© Libro N° 9452. La Gloria De Don Ramiro. Larreta, Enrique. Emancipación. Enero 8 de 2022.
Título original: © La Gloria De Don Ramiro. [Una Vida En Tiempos
De Felipe Segundo]. Enrique Larreta
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Original: © La Gloria De Don Ramiro. [Una Vida En Tiempos De Felipe
Segundo]. Enrique Larreta
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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[Una Vida En Tiempos De
Felipe Segundo]
Enrique Larreta
La Gloria De Don Ramiro
[Una Vida En Tiempos De Felipe Segundo]
Enrique Larreta
PRIMERA PARTE
I
Ramiro solía quedarse hasta la noche en el último
piso del torreón, escuchando los cuentos y parlerías de las mujeres.
Allí terminaba la tiesura solariega. Allí se
canturriaba y se reía. Allí el aire exterior, en los días templados, entraba
libremente por las ventanas, trayendo vago perfume de fogatas campesinas y el
sordo rumor de los molinos y batanes en el Adaja.
¡Qué holganza para el niño hallarse lejos de la
facha torva del abuelo, y encima de aquellas cuadras silenciosas del caserón,
donde se acostumbraba encender velones y candelabros durante el día! Cuadras
sólo animadas por las figuras de los tapices; fúnebres estrados, brumosos de
sahumerio, que su madre, vestida siempre de monjil, cruzaba como una sombra.
Las criadas le querían de veras. Todas miraban con
respetuosa ternura al párvulo triste y hermoso que no había cumplido aún doce
años y parecía llevar en la frente el surco de misterioso pesar. Todas
rivalizaban en complacerle, en agasajarle.
Durante el trabajo, entre el zumbo de las ruecas,
se hablaba de cosas fáciles que él comprendía, y, casi siempre, al anochecer,
se contaban historias. Añejas historias, sin tiempo ni comarca. Unas sombrías,
otras milagreras y fascinadoras. Consejas de tesoros ocultos, de agüeros, de
princesas, de ermitaños. Una vieja esclava, herrada en la frente, sabía cuentos
de aparecidos. Ramiro la escuchaba con singular atención, cada vez más goloso
de pavura y de misterio.
La estancia era un vasto recinto que ocupaba casi
todo el plano de la torre. Las vigas no habían perdido el oro de la añosa
pintura, y la faja de escudos nobiliarios, que corría en lo alto de las cuatro
paredes, lucía intacto su tinte de gules y sinople. En el rincón más obscuro
dormía un antiguo telar descompuesto. No se había pensado nunca en repararlo, y
se le dejaba apolillar y cubrirse de telaraña, conservando todavía entre sus
maderos, los hilos de una estameña comenzada, quizá, en el reinado anterior.
En el grosor de las paredes, cada ventana formaba
un hueco profundo, con sendos poyos de piedra. Ramiro se sentaba de costumbre
sobre uno de ellos, y pasaba las horas largas mirando hacia afuera, con el codo
apoyado en el alféizar.
Una de las ventanas, la que abría hacia el
nordeste, dominaba casi todo el caserío. Desde aquella altura, Avila de los
Santos, inclinada hacia el Adaja y ceñida estrechamente por su torreada y
bermeja muralla, más que una ciudad, semejaba gran castillo roquero. El niño
oteaba los corrales y los patios, el interior de los conventos, el caparacho de
las iglesias. A corta distancia, en el sitio más eminente, la catedral
levantaba su torreón de fortaleza, almenado y pardusco.
Desde la otra ventana se disfrutaba de una vista
grandiosa: el Valle-Amblés, toda la nava, toda la dehesa, el río, las montañas.
Fuera de los sotos ribereños, la vegetación era escasa. Raras encinas, negras a
distancia, moteaban apenas los pedregosos collados. Paisaje de una coloración
austera, sequiza, mineral, donde el sol reverberaba extensamente. Paisaje
huraño y apacible como el alma de un monje.
Vivo resplandor revelaba a trechos, entre fresnos y
bardagueras, el curso del Adaja, esparcido sobre la arena como galón de plata
que se deshila. En el fondo, la sierra de Avila levantaba sus picos más altos
chapados de nieve. De ordinario, un bulto de nubes asomaba por detrás de la
Serrota o del Zapatero, como vapor de una olla, sombreando los picachos y
suspendiendo sobre la falda largos vellones horizontales.
Aquella tarde las mujeres aderezaban ropas de
iglesia. Sentadas en redondeles de esparto, extendían sobre el suelo las viejas
vestiduras, cambiando el hilo desdorado, rehaciendo la raída guirnalda, el
símbolo eucarístico, la orla de santos; y, a veces, también, alguna alcoránica
leyenda deslizada en la estofa por el obrero morisco. Era un trabajo piadoso.
Aquellos ternos y frontales pertenecían a los conventos. Los monjes aseguraban
que cada puntada equivalía para Dios a una cuenta del rosario.
Había góticos terciopelos que se plegaban
angulosamente, terciopelos acartonados y finos del tiempo de Isabel y Fernando,
donde una línea segura iba inscribiendo el tenue contorno de una granada sobre
el fondo verde o carmesí; donosas telas de plata que parecían aprisionar entre
la urdimbre un viejo rayo de luna; brocados y brocateles amortecidos por el
polvillo del tiempo, a modo de vidrieras religiosas. El resplandor del poniente
prestaba rara vislumbre a todos aquellos ornamentos, iluminando de soslayo las
sedas multicolores, cuyos tintes vinosos habían madurado como zumos añejos en
los cajones de las sacristías.
La luz se apagaba en el cielo. Soplos de sombra
cenicienta parecían llegar del exterior y posarse en la estancia. Ramiro,
asomado a una de las ventanas, miraba morir el crepúsculo. En el fondo de las
callejas ya era de noche.
Purpúreo reflejo bañaba en lo alto las almenas de
la muralla, prestando un rubor de coral al tronco de uno que otro pino en los
huertos. La ventana de una casa frontera acababa de alumbrarse, y veíase ir y
venir, por delante de la luz, la sombra de un hidalgo que rezaba sus Horas.
Vasta tristeza flotaba sobre la ciudad guerrera y monacal, y, en medio de aquel
recogimiento, el niño creyó escuchar un coro lejano, un himno alucinante. Eran
acaso las monjas agustinas. Por momentos, un hálito sagrado parecía pasar entre
las voces y estremecerlas como llamas de cirios.
Ramiro recordó las descripciones que su madre le
hacía del Paraíso y del Purgatorio.
Casi todas las tardes, antes del toque de
oraciones, se presentaba en la cuadra un viejo escudero. El ruido de sus botas
en los peldaños era inconfundible. Sin embargo, el hombre aparecía de sorpresa,
abriendo la puerta de un puñetazo. Luego, levantando por detrás, con la punta
del espadón, bufonamente, la capa, se quitaba el chapeo y, haciéndole barrer el
piso con la pluma, saludaba de esta guisa a las mozas, cual si fueran infantas
de España. Un arcón, forrado de bayeta amarilla, le servía de asiento. Cuando
traía las botas enlodadas acercábase al brasero para secarse las suelas.
Era natural de Turégano, en Castilla la Vieja.
Siendo muy niño, había dado muerte, con una navaja, al hijo de un alguacil.
Después de cuatro años de cárcel, como sus padres quisieran colocarle en una
tienda de platero, se desgarró para siempre. Su repugnancia por todo oficio
mecánico y un exceso de voluntad errabunda le arrojaron por el camino
soldadesco. Más de la mitad de su vida la pasó sirviendo al Emperador Carlos
Quinto y al actual monarca Don Felipe Segundo, en los galeones y galeazas
armados a la ligera para tomar represalias sobre los pueblos desprevenidos o
caer de improviso sobre algún cargamento del turco. Conocía las islas del
Levante y los menores recovecos de los golfos. Soldado y marino a la vez, la
sarna, las bubas, las enfermedades vergonzosas que se toman en los puertos, las
heridas de pica, de espada, de saeta, las porradas y quemaduras de los asaltos,
fueron las especias en que se guisó de continuo su azarosa ventura. Había
estado dos veces a punto de morir en la horca. El año 1560 cayó prisionero del
turco, en los Gelves. Llevado a Constantinopla, y puesto al remo de una galera
que cargaba materiales para el Palacio del Sultán, fue uno de los que mataron a
los guardas a pedradas, huyendo a Sicilia con el bajel.
El hábito del acecho continuo y de los ataques
súbitos como picotazos, había dejado un gesto de resolución instantánea en sus
ojos enérgicos. Ojos grises de ave de presa, pupilas duras donde chispeaba
todavía la brasa de su orgullo, como en los tiempos en que arrastraba sus
castellanas espuelas por las losas de Nápoles.
Era su historia una ristra de hazañas más o menos
honrosas; pero, lleno de altiva indolencia, no buscó nunca salir de la clase de
soldado, calzando a la vejez el guante escuderil y acogiéndose a la tarea
tranquila de acompañar por las calles a las señoras de la nobleza.
A más de los lances de su propia existencia,
contábales a las criadas retazos de libros de caballerías, así como también
tradiciones fabulosas de Avila y Segovia. Sabía canciones de barberos y
caminantes, toda la vida en verso del moro Abindarráez; e innumerables
letrillas que cantaba con áspera voz, al son de una vihuela, dándose vuelta los
párpados para remedar a los ciegos.
Fiera y pálida cicatriz señalaba en lo alto su
frente bronceada por el mar.
Aquella tarde, apenas se hubo sentado en el cofre y
puesto a referir algunos comadreos del mercado, una de las mozas, pasándose
ella misma el dedo sobre las cejas, le preguntó:
—Decí, seor Medrano: ¿quién os labró esa guirnalda?
El escudero bajó un momento los ojos sin responder,
y sacando de su escarcela de badana un lienzo encarnado, sonose con él las
narices. Dicho movimiento era a veces el anuncio de prolija narración.
El niño, apoyado ahora en la rodilla del antiguo
soldado, jugaba con su espada, como de costumbre, tanteando los filos,
curioseando las manchas de la hoja, o blandiéndola ante sí, con infantil
arrogancia; pero al advertir la expresión pensativa del hombre, hincó el acero
en el piso y, apoyando ambas manos en la gruesa empuñadura, se dispuso a
escucharle.
Medrano comenzó de mal gesto. Era un antiguo
episodio del desastre de los Gelves. Hablaba despacio, con acento semejante al
son de un atambor destemplado, y más de una vez sus ojos se humedecieron al
recordar las vergüenzas de aquella jornada.
Describía el desorden y la fuga de las naves
cristianas al presentarse de improviso la armada turquesca. Estas encallaban en
los bajíos; aquéllas, por querer escapar velozmente, quebraban sus entenas;
otras se entregaban sin combatir. El, para bien de su honra, se hallaba en el
fuerte. ¡Contaba entonces los horrores del asedio, las enfermedades
desconocidas, las heridas monstruosas, el hambre, la sed! Habló de soldados que
se escapaban de noche para comerse los cadáveres de los turcos; de mujeres
enloquecidas, arrancándose unas a otras los pechos a mordiscos; de madres
españolas que se arrojaban con sus criaturas de lo alto de las murallas. Cuando
el General don Alvaro de Sande obró su funesta salida, él fue de los escogidos
para acompañarle.
Habíase puesto de pie para describir mejor aquellos
instantes de lucha desesperada.
—Ya íbamos llegando a las galeras—decía.—Los moros
escopeteros, después de consumir toda la pólvora, no podían ofendernos,
atajados por nuestras picas; pero uno de ellos, cosa de no creerse, hincose él
mesmo en el vientre la mía, y dando de esta suerte varios pasos ensartado, como
lo digo, logró llegarse hasta mí y alargarme, ¡pesia a tal!, una cuchillada
bien bellaca en la frente. ¡Dejemos esto!—exclamó por fin, con el semblante
alterado por el rencor, y sentándose otra vez en el cofre.
Una de las criadas canturrió:
¡Los Gelves, madre, no son buenos de tomar!
Pero el antiguo soldado agregó sin oírla:
—¡Cuándo verase libre la cristiandad de estos
aliados del Demonio! A las veces me digo: ¿quién otro, llegado el caso, logrará
contenellos agora que falta don Juan, el de Lepanto?
Al escuchar aquella última frase, Ramiro,
apartándose del escudero y alzando la espada, repuso con asombrosa expresión:
—Cuanto a eso, yo he de hacer lo mesmo que el don
Juan, si el Rey me señala.
Algunas criadas se sonrieron, y el niño, mirándolas
en el rostro, exclamó nuevamente, golpeando con el pie en el solado:
—¡Yo he de hacer lo mesmo, digo e aún más he de
hacer, con la ayuda de Dios e la Virgen!
Entretanto, a su espalda, la puerta de la escalera
acababa de abrirse y una hermosa mujer, extremadamente pálida, toda vestida de
negro, penetraba en la estancia. Era doña Giomar, la madre de Ramiro. Sus ojos
fosforescían en la penumbra como humedecidos por lágrimas recientes, y su voz,
de un timbre demasiado bajo tal vez, moduló con severa dulzura:
—Ya os he dicho otras veces, Medrano, que Ramiro no
ha menester destos alardes. ¿Por qué le habéis dado la espada?
El niño, volviendo el rostro hacia ella, se
adelantó a responder:
—Ese no quería, madre, e yo se la tomé con engaño.
—Otras serán, hijo mío—repuso entonces la llorosa
mujer—, las armas que has de esgrimir cuando entres al servicio de Dios y de su
Santa Iglesia; y harto mejor estuviera agora en tus manos algún libro de
religión que no ese hierro.
Callose un instante, y el niño, viéndola llevarse a
los ojos el estrujado pañizuelo, soltó al punto la espada, y corriendo hacia
ella,
—¿Por esto lloráis?—la preguntó.
—No, hijo mío—repuso la madre, dominada por la
congoja.—Conduéleme una nueva triste por demás. Ya no volveremos a ver a la
Madre Teresa de Ahumada… Entró en el gozo del Señor, como una santa, antiyer,
en Alba de Tormes.
Un murmullo de ayes y suspiros se levantó en la
obscuridad de la estancia. Algunas mujeres sollozaron.
El sol acababa de ocultarse, y blanda, lentamente,
las parroquias tocaban las oraciones. Era un coro, un llanto continuo de
campanas cantantes, de campanas gemebundas en el tranquilo crepúsculo.
Hubiérase dicho que la ciudad se hacía toda armoniosa, metálica, vibrante, y
resonaba como un solo bronce, en el transporte de su plegaria.
Doña Guiomar, dejándose caer de hinojos, entonó en
alta voz las palabras del Angelus. Todos, imitando su movimiento,
se dispusieron a responder.
El escudero balbuceó las avemarías alzando el
rostro y juntando las palmas como los niños.
Las ventanas, abiertas, dejaban penetrar una paz
penumbrosa y el primer aliento somnífero de la noche.
Íñigo de la Hoz y su hija Guiomar se establecieron
en Avila el año de 1570, viniendo de Valsaín, junto a Segovia, donde tenían su
heredad. El viaje se resolvió bruscamente, y, una mañana lluviosa de octubre,
la carroza de hule verdusco, sin cascabel ni sonaja en las colleras, penetró en
la ciudad, por la Puerta del Mercado Grande, como una hora después de la salida
del sol.
Desde entonces el padre y la hija llevaron en Avila
una vida de misterio, saliendo sólo muy de mañana, en sillas cubiertas, para
asistir, cada cual por su lado, a la misa de alba, en alguna de las iglesias
vecinas.
El antiguo solar en que se alojaron, y que junto
con trescientas fanegas de tierra, en el Valle-Amblés, heredó el hidalgo de su
mujer doña Brianda del Aguila, estaba situado sobre una plazuela, a pocos pasos
de la Puerta de la Mala Ventura.
Cuadrado torreón de sillería se levantaba en el
ángulo sudeste, recortando sobre el cielo su imponente corona de matacanes y
morunas almenas. Era una mole altanera y fosca, manchada a trechos de una
costra rojiza semejante a la herrumbre. Estrechas ventanas de prisión la
agujereaban al azar, y una perlada moldura, que parecía simbolizar el rosario,
ornaba la base de las cuatro garitas y uno que otro antepecho. El resto del
caserón era ruin y semibárbaro. Grandes piedras irregulares, retostadas por el
sol, asomaban entre la argamasa de los muros. Cerca del suelo, una oblicua
saetera, semejante al ojo de enorme cerradura, había servido en otro tiempo
para defender la puerta a flechazos. Las rejas eran toscas y tristes.
La portada abarcaba casi todo el ancho de la torre.
Era una de esas portadas enfáticas y señoriles, tan comunes en Avila de los
Caballeros. Formaban el dintel inmensas dovelas de un solo trozo, abiertas en
semicírculo y encuadradas por gótica moldura rectangular. A uno y otro lado, en
cada una de las enjutas, un escudo esculpido alternaba en sus cuarteles los
blasones de las principales familias avilesas: el pajarraco de los Aguilas, los
roeles de los Blázques, la cabria y el mazo de los Bracamontes. Hermosos clavos
tachonaban el maderaje de la puerta, y un cincelado aldabón, arrancado quizá de
algún alcázar andaluz, colgaba del postigo. Hacia la derecha, otra aldaba más
alta servía para llamar desde el caballo sin apearse. En el zaguán, frente a
una Virgen de bulto, con el Hijo muerto en las faldas, ardía continuamente un
farolillo.
El patio era un espacioso rectángulo, encuadrado
por claustrales galerías, sin más ornamento que los grandes escudos nobiliarios
labrados en los chapiteles. Tupida y alta maleza crecía por doquier,
respetando, tan sólo, uno que otro espacio cubierto por restos de quebradas
losas, que, así esparcidas entre la hierba, hacían pensar en el osario de
ruinoso convento.
El hidalgo no pensó nunca en reparar el abandono de
aquel recinto, donde él mismo se holgaba, como en inculta campiña. Unas veces
iba y venía bajo el sol, espantando a su paso las mariposas; otras, pasábase
horas enteras asomado al viejo pozo de carcomido brocal, cavando pensamientos y
contemplando, a la vez, su propio rostro que el agua reflejaba en su espejo
circular y profundo. Aquellas galerías parecían aprisionar para el anciano
pertinaces memorias; y el aire mismo se inmovilizaba entre ellas, como impregnado
de quietud monacal y campesino silencio.
El padre y la hija sólo habitaban el piso alto del
caserón. La majestad y la incuria reinaban a la par en las estancias. A lo
largo de las polvorientas paredes, donde los tapices flamencos desplegaban
obscuramente sus fábulas, pendían o se apoyaban viejos retratos de familia y
toda clase de muebles señoriles, unos hallados en la casa y otros traídos de
Valsaín por el hidalgo. Cuando se caminaba por los estrados, las baldosas,
rotas o sueltas, resonaban bajo las alfombras de Turquía. Sobrecielos de tela de
oro y brocatel, que hacinaban polvo y telaraña en sus pliegues antiguos,
ornaban los lechos hereditarios roídos por la carcoma. Las ventanas se abrían
rara vez; pero ricos pebeteros de plata disimulaban el hedor hongoso y ratonil
con su incesante sahumerio.
Encerrado desde el amanecer hasta la noche en la
librería del palacio, don Íñigo dejaba deslizar las horas muertas, meditando o
leyendo. Había traído de Segovia gran acopio de cronicones de España, mucho
libro de caballerías, no pocos de devoción, Las Epístolas de
Séneca, De Oficiis de Cicerón, un Salustio, un Valerio Máximo,
un Virgilio y algunos tratados de matemática celeste, a más de una esfera
armilar con zodíaco de bronce. Agregábanse los impresos y manuscritos que fue
encontrando en la casa, y entre los cuales aparecieron varios librotes
arábigos, que hizo quemar al pronto, en medio del patio, en presencia de un
canónigo de la Iglesia Mayor.
Al poco tiempo los volúmenes se amontonaron sobre
el suelo. Cuerpo que el hidalgo tomaba en sus manos casi nunca volvía a los
estantes. ¿Para qué? ¡Le quedaban tan pocos años de vida! Los ataques de gota
se repetían, cada vez más próximos, y un mal oculto y febril le iba desecando
el húmedo radical y rebutiendo los hipocondrios. A veces el sopor le vencía, y
su boca entreabierta dejaba escapar un balbuceo de pesadilla, como si la calor
del sueño hiciera bullir en su cerebro las representaciones de su pasada
existencia.
Vestía siempre de negro o de pardo, sin otra gala
que la venera de oro y la roja espadilla de Santiago, bordada en todos los
sayos y ferreruelos. En invierno, para ajustarse a la antigua regla de su
orden, sólo usaba humildes pieles corderinas. Ayunaba dos cuaresmas al año:
una, desde el día de Quatour Coronatorum hasta el día de
Navidad; otra desde el Domingo de Carnestolendas hasta la Pascua de
Resurrección.
Era su cuerpo menudo, su rostro cetrino y como
hecho de raigambre. El corto bigote, negro todavía, contrastaba con su barbilla
cenicienta. Sus ojos eran vidriosos, monásticos, tristes. Su humor sombrío.
Creía descender de un rey de Aragón, y hacía remontar su apellido,
etimológicamente, hasta un cónsul romano. El libro becerro de Segovia nombraba
siempre algún antepasado suyo en las anuales correrías de los caballeros contra
los moros de Jaén, de Sevilla, de Andújar.
Hasta los cincuenta y dos años de edad,
despreciando todo trabajo como indigno de sus manos hidalgas, y viviendo
exclusivamente de los censos de sus tierras y de los escudos de oro que, uno a
uno, iba sacando de un cofre, llevó una vida ociosa y retirada en su posesión
de Valsaín o en su «Casa de los Picos» en Segovia, sin más accidente de bulto
que sus bodas con una dama de ilustre familia abulense que, un año después de
casada, murió de sobreparto. Pero apenas estalló la rebelión de los moriscos, a
fines de 1568, don Íñigo, sintiendo hervir en su sangre el atávico rencor,
reunió un día en su casa a sus amigos y parientes demostroles con elocuentes
razones el imperioso deber de ayudar al soberano contra aquellos perros
infieles. Muchos resolvieron acompañarle. Volcó entonces gran parte de su
hacienda para armar, a su costa, una verdadera mesnada, como los infanzones
antiguos.
A las órdenes del Marqués de Mondéjar, señalose en
las refriegas por una cólera irrefrenable, que más de una vez pudo costarle la
vida, arrojándole completamente solo entre los enemigos, en la saña de las
persecuciones. Predicaba la guerra sin cuartel y la castración general.
El fue quien hizo descubrir al famoso caudillo
Aben-Djahvar, por medio de espantosos tormentos, dos escondites de armas en
Sierra Nevada.
En el paso de Alfajarali recibió en medio de la
frente el puntazo de un cuchillo corvo que un morisco, de aquellos que peleaban
coronados de rosas en señal de martirio, le arrojó desde lejos. Pero, en lo más
rudo de la campaña, tuvo que retirarse a su heredad, desarzonado por un
terrible ataque de gota, recibiendo poco después el hábito de Santiago, en pago
de sus servicios.
Hasta los últimos años de su vida solía consolarse
de sus mayores pesares recordando los episodios de aquella fiera vendimia de la
Alpujarra.
Había heredado de sus mayores el sentimiento
heroico de la honra y un señoril desprecio por todos los afanes del interés y
del lucro. Tanto en Avila como en Segovia, desdeñando la administración
personal de la propia hacienda, entregola por entero, con las llaves de sus
arcas y las funciones de maestresala, a un mayordomo flamenco, cuya probidad
creía asegurar, de tiempo en tiempo, mediante alguna demostración caballeresca
de confianza y uno que otro aforismo de las Partidas. Fuera del vino de
Madrigal, guardado en pellejos taberniles, no se hallaba provisión alguna en la
casa, y, continuamente, los criados salían a mercar a crédito en la vecindad lo
que se iba necesitando.
Las angustias de dinero no tardaron en sobrevenir;
pero el hidalgo, cuya altivez no aceptaba las humillaciones de la economía, fue
empeñando uno a uno sus bienes a los genoveses. Si la premura era grande, hacía
descolgar un tapiz, negociar una joya o pagar ciertos gastos con las piezas de
su innumerable vajilla, cuyos platos, fundidos en las minas de América, hacían
fácilmente las veces de monedas enormes. El era, sin embargo, harto sobrio. Un
caldo de torrezno, que se servía en una sopera con candado para defenderlo de
la voracidad de los pajes, un huevo, y algún hojaldre relleno de picadillo con
pebre, bastaban a cualquiera de sus colaciones. Algunos viernes, como un acto
ritual, bebía una taza de vino y probaba algunos bocados de cerdo, para
diferenciarse de moros y judíos.
Guiomar y don Íñigo se veían tan sólo a las horas
de la comida y de la cena. El anciano, sentado a la cabecera, y su hija, hacia
un extremo de la tabla, entre Ramiro y el Capellán, permanecían todo el tiempo
sin hablarse. En medio del angustioso mutismo, cualquier rumor, el choque de la
platería, las pisadas de un paje, el grito de los buhoneros en la calle,
cobraba un eco solemne.
Al levantarse, cuando la gota se lo consentía, el
anciano caminaba algunos instantes a lo largo de la cuadra. Guiomar y su hijo
se acurrucaban junto al brasero. Oíase el tic-tac de un cuadrante. Nadie
hablaba.
No hubiera podido decirse, al pronto, si era una
aversión recóndita o un dolor compartido lo que motivaba dicha reserva. Cada
uno se informaba del otro por medio de la servidumbre. Para Guiomar su
aposento, inmediato al oratorio, tenía austeridades de celda, y cuando cruzaba
las demás habitaciones, parecía visitar una casa extraña, dejando tras sí como
flotante congoja. Su lozanía de otros tiempos, y el mismo brillo de sus
pupilas, mantenido entonces a favor de melindroso pestañeo, todo huyó
prematuramente de su rostro, macerado por los pesares; y el negro monjil
ahuyentó para siempre los tafetanes de colores y las graciosas basquiñas de la
adolescencia.
Antes de que cumpliera los quince años, don Íñigo
la había prometido en casamiento a su primo Lope de Alcántara, con quien le
ligaba, fuera de un fraternal afecto, una noble emulación en la fidelidad y el
sacrificio. Era el tal Lope un caballero cincuentón de infelice rostro, y sólo
adornado de las más severas virtudes. La doncella sentía por él invencible
repugnancia; pero incapaz de afrontar el ánimo recio de su padre, se resignó a
ser ofrecida como tributo de aquella ejemplar amistad, que era ya citada por
todos en Segovia.
Como a toda hidalgüela, vedáronla desde temprano la
lectura de los libros de caballerías, que tanto abundaban en la casa,
pintándoselos como obras de pura vanidad y de sutil incitación al pecado. Por
eso, tal vez, comenzó a sacarlos, uno a uno, furtivamente, de la biblioteca
paterna y a saborearlos de noche, en la cama, a la luz de un velón, cuando
todos dormían.
La impresión de aquellas aventuras estrafalarias
fue para ella como un filtro hechiceril. Ya no pensaba sino en bizarro y
generoso caballero que viniese a libertarla y la llevase lejos, muy lejos, en
la grupa del palafrén. Comenzó a vivir en la amorosa cavilación, en los
coloquios y raptos de las historias, soñando despierta, olvidando la vida
cuotidiana, dando respuestas absurdas y palpando las cosas, como una sonámbula,
sin saber lo que buscaba. Aficionose a los olores, a los jubones recamados de
canutillos y aljófar. Aliñose como nunca las manos y la guedeja. Los confesores
la previnieron; pero ya no era tiempo.
Una tarde de verano, en Segovia, contemplando desde
su habitación el rojo deshojamiento del crepúsculo sobre el valle del Eresma,
vio pasar por la calle a un arrogante galán que se detuvo a mirarla. Iba
vestido a lo soldado, con harta pluma en el sombrero. Una daga cubierta de
piedras preciosas brillaba sobre sus gregüescos acuchillados.
Aquella escena muda se repitió varias veces.
Algunas noches una voz llorosa y sombría cantaba debajo de su ventana, al son
de una guzla. El billete atado a una piedra no se hizo esperar. Por fin los
garfios de una escala de seda se engancharon a su balcón, y su labio sorbió,
sobre Segovia dormida, el deliquio del primer beso nocturno.
Cuando se hubo rendido por entero al pecado, y la
arrancaron de su embriaguez los primeros anuncios de la maternidad, creyó
enloquecerse. Sin esperar, reveló todo a su padre. Entretanto el seductor
desaparecía de Segovia. Medrano fue encargado de ir en su busca. Poco después,
en Arévalo, el mismo desconocido se presentó al escudero, declarando su nombre
y su raza. Era un morisco.
—Decid a vuestro amo—exclamó al despedirse—que yo
quise herille su honra por vengar a mi padre el valiente Aben-Djahvar, a quien
él hizo sufrir en Almería despiadado tormento; pero que, si él consiente agora
en casar a su hija conmigo, iré a postrarme a sus plantas.
El hidalgo, al recibir aquel terrible mensaje, se
abalanzó sobre Guiomar con la daga desnuda; pero, sintiéndose desvanecer, y
creyendo que se moría, la maldijo el fruto que llevaba en el vientre.
¡Qué días los que siguieron! Lope de Alcántara fue
informado de todo, y aquel hombre, loco de amor o de lealtad, al escuchar la
exasperada relación de boca de su amigo, en vez de enfurecerse, exigió que se
realizaran al punto sus bodas; y a los tres días de casado se partió solo para
Flandes.
Algunos meses después don Íñigo recibía una carta
de su amigo Sancho Dávila haciéndole saber la manera admirable como su yerno
había sacrificado la vida en un encuentro con los hugonotes de Francia.
Guiomar, como si hubiera asido con ambas manos la
herida abierta en su pecho por tanto dolor, pareció escurrir fuera de sí el
exceso de aquella sangre culpable, cuyos ardores habían mancillado su honra.
Enfermiza palidez enmascaró su rostro. Sus manos tomaron impresionante blancura
entre sus vestidos de luto; y su alma se inclinó toda entera hacia el rayo de
luz de la esperanza divina. A pesar de su preñez, sometió su cuerpo a las más
arduas penitencias, imitando, dentro de su casa, en lo que era posible, la
nueva reforma del Carmelo.
Cuando se acercaba el día del parto, don Íñigo
resolvió cambiar de residencia y se trasladaron, para siempre, a Avila de los
Santos. Allí vino al mundo Ramiro, un 21 de diciembre, día de Santo Tomás, el
año de 1570, bajo la constelación de Saturno y los signos de Acuario y
Capricornio.
Respirando aquel aire claustral de tristeza y de
encierro, con el azoramiento instintivo de los niños en las grandes desgracias,
sin una alegría, sin un compañero de su edad, gobernado por seres taciturnos
que hablaban de continuo en voz baja, vivió Ramiro los obscuros días de su
niñez. La menor expansión infantil, su misma sonrisa, hallaban siempre un dedo
sobre un labio. A los siete años de edad sumiose en un mutismo melancólico,
pasando horas enteras en algún escondite, las manos quedas y el rostro como apenado.
Había algo de monstruoso en el contraste de sus tiernas facciones con el ceño
de aquella frente cargada, al parecer, de adultos pensamientos.
Desde temprano, su madre rodrigole en la dureza de
implacable devoción. Asistía con él todos los días a la misa de alba en las
parroquias de San Juan o Santo Domingo; le habituaba a las oraciones difíciles
que ofuscaban su mente, y a las interminables letanías que hacían retorcer de
impotencia al Demonio. Diole, además, para su uso, un rosario de quince
misterios, como el que llevaban los monjes. Debía besar el suelo humildemente
ante las imágenes de Nuestra Señora del Carmen, y depositar, asimismo, su ósculo
en el escapulario de los religiosos para ganar indulgencias.
Después de la primera comunión la rigidez aumentó.
Doña Guiomar castigaba ahora su falta más mínima con penitencias monásticas,
inculcándole el desprecio del mundo y el terror al pecado. Todas las noches
leía; junto a su lecho, en el Flos Sanctorum la historia del
santo del día y, a veces, dejando el libro, relataba ella misma los milagros de
alguna monja de la ciudad o los trabajos y prodigios de la Madre Teresa de
Jesús, parienta suya por línea materna. Decíale los coloquios diarios de aquella
santa mujer con el Señor, y cómo, en medio de la oración, el aliento celestial
la tocaba de pronto, levantando su cuerpo a varios palmos del suelo. Aquellas
cosas eran contadas por la madre con un acento estremecido que derramaba en la
noche como sagrado y temeroso aroma de santidad.
Durante la mayor parte del día se le abandonaba a
su albedrío. El abuelo no le hablaba jamás. El niño, entretanto, vagando por el
caserón, miraba por los vidrios a los muchachos que jugaban en la plazuela,
subía a la estancia de labor en el último piso de la torre, o bajaba a la
cuadra de los pajes, en el corral, para llevarles algunas golosinas que
apartaba de sus propias colaciones. Ellos, al verle aparecer, salían a las
puertas, sonrientes y famélicos. La larga habitación, semejante a un
ventorrillo de moros, estaba atestada de cofres de piel y de hierro, que
parecían del tiempo del Cid, y de estrechas tarimas cubiertas de mantas
inmundas. Al entrar, las narices se llenaban de un tufo acre y caliente. Nunca
faltaban sobre el piso de tierra películas de ajo y pedazos de naipes. Parte de
la servidumbre pasaba allí varias horas del día durmiendo o jugando como en una
taberna. Colgadas de la pared veíanse las ostentosas libreas de tafetán o
terciopelo galoneadas de plata.
Otras veces Ramiro curioseaba la negra cocina; el
horno del pan, capaz de abastecer a un convento; la panera, donde se guardaban
los sacos del diezmo; o, bajando por una rampa de piedra, hacia la derecha del
portal, íbase a palmear las mulas y el cuartago en las caballerizas
subterráneas.
La cochera no guardaba otro vehículo que la carroza
de hule verde traída de Segovia y que sólo rodaba cuando sus dueños, al llegar
el estío, se retiraban a su casa de campo en el Valle de Amblés. El resto del
año quedaba abandonada por completo en la obscura covacha. El niño penetraba en
su interior todos los días para coger el huevo que una gallina misteriosa ponía
sobre los cojines de bronceado guadamacil.
A los diez años de edad Ramiro parecía tocado de
Dios. Su madre le veía internarse, como un predestinado, en la aspereza y el
recogimiento. A través de una antepuerta oyole a veces recitar, con exaltada
pasión, endechas religiosas que ardían como llama en su labio; otras, veíale
ocupado largo tiempo en copiar los hechos más notables de Jesucristo y de su
gloriosa Madre; y observó que siempre trazaba el nombre de Nuestro Salvador con
tinta de oro y en caracteres azules el de la Santísima Virgen. Le creyó asegurado,
y, pareciéndole a ella misma imprudente seguirle reteniendo en aquella clausura
que le amarilleaba el semblante, resolvió que el escudero le sacara a pasear,
de tiempo en tiempo.
Medrano se presentaba después de mediodía, y el
niño, vestido por las doncellas con traje de terciopelo negro, zapatos con
virillas de plata, gorra morada, una lechuguilla fresca y un corto espadín, iba
a despedirse de la madre. Ella le marcaba la crencha, con el peine, hacia un
costado, según la manera española, y, haciéndole rezar un Ave y un Pater, le
despachaba con un beso.
Así fue conociendo Ramiro la ciudad con sus
arrabales y contornos. Era una revelación incesante para sus ojos hastiados del
cuadro monótono del caserón. El afán diverso de la vida invadió bruscamente su
espíritu. Además, las fieras murallas le hablaron un lenguaje legendario y
heroico, y los templos, con sus graves sepulcros, le dijeron las glorias del
hombre y el orgullo de los linajes.
Como el escudero mantenía trato frecuente con
algunos clérigos de las parroquias, oía relatar o discutir, a menudo, en los
corrillos de sacristía, las tradiciones añejas de la ciudad, y, de esta suerte,
su retentiva atesoraba admirables historias, que habían de servirle después
para embelesar a las criadas o hacerse agasajar de barato en tabernas y
pastelerías. Ramiro aprovechó de aquel saber pegadizo. El antiguo soldado le
ilustraba ante las cosas mismas, descifrando a su modo las inscripciones y
marcando con desparpajo el sitio de los sucesos. Así supo Ramiro los trágicos
amores del famoso caballero Nalvillos con la mora Aja Galiana. Fue también el
escudero quien le contó por primera vez, ante la Puerta de la Mala Ventura, la
historia de los sesenta rehenes de Avila, cuyas cabezas hizo hervir en aceite
el Rey Alfonso el Batallador; así como el arrogante sacrificio de
Blasco Ximeno, que fuese a retar, a su propio campo, al Rey alevoso y perjuro.
La famosa proeza de Ximena Blázquez fue referida
sobre uno de los inmensos torreones de la Puerta de San Vicente; y ya Ramiro no
alzaba los ojos a la muralla que no recordase el ardid de aquella hembra que,
en ausencia de los caballeros, viendo llegar a los moros almoravides, subió a
las almenas con las mujeres de la población todas cubiertas de barbas y
sombreros, consiguiendo amedrentar de esta guisa a los infieles, que se
alejaron a escape de la ciudad, creyéndola bien defendida.
Medrano tenía en Avila numerosas amistades; pero su
más generoso camarada, ya fuera que se tratase de beber en compañía una bota de
San Martín o de procurarse algunos doblones en un caso de apuro, era el
portugués Diego Franco, campanero de la Iglesia Mayor, que habiendo trabajado
de pelaire en Segovia, fue más tarde tamborilero en Brujas y en Amberes, de
donde trajo su gran afición a las campanas.
Era una fiesta para Ramiro cada una de las visitas
que solían hacer, en lo alto de las torres, a aquel «bachiller de badajos»,
como le llamaba el escudero.
Después de pasar el umbral de la Iglesia, Ramiro
tiraba de una cuerda oculta detrás de la portada, y, casi al instante, allá
arriba, a una altura vertiginosa para sus ojos de niño, asomaba, por un agujero
practicado en la bóveda, un rostro diminuto de mujer o de hombre. Poco después,
oíase un ruido de tacones en el interior de un grueso pilar, hacia la derecha;
el cerrojo crujía, y la puertecilla, al abrirse, presentaba al campanero, o a
su esposa, trayendo en una mano el manojo de llaves y en la otra un farol
encendido.
Comenzaba entonces la ascensión por el hueco de
aquella columna del templo. Los peldaños eran tan altos que Ramiro tenía que
ayudarse con las manos. Sólo, de tarde en tarde, la angostura de una aspillera
dejaba penetrar un rayo de sol colorido por los vidrios y perfumado de
incienso.
La visita se realizaba comúnmente en lo alto de la
torre truncada, bajo un cobertizo de tejas, reclinado cada cual sobre las
tablas de una zahurda, donde los esposos criaban una media docena de cerdos,
negros como la pez. Ramiro se entretenía en curiosear los misterios de la
techumbre o en contemplar la ciudad y los horizontes, desde aquella elevación
que producía en todo su ser el antojo de un vuelo fantástico.
Franco era mezquino de cuerpo. Cuando algo le
preocupaba mascábase el bigote nerviosamente. Su mujer, Aldonza González, a
quien todos llamaban la extremeña, era, en cambio, garrida y
vigorosa. Ella manejaba las dos campanas más gruesas, dejándole a él los
clarillos y esquilones.
Muchas veces, teniendo que echar algún repique de
importancia, subieron los cuatro a la torre. El escudero ayudaba, y Ramiro,
aunque sacudido hasta los tuétanos, se complacía en aquellas detonaciones
espantosas que amenazaban derrumbar el campanario y lanzarle a él mismo a los
aires, como una paja, en el sonoroso turbión. Aldonza, en el entusiasmo de su
faena, mostraba todas las calzas hasta la carne.
Era una hembra casi hermosa. Su piel tierna como
las natas, su labio rojo como un pimiento de Candeleda; pero tanto su cabello
bravío como su bozo de mancebo, denotaban un natural hombruno y procaz.
Manejaba al marido como a un esclavo, descargando sobre él el exceso de vigor
que renovaba en su sangre el aire purísimo de las torres. Ramiro la observaba
de soslayo. Ella gustaba sobremanera del niño. A veces, cuando nadie veía,
levantábale en peso y acostándole sobre un escaño, trataba de animarle y hacerle
reír con sus violentas cosquillas y estrujaduras.
Los días de fiesta, el escudero prefería pasarlos
en su propia covacha, jugando a los naipes con sus amigos. Cuando llegaba con
el niño llamaba al punto a su hija Casilda, donosa chicuela que hechizaba el
tugurio con su hermosura, haciendo pensar en esas infanticas abandonadas de que
hablan las leyendas. La madre había sido una española de Amalfi, que el
escudero robó una noche, hiriendo al padre y matando a un hermano, y que,
descubierta dos años después, prefirió dejarse ultimar en el tormento antes que
denunciarle.
Componían la covacha dos habitaciones con un
jardincillo, en el fondo de una casucha, detrás de San Pedro.
A pesar de la dulzura y la belleza de Casilda,
Ramiro la trataba siempre con altanera frialdad. Ella escuchaba cada palabra
suya parpadeando de admiración. Quitábale las manchas de cal o de polvo de sus
ropas, besábale a cada instante las manos. Cuando jugaban en el jardincillo era
ella la que corría a traer la guija para la honda o la vara de la improvisada
ballesta, mientras él esperaba tieso y señoril. Sin embargo, alguna vez al
despedirse, Ramiro juntó su boca con la de aquella criatura vestida de harapos
como una gitana, y este movimiento maquinal llegó a despertarle, en el correr
de los días, cierto extraño deleite, que le recordaba el saborcillo sucio de
las frutas cogidas en el suelo.
Después de residir en Avila más de nueve años, la
única persona con quien don Íñigo osó estrechar amistad fue el caballero don
Alonso Blázquez Serrano. Como sus heredades en el Valle-Amblés estaban
contiguas y sus mujeres habían pertenecido a la misma familia de los Aguilas,
no tardaron en conocerse.
No había en la nobleza comunal abolengo más
preclaro que el de los Blázquez. La historia de aquella estirpe estaba
ilustrada de más altas proezas y famosos amores que un libro caballeresco. Don
Alonso descendía, por línea recta de varón, del adalid Ximeno Blázquez, primer
Gobernador y Alcalde de la ciudad, cuando fue repoblada por el Conde Raimundo
de Borgoña. Blasco Ximeno, el del reto; Ximena Blázquez, la de los sombreros, y
el famoso Nalvillos, casado con la mora Aja Galiana, y casi tan famoso como el
Cid, eran sus antepasados. De muy antiguo databa la resolución del Consejo de
que siempre que saliera gente de a caballo de la ciudad, en servicio del Rey,
«hubiese de ser su caudillo o adalid descendiente del noble Blasco Ximeno, el
reptador, e no de otro linaje. Otrosí su pendonero o alférez».
En la antigua iglesia de San Pedro puede verse la
capilla de los Serrano y sus blasonados sepulcros vetustamente roídos. Era esta
otra casa clarísima y antigua. Don Alonso podía usar el blasón de los cinco
lises alternados con blancas veneras en campo de plata, o el de los leones
rampantes en campo de azur. Los honores habían resplandecido siempre en su
familia.
Su palacio, heredado de su mujer, se levantaba
hacia la parte del Norte, unido a la muralla de la ciudad, según uso inmemorial
de los mejores linajes. Uno de los cubos almenados erguíase en el fondo del
huerto, y su defensa había correspondido siempre a los Aguilas. El hidalgo
residía breve parte del año en el solar; la corte le atraía con imán poderoso.
En cambio, la existencia muda y monástica de Avila de los Santos, donde pasaba
horas eternas sin escuchar otra nota de vida que el tañido de alguna campana o
el canto de un gallo, le exasperaba el humor como un duro cautiverio.
Fuera del combate de Lepanto, en que, armado de
ancho espadón de guzmán, batiose bravamente en la proa de una galera,
recibiendo una pelota de arcabuz en el hombro y una lanzada en el muslo, no
registraba en su vida otra acción memorable. Pasolo casi siempre en los oficios
palaciegos. A los diez y ocho años de edad era paje de Ruy Gómez de Silva, y a
los treinta, gentilhombre del Rey, que le hizo acordar, más tarde, por su
comportamiento en la flota, el hábito de Calatrava.
Había estudiado en Salamanca, residido dos años en
Milán y tres en Venecia. El recuerdo de esta ciudad le exaltaba todavía hasta
el delirio. Gustábale de disertar sobre las cosas del arte, y refería a menudo
sus pláticas con el Tintoreto, a quien había conocido íntimamente. El latín y
la dulce lengua toscana le eran tan familiares como su propio idioma. Al
hallarse solo entre sus libros antes cogía las Metamorfosis, o
la Jerusalén libertada, que las ásperas epístolas de San Pablo.
Todos sabían que había ofrecido al Cabildo de la Catedral hacer revestir a su
costa la gótica portada de los Apóstoles con un peristilo greco-romano. Los
cajones de sus bufetes estaban llenos de ensayos poéticos, en que cantaba, al
modo de Boscán y Garcilaso, a Clori y a Galatea. Llevaba concluida una
traducción de El laberinto de amor, sendas glosas de los sonetos de
Petrarca, y tenía entre manos una feliz imitación de la Arcadia de
Sannázaro. Para él, aquella naturaleza desolada y adusta que rodeaba, por todos
lados, a su ciudad natal no merecía un hemistiquio.
Las galas al uso, la continua genuflexión, el
ambiente de los estrados y todo el artificioso juego de sentimientos
alambicados o fingidos, todo aquel estoraque, todo aquel histriónico afeite de
la vida cortesana, agravado por los exquisitos refinamientos «que», según don
Íñigo, «la prudente malicia de los extranjeros brindaba a los españoles para
afeminalles el valor», habían concluido por cubrir con mentirosa envoltura la
austera fibra castellana de don Alonso. Sin embargo, no se tardaba en advertir
que un alma recia como un estoque se ocultaba por debajo del bordado terciopelo
de aquella vaina de ceremonia, y que su honra era siempre tan puntillosa como
pudo serlo en el corazón o la mejilla de los que descansaban en San Pedro, con
su par de espuelas en el calcáneo. Sólo que los tiempos habían hecho llegar
hasta él, desde temprano, los granos de fina sensualidad que la vida
fascinadora de Italia aventaba sobre los reinos, propagando el gusto de la
pompa y del bello vivir.
Amaba los ricos objetos, el aparato palaciego, la
numerosa servidumbre. La mucha hacienda servía ante todo, según él, para no
envilecerse en ganarla y poder mostrar mejor la alta guisa del ánimo. Era de
condición levantada y espléndida. Pensaba que por encima de todo acto del
hombre debía palpitar un gesto generoso y brillante, como la pluma en el
sombrero.
Su lujo en el vestir burlaba las pragmáticas. Nadie
usaba en la corte espada más larga que la suya, ni lechuguilla más eminente y
más ancha. Hacía tejer en Milán sus brocados y brocateles según antiguos
modelos del guardarropa de familia, y sólo los lapidarios de Florencia eran
dignos de grabar el onix y la cornalina para el sello de sus sortijas y el pomo
de sus dagas.
Varios años de juventud los pasó embebecido de la
joven esposa de un Consejero de Castilla, y gustó mucho en la corte aquello de
haber dado dos mil escudos de oro por un lenzuelo manchado en sus sangrías, que
le presentó el cirujano. Antonio Pérez mostrábale siempre gran afición, y él
contaba con aquella amistad y valimiento para lograr una silla en el Consejo de
Italia a la primer coyuntura.
Su amor por las cosas que concretaban una calidad
exquisita de rareza o de arte era sobradamente sincero; pero sabía también que
el culto ostensible de aquella pasión ponía una orla incomparable a la vida
señoril, y, desde temprano sirviéndose de sus amigos de Milán y Venecia,
comenzó a reunir en su casa un verdadero tesoro.
Los objetos que herían la imaginación del hidalgo
con más sutil embeleso eran sus vidrios y marfiles. Estos, fríos, tersos y
cuasi dorados, provocábanle indecible entusiasmo. Tenía gestos de verdadero
amor para cogerlos de los fanales y acercarlos a la luz. Hubiérase dicho que
sus manos oprimían con fraternidad aquella aristocrática y pálida materia,
donde los rayos de sol remedaban un rubor interno de sangre.
Hacia el centro de la cuadra principal, sobre dos
largas mesas fabricadas de minúsculos espejos, las fuentes, los vasos, las
copas de Venecia entremezclaban al azar su tenuidad casi incorpórea, y de una
fina manera el azogado cristal invertía como un estanque el precioso
florecimiento.
Algunos de aquellos objetos prolongaban el milagro
de vivir centenariamente. Piezas del siglo anterior, arquetipos de la
generación innumerable, habían sido exornados de mascarones y de imprevistas
alimañas por la tenacilla de Vistori, de Ballorino, de Beroviero, en la gran
época visionaria de la cristalería. Vidrios turbios, de un glauco tinte lodoso
como el agua de los canales, de la cual aparentaban haber tomado toda su
fantasía. Su manejo educaba la mano mejor que los marfiles. Don Alonso los
tomaba con cuidado infinito, como si un movimiento poco armonioso pudiera
quitarles la vida. Un amigo suyo, un pintor formado en Venecia, a quien
llamaban el Greco, habíale enseñado a mirarlos de noche en un rayo de luna.
Sobre la vaga substancia la luz astral rielaba un reflejo fosforescente.
Entonces, cual si hubiera caído en su pupila la gota de un filtro, don Alonso
creía respirar el olor de la noche sobre las aguas, veía las escamosas estelas,
las aturquesadas blancuras de los palacios, la lobreguez de los pequeños
canales internados en el misterio.
Así, por la virtud del vano cristal, aquel hidalgo,
desde su reseca y polvorosa Castilla, creíase transportado a la ciudad de las
lagunas, donde pasara, bajo el negro o verde antifaz, horas inolvidables.
Entre don Íñigo y don Alonso Blázquez Serrano
formose pronto esa amistad ceñida y lisonjera que suele enlazar a los
descontentos. El uno clamaba en tono altivo y profético contra la política del
monarca, quien, a la vez que iba aniquilando los fueros de la antigua nobleza,
toleraba en su reino católico la vergonzosa plaga de los moriscos. El otro,
mirando de hito en hito hacia las puertas, refería bajezas y crímenes
recompensados con grandes honores y mercedes.
Cierto día, al retirarse de una de sus visitas,
Blázquez Serrano topó con Ramiro en la antecámara. El niño estaba sentado en
una silla de alto y esculpido respaldo. Sus ojos parecían contemplar fijamente
alguna imagen dolorosa de su propio cerebro. Hubiérase dicho un infante
embrujado.
Don Alonso, bajo su varonil empaque, disimulaba un
corazón capaz de profundos enternecimientos que le humedecían de súbito los
ojos, como a una mujer. Había mirado siempre a Ramiro con indiferencia; pero,
al verle ahora sumido en aquella melancolía, sintió una extraña compasión que
él mismo no hubiera podido explicar. Desde entonces comenzó a agasajarle. Al
siguiente día le mandó buscar con su enano. Hízole enseñar toda la casa, el
huerto, las murallas; y llevole él mismo a conocer a su hija Beatriz, preciosa
mujercita de diez años, que les recibió en gran aposento perfumado y oscuro,
sentada sobre un cojín azul, entre las dueñas.
Cuando la niña se hubo puesto de pie, Ramiro se
adelantó tendiendo los brazos; pero ella le contuvo con grave reverencia. Una
emoción profunda, indecible, estremeció el pecho del niño. El enano le puso la
mano sobre el hombro y salieron.
La heredad de Íñigo de la Hoz, en el Valle-Amblés,
estaba situada casi al pie de la sierra, como un cuarto de legua al poniente de
Sonsoles. Componíase en un principio de un retazo de monte y de trescientas
fanegas de tierra de sembradura; pero, debido a los apuros del señor, había ido
mermando rápidamente, hasta reducirse a un espeso carrascal y a estrecha lonja
de prado, en cuyo extremo se levantaba la ruinosa casería de los padres de doña
Brianda. La jara, el cantueso y la viciosa maleza habían invadido los jardines
que existieron. Los caminos sólo se adivinaban por la alineación de los
árboles. En el monte era difícil avanzar. La naturaleza, enseñoreada durante
muchos años de abandono, se defendía ahora con la maraña, con el fustazo, con
la espina.
En cambio, desde las ventanas altas del caserón se
contemplaba el aliñado verjel de don Alonso, con sus estanques repletos, sus
senderos limpios y sus alheñas y arrayanes recortados graciosamente como en los
jardines de Italia. Distinguíanse, asimismo, los famosos parapetos imaginados
por el hidalgo, y cuyos mosaicos de piedrecitas blancas, negras y coloradas
figuraban fábulas de Ovidio. Algunas tardes subía en el aire rosado el agua de
los surtidores, empapando al caer las escalinatas y los follajes.
