Libro N° 9583. Flor De Mayo. Ibáñez, V. Blasco.
© Libro N° 9583. Flor De Mayo. Ibáñez, V. Blasco. Emancipación. Febrero
12 de 2022.
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FLOR DE MAYO
V. Blasco Ibáñez
Flor De Mayo
V. Blasco Ibáñez
Title: Flor de mayo
Author: Vicente Blasco
Ibáñez
Release Date: December 31,
2012 [EBook #41746]
Language: Spanish
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Es propiedad—Reservados todos los derechos de
reproducción, traducción y adaptación.—Copyright 1914, by Blasco Ibáñez.
V. Blasco Ibáñez
FLOR DE MAYO
(NOVELA)
[Illustration]
PROMETEO
SOCIEDAD EDITORIAL
Germanías, F S.—VALENCIA
FLOR DE MAYO
I
Al amanecer cesó la lluvia. Los faroles de gas
reflejaban sus inquietas luces en los charcos del adoquinado, rojos como
regueros de sangre, y la accidentada línea de tejados comenzaba á dibujarse
sobre el fondo ceniciento del espacio.
Eran las cinco. Los vigilantes nocturnos
descolgaban sus linternas de las esquinas, y golpeando con fuerza los
entumecidos pies se alejaban después de saludar con perezoso ¡bòn día! á
las parejas de agentes encapuchados que aguardaban el relevo de las siete.
Á lo lejos, agrandados por la sonoridad del
amanecer, desgarraban el silencio los silbidos de los primeros trenes que
salían de Valencia. En los campanarios, los esquilones llamaban á la misa del
alba, unos con una voz cascada de vieja, otros con inocente balbuceo de niño, y
repetido de azotea en azotea vibraba el canto del gallo con su estridente
entonación de diana guerrera.
En las calles desiertas y mojadas, despertaban
extrañas sonoridades los pasos de los primeros transeuntes. Por las puertas
cerradas escapábase, al través de las rendijas, la respiración de todo un
pueblo en las últimas delicias de un sueño tranquilo.
Aclarábase el espacio lentamente, como si arriba
fuesen rasgándose una por una las innumerables gasas tendidas ante la luz.
Penetraba en las encrucijadas, hasta en los últimos rincones, una claridad gris
y fría, que sacaba de la sombra los pálidos contornos de la ciudad; y como un
esfumado paisaje de linterna mágica con el foco de luz fija lentamente en sus
perfiles, aparecían las fachadas mojadas por el aguacero, los tejados
brillantes como espejos, los aleros destilando las últimas gotas y los árboles
de los paseos, desnudos y escuetos como escobas, sacudiendo el invernal ramaje,
con el tronco musgoso destilando humedad.
La fábrica del gas lanzaba sus postreros
estertores, cansada del trabajo de toda la noche. Los gasómetros caían con
desmayo entre sus férreos tirantes como estómagos fatigados por la nocturna
indigestión, y la colosal chimenea de ladrillo lanzaba en lo alto sus últimas
bocanadas negras y densas, que se esparcían por el espacio con caprichoso
serpenteo, cual un borrón resbalando sobre una hoja de papel gris.
Junto al puente del Mar, los empleados de consumos
paseaban para librarse de la humedad, escondiendo la nariz en la bufanda; tras
los vidrios del fielato, los escribientes recién
llegados mostraban sus soñolientas cabezas.
Esperaban la entrada de los vendedores, chusma
levantisca, educada en el regateo y agriada por la miseria, que por un céntimo
soltaba la compuerta al caudal inagotable de injurias, y antes de llegar á sus
puestos del mercado sostenía un sinnúmero de riñas con los representantes de
los impuestos.
Ya habían pasado en la penumbra del amanecer los
carros de las verduras y las vacas de leche con su melancólico cencerreo. Sólo
faltaban las pescaderas, el rebaño revuelto, sucio y pingajoso que ensordecía
con sus gritos é impregnaba el ambiente con el olor de pescado podrido y el
aura salitrosa del mar, conservada entre los pliegues de sus zagalejos.
Llegaron cuando ya era de día, y la luz cruda y
azulada de una mañana de invierno recortaba vigorosamente todos los objetos
sobre el fondo gris del espacio.
Oíase, cada vez más próximo, un indolente
cascabeleo, y una tras otra fueron entrando en el puente del Mar cuatro
tartanas, arrastradas por horribles jamelgos, que parecían sostenerse por los
tirones de riendas de los tartaneros, encogidos en sus asientos y con el
tapabocas arrollado hasta los ojos.
Eran negros ataúdes, que saltaban sobre los baches
como barcos viejos y despanzurrados á merced de las olas. El toldo con cuero
agrietado y tremendos rasguños, por donde asomaba
el armazón de cañas; pegotes de pasta roja cubriendo las goteras; el herraje
roto y chirriante, atado con hilos; las ruedas, guardando en sus capas de
suciedad el barro del invierno anterior, y todo el carruaje, de arriba abajo,
hecho una criba, como si acabase de sufrir las descargas de una emboscada.
En la parte anterior lucían, como adorno coquetón,
unas cortinillas de rojo desteñido, y por la abertura trasera mostrábanse
revueltas con los cestos las señoras de la Pescadería, arrebujadas en sus
mantones de cuadros, con el pañuelo apretado á las sienes, apelotonadas unas
con otras, y dejando escapar un vaho nauseabundo de marisma corrompida que
alteraba el estómago.
Así iban adelantando las tartanas en perezosa fila,
cabeceando, inclinadas á un lado, como si hubiesen perdido el equilibrio, hasta
que de pronto, en el primer bache, se acostaban sobre la otra rueda con la
violencia de un enfermo fatigado que muda de posición.
Detuviéronse ante el fielato y fueron descendiendo
por sus estribos zapatos en chancla, medias rotas, mostrando el sucio talón, y
faldas recogidas que dejaban al descubierto los zagalejos amarillos con negros
arabescos.
Alineábanse ante la báscula los cestones de caña,
cubiertos con húmedos trapos, que dejaban entrever el plomo brillante de la
sardina, el suave bermellón de los salmonetes y los
largos y sutiles tentáculos de las langostas, estremecidas por el estertor de
la agonía. Al lado de las cestas, las piezas mayores: los meros de ancha cola,
encorvados por la postrera contracción, con fauces circulares desmesuradamente
abiertas, mostrando la obscura garganta y la lengua redonda y blancuzca como
una bola de billar, y las rayas, anchas y aplastadas, caídas en el suelo como
un trapo de fregar húmedo y viscoso.
La báscula estaba ocupada por unos panaderos de las
afueras, guapos mozos, con las cejas enharinadas, cuadrado mandil y brazos
arremangados, descargando sobre el peso sacos de pan caliente y oloroso que
parecía esparcir una fragancia de vida en el ambiente nauseabundo del pescado.
Y aguardando su turno, las pescaderas charlaban con los empleados y los
papanatas que contemplaban embobados los grandes peces. Otras iban llegando á
pie, con cestas en la cabeza y los brazos, engrosando el grupo; la línea de banastas
extendíase hasta cerca del puente. Los empleados enfadábanse ante la insolente
algarabía de aquellas malas pécoras que les aturdían todas las mañanas.
Hablábanse á gritos, mezclando entre cada palabra
ese inagotable repertorio de interjecciones que únicamente se adquiere en un
muelle de Levante. Al verse juntas recrudecíanse los sentimientos del día
anterior, la cuestión sostenida al amanecer en la playa; contestábanse los
insultos con soeces ademanes; acompañábanse las
palabras con cadenciosas palmadas en los muslos ó enarbolando las manos con
expresión amenazante; y á lo mejor, estos furores trocábanse en risas,
semejantes al cloquear de todo un gallinero, si á alguna se le ocurría una
frase capaz de hacer mella en sus paladares fuertes.
Enardecíalas la tardanza de los panaderos en dejar
libre la báscula; llovían insultos sobre aquellos mocetones, que no se mordían
la lengua; y en el derroche de indecencias que se cruzaban con acompañamiento
de amigables risas, enviábanse á tocar lo otro y lo de más allá, barajando con
inocente tranquilidad las blasfemias más monstruosas con los distintivos del
sexo.
En este hervidero de risotadas é insultos, la que
llamaba la atención era Dolores la del Retor, una buena moza mejor
vestida que las otras, que se apoyaba con cierta negligencia en una pilastra
del fielato, con los brazos atrás, arqueando la robusta pechuga y sonriendo
como un ídolo satisfecho cuando los hombres se fijaban en sus zapatos de amarillo
cuero y el soberbio arranque de las pantorrillas, cubiertas con medias rojas.
Era una morena cariancha, con el rubio y alborotado
pelo como una aureola en torno de la pequeña frente; ojos verdes que tenían la
obscura transparencia del mar, y en los cuales, en ciertos momentos,
reflejábase la luz, haciendo brillar un círculo de puntos dorados.
Reía como una loca, entreabriendo sus mandíbulas
poderosas de muchacha de sólida osamenta; y los labios carnosos, de un rojo
tostado, mostraban al separarse una dentadura igual, fuerte y tan brillante,
que parecía iluminar la cara con pálida claridad de marfil.
Guardábanla consideraciones como á moza de buenos
puños é insolencia agresiva. Influía además en tal respeto el ser mujer de
Pascualo el Retor, un buenazo que la obedecía en todo y no chistaba
dentro de casa; pero que fuera, en el mar, sabía ganarse la vida mejor que
otros, y tenía, según opinión general, un gato enorme de duros
oculto en los pucheros de la cocina; todo ganado, peseta por peseta, en pescas
afortunadas.
Por esto se daba ella sus airecillos de reina entre
la turba desvergonzada, y miserable de la Pescadería, y apretaba los labios con
satisfacción cuando admiraban sus pendientes de perlas, los pañuelos de Argel ó
los refajos de Gibraltar regalados por el Retor.
Únicamente tratábase de igual á igual con cierta
tía suya, la agüela Picores, una veterana de la Pescadería, enorme,
hinchada y bigotuda como una ballena, que hacía cuarenta años tenía aterrados á
los alguaciles del Mercado con la mirada de sus ojillos insolentes y las
palabrotas de su boca hundida, centro al que convergían como rayos todas las
arrugas de su cara.
—¡Recristo! ¿cuánt acabeu?—gritó
Dolores con los brazos en jarras, dirigiéndose á
los panaderos.
Y éstos, que ya retiraban de la báscula su último
saco, contestaban con soeces bromas á las mujeres que, con las manos cruzadas
bajo el delantal, aumentaban el volumen de sus vientres, presentando un aspecto
grotesco.
Comenzó el peso del pescado; surgieron las riñas de
todos los días sobre á cuál le tocaba ir delante. Amenazábanse sin llegar nunca
á las manos; la tía Picores intervenía con su vozarrón
cascado, que disparaba los insultos como cañonazos; pero Dolores no atendía y
dejaba pasar su turno, mirando fijamente al puente, por encima de cuyas
barandas veíase avanzar el busto de una rezagada con los brazos en jarras,
encorvada bajo el peso de las cestas.
La buena moza reía con expresión diabólica, y
cuando aquella mujer estuvo cerca del fielato, rompió en una carcajada
insolente, tocando en un brazo á la agüela Picores.
¡Mírela, tía! ¡Siempre llegaba tarde! ¡Claro! ¡con
aquella pachorra!... Cualquier día iba á caérsele lo que llevaba bajo del
delantal.
La mujer palideció, y con ademán de cansancio dejó
en el suelo las pesadas cestas. Miraba á Dolores con expresión de odio, como si
á su vista renaciesen terribles resentimientos, y las dos se midieron de arriba
abajo con ojos iracundos.
Dolores se pasaba una mano por bajo la nariz,
aspirando con fuerza, como si tomara rapé. Podía sentarse.
Debía estar cansada y chorreando por la caminata.
Estos insultos á media voz irritaron á la
rezagada... ¿Sentarse? ¿Habráse visto desvergonzada? Ella no podía gastar
tartana, pero iba á pie con remuchísima honra; no era como otras que engañaban
al marido, dándose buena vida.
¿Por quién decía eso?... ¿Por ella?... Y la
insolente pescadera, con los hermosos ojos verdes moteados de oro por la ira,
avanzó algunos pasos. Pero allí estaba la tía para intervenir, agarrándola con
sus arrugadas manazas.
Acababan de pesar sus cestas. Ella no quería líos
ni escándalos. ¡Á la tartana! Que se matasen otro rato. Ahora era tarde, y en
la Pescadería aguardaban los pescadores. ¡Mirad que les estaba bien, siendo
cuñadas!
Y empujando á Dolores con el blanducho vientre, la
condujo á su tartana, donde ya estaban las cestas y las otras pescaderas.
La buena moza se dejaba conducir como una niña,
pero le temblaban los labios, y al mover el destartalado carromato, lanzó la
última amenaza:
—Tú, Rosario, ya se vorem.
¿Verse? Cuando ella quisiera. No tardarían mucho. Y
Rosario, mujercita flaca y nerviosa, temblaba también de ira; sus pobres brazos
levantaron como si fuesen una paja los pesados cestos que tanto la habían
abrumado, arrojándolos con fuerza sobre la báscula.
Comenzaba el día en la ciudad. Pasaban los tranvías
repletos de madrugadores; trotaban por parejas los caballos del relevo,
dirigidos por muchachos que los montaban en pelo, y por ambos lados del camino
desfilaban á la conquista del pan los rebaños de obreros, todavía adormecidos,
camino de las fábricas, con el saquito del almuerzo á la espalda y la colilla
en la boca.
Rasgábase en densos jirones el vapor gris que
entoldaba el espacio, y el sol hacía su aparición triunfal como deslumbrante
custodia, casi á ras del suelo, convirtiendo en oro líquido los charcos de
lluvia y reflejándose en las fachadas de las casas con rojizo fulgor de
incendio.
En las calles comenzaba el movimiento. Iban por las
aceras con paso ligero las criadas con sus blancas cestas; los barrenderos
amontonaban el barro de la noche anterior; andaban por el arroyo con lento
cencerreo las vacas de leche; abríanse las puertas de las tiendas,
empavesándose con multicolores muestras, y en su interior sonaba el áspero roce
de las escobas arrojando á la calle nubes de polvo, que adquiría una
transparencia de oro al filtrarse entre los rayos del sol.
Cuando las tartanas llegaron á la Pescadería,
acudieron solícitas las viejas mandaderas á descargar las cestas, ayudando á
bajar con servil respeto á las que su miseria hacía considerar como señoras.
Fueron entrando una tras otra, arrebujadas en su
mantón, por las puertas angostas, obscuras como
rastrillos de cárcel: bocas fétidas que exhalaban el húmedo tufo de la
Pescadería.
Ya estaba el mercadillo en movimiento; bajo los
toldos de cinc, que todavía goteaban la lluvia de la noche anterior, vaciaban
las vendedoras sus cestas en las mesas de mármol, alineando los peces sobre un
lecho de verdes espadañas. Las enormes rodajas de los grandes pescados
mostraban su carne sanguinolenta; salía de los toneles el género del
día anterior, conservado entre hielo, con los ojos turbios y las escamas
flácidas, y la sardina amontonábase en democrática confusión junto al orgulloso
salmonete y á la langosta de obscura túnica, que agitaba sus tentáculos como si
diese bendiciones.
Otras vendedoras ocupaban el lado opuesto del
mercadillo: mujeres vestidas de igual modo que las del Cabañal, pero de aspecto
más mísero, de rostro más repulsivo.
Eran las pescaderas de la Albufera; las mujeres de
un pueblo extraño y degradado que vive en la laguna sobre las barcas chatas y
negras como ataúdes, entre espesos cañares, en chozas hundidas en los pantanos,
y que en las fangosas aguas encuentra la subsistencia. Eran las hembras de la
miseria, con el rostro curtido y terroso, los ojos animados por el extraño
fulgor de eternas tercianas y oliendo sus ropas, no al salobre ambiente del
mar, sino al tufo del légamo de las acequias, al barro infecto de la laguna que
al moverse despide la muerte.
Vaciaban sobre las mesas enormes sacos que
palpitaban como seres vivientes, arrojando por sus bocas la rebullente masa de
las anguilas contrayendo sus viscosos y negros anillos, enroscándose por la
blancuzca tripa é irguiendo su puntiaguda cabeza de culebra. Junto á ellas
caían inanimados y blanduchos los pescados de agua dulce: las tencas de
insufrible hedor, con extraños reflejos metálicos, semejantes á los de esas
frutas tropicales de obscuro brillo que encierran el veneno en sus entrañas.
Entre estas míseras mujeres existían también
categorías, y algunas más infelices sentábanse en el suelo húmedo y
resbaladizo, entre las filas de mesas, ofreciendo largos juncos, en los que
estaban ensartadas las ranas, patiabiertas y con los brazos levantados como
bailarinas desnudas.
La Pescadería entraba en movimiento. Comenzaba la
afluencia de los compradores, y entre las vendedoras cruzábanse señas
misteriosas, gritos de un caló especial que avisaban la
llegada de los alguaciles y hacían desaparecer con rapidez de prestidigitación,
bajo los delantales y zagalejos, las libras cortas de peso.
Con viejas y mohosas navajas iban abriendo el
plateado vientre de los pescados; caían las hediondas entrañas bajo los
mostradores, y los perros vagabundos, después de husmearlas, lanzaban un
gruñido de asco, huyendo hacia los inmediatos pórticos, donde estaban los
puestos de los carniceros.
Las pescaderas, que una hora antes se amontonaban amistosamente en la misma tartana ó ante la báscula
del fielato, mirábanse desde sus mesas con hostilidad, cruzando provocativas
ojeadas cada vez que se arrebataban un parroquiano.
Una atmósfera de lucha, de ruda competencia, se
extendía por el lóbrego mercadillo, que rezumaba humedad y hedor por todas sus
baldosas. Gritaban las pescaderas con voces desgarradas; golpeaban sus sucias
balanzas por atraer compradores, invitándoles con palabras cariñosas, con
ofrecimientos maternales. Y momentos después, las bocas melosas convertíanse
con el regateo en orificios de retrete, que arrojaban la inmundicia del
lenguaje sobre el rebelde parroquiano, con acompañamiento de insolentes
carcajadas de todas las vendedoras, unidas con instintiva solidaridad para
insultar al comprador.
La tía Picores mostrábase
majestuosa en la alta poltrona, con su blanducha obesidad de ballena vieja,
contrayendo el arrugado y velloso hocico y mudando de postura para sentir mejor
la tibia caricia del braserillo, que hasta muy entrado el verano tenía entre
los pies, lujo necesario para su cuerpo de anfibio, impregnado de humedad hasta
los huesos. Sus manos amoratadas no estaban un momento quietas. Una picazón
eterna parecía martirizar su arrugada epidermis, y los gruesos dedos hurgaban
en los sobacos, se deslizaban bajo el pañuelo, hundiéndose en la maraña gris, y
tan pronto hacía temblar con sus tremendos rascuñones el enorme
vientre que caía sobre las rodillas cual amplio delantal, como con un impudor
asombroso remangábase la complicada faldamenta de refajos para pellizcarse en
las hinchadas pantorrillas.
Tenía de antiguo sus parroquianos, y no se
esforzaba gran cosa en atraer nuevos compradores, pero gozaba diabólicamente
cuando torciendo el ceño podía escupir alguna terrible palabrota á las señoras
regañonas que acompañaban á sus criadas al mercado.
Su vozarrón cascado era siempre el que decía la
última palabra en las disputas de la Pescadería, y todas reían sus chistes
horripilantes, las sentencias de filosofía desvergonzada que pronunciaba con
aplomo de oráculo.
Frente á ella vendía su sobrina Dolores,
arremangados los hermosos brazos, jugueteando con los brillantes y dorados
platos de su balanza, mostrando su deslumbrante dentadura con sonrisa coquetona
á todos los parroquianos, buenos burgueses que hacían la compra por sí mismos y
acudían con el limpio capazo ribeteado de rojo, atraídos por la gracia de la
buena moza.
Separada de la tía Picores por dos
mesas, estaba Rosario, ocupada en arreglar su pescado de modo que el más fresco
quedase á la vista. Las dos cuñadas se miraban frente á frente. Torcían el
gesto afectando desprecio; volvíanse las espaldas, pero sus miradas se buscaban
para cruzarse con expresión iracunda.
Faltaba el pretexto para entablar el diario
combate, y pronto lo hubo, cuando la soberbia moza, con sus sonrisas y
repiqueteos de balanza, se atrajo á un parroquiano que estaba en regateos con
Rosario.
¿Podía sufrirse aquello? ¡Miren la mala piel! Á una
mujer honrada le quitaba sus más antiguos parroquianos. ¡Ladrona, más que
ladrona!
Y Rosario, la mujercilla enjuta, nerviosa y
enfermiza, encrespábase como un gallo flaco, con las huesudas mejillas lívidas
de rabia y los ojos brillantes de fiebre.
¿Y la otra?... Había que verla haciéndose la reina,
sorbiendo viento por su nariz corta y graciosa... ¿Quién era la ladrona?
¿Ella?... No había para irritarse tanto, hija mía. Allí todas se conocían; la
gente sabía quién era cada una.
La Pescadería se animaba. Las vendedoras
comunicábanse su entusiasmo con maliciosos guiños, y olvidando la venta
avanzaban el busto sobre sus pescados para ver mejor. Los compradores formaban
grupos y sonreían complacidos por el espectáculo; un alguacil que acababa de
entrar en el mercadillo, escurríase prudentemente como hombre experto, y
la tía Picores miraba á lo alto, como escandalizada por
aquella rivalidad que no tenía término.
—Sí; una ladrona—continuaba Rosario—. Bien público
era. Tenía la manía de quitarle todo lo suyo. Se lo podía probar. En la
Pescadería le robaba los parroquianos, y allá en el Cabañal le robaba otra cosa... otra cosa; ya lo entendía ella... ¡Como
si la gran mala piel no tuviese bastante con su Retor, un lanudo más
ciego que un topo, incapaz de saber dónde tenía la frente!
Pero este vómito de insultos no conseguía
desvanecer la calma desdeñosa de Dolores. Veía cómo apretaban todos los labios
para contener la risa que les causaban las alusiones á ella y á su marido, y
por lo mismo se mostraba serena, no queriendo divertir á la Pescadería.
—¡Calla, loca!—decía con acento
despreciativo—. ¡Calla, envechosa!
Pero Rosario replicaba.
¿Envidiosa ella? ¿Y de quién? ¿De una tirada que
tenía la peor fama en el Cabañal? Muchas gracias; ella era una mujer honrada,
incapaz de quitarle á ninguna su hombre.
Y á continuación la desdeñosa respuesta de Dolores.
«¿Qué has de quitar tú?... ¿Con esa cara de sardina?... Eres demasiado fea para
eso, hija mía.»
Y así seguía el tiroteo de insultos; Rosario, cada
vez más lívida, enarbolando al hablar sus manos crispadas; y la otra, puesta en
jarras, soberbia y sonriente, como si por su fresca boca saliesen lindezas.
Una fiebre belicosa invadía el mercadillo. Habíanse
formado grupos en las puertas, y todas las vendedoras echaban fuera de las
mesas sus bustos de furias desgreñadas, chasqueando las lenguas como si
azuzasen perros, celebrando con carcajadas las
cínicas respuestas de Dolores y golpeando las balanzas con las pesas para
acompañar con un metálico retintín la rociada de insultos.
La buena moza apeló á su supremo argumento de
desprecio.
—¡Mira!... ¡parla en éste!
Y volviéndose de espaldas con vigorosa rabotada,
dióse un golpe en las soberbias posaderas, temblando bajo el percal la enorme
masa de robusta carne con la firme elasticidad de los cuerpos duros.
Aquello tuvo un éxito loco. Las pescaderas caían en
sus asientos, sofocadas por la risa; los tripicalleros y atuneros de los
puestos cercanos, formados en grupo, sacaban las manos de los mandiles para
aplaudir, y los buenos burgueses, olvidando su capazo de compras, admiraban
aquellas curvas atrevidas de tan sonora robustez.
Pero su triunfo duró poco. Al volver el sonriente
rostro recibió en los ojos y las narices dos puñados de sardinas que le arrojó
Rosario, ciega de furor... ¿Á ella tal insulto? Que saliera aquel pendón;
quería verle la cara.
Y Dolores se echó fuera de su puesto, remangándose
aun más los brazos, con los ojos moteados por el extraño fulgor de sus puntos
de oro.
Allá iba la otra: con la cabeza baja, mascullando
las más atroces palabrotas; temblando de pies á cabeza por la rabia y
atropellando á cuantos intentaron detenerla.
Se agarraron en medio del pasadizo húmedo y
pegajoso, entre las dos filas de mesas.
La mujercita nerviosa y débil chocó con ímpetu
contra la buena moza sin lograr abatirla. Eran el nervio chocando contra el
músculo; la ira azotando á la fuerza, sin causarla la menor emoción.
Dolores esperó á pie firme, acogiendo á su rival
con una lluvia de bofetadas que enrojecieron lívidamente las enjutas mejillas
de Rosario; pero de pronto lanzó un alarido, llevándose ambas manos á una
oreja.
Por entre los dedos brotaban hilillos de sangre...
¡Ah, la grandísima perra! La había desgarrado la oreja tirando de uno de
aquellos pendientes de gruesas perlas que admiraba la Pescadería entera.
¿Era este un modo digno de reñir? ¿No resultaba
propio de quien tiene el alma atravesada? ¡En la galera estaban muchas con
menos motivo!
Y la hermosa pescadera lloriqueaba, agarrándose la
oreja con graciosa expresión de niña dolorida.
El choque sólo había durado unos segundos.
Dos manotadas de la tía Picores bastaron
para separar á las feroces combatientes; y mientras la vieja increpaba á
Rosario, pálida y asustada por lo que había hecho, un grupo de pescaderas
consolaba á Dolores y la contenían, pues la gallarda moza, al sentir los agudos
pinchazos del desgarrado lóbulo, intentaba arrojarse de nuevo sobre su enemiga.
Por encima del gentío asomaban los kepis de los municipales, pugnando por abrirse paso... La vieja
dio órdenes. Todas á sus puestos, y mutis. No era cosa de dar gusto
á aquellos vagos para que las fastidiasen con citaciones y juicios. Allí no
había pasado nada.
Dolores vió su cabeza cubierta con un pañuelo de
seda que le tapaba la ensangrentada oreja; las pescadoras ocuparon sus mesas
con cómica gravedad, pregonando el pescado á todo pulmón, y los municipales
fueron de puesto en puesto entre la algarabía infernal sin merecer otra
respuesta que airadas palabras.
¿Qué buscaban allí? En otra parte estaba su
ocupación. Allí nada había ocurrido. Siempre acudían donde no les llamaban.
Y tuvieron que salir de la Pescadería con las
orejas gachas, perseguidos por el vozarrón cascado de la tía Picores,
indignada ante la oficiosidad de tales mequetrefes y por el irónico retintín de
las balanzas, que parecían darles una cencerrada.
Se restableció la calma. Las pescaderas sólo
pensaron en atraer compradores. Rosario quedó erguida en su asiento, con los
brazos cruzados, la mirada torcida é inmóvil, sin preocuparse de vender, como
una esfinge irritada, marcándose cada vez más en sus mejillas las huellas
violáceas de las bofetadas recibidas, mientras Dolores, volviéndole la espalda,
hacia esfuerzos para contener las lágrimas que le arrancaba el dolor.
La tía Picores mostrábase
preocupada; hablaba en voz alta, como si sostuviera
un diálogo con los yertos pescados que tenía delante... ¿Pero iban á estar así
las grandísimas arrastradas toda su vida? ¿Siempre mátame ó te mataré?... Y
todo por cuestión de hombres... ¡Animales! Como si no los hubiera de sobra en
este mundo. Ella debía evitarlo; vaya si lo evitaría. Y si se resistían, las
emprendería á bofetadas, pues le sobraban agallas para ello.
A las once se zampó el almuerzo que le trajo la
mandadera: un rollo de pan moreno con dos chuletas chorreantes, que despachó en
unos cuantos bocados, y después, limpiándose con el mugriento delantal la
profunda estrella de arrugas, relucientes de grasa, fué á plantarse ante la
mesa de su sobrina, sermoneándola agriamente.
Aquello se había de arreglar. No le gustaba que la
familia fuese en lenguas, dando que reír á toda la Pescadería. ¡Se había de
arreglar! ¿Entiendes? Ella tenía empeño, y cuando ella se empeñaba en algo, se
hacía por encima de la cabeza de Dios, aunque tuviera que ir á bofetadas con
medio mundo. ¡Bonita era cuando se enfadaba! Lo de antes no valía nada
comparado con lo que ocurriría si ella se echaba el alma atrás.
—No, no—gimoteaba Dolores, cerrando los puños y
moviendo la cabeza con enérgica negativa.
¿Cómo que no?... Pues aunque su sobrina no
quisiera, había de acabar una enemistad tan escandalosa. Eran cuñadas, y lo que
había ocurrido no resultaba irremediable... ¿Que le
había desgarrado la oreja? Anda, hija mía, que buenas bofetadas la había
largado ella antes. Váyase lo uno por lo otro, y haya paz. Lo dicho;
mucho mutis y á obedecer á la tía.
Y de allí pasó á la mesa de Rosario, á la que habló
aun más fuerte. Era una fiera de mala baba, sí señor; una perra rabiosa. Y que
no le replicara ni la mirase con tanta cólera, porque le tiraría una libra á la
cabeza. Ya era sabido cómo las gastaba ella, y además, para haber sido amiga de
su madre, la tenía muy poco respeto. Aquello había de acabar.
Lo decía ella, y basta. Allí estaba la pobre Dolores llorando de dolor. ¿Era
aquella manera de reñir? ¿Le parecía decente estirar así las orejas? Eso era
propio de un mal bicho. Para reñir se procedía con más nobleza; pegar fuerte y
donde no salta sangre. Allí estaba ella, que había ido á la greña con todas las
de su época. La que más podía le remangaba los zagalejos á la otra, y allí...
en lo blando, zurra que te zurra, para que tuviera que sentarse de lado durante
una semana; y después, tan amigas, á jurar la paz en la chocolatería. Así
procedían las personas decentes, y así sería ahora, porque ella lo decía...
¿Que no? ¿Que Dolores le quitaba el marido?... ¡Cordones con el marido! No
parecía sino que su sobrina era la que iba á buscarle.
Los hombres son los que buscan; y si ella quería
tener seguro el suyo, que no fuese boba y se pusiera
bien las enaguas en su casa. Cuando se quiere guardar un hombre hay que tener
muchas agallas, ¡recordones! y sobre todo arreglarlo de tal modo que antes que
salga de casa no le queden ganas de buscar nada en la del vecino. ¡Ay qué
chicas las de ahora! ¡Y qué poco saben! En la piel de Rosario debía estar ella,
y ya vería si su hombre cumplía la obligación... Nada; lo dicho. La cosa se
arreglaría. Ella y la otra tenían que obedecerla y respetarla, ó de lo
contrario...
Y mezclando amenazas con rudas expresiones de
cariño, la tía Picores volvió á su puesto á continuar la
venta.
Aquél día terminó pronto. La gente deseaba pescado,
y á mediodía comenzaron á vaciarse las mesas. La pesca sobrante fue metida en
toneles entre capas de nieve y trapos mojados, y comenzaron los tartaneros á
recoger cuévanos y banastas, apilándolos en las traseras de sus desvencijados
carromatos.
La tía Picores se arreglaba el
mantón de cuadros en medio de la Pescadería, rodeada de algunas amigachas de su
época, fieles compañeras que le ayudaban á pagar á escote al tartanero.
Había que arreglar lo de las chicas. Y cuando
estuvieron ya en la tartana todas las cestas, fué á las mesas de las dos
rivales, sacándolas á pellizcos y á empujones.
Dolores y Rosario, vencidas por la tenacidad
terrible de la vieja, estaban una junto á otra con la
cabeza baja, como avergonzadas y pesarosas por el contacto, pero sin atreverse
á chistar.
—Espéramos en la chocolatería—ordenó
la vieja al tartanero.
Y el respetable grupo de mantones á cuadros y
faldas de insufrible tufo salió de la Pescadería, conmoviendo las losas con su
rudo chancleteo.
Iban una tras otra á la desfilada por la plaza del
Mercado, donde se estaban realizando las últimas ventas. La tía Picores al
frente, abriendo paso á empujones; detrás sus viejas amigas, de hocico arrugado
y ojos amarillentos; Rosario, que como había venido á pie iba cargada con sus
cestas vacías, y Dolores, que á pesar de su dolorida oreja sonreía por
costumbre al oir los chicoleos que provocaba su rostro moreno asomando bajo el
pañuelo de pita.
Tomaron posesión de la chocolatería, como antiguas
parroquianas, dejando sobre las mesitas de mármol las cestas de Rosario, que
apestaban, mezclando su olor de podredumbre con el perfume de chocolate barato
que salía de la cocina inmediata.
La tía Picores bufaba de
satisfacción al verse en la fresca sala que constituía su mayor lujo,
contemplando todos los detalles, que le eran tan conocidos: el zócalo de
pintarrajeada esterilla; las paredes de blancos azulejos; la mampara de
cristales helados con cortinillas rojas; en la puerta las heladoras, inmóviles,
con la panza enfundada en corcho y puntiaguda caperuza de metal; más adentro el mostrador, con sus dos urnas de cristal
para los bizcochos y los azucarillos, y tras él la dueña dormitando, moviendo
perezosamente la caña con su cabellera de rizados papeles para espantar el
enjambre de moscas.
¿Qué iban á tomar? ¡Lo de siempre!... eso no se
pregunta. Jícara de á onza por barba y vaso de refresco.
Con este eran cuatro chocolates los que había
engullido la tía Picores en la mañana; pero su estómago y el
de sus amigas estaban á prueba del Caracas falsificado, que sorbían con
sibarítico placer. ¿Había cosa mejor en el mundo? Aquello alargaba la vida. Y
las arrugadas narices de las viejas contraíanse con expresión ansiosa,
aspirando el humillo azulado que exhalaban las blancas jícaras.
Salían los pedazos de ensaimada chorreando obscura
pasta para sumirse en las bocas desdentadas, mientras que las dos jóvenes
apenas si comían, permaneciendo con la cabeza baja para no cruzar sus miradas.
Pero como ya la jícara de la tía Picores estaba
casi vacía, intervino su vozarrón en el penoso silencio.
¡Pero qué tontas eran! ¿Aun les duraba el disgusto?
Había que reconocer que las pescaderas de ahora eran muy diferentes á las de
antes. ¡Qué morros se ponían! ¡Qué rencores se guardaban! ¡Ni que fuesen
señoritas! Antes la gente tenía mejor corazón. Y si no, vamos á ver: ¿no se
había tirado ella del moño con todas las de su edad
que estaban presentes? (Aquí un movimiento afirmativo de las seis amigas de la
vieja loba.) De seguro que si se arremangasen los zagalejos, aun encontrarían
tal vez más abajo de la espalda la señal de algún taconazo traidor; y sin
embargo, tan amigas, tan dispuestas á hacerse un favor, á remediarse en una
desgracia. Y así debe ser la gente, ¡recordones! Todas tenemos un pronto, pero
después que nos pasa se olvida, como hacen las gentes de buen corazón. Las
rabietas se dejan á la puerta de la chocolatería, y aquí dentro buenas amigas.
Lo que decía su madre y se ha dicho siempre en la Pescadería. Los pesares no
han de pasar de la garganta.
Pesar, d' así no has de pasar.
Chocolate, bollet y gòt de quinset.
Y aunque el vaso no fuera de quinset,
por no ser aún época de helados, todas las viejas, aprobando la filosofía de su
compañera, se sorbieron los vasos de tisana dulce, expresando algunas su
satisfacción con ruidosos eructos.
Pero la tía Picores iba
indignándose ante la silenciosa reserva de las dos rivales. ¡Qué! ¿Iban á
estarse así toda la vida? ¿Es que sus palabras no valían nada? Á ver: Rosario,
que era la más culpable.
Y la mujercita, siempre con la cabeza baja, tirando
de los flecos de su mantón, masculló algo confusamente
sobre su marido, y al fin dijo con lentitud:
Yo... si esta me promet... ferli
mala cara...
Dolores saltó inmediatamente, irguiendo su soberbia
cabeza.
¡Hacer mala cara! ¿Era ella acaso algún coco,
algún butòni para asustar á las personas? Además, Tonet, el
dichoso marido de la otra, era hermano de su hombre, y á un cuñado no se le
puede cerrar la puerta ni recibirlo con cara de vinagre. Pero al fin... ella
era buena; ella no tenía ganas de ruidos; ella quería vivir en santa paz y no
le gustaba tampoco que la llevaran en lenguas. Todo eran líos, mentiras de la
gente que no sabe cómo enguerrar á los buenos matrimonios.
¡Que ella había sido novia de Tonet antes de casarse con su hermano!... ¿y qué?
¿Era la primera vez que ocurría esto? ¿Y qué otro motivo había para que
la armasen tales calumnias?... Lo volvía á repetir: quería paz
y tranquilidad. Hacer mala cara, eso no; pero prometía que si alguna confianza
se tomaba con Tonet, como á cuñado que era, no volvería á repetirla para que
las malas lenguas no tuviesen donde agarrarse.
La tía Picores estaba radiante.
Así le gustaban á ella las personas. Buen corazón ante todo. ¡Qué! ¿estaba
contenta Rosario? ¿No era bastante? Ahora un abrazo y todo se acabó.
Y de mala gana, casi empujadas por las viejas, las
dos cuñadas se abrazaron sin levantarse de las sillas.
La tía, satisfecha de su triunfo, hablaba por los
codos. Era una locura que las mujeres riñesen por un hombre. Lo que ella decía.
¿No había de sobra hombres en el mundo? Eso es lo que querían los muy granujas;
que riñesen por ellos, para crecerse y hacer su santa voluntad.
La mujer debía tener agallas, sí señor;
muchas agallas. Ser como ella, que cuando su difunto le hacía una,
sabía traerlo al orden, y hasta si era preciso, obligarle á que le pidiese
perdón.
Además, buenos eran ellos para tenerles celos.
¿Para qué mayor infierno? ¿Sabía una siempre dónde pasaba las horas el marido
al salir de casa? No; por lo mismo era una tontería enrabietarse por sus
pilladas y no darse buena vida. Cuanto más fiera es una, más la quieren. Lo que
hacía ella con el difunto cuando sospechaba algo. ¡Fuera de la cama; y donde
has pasado el verano pasa el invierno! Siempre la cara de perro; nada de mimos
ni cucamonas; así la respetan á una.
Dolores, seria y estirada, contraía los labios como
si contuviera la risa que le escarabajeaba en el paladar.
Rosario protestaba. No; ella no estaba conforme con
la tía Picores. Vivía honradamente con su marido y tenía derecho á
que Tonet la imitara. No le gustaban líos ni enredos.
La vieja la interrumpió. Todo aquello eran
músicas, hipocresías que la daban asco. Había que tomar á los
hombres tal como eran. ¿Verdad, chicas?...
Y todas las amigachas afirmaban moviendo sus
cabezas de indio viejo.
La tía Picores continuó. Todos los
hombres eran unos bestias, que cuanto más mal los trata una, mejor la siguen
como perros. Además, la que quisiera tener seguro á su hombre, que lo atase á
una pata de la cama con las cintas de las enaguas... Y no decía más.
El tartanero había asomado su cabeza varias veces.
Esperaba impaciente y manifestaba su prisa con un gran acompañamiento de
interjecciones contra aquellas viejas que tomaban su tartana como una carroza
propia.
—¡Aguárdat, cara de palleta!—gritó la ronca
vieja—. ¿Qué no te paguem?...
Y al ver que sus amigachas rebuscaban en sus
bolsas, extendió su brazo majestuosamente. Allí no pagaba nadie, ¡recordones!
La fiesta era cosa suya. Había que celebrar la reconciliación de las chicas.
Poniéndose en pie, se arremangó falda y zagalejo,
buscando sobre las enaguas una gran bolsa ceñida á la cintura, de la que fue
sacando unas tijeras de destripar pescado cubiertas de escamas, una navaja
mohosa, y por fin un puñado de calderilla, que arrojó sobre la mesa.
Algunos minutos pasó contando y recontando las
piezas pegajosas, saturadas de olor de marisco, y por fin dejó el montoncito
sobre el mármol, saliendo de la chocolatería cuando ya todas las amigachas se
habían encaramado en la vieja tartana.
Rosario, con sus cestas vacías, estaba en la acera,
frente á Dolores, mirándose las dos y sin saber qué decirse.
La tía Picores la invitó á subir
en la tartana. Se apretarían un poco y la llevarían hasta casa.... ¿Que no?
Bueno, pues ya sabía lo dicho: mucha paz y tranquilidad.
—Adiós, Rosario—dijo Dolores
sonriendo graciosamente—. Ya saps que som amigues.
Y saludándola con amistoso ademán, subió seguida de
su tía, inclinándose quejumbrosamente la tartana bajo el peso de las dos
soberbias moles.
Se alejó el carromato con suspiros de
desvencijamiento y chirridos de hierro viejo, y la mujercita, con sus cestas al
brazo, quedó inmóvil en la acera, como si despertase asombrada, no creyendo en
la realidad de una reconciliación con su rival.
II
Habían pasado muchos años, y sin embargo, unos por
referencia y otros como testigos presenciales, todos se acordaban en el Cabañal
de lo ocurrido un martes de Cuaresma.
El día fué de los más hermosos. El mar estaba
tranquilo, terso como un espejo, sin la más ligera ondulación, reflejando el
inquieto triángulo de oro que formaba el sol sobre las muertas aguas.
Vendíase el pescado como una bendición de Dios. La
demanda era mucha en el mercado de Valencia, y las barcas arrastraban sus redes
frente al cabo de San Antonio sin la menor inquietud, fiadas en la calma y
deseando sus patrones llenar las cestas cuanto antes para regresar al Cabañal,
en cuya playa esperaban impacientes las pescaderas.
Á mediodía cambió el tiempo. Sopló el viento de
Levante, tan terrible en el golfo de Valencia; el mar se rizó levemente; avanzó
el huracán, arrugando la tersa superficie, que tomaba un color lívido, y un
montón de nubes corriéronse desde el horizonte, cubriendo al sol.
En la playa fué grande la alarma. Aquel viento anunciaba para las pobres gentes, duchas en las
desgracias del mar, una tempestad de las que dejan rastro en los hogares de los
pescadores.
Alborotábanse las pobres mujeres, y con las faldas
azotadas por el viento corrían por la playa sin saber dónde ir, dando
espantosos alaridos y encomendándose á todos los santos de su devoción,
mientras que los hombres, pálidos, ceñudos, chupando sus cigarrillos y
poniéndose al abrigo de las barcas varadas en la arena, examinaban el
horizonte, cada vez más obscuro, con la mirada concentrada y poderosa de las
gentes del mar, y se fijaban con inquietud en la entrada del puerto, en la
avanzada escollera de Levante, rojos pedruscos sobre los cuales comenzaban á
romperse las primeras moles de agua, cubriéndolos de hirvientes espumarajos.
La suerte de tantos padres á quienes la tempestad
habría sorprendido ganándose el pan, hacía temblar á la gente de la playa; y á
cada mugido del viento, todos, bamboleándose sobre la arena, pensaban en los
robustos mástiles, en las triangulares velas que tal vez en el mismo momento se
hacían trizas.
Á media tarde en el horizonte, cada vez más
obscuro, comenzó a marcarse una línea de velas, como inquietos copos de espuma,
que tan pronto se remontaban como desaparecían.
Llegaban como rebaño asustado y en dispersión,
dando tumbos sobre las lívidas olas, perseguidas siempre por el mugido feroz,
que parecía divertirse arrancándolas en cada
papirotazo una vela, un trozo de mástil ó el timón, hasta que levantando una
montaña de agua verdosa, cogía de través á la desmantelada barca y se la
sorbía.
La última y más terrible lucha fué á la entrada del
puerto. En las barcas que consiguieron entrar, los tripulantes, mojados de pies
á cabeza, recibían los abrazos de sus familias con ojos de idiota, como
resucitados que se asombran al verse de pronto en plena vida. Aquella noche
dejó memoria en el Cabañal.
Grupos de mujeres desmelenadas, frenéticas de
dolor, roncas de gritar sus aclamaciones al cielo, corrían por el muelle de
Levante, expuestas á ser devoradas por las olas que escalaban los peñascos,
mojadas por el polvo de amarga agua que escupía la furiosa marea, y miraban
ansiosas el horizonte, como si en la sombra pudieran distinguir la lenta y
horrible agonía de las últimas barcas.
Faltaban muchas á llegar. ¿Dónde estarían? ¡Ay
Dios!... ¡qué felices eran las mujeres que estaban en el puerto abrazando á sus
maridos é hijos, mientras los otros, más infortunados, corrían dentro de un
ataúd al través de la noche, saltando de ola en ola, rodando á lo más hondo de
hirvientes simas, sintiendo bajo los pies el crujir de las quebrantadas tablas
y sobre la cabeza la lívida montaña de agua próxima á desplomarse!
Llovió durante toda la noche, y muchas mujeres
esperaron el amanecer en el muelle, combatido por
el oleaje, envueltas en el calado mantón, en cuclillas sobre el barro negruzco
del carbón de piedra, rezando á gritos para ser oídas mejor por los sordos de
arriba, é interrumpiendo algunas veces su oración para tirarse de los revueltos
pelos, lanzando á lo alto, en un arranque de odio y resentimiento, las
terribles blasfemias de la Pescadería.
¡Hermoso amanecer! El sol asomó su hipócrita cara
tras la tranquila línea del mar, matizada á trechos por las espumas de la noche
anterior; extendió sobre las aguas su ancha faja de reflejos dorados é
inquietos, embelleciéndolo todo; allí no había pasado nada; y lo primero que
doraron sus rayos en la playa de Nazaret, fué el casco destrozado de un
bergantín noruego encallado la noche anterior, hundido en la arena, mostrando á
flor de agua sus costados despanzurrados, hechos astillas, y los palos rotos tremolando
todavía jirones de velas.
Su cargamento era madera del Norte; y mansamente
empujados por los suaves estremecimientos del mar, iban hacia la playa las
enormes vigas, los aserrados tablones que, pescados por el revuelto enjambre de
puntos negros que pululaba en la playa, desaparecían como tragados por la
arena.
Bien trabajaban aquellas hormigas. Para ellas era
la tempestad. Y por los caminos de la huerta de Ruzafa deslizábanse arrastradas
las hermosas maderas del Norte, que habían de convertirse en techumbres de
nuevas barracas.
Los piratas de la playa arreaban alegremente sus caballerías como legítimos poseedores del botín,
sin pensar que tal vez estaba salpicado con la sangre de los infelices
extranjeros que dejaban á sus espaldas tendidos sobre la arena.
En la playa, los carabineros y la muchedumbre
inactiva formaban corros más curiosos que aterrados en torno de unos cuantos
cadáveres tendidos entre el agua y la arena, hermosos mocetones rubios y
fornidos, mostrando por entre los jirones de sus ropas la carne dura, de
blancura femenil, mientras sus ojos azules, turbios é inmóviles, miraban al
cielo con misteriosa expresión.
El naufragio del bergantín noruego fué lo más
notable de la tempestad. Los periódicos hablaron de la catástrofe. Acudió la
gente de Valencia como en romería para ver de lejos el buque náufrago hundido
hasta la borda en la movediza arena, y todos olvidaron las barcas pescadoras,
acogiendo con gestos de extrañeza las lamentaciones de aquellas mujeres que no
veían volver á los suyos.
La desgracia no era tan grande como en un principio
se creyó. Al serenarse el mar fueron volviendo al puerto muchas barcas, á las
que se tenía por perdidas.
Habíanse refugiado huyendo de la tempestad en
Denia, en Gandía ó en Cullera, y cada una de ellas, al llegar al puerto,
provocaba alaridos de alegría, exclamaciones de gozo, votos de gracias á todos
los santos encargados de cuidar los hombres que se ganan en el mar la
subsistencia.
Una sóla no volvió: la barca del tío Pascualo, un
vividor de los más tenaces que se conocían en el Cabañal, siempre rabiando por
conquistar la peseta, pescador en invierno y contrabandista en verano, gran
marinero y constante visitador de las playas de Argel y Orán, á las que llamaba
con familiaridad la còsta d’afòra, como si se tratase de la acera
de enfrente.
Su mujer, Tona, pasó más de una semana esperándole
en el puerto, siempre con un arrapiezo al pecho y otro más talludo y gordinflón
agarrado a sus faldas. Esperaba á su Pascual, y á cada nuevo informe que la
daban, prorrumpía en lamentaciones y se mesaba los pelos, llamando á gritos á
María Santísima.
Los pescadores no se expresaban con claridad, pero
al hablarla ponían el gesto fosco. Habían visto la barca corriendo el temporal
frente al cabo de San Antonio; le faltaban las velas; no pudo ganar tierra, y
hasta alguno creía haberla visto al pie de una ola enorme, hinchada, verdosa,
que la cogió de lado, no pudiendo asegurar si reapareció ó fué engullida por el
agua.
Y la infeliz mujer, siempre esperando en el puerto
con sus dos hijos, tan pronto desesperada como animándose con extraña
esperanza, hasta que por fin, á los doce días, una escampavía que costeaba
persiguiendo el contrabando, condujo á la playa la barca del tío Pascualo con
la quilla al aire, negra, lustrosa con la viscosidad del mar, flotando
lúgu-bremente como gigantesco ataúd y rodeada de un
enjambre de extraños peces, pequeños monstruos que parecían atraídos por un
cebo que husmeaban á través de las quebrantadas tablas.
Sacaron la barca á la orilla. El mástil estaba roto
á ras de la cubierta, la cala llena de agua; y cuando los pescadores pudieron
bajar á ella para acabar de vaciarla á fuerza de cubos, sus pies hundidos entre
las cuerdas y cestones que aun estaban allí revueltos, tropezaron con algo
blando y viscoso que les hizo gritar con instintivo horror. Era un muerto. Y
hundiendo sus brazos en el agua que quedaba en el fondo de la bodega, sacaron
un cuerpo hinchado, verdoso, con el vientre enorme próximo á estallar, la
cabeza destrozada como repugnante masa, y en todo el cuerpo mordeduras de
voraces pececillos que, no soltando su presa, erizábanse sobre el cadáver,
comunicándole espeluznantes estremecimientos.
Era el tío Pascualo; pero tan horrible, que la
viuda prorrumpió en lamentos, sin atreverse á tocar la masa repugnante. Algún
golpe de mar le había arrojado al fondo de la cala antes que la barca se
perdiese, y allí se quedó con la cabeza destrozada, sirviéndole de tumba el
armazón de tablas, ilusión de toda su vida, que representaba treinta años de
economías amasadas ochavo sobre ochavo.
Las comadres del Cabañal prorrumpían en lamentos al
ver cómo dejaba el mar á los hombres que tenían el valor de explotarlo, y con
sus alaridos de plañidera acompañaron al cementerio
la caja que contenía el cadáver roído y aplastado.
Durante una semana se habló mucho del tío Pascualo;
después la gente sólo se acordó de él al ver á su viuda, siempre suspirando,
con un arrapiezo de la mano y otro al pecho.
Algo más que la pérdida del marido lloraba la pobre
Tona. Veía acercarse la miseria; pero no una miseria tolerable, sino la que
espanta á la misma pobreza acostumbrada á privaciones; la carencia de hogar, la
necesidad de tender la mano en las calles para conseguir el ochavo ó el mohoso
mendrugo.
Cuando aun estaba reciente su desgracia encontró
protección; y las limosnas, las suscripciones entre el vecindario, pudieron
sostenerla durante tres ó cuatro meses; pero la gente es olvidadiza. Tona ya no
fué la viuda del náufrago, sino una pobre más que importunaba á todos con
lamentaciones pedigüeñas, y al fin vió cerrarse muchas puertas y volverse con
desvío caras amigas que siempre habían tenido para ella cariñosas sonrisas.
Pero no era mujer para amilanarse ante el desvío
general. ¡Ea! ya había llorado bastante. Llegaba el momento de ganarse la vida
como una buena madre que tiene magníficos puños y dos bocas que la piden pan.
No la quedaba en el mundo otra fortuna que la barca
rota donde murió su marido, y que puesta en seco se pudría sobre la arena, unas
veces inundada su cala por las lluvias y otras
resquebrajándose su madera con los ardores del sol, anidando en sus grietas
voraces enjambres de mosquitos.
Tona tenía un plan. Donde estaba la barca podía
plantear su industria. La tumba del padre serviría de sustento para ella y los
hijos.
Un primo hermano del difunto Pascual, el tío
Mariano, solterón que iba para rico y parecía tener algún cariño á los dos
sobrinos, fue, a pesar de su avaricia, el que ayudó á la viuda en los primeros
gastos.
Un costado de la barca fué aserrado hasta el suelo,
formando una puerta con pequeño mostrador. En el fondo de la barca colocáronse
algunos tonelillos de aguardiente, ginebra y vino; la cubierta fué sustituida
por un tejado de tablones embreados que dejaba mayor espacio en el lóbrego
tabuco; á proa y popa, con los tablones sobrantes, formáronse dos agujeros á
modo de camarotes; el uno para la viuda y el otro para los niños, y sobre la
puerta extendióse un tinglado de cañas, bajo el cual mostrábanse con cierta
prosopopeya dos mesillas cojas y hasta media docena de taburetes de esparto.
