Libro N° 9577. Cartas A Una Joven Matemática. Stewart, Ian.
© Libro N° 9577. Cartas A Una Joven Matemática. Stewart, Ian. Emancipación. Febrero
12 de 2022.
Título original: © Cartas A Una Joven Matemática. Ian Stewart
Versión
Original: © Cartas A Una Joven Matemática. Ian Stewart
Circulación conocimiento libre,
Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://www.librosmaravillosos.com/cartasaunajovenmatematica/index.html
Licencia Creative
Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el
nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Fondo:
https://fotos-bb2b.s3.eu-west-3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2021/08/05082819/imagenes-de-fondo-para-revistas-750x450.jpg
Portada E.O. de Imagen original:
http://www.librosmaravillosos.com/cartasaunajovenmatematica/imagenes/portada.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
CARTAS A UNA JOVEN MATEMÁTICA
Ian Stewart
CARTAS A UNA JOVEN MATEMÁTICA
Ian Stewart
CONTENIDO
Prólogo a la edición española
Prefacio
1. ¿Por qué hacer matemáticas?
2. Cómo estuve a punto de hacerme abogado
3. La amplitud de las matemáticas
4. ¿No está todo hecho?
5. Rodeados de matemáticas
6. Cómo piensan los matemáticos
7. Cómo aprender matemáticas
8. El miedo a las demostraciones
9. ¿No pueden los ordenadores resolverlo todo?
10. Narración matemática
11. Directo a la yugular
12. Culebrones
13. Problemas imposibles
14. El escalafón de la carrera
15. ¿Puras o aplicadas?
16. ¿De dónde sacas esas ideas disparatadas?
17. Cómo enseñar matemáticas
18. La comunidad matemática
19. Cerdos y camionetas
20. Placeres y peligros de la colaboración
21. ¿Es Dios un matemático? -->
En memoria de Marjorie Kathleen —«Madge»— Stewart (4-2-1914 –
17-12-2001) y de Arthur Reginald —«Nick»— Stewart (2-3-1914 – 23-8-2004), sin
quienes yo no hubiese sido nada, y mucho menos un matemático
Prólogo a la edición española
Los sistemas universitarios de cada país tienen sus propias
características. Hay diferencias importantes entre el sistema británico, y la
estructura de su carrera académica, y el sistema estadounidense. El sistema
español es diferente de ambos. Sin embargo, las matemáticas son una actividad
internacional, y las similitudes entre los sistemas de los diversos países, en
cualquier parte del mundo, son mucho más importantes que las diferencias. Las
experiencias de Meg —una joven de talento que se plantea estudiar matemáticas
en la universidad, hacer investigación para obtener un doctorado y convertirse
en una matemática profesional— interesarán a los lectores españoles por las
mismas razones por las que interesan a los lectores británicos o
estadounidenses. Sus preocupaciones, dudas y éxitos son universales.
Citando me propusieron escribir un libro para la ya extensa serie
orientativa de Basic Books comprendí inmediatamente que su potencial iba más
allá de la mera orientación. Cartas a una joven matemática podría haberse
titulado Cartas a cualquier interesado en matemáticas. Es una visión desde
dentro de las matemáticas y de los matemáticos, y explica en qué consiste ser
matemático y estudiar las matemáticas al máximo nivel. Algunas partes son
serias, otras divertidas… otras, ambas cosas a la vez.
El formato «cartas» es una delicia para un autor. Me permite escribir
capítulos cortos sobre muchos temas, cada uno de ellos comprensible en sí
mismo, con muy pocas referencias a cualquiera de los otros capítulos. Los
lectores pueden introducirse en ellas al azar y encontrar algo que les interese
de forma rápida y fácil. Este formato también me permite escribir sobre
cualquier cosa que me interese —y siempre es mejor la escritura si el escritor
es un entusiasta de lo que está escribiendo—.
Las matemáticas son mi vida. No son toda mi vida, me apresuro a añadir.
Tengo una mujer, dos hijos, dos nietas (por no mencionar a mis «nietas
matemáticas», que aparecerán en una de las cartas). Me gusta leer, viajar,
pintar, ver deportes por televisión. Pero el núcleo de mi vida profesional son
las matemáticas, que, si se entienden, son realmente uno de los temas más
fascinantes que haya conocido la humanidad. Su historia se remonta a al menos
hace cinco mil años, su impacto en la cultura moderna ha sido enorme, y
prácticamente todo lo que experimentamos en nuestra vida diaria está basado en
matemáticas que ocurren entre bastidores. Las matemáticas son una de las
actividades humanas más vitales, pero también una de las menos apreciadas, y la
menos comprendida.
Esto es una lástima. El mundo necesita desesperadamente de las
matemáticas y de la contribución de los matemáticos. Nos enfrentamos a
problemas enormes y muchos de ellos dependen de una predicción adecuada de lo
que sucederá en el futuro. Las matemáticas son uno de los mejores métodos que
conocemos para hacer predicciones, porque se basan en implicaciones lógicas.
Dado lo que está sucediendo ahora, y aplicando reglas conocidas sobre la forma
en que se desarrollan las cosas, ¿qué sucederá la próxima semana, el próximo
año, el próximo siglo?
Sobre todo necesitamos formar a muchos matemáticos jóvenes para que
lleven la antorcha de la ilustración matemática en el futuro. Aquí es donde
interviene Meg. A medida que se despliegan las Cartas a una joven matemática
somos testigos de cómo la ciencia se convierte también en la vida de Meg.
Compartimos sus preocupaciones y sus éxitos. Si no somos matemáticos
profesionales, incluso si no tenemos ningún título, aun así podemos llegar a
compartir sus puntos de vista y a entender de qué tratan en realidad las
matemáticas. Y por qué son tan vitales para todos en este planeta.
Ésta es al menos mi intención, y es la razón por la que escribí este
libro. Espero que usted disfrute leyéndolo. Sé que yo disfruté escribiéndolo.
Ian Stewart
Coventry, junio de 2006
Prefacio
«Es una experiencia melancólica para un matemático profesional
encontrarse a sí mismo escribiendo sobre matemáticas». Así empezaba en 1940 el
gran matemático inglés Godfrey Harold Hardy, de la Universidad de Cambridge, su
clásico Apología de un matemático.[1]
Las actitudes cambian. Los matemáticos ya no creen que deban
justificarse ante el mundo. Y muchos ya están convencidos de que escribir
«sobre» matemáticas es al menos tan valioso como escribir matemáticas, lo que
para Hardy significaba matemáticas nuevas, nueva investigación, nuevos
teoremas. De hecho, muchos de nosotros creemos que no tiene sentido que los
matemáticos inventen nuevos teoremas a menos que lleguen a oídos del gran
público. No los detalles, por supuesto, sino el carácter general de la iniciativa.
En particular, el hecho de que constantemente se esté creando nueva matemática,
y cual es su aplicación.
También el mundo ha cambiado desde los días de Hardy. Para Hardy una
jornada típica consistía en un máximo de cuatro horas de intensa reflexión
sobre problemas de investigación; el resto del día lo dedicaba a ver jugar al
críquet, su gran pasión al margen de las matemáticas, y a leer los periódicos.
Seguramente también debió de dedicar algún tiempo a los ocasionales estudiantes
de investigación, pero él era reticente a hablar de cuestiones personales. Un
día típico para un académico moderno dura diez o doce horas y se compone de
obligaciones docentes, búsqueda de financiación para sus investigaciones,
realización de la investigación y dosis abundantes de absurda burocracia para
encauzarse en algo creativo.
Hardy era un representante típico de cierto tipo de académico inglés. Su
listón era alto pero también muy estrecho. Valoraba el campo de estudio que
había escogido por su propia elegancia y lógica interna, no por sus
aplicaciones. Estaba orgulloso de que ningún aspecto de su trabajo pudiera
tener tiñes bélicos, una postura con la que la mayoría de nosotros podemos
simpatizar, especialmente si tenemos en cuenta que su libro se publicó en los
primeros años de la segunda guerra mundial.
Si resucitase hoy se disgustaría mucho al ver que, por el contrario, su
amada teoría de números desempeña un papel esencial en la teoría matemática de
la criptografía, con evidentes usos militares. La película Enigma da
una visión idealizada del periodo en que empezó a emerger esta relación, en el
trabajo decisivo que en tiempo de guerra realizaron los descifradores de
códigos en Bletchley Park. Entre ellos destacaba la figura trágica de Alan
Turing —matemático puro, matemático aplicado y pionero de la ciencia de los
computadores—, quien acabó abocado al suicidio por su homosexualidad,
orientación sexual entonces ilícita y considerada vergonzosa. También las
costumbres cambian.
La clásica joya de Hardy arroja mucha luz sobre cómo se veían a sí
mismos y a su disciplina los matemáticos académicos en 1940. Contiene lecciones
importantes para cualquier joven aspirante a matemático, pero algunas de estas
están oscurecidas por ciertas actitudes anticuadas presentes en el libro, como
la falsa hipótesis de que las matemáticas son estrictamente un dominio
masculino. Aun así vale la pena leerlo, tomando las opiniones del autor en su
contexto histórico, sin dar por sentado que todas sigan teniendo validez.
Cartas a una joven matemática es un
intento de actualizar algunas partes de Apología de un matemático,
a saber, aquellas que podrían influir en las decisiones de una persona joven
que esté considerando la posibilidad de licenciarse en matemáticas y hacer
carrera en esta disciplina. Las cartas, dirigidas a «Meg», siguen la carrera
profesional de ésta en un orden aproximadamente cronológico, desde el instituto
hasta que consigue un puesto fijo en una universidad. Abordan un abanico de
temas que van de la toma de decisiones básicas a la forma de pensamiento de los
matemáticos profesionales en activo, y la naturaleza de su disciplina. La
intención no se limita solo a dar un consejo práctico, sino a ofrecer una
visión desde dentro del ámbito matemático y a explicar cómo es realmente la
vida de un matemático.
Como resultado, muchas de las cuestiones discutidas también serán
interesantes para un público más amplio, para aquel al que se dirigía Hardy: a
cualquiera que esté interesado en las matemáticas y su relación con la
sociedad. ¿Que son las matemáticas? ¿Para que sirven? ¿Cómo podemos
aprenderlas? ¿Cómo podemos enseñarlas? ¿Es una actividad solitaria o puede
hacerse en grupo? ¿Cómo funciona la mente matemática? ¿Y adónde se dirige todo?
Nunca hubiera pensado en escribir Cartas a una joven matemática si
no hubiera sido por Basic Books y la maravillosa colección a la que pertenece
este libro. El libro se benefició del consejo de mi editor, Bill Frucht, que se
aseguró de que yo limitara mis divagaciones al tema en cuestión y las hiciera
accesibles. El lector a quien está especialmente dirigido es el «joven
matemático» del título, o sus padres, parientes, amigos… pero el libro debería
atraer a quienquiera que este interesado en cómo hacerse, y ser, matemático,
incluso aunque no se tengan tales ambiciones.
Ian Stewart
Coventry, septiembre de 2005
Carta 1
¿Por qué hacer matemáticas?
Querida Meg:
Como probablemente esperabas, me alegré mucho al enterarme de que
estabas pensando en estudiar matemáticas, en parte porque eso quiere decir que
las semanas que pasaste leyendo y releyendo A Wrinkle in Time hace
algunos veranos, y todas las horas que dediqué a explicartetesseracts y
dimensiones superiores, no fueron en balde. [2] En lugar de responder a tus preguntas en el
orden que las planteabas, déjame abordar primero la más práctica: ¿hay alguien,
aparte de mí, que realmente se gane la vida con las matemáticas?
La respuesta es diferente de lo que piensa la mayoría de la gente. Hace
algunos años en la universidad donde trabajo se realizó una encuesta entre los
alumnos y se descubrió que, de entre todas las titulaciones, la que llevaba a
obtener unos ingresos medios más altos era… matemáticas. Es verdad que la
encuesta se hizo antes de que se abriera la nueva facultad de medicina, pero en
cualquier caso echa por tierra un mito: que un matemático no puede conseguir un
trabajo bien remunerado.
Lo cierto es que encontramos matemáticos todos los días y en todas
partes, pero apenas nos damos cuenta. Antiguos alumnos míos han gestionado
cervecerías, fundado sus propias compañías electrónicas, diseñado automóviles,
creado software informáticos o comerciado con futuros en el
mercado de valores. Sencillamente no se nos ocurre pensar que nuestro gestor
bancario pueda ser licenciado en matemáticas, o que las personas que inventan o
fabrican reproductores de DVD y MP3 emplean a muchos matemáticos, o que la
tecnología que transmite esas sorprendentes imágenes de las lunas de Júpiter se
basa fundamentalmente en las matemáticas. Sabemos que nuestro médico es
licenciado en medicina, y que nuestro abogado lo es en derecho, porque éstas
son profesiones específicas y bien definidas que requieren formación igualmente
específica. Pero no vemos chapas metálicas en los portales de los edificios en
los que se anuncie que dentro hay un licenciado en matemáticas que, a cambio de
unos buenos honorarios, le resolverá cualquier problema matemático para el que
necesite ayuda.
Nuestra sociedad consume muchas matemáticas, pero todo sucede entre
bastidores. La razón es simple: ahí es donde funcionan. Cuando uno conduce un
automóvil no quiere tener que preocuparse por todas las cosas complicadas que
hacen que funcione; lo que quiere es subir al coche y salir de viaje. Por
supuesto, ayuda a ser mejor conductor el que uno conozca los fundamentos de la
mecánica del automóvil, pero eso no es esencial. Lo mismo pasa con las
matemáticas. Uno quiere que el sistema de navegación de su automóvil le dé las
direcciones sin tener que hacer los cálculos matemáticos. Uno quiere que su
teléfono funcione sin que tenga que entender el procesamiento de la señal y los
códigos de corrección de errores.
Sin embargo, algunos de nosotros tenemos que saber cómo se hacen los
cálculos matemáticos, o ninguna de estas maravillas podría funcionar. Estaría
bien que los demás fueran conscientes de lo mucho que nos valemos de las
matemáticas en nuestra vida cotidiana; el problema de poner a las matemáticas
tan lejos entre bastidores es que mucha gente no sabe que están allí.
A veces pienso que la mejor manera de cambiar la actitud de la gente
hacia las matemáticas sería pegar una etiqueta roja que rezara «Matemáticas en
el interior» en cualquier cosa que necesita de las matemáticas. Habría una
etiqueta en cada ordenador, por supuesto, y supongo que si tomásemos la idea
literalmente deberíamos pegar una en cada profesor de matemáticas. Pero también
deberíamos colocar una pegatina matemática roja en cada billete de avión,
teléfono, automóvil, semáforo, vegetal…
¿Vegetal?
Sí. Ya pasó el tiempo en que los granjeros plantaban simplemente lo que
habían plantado sus padres, y los padres de éstos antes. Prácticamente
cualquier planta que uno puede comprar es resultado de un largo y complicado
programa de cultivo comercial. Todo el tema del «diseño experimental», en el
sentido matemático, fue inventado a principios del siglo XX para facilitar una
manera sistemática de evaluar nuevos tipos de plantas, por no mencionar los
métodos más recientes de modificación genética.
Espera. ¿Esto no es biología?
Biología, por supuesto. Pero también matemáticas. La genética fue una de
las primeras partes de la biología en hacerse matemática. El Proyecto Genoma
Humano tuvo éxito gracias al gran y hábil trabajo realizado por los biólogos,
pero un aspecto vital de todo el proyecto fue el desarrollo de potentes métodos
matemáticos para analizar los resultados experimentales y reconstruir
secuencias genéticas precisas a partir de datos muy fragmentarios.
Así que los vegetales llevan su pegatina roja. Casi todo lo que existe
lleva una pegatina roja.
¿Vas al cine? ¿Te gustan los efectos especiales? ¿ La guerra de
las galaxias, El señor de los anillos? Matemáticas. El primer
largometraje animado por ordenador, Toy Story , dio lugar a la
publicación de unos veinte artículos de investigación en matemáticas.
«Animación gráfica por ordenador» no es simplemente ordenadores que hacen
imágenes; son los métodos matemáticos que logran que estas imágenes parezcan
realistas. Para hacerlo se necesita la geometría tridimensional, las
matemáticas de la luz, el «intercalado» para interpolar una serie fluida de
imágenes entre un comienzo y un final, y mucho más. La «interpolación» es una
idea matemática. Los ordenadores son ingeniería hábil, pero ellos no hacen nada
útil sin un montón de matemáticas ingeniosas. Pegatina roja.
Y luego, por supuesto, está Internet. Si algo utiliza las matemáticas,
es Internet. El principal motor de búsqueda actual, Google, se basó en un
método matemático para encontrar las páginas web que es más probable que
contengan la información requerida por un usuario. Se basa en álgebra
matricial, teoría de probabilidades y la combinatoria de redes.
Pero las matemáticas para Internet son mucho más fundamentales que eso.
La red telefónica se basa en las matemáticas. No es como en las viejas épocas
en que los operadores en centralitas conectaban las llamadas enchufando con la
mano literalmente las líneas telefónicas. Hoy dichas líneas tienen que llevar
millones de mensajes a la vez. Somos tantos, todos esperando hablar con
nuestros amigos o enviar faxes o acceder a Internet, que tenemos que compartir
las líneas telefónicas, los cables transoceánicos y los repetidores en
satélites, o la red no podría soportar todo ese tráfico. Así que cada
conversación se divide en miles y miles de fragmentos cortos, y solo un
fragmento de cada cien se transmite realmente. En el otro extremo, los noventa
y nueve fragmentos que faltan se recomponen llenando los huecos tan suavemente
como sea posible (funciona porque las muestras, aunque cortas, son muy
frecuentes, de modo que los sonidos que uno produce cuando habla cambian mucho
más lentamente que el intervalo entre muestras). ¡Ah!, y toda la señal está
codificada de modo que los errores de transmisión no solo pueden ser detectados
sino que pueden ser corregidos en el extremo receptor.
Los modernos sistemas de comunicación simplemente no funcionarían sin
una enorme cantidad de matemáticas. Teoría de codificación, análisis de
Fourier, procesamiento de señal…
En cualquier caso, tú entras en Internet para conseguir un billete de
avión, reservas tu vuelo y apareces en el aeropuerto, subes al avión, y allá
vas. El avión vuela porque los ingenieros que lo diseñaron utilizaron las
matemáticas del flujo de fluidos, la aerodinámica, para asegurar que se
elevaría. Navega utilizando un sistema de posicionamiento global (GPS), un
sistema de satélites cuyas señales, analizadas matemáticamente, pueden decirte
dónde estás con mi margen de error de un metro. Los vuelos tienen que estar
programados de modo que cada avión se halle en el lugar correcto cuando se
necesita que esté cerca, en lugar de estar en algún lugar al otro lado del
globo, y eso, de nuevo, requiere otras áreas de las matemáticas.
Y eso es lo que pasa, querida Meg. Tú me preguntabas si todos los
matemáticos están encerrados en universidades, o si algunos trabajan en
estrecho contacto con la vida real. Toda tu vida se balancea como una pequeña
barca en un enorme océano de matemáticas.
Pero apenas se nota. Ocultar las matemáticas hace que nos sintamos
cómodos, pero las devalúa. Es una pena. Hace que la gente piense que no son
útiles, que no importan, que son solo juegos intelectuales sin ninguna
aplicación verdadera. Y por eso me hubiera gustado ver esas pegatinas rojas. De
hecho, la mejor razón para no ponerlas es que la mayor parte de nuestro planeta
estaría cubierto de ellas.
Tu tercera pregunta era la más importante, y también la más triste. Me
preguntabas si tendrías que abandonar tu sentido de la belleza para estudiar
matemáticas, si todo se convertiría para ti en ecuaciones, leyes y fórmulas.
Puedes estar segura, Meg, de que no te reprocho que preguntes eso, pues por
desgracia es una idea muy común, pero no podría ser más errónea. Lo cierto es
exactamente lo contrario.
Esto es lo que las matemáticas hacen por mí: me hacen consciente del
mundo en el que habito de una forma completamente nueva. Abren mis ojos a las
leyes y pautas de la naturaleza. Me proporcionan una experiencia de belleza
totalmente nueva.
Cuando veo un arco iris, por ejemplo, no solo veo un arco multicolor y
brillante que cruza el cielo. No solo veo el efecto de las gotas de lluvia
sobre la luz del sol, cuya luz blanca se descompone en sus colores
constituyentes. Los arco iris siguen pareciéndome bellos y sugerentes, pero
aprecio que hay más en un arco iris que la mera refracción de la luz. Los
colores son, por decirlo así, una pista roja (y azul y verde) [3]. Lo que requiere explicación es la forma y el
brillo. ¿Por qué el arco iris es un arco circular? ¿Por que es tan brillante la
luz del arco iris?
Quizá no hayas pensado en estas cosas. Sabes que un arco iris aparece
cuando la luz del sol es refractada por minúsculas gotas de agua; la luz de
cada color es desviada a un ángulo ligeramente diferente y, tras rebotar en la
superficie interior de la gota, llega al ojo del observador desde una dirección
distinta. Pero si eso es todo lo que hay en un arco iris, ¿por qué los miles de
millones de rayos de diferentes colores procedentes de miles de millones de
gotas no se solapan simplemente y se promedian?
La respuesta está en la geometría del arco. Cuando la luz rebota dentro
de una gota de agua, la forma esférica de la gota hace que la luz salga
fuertemente concentrada en una dirección especial. Cada gota emite de hecho un
cono de luz brillante o, más bien, cada color de la luz forma su propio cono, y
el ángulo del cono es ligeramente diferente para cada color. Cuando miramos un
arco iris, nuestros ojos solo detectan los conos que proceden de gotas de
lluvia que están alineadas en direcciones concretas, y para cada color dichas
direcciones forman un círculo en el cielo. Así que vemos muchos círculos
concéntricos, uno por cada color.
El arco iris que ves tú y el arco iris que veo yo están creados por
gotas de lluvia diferentes. Nuestros ojos están en lugares diferentes, de modo
que detectan conos diferentes, producidos por gotas diferentes.
Los arco iris son personales.
Algunas personas piensan que este tipo de comprensión «deteriora» la
experiencia emocional. Creo que esto es una tontería. Manifiesta una
complacencia estética muy limitada. La gente que hace estas afirmaciones suele
presumir de que son personas poéticas, abiertos a las maravillas del mundo,
pero de hecho sufren de una grave carencia de curiosidad: se niegan a creer que
el mundo es más maravilloso que sus limitadas imaginaciones. La naturaleza es
siempre más profunda, más rica y más interesante de lo que uno piensa, y las
matemáticas proporcionan una forma muy poderosa de apreciarlo. La capacidad
para comprender es una de las diferencias más importantes entre los seres
humanos y los demás animales, y deberíamos valorarla. Muchos animales se
emocionan, pero solo los humanos piensan racionalmente. Yo diría que mi
comprensión de la geometría del arco iris añade una nueva dimensión a su
belleza. No resta nada de la experiencia emocional.
El arco iris es tan solo un ejemplo. También miro a los animales de
forma diferente porque soy consciente de las pautas matemáticas que subyacen en
sus movimientos. Cuando miro un cristal soy consciente de las bellezas de su
red atómica tanto como del encanto de sus colores. Veo matemáticas en las ondas
y dunas de arena, en la salida y la puesta de sol, en las gotas de lluvia que
salpican en un charco, incluso en los pájaros posados en los cables
telefónicos. Y soy consciente —difusamente, como si mirase por encima de un
océano brumoso— de la infinidad de cosas que no sabemos acerca de esas
maravillas cotidianas.
Luego está la belleza interna de las matemáticas, que no debería ser
subestimada. Las matemáticas hechas «por su propio valor» pueden ser
exquisitamente bellas y elegantes. No las «sumas» que todos hacemos en la
escuela, que por separado son básicamente feas e informes, aunque los
principios generales que las rigen tienen su propia belleza. Son las ideas, las
generalidades, los repentinos destellos de intuición, la comprensión de que
tratar de trisecar un ángulo con regla y compás es como tratar de demostrar que
3 es un número par, o que tiene perfecto sentido que no puedas construir un
polígono regular de siete lados pero puedas construir uno de diecisiete lados,
o que no haya manera de deshacer un nudo en el extremo de un cordel, o por qué
algunos infinitos son mayores que otros mientras que algunos que deberían ser
mayores son en realidad iguales, o que el único cuadrado
(aparte de 1, si te pones quisquillosa) que es suma de cuadrados consecutivos,
1 + 4 + 9 +… es el número 4900.
Tú, Meg, tienes capacidad para convertirte en una matemática consumada.
Tienes una mente lógica y también curiosa. No te convencen los razonamientos
vagos; quieres ver los detalles y comprobarlos por ti misma. No solo quieres
saber cómo hacer que las cosas funcionen, quieres saber por qué funcionan. Y tu
carta me da esperanzas de que llegarás a ver las matemáticas como yo las veo,
como algo fascinante y bello, una manera de ver el mundo sin parangón.
Tuyo,
Ian
Carta 2
Cómo estuve a punto de hacerme abogado
Querida Meg:
Me preguntas cómo me interesé por las matemáticas. Como suele pasar, fue
una combinación de talento (no vale la pena ser modesto), aliento y un
accidente afortunado o, mejor dicho, salir recuperado de un accidente
desgraciado.
Desde el principio se me dieron bien las matemáticas, pero cuando tenía
siete años estuve muy cerca de abandonarlas de por vida. Nos pusieron un examen
de matemáticas: se suponía que teníamos que restar los números, pero yo hice lo
mismo que habíamos hecho la semana anterior, y los sumé. Así que me pusieron un
cero y me colocaron en el último grupo de la clase. Puesto que los otros niños
que había en ese grupo no eran buenos en matemáticas, no hacíamos nada
interesante. No había nada que me animase a esforzarme y me aburría.
Me salvaron dos cosas: un hueso roto y mi madre.
Uno de los niños me tiró al suelo mientras jugábamos en el patio y me
rompí la clavícula. Durante cinco semanas no asistí a la escuela, así que mi
madre decidió hacer buen uso del tiempo. Pidió prestado el libro de aritmética
en la escuela e hicimos un trabajo de recuperación. Yo no podía escribir porque
llevaba la mano derecha en cabestrillo, así que le dictaba los números y ella
los escribía en el cuaderno de ejercicios.
Mi madre tenía bastantes reparos respecto al sistema escolar. Su
educación se había visto casi completamente frustrada por las decisiones
erróneas de un inspector de enseñanza bien intencionado pero poco imaginativo.
Ella lo captaba todo al vuelo, y por ello pasaba rápidamente de un curso a
otro, de modo que cuando tenía ocho años estaba en una clase para niños de
diez. Un día llegó el inspector de enseñanza, miró a la clase y preguntó a la
niña pequeña e inteligente que estaba respondiendo a todas las preguntas:
«¿Cuántos años tienes, cariño?». Cuando oyó «Ocho», informó al director de la
escuela de que la niña brillante debía permanecer en la misma clase durante
tres años seguidos, hasta que los demás niños de su edad la alcanzasen. No
estaba tratando de guardarse las espaldas desde el punto de vista académico; le
preocupaba que ella no se adaptara socialmente. Pero repetir las mismas
lecciones tres años seguidos acabó con el interés de mi madre en la escuela;
solo aprendía a holgazanear.
Tiempo después entendió lo que había sucedido, pero para entonces era
demasiado tarde. Quería ser profesora de inglés, pero suspendió el examen de
química. En aquella época, en Reino Unido, suspender tan solo una asignatura,
incluso una que fuera completamente irrelevante para la materia que uno quería
enseñar, significaba que no podría formarse como profesor.
Mi madre estaba decidida a que nada parecido me su cediera. Ella sabía
que yo era inteligente; me había enseñado a leer cuando yo tenía tres años.
Después de que hubiéramos hecho 400 problemas de matemáticas y yo hubiera
resuelto correctamente 396, llevó el cuaderno de ejercicios a la escuela, se lo
mostró al jefe de estudios y pidió que me pasaran al primer grupo de la clase
de matemáticas.
Cuando mi clavícula se soldó y volví a la escuela, iba diez semanas por
delante del resto de la clase de matemáticas. Nos habíamos pasado un poco.
Afortunadamente no sufrí demasiado mientras la clase me alcanzaba.
El mío no era un mal profesor. De hecho, era un hombre muy amable, pero
carecía de imaginación para darse cuenta de que me había puesto en el grupo
equivocado y que su error iba a perjudicar mi educación. Yo había sacado un
cero en el examen por falta de atención, no porque no comprendiera la materia.
Si me hubiera dicho simplemente que leyera las preguntas con cuidado, lo habría
hecho bien.
Tuve suerte, entonces, gracias fundamentalmente al buen hacer de mi
madre y su disposición a apoyarme. Pero también estoy en deuda con mi compañero
de clase por llevarme al hospital. Él lo había hecho sin ninguna intención
—todos nos estábamos empujando—, pero salvo mi carrera matemática.
Después de aquello he tenido varios profesores de matemáticas realmente
brillantes. Pero, para ser sinceros, de ésos hay pocos. Hubo uno llamado W. E.
B. Beck (al que nosotros llamábamos «araña») [4] cuyo examen de matemáticas de los viernes era
una costumbre añeja. No eran exámenes fáciles. Se calificaban de cero a veinte
puntos, y a medida que pasaban las semanas iban sumándose las notas que sacaba
cada niño. Los que eran buenos en matemáticas se desesperaban por lograr ser
los primeros al cabo del año; los otros simplemente se desesperaban. No estoy
seguro de que fuera un método educativo aceptable —de hecho estoy seguro de que
no lo era— pero el elemento competitivo me benefició a mí y a unos pocos
colegas.
Una de las reglas de Beck era que si faltabas a un examen, incluso si
estabas enfermo, sacabas un cero. No había excusa. De modo que aquellos de
nosotros que queríamos ganar la competición necesitábamos que contase cada
punto. Sabíamos que nos hacía falta un colchón, pues uno no estaba seguro a
menos que fuera por delante con más de veinte puntos. Así que no se podía
perder ningún punto por cometer errores estúpidos. Uno leía cada pregunta,
asegurándose de que había hecho lo que se pedía, lo comprobaba todo y luego lo
volvía a comprobar.
Más tarde, cuando tenía dieciséis años, tuve un profesor de matemáticas
llamado Gordon Radford. Normalmente se consideraba afortunado si en su clase
contaba con un muchacho que realmente tuviese talento para las matemáticas,
pero en mi clase éramos seis. De modo que pasaba todos sus ratos libres
enseñándonos matemáticas extra fuera del temario. Durante las clases ordinarias
de matemáticas nos decía que nos sentáramos al fondo e hiciéramos nuestra tarea
para casa; no solo de matemáticas, sino cualquier tarea. Y a
callar. Esas lecciones no eran para nosotros; teníamos que dar al resto de la
clase una oportunidad.
El señor Radford me abrió los ojos a lo que eran real mente las
matemáticas: variadas, creativas, llenas de no vedad y originalidad. E hizo por
mí algo más importante.
En aquella época había un examen público de ingreso en la universidad
llamado beca del Estado que ofrecía financiación para ir a estudiar. Aunque era
necesario tener una plaza, una beca del Estado suponía una gran ventaja. Aquel
era el último curso en que se ofrecía la beca del Estado, pero dos amigos y yo
teníamos un año menos de lo que se requería para presentarse al examen. El
señor Radford tuvo que convencer al director para que nos admitiese en el
examen un año antes de lo previsto, algo que el director nunca hacía.
Una mañana, cuando mis dos amigos y yo llegamos a la escuela, el señor
Radford nos dijo que nos sumásemos a la clase que iba un curso por delante de
nosotros para pasar un «examen previo» a la beca del listado en matemáticas.
Era una prueba. Los chicos mayores habían cursado un año más de matemáticas y
habían estado practicando durante semanas; a nosotros nos avisaron con cinco
minutos de antelación. Yo quedé el primero, y mis amigos fueron segundo y
tercero.
Así que el director no tuvo otra elección que dejar que nos
presentáramos al examen. Después de todo, él estaba permitiendo que se
presentasen los chicos mayores, y nosotros habíamos demostrado que estábamos
mejor preparados que ellos.
A los tres se nos concedieron becas del Estado.
En aquel momento, el señor Radford entró en contacto con David Epstein,
que había sido alumno suyo algunos años antes y se había hecho matemático en la
Universidad de Cambridge, que junto con Oxford era la primera universidad de
Reino Unido, especialmente reputada por sus matemáticas.
«¿Qué debo hacer con este muchacho?», preguntó Gordon.
«Envíanoslo», dijo David.
Y así fui a estudiar matemáticas a Cambridge, el hogar de Isaac Newton,
Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein (junto con muchas luminarias menores), y
nunca miré atrás.
En algunas carreras parece que se aglutine gente que fácilmente podría
haber preferido hacer alguna otra cosa. Hay personas que dicen que practican el
derecho como trabajo, pero que en realidad son novelistas o dramaturgos o
trombonistas de jazz. Otras personas no pueden asentarse en algo, o
ven sus carreras en términos más prácticos, y acaban dedicándose a la gestión
de recursos humanos o a las ventas comerciales. Eso no quiere decir que estas
personas no estén dedicadas o satisfechas con lo que hacen, pero pocas de ellas
consideran su trabajo como una vocación.
Nadie llega sin querer a ser matemático. Por el contrario, es un empeño
en el que incluso las personas con talento pueden quedar apartadas. Si yo no me
hubiese roto la clavícula, si el señor Radford no hubiera fomentado una fuerte
competencia entre sus alumnos, si no hubiera habido un grupo inusualmente
grande de buenos estudiantes para que el señor Radford los promocionase —y si
él no lo hubiera hecho de forma tan agresiva— en lugar de escribirte hoy podría
estar explicándole a tus padres cómo pagar menos impuestos. Y quizá nadie, y
mucho menos yo, sospecharía que las cosas podrían haber sido diferentes.
En resumen, Meg, no debes esperar que tus profesores te miren y
simplemente descubran, de pronto, lo prometedora que eres. No debes
esperar que detecten infaliblemente tu talento y sepan dónde podría llevarte.
Algunos lo harán, y les estarás agradecida para el resto de tu vida. Pero
otros, lamentablemente, no pueden hacerlo, o no les importa mucho, o están
atrapados en sus propias preocupaciones y resentimientos. Además, los que se
admiren de tus dones no son los mismos que aquellos de quienes finalmente aprenderás
más. Los mejores profesores harán de vez en cuando, quizá más que de vez en
cuando, que te sientas un poco estúpida.
Carta 3
La amplitud de las matemáticas
Querida Meg:
No es difícil adivinar, en tu pregunta, una sensación de —no lo sé—
aburrimiento anticipado, o quizá cierta preocupación por lo que has dejado
atrás. Todo es ahora razonablemente interesante, pero como tú dices, «¿Es esto
todo lo que hay?». Estás leyendo a Shakespeare, a Dickens y a T. S. Eliot en
las clases de inglés, y puedes suponer razonablemente que, aunque ellos son por
supuesto una muestra minúscula de la gran literatura universal, en la
literatura inglesa no existe un nivel mayor que el que te ha sido revelado. Así
que naturalmente preguntas, por analogía, si las matemáticas que estás
aprendiendo en el instituto son las matemáticas. ¿Hay algo en
los niveles superiores aparte de números más grandes y cálculos más difíciles?
Lo que has visto hasta ahora no es realmente lo más importante.
Los matemáticos no pasan la mayor parte del tiempo haciendo cálculos
numéricos, incluso aunque los cálculos sean a veces esenciales para avanzar. No
se dedican a machacar fórmulas simbólicas, aunque las fórmulas pueden ser
indispensables. Las matemáticas escolares que te están enseñando son
principalmente algunos trucos básicos del oficio y la forma de usarlos en
contextos muy simples. Si estuviésemos hablando de carpintería, es como
aprender a utilizar un martillo para clavar un clavo, o a serrar una pieza de
madera. Nunca verás un torno o una taladradora eléctrica ni aprenderás, a
construir una silla, ni mucho menos a diseñar y construir un mueble.
No es que un martillo y una sierra no sean útiles. No puedes hacer una
silla si no sabes cómo cortar la madera con el tamaño correcto. Pero no
deberías suponer que puesto que eso es todo lo que has hecho en la escuela, eso
es todo lo que hacen los carpinteros.
Una gran parte de lo que ahora se llama «matemáticas» en la escuela es
en realidad aritmética: diversas notaciones para los números, y métodos para
sumar, restar, multiplicar y dividir. Cuando te hagas mayor te mostrarán otras
herramientas: álgebra elemental, trigonometría, geometría analítica, quizás
algo de cálculo infinitesimal. Si tu temario se «modernizó» en los años sesenta
y setenta del siglo pasado, quizá veas matrices dos-por-dos y mínimas nociones
de teoría de grupos. «Moderno» es una extraña palabra para utilizarla aquí:
significa que tiene entre cien y doscientos años, frente a las matemáticas de
más de doscientos años de antigüedad que constituían el grueso del temario más
antiguo.
Por desgracia, es casi imposible llegar a los aspectos más interesantes
de la disciplina si no sabes cómo hacer sumas y hacerlas bien, cómo resolver
ecuaciones básicas o qué es una elipse. Los niveles más altos de cada actividad
humana exigen una sólida comprensión de los niveles básicos; piensa en el tenis
o en tocar el violín. Resulta que las matemáticas requieren un montón de
conocimientos y técnicas básicas.
En la universidad te encontrarás con un concepto mucho más amplio de las
matemáticas. Además de los números familiares, están los números complejos,
donde –1 tiene una raíz cuadrada. Aparecerán cosas mucho más importantes que
los números, tales como las funciones: reglas que asignan a cualquier número
escogido otro número específico. «Cuadrado», «coseno», «raíz cúbica», todas
éstas son funciones. No tendrás que resolver simplemente ecuaciones con dos
incógnitas; entenderás las soluciones de ecuaciones simultáneas con cualquier
número de incógnitas, si dichas soluciones existen, ya que a veces no lo hacen.
(Trata de resolver x + y = 1, 2x +
2y = 3.) Quizás aprendas cómo resolvían los grandes matemáticos del
Renacimiento ecuaciones cúbicas y cuárticas (que incluyen cubos y cuartas
potencias de la incógnita), no solo ecuaciones de segundo grado. Si es así,
probablemente descubrirás por qué dichos métodos fallan para las ecuaciones
quínticas (quintas potencias). Verás por qué esto se hace casi obvio si uno
pasa por alto los valores numéricos de las soluciones de las ecuaciones y en su
lugar piensa en sus simetrías, y por qué es más importante comprender las
simetrías de las ecuaciones que ser capaces de resolverlas.