Ramiro aficionose muy pronto a la vida libre que
llevaba en la heredad. Cuando hubo cumplido los trece años, Medrano, que solía
alojarse con su hija Casilda en las cuadras bajas del granero, enseñole, en el
caballejo de un gañán, todos los rudimentos de la jineta y de la brida. Además,
haciendo él mismo una lanza ligera con sus gallardetes y cordones, mostrole el
modo de manejarla; y algunas noches, a la luz de una vela, le ejercitaba, por
medio de su propia sombra, en bajar y subir la mano hasta el oído, para que
aprendiese a embestir con gallardía.
Medrano tenía, junto a su lecho, dos espadas: la
una, angosta y larga por demás, con calada guarnición; la otra, con pesada
empuñadura de reja y ancha hoja de dos filos.
—Este acero—decía señalando su fina espada
escuderil—es doncel, no sabe lo que es hundirse en la carne hasta el recazo;
pero aquéste—agregaba, descolgando con un gesto de amor su joyosa de antiguo
soldado—ha sacado más sangre que un barbero y más almas que una monja. ¡Con él
he hurgado las tripas a más de un valentón, descalabrado a más de un rival y
cortado a cercén, bonitamente, no sé cuánta gola turquesca!
Ramiro le escuchaba experimentando un singular
deslumbramiento y, al empuñar él mismo la espada, parecíale que el corazón le
crecía dentro del pecho.
Las lecciones de esgrima principiaron. El escudero
palpábale sus músculos precoces, y a medida que sus fuerzas medraban íbale
enseñando esas tretas misteriosas, a las cuales creía deber su buena ventura
todo soldado que llegaba a la vejez.
Ciertos días, durante las horas de la siesta,
escapando a la vigilancia de doña Guiomar, salíanse los dos en busca de algún
sitio umbroso del monte. El niño aspiraba con fruición el humo rústico de las
fogatas que ardían de ordinario en la vecina heredad; y el sol y el perfume
tornábanle al pronto extremadamente sensible.
Medrano, después de sentarse a la sombra de algún
árbol, quedábase mudo un instante, sin otro movimiento en toda su figura que la
roja pluma del sombrero que el céfiro agitaba. Pero poco después, incitado por
la vista del valle, cuya extensa claridad le recordaba la mar luminosa y
tranquila, poníase a referir la captura de poderosos bajeles o algún audaz
desembarco en las costas de Levante. Ramiro no perdía un solo ademán, un solo
vocablo del narrador, y, por momentos, la pasión de la lucha le alucinaba con
tal ímpetu que llegaba a creerse, él mismo, sobre la cubierta del navío o entre
los caballos y alfanjes de los infieles.
Otras veces, en cambio, dejándole hablar sin oírle
y abstrayendo su espíritu, fijaba sus grandes ojos en los muros de la ciudad,
cuya sombra, torreada y rojiza se contorneaba hacia la parte opuesta del valle,
cual inmensa corona de hierro. Soñaba, entonces, que él era llamado a cubrirla
algún día de nueva honra cristiana, hasta ser aclamado por el primero de todos
en el valor y el renombre.
Algunos libros de caballerías y uno que otro
tratado de brida y de jineta que sorprendió sobre el bufete de su aposento,
hicieron comprender a la madre lo que estaba aconteciendo en el ánimo de su
hijo. Consultó el caso con su capellán, un viejo fraile franciscano, que era a
la vez el maestro de gramática de Ramiro, y le fueron aconsejados los remedios
de la Iglesia: la plegaria, la penitencia, el recogimiento.
El niño se sometió con mansedumbre, lleno de
piadosa inquietud.
Era uno de esos días de bochorno canicular a que no
escapa, con ser tan empinada y ventosa, toda aquella región de Castilla. Un
aire abrasador se amodorra en las navas, y el cielo sin nubes embravece su
tinte como el esmalte en el horno. La peña cruje bajo la rabia del sol, el
árbol se tuesta. Aquí y allá, a lo largo de los caminos, la recua o el rebaño
levantan grandes nubes de polvo, cual si fueran ejércitos.
Torvo reflejo mineral flotaba sobre el Valle de
Amblés. El paisaje era aún más austero bajo aquella claridad implacable.
Comenzaba la trilla. La mies rebrillaba en las
eras.
Los labriegos tenían que turnarse sin cesar para ir
a beber a la sombra de los carros. Entretanto, unos alzaban el bieldo
perezosamente, otros, tiesos como postes sobre las tablas trilladoras, giraban
de mala guisa acuciando con rabia a las mulas y a los bueyes, y apeándose a
cada momento para hacerles sonar los lomos o las quijadas con sus garrotes.
Ramiro, ahitado de lecturas religiosas, cogió
las Aventuras de Silves de la Selva y fuese a esconder en un
obscuro recoveco del monte que formaban tres gruesos peñascos a la sombra de
una encina.
Tendido en el suelo, con la sien sobre el puño,
suspendía por momentos la lectura, para sentir mejor el deleite de su
escondrijo. A veces un rayo luminoso pasaba entre el follaje y hacía temblar
sobre el libro una medalla de sol. Aquella sombra le sabía a la frescura
barrosa que el agua conserva en las alcarrazas.
De pronto un rumor de pasos acelerados le hizo
levantar la cabeza. Miró. Era Medrano corriendo por el atajo en dirección al
caserío.
—¿Dónde vais?—gritole.
El escudero indicó con breve ademán que le
siguiese.
Una vez en la cuadra del granero, mientras buscaba
su talabarte, Medrano contó brevemente lo que pasaba. En la vecina heredad,
Cerbero, el perrazo que servía de guardián en los portones, se había vuelto
rabioso, mordiendo a un lacayo y escapando hacia el monte. Don Alonso se
hallaba en Madrid y su hija había quedado con las dueñas, las cuales le
mandaban llamar a toda prisa para que dirigiera a los gañanes en la caza del
mastín. Ramiro tuvo un deslumbramiento súbito. Acordose de los caballeros
donceles que en las historias descabezaban endriagos, vestiglos y fieros
leones, redimiendo princesas, desbaratando encantamientos y maleficios. Al
mismo tiempo el rostro de Beatriz cruzó por su imaginación.
Cuando el escudero iba a ceñirse la ancha espada de
dos filos, él, sin pronunciar palabra, puso ambas manos en la empuñadura del
arma, mirándole con expresión a la vez suplicante y resuelta. El antiguo
soldado comprendió. Tomando entonces para sí la espada más fina, dejó la otra
en poder de Ramiro. Luego, exclamando: «Vamos presto, que nos esperan», salió
de la cuadra.
Llegaron a la mansión de don Alonso sin encontrar a
nadie. Estaba toda cerrada como casa desierta; pero al pasar junto a la panera
toparon con seis hombres armados de chuzos y horquillas.
El escudero repartió las órdenes. Cada cual
treparía por un punto distinto del monte, y apenas divisase al animal daría
tres fuertes voces de auxilio. A Ramiro apostole a pocos pasos de las cocinas,
dándole un cuerno de caza y pidiéndole que no se moviera de aquel sitio.
Algo después, cansado de esperar, Ramiro comenzó a
internarse también entre los árboles.
Muchos relatos, allá en la torre solariega, le
habían hecho saber lo que era el peligro de la rabia y el pavor que esparcía
por los pueblos y campiñas aquel hocico agazapado que iba sembrando el furor y
la muerte. Se echaban todos los cerrojos, se recogían los gatos, los perros,
los asnos, y mientras las mujeres encendían una vela a Santa Catalina y otra a
Santa Quiteria, abogadas contra la rabia, los mozos salían al campo bravamente,
armados de las herramientas filosas que iban hallando.
Ramiro avanzaba con rapidez saltando las peñas y
los hatos de podas antiguas.
Las carrascas y los espinos no evitaban que el sol
caldease con sus rayos la tierra pálida y enjuta, y un retostado perfume de
cantueso, de estepa y de tomillo sahumaba el ambiente. Las flores de la retama
surgían aquí y allá, entre los plomizos peñascos, haciendo brillar el oro de
sus pétalos sobre el cielo de añil.
Ramiro jadeaba. El sudor bañábale el rostro.
Media hora después, una de las criadas de Beatriz
veía entrar en el patio de la casa al nieto de don Íñigo trayendo en una mano
una ancha espada toda roja de sangre y en la otra la cabeza del perro.
—¡Válame Dios y Santa Quiteria; ya le
mataron!—exclamó la mujer.
Luego, mirando atentamente el sangriento despojo,
agregó:
—¡Pobre Cerbero, y cómo me echaba las manos al
pecho para lamerme en el rostro! Pero era forzoso acaballe, que can con rabia
con su dueño traba. ¡Medrano ha sido el de la hazaña, de fijo!
—No fue Medrano.
—¿Y quién?
—Yo iba solo por el monte, y al pasar cabe un hato
de leña, vile venir corriendo hacia mí. De una buena cuchillada hícele rodar
como un bolo. Luego hachele el pescuezo.
—¡Virgen Santísima y qué barragán será cuando le
crezcan las barbas!—exclamó la mujer, espantada de que aquel mancebillo hubiera
dado muerte al terrible animal sin la ayuda de nadie.
Luego le pidió que le siguiera; pero Ramiro,
acercándose a un portillo que abría hacia el campo, apoyó un momento la espada
en el muro, y tomando el cuerno tocó tres veces con fuerza. Las tres largas
notas repercutieron en los ecos de la montaña con un son legendario.
La criada fuele conduciendo por una serie de
cuadras sombrías. Por fin, al llegar ante una puerta entornada, Ramiro oyó un
coro de mujeres que invocaban plañideramente a Santa Quiteria y a Santa
Catalina. Entraron. Un solo rayo de sol penetraba en la estancia tras una
madera entreabierta. ¡Qué alarido el que estalló en la obscuridad cuando el
niño alzó en el haz luminoso la sanguinolenta cabeza que goteaba sobre el
tapiz! Una de las dueñas se derrumbó de espaldas, presa de brusco soponcio.
La mujer que acompañaba a Ramiro contó con alegría
la proeza del mancebo. Entonces, en medio del azorado mutismo, Beatriz se
adelantó sin vacilar. Una dueña la tironeaba el faldellín; pero la hija de don
Alonso, mirando aquellas manos tan tempranamente enrojecidas por el coraje,
desprendió un favor azul que adornaba sus rizos, y, llegándose a Ramiro, se lo
anudó ella misma en las agujetas del jubón con sus temblorosas manitas, blancas
como la luna.
Ramiro conoció de súbito el arrobamiento del primer
amor. Su soñar sobrepujaba la vida; y aquel brusco delirio fue pronto para él
la coloración, el ritmo y el perfume de todo lo creado.
Su fervor religioso y sus anhelos de gloria se
acostaron entonces como lebreles a los pies de la nueva pasión. El rostro
pálido de Beatriz, con sus grandes pupilas y sus luengas pestañas como
llorosas, posábase ahora sobre la página de su libro de oraciones, sobre las
colgaduras del lecho, sobre el mismo Crucifijo, al cual confiaba su cuita.
Fantasma fatuo y caprichoso como una llama volátil, y ante el cual su corazón
se fundía de ternura.
Comenzó a componer endechas y letrillas que
hubieran podido servir para Nuestra Señora, y largos y conceptuosos discursos
con que pensaba abordar a su amada, en la primera ocasión. Algunas noches,
apagando la luz de su aposento, pasábase horas enteras asomado a la ventana.
Unas veces miraba hacia el vecino jardín sumergido en tenebroso y perfumado
silencio; otras levantaba el rostro y las pupilas hacia la altura. Nada
exaltaba su pasión como el suntuoso misterio de los astros. Parecíale que sus
luces inquietas le hablaban un lenguaje sublime que él no alcanzaba a
comprender. Imaginaba entonces dejar a un tiempo esta vida con Beatriz para
renacer allá, en las regiones inefables, y vagar a solas con ella, aspirando
ese céfiro divino que parece estremecer las constelaciones.
Durante algunos días su cerebro llegó a
desquiciarse. Su tez se puso pálida como la cera, y él mismo sorprendiose de su
incesante suspirar y de aquella honda congoja de su pecho, todo dolorido de
amor y de ansia.
Algunas mañanas íbase a ballestear palomas a lo
largo del vallado que separaba las dos heredades. Entretanto sus ojos acechaban
la casa vecina. ¡Cuán intensa fascinación cobraron entonces para él, en la
frescura matinal y entre el canto de los pájaros, aquellas entornadas celosías
que le hacían pensar en el sueño de su amada!
Cierta tarde, entre un claro del ramaje, vio pasar
a Beatriz, que no quitaba los ojos del seto. El mancebo se mostró. La niña,
hízole, entonces, disimuladamente, una señal para que siguiese más lejos y,
cuando creyó haber burlado la vigilancia de las dueñas, pidiole que pasara a su
jardín.
Se saludaron como en un estrado y Ramiro no acertó
a balbucear uno solo de los ingeniosos conceptos que había ordenado para
decirla.
Aquel juego se repitió muchas veces. Paseábanse con
los dedos enlazados, hablando apenas y mirándose, de tiempo en tiempo, en los
ojos, sin sonreír. La doncella le llevaba a los sitios más frondosos y ocultos.
Allí la naturaleza les descubría en la mariposa, en el pájaro, en el más menudo
insecto, su impura inocencia. El mágico deseo palpitaba, aleteaba, chirriaba
ante ellos, en la quietud blanda y calurosa del verano.
Ramiro conservó siempre el recuerdo de ciertos
instantes en que, caminando con ella por el sendero del verde laberinto, osó
pasarla el brazo sobre el cuello y tomarla suavemente la garganta. En otra
ocasión, Beatriz subiose a un viejo columpio y comenzó a balancearse con
violencia, presa de un rapto de juventud y de dicha. Su risa numerosa, loca,
inesperada, voló como un enjambre de mirlos, despertando los ecos a través de
los árboles. El viento levantaba su faldellín de un modo inolvidable.
Hablábanse cada vez más trémulos y ajenos a sí
mismos. Un decir fútil aventaba los pensamientos. El, envolviéndola en su
orgullosa mirada, soñaba en la dicha de poseer como dueño absoluto aquella
deliciosa existencia. Beatriz era para él la mies lograda y suya, a salvo de
todo peligro. Sin embargo, cierto día la preguntó:
—¿Os holgara ser aína mi esposa?
Ella repuso:
—Tamañita me quedo. ¿En eso pensáis tan temprano?
Púsose entonces a canturriar, mirando hacia arriba,
y mostrándose, al parecer, más dispuesta a rendir su mejilla y su boca allí
mismo, que aquel loco espiritillo que palpitaba en su cabeza cual una guija de
cascabel.
Dicho estado venturoso no duró para Ramiro. Como a
unos tres cuartos de legua, en la dirección de Villatoro, habitaba, durante el
verano, Urraca Blázquez de San Vicente, con sus dos hijos varones. El marido,
Felipe de San Vicente, Comisario del Santo Oficio e individuo del Consejo de
las Ordenes, pasaba la mayor parte del año en Madrid. Los dos mancebos eran el
azote de aquel rincón de la sierra. Andaban siempre juntos y se aborrecían. Una
o dos veces por semana venían a visitar a su prima Beatriz, llegando por los
caminos como demonios a todo lo que daban sus rocines, y seguidos, de muy
lejos, por un ayo que taloneaba rabiosamente la mula entre la blanca polvareda.
Recogían, sobre todo el segundón, los juramentos y palabrotas de los gañanes, y
andaban siempre con la boca hinchada de obscenidad y ardiendo, uno y otro, en
esa urgencia carnal que ataca, de ordinario, a los donceles.
Beatriz prefería al mayor, que era rubio y hermoso;
pero saboreaba desde luego la femenina fruición de esperanzarlos a la par.
Ramiro, que solía entrar ahora a la casa, topó
varias veces con ellos, advirtiendo con desgarradora sorpresa que Beatriz no
existía solamente para él. Notó miradas, melindres, cuchicheos, e imaginó todo
lo que podría suceder en aquella familiaridad del parentesco; pero su orgullo
fue más fuerte que el dolor. Mostrose tranquilo, silencioso, casi sonriente.
Una tarde de fines de agosto, el escudero vino a
decirle que Gonzalo, el mayor de los hermanos, se paseaba en compañía de
Beatriz bajo los árboles. Ramiro fuese a mirar por entre los setos.
Largo tiempo pasó ocupado en atisbar, por distintos
parajes, el vecino jardín. De pronto, un calofrío, anterior a toda idea, le
corrió por el cuerpo. Volvió a mirar. Sí, frente a él, a corta distancia,
Beatriz y su primo estaban echados de espaldas sobre la hierba, a la sombra de
un olmo. El mancebo había juntado su rostro al de la niña, pasándola el brazo
bajo la espalda, mientras ella, deshojando un rojo clavel, un clavel rojo como
la sangre, sonreía voluptuosamente.
Loco de ira, Ramiro quiso abrirse paso entre la
espinosa malla; pero no pudo lograrlo, y un destemplado gemido, un gemido
áspero, terrible, brotó de su pecho.
Gonzalo y Beatriz se levantaron y huyeron.
Al comenzar el invierno de aquel año, la madre,
ansiosa de ver a su hijo en el regazo de la Iglesia, resolvió apresurar sus
estudios para enviarle, en cuanto fuera posible, al «Colegio del Arzobispo», en
Salamanca.
Ramiro no había tenido hasta entonces otros
maestros que la misma doña Guiomar para las primeras letras, y, más tarde, para
los rudimentos de la gramática latina, un religioso franciscano del convento de
San Antonio. Aquel fraile, de unos setenta y cinco años de edad, no era escaso
de luces; pero, como estaba de despedida en la tierra, tomaba la tarea de la
enseñanza con tolerante desdén, amodorrándose a menudo en las lecciones. Solía
decir a su discípulo:
—Pregunta, pregunta, hijo mío, que no he de ser yo
quien te esconda lo poco que he cosechado en los libros; pero no olvides que de
nada te han de valer en Purgatorio estas migajas de ciencia que nos dejaron los
sabios cristianos y gentiles.
Buscaba siempre inculcarle el desprecio del mundo,
y poseía para ello, como pocos, la elocuencia del ascetismo. Cuando hablaba de
las glorias terrenas y de nuestro breve paso mundanal, su discurso, lleno de
monástica ironía, se instalaba en el ser, cual frígido narcótico, adormeciendo
las ansias. Decíase que más de uno, al escuchar sus sermones, había corrido a
un monasterio a pedir un sayal y una celda. Para él, fuera de la penitencia y
la plegaria, todo era polvo y ceniza en este mundo, y nuestra prolija ambición
una telaraña tejida sobre el nido de un ave que duerme.
Hacíale traducir de ordinario a Ramiro los
capítulos del Kempis. De esta suerte el mancebo recogió en el fondo del alma
aquellos acentos de soledad, de sublime desprecio, de voluptuosa inmolación.
En los fondos de la Catedral, después de atravesar
el reducido patio donde se encienden los incensarios y se cocina el chocolate
canonjil, súbese por una escalera de pino a una serie de estancias siempre
obscuras. En una de ellas, de dos a cuatro de la tarde, a la luz de un velón de
tres mechas, y con los pies apoyados en la tachonada tarima de un brasero,
comenzó Ramiro a escuchar las lecciones del nuevo preceptor que su madre
acababa de escogerle por indicación del mismo padre franciscano.
Llamábase Lorenzo Vargas Orozco y era canónigo
lectoral de la Iglesia Mayor. Conocía a don Íñigo y a su hija desde una mañana
en que fue llamado a presenciar, en medio del corral, la quema de los libros
arábigos. Su padre había muerto heroicamente, como capitán de arcabuceros, en
la guerra de Flandes. Era de aventajada estatura. Los ojos grandes y algo
salientes. Los cañones de la barba, casi siempre a medio rapar, daban un tinte
azul a toda la parte baja del rostro. Los demás canónigos le envidiaban, entre
otras cosas, sus hermosos ademanes en el púlpito y aquella bizarría con que
manejaba el manteo, aquellos sus diversos estilos de arrebozarse con él y de
derribarlo de súbito, a modo de capa soldadesca, como quien va a desnudar
varonilmente la espada.
Su primera lección fue un verdadero pórtico de
sapiencia. De pie en medio de la estancia y señalando sobre su escritorio un
apilamiento de gruesos volúmenes forrados en pergamino, prorrumpió:
—Aquí tenéis, hijo mío, guardado como en pellejos,
todo el zumo de la verdad humana y divina. Mi largo peregrinar por el mundo
filosófico me ha hecho concluir que todo lo que sea apartarse de esta enseñanza
del «Angel de las Escuelas» equivale a descarriar el entendimiento, con harto
peligro de caer de bruces en la herejía.
Ramiro meneó la cabeza afirmativamente sin
comprender, y dirigiendo la mirada hacia los infolios vio que todos ellos
llevaban el mismo título: Summa Theologica, en gordas letras
antiguas.
—Esta obra, este monumento, este
tabernáculo—prosiguió el canónigo—resume también, probado y purificado, es
cierto, en el crisol de Santo Tomás, todo el saber del Estagirita; pero, a fin
de formaros en la veneración de este otro filósofo admirable y defenderos
contra ciertas ideas que corren como peste por las aulas, quiero leer agora, a
guisa de vestibulum, un opúsculo que acabo de componer contra Pedro
Pomponacio y algunos españoles que, siguiendo la singularidad de Alejandro
Afrodiseo, afirman que Aristóteles sintió y escribió que el alma racional muere
con el cuerpo.
Quitando primero la despabiladera que señalaba la
página, tomó de encima de la mesa un cuaderno manuscrito. Luego sentose junto
al velón, calose las gafas y comenzó la lectura de su apología peripatética.
Ramiro no pudo disimular su aturdimiento. Su
semblante denotaba a las claras el vértigo.
—No os importe—le dijo el canónigo al terminar—si
de esta primera vez no cogisteis el sentido. Mañana habrá lectura aclaratoria.
Había sido colegial trilingüe en Salamanca,
estudiando después artes y teología. No había quizás en toda España otro
Lectoral que conociese como él la Sagrada Escritura. Sus explicaciones del
Antiguo y Nuevo Testamento, todos los lunes y viernes, atraían a la iglesia a
los más doctos seglares de la ciudad y a muchos estudiosos de los conventos. ¡Y
qué controversista! Ninguno de sus colegas de Cabildo podía seguirle a través
de sus primos y secundos, de sus ergos y distingos.
Tomaba la proposición del adversario, y en un dos por tres, con ultrajante
sonrisa, se la hacía picadillo bajo aquella arte cisoria de la dialéctica que
él manejaba de asombrosa manera; pero si al dejar caer su conclusión el
contrincante no se declaraba vencido tornábase al pronto injurioso y mordaz, el
labio se le crispaba hacia fuera, los ojos se le hinchaban de cólera, y era
sabido que aquella mano, que dejaba caer la bendición desde el altar, había
zamarreado del alzacuello a más de un eclesiástico.
Si bien no estaba dotado de una mirada filosófica
precisa y penetrante, si no era capaz de esos aletazos del espíritu que sacuden
la telaraña de la rutina, su concepto teologal tenía la solidez de un peñasco.
¿Quiénes eran los constructores de la doctrina que él profesaba? Aristóteles,
los Padres de la Iglesia Latina, Santo Tomás. Pensar que algún hombre moderno
pudiera enmendar a aquellos maestros sublimes era demencia. ¿Cuál había sido el
credo filosófico sobre el cual España fundara su envidiada grandeza? Aquél, y
no otro… Ergo! Pero él conocía demasiado el oculto propósito de las
nuevas doctrinas, y en cuanto a los que combatían en España los principios de
los escolásticos, los que negaban la autoridad de los antiguos maestros, las
especies inteligibles, los fantasmas de la representación y hasta la
inmortalidad del alma racional, no eran sino aliados del extranjero o
instrumentos del Demonio.
El veía a España acechada por innumerables
enemigos. Dado que no era posible vencerla en guerra franca y varonil,
buscábase ahora minar aquella unidad religiosa que la hacía invulnerable
introduciendo en su seno la disputa, la secta, el desorden. Herirla en su fe
era enfermarle el vigor. La herejía era más temible que todos los ejércitos. La
herejía era el rejalgar que, una vez en la entraña, daba al traste con la más
firme entereza, y, según él, ya el tósigo estaba en parte sorbido. Valladolid
era un foco de luteranos. Salamanca, un seminario de herejes. Los discípulos de
Valdés y de Ramus, los secuaces de Erasmo y de Lutero eran asaz numerosos. Su
antiguo condiscípulo Francisco Sánchez, el Brocense, lanzaba una
sucia palabrota contra Santo Tomás, cuando se invocaba su autoridad sublime en
las disputas. El Cardenal Arzobispo de Toledo, Bartolomé Carranza, luteranizaba
en su Catecismo Cristiano. Había llegado, pues, ese instante
supremo en que una batalla se pierde por una pausa de la voluntad. No era el
caso de discutir proposiciones, sino de extirpar de cuajo las bubas aquellas y
cicatrizarlas para siempre con el fuego purificador. Nada de complacencias, ni
melindres. ¡La podrido a la hoguera, y amén!
¡Ah! ¡qué sería de España si llegara a verse
desgarrada por una guerra de religión como las naciones del Norte! Sus enemigos
no dejarían escapar la coyuntura. El francés se daría la mano con el turco,
Flandes se entendería con Albión, para el caso; y todos, a un tiempo, se
lanzarían sobre ella, desjarretándola por la espalda traidoramente, por medio
de un levantamiento general de los numerosos moriscos de Aragón y Andalucía,
que no esperaban otra cosa que una señal extranjera.
El canónigo encontraba que el Santo Oficio alargaba
por demás los procesos. Era menester no perder un instante y no olvidar que la
responsabilidad de España ante el Señor era mucho más grave que la de cualquier
nación de la tierra, pues todo la señalaba como al pueblo elegido, como al
moderno Israel. El Altísimo manifestaba su elección, no sólo en los triunfos
que le acordaba, sino también en las plagas y desastres con que castigaba sus
desfallecimientos. El hambre y la bancarrota que la afligían al presente, así
como la pérdida de la Invencible Armada, ¿qué eran sino los azotes provocados
por su tolerancia con los moriscos y los herejes? Roma era para Dios su solio
en el mundo; España, su hierro, su diestra siempre armada, su ejército de
arcángeles. Roma era la ciudad de Pedro, del Pontífice y del mártir. España, la
hueste de aquel Santiago Apóstol que hacía cruzar al fin de las batallas su
visión ecuestre y vengadora, esparciendo el pavor entre los infieles. Pero el
día en que España volviese el rostro al Señor los enemigos entrarían pisoteando
la sangre de sus mujeres y sus párvulos, como los soldados de Tito en
Jerusalén.
Y a pesar de aquellas duras ideas, Vargas Orozco
era hombre de una bondad profunda. Vivía la vida como un rancio hidalgo
español, con el fondo del alma. Todo cuanto no era preciso a su modesto vivir
lo derramaba en limosnas. Interesábase con sensible corazón en las más prolijas
aflicciones de los demás, y, ante las desgracias de familia, que su ministerio
le obligaba a presenciar de continuo, se le veía sollozar a la par de los
deudos, pronunciando patéticas palabras que se grababan en la memoria de todos
como tierno y docto epitafio. Pero cuando se entraba en el terreno de las
grandes culpas colectivas, cuando se tocaba a los sagrados mandamientos o al
dogma, su corazón se cerraba como un puño. Impregnado, desde joven, del
espíritu del Antiguo Testamento, vibraba él mismo esa justicia
rencorosa, inexorable, tremenda, que parece rugir como un trueno a través de
los versículos. Allí millares de vidas humanas eran trituradas por Jehová para
salvar un rito o expresar un precepto. Para Vargas Orozco los hombres eran
comparables a vasijas de barro, las cuales no valen sino por lo que guardan, y
que, una vez que se impregnan de una materia corrupta, conviene destruirlas y
hacer otras nuevas.
Su espíritu de mortificación era grande y su
severidad de costumbres tanto más meritoria cuanto que se veía continuamente
acosado por tenaces tentaciones, que el Demonio hacía surgir con preferencia de
los mismos pasajes de la Escritura, revestidas de suntuosidad y desprendiendo
un olor raro y voluptuoso de Oriente.
Noche y día rondaba el Tentador en torno de su
alma. A veces, en las horas de estudio, el canónigo creía percibir una ala
membranosa y repugnante que aventaba las cenizas del brasero, que se chamuscaba
en la llama del candil, que volteaba de un golpe el reloj de arena sobre sus
escritos. Pero era, sobre todo, durante la noche, en el lecho, antes de
dormirse, cuando el lectoral libraba sus combates acerbos. Un mismo súcubo,
terrible de sedosidad y de hermosura, se deslizaba junto a él, bajo las mantas,
haciéndole correr por sus carnes un goce diabólico, largo contacto odioso y
dulcísimo que los rezos continuados no lograban desvanecer. Otras veces una
mano invisible descorría colgaduras de alcobas. ¡Alguna enjoyada desnudez le
esperaba a él, sólo a él, en el sosiego de la noche; sus cabellos olían como un
perfume derramado y su rostro, su precioso rostro era el de alguna hija de
confesión!
¡Qué batallas, qué luchas aquéllas! Mientras el
espíritu clamaba de horror, la carne traidora se refocilaba en un baño de
deleite. Arrojábase entonces al suelo, y descolgando las disciplinas, se
castigaba con ellas hasta quedar cubierto de sangre, como el Señor en la
columna. Pero apenas volvía a cerrar los ojos para dormirse, el Maldito,
variando su magia, hacíale experimentar de manera poderosa, invencible, el
vértigo de la soberbia. Ora le ensayaba sobre su cráneo de sacerdote la mitra
demasiado estrecha o el capelo demasiado justo; ora la triple tiara pontificia,
que parecía fabricada en un todo para su cabeza, única y sublime. Una
aclamación de multitud universal estallaba a sus pies, y sentíase flotar,
excelso y rígido, sentado en un trono resplandeciente.
Luego, abolida la voluntad durante el sueño, acudía
en cuatro pies a las bocas pintadas de las sacerdotisas idólatras, que,
extendidas bajo los cedros, temblaban de lujuria como panteras…
Si al llegar a la Catedral le decían que el
canónigo no se había levantado aún de la siesta, Ramiro esperaba paseándose por
las naves. A aquella hora la iglesia estaba casi siempre como hechizada de
quietud y de silencio. El solo rumor de un escaño que removía el sacristán,
provocaba un eco prolongado y enorme. Una sombra terrosa y centenaria dormía al
pie de los altares, entre las columnas, sobre las lápidas.
¡Cuán dominante misterio desprendían para él los
sitios obscuros de la iglesia, aquellas capillas graves, aquel ábside pardo y
polvoriento donde siempre reinaba una penumbra sepulcral! Los años se
amontonaban allí dentro, unos sobre otros, insensiblemente, como hojas de un
infolio.
Ramiro hollaba las losas con respeto profundo, y su
espíritu se henchía de una abstracta emoción de majestad y de muerte al
recorrer las inscripciones de los enterramientos. Algunos guardaban personajes
completamente olvidados, y decían apenas: «Don Cristóbal y su mujer», «Alonso»,
«Doña Bona»… Durante muchos años dichos nombres tuvieron quizás ilustre
elocuencia; pero ahora eran menos aun que el hueso suelto que nuestro pie
remueve en los osarios.
En cambio, sus ojos descifraban con orgullo nombres
de eclesiásticos y caballeros de su propio linaje: «Sepultura del muy virtuoso
Señor Don Nuño Gonzalo del Aguila, arcediano de Avila…» «Aquí yace el noble
caballero Gonzalo del Aguila…» «Aquí yaze el honrrado caballero Diego del
Águila, que Dios aya…»; y, al mirar el ave simbólica esculpida como una
divinidad doméstica en los blasones de piedra, parecíale que una voz de otra
vida le incitaba a la dominación y a los honores.
Otras veces, por el contrario, su ánimo daba un
vuelco repentino, al recordar, ante aquel aniquilamiento de todos los afanes
del hombre bajo una piedra roída, las palabras de su madre y del monje
franciscano sobre la vanidad y la ambición. Pensaba entonces que él mismo no
era sino un fuego fatuo escapado de aquellos huesos ancestrales y destinado a
vagar un instante en la noche del mundo. No había, pues, cosa mejor que vestir
el penitente sayal y preparar, entre cuatro paredes desnudas, la salvación eterna.
En ocasiones, cuando el tiempo alcanzaba, subía a
las torres. Holgábale contemplar la ciudad y la campiña desde las ventanas del
campanario, y sus ojos solían detenerse en cierta mansión, unida a los muros,
hacia la parte del Norte. Cierta vez descubrió un puntillo movedizo, un
cuerpecito minúsculo que atravesaba el huerto, subía los escalones del torreón,
y se asomaba luego a las troneras. Era ella seguramente. El no había querido
volver a la casa de don Alonso, y se había jurado olvidar a Beatriz para siempre.
Con cuán victorioso despecho preguntábase entonces: ¿Cómo el alma del creyente
podía correr en pos de un grano de vida como aquél, de una migaja de
sensualidad efímera, y a veces emponzoñada, si Dios le ofrecía desde el cielo
los goces infinitos y eternos?
Tales sentimientos comenzaban a abrirse hondo cauce
en el alma de Ramiro, cuando su mismo maestro trajo la primera perturbación al
abordar de lleno el tema de las tentaciones. Explicó el origen y la naturaleza
del Demonio, la transformación horrible de sus formas angélicas al caer del
cielo a los infiernos. Distinguió la bestialidad: omnem concubitum cum
re non ejusdem speciei, de la demonialidad o copula cum Dæmone,
que algunos teólogos confundían, y disertó, en fin, largamente sobre el
comercio con los íncubos y súcubos de donde, aliquoties nascuntur
homines.
—Y es de este modo—afirmaba—como debe nacer el
Anticristo, según un gran número de doctores, y como nacieron Rómulo y Remo,
según Tito Livio; Platón el filósofo, según San Jerónimo; Alejandro el
Grande, según Quinto Curcio; el inglés Merlín, engendrado por un íncubo en
una religiosa hija de Carlomagno; y, para decirlo todo, el maldito heresiarca
que llevaba el nombre de Lutero.
Era menester mucha cautela.—La
tentación—decía—palpita por doquier. Todo es arma y cebo para el Demonio.
Un día que Ramiro le llevó en obsequio una
hermosísima pera, en un cestillo de mimbre, el lectoral comenzó a saborearla
sin quitarle la piel. Era una pera de las que llaman calabaciles por su doble
turgencia. De pronto, al hincar su mordedura en la parte más gruesa, hizo un
gesto espantoso y arrojó la fruta al corredor, sacudiendo los brazos y
exclamando:—¡Vade retro, vade retro! El Enemigo acababa de
mostrarle en aquella poma ceñida y abultada las formas de la mujer.
Desde entonces el mancebo comenzó a vivir en una
inquietud imprevista, a concebir la virtud más difícil y a experimentar en toda
su carne, tranquila hasta entonces, un hormigueo de instintos que mareaba por
instantes su cerebro como vapor de cubas en el lagar.
Una tarde fría de febrero, al retirarse de la
lección, y después de haber oído leer a su maestro un docto comentario sobre
el Cantar de los cantares, Ramiro topó con Aldonsa junto al pilar
de la escalera. Ella le invitó a subir a la torre. Un instante después uno y
otro escalaban los peldaños. De pronto la campanera se detuvo y arrimó la luz
del farol al rostro del mancebo. Ramiro se detuvo también, y su mano temblorosa
reconoció que la moderna Sulamita había puesto en libertad «los cervatillos
mellizos» del cantar.
Allí se deshojó su doncellez, sobre aquellos
escalones tenebrosos, donde dormía un olor sagrado de cirios y de incienso.
Al levantar los ojos para pedir perdón por su
horrible pecado, hallose frente a frente con la figura del campanero, que,
cinco o seis escalones más arriba, esperaba impasible, sosteniendo en la mano
encendido candil. ¿Qué tiempo hacía que estaba allí? Ramiro le miró
naturalmente y comenzó a descender, en la sombra, palpando los muros, sin
pronunciar vocablo.
Una vez afuera caminó con nueva arrogancia. La
brisa que llegaba por la calle de la Muerte y la Vida oreaba en su labio un
dejo impuro y febril.
A los diez y siete años, merced a un precoz
desarrollo, Ramiro tomó un aspecto recio y adulto. Su ceño altivo, así como sus
anchas espaldas, imponían, a todo el que hablaba con él, un trato ceremonioso.
Generalizaba ahora el pensamiento, buscaba el oculto sentido de cada
apariencia, creía descifrar, con juvenil soberbia, los enigmas supremos.
Llevaba demasiado largo, en contra del uso, el
renegrido cabello, y su tez, extremadamente pálida, como si la constante
meditación le enflaqueciera la sangre, recordaba esa misteriosa blancura que la
luna pone en el mármol.
El, que esperó encontrar en el canónigo un
consejero de humildad, recibió de su verbo la brasa viva de la ambición. El
nuevo maestro interrumpía a menudo sus lecciones para historiarle los grandes
hechos de aquel ilustre linaje de los Aguila, fundado por el adalid Sancho de
Estrada, venido de Asturias; y nombrábale también guerreros admirables, hijos
de aquella ciudad que, aunque pequeña, representaba en España el primer
seminario de honra y caballería. En todas partes los avileses se señalaban por
su don de mando y su saña en la lucha. Sancho Dávila, apellidado El
rayo de la guerra, servía ahora de ejemplar a los flamencos.
—¡Quién pudiera devolverme mi mocedad y darme
algunos años de la vida gallarda y desembarazada del soldado!—exclamaba el
canónigo.
No quería decir con esto que estuviese arrepentido
de la nobilísima carrera a que le había inclinado su constelación, no, mil
veces. Pensaba tan sólo que con un coleto de ante, un morrión y un acero
toledano, escogiendo a su guisa las comarcas, hubiera hecho mucho más en bien
de la Santa Fe Católica que dejando correr sus días atado con cordeles de
calumnia y de estulticia a una poltrona canonjil. Confiole a Ramiro, sin
rodeos, las sordideces y mezquindades de aquella asfixiante existencia de
sacristía, y díjole el furor y la insólita crueldad con que todos sus colegas
se habían ligado en contra suya cuando se trató de ofrecerle una silla
episcopal.
—Los muy bellacos y alicortos—decía—barruntan que
apenas el águila se encarame y pueda hender el espacio, volará muy alto, muy
alto.
El anhelo impaciente de una mitra era ahora más
fuerte que su virtud y el gran pecado de su alma.
Dominado por la reverente admiración que profesaba
a su maestro, y habiéndole entregado desde los primeros días todo su ánimo,
Ramiro miró derechamente la senda que señalaba aquella mano sacerdotal. Ya no
dudó que en la carrera de las armas, siguiendo el ejemplo de sus antepasados,
pudiera ser tan útil a Dios y a la Santa Iglesia como en el claustro o en el
púlpito. Diose entonces a descifrar los añejos pergaminos de su familia y a
leer la historia de los grandes capitanes de Roma y España. Al pronto, las representaciones
de su propio porvenir se confundieron y conformaron a los grandes episodios
antiguos. Alucinado por la lectura, llegaba a creerse, él mismo, el héroe de la
narración. Fue sucesivamente Julio César, el Cid, el Gran Capitán, Hernán
Cortés, don Juan de Austria. Al tomar en sus manos Los Comentarios,
era él quien conducía las cohortes a través de las Galias; pero, en los idus de
marzo, más sagaz que el dictador, atisbaba la traición de Junio Bruto y,
escondiendo una espada bajo la toga, entraba a la Curia y mataba uno a uno a
los conjurados. Vencía a los moros en innúmeras batallas, brindaba a la España
el reino de Nápoles o el imperio de Moctezuma; y, por fin, de pie en el
castillo de una nave inverosímil, destruía para siempre toda la flota del
turco, en un nuevo Lepanto prodigioso, que su imaginación soñaba según las
estampas.
El resultado fue que llegó a creerse elegido por
Dios para continuar la tradición de las glorias inolvidables. Suprimió de su
campo mental lo mediano, lo prolijo, lo paciente. Todo lo que no era súbito y
heroico le dejaba impasible, sintiendo en sí mismo una confianza, una
certidumbre absoluta de alcanzar de un golpe los honores más altos y de llegar
a ser, en poco tiempo, uno de los primeros paladines de la Fe Católica en la
tierra.
Una tarde, sentado sobre una peña en la hondonada
que corre entre el Convento de la Encarnación y los muros de la ciudad, Ramiro,
dejaba rodar sus pensamientos.
Aquel sitio único exaltaba su alma, haciéndole
escuchar, en su ilusión, gritos de guerra, suspiros de éxtasis.
Jubilosa coloración de oro húmedo brillaba en las
colinas. Había llovido hasta las tres de la tarde, y la tempestad se alejaba
hacia el naciente, abriendo grandes claros de nácar etéreo. Caprichoso penacho
de nubes doradas y purpúreas se alargaba por encima de la ciudad, conservando
todavía el movimiento de la ráfaga que lo había retorcido. La áspera muralla
reflejaba una amarillez alucinante, que parecía nacer de ella misma.
Hablábase con insistencia, en aquellos días, de una
posible sublevación de todos los moriscos de España, ayudados por el turco. En
algunos palacios de la ciudad se celebraban frecuentes reuniones, donde se
cambiaban noticias y se discutían pareceres. La casa del señor de la Hoz era al
presente, todos los miércoles y domingos, un hormiguero de eclesiásticos y
grandes señores. Su campaña de la Alpujarra y su conocido encono contra los
falsos conversos señaló, desde el primer momento, a don Íñigo como un jefe de
asamblea. Ramiro pensaba ahora si de todo aquello no surgiría la ocasión de
iniciar su renombre.
Pasaron dos menestrales. El mancebo comprendió que
eran oficiales de cantería por el polvo de piedra que blanqueaba sus manos.
Venían hablando de comida y de jornal:
—Yo, viendo que ninguno se meneaba, me planté como
un pino ante el maestro, e le dije que, con el salario que él nos daba no
alcanzábamos a llenar la olla a los nuestros, e que con la sopa de torrezno y
el vil mendrugo de hogaza que de él recebíamos, se nos iba secando la enjundia.
—¿Qué os respondió?
—Respondió: malos monjes seríais vosotros,
picaronazos. Sabed que haríais morir de envidia a muchos obispos.
—¿Eso dijo?
—Cabal.
—Paciencia, Martín.
Ramiro meneó la cabeza con un gesto de enfado.
Pasó un monje franciscano montado en un borrico
ceniciento. Santa leticia brillaba en su rostro. Su desnuda pierna vellosa
asomaba por debajo del sayal. Castigaba a su caballería con un gajo de
bardaguera. Al buen fraile se le importaba una higa del aspecto de su figura…
Ramiro consideró la fuerza de aquella dicha
superior que así se burlaba de todas las vanidades del hombre.
Vio llegar después una mujer vieja y espigada, la
nariz corva, morena la tez, la mirada abstraída. Su negro ropaje andrajoso
estremecíase en el céfiro como un libro quemado. Caminaba lentamente golpeando
el suelo con el bastón. A pesar de aquel aspecto de miseria, llevaba ambos
brazos ornados de brazaletes de alquimia, y un doble collar de cuentas, que
imitaban la turquesa, caía sobre su pecho. Al llegar junto a Ramiro, mirole
fijamente, apoyando ambas manos en el báculo. El mancebo sacó una moneda para
ofrecérsela. Pero la mujer preguntole:
—¿Sois muslim o castellanuelo?
—Cristiano viejo, por la gracia de Dios—contestó
Ramiro.
La mujer rehusó la limosna, y tendiendo el brazo:
—Yo vengo a desengañarvos agora, descreyentes,
servidores de las ídolas—exclamó con voz agorera y fatal.—Echaréis a Agar y a
su fiyo, está escribto, y con ellos irase la dicha. Ya no habrá quien vos
riegue la vega, ni quien enseñoree el arado, ni quien sepa sembrar y recoger,
ni quien os adobe olores finos. El torno, ¿quién sabrá manejallo? ¡Oh!, los de
Islam, estáis con las manos agrillonadas; pero la sufrencia es buena ventura.
¡Sabed que el paraíso es prometido a los sufrientes y serán honrados en gradas
altas y aventajadas!
Ramiro no pudo vencerse y enseñó la palma para que
le predijera su destino.
—¡Tu jofor, tu jofor!—balbució la morisca.
Pero apenas hubo tomado en las suyas aquella mano
delgada y enérgica, soltola de pronto.
Ramiro, al volver instintivamente la cabeza,
hallose con la figura del canónigo que, de vuelta de la Encarnación, le había
reconocido y se acercaba.
—Chiromanciam habemus—gritó el lectoral.
Ramiro sonriose. El canónigo sacó entonces una
moneda de plata y se la alargó a la mujer. La morisca tomola temblando y
comenzó a alejarse lentamente. Un instante después, maestro y discípulo
escuchaban el rodar de la moneda sobre los guijarros.
Entonces, de vuelta a la ciudad y en busca de la
Puerta del Adaja, el canónigo compuso la siguiente oración:
—Ya ves, hijo mío, el amor que nos tiene esta raza
de Ismael. He ahí una anciana miserable que prefiere seguir gimiendo, cual una
loba hambrienta por los caminos, antes que aceptar nuestra limosna. Aparentan
haberse convertido, y son tan moros como en Africa. Van como arrastrados de los
cabellos a aprender la doctrina, y sólo el temor les hace llevar sus hijos a
nuestras iglesias para recibir el bautismo. Pero, ansi que llegan a sus casas,
les roen la mollera con un trozo de cacharro o el filo de un cuchillo,
lavándoles en seguida prolijamente para quitalles hasta el último resto de la
crisma sacramental. Luego vuelven a bautizalles a su manera, con nombres moros
que llevan en secreto hasta la muerte. No comen jamás de res alguna que no haya
sido degollada por manos infieles, dirigiendo la cabeza del animal hacia el
Oriente, hacia la Meca, hacia el alquibla, como ellos mesmos se
expresan. No beben vino ni prueban puerco, para distinguirse de nosotros, y, a
puerta cerrada, observan su cuaresma y todos los ritos de su secta diabólica.
Yo he visto en el fondo de sus casas, en Andalucía, baños de mármol o azulejos,
donde los hombres se sumergen y perfuman como rameras, según su costumbre
infiel y lasciva. Los mozos aturden las calles del arrabal con sus voceríos
salvajes, y son todos dados al adufe, a la gaita, a las sonajas, a los
entretenimientos lúbricos de la danza y a los paseos de fuentes y pensiles que
corrompen y reblandecen el ánimo.
Hizo una pausa para mondar el pecho, y luego que
hubo escupido reciamente, prosiguió:
—En los lugares públicos hacen acatamiento a la
Santo Cruz, claro está; pero, cuando se hallan sin testigo ante alguna ermita o
humilladero, le hacen sufrir toda clase de escarnios. Yo mismo he sorprendido
en las cercanías de Talavera algo horrible. Varios de estos perros malditos
habían ido por leña a un bosque del contorno. Uno de ellos, al regresar, tuvo
que descargar su vientre, y habiendo hecho una cruz de dos astillas de roble,
la clavó bien derecha en la inmundicia, y dejola. Yo fui el primer cristiano,
sin duda, que atinó a pasar por aquel sitio. Viendo a mi amada cruz en tal
estado, corrí por ella, e hincándola entre la raíz de una encina, me puse a
adoralla. Consérvola aún celosamente, por la injuria que sufrió, como si fuera
hecha de los huesos de un mártir de Roma.
El sol acababa de ocultarse. Los cerros del
poniente recortaban escueto y pardo perfil sobre el horizonte de fuego. Maestro
y discípulo llegaron hasta la esquina nordeste de la muralla y doblaron en
dirección al mediodía. Abajo, hacia la derecha, entre los obscuros peñascos, el
agua del Adaja despedía un resplandor de oro ígneo. Las iglesias habían
concluido de tocar las oraciones, y la próxima campana de la ermita de San
Segundo conservaba todavía un zumbido soñoliento.
—¿Qué hacer—continuó diciendo el canónigo—con este
enemigo casero tantas veces perdonado? ¿Qué hacer con este siervo alevoso, que
de día nos aborda con la sonrisa en los dientes, mientras acecha de noche
nuestro sueño con la mano crispada sobre corvo puñal? Tu abuelo, Ramiro, me ha
dicho, y nadie sabe como él estas cosas, que esos arrieros y trajineros
moriscos que topamos por las carreteras durmiendo al sol junto a sus botijos,
llevan y traen mensajes sediciosos de Aragón a Granada y de Granada a Aragón, pasando
por Castilla; y no hay ya quien ignore que la conspiración cuenta con todos los
moriscos del reino.
La luz se apagaba en el cielo; pero el canónigo
peroraba cada vez más exaltado, como si ensayase, en la soledad del camino, la
alocución solemne que intentara pronunciar en alguna asamblea.
—Algunos dicen que la expulsión de los moriscos
traería la ruina de España. La avaricia moderna, señores—exclamó esta vez.—¡Ah!
ya son contados aquellos clarísimos varones de antaño que preferían un grano de
honra a todas las alcancías repletas del moro y del judío. Hogaño, los nobles
de Aragón son los más sañudos encubridores y abogados destos perros infieles; y
llena está Castilla de cristianos viejos, engolosinados con el dinero moruno,
que siguen su ejemplo. Piensan que con los hijos de Mahoma se iría el lucrar y
el sabroso vivir, y sus tierras se cubrirían de hierbas malignas. Aquí mesmo,
en la ciudad de los Leales, de los Caballeros, de los Santos, la mayoría del
Ayuntamiento está en contra de la expulsión. ¿Y qué mucho—añadió, bajando la
voz y hablando casi al oído del mancebo,—si la Inquisición, la Santa
Inquisición, recibe cincuenta mil sueldos al año de las aljamas aragonesas?
Dirigiéndose a personajes ilusorios, que él veía
animarse, sin duda, en el teatro de su imaginativa, prosiguió:
—¿Decís que la expulsión reduciría a menos de la
mitad la riqueza del reino? Tanto mejor, señores golosos. ¿Qué estado más digno
y saludable para una república cristiana que la pobreza? Los bienes superfluos
traen la libertad y la avaricia, del mismo modo que el agua rebalsada cría
sabandijas y sapos inmundos; la lascivia triunfa y los ánimos pierden la
primitiva rudeza, a la par de las espadas que se afinan como alfileres y se les
recubre de terciopelo y pedrería para no amedrentar a las damas en los estrados.
Livio afirma que la mucha prosperidad y abundancia de Roma, le acarrearon todos
los males, y que por esta causa llegaron los romanos a los extremos del vicio.
Si consultamos a Juvenal—volvió a decir,—él nos declara que no hay linaje de
maldad en que los romanos no cayesen desde que abandonaron la pobreza. ¿Fue
acaso opulento el pueblo de Israel, el pueblo de Dios? Si hemos de vivir con la
opinión, dice nuestro Séneca, jamás seremos ricos; si con la naturaleza, jamás
seremos pobres. Yo sé decir que nunca he visto emprestar a los usureros para
comprar aceitunas, pan o queso. Siempre vi que el uno lo busca para caballos,
el otro para galas, el otro para rameras. Vuelvan, pues, enhorabuena, aquellos
siglos dorados, o siglos de bellotas, como también se les llama. Cesen este
loco rodar de carrozas y estos desfiles de lacayos, ebrios de vanidad y de
vino, ambas cosas hurtadas a su señor. Renazcan las antiguas virtudes severas,
la mesa parva, la rica devoción, y que la mengua de las vestiduras nos haga
llegar mejor a las carnes la saludable franqueza del viento.
Había terminado y escupió varias veces.
Entraron en la ciudad por la Puerta del Adaja. Las
callejuelas estaban llenas de penumbra plomiza y temblorosa. Algunos bodegones
encendían sus candiles y las puertas volcaban sobre la calzada mortecino
resplandor anaranjado. Un viejo sentado a una ventana, con la sien pegada a la
reja, miraba al cielo rezando su rosario. En otra ventana, sin luz, era una
joven la que rezaba. Su rostro tomaba el tinte ceniciento de la hora y su
pupila fosforescía de modo extraño.