La fúnebre barca convirtióse en cafetín de la
playa, cerca de la casa donde están los toros para el arrastre de las
embarcaciones, en el punto en que se descarga el pescado y es mayor la
afluencia de gente.
Las comadres del Cabañal estaban asombradas. Tona
era el mismo demonio. ¡Miren qué bien sabía ganarse
la vida! Toneles y botellas se vaciaban que era una bendición de Dios; los
pescadores sorbían allí sus copas sin necesidad de atravesar toda la playa para
ir á las tabernas del Cabañal, y bajo el tinglado, en las cojas mesillas,
echaban sus partidas de truque y flor, esperando la hora de hacerse
à la mar y amenizando el juego con sendos tragos de caña que Tona recibía
directamente de la misma Cuba, según su formal juramento.
La barca en seco navegaba viento en popa. Cuando
saltando de ola en ola arrastraba las redes, jamás había producido tanto al tío
Pascual como ahora, que vieja y con el costillaje quebrantado, la explotaba la
viuda.
Pruebas eran de esto las sucesivas transformaciones
que iba experimentando la original instalación. Los agujeros de los dos
camarotes cubríanse con vistosas cortinas de sarga; y cuando éstas se
levantaban, veíanse colchones nuevos y almohadas de blanca funda; sobre el
mostrador brillaba como un bloque de oro la reluciente cafetera; la barca,
pintada de blanco, había perdido el fúnebre aspecto de tumba que recordaba la
catástrofe, y junto á sus costados iban extendiéndose cercas de cañas, conforme
aumentaba la prosperidad del establecimiento. Corrían con gracioso contoneo
sobre la ardiente arena más de veinte gallinas, capitaneadas por un gallo matón
y vocinglero que se las tenía tiesas con todos los perros vagabundos que
correteaban la playa; al través de los cañizos oíase el gruñido de un cerdo atacado del asma de la obesidad, y frente al
mostrador, bajo el sombrajo, flameaban á todas horas dos fogones, donde
las paellas de arroz burbujeaban su caldo substancioso o el
pescado chirriaba, dorándose entre el azulado vapor del aceite frito. Había
allí prosperidad y abundancia. No era para hacerse ricos, pero se vivía bien.
La Tona sonreía con satisfacción pensando que nada debía y viendo el techo
empavesado de morcillas secas, sobreasadas lustrosas, tiras de negra mojama y
algún jamón espolvoreado con pimiento rojo: los tonelitos llenos de líquido,
las botellas, escalonadas, luciendo licores de color variado, y las sartenes de
diversos tamaños colgadas de la pared, prontas á chillar sobre el fogón con su
cavidad repleta de cosas substanciosas.
¡Y pensar que había pasado hambre en los primeros
meses de su viudez! Por eso, harta y satisfecha, repetía ahora tantas veces la
misma afirmación. Por más que digan, Dios no desampara á las buenas personas.
La abundancia y la falta de cuidados la
rejuvenecieron. Engordaba dentro de su barca con cierto lustre de carnicera
ahita; siempre á cubierto del sol y la humedad, no tenía el color seco y
tostado de las que esperaban en la orilla de la playa, y se presentaba tras el
mostrador luciendo sobre la voluminosa pechuga una colección interminable de
pañuelos de tomate y huevo, complicados arabescos rojos y amarillos
tejidos en la sólida seda.
Permitíase lujos de decorado. En el fondo de su
tienda, sobre las maderas blanqueadas, alternaban con los toneles una colección
de cromos baratos con rabiosos colorines que apagaban los de sus vistosos
pañuelos; y los pescadores, mientras bebían bajo el sombrajo, miraban por
encima del mostrador la Cacería del león, La muerte del
justo y la del pecador, La escala de la vida, media docena de
santos, entre los cuales no faltaban San Antonio y el comerciante flaco y el
gordo representando al que fía y al que vende al contado, con la consabida
leyenda: «Hoy no se fía aquí, mañana sí.»
Había para estar satisfecho viendo cómo se criaba
la familia sin grandes privaciones. La tienda siempre adelante, y poco á poco
se llenaba de duros ahorrados una media vieja que ella guardaba en su camarote,
entre el piso de tablas y el grueso colchón.
Algunas veces no podía contenerse, y deseosa de
apreciar en conjunto su fortuna, salía hasta la orilla de la playa. Desde allí
contemplaba con ojos enternecidos el cercado de las gallinas, la cocina al aire
libre, la anchurosa pocilga donde roncaba el sonrosado cerdo, y la barca, que
asomaba entre la aglomeración de cercas y cañares sus dos puntas de
deslumbrante blancura, como embarcación fantástica que, arrastrada por un
huracán, hubiese ido á caer en el corral de una granja.
No por esto se hallaba libre de incomodidades.
Dormía poco, levantábase al amanecer, y muchas veces,
á media noche, aporreaban la puerta de la barca y había que levantarse para
servir á los pescadores recién llegados á la playa, que descargaban su pescado
y tenían que hacerse á la mar antes del alba.
Estas francachelas nocturnas eran las más
productivas y las que mayor cuidado inspiraban á la tabernera. Conocía bien á
aquella gente, que después de pasar una semana sobre las olas, quería en las
pocas horas de holganza gozar de un golpe todos los placeres de la tierra.
Abalanzábanse al vino como mosquitos; los viejos
quedábanse dormitando sobre la mesa con la pipa apagada entre los secos labios;
pero los jóvenes mozetones fornidos, excitados por la vida trabajosa y casta
del mar, miraban á la siñá Tona de modo tal, que ella torcía
el gesto con enfado y se preparaba á rechazar los brutales cariños de aquellos
tritones de camiseta rayada.
Nunca había valido gran cosa; pero su naciente
obesidad, los ojazos negros, que parecían aclarar su rostro moreno y lustroso,
y más que todo la ligereza de ropas con que en verano servía á los nocturnos
parroquianos, hacíanla hermosa para los muchachos rudos que, al poner la proa
hacia Valencia, pensaban con regocijo en que iban á ver á la siñá Tona.
Pero ella era una hembra brava que sabía tratarlos.
Jamás se rendía; las proposiciones audaces las contestaba con gestos de
desprecio; los pellizcos con bofetones, y los
abrazos por sorpresa con soberbias patadas, que más de una vez hicieron rodar
por la arena á un mocetón tieso y fuerte como el mástil de su barca.
Ella no quería líos como muchas otras, ni permitía
que le faltasen en tanto así. Además, era madre, los dos chicos dormían á poca
distancia, separados de ella por un tabique de tablas, al través del cual oía
sus poderosos ronquidos, y sólo estaba para pensar en mantener á la familia.
El porvenir de sus chicos comenzaba á preocuparla.
Se habían criado en la playa como dos gaviotas, anidando en las horas del sol
bajo la panza de las barcas en seco ó correteando por la orilla en busca de
conchas y caracoles, hundiendo sus piernecitas de color de chocolate en las
gruesas capas de algas.
El mayor, Pascualet, era un retrato vivo de su
padre. Grueso, panzudo, carilleno; tenía cierto aire de seminarista bien
alimentado, y los pescadores le llamaron el Retor, apodo que había
de conservar toda su vida.
Tenía ocho años más que su hermano Antonio, un
muchacho enjuto, nervioso y dominante, cuyos ojos eran iguales á los de Tona.
Pascualet fue una verdadera madre para su hermano.
Mientras la siñá Tona atendía á la taberna en los primeros
tiempos, que fueron los más penosos, el bondadoso muchacho cargaba con el
hermanito como niñera cuidadosa, y jugaba con los pilletes
de la playa, sin abandonar nunca al arrapiezo rabioso y pataleante que le
martirizaba la espalda y le pelaba el cogote con sus pellizcos.
Por la noche, en el camarote estrecho de la
barca-taberna, para Tonet era el mejor sitio, y su cachazudo hermano se
apelotonaba en un rincón para dejar espacio á aquel diablejo que, á pesar de su
debilidad, le trataba como un déspota.
Los dos muchachos, arrullados por el sordo oleaje,
que en los días de marea llegaba hasta la misma taberna, y oyendo como el
viento del invierno silbaba al querer introducirse por entre los tablones,
dormíanse estrechamente abrazados bajo la misma colcha. Algunas noches
despertábanse con el ruido de los pescadores, que celebraban su fiesta de
tierra; oían las palabrotas que su madre profería en momentos de indignación,
el sonoro choque de alguna bofetada, y más de una vez el tabique de su camarote
conmovíase con el sordo golpe de un cuerpo falto de equilibrio; pero volvían á
dormirse, poseídos por una ignorancia inocente, libre de sospechas y alarmas.
La siñá Tona tenía injustas
debilidades tratándose de sus hijos. Al principio de su viudez, cuando por las
coches les veía dormir en el angosto camarote, con las cabecitas juntas,
rozando tal vez la misma madera en que se había aplastado el cráneo de su padre,
sentía profunda emoción y lloraba como si fuera á perderlos dentro del fúnebre
armazón de tablas, como ya había perdido á su Pascual. Pero
cuando llegó la abundancia y el tiempo fué borrando el recuerdo de la
catástrofe, la siñá Tona comenzó á mostrar predilección por su
Tonet, criatura de gracia felina, que trataba á todos con sequedad é imperio,
pero que tenía para su madre cariños de gatito travieso.
La viuda entusiasmábase por su Tonet, vagabundo de
la playa, que á los siete años pasaba casi todo el día fuera de la barcaza,
correteando con la granujería y volviendo al anochecer con las ropas rotas y
agua y arena en los bolsillos. Mientras tanto, el mayor, relevado ya de cuidar
á su hermano, pasaba el día en la taberna limpiando vasos, sirviendo á los
parroquianos, dando de comer á las gallinas y al cerdo y vigilando con grave
atención las sartenes que chirriaban en los fogones de la cocina.
Cuando su madre, soñolienta tras el mostrador en
las horas de sol, se fijaba en Pascualet, experimentaba siempre una violenta
sorpresa. Creía ver a su marido tal como ella le conoció en la infancia cuando
era grumete de barca pescadora. Era su mismo rostro, carrilludo y sonriente, su
cuerpo cuadrado y fornido, sus piernas robustas y cortas y aquel aire de
sencillez honrada, de laboriosidad cachazuda que lo acreditaba ante todos
como hombre de bien.
En lo moral era lo mismo. Muy bondadosote y tímido,
pero una verdadera fiera cuando se trataba de ganar una peseta, y con un cariño
loco por la mar, madre fecunda de los hombres
valientes que saben pedirla el sustento.
Á los trece años ya no podía conformarse á seguir
en la taberna. Dábalo á entender con palabras sueltas, con frases truncadas y
algo incoherentes, que era lo único que podía salir de su dura mollera. Él no
había nacido para servir en la taberna. Era faena demasiado cómoda; eso para su
hermano, que no mostraba gran afición al trabajo. Él era fuerte, le gustaba el
mar y quería ser pescador como su padre.
La siñá Tona se asustaba al oírle,
y en su memoria resucitaba la horrible catástrofe del día de Cuaresma. Pero el
chico era testarudo. Aquellas desgracias no pasaban todos los días, y ya que
tenía vocación, debía seguir el oficio de su padre y de su abuelo, como muchas
veces se lo había dicho el tío Borrasca, un viejo patrón de barcas,
gran amigo del tío Pascualo.
Por fin la madre cedió cuando iba a comenzar la
temporada de la pesca del bòu, y Pascualet se enganchó con el tío
Borrasca como grumete ó gato de barca, teniendo como
salario la comida y la propiedad de todos los cabets, ó sea el
pescado menudo que saliese en las redes, camarones, caballitos de mar, etc.
El aprendizaje comenzó bien. Hasta entonces le
habían vestido con la ropa vieja de su padre, pero la siñá Tona
quiso que entrase con cierta dignidad en su nuevo oficio, y una tarde, cerrando
la taberna, fueron al Grao á un bazar del puerto,
donde vendían ropas hechas para los marineros. Pascualet recordó durante muchos
años la tal tienda, que le parecía el santuario del lujo. Los ojos se le fueron
tras los chaquetones azules, los impermeables de amarillo hule, las enormes
botas de aguas, prendas todas que sólo usaban los patrones, y salió orgulloso
con su hatillo de grumete, compuesto de dos camisas mallorquinas, tiesas,
ásperas y burdas, como si fuesen de papel de lija; una faja de lana negra, un
traje completo de bayeta, de un amarillo rabioso; una barretina roja para
calársela hasta el cuello en el mal tiempo y gorra de seda negra para bajar a
tierra. Por fin, le vestían a su medida; ya no tendría que luchar con las
chaquetas de su padre, que en los días de viento se hinchaban como velas,
haciéndole correr por la playa más aprisa que quería. De zapatos no había que
hablar. Él no recordaba haber metido jamás en tal tormento sus ágiles pies.
No se equivocaba el muchacho al decir que había
nacido para el mar. En la barca del tío Borrasca se encontraba
mucho mejor que en la otra encallada en la arena, junto á la cual gruñía el
cerdo y cacareaban las gallinas. Trabajaba mucho, y además de su pitanza
percibía algunos puntapiés del viejo patrón, cariñoso en tierra, pero que una
vez sobre su barca no respetaba ni á su mismo padre. Trepaba al mástil á poner
el farol ó arreglar una cuerda con la ligereza de un gato; ayudaba á tirar de las redes cuando llegaba el momento de chorrar;
baldeaba la cubierta, alineaba en la cala los grandes cestos del pescado y
soplaba el fogón, cuidando de que el caldero estuviera siempre en su punto para
que no se quejara la gente de á bordo. Pero como compensación á estos trabajos,
¡cuántas satisfacciones! Al terminar el patrón y los suyos la comida que él y
otro gato de la barca presenciaban inmóviles y respetuosos,
dejábanles las sobras a los chicos, y los dos sentábanse a proa con el negro
caldero entre las piernas y un pan bajo del brazo. Ellos sacaban la mejor
parte, y cuando las cucharas tropezaban ya con el fondo, entonces entraba la
rebañadura mendrugo en mano, hasta que el metal quedaba limpio y brillante,
como si acabasen de fregarlo.
Después venía el huroneo en busca del vino que la
tripulación había dejado olvidado en el fondo del porrón de lata; y los gatos,
si no había trabajo, tendíanse como unos príncipes en la proa, con la camisa
fuera de los pantalones y la panza al aire, arrullados por el cabeceo de la
barca y las cosquillas de la brisa.
Tabaco no faltaba, y el tío Borrasca dábase
á todos los demonios viendo con qué rapidez desaparecía de los bolsillos de su
chaquetón unas veces la alguilla de Argel y otras la picadura de la Habana,
según la calidad del último alijo hecho en el Cabañal.
Aquella vida era inmejorable para Pascualet, y cada vez que bajaba á tierra, su madre le veía más
robusto, más recocido por el sol y tan bondadosote como siempre, á pesar de su
continuo roce con los gatos de barca, pilletes precoces
capaces de las mayores malicias y que al hablar echaban á las narices ajenas el
humo de una pipa casi tan grande como ellos.
Las rápidas apariciones en la taberna eran lo único
que hacía á la siñá Tona acordarse de su hijo mayor.
La tabernera mostrábase preocupada. Pasaba los días
enteros en su barcaza, sola, como si no tuviese hijos. El Retor estaba
en el mar ganándose su parte de cabets, para después, en los días
de fiesta, llegar muy ufano á entregar á su madre tres ó cuatro pesetas, que
eran el jornal de la semana, y el otro, el pequeño, aquel Tonet de piel de
diablo, había salido un bohemio incorregible, que sólo volvía a casa acosado
por el hambre.
Juntábase con la pillería de la playa, un tropel de
chicuelos que no sabían más de sus padres que los perros vagabundos que les
acompañaban en sus correteos por la arena; nadaba como un pez, y en verano
zambullíase en el puerto, mostrando con impudor tranquilo su cuerpo enjuto y
rojizo para coger con la boca piezas de dos cuartos que le arrojaban los
paseantes. Presentábase por la noche en la taberna con el pantalón roto y la
cara arañada; su madre le había sorprendido varias veces amorrado con delicia al
tonelillo del aguardiente, y una tarde tuvo que
ponerse el mantón é ir á la capitanía del puerto para pedir con lágrimas y
lamentos que le soltasen, prometiendo que ella le quitaría el feo vicio de
arañar en el interior de las cajas de azúcar depositadas en el muelle.
Era una alhaja el tal Tonet. ¡Dios mío! ¿Á quién se
parecía? Era una vergüenza que de padres tan honrados saliese un muchacho así;
un pillete que, teniendo en su casa comida abundante, pasaba el tiempo
huroneando por cerca de los vapores que venían de Escocia, aguardando un
descuido de los descargadores para echar á correr con un bacalao bajo del
brazo. Un hijo así iba á ser su castigo. Doce años á la espalda y sin afición
al trabajo ni el menor respeto á su madre, á pesar de los rabos de escoba que
le había roto en las costillas.
Y la siñá Tona hacía confidente de
sus desdichas á Martínez, un carabinero joven que estaba de servicio en aquella
parte de la playa, y pasaba las horas del calor sentado bajo el sombrajo de la
taberna, con el fusil entre las rodillas, mirando vagamente el límite del mar,
con el oído atento á las eternas lamentaciones de la tabernera.
El tal Martínez era andaluz, de Huelva; un muchacho
guapo y esbelto, que llevaba con mucha marcialidad el uniforme viejo de
servicio y se atusaba al hablar el rubio bigote con expresión distinguida.
La siñá Tona le admiraba. Las
personas que son finas no lo pueden ocultar; á la legua se las
conoce.
Y además, ¡qué gracia en el lenguaje! ¡qué términos
tan escogidos gastaba! Bien se conocía que era hombre leído. Como que había
estudiado muchos años en el Seminario de su provincia; y si ahora se veía así
era porque, no queriendo ser cura y deseando ver mundo, había reñido con su
familia, sentando plaza, para venir al fin á meterse en carabineros.
La tabernera oíale embobada contar su historia con
aquel pesado ceceo de andaluz sin gracia; y cuando tenía que hablarle, empleaba
en justa reciprocidad un castellano grotesco é ininteligible, que hubiese hecho
reír en el mismo Cabañal.
—Mire osté, siñor Martines: mi chico me tiene loca
con todas esas burrás que hase. Lo que yo li digo: ¿Te hase falta algo,
condenat? ¿Pues entonses por qué te ajuntas con esa pillería pollosa? Osté,
siñor Martines, que tiene tanta labia, hágali miedo. Dígali que se lo llevará á
Valensia para meterlo en la cársel si no es buen chico.
Y el siñor Martines prometía
hacerle miedo al travieso pillete, y hasta le sermoneaba con la cara muy fosca,
logrando que Tonet, al menos por un rato, permaneciese encogido y como aterrado
por el uniforme de aquel hombre y el terrible fusil, que no se separaba nunca de
sus manos.
Estos pequeños servicios introducían á Martínez en
la vida de familia, haciéndole intimar cada vez más con la siñá Tona.
Allí le guisaban la comida; allí pasaba casi todo el día, y más de una vez la tabernera se prestó gustosa á zurcirle la ropa blanca
y á pegarle botones en prendas interiores.
¡Pobre siñor Martines! ¿Qué sería de un
joven tan fino sin una persona como ella? Iría roto y abandonado como un
perdido, y esto, francamente, no podía consentirlo una persona de buen corazón.
En las tardes del verano, cuando el sol caía de
lleno sobre la desierta playa sacando reflejos de incendio de la tostada arena,
bajo del sombrajo de cañas ocurría siempre la misma escena. Martínez, sentado
en un taburete de esparto, cerca del mostrador, leía á su autor favorito, Pérez
Escrich, en tomos abultados y mugrientos, con las puntas roídas, que habían
corrido toda la costa, pasando de unos carabineros á otros.
La siñá Tona no se equivocaba. De
aquellos librotes, que la inspiraban el supersticioso respeto del que no sabe
leer, era de donde sacaba Martínez las palabritas sonoras y rebuscadas, aquella
filosofía moral que la conmovía.
Y desde el otro lado del mostrador, cosiendo á
tientas, sin saber lo que hacía, contemplaba fijamente á Martínez, dedicando
media hora á su fino y rubio bigote y no menos tiempo á apreciar cómo tenía la
nariz ó con qué exquisito gusto se abría la raya, aplanando en ambos lados el
dorado cabello.
Algunas veces, al volver la página, levantaba
Martínez la cabeza, y sorprendiendo los negros ojazos de Tona fijos en él,
ruborizábase y seguía leyendo.
La tabernera reprendíase después por tales
contemplaciones. ¿Pero qué era aquello?... En la vida se le había ocurrido,
viviendo su Pascual, mirarle detenidamente para apreciar cómo tenía la cara. Y
ahora se estaba ella como una boba horas y más horas comprometiéndose con una
contemplación de la que no podía librarse. ¿Qué diría la gente al saberlo?...
Indudablemente le tenia ley a aquel hombre.... ¡Claro!... ¡Era tan fino y tan
guapo!... ¡Hablaba tan bien!...
Pero era un disparate todo aquello. Ella ya iba
para los cuarenta; no se acordaba con exactitud, pero debía estar en los
treinta y siete o cosa así; y él no pasaba de los veinticuatro... Pero ¡qué
demonio! aunque le llevase algunos años, ella no estaba mal; encontrábase bien
conservada, y si no, que lo dijera la gentuza de las barcas que tanto la
importunaba. Además, aquel pensamiento no sería ningún disparate, ya que la
gente se adelantaba suponiéndolo; y lo mismo los carabineros amigos de Martínez
que las pescaderas que iban á la playa, daban á entender sus maliciosas
suposiciones con indirectas demasiado directas.
Al fin ocurrió lo que todos esperaban. La siñá Tona,
para aturdirse, argüía a sus escrúpulos que sus hijos necesitaban un padre, y
nadie mejor que Martínez; y la valerosa amazona, que aporreaba á los rudos
pescadores á la menor audacia, se entregó voluntariamente, teniendo que vencer
la cortedad de aquel muchachote tímido. De ella partió la
iniciativa, y Martínez se dejó arrastrar con su sumisión de hombre superior
que, pensando en cosas más altas, permite que en los asuntos terrenales le
manejen como un autómata.
El suceso se hizo público. La misma siñá Tona
no se enojaba de ello; antes bien, deseaba que fuera bien sabido que la casa
tenía amo. Cuando la llamaba al Cabañal alguna ocupación, dejaba la taberna al
cuidado de Martínez, que, como en tiempos pasados, seguía sentado bajo el
sombrajo mirando al mar con el fusil entre las rodillas.
Hasta los dos chicos parecían enterados de la
novedad, El Retor, al bajar á tierra, miraba á hurtadillas á su
madre con cierto asombro y mostrábase tímido y vergonzoso en presencia del
mocetón rubio y uniformado, al que encontraba siempre en la taberna; pero el
otro muchacho, Tonet, delataba en su sonrisa maliciosa que todo aquel suceso
había sido objeto de maliciosos comentarios en las reuniones de los pillos de
la playa, y en vez de asustarse como antes con los sermones del carabinero,
contestábale con muecas y se alejaba dando saltos y haciendo cabriolas sobre la
arena, como en señal de desprecio.
Aquella temporada fué para Tona una luna de miel en
plena madurez de su vida. Parecíale ahora su matrimonio con Pascual una
monótona servidumbre. Amaba con vehemencia al carabinero, con la explosión de
cariño propia de una mujer que va hacia el ocaso; y cegada por esta pasión,
hacia alarde de ella, sin importarle lo que
murmurase la gente. ¿Y qué?... Que dijesen lo que quisieran. Otras hacían peor
que ella, y la que hablase sería por envidia, al ver que se llevaba un buen
mozo.
Martínez, siempre con su aire de soñador, dejábase
mimar y acariciar como un hombre que todo lo merece; gozaba de gran prestigio
entre sus compañeros y superiores, pues podía disponer del cajón de la taberna
y hasta de aquella media repleta de duros que tantas veces se le clavaba en el
costado al tenderse en el colchón del camarote.
Por evitarse tal vez esta molestia, se dió prisa á
vaciarla, sin que la siñá Tona protestase. ¿No había de ser su
marido? Pues suyo era aquel dinero. Mientras la taberna marchase bien, ella no
debía quejarse.
Pero cuatro ó cinco meses después llegó un día en
que la Tona se puso seria.
Martínez, siñor Martines, baje usted de
esa nebulosa altura en que vive su pensamiento. Dígnese escuchar á la Tona. ¿No
la oye usted? Que es preciso arreglar la situación. Que las cosas no pueden
quedar así. Que hay que justificar lo que venga, y una mujer honrada, madre de
dos hijos, no puede serlo de tres sin un hombre que saque la cara diciendo:
«Esta es mi obra.»
Y Martínez contestó ¡bueno! á todo, aunque
torciendo el gesto dolorosamente, como si acabase de sufrir un tremendo
batacazo, cayendo de las alturas ideales en que se refugiaba como hombre no comprendido, para soñar en la probabilidad de ser
general, jefe de Estado y otras muchas cosas, como los personajes de sus
novelas favoritas.
Pediría los papeles para el casamiento, pero
tendrían que esperar, porque Huelva está lejos.
Y Tona esperó, siempre con el pensamiento puesto en
Huelva, tierra remota, que por su cuenta debía estar en los alrededores de Cuba
ó Filipinas.
Pero el tiempo pasaba y la cosa iba haciéndose
urgente.
Martínez, siñor Martines, que sólo
faltan dos meses; que á la Tona le es imposible ocultar por más tiempo lo que
viene, y la gente se va enterando. ¡Qué dirán los chicos al verse con un nuevo
hermano!... Pero Martínez protestaba. No era suya la culpa. Bien veía ella las
muchas cartas que escribía para activar el envío de los papeles.
Por fin, un día el carabinero declaró que iba á
emprender el viaje á su tierra y traerse los malditos documentos, para lo cual
tenía ya el permiso de sus jefes.
Muy bien: aquella resolución le gustaba á la siñá Tona.
Y para ayuda del viaje le entregó toda la plata que tenía en el cajón del
mostrador, lo peinó por última vez, lloró un poco y ¡hasta la vista! ¡Buen
viaje!
La pobre Tona ya no vió más al siñor
Martines. Entre los carabineros que pasaban la playa no faltó una buena
alma que tuvo el gusto de decirla la verdad.
No había tal viaje á Huelva. Las cartas que
escribía Martínez iban á Madrid, pidiendo que lo trasladasen á un punto lejano,
pues los aires de Valencia no le probaban. Y efectivamente, lo habían
trasladado á la comandancia de la Coruña.
La siñá Tona creyó volverse loca.
¡Ladrón, más que ladrón! ¡Miren el mosquita muerta!... Fíese usted de esas
personas de mucha labia. ¡Pagarle así á ella... á ella, que le hubiese dado
hasta el último céntimo, y que le peinaba bajo el tinglado en las horas de
siesta tan amorosamente como si fuese su madre!
Pero toda la desesperación de la pobre mujer no
impidió que saliese á luz lo que tan urgente hacía el matrimonio; y á los pocos
meses la siñá Tona despachaba copas tras el mostrador,
enseñando su pecho voluminoso de vaca rolliza, y agarrada al obscuro pezón una
niña blanca, enteca, de ojos azules y cabeza rubia y voluminosa, que parecía
una bola de oro.
III
Pasaron los años sin que sufriese la menor
alteración en su monótona vida la familia que se albergaba en la barca
convertida en taberna.
El Retor era todo un marinero, fornido, cachazudo,
bravo en el peligro. De gato había ascendido á ser el
tripulante de más confianza en la barca del tío Borrasca, y cada
mes solía entregar á su madre cuatro ó cinco duros de ahorros para que los
guardase.
Tonet no hacía carrera. Entre él y su madre habíase
entablado una lucha: Tona buscándole oficios, y él abandonándolos á los pocos
días. Fué una semana aprendiz de zapatero; navegó poco más de dos meses con
el tío Borrasca en calidad de gato, pero el patrón
se cansó de pegarle, sin conseguir que le obedeciese; después intentó hacerse
tonelero, que era el más seguro de los oficios, pero el maestro le echó á la
calle, y por fin á los diez y siete años se metió en una còlla del
puerto, cuadrilla de descargadores de buques, en la que trabajaba hasta dos
veces por semana, y esto de mala voluntad.
Pero su vagancia y sus malas costumbres encontraban
excusa á los ojos de la siñá Tona, cuando ésta le contemplaba
en los días de fiesta (que eran los más para aquel bigardo) con la gorra de
seda de hinchado plato sobre el rostro moreno, en el que comenzaba á apuntar el
bigote; la chaqueta de lienzo azul ajustada al esbelto tronco y la faja de seda
obscura ceñida sobre la camiseta de franela á cuadros negros y verdes.
Daba gloria ser madre de un mozo así. Iba á ser
otro pillo como aquel Martínez de infausta memoria; pero más salao,
más audaz y travieso, y de ello daban fe las chicas del Cabañal, que se lo
disputaban por novio.
Tona regocijábase al saber el aprecio en que tenían
á su hijo, y estaba enterada de todas sus aventuras. ¡Lástima que le tirase tanto
el maldito aguardiente! Era todo un hombre; no como el cachazudo de su hermano,
que no se alteraba aunque le pasase un carro por encima.
Una tarde de domingo, en la taberna de Las
buenas costumbres, título terriblemente irónico, se tiró los vasos á la
cabeza con los de una còlla de cargadores que trabajaban más
barato, y cuando entraron los carabineros á poner paz, pilláronle faca en mano
persiguiendo por entre las mesas á los contrarios.
Más de una semana lo tuvieron encerrado en el
calabozo de la casa capitular; las lágrimas de la siñá Tona y
las influencias del tío Mariano, que era muñidor en
las elecciones, consiguieron sacarle á flote; pero tanto le corrigió el
arresto, que en la misma noche de su libertad sacó otra vez la dichosa faca
contra dos marineros ingleses que, después de beber con él, intentaron
boxearle.
Era el gallito del Cabañal. Faena poca; pero una
verdadera fiera para resistir las noches de borrasca, de taberna en taberna, no
presentándose en la de su madre en semanas enteras.
Tenía su poquito de amores serios con cierta
intimidad, que para muchos olía á matrimonio anticipado. Su madre no estaba
conforme con tales relaciones. No quería una princesa para su Tonet, pero la
hija de Paella el tartanero le parecía poca cosa. La tal
Dolores era descarada como una mona; muy guapa, sí señor, pero capaz de comerse
á la pobre suegra que tuviese que aguantarla.
Era natural que fuese así. Se había criado sin
madre, al lado del tío Paella, un borrachón que daba traspiés al
amanecer cuando enganchaba la tartana y á quien el vino tenía consumido,
engordándole únicamente la nariz, siempre en creciente por las rojas
hinchazones.
Era un mal hombre que gozaba la peor fama. Toda su
parroquia la tenía en Valencia en el barrio de Pescadores. Cuando llegaba barco
inglés se ofrecía como un sinvergüenza á los marineros para llevarles á sitios
de confianza, y en las noches de verano cargaba su tartana de chicuelas con
blancos matinées, mejillas embadurnadas y flores en la cabeza, conduciéndolas con sus amigos á los
merenderos de la playa, donde se corrían juergas hasta el amanecer, mientras
que él, alejado, sin abandonar el látigo ni el porrón de vino, se emborrachaba,
mirando paternalmente á las que llamaba su ganado.
Y lo peor era que no se recataba ante su hija.
Hablábala con los mismos términos que si fuera una de sus parroquianas; su vino
locuaz sentía la necesidad de contarlo todo, y la pequeña Dolores, encogida,
lejos de los agresivos pies de su padre, con los ojos desmesuradamente abiertos
y en ellos una expresión de curiosidad malsana, oía el brutal soliloquio
del tío Paella, que se relataba á sí mismo todas las porquerías é
infamias presenciadas durante el día.
Y así fué criándose Dolores. ¡Vaya, que lo que
aquella chica ignorase!... Por eso Tona no la podía admitir como nuera. Si no
se había perdido ahora que comenzaba á ser una mujer guapa, era porque algunas
vecinas le aconsejaban bien; pero aun así, la muchacha también daba sus
escándalos con Tonet, que entraba en casa de su novia como si fuese el amo.
Comía con ella, aprovechándose de que el tartanero no volvía hasta muy entrada
la noche, y Dolores le repasaba la ropa y hasta hurgaba en los bolsillos del tío
Paella para dar dinero al novio, lo que hacía lanzar al borracho un
vómito interminable de injurias contra la falsa amistad, creyendo que en los
momentos de alcohólica turbación le robaban las
pesetas sus compinches de taberna.
Era un secuestro en regla el que hacía aquella
chica, y Tonet, lentamente, una pieza hoy y otra mañana, fué trasladando toda
su ropa desde la taberna de la playa á la casa del tartanero.
La siñá Tona se quedaba
sola. El Retor estaba siempre en el mar persiguiendo la
peseta, como él decía, unas veces pescando y otras enganchándose como marinero
en algún laúd de los que iban por sal á Torrevieja; Tonet, corriendo tabernas ó
metido en casa del tío Paella, y ella aviejándose tras el mostrador
de su tiendecilla, sin otra compañía que aquella chicuela rubia, á la que
quería de un modo raro, con intermitencias, pues era el viviente recuerdo del
pillo de Martínez. ¡Ojalá se lo haya llevado el demonio!...
Decididamente Dios sólo protegía á temporadas á las
personas buenas. Los tiempos presentes no eran ya los de la primera época de su
viudez.
Otras barcas viejas varadas en la playa habían sido
convertidas en tabernas; los pescadores tenían donde escoger, y además ella
envejecía y la gente de mar no mostraba tantos deseos de beber, requebrándola.
Resultado: que aunque la tabernilla conservaba sus
antiguos parroquianos, sólo se sacaba de ella lo preciso para vivir, y Tona más
de una vez contempló de lejos su blanca barcaza, considerando melancólicamente
el fogón apagado, la cerca casi derribada, tras la cual no gruñía el blanco
cerdo esperando la matanza anual, y la media docena
de gallinas que picoteaban tristemente en la desierta arena.
Pasó el tiempo para ella con lenta monotonía,
sumida en una estúpida somnolencia, de la que la sacaban únicamente las
diabluras de Tonet ó la contemplación de un retrato del siñor Martines,
puesto de uniforme, que ella conservaba colgado en su camarote con cierto
refinamiento cruel, como para recordarse la debilidad pasada.
La pequeña Roseta, la chicuela caída en la barca
por obra y gracia del pillo carabinero, apenas si merecía la atención de su
madre. Criábase como una bestiezuela bravía. Por la noche Tona había de ir en
su busca para encerrarla en la barca, después de darla una terrible zurra, y
durante el día presentábase cuando la aguijoneaba el hambre.
¡Todo sea por Dios! La tal chiquilla era una nueva
cruz que había de arrastrar la pobre Tona.
Huraña y amiga de la soledad, tendíase en la arena
mojada, cogiendo conchas y caracoles ó amontonando algas. Á veces pasaba horas
enteras con los ojos azules fijos en el infinito, en una inmóvil vaguedad de
hipnótica, mientras la brisa salobre arremolinaba sus pelillos rubios,
enroscados y tiesos como culebras, ó hacía ondear el viejo refajo, que dejaba
al descubierto las piernecitas entecas, de una blancura deslumbrante, en cuyas
extremidades el ardor del sol había suplido la falta de medias tostando la piel
con un color rojo.
Allí se estaba horas y más horas con el vientre
hundido en la arena mojada, que cedía bajo su peso, acariciado el rostro por la
delgadísima capa de agua que avanzaba y retrocedía sobre el reluciente suelo
con las ondulaciones caprichosas del moaré.
Era una bohemia incorregible. Lo que decía
Tona: De tal palo, tal astilla. También el granuja de
su padre se pasaba las horas muertas embobado ante el horizonte, como si soñara
despierto y sin servir para otra cosa.
Si ella tuviera que vivir de lo que trabajase su
hija, estaba arreglada. ¡Criatura más desmañada y perezosa!... En la taberna
rompía vasos y platos al intentar limpiarlos; quemábase el pescado en la sartén
si ella cuidaba del fogón, y al fin su madre tenía que dejarla corretear por la
playa ó que fuese á la costura del Cabañal. Á temporadas
dominábala un deseo loco de aprender, y se escapaba, exponiéndose á una paliza,
para ir en busca de la maestra; pero poco después huía de la escuela, cuando su
madre mostrábase conforme en que asistiera á ella.
En verano únicamente ayudaba a la pobre Tona. El
lucro uníase á su afán de correteo sin objeto, y cargada con un cántaro tan
grande como ella, iba vaso en mano por la playa de los baños ó pasaba
audazmente por entre los lujosos carruajes que rodaban por el muelle, mirando á
todas partes con sus ojazos soñadores, agitando la maraña de rubios pelos y
gritando con su voz débil: ¡Al aigua fresqueta! sacada de la
fuente del Gas.
Unas veces con esto y otras con el cesto de caña
lleno de galletas, que pregonaba con tono melancólico: ¡Salaes y
dolses! Roseta conseguía entregar á su madre por las noches unos dos
reales, lo que aclaraba un poco el gesto fosco de Tona, á la que los malos
negocios iban haciendo egoísta.
Y así creció Roseta; siempre en huraño aislamiento,
acogiendo con serenidad amenazante las palizas de su madre; odiando á Tonet,
que nunca se había fijado en ella; sonriendo algunas veces al Retor,
que cuando bajaba á tierra solía tirarle amistosamente de los retorcidos pelos,
y despreciando á la pillería de la playa, de la cual alejábase con un airecillo
de reina orgullosa.
Tona acabó por no ocuparse de la chiquilla, á pesar
de ser la única compañera en aquella vivienda, que en las tardes del invierno
parecía estar en pleno desierto. Tonet y la hija del tartanero eran su continua
preocupación.
Aquella perdida habíase propuesto robarle toda su
familia. Ya no se contentaba con Tonet, y éste llevaba á casa de Dolores á su
hermano el Retor, el cual, al saltar á tierra, pasaba como rápida
exhalación por la tabernilla de la playa, yendo á descansar en casa del
tartanero, donde resultaba para los novios un testigo poco molesto.
Pero en realidad lo que incomodaba á Tona más que
la influencia que Dolores ejercía sobre sus hijos, era que veía desvanecerse un
plan que acariciaba hacía mucho tiempo.
Tenía pensado el matrimonio de Tonet con la hija de
una antigua amiga.
Como guapa, no podía compararse con la endemoniada
hija del tartanero; pero la siñá Tona se hacía lenguas de su
bondad (la condición de los seres insignificantes) y se callaba lo más
importante, ó sea que Rosario, la muchacha en quien había puesto los ojos, era
huérfana; sus padres habían tenido en el Cabañal una tiendecita, de la que se
surtía la tabernera, y ahora, después de su muerte, le quedaba á la hija casi
una fortuna; lo menos tres ó cuatro mil duros.
¡Y cómo quería á Tonet la pobrecita! Al encontrarle
en las calles del Cabañal, le saludaba siempre con una de sus sonrisas de
cordera mansa, y pasaba las tardes en la playa gozándose en hablar con la siñá Tona,
tan sólo porque era la madre del gallito bravo que traía revuelta toda la
población.
Pero del muchacho no podía esperarse cosa buena. Ni
la misma Dolores, con tener sobre él tan absoluto poderío, lograba domarlo
cuando le soplaba la racha de las locuras, y á lo mejor desaparecía semanas
enteras, sabiéndose después, por referencias, que había estado en Valencia
durmiendo de día en alguna casa del barrio de Pescadores, emborrachándose de
noche, aporreando á sus embrutecidas compañeras de hospedaje y gastándose en
orgías de pirata hambriento lo que ganaba en alguna timba de calderilla.
En una de esas escapatorias fué cuando come tió el gran disparate, que costó á su madre un mes de
llantos é innumerables alaridos. Tonet, con otros amigotes, sentó plaza en la
marina de guerra. Estaban hastiados de la vida del Cabañal; les resultaba
desabrido el vino de las tabernas.
Y llegó el día en que el endiablado muchacho,
vestido de azul, con la blanca gorrilla ladeada y el saco de ropa al hombro, se
despidió de Dolores y de su madre para ir á Cartagena, donde estaba el buque á
que iba destinado.
¡Anda con Dios! Mucho le quería la siñá Tona,
pero al fin podía descansar. Por quien más lo sentía era por la pobre Rosario,
que, siempre calladita y humilde, iba á coser en la playa en compañía de Roseta
y preguntaba con emocionada timidez á la siñá Tona si había
recibido carta del marinero.
Así pasó el tiempo, siguiendo ellas desde la
barcaza de la playa todos los viajes y estaciones que hacía la Villa de
Madrid, fragata en la que iba Tonet como marinero de primera.
¡Qué emoción cuando caía sobre el mostrador de
húmedos tablones el estrecho sobre, pegado unas veces con roja oblea y otras
con miga de pan, con su complicada dirección en letras gruesas: «Para la
siñora Tona la del cafetín, junto á la casa dels bòus!»
Un perfume raro, exótico, que hablaba á los
sentidos de vegetaciones desconocidas, mares tempestuosos, costas envueltas en
celajes de rosa y cielos de fuego, parecía salir de las groseras envol turas de papel; y las tres mujeres, leyendo y
releyendo las cuatro carillas, soñaban con países desconocidos, viendo con la
imaginación los negros de la Habana, los chinos de Filipinas y las modernas
ciudades del Sur de América.
¡Qué chico aquel! ¡Cuánto tendría que contar cuando
volviese! Tal vez había sido un bien que cometiera la calaverada de marcharse;
así sentaría la cabeza. Y la siñá Tona, poseída de nuevo por
aquella preferencia que la hacía idolatrar á su hijo menor, pensaba con cierto
despecho en que su Tonet, el gallito bravo, estaba sometido á la rígida
disciplina de á bordo, mientras que el otro, el Retor, el que ella
tenía por un infeliz, marchaba viento en popa y era casi un prohombre en el
gremio de la pesca.
Iba siempre á partir con el dueño de su barca;
tenía sus secretos con el tío Mariano, aquel personaje al que recurría Tona en
todos sus apuros. En fin, que ganaba dinero, y la siñá Tona se
daba á todos los demonios viendo que no traía un cuarto á casa y apenas si por
ceremonia iba á sentarse un rato bajo el toldo de la tabernilla.
En otra parte le guardaban los ahorros; ¿y dónde
había de ser? en casa de Dolores, de la gran maldecida; que sin duda les había
dado á sus hijos polvos seguidores, pues corrían á ella como perros
sumisos.
Allí estaba metido el Retor, como si en
casa del tartanero se le perdiera algo al gran babieca. ¿No sabía
que Dolores era para el otro? ¿No veía las cartas de Tonet y las contestaciones
que ella hacía escribir á algún vecino? Pero el muy tonto, sin hacer caso de
las burlas de su madre, allí permanecía, usurpando poco á poco el puesto de su
hermano, sin que pareciera darse cuenta de sus avances. Dolores tenía con él
las mismas atenciones que con Tonet. Le arreglaba la ropa y le guardaba los
ahorros, cosa que no le ocurría con el otro despilfarrador.
Un día murió el tío Paella. Lo trajeron
á casa destrozado por las ruedas de su tartana. La borrachera le había hecho
caer de su asiento, y murió como hombre consecuente, agarrado al látigo, que no
abandonaba ni para dormir, sudando aguardiente por todos los poros y con la
tartana llena de parroquianas pintarrajeadas, á las que él llamaba su ganado.
Á Dolores no le quedaba otro arrimo que su tía
Picores la pescadera, protectora poco envidiable, pues hacía el bien á
bofetadas.
Y entonces, á los dos años de estar ausente Tonet,
fué cuando circuló la gran noticia. Dolores y el Retor se
casaban. ¡Gran Dios! ¡Qué ruido produjo la noticia en el Cabañal! La gente
decía que era ella la que se había declarado al novio, añadiendo otros detalles
más fuertes que hacían reír.
Á Tona había que oirla. Aquella siñora de
la herradura se había empeñado en meterse en la familia, é iba á conseguirlo.
Ya sabía lo que se hacía la muy tunanta. Un marido
bobalicón que se matase trabajando era lo que le convenía. ¡Ah ladrona! ¡Cómo
había sabido coger el único de la familia que ganaba dinero!
Pero la reflexión egoísta hizo callar poco después
á la siñá Tona. Mejor era que se casasen. Esto simplificaba la
situación y favorecía sus planes. Tonet se casaría con Rosario. Y aunque á
regañadientes, se dignó asistir á la boda y llamar filla mehua al
hermoso culebrón, que tan fácilmente dejaba á unos para tomar á otros.
Á todos preocupaba lo que diría Tonet al saber la
noticia. ¡Bonito genio tenía el marinero! Y por esto la sorpresa fué general al
saberse que había contestado dándolo todo por bien hecho. Sin duda, la ausencia
y los viajes le habían cambiado, hasta el punto de parecerle muy natural que
Dolores se casase, ya que le faltaba arrimo. Además—como él decía—,
para que cayese en otro, mejor era que se casara con su hermano, que era un
buen muchacho.
Y tan razonable como en sus cartas se mostró el
marinero cuando, con la licencia en el bolsillo y el saco del equipaje á
cuestas, se presentó en el Cabañal, asombrando á todos con su gallardo porte y
el rumbo con que gastaba el puñado de pesetas que le habían entregado como
alcances del servicio.
Saludó á Dolores como una buena hermana. ¡Qué
demonio! De lo pasado no había que acordarse. Él también había hecho de las
suyas en sus viajes. Y no se preocupó gran cosa de
ella ni del Retor, atento á gozar el aura de popularidad que le
proporcionaba su regreso.
Noches enteras pasaba la gente al fresco, sentada
en sillas bajas ó en el suelo, frente á la puerta de la antigua casa de Paella,
donde ahora vivía el Retor, oyendo con arrobamiento al marinero la
descripción de extraños países, en la cual intercalaba graciosas mentiras para
mayor asombro de los papanatas que le admiraban.
Comparado con los pescadores rudos y embrutecidos
por el trabajo, ó con sus antiguos compañeros en la descarga, Tonet aparecía
ante las muchachas del Cabañal como un aristócrata, con su palidez morena, el
bigotillo erizado, las manos limpias y cuidadas y la cabeza aceitosa y bien
peinada, con la raya en medio y dos puntitas pegadas á la frente asomando bajo
la gorra de seda.
La siñá Tona estaba satisfecha de
su hijo. Reconocía que era tan pillo como antes, pero sabía vivir mejor, y bien
se conocía que le había aprovechado la dura existencia del barco. Era el mismo;
pero la ruda disciplina militar había pulido su exterior de burdas asperezas:
si bebía no se emborrachaba; seguía echándola de guapo, aunque sin llegar á ser
pendenciero, y ya no buscaba realizar sus caprichos de aturdido, sino
satisfacer sus egoísmos de vividor.
Por esto acogió benévolamente todas las
proposiciones de su madre. ¿Casarse con Rosario? Conforme; era
una buena chica; además, tenía un capitalito que podía hacer mucho en manos de
un hombre inteligente, y esto era lo que él deseaba.
Un hombre, después de servir en la marina real, no
podía dignamente cargarse sacos en el muelle. Todo antes que eso.
Y con gran alegría de la siñá Tona,
se casó con Rosario. Todo iba bien. ¡Qué hermosa pareja! Ella, pequeñita,
tímida, sumisa, creyendo en él á ojos cerrados; Tonet, soberbio en su fortuna,
tieso, como si bajo la camisa de franela llevase una coraza hecha con los miles
de duros de su mujer; dispensando protección á todos y dándose la vida de un
prohombre, en el café tarde y noche, fumando la pipa y luciendo altas botas
impermeables en los días de lluvia.
Dolores le veía sin mostrar la menor emoción.
Únicamente en sus ojos de soberana brillaban puntos de oro, chispas delatoras
del ardor de misteriosos deseos.
Pasó un año de felicidad. El dinero, amasado ochavo
sobre ochavo en la mísera tiendecita donde nació Rosario, escapábase locamente
por entre los dedos de Tonet; pero llegó el momento de verle el fondo al saco,
como decía la tabernera de la playa al reprender las prodigalidades de su hijo.
Comenzaron los apuros, y con ellos la discordia, el
llanto y hasta las palizas en casa de Tonet. Ella se agarró á la cesta del
pescado, como lo hacían todas las vecinas. De su fama de rica descendió á la vida embrutecedora y fatigosa de pescadera de las
más pobres. Levantábase poco después de media noche; esperaba en la playa con
los pies en los charcos y el cuerpo mal cubierto por el viejo mantón, que
muchas veces ondeaba con el viento de tempestad; iba á pie á Valencia, abrumada
por el peso de las banastas; volvía por la tarde á su casa desfallecida por el
hambre y el cansancio, pero se tenía por feliz si podía mantener al señor en su
antiguo boato y evitarle toda humillación que se tradujera en maldiciones y
alborotos.
Para que Tonet pasase la noche en el café, en la
tertulia de maquinistas de vapor y patrones de barca, ahogaba muchas mañanas en
la Pescadería su hambre rabiosa, excitada ante los humeantes chocolates y las
chuletas entrepanadas que veía sobre las mesas de sus compañeras.
Lo importante era que nada faltase al ídolo, pronto
siempre á enfadarse y á maldecir la perra suerte de su casamiento, y á la pobre
mujercita, cada vez más flaca y derrotada, le parecían insignificantes todas
sus miserias, siempre que al señor no le faltase la peseta para el café y el
dominó, la comida abundante y las camisetas de franela bien vistosas para
seguir sosteniendo la antigua fama. Algo caro le costaba; ella envejecía antes
de los treinta años, pero podía lucir como propiedad exclusiva el mejor mozo
del Cabañal.
El infortunio les aproximaba al Retor,
al otro matrimonio que subía y subía por el camino de la prosperidad,
mientras ellos rodaban cabeza abajo.
Los hermanos deben ayudarse en los malos trances;
nada más natural, y por esto Rosario, aunque á regañadientes, iba á casa de
Dolores y consentía que Tonet reanudase una amistad íntima con su cuñada. Esto
la atormentaba, pero no había que reñir: se disgustaba el Retor, y
él era el que muchas semanas mantenía al matrimonio cuando no había pescado
para vender ó el vago de gentil aspecto no lograba ganarse algún duro
interviniendo en los pequeños negocios propios de los puertos de mar.
Pero llegó el momento en que las dos mujeres, que
se odiaban, cansáronse de fingir.
Después de cuatro años de matrimonio, Dolores
resultó encinta. El Retor sonreía como un bendito al dar á
todo el mundo la fausta noticia, y las vecinas alegrábanse también, pero de un
modo maligno. Era pura sospecha, pero se comentaba la coincidencia de aquel
embarazo tardío con la época en que Tonet mostró mayor apego á la casa de su
hermano, pasando en ella más tiempo que en el café.
Las dos cuñadas riñeron con toda la franqueza
salvaje de sus caracteres; entre ellas marcóse eterna división, y en adelante
sólo visitó Tonet la casa del Retor, lo que indignaba á Rosario,
haciendo que las riñas conyugales terminasen siempre con bárbaras palizas.
Y de este modo transcurrió el tiempo. Rosario, afirmando que el chiquillo de Dolores tenía la misma
cara de Tonet; éste siempre á remolque de su hermano mayor, que sentía por él
la debilidad de otros tiempos, y á pesar de su espíritu económico se dejaba
saquear por aquel vago; y la hermosa hija del tío Paella burlábase
de su cuñada la tísica, la pava, gozándose en insultar
su pobreza, su vida trabajosa, y haciendo alarde del poderío que tenía sobre
Tonet, el cual, como en otros tiempos, iba tras ella, dominado y sumiso como un
perro.
Un hálito de perpetua guerra, de burlona
insolencia, parecía ir desde la antigua casa del tío Paella,
restaurada y embellecida, á la barraca miserable de techo desvencijado donde
Rosario se había refugiado empujada por la miseria. Las buenas vecinas, con la
más santa de las intenciones, se encargaban de circular las insolencias é
insultos, llevando y trayendo recados.
Cuando Rosario, roja de indignación y con los ojos
llorosos, necesitaba desahogo y consuelo, iba á la playa, á la barcaza-taberna,
que adquiría un color sombrío y parecía envejecer como su dueña. Allí la oían
silenciosamente, moviendo su cabeza, con expresión de desconsuelo, la siñá Tona
y Roseta, las cuales, á pesar de su íntimo parentesco, vivian con huraña
hostilidad, no coincidiendo más que en su despreciativo odio á los hombres. La
barca que les servía de madriguera era como un observatorio, desde el que
contemplaban lo que ocurría entre las dos familias.
¡Los hombres! ¡Vaya una gentuza! La siñá Tona
lo afirmaba, mirando de soslayo el retrato del carabinero, que parecía presidir
la taberna. Todos eran unos granujas, que no valían ni el cordel para
ahorcarlos. Y Roseta, con sus ojazos verde mar, límpidos y serenos de virgen
que todo lo sabe y está curada de espanto, murmuraba con expresión soñadora:
—Y el que no es granuja, es com el Retor: un
bestia.