Descubrirás como formalizar el concepto de simetría en términos
abstractos, que es lo que hace la teoría de grupos. Descubrirás que la
geometría de Euclides no es la única posible, y pasarás a la topología, donde
círculos y triángulos se hacen indistinguibles. Tu intuición será puesta a
prueba por las bandas de Möbius, que son superficies con una sola cara, y por
los fractales, que son formas tan complejas que tienen un número fraccionario
de dimensiones. Aprenderás métodos para resolver ecuaciones diferenciales, y
con el tiempo te darás cuenta de que la mayoría de ellas no pueden ser
resueltas por dichos métodos; entonces aprenderás cómo a pesar de todo pueden
entenderse y utilizarse, incluso cuando no se pueden escribir sus soluciones.
Descubrirás por qué todo número puede descomponerse de forma unívoca en
factores primos, te sentirás intrigada ante la aparente carencia de pautas en
los números primos pese a sus regularidades estadísticas, y desconcertada por
problemas abiertos como la hipótesis de Riemann [5]. Encontrarás diferentes tamaños de infinito,
descubrirás las razones reales por las que π es importante, y demostrarás que
los nudos existen. Más tarde comprenderás cuán abstracta se ha vuelto tu
disciplina, cuánto se ha alejado de los simples números, y entonces los números
captarán de nuevo tu atención, reapareciendo como ideas clave.
Aprenderás por qué las peonzas cabecean y en qué afecta eso a las eras
glaciares; comprenderás la demostración de Newton de que las órbitas de los
planetas son elípticas, y descubrirás por qué no son perfectamente elípticas,
lo que abre la caja de Pandora de la dinámica caótica. Tus ojos se abrirán al
enorme abanico de usos de las matemáticas, desde la estadística de la
reproducción de las plantas a la dinámica orbital de las sondas espaciales,
desde Google al GPS, desde las ondas oceánicas a la estabilidad de los puentes,
desde las gráficas en El señor de los anillos a las antenas de
los teléfonos móviles.
Llegarás a darte cuenta de que mucho de nuestro mundo sería imposible
sin las matemáticas.
Y cuando examines esta gloriosa diversidad, te preguntarás qué es lo que
une todo eso: ¿por qué todas esas ideas tan dispares se llaman matemáticas?
Habrás pasado de preguntar «¿Es esto todo lo que hay?», a estar ligeramente
sorprendida de que pueda haber tanto. Para entonces, de la misma forma en que
puedes reconocer una silla pero no puedes definirla de una manera que no admita
excepciones, te percatarás de que puedes reconocer las matemáticas cuando las
ves, pero sigues sin poder definirlas.
Y así debería ser. Las definiciones fijan las cosas, limitan las
perspectivas de creatividad y diversidad. Una definición, implícitamente,
intenta reducir todas las posibles variantes de un concepto a una sucinta y
única expresión. Las matemáticas, como todo lo que está en desarrollo, tienen
siempre la capacidad de sorprender.
Las escuelas —no solo la tuya, Meg, sino las de todo el mundo— están tan
preocupadas por enseñar a sumar que apenas preparan a los alumnos para
responder (o incluso plantear) la pregunta mucho más difícil e interesante:
¿qué son las matemáticas? E incluso si las definiciones son demasiado
limitadoras, aún podemos tratar de captar la esencia de nuestra disciplina
utilizando algo en lo que el cerebro humano es inusualmente bueno: la metáfora.
Nuestros cerebros no son como los ordenadores, que trabajan sistemática y
lógicamente. Son máquinas de metáforas, que saltan a conclusiones creativas y
posteriormente las apuntalan con argumentos lógicos. Así, cuando te digo que
una de mis «definiciones» favoritas de las matemáticas es la de Lynn Arthur
Steen «La ciencia de la forma significante», puedes pensar que he hurgado en la
cuestión, hablando metafóricamente.
Lo que me gusta de la metáfora de Steen es que capta algunos aspectos
esenciales. Por encima de todo, es abierta; no intenta concretar qué tipo de
forma debería considerarse significante, o qué se supone que significan «forma»
o «significante». También me gusta la palabra «ciencia», porque las matemáticas
comparten con las ciencias mucho más que con las artes. Tiene la misma
dependencia de la verificación estricta, salvo que en la ciencia esto se hace
mediante experimentos, mientras que en las matemáticas se utilizan
demostraciones. Opera igualmente dentro de ligaduras estrechamente
especificadas: uno no puede simplemente establecerlas sobre la marcha. Aquí me
alejo de los posmodernos, que afirman que todo (excepto, al parecer, el
posmodernismo) es meramente una convención social. La ciencia, nos dicen, solo
consiste en opiniones que son mantenidas por muchos científicos. A veces es así
—la creencia dominante de que el recuento del esperma humano está bajando[6] es probablemente un ejemplo—, pero en general
no lo es. No hay duda de que la ciencia tiene un lado social, pero también
tiene el control de realidad del experimento. Incluso los posmodernos deben
entrar en una habitación siempre por la puerta, y no por la pared.
Hay un libro famoso titulado ¿Qué son las matemáticas? escrito
por Richard Courant y Herbert Robbins. Como sucede con la mayoría de los libros
cuyos títulos son preguntas, la pregunta nunca acaba de responderse del todo.
Pero aun así los autores dicen cosas muy sabias. En el prólogo se lee: «Las
matemáticas como expresión de la mente humana reflejan la voluntad activa, la
razón contemplativa y el deseo de perfección estética». Prosiguen: «Todo
desarrollo matemático tiene sus raíces en requisitos más o menos prácticos.
Pero una vez iniciado bajo la presión de aplicaciones necesarias,
inevitablemente gana impulso por sí mismo y trasciende los confines de la
utilidad inmediata». Y terminan de esta forma: «Afortunadamente, las mentes
creativas olvidan las creencias filosóficas dogmáticas cuando la adhesión a
ellas impediría un logro constructivo. Para eruditos y profanos por igual, no
es la filosofía, sino la propia experiencia activa en matemáticas, la única que
puede responder a la pregunta: ¿qué son las matemáticas?». O, como suele decir
mi amigo David Tall: «Las matemáticas no son un deporte para espectadores».
Algunos matemáticos están más interesados que otros en la filosofía de
su disciplina, y entre los destacados filósofos de las matemáticas actuales
sobresale Reuben Hersh. Él observó que Courant y Robbins respondían a su
pregunta «mostrando qué son las matemáticas, no diciendo qué
son». Después de devorar el libro con asombro y deleite, aún seguía
preguntándome, «Pero ¿qué son las matemáticas realmente?». De modo que Hersh
escribió mi libro con ese titulo, donde daba lo que él decía que era una
respuesta poco convencional.
Tradicionalmente ha habido dos escuelas fundamentales de filosofía
matemática: platonismo y formalismo. Los platónicos creen que los objetos
matemáticos existen de algún modo (ligeramente místico). Están «ahí fuera» en
algún reino abstracto. Ese reino no es imaginario, sin embargo, porque la
imaginación es una característica humana. Es real, en un sentido no
físico. El círculo del matemático, con su circunferencia infinitamente delgada
y un radio que permanece constante con infinitas cifras decimales, no puede
tomar forma física. Si lo dibujas en la arena, como hacía Arquímedes, su
contorno es demasiado grueso y su radio demasiado variable. Tu dibujo es solo
una aproximación al círculo matemático platónico. Grábalo en una tableta de
platino con una aguja con punta de diamante: siguen apareciendo las mismas
dificultades.
¿En qué sentido entonces existe un círculo matemático?
Y si no lo hace, ¿cómo puede ser de utilidad? Los platónicos nos dicen que el
círculo matemático es un ideal, no realizado en este mundo pero que en
cualquier caso tiene una realidad que es independiente de las mentes humanas.
Para los formalistas estas ideas resultan confusas y sin significado. El
primer formalista importante fue David Hilbert, que intentó colocar el conjunto
de las matemáticas sobre una firme base lógica tratándolo efectivamente como un
juego sin significado que se juega con símbolos. Un enunciado como 2 + 2 = 4 no
era, desde este punto de vista, algo interpretable en términos de, digamos,
poner dos ovejas en un redil con otras dos y tener así cuatro ovejas. Era el
resultado de un juego jugado con los símbolos 2,4, +, y =. Pero el juego debe
jugarse de acuerdo con una lista explícita de reglas absolutamente rígidas.
Filosóficamente, el formalismo murió cuando Kurt Gödel demostró, para
irritación inicial de Hilbert, que ninguna teoría formal puede abarcar la
totalidad de la aritmética y ser lógicamente consistente. Siempre habrá
enunciados matemáticos que permanecen fuera del juego de Hilbert: no son ni
demostrables ni refutables. Cualquier enunciado semejante puede añadirse a los
axiomas de la aritmética sin crear ninguna incongruencia. La negación de un
enunciado semejante tiene la misma característica. Así que podemos estimar que
semejante enunciado es verdadero, o podemos estimarlo falso, y el juego de
Hilbert puede jugarse en ambos casos. En particular, la idea de que la
aritmética es tan básica y natural que tiene que ser única es errónea.
La mayoría de los matemáticos en activo han pasado por alto esto, igual
que no han tenido en cuenta el aparente misticismo de la idea platónica,
probablemente porque las preguntas interesantes en matemáticas son aquellas que
pueden ser demostradas o refutadas. Cuando estás haciendo matemáticas, parece que
lo que estás haciendo es real. Uno casi puede coger las cosas y darles la
vuelta, apretarlas y acariciarlas, y fragmentarlas. Por otra parte, a menudo
avanzas olvidando lo que todo eso significa y centrándote solamente en cómo
bailan los signos. De modo que la filosofía activa de la mayoría de los
matemáticos es un híbrido entre platonismo-formalismo básicamente neutro.
Eso está bien si todo lo que quieres es hacer matemáticas.
Como dice Hersh: «Las matemáticas vienen primero, y luego se filosofa sobre
ellas, y no al revés». Pero si, como Hersh, sigues preguntándote si podría
haber una manera mejor de describir esa filosofía activa, vuelves a la misma
pregunta básica de qué son las matemáticas.
La respuesta de Hersh es lo que él llama la filosofía humanista. Las
matemáticas son «una actividad humana, un fenómeno social, parte de la cultura
humana, desarrollada históricamente e inteligible solo en un contexto social».
Eso es una descripción, no una definición, pues no especifica el contenido de
dicha actividad. La descripción puede sonar algo posmoderna, pero se hace más
comprensible que el posmodernismo por la convicción de Hersh de que las
convenciones sociales que gobiernan las actividades de las mentes humanas están
sometidas a estrictas ligaduras no sociales, a saber, que todo debe encajar
lógicamente. Incluso si los matemáticos se reunieran y acordaran que π es igual
a 3, no lo sería. Nada tendría sentido.
Un círculo matemático, entonces, es algo más que una ficción compartida.
Es un concepto dotado de características muy específicas; «existe» en el
sentido de que las mentes humanas pueden deducir otras propiedades a partir de
dichas características, con la salvedad crucial de que si dos mentes investigan
la misma pregunta, no pueden, mediante un razonamiento correcto, llegar a
respuestas contradictorias.
Por eso es por lo que parece que las matemáticas estén «ahí fuera».
Encontrar la respuesta a una pregunta abierta se parece a un descubrimiento, no
a una invención. Las matemáticas son un producto de las mentes humanas pero no
pueden someterse a la voluntad humana. Explorarlas es como explorar un nuevo
sendero en el terreno; quizá no sabes qué hay en la siguiente curva del río,
pero no tienes que escoger. Solo puedes esperar y descubrirlo. Pero el terreno
matemático no existe hasta que uno lo explora.
Cuando dos miembros de la facultad de humanidades se ponen a discutir
quizá les parezca imposible llegar a una solución. Cuando discuten dos
matemáticos —y lo hacen, a menudo de un modo muy apasionado y agresivo— de
repente uno se detiene y dice: «Lo siento, tienes toda la razón, ahora veo mi
error». Y se irán y comerán juntos, como grandes amigos.
Estoy bastante de acuerdo con Hersh. Si crees que la descripción
humanista de las matemáticas es un poco confusa, que ese tipo de «construcción
social compartida» es una extravagancia, Hersh ofrece algunos ejemplos que
podrían hacerte cambiar de opinión. Uno es el dinero. Todo el mundo se basa en
el dinero, pero ¿qué es? No es un trozo de papel o moneda de metal, que podrían
ser impresos o acuñados de nuevo, o llevados a un banco y destruidos. No son
números en un ordenador: si el ordenador explotara, aún seguirías siendo
titular de tu dinero. El dinero es una construcción social compartida. Tiene
valor porque todos estamos de acuerdo en que tenga valor.
De nuevo, hay ligaduras fuertes. Si le dices a tu agente bancario que tu
cuenta contiene más de lo que dice su ordenador, él no responde: «No pasa nada,
es solo una construcción social; aquí hay diez millones de dólares extra.
Disfrútalos».
Es tentador pensar que incluso si consideramos las matemáticas como una
construcción social compartida, tienen un tipo de inevitabilidad lógica, de
modo que cualquier mente inteligente llegaría a las mismas matemáticas.
Cuando las naves espaciales Pioneer y Voyager fueron
enviadas al espacio llevaban mensajes codificados de la humanidad dirigidos a
cualquier especie extraterrestre que algún día pudiera encontrarlos. El Pioneer llevaba
una placa con un diagrama del átomo de hidrógeno, un mapa de los púlsares
vecinos para mostrar dónde está localizado nuestro sol, dibujos lineales de un
hombre y una mujer desnudos de pie delante de un boceto de la nave espacial,
para fijar la escala, y una imagen esquemática del sistema solar para mostrar
en qué planeta habitamos. Las dos naves Voyager llevaban
registros con sonidos, música e imágenes científicas.
¿Sería capaz un receptor alienígena de descifrar estos mensajes? Una
imagen como o-o, dos círculos unidos por una línea, ¿sería realmente para
ellos parecida al átomo de hidrógeno? ¿Qué pasa si su versión de la teoría
atómica se basara en funciones de onda cuánticas en lugar de en imágenes
primitivas de «partículas», que incluso nuestros físicos nos dicen que son
completamente inexactas? ¿Entenderían los alienígenas los dibujos lineales,
dado que seres humanos pertenecientes a tribus que nunca han visto nada así son
incapaces de entenderlos? ¿Considerarían importantes los pulsares?
En muchas discusiones sobre estas cuestiones, uno acaba oyendo el
argumento de que incluso si no captaran nada más, cualquier alienígena
inteligente sería capaz de comprender pautas matemáticas simples, y el resto
puede construirse a partir de ello. La hipótesis implícita es que las
matemáticas son de algún modo universales. Los alienígenas contarían uno, dos,
tres… igual que lo hacemos nosotros. Seguramente verían la pauta implicada en
diagramas como * ** *** ****.
Yo no estoy tan seguro. He estado leyendo Diamond Dogs, de
Alastair Reynolds, una novela sobre una construcción alienígena, una torre
extraña y terrorífica, a través de cuyas habitaciones uno va avanzando
resolviendo enigmas. Si das la respuesta errónea, mueres, de malicia horrible.
La historia de Reynolds tiene mucha fuerza, pero hay una hipótesis subyacente
según la cual los alienígenas plantearían enigmas matemáticos semejantes a los
que plantearía un humano. De hecho, las matemáticas alienígenas son demasiado
próximas a las humanas; incluyen la topología y un área de la física matemática
conocida como teoría de Kaluza-Klein. Eso es tan probable como que llegues al
quinto planeta de Próxima Centauri y encuentres un Walmart. Sé que las
limitaciones narrativas exigen que las matemáticas parezcan matemáticas
para el lector, pero incluso así, para mí eso no funciona.
Creo que las matemáticas humanas están mucho más ligadas de lo que
imaginamos a nuestra fisiología concreta, nuestras experiencias y nuestras
preferencias psicológicas. Son locales, no universales. Los puntos y líneas de
la geometría pueden parecer la base natural para una teoría de las formas, pero
son también los rasgos a partir de los que nuestro sistema visual disecciona el
mundo. Para un sistema visual alienígena podrían ser primarias la luz y la
sombra, o el movimiento y el reposo, o la frecuencia de vibración. Un cerebro
alienígena podría encontrar que el olfato, o la vergüenza, pero no la forma,
son fundamentales para su percepción del mundo. Y aunque los números
específicos como 1, 2, 3 a nosotros nos parecen universales, tienen origen en
nuestra tendencia a reunir cosas similares, como ovejas, y considerarlas como
una propiedad: ¿han robado una de mis ovejas? La aritmética
parece originarse en dos cosas: la sucesión de las estaciones y el comercio.
Pero ¿qué pasa con las criaturas aeriformes del distante Poseidón, un
hipotético gigante de gas como Júpiter cuyo mundo es un flujo continuo de
vientos turbulentos, y que no tienen ninguna idea de la propiedad individual?
Antes de que ellos pudieran contar hasta tres, cualquier cosa que estuvieran
contando se habría desvanecido en la brisa de amoníaco. Sin embargo, ellos
comprenderían mucho mejor que nosotros las matemáticas del flujo de fluidos
turbulento.
Creo que sigue siendo verosímil que allí donde las matemáticas de los
seres aeriformes y las nuestras entran en contacto, ambas serán lógicamente
coherentes entre sí. Podrían ser regiones lejanas del mismo paisaje. Pero
incluso eso podría depender del tipo de lógica que se utiliza.
La creencia de que hay solo unas matemáticas —las
nuestras— es una creencia platónica. Es posible que «las» formas ideales estén
«ahí fuera», pero también que «ahí fuera» pudiera comprender más de un reino
abstracto, y que las formas ideales no tengan por qué ser únicas. El humanismo
de Hersh se convierte en aeriformismo poseidoniano: las matemáticas de los
alienígenas serían una construcción social compartida por su sociedad…
si tuvieran una sociedad. Si no la tuvieran —si no se comunicaran—, ¿podrían
poseer siquiera una concepción de las matemáticas? De la misma forma que no
podemos imaginar unas matemáticas que no estén basadas en los números para
contar, no podemos imaginar una especie «inteligente» cuyos miembros no se
comuniquen entre sí. Pero el hecho de que no podamos imaginar algo no es una
prueba de que no exista.
Pero me estoy desviando del tema. ¿Qué son las matemáticas?
Desesperados, algunos han propuesto la siguiente definición: «Las matemáticas
es lo que hacen los matemáticos». ¿Y qué son los matemáticos? «Gente que hace
matemáticas». Este argumento es casi platónico en su perfecta circularidad.
Pero déjame plantear una pregunta similar. ¿Qué es un hombre de negocios?
¿Alguien que hace negocios? No. Es alguien que «ve oportunidades» para hacer
negocios cuando otros podrían pasarlas por alto.
Un matemático es alguien que ve oportunidades para hacer matemáticas.
Estoy completamente seguro de que esto es cierto, y precisa una
diferencia importante entre los matemáticos y el resto de personas. ¿Qué son
las matemáticas? Son una construcción social compartida creada por personas que
son conscientes de ciertas ocasiones; a esas personas las llamamos matemáticos.
La lógica sigue siendo ligeramente circular, pero los matemáticos siempre
pueden reconocer a un colega. Descubrir qué hace ese colega será un aspecto más
de nuestra construcción social compartida.
Bienvenida al club.
Carta 4
¿No está todo hecho?
Querida Meg:
En tu última carta me preguntabas hasta qué punto las matemáticas de la
universidad pueden ir más allá de las que ya has estudiado en la escuela. Nadie
quiere pasar tres o cuatro años repasando las mismas ideas, incluso aunque se
esté profundizando en ellas. Ahora, mirando hacia delante, también tienes razón
en preocuparte por el margen que existe para crear nuevas matemáticas. Si otros
ya han explorado un territorio tan vasto, ¿cómo puedes encontrar tu camino
hasta la frontera? ¿Queda siquiera alguna frontera?
Para empezar, mi tarea es simple. Puedo tranquilizarte sobre ambos
puntos. En todo caso, lo que debería preocuparte es todo lo contrario: que la
gente este creando demasiadas matemáticas nuevas, y que el margen para una
nueva investigación es tan gigantesco que será difícil decidir donde o en qué
dirección proceder. Las matemáticas no son una forma robótica de sustituir el
pensamiento por rituales rígidos. Es la actividad más creativa del planeta.
Estas afirmaciones serán nuevas para mucha gente, incluidos posiblemente
algunos de tus profesores. Siempre me sorprende que haya tantas personas que
parecen creer que las matemáticas se limitan a lo que se les enseñó en la
escuela, y que básicamente «todo está hecho». Más sorprendente aún es la
suposición de que puesto que «todas las respuestas están al final del libro» no
hay margen para la creatividad y no quedan preguntas por responder. ¿Por qué
hay tantas personas que piensan que su libro de texto de la escuela contiene
todas las preguntas posibles?
Esta falta de imaginación equivaldría a una deplorable ignorancia si no
fuera por dos factores que juntos necesitan una larga explicación.
El primero es que muchos estudiantes llegan rápidamente a aborrecer las
matemáticas en su paso por el sistema escolar. Las encuentran rígidas,
aburridas, repetitivas y, lo peor de todo, difíciles. Las respuestas son
correctas o erróneas, y ninguna ingeniosa disputa verbal con el profesor puede
convertir una respuesta errónea en una correcta. Las matemáticas son una
disciplina que no perdona. Habiendo desarrollado esta actitud negativa, de lo
último que quiere oír hablar el alumno es que hay matemáticas que van más allá
del abrumador contenido de sus libros. La mayoría de la gente quiere que todas
las respuestas estén al final del libro, porque de lo contrario no pueden
buscarlas.
Dame Kathleen Ollerenshaw, una de las más distinguidas matemáticas y
educadoras de Gran Bretaña, que sigue haciendo investigación a los noventa
años, señala exactamente esto mismo en su autobiografía To Talk of Many
Things. (Léelo, Meg; es estimulante, y muy sabio). «Cuando en la
adolescencia le dije a una amiga que yo iba a investigar en matemáticas, su
respuesta fue: “¿Por qué hacer eso? Ya tenemos bastantes matemáticas con las
que tratar, no queremos más”».
Las hipótesis que hay tras esta respuesta merecen un examen, pero me
contentaré con señalar una. ¿Por qué la amiga de Kathleen supone que las
matemáticas recién inventadas aparecerán automáticamente en los textos
escolares? De nuevo nos hallamos ante la misma creencia: que las matemáticas
que te enseñan en la escuela es todo el universo de las matemáticas. Pero nadie
piensa eso de la física, la química o la biología, o incluso del francés o la
economía. Todos sabemos que lo que nos enseñan en la escuela es solo una
minúscula parte de lo que se conoce actualmente.
A veces me gustaría que las escuelas volvieran a utilizar palabras como
«aritmética» para describir el contenido de los cursos de «matemáticas».
Llamarlas «matemáticas» devalúa el pensamiento matemático; es un poco como
utilizar la palabra «componer» para describir los ejercicios rutinarios que se
proponen en las escuelas de música. Sin embargo, no tengo poder para cambiar el
nombre, y de hecho, si el nombre se cambiara el principal efecto sería que
disminuiría el reconocimiento público de las matemáticas. Muchas
personas solo son conscientes de que su vida y las matemáticas se cruzan en la
escuela.
Como escribí en mi primera carta, esto no quiere decir que las
matemáticas no sean importantes en nuestra vida diaria. Pero la profunda
influencia de nuestra disciplina sobre la existencia humana tiene lugar entre
bastidores y por ello pasa inadvertida.
Una segunda razón por la que pocos estudiantes llegan a darse cuenta de
que hay matemáticas fuera de los libros de texto es que nadie se lo dice.
No culpo a los profesores. Las matemáticas son realmente muy
importantes, pero puesto que son genuinamente difíciles, casi todos los
profesores están ocupados asegurándose de que los alumnos aprenden a resolver
ciertos tipos de problemas y obtienen las respuestas correctas. No hay tiempo
para contarles la historia de la disciplina, sus conexiones con nuestra cultura
y nuestra sociedad, la gran cantidad de nuevas matemáticas que se crea cada
año, o las cuestiones no resueltas, grandes y pequeñas, que colman el paisaje
matemático.
Meg, el Directorio universal de matemáticos contiene
cincuenta y cinco mil nombres y direcciones. Estas personas no están de brazos
cruzados. Enseñan, y la mayoría de ellas realizan investigaciones. La
revista Mathematical Reviews aparece doce veces al año, y los
números del año 2004 sumaban en total 10 586 páginas. Pero en esta revista no
se publican artículos de investigación, sino breves resúmenes de
artículos de investigación. Cada página resume, en promedio, unos cinco
artículos, de modo que los resúmenes de ese año suponían unos cincuenta mil
artículos reales. El tamaño medio de un artículo es quizá de veinte páginas,
¡aproximadamente un millón de páginas de nuevas matemáticas cada año!
La amiga de Kathleen se hubiera quedado horrorizada.
Muchos profesores son conscientes de esto, pero tienen una buena razón
para no hablar mucho de ello. Si a sus alumnos ya les cuesta recordar cómo se
resuelven las ecuaciones de segundo grado, el profesor prudente se guardará
mucho de explicar las ecuaciones de tercer grado, que son aún más difíciles.
Cuando en clase se trata de encontrar soluciones a ecuaciones simultáneas que
poseen soluciones, sería desmoralizador y confuso informar a los estudiantes de
que muchos conjuntos de ecuaciones simultáneas no tienen ninguna solución, y
que otros tienen infinitas soluciones. Se impone un proceso de autocensura.
Para evitar dañar la confianza de los alumnos, los textos no plantean preguntas
que los métodos que se están enseñando no pueden responder. De este modo, y es
una lástima, los estudiantes llegan a la conclusión de que toda pregunta
matemática tiene una respuesta.
Eso no es verdad.
Nuestra enseñanza de las matemáticas se mueve en torno a un conflicto
fundamental. Correcta o equivocadamente, a los alumnos se les exige que dominen
una serie de conceptos y técnicas matemáticos, y todo lo que pudiera desviarlos
de este fin se considera innecesario. Poner las matemáticas en su contexto
cultural, explicar lo que han hecho por la humanidad, contar su desarrollo
histórico, o señalar la riqueza de problemas no resueltos o incluso la
existencia de temas que no figuran en los textos escolares, deja menos tiempo
para preparar el examen. Así que la mayoría de estas cosas no se discuten.
Algunos profesores —el señor Radford era un ejemplo— encuentran tiempo para
abordar estas cuestiones en cualquier caso. Ellen y Robert Kaplan, un
matrimonio norteamericano que practica una alentadora aproximación a la
educación matemática, han puesto en marcha una serie de «círculos matemáticos»
donde se anima a los niños a pensar en las matemáticas en una atmósfera que no
podría ser más diferente de la de un aula.
El éxito de su iniciativa prueba que necesitamos dedicar más tiempo del
temario a tales actividades. Pero puesto que las matemáticas ya ocupan una
parte sustancial del tiempo de enseñanza, las personas que enseñan otras
disciplinas podrían poner objeciones. De modo que el conflicto sigue sin
resolver.
Déjame explicar ahora algo maravilloso: cuantas más matemáticas
aprendas, más oportunidades encontrarás para plantear nuevas preguntas. A
medida que crece nuestro conocimiento de las matemáticas, también lo hacen las
oportunidades de nuevos descubrimientos. Quizás esto suena inverosímil, pero es
una consecuencia natural de la forma en que las nuevas ideas matemáticas se
basan en las más viejas.
Cuando se estudia cualquier disciplina, el ritmo al que se puede
asimilar nuevo material tiende a acelerarse cuanto más se sabe. Uno ha
aprendido las reglas del juego, se ha hecho un buen jugador, de modo que es más
fácil aprender el siguiente nivel. Al menos debería serlo, excepto que en los
niveles superiores uno mismo se plantea listones más altos. Las matemáticas son
así. Quizás en un grado extremo, construyen nuevos conceptos sobre los viejos.
Si las matemáticas fueran un edificio, parecerían una pirámide invertida.
Construida sobre una estrecha base, la estructura ascendería hasta las nubes,
siendo cada piso mayor que el anterior.
Cuanto más alto se hace el edificio, mayor espacio hay para construir
más.
Quizás ésta es una descripción demasiado simple. Habría pequeñas
protuberancias que sobresaldrían por todas partes, retorciéndose y girando;
ornamentos como minaretes y cúpulas y gárgolas; escaleras y pasadizos secretos
que conectaran inesperadamente habitaciones lejanas; trampolines suspendidos
sobre vacíos de vértigo. Pero la pirámide invertida dominaría.
Todas las disciplinas son así en cierta medida, pero sus pirámides no se
ensanchan con tanta rapidez, y a veces se levantan nuevos edificios al lado de
los ya existentes. Estas disciplinas se parecen a ciudades, y si a uno no le
gusta el edificio en el que está, siempre puede ir a otro y empezar de nuevo.
Las matemáticas son un todo, y no hay opción a cambiarse de
casa.
Puesto que las matemáticas de la escuela están fuertemente sesgadas
hacia los números, muchas personas creen que las matemáticas solo comprenden
números, que la investigación matemática debe consistir en inventar nuevos
números. Y por supuesto no los hay, ¿no es verdad? Si los hubiera, alguien ya
los habría inventado. Pero esta creencia es un fallo de la imaginación, incluso
cuando se trata de números.
La mayor parte del trabajo escolar con números es aritmético. Sumar 473
y 982. Dividir 16 por 4. Mucha notación: fracciones como 7/5, decimales como
1,4; decimales periódicos como 0,333…, o números más espectaculares como π,
cuyas cifras decimales se prolongan indefinidamente sin ninguna pauta
repetitiva.
¿Cómo sabemos eso de π? No por escribir todas las cifras, ni por
escribir montones de ellas sin observar ninguna repetición. Lo sabemos por
haberlo demostrado, indirectamente. La primera de estas demostraciones fue
publicada en 1770 por Johann Lambert, y no se basa en la geometría sino en el
cálculo infinitesimal. Ocupa aproximadamente una página y es básicamente un
cálculo. El truco no está en el cálculo, sino en entender qué cálculo hay que
hacer.
Algunos temas más ingeniosos aparecen también en el nivel escolar, tales
como los números primos, que no pueden obtenerse multiplicando dos números
(enteros) más pequeños. Pero casi todo lo que se enseña a los estudiantes se
reduce a pulsar los botones de una calculadora de bolsillo.
Los pisos más elevados de la pirámide invertida matemática no se parecen
a esto en absoluto. Soportan conceptos, ideas y procesos. Abordan cuestiones
muy diferentes de «sumar estos dos números», cuestiones tales como: «¿Por qué
no se repiten las cifras de π?». Los pisos que tratan con números llegan
rápidamente a cuestiones extraordinariamente difíciles, que a veces parecen
engañosamente simples.
Por ejemplo, sabrás que un triángulo con lados de 3, 4 y 5 unidades de
largo tiene un ángulo recto; supuestamente los antiguos egipcios utilizaban una
cuerda dividida por nudos en dichas longitudes para medir el lugar donde se
iban a construir pirámides. Soy escéptico sobre el uso práctico del triángulo
3-4-5, porque la cuerda puede estirarse y dudo de que las medidas puedan
realizarse con la precisión requerida, pero los egipcios probablemente conocían
las propiedades del triángulo. Ciertamente los antiguos babilonios lo hacían.
El teorema de Pitágoras —uno de los pocos teoremas mencionados en la
escuela que lleva el nombre de su (tradicional) descubridor— nos dice que la
suma de los cuadrados de los dos lados más cortos es igual al cuadrado del lado
más largo: 32 + 42 = 52. Hay
infinitos de estos «triángulos pitagóricos», y los antiguos matemáticos griegos
ya sabían cómo encontrarlos todos. Pierre de Fermat, un abogado francés del
siglo XVII aficionado a las matemáticas, planteó el tipo de
pregunta imaginativa (no muy imaginativa; uno no tiene que ir
mucho más allá de lo que ya se sabe para encontrar lagunas en el conocimiento
humano) que da lugar a matemáticas nuevas. Sabemos que la suma de dos cuadrados
puede dar un cuadrado, pero ¿puede hacerse lo mismo con cubos? ¿Pueden sumarse
dos cubos para dar un cubo? ¿O sumarse dos potencias cuartas para dar una
potencia cuarta? Fermat no pudo dar con ninguna solución. Encontró una
demostración elegante de que no puede hacerse con potencias cuartas. En su
ejemplar de un antiguo texto griego sobre teoría de números, escribió que tenía
una demostración de que no puede hacerse en general —que no hay soluciones
enteras a la ecuación xn + yn = zn,
donde n es mayor que 2—, pero «este margen es demasiado
pequeño para contenerla».
Dejemos aparte la cuestión de la utilidad de tales matemáticas; las
aplicaciones también son importantes, pero ahora estamos hablando de
creatividad e imaginación. Ten una actitud demasiado «práctica» y ahogarás la
verdadera creatividad, para perjuicio de todos. El último teorema de Fermat,
como acabó conociéndose el problema, resultó ser muy profundo y muy difícil. Es
poco probable que la demostración de Fermat, si existía, fuera correcta. Si lo
era, nadie más la ha concebido, ni siquiera ahora, cuando sabemos que Fermat
tenía razón. Generaciones de matemáticos abordaron el problema y no llegaron a
nada. Algunos simplificaron las cosas; demostraron que no podía hacerse con
potencias quintas, digamos, o potencias séptimas. El teorema solo fue
demostrado en 1994, al cabo de trescientos cincuenta años, por Andrew Wiles. Su
demostración se publicó al año siguiente. Probablemente recuerdes un documental
que se emitió por televisión.
Los métodos de Wiles eran revolucionarios y demasiado difíciles incluso
en un nivel de licenciatura o de doctorado. Su demostración era muy ingeniosa y
muy bella e incorporaba resultados e ideas de docenas de otros expertos. Una
gran hazaña.
El programa de televisión era muy emocionante. Muchos espectadores
rompieron a llorar.
La demostración del último teorema de Fermat va por encima del temario
de licenciatura. Es demasiado avanzada para los cursos que seguirás. Pero por
supuesto te impartirán cursos más elementales sobre la teoría de números, que
demuestran teoremas como «todo número entero positivo es una suma de cuatro
cuadrados como máximo». Quizás elijas teoría de números algebraica, donde verás
como los grandes matemáticos del pasado recortaron fragmentos del último
teorema de Fermat, y entenderás cómo toda el álgebra abstracta emerge de ese
proceso. Éste es un mundo nuevo que pasa casi totalmente inadvertido para la
gran mayoría de las personas.
Casi todos hacemos uso de la teoría de números todos los días, aunque
solo sea porque constituye la base de los códigos de seguridad de Internet y de
los métodos de compresión de datos utilizados en la televisión por cable y por
satélite. No hace falta conocer la teoría de números para ver la televisión (de
lo contrario, los índices de audiencia de muchos programas bajarían), pero si
nadie supiera de teoría de números los delincuentes se harían con nuestras
cuentas bancarias y no pasaríamos de tres canales. Así que el área general de
las matemáticas en la que repercute el último teorema de Fermat es
indudablemente útil.
Es poco probable, sin embargo, que el propio teorema sea de mucha
utilidad. Muy pocos problemas prácticos se basan en sumar dos potencias
elevadas para obtener otra potencia semejante. (Aunque me han dicho que al
menos un problema en física depende de ello). Los nuevos métodos de Wiles, por
el contrario, han abierto nuevas conexiones importantes entre áreas de nuestra
disciplina hasta ahora separadas. Seguramente estos métodos resultarán
importantes un día, muy probablemente en física fundamental, que hoy es la
mayor consumidora de conceptos y técnicas matemáticos profundos y abstractos.
Cuestiones como el último teorema de Fermat no son importantes porque
necesitemos saber la respuesta. A la postre, probablemente no importe que el
teorema se demostrara como correcto y no falso. Son importantes porque nuestros
esfuerzos por encontrar la respuesta revelan lagunas importantes en nuestra
comprensión de las matemáticas. Lo que cuenta no es la respuesta misma sino
saber cómo obtenerla. Solo puede figurar al final del libro cuando alguien ha
descubierto cuál es.
Cuanto más lejos llevamos las fronteras de las matemáticas, más grande
se hace la propia frontera. No hay ningún peligro de que nos quedemos sin
nuevos problemas que resolver.
Carta 5
Rodeados de matemáticas
Querida Meg:
No me sorprende que estés «a la vez excitada y un poco intimidada», como
tú dices, por el inminente acceso a la universidad. Déjame alabar tu buena
intuición en ambas cosas. La competencia será más dura, el paso más rápido, el
trabajo más difícil y el contenido mucho más interesante. Estarás encantada con
tus profesores (con algunos de ellos) y con las ideas que te llevan a
descubrir, y aterrorizada de que tantos de tus compañeros parezcan estar por
delante de ti. Durante los seis primeros meses te preguntarás por qué la
escuela te permitió entrar en la universidad. (Después de eso te preguntarás
cómo entraron algunos de los demás).
Me pedías que te dijese algo que te inspirase. Nada técnico, solo algo
para tener en cuenta cuando las cosas se pongan difíciles.
Muy bien.
Como muchos matemáticos, extraigo mi inspiración de la naturaleza. Quizá
la naturaleza no parezca muy matemática; uno no ve sumas escritas en los
árboles. Pero la matemática no trata realmente de sumas. Trata de pautas y por
qué se dan. Las pautas de la naturaleza son a la vez bellas e inagotables.
Estoy en Houston, Texas, en una estancia de investigación, y me hallo
rodeado de matemáticas.
Houston es una ciudad enorme, muy extensa. Plana como una torta. Antes
era una ciénaga, y cuando hay una tormenta fuerte trata de volver a su
condición natural. Cerca del complejo de apartamentos donde nos hospedamos
siempre que venimos de visita mi mujer y yo hay un canal con orillas de
hormigón que desagua buena parte de la escorrentía de la lluvia. No siempre
desagua lo suficiente; hace algunos años la carretera próxima estaba diez
metros bajo el agua, y la planta baja del complejo de apartamentos estaba
inundada. Pero sirve. Se llama Braes Bayou, y hay caminos a ambos lados. A
Avril y a mí nos gusta dar paseos por el canal pantano; las orillas de hormigón
no son precisamente bonitas, pero lo son más que las calles y aparcamientos que
las rodean, y hay mucha vida salvaje: bagres en el río, montones de pájaros.
Cuando paseo por Braes Bayou, rodeado de vida salvaje, me doy cuenta de
que también estoy rodeado de matemáticas.
Por ejemplo…
Hay caminos que cruzan el canal a intervalos regulares, por donde
también cruzan las líneas telefónicas, en las que se posan los pájaros. Visto a
distancia parecen partituras musicales, manchas pequeñas en filas de líneas
horizontales. Parece que hay lugares especiales donde les gusta posarse. No
tengo muy claro por qué, pero hay una cosa que destaca: si una bandada de
pájaros se posa en un cable, los pájaros terminan por estar uniformemente
espaciados.
Ésta es una pauta matemática, y pienso que hay una explicación
matemática. No creo que los pájaros «sepan» que deberían espaciarse
uniformemente. Pero cada pájaro tiene su propio «espacio personal», y si otro
pájaro se acerca demasiado, el primero se moverá silenciosamente por el cable
para dejar un poco más de sitio, a menos que otro pájaro se le acerque desde el
otro lado.