Como sí aquella quietud le hubiera incitado a
destapar el silo más hondo de su conciencia, el lectoral, que había dado por
concluido su discurso, prorrumpió de nuevo, aunque en un tono menos oratorio y
más dulce:
—El ánimo compasivo sólo debemos empleallo, hijo
mío, en las ocasiones privadas y menudas de la vida, según lo manda la ley
evangélica. Nuestro propio instinto nos ofrece una grande enseñanza cuando nos
hace salvar una mosca que se ahoga en un vidrio y otras veces pone en nuestra
mano retorcido lienzo y nos las hace matar a centenares sobre la mesa y el
muro. Alargue aquél su limosna al pordiosero, aunque lleve en su mano un
Alcorán; compadézcase éste del huérfano y la viuda, aunque sean de la secta maldita
de Mahoma; ofrezca de beber al muslim sediento que pasa, o pida de su cántaro a
la infiel, como Jesús a la Samaritana; nada digo, que todo esto lo enseña el
mesmo Evangelio, que es ley individual y pan de cada día; pero, sonada la hora
grande y justiciera, sepamos cumplir sin melindres los designios del Señor,
porque hay otra ley, hijo mío—agregó levantando la mano y la voz como un
antiguo profeta,—otra ley más anciana, ley de los pueblos; hay otro testamento,
donde Dios mesmo, con su propia palabra, dicta la sentencia a los impíos,
diciendo a Moisés: «Pondrás con mi favor el cuchillo a la garganta del
Amorrheo, del Cananeo, del Pherezeo, del Hetheo, del Heveo, del Jebuseo hasta
quitalles la vida»; agregando: «y no tengas con ellos misericordia», nec
misereberis earum. Y así mismo, por boca del profeta Samuel, mandole decir
a Saúl que destruyera a los Amalecitas, sin perdonar hombres, ni mujeres, ni
niños aunque fuesen de leche, a fin de no dejar rastro ninguno de ellos ni de
sus haciendas. Nosotros debemos también, como un acto expiatorio, descepar de
cuajo de nuestro suelo esta planta ponzoñosa. No echemos en olvido que somos,
en los modernos tiempos, el pueblo de Dios, como lo fue Israel en los antiguos.
Nada debe extrañarnos que pueblos semibárbaros como Inglaterra, Alemania,
Bohemia, Hungría se contaminen; pero ¿cómo habemos de tolerar nosotros, de
quien Dios no aparta su confianza, al siervo idólatra y blasfemo en nuestra
propia heredad? Ya sea por la expulsión sempiterna, ya por el total exterminio,
si el caso lo pide, haciendo en ellos un Vesper Siciliano, antes que lo hagan
ellos con nosotros, el cielo nos ordena, a las claras, rematar la obra de
purificación.
—El miedo a la sangre, hijo mío—prosiguió diciendo
el canónigo,—es un bajo instinto del hombre. Jehová se espanta del vicio, de la
impiedad, de un solo pecado, pero no de la sangre vertida justicieramente. La
sangre es el riego necesario de toda buena germinación, y el Señor la hace
correr a su tiempo con la misma benignidad con que escurre los nublados sobre
los surcos. Las vidas humanas no valen sino por lo que resulta de su
sacrificio, como los granos de incienso. Ahora, si se quieren remedios más suaves,
también los hallaremos en la Escritura.
Meditó un instante y continuó:
—Oigamos al profeta Osseas sobre la tribu idólatra
de Efraim: «Dales a éstos, Señor… ¿Qué les darás a éstos? Dales vientres sin
hijos y tetas enjutas.» Recapacitemos esta inspirada sentencia. Ella nos manda
que lo que se ejecutó con las gentes de Efraim lo realicemos nosotros con los
falsos conversos. Su Santidad, se entiende, lo permitirá, y médicos hay que
saben cómo y con qué hacer con ellos y ellas este remedio; y sería un blando
acabar, poco a poco.
Habló así, con tono doctrinal y apacible, sin asomo
de saña. El mancebo le escuchó sorbiendo sus palabras como precioso jugo de
sabiduría. Habían llegado, entretanto, a la plazuela de la Catedral. El templo
levantaba su mole religiosa y guerrera en la calma cerúlea del anochecer. Un
último reflejo dorado se apagaba en sus almenas.
El aire traía un tufillo de sartenes. El canónigo
despidiose de Ramiro, y, al ir a penetrar en la iglesia, un lacayo le detuvo
para decirle que el señor de San Vicente le mandaba llamar. La casa estaba a
pocos pasos, en el barrio de San Gil.
El señor Felipe de San Vicente, individuo del
Consejo de las órdenes, Comisario de la Santa Inquisición y antiguo
gentilhombre del Rey, recibió cordialmente al canónigo, tomándole una y otra
mano en las suyas. Luego, después de haber echado los cerrojos a las puertas,
preguntole con brusquedad y misterio:
—¿Podría vuesamerced, señor canónigo, indicar algún
hombre seguro para una dificultosa misión en servicio de Su Majestad y del
reino? Advierta vuesamerced—agregó—que debe ser de harta limpieza de sangre, de
mucha religión, de mucho ardid y denuedo, y joven, cuanto posible, de suerte
que sus idas y venidas puedan achacarse a un amorío, por ejemplo.
El lectoral comenzó a estrujarse el labio inferior,
como si buscara arrancarse por aquel medio el nombre propio que convenía. De
pronto, después de breve silencio, sus ojos se llenaron de claridad y respondió
con viveza.
—Sí, tal. Ya le tengo.
—Conozco a vuesamerced, y doy, desde luego, por
seguro, que habrá escogido con acierto—replicó entonces el hidalgo,
acostándose, casi, en el sillón y estirando hacia el brasero sus piernas
metidas en calzas de velludo pardo.
En seguida, con verbosidad soñolienta, entrecortada
sólo por los ásperos esfuerzos con que descargaba de rato en rato su garganta,
fuele diciendo que, según recientes averiguaciones, los moriscos preparaban un
levantamiento general en todo el reino, y que era menester sorprenderles con
las manos en la masa.
—Tenemos sospechas—agregó—de que en esta ciudad
existe un escondite de conspiradores, donde continuamente se reciben mensajes
sediciosos de Aragón y Valencia. Pero todo esto, señor canónigo, precisamos
saberlo con certeza, pues la mayoría del Ayuntamiento aboga por ellos, y
abundan en toda España señores de título que, por no ver sus tierras
abandonadas, les tienden solapadamente la mano.
Dijo luego que la Junta de Madrid acababa de
encomendarle, sin atender a su edad y a sus dolencias, aquella difícil misión,
que él quería compartir con un hombre de iglesia, cuyo especial ministerio le
pusiera en mejores condiciones para conocer las dotes o defectos de algún
vecino de la ciudad. Con la voz cada vez más ronca y más baja, pasó luego a
explicar las instrucciones que el canónigo debía transmitir a su agente. El
mismo se narcotizaba con su propio discurso. Ya era imposible comprenderle. Su
palabra vacilaba, se extinguía. Entonces, escupiendo, por última vez, dobló la
cabeza sobre el hombro, y quedose dormido.
El lectoral no supo qué hacer. Los cerrojos estaban
echados y las mechas del velón crepitaban en ese momento, amenazando apagarse.
No había, tampoco, un solo libro sobre la mesa, y él había olvidado su
breviario. Pensó entonces que no hay situación en la existencia que resista a
un esfuerzo superior de filosofía y, olvidando la circunstancia y la hora,
púsose a contemplar a aquel hombre de obscuro entendimiento que, había logrado
fácilmente los altos honores, hasta ser uno de los más influyentes personajes de
la comuna, tenido en gran predicamento por el Rey. Su estatura era menos que
mediana, su espalda un tanto jibosa, su barba rojiza. Había en todo su rostro
una tristeza cómica de bufón. Su labio inferior se alargaba hacia afuera con
lúbrico y tembloroso gesto.
La estirpe de los San Vicente era antigua en la
ciudad, aunque no de las más ilustres y encumbradas. Arrancaba, sin embargo, de
una María de La Cerda y exornaban su árbol genealógico Juan Mercado, primer
caballero de Milán, Tomás de San Vicente, llamado el Valeroso, y,
sobre todo, Ruy López de Avalos, condestable de Castilla. Los caballeros de su
nombre podían reposar, por remoto privilegio, en el crucero de la iglesia de
Santa María del Castillo, en Madrigal, favorecida por una capellanía del
Condestable. Así también, en Avila, tenían derecho a ser enterrados en la
parroquia de Santo Tomé, donde existe la capilla de su linaje; en Santo Tomás
el Real, dentro mismo del templo; y en los lucillos de San Vicente, en cuya
iglesia estaban pintadas las armas de aquella familia sobre los asientos de la
capilla mayor, según uso calificado y antiguo.
Al observar la barba de Don Felipe, aquel rojo
vellón donde la luz del aceite ponía ahora toques purpúreos, el canónigo pensó
en las razas antiguas venidas hasta la Iberia desde los mares tempestuosos del
Norte; y cerrando, a su vez, los ojos, soñó con repugnancia en bárbaros rubios
y en carnosas hembras desnudas, con cabelleras color de naranja, como
señaladas, desde entonces, por un reflejo infernal.
De pronto, la puerta se sacudió con estrépito, y
oyose en el corredor una voz desesperada que comenzó a gritar:
—¡A mí! ¡A mí! ¡Socorro! ¡Soy muerto!
El canónigo saltó del asiento, descorrió el cerrojo
y abrió. Era un lacayo. El infeliz, con el semblante blanco como el yeso, sin
soltar de sus manos una silla de montar, cubierta de terciopelo azul, fue a
arrojarse a los pies de su señor.
—¿Qué sucede?—preguntó mal despierto el hidalgo.
—Es don Pedro, don Pedro que me busca para
acuchillarme. ¡Agora llega, ahí está!—agregó el lacayo, señalando hacia el
corredor y temblando de pies a cabeza como endemoniado.
En efecto: instantes después, entró el hijo
segundo, loco de ira y la boca contraída por una mueca de exterminio. Al topar
con el sacerdote levantó la mano derecha hacia atrás y la lumbre del candil
hizo centellear, en el aire, su larga espada desnuda.
El Señor de San Vicente meneó de un lado a otro la
cabeza, con sonrisa agria, dolorosa. Entonces el segundón acercose al lacayo y
pinchole el rostro con el acero.
—¡Teneos, en nombre de Cristo!—gritó reciamente el
canónigo, asiéndole el brazo.
El mancebo se contuvo y envainó la hoja de golpe,
mientras el criado examinaba su propia sangre en los dedos.
—No bastaba que fuese yo el desheredado, el
estorbo, el hijo maldito, sino que agora les es permitido a los criados de mi
hermano hacer mofa de mí—rugió el segundón, mirando de hito en hito a su padre
y recorriendo a trancos la cuadra.—Vuestra es la culpa, señor, que me habéis
rebajado a la par de la servidumbre. El mayorazgo, los honores, las caricias,
todo es poco para Gonzalo. Precisáis, además, cubrille de joyas, como a un
santo milagroso, dalle todo lo bueno; el mejor caballo, la espada más rica, y
gastar en sus galas más de lo que podéis. ¡Oste! Ha poco le disteis el medallón
de los rubíes, luego vuestra daga de oro y un talabarte bordado, ¡y a mí nada,
nada!, y me dejáis andar por la ciudad pobre y andrajoso como un villanejo.
Para un hermano el festín, para el otro el hueso y la asadura. ¿No nos parió
¡voto a Cristo! el mesmo vientre?
Afeminando la voz de modo burlesco, continuó:
—Idos a América o a Flandes, hijo mío, o entrad más
bien en la Iglesia, y os daremos nuestra capellanía de Santa María del
Castillo, en Madrigal: es lo que me decís todo el año. Pero aquesto no basta.
Sabéis harto bien que soy amado de Beatriz desde niño y queréis asimesmo que le
deje la dama a mi hermano. Es con ese pensamiento que me dejáis podrir sobre
las carnes estas ruines bayetas, para que no pueda mostrarme ante mujer alguna.
Mirad esta espadeja si no parece de vil estudiante. ¡Ah!, pero ruda y basta
como es, sabrá vengar el entuerto. ¡Oste! Hace un año, señor, que os pedí un
arnés para el rocín, y ni esto—exclamó, haciendo sonar la uña del pulgar en los
dientes.—Agora os llega este caparazón y, despreciando mi demanda, se lo
mandáis a él, que ya tiene sobrados. Todavía este puerco—exclamó señalando al
lacayo—me lo enseña de lejos con sorna; se lo pido para mirallo, y echa a
correr dando voces.
Don Felipe seguía moviendo, de tiempo en tiempo, la
cabeza, sin levantar la mirada.
—¡Ah, señor!—prosiguió el segundón—la postre no os
sabrá tan dulce como esperáis, ¡No! ¡No!—gritó bruscamente, golpeando con el
tacón en el suelo y dando dos alaridos que resonaron de trágica manera,
semejantes a la voz de un demente. Una de sus calzas se desató, dejando desnuda
su pierna muy blanca y vellosa.
Esta vez el hidalgo se atrevió a decir:
—Calmaos, hijo; es la dura ley de la nobleza: sois
el segundo. En cuanto a Beatriz, vos mesmo sabéis que ama a Gonzalo desde la
infancia.
El mancebo fue a ponerse casi en cuclillas delante
de su padre, y cara a cara, con los ojos fulgurantes y con voz ronca, aciaga,
terrible, volvió a gritar:
—¡No! ¡No!…
En ese momento entraba el hijo mayor. Su venera, su
espada, el joyel de la gorra, chispeaban en la penumbra. Al moverse dejaba oír
rumores de metal y de seda.
—Seguro estoy—dijo soberbio, increpando a su
hermano, después de haber saludado al canónigo—que reñíais a nuestro padre.
—Así es verdad—contestó el hidalgo;—me reñía porque
os enviaba ese caparazón, con que me obsequia el alcalde de Toledo.
El lacayo se adelantó a ofrecérselo. Las armas de
la familia estaban bordadas, a uno y otro lado, con sedas multicolores, sobre
el terciopelo turquí, y, en toda la tela, el aljófar perlaba como cuajado rocío
los arabescos de plata y de oro.
Ante aquel precioso jaez, el mayorazgo olvidó un
momento a las personas que le rodeaban y pareciole verlo recubriendo su caballo
valenzuela. El rostro de Beatriz, tras las celosías cruzó por su espíritu.
Luego, como despertando:
—Dejalde, padre, que se atosigue con su propia
ponzoña—exclamó.—Peor para él si no sabe aceptar su condición.
Esta frase, lanzada con arrogante menosprecio, fue
como un fustazo en las orejas de un tigre. El segundón, tendiendo en el aire
sus manos crispadas por el ansia fratricida, lanzó de su boca fiero torrente de
insultos y amenazas incomprensibles; mientras el mayorazgo, inmóvil y
descolorido, le miraba con sonrisa convulsa, la mano derecha en la daga.
De pronto, al escándalo de las voces, doña Urraca,
la mujer del hidalgo, apareció en la puerta cual brusca visión. Todos volvieron
el rostro hacia ella. Un silencio glacial se produjo en la estancia. ¡Hembra
grave y hermosa! Una red de perlas le aprisionaba el retinto cabello. Su tez
era pálida y morena, su empaque soberbioso. Hubiérase dicho una flor de hierro.
—¿Qué pensará vuesamerced—exclamó, dirigiéndose al
lectoral—de tamaña vergüenza?
Luego, encarándose con su esposo:
—Nada de esto sucediera si no fuese vuestra
cobardía. Poco falta ya para que nuestros hijos se acuchillen en vuestras
barbas.
El hidalgo bajaba cada vez más la cabeza, y sus
manos frotaban nerviosamente los brazos del sillón.
Doña Urraca prosiguió:
—¿Qué sangre villana lleváis en esas venas, señor,
que no os deja volver por la honra de vuestra casa?
Herido por aquel ultraje, el hidalgo atiesó de
pronto su cuerpo.
—Ya os he dicho mil veces, señora—replicó
levantando la frente y mostrando sus ojos humedecidos,—que mi sangre es tan
clara y tan limpia como las mejores de España. El señor canónigo que está aquí
presente, y que conoce harto bien mi abolengo, podrá atestiguallo. ¿Por
ventura—agregó poniéndose en pie—es cosa de nada un linaje que viene de Sancho
de San Vicente y de doña María de la Cerda, y que cuenta con dos condestables
de Castilla?
Su mujer le respondió con una sonrisa,
entreabriendo apenas un extremo de su boca. En seguida, y habiéndose despedido
del lectoral, levantó su preciosa mano, exornada de randas, y, mirando en los
ojos a los mancebos, díjoles con imperio:
—Vosotros seguidme.
Volvió las espaldas, segura de ser obedecida, y
desapareció. Los dos hermanos se fueron tras ella, y durante unos segundos
oyose alejarse por el corredor el golpeteo de las espuelas.
Cuando el canónigo, ansiando retirarse, preguntó a
don Felipe si podía decentar, desde luego, el asunto de la pesquisa, el cuitado
señor tardó un buen rato en darse cuenta de la consulta. Meneó, por fin, la
cabeza afirmativamente y le dijo que ponía, del todo, en sus manos aquella
delicada misión.
Al hallarse de nuevo, sin testigos, don Felipe sacó
de la faltriquera un viejo rosario y, besando la cruz repetidas veces, púsose a
sollozar como una mujer.
El lectoral pasó toda la noche con la pupila
abierta en la obscuridad, como un búho. Imposible dormir, y en todo su cuerpo
una comezón inusitada. No era la conocida mordedura de las bestezuelas
habituales. No. Era un ardor en la sangre, un hormigueo de voluntad, de
impaciencia.
Antes del primer canto del gallo, descorrió las
mantas del lecho, y en un santiamén, con verdadera brevedad eclesiástica,
hallose vestido. Cogió entonces sus Horas Canónicas, y, como solía hacerlo a
menudo, descendió a la iglesia para subir en seguida a la segunda plataforma
del almenado Cimborio, que forma a la vez el ábside de la Catedral
y el torreón más ancho y más fuerte de la muralla.
Era a fines de abril. El hálito del alba apaciguó
en todo su ser la irritación del insomnio, como una ablución de rocio.
La niebla tomaba en torno vago irisamiento, cual si
el amanecer encendiera su primer rubor en el naciente.
No se escuchaba rumor alguno. Avila dormía.
La esquila de algún convento dio un toque tímido,
quedo, necesario.
El canónigo aspiraba con delicia un olor de piedra
húmeda y de hierbas invisibles que sus pies hollaban al caminar.
Algunas formas rectangulares iban apareciendo, aquí
y allá, como suspendidas en la atmósfera. Los techos insinuaban su confusión en
tonos lechosos, más o menos intensos. El canónigo sentía nacer y flotar una
confianza nueva, una bondad respirable, una media luz gozosa y virginal, que él
asemejaba a la claridad que la eucaristía difunde en el alma.
Las torres y contrafuertes del templo fingían
majestuosa visión entre el cendal de la aurora; y, a uno y otro lado, los cubos
de la muralla se alejaban, solemnes y espectrales, cada vez más vaporosos,
hasta desaparecer por completo. El canónigo sintió, como nunca, la evocación
legendaria de las almenas. Galaor, Esplandián, Amadís, Lanzarote… desfilaron.
Era la hora en que los caballeros andantes dejaban los castillos. Sus armaduras
reflejaban la claridad nebulosa…
Un gallo cantó.
Hizo a un lado el recuerdo de aquellas historias
dominantes, que le habían robado tantas horas de oración y de estudio, y, como
no era fácil leer aun el Oficio, dejó de caminar y apoyó el codo en la piedra.
Junto a él, sin miedo alguno, gorriones entumecidos
se secaban el plumaje sobre el parapeto. Otros se tomaban del pico
amorosamente. Ya se distinguían, a pocos pasos, las rojas amapolas y las
borrajas azules, abriendo sus pétalos entre las hierbas infinitas que crecían
sobre el adarve, con más vigor que en el campo. La niebla comenzó a disiparse,
a hacerse más nacarada, más diáfana. Luenga barra purpúrea se encendió en el
naciente, comparable a un alfanje de cobre.
En la ciudad las callejuelas se ahondan. El palacio
del Arzobispo destaca, en torno del patio, su enorme techumbre. La piedra roída
de la Catedral, las enormes almenas redondeadas por los siglos se tiñen de
aurora.
Bien pronto el canónigo ve aparecer, a lo lejos,
sobre las colinas, las sombras grises de los campesinos que se dirigen al
Mercado Grande, junto a San Pedro.
Comienza extenso rumor, cantos de corral, golpes de
martillos en las bigornias, crujir de cerrojos, voces indefinidas.
El sol acaba de asomar sobre el perfil de un
collado. Es un ascua desnuda, atizada, flamígera, ígneo carbunclo, que lanza
hacia lo alto dos rayos sublimes. El lectoral recuerda los dos cuernos de llama
de Moisés; y resuenan, al pronto, en su memoria los versículos de la Escritura
que dictan la ley elemental y el deber de castigar a los adoradores del
becerro.
—He aquí—exclama—que el Señor se sirve agora de
este signo, harto elocuente, para incitarme al castigo del pueblo avariento y
blasfemo de Mahoma.
Una gran emoción sagrada dilata su fantasía. Va a
cumplir un santo deber; y quién sabe si al encomendar a Ramiro la importante
misión no le encamina derecho a los más grandes honores.
Desde algún tiempo, el canónigo cifraba toda su
esperanza en aquel mancebo de alto linaje, que él venía adiestrando para
llevarle después como halcón en el dedo. El señor de San Vicente había dicho
que comunicaría el resultado de las indagaciones a la Junta de Madrid. ¿No
sacaría él mismo de esta empresa el báculo y la mitra?
No habían sonado aún las doce campanadas de
mediodía cuando Vargas Orozco mandó en busca de su discípulo.
Sentáronse en un escaño de la sala capitular.
Ramiro escuchó a su maestro con la sumisión
acostumbrada. Vivaz, enérgica, perentoria fue la consigna. Debía recorrer a
menudo el arrabal de Santiago, introduciéndose en los patios, en las posadas,
en los bodegones, hasta sorprender alguna plática reveladora. Era preciso
hallar, cuanto antes, el rastro, y caer de sorpresa, en flagrante conspiración,
aunque se arriesgase la vida. Terminó con estas palabras:
—Alguien opina que, a fin de no ser sospechado,
conviene simular un amorío. Pensad, de todos modos, que lo haréis con un santo
propósito.
Habían dejado la sala capitular y caminaban ahora
por las naves de la iglesia. El canónigo volvió a decir:
—Tomad ejemplo, hijo mío, de estos graves sepulcros
do descansan aquellos varones antiguos, que ponían a riesgo diario su vida por
servir a Dios y ennoblecer su linaje. Miradles sucederse, desde tiempos
remotísimos, trabados como vértebras y traspasándose unos a otros ese tuétano
de la honra que agora se alberga en vos mesmo.
Ramiro sintió un calofrío. Era la virtud habitual
de aquel vocablo que acababa de pronunciar el canónigo: ¡la honra! Divinidad
vaga, de confusos mandamientos; pero cuyo solo nombre le hacía latir más ligero
el corazón y le encendía puntilloso calor en el rostro. Su rosario, envuelto en
la guarnición de la espada, golpeaba el metal con las cuentas.
—Esto que agora emprenderéis—agregó el
lectoral—será en servicio de la santa Iglesia de Cristo. Si queréis llegar muy
lejos, dejaos conducir por ella, sin examinar demasiado la postura o la senda
que sus sabios designios os indiquen.
Pasando por una puerta del crucero entraron en la
claustra.
En el patio el sol ardía sobre las piedras, y la
extraña crestería plateresca destacaba su cárdeno granito sobre el índigo
ardiente del cielo. Insectos transparentes se levantaban del herboso jardín y
navegaban en la luz.
Bajo las bóvedas, junto a la capilla de las Cuevas,
dos alarifes, rompiendo un trozo de pared, acababan de descubrir un sepulcro.
Ramiro y el canónigo se acercaron. No había inscripción alguna; sólo un tosco
relieve que representaba a Nuestra Señora y al Niño, como si aquello bastase en
la muerte. Nuevo golpe de piqueta ahondó la abertura, y una nubecilla
cenicienta levantose como el humo en el aire. Uno de los obreros introdujo la
mano y sacó un pequeño objeto de metal. Era una espuela, un acicate verdoso y
roído. El canónigo tomolo respetuosamente en la mano, y levantándolo hasta el
morado rayo de sol que entraba a través de la vidriera, comenzó a decir, como
alguien que delira:
—¡Cuántas veces una aparición de alquiceles en el
horizonte le habrá hecho batir el ijar, heroica y sanguinaria! He aquí, Ramiro,
el emblema de la caballería, el blasón de la bota y la sonaja del honor. Su
solo ruido en las losas ennoblece toda la traza del hidalgo.
Sonriose un momento, mostrando su fuerte dentadura,
y luego, con gesto grave y casi compungido, prosiguió:
—¡Lástima es que algún epitafio, docto y elegante,
no nos diga la casa y los honores del antiguo caballero, cuyas son estas
cenizas!
Por fin, entregando la espuela, para que fuera
colocada otra vez en el sepulcro, terminó de este modo:
—Vuelve a descansar con los huesos de tu dueño,
reliquia de la vieja honra cristiana, mientras nosotros rezamos una oración por
el alma desconocida, que seguirás ennobleciendo en la muerte.
Quitose el sombrero, e inclinando la cabeza, musitó
una plegaria. Ramiro le imitó.
El comienzo de la difícil empresa vino a recoger su
desparramada energía. Hasta entonces, Ramiro divagaba por el mundo desmesurado
y quimérico de las ambiciones nacientes. Pasábase las horas y las horas
imaginando hazañas inauditas o exaltando ansias de imperio y de grandeza, que
él miraba luego colmarse una a una, a lo largo del porvenir, como tinajas de
subterráneo tesoro.
El recogimiento extremaba su fiebre. No contaba con
un solo compañero de su edad. Desde temprano, a pesar de la oposición de su
madre, buscó el trato de algunos mancebos. Llegó a conocer a un Núñez Vela, a
un Valdivieso, a los dos hermanos Rengifo, a Diego Dávila, a Nuño Zimbrón. Soñó
con amistades heroicas, fue todo franqueza y ardor, ofreciendo, sin ambages, en
rebosante copa, la lealtad de su pecho; pero no tardó en advertir que sigiloso
encono crispaba todos los labios en su presencia y que su mano calurosa no
estrechaba sino dedos laxos y fríos. En cambio, los demás se agasajaban entre
ellos, y aquella hostilidad común hacia él, aquella tácita conspiración,
parecía estrecharles mayormente.
—¿Por qué? ¿Por qué?—se preguntaba sin cesar con
varonil mansedumbre y sin querer pensar en la venganza,—¿por qué no me ha sido
dado lograr esa cordialidad que se le brinda a cada paso a un imbécil y a veces
a un malvado, a un felón?—No maliciaba aún el peligro de aquel ingenuo aliento
de orgullo y de fuerza a que todas sus frases trascendían.
Por fin, paseándose una tarde por la Rúa, con
Miguel Rengifo, el único amigo que le quedaba, díjole en un momento de afectivo
calor:
—Si yo medro, Miguel, e después de algún hecho
señalado me hacen gobernador de una plaza, os he de llamar junto a mí para
haceros mi primer capitán.
Rengifo, a quien todos llamaban el enano,
por su mezquina estatura, giró sobre sus talones y respondió con enfado:
—¿Y por qué no he de ser yo quien medre, e os llame
junto a mí, e os haga mi capitán?
Aquel amigo no volvió a presentarse. Ramiro
embozose entonces una y dos veces en su propia altivez, y aceptó la soledad,
volviendo la espalda.
Día a día, cada vez más alerta, visitaba Ramiro el
arrabal de Santiago. El temor del peligro le había dejado para siempre desde
los primeros años de mocedad. Consideraba ahora, con fatalista desenfado, la
propia vida y la ajena. El orgullo de su misión vino a duplicar su ardimiento.
Era un agente de Su Majestad, portador de grave secreto de gobierno. Quién sabe
si no se le había escogido deliberadamente, desde la Corte, con la traza de una
casual designación. De todos modos, aunque así no fuera, el monarca oiría muy
pronto su nombre.
A veces, al caminar por las revueltas callejuelas
de la morería, imaginaba haber descubierto toda la trama de la conjura, y
parecíale ver ante sí la figura sobrehumana de Felipe Segundo, acercándose
gravemente y echándole al cuello la venera de un hábito.
Salía mañanero, sin mula ni lacayo, y vestido de
ropas sencillas que no atrajesen la mirada; pero llevando, eso sí, la hermosa
espada templada en Toledo, con que le había obsequiado su tío abuelo don
Rodrigo del Aguila, una daga de provecho y el consabido coleto de ante, por
debajo del jubón.
Dejaba casi siempre la ciudad por la puerta de
Antonio Vela, y simulando un andar ocioso y errante, bajaba por algún atajo de
la cuesta del mediodía. En el reducido arrabal de Santiago había más tráfago y
rumor que en la ciudad entera. La fecundidad de la raza palpitaba al aire y al
sol. Los encalados zaguanes vomitaban hacinamientos de chiquillos casi
desnudos, sobre la sucia calzada. Se comerciaba a gritos. A cada instante
estallaba una gresca. Oíase el continuo rumor soñoliento de tornos y telares, semejante
al de populosa plegaria en alguna mezquita.
Los hombres vestían casi todos a la española;
algunos llevaban gregüescos de lienzo, como la gente de mar. Las mujeres, saya
de colores aldeanos y juboncillo corto. Era placentero ver llegar por las
callejas la figura ondulante de una joven a veces descalza; pero luciendo, sí,
en su primoroso peinado alguna rosa amarilla o algún sangriento clavel,
prendido con garbo en las trenzas. Su cadera se ofrecía y se esquivaba al
andar. Su sonrisa era mejor que los collares. Los hombres se detenían para
contemplarla. Algunos la susurraban al oído palabras en algarabía. Otros
levantaban la cabeza y sorbían el aire como camellos, libidinosamente.
Sin preguntar el precio, arrojando sobre el tablero
alguna moneda excesiva, Ramiro solía comprar un perfumado jubón para alguna
mozuela, o zapatos infantiles con que después obsequiaba a las madres moriscas.
Comenzó sus paseos con el corazón encogido por el odio; pero, poco a poco, su
misma caridad, aunque fingida, sus mismos gestos protectores, y la dulzura que
recogía de todo los rostros, le fueron ablandando la entraña y haciéndole
descubrir, a cada paso, nuevo embeleso en aquella vida graciosa y sensual de
los musulmanes.
Los bodegones eran los mejores sitios de espionaje.
El más concurrido se levantaba frente a la iglesia de Santiago. Dirigíalo un
morisco a quien llamaban el Nazareno, por su semejanza quizá con
algún Crucifijo muy barbado y negruzco de las ermitas. A las diez de la mañana
o a las seis de la tarde, caía a aquel figón toda clase de gentes. Trajineros
que dejaban en el patio el macho y el botijo, labradores del valle que entraban
secándose con todo el brazo el sudor de la frente, zapateros, olleros,
caldereros y tejedores del arrabal. Ramiro cruzaba también las piernas sobre el
esparto, y pidiendo cualquier golosina, poníase a observar por debajo del aludo
sombrero. Cierta mañana pasó al trascorral y vio matar una ternera con la
cabeza dirigida hacia el naciente. Dos ancianos inclinaron el rostro
balbuceando una oración, y, al notar que aquel mancebo no se inclinaba como
ellos, le miraron con asombro. Ramiro se retiró orgulloso del secreto que
acababa de sorprender; pero no tardó en advertir que los alguaciles que caían
al figón presenciaban a menudo aquellos ritos diabólicos, y que el
Nazareno los cohechaba con solo un rubio y chispeante buñuelo, recién
sacado de la sartén.
Ramiro acabó por atraer la atención. Le hablaron en
algarabía y no pudo contestar. Varios gañanes de la dehesa le reconocieron y,
desde entonces, las miradas se tornaron cada vez más hostiles.
Una tarde, de vuelta a su casa, al pasar junto a
unos árboles, por detrás de la iglesia de Santa Cruz, oyó de pronto una fuerte
detonación y a la vez breve silbido que pasó por encima de su cabeza. Volvió la
mirada. A su izquierda, blanca y redonda nubecilla flotaba en el aire. Le
habían disparado un arcabuzazo. Desenvainó la espada y recorrió velozmente el
paraje en todo sentido. No había nadie. Al continuar su camino y al descubrirse
instintivamente, advirtió, a uno y otro lado de la cumbre de su sombrero, dos
agujeritos redondos.
No dejó por eso de volver al bodegón del arrabal.
Los moriscos le recibían ahora con extraño semblante, hablándose entre ellos.
Cierta vez le invitaron a beber, ofreciéndole un vaso lleno hasta el borde. La
idea del hechizo o del veneno cruzó por su espíritu. Iba a aceptar, sin
embargo, cuando un personaje venerable, vestido como caballero y luciendo en el
cinto corva daga cubierta de pedrería, se levantó súbitamente del más obscuro
rincón y, una vez junto a él, le dijo, deteniéndolo el brazo:
—Beba vuesamerced en esta taza, menos indigna de un
hidalgo.
Y ofreciole su obscura taza de acero, llena
también, y ornada de hermosa ataujía de oro purpúreo.
Ramiro bebió resueltamente, confiado en su destino.
El hombre de la daga miró a los demás con expresión
inexplicable.
No era nuevo su rostro para Ramiro. Recordaba
haberlo visto repetidas veces en su vida y, en ocasiones, había regresado a su
casa preocupado con aquel encontradizo, que se cruzaba con él, tan a menudo, en
las puertas de la ciudad. ¿No sería el mismo personaje misterioso que había
dado muerte al jabalí, en aquella partida de caza?…
Ramiro, al dejar la pastelería, iba comparando en
su memoria el semblante del hombre con la figura casi desvanecida de su
recuerdo, representándose, a la vez, toda la escena lejana…
Haría cosa de diez años. Don Alonso Blázquez había
invitado a una cacería a muchos caballeros de la ciudad. Ramiro y su madre
asistieron. Era un día de octubre. El iba con otros mancebillos entre las
damas, y parecíale verlas todavía vestidas de terciopelo verde o leonado, y
galopando en sus hacaneas, por los campos luminosos, en seguimiento de los
hidalgos.
Bravo jabalí, volviendo de los cebaderos, logró
traspasar la fila de cazadores; luego, atravesando un seto compacto y espinoso,
entrose por un bosque de encinas, en dirección a la sierra. Soltadas las
traíllas, los perros alcanzaron a la res y consiguieron pararla, a corta
distancia, mientras los monteros buscaban vanamente un boquete en el vallado.
Entretanto, a cada navajada del puerco, aculado contra un árbol, rodaba un can
por el suelo, derramando las tripas. La lucha se hacía cada vez más feroz. Los
alanos le asían de las orejas, los ventores de las patas traseras, los
perneadores de donde podían, y no era posible ayudarlos. Las damas gemían al
ver morir, uno a uno, a los hermosos lebreles amarillos y blancos. De pronto un
caballero, venido quién sabe de dónde, pasó hacia la derecha de la comitiva
sobre lustroso corcel y, haciéndole tomar un impulso inverosímil, saltó del
otro lado del cerco. Echó pie a tierra en seguida, y, desviando a uno de los
ventores, asió con una mano el cerro de la fiera metiéndole con la otra el
puñal por los sobacos. El jabalí se desplomó; y el caballero, volviendo a
montar, y saltando otra vez el vallado, saludó con la gorra a las damas,
alejándose a escape. Su gran capa amarilla flameaba en el viento, como bandera
que se lleva el enemigo. Todos le miraron atónitos. Ramiro recordaba que su
madre, no habiendo visto nunca una cacería, se desmayó; y parecíale ahora que
aquel cazador misterioso no era otro que el personaje que acababa de ofrecerle,
en el figón, su vaso de acero y de oro purpúreo.
—¿A qué pensar en esto?—se dijo por último.—Lo que
importa es que estos perros sospechan y buscan el modo de librarse de mí. ¡Un
amorío! Sin esta máscara no podré continuar.
Algunos rostros de tejedoras, de fruteras, de
simples mozas de cántaro, desfilaron por su mente.
El sol se había puesto. Las calles estaban
desiertas. Un rumor de celosías resonó junto a él y, antes de que pudiera
admirar la blancura de un brazo, cargado de brazaletes, que asomó entre las
maderas, una flor, un rojo y ancho clavel, golpeole con viveza en el rostro.
Ramiro se acercó a atisbar por la abertura. No se veía sino la hueca lobreguez
de una estancia. Sin embargo, escuchábase por momentos una risa tenue y
temblorosa comparable al ceceo del agua en las fuentes.
Después de esperar en vano, subió hacia la ciudad.
El torreón del Alcázar destacaba su sombra formidable sobre el cielo límpido y
verdoso. Era casi de noche.
Al día siguiente, Ramiro descendió, como de
costumbre, por la cuesta de Santa María de Gracia y dirigiose a los sitios más
frecuentados del arrabal de Santiago, dispuesto a escoger su aventura.
Bajo aquel mediodía radiante de junio, la plaza del
Rollo presentaba el aspecto de un mercado berberisco.
Hacia el poniente, en una callejuela entoldada, se
aglomeraban, a la sombra, sobre el suelo, las vistosas mercaderías. Un anciano,
vendedor de perfumes, aspiraba él mismo sus pomos, fingiendo indecible deleite
para tentar a las mozas. Ramiro cruza aquel sitio y advierte algo más lejos un
tumulto de curiosos que se agolpa junto a las carnicerías.
—Alguna gresca de matarifes, alguna muerte—se dijo.
Pero luego recordó que era sábado, y que aquel día
de la semana los jiferos moriscos, siguiendo vieja costumbre, tenían la
obligación de alimentar a su costa a las aves de caza de los señores de la
ciudad. Había presenciado muchas veces la escena, siendo niño. Se acercó.
Era un gran corro de gente, como el que rodea a los
juglares y bailadoras.
Los moriscos iban y venían trayendo la carne en
espuertas o cacharros, mientras los impávidos halconeros esperaban,
tranquilamente, junto a las aves. Debía ser harto grande la pasión de los
avileses por la caza de altanería, a juzgar por aquel sinnúmero de pájaros.
Veíanse neblíes, de dedos luengos y finos, que
miraban con altivo desprecio el varal y querían ser llevados siempre en la
mano; harto halcón zorzaleño, con la pinta amarilla como gota de azufre, y las
patas cargadas de cascabeles para aturdirles el ardor; cenicientos alfaneques
de Tremecén, de pupila siniestra; sagres de Asturias con plumas entre los
dedos; gerifaltes de Noruega, blancos como gaviotas; y uno que otro de aquellos
que llamaban letrados en Castilla, por sus alas escritas, a lo
ancho, como las fojas de un libro. Había también melancólicos laneros de
Galicia, baharís de Mallorca, rubios tagarotes de Berbería; y no faltaban, por
cierto, los ilustres gavilanes de Pedroche, que sólo se dignaban caminar sobre
un paño de tinte vistoso. Los azores abundaban. Azores de Noruega, de Cerdeña,
de Esclavonia; y aquellos que hizo traer de Algeciras don Alonso Blázquez
Serrano, más chicos que los otros, pero que bajaban dos ánades a un tiempo y
apresaban la liebre sin la ayuda del galgo.
Allí dos halconeros, por distraer a la muchedumbre,
le ponían y le quitaban el capirote a un rabioso gerifalte. Aquí otro, con la
librea de los Dávila, soltando la lonja a un azor, le dejaba subir en los
aires, para hacerle descender en seguida con presteza, agitando el señuelo en
forma de codorniz.
Ramiro observó con admiración aquellas aves
sanguinarias, aquellos pájaros taciturnos y crueles, pavor de las raleas y
únicos dignos de posarse sobre el guante de un rey. Eran los hidalgos de la
innumerable volatería, los conquistadores, los capitanes, la prez de los aires.
El pico famélico, la uña feroz, el ala épica y rauda, lanzábanse sobre
cualquier pajarote, por temible que fuese, y parecían complacerse en las
heridas monstruosas que recibían a menudo en las alturas. Sin habérselo
formulado jamás, el mancebo reconocía un emblema de su ánimo en aquellos
avechuchos que, aun dormidos sobre la percha, lanzaban, a uno y otro lado,
picotazos bravíos, soñando en presas imaginarias.
En cierto instante, sintió que le tocaban el
hombro, y, al volver la cabeza, hallose con una figura que no se había borrado
de su memoria. Los mismos collares la adornaban; pero vestía un ropaje menos
haraposo y siniestro que el de aquella tarde, junto a La Encarnación. Era la
anciana a que él llamaba en su recuerdo: la hechicera.
—¿No vos fizo daño, ayer noche, el clavel?—preguntó
la mujer, mirándole en el rostro con azucarada sonrisa.
Luego, misteriosamente, bajando la voz:
—¡Si la vieses tú! Es la hembra más hermosa de
Castiella. No hace más cosa en el día que perfumarse e cantar.
El mancebo recordó el incidente de aquella flor que
una mano de mujer habíale arrojado al rostro la víspera. La anciana continuaba:
—Es hurí del cielo más alto. Si te place tratalla,
vente agora a la zaga de mí, sin hablarme.
Ramiro la siguió desde lejos.
Cuando hubo llegado a la puerta de una casa algo
apartada, la mujer llamole con vago ademán. Entraron en un patio miserable. Los
pilares eran de negruzca y carcomida madera. Añoso granado retorcía su ramaje
junto a un aljibe. La cal reverberante, el azul denso del cielo, y las flores
rojas de las malvas en las ventanas formaban hechicera desarmonía. Atravesaron
cuadras atestadas de camas y traspontines, como en los ventorrillos morunos.
Sin embargo, algunos crucifijos en las paredes y una que otra Virgen de talla
sobre los bargueños, hacían pensar en una casa cristiana.
Al cruzar otro patio, toparon con una silla de
manos cerrada por cortinas de cuero. La anciana dijo entonces que, para llegar
hasta la hermosa del clavel, era forzoso dejarse conducir en aquel encierro a
otra casa de la morería. Ramiro hizo con los hombros y el labio doble gesto de
indiferencia. A una voz de la mujer llegaron dos silleteros con sus anchas
correas. El mancebo no quiso meditar demasiado el grave peligro que corría al
entregarse de aquel modo a cualquier treta criminal, y entró en la silla sonriendo.
Los cueros estaban cosidos entre sí, de tal suerte que no dejaban penetrar el
más débil rayo de luz. La silla avanzaba. Por fin, después de largo lapso de
tiempo, difícil de apreciar, se detuvo.
Ramiro, al descender, hallose en una cuadra ruinosa
y obscura. La anciana vendole los ojos con negra tira de lienzo y, tomándole de
la mano, comenzó a conducirle a lo largo de algún corredor subterráneo, a
juzgar por el frío que sentía en las espaldas y el olor terroso del ambiente.
Recordó pasajes semejantes que había leído en las
historias de caballería, y pensó que todo aquello debía ser el principio de
algún episodio memorable, digno de ser recordado en los venideros tiempos.
—Si mi constelación—decíase ahora a sí mismo—no
anuncia que he de morir de esta guisa, todos los ardides serán vanos. Si, por
el contrario, éste ha de ser mi acabar, ¿a qué resistirme?
Bajaron algunos peldaños y la anciana silbó junto a
él. Oyose entonces un cerrojo que caía y el rechinar de la puerta. Tenue
resplandor embebió el lienzo que llevaba sobre los ojos y un fuerte sahumerio
embriagó su sentido.
Desceñida la venda por los dedos de la mujer,
hallose en árabe estancia con azulejos en las paredes y techo de maderos
entrelazados. Un hombre obeso, vestido de larga túnica azul, se alejaba. Había
viejos divanes contra los muros, alcatifas y sofras sobre el piso de mármol,
dos arcos policromos y dorados hacia el fondo; y aquí y allá algunas
tablecillas incrustadas de marfil y de nácar. Sobre una de ellas, un sahumador
de cobre desprendía tres hilos acelerados y rectos de perfume. La mujer,
dejándole solo, se internó por las otras habitaciones gritando:
—¡Aixa! ¡Aixa!—en el silencio.
Al volver, acercose a la pared, y desprendiendo
sutilmente una tabla pintada, quitó de aquel modo el tabique interior de una
hornacina, abierta en todo el grueso del muro. De esas hornacinas que un arco
minúsculo decora, y donde los musulmanes guardan, llenas de agua escogida,
ánforas, más o menos hermosas, cuyo consuelo cantan las inscripciones en
voladoras alabanzas que suben hasta los astros. En aquel momento sólo aparecían
en su interior dos babuchas femeninas color de cinabrio. A un gesto de la mujer,
Ramiro, quitándose la gorra, introdujo la cabeza, y miró hacia la estancia
contigua. ¡Pareciole soñar!
Era un cuarto de abluciones, lleno de paz secreta y
somnífera. La luz sólo entraba por algunos agujeros de la bóveda, a través de
gruesos cristales en forma de estrellas que imitaban el color del carbunclo,
del zafiro, del topacio, del berilo. Hacia la parte opuesta, veíase una alcoba
profunda cubierta de almohadas, para saborear la languidez que sucede a los
baños.
Pero no era la ancha pila cavada en el centro de la
estancia y revestida de mármol, ni los cristales en forma de estrellas, ni los
almadraques de terciopelo y de brocado lo que el mancebo observó con avidez
sino la desnuda belleza de una joven sumergida en el agua.
La quietud dejaba flotar o embeberse la suelta
cabellera, enrojecida por el hené; cabellera esponjada y enorme que hacía
pensar en los copos destinados a tejer todo un manto. Algunos mechones, que
conservaban la oleosidad de los ungüentos, pendían de uno de los bordes. ¿Era
también su guedeja o las serpientes fascinadas de algún extraño sortilegio?…
Ramiro admiró la dulzura de los párpados orlados de sombra, bajo las cejas
alargadas por el kohl; y aquella rara sonrisa, aquella sonrisa de ensueño, que
estremecía levemente sus labios, como si un vuelo invisible mantuviera sobre
ellos cosquillosa frescura.
De pronto, la mujer abrió los ojos temerosamente, y
sus grandes pupilas se dirigieron hacia el mismo sitio del muro en que se
hallaba Ramiro. El, sin embargo, no había hecho el menor movimiento.
En ese instante, una criada, vestida sólo de
angosta falda verde y amarilla, presentose en la estancia, apoyando en sus
morenos pechos desnudos un dorado azafate, sobre el cual venían los pomos, los
botes, los pinceles, las tenacillas y otros menudos objetos que el mancebo no
alcanzó a distinguir. Poco después, arrodillada al borde del baño, púsose a
disolver sobre el cuerpo de su señora una substancia rosada y corrediza, que
desprendía almizclado perfume. La joven se estremeció de pronto, como un pez sorprendido,
entreabriendo luego los labios, cual si aspirara en el ambiente un ansia
diseminada; y sus ojos volvieron a mirar hacia la misma parte del muro.
Por fin, se incorporó; y la empapada cabellera
estirose fuera del agua, rígida, pesada, rumorosa, al modo de las algas, cuando
la ola desciende.
Entonces aparecieron, en su intacta firmeza, los
dos fuertes pechos bruñidos y cuasi dorados como copas de ámbar; y el mancebo
sintió correr por toda su carne la tentación de aquella cintura cogida y de las
abultadas caderas, irisadas por la humedad y la penumbra.
La mujer caminó hacia la alcoba, con claro rumor de
ajorcas y brazaletes, dejando la huella acuosa de sus pies en el mármol. Cuando
la criada la hubo secado prolijamente y desgrasado sus cabellos con una tierra
cenicienta, ella extendiose de espaldas sobre las almohadas y entregose, como
muerta, al pincel y al ungüento.
Poco después, el hombre de la túnica azul, que
Ramiro viera al entrar, presentose. Traía en sus manos navaja y bacía de
barbero. Acercándose, con celoso respeto, púsose a rasurar a la hermosa
morisca, según el uso de Oriente.
En ese instante, por encima de sus sentidos ávidos,
Ramiro escuchó en su conciencia un grito de indignación ante aquella práctica
lasciva de los baños y aquel culto libidinoso de la propia carne. La sublime
castidad, el ascético abandono, el desprecio y la mortificación del harapo
corrupto de nuestro cuerpo, la santa fetidez de los religiosos, los admirables
anacoretas, dejándose podrir las ropas sobre la piel, como un anticipo de la
sepultura: San Hospicio, comido por los piojos; San Macario, sumergido en el
cieno; Santa María Egipciaca, resecada por el sol como un cuero; Santa Pelagia,
habitando entre sus propios excrementos; Santa Isabel, bebiendo el agua de
lavar a los tiñosos; en fin: la sublime aspiración abriendo su corola de pureza
sobre el estercolero corporal; y luego la penitencia, la disciplina, el
cilicio, todo pasó por su mente como a la luz del relámpago.
Pero la severa visión no pudo persistir. Los
sentidos tiraban de las traíllas. El turbión de la virilidad apagaba la luces
interiores. ¡Allí estaba ante él una mujer hermosa y desnuda, a dos pasos de su
boca, de su juventud!
Dominado por aquella tentación, vibrando con ella,
cual un junco en el torrente, Ramiro no vio que la criada, describiendo un
rodeo, se dirigía a tomar las babuchas en el hueco del muro.
La mujer, al encontrarse en aquel sitio con una
cabeza humana, lanzó un grito de espanto.
Un momento después abriose la puerta que comunicaba
con la cuadra del baño, y el mancebo vio aparecer a la hermosa morisca, con los
cabellos retenidos por linda almadraba de hilo de oro y esmeraldas redondas. Un
blanco velo caía desde su cabeza hasta los anchos calzones de verde tafetán,
adornados con glandes. Sin mirar a Ramiro, acercose a la hornacina, haciendo
como que examinaba el ardid; luego, volviendo su rostro, arrojó su indignación
contra la anciana, en las sílabas guturales y fuertes de su algarabía. Denso
rubor, como el aterciopelado carmín de las rosas, coloreaba sus mejillas; pero
en seguida, al reconocer al mancebo, una sonrisa hospitalaria, hechicera,
talismánica, que mostró la blancura de sus dientes, tornó, al pronto, su
semblante claro y tranquilo como la luna.
—¡Ah!, ¿eres tú, señor don
Ramiro?—exclamó.—¡Bienvenido seas! Perdón, si ayer os hice daño con la flor, en
la calleja. Buscaba te la echar al sombrero.
—No me hizo daño la flor—replicó Ramiro,—pero sí
vuestra risa.
—¡Calla! Reía del gozo de verte a un palmo de mí.
Yo me estuve encogida cabe la reja, e no me catabas.
Volviendo a la cuadra del baño, ella extendiose de
pechos en la alcoba, ofreciendo a Ramiro una almohada para sentarse. Platicaron
largo tiempo. Era para el mancebo un coloquio extraño, casi fabuloso. La
sarracena preguntaba, sin cesar, como los niños. El fleco de medallas, que
colgaba sobre su frente, aumentaba el misterio de sus pupilas. A cada momento
ofrecíale a Ramiro en sus dedos, cargados de sortijas, algunas alcorzas; y ella
a su vez reía y reía al morderlas, reía como una mujer semibárbara, con cierta
animalidad incomprensible y deliciosa; mientras sus pestañas, larguísimas e
inquietas, parecían desprender ilusorio polvillo de lujuria y de nigromancia.
Cuando Ramiro hallose de nuevo en su casa, entre
los objetos familiares de su aposento, y, desceñida la espada, quitado el
capotillo, desajustado el jubón, se arrojó sobre la cama, pareciole que su
existencia se internaba en el enredo de una historia novelesca. Sentía ese
indeciso vivir, esa suspensión de contacto con la realidad, ese columpiamiento
sobre la vida, que producen en nuestro ser las grandes aventuras del alma.
Además, la tentación descabalaba su juicio, cortaba en pedazos sus ideas y no
las dejaba ligarse. En vano la conciencia quería formular el peligro que sus
sentimientos católicos habían de correr bajo el hechizo de mujer tan hermosa.
Bocas sin rostro, clamantes, agoreras, pasaban en la obscuridad interior
vociferando presagios indescifrables. El no quería escuchar y se burlaba de sus
recelos. ¡Estaba tan seguro de su profunda fe religiosa! Aun cuando fuera una
infiel, ¿qué importaba? Aquel deleite sería un instante, un guiño de ojo en su
vida. Saciado el deseo, sabría arrojar bien lejos el vaso, antes de llegar a
las hondarras. Y acaso, ¿no era dado esperar que aquella mujer le transmitiese,
entre una y otra caricia, el secreto que buscaba? ¡Ah!, entonces sí que estaba
seguro de la absolución del canónigo. «Pensad que lo haréis con un santo
propósito.» ¿No eran éstas sus mismas palabras? ¿No se le había aconsejado que
buscara un amorío para facilitar su comisión?