IV
Aunque el día era de invierno, picaba tanto el sol,
que el Retor y Tonet estaban en la playa, agazapados á la
sombra de un laúd viejo encallado en la arena. Tiempo les quedaba de tostarse
cuando saliesen al mar.
Los dos hablaban lentamente, como adormecidos por
el brillo y el calor de la playa. ¡Vaya un día hermoso! Parecíales imposible
que estuviesen en vísperas de Semana Santa, época de los aguaceros y de los
repentinos temporales.
El cielo, inundado de luz, tenía un tinte
blanquecino; como copos de espuma caídos al azar, bogaban por él algunos
jirones de vapor plateado, y de la arena caldeada salía un vaho húmedo que
envolvía los objetos lejanos, haciendo temblar sus contornos.
La playa estaba en reposo. La casa dels
bòus, donde rumiaban en sus establos los enormes bueyes para el arrastre de
las barcas, alzaba su cuadrada mole con rojizo tejado y azules cuadrantes en
sus paredes sobre las largas filas de barcas puestas en seco, que formaban en
la orilla una ciudad nómada con calles y
encrucijadas; algo semejante á un campamento griego de la edad heroica, donde
las birremes puestas en seco servían de trincheras.
Los mástiles latinos, inclinados graciosamente
hacia la proa con sus puntas gruesas y romas, formaban un bosque de lanzas;
entrecruzábanse las embreadas cuerdas, como lianas y trepadoras de aquella
selva de palos; bajo las gruesas velas caídas en las cubiertas, rebullía toda
una población anfibia, al aire las rojizas piernas, con la gorra calada hasta
las orejas, repasando las redes ó atizando el fogón, en el que burbujeaba el
suculento caldo de pescado, y sobre la ardiente arena descansaban las ventrudas
quillas pintadas de blanco ó azul, como panzas de monstruos marinos tendidos
voluptuosamente bajo las caricias del sol.
Reinaba en esta población improvisada, tal vez
deshecha á la noche para esparcirse por la inmensidad de la faja azul que
cerraba el horizonte, el orden y la simetría de una ciudad moderna tirada á
cordel.
En primera fila, junto á las olas que se
adelgazaban como láminas de cristal sobre los arabescos de arena, estaban las
barcas pequeñas, las que pescan al volantí, pequeños y airosos
esquifes, que parecían la vistosa pollada de las grandes barcas alineadas
detrás, parejas del bòu con idéntica altura é iguales colores.
En la última fila estaban los veteranos de la
playa, los barcos viejos, con el vientre abierto, mostrando
por los negros rasguños las carcomidas costillas, con el mismo aire de tristeza
de los caballos de plaza de toros, como si pensasen en la ingratitud humana,
que abandona á la vejez.
Ondeaban izadas en los mástiles las redes rojizas
puestas á secar, las camisetas de franela, los calzones de bayeta amarilla, y
por encima de este vistoso empavesado pasaban las gaviotas trazando círculos,
como si estuvieran borrachas de sol, hasta que se dejaban caer por un instante
en el mar azul y tranquilo, agitado por leves estremecimientos é hirviente con
burbujas luminosas bajo el calor del mediodía.
El Retor hablaba del tiempo, paseando sus ojos
amarillentos de buey manso sobre el mar y la costa.
Seguía con la vista las puntiagudas velas que
corrían por la línea verdosa del horizonte como alas de palomas que bebían allá
lejos, y después miraba la costa, que se encorvaba formando golfo, con su orla
de masas verdes y blancos caseríos: las colinas del Puig, enormes tumefacciones
de la playa baja que invadía el mar en sus ratos de cólera; el castillo de
Sagunto, enroscando sus ondeados baluartes sobre la larga montaña de un suave
color de caramelo, y desde allí, tierra adentro y cerrando el horizonte, la
dentellada cordillera, oleaje de rojo granito que, con sus crestas inmóviles,
parecía lamer el cielo.
Ya estaban en el buen tiempo. El Retor era quien lo afirmaba, y sabido era en el Cabañal que en
estas cuestiones había heredado el acierto de su patrón, el tío
Borrasca. Aun quedaban para la próxima semana algunas tormentas, pero
serían poca cosa: había que dar gracias á Dios porque el mal tiempo acababa
pronto, y los hombres honrados podrían ganarse el pan sin miedo.
Y hablaba con lentitud, mascando la negra tagarnina
de contrabando y sumiéndose en el majestuoso silencio de la playa. Algunas
veces, sobre el lento susurro del agua tranquila, destacábase la voz lejana de
una muchacha, como si saliera de bajo de la tierra, entonando una canción de
monótona cadencia; sonaba lentamente el ¡oh... oh, isa! de
unos cuantos muchachos que tiraban de un pesado mástil al compás de la
soñolienta exclamación; gritaban como pájaros desde las cubiertas de las barcas
las mujeres desgreñadas, llamando á comer á los gatos, que estaban
en los establos contemplando los bueyes; sonaban los pesados mazos de los
calafates con incesante regularidad, y todos los ruídos absorbíanse en la calma
majestuosa del ambiente impregnado de luz, que envolvía sonidos y objetos en
una vaguedad fantástica.
Tonet miraba á su hermano con expresión
interrogante, esperando que su calma cachazuda acabase de formular todo el
plan.
Por fin habló el Retor. En una palabra:
que estaba ya cansado de ganar el dinero lentamente, y quería dar un golpe como
lo habían hecho otros. En el mar está el pan para
todos; sólo que unos lo cogen negro y á costa de muchos sudores, mientras que
otros lo pillan del más sabroso si tienen pecho para exponerse. ¿Le entendía
Tonet?
Y sin esperar contestación púsose en pie y fué
hasta la proa de la vieja barca para ver si alguien escuchaba al otro lado.
Nadie. La playa estaba desierta. No se veía una
sola persona en la extensión de arena donde en verano se plantan las barraquetes para
los bañistas de Valencia. Á lo último veíase el puerto erizado de mástiles con
banderas, vergas entrecruzadas, chimeneas encarnadas y negras y grúas que
parecían horcas. Avanzaba mar adentro la escollera de Levante como un muro
ciclópeo de rojos bloques aglomerados al azar por una trepidación del terreno;
amontonábanse en el fondo los edificios del Grao, las grandes casas donde están
los almacenes, los consignatarios, los agentes de embarque, la gente de dinero,
la aristocracia del puerto, y después, como una larga cola de tejados, la vista
encontraba tendidos en línea recta el Cabañal, el Cañamelar, el Cap de
Fransa, una masa prolongada de construcciones de mil colores, que decrecían
conforme se alejaban del puerto; al principio fincas con muchos pisos y
esbeltas torrecillas, y en el lejano extremo, lindante con la vega, blancas
barracas con la caperuza de paja torcida por los vendavales.
No temiendo espionajes, el Retor volvió
á sentarse al lado de su hermano.
Su mujer le había metido el proyecto en la cabeza,
y él, después de pensarlo mucho, había acabado por creerlo aceptable. Se
trataba de un viaje á la còsta d’afòra, á Argel; como quien dice á
la pared de enfrente de aquella casa azul y mudable que tantas veces recorrían
como pescadores. Nada de pescado, que no se deja coger siempre que el hombre
quiere; buenos fardos de contrabando; la barca llena hasta los topes de alguilla y Flor
de Mayo... ¡Rediel! ese era el negocio; mil veces lo había
hecho su pobre padre. ¿Qué le parecía?
Y el honradote Retor, incapaz de faltar á lo que le
previniese el alguacil del pueblo ó el cabo de mar, reíase como un bendito al
pensar en aquel alijo de tabaco que hacía tiempo le danzaba en la cabeza, y le
parecía ver ya sobre la arena los fardos de lona embreada. Como buen hijo de la
costa, recordando las hazañas de sus mayores, consideraba el contrabando como
la profesión más natural y honrada para un hombre aburrido de la pesca.
Á Tonet le parecía bien. Ya había hecho él dos
viajes de tal clase, enganchándose como simple marinero, y ahora que faltaba
trabajo en el muelle y el tío Mariano no acababa de sacarle aquel empleo tan
codiciado en las obras del puerto, no tenía inconveniente en seguir á su
hermano.
Este redondeaba el plan. Tenía lo más importante:
barca propia, la Garbosa. Y como Tonet lanzase una exclamación de
asombro, el Retor entró en detalles. Ya sabía él que la tal
barca estaba casi despanzurrada, con los
costillares poco unidos y la cubierta combada hacia abajo; una ruina que al
saltar sobre las olas, sonaba como una guitarra vieja; pero no le habían
engañado: treinta duros dió por ella; compró la leña y nada más; pero aun sobraba
para hombres que conocían el mar y eran capaces de atravesarlo en un zapato.
Además—y guiñaba un ojo con su malicia de muchacho
grande—, con una barca así se tenía la ventaja de perder poco si el
guardacostas les echaba la zarpa.
Y con este argumento, de una sencillez sublime,
convencíase el Retor de la conveniencia de tal temeridad, sin
ocurrírsele ni remotamente que exponía su vida.
Con su hermano y dos hombres de confianza quedaba
formada la tripulación. Ahora sólo necesitaba hablarle al tío Mariano, que
tenía buenos conocimientos en Argel, de la época en que hacía el negocio.
Y como hombre decidido que teme arrepentirse si
espera mucho, quiso ir inmediatamente en busca de aquel personaje poderoso, que
les honraba siendo su tío.
Á tales horas debía estar fumando su pipa en el
café de Carabina, y allá fueron los dos hermanos.
Al pasar por cerca de la casa dels bòus miraron
la barcaza-taberna, cada vez más negra y abandonada, y saludaron con un ¡adiós,
mare! el rostro lustroso y de colgantes carrillos que, encuadrado por un pañuelo blanco semejante á toca monjil, asomaba
por la boca de cueva abierta sobre el mostrador.
Algunas ovejas sucias y flacas rumiaban la
hierbecilla de las marismas inmediatas á la población; cantaban las ranas en
los charcos confundiendo su monótono rac-rac con la susurrante
calma de la playa, y sobre las redes de color de vino, festoneadas de corcho y
tendidas sobre la arena, picoteaban los gallos, que irisaban sus luminosas
plumas despidiendo reflejos metálicos.
Á la orilla de la acequia del Gas, las mujeres, en
cuclillas, moviendo sus inquietas posaderas, lavaban la ropa ó fregaban los
platos en un agua infecta que discurría sobre fango negruzco cargado de
mortales emanaciones. Los calafates agitábanse mazo en mano en torno de un
esqueleto de madera nueva, que parecía de lejos la osamenta de un monstruo
prehistórico, y los cordeleros, arrolladas al busto las madejas de cáñamo,
andaban de espaldas por la ribera de la acequia, formando entre sus ágiles
dedos el hilo que se prolongaba sujeto al incansable torno.
Llegaron al Cabañal, al barrio llamado de las
Barracas, donde se albergaba la gente pobre sometida por la miseria á la
servidumbre del mar.
Las calles aparecían tan rectas y regulares como
desiguales eran los edificios; las aceras de ladrillos rojos se escalonaban á
capricho, según la altura de las puertas; y en el arroyo fangoso, negruzco, con
profundas carrileras y charcos de la lluvia de
semanas antes, dos hileras de olivos enanos golpeaban con las empolvadas ramas
á los transeuntes, y veían unidos sus nudosos troncos por cuerdas en que se
secaban las ropas, ondeando como banderas con la fresca brisa del mar.
Las barracas blancas aparecían entre casas modernas
de pisos altos, pintadas al barniz cual barcos nuevos con la fachada de dos
colores, como si sus dueños no pudieran sustraerse en tierra al recuerdo de la
línea de flotación. Sobre algunas puertas había adornos de talla semejantes á
los mascarones de proa, y en toda la edificación se notaba el recuerdo de la
antigua vida del mar, una amalgama de colores y de perfiles que daba á las
casas el aspecto de buques en seco.
Ante algunas puertas y subiendo hasta la altura del
tejado, estaban plantados fuertes mástiles con garrucha, como signo de que allí
vivían los dueños de las parejas del bòu. En lo alto del mástil se
secaban los artefactos de pesca más delicados, ondeando con la majestad de un
pabellón consular. El Retor miraba estos palitroques con
cierta envidia. ¿Cuándo querría el Santo Cristo del Grao que él le pudiese
plantar á su Dolores un palo así frente á la puerta?
Pasaron la acequia del Gas, entrando en el Cabañal,
donde veranea la gente de Valencia. Las alquerías bajas, de panzudas rejas
verdes, estaban cerradas y silenciosas; las anchas aceras repercutían los pasos
con la sonoridad de una población abandonada; los
copudos plátanos languidecían en la soledad, como si echasen de menos las
alegres noches del estío con sus risas, sus correteos y su incesante sonar de
alegres pianos. Sólo se veía de vez en cuando algún vecino del pueblo, que con
la gorra puntiaguda, las manos en los bolsillos y la pipa en la boca, marchaba
perezosamente hacia los cafés, únicos lugares que conservaban animación y vida.
El de Carabina estaba lleno. Bajo
el toldo de la puerta veíase una aglomeración de chaquetas azules, rostros
bronceados y gorras de seda negra; chocaban con sordo tableteo las fichas del
dominó, y á pesar del aire libre, percibíase un fuerte olor de ginebra y tabaco
picante.
Bien conocía Tonet aquel sitio, donde había
triunfado como hombre generoso en la primera época de su matrimonio. Allí
estaba el tío Mariano solo en su mesa, aguardando, sin duda, la llegada del
alcalde y otros de su clase, mientras fumaba la enorme pipa, oyendo con
desdeñosa superioridad al tío Gòri, un viejo carpintero de ribera
que durante veinte años iba al café todas las tardes á deletrear el periódico
desde el título á la plana de anuncios ante unos cuantos pescadores que en los
días de holganza le oían hasta el anochecer.
—«Se abre... la sisión. El
siñor Segasta pide la palabra.»
Y se interrumpía para decir al que estaba más
cerca:
—¿Veus? ¡Este Segasta es un pillo!
Y sin más aclaraciones afirmábase las gafas y
volvía á deletrear por debajo del blanco y chamuscado bigote:
—«Siñores: contestando á lo que ayer dijo...»
Pero antes de llegar á quién era el que dijo,
dejaba el periódico para mirar con superioridad á su embobado auditorio,
afirmando con energía:
—¡Este es un embustero!
El Retor, que había pasado tardes enteras admirando la
sabiduría de aquel hombre, no se fijó en él, atento y sumiso para su tío, que
se dignó quitarse la pipa de los labios para saludarles con un ¡hola, chiquets! permitiéndoles
sentarse en las sillas que reservaba á sus ilustres amigos.
Tonet volvió la espalda para mirar á los jugadores
de la mesa inmediata, que manejaban con entusiasmo los pedazos de hueso con
puntos negros, y algunas veces sondeó con sus ojos el interior del café, lleno
de humo, buscando tras el mostrador, bajo los cromos marítimos, á la hija
de Carabina, aliciente principal del establecimiento.
El señor Mariano (a) el Callao (aunque
todos se guardaban de darle en su presencia tal apodo) estaba ya cerca de los
sesenta, á pesar de lo cual se mantenía fuerte y bien plantado, cobrizo, con
las córneas de color de tabaco, el mostacho gris erizado como el de un gato
cano y en toda su persona el aire de petulancia del necio que ha hecho cuatro
cuartos.
Llamábanle el Callao porque cada
día hablaba una docena de veces de aquella jornada gloriosa, á la que había
asistido de joven como marinero de primera á bordo de la Numancia.
Mentaba á cada paso á Méndez Núñez, á quien llamaba siempre don Casto, como si
hubiera sido gran amigote del héroe, y los oyentes se entusiasmaban cuando se
dignaba relatar lo ocurrido en el Pacífico, imitando el estrépito de las
andanadas del glorioso navío: ¡Bum! ¡brurrrum!
Fuera de esto, era un pájaro de cuenta. Había hecho
el contrabando en la feliz época en que todos eran ciegos, desde la comandancia
al último carabinero; todavía, si se presentaba ocasión, entraba á la parte en
algún alijo; su principal industria era hacer obras de caridad, prestando á los
pescadores y sus mujeres al cincuenta por ciento mensual, lo que le valía la
adhesión forzosa de un rebaño miserable que, después de despojado, hacía cuanto
él le mandaba en las luchas políticas del pueblo.
Sus sobrinos le veían con amiración tratarse de tú
por tú con todos los alcaldes, y hasta algunas veces, vestido con la mejor
ropa, ir á Valencia en comisión de prohombres para hablar con el gobernador.
Avaro y cruel, sabía dar á tiempo una peseta; se
familiarizaba con los pescadores, y sus sobrinos, que no le debían más que la
esperanza de heredar algo el día en que muriese, teníanle por el
hombre más respetable y bondadoso de toda la población, á pesar de que muy
contadas veces habían entrado en su hermosa casa de la calle de la Reina, donde
vivía sin otra sociedad que la de una criada madura, de buenas carnes, que le
tuteaba y se permitía, al decir de la gente, una intimidad tan peligrosa como
era saber dónde guardaba encerrado su gato el señor Mariano.
Oía éste á su sobrino con los ojos entornados y el
entrecejo unido, ¡Hombre... hombre! No era malo el propósito. Así le gustaba á
él la gente, trabajadora y atrevida.
Y aprovechando la ocasión para halagar su propia
vanidad de ignorante enriquecido, comenzó á hablar de su juventud, cuando
acababa de llegar del servicio del rey sin un cuarto, y para librarse de ser
pescador como sus abuelos, habíase lanzado camino de Gibraltar y de Argel para
favorecer al comercio y que las gentes no fumasen la porquería del estanco.
Gracias á sus agallas y á Dios,
que no le había abandonado, tenía con qué pasar bien la vejez. Pero aquellos
tiempos eran otros, la gente iba recta á su negocio; mientras que ahora los
guardacostas estaban mandados por oficialetes recién salidos de la escuadra de
instrucción, con muchos humos y un palmo de orejas para escuchar las delaciones
de los moscas, y no había quien parase la mano para recibir una
docena de onzas á cambio de ser ciego por una hora.
El mes pasado habían cogido cerca del cabo de
Oropesa tres barcas que venían de Marsella con cargamento de telas; había que
ir con cuidado; la gente estaba pervertida... abundaban los músicos de oreja...
¿Pero estaba él decidido? pues adelante; no sería su tío quien le quitase la
idea, tanto más cuanto que le gustaba ver que los de la familia se cansaban de
ser unos piojosos y deseaban hacer carrera. Mejor le hubiera ido á su padre, el
pobre Pascual, siguiendo en el negocio y no volviendo á pescar.
¿Qué necesitaba de él? Podía hablar sin cuidado.
Allí tenía un padre para ayudarle. Si fuese para la pesca ni un céntimo; le
repugnaba aquel excomulgado oficio, en el que los hombres se mataban para mal
comer; pero siendo para lo otro, todo lo que quisiera. No podía
remediarlo; le tiraba la afición al fardo prohibido.
Y como el Retor expusiera
tímidamente sus pretensiones, balbuceando, como si creyera pedir demasiado, el
tío le atajó con resolución.
Ya que tenía barca, lo demás corría de su cuenta.
Escribiría á sus amigos del entrepôt de Argel, le darían un
buen cargamento poniéndolo á su cuenta, y si era listo y llegaba á echarlo en
tierra, le ayudaría á venderlo.
—Grasies, tío—murmuraba el
Retor saltándosele las lágrimas—. ¡Qué bò es vosté!...
Bueno; menos palabras. Para eso estaba él en la
familia. Además, se acordaba mucho del pobre tío
Pascual. ¡Lástima de hombre! ¡Un marinero de tantas agallas!... ¡Ah! y á
propósito. De las ganancias del alijo le daría el treinta por ciento, y lo
demás para él. Porque ya era sabido. La familia era... la familia, y los
negocios... los negocios. Y el Retor, todavía conmovido, aprobaba
esta elocuencia convincente con sendas cabezadas.
Quedaron en silencio. Tonet seguía de espaldas
mirando á los jugadores, indiferente para aquella conversación que los dos
hombres sostenían con la vista fija y sin menear apenas los labios.
¿Y cuándo iba á ser el viaje? ¿En seguida? Lo
preguntaba para escribir á los del entrepôt.
Pero el Retor no podía salir hasta
el sábado de Gloria. Bien quería él que fuese antes, pero la obligación es lo
primero, y el viernes tenía que salir con su hermano en la procesión del
Entierro al frente de la côlla de los judíos. No así se
abandona un puesto que venía ocupando la familia hacía no sé cuántos años, con
gran envidia de muchas gentes. El traje de sayón era de su padre.
El tío Mariano, á quien se tenía en el pueblo por
incrédulo, porque jamás daba á ganar al cura una peseta, movía la cabeza con
grave expresión. Hacía bien su sobrino: para todo hay tiempo. El Retor y
su hermano pusiéronse en pie al ver que se aproximaban los amigos del tío.
Quedaban en que él ayudaría. Ya se avistaría de nuevo con su sobrino para
ultimar el asunto. ¿Querían tomar algo?... ¿No habían comido aún?
—Bueno; pues á dinar y hasta la vista, chiquets.
Los dos hermanos se alejaron con paso lento por la
desierta acera, volviendo al barrio de las Barracas.
—¿Qué t’ha dit el tío?—preguntó Tonet con
indiferencia.
Pero al ver que su hermano movía la cabeza
afirmativamente, se alegró. ¿De modo que el viaje era cosa hecha? Muy bien. Á
ver si su hermano se hacía rico y á él le alcanzaba algo para pasar bien el
verano.
El bondadoso Retor se conmovió
ante los buenos deseos de su hermano y alegre por la conferencia con el tío,
sentía deseos de abrazar á Tonet.
Aquel diablo de muchacho tenía buen corazón. Había
que reconocer que le quería mucho á él y también á su Dolores y á Pascualet.
Lástima que sus dos mujeres se llevasen tan mal y
hubiesen dado aquel escándalo en la Pescadería, del cual sólo vagas noticias
habían llegado hasta él.
V
Tronaba en las calles del Cabañal, á pesar de que
el día amaneció sereno.
La gente echábase de la cama aturdida por el ruido
sordo é incesante, igual al tableteo de lejanos truenos. Las buenas vecinas,
desgreñadas, con los ojos turbios y ligeras de ropas, salían á las puertas para
ver á la azulada luz del alba cómo pasaban los fieros judíos, autores de tanto
estrépito, golpeando los parches de sus destemplados y fúnebres atabales.
Los más grotescos figurones asomaban en las
esquinas, como si, barajándose el almanaque, Carnaval hubiese caído en Viernes
Santo.
La chavalería del pueblo echábase á la calle
disfrazada con los extraños trajes de una mascarada tradicional, que no otra
cosa resultaba la procesión del Encuentro.
Veíase á lo lejos, como pelotón de negras
cucarachas, los encapuchados, las vestas, con la aguda y enorme
caperuza de astrólogo ó juez inquisitorial, el antifaz de paño arrollado sobre
la frente, una larga varilla de ébano en la mano, y caída sobre el brazo la larga cola del fúnebre ropón. Algunos,
como suprema coquetería, llevaban enaguas de deslumbrante blancura, rizadas y
encañonadas, y asomando por bajo de ellas los recogidos pantalones y las botas
con elásticos, dentro de las cuales el enorme pie, acostumbrado á ensancharse
con libertad sobre la arena, sufría indecibles angustias.
Pasaban después los judíos, fieros mamarrachos que
parecían arrancados de un escenario humilde donde se representasen dramas de la
Edad Media con ropería pobre y convencional. Era su indumentaria la que el
vulgo conoce con el nombre vago y acomodaticio de traje de guerrero;
tonelete cuajado de lentejuelas, bordados y franjas, como la túnica de un apache;
casco rematado por un escandaloso penacho de rabo de gallo y los miembros
ceñidos por un tejido grueso de algodón que modestamente imitaba la malla de
acero. Y como colmo de la caricatura y el despropósito, con las fúnebres vestas y
los imponentes judíos, pasaban los granaderos de la Virgen, buenos
mozos, con enormes mitras semejantes á las gorras de los soldados del gran
Federico y un uniforme negro adornado con galones de plata que parecían
arrancados de algún ataúd.
Era caso de reir ante tan extrañas cataduras; pero
á ver quién era el guapo que se atrevía á ello ante el fervor profesional que
se notaba en todos los rostros atezados y graves. Además, no tan impunemente
puede uno reirse de los cuerpos armados; y judíos y
granaderos, para la custodia de Jesús crucificado ó de su madre, llevaban
desenvainadas todas las armas blancas conocidas de la edad primitiva al
presente; desde el enorme sable de caballería hasta el espadín de músico mayor.
Corrían tras ellos los muchachos, embobados por los
vistosos uniformes; madres, hermanas y amigas admirábanles desde las puertas,
lanzando un ¡Reina y siñora, qué guapos van! y la mascarada
piadosa servía para recordar á la humanidad olvidadiza y pecaminosa que antes
de una hora Jesús y su madre iban á encontrarse en mitad de la calle de San
Antonio, casi á la puerta de la taberna del tío Chulla.
Conforme avanzaba el día y la luz azulada del
amanecer tomaba los tintes rosados y calientes de la mañana, aumentaba en las
calles el ronquido estrepitoso de los tambores, el toque de cornetas y las
marciales marchas de las músicas, como si un ejército invadiese el Cabañal.
Las còllas se habían reunido, y en
filas de á cuatro marchaban tiesos, solemnes y admirados como vencedores. Iban
á la casa de sus capitanes para recoger las banderas que ondeaban en el tejado,
fúnebres estandartes de terciopelo negro que ostentaban bordados los
horripilantes atributos de la Pasión.
El Retor era por herencia capitán de los judíos, y
todavía de noche saltó de la cama para embutirse en el hermoso traje guardado
en el arcón durante el resto del año y considerado
por toda la familia como el tesoro de la casa.
¡Válgale Dios y qué angustias pasaba el pobre Retor,
cada año más rechoncho y fornido, para embutirse en la apretada malla de
algodón!
Su mujer, en ropas menores, al aire la exuberante
pechuga, zarandeábale tirando de un lado, apretando por otro, para ajustar
dentro del mallón las cortas piernas y el vientre de su Retor,
mientras que Pascualet, sentado en la cama, miraba con asombro á su padre, como
si no le reconociera con aquel casco de indio bravo erizado de plumajes y el
terrible sable de caballería que al menor movimiento chocaba contra los muebles
y rincones, produciendo un estrépito de mil diablos.
Por fin terminó el penoso tocado. Algo mal estaba,
pero ya era hora de acabar. Las ropas interiores, arrolladas por la opresión de
la malla, apelotonábanse, y las piernas del judío parecían plagadas de tumores;
apretábale el vientre el maldito calzón hasta hacerle palidecer; la celada, por
exceso de engrase, le caía sobre el rostro, lastimándole la nariz; pero ¡la
dignidad ante todo! y tirando del sablote é imitando con voz sonora el redoble
del tambor, púsose á dar majestuosas zancadas por la habitación, como si su
hijo fuese un príncipe á quien hacía guardia.
Dolores le miraba con sus ojos dorados y
misteriosos ir de un lado á otro como un oso enjaulado. Tentábanla á la risa
las piernas tortuosas; pero no; mejor estaba
vestido así que cuando volvía a casa por la noche con el traje alquitranado y
el aire de una bestia abrumada por el cansancio.
Ya llegaban; oíase la música de los judíos que
venían por su bandera. Dolores se vistió apresuradamente, mientras el capitán
salía á la frontera de sus dominios a recibir el ejército.
Sonaban acompasados los tambores, y el vistoso
escuadrón agitaba los pies, el cuerpo y la cabeza con rítmico contoneo, sin
moverse del sitio, mientras Tonet y dos más, con gravedad imperturbable, subían
al balcón por el estandarte.
Dolores vió á su cuñado en la escalera, y fué en
ella instantáneo, fulminante el instinto de comparación. Parecía todo un
militar, un general... algo que se separaba de la rudeza grotesca de los otros.
No; Tonet no tenía las piernas tortuosas y tumefactas, sino esbeltas,
ajustadas, elegantes, como aquellos señores tan simpáticos llamados don Juan
Tenorio, el rey don Pedro ó Enrique Lagardere, que tanto la habían conmovido
recitando quintillas ó dando estocadas en la escena del teatro de la Marina.
Ya iban todas las còllas camino de
la iglesia, con la música al frente, ondeante la negra bandera y ofreciendo
desde lejos el aspecto de un tropel de brillantes insectos arrastrándose con
incesante contoneo.
Comenzaba la ceremonia del encuentro. Marchaban por
distintas calles dos procesiones; en la una la
Virgen, dolorosa y afligida, escoltada por su guardia de sepulcrales
granaderos, y en la otra Jesús, desmelenado y sudoroso, con la túnica morada
hueca y cargada de oro, abrumado bajo el peso de la cruz, caído sobre los
peñascos de corcho pintado que cubrían la peana, sudando sangre por todos los
poros; y en torno de él, para que no se escapara, los inhumanos judíos que,
para mayor carácter, ponían un gesto feroz de pocos amigos, y
las vestas, con el capuchón calado y la cola arrastrando sobre los
charcos, tan tétricas, tan sombrías, que los chicuelos rompían a llorar,
refugiándose en los zagalejos de la madre.
Y los sordos parches siempre tronando, las
trompetas lanzando sonidos desgarradores, lamentos prolongados de ternerillo en
el matadero; y en medio de la chusma armada y feroz, niñas talluditas con los
carrillos cargados de colorete, vestidas de odaliscas de ópera cómica, con un
cantarillo al brazo para demostrar que eran la bíblica Samaritana,
en las orejas y el pecho el brillante aderezo tomado a préstamo por sus madres
y al aire las robustas pantorrillas con polonesas y medias rayadas.
Pero estos pequeños detalles no abrían paso a la
impiedad.
—¡Siñor!... ¡Ay Siñor, Deu meu!—murmuraban
con acento angustiado las viejas pescaderas, contemplando al ensangrentado
Jesús en poder de la pillería excolmugada.
Entre los espectadores veíanse caras pálidas y ojerosas, bocas sonrientes, gente alegre que, después
de una noche tormentosa, había venido de Valencia para reír un poco; y cuando
se burlaban demasiado fuerte de los grotescos figurones, no faltaba algún
soldado de Pilatos que agitaba el espadón amenazante, rugiendo con santa
indignación:
—¡Morrals!... ¡Morrals! ¿Veniu á
burlarse?
¡Á burlarse de una fiesta tan antigua como el mismo
Cabañal!... ¡Señor! de Valencia habían de ser para atreverse a tanto.
La gente se agolpaba en el lugar del encuentro: una
encrucijada de la calle de San Antonio, frente á los azulejos que marcaban con
extrañas figuras las estaciones del Calvario. Allí se aglomeraban, empujándose
por colocarse en primera fila, las inquietas pescaderas, rudas, agresivas,
envueltas en sus mantones de cuadros y con el pañuelo sobre los ojos.
Rosario estaba en un grupo de viejas, haciendo
esfuerzos con codos y rodillas por mantenerse en primera fila sobre la acera,
para ver en lugar preferente la procesión.
La pobre mujer hablaba de su Tonet con entusiasmo.
¿Le habían visto?... Judío tan bien portado no se encontraba en toda la
procesión. Y á la infeliz, hablando con tanto entusiasmo de su marido, todavía
le escocían las bofetadas con que el brutal Tonet había acompañado al amanecer
la empresa de su acicalamiento.
Sintió sobre su pecho el rudo encontrón de un cuerpo macizo y poderoso que se colocaba ante ella,
empujándola por conquistar su puesto. Miró y ¡habría mayor atrevimiento! era
Dolores, su cuñada, con Pascualet de la mano, que se ahogaba en aquella
aglomeración. La buena moza tenía el aire de soberana de siempre y avanzaba el
desdeñoso labio inferior al mirar á la gente. ¡Ah, la arrastrada!...
¡Y cómo la respetaban y mimaban todos á pesar de su orgullo!
Las dos cuñadas, con gran desesperación de la tía
Picores, seguían mirándose hostilmente. Su reconciliación en la horchatería
del Mercado había sido una tregua, y únicamente, como memoria de tantas
promesas de amistad, saludábanse fríamente, pero con una expresión en los ojos
que hacía presentir nuevas explosiones.
Rosario, aturdida por el ímpetu del cuerpo robusto
que la empujaba, se limitó á contestar á la mirada de Dolores con un gesto de
desprecio. ¡La muy desvergonzada! ¡Venir con tanto aire á tirar á las gentes
del sitio en que estaban! ¡Qué humos!... ¡Dejad paso á la reina! Bien se sabía
quién era cada una. Las personas sin educación se dan á conocer al momento.
Y la mujercilla débil y pálida iba coloreándose
como si la embriagaran sus propias palabras. Reían sus amigas guiñando los ojos
para animarla y comenzaba á girar sobre su canoso cuello la soberbia cabeza de
Dolores con la expresión de una leona que oye zumbar un moscardón á sus
espaldas, cuando la procesión desembocó en la calle
por una travesía inmediata, y una ondulación de curiosidad agitó á la
muchedumbre.
Avanzaban en opuesta dirección las dos procesiones,
moderando su paso, deteniéndose, calculando la distancia para llegar á la vez
al lugar del encuentro.
La morada túnica de Jesús centelleaba con los
primeros rayos de sol por encima del bosque de plumajes, cascos y espadones en
alto, que la luz erizaba de deslumbrantes reflejos, y por el otro lado avanzaba
la Virgen, contoneándose al compás del paso de sus portadores, vestida de negro
terciopelo y cubierta con una gasa fúnebre, al través de la cual brillaban
sobre el rostro de cera las lágrimas, para las cuales llevaba sin duda en las
inmóviles manos un pañuelo rizado y encañonado.
Ella era la que atraía la atención de las mujeres.
Muchas lloraban. ¡Ay, reina y soberana! Aquel encuentro partía
el alma. ¡Ver una madre á su hijo en tal estado! Era lo mismo (aunque la
comparación fuese mala) que si ellas encontraran á sus chicos, tan buenos y
honradotes, camino del presidio.
Y las pescaderas seguían gimoteando ante la madre
dolorosa, lo que no les impedía fijarse en si llevaba algún adorno más que el
año anterior.
Llegó el instante del encuentro. Cesaron los
tambores en sus destemplados redobles; apagaron las trompetas sus lamentables
alaridos; callaron las fúnebres músicas; quedáronse las dos imágenes inmóviles frente á frente y sonó una vocecita
quejumbrosa cantando con monótono ritmo unas cancioncillas, en las que se
describía lo conmovedor del encuentro.
La gente oía embobada al tío Grancha,
un viejo velluter que todos los años venía de Valencia á
cantar por entusiasmo piadoso en aquella fiesta. ¡Qué voz! Sus quejidos partían
el corazón, y por esto, cuando los bebedores de la inmediata taberna de Chulla reían
demasiado fuerte, estallaba una protesta general en la silenciosa muchedumbre,
y los devotos clamaban indignados:
—¡Calleu... recordons!
Subieron y bajaron las imágenes, lo que equivalía
para la gente á dolorosos y desesperados saludos que se dirigían la madre y el
hijo; y mientras se verificaban estas ceremonias y cantaba sus coplas el tío
Grancha, Dolores no quitaba los ojos del judío esbelto y arrogante que
contrastaba con su capitán patizambo.
Podía estar de espaldas á Rosario, pero ésta la
veía, ó más bien adivinaba dónde iban sus ojos. ¿Pero han visto ustedes? Ni que
se lo quisiera comer. ¡Qué desvergüenza! Y eso en presencia de su marido; ¡qué
sería cuando Tonet iba á su casa con excusa de jugar con el sobrino y la
encontraba sola!
Y mientras las dos procesiones se unían volviendo
juntas á la iglesia, la celosa é inquieta mujercilla seguía rugiendo á media
voz amenazas é insultos sobre aquellas espaldas
anchas y rollizas, soberbio pedestal de la hermosa nuca erizada de rizados
pelos.
Dolores se volvió, dando una soberbia rabotada.
¿Pero era á ella á quien decía tantas cosas? ¿Cuándo iba a dejarla en paz? ¿No
podría mirar donde le diese la gana?
Y los puntitos de oro, con su brillo infernal,
destacábanse sobre la pupila de hermoso verde mar.
Sí; para ella iban todas sus palabras; para ella,
perra rabiosa, que se comía los hombres con los ojos.
Dolores reía con desprecio. ¡Gracias! Que se guarde
el suyo. Vaya una prenda. Ella tenía su hombre y no podía acabárselo. Eso otras
que estaban medio locas. Piensa el ladrón que todos, etc.... Ella
únicamente se dedicaba á romperles los morros á las insultadoras.
—¡Mare!, ¡mare!—gritaba
Pascualet lloriqueando, agarrándose á las faldas de la soberbia moza que,
palideciendo bajo su piel morena, se arqueaba ya para acometer, mientras que
las amigas de Rosario agarraban á ésta por los flacos y nerviosos brazos.
—¿Qué es asò? ¿Sempre lo mateix?—bramó
un vozarrón cascado.
Y la enorme mole de la tía Picores se
interpuso entre las combatientes.
Ella lo arreglaría todo. Sabía cómo se manejaba á aquellas locas. Tú Dolores... á
casa. Y tú, mala llengua, que no t’oixca.
Y á fuerza de empujones y amenazas las hizo
obedecer.
¡Señor, qué gente! Hasta en un día santo, en
viernes, y durante la procesión del Encuentro, armaban escándalo las
condenadas. ¡Señor mil veces! ¡Qué chicas las de ahora!
Y viendo la fiera vieja que todavía se insultaban
de lejos, las amenazó con sus manos de bruja hinchada, logrando al fin que se
dejasen llevar por las amigas.
El escándalo trascendió al poco rato por todo el
Cabañal.
En la barraca de Tonet hubo gran alboroto. Éste,
antes de despojarse del traje de judío, dió una paliza á su mujer para que se
curara de celos.
El Retor habló de ello mientras Dolores le sacaba del
tormento de la malla á fuerza de tirones y sus carnes martirizadas recobraban
la saludable expansión.
Su cuñada estaba loca: lo declaraba con la mayor
lástima. Y aunque su hermano era un calavera y le dominaba el maldito
aguardiente, no podía menos de compadecerlo al verle unido á una mujer
intratable como un puerco espín.
Pero la familia era la familia. Porque Rosario
fuese como era, no iba él á cerrarle las puertas á su hermano Tonet, y menos
ahora, que si le ayudaba la suerte, tendría ocasión de hacerlo todo un hombre. Dolores, pálida aún por la reciente emoción,
aprobaba todas sus palabras con movimientos de cabeza.
En fin, que con tratarse poco ó nada con aquella
loca, todo quedaba arreglado.
Y ahora al negocio.
Al día siguiente, cuando las campanas comenzaban á
voltear el toque de gloria, cuando se disparaban tiros en las calles y los
muchachos aporreaban las puertas con garrotes, la Garbosa, aquella
ruina del mar, aparejada como una barca pescadora, extendía su gran vela
latina, blanca, fuerte y nueva, y se alejaba de la playa del Cabañal;
contoneábase pesadamente sobre las olas como una belleza arruinada que oculta
su vetustez, marchando en busca de la última conquista.
VI
Muy entrada la noche navegaba la Garbosa en
aguas del cabo de San Antonio.
Coloreaban en torno de la barca como peces de fuego
los encendidos reflejos del faro, rotos y arrollados por la incesante movilidad
de las aguas.
Destacábase el cabo con su gigantesca cortadura,
recta, trabajada y bruñida por las tempestades, y detrás, tierra adentro,
erguíase con ascensión interminable el sombrío Mongó como un borrón sobre la
inmensidad azul.
El faro brillaba sobre la obscura masa como el
inflamado ojo de un cíclope acechando á los navegantes.
Era flojo el viento de la costa, y la Garbosa había
pasado todo el día en atravesar el golfo. Ahora tenía ante su proa el mar
libre: estaban en la entrada del verdadero camino de Argel.
El Retor, sentado en la popa, junto á la caña del timón,
miraba la obscura masa del cabo como orientándose, y al mismo tiempo examinaba
un viejo compás de su tío, sobre cuyo empañado vidrio proyectábase la luz del
farolillo que iluminaba el barco.
Tonet, sentado junto á él, ayudábale con su
experiencia. De todos los de á bordo, él era el único que había estado en
Argel.
El camino era fácil; recto como una carretera. Al
llegar al cabo, ¡caña al Sudeste! y no había más que dejar á la Garbosa que
siguiese su camino si el viento era bueno.
El Retor se agarró con ambas manos á la caña del
timón; viró la barca, exhalando quejidos como un enfermo que muda de postura;
el manso oleaje que la mecía de lado comenzó á acometerla por la proa,
obligándola á dar lentos cabeceos, en los que hervía la espuma, brillando en la
obscuridad, y el faro vióse por la popa, confundiéndose su inquieta faja rojiza
con el rebullir de la estela.
Ahora á dormir.
Tonet se tendió al pie del mástil con un rollo de
cuerdas por almohada y cubierto con un pedazo de lona. Su hermano estaría en el
timón hasta media noche, y después le relevaría él hasta la madrugada.
El Retor era el único que velaba á bordo de la Garbosa.
Á pesar del rumor del oleaje, oía los ronquidos de la tripulación, dormida casi
á sus pies.
Él, que en el mar vivía siempre libre de cuidados y
arrojaba las redes hasta en mal tiempo, no podía dominar cierta inquietud al
hallarse solo. Los temores de la propiedad comenzaban á dominarle. El negocio
por cuenta propia hacíale miedoso. ¿Cómo saldría de aquella aventura?
¿Resistiría la Garbosa si se les
echaba encima el mal tiempo? ¿Le pillarían cuando volviese cargado hacia
España?
Y con una atención de padre que cuenta las toses y
pulsaciones del hijo enfermo, atendía á los crujidos dolorosos de la
vieja Garbosa como si los quejidos se los arrancase á él el
dolor, y miraba á lo alto, á la punta de la vela, gigantesca sábana cóncava
que, vista desde abajo, parecía rasgar con su punta el cielo, aquella bóveda de
raso apolillado, por cuyos innumerables agujeros escapábase con vivo parpadeo
el resplandor de lo infinito.
Pasó la noche con tranquilidad, y el día amaneció
entre nubecillas rojas, con el mismo calor que si hubiera llegado el verano.
Palpitaba la vela con aleteo de ave, hinchada
apenas por las tibias ráfagas que cosquilleaban la superficie del mar, bruñida,
inmóvil y azulada como espejo veneciano.
La tierra habíase perdido de vista. Á babor,
disfuminadas en el horizonte como vapores del amanecer, marcábanse vagamente
dos manchas de color de rosa, Tonet las señalaba á sus compañeros. Aquéllo era
Ibiza.
La Garbosa avanzaba lentamente por
la inmensidad circular, vasto anfiteatro de tranquilas aguas, en cuyos límites,
como puntos indecisos, marcábanse las nubecillas de humo de las embarcaciones
de vapor.
Tan lenta era la marcha de la barca, que apenas si
su proa agitaba las aguas: la vela pendía muchas veces inmóvil del mástil,
barriendo la cubierta con su orla.
Desde la cubierta de la Garbosa alcanzaba
la vista las hondas profundidades del agua tranquila. Las nubes y la misma
barca reflejábanse en el fondo azulado con misterioso espejismo. Coleaban con
nerviosa rapidez las bandas de pescado brillantes como pedazos de estaño;
jugueteaban como chicuelos traviesos los enormes delfines, sacando á flor de
agua su grotesca jeta y el negro lomo matizado de polvo brillante; aleteaban
los peces voladores, mariposas del mar, que se hundían en el misterio de las
aguas después de algunos instantes de vida atmosférica; y todos los seres
extraños, de figuras fantásticas, de colores indefinibles, pintarrajeados unos
como tigres, negros y fúnebres otros, gigantescos y fornidos, diminutos y
nerviosos, de enormes bocas y cuerpo reducido ó de pequeña cabeza é hinchado
vientre, bullían y se agitaban en torno de la vieja barca, como si fuese uno de
aquellos esquifes mitológicos á los que daban escolta las divinidades del mar.
Tonet y los dos marineros aprovechaban la calma
para echar sedales. El gato de la barca vigilaba el fogón de
proa, donde burbujeaba la olla del mediodía, y el Retor, paseando
por la estrecha popa y mirando al horizonte, se daba á todos los demonios ante
la calma. La Garbosa, aunque no estaba inmóvil,
parecía enclavada siempre en el mismo sitio.
Á lo lejos veíase un pailebot con las velas caídas,
apresado por la calma, con la proa al Este, tal vez en busca de Malta ó de
Suez. Pasaban por la línea del horizonte con marcha veloz grandes vapores de
ancha chimenea, hundidos por excesiva carga hasta la línea de flotación; trigueros que
venían del Mar Negro é iban hacia el Estrecho, llevando en sus entrañas la
inmensa cosecha de la Rusia del Sur.
El sol llegaba á su mayor altura. Brillaban las
aguas como inflamadas, burbujeando bajo un resplandor de incendio; caldeábase
la atmósfera como si hubiese llegado ya el verano, y en la cubierta de la Garbosa ardían
las viejas tablas crepitando con ruido de leña vieja.
La comida estaba á punto, y patrón y marineros
sentáronse al pie del mástil á la sombra de la vela, hundiendo todos su cuchara
en el mismo plato.
Todos estaban despechugados, sudorosos, anonadados
por la calma bochornosa; rodaba sin cesar el porrón de mano en mano para
refrescar las secas fauces, y algunas veces miraban con envidia las aves de mar
que revoloteaban á ras del agua como si temiesen cruzar la atmósfera
caliginosa.
Al terminar la comida, los marineros entornaban los
ojos y se movían perezosamente, como si estuvieran borrachos más de sol que de
vino.
Iban á dormir en la zorra de aquel
carro viejo, y uno tras otro deslizáronse en la
cala de la barca, tumbándose sobre las maderas que rezumaban, quejándose al
menor vaivén.
Pasó la tarde y la noche sin ningún incidente. Al
amanecer refrescó el viento, y la Garbosa, como un caballo viejo de
buena casta que siente la espuela, comenzó á encabritarse, cabeceando sobre las
rizada olas.
Al mediodía marcáronse en el límite del mar algunas
manchas de humo, y poco después todos los tripulantes de la Garbosa vieron
salir pausadamente tras la verde faja del horizonte mástiles como campanarios,
con plataformas enormes; torres de fortaleza; castillos flotantes pintados de
blanco: toda una ciudad cargada de miles de hombres que avanzaba envuelta en
humo, trazando caprichosas evoluciones, formando una sola pieza ó disgregándose
hasta ocupar todo el horizonte; rebaño de leviatanes que conmovían las aguas
agitándolas con sus ocultas aletas.
Era la escuadra francesa del Mediterráneo que
marchaba haciendo evoluciones. Ya se aproximaban á Argel. Todos la contemplaban
con asombro y temor. ¡Recristo y qué cosas tan grandes hacen los hombres! El
más pequeño de tales barcos, el cañonero blanco que empavesado de banderas y
bolas negras iba por entre los grandes navíos haciendo señales como un cabo que
vigila la formación, no necesitaba más que rozar la barca para convertirla en
sémola. Y no se diga nada de las vigas negras y
redondas que asomaban por las aberturas de las torres. ¿Adónde irían á parar
ellos si á los tales animalotes se les ocurría estornudar?...
Y los contrabandistas contemplaban la escuadra con
la inquietud y el respeto del raterillo que viese desfilar un batallón de
guardia civil.
Se alejaron los acorazados, borrándose al poco rato
en el horizonte, sin dejar más rastro que algunas nubecillas flotantes,
absorbidas por el inmenso azul.
Á media tarde comenzó á marcarse vagamente una
sombra que parecía el arqueado lomo de un cetáceo. Ya tenían la tierra á la
vista. Tonet recordaba aquello; era el centinela avanzado de la costa, el cabo
de la Mala Dòna. A babor estaba Argel.
La brisa refrescaba cada vez más; la vela,
hinchada, describía una atrevida curva sobre el inclinado mástil; la proa
hundíase y se levantaba saludando gentilmente el hervor del agua cortada que la
cubría de espumarajos, y toda la Garbosa, crujiente y conmovida,
avanzaba veloz, como esas bestias débiles que se esfuerzan al percibir la
cuadra y el descanso.
Caía la tarde, y en los flancos de la Mala
Dòna, esfumados por la distancia, íbanse marcando nuevas tierras, montañas
bajas con manchas blancas de caseríos. La barca navegaba cada vez más veloz,
como si la atrajera la tierra, y ésta se alejaba como esos países de los
cuentos de hadas que huyen conforme el viandante acelera su marcha.
La Garbosa inclinábase al Sudeste,
y al cerrar la noche dejaba á estribor el cabo y seguía de cerca la costa,
saltando por encima del pequeño oleaje, que la hacía danzar alegremente.
Sobre el cielo de un hermoso azul turquí
destacábase la dentellada crestería de la costa; venía de tierra un aliento
cálido, como de misteriosa habitación cargada de extraño perfume, y surgía de
la tierra la luna al principio de su creciente; una verdadera luna oriental y
delgada, de cuernos encorvados, como la que figura en el estandarte del Profeta
y corona la cúpula de los minaretes. Aquello era estar en África.
Percibíase desde la Garbosa el
choque del oleaje sobre los acantilados, las lucecillas de los pueblos
ribereños, los gritos de los moros del campo; y á lo lejos, al término de la
montañosa línea, donde el mar parecía precipitarse tierra adentro, en
caprichosa revuelta, brillaban algunos puntos rojos de vivo fulgor.
Allí estaba Argel. Tardaron unas tres horas en
llegar. Las luces se multiplicaban, como si por todas partes brotasen del suelo
rosarios de luciérnagas; clasificábanse en diverso brillo é intensidad; las
había á centenares, en línea serpenteando, como si bordeasen un camino de la
costa; al fin, tras una orzada para doblar un pequeño promontorio, apareció la
ciudad con todo su resplandor de puerto levantino.
Á excepción de Tonet, todos en la barca se quedaron embobados contemplando el espectáculo.
¡Recristo! ¡Debía hacerse el viaje sólo por ver aquello! Podían ir al infierno
el Grao y su puerto.
Estaban en una gran bahía de aguas sombrías é
inmóviles, en cuyo fondo abríase el puerto con faroles verdes y rojos en la
embocadura. Detrás, la ciudad, escalonándose colina arriba, blanca hasta en las
sombras de la noche, moteada por millares de luces, como si se celebrase alguna
fiesta con espléndida iluminación. ¡Vaya un derroche de gas! En las aguas del
puerto culebreaban las líneas rojas, como si en el fondo se divirtieran los
peces disparando cohetes voladores; brillaban las linternas rojas en el bosque
de mástiles, unos escuetos con la sobriedad de la marina mercante, otros con
cofas y ametralladoras; y arriba, sobre los baluartes, en la ciudad baja
puramente europea, destacábanse con resplandor de incendio las fachadas de los
cafés cantantes, las grandes tiendas y los bulevares atravesados por negro
hormigueo y veloces carruajillos con toldos de lienzo blanco.
Llegaban hasta la barca plegados, confundidos y
revueltos por la brisa de la noche, las musiquillas de los cafés, el toque de
retreta de los cuarteles, el rumor del gentío en las calles, los gritos de los
boteros árabes que atravesaban el puerto: toda la agitada respiración de una
ciudad comercial y exótica, que, después de cometer durante el día las mayores
felonías por conquistar el franco, se entrega al
placer al llegar la noche con el apetito excitado.
El Retor, repuesto de su sorpresa, pensaba en el negocio.
Recordaba las instrucciones de su tío, y mientras la tripulación recogía la
vela para que darse al pairo, él prendía fuego á un calabrote embreado y
agitaba la rojiza antorcha sobre su cabeza, ocultándola por tres veces tras una
lona que sostenía el gato de la barca.
Esto lo repitió un sinnúmero de veces, mirando
fijamente la parte más obscura de la costa. Tonet y los otros tripulantes
seguían con curiosidad tales señales. Por fin vióse brillar en tierra una luz
roja. Los del entrepôt contestaban: no tardaría á llegar el
cargamento.
El Retor explicaba á los suyos las ventajas de este
sistema. No convenía cargar dentro del puerto. El tío Mariano sabía por
experiencia que allí habían muchos moscas prontos á
telegrafiar á España el nombre y la matrícula de la barca para ganarse una
parte de la presa. Lo mejor era recibir la carga fuera, en la sombra de la
noche; al amanecer hacerse á la vela antes de que nadie se enterara, llegar á
la costa de Valencia sin avisos de ninguna clase, y ¡adivina quién te dió!
Y el bondadoso pescador se reía de su propia
malicia, aunque mirando interiormente á su experto tío, que le había dado tan
buenos consejos.
Mientras el patrón esperaba la llegada de la carga
mirando el punto de la sombría costa donde había
brillado la luz, Tonet y los marineros, sentados en la proa con las piernas
colgando sobre el mar, contemplaban codiciosos la iluminada ciudad.
Bien se acordaba el marido de Rosario de su
estancia allí, y relataba á sus embobados compañeros las alegres correrías por
Argel. Les designaba las fachadas con grandes rótulos de gas, por cuyas
ardientes ventanas escapábase una música chillona y confuso rumor de avispero.