Cuando hay solo unos pocos pájaros, terminan por estar aleatoriamente
espaciados. Pero cuando hay muchos, se acercan mucho. A medida que cada uno se
desplaza para sentirse más cómodo, la «presión de población» los iguala. Los
pájaros en el límite de las regiones más densas se ven empujados hacia regiones
menos densamente pobladas. Y puesto que todos los pájaros son de la misma
especie (normalmente palomas) todos tienen una idea muy parecida de cuál
debería ser su espacio personal. De modo que se espacian de manera uniforme.
No de forma exactamente uniforme, por supuesto. Eso
sería un ideal platónico. Como tal, nos ayuda a entender una realidad más
complicada.
Tú podrías tratar matemáticamente este problema si quisieras. Elabora
algunas reglas simples sobre cómo se mueven los pájaros cuando los vecinos se
acercan demasiado, colócalos al azar, utiliza las reglas y observa cómo
evoluciona el espaciado. Pero hay una analogía con un sistema físico común,
para el que las matemáticas ya están hechas, y la analogía le dice lo que
puedes esperar.
Es un cristal de pájaros.
El mismo proceso que hace que los pájaros se espacien regularmente hace
que los átomos en un objeto sólido se alineen para formar un retículo
repetitivo. Los átomos también tienen un «espacio personal»: se repelen unos a
otros si están demasiado juntos. En un sólido, los átomos están obligados a
compactarse estrechamente, pero cuando ajustan sus espacios personales se
disponen en una elegante red cristalina.
La red de pájaros es unidimensional, puesto que están en un cable. Una
red unidimensional consiste en puntos igualmente espaciados. Cuando hay solo
unos pocos pájaros, dispuestos al azar y no sometidos a presión de población,
no es un cristal, es un gas.
Esto no es solo una vaga analogía. El mismo proceso matemático que crea
un cristal regular de sal o de calcita crea también mi «cristal de pájaros».
Y ésas no son las únicas matemáticas que puedes hallar en Braes Bayou.
Muchas personas sacan a pasear a sus perros por los caminos. Si observas
a un perro andando, enseguida te das cuenta de que su movimiento es muy
rítmico. No cuando se para a oler un árbol o a otro perro; solo es rítmico
cuando el perro se mueve despreocupadamente sin pensar en nada. Al mover la
cola, al sacar la lengua, al plantar las palas en el suelo en una danza perruna
descuidada.
¿Qué hacen las patas?
Cuando el perro anda, hay una pauta característica. Pata trasera izquierda, delantera izquierda; trasera derecha, delantera derecha.
Las pisadas están igualmente espaciadas en el tiempo, como notas musicales,
cuatro golpes por compás.
Si el perro se acelera, su paso cambia al trote. Ahora pares diagonales
de patas —trasera izquierda y delantera derecha, luego las otras dos— pisan el
suelo a la vez, en una pauta alternante de dos golpes por compás. Si dos
personas andan una por detrás de la otra, con el paso exactamente cambiado, y
las pones dentro de un disfraz de vaca, la vaca estaría trotando.
El perro es las matemáticas encarnadas. La disciplina de la que es un
ejemplo inconsciente se conoce como análisis del paso; tiene importantes
aplicaciones en medicina: los seres humanos suelen tener problemas para mover
las piernas adecuadamente, especialmente en la infancia o en la vejez, y un
análisis de cómo se mueven puede revelar la naturaleza del problema y quizás
ayude a solucionarlo. En robótica se da otra aplicación: los robots con piernas
pueden moverse en terrenos a los que no se adaptan los robots con ruedas, como
el interior de una central nuclear, un campo de maniobras militares o la
superficie de Marte. Si podemos entender suficientemente bien la locomoción con
piernas, podemos diseñar robots fiables para desmantelar las centrales viejas,
localizar granadas y minas que no hayan explotado y explorar planetas lejanos.
Actualmente seguimos utilizando ruedas para los vehículos marcianos porque ese
diseño es fiable, pero los vehículos tienen limitaciones en sus
desplazamientos. Ahora no estamos desmantelando centrales nucleares. Pero el
ejército de Estados Unidos utiliza robots para algunas tareas en campos de
maniobras.
Si aprendemos a reinventar la pierna, todo eso cambiará.
Las garcetas, erguidas sobre las aguas poco profundas con su
característica postura alerta, sus largos picos y los músculos tensos, están
pescando bagres. Juntos constituyen un sistema ecológico en miniatura, un
sistema predador-presa. La relación de la ecología con las matemáticas se
remonta a Leonardo de Pisa, también conocido como Fibonacci [7], que trató un modelo bastante simple del
crecimiento de conejos en 1202, en su Liber Abaci. Para ser justos,
el libro trata realmente del sistema de numeración indo-arábigo, el precursor
de la notación decimal actual, y el modelo de los conejos es allí básicamente
un ejercicio de aritmética. La mayoría del resto de los ejercicios son transacciones
monetarias; era un libro muy práctico.
Modelos ecológicos más serios aparecieron en los años veinte del siglo
pasado, cuando el matemático italiano Vito Volterra estaba tratando de entender
un curioso efecto que había sido observado por los pescadores del Adriático.
Durante la primera guerra mundial, cuando la pesca era reducida, el número de
peces no parecía aumentar, pero sí lo hacía la población de tiburones y rayas.
Volterra se preguntó por qué una reducción en la pesca beneficiaba a los
predadores más que a la presa. Para explicarlo imaginó un modelo matemático
basado en los tamaños de las poblaciones de tiburones y peces, y de cómo cada
uno afecta al otro. Descubrió que en lugar de asentarse en valores
estacionarios, las poblaciones sufrían ciclos repetitivos: grandes poblaciones
se hacían más pequeñas pero luego aumentaban, una y otra vez. La población de
tiburones alcanzaba un máximo algún tiempo después de que lo hiciera la
población de peces.
No hacen falta los números para entender por qué. Con un número moderado
de tiburones, los peces pueden reproducirse con más velocidad que con la que
son comidos, de modo que su población crece. Esto proporciona más alimento para
los tiburones, de modo que su población también empieza a aumentar; pero ellos
se reproducen más lentamente, de modo que hay un retraso. Cuando los tiburones
aumentan en número comen más peces y, finalmente, hay tantos tiburones que la
población de peces empieza a disminuir. Ahora los peces no pueden mantener a
tantos tiburones, de modo que el número de tiburones también decrece, de nuevo
con un retraso. Con la población de tiburones reducida, los peces pueden
aumentar una vez más… y así sucesivamente.
Las matemáticas hacen esta historia cristalina (dentro de las hipótesis
incorporadas en el modelo) y también nos dejan calcular cómo se comportan los
tamaños promedio de las poblaciones en un ciclo completo, algo que el
razonamiento verbal no puede manejar. Los cálculos de Volterra mostraron que un
nivel reducido de pesca disminuye el número medio de peces durante un ciclo
pero aumenta el número medio de tiburones. Que es precisamente lo que sucedió
durante la primera guerra mundial.
Todos los ejemplos de los que te he hablado no implican ni mucho menos
matemáticas «avanzadas». Pero las matemáticas sencillas también pueden ser
ilustrativas. Recuerdo una de las muchas historias que cuentan los matemáticos
una vez que todos los que no son matemáticos han salido de la habitación. Un
matemático en una famosa universidad fue a ver el nuevo auditorio, y cuando
estaba allí se encontró al decano de la facultad mirando al techo y murmurando
para sí: «Cuarenta y cinco, cuarenta y seis, cuarenta y siete…». Naturalmente,
el matemático interrumpió la cuenta para descubrir de qué se trataba. «Estoy
contando las luces», dijo el decano. El matemático miró hacia arriba, a la
perfecta disposición rectangular de luces y dijo: «Eso es fácil, hay… doce en esa
dirección y… ocho en esa otra. Doce por ocho son noventa y seis». «No, no»,
dijo el decano con impaciencia. «Yo quiero el número exacto».
Incluso cuando se trata de algo tan simple como contar, nosotros, los
matemáticos, vemos los números de forma diferente que otras personas.
Carta 6
Cómo piensan los matemáticos
Querida Meg:
Yo diría que has sido afortunada. Si te están hablando de personas como
Newton, Leibniz, Fourier y otros, significa que tu profesor de cálculo
infinitesimal de primer curso conoce la historia de su disciplina; y su
pregunta «¿Cómo pensaban ellos en estas cosas?» sugiere que está enseñando el
cálculo infinitesimal no como un conjunto de revelaciones divinas (que es como
se hace demasiado a menudo), sino como problemas reales que fueron resueltos
por personas reales.
Pero tú también tienes razón en que la respuesta «Bueno, ellos eran
genios» no es del todo adecuada. Déjame ver si yo puedo ahondar un poco más. La
forma general de su pregunta —que es muy importante— sería «¿Cómo piensan los
matemáticos?».
Tras buscar en los libros de texto podrías llegar a la razonable
conclusión de que todo pensamiento matemático es simbólico. Las palabras están
para separar los símbolos y explicar lo que significan; el núcleo de la
descripción es fuertemente simbólico. Es cierto que algunas áreas de las
matemáticas utilizan imágenes, pero éstas son o bien guías aproximadas para la
intuición o bien representaciones visuales de los resultados de los cálculos.
Hay un libro maravilloso sobre la creación matemática, The
Psychology of Invention in the Mathematical Field, de Jacques Hadamard. Se
publicó por primera vez en 1945, y hoy se sigue reeditando y es
extraordinariamente pertinente. Te recomiendo que te hagas con un ejemplar.
Hadamard apunta dos ideas fundamentales. La primera es que la mayor parte del
pensamiento matemático empieza con vagas imágenes visuales y solo más tarde se
formaliza con símbolos. Aproximadamente el noventa por ciento de los
matemáticos, nos dice, piensan así. El diez por ciento restante se ciñe a los
símbolos desde el principio. El segundo punto es que las ideas en matemáticas
parecen surgir en tres etapas.
En primer lugar, es necesario trabajar mucho de manera consciente sobre
un problema, tratando de entenderlo, explorando formas de abordarlo, trabajando
con ejemplos con la esperanza de encontrar algunos aspectos generales útiles.
Normalmente, esa etapa queda empantanada en un estado de confusión sin
esperanza a medida que emerge la dificultad real del problema.
En ese momento ayuda dejar de pensar en el problema y hacer otra cosa:
cavar en el jardín, escribir notas para la clase, empezar a trabajar en otro
problema. Esto proporciona al subconsciente una oportunidad para dar vueltas al
problema original y tratar de ordenar la mezcla confusa en que lo han
convertido tus esfuerzos conscientes. Si tu subconsciente tiene éxito, incluso
si todo lo que consigue es dejarlo a medias, «te dará un toque en el hombro» y
te avisará de sus conclusiones. Éste es el gran momento «¡ajá!», en que de
repente se enciende una pequeña bombilla en la cabeza.
Finalmente, hay otra etapa consciente para elaborar todo formalmente,
comprobar los detalles y organizado de modo que puedas publicarlo y otros
matemáticos puedan leerlo. La costumbre en la publicación científica (y de la
escritura de libros de texto) requiere que el momento «¡ajá!» quede oculto y
que el descubrimiento se presente como una deducción puramente racional a
partir de premisas conocidas.
Henri Poincaré, probablemente mi favorito entre los grandes matemáticos,
era inusualmente consciente de sus propios procesos mentales e impartió
conferencias sobre ellos a los psicólogos. Él llamaba a la primera etapa
«preparación», a la segunda «incubación seguida de iluminación» y a la tercera
«verificación». Hacía particular énfasis en el papel del subconsciente, y vale
la pena citar un famoso pasaje de su ensayo La creación matemática:
Durante quince días me esforcé en demostrar que no podía haber ninguna
función como las que desde entonces he llamado funciones fuchsianas. Entonces
yo era muy ignorante; todos los días me sentaba a la mesa, permanecía allí una
hora o dos, ensayaba un gran número de combinaciones y no llegaba a ningún
resultado. Una tarde, contrariamente a mi costumbre, bebí cale solo y no puede
dormir. Las ideas se amontonaban; sentía que chocaban hasta que pares de ellas
se entrelazaban, por decirlo así, formando una combinación estable. A la mañana
siguiente yo había establecido la existencia de una clase de funciones
fuchsianas, las que proceden de la serie hipergeométrica; únicamente tenía que
escribir los resultados, lo que me llevó solo unas pocas horas.
Ésta fue tan solo una de las numerosas ocasiones en las que Poincaré
sintió que estaba «presente en su propio trabajo inconsciente».
Una experiencia mía reciente encaja también en el modelo de tres etapas
de Poincaré, aunque yo no tuve la sensación de estar observando mi propio
subconsciente. Hace unos años estaba trabajando con mi antiguo colaborador
Marty Golubitsky sobre la dinámica de redes. Por «red» entiendo un conjunto de
sistemas dinámicos que están «acoplados», de modo que algunos influyen en el
comportamiento de otros. Los propios sistemas son los nodos de la red —puedes
representarlos como círculos— y dos nodos están unidos por una flecha si uno de
ellos (en la cola de la flecha) influye en el otro (en la cabeza de la flecha).
Por ejemplo, cada nodo podría ser una célula nerviosa en un organismo, y las
flechas podrían ser las conexiones a lo largo de las cuales pasan las señales
de una célula a otra.
Marty y yo estábamos particularmente interesados en dos aspectos de
estas redes: la sincronía y las relaciones de fase. Dos nodos son síncronos si
los sistemas que representan hacen exactamente lo mismo en el mismo instante.
Por ejemplo, que el trote del perro sincronice diagonalmente las patas
opuestas: cuando la pata delantera izquierda pisa el suelo, también lo hace la
pata trasera derecha. Las relaciones de fase son similares, pero con un retraso
temporal. La pata delantera derecha del perro (que está sincronizada con su
pata trasera izquierda) pisa el suelo medio ciclo más tarde que la pata
delantera izquierda. Esto es un retraso de fase de medio período.
Sabíamos que la sincronía y los cambios de fase son habituales en las
redes simétricas. De hecho, habíamos calculado la única red simétrica plausible
que podía explicar todos los pasos estándar de los animales cuadrúpedos [8]. Y habíamos supuesto, porque no podíamos pensar en
ninguna otra razón, que la simetría era también necesaria para que se den
sincronía y cambios de fase.
Entonces un alumno de posgrado de Marty, Marcus Pivato, ideó una red muy
curiosa que tenía sincronía y cambios de fase pero no simetría. Tenía dieciséis
nodos, que se sincronizaban en grupos de cuatro, y cada grupo estaba separado
de uno de los demás por un desplazamiento de fase de un cuarto de período. La
red era casi simétrica a primera vista, pero cuando la examinabas de cerca te
dabas cuenta de que la simetría aparente era imperfecta.
Para nosotros, el ejemplo de Marcus no tenía ningún sentido. Pero no
había duda de que sus cálculos eran correctos. Podíamos comprobarlos, y lo
hicimos, y funcionaban. Pero nos quedaba una molesta sensación de que no
entendíamos realmente porque funcionaban. Implicaban un tipo de coincidencia,
que decididamente sucedía, pero «no debería hacerlo».
Mientras Marty y Marcus trabajaban en otros temas, a mí me preocupaba el
ejemplo de Marcus. Fui a Polonia a dar una conferencia y algunas charlas, y
durante toda esa semana estuve dibujando esquemas de redes en cuadernos. Lo
hice durante el tiempo que pasé en el tren de Varsovia a Cracovia, y dos días
más tarde lo volví a hacer de nuevo. Sentía que estaba próximo a algún avance
transcendental, pero me parecía imposible descubrir cuál podría ser.
Cansado y hastiado, dejé el tema, metí los esquemas en un archivador, y
ocupé mi tiempo en otra cosa. Luego, una mañana me desperté con la extraña
sensación de que debería sacar el archivo y echar otra mirada a los esquemas.
En pocos minutos había advertido que todos los esquemas que había hecho tenían
una característica común, una que había pasado por alto completamente cuando
los estaba haciendo. No solo eso; todos los esquemas que no hacían lo que yo
buscaba carecían de esa característica. En ese momento «supe» cuál era la
respuesta al rompecabezas, e incluso la pude escribir de forma simbólica. Era
clara, ordenada y muy simple.
El problema con ese tipo de conocimiento, como suele decir mi amigo
biólogo Jack Cohen, es que parece igual de seguro cuando uno está equivocado.
No hay sustituto para la demostración. Pero ahora, puesto que sabía lo
que tenía que demostrar y tenía una idea clara de por qué era verdad,
esa etapa final no llevó mucho tiempo. Demostrar que la característica que yo
había observado en mis esquemas era suficiente para hacer que
sucediera todo lo que pensaba que debería suceder era un hecho de claridad
meridiana. Demostrar que también era necesario era más complicado, pero no
demasiado. Había varios planteamientos relativamente obvios, y el segundo o
tercero funcionaban.
Problema resuelto.
Esta descripción encaja de forma tan perfecta con el escenario de
Poincaré que me preocupa que yo haya podido adornar la historia y reordenarla
para hacer que encaje. Pero estoy completamente seguro de que realmente sucedió
como te lo acabo de contar.
¿Cuál era la intuición clave? He repasado las notas que tomé en el tren
de Varsovia a Cracovia y están llenas de redes cuyos nodos han sido coloreados.
Rojo, azul, verde… En algún momento yo había decidido colorear los nodos de
modo que los nodos síncronos tuvieran el mismo color. Utilizando los colores yo
podía detectar regularidades ocultas en las redes, y estas regularidades eran
las que hacían que funcionase el ejemplo de Marcus. Las regularidades no eran
simétricas, no en el sentido técnico utilizado por los matemáticos, pero tenían
un efecto similar.
¿Por qué había estado coloreando las redes? Pon pie los colores
facilitaban el escoger los grupos síncronos. Había coloreado docenas de redes y
nunca advertí lo que los colores estaban tratando de decirme. Había tenido la
respuesta ante mis narices. Pero solo cuando deje de trabajar en el problema mi
subconsciente tuvo libertad para ordenarlo.
Me llevó aproximadamente un par de semanas convertir esta intuición en
matemáticas formales. Pero el pensamiento visual —los colores— vino primero, y
mi subconsciente tuvo que luchar con el problema antes de que yo fuera
consciente de la respuesta. Solo entonces empecé a razonar de forma simbólica.
Pero todavía hay más. Una vez que el sistema formal estuvo ordenado
advertí una idea más profunda que subyace en el conjunto. Las similitudes entre
celdas coloreadas formaban una estructura algebraica natural. En nuestro
trabajo previo sobre sistemas simétricos habíamos utilizado una estructura
similar desde el principio, porque todos los matemáticos saben cómo formalizar
las simetrías. El concepto de interés se denomina grupo. Pero la red de Marcus
no tiene simetría, de modo que los grupos no ayudan. La estructura algebraica
natural que reemplaza al grupo de simetría en mis diagramas coloreados es algo
menos conocida, llamada «grupoide».
Los matemáticos puros han estado estudiando los grupoides durante años,
por sus propias razones particulares. De repente me di cuenta que esas
estructuras esotéricas están íntimamente relacionadas con la sincronía y
desplazamientos de fases en redes de sistemas dinámicos. Es uno de los mejores
ejemplos, de entre los temas en los que he estado involucrado, de los
misteriosos procesos que convierten las matemáticas puras en aplicaciones.
Una vez que entiendes un problema, muchos aspectos del mismo se hacen
repentinamente más sencillos. Como dicen los matemáticos de todo el mundo,
cualquier cosa es o imposible o trivial. Nosotros encontramos inmediatamente
montones de ejemplos más sencillos que el de Marcus. El más simple tiene tan
solo dos nodos y dos flechas.
La investigación es una actividad en desarrollo, y creo que tenemos que
ir más lejos que Hadamard y Poincaré para entender el proceso de invención, o
descubrimiento, en matemáticas. Su descripción de tres etapas se aplica a un
solo «paso inventivo» o «avance en la comprensión». Resolver la mayoría de los
problemas de investigación implica toda una serie de pasos semejantes. De
hecho, cualquier paso puede descomponerse en una serie de subpasos, y estos
subpasos también pueden descomponerse de una manera similar. De modo que en
lugar de un único proceso de tres etapas tenemos una complicada red de tales
procesos. Hadamard y Poincaré describían una táctica básica del pensamiento
matemático, pero la investigación es más parecida a una lucha estratégica. La
estrategia del matemático emplea esa táctica una y otra vez, en niveles
diferentes y de formas distintas.
¿Cómo puedes aprender a convertirte en una estratega? Sigue el ejemplo
del libro de los generales. Estudia las tácticas y estrategias de los grandes
practicantes del pasado y el presente. Observa, analiza, aprende e interioriza.
Y un día, Meg —antes de lo que pudieras creer— otros matemáticos estarán
aprendiendo de ti.
Carta 7
Cómo aprender matemáticas
Querida Meg:
Seguro que ya te habrás dado cuenta que la calidad de la enseñanza en
una institución universitaria varía bastante. Ello se debe a que, en su mayor
parte, los catedráticos y sus profesores ayudantes no se contratan, se
mantienen o promocionan sobre la base de su capacidad docente. Están allí para
hacer investigación, mientras que la enseñanza, aunque necesaria e importante
por muchas razones, es decididamente secundaria para muchos de ellos. Muchos de
tus profesores serán apasionados maestros y mentores dedicados; en cambio,
encontrarás otros en los que el apasionamiento y la dedicación serán menores.
Tendrás que hallar una manera de aprender incluso con profesores cuyos más
destacados talentos no se manifiestan necesariamente en el aula.
Una vez tuve un profesor que, yo estaba convencido, había descubierto
una manera de hacer que el tiempo se parara. Mis compañeros no compartían esta
opinión pero pensaban que sus poderes soporíferos debían tener seguramente usos
militares.
Según todo lo escrito sobre la enseñanza de las matemáticas podría
deducirse que todas las dificultades que encuentran los estudiantes de
matemáticas se deben a los profesores, y siempre es responsabilidad del
profesor resolver los problemas de los alumnos. Ésta es, por supuesto, una de
las cosas por las que se paga a los profesores, pero también el alumno carga
con una responsabilidad. Uno necesita entender cómo aprender.
Como toda enseñanza, la instrucción en matemáticas es bastante
artificial. El mundo es complicado y caótico, con muchos cabos sueltos, y la
tarea del profesor consiste en imponer orden en la confusión, convertir un
conjunto desordenado de episodios en una historia coherente. De modo que tu
formación se dividirá en módulos específicos o asignaturas, y cada asignatura
tendrá un temario cuidadosamente especificado y un libro de texto. En algunos
centros, como sucede en determinadas escuelas públicas norteamericanas, el
temario especificará exactamente qué páginas del libro de texto y qué problemas
habrá que tratar en un día dado. En otros países y en niveles más avanzados, el
profesor tiene más libertad para seguir la materia a su manera, y los apuntes
de clase sustituyen al libro de texto.
Puesto que las lecciones avanzan siguiendo un conjunto de temas, de uno
en uno, es fácil que los alumnos crean que es así como se aprende la materia.
No es una mala idea trabajar sistemáticamente siguiendo el libro, pero se
pueden utilizar otras lácticas si uno se queda atascado.
Muchos estudiantes creen que si uno se queda atascado debería detenerse.
Volver atrás, leer de nuevo el pasaje difícil, repetir hasta que se haga la
luz, ya sea en tu mente o tras la ventana de la biblioteca.
Esto es casi siempre perjudicial. A mis alumnos siempre les digo que lo
primero que hay que hacer es seguir leyendo. Recuerda que te has topado con una
dificultad, no puedes pretender que todo sea dulce y ligero, pero continúa. A
menudo la próxima frase, o el próximo párrafo, resolverá tu problema. He aquí
un ejemplo, tomado de mi libro The Foundations of Mathematics escrito
con David Tall. En la página 16, al introducir el tema de los números reales,
comentamos que «los griegos descubrieron que existen líneas cuyas longitudes,
en teoría, no pueden medirse exactamente mediante un número racional».
Uno podría fácilmente detenerse aquí: ¿que significa «medido mediante»?
Todavía no ha sido definido, y —¡socorro!— no está en el índice. Y en cualquier
caso, ¿cómo descubrieron eso los griegos? ¿Se supone que lo sé del curso
anterior? ¿De este curso? ¿Habré fallado a una lección? Las páginas anteriores
del libro no ofrecen ayuda por muchas veces que vuelvan a leerse. Uno podría
pasar horas sin llegar a ninguna parte.
Así que no te detengas. Sigue leyendo. Las próximas frases explican cómo
el teorema de Pitágoras lleva a una línea recta cuya longitud es la raíz
cuadrada de 2, y afirman que no hay ningún numero racional m/n tal
que (m/n)2 = 2. Esto se demuestra luego,
utilizando ingeniosamente el hecho de que todo número entero puede expresarse
como un producto de números primos de forma unívoca. El resultado se resume
como «ningún número racional puede tener 2 como cuadrado, y de ahí que la
hipotenusa del triángulo dado no tiene una longitud racional».
Para entonces es probable que todo haya encajado en su lugar. «Medido
mediante» presumiblemente significa «tiene una longitud igual a». El
razonamiento griego al que se alude de manera tan sucinta es sin duda el
argumento que utiliza el teorema de Pitágoras; ayuda saber que Pitágoras era
griego. Y uno debería ser capaz de detectar que «la raíz cuadrada de 2 no es
racional» es equivalente a «ningún número racional puede tener 2 como
cuadrado».
Misterio resuelto.
Si aún sigues atascada después de lanzarte valientemente en busca de
iluminación, es ahora el momento de buscar a tu tutor o al profesor y pedirle
ayuda. Tratando de resolver el problema por ti misma, habrás puesto en acción
tu mente, y con ello es mucho más probable que entiendas la explicación del
profesor. Es como la etapa de «incubación» de Poincaré. Lo que, con buen tiempo
y viento favorable, lleva a la iluminación.
Hay otra posibilidad, pero en ella probablemente la ayuda del profesor
sea esencial. Aun así, puedes tratar de preparar el terreno. Si te quedas
atascada en la comprensión de una idea matemática, tal vez se deba a que no
entiendes adecuadamente alguna otra idea matemática que se está utilizando
aunque no se haya mencionado explícitamente y se haya dado por hecho que sabes
manejarla con facilidad. ¿Recuerdas la pirámide invertida del conocimiento
matemático? Quizás hayas olvidado qué es un número racional, o qué es lo que
demostró Pitágoras, o cuál es la relación entre raíces cuadradas y cuadrados. O
quizá te estés preguntando por qué es relevante la propiedad de unicidad de la
factorización en números primos. Si es así, no necesitas ayuda para entender la
demostración de que la raíz cuadrada de 2 es irracional; lo que necesitas es
ayuda para repasar los números raciona les, los factores primos o la geometría
básica.
Se necesita cierta intuición en tus propios procesos mentales así como
cierta disciplina para determinar exactamente lo que no entiendes y
relacionarlo con tu dificultad presente. Tus tutores saben esas cosas y será su
tarea resolverlas. Sin embargo, es una baza muy útil dominarlas por
ti misma, si puedes hacerlo.
En suma: si piensas que estás atascada, sigue adelante de todas formas,
con la esperanza de llegar a una revelación, pero recuerda dónde te atascaste
en caso de que eso no funcione. Si no lo hace, vuelve al punto de atasco y
retrocede hasta que llegues a algo que estás segura de entender. Entonces trata
de avanzar otra vez.
Este proceso es muy similar al método general para hallar la salida de
un laberinto, lo que los informáticos llaman «búsqueda en primera profundidad».
Si es posible, profundiza en el laberinto. Si te atascas, regresa al primer
punto donde hay un camino alternativo, y síguelo. Nunca recorras dos veces el
mismo camino. Este algoritmo te llevará a salvo por cualquier laberinto. Su
análogo en el aprendizaje no licué una garantía tan solida, pero sigue siendo
una buena táctica.
Cuando era estudiante llevé este método al extremo. Mi método habitual
para leer un texto de matemáticas era sumergirme en él hasta que detectaba algo
interesante, luego volver atrás hasta que hubiera localizado todo lo que
necesitaba para leer el trozo interesante. En realidad no recomiendo esto a
todos, pero muestra que hay alternativas a empezar en la página 1 y continuar
la secuencia hasta llegar a la página 250.
Déjame animarte con otro truco útil. Puede parecer que exige mucho
trabajo extra, pero te aseguro que se saca mucho provecho.
Lee acerca de tu disciplina.
No leas solo el texto asignado. Los libros son caros, pero las
universidades tienen bibliotecas. Busca varios libros sobre el mismo tema o
temas similares. Léelos, pero de una manera informal. Sáltate cualquier cosa
que parezca demasiado difícil o demasiado aburrida. Concéntrate en lo que
atrape tu atención. Es sorprendente cuán a menudo leerás algo que resulte ser
útil la próxima semana, o el próximo año.
El último verano antes de ir a Cambridge a estudiar matemáticas leí
docenas de libros de esta manera informal. Recuerdo que uno de ellos trataba
sobre «vectores», que el autor definía como «cantidades que tienen magnitud y
dirección». En ese momento eso tenía poco sentido para mí, pero me gustaban las
fórmulas elegantes y los diagramas sencillos con montones de flechas, y lo
repasé más de una vez. Luego se me olvidó. En la primera lección sobre
vectores, todo se puso de repente en su lugar. Entendí exactamente lo que el
autor había estado tratando de decirme antes de que el profesor llegase hasta
ese punto. Todas aquellas fórmulas parecían obvias: yo sabía por qué eran
verdaderas.
Solo puedo suponer que mi subconsciente había sido despertado,
precisamente como afirmaba Poincaré, y durante el período interpuesto había
creado cierto orden a partir de mis paseos informales por ese libro sobre
vectores. Únicamente estaba esperando algunas claves simples antes de que
pudiera formar una imagen coherente.
Cuando digo «lee acerca de tu disciplina» no me refiero solo a los temas
técnicos. Lee Men of Mathematics, de Eric Temple Bell, que sigue
siendo una buena lectura incluso si algunas de las historias son inventadas y
las mujeres son casi invisibles. Hojea las grandes obras del pasado; The
World of Mathematics [9] de James Newman es un conjunto de cuatro
volúmenes de escritos fascinantes sobre matemáticas desde el Antiguo Egipto a
la relatividad. En años recientes ha habido abundancia de libros matemáticos de
divulgación: sobre la hipótesis de Riemann, el teorema de los cuatro colores,
π, el infinito, las paradojas matemáticas, cómo piensa el cerebro humano las
ideas matemáticas, la lógica borrosa, los números de Fibonacci. Hay incluso
libros sobre las aplicaciones de las matemáticas, tales como el clásico On
Growth and Form[10] de D’Arcy Thompson, que trata de las pautas
matemáticas en las criaturas vivas. Quizás esté superado en términos biológicos
—fue escrito mucho antes de que se descubriera la estructura del ADN— pero su
mensaje general posee tanta validez como siempre.
Estos libros ampliarán tu apreciación de lo que son las matemáticas,
para qué pueden utilizarse o qué lugar ocupan en la cultura humana. Es probable
que en los exámenes no haya preguntas sobre ninguno de estos temas. Pero
conocer estas cuestiones te hará mejor matemática, capaz de captar con más
seguridad los puntos esenciales de cualquier tema nuevo.
Hay también algunas técnicas específicas que mejorarán tu capacidad de
aprendizaje. El gran educador matemático norteamericano George Pólya expuso
muchas de ellas en su clásico How to Solve It. Adoptó el punto de
vista de que la única manera de entender adecuadamente las matemáticas es la
práctica: plantear problemas y resolverlos. Tenía razón. Pero no puedes
aprender de esta manera si te atascas en cada problema que trates. Así que tus
profesores te plantearán una serie de problemas cuidadosamente escogidos,
empezando con cálculos rutinarios para luego pasar a cuestiones más exigentes.
Pólya ofrece muchos trucos para aumentar las habilidades al resolver
problemas. Los describe mucho mejor de lo que puedo hacerlo yo, pero he aquí un
ejemplo. Si el problema parece desconcertante, trata de reformularlo de una
forma más sencilla. Busca un buen ejemplo y prueba tus ideas en el ejemplo; más
tarde, puedes generalizar el escenario original. Por ejemplo, si el problema es
sobre números primos, pruébalo con 7, 13 o 47. Trata de trabajar hacia atrás a
partir de la conclusión: ¿qué pasos debemos dar para llegar allí? Prueba con
diferentes ejemplos y busca pautas comunes; si encuentras una, trata de
demostrar que debe darse siempre.
Como comentabas en tu carta, Meg, una de las principales diferencias
entre el instituto y la universidad es que en la universidad se trata a los
estudiantes como adultos. Esto significa que, en una medida mucho mayor, es
cuestión de hundirse o nadar: apruebas, suspendes o cursas otra carrera. Hay
mucha ayuda disponible para el que busca, pero eso también exige más iniciativa
que en el instituto. No es probable que nadie te coja la mano y le diga:
«Parece que tienes problemas».
Por otra parte, las recompensas de la autosuficiencia son mucho mayores.
En el instituto se contentaban con que no fueras un problema que requiriera
atención extra y, a menos que fueras extraordinariamente afortunado, lo más que
podían ofrecer a un estudiante (aparte de las notas que certifican su progreso)
era una actividad extraescolar y quizás un par de premios. En una universidad
encontrarás estudiosos reales que están a la búsqueda de jóvenes capaces de
hacer matemáticas reales, y solo están esperando a que destaques, si puedes
hacerlo.
Carta 8
El miedo a las demostraciones
Querida Meg:
Tienes mucha razón: una de las mayores diferencias entre las matemáticas
de la escuela y las de la universidad está en la demostración. En las escuela
aprendemos cómo se resuelven ecuaciones o cómo se encuentra el área de un
triángulo; en la universidad aprendemos por qué funcionan esos métodos, y
demostramos que lo hacen. Los matemáticos están obsesionados con la idea de
«demostración». Y, sí, eso provoca que muchas personas se alejen. Yo les llamo
«demostráfobos». Los matemáticos son, por el contrario, demostráfilos: por
mucha evidencia circunstancial que pueda haber a favor de un enunciarlo
matemático, el verdadero matemático no queda satisfecho hasta que el enunciado
es demostrado, Con pleno rigor lógico, con todo hecho preciso e
inequívoco.
Hay una buena razón para ello. Una demostración ofrece una férrea
garantía de que una idea es correcta Ninguna evidencia experimental puede
sustituirla.
Echemos una ojeada a una demostración y veamos cómo difiere de otras
formas de evidencia. No quiero utilizar nada que implique matemáticas técnicas,
porque eso oscurecería las ideas subyacentes. La demostración no técnica que
prefiero es el teorema SHIP-DOCK, que se refiere a esos juegos de palabras en
los que uno tiene que ir de una palabra a otra a través de una secuencia de
movimiento: CAT, COT, COG, DOG. En cada paso puede cambiarse exactamente una
letra (pero no moverla) y el resultado debe ser una palabra válida (que figure,
por ejemplo, en el diccionario Webster).
Resolver este rompecabezas de palabras no es especialmente difícil: por
ejemplo,
SHIP
SHOP
SHOT
SLOT
SOOT
LOOT
LOOK
LOCK
DOCK
Hay otras muchas soluciones. Pero yo no busco una solución como tal, ni
siquiera varias: estoy interesado en algo que se aplica a toda solución.
A saber, en algún paso debe haber una palabra que contiene dos vocales. Como
SOOT (y LOOT y LOOK) en esta respuesta particular. Aquí quiero decir exactamente dos
vocales, ni más, ni menos.
Para evitar objeciones, déjame aclarar qué significan aquí «vocales». Un
problema espinoso es la letra Y. En YARD la letra Y es una consonante, pero en
WILY es vocal. Análogamente, la W en CWMS actúa como una vocal: «cwm» es galés,
y se refiere a una formación geológica para la que no parece haber una palabra
en inglés, aunque «corrie» (escocés) y «cirque» (francés) son otras opciones.
Debemos tener mucho cuidado con letras que a veces actúan como vocales pero que
en otras ocasiones son consonantes. De hecho, la manera más segura de evitar el
tipo de palabras que gustan a los jugadores de Scrabble es olvidarse del
Webster y redefinir «vocal» y «palabra» en un sentido más limitado. Para el
propósito de esta discusión, una «vocal» será una de las letras A, E, I, O, U,
y una «palabra» requerirá contener al menos con una de estas cinco letras.
Optativamente, podemos exigir que Y y W cuenten siempre como vocales, incluso
cuando se están utilizando como consonantes. Lo que no podemos hacer, en este
contexto, es permitir que las letras actúen a veces como vocales y a veces como
consonantes. Volveré a esto más adelante.
No se trata de cuál sea la convención correcta en lingüística; estoy
estableciendo una norma temporal con un fin matemático específico. A veces en
matemáticas la mejor manera de avanzar es introducir simplificaciones y eso es
lo que estoy haciendo aquí. Las simplificaciones no son afirmaciones sobre el
mundo exterior: son maneras de restringir el dominio del discurso, de
mantenerlo tratable. Probablemente un análisis más complicado podría tratar
también las letras excepcionales como Y, pero eso complicaría demasiado la
historia para mi propósito actual.
Con esa salvedad, ¿estoy en lo cierto? ¿Es verdad que toda solución del
rompecabezas SHIP-DOCK incluye una palabra (en ese nuevo sentido restringido)
con exactamente dos vocales (en ese nuevo sentido restringido)?
Una forma de investigarlo es buscar otra solución, tal como
SHIP
CHIP
CHOP
COOP
COOT
ROOT
ROOK
ROCK
DOCK
Aquí encontramos dos vocales en COOP, COOT, ROOT, ROOK. Pero incluso si
muchas soluciones aisladas tienen dos vocales en algún lugar, eso no demuestra
que todas las tengan, pues una demostración es un razonamiento lógico que no
deja lugar a dudas.
Después de cierta experimentación y reflexión, el «teorema» que estoy
proponiendo aquí empieza a parecer obvio. Cuanto más piensas en cómo se pueden
cambiar las vocales de posición, más obvio se hace que en algún momento del
proceso debe haber exactamente dos vocales. Pero una sensación de que algo es
«obvio» no constituye una demostración, y hay una sutileza en el teorema porque
algunas palabras de cuatro letras contienen tres vocales, por ejemplo OOZE.
Sí, pero… ¿no es cierto que en el proceso hacia una palabra de tres
vocales tenemos que pasar por una palabra de dos vocales? Estoy de acuerdo,
pero eso tampoco es una demostración, aunque pueda ayudarlos a encontrar una.
¿Por qué debemos pasar por una palabra de dos vocales?
Una buena manera de dar con una demostración en este caso es prestar más
atención a los detalles. Mira fijamente dónde van las vocales. Inicialmente hay
una vocal en la tercera posición. Al final, tenemos una vocal en la segunda
posición. Pero —ésta es una idea simple pero crucial— una vocal no puede
cambiar de posición en un paso, porque eso implicaría cambiar dos letras.
