mandíbulas, cada vez más
largas, parecía salir una serie interminable de pinzas afiladas que pretendían
desgarrar la carne del rostro del clérigo. Los dedos se habían transformado en
serpientes que se adherían a la piel de Adon amenazando con despedazarlo.
—¡Sune! —gritó Adon.
La criatura se reía mientras los zarcillos
serpenteantes de sus dedos se
enrollaban alrededor de la garganta de Adon.
—No eres digno de la diosa —dijo ahora el
monstruo—. Has pecado contra ella y debes ser castigado.
En el abierto patio central del castillo de
Kilgrave, Medianoche, Kelemvor y Cyric vieron al clérigo caer de rodillas,
presa de absoluto terror, llevado a esa actitud por algo que sólo él podía ver.
—¡Diosa, perdóname! —gritó Adon—. Haré cualquier
cosa para obtener tu perdón. ¡Cualquier cosa!
—¡Tenemos que llegar a él enseguida! —dijo
Medianoche.
—¡No haréis nada! —retumbó una voz cuyos ecos
llenaron el patio—. ¡Lo único que haréis será morir a manos de Bane!
De repente, el trío empezó a ser bombardeado por
las ilusiones. En menos que el corazón da una docena de latidos, Kelemvor fue
enviado al mundo del ensueño de sus libros de infancia; vivía una historia de
amor en la que él era un príncipe extranjero prometido de una hermosa pero
despiadada princesa, a la que renunciaba para huir con una muchacha campesina.
Medianoche se vio como una poderosa reina que salvaba a su reino de la pobreza
y la miseria. Al mismo tiempo, ante los ojos de Cyric pasaron imágenes de una
vida libre y sin trabas, con ofertas de oro y artículos de inapreciable valor.
Pero ellos no se dejaron dominar por estas imágenes de heroísmo, poder y
libertad. Los héroes, al unísono, se lanzaron al centro del patio. A medida que
los héroes corrían, los retos fueron sucediéndose de forma vertiginosa. Ante
Medianoche apareció Sunlar, que la desafiaba a un duelo mágico; todos sus
compañeros de clase estaban en fila detrás del profesor, deseosos de probar sus
habilidades contra ella. Cyric se encontró cara a cara con la criatura de hielo
que montaba guardia junto al Anillo de Invierno; se sintió impotente al ver
cómo el monstruo alargaba una mano en su dirección y Kelemvor se encontró ya
ante los verdugos que habían quitado la vida a su abuelo y ahora iban a por él;
bajó la mirada y descubrió que era viejo y estaba acabado; sus intentos de
encontrar una cura para su estado, y salvación para su alma marchita, habían
fracasado. Pero los héroes siguieron avanzando hasta el centro del patio donde
estaba Adon. Todavía de rodillas, Adon vio que el paraíso se rasgaba y volvía a
ordenarse. La criatura diabólica que había pretendido ser la diosa lo
abandonaba, pero el reino de Sune estaba cambiado. Los pilares de la existencia
de este reino eran ahora la muerte y el castigo por sus faltas y unas figuras
vestidas con túnicas esclavizaban y
atormentaban a los fieles de Sune.
—¡Es mentira! —gritó Medianoche mientras se
acercaba a Adon. El clérigo se volvió, con los ojos desencajados, y vio,
delante de sí, a alguien idéntico a Medianoche, pero que llevaba las túnicas de
los verdugos de los sunitas. — Pero... ¡era tan hermoso! —dijo Adon, molesto
por las palabras de Medianoche. —Mira a tu alrededor —expuso Medianoche—. ¡Esto
es la realidad! Adon obedeció y vio a la diosa Sune encadenada a una enorme
losa. Las figuras vestidas con túnicas estaban sumergiendo la losa dentro de un
río rojo escarlata, la sangre de los seguidores de Sune.
Y todas aquellas figuras llevaban un medallón
exactamente igual que el de Medianoche.
—¡El medallón! —gritó Sune—. ¡Es la fuente de su
poder! ¡Quitádselo y seré libre!
Medianoche agarró a Adon por los hombros. —¡Maldita
sea, escúchame! —¡No! —gritó Adon.
Y, antes de que Kelemvor o Cyric pudiesen
reaccionar, el clérigo se abalanzó sobre Medianoche con una ferocidad que ella
no esperaba. La mano de Adon se cerró sobre la daga de Medianoche y se la
arrebató. Con los pies juntos, Medianoche dio una patada al clérigo en pleno
tórax y lo mandó volando hacia atrás, con la daga todavía dentro de su mano. Se
oyó un ruido sordo cuando la cabeza de Adon dio contra el suelo. Luego el
clérigo se quedó hecho un ovillo, aturdido por el golpe. Medianoche empezó los
movimientos y los cánticos que preceden a un hechizo para contrarrestar el
asalto mágico. Estaba rezando para que el sortilegio saliese bien,
cuando las llamitas del medallón empezaron a
chisporrotear, el hechizo de Medianoche
produjo un torbellino de magia que envolvió el
patio, y apareció un relámpago cegador de luz azulada.
Cuando explotó el estridente estanque, y el agua se
convirtió en un torrente hirviente de sangre que estalló como un géiser, Bane
retrocedió, gritando. La magia de Medianoche destruyó los hechizos que Bane
había utilizado en todo el castillo de Kilgrave para transformar las ruinas en
un leve reflejo de su casa en las Esferas. El templo de Bane, su Nueva Acheron,
se estaba desmoronando. Las fantásticas puertas que había abierto se iban
cerrando. Los pasillos y las cámaras que, de forma tan inteligente, fueron
réplicas del antiguo templo de Bane en las Esferas, perdieron su tenue
influencia en la
realidad, y se consumieron. Al cabo de un rato,
todo lo que quedaba eran las
ruinas de un castillo de mortales. Bane se desplomó
hacia adelante,
sollozando, y parte de su mente se maravilló al
descubrir una nueva
sensación, una sensación con la cual vivían los
humanos cada día de su corta
existencia.
La pérdida.
Nueva Acheron había desaparecido.
Cuando se incorporó y convocó al hakeashar para
reunir así el poder para matar a los supuestos salvadores de Mystra, lord Black
se sorprendió al encontrar vacías las cadenas místicas que sujetaban a la
diosa. Mystra se había escapado.
7
Mystra
Adon apareció junto a Medianoche cuando ésta se
encontraba de rodillas recobrándose de la postración nerviosa producida por el
lanzamiento del hechizo. El patio del castillo de Kilgrave no mostraba
vestigios de la batalla que se había librado en sus confines.
—Ha desaparecido —dijo Adon—. El reino de Sune ha
desaparecido, como si nunca hubiera existido de verdad.
Medianoche levantó la vista a Adon y le habló con
voz reconfortante. — Estoy segura de que está en algún lugar, Adon. Cuando
llegue el momento, encontrarás tu camino.
Adon asintió con una inclinación de cabeza, luego
él y Cyric ayudaron a Medianoche a ponerse de pie. A unos cuantos metros,
Kelemvor tosió dos veces y empezó a volver en sí.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó, a la vez que se
llevaba una mano al hombro herido.
—Alguien ha estado jugando con nuestras mentes
—contestó Medianoche—. Intentaba controlarnos, enemistarnos los unos con los
otros. He probado un simple conjuro para anular la magia y...
—¿Has causado esta explosión? —preguntó Kelemvor
sentándose precipitadamente.
—No deberías moverte —sugirió Adon, y trató de
obligar a su amigo a tumbarse. Sus esfuerzos fueron inútiles.
—¡Maldita sea, Adon! Perdimos un día en la
columnata por mi estupidez.
Déjame; no me pasará nada.
—Déjalo en paz, Adon —repuso Medianoche sonriendo
al guerrero—. Sí, Kel, yo causé la explosión... o mi magia, que es lo mismo.
Deduje, por lo que nos estaba pasando, que alguien nos estaba transmitiendo
unas fuertes ilusiones. Traté de anularlo, pero el hechizo produjo un tipo de
reacción violenta: detuvo a quien estuviese lanzando el sortilegio.
—La voz de Bane —dijo Cyric riéndose—.
Probablemente se trata sólo de algún loco iluso que se hace pasar por un dios.
—Pues sugiero que lo encontremos —expuso Kelemvor mientras paseaba la vista a
su alrededor—. Debe de ser él quien tiene cautiva a la señora de Caitlan. —Yo
pensaba que habías renunciado a buscarla —dijo Cyric. Kelemvor sonrió y miró a
Medianoche.
—Así era. Pero creo que vale la pena seguir
adelante por la recompensa que obtendré si la misión se cumple. —El guerrero
miró los trozos de tela ensangrentados que envolvían su hombro y se preguntó si
sería capaz de manejar la espada con un solo brazo. Podía empuñarla, aunque sin
apretar demasiado, con la mano derecha, pero ello le ocasionaba un vivísimo
dolor que le hacía ver las estrellas. Cyric se limitó a sacudir la cabeza para
luego dirigirse a la entrada del patio y echar una ojeada al vestíbulo. No había
movimiento alguno. Los pasillos tenían el mismo aspecto que cuando Cyric
examinó el castillo por primera vez.
—Deberíamos encontrar a la señora de Caitlan y
escapar de aquí mientras podamos —sugirió Cyric, que se volvió al patio.
Kelemvor estuvo de acuerdo y expresó su conformidad con una inclinación de
cabeza. Al cabo de un rato, los aventureros estaban en el vestíbulo. —¿Y ahora
qué? —preguntó Kelemvor—. ¿Volver a registrar el castillo de arriba abajo?
Medianoche se volvió y se quedó paralizada, con la
boca abierta de par en par. —No creo que tengamos que hacerlo —dijo Cyric—.
¡Mirad! Kelemvor miró por encima del hombro y vio una espantosa masa, roja como
la sangre, que se arrastraba por el pasillo en dirección a ellos. El hakeashar.
Surgía de la nube que era la forma del monstruo, con cientos de manos de diez
dedos levantadas al aire. De la nube surgían unos ojos amarillos ansiosos por
examinar a las víctimas que tenían delante.
Kelemvor dejó caer pesadamente los hombros. —Ya he
tenido bastantes monstruos por hoy —dijo mientras sacaba la espada con la mano
sana. Sus movimientos no eran airosos, pero tenía la esperanza de que la
postura fuese lo bastante impresionante como para asustar a aquella enorme
criatura. El
monstruo dejó escapar un rugido que laceró los
cerebros de los héroes produciéndoles un intenso dolor. La criatura tenía
enormes bocas abiertas que parecían agrandarse a medida que se iba acercando.
Cyric tomó a Medianoche del brazo y ambos echaron a correr vestíbulo abajo para
alejarse del hakeashar. —¿Podrías aguantar así un poco más, Kelemvor? —dijo
Adon suplicante, mientras retrocedía para luego echar a correr. El monstruo
lanzó otro rugido.
—Quizás —dijo Kelemvor a la vez que abandonaba su
postura y se ponía a correr para tratar de alcanzar a los otros; la nube, que
giraba confusamente, iba mordiendo sus talones.
Los héroes tomaron la delantera al monstruo
nebuloso durante unos minutos, pero no tardaron en cansarse. Al llegar al
torreón situado a unos doscientos metros del patio, el hakeashar los perseguía
ya muy de cerca. En el torreón, las escaleras que llevaban a los niveles
superiores del castillo estaban llenas de escombros, de modo que los héroes
tomaron las que bajaban, con Adon a la cabeza. Cuando el hakeashar salió del
torreón lo hizo en medio de una explosión de luz que llegó hasta la oscuridad
de los pasillos subterráneos. Fue en el mismo momento en que el hakeashar
alcanzaba a los aventureros, cuando Medianoche se dio cuenta de que el pasillo
que tenían delante estaba bloqueado por los cascotes. Se volvió hacia el
monstruo y les gritó a sus compañeros que se pusieran a un lado. Ella estaba ya
lanzando un hechizo contra el monstruo, que llenó toda la anchura del pasillo y
se detuvo; empezó a parpadear muy nervioso, y Kelemvor sacó su espada y Cyric
se colocó su capa de viaje. De repente, una ráfaga de viento que se originó en
las yemas de los dedos de Medianoche, recorrió el pasillo. El viento atravesó
al monstruo, lo acorraló al instante y cesó tan súbitamente como se había
iniciado. Después de haber llamado su atención el increíble poder que presentía
en el medallón de Medianoche, el hakeashar empezó a avanzar lentamente. Cyric
se adelantó y su capa creó una docena de imágenes fantasma de él mismo.
Mientras las imágenes creadas por la capa se entrecruzaban a fin de sacar
ventaja a la ilusión, los muchos ojos del hakeashar estaban fijos en ellas. —
¿Qué hemos conseguido de bueno, aparte de confundir a esta cosa? —susurró
Kelemvor a Medianoche.
La maga se apartó del guerrero en el momento en que
las manos del monstruo
saltaban hacia adelante y agarraban la capa de
Cyric. Las imágenes
desaparecieron al devorar el hakeashar la capa.
El monstruo aumentó de tamaño y se abrieron una
docena de nuevos ojos y bocas. —¿A qué estás esperando? —exclamó Kelemvor—.
¡Lanza el sortilegio! El hakeashar lanzó una risotada cuando acudieron a su
mente los recuerdos de los banquetes que se daba con la magia de la diosa.
Medianoche se detuvo y se volvió hacia el guerrero. —Kel. El hakeashar se iba
acercando.
—Hazlo pedazos —dijo Medianoche.
Kelemvor, con el brazo sano, empuñó la espada con
más fuerza. El hakeashar se detuvo.
En el cerebro de éste se grabaron más de cien
imágenes del humano de pelo largo que avanzaba hacia él con la espada
desenvainada. Al monstruo le embargó una extraña curiosidad. Movió cinco de sus
mandíbulas en dirección al humano, las cerró y le sorprendió que el esfuerzo no
le produjese sustento alguno. El humano empezó a reírse y un dolor lacerante
recorrió al monstruo cuando seis de sus ojos se cerraron para siempre después
de un gesto potente de la espada del humano. Estando lord Black de rodillas junto
al agua tranquila de su estanque, resonaron los gruñidos del hakeashar en el
castillo de Kilgrave. Bane llamó al monstruo y lo dejó suelto por el castillo
para que fuese en busca de Mystra. Una piedrecita cayó en la superficie del
agua que Bane tenía delante, y ello hizo que el dios caído levantase la vista.
En la puerta había una joven que no había visto
nunca y que sonreía de oreja a oreja. En su mano descansaba un puñado de
piedras que había desprendido del derruido muro que había junto a ella.
—¿No es encantador que tu poder se haya vuelto
contra ti? —se limitó a decir, y aquella voz le resultó a Bane terriblemente
familiar. —¡Mystra! — gritó Bane para luego abalanzarse sobre la diosa hecha
carne. Mystra lanzó el puñado de piedras a lord Black y su voz se elevó cuando
empezó a lanzar un hechizo. Las piedras se transformaron a medio camino para
convertirse en misiles azules y blancos que atravesaron el cuerpo de lord Black
e hicieron que cayese de espaldas en el suelo de la mazmorra.
Procedente del pasillo se oyó otro ruido, éste más
fuerte que el anterior. Mystra se estremeció al oír los bramidos del hakeashar,
y Bane aprovechó esa distracción para lanzar, a su vez, un hechizo. Sacó un
rubí de su guantelete y la piedra preciosa desapareció y en su lugar surgió un
rayo de luz roja en dirección de la diosa de la Magia.
Bane emitió un grito ahogado cuando Mystra
absorbió, sin daño, los efectos del Rayo de Rubí de Nezram, un sortilegio que
habría debido separar a la diosa de su mutación. Bane se estremeció entonces
cuando un haz de luz roja chocó contra él y le atravesó el pecho. El rayo de
luz se quedó colgando en el aire, entre Mystra y Bane, como una cuerda.
—Has sido un estúpido intentando lanzar un hechizo
complicado —dijo Mystra— . Parece que, finalmente, eres víctima del caos de la
magia. — Dicho esto, Mystra cogió el haz de luz con ambas manos.
Bane sintió un espasmo horrible en su interior. La
luz roja brillaba intensamente y un latido de energía salió disparado de su
cuerpo en dirección a Mystra. El hechizo
había salido mal y permitía que Mystra le
arrebatase su poder.
Bane luchó para mantener despiertos sus sentidos
mientras unas bandas de color carmesí surgían del haz de luz, lo rodeaban y
tiraban de su carne como si quisieran arrancársela de los huesos. Oyó crujir
sus costillas cuando la fuerza del ataque se trastocó de repente y amenazó con
arrebatarle la vida. Mystra soltó el rayo de luz y lo lanzó hacia Bane.
El pecho de lord Black se abrió de golpe y un
torrente de llamas azuladas surgieron explotando de él y envolvieron a Mystra,
que mantuvo las manos fuera del flujo de la magia y agradeció la llegada de
éste dentro de ella. Las llamas se transformaron, volviéndose de un color ámbar
reluciente. Cuando Bane comprendió que las últimas energías que había tomado de
Mystra lo estaban abandonando y que asimismo empezaban a salir de él las suyas,
las llamas eran de un rojo brillante y reluciente.
—¡Has encarcelado a la diosa de la Magia, estúpido!
Ahora pagarás con la misma moneda lo que me has hecho.
Bane gritó tanto como le permitieron las energías
que le quedaban. — ¡Mystra! Me estoy...
—¿Muriendo? —dijo ella—. Sí, se diría que sí.
Saluda a lord Myrkul de mi
parte. No creo que haya tenido nunca un dios entre
sus secuaces. Pero tú ya
no eres un dios, ¿verdad, Bane?
Bane levantó las manos, implorante.
—Está bien, Bane. Voy a darte una oportunidad para
salvarte. Dime dónde están escondidas las Tablas del Destino y tendré clemencia
de ti. —¿Las quieres para ti? —Bane lanzó otro grito ahogado y un nuevo latido
de energía lo abandonó.
—No —dijo Mystra—. Quiero devolver las Tablas a
lord Ao y poner fin a la locura que has causado.
Se oyó un movimiento en el pasillo y Mystra se
volvió; en la puerta estaban Kelemvor y sus compañeros.
De pronto apareció un remolino delante de lord
Black y, de la grieta producida por la magia de éste, salió Tempus Blackthorne,
el cual se apoderó del cuerpo de su amo herido y lo arrastró al ojo del
torbellino. Antes de que Mystra pudiese moverse para derribar a lord Black y a
su emisario, éstos habían desaparecido. Cuando el remolino aquel se cerró, el
hechizo de Mystra se desvaneció y un rayo de energía caótica la arrojó contra
el muro. Cuando levantó la vista, vio a Kelemvor junto a ella. El guerrero estaba
pálido.
—Sabía que tenías carácter, pequeña, pero incluso
así me has impresionado.
Mystra sonrió al sentir que el poder fluía
libremente por ella. —Caitlan —
dijo Medianoche—. ¿Estás bien? —La maga se inclinó
hacia la encarnación y
el medallón en forma de estrella empezó a
resplandecer. —El medallón.
¡Dámelo! —gritó Mystra.
Medianoche retrocedió.
—¿Caitlan?
Mystra volvió a mirar a Medianoche y cayó en la
cuenta de que el medallón se había agarrado a la piel de la maga para
protegerse a sí mismo, para evitar que se lo arrebatasen mientras dormía o si
caía herida. —Deberíamos sacar a la muchacha de aquí —dijo Medianoche. —Espera
un minuto —dijo Cyric
—. Quiero saber cómo se fue del campamento aquella
noche y por qué se marchó.
—Escuchad —dijo Adon con calma—. Deberíamos
preocuparnos por la suerte de
la señora de la pobre muchacha. La diosa fue presa
de súbita ira.
—¡Soy Mystra, diosa de la Magia! El ser con el que
combatía era Bane, dios de la Lucha. Y ahora dame ese medallón. ¡Es mío!
Medianoche y Adon miraron sorprendidos a la mutación. Kelemvor frunció el
entrecejo y Cyric observó a Mystra con recelo. Kelemvor cruzó los brazos.
—Tal vez la batalla ha debilitado su joven cerebro.
—Caitlan, Melodía de la Luna, y yo nos hemos convertido en un solo ser —indicó
Mystra en tono tranquilo—. La traje a este lugar y fusioné nuestras almas para
salvarnos a
ambas de lord Bane. La ayudasteis a llegar hasta
aquí y os habéis ganado nuestro agradecimiento.
—¡Algo más que eso! —exclamó Kelemvor.
—La deuda será saldada —dijo Mystra, y Kelemvor
recordó las palabras de Caitlan cuando ésta estuvo enferma en la cama. Ella
puede curarte. Mystra se volvió a Medianoche.
—En el camino de Calanter hiciste un pacto conmigo.
Yo te salvé de morir a manos de aquellos hombres. A cambio, tú prometiste
mantener mi responsabilidad a salvo. Lo has hecho de forma admirable —Mystra
tendió la mano—, pero ha llegado el momento de que me devuelvas esa
responsabilidad. Medianoche bajó la vista, desconcertada al ver que el medallón
se había desprendido de su carne. Se lo sacó del cuello y se lo dio a la
muchacha, la cual empezó a resplandecer inmediatamente con unas violentas
llamas azulinas. La diosa echó la cabeza hacia atrás y, mientras una parte del
poder que había poseído en las Esferas recorría su cuerpo, se permitió un
momento de absoluto arrobamiento. Como había sido antes del Advenimiento, la
voluntad de Mystra volvía a ser suficiente para dar vida a la magia y, si bien
estaba todavía mucho más débil que antes de que Ao la echase de los cielos,
Mystra estaba de nuevo unida al tejido de magia que rodeaba Faerun. La
sensación era maravillosa. —Pongamos algo de distancia entre este lugar y
nosotros —dijo Mystra dirigiéndose a sus salvadores—, y os diré todo lo que
queréis saber. Momentos después, cuando se acercaron a la puerta del castillo
de Kilgrave, los héroes sintieron el calor del sol; asimismo se quedaron
cegados mientras salían de las oscuras ruinas. Se alejaron del castillo con
pies de plomo, como si temiesen que el castillo fuera a lanzar una última
barrera de locura en su camino. Pero el castillo estaba desolado y sin vida.
Mystra miró el cielo. Vio que la Escalera Celestial
ascendía hacia los cielos, y que su aspecto iba cambiando. Por momentos la
diosa tenía la vaga impresión de vislumbrar una figura en lo alto de la
escalera, pero luego aquélla, después de que su imagen perdiera consistencia al
cabo de poquísimos instantes, desaparecía. Mystra, seguida de los aventureros,
se encaminó a un lugar que no estaba a más de ciento cincuenta metros de la
entrada del castillo. En el camino, surgió una discusión acalorada.
—¿Has perdido el juicio? —gritó Kelemvor. —¡Yo la
creo! —replicó Medianoche.
—Sí, la crees. Pero ¿acaso tu «diosa» puede probar
sus disparatadas afirmaciones?
Mystra ordenó al grupo que la esperase, luego se
volvió hacia la escalera. Kelemvor se adelantó furioso y empezó a despotricar
sobre las riquezas que se les
habían prometido; la diosa miró al hombre, y sus
ojos relampaguearon
con llamas
blanquiazules.
—Tienes la gratitud de una diosa —dijo Mystra
fríamente—. ¿Qué más puedes desear?
Kelemvor recordó su encuentro con la diosa Tymora,
cuando pagó para verla. —Me conformaría con comida decente, ropa para cubrirme
y suficiente dinero para comprar mi propio reino —gritó Kelemvor—. ¡También me
gustaría poder volver a utilizar el brazo! Mystra ladeó la cabeza.
—¿Eso es todo? Yo pensaba que deseabas entrar a
formar parte de las
deidades. Cyric entornó los ojos.
—¿Es eso posible?
Mystra sonrió y unas relucientes bolas de fuego
saltaron de sus manos. Kelemvor casi gritó cuando la chisporroteante energía de
la primera bola de fuego lo envolvió de pies a cabeza; de pronto, sintió una
vitalidad como no había sentido hacía días. Las llamas se apagaron y Kelemvor
levantó el brazo y miró incrédulo su hombro curado. La segunda bola de fuego se
estrelló en el suelo y dio vida a dos fogosos caballos para reemplazar a los
que se habían perdido, así como dos caballos de carga con provisiones nuevas y
una fortuna en oro y piedras preciosas. A continuación la diosa se volvió y se
colocó delante de la escalera. Abrió las manos y extendió los brazos, como si
estuviera meditando.
Kelemvor permaneció junto a Medianoche y ambos no
tardaron en reanudar su discusión. Cyric los observaba sin meterse y Adon
contemplaba en silencio a la diosa. —Debe de ser poderosa y es posible que el
cuento ese de que se ha fusionado con su señora sea cierto —dijo Kelemvor.
—¿Por qué, entonces, niegas lo que ves? ¿No
aprecias los presentes de Mystra como prueba de gratitud? —dijo Medianoche.
—¡Nos los hemos ganado con creces! —replicó Kelemvor a la vez que se metía un
gran pedazo de pan dulce en la boca—. Pero un mago poderoso, como Elminster del
valle
de las Sombras, podría llevar a cabo fácilmente las
mismas proezas. ¡He visto otros «dioses» como éstos y no sabría decirte si no
son unos lunáticos poderosos! Mystra levantó la vista ante la mención de
Elminster y, como le hizo gracia algún ensueño privado, una sonrisa iluminó su
rostro, luego volvió a sus preparativos. —¡Y por eso te permites el lujo de
blasfemar en presencia de ellos! —gritó Medianoche. —¡Digo lo que pienso!
—¡Yo la creo! —insistió Medianoche golpeando el
pecho acorazado de Kelemvor —. ¡Jamás habrías recuperado el uso completo de tu
brazo de no haber sido por Mystra! Kelemvor empezó a temblar. Pensaba en su
padre, retirado de la vida aventurera por sus heridas, deambulando por
Lyonsbane Keep y haciendo de la vida del pequeño Kelemvor un infierno en la
tierra. —Tienes razón —dijo Kelemvor—. Debería estar agradecido. Pero...
¿Caitlan, una diosa? Debes admitir que hay que
tener mucha imaginación. Medianoche dirigió la vista a Mystra. La diosa, bajo
la forma de la muchacha con la que habían viajado el día anterior, no
impresionaba mucho. —Sí — admitió Medianoche—, pero yo sé que es verdad. Adon,
detrás de Medianoche y Kelemvor, había escuchado sus palabras sin ser
advertido; luego se alejó.
Pensó que, aunque los demás no lo habían aceptado
todavía del todo, habían estado luchando contra un dios y que ahora servían a
una diosa. A la vez que era
consciente de esta revelación, Adon se preguntó por
qué no le embargaban la excitación
y el acatamiento. ¡En los Reinos estaban los
propios dioses! Adon observó a la escuálida muchacha arrodillada en la suciedad
y se sintió ligeramente inquieto ante la imagen. Luego recordó la breve visión
que había tenido de la abominación que Mystra había identificado como a Bane,
lord Black. ¿Eran los propios dioses?
Mystra, algo apartada de los aventureros a quienes
les había dicho que esperasen, se puso de pie y se colocó ante la escalera para
prepararse para la ascensión. Una ligera sonrisa se fue perfilando en su rostro
humano y, mientras se volvía para dirigirse a sus salvadores, comprendió la
importancia del momento. —Ante vosotros, invisible a los sentidos humanos, está
la Escalera Celestial — dijo Mystra—. Esta escalera es un medio para viajar
entre los reinos de los dioses y los humanos. Estoy a punto de llevar a cabo
una tarea peligrosa. Si tengo éxito, vosotros
cuatro seréis testigos de mi regreso a las Esferas. Si, por el contrario,
fracaso, como mínimo uno de vosotros deberá difundir mis palabras por el mundo.
Se trata de un cometido sagrado que sólo puedo encomendar a una persona cuya fe
sea ciega. Medianoche dio un paso hacia adelante.
—¡Cualquier cosa! —dijo—. ¡Dime lo que hay que
hacer! Kelemvor sacudió la cabeza y se puso junto a Medianoche para hablar con
ella. —¿No hemos hecho bastante? Hemos arriesgado nuestras vidas para salvar a
tu diosa. Abandonemos ahora que estamos a tiempo. Hay todo un mundo para
explorar y miles de maneras de gastar nuestra recompensa. Debemos marcharnos. —
Yo me quedo —dijo Medianoche.
—Yo me quedo con Medianoche —afirmó Adon dando un
paso hacia adelante. Kelemvor miró a Cyric, que se limitó a encogerse de
hombros. — La curiosidad me ha dejado petrificado —repuso Cyric en tono burlón.
Kelemvor se rindió.
—¿Qué es lo que tienes que decirnos, diosa? —Los
Reinos no son más que un caos —dijo Mystra. —¡Vaya noticia! —¡Kel! —exclamó
Medianoche.
—Pero ¿sabéis por qué? —preguntó Mystra sonriendo.
Kelemvor guardó silencio.
—Hay un poder que es incluso mayor que el de los
dioses —prosiguió Mystra—. Esta fuerza, de la cual se supone que los humanos no
están enterados, ha echado a los dioses de los cielos. Lord Helm, dios de los
Guardianes, bloquea la puerta de las Esferas, obligándonos así a que
permanezcamos en los Reinos. Mientras estamos aquí, debemos tomar apariencia
humana, encarnarnos, pues de otro modo no seríamos más que espíritus errantes.
»Estamos pagando el castigo por los crímenes de dos
de nosotros. Lord Bane y lord Myrkul robaron las Tablas del Destino. Por lo
menos una de esas Tablas ha sido escondida en los Reinos, si bien ignoro dónde.
Hemos recibido el encargo de encontrarlas y devolverlas al lugar que les
corresponde en los cielos. Cyric estaba desconcertado.
—Pero si no tienes las Tablas, ¿qué pretendes
hacer? —dijo. —Permutar la identidad de los ladrones por clemencia para con los
dioses, que son inocentes de este crimen —explicó Mystra. Kelemvor cruzó los
brazos sobre el pecho, se apoyó contra su caballo y se echó a reír.
—Esto es absurdo. Se lo está inventando todo a
medida que va hablando. Habría podido curarte —dijo ella—, pero, dado que no me
crees, no lo
haré.
La risa de Kelemvor remitió de golpe y se puso
lívido. —¡Diosa! ¡Yo te acompañaría! —repuso Medianoche; Kelemvor miró alarmado
a la maga. Mystra meditó detenidamente sobre el ofrecimiento. ¿Un humano
testigo de cosas que sólo un dios podía comprender? Se volvería loca. La mente
de Caitlan estaría protegida, pero no podría hacer nada para proteger a
Medianoche. —Sólo los dioses pueden seguirme —dijo Mystra. El poder que se
había estado ocultando en el medallón junto con las energías robadas a lord
Bane se arremolinaban dentro de ella, como si estuviesen a la espera de salir.
Luego, Mystra sintió como si la fuente de magia que había dentro de ella
amenazase con desbordarse. La diosa experimentó un momento de pánico puramente
humano cuando perdió el control de sus fuerzas interiores. La hierba empezó a
ondear suavemente y unas llamas blanquiazules envolvieron todas sus briznas.
Cyric sintió un agradable calor bajo sus pies. El aire se cargó de chispas
azules y blancas, y cuando unos rayos de luz, liberados con las apasionadas
pinceladas de un genio demente, abrasaron el aire, los vientos se volvieron
visibles para luego desaparecer.
Medianoche pudo ver la escalera, pero sólo un
instante, y comprobó que lo era sólo de nombre. Estaba formada por un
incalculable número de delicadas y blancas manos con las palmas hacia arriba;
algunas estaban de pie, otras formando extraños racimos allí donde su carne
parecía haberse unido. Se elevaban y descendían formando dibujos irregulares y
sus firmes dedos oscilaban constantemente hacia atrás y hacia adelante, a la
espera de recibir a su siguiente huésped. Una red de huesos cristalinos unía
los grupos de manos. Sin embargo, extrañamente, en ningún momento se veían los
muñones de las manos desmembradas. Una niebla suave y fluida flotaba de racimo
en racimo.
La escalera desapareció de la vista de Medianoche y
ésta volvió su atención a Mystra.
La forma de Caitlan había cambiado un poco y,
mientras no dejaba de brillar, los héroes vieron a la muchacha transformarse en
la mujer que estaba destinada a ser. Su cuerpo era exuberante y hermoso, el
rostro delicado y sensual, pero los ojos eran muy viejos y revelaban un milenio
de íntimas preocupaciones. Cuando la diosa volvió la espalda a los héroes y se
puso en
movimiento, estaba temblando. Daba la impresión de
estar subiendo por el aire y que al paso de la diosa por los escalones
invisibles se desprendían unos rayos de luz azulada. Mystra vio que sus
percepciones de la escalera y de la entrada de las Esferas iban cambiando
constantemente. Primero vio una hermosa catedral esculpida a partir de las
nubes, que tenía una amplia y vistosa escalera que conducía a ella. Al cabo de
un rato la zona que rodeaba la entrada se convirtió en unas grandes runas
vivientes que bailaban una danza desconocida a medida que cambiaban posiciones
con sus compañeras para desvelar unos secretos sobre los cuales Mystra había
meditado largamente y jamás había descubierto, hasta aquel momento.
Sólo la propia puerta de entrada no cambiaba; era
una gran puerta de acero, forjada en la imagen de un puño gigante, el símbolo
de Helm. A media ascensión, las nubes se separaron y el dios de los Guardianes
se materializó delante de Mystra.
—Te saludo, lord Helm —dijo Mystra cordialmente.
Helm miró a Mystra.
—No sigas, diosa. Este camino no es para ti.
—Me gustaría volver a mi casa —repuso Mystra,
enfadada con el guardián.
—¿Traes contigo las Tablas del Destino?
Mystra sonrió.
—Traigo noticias sobre las Tablas. Sé quién las
robó y por qué. —Ello no es suficiente. Tienes que dar media vuelta. Las
Esferas ya no son nuestras. Mystra se quedó perpleja.
—Pero a lord Ao le gustaría tener esta información.
Helm se mantuvo firme.
—Dámela a mí y yo se la transmitiré.
—Tengo que dar esta información personalmente. —No
puedo permitírtelo. Da media vuelta antes de que sea demasiado tarde. Mystra
siguió subiendo la Escalera Celestial, a la vez que reunía las fuerzas primas
de la magia alrededor de Faerun y las sugestionaba para que estuviesen alerta a
su llamada.
—No quiero hacerte daño, buen Helm. Apártate. —Mi
deber es detenerte — dijo Helm—. Descuidé mi deber en una ocasión. Nunca más.
Helm descendió un trecho más.
—¡Apártate! —insistió Mystra con una voz tan fuerte
como un trueno. Helm se mostraba inflexible.
—No me obligues a hacerte daño, Mystra. Yo soy
todavía un dios. Tú no.
Mystra se inmovilizó.
—¿Dices que no soy una diosa? ¡Voy a demostrarte
que estás equivocado! Helm bajó la vista, luego volvió a mirar a Mystra. —Si
así lo quieres...
Mystra llamó a toda la energía que había reunido
mientras avanzaba hacia el dios de los Guardianes. Preparando el primer
hechizo, se estremeció de poder. Medianoche abajo, en la tierra, vio que los
dioses se iban acercando uno al otro. En el momento en que Mystra soltó unos
rayos de fuego contra Helm, éste levantó las manos, retrocedió ante la magia y
apretó los dientes cuando las llamitas blancas abrasaron su piel. El guardián
lanzó un puñetazo en dirección a Mystra, pero la diosa se echó hacia atrás para
esquivar el golpe, y a punto estuvo de caerse de la escalera al hacerlo.
Helm avanzó. No iba armado; sin embargo, mientras
se acercaba a la diosa, parecieron saltar de su mano unas llamas de fuego.
Mystra supo instintivamente que no debía permitir que las manos del dios la
tocasen. Retrocedió y la magia prima hendió el aire que rodeaba al guardián.
Mystra trató de recurrir al hechizo Mano de Hierro de Bigby, pero falló y una
innumerable cantidad de garras afiladísimas volaron en dirección a Helm. El
guardián las esquivó sin esfuerzo alguno. La mano de Helm descendió formando un
arco y, cuando sus dedos rasgaron el pecho de Mystra, ésta sintió un dolor
atroz en todo su ser. El aire se roció de sangre, que pintó de intenso carmesí
las diminutas chispas de magia y las obligó a dejar de existir. Cuando al
pasar, la mano de Helm rozó su hombro, Mystra notó que la sangre se le
enfriaba. En venganza, la diosa de la Magia formuló un encantamiento destinado
a atacar la psique de Helm, con el objetivo de obligarlo a inclinarse ante ella
cuando empezase a temblar de terror. Ignorando el ataque de Mystra, el guardián
apretó los dientes y arremetió de nuevo. El mayor temor del guardián había sido
fallar a Ao. Dado que ya se había enfrentado a este miedo, no quedaba nada que
fuera susceptible de atemorizarlo.
En el momento en que la mano de Helm se acercó a su
pecho, abriendo una grieta
en su carne que dejó escapar un torrente de llamas
azuladas junto con un chorro de sangre, Mystra supo que había perdido. Luego,
cuando a Helm le faltaron unos centímetros para alcanzar su garganta, la diosa
notó una brisa fría junto a su cuello. Cyric, fascinado por el espectáculo,
observaba cómo los dioses intentaban matarse unos a otros. Cada vez que Helm,
lanzaba un golpe
se apoderaba de él una gran excitación. Ver la
sangre de unos dioses caer del cielo lo embargaba, inexplicablemente, de dicha.
Mystra esquivó otra de las acometidas de Helm y
lanzó un hechizo revolucionario de encadenamiento; unos grilletes formados de
magia prima descendieron sobre el guardián. Helm los evitó sin esfuerzo, pero
Mystra aprovechó aquella distracción momentánea para pasar a trompicones por
delante del guardián. Era difícil concentrarse dadas las terribles agonías que
su cuerpo había soportado, pero se aferró a la escalera y subió; cuando la
puerta de entrada se elevó delante de ella y apareció la mismísima majestad de
las Esferas, la cabeza empezó a darle vueltas. La diosa vislumbró un instante
la belleza y la perfección de su casa en Nirvana. Mystra pensó que todo aquello
había sido suyo. Llegó a la cumbre, con las piernas temblorosas. La diosa de la
Magia se agarró a la puerta, pero una mano sujetó su brazo y le hizo dar media
vuelta. En los ojos de Helm había una mirada de tristeza. — Adiós, diosa —dijo
Helm.
A continuación, traspasó con su mano el pecho de la
diosa. Medianoche miró el cielo y se preguntó si no se estaría volviendo loca.
Kelemvor estaba junto a ella, ordenando a Adon que ayudase a Cyric con los
caballos y las provisiones.
Medianoche, después de haber visto a Helm quedarse
aturdido un momento y a Mystra pasar a duras penas junto a él, se puso de pie.
La diosa abrió los brazos y el caos de los misteriosos chorros de magia, así
como las formas nebulosas que habían moldeado los elementos del aire, dieron
paso de pronto a una puerta que tenía la forma de un enorme puño. Helm ya había
alcanzado a Mystra, haciéndole dar media vuelta para enfrentarla a su cólera.
—¡No! —gritó Medianoche.
Tanto Kelemvor como Adon miraron el cielo a tiempo
de ver a Helm atravesar a Mystra con su mano.
La cabeza de Mystra cayó hacia atrás en medio de
una inconcebible agonía cuando su esencia huyó de la encarnación y explotó su
frágil carne humana. Medianoche notó que un intenso calor se precipitaba hacia
ella, como si un abrasador e invisible muro de energía se estuviese acercando.
Las llamas azuladas que habían hecho resplandecer la hierba con sus dulces
ensalmos, eran ahora un fuego negro que arrasaba la tierra y dejaba, a su paso,
el suelo yermo. La devastación comenzó en la zona que estaba debajo de la diosa
y se fue ramificando en todas direcciones. Medianoche lanzó un hechizo para
obtener un muro de fuerza con el que proteger a sus
camaradas. Rayos de luz empezaron a girar en torno al grupo de aventureros y al
cabo de unos momentos estaban rodeados por una esfera. A pesar del torbellino
de colores que constituían los muros del globo protector, los aventureros
pudieron vislumbrar algo del caos que reinaba a su alrededor. Se formaron del
aire unos enormes pilares negros que se clavaron en la tierra y compusieron un
amplio círculo alrededor de los aventureros y de la Escalera Celestial,
parecido a la columnata donde habían pernoctado; el horizonte se desdibujó y la
tierra y el cielo se volvieron uno solo. Las nubes se ennegrecieron cuando los
pilares se elevaron para saludarlos y unos hermosos rayos de luz de suave
tonalidad, a modo de
gasa sutil, surgieron entre las negras nubes. Los
rayos de luz se desplazaban hacia
adelante y hacia atrás, quemaban la faz de la
tierra y producían unas fisuras lo bastante grandes como para que cupiese un
hombre. Estas grietas del suelo se llenaron de reluciente sangre y el calor que
irradiaban los hirvientes ríos de sangre era terrible. Los rayos de luz
destruyeron las columnas negras y, cuando los rayos de luz perdieron su forma y
se convirtieron en jirones que cortaban el aire y destruían todo aquello que
tocaban, enormes escombros cayeron al suelo.
El castillo de Kilgrave cayó ante aquella embestida
furiosa y sus muros explotaron como yeso. Las macizas torres de cada esquina se
derrumbaron hacia dentro y los muros que las unían se hundieron, convirtiéndose
en cascotes. En el cielo, Helm permanecía en la cumbre del desastre y su cuerpo
era una silueta contra la cegadora luz del sol que tenía detrás. Medianoche vio
que Helm volvía a bajar la mano, para luego dividir una masa que se
arremolinaba en el aire delante de él.
Medianoche se preguntó si se trataría de la esencia
de Mystra. Las llamas azuladas que se escapaban de las manos de Helm se
dispusieron formando un complicado dibujo, parecido a la visión que Medianoche
había tenido del tejido mágico en su ilusión. Luego un rayo de brillante luz
surgió del centro del tejido y penetró en la esfera protectora donde se
apiñaban Medianoche y sus compañeros. Contra la tapicería blanca de sus
percepciones, Medianoche vio una luz todavía más brillante que tenía la forma
de una mujer que avanzaba hacia ella. —¡Diosa! —exclamó.
Estaba equivocada. Otros dioses pueden tratar de
hacer lo que yo he
intentado...
Los Reinos pueden ser destruidos. Hay otra Escalera
Celestial en el valle de las
Sombras. Si Bane vive, tratará de controlarla.
Debes ir allí, advertir a Elminster.
Luego encontrar las Tablas del Destino y poner fin
a esta locura. De pronto, un objeto cayó del cielo y atravesó la esfera
protectora. Medianoche alargó la mano y el medallón fue a parar directamente a
su palma. Luego dio la impresión de que la luz del tejido traspasaba a la maga,
como lanzada por el medallón azul y blanco. Unas llamas candentes recorrieron
su cuerpo y las últimas palabras de la diosa ardieron en su cerebro, entonces
todos los nervios de Medianoche se rebelaron. Lleva el medallón a Elminster...,
Elminster te ayudará.
—¿Ayudarme? —exclamó Medianoche—. ¿Ayudarme a qué?
En la memoria de Medianoche se puso a arder una imagen de las Tablas del
Destino. Hechas de arcilla, las antiguas Tablas tenían menos de sesenta
centímetros de altura; eran lo bastante pequeñas para ser llevadas encima y
ocultarlas fácilmente de las miradas codiciosas. Llevaban unas runas grabadas,
que mencionaban el nombre y la responsabilidad de todos los dioses. Cada runa
brillaba con un resplandor azulado. La imagen de las Tablas se desvaneció cuando
el rayo de luz se retiró al tejido, llevándose la reluciente forma de Mystra
con él. — Diosa —susurró Medianoche—. No me dejes. No hubo respuesta pero, a
través de la esfera, Medianoche vio cómo el tejido mágico desaparecía. Cesó el
caos alrededor de los héroes y éstos vieron a Helm delante de su puerta con los
brazos cruzados. Luego desapareció como si nunca hubiese estado allí.
8
No siempre son humanos
En ausencia de lord Black, Tempus Blackthorne
mantenía aseada la cámara principal del templo en Zhentil Keep. Blackthorne era
responsable de controlar las operaciones cotidianas del Templo de las Tinieblas
y era él quien supervisaba personalmente la construcción de la segunda cámara
más reducida de la parte posterior del templo. El mago había matado a los
obreros una vez éstos terminaron la estancia. «Nadie debe enterarse», había
dicho Bane, y Blackthorne habría dado su vida para proteger los secretos de la
«cámara de meditación» de Bane. A decir verdad, se trataba de un lugar inmundo,
pero cumplía su misión. Bane procuró ocultar ciertos hechos a sus
adoradores; lord Black temía que, si conocían sus
limitaciones humanas, su necesidad de dormir y de alimentarse, entonces su
veneración dejaría de ser tan ferviente y su disposición a sacrificarse por su
causa se vería mermada. De modo que Bane hacía que Blackthorne le llevase la
comida y bebida por un túnel secreto y, cuando lord Black tenía que dormir, lo
hacía en la cama de la cámara con su emisario montando guardia junto a él.
Amontonados en los rincones de esta habitación, había unos textos misteriosos
que Bane había estudiado minuciosamente aprovechando cualquier momento
disponible. Sobre una mesa próxima había una colección de afilados y diminutos
cinceles que parecían los instrumentos que usan los escultores. Bane los usaba
para llevar a cabo horribles experimentos en la carne de algunos de sus
seguidores, para luego quedarse observando horas enteras el flujo de sangre que
había causado y escuchar los gritos de agonía de los hombres más débiles.
Blackthorne sabía que estos estudios eran importantes para su señor, pero no
estaba al corriente del objetivo que tenían. Sin embargo, Bane era su dios y
Blackthorne era lo bastante astuto como para no poner en duda los motivos de
una deidad. Al cabo de un tiempo, Bane se cansó de aquellos experimentos, como si
no hubieran producido los resultados deseados, pero los cinceles quedaron a la
vista, eran un recordatorio de que no había encontrado todavía las respuestas
buscadas.
Mientras Bane estuvo ocupando el castillo de
Kilgrave, la cámara permaneció vacía, pero ahora cobró vida un torbellino
procedente de una ranura del espacio que hizo caer a lord Black al duro suelo;
respiraba con dificultad y sus ojos se bañaron en lágrimas. Trató de recordar
aunque sólo fuese el más simple de los encantamientos, algo que levitase su
destrozada forma del suelo para llevarlo al duro colchón de la cercana cama,
pero sus esfuerzos fueron vanos. Surgió entonces Blackthorne del torbellino y arrastró
a Bane hasta la cama. El emisario, sin dejar de gruñir, levantó la mutación de
lord Black y la colocó en la cama.
—Ya está, mi señor. Podrás descansar. Y sanarás.
Bane se sintió reconfortado por la voz de su fiel emisario. Blackthorne lo
había salvado. Había visto a Bane debilitado, casi a punto de morir y, sin
embargo, había acudido en su ayuda. Lord Black no lo entendía. Si la situación
hubiese sido a la inversa, él habría dejado que el emisario pereciese, en lugar
de arriesgar su vida por él. Bane pensó que se sentía en deuda con él por
haberle salvado la vida a su amigo el Caballero Siniestro. Ésta era la razón
por la que le había hecho el
favor. No obstante,
ahora que había pagado su deuda, Bane tendría que
ir con mucho tiento con él.
Bane vio en el suelo un charco formado por su
propia sangre; era de color carmesí, con vetas ámbar que flotaban en medio de
ella. El dios tenía uno de los pulmones destrozado y jadeó cuando alargó la
mano para tocar el charco escarlata. —¡Mi sangre! —gritó—. ¡Mi sangre!
—Te pondrás bien, señor —lo tranquilizó
Blackthorne—. Si puedes otorgar magias curativas a tus clérigos, sírvete de la
misma magia para curarte. Bane hizo como le instaba Blackthorne, pero sabía que
el proceso de curación sería lento y doloroso. Trató de apartar de su mente las
molestias físicas concentrándose en el recuerdo de su rescate del castillo de
Kilgrave. La magia de Blackthorne era lo bastante poderosa como para llevar al
mago al castillo y luego teletransportarlos a ambos fuera de él, pero sólo habían
podido escapar hasta la columnata que había al otro lado del castillo.
Bane había visto a Mystra recuperar el medallón de
la maga de cabello oscuro. Al cabo de un instante, la diosa de la Magia estaba
desafiando a Helm; ambos dioses estaban en la Escalera Celestial.
¡Las Tablas del Destino! ¡Helm había preguntado por
las Tablas! Bane había observado, completamente horrorizado, cómo Helm destruía
a la diosa de la Magia, cómo el último vestigio de la esencia de Mystra se
había acercado a la maga y oyó la orden que dio la diosa mientras el medallón
volvía a la mujer morena. Durante la batalla que había librado Mystra con Helm,
se habían liberado magias increíbles, y Bane se había apoderado de ellas para
concluir la tarea que Blackthorne había iniciado, y se las había llevado a
Zhentil Keep. Bane se rió al pensar que nunca hubiese utilizado la escalera del
valle de las Sombras como parte de sus planes de no haber sido por las palabras
de Mystra. Si ella había aceptado su destino con tranquilidad, era posible que
los acontecimientos que a ella tanto la preocupaban jamás hubiesen acaecido. De
modo que Bane, tumbado en la cama y tratando de recobrarse de las graves
heridas que le había infligido Mystra, empezó a hacer planes hasta que,
finalmente, cayó en un profundo y reparador trance. El cielo era de un intenso
color azul lavanda con estrías doradas y de color azul prusia. Las nubes
seguían siendo negras y reflejaban la tierra yerma y carbonizada que había bajo
ellas; los enormes pilares se habían convertido en árboles con ramas marchitas
de piedra que serpenteaban por el suelo a lo largo de muchos
kilómetros. En algunos lugares la faz de la tierra
era brillante como el vidrio, en otros estaba rota y llena de escombros. Los
ríos rojos se helaban y se volvían sólidos. Había dejado de nevar.
Los muros de la esfera que envolvía a los
aventureros y a sus caballos desaparecieron cuando Medianoche revocó el
hechizo. Ésta tocó el medallón azul y blanco en forma de estrella, que colgaba
de nuevo de su cuello, y descubrió que no había signos de los poderes que antes
habían residido en el objeto. Ahora no era más que un símbolo del extraño y
apocalíptico encuentro entre Medianoche y su diosa. Medianoche montó sobre su
caballo e inspeccionó la desolada tierra que la rodeaba.
—Mystra me ha pedido que vaya al valle de las
Sombras para contactar con Elminster el Sabio. No espero que ninguno de
vosotros me acompañe, pero si vais a hacerlo, nos pondremos en marcha
inmediatamente. Kelemvor dejó caer el saco de oro que estaba cargando en su
caballo. —¿Cómo? —exclamó
—. ¿Y cuándo te ha dicho eso la diosa? No hemos
oído nada.
—No cuento con que tú, menos que ninguno, lo
comprendas, Kel, pero
tengo que
marcharme. — Medianoche se volvió a Adon—. ¿Tú
vienes? El clérigo la miró primero a ella, luego a Kelemvor y seguidamente a
Cyric, pero ninguno dijo nada. Adon subió a su caballo y se puso junto a
Medianoche. —Es una bendición para ti que te hayan encomendado una misión como
ésta. Gracias por solicitar mi ayuda. ¡Como que me llamo Adon que te acompaño!
Cyric se echó a reír, luego terminó de cargar las provisiones del grupo y cogió
las riendas de los caballos de carga.
—Ya no tengo gran cosa que hacer aquí. ¿Por qué no
ir contigo? ¿Vienes, Kel? Kelemvor estaba inmóvil junto a su caballo, atónito y
con los labios fláccidos en una boca entreabierta.
—Vais en busca de un sueño de locura —dijo—.
¡Estáis cometiendo un gran error!
—¡Síguenos si quieres! —dijo Medianoche, para luego
darle la espalda a Kelemvor y ponerse en movimiento. Adon y Cyric hicieron lo
propio. El camino era traicionero e imprevisible. El trío había empezado a
emprender su viaje hacia las montañas que apenas se veían en la lejanía, se iba
oyendo cada vez más fuerte el retumbar inconfundible de los cascos del caballo
de Kelemvor, hasta que el guerrero llegó a la altura de Medianoche. Nadie habló
durante un kilómetro aproximadamente.
—No hemos repartido el botín —dijo finalmente
Kelemvor. —Ya veo — replicó Medianoche esbozando una ligera sonrisa—. Ahora
comprendo. Estoy en deuda contigo.
—Así es —repuso Kelemvor recordándole las palabras
que ella había pronunciado en el castillo—. Estás en deuda conmigo. A medida
que avanzaban por el paisaje de pesadilla que había dejado a su paso la
destrucción de Mystra, los héroes vieron que la devastación era cada vez mayor.
Habían desaparecido los caminos, los enormes cráteres llenos de humeante brea
les impedían avanzar, obligándolos a volver sobre sus pasos y a rodear ciertas
zonas para poder pasar. A la caída de la noche, empezaron a ver las montañas y
acamparon a la vista del desfiladero de Gnoll.
Una caravana de comerciantes con vagones cargados
de mercancías apareció en el camino que había bajo el campamento de los
aventureros. La caravana iba muy protegida y, cuando Adon salió al descubierto
y trató de avisar a los viajeros de lo que iban a encontrar más adelante, fue
recibido con una lluvia de flechas. El clérigo se arrojó al suelo.
La caravana pasó y no tardó en perderse de vista.
Adon regresó al campamento y descubrió una lumbre que ardía furiosamente y a
Medianoche preparando algo que parecía ser carne, pero que olía bastante mal.
Estaba absorta en la tarea que tenía delante y ordenaba a Kelemvor que diese la
vuelta a las carnes de vez en cuando, mientras ella cortaba verduras con su
daga.
La cena no se presentaba muy bien y daba la
impresión de que el grupo iba a pasar hambre aquella noche, cuando Cyric
levantó un zurrón que había encontrado entre los regalos de Mystra y les indicó
mediante un gesto que permaneciesen en silencio. Metió la mano en la bolsa y
sacó una hogaza de pan dulce, puñados de carne seca, jarras de cerveza, trozos
de queso y muchas cosas más. Y a pesar de que el zurrón parecía vaciarse cada
vez, más comida sacaba Cyric de él. —¡No volveremos a pasar hambre ni sed! —dijo
Kelemvor mientras se bebía el aguamiel que tenía delante de sí.
Más tarde, mientras comían lo que habían sacado del
zurrón, Kelemvor sintió una
opresión en la boca del estómago. La comida era
espantosa y se preguntó si era
prudente comer cualquier alimento que proviniese de
una fuente mágica en aquellos tiempos que corrían de inestabilidad en la magia.
Los héroes
terminaron de comer sin pronunciar palabra, pero
las expresiones de sus rostros bastaban para delatar sus pensamientos. Cuando
Medianoche rompió el silencio que reinaba en el campamento expresando el deseo
de que Adon recuperase sus sortilegios curativos cuanto antes para poder
recomponer sus estómagos trastornados, su petición encontró un sincero eco de
aprobación por parte de Kelemvor y Cyric. Terminaron de cenar y Kelemvor y Adon
se pusieron a examinar los presentes que les había dado Mystra mientras, al
otro lado del campamento, Medianoche ayudaba a Cyric a limpiar los utensilios
que habían utilizado para la cena. —¿Vendrás conmigo hasta el valle de las
Sombras? —preguntó la maga a Cyric mientras recogían las sobras. Cyric titubeó.
—Tenemos provisiones, caballos sanos y suficiente
oro como para ser ricos el resto de nuestras vidas —añadió Medianoche—. ¿Por
qué no vienes con nosotros? Cyric luchó para encontrar las palabras adecuadas.
—Nací en Zhentil Keep y, cuando me marché, prometí no volver jamás. El valle de
las Sombras está demasiado cerca de allí para mi gusto. —Hizo una pausa y miró
a la maga—. Sin embargo, por mucho que yo desee lo contrario, parece que mis
pasos me llevan en esa dirección.