Eran los cafés cantantes. ¡Caballeros, cuánto se había divertido allí! Y
el gato de la barca, estirando su desgarrada boca de oreja á
oreja, brillándole los ojuelos de muchacho vicioso, creía ver las cantatrices
casi desnudas, con enorme sombrero de gasa, que graznaban sobre el tablado
moviendo á compás las caderas y el vientre.
Aquella calle recta, tendida sobre el muelle, toda
de arcos y en cada hueco una luz como la interminable nave de una iglesia, era
el Boulevard de la República, con sus grandes cafés, donde iban los
señores oficiales á tomar la absenta, teniendo por vecinos de mesa los morotes
ricos de enorme turbante y los negociantes judíos de túnica de seda sucia y
vistosa. Detrás estaban otras calles, también con arcos y hermosas tiendas;
la plaza del Caballo con la mezquita principal, un gran
caserón blanco, donde entraban los bobos descalzos y recién lavados á hacerle
cortesías al zancarrón de Mahoma, mientras que arriba, en lo último de la torrecilla que se veía desde la barca, un tío con
turbante pateaba y gritaba á ciertas horas como si estuviera loco. Por todas
las calles madamas muy bien vestidas que olían á gloria, andando como patitos y
diciendo mersi á cada chicoleo; soldados con gorro de datilero
y unos pantalonazos dentro de los cuales cabía la familia; gente de todos los
países, lo mejorcito de cada casa, que había ido allí huyendo del rey, y cada
dos puertas una cantina con sus mesas en la acera, donde se servía la absenta á
vasos.
Tonet lo había visto todo y lo describía á los
suyos con manoteos y guiños, subrayando muchas veces la palabra con acciones
que hacían prorrumpir al grumete en escandalosas carcajadas.
¿Y la ciudad alta donde vivían los moros? ¡Redeu! Aquello
sí que era notable. ¿Se acordaban del callejón junto al mercado del Grao?
¡Aquel en que se tocan con los codos las paredes!... Pues era una carretera,
comparado con las gargantas de lobo que cruzan la parte alta, siempre cuesta
arriba, casi cubiertas por los aleros y con un arroyo de inmundicia bajando por
los escalones del empedrado.
Había que tomar fuerza en todos los cafetines del
tránsito para subir tales calles y taparse las narices ante las tiendas,
miserables tabucos en cuyo umbral fuman en cuclillas los morazos diciéndose
Dios sabe qué cosas en su jerga de perros.
Allí se vivía como un hombre, y con poco se sacaba la panza de mal año. El que tuviera buen
estómago y no le importara ver comer el alcuzcuz á puñados con las manos
después de acariciarse los pies, por un real se zampaba un plato bien colmado,
un par de huevos pintados de rojo como los de Pascua, y aun podía tomar café en
una tacita como un cascarón, tendido sobre la tarima de cualquier cafetín
moruno, y hasta dormirse al son de una flauta y dos panderos.
Había también sus cosas buenas. Moritas caritativas
del dominio común, que llamaban desde sus puertas con la cara pintarrajeada,
las uñas teñidas de azul y el pecho moteado por extravagantes dibujos; negrotas
de los establecimientos de baños que sonreían como perros ofreciendo frotaros
con sus manazas, y otras ¡rediel!... otras que eran las señoras,
con la cara tapada de tal modo, que sólo se veía la nariz y un ojo, con sus
anchos calzones bamboleándose al andar y enseñando por bajo del manto la
chaquetilla de oro, los brazos como un mostrador de platería, y sobre el
abultado pecho infinitos rosarios de moneditas y medias lunas.
¡Y qué ojos, chiquillos! ¡Qué curvas! Aun se
acordaba él de una negrota rica, con la que tropezó en un callejón de allí
arriba. Como él era así... no pudo remediarlo; la pellizcó por la espalda en
los zaragüelles, que parecían hinchados y estaban duros como la piedra; la
negra chilló como una rata, cayeron sobre él tíos y más tíos, todos feos y con
enormes trancas; él y sus dos amigotes tiraron de
la faca marinera, y aquello se acabó cuando subieron los zuavos y se los
llevaron al violón, de donde los sacó el cónsul después de dos días
de encierro.
Los marineros le oían ansiosos, admirando su
superioridad, y mientras reían comentando el lance de la negra, Tonet murmuraba
mirándose los pies con expresión de hombre cansado:
—¡Ay!... Entonses tenía yo més humor.
El patrón dió un grito desde la popa. Alguien se
acercaba de tierra. Una luz roja agrandábase por momentos y oíase un sordo
chapoteo, como si nadase un perrazo con dirección á la barca.
Era el vaporcito del entrepôt. Saltó á
la cubierta de la Garbosa un buen mozo con bigote rubio y
gorra azul, y en ese idioma híbrido de los puertos africanos, mezcla de
italiano, francés, griego y catalán, dió cuenta al Retor de su
comisión.
Habían recibido á tiempo el aviso de mosiú Mariano,
de Valencia; les esperaban desde la noche anterior; habían visto la señal y
allí estaba el cargamento para transbordarlo cuanto antes, pues aunque las
autoridades francesas hacían la vista gorda, convenía en tales negocios
despachar pronto.
—¡A la faena!—gritó el Retor á su
gente—. Cárrega á bordo.
Y desde el vaporcito, cuya chimenea apenas si
asomaba un palmo sobre el montón de la carga, comenzaron á pasar á la barca los
gruesos fardos envueltos en lona embreada,
impregnados de picante olor.
Las dos embarcaciones estaban amarradas una á otra,
y el transbordo de la carga se hacía con facilidad. La abierta escotilla
engullíase los fardos, y la Garbosa, conforme avanzaba la
operación, iba hundiéndose, lanzando un sordo quejido, como una bestia paciente
que se lamenta de la excesiva carga.
El mocetón rubio del vapor examinaba con creciente
asombro la barca. ¿Pero era posible que aquel ataúd resistiera tanto? Y el
Retor contestaba golpeándose el pecho como para darse una convicción
que comenzaba á faltarle. Toda; ni un fardo menos. Y su cuenta, si le ayudaba
Dios y el Santo Cristo del Grao, era tirar aquellos bultos de allí á dos noches
en la playa del Cabañal.
La cala estaba atestada y los fardos se apilaron
sobre la vieja cubierta, colocándose en la borda palitroques y cuerdas para
contenerlos y que no cayesen al mar.
—Buona sorte, patrón—chapurreó el rubio
quitándose su gorrilla y estrechando con fuerza la mano del Retor.
Se alejó el vaporcillo; la Garbosa extendió
su vela, y comenzó á correrse hacia la izquierda la ciudad, con su iluminación
cada vez menos brillante.
Al Retor se le encogía el corazón
viendo marchar su barca. ¡Ay! ¡Que Dios no se olvidase de ellos
y no les enviara un poco de mal tiempo! Aun con buena mar, la barca navegaba
milagrosamente, hundida casi hasta la borda, cabeceando torpemente y elevándose
con tal lentitud sobre las olas, que éstas, á pesar de ser flojas, le entraban
por la proa como si estuviera corriendo un temporal.
Tonet, ajeno á los cuidados que inspiraba la
propiedad, se reía de la barca, que, según él, parecía un torpedero navegando
con la cubierta á flor de agua.
Cuando amaneció, el cabo de la Mala Dòna veíase
por la popa como una vaga silueta, y al poco rato la barca estaba en alta mar.
La carga, hecha con tanta rapidez frente á Argel y
en la sombra de la noche, la recordaba el Retor como si fuese
un sueño, ahora que se veía de nuevo en medio del Mediterráneo, sin tierras á
la vista. Pero para no dudar, allí estaban los fardos, durmiendo sobre ellos la
tripulación fatigada por la faena de carga, y como testimonio decisivo, la pobre Garbosa,
que navegaba torpemente como una tortuga.
Lo único que tranquilizaba al Retor era
el tiempo. Buen viento y mar bella; aun así, á la barca le vendría justo el
llegar á Valencia. Ahora comprendía el patrón su temeridad al acometer el
negocio con tal zapato. Y á pesar de que no conocía el verdadero miedo, pensó
algunas veces en su padre, aquel valiente que se burlaba del mar como de un
amigo manso, lo que no impidió que lo recogiesen en
la playa deshecho y corrompido como un salivazo de las olas.
La barca navegó sin novedad hasta el amanecer del
día siguiente. El cielo estaba encapotado. Un largo estremecimiento agitaba la
superficie del agua, y el cabo de San Antonio se mostraba envuelto en brumas,
así como el Mongó, cuya cumbre aparecía suspendida en el espacio con la base
cortada por dos fajas de nubes.
La Garbosa, inclinada sobre babor de un
modo alarmante y con la ventruda vela rozando casi las aguas, avanzaba
rápidamente.
El cariz alarmante del tiempo inquietaba al patrón,
que debía aguantar hasta la noche para hacer el alijo.
De pronto púsose en pie de un salto y abandonó la
caña del timón. Fijábase en una vela que se destacaba sobre el fondo gris del
cabo... ¡Futro! No se equivocaba; bien conocía aquella
embarcación. Era una escampavía de Valencia que parecía al acecho costeando
frente al cabo. Algún mosca había hecho de las suyas en el
Cabañal, diciendo que la Garbosa había salido á algo más que á
pescar.
Tonet también adivinaba la clase de la embarcación,
y miraba á su hermano con inquietud.
Aun era tiempo; á tomar mar. Y la Garbosa,
inclinando un poco su proa, se alejó del cabo, huyendo hacia el Nordeste. El
viento la favorecía en esta maniobra, y la Garbosa navegaba
con gran rapidez hundiendo muchas veces bajo las
olas su abrumado casco.
La escampavía al poco rato imitaba la maniobra,
dándola caza. Aquella barca era mejor y más ligera, pero la distancia entre las
dos resultaba considerable, y el Retor pensaba huir, huir
siempre, aunque fuese á dar en el mismísimo puerto de Marsella, si antes no se
tragaban las aguas á la guitarra vieja con todo su cargamento.
La persecución duró hasta mediodía, cuando estaban
indudablemente á la altura de Valencia. Pero allí la escampavía viró,
dirigiéndose á tierra.
El Retor adivinó los propósitos de sus perseguidores.
El tiempo no era muy seguro, y la escampavía prefería esperarle costeando, con
el convencimiento de que más pronto ó más tarde iría la Garbosa hacia
tierra para echar sus fardos.
Puesto que les concedía tal respiro, muchas
gracias. Ahora á buscar un refugio, hijos míos, que el tiempo no estaba para
permanecer en alta mar en un zapato como la Garbosa. ¡Á las
Columbretas, refugio de los hombres honrados que tienen que huir en el mar por
ser protectores del comercio!
Y á las nueve de la noche, cuando las aguas se
hinchaban con sordas y lívidas tumefacciones que hacían danzar locamente á la
cansada Garbosa, ésta, guiada por la roja luz del faro, entró en la
Columbreta Mayor, cráter apagado y roído por las olas; herradura de altas
rocas, que en uno de sus extremos sustenta la torre con las habitaciones de los fareros, y en cuyo seno ábrese una pequeña bahía
de agua tranquila siempre que no sopla el Levante.
La isla es un murallón encorvado, sin un solo palmo
de tierra llana; una alta faja de rocas carbonizadas y yermas, suelo maldito
roído por el ambiente salitroso, en el que no crece ni un mal arbusto y por
donde ruedan las piedras empujadas por los alacranes, junto á los esqueletos de
los pescados que las olas arrojan á prodigiosa altura en los días de tempestad.
Más allá, esparcidas por el inmenso mar hasta considerable distancia, están las
Columbretas menores; la Foradada, surgiendo de las olas como el arco
de un templo submarino, y las restantes, mogotes rectos, colosales é
inabordables como los dedos de un coloso prehistórico sepultado en las
misteriosas profundidades.
La Garbosa quedó anclada en la
bahía. Nadie bajó á verla. Los fareros estaban acostumbrados á las misteriosas
visitas de gentes que se refugiaban en el solitario archipiélago con el deseo
de que no se fijaran en ellos.
Los de la barca veían en el avanzado promontorio
las luces de las habitaciones del faro. El viento les traía algunas veces
gritos humanos, pero hacían tanto caso de ellos como de los miles de gaviotas
que, refugiadas en los peñascos, gemían lastimeramente como niños á quienes
estuvieran matando. Fuera de la isla, al otro lado de la barrera escarpada,
mugía el mar alborotado, y su oleaje, corriendo á
lo largo del promontorio, amortiguábase entrando en la obscura bahía con
violenta ondulación.
Al amanecer, Pascual saltó á tierra, y por la
tortuosa escalera de peldaños cortados en la roca llegó á la altura, mirando la
vasta extensión comprendida entre la isla y la lejana costa, invisible por la
cerrazón del tiempo.
No se veía ni una vela; pero el Retor estaba
intranquilo, temiendo que sus perseguidores vinieran á buscarle en aquel lugar
tan conocido como refugio de contrabandistas.
La inquietud del patrón iba en aumento. Presentía
que más ó menos pronto la escampavía vendría á buscarle en las Columbretas,
pero á pesar de su audacia temía hacerse á la mar con su barca vieja. La vida
era lo de menos; pero ¿y el cargamento en que iba su fortuna?
El egoísmo de la propiedad aceleró su
determinación. ¡Á la mar, aunque el cargamento se lo fumasen los tiburones!
Todo era preferible á que los ladrones guardacostas se hicieran dueños de lo
que no era suyo.
Y después que la tripulación engulló su olla,
aparejó la Garbosa y salió de la isla tan misteriosamente como
había entrado, sin saludar á nadie, seguida por la mirada curiosa de las
familias de los fareros, agrupadas en la plazoleta frente á la torre.
¡Vaya un tiempo! Golpe va y golpe viene, la Garbosa tan pronto se encabritaba casi
vertical sobre la cumbre de una ola, como se arrojaba de cabeza en las
profundas y sombrías hendiduras, en cuyo fondo agitaban los remolinos sus
giratorios centros, que parecían los traidores ojos del abismo. Nubes de agua
pulverizada alzábanse de las bordas á cada choque, rociando toda la cubierta;
los espumarajos de las olas resbalaban sobre el hule de los fardos, y la
tripulación, agachada y atenta para no ser arrastrada por las acometidas del
mar, chorreaba de cabeza á pies.
Hasta Tonet estaba pálido y apretaba los dientes.
En otra barca... bueno; pero en aquélla resultaba una locura haber abandonado
la isla.
Mas el Retor no atendía razones.
¡Diablo de panzudo! ¡y cómo se crecía en el peligro! Su ancha cara de cura
sonreía á los golpes de mar más furiosos; estaba rojo, apoplético, como si
acabase de levantarse de la mesa de la taberna después de alegre alboroque, y sus
manazas no abandonaban la pesada caña ni se agitaba su corpachón con los
terribles vaivenes que estremecían la barca de proa á popa, haciéndola lanzar
un estertor de agonía.
Se reía el maldito con la carcajada bonachona que
tantas burlas le valía allá en el Cabañal.
Aquello no era nada, ¡recordons! No
había que apurarse. Y si la zaparrastrosa se cansaba de navegar y daba la
voltereta, ¡cómo había de ser! Allí se veía á los hombres y no haciendo el majo
en las tabernas... ¡Atención con esa que
viene!... ¡Brrum! Ya pasó. Si llegaba la mala, un credo al
Cristo del Grao y á cerrar los ojos. De todos modos el infierno está en este
mundo, y allá arriba ni se come ni se trabaja. Además, aunque se llegue á
viejo, nadie escapa; y para morir, vale más que se lo coman á uno los marrajos
y tiburones, que son gente brava, que no ser chupado por los gusanos como
estiércol. ¡Atención, que viene otra!...
Y el Retor hablaba á sus
compañeros soltando todo el caudal filosófico adquirido en su aprendizaje con
el tío Borrasca. Pero el único que le oía era el gato,
el muchachuelo que, pálido y verdosillo por la emoción, permanecía en pie
agarrado al mástil, mirando á todas partes, como si no quisiera perder nada del
espectáculo.
Cerraba la noche. La Garbosa navegaba
á media vela, dando espantosas cabezadas y sin luz alguna, como barco á quien
importa más pasar desapercibido que evitar un choque.
Una hora después vió el patrón una luz cercana que
saltaba sobre las olas. Era una barca navegando en opuesta dirección.
El Retor no pudo verla bien en la obscuridad: pero su
instinto reconoció á la escampavía que, cansada de costear, en un arranque de
audacia iba á las Columbretas afrontando el mal tiempo, para pillar á los
contrabandistas en su refugio. Y por si acertaba, se dió el gusto de soltar el
timón y con sus manazas hizo dos ó tres acciones indecentes, en
señal de alegre desprecio. ¡Tomad, para el viaje!
Á la una de la madrugada vieron los de á bordo el
faro de la iglesia del Rosario.
Tenían enfrente el Cabañal. La noche era á
propósito para un alijo. ¿Pero les esperarían?
El Retor, conforme se aproximaban á tierra, perdía su
asombrosa serenidad. Demasiado conocía él aquella costa. Permanecer allí
aguantando, era ir antes de dos horas, arrastrado por el mar y el viento, á
estrellarse contra la escollera de Levante ó á encallar frente á Nazaret.
Retroceder mar adentro, era imposible. Ya hacía rato que por ciertos crujidos
de la barca, adivinaba el agua en la cala abarrotada de fardos. Si seguía
algunas horas más en el mar, los golpes la irían desmenuzando, hasta hacerla
astillas.
Había que ir á tierra, aunque esto fuese buscar el
peligro. Y la Garbosa marchó recta, empujada más por las olas
que por el viento, hacia la obscura playa.
Un punto luminoso brilló por tres veces, y el
patrón y Tonet dieron un grito de felicidad.
Allí estaba el tío; les aguardaba. Aquella era la
señal. Había encendido tres fósforos, como lo hacen los contrabandistas,
agazapado tras una manta tendida á sus espaldas para ser vista únicamente desde
el mar.
La Garbosa extendió toda su vela.
Aquello era una locura. Volaba, sacando tan pronto la quilla al
viento como hundiéndose en las olas; marchaba como un caballo desbocado,
cayendo de un costado y encabritándose por otro; crecían espantosamente los
mugidos del mar, hasta que por fin, desde lo alto de una ola espumosa, vióse la
playa con un enjambre de negras siluetas, y sonó un golpe seco, terrible. La
barca se detuvo, lanzando un estallido como si reventase; el viento rompió la
vela y el agua invadió con terrible fuerza la cubierta, derribando hombres y
arrebatando fardos.
Acababan de encallar á pocos metros de tierra.
Un enjambre de sombras, silenciosas como fantasmas,
lanzóse al asalto de la barca, y sin decir palabra á los aturdidos marineros,
apoderóse de los fardos, que comenzaron á pasar de mano en mano por la sombría
cadena de brazos tendida hasta la playa.
—¡Tío, tío!—gritó el Retor lanzándose
al agua, que no le pasó del pecho.
—Presente—contestó una voz desde la
playa—. Mutis y á la faena.
Era un espectáculo extraño: una pesadilla.
El mar mugiendo en la densa lobreguez, los cañares
de la playa doblándose á impulsos del vendaval como cabelleras de colosos
enterrados, las olas avanzando como si quisieran tragarse la tierra, y una
legión de sombríos demonios agitándose mudos é incansables, sacando fardos de
la barca, que se deshacía por instantes, pescándolos en las espumosas aguas
para enviarlos como pelotas á la playa, donde
desaparecían cual si se los tragase la tierra, y algunas veces, al calmar por
momentos el vendaval, oíase el chirriar de carros que se alejaban. El
Retor vió á su tío Mariano que iba de una parte á otra con sus enormes
botas de agua, la voz enérgica é imperiosa y un revólver en la mano.
No había cuidado; los carabineros del puesto más
próximo estaban untados y vigilaban para avisar si llegaba el
jefe. Á los que no había que perder de vista era á la tropa silenciosa que
hacía la descarga, gente demasiado lista de manos que gustaba de aprovecharse
del barullo, y creía aquello de quien roba á un ladrón, etc. No;
pues de él no se reirían, ¡redeu! al primero que escondiera un
fardo, le pegaba un tiro.
La descarga fué como un sueño. Cuando el
Retor comenzó á reponerse de la impresión sufrida al encallar y le
dolieron menos las magulladuras, se alejaba ya el último carro. Los cargadores
desaparecieron sin decir palabra, en distintas direcciones, como si se los
tragara la arena.
Ni un solo fardo se había perdido: hasta los del
fondo de la cala habían sido extraídos de entre las rotas costillas de la barca
hundida en la arena.
Tonet y los demás tripulantes se alejaban también
cargados con la vela y lo poco que quedaba en la barca de aprovechable.
Al gato lo pescaron cuando estaba á punto de ahogarse; había
caído de la barca en el momento de encallar.
El Retor, al verse solo con su tío, lo abrazó. ¡Ay, tío Mariano! Por fin lo podía decir. Había pasado muy
malos ratos, pero gracias á Dios todo estaba terminado. Ya arreglarían cuentas.
Se había portado como un hombre, ¿verdad? Ahora se iba á dormir con su Dolores,
que bien ganado lo tenía.
Y se fué con su tío hacia el lejano Cabañal, sin
echar una última mirada á la infeliz Garbosa, que se quedaba allí
pataleando, prisionera de la arena, recibiendo en su pecho los puñetazos del
mar, sintiendo á cada empujón que se le desencuadernaba el cuerpo y salía
flotando un pedazo de sus entrañas; muriendo sin gloria, en la obscuridad, tras
una larga vida de trabajo, como el caballo viejo, abandonado en medio del
camino, cuyo blanco esqueleto atrae el revoloteo de los cuervos.
VII
El producto de la aventura fueron unos doce mil
reales, que el tío Mariano entregó al Retor pocos días
después.
Algo más ganó el marido de Dolores: el aprecio de
su tío, que le consideraba un hombre de pro y estaba satisfecho de haber sacado
su parte sin grave riesgo, y el elogio de la gente de playa, que se había
enterado del viaje. La salida de las Columbretas resultaba una buena jugada. La
escampavía fué allá á riesgo de anegarse y no encontró nada.
El Retor estaba como aturdido por su buena fortuna. El
producto del alijo, mas aquellos ahorros amasados peseta sobre
peseta, que estaban escondidos donde él y Dolores sabían, formaban una bonita
suma, con la que un hombre honrado podía meterse en algo.
Y este algo, ya se sabía, estaba en el
mar, pues él no tenía el carácter de su tío para explotar en tierra y
descansado la miseria de la pobre gente.
El contrabando no había que pensar. Era bueno para una vez; como el juego, que siempre ayuda al
principiante. No había que tentar al diablo: para un hombre como él, lo mejor
era la pesca, pero con medios propios, sin dejarse robar por los amos, que se
quedan en casa sacando la mejor parte.
Como consecuencia de estos razonamientos que por la
noche rumiaba agitándose entre sábanas y molestando á su Dolores, á la que no
dejaba de consultar, decidió invertir su capital en una barca; pero no una
barca cualquiera, sino la mejor, si era posible, de todas cuantas se daban á la
vela frente á la casa del bòus.
Ya era hora, ¡rediel! No le verían
más como marinero ni patrón alquilado; sería amo de barca, y como distintivo de
su rango plantaría á la puerta de su casa el mástil más alto que encontrase
para secar en la punta sus redes.
Señores, sépanlo todos: el Retor hace
una barca; Dolores la guapa, si va á la Pescadería ahora que es rica, venderá
el pescado propio. Y las vecinas del barrio que comentaban tales noticias, al
pasar por la acequia del Gas acercábanse á los tinglados de los calafates para
contemplar con cierta envidia al Retor que, mascullando el
cigarro, se estaba el día entero vigilando á los carpinteros que aserraban y
cortaban maderos amarillos, frescos y jugosos, unos rectos y fuertes, otros
encorvados y finos, para la nueva embarcación.
La faena se hacía con calma. Nada de
precipitaciones ni de errores; no había prisa. Lo único que deseaba
Pascualo es que su barca fuese la mejor del Cabañal.
Y mientras él se dedicaba en cuerpo y alma á la
construcción de la barca, su hermano Tonet pasaba una de sus buenas temporadas
con la parte que le correspondía del alijo, y que el bueno del Retor procuraba
hacer lo mayor posible.
En la vieja barraca donde se albergaban él y
Rosario con todo su miserable acompañamiento de rencillas, brutalidades y
palizas, no se notaba la menor abundancia después de la afortunada aventura. La
infeliz mujer seguía cargando al amanecer con sus cestos de pescado para ir á
Valencia, y muchas veces á Torrente ó Bétera, siempre á pie, para mayor
economía; y cuando el tiempo no era favorable para la venta, pasábase los días
en su agujero, sin más compañía que el fastidio y la miseria. Pero su Tonet
estaba más buen mozo que nunca, con trajes nuevos, un puñado de duros en el
bolsillo y metido siempre en el café, si es que no iba á Valencia con sus
amigotes á arriesgar unas cuantas pesetas en las timbas de cuartos ó
á alborotar en el barrio de Pescadores. Á pesar de esto, cuando veía á su tío,
por no perder el derecho de la importunidad, le recordaba aquel empleíllo en
las obras del puerto que perseguía en su época de penuria.
Bañábase complacido en la abundancia momentánea que
le volvía á los felices tiempos de su casamiento, y con su eterna imprevisión,
con ligereza cínica que le hacía adorable para las mujeres, no
pensaba en que tendría fin lo que su hermano le había dado, pequeña cantidad
cuyo término iban prolongando los obsequios de los amigos y las alternativas
del juego.
Á altas horas de la noche llegaba á su barraca para
acostarse, ceñudo y jurando entre dientes, dispuesto á contestar con bofetadas
la menor protesta de Rosario. Ésta pasaba sin verle dos ó tres días muchas
veces, pero no así en casa de su hermano, adonde iba con frecuencia, quedándose
en la cocina si el Retor estaba fuera, al lado de Dolores,
oyendo con la cabeza baja y ademán sumiso las acusaciones de su cuñada por su
mala conducta.
Si en una de éstas entraba el Retor,
celebraba mucho el buen sentido de su mujer. Sí señor; Dolores le decía todo
aquello porque le quería bien, porque era una mujer honrada y no podía
consentir que su cuñado fuese tan loco y diera tanto que hablar. Y el panzudo
bonachón, ante las reprensiones de su Dolores, una gran mujer, una verdadera
madre para aquel hermano loco, llegaba hasta enternecerse... ¡Ira de Dios!
Conforme se acababa el dinero de Tonet, se metía
éste cada vez más en casa de su hermano. Bien aprovechaba los consejos
maternales. Y para que la gente no tuviese motivo de murmuración, acompañaba
algunos días á su hermano al tinglado de los calafates, siguiendo la formación
del enorme esqueleto de madera que iba cubriendo sus flancos y marcaba sus
gallardos perfiles bajo los mazos, sierras y hachas
que lo golpeaban incesantemente.
Así fué llegando el verano.
El trozo de playa entre la acequia del Gas y el
puerto, olvidado en el resto del año, presentaba la animación de un campamento.
El calor empujaba á toda la ciudad á aquel arenal, del que surgía una verdadera
ciudad de quita y pon. Las barraquetas de los
bañistas, con sus muros de lienzo pintado y sus techumbres de caña, formaban en
correcta fila ante el oleaje, empavesadas con banderas de todos los colores,
rotuladas con extravagantes títulos, y ostentando, además, en el vértice,
monigotes, miriñaques, barcos, muestras grotescas que distinguían el
establecimiento para evitar errores. Detrás, en previsión del apetito que el
aire del mar despierta en el gastado estómago, esparcíanse los merenderos, unos
con aspecto pretencioso, escalinatas y terrazas, todo frágil, como decoración
de teatro, supliendo lo endeble de su construcción y lo misterioso de su cocina
con pomposos títulos: Restaurant de París, Fonda del buen gusto; y
entre estos pedantes de la gastronomía veraniega, los bodegones indígenas con
su sombrajo de esteras, las mesas cojas con porrón en el centro y el fogón al
aire libre; establecimientos que ostentaban con aire fiero sus rótulos de
regocijada ortografía: El Nap, Salvaor y Neleta, y ofrecían como
plato del día desde San Juan á Septiembre, los caracoles en salsa.
Y por entre esta población improvisada, que se
desvanecía como humo con las primeras borrascas del otoño, pasaban los tranvías
y ferrocarriles pitando antes de aplastar; corrían las tartanas desplegando
como banderas de alegre locura sus rojas cortinillas, y hormigueaba la gente
hasta bien entrada la noche, con zumbido de avispero, en el que se confundían
los gritos de las galleteras, el lamento de los organillos, el puntear de las
guitarras, el repiqueteo de castañuelas y el agrio ganguear de los acordeones,
á cuyo son bailaban los de tufos y blusa blanca, gente apreciable que, después
de tomar un baño interno, y no de agua, volvía á Valencia dispuesta á andar á
navajazos ó á dar dos bofetadas al primer municipal.
Los hombres de mar miraban desde el otro lado de la
acequia la invasión alegre, sin mezclarse en ella. ¡Que se divirtiera la gente!
Aquella temporada era como una vaca gruesa que ordeñaba el Cabañal para el
resto del año.
Á principios de Agosto llegó por fin el día en que
la barca del Retor pudo darse por terminada. ¡Vaya una joya!
Su patrón hablaba de ella como un abuelo que pondera el desarrollo de su nieto.
Madera de lo mejor que se había encontrado; el mástil recto, terso, sin una
mala grieta; el casco panzudito para que resistiera bien las marejadas, pero
con una proa tan fina, que era talmente una navaja de afeitar;
pintado de negro charolado y brillante como un zapato de señor, y el vientre blanco, deslumbrante, ni más ni menos que una
anguila: lo que era.
Ya no faltaba más que el cordaje, las redes y demás
artefactos; pero para eso estaban trabajando los mejores hilanderos de la
playa, y antes del 15 la barca estaría completa y podría presentarse tan
hermosa como una novia que va á casarse vestida de nuevo de cabeza á pies.
Esto lo decía el Retor una noche,
sentado en el corro que se formaba á la puerta de su casa.
Había convidado á cenar á su madre y á su hermana
Roseta; Dolores estaba al lado de él, y un poco más allá, con la silleta de
cuerda apoyada en el tronco de un olivo y mirando la luna á través del
empolvado ramaje con cierta expresión de trovador de cromo, punteaba Tonet una
guitarra.
Sobre la acera, á pocos pasos, chirriaba la enorme
sartén cargada de pescado sobre un picudo fogón de barro; correteaban los
chicuelos de la vecindad por el fangoso arroyo persiguiendo á los perros, y en
todas las puertas formábanse corrillos buscando la escasa brisa que venía del
mar. ¡Redeu! ¡Cómo estarían asándose en Valencia!
La siñá Tona estaba muy vieja.
Acababa de dar el salto, como ella decía. De la obesidad bien conservada había
pasado bruscamente á la vejez, y á la luz cruda y azulada de la luna veíase su
cabeza escasa de pelos, en la que éstos, tirantes y grises, formaban como un
sutil enrejado sobre la sonrosada calvicie; el rostro arrugado, con las
mejillas flácidas y colgantes, y los ojos negros,
de los que tanto se había hablado en la playa, asomaban apenas tristes y mates
por entre las abotagadas carnosidades que pretendían sepultarlos. Aquella
decadencia era por los disgustos. ¡Lo que los hombres la habían hecho rabiar! Y
aludiendo con esto á su hijo Tonet, pensaba sin duda en el carabinero.
Además, los tiempos empeoraban. La tabernilla de la
playa daba una miseria, y la chica, su Roseta, había tenido que meterse en la
fábrica de Tabacos, y todas las mañanas, con la cestita al brazo, emprendía el
camino de Valencia, formando en las bandas de caras jóvenes, graciosas y
procaces que, con airoso taconeo y faldas revoloteantes, iban á estornudar
encerradas en el ambiente cargado de rapé de la antigua Aduana.
¡Y qué chica se había hecho la tal Roseta! Bien
puesto tenía el nombre: su madre la contemplaba muchas veces á hurtadillas,
recordando en ella la gallardía del siñor Martines.
Ahora mismo, al lamentar que su hija tuviera que ir
á la fábrica en las mañanas de invierno, mirábala al pie del olivo con la rubia
cabellera alborotada, los ojos inmóviles y aquella tez blanca que resistía al
sol y á la brisa del mar, jaspeada por las sombras del ramaje, al través del
cual pasaba la luna trazando arabescos de luz y sombra sobre el rostro de la
muchacha.
Roseta paseaba de Dolores á Tonet sus ojazos fijos
y melancólicos de Virgen que todo lo sabe. Al oir á
Pascual que elogiaba á su hermano, cada vez más apartado de la vida alegre y
aficionado á meterse en aquella casa para gozar de la calma y las buenas
palabras que no encontraba en la suya, la hermanastra sonrió sarcásticamente.
¡Oh, los hombres! Lo que ella y su madre decían. El
que no era un pillo como Tonet, era un bestia como Pascualo. Por eso los
aborrecía, y causaba la admiración de todo el Cabañal, rechazando á los que la
proponían noviazgos. No quería nada con los hombres. Y en su memoria retoñaban
todas las maldiciones que había oído á su madre en los momentos de
desesperación, cuando apostrofaba en la soledad de su barcaza.
En el corro reinaba el silencio. Chillaba el
pescado en la sartén, punteaba Tonet vagos arpegios en su guitarra, y la
revuelta taifa de chiquillos plantados en mitad del arroyo miraban la luna con
el mismo asombro que si la viesen por vez primera y cantaban con monótona
tonadilla, sonando sus voces como campanillas de plata:
La lluna, la pruna
vestida de dòl...
¡Á ver si callaban! Lo mandaba Tonet, á quien le
dolía la cabeza. Pero ¡que si quieres!...
sa mare la crida
son pare no vòl.
Y los perros vagabundos uníanse al himno infantil extravagante en honor á Diana, enviándola sus más
fieros ladridos.
El Retor seguía hablando de su barca. Nada faltaba
para el día 15; hasta el cura estaba apalabrado para ir á media tarde á echarla
la bendición. Pero algo faltaba, ¡futro!... ¡y no haberlo pensado!
Faltaba el nombre. ¿Cómo iba á llamarse la barca?
Tan inesperado problema conmovió el corro, y hasta
Tonet dejó en el suelo la guitarra, quedando en actitud pensativa.
Ya tenía él el nombre. Sus aficiones belicosas, sus
recuerdos de marino del Rey se lo habían sugerido. Se llamaría Escupehierro.
¡Eh! ¿qué tal?
Por el Retor no había
inconveniente. El pacífico panzudo gallardeábase con fiereza al pensar que su
barca iba á llamarse Escupehierro, y la veía ya surcando en el mar
con la arrogancia enfática de un falucho portugués.
Pero las mujeres protestaban. ¡Vaya un nombre!
¡Cómo se reirían en el Cabañal! ¿Y qué hierro iba á escupir una barca
pescadora? Lo mejor era la proposición de la siñá Tona: que se
llamase Ligera, como la otra en que pereció el tío Pascualo y había
servido de refugio á toda la familia.
Protesta general. Un título así forzosamente había
de tener mala sombra. La suerte de la otra lo demostraba.
El de Dolores era mejor: La rosa del mar... ¡Qué
bonito! ¡Qué gusto tenía para todo su mujer! Pero el
Retor recordaba que había otra con el mismo título. ¡Era lástima!...
Y Roseta, que había callado, haciendo un mohín de
disgusto á cada título, soltó el suyo. Debía llamarse Flor de Mayo.
Aquella misma noche lo pensaba ella en la barcaza de la playa, mirando una
estampa de las que adornaban las libras de tabaco «Flor de Mayo» que venían de
Gibraltar. La seducía el título tan bonito, formando una aureola de colores
sobre la marca, que era una señorita vestida como una bailarina, con rosas como
tomates sobre la faldilla blanca, y en la mano un manojo de flores que parecían
rábanos.
El Retor se entusiasmaba. Sí; ¡recristo! aquello
estaba puesto en razón. La barca se llamaría Flor de Mayo, como el
tabaco que fabrican en Gibraltar. Era de justicia; la barca se hacía
principalmente con el dinero del alijo, y éste se componía en su mayor parte de
aquellos paquetes con la alegre señorita. Tenía razón su hermana; Flor
de Mayo, nada más que Flor de Mayo.
Todos se entusiasmaban con el título; lo
encontraban dulce y bonito; sus rudas imaginaciones agitábanse con un
estremecimiento de poesía. Le encontraban algo misterioso y atractivo, sin
sospechar que el mismo nombre era el de la histórica barca que, llevando hacia
las costas americanas el perseguido éxodo de los puritanos ingleses, presenció
la gestación de la mayor república del mundo.
El Retor estaba radiante. ¡Qué talento tenía Roseta! ¡Á cenar, caballeros!... y á los postres se
brindaría por Flor de Mayo.
Y Pascualet, al ver que la sartén del pescado se
entraba en la casa con toda la familia, abandonó el orfeón de gente menuda, con
lo que terminó el monótono concierto de la lluna, la pruna.
Con la facilidad de transmisión de los pueblos
pequeños, pronto supo todo el Cabañal que la barca se llamaba Flor de
Mayo, y cuando en la víspera de la bendición la arrastraron hasta la
orilla, frente á la casa del bòus, llevaba ya en la borda de popa,
por la parte interior, pintado con hermoso azul, su dulce título.
Al día siguiente por la tarde, el barrio de las
Barracas parecía estar en domingo. Fiestas como aquella se veían pocas. Era
padrino de la barca nada menos que el señor Mariano el Callao, un
ricachón que, aunque del puño prieto, en obsequio á su sobrino estaba dispuesto
á derrochar un dineral. En la playa iban á rodar los confites y á circular las
copas como una bendición de Dios.
El Retor sabía hacer bien las cosas. Había ido á la
iglesia para escoltar hasta la playa con los hombres de su tripulación á don
Santiago el cura. El párroco lo acogió con una sonrisa de las que se guardan
para los buenos parroquianos. ¡Qué! ¿Ya era la hora? Pues que llamasen al
sacristán para que preparara el calderillo y el hisopo. Él se arreglaba en un
momento; cuestión de calarse el roquete y nada más.
Pascual protestó indignado. ¿Qué era aquello de
roquete? Capa, y la mejor que tuviera. El bautizo de su barca no era cualquier
cosa; además, él estaba allí para pagar lo que fuese.
Don Santiago sonrió. Bueno; la capa no
correspondía, pero lo haría por él, que era un buen cristiano y sabía quedar
bien con las personas.
Y salieron de la casa rectoral; el sacristán
delante con el hisopo y el sagrado cuenco, y detrás, escoltado por el patrón y
sus marineros, don Santiago, en una mano el libro de oraciones y levantándose
con la otra, para no rozar el barro, la capa vieja y suntuosa, de una blancura
mate, con los pesados bordados de oro de un tinte verdoso, mostrando por entre
la deshilachada trama el relleno del realce.
Acudían á bandadas los chiquillos á restregar la
mocosa nariz en aquella mano santa, que á cada instante había de soltar la
capa. Las mujeres saludaban sonrientes al pae capellá, hombre
campechano, tolerante, con sus puntos de malicia, sabiendo amoldarse á las
costumbres de su ganado, y que muchas veces veíase detenido en
medio de la calle por alguna pescadera de las que encargaban misas, pidiéndole
que bendijera las cestas y la balanza para que los municipales de Valencia no
la pillasen con las pesas cortas.
Al salir á la playa la comitiva, comenzaron á
voltear las campanas, confundiendo su parloteo juguetón con los murmullos de
las olas. La gente corría por la playa para llegar
á tiempo y ver toda la ceremonia, y allá lejos, en un espacio libre de barcas,
alzábase sobre la arena la Flor de Mayo, rodeada de negro y
bullidor enjambre, brillante, charolada, bañada por el sol que doraba sus
costados, y destacando sobre el espacio azul el mástil esbelto y graciosamente
inclinado, en cuyo tope agitábase el distintivo de toda barca nueva, un
ramillete de gramíneas y flores de trapo que habían de quedar allí hasta que el
viento de los temporales fuese arrebatándolas.
El Retor y sus hombres abrían paso al cura entre el
gentío que se apelotonaba en torno de la barca. Frente á la popa estaban los
padrinos; la siñá Tona con mantilla y falda nueva, y el señor
Mariano, puesto de sombrero y bastón, hecho un caballero, ni más ni menos que
cuando iba á Valencia para hablar con el gobernador.
Toda la familia ofrecía un aspecto de suntuosidad
que alegraba la vista. Dolores, con traje de color rosa, en el cuello un
pañuelo de seda de vistosas tintas y los dedos cargados de sortijas; Tonet,
pavoneándose en la cubierta con la chaqueta nueva, la gorra flamante caída
sobre una oreja y atusándose el bigotillo, muy satisfecho de verse en la altura
expuesto á la admiración de las buenas mozas; abajo, al lado de Roseta, su
Rosario, que en gracia á la solemnidad había hecho las paces con Dolores y se presentaba
con su mejor ropa; y el Retor, deslumbrante, hecho un inglés, con
un traje de rica lana azul que le había traído de
Glásgow el maquinista de un vapor, y ostentando sobre el chaleco—prenda que
usaba por primera vez en su vida—una cadena de doublé tamaña
como un cable de su barca.
Sudaba con aquel hermoso traje de invierno; daba
codazos y se esforzaba por que no empujase la muchedumbre al capellán y los
padrinos. ¡Á ver, señores!... un poco de silencio. Un bautizo no es cosa de
risa. Después sería el jaleo.
Y para dar ejemplo á la irrespetuosa masa, puso el
gesto compungido y se quitó la gorra, mientras el capellán, no menos sudoroso
bajo su pesada capa, ojeaba el libro de oraciones buscando la de «Propitiare
Domini supplicationibus nostis et benedic navem istam», etc.
Los padrinos, graves y con la mirada en el suelo,
estaban á ambos lados del cura; el sacristán espiaba á éste, pronto á
contestar ¡amén! á todo, y la multitud calmábase y quedaba
suspensa, con la cabeza descubierta, esperando algo extraordinario.
Don Santiago conocía bien á su público. Leía la
sencilla oración con gran calma, deletreando las palabras, abriendo solemnes
pausas en el silencio general, y el Retor, á quien la emoción
convertía en un pobre mentecato, movía la cabeza á cada frase, como si
estuviera empapándose de lo que el cura decía en latín á su Flor de
Mayo.
Lo único que pudo pillar fué lo de Arcam
Noe ambulantem in diluvio, y se infló de orgullo al adivinar
confusamente que su barca era comparada con la embarcación más famosa de la
cristiandad, y con esto quedaba él mano á mano con el alegre patriarca, el
primer marinero que hubo en el mundo.
La siñá Tona se llevaba el pañuelo
á los ojos, apretándolos para impedir que saltasen las lágrimas.
Terminada la oración, el cura empuñó el hisopo:
—Asperges...
Y envió á la popa de la barca un polvo de agua que
resbaló en menudas gotas por las pintadas tablas. Después, siempre seguido por
el amén del sacristán y precedido por el patrón, que abría
paso, dió la vuelta en torno de la barca, repitiendo hisopazos y latines.
El Retor no podía creer que la ceremonia hubiese
terminado. Faltaba bendecir lo de arriba, la cubierta, el fondo de la cala;
¡vamos, don Santiago, un esfuerzo; ya sabía que él quedaba bien! Y el cura,
sonriendo ante la actitud suplicante del patrón, se aproximó á la escalerilla
aplicada al vientre de la barca y comenzó á ascender con su incómoda capa que,
bañada por el sol de la tarde, parecía de lejos el caparazón de un insecto
trepador y brillante.
Terminó la bendición. Se retiró el cura sin otro
acompañamiento que su monago, y arremolinóse la multitud en torno de la barca
como si fuese á entrar al asalto.
¡Buena se iba á armar! Toda la pillería del Cabañal
estaba allí, ronca, desgreñada, increpando á los padrinos con su chillona
canturía.
Armeles, confits...
El señor Mariano sonreía omnipotente desde la
cubierta. Ahora verían lo que era bueno. Una onza de oro se había gastado para
quedar bien con su sobrino. Y se agachó, metiendo las manos en los cestos que
tenía entre las piernas. ¡Allá va! Y el primer metrallazo de confites, duros
como balas, cayó sobre la vociferante chusma, que se revolcaba por la arena
disputándose las almendras y los canelados, al aire las sucias faldillas ó
mostrando por los rotos pantalones sus carnes rojizas y costrosas de pillos de
playa.
Tonet destapaba los tarros de Ginebra, llamando á
los amigotes con aire protector, como si fuese él quien pagara. La caña blanca
medíase á jarros, y todos acudían á beber; los carabineros, fusil al brazo, los
viejos patronos, los de las otras barcas, que llegaban descalzos, vestidos de
bayeta amarilla, como payasos, y los grumetillos que, sobre los harapos y
atravesado en la faja, ostentaban pretenciosamente un cuchillo tan grande como
ellos.
Arriba estaba la juerga. La cubierta de Flor
de Mayo resonaba con alegre taconeo como el entarimado de un salón de
baile; un vaho de taberna esparcíase en torno de la barca, y Dolores, atraída por la alegría de los de arriba, se encaramó por la
escalera, increpando en cada peldaño á los grumetillos que se agazapaban con la
malsana intención de ver las medias encarnadas de la soberbia moza.
La mujer del Retor estaba en su
elemento arriba, entre tanto hombre, rodeada de un ambiente de voraz
admiración, pisando fuerte las tablas que eran suyas y muy suyas, contemplada
desde abajo por muchas mujeres, y especialmente por su cuñada Rosario, que
debía estar muriéndose de envidia.
Pascual no abandonaba á su madre. En aquel día
solemne para él y tantas veces ansiado, sentía como un recrudecimiento de su
cariño filial, y se olvidaba de su mujer y hasta de su Pascualet, que se
atracaba de confites en la barca, para no pensar más que en la siñá Tona.
—¡Amo de barca!... ¡Amo de barca!
Y abrazaba á la vieja, besándola los ojos
abotagados, que lloraban también.
Algo renacía en la memoria de Tona. La fiesta en
honor de la barca evocaba el pasado, y por encima de la loca aventura con el
carabinero y de los largos años de viudez y aborrecimiento á los hombres,
resucitaba el tío Pascual joven y vigoroso, tal como le conoció al casarse, y
lloraba desconsolada, como si acabase de perderlo en aquel instante.
—¡Fill meu!, ¡fill meu!—gemía abrazando
al Retor, en quien veía una asombrosa
resurrección de su padre.
Él era la honra de la familia; quien le hacía
recobrar su perdida importancia á fuerza de trabajo. Y si ella lloraba era
porque sentía remordimiento: se acusaba de no haberle querido todo lo que
merecía. Ahora se desbordaba su cariño; sentía prisa de amarle mucho, y
temía... sí señor, temía que su Pascualet, su pobre Retor, tuviese igual
suerte que su padre. Y al manifestar sus temores con voz entrecortada por el
llanto, miraba la vieja tabernilla que se veía desde allí: la barcaza que
guardaba en sus entrañas la espantosa tragedia de un mártir del trabajo.
El contraste entre la barca nueva, gallarda,
deslumbrante, y aquel ataúd que, falto de parroquianos, iba haciéndose cada vez
más tétrico y negruzco, impresionaba á Tona, y hasta creía ver ya á Flor
de Mayo rota y tumbada, como vió un día la otra llevando en su seno á
su pobre marido.
No; ella no se alegraba. La hacía daño la algazara
de la gente. Era burlarse del mar, de aquel hipócrita que ahora susurraba
marrulleramente como un gato traidor, pero que se vengaría apenas Flor
de Mayo se confiase á él.
Sentía miedo por su hijo, al que amaba de pronto
como si le encontrase tras larga ausencia; nada importaba que fuese un gran
marinero; también lo era su padre y se burlaba de las olas. ¡Ay! se lo decía el
corazón. El mar se la tenía jurada á la familia y
se tragaría la nueva barca como destrozó la otra.
No, ¡recristo! eso no. El
Retor protestaba indignado. ¡Vaya una conversación oportuna en un día
tan alegre! Todo eran escrúpulos de vieja; remordimientos que la acometían por
no haberse acordado en tantos años de su primer marido. Lo que debía hacer era
encenderle un cirio bien gordo al alma del pobre marinero por si estaba en
pena. ¡Afuera tristezas! Á él que no le hablasen mal del mar. Era un buen
amigo que se enfadaba algunas veces, pero que se dejaba explotar por los
hombres honrados y mantenía á la pobreza. Á ver, una copa, Tonet. Que siguiera
la broma; había que bautizar bien á Flor de Mayo.
Bebió, mientras su madre seguía gimoteando con la
mirada fija en la trágica barcaza que sirvió de cuna á sus hijos. El
Retor púsose serio.
¿Pero no iba á callar? ¡En un día como aquel
acordarse de que el mar tiene malas bromas! ¿Y qué? Si no quería verle en
peligro, haberlo criado para obispo. Lo importante es ser honrado, trabajar, y
venga lo que venga. Ellos nacían allí; no veían más sustento que el mar; se
agarraban á sus pechos para siempre y había que tomar buenamente lo que diesen:
el agrio de la tempestad ó lo dulce de las grandes pescas. Alguien tenía que
exponerse para que la gente comiese pescado; le tocaba á él, y mar adentro se
iría como lo estaba haciendo desde chico. ¡Rediel, agüela!... ¡calle
ya!... ¡Que viva Flor de Mayo! Otra
copa, caballeros. Un día es un día. Él pagaba, y le darían disgusto los que
estaban allí si no los recogían a media noche roncando sobre la arena como
si talmente fuesen unos cerdos.
VIII
Volvía Pascual á su casa después de pasar la tarde
en Valencia, y al llegar á la Glorieta detúvose frente al palacio de la Aduana.
Eran las seis. El sol daba un tinte anaranjado a la
crestería del enorme caserón, suavizando la sombra verdinegra que las lluvias
depositaban en los respiraderos de las buhardillas. La estatua de Carlos III
bañábase en el ambiente azul y diáfano, saturada de luz tibia, y por los
enrejados balcones escapábase un rumor de colmena laboriosa, gritos, canciones
ahogadas y el ruido metálico de las tijeras, cogidas y abandonadas á cada
instante.
Por el ancho portalón comenzaban a salir como
rebaño revoltoso las operarias de los primeros talleres; una invasión de
rameada indiana, brazos arremangados y robustos con la cesta como eterno
apéndice, y menudos e incesantes pasos de gorrión. Era un confuso vocerío de
llamamientos y desvergüenzas, extendiéndose ante la puerta, en el espacio donde
paseaban los soldados de la guardia y se levantaban algunos aguaduchos.
El Retor quedó parado en la acera de la Glorieta, entre los vendedores de periódicos. Atraíale la
algazara de las cigarreras, aquel rebaño revoltoso que, con sus blancos
pañuelos avanzados sobre la frente, tenía un aspecto de comunidad rebelde, de
monjas impúdicas que con sus negros ojos medían á los hombres de pies á cabeza
como si los desnudaran con la desdeñosa mirada.
El Retor vió á Roseta que, apartándose de un grupo,
fué en busca de él. Sus compañeras esperaban á otras de diferente taller, que
tardarían algunos minutos en salir. ¿Iba él á casa? Bueno; harían el camino
juntos: á ella no le gustaba esperar.
Y emprendieron la marcha por el camino del Grao;
él, pesado, como marinero patizambo, haciendo esfuerzos por conservarse siempre
en la misma línea que aquel diablo de chica que no sabía andar más que de
prisa, con garboso contoneo, haciendo ondear su falda como una bandera de
regatas.
Su hermano quería descansarla llevándola la cesta.
Muchas gracias; pero estaba tan acostumbrada á sentirla en su brazo, que sin
ella no sabía moverse.
El patrón, antes de llegar al puente del Mar,
hablaba ya de su barca, de aquella Flor de Mayo, por la cual hasta
se olvidaba de Dolores y su Pascualet.
Al día siguiente comenzaba la pesca del bòu y
salían todas las barcas. Ahora se vería de lo que era capaz la suya. ¡Barca más
hermosa!... El día anterior la habían arrastrado
los bueyes al agua, y ahora estaba en el puerto confundida con las demás. ¡Pero
qué diferencia, chica! Llamaba la atención, lo mismo que una señorita de
Valencia metida entre las zaparrastrosas de la playa.
Había estado en la ciudad para comprar lo que le
faltaba en su equipo de mar, y apostaba un duro á que todos los ricachos del
Cabañal, los amos que se comían lo mejor de la pesca sin exponer la piel, no
presentaban una barca tan maja como la suya.
Pero como todo tiene término, á pesar de los
entusiasmos del Retor, se agotó el capítulo de las excelencias de
la barca, y al llegar frente al horno de Figuetes callaba ya, oyendo á Roseta,
que se lamentaba de las perrerías de las maestras de la fábrica.
Abusaban de una y hasta daban motivo para que á la
salida se las agarrara del moño. Y menos mal que ella y su madre podían pasar
con poca cosa; pero ¡ay de otras infelices! otras que habían de trabajar como
negras para mantener á un marido vago y á las polladas de chiquillos que
esperaban en la puerta con unas bocas que nunca tragaban bastante pan.