Precisemos esta idea particular, lógicamente, de modo que podamos basarnos en
ella. He aquí una manera de demostrarla. En alguna etapa, una consonante en la
segunda posición tiene que cambiarse por una vocal, dejando todas las demás
letras como están; en alguna oirá etapa, la vocal en la tercera posición tiene
que cambiarse por una consonante. Quizás entren o salgan también otras vocales
y consonantes, pero cualesquiera que sean estas otras cosas, ahora podemos
estar seguros de que una vocal no puede cambiar de posición en un paso.
¿Cómo cambia el número de vocales en la palabra? Bueno, puede quedar
igual; puede aumentar en 1 (cuando se cambia una consonante por una vocal), o
puede disminuir en 1 (cuando se cambia una vocal por una consonante). No hay
otras posibilidades. El número de vocales empieza siendo 1 con SHIP y termina
siendo 1 con DOCK, pero no puede ser 1 en todos los pasos, porque entonces la
única vocal tendría que estar siempre en el mismo lugar, la posición tres, y
sabemos que tiene que terminar en la posición dos.
Se me ocurre una idea: pensemos en el primer paso en el que cambia el
número de vocales. El número de vocales tiene que haber sido 1 en todos los
pasos anteriores a éste. Por consiguiente, cambia de 1 a algún otro. Las únicas
posibilidades son 0 y 2, porque el número aumenta o disminuye en 1.
¿Podría ser 0? No, porque eso significa que la palabra no tenía ninguna
vocal y, por definición, en nuestro sentido restringido no puede existir
ninguna palabra así. Por consiguiente, la palabra tiene dos vocales; fin de la
demostración. Apenas hemos empezado a analizar el problema, y ha surgido una
demostración por sí misma. Esto suele suceder cuando sigues la línea de menor
resistencia. Ten cuidado, las cosas empiezan a hacerse realmente interesantes
cuando la línea de menor resistencia no lleva a ninguna parte.
Siempre es una buena idea comprobar una demostración con ejemplos,
porque de esa manera se suelen detectar errores lógicos. Contemos entonces las
vocales:
Según la demostración hay que encontrar la primera palabra donde este
número no es 1, y ésa es la palabra SOOT, que tiene dos vocales. De modo que la
demostración pasa la prueba en este ejemplo. Además, el número de vocales
cambia como mucho en 1 en cada paso. No obstante, estos hechos por sí solos no
significan que la demostración sea correcta; para estar seguro de su corrección
se debe comprobar la cadena lógica y asegurar que cada eslabón está intacto.
Dejaré que te convenzas por ti misma de que es así.
Fíjate en la diferencia que hay aquí entre intuición y demostración. La
intuición nos dice que la única vocal en SHIP no puede saltar a una posición
diferente a menos que aparezca una nueva vocal en alguna parte. Pero esta
intuición no constituye una demostración. La demostración emerge solo cuando
tratamos de precisar la intuición: sí, el número de vocales cambia, pero
¿cuándo? ¿A qué debe parecerse el cambio?
No solo nos hemos asegurado de que deben aparecer dos vocales; también
entendemos por qué esto es inevitable. Y obtenemos información adicional
gratuita.
Si una letra puede ser a veces una vocal y a veces una consonante,
entonces esta demostración concreta deja de ser valida. Por ejemplo, con
palabras de tres letras está la secuencia
SPA
SPY
SAY
SAD
Si contamos Y como una vocal en SPY pero como una consonante en SAY (lo
que es defendible aunque también discutible) entonces cada palabra tiene una
sola vocal, pero la posición de la vocal cambia. No creo que este efecto pueda
causar problemas cuando se va de SHIP a DOCK, pero eso depende de un análisis
mucho más detallado de las palabras reales del diccionario. El mundo real puede
ser confuso.
Los rompecabezas de palabras son divertidos (trata de pasar de ORDER a
CHAOS). Este rompecabezas particular también nos enseña algo sobre las
demostraciones y la lógica. Y sobre las idealizaciones que suelen estar
implicadas cuando utilizamos las matemáticas para construir una maqueta del
mundo real.
Hay dos grandes preguntas acerca de la demostración. La que preocupa a
los matemáticos es: ¿qué es una demostración? El resto del mundo tiene una
preocupación diferente: ¿por qué las necesitamos?
Déjame que invierta el orden de las preguntas: una ahora, y la otra en
una carta posterior.
He empezado a observar que cuando la gente pregunta por qué algo es
necesario, es normalmente porque se sienten incómodos haciéndolo y esperan
librarse de ello. Un estudiante que sepa cómo construir demostraciones nunca
pregunta para qué sirven. De hecho, un estudiante que sabe cómo hacer una larga
multiplicación de memoria mientras hace el pino tampoco pregunta nunca por qué
vale la pena hacerlo. La gente que disfruta haciendo algo apenas siente la
necesidad de preguntarse si vale la pena; les basta con el placer que obtienen
de ello. De modo que el estudiante que pregunta por qué necesitamos
demostraciones probablemente está teniendo problemas para entenderlas, o para
construir las suyas. Está esperando que le respondas: «No hay que preocuparse
por las demostraciones. Son totalmente inútiles. De hecho, las hemos excluido
del temario y no saldrán en el examen».
¡Ni soñarlo!
Sigue siendo una buena pregunta, y si lo dejo en lo que acabo de decir,
estoy eludiendo la cuestión de forma tan descarada como un estudiante
demostráfobo.
Los matemáticos necesitan demostraciones por honestidad. Todas las áreas
técnicas de la actividad humana necesitan pruebas empíricas. No basta con creer
que algo funciona, que es una buena manera de proceder o incluso que es cierto.
Necesitamos saber por qué es cierto. De lo contrario, no sabemos nada en
absoluto.
Los ingenieros ponen a prueba sus ideas construyéndolas y viendo si
aguantan o se caen a trozos. Cada vez lo hacen con mayor frecuencia mediante
simulaciones antes que construyendo un puente y esperando que no se caiga, y al
hacerlo remiten sus problemas a la física y a las matemáticas, que son la
fuente de las reglas empleadas en sus cálculos y los algoritmos que implementan
dichas reglas. Incluso así, pueden presentarse problemas inesperados. El puente
del Milenio, un puente peatonal sobre el Támesis en Londres, parecía bien
calculado en los modelos por ordenador. Cuando se inauguró y la gente empezó a
utilizarlo, repentinamente empezó a balancearse de forma alarmante de un lado a
otro. Seguía siendo seguro, no iba a caerse, pero cruzarlo no era una experiencia
agradable. En ese momento se vio claro que las simulaciones habían modelizado a
las personas como masas que se mueven suavemente; habían pasado por alto las
vibraciones inducidas por los pies al pisar el tablero.
Los militares aprendieron hace tiempo que cuando los soldados atraviesan
un puente deben romper la formación. El impacto sincronizado de varios cientos
de pies derechos puede iniciar vibraciones y causar daños graves. Sospecho que
esto ya lo sabían los romanos. Nadie esperaba que un tipo de sincronización
similar apareciera cuando los individuos atravesaran el puente al azar. Pero la
gente en el puente responde al movimiento del puente, y lo hacen de una manera
similar y aproximadamente al mismo tiempo. De modo que cuando el puente se
movía ligeramente —quizás en respuesta a una ráfaga de viento— la gente que
estaba sobre él empezaba a moverse en sincronía. Cuanto más se sincronizaban
las pisadas de la gente, más se movía el puente, lo que a su vez aumentaba la
sincronización de las pisadas. Pronto el puente estaba balanceándose de un lado
a otro.
Los físicos utilizan las matemáticas para estudiar lo que ellos
curiosamente llaman mundo real. Es real, en cierto sentido, pero buena parte de
la física aborda aspectos más bien artificiales de la realidad, tales como un
electrón solitario o un sistema solar con un solo planeta.
A veces los físicos desdeñan las demostraciones, en parte por miedo,
pero también porque el experimento les proporciona una manera muy efectiva de
poner a prueba sus hipótesis y sus cálculos. Si una idea intuitivamente
plausible conduce a un resultado que está de acuerdo con el experimento, no
tiene mucho sentido retrasar la disciplina diez, cincuenta o trescientos años
hasta que alguien encuentre una demostración rigurosa. Estoy totalmente de
acuerdo. Por ejemplo, hay cálculos en teoría cuántica de campos que no tienen
una rigurosa justificación lógica, pero coinciden con la experiencia con una
precisión de nueve cifras decimales. Sería estúpido sugerir que este acuerdo es
un accidente y que no hay ningún principio físico implicado.
Sin embargo, la posición del matemático sobre esto va más allá. Dado un
acuerdo tan impresionante, es igualmente estúpido no tratar de descubrir la
lógica profunda que justifica el cálculo. Tal comprensión haría avanzar la
física directamente, pero aunque no fuera así, ciertamente haría avanzar las
matemáticas. Y las matemáticas a menudo inciden de manera directa en la física,
probablemente en una rama diferente de la física pero, si es así, es una prima
adicional.
Así que por eso es por lo que las demostraciones son necesarias, Meg.
Incluso para la gente que preferiría no molestarse en ellas.
Carta 9
¿No pueden los ordenadores resolverlo todo?
Querida Meg:
Sí, los ordenadores pueden calcular a mucha mayor velocidad que los
seres humanos, y con mucha mayor precisión, y supongo que eso es lo que lleva a
algunos de tus amigos a cuestionar el valor de lo que tú estudias. La gente
cree que los ordenadores convierten en obsoletos a los matemáticos. Puedo
asegurarte que no lo somos.
Cualquiera que piense que los ordenadores pueden sustituir a los
matemáticos no entiende que es la computación ni qué son las matemáticas. Es
como pensar que no necesitamos biólogos ahora que tenemos microscopios.
Posiblemente, en esto subyace la falsa idea de que las matemáticas son solo
aritmética, y puesto que los ordenadores pueden hacer aritmética más
rápidamente y con más precisión que los seres humanos, ¿por que necesitamos a
los humanos? La respuesta, por supuesto, es que las matemáticas no son solo
aritmética.
Los microscopios hacen la biología más interesante, no menos, al abrir
nuevos caminos para aproximarse a la disciplina. Lo mismo sucede con los
ordenadores y las matemáticas. Algo muy importante y muy interesante que los
ordenadores han hecho por el matemático es posibilitar la realización de
experimentos de forma rápida. Estos experimentos ponen a prueba conjeturas, en
ocasiones revelan que lo que esperábamos demostrar es falso, y —con frecuencia
cada vez mayor— realizan cálculos gigantescos que nos permiten demostrar
teoremas que de otra forma estarían fuera de nuestro alcance. A veces la gente
que piensa que las matemáticas consisten en grandes sumas tiene razón.
Piensa, por ejemplo, en la conjetura de Goldbach. En 1742, Christian
Goldbach, un matemático aficionado, escribió a Leonhard Euler diciéndole que
hasta donde él podía comprobar todo número par es suma de dos números primos.
Por ejemplo, 8 = 3 + 5, 10 = 5 + 5, 100 = 3 + 97. Calculando a mano, Goldbach
solo pudo poner a prueba su conjetura en una pequeña lista de números. En un
ordenador moderno puedes comprobarla rápidamente con miles de millones de
números: el récord actual es 2 × 1017. Cada vez que alguien ha
realizado una prueba semejante ha visto que Goldbach estaba en lo cierto. Sin
embargo, todavía no se ha encontrado una demostración de su conjetura (que
pasaría a ser un teorema).
¿Por qué preocuparse? Si miles de millones de experimentos dan la razón
a Goldbach, ¿no es cierto que lo que él decía debe ser verdad?
El problema es que los matemáticos utilizan teoremas para demostrar
otros teoremas. Un único enunciado falso arruina en principio todas las
matemáticas. (En la práctica, advertiríamos la falsedad, aislaríamos el
enunciado peligroso y evitaríamos utilizarlo). Por ejemplo, el número π resulta
bastante irritante, y estaría bien prescindir de él. Podríamos decidir que no
hay ningún peligro real en sustituir π por 3 (como algunos dicen que pasa en la
Biblia, pero solo si se toma un pasaje oscuro literalmente[11]) o por 22/7. Y si solo quieres utilizar π para
calcular perímetros de circunferencias y similares, una aproximación bastante
ajustada no perjudicaría.
Sin embargo, si realmente piensas que π es igual a 3, las repercusiones
son mucho mayores. Un simple razonamiento revela una consecuencia inesperada.
Si π = 3, entonces π – 3 = 0, y dividiendo ambos miembros por π – 3 (que,
gracias a Arquímedes, sabemos que es distinto de cero, de modo que la división
está permitida), obtenemos 1 = 0. Multiplicando por cualquier número que
queramos, demostramos que todos los números son 0; se sigue entonces que dos
números cualesquiera son iguales. Así que cuando vas a tu banco a sacar 100
dólares de tu cuenta, el cajero puede darte 1 dólar e insistir en que no hay
ninguna diferencia; y de hecho no la hay, porque puedes entonces entrar en un
concesionario de Neiman Marcus o Rolls-Royce y explicar que tu dólar es igual
que un millón. Y lo que es más interesante, los asesinos no deberían ser
encarcelados, porque matar a una persona es lo mismo que matar a ninguna; por
el contrario, alguien que nunca ha tocado las drogas en su vida debería ser
encarcelado, puesto que la posesión de ninguna cocaína es lo mismo que poseer
miles de toneladas de ella. Y así sucesivamente…
Los hechos matemáticos encajan y llevan, por vía de la lógica, a nuevos
hechos. Una deducción es tan fuerte como su eslabón más débil. Para ser segura,
todos los eslabones débiles deben ser eliminados. Por ello sería peligroso
verificar la conjetura de Goldbach en un ordenador para números de hasta,
pongamos, veinte dígitos, y concluir que debe ser verdadera.
Seguramente piensas que Ian está siendo un poco pedante. Si un enunciado
es verdadero para números tan grandes, tiene que ser verdadero para cualquier
número, ¿o no?
No. Las cosas no funcionan así. Para empezar, un número de veinte
dígitos, en el universo matemático, es algo minúsculo. El gran océano de los
números se extiende hasta infinito, e incluso un número con mil millones de
dígitos es, en algunos contextos, pequeño. Un ejemplo clásico se da en la
teoría de los números primos. Aunque no hay pautas evidentes en la secuencia de
números primos, hay regularidades estadísticas. En algún momento antes de 1849,
cuando escribió una carta sobre el descubrimiento, Carl Friedrich Gauss
encontró una buena fórmula aproximada que relacionaba el número de primos
menores que un número dado con la «integral logarítmica» de dicho número.
Pronto se advirtió que la aproximación parece estar siempre ligeramente por
encima del valor correcto. Una vez más, los experimentos hechos mediante
ordenador comprobaron dicha propiedad para miles de millones de números.
Pero la generalización es falsa. En 1914, John Littlewood demostró que
el valor correcto y la aproximación de la integral logarítmica intercambian su
orden infinitamente a menudo. Pero nadie conocía un número concreto para
el que la aproximación fuera menor que el valor correcto, hasta que un alumno
de Littlewood, Samuel Skewes, demostró, en 1933, que semejante número debe
tener como máximo 10 10000000000000000000000000000000000 dígitos.
Esto son treinta y cuatro ceros en el exponente. Además, su
demostración incluía una hipótesis, un enunciado no demostrado conocido como la
hipótesis de Riemann. En 1955, Skewes demostró que si no se supone la hipótesis
de Riemann, entonces esos treinta y cuatro ceros en el exponente deben
aumentarse hasta un millar de ceros. Y recuerda que este número gigantesco no
es el que buscamos: es simplemente el número de dígitos que
posee dicho número.
El número de Skewes ha sido reducido desde entonces a 1,4 × 10 316,
que es minúsculo en comparación.
Con números de este tamaño, el tipo de experimento que podemos realizar
en un ordenador es totalmente irrelevante. Y en teoría de números, ese tamaño
es bastante común.
No importaría si todo lo que estuviéramos tratando de hacer fuera
aproximar los primos en términos de integrales logarítmicas. Pero las
matemáticas deducen nuevos hechos a partir de los viejos. Y como hemos visto
con π, si el hecho viejo es realmente falso, las deducciones consiguientes
pueden destruir toda la base de las matemáticas. Por muy amplia que pueda ser
la evidencia de los cálculos por ordenador, aún tenemos que utilizar la materia
gris que tenemos entre las orejas. Los ordenadores pueden ser una ayuda
valiosa, pero siempre y cuando hayan intervenido muchas mentes en la puesta en
marcha de los procesos informáticos. Todavía no nos han dejado obsoletos
nuestras propias creaciones.
Carta 10
Narración matemática
Querida Meg:
En mi última carta te contaba por qué son necesarias las demostraciones.
Ahora me centrare en la otra cuestión que planteaba: ¿qué es una demostración?
Las primeras demostraciones registradas, junto con la idea de que las
demostraciones son necesarias, se dan en Euclides. Sus Elementos,
escritos en torno al año 300 a. C., exponían gran parte de la geometría griega
en una secuencia lógica. Empiezan con dos tipos de hipótesis fundamentales, que
Euclides llama axiomas y nociones comunes. Ambas son básicamente una lista de
hipótesis que van a hacerse. Por ejemplo, el axioma 4 afirma que «todos los
ángulos rectos son iguales», y la noción común 2 afirma que «si iguales se
suman a iguales, los totales son iguales». La diferencia principal es que los
axiomas tratan sobre objetos geométricos y las nociones comunes tratan sobre la
igualdad. El enfoque moderno los agrupa a todos como axiomas.
Estas hipótesis se establecen para ofrecer un punto de partida lógico.
No se intenta demostrarlas; son las «reglas del juego» para la geometría
euclídea. Uno es libre de discrepar de las hipótesis o inventar otras nuevas,
si lo desea; pero si lo hace, está jugando a un juego diferente con reglas
diferentes. Todo lo que Euclides está tratando de hacer es explicitar las
reglas de su juego, de modo que los jugadores sepan donde
están.
Éste es el método axiomático, que sigue usándose en la actualidad. Los
matemáticos posteriores observaron lagunas en la lógica de Euclides, hipótesis
no establecidas que en realidad deberían incluirse como axiomas. Por ejemplo,
cualquier recta que pasa por el centro de un círculo debe cortar a su
circunferencia si la recta se prolonga lo suficiente. Algunos trataron de
demostrar el axioma más complejo de Euclides, que las paralelas no convergen ni
divergen, a partir de los otros. Con el tiempo quedó demostrado el buen gusto
de Euclides cuando se comprendió que todos esos intentos estaban abocados al
fracaso. Para enturbiar las aguas filosóficas, en el curso de los siglos han
aparecido varias dificultades profundas en el enfoque axiomático, tales como el
descubrimiento de Gödel de que si las matemáticas son lógicamente consistentes,
entonces nunca podemos demostrar que lo son. Podemos vivir con las
incertidumbres gödelianas si tenemos que hacerlo, y «tenemos» que hacerlo.
Los libros de texto de lógica matemática basan sus descripciones de
«demostración» en el modelo de Euclides. Una demostración, nos dicen, es una
secuencia finita de deducciones lógicas que empieza con axiomas o con
resultados previamente demostrados y lleva a una conclusión, conocida como un
teorema. Con tal de que cada paso obedezca a las reglas de inferencia lógica
—que pueden encontrarse en los libros de texto de lógica elemental— entonces el
teorema está demostrado.
Si niegas los axiomas, también eres libre de negar el teorema. Si
prefieres reglas de inferencia alternativas, eres libre para inventar las tuyas
propias. Solo se afirma que con tales reglas de inferencia, la aceptación de
los axiomas establecidos implica la aceptación del teorema. Si uno quiere hacer
π igual a 3, tiene que aceptar que todos los números son iguales. Si quiere que
números diferentes sean diferentes, tiene que aceptar que π no es 3. Lo que uno
no puede hacer es picar de aquí y de allá, haciendo π igual a 3 pero 0
diferente de 1. Es tan simple y razonable como eso.
Toda esta definición de «demostración» está muy bien, pero es parecido a
definir una sinfonía como «una secuencia de notas, de tono y duración
variables, empezando con la primera nota y terminando con la última». Falta
algo. Además, raramente alguien escribe una demostración de la forma que
describen los libros de lógica. En 1999 reflexionaba yo sobre esta
discrepancia, tras haber aceptado una invitación para una conferencia en
Abisko, Suecia, con el tema «Historias de ciencia y la ciencia de las historias».
Abisko está al norte del círculo polar ártico, en Laponia, y un grupo de unos
treinta escritores de ciencia ficción, escritores de divulgación científica,
periodistas e historiadores de la ciencia iban a pasar allí una semana tratando
de buscar un terreno común para las distintas disciplinas. Al preguntarme qué
era lo que podía decirles, me di cuenta de repente de lo que es realmente una
demostración.
Una demostración es una historia.
Es una historia contada por matemáticos a matemáticos, expresada en su
lenguaje común. Tiene un principio (las hipótesis) y un final (la conclusión),
y se derrumba instantáneamente si hay alguna laguna lógica. Cualquier cosa
rutinaria u obvia puede ser omitida sin problemas, porque la audiencia ya las
sabe y quiere que el narrador siga con la línea principal de la historia. Si tú
estás leyendo una novela de espías y el héroe está sobre un abismo en el
extremo de una cuerda en llamas que cuelga de un helicóptero, no te gustaría
leer diez páginas sobre la fuerza de la gravedad y los efectos fisiológicos de
un impacto a alta velocidad. Lo que querrías es descubrir cómo se salva el
héroe. Lo mismo sucede con las demostraciones. «No pierdas el tiempo resolviendo
la ecuación de segundo grado, sé cómo hacerlo. Pero dime, ¿por qué sus
soluciones determinan la estabilidad del ciclo límite?».
En mi artículo (reimpreso en Mission to Abisko [12] ) yo decía esto: «Si una demostración es una
historia, entonces una demostración memorable debe contar una historia
emocionante. ¿Qué nos dice eso sobre la forma de construir demostraciones? No
que necesitemos un lenguaje formal en el que cada minúsculo detalle pueda
comprobarse algorítmicamente, sino que la línea argumental debería resaltar con
claridad e intensidad. No es la sintaxis de la demostración la que necesita
mejora: es la semántica». Es decir, la esencia de una demostración no está en su
«gramática», sino en su significado.
En ese artículo, yo contrastaba esta noción hay que reconocer que vaga
con una noción mucho más formal, la idea de una «demostración estructurada»,
defendida por el informático Leslie Lamport. Las demostraciones estructuradas
hacen explícito cada paso en la lógica, sea profundo o trivial, ingenioso u
obvio. Lamport hace una fuerte defensa de las demostraciones estructuradas como
una ayuda en la enseñanza, y no hay duda de que pueden ser muy efectivas para
asegurar que los estudiantes entienden realmente los detalles. Parte de esa
defensa consiste en una anécdota relativa a un resultado famoso llamado teorema
de Schröder-Bernstein. Georg Cantor había encontrado una manera de contar
cuántos miembros tiene un conjunto, incluso cuando dicho conjunto es infinito,
utilizando un tipo de número generalizado que él llamaba un «número
transfinito». El teorema de Schröder-Bernstein nos dice que si dos números
transfinitos son cada uno menor o igual que el otro, entonces deben ser
realmente iguales. Lamport estaba dando un curso basado en el texto
clásico General Topology de John Kelley, que incluye una
demostración del teorema, pero cuando se añadían los detalles extra necesarios
para los estudiantes, la demostración de Kelley resultaba ser errónea.
Años más tarde, Lamport ya no podía localizar el error. La demostración
parecía obviamente correcta. Pero cinco minutos dedicados a escribir una
demostración estructurada revelaron de nuevo el error.
Yo estaba preocupado porque había incluido una demostración del teorema
de Schröder-Bernstein en uno de mis textos. Intenté llegar a la demostración de
Kelley por mí mismo, pero no podía descubrir un error. De modo que envié
un e-mail a Lamport, el cual sugirió que escribiera una
demostración estructurada. En lugar de ello, seguí mi camino de forma muy
sistemática a lo largo del argumento de Kelley, creando de hecho una
demostración estructurada de una manera informal, y finalmente detecté el
error.
Hay una demostración clásica del teorema de Schröder-Bernstein que
empieza con dos conjuntos, correspondientes a los dos cardinales transfinitos.
Cada conjunto se divide en tres piezas, utilizando una noción de «antecesor»
ideada simplemente para esta demostración concreta, y las piezas se encajan. En
efecto, esta demostración cuenta una historia sobre los dos conjuntos y sus
piezas componentes. No es una historia muy emocionante, pero posee un argumento
claro y una conclusión memorable. Afortunadamente, yo había utilizado la
demostración clásica en mi libro de texto, y no la reformulación que de ella
hizo Kelley. Porque Kelley había contado la historia errónea. Sospecho que al
intentar simplificar la versión clásica, había sobreentendido las cosas y quebrantado
el lema de Einstein: «Tan sencillo como sea posible, pero no más».
La presencia de este error apoya la idea de Lamport sobre el valor de
las demostraciones estructuradas. Pero, por citar mi artículo: «Hay otra
interpretación, no contradictoria, sino complementaria, y es que Kelley contó
mal una buena historia. Es algo parecido a si hubiera presentado a los Tres
Mosqueteros como Pooh, Piglet y Eeyore [13]. Algunas partes de la historia tendrían [aún]
sentido —su compañerismo inseparable, por ejemplo— pero otras, como los duelos
incesantes, no lo tendrían…».
Si consideramos una demostración en el sentido del libro de texto, todas
las demostraciones están en pie de igualdad, igual que todas las piezas de
música parecen renacuajos posados en una valla de alambre cuando se expresan en
notación musical, a menos que uno sea un experto y pueda «oír» las partituras
en su cabeza. Pero cuando pensamos en una demostración como una historia, hay
buenas historias y las hay malas, historias atractivas e historias aburridas,
igual que hay música conmovedora o sosa. Hay una estética de la demostración,
de modo que una historia realmente buena puede ser bella.
Paul Erdős tenía una visión poco ortodoxa de la belleza de las
demostraciones. Erdős fue un matemático excéntrico y brillante que colaboró con
más personas que cualquier otro en el planeta; puedes leer la historia de su
vida en The Man Who Loved Only Numbers [14] de Paul Hoffman. Se dice que cualquiera que
fue coautor de un artículo con él tiene un «número de Erdős» uno. Sus
colaboradores tienen un número de Erdős dos, y así sucesivamente. Es la versión
del matemático del Oráculo de Kevin Bacon, en el que los actores están
relacionados con Bacon por sus apariciones en las mismas películas, o por sus
apariciones con actores que han aparecido con Bacon, y así sucesivamente. Mi
número de Erdős es tres. Nunca colaboré con él, y no estoy en la lista de
personas con número de Erdős dos, pero uno de mis colaboradores lo está.
En cualquier caso, Erdős consideraba que en el cielo Dios tenía un libro
que contenía las mejores demostraciones. Si Erdős estaba realmente impresionado
por una demostración, decía que estaba sacada de «El Libro». En su opinión, la
tarea del matemático consistía en husmear por encima del hombro de Dios y
transmitir la belleza de Su creación al resto de Sus criaturas.
El Libro de la deidad es un libro de historias. Terminé de la siguiente
manera mi charla en Abisko: «Los psicólogos nos dicen ahora que sin soportes
emocionales la parte racional de nuestra mente no funciona. Parece que solo
podemos ser racionales acerca de las cosas si tenemos un compromiso emocional
con una técnica tan recientemente desarrollada como la racionalidad. (…) Yo no
creo que pudiera emocionarme mucho con una demostración estructurada, por
elegante que fuera. Pero cuando realmente soy capaz de sentir la fuerza de una
historia matemática, algo sucede en mi mente que nunca puedo olvidar. (…) Diría
más bien que mejoremos la narración de las demostraciones, en lugar de
diseccionarlas en trozos que puedan ser colocados en pilas de carpetas y
ordenados».
Carta 11
Directo a la yugular
Querida Meg:
Si quieres hacerte un nombre como montañera, tienes que conquistar una
cima a la que nadie más haya subido. Si quieres hacerte un nombre como
matemática, no hay mejor manera que vencer uno de los clásicos problemas no
resueltos de la disciplina. La conjetura de Poincaré, la hipótesis de Riemann,
la conjetura de Goldbach, la conjetura de los primos gemelos.
¡No te aconsejo que seas tan ambiciosa mientras estés trabajando en una
tesis doctoral! Los grandes problemas, como las grandes montañas, son
peligrosos. Podrías pasar tres o cuatro años haciendo cosas extraordinariamente
ingeniosas pero no conseguir tu objetivo y terminal sin nada. Las matemáticas
difieren de otras ciencias a este respecto: si uno realiza una serie de
experimentos en química, siempre puede escribir los resultados, ya confirmen o
no las teorías de su director de tesis. Pero en matemáticas, normalmente no se
puede escribir una tesis y decir: «He aquí cómo traté de resolver el problema,
y he aquí por qué no funciona».
Incluso los profesionales tienen que tratar los grandes problemas con un
respeto considerable. Hoy día las universidades esperan que su profesorado sea
productivo, y tienden a medir la productividad en términos de publicaciones por
año. Si no publicas nada durante cinco años y luego resuelves la conjetura de
Poincaré te habrás colocado de por vida, suponiendo que se te haya permitido
conservar tu trabajo mientras estabas resolviendo la conjetura. Si no publicas
nada durante cinco años y luego no consigues resolver la conjetura de Poincaré,
te pondrán de patitas en la calle.
Una solución razonable es dedicar parte de tu tiempo de trabajo a un
gran problema y el resto a trabajar en problemas menores, resolubles pero aún
dignos de tratar. Sería maravilloso vivir en un mundo donde fuera posible
concentrarse solamente en las grandes cuestiones, pero no lo hacemos. De todas
formas, algunos espíritus valientes se las han arreglado para encontrar un modo
de hacer precisamente eso, y lo han logrado. En sus manos, una conjetura
adquiere estatus de demostración, y se convierte en un teorema.
En mi última carta te contaba que una demostración es una historia. Se
suele decir que hay solo siete argumentos básicos para una novela, y los
antiguos griegos los conocían todos. Parece haber relativamente pocas líneas
narrativas para las demostraciones matemáticas, pero los antiguos griegos solo
conocían una: el corto, dulce y atractivamente ingenioso argumento de Euclides
que hacía de QED [15] el pan de cada día.
¿Qué vamos a hacer entonces con las demostraciones matemáticas que
tienen centenares o incluso miles de páginas de longitud? ¿O con las
demostraciones que implican meses de cálculo en una gran red de ordenadores?
Cada vez nacen más monstruos de este tipo, normalmente como soluciones a uno de
aquellos grandes problemas abiertos. En lugar de la historia corta y atractiva
que los griegos conocían, estas demostraciones son epopeyas, o aún peor, largos
ciclos de historias cuyo hilo principal puede estar sumergido en intrincados
subargumentos de varios capítulos simultáneos. ¿Qué ha sucedido con la visión
de Erdős de la belleza de la creación matemática de Dios? ¿Son estas enormes
demostraciones realmente necesarias? ¿Son tan enormes solo porque los
matemáticos son demasiado estúpidos para encontrar las versiones breves y
elegantes escritas en El Libro?
La demostración señera de Wiles del último teorema de Fermat equivalía a
aproximadamente un centenal de páginas de matemáticas muy técnicas, lo que
impulsó al periodista científico John Horgan a escribir un provocativo artículo
titulado «La muerte de la demostración». Horgan expuso varias razones por las
que las demostraciones se estaban haciendo obsoletas, incluyendo la aparición
del ordenador, la desaparición de las demostraciones de las matemáticas
escolares y la existencia de culebrones como el de Wiles. Se trataba de un
curioso intento de convertir la victoria en derrota, de tratar un logro
histórico como una mala noticia. Sí, colocamos un hombre en la Luna, pero
fíjate en el valioso combustible de cohete que tuvimos que utilizar.
La demostración de Wiles quizá sea un culebrón, pero cuenta una historia
apasionante. Tuvo que utilizar herramientas matemáticas a gran escala para una
pregunta sencilla, igual que un físico necesita un acelerador de partículas de
muchos kilómetros de circunferencia para estudiar un quark. Pero lejos de ser
aburrida, su demostración es intensa y bella. Esos cientos de páginas tienen un
argumento, una historia. Un experto puede saltarse los detalles y seguir la
narración, con sus giros y recovecos lógicos y el fuerte elemento de suspense:
¿superará el héroe el último teorema en las páginas finales, o el fantasma de
Fermat seguirá asustando a la profesión matemática? Nadie declaró muerta la
literatura porque Guerra y paz fuese bastante larga o
porque Finnegans Wake no se leyera en las escuelas. Los
matemáticos profesionales pueden manejar cien páginas de demostración. Incluso
diez mil páginas —la longitud total del teorema de clasificación de los grupos
finitos simples, combinando el trabajo de docenas de personas durante una
década o más— no les asustan.
No hay razón para esperar que todo enunciado corto, sencillo y verdadero
tenga una demostración corta y sencilla. De hecho, hay una buena razón para
esperar lo contrario. Gödel demostró también que, en principio, algunos
enunciados cortos requieren a veces demostraciones largas. Pero nunca podemos
saber, por adelantado, qué enunciados cortos son ésos.
Pierre de Fermat nació en 1601. Su padre vendía cuero; su madre era hija
de una familia de letrados del Parlamento. En 1648 se convirtió en concejal
real en el Parlamento local de Toulouse, donde sirvió para el resto de su vida,
hasta que murió en 1665, solo dos días después de concluir un juicio legal.
Nunca desempeñó un puesto académico de ningún tipo, pero las matemáticas eran
su pasión. El historiador de las matemáticas Bell le llamó, «el príncipe de los
aficionados», y la mayoría de los profesionales de hoy se contentarían con
tener la mitad de su talento. Aunque trabajó en muchos campos de las
matemáticas, las ideas más influyentes de Fermat repercutieron en teoría de
números, un tema que surgió de la obra de Diofanto de Alejandría, que vivió en
torno al 250 d. C. y escribió un libro llamado Aritmética. Trataba
de lo que ahora se llaman ecuaciones diofánticas, ecuaciones que deben tener
soluciones enteras.
Un problema al que Diofanto dio una respuesta completamente general es
el de encontrar «triángulos pitagóricos»: dos cuadrados perfectos cuya suma es
también un cuadrado perfecto. El teorema de Pitágoras nos dice que tales
tripletas son las longitudes de los lados de un triángulo rectángulo. Dos
ejemplos son 32 + 42 = 52 y 52 +
122 = 132. Fermat poseía un ejemplar de la Aritmética,
que inspiró muchas de sus investigaciones, y lo utilizaba para escribir sus
conclusiones en los márgenes. En algún momento en torno a 1637 reflexionó sobre
la ecuación pitagórica, y se preguntó qué pasaba si en lugar de con cuadrados
pruebas con cubos o potencias superiores, por ejemplo x4 + y4 = z4.
Pero no pudo encontrar ningún ejemplo. En el margen de su ejemplar de la Aritmética escribió
el comentario más famoso en la historia de las matemáticas: «Resolver un cubo
en suma de dos cubos, una potencia cuarta en dos potencias cuartas o, en
general, cualquier potencia mayor que la segunda en dos del mismo tipo, es
imposible; de lo que he encontrado una demostración notable. El margen es
demasiado pequeño para contenerla».
Este enunciado ha llegado a conocerse como su «último teorema», porque
durante muchos años era la única afirmación suya que sus sucesores no habían
demostrado ni refutado. Nadie pudo reconstruir la «notable demostración» de
Fermat, y parecía cada vez más dudoso que hubiera encontrado una realmente.
Pero si él hubiera dado con una demostración, incluso si no pudiera escribirla
en un margen, ¿no es cierto que sería suficientemente concisa y elegante para
ganarse un lugar en el Libro de Dios? Nadie escribía largas demostraciones en
el siglo XVII. Pero durante tres siglos y medio, un matemático tras otro
fracasaron en su intento de dar con la demostración ausente de Fermat. Luego, a
finales de los años ochenta del siglo XX, Wiles abordó el problema durante mucho
tiempo. Trabajaba solo en el ático de su casa y solo lo sabían unos pocos
colegas selectos, quienes habían jurado mantener el secreto.
La estrategia de Wiles, como la de muchos matemáticos antes que él,
consistía en suponer que existía una solución y entonces jugar algebraicamente
con los números con la esperanza de que esto llevaría a una contradicción. Su
punto de partida era una idea original del matemático alemán Gerhard Frey,
quien se dio cuenta de que se podía construir un tipo de ecuación cúbica
conocida como una curva elíptica a partir de los tres números que aparecen en
la supuesta solución de la ecuación «imposible» de Fermat. Ésta era una idea
brillante, porque los matemáticos habían estado jugando con curvas elípticas
durante más de un siglo y habían desarrollado muchas maneras de manipularlas. Y
lo que es más, los matemáticos se dieron cuenta entonces de que la curva
elíptica construida a partir de las raíces de Fermat tendría propiedades tan
extrañas que contradiría otra conjetura —la denominada conjetura de
Taniyama-Shimura— que guía el comportamiento de tales curvas.
Nadie había demostrado nunca la conjetura de Taniyama-Shimura, aunque la
mayoría de los matemáticos pensaban que probablemente era cierta. Si tenían
razón, por supuesto, las raíces de la ecuación de Fermat llevarían a una
contradicción, al demostrar que no podrían existir. Así que Wiles respiró hondo
y se propuso demostrar la conjetura de Taniyama-Shimura. Durante siete años
utilizó toda la artillería de la teoría de números para trabajar en ello, hasta
que finalmente dio con una estrategia que le abrió el camino. Aunque trabajaba
solo, no inventó toda el área por sí mismo. Se mantenía en estrecho contacto
con los nuevos desarrollos sobre curvas elípticas, y sin una fuerte comunidad
de teóricos de números que estuvieran creando un flujo continuo de nuevas técnicas
probablemente no hubiera tenido éxito. Incluso así, su contribución es enorme,
y está impulsando el tema a un nuevo y excitante territorio.
La demostración de Wiles ha sido ahora publicada al completo, y en
prensa ocupa algo más de cien páginas. Ciertamente demasiado larga para caber
en un margen. ¿Valía la pena?
Desde luego.
La maquinaria que Wiles desarrolló para descifrar el último teorema de
Fermat está abriendo nuevos campos en teoría de números. Es cierto que la
historia que tenía que contar era larga, y solo los expertos en el área podrían
tener esperanza de entenderla en todos los detalles, pero quejarse de ello no
tiene más sentido que el que tendría quejarse de que para leer a Tolstoi en el
original uno tiene que ser capaz de entender ruso.
Carta 12
Culebrones
Querida Meg:
No, no bromeaba cuando decía que la clasificación de los grupos finitos
simples ocupa diez mil páginas. No obstante, actualmente está siendo
simplificada y reorganizada. Con un poco de suerte y vientos a favor, podría
reducirse a solo dos mil. La mayor parte de la demostración se realizó a mano,
y las ideas que había detrás eran producto exclusivo de la mente humana. Pero
algunas partes clave requirieron la ayuda del ordenador.