—No me gustaría que hicieras algo en contra de tu
voluntad —dijo Medianoche— . La decisión ha de ser sólo tuya. Cyric respiró
hondo.
—Iré. Tal vez en el valle de las Sombras me compre
una barca y viaje por el río Ashaba una temporadita. Creo que sería agradable.
Medianoche sonrió y asintió con una inclinación de cabeza. —Te has ganado un
buen descanso, Cyric. Te has ganado también mi gratitud. La maga oyó ruidos
procedentes del otro lado del campamento, donde Kelemvor y Adon estaban todavía
haciendo inventario de los presentes de Mystra. Adon había prometido obligar a
Kelemvor a ser honesto, lo que le valió una carcajada y una palmada en la
espalda por parte del guerrero. Medianoche y Cyric siguieron hablando sobre
tierras lejanas e intercambiaron conocimientos sobre costumbres, rituales e
idiomas. Luego charlaron sobre aventuras pasadas si bien, cuando se abordó este
tema, Medianoche habló más que Cyric. — Mystra —dijo él en un momento dado—. Tu
diosa... Medianoche acabó de limpiar su daga y la metió de nuevo en su funda.
—¿Qué pasa con ella? Cyric pareció sorprendido ante la pregunta de Medianoche.
—Está muerta, ¿verdad?
—Quizá —fue la contestación de Medianoche. Meditó
sobre ello un momento para luego volver su atención al pequeño hoyo que Cyric
le había ayudado a cavar a fin de enterrar los desperdicios—. Yo no soy una
niña, no soy como Adon. Me ha entristecido el fallecimiento de Mystra pero, si
se presentase el caso, hay otros dioses a quien dar las gracias.
—No necesitas mostrarte reservada conmigo...
Medianoche se puso de pie. —Bien, esto está hecho —dijo la maga a la vez que
señalaba el hoyo, luego se alejó.
Cyric, después de observarla un momento, volvió al
trabajo que tenía delante. Recordó cuando levantó la vista hacia los dioses en
lucha abierta y el
pueril regocijo
que lo embargara al ver su sangre derramada.
Avergonzado por su reacción ante la muerte de Mystra, Cyric apartó estos
pensamientos y se concentró en la tarea de limpieza.
En el sendero, apartada del campamento y de Cyric,
Medianoche sintió un frío que no tenía nada que ver con la débil brisa de la
montaña. Pensó que no tenía sentido afligirse por las muertes de Caitlan y de
Mystra. Maldijo para sus adentros a Cyric por haber mencionado a la diosa y se
reprendió a sí misma. No podía afirmar que hubiese malicia en aquel hombre,
sólo toda una vida de vicisitudes que le había creado una dificultad para
comunicarse de otra forma que no fuera la ciencia exacta de las palabras. Por
otra parte, y en este aspecto, Kelemvor era el lado opuesto de Cyric. Su modo
de actuar y sus declaraciones no expresadas le encantaban. Únicamente cuando
trataba de ocultar sus sentimientos tras una cortina de burlas malintencionadas
e inoportunas, parecía un bobo furioso, traicionando así un gran vigor. Tal vez
tenían un futuro juntos. Sólo el tiempo podía decirlo.
Se acercó a Kelemvor y a Adon; ambos estaban
todavía riñendo. —¡Lo dividiremos a partes iguales! —gritaba Kelemvor. —Pero
¡si lo que yo te propongo son partes iguales! Tú, yo, Medianoche, Cyric y Sune,
sin la cual... —¡No vayas a empezar otra vez con lo de Sune! —Pero...
—Cuatro partes —intervino Medianoche fríamente,
ante lo cual ambos hombres se volvieron—. Tú haz lo que quieras con tu parte,
Adon. Si quieres, se la das a tu iglesia.
Adon se encogió de hombros.
—No quería ser mezquino...
Dio la impresión de que Kelemvor estaba dispuesto a
ponerlo en duda. —Tal
vez necesites descansar un poco —sugirió
Medianoche. —Sí, quizá sea eso —convino el clérigo.
Adon empezó a alejarse con la antorcha, cuya
parpadeante luz le mostraba el sendero que llevaba al fuego del campamento.
Después de resbalar en una piedra y enderezarse de nuevo, Adon murmuró algo más
de Sune y se fue. — ¿Cómo te sientes? —preguntó Medianoche a Kelemvor—. ¿Han
sido de tu agrado las tiernas mercedes cocinadas por esta mujer? —¿Puedo hablar
con franqueza? —preguntó a su vez Kelemvor. —Tal vez sea preferible que no lo
hagas —dijo Medianoche sonriendo. —En ese caso te diré que tengo ganas de hacer
un reino con estas piedras preciosas. Medianoche asintió.
—Yo me siento igual. —Luego señaló las riquezas que
tenían delante—. ¿Hacemos las partes?
—Sí. Siempre es un placer trabajar con una mente
aguda y juiciosa cuando se trata de estos asuntos.
Medianoche lo miró, pero él no levantó la vista del
tesoro. El oro estaba amontonado en el tocón de un árbol. Había rubíes, otras
joyas y un extraño artefacto; Medianoche se agachó para examinarlo. Lanzó un
grito de alegría, tomó el objeto mágico y sonrió a Kelemvor.
—¡Me parece que al final vamos a tener que hacer
cinco partes! Kelemvor se
sentó cómodamente.
—¿Qué quieres decir?
—Se trata de un arpa de Myth Drannor. Elminster es
un conocido coleccionista de
estas piezas. Si todo lo demás falla, podremos usar
el arpa para conseguir que nos reciba.
Kelemvor reflexionó sobre las palabras de
Medianoche. —¿Tiene mucho valor?
Medianoche se negó a dejarse desanimar.
—No lo sabremos hasta que alguien nos haga una
oferta, ¿no te parece? — ¡Oh!, sí, una buena reflexión.
—Se dice que estas arpas tienen propiedades mágicas
—dijo Medianoche mientras examinaba el objeto.
El arpa era vieja, si bien había sido antaño de
gran belleza. Fue un verdadero artesano quien hizo el fino trabajo de las
incrustaciones de marfil y oro; y la madera roja reflejaba las llamas de las
antorchas como si retuviese todavía su
brillo original. Medianoche tiró de las cuerdas sin
habilidad alguna y el instrumento emitió un sonido que era un extraño y
discordante flujo de notas que aumentaron de volumen e hicieron que la armadura
de Kelemvor se sacudiese como si una fuerza invisible la estuviese atacando.
—¡MEDIA...
De pronto todos los diminutos cierres que sujetaban
la armadura de Kelemvor se soltaron de golpe y ésta cayó al suelo. — ...NOCHE!
Kelemvor se quedó cubierto solamente por una túnica
de cota de malla; la armadura yacía hecha pedazos a su alrededor. Medianoche
tenía la boca abierta y movía las mandíbulas en silencio, hasta que estalló en
una carcajada. —¡Mira esto! —exclamó Kelemvor, enojado. —¡Por favor! —dijo ella
en tono desalentador. —No, yo me refería... —El guerrero miró la armadura y
suspiró. Medianoche se incorporó y respiró hondo. —Debe de ser el Arpa de
Methild. Si no recuerdo mal, es famosa por romper todo tipo de tejidos, abrir
todo tipo de cerraduras, romper todo tipo de cadenas... todo eso. —Comprendo
—dijo Kelemvor, y su ligero nerviosismo se convirtió en sonrisa, contagiada por
la de Medianoche—. Quizás haya llegado el momento de la recompensa que habíamos
acordado. ¿Qué me dices? Medianoche se puso de pie y retrocedió unos pasos.
—Creo que no es el momento —dijo, a la vez que su corazón empezaba a
dispararse. Medianoche se dio media vuelta. Oyó a Kelemvor ponerse de pie y
sintió que su mano le tocaba el hombro. La maga se mordía el labio y miraba
fijamente la antorcha que había delante de ellos. Él, con la otra mano, rodeó
suavemente su cintura; Medianoche se echó a temblar, luchando con su propio
deseo. —Estamos hablando sólo de un beso —dijo él—. Un beso. ¿Qué tiene de
malo? La maga se dejó caer hacia atrás en los brazos de Kelemvor. Él apartó el
pelo de su cuello y sopló levemente en su piel, ahora recorrida por un
hormigueo; al mismo tiempo, la estrechó contra sí por la cintura. La mano de
Medianoche se posó sobre la de Kelemvor.
—Me prometiste que me contarías... —dijo ella.
—¿Contarte qué? —En el castillo estabas destrozado. Me hiciste jurar que te
daría una recompensa si seguías adelante. No tiene sentido.
—Sí tiene sentido —dijo Kelemvor a la vez que se
apartaba de ella—. Pero hay
cosas que deben mantenerse en secreto.
Medianoche se volvió.
—¿Por qué? Por lo menos dímelo.
Kelemvor había empezado a retroceder hacia las
sombras. —Quizá debería liberarte de tu promesa. Las consecuencias sólo las
padecería yo. No debes involucrarte en esto. Tal vez sería... preferible
—concluyó el guerrero con una voz baja y gutural.
Medianoche no sabía si era efecto de la luz o si la
carne de Kelemvor se
estaba realmente oscureciendo y su piel se
estremecía bajo la cota de malla.
Todo el cuerpo de Kelemvor empezó a temblar y dio
la impresión de que iba
a doblarse de dolor.
—¡No!
Medianoche corrió hacia él, colocó las manos en su
cara y acercó sus labios a los suyos. A él se le habían espesado las cejas,
tenía el cabello desordenado y más oscuro, como si el gris de sus canas
estuviese desapareciendo, y sus penetrantes ojos verdes eran como llamas de
color esmeralda. Cuando se besaron el cuerpo de Kelemvor se relajó, y se apartó
como si estuviera a punto de hablar. Ella estudió su rostro. Era como si lo
recordase de siempre. —No hables —dijo—. Nosotros no necesitamos hablar. Le besó
de nuevo y, en esta ocasión, fue él quien la besó apasionadamente y la estrechó
contra sí con mano de hierro.
Cyric, sin ser advertido por Kelemvor ni por
Medianoche, se acercaba silenciosamente. Vio cuando se besaron de nuevo y
cuando Kelemvor levantó a la maga en sus brazos, cuando el guerrero la colocó
dulcemente sobre un lecho de piezas de oro, mientras ella le seguía rodeando el
cuello con sus brazos. Medianoche empezó a reírse y a tirar de los cierres de
su vestido. Cyric volvió sobre sus pasos cabizbajo. La risa de la pareja lo
siguió, lo acosó incluso cuando llegó al campamento y ordenó a Adon que se fuera
a dormir, y un ímpetu de cólera empezó a apoderarse de él. —Yo haré la guardia
—dijo Cyric, y se puso a mirar fijamente las llamas. Una vez finalizada su
guardia, Cyric se tumbó para descansar un poco, y muy pronto comenzó a soñar
que estaba de nuevo en las callejuelas de los barrios bajos de Zhentil Keep.
Soñaba que no era más que un niño y una pareja sin rostro lo llevaba por las
calles; esta pareja trataba de venderlo a cualquiera con suficiente dinero y
aceptaba ofertas de los transeúntes.
Cyric se despertó sobresaltado y, cuando trató de
acordarse del sueño, no pudo. Permaneció despierto unos minutos, recordando que
hubo un tiempo en
que sus sueños eran su única forma de escapar de la
realidad. Pero había pasado mucho tiempo desde entonces y ahora estaba a salvo.
Se volvió al otro lado y se durmió con un sueño profundo y reparador.
Adon paseaba nerviosamente de arriba abajo, ansioso
por marcharse de aquella región yerma. Medianoche sugirió que aprovechase el
tiempo para dar gracias a Sune. El clérigo se detuvo, abrió los ojos de par en
par, murmuró sólo «claro» y encontró un lugar donde montar un pequeño altar.
Medianoche y Kelemvor no hablaban. Estaban sentados, apoyados contra una gran
roca negra, cogidos del brazo, mirando las llamas de un fuego que habían
encendido. Medianoche se inclinó y besó al guerrero. Daba la impresión de que
este gesto era desatinado y extraño, a pesar de que unas horas antes hubiera
parecido completamente natural.
Los héroes despertaron a Cyric cuando empezó a
clarear y dispusieron los caballos. Aunque el almuerzo que sacaron del zurrón
les dejó a todos el
regalo de un
sabor amargo y el estómago revuelto, cuando el sol
estuvo alto en el cielo, habían adquirido ya un buen ritmo de marcha.
Era un camino de cabras en algunos trechos por el
que andaban, y un enorme pez de plata con afilados dientes saltó de uno de los
hoyos de lava que encontraron los héroes. Hubo momentos en que parecía que el
sol estuviera en una posición errónea y los héroes temían estar viajando otra
vez en círculo, pero siguieron adelante y los cielos no tardaron en volver a la
normalidad.
A medida que iban avanzando por aquella tierra
áspera, los aventureros encontraron muchas cosas raras. Unos enormes cantos
rodados, que las extrañas fuerzas que se habían desprendido durante la lucha de
Mystra con Helm habían tallado para representar las caras de unas ranas, se
pusieron a maldecir y a alabar alternativamente a los viajeros, luego les
contaron chistes atrevidos de los que ellos se rieron, pero sin aminorar por
ello la marcha. Más adelante, pareció estarse librando una batalla entre montañas
opuestas; cantos rodados y trozos de roca volaban de uno a otro lado golpeando
de forma estremecedora. Las hostilidades cesaron cuando los viajeros se
acercaron para reanudarse apenas hubieron pasado. A medida que el grupo se
alejaba del lugar donde había muerto Mystra, encontraban menos incidentes y los
héroes se relajaron, aunque sólo un poco. Se detuvieron y acamparon para pasar
la noche en un claro al pie de una montaña que no parecía haberse visto
afectada por el caos ocasionado por el
fallecimiento de Mystra. Cyric se sorprendió al descubrir que el zurrón de
comida y bebida, que hasta entonces se había llenado solo, estaba completamente
vacío. Cuando metió la mano, sintió el tirón de algo frío y húmedo que lamió su
mano; la sacó apresuradamente y luego arrojó lejos el zurrón.
Se vieron obligados a confiar en la comida que
había quedado, esperando que bastaría para el largo viaje que tenían por
delante. Sin embargo, cuando Medianoche y Cyric se pusieron a preparar la cena,
la carne parecía haberse echado a perder, los panes estaban duros y la fruta
iba camino de pudrirse. Comieron lo que pudieron y bebieron ávidamente el
aguamiel y la cerveza. Pero también esto parecía haber perdido su sabor,
asemejándose más a agua amarga que a néctar. Cyric estaba muy callado.
Únicamente cuando surgía un tema realmente fascinante para él exteriorizaba sus
opiniones, y se mostraba vehemente en sus asertos. Luego Cyric caía en uno de
sus meditabundos silencios y se ponía a observar las llamas del fuego del
campamento, mientras la noche envolvía a los cansados viajeros. Aquella noche
Medianoche fue en busca de Kelemvor, quien la tomó en sus brazos sin pronunciar
una sola palabra. Después, ella lo miró cómo dormía, arrobada por el tranquilo
ritmo de su cuerpo. Medianoche sonrió; había tanta fuerza y fogosidad en sus
movimientos cuando se tocaban, tanta pasión y tan maravillosa, que se preguntó
por qué ponía en duda sus propios sentimientos para con aquel hombre. La
asombraba muchísimo que éste no hubiese estado nunca casado, una de las pocas
cosas que había logrado sacarle mientras estaban tumbados uno junto al otro
antes de que el sueño se apoderase del guerrero. Medianoche se vistió en
silencio y fue hasta donde estaba Adon, que se había hecho cargo de la primera
guardia. Encontró al clérigo sujetando un espejito entre los pies descalzos;
iba moviendo el ángulo ligeramente mientras arrancaba los rebeldes pelos
faciales, uno a uno, con una de las dagas de Cyric. Luego pasó a ocuparse del
cabello, se peinó con un peine de plata hasta que hubo contado en voz alta cien
pasadas. Medianoche lo relevó de la guardia y él se retiró con sigilo y se
quedó profundamente dormido con una sonrisa de satisfacción en los labios.
Durante la guardia, Medianoche
oyó a Adon susurrar «no, querida, claro que no
estoy sorprendido»; luego
no volvió a
oírlo.
Cuando Medianoche fue a despertar a Kelemvor para
que la relevase, éste
empezó a retozar con ella y trató de que volviese a
la cama. —Cumple con tu deber —le dijo ella.
Kelemvor se levantó y estiró los brazos. Se volvió,
sonrió y se alejó antes de decir algo que habría hecho que Medianoche hubiese
empezado a apedrearlo. Antes del amanecer, Kelemvor sintió hambre. Habían atado
los caballos de carga cerca de allí y decidió no esperar hasta el desayuno. Se
alejó del fuego y se dirigió a donde se hallaban los caballos y las
provisiones. A la tenue luz del alba, vio que los caballos estaban muertos. Al
otro lado de los caballos de carga, los caballos que había proporcionado Mystra
para Cyric y Adon estaban tumbados de costado, temblando. Kelemvor llamó a los
compañeros, que al cabo de unos momentos estaban junto a él. Cyric fue a buscar
una antorcha que encendió con las llamas del fuego de campamento. No
encontraron explicación para el estado de los animales. No tenían marca alguna,
no había ninguna señal indicadora de la presencia de un animal salvaje o de un
saboteador.
Cuando revisaron las provisiones, los héroes
descubrieron que la comida se
había estropeado completamente. La carne rebosaba
de manchas verdes y
aspecto canceroso. Unos negros y extraños insectos
salían reptando de la
fruta. Los panes estaban duros y enmohecidos. La
cerveza y el aguamiel se
habían evaporado. Únicamente estaba intacta el agua
que habían cogido en la
columnata que había fuera del castillo de Kilgrave.
Kelemvor buscó en los
zurrones que contenían el oro y los tesoros y lanzó
un grito al no encontrar
más que cenizas amarillas y negras. El arpa de Myth
Drannor se había
podrido y se rompió tan pronto como Medianoche la
cogió. Ésta encontró una
bolsa que antes contenía diamantes y ahora sólo el
polvo de aquéllos. La
maga lo dejó a un lado para utilizarlo como
componente de hechizos. —
Terrible —dijo Kelemvor en voz baja a la vez que se
desprendía de la
reconfortante mano que Medianoche le ofrecía para
consolarlo. La miró—.
¡Sólo nos queda tu maldita misión!
—Kel, no...
—¡Todo lo que hemos hecho no ha servido para nada!
—gritó él a la vez que
daba la espalda a la maga.
Adon se adelantó.
—¿Qué vamos a comer?
Kelemvor miró por encima del hombro. Sus ojos
centelleaban, los dientes brillaban de modo insólito, como si estuviesen
tomando los primeros rayos de
sol y reteniéndolos. Su piel se había oscurecido.
—Encontraré algo —dijo Kelemvor—. Yo proveeré por todos nosotros. Cyric ofreció
su ayuda, pero Kelemvor la rechazó con un gesto y se encaminó hacia las
montañas.
—¡Llévate el arco por lo menos! —le gritó Cyric,
pero Kelemvor lo ignoró y no tardó en convertirse en un oscuro contorno borroso
contra las estribaciones envueltas en las sombras.
—Los dioses dan, los dioses quitan —comentó Adon
filosóficamente, y se encogió de hombros.
Cyric soltó una risita amarga.
—Tus dioses...
Medianoche levantó una mano y Cyric no terminó la
frase. —Coged lo que necesitéis de vuestros caballos —dijo la maga—. Luego
deberíamos procurar que su final sea lo menos duro
posible.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó Adon, compadecido de
los animales enfermos.
—Hay una cosa que podemos hacer —dijo Cyric a la
vez que desenvainaba la espada.
Medianoche suspiró de forma entrecortada y asintió
con un gesto de la cabeza. Cyric propuso a Medianoche y a Adon que se alejasen
de los caballos moribundos, pero ambos estuvieron de acuerdo en quedarse y
ofrecer cierto consuelo y compasión a los animales mientras Cyric ponía,
misericordiosamente, fin a su dolor. Las horas pasaban y Kelemvor no regresaba.
Adon se ofreció para ir en busca del guerrero.
Adon encontró profundas sombras y unos diminutos e
invisibles seres que emitían sonidos extraños. El clérigo se preguntó si
Kelemvor no estaría herido o si habría decidido abandonarlos, pero luego
comprendió que en este caso el guerrero se habría llevado su caballo. Sin
embargo, esta idea le sirvió de poco consuelo cuando empezó a introducirse en
las sombras.
Algo pasó corriendo junto a la bota de Adon y éste
se sorprendió gratamente al comprobar que se trataba de una bonita ardilla
gris, que se detuvo en seco, lo miró y salió disparada al ver al clérigo
ponerse en cuclillas para mirar sus profundos ojos azules. Siguió avanzando por
una espesura de árboles, donde fue apartando cuidadosamente las ramas para no
arañarse el rostro. No bien ascendió un trecho, Adon encontró un sendero
claramente marcado. Kelemvor había pasado por allí.
Adon se estaba felicitando por haber encontrado
aquel sendero cuando
tropezó con el peto de Kelemvor. La armadura estaba
cubierta de sangre. Adon sacó cautelosamente su maza de guerra del cinturón. Un
poco más lejos, en el mismo sendero, el clérigo encontró el resto de la
armadura de Kelemvor, ensangrentada al igual que el peto. Teniendo en cuenta la
habilidad guerrera de su amigo, se preguntó qué tipo de bestia podía haber
abatido a Kelemvor.
Percibió Adon un movimiento entre los árboles y
vislumbró la piel negra de un animal y unos dientes entre gruñidos; ahogó una
llamada de socorro por temor a revelar su posición y permaneció quieto unos
minutos, hasta que oyó un rugido detrás de él. Adon echó a correr, sin
preocuparse por mirar atrás, y siguió el sendero, lleno de ramas rotas y
trechos infames; no miraba al suelo pero enseguida cayó en la cuenta de que las
huellas que se alejaban de la armadura habían empezado siendo humanas para
convertirse luego en las huellas de las patas de algún animal enorme. Sin saber
qué distancia había recorrido, el clérigo penetró en una maraña de ramas, la
tierra desapareció de repente bajo sus pies y cayó rodando al vacío. Un
instante después, su cuerpo se sumergía en una balsa de agua que se alzó con
gran ruido. Después de salir a la superficie, Adon se sacudió el lodo del
cabello e inspeccionó la zona. «¿Un pantano?», pensó. ¿Allí? ¡Era una locura!
Locura o no, el hecho es que se encontró chapoteando en dirección a la
pantanosa orilla de una hermosa tierra fantasmal iluminada por un tenue
resplandor azulado. Unos elegantes filamentos de musgo que colgaban de unos
altos cipreses de negra silueta absorbían la luz del sol poniendo de relieve su
fino y complicado dibujo. El musgo parecía hacer esfuerzos para estirarse hacia
abajo y de vez en cuando algún filamento tocaba suavemente la superficie del
pantano. Unas enormes almohadillas de lodo flotaban en dirección a Adon y,
mientras subía a la orilla, vio una hermosa mariposa con
alas anaranjadas y plateadas que salía de un
capullo ante sus ojos. Una solitaria garza
real se detuvo a mirar a Adon acercarse, luego
emprendió el vuelo produciendo leves sonidos cuando sus patas tocaban el agua.
Adon salió del pantano, molesto ante el desastre causado en su fina ropa. De
pronto se inmovilizó al oír un rugido y el ruido de algún animal abriéndose
paso por la selva. Pero los ruidos cesaron tan repentinamente como habían
empezado y Adon buscó en vano a su alrededor un lugar donde ocultarse. En la
proximidad, unos montones de brillantes hojas amarillas y rojas cubrían unos árboles
grises, altos y delgados, pero poca protección tuvo el clérigo al subir la
montaña hacia el diminuto claro del que se había caído.
Durante el ascenso, encontró su maza de guerra
donde había aterrizado cuando su caída le había hecho soltarla. Pensó que por
lo menos moriría luchando. Como Kelemvor.
El ser que había en los bosques rugió de nuevo y
Adon echó a correr sin olvidar, a cada paso que daba, que no debía gritar
pidiendo socorro. El claro se elevó por fin delante de él, pero una enorme
forma negra andaba de arriba abajo y le impedía el paso. Adon se detuvo.
Se trataba de una pantera y, a sus pies, yacía un
ciervo tan salvajemente atacado que apenas era reconocible. El clérigo pensó
que era una cosa de lo más natural. ¡Y él que había pensado en algún duende
horrible! La pantera movía la cabeza hacia atrás y hacia adelante, como si
estuviera aturdida. Adon rezó a Sune para que el animal estuviese satisfecho
con su festín y, cuando iba a empezar a retroceder, la pantera empezó a
temblar. Dejó caer la cabeza hacia atrás y Adon vio sus brillantes ojos verdes
cuando el animal rugió de dolor y una mano humana salió de su garganta.
Adon soltó la maza, que cayó al suelo con un ruido
sordo. El animal no dio muestras de haberlo advertido. Una segunda mano,
goteando sangre, apareció en el flanco del animal y se produjo un ruido
terrorífico cuando la caja torácica explotó y salió la cabeza de Kelemvor por
la abertura. Se rasgó una de las patas del animal y apareció una pálida y
arrugada pierna del tamaño de la de un niño que empezó a crecer hasta
convertirse en una pierna de hombre; su pie, hasta el momento retorcido, se
enderezó y sus huesos crujieron a medida que iban encajando en sus
articulaciones. Salió una segunda pierna, repitiéndose el proceso, y la cosa es
que, sin saber cómo, se estaba convirtiendo en Kelemvor hasta salir del cuerpo
del animal. El guerrero lanzó
un aullido de agotamiento y cayó al suelo; su
desnuda y tersa piel se iba cubriendo de lustroso vello.
Adon, inconscientemente, se agachó a recoger la
maza. A continuación se acercó temblando al guerrero.
—¿Kelemvor? —llamó, pero los ojos del héroe,
abiertos y saltones, no manifestaron interés.
Kelemvor, con la respiración entrecortada y los
vasos sanguíneos reventando
bajo la carne que envejecía hasta alcanzar la edad
que le correspondía, sintió
que una corriente pasaba bajo su piel.
—Kelemvor —repitió Adon.
Luego le dio su bendición y cruzó el claro sin
volver la vista atrás. Encontró el sendero sin dificultad y pronto estaba
atravesando la espesura de árboles y llegó al campamento. Medianoche y Cyric
estaban esperando. —¿Lo has encontrado? —preguntó Medianoche. Adon negó con un
movimiento de cabeza.
—Yo no me preocuparía —dijo luego—. El valle que
hay al otro lado de la sierra
está lleno de diversión y soledad. Estoy seguro de
que ha encontrado ambas cosas. No
tardará en volver.
Adon les estaba describiendo el extraño pantano que
la naturaleza había creado al otro lado de la sierra, cuando llegó a sus oídos
el ruido estrepitoso de un hombre abriéndose paso a través de la maleza.
Medianoche y Cyric recibieron a Kelemvor al pie de la estribación. La sangre
que cubría su armadura parecía proceder del ciervo ensangrentado que llevaba
sobre la espalda. Cyric ayudó al guerrero a desprenderse de su carga, recién
muerta. A continuación despedazaron al animal y se apresuraron a prepararlo sobre
una hoguera.
Adon no podía dejar de mirar al guerrero, que
parecía ajeno a todo menos a la comida que tenía delante. En un momento dado,
Kelemvor levantó la vista y vio la mirada del clérigo.
—¿Qué? ¿Te has olvidado de bendecir los alimentos?
—preguntó Kelemvor de mal humor.
—No —contestó Adon—. Estaba... —hizo un gesto en el
aire con la mano—, absorto en mis pensamientos.
Kelemvor asintió con la cabeza y volvió al
banquete. En cuanto terminaron
de comer, Adon y Cyric se dispusieron a salvar toda
la carne posible del animal, después la envolvieron cuidadosamente y la
guardaron para la cena. —Tengo que hablar contigo —dijo Kelemvor, y Medianoche
asintió y lo siguió hasta el camino. Ella ya había presentido su intención y
por ello no se sorprendió ante la petición de Kelemvor—. Tiene que haber una
recompensa, o no puedo ir contigo. Medianoche no pudo ocultar su frustración.
—Kel, ¡esto no tiene sentido! ¡En algún momento vas a tener que explicarme qué
significa todo esto!
Kelemvor guardó silencio. Medianoche suspiró. —¿Qué
te ofrezco en esta ocasión, Kel, lo mismo? Kelemvor agachó la cabeza. —Tiene
que ser diferente cada vez.
—¿Qué otra cosa puedo darte? —Medianoche puso una
mano en la mejilla del guerrero.
Kelemvor cogió toscamente la mano de Medianoche y
la apartó de sí y evitó su abrazo.
—¡Lo que importa no es lo que yo desee, sino lo que
tú estés dispuesta a darme! La recompensa tiene que ser algo que tenga valor
para ti, pero que merezca lo que debo hacer para ganármela.
Medianoche apenas podía contener su cólera. —¡Lo
que hay entre nosotros tiene mucho valor para mí! Kelemvor se volvió a mirarla
y asintió con la cabeza. —Sí. Y para mí.
Medianoche se aproximó al guerrero, pero se detuvo
antes de estar demasiado cerca como para tocarlo.
—Por favor, dime lo que pasa. Puedo ayudarte...
—Nadie puede ayudarme.
Medianoche miró a Kelemvor. Allí estaba la misma
violenta desesperación
que había visto en sus ojos en el castillo de
Kilgrave. —Hay condiciones —
dijo Medianoche.
—Dime cuáles.
—Vendrás con nosotros. Nos defenderás a Cyric, a
Adon y a mí de cualquier ataque. Nos ayudarás a preparar la comida y a montar
el campamento. Nos informarás
sobre cualquier cosa relacionada con nuestra
seguridad y bienestar, aunque se trate sólo
de una opinión tuya. —Medianoche respiró hondo—. Y
cumplirás cualquier orden directa que yo te dé.
—¿Y mi recompensa? —quiso saber Kelemvor. —Mi
nombre verdadero. Te
diré mi nombre verdadero después de haber hablado
con Elminster en el valle de las Sombras. —Esto bastará —dijo Kelemvor
acompañando sus palabras con una inclinación de cabeza.
Los aventureros viajaron el resto del día,
volviendo a su práctica anterior de compartir dos caballos. Por la noche,
después de haber instalado el campamento y haber cenado, Medianoche no fue al
encuentro de Kelemvor. Por el contrario, se sentó junto a Cyric y le hizo un
rato de compañía mientras éste montaba guardia. Estuvieron charlando de los
lugares que habían visto, si bien ninguno de los dos contó en ningún momento lo
que había hecho en aquellas tierras extrañas. Sin embargo, Medianoche no tardó
en sentirse cansada y dejó a Cyric; cayó en un sueño profundo y reparador, pero
al cabo de poco rato la sobresaltó la imagen de un espantoso animal negro con
relucientes ojos verdes y una boca babeante llena de blancos colmillos. Se
despertó sobrecogida y por un momento creyó ver unas llamitas azuladas que se
movían por la superficie del amuleto. Pero aquello era imposible. La diosa
había vuelto a tomar posesión del poder y la diosa había muerto. La maga oyó un
ruido y cogió el cuchillo. Kelemvor estaba de pie junto a ella. —Te toca hacer
la guardia —dijo él, para luego desaparecer en la oscuridad de la noche.
Cuando Medianoche se sentó junto al fuego,
escudriñó la oscuridad en busca de algún vestigio de Kelemvor, pero nada. A
unos metros, Cyric daba vueltas y se agitaba en su sueño, sin duda atormentado
por alguna pesadilla personal. Adon no podía conciliar el sueño. Estaba
trastornado por el secreto que, sin querer, había descubierto. Kelemvor no
parecía recordar la presencia de Adon durante su metamorfosis de pantera a
humano. ¿O fingía no recordarlo? Adon deseaba desesperadamente confiar a
alguien lo que había visto pero, como clérigo, se sentía moralmente obligado a
respetar la intimidad del guerrero. Estaba claro que debía dejar las cosas como
estaban hasta que decidiese confiarse a sus camaradas o, debido a su desgracia,
se convirtiese en una amenaza para el grupo. Adon levantó la vista a la
oscuridad y rezó para que la decisión que había tomado fuese la acertada.
Tempus Blackthorne encendió una antorcha antes de
introducirse en el túnel y cargó con las provisiones que había adquirido. El
túnel estaba bien construido. Los muros y el techo eran completamente
cilíndricos y el suelo era una larga plancha de sesenta centímetros de grosor.
Los muros habían sido pulidos y cerrados herméticamente con una sustancia que
parecía
mármol una vez se secaba. Blackthorne seguía
lamentando haber matado a los artesanos y haber inventado la historia de su
muerte accidental. Se preguntaba si alguien se la había creído. En la cámara
alta, Bane vociferaba de forma incoherente en un idioma que Blackthorne jamás
había oído. El emisario escuchaba mientras subía las escaleras de piedra con
tiento y pasaba a poner en práctica la rutina que había contribuido a que lord
Bane se instalase completamente protegido de los intrusos; el pie derecho en el
primer escalón, el izquierdo en el tercero. El pie derecho subía a reunirse con
el izquierdo en el tercer peldaño. El izquierdo subía uno más, el derecho dos,
luego repetía la operación a la inversa y subía de nuevo con una secuencia
diferente. Cualquiera que variase aquella
rutina sería víctima de las trampas que había
instalado Bane y quedaría hecho trizas.
Blackthorne se balanceó sobre un pie mientras
procuraba que no se le cayesen los paquetes. Tocó la palanca de la pared, tiró
hacia atrás tres pasos, hacia adelante nueve, otra vez para atrás dos. El muro
que había delante de él desapareció y Blackthorne entró en la cámara secreta de
Bane.
El mago apartó la vista de la carne de Bane,
purulenta y negruzca, así como de la espuma de sangre que salía de su boca.
Había un nuevo agujero en la pared junto a lord Black y Blackthorne vio que una
de las argollas había sido arrancada. El armazón de la cama había sido
destrozado hacía tiempo y el colchón estaba hecho jirones. Bane gritaba y su
cuerpo se convulsionaba a medida que el ataque se iba haciendo más intenso.
Blackthorne estaba tratando de inventarse una nueva
excusa para justificar la
ausencia de lord Black, cuando los ruidos cesaron
súbitamente a sus espaldas.
Se volvió y vio que Bane estaba completamente
inmóvil. Cuando el emisario
se acercó a su dios, lo hizo temiendo que el
corazón de Bane se hubiera
parado. En la habitación olía a muerte.
—Lord Bane —lo llamó Blackthorne.
Los ojos de Bane se abrieron de súbito. Una mano,
una garra más bien, avanzó hacia la garganta de Blackthorne, pero éste se salvó
echándose hacia atrás fuera de su alcance. Se salvó del golpe. Bane se apresuró
a enderezarse. —¿Cuánto tiempo hace? —se limitó a decir este último. —¡Me
alegra verte curado! —Blackthorne se desplomó sobre sus rodillas. Bane arrancó
las argollas restantes de la pared e hizo saltar las cadenas de sus tobillos y
de sus muñecas.
—Te he hecho una pregunta.
Blackthorne le contó todo lo sucedido en los
funestos días que habían transcurrido desde que Bane fue rescatado del castillo
de Kilgrave. Mientras escuchaba y asentía de vez en cuando con una inclinación
de cabeza, lord Black estaba sentado en el suelo y apoyado contra la pared.
—Veo que mis heridas han sanado —dijo Bane.
Blackthorne sonrió con entusiasmo.
—En todo caso mis heridas físicas. Queda todavía el
asunto de mi dignidad.
La sonrisa de Blackthorne se desvaneció. —Sí. Mi
patético orgullo humano... —Bane levantó sus garras a la altura de los ojos—.
Pero yo no soy humano —dijo, y miró a Blackthorne—. Yo soy un dios. Blackthorne
asintió lentamente.
—Ahora ayúdame a vestirme —dijo Bane.
Blackthorne se apresuró a obedecer. Mientras se
debatían con la armadura negra de Bane, el dios preguntó por determinados
seguidores y por los progresos que se habían hecho en su templo.
—Los humanos que fueron a rescatar a Mystra al
castillo de Kilgrave... —
preguntó finalmente Bane—. ¿Qué ha sido de ellos?
Blackthorne movió la
cabeza.
—No lo sé.
Uno de los ojos de color rubí del guantelete de
Bane se abrió de par en par y lord Black hizo una mueca. Los recuerdos de los
momentos finales de Mystra y de sus órdenes a la maga morena afloraron en la
mente del funesto dios. — Los encontraremos —decidió—. Viajarán hasta el valle
de las Sombras para buscar la ayuda del mago Elminster.
—¿Tienes intención de detenerlos en su viaje?
—preguntó Blackthorne.
Bane levantó la vista, estupefacto.
—Tengo la intención de matarlos. —La atención de
Bane volvió al guantelete
—. Luego quiero recuperar el medallón de la mujer.
Ahora déjame. Te llamaré cuando esté listo.
El emisario asintió y salió de la cámara. Lord
Black se dejó caer contra la pared con el cuerpo tembloroso. Estaba muy débil.
Bane se corrigió..., el cuerpo se había debilitado; Bane, el dios, a pesar de
la situación en la que se hallaba, era inmortal e inmune a semejantes
pequeñeces. Bane se deleitó con los primeros momentos de verdadera claridad
desde que se había despertado de su sueño curativo, luego consideró las
alternativas que tenía. Helm le
había preguntado a Mystra si llevaba consigo las
Tablas del Destino. Cuando ella se ofreció a revelar la identidad de los
ladrones en lugar de entregar las Tablas, Helm acabó con ella. El secreto que
compartía con lord Myrkul estaba a salvo. —Al fin y al cabo, lord Ao, no eres
omnisciente —murmuró Bane—. La pérdida de las Tablas te ha debilitado, como
Myrkul y yo habíamos sospechado que sucedería. Bane se dio cuenta de que había
pronunciado estas palabras en voz alta en una habitación vacía y sintió frío dentro
de su ser. Todavía había que exorcizar algunos rastros de la humanidad de su
encarnación, pero ello lo llevaría a cabo en su momento. Por lo menos la
búsqueda del poder no había sido una vanidad estrictamente humana. Había
empezado con el robo de las Tablas y llegaría a su fin con la muerte del propio
lord Ao.
Sin embargo, antes de alcanzar la victoria final,
Bane debería superar algunos obstáculos.
En las oscuras horas de la madrugada, Bane se
presentó ante una asamblea formada por algunos de sus seguidores. Sólo aquellos
que habían sido recompensados con las más altas categorías y privilegios
estaban presentes cuando Bane tomó asiento en su trono y se dirigió a sus
seguidores. Fusionó las mentes de todos los presentes para que pudiesen
compartir su sueño febril de increíble poder y gloria. Sin pronunciar una sola
palabra, Bane puso a los humanos en un estado de puro frenesí. Fzoul Chembryl
era quien tenía la voz más sonora y quien sentía la más intensa pasión por la
causa de Bane. Aun cuando el dios de la Lucha sabía que Fzoul se había opuesto
a su voluntad en el pasado, cuando en aquellos momentos éste presentó sus
argumentos para la eventual disolución del Zhentarim, del cual Fzoul era el
segundo en el mando, y la reforma de la Red Negra bajo la estricta autoridad
del propio Bane, éste sintió una creciente admiración por el apuesto y
pelirrojo sacerdote. Naturalmente, Fzoul pedía ser considerado para el cargo de
líder de estas fuerzas, pero Fzoul exclamó que la decisión correspondería sólo
a Bane, y la sabiduría de Bane estaba más allá de toda crítica.
Lord Black sonrió. No había nada como una buena
guerra para motivar a los humanos. Marcharían sobre el valle de las Sombras,
con Bane en persona a la cabeza. En el delirio de la batalla, Bane se
escabulliría y acabaría con el importuno Elminster. En el intervalo, enviaría a
unos asesinos a interceptar a la maga de Mystra antes de que ella pudiese
entregar el medallón al sabio del Valle de las Sombras y mandaría a otro grupo
a mantener ocupados a los
Caballeros de Myth Drannor. Satisfecho con estos
planes, Bane volvió a su cámara secreta situada en la parte posterior del
templo. Aquella noche el dios de la Lucha no tuvo sueño alguno, y esto era una
buena señal.
9
La emboscada
Cada vez que el hombre calvo trataba de conciliar
el sueño, sus sueños se convertían inevitablemente en una pesadilla espantosa.
Se despertaba casi apenas había empezado a adormilarse, pero entonces él veía
que su sueño no hacía otra cosa que reflejar la realidad. Su pesadilla era
solamente un recuerdo de la extendida destrucción que habían afrontado durante
su viaje desde Arabel hasta el lugar donde antes había estado el castillo de
Kilgrave. Y el hombre calvo intuía que en aquellos momentos acampaba cerca del
lugar que había sido el centro de la tormenta sobrenatural que se había
desencadenado. Sus efectos habían llegado casi hasta Arabel, y allí habían
cesado. Los habitantes de la ciudad amurallada agradecían que sus casas se
hubiesen salvado, si bien no había más que mirar desde las torres de vigilancia
para ver cómo había cambiado sorprendentemente el paisaje y comprender lo cerca
que había estado la ciudad de la destrucción.
La diosa Tymora había sufrido un ataque que la
había dejado agonizando el día en que el cielo se llenó de aquellas extrañas
luces procedentes del norte. Luego la diosa entró en un profundo trance del
cual no se había recuperado todavía cuando el hombre calvo y la Compañía del
Amanecer salieron de la ciudad en busca de Kelemvor y sus cómplices. Los
seguidores de Tymora se turnaban para velarla constantemente, pero ésta se
limitaba a permanecer sentada en el trono, sorda a sus llamadas, mirando
fijamente algo que estaba más allá del limitado alcance de los sentidos
humanos. Después de apartar de sí las pesadillas y los recuerdos, el hombre
calvo trató de volver a conciliar al sueño. Por la mañana, él y sus hombres
abandonarían aquel lugar hermoso que habían encontrado, una preciosa columnata
que antaño podía haber sido un lugar sagrado dedicado a los dioses y que no
había sufrido los efectos de la destrucción. La fresca y cristalina agua de la
maravillosa charca sirvió para refrescar a sus hombres, pero éstos no pudieron
eliminar los recuerdos de la gran destrucción de la que habían sido testigos.
Aun cuando el hombre calvo no era un adorador de
los dioses, rezó brevemente a Shar, la diosa del Olvido. Cuando parecía que su
oración iba a ser recompensada, se oyó un grito en la noche. El hombre calvo se
puso en
movimiento. —¡Aquí! —gritó uno de sus hombres
señalando a un guerrero rubio que había sido levantado del suelo por el cuello.
La piel del agresor era blanca como el yeso y la luz de la luna reflejaba un
brillo sobrenatural en la criatura sin cabeza. —¡Las estatuas! —dijo otro
hombre—. ¡Tienen vida! El hombre calvo oyó las pisadas en tierra y se volvió
para encontrarse cara a cara con la estatua de dos amantes juntos; la carne de
piedra de la mano y el brazo del hombre se unía a la espalda de la mujer. Cuando
los amantes de piedra se adelantaron lo hicieron moviéndose al unísono y con
una velocidad para la cual no estaba preparado el hombre calvo. Se oyeron
gritos en medio de la noche.
Detrás de Kelemvor y sus compañeros se veían las
montañas del desfiladero de
Gnoll, pero los jinetes apenas miraban hacia atrás.
De haberlo hecho, habrían visto que
las montañas resplandecían contra el claro azul del
cielo, como si los altos picachos poseyesen la consistencia de una ilusión. La
decisión de seguir la carretera del norte y pasar por Tilverton en lugar de
arrostrar el campo abierto fue unánime. Ni siquiera Kelemvor puso objeciones al
cambio de planes, a pesar de la prisa que tenía por llegar al valle de la
Sombras y terminar aquel trabajo. Habría discutido antes de que los caballos de
carga muriesen y las provisiones se convirtiesen en polvo, pero en aquellos
momentos estaba claro que tenían que parar y conseguir nuevas provisiones antes
de cruzar el desfiladero de las Sombras y seguir hacia el valle del mismo
nombre. Durante casi todo el día, Kelemvor y Adon siguieron compartiendo un
caballo, al igual que Medianoche y Cyric. Después de la falta de provisiones,
esto era lo que más enojaba a los héroes, de modo que el humor de los caballos
y los jinetes no tardó en estar a la par.
Al final de un largo día, los héroes estaban en las
extensiones gris pálido de las traicioneras Tierras de Piedra, cuando
distinguieron a unos viajeros a medio kilómetro de la carretera. Al principio
aquella zona parecía llana y segura, una alternativa invitadora al escabroso y
tortuoso camino que tenían delante. Pero a medida que se fueron acercando se
hicieron patentes las estribaciones y declives de la zona cuidadosamente
disfrazadas.
Los viajeros, aparentemente, se habían apartado de
la carretera en un intento de atajar y acortar así el tiempo de su viaje. De
pronto, su carro tropezó con un hoyo y volcó, aplastando a los caballos bajo su
peso. Sobre el suelo llano
y gris se veían cuerpos tumbados y el viento llevó
hasta los oídos de los aventureros los sollozos de una mujer. Cuando Kelemvor
apartó la vista, Adon fue el primero en acosarlo. —Nosotros no podemos hacer
nada —dijo Kelemvor—. Las autoridades de Tilverton pueden mandar a alguien.
—¡No podemos dejarlos! —replicó Medianoche, escandalizada ante la actitud de
Kelemvor.
—Yo sí puedo —dijo Kelemvor moviendo la cabeza.
—Debería sorprenderme —le dijo Medianoche—. Sin embargo, en cierto modo no me
sorprende. ¿Para ti todo tiene un precio, Kel? Kelemvor fulminó a la maga con
la mirada. —No podemos volverles la espalda —dijo Adon apasionadamente—. Puede
haber algún herido que necesite las atenciones de un clérigo. —¿Qué puedes
hacer tú por ellos? —dijo Cyric de malos modos
—. Ni siquiera puedes curar. Adon bajó la mirada.
—Soy consciente de ello. Medianoche se volvió hacia Kelemvor. —¿Qué dices, Kel?
La mirada de Kelemvor era glacial.
—No tengo nada que decir. ¡Si tú quieres darte el
gusto de semejante locura, puedes hacerlo sin mí! —Miró a Medianoche—. A menos,
por supuesto, que me ordenes que vaya.
Medianoche apartó la vista del guerrero y se volvió
a Cyric, que compartía su caballo. El ladrón hizo un gesto de asentimiento con
la cabeza y al galope se dirigieron al lugar donde se hallaban los viajeros
accidentados. Las súplicas de Adon cayeron en saco roto, hasta que al final
Kelemvor saltó del caballo e indicó al clérigo mediante un gesto que se fuese.
—Ve si debes ir —le dijo Kelemvor—. Yo os espero
aquí.
Adon miró al enfadado guerrero con una mezcla de
piedad y desconcierto en sus ojos.
—¡Vete, he dicho! —gritó Kelemvor para luego dar
una palmada al caballo y lanzar a éste a una frenética carrera para alcanzar a
Medianoche y a Cyric. El caballo de Medianoche cubrió rápidamente la distancia,
pero la mujer que sollozaba no pareció advertir la llegada de los jinetes.
Cyric y Medianoche llegaron a su altura y vieron en su blusa azul sangre de un
feo color marrón, las piernas desnudas y bronceadas y las manos, en aquellos
momentos moviéndose sobre el cuerpo de un hombre tumbado en el suelo, con un
aspecto duro y encallecido. Su pelo rubio y fuerte
le caía despeinado sobre el rostro. Estrechaba al hombre contra su pecho y lo
mecía dulcemente. —¿Estáis heridos? —preguntó Medianoche mientras saltaba del
caballo y se acercaba a la mujer.
La maga se dio cuenta de que la mujer que tenía
delante era más joven de lo que había pensado en un primer momento. De hecho,
apenas era lo bastante mayor como para merecer el honor del anillo de boda que
adornaba su mano. El hombre llevaba puestos unos ceñidos pantalones de cuero y
botas de suelas muy desgastadas. Llevaba una arrugada camisa azul pálido, con
una mancha de un rojo pardusco. La maga no vio armas cerca del hombre muerto.
No fue hasta que Adon llegó a la altura de sus amigos cuando Cyric cayó en la
cuenta de que, en la mano del hombre muerto, no había anillo de boda. — ¡Atrás!
—gritó el ladrón, pero seis hombres aparecieron de pronto de las arenas grises
y rodearon a los héroes.
El hombre muerto sonrió, dio a su «esposa» un
rápido beso y se apoderó de un espadón que había sido medio enterrado en las
oscuras arenas sobre las que estaba sentado. La mujer sacó a su vez dos dagas
de debajo de sus piernas, luego saltó ágilmente sobre los pies y se puso en
cuclillas para recibir a los otros, que se iban acercando a sus presas formando
un círculo cada vez más estrecho. Kelemvor, desde la carretera, lanzó una
maldición cuando vio la trampa que les habían tendido. El guerrero recordó que
las condiciones que le había impuesto Medianoche eran defenderlos y echó a
correr hacia las figuras lejanas. Sin embargo, cuando estaba sacando la espada
de la funda, algo pasó como un rayo junto a una oreja del guerrero. Notó una
brisa fría y el objeto pasó silbando. Kelemvor vio una flecha de punta de acero
caer en la arena.
Kelemvor oyó gritos de hombres detrás de sí. Ignoró
las voces airadas y concentró su atención en el sonido de arcos al tensarse y
luego ser aflojados. El guerrero se volvió y cayó de rodillas a la vez que su
reluciente espada hendía dos de las tres flechas que sin duda alguna habrían
acabado con él. Kelemvor se encaró con tres arqueros que habían salido de las
inmundas arenas al otro lado de la carretera. Estaban preparando otra tanda de
flechas. En la distancia, detrás de Kelemvor, se oyó el chocar de acero contra
acero y supo que Medianoche, Cyric y Adon luchaban también por sus vidas. —¡No
tenemos nada! —gritó Kelemvor cuando los arqueros soltaron la lluvia de
flechas.
Rodó por el suelo para esquivar la nube de dardos.
Una flecha pasando sobre su cabeza puso de manifiesto lo desesperado de la
situación del guerrero. Allí adonde se dirigiese, uno de los tres arqueros se
anticiparía finalmente a sus movimientos. Su armadura poca protección le
ofrecía contra los arcos y la vulnerabilidad añadida de su cabeza desnuda
suponía un blanco tras el cual ya andaban los expertos arqueros.
Éstos empezaron a avanzar y cruzaron la carretera.
Se atrincheraron en unas
nuevas y más cercanas posiciones y probaron otra
táctica: alternar sus asaltos, es decir, el tercer arquero lanzaba su flecha
mientras el primero estaba apuntando, de modo que había momentos en que
Kelemvor se enfrentaba a una constante lluvia de flechas. Al otro lado de los
campos de piedra y arena, junto al carro volcado, la batalla se había
convertido en una lucha desesperada. Medianoche alcanzó a distinguir una
ballesta apuntando a la espalda de Cyric. Lo primero que se le ocurrió fue
lanzar un hechizo para salvar al ladrón, pero no hubo tiempo para formular un
encantamiento ni modo de saber si saldría bien o mal. Se agachó hasta ponerse
en cuclillas y lanzó una de sus dagas a la garganta del agresor. La flecha de
acero salió como un rayo y pasó sobre la cabeza de Cyric sin causarle daño
alguno. Ajeno al intento que el hombre de la ballesta había llevado a cabo
contra él, Cyric luchaba con el líder de los bandidos. Su hacha de mano había
demostrado ser una defensa poco efectiva contra el espadón de su adversario, de
modo que el ladrón hizo una finta a la izquierda a fin de acortar la distancia
con el hombre y poder así desarmarlo. Pero el espadachín no se dejó engañar por
la treta de Cyric y su arma pasó a unos centímetros de la garganta de su
adversario. El ladrón rodó por el suelo y logró derramar las primeras gotas de
sangre cuando su hacha se hundió profundamente en el tobillo del bandido, casi
cercenándole el pie. Cayó el espadachín no sin antes arremeter con su espadón
con la intención de destripar a Cyric, pero éste se apartó de la trayectoria
del arma rodando por el suelo y levantó el hacha con todas sus fuerzas. El
bandido no emitió rugido alguno cuando el hacha se hundió en su garganta. Cyric
sacó el hacha ensangrentada del cuerpo del espadachín y un agudo y penetrante
dolor recorrió su organismo cuando una de las dagas de la «esposa» del bandido
hizo blanco en él.
En la periferia del círculo formado alrededor de
Medianoche y Cyric, Adon era arrastrado por el caballo de Kelemvor. La maza de
guerra se soltó de la
cuerda que lo sujetaba al costado y cayó al suelo;
Adon lo siguió, agarró el arma pero en ese momento vio una bota que se movía
para pisar su mano. Adon se agarró a la bota y tiró con fuerza. Al cabo de un
momento, el de la bota caía al suelo y Adon lo aporreó con la maza. Pero
enseguida tuvo que dar un salto hacia adelante para esquivar apenas una
puñalada que lo habría dejado sin una buena parte de su hermoso y bien peinado
cabello, así como sin cuero cabelludo. Arremetió también contra este adversario.
Adon oyó un ruido detrás de sí. Se volvió y vio a un hombre de aspecto
asqueroso que corría hacia él con una espada corta apuntada directamente a su
corazón. Antes de que el clérigo tuviese siquiera tiempo para reaccionar, el
cuerpo de otro bandido dio de lleno contra el hombre de la espada corta, y éste
cayó desplomado al suelo. Adon levantó la vista y vio a Medianoche en pleno
duelo cuerpo a cuerpo con un guerrero fornido, que hincó la rodilla en el
estómago de Medianoche, juntó las manos y, empuñando el acero, las levantó
sobre su cabeza y se preparó para abrir de un golpe la cabeza de Medianoche con
sus fortísimos puños. Adon recordó sus largas horas de estudio y echó a correr
con el tiempo justo de golpear la parte más estrecha de la espalda del hombre
rompiéndole el espinazo instantáneamente. El bandido cayó hacia atrás con los
ojos en blanco y Adon se apartó a un lado para seguidamente ayudar a Medianoche
a ponerse de pie. Ella lo miró incrédula.
—¡Un seguidor de Sune debe estar adiestrado para
proteger los dones que tan generosamente le ha otorgado su diosa! —dijo Adon
sonriendo. Medianoche estuvo a punto de echarse a reír, luego dio un empujón al
clérigo para que se apartase y lanzó un hechizo que hizo que un nuevo agresor
se detuviera en seco
sobre sus pasos y soltara las armas que llevaba. El
hombre se estremeció como si algo
espantoso estuviese creciendo dentro de él, luego
puso los ojos en blanco, su carne se oscureció y se volvió de piedra. De uno de
sus ojos brotó una trémula lágrima. Medianoche se quedó horrorizada. Había
derribado a un niño, no tendría más de quince años. Ella sólo había querido
alzar un escudo para desviar la puñalada que estaba a punto de dar. ¿Cómo podía
haberlo convertido en piedra? La estatua explotó lanzando trozos de piedra
oscura en todas direcciones. Cyric, que estaba lo bastante cerca como para haber
oído la explosión, se desprendió de la muchacha de mirada salvaje que trataba
de asestarle puñalada tras puñalada, sintió un flujo caliente de sangre
chorrear
por sus piernas desde la herida que tenía en uno de
los costados y, cuando se movió, el dolor fue más lacerante. Cayó sobre el
cadáver del espadachín, cuya arrugada camisa azul pálido tenía ahora manchas
carmesí brillante. La muchacha intentaba apuñalarlo en el pecho, de modo que
Cyric aprovechó la oportunidad y le agarró la muñeca con una mano y la garganta
con la otra. El ladrón pensó que no era más que una niña, pero ésta, con la
mano libre, se aferró a su rostro desnudo y le clavó las uñas en la carne. Cyric
retorció la mano que empuñaba la daga hasta que oyó crujir los huesos, luego
apartó a la muchacha y la derribó al suelo. Se oyó un sonoro crujido en la
cabeza de la muchacha y los ojos se volvieron vidriosos cuando la vida se fue
apagando en ellos. Un chorro de sangre manó de su boca y fue bajando en cascada
por el cuello hasta que llegó a la parte superior de sus pechos. Estaba muerta.