Parecía imposible que con tanta miseria aun
tuviesen algunas mujeres ganas de broma. Y siempre grave, con ademán pudoroso,
la virgen rubia é inabordable, criada entre la pillería de la playa, contó á su
hermano una historia escabrosa, empleando los términos más crudos, como mujer
que lo sabe todo, pero con tal pulcritud de acento,
que las palabras más duras parecían resbalar por sus rojos labios sin dejar
rastro alguno. Tratábase de una compañera de taller, una mala piel que ahora no
podía trabajar por tener un brazo roto. Era á consecuencia de una paliza del
marido, que la había pillado con uno de sus muchos amigos. ¡Qué escándalo! ¡Y
aquella púa tenía cuatro hijos!
El Retor sonreía con ferocidad. ¡Un brazo roto! ¡Redeu! no
estaba mal, pero le parecía poco. Duro con las malas hembras. Debía ser una
pena insufrible vivir con una mujer así. ¡Cuántas gracias tenían que dar á Dios
los que como él gozaban la suerte de tener mujer honrada y casi tranquila!
Sí; él era dichoso y podía dar muchas gracias. Y
Roseta, al decir esto, envolvíale en una mirada de compasiva ironía; sus
palabras tenían una vibración sardónica demasiado sutil para ser apreciada
por el Retor.
Este parecía transfigurarse, indignado por la mala
conducta de una mujer á quien no conocía y por la desgracia de un hombre cuyo
nombre ignoraba. Es que le enfurecían tales perrerías. Porque eso de que un
hombre se mate trabajando para dar pan á la mujer y á los hijos, y cuando
vuelva á casa se la encuentre abrazada al querindango, francamente, es cosa
para hacer una barbaridad, yendo á presidio para toda la vida. Y lo que decía
él: ¿quién tiene la culpa, señores? Pues las mujeres, las maldecidas mujeres, que
están en el mundo para que los hombres se pierdan y
nada más... Pero arrepentido, rectificábase, haciendo una excepción en favor de
su Dolores y de Roseta.
De poco le servía la aclaración, pues su hermana,
al ver iniciado el tema favorito de ella y su madre, hablaba con gran
apasionamiento y su dulce voz vibraba con tonillo irritado. ¡Los hombres! ¡Vaya
una gente! ellos eran los culpables de todo. Lo que decían su madre y ella: el
que no era pillo resultaba imbécil. Ellos, solamente ellos tenían la culpa de
que las mujeres fuesen como eran. De solteras iban á tentarlas; podía ella
asegurarlo, pues á ser tonta y creer á ciertos hombres, estaría Dios sabe cómo.
De casadas, si se hacían malas, también era por culpa de los hombres que, ó por
pillos las irritaban, arrastrándolas á la imitación, ó por tontos nada veían y
no aplicaban á tiempo el remedio. No tenía más que mirar á Tonet. ¿No le
sobraba razón á Rosario para hacerse una perdida, aunque nada más fuese que por
vengarse de las perrerías de su marido?... Y de los otros no quería presentar
ejemplos. En el Cabañal se conocían demasiados maridos que tenían la culpa de
que sus mujeres fuesen como eran.
É irreflexiblemente miró de tal modo al Retor,
que éste, á pesar de su rudeza, pareció entender, lanzando á su hermana una
ojeada interrogante. Pero tranquilizado en seguida por su inmensa confianza,
protestó dulcemente de lo que decía su hermana. ¡Bah! Era más lo que hablaba la
gente que la verdad. En el pueblo tenían mala
lengua. Trataban los asuntos de familia con la mayor ligereza: hacían tema de
risa la fidelidad de la mujer y la dignidad del marido; lanzaban los chistes
más atroces sobre la tranquilidad de las familias, pero todo junto no pasaba de
ser una broma dicha sin intención de ofender. Falta de educación, como
aseguraba muy bien don Santiago el cura.
Él mismo, si fuera á hacer caso, ¿no tenía razón
para ofenderse? ¿No se habían atrevido á hacer suposiciones maliciosas sobre su
Dolores, gastándole bromas a él en la playa? ¡Y con quién, señores!... ¡Con
quién dirás tú!... Pues había para asombrarse; con Tonet, con su hermano;
¡vamos, que era para reirse! ¡Creer que á él, con una mujer tan buena, le
adornaban la casa y que el encargado de ello era Tonet, que miraba á Dolores
con el mismo respeto que á una madre!
Y el Retor, aunque algo molestado por
las murmuraciones, se reía al recordarlas con la misma expresión de desprecio y
de fe que un labriego á quien negasen los milagros de la Virgen de su lugar.
Roseta le miraba fijamente, deteniendo el paso.
Examinaba á su hermano con sus ojazos profundos, como si dudase sobre la
espontaneidad de aquella risa. No había duda: era natural. Aquel zopenco estaba
á prueba de sospechas.
Por esto se irritó ella, é instintivamente, sin
darse cuenta del daño que causaba, soltó lo que parecía escarabajearle en la
lengua. Lo dicho: todos los hombres eran unos
pillos ó unos brutos. Y con la mirada parecía señalar á su hermano,
incluyéndolo en la última categoría.
Por fin adivinó aquel hombre rudo. ¿Quién era el
bruto? ¿él? ¿Sabía acaso Roseta algo?... Á ver: que hablase... y clarito.
Estaban entonces en mitad del camino, junto á la
cruz, y se detuvieron por algunos instantes. El Retor estaba
pálido y se mordía uno de sus dedazos; dedos de marinero, romos, callosos y con
las uñas roídas.
Á ver: podía hablar claro. Pero Roseta no hablaba.
Veía en su hermano algo que no la gustaba. Temía haber ido demasiado lejos; su
conciencia de buena muchacha protestaba y arrepentíase ante la palidez y el
duro gesto de aquel rostro siempre bondadoso.
No; ella no sabía nada: las murmuraciones del
pueblo y nada más. Pero lo que debía hacer para que la gente no hablase, era
obligar á Tonet á que visitara su casa lo menos posible.
El Retor la oía encorvado sobre la fuente cercana á la
cruz, engullendo por entero el chorro de agua, como si la reciente impresión
hubiese encendido una hoguera en su estómago.
Emprendió de nuevo la marcha con la boca
chorreante, enjugándola con sus callosas manos. No; él no procedería nunca
feamente con su Tonet. ¿Qué culpa tenía el pobre chico de que la gente fuese
tan desvergonzada? Cerrarle la puerta sería perderle;
justamente, si su mala cabeza se iba sentando un poco, lo debía á los buenos
consejos de Dolores; de aquella pobrecita á la que muchos odiaban por envidia,
nada más que por envidia.
Y en su rencor contra las enemigas de su Dolores,
subrayaba las palabras con el gesto, como si incluyera entre las envidiosas á
Roseta.
¡Que hablasen hasta cansarse! Mientras él estuviera
tranquilo, se reía de los demás. Tonet era para él un hijo. Se acordaba como si
hubiese ocurrido ayer de cuando le servía de niñera y se acostaba con él en el
camarote de la barcaza, haciéndose un ovillo para dejarle la mayor parte de la
colchoneta. ¡Qué! ¿unas cosas así, tan fácilmente pueden olvidarse?
Se olvidan las buenas épocas; se borra fácilmente
el recuerdo de los amigotes con los que se bebe y se ríe en la taberna; pero
cuando se pasa hambre, ¡redeu! no se olvida por nada del mundo
al compañero de miseria. ¡Pobre Tonet! se había propuesto sacar á flote á aquel
perdido, digno de lástima, y no pararía hasta verle hecho un hombre de pro.
¿Qué se habían figurado?... Él era un animal, pero tenía un corazón que no le
cabía dentro... Y se golpeaba el recio pecho, que sonaba como un tambor.
Más de diez minutos marcharon los dos hermanos sin
cambiar palabra. Roseta, arrepentida de haber provocado aquella conversación;
Pascual, con la cabeza baja, pensativo, frunciendo algunas veces
las cejas y cerrando los puños como si le acometiera un mal pensamiento.
Habían llegado al Grao y atravesaban sus calles con
dirección al Cabañal.
El Retor habló por fin, mostrando necesidad de
desahogar su pensamiento, de echar fuera ideas penosas, cuyo doloroso culebreo
se notaba en las contracciones de su frente.
En fin, Roseta, lo conveniente era que todo lo
dicho sólo fuese una broma de la gente. Porque si algún día resultara
verdad, ¡recristo! á él no le conocía nadie en el pueblo. Se
tenía miedo á sí mismo en ciertos momentos. Era hombre de paz y huía las
cuestiones; muchas veces perdía su derecho en la playa porque era padre y no
aspiraba á pasar por majo; pero que no le tocasen lo que era suyo y muy suyo:
el dinero y su mujer. Aun se acordaba con horror de que al venir de Argel,
con aquello, tuvo el pensamiento, si le alcanzaba la escampavía, de
plantarse junto al mástil faca en mano, y allí matar, matar siempre, hasta que
lo tumbaran sobre los fardos que eran su fortuna. Y en cuanto á Dolores,
algunas veces al contemplarla tan buena, tan guapa, con el aire de señora que
tan bien le sentaba, había pensado, ¡por qué no decirlo! había pensado en que
alguien se la podía quitar, y entonces ¡redeu! entonces sentía
deseos de apretarla el gaznate y salir por las calles mordiendo como un perro
rabioso. Sí; eso es lo que él era; un perro mansote, que si llegaba á rabiar
acabaría con el mundo ó tendrían que matarle... Que
le dejasen quieto; que nadie turbara su felicidad, adquirida y sostenida á
fuerza de trabajos.
Pascual manoteaba mirando fijamente á Roseta, como
si ésta fuese la que iba á robarle su Dolores. Pero de pronto hizo un gesto
como si despertara y se notó en él el disgusto del que en un momento de
excitación teme haber dicho demasiado.
Le molestaba la presencia de su hermana. Ya podían
separarse. Ella hacia la barcaza de la playa y ¡espresions á la mare! Él
iba á su casa.
Hasta bien entrada la noche le duró al Retor la
impresión del encuentro. Pero cuando fueron á verle para tomar órdenes los
tripulantes de Flor de Mayo, todo lo había olvidado, todo.
Allí estaba Tonet, en su presencia, y sin embargo,
no experimentó la más leve emoción. Esto resultaba la prueba más clara de que
todo era mentira. Su corazón estaba mudo; luego nada había.
Todo lo olvidó para hablar de la salida del día
siguiente. La Flor de Mayo formaría pareja con una barca que
había alquilado. Que Dios le diese buena suerte, y no tardaría en construir
otra embarcación como Flor de Mayo.
En la tripulación figuraba un marinero, al
que el Retor oía como un vetusto oráculo: el tío
Batiste, el pescador más viejo de todo el Cabañal; setenta años de vida de
mar, encerrados en un armazón de pergamino curtido, que salían por la negra
boca oliendo á tabaco malo, en forma de consejos prácticos y
de marítimas profecías. Lo había enganchado el patrón, no por lo que pudiera
ayudar á la maniobra con sus débiles brazos, sino por el exacto conocimiento
que tenía de la costa.
Desde el cabo de San Antonio hasta el de Canet era
el golfo una gran plaza sin bache y agujero que no conociera el tío
Batiste. ¡Ah! si él pudiera convertirse en un esparrelló,
nadaría por abajo, sabiendo siempre dónde se encontraba. La superficie del mar,
muda para otros, leíala con la mayor facilidad, adivinando su fondo.
Sentado sobre la cubierta de la barca, parecía
sentir todas las ondulaciones del suelo submarino, y con una ligera ojeada
sabía si estaban sobre los profundos algares, sobre el Fanch ó
sobre las colinas misteriosas llamadas los Pedrusquets, que
evitaban los pescadores por miedo á que se enroscasen las redes y se hicieran
trizas. Sabía pescar en los tortuosos callejones de profundo mar abiertos entre
los Muralls de Confit, la Barreta de Casaret y Ròca
de Espiòca; arrastraba las redes por aquel laberinto sin tropezar con las
traidoras puntas ni con los algares que cargan la malla hasta romperla, no
sacando nada de provecho, y en las noches obscuras, cuando no se veía á cuatro
pasos de la barca y la luz de los faroles la sorbía sin rastro alguno la
lobreguez de las aguas, bastábale gustar con la lengua el fango de las redes
para decir con matemática certeza el sitio donde estaba. ¡Demonio de hombre!
parecía que sus setenta años se los había pasado
abajo en compañía de los salmonetes y de los pulpos.
Aparte de esto, sabía muchas cosas no menos útiles;
por ejemplo, que el que salía á pescar el día de las Almas, corría el peligro
de sacar algún muerto envuelto en las redes, y el que ayudaba todos los años el
día de la fiesta á llevar en hombros la Santa Cruz del Grao, no podía ahogarse
nunca.
Por eso él se conservaba bien á pesar de sus
setenta años, y eso que nunca se había separado del mar. Á los diez años tenía
callos en el sobaco, á fuerza de tirar como un toro de las cuerdas del bolich;
y no sólo había sido pescador: tenía su docena de viajes á la Habana, pero no
como los chicos de ahora, que se creen hombres de mar porque hacen de camareros
y mozos de cordel en cualquier trasatlántico como un pueblo, sino á bordo de
faluchos de la matrícula, barcos más valientes que Barceló, que iban á Cuba con
vino y traían azúcar, mandados por patrones venerables, envueltos en su
ranglán, y con sombrero de copa; y antes se acababa el mundo que faltaba á
bordo la lamparilla encendida ante el Cristo del Grao y el rosario á la puesta
del sol.
Aquellos eran otros tiempos; la gente era mejor. Y
el tío Batiste, moviendo las arrugas del rostro y su barbilla de
chivo venerable, hablaba contra la impiedad y soberbia del presente,
acompañando sus palabras con juramentos de castillo de proa y me caso en
esto y en lo de más allá.
El Retor le escuchaba complacido. Encontraba en el
viejo á su antiguo maestro el tío Borrasca, y oyéndole pensaba en
su padre. La demás gente de la barca, Tonet, los dos marineros y el grumete,
reíanse del viejo y le enfurecían asegurándole que ya no estaba para navegar y
que el cura le reservaba la plaza de sacristán.
¡Chentòla! Ya verían quién era él cuando saliesen al
mar; aun les llamaría cobardes en más de una ocasión.
Al día siguiente todo el barrio de las Barracas
estaba en movimiento. Por la noche se hacían á la mar las barcas del bòu,
llevando los hombres á la pura conquista del pan.
Todos los años se repetía la emigración viril, pero
á pesar de esto las más de las mujeres mostrábanse impresionadas pensando en
los muchos meses de sobresalto é inquietud que habían de sufrir hasta la
primavera.
Los patrones mostrábanse atareados por los últimos
preparativos. Iban al puerto para examinar sus embarcaciones, hacían funcionar
las garruchas, correr las maromas, subían y bajaban las velas, tocaban el fondo
de la cala, examinaban el repuesto de lona y cables, contaban las cestas y
hacían repasar las redes. Después llevaban los papeles á las oficinas para que
aquellos señores tan orgullosos y malhumorados se dignasen despacharlos.
Cuando el Retor fué á comer á
mediodía, encontró en la cocina de su casa á
la siñá Tona, que lloraba hablando con Dolores.
La vieja sostenía sobre sus rodillas un envoltorio,
y apenas vió á su hijo, le increpó con ira.
Vamos á ver: aquello era una mala cosa; parecía
imposible que fuese padre. Le habían dicho que su nieto Pascualet se embarcaba
en la Flor de Mayo para hacer el aprendizaje de gato.
¿Estaba bien aquello? Una criatura de ocho años que aun debía estar mamando, ó
cuando más jugando en la tabernilla de la abuela, ir al mar como los hombres, á
pasar fatigas y quién sabe si algo peor.
Ella se oponía, sí señor; el chico no debía
conformarse con aquel martirio, y puesto que la madre callaba y al padre se le
había ocurrido tal barbaridad, ella, como abuela, protestaba. Se llevaría el
chico para impedir semejante crimen. ¡Pascualet! ¡tu abuela te llama!
Pero el demonio del muchacho, enfundado en un traje
nuevo de franela amarilla, descalzo, para mayor carácter, con una
faja que se le enroscaba hasta el pecho, gorra negra sobre la oreja y la blusa
hinchada como un globo, pavoneábase imitando el aire desgarbado del tío
Batiste y hacía muecas á su abuela en venganza de la ofensa que le
infería rogando por él.
No iría á jugar más á la playa; que se guardase la
abuela sus meriendas; él era hombre y quería ir al mar como segundo gato de
la Flor de Mayo.
Sus padres se reían con las insolencias del
muchacho. ¡Demonio de chico! El Retor se lo hubiera comido á
besos.
La abuela lloraba como si le viera ya próximo á la
muerte. Pero el padre se indignó. ¿Quería callar? Cualquiera creería que
mataban al chico. ¿Qué tenía aquello de extraordinario? Pascualet iba al mar
como habían ido su padre y todos sus abuelos. ¿Deseaba la agüela que
fuese un vago? Él le quería valiente y trabajador, sin miedo al agua, que es
donde está la vida. Si cuando él muriera podía dejarle un buen pasar,
mejor que mejor. El chico no expondría su vida navegando, pero sabiendo lo que
es una barca, no podrían engañarle. Una desgracia á cualquiera le ocurre, y
porque su padre, el tío Pascual, había acabado como todos sabían, ya se
figuraba su madre que todos los pescadores habían de morir ahogados. ¡Vamos...
calle, calle y no haga reir!
Pero la siñá Tona no podía callar.
Estaban todos endemoniados. El maldito mar les atraía para acabar con la
familia. Ella no descansaba. ¡Si contase los espantosos sueños que tenía por la
noche! Ya sufría mucho pensando en los peligros del hijo, y ahora, por si no
tiene usted bastante, el nieto también. Vamos, que aquello no podía sufrirse;
lo hacían por matarla á pesares; y si no fuera por lo mucho que les quería, no
debía mirarles más á la cara.
El Retor, indiferente á los lamentos de su madre, sentábase á la mesa ante la cazuela humeante.
Escrúpulos de vieja. ¡Á comer, Pascualet!
Su padre había de hacerle el mejor marinero del
Cabañal. Y para extremar sus bromas, quiso saber qué traía su madre en aquel
envoltorio.
Volvió á llorar la siñá Tona. Era
un obsequio bien triste. El miedo no la dejaba dormir; había reunido la noche
anterior todos sus ahorros, bien poca cosa, y quería hacer un regalo á su hijo:
un chaleco salvavidas que por mediación de una amiga había comprado al
maquinista de un vapor inglés.
Y sacó á luz la coraza voluminosa de forradas
escamas de corcho, que se plegaba con gran flexibilidad. El Retor la
contemplaba sonriendo. Bien estaba aquello; ¡lo que inventaban los hombres!
algo había oído de tales chalecos, y se alegraba de tener uno, por más que él
nadaba como un atún y no necesitaba adornos.
Pero entusiasmado como un niño ante el regalo,
abandonó la comida y se probó el chaleco, riéndose del grueso envoltorio, que
le daba el aspecto de una foca, haciéndole respirar angustiosamente.
Gracias; con aquello no era posible ahogarse, pero
moriría de sofocación. Lo metería en la barca. Y arrojó la coraza al suelo,
apoderándose de ella Pascualet, quien con gran trabajo se embutió en el
salvavidas, asomando la cabeza y las extremidades como una tortuga dentro del
caparazón.
Al terminar la comida llegó Tonet. Traía una mano
entrapajada. Era un golpe que había recibido aquella
mañana; y lo decía de un modo, que su hermano no quiso preguntar más ni le
sorprendió la extraña mirada de Dolores. Alguna diablura de aquel loco; alguna
riña que habría tenido en la taberna.
Con una mano inútil, para nada servía en la barca.
Debía quedarse en tierra, y ya lo tomaría su hermano á bordo de allí á dos
días, pues pensaba no tardar más en la primer salida si la pesca era buena.
Mientras hablaba el Retor con gran
tranquilidad, lamentándose de que su hermano no fuese á bordo de la Flor
de Mayo, Tonet y su cuñada bajaban la cabeza y evitaban mirarse, como si se
sintieran avergonzados.
Á media tarde comenzaron los preparativos para la
salida del bóu.
Más de un centenar de barcas formadas en doble fila
frente á los muelles, inclinaban los mástiles como un escuadrón de lanzas que
saluda, moviendo sus cascos con incesante y gracioso contoneo. Las pequeñas
embarcaciones, con su rudo perfil de galera antigua, recordaban las numerosas
armadas de Aragón, las flotas de barquichuelos con las que Roger de Lauria era
el terror de Sicilia. Y los Pescadores presentábanse en grupos con el hatillo á
la espalda y el aire resuelto, como las bandas de almogávares llegaron á la
playa de Salou para ir en embarcaciones iguales ó peores á la conquista de
Mallorca. Tenía aquel embarque en masa y en tan
rudos barcos un sabor tradicional, algo que forzosamente hacía recordar la
marina de la Edad Media, los bajeles de Aragón, cuya vela triangular lo mismo
espantaba al moro de Andalucía que se destacaba sobre el clásico y risueño
cielo de la Grecia.
Todo el pueblo acudía al puerto; las mujeres y los
niños corrían por los muelles buscando en la confusión de mástiles, cuerdas y
cascos incrustados unos en otros, la barca donde iban los suyos. Era la
emigración anual á los desiertos del mar; la caída en perpetuo peligro para
sacar el pan de las misteriosas profundidades, que unas veces se dejan extraer
mansamente sus riquezas y otras se alborotan amenazando de muerte á los audaces
argonautas.
Y por las pendientes tablas que unían las barcas
con el muelle, pasaban pies descalzos, calzones amarillos, caras tostadas, todo
el mísero rebaño que nace y muere en la playa sin conocer más mundo que la
extensión azul; gente embrutecida por el peligro, sentenciada á muerte, para
que tierra adentro otros seres, sentados ante el adamascado mantel, puedan
contemplar como joyeles de coral los rojos langostinos ó se conmuevan con
estremecimientos de gula ante la enorme merluza nadando en apetitosa salsa. El
hambre iba á lanzarse en el peligro para satisfacer á la opulencia.
Comenzaba á caer la tarde. Los últimos mosquitos
del verano, enormes, hinchados, zumbaban en el
ambiente impregnado de tibia luz, brillando como un chisporroteo de oro; el mar
se extendía tranquilo fuera del puerto hasta juntarse con el horizonte, y allá
en la línea divisoria destacábase como una vaga nube la cumbre del Mongó, cual
una isla flotante.
Continuaba el embarque. La aglomeración de barcas
tragábase hombres y más hombres; las mujeres hablaban con animación del tiempo
de la pesca, que esperaban fuese buena; de la temporada que se preparaba, en la
cual podría haber pan abundante en sus casas; y los grumetes corrían desolados
por el muelle, descalzos y apestando á brea, para hacer los últimos encargos de
sus patrones, embarcar la galleta y cargar el tonelillo del vino.
Cerraba la noche; ya estaba toda la gente en las
barcas: más de mil hombres. Sólo faltaba para partir que los señores de las
oficinas acabasen de despachar los papeles; y la multitud que ocupaba los
muelles se impacientaba como ante un espectáculo que se retarda.
Había en el acto de la partida una costumbre que
cumplir. Desde tiempo inmemorial, todo el pueblo acudía á la salida del bòu para
insultar á los que se iban. Chistes atroces, sangrientas bromas cruzábanse
entre las barcas y las escolleras cuando aquéllas salían del puerto; todo á la
buena de Dios, sin mala intención, porque así lo marcaba la costumbre y porque
tenía gracia decirles algo á los... lanudos que
se iban tranquilos á pescar dejando solas á sus mujeres.
Y tan arraigada estaba la costumbre, que algunos
pescadores se preparaban con anticipación, metiendo en sus barcas capazos de
guijarros para contestar las insultantes despedidas á pedrada limpia.
Era una diversión brutal, propia de las playas
levantinas, donde las bromas giran siempre con la mayor inocencia sobre la
mansedumbre del marido y la fidelidad de la mujer.
Cerró la noche. Inflamábase como una guirnalda de
fuego el rosario de faroles que orlaba los muelles; titilaban los rojos
regueros de luz sobre las mansas aguas del puerto, y las linternas de los
buques brillaban en lo alto de los palos como estrellas verdes y encarnadas.
Cielo y agua tomaban el mismo color ceniciento, destacándose los objetos como
manchas negras. El puerto, el caserío y los buques parecían dibujados con tinta
china sobre un inmenso papel gris.
¡Ya salían, ya salían!... Izábanse las velas, que
en la lobreguez transparentaban las luces del puerto, como piezas extendidas de
crespón ó sutiles alas de grandes mariposas negras.
La pillería había ocupado lo más saliente de las
escolleras para saludar á los que partían. ¡Cristo! ¡y cómo iban á divertirse!
Había que agazaparse bien para que no les llegara alguna piedra.
Ya salía la primer pareja; mansamente, con poco viento aún, cabeceando las dos barcas como toros
perezosos antes de tomar carrera. En la obscuridad se reconocía a las parejas y
á los que iban en ellas.
—¡Adiós!—gritaban las mujeres de los
tripulantes—. ¡Bòn viache!
Pero la pillería había roto ya en espantoso e
infamante vocerío. ¡Vaya unas lengüecitas! Hasta las mismas mujeres injuriadas
que estaban á espaldas de ellos reían como locas, celebrando las ocurrencias.
Era un carnaval con toda su libre franqueza para mezclar verdades y mentiras.
¡Lanudos! ¡más que lanudos! Iban á
pescar tan tranquilos, dejando solas sus mujeres. Ya se encargaría el cura de
acompañarlas. ¡Muuu! ¡muuu!...
É imitaban el mugido de los bueyes entre las
carcajadas del gentío que, por un absurdo de la costumbre, gustaba de despedir
con tales insultos á los hombres que marchaban á trabajar y tal vez á morir por
el sustento de sus familias. Pero éstos, siguiendo la sarcástica broma, echaban
mano á los capazos de piedras y los guijarros silbaban como balas, chocando con
los peñascos, tras los cuales se ocultaba la procaz granujería.
Era un aquelarre, una aglomeración de escandalosos
duendes que bullían en las dos escolleras y vomitaban injurias cada vez que
pasaban barcas por la estrecha garganta de la dársena.
Cuando las voces, ya roncas, enmudecían cansadas de
berrear, la provocación partía de las mismas barcas.
Molestábales á los pescadores que saliese su pareja en
silencio, y partía de ella alguna voz de marinero socarrón preguntando
mansamente:
—¡Che! ¿qué no dieu algo?
Vaya si le decían, y recrudecíase otra vez el
eterno grito de lanudos, confundiéndose con el rugido de los
caracoles que soplaban los grumetes, misteriosa señal para reconocerse las
barcas que formaban la pareja y navegar juntas en la obscuridad, sin mezclarse
con las otras embarcaciones que seguían el mismo rumbo.
Dolores estaba en una escollera, de pie, sin miedo
á las pedradas, casi confundida con la turba vociferante. Sus amigas se habían
quedado atrás por temor á un guijarro y ella estaba allí sola: sola no, porque
un hombre se aproximaba lentamente, con fingida distracción, hasta quedar casi
pegado á sus espaldas.
Era Tonet. La soberbia moza sentía en el cuello la
respiración de su cuñado, y los rizados pelillos de la nuca erizábanse con su
aliento abrasador. Volvía ella la cabeza buscando en la obscuridad los ojos de
Tonet, que fulguraban con hambrienta fiebre, y sonreia satisfecha por la muda
adoración.
Sentía deslizarse por su talle una mano ansiosa y
ágil, la misma mano entrapajada que, según declaraba Tonet horas antes, no
podía mover sin terrible dolor.
Las miradas de los dos expresaban lo mismo. Por
fin, tenían una noche de libertad: ya no serían entrevistas
rápidas con zozobra y peligro. Solos, completamente solos toda la noche, y la
otra y otra más... hasta que volvieran el Retor y su hijo.
Tonet iba á acostarse en la cama de su hermano, como si fuese el amo de casa.
Y este placer criminal, este adulterio, al que se
unía la traición al hermano, causábales escalofríos de horrible voluptuosidad;
les hacía estrechar sus cuerpos, en los que la carne se estremecía con
vibraciones puramente animales, como si lo infame de la pasión aumentase la
intensidad del placer.
Un grito de la chicallería les sacó de su
somnolencia amorosa.
—¡El Retor! ¡Ahí va el Retor! ¡Esta es Flor de
Mayo!
Y ¡vive Cristo, que fué buena la que se armó! Para
el pobre Pascualo estaba reservado lo más fuerte de la fiesta.
Ya no eran chicuelos los que gritaban. Los pocos
hombres que quedaban en tierra y el mujerío que odiaba á Dolores, unían sus
voces al ronco gritar de la pillería.
¡Lanudo! Cuando volviera á tierra habría que acercarse
a él capa en mano. Y la gente vociferaba estos y peores insultos con verdadera
furia, como quien sabe que no da golpes en vago. Con aquél no era broma: le
decían la verdad y nada más.
Tonet se estremecía temiendo alguna indiscreción de
los bárbaros, pero Dolores, impúdica y audaz, reíase
de veras, como si le hiciera mucha gracia la rociada de insultos que recibía su
panzudo. ¡Oh! Era legítima hija del tío Paella.
La Flor de Mayo atravesaba
mansamente por entre las escolleras, y de su popa salió la alegre voz del
patrón, satisfecho de las ovaciones que merecía.
—¡Che! ¡Digau més! ¡Digau més!
Aquella provocación irritó á la muchedumbre. ¿Que
dijeran más? Pues allá va. Y cerca, muy cerca de Tonet y Dolores, sonó una voz
que contestó á la provocación de un modo que hizo estremecer á los amantes.
Á ver si callaba el muy lanudo. Á
pescar sin cuidado. Tonet ya se quedaba con Dolores para consolarla.
El Retor soltó el timón y se puso en pie de un salto.
—¡Morrals!—rugió—; ¡cochinos!...
No; aquello no estaba bien. Bromitas á él, todas
las que quisieran; pero eso de meterse con la familia, era muy feo... muy
indecente.
IX
Aquel año protegía Dios á los pobres.
Así lo decían las pobres mujeres del Cabañal,
agrupándose por la tarde en la playa, dos días después de la salida de las
barcas.
Volvían las parejas del bòu rápidamente,
viento en popa, y la rígida línea del horizonte aparecía dentellada por las
innumerables aletas que se aproximaban á pares como palomas unidas por una
cinta á flor de agua.
Hasta las más viejas del pueblo no recordaban una
pesca tan afortunada. ¡Señor! ¡si parecía que el pescado estaba allá dentro, en
grandes masas, esperando pacientemente las redes para entrar sin resistencia en
ellas, aliviando la miseria de los pescadores!...
Sobre la arena de la playa, agitado todavía, dentro
de los cestones de caña, estaba toda aquella hermosura: los salmonetes de roca,
como palpitantes pétalos de camelia, contrayendo el lomo de suave bermellón con
el estertor de la asfixia; los viscosos calamares y los pulpos, moviendo su
maraña de patas, apelotonándose y enroscándose en la
agonía; los lenguados, planos y delgados como suelas de zapatos; las rayas,
estremeciendo su titilante mucosidad, y sobre todo los langostinos, la pesca
preciosa, que asombraban aquel año por su cantidad, transparentes como el
cristal, erizando sus tentáculos con desesperación y destacando sobre las
negruzcas cestas sus dulces tonos de nácar.
Llegaban las barcas plegando las enormes velas y
quedaban quietas y balanceantes á pocos metros de la orilla.
Á cada pareja agolpábase la
multitud en el límite de las olas, arremolinábanse las faldas de sucio percal,
las caras rojas y las cabelleras de Medusa, gritando, increpándose, discutiendo
para quién sería el pescado. Arrojábanse de las barcas los gatos con
agua á la cintura, formando larga fila, en la que iban interpolados los hombres
y los cestos y avanzaban rectamente hacia la orilla, surgiendo poco á poco del
manso oleaje, hasta que sus pies descalzos tocaban la arena seca, y las mujeres
de los patrones se encargaban de la pesca para venderla.
Poblábase como si fuese un pedazo de tierra el
espacio de mar entre la orilla y las barcas. Pasaban los grumetes con el
cántaro al hombro, enviados por la tripulación que, cansada del líquido
recalentado y sucio de los toneles, anhelaba el agua fresca de la fònt
de Gas; las chicuelas de la playa, remangándose impúdicamente las haraposas
faldillas, hundían en el mar las piernas de chocolate para
ir á curiosear y apropiarse algo de la pesca menuda: y para sacar las barcas
que habían de aguardar en seco el día siguiente, entraban olas adentro los
bueyes de la comunidad de pescadores, hermosos animales rubios y blancos,
enormes como mastodontes, moviéndose con pesada majestad y agitando su enorme
papada con la soberana altivez de un senador romano.
Estas yuntas, que hundían la arena bajo sus pezuñas
y de un tirón arrastraban las barcas más grandes, guiábalas Chepa,
un chicuelo enteco y jiboso con cara de vieja maliciosa, un enjendro que lo
mismo podía tener quince años que treinta, enfundado en un chubasquero
amarillo, por bajo del cual asomaban dos piernecillas rojas, en las que la
piel, siguiendo con fidelidad todas las ondulaciones del esqueleto, marcaba el
contorno y los ligamentos de sus huesos.
En torno de las barcas que arrastradas surgían
lentamente del mar, agitábase un apretado círculo de pillería haraposa y
greñuda, sacando medio cuerpo del agua como el cortejo de nereidas y tritones
que escoltan las barcas mitológicas, pidiendo con roncos gritos que les echasen
un puñado de cabets.
En la playa organizábase un mercado, donde á fuerza
de gritos, manoteos é insultos, se realizaban las ventas.
Las amas de barca regateaban y reñían detrás de sus
repletas banastas con todo el rebaño vociferante que
había de revender el pescado al día siguiente en Valencia, y cuando llegaba el
ajuste por arrobas recrudecíanse los insultos, discutiendo si habían de entrar
las piezas gordas ó la morralla. Dos capazos pendientes de cuerdas y unos
cuantos guijarros enormes servían de balanza y pesas, y nunca faltaba algún
chico del pueblo de la clase de leídos que se prestaba á ser
secretario de las amas, llevando en un papel la cuenta de las ventas.
Rodaban empujados por el pie del comprador los
repletos capazos, contemplados con codicia por los pillos de la playa. Pieza
que caía, evaporábase como tragada por la arena; y los buenos
burgueses que venían de Valencia para admirar el pescado fresco, sentíanse
empujados, pisoteados por la multitud arremolinada que, como inquieta tromba,
mudaba de sitio á la llegada de una nueva barca.
Dolores estaba en sus glorias. Durante muchos años,
al comprar en la playa el pescado como una simple vendedora, había deseado ser
ama de barca, poder reñir é imponerse al mísero y escandaloso rebaño. Por fin
se realizaban sus aspiraciones; y sorbiendo orgullosamente el aire con su
graciosa nariz, erguíase entre los cestones recién desembarcados, mientras que
Tonet se cuidaba del peso y de registrar las ventas.
Casi encallada en la mar baja, esperaba
cabeceando Flor de Mayo á que los bueyes la sacasen á la
playa.
El Retor ayudaba á los marineros á plegar la vela, y
se detenía algunas veces para mirar á su mujer cómo se peleaba con las
compradoras y marcaba los precios que el cuñado tenía que registrar. ¡Miradla;
parecía una reina! Y el pobre hombre sentíase satisfecho al pensar que su
Dolores debía todo aquello á él, á nadie más que á él.
En la proa erguía su hijo Pascualet la desmedrada é
inmóvil figurilla, como si fuese el mascarón de la barca, hecho un lobo de mar,
descalzo y sucio, con la camisa fuera del calzón, los faldones revoloteando al
viento y al descubierto su panza rojiza como la de una estatuílla de barro
cocido. Y frente á la barca lo admiraban un buen golpe de infelices rateros de
la playa, casi desnudos, con aspecto de tribu salvaje, rojos, con la pátina que
da á los cuerpos el aire del mar y los miembros enjutos, delatando la pobreza
nutritiva de la salazón. ¡Pero qué suerte tenía el Retor! Traía
la barca atestada de langostinos, que á dos pesetas libra... ¡tira! ¡tira! Y
los miserables abrían la boca y entornaban los ojos como si viesen un
deslumbrante oleaje de pesetas.
Chepa llegó con su pareja de poderosas bestias, y la Flor de
Mayo, chirriando sobre los tarugos en que resbalaba su quilla, comenzó á
salir á tierra.
El Retor había abandonado su barca y estaba frente á
Dolores, sonriendo como un bendito ante su delantal recogido é hinchado por los
enormes puñados de plata que parecían romper la tela. ¡Vaya
una jornada! Con pocas así podían redondearse. Y la suerte tal vez se
repitiera, pues el viejo que llevaba á bordo adivinaba los sitios donde estaba
la mejor pesca.
Pero se interrumpió en su entusiasmo para mirarle
las manos á su hermano. Los trapos habían desaparecido. Ya estaba bueno, ¿eh?
Se alegraba mucho: así podría embarcarse en la segunda expedición y ya vería lo
que era divertirse. Daba gusto pescar sacando las redes llenas con tanta
facilidad. Pensaba salir al amanecer. Había que aprovechar la fortuna.
Dolores, viendo terminada la venta, preguntó á su
marido si iría á casa. El patrón no podía decirlo. No le gustaba abandonar la
barca. La gente de la tripulación era capaz de irse á la taberna así que
volviese la espalda, y la embarcación no podía quedar sola en la playa, donde
pululaban los raterillos husmeando todo la aprovechable. Tenía ocupación, y si
á las nueve de la noche no estaba en casa, podía ella acostarse.
En cuanto á Tonet, que marchara á despedirse de su
Rosario y á coger el hatillo; pero antes del amanecer, allí en la playa, pues
no quería esperar.
Dolores cambió una rápida ojeada con su cuñado y
después se despidió de su marido, intentando llevarse á Pascualet. No; el
muchacho quería quedarse en la barca al lado de su padre; y al fin la buena
moza tuvo que partir sola, siguiendo los dos hombres con su mirada el garboso
contoneo de aquel cuerpo soberbio que se alejaba
empequeñeciéndose.
Tonet permaneció en la playa hasta el anochecer,
hablando con el tío Batiste y comentando con otros pescadores
la inesperada abundancia de pescado. Se fué cuando el grumete comenzaba á
preparar la cena á bordo de la Flor de Mayo.
Pascual, al quedar solo, comenzó á pasear por la
playa con las manos metidas en la faja, oyendo el fru-fru de
sus calzones impermeables, que producían un roce de pergamino seco.
La playa estaba obscura. En las cubiertas de
algunas barcas brillaban las fogatas de la cena, pasando ante ellas de vez en
cuando las sombras de los tripulantes. El mar, casi invisible, marcándose en
ciertos momentos con débil fosforescencia, mugía dulcemente, y á lo lejos
salían de la lóbrega playa ladridos de perros y alguna voz de niño entonando
una canción amortiguada por la distancia. Eran grumetes que se dirigían al
Cabañal.
El Retor miraba la débil faja de la luz rojiza que aun
se marcaba en el horizonte tras la línea de lejanos tejados por donde se había
ocultado el sol. No le gustaba aquel color: como él decía con su experiencia de
marinero, el tiempo no estaba seguro.
Pero esto le preocupó poco, pensando únicamente en
sus negocios y en su dicha. No podía quejarse de la suerte. Hogar tranquilo,
buena mujer, ganancias para construir antes de un año otra barca
que formase pareja con Flor de Mayo y un hijo
digno de él, que mostraba gran afición al mar y sería con el tiempo el mejor
patrón del Cabañal. ¡Vamos, hombre! que podía tenerse por el más feliz de los
mortales, y esto sin carecer de camisa como el hombre dichoso del cuento, pues
tenía más de una docena y un pedazo de pan para la vejez.
Pascual, animado por la contemplación de su dicha,
avivaba su torpe paso, restregándose las manos alegremente, cuando vió á poca
distancia una sombra que se aproximaba con lentitud. Era una mujer; una mendiga
tal vez que iría por las barcas pidiendo como limosna el desperdicio de la
pesca. ¡Válgame Dios, cuánta miseria hay en el mundo! Y como al sentirse feliz
quería hacer partícipe de su dicha á todo el mundo, buscó la punta de su faja,
donde llevaba, enrolladas algunas pesetas con mezcla de calderilla.
—Pascualo—murmuró la mujer con voz dulce y
tímida—. ¿Eres Pascualo?
¡Cristo! ¡qué chasco!... ¡Si era Rosario, su
cuñada! ¿Venía en busca de su marido? Pues perdía el viaje; debía estar ya en
casa esperándola para cenar.
Pero el alegre patrón quedó perplejo al saber que
no buscaba á Tonet. ¿Qué hacía allí entonces? ¿Quería hablar con él? Esta
pretensión le extrañaba. Trataba poco á la mujer de Tonet, y no comprendía para
qué podría necesitarle. Pero en fin, podía hablar.
Se cruzó de brazos mirando su barca, en la que
Pascualet y el otro gato danzaban en torno de la marmita de la
cena. Esperaba las palabras de aquella sombra que permanecía con la cabeza
baja, como si se sintiera poseída de invencible timidez.
Vamos, ya podía hablar: él la escuchaba.
Rosario, como quien desea acabar pronto diciéndolo
todo de un golpe, irguió su cabeza con energía y clavó sus ojos en los
del Retor, brillándole con misteriosa fosforescencia.
Lo que tenía que decirle era que se interesaba por
la dignidad de la familia; que ya no podía sufrir más, y que ella y el
Retor estaban haciendo reir á todo el Cabañal.
Á ver: ¿quién hacía reir?... ¿Él?... ¿y por qué se
divertían á su costa?... Él no creía dar motivo para que se burlaran como si
fuese una mona.
—Pascualo—dijo Rosario con lentitud, pero
con energía, como quien se resuelve á todo—, Pascualo... Dolores
t’engaña.
¡Quién!... ¡su mujer le engañaba!... ¡Cristo, esto
sí que era bueno!
Y como un buey que recibe un mazazo, inclinó su
cabezota por algunos instantes. Pero pronto sobrevino la reacción. Había en
aquel hombre fe suficiente para resistir golpes mayores.
—¡Mentira!... ¡mentira! Vesten, embustera.
Si la obscuridad no hubiese sido tan densa, tal vez
Rosario se habría asustado al ver la cara del Retor.
Pataleaba como si de la arena hubiese salido la calumnia y quisiera aplastarla;
movía sus brazos con expresión amenazante y las palabras se le escapaban
barboteando como si se ahogasen en el acceso de rabia.
¡Ah, mala piel! ¿Creía ella que no la conocían?...
Envidia, y nada más que envidia... Odiaba á Dolores y mentía para perderla...
¿No le bastaba con no saber dirigir al pobre Tonet, y aun intentaba deshonrar á
Dolores, que era una santa?... Sí señor, una santa, y ya quisiera ella llegarle
á la suela del zapato.
—¡Vesten!—rugía—; ¡vesten ó
te mate!
Pero á pesar de las amenazas con que acompañaba su
exigencia de que se fuera, Rosario permanecía inmóvil, como si resuelta á todo
no le intimidaran las amenazas del Retor.
—Sí; t’engaña, Pascualo—decía
con su desesperante lentitud—. T’engaña, y es en Tonet.
¡Recordons! ¿También metía á su pobre hermano en la
danza? La indignación le ahogaba; aquella mentira era insufrible, y en su furor
sólo sabía repetir:
—¡Vesten, Rosario; vesten ó te mate!
Pero lo decía de un modo terrible, cogiendo á su
cuñada por las muñecas, apretándola con furia, empujándola de un modo tan
amenazador, que la pobre mujer, al desasirse, mostraba miedo y comenzó á
alejarse.
Había ido allí para hacerle un favor, para que no se rieran más las gentes de él; pero ya que lo
quería, podía seguir siendo un bendito.
—¡Bruto... llanut!
Y escupiendo estos dos insultos como despreciativa
despedida, huyó Rosario, quedando el Retor inmóvil, con los
brazos cruzados.
¡Oh, qué mala piel! ¡Cuán infeliz era su hermano
con una mujer así!
Sentíase satisfecho por su arranque de indignación.
Buenas cosas se había oído la envidiosa: podía volver otra vez con mentiras.
Y paseaba por la arena, que humedecían las olas,
sintiendo alguna vez el agua en sus gruesos zapatones.
Daba bufidos de satisfacción recordando la energía
con que había procedido, pero algo le escarabajeaba en el cerebro y en el
pecho, algo que crecía por momentos y le apretaba la garganta, causándole
mortal angustia.
¿Y por qué no había de ser verdad lo que decía
Rosario?...
Tonet había sido novio de Dolores; por el hermano
conoció él á su mujer; se veían con frecuencia; hablaban solos horas enteras;
ella mostraba gran interés por su cuñado... ¡Cristo! Y él sin sospechar nada,
sin adivinar su deshonra... ¡Cómo se habría reído la gente!
Y pateaba con furia, cerrando los puños y
profiriendo juramentos espantosos, de los que guardaba para los días de
borrasca.
Pero no; no era posible. ¡Cómo gozaría la mala
lengua si le viese á él con su rabieta de muchacho crédulo! Y en resumen: ¿qué
le había dicho? Nada; la misma broma con que varias veces le habían molestado
en la playa; sólo que los pescadores se permitían la injuriosa suposición para
enfadarle y reirse de su gesto hosco, mientras que Rosario lanzaba tales
calumnias con la venenosa intención de poner en discordia al matrimonio. Pero
todo eran mentiras. ¿Faltarle á él Dolores? No era posible: ¡una mujer tan buena,
y además con un hijo, con Pascualet, al que quería tanto!...
No podía ser. Y para convencerse mejor, para
ahuyentar la angustia que le oprimía, el Retor paseaba
aceleradamente y decía con voz tan alterada por la emoción, que á él mismo le
parecía que era de otro:
—Mentira; tot mentira.
Esto le tranquilizaba. Con tales palabras
aliviábase, como si convenciera al mar, á las sombras, á las barcas que habían
presenciado la calumniosa afirmación de Rosario; pero ¡ay! dentro llevaba el
enemigo; y mientras la lengua repetía ¡mentira!, los oídos le
zumbaban, como si aun vibrasen en ellos las últimas palabras de su
cuñada: ¡Bruto!... ¡llanut!
No, ¡recristo! todo antes que eso. Al pensar que
podían ser ciertas las palabras de Rosario, sentía el ansia de destrucción de
que habló á Roseta días antes en el camino del Grao, y veía á Tonet y á Dolores y hasta á su hijo, como si fuesen
terribles enemigos.
¿Y por qué no había de ser verdad todo?... Una
mujer como Rosario, para vengarse de Dolores, podía calumniarla por el pueblo,
pero ir directamente á su esposo, suponía la desesperación de la que se cree
engañada.
Ahora se sentía arrepentido de haber contestado tan
brutalmente á su cuñada. Debió oirla, apurar toda la amarga verdad. El mayor
dolor con su terrible certeza era preferible á la inquietud.
—¡Pare!... ¡pare!—gritaba una
vocecita alegre desde la cubierta de la Flor de Mayo.
Era Pascualet, llamando á su padre para cenar. Él
no cenaba. ¿Quién pensaba en cenar con aquella impresión que anudaba su
garganta y le oprimía el estómago?
El patrón se aproximó á la barca, hablando á su
gente con tono seco é imperioso. Podían cenar; él iba al pueblo, y si no
volvía, que durmiesen hasta el amanecer, hora de la salida.
Pascual se alejó sin mirar á su hijo, y como un
fantasma atravesó aquella playa negra, en línea recta, tropezando algunas veces
con las barcas viejas y hundiendo otras sus gruesos zapatos en las marismas que
formaba el oleaje en los días de tempestad.
Ahora se sentía mejor. ¡Qué calma gozaba al ir en
busca de Rosario! Ya no sentía el terrible zumbido en que iban envueltos los
últimos insultos de su cuñada; ya no se agitaba su
pensamiento produciéndole agudas punzadas en el cerebro. Su cráneo parecía
hueco, no sufría dentro del pecho pesadez alguna, sentíase con una ligereza
asombrosa, como si caminase á saltos, sin tocar apenas el suelo, y únicamente
continuaba el obstáculo de la garganta, el nudo asfixiante y un sabor salobre
en la lengua, como si estuviera tragando agua del mar.
Iba á saberlo todo, todo. ¡Qué amargo placer! ¡Recristo! Jamás
hubiera sospechado que una noche tenía que correr casi como un loco hacia la
barraca de su hermano, marchando por la playa y evitando las calles, como si le
avergonzara la presencia de gentes.
¡Ay! ¡Qué bien le había sabido clavar el puñal
aquella Rosario; qué misterioso poder tenían sus palabras y qué demonio
insaciable y furioso habían despertado dentro de él!...
Entró casi corriendo en una calle de míseros
pescadores que desembocaba en la playa, con sus olivos enanos, orlando las
aceras ribazos de tierra apisonada, y sus dos filas rectas de mezquinas
barracas con cercas de tablas viejas.
Empujó con tanta rudeza la puerta de la vivienda de
su hermano, que la madera fué á gemir, chocando contra la pared interior. Á la
luz rojiza de un candil vió á Rosario sentada en una silla baja, con la cabeza
entre las manos. Su aire de desolación ajustábase bien con el interior mísero, escaso en sillas, y las paredes sin otro adorno que
dos estampas, una guitarra vieja y algunas redes antiguas.
La barraca, como decían las vecinas, olía á hambre
y á palizas.
Rosario, al oir el estrépito, levantó la cabeza, y
viendo al Retor que obstruía con su figura cuadrada el hueco
de la puerta, sonrió con expresión amarga:
—¡Ah! ¡Eres tú!...
Le esperaba. Estaba segura de que vendría. Podía
pasar: no le guardaba rencor por lo de momentos antes en la playa. ¡Ay! á todos
les ocurría lo mismo. La primera vez que á ella le hablaron mal de su marido no
lo quiso creer, no quiso oir á la mujer que la revelaba sus infidelidades, riñó
con ella, y después... después fué en busca de la vecina á pedirle por Dios que
hablase, como venía él ahora después que en la playa casi la había pegado.
Así son todas las personas que quieren bien;
primero el furor, la rabia ante lo que creen mentira; después el maldito deseo
de saber, aunque las noticias desgarren las entrañas.
¡Ay, Pascualo!... ¡Cuán desgraciados eran los dos!
Y Pascual, que había entrado en la barraca cerrando
la puerta, estaba de pie ante su cuñada con los brazos cruzados, mirándola con
expresión hostil. Al verla, despertábase en él el odio instintivo contra el que
mata las propias ilusiones.
—¡Parla... parla!—decía el Retor
con voz fosca, como si le molestaran las palabras inútiles de su cuñada—. ¡Digues
la veritat!
El infeliz quería saber la verdad, toda la verdad;
mostrábase amenazante por la impaciencia, pero en su interior temblaba y
hubiera deseado que los segundos fuesen siglos para no llegar nunca á oir las
revelaciones de Rosario.
Pero ésta hablaba ya... ¿Tenía fuerzas para oirlo y
resistirlo todo? Iba á hacerle mucho daño, pero sólo le pedía que no la odiase.
Ella también sufría, y si hablaba era porque no podía resistir más; porque
odiaba á Tonet y á su infame cuñada; porque Pascualo la inspiraba la tierna
conmiseración de los compañeros de infortunio.
Dolores le engañaba. Y no era asunto de ayer; las
criminales relaciones databan de antiguo; comenzaron á los pocos meses de
haberse casado ella con Tonet. Aquella perra, al ver que Tonet era de otra
mujer, lo había apetecido, y por Dolores cometió él la primera infidelidad
después de su boda.
—¡Pròbes... vinguen pròbes!—rugía
el patrón con los ojos amarillentos que parecían herir á su cuñada.
Ésta sonreía con expresión de lástima. ¿Pruebas?
que fuera á pedirlas á todo el pueblo, que hacía más de un año comentaba
alegremente las relaciones. ¿No se enfadaría? ¿quería oir toda la verdad? Pues
bien; hasta los gatos y los marineros jóvenes cuando hablaban
en la playa de algún marido engañado, decían como
exageración que era más lanudo que el Retor.
—¡Recordons!—rugía Pascual cerrando los
puños y pateando el suelo—. Rosario... mira lo que parles.
Si no es veritat, te mate.
¡Matarla!... ¡Valiente caso hacía ella de la vida!
Era hacerla un favor quitarla de en medio. Sin hijos, sola, teniendo que hacer
una vida de bestia, muerta de hambre para dar alguna peseta al señor y que no
la zurrase, ¿para qué quería estar en el mundo?
—Mira, Pascualo, mira.
Y remangándose un brazo, mostraba sobre la
blancuzca y pobre piel que envolvía el hueso y los nervios, algunas huellas
amoratadas que delataban la presión dolorosa de una mano como una tenaza. ¡Y si
fuese aquello solo!... En todo el cuerpo podía enseñar marcas iguales. Eran
caricias del marido cuando ella le echaba en cara sus relaciones con Dolores.
Aquella misma tarde le había hecho lo del brazo, antes de ir á la playa á
reunirse con su cuñada, ayudándola á la venta del pescado como si fuese su
marido... ¡Cuánto se habría burlado la gente del pobre Retor!