Volvió a la casa del arrabal, no una vez, sino
muchas. Comprendió que era inútil resistir. A toda hora, el perfume de la mujer
le embriagaba. Estaba en el ambiente, en su boca, en sus manos, en sus
vestidos. Era el dejo axilar, mezclado a un perfume de jazmín y de algalia. Sus
besos húmedos, anchos, tenaces, se le quedaban en los labios.
Ella no le hizo sufrir la tortura de una larga
impaciencia. A la segunda visita, después de perfumarse los cabellos, rindiose
con frenesí tan severo, que el amor parecía entre sus brazos acto ritual y
sagrado. Sus labios se entreabrían con doble sonrisa de deleite y sufrimiento,
como si hubiera querido remedar el primer goce doloroso de las vírgenes.
El imán de aquella sensualidad se fue haciendo cada
vez más potente. Ya era raro el día en que Ramiro no pasaba algunas horas con
Aixa. A veces, junto a ella, sentíase sobresaltado por una onda de tribulación,
que le arrugaba el sobrecejo y fijaba sus pupilas. Aixa, entonces, tomándole
los labios con los suyos, le reventaba contra los dientes un beso delicioso y
tibio como un dátil; y, cada vez, la sorprendente caricia le llenaba de
sensualidad y de luz todo el ser.
Por fin, olvidando por completo la investigación
que tenía que realizar, destemplado por el amor, relajado por la molicie,
Ramiro fue aceptando, insensiblemente, todos los refinamientos que constituían
la vida habitual de su manceba. Apenas llegado, Aixa tanteábale con horror sus
ropas velludas y espesas, ofreciéndole, en cambio, para aquellas horas de
placer, alguna vestidura de seda, alguna delgadísima túnica de cendal,
perfumada de almizcle.
Sus pies conocieron la holgura de las babuchas. Sus
cabellos el halago de la gaza, con que ella se los circundaba indefinidamente,
hasta prenderla por delante con empenachado joyel. Dejose friccionar por el
esclavo y extender sobre sus miembros las esferitas de perfume; dejose, por
gracia, obscurecer los párpados con el kohl; y su horror fanático hacia los
baños se fue desvaneciendo cuando su amada le inició en las dulzuras del amor
bajo aquella agua saturada de nardos, sobre la cual ella hacía deshojar puñados
de rosas, unas muy pálidas y otras como sangrientas, para simbolizar las dobles
delicias de su cuerpo.
A veces, espiando el momento supremo del ansia,
cuando las fuertes pupilas del mancebo tomaban un tinte nebuloso, a la manera
de las charcas en la tempestad, la morisca, desprendiéndose de sus brazos, le
preguntaba:
—¿Dasme también toda el alma? ¿Toda? ¿Tendrás el
mesmo amor e la mesma creencia que tu Aixa, tú?
Ramiro respondía que sí con la cabeza; pero como
ella, retirándose hasta el fondo de la alcoba, le demandaba de nuevo:
—¿Lo juras? ¿Lo juras?
El, buscándola, musitaba como ebrio:
—¡Sí; lo juro! ¡Lo juro!
Otras veces, en las horas de saciedad, la sarracena
se erguía sobre las almohadas, y, con los labios temblorosos, declamaba algún
pasaje evangélico del Alcorán. Ramiro creía reconocer las palabras del Nuevo
Testamento, dichas en el modo de los moriscos de España.
Ella, sagazmente, salmodiaba el capítulo de María:
«Loor a María… Alabad el día en que se alejó de su
familia hacia el saliente, tomó un velo para cubrirse, y nosotros le enviamos a
Chibril, nuestro espíritu en forma humana.—Soy el mensajero a ti, de parte de
Dios, dijo el ángel, vengo a anunciarte un hijo bendecido.—¿De dónde podrá
venirme este hijo, respondió la virgen, que nunca se ha allegado a mí ningún
hombre, ni he sido mala?…—Tu hijo será el milagro y la dicha del universo.»
Díjole también el encuentro de Jesús con la
calavera, leyenda antigua, con olor de osamenta y color de otro mundo,
importuna como la muerte.
«El recontamiento de la doncella Carcayona» era a
la vez deslumbrador y pavoroso. Echada de boca junto a él, con los ojos
entoldados por el ancho fleco de medallas, el mentón en la mano, las uñas sobre
el labio, sinuosa y desnuda, balbuceaba las palabras de la paloma de oro con
cola de perlas, y al llegar a la descripción de las delicias celestiales
envolvíale en sus brazos, frescos como las fuentes del Salsabil y Alcafur,
juntando frenética su rostro con el suyo.
Con el correr de los días, cuando hubieron llegado
a la apasionada compenetración de sus almas, uno y otro se dijeron los pesares
más íntimos. En los instantes de languidez Ramiro sentía pasar sobre su frente,
a modo de ala espectral, la idea de la brevedad de todas las cosas humanas. En
una ocasión de aquéllas, al sentir en su pecho la respiración soñolienta de la
mujer, díjola con melancólica dulzura:
—Y pensar, Aixa, que vendrá, tal vez, un día en que
al encontrarnos por alguna calleja nos miraremos con odio.
—Será o no será—respondió la sarracena.—Los
destinos van colgados de nuestro cuello.
Luego, como si creyera que el instante acechado a
través de tantos días acababa de presentarse, descendió de la alcoba, cogió de
encima de un taburete rojiza caja de marfil, y habiendo sacado de su interior
un librejo centenario, prorrumpió:
—Todo se cambia, es cierto; y acaso verná un día
venidero en que me darás al verdugo tú; pero en aqueste libro, que fizo el
sabio Abentofail, se enseña la dicha que no muda sino para crecer.
En seguida, con voz velada, misteriosa, agregó:
—Está en palabras harto ascondidas.
Declaró entonces que ella no hubiese alcanzado
nunca su sentido a no ser la ayuda de un hombre que se hallaba entonces en
Avila.
Ramiro, al oír aquella última frase, cambió de
postura sobre los almohadones, y su mirada expresó una curiosidad impaciente.
—Es fácil conocello—dijo entonces la morisca, con
acento claro y jubiloso;—lleva siempre en el cinto una daga con vaina de oro
guarnecida de diamantes de Krichna, de berilos de Khazbah, de perlas de
El-Katif, y el pomo de la daga es de piedra imán y chupa toda la sangre de un
hombre en un guiño de ojo. Su barba es limpia y blanca como la plata, y su
rostro es bellido como la luna en su catorceno día. Nunca ríe, camina despacio.
Al dejar caer aquellas alabanzas, una a una, como
perlas sobre sonoro azafate, la sarracena observó de soslayo el semblante del
mancebo. En seguida, con una alteza de lenguaje y de gesto que Ramiro no había
advertido en ella hasta entonces, expresó que no había en este mundo dicha
comparable a la de aquel que lograba sumergirse en la contemplación del Ser
Único, verdadero, permanente, teniendo siempre fijo el pensamiento en su
majestad y esplendor, a fin de que la muerte le sobrecogiera en dicho estado.
Según Aixa, el libro de Abentofail enseñaba el
acceso a la Suprema Visión.
Sentándose en las gradas de la alcoba, comenzó la
lectura. El libro estaba escrito en arábigo; pero ella vertía las frases al
español, resumiendo luego, a su manera, los capítulos. Su voz temblaba. Algo
sutil y sagrado se esparcía como una luz sobre toda su persona. Los párpados
bajos cobraban una pureza de otro mundo; y Ramiro la escuchaba cada vez más
absorto, sintiendo surgir en su cerebro adversas cavilaciones.
Era preciso, según aquella enseñanza, disminuir día
a día los propios alimentos, para distanciarse de la materia corruptible. Luego
se emprendería el remedo de los astros, porque los astros eran inmaculados,
extáticos, inmutables, fuera del mundo de la corrupción. Sus esencias
inteligentes contemplaban al Ser Único en la eternidad; y nada ayudaba a
abstraerse de todo el mundo sensible y caer en la embriaguez, en el supremo
delirio, como la imitación de su movimiento por medio de la danza, de la
rotación indefinida. Entonces se manifestaba la Esfera Sublime, cuya esencia
está inmune de materia, y no es la esencia del Ser Único ni la de la Esfera
misma, sino que es a la manera de la imagen del sol en un espejo bruñido, que
no es el espejo ni el sol, ni tampoco nada diferente.
El mancebo quedose confuso. Acababa de escuchar
expresiones de la mística cristiana. Además, el semblante de aquella mujer, su
palidez, su mirada, su estremecimiento, revelaban que el éxtasis comenzaba a
inundarla el corazón.
Terminada la lectura, la sarracena se puso en pie y
encaminose lentamente a coger otro manto. Al levantar la tapa de un cofre y
extraer de su interior una tela de seda teñida de azafrán y toda bordada de
arabescos multicolores, un intenso perfume se difundió en el ambiente, como si
acabara de abrirse alguna ventana hacia especioso vergel, todo maduro de
aromas.
Cubierta sólo de aquel velo amarillo, cuyos
caireles tocaban el suelo, Aixa plantose en el fondo de la cuadra con las manos
en las caderas, los codos en alto, la cabeza hacia atrás. Dos rosas rojas
ardían como llamas sobre sus cobrizos cabellos. Su cuerpo comenzó a quebrarse
hacia uno y otro lado con lenta contorsión. Un gesto a la vez lastimero y
anhelante agrandaba su gruesa boca palidecida. Ella apretaba las piernas.
Hubiérase dicho que algo doloroso, delicioso, la penetraba profundamente.
De pronto, de una estancia vecina surgió el son
ronco y claro de una música. Un son monótono y bárbaro de tamboril y dulzaina;
doble son ardiente como las arenas, obscuro como los bazares.
Aixa golpeó entonces las losas con los pies,
haciendo repiquetear el oro y el marfil que recargaba sus tobillos, y, con los
ojos abstraídos, giró sobre sí misma, esparciendo perfumada frescura, cual
húmeda flor sacudida de pronto. Luego púsose a girar ligero, muy ligero, más
ligero todavía, ¡frenéticamente!, hasta que todo su cuerpo no fue sino un huso
diáfano, un huevo dorado, loco, veloz, con un fino rumor de medallas y
brazaletes.
La danza concluía, la rotación era cada vez más
lenta. Aixa trababa sus pies, por instantes, y su cabeza, cargada quién sabe de
qué prodigiosas visiones, se inclinó por fin sobre el hombro.
Ramiro, echado de boca en el lecho, no había
apartado un instante los ojos de su amada, y al verla vacilar de aquel modo
lamentable, corrió a sostenerla. Pero ya Aixa habíase acostado ella misma sobre
las losas, apretando los dientes y dejando escapar un gemir tembloroso, como si
tiritase de frío. Su gran peinado, entremezclado de pétalos y de joyas, se
derramaba ahora por el suelo. Luminosa beatitud comenzaba a bañarla el
semblante. Su palidez sobrepujó las alburas del mundo, el azahar, los lirios,
la nieve. Ramiro recordó la descripción de los arrobos de la madre Teresa de
Jesús y de otras siervas admirables del Señor, y acordose también de su propia
madre, cuando, después de larga plegaria en el oratorio, se desplomaba de
súbito, como herida de dulcísima muerte. Era la misma palidez patética, el
mismo temblor de los labios, el mismo estiramiento de los párpados sobre las
pupilas ebrias de claridad. No, no podía ser una jorguina. Había hablado el
lenguaje de los místicos y sin filtros, sin ensalmos, sin unturas, con la sola
contemplación, acababa de remontarse a las más altas regiones del éxtasis.
El la llamó varias veces:—¡Aixa! ¡Aixa!
¡Aixa!—palpándola los brazos, las mejillas, la garganta, los pechos; pero ella
enmudecía, cadavérica y glacial sobre el mármol. Quiso calentarla la boca con
la suya; y, presa él mismo de perversa tentación, la cubrió de apasionadas
caricias.
Nunca la halló más extraña y más dulce. Era la
golosina entremezclada con nieve; y su aliento: ideal e inquietante, como el de
las flores sobre la muerte.
Ramiro llegaba siempre hasta Aixa con el mismo
secreto de la primera vez. Todo se reproducía: el viaje, la venda, el silbido…
Pero cierto día, comprendiendo lo que le importaba conocer el trayecto, sacó la
daga, perforó con ella los cueros de la silla, y miró. Su sorpresa fue grande
al advertir que los conductores no hacían sino dar vueltas y revueltas dentro
del mismo patio de la casa. El aljibe, el granado, una jaula suspendida de un
pilar, y la misma anciana, sentada a la sombra, sobre una tinaja, pasaban y
repasaban ante el intersticio, indefinidamente. No había, pues, tal viaje a
través de la morería. Además, casi todos los días que siguieron, presentábase
en el patio el morisco del precioso puñal, y después de hablar un instante con
la anciana, se internaba de nuevo en las habitaciones.
Otro incidente vino a preocuparle. Un mediodía, al
llegar a la casa misteriosa más temprano que de costumbre, sorprendió, apostado
en la calleja, al campanero de la Iglesia Mayor. El portugués giró sobre sus
talones y se puso a caminar hacia el naciente.
—Segura estoy—dijo la anciana a Ramiro—que este
perro vase agora a juntar con Gonzalo, que le espera hacia aquella
parte—agregó, señalando en la dirección de Santo Tomás:—Algún lazo os quieren
armar, señor caballero.
Aixa le reveló por fin un modo más oculto de llegar
hasta ella. Haciéndole penetrar en una estancia contigua a la cuadra del baño,
levantó el extremo de un tapiz colgado del muro y una anchurosa abertura mostró
el cuadro resplandeciente y profundo de la dehesa y las montañas. Dicha
abertura había sido cavada en el mismo escarpamiento. Desde abajo, era
imposible descubrirla; dos grandes peñascos la ocultaban. Sin embargo, el
acceso no era difícil.
Bajando de la ciudad hacia el valle y describiendo
largo rodeo, Ramiro entraba ahora por aquella ventana, cuyo escalamiento
exaltaba su caballeresca fantasía. Aixa le esperaba en el vano, tendiéndole los
brazos para ayudarle a subir. Pero ya no pasaban todas las horas sobre las
vistosas almohadas; llegada la tarde, la morisca le llevaba a una terraza
descubierta que avanzaba hacia el mediodía.
Era un sitio de contemplación y de plegaria. Los
cantos formaban en torno alto y rojizo parapeto, por encima del cual la vista
dominaba el paisaje del valle y las sierras. La cazoleta enviaba al cielo la
ofrenda esbelta y continua de algún precioso perfume. Un solo ciprés, harto
anciano, erguía en aquel paraje su obscura aspiración; y, en el centro, una
alberca reflejaba, con quietud hipnótica, la tristeza del árbol, el hilo de
sahumerio, las nubes, las constelaciones, y, a veces, también: la luna; tan precisa,
tan clara, que Aixa, quitándose de los cabellos su almadraba de gemas redondas,
hundíala con sagrado gesto en el agua, y luego, como si creyera haber apresado
aquella curva diadema que al menor contacto se desgranaba en infinitos
fragmentos, llevábase la red a la boca y gemía de un modo apasionado,
tembloroso, incomprensible, mientras sus empapadas sortijas relucían en la
penumbra.
Hallábanse una tarde asomados sobre las peñas, y
contemplando en silencio, con las manos confundidas, la serenidad fascinadora
de las montañas en el crepúsculo, cuando Ramiro, al volver de pronto la cabeza,
hallose con la figura del misterioso morisco, inmóvil y taciturno en medio de
la terraza.
Aixa, para desvanecer la sorpresa del mancebo, les
presentó con una larga sonrisa. Un momento después, sentados sobre un tapiz,
hablaban tranquilamente. El morisco, en castizo castellano, informose de los
principales señores de la ciudad, de sus genealogías, de sus parentescos.
Entretanto, Aixa escuchaba la conversación
palpitando de júbilo, y su mirada pasaba de uno a otro semblante como si
comparase las facciones.
El sol iba a ocultarse. Vago perfume de mejorana y
de cantueso subía de los barrancos. Era una tarde calurosa y calma. El cielo,
el valle, el caserío, todo se pintaba de púrpura diluida. El mismo ciprés
embermejaba hacia el poniente su follaje negruzco. Ramiro experimentó como
nunca la religiosidad de esa hora en que los campanarios se revisten de oro y
de grana para entonar la angélica salutación; y pensó que se hallaba acaso
entre dos seres de una fe diferente a la suya, entre dos falsos conversos. ¿Rezarían
con él las avemarías?
El y ellos callaban.
De pronto, como el peregrino sediento que escucha
un vocerío de caravana más allá del horizonte, el morisco inclinó todo su
cuerpo, hacia el costado, y llevándose la mano al oído, aguzó su atención.
Ramiro creyó distinguir entonces una voz como lejana, un canto sigiloso y
triste. Era, sin duda, la voz del almuédano, la convocación exterior del idzan,
en algún terrado vecino. Aixa y el morisco se levantaron y, en medio del tapiz,
con el rostro hacia el naciente, sacerdotales, hieráticos, realizaron las cuatro
prosternaciones del azala de la tarde. Cuando hubieron terminado, asomáronse
uno y otro sobre las peñas, y, entrelazando sus brazos, la mirada fija en el
mismo punto del horizonte, entonaron la siguiente plegaria, con ese acento
peculiar del que recita palabras ilustres, cuyos ecos están siempre despiertos
en la memoria.
Ella dijo:
«El amor santo y el insomnio se añudan como una
cuerda para darme tormento.»
El replicó:
«Mi corazón se halla acongojado por la ausencia.
Gime al asomar el alba, gime cuando el sol toca el poniente.»
Y siguieron alternando:
«Si el viento sopla de parte de la comarca olorosa,
huele a almizcle toda la tierra y revilca en mi pecho el deseo de visitalla.»
«¡Oh!, tú que conduces los camellos hacia el lugar
del amado, cuando llegues al sepulcro del natural de Tehama, del más excelente
de los hombres, del alto, del amoroso, salúdalo de la mi parte, pues él sabe el
remedio de mi sufrencia; y cuando admires los clarores de la tierra de Neched,
haz presente el recordamiento de mi pasión, pues no hay para mi otro quibla que
el sepulcro del profeta.»
Al escuchar tales palabras, en un instante como
aquél, el mancebo sintió que una horrible blasfemia había sido lanzada al
rostro del Señor; y un acento sobrehumano, cual la voz de un arcángel, le gritó
en la conciencia su deber ante la iglesia de Cristo y ante la memoria de sus
mayores.
Aixa continuó:
«Marcháronse de madrugada los mensajeros hacia los
vergeles de Meca y de Medina, y me han dejado en rehenes. Marcharon sobre los
camellos. El kebir los conduce cantando y con ésos va mi corazón para la tierra
amorosa del Hechaz. Mi corazón pertenece a la caravana. Seguirá la polvareda de
los camellos.»
El respondió:
«Nada hay capaz de apagar el fuego de mi pasión
como el agua de Zemzem. ¡Dichoso el que la bebe! De mí la salutación para la
gente que da vueltas en torno del Hatim y de la estación de Abraham y del
templo de la Cava.»
Se hizo un silencio como cuando termina un rito.
Ramiro sintió vivo impulso de levantarse y escupir en el rostro a aquel hombre.
El morisco cruzó los brazos, y Aixa recostose como
una hija sobre su pecho.
En ese instante una metálica vibración llegó de la
ciudad. Luego la campana de Santiago resonó a corta distancia. Otras, más
lejanas, respondieron. La catedral dejaba caer sus campanadas bajas y solemnes,
y, en seguida, todas las iglesias a la vez, en alucinador concierto, tocaban
las oraciones.
Ramiro cayó de rodillas, como si un dardo venido de
lo alto le hubiese traspasado de pronto, y las avemarías manaron de su pecho
bullidoras y cálidas. Sus ojos cerrados veían una pavorosa negrura sobre la
cual desfilaban llameantes imágenes de purgatorio. Se humilló, se anonadó, se
redujo bajo el remordimiento, pidiendo perdón sin cesar, por algo odioso, por
algo enorme, aborrecible, que sentía ahora por primera vez, en todo su peso, en
todo su horror, sobre su propia conciencia.
Aixa y el morisco, asidos fuertemente, sin
hablarse, no apartaban los ojos del mancebo.
La ciudad prolongaba el lloro y el canto de sus
bronces en el piadoso anochecer.
Dos días después, don Alonso Blázquez Serrano,
saliendo de visitar al señor de la Hoz, topaba con Ramiro en la escalera. El
mancebo descendió para acompañarle.
Cuando llegaron al patio, don Alonso, arrimándose a
una columna, como si buscara ocultarse de los lacayos, díjole sin ambages que
algunas personas comenzaban a murmurar de sus frecuentes visitas al barrio de
Santiago. Ramiro dio por disculpa su errabunda curiosidad y el deseo de indagar
aquellas sospechosas costumbres de los conversos.
—Bien respondido—replicó don Alonso—si fuera yo
algún oficioso impertinente y no el amigo fiel de vuestra casa, que os ha
mirado siempre como a un hijo.
Una pausa subrayó la intención de aquella frase.
—Corren acerca de vuesa merced—añadió, tratando de
atenuar con una sonrisa la dureza de las palabras—las más peregrinas especies.
Unos propalan que os halláis en inteligencias con los moriscos para
transmitilles todo lo que sobre ellos se resuelve; otros, que os han comprado
la conciencia con presentes y dinero; y no falta, en fin, quien asegure que
tenéis hecho pacto con el Demonio por intermedio de una vieja hechicera del
arrabal. Huelga decir que así creo yo en estas patrañas como en las consejas de
vestiglos y gigantes; pero, si he de hablar cabalmente, no encuentro que la
simple curiosidad baste a explicar vuestros cotidianos paseos por la morería.
Contrajo su labio el mancebo con un gesto de
cólera, y la sangre encendiole de súbito el rostro. ¿Qué hacer? Bajando la
cabeza dio algunos pasos, yendo y viniendo por delante del caballero, y, en
seguida, trémulo de orgullo, reveló la comisión secreta que había recibido en
nombre de Su Majestad.
—¡Ah! Harto bien se me alcanza—agregó—de dónde
pueden venir esas aleves calumnias y en qué pecho habré de hundir la espada
cuando determine vengarme.
Don Alonso apretó en sus manos la mano estremecida
del mancebo, y mirándole de un modo profundo, con los ojos brillantes de
emoción, le dijo:
—Nunca dudé de la honra de quien lleva una sangre
tan calificada y tan limpia como la vuestra; pero huélgame declarar que las
palabras que acabo de oíros me quitan del alma una incomprensible pesadumbre.
¡Ea, dadme esos brazos!
Se estrecharon ceremoniosamente.
Subiendo a la silla de manos don Alonso, dirigiose
a su morada, resuelto a favorecer la alianza de su hija Beatriz con aquel
mancebo en cuya frente altanera había creído leer el horóscopo de los grandes
honores.
La escena de la terraza y el reciente discurso del
padre de Beatriz desgarraron para Ramiro el hechizo amoroso en que estaba
viviendo. Cruda claridad mostrábale ahora las sinuosidades hipócritas de su
conducta, el olvido total del deber, las falsas confesiones a los pies del
ministro de Dios. Todo por una mujer de otra raza cuya ley religiosa no había
querido indagar demasiado para que el grito de la conciencia no viniese a
perturbar su lascivia. ¿Qué sabía de nuevo? ¿Qué leve indicio había logrado
sorprender después de visitar día a día aquella casa, cuyos muros guardaban,
quizá, el secreto de la conspiración?
Su voluntad se enhestó. Estaba dispuesto a
desagraviar a Dios mediante cualquier heroísmo, por arduo que fuese. Había
encontrado en mucho libro de religión ejemplos de grandes pecadores que
redimieron su vida abominable con un solo instante de profundo arrepentimiento.
Se desceparía del pecho aquel amor de la sarracena y jugaría su vida en algún
golpe inaudito de audacia. Entonces, cuando las gentes se inclinaran ante él y
nadie osara dudar de su honra, habría llegado el momento de vengarse de Gonzalo
de San Vicente, pues no podía ser sino él quien, ayudado del campanero,
propalaba por la ciudad las malvadas invenciones que le había referido el
hidalgo.
Volvió varias veces a la morería y a la casa
misteriosa. Ya el cuerpo de la sarracena le dejaba en el sentido un olor
imaginario de untura brujeril y de husmo. Con qué goce tan grande comenzó a
experimentar los primeros impulsos de desapego. Rabiosa fruición de tortura se
mezclaba ahora a todas sus caricias. Instantes hubo en que meditó el modo mejor
de suprimir para siempre a aquella hembra demasiado hermosa, cuya fascinación
podía resurgir más adelante en su camino. Imaginaba, allá en lo más hondo de su
conciencia, llevarla algún oculto veneno, o hacerla perecer, sin arma alguna,
ciñéndola la garganta; y, así, muerta por sus propias manos, ante el solo
testimonio de Dios, sumergirla en el agua, con todos sus botes de olor y de
tintura, para que la pila diabólica le sirviera de sepulcro. Pero había oído
decir que algunas mujeres cobraban al morir inolvidable belleza. Comprendió
entonces la virtud santa del fuego, la destrucción sin igual de la hoguera, que
no dejaba sino un negro amasijo, repelente.
Ella, en cambio, le recibía cada vez más
apasionada, más deseosa, más enferma de ansia, como si toda su alma presintiera
el alejamiento y quisiese adherirse al objeto de su amor, con la crispación de
una mano sobre precioso cristal que se escurre. Ya no le hablaba con aquel
acento superior y feliz. Su clara sonrisa se obscureció, se llenó de miedo,
semejante a un agua viva al anochecer. Sollozos desolados, desesperados, la
sofocaban ahora, a cada instante; y aquellas gotas ácidas que corrían hasta su
labio, aquel olor de llanto y de angustia apresuraron su pérdida. Al sentirla
bajo su voluntad como un tapiz que se puede arrollar o desarrollar, con el pie,
según el antojo, Ramiro hallose otra vez dueño de sí mismo; y su propio gesto
victorioso despertó en su ánimo instintos de crueldad. Golpeó y estrujó a su
amada más de una vez para arrancarla el secreto de la conspiración. Parecíale
que tenía sobrado derecho de atormentar a la mujer que había pretendido
hundirle en la apostasía y el perjurio.
La idea del Demonio oculto en el cuerpo de aquella
fascinadora cruzábale por la mente, y sentíase orgulloso de haber luchado con
semejante enemigo, cual Jacob en las tinieblas; y ahora, a su vez, tomaba
aquellas blancas manos de Dalila, aquellas manos de traición y de engaño, y,
demandando la palabra reveladora, estrujaba unos con otros los dedos, sobre las
duras sortijas; mientras ella, con los ojos bañados en lágrimas, miraba hacia
lo alto, sin exhalar un gemido.
Ramiro apresuraba los instantes, escudriñaba en
cada visita todos los recovecos, hacíase enseñar las otras estancias, palpaba
disimuladamente los muros esperando descubrir algún secreto resorte. Ella, en
cambio, no hacía sino pedirle, sin cesar, que huyesen juntos de Castilla. Era
la cantinela monótona, el ruego único, desesperado. Junto a Granada, sobre el
Genil, decíale, tenía una casa toda blanca como su cuerpo, con una puertecita
roja para él, sólo para él; y reía con una risa servil, lasciva, y cuasi llorosa.
Cierta vez, al acompañarle hasta la ventana,
Gulinar, la vieja morisca, le manifestó que una genia, surgida del agua de la
alberca, le había revelado lo que pasaba por él.
—Es secreto—agregó—que a ti mismo se te asconde.
Nombrole a Beatriz y díjole los pormenores de su
desengaño y los sentimientos indiscernibles que se movían en su corazón. El
doloroso recuerdo, que él creía inhumado para siempre, aparecía ahora evocado
por aquella mujer, extendido, sacudido ante sus ojos, cual emocionante ropaje
de otros tiempos. Musitando, en seguida, misteriosa frase, la anciana sacó de
la gaveta de un mueble una figurilla de lienzo. La cabeza, sin facciones,
estaba toda erizada de crin híspida y espesa. La cintura era ceñida, la falda ampulosa;
dos largos punzones traspasaban de parte a parte la garganta. Ramiro sabía
harto bien lo que aquello significaba, y tembló por la doncella, ante el
pavoroso recurso de la hechicería.
Esa misma tarde, paseándose con el Canónigo por la
plazuela de la catedral, refiriole Ramiro, por primera vez, su entrada en la
casa de los moriscos y el comienzo de su aventura con Aixa, como si todo
acabara de suceder. El Canónigo, haciendo crujir la arenilla de las losas bajo
la suela del zapato, le escuchaba atentamente, oprimiendo con ambas manos el
Libro de Horas contra su pecho. Por fin, respondió:
—Vuestro propio discurso, hijo mío, háceme pensar
que os halláis en grave peligro de hechizamiento. Dicha hembra ha de ser alguna
famosa jorguina, de las que usan filtros diabólicos, cuyo poder sólo pueden
resistirlo uno que otro cuerpo endurecido en la penitencia. No me extraña lo
que acabáis de referir acerca de su grande hermosura corporal, pues el Demonio
pone en sus rasgos los cebos más sotiles de la tentación y él mesmo suele
alojarse en sus personas, como se comprueba de continuo. Urge, Ramiro, desatar
ese ñudo de una sola cuchillada, como nos cuentan los antiguos del rey
Alejandro. Por la disposición y los tapujos de esa casa, tengo para mí que ha
de ser sitio de clandestinas reuniones, y pienso agora que si llegárades a
introduciros en ella, a eso de las diez de la noche, cuando nadie os espera,
les sorprenderíais, de fijo, con las manos en el pastel. Es parroquia de
Santiago. El os ha de asistir en la empresa. ¡Ah!, ¡si tuviera yo vuestra
mocedad o no llevara, al menos, estos hábitos graves!
Ramiro acordose al pronto de la ventana de la
escarpa. Ya estaba resuelto. Se despidió del Canónigo prometiéndole que esa
misma noche tentaría la sorpresa.
Vargas Orozco permaneció todavía un instante con el
mentón apoyado en el libro y los ojos fijos en el suelo. Su negra figura
eclesiástica prestaba un aspecto fúnebre a la solitaria plazuela, donde el
anochecer parecía tamizar un polvo fosco de herrumbre. La corriente de aire que
llegaba por la calle de la «Vida y la Muerte», agitaba su manteo. Enorme mitra
ilusoria, resplandeciente de amatistas y topacios, se encendía y apagaba, y
volvía a encenderse a sus pies, sobre las losas obscuras.
Probando apenas algunos bocados, Ramiro dejó
secretamente su casa, ya entrada la noche. Había escogido su daga más fuerte y
la espada que le diera don Rodrigo del Aguila, el mayordomo de la Emperatriz.
Bajo la capa, y colgada del cinto, llevaba también una rodela toledana.
Sentíase grande y temible como los héroes de las caballerescas historias. Bajó
hacia el arrabal. Era una noche diáfana de plenilunio. Oíase la extensa
estridulación de los grillos en el valle y el croar numeroso de las ranas y los
sapos hacia el Adaja. Uno que otro animal, invisible en la sombra, hacía latir
su cencerro.
Las montañas parecían soñar misteriosamente, como
seres sublimes, en el plateado silencio; y todas las cosas de la naturaleza
exhalaban deliciosa respiración de beatitud, de sosiego, de frescura.
La fantasía clara y augusta de la noche prodújole
al mancebo una emoción peculiar que se repetía en su ánimo desde la infancia y
que vino a distraer su ardimiento. Hubiera preferido para aquella empresa un
cielo en que sólo brillasen las constelaciones hablando al espíritu de los
muertos tutelares, del amor, del glorioso destino. La luna era trágica,
espectral, agorera. Su resplandor hacía pensar en mortajas errantes, en
animales endemoniados, en fantasmas de monjes que celebraban los oficios entre
las ruinas de los conventos demolidos. Las brujas realizaban sus conjuros y
adobaban sus ungüentos a favor de aquella lumbre maléfica, que desconcertaba
las potencias y parecía atraer la sangre del hombre.
Un pájaro invisible graznó en los aires, a su
izquierda. ¡Sería una corneja!
Al acercarse al barranco, en cuya escarpa se abría
la secreta abertura, Ramiro ocultose tras el tronco de una encina para otear el
contorno. Del lado del naciente, una, dos, tres sombras humanas se acercaban
con sigilo. Llegaron, miraron a un lado y a otro, escalaron las peñas y
desaparecieron por la ventana. Un momento después un grupo más numeroso bajaba
por el atajo. Luego un solo hombre, luego tres más, y, por fin, otro grupo de
diez a quince personas. La negra abertura tragaba como boca de hormiguero. Cuando
hubo transcurrido más de una hora sin que nadie llegase, Ramiro emprendió a su
vez el escalamiento. La ventana estaba entreabierta. Descorrió el tapiz. Densa
obscuridad llenaba la primera habitación. Voleó una pierna y luego la otra. Su
broquel golpeó los azulejos.
Comenzó a avanzar, en dirección a la cuadra del
baño, hurgoneando la sombra con el estoque.
Era una herida ancha y redonda como una cornada. La
mano alevosa había hincado el puñal en el pecho, a la altura del corazón,
buscando rabiosamente la víscera.
Ramiro sentía ahora que los bordes se despegaban de
nuevo; y, al menor cambio de postura, el dolor, un dolor fulguroso, partía de
la llaga hacia todo su cuerpo, semejante a una dispersión de centellas.
Durante los últimos días en la casa de los
moriscos, creyose curado para siempre; pero el descendimiento desde lo alto de
la ventana y el mismo viaje en silla de manos hasta la ciudad habían reabierto
la herida bajo las vendas. Luego, la llegada a su casa, las preguntas de la
madre, el tráfago de la servidumbre, el cambio de ropas, y, en fin, todos los
incidentes de su regreso despertaron la sobreexcitación y la calentura.
Los médicos, después de sangrarle copiosamente,
ordenaron que le dejasen dormir. Se hallaba, al fin, completamente solo y en su
propio lecho. La habitación estaba a obscuras. Sólo un polvoroso haz de sol
entraba por alguna rendija, estampando en el tapiz un óvalo ardiente que
parecía chamuscar el tejido. Infinitos corpúsculos subían y bajaban como átomos
de silencio. Acababa de sonar el toque de la una.
Afuera el sol quema, el muro se cuece. Ramiro
escucha esos quietos rumores de la ciudad adusta y monacal, el canto de un
gallo, el tañido de una campana de monasterio, la menuda pisada de un borrico
en las losas. La calentura le martilla las sienes. En medio de la estancia,
sobre un taburete, hay un pebetero encendido. El sahumerio se ilumina al
atravesar el rayo luminoso, aclarando los muebles y haciendo entrever, por
momentos, las figuras de un tapiz que cuelga del muro.
El hubiera querido identificarse con la paz de
aquellas cosas familiares, y adormirse, como en los años de la niñez, entre la
frescura de las holandas, sahumadas de romero y de tomillo en los viejos
arcones; pero su cabeza hervía de un modo insufrible. Una abolición mortal
solía bajarle de la garganta a los pies, suprimiendo todas las sensaciones
ordinarias de peso y de contacto; y sólo el cerebro conservaba la vibración de
la vida. Parecíale entonces flotar en los aires y columpiarse a grandísima
altura. La fiebre trotaba, galopaba por los campos del pavor y la demencia, y
su cráneo llenábase, cual pútrida calabaza, de monstruoso gusaneo de visiones,
que subían unas sobre las otras con esfuerzo incesante, glutinoso, desesperado.
Después de largo lapso de tiempo, despertó, puede
decirse, de aquel calenturiento delirio. La fiebre se había alejado como una
tormenta. Frío sudor le mojaba las sienes. Su razón se aclaraba. ¿Habían
entrado personas a la habitación? Ya era de noche, sin duda. No se escuchaba
ruido alguno en la casa. Abajo, en la calle, sonó un rumor de pasos numerosos
que fue decreciendo. Era tal vez una ronda nocturna.
Entonces, la primera tentación de su espíritu fue
rememorar, una vez más, toda su aventura. Vagos, confusos al principio, los
novelescos pormenores reaparecieron en forma de emoción más que de imagen,
hasta recobrar, por fin, su nitidez y su ordenamiento, guiados por el orgullo.
Veíase de nuevo saltando la ventana, descorriendo
el tapiz y caminando luego a tientas, en dirección a la cuadra del baño, con el
estoque tendido en la sombra. Allí, la luz de la luna al pasar por los
cristales del techo, daba a toda la sala desconcertante aspecto de cueva
sepulcral. ¡Qué transformación la de aquella alcoba donde había pasado tantas
horas lascivas e indolentes! La puerta que daba al salón de los divanes no
estaba del todo cerrada. ¡Con qué valeroso contento advirtió, hacia el rincón
obscuro, el trazo de luz!
Creía hallarse ahora con el ojo arrimado a la
rendija. El Canónigo no se había equivocado. De treinta a cuarenta moriscos,
vestidos algunos con sus ropas musulmanas, deliberaban, sentados en rueda.
Ramiro observó que el personaje de la daga guarnecida de piedras no se hallaba
presente. La sarracena iba entretanto de diván en diván. Los hombres la besaban
las manos y los brazos con respetuosa sensualidad.
Deteniendo a intervalos el curso de las imágenes,
Ramiro rebuscaba todavía el sentido de las escenas que se sucedieron ante él.
¿Qué podía significar aquella repartición de largas agujas de espartañero, cuya
punta ensayaban algunos en su propia mano; y, luego, aquel sordo clamor
colectivo, simulando todos en el aire el gesto homicida? ¿Qué dijo en su
discurso aquel viejo de africano rostro que vociferaba y gesticulaba junto al
hachón encendido, produciendo de tiempo en tiempo, con su gorro escarlata recubierto
de conchas marinas, fuerte castañetazo para avivar la atención? Algún emisario
de Berbería que les provocaba a sacudir el yugo de los cristianos… Todo era
enigma, misterio, otros seres, otro mundo.
Prodújose de pronto un gran silencio. Las miradas
se dirigieron hacia la puerta de entrada. Se esperaba a alguien. Por fin, las
hojas se abrieron de par en par, y un hombre venido de afuera, anunció:
—¡El bajá!
Sorda exclamación de regocijo escapose de todos los
pechos. Las pupilas se dilataron, los cuerpos se irguieron. ¡Quién le hubiera
dado presenciar hasta el fin aquella escena! Era, sin duda, un enviado secreto
del Sultán de Turquía el que llegaba.
A no ser el roce de su daga contra el cerrojo
hubiese podido seguir atisbando sin que nadie sospechara su presencia. Pero
aquel imperceptible rumor hizo incorporar instantáneamente a la hermosa
morisca. Creía verla aún caminando hacia él, de modo lento, sus enormes ojos
clavados con espanto en la abertura. Había adivinado: apenas hubo entrado en la
cuadra del baño, exclamó:
—¡Eres tú, Ramiro! ¡Eres tú!
Luego, la brega muda, terrible. El queriendo mirar,
ella tomándole de las ropas, del hombro, de la garganta, y diciéndole al oído,
quedo, muy quedo: «¡No, no!», desesperadamente. Ya entraban por la otra puerta
que acababa de abrirse algunos hombres con hachas encendidas, cuando su amada
le puso la mano sobre los ojos.
El golpe brutal que él la diera entonces con la
bota en el vientre, y el alarido de la mujer al caer de espaldas sobre los
mármoles, conservaban aún, en su recuerdo, actual y tremenda realidad. La
calentura le rebrotaba en la sangre al evocar en seguida el movimiento
simultáneo de los moriscos, levantándose de las almohadas y acudiendo en
tumulto.
Era el gran pasaje de su vida y se complacía en
perpetuar su doble sabor de coraje y de muerte. Aquellos hombres, que parecían
ablandados, emasculados por la servidumbre, se abalanzaron con presteza
admirable, desnudando sus armas y descañando los hachones. El vio entonces, con
certidumbre absoluta, sin fin inmediato; y se dispuso a vender caro su
martirio. Recordaba que su valor no había desfallecido un segundo. Su virilidad
irradió hacia todos sus miembros un calor de bravura.
Como un delirante, profería, ahora, interjecciones
soberbias, creyendo menear aún en la mano el acero mortífero; y la lucha, entre
el resplandor de las antorchas y de los haces de luna, se reconstruyó en su
imaginación: Habiendo retrocedido algunos pasos, dibujó con la espada en el
aire un reto circular y magnífico, prestando a la hoja terrible apariencia.
Luego lanzose de un lado y de otro desarmando y acuchillando. Hubiérase dicho
que esgrimía en su mano un puñado de estoques. Hirió primero a un mozo de larga
cabellera, metiéndole muy hondo la punta en el pecho. A otro, que pretendió
intimidarlo agitando su alfanje, cruzole el rostro con veloz cuchillada. De dos
puntazos secos le reventó las pupilas a un anciano, ricamente vestido, que se
adelantó espectral, en el fulgor de la luna. Los moriscos se apartaban,
amedrentados. Entonces, Ramiro, cubriéndose con su rodela, y ebrio de
sanguinario furor, comenzó a repartir estocadas en el tumulto, sintiendo, a
cada golpe, el crujido de las ropas y la blandura de los cuerpos que recibían
la punta como pellejos de vino.
Nadie gritaba. Era una escena muda. Los que caían
se quejaban apenas con el aliento. De pronto vio plantarse ante él a esbelto
mancebo armado de larga espada española. Hubo como un estremecimiento de
ansiedad. Las dentaduras brillaron. Pero a las primeras tretas el adversario
desapareció en la tiniebla.
Instantes después, Ramiro sintió que le abrazaban
por detrás, fuertemente, y en seguida un dolor en el pecho, a la altura del
corazón, un dolor profundo, que le hizo caer el arma de la mano. Recordaba su
desfallecimiento y su grito de ¡confesión!, al sentirse morir, y el frío del
agua, en su mano colgante. Todos los brazos se atropellaron para ultimarlo, y,
entre vivo y muerto, pudo entrever todavía, a la humosa luz de las teas, al
misterioso morisco, al hombre de la daga que, abriéndose paso entre los demás,
se echaba sobre él y le cubría con su cuerpo, repitiendo un mismo grito en
algarabía:
—¡Ebni! ¡Ebni!…
Luego sobrevino el desmayo.
Qué sorpresa, qué estupor, al siguiente día,
cuando, al volver en sí, hallose en la pieza contigua sobre un lecho perfumado,
y asistido de Aixa, de la anciana y del generoso personaje que acababa de
salvarle la vida. Y en los días que siguieron ¡qué hospitalaria ternura la de
aquellos infieles! El hombre rebuscaba en libros arábigos combinaciones de
simples que Gulinar, la vieja morisca, iba a coger en el contorno; y Aixa
lavaba y vendaba la herida con manos embalsamadas de amor. Un ungüento, traído
de la China hasta Arabia por los soldados, y de Arabia hasta Occidente por los
mercaderes, y que el moro aquel guardaba en precioso bote de marfil, operó el
prodigio de su mejoramiento.
Durante las horas apacibles, las mujeres se
alternaban contándole, como a un niño, historias resplandecientes, comparables
a collares de pedrería y que hacían soñar en países lejanos y venturosos.
Las palabras de adiós del musulmán, al dejar, una
tarde de septiembre, la casa misteriosa, quedaron grabadas en su recuerdo. El
sol se ocultaba. Ramiro, cuya herida comenzaba a guarecer, hallábase sentado
junto a la ventana que abría sobre el valle. El hombre entró lentamente y se
detuvo ante él. Por primera vez le veía llegar con espuelas. Era lo único que
denunciaba para el oído su andar silencioso. Melancólica arrogancia ennoblecía
todo su porte, y sus gestos eran varoniles y refinados.
—Voy a dejarte—exclamó.—La maldición de los
creyentes ha caído sobre mí. Me arrojan por haberte salvado la vida. ¡No
importa! Sólo quiero pedirte, como única paga, que si has de denunciallos a la
justicia, avises a estas dos buenas mujeres, con holgado tiempo, para que
puedan huir.
Ramiro accedió con un signo de cabeza.
—¿Lo prometes por tu honra?—preguntole en seguida.
—Sí—contestó el mancebo.
—¿Lo juras?
—Lo juro.
—Eso basta—replicó el musulmán; agregando:—¡Alá,
para él la oración y la gloria, te atraiga algún día a nuestra santa ley! Deja,
Ramiro, el espionaje a los villanos. No persigas al desgraciado morisco y hazte
referir lo que fueron aquellos Djahvar de Córdoba, espejos de ciencia, flores
de caballería, y cuya sangre palpita, agora, en esta cuadra.
El moro se inclinó un momento, poniéndole la mano
sobre el hombro. Cuando levantó la cabeza, sus ojos húmedos relucían en la
penumbra. Entonces, desprendiendo de su cinto el precioso puñal, pidiole a
Ramiro que lo aceptara como recuerdo suyo. Saltó luego la ventana. Un hombre le
esperaba abajo en la dehesa con un caballo enjaezado. Ramiro le había visto
montar y alejarse.
Era necesario, pensaba ahora Ramiro, vencer el
hervor de su memoria y determinar, en aquella tregua de la calentura, lo que
había de decir, al siguiente día, cuando su madre penetrara de nuevo en la
estancia. Comprendía, él mismo, que podía expirar en pocas horas o caer en un
largo estado de inconsciencia, y, aunque los falsos conversos habrían tomado ya
sus medidas para escapar a la justicia, era un supremo deber revelar lo que
había presenciado. Sin embargo, su palabra estaba empeñada. El sabía lo que era
para un honrado caballero semejante compromiso. Religioso y heroico sentimiento
le asaltaba a la sola la idea del juramento. ¡Cuántos antepasados suyos habrían
afrontado la muerte por un «aceto», por un «lo juro»! Y tanto más en Avila,
donde se hallaba la Basílica de San Vicente, la más famosa iglesia juradera del
reino. No importaba que el pacto fuese contraído con infieles. Recordaba haber
leído en las crónicas que el Emperador Alfonso había estado a punto de hacer
descabezar a su esposa y al Arzobispo don Rodrigo por haber violado su regia
palabra, empeñada a los alfaquíes toledanos.
El Canónigo llegó al amanecer y pidió que le
dejasen a solas con el mancebo. Apenas se hubo sentado junto a la cama, con voz
demasiado resonante para la hora y la ocasión, le preguntó:
—¿Qué ha sido esto?
Encendido de nuevo por la fiebre, Ramiro respondió
que no era tiempo de declararse en aquel particular, sino de encomendar su alma
a Dios; y, así, pidiole que le administrara, cuanto antes, los Sacramentos.
—No puede ser—replicó el lectoral; alegando que si
le escuchaba como confesor, no podría usar de sus revelaciones, en adelante.
Ramiro refirió entonces, con acento moribundo, de
qué modo había caído en plena conspiración y cómo le sorprendieron y
acuchillaron.
El Canónigo había visto morir a mucha gente y, al
mirar ahora aquel aflojamiento de la mandíbula y aquellos ojos descoloridos,
pensó que su discípulo preparaba el hato para el viaje sempiterno, y que la
muerte no volcaría su reloj muchas veces más junto a aquella cabecera. No había
tiempo que perder.
—Valor, valor, hijo mío—exclamó.—Si habéis de morir
o no de esta cuita, sólo Dios lo sabe. Pero no olvidéis que la muerte se nos
presenta sin llamar, como alguacil de casa y corte, cuando resuelve llevarnos.
¡Ea, sus! valeroso cachorro.
Exigiole las señas de la casa misteriosa y de
algunos conspiradores. Recordó el mancebo su compromiso y, sin ánimo para
escoger las palabras, cerró los ojos y enmudeció. El lectoral se desesperaba.
Llamábale al oído, paseábase a grandes trancos por la cuadra y, volviendo otra
vez junto a él, le tocaba en el hombro.
Al mediodía, Ramiro, cuyo espíritu había realizado
laborioso camino, hizo llamar al lectoral.
—¿Cree vuesa merced—le preguntó—que existe algún
medio honroso de anular un juramento prestado a un infiel y con el cual me temo
que estoy dañando la causa de nuestra Santa Iglesia? ¿No podría escribírsele,
sobre el particular, al Nuncio de Su Santidad en la Corte?
—Si habéis hecho promesa jurada a algún
infiel—respondió el Canónigo—en contra de la Santa Iglesia de Cristo, no son
menester Nuncio, Papa, ni Concilio; sino un confesor cualquiera que os saque
del alma tamaño pecado mortal. Si es, como imagino, juramento promisorio,
requeríais «juicio de discusión», como lo apellida Santo Tomás; es, a saber: el
claro discernimiento de lo que hacíais; y éste os faltó, puesto que estabais
queriendo tomar a Dios como cómplice de un delito contra su Iglesia. Aun para
el humano derecho, tal juramento no obliga ni engendra perjurio: «Ca el
juramento, que es cosa santa—dice, si mal no recuerdo, la ley del Rey Sabio—no
fue establecido para mal facer; mas para las cosas derechas, facer e guardar.»
Luego dividió el asunto en dos partes. De un lado ponía los compromisos
caballerescos y legítimos, que la misma Iglesia amparaba como algo sacrosanto,
más precioso que la vida; del otro, los pactos ilícitos, los juramentos
anatemas, en contra de la majestad de Dios o el interés de la Iglesia, y de los
cuales era menester desligarse, sin demora, pues si la muerte sorprendía a un
alma con semejante pecado, arrojábala derecho a las peores torturas del
infierno; sobre todo si el juramento era hecho en favor de los enemigos de la
religión.
Aquella elocuencia logró efecto instantáneo sobre
Ramiro. Ya no vacilaba. La sola evocación del infierno, en instante como aquél,
le hizo pensar vivamente. Recordó las innumerables ofensas a Su Divina Majestad
durante el amancebamiento con la infiel y pareciole que su compromiso era una
enorme piedra que el Demonio acababa de atarle al cuello. Refirió, pues, al
Canónigo todo lo que hiciera desde que le dejó en la plazuela de la Catedral
aquella tarde. Dijo la doble manera de llegar a la casa de los moriscos y las
señas de Aixa, de Gulinar y de algunos conspiradores. Creyó con esto limpiar el
alma de la mácula horrible de sus amores de renegado, mostrando, por fin, al
Señor, que ya no quedaban en su corazón ni vestigios del pasado apegamiento.
Al siguiente día, Ramiro cayó en un estado casi
agónico. Sólo doña Guiomar, acompañada de Casilda y de una antigua doncella, le
asistieron.
Había perdido mucha sangre. Además de la copiosa
hemorragia que enrojeció los mármoles del baño, los dos médicos, después de
docta disputa acerca del sitio en que debiera practicarse la sangría,
resolvieron abrir cada cual la suya, y, en el espacio de pocas horas, fue
sangrado del brazo y del tobillo.
Su desfallecimiento era como lento bogar hacia el
morir. La calentura le exaltaba breves instantes, pero luego sobrevenía la
extenuación. La carne toda se sentía fenecer. Era una sensación glacial,
tenebrosa. Su sentido evocaba el olor de pavorosa cripta de convento que
visitó, siendo niño, en las sierras; veía de nuevo los innumerables esqueletos
apilados en la sombra, y alcanzaba aun a pensar con orgulloso espanto en el
anónimo de toda aquella leña humana entremezclada por el monástico desprecio.
Un velo fúnebre revestía su espíritu, a través del
cual sólo nociones enormes y supremas transparentaban. La culpa, el
remordimiento, el castigo, eran las rocas que formaban el paisaje desolado y
terrible de su conciencia.
Así pasó tres o cuatro días, entre el delirio y el
letargo. La gangrena difundía su fetidez por las estancias vecinas. Las más
famosas reliquias pedidas a los conventos y a otras familias de la ciudad y
puestas en contacto, desde un principio, con la misma carne reabierta, habían
resultado impotentes. Dos veces recibió Ramiro la Extremaunción, administrada
por su primer maestro, el viejo fraile franciscano. Doña Guiomar le daba ya por
perdido. Por fin, a indicación de varias amigas, mandó en busca de una conversa
del arrabal que realizaba curas milagrosas. La mujer lavó la herida
copiosamente con un cocimiento, aplicó un emplasto, prescribió un brebaje y
recomendó que no acercasen cosa alguna a la llaga si no querían corromperla.
Dos días después cesaba el delirio y la calentura decrecía.
Al sentirse renacer, como aquella Ave Fénix citada
por tantos autores sacros y profanos, saboreó Ramiro con lánguida avidez la
delicia de vivir. Todo le azoraba, y el milagro del mundo volvía a
maravillarle. Sentado ahora junto a la vidriera, miraba con pensativa
puerilidad las nubes espesas de aquel principio de invierno. Su razón formulaba
de nuevo las preguntas elementales que acosaron su niñez. ¿Dónde se redondea el
granizo? ¿Quién hace resonar los atambores del trueno? ¿Quién fabrica los
vientos? ¿De dó vienen?…
Otras veces oteaba la ciudad. Los hidalgos
caserones le hablan un lenguaje de soberbia y de triunfo. La honra fiera de los
abolengos; las riquezas conquistadas en países lejanos y fabulosos; las
heroicas aventuras de los hijos de Avila que, ahora mismo, esperados por sus
esposas en la quietud de los hogares, guerreaban en las más diversas comarcas
del mundo, para aportar algún día a su nido roquero la presa de gloria: he ahí
las diversas expresiones de todo aquel blasonado granito que sus ojos contemplaban
sin fatigarse.