Algo oscuro y horrible se regocijó dentro de Cyric
ante el hecho, pero una parte más brillante de su alma apartó estos
pensamientos de su mente. Cyric oyó un ruido detrás y se volvió. El dolor de la
herida se hizo de pronto insoportable y el ladrón cayó desplomado al suelo,
sobre el cadáver de la muchacha. Aun cuando no podía moverse, veía a Medianoche
y a Adon desafiando a los restantes miembros de la banda de rufianes.
Entre los dos agresores sumaban menos de cuarenta
años y, por consiguiente, no fue sorprendente que se diesen media vuelta y
corriesen a protegerse al otro lado del carro volcado. En tono brusco, dieron
órdenes a sus supuestamente heridos caballos para que se levantasen y limpiaron
los flancos de los animales de la porquería allí acumulada.
Cyric vio que Medianoche escudriñaba la zona, hasta
que lo descubrió. Cuando ella y Adon llegaron corriendo junto a él, levantó una
mano. Al poco rato tenía la cabeza sobre el regazo de Medianoche y la mano de
ésta acariciaba dulcemente su pecho. Él la miró y después, aliviado, dejó caer
la cabeza hacia atrás. Medianoche le acarició la frente. La expresión de la
muchacha cambió de pronto. —¡Kel! —exclamó en voz baja.
Cyric se dio cuenta de que estaba mirando hacia la
carretera. Volvió la cabeza en esa dirección y vio que Kelemvor estaba sitiado
por una pequeña banda de arqueros. Medianoche llamó a Adon y el clérigo se hizo
cargo de Cyric mientras la maga empezaba a correr hacia allá.
—¡Medianoche, espera! —gritó Adon—. ¡Sólo lograrás
que te maten! Medianoche vaciló. Sabía que Adon tenía razón. Kelemvor estaba
demasiado
lejos. Aunque llegase a su lado, su daga no
serviría de nada contra las flechas. Sólo con la magia podía salvar al
guerrero. Pensó en el muchacho que había matado sin querer y en su mente
aparecieron las imágenes del cuerpo de piedra estallando. Cuando los presentes
de Mystra se habían desmenuzado hasta convertirse en polvo, Medianoche recuperó
una bolsita de diamantes también reducidos a polvo.
Después de recitar el hechizo para crear un muro de
fuerza, Medianoche metió la mano
en la bolsa y sacó una pizca de polvo de diamante
entre los dedos. Arrojó el polvo en el momento adecuado y apareció un rayo
cegador de luz azulada y blanca que desplazó a Medianoche del lugar cuando una
compleja forma de luz se formó en el aire donde ella estaba. Con la sensación
de que le habían arrancado una parte del alma, Medianoche miró la carretera y
vio que la forma de luz se desvanecía. El muro no apareció.
Embargada por la frustración, Medianoche echó la
cabeza hacia atrás. Estaba a punto de lanzar un grito de rabia cuando algo
apareció en el cielo. Se trataba de una enorme abertura en el aire, una masa
que se arremolinaba con unas luces de todos los colores que iluminaban al
espectro que podía verse dentro. La abertura apareció en forma de moneda puesta
de canto y lanzada al cielo y, a medida que fue aumentando de tamaño, empezó a
ocultar el sol. Junto a la carretera, Kelemvor no cejaba, a pesar de que los arqueros
se iban acercando. Oyó un rugido cerca de su oreja, pero imaginó que era efecto
de las heridas que había sufrido. Dos arqueros habían logrado ya traspasar su
zona de defensa, pero Kelemvor ignoró el dolor que sentía en su pantorrilla
derecha y en su brazo izquierdo. Los arqueros avanzaban, listos para acabar con
el guerrero, cuando se detuvieron de golpe.
Los bandidos empezaron a retroceder a la vez que
señalaban el cielo y Kelemvor se preguntó si se habrían quedado, por fin, sin
flechas. Dos de los arqueros arrojaron sus armas cuando Kelemvor advertía que
la sombra donde él se hallaba se estaba oscureciendo. Entonces, un enorme y
oscuro velo cayó sobre la tierra y los arqueros se pusieron a gritar en un
idioma que Kelemvor no comprendía y echaron a correr en dirección a Arabel.
Kelemvor levantó la vista. Todos los arqueros
quedaron inmediatamente olvidados. La abertura se estaba haciendo mayor y
Kelemvor dio un torpe paso hacia atrás cuando algo que parecía ser un ojo
increíblemente grande se asomó por el enorme agujero del cielo; luego
desapareció.
Kelemvor se volvió y escudriñó el campo de batalla
en busca de Medianoche, Cyric y Adon. Era difícil distinguirlos a causa de la
oscuridad que caía sobre toda la zona, pero el guerrero pudo comprobar que dos
de las figuras estaban todavía en pie. Parecían estar llevando a alguien.
Adon, pensó Kelemvor. ¡Los bandidos habían matado
al pobre e indefenso
Adon! A pesar de la sangre que había perdido y del
dolor que sentía,
Kelemvor corrió en dirección a las figuras lejanas.
Al otro lado del campo, Cyric había visto también
el ojo. Llevaba la cabeza ladeada mientras Medianoche y Adon lo conducían a la
relativa seguridad del carro volcado y lo colocaban en el suelo. La tierra se
estremeció.
—¡No me dejéis! —dijo Cyric.
Medianoche lo miró, perpleja. Le acarició una
mejilla. —No —se limitó a decir.
Antes de perder el conocimiento, Cyric vio una
figura que, procedente de la carretera, se acercaba por entre el torbellino
cegador de arena y polvo. Medianoche fue corriendo al encuentro del guerrero
mientras éste bregaba con la arena y, con su ayuda, Kelemvor llegó al carro.
Entonces el viento cercenó una buena parte de éste. Las planchas de roble
crujieron terriblemente para luego romperse y volar por los aires.
—¡Tenemos que marcharnos de aquí! —gritó el
guerrero, pero apenas oía su propia voz en medio de los susurros del viento.
—Cyric está herido. No podemos dejarlo —gritó
Medianoche. —¡Cyric! — gritó Kelemvor, sorprendido, y una pared de arena se
abalanzó sobre él. El guerrero volvió la cara hacia el viento—. ¿Se le puede
mover? —¡No! — gritó Medianoche—. ¡Adon le está curando las heridas lo mejor
que sabe! Se oyó un ligero silbido y del suelo que había junto a la pareja
empezó a salir vapor. Cuando Medianoche alzaba las manos y se preparaba para
lanzar otro sortilegio, el aire cercano crujió apareciendo un borde de
estrellas blancas y se abrió un agujero del tamaño de un hombre.
Un anciano con un enorme bastón en la mano
izquierda salió de la abertura. Su rostro, aunque surcado de arrugas, tenía una
agudeza que evidenciaba de modo inconfundible su apenas contenido enojo. Tenía
el entrecejo fruncido y su barba blanca como la nieve le llegaba hasta el
pecho. El hombre llevaba un sombrero ancho y un simple manto gris. Miraba a
Medianoche. —¿Por qué me has llamado? —preguntó.
Medianoche abrió los ojos de par en par. —¡Yo no te
he llamado!
El anciano elevó la mirada hacia la cada vez mayor
abertura del cielo. Unas
luces extrañas habían empezado a moverse por la
grieta. Con los ojos
entornados, señaló la abertura.
—¿Eres tú la responsable de esto?
—Yo no pretendía...
Después de levantar una mano para que guardase
silencio, el anciano sacudió la cabeza y le dio la espalda a Medianoche.
—Deberías saber que hay formas más sencillas para llamar mi atención. Habrías
podido ir al valle de las Sombras, por ejemplo. —¡Elminster! —exclamó
Medianoche.
De pronto, los vientos la aislaron del anciano. El
polvo se despejó y ella vislumbró un movimiento procedente de donde se hallaba
Elminster. La niebla gris se dividió y dejó al descubierto un movimiento de
manos aparentemente frenético, unido a la inconfundible voz del sabio
elevándose a unos niveles que atravesaron los vientos. A continuación la niebla
envolvió una vez más a Elminster para, tras un instante, desvanecerse una
sección de la niebla y aparecer el sabio ante ella. —¿Sabes lo que es esto? —exclamó
Elminster, con una impaciencia demasiado evidente a la vez que señalaba el cada
vez mayor agujero en el cielo. No esperó respuesta—. ¡Es el efecto directo del
Hechizo de la Muerte de Geryon! Los sortilegios de este tipo están
completamente prohibidos, si bien resulta difícil castigar a los transgresores,
pues por regla general mueren antes de que el hechizo llegue a este punto. —
Elminster suspiró profundamente—. Además, el propio Geryon murió hace más de
cincuenta años.
El rugido procedente de arriba se hizo más fuerte.
—¿Puedes pararlo? —gritó Kelemvor.
—¡Claro que puedo pararlo! —chilló a su vez el
anciano sabio—. ¿Acaso no soy Elminster? —Luego volvió a mirar a Medianoche—.
¿Está este hechizo escrito en alguna parte?
—No —contestó Medianoche.
—¿Puedes volver a formularlo, aunque sea por otros
medios? Medianoche sacudió la cabeza.
—No —fue su respuesta—. Ha surgido accidentalmente.
—Muy bien —dijo Elminster—. Considérate advertida.
Un hechizo de
este tipo es
muy peligroso.
La abertura estaba bajando. Elminster miró hacia
arriba y se apartó de Medianoche y de Kelemvor para concentrar su atención en
el agujero del cielo. El guerrero y la maga se quedaron boquiabiertos y sin
poder articular palabra mirando al anciano.
Las envejecidas manos del gran mago se movían con
sorprendente velocidad y él cantaba con una voz profunda y sonora. Fue rodeado
por un campo de relucientes energías, una lluvia de estrellas que atravesaban
el pesado velo de vientos grisáceos. Mientras Elminster trabajaba en el
hechizo, gotas de sudor empezaron a perlar su frente; luego, se fue formando un
tejido de ojillos resplandecientes entre sus dedos. Antes de llegar a su total
realización, el tejido cayó hacia dentro y un disco plateado que daba vueltas
quedó colgando en el aire.
Elminster dio una orden y el disco giratorio saltó
en el aire y aumentó de tamaño. Se rompió en un despliegue cegador y el agujero
del cielo se fue inclinando lentamente hacia abajo. La abertura descendió como
una cometa sin cuerdas, volando hasta el suelo paulatinamente de forma
irregular y moviéndose hacia detrás y hacia adelante en los vientos.
—¡Diosa! —exclamó Medianoche cuando el agujero
envolvió toda la zona robándole los sentidos.
Cuando recobró la vista y las sensaciones descubrió
que estaba todavía en el mismo lugar, pero que había caído la noche. Elminster
suspiró profundamente.
El agujero había desaparecido. La única fuente de
luz procedía del reluciente portal azulado que había detrás de Elminster. El
hechicero posó su mirada sobre Medianoche.
—Nunca más —dijo solemnemente.
Medianoche sacudió la cabeza con frenesí. Oyó un
gruñido y vio a Kelemvor sentado en el suelo, con la cabeza entre las manos.
Elminster entró en el portal y Medianoche le gritó con toda la fuerza de sus
pulmones que se detuviese. Él asomó la cabeza por la reluciente entrada. —¿Qué
pasa ahora? —La diosa Mystra —dijo Medianoche. Elminster la miró tristemente.
—La diosa está muerta —añadió ella.
Elminster ladeó la cabeza.
—Eso he oído decir. —Elminster se apresuró a volver
a entrar en el portal y la entrada desapareció en medio de una lluvia de llamas
en espiral.
Medianoche se quedó en la penumbra.
—Pero ella me dio un mensaje —dijo, sola y
desconcertada—. Un mensaje para ti.
El mago avanzó hasta el lugar donde había estado el
portal. —¡Elminster! — gritó ella, pero su llamada desesperada no recibió
respuesta. Después de encender unas antorchas a fin de desgarrar el cielo
nocturno, negro como la boca de un lobo, Medianoche y Kelemvor fueron en busca
de Cyric y Adon. Se habían aventurado dos veces hacia el sur, hacia la
carretera, pero las estrellas los habían engañado y sus llamadas no habían sido
escuchadas, pero ahora estaban ya delante de sus compañeros.
Cuando Medianoche y Kelemvor se acercaron, Adon
estaba de espaldas a ellos y el clérigo dio un respingo cuando Medianoche le
tocó el hombro. Después de volverse
para dirigirse a sus amigos, Adon les dio la
bienvenida casi a gritos. Medianoche se
interesó por el estado de Cyric y el clérigo la
miró sorprendido y, a medida que ella seguía hablando, el miedo se fue
reflejando en el rostro de Adon. No pasó mucho rato antes de que fuese evidente
que Adon estaba sordo. Casi todos sus intentos de leer en los labios de sus
amigos fracasaron, aumentando así el pánico del clérigo, pero Medianoche logró
calmarlo tomando su palma abierta y trazando suavemente sus palabras, letra a
letra, con el dedo índice. A Medianoche no le costó deducir que la caída del
agujero había sido la causa de que Adon perdiese el oído. Adon se había quedado
en medio de la tormenta, protegido solamente por el carro desintegrado,
mientras que ella estaba cerca de Elminster que, de alguna forma, debía de
estar protegido de los efectos de la tormenta. Cuando Medianoche examinó a
Cyric descubrió que, aun cuando su respiración era ahora regular, no podía
despertarlo. Dado que la maga no contaba con medios para determinar la
extensión del daño causado por el espadón del bandido, cubrió la herida y
confió en que todo fuese bien.
Mientras Medianoche atendía a Adon y a Cyric,
Kelemvor fue en busca de algún caballo, suyo o de los bandidos, que hubiese
sobrevivido a la tormenta de arena. El guerrero encontró todavía con vida al
caballo de Medianoche y a uno de los bandoleros. Llevó los caballos a Adon. El
clérigo supo lo que tenía que hacer con los animales sin que Kelemvor tuviera
que abrir la boca. Adon se ocupó de los caballos a la luz de la antorcha, y
Kelemvor y
Medianoche se sentaron en la oscuridad junto a
Cyric. —Tienes que pagar tu deuda —dijo Kelemvor. Medianoche se volvió hacia el
hombre.
—¿Cómo? Nos queda todavía mucho camino hasta llegar
al valle de las Sombras. —Esto no fue lo que acordamos —dijo Kelemvor con
calma—. Tenía que acompañarte hasta que pudieses hablar con Elminster del valle
de las Sombras y ya lo has hecho.
—¡No me ha escuchado! —exclamó la maga.
—Yo tampoco voy a hacerlo —dijo Kelemvor en un tono
duro—. Las deudas deben pagarse.
—Muy bien —dijo Medianoche—. Mi... nombre
verdadero... Kelemvor esperó.
—Mi nombre verdadero es Ariel Manx.
Se oyó una tos y tanto Medianoche como Kelemvor se
volvieron y vieron a Adon ayudar a Cyric a levantar la cabeza.
—¡Cyric! —dijo Medianoche acercándose al hombre.
Cyric trató de sentarse, y lanzó un grito, pero su cuerpo se relajó cuando
Medianoche le hizo volver a tumbarse. Kelemvor se quedó mirando, y un profundo
desasosiego se fue apoderando de él.
—¿Cómo vamos a moverlo, Kel? La herida es grave
—dijo la maga.
Kelemvor apartó la mirada.
—No había considerado...
—¡No pretenderás dejarlo aquí...!
—¡Claro que no! —exclamó Kelemvor—. Pero... —¿Otra
recompensa? — dijo ella—. ¿No significa nada para ti todo lo que hemos pasado
juntos? ¿Te importa realmente alguno de nosotros o sólo te importa la
recompensa? Kelemvor guardó silencio.
—Necesito que me ayudes a llevar a Cyric a
Tilverton y ver si está lo bastante
bien para seguir hasta el valle de las Sombras.
Después de esto, poco me importa lo que
hagas. —Medianoche cogió la bolsa de dinero que
había ganado con la Compañía del Lince—. Te daré todo el oro que me queda. Al
cabo de unos momentos, Kelemvor levantó la cabeza y se puso a hablar. —Podemos
hacer una armazón de madera con lo que queda del carro de los ladrones,
envolverlo con la lona de nuestra tienda y formar una camilla. Las ruedas están
intactas, de modo que podremos arrastrar a Cyric con los caballos.
Medianoche tendió la bolsa de oro a Kelemvor.
—Cógela ahora. Quiero estar segura de que cumplirás tu promesa. Kelemvor tomó
el oro y señaló los restos del carro esparcidos por el llano; encontró una
pequeña linterna que estaba todavía de una pieza. Una vez encendida la
linterna, Kelemvor miró a Medianoche y advirtió que unas lágrimas descendían
por su rostro.
En Zhentil Keep, un criminal era arrastrado por las
calles, con las manos y los pies atados. Su cuerpo rebotó en los adoquines de
las calles iluminadas por antorchas y sus gritos resonaron en los oídos de
todos antes de que su cuerpo destrozado fuese depositado a los pies de Bane.
Lord Black se sorprendió al descubrir que el humano se aferraba todavía a la
vida, si bien sólo a un hilo muy fino. El hombre era Thurbal, capitán de armas
y guardián del valle de las Sombras. De alguna forma había logrado entrar en la
ciudad pasando inadvertido para luego tratar de unirse a la red de Black con
otro nombre. Fzoul no tardó en descubrirlo y, si bien había aconsejado a Bane
que proporcionase al hombre información falsa con la cual volver al valle de
las Sombras, el dios no había podido soportar la idea de dejar pasar aquella
afrenta con tanta indiferencia.
Thurbal había sido sometido a interminables
interrogatorios, pero él afirmaba una y otra vez no estar al corriente de los
planes de Bane. Lord Black no quería correr riesgos y por consiguiente ordenó a
sus hombres que lo llevasen a rastras por las calles y luego al templo para ser
ejecutado. Unos mensajeros habían enviado invitaciones a la elite de Bane y la
ejecución se había convertido en un acontecimiento que llenó una sala donde no
cabía ni un alfiler.
Cuando llegó el momento de la ejecución, Bane
abandonó su trono y se puso de pie junto a Thurbal, luego trató de atormentar
al envejecido y medio muerto guerrero que tenía a sus pies. La mirada del
hombre era penetrante y astuta, y Bane sospechó que así seguiría siendo,
incluso cuando el espía hubiese pasado a formar parte del reino de lord Myrkul.
La sala del trono estaba abarrotada de oficiales
que habían acudido acompañados de sus esposas. Levantaron sus copas para
brindar por su lord Black y alabaron cantando su nombre, mientras sus manos
como garras se iban acercando a Thurbal. Antes de que la punta de una uña del
guantelete pudiese llegar al ojo del hombre moribundo, apareció un relámpago
azul y blanco y Thurbal desapareció. Bane se quedó atónito un momento. Alguien
se había llevado a Thurbal teletransportándolo sin duda a un lugar seguro.
El canto cesó.
Bane estudió las miradas de sus seguidores.
Advirtió sorpresa y confusión en sus expresiones. Hasta aquel momento, la
lealtad de los adoradores de Bane había sido inquebrantable. No quería que
supieran que su voluntad podía dejar de cumplirse con tanta facilidad.
—Y ahora sólo queda un recurso —dijo Bane a la vez
que se ponía de pie y desplegaba las garras con una experta elegancia—. He
enviado al intruso al reino de
Myrkul, ¡donde pagará por sus crímenes con una
eternidad de sufrimientos!
Los cantos se reanudaron. Lord Black se sintió
aliviado al ver que la mentira había sido aceptada. A pesar de todo, estuvo
inquieto el resto de la velada por la victoria que le habían robado.
Horas más tarde, una vez solo en su cámara, Bane se
puso a meditar. — Elminster —dijo en voz alta—, únicamente tú te habrías
atrevido a interferir en mis planes. —Bane tenía su vaso apretado en la mano—.
¡No tardarás en estar en el sitio de Thurbal y tu agonía se convertirá en una
leyenda en mi reino! Pero no me contentaré con contemplar tu muerte, pues una
vez me haya hecho con la Escalera Celestial, reduciré tu precioso valle de las
Sombras a cenizas. ¡Te lo juro! Lord Black notó que el vino que se había derramado
del vaso roto mojaba su pierna. Miró el vaso y lo maldijo, pero éste no
recuperó su forma. Lo arrojó al otro lado de la habitación y llamó a
Blackthorne para que le llevase otro. —Señor —dijo Blackthorne, agachando la
cabeza. —¿Los asesinos?
—Se han puesto en marcha, lord Bane. Esperamos
noticias del éxito de su misión. Bane hizo un gesto de asentimiento y
permaneció en silencio mientras miraba al vacío. Blackthorne, como su señor no
le había dado permiso para retirarse, no se movía. Bane y su emisario se
quedaron así durante casi media hora, hasta que Blackthorne sufrió un calambre
en la pierna y no tuvo más remedio que cambiar el peso de su cuerpo. Bane
levantó lentamente la vista. —Blackthorne —dijo, como si se hubiese olvidado de
la presencia del otro hombre—, Ronglath, el Caballero Siniestro. —¿Sí, señor?
—Quiero que el Caballero Siniestro se ponga al mando de los contingentes de la
Ciudadela del Cuervo para el ataque al valle de las Sombras. Tiene mucho que
expiar y sin duda estará dispuesto a hacer lo que otros no quieren, y sin
titubeos. —Es posible que sus tropas muestren cierto resentimiento, lord
Bane. Se considera que ha fallado a la ciudad...
—¡Pero a mí no me ha fallado! —dijo Bane—. Todavía
no, por lo menos. Ve a cumplir con tu deber y no vuelvas a discutir conmigo.
Blackthorne bajó la vista.
—Transmite mi mensaje personalmente —añadió Bane—.
Mientras estés allí, supervisa los preparativos de nuestras tropas y la
contratación de mercenarios. —¿Cómo debo viajar, lord Bane?
—Utiliza el hechizo del emisario, estúpido. ¡Para
eso te lo he enseñado!
Blackthorne esperó.
—Puedes marcharte.
Blackthorne frunció el entrecejo mientras abría los
brazos y recitaba el hechizo del emisario. El hechicero sabía que, dada la
inestabilidad de la magia en los Reinos, tarde o temprano el sortilegio
fallaría. Tal vez adoptaría la forma de un cuervo, pero podía convertirse en
algo peor. Hasta podía matarlo. Pero cuando el mago dio por finalizado el
hechizo, se transformó en un gran cuervo que voló hasta la pared y desapareció.
En aquella ocasión el sortilegio salió como habían previsto. Solo en la estancia,
Bane descubrió que tenía mucho en que pensar. Ronglath, el Caballero Siniestro,
clavó la espada en el suelo y se puso de rodillas delante de ella. Agachó la
cabeza y asió la empuñadura con ambas manos. A pesar de que la Ciudadela del
Cuervo estaba abarrotada, le habían dado un alojamiento privado. Cuando comía,
nadie se sentaba a su mesa. Cuando entrenaba con la espada o la maza,
sólo su entrenador acudía a las sesiones. Estaba
completamente solo la
mayor parte del
tiempo.
El Caballero Siniestro sólo tenía cuarenta años,
llevaba el pelo color ceniza muy corto, bigote, ojos color azul celeste y la
piel profundamente picada de viruela y bronceada. Tenía unos rasgos fuertes y
distinguidos. Medía metro ochenta de estatura y tenía una complexión
impresionante.
Toda su vida había servido a Zhentil Keep, pero
ahora había caído en desgracia y, de no haber sido por la intervención de
Tempus Blackthorne, se habría quitado con gusto la vida.
Blackthorne, con sus bienintencionados sentimientos
de amistad y lealtad, había condenado al Caballero Siniestro a un castigo mucho
mayor del que le hubiese infligido la muerte. El Caballero Siniestro apartó
estos pensamientos de su mente. Tenía otros adonde dirigir su odio. Estaba el
brujo Sememmon,
por ejemplo, que se refería al Caballero Siniestro
como «el escogido» y se reía del espía, tomándole el pelo delante de otros cada
vez que tenía ocasión. El Caballero Siniestro sabía que el brujo estaba
resentido por el lazo que lo unía a Bane a través de Blackthorne. Si el brujo
hubiese sabido cuánto deseaba el Caballero Siniestro romper este vínculo, se
habría reído ante la ironía.
Luego estaba el hombre que era responsable directo
de todas las calamidades con las que se enfrentaba el Caballero Siniestro:
Kelemvor Lyonsbane. Si el guerrero no hubiese interferido, el Caballero
Siniestro no habría sido descubierto y jamás habría padecido todos aquellos
tormentos. Si Kelemvor no se hubiese metido, su plan de desacreditar la ciudad
de Arabel habría podido acabar en éxito.
El Caballero Siniestro apretó con fuerza la
empuñadura de la espada, hasta que los nudillos se le quedaron blancos. De
pronto, echó la cabeza hacia atrás y lanzó un grito de rabia que resonó por los
pasadizos de la fortaleza donde le habían asignado el servicio. Aquel grito
había sido el primer sonido que el Caballero Siniestro pronunciara desde que
llegó a la Ciudadela.
Nadie llamó a la puerta para comprobar que no
estuviese herido. Nadie entró corriendo, como habría debido ocurrir ante el
grito de un oficial. El eco del grito se desvaneció y el Caballero Siniestro
oyó un ruido detrás de él. — Ronglath —dijo Tempus Blackthorne—, te traigo un
mensaje de lord Bane. El Caballero Siniestro se puso de pie y tiró de la espada
para arrancarla del suelo. No dijo nada cuando Blackthorne le transmitió el
mensaje del lord. — ¡Ven conmigo y lo anunciaremos juntos! —dijo Blackthorne, ajeno
al terrible odio que había en los ojos de su amigo de la infancia—. Partiréis
de la Ciudadela y marcharéis hasta las ruinas de Teshwave, donde los
mercenarios estarán esperando para unirse a nuestras filas. Los ejércitos se
reunirán en Voonlar, para esperar la señal de atacar el valle. Como es de
suponer, se están enviando tropas desde diferentes direcciones, pero tú no
tendrás que preocuparte de esto. El Caballero Siniestro notó que le temblaba la
mano. La espada no estaba todavía en su funda.
—Kelemvor —dijo el Caballero Siniestro probando el
sonido de su propia
voz. Enfundó la espada y salió de la habitación
detrás del emisario.
Blackthorne se volvió.
—¿Qué has dicho?
El Caballero Siniestro se aclaró la garganta. —Una
deuda que debo saldar —
dijo—. Rezo para tener la oportunidad de hacerlo.
Blackthorne asintió y acompañó al espía a la sala
de reunión, donde estaba
empezando a congregarse una verdadera multitud. El
Caballero Siniestro observó aquel mar de rostros y su corazón empezó a albergar
cierta esperanza. El Caballero Siniestro pensó que aquella batalla podía
redimirlo, y luego tendría su venganza.
10
Tilverton
Kelemvor trabajó hasta muy entrada la noche para
terminar la carreta en la que llevarían a Cyric. Aunque sufría, ignoró el dolor
de sus heridas. No eran tan graves como para impedirle llevar a cabo su tarea;
además, quería ponerse en camino para Tilverton al alba. Una vez seguro de que
el carro, tal como lo había modificado, cumpliría satisfactoriamente su misión,
se tumbó junto a él y se quedó profundamente dormido.
Mientras Kelemvor y Adon dormían, Medianoche se
sentó al lado de Cyric para hacer la guardia.
—No me has abandonado —dijo Cyric—, yo pensaba que
lo harías. —¿Por qué has creído que iba a abandonarte? —preguntó Medianoche con
marcado interés.
Cyric tardó en contestar, parecía estar tratando de
buscar las palabras y disponerlas en el orden adecuado.
—Tú eres la primera persona que, de una u otra
forma, no me ha abandonado... — dijo—. Y no esperaba otra cosa.
—No puedo creerlo —repuso Medianoche—. Tu
familia... —No tengo familia —dijo Cyric.
—¿Han muerto todos? —preguntó Medianoche
dulcemente. —Nunca he tenido familia —contestó Cyric con una amargura tan
grande que sorprendió a Medianoche—. Me quedé huérfano siendo un bebé en
Zhentil Keep. Unos negreros me encontraron en la calle, una familia acaudalada
me compró y me crió como a su propio hijo hasta los diez años, pero una noche
los oí discutir, como suelen hacer los padres. El motivo de su pelea no era su
descontento mutuo, sino la vergüenza que sentían por mi causa.
»Uno de nuestros vecinos se enteró de la verdad de
mi origen y mis «padres» se sentían profundamente humillados por aquel horrible
secreto. Me enfrenté a ellos y los amenacé con marcharme si mi presencia
suponía semejante
molestia para la familia. — Cyric entornó los ojos
y sus labios se abrieron con una cruel y dura sonrisa—. No me lo impidieron.
Fue un largo viaje el que realicé hasta Zhentil Keep. Estuve a punto de morir
en varias ocasiones, pero aprendí muchísimo. Medianoche le apartó el caballo de
la frente. —Lo siento. No sigas si no quieres.
—¡Tengo que seguir! —exclamó Cyric, furioso—.
Aprendí que uno hace cualquier cosa para sobrevivir, incluso apropiarse de lo
ajeno. Llegué a ese infierno conocido como Zhentil Keep, donde traté de
enterarme de algo sobre mi pasado. Pero, como puedes imaginar, no encontré
respuesta. Me convertí en un ladrón y mis «golpes» no tardaron en llamar la
atención de la Cofradía de los Ladrones. Marek, el jefe, me admitió en ella y
me enseñó todos los trucos del negocio. Fui un alumno aventajado. »Estuve mucho
tiempo haciendo todo lo que me indicaba Marek. Ansiaba complacer a aquel
perverso canalla. Me costó años comprender que tenía que robar cada vez más
para obtener de él un leve, y apreciadísimo por mi parte, gesto de aprobación.
»Cuando cumplí los dieciséis años, Marek empezó a interesarse por un nuevo
recluta, de la misma edad que yo tenía cuando me
sacó del arroyo; comprendí que
habían vuelto a utilizarme y empecé a planear mi
huida. Cuando conocieron mis planes, la Cofradía puso precio a mi cabeza. Nadie
iba a ayudarme si intentaba escapar de Zhentil Keep. Supongo que no tendría que
haberme sorprendido; no podía contar con las personas que yo había considerado
mis aliadas. De no haber sido por mi habilidad con la espada, no habría logrado
salir de la ciudad. Ya entonces yo era muy avispado. La noche que me marché,
corrieron ríos de sangre por las calles. Medianoche agachó la cabeza. —¿Qué
pasó luego? —preguntó.
—Me eché al monte; ocho años pasé poniendo en
práctica mi especialidad para permitirme la única pasión que he alimentado
desde que era un niño: viajar. Pero allí donde iba, la gente era igual. La
pobreza y la desigualdad estaban tan extendidas como el lujo y el esplendor.
Albergaba la esperanza de encontrar camaradería e igualdad: no fue así; por el
contrario, hallé mezquindad y explotación por todas partes. No sé por qué,
pensaba que iba a escapar a las traiciones de mi adolescencia y a encontrar un
lugar donde prevaleciesen la honestidad y la decencia, pero este lugar no
existe. En esta vida, no.
Medianoche volvió a bajar la cabeza.
—Siento que hayas sufrido tanto.
Cyric se encogió de hombros.
—La vida es sufrimiento. He llegado a aceptarlo.
Pero no me compadezcas porque mi visión es más clara que la tuya. Compadécete
de ti misma. Despertarás a la verdad antes de lo que imaginas.
—Estás equivocado. Lo que ocurre es que hay
cantidad de cosas que no has visto, Cyric. Te han estafado muchos de los
placeres que la vida ofrece. — ¿Estás segura? —dijo el ladrón—. ¿Te refieres al
amor y a la alegría? ¿Una mujer buena, tal vez? —Cyric se echó a reír—. Las
historias de amor son también una falacia.
Medianoche se apartó el cabello del rostro. —¿Y por
qué dices eso? —Tenía veinticuatro años cuando comprendí que mi vida carecía de
rumbo, que no tenía razón de ser. Volví a Zenthil Keep y en esta ocasión mis
esfuerzos por encontrar mis raíces tuvieron un cierto éxito, si bien limitado.
Me enteré de que mi madre era una joven que estuvo enamorada locamente de un
oficial zhentilés. Al quedar embarazada, él la arrojó a la calle declarando que
el niño no era suyo. La pobre mujer fue a parar con los pobres y los sin hogar,
quienes se ocuparon de ella hasta que yo nací. Sucedió entonces que volvió mi
padre, la mató y me vendió por un buen dinero. ¿Qué me dices a esto? Una bonita
historia de amor propia de un cuento de hadas...
Medianoche siguió mirando el fuego y no hizo
comentario alguno. —Oí otras versiones de la historia, pero ésta es la que doy
por cierta. Me la contó una mendiga que decía haber sido amiga de mi madre,
pero no pudo decirme el nombre del hombre que me había engendrado ni lo que
había sido de él. A decir verdad, una lástima, pues yo no deseaba otra cosa que
charlar con él largo y tendido antes de degollarlo.
»Al final, Marek y la Cofradía me ofrecieron unirme
a ellos de nuevo, pero yo me negué. No aceptaron mi rechazo y me vi obligado a
huir otra vez de la ciudad. Sin embargo, cuando me marché de Zhentil Keep, tuve
la sensación de estar dejando mi pasado detrás de mí. Traté de empezar de cero
y adopté la vida de un guerrero. Pero el pasado siempre me alcanza y me obliga
a cambiar de lugar. Había esperado, con la recompensa de Mystra, ir hasta algún
lugar lejano, quizás al otro lado del desierto. No
sé a ciencia cierta adónde, sólo a algún lugar
susceptible de proporcionarme un poco de
paz.
Medianoche dejó escapar un profundo suspiro. Cyric
no pudo reprimir la risa. —Ahora conocemos nuestros secretos mutuos y ya no
tienes motivo para tener miedo.
—No sé a qué te refieres —expuso Medianoche
tratando de ocultar su inquietud —. ¿Qué secretos míos conoces? —Sólo uno,
Ariel —contestó Cyric.
—Escuchaste cuando dije mi verdadero nombre... —No
pretendía oírlo —
repuso él—. Si pudiese olvidarlo, lo haría, pero es
un nombre precioso. —
Cyric tragó saliva ruidosamente—. Nadie sabe todo
lo que te he contado. Si
quisieras hundirme, yo no podría impedirlo. Si la
Cofradía se entera de mi
paradero, soy hombre muerto.
Medianoche acarició su rostro.
—No se me ocurriría hacer una cosa así —le dijo—.
Entre amigos, los
secretos siempre están a salvo.
Cyric alzó la cabeza.
—Esto es lo que somos, ¿amigos?
Medianoche asintió con una inclinación de cabeza.
—¡Qué interesante! — exclamó Cyric—. Amigos. Los dos estuvieron así charlando
hasta muy entrada la noche y, cuando le tocó a Adon el turno de montar guardia,
Medianoche no lo despertó. Kelemvor había relevado a Medianoche de la guardia y
Cyric había tenido la oportunidad de dormir. Por la mañana, el dolor de las
heridas de Cyric había disminuido lo suficiente como para poder sentarse.
Incluso tuvo fuerzas para desayunar con los otros, si bien no había más que
unos cuantos panes dulces que echarse a la boca. Después del desayuno, Cyric le
pidió a Medianoche que fuese a buscar su arco y le enseñó la forma adecuada de
manejarlo. Medianoche apuntó a un pájaro que rondaba en torno al grupo desde
que empezaron la comida matutina. El instinto de Cyric, combinado con la gran
fuerza de Medianoche, abatieron al pájaro negro, cuyo cuerpo, una vez recogido
por Adon, se apresuraron a asar. Después de descansar, Adon recuperó algo el
oído. El primer signo de progreso se manifestó cuando el clérigo ya no necesitó
que Kelemvor, con su codo chapado de acero, le diese ligeros codazos para que
comprendiese que estaba gritando al oído del guerrero en lugar de hablarle en
un tono normal. La pérdida de oído no había impedido en absoluto que dejase de
hablar. Ahora, sin embargo, se esforzaba por oírse cuando expresaba sus
floridas
opiniones, como si no pudiera correr el riesgo de
la absoluta condena que se produciría si sus importantes declaraciones sobre el
virtuoso sendero de Sune no eran dichas con el timbre y el volumen de voz
adecuados. Una vez que los aventureros hubieron dado buena cuenta del pájaro
asado, recogieron sus bártulos y montaron sobre los dos caballos que quedaban.
Kelemvor volvió a verse sujeto a la compañía de Adon y al caballo de Medianoche
le tocó arrastrar la carreta que había construido el guerrero. A pesar del
cuero y la estrechez de la camilla, que le hacían sudar, el ladrón herido viajó
sorprendentemente cómodo. Después de soportar algún que otro salto de vez en
cuando, a última hora de la mañana una de las ruedas de la carreta se rompió
por culpa de una piedra y no pudieron repararla. Kelemvor se vio obligado a
desmontar el ensamblaje y arrojarlo todo a un lado del camino. Cyric hizo el
resto del viaje con
Medianoche.
Cuando los héroes divisaron por primera vez las
puertas de Tilverton, se había formado una tormenta en el horizonte y la
amenaza de mal tiempo se cernió sobre sus cabezas desde entonces. Detrás de
unas siniestras nubes negras, el cielo era de color gris acero. Toda la mañana
estuvieron viendo en la distancia diminutos relámpagos y el rugido del trueno
lejano se extendía por la llanura. Unas horas después, llegaron a la ciudad de
Tilverton. No tardó en pararlos un grupo de hombres vestidos con túnicas blancas
con la insignia del Dragón Púrpura. Los hombres parecían cansados pero estaban
alerta, e iban muy sucios. Incluso antes de que el jefe de la patrulla de
Cormyr exigiese ver sus cartas de identificación, seis arcos estaban preparados
y apuntando hacia ellos. Kelemvor encontró la carta falsa que Adon había
comprado en Arabel y se la tendió al capitán. El líder de la patrulla la
examinó, se la devolvió y les indicó mediante un gesto que podían seguir. Los
héroes pasaron por delante de la patrulla y entraron en la ciudad sin más
problemas. Penetraron en la ciudad de Tilverton cansados y sin ganas de bromas.
Era más de mediodía y sus estómagos gruñían como animales deseosos de libertad.
El viaje había agotado a Cyric y, cuando los héroes se detuvieron delante de
una posada, el ladrón quiso bajar del caballo de Medianoche. Tocó el suelo,
pero cayó hacia atrás contra el animal de crin roja y lanzó un gruñido. El
intento que hizo de caminar no superó más que ligeramente al éxito obtenido
anteriormente y logró alejarse dos pasos del caballo, pero no pudo seguir
adelante.
Medianoche desmontó y pasó un brazo del ladrón
sobre su cuello. La maga era más alta que el delgado y moreno hombre y tuvo que
agacharse ligeramente para ayudar a Cyric a caminar dando traspiés hasta la
puerta de la posada. El clérigo, cuyo oído se había recuperado totalmente, se
apresuró a acudir en ayuda de Medianoche; el guerrero, por su parte, desmontó y
condujo los caballos hasta los establos que estaban detrás de la hostería de
piedra.
El letrero que había sobre la puerta identificaba
al lugar como La Botella en Alto. Mientras Medianoche y Adon se esforzaban por
llegar hasta la cancela de la puerta, advirtieron la presencia de un joven, de
ojos pálidos, sentado a la sombra junto a la misma puerta.
—¿Nos podrías ayudar? —rogó Medianoche, tratando de
sostener mejor al desfallecido ladrón.
El joven siguió con la vista fija y no hizo caso de
la petición de la maga. Había empezado a caer una sucia lluvia sobre la ciudad.
Medianoche forcejeó con la puerta y, con la ayuda de Adon, arrastró a Cyric al
interior. Después de cerrar la puerta de la posada de una patada, Medianoche
ayudó a Cyric a sentarse en una silla de madera que había junto a la puerta. Al
primer golpe de vista creyó que la posada estaba desierta, pero luego vio una
luz trémula y oyó voces provenientes de uno de los comedores. Llamó, pero sus
ruegos para que los atendieran no recibieron respuesta. —¡Maldita sea! —siseó—.
Adon, quédate aquí con Cyric. —Y fue en busca del posadero.
Cuando entró en la sala común, vio que estaba
abarrotada. La habitación estaba llena de hombres por todas partes. Algunos
parecían ser soldados y llevaban el escudo de armas de los Dragones Púrpura. De
entre ellos unos cuantos estaban heridos, si bien llevaban las heridas
vendadas. Otros parecían ser civiles. Pero todos estaban taciturnos y se
mostraban poco expresivos. —¿Dónde están el posadero y su personal? —preguntó
Medianoche al soldado más próximo.
—Se habrán ido a rezar —contestó el hombre—. Es más
o menos la hora. —Siempre es más o menos la hora —dijo otro hombre, a la vez
que
agitaba la
bebida de su vaso.
—No comprendo —repuso Medianoche—. ¿No hay nadie al
cargo de la posada? El soldado se encogió de hombros.
—Arriba debe de haber un par de huéspedes. No sé.
—Medianoche se dio
media vuelta, pero el soldado siguió hablando—:
Coge lo que necesites. A nadie le importará. Medianoche salió de la sala
sacudiendo la cabeza y regresó al vestíbulo de la posada, donde Adon permanecía
de pie junto a Cyric. —¿Dónde está Kel? —preguntó.
Adon se encogió de hombros, dirigió la vista a la
puerta y levantó las manos en un gesto que expresaba confusión.
Medianoche salió del mesón. Vio la espalda de
Kelemvor en el extremo de la calle y lo llamó.
—¿Dónde vas? ¡Tienes una deuda conmigo!
El guerrero se detuvo y bajó la cabeza. «La deuda
que tengo contigo es salir de tu vida», pensó Kelemvor. Había demasiados
secretos entre ellos, demasiadas preguntas cuyas respuestas no le gustarían a
ella. Pero decidió no decirle a Medianoche nada de todo esto. Por el contrario,
el guerrero le espetó:
—¡La deuda será saldada! —Luego siguió su camino.
Medianoche se puso a temblar; al cabo de un rato, volvió a la posada y se sentó
junto a Cyric. —Quizá necesite tiempo —dijo Adon, en un tono ligeramente más
alto de lo que habría debido ser.
—Como si quiere toda la vida —repuso Medianoche. La
puerta se abrió, su expresión se suavizó y se puso de pie. En la misma puerta,
un hombre de pelo blanco, que no tendría más de cincuenta años, miraba a los
viajeros con cierto desdén. Pasó junto a ellos para dirigirse a una antesala y
desapareció, tras desoír los intentos llevados a cabo por Medianoche para
llamar su atención. Cuando salió de la habitación, apestando a licor, se
sorprendió al ver a los viajeros todavía allí. —¿Qué queréis? —preguntó finalmente.
—Comida, alojamiento y, si es posible, alguna
información... El hombre le indicó mediante un gesto que se apartase. —De las
dos primeras cosas, podéis serviros vosotros mismos, nadie os lo impedirá. La
información tiene un precio. Medianoche se preguntó si el hombre estaba loco.
—No tenemos una sola moneda para pagar nuestro alojamiento, pero podríamos
protegerte de quienes pretendan robarte tus valiosas vajillas... —¿Robarme a
mí? — exclamó el hombre, escandalizado—. No lo entiendes. —Se acercó y el olor
a licor barato hizo retroceder a Medianoche—. ¡No se puede robar a alguien
cuyos bienes le importan un bledo! ¡Coged lo que queráis! El hombre volvió a la
antesala.
—¡Me importa un bledo! —gritó una vez dentro de la
habitación en
penumbra. Medianoche miró a los otros, luego se
apoyó contra la pared, deshecha. —Creo que deberíamos ir a recoger nuestras
cosas —dijo finalmente—. Es posible que tengamos que quedarnos aquí unos días.
Llevaron sus bártulos a la primera habitación que encontraron disponible y Adon
fue a buscar las llaves que estaban colgadas detrás del mostrador de la
habitación donde yacía, borracho, el posadero. La habitación que los héroes se
habían adjudicado era bastante agradable y tenía dos camas. Adon colocó sus cosas
sobre una de ellas y se
puso a cambiarse de ropa, indiferente a la
presencia de la maga.
Todavía llovía. La habitación estaba en penumbra,
de modo que Medianoche encendió una linterna pequeña que había junto a la cama.
Adon, después de examinar someramente las heridas de Cyric, se fue a explorar
la ciudad. Medianoche ayudó a Cyric a desnudarse y se rió ante el evidente
sonrojo del ladrón.
—No te preocupes —dijo Medianoche en un momento
dado—. No soy
ninguna profesional.
Cyric hizo una mueca.
—Lo estás haciendo muy bien —replicó mientras le
subía las sábanas hasta el cuello.
—Yo dormiré en el suelo —dijo Medianoche cuando
hubo terminado—. Mi espalda me lo agradecerá. Y tú no olvides que has de estar
tapado y calentito. Cyric frunció el entrecejo.
—Soy demasiado mayorcito para que me mimen.
Deberías preocuparte de ti, no de mí...
Medianoche levantó la mano para indicarle que no
siguiese. —Debemos hacer lo posible para que te pongas bien —insistió ella con
dulzura— . Tienes que estar fuerte para proseguir tu viaje. Cyric estaba
desconcertado. —¿Qué viaje?
—En busca de ese lugar mejor —volvió a decir la
maga—. No hace falta que sigas acompañándome. El camino entre Tilverton y el
valle de las Sombras debe de estar despejado. Puedo muy bien ir sola hasta
allí. Cyric sacudió la cabeza e intentó sentarse, pero Medianoche lo empujó
suavemente para que volviera a tumbarse. —No es necesario —dijo él—. No es
necesario que vayas sola. —Pero, Cyric, yo no puedo pedirte que vengas conmigo.
Tú necesitas descansar y curarte.
Cyric, sin embargo, ya había tomado una decisión.
—En este lugar debe de
haber pociones curativas. Medicamentos, ungüentos.
Da la impresión de que todo en la ciudad está a disposición de cualquiera.
Encuentra algo para curarme y permaneceré a tu lado todo el tiempo que me
necesites. —De todas formas no me habría marchado hasta que te hubieses
repuesto —dijo ella. —Tu misión es urgente. No puedes esperar. —Lo sé —dijo
Medianoche—, pero me habría quedado igualmente. Al fin y al cabo eres mi amigo.
Por primera vez en mucho tiempo, Cyric sonrió.
Kelemvor estaba solo en la calle. La tormenta amenazaba con descargar sobre su
cabeza y, mientras buscaba la herrería, las gotas de lluvia, ahora de color
naranja, empezaron a empaparlo. Encontró por fin al herrero concentrado en su
trabajo, y al abrigo de su herrería, donde entró Kelemvor agachando la cabeza.
Fuera, arreciaba la lluvia.
El herrero era un hombre corpulento, de una
constitución parecida a la de Kelemvor. De pelo negro y rizado, la piel de sus
brazos estaba amoratada en algunos puntos y negra de quemaduras en otros.
Cuando el guerrero se acercó, el herrero no se preocupó por levantar la vista
de su trabajo. Las brillantes herraduras metálicas que estaba haciendo para el
caballo que había junto a él estaban casi terminadas y se volvió
para comprobar el par que había puesto a un lado
para que se enfriara. —Si me permites un momento —dijo Kelemvor. El herrero no
le prestó atención y no apartó la mirada de la tarea que tenía delante.
Kelemvor carraspeó ruidosamente, pero tampoco esto surtió efecto. Sin embargo,
Kelemvor tenía frío, estaba cansado y de ninguna manera podía aguantar ser
insultado. El guerrero se apresuró a quitarse la armadura donde se habían
estrellado las flechas de los bandidos y arrojó al herrero las planchas de
metal, que golpearon la herramienta candente de sus manos que cayó al suelo. El
hombre se agachó a recoger el instrumento antes de que el heno del suelo se
incendiase, luego se puso a examinar la armadura. Después levantó la vista para
mirar la destrozada piel del brazo del guerrero, donde se habían metido
esquirlas de las flechas de los rufianes. —Puedo reparar esto — observó el
herrero sin emoción alguna—. Pero no puedo hacer nada por tus heridas.
—¿No hay curanderos en Tilverton? —preguntó
Kelemvor—. He visto un
enorme templo que sobresale de los tejados de las
tiendas que hay calle
abajo. El hombre le dio la espalda.
—El templo de Gond.
—Está bien, he visto el templo de Gond. Allí debe
de haber clérigos capaces... —Sácate el resto de la armadura para que pueda
trabajar —le interrumpió el herrero—. Luego podrás ir al templo y comprobarlo
por ti mismo. Yo sólo curo metales. Kelemvor le dio su armadura al herrero y se
puso una ropa que había cogido de los paquetes del grupo. El herrero trabajó en
silencio haciendo caso omiso de las preguntas del guerrero, por mucho que éste
las gritase o las expresase con toda la educación de que era capaz. Después de
haber reparado la armadura, el herrero no quiso aceptar pago alguno.
—Es mi deber para con Gond —dijo el herrero
mientras Kelemvor salía a la calle. A pesar de la lluvia, Kelemvor encontró el
templo de Gond sin dificultad. De vez en cuando se cruzaba con algún plebeyo
que vagaba por las calles o estaba tumbado en la acera fuera de las tiendas,
pero las personas que encontró a su paso se mostraron indiferentes a su
presencia; su mirada era vaga y fijaban la vista en algo que sólo ellas veían.
También halló la mayor concentración de herrerías que jamás había visto en una
zona, si bien la mayoría estaban desiertas. Cuando Kelemvor llegó al templo, se
percató de que la puerta de entrada era un enorme yunque. El propio edificio
estaba formado por unas construcciones severas y resistentes que dominaban y
empequeñecían las casuchas y tiendas que lo rodeaban. Dentro del templo había
fuego ardiendo y desde la puerta se oía un interminable coro de plegarias.
Cuando el guerrero entró en el templo de Gond, le
sorprendió la gran extensión de la nave principal. Si había alojamientos para
los sumos sacerdotes del templo, debían de estar en los sótanos, pues todos y
cada uno de los centímetros cuadrados de la planta baja estaban ocupados por
aquella sala.
En ella, los adoradores se apiñaban alrededor de un
sumo sacerdote que llevaba capucha y estaba de pie en lo alto de un enorme
yunque de piedra. A ambos lados del altar podían verse unas gigantescas manos
de piedra y, en una de ellas, un martillo también gigantesco. En las cuatro
esquinas que rodeaban al hombre encapuchado ardían unos fuegos.
Los pilares que se elevaban hasta el techo
abovedado estaban tallados formando espadas y las ventanas estaban enmarcadas
por una serie de martillos entrelazados. Resultaba difícil entender con
exactitud las palabras del sumo sacerdote, pues el continuo vocerío procedente
de la audiencia lo
ahogaba todo salvo algunas frases clave,
pero estaba claro que el sumo sacerdote estaba
dedicando una serie interminable de
plegarias a su dios e igual número de maldiciones a
los plebeyos de Tilverton. —¡Los dioses están en los Reinos! —gritó un hombre
junto a Kelemvor—. ¿Por qué lord Gond nos ha abandonado?
Pero el inagotable flujo de cantos y gritos se
tragó las palabras del hombre. Kelemvor calculó que casi la totalidad de la
población de la pequeña ciudad estaba reunida en el templo, aunque quizás
hubiera algún que otro adorador paseando por las calles.
—¡Esperad! —gritó el sacerdote cuando la gente
empezó a marcharse—. Lord Gond no nos ha abandonado. ¡Me ha otorgado el don de
sanar para así mantener a los fíeles en buen estado hasta que él llegue! Esto
no pareció influir en muchos, sin embargo convenció a algunos a quedarse.
Escuchando a los habitantes de Tilverton, Kelemvor se enteró de que se
dedicaban exclusivamente a la adoración de Gond, dios de los Herreros e
Inventores. Cuando empezaron a llegar a la ciudad las historias sobre la
presencia de los dioses en los Reinos, la gente se dispuso a preparar la
llegada de su deidad. Se mantuvieron a disposición de su dios, a la espera de
alguna señal, de alguna comunicación. Esperaron en vano. Gond había subido a
Lantan y no había hecho intento alguno de ponerse en contacto con sus devotos
adoradores de Tilverton. Cuando un pequeño grupo de la ciudad llegó a Lantan y
solicitó audiencia con el dios, lo echaron a cajas destempladas. Cuando
persistieron, dos de ellos fueron asesinados y los demás obligados a huir si
querían salvar sus vidas. Cuando esta historia llegó a oídos de los ciudadanos,
se les partió el alma y, ahora, cuando no dormían, se pasaban la mayor parte
del tiempo en el templo, tratando de ponerse en contacto con su dios,
intentando refutar lo que sus corazones ya sabían.
Gond se había desentendido de Tilverton. Kelemvor
estaba a punto de abandonar el templo cuando distinguió a un hombre de cabello
entrecano que estaba en la parte posterior de la cámara. Junto a él había una
muchacha de pelo corto y oscuro. Había concentrado toda su atención en el
rostro atractivo y sobrenatural del hombre. Nadie más parecía advertir la
presencia de este hombre, que en aquel momento se apartó de la muchacha sin dar
muestras de haberse percatado de su presencia y se puso a caminar hacia el lugar
donde estaba Kelemvor. La joven se volvió y corrió detrás de él. Cuando el
hombre
llegó a la altura de Kelemvor, miró al guerrero a
los ojos y una ligera sonrisa cruzó su rostro. Los ojos del hombre de pelo
entrecano eran de un gris azulado, con unos puntitos rojos que le bailaban en
las pupilas. Tenía la piel clara, con unos finos pelos plateados que le crecían
en el rostro y en los brazos.
—Hermano —se limitó a decir el hombre, para luego
alejarse. Kelemvor se volvió y trató de alcanzarle a él o a la muchacha, pero
cuando llegó a la calle, no vio al hombre de pelo entrecano por ninguna parte.
Después de permanecer un momento bajo el granizo púrpura y verde que caía ahora
sobre Tilverton, el guerrero regresó al templo. Kelemvor se puso en la parte
posterior de la sala y una joven, una sacerdotisa, llamó su atención. El fuego
de la fe no se había apagado en sus ojos; el resplandor con el que ardían era
susceptible de incendiar el cielo nocturno. Era muy hermosa y llevaba una
túnica blanca atada a la cintura con un cinturón de cuero. En la tela de la
túnica había entretejidos unos intrincados dibujos y unas placas de acero
cubrían sus hombros. En cierta forma, aquella extraña mezcla de sedas y duro
acero daban a su apariencia un poder todavía mayor.
El guerrero se abrió paso entre la multitud y al
cabo de un rato estaba hablando
con la sacerdotisa, de nombre Phylanna.
—Necesito un lugar donde alojarme —le dijo
Kelemvor. —A juzgar por tus heridas, necesitas algo más que eso —dijo la
sacerdotisa—. ¿Eres seguidor de Gond?
Kelemvor negó con un gesto de la cabeza. —Entonces
hablaremos de eso mientras el curandero atiende tus heridas. — Phylanna se
volvió y le pidió que la siguiera—. Presiento que has sufrido mucho en los
últimos días. —No esperó respuesta por parte de él. Phylanna lo condujo hasta
una pequeña escalera que daba a una habitación angosta. Allí aguardaron la
llegada del sumo sacerdote, que había acabado con su sermón contra la vacilante
fe de la ciudad. Cuando el sacerdote hubo entrado, Phylanna cerró la puerta y echó
el cerrojo.
—Jamás deberás contar a nadie lo que vas a
presenciar —dijo Phylanna a Kelemvor mientras le ayudaba a tumbarse en la única
cama que había en el cuarto. —Soy Rull de Gond —se presentó el sacerdote, con
una voz ronca y crepitante a causa del largo sermón—. ¿Eres un adorador del
Hacedor de Milagros? Antes de que Kelemvor tuviera ocasión de contestar,
Phylanna
llevó una mano a los labios del guerrero.