¿Quería pruebas? Pruebas tenía. ¿Por qué no se
había embarcado Tonet en la primera salida? ¿Qué herida era la de la mano que
sólo duró hasta que la Flor de Mayo hubo salido del puerto? Al
día siguiente le vieron todos sin los engañosos trapos.
¡Pobre Pascual! Mientras él iba al mar, á dormir poco, sufriendo el agua y el viento, todo por ganarse
el pan, su mujer, su Dolores, se burlaba de él. Tonet se acostaba en su cama
como un señor, caliente y regalado, burlándose del hermano tonto. Sí; era
verdad: podía asegurarlo; mientras él había estado en el mar, Tonet no había
dormido en su barraca, y aquella misma noche estaba ausente. Se había llevado
poco antes su hatillo de marinero, despidiéndose hasta la vuelta.
¡Llora, Pascualo! Su mujer y su hermano le creían
pasando la noche en la playa, y tal vez en aquel momento se preparaban á
acostarse en la cómoda cama del patrón.
—¡Recristo!—murmuraba el Retor con
acento doloroso, levantando la cabeza como si protestase contra los de arriba,
que permitían que á un hombre honrado le ocurrieran tales cosas.
Pero él no se entregaba fácilmente. Su carácter
honrado y bondadoso rebelábase ante tanta monstruosidad. Aunque aceptaba en su
interior la revelación dolorosa, gritaba con expresión amenazante:
—¡Mentira... mentira!
Rosario enardecíase. ¿Mentira? Con hombres tan
ciegos como él no valían pruebas. ¿Á qué tanto gritar? ¿Iba acaso á comérsela?
Era un topo, sí señor; un topo digno de lástima que no veía más allá de sus
narices. Otro en su situación ya habría adivinado desde mucho tiempo antes lo
que ocurría. Pero él... ¡vaya una ceguera! Ni siquiera se había fijado en su
hijo para reconocer su semejanza.
¡Esta sí que fué puñalada! El Retor, á
pesar de la pátina bronceada que había dado á su tez el ambiente del mar,
púsose pálido, con una blancura lívida; vaciló sobre sus robustas piernas como
si la verdad le zarandease rudamente, y la sorpresa le hizo tartamudear con
angustia.
¡Su hijo!... ¡su Pascualet! ¿Y á quién se parecía?
Á ver: que hablase pronto la mala pécora. Su hijo era suyo, muy suyo. Á él
únicamente había de parecerse.
¡Pero de qué modo reía la maldita! Parecía un
sarcástico demonio. ¡Qué terrible gracia le hacía su paternal afirmación!... Y
oyó aterrado las explicaciones de Rosario. Para ser hijo suyo debía parecérsele
como él se semejaba á su padre, el difunto tío Pascual. Y no era así, no.
Pascualet era igual á su tío: los mismos ojos, la misma esbeltez, idéntico aire
de pinturero. ¡Ah, pobre Retor! ¡Ciego lanudo! Que
se fijase bien y vería como su hijo era igual á Tonet en la época que vivía en
la barca de la madre y correteaba por la playa hecho un pillete.
Ahora el Retor ya no dudó. Aquello
lo creía á ojos cerrados. Parecía que acababan de batirle una catarata y todo
lo contemplaba con mayor claridad, con nuevas formas y desconocidos relieves,
como un ciego que veía al mundo por primera vez. Era verdad. Lo mismo era su
hijo que el otro: varias veces, contemplándolo, había adivinado su instinto una
vaga semejanza con alguien que no podía definir.
Se llevó las crispadas manos al pecho, como si
fuese á desgarrarlo, á sacar de él algo que quemaba, y después se echó un fiero
zarpazo á la cabeza.
—¡Recontracordons!—gimoteó con una voz ronca
que alarmó á Rosario—. ¡Santo Cristo del Grau!...
Anduvo algunos pasos como si estuviera borracho y
desplomóse con tanto ímpetu, que el suelo tembló con el choque de su pecho
poderoso, y las piernas se levantaron á impulsos de la caída.
Cuando el Retor despertó estaba
tendido de espaldas y sentía en las mejillas un cosquilleo caliente, como si
algún bichillo se escurriera escarabajeando sobre su piel con tibio contacto.
Llevóse una mano penosamente á la dolorida cara, y
á la luz del candil la vió manchada de sangre. Las narices le dolían;
comprendió que al caer, su rostro había chocado con el suelo, produciéndose una
fuerte hemorragia.
Rosario estaba arrodillada junto á él é intentaba
limpiarle la cara con un trapo húmedo.
El Retor, al ver el rostro despavorido de su cuñada,
recordó sus revelaciones y lanzó á Rosario una mirada de odio.
¡Que no le ayudase! Podía levantarse solo. La
agradecía todo el mal que le había hecho. No; no eran necesarias excusas. ¡Si
él estaba muy satisfecho!... Noticias como aquellas no se olvidan nunca. Y
gracias que había tenido la pérdida de sangre, pues de lo contrario era posible
que se hubiera quedado muerto en el sitio, víctima de una congestión... ¡Ay, cómo sufría!... Pero también ¡cómo se iba á
divertir! Ya se cansaba de ser bueno. ¿De qué servía que un hombre fuese
honrado y se quitara la piel para bien de la familia? Ya se encargaban de
martirizarle los vagos y las malas pécoras que estaban en el mundo para la
perdición de los hombres de bien. ¡Pero cómo iba á divertirse! ¡Cómo se
acordaría el Cabañal del Retor, del famoso lanudo!
Y barboteando quejas y amenazas entre suspiros y
rugidos, el patrón restregábase con el trapo el dolorido rostro, como sí
aquella frescura le aliviase.
Avanzaba hacia la puerta con ademán resuelto y
hundiendo sus manazas en la faja. Rosario intentaba cerrarle el paso con
expresión de terror, como si acabara de despertarse en ella la loca pasión por
Tonet y temiese por su vida.
Debía detenerse; esperar. ¿Quién sabe si todo eran
mentiras, visiones de ella, murmuraciones de la gente? Tonet era su hermano.
Pero el Retor sonreía de un modo
lúgubre. Que no hablase más; estaba convencido; se lo decía el corazón, y era
bastante... El mismo temor de Rosario le confirmaba en su creencia. ¿Tenía
miedo por Tonet? ¿Le quería? También él quería á su Dolores á pesar de todo. La
llevaba en el pecho; por más que hiciera, no podría sacar de allí dentro á la
gran... punta, y sin embargo, ya vería Rosario, ya vería todo el
pueblo cómo procedía Pascualo el llanut.
—No, Pascualo—suplicaba Rosario,
intentando agarrar sus poderosas manazas—. Espera.. esta
nit no...atre día.
¡Oh! Él lo adivinaba. Rosario sabía que aquella
noche estaba su marido en su casa junto con Dolores. Pero podía tranquilizarse.
Decía bien; aquella nit no. Además, había olvidado la faca y no era
cosa de matar á bocados á la infame pareja... ¡Paso libre! ¡Allí se ahogaba!
Y apartando á Rosario de un vigoroso empellón, se
echó á la calle.
Su primera sensación al verse en la obscuridad fué
de placer. Parecíale que acababa de salir de un horno y aspiraba con deleite la
brisa cada vez más fresca.
No lucía estrella alguna; el cielo estaba
encapotado, y á pesar de su situación, Pascual, con el instinto de marinero,
examinó el espacio y se dijo que al día siguiente sería malo el tiempo.
Después se olvidó del mar y del próximo temporal y
anduvo tiempo y más tiempo sin pensar en nada, moviendo las piernas
instintivamente, sin voluntad ni rumbo determinado, repercutiéndole los pasos
dentro del cráneo, como si estuviera hueco.
Sentíase tan insensible como poco antes, cuando
yacía tendido sin conocimiento en la barraca de Tonet. Dormía de pie, abrumado
por el dolor, pero su sueño era ambulante; y á pesar de la parálisis de sus
sentidos, las piernas movíanse aceleradamente, sin
que Pascual notase que pasaba siempre por el mismo sitio.
Su única sensación era de amargo placer. ¡Qué
alegría poder caminar amparado por las sombras, pasearse por unas calles que á
la luz del sol no tendría el valor de atravesar!
El silencio causábale la dulce sensación que siente
el fugitivo al verse en el desierto, lejos de los hombres y al abrigo de la
soledad.
Vió á lo lejos, marcada en el suelo la faja de luz
de una puerta abierta; alguna taberna tal vez, y huyó tembloroso, agitado, como
si acabase de encontrar un peligro.
¡Ay! ¡Si le viese alguien! Tal vez muriera de
vergüenza. El más insignificante grumetillo le haría huir.
Obscuridad y silencio era lo que buscaba. Y
caminaba sin cansarse, tan pronto por las muertas calles de la población como
por la playa, que también parecía intimidarle. ¡Recristo! ¡Cómo
se habrían burlado de él en los corrillos! Todas las barcas viejas debían estar
en el secreto, y cuando crujían era que celebraban á su modo la ceguera del
patrón de la Flor de Mayo.
Varias veces despertó del sopor que
inconscientemente le hacía errar sin descanso.
Una vez se encontró cerca de su barca y otra parado
ante su casa y con la mano tendida hacia el aldabón... Había que huir de allí;
quería sosiego y calma; tiempo le quedaba. Y este raciocinio fué poco á poco sacando el pensamiento de su catalepsia
dolorosa.
No se entregaba; ¡nunca! Sabrían todos quién era
él, pero esto no impedía que encontrase ciertos motivos para disculpar á
Dolores. Al fin no desmentía su casta. Era legítima hija del tío Paella,
aquel borrachón que tenía por abonadas á las chicas del barrio de Pescadores, y
en su casa hablaba lo mismo que si Dolores fuese otra de la parroquia. ¿Qué
había aprendido de su padre? Cochinadas, nada más que cochinadas, y así había
salido ella. La culpa era de él, ¡grandísimo bruto! casándose con una mujer que
forzosamente había de resultar tal como era.
Ya lo decía su madre... La que mejor conocía á
Dolores era la siñá Tona, cuando se oponía á que la hija
de Paella fuese su nuera. Dolores era una mala mujer, pero él
no podía chillar muy alto, pues resultaba culpable por haberse casado con ella.
Á quien odiaba era á Tonet... ¡Deshonrar á un
hermano! ¿Cuándo se había visto tal monstruosidad? Tenía que arrancarle el
alma.
Pero apenas formulaba en su interior los horribles
deseos de venganza, surgía la protesta de la sangre. Oía la voz de Rosario
diciéndole como amarga advertencia que Tonet era su hermano. ¿Cuándo se había
visto que un hermano matase á otro? Caín únicamente, aquel hombre perverso, del
que había oído hablar con tanta indignación al cura del Cabañal. Además, ¿Tonet
era culpable?... No; el culpable era él, nadie más
que él. Ahora lo veía con claridad. Le había quitado la novia al pobre Tonet;
Dolores y él se amaban antes de que el Retor pensase en decir
una palabra á la hija de Paella; y había sido una barbaridad, como
todo lo suyo, casarse con una mujer que era de su hermano.
Lo que ahora le afligía era forzoso que ocurriese.
¿Qué culpa tenían los dos si al verse juntos, en continuo trato por el
parentesco, había resucitado la antigua pasión?
Se detuvo unos instantes, como abrumado por la
culpabilidad que le parecía evidente, y al darse cuenta del lugar donde se
hallaba, vióse en la playa, á pocos pasos de la taberna de su madre.
La barcaza vieja y sombría, asomando entre las
cercas de cañas, evocó el recuerdo del pasado. Vióse pequeño, correteando por
la playa, llevando en brazos á su hermano, al diablejo exigente que le
martirizaba con sus caprichos de arrapiezo rabioso. Su vista parecía traspasar
las viejas tablas de la barcaza y veía el angosto camarote, sentía la tibia
caricia de la colcha que cubría amorosamente á los dos; á él cuidadoso y
solícito como una madre, y al otro, á su compañero de miseria, que apoyaba
sobre sus mejillas la morena cabecita.
Sí; tenía razón Rosario. Era su hermano; mejor aún:
era su hijo, pues él, más que la siñá Tona, había cuidado del
encantador pillete, plegándose á todas sus exigencias como esclavo cariñoso.
¿Y le había de matar?... ¡Dios mío!... ¿Quién había imaginado tal monstruosidad? No; perdonaría;
por algo era cristiano y creía á ojos cerrados en todas las palabras de su
amigo don Santiago.
La calma absoluta de la playa, su obscuridad de
caos, la ausencia completa de todo ser humano, infiltraban la dulzura en su
indignada rudeza, inclinándole al perdón.
Pascual sentíase nacer á una vida nueva; hasta le
parecía que era otro quien pensaba por él. La desgracia aguzaba su
inteligencia.
Dios era el único que le veía en aquel momento: á
Él solo tenía que dar cuentas. ¿Y qué le importa á Dios que una mujer engañe á
su marido? Pequeñeces, miserias de los gusanillos que pueblan este mundo; lo
importante era ser bueno y no contestar á la infidelidad con un nuevo crimen.
El Retor regresó lentamente hacia el Cabañal.
Experimentaba gran alivio; la frescura del ambiente parecía haber penetrado en
su ardoroso interior. Sentíase débil. Desde por la mañana no había comido, y el
golpe en la cara le causaba una picazón molesta.
Sonaban á lo lejos relojes dando la hora... ¡Las
dos! Parecía imposible la rapidez con que había transcurrido el tiempo. Más
pesadas le resultarían las pocas horas que quedaban hasta el amanecer.
Al entrar en la calle oyó una voz de niño que
cantaba. Algún grumetillo que iba hacia su barca. El Retor le
distinguió en la obscuridad pasando por la acera de enfrente, cargado con dos
remos y un lío de redes. Aquel encuentro le
trastornó rápidamente.
Dentro de él existían dos seres; ahora lo
comprendía. El uno era el de siempre, el bondadoso y cachazudo, penetrado de
afecto á todos los suyos; el otro la bestia que él presentía cuando pensaba en
la posibilidad de ser engañado, y que ante la traición estremecíase con el
delirio de la sangre.
En la obscuridad sonó una risotada fosca y
estridente del Retor. ¿Quién hablaba de perdonar? ¡Valiente
paparrucha! Reíase él del imbécil que momentos antes se enternecía como un niño
ante la barcaza de la siñá Tona. ¡Lanudo!...
¡Cobarde! Todos sus lloriqueos eran excusas de poltrón, pretextos de un hombre
sin agallas para vengarse. Que perdonase don Santiago y todos los que sabían
decir cosas tan bonitas... Él era un marinero, un hombre con más colgantes que
un toro pardo, y el que se la hacía, ¡redeu!, se la pagaba, así se
metiera en el vientre de un tiburón. ¡Lanudo!... ¡Cobarde!
Y el patrón, ofendido por el recuerdo de la pasada
debilidad, se insultaba, dábase furiosos puñetazos en el pecho, como si
quisiera castigar la bondad de su carácter.
¡Perdonar!... Aun podría hacerlo viviendo en un
desierto; pero él vivía en un pueblo donde todos se conocían; dentro de pocas
horas, así como pasaba aquel chicuelo, irían por las calles centenares de
personas que al verle se tocarían con el codo, diciendo
entre risas: Ahí va Pascualo el llanut; y eso no, ¡Cristo! antes la
muerte. No le había echado su madre al mundo para hacer reír á todo el Cabañal
como si fuese un mico. Mataría á Tonet, á Dolores, á medio pueblo si se le
ponía delante, y después, ¡venga lo que Dios quiera! El presidio se ha hecho
para los hombres que tienen agallas; y si le tocaba lo otro, lo peor, también
lo aceptaba. Si había de morir sobre la cubierta de su barca, lo mismo le daba
que le apretasen el cuello en alto: todo era caer sobre tablas... ¡Recristo! Ahora
verían quién era él.
Y echó á correr con los brazos encogidos, la cabeza
baja, rugiendo como si fuese á acometer, dando furiosos encontronazos en las
esquinas, guiado por el instinto, por el ansia de destrucción que le llevaba
rectamente hacia su casa.
Agarró la aldaba, y aquello fué un repiqueteo feroz
é incesante que conmovió la puerta, haciendo crujir las grietas de la madera.
Quiso gritar, insultar á los infames para que saliesen; escupirles las
tremendas amenazas que le bullían dentro del cráneo, pero no pudo; sentía una
parálisis en la cabeza, como si toda la vida se hubiese concentrado en sus
manazas, que casi arrancaban el aldabón, y en los pies, que golpeaban la
puerta, incrustando en las maderas los clavos de sus zapatos.
Aquello era poco: más aun; para que rabiase el par
de canallas. Y agachándose, agarró de en medio de la calle un enorme pedrusco y
lo arrojó como una catapulta contra la puerta, que
crujió dolorosamente, conmoviendo toda la casa.
En el silencio que se hizo después de este
estrépito, el Retor oyó el ruido de algunas ventanas que se
abrían cautelosamente. Quería venganza, pero no que se rieran los vecinos.
Adivinó lo ridículo de la situación si le
sorprendían golpeando la puerta de su casa, mientras los otros estaban dentro,
y aterrado por las nuevas burlas que caerían sobre él, huyó y fué á refugiarse
en la esquina inmediata, donde quedó agazapado.
Oyéronse cuchicheos y risas por un rato, pero
después se cerraron las ventanas y la calle quedó otra vez en silencio.
El Retor, con sus ojos de buen marinero, acostumbrado á las
noches lóbregas, veía desde la esquina la puerta de su casa. Allí permanecería
si era preciso hasta que saliera el sol.
Esperaba á su hermano... ¡Á su hermano, no! Al
canalla de Tonet; y cuando saliera... Era lástima no tener la faca á mano, pero
le mataría de cualquier modo; le apretaría el gaznate ó le machacaría el cráneo
con cualquier pedrusco de la calle. En cuanto á ella, entraría después en su
casa y la abriría el vientre con el cuchillo de la cocina ó haría otra cosa
semejante. ¡Ya veríamos! Puede que al pasar el tiempo se le ocurriera otra
barbaridad más chistosa.
Y el Retor, agazapado en la esquina,
entreteníase en discurrir tormentos, gozaba recordando cuantas
clases de muerte había oído relatar; las aplicaba todas á la infame pareja y
hasta regodeábase mentalmente con la esperanza de encender en la playa una pira
de barcos viejos, tostándolos á los dos á fuego lento.
¡Qué frío hacía!... ¡Y qué mal iba sintiéndose el
pobre Retor! Pasada la locura furiosa que le acometió al
encontrarse con el grumete, sentía ahora una laxitud general, una debilidad que
le paralizaba. La humedad de la noche parecía penetrar hasta sus huesos, y el
estómago le atormentaba con dolorosos estremecimientos. ¡Ay, Dios! No en balde
se sufren los pesares. ¡Qué enfermo se sentía!... Por esto tenía que matar á
aquellos infames, ó de lo contrario acabarían con él á fuerza de disgustos.
Aquella misma noche había conocido su desgracia, y
ya se sentía envejecido, con el robusto corpachón dominado por extraña
debilidad.
¡Las tres! Con qué lentitud pasaba el tiempo. Y
seguía allí, inmóvil, sintiendo que la parálisis de sus miembros se apoderaba
también de su pensamiento.
Ya no imaginaba terribles castigos; no pensaba
nada, y más de una vez se preguntó qué hacía allí. Toda su voluntad estaba
concentrada en los ojos, que no se apartaban ni un sólo instante de la cerrada
puerta.
Hacía ya mucho rato que habían sonado las tres y
media, cuando el Retor creyó percibir un ligero chirrido y que
se abría el postigo de su casa. Un bulto se despegó
de la obscura puerta, y por unos instantes estuvo inmóvil, como si mirase á
ambos lados de la calle temiendo ser espiado.
Volvió á percibirse el chirrido, el choque de las
maderas cerrándose, al mismo tiempo que el Retor, entumecido por la
humedad, se incorporaba trabajosamente.
Por fin, le llegaba su hora buena. Y corrió hacia
el bulto, pero éste tenía unas piernas envidiables, y al ver venir un hombre
dió un salto prodigioso y emprendió carrera. Los vecinos madrugadores oían
desde la cama la ruidosa persecución, aquel galope furioso que hacía temblar
las aceras de ladrillos.
Perseguíanse jadeantes é impetuosos en la
obscuridad. El Retor se guiaba por una mancha blanca, algo así
como un hatillo que aquel hombre llevaba en la espalda, pero á pesar de sus
esfuerzos adivinaba que perdería la pista, pues la distancia entre él y el
perseguido aumentaba rápidamente. Sus piernas de marinero eran para sostenerse
erguido en la borrasca, no para correr; entorpecíale el entumecimiento de la
humedad, y además, bien conocía que había de habérselas con su hermano, famoso
desde pequeño por su agilidad y ligereza.
En una encrucijada le perdió de vista, como si se
hubiera disuelto en la sombra. Huroneó por las calles inmediatas buscando al
perseguido, sin encontrar el menor rastro. ¡Buenas piernas tenía el ladrón!
Abríanse algunas puertas dando paso á los
madrugadores que tenían trabajo en la playa,
y el Retor huyó, dominado por el terror que le inspiraba la
presencia de extraños.
Nada le quedaba ya que hacer. Había perdido hasta
la esperanza de vengarse. Y se encaminó á la playa, temblando de frío, sin
voluntad, sin fuerzas para pensar, resignado con su suerte.
Comenzaba el movimiento en torno de las barcas.
Sobre la obscura arena brillaban como luciérnagas los rojos farolillos de la
marinería que acababa de despertar.
El Retor vió la luz en la taberna de su madre; Roseta
había levantado la hoja de madera que se cerraba sobre el mostrador, y estaba
tras éste, arrebujada en su mantón, soñolienta, con la aureola de rubios y
encrespados cabellos escapándose por bajo del pañuelo de seda y la naricilla
roja por el frío del amanecer.
Esperaba á los primeros parroquianos y tenía sobre
el mostrador, pronta á servir, los vasitos y la botella de aguardiente. La
madre dormía aún en su camarote.
Cuando Pascual se dió cuenta de lo que hacía, ya
estaba plantado ante el mostrador... ¡Una copa! Roseta, en vez de servirle, le
miraba fijamente con sus ojos claros y sin expresión, que parecían registrarle
hasta el alma. El Retor temblaba... ¡Ah! aquella chiquilla...
¡qué lista era! Todo lo adivinaba, y por esto el patrón, para salir del paso,
apeló á la brutalidad.
¡Recordons! ¿No había oído? Quería una copa, y realmente
la necesitaba para echar lejos de sí el frío mortal que le congelaba las
entrañas. Él, siempre tan sobrio, quería beber, emborracharse, anegar en
aguardiente su entorpecimiento de idiota que le dominaba.
Bebió... ¡Otra! ¡y otra después! y mientras tragaba
el aguardiente de un sorbo, su hermana no dejaba de servirle, siempre con la
mirada fija en él, como si leyese en su rostro todo lo ocurrido.
¡Qué bien se encontraba Pascual! ¡Oh! aquello
reanimaba. Parecíale que la fría atmósfera del amanecer se iba caldeando;
sentía un tibio cosquilleo bajo la piel y casi se reía de la veloz persecución
por las calles que tanto le había fatigado.
Experimentaba la necesidad de ser bueno, de querer
á todo el mundo, comenzando por aquella chica, por su hermana, que seguía
mirándole. Sí; lo proclamaba él muy alto. Roseta era la honra de la familia;
todos los demás unos cochinos, y él el primero. ¡Ah, Roseta! ¡Qué talento
tenía! ¡Qué finura! Sabía decir las cosas con diplomacia; bien
se acordaba él de lo del camino del Grao; no era como otras locas que daban
disgustos de muerte y ponían á un hombre á dos dedos de la perdición. Y además,
¡qué talento! Ella estaba en lo cierto. Los hombres eran todos unos pillos ó
unos imbéciles: que pensase así por muchos años. Más valía aborrecer á los
hombres que no fingirles cariño como otras, para después engañarlos y
perderlos. ¡Ay, Roseta! ¡hija mía!... ¡Cuánto valía
aquella chica!
Y el Retor, enardeciéndose por
momentos, braceaba y gritaba, oyéndosele desde lejos. Sonó un roce fuerte
dentro del camarote de Tona, y al través de la gruesa cortina salió su ruda voz
con inflexión cariñosa:
—¿Eres tú, Pascualo?
Sí, era él, madre; iba á la barca á ver lo que se
hacía. No debía levantarse aún, pues el tiempo era malo.
Comenzaba á amanecer. En el horizonte, sobre la
obscura faja del mar, marcábase otra de luz débil y lívida. El cielo estaba
encapotado, y en la playa una densa bruma borraba el contorno de los objetos,
que se marcaban como ligeras manchas.
El Retor pidió otra copa: la última; y antes de
alejarse pasó su callosa mano por las frescas mejillas de Roseta.
¡Adiós! Ya lo sabía; ella era la única mujer buena
de todo el Cabañal. Debía creerle á él, que era su hermano. ¡Que no se casase
nunca!
Cuando llegó cerca de la Flor de Mayo silbando
con indiferencia, cualquiera lo hubiera creído alegre, á no ser por el extraño
brillo de sus ojos amarillentos, que parecían salirse del rostro, rubicundo por
el alcohol.
Sobre la cubierta de la barca, erguido con
petulancia, como si quisiera enterar á todo el mundo de que estaba allí,
mostrábase Tonet. Á sus pies veíase el blanco hatillo, el mismo que saltaba
sobre su espalda al correr por las calles del
Cabañal.
—¡Bòn día, Pascualo!—gritó al ver á su
hermano, como si tuviera prisa por hablarle y desvanecer las temerosas
sospechas que sentía.
¡Ah, ladrón!... ¡Y qué desvergonzado era! Pero
antes de que Pascual pudiera contestarle, cuando comenzaba á sentirse invadido
por la misma fiebre de horas antes, vióse rodeado por algunos compañeros.
Los patrones de las barcas celebraban consejo: se
agrupaban sin quitar la vista del horizonte.
El tiempo presentábase amenazador, resultaba
temerario el salir. Era lástima, porque el pescado se presentaba tan abundante,
que podía cogerse con las manos; pero la piel de un hombre vale más que el
negocio.
Todos eran de la misma opinión. El tiempo se ensuciaba; había
que quedarse.
Pero Pascual protestó. ¿Quedarse? Eso que lo
hiciera quien quisiera. Él á la mar iba. Aun no se habían conocido temporales
bastante fuertes para darle miedo. El Retor decía esto con
resolución, como si le ofendieran aquellos propósitos de quedarse. El que no
tuviera... agallas que no saliera. Allí quería él ver hombres.
Y volvió la espalda sin atender razones. Quería
huir de tierra, alejarse de aquellos que le conocían y sabiendo su desgracia
podían burlarse. ¡A la mar!... Ya llegaban los bueyes del arrastre. A ver: ¡los
de la Flor de Mayo! ¡Todo el mundo á tierra! Á poner los parados para echar la
barca al agua.
Y la gente de á bordo, influída por la costumbre,
obedeció al patrón. El tío Batiste fué el único en protestar
con toda su autoridad de lobo marino.
¡Rediel! Aquello era una barbaridad. ¿Dónde tenía los
ojos el Retor? ¿No veía acercarse el temporal?
Mutis, agüelo. Aquello, cuando más, reventaría en agua; y al que
está acostumbrado al mar, le importa poco un chubasco más ó menos.
Pero el viejo seguía protestando. Reventaría en
agua ó en viento, y si ocurría esto ya podían rezar el último padrenuestro los
pescadores á quienes pillase.
El patrón protestó con una rudeza extraña en él,
que trataba siempre con respeto al viejo... ¡Tío Batiste, á casa!
Sólo servía ya para sacristán del Cabañal. Él no quería carroñas ni cobardes en
su barca.
¡Recontracordons!... ¡Cobarde él! ¡Un hombre que había ido en
falucho á la Habana y naufragado dos veces! ¡Redeu! (y que le
perdonase el pecado el Santo Cristo del Grao); si tuviera veinte años menos,
por aquella palabra ya hubiera sacado la faca, tirándole las tripas al suelo.
¡Á la mar! Que todo se lo llevase el demonio! Bien lo decía el refrán: Donde
hay patrón no manda marinero.
Y mascullando su indignación, ayudó á colocar las
últimas viguetas, cuando la proa de Flor de Mayo tocaba ya el
agua.
Otra pareja de bueyes arrastraba al mismo tiempo la
barca vieja que el Retor tenía alquilada para formar pareja
con la suya.
Al poco rato ambas embarcaciones balanceábanse
sobre las rompientes de la playa é izaban su gran vela latina, tomando viento
con rapidez.
Los patrones agrupábanse en la playa perplejos y
agitados, mirando con codicia las dos barcas que se alejaban y haciendo
indignados comentarios.
Aquel lanudo se había vuelto loco.
El muy ladrón iba á hacer su negocio, y ellos, por cobardes, se quedarían con
las manos en los bolsillos.
Esta suposición les irritaba, como si el
Retor fuese á apoderarse de toda la pesca que había en el mar. Los más
codiciosos y audaces se decidieron. ¡Ea! ellos eran tan hombres como el que más
y podían ir donde fuese otro. ¡Barcas al agua!
La resolución fué contagiosa, y los boyeros no
sabían dónde acudir, pues todos querían ser los primeros, como si se hubiera
generalizado la locura del Retor. Parecía que todos temiesen ver
agotada la pesca de un momento á otro.
Las mujeres en la playa gritaban de miedo al ver á
sus hombres lanzarse en tal aventura, y proferían maldiciones contra el
Retor, un lanudo que quería perder á toda la gente honrada
del Cabañal.
La siñá Tona, en ropas menores,
con la escasa cabellera gris flotando sobre el cráneo, acababa de llegar á la
orilla. Estando en la cama le habían dicho la
locura de su hijo y corría á evitarla. Pero las dos barcas ya estaban muy
lejos.
—¡Pascualet!—gritaba la pobre mujer formando
bocina con las manos—. ¡Fill meu!... Torna... torna.
Y al conocer que no podían oirla, tirábase de los
escasos pelos y prorrumpía en gemidos y aclamaciones.
María Santísima: su hijo iba á morir. Se lo decía
el corazón. ¡Ay, reina y soberana! Todos morirían; sus dos hijos, su nieto:
parecía que una maldición pesase sobre la familia. La mar cochina se los
tragaría á todos, como ya había devorado á su pobre Pascual.
Y mientras la pobre mujer gritaba como una loca y
las demás le hacían coro, los marineros, ceñudos y sombríos, empujados por el
egoísmo de la existencia, por la conquista del pan, que hace afrontar los
mayores peligros, entraban en el agua hasta la cintura y montaban en sus
barcas, tendiendo las grandes velas.
Y poco después, un enjambre de manchas blancas
marcábase en la bruma de aquel amanecer tempestuoso, corriendo desbocadas mar
adentro, como si las atrajera el imán de la fatalidad.
X
Á las nueve navegaba la Flor de Mayo á
la vista de Sagunto, en el espacio libre que el tío Batiste—con su
afición á guiarse más por el fondo del mar que por los accidentes de la
costa—marcaba entre la Roca del Puig y el Algar de
Murviedro.
Ninguna pareja se había atrevido á ir tan lejos.
Por la parte de Valencia, y prolongándose hacia
Cullera, marcábanse como puntos blancos las otras barcas emparejadas.
El cielo estaba gris; la mar era de un morado tan
intenso, que en la lustrosa curva formada entre dos olas, tomaba el color del
ébano. Ráfagas largas y frías agitaban las velas, causando ruidosos
estremecimientos.
La Flor de Mayo y la otra barca de
la pareja avanzaban con las velas desplegadas, arrastrando la red del bòu,
que cada vez se hacía más pesada y tirante.
El Retor iba en su sitio de popa, empuñando la caña
del timón. Apenas si miraba el mar: el instinto era quien movía su mano para
enderezar la marcha de la barca.
Sus ojos estaban fijos en Tonet, el cual desde que
salieron parecía huir de él. Cuando no miraba á su hermano, contemplaba á
Pascualet, erguido al pie del mástil, como si con su desmedrada figurilla
quisiera desafiar á aquel mar que en su segundo viaje comenzaba á mostrarse
alborotado.
La barca daba algunos tumbos al saltar las olas,
cada vez más violentas, pero los tripulantes eran gente avezada al mar y
andaban sobre la movediza cubierta con gran seguridad, expuestos á cada paso á
caer al agua.
El Retor no apartaba la vista de su hermano y su hijo,
y sus ojos iban con expresión interrogante de uno á otro, como si mentalmente
hiciese una minuciosa comparación.
Su calma era de las que inspiran pavor. Estaba
pálido, á pesar de lo bronceado de la tez; sus ojos tenían el enrojecimiento de
la vigilia, y apretaba los labios como si temiera que se escapasen las
palabrotas de ira que afluían á su lengua y que mascullaba sordamente.
No le había engañado Rosario. ¿Dónde tenía antes
los ojos, que no había visto la asombrosa semejanza? ¡Cómo se habría reído de
él la gente! Su deshonra estaba visible; era la misma cara, el mismo gesto.
Pascualet le recordaba al otro chicuelo delgado y nervioso, al que él sirvió de
niñera en la playa. Era el hijo de Tonet, no podía negarlo.
Y el patrón, conforme se convencía de su deshonra,
arañábase el pecho y lanzaba miradas de odio al mar, á su barca y á los
marineros, que á hurtadillas le examinaban con inquietud, creyendo que aquella
ira se la causaba el mal tiempo.
¿Para qué quería ya trabajar? No mantendría más á
la perra que por tanto tiempo le había puesto en ridículo: ¡adiós ilusiones de
crear un porvenir á Pascualet, de hacerle el pescador más rico del Cabañal!
¿Era acaso suyo para interesarse tanto por su suerte? Nada deseaba ya en el
mundo; morir y que pereciera con él toda su obra.
Odiaba ahora á su Flor de Mayo, la hija
de madera, á la que hablaba como si fuese un ser animado; deseaba su extinción,
su inmediata pérdida, como si le avergonzase el recuerdo de las dulces
ilusiones que acariciaba cuando estaba ocupado en su construcción. Si el mar
hubiera obedecido á sus deseos, cualquiera de aquellas olas, en vez de levantar
á la barca rudamente sobre su espumeante cima, se hubiera abierto para
tragarla.
La red era cada vez más pesada, y las barcas,
arrastrando la enorme pesca, cabeceaban sobre las olas con dificultad.
De la barca vieja que formaba pareja con Flor
de Mayo, preguntaban si era llegado el momento de chorrar.
El Retor sonrió con amargura. Bueno, que chorrasen;
lo mismo le importaba ahora que después. La tripulación de Flor de Mayo agarró
el cabo de la red que arrastraba la pareja y
comenzó á tirar con gran esfuerzo.
Tonet y los marineros, á pesar de lo ruda que era
la faena y del mal tiempo, mostrábanse alegres. ¡Vaya una pesca! Á quintales
iba á salir el pescado.
El tío Batiste, tendido en la proa y
mojado por los espumarajos de las olas, miraba al horizonte por la parte de
Levante, donde el celaje plomizo parecía condensarse, formando una masa de
negruzco vapor.
Llamaba á Pascual para que prestase atención;
pero el Retor tenía fijos sus ojos en el grupo de tripulantes
que tiraban de la red. Por una casualidad, Tonet y su sobrino estaban juntos, y
la semejanza de sus rostros resaltaba aun más ante la mirada del patrón.
—Pascualo... Pascualo—gritó el
viejo pescador con voz algo temblorosa—. Ya está ahí.
¿Quién?... ¡Quién había de ser! La tempestad, la
tormenta que desde el amanecer estaba esperando el tío Batiste.
La masa de sombras que se aproximaba agrandándose
por momentos, se abrió con la luz cárdena de un relámpago; después sonó el
trueno, como si todo el cielo fuese una inmensa pieza de tela que se rasgaba
con estrépito.
Sólo faltaba lo otro, el terrible Levante, que
barre impetuosamente con hálito de muerte todo el golfo de Valencia; y el
Levante llegó.
La Flor de Mayo tendióse de
costado sobre el agua, como si una mano poderosa,
agarrando su quilla, pugnase por voltearla. El agua invadió la cubierta, y la
gigantesca vela se extendió como una sábana sobre las olas, aleteando,
volviendo á caer como un pájaro moribundo.
Esta caída de lado, que iba á hacerles zozobrar,
fué obra de un instante: el primer impulso del vendaval que, pillando de lleno
la tendida vela, la aplastó sobre el agua, tumbando á la barca.
El tío Batiste y el Retor,
arrastrándose por la cubierta, llegaron hasta el mástil, y deshaciendo el nudo
de las jarcias, arriaron la vela.
Esta maniobra salvó á la barca que, libre de la
presión de la vela, se enderezó con un golpe de mar.
La Flor de Mayo, con el timón
abandonado, giraba como una peonza en las aguas bullentes, que se hinchaban con
lívidas y arrolladoras tumefacciones.
El Retor corrió á popa á agarrar la caña. La barca se
movía con dificultad. Arrastraba la pesadísima red que momentos antes había
contribuído á su salvación, sirviendo de contrapeso á la vela combatida por el
huracán.
El patrón vió á la otra barca de la pareja sin
aparejo, con el mástil roto, alejarse, presentando la popa.
Los tripulantes habían cortado la red para no
zozobrar con su peso y huían hacia Valencia, perseguidos por el furioso
Levante, que levantaba enormes olas, rectas como muros, arrolladoras y voraces y que de pronto se combaban y caían con ensordecedor
estrépito, sólo comparable al de los truenos que rasgaban continuamente el
espacio.
Era preciso imitar el ejemplo, librarse del peso
que entorpecía la maniobra y poner la proa hacia Valencia.
La cuerda de la red fué cortada, desapareció
arrastrado por las olas el peso que parecía apresar á la barca, y la Flor
de Mayo obedeció con más facilidad el timón.
El Retor ostentaba la serenidad sublime de las grandes
ocasiones. ¡Oído todo el mundo! Atención á lo que él mandase y á obedecer con
prontitud.
La vela estaba caída sobre cubierta; la verga podía
tocarse con las manos, y á pesar de la poca lona puesta al viento, la barca
corría con vertiginosa rapidez, pasando el agua sobre la cubierta, mientras el
mástil crujía lastimeramente.
Era llegado el momento de virar; el instante
supremo: si les cogía de lado uno de aquellos còlls de mar
rectos, que se desplomaban como murallas viejas, podían dar el adiós á la vida.
El patrón, puesto de pie valientemente, sin soltar
el timón, examinaba todas las tumefacciones gigantescas que avanzaban veloces.
Buscaba en la cordillera movible un espacio llano, un momento de calma que le
permitiera virar sin riesgo de que la barca fuese pillada de costado.
¡Ahora! Y la Flor de Mayo giró
rápidamente, cambió el rumbo entre dos montañas de agua, pero tan
oportunamente que, apenas terminada la maniobra, un golpe de mar casi recto la
entró por la popa, la puso vertical, con la proa hundida en la espuma
hirviente, la elevó hasta su cima y la arrojó por la espalda, dejándola
balanceante y trémula en un espacio relativamente tranquilo.
Los tripulantes, conmovidos aún por el zarandeo
colosal, seguían absortos la marcha veloz y arrolladora de aquella muralla
verdosa.
Viéronla inclinarse, formando como una bóveda
sombría esmeralda sobre la otra barca, que huía desmantelada; se desplomó
estallando como una mina, con hervor de espumas y nubes de agua que subían en
columna. Cuando la ola deshecha y anonadada desapareció para dejar espacio
libre á otras tan arrolladoras y ruidosas, los de la Flor de Mayo sólo
vieron en los bullentes estremecimientos asomar un pedazo de palo y el lomo
cóncavo de un tonel.
—Requiescat in pace—murmuró el tío
Batiste santiguándose y hundiendo su barba en el pecho.
Tonet y los otros dos mocetones que se burlaban del
viejo estaban pálidos, sombríos, é instintivamente contestaron: Amén.
—¡Pare! ¡pare!...—gritaba con terror
Pascualet, mirando al patrón y señalando la proa de la barca.
Momentos antes de virar estaba allí el compañero de
Pascualet, el otro gato de la barca. La ola monstruosa se lo
había llevado sin que lo notaran los tripulantes.
En la Flor de Mayo dominaba el
terror y el asombro de los primeros momentos de peligro.
El trance era supremo. Los truenos se sucedían sin
interrupción; rasgábase el plomizo horizonte por todas partes en el zigzag de
los rayos, culebras de fuego que se sumían en las aguas para apagar sus
entrañas incandescentes; sobre el estrépito de las olas retumbaban los truenos;
unos secos, espeluznantes, como descargas de artillería, que el eco repetía
hasta lo infinito; otros prolongados, silbantes, como una rasgadura
interminable; y cruzaba el espacio un furioso aguacero, como si quisiera
desbordar el mar furioso, dándole nueva fuerza.
El Retor se sobrepuso pronto al terror de los suyos.
¿Qué era aquello, recordons? ¿Pescadores
del Cabañal y temblaban? Parecía que se hubieran embarcado por primera vez.
¿Acaso no conocían las bromas del Levante? Aquello pasaría; y si no pasaba,
¿qué remediaban con el miedo? Los valientes deben morir en el mar. Ya sabían el
dicho: «más valía ser comido de carranchs que no que les
cantasen els capellans». ¡Ánimo, recristo! Á
atarse todo el mundo, que por el momento nada necesitaba la barca, y lo
importante era librarse de los golpes de mar.
El tío Batiste y los dos marineros
se amarraron al mástil por la cintura; Tonet ató sólidamente á su sobrino á una
argolla de popa, y él, viendo que su hermano por un
alarde de serenidad seguía sentado junto al timón con el cuerpo libre, le
imitó, agazapándose tras la borda, agarrando con sus manos crispadas los
salientes de la barca.
Reinaba un silencio fúnebre á bordo de Flor
de Mayo. La furiosa marejada agitaba los algares del fondo; la espuma era
amarillenta, sucia, biliosa, y los pobres marineros, calados por la lluvia y
por las olas, sufrían los latigazos del mar, los golpes de agua y algas que les
cortaban cruelmente la dura epidermis.
Cuando la ola los elevaba á prodigiosa altura y la
barca quedaba con la quilla al aire como si fuese á emprender prodigioso vuelo,
veía el Retor á lo lejos, perdidas en la bruma del horizonte,
las otras barcas del Cabañal navegando casi á palo seco, empujadas por el
temporal hacia el puerto, cuya entrada era un peligro aun mayor que permanecer
en el mar corriendo la borrasca.
El marido de Dolores sentía hondo remordimiento.
Parecíale que despertaba después de penoso sueño: la noche pasada en las calles
del Cabañal, la borrachera de la playa y el imprudente embarque, recordábalos
ahora como vagas pesadillas.
¡Loco! ¡miserable! Se avergonzaba de sí mismo. Era
más criminal que los que le habían hecho traición. Si estaba cansado de la
vida, podía haberse atado una piedra al cuello y arrojarse al mar de cabeza en
la escollera de Levante. ¿Pero con qué derecho su locura había llevado á la
muerte á tanto padre honrado? ¿Qué dirían de él en
el Cabañal, viendo que por su culpa medio pueblo se había arrojado en medio de
la tempestad?
Recordaba á los tripulantes de la vieja barca de
su pareja que habían sido tragados por el mar casi á su vista;
pensaba en las muchas embarcaciones que seguramente habrían perecido á aquellas
horas y miraba avergonzado á sus compañeros de tripulación, amarrados, azotados
por las olas y lanzados en el peligro por obedecerle.
Á su hermano y su hijo no quería mirarles: nada se
perdía con que pereciesen; aun renacía en él la ferocidad de la venganza; pero
¿y los otros? ¿y los dos marineros que tenían sus madres, viejas pescaderas á
las que mantenían? ¿y aquel tío Batiste, el amigo de su padre,
salvado milagrosamente de tantos peligros?
No; él no tenía ningún derecho para arrastrarles á
la muerte: era un criminal. Y al ver al viejo marino y sus dos jóvenes
compañeros casi tendidos sobre la chorreante cubierta, amarrados con tanta
fuerza que las ligaduras les penetraban en las carnes y aturdidos por los
golpes de mar que caían sobre ellos como triturante martillo, se olvidaba de
que él también estaba en peligro; apenas si se fijaba en las olas que le
envolvían sin conmover su corpachón, que parecía incrustado en la popa, y
sentía dentro del pecho una pena semejante á la de la noche anterior.
Era preciso vivir, salvarse. Cuando estuviera en tierra ya arreglaría sus asuntos de familia ó se
mataría; ahora lo interesante era llegar al puerto con toda su tripulación.
Bastante le pesaban sobre la conciencia el pobre grumetillo que desapareció al
virar y los que tripulaban la otra barca de la pareja.
Y el Retor ponía toda su atención
en el gobierno de la Flor de Mayo. El presente no le inquietaba. La
barca era fuerte y el temporal se presentaba por la popa; pero pensaba con
terror en la entrada del puerto, aquella lucha suprema donde tantos perecían.
Á lo lejos, esfumada en el ambiente denso de la
lluvia y las nubes que levantaba el oleaje, marcábase la escollera como el lomo
de una ballena encallada por el temporal. ¡Ah! ¡Si él consiguiera doblarla!...
Y cuando la barca, después de quedar hundida en el
agua, surgía remontándose á la cumbre de una ola, el patrón miraba ansiosamente
la aglomeración de rocas que asaltaba el mar, y en cuya cima bullían
innumerables puntos negros, gente, sin duda, que presenciaba con angustia el
terrible combate de la tempestad con los hombres.
El Retor temblaba al pensar en la próxima lucha. No se
veía ninguna barca. Muchas estarían ya en el puerto: las demás se habrían
perdido.
En su inquietud, sentía la necesidad de
fortalecerse, y habló al tío Batiste.
Él que tan bien conocía el golfo, ¿qué opinaba de
aquello?
El viejo, como si despertase, movía tristemente la
cabeza, y en su cara de chivo viejo marcábase un gesto de valiente resignación
que le embellecía. Todo tendría fin dentro de una hora; hombres y barca. La
entrada en el puerto era imposible. Lo aseguraba él, que en toda su larga vida
no había visto otro Levante tan furioso.
Pero el Retor se sentía con ánimo
para todo. Si no podían entrar en el puerto seguirían á lo largo corriendo el
temporal.
El tío Batiste movía su cabeza con
la misma expresión triste. Tampoco podía ser. El temporal duraría dos días por
lo menos, y si la barca resistía el mar, no por esto iba á librarse de encallar
en Cullera, ó de ir, cuanto más, á hacerse trizas en el cabo de San Antonio.
Más valía intentar la entrada en el puerto. Para morir de todos modos, era
mejor allí, á la vista de sus casas, en el mismo lugar donde habían perecido
muchos de sus antecesores, cerca del milagroso Cristo del Grao.
Y el tío Batiste, revolviéndose en sus
ligaduras, hurgábase el pecho para sacar por entre la camisa un crucifijo de
bronce oxidado por el sudor, y que besaba con devoción.
Esto reanimaba á los demás. ¡Cristo! Bueno estaba
el tiempo para beaterías. Tonet se burlaba con risa fúnebre, y los otros dos
marineros increpaban al viejo con las más terribles maldiciones, como si el
peligro, en vez de aterrarles, aumentara su desesperación, que se traducía en
impiedades.
El Retor levantaba los hombros con indiferencia. Él
era buen creyente; el cura del Cabañal podía atestiguarlo, pero estaba seguro
de que allí no había más Cristo milagroso que él, si la barca le obedecía y á
la entrada del puerto daba con oportunidad un golpe de timón.
Bien se adivinaba en la Flor de Mayo la
proximidad de la escollera. El mar presentábase cada vez más agitado; ya no
eran las olas únicamente de popa, sino que retrocediendo el mar al encontrarse
con el obstáculo de piedra, acometía á la barca por la proa, formando las aguas
espantosos remolinos. Eran dos mangas las que había de sufrir: la del temporal
y la del gigantesco escollo formado por los hombres.
La Flor de Mayo, crujiendo
dolorosamente á pesar de su sólida construcción, apenas si obedecía al timonel
é iba como una pelota lanzada de ola en ola, tan pronto impulsada hacia
adelante por el vendaval, como retrocediendo casi sumergida por un golpe de
mar.
Las escotillas estaban bien cerradas, y por esto la
barca, después de pasar sobre ella las montañas de agua, volvía á reaparecer
flotando valientemente.
El patrón se convencía de lo desesperado de la
situación. Estaban cogidos por la horrible marejada de la escollera. Seguir
adelante corriendo el temporal, era ya imposible; había que meterse en el
puerto ó perecer en la entrada.
Distinguía ahora claramente la muchedumbre que
pululaba sobre la escollera, alcanzada muchas veces por el oleaje; llegaba á la
barca su griterío de terror.
¡Recristo! Era muy triste morir á la vista de los
amigos, oyendo casi sus voces y sin poder recibir auxilio. ¡Perra mar!...
¡Chochino Levante! Y el Retor, enfurecido, insultaba á las olas, y
en su desesperación las escupía, mientras la barca tan pronto se encabritaba
hasta ponerse derecha, como se arrojaba proa abajo en los hirvientes remolinos.
Causaba vértigos el zarandeo interminable, y el mástil lo mismo se inclinaba á
babor metiendo la verga en el agua, como caía sobre el costado opuesto,
desapareciendo en las olas la mitad de la cubierta.
¡Allá va! ya empezaban los golpes de muerte. Y una
ola lívida, traidora, sin espuma y sin ruido, cayó sobre la popa, cubriendo
toda la barca, barriéndola con una manotada feroz.
El patrón recibió el golpe en la espalda y se dobló
hasta juntar la cabeza con los pies, pero sin soltar el timón ni moverse de
aquellas tablas, en las que parecía incrustado. Sintióse sumergido por algunos
instantes, oyó un chasquido enorme, como si la barca se despedazase, y al
surgir del agua sintió el roce de un objeto que, empujado por las olas, iba de
una parte á otra como un proyectil.
Era la pipa del agua. El furioso golpe de mar había
roto sus amarras y rodaba sobre la cubierta con velocidad
arrolladora, aplastándolo todo á su paso.
Dió un golpe á Pascualet en el rostro,
ensangrentándole, y después, como un enorme martillo, cayó sobre la base del
mástil, donde estaban amarrados el tío Batiste y los dos
marineros.
Aquello fué tan rápido como espantoso. Sonó un
grito horrible. El Retor, á pesar de su ánimo, se cubrió los ojos
con sus manazas.
El barril, como poderosa catapulta, había caído de
lleno sobre uno de los marineros, el más joven, aplastándole la cabeza; después
de su crimen, la barrica, manchada de sangre, saltó fuera de la barca como
criminal que huye, hundiéndose en la espuma.
La cabeza aplastada era una repugnante masa
sanguinolenta, de la cual arrancaba el oleaje nuevas piltrafas. El viejo
pescador y el otro marinero tenían que permanecer amarrados en contacto con el
mutilado cadáver, sintiendo en sus rostros, con los rudos vaivenes de la barca,
las rozaduras del muñón espantoso que les rociaba de sangre.
El tío Batiste clamaba con
desesperación. ¡Señor! que acabase pronto aquel tormento nunca visto. ¿Cuándo
se había hecho sufrir á hombres honrados una prueba semejante?
Su voz débil y cascada sonaba con esfuerzos de
desesperación sobre el pavoroso mugido del viento y la tempestad. Llamaba
al Retor rogándole que abandonase el timón y no se esforzara
en luchar contra lo imposible. Su última hora había llegado, y
antes de prolongar tales angustias, era preferible dejar que la barca se fuera
sobre las rocas, haciéndose mil pedazos.
Pero el Retor no le escuchaba. El
chasquido que oyó á continuación del golpe de mar, le preocupaba, y adivinando
el peligro, no apartaba la vista del mástil, que á pesar de su robustez se
cimbreaba de un modo alarmante.
En el tope agitábase el ramillete del bautizo,
manojo de hierbajos y flores secas que el huracán iba arrebatando como señal de
muerte.
Ni siquiera oía á Pascualet que, con el rostro
desfigurado por una mascarilla de sangre y aterrado al presentir la catástrofe,
gritaba con voz que parecía un balido:
—¡Pare!... ¡Pare!
¡Ah! su padre poco podía hacer. Evitar como podía
los furiosos golpes, meter la barca muchas veces entre dos olas y librarla de
que fuese pillada de costado. Pero doblar la escollera, resultaba imposible.
La quebrantada Flor de Mayo vióse
de pronto como en el fondo de una sima, entre dos muros brillantes, pulidos, de
sombría agua, que avanzaban en opuesta dirección é iban á chocar, pillando en
medio la barca.
Esta vez hasta el patrón dió un grito de pavor. Fué
instantáneo el choque. La barca vióse envuelta en un torbellino de agua, dió un
crujido horrible, como uno de los truenos secos que conmovían el espacio, y cuando al fin salió á flote pesadamente,
su cubierta estaba rasa como la de un pontón; el mástil se había roto á ras de
las tablas, y palo y vela, con los hombres amarrados, habían desaparecido.
El Retor aun creyó ver entre las espumas de una ola
que se alejaba el cadáver mutilado, y junto á él la cabeza del tío
Batiste, mirando á lo alto con expresión de asombro.
Ahora sí que podían darse por perdidos.