Su ambición, segada por el sufrimiento, rebrotaba
ahora con savia más fuerte. Consideró que Dios no le había llamado porque le
reservaba para algún servicio insigne en la tierra. Acababa de pasar por la
primera prueba de las vidas predestinadas. Recordó la biografía de los héroes.
El comienzo de la fortuna orilló casi siempre los despeñaderos. La hoja mejor
batida era aquella que había estado más cerca de partirse en la bigornia. Nueva
confianza en su destino erguía ahora su hercúlea voluntad, y sentíase como
ebrio de ilusión, llegando a decirse a sí mismo las frases admirativas que su
sola presencia provocaría muy pronto por doquier. Luego examinaba, ponderaba.
¿Qué linaje en Castilla más claro y antiguo que el suyo? Su sangre era limpia
como el diamante. Además, estaba destinado a recibir uno de los más opulentos
mayorazgos de Segovia. Pensó sin inquietud en los mancebos de las otras
familias, demasiado seguro de no ser sobrepujado por ninguno de ellos en saber,
en ardid, en denuedo.
La gloria volvía a sonreírle cual una esclava
impaciente y desnuda, ofreciéndole sus brazos, su fascinación y sus cantares.
Sentado junto al brasero, con la mirada fija en las
vigas de la techumbre, Ramiro soñaba. La puerta que daba a la galería se abrió
muy despacio y una figura enlutada entró en la habitación. Era su madre.
Las tocas monacales, adheridas con ventosas a la
frente, ocultábanla los cabellos; su rostro desprendía luminoso blancor. Era ya
el ser sin carnalidad, sin escoria. La luz penetraba el alabastro de sus manos
señoriles, aguzadas por la aspiración continua de la plegaria. Ella solía
interponerlas ante la luz de los candelabros para considerar el aviso fúnebre
de sus propias falanges y meditar en el fin que a todos nos espera.
Ramiro la miró con asombro. Los rasgos de doña
Guiomar estaban visiblemente demudados por alguna grave pesadumbre. Habló muy
quedo y con lentitud cautelosa, como quien teme denunciar su verdadera
cavilación. Dijo que el Canónigo acababa de referirle los pormenores del lance
con los moriscos.
—Paréceme—exclamó gravemente—que te pudiste ahorrar
tanto riesgo, tratándose de enemigos villanos, para los cuales con algunos
corchetes bastaba.
Expresó en seguida la vanidad de aquellos
sacrificios, el engaño y desengaño de toda acción ambiciosa.
—Esto lo hiciste—agregó—por punto de honra. Harta
dicha será que no te desluzcan la jornada mediante alguna calumnia. Quien, como
tú, Ramiro, ha de emprender el santo camino de la Iglesia, ¿qué pudo buscar por
ese atajo que no fuera desvanecimiento y vanagloria? En fin, alabada sea su
Divina Majestad, si todo esto lo manda para hacerte vomitar, como a otro San
Ignacio, la ponzoña del mundo. No olvides, hijo mío, de qué modo tan patente el
Señor ha querido arrancarte de los mesmos brazos de la muerte, que todos lo
habemos tenido por milagro, y mira bien cómo te cumple pagar esa segunda vida
que te concede.
Después de breve silencio, manifestole que, apenas
se hallase restablecido, sería el caso de pensar en su partida para Salamanca.
El señor Obispo había prometido hallarle, para después, algún ventajoso
destino, a menos que prefiriese ingresar a las órdenes.
Ramiro escuchó en silencio la homilía sin traslucir
en su semblante la menor impresión.
Era un momento de solemne ansiedad para la madre.
Su ser estaba suspenso entre el regocijo y el temor, esperando la palabra o el
gesto que expresaría para ella todo el bien o el mal que la vida podía
reservarle. En ese momento un lacayo penetró presuroso en la cuadra anunciando
que don Alonso Blázquez subía las escaleras.
El mancebo echó, al pronto, una mirada a sus
vestidos, estirose las calzas, apretose las agujetas del jubón, pidió a su
madre una lechuguilla fresca; y luego, un espejo, un peine y un bote de unto
para aderezarse el cabello. Hizo esto último con visible complacencia,
hermoseando la expresión ante su propia imagen.
Faltábale alguna joya. Pidió impaciente la cadena
de oro, que su madre echole, con sus propias manos, al cuello. En seguida,
señalando un contador de taracea, díjole que le alcanzara la daga con piedras
preciosas que encontraría en la naveta del centro. Doña Guiomar, al tomar en
sus manos el puñal, quedose perpleja. Luego, desnudando la hoja
despaciosamente, y clavando los ojos en la arábiga inscripción que el hierro
tenía, púsose a temblar con todo su cuerpo, como quien ve levantarse ante sí
pavoroso fantasma.
El lacayo volvió, y quedose alzando la antepuerta.
La madre no tuvo más tiempo que el de alargar el arma a su hijo y echar sobre
las ascuas algunos granos de incienso que sacó de su escarcela.
En el vano luminoso, sin que faltara el esquinado
golpe de colgadura, don Alonso, todo vestido de negro, apareció, como un
retrato en su marco. La engomada golilla atiesaba su rostro. Hizo una
reverencia y adelantose con rítmicos pasos a besar una y otra mano a la hija de
su amigo.
A la vez que se quitaba los guantes, y cual pudiera
hacerlo un rey generoso, felicitó a Ramiro, relacionando su acción con las
grandes cosas que hicieron los Aguilas, los Hoces, los Arias, los Alcántaras,
en servicio de Dios y del reino; y, de tiempo en tiempo, mesándose el
encrespado copete, dirigía hacia la madre una mirada sospechosa y fugaz. Otras
veces, para encarecer la sinceridad de su discurso, llevábase al pecho la
diestra. Las sortijas de Florencia resplandecían. Sus manos eran harto hermosas
y su extrema blancura denunciaba el uso nocturno del sebillo en los guantes
descabezados.
—El servicio que vuesa merced ha prestado a la
Iglesia y al Rey—díjole a Ramiro, antes de despedirse,—dejando a una parte el
largo padecer, que eso no se mira en hombres de vuestra sangre, no puede quedar
sin recompensa. Mañana debo partir para la Corte. Yo he de pretender para vuesa
merced el hábito de Alcántara; no faltará quien desee complacerme. Vuesa
merced—agregó—no tendrá con esto más trabajo que reunir sus pergaminos para la
probanza de limpieza, e será como probar la lumbre del sol.
Expresó Ramiro su reconocimiento y, con los ojos
como deslumbrados, estrechó en las suyas aquella mano generosa.
Apenas el cortesano se hubo alejado por la galería,
doña Guiomar arrojose a los pies de Ramiro, abrazándose a sus rodillas. Con el
rostro oculto y sacudida, por los sollozos, pronunciaba palabras
incomprensibles; mientras su hijo repetía, asiéndola de los hombros:
—¡Alzaos, madre; alzaos! ¿Qué os pasa? ¿Qué os hace
llorar?
Ella levantó por fin su empapado rostro, y después
de un instante:
—Una gran desdicha—respondió,—la más grande, la más
cruel que podía acaecerme: ¡tu olvido de Dios, Ramiro; tu perdición!
—¿Mi olvido de Dios, madre? ¿Esto decís?
—Sí: el Demonio ha vencido en tu alma. Las
vanidades y los premios del mundo te desvanecen. Cuando don Alonso te hablaba
del hábito pareciome ver brillar en tus ojos una lumbre de infierno. ¿Quién te
pudo mudar de esta suerte? ¿Qué hechizo te han echado en el corazón?
Luego, con la frase entrecortada por el llanto:
—Ya no eres, no, el hijo aquel de mis entrañas que
caminaba tan radioso por el camino de la humildad y la penitencia, y que
ofreció desde niño su vida al Señor, ¡aquel mi Ramiro!… ¡aquel mi mancebillo
santo!
Con estas palabras ocultó de nuevo el rostro entre
las manos, sin levantarse. Pero un momento después, aquella madre desgarrada
por el dolor, aquel ser que sólo parecía capaz de ruegos y de lágrimas, púsose
en pie de un solo impulso, irguiendo su talle ante Ramiro. Era una
transformación asombrosa, una ballestada del ánimo. Todo el brío de la estirpe
brilló un momento en aquella frente de abadesa indignada. Con voz casi hombruna
y justiciera, exclamó:
—Basta de blanduras. Así como os halléis en estado,
saldréis para Salamanca a proseguir vuestros estudios; allí escogeréis, luego,
entre la Iglesia y las Ordenes. Aquesta es mi voluntad.
Esto dicho, se alejó gravemente, dejando en la
estancia, a más del olor de cera de sus vestidos, algo patético, algo
inexorable, que Ramiro sintió flotar sobre su cabeza cual una maldición
suspendida.
La cuadra se llenaba de sombra; pero la hija del
escudero no tardó en presentarse, protegiendo con su mano las llamas de un
dorado velón, y alumbrada ella misma como imagen entre cirios.
En pocos años, la letárgica mansión habíase
convertido en la más visitada y rumorosa de Avila del Rey. Cierto día, don
Alonso Blázquez Serrano congregó en casa de don Íñigo a algunas personas
principales para tratar del asunto de los conversos. La reunión se repitió. El
número de los invitados se fue acrecentando. A la simple jícara se agregaron
los bódigos y los hojaldres. Tal fue el origen del aristocrático mentidero del
señor de la Hoz.
Miércoles y domingos, dormida la siesta, acudían a
su palacio los varones más linajudos y doctos de la ciudad. La charla de
aquella reunión acabó por convertirse en un verdadero gobierno; los mismos
regidores iban a consultar allí sus dictámenes. Era un éxito imprevisto. Sin
embargo, el señor de la Hoz estaba muy lejos de haberlo codiciado. Al
principio, una contrariedad profunda, un verdadero pánico doméstico se apoderó
de su espíritu ante la ocupación inesperada de su vivienda, y perdió mucho
tiempo buscando y rebuscando en su memoria el involuntario ademán o la frase
imprudente que hubieran podido provocarla. Sólo para él mismo era obscura la
razón. Aquel anciano despilfarrado y enfermo, que no podía convertirse en un
rival para nadie, era el dueño de casa guisado por la Providencia. Don Íñigo,
aunque enlazado por su casamiento a los más antiguos linajes de la ciudad,
habíase conservado completamente ajeno a las seculares cuadrillas de San Juan y
San Vicente, en que se hallaba dividida la nobleza de la comuna; y las salas de
su mansión eran amplias, la servidumbre numerosa, la pastelería excelente.
El bullidor concurso llenaba los salones. A más del
grupo principal, compuesto de los más encumbrados personajes, formábanse
corrillos de tonsurados humildes y seglares de poca monta. En ellos se
refugiaba, evitando la plena luz, el desconocido ceremonioso que comenzaba a
introducirse en la reunión, sin que nadie supiese quién le traía; el hidalguejo
tagarote, amigo de un amigo de don Íñigo y venido al olor del agasajo, el
alférez del Alcázar, el capellán de monjas, el escribano de número…
Muy pronto se le descubrió al señor de la Hoz su
vanidad dominante, y casi no hubo tertuliano que no le consultara acerca de la
cuestión actual de los conversos, o le dirigiese alguna pregunta admirativa
sobre sus heroicos servicios en la campaña de la Alpujarra. De lisonja en
lisonja, fuéronle creando una fama grandiosa que a nadie mortificaba, y ya las
gentes de la ciudad pronunciaban su nombre con profundo respeto, como si en
verdad se tratara de uno de los más célebres capitanes de aquella guerra santa y
vengadora.
Don Íñigo acabó por aficionarse a su propia
tertulia. Aumentó el número de los criados, renovó las libreas, adquirió nuevos
braseros de plata, nuevos velones y candelabros, desempeñó de los genoveses sus
mejores tapices. El encargado del chocolate y los vinos era el segundo
sacristán de San Pedro, amigo de Medrano. Tres esclavos amasaban la harina. Un
famoso repostero de Madrigal preparaba las pastas, un morisco la aloja. El
maestresala, vestido como un gentilhombre flamenco, comandaba a la servidumbre con
signos casi imperceptibles. Al anochecer, de vuelta a sus casas, las visitas
desfilaban entre doble hilera de lacayos apostados a lo largo de los pasadizos,
hasta la puerta de la calle, cada cual con un hacha de cera encendida.
Gastábase tanta luminaria como en la Iglesia Mayor. Todo era fastuoso y
señoril.
Ramiro pensó que, al hacer su reaparición en la
asamblea, todos los rostros se volverían hacia él, y que hasta los varones más
graves se adelantarían a cumplimentarle por su proeza. Guarecido casi de su
herida, pero flaco y sin fuerzas, vistió una tarde su traje más lujoso, se ciñó
la daga del morisco y presentose en la sala pequeña, que hacía las veces de
primer recibimiento. Fuera del capellán de la Anunciación y de un religioso
franciscano de San Antonio, las personas que allí estaban volvieron a verle con
ultrajante naturalidad; y, al mentar, uno que otro, su jornada, lo hicieron en
términos tales, que parecían referirse a la diligencia más o menos provechosa
de algún alguacil. El desengaño le dejó confundido, y, no sintiéndose con
aliento para pasar a la cuadra contigua, donde se hallaban los magnates y
prelados, agazapose en el más obscuro rincón, entre un grupo de religiosos. El
franciscano, arrimando su taburete, le dijo en voz baja:
—¡Nonada habelles descubierto la madriguera a esos
lobos! Claro está que vuestra merced habrá de tener también sus envidiosos y
calumniadores; pero no pare mientes en eso, que lo que agora dicen habrá de
llevárselo el viento como la paja.
—¿Y piensa vuesa Reverencia que alguien
murmure?—preguntó Ramiro.
—Habladurías, habladurías—replicó el religioso con
ademán de desprecio.
—No disimule vuesa Reverencia si quiere probarme su
afición, que nunca daña saber por dónde habemos de ser combatidos.
—Vamos, invenciones de bellacos… que vuestra merced
ha estado a punto de renegar de la fe de Nuestro Señor Jesucristo… que llevaba
noticias a los conversos… que la riña fue por cuestión de la paga…
En ese instante, hacia la derecha del mancebo, un
desconocido, con galas de soldado, exclamó, reteniendo a un lacayo por el
gregüesco:
—¡Ea, seor Antoñico, no nos alargue la penitencia y
arrímenos por piedad otro plato de bódigos y unos vidriecicos del San Martín,
que fenecemos!
El tono de penuria famélica con que moduló aquella
frase, apretándose al mismo tiempo el estómago, hizo reír a sus vecinos.
Alguien le habló en voz baja, y él, mirando de soslayo al mancebo, tapose la
boca como avergonzado.
Entretanto don Alonso platicaba, en la sala
contigua, con algunos señores que acababan de llegar. En cierto momento al
volver el rostro y al advertir, a distancia, la presencia de Ramiro, hizo un
gesto de asombro y se dirigió a saludarle:
—Enhorabuena—exclamó, alargando los brazos.—Grata
señal es ésta; pero, ¿por qué tan esquivo? Todos aquellos señores están golosos
de ver y escuchar a vuesamerced.
—Siéntome, señor, harto mohíno y sin fuerzas.
—Holgárame de oír relatar a vuesa merced, ante un
concurso como éste, todo su lance con los moriscos, punto por punto.
—Otro día será, señor. Agora temo que el mucho
hablar me encienda la calentura.
A la vez que Ramiro dejaba caer estas palabras, don
Alonso observó, con inquieta curiosidad, la daga sarracena, recubierta de
pedrería, que el mancebo llevaba en el cinto, y, sin poder dominar su sorpresa,
tomándola por fin en su mano, exclamó:
—Donoso puñal. ¿Es acaso algún arma de los agüelos?
—No, señor. Diómela, como recuerdo, el viejo
morisco que no quiso permitir que los demás me acabasen a cuchilladas.
El hidalgo contrajo su semblante, y poniendo la
diestra sobre el hombro de Ramiro, díjole quedamente, para que sólo él le
escuchara:
—Por la honra de su nombre, vuélvase vuesa merced a
su aposento y esconda esa daga donde nadie la vea, que yo sé lo que le importa.
—Llévola, señor, como una preciada prenda que
recuerda mi acción.
—Vuesa merced no debe sentirse de mi insistencia,
que es fuerza que la lealtad sea por momentos amarga.
—¿Qué recelo es ése? ¡Válame Dios!
—Pues vamos, es esto: sobran bellacos que han dado
en inventar cómo, cuándo y por qué vuesa merced ha recibido dineros y presentes
de los conversos, e si agora ven esa joya en su cinto la enseñarán como prueba.
Ramiro comprendió. Anonadado por la terrible
fatalidad, llevose la mano a la frente y, sin poder articular una sola palabra,
una sola exclamación, saludó a don Alonso y volvió a encerrarse en su aposento.
De ordinario, cuando la reunión comenzaba, hacía ya
varias horas que don Alonso Blázquez se hallaba instalado en su sillón
predilecto, frente a don Íñigo, platicando sin tregua. Llegaba casi siempre al
mediodía para retirarse después del toque de oraciones. Eso cuando él mismo no
se invitaba a cenar, y echaba de sobremesa un partida de triunfo con
el anciano. La intimidad acordábale fueros especiales, movíase como en su
propia casa, se chanceaba con los religiosos, sabíale el nombre a todos los
criados. Su situación era, sin duda, la más prominente. Su vieja amistad con el
Conde de Chinchón y su parentesco con el Marqués de Velada era causa de que los
menos informados le atribuyesen grande influencia en la Corte, ilusión que él
mismo alimentaba repitiendo a menudo las dos o tres frases que Su Majestad le
había dirigido en su larga vida de pretendiente y mostrando hacia el Monarca
una admiración tan grande como el odio recóndito que, en verdad, sentía por
aquel espectro coronado, cuya sola mirada le cuajaba los tuétanos.
Todos conocían su lealtad impecable y aquel su
empeño de aguijonear ambiciones: «¿Qué espera vuesamerced, señor Deán, para
pretender la mitra que tanto se merece?» «El peor enemigo de vuesa merced,
señor Alférez, es su propia modestia, que sé yo de muchos que, con la mitad de
los servicios que todos le conocemos, gobiernan plazas y comandan ejércitos. Si
vuesa merced no se enfada, en mi próximo viaje a la corte…» y dejaba caer en el
oído del soldado alguna deslumbradora promesa.
Movíase la conversación, casi siempre, en derredor
de los temas que él decantaba. Tenía el orgullo de la verbosidad. Dirigirle una
pregunta era como abrir una compuerta de regadío. Su inundante palabra se
derramaba sin término sobre las superficies, sin que su voz, alta y acatarrada,
cambiase de tono. Si parlaba de sus viajes y aventuras, de maestros célebres,
de objetos preciosos, o filosofaba cultamente sobre el amor, su discurso
cobraba todo el garbo de su persona; pero al disertar sobre el gobierno de la
Monarquía, el disimulo cortesano hacíale adoptar un lenguaje incoloro y
mortecino, lleno de circunloquios y de prolijas salvedades acerca de la secreta
razón de muchas resoluciones de los príncipes.
En cambio, el señor Diego de Bracamonte, de la casa
de Fuente el Sol, descendiente de Mosén Rubí de Bracamonte y emparentado con la
más clara nobleza de Castilla, juzgaba, lleno de heroico desenfado, la política
del Rey.
La arrogancia de aquel hombre se erguía almenada y
sola. El discurso flameaba en su boca cual sedicioso pendón. Aun su mirada y su
ademán eran temerarios. Todos presentían que aquella cabeza no estaba segura
sobre el soberbio cogote y esperaban por momentos alguna catástrofe; pero el
hidalgo demostraba importársele una higa de la delación y del riesgo, perorando
aún con más vivo coraje cuando se hallaban presentes el señor Corregidor don
Alonso de Cárcamo o el fraile dominico en quien todos sospechaban un espía del
Santo Oficio y del Monarca. Su reto infanzón y feudal no bajaba la voz; y
parecía volar, como un cartel atado a una saeta, por encima de las murallas,
hacia la Corte.
Era largo y cenceño. Los terciopelos o gorgoranes
formaban como un fofo plumaje sobre su pajaresca armazón. La lechuguilla íbale
siempre harto holgada. El mostacho, el tuzado cabello y la aguda barba cabría
comenzaban a encanecer; pero las cejas conservábanse retintas, como dos plumas
de tordo. Su pellejo era pálido, su mirada áspera, su gesto macho y soberbioso.
Adivinábasele, desde lejos, la cólera fácil. No era muy docto; pero nunca
faltaba en sus discursos uno que otro texto latino sobre la decadencia de las
repúblicas.
El menosprecio que el Soberano hacía continuamente
de la opinión de las Cortes, los nuevos pechos y arbitrios particulares que se
imponían sin consultarlas, el Ordenamiento del Rey Alfonso anulado, las
franquicias rotas, los fueros moribundos: tales eran los tópicos predilectos de
sus arengas. El Gobierno se había convertido, según él, en un potro de extraer
caudales y estrangular alientos. España, que había sobrepujado en valor a
Grecia y a Roma, temblaba ahora de miedo bajo la péñola de los privados y el balbuceo
del confesor Diego de Chaves. Todo era hambre, cohecho, terror. Ya era muerta
la varonil altivez de donde nacieron la proeza rara y la denodada aventura. Hoy
la hombría de bien era desacato; el fuero, sedición; la dignidad, rebeldía. Los
honores y mercedes que antaño se ganaban por las grandes cosas que hacían los
caballeros, hogaño las lograba cualquier menestral mediante un bolsillo de
ducados.
—¿Es cosa derecha—preguntaba—que el Rey se haga de
caudales vendiendo hidalguías como trastos de almoneda o recargando a la
nobleza de nuevos tributos y haciéndola pechera y villana? Y todo ello para que
Flandes esté cada vez menos seguro; para que el francés, a quien ya le teníamos
del collar del jubón, vuelva a provocarnos, y el inglés degüelle, tale y
saquee, a su guisa, en nuestras costas. Fuimos los dueños de la riqueza, y
agora somos los mendigos. Mucha gala soldadesca sobre la sarna y la hambre, mucha
orgullosa pluma en el sombrero para abajarlo a cada puerta pidiendo un
mendrugo. Hartos años ha que las Cortes vienen voceando la protesta unánime del
reino; no se ha querido escuchallas. Ya veremos en qué para aqueste
menosprecio.
Hablaba en pie, con el estoque apretado bajo el
sobaco. A veces la carraspera le dificultaba el discurso; acercábase entonces a
alguno de los braseros y espectoraba sobre las ascuas. Su grande amigo don
Enrique Dávila, señor de Navamorcuende y Villatoro, escuchábale absorto y
vibrante, con las pupilas inflamadas por la pasión, acabando casi siempre por
dejar el asiento y plantarse a pocos pasos de Bracamonte, como hechizado. El
contagio de la rebelión se apoderaba de algunos oyentes. Marcos López, cura de
Santo Tomé, aseguraba que Santiago Apóstol se le había aparecido una noche
diciéndole que, si la nobleza castellana no volvía por el respeto de sus
fueros, España estaba perdida. El médico Valdivieso y el licenciado Daza
Zimbrón alentaban a Bracamonte con exclamaciones fervientes; mientras Hernán de
Guillamas, que había sido procurador de Avila en las Cortes de Madrid, refería
con patriótico dolor, en apoyo de don Diego, la mofa que el Rey hacía de los
dictámenes de todo el reino congregado.
Los demás, sobre todo los hombres de iglesia,
bajaban los ojos e inmovilizaban el semblante. A la menor interrupción no
faltaba quien entremetiese otro asunto. Cualquier futileza era bien recibida,
con tal que evitara, a los más, la inquietud de aquel verbo incendiario de
Bracamonte que agitaba las más graves cuestiones, a modo de encendida antorcha
que golpeara a lo largo las añejas colgaduras.
Entonces Gaspar Vela Núñez o Gonzalo de Ahumada,
llegados recientemente del Perú, referían cosas de América: alimañas y frutos
fabulosos, segundones miserables enriquecidos de súbito por algún tesoro
enterrado, huacas repletas de joyas, victorias enormes en que la sangre
enjabonaba los dedos y era preciso encordelar la espada y la pica para que no
se escurriesen. Tales relatos alucinaban el cerebro de aquellos hijos de
Castilla, habituados a imaginar ante el más escueto horizonte todos los
espejismos de la aventura. Algunos entrecerraban los párpados para soñar mejor
en las comarcas lejanas, donde se llegaba de golpe a la riqueza, sin la
infamante paciencia del mercader, y veían pasar por su imaginación tierras
inverosímiles, en las cuales el pie topaba a cada paso con venas de oro
desnudo.
Los que llegaban de Italia traían obsequios y
misivas y daban las últimas noticias acerca del turco. Los que eran soldados de
Flandes, como Antonio Dávila, el verrugoso, o Pedro Rengifo, el de
la cuchillada en la frente, comentaban la táctica de Farnesio y referían
innumerables heroísmos de los soldados de España.
El imperio de la raza brillaba en los semblantes y
formaba calurosa armonía de orgullo. Aquellos hombres de guerra, que traían en
sus botas lodo reseco de los más diversos países, eran, según el blasón de
Isabel y Fernando, el haz de flechas y el yugo del orbe. Uno que otro meditaba
los presagios de decadencia; pero los más curábanse mayormente del color de una
pluma o del rumor de las propias espuelas.
Otras veces llegábale el turno a los teólogos. Sus
rivalidades eran disimuladas, pero profundas. Después de enredar, con
escolástica destreza, la inevitable disputa, acababan por responderse en docto
y ponzoñoso latín que agriaba la reunión.
Un rebullicio de colmena llenaba las cuadras. La
atmósfera era densa y candente. Ni el perfume de los guantes, ni el copioso
sahumerio de los pebeteros, lograba dominar el tufo de trasudado sayal que
desprendían los religiosos. Las maderas de las ventanas cerrábanse de ordinario
a las tres de la tarde. El herraje de los braseros parecía atizarse entonces en
la sombra; pero, inmediatamente, llegaba la larga hilera de servidumbre
trayendo una aurora de luminaria, que resplandecía en la palidez de los rostros,
en la blancura de las lechuguillas, en el sayal amarillento de los dominicos,
haciendo chispear las veneras de las Ordenes militares y los preciosos joyeles
sobre los terciopelos y brocados.
Casi todos aquellos hombres eran enjutos. La
ambición o la penitencia, ayudadas a menudo por tercianas prolijas y rebeldes,
desgrasaban las carnes y labraban ictéricos surcos en los rostros. Rostros a la
vez altaneros y tristes, do el brío solía disimular terrores y la constante
aspiración hacia Dios iluminaba en lo alto las visionarias pupilas.
La turbia claridad que bajaba de las nubes
alumbraba apenas el libro. Ramiro leía por tercera vez el mismo pasaje de «La
vanidad del mundo»:
«Si fingiéramos que la tierra estuviese en el cielo
estrellado y la tornase Dios clara como una de las estrellas, no se podría de
acá abajo divisar por su pequeñez. Y si en respecto del firmamento es la tierra
como un punto, ¿cuánto será menor puntillo respecto del cielo empíreo? ¿Pues
qué dejas, menospreciando el mundo, aunque fueses señor dél, sino un angosto
nido de hormigas, por los reales y anchos palacios del cielo?»
Aquellas palabras del padre Fr. Diego de Estella
traspasaron luminosamente su espíritu. Señalando la página e inclinando su
cuerpo sobre el brazo del sillón, miró pensativamente hacia afuera, a través de
los viejos vidrios sujetos por tosca malla de plomo. Espeso nublado, cuya cepa
debía prolongarse hacia el naciente, asomaba por encima de las murallas. A
pesar de tener cabe sí un brasero con lumbre, Ramiro sentía colarse por las
rendijas ese estremecimiento glacial de la atmósfera que anuncia la nevasca. Las
losas de la calle y los sillares de los palacios tomaban tonos lívidos,
ateridos. El viento ululaba.
Era uno de esos días de invierno en que el alma se
siente apartadiza y doméstica y todo el ser se arrellana en su propio egoísmo.
¡Cuán mágico sentido toman entonces las cuatro paredes del aposento, entre las
cuales el continuo soñar ha ido adhiriendo a las cosas compañeras indefinida
confidencia y algo como nuestro propio dejo espiritual! El cerrojo lanza al
caer una interjección uraña y reconfortante, y el ascua nos recibe con su
ardiente fascinación que amodorra las ansias y desapega de todos los afanes del
siglo.
Una enorme hostilidad se cernía. El cielo estaba
ceñudo, el aire maligno y poblado, quizá, de espíritus dañosos. Las lúgubres
consejas, escuchadas allá en la torre, siendo niño, volvían a la memoria del
mancebo. A veces un remolino de polvo y de briznas, junto a alguna chimenea, le
inquietaba. Hubiérase dicho que un miedo mudo hacía palidecer todas las cosas,
la teja, la ventana cerrada, el árbol de los patios. Algunos campesinos bajaban
presurosos hacia la Puerta de Don Antonio Vela, acuciando sus machos y
borricos. Ramiro adivinaba en la dirección del Sudeste, por detrás de las
sierras, un agazapamiento de vendaval, pronto a lanzarse sobre la dehesa,
destechando cabañas, reventando los trojes, descuajando los árboles.
¡Cuán sabrosa aquella su pereza junto a la lumbre!
Soñó en la paz de los monasterios, en la ascética fruición de la celda durante
los días y noches del invierno, en la deliciosa somnolencia de los rezos en los
coros obscuros, entre el olor eclesiástico de los viejos barnices, de la cera,
del incienso.
El brutal desengaño que sufriera, días antes, al
presentarse en la reunión, habíale llenado el pecho de asco y rencor hacia los
hombres.
—¡Por cuestión de la paga!—repetía por momentos,
recordando las palabras del religioso.—¿De quién podía venir aquella especie si
no de su rival? ¿Debía también perdonarle con el heroico perdón de los santos?
La frase de doña Guiomar: «Harta dicha será que no
os desluzcan la jornada mediante alguna calumnia», tomaba ahora en su mente
acento de profecía.
¿Para qué afanarse, pues, en el siglo, si toda
honra estaba a la merced de cualquier lengua malvada? Y aunque así no fuera:
¿De qué valían las glorias y loores del mundo, de este «nido de hormigas», como
lo apellidaba el inspirado religioso? ¿No era, acaso, todo ello castillo de
cañas para el fuego de la muerte? ¿Qué más valía el paso de un hombre sobre la
tierra?… Cualquier frágil baratija duraba más que su dueño. Otros galanes
habían de aderezarse quizá, el juvenil mostacho ante aquel su espejo, cuando él
no fuera sino un hato de podredumbre. La copa de Venecia pasaba de padres a
hijos más vividora que las manos soberbias que la alzaban en los festines. ¿Qué
pensar? ¿Qué hacer?
El mismo se asombraba de las oscilaciones extremas
de su ánimo.
Volvió a mirar hacia la calle.
Una hora pasó. Era un domingo de fines de febrero.
La esquila de la Catedral acababa de tocar tres campanadas. Los visitantes de
costumbre iban llegando; unos en sillas, envueltos en capisayos aforrados de
martas; otros a pie, embozados completamente en sus ferreruelos o en sus capas
de lluvia, y manteniendo apenas una abertura por donde escapaba el aliento
blanquecino. Los clérigos se arrebozaban con sus lobas; los dominicos, en sus
manteos; los franciscanos y carmelitas traían el rostro cubierto bajo la puntiaguda
capilla y los brazos cruzados por dentro de las mangas. Ramiro vio llegar a
Vargas Orozco con la nariz amoratada por el frío; el paje caudatario le
sostenía por detrás la cola superflua. Creyó reconocer a don Pedro Valderrábano
por las calzas de velludo amarillo y sus pantuflos con pieles. Cuatro
valentones custodiaban la silla de don Enrique Dávila, tres de ellos con
alabarda y rodela, el otro con hermosa ballesta incrustada de marfil.
Ramiro, sin deseos de llegarse al estrado, abrió de
nuevo «La vanidad del mundo». En ese instante, después de anunciarse con el
golpecito de costumbre, entró Casilda en la habitación. Un estremecimiento
inusitado agitaba sus pestañas. Acercose al escritorio, removió la arquilla de
las obleas, requirió las torcidas del velón, estiró las holandas del lecho.
Palpábalo todo con gesto bobo y encogido, como si quisiera comunicar o pedir
alguna cosa y no se hallase con ánimo.
—¿Buscas algo?—la preguntó el mancebo.
—Nada, señor; sólo que mi padre me manda llamar y
miro porque todo quede bien aparejado para la noche.
La idea de recompensar con alguna dádiva los
cuidados que aquella muchacha le había prodigado, durante tantos días de
sufrimiento, le asaltó a Ramiro por la primera vez. Díjola entonces:
—Abre la naveta de la izquierda de aquel bufetillo.
¿Ves una escarcela verde? Bien, tráela.
Cogió tres ducados y alargóselos, exclamando:
—Toma para alfileres, Casilda.
Ella, al sentir en la palma de la mano el frío de
las monedas, dejolas caer al pronto, sobre la mesa, como si hubiese tocado un
reptil. El rostro se le enrojeció de vergüenza, y su pecho, henchido por la
emoción, dejó escapar un suspiro. Luego sonrió tristemente, diciendo:
—¡Ah! ¿vuestra merced ha pensado?… ¡No, no, por
Dios!
—¿Tanta honrilla, muchacha? ¿No puedo hacerte,
acaso, un obsequio?
—No, señor; gracias. A lo que venía me mueve otro
interés. Deseo decir a vuestra merced—agregó vacilando un instante y bajando la
voz—algo que sucede en esta casa.
—Sí, ya imagino: que el lacayo… que la criada… que
la dueña… Me lo dirás otra vez.
—Nada de eso, señor. Es negocio harto apurado. Un
negocio… ¿cómo decir? que importa; que, con ser yo tan necia, se me alcanza que
la justicia ha de caer aína sobre esta casa y todo el daño que se puede seguir
a vuestra merced.
—Bien, aguija; aclárate presto. ¿Qué sucede?
Casilda tembló como sacudida por aquel acento
imperioso, y luego repuso:
—Sucede, señor, que muchos de estos caballeros que
aquí vienen, acabada la visita, se juntan abajo en secreto, en una cuadra
vecina de aquella en que yo guardo mi cofre; y encienden lumbre, y dicen
palabras contra el Rey y hablan de levantar bandera.
—¿Por quién sabes todo eso?
—Lo escuché yo mesma, yendo a buscar un manto, el
domingo pasado, ya de noche.
—Dilo todo, date prisa.
—Al entrar oí unas voces que parecían salir de una
alacena; pero, como yo no temo a los duendes, la abrí para ver lo que era.
Vacía lo estaba; pero las voces se escuchaban como si fuesen en la mesma cuadra
y eran en la de al lado, e decían lo que ya dejo expresado a vuestra merced. A
mi ver, deben ser muchos señores, y entre ellos está el señor cura de Santo
Tomé, con su catarro, y el señor de Bracamonte, con su voz tan áspera, y el de…
Un golpe dado en la puerta que comunicaba con la
galería cortó su narración.
—¿Quién?—demandó Ramiro.
—Yo soy—respondió Vargas Orozco, abriendo él mismo
la hoja y penetrando en la estancia. Luego, habiendo mirado de soslayo a
Casilda, aproximose a Ramiro, y sin tomar asiento, le preguntó:
—¿Os lo ha referido?
—¿Qué?
—Lo que acontece en esta casa.
—¿A qué quiere aludir vuesa merced?
—A las reuniones secretas de don Diego, y los
otros, en el piso bajo, conducidos por el maestresala.
En seguida, alzando la voz, y señalando hacia las
cuadras vecinas:
—¡A la enorme felonía—gritó—de esos malos
caballeros!
—Por Dios, hable vuesa merced más bajo, que pueden
oílle—interrumpió Ramiro, agregando:—De suerte que vuesa merced lo sabe también
por…
—Por esta rapaza—contestó el Canónigo señalando a
Casilda.
El diálogo se desarrolló vivamente y quedó
convenido que, antes de que terminara la reunión, irían los dos a cerciorarse
de la verdad, escondiéndose en la cuadra que indicaba Casilda. Al principio, el
mancebo manifestó no poca repugnancia por aquel espionaje, declarando que a él
le parecía más derecho requerir con franqueza a don Enrique Dávila o al mismo
Bracamonte; pero el Canónigo le hizo pensar en la necesidad de una previa
certidumbre; y, al referirse al peligro de que su llaga se reabriese en el tráfago
de las escaleras, le dijo:
—Si tal os sucede, hijo mío, haréis de cuenta que
os hicisteis herir, una vez más, en servicio del Rey y de la honra de vuestra
casa.
Seguidamente, uno y otro, se dirigieron al estrado.
Ya un crecido número de visitas rodeaba a don Íñigo. Don Pedro de Valderrábano,
hidalgo viejo y socarrón, se paseaba solo, observando maquinalmente los muebles
y mirando las figuras de los tapices. Otros señores hablaban, en pie, junto a
las vidrieras, por donde entraba una luz opaca y mortecina. Ramiro, después de
cumplir con los saludos de ceremonia, sentose junto a un ancho brasero, en
torno del cual se parlaba de guerra.
Don Enrique Dávila juzgaba la táctica de Farnesio,
mientras alzaba en su mano un vaso de plata con una piedra bezoar incrustada en
el borde. Un criado escanciábale el vino de San Martín con demasiada
frecuencia. Estaba ricamente vestido de terciopelo morado, con ropilla de lo
mismo, forrada de pieles.
Su intemperante condición respondía a su estatura
gigantesca. Cuando quería dominar alguna congoja, reventaba uno o dos caballos
a fuerza de locas carreras por el camino de Villatoro. El juego era la única
pasión que lograba punzarle. Peinaba sin crencha, hacia atrás. Su tez era
barrosa y trasnochada. Sus ojos pequeños.
Ramiro no escuchó sino el final de su discurso:
—Diga, vuesa merced, que una vez que Farnesio hubo
dejado las provincias para penetrar en Francia, debió librar batalla campal al
Bearnés, desbaratalle en seguida, quitalle las vituallas, adueñarse de París e
decir luego a nuestro rey: «Señale agora Su Majestad la persona que ha de
sentarse en este trono.» De esta suerte, aunque exponiendo a Flandes,
hubiéramos extendido el poder de nuestras armas y limpiado a aquella monarquía
de la pestilencia luterana.
—¡Qué brava guisa de guerrear!—dijo don Pedro
Valderrábano, con tono amistoso y burlesco.—En un quítame allá esas pajas
desbarata vuesa merced un ejército, le coge las vituallas, cae de sopetón sobre
una poderosa ciudad y se la adueña. Piense vuesa merced, señor don Enrique, que
no hay batalla que no se gane desde una silla de vaqueta, cabe el brasero.
El regidor Gaspar González Heredia, queriendo
amortiguar el picante de aquella fisga, agregó con seriedad, dirigiéndose a don
Enrique:
—Quizá el ejército del Duque no era suficiente para
tamaña empresa, y hay quien presenta al Bearnés como hombre de mucho ardid y
coraje, que pelea a la cabeza de sus soldados.
—Con eso—le replicó el licenciado Daza Zimbrón, que
alardeaba de táctico—no demostraría ese mucho ardid que dice vuesa merced; pues
el jefe de un reino poderoso, como apunta a serlo el Bearnés, ya que ha de dar
la batalla, no debe hallarse en la refriega, entre sus soldados; que si él
mesmo fuere muerto o vencido, el reino todo se pierde, como aconteció a los
persas y medos, vencidos por Alejandro, muerto el rey Darío, y en España muerto
el rey don Rodrigo, y en Hungría, en nuestros tiempos, muerto el rey Ludovico,
en la batalla que dio temerariamente a los turcos.
Prodújose un rumor de admiración.
—¿Y vuesas paternidades habéis recibido nuevas
cartas de Francia?—preguntó don Alonso al padre Jaime Rodríguez, de la Compañía
de Jesús.
—Casi todas se quedan por el camino. Este mes sólo
una ha logrado llegarnos. Trae algunos pormenores de la primera acometida del
Bearnés sobre París, en diciembre pasado.
—Sepamos, sepamos.
—Parecer ser que el Bearnés se acercó, ya pasada la
media noche, cuando todos los vecinos dormían; pero, por un caso, en que se
echa de ver la mano de Dios, los herejes apoyaron sus escalas en la Puerta
Papal, donde se hallaban a la sazón algunos religiosos de nuestra Compañía. Al
asomar los primeros asaltantes, nuestros hermanos dan repetidas voces de
alarma. Los vecinos despiertan, tócase a rebato, y el hereje se retira
desengañado.
—Grande gloria para vuestra religión—dijo alguno.
—Un venturoso accidente en verdad—respondió el
padre Rodríguez.
Entonces el dominicano fray Gonzalo Jiménez,
Guardián del Convento de Santo Tomás y Calificador del Santo Oficio, díjole con
aparente mansedumbre:
—Ya tenéis blasón para hacer labrar a la puerta de
vuestras casas.
—¿Cuál sería, según vuesa Reverencia, señor
Guardián?
—Anseres Capitolini, los famosos gansos del
Capitolio; y no se dirá que os falta añejo abolengo.
Todos sabían la enemistad que separaba a aquellas
dos religiones; pero nadie esperaba una ofensa semejante; así que las palabras
del padre Rodríguez: «Aún no sería bastante humilde para nosotros», se
perdieron en un murmullo de estupor. Formáronse entonces pláticas diversas. Una
predominó y todos acabaron por escuchar. El capellán de la Iglesia-Hospital de
la Anunciación, Miguel González Vaquero, hablaba con el dominico Crisóstomo del
Peso, de los milagros de doña María Vela, monja de Santa Ana. El capellán
gozaba fama de santo. Su palidez cenicienta hacía pensar en terribles
austeridades, y a la vez, sus grandes ojos claros emanaban conmovedora dulzura.
—Son tan grandes—decía—las mercedes que Dios la
hace y tan apegadas sus razones al amor divino, que no cabe dudar.
—De su humildad y otras virtudes dígame cuanto
quiera vuesa merced, señor capellán; pero de sus revelaciones muy poco, porque
soy menos inclinado a creellas.
—Igual cosa oí decir a vuesa Paternidad, en cierta
ocasión, de la madre Teresa de Jesús.
—En verdad, muchas veces dije: esperemos a ver en
qué para esta monja, que no es bueno dar fe tan presto a sus virtudes y
revelaciones; no tanto porque dudase de ella, cuanto por juzgar que así
conviene para mujeres. Pero ahora declaro que la dicha Teresa ha dado a
entender ser posible en ellas la perfección evangélica.
—Y así mesmo doña María, padre Crisóstomo. Harta
experiencia tengo de su caridad y oración para saber si hay lazo o engaño de
Satanás.
—Me dicen que fue vuesa merced—preguntó el
licenciado Zimbrón, dirigiéndose al capellán—quien aconsejó administralla el
santo Viático para hacella aflojar las mandíbulas.
—No, no; fue el padre Julián, el padre Julián.
—¿Vuesa merced presenció el milagro?
—Cuando yo entraba en la celda, ya doña María tenía
abierta su boca hacia el divino remedio; toda la faz encendida como una
lámpara. Más de nueve días pasó con los dientes tan apretados, que el hombre
más fuerte no hubiera logrado separárselos y sin que fuera posible hacella
pasar una gota de caldo.
La conversación recayó, como de costumbre, en la
crónica de los asombrosos milagros que se realizaban de continuo en aquella
ciudad.
Otra monja de Santa Ana oía todas las noches una
voz que le denunciaba las asechanzas del Demonio en torno de la celda de tal o
cual religiosa. En el convento de San José, Catalina Dávila, presa de súbito
arrobamiento, habíase levantado varios palmos del suelo al leer una anotación
de mano de Teresa de Jesús, en los Morales de San Gregorio. Sor Angela de la
Encarnación era estrujada y abofetea la por Satanás a la vista de todas sus
compañeras, y, últimamente, arrojada por él, desde lo alto de una galería al
jardincillo del convento, no recibió daño alguno. Además, todos los lunes, que
es el día que corresponde a la Oración en el Huerto, sudaba a imitación de
Nuestro Señor, tanta sangre de toda su piel, que era preciso mudarla dos o tres
túnicas al día.
Al hablar de aquellas cosas, las voces temblaban de
modo extraño y los semblantes más recios se ablandaban y palidecían como
oreados por un soplo divinal.
La ciudad entera, odorífera de santidad, parecía
haberse levantado hasta una región convecina de Dios y flotar en pleno
prodigio, entre el vuelo cuasi visible de los ángeles. Las almas ardían como
los perfumados carbones de aquel místico brasero, hurgoneadas por la
penitencia, atizadas por el aleteo de la incesante plegaria. El milagro estaba
en todas partes. Posábase aquí y allá, a modo de un ave inverosímil y familiar.
Se hablaba de él con regocijo, pero sin espanto.
El nombre de Teresa de Jesús, la religiosa andante,
la garduña de almas, la pícara sublime, reaparecía con frecuencia en los
diálogos. Muchos de los que allí se reunían eran sus parientes, algunos habían
parlado y chanceado con ella en los locutorios de la Encarnación y de San José;
otros, más ancianos, la conocieron muchacha, con harto amor a las galas y a los
olores y poniendo motes a los galanes. Referíanse con el mismo entusiasmo sus
prodigios que sus gracejos, y todos se complacían en hablar llanamente de un
ser que los ojos del alma veían ahora en la gloria del Paraíso.
—Grande injusticia ha sido llevarnos la gran
reliquia de su cuerpo—dijo Alonso de Valdivieso, al terminar la narración de
una graciosa entrevista que tuvo con ella en Medina del Campo.
—Esa trapacería se la debemos al Duque de
Alba—replicó el señor de Navamorcuende.
Entonces, aprovechando del vocerío que suscitaron
aquellas palabras de don Enrique, un padre carmelita refirió en voz baja a
Ramiro que, no hacía mucho, temiendo que se llevasen nuevamente de rondón el
cuerpo milagroso, una hermana lega del convento de Alba de Tormes, en medio de
una noche de tempestad, habíase dirigido al sepulcro de la madre Teresa, y
descubriendo el cadáver, abriole el pecho con un filoso cuchillo, metió la mano
por la herida y arrancó el corazón. Luego, aquella sobrehumana mujer, poniendo
la reliquia entre dos platos de roble, se lo llevó consigo a la celda. Al
siguiente día, el inconfundible perfume que embalsamaba los claustros, denunció
el sublime sacrilegio.
Enfebrecido por el confuso rumor de los diálogos y
el aire denso de la sala, Ramiro tuvo que reconcentrarse un momento,
sintiéndose penetrar hasta el fondo del ser por la pasión que exhalaban
aquellos últimos relatos. Acababa de comprobar una vez más que, a la primera
mención de los prodigios de una humilde enclaustrada, todos los otros temas
decaían; y los más recios hidalgos, orgullosos de sus linajes, de sus caudales,
de sus cicatrices, inclinaban la cabeza como empequeñecidos ante la sublimidad
de la gloria penitente.
Y de nuevo, la voz ajena y sosegada que solía
susurrar en el fondo de su conciencia, le habló de esta manera:
Abandona la brega de los hombres. No hay vida más
heroica, más fuerte, vida más vida que la de aquel que, desnudándose por entero
del vano ropaje mundanal, sigue la senda de Cristo Nuestro Señor. Ese
acrecienta como ninguno las potencias del alma, y, en un mismo día, asedia o se
defiende, toma castillos o levanta cestones y palizadas, libra grandiosos
combates, pone en fuga legiones inmensas, conquista mundos ignorados y
maravillosos. Sólo aquél tiende su vuelo por los espacios de la eternidad,
logra sus simientes, conoce la verdadera gloria y vence la vanidad, la brevedad
y el terreno dolor.
Sí, sería religioso y quizás ermitaño. Estaba
resuelto. Bajando los párpados, soñó, entre el murmullo creciente de la
asamblea, en su futura santidad.
Un vocerío en la calle, un clamor áspero y bronco,
que hizo retemblar las vidrieras, desgarró su visión.
—¿Qué es esto?—exclamaron algunos.
Ramiro, que se hallaba próximo a una de las
ventanas, se puso en pie, abrió las maderas y miró. Un grupo de villanos
avanzaba hacia el solar cruzando la plazuela. A la humosa llamarada de las
antorchas, Ramiro pudo reconocer, en medio de aquel golpe de gente, la enhiesta
facha de Bracamonte. Nueva exclamación estalló:
—¡Viva don Diego!
Los pasos de la turba resonaban sobre las losas de
modo acompasado y solemne.
—Son algunos vecinos que vienen acompañando a don
Diego de Bracamonte—exclamó Ramiro en voz alta, volviendo el rostro hacia el
concurso.
—Parece—dijo Valderrábano,—que de algunos días a
esta parte, apenas le advierten por esas calles, se ponen a seguille, y le van
regalando todo el tiempo con sus vítores, que güelen peor de lo que suenan.
—Quiera Dios no le empujen a alguna demasía—agregó
con lenta modulación el Canónigo lectoral.
Ramiro notó que algunas miradas descendían
gravedosas, mientras otras escudriñaban, uno a uno, los semblantes. Entretanto,
don Enrique Dávila respondía a la frase del Canónigo con injuriante risa
haciendo saltar entre sus dedos el joyel que pendía de su cadena.
—Don Enrique: «Las barajas excusallas»—dijo
entonces el Lectoral.
—Señor Canónigo: «Comenzadas acaballas»—replicole
el señor de Navamorcuende, completando el conocido lema que llevaban las armas
de su familia.
Minutos después entraba Bracamonte.
—¿Qué nueva?—preguntole don Enrique, dejando el
asiento.
A la vez que un lacayo le quitaba de los hombros la
negra capa salpicada de nieve, Bracamonte repuso:
—Que se pretende dar parte al Santo Oficio en la
causa de Antonio Pérez, para burlar de esta suerte los Fueros de Aragón.
Tras un candelabro, y con todo el rostro iluminado
por el resplandor numeroso de las bujías, el Guardián de Santo Tomás
prorrumpió:
—¿Hay, por ventura, fuero más fuero que el de la
Santa Inquisición? Allá se las arreglen, señor don Diego, que aquí estamos en
Castilla.
Bracamonte, reconociendo al pronto la voz, replicó
sin vacilar:
—Ya sabe vuesa Reverencia que, según los antiguos,
la pendiente de la tiranía todo está en empezalla; y si a tal se atreven con
Aragón, que tan celosamente ha guardado hasta aquí sus libertades, ¡qué no
osarán luego con nosotros, que estamos ya harto desplumados y listos para la
olla!
Ramiro sintió que le apretaban el brazo.
—Salgamos, que es tiempo—murmurole al oído el
Lectoral.
Algunos tertulios se retiraban; don Alonso entre
ellos.
Cuando maestro y discípulo bajaron a la cuadra del
piso bajo, conducidos por Casilda, ya era de noche.
—Cae nieve—dijo la muchacha mirando hacia el patio.
Casilda no había soñado ni mentido. Después de un
largo lapso de espera, comenzó a escucharse, a través de las tablas de la
alhacena, cavada a medio grueso en el muro divisorio, el rumor de los que iban
penetrando en la estancia vecina. No había rendija alguna por donde se pudiese
atisbar; pero Ramiro y el Canónigo reconocían fácilmente a los congregados, aun
cuando todos bajaban la voz con evidente cautela.
—Las nuevas cartas—dijo Bracamonte—son del Barón de
Bárboles, de Miguel de Gurrea y del señor de Purroy.
Leyolas. Las dos últimas referían los sucesos
recientes de Aragón y la agitación popular de Zaragoza. La de don Diego de
Heredia, señor de Bárboles, entre otras cosas decía: «Hoy somos los aragoneses
los amenazados, mañana lo seréis vosotros. Prestémonos fiel ayuda, hermanos de
Castilla, que nuestra Patria se pierde; pues aquellos que son tenidos por sus
padres y jueces, son malos padrastros y prevaricadores della.»