Es ésta una tendencia creciente, y ha llevado a un nuevo tipo de estilo
narrativo para las demostraciones, la demostración asistida por ordenador, que
solo cuenta con treinta años de antigüedad. Es como la producción de comida
rápida que sirve miles de millones de hamburguesas aburridas y repetitivas:
hace su trabajo, pero no de una manera muy elegante. A veces hay algunas ideas
ingeniosas, pero la función del ordenador consiste en reducir el problema a un
cálculo en masa, aunque en principio rutinario. Este cálculo se confía entonces
a un ordenador, y si éste dice que «sí», la demostración está completa.
Un ejemplo de este tipo de demostración se dio recientemente en relación
con el problema de Kepler. En 1611 Johannes Kepler estaba considerando cómo
podrían agruparse esferas. Llegó a la conclusión de que el método más eficiente
—el que agrupa el máximo número de bolas posible en una región dada— es el que
suelen utilizar los fruteros para apilar las naranjas. Se dispone una capa
plana siguiendo una pauta de panal, luego se apila otra capa igual encima,
colocando las naranjas de la segunda capa en los intersticios de la primera
capa, y se continúa así indefinidamente. Esta estructura se manifiesta en
muchos cristales, y los físicos la llaman red cúbica centrada en las caras.
Suele decirse que la afirmación de Kepler es «obvia», pero quien piense
así no aprecia las sutilezas. Por ejemplo, ni siquiera está claro que la
disposición más eficiente incluya una capa plana de esferas. Los fruteros
empiezan apilando sobre una superficie plana, pero no hay por qué hacerlo así.
Incluso la versión bidimensional del problema —que muestra que una estructura
de panal es la manera más eficiente de agrupar círculos iguales en el plano— no
fue demostrada hasta que en 1947 László Fejes Tóth lo hizo. Su demostración es
demasiado complicada para pertenecer a El Libro, pero es todo lo que tenemos.
En 1998, Thomas Hales anunció una demostración asistida por ordenador de
la conjetura de Kepler que implicaba centenares de páginas de matemáticas más
tres giga bytes de cálculos de ordenador auxiliares. Desde
entonces se ha publicado en los Annals of Mathematics, la primera
revista matemática del mundo, con una importante reserva: los recensores
afirman que no han sido capaces de comprobar cada paso de los cálculos.
El enfoque de Hales consistía en hacer una lista de todas las maneras
posibles de disponer pequeños grupos de esferas; luego demostraba que cada vez
que el grupo no se encuentra en una red cúbica centrada en las caras, puede
«comprimirse» reordenando las esferas. Conclusión: la única disposición
incompresible —la que llena el espacio de forma más eficiente— es la
conjeturada. Así es como manejó Tóth el caso bidimensional, y tuvo que hacer
una lista de unas cincuenta posibilidades. Hales tuvo que trabajar con miles,
en tres dimensiones, y el ordenador tuvo que verificar una enorme lista de
desigualdades —esos tres giga bytes de memoria son los que se
necesitaron para tabularlas—.
Una de las primeras demostraciones que utilizo este método de fuerza
bruta por ordenador fue la demostración del teorema de los cuatro colores. Hace
aproximadamente un siglo Francis Guthrie pregunto si todo posible mapa
bidimensional que contenga cualquier disposición de países puede ser coloreado
utilizando solo cuatro colores, de modo que dos países vecinos tengan siempre
colores diferentes. Parece sencillo, pero la demostración se mostraba muy
difícil de conseguir. Finalmente, en 1976, Kenneth Appel y Wolfgang Haken
demostraron el teorema de los cuatro colores. Por ensayo y error, y cálculos a
mano, llegaron primero a una lista de casi dos mil configuraciones de «países»
y recurrieron al ordenador para demostrar que la lista es «inevitable», lo que
significa que todo mapa posible debe contener países dispuestos de la misma
manera que al menos una configuración de la lista.
El paso siguiente consistía en demostrar que cada una de estas
configuraciones es «reducible». Es decir, cada configuración puede contraerse
hasta que una parte de ella desaparece, simplificando el mapa. De forma
crucial, la contracción debe asegurar que si el mapa más sencillo que resulta
de ello puede ser coloreado con cuatro colores, también puede serlo el
original. Debes recordar que todo mapa posible debe contener al menos una de
las dos mil configuraciones. Por lo tanto, incluso el mapa más simple que uno
haya creado mediante este proceso debe tener otra configuración que puede
contraerse una vez más, y así sucesivamente. El resultado es que si uno puede
encontrar una manera de contraer cada configuración posible, ya ha dado con su
demostración. Emparejar cada configuración con una forma de «contraería» como
ésta implica un cálculo enorme pero rutinario por ordenador, que en aquellos
días necesitó unas dos mil horas en el ordenador más rápido disponible. (Hoy
día quizá baste con una hora). Pero al final, Appel y Haken tenían su
respuesta.
Las demostraciones asistidas por ordenador plantean cuestiones de gusto,
creatividad, técnica y filosofía. Algunos filósofos piensan que, con sus
métodos de fuerza bruta, no son demostraciones en el sentido tradicional. Pero
es precisamente para este tipo de cálculo masivo pero rutinario para lo que se
inventaron los ordenadores. En eso es en lo que son buenos, y en eso es en lo
que los humanos están muy limitados. Si un ordenador y un ser humano realizan
un cálculo enorme y obtienen resultados diferentes, lo más sensato es apostar
por el ordenador. Pero hay que decir que cualquier fragmento de la
demostración, cualquier cálculo por ordenador, normalmente es algo trivial y
extraordinariamente aburrido. Solo cuando los encadenas tienen alguna utilidad.
Si la demostración de Wiles del último teorema de Fermat es rica en ideas y
formas —como Guerra y paz—, las demostraciones por ordenador se
parecen más a listines telefónicos. De hecho, en el caso de la demostración de
Appel-Haken, y más incluso en la demostración de Hales, hay que pensar que la
vida es —literalmente— demasiado corta para leerla entera con
todo detalle, y no digamos para comprobarla.
Pese a todo, estas demostraciones no carecen de elegancia e intuición.
Uno tiene que ser muy ingenioso para plantear el problema de modo que el
ordenador lo pueda manejar. Y lo que es más, una vez que se sabe que la
conjetura es correcta, uno puede proponerse tratar de encontrar una forma más
elegante de demostrarlo. Esto podría sonar extraño, pero entre los matemáticos
es bien sabido que es mucho más fácil demostrar algo que ya se sabe que es
cierto. En los ambientes matemáticos en todo el mundo oirás en ocasiones que
algunos sugieren —medio en broma— que podría ser una buena idea difundir
rumores de que algún problema importante ha sido resuello, con la esperanza de
que eso pueda acelerar su solución real. Es un poco como cruzar el Atlántico.
Para Cristóbal Colon fue desesperadamente difícil, pero fue más fácil para John
Cabot, que zarpó solo cinco años después, porque él sabía lo que Colón había
encontrado.
¿Significa eso que con el tiempo los matemáticos pueden encontrar las
demostraciones de Dios para el problema de Kepler y el teorema de los cuatro
colores? Quizá sí, pero tal vez no. Es un poco ingenuo imaginar que todo
teorema con un enunciado simple debe tener una demostración simple. Todos
sabemos que muchos problemas tremendamente difíciles son engañosamente simples
de enunciar: «Aterrizar en la Luna», «Curar el cáncer». ¿Por qué deberían ser
diferentes las matemáticas?
Los expertos suelen mostrarse vehementes acerca de las demostraciones,
bien porque la más conocida no puede simplificarse, bien porque los métodos
alternativos que alguien propone no pueden funcionar. A menudo tienen razón,
pero a veces su juicio puede estar condicionado por saber demasiado. Si uno es
un escalador experimentado que propone escalar una alta cima, con glaciares,
grietas y demás, el camino «obvio» puede ser excesivamente largo y complicado.
Es natural, también, suponer que la cara vertical, que parece ser la
única ruta alternativa, es sencillamente imposible de escalar. Pero quizá pueda
inventarse un helicóptero que lleve rápida y fácilmente a la cima. Los expertos
pueden ver las grietas y la pared vertical, pero pueden pasar por alto una
buena idea para el diseño de un helicóptero. De vez en cuando alguien concibe
una pieza semejante, como caída del cielo, y demuestra que todos los expertos
estaban equivocados [16].
Por otra parte, piensa en Gödel. Sabemos que algunas demostraciones
sencillamente tienen que ser largas, y quizás el teorema de los cuatro colores
o el último teorema de Fermat son ejemplos de ello. En el caso del teorema de
los cuatro colores es posible hacer algunos cálculos sencillos para demostrar
que si uno quiere utilizar la aproximación actual —encontrar una lista de
configuraciones «inevitables» y luego eliminarlas una a una por el proceso de
«contracción»— entonces no es posible nada radicalmente más corto. Pero eso, de
hecho, es tan solo contar las grietas probables. Eso no descarta un
helicóptero. De modo que si estos mamotretos es lo mejor que podemos hacer,
¿por qué Fermat escribió lo que escribió? Por supuesto, él no pudo haber dado
con una demostración de cien páginas, incluyendo una demostración de una
conjetura sobre curvas elípticas que todavía no había sido propuesta, y
garabatear que no cabía en el margen.
Un destacado teórico de números algebraico, sir Peter
Swinnerton-Dyer, ha dado una explicación más sencilla de la afirmación de
Fermat[17]: «Estoy seguro de que Fermat creía que lo había
demostrado; y de hecho se puede reconstruir su razonamiento con plena
confianza, incluyendo un paso crucial pero ilegítimo». Sería muy bonito
imaginar que el gran Fermat estaba realmente en posesión de una demostración,
porque los métodos disponibles para él habrían sido más sencillos que los
utilizados por Wiles. Pero parece más probable que Fermat cometiera un error
sutil pero fatal, un error que fácilmente habría pasado inadvertido en aquella
época.
Carta 13
Problemas imposibles
Querida Meg:
No trates de trisecar el ángulo, por favor. Yo te enviaré algunos
problemas interesantes para que trabajes si quieres empezar ya a flexionar tus
músculos para la investigación; simplemente guárdate de la trisección del
ángulo. ¿Por qué? Porque perderías el tiempo. Se conocen métodos que van más
allá de la tradicional regla no graduada y compás; los métodos que no son de
ese tipo no pueden ser correctos. Lo sabemos porque las matemáticas disfrutan
de un privilegio que le está negado a casi todos los demás caminos en la vida.
En matemáticas podemos demostrar que algo es imposible.
En la mayoría de las profesiones, «imposible» puede significar desde
algo parecido a «No tengo ganas de molestarme» hasta «Nadie sabe cómo hacerlo»
o «Los que se encargan de ello nunca se ponen de acuerdo». El escritor de
ciencia ficción Arthur C. Clarke escribió que «Cuando un científico anciano y
distinguido afirma que algo es posible, es muy probable que esté en lo cierto.
Cuando afirma que es imposible, es casi seguro que está equivocado». (Clarke
escribía en 1963, cuando la mayoría de los científicos, especialmente los
ancianos y distinguidos, eran casi con seguridad «él»). Pero aplicada a los
matemáticos y los teoremas matemáticos, la afirmación de Clarke es lisa y
llanamente errónea. Una demostración matemática de imposibilidad es una
garantía prácticamente irrompible.
Digo «prácticamente» porque a veces lo imposible puede hacerse posible
si la pregunta se cambia de forma sutil. Entonces, por supuesto, ya no es la
misma pregunta. Arquímedes sabía cómo trisecar un ángulo utilizando una
regla graduada y compás [18].
El sencillo problema imposible que más me gusta es un rompecabezas.
Aunque parece frívolo a primera vista, proporciona gran intuición sobre la
inferencia lógica en matemáticas, y en particular sobre cómo sabemos que
algunas tareas son imposibles. El rompecabezas es éste: dado un tablero de
ajedrez al que le faltan dos casillas en los extremos de una diagonal, ¿puedes
cubrirlo con treinta y una fichas de dominó, cada una del tamaño adecuado para
cubrir dos casillas adyacentes? [19]
Debe entenderse que no se permite «hacer trampa». Las fichas de dominó
no deben solaparse, ni cortarse, ni nada parecido.
La primera pregunta que se plantea es razonablemente simple y se le
ocurre de forma natural a cualquier matemático: ¿es el área un obstáculo para
tener éxito? El área total del tablero de ajedrez mutilado es 64 − 2 = 62
casillas. El área total de las fichas de dominó es 2 × 31 = 62 casillas. Así
que tenemos exactamente el número correcto de fichas para cubrir el tablero. Si
solo nos hubieran dado treinta, entonces calculando el área total se hubiera
demostrado inmediatamente que la tarea es imposible. Pero nos han dado treinta
y una, de modo que el área no es un obstáculo.
Meg, sé que te has ejercitado mucho en matemáticas, pero es posible que
no hayas tropezado con este rompecabezas. Los rompecabezas no destacan en los
libros de texto universitarios. Inténtalo, por favor. De momento, hazlo sin
pensar; simplemente recorta unas fichas de dominó en cartón y trata de
encajarlas.
¿Lo has hecho? ¿Has llegado a alguna parte?
No. Lo has intentado una y otra vez pero ha sido en vano. Descubrirás
ver por qué si cuentas las casillas blancas y negras.
Cada ficha, no importa dónde esté situada, cubre una casilla negra y una
casilla blanca del tablero. De modo que cualquier disposición de fichas que no
se solapan debe cubrir tantas casillas blancas como negras. Pero el tablero
mutilado tiene treinta y dos casillas negras y treinta casillas blancas. No
importa cómo dispongas las fichas, siempre deben quedar vacías al menos dos
fichas negras.
Si en su lugar se eliminan dos esquinas contiguas —una negra y otra
blanca— este argumento falla. Y, de hecho, entonces puede resolverse el
rompecabezas. Pero el argumento de «paridad», con lar los números de casillas
de los dos colores y compararlos, desearla la versión que planteé de entrada.
La tarea es imposible… y punto.
El mensaje más profundo que hay detrás de este rompecabezas es válido
para las matemáticas en su conjunto. Cuando un problema te lleva a considerar
un número enorme de posibilidades —tales como las diferentes maneras en que
pueden disponerse las fichas— no hay en general ninguna forma práctica de
tratarlas de una en una. Debes buscar alguna característica común que no cambia
cuando cambias la disposición: un invariante.
Aquí, el primer invariante que hemos probado es el área. Si reordenas
las fichas, su área total sigue siendo la misma. De modo que ese invariante no
sirve aquí. Así que recurrí a un invariante diferente: la diferencia entre el
número de casillas negras y el número de casillas blancas. Ésta es siempre cero
en cualquier disposición de las fichas. De modo que no puede
obtenerse ninguna disposición en la que el invariante sea distinto de cero si
disponemos las fichas de acuerdo con nuestras reglas.
La demostración deja abierta la posibilidad de que algunas disposiciones
con invariante cero pudieran no ser posibles por otras razones. De hecho,
existen; quizá tú puedas encontrar alguna. El invariante «área» resuelve
algunos rompecabezas pero no otros. También lo hace el invariante «paridad»,
par o impar. Lo mismo puede decirse de la mayoría de los invariantes.
Ahora debemos avanzar, desde los rompecabezas a problemas matemáticos
serios. De forma extraordinaria y placentera siguen aplicándose ideas
similares.
La trisección del ángulo es un ejemplo a medida. Ahora sabemos —lo hemos
sabido desde que un alumno de Gauss, Pierre Wantzel, elaboró una demostración
en 1837— que es imposible trisecar el ángulo utilizando una regla no graduada y
un compás [20]. Es decir, no hay ninguna construcción geométrica,
que utilice las herramientas tradicionales al modo tradicional, que divida
cualquier ángulo dado en tres partes exactamente iguales.
Hay tropecientas mil interpretaciones aproximadas. Ninguna será exacta.
Puedo decirlo sin el menor temor a la contradicción y sin examinar ningún
método propuesto. Sabemos que debe contener un error. No sabemos dónde está o
cuál es el error —y puede ser muy difícil de encontrar—, pero podemos estar
seguros de que existe.
Sé que esto suena arrogante. Puede ser muy decepcionante para cualquiera
que aspire a trisecar el ángulo. «¿Cómo pueden saber esto cuando ni siquiera
han examinado mi demostración?».
Lo saben porque se ha demostrado que dicha construcción es imposible. Si
alguien afirmara que podía correr un kilómetro en diez segundos, no
necesitarías cronometrarle para saber que tenía que haber un truco. Quizá
«corre» utilizando la ayuda de un cohete. Quizá su «kilómetro» no esté medido
de la forma ortodoxa y no es más largo que un autobús. Tal vez haya algo
extraño en su reloj. No necesitamos saber qué es lo que huele mal.
Así pasa en matemáticas, pero con un mayor grado de certeza.
Muy bien: ¿cómo sabemos que la trisección del ángulo es imposible?
Aunque el problema en cuestión pertenece a la geometría, su resolución
pertenece al álgebra. Esto es algo estándar en la investigación matemática:
trata de transformar tu problema en algo que es lógicamente equivalente pero
yace en un área diferente de las matemáticas. Si tienes suerte, la nueva área
permitirá el uso de otras técnicas que arrojan nueva luz sobre el problema. La
idea de reemplazar la geometría por álgebra —o a la inversa— se remonta al
menos a René Descartes. En un apéndice a su Discurso del método de
1637, con el título «La geometría», esbozó el uso de coordenadas para convertir
formas geométricas en ecuaciones algebraicas, y al revés. Hoy las llamamos
coordenadas cartesianas en su honor.
La idea te resultará familiar, Meg. Cualquier punto en el plano puede
caracterizarse por dos números, distancias medidas en dos direcciones que
forman ángulos rectos entre sí. Horizontal y vertical, o norte/sur y
este/oeste. Una recta, un círculo u otra curva es solo una colección de puntos,
un conjunto de pares de números. Cualquier enunciado sobre estas rectas y
curvas puede convertirse en un enunciado correspondiente sobre números, y tales
enunciados pertenecen al dominio del álgebra. Así pues, el hecho de que un
círculo tiene radio unidad, cuando se traduce al álgebra utilizando el teorema
de Pitágoras, se convierte en el hecho de que para cualquier punto de su
circunferencia el cuadrado de su coordenada horizontal sumado al cuadrado de su
coordenada vertical es igual a 1. En signos, x2 + y2 =
1. Ésta es la ecuación que corresponde a dicho círculo.
Cada círculo, cada línea recta y cada curva tienen una ecuación
correspondiente. Y los puntos donde, por ejemplo, un círculo corta a una recta
son esos pares de números que satisfacen a la vez la ecuación para el círculo y
la ecuación para la recta. En lugar de dibujar rectas y curvas y encontrar sus
puntos de intersección, podemos resolver simplemente ecuaciones. Y lo que es
más importante, en lugar de pensar en dibujar rectas y curvas
y encontrar sus puntos de intersección, podemos pensar en resolver las ecuaciones
correspondientes. Y así podemos demostrar que los ángulos no pueden trisecarse
de la forma especificada.
Así es como se procede, quitando detalles técnicos. Cualquier
construcción geométrica empieza con una colección de puntos y luego construye
nuevos puntos por uno de estos tres métodos. O bien dibujamos dos rectas que
pasan por los puntos existentes y descubrimos dónde se cortan dichas rectas; o
dibujamos una recta semejante y encontramos dónde corta a un círculo con centro
en un punto conocido y que pasa por otro punto conocido; o dibujamos dos
círculos semejantes y vemos dónde se cortan. Este pequeño conjunto de jugadas
es un producto de nuestras herramientas: una regla recta hace solo líneas
rectas, y un compás hace solo círculos. Así pues, construimos nuevos puntos a
partir de los viejos, y seguimos haciendo un número finito de tales jugadas y
luego paramos.
Ésta es otra técnica de demostración estándar: dividir el problema en
las partes más simples posibles.
Puede parecer que un ángulo no encaja en esta descripción. Pero un
ángulo está especificado por dos rectas que se cortan en un punto común, y esas
dos rectas pueden especificarse por el punto común, otro punto en la primera
recta y otro punto en la segunda recta. Tres puntos bastan para definir un
ángulo. Solo se necesita un punto más para especificar un ángulo de un tercio
de tamaño. Pero localizar ese cuarto punto puede requerir en principio la
construcción de muchos puntos auxiliares sobre la marcha, y lo que se afirma es
que ninguno de éstos servirá realmente.
Para ver por qué, aplicamos otra técnica de demostración estándar:
examinamos cada uno de los pasos más simples y tratamos de encontrar sus
características esenciales.
Desde un punto de vista geométrico hay tres pasos distintos: dos rectas,
recta más círculo, dos círculos. Pero si traducimos estos pasos al álgebra,
vemos que el primero es equivalente a resolver una ecuación lineal y los otros
dos son equivalentes a resolver una ecuación de segundo grado. En una ecuación
lineal se nos dice que la suma de un múltiplo de la incógnita y un número es 0.
En una ecuación de segundo grado se nos dice que la suma de un múltiplo del
cuadrado de la incógnita, un múltiplo de la incógnita y un número es 0.
Las ecuaciones lineales son «casos especiales» de ecuaciones de segundo
grado en las que el cuadrado de la incógnita está multiplicado por 0. De modo
que los tres pasos se reducen a resolver ecuaciones de segundo grado.
Métodos para resolver ecuaciones de segundo grado eran ya conocidos para
los babilonios en el 2000 a. C., y la idea básica es que siempre puede hacerse
utilizando raíces cuadradas. En resumen, hemos reemplazado «construidle
utilizando regla no graduada y compás» por «expresadle por una secuencia de
raíces cuadradas (y otras operaciones aritméticas tales como la suma y la
resta)». Eso caracteriza todos los puntos posibles que pueden aparecer a partir
de construcciones geométricas.
Supongamos que un ángulo puede trisecarse utilizando una construcción
semejante. Entonces las coordenadas del punto correspondiente —el asociado con
un ángulo de un tercio de tamaño— deben ser expresables por una secuencia de
raíces cuadradas. ¿Es eso posible? Bueno, algo sabemos sobre ese nuevo punto, o
sea, que sus coordenadas están dadas por una ecuación cúbica, una ecuación que
también incluye el cubo de la incógnita. Esta observación procede de la
trigonometría, donde hay una fórmula estándar que relaciona el seno de un
ángulo con el seno de tres veces ese ángulo.
Todo el tinglado se reduce entonces a una cuestión simple: dado un
número que uno sabe que es la solución de una ecuación cúbica, ¿es posible
expresar dicho número utilizando solamente raíces cuadradas? La idea es que hay
aquí un desajuste: ninguna secuencia de pasos que implique al número 2 debería
dar lugar al número 3. Un examen detenido de las propiedades de las soluciones
de las ecuaciones conduce a un invariante, conocido como el grado.
Este no tiene nada que ver con el «grado» como una unidad de medida de ángulos;
es un número entero que especifica el tipo de ecuación que se está resolviendo.
Las propiedades simples del grado prueban que el único caso en que se puede
resolver una ecuación cúbica utilizando nada más elaborado que raíces cuadradas
es cuando la ecuación cubica se descompone en una ecuación lineal y en una
cuadrática, o en tres ecuaciones lineales.
Sin embargo, un breve cálculo muestra que, con raras excepciones, la
ecuación cúbica asociada con la trisección del ángulo no es de este tipo [21]. No se descompone. En particular, esto es lo que
sucede cuando el ángulo inicial es de 60°, por ejemplo. Por consiguiente, la
ecuación cúbica no puede resolverse exactamente utilizando solo raíces
cuadradas. De hecho, si pudiera resolverse de esta manera, entonces el entero 3
tendría que ser un número par. Pero por supuesto no lo es.
Dejo aparte los detalles —si quieres verlos puedes encontrarlos en
muchos textos de álgebra estándar—, pero espero que la historia quede clara.
Transformando la geometría en álgebra, podemos reformular la trisección del
ángulo (de hecho, cualquier construcción) como una pregunta algebraica: ¿puede
un número asociado con la construcción deseada ser expresado utilizando raíces
cuadradas? Si sabemos algo útil sobre el número en cuestión —aquí, que está
dado por una ecuación cúbica— entonces quizá podamos responder la versión
algebraica de la pregunta. En este caso, el álgebra descarta cualquier
posibilidad de que exista tal construcción, gracias al invariante conocido como
el grado.
No se trata de ser más o menos ingenioso: por astuto que uno sea, su
construcción propuesta será necesariamente inexacta. Podría ser muy aproximada
(lamentablemente, la mayoría de los intentos no lo son; echa una ojeada a A
Budget of Trisections de Underwood Dudley), pero no puede ser exacta.
Tampoco se trata de encontrar otros métodos de trisecar ángulos: ésos ya se
conocen, y no era ésa la cuestión. A quienes me envían un intento de trisección
siempre les digo que no me preocupa que sea falso, ni debería preocuparles a
ellos. El problema es que, si tienen razón , entonces una
consecuencia directa de su demostración es que 3 es un número par.
¿Realmente quieren entrar en los libros de historia por afirmar algo
así?
Te advierto que eso no les desanima. Ningún argumento racional disuade a
un alguien que de verdad aspire a trisecar el ángulo de su certeza innata en
que tiene razón.
El invariante «grado» explica también por qué puede construirse un
polígono regular de diecisiete lados pero no puede construirse uno de siete
lados. Los grados correspondientes resultan ser uno menos que el número de
lados: dieciséis y seis. Puesto que 16 es la cuarta potencia de 2, el polígono
de diecisiete lados puede construirse resolviendo cuatro ecuaciones cuadráticas
sucesivas. Pero 6 no es una potencia de 2, de modo que no existe una
construcción en este caso. Según mi experiencia, los trisectores del ángulo
rara vez cuestionan esta deducción, aunque es irónico que ella implique que una
trisección válida del ángulo llevaría directamente a una construcción del
heptágono regular.
Hay otros muchos problemas imposibles en matemáticas. La trisección del
ángulo es uno de los tres famosos «problemas de la Antigüedad» atribuidos a los
antiguos geómetras griegos, desgraciadamente sin mucha justificación histórica
porque la limitación a regla no graduada y compás fue un añadido posterior. Los
griegos sabían cómo resolver los tres problemas utilizando instrumentos más
complicados. Pero es cierto que ésta era la única manera de la que sabían para
resolverlos. Los matemáticos posteriores se preguntaron si alguien podía
hacerlo mejor y, finalmente, se dieron cuenta de que no podían.
Los otros dos problemas de la Antigüedad son la cuadratura del círculo y
la duplicación del cubo. Es decir, construir, utilizando los métodos
tradicionales, un cuadrado cuya área sea igual a la de un círculo dado, o un
cubo cuyo volumen sea el doble de un cubo dado. En términos modernos, estos
problemas buscan construcciones para π y la raíz cúbica de 2, respectivamente.
Puede demostrarse que son imposibles por métodos similares. De hecho, la raíz
cúbica de 2 satisface evidentemente una ecuación cúbica: su cubo es 2. Y π no
satisface ninguna ecuación algebraica; pero ésa es otra historia.
Carta 14
El escalafón de la carrera
Querida Meg:
No hay de qué. Siempre me gusta invitarte a comer cuando nos encontramos
en la misma ciudad, lo que, si estás intentando realmente hacer carrera como
investigadora, podría ser cada vez más frecuente.
Pero déjame hacer de abogado del diablo por un momento. Es importante
que te preguntes si quieres quedarte en la universidad porque es allí donde te
sientes más cómoda. A tu edad no deberías perseguir la «comodidad».
Ser un matemático investigador es parecido a ser un escritor o un
artista: todo el encanto aparente para los de fuera se desvanece rápidamente
ante la frustración, la incertidumbre y el trabajo duro y a menudo solitario.
No puedes esperar que tus ocasionales momentos de fama compensen todo esto. A
menos que seas más superficial de lo que creo que eres, no lo compensarán. Tu
satisfacción debe proceder de la euforia que alcanzas cuando de repente, por
primera vez, entiendes el problema en el que estás trabajando y ves la vía
hacia una solución. Utilizo la palabra «euforia» a propósito. Necesitas ser
algo parecido a una adicta para que esa sensación te proporcione suficiente
recompensa por todo el trabajo.
He aquí la paradoja: aunque buena parte del trabajo de un matemático es
individual, incluso solitario, el aspecto más importante de tu investigación no
es el campo que elijas o los problemas en los que te embarques, sino cómo
tratas con la gente que te rodea.
Cuando decides sacar un doctorado, no lo haces sola. Tus colegas
estudiantes constituirán un importante grupo de apoyo; tu departamento
funcionará como tu clan dentro de la gran tribu de matemáticos en todo el
mundo; sobre todo, tendrás un director de tesis (o supervisor, como lo llamamos
en Reino Unido). Normalmente él o ella serán unos expertos reconocidos con un
sólido currículum en el área en la que proyectas estudiar. A veces será alguien
que ha terminado su propio doctorado hace solo unos años, en cuyo caso habrá
probablemente un segundo director más veterano para aportar experiencia a la
mezcla.
Un director joven a menudo supone una elección excelente. Normalmente
los jóvenes están desbordantes de ideas, y apenas han pasado por la maquinaria
académica, de modo que tal vez sean más comprensivos con tus esfuerzos.
En el número de abril de 1991 de The Psychologist, mi amiga
socióloga Helen Haste analizaba las pautas de intercambio de obsequios entre
unas gentes distantes y primitivas conocidas como «académicos». El artículo era
un ensayo antropológico, pero llegaba a algunas conclusiones reveladoras. Los
obsequios eran copias de publicaciones de investigación, y el artículo
clasificaba a los académicos en una escala de seis peldaños, más un papel poco
ortodoxo que quedaba al margen.
Tú estás a punto de unirte al primer peldaño de la escala al hacerte una
EDDX: estudiante de doctorado del doctor X. Desde esa etapa estoy seguro que
pasarás rápidamente a JPI, joven promesa investigadora, y de ahí a IE,
investigadora en plantilla. Si decides quedarte en el mundo académico, los
grados sucesivos son CS (científico senior), GA (gran anciano) y GE (gurú
emérito).
Como EDDX todavía no habrás producido ningún obsequio ritual propio de
ti, y por ello no puedes ofrecérselos a nadie. Puedes pedirlos, pero
normalmente solo a tus pares. Cuando actúes ante la tribu —es decir, cuando des
seminarios— invocarás repetidamente a dos ancestros, un teórico importante y tu
director de tesis. El JPI está más relajado y entiende mejor los rituales. Él o
ella seguirán invocando a esos dos ancestros, pero menos y a veces como simples
notas a pie de página. En su lugar, los JPI astutos invocan a los CS. Viajan a
reuniones tribales (conferencias) tan cargados de obsequios que el viaje se
parece más a un peregrinaje, y los reparten con generosidad. También se sienten
capaces de solicitar obsequios de sus mayores, aunque no demasiado a menudo y
siempre cortésmente. El IE rara vez se refiere a un teórico importante, pues
prefiere mencionar solo a ancestros que aún estén en activo, pero —y esto es
revelador— un IE puede mencionar también a la progenie, para demostrar que él o
ella la tienen. El IE no lleva obsequios a la reunión tribal, pues astutamente
los ha repartido por adelantado al círculo interno de la tribu.
El CS invoca frecuentemente a un teórico importante, con el objetivo de
sustituirle haciendo ver que ha hecho grandes avances sobre las ideas del
teórico importante. El CS nunca los da o recibe en público, pero espera recibir
muchos obsequios por medios más ocultos. El GA se sienta en el pináculo de la
jerarquía de los obsequios: no ofrece obsequios pero los exige de todos,
especialmente de los jóvenes. El GE es invocado como un ancestro por casi
todos, pero no participa en absoluto en el intercambios de obsequios.
El papel que no encaja en esta secuencia —de hecho no encaja en ninguna
parte, que es su razón de ser— es el gurú heterodoxo (GH). Helen dice lo
siguiente sobre el GH: «El gurú heterodoxo cumple un papel simbólico
importante, pues posee curiosos poderes mágicos que provocan miedo y
fascinación en la comunidad. El GH está fuera de la ortodoxia principal, pero
empeñado en criticarla. El GH no puede ser invocado como un ancestro por los
miembros jóvenes de la comunidad que intentan permanecer dentro de la corriente
principal. (…) Un otrora GH se convierte rápidamente en un GA».
Menciono todo esto porque tienes que valorar tu lugar dentro de la
tribu, y porque tu progresión desde EDDX a JPI y a IE depende mucho de tu
elección de X, que debería ser o un IE, o un CS o quizás un GA. No
elijas un GH, por muy atractiva que pueda parecer esa opción, a menos
que pretendas hacer toda tu carrera al margen de la jerarquía oficial. Y, en
general, le aconsejo que te alejes de los GA. Hazme caso: yo quería convertirme
en un GH, pero creo que en lugar de ello he terminado como un GA. Un GA tendrá
un currículum impresionante, pero buena parte del mismo datará del pasado
oscuro y lejano: de hace cinco años, o incluso más. Cuanto más viejo se vuelve
un académico, más bagaje intelectual lleva con él. Las mentes de los GA tienden
a seguir surcos familiares, y aunque lo hacen con impresionante facilidad y
confianza, sus alumnos pueden perderse las ideas realmente nuevas que son la
savia de la investigación. A pesar de eso, algunos GA son directores
excelentes, normalmente los que están cerca de ser GH pero no del todo.
Los GE nunca tienen alumnos.
Mi director era un CS en el campo de la teoría de grupos —las
matemáticas formales de la simetría— llamado Brian Hartley. Era joven, pero no
demasiado. Yo no le escogí, y él tampoco me escogió exactamente; yo escogí el
campo, y el sistema me llevó a él porque él trabajaba en ese campo. Había
cuatro o cinco opciones. Cualesquiera de ellas hubiese sido buena —más tarde
llegué a conocer a todos ellos, ya como colegas—, pero mi investigación habría
sido muy diferente. Tuve muchas suerte al encontrar a Brian, que me propuso un
problema —o mejor, todo un programa— que realmente satisfacía mis intereses y
capacidades. Era brillante. Me veía regularmente, siempre estaba disponible si
yo me quedaba atascado, y difícilmente se mostraba perplejo ante una idea.
Creo que Brian se sorprendió ligeramente cuando entré en su despacho el
primer día de mi curso de doctorado y le pedí un problema de investigación.
Normalmente los alumnos necesitan más tiempo para decidirse. Pero en menos de
media hora él me había dado uno —sacado de uno de sus propios artículos, era la
primera vez que yo recibía un regalo— y resultó ser algo muy bonito. El
programa de investigación consistía en estudiar un tipo especial de grupo que
un matemático ruso, Anatoly Ivanovich Malcev, había asociado con otra
estructura matemática llamada un álgebra de Lie. Esta estructura fue
desarrollada por primera vez hace un siglo por el noruego Sophus Lie, pero
(pese a su nombre) fue estudiada principalmente en el contexto del análisis, no
del álgebra abstracta. De modo que la versión puramente algebraica de Malcev
era un punto de vista nuevo. Como muchos rusos en esa época, él había esbozado
las ideas pero no las había desarrollado en detalle. El problema que debía
resolver consistía en asumir las ideas y conjeturas de Malcev, y completar las
demostraciones necesarias y otras conexiones, de hecho, para convertir un
conjunto de esbozos y revoques en el plano acabado de un edificio. Me llevó
tres meses y me quedé enganchado a la teoría de Lie. Terminé escribiendo mi
tesis sobre álgebras de Lie.
La influencia de Brian no se limitaba a los problemas de investigación.
Él y su mujer, Mary, me invitaban a mí y a otros doctorandos a su casa. A veces
me invitaba a tocar con él en una sesión de jazz en un pub local.
Era una padre académico, un mentor y un amigo. Murió en 1994, inesperadamente,
a los cincuenta y cinco años cuando paseaba por las colinas próximas a
Manchester. Escribí su necrológica para The Guardian. Terminaba
así: «Vi a Brian por última vez hace unas semanas, en una reunión para celebrar
el sexagésimo cumpleaños de un amigo común. Acababa de obtener una beca muy
cuantiosa que le liberaría de todos sus deberes docentes durante cinco años
para concentrarse en la investigación. Murió con las botas puestas,
literalmente, mientras caminaba por sus amadas colinas, y también
metafóricamente. Y así es como todos le recordaremos».
Aún me resulta difícil aceptar que se haya ido.
Como digo, fui afortunado. El sistema me asignó al director ideal. Pero
tú puedes hacerlo mejor. No lo dejes al azar: «elige» a tu director de tesis.
Lee la literatura, habla con la gente que trabaja en ese campo, descubre quién
tiene buena reputación y —esto es crucial— quién lo hace bien con los
estudiantes. Escribe una corta lista. Visítales; de hecho, «entrevístales».
Luego haz caso a tu instinto. Y recuerda: tú no quieres un GA que no te haga
caso; tú quieres una estrecha relación personal.
¿Hace falta que diga que no «demasiado» estrecha? El tópico de los
profesores que se acuestan con sus alumnos existe porque se dan casos. Alguien
observó en cierta ocasión que cuanto más subjetiva era la disciplina, mejor
vestían los profesores, y un principio similar parece aplicarse a las
relaciones sexuales ilícitas. Los matemáticos, en general, lo hacemos bastante
menos, quizá por lo mal que vestimos. En cualquier caso, todo el mundo sabe que
es poco profesional, y ahora existen leyes contra el acoso sexual. Ya es
suficiente. Para esparcimiento y afecto, limítate a tus colegas estudiantes o a
personas ajenas al campus, por favor.
Suele contarse un chiste en el que se dice que la capacidad matemática
se transmite normalmente de padre a yerno (o, en nuestros días, de madre a
nuera). La idea subyacente es que un estudiante de doctorado varón solía
casarse con la hija de su director de tesis. Es una forma de conocer a gente
fuera del campus. De modo que tu ascendencia real puede estar afectada por tu
ascendencia matemática.
Los matemáticos están orgullosos de rastrear su linaje matemático a
través de sus directores de tesis [22]. Brian fue mi padre matemático, y Philip Hall mi
abuelo. Hall pertenecía a una generación para la que no era necesario un
doctorado como cualificación para obtener un puesto en la universidad, pero la
influencia más importante en su primer trabajo fue William Burnside. Del mismo
modo, Burnside puede considerarse un hijo matemático de Arthur Cayley, uno de
los más famosos matemáticos ingleses de la época victoriana.
Recuerdo estas cosas y las valoro. Sé dónde y cómo encajo en el árbol
genealógico del pensamiento matemático. Arthur Cayley es un ancestro matemático
tan importante para mí como cualquiera de mis tatarabuelos biológicos.
El talento debe transmitirse a las generaciones siguientes. He sido
hasta el momento director de tesis de treinta estudiantes, veinte hombres y
diez mujeres. Desde 1985 la proporción es de cincuenta por ciento de hombres y
cincuenta por ciento de mujeres. Sé que las mujeres son tan buenas en
matemáticas como los hombres porque he observado a unos y a otras de cerca.