—En estos tiempos revueltos, carece de importancia
si es o no adorador de lord Gond. Necesita nuestra ayuda y nosotros debemos
proporcionársela. Rull frunció el entrecejo, pero luego asintió con una
inclinación de cabeza. El sacerdote cerró los ojos y cogió un cristal, grande y
rojo, que llevaba colgado de una cadena alrededor del cuello. A continuación
balanceó el cristal sobre el guerrero. —Es un milagro que puedas caminar y
tengas la cabeza lúcida. Un hombre más débil habría muerto a causa de las infecciones
—dijo Rull mientras examinaba a Kelemvor.
El guerrero miró el cristal y advirtió una extraña
llama que ardía en su interior. —Kelemvor es orgulloso —dijo Phylanna—, soporta
sus heridas sin quejarse. —Eso no es del todo cierto —gruñó Kelemvor mientras
el sumo sacerdote ponía manos a la obra.
Mientras Rull llevaba a cabo el ritual destinado a
curar al guerrero, Phylanna parecía preocupada, pero la destreza del sacerdote
se puso de manifiesto cuando sus hábiles dedos empezaron a moverse en el aire y
los verdugones negros que rodeaban las heridas del guerrero se fueron llenando
paulatinamente de sangre. El sacerdote sudaba y su voz se elevaba suplicante a
Gond. Phylanna lanzaba ansiosas miradas a la puerta, temerosa de que los otros
pudiesen entrar e interrumpir los esfuerzos del sacerdote. Las astillas que
habían dejado las puntas de las flechas salieron a la superficie de la piel de
Kelemvor y Phylanna ayudó a Rull a sacárselas con las manos. Kelemvor bramaba
para sus adentros y hacía muecas de dolor. Una vez terminado, el cuerpo de Rull
se relajó como si le hubiesen sacado toda la energía, y Kelemvor se incorporó
en la cama. Las heridas no aparecían tiernas y él sabía que la fiebre había
remitido.
—Rull tiene una fe profunda y los dioses lo han
recompensado por ello — dijo Phylanna—. Tu fe también debe de ser profunda, en
caso contrario no habrías sobrevivido a estas heridas tan graves.
El guerrero asintió con la cabeza. Vio que la luz
que había en el cristal ahora sólo parpadeaba ligeramente.
—Tal vez seas temerario y testarudo, pero no por
ello carente de una profunda fe. —Es una suerte para ti que esté postrado,
mujer —dijo él riéndose. Phylanna sonrió y apartó la mirada.
—Es posible.
A pesar de que Phylanna y Rull le hicieron
preguntas sobre el motivo de su
presencia en Tilverton y acerca de sus creencias
religiosas, fue poco lo que él les contó de sí mismo. Pero, cuando el guerrero
habló del pago por los servicios del sacerdote, Rull no dijo nada y se marchó.
—No pretendía ofender —dijo Kelemvor—. Es lo
acostumbrado en muchos lugares...
—El aspecto material es lo que menos nos preocupa
—repuso la sacerdotisa —. Y ahora hablemos de tu alojamiento...
Kelemvor recorrió con la mirada la diminuta celda
sin ventanas. —Me
horrorizan los espacios cerrados.
Phylanna sonrió.
—Tal vez haya una habitación con ventanas en La
Botella en Alto. Kelemvor tragó saliva.
—Siento una... especial antipatía... por esa posada
en particular. Phylanna cruzó los brazos sobre el pecho. —En ese caso tendrás
que quedarte conmigo. Se oyó un gran estruendo y voces airadas procedentes de
la escalera que daba a la celda. Kelemvor se incorporó rápidamente y cogió la
espada. Phylanna le puso una mano en el hombro y sacudió la cabeza.
—No la necesitarás en el templo del Hacedor de
Milagros. Y ahora, échate y
descansa hasta que yo vuelva.
—¡Espera! —la llamó Kelemvor.
Phylanna se volvió.
—Por favor, pídele a Rull que venga cuando haya
acabado —pidió el guerrero—. Me gustaría presentarle mis disculpas.
—Lo traeré cuando haya terminado el siguiente
sermón —dijo ella. —Solo.
Necesito hablar con él a solas.
—Como quieras —dijo, desconcertada, y se apresuró a
salir del cuartucho. Kelemvor estuvo descansando en la celda por espacio de una
hora, sintiéndose cada vez más incómodo en aquella pequeña habitación a medida
que su estado mejoraba. La muchedumbre que se hallaba en el templo de Gond era
muy ruidosa y el guerrero se distrajo escuchando sus gritos, que se mezclaban
con el sermón de Rull. —¡Tilverton desaparecerá del mapa! — gritó alguien.
—¡Deberíamos ir a Arabel o a La Estrella del Anochecer! — exclamó otra voz.
—¡Sí! ¡Gond se ha desentendido de nosotros y Azoun protegerá antes a Cormyr que
a nosotros!
La voz de Rull se elevó por encima del vocerío y se
lanzó a una nueva diatriba contra las personas que habían dejado de adorar al
Hacedor de
Milagros. —¡Tilverton será maldecido sin remedio si
perdemos la esperanza! ¿Acaso lord Gond no me ha bendecido con el hechizo para
curar? —gritaba el sacerdote, que siguió chillando por encima del clamor por
espacio de algunos minutos. Luego el sermón llegó a su fin y Kelemvor volvió a
oír pisadas en la escalera. Cogió la espada.
El guerrero la bajó cuando Rull entró en la
habitación, evidentemente agotado de la contienda verbal que había mantenido
con la audiencia del templo. — Querías verme —dijo el sacerdote, a la vez que
se dejaba caer en el suelo. Kelemvor, echado en la cama, volvió la cabeza hacia
el sacerdote y suspiró. —Te agradezco lo que has hecho por mí. Rull sonrió.
—Phylanna tenía razón. No tiene mayor importancia
que no veneres a Gond.
Como clérigo suyo, mi responsabilidad es hacer uso
de los hechizos que me da para curar a cualquiera que necesite mi ayuda. —Y
parece que la buena gente de Tilverton está realmente necesitada de tu ayuda
—añadió Kelemvor. —Sí —afirmó Rull—. Están perdiendo la fe en lord Gond. Yo soy
el único que puede conducirlos de nuevo a su redil. —¿Qué pasará si no lo
consigues?
—Pues que la ciudad perecerá —contestó el
sacerdote—, pero eso no ocurrirá. Acabarán escuchándome.
—Claro que... —empezó a decir Kelemvor—, si los
habitantes de Tilverton supiesen que Gond te ha abandonado a ti también y que
tu magia curativa procede solamente de la piedra que llevas, te escucharían
todavía menos que ahora. Todos volverían la espalda a lord Gond para siempre.
El sacerdote se puso de pie.
—La magia curativa es mía. Es un don que me ha dado
el Hacedor de Milagros para probar a la buena gente de Tilverton que él sigue
preocupándose por ellos. Voy a... —Tú vas a hacer lo que yo te diga, Rull —
gruñó Kelemvor—. O te desenmascararé ante los habitantes de Tilverton. Me
creerán aunque esté equivocado. Rull bajó la cabeza. —¿Qué quieres de mí?
Kelemvor se sentó.
—Necesito que ayudes a alguien cuyas heridas son
mucho peores que las mías. Prometí protegerlo y debo cumplir la promesa.
—Supongo que no hace falta ni preguntar si venera al Hacedor de Milagros —dijo
Rull—, pero
¿acaso tiene alguna importancia? Kelemvor le dio a
Rull la descripción de Cyric y lo envió a La Botella en Alto. El sacerdote
estaba saliendo del templo cuando Phylanna regresó a la celda. —He venido para
llevarte a las habitaciones donde pasarás la noche, valiente guerrero —dijo la
sacerdotisa, y tomó a Kelemvor de la mano y lo condujo fuera de la habitación.
Adon vagaba por las calles en busca de alguien con
quien hablar. La terrible tormenta había cesado, pero no se le ocurrió pensar
que tal vez era peligroso andar por las calles de noche, que podía ser víctima
de ladrones y asesinos. Incluso después de haberse enterado de que había habido
algunos asesinatos la semana anterior, el clérigo siguió deambulando por
Tilverton. Tenía asuntos importantes que atender. Empezando por el joven que
estaba fuera de la posada, ajeno al aguacero y al granizo que había caído, las
reacciones a las preguntas del clérigo sobre los problemas de la ciudad eran de
una uniformidad patética. Los ojos de los habitantes de Tilverton se habían
cerrado a todo lo que no fuese su sufrimiento interior. Mientras paseaba por
las calles, Adon se puso a pensar que la adoración de los dioses tenía como
objetivo la inspiración del alma. Al clérigo no se le ocurría otra cosa más
sublime que la adoración. Sin embargo, esta misma adoración se había convertido
en fuente de dolor y amargura en la que habían bebido libremente los habitantes
de Tilverton, a costa de toda alegría y razonamiento. Adon siguió caminando por
las calles de Tilverton, hablando con quienquiera que encontraba, y, de pronto,
acudieron a su mente las palabras que había escuchado en las oscuras cámaras
del castillo de Kilgrave. La verdad es belleza; la belleza, verdad. Abrázame y
serán contestadas todas tus
preguntas no expresadas.
Adon sabía que en la belleza había verdad y él
veneraba a la diosa de la Belleza. Por consiguiente, se pasó la noche
intentando desesperadamente devolver un poco de verdad a los ojos de los pobres
desgraciados que encontraba. Poco antes del amanecer, mientras pronunciaba su
sermón, una mujer levantó la vista hacia él y en sus ojos brilló un ligero
resplandor: Adon sintió renacer la esperanza. —Buena mujer, los dioses no nos
han abandonado. Ahora más que nunca ellos necesitan nuestro apoyo, nuestra
veneración, nuestro amor. Está en nuestras manos restaurar la edad de oro de la
belleza y de la verdad en la que los dioses volverán a otorgarnos su favor.
Precisamente ahora, en estos tiempos de tinieblas en que nuestra fe está a
prueba, no debemos desfallecer. Tenemos que encontrar consuelo en nuestra
fe y hacer avanzar constantemente nuestras vidas.
Haciéndolo así, el tributo que pagaremos a los dioses será mayor del que pueda
conseguir la más fervorosa de las oraciones. Sune no me ha buscado, pero yo no
he perdido la esperanza de estar un día en su presencia — le dijo Adon a la
mujer.
Adon la cogió por los hombros y estuvo tentado de
sacudirla, sólo para ver si ayudaba a que ella comprendiese sus palabras. La
anciana se quedó mirando al clérigo, con un torrente de lágrimas amenazando con
fluir de sus ojos.
Adon se alegró de que sus palabras hubiesen surtido
efecto en la anciana y de que hubiese comprendido.
—Tengo la sensación de que estás tratando de
convencerte —dijo amargamente— . Márchate. Tu presencia no es deseada en este
lugar. —Y le dio la espalda al joven clérigo, para luego tumbarse en la calle,
ponerse a sollozar y cubrirse el rostro con las manos.
Mientras Adon se alejaba de la mujer y se perdía en
la oscuridad, una lágrima rodó por su mejilla.
Kelemvor se despertó y vio que Phylanna se había
marchado. La parte de la
cama donde había dormido estaba fría como el hielo.
Pensó en sus dulces
besos y en la fuerza que había encontrado en sus
brazos, pero estos
pensamientos no tardaron en nublarse; su mente
volvió a lo mismo una y otra
vez. Medianoche.
Ariel.
La deuda que tenía con ella había sido saldada,
pero Kelemvor no podía olvidarla. Kelemvor sabía que, a aquella hora, Rull ya
habría ido a visitar a Cyric y, aunque no los acompañaría, esperaba que Cyric
estuviese en condiciones de cabalgar con Medianoche y abandonar Tilverton a
primera hora de la mañana. Kelemvor oyó un ruido al final del pasillo al que
daba el dormitorio. Deslizó su cota de malla por la cabeza, desenvainó la
espada y se levantó del perfumado lecho de la sacerdotisa. Ésta lo había llevado
al último piso de la tienda de su hermano, después de conducirlo por la
escalera de caracol de la parte posterior del edificio. No cruzaron palabra; no
eran necesarias. Los encuentros como aquél tenían su propio lenguaje y Kelemvor
sabía que por la mañana se marcharía de Tilverton y no volvería a pensar en la
mujer.
Estaba casi seguro de que para ella su noche de
pasión tenía el mismo significado. Kelemvor abrió la puerta del dormitorio y
retrocedió al ver a Phylanna de pie en el extremo del pasillo. El ventanal
estaba abierto y la luz
de la luna bañaba su figura desnuda, proyectando
una aura luminosa a su alrededor. Tenía los brazos abiertos y dejaba que las
ondulantes cortinas la acariciasen mientras bailaba en el frío viento nocturno.
El guerrero estaba a punto de cerrar la puerta y
volver a la cama cuando oyó,
procedente del descansillo, una voz masculina
cantando en una extraña lengua. Kelemvor salió al pasillo y se detuvo al ver,
junto a Phylanna, al hombre del pelo entrecano del templo.
El hombre que lo había llamado «hermano» y luego
había desaparecido. Phylanna bailaba con gracia y armonía. A pesar de tener los
ojos abiertos, no pareció ver a Kelemvor cuando se acercó. El hombre del pelo
entrecano seguía cantándole, si bien su mirada estaba ahora puesta sobre el
guerrero. Aunque la oscuridad velaba sus rasgos y su forma era una silueta
contra la brillante luz de la luna, sus ojos grises resplandecían en las
sombras. El hombre dejó de cantar cuando el guerrero llegó a la altura de Phylanna.
— Ocúpate de ella —dijo—. No quiero hacerle daño. Phylanna cayó en los brazos
de Kelemvor y él la tumbó dulcemente en el suelo. —¿Quién eres? — preguntó
Kelemvor.
—Tengo muchos nombres. ¿Quién te gustaría que
fuese? —Era una simple pregunta —repuso el guerrero. —Que no tiene una simple
respuesta. —El hombre suspiró—: Puedes llamarme Torrence. Es un nombre tan
bueno como cualquier otro. —¿Por qué estás aquí? —Kelemvor sintió que algo
oscuro y pesado se agitaba en sus entrañas y apretó con fuerza la espada.
—Quería que salieses para compartir mi banquete. Ven, mira. Kelemvor se asomó a
la ventana. La muchacha que había estado junto al hombre de pelo entrecano en
el templo yacía en el callejón, con la ropa hecha jirones, aunque no parecía
haber recibido daño alguno.
Torrence se estremeció y los finos pelos blancos
que cubrían su piel se volvieron más gruesos. Su ropa se desprendió del cuerpo
y cayó suavemente al suelo, mientras la columna vertebral crujía y se alargaba.
El rostro se transformó en algo espantoso y las mandíbulas se extendieron hacia
afuera mientras emitía un gemido gutural de placer. Todo su cuerpo cambió,
dobló las extremidades hacia atrás y hacia adelante y sus huesos también
crujieron. En la boca abierta apareció una fila de colmillos y unas garras afiladísimas
sustituyeron a las uñas.
—¡Un hombre-chacal! —exclamó Kelemvor, lanzando,
estupefacto, un grito
sofocado.
Phylanna se despertó. Miró a Kelemvor, confusa. No
veía al monstruo que estaba junto a la ventana. Kelemvor volvió a mirar a
Torrence. —Ven, hermano mío. La compartiré contigo. Kelemvor luchó contra la
creciente marea de su pecho. De pronto, Phylanna vio al hombre-chacal y corrió
a ponerse junto a Kelemvor. —¡Gond nos ayude! —gritó.
—Sí, que se acerque a ti —dijo Torrence—. Podríamos
hacer el banquete con las dos.
—¡Aléjate! —gritó Kelemvor, a la vez que empujaba a
la sacerdotisa hacia la pared más apartada y levantaba la espada. La mirada de
terror que había en sus ojos era indescriptible—. ¡Ahora! —gritó cuando sintió
que la familiar agonía estallaba en su alma.
Estaba salvando a Phylanna del hombre-chacal, pero
no recibía nada a cambio de aquel acto heroico.
—Me he equivocado. Tú no eres uno de mi especie.
Estás maldito. — Torrence miró a Phylanna, luego de nuevo a Kelemvor—. No
puedes salvarla, maldito. ¡Ella, con su vida, pagará por tu fraude!
Kelemvor giró lentamente, su piel se volvió ahora
oscura, la cubría un pelo negro
como cerdas. Soltó la espada y empezó a quitarse la
cota de malla. Tenía todavía los brazos sobre la cabeza cuando su carne explotó
y el enorme animal que había dentro saltó sobre el hombre-chacal y lo arrojó
por la ventana de un empellón. La criatura de pelo entrecano aulló cuando las
bestias se encontraron en el aire antes de caer al suelo. Amanecía cuando unos
gritos aterradores sacaron a Adon de su meditación. El clérigo se acercó al
lugar de donde procedían con creciente aprensión; no eran propios de un ser
humano. Y, cuando se aproximó, vio que el ruido había arrastrado a muchos
ciudadanos, como si los gritos hubiesen atravesado el velo de letargo que los
cubría, permitiendo que la conciencia penetrase en sus mentes. Los plebeyos
estaban mirando aquella escena de pesadilla.
Había curiosos a ambos lados del callejón y Adon
sólo pudo vislumbrar tras ellos algún movimiento de vez en cuando, un destello
de un blanco deslumbrador; una enorme forma negra que se abalanzaba hacia
adelante para luego retroceder y lanzar un rugido inhumano. Había dos figuras
entrelazadas que bailaban una obscena danza de la muerte.
Adon se abrió paso entre los curiosos. Ninguno de
los combatientes era
humano, si bien uno se apoyaba sobre sus piernas
traseras, que tenía dobladas. Su rostro era de chacal, pero había inteligencia
humana en sus ojos grises, que revelaban alarma ante la muchedumbre que se
había congregado y ante el cálido sol que irrumpía sobre ellos. Pelo suave y
ensortijado cubría a la criatura, que sangraba profundamente de las muchas
heridas abiertas en su pellejo.
El otro animal le resultó demasiado familiar a
Adon: el cuerpo, estremecido, lustroso, negro; los penetrantes ojos verdes; las
fauces, ensangrentadas y feroces; la forma en que acechaba a su presa, todo
sirvió para recordarle la escena increíble que presenciara no hacía mucho en
las montañas al otro lado del desfiladero de Gnoll. Aquella criatura era
Kelemvor.
A los pies de aquellos horrores en pleno duelo,
estaba el botín por el que luchaban: una muchacha morena que yacía inmóvil con
la ropa desgarrada. Adon vio que todavía respiraba y que parpadeaba de vez en
cuando. En medio de su ataque, la pantera se levantó sobre las patas traseras.
A continuación se separaron y resbalaron en un sucio charco de sangre que
cubría los adoquines. La sangre salpicó el rostro de la muchacha. Adon se
volvió y se dirigió a la multitud. —¡Tenemos que abatir al chacal y salvar a la
muchacha! Pero la gente se limitó a mirarlo.
—¡Alguno de vosotros llevará una arma! ¡Algo! Adon
se maldijo por no haber cogido su maza de guerra y avanzó hacia los monstruos.
Los animales se inmovilizaron de repente y se quedaron mirándolo. Luego la
pantera que había sido Kelemvor asestó un golpe al chacal y se reanudaron las
hostilidades. Adon se dio media vuelta, atravesó a la indiferente muchedumbre
que observaba el espectáculo con un interés pasivo, y echó a correr en
dirección a la calle. Mientras corría calle abajo en dirección a La Botella en
Alto, iba gritando dos nombres.
11
El desfiladero de las Sombras
—¿Que lo están atacando? —preguntó Medianoche— ¿Una
especie de animal? —¡Sí! ¡Un chacal de pelo plateado que camina como un hombre!
— gritó el joven clérigo.
—¿Y los ciudadanos se limitan a mirar?
—Ya has visto cómo son. Tenemos que darnos prisa.
Kelemvor también es un animal.
—¿Kelemvor es qué? —exclamó Medianoche.
La explicación de Adon sobre los acontecimientos
que había observado no tenía ningún sentido ni para Medianoche ni para Cyric.
El pánico había echado por tierra su habitual destreza para incluir pasajes
descriptivos en su narrativa y, por más que el clérigo trataba repetidamente de
transmitir lo que había visto, sólo se entendían fragmentos espeluznantes de la
historia. Los héroes corrieron escaleras abajo y salieron de la posada. Cyric,
que había recibido una extraña, pero positiva, visita de Rull de Gond, cortó
los cabestros de los caballos con la espada y los tres salieron a todo galope
de los establos; Cyric en el de Kelemvor y Adon con Medianoche. Las
indicaciones del clérigo apenas eran necesarias, pues la pelea parecía haber
despertado a toda la población de Tilverton. Hombres, mujeres y niños se
dirigían en tropel al callejón. Medianoche ordenó a Adon que se ocupase de los
caballos y Cyric cogió su arco y un buen surtido de flechas de una de las
aljabas que colgaban del caballo de Kelemvor. Se abrieron paso a empujones a
través de la muchedumbre. Antes de que una pareja de ancianos se apartase y
dejase al descubierto lo que estaba ocurriendo en el callejón, Cyric había
mirado al suelo y había visto un charco de sangre que se extendía por el
empedrado gris. Luego levantó la vista y se quedó atónito ante la extraña
escena que tenía delante.
El hombre-chacal yacía destripado en medio del
callejón, estremeciéndose por aferrarse a la vida, si bien era evidente que la
muerte no tardaría en llevárselo. Una pantera negra, en cambio, se paseaba
ruidosamente de arriba abajo y se detenía de vez en cuando para lamer uno de
los muchos charcos de sangre que salían del animal agonizante. La mujer que
Adon había tratado de describir también estaba allí, salpicada de sangre.
Estaba encogida, apoyada contra la pared y sollozaba; tenía las rodillas
dobladas a la altura de su pecho y miraba a través de ellas a la pantera herida
cómo se acercaba a cada círculo que daba alrededor de su aterrorizada presa.
Cyric apuntó una flecha, ajeno al grito de Medianoche. Cuando Cyric tensó el
arco y las pequeñas vibraciones producidas por la flecha al rozar llenaron los
oídos del hombre moreno, todos los ruidos parecieron desvanecerse. Cuando
sostuvo la flecha lista para lanzarla, sintió un ligero tirón en la parte baja
de la espalda a causa de la herida recientemente curada.
La pantera se detuvo y miró directamente a Cyric.
La intensidad de sus ojos verdes detuvo el brazo del ladrón, que se relajó
visiblemente. El animal rugió, lo cual le devolvió a Cyric la conciencia de que
la población le estaba
gritando, y comprendió que lo animaban, pidiéndole
que hiciese lo que ellos no podían hacer.
Medianoche no se atrevía a moverse, por temor de
que, ante la sorpresa, Cyric
lanzase la flecha. Supo la verdad apenas posó la
mirada en la pantera. Adon había aparecido junto a ella para luego deslizarse
por delante y dirigirse al muro donde estaba la muchacha, a la cual arrastró
hasta la parte más alejada de la muchedumbre. La pantera ignoró los movimientos
del joven clérigo. «Quiero comprender —pensó Medianoche—. ¡Maldita sea,
mírame!» Pero el animal sólo tenía ojos para su posible verdugo. Sin que nadie
se percatase de ello, el chacal exhaló su último suspiro. De repente, la pantera
desvió la mirada y se puso a temblar cuando la flecha de Cyric abandonó el arco
y encontró su blanco. El animal lanzó un rugido de dolor y cayó de costado. Las
costillas se le separaron con fuerza y salieron de sus entrañas la cabeza y los
brazos de un hombre. Transcurrió un momento y todo lo que quedó de la pantera
fue el pelo enmarañado y la sangre que se iba cuajando rápidamente. Kelemvor
estaba tumbado en el callejón, desnudo y cubierto de sangre. Tenía una gran
mata de pelo negro que le caía sobre el rostro cuando trató de ponerse de pie;
luego se desplomó boca abajo con un gruñido.
—¡Matad a esa cosa! —gritó alguien. A través de una
neblina, Kelemvor levantó la vista y vio a Phylanna, una de las mujeres a quien
había salvado, de pie junto a él. A la luz del sol su pelo rojo parecía estar
ardiendo—. ¡Matad a esa cosa! Kelemvor la miró al rostro y encontró sólo odio.
«Sí — pensó—. Matad a esa cosa.»
Se adelantaron unos cuantos ciudadanos,
envalentonados por los gritos de Phylanna. Uno encontró un ladrillo que se
había desprendido durante la lucha entre Kelemvor y Torrence, y lo levantó
sobre su cabeza, otros siguieron su ejemplo. Cyric se precipitó con el arco
todavía preparado. —¡Deteneos! — gritó. Los plebeyos así lo hicieron—. ¿Quién
quiere morir el primero?
Las amenazas de Cyric no conmovieron a Phylanna.
—¡Matadlo! —gritó. Adon, que estaba junto a la muchacha herida, se puso en pie.
—No ha sido este hombre quien ha arrebatado la vida de tu gente. ¡Esta muchacha
estaría muerta, la habría asesinado aquella cosa abominable de no haber sido
por este hombre!
Medianoche se acercó a Phylanna.
—El clérigo tiene razón. Dejadlo en paz. Ya ha
sufrido bastante. —La maga
hizo una pausa—. Además, el que de entre vosotros
quiera hacerle daño tendrá que pasar por encima de nuestros cadáveres. Y ahora,
¡idos a casa! Los plebeyos vacilaron.
—¡Idos! —gritó Medianoche y la gente soltó los
ladrillos, se dio media vuelta y empezó a alejarse. Sin embargo, Kelemvor había
visto sus rostros y la total repulsión que había en ellos.
Phylanna miró al guerrero y vio que el gris volvía
a su pelo y las pequeñas arrugas a su rostro.
—Eres impuro —dijo, y su odio irradiaba de ella
como un sol deslumbrante a mediodía—. Estás maldito. Márchate de Tilverton. Tu
presencia no es deseada aquí, es una ofensa.
Luego la sacerdotisa se volvió y se acercó a la
asustada muchacha, el «banquete» que Torrence deseaba.
—Vete con tu compañero —le dijo a Adon mientras
tomaba a la muchacha en sus brazos—. Tú tampoco eres bienvenido aquí.
Kelemvor vislumbró brevemente el rostro de la
muchacha mientras Phylanna se la
llevaba. Albergaba la esperanza de que pudiese
haber una señal de comprensión en los ojos de la muchacha, pero en ellos había
sólo miedo. El guerrero volvió a dejarse caer al suelo, con el rostro a sólo
unos centímetros del charco de sangre por él derramada. Cerró los ojos y esperó
a que los últimos espectadores, antes sus aliados, se hubiesen marchado del
callejón. —¿Está bien? —quiso saber Cyric.
Kelemvor se sentía confuso. Resonaron las botas de
Cyric cada vez más
fuerte. —No lo sé —contestó Medianoche para luego
agacharse junto al
guerrero y tocarle la espalda.
—Kel.
Kelemvor cerró los ojos con todas sus fuerzas. No
podía soportar la idea de ver el asco y el miedo de los plebeyos en los ojos de
sus amigos. —¡Kel, mírame! —ordenó Medianoche severamente—. Tienes una deuda
conmigo por haberte salvado. Mírame.
Kelemvor se sobresaltó cuando notó que alguien
desplegaba una sábana y la ponía suavemente sobre él. Levantó la vista y vio a
Adon, que colocaba la sábana sobre su espalda. Kelemvor se envolvió en ella y
se puso en cuclillas. Medianoche y Cyric estaban junto a él. En sus ojos había
inquietud. Nada más.
—Mi... armadura y la cota de malla están arriba.
—Voy a buscarlas —se ofreció Cyric. Caminó lentamente, pues el costado le dolía
todavía después de haber sostenido el arco tenso tanto rato. Kelemvor escudriñó
el rostro de Medianoche. —¿No sientes... repugnancia por lo que has visto?
Medianoche le tocó el rostro.
—¿Por qué no nos lo contaste?
—Nunca se lo había dicho a nadie.
Cyric volvió con los bártulos de Kelemvor y los
dejó junto a él; luego hizo un gesto en dirección a Adon.
—Vigilaremos mientras te vistes. Tenemos un largo
camino por delante y sería mejor recorrerlo con el sol sobre nuestras cabezas y
no a nuestras espaldas. Adon montó guardia en el extremo del callejón mientras
Cyric volvía por donde habían llegado y esperaba junto a los caballos. Kelemvor
agachó la cabeza y Medianoche le acarició el pelo. —Ariel —dijo él suavemente.
—Estoy aquí —repuso Medianoche, y estrechó
fuertemente al guerrero en sus brazos hasta que él empezó a hablar.
Una vez comenzado el relato, Kelemvor descubrió que
no podría parar hasta que la deuda de confianza que tenía con Medianoche
quedase saldada. La familia de Kelemvor había sido víctima de la maldición de
los Lyonsbane desde hacía generaciones. Kyle Lyonsbane fue el primero y el
único de los Lyonsbane que recibió la maldición debido a sus propias acciones.
Sus descendientes la padecieron a causa de su sangre infecta y a pesar de no
haber cometido ninguna falta propia. Kyle fue conocido como la quintaesencia del
mercenario: todo servicio tenía su precio y era completamente inexorable a la
hora de recibir el pago, incluso de viudas desconsoladas, si éstas tenían un
oro que le correspondía a él. Las acciones de Kyle se volvieron contra él en
una gran batalla, cuando tuvo que escoger entre defender a una hechicera en
desgracia o seguir abriéndose camino a través
del enemigo para llegar a una fortaleza y ser el
primero en saquear las grandes riquezas
que había en su interior.
Con la ayuda de Kyle, la hechicera habría podido
recuperar sus fuerzas, pero el mercenario sabía que ella pondría objeciones al
saqueo y no veía qué iba a ganar ayudándola. La abandonó para morir a manos del
enemigo. Antes de morir, lanzó un último y complicado conjuro y lo maldijo a
correr tras las
riquezas dentro de un cuerpo más adecuado a su
verdadera naturaleza de lo que lo sería el de un hombre. Cuando Kyle llegó a la
fortaleza y trató de apoderarse de su parte de oro, se sintió de pronto muy
débil. Se arrastró hasta una habitación apartada y allí se transformó en una
gruñona y estúpida pantera. El animal supo por instinto que debía escapar de la
fortaleza. Sólo medio día después de huir, y tras haber matado a un viajero,
Kyle sufrió la dolorosa transformación y volvió a convertirse en humano. Kyle
sufrió la maldición de la hechicera para el resto de sus días; cada vez que
intentaba llevar a cabo un acto que implicase cualquier tipo de recompensa, se
convertía en animal. Y, a pesar de que bajo la maldición el mercenario sólo
podía realizar actos desinteresados y heroicos, juró no volver a dedicar su
vida a aquellas actividades. Se vio obligado a retirarse de la vida de
mercenario que tanto amaba y a vivir de lo que había ganado en sus aventuras
anteriores. Cuando se le agotó el oro y el único camino que le quedaba era
vivir de la caridad de la familia de su mujer, prefirió quitarse la vida antes
que vivir con la humillación de la pobreza o llevar a cabo cualquier obra
buena. Antes de morir, Kyle engendró un heredero, que fue desgraciado. Sin
embargo, por extraño que parezca, cuando la maldición se manifestó en el hijo
de Kyle, los efectos fueron inversos: no podía realizar acto alguno, a menos
que fuese en defensa de su propia vida, sin recibir a cambio algún tipo de
recompensa. Si llevaba a cabo una acción y no recibía su paga correspondiente o
se atrevía a hacer un acto caritativo, se convertía en pantera y se veía
obligado a quitar la vida a alguien. Según la teoría de un mago errante, como
la maldición original estaba destinada a ser un castigo a la maldad y a la
avaricia y, como todos los niños llegan al mundo inocentes, la maldición no
encontraba maldad que castigar y se transformaba en castigo a la inocencia y a
la bondad del hijo de Kyle. El propósito de la maldición de la hechicera había
sido vano, pues nació un largo linaje de mercenarios con historias tan
sangrientas y poco escrupulosas como la de Kyle Lyonsbane. Fue Lukyan, el nieto
de Kyle, quien detectó un peligro inherente en el estado de su padre cuando
éste fue viejo y enfermo; el anciano mercenario no recordaba cuándo le habían
ofrecido o garantizado una determinada recompensa, ni cuándo se le había
pagado. Por esto, el anciano se transformaba en animal sin mediar provocación y
se convirtió en una amenaza para todo aquel a quien se acercase. Por
consiguiente, recayó sobre todos los Lyonsbane la responsabilidad de matar a su
padre cuando cumpliese
los cincuenta años.
La familia sobrevivió muchas generaciones, pero no
siempre fue necesario llevar a cabo el asesinato ritual de los padres por parte
de sus vástagos, pues la maldición no aquejaba a todas las generaciones. El
padre y el tío de Kelemvor, por ejemplo, habían sido dispensados de los efectos
de la maldición, habían sido libres de vivir sus vidas como más desearan. Al
igual que Kelemvor, ninguno de los hijos de Kendrel Lyonsbane fue tan
afortunado como su padre.
Kelemvor formaba parte de la séptima generación de
descendientes de Kyle y toda su vida había intentado librarse de la maldición.
Ansiaba llevar a cabo acciones bondadosas, caritativas y justas. Pero los años
habían ido pasando para el guerrero sin esperanza de curación, ninguna
esperanza de redención. El único camino, y ensangrentado, que tenía ante él era
seguir sirviendo como mercenario y ser pagado por
ello.
Kelemvor terminó su relato y esperó la reacción de
Medianoche. Mientras
hablaba, ella había permanecido en silencio
acariciándolo suavemente. —
Encontraremos una forma de curarte —dijo Medianoche
por fin. Kelemvor la
miró a los ojos. Había una mezcla de compasión y
pesar. —¿Quieres venir
conmigo al valle de las Sombras? —preguntó
Medianoche, sin dejar de
acariciar el rostro de Kelemvor—. Te ofrezco una
bonita recompensa. El
guerrero no pudo apartar la mirada.
—Tengo que saber lo que me ofreces.
—Te ofrezco mi amor.
Kelemvor tocó sus manos.
—Siendo así, iré contigo —dijo, para luego
estrecharla contra sí. Mientras Kelemvor y sus compañeros se dirigían a caballo
a La Botella en Alto, Cyric se paró unas cuantas veces a reunir lo necesario
para su viaje al valle de las Sombras. Encontró caballos de refresco para él y
Adon, así como carne y pan para el grupo. Cuando llegaron a la posada,
Medianoche acompañó a Kelemvor dentro para recoger las pocas pertenencias que
tenían. Cyric y Adon esperaron fuera, cerca de la puerta principal de la
posada.
El joven de los ojos grises seguía sentado en las
sombras junto a la puerta, pero pasó inadvertido a los héroes. Se hizo un
silencio tenso entre Cyric y Adon. Cyric contemplaba la calle principal de
Tilverton y vio acercarse a un grupo de jinetes procedentes del templo. Crujió
una madera y Cyric se volvió
a tiempo de ver al hombre de los ojos grises surgir
de las sombras detrás de Adon, empuñando un cuchillo. Cyric se había puesto ya
en movimiento cuando el clérigo se volvió, pero la hoja cortó el aire demasiado
deprisa para que, ni siquiera el ladrón, la detuviese. Un chorro de sangre
salpicó la pared cuando el cuchillo hendió el rostro de Adon. Cyric empujó
hacia atrás al inconsciente clérigo con una mano; mientras tanto, el hombre de
los ojos grises se preparaba para volver a atacar, pero el ladrón tenía ya su
daga en la mano libre y se abalanzó hacia adelante y atravesó al agresor.
—Muero por la gloria de Gond —dijo éste, y se desplomó en su silla. Kelemvor y
Medianoche aparecieron en la puerta. —Ocúpate de él —gritó Cyric a la vez que
empujaba a Adon en dirección a Kelemvor.
El clérigo tenía el rostro cubierto de sangre.
Medianoche se adelantó para ayudar a Kelemvor con su amigo, herido e
inconsciente, y Cyric corrió en busca de los caballos. El hombre de los ojos
grises estaba reclinado contra el resplandor de la silla y se apretaba el
estómago.
—Phylanna ya nos lo advirtió —dijo señalando a
Kelemvor—. Nos dijo que lord Gond había introducido un monstruo entre nosotros
para ponernos a prueba. Sólo matándolo podremos probar que somos dignos de la
presencia de lord Gond, el Hacedor de Milagros.
El hombre se dejó caer pesadamente de la silla y se
desplomó sobre las rodillas, con la espalda contra la pared.
Cyric miró hacia la calle. Los jinetes del templo
se acercaban y llegarían a su altura al cabo de muy poco tiempo.
—Tenemos que marcharnos, Kel —dijo a la vez que
daba la espalda al templo de Gond con su caballo y se alejaba en dirección a la
carretera del norte que conducía al valle de las Sombras.
Con una agilidad fruto de la desesperación,
Kelemvor se cargó a Adon a la espalda y montó sobre su caballo. Medianoche,
mientras corría hacia el
suyo, recogió
las pertenencias del clérigo. Los héroes tenían
todavía a los ciudadanos en sus talones cuando llegaron a la carretera y
tomaron rumbo a las Tierras de Piedra. Los héroes cabalgaron hasta muy entrada
la noche, sin que sus perseguidores se distanciaran, en ningún momento. El plan
de Kelemvor era sencillo: los jinetes no estaban preparados para un largo viaje
y, por consiguiente, tendrían que detenerse o dar media vuelta en un momento u
otro. Librarse de los perseguidores era sólo cuestión de resistencia.
Estaba amaneciendo y una considerable distancia los
separaba ya de los rendidos jinetes de Tilverton, cuando los héroes llegaron a
un pequeño lago, cerca de las montañas del desfiladero de las Sombras. El agua
estaba rodeada por unos cuantos árboles, cansados centinelas que anhelaban
poder llegar abajo y refrescarse en las cristalinas aguas. Kelemvor, a pesar de
que el agua fría lo tentaba en extremo, sabía que el grupo no podía permitirse
el lujo de parar. Mientras rodeaban el lago, el guerrero confió en que la
fuerza de voluntad de sus perseguidores no fuese tan fuerte como la suya.
Minutos después, los héroes lanzaron gritos de
entusiasmo cuando vieron que Phylanna y los adoradores de Gond se detenían
junto al lago. Y, aun cuando estaban ahora a una considerable distancia de
Tilverton y muy cansados, los héroes prosiguieron su camino hasta que el sol
estuvo alto en el azul del cielo. Para entonces, hacía casi dos horas que sus
perseguidores no daban señales de vida. Se pararon el tiempo suficiente para
comer y beber, pero no había ni que hablar de dormir. Mientras Cyric y Kelemvor
comían y atendían a los caballos, Medianoche examinó a Adon y tuvo tiempo de
cubrir su herida. Había perdido mucha sangre durante la cabalgada y estaba
todavía inconsciente, pero la maga pensó que viviría para ver la torre
Inclinada del valle de las Sombras. Sin embargo, cuando los héroes estuvieron
preparados para partir y Adon fue aupado al caballo de Kelemvor, Medianoche se
preguntó si no sería preferible para el clérigo no volver a despertarse. A
medida que el día avanzaba, los héroes se acercaban cada vez más al desfiladero
de las Sombras. A mediodía, aparecieron, espectrales, los enormes bloques de
granito que formaban la cordillera gris del desfiladero, mientras la luz bañaba
el valle entre las estribaciones opuestas y hacía que los héroes se preguntasen
de dónde le venía su nombre al lugar. Pero a medida que iba avanzando la tarde
y los héroes se aproximaban a las montañas, no tardaron en comprender que el
nombre del desfiladero era más que apropiado.
Cuando el sol se desplazó hacia el oeste y los
macizos picos del desfiladero de las Sombras empezaron a bloquear la luz en
cada recodo, un velo de oscuridad fue cubriendo el camino. Mucho antes de que
cayese la noche, los héroes tuvieron la sensación de haber estado viajando con
una manta de aire frío y suave sobre ellos, a pesar de que el sol calentaba las
Tierras de Piedra al sur del desfiladero y las montañas de la Boca del
Desierto.
Sin embargo, los héroes siguieron avanzando, hasta
que, a la media luz del
momento antes de caer la noche sobre las Tierras de
Piedra, al suelo empezó a hacer ruidos extraños. Al principio, Kelemvor no dio
mayor importancia a aquellos temblores, considerando que no serían más que
desprendimientos subterráneos de piedras o, tal vez, que la tierra se estaba
asentando después de la lluvia que había calado recientemente la zona. Pero al
cabo de un momento las montañas que rodeaban el desfiladero de las Sombras
empezaron a moverse. En un principio, Medianoche pensó que era la falta de sueño
lo que hacía que sus sentidos la traicionasen, pero no tardó en ver que la
estribación del oeste se volvía
lentamente hacia ella. Al este caían de los riscos
enormes rocas que se estrellaban contra
los árboles; se estrellaban o los arrancaban. La
tierra temblaba bajo los héroes, y los caballos piafaban asustados. El
estruendo se hacía cada vez más ensordecedor y las rocas desprendidas no
tardaron en acercarse, yendo a estrellarse contra los árboles que flanqueaban
el camino que atravesaba el desfiladero de las Sombras. Poco a poco el camino
se fue cerrando y los héroes vieron al nordeste nuevas montañas que se alzaban
del suelo. — ¡Tenemos que pasar! —gritó Kelemvor, espoleando con sus talones
los flancos de su caballo—. ¡Adelante!
Cuando el guerrero, seguido de Cyric y Medianoche,
empezó a bajar velozmente por el cada vez más estrecho camino, se puso
claramente de manifiesto que las dos estribaciones se estaban moviendo,
acortando la distancia y cerrando el desfiladero. El caos proseguía y a su
alrededor se precipitaban rocas y piedras que arrancaban los árboles y elevaban
nubes de polvo y tierra. Al cabo de un rato, los aventureros ya no podían ver
más que unos cuantos metros delante de sí, pero tenían que seguir cabalgando
tan rápidamente como pudieran. Apresurándose para llegar al otro lado del
desfiladero, corrían el riesgo de ser alcanzados por una roca, pero si
aminoraban la marcha y cabalgaban cautelosamente, acabarían siendo aplastados
por las montañas que se iban acercando.
Luego, mientras los héroes se abrían paso entre el
montón de piedras que caía, volvió a desencadenarse el caos de la naturaleza.
El caballo de Medianoche fue el primero en percibirlo y, a pesar de los
esfuerzos de la maga para que le obedeciera, se encabritó y retrocedió
bruscamente. Las nubes que los envolvieron de repente tenían un color ámbar
oscuro y tuvieron que cubrirse la nariz y la boca para no inhalar los gases
producidos por la
niebla. Cuando no tenían más remedio que respirar,
los espesos y trepidantes grumos que inhalaban los héroes les quemaban de forma
horrible. Allí donde se volviesen, estaba la niebla.
También a los caballos les costaba respirar pero,
aunque jadeando y resollando, siguieron adelante. En medio de aquel aire denso
y viciado, los héroes apenas veían por donde estaban pasando. Afortunadamente
aparecieron las nieblas y las montañas dejaron de moverse.
Cyric sabía que era un milagro que hubiesen
sobrevivido hasta aquel punto. Pero si los picos empezaban a desplazarse de
nuevo, los aventureros acabarían enterrados en un río de tierra desplazada,
rocas y árboles mucho antes de que pudiesen salir del desfiladero.
—Será mejor que paremos un momento —dijo Medianoche
tosiendo secamente— . Así podremos comprobar nuestra posición y asegurarnos de
que vamos en la dirección adecuada.
—Sí —asintió Kelemvor—. Parece no haber peligro por
el momento. Los héroes se detuvieron y dejaron descansar a los caballos un
momento. Escudriñaron la niebla en busca de algún punto reconocible, algo que
los guiase al norte a través de toda aquella desolación. Pero como la niebla
era demasiado densa y se estaba haciendo de noche, tuvieron que dejarse llevar
por la intuición de Cyric. —Yo creo que estamos en la dirección correcta — dijo
el ladrón mientras los héroes montaban y se disponían a proseguir la marcha—.
No tenemos más elección que seguir lo que creemos que es el camino que cruza el
desfiladero. Medianoche se rió.
—Esto funcionó en aquel extraño bosque a las
afueras de Arabel. Cyric y Kelemvor fruncieron el entrecejo y se disponían a
hincar las espuelas en sus caballos para ponerse en marcha, cuando Medianoche
lanzó un grito. Una rata de
relucientes ojos rojos y enorme cuerpo abotargado
surgió de la niebla en dirección a
Medianoche. La maga golpeó aquella cosa monstruosa,
tan grande como el antebrazo de un hombre, y el animal dio un chillido
estridente. La rata cayó al suelo produciendo un ruido sordo y echó a correr.
Luego los héroes oyeron un zumbido que hizo
estremecerse incluso a Kelemvor. A su alrededor se oían unos chillidos altos y
estridentes. Los gritos resonaban en las rocas y los aventureros sintieron que
un escalofrío recorría su columna vertebral. Cuando la primera horda de ratas
gigantes
atravesó la niebla, Cyric pensó que debía de haber
como mínimo doscientas. El caballo de Kelemvor retrocedió y poco faltó para que
Adon cayese al suelo. —¡Poneos detrás de mí! —gritó Medianoche. De pronto
apareció un escudo azul y blanco que rodeó a los héroes y desvió los cuerpos de
las ratas. Kelemvor trató de mantener firme su caballo dentro del escudo. —¿No
te parece que es un poco arriesgado lanzar un hechizo? Quiero decir que podías
haber convertido a todas las ratas en unos agresivos elefantes o en alguna otra
cosa.
—Si tanto te molesta, Kel, podemos decirle a
Medianoche que suelte el escudo — dijo Cyric.
El guerrero guardó silencio y Medianoche sonrió,
aunque sin volverse para mirar a sus compañeros, concentrada como estaba en
sostener el escudo en alto mientras rata tras rata rebotaba en la barrera
mágica. Cyric observaba a las ratas correr a su alrededor. —No parecen tener un
interés particular en atacarnos —comentó—. Me pregunto si no estarán huyendo de
algo o si el terremoto no habrá destruido sus madrigueras. Apenas la última
rata salió huyendo, el escudo se rompió como si fuese un espejo golpeado con un
martillo, y los fragmentos rotos se desvanecieron en el aire. —Creo que
deberíamos marcharnos inmediatamente —dijo Kelemvor, y los caballos empezaron a
abrirse paso entre los árboles y piedras que habían caído. Aquella noche
estuvieron cabalgando durante horas y horas, pero sin que la niebla diese
muestras de querer remitir. Kelemvor sentía un malestar creciente en la boca
del estómago, sin duda causado por el aire amargo. Estaba débil y cansado y,
aunque nunca se ponía enfermo, pasó varias veces por su mente la idea de que
ahora iba a ocurrirle. Las rocas que tenían delante parecían moverse
ligeramente de vez en cuando, pero Kelemvor se había acostumbrado tanto a
aquellos ruidos que se había vuelto sordo al estruendo que producían las
montañas al desplazarse y acercarse. Sin embargo, la niebla se hizo finalmente
menos densa y los héroes se animaron cuando descubrieron que respiraban con
mayor facilidad. También el camino se iba despejando. Después de caminar
guiando los caballos más de un kilómetro y medio a través de terreno
resquebrajado y rocoso, y de suelo movedizo, los héroes pudieron volver a
montar. Adon fue trasladado al caballo de Medianoche y Kelemvor puso el suyo al
galope y se adelantó a reconocer el terreno. La niebla se fue apartando y el guerrero
pudo volver a respirar aire fresco y limpio. En aquella alejada zona del norte,
las montañas no habían
arrojado rocas y daba la impresión de que estaban
fuera de peligro. Sin embargo, la tierra que estaba al norte de lo que había
sido el desfiladero de las Sombras había cambiado; ahora era extraña y hermosa.
El camino tenía un brillo blanco y serpenteaba
hacia el norte a lo largo de algunos kilómetros. Luego desaparecía en las
estribaciones dentadas de una hermosa sierra que parecía estar hecha
enteramente de vidrio.
Cuando Kelemvor contemplaba las extrañas montañas
al nordeste, Cyric
y
Medianoche llegaron a su altura.
—¿Dónde estamos? —preguntó Cyric para luego
detenerse y desmontar—. No recordaba que hubiese ninguna montaña de cristal en
los Reinos. —Creo que estas montañas son nuevas. Hemos tomado la dirección
correcta. Ahora estamos al norte del desfiladero de las Sombras —dijo el
guerrero. Luego señaló al oeste—. Aquéllas son las montañas de la Boca del
Desierto y lo que hay al norte, delante de nosotros, es el bosque del Nido de
Arañas. — ¡Entonces estamos atrapados! —exclamó Medianoche dejando caer la
cabeza
— . No podemos atravesar ese bosque y está en
nuestro camino. Los héroes guardaron silencio un momento. —Pues vamos a tener
que cruzar el bosque —dijo Cyric por fin—. Lo seguro es que no podemos volver
por donde hemos venido. De modo que no tenemos otra elección, a menos que,
claro está, Medianoche tenga a bien llevarnos volando por encima de las
montañas en su escoba.
—De todas formas, aunque tuviese una, probablemente
no funcionaría bien —dijo Kelemvor y luego empezó a encaminarse hacia el
bosque. Cuando los héroes se acercaban ya, algo se movió en los árboles, algo
del tamaño de un caballo, con ocho patas de araña y unos glaciales ojos azules.
Mientras Medianoche y Kelemvor observaban atónitos los relucientes ojos del
bosque, Cyric se volvió para echar una última ojeada al desfiladero de las
Sombras. De la niebla estaba surgiendo un grupo de jinetes. —¡Los jinetes de Tilverton!
—gritó Cyric. Medianoche buscó un lugar por donde escapar. Las formas que había
en el bosque se movían ahora velozmente y rondaban en torno al bosque del Nido
de Arañas. Medianoche desmontó y se plantó en el camino de los jinetes que se
acercaban. A pesar del agotamiento, sacó la daga y se preparó para luchar. El
resplandor sobrenatural del camino iluminaba la escena y los héroes pudieron
ver claramente a los jinetes. Medianoche reconoció al hombre calvo que iba a la
cabeza. Ojos de Dragón.
—Thurbrand —dijeron Kelemvor y Medianoche al
unísono, para luego quedarse boquiabiertos.
El hombre calvo se detuvo y desmontó.
—Os saludo —dijo a Kelemvor y a Cyric. Luego el
guerrero se volvió a Medianoche—: Nos volvemos a encontrar, hermoso narciso.
—¿Cómo habéis cruzado el desfiladero de las Sombras? —preguntó Kelemvor a la
vez que desenvainaba su espada.
—Igual que vosotros. He visto desastres peores
—dijo el hombre calvo—. Claro que, para cuando llegamos nosotros, las montañas
habían dejado de moverse. No ha sido tan duro.
Uno de los hombres de Thurbrand carraspeó
ruidosamente. —Hemos perdido un hombre —añadió Thurbrand—. Lo aplastó una roca.
—La gente de Tilverton —repuso Medianoche en un tono de preocupación—. Los que
nos perseguían.
—Ha hecho falta un poco de persuasión para que
diesen media vuelta. Nosotros hemos perdido dos hombres en el intento, pero
ellos han perdido una docena —explicó Thurbrand—. Esto los ha convencido.
Cyric sacudió la cabeza. Pensó que eran unos
estúpidos por morir por un dios que se había desentendido de ellos.
—Por cierto —prosiguió Thurbrand—, por el camino
nos hemos enterado de que
ha salido de Zhentil Keep un escuadrón de asesinos
para acabar con vuestro grupo. Se
trata de las fuerzas de elite de Bane, adiestradas
prácticamente desde que nacieron. Cyric respiró hondo.
—Llevan unas armaduras de color hueso y la piel
blanqueada. Asimismo, ostentan el símbolo de Bane pintado en negro en sus
rostros. —El ladrón se estremeció —. Estuve a punto de ser vendido a su orden
cuando era niño. Si nos encuentran, no tardaremos mucho en ser cadáveres. —¿Y
bien? —quiso saber Medianoche.
Thurbrand examinaba a los viajeros.
—Lleváis un herido. Antes de nada habría que
atenderlo. Y supongo que no habéis ni comido ni dormido desde hace bastante
tiempo. —Pero ¿qué pasa con los asesinos? —preguntó Kelemvor lanzando ansiosas
miradas en dirección al desfiladero que tenía detrás. —Podríamos esperarlos
—propuso Thurbrand, para luego volverse e indicar a sus hombres que se
acercasen—.
Si su preparación es tan superior, no servirá de
nada huir. Sería preferible enfrentarnos a ellos aquí mismo, en condiciones
ventajosas. Medianoche tocó el brazo del hombre calvo. —¿Por qué nos has
seguido? Thurbrand se volvió, pero no dijo nada.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó Medianoche en un
tono tranquilo. —Mis hombres atenderán al clérigo, luego hablaremos —fue la
contestación de Thurbrand.
—¡Maldito seas! —gritó Kelemvor—. ¿Qué quieres de
nosotros? Todos los hombres de Thurbrand sacaron la espada. Thurbrand frunció
el entrecejo. —¿No os lo he dicho? Se os requiere a todos en Arabel para un
interrogatorio. Se os acusa de traición. Técnicamente, estáis todos detenidos.
El hombre calvo indicó a sus hombres mediante un gesto que envainasen sus armas
y se alejasen.
Bane estaba solo en la sala del trono con
Blackthorne, que permanecía de pie junto a las enormes puertas de la estancia.
Una nube color ámbar llenaba el centro de la habitación, y de la neblina
colgaba una enorme calavera jaspeada. —Estoy intrigado, Myrkul —dijo lord
Black, paseándose de arriba abajo y de abajo arriba—. Como tú me has recordado,
con gran satisfacción por tu parte, nuestra última colaboración fue un rotundo
fracaso. Sin embargo, después de mi batalla con Mystra, cuando te pedí ayuda,
tú te limitaste a echarte a reír. Yo, en cambio, soy lo bastante educado como
para contestar a tu llamada en medio de la noche. —¿Qué es el tiempo para ti o
para mí? —dijo Myrkul—. ¿Quieres escuchar lo que tengo que proponerte? —Sí, sí.
¡Adelante con ello! —espetó Bane con impaciencia y apretando los puños.
Myrkul se aclaró la garganta.
—Creo que deberíamos volver a unirnos. Tu plan de
reunir el poder de los dioses tiene una virtud que sólo ahora puedo apreciar en
lo que vale. —¿Y cómo es eso? —preguntó Bane débilmente para luego arrastrarse
hasta el trono, sentarse y dejar escapar un bostezo. La nube ámbar lo siguió—.
¿Estás tan harto como yo de pasar el tiempo dentro de estas odiadas cadenas de
carne? —Esto es una de las consideraciones —dijo Myrkul—. También sé dónde
puedes encontrar otra Escalera Celestial. La necesitas para acceder a las
Esferas, ¿no es así?
—Sigue —apremió lord Black, sin dejar de
tamborilear en el brazo del trono con
los dedos.
—Me has hablado de un plan para invadir el valle.
¿Sabías que la escalera está fuera del templo de Lathander en el valle de las
Sombras? —Sí, Myrkul, claro que sabía lo de la escalera —dijo Bane—. Pero te
agradezco las molestias que te has tomado.
Lord Black sonrió. Si bien la noticia de la
presencia de la escalera en el valle de las Sombras no era nueva para Bane, su
exacta localización en el lugar sí lo era. Por supuesto, a Bane jamás se le
ocurriría dejar entrever al señor de los Huesos que había desvelado una
información de considerable valor. La calavera espectral cerró los ojos.
—¿Cómo puedo compensarte por mis fallos como
aliado, Bane? Me gustaría
ayudarte en todo lo que pueda.
Bane alzó una ceja y se puso de pie.
—Sigues negándote a tomar parte directa en la
batalla, ¿de qué puedes servirme, entonces?
—Sigo teniendo cierto control sobre la muerte.
Puedo... sacar el poder del alma de un humano cuando éste muere. Bane se acercó
a la calavera flotante.