—Sí; la república se pierde—agregó con brusquedad
Bracamonte, comunicando a su voz una resonancia imprudente.—¿Y, por ventura,
debemos asombrarnos, cuando España, regida ayer por sus más claros varones, es
hoy la presa de ávidos pecheros, que, no sólo buscan por todo medio acrecentar
la propia hacienda, aunque perezca la pública, sino que pretenden, a más,
empobrecer y destruir a la más antigua nobleza del reino, no dejándola, como
sabemos, regentar los negocios, e inventando contra ella, cada día, nuevos pechos
y humillaciones? Si el puntilloso honor de nuestra casta no se hubiese trocado,
agora, en acoquinamiento y bajeza, ¿quién osara tales atrevimientos? ¡Ea!:
mostremos que de algo vale aquella sangre delicada que heredamos de nuestros
mayores. Es tiempo ya de resoluciones varoniles. Perdamos, si es preciso, la
vida en la demanda, antes que la honra. Aragón sólo espera nuestra señal para
arrojarse; Sevilla bulle y se revuelve, Valladolid, Madrid y Toledo vendrán a
la zaga, apenas nosotros marchemos.
Un coro ardoroso de aprobación respondió a la
arenga de Bracamonte. Luego, en medio del silencio que sobrevino, una sola voz
resonó, adusta, inconfundible.
—Que no se diga que la vejez, enflaqueciendo mis
fuerzas, ha destemplado mi corazón. Sepan vuesas mercedes que toda mi hacienda
queda puesta desde hoy al servicio de esta demanda. Y si el caso lo pide,
hareme subir en silla a la muralla, que aún puede mi diestra disparar un
venablo.
Al escuchar aquella voz, el Canónigo y Ramiro se
buscaron uno a otro en la obscuridad.
—¡Don Íñigo! ¡Válame Dios!—exclamó el Lectoral
asiendo del brazo a su discípulo.
—¡Sí; él es!—dijo, tan sólo, el mancebo.
Escuchose entonces un rumor de interjecciones y
frases entreveradas.
—Es un tirano—dijo alguien claramente.
—Su confesor—agregó el cura de Santo Tomé—ha de
arder en el infierno, porque le absuelve.
Otros exclamaron:
—Que se lea el cartel que ha de pegarse en los
muros.
—Es harto tarde.
—Que se lea, y partiremos.
Oyose entonces un ruido claro de papeles, y don
Enrique Dávila leyó el histórico pasquín.
«Si alguna nación en el mundo debía por muchas
razones y buenos respetos ser de su Rey y señor favorecida, estimada y
libertada, es sólo la nuestra; mas la cobdicia y la tiranía con que hoy se
procede no da lugar a que esto se considere. ¡Oh, España, España, qué bien te
agradecen tus servicios esmaltándolos con tanta sangre noble y plebeya; pues en
pago de ellos intenta el Rey que la nobleza sea repartida como pechera! ¡Vuelve
sobre tu derecho y defiende tu libertad, pues con la justicia que tienes te será
tan fácil; y tú, Felipe, conténtate con lo que es tuyo y no pretendas lo ajeno
y dudoso, ni des lugar y ocasión a que aquellos por quienes tienes la honra que
posees, defiendan la suya, tan de atrás conservada y por las leyes de estos
reinos defendida.»
El vítor sordo que estalló en la estancia vecina
hízoles comprender al lectoral y a Ramiro que los conjurados eran numerosos.
—Bien puesto, bien puesto, señor don
Enrique—exclamaron algunos.
—Que se fije mañana mismo en los muros de la
Iglesia Mayor y en los portales del Mercado.
—Dejemos escoger la ocasión a don Enrique y a don
Diego, que, llegado el caso, todos estamos dispuestos a fijarlo por nuestras
manos en el sitio que convenga.
Las sillas resonaron. Todos se levantaban para
marcharse.
Tan pronto como el Canónigo se halló de nuevo en el
aposento de su discípulo, exclamó con profético vozarrón:—Todo esto habrá de
concluir sobre un cadalso.
Ramiro, dejándose caer en una silla, junto a la
pequeña mesa aderezada ya para la cena, fijó su mirada en el blanco mantel, que
resplandecía bajo las llamas del candelabro, y después de largo silencio,
repuso:
—Aunque así fuera, es menester seguilles. Ellos son
los valientes y los honrados. Yo he de mostrar—agregó, levantando el rostro
hacia la lumbre y golpeando con el puño sobre la mesa—que aún quedan en la
nobleza castellana ánimos capaces de mostrar la vieja valentía.
—Por el hábito que tengo—replicó el Canónigo,—si
estoy por decir que ha entrado en esta casa alguna legión de demonios
invisibles que os van a todos revolviendo la sangre. ¿No comprendéis, hijo mío,
que ese sandio y tahúr de don Enrique y esa bestia furiosa de Bracamonte no
hacen sino vomitar en palabras el hondo despecho de no haber merecido honor
alguno en su vida? ¿Y no se os alcanza también que, así como fijen ese alevoso
pasquín que leyeron, serán uno y otro degollados por mano de verdugo, con algunos
incautos que han dado en seguilles? Si os place, Ramiro, concluir como ellos
sobre la infame bayeta en la Plaza del Mercado, o iros a remar en alguna galera
bajo el corbacho del cómitre ¡adelante!; y así figuraréis en las crónicas como
el vil descendiente que arrojó semejante baldón sobre su casa preclara y
antiquísima.
—¿Soy, por ventura, niño o mujer para dejar a otros
la guarda de nuestros derechos antiguos? Mi bisagüelo, Suero del Aguila,
arriesgó la vida por ellos.
—Malaventurado yo—replicó el Lectoral—si he de
cosechar esa espiga. ¿No será, ¡vive Dios! el orgullo, el aborrecible orgullo,
fuente de tantos yerros y desgracias, lo que os hace desvariar de esta suerte?
Dando luego algunos pasos a lo largo de la cuadra,
en uno y otro sentido, comenzó a decir, con la entonación grandiosa y el ademán
vasto y pulpitable que usaba en ciertas ocasiones:
—¿Dónde está el tirano? ¿Dónde la sinrazón? ¿Hasta
cuándo abusaréis de la real paciencia? ¿Quién que no sea un mentecato puede
decir que la república se pierde? ¿Hubo, por ventura, en los siglos otra nación
más temida y envidiada que lo es hoy día la española? Somos los amos de la
tierra firme y del mar; tenemos asido al mundo de las greñas. El tercio de
Flandes o de Italia han hecho palidecer la fama de la falange macedónica y de
la romana cohorte; y al solo rumor de unas espuelas españolas tiemblan por doquiera
los populachos. ¡Oh, necios! ¿Conociose jamás un monarca que fuese a la vez tan
justiciero y tan grande como Felipe? Seguro estoy de que en los venideros
tiempos, para formar un trasunto de su vida, tendrán que juntar la piedad de
David con la sabiduría de Salomón, los triunfos de Alejandro con la prudencia
de Marco Aurelio. Además, ¿cómo olvidar lo que ha hecho y hace diariamente por
descepar del mundo la herejía? ¡Y aún hay descontentos en España! ¡Aún quedan
malos vasallos que buscan el modo de trabar el paso a este príncipe ungido por
el Señor! ¿Si pensarán los muy bellacos y avarientos que tanta grandeza no
merece el nombre de tal si se les toma a ellos una hilacha tan sólo del
capotillo?…
Siguió hablando de esta guisa, yendo y viniendo.
Ramiro le escuchaba atentamente, seducido por la inesperada emoción de aquella
catilinaria que, con decir todo lo contrario de lo que vociferaba en sus
discursos Bracamonte, exaltábale, asimismo, de modo heroico y soberbio.
Un criado trajo la primera vianda. El Canónigo se
sentó, y, apenas se hubo llevado a los dientes un grueso bocado de pernil, vio
penetrar en la estancia a la madre de Ramiro. Parecía más animada que de
costumbre. Habló casi con júbilo, empleando uno que otro gracejo místico al
suplicar a su hijo que no hiciese esperar demasiado al Señor, y que, así como
se hallase con fuerzas, montara, luego luego en el cuartago, camino de
Salamanca.
—A vuesa merced, señor Canónigo, toca agora dar a
esta alma el empellón que ha menester—agregó con inusitada sonrisa, al
retirarse.
Cuando quedaron solos, el mancebo, enmudecido por
las tumultuosas impresiones que jugaban con su ánimo, levantose nerviosamente
y, acercándose a la ventana, abrió las maderas. Avila, recubierta de nieve,
resplandecía bajo el mágico claror de la luna como una ciudad de encantamiento.
Ramiro ordenó al lacayo que se llevase las
candelas.
Los rincones de la estancia se llenaron de sombra;
pero, al mismo tiempo, la claridad sideral traspasó la polvorienta vidriera y
quedó suspendida en el ambiente a modo de un velo soñado y alucinador.
Ramiro admiró el fantástico arminio que revestía
las techumbres y las almenas en la noche diáfana; ¡y soñó en cosas del Cielo,
en claras armonías del Paraíso, en el alma de Teresa de Jesús gozando de Dios,
entre la innumerable blancura de los serafines!
—¿Sabéis lo que pienso, Ramiro?—exclamó de pronto
el Canónigo, con todo el busto hundido en la obscuridad;—pienso que vuestra
virtuosa madre acaba de hablaros por boca de ángel, como se dice, y que agora
más que nunca, en presencia del riesgo propincuo que corren a la vez vuestra
alma y vuestra honra, os debéis echar sin tardanza en brazos de la Santa
Iglesia. Ella sólo puede asosegaros esos bullentes borbotones del cerebro y
salvaros de caer en la pasión del orgullo, en esa peligrosa y aborrecible pasión
que nos convierte en un fruto mollar para el Demonio. Dios queriendo, hijo mío,
yo seré muy pronto promovido a Obispo de Cartagena o de Orense, como lo asegura
don Alonso. Lejos de la mentecatez y la envidia, no tardará mi nombre en correr
por toda España. Mi saber saldrá de la cueva cabildera cual generoso vino
olvidado, y encenderá, por doquier, el espíritu de los hombres. Se me pedirá a
cada ocasión mi dictamen desde la Corte, y el Rey mesmo acabará por decir:
«Esto piensa su señoría, Lorenzo Vargas Orozco, y no habrá más que agregar.»
Entonces, Ramiro, uno de mis primeros pensamientos será llamaros a mi lado; y
allí dará principio la verdadera ocasión que el Cielo os depara. Al fin lo
comprendo. ¡Por ahí, por ahí! ¡Dios lo quiere!
Ramiro meditó. Sentado ahora en la silla, junto a
la ventana, miraba hacia lo alto, con el rostro comparable a un claro marfil.
Por último, inclinándose hacia el maestro, sin bajar la mirada, con tono
pausado y casi doliente, repuso:
—A las vegadas, yo mesmo pienso que Dios lo quiere,
como dice vuesa merced, y me lo expresa arrancándome allá del abrazo de la
muerte, mostrándome aquí las bajezas del mundo y la vanidad de todas las
glorias humanas, o hablándome con el ruego de mi madre, como acaba de hacello.
Clamo, entonces, con todas mis potencias, hacia su Divina Majestad,
demandándola una de esas mercedes que hace diariamente a algunas almas y que
manifiestan de un golpe su predilección; pero, nada, nada me responde, e todo
mi ser desengañado tiene que replegar de nuevo su ardimiento, en la hondura, en
la tiniebla. Yo quisiera—agregó en voz bien alta, tendiendo ambos brazos hacia
la verdosa claridad, en la cual sus manos resplandecieron de modo
perturbador,—yo quisiera subir de un solo ímpetu a una de las moradas de
arrobamiento que describe la Madre Teresa de Jesús; gozar, aunque fuera un
instante, de ese deliquio, de ese éxtasis, en que ella caía de continuo; llegar
a Dios, en fin, de un solo y soberano vuelo del alma, y anegarme, abismarme en
su contemplación.
Hizo una breve pausa y prosiguió:
—O, a lo menos, un prodigio, un prodigio patente,
mediante el cual el Señor me significase su complacencia: desprenderme del
suelo durante la plegaria, ver señalarse en mi cuerpo una llaga de la Pasión,
escuchar una palabra de una de esas imágenes de Nuestra Señora que tantos
milagros han obrado en esta ciudad con toscos villanos y campesinos; o recibir,
en fin, de lo alto, alguna locución que yo debiese, a mi vez, transmitir a los
hombres. ¡Pero hasta agora nada! Mi cuerpo semeja un costal lleno de cantos,
mis manos siguen tan mondas como siempre, y el cielo mudo y cerrado para mí.
Cuanto a las imágenes de Nuestra Señora de las Vacas e de la Soterraña, a
fuerza de mirallas e mirallas, tiemblan e oscilan, como entre el humo de un
cirio; pero hablarme, eso nunca; ¡y qué negrura en la mente, qué sequedad, qué
apretamiento acá en el corazón! ¡ah!…
Llevose las manos al pecho.
—¡En qué peligro estáis, hijo mío! Agora hecho de
ver, y en quien menos lo deseara, el daño que pueden hacer en las almas de
corta experiencia y estudio, los escritos milagreros, quitándoles toda humildad
e despertando en ellas las aprehensiones sobrenaturales, con gran regocijo del
Demonio. La tal Teresa y todos cuantos escribieron o escriben sobre mística, en
lengua vulgar, van haciendo harto mal por España, incitando al desprecio del
duro camino escolástico y engolosinando a los incautos con visiones y revelaciones,
coloquios y éxtasis, y todos los sueños que engendra la beodez contemplativa.
Todo eso, Ramiro, no es otra cosa que el humo de la antorcha viva de la verdad,
e los que buscan sólo ese humo pronto se enceguecen, e no pudiendo ni queriendo
escudriñar los secretos de la Escritura y de la ardua enseñanza escolástica,
esperan que Dios se los revele, de una vez, en un rapto, e hablar con El, cara
a cara, como si fuera con el Corregidor o el Obispo. A un paso estáis, Ramiro,
de las peores herejías que apestan a España, e mucho me temo que, llevado por
esa gula espiritual, os hundáis, sin sabello, en la locura de los begardos, o
alguien os denuncie al Santo Oficio de alumbrado o de quietista.
—Yo no hago sino anhelar para mí lo que encarece en
sus escritos la madre Teresa de Jesús, a quien todos tienen por santa—exclamó
nerviosamente el mancebo.
—¿Y por ventura—replicó a su vez el Canónigo—no han
sido bastante aviso los ejemplos de la beata de Piedrahita, de Magdalena de la
Cruz y de la Priora de Lisboa, para inculcarnos un advertido recelo acerca de
toda revelación mujeril? ¡Ah, hijas de Eva!—exclamó esta vez, removiendo los
brazos en la sombra con un ademán que Ramiro no alcanzó a distinguir.
Luego, como si hubiera logrado al fin desasirse de
algún odioso pensamiento, prosiguió:
—Ya os he dicho otras veces que ese trato con Dios
se usaba y era lícito en la ley vieja, y el mesmo Señor lo reclamaba, como
vemos en Isaías, donde reprende a los hijos de Israel, diciendo: Væ,
filii desertores, dicit Dominus, ut faceretis concilium, et non ex me… Qui
ambulatis, ut descendatis in Ægiptum, et os meum non interrogastis. Y vemos
en la divina Escritura que Moisés preguntaba a Dios continuamente, y asimesmo
David y otros reyes de Israel; y Dios les respondía, hablaba con ellos y no se
enojaba, porque aún no estaba asentada la fe. Pero, agora, bajo la ley nueva,
todo está consumado y la fe fundamentada per sæcula, sæculorum; y
no hay para qué preguntar a Dios como antes, porque en darnos, como nos dio a
su Hijo, que es su más soberana palabra, nos lo habló todo junto, de una vez, y
no tiene más que hablar. De aquí, Ramiro, que el que agora pregunta a Dios o le
pide revelaciones, le importuna y enfada sobremanera. Mejor hiciérades, pues,
en apretaros las agujetas y arremeter con la Escritura y Santo Tomás, que éste
es macizo sustento y lo otro golosina de arrabal; éste, camino áspero, pero
seguro; aquél, el atajo peligroso; ésta, la bienhechora luz; lo otro, el humo
irritante que perturba la visión y el cerebro.
La obscuridad embozándole el rostro favorecía su
discurso. Sólo quedaba la pura emanación de la mente; y las ideas parecían
brillar con más fuerza en la sombra, como las ascuas de los braseros.
Dos días después sobrevino un hecho inesperado.
Sería algo más de la una. Sentado, como de costumbre, junto a la ventana,
Ramiro hojeaba al azar el Cordial, el Arte de bien morir,
el Contemptus Mundi. La vidriera dejaba pasar una luz plomiza y
melancólica. No se escuchaba en la estancia otro rumor que el de las páginas en
el silencio. De pronto, una onda ignota, un soplo, algo inexplicable, hízole
mirar hacia afuera. La calle estaba gris y solitaria; pero un instante después,
viniendo del lado de Mediodía, aparecieron dos lacayos, con la librea amarilla
y azul de los Blázquez, en seguida un alto escudero con traje de grana y botas
de camino, y, por último, en silla de manos, Beatriz. Doña Alvarez, la dueña,
caminaba detrás, golpeando las losas con el báculo.
La niña dejábase conducir con garbo desdeñoso de
infanta. El negro velo descubría tan sólo el ruedo de la saya, donde un
plateado galón chapeaba tres veces el terciopelo turquí. Ramiro se levantó.
Toda la gracia de la mujer pasaba ahora ante él, delicada y terrible. La
blancura de aquel rostro, oreado por el cierzo, hacía pensar en las hostias; y
era, en verdad, como el viático de su amor, el viático de su pasión, olvidada y
moribunda.
Una vez frente a la ventana, Beatriz insinuó un
vago saludo, haciendo florecer en su labio una sonrisilla mortificante. Algo
más lejos, cuando iba a dejar la plazuela, volviendo su rostro hacia aquella
máscara triste que se borraba por momentos detrás del reflejo acuoso de los
vidrios, tornó a sonreír; y así, acompañando con la cabeza el blando vaivén de
la silla, desapareció con su gente.
Ramiro arrojó el Arte de bien morir sobre
una mesa cubierta de libros.
A la mañana siguiente, el criado que vino a
despertarle quedose perplejo. Su señor no se había quitado las ropas para
dormir.
Pasaron los días, largos días de prisión, que él
acortaba con la lectura, o pintando al óleo, con asombrosa destreza, sobre
tablas de nogal, figuras de Vírgenes y de Santos. El Canónigo venía a visitarle
a menudo y le incitaba siempre a que abrazara la carrera eclesiástica. Cierto
día le dijo:
—La causa de las moriscas va a principiarse. No
tardarán en llamaros a testificar.
Como estaba junto a la ventana, y miraba en aquel
momento hacia la calle, exclamó:
—Ahí pasa Gonzalo de San Vicente. De fijo que el
que va con él es algún maestro de espada; siempre anda en esa compañía. Van
diciendo algunos que el Rey quiere hacelle regidor, a pesar de sus pocos años,
y que, si esto sucede, don Alonso Blázquez le dará su hija Beatriz en
matrimonio. Su padre don Felipe es gran caballero y fiel servidor del Rey y de
la Iglesia.
Luego, mirando un almendro que asomaba por detrás
de un tejado y cuyos gajos comenzaban a cubrirse de flores, agregó:
—Agora llega la estación libidinosa.
Entretanto, Ramiro se hastiaba. Su herida no
acababa de cerrarse. Un círculo tumefacto rodeaba la morosa cicatriz, pronta a
reabrirse al menor esfuerzo. El cirujano, después de un docto discurso sobre la
influencia de los planetas en los humores crudos y semicocidos de la gangrena,
había terminado por decirle que no podría salir hasta fines de marzo, y nunca
antes de haberle sangrado todavía una docena de veces, ex carpo manus;
pues, según él, «había aún vicio de sangre, presencia de postulante permitente,
ausencia de repugnante, y ocasión; luego no había más que pedir».
La Semana Santa llegó. Los días se redoraban en la
primera sonrisa del año, y los árboles reventaban sus yemas, sus yemas rubias y
vellosas como los pequeñuelos de las aves. La ciudad, invadida por las gentes
de los contornos, resonaba como una colmena. La mañana del miércoles Ramiro vio
cruzar la plazuela, sobre hermoso rocín, a su antiguo rival Gonzalo de San
Vicente. El aderezo de la silla era de terciopelo azul, con las armas de su
linaje bordadas hacía atrás, con oro y con seda. Dos lacayos le precedían. Iba
a pasar, sin duda, por la casa de Beatriz, o a verla salir de alguna iglesia.
Blanco penacho de plumas, sujeto a su gorra por un joyel de diamantes, temblaba
en el aire de la mañana. Ramiro sintió impulsos de salir al balcón y lanzar un
denuesto contra aquel galancete, rubio como un extranjero, blanco y sonrosado
como una hembra.
No bien despabilada todavía, la guedeja en
desorden, los ojos medrosos de luz, y desperezando, ora un brazo, ora el otro,
Beatriz, sentada al borde del lecho, dejábase vestir por sus esclavas y
doncellas.
Era el sábado santo y faltaba menos de una hora
para la misa de Gloria en la Iglesia Mayor. Un reloj acababa de golpear nueve
campanadas.
Costábale mucho levantarse tan temprano. La caricia
matinal de las holandas la amortecía la voluntad, haciéndola soñar en goces
indefinidos.
Las parlerías de doña Alvarez, y además las
desnudas estatuas de metal y de mármol, traídas de Italia por don Alonso,
habían disipado desde temprano su inocencia.
Leocadia, su criada favorita, después de
restregarla y besarla los pies repetidas veces, estirábala ahora, sobre las
piernas, las ceñidas medias color de bronce, cuya seda reflejó, sobre la
escultural perfección, firme trazo de luz. Luego, habiéndola calzado las rojas
chinelas perfumadas con ámbar, levantó delicadamente la camisa de noche y diola
un beso en la carne. La niña la contuvo con ambas manos, exhalando melindrosa
quejumbre.
La misma doncella sacó después de un arcón otra
camisa con puntas y vino a ofrecérsela sobre un azafate. Entonces, Beatriz,
cogiendo y desplegando aquella prenda olorosa y encintada, cerró, tras sí, los
damascos amarillos que pendían del sobrecielo. Sus piernas, más fuertes que el
resto de su persona, quedaron asomando por la abertura. Preciosos rapacejos de
diamantes exornaban las ligas.
Tibio perfume, que no venía de ningún pomo de olor,
ni arquilla de esencias, sino del lecho entreabierto y de las ropas de la
víspera, abandonadas sobre los taburetes, sahumaba el ambiente de la alcoba.
Una criada aparejaba en el tocador las toallas, el
aguamanil, la jofaina. Otra, el patético albayalde para la tez y el
sanguinolento bote para amapolar levemente las mejillas. Beatriz dejose apenas
lavar. El frío del agua la hacía golpear en el suelo con el chapín. La criada
la pasaba, entonces, sobre la garganta y los hombros, a modo de un céfiro, el
paño humedecido. En cambio, ella aceptaba con delicia los perfumes. ¿Para qué
más? ¿Acaso el ámbar, el agua de ángel, la algalia, no dejaban el cuerpo oloroso
cual mazo de flores?
Dos esclavas de Italia la servían de rodillas. La
más joven sabía alargar los ojos con el kohl, a la usanza turquesca. Llevaba
aretes enormes y un turbante verde con listas gualdas y purpurinas. Era
lánguida y rubia, como una virgen del Sanzio. Don Alonso la había comprado a un
capitán de galeras; y, cuando el hidalgo regresaba de la Corte, era ella quien
le llevaba al lecho, todas las noches, el cocimiento aromatizado para dormir.
Beatriz pidió su libro de devoción, para meditar, a
su modo, el Misterio del día, mientras la aderezaban la lacia cabellera, cuya
negrura imitaba a trechos la morada vislumbre del palisandro.
Una cascada de sol, traspasando los vidrios,
entraba de sesgo en la estancia. El don rutilante y divino chispeaba en los
objetos de plata, en el nácar y el metal de las incrustaciones, en el galón de
las colgaduras, cayendo sobre el tapiz como una lluvia de oro de la mitología.
Afuera, el resplandor matinal iluminaba las cornisas más altas; y el cielo, sin
una nube, iba disipando su niebla.
Habíanla alcanzado el devocionario entreabierto. La
miniatura representaba a Nuestro Señor subiendo en los aires, con blanco
estandarte en la diestra, mientras los guardas caían despavoridos en torno del
sepulcro. Leyó con infantil dificultad la epístola de San Pablo a los colosios,
siguiendo la línea con el índice. Luego la narración de San Mateo: María
Magdalena y la otra María camino del sepulcro, la piedra removida, las
resplandecientes palabras del ángel anunciando la Resurrección.
La imagen de aquel milagro de los milagros la
conmovió profundamente. Un júbilo indecible la inundaba al imaginar a Jesús en
su glorioso vuelo, después de las angustias del Calvario. Había que reír, que
cantar; había que vestir las telas más ricas y escoger las joyas mejores.
¡Jesús había resucitado! Tomó en la mano el espejo y ensayó ante el cristal
prolongada sonrisa, enseñando los dientes.
Por fin, vestida de amarillento brocado que los
toques de plata y las rojizas labores asemejaban a una tela de casulla, el
cabello rizado con primor por debajo de la toca de plumas y terciopelo,
levantada por el corcho de los chapines, enjoyada como una Milagrosa, aliñada,
abullonada, crujiente, comenzó a pasearse por la habitación, mirando, por
encima de su hombro, las cenefas de la nacarada basquiña y la pompa del
faldellín. Sus orejas diminutas balanceaban las arracadas de diamantes de una
abuela.
Las criadas la seguían como a una paloma que se
escurre. Una buscaba ajustarle las viras del zapato; otra, enderezarle el
cinturón de tela de oro recamado de aljófar. Leocadia, tomando un gran buche de
agua de olor, afinó entre sus dientes un chorro continuo, y, girando en torno,
rociolo con maestría, desde el ruedo de la saya hasta la almidonada gorguera.
Una esclava vino a anunciar que las sillas de manos
esperaban en el recibimiento.
—Llamen a Alvarez—exclamó Beatriz.
Un instante después llegaba la dueña con mucho
rumor de cuentas y gorgoranes. Las criadas se retiraron. Entonces, doña
Alvarez, mirando a la niña al través de sus anteojos, prorrumpió:
—¡Infantica preciosa! ¡estrella de Belén! ¡Alabado
sea Dios, que os hizo bella y salada como una perla del mar!
Beatriz, mirándose en el espejo, afectaba,
entretanto, los más diversos visajes. Ora entornaba los párpados con
desmayadizo temblor, como si respirara un perfume doloroso; ora los abría
desmesuradamente; y resumiendo, a la vez, su boca de carmín, parecía ofrecerla
a un galán imaginario, como confitada fresa, como incitante golosina purpúrea.
La dueña la preguntó casi al oído:
—¿Pasó por esta calle?
—¿De quién decís?—repuso la niña.
—De Gonzalo.
—¿Lo sé yo acaso?
—Sí que debió. Vile entrar muchas veces en la
iglesia. Os buscaba como sabueso que va oliendo las hierbas.
—¡Bah!
—Harto galán le veréis, que es regalo de los ojos
con su traje color de acero y sus mil botoncillos y guarniciones; y ¡válame
Dios! ¡qué plumas tan bizarras! Todas las niñas volvían la cabeza para miralle.
¿Qué será cuando le pongan de regidor, como dicen? Parecéis uno y otro nacidos
bajo la mesma constelación. ¡Lucida pareja! El será el nácar y vos la perla,
señora mía!
—¿A qué iglesia fuiste?
—A la Mayor. Ya bendijeron el fuego y el cirio. Yo
me hice dar, por un canónigo amigo, del incienso y del estoraque. ¡Donosa
fiesta! El templo güele mejor que un vergel. Démonos prisa, que llegaremos
tarde.
Tomándola el cristal, echola encima un manto y
trájola con presteza la estufilla de martas, donde Beatriz introdujo una y otra
manita, remedando el empaque de las señoras.
Una vez en la calle, la hija de don Alonso apoyose
contra el respaldo de la silla para contrarrestar el vaivén, y, al lento paso
de los silleteros, cruzó entre la muchedumbre, tiesa y vistosa como una imagen,
la boca pía, los ojos recoletos.
Un lacayo llevaba por delante la almohada
postratoria con el escudo de los Blázquez ricamente bordado.
Avila resplandecía en el oro húmedo y blanquecino
de la mañana, como una pequeña Jerusalén. La religiosa emoción la henchía, la
perfumaba. Las flores de los árboles, asomando por encima de las tapias,
pendían sobre las callejuelas. Impaciente alegría parecía bajar de las campanas
silenciosas y difundirse sobre todo el caserío. Beatriz aspiró aquella flotante
sublimidad, presintiendo algo misterioso y cercano que iba a conmover su
existencia.
El villanaje circulaba con pena por las calles, y
la niña miraba con asco a los labriegos, que dejaban al pasar un tufo de
requesón, y hacían crujir sobre las losas el dominguero calzado. Algunos
semblantes traslucían el asombro del hecho remotísimo que la Iglesia festejaba,
y las pupilas iban como pujadas hacia afuera con estupor semejante al de San
Juan y San Pedro camino del sepulcro.
Al llegar a la plazoleta de la Catedral, el
escudero tuvo que hacer apartar a los rústicos para dar paso a la silla. A más
de las cabañas y caseríos de los contornos, muchos pueblos comarcanos habían
volcado buena parte de su gente en aquella reducida plazuela, que apenas si
bastaba para los vecinos. Los más diversos ropajes ardían bajo la mágica luz,
en movedizo apiñamiento multicolor. Veíanse sayas rojas o verdes como los
pimientos, color de almagre como las calabazas, moradas como las berenjenas,
capas y coletos pardos como la piel de los tubérculos, negras ropas de ancianos
que iban tomando la torcida color de las alubias, vistosos dengues y pañolones
donde parecía haberse reventado toda la hortaliza. No faltaban las zagalas de
égloga, en trenzas y en corpiño, zagalas de Sotalvo, de Tornadizos, de
Fontiveros, lavanderas o pastoras, que no habían logrado quitarse el olor de
las lejías o el tufo de los chotos y cervatillos. Hombres secos y taciturnos,
de afeitada boca monástica y aludo sombrero, contemplaban el desfile de los
señores, apoyados en sus varas de respeto o en el cogote de los borricos. Las
mujeres hablaban alegremente. Las más acaudaladas traían mandiles de relumbrón,
y casi todas, collares de coral, pendientes mudéjares y plateadas cruces y medallas
que semejaban ex-votos de camarín. Buena parte de aquella gente había dejado
sus lejanas chozas o alquerías antes del amanecer, a la luz de las estrellas.
—¡Atrás os digo!—gritaba allí un corchete ebrio de
poder, empujando malamente a los rústicos, a fin de conservar el humano
callejón por donde iban llegando a la iglesia damas y caballeros.
—¿Quiere el seor alguacil que le hurguemos las
patas a esa señora mula?—le replicaba una moza de la ciudad.
—Atrás os digo, y van dos.
—¡Pus quite esos dedos!
—Mire la Antonia, que no estamos hoy de mercado.
Los buhoneros aprovechaban para vender.
—Señora hermosa, por un real se lleva este rosario.
—Darete, a lo más, un cuarto.
—¿Trasero o delantero?
—¡Oste con el bellaco!
El templo estaba henchido de muchedumbre y todo
jaspeado en lo alto de sol y de incienso. Los largos resplandores que bajaban
de las vidrieras colorían de tintes espectrales la piedra y el alabastro,
esmaltaban el oro de los púlpitos, pavonaban el obscuro nogal. Beatriz fue a
arrodillarse con las damas nobles, entre el coro y la capilla mayor. Los
dignatarios, resplandecientes de joyas y de veneras, ocupaban los escaños del
centro.
El canto de las letanías seguía resonando bajo las
bóvedas, potente, monótono, sublime. Por fin los diáconos aparecen recubiertos
de blancas vestiduras.
Principiada la misa, Beatriz advirtió que Gonzalo
de San Vicente, vestido como dijera la dueña, se arrodillaba sobre el guante,
hacia la nave opuesta, observándola de hito en hito al santiguarse. Ella
correspondió con tierna mirada, y, bajando luego la cabeza, suspiró
profundamente volviendo los ojos al libro.
Su Señoría don Jerónimo Manrique de Lara ofertaba
el incienso con sus manos huesosas y pálidas. El humazo litúrgico llenó en un
instante, cual milagrosa nube, todo el presbiterio, envolviendo al preste y a
los diáconos, amortiguando los oros, y cubriendo con asoleado velo de perfume
las pinturas del retablo.
De pronto, la voz del pontífice entona las primeras
palabras del Gloria, y como si fuera el estruendoso derrumbe de ese
túmulo de silencio y de dolor que la Iglesia levanta desde la mañana del
jueves, descuélganse a un tiempo de lo alto, el trueno de los atabales, el
alarido de las chirimías, el turbión resoplante del órgano y, allá arriba, allá
afuera, en el aire, en el sol, estalla a la vez el acelerado repique de todas
las campanas, frenéticas, locas, delirantes, cantando y echando a los vientos
el regocijo sublime y milenario de la Resurrección.
En ese instante, Beatriz, al levantar la frente,
vio a su derecha, contra una columna del crucero, el fantasma… ¡la persona
misma de Ramiro!
El órgano y los bronces seguían resonando. Un
vendaval de religiosa alegría doblegaba las cabezas de la multitud arrodillada.
Beatriz se sintió desfallecer, confundiendo en el mismo transporte la
resurrección del Señor y la presencia del pálido mancebo, cuyo rostro
figurósele, al pronto, la faz descarnada y admirable de la Pasión.
Con las últimas palabras del Evangelio, Ramiro
comenzó a retirarse, lentamente.
Arrimose al sepulcro de Diego del Aguila, apoyando
su sien contra el muro, como si esperara un consejo de aquel antiguo caballero
de su linaje, dormido allí dentro, en la honra. La gente salía por todas las
puertas de la iglesia. Ramiro vio que su rival se estacionaba junto a una pila,
con los dedos puestos al borde, esperando seguramente a Beatriz.
—¡Es fuerza vencer aquí mesmo!—se dijo. Y, empujado
por irresistible movimiento, fue a colocarse, casi oculto, tras la misma
columna. De esta suerte, cuando Beatriz se halló a pocos pasos y Gonzalo se
adelantó a ofrecerla el agua bendita en los dedos, Ramiro mojó a su vez,
brevemente, los suyos, y los alargó también hacia ella, con gesto imperioso y
tranquilo. Sorprendida por aquel doble ademán, la doncella vaciló; pero, en
seguida, bajando los ojos, tendió al pasar su temblorosa mano hacia la mano de
Ramiro.
Los dos mancebos se miraron un instante de un modo
terrible. Gonzalo tomó una expresión iracunda; mientras Ramiro, alzando la
cabeza y levantando por detrás su capa con el estoque, le observaba por arriba
del hombro, con una sonrisa más insultante que toda palabra.
Cuando Ramiro, al salir del templo, puso de nuevo
los pies en la soleada plazuela, pareciole que aquellos vecinos y forasteros,
palacios y torres, cosas y seres, no eran sino el teatro aparejado por Dios
para los episodios de su historia; y que él era toda la vida, y toda la vida un
engendro de su alma. El demonio del orgullo levantole en los espacios sobre el
hormiguero de los hombres, y, otra vez, bajo el sol embriagador, sintió en su
frente el beso o la mordedura de invisible quimera.
Todo el día lo pasó vagando por la ciudad. Densos
perfumes primaverales desbordaban las tapias de los huertos y flotaban en las
callejuelas. El se sentía también renacer con las flores y los follajes.
Aunque la herida le molestaba, salió de nuevo a
pasearse después de cenar. Las constelaciones temblaban en el azul inmenso y
liso de la noche. Recordó que la Iglesia festejaba anticipadamente la
Resurrección y que el cuerpo de Jesús había permanecido en el sepulcro hasta la
mañana siguiente, y con aquella idea, al levantar los ojos al cielo, parecíale
aspirar los aromas del divino sudario y como una sagrada frescura que bajara de
las estrellas.
Una vez en su estancia, y después de unos minutos
de descanso, sintió en el costado el fulguroso dolor de otros tiempos. La llaga
estaba reabierta. Al otro día el cirujano le prescribió nueva reclusión.
Para su dicha, el escudero presentose una hora
después, y, habiéndole oído quejarse, se atrevió a decirle:
—Esto me recuerda un flechazo que recibí en las
costas de Trípoli. Vino la gangrena y no me dejaba. Creyéndome un día curado,
bajé de la flota, y dale otra vez. Por fin un amigo segoviano arrimome un caño
de arcabuz bien rojo a la llaga, y poco después pude pasearme.
Propúsole el mismo remedio. El mancebo se prestó, y
un candente barrote aplicado a la herida le dejó curado para siempre.
Los días inmediatos desarrollaron para Ramiro una
de esas bregas interiores que semejan la alternativa de un anciano y un
mancebo. El entendimiento razona, aconseja, predice; mientras la voluntad,
sintiéndose por fin reducida, se dispone a obedecer. Llega luego la acción, y
no queda sino el vuelco del azar y el ardor de la sangre.
Pocos días después de la conminación de su madre,
en un instante de fervor y remordimiento, había prometido a Su Divina Majestad
ingresar a la Orden del Carmelo apenas terminase sus estudios, y aquel voto,
lanzado en rapto de pasión, veíalo ahora suspendido a una altura inaccesible
encima de su ánimo. Sin embargo, era menester cumplir. Lo contrario sería
perderse para esta vida y para la otra, pues el Señor no perdonaba semejantes
perjurios.
Entonces los malos espíritus emergieron como
sirenas. Uno susurraba que aquel sacrificio sería inseguro y estéril, pues él
no era hombre capaz de arrancarse del pecho el ansia de vivir soberbiamente, de
triunfar en el siglo, de poner su garra sobre todas las presas de la
voluptuosidad y del orgullo. Otro le decía con hipócrita blandura: «Tiempo
habrá de vestir el sayal; pero antes precisas correr mundo y conocer todo el
mal de la vida, para salir templado de ese fuego purgativo como el acero de las
espadas. Sólo así podrás llegar a comprender la grandeza del sublime reverso
realizado en los claustros.»
Pero él rechazaba con indignación estos discursos,
reconociendo la elocuencia acomodaticia del Tentador.
En cuanto a Beatriz, no había para qué seguir
pensando en ella. Lo que él buscó ya estaba conseguido. Había humillado a su
rival y mostrádole que, si él lo quisiera, la hija de Blázquez Serrano sería su
desposada. ¿A qué más?
Una tarde calurosa de fines de abril fuese a dar
una vuelta por el camino exterior que corre al pie de los muros. Dejó la
ciudad, como de costumbre, por la puerta de Antonio Vela. No había llovido en
todo el mes. El valle, con sus panes demasiado mohínos, mostraba, allá abajo,
un aspecto sediento y polvoroso. Al llegar a la esquina del Alcázar dobló hacia
la izquierda, y siguió caminando sin detenerse.
Aislada entre las peñas y bañada por los últimos
resplandores de la tarde, la basílica románica de San Vicente relucía cual
cobrizo relicario; mientras los dos inmensos torreones de la puerta vecina se
revestían de sombra cuasi nocturna. Ramiro levantó la mirada para contemplar el
delgado puente de piedra que une sus almenas y que en ese instante contorneaba
su arco negrusco sobre un cielo de oro y de llamas.
Al viento del Sur, que había levantado desde la
mañana continuos remolinos de polvo a lo largo de las carreteras, sucedía ahora
una calma de paisaje pintado. Voces largas y jubilosas resonaban a cada
instante sobre las colinas. Ramiro dejose invadir por aquella languidez, por
aquella holganza crepuscular que desunce los bueyes y refresca en cada cabaña
la frente y el pecho de los labriegos.
Entró a la ciudad, y, al cruzar la plazuela de
Sofraga, vio en torno a la fuente ocho o diez mozas de cántaro que dejaban
correr la hora entre cuentos y decires, la boca llena de risa. Aguijoneado él
mismo por la sed, miró como un bíblico milagro aquel fluido abundoso que,
surgiendo de la sequiza muralla, empapaba los bordes del pilón y se volcaba por
la calleja.
Detuvo el paso y recostose en el muro frontero.
Una de las mozas era muy blanca y garrida. Con el
cántaro en la cadera, y apoyando el vientre contra el duro granito, estirose
con ansia hasta recibir en la boca el largo beso del agua. Cuando se irguió de
nuevo, su empapado corpiño mostró los hombros y los pechos como si estuviesen
desnudos.
La hermosa mujer, con su anhelante movimiento,
antojósele a Ramiro una figura de lascivia. Nunca como aquella tarde, después
del larguísimo encierro, sintió de modo tan fuerte la tentación de la mujer.
¿Sería, en verdad, un soplo maldito ese incentivo que llegaba en las ondas del
aire, ese almizcle indefinido de la hembra, que hacía temblar a los santos y
contra el cual los conventos levantaban sus poderosas murallas sin aberturas?
¿No fue, acaso, el Divino Alfarero quien torneara con visible complacencia las
formas de aquella ánfora maravillosa? ¿Cómo podía ser tan grande pecado gustar
sus delicias? ¡Ah! ¿por qué tanto miedo y tanta pena? ¿Por qué no gozar de una
bella criatura como del fruto de un árbol? ¿Por qué aquellas que le expresaban
con cautelosa mirada su deseo no venían a ofrecérsele ingenuamente, una a una,
como en los sueños? ¿Por qué tanto pavor entremezclado al más delicioso
consuelo del mundo?
A lo largo de la calleja del Tostado llegaba un
grupo de gente.
Instantes después, el mancebo se halló sorprendido
por Beatriz y doña Alvarez. Una y otra venían en sillas de manos. El negro
manto de la doncella estaba cubierto de arena blanquizca y su tez descolorida
por el polvo; las pestañas, cenicientas; los cabellos resecos y como canosos.
Llegaban, sin duda, de alguna finca de los alrededores.
Al pasar junto a la fuente, Beatriz no pudo
reprimirse, e inclinado su cuerpo, pidió con el gesto a las mozas que la
alargasen un cántaro. Luego, echando el velo hacia atrás y pegando su boca al
barro humedecido, diose a beber como una zagala. Entonces doña Alvarez,
levantando su bastón, dejolo caer sobre el cacharro, diciendo con voz baja y
severa:
—La hija de un Blázquez no bebe en la rúa.
La niña obedeció, y sonriendo a su antiguo galán,
que se acercaba haciéndose encontradizo, murmuró dulcemente:
—El otro domingo vuelve mi padre de la corte. Vaya
vuesa merced a saludalle.
Llegado que fue el próximo domingo, Ramiro se
engalanó como nunca y, a las tres de la tarde, fuese a visitar a don Alonso. La
sangre, la imaginación, el orgullo tiraban en un solo sentido como los trapos
de una barca en el viento. Además, no le faltaron razones para demostrarse a sí
mismo que aquel paso era del todo oportuno, pues si había de partir en breve,
no hallaría mejor ocasión para desligar a don Alonso de la promesa del hábito y
declarar al padre y a la hija el objeto de su viaje.
Cuando Ramiro penetró en la cuadra de las pinturas,
Blázquez Serrano regalaba a sus amigos con la sorpresa de un nuevo cuadro
adquirido en la corte.
—Algunos—decía—lo atribuyen a Rafael de Urbino, y a
mi fe, yo veo patente en este lienzo su sabio colorir y su consumada maestría
de los perfiles.
La mueca de muda admiración, la mano que se
encartucha como un anteojo, la que requiere las gafas y las va distanciando
lentamente para volver a acercarlas, y toda suerte de frases e interjecciones
de contagioso entusiasmo alternaban en derredor del caballete de taracea.
El docto señor de Mújica exclamó por último:
—Es digno de Apeles y de Parracio.
Ramiro hubiera querido también expresar su parecer.
Estaba convencido de que a la mayor parte de aquellos señores se le alcanzaba
muy poco del arte de la pintura. Sin embargo, todos manifestaban el mismo
delirio y exaltaban a los grandes maestros como no lo hicieran con los héroes y
los santos. Consideró entonces el privilegio de aquella gloria que nadie quería
desconocer; acordose de los famosos pintores adulados por reyes y pontífices, y
pensó que él mismo, ejercitando su asombrosa vocación, hubiera llegado muy
pronto a la fama universal, al placer, a la riqueza, con sólo un haz de
pinceles. Pero él no habría hecho aquella pintura alfeñicada y femenina,
aquella pintura sin contraste y sin misterio. Sentía desde niño la fruición de
los interiores sombríos, donde las pupilas descansan de la refracción
implacable de las tierras y un solo rayo de sol revela bruscamente el color y
la forma. Para él la pintura debía seguir también ese anhelo, consolar el
sentido y tornar más fuerte y más hondo el ensueño, como el claroscuro de las
estancias.
Don Alonso, al advertir que Ramiro se acercaba,
tomole afable las manos y, después de un momento, preguntole en voz baja:
—¿Quiere vuesa merced pasar al estrado? Allí
encontrará a mi hija Beatriz con algunos galanes y amigas que ella ha reunido.
Toda gente moza y danzante.
Ramiro se inclinó, y el caballero le condujo en
persona a lo largo de las galerías; pero antes de entrar en el estrado le
detuvo un momento para decirle:
—Quería comunicar a vuesa merced que el negocio del
hábito habrá que olvidallo por un tiempo, pues Su Majestad…
—Mejor así, señor—interrumpió Ramiro,—pues yo mesmo
no sé agora si lo aceptara.
—¿Y qué diría vuesa merced—continuó don Alonso—si
le nombraran regidor, como al hijo de San Vicente?
—¿Regidor? Si yo no hubiera de tomar el camino que
presumo, algo más alta sería mi ambición. ¡O César o nada!—agregó Ramiro
sonriendo.
Hallose abandonado de pronto en medio de una cuadra
tenebrosa, sin distinguir rostro alguno. Hizo entonces una pausada reverencia,
adivinando, por detrás de la barandilla, doncellas y galanes que acababan de
enmudecer. Por fin una voz exclamó:
—Lléguese vuesa merced a la tarima.
Era Beatriz. Había que avanzar y avanzó; pero
después de algunos pasos felices, llevose por delante una bandeja de metal
donde vidrios y porcelanas se entrechocaron terriblemente. Oyose una risa tenue
como un céfiro. Fue a caminar en opuesto sentido, y una jícara que había rodado
sobre el tapiz crujió bajo su pie como una nuez aplastada. Alguien hizo sonar
por mofa la cuerda de un rabel. La risa aumentó.
Estaba trémulo, y quizás la misma emoción hízole
distinguir bruscamente a las doncellas sentadas a la morisca, sobre almohadas
de terciopelo, y a los sonrientes galanes que las atendían, doblando la rodilla
sobre el corcho. Ramiro, después de los saludos, fue a postrarse junto a
Beatriz. Su confusión era enorme. La niña le preguntaba por los suyos, y él
respondía como aturdido, no pudiendo pensar en otra cosa que en su grotesca
aparición. Vergüenza mayor no había pasado jamás. ¿Qué gesto, qué palabra podría
hacerle recobrar su apostura?
Todos pedían a Beatriz que danzara, y ella se
excusaba débilmente. Sus ojos fosforecían como luciérnagas, y la extremada
blancura de su tez vencía la obscuridad, semejante al lirio en la noche.
Galanes y doncellas hablaban en lenguaje artificioso. Cada pareja escurría un
concepto con apurada exquisitez; el sol, la luna, las estrellas servían para
expresar, de modos innumerables, las excusas, las querellas, los rendimientos.
Se templaban guitarras y vihuelas y oíase un murmullo preparatorio.
De pronto, Beatriz se levantó. Ofreciósele de
compañero el alférez Antonio de Castro, recién llegado de Nápoles y que
juraba ¡per Baco! a cada instante, para hacer reír a las
niñas.
Todos pedían danzas diferentes: la pavana, la
alemana, el pie del gibao, la gallarda. El alférez dijo, a su vez: ¡per Baco:
la gallarda!, y, tomando la mano de Beatriz, interpuso entre sus dedos y los de
ella un pañizuelo perfumado.
Dieron cinco pasos y después los perdieron. Los
instrumentos sonaban con anticuada languidez y el lucido soldado conducía
majestuosamente a la niña con la pompa señoril de aquella danza de los abuelos.
Ella le miraba embebecida; ora ofreciéndose como una criatura del aire
levantada por la onda de las vihuelas; ora evitándole con apicarado temor en
algún apresuramiento del ritmo. Su embeleso embriagaba, enloquecía. Un lacayo
acababa de abrir las maderas de una ventana, y la niña pasaba ahora, de la
sombra a la claridad, como una visión, arrastrando en pos de sí la bruma de los
sahumadores. A cada gesto picante, a cada mudanza difícil, estallaba en la
tarima una brusca aclamación. Ramiro sentíase reducido, anonadado por aquel
triunfo. Era un sentimiento imprevisto. Parecíale por momentos que su alma toda
se iba también en pos de aquel faldellín, como el humo rastrero.
Concluida la gallarda, todos pidieron, a una, el
baile del polvillo. Beatriz fuese a mirar por la rendija de una puerta,
temiendo que su padre se presentase; y, después de apostar en aquel sitio al
alférez, adelantose hacia la ventana, de modo que toda la hojuela de oro y el
abalorio de su vestido rebullese en la luz. Entonces, recogiéndose apenas la
falda con ambas manos, y mirándose ella misma los pies, púsose a repicar sobre
el tapiz oriental un loco chapineo, tan recogido que hubiese podido bailarlo en
un plato.
Ella cantaba:
Pisaré yo el polvico
tan a menudico,
y los que estaban en la tarima contestaban a un
tiempo, al son de las guitarras:
Pisaré yo el polvó
tan a menudó.
—¡Per Baco! ¡Per Baco!—gritaba el alférez,
punteando el compás con las palmas.
Beatriz postrose por fin como extenuada sobre el
almohadón de terciopelo, junto a Ramiro. El perfume de sus ropas parecía más
intenso. Leocadia se le acercó de rodillas, ofreciéndola el chocolate en una
jícara de oro.
—No, tráeme un barro—la dijo Beatriz.
La criada ofreciole al punto, sobre una salvilla,
los destrozos de un búcaro de Méjico que acababa de romper. La niña cogió un
casquillo de aquella tierra comestible y, llevándoselo a la boca, comenzó a
devorarlo, haciéndolo rechinar entre sus dientes. Otras amigas la imitaron.
Ramiro hubiera querido sustraerla a todas las
cortesanías y alabanzas de los demás; sentíase receloso de cada palabra. Púsose
a hablarla de sí mismo, de ellos mismos, recordando los días de la niñez. A una
pregunta de la doncella, confiola rápidamente el compromiso que había contraído
con su madre de partir en breve para Salamanca, a fin de completar sus
estudios.
—Tengo por seguro—díjole entonces Beatriz—que vuesa
merced ha de llegar a ser un gran sabio; pero no le alabo la afición; más bien
sentara a su bizarría alguna guerra. Para mí, digo yo, un soldado vale mil
bachilleres.
—Gloria no pequeña procura así mesmo el
saber—repuso Ramiro.
—¿Cuál más grande para un galán que haber matado
muchos turcos o franceses con la propia espada que lleva? Mi padre estuvo en
una gran batalla en la mar. Mire vuesa merced al alférez que ha peleado mucho,
pero mucho, y agora viene a danzar con nosotros, como si tal… Así quisiera ver
a vuesa merced y aún mejor.
—¿Tanto admiráis al alférez?
—Es harto gracioso y valiente.
Tres doncellas y dos mancebos tañían ahora vihuelas
de arco, un rabel y un clavicordio. Era una música que se entraba en las almas.
Ramiro sentíase como embriagado por vicioso licor y
todo extraño, todo ajeno a sí mismo. Sus sentimientos familiares habían huido
muy lejos, dejándole a solas con una imperiosa pasión surgida de pronto de
algún silo del alma y ante la cual todos los instintos corrían a someterse cual
humilde servidumbre. El no sabía lo que pensaba ni lo que iba a decir, y por
eso mismo, palpó mejor que nunca ese obscuro fondo del ser, encima del cual, lo
que él llamaba su sentimiento, su albedrío, su conciencia, no eran sino
burbujas de un profundo hervor incomprensible. Dejose llevar.
La palabra de Beatriz le sorprendió:
—Cuán pensativo hase quedado vuesa merced. ¿Sufre
malencolías?
Ramiro no quiso contestar.
—¡Ah! no. Será la herida aquella que harale daño a
las veces.
—Esa ya cerró, Beatriz—replicó entonces el
mancebo;—otra es la que agora vase reabriendo y haciéndome morir.
—¿Morir?
—Un regalado morir que es vida, pues si ansí no me
matara, yo muriera.
—¡Ingenioso!…
—Exquisita llaga que me punza con sabrosos
recuerdos.