Estoy particularmente orgulloso de mis hijas matemáticas, muchas de las cuales
vienen de Portugal, donde hace tiempo que las matemáticas se consideran como
una actividad adecuada para las mujeres. Todas mis hijas portuguesas han
seguido dedicándose a las matemáticas [23]. De hecho, la mayoría de mis alumnos han seguido
trabajando en matemáticas, y todos y cada uno de ellos obtuvo un doctorado. Sin
embargo, uno es ahora contable, varios trabajan en computación, y uno posee una
compañía de electrónica, o al menos la poseía la última vez que supe de él.
En la actualidad, el resto del mundo está ahora siguiendo los pasos de
Portugal. En julio de 2005 la American Mathematical Society (la Sociedad
Americana de Matemáticas) publicó los resultados de su Annual Survey of
the Mathematical Sciences de 2004. Desde principios de los años
noventa, las mujeres han obtenido en torno al 45 por ciento de todos los grados
en matemáticas. Las mujeres obtuvieron casi un tercio del total de los
doctorados de Estados Unidos en ciencias matemáticas en el año académico
2003-2004, y una cuarta parte de los concedidos en los cuarenta y ocho
principales departamentos de matemáticas. En total, 333 mujeres se doctoraron
en matemáticas ese año, el mayor número nunca registrado.
La idea de que las matemáticas no son una disciplina adecuada para
mujeres es anticuada. El escalafón de la carrera está abierto a ambos sexos,
aunque aún sigue desequilibrado en el extremo superior.
Carta 15
¿Puras o aplicadas?
Querida Meg:
Cuando vayas a elegir una especialidad como estudiante de primer año de
la carrera de matemáticas, mucha gente te dirá que la elección más importante
que va a hacer es elegir entre estudiar matemáticas puras o aplicadas.
En una primera respuesta te diría que deberías estudiar ambas. Pero
reflexionándolo un poco más la distinción es inútil y enseguida se convierte en
insostenible. «Puras» y «aplicadas» representan dos aproximaciones distintas a
nuestra disciplina, pero no compiten entre sí. El físico Eugene Wigner se
refirió en cierta ocasión a la «irrazonable efectividad de las matemáticas»
para dar una idea sobre el mundo natural, y su elección de palabras deja claro
que estaba hablando de las matemáticas puras. ¿Por qué tales formulaciones
abstractas, aparentemente divorciadas de cualquier conexión con la realidad,
tendrían que ser relevantes para tantas áreas de la ciencia? Y, sin embargo, lo
son.
Hay muchos tipos de matemáticas, y aunque resulta que esos dos tipos
tienen nombres, tan solo representan dos puntos dentro del espectro del
pensamiento matemático. Las matemáticas puras se funden con la lógica y la
filosofía, y las matemáticas aplicadas se funden con la física matemática y la
ingeniería. Son tendencias, no los extremos del espectro. Por una casualidad
histórica, estas dos tendencias han creado una división administrativa en las
matemáticas académicas: muchas universidades sitúan las matemáticas puras y las
matemáticas aplicadas en departamentos diferentes. Acostumbraban a luchar con
uñas y dientes por cada nuevo nombramiento y cada nuevo representante en las
comisiones, pero últimamente lo están haciendo bastante mejor.
Tal como las caricaturizan los matemáticos aplicados, las matemáticas
puras son un sinsentido intelectual abstracto en una torre de marfil sin
ninguna repercusión práctica. Las matemáticas aplicadas, responden los
matemáticos puros intransigentes, son intelectualmente descuidadas, carentes de
rigor y sustituyen la comprensión por la acumulación de números. Como todas las
buenas caricaturas, ambas afirmaciones contienen algo de verdad, pero no
deberías tomarlas al pie de la letra. De todas formas, en ocasiones te
encontrarás con estas exageradas actitudes, igual que te encontrarás con
personas que aún creen que las mujeres no sirven para las matemáticas y la
ciencia. No hagas caso de estas personas; su época ha pasado, pero no se han
dado cuenta de ello.
Timothy Poston, un colega matemático a quien conozco desde hace treinta
y cinco años, escribió un penetrante artículo en 1981 en Mathematics
Tomorrow [24] . Él observaba —para parafrasear un argumento
complejo— que la «pureza» de las matemáticas puras no es la de una princesa
ociosa que se niega a ensuciarse las manos con un trabajo bueno y honrado, sino
una pureza de método. En matemáticas puras no se te permite tomar
atajos o llegar conclusiones no justificadas, por plausibles que sean. Como
decía Tim: «El pensamiento conceptual es la sal de las matemáticas. Si la sal
se ha vuelto insípida, ¿con qué se sazonarán las aplicaciones?».
En los años setenta del siglo pasado surgió un terreno intermedio,
llamado «matemáticas aplicables», aunque el nombre nunca llegó a cuajar. Estoy
convencido de que todas las áreas de las matemáticas son potencialmente
aplicables, aunque —como sucede con la igualdad en Rebelión en la
granja— algunas son más aplicables que otras. Prefiero un único nombre,
matemáticas, y creo que deberían hallarse dentro de un mismo departamento
universitario. Actualmente se pone énfasis en desarrollar la unidad de áreas
solapadas de matemáticas y ciencias, no en imponer fronteras artificiales.
Nos ha llevado un tiempo llegar a este feliz estado de cosas.
En los días de Euler y Gauss nadie distinguía entre la estructura
interna de las matemáticas y la forma como se utilizaban. Euler escribía un día
sobre la disposición de los mástiles en los barcos y al día siguiente sobre
integrales elípticas. Gauss quedó inmortalizado por su trabajo en teoría de
números, incluyendo joyas como la ley de la reciprocidad cuadrática [25], pero también sacó tiempo para calcular la órbita
de Ceres, el primer asteroide conocido. Una regularidad empírica en la
separación de los planetas, la ley de Titius-Bode[26], predecía un planeta desconocido en una órbita
entre Marte y Júpiter. En 1801 el astrónomo italiano Giuseppe Piazzi descubrió
un cuerpo celeste en una órbita apropiada y le llamó Ceres. Las observaciones
eran tan escasas que los astrónomos desesperaban de volver a localizar a Ceres,
y entonces reapareció por detrás del Sol. Gauss respondió mejorando los métodos
para el cálculo de órbitas, e inventando de paso herramientas tales como el
ajuste por mínimos cuadrados. El trabajo le hizo famoso, y le desvió hacia la
mecánica celeste; incluso así, es de la opinión general que su mejor trabajo lo
llevó a cabo en el campo de las matemáticas puras.
Gauss pasó a realizar medidas geodésicas y a inventar el telégrafo.
Nadie podría acusarle de ser poco práctico. En matemáticas aplicadas era un
genio. Pero en matemáticas puras era un dios.
En el momento en que el siglo XIX se fundía con el XX, las matemáticas
se habían hecho demasiado grandes para que una persona las abarcara por
completo. La gente empezó a especializarse. Los investigadores se encaminaban
hacia áreas de las matemáticas cuyos métodos les atraían. Quienes disfrutaban
descifrando pautas extrañas y gozaban con los esfuerzos lógicos requeridos para
encontrar demostraciones se especializaron en las partes más abstractas del
panorama matemático. Los tipos prácticos que querían respuestas se
veían arrastrados hacia áreas que se hallaban entre la física y la ingeniería.
En 1960 esta divergencia se había convertido en una división. Lo que los
matemáticos puros consideraban la corriente principal —análisis, topología,
álgebra— se había introducido tanto en los dominios de la abstracción que
resultaba desagradable para los que tenían una mente práctica. Mientras tanto,
los matemáticos aplicados estaban sacrificando el rigor lógico para extraer
números de ecuaciones cada vez más difíciles. Obtener una respuesta se volvió
más importante que obtener la respuesta correcta, y cualquier argumento que
llevaba a una solución razonable era aceptable, incluso si nadie podía explicar
por qué funcionaba. A los estudiantes de física se les decía que no siguiesen
cursos de los matemáticos porque eso destruiría sus cerebros.
Demasiadas de las personas involucradas en este debate fracasaron en su
intento por advertir que no había ninguna razón particular para restringir la
actividad matemática a un estilo de pensamiento. No había ninguna buena razón
para suponer que las matemáticas puras eran buenas y las matemáticas aplicadas
eran malas, o al revés. Pero aun así, muchas personas adoptaron estas posturas.
Los matemáticos puros no ayudaban al mostrarse ostentosamente desinteresados
por buscar la utilidad de lo que hacían; muchos, como Hardy, estaban orgullosos
de que su trabajo no tuviera ningún valor práctico. Visto en retrospectiva,
había una buena razón para ello, entre varias razones malas. La búsqueda de
generalidad condujo a un examen profundo de la estructura de las matemáticas, y
éste análisis reveló a su vez algunas grandes lagunas en nuestra comprensión de
los fundamentos de la disciplina. Hipótesis que habían parecido tan obvias que
nadie se había dado cuenta de que eran hipótesis, y resultaron ser falsas.
Por ejemplo, todos habían supuesto que cualquier curva continua debe
tener una tangente bien definida, casi en todo lugar, aunque por supuesto no en
esquinas abruptas, que es por lo que «en todo lugar» era un enunciado demasiado
tajante. De forma equivalente, toda función continua debía ser diferenciable
casi en todo lugar.
No es así. Karl Weierstrass halló una sencilla función continua que no
es diferenciable en ninguna parte.
¿Importa eso? Durante un siglo el área conocida como análisis de Fourier
se vio plagada por dificultades similares, hasta el punto de que nadie estaba
seguro de qué teoremas eran correctos y cuáles eran falsos. Nada de ello
impidió a los ingenieros hacer buen uso del análisis de Fourier, pero una
consecuencia de la lucha por ordenar toda el área fue la creación de la teoría
de la medida, que más tarde proporcionó las bases de la teoría de la
probabilidad. Otra fue la geometría fractal, una de las maneras más
prometedoras de entender las irregularidades de la naturaleza. Los problemas de
rigor rara vez afectan a las aplicaciones directas e inmediatas de los
conceptos matemáticos. Pero al ordenar estos problemas suelen ponerse de
manifiesto ideas nuevas y elegantes, importantes en alguna otra área de
aplicación, que de lo contrario no se habrían hallado.
Dejar dificultades conceptuales no resueltas es como utilizar nuevas
tarjetas de crédito para pagar las deudas contraídas con las viejas. Puedes
hacerlo durante algún tiempo, pero al final eso pasa factura.
El estilo del pensamiento matemático necesario para ordenar el análisis
de Fourier era poco familiar incluso para los matemáticos puros. Demasiado a
menudo parecía que el objetivo no era demostrar nuevos teoremas sino idear
ejemplos despiadadamente complicados que ponían límites a los teoremas
existentes. Muchos matemáticos puros se sentían molestos con estos ejemplos,
los estimaban «patológicos» y «monstruosos», y confiaban en que si se pasaban
por alto de algún modo desaparecerían. Pero David Hilbert, uno de los
matemáticos más destacados de principios del siglo XX, discrepaba, y calificaba
de «paraíso» el área que estaba emergiendo. Se necesitó tiempo para que la
mayoría de los matemáticos entendieran su idea. En los años sesenta, sin
embargo, la habían asumido a tal extremo que sus mentes estaban concentradas
casi exclusivamente en ordenar las dificultades internas de las grandes teorías
matemáticas. Cuando la comprensión que uno tiene de la topología no le permite
distinguir un nudo marinero de un nudo de la abuela parece absurdo preocuparse
por las aplicaciones. Estas deben esperar hasta que hayamos ordenado este
material; no esperes que construya una vitrina para un cóctel cuando todavía
estoy tratando de afilar la sierra.
Todo esto tenía algo de torre de marfil. Pero como colectivo, los
matemáticos no habían olvidado que la fuerza creativa más importante en
matemáticas es su conexión con el mundo natural. Cuando las teorías se hicieron
más poderosas y se cubrieron las lagunas, los individuos tomaron la nueva caja
de herramientas y empezaron a utilizarlas. Empezaron a adentrarse en un
territorio que había pertenecido a los matemáticos aplicados, quienes
cuestionaban a los intrusos y no se sentían cómodos con sus métodos.
Marc Kac, un estudioso de las probabilidades con intereses en muchas
otras áreas de aplicación, escribió un divertido y penetrante análisis de la
tendencia de los matemáticos puros a reformular problemas aplicados en términos
abstractos. Comparaba su aproximación a la invención de «elefantes
deshidratados», técnicamente difícil pero sin ningún uso práctico. Mi amigo Tim
Poston señalaba que ésta era una pobre analogía. En realidad es bastante fácil
crear un elefante deshidratado. La cuestión técnica importante es completamente
diferente: se trata de asegurar que cuando se añada agua, se obtenga de nuevo
un elefante plenamente operativo. Aníbal, decía él, podría haberse valido de un
cargamento de elefantes deshidratados cuando marchó sobre Roma.
Metáforas aparte, Kac hacía una buena observación: las reformulaciones
abstractas no son un fin en sí mismas. Pero la echaba a perder por completo al
poner un ejemplo. Mi suegro cometió el mismo error en los años cincuenta,
cuando afirmó, con acierto, que la mayoría de las estrellas del pop no durarían
mucho, pero luego puso como ejemplo a Elvis Presley. El ejemplo que ponía Kac
de un elefante deshidratado arquetípico era la reformulación que había hecho
Steven Smale de la mecánica clásica en términos de «geometría simpléctica». Nos
alejaría bastante del tema explicar este nuevo tipo de geometría, pero baste
decir que la idea de Smale se considera ahora como una aplicación profunda de
la topología a la física.
Otro crítico vehemente de la abstracción en matemáticas era John
Hammersley. Hombre seriamente práctico y consumado solventador de problemas,
Hammersley observaba con consternación cómo las «nuevas matemáticas» de los
años sesenta dominaban los currículum escolares en todo el mundo, y cosas como
resolver ecuaciones de segundo grado eran abandonadas en favor de empalmar
cintas de Möbius para ver cuántas caras y bordes tenían. En 1969 escribió una
celebrada diatriba llamada «Sobre el debilitamiento de las habilidades
matemáticas por las “matemáticas modernas” y similar basura intelectual en
escuelas y universidades» [27].
Como Kac, él tenía algo de razón, pero habría sido mucho mejor si no
hubiera estado tan convencido de que algo que a él no le gustaba era basura.
«Abstracto» viene de abstraer. Lo general se abstrae de lo particular. Es mejor
enseñar lo particular antes de hacer la abstracción. Pero a finales de los años
sesenta los educadores se pusieron a desechar lo particular. Se habían
convencido de que era más importante saber que 7 + 11 = 11 + 7 que saber que
ambas cosas eran 18, e incluso mejor saber quea + b = b + a sin
tener una idea de lo que eran a y b. Puedo
entender por qué Hammersley estaba furioso. Pero… ¡vaya hombre! Desde el punto
de vista actual parece un poco reaccionario. Resulta que esa «basura
intelectual» consistía en ideas útiles e importantes, pero ideas para enseñar
mejor en una universidad, y no en el instituto. En sus fronteras, las
matemáticas tenían que hacerse generales y abstractas: de otra forma no podrían
avanzar. Mirando los años sesenta del siglo pasado desde el siglo XXI, cuando
el trabajo de ese período está dando su fruto, creo que Hammersley no tuvo en
cuenta que las nuevas aplicaciones necesitarían nuevas herramientas, o que las
leonas que estaban siendo desarrolladas de manera tan eficaz por los
matemáticos puros serían una fuente principal de dichas herramientas.
Lo que Hammersley denigraba hace cuarenta años calificándolo de «basura
intelectual» es precisamente lo que yo utilizo hoy para trabajar en problemas
de mecánica de fluidos, biología evolutiva y neurociencia. Utilizo teoría de
grupos, el lenguaje fundamental de la simetría, para entender las generalidades
de la formación de patrones y la aplicación de dichas ideas a muchas áreas de
la ciencia. Así lo hacen centenares de otras personas en matemáticas, física,
química, astronomía, ingeniería y biología.
La gente que está orgullosa de ser «práctica» me molesta tanto como los
que están orgullosos de no serlo. Ambos tipos de personas pueden sufrir de
miopía. Recuerdo al químico Thomas Midgley, Jr. el cual dedicó buena parte de
su vida profesional a dos inventos fundamentales: el freón y la gasolina con
plomo. El freón es un clorofluorocarbono (CFC), y esta clase de sustancias
químicas fue responsable del agujero en la capa de ozono y ahora está
generalmente prohibida. También está prohibido el plomo en la gasolina, debido
a sus efectos adversos en la salud, especialmente en los niños. A veces
centrarse estrechamente en cuestiones prácticas inmediatas puede más tarde
causar problemas. Por supuesto, no es difícil ser prudente a toro pasado: no
era fácil prever que las reacciones catalíticas sobre cristales de hielo que
hacían aparentemente estables los CFG tendrían un efecto tan dañino en la
atmósfera superior. Pero la gasolina con plomo siempre fue una mala idea.
Está bien que la gente defienda su punto de vista acerca de cómo habría
que hacer las matemáticas. Pero no se debería presuponer que hay solo una buena
forma de hacer matemáticas. Yo valoro la diversidad, Meg, y te animo a hacer lo
mismo. También valoro la imaginación, y te animo a que desarrolles la tuya y la
utilices. Se necesita una sólida mezcla de imaginación y escepticismo para ver
que lo que está actualmente de moda no siempre lo estará, o que lo que tus
colegas desprecian como una falacia puede ser algo muy importante. La tendencia
de moda actual resulta a veces estar tejida con oro puro.
Mantén tu mente abierta, pero no tan abierta que tus ideas se escapen.
Con los años, varias nuevas áreas de las matemáticas han emergido de
diversas fuentes, inspiradas por preguntas del mundo real, o extraídas de
teorías abstractas porque alguien pensó que eran interesantes. Algún as han
atraído la atención de los medios de comunicación, incluyendo la geometría
fractal, la dinámica no lineal («teoría del caos») y los sistemas complejos.
Los fractales son formas que tienen una estructura detallada en todas las
escalas de ampliación, como los helechos y las montañas. El caos es un
comportamiento altamente irregular (como el comportamiento meteorológico)
causado por leyes deterministas. Los sistemas complejos modelan las
interacciones de grandes números de entidades relativamente simples, como
pueden ser los corredores en la Bolsa. En la literatura de la profesión y en
las revistas matemáticas de vez en cuando encontrarás críticas a estas áreas
escritas con ese gusto reaccionario que resulta demasiado familiar: desdeñosas
con lo que no ha tenido un historial de un siglo de duración o con aquello en
lo que los críticos no están trabajando. Lo que ha molestado realmente a los
críticos no es el contenido de estas nuevas áreas, sino la repercusión de que
han gozado en los medios de comunicación, que su propia área, tan obviamente
superior, no está teniendo.
En realidad es bastante fácil valorar la influencia científica de, por
ejemplo, los fractales o el caos. Todo lo que tienes que hacer es leer Nature o Science durante
un mes y verás que son utilizadas para investigar, entre otras cosas, cómo se
rompen las moléculas durante una reacción química, cómo los planetas gaseosos
gigantes capturan nuevas lunas, o cómo las especies en un ecosistema se
reparten los recursos. La comunidad científica aceptó hace tiempo esas áreas,
hasta el punto de que su uso ahora se ha convertido en algo rutinario y poco
reseñable. Pese a todo, algunos recalcitrantes, que aparentemente no sondean
los confines más amplios de la ciencia, siguen negando que estas áreas tengan
importancia. Me temo que están veinte años pasados de moda. Uno no puede
desdeñar algo como una maravilla de un día cuando ha sobrevivido durante nueve
mil días y actualmente está floreciendo.
Estas personas necesitan salir más.
Tanto Kac como Hammersley eran inusualmente creativos en sus propios
campos, donde sus actitudes eran imaginativas y visionarias. Por eso es algo
injusto ponerlos como ejemplos de matemáticos reaccionarios. Ellos expresaban
actitudes que eran comunes en su tiempo. Kac hizo contribuciones muy
importantes en teoría de probabilidad, y su artículo sobre «la forma de un
tambor» es una joya[28]. La nota necrológica sobre Hammersley en 2004 en
el Independent on Friday [29] decía esto sobre su obra: «Hammersley (…)
planteó y resolvió algunos bellos problemas, y entre los que destacan los
caminos [aleatorios] autoevitantes y la percolación. Estaba encantado de saber
en su retiro el reconocimiento que le profesaban matemáticos y físicos, y el
enorme progreso hecho desde su propio trabajo pionero». Pero añadía:
«Irónicamente, el progreso reciente se ha hecho vía una teoría general antes
que por el tipo de técnica práctica favorecido por Hammersley».
Esto puede parecer irónico pero es también completamente predecible.
Hammersley pertenecía a la generación arréglate-con-lo-que-hay de matemáticos
aplicados. En nuestros días se presta más atención a tener las herramientas
correctas para la tarea.
Vivimos en un mundo cuyas capacidades y necesidades tecnológicas se
hallan en eclosión. Las nuevas preguntas requieren nuevos métodos, y la pureza
del método sigue siendo vital, por práctico que sea el contexto. Así lo son los
saltos intuitivos, cuando conducen a vías creativas, incluso si al principio no
hay ninguna demostración: las nuevas matemáticas preparan el camino para nueva
comprensión. Lo que me lleva de nuevo a Wigner y su ensayo clásico «La
irrazonable declividad de las matemáticas en las ciencias naturales». Wigner no
solo se estaba preguntando por qué las matemáticas son efectivas para
informarnos sobre la naturaleza. Muchas personas han tratado este aspecto de la
cuestión, y han dado lo que yo creo que es una respuesta excelente ya lo
advierta o no cualquier matemático particular, el desarrollo de las matemáticas
es, y ha sido siempre, un intercambio de doble dirección entre problemas del
mundo real y métodos simbólicos o geométricos ideados para obtener respuestas.
Por supuesto, las matemáticas son efectivas para entender la naturaleza; de ahí
es en última instancia de donde proceden.
Pero creo que Wigner estaba preocupado —o agradablemente sorprendido—
por algo más profundo. No hay razón para sorprenderse si uno parte de un
problema del mundo real —digamos, la órbita elíptica de Marte— y desarrolla las
matemáticas para describirlo. Esto es exactamente lo que hizo Isaac Newton con
su ley de la inversa del cuadrado de la gravedad, sus leyes del movimiento y el
cálculo infinitesimal. Pero es mucho más difícil explicar por qué las mismas
herramientas (las ecuaciones diferenciales en este caso) proporcionan ideas muy
importantes en cuestiones no relacionadas relativas a la aerodinámica o la
biología de poblaciones. Es aquí donde la efectividad de las matemáticas se
hace «irrazonable». Es como inventar un reloj para decir la hora y descubrir
luego que realmente es válido para la navegación, algo que sucedió de verdad,
como explicó Dava Sobel en Longitud[30].
¿Cómo una idea extraída de un problema concreto del mundo real puede
resolver un problema completamente diferente?
Algunos científicos creen que eso sucede porque el universo está hecho
realmente de matemáticas. John Barrow lo argumenta así [31]: «Para el físico básico, las matemáticas son algo
mucho más convincente. Cuanto más se aleja uno de la experiencia cotidiana y el
mundo local, cuya aprehensión correcta es un prerrequisito para nuestra
evolución y supervivencia, más impresionantemente funcionan las matemáticas. En
ese espacio interior de las partículas elementales o en el espacio exterior de
la astronomía, las predicciones de las matemáticas son casi irrazonablemente
precisas. (…) Esto ha convencido a muchos físicos de que la idea de que las
matemáticas son simplemente una creación cultural es una explicación
lamentablemente inadecuada de su existencia y efectividad para describir el
mundo. (…) Si el mundo es matemático en su nivel más profundo, entonces las
matemáticas son la analogía que nunca deja de ser válida».
Sería maravilloso que esto fuera cierto. Pero hay una explicación
diferente, menos mística y menos fundamentalista. Posiblemente menos
convincente.
Tanto las ecuaciones diferenciales como los relojes son herramientas, no
respuestas. Trabajan enmarcando el problema original en un contexto más
reducido, y derivando métodos generales para entender dicho contexto. Esta
generalidad mejora su oportunidad de ser útiles en otro lugar. Por eso es por
lo que su efectividad parece irrazonable.
Uno no puede saber siempre por adelantado qué usos se encontrarán para
una buena herramienta. Una pieza redonda de madera montada sobre un eje se
convierte en una rueda, útil para mover objetos pesados. Haz un surco en su
circunferencia y pasa una cuerda alrededor, y la rueda se convierte en una
polea con la que no solo puedes mover objetos sino también elevarlos. Haz la
rueda de metal en lugar de madera, añade dientes en lugar de un surco, y
tendrás un engranaje. Junta tus engranajes y poleas con otros pocos elementos
—un péndulo, unas pesas, una esfera abstraída de un antiguo reloj de sol— y
tienes un mecanismo para decir la hora, que es algo que los inventores de la
rueda original nunca podían haber previsto. Los matemáticos puros de los años
sesenta estaban forjando herramientas que luego serían utilizadas por todos en
los años ochenta. Siento gran respeto por los Hammersley de este mundo, igual
que respeto a un gran perro alsaciano con el que me cruzo en la calle. Mi
respeto por los dientes del perro no me lleva a estar de acuerdo con sus
opiniones. Si todo el mundo adoptara las actitudes defendidas por Kac y
Hammersley, nadie desarrollaría las disparatadas ideas que provocan
revoluciones.
Entonces: ¿deberías estudiar matemáticas puras o matemáticas aplicadas?
Ninguna de las dos. Deberías utilizar las herramientas que tienes a
mano, adaptarlas y modificarlas para tus propios proyectos, y crear nuevas
herramientas cuando surja la necesidad.
Carta 16
¿De dónde sacas esas ideas disparatadas?
Querida Meg:
Es fácil hacer que la investigación suene fascinante: intenta resolver
problemas en la vanguardia del pensamiento humano, hacer descubrimientos que
durarán mil años… Ciertamente no hay nada como eso. Todo lo que se requiere es
una mente original, tiempo para pensar, un lugar donde se pueda trabajar,
acceso a una buena biblioteca, acceso a un buen sistema informático, una
fotocopiadora y una conexión rápida a Internet. Todo ello se te proporcionará
como parte de tus estudios de doctorado, excepto lo primero, que tendrás que
ponerlo tú misma.
Esto es, por supuesto, el sine qua non, el ingrediente sin
el que todos los demás son inútiles. Normalmente, los alumnos no son admitidos
en unos estudios de doctorado a menos que hayan dado pruebas de un pensamiento
original, quizás en un proyecto o en una tesina de licenciatura. La originalidad
es una de esas cosas que se tiene o no se tiene; no puede enseñarse. Puede ser
estimulada o anulada, pero no hay una asignatura de originalidad 101 que te
considere como capaz de pensar nuevas ideas con tal de que leas el libro de
texto y apruebes el examen.
Al decir esto reconozco que voy en contra de la opinión dominante entre
los psicólogos educacionales, que dice que cualquiera puede conseguir algo con
tal de que tenga una formación suficiente. Observando que los músicos de
talento practican mucho, los psicólogos han deducido que es la práctica lo que
produce el talento, y han generalizado esta afirmación al resto de las demás
áreas de la actividad intelectual. Pero sus creencias están basadas en un mal
diseño experimental. Lo que deben hacer, para poner a prueba su teoría, es
empezar con muchas personas que carezcan de talento musical, digamos con
personas sin ningún oído para la música. Enseñar luego a la mitad de ellos,
manteniendo a la otra mitad como grupo de control, y demostrar que la formación
produce muchos músicos con talento mientras que su ausencia (presumiblemente)
no lo hace. Estoy seguro de que la formación puede llevar alguna mejora. No
creo que pueda producir un músico decente a menos que hubiese talento de
partida.
Yo no soy Mozart. Tengo algún talento musical, pero no el suficiente, y
no es por falta de práctica. La formación puede darme un nivel de capacidad
razonable: cuando era universitario tocaba la primera guitarra en un grupo
de rock. Pero toda la práctica del mundo nunca me podrá convertir
en un Jimi Hendrix o en un Eric Clapton, y no digamos en Mozart. Como dijo
Edward Bulwer-Lytton: «El genio hace lo que debe; el talento hace lo que
puede». Tengo el suficiente talento musical para saber de lo que carezco.
Sí tengo talento matemático. No al nivel de Mozart,
pero mucho más que el que poseo para tocar la guitarra. Cuando tenía diez años
ya era el mejor de mi clase en matemáticas, y créeme, no era consecuencia de
mucha práctica regular. Mi secreto bien guardado es que yo trabajaba muy poco
en matemáticas. No lo necesitaba. Mis compañeros pensaban que debía haber
dedicado horas y horas de esfuerzo para no morder el polvo en los exámenes de
matemáticas, y yo tenía la intuición suficiente para no desengañarles. Me habrían
matado si hubieran sabido el poco tiempo que dedicaba en casa al trabajo en
matemáticas, comparado con sus esfuerzos extenuantes.
Cuando era universitario en el Churchill College tenía un amigo que
también estaba siguiendo una licenciatura en matemáticas. Trabajaba doce horas
al día, todos los días. Yo iba a las clases, tomaba apuntes, pasaba una hora o
dos por semana trabajando las hojas de problemas, y así continuaba hasta que
llegaba el momento de revisar el material para el examen de fin de curso. En el
sistema británico de aquella época no había exámenes parciales cada semestre.
Esperabas hasta junio y entonces te examinabas de todo lo que habías estudiado
durante el curso. Así que yo trabajaba más duro en abril y mayo que en el resto
del año. Pero mientras mi amigo se quedaba estudiando hasta alias horas de la
noche, yo me iba al pub a beber cerveza y jugar a los dardos.
¿Y cuál fue su recompensa por todo lo que estudió? Sacó un aprobado pelado. Yo
obtuve las máximas calificaciones (el equivalente británico de la A) y una beca
universitaria.
Es verdad que la gente con talento suele trabajar muy duro. Tienen que
hacerlo, para permanecer en la cima de la profesión que han elegido. Un jugador
de fútbol que no pase horas entrenándose cada día será reemplazado rápidamente
por otro que sí lo haga. Pero el talento tiene que estar allí inicialmente para
que la instrucción sea efectiva.
Sospecho que los psicólogos sobreestiman el papel de la formación porque
han caído en una teoría políticamente correcta del desarrollo infantil que ve a
toda mente juvenil nueva como una «tabla rasa» sobre la que se puede escribir
cualquier cosa. Esta teoría fue totalmente demolida por Steve Pinker en su
libro La tabla rasa [32] , pero una refutación definitiva nunca puede
competir con una creencia ferviente.
En cualquier caso, Meg, si has sido aceptada en un doctorado es porque
los matemáticos que lo dirigen creen que posees la suficiente originalidad para
completarlo con éxito. No tengo duda de que también posees otra cualidad
esencial: el compromiso. Quieres hacer investigación; tienes hambre de ello.
Uno de mis colegas me dijo una vez: «Realmente no puedo decir quiénes son los
mejores matemáticos, pero puedo decir quienes están motivados». Algunas
personas creen que a la hora de hacer una carrera, una vez supuesto un nivel de
competencia normal, la energía y el estímulo cuentan realmente más que el
talento.
A los escritores de ciencia ficción, otra profesión en donde la
originalidad es esencial, se les pregunta a menudo, «¿De dónde sacan ustedes
esas ideas disparatadas?». La respuesta más común es: «Las inventamos». He
escrito novelas de ciencia ficción, y coincido en esto. Pero los autores no
inventan las ideas de la nada. Se sumergen en actividades que podrían generar
ideas, tales como leer revistas de ciencia, y mantienen sus antenas
sintonizadas para detectar el más mínimo indicio de una idea.
Los matemáticos extraen sus ideas de la misma forma. Leen revistas
matemáticas, piensan en aplicaciones y mantienen sus antenas sintonizadas en
«alto».
Además, los mejores parecen tener otras maneras de pensar ideas nuevas.
Es casi como si vivieran en otro planeta. Srinivasa Ramanujan fue un brillante
matemático indio autodidacta cuya vida es muy romántica: está bien contada
en El hombre que conocía el infinito [33] de Robert Kanigel. Yo prefiero pensar en
Ramanujan como un hombre-fórmula. Él aprendió la mayor parte de sus primeras
matemáticas en un único y bastante curioso libro de texto, A Synopsis
of Elementary Results in Pure and Applied Mathematics de George Carr.
Era una lista de unas cinco mil fórmulas matemáticas, que empezaba con álgebra
sencilla y llegaba a complicadas integrales en cálculo infinitesimal y sumas de
series infinitas. El libro debe haber atraído a una mente como la de Ramanujan;
de lo contrario nunca hubiera podido abrirse camino a través de sus páginas.
Por otra parte, le llevó a pensar (porque nadie le había dicho lo contrario)
que la esencia de las matemáticas es la derivación de fórmulas.
Hay más que eso en las matemáticas: demostración, para empezar, y
estructura conceptual. Pero las fórmulas nuevas tienen un papel, y Ramanujan
era un mago con ellas. Llamó la atención de los matemáticos occidentales en
1913 cuando envió una lista de algunas de sus fórmulas a Hardy. Examinando
dicha lista, Hardy vio algunas fórmulas que podía reconocer como resultados
conocidos, pero muchas otras era tan extrañas que no tenía ni idea de dónde
podían haber surgido. El hombre era un falsario o un genio; Hardy y su colega
John Littlewood se retiraron a un lugar tranquilo con la lista, decididos a no
salir hasta que hubieran determinado si Ramanujan pertenecía al primer o al
segundo tipo.
El veredicto fue «genio», y Ramanujan fue traído finalmente a Cambridge,
donde colaboró con Hardy y Littlewood. Murió joven, de tuberculosis, y dejó una
serie de cuadernos que incluso hoy son un rico tesoro de nuevas fórmulas.
Cuando se le preguntaba de dónde venían sus fórmulas, Ramanujan
respondía que la diosa hindú Namagiri se le presentaba en sueños y se las
decía. Él había crecido a la sombra del templo Sarangapani, y Namagiri era su
deidad familiar. Como te dije en una carta anterior, Hadamard y Poincaré
resaltaban el papel crucial del subconsciente en el descubrimiento de las
nuevas matemáticas. Pienso que los sueños de Ramanujan con Namagiri eran
huellas superficiales de la actividad oculta de su subconsciente.
Uno no puede aspirar a ser Ramanujan. Un talento así es extraordinario;
sospecho que la única manera de entenderlo es poseerlo, e incluso entonces
probablemente deja poco a la introspección.
Como contrapunto, déjame contarte de dónde saco yo normalmente las
nuevas ideas, que es algo mucho más prosaico. Leo mucho, a menudo en campos no
relacionados con el mío, y mis mejores ideas suelen venir cuando algo que he
leído me recuerda algo que ya sé. Así es como llegué a trabajar en locomoción
animal.
El origen de este particular conjunto de ideas se remonta a 1983, cuando
pasé un año en Houston trabajando con Marty Golubitsky. Desarrollamos una
teoría general de pautas espacio-temporales en dinámica periódica. Es decir,
examinamos sistemas cuyo comportamiento en el tiempo repite la misma secuencia
una y olía vez. El ejemplo más simple es un péndulo, que oscila periódicamente
de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Si colocas un péndulo cerca de
un espejo, la versión reflejada es exactamente igual que la original, pero con
una diferencia: cuando el reflejo alcanza su posición máxima a la derecha, el
original está en su posición máxima hacia la izquierda. Ambos estados ocurren
en el sistema original, pero allí, están separados por una diferencia de tiempo
de exactamente medio período. De modo que el péndulo oscilante tiene un tipo de
simetría en el que un cambio espacial (reflexión izquierda-derecha) es
equivalente a un cambio temporal (esperar medio período). Estas simetrías
espacio-temporales son fundamentales para las pautas en sistemas periódicos.
Buscamos aplicaciones de nuestras ideas, y las encontramos
principalmente en la física. Por ejemplo, organizan y explican un montón de
pautas que se encuentran en un fluido confinado entre dos cilindros en
rotación. En 1985 ambos fuimos a una conferencia en Arcata, al norte de
California. Cuando terminó la conferencia, cuatro de nosotros —tres matemáticos
y un físico— compartimos un coche alquilado para volver a San Francisco. Era un
coche muy pequeño —llamarlo «miniutilitario» sería demasiado generoso— y, además
de a nosotros, tenía que llevar todo nuestro equipaje. Para empeorar las cosas,
nos detuvimos en un castillo en Napa Valley para que Marty pudiera comprar una
caja de su vino favorito.
En cualquier caso, en el viaje nos deteníamos con mucha frecuencia para
admirar las secuoyas gigantes, y entre una parada y otra Marty y yo
estudiábamos cómo se aplicaba nuestra teoría a un sistema de osciladores
acoplados en un anillo. («Oscilador» es solo una palabra para algo que
experimenta un comportamiento periódico). Hicimos el trabajo enteramente de
memoria, sin escribir nada porque no había espacio para moverse. Este ejercicio
era matemáticamente gratificante, pero parecía bastante artificial. Nunca se
nos ocurrió examinar la biología en lugar de la física, probablemente porque no
sabíamos nada de biología. En ese momento intervino el azar. Yo había enviado
la recensión de un libro llamadoNatural Computation para que
apareciera en la revista New Scientist. Trataba de ingenieros que
se inspiraban en la naturaleza, intentando desarrollar, por ejemplo, visión por
ordenador por analogía con el ojo. Un par de capítulos trataban de locomoción
con patas: construcción de robots con patas para moverse sobre terreno
accidentado, cosas de ese tipo. Y en dichos capítulos di con una lista de
pautas en el movimiento de los animales cuadrúpedos.
Reconocí algunas de las pautas: eran simetrías espacio-temporales, y yo
sabía que el lugar natural para que se dieran era en anillos de cuatro
osciladores. Cuatro patas… cuatro osciladores… decididamente parecía
prometedor, así que mencioné esta curiosidad en la recensión.
Pocos días después de que la recensión del libro apareciese publicada,
sonó el teléfono. Era Jim Collins, entonces un joven estudiante de
investigación de paso en la Universidad de Oxford, a unos ochenta kilómetros de
donde yo vivía. Él sabía mucho sobre movimiento animal, y estaba intrigado por
la posible conexión matemática. Vino a visitarme un día, unimos nuestras
cabezas… para resumir una larga historia, escribimos una serie de artículos
sobre pautas espacio-temporales en locomoción animal.