—¿Y tú podrías darme ese poder?
La calavera asintió.
Bane reflexionó sobre ello.
—Éstas son mis condiciones —dijo finalmente—.
Recogerás las almas de todos los que mueran en la batalla y trasegarás sus
energías dentro de mí. — ¿Qué más? —quiso saber Myrkul.
—Estarás preparado para unirte a mí en el asalto a
las Esferas. Cuando llegue el momento de subir la escalera, tú estarás a mi
lado. Primero mandaremos a aquellos de mis seguidores que hayan sobrevivido a
la batalla para que ataquen al dios de los Guardianes. Cuando Helm mate a los
humanos, no estará haciendo más que alimentar mi poder, debilitarse y acelerar
su propia destrucción. No había expresión alguna en la calavera de la neblina.
Al cabo de un momento, Myrkul asintió.
—Sí. Juntos volveremos a recuperar las Esferas y
luego, quizás, usurpemos el
trono del poderoso Ao.
Bane levantó el puño.
—¡Quizá, no, Myrkul! ¡Destruiremos a lord Ao! La
nube ámbar se disipó y lord Myrkul desapareció. Bane fue hasta el último lugar
donde se había
cernido la calavera. —En cuanto a ti, Myrkul,
seremos aliados sólo mientras nos sea ventajoso. Bane se rió. Las ceremonias
que Myrkul tendría que llevar a cabo para investir a Bane con el poder que
había exigido agotarían al lord de los Huesos y a la mayoría de sus sumos
sacerdotes. Cuando llegase el momento de subir la escalera, Myrkul dependería
de la fuerza de Bane. Seguro que no se esperaría la traición que planeaba Bane.
—¡Blackthorne! —gritó Bane—. Prepárame mis
aposentos. El emisario pasó corriendo por delante de lord Black. —Creo que esta
noche voy a dormir muy bien.
12
El bosque del Nido de Arañas
—¿Quieres hacer el favor de apartar tu pie de mi
cara? —dijo Thurbrand, y echó mano a la espada.
Era antes del almuerzo y al hombre calvo le habían
despertado, después de
dormir un rato, con una serie de patadas en la
espalda. Lo que vio después fue
el recibimiento de la bota de Kelemvor asomando
sobre su cabeza. —
¿Traidores? ¿Qué es eso de que precisamente
nosotros cuatro, de entre todos
los seres que pueblan los Reinos, somos unos
traidores? —gritó Kelemvor.
—Sospechosos de traición —replicó Thurbrand—. ¡Y
ahora, por favor, saca
tu bota antes de que te cercene el tobillo!
Kelemvor se apartó del hombre.
Thurbrand se levantó. Una sinfonía de quejidos y
crujidos se dejó oír cuando
se estiró para desentumecer la espalda, el cuello y
los hombros. Los
aventureros y los hombres de Thurbrand estaban
acampados en las
proximidades del bosque del Nido de Arañas. —¿Cómo
están tus
compañeros, Kel? —preguntó Thurbrand mientras se
ponía de pie para ir a
buscar algo de comer.
—Viven.
Thurbrand hizo un gesto de asentimiento con la
cabeza. —¿Y Medianoche? ¿Está bien? Tenemos una deuda pendiente... La espada de
Kelemvor estaba fuera de su funda antes de que Thurbrand pudiese pronunciar
otra palabra. —Considérala saldada.
—Yo sólo quiero recuperar mi pelo —dijo Thurbrand
con el ceño fruncido. Kelemvor recorrió el campamento con la mirada. El roce
revelador de la espada saliendo de su funda había llamado la atención, por lo
menos, de seis hombres que estaban ahora de pie con las armas preparadas, a la
espera de una palabra de su cabecilla.
—¡Ah! —dijo Kelemvor, y volvió a envainar la
espada—. ¿Eso es todo? Thurbrand se rascó la calva.
—Será suficiente —dijo—. Si bien parece que a mis
amantes les gusto así. Kelemvor se rió y se sentó junto a Thurbrand mientras
éste comía. Cyric, a quien la discusión había despertado, se acercó a los
guerreros. Caminaba despacio y los oscuros cardenales, fruto del accidentado
paso por el desfiladero de las Sombras, relucían al sol de la mañana.
—Pareces... —empezó a decir Kelemvor cuando el
ladrón llegó a su altura. —No lo digas —le interrumpió Cyric para luego coger
un plato de comida—. Si tuvieses mi aspecto o te sintieses como yo, estarías
muerto. —Pero tú no lo estás —repuso Kelemvor ausente. —No estoy muy seguro
—replicó Cyric a la vez que se pasaba una mano por su despeinado cabello—. ¿Y
Medianoche y Adon? —Adon sigue inconsciente —dijo Kelemvor. —Entonces, no lo
sabe —repuso Cyric en voz baja señalando su rostro con un gesto de la mano.
Kelemvor sacudió la cabeza de un lado para otro.
Cyric asintió, luego se volvió y dio una orden a
uno de los hombres de Thurbrand. El hombre miró a Thurbrand, el cual cerró los
ojos lentamente y asintió con un gesto de cabeza. El hombre llevó una jarra de
cerveza a Cyric, que se tragó su contenido de un solo sorbo y luego devolvió la
jarra.
—Esto está mejor —comentó, luego se volvió a
Thurbrand y añadió—: Y ahora dime, ¿qué es todo eso de la traición?
Thurbrand les contó la historia de la lucha de
Myrmeen Lhal con el asaltante que se había identificado como Mikel; Cyric se
rió. —Marek jamás ha sido capaz de inventarse un seudónimo decente —observó. El
hombre calvo frunció el entrecejo y siguió con su relato. Les contó su reunión
con Lhal y con Evon Stralana, que le habían pedido que organizase un grupo. —
Naturalmente yo insistí en ponerme al mando de la compañía —añadió Thurbrand—.
Ha sido de creencia común durante mucho tiempo que la conspiración del Caballero
Siniestro se originó en Zhentil Keep. Cuando tuvimos noticia de la banda de
asesinos de Zhentil que va tras vuestros pasos, vuestra inocencia resultó
bastante evidente.
—¿Tú albergabas alguna duda? —quiso saber Kelemvor.
—Pagasteis para obtener identificaciones y cartas falsas, luego os marchasteis
de la ciudad disfrazados, incumpliendo así el contrato que teníais para servir
y proteger a Arabel. Después, ese Mikel, o Marek o como quiera que se llame, os
implicó en la conspiración. Supongo que no tengo que explicaros las
conclusiones
obvias que se sacaron. —Thurbrand sonrió—. Pero,
por supuesto, yo no albergué duda alguna. —Siendo así, ¿por qué no disteis
media vuelta y regresasteis inmediatamente a Arabel? —preguntó Cyric. Thurbrand
frunció el entrecejo.
—Cuando supimos lo que os esperaba, la única
decisión justa era cruzar a toda prisa el desfiladero de las Sombras y acudir
en ayuda de un antiguo aliado. Kelemvor puso los ojos en blanco.
—¡Por favor! —exclamó Cyric—. Algo debías de
querer. —Ahora que lo dices —replicó Thurbrand—, además de la inmediata
devolución de mi cabello, hay un trabajillo en Arabel para el que necesitaría
unos cuantos hombres valerosos.
—Tenemos que resolver un asunto en el valle de las
Sombras —dijo Kelemvor. —¿Y después?
—Pues allí adonde nos lleve el viento —añadió
Cyric. Thurbrand se echó a reír.
—Sopla un fuerte viento en nuestra dirección. ¡Tal
vez podamos arreglarlo! —Veremos lo que dice Medianoche —opinó conciliador
Kelemvor en voz baja. Éste se levantó y fue a pedir más comida al cocinero de
la compañía.
Cyric y Thurbrand se lo quedaron mirando y
empezaron a reírse. Kelemvor no advirtió que Adon estaba despierto.
El clérigo se despertó, a pesar de que no se había
parado de hablar por todo el campamento, por la mención que se hizo del nombre
de Myrmeen Lhal. — ¡Santa Sune, estoy perdido! —dijo en voz alta; luego, al oír
la risa de una muchacha, se dio cuenta de que no estaba solo. Sentada junto a
él, una joven que no tendría más de dieciséis años daba buena cuenta de una
escudilla de gachas que tenía sobre el regazo, sorbiéndolas grosera y
ruidosamente. Como Adon no tardó en descubrir, se llamaba Gillian; era morena,
con un pelo de estopa y una piel intensamente bronceada, curtida y seca. Los
ojos eran de un
azul profundo y los rasgos, ordinarios pero no
carentes de atractivo. —¡Ah! —exclamó ella—, ¡te has despertado! —Bajó la
escudilla y se la tendió a Adon—. ¿Quieres un poco?
Adon se frotó la frente y recordó de pronto la
agresión del hombre de los ojos grises en Tilverton. Sabía que había sido
alcanzado por su daga y que luego se había desmayado. Sin embargo, ahora se
sentía descansado y sólo ligeramente débil. —Sabía que Sune me protegería
—dijo, contento. La muchacha lo miró.
—¿Quieres un poco de este guiso o no?
—¡Sí, gracias! —dijo Adon, en quien el hambre había
vencido cualquier inquietud que hubiese podido albergar con respecto a Myrmeen
Lhal y sus lacayos. Sin embargo, cuando el clérigo se incorporó, notó un agudo
tirón en el lado izquierdo de su rostro y un intenso ardor. Algo caliente y
húmedo rodaba por su mejilla. Adon pensó que era extraño, pues no hacía
demasiado calor a aquella temprana hora de la mañana. Se preguntó a qué se
debía que estuviese sudando de aquella manera. Luego miró a la muchacha.
Gillian apartó la mirada de Adon, se encogió
tensamente de hombros y apretó las rodillas con fuerza.
—¿Qué pasa? —quiso saber el clérigo.
—Voy a buscar al curandero —dijo Gillian mientras
se ponía de pie. Adon se pasó la mano por el rostro. Estaba sudando todavía más
que antes. —Yo soy curandero. Soy clérigo al servicio de Sune. ¿Tengo fiebre?
Gillian miró brevemente al clérigo, luego volvió a desviar la mirada. —Por
favor, ¿qué pasa? —dijo Adon a la vez que alargaba la mano para coger a la
muchacha. Vio entonces que había sangre en su mano. No era sudor lo que corría
por su rostro.
Adon empezó a respirar fatigosamente y notó como si
un enorme peso estuviese oprimiendo su pecho. Sintió mucho frío en la piel y la
cabeza empezó a darle vueltas. —¡Dame tu escudilla! —ordenó.
Gillian miró a los demás y llamó a uno de ellos.
Medianoche vio que Adon estaba consciente y se puso en pie de un salto.
—¡Dámela! —gritó Adon, y le arrancó la escudilla de las manos derramando el
contenido al suelo. Con manos temblorosas, sacó brillo a la escudilla de metal
con la manga, luego la levantó a la altura de su rostro y se miró en el espejo
curvo. —No.
Gillian ya no estaba a su lado. Se oyó ruido de
pisadas sobre la tierra. Aparecieron delante de él Medianoche y un clérigo que
llevaba el símbolo de Tymora. —No puede ser —dijo Adon.
El clérigo de Tymora, contento de que el joven
sunita se hubiese despertado de su sueño sin consecuencias graves, se acercó
con una sonrisa de oreja a oreja. Sin embargo, cuando vio la expresión del
rostro de Adon, su sonrisa se desvaneció al instante.
—Sune, por favor... —decía Adon.
Se tensaron los músculos de la cara del curandero.
Había comprendido de pronto. —Hicimos lo que pudimos —añadió sombríamente.
Medianoche
puso una mano sobre el hombro de Adon y miró a
Cyric y a Kelemvor, que estaban sentados juntos al otro lado del campamento.
Adon no decía nada, se limitaba a mirar fijamente su reflejo. —Estamos
demasiado lejos de Arabel y de la diosa Tymora para que funcione la
magia curativa —prosiguió el clérigo—. No había
pociones. Hemos tenido que confiar
en los ungüentos y en los medicamentos naturales
que he podido crear. El borde de la escudilla de metal fino empezó a arrugarse
en el puño de Adon. —Lo importante es que estés con vida, quizás alguien de tu
propia orden pueda ayudarte y hacer lo que nosotros no hemos podido. El metal
se torció. —Deja que vuelva a examinarte. Estás sangrando de nuevo. Te has
arrancado los puntos.
Medianoche se agachó y retiró la escudilla de las
manos de Adon. —Lo siento —dijo en un susurro.
El curandero se agachó y limpió la sangre del
rostro de Adon con una toalla. Sin embargo, el daño no era tan grave como había
temido, pues se habían desprendido sólo algunos puntos. Mientras el clérigo
miraba la cicatriz, pensó que ojalá hubiese encontrado al sunita en una ciudad,
pues, con los instrumentos adecuados, habría podido hacer un trabajo más limpio
con la cicatriz. Los dedos de Adon, acompañados por su ojo izquierdo, siguieron
la cada vez más oscura cicatriz, bajando por el pómulo y el centro de la
mejilla. El corte desigual terminaba en la base de la mandíbula del clérigo. Un
poco más tarde, aquella misma mañana, mientras los aventureros desmontaban el
campamento, Cyric se enzarzó en una discusión con Brion, un joven ladrón de la
compañía de Thurbrand.
—¡Pues claro que comprendo lo que estás diciendo!
—gritaba Cyric al albino —, pero ¿cómo puedes negar la evidencia de tus propios
sentidos? —He mirado en el rostro de la propia diosa Tymora —contestó Brion—.
No me hace ninguna falta otra evidencia. Los dioses han venido a visitar los
Reinos para divulgar su palabra sagrada de primera mano. —Sí, pagas tu dinero y
puedes acercarte al instante —dijo Cyric—. No me extrañaría que tu diosa
empezase pronto a decir la buenaventura. —Lo único que he dicho es...
—¡Zoquete! —lo interrumpió Cyric—. Ya me lo has
dicho una vez. —Las contribuciones siempre son necesarias. Cyric sacudió la
cabeza y apartó la mirada de Brion. —Uno debe de sentirse muy solo no teniendo
más creencia que uno mismo —dijo Brion—. Mi fe hace que esté satisfecho.
Cyric tembló de rabia, pero luego fue recobrando el
control de sus emociones. Sabía que Brion no lo había provocado
intencionadamente, pero el moreno y delgado guerrero estuvo insólitamente
inquieto desde que se despertó. Quizás era sólo la tristeza que reinaba en el
campamento a causa de la herida de Adon, pero una parte deseaba volver a
lanzarse a las montañas y dejar que el destino le enviase cualquier
monstruosidad imaginable. Incluso sabiendo que en el bosque del Nido de Arañas
la única catarsis que encontraría sería la muerte, hasta aquel lugar le
resultaba tentador. Se oyó un ruido en la distancia y la tierra empezó a
temblar bajo los aventureros. Cyric vio unos enormes fragmentos cristalinos
deslizarse por la faz de los riscos de cristal que se habían colocado en el
camino del valle de las Sombras. — Misericordiosa Tymora —dijo Brion cuando las
impresionantes rocas de cristal se rompieron y, al reflejar la luz del sol,
lanzaron varios arcos iris a través del paisaje. A continuación, sin previo aviso,
una brillante lanza negra, del tamaño de un árbol, surgió de la tierra junto a
Cyric. El ladrón cayó al suelo, pero no tardó en levantarse y coger su caballo.
Similares lanzas dentadas y de color ébano atravesaron el
suelo en toda la llanura y se elevaron unos cinco
metros en el cielo de la mañana.
—Es hora de marcharnos —le dijo Kelemvor a
Thurbrand, y los dos hombres corrieron en busca de sus caballos—. Me parece que
no vamos a tener más remedio que atravesar el bosque.
Thurbrand recorrió velozmente su compañía,
reuniendo a sus hombres e instándolos a que se dirigiesen al bosque. Pero,
antes de que llegasen a ponerse en camino, las lanzas atravesaron a dos de sus
hombres y destriparon a tres caballos. Los restantes miembros de la compañía se
precipitaron a la oscuridad del bosque del Nido de Arañas. Las lanzas seguían
rasgando la llanura y unas enormes avalanchas de cristal caían al nordeste de
las montañas.
Cuando Medianoche se iba acercando al bosque,
advirtió la ausencia de Adon, escudriñó la llanura desde la linde del bosque y
vio el caballo del clérigo que corría en medio de las lanzas. Medianoche se
lanzó hacia el animal y lo alcanzó en el centro de la llanura.
Una silueta se movía despacio entre las nubes de
polvo, en dirección al caballo. —¿Eres tú, Adon? —preguntó Medianoche.
El clérigo se tomó su tiempo para subir al caballo
y le condujo por la
devastada llanura a paso lento. Cuando el animal
intentaba lanzarse a toda carrera, él lo refrenaba y, si oía los gritos de
Medianoche o veía sus frenéticos gestos, lo ignoraba. Pero como Adon no
reaccionaba, ni siquiera cuando una lanza surgió del suelo a unos metros de él,
Medianoche se puso junto al clérigo y golpeó los cuartos traseros del animal
con todas sus fuerzas. El caballo emprendió el galope en dirección al bosque y
la relativa seguridad que éste suponía. Cuando el caballo se puso a correr Adon
no gritó ni se echó siquiera hacia adelante, se limitó a sostenerse clavando
los dedos en la crin y las piernas en los flancos.
Kelemvor esperaba en las afueras del bosque. Todos,
salvo unos cuantos hombres de Thurbrand, habían desaparecido en el interior y
el último de los jinetes se reunió con sus aliados en lo más recóndito y oscuro
del bosque del Nido de Arañas. No se veía movimiento de las criaturas que
habían entrevisto la noche anterior. —Quizá duermen de día —observó Kelemvor.
Los ruidos de cristal rompiéndose y estallando habían disminuido, si bien los
aventureros todavía oían de vez en cuando el estruendo que producían las
enormes paredes de cristal deslizándose montaña abajo. —Si esos monstruos
duermen de día, será mejor que lleguemos al valle de las Sombras antes de que
se haga de noche.
Todos lanzaron murmullos de aprobación, tanto
Kelemvor como Cyric y los miembros de la Compañía del Alba. Adon cabalgaba en
silencio por el bosque. Los aventureros siguieron cabalgando todo el día por el
bosque, atentos a cada ruido y con las espadas constantemente a punto. Adon iba
delante de Kelemvor y de Medianoche, mientras que Cyric llevaba en su caballo a
Brion, el cual había perdido el suyo con una de las lanzas negras. A medida que
se fueron adentrando en el bosque, la flora se volvió más densa e impracticable
y al cabo de un rato Thurbrand indicó que todos debían detenerse y desmontar.
Habría que seguir a pie y guiar los caballos. Adon ignoró la señal y Kelemvor
se puso a su lado. —¿Ahora has perdido la vista, Adon? —le dijo. Como el
clérigo no le hizo caso y siguió obligando a su caballo a abrirse paso entre la
maleza, el guerrero le dio una palmada en el brazo a fin de llamar su atención.
Adon miró a Kelemvor, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y desmontó.
—En este lugar hay muerte —dijo Adon, en cuya voz no vibraba precisamente la
vida—. Nos hemos metido en un osario.
—No sería la primera vez —dijo Kelemvor para luego
volver junto a
Medianoche.
Algo más adelantado, Cyric caminaba junto a Brion.
Aun cuando el joven ladrón lo había divertido tanto como enfurecido, Cyric
presentía una refrescante inocencia en él. Aunque su pericia con la daga
rivalizaba con la de Cyric, era evidente que Brion no llevaba mucho tiempo de
aventurero. Después del almuerzo, Brion desafió a Cyric a una prueba de
habilidad con la daga y Cyric estuvo a punto de perder con el albino.
Finalizado este desafío, Cyric y Brion hicieron un número con seis dagas cada
uno, lanzándoselas mutuamente a una velocidad de vértigo. Brion desviaba todos
los cuchillos lanzados por Cyric, y éste, a su vez, esquivaba las dagas
lanzadas por Brion con las suyas propias. A pesar de toda aquella habilidad con
los cuchillos, el albino no apestaba a sangre y locura como ocurría con muchos
aventureros. Incluso los compañeros de Brion, como la muchacha que se había
sentado junto a Adon, se deleitaban con la idea de poner fin a una vida. Cyric
lo veía en sus ojos.
Cyric también se daba cuenta de que las veces que
Brion había derramado sangre voluntariamente podían contarse con una sola de
sus manos enguantadas y que el albino jamás había matado a un hombre sin
lamentarlo luego. A medida que los aventureros avanzaban, el bosque se tornaba
engañosamente hermoso, por lo menos al principio. Los árboles eran gruesos,
altos y cubiertos de abundantes hojas verdes. La brillante luz del sol
atravesaba las frondas del ramaje y, por aquí y por allá, caían dardos de luz
que acariciaban de vez en cuando los rostros de los héroes que atravesaban el
denso follaje. Luego, mientras cruzaban un grueso lecho de nudosas raíces que
cubrían el suelo completamente en muchos puntos, Kelemvor oyó un ruido seco de
ramas en los árboles. Se volvió bruscamente y señaló los árboles a Zelanz y
Welch, los mercenarios que iban en retaguardia, pero ellos no habían oído nada.
Le mantuvieron la mirada y se encogieron de hombros. Kelemvor no vio señales de
movimiento entre el grupo, de modo que se volvió y siguió caminando.
Los ruidos se repitieron una y otra vez y,
finalmente, todo el grupo se puso sobre aviso. Sacaron las armas, pero no
pudieron distinguir rastro alguno de las criaturas en los árboles. En la
cabeza, Thurbrand guiaba a su caballo con cuidado por un pequeño sendero del
bosque. Después de pasar por delante de un árbol de gran tamaño, el hombre
calvo se detuvo en seco y, mientras se preparaba para atacar, su cuerpo se fue
tensando.
Delante de Thurbrand había un hombre con una
armadura color hueso pegado a un árbol por unos largos y viscosos hilos de
telaraña. Se le había caído el casco y su rostro lívido llevaba el símbolo de
Bane, negro sobre los rasgos blancos. Con la espada desenvainada, el hombre
miraba fijamente a Thurbrand y en su rostro podía verse una mueca helada y unos
ojos salvajes. Thurbrand vio a otros cinco hombres a unos metros de distancia;
llevaban la armadura de los asesinos de elite de Bane y estaban pegados a otros
árboles en medio de un gran claro.
—Están muertos —dijo Thurbrand—, y lo que los ha
matado está cerca de aquí. Los aventureros permanecieron en silencio un
momento, mientras Kelemvor y Thurbrand examinaban una enorme telaraña ensartada
en los árboles donde se hallaban aquellos hombres. El resto del grupo, a
excepción de Adon, se apiñó y se puso a contemplar los árboles. El sunita, por
su parte, se limitó a permanecer junto a su caballo, mirando el oscuro dosel de
hojas que oscurecía el sol. Mientras los componentes del grupo aguzaban el oído
a cualquier movimiento
entre los árboles, fueron cayendo en la cuenta de
que no salía ruido alguno del bosque.
Las hojas no susurraban en el viento. Los insectos
no chillaban. El silencio en el bosque era completo.
Sin decir una sola palabra, Gillian pasó las
riendas de su caballo al clérigo de Tymora y se encaminó a un árbol. Subió como
un mono y sin hacer ruido hasta la rama más alta; una vez allí, inspeccionó el
bosque con su vista de lince. Los aventureros esperaron cinco minutos, durante
los cuales ella fue saltando de rama en rama, abarcando atentamente con la
vista toda la zona desde cada uno de los posibles puntos estratégicos;
finalmente indicó que todo estaba despejado. Antes incluso de saltar al suelo, la
muchacha indicó a Thurbrand que se acercase. —Ni siquiera los más fuertes
vientos podrían mover estas ramas. Este lugar está muerto, petrificado en este
estado. —Se frotó el pulgar y el índice para indicar una textura extraña—. Una
ligera película lo cubre todo, de ahí viene la inquietud. Thurbrand asintió y
alargó los brazos para ayudar a la muchacha a bajar, pero ella frunció el
entrecejo y pasó saltando por encima de él para caer en cuclillas. Pero, cuando
sus pies tocaron el suelo, en el centro de una maraña de raíces que sobresalía,
se oyó un ruido sordo y la tierra se abrió. Antes de que la muchacha pudiese
pronunciar palabra, las raíces surgieron del suelo en medio de una lluvia de
tierra desplazada. En total ocho patas de araña
salieron precipitadamente para agarrar a Gillian, todas largas y negras como el
carbón. Cada pata tenía cuatro articulaciones y terminaba en una punta
afiladísima del tamaño de una espada grande. De la tierra surgió la enorme
panza sobre la cual estaba la muchacha, haciéndole perder el equilibrio antes
de saltar fuera de la trampa. Luego fue la cabeza del monstruo lo que salió del
suelo y vio unos relucientes ojos rojos y cuatro pinzas desiguales. Las patas
de la gigantesca araña se cerraron y atraparon a Gillian desde ocho direcciones
diferentes. Luego la araña empezó a desplazarse y el bosque cobró vida. Las
nubosas raíces que rodeaban a los viajeros se desplegaron. Otro hombre se había
levantado sobre la panza de otra araña y corrió la misma suerte que la
muchacha. Cyric y Brion estaban espalda contra espalda con las dagas
preparadas. Una de las arañas atacó al caballo de Cyric y le inyectó el veneno
procedente de sus mandíbulas que lo dejó paralizado. La araña soltó al animal y
esperó a que el veneno hiciera su efecto antes de arramblar con el caballo y
aprisionarlo en su tela. Cyric lanzó una maldición cuando se dio cuenta de que
la mayoría de sus pertenencias, incluyendo las hachas de mano, se hallaban en
el caballo, pero no estaba dispuesto a intentar rescatar su ropa de la araña,
que montaba guardia sobre su moribundo caballo. Las arañas estaban por todas
partes y la más pequeña tenía el tamaño de un perro. Una de ellas avanzó hacia
Cyric y éste la miró a los ojos. Las patas tenían un color verde pálido y el
cuerpo era negro con unas enormes manchas naranja en los costados. Cyric lanzó
una daga a uno de los ojos impenetrables del monstruo y la mirada depredadora
de la araña le hizo sonreír. La hoja de Cyric dio en el blanco, y penetró en la
trepidante masa del ojo de la araña, y siguiendo en esa dirección se metió
dentro, pero el animal siguió avanzando. —¡Dioses! — gritó Cyric, para luego
saltar a una rama que colgaba muy baja. La araña gigante avanzó y mordió el
aire donde hacía un momento había estado el ladrón. Cyric comenzó a trepar por
el árbol cuando oyó un grito y miró hacia abajo. La araña herida había
atravesado el costado de Brion con una de sus patas; las dagas que tenía de
poca defensa le servían contra aquel monstruo. La araña se preparó para volver
a traspasar a su víctima y levantó una segunda pata. En medio de sus esfuerzos
por liberarse, Brion dejó caer la cabeza hacia atrás y miró a Cyric. Éste vio
que los labios de Brion se movían, le rogaban que lo ayudase.
Cyric titubeó, sopesando las opciones que tenía.
Sabía que el hombre
estaba
muriéndose a causa del veneno del monstruo. Aparte
de morir junto a él, poco podía hacer.
La araña atacó con su segunda pata. Cyric observó
cómo la vida se iba de los ojos de Brion.
Al otro lado del claro, Medianoche advirtió que
tres arañas avanzaban hacia ellos. Kelemvor, Zelanz y Welch estaban a su lado,
Adon detrás de ellos, aparentemente ajeno a la amenaza que se cernía sobre
ellos.
Dos de las arañas eran enormes y gordas, con unos
cuerpos negros y rojos y unas abotargadas patas color carmesí. La tercera era
completamente negra, con unas patas brillantes y puntiagudas y mayor agilidad
que las otras. Cayó en un ángulo y empezó a trepar por los árboles para
alcanzar mejor sus presas, y los estrechos espacios que había entre los árboles
poco hacían para frenar su avance. La araña brillante saltó sobre los héroes y
Kelemvor cortó tres de sus patas con un solo mandoble. El guerrero atacó de
nuevo dando un tajo en el cuerpo del animal, escapando por poco a sus pinzas.
Luego Kelemvor se volvió y la araña estaba ya encima de él, sobre sus patas
traseras. Le asestó la espada contra su expuesta panza y arremetió hacia atrás
y hacia adelante. El monstruo golpeó al guerrero con una pata y éste perdió
pie. Antes de ir a estrellarse contra el árbol, se le escapó la espada de la
mano. Medianoche vio cómo las dos arañas restantes avanzaban hacia ellos.
Después de bajar la vista a su daga, comprendió que de poco le iba a servir con
aquellos monstruos, de modo que trató de recordar su hechizo de polo de fuerza.
Cogió una rama de un árbol cercano y dijo el conjuro. De repente, un brillante
palo azul y blanco se materializó en sus manos. Cuando Medianoche arremetió
contra la araña, le asombró descubrir que el palo había adquirido las
propiedades de una guadaña. Abrió de cuajo a la primera araña que encontró,
pero la otra iba por unas víctimas más fáciles. Estaba atacando a Zelanz y
Welch, que contraatacaban codo con codo. Sus veloces espadas no tardaron en
acabar con ella, pero otras se iban acercando. El goteo de una sustancia
lechosa fue lo que los alertó de la presencia de una araña, atareada en tejer
su tela sobre ellos. Zelanz levantó la vista a tiempo de ver la masa rojiza de
la araña descender sobre ellos.
El clérigo de Tymora avanzaba por el borde del
claro. Llegó a la altura de un árbol y vio a Thurbrand luchar por su vida
contra la araña que había matado a Gillian. Dio otro paso y se encontró cara a
cara con Bohaim, un joven mago
de Suzail. Retrocedió torpemente para despejar el
paso de Bohaim, pero una pata de araña desgarró el pecho del mago. La araña lo
levantó en el aire para luego bajarlo hasta sus hambrientas mandíbulas.
El clérigo de Tymora pensó que la Compañía del Alba
se estaba acabando. Oyó un ligero crujido detrás de sí. Levantó la maza y se
volvió para encontrarse cara a cara con una araña blanca y púrpura. Una de sus
patas atravesó al clérigo con una velocidad vertiginosa. El clérigo rezó una
silenciosa plegaria a Tymora antes de que el mundo se convirtiese en tinieblas.
A corta distancia de donde había caído el clérigo,
la espada de Thurbrand relampagueó y cayó al suelo la cabeza de la araña que
había matado a Gillian; el veneno que derramó siguió salpicando al guerrero
incluso cuando éste empezó a alejarse para evitar el quedar empapado. Otras
cinco arañas avanzaban hacia el hombre calvo. Delante de él, los otros dos
miembros de la Compañía del Alba, todavía con vida, luchaban para seguir
viviendo. Thurbrand acudió en su ayuda, ignorando el montón de arañas que se
iba acercando a él.
Encaramado en la copa de un árbol, Cyric observaba
con creciente fascinación
cómo las arañas iban trepando por el bosque y
creando su complicado trabajo de
artesanía. Cyric sabía que habría debido sentir
repugnancia o rabia ante aquella visión, pues el único objetivo de ese trabajo
era meter en una trampa a sus amigos y a él mismo y devorarlos. Pero Cyric
consideraba que aquellos dibujos de una muerte esperada eran preciosos. ¡Había
tal sencillez y armonía en su diseño! Cyric oyó un ruido junto a él y saltó del
árbol un segundo antes de que un grupo de pinzas se juntase en el aire donde él
estaba. Antes de que tuviese ocasión de ponerse de pie, oyó el ruido revelador
de una araña abriendo y separando la tierra para cogerlo en su trampa. A
cincuenta metros, Kelemvor se levantó; sus sentidos habían quedado sumergidos
en los sonidos de las arañas, cuyas patas crujían y cuyo peso agitaba
ligeramente los árboles petrificados. Estaba rodeado por los monstruos, pero
éstos no se lanzaban contra él. Pero de pronto, una enorme araña blanca empezó
a avanzar muy lentamente y todas las demás despejaron el camino para que
pudiese acercarse. Era la mayor araña que Kelemvor había visto jamás. Con
objeto de que la araña blanca tuviese sitio para maniobrar, las demás formaron
un
círculo alrededor de Kelemvor, quien levantó la
vista y vio un verdadero ejército de arañas al acecho entre los árboles. No
tenía escapatoria; sin duda todos los otros habían muerto. La enorme araña
blanca se abalanzó sobre él; Kelemvor le cortó una de sus patas, otra hendió el
aire en el mismo momento, mientras que una tercera alcanzó su armadura, le
abrió el todavía caliente peto y le hizo una brecha poco profunda en el pecho.
Kelemvor vio, con espantosa claridad, que una
cuarta pata se deslizaba sobre él. La pata atravesaría su pecho en un instante
y la araña arrastraría su contraído cuerpo hasta sus hambrientas mandíbulas.
Pero fue entonces cuando un agudo dolor envolvió su cabeza, que pareció
iluminarse de azul y blanco. Era Cyric, que saltaba del árbol. Kelemvor empezó
a librar su batalla con la araña blanca y Medianoche se dispuso a arremeter
contra la araña roja, con Adon detrás, sin moverse para protegerla. Medianoche se
metió entre las prensiles patas y clavó su guadaña mágica en los ojos del
monstruo. La araña roja se retorcía en el suelo, y Medianoche, al mirar a su
alrededor, vio que tanto Cyric como Kelemvor estaban en inminente peligro. Una
sustancia lechosa golpeó en aquel instante una de sus botas. Miró hacia arriba
a tiempo de ver la enorme y amarilla panza de una araña que descendía hacia
ella con las patas moviéndose en el aire con ávida expectación.
Medianoche lanzó un hechizo destinado a crear un
escudo delante de la araña. Cuando terminó de decir el conjuro, la energía hizo
crepitar su medallón y unos rayos de luz surgieron de la estrella en dirección
a Adon, Kelemvor, Cyric y los tres miembros de la Compañía del Alba que
quedaban. Y, cuando la araña blanca bajaba su pata hacia Kelemvor, y Cyric caía
en la trampa, y Adon miraba indiferente cómo la araña gris se abalanzaba sobre
él, todos desaparecieron.
Medianoche tuvo la sensación de que le estaban
arrancando el aire de los pulmones y que una brillante ráfaga de luz azulada la
cegaba un instante y, cuando volvió a ver con claridad, se encontró en una
larga carretera. Pensó por un momento que se había vuelto loca, hasta que
comprendió que había sido teletransportada del bosque. Kelemvor yacía en el
suelo junto a ella, sujetándose la cabeza con las manos. —¿Qué has hecho?
—gruñó el guerrero; luego trató de ponerse en pie, pero no pudo. Miró hacia
abajo y vio que el corte de su pecho todavía sangraba ligeramente—. No es que
me importe mucho lo que hayas hecho.
Cyric y Thurbrand ayudaron al guerrero a ponerse de
pie.
—Sí, sea lo que sea, te debemos la vida —dijo el
hombre calvo—. Y ello, sin duda, salda la deuda que tenías conmigo, hermoso
narciso. Medianoche abrió la boca para hablar, pero no se le ocurrió nada que
decir. Se limitó a mirar a su alrededor con los ojos desorbitados. —Gillian,
Brion..., todos han muerto —dijo uno de los miembros de la Compañía del Alba
mientras ayudaba a cubrir las heridas de su compañero. —Lo siento —repuso
finalmente Medianoche—. Ni siquiera sé cómo os he traído hasta aquí, ni siquiera
si he sido yo quien lo ha hecho. —Dondequiera que sea, es aquí —dijo Cyric
mirando a su alrededor. Adon, que estaba a unos metros de distancia, mirando la
carretera en dirección al norte, se volvió y dijo tranquilamente: —Estamos a
medio día de viaje al sur del valle de las Sombras. Las puertas que daban a la
sala del trono de Bane se abrieron de golpe e irrumpió Tempus Blackthorne en
respuesta a la llamada de su dios. Bane asía los brazos del trono y sus garras
arañaban la superficie.
—Cierra la puerta. —El tono era frío y mesurado. A
pesar de las prerrogativas que Bane había otorgado a su emisario, Blackthorne
se estremeció de terror.
—¿Deseabas verme, lord Bane? —preguntó Blackthorne
con una voz engañosamente firme.
Lord Black se levantó del trono e hizo un gesto en
dirección al mago para indicarle que se acercase. La mano con garras del dios
caído relampagueaba ante los ojos del emisario. Cuando el dios de la Lucha lo
asió violentamente por el hombro, Blackthorne no hizo ningún movimiento para
defenderse. — Ha llegado el momento —dijo Bane.
Blackthorne vio que los labios del dios se abrían
formando lo que sólo podía llamar una sonrisa y el corazón le dio un vuelco.
Era una cosa horrible. —¡Ha llegado el momento para nosotros de unir a los
dioses! —exclamó lord Black
—. Quiero que lleves un mensaje a Loviatar, la
diosa del Dolor. Creo que está en Aguas Profundas. Dile que quiero verla...
inmediatamente. El cuerpo de Blackthorne se tensó. Bane advirtió su cambio de
actitud y apretó con más fuerza el hombro del emisario con sus garras. —¿Tienes
algún problema con esta orden, emisario? —gruñó el dios de la Lucha. —Aguas
Profundas está a medio camino de la otra punta de los Reinos, lord Bane. Para
cuando vuelva, tu campaña contra el valle será ya parte de la historia. La sonrisa
de lord Black se desvaneció.
—Sí, si viajas como lo haría un hombre normal —dijo
seguidamente—. Pero
con el hechizo que te he concedido, llegarás a
Aguas Profundas dentro de pocos días. Blackthorne bajó la vista y lord Black
retiró la mano de su hombro. —¿Qué pasará si la diosa se niega a acompañarme de
vuelta a Zhentil Keep? Bane le volvió la espalda al emisario y cruzó los
brazos. —En ese caso, confío en ti para convencerla. Eso es todo. —Pero...
—¡Eso es todo! —gritó Bane. Y sin más se volvió
para encararse a su emisario y fulminarlo con sus ojos negros. Blackthorne dio
un paso atrás.
A medida que se intensificaba la indignación que
sentía Bane, sus ojos iban echando chispas.
—Me decepcionas —expuso Bane, si bien su tono
sugería repugnancia más que
cólera—. Haz lo que te digo y podrás recuperar mi
favor. Después de inclinarse ante su señor, Blackthorne murmuró la única
plegaria que había aprendido, una oración a Bane. A continuación el mago se
incorporó, levantó los brazos y empezó a cantar el hechizo del emisario.
Recordó una visita que había hecho a Aguas Profundas en su juventud y visualizó
su destino. Al cabo de un momento, mientras intentaba adoptar la forma de un
cuervo, Blackthorne empezó a estremecerse y a mutarse. Pero algo no funcionaba.
Se fue volviendo negro como el carbón y su piel empezó a caérsele a pedazos en
todas direcciones. La ropa del emisario se desgarró y cayó al suelo.
Blackthorne dio un grito y extendió un brazo, parcialmente transformado, a su
dios.
—Ayúdame —fue todo lo que el mago tuvo tiempo de
decir antes de estallar en una lluvia de chispas negras.
Allí donde Blackthorne estaba hacía sólo un
instante, cayó una pequeña piedra preciosa de color negro junto a su peto y
empezó a desintegrarse. Bane observaba la escena completamente conmocionado.
—El hechizo —dijo con voz ausente, mientras se retiraba a trompicones hacia las
sombras que había cerca de la entrada de su cámara privada. Los guardias que
irrumpieron en la sala no vieron a su dios por estar éste en las sombras.
Miraron lo que quedaba de Tempus Blackthorne y sacudieron la cabeza. —Supongo
que esto tenía que ocurrir tarde o temprano —dijo uno de ellos. —Sí —añadió el
otro guardia—, hasta un idiota sabe que la magia es inestable. Antes de que
pudiesen percatarse de su presencia, Bane se abalanzó sobre ellos y los mató,
luego se volvió, desgarró su armadura ensangrentada y al cabo de un
momento estaba sentado sobre su trono y contemplaba
el destrozado peto de Blackthorne en el suelo.
El dios decidió fríamente que no iba a llorar por
su pérdida. Blackthorne no era más que un humano. Un peón. Su desaparición era
lamentable, pero podía ser reemplazado.
Luego Bane recordó sus interminables charlas con
Blackthorne. Se acordó de las extrañas emociones que lo habían embargado cuando
se dio cuenta de que Blackthorne lo había salvado y ayudado a recuperarse. Lord
Black, el dios de la Lucha, se miró las manos y advirtió que estaba temblando.
Luego lanzó un grito de dolor, agudo y largo, y todas las personas del templo
de las Tinieblas se taparon los oídos, estremecidas ante el grito de dolor de
lord Black.
Cuando se hizo el silencio, el dios de la Lucha vio
a través de los ojos nublados por las lágrimas una figura de pie ante el trono.
—¿Blackthorne? — se oyó la voz ronca y áspera de Bane. —No, lord Bane.
Bane se secó los ojos y miró al hombre pelirrojo
que estaba ante él. —Fzoul —dijo—. Todo está bien.
—Señor, estás rodeado de hombres muertos aquí en el
templo. Bane levantó su mano-garra.
El hombre pelirrojo bajó la cabeza.
—Sí, señor. —Luego Fzoul recogió los trozos
dispersos de la armadura y ayudó a Bane a ponerse de pie.
—Todo está listo —dijo Fzoul mientras lord Black
volvía a ponerse la armadura ensangrentada—. ¿Cuándo vamos a empezar a preparar
la batalla?
Los ojos de lord Black despedían fuego y Fzoul dio
un paso atrás para apartarse
del dios colérico. A continuación los labios de
Bane se abrieron en una horrible mueca. Cuando sus ojos se entornaron y habló,
también había fuego detrás de los afilados dientes del dios de la Lucha. —Ahora
—dijo.
13
El valle de las Sombras
Había pasado la hora de la cena, pero los viajeros
seguían caminando, decididos a llegar al valle de las Sombras antes de que
acabase la noche. El hechizo que los había librado misteriosamente de una
muerte segura en el bosque del Nido de Arañas había dejado a los héroes en un
punto del camino donde se habían ahorrado casi dos días de viaje.
Medianoche, Kelemvor y Thurbrand caminaban juntos,
Cyric lo hacía con los miembros supervivientes de la Compañía del Alba, Isaac y
Vogt, y Adon caminaba solo, absorto en todo lo que había perdido. —Han muerto
valientemente —comentó Kelemvor a Thurbrand en un momento dado. —No es mucho
consuelo —dijo Thurbrand, a la vez que acudían a su mente los recuerdos de la
última misión que había compartido con Kelemvor. Hacía muchos años, pero el
resultado había sido muy similar: Thurbrand y Kelemvor habían sobrevivido,
todos los demás habían muerto.
El aspecto de Cyric mientras caminaba por el valle
era de cansancio y confusión. Era como si se hubiese visto obligado a
enfrentarse a una realidad cuyo conocimiento le hubiese dejado débil y
tembloroso. Cuando hablaba, lo hacía con voz baja, casi trémula. Adon, por su
parte, no abría la boca. No tenía otra cosa que hacer más que andar, sin nada
con que llenar su cabeza, salvo sus propios y molestos pensamientos. Mientras
caminaba en la oscuridad de la noche, los miedos implacables del clérigo lo
fueron convirtiendo en una temblorosa sombra del hombre que había sido. Pero no
todos los aventureros estaban ceñudos y tristes mientras se encaminaban al
valle de las Sombras. Medianoche y Kelemvor se comportaban como si lo peor
hubiese pasado ya. Se reían e intercambiaban bromas como al principio del
viaje. No paraban de reírse, a pesar de que uno u otro de sus compañeros
fruncía el entrecejo ante esta actitud, como si estuviesen interrumpiendo un
funeral con su alegría. Sin embargo, al final, cuando atravesaban con paso
cansino las tierras situadas al sur del valle de las Sombras, la mayoría de los
héroes se fue relajando. Resultaba maravilloso contemplar las verdes y
ondulantes colinas y la rica y suave tierra de las comarcas periféricas del
valle. Incluso el aire era dulce y los huracanados vientos que habían acosado a
los héroes desde el mismísimo momento que entraron en las Tierras de Piedra se
habían transformado en suaves brisas que acariciaban a los viajeros y los
animaban a aligerar el paso en su camino hacia el lugar seguro. Era muy
tarde cuando llegaron al puente que cruzaba el
Ashaba, que desembocaba en el valle de las Sombras. Las relucientes lucecitas
que habían visto de lejos resultaron ser resplandecientes hogueras al otro
extremo del puente. Unos guardias armados de arcos y con brillantes armaduras
plateadas caminaban de arriba abajo del puente y, de vez en cuando, se
calentaban las manos en las hogueras. El grupo se fue acercando al puente,
Kelemvor y Medianoche iban junto a Thurbrand, pero al aproximarse al río, algo
se movió entre los matorrales. Los héroes se volvieron y cogieron las armas,
pero no habían hecho movimiento alguno cuando vieron seis arcos que, inmóviles,
los estaban apuntando desde los matorrales a ambos lados del
río. Las flechas con punta de acero relucían a la
luz de la luna. —Creo que es aquí donde debemos hacer constar y exponer el
motivo de nuestra presencia en el valle —dijo Thurbrand. Se volvió hacia los
hombres que iban saliendo sigilosamente de los matorrales—. ¿No es así? —En mi
opinión es un comienzo justo —dijo uno de ellos. —Yo soy Thurbrand de Arabel,
al mando de la Compañía del Alba. Hemos venido para ser recibidos en audiencia
por Mourngrym para un asunto de máxima urgencia.
Los guardias, nerviosos, se impacientaron y
murmuraron entre sí. —¿Qué asunto? —preguntó uno de ellos al cabo de un rato.
Medianoche se puso roja y se acercó al guardia. —¡Un asunto relacionado con la
seguridad de los Reinos! —gritó—. ¿No es lo bastante urgente?
—Oído así es muy bonito, pero ¿acaso podéis
probarlo? —El guardia se acercó a Thurbrand y le tendió la mano. —Tu carta de
privilegios.
—Claro —dijo Thurbrand, para luego entregarle un
pergamino enrollado—.
Firmada por Myrmeen Lhal.
El guardia examinó el pergamino.
—Hemos sufrido muchas bajas en el bosque del Nido
de Arañas —explicó Thurbrand.
—¿Los demás son los supervivientes? ¿Cómo se
llaman? —quiso saber el guardia.
Thurbrand se volvió a los dos supervivientes de la
compañía. —Vogt e Isaac —dijo Thurbrand.
Kelemvor y Medianoche intercambiaron una mirada de
inteligencia. —¿Y los
otros? —preguntó el guardia.
Thurbrand señaló a Medianoche.
—Es Gillian. Los otros son Bohaim, Zelanz y Welch.
El guardia devolvió la carta de privilegios a Thurbrand. —Muy bien, podéis
pasar —dijo, luego se apartó del camino y todos los guardias desaparecieron en
las sombras.
Los viajeros cruzaron el puente con sumo cuidado y,
al llegar a la otra orilla, Thurbrand miró a Kelemvor.
—Este sitio ya se va poniendo interesante —dijo
Thurbrand. Un grupo armado, que patrullaba junto al puente, se detuvo al verlos
y se repitió el ritual de preguntas, respuestas y presentación de documentos.
En esta ocasión, y a pesar de los ansiosos gritos de Medianoche acerca de
Elminster, los soldados se «ofrecieron» a escoltar a los cansados viajeros
hasta la torre Inclinada. —Protocolo —susurró Cyric—. Acuérdate de tu último
encuentro con el mago. ¿No será más fácil si te allana el camino el señor local?
Medianoche no contestó.
A medida que se iban acercando a la torre
Inclinada, Cyric advirtió que las pequeñas tiendas y las casas que flanqueaban
el camino parecían estar desiertas. Sin embargo, se veían luces a lo lejos y
ruidos de actividad procedentes de unas calles más allá. Pasó un carro cargado
de heno por el camino, seguido de otro con ganado. Unos soldados escoltaban
ambos carros. —Si están trasladando ganado a esta hora de la noche —dijo Cyric
a Medianoche —, significa que están preparando la ciudad para la guerra. Me temo
que tu aviso de Mystra acerca de los planes de Bane llega demasiado tarde.
A medida que se aproximaban a la torre Inclinada,
los héroes vieron que había
una hilera de antorchas en los muros de piedra del
edificio, cuadrado y desproporcionadamente bajo. Sin embargo, estas antorchas
estaban dispuestas formando un extraño dibujo y seguían las extrañas curvaturas
de la torre subiendo en espiral por un lado del edificio, para luego
desaparecer y volver a iniciarse más arriba hasta que las luces daban paso a
una niebla oscura que ni siquiera la luna, insólitamente brillante, podía
penetrar.
En la entrada de la torre había más guardias
esperando, los cuales hablaron un momento con la escolta armada de los héroes.
A continuación, uno de los guardias, sin duda un capitán de centinelas, lanzó
un largo y sonoro silbido. Mientras los héroes y los guardias esperaban a
aquello, persona o cosa, que había llamado el capitán, Adon se volvió y empezó
a alejarse distraído calle abajo. Un guardia se apresuró a interceptar al
clérigo y lo obligó a volver con
los otros. Adon obedeció de mala gana. Apareció en
la puerta un hombre joven vestido con el ropaje propio de un heraldo. A juzgar
por sus ojos, era evidente que acababa de despertarse, pero escuchó al guardia
tan cortésmente como pudo y, cuando fue posible, ocultando los bostezos detrás
de una arrugada manga.
El heraldo condujo a Kelemvor, a Thurbrand y a los
demás por un largo pasillo y no tardaron en llegar ante una pesada puerta de
madera con tres sistemas independientes de cerraduras. Cyric las estudió
distraídamente y Kelemvor gruñó impaciente. La puerta se abrió finalmente y el
heraldo, un hombre alto y delgado con cabello castaño claro, ancho bigote y
barba bien poblada, se volvió para dirigirse a los viajeros. —Lord Mourngrym os
recibirá aquí —se limitó a decir. Kelemvor oteó el interior, poco iluminado, de
la habitación. Como había temido, era una especie de celda con suelos desnudos
y cadenas en las paredes. El guerrero entornó los ojos y se volvió al heraldo.
—Queremos ser recibidos por lord Mourngrym, no por las ratas del valle de las
Sombras. Si no le es posible vernos esta noche, volveremos mañana por la
mañana. El heraldo no se acobardó. —Por favor, esperad dentro —dijo.
Medianoche pasó junto a Kelemvor, rozándolo, y
entró en el cuarto. Apenas hubo traspasado el umbral, se oyó un murmullo en las
sombras y ella desapareció. —¡No! —gritó Kelemvor, que al punto cruzó la puerta
de un salto detrás de ella, pero se encontró en la sala del trono de la torre
Inclinada. Dentro de la sala del trono había antorchas encendidas. Medianoche
vio que el fino trabajo de artesanía en yeso de los muros, desnudos por todas
partes, hablaba de muchas batallas y de muchos homenajes rendidos a quienes
habían muerto al servicio del valle. Unas cortinas de terciopelo rojo cubrían
la única pared desprovista de trabajo de artesanía. Estas cortinas descansaban
detrás de dos tronos de mármol negro que estaban al otro lado de la habitación.
En conjunto, la sala era lo bastante grande para recibir a los emisarios de
tierras lejanas, pero no tanto ni tan hermosa como las salas del palacio de
Arabel.
En el otro extremo de la sala había un hombre,
entrado en años, cuyo físico no revelaba su avanzada edad. Tenía una
constitución similar a la de Kelemvor, pero las marcadas arrugas que surcaban
su rostro ponían de manifiesto que tenía por lo menos veinte años más que el
guerrero. Vestía brillante armadura plateada y ceñía una espada con
incrustaciones de piedras
preciosas. El hombre levantó la mirada de una larga
mesa de trabajo cubierta de mapas y sonrió calurosamente cuando entraron en la
sala. Se oyó un ruido en la parte exterior del muro de la sala, y un golpe
sordo seguido de un juramento.
—¡Y seguro que ha movido esa maldita puerta! —A
continuación se oyó
una
serie de golpecitos ligeros y salió una mano de la
aparentemente sólida pared, y unos dedos se estiraron como tanteando. Siguió un
rostro que luego desapareció—. Quiero que se envíe un emisario a Elminster
apenas empiece a clarear. ¡No quiero seguir cautivo de su magia! —Hubo un
silencio—. ¡No, y no me estoy comportando como un excéntrico! —Un suspiro—. Sí,
Shaerl, pronto estaré preparado, esposa mía. Una figura surgió de la pared en
el momento en que el resto de los aventureros, acompañados por dos guardias,
aparecían detrás de Kelemvor y de Medianoche. La figura se volvió, miró a sus
huéspedes y se inmovilizó. Se trataba de un hombre guapo en extremo, con
abundante cabello negro, profundos ojos azules y mandíbula cuadrada. Su ropa
era un claro testimonio de lo avanzado de la hora. Llevaba una camisa de dormir
que dejaba al descubierto los brazos, las peludas piernas y unos pies que
terminaban en unos dedos nervudos y sarmentosos. Sus brazos eran gruesos y
fuertes con músculos muy desarrollados. Una cinta color carmesí rodeaba su
brazo derecho. Echó una mirada al guerrero más mayor, el cual se limitó a
encogerse de hombros. —No esperaba visitas —dijo el hombre del pelo negro. A
continuación se irguió y una sonrisa iluminó su rostro. Se acercó a los
viajeros—. Soy Mourngrym, señor de este lugar. ¿En qué puedo serviros?
Kelemvor estaba a punto de hablar cuando un guardia
se inclinó sobre él blandiendo el hacha de forma amenazadora. Mourngrym se
rascó la mejilla, indicó a los viajeros, mediante un gesto, que esperasen un
momento, y se llevó al guardia a un lado. —Mi buen Yarbro —le dijo Mourngrym—.
¿No recuerdas nuestra charla sobre el lado negativo de un excesivo celo en el
comportamiento? Yarbro tragó saliva.
—Pero, ¡señor, parecen mendigos! ¡No tienen oro, ni
provisiones, han entrado en la ciudad y su única identificación es una carta de
privilegio que casi con certeza es robada!
—Explícame cómo te encontraron mis hombres en las
afueras de Myth Drannor hace dos inviernos.
—Aquello fue diferente —replicó Yarbro.
—Luego hablaremos de ello —repuso Mourngrym con un
suspiro. Yarbro asintió con la cabeza y luego se volvió para salir de la sala
con el otro guardia. Kelemvor se alegró de ver marchar a los guardias. Habría
resultado difícil explicar por qué habían dado los nombres de los guardias en
lugar de los suyos propios para acceder a la torre y, tal vez, a fin de no
despertar sospechas, se verían obligados a seguir con los nombres falsos.
El guerrero de más edad estaba junto a Mourngrym.
Cuando Yarbro rozó a Kelemvor al salir de la habitación, ambos guerreros
cruzaron una mirada y luego sonrieron.
—Es Mayheir Hawksguard, en funciones de capitán de
armas. Thurbrand hizo una mueca.
—¿En funciones de capitán de armas? ¿Qué le pasó al
otro? —Preferiría no hablar de ello hasta que haya comprendido el motivo de
vuestra presencia aquí —dijo Mourngrym, y se dio media vuelta—. ¿Qué le ha
pasado a vuestro grupo?
Todos, a excepción de Adon, se precipitaron hacia
adelante y surgieron simultáneamente seis versiones de lo que habían
presenciado. Mourngrym se frotó sus cansados ojos y miró a Hawksguard.
—¡Basta! —gritó, y se hizo el silencio en la sala.
—Tú —replicó Mourngrym al hombre taciturno de la cicatriz—. Quiero oír tu
versión de la historia.
Adon se adelantó y se puso a contar todo lo que
sabía sobre los acontecimientos ocurridos en los Reinos con la menor cantidad
posible de palabras. Mourngrym se apoyó contra su trono y frunció el entrecejo.