La rotura del mástil la habían visto todos desde la
escollera, y un grito de horror proferido por centenares de bocas sonó
cuando Flor de Mayo reaparecía sobre las aguas desmantelada y
á merced de las olas.
Todo el barrio de las Barracas estaba allí sobre el
murallón de rojos pedruscos, con el pecho palpitante y la mirada ansiosa, tan
atento á la lucha de los hombres con el mar, que apenas si se fijaba en las
olas que escalaban el escollo, amenazando arrastrar consigo á la muchedumbre.
Al sonar los primeros truenos habían corrido todos
cual rebaño asustado á la punta de la farola, como si su presencia pudiese
ayudar á los parientes y amigos en la terrible lucha por entrar en el puerto.
Llegaron corriendo bajo el aguacero furioso, combatidos de frente por el
vendaval, que arremolinaba las faldas, oprimía los vientres y zumbaba
cruelmente en los oídos; las mujeres, con los brazos en alto, cubiertas de la
lluvia por el ondeante mantón; los hombres, con
chubasqueros y botas altas, todos gritando de terror, saltando de pedrusco en
pedrusco, deteniéndose muchas veces para dejar pasar alguna ola que, saltando
la escollera, caía en el antepuerto, y resbalando en el rodeno mojado que
parecía sudar la cólera de la tempestad.
En el sitio más avanzado, sobre las últimas rocas
donde bullían los espumarajos y se rompían las olas, estaba Dolores, pálida,
desmelenada, agarrándose á la siñá Tona, que parecía próxima á
la locura.
Su chico, su Pascualet, estaba allá... y también
los otros. Y se tiraban del pelo, lanzando los más atroces juramentos de la
Pescadería, hasta que de pronto, deteniéndose y cruzando las manos sobre el
pecho, hablaban con tono suplicante de pagar misas, de enormes cirios,
dirigiéndose á la Virgen del Rosario ó al Santo Cristo del Grao, como si
estuvieran allí junto á ellas.
La mujer de Tonet, agazapada tras una piedra,
arrebujándose en el mantón, miraba el mar con la inmovilidad de una esfinge,
dejándose alcanzar por los espumarajos de las olas, que la mojaban de pies á
cabeza. Arriba, en lo más alto de la escollera, erguíase soberbia, con
expresión amenazante, la enorme mole de la tía Picores. Temblaba de
ira su arrugada boca, amenazaba á las olas con el puño cerrado, y á pesar de su
grotesca figura, había en ella cierta sublimidad, algo que recordaba los
apóstrofes del trágico inglés.
—¡Sorra!—gritaba con su voz ronca,
amenazando á la mar—. ¡Dòna habíes de ser!
Y la lluvia cayendo cada vez con más fuerza, el
vendaval bamboleando como cañas á los que se separaban de los grupos, y las
ropas, empapadas por el agua del mar y la del cielo, pegándose á las carnes,
chorreando, haciendo toser á la gente, que se olvidaba de sí misma mirando el
rebaño de barcas que se aproximaban en tropel.
¡Qué de maldiciones contra el Retor!
Aquel lanudo tenía la culpa de
todo: él era quien había inducido á tanto hombre de bien á lanzarse en el
peligro. ¡Ojalá se lo tragase la mar!
Y las mujeres de la familia bajaban la cabeza,
anonadadas por la indignación pública.
Las barcas, aunque con gran trabajo, doblaban la
escollera é iban entrando en el puerto saludadas por los gritos de alegría de
las familias que corrían hacia el Grao para abrazar á los suyos.
Conforme entraban las embarcaciones de pesca,
disminuía la muchedumbre en la punta de la farola.
La embocadura del puerto iba haciéndose por
momentos más inabordable. Tres barcas quedaban á la vista, y durante una hora
tuvieron á toda la muchedumbre con el corazón en un puño, luchando con la
marejada feroz que las empujaba sobre las piedras.
Entraron por fin: un suspiro de satisfacción dilató
los pechos, y entonces fué cuando en el brumoso horizonte
comenzó á marcarse una barca solitaria avanzando velozmente, á pesar de que
navegaba casi á palo seco.
Los marineros que estaban entre las rocas tendidos
sobre el vientre para presentar menos blanco á las voraces olas, se miraron con
un gesto de tristeza. Aquella pagaba el pato. Lo que es la rezagada no entraba:
lo afirmaban como hombres expertos en tales luchas. Llegaba demasiado tarde.
Y su prodigiosa vista de hombres de mar reconoció
al poco rato la barca, que tan pronto parecía volar como se sumergía por
algunos instantes. Era la Flor de Mayo.
La madre y la mujer del Retor gritaban
como locas. Querían arrojarse al mar; ir cuando menos hasta los peñascos más
avanzados que asomaban entre la espuma como cabezas de gigantes submarinos.
La conmiseración popular, el afecto que la
desgracia despierta en las muchedumbres, rodeaba á las dos pobres mujeres.
Ya nadie maldecía al Retor: todos
se olvidaban de su temeridad contagiosa y procuraban consolar á las dos mujeres
con falsas esperanzas. Algunos marineros se colocaban entre ellas y el mar,
evitando que presenciasen la fiera lucha, cuyo triste fin adivinaban.
La angustiosa situación duró una hora: lo bastante
para encanecer. Cuando la Flor de Mayo fué envuelta por las
dos olas y reapareció sin mástil, con la cubierta
rasa, un alarido de horror sonó en la muchedumbre. Estaban perdidos: ¡á morir!
La barca ya no obedecía al timón. El mar la hizo
emprender una carrera loca hacia los peñascos, y lo único que conseguía el
patrón á costa de muchos esfuerzos, fué que no presentara sus costados al
oleaje.
Por una casualidad no chocó contra las piedras. Un
golpe de mar la elevó á tiempo y pasó como una flecha ante el extremo de la
escollera, viendo Pascualo como aparición momentánea aquellos pedruscos, y
sobre ellos muchas caras amigas.
¡Qué angustia! ¡Estar á la vista de ellos, poder
oir su voz, y sin embargo, morir! A los pocos instantes estaban ya lejos de la
escollera. Iban rectamente hacia Nazaret, á perecer en el arenal donde tantos
barcos estaban enterrados.
Tonet, que parecía amodorrado por los golpes de
mar, se reanimó al pasar frente á la escollera. Fué una visión de vida que
iluminó su resignada desesperación.
No; él no quería morir, se defendería del mar y de
la tempestad mientras pudiese. Entre ahogarse de allí á media hora en el arenal
ó despedazarse en la escollera en un intento de salvación, prefería esto. Por
algo era el mejor nadador del Cabañal.
Y á gatas, expuesto á ser arrastrado por las olas,
llegó hasta una escotilla, destrozada por los golpes de mar, y se hundió en la
cala.
El Retor le miraba con desprecio. No estaba
arrepentido de su obra. Dios era bueno y le evitaba un crimen. Dentro de unos
instantes perecería con el hermano traidor, y en cuanto á la que estaba en
tierra, que viviese. ¿Había acaso peor tormento que seguir en el mundo? Ahora
conocía él el engaño de la vida. La única verdad era la muerte, que nunca falta
ni engaña. Y también era verdad la hipocresía feroz del mar, que calla sumiso,
se deja robar por los pescadores, los halaga, haciéndoles creer en su eterna bondad,
y después, con un zarpazo hoy y otro mañana, los extermina de generación en
generación.
Estas ideas se sucedían en él rápida y
desordenadamente, como si la proximidad de la muerte excitase su pensamiento.
Pero al ver que reaparecía Tonet en la ruinosa
cubierta, profirió una exclamación de sorpresa, incorporándose sobre las
movedizas tablas. Su hermano llevaba en las manos el chaleco salvavidas, el
regalo de la siñá Toná, que había quedado olvidado en la cala.
Tonet no se inmutó ante la mirada fulgurante y la
voz bronca de su hermano... ¿Que adónde iba? A lanzarse al mar. Había llegado
el momento del ¡sálvese quien pueda! Él no quería morir encerrado allí como una
rata, quería mejor que le aplastasen las olas sobre la escollera.
El Retor lanzó un terrible juramento. No; su hermano
no saldría de la barca: no intentaría salvarse, moriría
con él, y aun así no lo pagaba todo.
Lo supremo de la situación hacía reaparecer en
Tonet el matoncillo del puerto, el perdido incapaz de respetos, y sonreía feroz
y despreciativamente, mirando á su hermano.
En la actitud de los dos hombres había algo que
asustaba más que la tempestad.
—¡Pare!... ¡Pare!—repitió el
niño con voz débil, agitándose en sus ligaduras.
Entonces recordó el Retor que el
muchacho estaba allí; y sombrío, silencioso, soltó el timón. Llevaba en la mano
su faca de marinero, y de un solo golpe cortó las ligaduras del muchacho.
—¡Tú... el chaleco!—ordenó con voz seca é
imperativa á su hermano.
Pero éste le contestó con un ademán indecente, é
intentó introducir sus brazos en el armazón de corcho.
¡Canalla! Pascual sentía la necesidad de hablar, de
decirlo todo, aunque fuese con pocas y atropelladas palabras. ¿Creía que aun
estaba ciego? Lo sabía todo; él era quien en la noche anterior le había
perseguido por las calles del Cabañal cuando salió de dormir con la... púa que
estaba en tierra. Si no le mataba era porque iban á morir juntos.
Pero aquel chico, el que él llamaba antes su
Pascualet, no era culpable y no debía morir. Tal vez se ahogase; sería lo más
seguro; pero como á niño inocente, á él le correspondían las probabilidades de
salvación. ¡Pronto... el chaleco, Tonet! Era para
su hijo, para el fruto del engaño y de la infamia. Aunque era tan canalla,
debía acordarse de ser padre. ¡A obedecer, ó lo mataba como un perro!
Pero Tonet sonreía de un modo feroz y le contestaba
con cinismo. Tal vez no se engañase Pascualo y el chico fuese su hijo; pero la
piel propia era lo primero.
É intentó vestirse el salvavidas, pero no tuvo
tiempo. Fuése sobre él su hermano, y en la cubierta resbaladiza, movible,
invadida á cada instante por el mar, sonó un pataleo de lucha y Tonet cayó de
espaldas.
Su hermano le había hundido dos veces la faca en un
costado. Por fin satisfacía la fiebre de destrucción que le animaba desde la
noche anterior.
Sin saber casi lo que hacía, enfardó al muchacho en
el salvavidas, y como si fuera un saco de lastre, lo arrojó por encima de la
popa, viendo cómo flotaba y desaparecía tras la cresta de una ola.
Ahora á morir como todos los de la familia; á ser
recogido en la playa como un salivazo de las olas, como recogieron á su padre.
Todo había pasado á bordo de la barca con gran
rapidez.
La muchedumbre que estaba en la punta de la
escollera, veía la Flor de Mayo saltando como un ataúd sobre
las olas, sin dirección, cual un juguete de la tempestad.
Los truenos sonaban cada vez más lejanos: cesaba la
lluvia, pero el vendaval seguía soplando furioso y el oleaje era cada vez más
fuerte.
Los hombres de mar nada vieron de la lucha ocurrida
en la barca; el drama quedó ignorado. Pero distinguieron cómo el Retor arrojaba
por la popa un gran fardo que, flotando sobre las revueltas aguas, iba
aproximándose á la escollera para estrellarse sobre las rocas.
Poco después sonó el último grito de
angustia. Flor de Mayo era cogida de costado por una ola
enorme y rodaba por algunos instantes con la quilla al aire, desapareciendo por
fin.
Las mujeres santiguábanse, mientras que otras
rodeaban á Dolores y Tona, sujetándolas para que no se arrojasen al mar.
Todos adivinaban qué era el objeto que flotaba
hacia las rocas. Era el chico; los marineros le distinguían envuelto en el
salvavidas.
Iba á matarse contra los peñascos. La madre y la
abuela daban alaridos pidiendo socorro sin saber á quién. ¿No habría una buena
alma que salvase al muchacho?
Un mocetón de buena voluntad, con la cintura
amarrada por un calabrote que sostenían sus compañeros, se lanzó violentamente
en las rocas bajas, en los escollos submarinos, donde se sostuvo entre las
bullentes aguas á costa de fuerza y destreza.
Varias veces chocó el inanimado cuerpecillo con las
salientes piedras, arrebatándolo de nuevo el mar
entre alaridos de horror, pero por fin el marinero pudo alcanzarlo cuando iba á
golpear de nuevo con su débil cuerpecillo el murallón gigantesco.
¡Pobre Pascualet! Tendido sobre la fangosa
plataforma de la escollera, su cara ensangrentada, sus miembros amoratados,
fríos y desgarrados por las aristas del rodeno, asomaban por entre el
voluminoso salvavidas como las extremidades de una tortuga.
La abuela intentaba reanimar entre sus manos
aquella cabecita cuyos ojos se habían cerrado para siempre, y Dolores,
arrodillada junto á él, se arañaba el rostro, se mesaba la suelta y hermosa
cabellera, mirando fieramente á todas partes con sus ojos dorados.
Un lamento de dolor cruzaba incesantemente el
espacio.
—¡Fill meu!... ¡fill meu!...
Las mujeres lloraban: Rosario, la esposa
despreciada y estéril, conmovíase ante la locura de la maternidad herida y con
honda conmiseración perdonaba á su rival.
Y en lo alto, dominándolos á todos, estaba la tía
Picores, erguida y soberbia como la venganza, indiferente á todos los
dolores, con las faldas ondeantes como una bandera que azotaba sus piernas.
Ya no enseñaba el puño al mar. Volvíale la espalda
con marcado desprecio, pero amenazaba á alguien que estaba tierra adentro, al
Miguelete, que á lo lejos alzaba su robusta mole
sobre la masa de tejados de la ciudad.
Allá estaba el enemigo, el verdadero autor de la
catástrofe. Y el puño de la bruja del mar, hinchado y enorme, amenazaba siempre
á la ciudad, mientras su boca vomitaba injurias.
¡Que viniesen allí todas las zorras que regateaban
en la Pescadería! ¿Aun les parecía caro el pescado?... ¡Á duro debía costar la
libra!
FIN
Valencia, 1895
Cuando Visentico, el hijo de la siñá Serafina,
volvió de Cuba, la calle de Borrull púsose en conmoción.
En torno de su petaca, siempre repleta de picadura
de la Habana, agrupábase la chavalería del barrio, ansiosa de liar pitillos y
escuchar estupendas historias con credulidad asombrosa.
—En Matanzas tuve yo una mulatita que quería nos
casáramos lueguito... lueguito. Tenía millones, pero yo no quise porque me tira
mucho esta tierresita.
Y esto era mentira. Seis años había permanecido
fuera de Valencia, y decía tener olvidado el valenciano, á pesar de lo mucho
que le tiraba la tierresita. Había salido de allí con lengua, y
volvía con un merengue derretido, á través del cual las palabras tomaban el
tono empalagoso de una flauta melancólica.
Por su lenguaje y las mentiras de grandiosidad con
que asombraba á la crédula chavalería, Visentico era
el soberano de la calle, el motivo de conversación de todo el barrio. Su
casaquilla de hilo rayado con vivos rojos, el bonete de cuartel, el pañuelo de
seda al cuello, la banda dorada al pecho con el canuto de la licencia, la tez
descolorida, el bigotillo picudo y la media romana de corista italiano,
habíanse metido en el corazón de todas las chavalas y lo hacían latir con un
estrépito sólo comparable al fru-fru de sus faldas de percal
almidonadas en los bajos hasta ser puro cartón.
La siñá Serafina estaba orgullosa
de aquel hijo que la llamaba mamá. Ella era la encargada de hacer
saber á las vecinas las onzas de oro que Visentico había traído de allá, y al
número que marcaba, ya bastante exagerado, la gente añadía ceros sin
remordimiento. Además se hablaba con respeto supersticioso de cierto papelote
que el licenciado guardaba, y en el cual el Estado se comprometía á dar tanto y
cuanto... cuando mudase de fortuna.
No era extraño, pues, que un hombre de tantas
prendas, rodeado del ambiente de la popularidad y poseedor de irresistibles
seducciones, trajese loca á Pepeta (a) la buena mosa, una vaca
brava que por las mañanas revendía fruta en el Mercado y con su falda
acorazada, pañuelo de pita, patillas en las sienes y puntas de bandolina en la
frente, pasaba la vida á la puerta de su casa, tan dispuesta á arañarse con la
primera vecina, como á conmover toda la calle con
alguno de sus escándalos de muchachota cerril.
La gente consideraba naturales y justas las
relaciones cada vez más íntimas entre Visentico y Pepeta. Eran la pareja más
distinguida del barrio, y además, antes de que él se fuese á Cuba, ya se
susurraba si había algo entre ellos.
Lo que ya no le parecía tan claro á la gente es lo
que diría el Menut, un chicuelo enteco y vicioso, empleado en el
Matadero para repartir la carne, un pillete con la mirada atravesada y grandes
tufos en las orejas, que siempre iba hecho un asco, y de quien se murmuraba si
en distintas ocasiones había afanado borregos enteros.
La Pepeta estaba loca; sólo una caprichosa como
ella podía haber aguantado dos años los celos machacones y las exigencias
tiránicas de un granuja rabiosillo, al que ella con su potente brazo de buena
moza era capaz de deshacer la cara de un solo revés.
Y ahora iba á ocurrir algo. ¡Vaya si ocurriría!
Adivinábanlo los vecinos sólo con ver al Menut, quien con aspecto
de perro abandonado pasaba el día vagando por la calle, tan pronto en el
cafetín de Panchabruta, como frente á la casa de Pepeta, siempre
sucio, con la camiseta listada de azul y la blusa al cuello impregnadas de la
hediondez de la sangre seca.
Ya no repartía carneros á los cortantes de la
ciudad; olvidaba su carrito mugriento, y embrutecido por
la sorpresa, queriendo llenar aquel algo que le faltaba, sólo sabía
beberse águilas en el cafetín, ó ir tras Pepeta, humilde,
cobarde, encogido, expresándose con la mirada más que con la lengua.
Pero ella estaba ya despierta. ¿Dónde había tenido
los ojos?... Ahora le parecía imposible que hubiese querido á aquel bruto,
sucio y borrachín. ¡Qué abismo entre él y Visentico!... una figura de general,
un chico muy gracioso en el habla, que cantaba guajiras y bailaba el tango como
un ángel, y que, en fin, si no tenía millones y una mulata, ya se sabía que era
por lo mucho que le tiraba la tierresita.
Indignábase al ver que aquel granujilla forrado en
la mugre de la carne muerta aun tenía la pretensión de que continuase lo que
sólo había sido un capricho... una condescendencia compasiva... ¡arre allá!
Cuando no manifestase su cariño con zarpadas y aprendiese á decirla: ¡flor de
guayaba! y ¡mulatita! como el otro, entonces podría ponerse en su presencia.
La buena moza fué inflexible, acabó por no
escuchar, y desde entonces la calle de Borrull tuvo un alma en pena, que fué
el Menut.
En las noches de verano, cuando el calor arrojaba á
las familias en medio de la calle y se formaban corros en torno de las cenas
servidas sobre mesitas de zapatero, la gente veía pasar al celoso chiquillo
recatándose en la sombra, misterioso y fatídico como un traidor de melodrama.
La aparición terrorífica pasaba varias veces ante
la puerta de Pepeta, lanzando miradas espeluznantes al coro que hacía la corte
á la buena moza, y después desvanecíase por un escotillón, el cafetín donde
el Menut, cual nuevo Prometeo, entregaba sus entrañas á las
rampantes garras de las águilas amílicas.
¡Qué noches aquellas! Los nuevos amores de Pepeta
tenían la acera por escenario y por coro aquel corrillo donde sonaba el
acordeón y ella recibía honores de reina festejada. Á su lado, la madre, una
vieja insignificante que no abría la boca sin recibir un bufido de Pepeta.
La calle, tostada todo el día por el sol, revivía
con los primeros soplos de la noche.
Los lóbregos faroles, cuyos palmitos de gas
parecían pintados en la pared con almazarrón, dejábanlo todo en fresca
penumbra; en las puertas destacábanse las manchas blancas de la gente casi en
paños menores; chorreaban rítmicamente los balcones con el riego de las
plantas; en cada balaustrada asomaba un botijo, y de arriba, de aquel cielo
obscuro que parecía un lienzo apolillado transparentando lejana luz, descendía
un soplo húmedo que reanimaba á la tierra, arrancándola suspiros de vida.
En todas las puertas sonaban el acordeón con su
chillona melancolía, la guitarra con su rasgueo soñador, el canto á coro
desentonado y estridente, y algunas veces en las esquinas estallaba una tempestad de aullidos, el estrépito de la lucha
cuerpo á cuerpo, y los antipáticos perros chatos chocaban sus amenazantes
cabezas de foca, hasta que el silletazo de algún vecino de buena voluntad los
ponía en dispersión.
Despedazábanse en los corros enormes sandías;
hundíanse las bocas en tajadas como medias lunas; pringábanse las caras con el
rojo zumo; extendíanse los arrugados moqueros bajo la barba para no mancharse,
y al fin la gente, con el vientre hinchado de agua, sumíase en dulce beatitud,
escuchando, como angélicas melodías, los arañazos de los acordeones.
Y á esta hora de digestión líquida, al cantar el
sereno las once y estar los corrillos más animados, era cuando á lo lejos la
difusa luz de los faroles marcaba algo que se aproximaba balanceándose,
trazando zigzags como una barca sin timón, echando la pesada
ancla en cada esquina.
Era el padre de Pepeta que con la gorra desmayada y
el pañuelo de hierbas en una mano, volvía de la taberna. Saludaba á la reunión
con tres gruñidos, despreciaba las insolencias de la hija, y se hundía por fin
en la obscuridad de su casa, maldiciendo á los avaros caseros que, para
fastidiar á los pobres, hacen siempre las puertas estrechas.
En aquellas horas de regocijo público, en medio de
la calle, acariciados por la expansión de todos los vecinos, se arrullaban el
licenciado y Pepeta; él, dulzón y empalagoso,
hablándole al oído; ella, grave, estirada y seria, apretando los labios como si
estuviera ofendida, porque una chavala que se respete debe poner siempre al
novio cara de perro. Los hombres son muy presuntuosos, y si llegan á comprender
que una está chiflada por ellos... ya, ya.
Y mientras tanto la pobre alma en pena á la puerta
del cafetín, con la garganta abrasada por el amílico y el corazón en un puño,
oyendo de cerca las bromitas de sus amigachos y á lo lejos las canciones del
corro de Pepeta, unos retazos de zarzuela repetidos con monotonía abrumadora.
¡Pero qué cargantes eran los amigos del cafetín!
¿Que Pepeta no le quería ya? Bueno; dale expresiones... ¿Que él era un
chiquillo y le faltaba esto y lo de más allá? Conforme; pero aun no había
muerto y tiempo le quedaba para hacer algo. Por de pronto á Pepeta y al Cubano se
los pasaba por tal y cual sitio. Ella era una carasera y él un
mariquita con su hablar de chiquillo y su peluca rizada. Ya les arreglaría las
cuentas... Á ver, tío Panchabruta: otra águila de petróleo
refinado. De aquel que está en el rincón, en el temible tonel que ha enviado al
cementerio tres generaciones de borrachos.
Y el fresco vientecillo, haciendo ondear la listada
cortina de la puerta, arrojaba todos los ruidos de la calle en el ambiente del
cafetín, cargado del calor del gas y los vahos alcohólicos.
Ahora cantaban á coro en casa de Pepeta:
Vente conmigo y no temas
estos parajes dejar...
Adivinaba la voz de ella, rígida y fría como
siempre, y la otra aguda y mimosa, la del Cubano, que decía: Vente
conmigo, con una intención que al Menut parecía arañarle en el pecho.
Conque vente conmigo, ¿eh?... ¡Cristo! Aquella noche iba á arder
todo en la calle de Borrull.
Y se lanzó fuera del cafetín, sin llamar la
atención de los bebedores, acostumbrados á tan nerviosas salidas.
Ya no era el alma en pena; iba rectamente á su
sitio, á aquel corro maldito que tantas noches había sido su tormento.
—Tú, Cubano, escolta.
Movimiento de asombro, de estupefacción. Calló el
organillo, cesó el coro y Pepeta levantó fieramente la cabeza. ¿Qué quería
aquel pillete? ¿Había por allí algún borrego que robar?...
Pero sus insolencias de nada sirvieron. El
licenciado se levantaba estirando fanfarronamente su levitilla de hilo.
—Me paese... me paese que eso muchachillo se la va
a cargar por torpe.
Y salió del corro, á pesar de las protestas y
consejos de todos.
Pepeta se había serenado. Podían estar tranquilos;
ella lo aseguraba. No llegaría la sangre al río. El Menut era
un chillón que no valía un papel de fumar, y si se
atrevía á hacer pinitos, ya le limpiaría los mocos el otro. Vaya... á cantar.
No debía turbarse la buena armonía por un bicho así.
Y la tertulia reanudó su canto débilmente, de mala
gana, mirando todos con el rabillo del ojo á los dos que estaban plantados en
el arroyo, frente á frente.
Que la que aquí es prima donna
reina en mi casa será... á... á
Pero al hacer una pausa, se oyó la voz del Menut,
que decía lentamente con rabia y acentuando las palabras como si las mascase:
—Tú eres un morral... sí señor, un morral.
Todos se pusieron en pie, rodaron las sillas, cayó
el acordeón al suelo, lanzando un quejido; pero... ¡quiá! por pronto que
acudieron ya era tarde.
Se habían agarrado como gatos rabiosos, clavándose
las uñas en el cuello, empujándose, resbalando en las cortezas de sandía y
lanzando sucias blasfemias.
Y el Cubano de pronto se bamboleó
para caer como un talego de ropa; en aquel momento desvanecióse la melosidad
antillana, y el lenguaje de la niñez reapareció junto con la desgracia.
—¡Ay mare mehua!... ¡Mare mehua!
Retorcíase sobre los adoquines como una lagartija
partida en dos, agarrábase el vientre allí donde había sentido la fría hoja de
la navaja, comprimiendo instintivamente el bárbaro
rasgón, al que asomaban los intestinos cortados, rezumando sangre é inmundicia.
Corría la gente desde los dos extremos de la calle,
para agolparse en torno del caído; sonaban pitos á lo lejos; poblábanse
instantáneamente los balcones, y en uno de ellos la siñá Serafina
en camisa, desmelenada, sorprendida en su primer sueño por el grito de su hijo,
daba alaridos instintivamente, sin explicarse todavía la inmensidad de su
desgracia.
Pepeta retorcíase con epilépticas convulsiones
entre los brazos de varios vecinos; avanzaba sus uñas de fiera enfurecida, y no
pudiendo llegar hasta el Menut, le escupía á la cara siempre los
mismos insultos con voz estridente, desgarradora, que despertaba á todo el
barrio: ¡Lladre!... ¡Granuja!
Y el autor de todo estaba allí, sin huir, con su
figurilla triste y desmedrada, el cuello desollado por varios arañazos, el
brazo derecho teñido en sangre hasta el codo y la navaja caída á sus pies. Tan
tranquilo como al degollar reses en el Matadero, sin estremecerse al sentir en
sus hombros las manos de la policía, con una sonrisita que plegaba ligeramente
los extremos de su boca.
Salió de la calle con los brazos atados sobre la
espalda y la blusa encima; la innoble cara llena de arañazos, hablando con su
escolta de municipales, satisfecho en el fondo de que la gente se agolpase á su
paso, como en la entrada de un personaje.
Cuando pasó ante el cafetín, saludó con altivez á
sus amigotes, que asombrados, como si no hubiesen presenciado el suceso, le
preguntaban qué había hecho.
—Res; còses d’hòmens.
Y contento con su suerte, erguido y triunfante,
siguió el camino de la cárcel, acogiendo el infeliz las miradas de la
curiosidad con la prosopopeya de la estupidez satisfecha.
La oí una tarde de invierno, tumbado en la arena,
junto á una barca vieja, sintiendo en los pies los últimos estremecimientos de
la inmensa sábana de agua que espumeaba colérica bajo un cielo frío, ceniciento
y entoldado.
Nazaret, con su extenso rosario de blancas
casuchas, estaba á nuestras espaldas, y á mi lado un viejo pescador, momia
acartonada, que parecía bailar dentro de su traje de bayeta amarilla, hinchado
de aire. Echábase la gorrilla de seda sobre una oreja y chupaba su pipa con la
gravedad de un moro, en cuclillas, trazando con la mano, como un manojo de
sarmientos, complicados arabescos en la arena.
Había llovido fuerte allá por las montañas de
Teruel; el río arrojaba en el mar su agua arcillosa y fría, y todo el golfo
teñíase de un amarillo rabioso, que á lo lejos debilitábase hasta tomar tonos
de rosa. La estrecha faja verde que recortaba el límite del horizonte delataba
que era un mar lo que parecía inundación de tisana.
Y mientras mirábamos la rojiza extensión en cuyo
límite se marcaba como ligera nubecilla el cabo de San Antonio, la arremangada
gente de Nazaret tiraba de los bolichones ó se arrojaba en el
agua sucia.
El viejo adivinaba el éxito de la pesca. Aquel era
un buen día. Iban á caer los esparrellons como moscas.
Y eso que el esparrelló era el
bicho más ladino y malicioso que se paseaba por el golfo.
¿Que no lo sabía yo? Pues atención, que para
comprender cómo las gastaba el tal animalito, iba á contarme un cuento, que
indudablemente sería un sucedido, pues de no ser así no se lo habría contado á
él su padre.
Y el buen viejo, siempre en cuclillas, sin soltar
la pipa, comenzó á contarme el sucedido con su seriedad de
lobo de playa, en un valenciano pintoresco, cuyas palabras silbaban al pasar
por entre las despobladas encías.
También aquel día había crecido el río, y cerca de
la orilla resbalaba el bolichó traidoramente por entre las
turbias olas, arrastrando hacia la arena seca á los incautos peces, atraídos
por la frescura del agua dulce y sucia.
El esparrelló del cuento, panzudo,
pequeñito y vivaracho, un pilluelo que correteaba por los escondrijos y rincones del golfo con grave disgusto de su
familia, acababa de ver caer á todos los suyos entre las mallas de una red. Se
salvó él por ligereza, y como era un perdis y los sentimientos de familia no
están muy arraigados en su especie, sólo se le ocurrió huir mar adentro,
moviendo graciosamente la colita, como si quisiera decir:
—Sálveme yo y perezca la familia; mejor es el agua
turbia que el aceite de la sartén.
Pero cerca de la entrada del puerto oyó un poderoso
ronquido que conmovía las aguas, como si el suelo del mar se estuviera
desgarrando.
El esparrelló dejóse caer en la
línea recta, y en una hondonada abierta por las dragas en el fango, vió tumbado
como un canónigo á un reig corpulento, que lo menos pesaba
cuatro arrobas; un animalote insolente y matón que cobraba el barato en todo el
golfo y apenas movía una agalla hacía temblar á todo el escamado enjambre.
¡Vaya un modo de dormir! Cansado de las aguas
verdes y tranquilas cargadas de calor y de luz, le placía la frescura y la
semiobscuridad del barro líquido que arrastraba el río, y roncaba como si
estuviera en una alcoba con las cortinas corridas.
El esparrelló quiso pasar un buen
rato con el terrible personaje, pero sus malas intenciones no iban más allá del
deseo de divertirse á costa ajena, y se limitó á pasar y repasar por las
jadeantes narices del coloso, haciéndole cosquillas con las finas púas de su
cola.
¡Pero bueno era el reig para
inquietarse por tales caricias! Á fuerza de sufrir cosquillas cesó de roncar y
se incorporó un poco, moviendo su poderosa cola, pero tumbóse sobre el otro
costado, y siguió bramando con la tranquilidad del que, seguro de su fuerza, no
teme peligros.
—¡Animal!—le gritaba el pececillo junto á una
agalla—, ¡animal, despiértate!
—¿Eh?—exclamaba el reig entre dos
ronquidos con su bronca voz de borracho.
—Que te despiertes. Hay por ahí un belén de mil
demonios. La gente de Nazaret ha roto hostilidades, y á miles se lleva
prisioneros á los nuestros.
—Allá vosotros. Eso va con la morralla y no con
personas de mi clase.
—Es que para ti también hay. Por arriba va la barca
del Toto explorando, y si ha oído tus ronquidos, ahora mismo
tienes aquí el bolichó de cuerdas, y mañana estás en la
Pescadería hecho cincuenta cuartos.
—¡Cincuenta demonios!—roncó con furia el reig,
y dando un furioso coletazo abandonó la cama de barro, poniéndose en facha de
escapar, mientras al ladino esparrelló le temblaban todas las
escamas con las convulsiones de una risita aguda é insolente.
El reig se amoscó al ver que
tomaban á broma su prudencia, y avanzando el cuerpo hacia el diminuto bicho
quiso reconocerle en la semiobscuridad.
—¿Eres tú, granuja? Tú acabarás mal; y si no fuera
porque me tacharían de ingrato, lo que no corresponde á una persona de mi edad
y mi peso, ahora mismo te tragaba. ¿Crees tú, mocoso, que me dan miedo todos
esos pelambres que vienen á buscarnos en el fondo de las aguas? Soy demasiado
guapo para dejarme coger. Pregúntale á ese Toto de quien
hablas cuántas veces de una morrá le he roto el bolichón de
cuerdas. Si repito muchas veces la fiesta le arruino. Pero tengo conciencia;
antes que hacer daño á un padre de familia prefiero huir á tiempo, y me va tan
ricamente con este sistema, que mientras los de mi familia han ido á morir
faltos de respiración en la playa, yo escapo siempre, y aquí me han de caer las
escamas de puro viejo.
—Lo mismo soy yo—dijo con petulancia el pececillo—;
los míos se han dejado arrastrar, pero á mí no me falta ligereza, y aquí estoy.
Es gran cosa el ser pequeño.
—Quita allá, bicho ruin. Lo que vale es ser grande
como yo, con más fuerza que un caballo y capaz de llevarse por delante de un
empujón todas las redes de esos pelagatos.
Y para demostrar su fuerza, en menos de un segundo
dió dos ó tres coletazos con la aviesa intención de pillar desprevenido
al esparrelló, y con tanto empuje, que si lo alcanza lo revienta.
Pero el granuja se echó á un lado oportunamente,
amoscado por tan villanas caricias.
—Fuerte sí que lo eres; convenido. Si no salto me partes, y eso no está bien entre personas
decentes, que deben ser agradecidas. Pero en cambio soy más ligero: corro más
que tú. Mira como tu cola no me alcanza.
—¿Tú correr más?... ¡Jo! ¡jo! ¡jo!
Tan graciosa era la afirmación del petulante
pececillo, que el reig se revolcaba en convulsiones de risa, y
sus carcajadas, sonoras como ronquidos, hacían hervir el agua.
—¡Calla, condenado, que el Toto debe
andar por arriba!
La advertencia devolvió al reig su
seriedad, pero le cargaba que aquel bicho insignificante sacara á colación á
cada momento el nombre del pescador, y quiso vengarse.
—¿Que tú corres más?—dijo con su expresión de jaque
testarudo—: eso pronto se verá. Hagamos una apuesta: á ver quién llega antes al
cabo de San Antonio. Apostaremos... ¡vaya! ya está. Si yo llego antes te
dejarás comer en castigo á tu fanfarronería, y si quedo rezagado te protegeré
siempre y seré tu siervo. ¿Conviene, chiquitín?
¡Pobre esparrelló! Le temblaban
todas las escamas al verse metido en porfía con tan peligroso bruto, pero entre
ser devorado al momento ó de allí á unas horas, optó por lo último.
—Conforme, grandullón—contestó con risita forzada—;
cuando quieras empezaremos.
—Vámonos á las aguas verdes, que esto está turbio.
Y lentamente, moviendo con indolencia la cola, como
dos buenos amigos que salen á tomar el fresco el reig y
el esparrelló llegaron al sitio donde se aclaraban las aguas
con un dulce tono de esmeralda líquida.
El gigante dió unos cuantos coletazos alegres,
roncó, haciendo hervir el agua con sonoras burbujas, y se puso en facha para
correr.
—Mira, chiquitín; sé que te quedarás atrás, pero no
pienses en huir, porque te buscaría por todo el golfo. Aunque grandote, no soy
tan bruto como crees.
—Menos palabras, y al avío.
—¿Va ya, chiquillo?
—Cuando quieras.
—Pues ¡va!
¡Caballeros y qué modo de correr! Aquel reig era
una tempestad. Al primer coletazo salió como un rayo, envuelto en espuma,
moviendo un estrépito de todos los demonios. Tan ciego iba, que casi se
estrelló los morros contra la popa de una fragata inglesa cargada de guano que
había naufragado veinte años antes, y estaba hundida en la arena como una
carroña carcomida por los miles de pececillos que se albergaban en su vientre.
Pasó adelante sin sentir el encontronazo, jadeante,
enfurecido, moviendo á un tiempo cola, aletas y agallas, de un modo
vertiginoso, con un ruido y un hervor que conmovía todo el golfo.
¿Y el esparrelló? ¡Pobrecito!
quiso seguir á su corpulento enemigo; pero el
hervor de la espuma le cegaba, la violenta ondulación producida por cada
coletazo del reig le hacía perder camino, y á los pocos
minutos se sentía rendido por una carrera tan loca.
Pero el animalito panzudo era un costal de
malicias. Esforzándose, llegó hasta la cabeza del reig, y fijándose
en las grandes agallas que se abrían y cerraban con movimiento automático, hizo
una graciosa evolución y se coló por una de ellas.
No se estaba mal allí. Viajar gratis á doble
velocidad y acostadito en aquel nido forrado de suave escarlata, era una dicha.
—¡Je! ¡je! ¡je!—reía socarronamente el pececillo
sacando la cabeza por la ventana de su guarida.
Y el reig daba un salto,
murmurando:
—Ese bicho ruin me da alcance. Oigo su risita
burlona. Corramos, corramos.
Y cada carcajada del esparrelló era
como un espuelazo para el pescadote.
¡Qué loca carrera! Aquella cola poderosa batía los
profundos algares, y en el verdoso espacio flotaban arremolinados los pardos
hierbajos, mientras que las larvas, las indefinibles mucosidades que vivían
misteriosamente en el seno de los estercoleros submarinos, salían escapadas
huyendo del brutal azote.
Después de los algares las colinas sumergidas,
aquellos peñascales en cuyas cuevas jugueteaban los
peces recién nacidos, transparentes y diáfanos como sombras.
¡Qué espantosa revolución llevaba el reig á
estos tranquilos lugares!
Le conocían bien por sus brutales majaderías, por
sus caprichos de matón, que alarmaban todo el golfo; y las plantas submarinas
que tapizaban los peñascos agitaban sus puntiagudas y verdes cabelleras, como
si quisieran gritar con angustia:
—Atención, que llega ese loco.
Las almejas, gente tranquila que huye del ruído, al
ver aproximarse el torbellino de espuma y furiosos coletazos, replegábanse
medrosicas, cerrando herméticamente las dos hojas de su negra vivienda; los
erizos apelotonábanse, formaban el cuadro, presentando por todos lados sus
haces de agudas bayonetas; los calamares sentían tal miedo, que se envolvían en
su diarrea de tinta; los gatos de mar sacaban por entre las piedras sus chatas
cabezas y vientres atigrados con trémula inquietud; las lapas agarrábanse á la
roca con más fuerza que nunca; los langostinos ocultaban su transparencia de
nácar bajo el brillante fanal de alguna caracola hueca; los salmonetes huían en
bandadas, esparciéndose como el brillante chisporroteo de una hoguera aventada;
y en aquel mundo verdoso é inquieto, el paso veloz del enfurecido animalote
producía entre los torbellinos de la espuma un hervor de carmín y plata, de
escamas que despedían al huir fantásticos reflejos
y colas que se agitaban con la ansiedad del pánico.
Una rozadura del reig bastó para
arrancarle dos patas á una langosta, y la pobrecita, apoyada en un salmonete
que se prestaba á ser su procurador, emprendió la marcha hacia las Columbretas,
para pedir justicia y venganza á algún tiburón de los que rondan aquellas
islas.
Dos alegres delfines que estaban acabando de
merendarse un atún putrefacto, levantaban sus morros de cerdo y se burlaban de
su amigote, gritando:
—¡Á ese, á ese, que está loco!
Y decían verdad; si no estaba loco, poco le
faltaba. Aquella maldita risa del esparrelló la tenía siempre
en los oídos, y el pobre animal corría y corría espoleado por la vergüenza de
ser vencido.
Por fortuna, en el verdoso y confuso horizonte
comenzaron á marcarse las masas negras de las estribaciones submarinas del
cabo, con sus profundas cuevas, donde las señoras del golfo en estado
interesante iban á depositar sobre el tapiz de hierba fina sus innumerables
huevos.
El jadeante reig, que no podía ya con
su alma, llegó junto á las rocas y dijo con angustioso ronquido:
—Ya llegué.
Pero la vocecilla cargante contestó con timbre de
falsete:
—Yo primero.
El muy granuja acababa de saltar desde el interior de la agalla, y se pavoneaba ante el hocico del
cansado reig, como si hubiera llegado mucho antes.
El sencillo animalote no sabía qué hacer. Sintió
tentaciones de darle un trompis al insolente bicho que lo convirtiese en
papilla, pero encorvándose se llevó varias veces la cola entre los ojos y se
rascó con expresión reflexiva.
—Bueno—roncó por fin—. En esto debe haber trampa,
pero la palabra es palabra. Mocoso, manda lo que quieras: seré tu criado.
Y el viejo pescador, terminado su cuento, sonreía y
guiñaba los ojos maliciosamente.
Aquello era de los tiempos en que los pescados
hablaban, pero tenía intrínguilis.
¿Que no lo adivinaba? Pues era sencillo: que en
este mundo puede más el listo y el astuto que el fuerte que todo lo fía al
corazón y á la acometividad. Que vale más ser esparrelló pequeño
y malicioso, que reig enorme y sencillote. Que acometiendo de
frente y arrollándolo todo sólo se consigue ser vehículo del listo que se
esconde en la agalla para salir á tiempo.
Y el vejete me miraba con tal expresión de malicia
y lástima, que me ruboricé, murmurando para adentro:
—Este tío me conoce.
I
Fué aquel jueves para Benimaclet un verdadero día
de fiesta.
No se tiene con frecuencia la satisfacción de que
un hijo del pueblo, un arrapiezo, al que se ha visto corretear por las calles
descalzo y con la cara sucia, se convierta, tras años y estudios, en todo un
señor cura; por esto pocos fueron los que dejaron de asistir á la primera misa
que cantaba Visantet, digo mal, don Vicente, el hijo de la siñá Pascuala
y el tío Nèlo, conocido por el Bollo.
Desde la plaza inundada por el tibio sol de
primavera, en cuya atmósfera luminosa moscas y abejorros trazaban sus
complicadas contradanzas brillando como chispas de oro, la puerta de la
iglesia, enorme boca por la que escapaba el vaho de la multitud, parecía un
trozo de negro cielo, en el que se destacaban como
simétricas constelaciones los puntos luminosos de los cirios.
¡Qué derroche de cera! Bien se conocía que era la
madrina aquella señora de Valencia de la que los Bollos eran
arrendatarios, la cual había costeado la carrera del chico.
En toda la iglesia no quedaba capillita ni hueco
donde no ardiesen cirios; las arañas cargadas de velas centelleaban con
irisados reflejos, y al humo de la cera uníase el perfume de las flores, que
formaban macizos sobre la mesa del altar, festoneaban las cornisas y pendían de
las lámparas en apretados manojos.
Era antigua la amistad entre la familia de
los Bollos y la siñá Tona y su hija, famosas
floristas que tenían su puesto en el mercado de Valencia, y nada más natural
que las dos mujeres hubiesen pasado á cuchillo su huerto, matando la venta de
una semana para celebrar dignamente la primera misa del hijo de la siñá Pascuala.
Parecía que todas las flores de la vega habían
huido para refugiarse allí, empujándose medrosicas hacia la bóveda. El
Sacramento asomaba entre dos enormes pirámides de rosas y los santos y ángeles
del altar mayor aparecían hundidos hasta el dorado vientre en aquella nube de
pétalos y hojas que, á la luz de los cirios, mostraban todas las notas de
color, desde el verde esmeralda y el rojo sanguíneo, hasta el suave tono del
nácar.
Aquella muchedumbre que estrujándose olía á lana burda y sudor de salud, sentíase en la iglesia
mejor que otras veces, y encontraba cortas las dos horas de ceremonia.
Acostumbrados los más de ellos á recoger como oro
los nauseabundos residuos de la ciudad, á revolver á cada instante en sus
campos los estercoleros, en los cuales estaba la cosecha futura, su olfato
estremecíase con intensa voluptuosidad, halagado por las frescas emanaciones de
las rosas y los claveles, los nardos y las azucenas, á las que se unía el
oriental perfume del incienso. Sus ojos turbábanse con el incesante centelleo
de aquel millar de estrellas rojas, y les causaba extraña embriaguez el dulce
lamento de los violines, la grave melopea de los contrabajos y aquellas voces
que desde el coro, con acento teatral, cantaban en un idioma desconocido, todo
para mayor gloria del hijo del Bollo.
La muchedumbre estaba satisfecha. Miraba la
deslumbrante iglesia como un palacio encantado que fuese suyo. Así, entre
músicas, flores é incienso, debía estarse en el cielo, aunque un poco más ancho
y sudando menos.
Todos se hallaban en la casa de Dios por derecho
propio. Aquel que estaba allí arriba sobre las gradas del altar, cubierto de
doradas vestiduras, moviéndose con solemnidad entre azuladas nubecillas y á
quien el predicador dedicaba sus más tonantes períodos, era uno de los suyos,
uno más que se libraba del rudo combate con la tierra para hacer
concebir incesantemente á sus cansadas entrañas.
Los más, le habían tirado de la oreja por ser
mayores; otros, habían jugado con él á las chapas, y todos le habían visto ir á
Valencia á recoger estiércol con el capazo á la espalda, ó arañar con la azada
esos pequeños campos de nuestra vega que dan el sustento á toda una familia.
Por esto su gloria era la de todos; no había quien
no creyese tener su parte en aquel encumbramiento, y las miradas estaban fijas
en el altar, en aquel mocetón fornido, moreno, lustroso, resto viviente de la
invasión sarracena, que asomaba por entre níveos encajes sus manazas nervudas y
vellosas, más acostumbradas á manejar la azada que á tocar con delicadeza los
servicios del altar.
También él, en ciertos momentos, paseaba su mirada
con expresión de ternura por aquel apiñado concurso. Sentado en sillón de
terciopelo, entre sus dos diáconos, viejos sacerdotes que le habían visto
nacer, oía conmovido la voz atronadora del predicador ensalzando la importancia
del sacerdote cristiano y elogiando al nuevo combatiente de la fe que con aquel
acto entraba á formar parte de la milicia de la Iglesia.
Sí; era él: aquel día se emancipaba de la
esclavitud del terruño, entraba en este mundo poderoso que no repara en
orígenes; escala accesible á todos, que se remonta desde el mísero cura, hijo
de mendigos, al Vicario de Dios; tenía ante su vista un
porvenir inmenso, y todo lo debía á sus protectores, á aquella buena señora
obesa y sudorosa bajo la mantilla de blonda y el negro traje de terciopelo, y á
su hijo, al que el celebrante, por la costumbre de humilde arrendatario, había
de llamar siempre el señorito.
Los peldaños del altar mayor, que le elevaban
algunos palmos sobre la muchedumbre, percibíalos él en su futura vida como
privilegio moral que había de realzarle sobre todos cuantos le conocieron en su
humilde origen. Los más generosos sentimientos le dominaban. Sería humilde,
aprovecharía su elevación para el bien; y envolvía en una mirada de inmenso
cariño á todas las caras conocidas que estaban abajo, veladas por el intenso
vaho de la fiesta; su madrina, el tío Bollo y la siñá Pascuala,
que gimoteaban como unos niños con la nariz entre las manos, y aquella Toneta,
la florista, su compañera de infancia, excelente muchacha que erguía con
asombro la soberbia cabeza de beldad riffeña, como si no pudiera acostumbrarse
á la idea de que Visantet, aquel mozo al que trataba como un hermano, se había
convertido en grave sacerdote con derecho á conocer sus pecadillos y á
absolverla.
Continuaba la ceremonia. El nuevo cura, agitado por
la emoción, por la felicidad y por aquel ambiente cargado de asfixiantes
perfumes, seguía la celebración de la misa como un autómata, guiado muchas
veces por sus compañeros, sintiendo que las piernas
le flaqueaban, que vacilaba su robusto cuerpo de atleta, y sostenido únicamente
por el temor de que la debilidad le hiciera incurrir en algún sacrilegio.
Como si se moviera en las nieblas de un sueño,
realizó todas las partes que quedaban del misterio de la misa: con
insensibilidad que le asombraba, verificó aquella consumación en la que tantas
veces había pensado emocionado, y después del té-déum, cayó
desvanecido en la poltrona, cerrados los ojos y sintiéndose sofocado por
aquella antigua casulla codiciada por los anticuarios, orgullo de la parroquia,
y que tantas veces había mirado él siendo seminarista como el colmo de sus
ambiciones.
Un penetrante perfume de rosa y almizcle, el ruido
de agua agitada, le volvieron á la realidad.
La madrina le lavaba y perfumaba las manos para la
recepción final, y toda la compacta masa abalanzábase al altar mayor, queriendo
ver de cerca al nuevo cura.
La vida de superioridad y respetos comenzaba para
él. La señora, á la que había servido tantas veces, besábale las manos con
devoción y le llamaba don Vicente, deseándole muchas felicidades después de sus
místicas bodas con la Iglesia.
El nuevo cura, á pesar de su estado, no pudo
reprimir un sentimiento de orgullo y cerró los ojos como si le desvaneciera el
primer homenaje.
Algo áspero y burdo oprimió sus manos. Eran las
pobres zarpas del tío Bollo, cubiertas de escamas por
el trabajo y la vejez. El cura vió inundadas en lágrimas, contraídas por
conmovedora mueca, las cabezas arrugadas y cocidas al sol de sus pobres padres,
que le contemplaban con la expresión del escultor devoto que, terminada la
obra, se prosterna ante ella creyéndola de origen superior.
Lloraba la gente contemplando el apretado grupo en
que se confundían la dorada casulla con las negras ropas de los viejos, y las
tres cabezas unidas agitábanse con rumor de besos y estertor de gemidos.
El impulso de la curiosa muchedumbre rompió el
grupo conmovedor, y el cura quedó separado de los suyos, entregado por completo
al público, que se empujaba por alcanzar las sagradas manos.
Aquello resultaba interminable. Benimaclet entero
rozaba con besos sonoros como latigazos aquellas manos velludas, llevándose en
los labios agrietados por el sol y el aire una parte de los perfumes.
Ahora si que, agobiado por la presión de aquella
multitud que se apretaba contra la poltrona, falto de ambiente y de reposo, iba
á desmayarse de veras el nuevo cura.
Y en la asfixiante batahola, cuando ya se nublaba
su vista y echaba atrás la cabeza, recibió en su diestra una sensación de
frescura, difundiéndose por el torrente de su sangre.
Eran los rojos labios de la buena hermana, de
Toneta, que rozaban su epidermis, mientras que sus negros ojos se clavaban en
él con forzada gravedad, como si tras ellos
culebrease la carcajada inocente de la compañera de juegos, protestando contra
tanta ceremonia.
Junto á ella, arrogante y bien plantado como un
Alcides, con la manta terciada y la rapada testa erguida con fiereza, estaba
otro compañero de la niñez, Chimo el Moreno, el gañán más bueno y
más bruto de todo Benimaclet, protegiendo á la arrodillada muchacha con la
gallardía celosa de un sultán y mirando en torno con sus ojillos marroquíes,
que parecían decir: «¡Á ver quién es el guapo que se atreve á empujarla!»
II
La comida dió que hablar en el pueblo.
Seis onzas, según cálculo de las más curiosas
comadres, debió gastarse la buena de doña Ramona para solemnizar la primera
misa del hijo de sus arrendatarios.
Era una satisfacción ver en la casa más grande del
pueblo aquella mesa interminable cubierta de cuanto Dios cría de bueno en el
mundo, fuera del bacalao y las sardinas, y contemplar en torno de ella una
concurrencia tan distinguida. Aquello era todo un suceso, y la prueba estaba en
que al día siguiente saldría en letras de molde en
los papeles de Valencia.
En la cabecera estaban el nuevo sacerdote, casi
oprimido por las blanduras exuberantes de los otros curas que habían tomado
parte en la ceremonia, los padrinos y aquel par de viejecillos que llorando
sobre sus cucharas se tragaban el arroz amasado con lágrimas. En los lados de
la mesa algunos señores de la ciudad convidados por doña Ramona y los amigos de
la familia junto con lo más distinguido del pueblo, labradores
acomodados que, enardecidos por la digestión del vino y la paella,
hablaban del rey legítimo que está en Venecia y de lo perseguida que en estos
tiempos de liberalismo se ve la religión.
Era aquello un banquete de bodas. Corría el vino,
se alegraba la gente y sonreía la madrina con las bromas trasnochadas de sus
compañeros de mesa; aquellas tres moles que desbordaban su temblona grasa por
el alzacuello desabrochado y el roce de cuyas sotanas hacía enrojecer de
satisfacción á la bendita señora.