Muchos de los cambios más radicales en la dirección de mi investigación
han sido resultado de cosas similares: detectar una posible conexión entre unas
matemáticas que yo ya conocía y algo que me sucedió por casualidad. Cada
conexión de este tipo es un potencial programa de investigación, y lo bello es
que se tiene una idea muy bonita de cómo empezó. ¿Qué aspectos son cruciales
para las matemáticas? ¿Cómo podrían aparecer características similares en la
aplicación al mundo real? Por ejemplo, en la historia de la locomoción el
anillo de osciladores matemáticos se relaciona con lo que los neurocientíficos
llaman un «generador central de pautas». Éste es un circuito formado por
células nerviosas que produce espontáneamente los «ritmos» naturales, las
pautas espacio-temporales, de la locomoción. Así que Jim y yo comprendimos
rápidamente que estábamos tratando de hacer un modelo de un generador central
de pautas, y que un primer paso era tratarlo como un anillo de células
nerviosas.
Ya no creemos que nuestro modelo original sea correcto: es demasiado
simple, tiene un fallo técnico y se necesita algo ligeramente más complicado.
Tenemos una idea adecuada de cómo sería ese sustituto. Así es la investigación.
Una buena idea, y uno está en marcha durante años.
Lee mucho, mantón tu mente activa, mantón tus antenas desplegadas;
cuando te informen de algo interesante, indaga. Como dijo Louis Pasteur, la
suerte favorece a la mente preparada.
Carta 17
Cómo enseñar matemáticas
Querida Meg:
¡Qué excelentes noticias! Felicidades por el puesto postdoctoral. Estoy
muy contento, aunque no sorprendido: tú lo mereces. El proyecto de
investigación sobre el procesamiento visual en las moscas de la fruta parece
muy interesante, y compagina muy bien con tus intereses, incluso si no habías
tenido relación antes con los aspectos biológicos.
Deberías considerar un premio añadido que tu puesto incluya algunos
deberes docentes. Descubrirás que enseñar matemáticas a otros mejora tu
capacidad de comprensión. Pero es natural que estés un poco nerviosa, y no me
sorprende que pienses que no estás «preparada en absoluto» para tus
responsabilidades docentes. Muchas personas en tu situación piensan lo mismo.
Pero los nervios desaparecerán en cuanto te pongas en marcha. Has estado en
aulas toda tu vida, has observado con detalle a docenas de profesores, y tienes
ideas claras de lo que hace que un curso sea bueno o malo. Todo es preparación.
Es importante que no dejes que la falta de confianza te haga tomar demasiado a
la ligera esta parte de tu trabajo.
Un buen profesor, como el señor Radford, vale su peso en otro. Los
buenos profesores inspiran a sus alumnos, bueno, a algunos de ellos. De igual
modo, los malos profesores pueden alejar a los estudiantes de la materia que
imparten de por vida. Por desgracia, es mucho más fácil ser un mal profesor que
uno bueno, y no hay que ser realmente malo para tener el mismo efecto negativo
que alguien que es verdaderamente horrible. Es mucho más fácil destruir la
confianza de alguien que ayudarle a recuperarla.
La enseñanza importa. No es solo una aburrida obligación que hay cumplir
a cambio de la emoción de la investigación. Es la oportunidad que tienes de
transmitir tu conocimiento de las matemáticas a la siguiente generación. Muchos
buenos matemáticos disfrutan con la enseñanza, y trabajan tan duro en ella como
en sus proyectos de investigación. Se sienten orgullosos de los cursos que
imparten.
No es inhabitual que se te ocurra una idea para investigarla mientras
estás preparando una clase, o impartiéndola, o poniendo un examen. Creo que
esto sucede porque cuando estás enseñando, tu mente «se sale» de sus «surcos»
de investigación habituales y empiezas a plantearte nuevas preguntas.
Aquí debo confesar algo. Hace ahora varios años desde la última vez que
di clases a estudiantes de licenciatura, pues mi posición cambió en 1997 para
permitirme más tiempo para actividades de «comprensión pública de la ciencia».
En lugar del habitual cincuenta por ciento para enseñanza, cincuenta por ciento
para investigación, pasó a ser cincuenta por ciento dedicado a investigación y
cincuenta por ciento a conferencias públicas, radio, televisión, revistas y
libros de divulgación científica. Esto ha tenido un efecto beneficioso: he
podido utilizar técnicas de enseñanza que rara vez encuentras en cursos de
licenciatura. La más memorable de éstas fue el día en que introduje un tigre
vivo en la sala de conferencias.
Estaba pronunciando las Conferencias de Navidad de 1997,en la cadena de
televisión de la BBC: cinco horas de ciencia popular, filmadas «en vivo» ante
una audiencia de unas cinco mil personas en su mayor parte jóvenes. Esta serie
de conferencias fue iniciada por Michael Faraday en 1826, y yo era el segundo
matemático que tomaba parte.
Una de las cinco conferencias versaba sobre simetría y formación de
patrones, y yo quería empezar con un poema de William Blake —un tópico, pero un
buen tópico de lo das formas— cuya primera estrofa dice: «¡Tigre!, ¡tigre!, luz
llameante», y termina con «pudo idear tu temible simetría». Así que, siendo la
televisión lo que es, decidimos traer un tigre real. Cómo lo encontramos es una
historia aparte, pero baste decir que lo hicimos. Nikka era mía tigresa de seis
meses, y entró en la sala de conferencias arrastrada por una cadena de la que
tiraban dos jóvenes fornidos.
Nunca he oído una audiencia quedarse en silencio con tanta rapidez.
El papel de Nikka iba más allá de la metáfora poética. La simetría que
yo tenía en mente eran sus rayas, especialmente los anillos regulares en su
elegante cola. La tigresa era una auténtica estrella: se comportó
magníficamente y pudimos hacer todas las tomas que queríamos.
Nunca he podido conseguir nada igual al iniciar una conferencia.
Lo que perdí en el contacto con los licenciados, lo gané así en el
contacto con la naturaleza. El departamento de matemáticas no sufrió, porque se
le concedió una plaza docente en sustitución, pero yo eché en falta mis
conversaciones regulares con alumnos de licenciatura. Por supuesto, gané en
otros aspectos; fundamentalmente, pude repartir mi tiempo como quería, lo que
fue maravilloso. Aún dirijo a estudiantes de doctorado, de modo que parte de mi
enseñanza ha continuado, pero tú deberías tener en cuenta que algo de lo que
pueda decir quizás esté pasado de moda. En mi defensa puedo argumentar que
antes de eso impartí cursos regulares para licenciados durante veintiocho años,
incluyendo dos años en Estados Unidos, de modo que tengo cierto conocimiento
del sistema norteamericano y sus diferencias con el británico. Las similitudes
son más importantes que las diferencias, pero trataré de traducir mi
experiencia a tu contexto.
En mi opinión, la característica más importante de los buenos profesores
es que se colocan en el lugar del alumno. No se trata simplemente de impartir
lecciones claras y precisas y de corregir exámenes; el objetivo principal es
ayudar al estudiante a entender la materia. Ya estés impartiendo una clase o
hablando con los alumnos durante las horas de tutoría en tu despacho, tienes
que recordar que lo que parece perfectamente obvio y transparente para ti puede
ser misterioso y opaco para alguien que no se ha encontrado antes con esas
ideas.
Siempre trataba de acordarme de eso. Cuando se corrigen exámenes es
fácil empezar pensando: «Llevo veinte años enseñando estas cosas y ellos
todavía no las entienden». Pero cada año llegan nuevos estudiantes, que se
topan las mismas dificultades que sus predecesores, cometen los mismos errores,
malinterpretan las mismas cosas. Ellos no tienen la culpa de que tú hayas
abordado todo eso antes.
En realidad es una ventaja para ti, Meg, que no hayas visto todo eso
antes. Considérate afortunada y explótalo. Los alumnos se sentirán cómodos
contigo porque tú tienes una edad similar a la suya, acabas de pasar por lo
mismo que están pasando ellos, y no te has aburrido de enseñar la misma materia
varias veces. Aún puedo recordar vívidamente mis primeras clases; la enseñanza
era más fácil para mí entonces que lo que llegó a ser diez años más tarde. Al
cabo de un tiempo, uno sabe demasiado, y existe el peligro de que intente
transmitir todo ese conocimiento a los estudiantes. Gran error. Ellos no tienen
la misma perspectiva que tú. Así que se aplica el principio KISS[34]: mantenlo simple, estúpido. Atente a los puntos
importantes, y no trates de desviarte si hacerlo requiere que los estudiantes
deban comprender nuevas ideas que no están en el temario, por fascinantes e
ilustrativas que puedan parecerte.
El sistema norteamericano es más simple que el británico a este
respecto. Normalmente hay un conjunto de libros de texto y un temario acordado
—hasta el número de páginas y los párrafos específicos que hay que incluir o
no— de modo que el contenido está establecido y todo el mundo lo sabe, o
debería saberlo. Pero todavía queda un margen para aportaciones del profesor, y
se establece un delicado equilibrio entre ayudar a los alumnos poniendo tu
propio sello en el material y confundirles introduciendo demasiadas ideas
extrañas.
Así que antes de decirles algo que pueda ir más allá del libro de texto,
tienes que preguntarte: si yo fuera una alumna, que conociera el libro de texto
hasta esta página concreta pero nada más allá, ¿qué me ayudaría más a entender
el material? Y el paso clave para dar con una buena respuesta a esa pregunta es
asegurarte de que tú misma entiendes el material.
Déjame ponerte un ejemplo. Los detalles son menos importantes que el
planteamiento, que es aplicable a muchas situaciones similares.
En algún momento en el inicio de tu carrera docente, alguno de tus
alumnos de iniciación al cálculo te preguntará por qué «menos por menos da
más». Por ejemplo, (-3) × (-5) = +15, y no −15. E incluso si este tema debería
haber sido superado en el instituto, vas a tener que justificar el convenio
matemático estándar.
Lo primero es admitir que se trata de un convenio. Puede ser la única
elección que tiene sentido, pero si hubieran querido, los matemáticos podrían
haber insistido en que (-3) × (-5) = −15. El concepto de multiplicación habría
sido entonces diferente, y las leyes usuales del álgebra habrían sido
destrozadas y arrojadas por la ventana, pero qué le vamos a hacer. A menudo las
viejas palabras adoptan nuevos significados en nuevos contextos, y no hay nada
sagrado en las leyes del álgebra.
Hay dos razones por las que el convenio estándar es bueno: una razón
externa, que tiene que ver con la forma como los matemáticos modelan la
realidad, y una razón interna, que tiene que ver con la elegancia.
La razón externa convence a muchos alumnos. Considera los números como
una representación del dinero en el banco, donde los números positivos son
dinero que tú posees y los números negativos son deudas que tienes con el
banco. Entonces −5 es una deuda de 5 dólares, así que 3 × (-5) es tres deudas
de 5 dólares, que evidente mente equivale a una deuda total de 15 dólares. Así
que 3 × (-5) = −15, y nadie parece tener problemas con eso. Pero ¿qué pasa con
(-3) × (-5)? Esto es lo que tú obtienes cuando el banco perdona tres
deudas de 5 dólares. Si lo hace, tú ganas 15 dólares, así que (-3) × (-5) =
+15.
La única otra elección que cualquier estudiante pueda defender es −15,
pero eso te dejaría con deuda.
La explicación «interna» es hacer una suma como (−3) × (5 − 5). Por una
parte, esto es evidentemente cero. Por otra, podemos utilizar las leyes del
álgebra para desarrollarla, obteniendo (-3) × 5 + (-3) × (-5). Puesto que ya
hemos acordado que menos por más es menos, deducimos que la consistencia de las
leyes del álgebra requiere −15 + (-3) × (-5) = 0, lo que implica que (-3) ×
(-5) = 15 (sumando 15 a cada miembro).
Lo más que podemos afirmar en el primer caso es que si queremos que las
matemáticas sirvan de modelo a las cuentas bancarias, entonces menos por menos
tiene que funcionar como más. Lo más que podemos afirmar en el segundo caso es
que si queremos que las leyes usuales del álgebra sean válidas para números
negativos, entonces pasa lo mismo. No hay nada que obligue a que una u otra de
esta cosas sea verdadera. Pero ciertamente será más conveniente si lo son, y
por eso es por lo que los matemáticos escogen ese convenio particular.
Estoy seguro de que tú puedes pensar en otros argumentos similares. Lo
importante es no decirle al alumno: «Así son las cosas. No lo cuestiones,
simplemente apréndelo». Pero en mi opinión sería incluso peor dejarles con la
impresión de que no se podía hacer ninguna otra elección, que está ordenado que
menos por menos sea más. Todos estos conceptos —más, menos, más— son
invenciones humanas.
En este momento uno de tus alumnos más contumaces puede comentar que sí
que está ordenado, en el sentido de que existe solamente un
sistema de matemáticas que procede de los números que se utilizan para contar
de una forma completamente consistente. Tú puedes responder que en realidad hay
varias extensiones del concepto de número-números negativos, fracciones,
números «reales» (con infinitos decimales), números «complejos» en los que −1
tiene una raíz cuadrada… incluso cuaterniones (en los que −1 tiene muchas
raíces cuadradas, pero fallan algunas leyes del álgebra). Cada una de estas
extensiones es probablemente única, sujetas a poseer ciertas características,
pero les toca a los seres humanos escoger qué características consideran
importantes. Por ejemplo, sería posible inventar un nuevo sistema de números en
el que todos los números negativos sean iguales, y sería completamente
consistente desde un punto de vista lógico. Pero no obedecería a las reglas
usuales del álgebra.
Puedes conceder, si te presionan, que algunas extensiones parecen ser
más naturales que otras.
Las discusiones de este tipo no siempre funcionan; las ideas erróneas
arraigadas pueden ser difíciles de erradicar. Incluso si funcionan, tienes que
demostrar a tus alumnos dónde se está equivocando su intuición.
Normalmente, cuando un estudiante se atasca en algún punto del temario,
el problema real se halla en otra parte. En unas páginas o asignaturas o años
al ras. Quizá no entienden la relación entre la multiplicación y la suma
repetida. Quizá lo entienden demasiado bien, y no pueden comprender cómo se
pueden sumar menos tres lotes de −5. Es sorprendente cuán a menudo la enseñanza
revela hipótesis ocultas o aspectos no cuestionados de tu propia formación
matemática. Cada vez que un concepto matemático existente se extiende a un
nuevo dominio, uno tiene que abandonar algunas de sus interpretaciones previas
y aceptar otras nuevas.
Uno puede convivir durante bastante tiempo con nuevo material en
matemáticas sin asimilarlo por completo. Mi amigo David Tall tiene una teoría
sobre esto que me gusta bastante. Piensa que las matemáticas avanzan
convirtiendo (conceptualmente) procesos en cosas. Por ejemplo, «número» empieza
como el proceso de contar. El número 5 es donde llegas cuando cuentas los dedos
(en los que incluyo el pulgar) de una mano: «Uno, dos, ti es, cuatro, cinco».
Pero para hacer progresos, en alguna etapa tienes que dejar de pasar por el
proceso de recuento, y pensar en 5 como un objeto por sí mismo. Esto es ya útil
cuando uno empieza a hacer sumas como 5 + 3. Pero los estudiantes pueden
enmascarar su incapacidad para convertir un recuento en una cosa, juntando los
dedos de una mano con tres dedos de la otra y contando luego el lote: «Uno,
dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho».
Este encubrimiento puede pasar inadvertido durante mucho tiempo, pero se
viene abajo ante sumas como 2546 + 9773.
La multiplicación proporciona otro ejemplo. Para empezar, uno puede
pensar en 4 × 5 como 4 + 4 + 4 + 4 + 4 y recurrir a su comprensión de la suma
(incluso utilizando el recuento). Pero cuando te enfrentas a 444 × 555
necesitas algo más sofisticado.
Lo interesante es que las estrategias que fracasan a largo plazo son
precisamente las que utilizamos para llegar a estos nuevos conceptos a corto
plazo. Relacionamos los número con el recuento, a menudo utilizando
«contadores» reales. Relacionamos la multiplicación con la suma repetida. No
hay nada erróneo en esto. Las matemáticas construyen nuevas ideas sobre las
viejas. Es difícil ver de qué otra forma podrían enseñarse. Pero con el tiempo
hay que quitar de la bicicleta las ruedas auxiliares: los alumnos tienen que
interiorizar la nueva idea.
David llama «proceptos» a estos procesos-cum-conceptos. Un proceso puede
a veces verse útilmente como un proceso, y otras veces como un concepto, una
cosa. El arte de las matemáticas incluye pasar sin esfuerzo de uno de estos
puntos de vista al otro. Cuando estás investigando, ni siquiera adviertes el
cambio. Pero cuando estás enseñando, tienes que ser consciente de ello. Si uno
de tus alumnos está teniendo problemas con un nuevo procepto, la causa puede
ser un fallo pasado al «proceptualizar» uno de los procesos implicados. Así que
tu tarea como profesor es recorrer hacia atrás la secuencia de ideas que lleva
a la idea nueva. No estás buscando el primer lugar en donde tus alumnos fallan
en responder a una pregunta; estás buscando el primer lugar en donde pueden
responderla utilizando solamente alguna idea más simple como muleta.
En las escuelas primarias británicas, el sistema educativo se las ha
arreglado para confundir espectacularmente todo esto. Ahora tenemos un
«currículum nacional» muy prescriptivo, y los profesores comprueban —casi
literalmente— cientos de casillas para evaluar el progreso de los estudiantes.
¿Pueden contar hasta cinco? Comprobar. ¿Pueden sumar cinco y tres? Comprobar.
La hipótesis es que lo que cuenta es su capacidad para obtener una respuesta.
Pero lo que realmente importa es cómo obtienen la respuesta. Estoy
suficientemente pasado de moda para creer que en uno u otro caso tienen que
obtener la respuesta correcta. No sé cómo calificar el «método»,
pero estoy absolutamente seguro de que comprobar una serie de casillas no es la
manera de ensenar matemáticas a nadie.
Carta 18
La comunidad matemática
Querida Meg:
Ahora que estás a punto de convertirte en un miembro plenamente
integrado en la comunidad matemática, es una buena idea saber lo que eso
entraña. No solo en lo referente a los aspectos profesionales, que ya hemos
discutido, sino a la gente con la que trabajarás y a cómo encajarás en ella.
Hay un dicho en los círculos de la ciencia ficción: «Ser adepto es una
condición orgullosa y solitaria». El resto del mundo no puede apreciar tu
entusiasmo por lo que a ellos les parece una actividad extraña e inútil. La
palabra «chiflado» viene a la mente. Pero todos estamos chiflados por algo, a
menos que seamos seres abúlicos a los que no les interesa nada excepto lo que
emiten en la televisión. Los matemáticos se apasionan por su disciplina, y se
sienten orgullosos de pertenecer a una comunidad matemática cuyos tentáculos se
extienden tan lejos. Verás que la comunidad es una fuente constante de ánimo y
apoyo —por no mencionar de crítica y consejo—. Sí, habrá también discrepancias
pero, en general, los matemáticos son amigables y relajados, siempre que evites
pulsar los botones equivocados.
Orgullo es una cosa, soledad otra. Mi experiencia es que la opinión
pública de hoy es mucho más consciente que antes de que los matemáticos hacen
cosas útiles e interesantes. En las fiestas, si tú admites ser una matemática,
es más probable que te pregunten: «¿Qué piensas de la teoría del caos?» que te
digan: «Nunca fui bueno en matemáticas cuando estaba en la escuela». En Parque
jurásico, Michael Crichton dice que los matemáticos de hoy ya no parecen
contables, y algunos se parecen más a estrellas de rock.
Si es así, eso son muy malas noticias para las estrellas de rock.
Incluso si la gente te pregunta sobre la teoría del caos en las fiestas,
sigue siendo poco prudente explicar tu último teorema sobre pseudométricas
continuas en variedades de Kähler al tipo de la chaqueta de cuero. (Aunque en
estos días podría ocurrir que él fuera un matemático, pero no cuentes con
ello). Así, a pesar de la reciente tolerancia de la gente en general hacia las
matemáticas, habrá ocasiones en las que quieras estar con gente que entienda de
dónde vienes. Por ejemplo, cuando hayas demostrado finalmente el caso
semicontinuo de la conjetura de Roddick-Federer sobre la irregularidad de las
pseudométricas en variedades de Kähler en dimensiones mayores que 34.
Los aficionados a la ciencia ficción van a convenciones («cons» como
ellos dicen) a hablar con otros aficionados al mismo género. Los criadores de
perros de carreras van a ferias caninas y compiten con otras personas que crían
perros. Los matemáticos van a conferencias a hablar con otros matemáticos. O
dan seminarios, o coloquios, o simplemente visitan a otros colegas.
Nuestro primer vicerrector, Jack Butterworth, dijo en una ocasión que
ninguna universidad valía nada a menos que una cuarta parte de su claustro de
profesores estuviese en el aire. Él lo decía en un sentido literal: en vuelo
aéreo, no en altos vuelos intelectuales. La mejor manera de hacer avanzar la
causa de las matemáticas es ir a encontrarse con otros matemáticos.
Si tienes suerte, ellos irán a buscarte. La Universidad de Warwick,
fundada en los años sesenta del siglo XX, se convirtió en un centro de talla
mundial en matemáticas porque desde el primer día celebró simposios, programas
especiales de un año de duración en algún área de las matemáticas. (Una vez me
dijeron que «simposio» significa ‘beber juntos’, una teoría que no puede ser
rechazada a la ligera). Pero es una buena idea, y más divertido, si eres tú
quien asiste a ellos. Las matemáticas, como todas las ciencias,
siempre han sido internacionales. Isaac Newton solía escribir a sus homólogos
en Francia y en Alemania, pero en la actualidad podría subirse en un avión y
encontrarse con ellos.
Los matemáticos se juntan normalmente a la hora del café; Erdős decía
que un matemático es una máquina para convertir café en teoremas. Comparten
chistes, cotilleos, teoremas y noticias.
Los chistes son matemáticos, por supuesto. Hay un largo compendio de
chistes matemáticos clásicos en el número de enero de 2005 del Notices
of the American Mathematical Society, y sus contenidos son una parte
importante de tu cultura matemática, Meg. Hay, por ejemplo, un chiste sobre el
Arca de Noé. (En realidad, el chiste que prefiero sobre el Arca de Noé es un
chiste gráfico que tiene que ver con la biología. La lluvia empieza a caer, el
arca está cargada con dos animales de cada especie y Noé está a gatas
escarbando en el lodo. La señora Noé grita desde el arca: «Noé. Olvídate de la
otra ameba»). En cualquier caso, el chiste matemático sobre el Arca de Noé es
éste:
El Diluvio ha cesado y el Arca se ha posado a salvo en el monte Ararat;
Noé dice a todos los animales que salgan y se multipliquen. Pronto la tierra
está rebosante de todo tipo de criaturas vivientes, excepto serpientes. Noé se
pregunta por qué. Una mañana dos serpientes afligidas llaman a la puerta del
Arca con una queja. «Tú no has cortado ningún árbol». Noé se queda intrigado,
pero hace lo que ellas desean. En menos de un mes, no se puede dar un paso sin
estar a punto de pisar a una cría de serpiente. Con dificultades, llega hasta
las dos progenitoras. «¿Qué pasaba con los árboles?». «Ah», dice una de las
serpientes, «no te diste cuenta de qué especie somos». Noé sigue sin entender
nada. «Somos víboras, y solo podemos multiplicarnos utilizando troncos».
Éste es un chiste múltiple: se pueden multiplicar números sumando sus
logaritmos[35]. Otros chistes parodian la lógica de las
demostraciones: «Teorema: un gato tiene nueve colas. Demostración: ningún
gato tiene ocho colas. Un gato tiene una cola más que ningún gato. QED».
Los matemáticos se cuentan sus teoremas. Los extraños, como «el teorema
del sándwich de jamón»: si tienes una rodaja de jamón y dos rebanadas de pan,
dispuestas en el espacio en posiciones relativas cualesquiera, entonces existe
un plano que divide cada una de las tres piezas exactamente por la mitad. O la
recientemente demostrada «conjetura de los fuelles», que dice que si se
flexiona un poliedro (como, curiosamente, pueden flexionarse algunos), entonces
su volumen no cambia. Pero a menudo traen cola: «¿Demostrado eso? De acuerdo,
ahora hazlo con n objetos en n dimensiones».
A veces se cuentan conjeturas, teoremas todavía no demostrados y que por todo
lo que ellos conocen podrían ser falsos. Mi favorita es la «conjetura de la
salchicha». Para los principiantes, supón que quieres envolver varias pelotas
de tenis en un papel de plástico. ¿Qué disposición tiene la mínima área
superficial? (Supón que el papel forma una superficie convexa: sin entrantes).
La respuesta es que si tienes cincuenta y seis pelotas o menos, deberían estar
colocadas en línea formando una «salchicha». Si tienes cincuenta y siete o más,
entonces deberían ser amontonadas de una forma más parecida a las patatas en un
saco.
En un análogo tetradimensional, el número crítico está en algún lugar
entre cincuenta mil y cien mil. Con cincuenta mil pelotas, forman una
salchicha. Con cien mil, se amontonan. El número crítico exacto para este caso
no se conoce.
Ahora viene la conjetura general: en tres y cuatro dimensiones hay
ambigüedad. Demostrar que en cinco o más dimensiones, las salchichas son
siempre la respuesta, por muy grande que pueda ser el número de pelotas.
La conjetura de la salchicha ha sido demostrada en cuarenta y dos
dimensiones o más.
Esto es extraño. Me encanta.
Habrá cotillees. En nuestros días pueden ser sobre el topólogo que se
fugó con su secretaria, o el divorcio de dos teóricos de grupos bien conocidos,
pero ésta es una desviación reciente que yo achaco a la mala influencia de la
televisión. Tradicionalmente, los cotillees tratan de quien está en
consideración para un ascenso para la cátedra de Absurdo Abstracto en la
Universidad de Boondoggle, o ¿conoces a alguien que tenga un puesto
postdoctoral adecuado para un joven analista funcional como mi alumno Kylie?, o
¿piensas que la pretendida demostración de Fulano y Mengano de la hipótesis del
hueco de masas tiene alguna posibilidad de ser correcta?
Habrá noticias serias. En el momento en que escribo, un tema principal
de conversación es la última información sobre la supuesta demostración de
Grisha Perelman de la conjetura de Poincaré [36]. ¿Alguien ha descubierto ya un fallo en ella? ¿Qué
piensan hoy los expertos? Esto es realmente excitante porque la conjetura de
Poincaré es una de las grandes cuestiones abiertas en matemáticas, solo por
detrás de la hipótesis de Riemann. Todo se remonta a un error que cometió Henri
Poincaré en 1900. Supuso sin demostración que cualquier espacio topológico
tridimensional (con ciertas condiciones técnicas) en el que todo lazo puede
contraerse continuamente a un único punto debe ser equivalente a una tres-esfera,
el análogo tridimensional de la superficie bidimensional de una esfera
ordinaria. Luego advirtió que no existía ninguna demostración, trató de
encontrar una y fracasó. Convirtió el fracaso en una pregunta: «¿Es todo
espacio semejante una tres-esfera?». Pero tan seguros estaban todos de que la
respuesta tenía que ser afirmativa que su pregunta se convirtió poco a poco en
una conjetura. Luego se demostró su generalización a dimensiones más altas,
para cualquier dimensión salvo 3, lo que era molesto, como
mínimo. La conjetura de Poincaré se hizo tan desagradablemente famosa que es
ahora uno de los siete problemas del milenio seleccionados por el Instituto
Clay como las cuestiones abiertas más importantes en matemáticas. Cada solución
a estos problemas será recompensada con un millón de dólares.
En 2002 y 2003 Perelman, un joven ruso algo retraído con formación en
física, publicó dos artículos en el arXiv («archivo»), una página web para
borradores de artículos matemáticos, con el displicente comentario de que no
solo demostraban la conjetura de Poincaré sino que también demostraban la aún
más poderosa conjetura de geometrización de Thurston, que tiene la clave
para todos los espacios topológicos tridimensionales.
Normalmente este tipo de afirmaciones resultan ser absurdas, pero la
idea de Perelman es ingeniosa y viene con un buen pedigrí. Su truco consiste en
utilizar el denominado flujo de Ricci para deformar una buena garantía de una
manera muy parecida a como se deforma el espacio-tiempo bajo las ecuaciones de
la relatividad general de Einstein. Y ahí está el problema. Para entender la
demostración adecuadamente, hay que saber topología tridimensional,
relatividad, cosmología y una docena de otras áreas hasta ahora inconexas de
las matemáticas puras y la física matemática. Y es una demostración larga y
difícil, con muchas trampas para el profano. Además, Perelman siguió la
consabida tradición rusa de no dar todos los detalles. De modo que los
expertos, que han estado estudiando sus ideas en seminarios en todo el mundo,
albergan comprensibles dudas al declarar correcta la demostración. Pero cada
vez que alguien encuentra lo que podría ser una laguna o un error, Perelman
explica tranquilamente que él ya ha pensado en eso y por qué no es un problema.
Y tiene razón.
Se ha llegado a un punto en el que, incluso si la demostración resultara
ser errónea, las cosas correctas ganadas en el camino son de gran importancia
para las matemáticas. Y en el momento en que escribo esto, los expertos parecen
estar cada vez más cerca de pensar que la demostración funciona realmente.
Mantón los oídos abiertos a la hora del café, Meg [37].
A medida que se desarrolle tu carrera, la comunidad matemática mundial
será cada vez más importante para ti. Llegarás a formar parte de ella, y
entonces tendrás un hogar en cada ciudad de la Tierra.
¿Acabas de llegar a Tokio? Pasa por la universidad más cercana, busca el
departamento de matemáticas, entra en él. Habrá al menos una persona a la que
conoces, o que te conoce por tu trabajo, incluso si nunca os habéis encontrado
antes. Dejarán todo, llamarán a su canguro y por la noche te llevarán a dar una
vuelta por la ciudad. Quizá tengan una habitación de sobra si has olvidado
reservar hotel. Te invitarán a un dar seminario, de modo que puedas presentar
tus últimas ideas ante una audiencia afín. Incluso intentarán conseguirte una
pequeña ayuda económica para el billete de avión.
No vas a volar en primera clase, no obstante. Ni a dormir en una suite de
un hotel (no una suite tuya, al menos). Las matemáticas funcionan
sobre el principio de lo barato y desenfadado. A veces me gustaría que no nos
infravaloráramos de esa manera, pero es un hábito arraigado y ya es demasiado
tarde para cambiarlo.
Es por supuesto más civilizado y organizado poner un e-mail por
adelantado al departamento de matemáticas de la Universidad de Tokio. El
resultado será similar.
Si quedas bien con tu anfitrión, él te invitara a volver. Conforme tú y
ellos ascendáis en el escalafón, ambos empezaréis a ser invitados a
conferencias. Luego tú misma te encontrarás organizando conferencias, lo que
significa que puedes invitar a hablar a todos los que quieras. Hay una especie
de «transición de fase», de modo que en un período de aproximadamente un año
pasarás de no ser invitada a ninguna conferencia a ser invitada a demasiadas.
Se selectiva: aprende a decir no. Aprende a decir sí a veces.
Hay grandes conferencias, conferencias de un tamaño medio y conferencias
pequeñas. Hay conferencias especiales y conferencias generales. Las grandes y
generales son buenas para conocer a gente y pescar puestos de trabajo. Cada
cuatro años se celebra en algún lugar del mundo el Congreso Internacional de
Matemáticos. Fui al que se celebró en Kioto, y había cuatro mil participantes.
Vi mucho de Kioto, me encontré con numerosos buenos amigos e hice otros nuevos,
y aprendí un poco sobre lo que estaba haciendo la gente ajena a mi área. Mi
familia venía también, y lo pasaron en grande explorando la ciudad y sus
alrededores.
Prefiero las reuniones pequeñas y especializadas en un tema de
investigación específico. En ellas puedes aprender mucho, porque casi todas las
charlas son sobre algo que te interesa y está relacionado con aquello en lo que
estás trabajando en ese momento. Y una vez que lleves unos años en el negocio,
conocerás a casi todos los demás asistentes. Excepto a los participantes más
jóvenes, que acaban de unirse a la comunidad.
Bienvenida, Meg.
Carta 19
Cerdos y camionetas
Querida Meg:
Profesora agregada. Estoy orgulloso de ti; todos lo estamos. Y en una
institución excelente, además. Ahora eres una matemática profesional, con
obligaciones profesionales. Y se me ocurre que he estado tan ocupado
ofreciéndote consejo sobre lo que hacer en diversas circunstancias que he
olvidado el otro lado de la cuestión: qué no hacer. Ahora que puedes aspirar a
una posición estable, estarás asumiendo más responsabilidad, de modo que
tendrás más que perder si te equivocas. Un matemático tiene muchas maneras de
hacer el ridículo en público, y casi todos lo hemos hecho en alguna etapa de
nuestra carrera. La gente comete errores; la gente prudente aprende de ellos. Y
la manera menos dolorosa es aprender de los errores cometidos por otros.
Cuanto más tiempo permanezcas en el negocio de las matemáticas, mas
patinazos cometerás, inevitablemente; así es como la gente experimentada gana
su experiencia. Yo mismo he presenciado, y cometido, muchos errores. Pueden ir
desde escribir la ecuación errónea en la pizarra a ofender gravemente al rector
de tu universidad en algún acontecimiento público importante. Estás advertida.
Sin duda, inventarás algunos nuevos errores propios; el ridículo ocasional es
la condición natural del ser humano.
La mayoría de mis consejos serán obvios. Un profesor agregado que quiera
ser contratado en su universidad debe descubrir cuáles son los requisitos y las
expectativas, y entonces satisfacerlos. Si se espera que hayas publicado dos
artículos aparte del tema de tu tesis y en lugar de ello publicas un artículo,
entrenas al equipo de matemáticas, diriges un programa de estudios en Budapest,
obtienes una beca de investigación importante y ganas el premio al mejor
profesor de la década, puede ocurrirte que te nieguen el puesto. Muéstrate
diplomática con tus superiores, a menos que tengas una razón excelente para no
serlo y quieras cambiar de trabajo. Se diplomática con todos los demás cuando
ellos lo merezcan, e incluso a veces cuando no lo merezcan. Si discrepas de
alguna decisión o argumento, expón tu opinión de forma concisa, clara y sin dar
a entender que la idea contraria es absurda, incluso cuando lo sea. Haz honor a
tus compromisos, ya sean sesiones tutoriales, horas de despacho, corrección de
exámenes o conferencias plenarias en el Congreso Internacional de Matemáticos.
Si estás de acuerdo en formar parte de una comisión, asiste a sus reuniones.
Atiende a la discusión. Contribuye, aunque no demasiado. En general, recuerda
que eres una profesional, y compórtate como tal.
Por otra parte, algunos errores son obvios solo una vez que los has
cometido. Circula por la Universidad de Warwick el rumor de que yo terminé mi
primera clase con los estudiantes de licenciatura metiéndome en el escobero. Es
hora de desmentirlo. Sí, admito que era un escobero, pero era también la salida
de emergencia del aula. Había supuesto, sin comprobarlo por adelantado, que
cuando los estudiantes salieran del aula por las puertas principales, yo podría
hacerlo por lo que parecía una puerta lateral. Pero cuando lo intenté, me
encontré rodeado de cubos y escobas. Peor aún, descubrí que la única manera de
salir del edificio por esa ruta era empujar una salida de emergencia que
dispararía una alarma. Había advertido el rótulo «SALIDA» sobre la puerta pero
no había visto la palabra «EMERGENCIA» encima. Así que me vi obligado a salir,
avergonzado, del susodicho escobero y unirme a los estudiantes que subían los
escalones hasta el fondo del aula y a salir por la puerta principal.
La moraleja aquí es no supongas nada. Compruébalo todo por adelantado.
No solo el plano del aula o la localización del edificio donde se supone que
vas a dar una charla, o la ciudad en la que va a tener lugar tu reunión, o la
fecha de dicha reunión… Recuerda la ley de Murphy: «Si algo puede salir mal,
saldrá mal». Por encima de todo, recuerda el corolario de los matemáticos a la
ley de Murphy: «Si algo no puede salir mal, saldrá mal también».
Esto le ocurrió a un buen amigo mío, también matemático, en un viaje a
un país que será mejor no nombrar. Iba a asistir a una conferencia y estaba
volando desde el aeropuerto de entrada a otra ciudad bastante lejana. Cuando
estaba sentado en el avión garabateando algunos cálculos, advirtió que el
piloto salía de la cabina y cerraba la puerta tras él. Unos minutos más tarde
el copiloto hizo lo mismo. Inmediatamente después, el piloto volvió y trató de
abrir la puerta para volver al puesto de pilotaje. Pareció encontrar cierta
dificultad. El copiloto trató de ayudar, pero ninguno de ellos podía abrir la
puerta. En ese momento mi amigo se dio cuenta de que el avión estaba volando
con piloto automático y nadie podía tomar el control. Una azafata de vuelo se
unió al piloto y al copiloto, desapareció y reapareció con un hacha pequeña. El
piloto embistió entonces la puerta con el hacha, hizo un agujero, metió la mano
y abrió la puerta. La tripulación entró a continuación en la cabina y cerró la
puerta tras ellos.
No se dio ninguna explicación de estos sucesos a los asombrados y
aterrorizados pasajeros.
Mi consejo aquí va dirigido realmente al piloto y al copiloto, no a los
pasajeros. Si vas a conferencias, a veces tendrás que volar en líneas aéreas
que han sido contratadas por los organizadores de la conferencia. Tú puedes
escoger no ir, si lo deseas, pero no siempre puedes escoger no viajar en una
línea aérea con una dudoso dispositivo de seguridad o una flota envejecida.
Realmente un pasajero no tiene forma de prever dicho problema, o tratar de
resolverlo o evitarlo.
Déjame volver al tema de dar clases. Otro consejo útil es asegurarte de
que tienes mucho tiempo para llegar al aula. Evita asumir compromisos
impredecibles inmediatamente antes. Aún tengo recuerdos vividos de haber
llegado tarde a dar una clase de álgebra. Yo vivía entonces en un pueblo, y
otro miembro del departamento de matemáticas tenía una pequeña granja en el
mismo pueblo, de modo que compartíamos el coche. Un día que le tocaba a él
conducir, decidió llevar un cerdo al matadero local de camino al trabajo. El
cerdo, presintiendo quizá que el viaje no iba a ser en su provecho, tenía ideas
propias. Se negó a subir a la parte trasera de la camioneta. Es difícil
mantener una actitud profesional cuando estás explicando que has llegado tarde
porque no podías subir un cerdo a una camioneta.
Una de las formas principales en las que interaccionarás con otros
matemáticos es asistiendo a charlas o dándolas. Estas podrán ser seminarios,
charlas especializadas para expertos en tu área de investigación; podrán ser
coloquios, charlas más generales para matemáticos profesionales pero no
especialistas en el área en cuestión; o podrán ser conferencias públicas
abiertas a todo el que quiera asistir. Todas las conferencias están sujetas a
desastres potenciales.