—Es posible que hayáis advertido que aquí se han tomado ya algunas precauciones
—dijo Mourngrym—. Se teme que el valle de las Sombras sea sitiado en cuestión
de días. —Mourngrym miró a Thurbrand—. Contestando a tu pregunta, el antiguo
capitán de armas se infiltró en Zhentil Keep y estuvo a punto de morir en su
misión destinada a facilitarnos esta información. Está en su alojamiento,
recobrándose de las heridas recibidas. Hawksguard acompañará a vuestra
delegación a presencia de Elminster mañana después de comer. Esta noche sois
mis huéspedes. —Mourngrym bostezó—. Ahora, si me excusáis, creo que había otras
razones por las que me han arrancado del tierno abrazo de un sueño muy
necesitado. Seguiremos hablando por la mañana.
Los aventureros fueron conducidos a habitaciones
separadas, donde los esperaban unos baños humeantes y unas camas blandas.
Medianoche salió para tomar un poco de aire y, después de caminar alrededor de
la torre, regresó a su dormitorio para estudiar sus hechizos. Pero cuando abrió
la puerta, oyó un ligero chapoteo. Alguien estaba en su habitación esperando su
regreso.
Abrió la puerta de golpe e iluminó el cuarto con la
linterna. Se oyó un grito de asombro cuando la luz iluminó a un hombre
corpulento que salía de la bañera del dormitorio para luego correr a por su
ropa y sus armas que yacían cerca en un montón. —Por todos los dioses —murmuró
Kelemvor cuando vio quién era el intruso—, Medianoche.
Kelemvor se sacudió como un gato y luego cogió una
toalla. Se secó el pecho con cuidado, sobre todo allí donde tenía el corte que
había recibido luchando con la araña blanca, ya sano pero todavía algo tierno.
Medianoche dejó la linterna sobre una mesita que había junto a la cama y abrió
los brazos. —Ven aquí, Kel, yo te ayudaré.
Vio, a pesar de la tenue luz de la habitación, que
él esbozaba una sonrisa. En los otros cuartos de la torre Inclinada la noche no
transcurría de forma tan apacible. A Cyric lo asediaban pesadillas de visiones
de la muerte de Brion, que aparecían una y otra vez en su mente mientras
dormía. Gritó varias veces, y se despertó bañado en sudor. Cada vez que
conciliaba el sueño, volvía la pesadilla. En otra habitación, Adon permanecía
junto a la ventana y contemplaba los tejados del valle de las Sombras. Veía por
toda la ciudad los capiteles de los templos, si bien no podía distinguir a qué
dioses honraban. Por la mañana, cuando una sirvienta ordinaria llamada Neena
llamó a su puerta, él seguía de pie junto a la ventana. Entró y le dejó la ropa
que le había dado a los sirvientes para que la limpiasen. —El desayuno se
servirá dentro de poco —dijo la mujer. Adon ignoró a la muchacha. Después de
apartarse el flequillo del ojo, ella tocó el hombro de Adon, pero retrocedió
cuando él se volvió con las manos preparadas para darle un golpe mortal. Al
comprender que se trataba sólo de una sirvienta, vaciló y guardó silencio.
Neena miró el rostro del clérigo, luego se volvió respetuosamente. Para el
corazón destrozado de Adon, aquel gesto había sido peor que cualquier golpe
físico. —Déjame solo —dijo, pero enseguida empezó a prepararse para el
desayuno. Cuando Neena salió de la habitación, Kelemvor estaba al otro lado del
pasillo y oyó cómo el clérigo le indicaba a Neena que lo dejase. El guerrero,
mientras se volvía para llamar a la puerta de
Thurbrand, pensó que Adon tardaría mucho tiempo en curarse
interiormente de aquella cicatriz.
—Están a punto de servir el desayuno —informó
Kelemvor cuando Thurbrand abrió la puerta.
—Ya me lo han dicho —dijo el hombre calvo—. Puedes
marcharte. Kelemvor pasó por delante del guerrero dándole un empujón y cerró la
puerta detrás de él.
—Creo que sería bueno que hablásemos de..., de ti y
de tus hombres. —
Aquellos hombres murieron —dijo Thurbrand, y se
sentó en la cama—. Son
las cosas de la guerra. —El hombre calvo dio una
patada a su espada y la
envió al otro extremo del cuarto, luego miró a
Kelemvor—. Me voy, Kel.
Vogt e Isaac se vienen conmigo.
—Sí. Me esperaba algo así.
Thurbrand se pasó una mano por la cabeza sin pelo.
—Vuelvo a Arabel y le contaré a Myrmeen Lhal lo que he visto. Estoy seguro de
que retirará las acusaciones.
—¿Acusaciones? ¡Yo pensaba que querían que
volviésemos sólo para ser interrogados!
Thurbrand se encogió de hombros.
—No quería alarmarte —dijo—. Quizá debería
limitarme a decirle que habéis muerto todos. ¿Lo prefieres?
—Haz como te plazca. Pero no he venido a hablarte
de esto. —Kelemvor miró la espada de Thurbrand, ahora en un rincón—. Te sientes
culpable por lo que sucedió en el bosque del Nido de Arañas.
—No tiene importancia, Kel. Ya ha pasado. Tengo en
mis manos la sangre de toda mi compañía. ¿Acaso puedes limpiarlas con tus
palabras de consuelo?
— Thurbrand se puso en pie, se dirigió al rincón y
recogió la espada—. Es como si los hubiese matado yo mismo. —Blandió la espada
en el aire con poco entusiasmo, como si quisiera ahuyentar sus pensamientos—.
Además — añadió en voz baja—, hay muchas otras muertes en mi conciencia, aparte
de las suyas. Tú ya lo sabes. Kelemvor guardó silencio.
Una mueca apareció en el rostro de Thurbrand. —Kel,
veo todavía los rostros de los hombres que murieron en mi lugar... en nuestro
lugar, muchos años atrás. Sigo oyendo sus gritos. —Thurbrand se detuvo y miró a
Kelemvor—. ¿Tú, no?
—A veces —contestó Kelemvor—. Nosotros decidimos no
morir, Thurbrand, y es muy difícil vivir con una decisión así. Pero lo que les
sucedió a nuestros amigos no tiene nada que ver con la Compañía del Alba. La
compañía no tenía más alternativa que seguirnos al bosque. Si se hubiese
quedado en la llanura, habrían muerto todos sin posibilidad de defenderse.
Thurbrand le volvió la espalda.
—¿Por qué te preocupa tanto?
Kelemvor se apoyó contra la puerta y suspiró.
—Había una muchacha, poco más o menos de la edad de Gillian, que empezó el
viaje con nosotros. Se llamaba Caitlan.
Thurbrand se volvió y miró a Kelemvor, pero el
guerrero estaba mirando al vacío, repasando en su mente la muerte de Caitlan.
—Insistió en venir con nosotros y murió cuando se suponía que yo debía
protegerla.
—¿Y te sientes culpable? —preguntó Thurbrand.
Kelemvor lanzó un profundo suspiro.
—Se me había ocurrido simplemente que tal vez
tuvieses ganas de hablar
de la
compañía.
—Gillian —dijo Thurbrand al cabo de un rato—
parecía bastante joven para
ser una aventurera, ¿no te parece?
Kelemvor sacudió la cabeza.
—Más jóvenes los he visto por los caminos.
Thurbrand cerró los ojos. —Estaba llena de entusiasmo. Su juventud... me
devolvía algo de la mía. Quería... no, necesitaba tenerla a mi alrededor.
Estaba seguro de que podía protegerla. Un largo silencio invadió el cuarto,
mientras ambos guerreros pensaban en sus compañeros, algunos muertos hacía
mucho tiempo, otros muertos hacía sólo unos días. —Fue decisión suya seguirte
—dijo finalmente Kelemvor, luego se volvió para marcharse.
—Y es decisión mía marcharme del valle de las
Sombras antes de acabar muerto yo también —dijo Thurbrand suavemente—. A
mediodía me iré de aquí. Kelemvor salió de la habitación sin decir palabra.
Hawksguard sonrió y sacudió la cabeza, incrédulo. —¿Qué quieres decir con que
«no es un buen momento»? No he traído a esta buena gente a la torre de
Elminster para que se les dé con la puerta en las narices. —Lamento que te
incomode. Tendréis que volver más tarde. Elminster está llevando a cabo un
experimento. Ya sabes lo poco que hace falta para despertar su ira cuando se le
interrumpe en
momentos semejantes. Y ahora, a menos que queráis
veros transformados en tábanos o ser víctimas de un desagradable accidente o
cosa similar, os sugiero que os marchéis.
Lhaeo intentó cerrar la puerta, pero algo bloqueaba
el camino, como una jamba de más. Hawksguard hizo una mueca de dolor mientras
la pesada puerta presionaba su pie con una fuerza mucho mayor de la que el
escribiente de Elminster jamás pudiese haber tenido. Pensó que se tenía que
tratar de algún encantamiento del mago, luego forzó la puerta y la abrió un
poco. —Ya verás —dijo Hawksguard cuando Kelemvor apareció a su lado y juntos se
pusieron a empujar la puerta—. Yo tengo un señor que es desgraciado. Y si yo
tengo un señor desgraciado, quiere esto decir que tú tienes un señor
desgraciado. Y si nosotros tenemos un señor desgraciado, quiere esto decir...
La puerta se abrió de par en par y Lhaeo se apartó
del paso. Hawksguard y Kelemvor fueron impelidos hacia adelante y cayeron uno
encima del otro a los pies del escribiente.
—¡Oh, déjalos pasar, no vaya a empezar con esa
sórdida y triste historia otra vez! —ordenó una voz familiar.
Medianoche sintió que se sonrojaba con un temor
reverencial ante el sonido de la voz de Elminster. El ruido de pasos en una
escalera desvencijada era cada vez más fuerte. Luego, un sabio de barba blanca
apareció al pie de la escalera y se quedó mirando fijamente a Medianoche. El
número de arrugas que rodeaban sus ojos se multiplicaron cuando los entornó
como si no diese crédito a lo que veía. —¡Cómo! ¡Tú de nuevo! ¡Te vi la última
vez en las Tierras de Piedra! —dijo Elminster—. Mourngrym ha mandado decirme que
me visitaría alguien con un mensaje de importancia. ¿Se supone que eres tú?
Cyric ayudó a Kelemvor a ponerse de pie. Adon permaneció detrás, observando.
Medianoche no permitió que la cólera la dominase. —Traigo las últimas palabras
de Mystra, diosa de la Magia, y un símbolo de su
confianza; se trata de un objeto y me dijo que te
lo diese junto con el mensaje.
Elminster frunció el entrecejo.
—¿Por qué no me lo dijiste cuando nos vimos aquella
primera vez? —¡Lo intenté! —exclamó Medianoche.
—Es evidente que no lo intentaste lo suficiente
—repuso Elminster a la vez que se volvía hacia la escalera y le indicaba con un
gesto que lo siguiera—. Supongo que no querrás dejar a este inquietante séquito
con Lhaeo mientras
me cuentas esa información de vital importancia.
Medianoche respiró hondo.
—Supones bien —aclaró ella—. Han visto lo que yo he
visto, y más. El sabio ladeó la cabeza y empezó a subir la escalera. —Muy bien
—aceptó—, pero si tocan algo, será por su cuenta y riesgo. —¿Hay objetos
peligrosos? — preguntó Medianoche mientras subía la escalera de caracol detrás
del sabio. —Sí —contestó Elminster mirando por encima del hombro—, y yo soy el
más peligroso de todos.
A continuación el sabio del valle de las Sombras
apartó la mirada y no volvió a hablar hasta que los héroes hubieron subido y
entrado en su cámara. Medianoche estaba convencida de que algo se iba a
desprender en ella si se atrevía a dar un paso más dentro del lugar sagrado del
apergaminado sabio. Había una ventana delante y los rayos de sol que
atravesaban el aire mostraban un pequeño ejército de partículas polvorientas
flotando. Dispersos por el modesto alojamiento del sabio había pergaminos y
rollos de escritura, textos antiguos y artefactos mágicos. —Y ahora, dame
detalles sobre tu implicación con la diosa Mystra —solicitó Elminster—. Luego
me dices su mensaje, exactamente, palabra por palabra. Medianoche le relató
todo lo que había visto, empezando por su encuentro con la muerte en el camino
de Arabel y de cómo la salvó Mystra, para acabar con la aparente destrucción de
la diosa a manos de Helm. —Dame el medallón —dijo Elminster. Medianoche se sacó
el medallón por la cabeza y se lo tendió al sabio. Elminster lo pasó por encima
de una hermosa esfera de cristal que brillaba con un reflejo ámbar y esperó un
momento. Como no pasó nada, el sabio acercó más el medallón a la esfera y tocó
ésta con el frío metal de la estrella, a la vez que mantenía el objeto lo más
lejos posible de su cuerpo. El globo había sido diseñado para romperse si se
acercaba a él algún objeto poderoso; pero nada ocurrió cuando el medallón lo
tocó. Cuando Elminster levantó la mirada tenía los ojos entornados. —No sirve
para nada —dijo, y arrojó el medallón al suelo—. Dentro de esta baratija no hay
magia. —Elminster le dio una patada al medallón, que rodó por el suelo para ir
a parar a un rincón, de donde se elevó una nube de polvo—. Me has estado
haciendo perder el tiempo y la paciencia —añadió—, y no se puede jugar con
ninguna de ambas cosas, especialmente en estos tiempos de prueba para el valle.
—Pero en el medallón hay una magia poderosa —dijo Medianoche—. Lo he visto.
¡Todos lo hemos visto!
Y de las bocas de Cyric y Kelemvor empezaron a
salir las historias que habían vivido. Elminster miró a Hawksguard con hastío.
—¿Esto es todo? — dijo Elminster—. Ahora podéis marcharos y dormid tranquilos
porque la protección del valle está en manos de quienes piensan en lugar de
hacer perder el precioso tiempo de sus defensores con cuentos y fantasías de
los que ni siquiera tienen pruebas.
Medianoche se puso de pie, mirando horrorizada al
sabio anciano.
—Vámonos —dijo Kelemvor—. Aquí ya no podemos hacer
nada más. —Así es —dijo Elminster—. ¡Fuera de aquí! De pronto, el medallón
saltó del rincón donde se hallaba y quedó suspendido en el aire junto al
anciano. La mirada de Elminster se posó de nuevo en Medianoche y ésta notó que
una ola de indignación le subía al rostro. —No tengo ningún interés en que me
hagas una pequeña demostración de tu magia —dijo Elminster en voz baja y
mesurada—. De hecho, en estos tiempos es bastante peligroso.
El medallón empezó a dar vueltas en el aire. Unos
nítidos rayos de luz se
movieron por su superficie y empezaron a salir de
la estrella. —¿Y ahora qué
es esto? —quiso saber Elminster. Vieron un
relámpago cegador y se formó
un capullo de luz azul y blanca alrededor del
sabio, que desapareció de la
vista. De dentro del capullo surgió algo que
parecía un torbellino ámbar y que
quemó las puntas de aquél. Unos segundos después,
el capullo se disolvió en
medio de una humareda y los rayos de luz color
ámbar desaparecieron.
—Tal vez deberíamos seguir hablando —dijo Elminster
a Medianoche, a la
vez que cogía el medallón en el aire.
Hawksguard se adelantó.
—Quisiera decir unas palabras, gran sabio —dijo
respetuosamente. —Se te han ocurrido ya o tendré que adivinarlas —murmuró el
sabio. Hawksguard se paralizó un momento, luego se echó a reír a carcajadas.
Elminster miró al techo—. ¿Qué? ¿Acaso no ves que estoy ocupado? Hawksguard
persistió. —Elminster, lord Mourngrym quisiera hablar brevemente contigo sobre
las defensas con las que has atestado la torre Inclinada. —¿Ahora? —preguntó
Elminster—. ¿Dónde está? Dile que pase. Los músculos del rostro de Hawksguard se
retorcieron en una mueca. —No está aquí. —Esto es un problema, ¿no te parece?
El rostro de Hawksguard estaba enrojeciendo. —Me ha
enviado a buscarte, buen señor.
—¿A buscarme? ¿Soy un perro, acaso? ¡Con todo lo
que he ayudado a ese
hombre!
—¡Buen Elminster, estás volviendo mis propias
palabras contra mí! El sabio reflexionó un momento.
—Supongo que iré. Pero hoy no puedo ausentarme.
Tengo en marcha unos elementos que debo vigilar atentamente. —Elminster hizo un
gesto a Hawksguard—. Acércate, tengo un mensaje para nuestro señor. Mientras se
acercaba, las comisuras de los labios de Hawksguard se abrieron en una mueca.
—¡No irás a tatuarlo en mi carne! —¡Claro que no!
—exclamó Elminster.
—¿O a convertirme en algún animal sobrenatural y
luego lanzarme a los vientos para que pueda ir repitiendo el mensaje a todos
los que pueda encontrarme hasta llegar a presencia de lord Mourngrym?
Elminster se frotó la frente y lanzó una maldición.
—¿De dónde he sacado esta reputación? —dijo con voz ausente. Hawksguard iba a
contestar cuando los arrugados dedos del mago se movieron en el aire delante de
él en demanda de silencio. Elminster miró a Hawksguard a los ojos.
—Dile que estoy terriblemente ocupado preparando la
defensa mística de este
reino. Si he colocado guardias en la torre
Inclinada ha sido por su propio bien, y debe aceptarlos como tal.
Hawksguard sudaba debajo de su armadura. —¿Eso es
todo? Elminster hizo un gesto de asentimiento con la cabeza. —Vosotros tres,
acercaos.
Kelemvor, Cyric y Adon cruzaron con cautela la sala
de punta a punta. — Cada uno de vosotros ha sido testigo de hechos que muy
pocos conocerán jamás. ¿De qué parte estáis en la defensa del valle? El trío no
se movió.
Kelemvor miró a Medianoche, la cual apartó los
ojos. —¿Estáis sordos? ¿Estáis con el valle o no? Adon dio un paso adelante.
—Yo quiero luchar —afirmó.
Elminster miró al joven clérigo, intrigado. —Y
ahora vosotros. Kelemvor seguía mirando a Medianoche. Su mirada le indicó que
no tenía intención de abandonar aunque hubiese cumplido su parte del acuerdo
con la diosa. Se puso furioso. No quería quedarse, pero no podía decidirse a
dejar a Medianoche. —Hemos llegado hasta aquí. Bane ha tratado de matarnos.
Combatiré si hay una recompensa.
—Serás recompensado —dijo Elminster fríamente. A
medida que el silencio en la sala adquiría proporciones épicas, Cyric sentía
como si una mano estuviese aferrándose a su corazón. Medianoche lo miró. Había
algo en sus ojos. Cyric se acordó de Tilverton y de cómo habían estrechado su
mutua amistad durante el viaje.
—Lucharé —decidió finalmente Cyric. Medianoche
apartó la mirada—. De todas formas, no tengo nada mejor que hacer.
Elminster fulminó a Cyric con la mirada, luego la
apartó. —Todos vosotros
os habéis enfrentado a los dioses y habéis
sobrevivido. Habéis visto su
debilidad y su fuerza con vuestros propios ojos.
Esto es importante para esta
batalla. Quienes combatan deben saber que se puede
conquistar al enemigo,
que incluso los dioses pueden morir.
Adon se encogió de miedo.
Elminster siguió hablando, ahora en voz baja:
—Sabréis que hay unas fuerzas que son mayores que el hombre o el dios, de la
misma forma que hay mundos dentro y mundos fuera... Era poco después de
mediodía cuando Hawksguard, Kelemvor y Cyric dejaron a Elminster. Adon quería
ir con ellos, pero incluso Kelemvor estuvo de acuerdo en que no estaba en
condiciones de combatir. A Cyric le hizo gracia el deseo de Adon de derramar
sangre, pero se guardó ese regocijo para sí. Sabía que no se podía confiar en
él para la batalla a la que se iban a enfrentar; a Adon parecía importarle cada
vez menos su propia supervivencia y sería el último hombre que cualquier
soldado querría para protegerle las espaldas.
A medio camino de la torre Inclinada, Cyric empezó
a hacerse preguntas sobre sus razones para contribuir a la defensa de la
ciudad. Allí no había nada para él, salvo, quizás, una muerte rápida. Si era
esto lo único que deseaba, había modos más fáciles de encontrarla. Un paseo por
las calles de Zhentil Keep en medio de la noche lo recompensaría sin duda
alguna con esta suerte. O quizá deseaba poner a prueba su valor
frente al dios que ya había tratado de matarlo una
vez.
«Nosotros cuatro nos hemos enfrentado a un dios y
hemos sobrevivido, incluso sin la ayuda de Mystra, —pensó—. ¡Imagínate si
hubiésemos logrado matar a un dios! Se cantarían nuestros nombres en baladas
que los trovadores recitarían a lo largo de cientos de años.»
Incluso después de haber llegado a la torre
Inclinada y mientras esperaban que lord Mourngrym hiciese acto de presencia,
las palabras de Elminster
seguían obsesionando a Cyric. Sin la presencia de
los dioses en las Esferas, las leyes mágicas y físicas se estaban desmoronando.
Todos los Reinos podían sucumbir. ¿Qué podía salir de las cenizas?, pensó
Cyric. ¿Y quiénes serían los dioses del futuro impredecible? Apareció Mourngrym
y Hawksguard repitió las palabras de Elminster. Kelemvor y Cyric brindaron su
ayuda y al anochecer les habían dado el papel que iban a desempeñar en la
batalla. Kelemvor fue destinado, con Hawksguard y la mayoría de las fuerzas de
Mourngrym, al límite oriental, por donde se suponía iban a atacar las tropas de
Bane. Cyric fue requerido para defender el puente sobre el Ashaba y para ayudar
a los refugiados que abandonaban el lugar por el río en busca de un lugar
seguro en el valle del Tordo. Los arqueros ya estaban tomando posiciones en el
bosque que había entre Voonlar y el valle de las Sombras y se estaban tendiendo
trampas para las tropas de Bane.
Aun cuando Mourngrym creía haber organizado a sus
fuerzas del modo más eficaz para contraatacar al ejército de Zhentil Keep, de
mayor fuerza que el suyo, el señor del valle estaba preocupado por el lugar de
Elminster en la próxima batalla. —Supongo que Elminster sigue creyendo que el
grueso de la batalla tendrá como escenario el templo de Lathander —dijo
Mourngrym tristemente—. Necesitamos su ayuda en la frontera. ¡Por Tymora!, que
tenemos que conseguir que este hombre entre en razón.
—Me temo que seríamos los primeros en hacerlo —dijo
Hawksguard, acompañando sus palabras con una amplia sonrisa. Mourngrym se rió.
—Quizá tengas razón. Elminster siempre se ha erigido en defensor del valle, es
cierto, pero la recompensa mayor de mi vida sería captar, aunque sólo fuese una
vez, un indicio del razonamiento de ese hombre antes de que se decida a
revelarlo. Ante el comentario del señor del valle, tanto Kelemvor como
Hawksguard se rieron a carcajadas. Cyric se limitó a mover la cabeza. Por lo menos
Kelemvor ya no estaba taciturno. De hecho, aquella camaradería con Hawksguard
hacía que pareciese incluso contento de estar allí.
Pero Cyric no estaba de buen humor para las bromas
del guerrero y, por consiguiente, salió discretamente de la sala del trono.
Mientras el ladrón se dirigía a su habitación para prepararse para la cena,
comprobó que los pasillos de la torre Inclinada bullían de actividad.
Después de cambiarse de ropa, el ladrón se dispuso
a salir de la habitación. Mientras caminaba hacia la puerta, su bota resbaló en
la madera del suelo,
donde había una mancha. Recobró el equilibrio y
miró hacia abajo. Se preguntó si alguna de las vacas torpes que allí en la
torre llamaban «sirvientas» no habría derramado algo y luego se habría
considerado demasiado fina para limpiarlo. Pero allí, en el centro de la
habitación, había una mancha que parecía sangre. Con dedos temblorosos Cyric se
agachó y tocó la mancha roja. Empapó un dedo en el líquido y luego se lo llevo
a la lengua, para comprobar de qué se trataba. Algo estalló en su cerebro y
notó que su cuerpo se estrellaba contra la pared más alejada para luego caer
sobre la cama. Apenas era consciente del daño que había
causado a la pared o el que se había infligido a sí
mismo, pero sus percepciones
bailaban en medio de una fantástica neblina de
visiones y sonidos. Le costaba separar las ilusiones de la realidad.
De lo único que estaba seguro era de que alguien
había entrado en la habitación y cerrado la puerta con llave.
Antes de perder el conocimiento, Cyric se dio
cuenta de que el hombre se estaba riendo.
Lo que sintió después fue un extraño sabor en la
boca, como a almendras amargas. Tenía la garganta seca y el sudor le entraba en
los ojos. Llegó a sus oídos el ruido de su propia respiración, desapacible y
entrecortada. Tenía la impresión de que tenía la carne hecha jirones. Recuperó
de pronto la vista y el oído y se encontró tumbado en la cama, en cuyo borde
había sentado un hombre de pelo gris que no lo miraba. —No trates de moverte
todavía —dijo el hombre—. Has sufrido una conmoción bastante fuerte.
Cyric intentó hablar, pero tenía la garganta áspera
y empezó a toser, lo cual no hizo otra cosa que causarle más dolor.
—Túmbate —le dijo el hombre. Cyric notó como si
algo estuviese empujando su espalda contra la cama—. Tenemos mucho de que
hablar. No podrás elevar el tono de voz más allá de un susurro, pero no te
preocupes. Mis sentidos son muy agudos. —Marek —dijo Cyric, casi en un
graznido. Aquella voz era inconfundible—. ¡No puede ser! Estabas encarcelado en
Arabel. Marek volvió el rostro hacia Cyric y se encogió de hombros. —Me escapé.
¿Has oído alguna vez que una mazmorra haya podido retenerme? — ¿Qué estás
haciendo aquí? —preguntó Cyric, después de ignorar las fanfarronadas del
hombre.
—Bien... —empezó a decir Marek, luego se levantó de
la cama—. Iba de
regreso a Zhentil Keep. Me cansé y decidí reposar.
La documentación que tengo, la misma que me facilitó la entrada a Arabel, se la
quité a un soldado en las afueras de Hillsfar; de hecho, un mercenario
profesional a quien nadie echará de menos. »Afirmé que regresaba a unirme al
conflicto entre Hillsfar y Zhentil Keep, cosa que imaginé que la gente del
valle de las Sombras vería como una empresa dignísima. Tenía la certeza de que
mi coartada estaba asegurada. No sabía que el valle de las Sombras se estaba preparando
para una guerra con Zhentil Keep y..., ¡los guardias me pidieron que me uniese
a su maldito ejército! —¿Qué pasó con tu escondite de objetos mágicos, de los
que tanto fanfarroneabas en Arabel? ¿No podías utilizarlos para escapar de los
guardias? —preguntó Cyric. —Me vi obligado a dejarlos casi todos en Arabel
—contestó Marek—. ¿Piensas que te voy a atacar? No seas estúpido. He venido
aquí para hablar contigo. —¿Cómo has entrado en la torre?
—Por la puerta principal. Recuerda que ahora soy
miembro de la guardia. — Pero ¿cómo sabías que yo estaba aquí?
—No lo sabía. Todo ha sido pura casualidad, como de
hecho lo es todo en la vida. Cuando los guardias trataban de convencerme de
que, aunque la idea no hubiese surgido de mí, el unirme a su ejército me
beneficiaría, me describieron a un pequeño grupo de aventureros que habían
llegado al valle, que se hospedaban en la propia torre Inclinada por la ayuda
que iban a prestar a la ciudad. Por muy extraño que te parezca, parte del grupo
me recordó a la banda con la que te fuiste de Arabel. Después de esto, no me ha
resultado difícil encontrarte.
»Por cierto, te pido disculpas por los efectos de
la poción que te ha hecho perder el sentido. A decir verdad, logré conservar un
objeto mágico, este medallón —dijo
Marek, y sacó un pesado medallón de oro que estaba
abierto. Salió de él una gota de
líquido rojo que parecía sangre y que cayó al
suelo. Cuando el líquido tocó la madera se oyó una especie de siseo.
»Hace unas horas me han acompañado hasta aquí y me
han dicho que podía esperar. Como no llegabas, empezaba a aburrirme. Advertí
que el cierre del medallón estaba a punto de romperse y, cuando me puse a
examinarlo, se rompió y se derramó un poco en el suelo. Fue entonces cuando
llegaste. Como al principio no estaba seguro de que fueses tú, me escondí en el
armario. Luego probaste la poción y, bueno, aquí estás. —¿Qué pretendes
hacer? —preguntó Cyric—. ¿Vas a desenmascararme,
como hiciste en Arabel?
—Por supuesto que no —contestó Marek—. Si así lo
hago, ¿qué te impide a ti desenmascararme a mí? Éste, precisamente, es el
motivo de mi visita, ¿comprendes? Me gustaría que guardases silencio hasta
después de la batalla. —¿Por qué?
—Me escaparé en el transcurso de la batalla. Me
cambiaré de bando y volveré a Zhentil Keep con los vencedores.
—Los vencedores —repitió Cyric con voz ausente.
Marek se echó a reír. —Mira a tu alrededor, Cyric. ¿Tienes idea de cuántos
hombres han reunido en Zhentil Keep? A pesar de los preparativos, a pesar de la
ventaja del bosque que hay entre este lugar y Voonlar, el valle de las Sombras
no tiene posibilidad alguna. Si fueses mínimamente inteligente, me seguirías
fuera de aquí, seguirías inmediatamente mis pasos.
—Ya me dijiste lo mismo en una ocasión —replicó
Cyric. —Te ofrezco la salvación —repuso Marek—. Te ofrezco una oportunidad para
volver a la vida para la que has nacido. —No —dijo Cyric—. No volveré jamás.
Marek movió la cabeza con tristeza.
—En ese caso, morirás en este campo de batalla. ¿Y
para qué? ¿Acaso es tu guerra? ¿Cuál es tu interés en todo esto? —Algo que tú
no comprenderías — contestó Cyric—. Mi honor. Marek no pudo contener la risa.
—¿Honor? ¿Dónde está el honor en convertirse en un
cadáver, sin nombre y sin rostro, que acabará pudriéndose en un campo de
batalla? Este tiempo alejado de la cofradía te ha transformado en un estúpido.
¡Me avergüenzo de haberte llegado a considerar como a un hijo! Cyric se puso
lívido.
—¿Qué quieres decir?
—Pues lo que he dicho, ni más ni menos. Te recogí
siendo tú un niño, te crié,
te enseñé todo lo que yo sé. —Marek hizo una mueca
de burla y desprecio—.
Es inútil. Eres demasiado mayor para cambiar, al
igual que yo. Marek se
volvió para marcharse.
—Tenías razón, Cyric.
—¿Sobre qué?
—En Arabel, cuando dijiste que actuaba por mi
cuenta. Tenías razón. A la cofradía le importa un bledo si vuelves o no. Era yo
quien quería que volvieses. De no haber sido por mi insistencia para que
intentásemos hacerte
volver, ellos se habrían olvidado de que existes
hace mucho tiempo. —¿Y ahora?
—Ahora ya no me importa —contestó Marek—. No eres
nada para mí. El desenlace de esta batalla es indiferente, no quiero volver a
verte. Tu vida
es tuya, haz
con ella lo que quieras.
Cyric guardó silencio.
—Los efectos de esta poción son desconcertantes. Es
posible que experimentes algún delirio antes de que remita la fiebre. —Marek
cogió el medallón y lo dejó sobre la cama junto a Cyric—. No quisiera que
olvidases esta conversación como si fuese un matutino sueño febril.
La mano de Marek estaba posándose sobre el
picaporte de la puerta cuando oyó ruido de movimiento procedente de la cama de
Cyric. —Échate, Cyric. Puedes hacerte daño —le dijo, antes de que la daga de
Cyric se introdujese en su espalda.
El ladrón vio a su antiguo mentor caerse al suelo.
Momentos después, aparecían en la puerta Mourngrym y Hawksguard, con un par de
guardias. — Un espía —explicó Cyric con voz ronca—. Ha tratado de
envenenarme... y luego ha querido sonsacarme a cambio del antídoto. Lo he
matado y se lo he cogido. Mourngrym asintió.
—Parece que ya me estás sirviendo bien —dijo. Se
llevaron el cuerpo y Cyric
volvió a la cama. Durante un buen rato, mientras el
veneno del medallón
hacía efecto en su organismo, estuvo como a caballo
de la realidad y la
fantasía. Le parecía estar atrapado, medio
despierto, medio dormido, tenía
visiones. Era un niño en las calles de Zhentil
Keep, estaba solo y huía de sus
padres que trataban de venderlo como esclavo para
pagar sus deudas. Luego
estaba de pie delante de Marek y de la cofradía de
los Ladrones mientras lo
juzgaban, a él, un muchachito andrajoso y
ensangrentado que habían
encontrado en la calle y que robaba para
sobrevivir; con su veredicto había
entrado a formar parte de la cofradía. Pero, como
era de esperar, Marek
abandonó a Cyric cuando más lo necesitaba; cuando
la cofradía lo marcó
como condenado a ser ejecutado y se vio obligado a
huir de Zhentil Keep.
Abandonado.
Siempre abandonado.
Las horas pasaban y Cyric se levantó de la cama. La
neblina roja se elevó y desapareció de delante de sus ojos. Se le había
enfriado la sangre y la
respiración se había vuelto regular. Estaba
demasiado agotado para permanecer despierto, de modo que volvió a desplomarse
sobre la cama y se rindió al tierno abrazo de un profundo sueño libre de
pesadillas.
—Soy libre —murmuró en la oscuridad—, ¡libre! Adon
se marchó de la morada de Elminster a avanzada hora de la noche, al mismo
tiempo que el escribiente, Lhaeo. A decir verdad, el anciano, cuando envió al
hombre a contactar a los Caballeros de Myth Drannor, se mostró preocupado por
él. La comunicación mágica con el este quedó interrumpida y, armado de las
recomendaciones de Elminster, el escribano iba a tener que ir a caballo a
entregar el mensaje a los Caballeros.
—Hasta que nos volvamos a ver —dijo Elminster, para
luego quedarse mirando cómo se alejaba su escribiente.
Adon, por su parte, se alejó caminando sin que el
sabio dijese una palabra o
hiciese gesto alguno. Estaba a media pendiente
cuando Medianoche lo
alcanzó y le dio una bolsita de oro.
—¿Para qué es esto? —quiso saber Adon.
Medianoche sonrió.
—Tus finas sedas han quedado destrozadas en el
viaje —explicó—.
Deberías
reponerlas.
Apretó el oro en las frías manos del clérigo y
procuró calentarlas entre las suyas. Para el clérigo era dolorosamente evidente
la tensión de la que había sido víctima durante el día y que la había dejado
sin aliento. Elminster había permitido que Medianoche, además de tratar de
sonsacarle las respuestas a algunos de los misterios que la habían asediado en
el transcurso del viaje, participase en algunos ritos menores de conjuro. Pero
no en todos los casos, como cuando Medianoche fue excluida aquella noche de las
ceremonias privadas de Elminster. Cuando Medianoche llamó a Adon para
recordarle que debía regresar por la mañana, las tinieblas ya lo envolvían.
Adon estuvo a punto de echarse a reír. Lo habían
instalado en un cuarto diminuto y le habían dado para leer un montón de libros
de antiguo saber popular a fin de que pudiese encontrar alguna referencia al
medallón que había recibido Medianoche. Adon argumentó que era un regalo de la
diosa. Forjado con los fuegos de su imaginación. ¡No existía antes de que ella
le diese vida! —Pero ¿y si no es así? —dijo Elminster con los ojos brillantes.
Pero Adon no era ciego. Entremezcladas en los relatos populares que le
habían dado, había historias acerca de clérigos que
habían perdido la fe para luego recobrarla. Adon pensó que nunca comprenderían.
Sus dedos tocaron la cicatriz que recorría su rostro y se pasó la velada
reviviendo el viaje en un intento de localizar exactamente en qué punto había
cometido una afrenta tan grande contra la diosa como para merecer que ella lo
abandonase en el momento en que más la necesitaba. Para cuando cayó en la
cuenta de donde se hallaba, Adon se asombró al comprobar lo lejos que había llegado.
Estaba mucho más allá de la torre Inclinada y sobre su cabeza estaba el rótulo
de la posada La Calavera de los Tiempos. Llevaba el oro que le había dado
Medianoche todavía apretado en la palma de la mano y lo deslizó en un bolsillo
antes de entrar en el edificio de tres plantas. El bodegón estaba atestado y
lleno de humo. A Adon le preocupaba encontrar baile y alborozo, pero se sintió
aliviado al ver que la gente del valle de las Sombras estaba tan absorta en sus
problemas como él. La mayoría de los clientes de la posada eran soldados o
mercenarios que habían acudido a La Calavera de los Tiempos para matar el
tiempo antes de la batalla. Adon se fijó en una pareja joven que estaba en el
extremo del mostrador y se reía de alguna broma. Adon se sentó con un codo
apoyado en el mostrador y con el rostro descansando en la mano abierta, en un
intento de ocultar la cicatriz. —¿Con qué espíritus vas a pelearte esta noche?
Adon levantó la vista y vio a una mujer de unos cincuenta y pico años, con un
vivo y agradable color en las mejillas. Estaba de pie detrás del mostrador y
esperaba pacientemente a que el clérigo contestase. Cuando la única
comunicación fue un lastimero y mortecino parpadeo de sus ojos, ella sonrió y
desapareció. A su regreso llevaba un vaso lleno de un denso brebaje violeta que
centelleaba despidiendo rayos de luz. En la bebida, negándose a subir a la
superficie, daban vueltas unos trozos de hielo rojo y ámbar.
—Prueba esto —dijo ella—. Es la especialidad de la
casa. Adon levantó la bebida y un dulce aroma penetró en su nariz. Miró la
bebida de soslayo y la mujer lo animó con un gesto. Adon tomó un sorbo y tuvo
la sensación de que todas y cada una de las gotas de sangre de su cuerpo se
convertían en hielo. La piel se le puso tirante contra los huesos y un fuego
ardiente atravesó su pecho. Con dedos temblorosos, trató de posar la bebida, la
mujer sonrió y lo ayudó en la tarea.
—En nombre de Sune, ¿qué hay aquí dentro? —preguntó
Adon, que respiraba con
dificultad y le daba vueltas la cabeza.
La mujer se encogió de hombros.
—Un poco de esto, un poco de aquello. Y un mucho de
otra cosa. Adon se frotó el pecho y trató de recobrar el aliento. —Me llamo
Jhaele, Melena de Plata —dijo la mujer—. ¿Y quién es...? Adon oyó un ligero
silbido procedente del mostrador. Uno de los cubitos de hielo se estaba
deshaciendo y unas franjas color ámbar flotaban por el líquido. —Adon de Sune
—se oyó decir Adon, para desear al instante retirar aquellas palabras.
—Un feo corte tienes ahí, Adon de Sune. Hay
curadores poderosos en el templo de Tymora que podrían ayudarte. Cuentan con un
buen surtido de pociones curativas. ¿Todavía no los has visitado? Adon sacudió
la cabeza.
—¿Cómo te has hecho esta marca? ¿Por accidente o a
propósito? Adon sintió un hormigueo por toda su piel. —¿A propósito? —dijo.
—Muchos guerreros llevan una marca así como señal
de valor, de servicio a la justicia. —Sus ojos eran luminosos y claros. Todas y
cada una de las palabras que decía tenían un significado.
—Sí —dijo el clérigo sarcásticamente—. Fue algo
así. Adon volvió a coger el vaso y tomó otro sorbo. En esta ocasión se quedó
aturdido y notó un zumbido en los oídos. Luego también pasó esta sensación.
—¡Un brindis! — gritó alguien.
La voz estaba peligrosamente cerca. Adon se dio
media vuelta y vio a un extraño que levantaba una jarra sobre su cabeza. Tenía
la melena gris e hirsuta y parecía ser veterano de muchos conflictos. Levantó
su mano y le dio a Adon una palmada en el hombro.
—¡Un brindis por un guerrero que se ha enfrentado a
las fuerzas del mal y las ha abatido al servicio del valle!
Adon trató de intervenir, pero se produjo un enorme
estruendo cuando todos los hombres y mujeres que había en la posada lo
saludaron. Después de esto, muchos fueron los que se acercaron y le dieron
palmadas en la espalda. Nadie retrocedió ante la mellada cicatriz que marcaba
su rostro. Intercambiaron historias de batallas y Adon se sintió como en casa.
Al cabo de una hora aproximadamente, el taburete que había junto a él arañó el
suelo y una encantadora camarera, joven y de cabello color carmesí, se sentó a
su lado. —Por favor, me gustaría estar solo —dijo Adon con la cabeza agachada.
Pero cuando levantó la vista, la mujer seguía allí—. ¿Qué pasa? —preguntó
cuando cayó en la cuenta de que ella estaba
mirándole la cicatriz. Se volvió y se tapó una parte del rostro con la mano.
—Tú, hermoso, no necesitas esconderte de mí —dijo
ella. Adon miró a su alrededor para ver con quién estaba hablando, pero la
mujer lo estaba mirando a él.
Adon le devolvió la mirada a regañadientes. El
cabello de la mujer era espeso y rojo, con gruesos rizos que le llegaban a los
hombros y enmarcaban los suaves contornos de su rostro. Los ojos eran de un
azul suave y penetrante, y su maliciosa sonrisa era sostenida por unos rasgos
elegantemente cincelados. Su ropa era sencilla, sus modales sencillos, su porte
real. —¿Qué quieres? —preguntó Adon en voz baja.
Los ojos de la mujer se iluminaron.
—Bailar.
—No hay música —replicó Adon a la vez que sacudía
la cabeza. Ella se encogió de hombros y tendió la mano. Adon se volvió y se
puso a mirar las profundidades del vaso que había vuelto a llenarse. La mujer
dejó caer la mano a un costado y volvió a sentarse junto a Adon. Él acabó
mirándola de nuevo por encima del hombro. —Supongo que, por lo menos, tendrás
un nombre —dijo la mujer. Adon se volvió hacia ella con expresión ensombrecida.
—No tienes nada que hacer aquí. Vete a tus obligaciones y déjame solo. —¿Solo
para sufrir? —replicó—. ¿Solo para ahogarte en un mar de autocompasión? Una
actitud poco adecuada para un héroe. Adon estuvo a punto de quedarse sin
respiración. —¿Eso es lo que piensas que soy? —dijo con una mueca de burla y
desprecio en su rostro.
—Me llamo Renee —dijo ella, a la vez que volvía a
tenderle la mano. Adon estrechó su mano a modo de saludo e intentó hacerlo con
firmeza. —Yo soy Adon —dijo—: Adon de Sune. Y soy cualquier cosa menos un
héroe. —Deja que sea yo quien te juzgue, querido —dijo ella, para luego
acariciar su mejilla como si la cicatriz no existiese. Su mano descendió por el
cuello, el pecho y el brazo, hasta tomar su mano en las suyas y pedirle que le
contase su historia. Adon, aunque de mala gana y con poca emoción en la voz, volvió
a contar la historia de su viaje desde Arabel. Se lo explicó todo, salvo los
secretos que sabía de los dioses, que se guardaba para sí en vistas a
considerarlos con especial cuidado. —Eres un héroe —le dijo ella y le dio un
beso en los labios—. Tu fe ante semejante adversidad debería hacerse pública y
convertirse en inspiración para otros. Un soldado que estaba cerca se echó a
reír y Adon estuvo seguro de que era él el objeto
de la broma. Se apartó de la muchacha y arrojó algunas monedas de oro sobre el
mostrador.
—¡No he venido aquí para que se burlen de mí!
—exclamó, furioso. —Yo no pretendía...
Pero Adon ya se estaba abriendo paso entre los
aventureros y soldados que abarrotaban la posada. Una vez en la calle, caminó
una manzana antes de apoyarse contra la pared de una tiendecita. En la puerta
había un rótulo de metal con un nombre y, gracias a la luz de la luna, Adon se
vio reflejado en el metal. Por un instante la cicatriz apenas fue visible, pero
cuando levantó los dedos hasta la rugosa piel, vio su imagen deformada, su
rostro alargado de forma que la cicatriz parecía ser peor de lo que era en realidad.
Volvió la espalda al rótulo y maldijo a sus fatigados ojos por traicionarlo.
Mientras caminaba por la ciudad, Adon se puso a
pensar en la mujer, Renee, y en su pelo rubio tan parecido al de Sune. Su
actitud para con la mujer había sido vergonzosa. Sabía que debía disculparse.
En su camino de regreso al mesón, lo paró una patrulla, que lo dejó seguir casi
al instante. —Recuerdo esta cicatriz —dijo uno de ellos. El pesimismo se
apoderó de Adon. Cuando llegó a la posada La Calavera de los Tiempos, y después
de unos minutos de deambular por la sala, volvió a sentarse en el mismo taburete
de antes y llamó la atención de Jhaele, Melena de Plata, con un gesto. Le contó
lo que había ocurrido con una mujer pelirroja llamada Renee, una mozuela que
hacía de sirvienta. Jhaele se limitó a señalar con la cabeza un rincón oscuro
de la habitación.
Renee estaba allí, sentada junto a otro hombre. Los
seductores gestos que hacía
con éste eran similares a los que había usado con
Adon. Ella levantó la vista, vio a Adon mirándola y apartó la mirada.
—Ha debido de oler oro en ti —dijo Jhaele, y Adon
comprendió de pronto el verdadero propósito de Renee cuando estaban en el
mostrador. Pasó un momento y ya estaba de nuevo en la calle; la ira amenazaba
con consumirlo. A cierta distancia vio los capiteles de un templo y se encaminó
hacia él. Volvió a cruzarse con la patrulla.
Pensó en los curanderos del templo. Quizá sus
pociones fueran lo bastante fuertes como para quitarle la cicatriz.
El templo de Tymora en el valle de las Sombras era
muy diferente del de Arabel. Adon pasó entre un impresionante grupo de pilares;
en la parte alta
velaban unos pequeños fuegos encendidos. La puerta
de doble hoja del templo estaba desatendida; a un lado, delante mismo, había un
brillante gong. Adon se estaba acercando a la puerta cuando salió una voz de la
oscuridad, detrás de él. —¡Eh, tú!
Adon se volvió y se encontró cara a cara con la
misma patrulla con la que había hablado en la calle de La Calavera de los
Tiempos. —Aquí pasa algo —dijo Adon—. El templo está en silencio y el centinela
no está por ninguna parte.
Los jinetes desmontaron. Eran cuatro hombres, cuyas
armaduras habían sido deslustradas para aprovechar completamente la protección
de la noche. — Échate a un lado —dijo un hombre fornido mientras pasaba como un
rayo por delante de Adon.
El soldado abrió las pesadas puertas y volvió el
rostro, un hedor de muerte brotaba del interior del templo.
Adon sacó su destrozado pañuelo de seda y se lo
puso delante del rostro antes de introducirse en el templo junto con uno de los
guardias. Los dos hombres se quedaron boquiabiertos ante la escena que tenían
delante. Había como una docena de personas en el templo, todas salvajemente
asesinadas. El altar principal estaba volcado y el símbolo de Bane aparecía
pintado en las paredes con la sangre de los clérigos asesinados. Por los fuegos
que todavía ardían en los braseros y el olor persistente del templo, Adon dedujo
que la profanación se habría producido hacía menos de una hora.
Adon advirtió, aliviado, que no había niños. El
guardia que lo acompañaba se mareó y se desplomó sobre sus rodillas. Cuando se
levantó, vio al joven clérigo entre las filas de bancos y en las gradas del
altar situado sobre una tarima. Adon estaba cambiando a los muertos de la
espantosa posición en que los habían dejado sus agresores y los estaba
colocando en el suelo. Luego arrancó las cortinas de seda que había detrás del
altar y cubrió con ellas los cuerpos lo mejor que pudo. El guardia se acercó a
él con las rodillas temblorosas. Oyeron ruido y movimientos fuera y el grito de
espanto que lanzaron los otros guardias cuando vieron aquel horror dentro del
templo. — Quizás haya más —advirtió Adon, señalando la escalera que conducía a
la zona interior del templo.
—¿Con vida? —dijo el guardia—. ¿Otros... pero
vivos? El clérigo no contestó, pues en cierta forma presentía lo que iban a
encontrar. De una cosa estaba seguro, de que no podía esperar hacerse con las
preciosas pociones
curativas de las que había oído hablar.
Adon se quedó en el templo incluso después de que
el hedor se hizo insoportable para los demás. Intentó rezar por los muertos,
pero las palabras no salieron de su boca.
Kelemvor dio la espalda a la ventana. Había ido a
la habitación de Medianoche
pero ella no había regresado de la casa de
Elminster. Volvió a su cuarto, pasó el tiempo sin poder conciliar el sueño.
Acarició por un momento la idea de coger un caballo y dirigirse a la torre de
Elminster para enfrentarse a Medianoche, pero sabía que sería tiempo perdido.
Luego, mirando por la ventana de la torre, vio
llegar a la maga. El guerrero observó cómo pasaba por delante de la guardia y
entraba en la torre Inclinada. Al cabo de unos instantes, llamaron a la puerta.
Kelemvor se sentó en el borde de la cama y se cubrió el rostro con las manos.
—¿Kel?
—Sí —contestó—. Entra.
Medianoche penetró en el cuarto y cerró la puerta.
—¿Quieres que encienda una linterna? —preguntó. —Has olvidado lo que soy
—contestó Kelemvor
—. A la luz de la luna tus rasgos son tan puros
como si los contemplase a mediodía. —No he olvidado nada —respondió la maga.
Medianoche llevaba una capa larga y suelta, un cambio más que adecuado por la
que había perdido. Unas llamas saltaban por la superficie del medallón. A
Kelemvor le sorprendió ver que lo había recuperado, pero no tenía interés en
preguntarle cómo. Medianoche se quitó la capa y se plantó delante del guerrero.
—Creo que deberíamos hablar —dijo.
Kelemvor hizo un lento gesto de asentimiento con la
cabeza. —Sí. ¿Por dónde empezamos?
Medianoche se pasó las manos por su largo pelo. —Si
estás cansado...
Kelemvor se puso en pie. —Estoy cansado, Ariel. —No
me llames así. Kelemvor se arredró.
—Medianoche —dijo, y a la vez suspiró
profundamente—: Yo suponía que nos íbamos a marchar juntos de este lugar. Que
transmitirías el aviso que te había confiado Mystra, que daríamos este asunto
por finalizado y seríamos libres de una vez por todas. Medianoche se rió breve
pero cruelmente. —
¿Libres? ¿Acaso tú o yo conocemos la libertad, Kel?
Toda tu vida ha estado regida por una maldición contra la que no puedes hacer
nada; y a mí los mismísimos dioses me han tomado por una imbécil.
Se apartó de él y se apoyó contra una cómoda. —Kel,
no puedo huir de esto.
Tengo una misión que cumplir de la que soy
responsable.
Kelemvor se acercó a ella y le hizo dar media
vuelta para mirarla a la cara. La sujetó con brusquedad por los hombros.
—¿Responsable con quién y ante quién? ¿Con unos
extraños que te escupirían en la cara aunque entregases tu vida para salvarlos?
—¡Para con los Reinos, Kelemvor! ¡Mi responsabilidad es para con los Reinos!
Kelemvor la soltó.
—En ese caso, parece que no nos queda mucho por
decir. Medianoche cogió su capa.
—No se trata sólo de la maldición, ¿verdad? Todo y
todos tienen su precio. Tus condiciones van más allá de lo que yo puedo
soportar, Kel. No puedo entregarme a alguien que no está dispuesto a hacer lo
mismo por mí.
—¿Dé qué estás hablando? ¿Acaso me he marchado de
aquí? ¿Acaso te
he
dejado? Mañana iniciaremos los preparativos para la
guerra. Es muy probable que no vuelva a verte hasta que la batalla haya
terminado. Es decir, si sobrevivo. Reinó el silencio un momento que pareció
prolongarse indefinidamente. —Dime, tú te marcharías de aquí, ¿verdad?
—preguntó Medianoche—. Si yo aceptase marcharme contigo, tú te irías esta misma
noche. —Sí.
Medianoche suspiró profundamente.
—En ese caso, tenías razón. No tenemos nada más que
decirnos. Se dirigió a la puerta, pero Kelemvor la llamó. —Mi recompensa
—dijo—... Elminster me ha prometido que podía contar con una recompensa, pero
no me ha dicho en qué consistiría. Los labios de Medianoche temblaron en la
oscuridad. — Kel, le he hablado de la maldición. Cree que se podrá anular. —La
maldición... —dijo Kelemvor con voz ausente—. Entonces ha sido una buena
decisión quedarse.
Medianoche agachó la cabeza y el pelo le cayó sobre
el rostro. —Él lo habría
hecho igualmente, maldito seas... — Medianoche
abrió la puerta. —
¡Medianoche! —gritó Kelemvor.
—¿Sí? —dijo ella.
—Me sigues queriendo —dijo Kelemvor—. De no ser así
lo sabría. Es mi recompensa por haber venido hasta aquí contigo, ¿recuerdas? A
Medianoche se le tensó todo el cuerpo. —Sí —dijo ella en voz baja—. ¿Eso es
todo? — Todo lo que importa.
Medianoche cerró la puerta detrás de sí y dejó a
Kelemvor mirando las tinieblas.
14
Rumores de guerra
Mourngrym se enteró del cruel ataque contra el
templo de Tymora pocas horas antes del alba. Hizo llamar a Elminster y éste se
reunió con su señor en el camino que conducía al templo. Adon estaba todavía
allí cuando llegó el sabio. La poetisa Vendaval, Dedos de Platino, no tardó en
aparecer también. Llevaba el símbolo de los arpistas, una luna y un arpa
plateadas sobre fondo azul turquesa. Los vientos nocturnos jugaban con su
cabello elevándolo en el aire y dándole el aspecto de una aparición de némesis en
lugar del de una mujer. Su armadura era plateada como las del valle y pasó por
delante de su señor y del sabio sin saludarlos siquiera. Mourngrym no trató de
detenerla. Por el contrario, se reunió con ella en el templo profanado y juntos
contemplaron la destrucción y la matanza en medio de un respetuoso silencio. El
símbolo de Bane, pintado con la sangre de las víctimas, llamó su atención
inmediatamente. Poco después, mientras Vendaval hablaba con los guardias que
habían sido los primeros en encontrar aquel caos, Adon adelantó la teoría de
que había sido el robo de las pociones curativas lo que había motivado el
ataque; asimismo, había que tomar en consideración los efectos debilitadores
que un ataque semejante tendría en la moral de los fieles del valle de las
Sombras. Vendaval, Dedos de Platino, miró al clérigo con gran suspicacia, como
si no desease la presencia de ningún intruso durante una tragedia de tal
envergadura.
—La sangre que mancha sus manos ha sido derramada
en honesto servicio, evitando la muerte —dijo Elminster—. No hay malicia en
este hombre. Es inocente. Vendaval se volvió a Mourngrym, indignadísimo por
aquel ataque. —Los arpistas irán contigo, señor. Juntos vengaremos este acto de
cobardía. Luego se marchó, después de que su dolor por la tragedia amenazase
con vencer su continencia inflexible. Mourngrym puso a trabajar a sus hombres
en la tarea de identificar y enterrar a los muertos. El anciano permaneció junto
al señor del valle y se dirigió a los presentes en un tono de voz muy
bajo. —Bane es el dios de la Lucha y, por
consiguiente, no es de sorprender que quiera distraernos, hacer mella en
nuestros corazones y dejarnos apesadumbrados y vulnerables ante su ataque —dijo
Elminster—. No debemos permitir que logre sus propósitos. Mourngrym temblaba de
rabia.
Horas después, cuando regresó a la torre Inclinada,
Mourngrym estuvo un rato junto a su amigo y aliado Thurbal, que yacía en la
cama durmiendo profunda y reparadoramente. Thurbal no había hablado desde la
noche en que la magia de Elminster lo rescatara de Zhentil Keep, cuando informó
a Mourngrym del ataque que se planeaba contra los valles.