Beatriz suspiró. La música exhalaba ilusoria
frescura como un volar de espíritus ideales. Ramiro entreabrió sus labios con
una sonrisa voluptuosa. De pronto, con voz muy queda, e inclinando el cuerpo
hacia ella, prosiguió:
—Acuérdome agora de cuando me asomaba de noche a mi
ventana, allá en la heredad. Todos en vuestra casa dormían, y vos mesma. Yo
pensaba entonces que el escuro perfume de los jardines era vuestro aliento, ¡y
mis pupilas, fijas en la altura, querían adivinar lo que sabían y aun saben de
nosotros las estrellas!… ¡Yo os adoro, Beatriz!…
La niña suspiró otra vez, y Ramiro sintió que su
manita buscaba la suya. Sus dedos se entrelazaron, se ciñeron apasionadamente.
—¡Cuán dichoso me siento!—balbuceó entonces
Ramiro.—Decidme que apagaréis mis enojos y me amaréis de veras. ¡Ah! ¡Cuándo
será que pueda llamaros mi esposa, mi Beatriz, mía! ¡toda mía!
Su aliento buscó la mejilla cándida de la doncella.
En este instante alguien nombró a Gonzalo de San
Vicente y Beatriz oprimiole la mano para que le dejase escuchar. Pedro
Valdivieso refería que el mismo don Felipe acababa de traer a su hijo, en
nombre de Su Majestad, el nombramiento de Regidor.
Cuatro lacayos entraron en la sala con ocho
candelabros encendidos y un momento después llegaba el dueño de casa con
algunos señores. Doncellas y galanes se levantaron. Don Alonso llamó a su hija
para que hiciese la reverencia a su pariente el señor Márquez de las Navas.
Dos días después, Ramiro recibió de una vendedora
de rosarios un favor de raso verde. Beatriz se lo enviaba. El no se atrevió a
ponerlo en su gorra, como lo hacían otros galanes amartelados; pero decidió
llevarlo consigo entre el jubón y la ropilla. Necesitaba, a su vez, de un
intermediario seguro. Cohechar a doña Alvarez le repugnaba. Hizo llamar a
Casilda.
La muchacha, bajando los ojos, escuchaba en
silencio los mensajes e íbase a repetirlos sin quitar ni poner. De esta suerte
llevó también una sortija de diamantes y trajo una muy señoril, con florentino
sello burilado en una crisólita. Casilda fue excelente recadera, y, según
andaba por todos los barrios, tomaba lenguas y destapaba secretos, aunque no lo
buscase. Por ella supo Ramiro que los lacayos de Gonzalo de San Vicente
hablaban a menudo con doña Alvarez; y que Pedro, el hermano menor, apenas se
embriagaba en alguna taberna, poníase a gritar, dando puñetazos sobre las
mesas, que así que Gonzalo llegara a casarse con la hija de don Alonso, él les
daría, a uno y otro, de puñaladas, la misma noche de la boda.
Muy pronto, el día de Santa Rita y Santa Quiteria,
debía Ramiro salir para Salamanca. Una vez allí, y al cabo de algunas semanas,
comunicaría a su madre las disposiciones de su ánimo. Quizás al hallarse en
aquella ciudad asombrosa, «pasmo del orbe», entre los vivientes dechados de
piedad y sabiduría, su corazón le empujara irresistiblemente hacia la gloria
espiritual de los soldados de Cristo. Pero si no era así, si su vocación no se
revelaba de modo patente, estaba resuelto a tomar otra senda. Un cuantioso
patrimonio, pensaba, iba a caer bien pronto en sus manos.
El corto plazo que le restaba dedicole
especialmente a Beatriz. Rondaba en torno de su casa por la mañana y por la
tarde. Veces veíala aparecer detrás de las vidrieras; veces, conviniéndose de
antemano por intermedio de Casilda, salía de la ciudad e iba a sentarse sobre
un canto, frente al lienzo de muralla que correspondía a su mansión, hasta
verla asomar entre almena y almena.
La víspera de la partida Ramiro pasó más de una
hora en aquel sitio, esperando que Beatriz apareciera sobre la torre. Reinaba
un gran silencio. El galán no apartaba los ojos de la rugosa muralla, a cuyo
pie la roca granítica, rebajada por manos inmemoriales, remeda el embate de un
mar. La niña asomó, por fin; y algo blanco, un papel, un billete, comenzó a
descender en el aire con vacilante ondulación. ¿Qué signos preciosos traerían
para él aquellas alas mensajeras? ¿Cuál habría sido el acento escogido por su
amada para poner un pedazo de su alma en la solemne despedida? Recibió el papel
en el sombrero y lo abrió. Decía:
«Aun más de lo que os amo os amara si, en llegando
a Salamanca, me escogieseis vos mesmo, en la tienda que llaman del Zamorano,
una gallarda vihuela de lindo sonar. Quisiera viniese, luego luego, por medio
de algún viajante, pues tengo harta necesidad. Dícenme que el cura de San Juan
debe volver esta semana.
»Dichoso viaje, mi señor bachiller.
Beatriz.
»Hago escrebir este papel por la dueña, pues me he
lisiado ayer un dedo, jugando en el huerto con los amigos.»
Doña Guiomar había puesto en movimiento a la
numerosa servidumbre. Al día siguiente, de mañanita, todo estaba aparejado; y,
llegada la hora, sacáronse a la calle, por la puerta principal, las acémilas
cargadas, el cuartago para Ramiro y el macho rucio para el Canónigo, quien
debía acompañarle hasta Castellanos de la Cañada.
Ramiro subió a despedirse de su abuelo. Don Íñigo
se dejó besar la diestra como idiotizado; una nevada de ancianidad había caído
de pronto sobre él, enfriando para siempre el último calor de su intelecto. Su
chupado rostro estaba a trechos amarillo y a trechos moreno, como los limones
que se resecan.
A su vez, doña Guiomar abrazó a su hijo
esforzándose en sonreír bajo las lágrimas; y, para poder seguirle con la
mirada, subió con sus doncellas a la torre del caserón.
«Hijo mío: Tardo eres ya en contestar a una madre
que te quiere más que a sí. Hasta hoy, que es día de Pentecostés, no me han
llegado otras nuevas que las que trajo de palabra el licenciado Carmona.»
Así comenzaba la segunda carta de doña Guiomar a su
hijo.
Por fin, cierta mañana, un religioso carmelita, de
regreso de Alba de Tormes, sacó ante ella, del hueco de la manga, el ansiado
papel. Ramiro contaba primero su entrevista con el Rector del Colegio del
Arzobispo, en cuyas propias manos había dejado todas las cartas que llevaba.
Luego refería su previo ingreso a las Escuelas Menores.
«Es de maravillarse—decía—que, siendo aquí vieja
costumbre atormentar a los nuevos con las más crueles
invenciones, así que yo penetré en el claustro, mirando a todos muy
ásperamente, la mano puesta en la guarnición de la espada y haciendo arrastrar
a lo bravo la rodajilla, no hubo ninguno que osara menearse. No sé de qué
suerte; pero todos conocen mi hazaña con los moriscos. Un barbudo estudiante
díjome ayer que, desde que él viene a las escuelas, no tiene memoria de
otro nuevo que haya escapado a los gargajos.» Luego agregaba:
«¿Os acordáis, madre, de aquel capitán Antonio de Quiñones, que iba a nuestra
casa? A ése le vi en Castellanos y quiso llevarme consigo a perseguir
corsarios. Viendo mi resistencia, me dijo: «Mire vuesa merced que no le hizo
Dios para fraile, sino para soldado. Cuidado no se equivoque, que le ha de
pesar. En Cartagena le espero hasta el día de San Pedro y San Pablo.»
Era todo el contenido de la carta. Algún tiempo
después llegó otra más breve, en que comunicaba tan sólo que en el Colegio del
Arzobispo le exigían ahora las pruebas de limpieza de sangre. «Esto—agregaba—ha
sido siempre de práctica con todos los que buscaron ingresar, y eso que están
allí los mejores linajes de España. Pero ¿no bastaba, acaso, con saber mis
apellidos y que soy hijo vuestro y descendiente de tan claros agüelos, para
excusar toda probanza? En un principio asaltome el antojo de enviar los reposteros
de mis mulas para que se enterasen de nuestros blasones. ¡Pero es fuerza
acomodarse a la regla!»
Doña Guiomar le envió con un criado antiguo, en
buena cabalgadura, un lacónico billete diciéndole que regresara cuanto antes,
porque su abuelo se hallaba muy malo. En efecto: don Íñigo, consumido por un
mal misterioso, pasaba terriblemente a mejor vida, con los labios estremecidos
por incesante plegaria. Aquella triste carne, manando humores, anticipaba al
sepulcro su trabajo siniestro. Una sutil fetidez se extendía por toda la casa.
Las dueñas y los criados se apretaban las narices al pasar frente a la puerta
del enfermo. Entretanto, doña Guiomar no se apartaba un instante de su
cabecera, como si quisiese ofrecer al Señor la doble tortura física y moral que
prolongaba para ella aquel cerrado aposento.
Ramiro regresó lo más pronto que pudo. Al entrar a
la ciudad por la Puerta del Puente, uno de los guardas le dijo:
—Vuestra merced llega tarde. Ya se llevaron al
agüelo.
Don Íñigo había sido enterrado la víspera.
Cuando el mancebo penetró en las cuadras que
habitaba el anciano, pareciole, a los primeros pasos, que no podría seguir
adelante, tal era la hediondez que flotaba en el confinado ambiente. El lecho
estaba como lo había dejado la agonía, y la almohada con la señal de lo que ya
no volvería a cavilar y a soñar sobre su blandura. Los botes de medicinas, el
penado, el almirez, las tazas, las vendas, todo había quedado revuelto y
confundido sobre los muebles, haciendo pensar en la ansiedad de la lucha
postrera.
Entró a la librería y, al mirar los volúmenes
amontonados sobre el suelo y las gafas de asta marcando la página de un
infolio, para continuar otro día la lectura; al ver, colgada de un clavo, la
calza amarilla, donde el anciano guardaba los pinceles con que pintaba los
rótulos; y más allá, hacia un rincón, el taburete para la pierna gotosa,
ennegrecido por la grasa de los ungüentos, sintió en su espíritu una profunda
tristeza. Aquél era el término de todos nuestros afanes. Allí estaba, en el
escurrimiento de aquel ser, esa lección, ese consejo, siempre ambiguo, que
incita a la vez al goce y a la penitencia.
Cuando todo se hubo serenado y el solar cayó de
nuevo en su muda monotonía, doña Guiomar llamó a solas a su hijo y le declaró,
en breves palabras, el estado en que don Íñigo les dejaba el antiguo
patrimonio. Estaban completamente arruinados. Se había vivido, hasta entonces,
demorando el derrumbe final a fuerza de expedientes extremos, empeñando a los
genoveses, uno a uno, todos los bienes, y vendiendo, por último, en montón,
platería, joyas, tapices. El mayordomo flamenco, que era, según ella, la única persona
que conocía en la casa el manejo del patrimonio, y que hubiera ingeniado tal
vez nuevos arbitrios, acababa de marcharse para su país, a recoger una
herencia. No les quedaba sino el solar, empeñado casi por entero, y algunos
escudos guardados en un cofre, que pronto se agotarían. Era forzoso, pues,
vender el caserón y resignarse a vivir en alguna casa modesta de los arrabales.
—De todos modos—añadió doña Guiomar—ya no precisas
de muchos dineros. La santa Iglesia demanda bienes más puros; y agora pienso
que puedes cursar la Teología en el mesmo seminario de esta ciudad.
Ramiro escuchó a su madre con verdadero estupor.
¡Arruinados! ¿Era posible? ¿Y todos los cuantiosos
caudales que venían hasta ellos, por incontables alianzas, desde los más
remotos antepasados, todas aquellas mercedes de los Reyes, todos aquellos
señoríos de Segovia, todas aquellas casas y heredades en Avila y su tierra, que
aparecían mentados a cada paso en sus pergaminos?
En otras circunstancias no le hubiese importado la
pobreza; sabía que la falta de hacienda empujaba a las aventuras heroicas.
Pero, ahora, su instinto presentía un amoroso desastre, a causa de aquellos
bienes perdidos. Bajó la cabeza en silencio y, después de un instante de
meditación, declaró de lleno a su madre algo que él mismo no había determinado
todavía: la intención de casarse con Beatriz; y, sin que su voz se alterase,
díjola también el gran delito que sería seguirla esperanzando con su falsa vocación
eclesiástica.
Doña Guiomar no pestañeó siquiera; pero sus manos
restregaron nerviosamente los brazos del sillón en que estaba sentada. Entonces
Ramiro, doblando ante ella la rodilla, tomole con frenesí ambas manos, y
mirándola fijamente en los ojos, la pidió que ayudase sus designios y que, por
amor de Dios, no vendiera el solar; que pensase en la impresión que produciría
en el ánimo de don Alonso y de su hija aquel acto menguado.
—Yo trataré con los ginoveses—agregó;—algo quedará
que entregalles; aún restan muebles y mi daga de piedras; pero, ¡por mi honra!,
no vendáis el solar, madre, ¡no vendáis, no vendáis el solar!
Ella se levantó lentamente, la mano izquierda sobre
el pecho:
—Con lo que acabas de decir—repuso—mi vida en el
siglo ha terminado. Eres agora el señor. Ordena, y que Su Divina Majestad te
perdone.
Su expresión era extraña. El demasiado dolor la
hacía sonreír. Caminó hacia la mesa. Removió la mecha del velón, la limpió, la
retorció debidamente. Luego, sin pronunciar un vocablo, salió de la estancia.
* * * * * * *
El rey don Felipe Segundo era llamado, con
razón, el Prudente.
Grandes fueron los tumultos y demasías de Aragón;
sin embargo, a fines del año de 1591 todo pareció terminar en paz y concordia
bajo la simulada clemencia del Monarca. Los señores rebeldes, perdido el
recelo, volvían a Zaragoza y ofrecían su mesa a los oficiales del ejército
castellano. Había llegado el momento de la regia venganza.
Cierta mañana, el Justicia Mayor, don Juan de
Lanuza, al subir las gradas de la Catedral, hallose arrestado en nombre del
Rey. Un capitán de arcabuceros le esperaba desde temprano, fingiendo examinar
las estampas de una tienda de libros.
«Prenderéis a don Juan de Lanuza, y hacedle cortar
luego la cabeza», tal era la orden manuscrita de Felipe Segundo.—¿Y quién me
condena?—había preguntado el Justicia al oír la lectura de la sentencia.—El Rey
mismo—le respondieron.—Nadie puede ser mi juez—replicó—sino Rey y reino juntos
en Cortes.
Al otro día el primer magistrado de Aragón era
degollado por mano de verdugo. De este modo el Rey «ajusticiaba la justicia» y
desgarraba para siempre los fueros de varios siglos. Otros señores y, entre
ellos, don Diego de Heredia, barón de Bárboles, y don Juan de Luna, señor de
Purroy, habían de seguir igual suerte, después de soportar feroces tormentos.
El duque de Villahermosa y el conde de Aranda perecieron misteriosamente en sus
prisiones. Algunos rebeldes, que no gozaban del señoril derecho de morir descabezados,
fueron arrastrados por las calles, en un serón de infamia, hasta el garrote.
Así quedó vengada la defensa de Antonio Pérez y
roto para siempre el brío de aquel soberbio Aragón, que sólo cada tres años se
dignaba arrojar en las arcas del Rey su arrogante limosna.
De igual modo los pueblos de Castilla habían sido
escarmentados años antes por el Emperador, cuando el alzamiento de las
Comunidades; pero todavía solía advertirse en ellos uno que otro conato
levantisco, como el que hace erguir sobre las patas traseras a los rocines
castrados. No ya los señores, sino que también los pecheros comenzaban a
vociferar. Era premioso repetir el ejemplo. Una altanera ciudad acababa de
ofrecer la ocasión.
El 21 de octubre, a la vez que el ejército real, de
paso para Francia, penetraba en Aragón, aparecieron en Avila, pegadas a las
puertas o paredes de la Iglesia Mayor, del templo de San Juan, de las
Carnicerías Nuevas, de la casa de los Valderrábano y en otros sitios públicos
de la ciudad, siete copias de aquel sedicioso pasquín que Ramiro y el Canónigo
oyeron leer una tarde a don Enrique Dávila en el piso bajo del caserón.
Al día siguiente, el Corregidor don Alonso de
Cárcamo despachó un correo al Escorial. La respuesta de Su Majestad fue tan
sólo un negro puñado de ministros para que formasen la causa. Se esperaba un
castigo leve, y los más chocarreros componían letrillas y jácaras sobre el
asunto.
El día 14 de febrero de 1592 fueron publicadas las
sentencias. A don Diego de Bracamonte, a don Enrique Dávila y al licenciado
Daza Zimbrón se les condenaba a ser degollados. El cura de Santo Tomó Marcos
López sufriría privación del sacerdocio y beneficio, confiscación de la mitad
de sus bienes, diez años de galeras y destierro ad vitam; el
escribano de número Antonio Díaz, azotes, diez años de galeras y el mismo
destierro.
Para muchos la intervención de la Providencia era
patente, y a su amparo el príncipe, extrayendo de cada ocasión un ejemplo,
completaba su obra. Nada de albedríos diseminados, nada de figurerías ni
arrogancias que estorbasen el poder. La unidad era el primer precepto de su
Arte Real, la unidad invulnerable y absoluta, a imagen y semejanza de aquella
otra unidad que gobernaba los orbes. No más voluntad que la suya, no más
pensamiento que el suyo, no más fe que la que él mismo profesaba. El soberano
del moderno Israel debía revestirse de las tres potencias tutelares: la ley, la
espada y el efod, y ser a un tiempo el Moisés, el Josué y el Aarón de su
pueblo. Todos los tronos y las sedes le servirían de escala para elevarse hasta
los cielos y recibir él solo la consigna del Altísimo. Su sombra cubriría las
comarcas y los mares; y las naciones le mirarían como al nuevo arcángel, armado
del hierro y la llama, vencedor de Satán.
Entretanto España se consumía. La fiebre de aquel
monstruoso delirio le secaba los miembros. El Rey pedía, exigía sin tregua,
hidrópico de tributos; y, a veces, su mano, al escurrir la ubre enjuta de los
pueblos, no sacaba sino sangre. No era posible dejar sin paga a los ejércitos y
abandonar el cohecho de los príncipes y cardenales; y la bancarrota crecía, se
envedijaba, se enmarañaba cual inmensa madeja de pasadilla. Las deudas tenían
aliento de fiebre, la real hacienda jadeaba; cada año se gastaban los ingresos
de cinco años venideros.
¿Qué expediente, qué arbitrio quedaba por ensayar?
En un tiempo apañó las remesas de oro y de plata que llegaban de las Indias
para particulares; mercó las hidalguías, los juros, los empleos; invitó a los
clérigos a legitimar sus hijos sacrílegos mediante un puñado de reales; gravó
la exportación de la lana; impuso contribución sobre el pan y sobre el vino,
antes libres; se apoderó de la sal; confiscó los maestrazgos del mar; dobló el
almojarifazgo, y triplicó en poco tiempo la terrible alcabala. Los pueblos
desmolados se echaban a morir. Avila, Toro, Córdoba y Granada se negaron a
aceptar el encabezamiento de 1576. En las naciones extrañas el solo nombre de
Felipe Segundo hacía palidecer a los banqueros. Los Fugger dieron por fin un
nudo a la bolsa y volvieron la espalda. Otros no sabían si continuar o romper
para siempre, como el judío que ha prestado a un tahúr de luenga espada. Los
genoveses, entretanto, se defendían con la usura. A partir del año 1590, el
desbarajuste fue pavoroso para la hacienda del Rey. Las Cortes, corrompidas por
el Monarca, habían exigido a las ciudades ocho millones de ducados.
Y la pobreza y el hambre arreciaban como flagelos
de Dios. Un hechizo maléfico parecía esterilizar los terruños, parar los
molinos, los tornos, los telares, descoyuntar el brazo del menestral. Muchos no
sabían ya cómo ganar el sustento y salían a hurtarlo donde lo hallasen. Se
vivía en la incertidumbre del bocado; el pan se hizo una presa. Las trapacerías
del hambre formaron una arte honrosa y sutil, que tuvo su romancero y sus
manuales, sus poetas y bachilleres. El mal atacaba más duramente a los hidalgos
de patrimonio extinguido, cuya estirpe clara y antigua no les permitía infamar
sus manos en los oficios. Más de uno comía del mendrugo que hurtaba su paje, y
suspiraba con digna tristeza, bajo la capa, al aspirar, de paso, el sabroso
calor de las pastelerías. El estudiante imitó, para vivir, los ardides
perrunos. Sus piernas de lebrel eran el terror del comercio. Fue entonces el
glorioso tiempo de la olla común. Los conventos se hincharon de monjes; sus
porterías, de sopistas. El hospital y la cárcel fueron buscados como refugios
venturosos, donde se comía regularmente y como de milagro. Millares de
infelices se fraguaban pústulas sangrientas o perpetraban delitos para ser
alimentados. Las calles estaban llenas de limosneros fingidos; los campos, de
falsos anacoretas; los puertos, de famélicos hidalgos que venían a pedir una
plaza en los galeones.
A esta angustia de las entrañas se agregaba la
zozobra del ánimo, la honrosa inquietud de verse marcado por la sospecha, tan
sólo, del Santo Oficio, o de atraer el castigo del poder sobrehumano del Rey. Y
entretanto parecía que el mismo viento murmurase calumnias y que la delación se
agazapara bajo el lecho en que se dormía, entre los pliegues de las
antepuertas, en el rincón de los oratorios. Muchos, como don Alonso, recelaban
de sus propios labios durante el sueño, y evitaban adormirse en los sillones,
entre el paso de la servidumbre.
Toda altivez era funesta y el mismo silencio no era
seguro. Ne contumax silentium, ne suspecta libertas. La idea
temblaba en el cerebro, y no hubo pluma que osara estampar lo que el alma
ocultaba en su cripta más honda. En cambio se hablaba con delicia de los países
lejanos y de la inviolable paz de los claustros.
No faltaba, sin embargo quien amase, de veras, al
Monarca, sintiendo triunfar o sufrir en él su propio orgullo fanático; la
mayoría, bajo la pavorosa coerción, acababa por encomiarle.
La virilidad pareció resumirse entonces en la
propia sangre atosigando las vísceras, y el antiguo valor tomó la forma del
estoico desdén de todos los males. Era el encantamiento inexplicable de las
tiranías. Más de uno repugnado de su propio servilismo, a una simple señal del
Monarca, se hubiera abierto impasiblemente las venas, como Séneca o Petronio.
El humor español se hizo reservado y sombrío. Una
verdadera peste de melancolía se propagó por todo el país como un vaho de
purgatorio, inficionando las almas.
Los hidalgos vestían de luto; la madera al uso era
el ébano. Jamás fue tan lúgubre el aparato de la muerte.
El espíritu se empeñó en extraer sus ideas
primordiales del sepulcro mismo y de sus terribles podredumbres.
Ramiro llegó de Salamanca el domingo 16 de febrero
de 1592, dos días después de publicadas las sentencias. El Canónigo fue a
visitarlo y enumerole una a una las condenaciones. No pareció muy satisfecho al
decirle que a don Enrique Dávila y al licenciado Daza les habían otorgado la
apelación. En cuanto a don Diego, sería ajusticiado al siguiente día.
—Ya veis, hijo mío—agregó,—que vuestro abuelo se ha
marchado a tiempo. Bien se dice que en una buena olla puede hacerse un mal
cocido. Cuidad vos agora, hijo mío, las palabras, y teneos muy quedo, por un
espacio.
—¿Y quién ha dado los nombres?—preguntó Ramiro.
—Alguno será—replicó el lectoral—que no quiso ver a
España destrozada otra vez por la revuelta, como en tiempos del Emperador.
Contó en seguida, sin dar lugar a otra pregunta,
que los agentes de Su Majestad habían sospechado de don Alonso, y que, durante
la ausencia del caballero, entraron de rondón en su casa, revolviendo hasta la
última gaveta y llevándose un gran fajo de papeles.
—¿En dónde será ajusticiado don Diego?—volvió a
preguntar bruscamente Ramiro. Su mirada pensativa parecía inmovilizada por
algún pensamiento dominador.
—En el Mercado Chico—replicó el Canónigo.—Ayer le
fue notificada la sentencia, hoy debe haberse confesado para recibir el
Santísimo Sacramento, y mañana le sacan de la Alhóndiga, a mediodía, para
llevarle a degollar. Ya es cosa convenida que ningún noble ha de ir a
saludalle, y que, fuera de los villanos, que siempre han sido golosos de esta
clase de espectáculos, veranle sólo en la mula las gentes de ley y las
Comunidades y Cofradías.
Al escuchar aquel sañudo lenguaje, Ramiro declaró
con vehemencia que si los nobles avileses no iban a despedirse de Bracamonte,
en aquel trance final, eran todos unos malos caballeros.
—Nadie ignora—exclamó—que el don Diego, a más de su
antiguo y glorioso linaje, ha sido siempre un hombre de mucha honra, y que, sin
duda, su trágico fin lo debe a la alteza de su ánimo. De mí puedo decir que he
de ir en pos de él hasta el pie del cadalso, sin pensar en mi propio interés ni
en la razón o sin razón de su condena.
Pronunció estas palabras con tal arrogancia, que su
confesor y maestro creyó necesario arrugar el sobrecejo y levantar la cabeza
antes de responderle.
—Haced lo que os plazca—le dijo;—pero cuidad que
vuestra inadvertida juventud no os enderece por donde tal vez no queréis
caminar. Don Diego será, como decís, harto infanzón, aun que de cepa gabacha y
no española, sea dicho de paso; pero lo cierto es que ha sido agora traidor y
aleve con su Rey.
—Don Diego—repuso Ramiro con el rostro demudado—es
gran caballero y no pudo ser jamás aleve ni traidor como dice vuesa merced.
—Pues yo repito—replicó de mala manera el lectoral,
mostrando los dientes y golpeando dos veces en la mesa con el puño—que don
Diego es traidor y cobarde.
—¡Y yo digo que miente vuesa merced!—gritó Ramiro,
ebrio de cólera.
El Canónigo dio un paso hacia adelante con la
diestra en alto y pronta a asestar el bofetón; pero el terrible ceño de Ramiro
le contuvo. Balbuceando, entonces, palabras entrecortadas, llevose ambas manos
al rostro. Aquellos instantes fueron solemnes. El insulto flotaba irreparable,
y parecía hacerse oír, otra y otra vez, en el silencio. El Canónigo musitaba,
gemía, suspiraba, con el rostro cubierto. Por fin, bajando las manos, embozose
con furia, y, después de buscar la salida como un ciego a lo largo del muro,
desapareció de la cuadra, dando con el pie, hacia atrás, un terrible portazo.
Ramiro sintió que todo su maquinal apegamiento
hacia aquel hombre acababa de trocarse en súbito rencor. La crispada y hostil
actitud, que aún conservaba, suscitábale nuevos impulsos de odio contra su
víctima.
Cuando comenzó a serenarse, dijo en voz alta,
sentándose en el sillón:
—¡No he menester de él, ni de nadie!
Pocos días para Avila más tristes que aquel lunes,
17 de febrero de 1592. La ciudad despertó en una expectativa siniestra. El
horror del suplicio inminente parecía flotar por todas partes mezclado a la
niebla de la mañana.
En medio del Mercado Chico se levantaba un gran
cubo negro, el cadalso; y las ráfagas del Norte sacudían contra el esqueleto de
pino la bayeta patibularia. Fúnebres ministros de justicia se agitaban en
derredor. A eso de las diez trajeron el bufete, los candelabros, el crucifijo.
Más tarde los mozos del verdugo vinieron con el tajo y las dos negras almohadas
para el reo. La llovizna caía por momentos, fina, glacial.
El tráfago de todos los días comenzaba; pero los
vecinos iban y venían más graves que de costumbre, coceando la nieve de la
víspera. Algunos hablaban misteriosamente al encontrarse; otros discutían en
los mesones con insólita nerviosidad sin alzar demasiado la voz, pero arrufando
el hocico y tomándose a veces las partes viriles con toda la mano, para dar más
vigor a sus bravatas y juramentos.
Con sus puertas y ventanas sin abrir, los caserones
de la nobleza tenían el aspecto de rostros patéticos y enmudecidos. Aspirábase
en el aire ese espanto, ese asco de muerte judicial que anonada la razón; y una
sombra de infamia envolvía a Avila entera. El más altivo de sus caballeros iba
a ser ajusticiado en nombre del Rey. No hubiera sido mengua mayor arrasar las
ochenta y ocho torres, que esperaban ahora, con extraña lividez, la rotura de
aquella cerviz, donde parecía haberse encarnado la fiereza de la muralla.
Corrió la voz de que, a las dos de la tarde, don
Diego sería sacado de la Alhóndiga. Aquel edificio correspondía como prisión a
los nobles y se levantaba entre la torre del Homenaje y la del Alcázar, por la
parte de afuera, frente al Mercado Grande. Cuando Ramiro llegó ante el
blasonado frontis, los empleados de la justicia regia y comunal se aglomeraban
y zumbaban como moscas a uno y otro lado del portalón y en torno a la fuente;
mientras las cofradías y las órdenes esperaban, en larga hilera, desde la plaza
del Mercado hasta más allá del convento de Santa María de Gracia. Los monjes
rezaban. No se llegaba a percibir de sus rostros sino los raspados mentones,
por debajo de las capillas; sus manos cruzadas por dentro de las mangas,
dejaban colgar los rosarios. Todas las voces, todos los balbuceos de
franciscanos, dominicos, agustinos, jerónimos, teatinos, carmelitas, se unían
en un coro uniforme, que aumentaba la pavura, cual dolorosa plegaria de otro
mundo. La persistente llovizna escarchaba los hábitos y parecía embeber todas
las cosas en su tristeza. Algunas mujeres plañían.
Más de una hora pasó Ramiro codeandose con el
vulgacho. No había sino gente baja, curiosos de la ciudad, mujeres del mercado
con los brazos desnudos, muchachos arrabaleros, algunos gañanes de la dehesa,
harto morisco, y una que otra ramera de manto amarillo y medias coloradas.
Por fin un portero sacó del zaguán de la Alhóndiga
una mula cubierta de fúnebre gualdrapa con dos redondos agujeros ribeteados de
blanco a la altura de los ojos. Se produjo un movimiento general. Tres
alguaciles montaron en sus caballos.
Ramiro miraba hacia uno y otro lado por ver si
hallaba algún conocido, cuando una brusca exclamación brotó de la multitud y
fue a rebotar contra la inmensa muralla. Don Diego de Bracamonte acababa de
aparecer en la puerta de la prisión. Caminaba a su izquierda el Guardián de los
descalzos, fray Antonio de Ulloa.
Lo primero que hería la mirada era la palidez
plomiza de su semblante, acentuada por la negrura del capuz que le habían
echado sobre los hombros. El bigote y la barba habían encanecido del todo.
Avanzaba tieso, indómito, solemne, mirando hacia las nubes y pisando con
fuerza, como el que marcha entero en la honra.
Ramiro experimentó rápido calofrío, y cuando, al
verle montar en la infamante cabalgadura, advirtió que sus manos estaban
ligadas por negro listón y que de su pie derecho pendía una cadena, sintió que
hubiera dado allí mismo la vida por libertar a aquel hombre magnífico, víctima
de su rancia altivez castellana. Era el último Cid, el último reptador,
llevado al suplicio por viles sayones asalariados. Cerró entonces los ojos un
momento para contener su emoción, y pareciole oír de nuevo los discursos del
hidalgo en la asamblea, aquellos discursos que salían de su boca como los
hierros de la hornalla, chisporroteantes y temibles. Ya no volvería a perorar
con el pie derecho en la tarima del brasero y el estoque bajo el sobaco. ¡Iba a
morir!
El cortejo penetró en la ciudad por la puerta del
Mercado Grande, tomó la calle de San Jerónimo y luego la de Andrín. Caminaban
por delante las cofradías de la Caridad y la Misericordia tañendo sus
plañideras campanillas. Una voz áspera y poderosa gritaba, de trecho en trecho,
el pregón de la muerte.
«Esta es la justicia que manda hacer el Rey nuestro
señor a ese hombre, por culpable en haberse puesto en partes públicas unos
papeles desvergonzados contra Su Majestad Real. Manda muera por ello.»
Ramiro caminaba a la par del alguacil Pedro Ronco,
que iba montado en su famoso rocín todo negro. Los religiosos entonaban una
salmodia lúgubre que daba terror. Detrás de ellos venía Bracamonte en la mula,
cual si fuera el espectro del orgullo. Su lúgubre continente hacía estallar, en
las puertas y ventanas, el sollozo de las mujeres, que invocaban a Santa
Catalina, a los Santos Mártires y a la Santísima Virgen. Las ropas negras de
los alguaciles y corchetes despedían, con la humedad, un tufo de orines trasnochados.
Doce pobres, con sendas hachas encendidas, esperaban a la puerta de San Juan, y
su oración temblaba a la par de las llamas humosas que el viento doblaba y
estremecía.
Una vez en la plaza, al llegar al pie del cadalso,
don Diego se apeó de la mula y subió serenamente las gradas. Hincose, y pidió
un libro de horas para confesarse con fray Antonio. Ramiro, colocado muy cerca,
escuchó las palabras del Miserere, del Credo, de las Letanías.
Lloviznaba. La plaza estaba repleta de muchedumbre.
Algunos curiosos habían logrado encaramarse a los tejados, hacia la parte del
poniente. Por fin el verdugo se acercó a decir que ya era tiempo. El escribano
de la comisión requirió por tres veces a Bracamonte que hiciera confesión
abierta del crimen. Ramiro oyole decir que don Enrique Dávila y el licenciado
Daza eran inocentes y que sólo él era culpable. El escribano exigió que lo
jurase. Entonces escuchose una voz entera que repuso:
—No me sigáis predicando, que no diré más.
Seguidamente, don Diego se puso de pie y sus ojos
fueron atraídos por el madero contra el cual había de ser descabezado; su
rostro cobró una blancura terrible, pero se sobrepuso al instante, y,
levantando la frente, miró por última vez la ciudad, el cielo, la luz preciosa
de la vida. Todos creyeron que iba a pronunciar algunas palabras, y oyose vasto
rumor que reclamaba silencio. Ramiro, por su parte, buscó atraer su mirada,
para dirigirle un último saludo; pero aquel espíritu ya estaba lejos de la tierra
y se anticipaba a la muerte.
Por fin, cual si hubiera distinguido algún signo de
lo alto, don Diego encaminose a recibir la negra venda en los ojos, y,
sentándose en la almohada, cogió por detrás el madero con sus propias manos,
ajustó la cabeza, y alzando la barba ofreció el pescuezo al espantoso cuchillo.
Ramiro observó adrede la pálida testa muerta de
súbito y que, asida de los cabellos, fue mostrada hacia los cuatro lados de la
plaza, en nombre del Rey. Entonces, con gesto amplio, magnífico, para que todos
le vieran, quitose la gorra, exclamando:
—¡Dios reciba tu alma, gran caballero!
Dos alguaciles escucharon la frase. Uno de ellos
quiso prenderle allí mismo; pero el otro le contuvo. Ramiro se retiró.
Al pasar frente a la iglesia de San Juan, un lacayo
entregole un billete lacrado. Don Diego de Valderrábano le comunicaba que, a
las seis de la tarde, se reunirían en su casa varios amigos, a fin de pedir
permiso al Corregidor para enterrar ellos mismos el cuerpo de Bracamonte; y en
muy graves palabras le invitaba a acompañarles en la demanda.
Aquella noche algunos caballeros enlutados
atravesaban la ciudad a la luz de las hachas, llevando sobre los hombros largo
ataúd, que fueron a depositar en la capilla de Mosen Rubí. Valderrábano, al
dejar la iglesia, apoyose en el hombro de Ramiro y lloró tiernamente.
Ramiro no pudo dormir en toda la noche. Lúgubres
visiones le robaban el sueño, y los pormenores del suplicio se reproducían en
su memoria, suscitados por la tiniebla y el silencio. Era hermoso morir con
aquella valentía. Sin embargo, en caso semejante, él hubiera hablado a la
muchedumbre. Inventaba entonces en su cabeza discursos extraordinarios. Pero,
por debajo de su enhiesta arrogancia, su instinto rastrero hacíale meditar en
el poder del Soberano, en aquel poder irresistible, absoluto, que, a la vez que
dispensaba los más grandes honores, podía suprimir la existencia más bizarra
con un trazo de péñola.
A la hora del alba, cuando la nueva luz comenzó a
señalar las rendijas de la ventana, el amor de Beatriz se encendió como nunca
en su pecho. Pensó en ella apasionadamente. Pensó con frenesí en el goce de
vivir y de amar, animando junto a él la ilusión de una boca bajo la suya, de
sedosa cabellera perfumada, entre sus propias holandas.
Su primer pensamiento, al levantarse, fue irle a
pasear la calle a la doncella. Consideró que las personas que venían todos los
días a dar el pésame por la muerte de don Íñigo le ocuparían la tarde. Era
menester escapar. A la una comenzó a engalanarse. Cuando el criado le echaba
por fin sobre los hombros el capotillo de negro terciopelo atrencillado, una
dueña vino a decirle que Beatriz subía las escaleras, y que, no estando
ataviada aún doña Guiomar, era necesario entretener a la visita.
—¡Ah! ¡cómo viene hacia mí!—exclamó Ramiro para su
coleto; y dando un último toque a sus cabellos, salió de la estancia.
Sólo podía recibirla en el antiguo estrado, pues
los demás habían sido desguarnidos por los usureros. Reflexionó, sin embargo,
que, a pesar de su vejez y abandono, aquel salón trascendía a grandeza grave y
a rancio abolengo. Levantó el cerrojo y entró.
Era una cuadra larga y angosta, diversamente
alhajada según el estilo flamenco, italiano y mudéjar de los tiempos del
Emperador. Desde la muerte de doña Brianda del Aguila permaneció sin abrirse,
como esas salas de los cuentos orientales que encierran pavoroso misterio. Don
Íñigo y su hija prefirieron, a su vez, otras estancias más fáciles de renovar.
Decíase que en su recinto la Santa Junta de los Comuneros había celebrado su
primera reunión clandestina; y por mucho tiempo corrió entre el vulgo la leyenda
de que los espectros de los ajusticiados, se congregaban allí dentro, en las
noches de luna. Por eso tal vez, nadie quiso habitar aquella casa durante un
cuarto de siglo.
Los criados no ignoraban estas historias, y sus
dedos habían temblado sobre los cerrojos cuando doña Guiomar ordenó que se
abriesen las puertas para velar en el antiguo estrado de doña Brianda el
cadáver de su padre.
Era, sin duda, extraño el aspecto de aquel recinto.
Entapizaba sus muros viejo terciopelo azul, podrido en lo alto por el agua de
las goteras y coriáceo, reseco hacia los bordes, como el velludo que se
desprende y retuerce sobre las viejas arcas mortuorias. A uno y otro lado se
veían sillas de roble incrustadas de marfil, y bargueños, bufetes, contadores,
donde el trabajo de la carcoma remedaba los ojos del alcornoque. Terrosa
adherencia mataba el brillo del bronce, del nácar, de la concha. ¡Muebles cuasi
espectrales! Las antepuertas, los tapices y todas las colgaduras, cubiertas de
telaraña, pendían con hipnótica apariencia, y el polvo aclaraba, a manera de
luz, los pliegues de medio siglo. Ramiro, al entrar, oyó carreras furtivas bajo
los muebles. Un taladro dejó de roer.
La barandilla, desdorada por la mano nerviosa de
antiguos galanes, dividía en dos partes el estrado, y, sobre la encorchada
tarima, almohadas polvorientas conservaban aún la presión de cuerpos femeninos.
Un residuo ilusorio de remotos galanteos parecía perdurar a manera de viejo
perfume o como un polvo de ramilletes en los cofrecillos de las ancianas.
¡Cosas fenecidas! Hubiérase dicho que aquel
carcomido aparato no esperaba sino la primera brisa exterior para desvanecerse
de súbito.
Seis retratos descoloridos habitaban espectralmente
la estancia.
Ramiro esperaba junto a un brasero, que guardaba
aún la ceniza de los últimos saraos. Oyose un rumor de chapines y un crujir de
sedas en la galería, y Beatriz apareció vestida de negro y olorosa como un
sahumador encendido.
Mientras Ramiro se inclinaba con donaire, la
doncella dejó caer su manto hacia atrás. Doña Alvarez, que la acompañaba,
quedose en la estancia vecina.
—¡Solos!—se dijo el mancebo.
Uno y otro temblaban. Una irradiación misteriosa
estremecía en torno de ellos lo ignorado. La niña miró con extrañeza los
muebles y las colgaduras, toda aquella vejez, toda aquella podredumbre; luego
púsose a observar uno a uno los retratos. Siguiendo su mirada y sintiéndose
incapaz, bajo la viva emoción, de formular algún concepto cortesano, Ramiro
profirió:
—Son nuestros antepasados: los Aguilas, claros
varones y mujeres, que murieron hace mucho.
Hizo una pausa y continuó:
—¡Nosotros también pasaremos como ellos, Beatriz!
Y al pronunciar esta frase hundió su mirada en los
ojos de la doncella con doble y profunda expresión de sensualidad y de
tristeza.
Una de las pinturas representaba un busto de mujer.
Listada caperuza adherida a la frente ocultaba del todo los cabellos.
—¡Quién quisiera llevar agora una toca como ésa!
¡Antes morir!—observó la niña, agregando:—Mirad: tenía en el cuello un lunar
como el mío.
Bajándose entonces la gorguera mostrole a Ramiro la
terneza de su garganta. El mancebo se sintió desconcertado ante aquella
blanquísima piel donde minúsculo lunar exasperaba el deseo cual voluptuosa
pimienta.
De pronto, girando sobre sus corchos como en una
mudanza de baile, Beatriz exclamó:
—¡Basta de muertos!—agregando con cortesana
sonrisa:—Bien sé que sois de sangre muy clara y que podéis referir grandes
cosas de los agüelos; pero holgárame en oíros contar las vuestras algún día.
—Tiempo queda—repuso el mancebo, sintiendo subir a
sus mejillas inesperado rubor.
—Mi padre—añadió Beatriz,—siendo un mancebillo,
marchose a la guerra. Esto lo digo sólo por aguijaros.
—Desde ya me obligo; pero no crea ninguno que he de
padecer en la guerra más que aquí, ni que han de ser en ella más arduos los
peligros, ni más duros los cautiverios, ni más propincua la muerte.
—Incomprensible os volvéis.
—Decidme—exclamó Ramiro sonriendo:—¿qué batalla
habrá por el mundo más dura que mi porfía, qué adarve más áspero que vuestro
corazón, qué infieles más temibles que esos vuestros ojos, mi señora?
—Muy tierno me requebráis. Quiero pensar que lo
decís de vero.
Los dos callaron.
Estaban ambos vestidos de terciopelo negro
atrencillado con aforros de seda, y sólo sus rostros y sus manos recogían la
claridad escasa de la penumbra. Un rayo de sol, turbio de corpúsculos, entraba
tras una madera entreabierta, iluminando, sobre la pared del fondo, una gran
tapicería que atrajo la mirada de Beatriz.
Avanzaron hacia la luz, y subiendo a la tarima, uno
y otro hicieron una mueca involuntaria. Respirábase allí rara hediondez. Ramiro
comprendió. Acababa de reconocer un olor inconfundible, un olor respirado, al
llegar de Salamanca, en el cuarto de don Íñigo; y toda duda quedó desvanecida
al advertir sobre el suelo las gotas de cera de los hachones.
La tapicería representaba un asunto de amor. Ramiro
la había descifrado días antes, con el auxilio de un padre dominico. Veíase,
hacia la izquierda, a María Padilla, la favorita de don Pedro, sentada en
fabuloso jardín, amarillo y azul. Un pavo real abría su fastuosa pantalla junto
a un estanque. Apoyando suavemente la diestra en el hombro de la dama, el Rey
de Castilla, vestido de rojo capisayo descolorido, enseñábala sobre el dedo un
halcón montano con capirote de púrpura. Una ondulación, un aliento espectral
parecía mover por instantes la tela.
Ramiro dijo brevemente lo que había leído en las
historias sobre aquellos amores, y a él mismo le pareció que sus palabras
diseminaban lúbrico perfumo. Las pupilas de Beatriz se encendieron.
Uno y otro fijaron la mirada en las dos galantes
figuras, y sus retinas sólo tomaron el vivo bermellón de aquellas dos bocas
intactas, que parecían retardar la voluptuosa caricia en los años.
Ramiro pensó que de un momento a otro podía llegar
alguna persona, su madre misma, y romper el embeleso de un coloquio a solas,
que no volvería tal vez a ofrecerse, en mucho tiempo. Preparó en su espíritu la
frase decisiva. Estaba resuelto a poner su destino a los pies de aquella mujer.
Dio algunos pasos hacia el muro para recobrar su entereza. Un ángulo de la
tapicería estaba doblado hacia adentro; él lo cogió maquinalmente e hizo dar a
la tela brusca socollada. Entonces sucedió un hecho harto extraño: envueltas en
una nube de polvo, inesperadas, sorprendentes, salieron por debajo de la
colgadura innumerables polillas. Era un verdadero enjambre espantado, indeciso,
de maripositas grises, hechas como de tierra, que desprendían una arena
finísima al volar y resplandecían por instantes, a modo de luciérnagas, en el
rayo de sol.
Muchos de aquellos insectos fueron a posarse sobre
los vestidos de Beatriz, adhiriéndose al jubón y a la saya y cubriendo su
manto. La niña repetía el mismo ademán de repugnancia y de miedo, sin atreverse
a tocarlos; mientras Ramiro, alargando sus dedos, se los quitaba, uno a uno,
entre sonriente y avergonzado.
Enredadas en un rizo, dos de aquellas palomitas
aleteaban sin cesar. El mancebo, al ir a cogerlas, retuvo a Beatriz pasándola
el brazo por detrás de la espalda. El rayo de sol la daba de lleno en el
rostro, y, en medio de toda la vejez, de la descomposición, de la muerte que le
rodeaba, Ramiro vio una cosa hechicera, deliciosa, toda vida, toda juventud,
toda sangre, que palpitaba bajo su ansia. Era la boca, aquella boca roja de
Beatriz, que el demonio carnal la había enseñado a salivar brevemente, y a ensanchar
y contraer, de inquietante manera. Ramiro cercó con su brazo el cuello de la
niña oprimiéndola con dulzura. Sintió entonces el impulso frenético de poner
sus labios sobre los labios de la doncella, de beber y morder en ellos el amor,
la lujuria, el delirio, ¡locamente!, y la atrajo por fin hacia él con rabiosa
vehemencia.
Beatriz lanzó un grito:
—¡Alvarez!
Uno y otro volvieron el rostro. La dueña
contorneaba su forma ancha y sombría en el luminoso vano de la puerta, que
acababa de abrirse.
—¡Las polillas! ¡Las polillas!—volvió a gritar
Beatriz, sacudiéndose el manto.
Un instante después, cuando la dueña terminaba
apenas de borrar en los vestidos de su señora la última señal de los insectos,
un lacayo vino a decir que doña Guiomar esperaba en su aposento. Ramiro no
quiso acompañar a Beatriz, un movimiento pudoroso le impulsaba a evitar en
aquel momento la mirada de su madre. Inclinose, pues, con muda reverencia, y se
alejó por los corredores.
Aquella tarde, aquella noche y en los días que
siguieron, Ramiro recordó sin cesar el coloquio del estrado.
Parejas con la tiránica pasión, su orgullo viril
crecía ilimitadamente. Ni una brizna de desconfianza brotó en su cerebro, ni
una sola reflexión adversa. Sentíase más seguro que nunca. El grito de Beatriz
no fue sino el clamor de su voluntad totalmente rendida. La había sentido
vibrar entre sus brazos con el mismo estremecimiento de la sarracena y otras
mujeres, cuando él las atraía para besarlas; y parecíale llevar aún en la mano
el loco latir de aquel corazón bajo el duro azabache.
En cambio, él también quedaba herido por Beatriz, y
quizá para siempre. Ya no podía concebir el resto de su vida sin el amor y la
total posesión de la doncella. ¿Para qué soñar, ambicionar, afanarse, si no
lograba la caricia que acababa de escapar a su ansia? ¿Qué era el mundo y sus
loores sin aquella victoria? ¿Cómo soportar que otro hombre?…
Su ensueño amoroso oscilaba entre el arrobamiento y
las fiebres impuras. Unas veces el alma alcanzaba de un solo rapto las
beatitudes de la pasión ideal; otras, la sangre clamaba impaciente por la
suprema codicia. Ora soñaba que sus labios sorbían el éxtasis en los labios de
su amada, cual paradisíaco rocío; ora, que sus deseos eran las abejas temibles
cayendo en enjambre sobre una fruta entreabierta.
Luego imaginaba lo que haría, cuando fuera su
esposo para apartarla de la irritada sensualidad de los que hubieran sido sus
galanes: La llevaría a un país muy lejano, a alguna ínsula salvaje; o se
encerraría con ella en una morada que no tuviese más abertura que el ferrado
portón, para no dejarla salir sino muy de mañana a la iglesia más próxima, bajo
un manto amplio y espeso que la ocultara todo el rostro y sólo dejase a los
demás su sombra pasajera y arrebujada. Si alguno osaba requebrarla al pasar o seguirla
con descaro, ya sabría él despacharlo al otro mundo por el más listo de los
correos, con una oblea harto roja en medio del pecho.
Una noche, metido en la cama, fuese quedando
dormido sin apagar el candil. La llama sobredoraba sus visiones. Estaba casado
con Beatriz y era capitán de corazas en alguna tierra de América. Encontraba un
tesoro inmenso, cientos de vasijas sepulcrales repletas de oro. Salvaba al
ejército en una terrible sorpresa. Ganaba él mismo numerosas batallas. Era
hecho Virrey…
Al día siguiente un alguacil de la Santa
Inquisición diole, en su propia mano, una cédula por la cual se le llamaba a
testificar, por segunda vez, en el proceso de los moriscos.
Llegaron días en que don Alonso Blázquez Serrano
creyó sentir el acecho de las peores especies demoníacas descritas por los
teólogos. Su ánima brioso y brillante se hundió, sin remedio, en las más
obscuras regiones de la melancolía. Un pavor enfermizo le agitaba
continuamente. Su elocuencia trocose en mutismo; su antigua arrogancia, en el
más profundo convencimiento de la propia indignidad; su exaltado amor a la
vida, en el desvío total de todo goce, de todo triunfo.
¿Hacia qué corredor lleno de celadas había
enderezado sus pasos? ¿Qué escalera de maleficios habíase puesto a descender a
la vejez? Todo se le tornaba contrario; y él mismo se comparaba al infelice
Laoconte sofocado por la serpiente.
—¿Por qué, por qué? ¡oh cielos!—exclamaba a veces,
dirigiendo la mirada hacia lo alto, como si protestara contra el ensañamiento
de la divinidad.
Por el contrario, en los instantes de contrición,
acusábase a sí mismo de graves culpas imaginarias; y rememorando las paganas
orgías de otro tiempo, sus viejas patrañas de burlador, su afición a las
riquezas, su desmedida vanagloria, llegaba a considerarse como un pecador
empedernido, como un alma obscura y miserable manchada por toda clase de
crímenes.
La adversidad había esperado para llagarle el
corazón los años de senectud; y, a la par de los abrumadores quebrantos, el
mismo mundo material cobraba una vida hostil en torno suyo. Hasta las cosas
familiares entraban en el temeroso encantamiento: una inmóvil colgadura, un
paño negro, un antiguo retrato de familia, un espejo, una daga, exhalaban a
veces, para él un sentido perturbador, vahos de espanto y de demencia.
Hubiérase dicho que ciertos objetos buscaban expresarle lúgubres presagios.
Hízose entonces más devoto que nunca, redobló las
penitencias, inventó cilicios especiales y feroces disciplinas, sumergiose en
incesante plegaria. Su espíritu, hastiado del mundo, buscaba ahora confortarse
con el ensueño de la otra vida; pero allí también hallose con tremenda
incertidumbre: ¡el destino de su alma, su salvación! La eternidad de los
castigos infernales fue muy pronto una idea vertiginosa, que anonadaba su
mente. Entretanto, Jesús y la Virgen ya no eran las claras figuras desprendidas
de los cuadros de Italia, sino luengos y pálidos espectros, bañados en un sudor
de purgatorio, y cuyas pupilas parecían contemplar continuamente el dolor de
las ánimas condenadas.