Había, por ejemplo, un famoso profesor de teoría de números que tenía la
costumbre de aparecer al comienzo del seminario de un orador invitado, quedarse
dormido a los pocos minutos de empezar la charla, roncar ruidosamente durante
toda ella, y luego plantear cuestiones penetrantes al final cuando los aplausos
de la audiencia lo despertaban. Trata por supuesto de imitar las preguntas
penetrantes, pero evita los ronquidos si puedes; de lo contrario te ganarás
reputación de excéntrica.
Si eres la persona que está dando la charla, las oportunidades para que
actúe Murphy son mucho más numerosas si estás utilizando algún aparato. Cuando
yo empecé a dar clases, el único equipamiento que teníamos era pizarra y tiza,
y confieso que sigo teniendo predilección por las ayudas visuales poco
tecnológicas, aunque soy capaz de preparar una espectacular presentación en
PowerPoint con un proyector de vídeo y vídeos descargados de Internet si eso es
lo que hace falta. He utilizado retroproyectores, pizarras blancas con esos
horribles rotuladores que huelen a disolvente, incluso los ubicuos tableros con
hojas de papel que usa la gente de negocios.
Incluso con la tiza puede salir mal. En primer lugar, puede no haber.
Adquirí la costumbre de llevar mi propia caja de tiza a las clases por si el
profesor que me hubiese precedido la hubiese agotado o los alumnos la hubiesen
escondido en plan de broma. Alguna tiza es muy polvorienta y se te queda en la
ropa: me aseguré de que llevaba el tipo «antipolvo». Aún la tengo en mi ropa,
pero las cuentas de la lavandería disminuyeron. Muchos tipos de tiza pueden
producir unos horribles chirridos cuando escribes, dando dentera a todo el
mundo. Se necesita práctica para evitarlo. Y la tiza de tamaño normal no
bastará si estás dando clases a quinientos estudiantes de cálculo novatos en un
aula cavernosa. Necesitas un supertamaño.
Otros tipos de equipamiento pueden fallar de forma más espectacular. Un
buen amigo mío estaba dando una charla breve en el Coloquio Matemático
Británico —la principal conferencia de matemáticas en Reino Unido, celebrada
anualmente— e intentaba utilizar un retroproyector para mostrar muchas imágenes
en una pantalla. Por desgracia, cuando trató de bajar la pantalla del lecho
—era una pantalla enrolladle y había que tirar de una cuerda— se le cayó en la
cabeza. Terminó proyectando las imágenes en la pared.
Nunca creas a tus anfitriones cuando te digan que todo el equipamiento
funciona perfectamente. Compruébalo por ti misma antes de la conferencia. Yo
estaba dando una conferencia pública en Varsovia utilizando un carro de unas
ochenta diapositivas en 35 milímetros. Me convencieron para que pasara las
diapositivas al proyeccionista, que lo haría todo por mí. Mientras, mis
anfitriones me llevaron a tomar un café rápido. Cuando entré en la sala para
pronunciar la conferencia, el proyeccionista puso las diapositivas en el
proyector, que estaba inclinado en un ángulo alarmante debido a la alta
posición de la pantalla. El carro deslizó por el proyector y cayó al suelo,
donde las diapositivas se dispersaron por todas partes. Muchas de ellas estaban
colocadas entre delgadas láminas de cristal, que se rompieron. Tardé diez
minutos en volver a poner todo en orden, delante de quinientas personas
pacientes.
No confundas la pantalla de proyección con una pizarra blanca y escribas
sobre ella con tinta indeleble. Muchas personas lo hacen, y su lección queda
conservada para la eternidad junto con su error.
El famoso físico Richard Feynman aprendió español en cierta ocasión
porque iba a dar una conferencia en Brasil. Asegúrate de cuál es la lengua
local.
Si invitas tú a un profesor visitante, y éste va a dar una charla,
asegúrate de que tienes la llave de la sala de proyección. En una ocasión tuve
que improvisar mi conferencia porque el proyector de diapositivas, aunque
visible para todos nosotros dentro de una sala maravillosamente equipada,
hubiera podido estar también en la Luna dado que la sala estaba cerrada y nadie
sabía cómo conseguir la llave.
No olvides que el profesor visitante al que has invitado quizá no
conozca la geografía local. Una vez me abandonaron dentro del edificio que
albergaba el departamento de matemáticas holandés cuando mis anfitriones
salieron al aparcamiento para ir a un restaurante. Tuve que salir por una
ventana, y una alarma antirrobo se disparó. Me las arreglé para alcanzarles en
el garaje, lo que fue una suerte porque yo no tenía ni idea de dónde estaba el
restaurante, ni siquiera de cuál era su nombre.
Evita deambular por edificios extraños, especialmente a oscuras. Un
amigo biólogo estaba visitando una institución con un buen departamento de
biología marina, que tenía un acuario. La entrada se hallaba debajo de una
corta escalera. Solo en el edificio, a altas horas de la noche, trató de entrar
en la habitación oscura, tanteó el interruptor de la luz y accidentalmente
disparó en su lugar la alarma contra incendios.
Aparecieron seis camiones-bomba contra incendios, cuyas sirenas aullaban
y cuyas luces parpadeaban.
Había avisado a la estación de bomberos para explicar su error, pero de
acuerdo con las reglas ellos no podían regresar a la base sin comprobar si
había un incendio.
Las comisiones son otro lugar donde puedes cometer fácilmente terribles
errores. Las universidades tienden a funcionar como una red de comisiones y
subcomisiones interconectadas, algunas son realmente importantes, otras sirven
de escaparate. La mayoría tienen una razón de existir, y muchas gestionan
actividades triviales pero esenciales, tales como corregir exámenes o
establecer las regulaciones de las asignaturas. Indudablemente te verás
involucrada en comisiones de trabajo, y debes hacerlo. Una universidad es un
lugar complicado, y no funcionará bien si todo el mundo deja que las cosas se
resuelvan sobre la marcha. Todo académico tiene que tener algo de
administrador, y en alguna medida debe hacerlo, especialmente en «niveles
senior».
No siendo yo mismo un animal de comisión, no puedo darte muchos consejos
útiles sobre cómo «trabajar» en una comisión para que tome la decisión que tú
defiendes. Pero sé lo que no hay que hacer. La historia siguiente es típica.
Una importante comisión estaba debatiendo una decisión transcendental sobre una
actuación concreta. El matemático de la comisión vio inmediatamente que aprobar
la actuación en cuestión llevaría a un desastre, y estuvo cinco minutos
explicando la lógica de su argumento, que era incuestionable. Su análisis fue
claro y conciso, y sus conclusiones no dejaban lugar a dudas; nadie le
contradijo. El debate continuó, sin embargo, porque los otros miembros de la
comisión todavía no habían expresado su opinión. Tras más de una hora de
discusión —a la que el matemático no contribuyó, habiendo ya (suponía él)
expuesto su argumento— la comisión votó. Decidió hacer exactamente aquello
contra lo que el matemático había advertido.
¿Cuál fue su error? No fue su análisis, ni su presentación, sino el
momento elegido. En cualquier discusión de una comisión hay un momento central
en que la decisión puede decantarse en cualquier dirección. Ése es el momento
de intervenir. Si expones tu argumento demasiado pronto, todos los demás lo
habrán olvidado; si tienes suerte quizá puedas remediarlo con un recordatorio
oportuno. Pero si expones tu argumento demasiado tarde, entonces no hay manera
de que pueda surtir efecto.
Otra cosa que no hay que hacer en las comisiones es seguir exponiendo tu
argumento cuando ya lo tienes ganado. Puedes perder apoyo porque sigas
insistiendo en algo que ahora ya se ha convertido en obvio para todos. Si
tienes munición adicional, ahórratela por si la necesitas más tarde.
Consejo que yo mismo voy a seguir ahora.
Carta 20
Placeres y peligros de la colaboración
Querida Meg:
Sí, es un dilema. La plaza fija o la promoción dependen de tu propio
currículum docente e investigador, pero es atractivo trabajar con otros como
parte de un equipo. Afortunadamente, las ventajas de la investigación en
colaboración se están haciendo ampliamente reconocidas, y cualquier
contribución que hagas al trabajo de un equipo también será reconocida. Así que
pienso que deberías centrarte en investigar lo mejor que puedas, y si eso te
lleva a unirte a un equipo, que así sea. Si la investigación es buena, y tu
currículum docente está a la altura, entonces habrá promoción, y no importará
si hiciste el trabajo tú sola o como parte de un esfuerzo conjunto. De hecho,
la colaboración tiene ventajas definidas; por ejemplo, es una manera muy
efectiva de ganar experiencia redactando peticiones de financiación y
gestionando la financiación. Puedes empezar como miembro joven del equipo de
algún otro, y antes de que haya pasado mucho tiempo tú misma serás una
investigadora principal.
Las actitudes están cambiando con rapidez. En el pasado, las matemáticas
eran básicamente una actividad individual. Los grandes teoremas los descubría y
demostraba una persona, que trabajaba en solitario. Por supuesto, su trabajo se
realizaba a la par que el de otros matemáticos (igualmente solitarios), pero
las colaboraciones eran raras y artículos firmados por tres o cuatro personas
eran prácticamente inexistentes. Hoy es completamente normal encontrar
artículos firmados por tres o cuatro personas. Cerca del noventa y ocho por
ciento de mi investigación en los últimos veinte años ha sido en colaboración;
mi récord está en un artículo firmado por nueve autores.
Esto no es nada comparado con lo que sucede en otras ramas de la
ciencia. Algunos artículos de física tienen mucho más de un centenar de
autores, como algunos artículos en biología. El crecimiento de la colaboración
ha sido ridiculizado a veces como una adaptación a la mentalidad «publica o
perece», según la cual la promoción y la estabilidad están determinadas por
cuántos artículos ha publicado alguien en un determinado período de tiempo. Una
forma fácil de incrementar tu lista de publicaciones es hacerte añadir al
artículo de algún otro, y el precio es sencillo: tú les añades al tuyo.
Pero realmente no creo que este comportamiento hoy por ti, mañana por
mí, sea responsable, en una medida significativa, del crecimiento de la
coautoría.
La razón del enorme número de autores en algunos artículos de física es
simple. En física de partículas fundamentales, el trabajo conjunto de un equipo
enorme, realizado durante varios años, está típicamente condensado en un
artículo de quizá cuatro páginas en una revista. El equipo incluirá a teóricos,
programadores, expertos en la construcción de detectores de partículas,
expertos en algoritmos de reconocimiento de pautas que interpretan los datos
extraordinariamente complejos obtenidos por los detectores, ingenieros que
saben cómo construir electroimanes a baja temperatura, y muchos otros. Todos
ellos son cruciales para la empresa; todos merecen pleno reconocimiento como
autores del informe resultante. Pero el informe es normalmente corto y va al
grano. «Hemos detectado la partícula omega-menos predicha por la teoría: ésta
es la prueba». Alguno puede obtener el premio Nobel por estas cuatro páginas.
Probablemente el primero de la lista.
La gran ciencia envuelve a grandes números de personas. Lo mismo sucede
con los proyectos de biología gigantes tales como la secuenciación del genoma.
Algo similar ha estado sucediendo en toda la ciencia. La raíz de ello es
que la ciencia y las matemáticas se han ido haciendo cada vez más
interdisciplinarias. Por ejemplo, recordarás que un área de interés para mí es
la aplicación de la dinámica al movimiento animal, y mis primeros artículos
fueron escritos en colaboración con Jim Collins, un experto en biomecánica.
Tuvo que ser así: yo no sabía lo suficiente sobre la locomoción animal y Jim no
estaba familiarizado con las matemáticas relevantes.
Mi artículo de nueve autores resumía dos proyectos de tres años para
aplicar nuevos métodos de análisis de datos a la industria de fabricación de
cables y muelles. Más de treinta personas estaban involucradas en este trabajo;
en la publicación redujimos la lista de autores a aquellos que habían sido
directamente responsables de un aspecto importante de los resultados. Algunos
de nosotros trabajamos en los aspectos teóricos de las matemáticas; otros
elaboraron nuevas maneras de extraer lo que necesitábamos de los datos que
podíamos registrar; otros realizaron el análisis de dichos datos. Nuestros
ingenieros diseñaron y construyeron equipos de prueba; nuestros programadores
escribieron un código de modo que un ordenador pudiera realizar el análisis
necesario en tiempo real. Los proyectos interdisciplinarios son así.
Durante los últimos veinte años, las agencias de financiación en todo el
mundo han defendido el crecimiento de la investigación interdisciplinar, y con
razón, porque ahí es donde se están haciendo, y se seguirán haciendo, muchos de
los grandes avances. Al principio los resultados no fueron muy buenos. Se
elogiaba la idea de investigación interdisciplinaria, pero cada vez que alguien
presentaba una propuesta en dicho sentido, ésta se destinaba a los comités
unidisciplinarios existentes, que por supuesto no entendían partes sustanciales
de la solicitud de financiación. Por ejemplo, una propuesta para aplicar
dinámica no lineal a la biología evolutiva sería desestimada por la comisión de
matemáticas porque ellos y sus evaluadores no tendrían experiencia en la
evolución, y luego sería rechazada por la comisión de biología porque ésta no
entendería las matemáticas.
El resultado era que las agencias de financiación apoyaban la
investigación interdisciplinaria en todo salvo en la obtención de fondos.
Fíjate en que nadie estaba haciendo nada erróneo. Era prácticamente
imposible justificar una decisión de gastar dinero en la dinámica de la
evolución cuando eso quitaba dinero de proyectos de gran calidad sobre
topología algebraica o plegamiento de proteínas, pongamos por caso. En favor de
los implicados hay que decir que el sistema ha cambiado para mejor, y uno puede
ahora obtener financiación para ciencia y matemáticas que abarquen varias
disciplinas. Una consecuencia importante es la creación de disciplinas
completamente nuevas, tales como la biomatemática y la cosmología
computacional. Otra es la difuminación de las tradicionales fronteras entre
disciplinas.
Dejando aparte estos factores políticos, hay otra razón por la que la
publicación en colaboración ha aumentado espectacularmente. Es una razón
social. Trabajar en grupo, con colegas, es mucho más divertido que sentarte en
tu despacho con tu ordenador. Por supuesto, a veces necesitas soledad para
ordenar un problema conceptual, formular una definición o realizar un cálculo.
Pero también necesitas el estímulo de discusiones con otros en tu propia área,
o en áreas donde quieres aplicar tus ideas. Otras personas saben cosas que tú
no sabes. Y lo que es más interesante, cuando dos personas juntan sus cerebros
a veces dan con ideas con las que ninguna de ellas habría dado por sí sola. Hay
una sinergia, una nueva síntesis, algo que a Jack Cohen y a mí nos gusta llamar complicidad.
Cuando dos puntos de vista se complementan mutuamente, no solo encajan como
llave y candado o como fresas y nata; generan ideas completamente nuevas. A
medida que tu carrera vaya avanzando podrás llegar a apreciar los placeres de
la colaboración, y el valor de la ayuda, el interés y el apoyo de colegas cuya
mente complementa la tuya.
Por desgracia, en la colaboración a veces puede haber un riesgo. Escoger
el colaborador equivocado es una receta segura para el desastre.
Lamentablemente, esto puede suceder con personas por completo razonables y
competentes; es una cuestión de «química» personal, y no siempre resulta fácil
de predecir. Lo principal es ser consciente de la posibilidad, y dejarte una
puerta de salida.
Hace algunos años, dos matemáticos que conozco estaban escribiendo un
libro a medias. No tuvieron ningún problema en acordar el contenido matemático,
o el orden en que se presentaba el material. Simplemente no podían ponerse de
acuerdo en la puntuación. Llegó un momento en el que uno de ellos revisaba el
manuscrito entero poniendo comas, y luego el otro las quitaba de nuevo. Y así
sucedió una y otra vez. Consiguieron terminar el libro, pero nunca han vuelto a
colaborar. No obstante, siguen siendo muy buenos amigos.
Todo el mundo implicado en una colaboración debe aportar algo útil. No
tienen que hacer la misma cantidad de trabajo; una persona puede ser la única
que sepa cómo hacer un gran cálculo, o escribir un programa complicado para el
ordenador, mientras que otra puede aportar una idea crucial que acaba en forma
de dos líneas en medio de una demostración. Mientras todos aporten algo
esencial, será justo. Nadie pone objeciones a que todos los coautores obtengan
algo del crédito del resultado final. Pero si uno de los participantes está
simplemente de acompañante, lo que en ocasiones sucede, entonces todos los
demás están más contentos si su nombre no aparece en el artículo, libro o
informe final. Y a menudo también hace más feliz a la persona en cuestión. Esto
no tiene por qué ser un signo de pereza; a veces el proyecto cambia de
dirección de una forma que no podía haberse previsto, y una contribución que
originalmente parecía esencial puede resultar innecesaria.
En la gran ciencia, donde están involucrados equipos enormes, el
proyecto normalmente está muy bien marcado y la gente solo lo abandona cuando
se van de vacaciones y son sustituidos. Pero las colaboraciones matemáticas
tienden a ser vagas y espontáneas, y si hay un proyecto, el primer punto de la
lista es estar dispuesto a cambiar el plan.
Ayuda mucho ser tranquilo y tolerante. Eso no evita discusiones; todo lo
contrario. Los buenos amigos pueden tener discusiones largas, ruidosas y
acaloradas durante un proyecto de investigación. Los psicólogos creen ahora que
la parte racional de nuestro cerebro descansa sobre la parte emocional: uno
tiene que estar emocionalmente comprometido con el pensamiento racional antes
de poder pensar racionalmente. Con algunos de mis colaboradores sucede que
ninguno de nosotros tiene la sensación de que el proyecto esté yendo a alguna
parte a menos que tengamos un encuentro a gritos de vez en cuando. Pero los
gritos cesan tan pronto como ambos decidimos quién tiene razón, y no queda
ningún resentimiento residual. Nos mostramos tranquilos al discutir, pero no lo
somos tanto como para que no haya discusiones.
Nunca aceptes una colaboración simplemente porque te han convencido de
que deberías hacerlo. A menos que estés genuinamente interesada en trabajar con
alguien no lo hagas. No importa que sea un gran experto, o que el proyecto
conlleve mucho dinero. Apártate de las cosas que no te interesan.
Por otra parte, creo que es rentable tener intereses amplios. De esa
manera, la lista de cosas de las que deberías apartarte es mucho menor. Una vez
compartí un fascinante almuerzo con un medievalista que era un experto en el
uso de comas en la Edad Media. Nada salió de esa interacción, pero se me ocurre
que mis dos amigos podrían haberse beneficiado de su presencia cuando
escribieron su libro a medias.
Carta 21
¿Es Dios un matemático?
Querida Meg:
Me gustó mucho verte en San Diego el mes pasado. Me da vergüenza decir
que casi había perdido el contacto con tus padres desde que se fueron al campo.
Les escribí y me alegré de saber que tu padre se ha recuperado.
La gente reacciona de maneras curiosas cuando consigue una plaza fija.
La mayoría sigue enseñando e investigando exactamente igual que antes, pero con
menos tensión (esto no vale para Reino Unido, dicho sea de paso, porque las
plazas fijas fueron suprimidas hace veinte años). Pero recuerdo a un colega que
declaró seriamente su intención de no publicar más de un artículo cada cinco
años durante el resto de su vida. Esa, decía, era la frecuencia con la que se
le ocurrían las buenas ideas. Era una actitud honesta, pero posiblemente poco
prudente. Otro se dedicó casi exclusivamente a un trabajo como consultor; en
menos de dos años había dejado la universidad para poner en marcha su propia
compañía. Ahora tiene una casa de vacaciones en una isla del Caribe. Al parecer
se había cansado de lo «barato y desenfadado».
Veo que tú has reaccionado poniéndote filosófica.
El físico Ernest Rutherford solía decir que cuando un joven investigador
de su laboratorio empezaba a hablar sobre «el universo» él le frenaba
inmediatamente. Yo soy más tranquilo que Rutherford a propósito de eso. Mi
principal reserva es que creo que ese ámbito no debería estar reservado
únicamente a los filósofos.
Hace dos mil quinientos años, Platón declaró que Dios es un geómetra. En
1939, Paul Dirac se hizo eco de ello, al decir: «Dios es un matemático». Arthur
Eddington fue un paso más lejos y declaró que Dios es un matemático puro. Es
ciertamente curioso que tantos matemáticos y físicos hayan estado convencidos
de una conexión fundamental entre Dios y las matemáticas. (Erdős, que pensaba
que Dios tenía cosas más importantes que hacer, aún creía que Él guardaba muy
cerca un Libro de Demostraciones).
Tanto Dios como las matemáticas despiertan terror en el corazón de la
gente corriente, pero seguramente la conexión debe ser más profunda. No se
trata de religión. No necesitas aceptar una deidad personal para sentirte
intimidado por las sorprendentes pautas del universo o para observar que
parecen ser matemáticas. Cada concha espiral o cada rizo circular en un
estanque nos grita ese mensaje.
De aquí solo hay un paso para ver las matemáticas como el tejido de la
ley natural y dramatizar esa idea atribuyendo de capacidades matemáticas a una
deidad metafórica o real. Pero ¿qué son las leyes de la naturaleza? ¿Son
verdades profundas sobre el mundo, o son simplificaciones impuestas por la
limitada capacidad mental de la humanidad ante la complejidad inescrutable de
la naturaleza? ¿Es Dios realmente un geómetra? ¿Están las pautas matemáticas
realmente presentes en la naturaleza, o las inventamos nosotros? O, si son
reales, ¿son meramente un aspecto superficial de la naturaleza en el que nos
fijamos porque es lo que podemos comprender?
La razón por la que no podemos responder definitivamente a estas
preguntas es que los seres humanos no podemos salimos de nosotros mismos para
tener una visión objetiva del universo. Todo lo que experimentamos está
condicionado por nuestros cerebros. Incluso nuestra vivida impresión de que el
mundo está «ahí fuera» es un truco maravilloso. Las células nerviosas de
nuestro cerebro crean dentro de nuestras cabezas una copia simplificada de la
realidad y luego nos persuaden de que vivimos dentro de ella, y no al revés.
Tras centenares de millones de años de evolución, las capacidades del cerebro
humano no han sido seleccionadas por «objetividad», sino para mejorar las
oportunidades de supervivencia de su propietario en un entorno complejo. Como
resultado, el cerebro no es en absoluto un observador pasivo de la naturaleza.
Nuestro sistema visual, por ejemplo, crea la ilusión de un mundo sin fisuras
que nos envuelve por completo, pese a que en cualquier instante nuestros
cerebros solo están detectando una minúscula parte del campo visual.
Puesto que no podemos experimentar el universo objetivamente, a veces
vemos pautas que no existen. Hace aproximadamente dos mil años, una de las
pruebas más fuertes de la existencia de un Dios geómetra era la teoría
ptolemaica de los epiciclos. Se pensaba que el movimiento de cada planeta en el
sistema solar estaba construido a partir de un intrincado sistema de esferas en
revolución. ¿Cómo se puede ser más matemático? Pero las apariencias son
engañosas, y hoy este sistema nos parece absurdo e innecesariamente complicado.
Puede ajustarse para servir de modelo de cualquier tipo de órbita, incluso una
órbita cuadrada. En última instancia falla, porque no puede llevarnos a una
explicación de por qué el mundo debería ser así.
Comparemos los engranajes de Ptolomeo con los engranajes del universo
mecánico de Isaac Newton, puestos en movimiento en el momento de la Creación y
que desde entonces obedecen a reglas matemáticas fijas e inmutables. Por
ejemplo, la aceleración de un cuerpo es la fuerza que actúa sobre él dividida
por su masa. Esta ley explica todos los tipos de movimiento, desde las balas de
cañón hasta el cosmos. Ha sido refinada para tener en cuenta efectos
relativistas y cuánticos en los dominios de lo muy pequeño o lo enormemente
rápido, pero unifica un corpus enorme de evidencia observacional. Las
minúsculas arrugas descubiertas recientemente en el fondo cósmico de microondas
demuestran que cuando estalló el Big Bang, el universo no explotó
por igual en todas direcciones. Esta simetría es responsable de la aglomeración
de materia sin la cual tú y yo no tendríamos una pierna —o un planeta— para
sostenernos. Es una verificación impresionante de las aplicaciones modernas de
las leyes de Newton, y muestra que las pautas no tienen que ser perfectas para
ser importantes.
No es casualidad que las leyes de Newton traten con formas de materia y
energía que son accesibles a nuestros sentidos, tales como la fuerza. Si vamos
en un todoterreno, nos sentimos empujados por nuestros asientos cuando el
vehículo pasa por un bache. Pero una vez más nuestros cerebros están haciendo
trucos. Nuestros sentidos no reaccionan directamente a las fuerzas. En nuestros
oídos hay aparatos, los canales semicirculares, que no detectan la fuerza, sino
la aceleración. Nuestros cerebros ponen entonces las leyes de Newton al revés
para proporcionar una sensación de fuerza. Newton estaba «deconstruyendo» su
aparato sensorial en las leyes que lo hacían funcionar de entrada. Si las leyes
de Newton no hubieran funcionado, entonces sus oídos tampoco lo habrían hecho.
Lo hemos hecho mucho mejor detectando la artificiosidad de pautas
supuestas como las de Ptolomeo, ilusiones sistemáticas creadas por unas
matemáticas que son tan adaptables que pueden explicar cualquier cosa. Una
forma de eliminar estas ilusiones es favorecer la simplicidad y la elegancia:
éste es el punto provocativo de Dirac, y el verdadero mensaje de la navaja de
Occam.
Una de las fuentes más simples y más elegantes de pautas matemáticas en
la naturaleza es la simetría.
La simetría nos rodea. Nosotros mismos somos bilateralmente simétricos:
seguimos pareciendo personas cuando nos vemos en un espejo. La simetría no es
perfecta —normalmente el corazón está a la izquierda— pero una cuasisimetría es
tan chocante como una simetría exacta, e igualmente necesita una explicación.
Hay exactamente 230 tipos de simetría para los cristales. Los copos de nieve
son hexagonalmente simétricos. Muchos virus tienen la simetría de un
dodecaedro, un sólido regular hecho de doce pentágonos. Una rana empieza su
vida como un huevo esféricamente simétrico y la termina como un adulto
bilateralmente simétrico. Hay simetrías en la estructura del átomo y en el
remolino de las galaxias.
¿De dónde proceden las pautas simétricas de la naturaleza? La simetría
es la repetición de unidades idénticas. La principal fuente de unidades
idénticas es la materia. La materia está compuesta de minúsculas partículas
subatómicas, y todas las partículas de un tipo dado son idénticas. Todos los
electrones son exactamente iguales. El famoso físico Richard Feynman sugirió
una vez que quizás haya solo un electrón, yendo hacia delante y hacia atrás en
el tiempo, y nosotros lo observamos múltiples veces. Como quiera que sea, la
intercambiabilidad de los electrones implica que potencialmente el universo
tiene una enorme cantidad de simetría. Hay muchas maneras de mover el universo
y dejar que parezca igual. Las simetrías de una concha espiral o de las gotas
de rocío espaciadas a lo largo de una telaraña al amanecer pueden remitirse a
este potencial de formación de pautas de las partículas fundamentales. Las
pautas que experimentamos en una escala humana son huellas de pautas más
profundas en la estructura del espacio-tiempo.
A menos, por supuesto, que dichas simetrías más profundas sean solo
imaginarias, la versión moderna de los epiciclos.
Que el universo que experimentamos sea un artificio de nuestras
imaginaciones no implica, sin embargo, que el propio universo no tenga
existencia independiente. La imaginación es una actividad de los cerebros que
están hechos del mismo tipo de materiales que el resto del cosmos. Los
filósofos pueden debatir si la pauta que detectamos en las rayas de un tigre
está presente realmente en un tigre real; pero la pauta de actividad neuronal
que provocan en nuestros cerebros las rayas del tigre está decididamente presente
en un cerebro real. Las matemáticas son una actividad de los cerebros, de modo
que éstos pueden funcionar al menos en ocasiones de acuerdo con las leyes
matemáticas. Y si los cerebros realmente pueden hacerlo, ¿por qué no los
tigres?
Nuestras mentes pueden ser tan solo remolinos de electrones en células
nerviosas, pero dichas células son parte del universo, evolucionan dentro de él
y han sido moldeadas por el profundo amor de la naturaleza por la simetría. Los
remolinos de electrones en nuestras cabezas no son aleatorios, ni arbitrarios,
y no son un accidente —ni siquiera en un universo sin Dios, si se trata de
eso—. Son pautas que han sobrevivido a millones de años de selección darwinista
por congruencia con la realidad. ¿Qué mejor manera de construir modelos
simplificados del mundo que explotar las simplicidades que hay realmente? Los
sistemas imaginarios que se apartan demasiado de la realidad no son útiles para
la supervivencia.
Las construcciones intelectuales como los epiciclos o las leyes del
universo pueden ser o bien verdades profundas o bien ilusiones ingeniosas. La
tarea de la ciencia es proporcionar un proceso de selección para las ideas que
sea tan restrictivo como el empleado por la evolución para deshacerse de los
menos adaptados. Las matemáticas son una de sus herramientas principales,
porque las matemáticas imitan las imágenes en nuestras cabezas que nos
simplifican el universo. Pero a diferencia de dichas imágenes, los modelos
matemáticos pueden ser transferidos de un cerebro a otro. Las matemáticas se
han convertido así en un punto de contacto crucial entre diferentes mentes
humanas, y con su ayuda la ciencia se ha pronunciado en favor de Newton y en
contra de Ptolomeo. Incluso si las leyes de Newton —o, más a propósito, sus
modernas sucesoras, la relatividad y la teoría cuántica— pueden resultar con el
tiempo meras ilusiones, son ilusiones mucho más productivas que las de
Ptolomeo.
La simetría es aún una ilusión mejor. Es profunda, elegante y general.
Es también un concepto geométrico, de modo que el Dios geómetra es un dios de
la simetría.
Quizás hemos creado un Dios geómetra a nuestra propia imagen, pero lo
hemos hecho explotando las simplicidades básicas que suministró la naturaleza
cuando evolucionaban nuestros cerebros. Solo un universo matemático puede
desarrollar cerebros que hagan matemáticas. Solo un Dios geómetra puede crear
una mente que tenga la capacidad de ilusionarse con la existencia de un Dios
geómetra.
En ese sentido, Dios es un matemático; y Ella es mucho mejor que
nosotros. De vez en cuando, Ella nos deja mirar por encima de su hombro.
Notas:
[1] Editado en castellano por Nivola Libros y
Ediciones, Madrid, 1999. (N. del t.).
[2]A Wrinkle in Time es un clásico de la literatura juvenil escrito por Madeleine
L’Engle en 1962 (hay traducción en castellano: Una arruga en el tiempo,
Salvat, Barcelona, 1988). La protagonista de la historia, también llamada Meg,
realiza un viaje por el tiempo y por dimensiones superiores del espacio en
busca de su padre, hace tiempo desaparecido. A estas dimensiones superiores del
espacio se accede a través de tesseracts o «hipercubos» en
cuatro dimensiones. (N. del t.)
[3] En el ingles original dice «red herring»
(literalmente, ‘arenque rojo’), que significa ‘pista falsa’. El juego de
palabras se pierde inevitablemente en la traducción. (N. del t.)
[4] Las iniciales W. E. B. coinciden con el
término inglés que significa «telaraña». (N. del t.).
[5] La hipótesis de Riemann se refiere a la
función zeta de Riemann ζ (z), que hace posible convertir
cuestiones sobre números primos en cuestiones de análisis complejo. Afirma que
si ζ (z) es 0, entonces o bien z es el doble
de un número negativo o la parte real de z es 1/2. Véase Karl
Sabbagh, Dr. Riemann’s Zeros, Atlantic Books, Londres, 2002.
[6] P. Bromwich, J. Cohen, I. Stewart y A.
Walker, «Decline in sperm counts, An artefact of changed references range of
“normal”?», British Medical Journal 309 (2 de julio de 1994), pp. 19-22.
[7] «Fibonacci» significa ‘hijo de Bonaccio’.
Este apodo fue inventado probablemente por Guillaume Libri en el siglo XIX, y
con seguridad no es muy anterior.
[8] M. Golubitsky, I. Stewart, J. J. Collins y P.
L. Buono, «Symmetry in locomotor central pattern generators and animal gaits»,
Nature 401 (1999), pp. 693-695.
[9] Hay traducción en castellano:Sigma: el
mundo de las matemáticas, Grijalbo, Barcelona. (N. del t.).
[10] Hay traducción en castellano:Sobre el
crecimiento y la forma, Hermann Blume, Madrid, 1980 (N. del t.).
[11] En Reyes 1, 7:23 se lee, «Y él [Hiram en
nombre del Rey Salomón] hizo un mar de metal fundido que tenía diez codos de
borde a borde: era enteramente redondo, y de cinco codos de altura; un cordón
de treinta codos medía su contorno». Si suponemos que la geometría es un
círculo, y que las medidas son exactas, entonces la circunferencia es tres
veces el diámetro π = 3. Pero es evidente que este pasaje no pretende ser un
enunciado matemático preciso.
[12] J. Casti y A. Karlqvist eds., Perseus, Nueva
York, 1999, pp. 157-185.
[13] Personajes de las historias de Winnie
the Pooh. (N. del t.).
[14] Hay traducción en castellano: El
hombre que solo amaba los números, Debate, Barcelona, 1997. (N. del
t.).
[15] QED: Quod erat demostrandum (‘Como
queríamos demostrar’) es la fórmula clásica con la que se cierra una
demostración de un teorema. (N. del t.).
[16] Un caso clásico es la demostración de Louis
de Branges de la conjetura de Bieberbach. Véase Ian Stewart, From Here
to Infinity, Oxford University Press, Oxford, 1996, 206. [Hay traducción en
castellano: De aquí al infinito, Crítica, Barcelona, 1998].
[17] P. Swinnerton-Dyer, «The justification of
mathematical statements», Philosophical Transactions of the Royal
Society of London Series A 363 (2005), pp. 2437-2447.
[18] Dado un ángulo AOB, trácese BE paralela a OA,
y el círculo centrado en B pasa por O, cuyo radio es igual a CD, donde C y D
son las marcas en la regla (línea gruesa).
Colóquese la regla de modo que pase por O, mientras C yace en el círculo
y D yace en BE. Entonces el ángulo AOC es un tercio del ángulo AOB. Véase
Underwood Dudley, A Budget of Trisections, Springer, Nueva York,
1987.
[19] La figura de la izquierda muestra el tablero
de ajedrez con sus dos esquinas ausentes. La figura derecha muestra un típico
intento para cubrirlo: dos casillas quedan descubiertas.
Por el contrario, si las dos esquinas que faltan son adyacentes, el
rompecabezas se resuelve fácilmente:
[20] La primera demostración fue dada por Wantzel.
Véase Ian Stewart, Galois Theory, Chapman and Hall/CRC, Boca Raton,
2004.
[21] Ian Stewart, Galois Theory,
Chapman and Hall/CRC, Boca Raton, 2004.
[22] Hay una página web dedicada precisamente a
eso: http://www.genealogy.arms.org/
[23] La historia de la primera, Isabel Labouriau,
es una de las muchas historias biográficas fascinantes en un maravilloso libro
sobre mujeres y matemáticas: Complexities (Betty Anne Case y
Anne M. Leggett eds.), Princeton University Press, Princeton, 2005.
[24] Timothy Poston, «Purity in applications»,
en Mathematics Tomorrow (L. A. Steen, ed.), Springer, Nueva
York, 1981, pp. 49-54.
[25] Este teorema, demostrado por primera vez por
Gauss, afirma que sip y q son impares primos,
entonces la ecuación x2 = mp + q tiene
una solución con números enteros si y solo si la ecuación asociada y2 − nq + p tiene
una solución, excepto que si ambos p y q son
de la forma 4k + 3, entonces una ecuación tiene una solución y la
otra no. Véase G. A. Jones y J. M. Jones, Elementary Number Theory,
Springer, Londres, 1998.
[26] Esta pauta empírica en el espaciado de los
planetas fue descubierta por Johann Bode en 1772. Toma la serie 0, 3, 6, 12,
24, 48, 96, en la que cada número excepto el primero es el doble del
precedente. Suma 4 a cada término y divide por 10, para obtener 0,4, 0,7, 1,0,
1,6, 2,8, 5,2, 10,0. Omitiendo 2,8, éstos números están muy próximos a las
distancias del Sol a Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter y Saturno,
respectivamente, medidas en unidades astronómicas. (Por definición, la
distancia de la Tierra al Sol es una unidad astronómica). El asteroide Ceres
encajaba perfectamente en el hueco en 2,8.
[27] J. Hammersley. «On the enfeeblement of
mathematical skills by “Modern Mathematics” and by similar soft intellectual
trash in schools and universities», Bulletin of the Institute of
Mathematics and its Applications 4 (1960), p. 66.
[28] M. Kac, «Can one hear the shape of a
drum?», American Mathematical Monthly 73 (1966), pp. 1-23.
Dado el espectro de tonos que puede producir una membrana vibrante en el plano,
¿puede deducirse su forma? Kac demostró que su área y perímetro pueden ser
deducidos. La pregunta general fue respondida en sentido negativo por C.
Gordon, D. Webb y S. Wolpert, «One can’t hear the shape of a drum», Bulletin
of the American Mathematical Society 27 (1992), pp. 134-138.
[29]Independent on Friday , 14 de mayo de 2004.
[30] Hay edición en castellano: Debate, Barcelona,
1997. (N. del t.).
[31]Mission to Abisko (J. Casti y A. Karlqvist, eds.), Perseus, Nueva York, 1999, pp.
3-12.
[32] Hay edición en castellano: La tabla
rasa: la negación moderna de la naturaleza humana, Paidós Ibérica,
Barcelona, 2003. (N. del t.).
[33] Robert Kanigel, The Man Who Knew
Infinity, Scribner’s, Nueva York, 1991.
[34] En el original: Keep it Simple, Stupid(N.
del t.).
[35] Inevitablemente el chiste se pierde en la
traducción: el término inglés para víbora es adder, que también
puede interpretarse como «sumador»; por su parte, el término inglés para tronco
eslog, que asimismo es la abreviatura de logaritmo. (N. del t.).
[36] J. Milnor, «Towards the Poincaré’s conjecture
and the classification of 3-manifolds», Notices of the American
Mathematical Society 50 (2003), pp. 1226-1233, y M. T. Anderson,
«Geometrization of manifolds via the Ricci flow», Notices of the
American Mathematical Society 51 (2004), pp. 184-193.
[37] El Congreso Internacional de Matemáticos
celebrado en Madrid en agosto de 2006 (con posterioridad a la edición inglesa
de este libro) concedió a Perelman una Medalla Fields, el máximo galardón en el
mundo matemático, con lo que se reconocía oficialmente su solución a la
conjetura de Poincaré. Sin embargo, Perelman, ausente en el Congreso, rechazó
el premio y anunció su intención de abandonar el mundo académico. También el
Instituto Clay de Matemáticas ha comunicado su voluntad de conceder a Perelman
el premio de un millón de dólares establecido a tal efecto.