—¡Qué atrocidades he visto, Thurbal! ¡Hombres de fe
muertos como perros! Viejo amigo, en mi corazón arde una rabia que amenaza con
abrasar los débiles lazos de la razón. —Mourngrym bajó la cabeza—. ¡Quiero su
sangre! ¡Quiero venganza! Thurbal había dicho en cierta ocasión que una rabia
de esta índole no hacía otra cosa que cegar, incapacitar para la victoria y
predisponer a uno a ser eliminado. Había que enfriar los ardores del corazón y
dejar que la razón lo guiase a uno por los caminos
de la venganza.
Mourngrym estuvo velando a Thurbal hasta que empezó
a clarear y recibió un aviso de Hawksguard para que se reuniese con él en la
sala de la guerra. Los detalles del trabajo para los preparativos se perfilaron
durante las primeras horas de la mañana y Kelemvor se asombró de lo mucho que
se había adelantado durante los días anteriores a su llegada. Estaba junto a
Hawksguard mientras éste reunía a cientos de soldados que se habían presentado
voluntariamente para servir en la defensa del valle de las Sombras. Muchos de
ellos habían atravesado el paisaje de pesadilla de los desfiladeros de Gnoll y
de las Sombras para llegar al valle. Eran conscientes de la suerte que correría
el valle si fallaban a la hora de rechazar a Bane y a su ejército. Resonó un
grito clamoroso y Kelemvor, inconscientemente, se vio envuelto por el
entusiasmo y levantó el puño con los demás. Luego vino el trabajo pesado, si
bien fueron pocos los que se quejaron. Los comerciantes y constructores se
pusieron a trabajar codo con codo con los soldados poco antes de que el sol se
elevara, y no tardaron en tomar forma las líneas defensivas en la zona de la
charca de Krag, en la carretera de Voonlar. Se llevaron carros enteros de rocas
y escombros de las ruinas del castillo de Krag hasta el borde mismo de la
carretera principal, al nordeste del valle. Una
vez allí, se utilizó este material para construir
unas grandes fortificaciones. Alrededor de los trabajadores, en el suelo y en
los árboles, los arqueros se preparaban para defender la carretera y sitiar a
las tropas de Zhentil Keep que avanzasen por el nordeste. Podían pasar días
antes de que se librase la batalla, pero los arqueros sabían que también ellos
debían estar preparados. Y, una vez terminado su trabajo, se pusieron a esperar
pacientemente. El cielo tenía un color azul claro y había muy pocas nubes.
Daban vida a los árboles que los rodeaban unos murmullos que sólo podían
apreciarse completamente después de haberse pasado horas interminables cortando
madera, derribando árboles, afilando puntas, cavando zanjas y volviendo a
taparlas. Los leñadores hicieron esto y mucho más para disponer las trampas y
preparar los escondites. Sin embargo ni los leñadores ni los arqueros estaban
solos en esta tarea. Habían acudido equipos de trabajo de la ciudad,
acaudillados por dos proyectistas de Suzail Key, que estaban de visita en casa
de unos parientes en el valle de las Sombras cuando llegó la noticia de una
inminente invasión. Ayudaron a colocar los distintos obstáculos con que los
hombres del valle interceptarían el camino al ejército de Bane e insistieron en
confeccionar unos gráficos detallados de rutas de escape a través del bosque.
Como es de suponer, estos mapas serían memorizados y destruidos mucho antes de
la llegada de la vanguardia del ejército de Bane.
Se fue trabajando a un ritmo rápido durante toda la
mañana pero, a medida que el día avanzaba y los habitantes del valle iban
construyendo las defensas más cerca de la ciudad, se vieron obligados a dejar
más y más hombres detrás para que vigilasen las complicadas trampas y
asegurasen un despliegue adecuado. Con cada hombre dejado al cargo de una
trampa o vigilando el avance de exploradores enemigos, la construcción de
nuevas trampas iba siendo más lenta. Pero hasta los hombres que se habían
quedado en el bosque intentaban ser útiles mientras esperaban a que empezase la
batalla. Los arqueros, en especial, aprovecharon el tiempo estudiando el trozo
de bosque que debían defender.
Estos arqueros, los primeros que se enfrentarían al
enemigo, se pasaron horas estudiando todos y cada uno de los ruidos del bosque
y tratando de estar en completa armonía con el intrincado flujo de la
naturaleza. Cualquier sonido, cualquier olor que se saliese de lo corriente
sería detectado inmediatamente. Apenas hablaban sino que, por el
contrario, se hacían señales con las manos, para
avisarse de la llegada del
enemigo, si el
ataque se producía durante el día. Se habían tomado
otras medidas, como señales luminosas con las linternas, para el caso de que el
ejército hiciese su aparición por la noche.
De momento, no había nada que hacer salvo disfrutar
de la belleza del campo mientras esperaban pacientemente.
Más tarde, Kelemvor fue enviado a reunir a los
herreros que habían estado trabajando a golpe de martillo para hacer escudos,
espadas, dagas y armaduras para quienes, en caso contrario, habrían luchado
sólo con sus pechos desnudos y su entusiasmo. Con la ayuda de dos asistentes,
el guerrero supervisó la operación de cargar las armas en los carros. Luego
Kelemvor fue a comprobar el trabajo de los tallistas que, atareados, hacían
flechas y arcos para los arqueros. En los cruces de caminos fuera de la posada
La Calavera de los Tiempos se llevaba a cabo otro tipo de preparativos. En la
granja de Jhaele, Melena de Plata, y en el otro lado de la carretera,
ligeramente hacia el este, en la granja de Sulcar Reedo, se estaban
construyendo unos parapetos movibles hechos de paja, destinados a soportar lo
más fuerte del ataque de los arqueros de Zhentil Keep cuando entrasen en la
ciudad. Se había vaciado el almacén del comerciante Weregrund y un pequeño
cuerpo de hombres surgiría de allí cuando el enemigo empezase a librar la
batalla en los cruces de los caminos, con la esperanza de cogerlo por sorpresa.
Mourngrym seleccionó cuidadosamente a los vigías que lanzarían señales de fuego
en la montaña de los Arpistas y en La Calavera de los Tiempos para anunciar la
llegada del enemigo. Para esta tarea se escogieron hombres sin familia que
llorara su pérdida, sin esposas a quienes dejar viudas. Antes de enviarlos a
sus puestos, el señor del valle se cercioró de que estuviesen adecuadamente
equipados y con las suficientes provisiones por si su espera resultaba larga.
El reparto de provisiones dio comienzo a primera hora del día, pero se había
convertido en una tarea interminable. Jhaele, Melena de Plata, y sus
trabajadores habían repartido raciones de carne, de pan dulce y agua fresca a
cada grupo de hombres. Habían recopilado asimismo tiendas y colchones
enrollados, pero esto fue distribuido sólo esporádicamente.
Al otro lado del pueblo, Cyric llegó al puente
sobre el Ashaba y descubrió el doble resentimiento de «sus» hombres casi
inmediatamente. En primer lugar, ninguno de estos hombres se había presentado
voluntario para aquel destino; todos querían ver la gloria de la batalla en
primera línea en vez de guardar un
puente ante la eventualidad de que un segundo
cuerpo de soldados fuese enviado a tomar el valle de las Sombras desde el
oeste. En segundo lugar, y esto era lo más importante, no les hacía ninguna
gracia recibir órdenes de un forastero. El sentimiento era mutuo, pues para
Cyric no suponía honor alguno tener que dar órdenes a lo que él consideraba un
grupo de cretinos gritones y mal educados.
Pero antes de que Cyric pudiese siquiera considerar
la idea de organizar a sus tropas, tenía que ocuparse de un gran número de
refugiados. Éstos se habían reunido junto al río. Las barcas que los llevarían
río abajo hasta el valle del Tordo no habían llegado todavía y Cyric ordenó a
un puñado de soldados que se asegurase de que los ancianos y los niños estaban
bien, mientras él se ocupaba de organizar los detalles del trabajo. De vez en
cuando, se paseaba entre las familias, sorprendiéndose ante la grandísima
fuerza que descubría en sus ojos. Imbéciles, pensaba Cyric. ¿No comprendían
que, probablemente, iban a abandonar sus casas para siempre? El ladrón
descubrió que no podía dejar de darle vueltas a la idea que Marek había
sembrado en su mente: cambiarse de bando y unirse al
enemigo si la única opción era morir. Al fin y al
cabo, ¿qué le debía él a aquella gente?
De no haber sido por Medianoche, hacía tiempo que
se habría marchado. La mayor parte de los refugiados estaba formada por niños o
por personas que, bien por la edad, bien por su estado físico, no estaban
capacitados para luchar. Miraban a los soldados cavar trincheras a cada extremo
del puente. Sabían que probablemente aquellos hombres morirían defendiendo unas
casas donde ya no vivían, pero sabían, asimismo, que huir habría supuesto matar
a la mayoría de soldados más deprisa de lo que podía hacerlo una flecha o una
espada del enemigo. Pero mientras los refugiados estaban mirando, los hombres
que trabajaban en el puente empezaron a cavar más despacio. La mayoría se
quejaba en voz alta, criticando al hombre moreno que se paseaba entre ellos y
repartía órdenes con brusquedad y con un genio cada vez más endiablado.
Luego, sin previo aviso, una docena de hombres
arrojó sus palas al suelo y salió de la zanja a medio cavar que había estado
abriendo con dificultad durante horas. El jefe de los hombres, un gigante
llamado Forester, llamó a Cyric, que estaba ocupado cavando con los soldados al
otro extremo del puente. —¡Basta! —gritó Forester, con las greñas de su
despeinado cabello
pegadas al rostro por el sudor—. ¡Nuestros hermanos
están dispuestos a sacrificar sus vidas en el límite este para proteger el
valle! ¡Yo voy a reunirme con ellos! ¿Quién está conmigo? La mayoría de los
soldados que estaban en el lado del puente donde se hallaba Forester arrojó sus
palas inmediatamente y se agrupó detrás del guerrero. Algunos de los soldados
de la parte del puente de Cyric apoyaron a gritos el plan de Forester y,
también ellos, arrojaron sus palas.
Cyric apretó el mango de su pala y rechinó los
dientes. —¡Maldita sea! — dijo en un siseo.
Cuando se volvió para salir de la zanja, vio que
todos los refugiados lo estaban mirando. Su mirada se posó en la de una madre
joven que estaba a menos de veinte pasos, preocupada, no por sus hijos, sino
por ella misma. Mientras apartaba la mirada y saltaba fuera de la zanja,
acudieron a su mente recuerdos de sus propios padres abandonándolo cuando era
un bebé. Forester y sus hombres estaban ya atravesando el puente, con las armas
a punto, cuando Cyric bloqueó el camino al otro extremo del puente. Si bien le
habría encantado dejar que los hombres se precipitasen a una muerte segura, no
iba a permitir que su autoridad fuese puesta en duda.
—¡Apártate! —le instó Forester—, a menos que
quieras meterte en el río sin la protección de una barca.
—Volved al trabajo —ordenó Cyric fríamente—. Lord
Mourngrym nos ha ordenado que protejamos este puente. Forester se echó a reír.
—¿Protegerlo contra qué... contra la puesta del
sol? ¿El viento a nuestra espalda? La batalla se librará en el este. ¡Apártate!
Forester se fue acercando, pero Cyric no se movió. —Eres un cobarde —dijo
Cyric. Forester se detuvo en seco.
—Valerosas palabras procedentes de un cadáver
—repuso, y se preparó a levantar la espada. La hoja brilló a la luz del sol,
pero Cyric siguió sin moverse ni sacar un arma. Los labios de Cyric se
abrieron. Señaló a los refugiados. —Miradlos.
Los refugiados estaban apiñados en la orilla del
Ashaba. El miedo brillaba en los ojos de todos ellos.
—¿Queréis gloria? ¿Queréis sacrificar vuestra nada
valiosa vida? De acuerdo, si
eso es lo que deseáis a costa de sus vidas. La
espada de Forester vaciló.
Empezó a elevarse un murmullo de voces. —Si os
marcháis de aquí, ¿quién los protegerá? ¡El valle de la Daga está plagado de
hombres de Bane! ¡Dejad que caiga el puente y será como entregarlos, a ellos y
al valle de las Sombras, directamente al enemigo! Cyric le dio la espalda a
Forester.
—¡Quedaros conmigo es quedaros con el valle de las
Sombras! ¿Qué me decís? ¿Qué decís todos vosotros?
Silencio. Cyric esperaba a que la espada del
gigante se clavase en su espalda. —¡Por el valle de las Sombras! —exclamó una
voz. —¡Por el valle de las Sombras! —gritaron mil voces más. Luego un coro de
voces ensordecedoras y airadas se unieron al llamamiento, los refugiados
incluidos.
—¡Por el valle de las Sombras! —exclamó una voz
detrás de Cyric. Éste se volvió y Forester levantó su arma por encima de la
cabeza mientras cantaba con los demás. —Sí —dijo Cyric finalmente, y todos
guardaron silencio—. ¡Por el valle de las Sombras! Y ahora volved al trabajo.
Los soldados redoblaron sus esfuerzos; Cyric vio a
lo lejos el primero de los barcos que llevaría a los refugiados a un lugar más
seguro. —¡Por el valle de las Sombras! —dijo una mujer, con los ojos claramente
emocionados por las palabras de Cyric y resbalándole las lágrimas por sus
mejillas, cuando se encaminaba a uno de los barcos. Cyric hizo una inclinación
de cabeza, si bien no sentía más que desprecio por aquel rebaño sumiso que sólo
ansiaba ocultarse detrás de su fe en los dioses o en su país para justificar
sus acciones, en lugar de enfrentarse abiertamente a la vida. Dio la espalda a
la mujer y volvió a ocupar su puesto en la zanja, después de que su paciencia
por los soñadores y los cobardes hubiese llegado al límite. Había convencido a
los demás de que la decisión correcta era permanecer en sus puestos.
Ahora no tenía más que convencerse a sí mismo.
Mientras Cyric supervisaba el embarque de los refugiados en los barcos que los
llevarían Ashaba abajo, y dirigía a sus hombres en la construcción de
trincheras junto al puente, Adon estaba encerrado en la torre de Elminster
después de regresar con el sabio del templo de Tymora a primera hora de la
mañana. Elminster le había puesto a trabajar en la desordenada antecámara que
solía ocupar Lhaeo. —Tienes que encontrar todas las referencias a los
siguientes nombres —le explicó Elminster—. Y luego estudiar y aprenderte los
hechizos expuestos por cada uno de ellos durante su vida. Todos están en estos
volúmenes. Confecciona unas listas a las que tengamos fácil acceso.
—Pero a mí me fallan los hechizos —protestó Adon—.
No sé... —Yo
tampoco, pero como los Reinos dependen de todos
nosotros, creo que ahora es el momento de hacer averiguaciones, ¿estás de
acuerdo conmigo? —Tras estas palabras el sabio se marchó y el clérigo se volcó
sobre los libros hasta que llegó Medianoche y se dirigieron al templo.
Adon, Medianoche y Elminster llegaron al templo de
Lathander a la hora de la cena. Una niebla color púrpura flotaba por el cielo
vespertino. El sabio, el clérigo y la maga atravesaron una ciudad casi vacía,
si bien oían, al oeste, cómo cavaban los hombres de Cyric y, al este, a los
soldados construyendo fortificaciones. Cuando se acercaron al edificio, Adon y
Medianoche vieron que el templo de
Lathander tenía la forma de un fénix, con unas
enormes alas de piedra que se elevaban a
ambos lados de la entrada. Estas alas se curvaban y
se convertían en torres. En el centro de la edificación había una puerta de dos
hojas, totalmente desierta. Elminster golpeó con impaciencia. Se abrió una
ventana del tercer piso y se asomó un hombre guapo, de mandíbula cuadrada y
cabello ondulado.
—¡Elminster! —exclamó el clérigo en un tono
reverencial. —¡Es posible que siga estando aquí para cuando bajes y abras esta
puerta! La ventana se cerró de golpe y Elminster se apartó de la pesada puerta
y se puso a pasear por delante. Medianoche seguía atosigándolo sobre el templo
y el papel que Adon y ella iban a tener en la batalla.
—¡Limitaos a recordar lo que os he enseñado y a
hacer lo que os he dicho! — dijo Elminster con tono cansado.
—¡Nos estás tratando como si fuésemos unos niños!
—espetó Medianoche
—. Después de todo lo que hemos pasado, creo que
una simple explicación no estaría de más.
Elminster suspiró.
—¿Te importa que este anciano descanse sus pobres
huesos mientras tú sigues machacándolo?
Elminster se sentó. Sólo cuando Medianoche estuvo
en mitad de su argumento sobre las Tablas del Destino cayó en la cuenta de que
estaba sentado en medio del aire y que el aire que rodeaba al sabio crujía con
energías místicas. Medianoche se interrumpió.
—Una Escalera Celestial —dijo.
—Sí, como la que utilizó tu señora Mystra en su
conato por recuperar las
Esferas. Medianoche retrocedió horrorizada.
—Entonces Bane...
—No quiere el valle —dijo Elminster—. Quiere las
Esferas. —Pero Helm lo detendrá, posiblemente lo matará... —Y el valle de las
Sombras quedará reducido a un montón de cenizas, a un punto negro en los mapas
de los viajeros por los siglos de los siglos. Adon se cubrió el rostro con las
manos. —Como el castillo de Kilgrave. Pero ¿qué podemos hacer? Elminster dio
una palmada en el aire que había junto a él. —¡Pues destruir la Escalera
Celestial, naturalmente! —Alargó una mano en dirección a Medianoche—. ¡Ayúdame
a ponerme de pie! Medianoche ayudó al sabio a levantarse.
—¿Cómo podemos destruir lo que han creado los
dioses? —Quizá tú puedas decírmelo —contestó Elminster. La puerta del templo se
abrió y apareció el hombre rubio. Iba vestido con un traje de ceremonia rojo
que llevaba unas gruesas franjas ribeteadas de oro. —¡Elminster! —exclamó el
hombre—. No me había dado cuenta de la hora. Por supuesto, os esperaba.
Con un gesto, Rhaymon indicó al anciano que
entrase. —¿Quieres que les muestre todo esto a tus ayudantes antes de
marcharme? —No será necesario —contestó Elminster.
Rhaymon estaba casi en la puerta cuando Adon detuvo
al sacerdote. —No comprendo nada —dijo—. ¿Adónde vas?
—A reunirme con mis compañeros los sacerdotes y con
los fíeles adoradores de aquí —fue la respuesta de Rhaymon—. Con todos y cada
uno de los hombres que unirán sus fuerzas al ejército del valle de las Sombras,
y que se están preparando para
sacrificar sus vidas en defensa del valle.
Adon estrechó la mano del hombre.
—Haz que paguen por lo que hicieron a los
adoradores de Tymora. Rhaymon hizo un gesto de asentimiento y se marchó.
—Entremos —dijo Medianoche, tocando suavemente el brazo de Adon y conduciéndolo
a través de la puerta del templo, que cerró con llave. Era de noche y los
recuerdos acosaban a Ronglath, el Caballero Siniestro. No se había enterado de
la muerte de Tempus Blackthorne hasta su llegada a Voonlar. El hechicero
Sememmon rió mientras informaba al Caballero Siniestro de la suerte del
emisario.
—No te preocupes —dijo Sememmon—, no tardarás mucho
en reunirte con él. Estarás al mando del primer batallón contra los hombres del
valle. El Caballero Siniestro no replicó.
El viaje desde la Ciudadela del Cuervo hasta
Teshwave había sido difícil. Los soldados a cuyo mando estaba mostraron una
abierta hostilidad y rebeldía. Los mercenarios que se habían reunido con ellos
en las ruinas de Teshwave no tenían conocimiento del fracaso del Caballero
Siniestro en Arabel y sólo les preocupaba el oro que habían recibido por
presentarse a tiempo y se preparaban para la marcha. Hacía sólo unos días que
el Caballero Siniestro estaba en Voonlar cuando llegó la orden, procedente de
lord Bane, de reunir a los hombres y ponerse en camino. No habían sido víctimas
de ataques a los carros de abastecimiento ni durante el primero ni el segundo
día de viaje, y ello despertaba sospechas en el Caballero Siniestro. O los
defensores del valle de las Sombras no se habían dado cuenta de la gran
debilidad del ejército de Bane, compuesto de cinco mil hombres, o no les
sobraba potencial humano para intentar siquiera hacerse con las provisiones.
Por cada quince kilómetros de carretera que conquistaban, dejaban casi
cincuenta hombres detrás con el fin de proteger el camino contra los
asaltantes. Aun cuando Bane tal vez no lo hubiese aprobado, el Caballero
Siniestro no tenía intención de dejar su retaguardia indefensa, aunque para
ello tuviese que utilizar la cuarta parte de sus tropas. El Caballero Siniestro
se sorprendió de nuevo cuando el ejército llegó al bosque situado al nordeste
del valle. Había esperado que el bosque estuviese en llamas. Daba la impresión
de que la gente del valle de las Sombras no iba a dormir calladamente. Querían
guerra. El Caballero Siniestro contaba con acampar fuera del bosque cuando
cayese la noche, pero lord Bane le hizo llegar órdenes en sentido contrario.
Entrarían en el bosque bajo la protección de la noche, pues se presumía que así
contarían con la ventaja de la sorpresa caso de que encontraran algún tipo de
resistencia. No podrían encender antorchas.
Los magos de Bane habían ordenado tajantemente que
no se hiciese uso de la magia bajo ningún pretexto, debido a que este arte se
había vuelto inestable y podía volverse contra ellos. Esto significaba que no
habría hechizos con los cuales realzar la visión nocturna de los soldados
mientras penetraban ruidosamente en el bosque. Mientras el Caballero Siniestro
guiaba a sus hombres, Leetym y Rusch, hacia el interior del bosque, comprendió
que había por lo menos unos cuantos que compartían su opinión sobre la estrategia
de Bane. El más viejo y más experimentado, Mordant DeCruew, cabalgaba junto al
Caballero Siniestro. —Esto es un suicidio —dijo Leetym. Para sorpresa de los
otros oficiales, el Caballero Siniestro hizo un gesto de
asentimiento con la cabeza.
Rusch levantó su espada.
—Nuestro dios y señor nos ha dado una
responsabilidad. —¡Que él mismo ha hecho que sea imposible que cumplamos!
—protestó Leetym —. Nos ha traído como si fuésemos ganado hasta el matadero. Yo
soy uno de los que han visto a nuestro «dios» comer y beber como un humano.
Debido a que soy guardián del templo, he tenido ocasión de verlo llorar como un
niño caprichoso. ¡Nos ha mentido desde el principio!
—Pues yo te digo que hoy mismo obtendremos la
victoria —dijo Rusch blandiendo su arma.
—Deja la espada —gritó Mordant—. Nuestros enemigos
no esperarán que marchemos sobre el bosque hasta mañana. No esperarán que
lleguemos al valle de las Sombras hasta última hora de pasado mañana. Los
cogeremos por sorpresa. —Mordant tiene razón —convino el Caballero Siniestro—.
Nuestra guerra no es entre nosotros. La verdadera batalla está delante. Si la
muerte es nuestro destino, la afrontaremos como hombres, no como animales
acobardados. Si vosotros dos no podéis aceptar este hecho, no dudaré en destriparos
ahora mismo. Las tropas se introdujeron, en silencio, en el bosque. Connel
Greylore, el primero de los arqueros del valle de las Sombras que oyó acercarse
a los soldados, se tomó un respiro para asegurarse de que sus sentidos no lo
engañaban. Había tomado posición en lo alto de un árbol para montar guardia y
avisar a sus compañeros. Otro arquero había hecho lo mismo a quinientos metros
detrás de él; y así seguía hasta la charca de Krag. Cada uno de los vigías
había escogido una posición desde la cual el siguiente centinela, situado más
cerca de la ciudad, pudiese ver un claro destello de la señal de su linterna.
De este modo, podían avisarse unos a otros sin por esto revelar su posición al
enemigo que se acercaba. Los ruidos se reanudaron, en esta ocasión acompañados
de un inconfundible grito desgarrador.
Connel levantó su linterna con tanta celeridad que
ésta resbaló de sus sudorosas manos, y a punto estuvo de caerse de la gruesa
rama que lo sostenía por agarrar la linterna en el aire. Con el corazón en un
puño, se obligó a relajarse al sentir la superficie del metal frío en su mano.
El arquero miró delante de él. Veía a los
zhentileses avanzar dificultosamente por los haces de ramas enmarañadas que
cubrían toda la anchura de la carretera. Los árboles habían sido derribados de
forma que quedasen dispuestos en tres direcciones, para que los agresores
tuviesen que meterse, a
pie o a caballo, en la trampa que les habían
tendido. De todas formas, aun cuando intentasen rodear la maraña de ramas e ir
a campo traviesa, el enemigo descubriría que el bosque circundante estaba
dispuesto de forma similar.
Connel dio la señal. Un destello procedente de la
otra dirección le indicó que había sido recibida. Bajó del árbol y fue a
despertar a otros tres arqueros que se habían situado furtivamente en unos
árboles más cerca de la carretera. El ruido que producían los hombres al
avanzar y tratar de pasar bajo las ramas llenaba la noche y cubría cualquier
otro ruido que pudiesen hacer los arqueros mientras se preparaban, dirigiéndose
a sus puestos y recogiendo los carcajes de flechas que habían dejado en cada
posición.
Connel pensó que alguien había enviado a aquellos
hombres como ganado al matadero. Luego el jefe de los cuatro arqueros dio la
orden de disparar contra los zhentileses.
De repente, una lluvia de flechas surgió de los
árboles para estrellarse contra las
tropas de Bane; los gritos de rabia y furia se
convirtieron en chillidos de muerte. Detrás
del primer grupo, llegaron más arqueros, que
tomaron posiciones en los árboles junto al camino.
Algunos zhentileses se lanzaron entre las barreras,
utilizando en ciertos casos los cadáveres de sus compañeros como escudos contra
la lluvia de flechas que caía desde arriba. Se dejaron oír horrendas
maldiciones cuando al echar a correr no vieron las estacas plantadas en la
carretera que apuntaban a la altura del pecho, hasta que quedaban empalados.
Connel y el primer grupo de arqueros del valle de
las Sombras empezaron a replegarse, bajaron de los árboles y tomaron la segura
carretera que atravesaba el bosque y que los llevaría detrás de la siguiente
línea de defensa. Consistía ésta en una serie de hoyos en el camino
cuidadosamente camuflados. Estos hoyos tenían una profundidad de noventa
centímetros y, en su centro, se elevaba una estaca. El segundo grupo de
arqueros estaba empezando a descender de los árboles detrás del primero y
disponiéndose a seguirle en dirección a la ciudad, y Connel Greylore dio
gracias a los dioses por no haber muerto hasta el momento ninguno de los
arqueros del valle de las Sombras a manos de los zhentileses. No oyó, detrás de
él, en la carretera, los arcos que se tensaban ni la lluvia de flechas que
lanzaron los zhentileses
sobre el muro de ramas. De pronto cientos de
flechas volaron por los aires. Casi todas se estrellaron contra los árboles, se
hundieron en las ramas o cayeron al suelo sin causar daño. Connel Greylore ni
siquiera notó la flecha que penetró en su espalda y atravesó su corazón, pues
murió al instante.
Los hombres de Bane estuvieron horas luchando en la
oscuridad y abriéndose paso entre el gran número de defensas que había en la
carretera. Cada vez que encontraban un trecho que parecía haber sido
descuidado, Bane insistía en que sus tropas volviesen a formar línea de
combate. Los soldados de a pie iban delante e, inevitablemente, eran los
primeros en replegarse y romper la línea apenas descubrían nuevas trampas
escondidas en la carretera. Empujados por las tropas que tenían detrás, morían
cuando caían en los hoyos o sobre los abrojos. Bane estaba en éxtasis. Su poder
aumentaba con cada muerte, tal como había prometido Myrkul. El cuerpo de lord
Black despedía un halo rojo, resultado visible de la absorción de la energía
que habían desprendido las almas. A medida que iban muriendo más hombres, tanto
de Zhentil Keep como del valle, la intensidad del halo aumentaba; lord Black
tenía que hacer un esfuerzo para reprimir su alegría. Bane, sin embargo,
mientras conducía a sus tropas a la muerte, fingía estar furioso por la
incompetencia de sus hombres de superar unas defensas tan sencillas. —En este
templo no debe quedar ni un grano de polvo del que no estemos al corriente
—dijo Elminster. A pesar de que sabía que estaba pidiendo lo imposible, hablaba
muy en serio—. Hay que sacar todo objeto de naturaleza personal de esta sala.
Nunca se sabe lo que nuestro enemigo puede considerar de utilidad. Después de
los horrores que Adon encontró en el profanado templo de Tymora, se mostraba
poco dispuesto a participar en los planes de Elminster con respecto al templo
de Lathander. No obstante, al final, el clérigo se vio obligado a pensar en el
templo en los términos más primarios. Era ladrillo, mortero, piedra, acero,
cristal y cera. Si estos elementos hubiesen estado dispuestos de forma
diferente, el edificio podía ser un establo o una hostería.
Adon se preguntó si, de haberse tratado del templo
de Sune, habría podido mostrarse tan frío y calculador. Se tocó la cicatriz que
cruzaba su rostro. No lo sabía.
De modo que emprendió la tarea que se le había
encomendado. Las ventanas que
daban a la escalera invisible en cada uno de los
pisos estaban abiertas y se
habían retirado las contraventanas. Clavaron las
ventanas que daban a todos los demás puntos. Sin embargo, mientras deambulaba
por el templo, en cada habitación que visitaba, Adon no pudo dejar de fijarse
en los pequeños objetos que habían quedado atrás. Aquél era un lugar de
devoción y de fe, y no obstante, era también un lugar donde hombres y mujeres
reían y lloraban por las alegrías y las penas que les brindaba la vida. Había
una cama sin hacer. Adon interrumpió su trabajo y se puso a hacerla, hasta que cayó
en la cuenta de lo que estaba haciendo. Dio un respingo y se apartó de la cama,
como si el poder del sacerdote que había estado allí fuese a levantarse y
destruirlo. Cuando Adon se disponía a apartarse de la cama, advirtió un diario
de piel negra oculto bajo una almohada. El diario estaba boca abajo y al revés.
Adon le dio la vuelta y leyó el apunte final:
Hoy muero para salvar el valle de las Sombras.
Mañana volveré a nacer en el
reino de Lathander.
El diario cayó de sus manos y salió corriendo de la
habitación; la ventana que se suponía debía clavar seguía abierta y las
cortinas ondeaban suavemente mecidas por un viento que se arremolinaba y
acariciaba el templo como si tuviese vida. El clérigo volvió a la sala
principal. Mientras se acercaba a Medianoche, le sorprendió a la maga la
expresión preocupada del pálido rostro del clérigo. Sabía que él había hecho un
esfuerzo para mantener su decisión, incluso a pesar de su dolor y de su
confusión, pero poco era lo que ella podía hacer para ayudarlo. O, para el
caso, ayudarse a sí misma. Pensando en la batalla que estaba a punto de
librarse, no pudo evitar pensar en Kelemvor. Y, aunque lamentaba la dureza con
la que había terminado su conversación con el guerrero, sabía que él conocía
sus sentimientos. Al margen de todo lo que pudiese decir, lo amaba. Pensó que,
quizás, él también la amaba. Quizá, pensó.
Llamaron su atención los gritos de Adon y apartó de
su mente la posibilidad de una relación con Kelemvor. El clérigo se hallaba
junto al anciano y le repetía la misma frase una y otra vez, pero Elminster lo
ignoraba. —¡Ya está hecho! —gritaba el clérigo.
El sabio del valle de las Sombras pasó una página
de un libro que estaba estudiando.
—¡Ya está hecho! —volvió a gritar Adon.
Elminster levantó finalmente la vista, asintió con
la cabeza, murmuró algo y
volvió a centrar su atención en el apolillado libro
que examinaba, pasando con cuidado las páginas ante el temor de que se
convirtiesen en polvo y le privasen de algún pequeño conocimiento secreto
susceptible de cambiar la suerte de la batalla con Bane. Adon se fue con cara
larga a un rincón.
Medianoche observó al anciano y se tocó
distraídamente el medallón. Habían despejado la estancia principal del templo y
retirado los bancos a los lados de la sala. La maga morena había desistido de
sacar algo en claro del razonamiento del sabio. Él había prometido que todo
sería explicado. Aparte de confiar en el apergaminado sabio, poco era lo que
podía hacer. —¿Quieres utilizar el medallón ahora, buen Elminster? —preguntó
Medianoche mientras caminaba junto al sabio.
Media docena de nuevas arrugas surcaron de pronto
el rostro de Elminster. Daba la impresión de que su barba se levantaba
ligeramente. —¿Esa baratija? ¿De qué me puede servir? Tal vez para venderla por
un buen
puñado de monedas en la feria de Tantras.
Medianoche se mordió el labio.
—Entonces ¿qué tienes pensado que haga yo aquí?
—quiso saber. Elminster se encogió de hombros.
—A lo mejor, fortificar este lugar.
Medianoche movió la cabeza.
—¿Cómo? Tú no...
Elminster se inclinó y murmuró a su oído:
—¿Recuerdas el rito de Chiah, guardián de la oscuridad? —De Elki, de Apenimon,
sacado de tu poder... Elminster sonrió.
—¿El baile del sueño de Lukyan Lutherum? Medianoche
notó que le temblaban los labios. Recitó los ensalmos perfectamente; sin
embargo Elminster la interrumpió antes de que pudiese terminar. —Ahora recita
para mí, de los pergaminos sagrados de Knotum, Seif, Seker... Las palabras
salieron de la boca de Medianoche y, de pronto, un destello de luz llenó la
habitación. A continuación, un hermoso e intrincado dibujo de luz azulada
recorrió las paredes, el suelo y el techo. Se precipitó hacia la puerta
entreabierta que daba a la antecámara. Al cabo de un instante, el templo estaba
en llamas con un fuego abrasador. A continuación, el dibujo penetró en los
muros del templo y fue absorbido. Medianoche se quedó de piedra. —Ahora no ha
sido tan difícil, ¿verdad? —dijo Elminster, luego se dio media vuelta.
—¡Espera! —grito Medianoche—. ¿Cómo puedo recordar
lo que no he aprendido nunca?
Elminster levantó las manos.
—No puedes. Ha llegado el momento de prepararnos
para la ceremonia final.
Ve y prepárate.
Medianoche se dio media vuelta y empezó a alejarse,
Elminster sintió que le recorría el cuerpo una oleada de agitación. Desde la
noche del Advenimiento se había estado preparando para aquel momento. Su vista
le había revelado que acudirían a él dos aliados en aquella batalla, pero la
identidad de sus defensores le asombró en un primer momento, para luego ser
embargado por un miedo terrible, miedo que hubiera tenido que ser un loco o un
estúpido para ignorar. Elminster, por descontado, no había sobrevivido más de
quinientos años en los Reinos por ser un loco o un estúpido, a pesar de que
muchos afirmaban que era ambas cosas. Sin embargo, no tardaría en poner su
existencia en manos de una maga inexperta y de un clérigo de poca fe, no sólo
en los dioses que adoraba sino también en sí mismo, y que podía ocasionar la
perdición de los únicos defensores del templo. Medianoche, muy acertadamente,
había identificado esa situación como el instrumento de los dioses y Elminster
presentía que la maga estaba intrigada por la consideración que despertaba,
como si creyese que había sido escogida para algún fin. «¡Qué vanidad! —pensó
Elminster—. A menos, claro está, que sea cierto». Pero eso él no podía decirlo.
Cuánto ansiaba la ayuda de Sylune, que había tenido
la inteligencia de abandonar los Reinos antes de que existiese la posibilidad
de caer en aquel terrible estado, o incluso de Simbul, que no había respondido
a ninguna de sus comunicaciones. —Estamos preparados —anunció Medianoche. El
sabio se volvió hacia la maga y el clérigo. Las puertas del templo, abiertas de
par en par, permitirían salir las energías capaces de consumirlos a todos
ellos.
—Quizá tú tengas algo que ver con esto —dijo
Elminster a la vez que estudiaba el
rostro de Medianoche. No podía encontrar rastro de
sospecha en la maga; su interés era salvar a los Reinos. Sabía que no tenía más
elección que confiar en ella—. Antes de empezar, hay algo que debes saber.
Mystra te habló de las Tablas del Destino, pero no te explicó dónde puedes
encontrarlas. Medianoche comprendió de pronto.
—Pero tú puedes hacerlo. Los hechizos que te ayudé
a realizar en tu estudio
para localizar las intensas fuentes de magia en los
Reinos. —Una de las tablas está en Tantras, pero no puedo indicarte su
localización exacta —dijo Elminster—. La otra se me escapa totalmente. Con
tiempo, sin duda, podré encontrarla. Y, ahora, vamos a empezar —añadió—. La
ceremonia durará muchas horas...
Se había encendido el fuego de señales. Los
ejércitos de Bane se abrían paso a través de las defensas del este del bosque.
En unas horas estarían en la charca de Krag. Estaba a punto de amanecer y, al
igual que la mayoría de los hombres, Kelemvor estaba durmiendo cuando se vio el
fuego de señales. Sin embargo, los estrepitosos cuernos que resonaron
acompañando a las señales lo despertaron inmediatamente. —Esos imbéciles han
cabalgado toda la noche —dijo Hawksguard mientras se sacudía el sueño de
encima.
—¡Qué locura! —añadió Kelemvor, incapaz de creer
que un general fuese capaz de estrategia tan estúpida.
—Sí —convino Hawksguard—. Pero ten en cuenta que no
son más que zhentileses. —El guerrero sonrió y le dio a Kelemvor una palmada en
la espalda. Los días que habían estado preparando las defensas de la charca de
Krag, Kelemvor y Hawksguard se habían vuelto prácticamente inseparables.
Procedían de un ambiente similar y Hawksguard había oído hablar de Lyonsbane
Keep y del padre de Kelemvor en sus días gloriosos, mucho antes de que hubiese
degenerado para convertirse en el monstruo desalmado que conoció Kelemvor de
niño. Hawksguard también había oído hablar de Burne Lyonsbane, el querido tío
de Kelemvor. Pero el conocer el pasado no era todo lo que unía a los guerreros.
Compartían un interés parecido por el manejo de la espada y, cada noche, se
batían en duelo a fin de mantener su habilidad tan finamente afilada como sus
espadas. Hawksguard presentó a Kelemvor a muchos de los hombres del
destacamento y no tardaron en tratarse como viejos amigos que se encuentran
después de haberse dado por perdidos. A menudo Hawksguard confería algo de su
autoridad a Kelemvor, y los hombres seguían las órdenes del guerrero sin
vacilar.
De hecho, dado que el puesto de Hawksguard era la
defensa de lord Mourngrym en la batalla, a Kelemvor se le otorgó el mando de
las defensas de la charca de Krag. Los hombres de Hawksguard aceptaron el
cambio de buena gana y se mostraron contentos al enterarse de que Kelemvor los
mandaría en la batalla. Si se consideraba el poco tiempo que habían tenido los
hombres del valle para prepararla, la posición defensiva a cuyo mando
estaba Kelemvor era impresionante. La carretera que
llevaba al este desde el valle de las Sombras estaba ahora completamente
bloqueada al oeste de la charca de Krag. Después de haber colocado la última
carga de rocas y cascotes en la carretera, se habían volcado los vagones como
una ayuda suplementaria al bloqueo general. Para hacer más inaccesible la
carretera, se derribaron árboles que colocaron atravesados ante las barricadas.
La parte norte, además de los obstáculos, estaba flanqueada por arqueros. La pieza
final de la inspirada táctica llegó de manos de los proyectistas de Suzail Key
y se concentraba en los árboles que se alineaban a lo largo de la carretera, al
oeste
de la charca de Krag. A pesar de que Kelemvor
consideraba que los proyectistas tenían
una mentalidad muy poco militar, pues eran de
constitución frágil, muy refinados y sin experiencia alguna con las armas, tuvo
que admitir que la trampa que habían ideado no estaba lejos de ser brillante.
La originalidad del plan había convencido incluso a Elminster y éste había
ayudado a instalarla. Kelemvor no veía el momento de que las tropas de Zhentil
Keep se metiesen en ella. Sin embargo, Kelemvor no podía hacer otra cosa que
esperar. Otros guerreros ya habían respondido al son de los cuernos y habían dejado
sus casas, quizá por última vez, para correr a engrosar las líneas. Pero una
vez allí, tuvieron que quedarse esperando en las barricadas, inclinados
nerviosamente sobre las espadas desenvainadas o tirando de las cuerdas de los
arcos.
Pasó un cuarto de hora más o menos antes de que
alguien hablase. Muchos de los hombres tenían que hacer un esfuerzo para alejar
de sí el miedo. Eran hombres valientes, pero ninguno quería morir y se
sospechaba que el ejército de Bane era de diez mil hombres, si bien había quien
dividía esta cifra por dos. En un momento dado, mientras los soldados seguían
esperando que se acercase el fragor de la batalla, Hawksguard se puso de pie y
gritó: —¡El desayuno!
Sus palabras atravesaron el tenso silencio como
flechas y ahuyentaron los tristes pensamientos de todos. Incluso Kelemvor se
sobresaltó cuando Hawksguard empezó a golpear su escudilla de metal.
—¡Que Bane sea maldito! —gritó el guerrero—. ¡Si
hoy voy a tener que morir, os aseguro que no será con el estómago vacío! Todos
comenzaron a hacerse eco de sentimientos similares y, al cabo de un rato, lo
que habría sido
inconcebible unos momentos antes, acaparó la
atención de toda la compañía de guerreros.
Sólo un hombre de la compañía de Kelemvor no
secundó la iniciativa de
Hawksguard. Se trataba de un hombre delgado cuyos
ojos brillaban de forma
extraña. Mientras comían estuvo sentado junto a
Kelemvor y Hawksguard. Se
llamaba Mawser. Los defensores del valle de las
Sombras necesitaban un
voluntario para la última mala pasada de que iban a
ser víctimas las tropas de
Bane, antes de atacar a sus hombres uno a uno.
Aquel hombre delgado, un
devoto adorador de Tymora, saltó ante la
oportunidad de ser el responsable
de activar la trampa, a pesar de que ello
significaba una muerte prácticamente
segura. Mawser estaba convencido de que su diosa lo
iba a proteger
dotándole de la suficiente buena suerte para
escapar con vida. Mawser miró
el claro que había al oeste de la charca de Krag y
sonrió. —No comprendo la
estrategia de Bane —confesó Hawksguard—. Nos ha
dejado descansar toda
la noche y meter una comida en nuestros estómagos.
Entretanto, él y sus
tropas han estado avanzando. Cuando lleguen a
nuestra altura, estarán
agotados y hambrientos.
Kelemvor sacudió la cabeza.
—Me gustaría que Medianoche estuviese aquí —dijo
señalando la charca de Krag —. Su hechicería transformaría el agua en ácido
humeante. Estoy seguro. En este caso no tendríamos más que hacer retroceder a
los zhentileses y la victoria estaría asegurada. Hawksguard sonrió.
—Precisamente, Kel, estaba pensando que podrías
saltar las barricadas y ahuyentar tú solito a las tropas de Bane. Así nos
podríamos ir todos a casa. Los guerreros terminaron sus viandas preparadas
deprisa y corriendo, dieron las gracias a los dioses preferidos y se retiraron
a esperar al ejército de Bane. Hawksguard se pasó el tiempo paseando entre los
hombres, dándoles las últimas recomendaciones y
deseándoles la victoria.
Kelemvor pensaba en Medianoche. Su primera reacción
para con la morena maga había sido de enfado. Era una mujer que trataba de
darse a conocer en un juego de hombres, pero no se la veía dispuesta a
sacrificarse lo necesario para seguir las normas. Al fin y al cabo, Kelemvor
había conocido mujeres guerreras que dejando de lado su sexo se comportaban un
poco reprimidas, pero lo suficientemente masculinas a fin de encajar en el
esquema. Por regla general, su conducta era bulliciosa hasta el punto de parecer
bastante pesadas.
Medianoche, por su parte, esperaba ser aceptada por
lo que era..., una mujer. Y hasta su corta visión dejaba ver a Kelemvor que era
realmente digna de respeto como guerrera. Había demostrado una y otra vez
durante el viaje que era capaz y seria. Kelemvor pensó que, además, tal vez no
necesitase renunciar a su femineidad para alcanzar sus objetivos. Era atractiva
y fuerte, y su generosidad, entusiasmo y sentido del humor la hacían una mujer
irresistible.
Kelemvor se preguntó si, en el caso de que ambos
sobreviviesen a la batalla, sería todo diferente entre ellos o habría una
excusa para no seguir juntos. Kelemvor oyó un griterío y se volvió a tiempo de
ver a Mawser correr por la carretera en dirección a su puesto de batalla.
Kelemvor sonrió al imaginar lo que verían los zhentileses procedentes del
noreste cuando se acercasen. Al igual que en los últimos kilómetros de su
camino, habría árboles alineados en la parte derecha de la carretera, salvo en
el pequeño sendero que llevaba al castillo de Krag. Los árboles se extendían un
trecho por la carretera, luego el bosque se abría para dar paso a la ciudad. A
la izquierda de los zhentileses, la charca de Krag bordeaba un trozo de
carretera. Una vez pasada la charca a unos cien metros, y también a la
izquierda de la carretera, verían lo que parecería ser un claro. Cubriendo toda
la carretera en frente de la charca había una enorme barricada, el último, el
mayor obstáculo de la carretera antes de llegar al valle de las Sombras.
Por lo menos eso era lo que parecía.
Kelemvor apenas pudo contener su excitación cuando
aparecieron los primeros zhentileses en la carretera.
15
La batalla
Los zhentileses se acercaban ya a las barricadas
que bloqueaban la carretera, cuando Bane ordenó a sus arqueros que se
adelantasen hasta las líneas de combate. Antes de que el ejército intentara
siquiera cruzar el muro de tres metros de alto por seis de ancho, todo de
piedras, cascotes, escombros y carros volcados, había que derribar a los
hombres del valle que estaban en los árboles, desde donde habían estado
acosando a los zhentileses a lo largo de toda la carretera situada al este del
valle de las Sombras. Sin embargo, Kelemvor tenía a la mayoría de sus hombres
apostados dentro del bosque, con el objeto de que los arqueros zhentileses no
pudiesen atacarlos de forma efectiva. Hasta que las tropas de Bane no
intentasen cruzar las barricadas y
hasta que los zhentileses quedasen desorganizados,
el guerrero no ordenaría un ataque a gran escala. Entonces atacaría al enemigo
con flechas desde los árboles del otro lado de la charca de Krag. Bane, que
cabalgaba en la retaguardia de sus líneas, se puso furioso cuando el ejército
se detuvo delante del muro.
—¿Por qué no vamos a pasar por encima de ese montón
de rocas? —gritó Bane cuando un joven oficial le informó sobre la situación—.
Quiero que mis tropas estén en el valle de las Sombras dentro de una hora, así
que será preferible que les ordenes que abran brecha en el muro o que pasen por
encima de él. —Pero..., pero, lord Bane —tartamudeó el oficial mientras sacudía
la cabeza—, los hombres del valle están esperando que atravesemos las
barricadas para atacarnos. Nuestras tropas serán un blanco fácil para ellos
mientras trepamos el muro. —¿Por qué no rodearlo, entonces? —propuso otro
oficial. Lord Black frunció el entrecejo.
—Si lo rodeamos, nuestras fuerzas tendrán que
dispersarse para pasar por el bosque. Ello sería tanto como luchar con los
hombres del valle con todas las cartas a su favor.
El joven oficial de las primeras líneas balbuceó
algunas palabras incoherentes. —Vamos a perder muchos hombres...
—¡Ya basta! —gritó Bane. Luego golpeó al oficial en
el rostro con su mano enguantada. El oficial se cayó del caballo a causa del
impacto. Cuando logró ponerse en pie penosamente, Bane lo miró con una cruel
sonrisa grabada en su rostro—. Soy tu dios. Mi palabra es ley. ¡Ahora mismo
vamos a cruzar las barricadas, con todo el grueso de las tropas! El oficial
montó sobre su caballo.
—Sí, lord Bane.
—Y tú guiarás al primer grupo que suba el muro
—añadió lord Bane—. Y ahora, puedes marcharte.
El oficial se volvió y regresó a las barricadas.
Junto al muro, los arqueros estaban plagando los árboles de flechas, pero los
hombres del valle seguían sin querer hacer su aparición.
—Quiero un destacamento de trabajo para empezar a
romper nuestros carros de aprovisionamiento y construir una rampa para
atravesar esta maldita cosa —gritó el joven cuando llegó a la altura de sus
tropas.
Media hora después, los zhentileses estaban
preparados para cargar sobre
las
barricadas. Bane esperaba ansioso que sus hombres
tomasen el muro por asalto y volviese a empezar la matanza. El poder procedente
de los cientos de almas que Myrkul había dirigido hacia él recorría sus venas,
pero el dios de la Lucha quería más. Quería el poder para aplastar el valle de
las Sombras con sus propias manos, como habría podido hacerlo antes de que la
cólera de Ao le robase su divinidad. Quería matar al sabio Elminster, por
haberse entrometido y porque luchaba por la justicia y por la paz. Pero sobre
todo, Bane quería las Esferas. Lord Black oyó los gritos de sus tropas mientras
éstas se preparaban para cargar sobre el muro y un escalofrío recorrió su
columna vertebral. «Pronto —pensó Bane—. Pronto volveré a tener el poder propio
de un dios.» Situado delante de las líneas de los hombres del valle, Kelemvor
vio que los zhentileses estaban a punto de cruzar y, por consiguiente, preparó
a sus hombres para el ataque. Si todo salía según el plan de Hawksguard, cuando
el primer grupo de las tropas de Bane llegase a la parte alta del muro, los
arqueros del valle de las Sombras abatirían a tantos soldados como fuera
posible. Los cuerpos de los hombres y de los caballos muertos por los arqueros
frenarían a las tropas de detrás y éstas se convertirían en un blanco más fácil
para los arqueros del valle. Kelemvor y sus hombres se encargarían de todo
zhentilés que consiguiera llegar al otro lado del muro. El guerrero había
organizado a los defensores en pequeños grupos, de modo que, a medida que las
tropas de Bane fuesen tomando por asalto las barricadas, los hombres del valle
pudiesen ir replegándose en pequeñas unidades y retroceder por el bosque hacia
la ciudad.
Tan pronto como los zhentileses dejasen de cruzar
el muro y estuviesen camino del valle de las Sombras, Kelemvor indicaría a los
soldados de a pie y a la caballería que esperasen a reducir a las tropas. El
guerrero no confiaba en que los hombres del valle pudiesen contener a los
zhentileses por mucho tiempo, pues su número era tres veces mayor que el suyo,
pero sabía que podrían reducir considerablemente esta superioridad, incluso
antes de que Mawser desencadenase la trampa en el claro. A sólo cien metros de
distancia, el joven oficial de Zhentil Keep montó sobre su caballo y guió a sus
tropas hasta las barricadas. Una lluvia de flechas cayó de los árboles por el
lado norte de la carretera, y la mayoría de los soldados murieron antes de dar
tres pasos en la rampa del muro. El oficial logró cruzarlo con una flecha en la
pierna y otra en el flanco de su caballo.
Sin embargo, apenas su caballo saltó el muro hacia
la parte situada más cerca
del valle de las Sombras, una escuadra de hombres
del valle abatió al oficial zhentilés sin esfuerzo. El joven murió maldiciendo
a lord Bane por su estupidez y su arrogancia. La batalla en las barricadas hizo
estragos durante una hora, entre las filas zhentilesas, que consiguieron reunir
suficiente tropa en la parte oeste del muro para obligar a los hombres del
valle a ceder terreno y bajar a la carretera. Kelemvor ordenó una retirada y
los arqueros y soldados atravesaron el bosque a todo correr para llegar a sus
posiciones finales al oeste del claro que había junto a la charca de Krag. Para
entonces, el propio Bane estaba en las barricadas. Cuando advirtió que los
hombres del valle iban en retirada y los cientos de cadáveres que se
amontonaban sobre el muro, sonrió. La victoria era suya; sentía el poder robado
retorciéndose dentro de la frágil forma de su mutación.
Lord Black se volvió para dirigirse a sus tropas.
—¡Hemos vencido los peligros que nuestros enemigos nos habían preparado y nos
hemos enfrentado a lo peor que podían ofrecernos! Tengo que dejaros un rato,
para ir al otro frente. El hechicero Sememmon os conducirá hasta el valle de
las Sombras. Os ha
hablado vuestro dios.
Un vórtice trémulo de luz envolvió a lord Black,
luego el dios de la Lucha desapareció.
Bien escondido en el bosque situado al oeste del
claro, Kelemvor apenas daba crédito a sus ojos. Veía cómo el ejército de Bane
se encaminaba directamente a la trampa. Mientras los soldados se concentraban
al borde del claro, el guerrero dio la señal y Mawser se dispuso a tender la
trampa. Aparecieron de repente casi cincuenta árboles en el claro que había
junto a la charca de Krag. Luego, todos empezaron a caer sobre la carretera y
el ejército zhentilés. Los proyectistas habían indicado que la mejor trampa sería
la que no pudiera verse, por lo menos hasta que fuese demasiado tarde, así que
Mourngrym hizo que un destacamento de zapadores talase los árboles situados al
oeste de la charca de Krag y ser fácilmente derribados sobre las tropas que
pasaran por la carretera. Luego los árboles fueron unidos con fuertes cuerdas
de manera que, una vez derribado uno, le siguiesen los demás y se cubriese toda
la carretera de árboles abatidos. La tarea más difícil había sido convencer a
Elminster de que él completase el plan. El señor del valle rogó a Elminster que
lanzase un hechizo, un poderoso sortilegio de masiva invisibilidad sobre los
árboles, de modo que quedasen ocultos a las tropas de Bane. Al anciano
no le gustaba en absoluto que lo sacasen de sus
experimentos, pero, una vez le hubieron explicado el plan, aceptó aportar su
ayuda. —Sólo espero que uno de los robles le dé en la cabeza a la mutación de
Bane — dijo Elminster. Luego lanzó el hechizo y volvió a su trabajo. Pero, una
vez construida la trampa, había que encontrar a alguien lo bastante valiente —o
lo bastante tonto, según la filosofía de cada cual— para poner a aquel primer
árbol en movimiento sin revelar la ubicación de la trampa. A pesar de tratarse
de una misión suicida, se presentó un voluntario. Mawser.
Cuando Kelemvor dio la señal, el adorador de la
diosa de la Fortuna saltó del árbol más cercano a la carretera. El hechizo de
invisibilidad ocultó a Mawser, que permaneció sentado en la copa del árbol
atado con una cuerda corta.
Cuando saltó, su peso puso en movimiento el primer
árbol, pero también él apareció en el aire, pues el sortilegio de invisibilidad
quedó invalidado porque los árboles se habían convertido en armas de ataque.
Mientras Mawser se lanzaba a plomo sobre los
zhentileses, cincuenta árboles inmensos comenzaron a caer detrás de él; rezó a
la diosa de la Fortuna para que lo protegiese, para que, de alguna forma, no
fuese aplastado en su caída por la trampa. Kelemvor no vio cómo una flecha
enemiga atravesaba la garganta de Mawser. El hombre murió antes de tocar el
suelo.
Pero la trampa funcionó. Los árboles se abatieron
sobre los soldados zhentileses, matando o hiriendo como mínimo a un tercio de
ellos. Kelemvor dejó escapar un grito y los hombres del valle siguieron su
ejemplo. Aun cuando el plan había sido cuidadosamente orquestado, nadie estaba
realmente seguro de su éxito. Pero, ahora, mientras los guerreros y los
arqueros del valle contemplaban a los hombres de Bane gateando para salvarse de
la increíble red de árboles abatidos, no podían hacer otra cosa que dar crédito
a sus ojos.
Kelemvor pensó que la suerte estaba de su parte
aquella mañana; luego salió de su blinda e indicó que empezase la siguiente
fase del ataque. Hawksguard había apostado a un grupo de arqueros en el bosque
que había detrás de los árboles abatidos, y todos los arqueros que se habían
replegado de sus posiciones situadas más al este en la carretera de Voonlar
sabían también que debían retroceder
hasta el bosque que había detrás de la trampa.