El único que mostraba seriedad era el nuevo cura.
No estaba triste: su gravedad era producto del ensimismamiento. Su imaginación
huía desbocada por el pasado, recorriendo casi instantáneamente la vida
anterior.
La vista de todos los suyos, su elevación en aquel
mismo lugar donde había sufrido hambre, aquel aparatoso banquete, le hacían
recordar la época en que la conquista del mendrugo
mohoso le obligaba á recorrer los caminos, capazo á la espalda, siguiendo á los
carros para arrojarse ávidamente, como si fuese oro, sobre el reguero humeante
que dejaban las bestias.
Aquella había sido su peor época, cuando tenía que
gemir y alborotar horas enteras para que la pobre madre se decidiera á
engañarle el hambre nunca satisfecha con un pedazo del pan guardado con mísera
previsión.
La presencia de Toneta, aquel moreno y gracioso
rostro que se destacaba al extremo de la mesa, evocaba en el cura recuerdos más
gratos.
Veíase pequeño y haraposo en el huerto de la siñá Tona,
aquel hermoso campo cercado de encañizadas en el que se cultivaban las flores
como si fuesen legumbres. Recordaba á Toneta greñuda, tostada, traviesa como un
chico, haciéndole sufrir con sus juegos, que eran verdaderas diabluras, y
después el rápido crecimiento y el cambio de suerte: ella á Valencia todos los
días con sus cestos de flores, y él al Seminario protegido por doña Ramona,
que, en vista de su afición á la lectura y de cierta viveza de ingenio, quería
hacer un sacerdote de aquel retoño de la miseria rural.
Luego venían los días mejores, cuyo recuerdo
parecía perfumar dulcemente todo su pasado.
¡Cómo amaba él á aquella buena hermana, que tantas
veces le había fortalecido en los momentos de desaliento!
En invierno salía de su barraca casi al amanecer
camino del Seminario.
Pendiente de su diestra, en grasiento saquillo, lo
que entre clase y clase había de devorar en las Alamedas de Serranos; medio pan
moreno con algo más, que, sin nutrirle, engañaba su hambre; y cruzado sobre el
pecho á guisa de bandolera, el enorme pañuelo de hierbas envolviendo los textos
latinos y teológicos que bailoteaban á su espalda como movible joroba. Así
equipado pasaba por frente al huerto de la siñá Tona, aquella
pequeña alquería blanca con las ventanas azules, siempre en el mismo momento
que se abría su puerta para dar paso á Toneta, fresca, recién lavada, con el
peinado aceitoso y llevando con garbo las dos enormes cestas en que yacían
revueltas las flores mezclando la humedad de sus pétalos.
Y juntos los dos, por atajos que ellos conocían,
marchaban hacia Valencia, que por encima del follaje de la Alameda marcaba en
las brumas del amanecer sus esbeltas torres, su Miguelete rojizo, cuya cima
parecía encenderse antes de que llegasen á la tierra los primeros rayos del
sol.
¡Qué hermosas mañanas! El cura, cerrando los ojos,
veía las obscuras acequias con sus rumorosos cañaverales; los campos con sus
hortalizas, que parecían sudar cubiertas del titilante rocío; las sendas
orladas de brozas con sus tímidas ranas, que al ruido de pasos arrojábanse con
nervioso salto en los verdosos charcos; aquel horizonte que
por la parte del mar se incendiaba al contacto de enorme hostia de fuego; los
caminos desde los cuales se esparcía por toda la huerta chirrido de ruedas y
relinchos de bestias; los fresales que se poblaban de seres agachados, que á
cada movimiento hacían brillar en el espacio el culebreo de las aceradas
herramientas, y los rosarios de mujeres que con cestas en la cabeza iban al
mercado de la ciudad saludando con sonriente y maternal ¡bòn día! á
la linda pareja que formaban la florista garbosa y avispada y aquel muchachote
que con su excesivo crecimiento parecía escaparse por pies y manos del
trajecillo negro y angosto, que iba tomando un sacristanesco color de ala de
mosca.
El matinal viaje era un baño diario de fortaleza
para el pobre seminarista, que oyendo los buenos consejos de Toneta tenía
ánimos para sufrir las largas clases; aquella inercia contra la que se rebelaba
su robustez, su sangre hirviente de hijo del campo y las pesadas explicaciones
en cuyo laberinto penetraba á cabezadas.
Separábanse en el puente del Real: ella hacia el
Mercado en busca de su madre; él á conquistar poco á poco el dominio de las
ciencias eclesiásticas, en las cuales tenía la certeza de que jamás llegaría á
ser un prodigio. Y apenas terminaba su comida en las Alamedas de Serranos, en
cualquier banco compartido con las familias de los albañiles, que hundían sus
cucharas en la humeante cazuela de mediodía,
Visantet, insensiblemente, se entraba en la ciudad, no parando hasta el
mercadillo de las flores, donde encontraba á Toneta atando los últimos ramos y
á su madre ocupada en recontar la calderilla del día.
Tras estos agradables recuerdos, que constituían
toda su juventud, venía la separación lenta que la edad y la divergencia de
aspiraciones habían efectuado entre los dos. No en balde crecían en años y no
impunemente sometía él al estudio su inteligencia virgen y pasiva.
En la última parte de su carrera, comenzó á sentir
con vehemencia el fervor profesional. Entusiasmábase pensando que iba á formar
parte de una institución extendida por toda la tierra, que tiene en su poder
las llaves del cielo y de las conciencias; le enardecían las glorias de la
Iglesia; las luchas de los papas con los reyes en el pasado, y la influencia
del sacerdote sobre el magnate en el presente. No era ambicioso, no pensaba ir
más allá de un modesto curato de misa y olla; pero le satisfacía que el hijo de
unos miserables perteneciese con el tiempo á una clase tan poderosa, y mecido
por tales ilusiones se entregó de lleno á la vocación que iba á sacarle del
subsuelo social.
Cuando no estaba en Valencia en el Seminario,
prestaba en Benimaclet funciones de sacristán, y llegó á ser hombre sin sentir
apenas el despertar de la virilidad en su vigorosa complexión.
Su voluntad de campesino tozudo anulaba las exigencias del sexo, que le causaban horror,
teniéndolas como tentaciones del Malo. La mujer era para él un mal,
necesario é imprescindible para el sostenimiento del mundo; la bestia
impúdica de que hablaban los Santos Padres.
La belleza era amenazante monstruosidad, temblaba
ante ella poseído de repugnancia y sordo malestar, y sólo se sentía tranquilo y
confiado en presencia de aquella beldad que, vestida de blanco y azul, pisando
la luna, yergue su cabeza en los altares con arrobadora dulzura. Su
contemplación provocaba en el seminarista explosiones de indefinible cariño, y
también participaba de éste aquella otra criatura terrenal y grosera á la que
él consideraba como hermana.
No era sacrilegio ni mundana pasión. Toneta
resultaba para él una hermana, una amiga, un afecto espiritual que le
acompañaba desde su infancia: todo, menos una mujer. Y tal era su ilusión, que
en aquel momento, entre la algazara del banquete, entornando los ojos, le
parecía que se transformaba, que su rostro vulgar y moreno dulcificábase con
expresión celestial, que se elevaba de su asiento, que su falda rameada y su
pañuelo de pájaros y flores convertíase en cerúleo manto, lo mismo que en la
otra, cuya belleza se ensalza con los más dulces nombres que ha producido
idioma alguno...
Pero sintió á sus espaldas algo que le hizo
despertar de la dulce somnolencia.
Era la siñá Tona, la madre de la
florista, que abandonando su asiento venía á hablar con el cura.
La buena mujer no podía conformarse con el nuevo
estado del hijo de su amiga. Como buena cristiana, sabía el respeto que se debe
á un representante de Dios; pero que la perdonasen, pues para ella Visantet
siempre sería Visantet, nunca don Vicente, y aunque la aspasen, no podría menos
que hablarle de tú. Él no se ofendería por eso, ¿verdad? Pues si lo había
conocido tan pequeño... si era ella quien lo había llevado de pañales á la
iglesia para que lo cristianasen, ¿cómo iba á hacerle tales pamplinas á un chico
á quien consideraba como hijo? Aparte de esta falta de respeto, ya sabía que en
casa se le quería de veras. Si no vivieran el tío Bollo y
la siñá Tomasa, Toneta y ella eran capaces de irse con él como
amas de llaves: pero ¡ay, hijo mío! no iba el agua por esa acequia. Aquella
chiquilla estaba muertecita por Chimo el Moreno, un pedazo de bruto
de quien nadie tenía nada que decir, mejorando lo presente; se querían casar en
seguida, antes de San Juan si era posible, y ella ¿qué había de hacer?... En
casa faltaba un hombre, el huerto estaba en poder de jornaleros, ellas
necesitaban la sombra de unos pantalones, y como el Moreno servía
para el caso (siempre mejorando lo presente), la madre estaba conforme en que
la chica se casara.
Y la habladora vieja interrogaba con los ojos al
cura, como esperando su aprobación.
Bueno; pues á eso se había
acercado ella... ¿Á qué? Á decirle que Toneta quería que fuese él quien la
casase. Teniendo un capellán casi en la familia, ¿para qué ir á buscarlo fuera
de casa?
El cura no dudó; le parecía muy natural la
pretensión. Estaba bien; los casaría.
III
El día en que se casó Toneta, fué de los peores
para el nuevo adjunto de la parroquia de Benimaclet.
Cuando la ceremonia hubo terminado, don Vicente
despojóse en la sacristía de sus sagradas vestiduras, pálido y trémulo como si
le aquejase oculta dolencia.
El sacristán, ayudándole, hablaba del insufrible
calor. Estaban en Julio, soplaba el poniente, la vega se mustiaba bajo aquel
soplo interminable y ardoroso que antes de perderse en el mar había pasado por
las tostadas llanuras de Castilla y la Mancha y con su ambiente de hoguera
agrietaba la piel y excitaba los nervios.
Pero bien sabía el nuevo cura que no era el
poniente lo que le trastornaba. ¡Buenas estarían tales
delicadezas en él, acostumbrado á todas las fatigas del campo!
Lo que sentía era arrepentimiento de haber accedido
á celebrar la boda de Toneta. ¡Cuán poco se conocía! Ahora iba comprendiendo lo
que se ocultaba tras el afecto fraternal nacido en la niñez.
Él, sacerdote desligado de las miserias humanas,
sentía un sordo malestar después de bendecir la eterna unión de Toneta y Chimo;
experimentaba idéntica impresión que si le acabasen de arrebatar algo que era
suyo.
Le parecía hallarse aún en la capilla mirando casi
á sus pies aquella linda cabeza cubierta por la vistosa mantilla. Nunca había
visto tan hermosa á Toneta, pálida por la emoción y con un brillo extraño en
los ojos cada vez que miraba al Moreno, que estaba soberbio con su
traje nuevo y su ringlot azul de larga esclavina.
Podía decirse que el cura acababa de ver por
primera vez á Toneta. La hermana ideal que en su imaginación casi se confundía
con la figura azul que pisaba la luna, habíase convertido de pronto en una
mujer.
Él, que jamás había descendido con su vista más
allá de la fresca boca siempre sonriente, y que miraba á Toneta como esas
imágenes de lindo rostro que bajo las vestiduras de oro sólo guardan los tres
puntales que sostienen el busto, pensaba ahora, con misteriosos
estremecimientos, que había algo más, y veía con los ojos de la imaginación el terrible enemigo con todas sus redondeces rosadas y
sus graciosos hoyuelos: la carne, arma poderosa del Malo con
que abate las más fuertes virtudes.
Odiaba al Moreno, su compañero de la
niñez. Era un buen muchacho, pero no podía tolerarse que su rudeza brutal
hubiera de ser la eterna compañera de la florista. No debía consentirse, lo
afirmaba él, que estaba arrepentido de haber realizado la boda.
Pero inmediatamente sentíase avergonzado por tales
pensamientos, se ruborizaba al considerar que aquella protesta era envidia,
impotencia que se revolvía en forma de murmuración.
Hacíale daño el contemplar la felicidad ajena,
aquella explosión de amor que venía preparándose, amor legítimo, pero que no
por esto molestaba menos al cura.
Se iría á casa. No quería presenciar por más tiempo
la alegría de la boda; pero cuando salió de la sacristía, se encontró con la
comitiva nupcial que estaba esperándole, pues la siñá Tona se
oponía á que se hiciera nada sin la presencia de su Visantet.
Y por más que resistió, tuvo que seguir el camino
de aquel huerto del que tantos recuerdos guardaba; y entre las faldas rameadas
y coloridas como la primavera, los pañuelos de seda brillantes y los reflejos
tornasolados de la pana y el terciopelo, causaba un efecto lastimoso el suelto
manteo y aquel desmayado sombrero de teja que avanzaba con
lentitud, como si en vez de cubrir un cuerpo vigoroso y exuberante de vida,
fuesen los de un viejo achacoso.
Una vez en el huerto, ¡qué de tormentos! ¡qué
cariñosas solicitudes, que le parecían crueles burlas! La siñá Tona,
en su alegría de madre, enseñábale todas las reformas hechas en la alquería con
motivo del matrimonio. ¿Se enteraba Visantet? Aquel estudi era
el dormitorio de los novios y aquella cama sería la del matrimonio, con su
colcha de azulada blancura y complicados arabescos, que á Toneta le habían
costado todo un invierno de trabajo.
Bien estarían allí los novios. Qué blancura, ¿eh? Y
la inocente vieja creía hacer una gracia obligando al cura á que tocase los
mullidos colchones y apreciase en todos sus detalles la rústica comodidad de
aquella habitación, que á la noche había de convertirse en caliente nido.
Y después seguían los tormentos, las intimidades
fraternales, que resultaban para él terribles latigazos: aquel bruto del Moreno que
no se recataba de hablar en su presencia, bromeando con sus amigotes sobre lo
que ocurriría por la noche, con comentarios tales, que las mujeres chillaban
como ratas y sofocadas de risa le llamaban ¡pòrc! y ¡animal! y
Toneta, que en traje de casa, al aire sus morenos y redondos brazos, se
aproximaba á él rozando su sotana con la epidermis fina y caliente,
preguntándole qué pensaba de su casamiento y
acompañando sus palabras con fijas miradas de aquellos ojos que parecían
registrarle hasta las entrañas.
¡Ira de Dios! La gente le hacía tanto caso como si
fuese un muerto que hablara; aquella mujer se atrevía á tratarle con un
descuido que no osaría con el gañán más bestia de los que allí estaban; no era
un hombre, era un cura, y al pensar en esto tan amargo, creía que todos le
miraban con respetuosa compasión, y una llamarada de rabia enturbiaba su vista.
Bien pagaba los honores de su clase, la elevación
sobre la miseria en que nació. Él, el más respetado de la reunión, don Vicente,
el gran sacerdote, miraba con envidia á aquellos muchachotes cerriles con
alpargatas y en mangas de camisa.
Hubiera querido ser temido, como ellos, á los que
no osaban aproximarse mucho las mujeres por miedo á audaces pellizcos, y sobre
todo no inspirar lástima, no ser tenido como una momia santa, en cuyos oídos
resbalaban las palabras ardientes sin causar mella.
Cada vez se sentía más molesto. Durante la comida
estuvo al lado de los novios, sufriendo el ardoroso contacto de aquel cuerpo
sano y fragante, que parecía esparcir un perfume de flor carnosa, y que en la
confianza de la impunidad se revolvía libremente y sin cuidado á empujar, ó se
inclinaba sobre él y al decirle insignificantes palabras le envolvía en su
cálido aliento. Y después aquel Chimo con su
salvaje ingenuidad, creyendo que tras la misa de por la mañana todo era ya
legítimo; corroído por la impaciencia, tomando con sus dedos romos la redonda
barbilla de Toneta, entre la algazara de los convidados, y hundiendo las manos
bajo la mesa, mientras miraba á lo alto con la expresión inocente del que no ha
roto un plato en su vida.
Aquello no podía seguir. Don Vicente se sentía
enfermo. Oleadas de sangre caldeaban su rostro; parecíale que el viento seco y
ardoroso que inflamaba la piel se había introducido en sus venas, y su olfato
dilatábase con nervioso estremecimiento, como excitado por aquel ambiente de
pasión carnívora y brutal.
No quería ver; deseaba olvidar, aislarse, sumirse
en dulce y apática estupidez, y guiado por el instinto, vaciaba su vaso, que la
cortesanía labriega cuidaba de tener siempre lleno.
Bebió mucho, sin conseguir que aquel sentimiento de
envidia y de despecho se amortiguase; esperaba las nieblas rosadas de una
embriaguez ligera, algo semejante á la discreta alegría de sus meriendas de
seminarista, cuando á los postres él y sus compañeros, con la más absoluta
confianza en el porvenir, soñaban en ser papas ó en eclipsar á Bossuet; pero lo
que llegó para él fué una jaqueca insufrible, que doblaba su cabeza como si
sobre ella gravitase enorme mole y que le perforaba la frente con un tornillo sin
fin.
Don Vicente estaba enfermo.
La misma siñá Tona,
reconociéndolo, le permitió, con harto dolor, que se retirase de la fiesta, y
el cura, con paso firme, pero con la vista turbia y zumbándole los oídos, se
encaminó á su casa, seguido de su alarmada madre, que no quiso permanecer ni un
instante más en la boda.
No era nada; podía tranquilizarse. El maldito
poniente y la agitación del día. No necesitaba más que dormir.
Y cuando penetró en su cuarto, en la casita nueva
que habitaba en el pueblo desde su primera misa, tiró el sombrero y el manteo,
y sin quitarse el alzacuello ni tocar su sotana, se arrojó de bruces con los
brazos extendidos en su blanca cama de célibe, extinguiéndose inmediatamente
los débiles destellos de su razón y sumiéndose en la lobreguez más absoluta.
IV
Poblóse la negra inmensidad de puntos rojos, de
infinitas y movibles chispas, como si aventasen gigantesca hoguera; sintió que
caía y caía, como sí aquel desplome durase años y fuese en una sima sin fondo,
hasta que por fin experimentó en todo su ser un rudo choque, conmoviéndose de
pies á cabeza; y... despertó en su cama, tendido
sobre el vientre, tal como se había arrojado en ella.
Lo primero que el cura pensó fué que había pasado
mucho tiempo.
Era de noche. Por la abierta ventana veíase el
cielo azul y diáfano, moteado por la inquieta luz de las estrellas.
Don Vicente experimentó la misma impresión de las
damas de comedia que al volver en sí lanzan la sacramental pregunta: «¿En dónde
estoy?»
Su cerebro sentíase abrumado por la pesadez del
sueño, discurría con dificultad y tardó en reconocer su cuarto y en recordar
cómo había llegado hasta allí.
De pie en la ventana, vagando su turbia mirada por
la obscura vega, fué recobrando su memoria, agrupando los recuerdos que
llegaban separados y con paso tardo, hasta que tuvo conciencia de todos sus
actos, antes de que le rindiera el sueño.
¡Bien, don Vicente! ¡Magnífica conducta para un
sacerdote joven que debía ser ejemplo de templanza! Se había emborrachado; sí,
esta era la palabra, y había sido en presencia de los que casi eran sus
feligreses. Lo que más le molestaba era el recuerdo de los motivos que le
impulsaron á tal abuso.
Estaba perdido. Ahora que se aclaraba su
inteligencia, aunque sus sentidos parecían embotados, horrorizábase ante el
peligro y protestaba contra la pasión que pretendía
hacer presa en su carne virgen. ¡Qué vergüenza! Salido apenas del Seminario,
sin contacto alguno con esa atmósfera corruptora de las grandes ciudades,
viviendo en el ambiente tranquilo y virtuoso de los campos, y próximo, sin
embargo, á caer en los más repugnantes pecados. No; él resistiría á las
seducciones del Malo; acallaría el espíritu tentador que para
mortificante prueba se había rebelado dentro de él; afortunadamente, la torpe
embriaguez con su sueño le había devuelto la calma.
Oyéronse á lo lejos campanas que daban horas. Eran
las tres... ¡Cuánto había dormido! Por esto se sentía ya sin sueño, dispuesto á
emprender la tarea diaria.
Desde aquella ventana, abierta en las espaldas de
la modesta casita, veíase la inmensa vega, que á la difusa luz de las estrellas
marcaba sus masas de verdura y las moles de sus innumerables viviendas. La
calma era absoluta. No soplaba ya el poniente, pero la atmósfera estaba
caldeada, y los ruidos de la noche parecían la jadeante respiración de los
tostados campos.
Perfumes indefinibles había en aquel ambiente que
aspiraba con delicia el joven cura, como si quisiera saturar el interior de su
organismo del aire puro de los campos.
Su vista vagaba en aquella penumbra, intentando
adivinar los objetos que tantas veces había visto á la luz del sol. Esta
distracción infantil parecía volverle á los
tranquilos goces de la niñez, pero sus ojos tropezaron con una débil mancha
blanca, en la que creía adivinar la alquería de la siñá Tona
y... ¡adiós tranquilidad, propósitos de fortaleza y de lucha!
Fué un rudo choque, una conmoción rápida; huyeron
arrolladas la calma y la placidez; desapareció el dulce embotamiento, despertó
la carne, sacudiendo la torpeza de los sentidos, y otra vez subió hasta sus
mejillas aquella llamarada que le hacía pensar en el fuego del infierno.
Sintió en su imaginación que se desgarraba denso
velo, como si aun estuviera en la tarde anterior, aquellos brazos morenos de
sedoso y ardiente contacto, al par que percibía la fragancia de la carne, cuyo
misterio acababa de revelársele.
Y en aquel momento, ¡oh Malo tentador!
el infeliz, mirando la obscura vega, veía, no la blanca é indecisa alquería,
sino el estudi envuelto en voluptuosa sombra, aquella cama
cuya blandura tanto había ensalzado la siñá Tona, y sobre el
mullido trono lo que para otros era felicidad y para él horrendo pecado, lo que
jamás había de conocer y le atraía con la irresistible fuerza de lo prohibido.
La maldita imaginación ponía junto á sus ojos las
tibias suavidades, los dulces contornos, los finos colores de aquella carne
desconocida; y la agitación del infeliz iba en aumento, sentía crecer dentro de
sí algo animado por el espíritu de la rebelión, la
virilidad, que se vengaba de tantos años de olvido inflamando su organismo,
haciendo que zumbasen sus oídos, enturbiando su vista y dilatando todo su ser,
como si fuese á estallar á impulsos del deseo contenido y falto de escape.
Aquello era la tentación en toda regla; pensó en
los santos eremitas, en San Antonio tal como le había visto en los cuadros,
cubriéndose los ojos ante impúdicas beldades, tras cuyas seducciones se
ocultaban los diablos repugnantes; pero allí no habían espíritus malignos por
parte alguna: lo único real que acompañaba á las evocaciones de su imaginación,
era la cálida noche con aquel suave ambiente de alcoba cerrada y los ruidos
misteriosos del campo que sonaban como besos.
Ellos allá, en el tibio lecho, rodeados de la
discreta obscuridad que había de guardar en profundo secreto los delirios de la
más grata de las iniciaciones: él, solo, inaccesible á toda efusión, planta
parásita en un mundo que vive por el amor, sintiendo penetrar hasta su tuétano
el eterno frío de aquella cama de célibe.
De allá lejos, de la blanca casita, parecía salir
un soplo de fuego que le envolvía calcinando su carne hasta convertirla en
cenizas. Creyó que la vista de aquel nido de amores y la voluptuosa noche eran
lo que le excitaba, y huyó de la ventana, moviéndose á ciegas en su lóbrega
habitación.
No había calma para él. También en aquella
lobreguez la veía, creyendo sentir en su cuello el roce
de los turgentes brazos y en sus labios ardorosos aquel fresco beso que le
había despertado de su desvanecimiento el día de la primera misa. La combustión
interna seguía, y el sufrimiento ya no era moral, pues la tensión de todo su
ser producíale agudos dolores.
¡Aire! ¡frescura! Y en el silencio de la lóbrega
habitación sonó un chapoteo de agua removida, los suspiros de desahogo del
pobre cura al sentir la glacial caricia en su abrasada piel.
Lentamente volvió á la ventana, calmado por la fría
inmersión. Un sentimiento de profunda tristeza le dominaba. Se había salvado,
pero era momentáneamente: dentro de él llevaba el enemigo, el pecado que
acechaba pronto á dominarle y vencerle, y aquella tremenda lucha reaparecería
al día siguiente, al otro y al otro, amargando su existencia, mientras el ardor
de una robusta juventud animase su cuerpo. ¡Cuán sombrío veía el porvenir!
Luchar contra la Naturaleza, sentir en su cuerpo una glándula que trabajaba incesantemente
y que con sólo la voluntad había de anular, vivir como un cadáver en un mundo
que desde el insecto al hombre rige todos sus actos por el amor, parecíale el
mayor de los sacrificios.
La ambición, el deseo de emanciparse de la miseria,
le había enterrado. Cuando creía subir á envidiadas alturas, veíase cayendo en
lobregueces de fondo desconocido.
Sus compañeros de pobreza, los que sufrían hambre y doblaban la espalda sobre el surco, eran más
felices que él, conocían aquel atractivo misterio que acababa de revelársele y
que el deber le obligaba á ignorar eternamente.
Bien pagaba su encumbramiento. ¡Maldita idea la de
aquella buena señora que quiso hacer un sacerdote del mocetón fornido, que
antes que continencias necesitaba esparcimiento y escapes para su plétora de
vida!
Subía, sí, pero encadenado para siempre; se hallaba
por encima de las gentes entre las que nació, pero recordaba sus estudios
clásicos, la fábula del audaz Prometeo, y se veía amarrado para siempre á la
roca inconmovible de la fe jurada, indefenso á merced de la pasión carnal que
le devoraba las entrañas.
Su firme devoción de campesino aterrábase ante la
idea de ser un mal sacerdote; el sexo, que había despertado en él para siempre
como inacabable tormento, desvanecía toda esperanza de tranquilidad, y en este
conflicto, el cura, asustado ante el porvenir, se entregó al desaliento, é
inclinando su cabeza sobre el alféizar, cubriéndose los ojos con las manos,
lloró por los pecados que no había cometido y por aquel error que había de
acompañarle hasta la tumba.
Una húmeda sensación de frescura le hizo volver en
sí.
Amanecía. Por la parte del mar rasgábase la noche
marcando una faja de luminoso azul: la verdura de
la vega y la dentellada línea de montañas iban fijando sus esfumados contornos;
lanzaban sus últimos parpadeos las estrellas, rodaba el fiero alerta de los
gallos de alquería en alquería, y las alondras, como alegres notas envueltas en
volador plumaje, rozaban las cerradas ventanas anunciando la llegada del día.
¡Magnífico despertar! Tal vez á aquella hora
Toneta, recogiéndose el cabello y cubriendo púdicamente con el blanco lienzo
los encantos que solo un hombre había de conocer, saltaba de la cama y abría el
ventanillo de su estudi para que la aurora purificase el
ambiente de pasión y voluptuosidad.
El cura salió de su cuarto con los ojos enrojecidos
y la frente contraída por penosa arruga, perenne recuerdo de aquella noche de
bodas en que la compañera de su infancia había visto de cerca el amor, y él se
había unido con la desesperación, la más fiel de las esposas.
Abajo, en la cocina, encontró á su madre que
preparaba el desayuno, y la pobre vieja no pudo comprender aquella amarga
mirada de reproche que el cura le lanzó al pasar.
Paseó maquinalmente por el corral hasta que sus
pies tropezaron con una espuerta de esparto, vieja, rota, cubierta por una
costra de basura, igual á la que él llevaba á la espalda cuando niño.
Era el pasado que reaparecía para echarle en cara
su infidelidad.
¿No se había emancipado de la miseria de su clase? Pues ya lo tenía todo; que comiera, que se
regodeara con la satisfacción de ser considerado como un ser superior.
Lo otro, lo desconocido, lo que le hacía temblar
con intensa emoción, era para los infelices, para los que luchaban por la vida.
El cura gimió con desesperación, sintiendo en torno
de él el vacío y la frialdad, pensando que si sus manos ahora consagradas
hubiesen seguido porteando el mísero capazo, estaría en tal instante arrebujado
en aquella blanda cama del estudi nupcial, viendo cómo Toneta,
al aire sus hermosos brazos y marcada bajo el fino lienzo su robustez
armoniosa, se contemplaba en el espejo sonriendo ruborizada con los recuerdos
de la noche de bodas.
Y el pobre cura lloró como un niño; lloró hasta que
el esquilón de la iglesia con su gangueo de vieja comenzó á llamarle á la misa
primera.
I
Buenos parroquianos tuvo aquella mañana el cafetín
del Cubano. La flor de la guapeza, los valientes más valientes que
campaban en Valencia por sus propios méritos; todos cuantos vivían á estilo de
caballero andante por la fuerza de su brazo; los que formaban la guardia de
puertas en las timbas, los que llevaban la parte de terror en la banca, los que
iban á tiros ó cuchilladas en las calles, sin tropezar nunca, en virtud de
secretas inmunidades, con la puerta del presidio, estaban allí, bebiendo á
sorbos la copita matinal de aguardiente, con la gravedad de buenos burgueses
que van á sus negocios.
El dueño del cafetín les servía con solicitud de
admirador entusiasta, mirando de reojo todas aquellas caras famosas, y no
faltaban chicuelos de la vecindad que asomaban
curiosos á la puerta, señalando con el dedo á los más conocidos.
La baraja estaba completa. ¡Vive Dios!, que era un
verdadero acontecimiento ver reunidos en una sola familia, bebiendo
amigablemente, á todos los guapos que días antes tenían alarmada la ciudad y
cada dos noches andaban á tiros por Pescadores ó la calle de las Barcas, para
provecho de los periódicos noticieros, mayor trabajo de las casas de Socorro y
no menos fatiga de los policías, que echaban á correr á los primeros rugidos de
aquellos leones que se disputaban el privilegio de vivir á costa de un valor más
ó menos reconocido.
Allí estaban todos. Los cinco hermanos Bandullos,
una dinastía que al mamar llevaba ya cuchillo, que se educó degollando reses en
el Matadero y con una estrecha solidaridad lograba que cada uno valiera por
cinco y el prestigio de la familia fuese indiscutible. Allí Pepet,
un valentón rústico que usaba zapatos por la primera vez en su vida y había
sido extraído de la Ribera por un dueño de timba, para colocarlo frente á los
terribles Bandullos, que le molestaban con sus exigencias y
continuos tributos; y en torno de estas eminencias de la profesión, hasta una
docena de valientes de segunda magnitud, gente que pasaba la vida penando por
no trabajar: guardianes de casas de juego que estaban de vigilancia en la
puerta desde el mediodía hasta el amanecer, por ganarse tres pesetas, lobos que
no habían hecho aun más que morder á algún señorito
enclenque ó asustar á los municipales, maestros de cuchillo que poseían golpes
secretos é irresistibles, á pesar de lo cual habían perdido la cuenta de las
bofetadas y palos recibidos en esta vida.
Aquello era una fiesta importantísima, digna de que
la voceasen por la noche los vendedores de La Correspondencia á
falta de ¡el crimen de hoy!
Iban todos á comerse una paella en
el camino de Burjasot, para solemnizar dignamente las paces entre los Bandullos y
Pepet.
Los hombres, cuanto más hombres, más serios para
ganarse la vida.
¿Qué se iba adelantando con hacerse la guerra sin
cuartel y reñir batalla todas las noches? Nada; que se asustaran los tontos y
rieran los listos; pero en resumen, ni una peseta y los padres de familia
expuestos á ir á presidio.
Valencia era grande y había pan para todos. Pepet
no se metería para nada con la timba que tenían los Bandullos y
éstos le dejarían con mucha complacencia que gozase en paz lo que sacara de las
otras. Y en cuanto á quiénes eran los valientes, si los unos ó el otro, eso
quedaba en alto y no había por qué mentarlo: todos eran valientes y se iban
rectos al bulto; la prueba estaba en que después de un mes de buscarse, de
emprenderse á tiros ó cuchillo en mano, entre sustos de los transeuntes,
corridas y cierres de puertas, no se habían hecho el más ligero rasguño.
Había que respetarse, caballeros, y campar cada uno
como pudiera.
Y mediando por ambas partes excelentes amigos, se
llegó al arreglo.
Aquella buena armonía alegraba el alma, y los
satélites de ambos bandos conmovíanse en el cafetín del Cubano al
ver cómo los Bandullos mayores, hombres sesudos, carianchos y
cuidadosamente afeitados con cierto aire monacal, distinguían á Pepet y le
ofrecían copas y cigarros; finezas á las que respondía con gruñidos de
satisfacción aquel gañán ribereño, negro, apretado de cejas, enjuto y como
cohibido al no verse con alpargatas, manta y retaco al brazo, tal como iba en
su pueblo á ejecutar las órdenes del cacique. De su nuevo aspecto sólo le
causaba satisfacción la gruesa cadena de reloj y un par de sortijas con enormes
culos de vaso, distintivos de su fortuna que le producían infantil alegría.
El único que en la respetable reunión podía meter
la pata era el menor de los Bandullos: un chiquillo fisgón é
insultadorcillo que abusaba del prestigio de la familia, sin más historia ni
méritos que romper el capote á los municipales ó patear el farolillo de algún
sereno siempre que se emborrachaba, hazañas que obligaban á sus poderosos
hermanos á echar mano de las influencias, pidiendo á este y al otro que tapasen
tales tonterías á cambio de sus buenos servicios en las elecciones.
Él era el único que se había opuesto á las paces con Pepet, y no mostraba ahora, en un día de
concordia y olvido, la buena crianza de sus hermanos. Pero ya se encargarían
éstos de meter en cintura aquel bicho ruin, que no valía una bofetada y quería
perder á los hombres de mérito.
Salieron todos del cafetín formando grupo, por el
centro del arroyo, con aire de superioridad, como si la ciudad entera fuese
suya, saludados con sonriente respeto por las parejas de agentes que estaban en
las esquinas.
¡Vaya una partida! Marchaban graves, como si la
costumbre de hacer miedo les impidiese sonreir; hablaban lentamente, escupiendo
á cada instante, con voz fosca y forzada, cual si la sacaran de los talones, y
se llevaban las manos á las sienes, atusándose los bucles y torciendo el morro
con compasivo desprecio á todo cuanto les rodeaba.
Por un contraste caprichoso, aquellos buenos mozos
malcarados exhibían como gala el pie pequeño, usaban botas de tacón alto
adornadas con pespuntes, lo que les daba cierto aire de afeminamiento, así como
los pantalones estrechos y las chaquetas ajustadas, marcando protuberancias
musculosas ó míseros armazones de piel y huesos en que los nervios suplían á la
robustez.
Los había que empuñaban escandalosos garrotes ó
barras de hierro forradas de piel, golpeando con estrépito los adoquines, como
si quisieran anunciar el paso de la fiera; pero otros usaban bastoncillos
endebles ó no se apoyaban en nada, pues bastante
compañía llevaban sobre las caderas, con el cuchillo como un machete y la
pistola del quince, más segura que el revólver.
Aquel desfile de guapos detúvose en todos los
cafetines del tránsito, para refrescar con medias libras de aguardiente,
convidando á los policías conocidos que encontraban al paso, y cerca de las
doce llegaron á la alquería del camino de Burjasot, donde la paella burbujeaba
ya sobre los sarmientos, faltando sólo que la echasen el arroz.
Cuando se sentaron á comer estaban medio borrachos,
mas no por esto perdieron su fúnebre y despreciativa gravedad.
II
Eran gente de buenas tragaderas, y pronto salió á
luz el fondo de la sartén, viéndose, por los profundos agujeros que las
cucharas de palo abrían en la masa de arroz, el meloso socarraet,
el bocado más exquisito de la paella.
De vino, no digamos. Á un lado estaba el pellejo,
vacío, exangüe, estremeciéndose con las convulsiones de la agonía, y las rondas
eran interminables, pasando de mano en mano los enormes vasos,
en cuyo negro contenido nadaban los trozos de limón, para hacer más aromático
el líquido.
Á los postres, aquellas caras perdieron algo de su
máscara feroz; se reía y bromeaba, con la pretina suelta para favorecer la
digestión y lanzando poderosos regüeldos.
Salían á conversación todos los amigos que se
hallaban ausentes por voluntad ó por fuerza; el tío Tripa, que
había muerto hecho un santo después de una vida de trueno; los Donsainers,
huídos á Buenos Aires por unos golpes tan mal dados, que el asunto no se pudo
arreglar aun mediando el mismo gobernador de la provincia; y la gente de menor
cuantía que estaba en San Agustín ó San Miguel de los Reyes, inocentones que se
echaron á valientes sin contar antes con buenos protectores.
¡Cristo! Que era una lástima que hombres de tanto
mérito hubieran muerto ó se hallaran pudriendo en la cárcel ó en el extranjero.
Aquéllos eran valientes de verdad, no los de ahora, que son en su mayoría unos
muertos de hambre, á quienes la miseria obliga á echárselas de guapos á falta
de valor para pegarse un tiro.
Esto lo decía el Bandullo pequeño,
aquel trastuelo, que se había propuesto alterar la reunión pinchando á Pepet, y
á quien sus hermanos lanzaban severas miradas por su imprudencia. ¡Criatura más
comprometedora! Con chicos no puede irse á ninguna parte.
Pero el escuerzo ruin no se daba por entendido. Tenía mal vino y parecía haber ido á la paella por
el sólo gusto de insultar á Pepet.
Había que ver su cara enjuta, de una palidez
lívida, con aquel lunar largo y retorcido, para convencerse de que le dominaba
el afán de acometividad, el odio irreconciliable que lucía en sus ojos y hacía
latir las venas de su frente.
Sí señor; él no podía transigir con ciertos
valientes que no tienen corazón, sino estómago hambriento; ruqueròls que
olían todavía al estiércol de la cuadra en que habían nacido y venían á
estorbar á las personas decentes. Si otros querían callar, que callasen. Él no;
y no pensaba parar hasta que se viera que toda la guapeza de esos tales era
mentira, cortándoles la cara y lo de más allá.
Por fortuna, estaban presentes los Bandullos mayores,
gente sesuda que no gustaba de compromisos más que cuando eran irremediables.
Miraban á Pepet, que estaba pálido, mascando furiosamente su cigarro, y le
decían al oído, excusando la embriaguez del pequeño:
—No fases cas: está bufat.
¡Pero buena excusa era aquella con un bicho tan
rabioso! Se crecía ante el silencio é insultaba sin miedo alguno.
Lo que él decía allí lo repetía en todas partes.
Había muchos embusteros. Valientes de mata mòrta como los
melones malos. Él conocía un guapo que se creía una fiera porque le habían
vestido de señor: mentira, todo mentira. El muy fachenda, hasta
intentaba presumir y le hacía corrococos á María la Borriquera, la
cordobesa que cantaba flamenco en el café de la Peña... ¡Ya voy!... Ella se
burlaba del muy bruto: tenía poco mérito para engañarla; la chica se reservaba
para hombres de valía, para valientes de verdad; él, por ejemplo, que estaba
cansado de acompañarla por las madrugadas cuando salía del café.
Ahora sí que no valieron las benévolas
insinuaciones de los hermanos mayores. Pepet estaba magnífico, puesto de pie,
irguiendo su poderoso corpachón, con los ojos centelleantes bajo las espesas
cejas y extendiendo aquel brazo musculoso y potente que era un verdadero
ariete.
Respondía con palabras que la ira cortaba y hacía
temblar:
—Aixó es mentira... ¡Mocós!
Pero apenas había terminado, un vaso de vino le fué
recto á los ojos, separándolo Pepet de una zarpada é hiriéndose el dorso de la
mano con los vidrios rotos.
Buena se armó entonces... Las mujeres de la
alquería huyeron adentro lanzando agudos chillidos; todo el honorable concurso
saltó de sus silletas de cuerda, rascándose el cinto, y allí salió á relucir un
verdadero arsenal: navajas de lengua de toro, cuchillos pesados y anchos como
de carnicería, pistolas que se montaban con espeluznante ruido metálico.
La reunión dividióse instantáneamente en dos bandos. Á un lado los Bandullos cuchillo
en mano, pálidos por la emoción, pero torciendo el morro con desprecio ante
aquellos mendigos que se atrevían á emanciparse, y al otro, rodeando á Pepet,
todos, absolutamente todos los convidados, gente que había sobrellevado con
paciencia el despotismo de la familia bandullesca y que ahora veía ocasión para
emanciparse.
Miráronse en silencio por algunos segundos,
queriendo cada uno que los otros empezaran.
¡Vaya, caballeros! La cosa no podía quedar así...
Allí se había insultado á un hombre, y de hombre á hombre no va nada.
Al fin el reñir es de hombres.
Era una lástima que la fiesta terminase mal, pero
entre hombres ya se sabe: hay que estar á todo. Dejar sitio y que se las
arreglen los hombres como puedan.
Los amigos de Pepet, que estaban en sus glorias y
se mostraban fieros por la superioridad del número, colocáronse ante los Bandullos mayores,
cortándoles el paso con los cuchillos y sus palabras.
En ocasiones como aquella había que demostrar la
entraña de valiente. Nada importaba que fuese su hermano. Había insultado y
debía probar sin ayuda ajena que tenía tanto de aquello como de lengua.
Pero las razones eran inútiles. Estaban frente á
frente los dos enemigos, á la puerta de la alquería, bajo
aquella hermosa parra por entre cuyos pámpanos se filtraban los rayos del sol
dorando las telarañas que envolvían las uvas.
El pequeño, extendiendo la diestra armada de ancha
faca, y cubriéndose el pecho con el brazo izquierdo, saltaba como una mona,
haciendo gala de la esgrima presidiaria aprendida en los corralones de la calle
de Cuarte.
Todos callaban. Oíase el zumbido de los moscardones
en aquella tibia atmósfera de primavera, el susurrar de la vecina acequia, el
murmullo del trigo agitando sus verdes espigas y el chirriar lejano de algún
carro junto con los gritos de los labradores que trabajaban en sus campos.
Iba á correr sangre, y todos avanzaban el pescuezo
con malsana curiosidad, para dar faltas y buenas sobre el modo de reñir.
El bicho maldito no se aquietaba y seguía
insultando. ¡Á ver! Que se atracara aquel guapo y vería cuán pronto le echaba
la tanda al suelo.
¡Y vaya si se atracó! Pero con un valor primitivo;
no con la arrogancia del león, sino con la acometividad del toro; bajando la
dura testa, encorvando su musculoso pecho, con el impulso irresistible de una
catapulta.
De una zarpada se llevó por delante tambaleando y
desarmado al pequeño Bandullo, y antes de que cayera al suelo le
hundió el cuchillo en un costado, de abajo arriba, con tal fuerza que casi lo
levantó en el aire.
Cayó el chicuelo, llevándose ambas manos al
costado, á la desgarrada faja que rezumaba sangre, y hubo un murmullo de
asombro casi semejante á un aplauso.
¡Buen pájaro era aquel Pepet! Cualquiera se metía
con un bruto así.
Los Bandullos lanzáronse sobre su
caído hermano, trémulos de coraje, y hubo de ellos que requirieron sus armas
con desesperación, como dispuestos á cerrar con aquel numeroso grupo de
enemigos y morir matando para desagravio de la familia, que no podía consentir tal
deshonra.
Pero les contuvo un gesto imperioso del hermano
mayor, Néstor de la familia, cuyas indicaciones seguían todos ciegamente. Aun
no se había acabado el mundo. Lo que él aconsejaba y siempre salía bien:
paciencia y mala intención.
El pequeño, pálido, casi exánime, echando sangre y
más sangre por entre la faja, fué llevado por sus hermanos á la tartana, que
aguardaba cerca de la alquería desde que trajo por la mañana todo el arreglo de
la paella.
¡Arrea, tartanero!... ¡Al Hospital! Donde van los
hombres cuando están en desgracia.
Y la tartana se alejó dando tumbos que arrancaban
al herido rugidos de dolor.
Pepet limpió su cuchillo con hojas de ensalada que
había en el suelo, lo lavó en la acequia y volvió á guardarlo con tanto cariño
como si fuese un hijo.
El ribereño había crecido desmesuradamente á los
ojos de todos aquellos emancipados que le rodeaban, y de regreso á Valencia,
por la polvorienta carretera, se quitaban la palabra unos á otros para darle
consejos.
Á la policía no había que tenerle cuidado. Entre
valientes era de rigor el silencio. El pequeño diría en el Hospital que no
conocía á quien le hirió, y si era tan ruin que intentara cantar, allí estarían
sus hermanos para enseñarle la obligación.
Á quien debía mirar de lejos era á los Bandullos que
quedaban sanos. Eran gente de cuidado. Para ellos lo importante era pegar, y si
no podían de frente, lo mismo les daba á traición. ¡Ojo, Pepet! Aquello no lo
perdonarían, más que por el hermano, por el buen sentimiento de la familia.
Pero al valentón ribereño aun le duraba la
excitación de la lucha y sonreía despreciativamente. Al fin aquello tenía que
ocurrir. Había venido á Valencia para pegarles á los Bandullos;
donde estaba él no quería más guapos: ya había asegurado á uno; ahora que
fuesen saliendo los otros y á todos los arreglaría.
Y como prueba de que no tenía miedo, al pasar el
puente de San José y meterse todos en la ciudad, amenazó con un par de
guantadas al que intentara acompañarle.
Quería ir solo por ver si así le salían al paso
aquellos enemigos. Conque... ¡largo y hasta la vista!
¡Qué hígados de hombre! Y la turba bravucona se disolvió, ansiosa de relatar en cafetines y timbas
la caída de los Bandullos, añadiendo con aire de importancia que
habían presenciado la terrible gabinetá de aquel valentón que
juraba el exterminio de la familia.
Bien decía el ribereño que no tenía miedo ni le
inquietaban los Bandullos. No había más que verle á las once de la
noche marchando por la calle de las Barcas con desembarazada confianza.
Iba á la Peña, á oír á su adorada novia la Borriquera.
¡Mala pécora! Si resultaba cierto lo que aquel
chiquillo insultador le había dicho antes de recibir el golpe, á ella le
cortaba la cara, y después no dejaba botella ni títere sano en todo el café.
Aun le duraba la excitación de la riña, aquella
rabia destructora que le dominaba después de haber hecho sangre.
Ahora, antes que se enfriase, debieran salirle al
encuentro los Bandullos, uno á uno ó todos juntos. Se sentía con
ánimos para de la primera rebanada partirlos en redondo.
Estaba ya en la subida de la Morera, cuando sonó un
disparo, y el valentón sintió un golpe en la espalda, al mismo tiempo que se
nublaba su vista y le zumbaban los oídos.
¡Cristo! Eran ellos que acababan de herirle.
Y llevándose la mano al cinto, tiró de su pistola
del quince, pero antes de que volviera la cara, sonó otro disparo y Pepet cayó
redondo.
Corría la gente, cerrábanse las puertas con
estrépito, sonaban pitos y más pitos al extremo de la calle, sin que por esto
se viese un kepis por parte alguna, y aprovechándose del pánico abandonaron
los Bandullos la protectora esquina, avanzando cuchillo en
mano hacia el inerte cuerpo, al que removieron de una patada como si fuese un
talego de ropa.
—Ben mòrt está.
Y para convencerse más, se inclinó uno de ellos
sobre la cabeza del muerto, guardándose algo en el bolsillo.
Cuando llegaron los guardias y se amotinó la gente
en torno del cadáver, esperando la llegada del juzgado, vióse á la luz de
algunos fósforos la cara moruna de Pepet el de la Ribera, con los ojos
desmesurados y vidriosos y junto á la sien derecha una desolladura roja que aun
manaba sangre.
Le habían cortado una oreja como á los toros
muertos con arte.
III
El entierro fué una manifestación.
Aun quedaba sangre de valientes: la raza no iba á
terminar tan pronto como muchos creían.
Los amos de las casas de juego marchaban en primer término tras el ataúd, como afligidos
protectores del muerto, y tras ellos todos los matones de segunda fila y los
aspirantes á la clase: morralla del Mercado y del Matadero que esperaba ocasión
para revelarse, y hacía sus ensayos de guapeza yendo á pedir alguna peseta en
los billares ó timbas de calderilla.
Aquel cortejo de caras insolentes con gorrillas
ladeadas y tufos en las orejas, hacía apartarse á los transeuntes, pensando en
el gran golpe que se perdía la guardia civil.
¡Qué magnífica redada podía echarse!
Pero no; había que respetar el dolor sincero de
aquella gente que lloraba al muerto con toda su alma, con una ingenuidad jamás
vista en los entierros.
¿Era así como se mataba á los hombres?
¡Cobardes!... ¡morrals!... ¡y después querían los Bandullos pasar
por bravos! Santo y bueno que le hubiesen tirado el hígado al suelo riñendo
cara á cara, pues á esto están expuestos los hombres que valen; pero matarlo
por la espalda y con pistola para no acercarse mucho, era una canallada que
merecía garrote. ¡Morir á manos de unos ruines un chico que tanto valía!
Parecía imposible que la prensa no protestase y que la ciudad entera no se
sublevara contra los Bandullos. ¿Y lo de cortarle la oreja? Ambusteros,
más que ambusteros. Eso está bien que se haga con uno á quien se
mata de frente; en casos así hay que guardar un recuerdo; pero...
¡vamos! cuando no hay de qué y sólo tienen ciertas gentes motivo para
avergonzarse, irrita que se pongan moños. Y lo más triste era que muerto Pepet,
el valiente de verdad, el guapo entre los guapos, los Bandullos camparían
como únicos amos, y las personas decentes, que eran los demás, tendrían que
juntarse para que les diesen las sobras y poder comer. ¡Tan tranquilos que
estaban, amparados por aquel león de la Ribera que se había propuesto acabar
con los Bandullos!...
Los que más irritados se mostraban eran los
neófitos, los aprendices que no habían estrenado la tea que
llevaban cruzada sobre los riñones; los que no tenían aún categoría para vivir
de la tremenda, pero que sentían por Pepet la misma adoración de los salvajes
ante un astro nuevo.
Y todos ellos, que pretendían meter miedo al mundo
con sólo un gesto, lloraban en el cementerio, en torno de la fosa, al ver los
húmedos terrones que caían sobre el ataúd.
¿Y un hombre así, más bien plantado que el que paró
el sol, se lo habían de comer la tierra y los gusanos?... ¡Retapones! aquello
partía el corazón.
La chavalería esperaba con ansiosa curiosidad las
ceremonias de costumbre en tales casos; algo que demostrase al que se iba que
aquí quedaba quien se acordaba de él.
Sonó un glu-glu de líquido,
cayendo sobre la rellena fosa. Los compañeros de Pepet, foscos como sacerdotes
de terrorífico culto, vaciaban botellas de vino
sobre aquella tierra grasienta que parecía sudar la corrupción de la vida.
Y cuando se formó un charco rojizo y repugnante,
toda aquella hermandad del valor malogrado tiró de las teas y
uno por uno fueron trazando en el barro furiosas cruces con la punta del
cuchillo, al mismo tiempo que mascullaban terribles palabras mirando á lo alto,
como si por el aire fueran á llegar volando los odiados Bandullos.
Podía Pepet dormir tranquilo. Aquellos granujas
recibirían las tornas... si es que se empeñaban en comérselo todo y no hacer
parte á las personas decentes. ¡Lo juraban!
Y al mismo tiempo que los cuchillos de la comitiva
trazaban cruces en el cementerio, los Bandullos entraban en el
Hospital, graves, estirados, solemnes, como diplomáticos en importante misión.
El pequeño sacaba por entre las sábanas su rostro
exangüe, tan pálido como el lienzo, y únicamente en su mirada había una chispa
de vida al preguntar con mudo gesto á sus hermanos.
Debía saber algo de lo de la noche anterior y
quería convencerse.
Sí; era cierto. Se lo aseguraba su hermano mayor,
el más sesudo de la familia. El que atacase á los Bandullos tenía
pena de la vida. Mientras viviesen todos, cada uno de los hermanos tendría la
espalda bien cubierta. ¿No le habían prometido venganza? Pues allí estaba.
Y desliando un trozo de periódico, arrojó sobre las sábanas un muñón asqueroso, cubierto de negros
coágulos.
El pequeño lo alcanzó sacando de entre las sábanas
sus brazos enflaquecidos, ahogando con penosos estertores el dolor que sentía
en las llagadas entrañas al incorporarse.
—¡La orella!... ¡La orella d’eixe lladre!
Rechinaron sus dientes con los dos fuertes
mordiscos que dió al asqueroso cartílago, y sus hermanos, sonriendo complacidos
al comprender hasta dónde llegaba la furia de su cachorro, tuvieron que
arrebatarle la oreja de Pepet para que no la devorase.
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Cuentos valencianos |
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admiracion=> admiración {pg 153} |
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emjambre de moscas=> enjambre de moscas {pg
28} |
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las guesas capas de
algas=> las gruesas capas de algas {pg 47} |
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iban prolongado los
obsequios=> iban prolongando los obsequios {pg 139} |
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sobre un oreja=> sobre
una oreja {pg 149} |
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hermosso traje=> hermoso traje {pg 150} |
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las evidiosas á
Roseta=> las envidiosas á Roseta {pg 164} |
End of Project Gutenberg's Flor de mayo, by Vicente
Blasco Ibáñez
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MAYO ***