Ahora que había saltado la trampa, los
arqueros empezaron a disparar contra el enmarañado
laberinto formado por
los árboles que flanqueaban la carretera. Lanzaban
sus flechas al menor indicio de movimiento en la trampa y así mataron o
hirieron a cientos de soldados zhentileses que habían escapado de ser
aplastados. A pesar de los esfuerzos de los arqueros y de la caída de los
árboles gigantescos, la tropa de Bane seguía avanzando. Desde su posición en
los árboles al oeste de la trampa, Kelemvor se fijó en los zhentileses que
quedaban. A pesar de que poca cosa podían hacer si no era arrastrarse bajo los
árboles caídos o saltar sobre ellos, ya estaban tratando de avanzar. La
caballería zhentilesa que no había quedado sepultada en el ataque no servía
para nada. Las fuerzas de a pie de Kelemvor esperaban cerca de la linde del
bosque. Confió que, si con las trampas no se conseguía derrotar completamente a
los zhentileses, las defensas colocadas por los hombres del valle frenaran por
lo menos el avance de las tropas del dios de la Lucha.
Si estas tropas lograban abrirse paso a través de
la trampa de árboles, los hombres de Kelemvor se lanzarían al ataque. Luego, si
las cosas se ponían mal, se replegarían y los arqueros cubrirían su retirada.
Si todo iba bien, los zhentileses podían volver a arremeter contra el muro de
árboles derribados, donde los arqueros del valle podrían seguir abatiéndolos
con poco riesgo de que les devolviesen al ataque. Si los hombres de Bane eran
tan estúpidos como para meterse en el bosque en busca de los arqueros, serían
aniquilados por las tropas de Kelemvor, que sabían luchar en el bosque de forma
mucho más efectiva que los zhentileses.
Sin embargo, Kelemvor no había contado con el poder
del hechicero Sememmon. Según la información que Mourngrym había recibido de
Thurbal, Bane había prohibido el uso de la magia, debido a que ésta era
inestable y no se podía confiar en ella en un conflicto tan importante. Se iba
a permitir el lujo de que algunos magos marchasen contra el valle y a estos
poderosos magos con autorización para luchar, como Sememmon, se les iba a
nombrar oficiales. En aquellos momentos, Sememmon estaba en la parte más oriental
de la carretera, víctima de la trampa de árboles. Uno de ellos estaba
suspendido sobre su cabeza, como si un muro de fuerza lo hubiese detenido.
Entonces el hechicero salió de debajo del árbol y lanzó un sortilegio. El roble
se desplomó al suelo y Sememmon se volvió y llamó a sus hombres. —¡Debemos
utilizar magia para abrirnos paso por la trampa o moriremos todos! —gritó—.
¡Maldito Bane! —añadió, para luego recitar rápidamente un ensalmo y lanzar otro
hechizo.
Delante de Sememmon, diez bolas de fuego abrieron
un sendero a través de la maraña de árboles, pero mataron a los soldados
zhentileses atrapados debajo de ellos y los árboles se incendiaron.
—¡No! —gritó el brujo—; ¡no es éste el hechizo que
he conjurado! Intentó otro y el suelo se puso a temblar, como si un terremoto
hubiese cobrado vida. Una sinfonía de gritos surgió de las bocas de los
asustados guardias que rodeaban al mago.
—¡Vas a matarnos a todos, estúpido! —gritó alguien.
A pesar de aquel caos de ruidos que se había formado en la carretera, Sememmon
reconoció aquella voz.
—¡Caballero Siniestro! —dijo asombrado con su voz
ronca—: No has muerto... Antes de que el perplejo hechicero pudiese terminar la
frase, el Caballero Siniestro lo golpeó con la hoja de la espada. Cuando
Sememmon cayó al suelo, pararon los temblores de tierra.
Un cuadro de arqueros del ejército de Bane
disparaba armas en llamas a
los
árboles donde estaban apostados los arqueros del
valle de las Sombras. Algunos de estos hombres caían, otros lograban replegarse
según el plan previsto. Mientras esperaba a sus hombres, Kelemvor fue presa de
un pánico momentáneo cuando vio el fuego que habían provocado los zhentileses.
Si las llamas se extendían por el bosque, podía desencadenarse un incendio de
proporciones inimaginables. Si el bosque ardía, los campos del valle no
tardarían en convertirse en un infierno y todo el valle de las Sombras quedaría
destruido.
Junto a Kelemvor, y compartiendo sus temores, había
un joven teniente llamado Drizhal, un muchacho que tendría menos de veinte
años. El desgarbado muchacho no hacía más que pasarse nerviosamente la mano por
su rubio y brillante cabello mientras escuchaba al veterano guerrero.
—Si por lo menos hubiese un mago aquí con nosotros
—dijo Kelemvor—. Comprendo ahora la frustración de Mourngrym ante la decisión
de Elminster de no unirse a la batalla. Nosotros estamos ante un incendio y esa
vieja reliquia está lejos preparando alguna «misteriosa defensa».
—No es justo —repuso Drizhal, con voz trémula.
Kelemvor miró al joven. —¿Tienes miedo?
Drizhal no contestó, pero su expresión lo decía
todo. —¡Bien! —exclamó Kelemvor—. El miedo hace que uno esté ojo avizor, pero
¡no dejes que se
apodere de ti!
El joven, cuyo terror parecía haber disminuido,
asintió. En la carretera asediada, el Caballero Siniestro guiaba a los
zhentileses por el laberinto de árboles que empezaban a arder lentamente.
Mientras las tropas pasaban junto a él, el hechicero Sememmon se levantó
inseguro, pero sin embargo probó otro hechizo. Los hombres que había al lado
del hechicero se dispersaron lo mejor que pudieron, temerosos de los efectos
imprevisibles de la magia. Unos rayos de energía roja y llameante salieron de
las manos del mago, luego, cuando la flecha de unos arqueros del valle de las
Sombras atravesó el hombro del hechicero, se desmandaron. Sememmon cayó al
suelo y los rayos de energía volaron sobre la cabeza del Caballero Siniestro y
abrieron un sendero hasta los árboles próximos a Kelemvor. Dos soldados
arrastraron al hechicero a un lugar seguro, mientras éste no dejaba de gritar.
El Caballero Siniestro vio que los hombres del
valle se dispersaban, alejándose del lugar donde el rayo de Sememmon había
abierto una brecha entre los árboles, y ordenó a los zhentileses que atacasen
mientras el enemigo estaba todavía en plena confusión. Si el ejército de Bane
estaba cansado después de toda una noche de caminar por territorio enemigo,
enfrentándose a la muerte a cada paso, no se notó cuando cargaron contra los
hombres de Kelemvor. Los zhentileses parecían haber recobrado fuerzas, sedientos
de devolver finalmente un duro castigo por el que habían sufrido durante el
camino desde Voonlar.
Cerca del extremo oeste del bosque, Kelemvor se
apresuró a reunir a los jefes de los grupos de asalto. Drizhal permaneció junto
al guerrero. —No hay posibilidad de arrastrarlos hasta dentro del bosque —dijo
Kelemvor—. Todo lo que podemos hacer es enfrentarnos al enemigo directamente y
tratar de evitar que se abran paso hasta el valle de las Sombras. Vamos a
llevar a cabo una defensa por relevos aquí mismo e intentaremos frenar su
avance. Los jefes corrieron a informar a sus hombres de los nuevos planes. Kelemvor,
entretanto, veía cómo el ejército de Bane surgía de la abertura que había
creado el
hechicero a través de los árboles abatidos.
Los últimos refugiados se habían marchado por el
río Ashaba y ninguno de los soldados había abandonado su puesto en el puente
para ir a reunirse con sus hermanos en el frente oriental. A pesar de ello,
Cyric recorría el puente de punta a punta cada hora, a fin de asegurarse una y
otra vez de que las
defensas estuvieran bien y mantener a los hombres
alerta.
El ladrón estaba en la parte del puente donde se
hallaba apostado Forester, es decir, el lado opuesto al valle de las Sombras,
cuando llegó hasta él el fragor de la batalla. Los hombres de la otra orilla
empezaron a hablar en voz alta. Cyric se volvió a Forester.
—Mantén tu posición —le dijo el ladrón—. Será mejor
que vaya a advertir a los demás que se calmen.
Cyric empezó a subir el puente. Había llegado casi
a los postes cuando oyó un ruido procedente de la carretera del oeste; se
acercaban jinetes al galope. El ladrón se apresuró a volver al foso e hizo una
señal a los guerreros de la otra orilla. Luego preparó su largo arco.
—¡Querías muerte y gloria, pues todavía puedes
obtener ambas! —murmuró Cyric, y Forester, que estaba desenvainando su espada,
sonrió. Luego el ladrón se volvió a los otros hombres que estaban junto a él—.
Seguid el plan previsto. Esperad hasta que todos estén sobre el puente, luego a
mi señal os ponéis en movimiento. El rato que tardaron en llegar los
zhentileses pareció una eternidad pero, por fin, el retumbar de los jinetes
cruzando el puente llenó los oídos de los hombres del valle y Cyric vio a dos docenas
de guerreros con armaduras pasar sobre ellos y mirarlos nerviosamente por
encima del hombro. No había más tropas a la vista en la carretera, de modo que
Cyric hizo la señal para atacar. Los zhentileses no tenían posibilidad alguna.
Las flechas de Cyric derribaron a dos de los soldados y una escuadra de hombres
surgió de las trincheras que había a cada lado del río y atacó. Forester abatía
a los zhentileses lleno de júbilo y, cuando hubo caído el último enemigo, Cyric
oyó gritar a sus hombres: —¡Por el valle de las Sombras! ¡Por el valle de las
Sombras! Se oyó ruido procedente de la carretera del oeste y Cyric se volvió a
tiempo de ver a cierta distancia a unos jinetes que surgían de los árboles. Un
ejército de jinetes conducidos por un hombre pelirrojo montado en un hermoso
caballo de guerra cargaba hacia el puente. Cyric vio que el hombre iba a la
cabeza de doscientos hombres como mínimo.
—¡Adelante! —gritó Fzoul.
Los asaltantes formaban como una pared que se
acercaba al puente. Cyric echó a correr y le pareció que el extremo este del
puente sobre el Ashaba se alejaba en lugar de acercarse. El puente tenía algo
más de trescientos metros, pero cuando el ladrón lo cruzó, con un ejército
acercándose a él por detrás, le
pareció que tenía kilómetros. Forester y un puñado
de hombres corrían junto a Cyric. La orilla este estaba delante mismo de ellos,
cuando oyeron que el ejército de Bane llegaba al otro extremo del puente. Cyric
comprobó que ninguno de los zhentileses se había detenido en la orilla oeste
del río, de modo que los hombres que estaban escondidos en la base del puente,
debajo de las tropas enemigas, estaban a salvo. Todo estaba yendo según el plan
previsto. Esto asustó a Cyric. Nada iba nunca exactamente según el plan
previsto.
—¿Crees que va a salir bien? —preguntó Forester
cuando llegaron a la orilla este. «¿Cómo quieres que lo sepa?», tuvo ganas de
replicar Cyric. Por el contrario,
antes de disponerse a saltar a la orilla, contestó:
—Por supuesto.
Completamente convencido de que una flecha iba a
clavársele en la espalda cuando saliera del puente de piedra, Cyric notó de
pronto tierra húmeda bajo sus pies y comprendió que había cruzado ya el puente.
Forester y los demás seguían a su lado. —Y ahora la parte más dura —dijo Cyric,
casi sin aliento. El ladrón se volvió, se fijó en las hordas que se acercaban y
oyó, bajo el puente, los chirridos reveladores de poleas metálicas en
movimiento. — Como mínimo hay doscientos sobre el puente. La mayoría a caballo
— susurró Forester.
Se oyeron otros ruidos. Gruñidos de hombres
mientras apartaban las piedras que ocultaban sus escondidos nichos en los
pilares. Cyric confió en que el ruido que producían las pesadas piedras cuando
caían al agua no alertase a los zhentileses que había sobre el puente.
—¡Están a más de medio camino! —gritó alguien.
—¡Adelante, Cyric! — siseó Forester.
—¡Retirada! —gritó Cyric con toda la fuerza de sus
pulmones. A continuación, Cyric y Forester echaron a correr como si fuese el
propio Bane quien los estuviese persiguiendo. Mientras se dirigían a la torre
Inclinada y a fin de no ofrecer un blanco fácil, cada uno tomó un camino
distinto. —Se producirá de un momento a otro —murmuró Cyric. Nada sucedió.
Forester se detuvo antes de llegar a la torre.
Cyric también se paró. —No deben de haberte oído —dijo Forester. —¡Tienen que
haberme oído! — espetó Cyric. Ambos se volvieron hacia el puente. El cuerpo
principal del ejército se estaba acercando a la orilla este y unos cuantos
jinetes ya habían
cruzado el puente. Cyric y Forester corrieron al
puente.
—¡Retirada! —gritaron.
Siguió sin suceder nada.
Cyric soltó una maldición. Si no hubiese escuchado
a los hombres de Suzail Key, aquella situación no se habría producido. Él
quería instalar unas trampas más seguras, pero no habían querido escucharlo.
—¡Retirada! —volvió a gritar Cyric.
O los hombres que había bajo el puente en esta
ocasión sí lo oyeron, o se habían cansado de esperar la orden y habían tomado
las riendas de la situación. Fuera por lo que fuese, el caso es que empezaron a
retirar los troncos que, una vez cortados, habían sido colocados dentro de los
agujeros donde originariamente habían estado los pilares de piedra. A
continuación, los hombres que estaban en el centro del puente se columpiaron de
unas cuerdas y su peso ejerció la fuerza necesaria para romper el debilitado pilar
del centro. Después, los otros pilares del puente se fueron resquebrajando y
también se derrumbaron. Los soldados zhentileses gritaron sorprendidos mientras
el puente se derrumbaba y se precipitaban al revuelto río Ashaba. Incluso Fzoul
se quedó atónito al ver como el puente se caía. El hombre pelirrojo, que ya
había llegado a la orilla este, se revolvió en su silla y observó la escena.
Habían transcurrido tan sólo unos segundos y no quedaba nada del puente. A la
orilla este habían llegado menos de veinte de sus hombres. En la orilla
opuesta, muchos eran los que trataban de frenar sus caballos antes de verse
precipitados en el agujero que había abierto el derrumbamiento del puente. Más
de las tres cuartas partes de sus hombres habían sido lanzados al Ashaba y se
habían ahogado dentro de sus pesadas armaduras.
Había menos de veinte arqueros en la torre
Inclinada, pero los soldados a caballo
o a pie que había junto a Fzoul no lo sabían.
Incluso cuando empezaron a disparar flechas y a matar a los soldados que
estaban delante, no comprendieron que tan pocos pudiesen derribar a tantos. En
medio del griterío de sus heridos y aterrorizados hombres, Fzoul bajó del
caballo y se cubrió de los arqueros, mientras sus hombres morían a su
alrededor. Algunos de los soldados retrocedían, para caer inmediatamente al
río. Fzoul se dio cuenta de que los cadáveres de sus hombres y de sus caballos
iban a interceptar el extremo del puente y harían difíciles sus movimientos,
hasta
que desde la torre los fuesen matando uno a uno.
Los zhentileses habían perdido la batalla sin haber luchado cuerpo a cuerpo con
la espada ni con un solo hombre del valle. A gatas, Fzoul se arrastró entre las
filas de sus hombres muertos o moribundos y empezó a quitarse la armadura.
Los hombres que habían derribado el puente subieron
a la orilla oeste y atacaron a los zhentileses que quedaban. Los arqueros de la
torre también se desplazaron hacia la carretera y empezaron a avanzar.
Cyric se sacó el arco de la espalda y cogió una
flecha del carcaj de un arquero que había junto a él. El ladrón no había
perdido de vista al comandante pelirrojo que trataba de escaparse del puente
derruido. El hombre se alejaba a gatas y se estaba quitando la armadura. Era
evidente que el cobarde intentaría arrojarse al río. Cyric apuntó una flecha y
se preparó. Cuando el comandante se levantó y se preparó para saltar desde el
borde del puente, el ladrón gritó: —¡Pelirrojo!
Las miradas de Fzoul y Cyric se cruzaron un
instante, luego trató de saltar, pero en ese punto, Cyric dejó escapar la
flecha con una precisión infalible. La flecha atravesó el costado de Fzoul
cuando intentaba saltar al río. La matanza de los hombres de Bane continuaba,
pero la batalla en el frente occidental se había terminado. Cyric reunió a casi
todos los hombres y juntos se dirigieron al frente oriental. Pero, cuando se
aproximaban al centro de la ciudad, oyeron el fragor de una batalla: acero
chocando contra acero y oficiales dando órdenes a gritos. Cyric y sus hombres
se lanzaron sobre el grupo de soldados zhentileses más cercano. Una vez los
hubieron ahuyentado, Cyric se apresuró a preguntarle a un comandante qué había
sucedido.
—Los zhentileses han venido también por el norte.
Exactamente como habíamos temido. Hemos frenado en algo su avance con las
trampas y las defensas colocadas en las granjas por donde iban a pasar pero, a
pesar de todo, han llegado hasta aquí. Otro grupo de zhentileses atacó a Cyric
y éste volvió a perderse en medio de la batalla.
En el furioso combate que se libraba en los cruces
del valle de las Sombras, pocos fueron los que advirtieron cómo una escuadra
zhentilesa de caballería se alejaba en dirección a la carretera del este.
Kelemvor sabía que iban a enfrentarse a una
superioridad imposible pero, a pesar de ello, ordenó avanzar sin vacilar. Como
responsable de todo el movimiento, el lugar de Kelemvor estaba en la tercera
línea de defensa. Quienes atacasen en la primera línea representarían el mayor
porcentaje de
víctimas en el ataque a los ejércitos de Bane, pero
ni un solo soldado había dejado de presentarse voluntario para esta posición. A
Kelemvor se le había ahorrado el deber de seleccionar a quienes se
precipitarían a una muerte segura.
Los soldados, en formación de a seis, fueron
surgiendo del sendero que Sememmon había incendiado. Los caballos, en gran
número, habían muerto en la
trampa, de modo que la mayoría de las tropas se
reducían a soldados de infantería.
—¿Por qué no utilizamos nuestra caballería?
—preguntó Drizhal a Kelemvor
—. De esta forma podríamos hacerlos retroceder.
—Necesitaremos los caballos para después —explicó Kelemvor—, su velocidad
permitirá que nuestros supervivientes se replieguen y reagrupen mucho antes de
que los alcance el ejército de Bane.
El guerrero se apartó del joven y desplegó a los
soldados de a pie para acabar con las fuerzas de Bane a medida que fuesen
saliendo de la estrecha abertura que había en la carretera entre los árboles
caídos.
Los hombres del valle tuvieron cierto éxito a la
hora de frenar la carga de los zhentileses. Sin embargo, no tardaron en verse
obligados a retroceder dado el impresionante número de zhentileses que seguía
avanzando. Kelemvor utilizó a los arqueros para cubrir a los supervivientes del
primer grupo cuando éstos se replegaron y se unieron a Kelemvor y sus hombres.
Al mismo tiempo, tomó el relevo otro grupo de hombres del valle.
—Sea quien sea su comandante, es bueno —comentó
Kelemvor—. No parece que mi táctica lo esté perturbando en absoluto. —Es casi
como si te conociese —dijo Drizhal. Kelemvor sacudió la cabeza.
—O que sabe lo que puede encontrarse.
Bishop, el comandante del primer grupo de hombres
del valle que habían atacado, se acercó a Kelemvor. Era mayor que éste, de tez
clara y sucio cabello rubio. —Están peleando como desesperados. Si esto fuese
una guerra santa, no se comportarían así. Ahora, es más como si estuviesen
luchando para sobrevivir —dijo Bishop—. Ya no están ansiosos por morir. —Pero
siguen viniendo —replicó Kelemvor—. ¿Tú crees que podemos forzar una retirada?
Bishop sacudió la cabeza.
—Los zhentileses que tenemos ahí delante tienen a
algún loco por jefe, pero
están asustados y quieren replegarse. Los de la
retaguardia están sedientos de venganza y presionan a los demás hacia adelante.
Esto es lo que se deduce de todos los gritos. No me sorprendería que muchos de
ellos estuviesen desertando en el bosque. De pronto, se oyeron gritos
procedentes de la retaguardia de las tropas de Kelemvor. El guerrero se volvió
y vio un escuadrón de hombres que se acercaba por el oeste. Llevaban los
colores del ejército de Bane. —¿De dónde salen éstos? —dijo Bishop.
—De la carretera del norte —contestó Kelemvor con
creciente alarma—. Uno de los batallones debe de haber venido por la carretera
norte. Ello significa que Hawksguard y Mourngrym han sido ya atacados y estos
hombres se han visto obligados a huir de ellos.
—O que el señor del valle ha muerto —dijo Bishop en
voz baja. —¡Eso, ni se te ocurra! —gritó Kelemvor, para luego enviar a un grupo
a detener a la caballería zhentilesa en la retaguardia antes de que causase
demasiados estragos en las filas. Pero era ya demasiado tarde para ello, pues
los jinetes estaban atacando a las líneas compuestas por hombres del valle. —
¡Kelemvor! —gritó Drizhal—. ¡Del este se están abriendo paso más soldados de
Bane!
—Vamos a tener que enfrentarnos a ellos, retenerlos
aquí y reducir su número lo mejor que podamos hasta que llegue ayuda —dijo
Kelemvor. — ¿Qué me dices del pantano? ¿No tenemos todavía la oportunidad de
llevarlos
hasta el pantano y luchar allí con ellos? —propuso
Drizhal.
—Ya puedes ir olvidando esa idea —replicó Kelemvor,
sonriendo débilmente al muchacho—. Me he pasado el tiempo suficiente con los
habitantes del valle como para saber que jamás se batirán en retirada ante
nadie..., y menos ante los zhentileses. Drizhal observó cómo los soldados de
Bane fluían por la abertura. —¡Preparad la caballería! —gritó Kelemvor a la vez
que desenvainaba su espada —. ¡Lucharemos hasta el último hombre!
Pero todos los planes bélicos de Kelemvor, tan
cuidadosamente estudiados, no tardaron en convertirse en polvo cuando los
hombres del valle se enfrentaron al enemigo en medio de una caótica pelea.
Kelemvor sabía que serían vencidos sin remedio cuando todo el peso del ejército
de Bane cargase contra ellos. Sabía que la única esperanza real radicaba en
organizar una retirada a través de las pequeñas barricadas de piedra que
quedaban en dirección al valle de las Sombras. Pero cuando la situación empezó
a deteriorarse estratégicamente, Kelemvor vio que los defensores del valle de
las Sombras estaban más que contentos de
enfrentarse a la muerte luchando con los zhentileses cuerpo a cuerpo.
El guerrero vio a media docena de hombres, que
estaban a su lado, lanzarse a la batalla para caer sobre el fúnebre ejército
del malvado dios. Sin embargo, cuando él mismo tuvo que enfrentarse a un
soldado enemigo, poca satisfacción sacó de la muerte del hombre. Él no estaba
luchando por lo mismo que luchaban los hombres del valle; todo lo que estaba
haciendo Kelemvor era intentar aplazar lo que veía ya como la inevitable caída
del valle de las Sombras. Drizhal murió al cabo de pocos momentos a manos de un
soldado enemigo; Kelemvor se volvió para encararse con quien había atacado al
muchacho.
El zhentilés atacó con su maza, pero Kelemvor
retrocedió y esquivó el golpe. El guerrero se abalanzó ciegamente con su espada
y se dio cuenta con pesar de que sólo había atravesado al caballo del zhentilés
que empuñaba la maza. El caballo herido cayó de bruces y su jinete cayó al
suelo sin soltar su arma ensangrentada. Kelemvor se precipitó sobre el soldado
tendido boca abajo, pero se quedó paralizado cuando el hombre se volvió y
Kelemvor vio su rostro. Era Ronglath, el Caballero Siniestro, el traidor de Arabel.
Aprovechándose de la momentánea sorpresa de su enemigo, el Caballero Siniestro
volvió a arremeter con la maza. El pesado instrumento rozó la pierna de
Kelemvor y lo derribó. El Caballero Siniestro, sacando la espada con su mano
libre mientras se ponía de pie, esperó a que Kelemvor se hubiese levantado para
tratar de hincar la espada en las costillas del guerrero y luego volver a
preparar la maza. Kelemvor se agachó para esquivar la espada, pero al mismo
tiempo levantó la suya a modo de parapeto y detuvo la maza antes de que
alcanzase su cuello. Kelemvor se puso completamente de pie de un salto y los
dos guerreros se fueron tanteando en círculo, en busca de una oportunidad para
volver a atacar. —¡No! —gritó de pronto el Caballero Siniestro. Kelemvor se
agachó y la espada del jinete silbó encima de su cabeza. El guerrero dio un
salto a su izquierda y luego abatió con fuerza la empuñadura de su espada sobre
la mano del jinete. Se oyó un ruido sordo cuando algo se rompió en la mano del
zhentilés y éste soltó su arma.
Antes de que Kelemvor pudiese reaccionar, el
Caballero Siniestro cargó de nuevo y lo golpeó con violencia en la cabeza.
—¡Te mataré con mis propias manos! —siseó el
Caballero Siniestro para luego volver a levantar la maza.
Kelemvor se abalanzó sobre el zhentilés y la espada
del guerrero atravesó el costado del traidor mientras la maza se precipitaba
sobre él. Después de
esquivar la
arremetida, Kelemvor dio un puñetazo al Caballero
Siniestro en la mandíbula con su puño de acero y dio un traspié hacia atrás. El
Caballero Siniestro quedó desprotegido un instante y Kelemvor aprovechó la
ocasión para arrojarse sobre él y sujetarlo, de modo que el zhentilés no
tuviese oportunidad de utilizar sus armas. Cayeron al suelo y el Caballero
Siniestro le dio una patada a Kelemvor en el pecho, obligándole a echarse a un
lado. —¡Me has destrozado la vida! —gritó el Caballero Siniestro—. ¡Por tu culpa
me he quedado sin todo aquello que me importaba! El Caballero Siniestro levantó
su espada todo lo que pudo sobre su cabeza, pero este movimiento dejó expuesto
su pecho y Kelemvor le atravesó el peto antes de que pudiese dar el golpe
final. Incluso mientras se iba extinguiendo la vida del traidor, sus ojos no
dieron cuartel. El Caballero Siniestro se desplomó y murió, con una mueca de
odio y dolor grabada en su rostro.
Mientras Kelemvor sacaba su espada del pecho del
Caballero Siniestro, vio el destello de un brillante y reluciente metal; la
daga de un zhentilés que volaba hacia él. Una espada relampagueó delante del
guerrero y desvió la daga. Otro relampagueo y el zhentilés se desplomó.
—Éste es el problema con estos chacales —dijo una
voz familiar en un tono monótono—, siempre hay más de uno.
El salvador de Kelemvor se volvió y miró al
guerrero. Se trataba de Bishop, el comandante del primer grupo.
—¡Detrás de ti! —gritó Bishop, y Kelemvor se volvió
como un rayo para acabar con otro soldado zhentilés.
Se acercaban otros dos jinetes blandiendo las
espadas. Bishop hizo caer al primero de su caballo de un tirón y luego lo
traspasó; Kelemvor, por su parte, se enfrentó al compañero del soldado y lo
mató. Se acercó luego otra oleada de soldados de Bane a pie, y los guerreros
lucharon espalda contra espalda hasta que tuvieron cuerpos de muertos y
moribundos hasta las rodillas. Sus espadas iban centelleando a medida que el
interminable desfile de tétricos soldados se acercaba a los hombres del valle.
Cuando Kelemvor se fijó en la carretera del oeste, el corazón le dio un vuelco;
el ejército de Bane estaba abriendo brecha a través de los hombres y de las
barricadas y se dirigía hacia el valle de las Sombras.
El poder de Bane fue aumentando con cada muerte,
hasta que una neblina ámbar de poder hizo que sus ojos se volviesen vidriosos.
Sentía que la energía robada abrasaba su frágil caparazón mortal, pero
soportaba contento esta molestia. Resultó sencillo teletransportarse desde las
barricadas. Se encontró en las afueras del valle y no tardó en lanzar un
hechizo destinado a él mismo para hacerse invisible, luego utilizó el poder de
las energías de las almas para elevarse en el aire. Se había desplegado un pequeño
grupo de zhentileses para llegar al valle de las Sombras por la carretera del
norte y reunirse con los soldados en los cruces de la ciudad, donde Bane había
presumido que los defensores opondrían su última resistencia. No había más de
quinientos hombres en este destacamento y muchos serían detenidos por los
hombres de las defensas que sin duda Mourngrym había colocado a lo largo de la
carretera y en las granjas del norte.
Mientras volaba en dirección a los cruces, Bane
descubrió encantado que como mínimo unos cientos de hombres procedentes del
norte habían logrado pasar, si bien parecía que eran esperados. Bane descendió
hasta el centro de la lucha sin dejar de mantener su invisibilidad. Pudo ver a
cierta distancia la Escalera Celestial, y su aspecto
cambiante le recordó una almenara en el cielo que
lo haría subir y, finalmente, lo
llevaría a su casa. Junto a la escalera vio el bien
iluminado templo de Lathander. Se había echado en falta a un combatiente en la
batalla y Bane cayó en la cuenta del lugar donde se habría escondido su
adversario. — Elminster —dijo Bane, y se rió—. Te creía más inteligente. Se
acercaba un humano, blandiendo una espada. Mourngrym.
Qué maravilloso sería llevar la cabeza del señor
del valle de las Sombras en su cinturón mientras saludaba al odiado sabio con
los brazos abiertos. Bane invalidó la invisibilidad y se echó a reír cuando
Mourngrym se detuvo delante de él, atónito ante su súbita aparición. Mourngrym
se dispuso a atacarlo, pero Bane aplastó la espada de Mourngrym con la garra de
su mano y luego se agachó a hacerse con su recompensa. Otro hombre apareció de
pronto y arrancó a Mourngrym de las garras de lord Black, pero éste abrió de
cuajo el pecho del segundo hombre. —¡Hawksguard! —gritó Mourngrym cuando el
anciano se desplomó. Bane estaba a punto de matar al desconcertado señor del
valle cuando distinguió la Escalera Celestial. Estaba ardiendo con llamas
lacerantes de color azulado. Los humanos
quedaron completamente olvidados. Bane utilizó el
poder de los muertos para elevarse en el frío aire nocturno. Se acercó al
templo de Lathander. Del templo, en forma de fénix, surgía un flujo de llamas
azuladas que saltaban sobre la escalera como un dragón arrojando las llamas de
su aliento. La escalera crujía bajo las punzantes llamas y Bane miró
horrorizado cómo el aspecto cambiante se convertía en un contorno borroso y
ardiente que los ojos de su mutación no podían mirar. Una neblina ámbar
envolvió la carne de lord Black, mientras el continuo flujo de almas iba
recorriendo su forma, y fortaleció al dios hasta que su poder alcanzó unos
niveles que sólo había probado durante fugaces instantes en las mazmorras del
castillo de Kilgrave. Lord Black llenó su mente de innumerables hechizos y del
poder de formularlos a voluntad, sin los componentes físicos normalmente
necesarios. Estaba a punto de volver a ser un dios.
Bane pensó que podía destruir aquel lugar; que
podía arrasarlo hasta los cimientos y matar a todos los que se atreviesen a
desafiarlo. Miró la Escalera Celestial y se acercó volando hasta donde se
atrevió, luego permaneció suspendido en medio del aire y vio cómo su camino de
regreso a las Esferas se iba esfumando. Nada podía hacer para evitar la
destrucción de la Escalera; su plan para recuperar las Esferas se había ido al
agua. Elminster se había atrevido a desafiar a lord Black y ahora el anciano
tendría que pagar por ello. Bane descendió hasta el templo y lo estudió un
momento. No se atrevió a pasar por los huecos que dejaban las llamas místicas,
pues sin duda éstas destruirían su mutación. Y, cuando examinó las puertas y
las ventanas, Bane descubrió que habían sido fortificadas con algún tipo de
hechizo. Romper aquella custodia mágica alertaría a Elminster de su presencia.
Bane vio una ventana que no había sido protegida y
se elevó para tantear, esperando encontrarse con la mirada de Elminster cuando
observase a través de ella. Pero allí no había nadie. Bane atravesó el
brillante torrente de luz que fluía de la ventana sin daño alguno y se encontró
en el dormitorio de un sumo sacerdote de Lathander. Bane advirtió, a sus pies,
un libro con las palabras «Diario de Fe» y adornos en las tapas. Lord Black se
agachó y cogió el diario encuadernado en piel. Cuando Bane leyó las palabras de
la última página, no pudo contener la risa. Sólo cuando oyó ruido de voces
debajo de él tiró el libro y dejó de reírse. Después de lanzar
un hechizo de transparencia miró al suelo y luego a
través de las maderas y los pilares
que lo separaban del sabio.
Vio a Elminster lanzar un sortilegio. El mago
parecía agotado, como si hubiese estado trabajando en aquel hechizo la noche
entera. Un remolino de niebla daba vueltas en todas direcciones. También
estaban allí la maga y el clérigo que habían interferido sus planes en el
castillo de Kilgrave; el fracaso de sus asesinos lo había preparado para este
momento y, en cierta forma, le alegró aquel giro de los acontecimientos. Para
lord Black no había placer más dulce que arrebatar la vida de sus enemigos con
sus propias manos.
El clérigo estaba ocupado subrayando en unos libros
antiguos, encontrando hechizos que la maga de cabello oscuro estudiaba.
Elminster se dirigía de vez en cuando a la maga y ella recitaba uno de los
sortilegios que había aprendido. Cuando la maga repetía los sortilegios, éstos
salían bien, ¡incluso sin componentes! Bane miró a la mujer y vio el medallón
en forma de estrella, el símbolo de Mystra, alrededor de su cuello. Cada vez
que formulaba un hechizo, unas rayitas de energía se movían por el medallón y desaparecían
a su conclusión. Bane pensó que la mujer tendría algo del poder de Mystra en
aquella baratija y que debería hacerse con el objeto para atacar a Helm y Ao.
Bane reflexionó sobre la mejor manera de coger al anciano sabio por sorpresa,
pero no se le ocurrió ningún hechizo para llevar a cabo sus fines. Negándose a
desalentarse, Bane se tumbó boca abajo en el suelo y utilizó su poder robado
para hacer que su forma se volviese insustancial. Acto seguido, se fue
deslizando lentamente dentro del suelo hasta que sacó el rostro por el otro
lado; luego fue siguiendo el techo hasta encontrar la pared más cercana a
Elminster. Lord Black bajó deslizándose por la pared, sin perder de vista a su
presa en ningún momento. Finalmente, cuando estuvo detrás de Elminster, a menos
de seis pasos, Bane se apartó de la protección que le proporcionaba la pared y
avanzó hacia el sabio, con las garras extendidas. Cuando la maga morena
advirtió la presencia de Bane, las garras estaban a sólo unos centímetros de la
garganta de Elminster. El sabio del valle de las Sombras estaba absorto en el
mundo privado de los hechizos que estaba formulando. Sentía cómo los poderes
que estaban soltando fluían del mágico tejido que rodeaba Faerun y, al abrir
los ojos, vio que una sección del suelo del templo había desaparecido. Sus
conjuros habían abierto una hendidura, una hendidura flanqueada de un remolino
de niebla que brillaba con un poder que sólo en una ocasión había requerido con
anterioridad, y eso siendo él mucho más joven. En aquellos tiempos, cuando sólo
tenía ciento
cuarenta años, creía ser inmortal. Ahora, mientras
observaba la abertura, Elminster se asustó un poco ante las fuerzas que había
llevado a los Reinos para combatir a lord Black. Un grito de Medianoche
sobresaltó al anciano, absorto en sus conjuros. Miró por encima de su hombro y
distinguió los feroces ojos del dios de la Lucha, mientras sus garras
descendían hacia él. Elminster pronunció una palabra de poder y Bane fue
arrojado hacia atrás con una fuerza increíble. Lord Black se estrelló contra la
pared por la que había salido.
Del agujero del suelo salió un grito espantoso y,
cuando Elminster se volvió, vio que su hechizo de invocación, el que estaba
lanzando en el momento del ataque de Bane, había salido mal. Lo que había
acudido, en lugar del ojo de la eternidad, era algo desconocido para el
anciano, que se asustó muchísimo. —¡Medianoche! —gritó Elminster—. ¡Tienes que
intentar un hechizo de contención!
No había tiempo para esperar una respuesta, pues
Bane se abalanzaba de nuevo
sobre el sabio. Elminster lanzó un rayo cegador de
luz azul y blanca que metió al
malvado dios en una serie casi interminable de
trampas. Lord Black gritó con rabia y utilizó su poder para abrirse paso a
través de las punzantes cadenas. Elminster retrocedió cuando un abrasador rayo
de llamas color ámbar lo atravesó. Dijo el hechizo, pero presentía que el poder
del malvado dios iba en aumento, que sus propios hechizos eran invalidados con
tanta rapidez como eran pronunciados. El gran sabio no podía permitirse aquel
lujo. Cada conjuro hacía su efecto, hasta que, finalmente, el dios de la Lucha
empezó a hacerlo retroceder hacia el remolino de niebla del agujero.
Bane aprovechó la ventaja y recurrió a las fuerzas
que había reservado para lanzar sobre Helm. Unas energías indecibles fluyeron
del malvado dios y éste sintió un dolor espantoso cuando su mutación mortal
luchó por mantener su forma y concentrarse en los grandes poderes. Bane
entregaría al sabio a la criatura que había sido llamada, luego utilizaría esta
criatura para devorar al dios de los Guardianes y al propio gran Ao. Bane no
debía olvidar pedirle a Myrkul que transmitiese su agradecimiento al sabio en la
tierra de los muertos.
De repente, un rayo azulado, que no se parecía a
nada que Bane hubiese visto antes, lo atravesó y lo alejó volando del sabio.
Levantó la mirada y vio a la
maga morena en el otro extremo de la habitación;
estaba moviendo las manos
y entonando otro hechizo.
Bane se rió.
—Es posible que tengas parte del poder de Mystra,
pequeña, pero no eres una diosa.
A continuación, el dios de la Lucha arrojó un rayo
de energía que atravesó la habitación y golpeó a Medianoche. Bane se levantó y
se dispuso a matar a la maga, pero oyó un ruido ensordecedor procedente de la
abertura e intuyó que aquello que había llamado Elminster había llegado.
Cuando el dios de la Lucha se volvió y vio lo que
había salido del agujero, el corazón de su mutación estuvo a punto de dejar de
latir. —Mystra —dijo Bane en voz baja.
Pero el ser que estaba ante él poco tenía que ver
con la diosa etérea que había esclavizado y torturado en el castillo de
Kilgrave. Aquélla era una criatura que no tenía lugar ni en el mundo de los
hombres ni en el mundo de los dioses. Mystra no era ya un ser de carne y hueso
o un dios de las Esferas. Se había convertido en una esencia prima, en una
parte del mundo fantasmagórico y maravilloso del tejido de magia que rodeaba el
mundo. Uno sólo se podía referir a ella como a magia elemental. Mystra logró
empezar a pensar de forma racional sólo con el mayor de los esfuerzos; apenas
era consciente y no tenía poder para actuar. Únicamente el poder de la
invocación de Elminster había sido lo bastante poderoso como para que su
esencia pudiese volver a tomar forma y tener acceso a los Reinos..., y la
oportunidad de enfrentarse de nuevo a Bane.
De los ojos de Mystra surgieron unas enormes hebras
de magia que rodearon la habitación. De su carne ectoplásmica salió,
desgarrando ésta, una mano increíble que se extendió hacia Bane.
Adon protegía a Medianoche con su cuerpo mientras
los rayos de energía recorrían el cuarto, quemando las paredes y desparramando
los libros de Elminster. Medianoche estiró el cuello y miró a Mystra,
horrorizada. —Diosa —fue todo lo que pudo decir.
A continuación Elminster lanzó otro hechizo a Bane,
pero empezaron a salir de forma constante huevos verdes de la mano del anciano,
para irse a estrellar contra el
malvado dios. Elminster maldijo su suerte y empezó
otro ensalmo. Bane le dio la
espalda a Mystra y arrojó un rayo de luz ámbar.
Antes de que la luz chocase contra Elminster, éste creó un escudo de contención
del rayo, pero a pesar de ello fue golpeado y cayó gritando, en el agujero.
Luego, unos cegadores rayos de energía azul y blanca saltaron de las manos de
Mystra y se estrellaron contra el dios de la Lucha. Bane cayó de rodillas
cuando la fuerza de su poder robado se volvió contra él, y su frágil mutación
humana se fue desgarrando lentamente. La carne, la sangre y los huesos se convirtieron
en una masa humeante que sólo era remotamente humana. —¡No... moriré... solo!
—dijo Bane en un siseo. La mutación ensangrentada avanzó arrastrándose y
levantó una mano cuando vio a la maga morena apretada contra el clérigo. Las
manos de Medianoche estaban en el medallón, como si estuviese a punto de volver
a utilizar la magia contra lord Black. El medallón se soltó de su cuello y voló
hasta lord Bane. El dios se rió y sus garras se cerraron sobre él.
—Tu poder vuelve a ser mío, Mystra —dijo el dios de
la Lucha a través de unos labios llenos de ampollas.
Mientras la maga se ponía en pie y se dirigía hacia
el dios de la Lucha, oyó dentro de su cabeza la voz de Mystra, en un tono
entrecortado e histérico. Atácalo, dijo la voz. Utiliza el poder que te he
dado.
Un rayo de poder azul y blanco surgió de Medianoche
mientras completaba su hechizo. Aquél se estrelló contra Bane y lo lanzó cerca
de Mystra. Lord Black levantó la vista hacia Medianoche un momento, con
confusión en los ojos. —Pero si yo tengo el...
Mystra lo cubrió con su masa y el dios de la Lucha
gritó. Aquí, lord Bane, dijo Mystra mientras lo envolvía. Coge todo el poder
que quieras. Salió un rayo de llamas azules y blancas y la mutación de Bane
explotó violentamente. El cuerpo amorfo de Mystra se puso en tensión un
segundo, mientras moría la mutación, y ella absorbía el poder de la explosión.
Luego, también ella desapareció en medio de un relámpago de blanca y brillante
luz.
—¡Diosa! —exclamó Medianoche, pero cuando
pronunciaba esta palabra comprendió que Mystra estaba muerta.
Luego recordó que Elminster había sido arrojado al
agujero. Cuando levantó la vista, Adon estaba al borde de la abertura, mirando
la niebla que salía de ella y con los brazos extendidos, como si el clérigo
estuviese tendiendo las manos a alguien que había dentro del agujero.
—Elminster —dijo ella en voz baja.
Luego Medianoche distinguió un movimiento confuso
dentro de la abertura.
La niebla se separó un momento y vio al anciano
luchar desesperadamente para cerrar el agujero que él mismo había abierto.
Medianoche corrió junto a Adon. El clérigo tenía
las manos extendidas, como si hubiera estado formulando un hechizo.
—Por favor, Sune —decía bajito, y unas lágrimas
empezaron a rodar por sus mejillas.
No daba la impresión de que Elminster viese a
Medianoche y a Adon, que estaban al borde del agujero. Estaba demasiado ocupado
haciendo complejos dibujos con sus manos y cantando largos ensalmos. Luego, el
anciano gritó y una luz violeta surgió del agujero. Medianoche preparó un
sortilegio, pero cuando levantó las manos para formularlo, surgió un rayo y
Elminster y el agujero desaparecieron. El templo empezó a temblar y Medianoche
se desplomó sobre sus rodillas. Adon la ayudó a ponerse de pie y la obligó a caminar.
Ella notó el aire caliente y
la luz del sol recorrer su rostro mientras pasaban
entre la cegadora luz azul que llenaba
el pasillo. Cuando salieron, Medianoche miró al
cielo y lanzó un grito ahogado al ver las enormes llamas que envolvían la
Escalera Celestial, que ardía en los cielos. Pudo ver por un instante los
negros y chamuscados fragmentos de la escalera, cuya apariencia se había
convertido en una formación de imágenes que no paraban de dar vueltas. Vio, en
algunos puntos, los montones de manos que había vislumbrado en una ocasión
anterior; temblaban y se aferraban al aire. Luego la Escalera desapareció y
sólo quedaron las llamas.
Medianoche y Adon se cayeron al suelo y entonces
oyeron un ruido ensordecedor: eran las paredes del templo que se resquebrajaban
y las alas de las torres que se derrumbaban detrás de ellos.
El templo de Lathander explotó y todo el valle de
las Sombras se puso a temblar. Al este de la explosión, la batalla que se
libraba en la carretera cerca de la charca de Krag quedó prácticamente
interrumpida un momento, durante el cual los combatientes miraron el cielo en
medio de un perplejo silencio. El fuego caía en cascada de los cielos,
atravesando el aire para envolver la zona próxima al templo de Lathander.
Kelemvor contemplaba las llamas conmocionado. Lo
primero que pensó fue abandonar su posición, coger un caballo y correr junto a
Medianoche, pero sabía que Elminster debía de estar con vida. Era legendario
por sus poderes y
él podría proteger a Medianoche mejor de lo que
sería capaz de hacerlo él mismo. Además, Kelemvor sabía que no podía dejar a
sus hombres sin jefe. La suerte de Medianoche estaba en sus propias manos, como
ella lo había querido. El respiro causado por la explosión no duró más de unos
segundos, luego se reanudó la batalla. Las fuerzas de Bane estaban claramente
agotadas y la ausencia de sus mandos clave en el campo de batalla había
reducido a los zhentileses a una chusma indisciplinada que luchaba por su vida.
Bane no había regresado, Sememmon estaba herido y sin sentido y el Caballero
Siniestro muerto. Lo más importante de todo era que los defensores del valle de
las Sombras no daban muestras de cejar ante el cada vez menor, pero todavía
superior, número del ejército de Bane. El comandante Bishop estaba junto a
Kelemvor. —Vienen de todas direcciones —dijo Bishop, sin apenas aliento—. ¡Por
todos los dioses, esto es un juego para gente joven! —Yo creo que es un juego
triste y macabro —replicó Kelemvor. Pero Kelemvor se preocupó de cubrir las
espaldas a Bishop y ambos avanzaron entre la carnicería. Había cuerpos por
todas partes. Los muertos se contaban a miles y la lucha se volvió más
encarnizada que nunca. Kelemvor oyó a uno de los zhentileses llamar a lord Bane
en voz alta. Otros le contestaron que había huido. —¿Has oído esto? —dijo
Kelemvor, pero Bishop estaba ya ocupado con una espadachina que igualaba todas
sus arremetidas y no daba señales del agotamiento que se había apoderado del
comandante.
Antes de que Kelemvor pudiese darse la vuelta y
ayudar a Bishop, otro jinete zhentilés se precipitó sobre él con su caballo,
blandiendo la espada. Kelemvor tiró al soldado del caballo y lo traspasó.
Después de subir al caballo negro, Kelemvor tendió la mano a Bishop, que
acababa de matar a la espadachina. El comandante levantó el brazo, pero lanzó
un grito cuando una flecha atravesó su pierna. Vaciló y Kelemvor lo agarró de
la mano y lo aupó al caballo.
Otra flecha pasó rozándolos y Kelemvor espoleó al
caballo. Encontraron un pequeño grupo de hombres del valle luchando por sus
vidas contra los zhentileses y Kelemvor obligó al caballo a cargar contra la
escaramuza.
Kelemvor y Bishop arremetieron contra el río de
armaduras negras, y sus hojas
abrieron un amplio arco en las fuerzas zhentilesas,
pero sus esfuerzos no eran suficientes ante aquella superioridad numérica.
Cayeron del caballo por lados opuestos y se vieron obligados a pelear a pie.
Luego se oyó un canto al oeste
y otra tropa de jinetes de armaduras color ébano se
unió a la batalla, pero no eran zhentileses; llevaban el símbolo del caballo
blanco en sus cascos. Eran los jinetes del valle del Tordo. Kelemvor dejó
escapar un grito salvaje y destripó al zhentilés con el que estaba luchando.
Los jinetes eran la mejor caballería del valle. Aunque no eran más que veinte
hombres, cada uno valía por cinco soldados zhentileses. Otro hombre del valle
lanzó un grito y volvió a señalar al oeste. —¡Mirad allí!
Kelemvor vio otro grupo de guerreros, que sólo
podían ser los Caballeros de Myth Drannor, que cargaban en la carretera. Iban a
la cabeza de la mayoría de los defensores del valle de las Sombras procedentes
de la ciudad, el primero lord Mourngrym. Antes de que transcurriera una hora,
el ejército de Bane empezó a retirarse. La presencia de los jinetes del valle
del Tordo y de los Caballeros de Myth Drannor había acabado con la resolución
de la mayoría de los zhentileses. Casi todos los soldados del ejército de Bane
que habían logrado abrir brecha a través de las barricadas de piedra habían
muerto a manos de los defensores de la ciudad. Los hombres del valle apostados
en el puente habían ahuyentado a Fzoul y sus tropas. Los jinetes zhentileses
que habían atacado desde el norte habían muerto o se habían visto obligados a
replegarse. Y ahora las fuerzas zhentilesas del este también estaban huyendo.
En la barricada que daba al valle de las Sombras, Kelemvor y Bishop se
encontraron con Mourngrym y dos de los Caballeros. —¡Se están retirando!
—exclamó Mourngrym—. ¡Hemos ganado! Kelemvor no podía creer aquellas palabras
tan fácilmente. Quedaban muchos zhentileses que lucharían mientras les quedase
un soplo de vida. Las escaramuzas se habían desplazado al interior del bosque y
ya había algunos incendios que amenazaban con propagarse, faltos de control. De
momento, el valle de las Sombras había perdido demasiados hombres para
enfrentarse como era debido siquiera a un pequeño incendio forestal.
Kelemvor recorrió con la mirada el campo de
batalla, pero no vio a ninguno de sus amigos.
—Lord Mourngrym, ¿dónde están Cyric y Hawksguard?
La expresión triunfante de Mourngrym se desvaneció. —Están en el cruce de
carreteras — contestó el señor del valle en voz baja—. Cyric está bien, aparte
de algunos rasguños. Hawksguard... Kelemvor miró al señor del valle de las
Sombras a los ojos. —Ha sido Bane —dijo finalmente Mourngrym—. Me tenía cogido
entre sus garras y Hawksguard me ha salvado.
Kelemvor se volvió y picó a su caballo para que se
pusiese a galope y se dirigió al cruce de carreteras. El guerrero pasó por
delante de Cyric y de un puñado de hombres que iban al bosque a perseguir a los
soldados zhentileses en retirada, pero ni siquiera oyó sus gritos de saludo.
Cuando Kelemvor llegó finalmente al centro del
valle de las Sombras, vio que estaban cargando a los muertos en carros y
atendiendo a los heridos allí donde habían caído. Vio a Hawksguard casi
inmediatamente, tumbado en el suelo junto con otros oficiales.
Kelemvor se acercó al veterano guerrero. Hawksguard
no estaba muerto, pero no cabía duda de que no llegaría vivo al día siguiente.
Las manos con garras de Bane
habían hecho un profundo tajo en su pecho y era un
milagro que todavía estuviese con
vida. Kelemvor tomó la mano de Hawksguard y lo miró
a los ojos. —Lo pagarán —gruñó Kelemvor—. ¡Les daré caza y los mataré a todos!
Hawksguard se asió al brazo de Kelemvor, sonrió débilmente y sacudió la cabeza.
—No te pongas melodramático —dijo—. Esta vida... es tan corta... —No es justo
—dijo Kelemvor.
Hawksguard tosió y un profundo espasmo sacudió su
cuerpo. —Acércate — dijo Hawksguard—. Tengo algo que decirte. Su voz se había
convertido en un susurro. —Es importante —añadió Hawksguard. Kelemvor se acercó
más a él.
Y Hawksguard le contó un chiste.
Kelemvor notó que le temblaba el labio inferior
pero, al final, se rió. Hawksguard había ahuyentado los pensamientos de muerte
y sangre que lo iban embargando al recordarle algo que casi había perdido: La
esperanza.
La batalla del valle de las Sombras había
terminado. Las fuerzas de Bane se habían replegado en el bosque, si bien muchos
sólo habían encontrado una muerte atroz en lugar de la huida en la que
confiaban. El incendio se estaba extendiendo, pero poco podían hacer los
cansados hombres del valle para contener el fuego. Sharantyr, una guardabosques
que iba con los Caballeros de Myth Drannor, se dirigió al templo de Lathander a
caballo, junto con la poetisa arpista Vendaval, Dedos de Platino, para
investigar la explosión y el fuego que allí se habían desencadenado, así como
para interesarse por Elminster y los dos forasteros que estaban con él. Cuando
se aproximaron,
Sharantyr y Vendaval vieron a Medianoche y a Adon
salir a trompicones de entre las ruinas del templo. Luego una bola de fuego
surgió de dentro de las ruinas y se elevó en el aire a la velocidad del rayo.
Sharantyr saltó de su caballo y tiró de Vendaval para hacerla bajar también y
evitar que se metiese en aquel infierno.
—¡Elminster! —exclamó Vendaval, con la mirada fija
en la destrucción. Una burbuja de energía azul y blanca envolvió al clérigo y a
la maga que escapaban de la destrucción, y las mujeres vieron cómo un muro de
escombros se vaporizaba cuando tocó aquel escudo. Finalmente, cuando la tierra
se inmovilizó y todo lo que vieron del templo de Lathander fueron unas ruinas,
las mujeres corrieron hasta los forasteros, que habían salido indemnes de la
destrucción. Después de haber comprobado que el clérigo y la maga estaban con
vida, Vendaval entró corriendo en el templo. Dentro de las ruinas en llamas,
pasando entre los cascotes que llenaban la antecámara, Vendaval apartó
penosamente una viga de su camino y penetró en lo que había quedado de la sala
principal destinada al culto. La arpista de cabello plateado notaba cómo los
latidos de su corazón se aceleraban mientras buscaba entre los escombros algún
signo de que Elminster sobreviviese a todo aquello. En el extremo más alejado
de la sala encontró fragmentos de sus antiguos libros de hechizos e incluso
trozos de su manto hecho jirones. Los muros que todavía quedaban en el templo
estaban salpicados de sangre y trocitos de huesos. Vendaval gritó desde lo más
recóndito de su corazón. Estaba consumida por la rabia y salió corriendo del
templo para encararse con los forasteros. Cuando la arpista de cabello plateado
llegó afuera, vio que Sharantyr hablaba con el clérigo y la maga que habían
huido del templo. La guardabosques estaba a punto de
interrogar a la mujer morena, cuando apareció
Vendaval ante ellos con la
espada
desenvainada.
—Elminster —dijo ella, con odio en su voz—,
Elminster ha muerto asesinado. Vendaval arremetió contra ellos y Sharantyr tuvo
que sujetarla y desarmarla antes de volver a soltarla. Luego, una enorme sombra
pasó por encima del templo y el aire se volvió tenue y frío. Al cabo de unos
segundos, el perfecto azul del cielo se volvió gris acero y unos nubarrones
convergieron en lo alto de la Escalera Celestial en llamas. Un enorme ojo
apareció en la cumbre de las nubes y una lágrima cayó del ojo mientras parpadeaba;
luego
desapareció. La lágrima se convirtió en un diluvio
que se precipitó de los cielos e inundó todo el valle. Unas columnas de humo
blanco azulado se elevaron de la escalera mientras se extinguían las llamas que
la habían destruido y, lejos del templo, en el bosque próximo a la charca de
Krag, los incendios se apagaron bajo los torrentes de lluvia.
Vendaval parecía haberse calmado con ocasión de la
lluvia torrencial que había caído, pero entonces se fijó en el rostro del joven
clérigo y en la cicatriz. —Él estaba..., él estaba en el templo de Tymora —dijo
la poetisa en un susurro, sin aliento—. Estaba allí después de los asesinatos.
Sharantyr se adelantó y, en esta ocasión, con la espada desenvainada. —Soy
Sharantyr de los Caballeros de Myth Drannor —dijo—. Tengo el sacrosanto deber
de deteneros a ambos por el asesinato de Elminster el Sabio...