Aquel caballero filósofo, que se había burlado
siempre de los bajos temores, y para quien el riesgo diario de las aventuras
había sido la mejor espuela del ánimo, humillaba ahora su frente, cargada de
miedo, y temblaba de una nada, de una visión, de una sombra. El anochecer era
la hora terrible. La última luz del crepúsculo, agonizando estremecida en los
interiores, le sumergía en ansiedad inexplicable. A veces, imágenes de
cadalsos, de quemaderos, de arcas mortuorias, aparecían en la penumbra; llamaba
entonces a sus criados con brusquedad, y, mandando cerrar las ventanas, hacía
encender sobre las mesas, sobre los contadores, sobre todos los muebles,
numerosos candelabros, candelabros traídos de todas las estancias. Pero aun en
medio de aquella deslumbradora luminaria, de aquel incendio de cera que
reverberaba en su rostro, veíasele palidecer y pasarse la crispada mano por la
frente, como si buscara arrancarse, a pedazos, alguna visión.
No faltaban, por cierto, razones a su dolencia. Los
desengaños cortesanos fueron el comienzo de su desgracia. Don Alonso, durante
la bienandanza de Antonio Pérez, había ofrecido en su honor festines y
cacerías, llegando a obtener de sus labios la espontánea promesa de hacerle
otorgar, en la primera ocasión, una silla en el Consejo de Italia. Luego,
cuando la estruendosa caída del privado, y aun después de la fuga, el caballero
avilés, fiel a sus principios de lealtad, fue quizás el único palaciego que osara
defenderle. Esto bastó. Una consigna sigilosa bajó de lo alto. Se le hizo
sufrir toda suerte de humillaciones, se le postergó en las ceremonias, se le
vejó ante las damas, sus memoriales fueron a dar a los braseros. Algunos
eclesiásticos le abordaban dulcemente y le proponían, cual si fuera por mero
esparcimiento, teológicos problemas que rozaban el dogma. Estaba perdido. Aquel
hijodalgo que creía no conocer el miedo conoció el terror, un terror
sobrenatural, un terror por encima del coraje del hombre. Era el maleficio, el
aojo del Rey.
Su varonil empaque tomó entonces un aspecto
doblegado y taciturno. Su tez cobró un tinte macilento. Las antiguas cuartanas
reaparecieron.
En aquella sazón, un pintor, a quien llamaban el
Greco, hízole su retrato. Peregrina pintura, en la cual podía descifrarse el
secreto íntimo del hombre, mejor que en su semblante verdadero, como si el
artista hubiese untado el pincel en la substancia viviente del rencor, de la
melancolía, del orgullo. Alta lechuguilla exornaba el rostro amarillado y
patético. Se veía que el interno brasero de las pasiones extremas desecaba la
carne y atosigaba y torcía los humores. El iris y la pupila, estriados de biliosas
agujas, verdegueaban bajo un fluido transparente, que parecía renovarse sin
cesar, como el de una mirada viva, y la boca se encogía bajo el mostacho, como
si luchara por contener algún altivo denuesto. Máscara tiesa de cortesano
disfrazando a medias la honra colérica, el brío estrangulado.
Al mismo tiempo un apaciguamiento místico y una luz
de religiosa esperanza parecían envolver la figura y formar la atmósfera del
cuadro.
Cuando don Alonso, ahitado de la corte y viendo
venir la ancianidad, determinó refugiarse en su propia mansión, contando
repartir los años que le restaban entre el amor de su hija y el goce tranquilo
de los tesoros de curiosidad y de arte, aglomerados en las señoriles estancias,
nuevos infortunios, cada vez más inesperados y violentos, vinieron a buscarle
allí mismo y a poner en peligro su honra, su libertad, su linaje y hasta su
último resto de dicha en la tierra.
Don Alonso amaba a Beatriz con amor ciego y
tolerante de padre mundano. La educación que él la diera no había consistido
sino en ceder a todos sus antojos, en seguir embobado todos los sesgos de su
veleidoso espiritillo. Una caricia de aquella manita diablesca, un oportuno
gimoteo, bastaban para que el ruego más descabellado le pareciese al hidalgo la
más razonable exigencia. Con esta blandura corruptora creía agregar al propio
afecto el de la madre ausente, a quien el nacimiento de su única hija habíala
costado la vida.
Tomole maestros de danza, de canto, de vihuela; de
todas las cosas que se aprenden sin dolor y ofrecen más tarde nuevos licores a
la juvenil embriaguez. Espantábale someter aquella cabecita de ángel pelinegro
a cualquier esfuerzo penoso. A los quince años, la niña sabía apenas deletrear.
El arte de la labor le era desconocida. Su séquito de dueñas, antes la servía
para mantener en torno suyo el aparato ceremonial, que para custodiar su
persona; y como su padre pasaba tanto tiempo en la corte, Beatriz gobernaba el
solar a su antojo, cual infanta levantisca. Sin embargo, doña Alvarez, que
había aprendido su oficio en las grandes casas de Madrid, solía dirigirla, ante
los extraños, severos apercibimientos, que ella escuchaba con mohín mentiroso
de enfado, comprendiendo que todo aquello contribuía a presentarla como una
joya delicadísima, como un ser exquisito y precioso rodeado de las más
atildadas precauciones.
De esta guisa, sabiamente aleccionada, comenzó a
llenar Beatriz su misión en la tierra: reír, vestir hechiceramente, hacer cada
vez más ligera su danza, salpicar a cada giro del faldellín un rocío de
fascinación. De alambique en alambique, llegó a ser una verdadera quintaesencia
de cortesanía y de embeleso. Todo lo que era pesado o boto para el amor
desapareció de su menuda persona, no quedando sino lo vivaz, lo mondo, lo
agudo, lo picante, el grano concentrado de especia, el clavo de olor, capaz de
perfumar a un tiempo innumerables deseos.
A pesar de su celoso cariño, don Alonso deseaba
casarla temprano, con algún mancebo capaz de mantener el lustre de la sangre.
Ramiro se le impuso con predilección exclusiva. Todo, en aquel descendiente de
ilustres caballeros, la precoz seriedad, el porte, el discurso, le inspiraban
el presentimiento de una vida llamada a las más heroicas empresas. Además,
había notado que cada vez que pronunciaba su nombre delante de Beatriz, el
rostro de la doncella se coloreaba al pronto de instantáneo rubor. Llevola tan sólo
una vez a la corte para no poner en peligro su propósito, y trató de alejar a
los hermanos San Vicente, cuya familiaridad debía inspirar a Ramiro perpetua
desconfianza. Para esto ordenó a doña Alvarez que, así como Gonzalo o Pedro se
presentasen de visita, estando él ausente, les hiciera decir que Beatriz no
podía recibirles mientras su padre no regresara de la corte.
El segundón fue el primero en llegar. Al escuchar
la consigna, pensó que fuera cosa de la servidumbre, y como venía de una
taberna, quiso entrar de buen o mal grado, amenazando abrirse paso con la
espada; pero los porteros, dispuestos a morir en el umbral, permanecieron
inconmovibles.
Gonzalo, por su parte, tomó un camino más seguro:
el soborno de doña Alvarez. Como los cuartos se trocaron en reales y los reales
en doblones, la dueña se fue ablandando como correaje en el unto, y el mancebo
pudo contar, en la misma alcoba de su amada, con una nueva Celestina de
prodigiosos ardides.
El rumor de aquel violento desaire corrió por la
ciudad y fue el origen de un odio acerbo entre las dos familias. Doña Urraca
tomó a su cargo la venganza. El favor de que gozaba su marido en la corte, a
más del cargo de comisario del Santo Oficio, serían armas sobradas para abatir
algún día la soberbia de su pariente.
Por aquel tiempo, cierta noche de verano, don
Alonso encontró sobre un bufete de su cámara un papel misterioso. Interrogó a
los criados y a las dueñas. Nadie supo responder. Se le decía, sin firma
alguna, que Ramiro era hijo de moro. Riose de aquella ridícula especie, y
mientras despedazaba el papel, recordó la anterior invención sobre la
complicidad del mancebo con los conspiradores de la morería. Los meses pasaron.
Por fin, pocos días antes de la muerte de don Íñigo, volvió a recibir un
billete en el cual le manifestaban que Ramiro era hijo de doña Guiomar de la
Hoz y de un moro de Córdoba; y que si acudía tal día, a tal sitio y a tal hora,
se le haría conocer toda la historia del nacimiento.
Don Alonso dirigiose al lugar de la cita,
acompañado de un solo lacayo. Era una cuesta, poco antes de llegar a la
Encarnación, donde el rumor de una fuente ablanda la aspereza del paraje.
Cuando le pareció que había sido burlado, un hombre menudo y encogido salió por
detrás de una encina. Era Diego Franco, el campanero de la Catedral. Gorra en
mano, y acechando al hablar con sus ojos pequeños y vivos todo el contorno,
repitió la historia que Medrano le había referido, en lo alto de la torre,
durante una hora de beodez. Juraba por todos los santos, daba los más
verosímiles indicios, y afirmaba que cuando doña Guiomar se había casado con el
caballero Lope de Alcántara ya estaba preñada del moro.
Sólo entonces, relacionando con aquella narración
ciertos pormenores que él había observado indiferentemente en casa de don
Íñigo, concibió don Alonso la primera sospecha. Pensó en la llegada tan
misteriosa del padre y la hija para no volver, nunca más, a su casa de Segovia;
en el nacimiento de Ramiro en Avila a los pocos meses; en la vida claustral que
llevaron durante algunos años; en la constante melancolía de doña Guiomar; en
la escasa afección del anciano por su nieto; en el silencio que rodeaba la memoria
de aquel Lope de Alcántara, muerto, sin embargo, tan gloriosamente por su Rey.
La denuncia resultaba asaz verosímil. ¿Qué hacer? Había un medio de saberlo:
preguntárselo derechamente a don Íñigo. Pero su viejo amigo estaba
concluyendo.—No importa—se dijo, y, aquella misma tarde, se dirigió a la casa
del moribundo.
El anciano estaba rígido en el lecho. Como se
esperaba su muerte por momentos, habíanle vestido el manto todo blanco que
prescribía para aquel último trance la regla de Santiago. Sostenía su cabeza el
mismo cojín de cuero verde sobre el cual su esposa doña Brianda había exhalado
el último suspiro.
Don Alonso pidió que les dejaran a solas. Cuando
todos se retiraron, el moribundo bajó tristemente los ojos hacia el amigo.
Entonces Blázquez Serrano pidiole disculpas de venir a turbar aquellos momentos
de saludable meditación; pero se trataba, dijo, de un asunto harto grave y
venía a exigirle el postrer homenaje a la amistad que les había ligado hasta
entonces.
—Vuesa merced se va—exclamó;—pero yo quedo, y
solamente la palabra de vuesa merced puede auxiliarme en esta cuita.
Luego declaró su deseo de casar a Beatriz con
Ramiro, y refirió la denuncia que acababa de llegarle.
—Yo sospecho que vuestro nieto es víctima de una
villana calumnia; pero en caso contrario—añadió don Alonso acercando su rostro
al rostro del anciano y tomando el tratamiento familiar,—en caso contrario,
vos, mi grande amigo, no permitiréis que esa desventura se extienda hasta mi
casa. Por Nuestro señor Jesucristo, decidme, aquí a solas, agora que nadie nos
escucha: ¿es esto verdad?
Don Íñigo parecía no haber oído un solo vocablo,
como si su espíritu flotara en región demasiado lejana; pero de pronto sus
grandes ojos, donde la vida se apagaba como la última penumbra en agua inmóvil
y triste, comenzaron a manar, sin el menor movimiento de los párpados, un humor
abundoso, un flujo de lágrimas. Poco después, entreabrió lentamente la boca, y
una sola sílaba, pronunciada con fuerza, como por otro ser invisible, una
sílaba que era todo un inmenso dolor, resonó en el silencio:
—¡Sí!—dijo don Íñigo.
Y fue un sí espectral, lúgubre, un largo sí de otro
mundo. Ultimo aliento, última burbuja de aquel espíritu que se hundía para
siempre en el mar de la eternidad.
Pocos días después aparecieron en Avila los
pasquines sediciosos, y aunque don Alonso, prevenido y aconsejado por el mismo
don Diego, habíase marchado la víspera a la corte, el señor de San Vicente y su
esposa, en una plática de sobremesa, soplaron su nombre al doctor Pareja de
Peralta, alcalde de corte enviado por el Rey. La intimidad de Blázquez Serrano
con los culpables hacía verosímil la denuncia, con sólo presentarle como a uno
de esos vasallos hipócritas que dan su sonrisa al monarca y el corazón a los
rebeldes, y se hacen encontradizos en palacio, justamente cuando va a estallar
en algún punto del reino la mina que ellos mismos ayudaron a socavar.
Una carta de su maestresala trájole la primer
advertencia. Por ella supo don Alonso que, en la tarde del 21 de octubre, un
hato de ministros de justicia había invadido su mansión, penetrando en todas
las cuadras, revolviendo armarios y arcones, descajonando hasta el último
escritorio y concluyendo por llevarse un gran fajo de papeles y un sello de
amatista con las armas de Bracamonte. El y otros criados habían querido
impedirlo, pero el alguacil les había amenazado con la horca, invocando el
nombre de Su Majestad.
Don Alonso resolvió trasladarse a Avila, sin
pérdida de tiempo, para tranquilizar a su hija y desbaratar las calumnias. La
intriga estaba hábilmente urdida y, aunque los mismos papeles secuestrados
comprobaban su inocencia, el sofisma procesal torturó los hechos y los
vocablos. Por fin, la generosa intervención del prior de Santo Tomás vino a
socorrerle al borde mismo del derrumbadero, paralizando la causa.
Sin embargo, pocos días después de la ejecución de
Bracamonte, y no sin prevenir de antemano al Corregidor, marchose don Alonso
para Madrid, con el propósito de pedir amparo a su amigo el Conde de Chinchón y
arrojarse a los pies del soberano protestando de su inocencia.
Felipe Segundo se hallaba todavía en El Escorial, y
don Alonso prosiguió su viaje con una carta del Conde. Durante el camino,
reclinado en los cojines del coche, fue componiendo en su mente dramático
discurso, con el cual contaba conmover el corazón del monarca. Ensayaba la
mímica y la voz, trocaba un vocablo por otro, rehacía toda una frase y, lleno
de confianza, cumplimentábase a sí mismo por el hallazgo de un epíteto más
culto o de un hipérbaton más elegante.
Dos días tardó en hacerse conceder una audiencia.
El Caballerizo Mayor le condujo.
El Rey se hallaba en la antecámara de su celda, y
llenos estaban los vecinos corredores de gente togada, de frailes, de clérigos,
de cortesanos. Todo un mundo vestido de ropas negras o pardas que se movía con
actividad silenciosa y grave.
El sol de otoño inundaba el cuartujo monástico
donde eran recibidos los embajadores. Don Alonso respiró al entrar un tufo de
ungüentos medicinales. Dos anchos bufetes cargados de papeles ocupaban el
fondo. En uno de ellos trabajaba Rodrigo Vásquez, en el otro un hombrecillo
hirsuto y barbinegro que don Alonso no conocía. Fray Diego de Chaves,
acercándose a una de las ventanas, púsose a mirar hacia el campo.
El monarca más poderoso de la tierra, el rey
taciturno y papelero, estaba sentado en una silla frailuna, con una pierna
extendida sobre un taburete y el codo apoyado en una tosca mesa de roble,
anotando sin cesar, con su propia mano, pilas enormes de documentos. En pie, a
su izquierda, Santoyo, su ayuda de Cámara, tomaba las fojas y espolvoreaba de
arenilla la reciente escritura.
Felipe Segundo debía de estar harto enfermo. Su tez
había cobrado opaco blancor de yeso humedecido.
No se oía en la estancia otro murmullo que el
rasguear incesante de las péñolas en el papel.
Afuera el aire resplandecía y el cielo azul
brillaba como un límpido esmalte sobre la austera y rocosa campiña. Por
momentos el Rey levantaba la cabeza para meditar, y la luz que entraba por los
vidrios desteñía del todo sus pupilas quietas y aceradas de serpiente.
Don Alonso esperaba junto a la puerta, y, para
distraer su emoción, desviaba por momentos los ojos hacia una extraña pintura
suspendida del muro: loca apariencia, de zodíaco infernal, lleno de condenados
y demonios.
Aquel monarca no precisaba del aparato de los
tronos. Cuando llegó el momento de entregarle la esquela del Conde y doblar
ante él la rodilla, don Alonso sintiose temblar de la cabeza a los pies. El Rey
leyó brevemente. Luego, su boca fría, violácea y duramente crispada hacia
adentro, como si mordiese ya la acre ceniza de todas las glorias del mundo,
dejó escapar, moviendo levemente los labios, una voz apenas perceptible:
—Si fueseis tan leal vasallo como el Conde
asegura—dijo—bien pudisteis prevenirnos de la aleve traición que se tramaba a
vuestra vista.
Don Alonso quiso entonces decir lo que llevaba
ordenado en su memoria; pero sus ojos se encontraron con los del Rey, y su
razón, inhibida de pronto, no halló sino vocablos importunos, deshilados,
inocuos:
—¡Vuesa Majestad no debe dudar… yo nunca imaginé…
soy todo inocente!
El Rey le detuvo con un ceño y sus labios volvieron
a moverse. Pero esta vez nadie, ni acercando el oído a su rostro, hubiera
podido distinguir una sola palabra. Era como el monótono zumbido de un insecto,
el mismo lenguaje incomprensible y sordo que exasperaba a los emisarios de
otros soberanos.
Por último, la mano que descansaba asida a la
cadena de oro del toisón, una mano de cadavérica blancura, levantose en el aire
señalando la puerta; y como don Alonso vacilara, el regio ademán acentuose con
un estremecimiento perentorio del índice. Toda réplica hubiera sido fatal. El
caballero obedeció.
Cuando Blázquez Serrano se halló de nuevo a solas,
en su coche, camino de Avila, el fuego de la honra comenzó a encenderle la
sangre. Ya no quería seguir meditando en la enormidad del ultraje recibido,
buscaba sólo la forma de la venganza. Pensó con admiración y con envidia en su
amigo Antonio Pérez; pensó en huir como él a una corte extranjera y lanzar
desde allí contra el tirano las silbadoras saetas de su rencor. De esta suerte
haría eterno su nombre, y su honra vengada pondríase a la par de la grandeza del
Rey. Al concebir esta idea, una puerta ilusoria abriose de pronto en su
imaginación, y sus ojos vieron de nuevo la figura sobrehumana de Felipe Segundo
siguiéndole con la mirada a lo largo de los caminos. Todo su brío se desplomó.
Hallose anonadado, vencido, por algo irresistible, como el poder de un hechizo
funesto. ¡Ahora sí que su garganta sentía la hez nauseabunda de las ambiciones
palaciegas! Asaltole frenética ansia de dejar de existir para el siglo, de
entregar lo que le restaba de vida al servicio de Dios, entre los cuatro muros
de una celda.
Al día siguiente, al acercarse a Avila, ordenó al
cochero que se llegase al convento de Santo Tomás. Quería hablar de paso con el
Prior.
Era un mediodía frío y luminoso de fines de
octubre. Los arrieros moriscos dormían al borde de la carretera, junto a sus
botijos, echados panza arriba, como asesinados. La ciudad de las herrumbradas
murallas y poderosos torreones parecía hartarse de sol. Reinaba en torno un
sosiego resplandeciente y adusto. Don Alonso recordó el verso de Alighieri:
Loco e in Inferno detto Malebolge,
Tutto di pietra e di color ferrigno,
Come la cerchia che d’intorno il volge.
Entró derecho a la celda de su amigo atravesando el
Patio del Silencio. Abrió la puerta con suavidad. El religioso dormitaba
extendido de espaldas sobre rústica tarima; su boca, entreabierta, sonreía
dichosamente. Una de sus piernas colgaba fuera del lecho, y el pantuflo,
sostenido sólo por los dedos del pie, rozaba las losas. Blázquez Serrano, antes
de despertarle, contemplole unos minutos con envidiosa admiración.
Una hora después salía del convento resuelto a
ingresar a las órdenes.
Quiso entrar a su palacio por la puerta del corral,
y subió cautelosamente las escaleras, pasando por la librería y avisando
silencio a los criados que se adelantaban a recibirle.
¡Cuán hondo movimiento de fastidio produjeron ahora
en su ánimo aquellos vastos salones, donde había aglomerado con obstinada
pasión tanto objeto valioso, escogido y adquirido por él, en sus viajes!
¡Oh tediosas vanidades! ¡Cuánta pena inútil, cuánta
ceguera, cuánta puerilidad significaban aquellas fruslerías entre el amargo
realismo de la existencia! ¿Para qué tanto afán disipado en colorir y labrar
marfiles y leños, en retorcer la pasta quemante del vidrio, en incrustar
ataujías ante la expectativa de la muerte?
¡Y qué decir de la pompa de los estrados, del boato
de las colgaduras, del aparato de las libreas!
¡Ah, tantos años sin encontrar la verdad! ¡Pero
ahora, al menos, la veía ante sus ojos como escrita en letras de fuego sobre el
muro: librarse cuanto antes de la pesadumbre de la riqueza, ir en pos de la
quietud, de la humildad, del escondrijo espiritual, lejos de la intriga
mundana, lejos de los rostros crispados por la codicia y el odio, y dirigir
todas las potencias del alma hacia el supremo objetivo de la salvación! Era ya
un anciano y no podía ofrecer al Señor sino un pasado de crímenes y un aparato
caedizo y funesto de vanagloria.
Habíase sentado en un sillón de la librería,
esperando que aderezaran su lecho.
—Aún queda remedio—se dijo de pronto, y levantose
bruscamente para hacer llamar a su confesor y consultarle, sin demora, la
reciente determinación de ingresar a las órdenes. Pero, al acercarse a una
puerta, su oído comenzó a escuchar un acompañamiento de rabel y una voz juvenil
y melodiosa. Despegó azoradamente los labios. ¡Su hija!
De estancia en estancia fuese acercando a la
alcoba. La puerta mal cerrada dejaba una abertura, pero don Alonso no pudo ver
sino a la dueña que, sentada sobre un almohadón, seguía el compás con la
cabeza, entrecerrando los ojos. Beatriz cantaba:
Ventura quiso qu’os viese,
amor que luego os amase,
ausencia que n’os mirase
porqu’en veros no muriese:
todo lo hizo ventura,
ventura fue conosceros,
conosceros fue quereros,
quereros fue desventura.
Presentes penas mortales
causan dolor verdadero;
sus muestras hacen señales
del triste mal venidero:
la muerte siento venir,
porque ventura consiente,
qu’el grave dolor presente
descubre lo por venir.
Con el último acento de aquella vieja canción
castellana, doña Alvarez exclamó:
—¡Pascua de flores, ángel de alcorza! ¡Quién fuera
vuestro galán para escuchar a vuestras plantas ese blando tañer y esa voz tan
regalada, que hace correr las lágrimas de puro deleite! Yo sé de uno que daría
las niñas de sus ojos por sólo haberos escuchado agora, señora mía.
—¿De Ramiro dices?—preguntó la doncella.
—Callad con ese espectro de noche, verdacho como
una aceituna, soberbioso y figurero como un rey de farándula, que no le
quisiera yo para mí, con ser viuda y quintañona. De otro digo, rubio como un
ángel y el más alindado de los galanes. ¡Ah, quién me diera vuestra doncellez
para dejarle hacer su deseo!
—¿Qué nuevo presente os ha enviado el regidor? ¿Qué
manto, qué sortija, qué conservas?
—¿A mí con eso? Bien sabe Dios cuán limpias están
aquestas manos hidalgas de grasa corredera.
—Es gentil hombre en verdad don Gonzalo—interrumpió
Beatriz poniendo su índice en la mejilla, con pensativo mirar.
Luego, atiesando graciosamente su cuerpo, exclamó:
—Yo no sé, Alvarez, lo que pasa en mi corazón. A
las veces sólo quiero acordarme de Ramiro, y me siento como hechizada. ¡Ah, y
qué celos me asaltan! Tengo celos no sé de quién, celos rabiosos de todos los
estrados, de todas las celosías e aun de la fontana de la plazuela con sus
mozas de cántaro. ¿No echaría sobre mis ropas o mis cabellos algún polvo de
brujas el día aquel de las polillas?
—Bien pudo ser, pues ha sido harto aficionado a las
mozas moriscas del arrabal, que han debido enseñarle, de seguro, los filtros,
el aojamiento, las nóminas y todas sus tretas malditas.
—Sois una perra—como dice Leocadia.
—Buena borrasca es ella.
—Otras veces, de noche, metida en la cama, dame
pavor, Alvarez, pensar en Ramiro. Paréceme que viene a matarme, que está
escondido en algún rincón de mi cámara haciendo mover las colgaduras y crujir
los arcones; y a la mañana siguiente huélgame oírte hablar de Gonzalo. Donoso
lo es en verdad el señor regidor. Me quiere desde que yo era ansí, ansí, y qué
rendido y alfeñicado. Pero mi padre dice que el linaje de los San Vicente no
vale dos habas.
—Eso dirá—interrumpió la dueña;—pero yo recuerdo
haber oído afirmar al señor canónigo Miguel de la Higuera, gran sabidor de
abolengos, que los señores de San Vicente eran de muy antigua casa, que guerreó
mucho con los moros, y vienen de una María de la Cerda, y cuentan con dos
condestables de Castilla, y tienen sus armas pintadas en los sitiales de la
capilla mayor de San Vicente de esta ciudad. ¿Acaso no va predicando la alteza
de la casta el mesmo continente de don Gonzalo? ¿Viose nunca un mancebo más cortés,
más bizarro? ¿Cuál otro más diestro en las armas, cuál otro danza y tañe como
él? Narciso en lindeza, Aquiles en valentía, en música un Orfeo. Y qué recato
para penar, qué constancia en el querer. A mi fe, señora, que si él no consigue
hablaros una vez tan sólo, una de estas noches, mataréis con vuestro rigor al
galán más gentil que jamás vieron los ojos.
—Eso no podría ser sin daño para mi honra—repuso
brusca y nerviosa Beatriz.
Luego, como olvidando aquel pensamiento, prosiguió:
—Ciertamente Gonzalo es harto rendido. Cuanto más
dura soy con él más parece desearme. Yo le quiero, le quiero de veras, Alvarez.
En cambio Ramiro tan pronto se derrite como se enfada; hoy es arrope, mañana
vinagre. Más orgulloso no lo hay. Yo no debiera pensar más en él y dar mi mano
al regidor; pero ansí que cierro los ojos, le veo en mi mente con su lindo
rostro tan pálido, la capa levantada por el estoque y la gran pluma negra que
estila—agregó figurándola con el gesto al costado de su cabeza.—Nunca me acontece
confundir sus pasos en la calle, cuando corro a la vidriera. Sus espuelas
arañan las losas, tric, tric, tric, tric, y a veces la contera va dando contra
el muro, tac, tac… Mi padre dice que Ramiro desciende de los linajes más
antiguos y claros de Castilla.
—Tric, tric, tac, tac—remedó burlescamente la
dueña.
—¡Licenciado no le quiero, pero si volviese aína de
alguna guerra, con la jineta de capitán!
Don Alonso no perdió una sola palabra de aquel
diálogo. Hubo un momento en que sintió el impulso de entrar en la alcoba e
intervenir francamente en la plática; pero el temor de aparecer ante su hija
como un hombre capaz de allegar el oído a la rendija de las puertas le contuvo.
Aquella misma tarde hizo llamar a Beatriz, y
ordenándole reserva, refiriole con pulcras palabras la historia del nacimiento
de Ramiro. En seguida, aludiendo a las pretensiones amorosas del mancebo, acabó
por decir, con la mano en alto y la voz estremecida y solemne:
—¡Antes morir, hija mía, antes morir que mancillar
nuestra clarísima sangre con sangre de moros!
Afuera, en la ciudad, torvo sosiego de siesta
castellana.
La luz del mediodía arde rabiosa en los pétreos
paredones, caldea los hierros, requema el musgo de los tejados.
Las calles están solitarias y mudas; pero, de tarde
en tarde, la áspera voz de algún morisco, vendedor de legumbres, profana el
monástico silencio, haciendo refunfuñar a más de un hidalgo adormido en la
obscuridad de su alcoba.
Los gallos cantan roncos y soñolientos.
Ramiro recorre de un extremo a otro el destartalado
salón.
—¿Qué ha sucedido?
El polvo señala sobre las paredes desnudas la marca
vertical de los paños; y uno que otro clavo conserva aún hilachas y jirones de
terciopelo turquí. Diríase que bárbaros instrusos han arrancado todos los
tapices y antepuertas, con premura de saqueo, y quebrado hasta la última
baldosa del piso al arrollar las alfombras y llevarse los muebles, no dejando
otra cosa que una mesa florentina de ébano incrustada de marfil y una silla de
roble.
La cuadra semeja un granero después de vendida la
cosecha, y su olor habitual de vejez y de encierro se levanta aún más intenso
de aquella desvastación.
Sin embargo, los antiguos retratos de los Aguila
han sido suspendidos nuevamente de la pared.
Ramiro medita. Doble surco sombrío arruga su
entrecejo. Su rostro está más enjuto, la frente más pálida, la nariz más
aguileña; pero toda su persona conserva el boato de costumbre. Hermosa cadena
reluce sobre sus negros vestidos de gorgorán. Espuelas de oro resuenan en sus
tacones.
La fúnebre capa de catorceno ha sido plegada
cuidadosamente sobre el respaldo de la silla.
Su vida remolinea ahora con súbito regolfo ante la
conspiración imprevista de sus enemigos; y su voluntad parece cubrirse de
espuma contra los obstáculos, a manera de bravo torrente.
¿Cómo dudar? Se ha buscado desjarretarle el brío y
cubrirle de infamia. Unos, como el corregidor y los inquisidores, en castigo de
haberse quitado la gorra ante la cabeza cortada de Bracamonte; otros, como San
Vicente y el alférez, por la rabia de los celos; y los demás, por el envidioso
temor de verle escalar los más altos honores. ¿Cómo explicar si no, la
insistente acusación de complicidad con los moriscos? ¿Quién podía pensar de
veras, que un hombre de su casta fuera capaz de semejante atentado contra Dios,
contra el reino, contra su propia honra?
Entretanto, reconfortábase al recordar el
despreciativo gesto con que había respondido a las capciosas preguntas del
Tribunal. Hubiera deseado quedarse ahí, sin agregar una sola palabra,
mirándoles fieramente desde lo alto de su orgullo; pero cuando el calificador
Quiroga señaló con maliciosa expresión la daga sarracena que habían encontrado
en la gaveta de su escritorio, fuerza fue referir toda la aventura desde el
comienzo, haciendo constar la razón de su amancebamiento con Aixa, describiendo
la escena de la lucha, los cuidados de las mujeres y del morisco, y explicando,
en fin, el origen de aquel presente, que guardaba como una honrosa prenda de su
jornada.
No pudo, sin embargo, presentar ni un solo testigo;
pero, Aixa, la infiel, su propia víctima, casi enloquecida por el tormento, en
vez de tomar la venganza que se le brindaba tan fácil y terrible, confirmó su
relato y su inocencia, acusándole de pérfido cristiano y de mal caballero, que
no había sabido respetar la palabra comprometida. Felizmente los jueces no
pudieron comprender la mirada de angustiosa pasión que la sarracena le dirigió,
por última vez, al ser arrastrada de nuevo a la tortura.
Vino luego la declaración del Canónigo, y no
volvieron a molestarle.
Ya quedaba libre; pero ¡quién quitaría de su honra
la mácula de semejante calumnia! ¡Ah, un agravio alevoso como aquél merecía,
asimismo, secreta venganza! Pensó en Gonzalo, y, como si su espada fuera parte
viva de su persona, pareciole sentir a lo largo del envainado acero una
fruición homicida, bárbaro goce de sangre y de muerte.
Detúvose un momento, y aproximose a una de las
ventanas. El cuadro invariable que había contemplado tantas veces desde la
infancia se manifestaba ahora con otro sentido. La taciturna ciudad dentro del
alto cerco almenado que suprimía todo horizonte; la adusta soberbia de los
caserones, evocando nombres tantas veces pronunciados, con todo el entretejo de
odios, de envidias, de imposturas; el andar rutinero y villano de la existencia
comunal que cada minucia recordaba, y, en fin, tanta sordidez, tanta monotonía,
saltáronle a los ojos haciéndole considerar la estrechura de cárcel que había
bastado a su ardimiento.
Las palabras de Beatriz en el estrado le volvían a
la memoria. ¡Sí, era preciso dejar alguna vez la alcándara y volar hacia la
heroica cetrería! A él mismo se le alcanzaba que no era airoso ligar su nombre
al de aquella descendiente de ilustres adalides sin ofrecerla, primero, alguna
bandera de nave mahometana, o una corona mural ganada en los asaltos de
Flandes.
¿Qué había realizado hasta ahora que mereciera
inscribirse en las crónicas? ¿Qué eran sus mejores hechos sino proezas de niño?
Esta reflexión hízole sonreír con ambiciosa amargura, mientras sus ojos,
enrojecidos de pronto, dejaban asomar una lágrima.
Resolvió, allí mismo, marcharse a Cartagena, por
ver si encontraba todavía al capitán Antonio de Quiñones, ¡Quién sabe si no
topaban al poco tiempo con alguna flota turquesca!
Estaba dispuesto a errar sin descanso por el mundo,
hasta llevar al cabo alguna empresa que hiciera resonar su nombre entre las
gentes. Ya nada le ataba el albedrío. Ya era libre y señor; su madre había
abandonado el mundo, dos meses antes, entrando al convento de San José, y
acababan de enviarla, en compañía de otras novicias, a una casa de la Orden, en
la ciudad de Córdoba.
Sentose ante la mesa.
El esquilón de la Catedral golpeó tres campanadas
tranquilas.
—Las tres—se dijo,—y el paje no llega con la
merienda.
Acordose entonces que no había podido entregarle
dinero alguno, pues todo lo que restaba en su bolsa lo había invertido en el
joyel de diamantes para Beatriz.
¿Cumplirían los perros genoveses la promesa de
traerle los ciento cincuenta ducados?
La noche antes durmiose sin haber comido un solo
bocado de pan desde la mañana; y los días anteriores, ¡si no hubieran sido el
pernil y las berzas que trajo Casilda!
¡Otro día sin sustento! Ofrecería aquella nueva
penitencia al Señor. El hambre era santa.
La puerta abriose de pronto, y Pablillos, vestido
de viejo traje color de badana, entró de un salto en la cuadra, sosteniendo en
sus brazos un cesto de mimbre repleto de alubias, nabos, cebollas, longanizas y
uñas de vaca; una codorniz dejaba colgar hacia afuera su cabecita muerta.
—¿Cómo hubiste esas provisiones,
muchacho?—preguntole Ramiro con sequedad, sospechando alguna trapacería.
—Guiado, señor, de las tres virtudes teologales del
hambre, que son: ingenio, audacia y presteza—respondió el pícaro, remedando la
gravedad de los doctores.
En ese momento, una débil aldabada en la puerta de
la calle despertó los ecos del caserón.
—Son los genoveses—exclamó Ramiro.—Corre a
abrilles, Pablillos. No puede ser otra gente la que llama a esta hora con tanta
prudencia.
—Y mientras vuesa merced recibe a esos perros, yo
pondré a guisar estos dones de nuestra redonda madre—replicó Pablillos; y se
retiró por la galería columpiando la canasta encima de su cabeza.
Era hijo de una partera de Cádiz y de un famoso
farsante zamorano; Ramiro le había tomado a su servicio en Salamanca. Cierto
mediodía, al cruzar el largo puente del Tormes, viole sorbiendo sol, la espalda
contra el pretil, los brazos en cruz y los ojos fijos en el cielo, como si
esperara, cual otro San Pablo, ver bajar de las nubes, en el pico de un pájaro,
el milagroso mendrugo.
La pinta era buena. Había estofa para un paje,
Ramiro preguntole:
—Muchacho: ¿buscas amo?
Los ojos le rebrillaron y, quitándose la gorra,
adelantose paso a paso, con el encogimiento ondulante y lloroso de los perros
sin dueño.
Desde entonces, vestido de galas lacayunas,
sirviole de criado, cursando él mismo en las Escuelas, pues era de aprovechada
condición. Ramiro se le fue aficionando por la cínica destreza con que vencía o
esquivaba las mayores dificultades, y, al despedir ahora a toda la servidumbre,
quiso conservar a Pablillos, que, con el escudero y Casilda, eran los últimos
puntales de su decadencia.
Oyose rumor de pasos en la galería. Alguien golpeó
la puerta con los nudillos.
—Entrad—dijo Ramiro.
Y los genoveses se presentaron.
Eran dos prestamistas del antiguo barrio judío de
Santa Escolástica. El uno, joven, con el cabello tuzado sobre la frente,
facciones infantiles y enorme corpachón de verdugo. El otro, anciano, ojillos
vinosos, nariz avarienta, y la piel del pescuezo cárdena y granulosa como el
colodrillo de los pavos. El primero traía aretes de coral; el segundo, varias
sortijas adornadas con las vistosas piedras que fabricaban en Venecia los
margaritaios.
El viejo entregó un bolsillo de cuero henchido de
monedas, diciendo:
—Su señoría puó contar. Son ciento cincuenta.
—No he menester—respondió Ramiro guardando el
talego.
—Su señoría sabe—agregó el prestamista—que el
último día de cueste año deberá dejar el palacio.
—Sí—respondió Ramiro secamente, y cruzó los brazos
en silencio como invitando a los genoveses a que se retirasen.
El anciano escudriñaba todo el salón por ver si
quedaba todavía alguna cosa olvidada, hasta que al distinguir los retratos
meditó un instante y exclamó:
—Si su señoría quiere dar estas pinturas, le
adelantaremos veinte ducados, y, después, si su señoría quiere habitar otro
palacio se las ritornaremos por poco más.
Ramiro se puso en pie bruscamente. ¿Qué había
escuchado? ¡Vender los retratos de sus mayores! La ofensiva propuesta le hizo
sentir de un modo brutal toda la hondura de su caída. ¿Era posible que el solo
hecho de la ruina del patrimonio diera alientos a un villano como aquél para
proponer, cara a cara, a un hombre de su estirpe, semejante comercio? ¡Venir a
pedirle precio por los sagrados emblemas del abolengo! ¡Ah, no! Antes mendigar
por los caminos, antes devorarse los dedos que mercar, por unas viles monedas,
aquellas imágenes, que él siempre conservaría, para que auspiciaran su porvenir
y le recordasen, en cada ocasión, de cerca o de lejos, ejemplos de piedad y de
honra.
Dijo:
—Sépase el perro usurero que harto se me alcanza
hacia donde encamina su intención, y sépase también que, aunque juntara todo el
oro que ha robado hasta aquí, y el que ha de robar en lo venidero, por arte de
su puerca avaricia, nunca tendría con qué pagar un añico, tan sólo, de estos
retratos, que valen para mí mucho más que todas las riquezas de las Indias.
Una sonrisa de orgullo apuntó por debajo de su
gesto implacable, como si confiara en que el espíritu inmortal de sus
antepasados acababa, de presenciar aquel movimiento, que les iba dedicado como
una ofrenda. Seguidamente, señalando la puerta, ordenó a los genoveses que se
alejasen.
Un instante después llegaba Pablillos con la
humeante colación.
Ramiro comió con dignidad, sin dejar que su
semblante tradujera el bajo deleite de las entrañas; mientras el paje, en pie,
junto a la silla, relataba su reciente aventura:
A la hora en que los porteros duermen la siesta, se
había dirigido a la tienda de Pedro Gil, en el Mercado Chico, diciendo que su
amo, don Diego de Valderrábano, acababa de llegar de la sierra y mandaba en
busca de tal y cual cosa para su plato, que cuanto antes se lo remitiesen
porque venía con harta necesidad. Luego, dejando la tienda, fuese a esperar a
la puerta de aquel señor, escondiendo la gorra por debajo de la ropilla y
paseándose por el zaguán, como si fuera un criado de la casa. Las provisiones
no tardaron en llegar, y él las recibió de mal gesto, diciendo con enfado al
mozo que las traía: «Por poco más te vuelves con todo, galápago, que tenía
orden de mi Señor de no lo recibir si no llegaba luego, luego.» Apenas el mozo
hubo vuelto las espaldas cuando el portero habló por la mirilla. El se adelantó
sin vacilar y pidiole que le excusara, pues el sol estaba tan en su fuerza que
había entrado a guarecerse a la sombra y descansar un momento del pesado fardo
que llevaba.
Ramiro quiso indignarse, pero el bien del sustento
le ablandaba la voluntad. Sacó una moneda y diósela al paje para que pagara sin
tardanza su latrocinio, ordenándole en seguida que almohazara su caballo y
aparejase el arnés, las ropas y las armas para un largo viaje que tenía que
emprender al siguiente día.
La cabeza contra el respaldo, los codos en los
brazos del sillón y los dedos entrelazados, cerró luego los ojos para que los
instantes le parecieran más veloces, mientras llegaba la respuesta de Beatriz,
que debía traerle Casilda.
Viendo, ora la hechicera boca de su amada, que
aparecía y desaparecía, ora un mar de olas inverosímiles, flotas a la vela,
abordajes heroicos, armas y banderas extrañas, fuese quedando dormido. Un ratón
salió de la cueva y otros le siguieron. El número se acrecentaba sin cesar y
todos devoraban con desconfiada premura las migajas caídas en torno de la mesa.
De pronto Ramiro levantó una pierna para cruzarla sobre la otra, y a un tiempo,
como un solo ser, todos los roedores dispararon hacia los muros en instantánea
fuga. Luego reaparecieron, se aproximaron, y cobrando confianza, rodearon por
completo el asiento del joven hidalgo.
Cuando Casilda regresó, Ramiro dormía
profundamente. La muchacha contemplole un buen rato, temiendo quizá
despertarle. Los cabellos retintos del joven dejaban caer dos lacios mechones
sudorosos sobre la frente, los párpados estaban como aureolados de misterio, y
sobre la palidez mate del rostro, el labio acentuaba su carminoso brillo.
Casilda llamole:
—¡Mi señor! ¡mi señor!
La recadera traía malas noticias. Había seguido el
procedimiento de costumbre, haciéndose anunciar por Leocadia; pero esta vez la
señora no había querido recibirla.
—¿Pero supo—preguntó Ramiro—que yo te mandaba?
La muchacha respondió con una sonrisa.
—¿Subiste a sus cuartos? ¿Os vio?
—Viome harto bien, y yo mostré, desde lejos, el
billete de vuestra merced; pero mandome decir que se estaba aderezando para
salir al estrado, y que no podía en ese momento ocuparse de esquelas.
—¿Eso dijo?
—Eso, señor.
—¿Y no mandaste, al menos, el billete con alguna
criada?
—¿Y si vuestra merced se enfadaba, luego, conmigo?
Poniéndose en pie, el mancebo repuso:
—Enfádome agora de veros tan necia.
Los ojos de la muchacha se enrojecieron, su mano
estrujaba el rojo mandil. Ramiro, en vez de ablandarse ante aquella humildad,
enfureciose mayormente. Tomó de un hombro a Casilda e hízola girar con
violencia, gritando:
—¡Fuera de aquí la bellaca!
Ella corrió hacia la puerta, y oyose al pronto
sofocado gimoteo que se alejaba por la galería.
¿Era posible que Beatriz no hubiera querido recibir
su mensaje? El orgullo hízole buscar la explicación en su propia conducta. Pero
¿qué inconstancia, qué desvío podía reprochársele? ¿No le paseaba la calle
todos los días, no iba luego a esperar fuera de la ciudad, frente al torreón de
su huerto? ¿No le enviaba joyas, no la componía sonetos y endechas, como el más
rendido de los amantes?
De cavilación en cavilación, dejó llegar la noche
sin salir de la cuadra. Dos horas después de cenar, díjole al paje:
—Puedes irte a dormir.
—¿No ha oído vuesa merced—preguntó el muchacho—algo
así como un rechinar de eslabones en la estancia vecina y unos golpecillos como
de huesos?
—Estarase alguno robando la argamasa del muro.
—No es bueno hacer mofa, señor, ¡que si fuera algún
ánima ensabanada! ¡Yo tiemblo!
Pablillos se retiró, y Ramiro salió a la galería.
La piedra, el ambiente, la tierra herbosa del patio, todo se refrigeraba en la
clara noche de luna. Ramiro se apoyó en el antepecho y levantó las pupilas.
Grandes nubes iluminadas viajaban en el augusto silencio.
El resplandor del astro bañaba sólo dos lados de la
galería; espectral claridad que hacía pensar en apariciones. La sombra se
ahondaba bajo los arcos temerosamente.
Lleno de amorosa incertidumbre, Ramiro no podía
pensar sino en Beatriz, y veía su rostro sobre todo lo que miraba. Veíalo sobre
el muro, o en el veto de las tinieblas; veíalo en los cielos, indeterminado y
sublime, confundiendo su belleza con el hechizo de la noche. Otras veces era
toda su persona revestida de blancura nupcial y vagando bajo los arcos o entre
las hierbas, como una sonámbula. Ramiro hallábase embebecido. La solemne
dulzura del ambiente se difundía en su alma, y su sentido creía respirar el perfume
de las corolas innumerables abiertas abajo, entre las losas y desteñidas al par
de los tallos por la fantástica ceniza de la luna. No se escuchaba el más leve
murmullo. El sosiego era profundo, pero su espíritu no se sentía verdaderamente
solo. Algo como el hálito de otra presencia llegaba hasta él desde los sitios
tenebrosos.
Una hora pasó. La claridad caminaba sobre el muro
frontero. Hacia la derecha otro ángulo del patio comenzó a iluminarse. Nuevo
arco ornado de rosetas de piedra aparecía, y Ramiro, al mirar en aquella
dirección, advirtió la forma de una mujer asomada como él hacia la noche. Era
Casilda. Su seno henchíase por momentos y sus ojos brillaban demasiado, cual si
estuvieran humedecidos.
Ramiro se sorprendió de su propia emoción. Aquella
compañera de infancia cobraba ahora imprevista idealidad. Casilda era también
una mujer, mujer bella entre todas. Fruta sazonada en el propio huerto y
desdeñada a fuerza de mirarla siempre a la merced de la mano. Pensó que con un
breve signo, pensó que chistándola apenas vendría hacia él, y a la primera
caricia daríase mansamente como una esclava. Pensó en reyes ancianos que
entregarían su corona por un instante de aquella voluptuosidad que él podía gozar
allí mismo. Sí: un solo rumor del aliento, y la preciosa criatura vendría a
henchir de deleite su noche solitaria.
Pero no, su corazón estaba demasiado herido,
demasiado inquieto, y por eso tal vez el amor de Beatriz se levantaba ahora más
tiránico, más exclusivo que nunca, como el único amor concebible.
Irguiose, y sin ser visto ni sentido por la
doncella, fue a echarse solo sobre la cama, y a soñar en aquel beso que Beatriz
había espantado con su grito, en aquella boca tentadora y terrible que
palpitaba y mariposeaba desde entonces por delante de su alma.
A la mañana siguiente, a la hora de costumbre,
Ramiro encaminose a la calle de Beatriz. Pasó y repasó muchas veces por delante
del palacio. La ventana no se entreabrió siquiera.
A la tarde salió por la Puerta de San Vicente y fue
a sentarse frente a la muralla. ¡La figurita diminuta que asomaba de ordinario
allí arriba, sobre las almenas, con el rostro vuelto hacia él, no apareció, ni
volvería a aparecer nunca más!
En los días siguientes, recorrió, sin descanso,
yendo y viniendo, la calle de su amada. ¡Cuán terrible desengaño el que bajó
hasta él desde las verdes celosías! No hay lenguaje más cruel para el enamorado
que el de esas maderas cerradas sin piedad, y que parecen rechazar o mofarse en
nombre de una mujer.
Un colérico estupor le exaltaba y le desconcertaba
a la vez; ira inmensa, refrenada ante el enigma, pero pronta a caer como un
peñasco sobre el culpable. Por debajo de aquel desvío de Beatriz había que
buscar la nueva intriga de sus rivales. Ella era inocente y víctima de la misma
impostura. ¡Quién sabe qué sospecha habrían logrado incrustarla en el corazón!
Sin embargo, no quería pensar por ahora en Gonzalo.
Según su altiva costumbre, buscaba disimularse a sí mismo toda intención de
venganza, de suerte que la cólera sólo estallara en el instante del infalible
castigo.
Quiso la casualidad que uno de aquellos días, al
pasar Ramiro bajo las ventanas de Beatriz, don Alonso llegase por la misma
calle en dirección a su morada, llevado en silla de manos y rodeado de escasa
servidumbre. Ramiro le saludó con franqueza, quitándose del todo la gorra. El
hidalgo bajó rápidamente los ojos y respondió apenas con leve inclinación:
—¡Qué es esto, Santísima Virgen!—se dijo el
mancebo.
Sintiose tentado de volver sobre sus pasos e
interpelar derechamente a don Alonso. ¡Pero no!…
Llegado a su casa, y ahondando cada vez más sus
cavilaciones, creyó encontrar una nueva cifra. A la misteriosa calumnia
agregábase quizá la noticia verdadera de su ruina. Don Alonso habría sido
informado; y quién sabe si los años, enfriándole el corazón, no le habían
tornado calculador y avariento.
Sobrevínole de nuevo el asco de aquel «ruin lugar»,
como le llamara, en cierto instante de tedio, el mismo don Alonso. Ciudad
cárcel, según él, donde la holganza enmohecía los ánimos más nobles; donde la
excesiva proximidad de los mismos orgullos hacía germinar rivalidades
monstruosas; donde se vivía bajo continuo espionaje, y cada rendija tenía una
mirada, cada colgadura un oído, cada soplo una lengua; donde todo impulso
generoso topaba con muros más agobiantes que los que retajaban el escaso
recinto de la ciudad, y, donde, en fin, sólo podían librarse del desengaño y
del hastío aquellos que tenían el ala asaz nervuda para tender a cada momento
su vuelo hacia Dios. Ahora comprendía el abandono que iban haciendo de sus
moradas tantos caballeros, para irse a vivir a la corte o a buscar fortuna y
honra en Flandes, en Italia, en las Indias.
A fuerza de meditar en su propia situación,
asaltole un pensamiento irresistible: probar la suerte, someter todo el oro que
había recibido de los usureros al azar de un instante. Multiplicaría, tal vez,
su caudal en proporciones fantásticas. Viose ya subyugando el capricho de la
fortuna y asiéndola del pescuezo como a una mujer que se resiste. Llenaría su
cofre y sería poderoso por algunos meses. Era todo lo que deseaba. Se creería
en la ciudad que había logrado restaurar su patrimonio, y don Alonso volvería a
abrirle los brazos.
El había entrado una vez, en compañía de otro
mancebo, a un garito próximo a la Puerta del Puente, donde acudían a diario muy
principales caballeros de la ciudad. Allí se había encontrado con don Enrique
Dávila, encerrado ahora en el castillo de Turégano por la conspiración de los
pasquines; con Valdivieso, con Heredia, con los hermanos Verdugo, con Antonio
Muxica, y muchos otros conocidos, sin exceptuar a Gonzalo y Pedro de San
Vicente. Calose su sombrero de fieltro, y, echándose a los hombros la segoviana
capa, se dirigió, precedido de su paje, a la casa de juego.
La luna no había salido aún, y al bajar por la Rúa,
hacia el Adaja, Ramiro contemplaba las constelaciones. ¡Quién hubiera podido
leer en aquella escritura suntuosa y estremecida!
A eso de las cinco de la mañana estaba de vuelta en
su aposento.
—¿Y no dijo vuesa merced alguna oración al entrar a
la tablajería o al arrimarse a la mesa?—preguntole el paje, continuando la
plática que traían desde el portal.
—Deja eso, Pablillos, que no es tiempo ahora de
pensar en lo que hice o no hice.
—Es que yo creo que si vuesa merced… Cuando yo
estaba en Salamanca y poníame a jugar con otros como yo, cada vez que recitaba
cierta oración que yo me sé, les sacaba todos los cuartos.
—¿Fue ansí como llegaste a reunir tanta hacienda?
—No se burle vuesa merced, que andaba yo
amancebado, en aquel tiempo, con la hembra menos guardosa del mundo.
Pablillos habíale tomado ya el sombrero y los
guantes y, al quitarle la capa, exclamó como espantado:
—¿Hanle robado a vuesa merced la cadena? ¡Vive
Dios!
—Fuese la soga tras el caldero, Pablillos.
—¿La jugó también vuesa merced?
—Juguela.
—¿Vuesa merced ha perdido entonces todo su caudal?
—Todo.
—¡Ah, cuánta desgracia! ¿Y cómo habré de comprar
las provisiones para mañana y los días venideros?
—Eso piénsalo tú, que eres villano—exclamó Ramiro
muy cerca de la cólera.
—No tan villano, señor, que es bien sabido que los
Martínez fueron siempre de muy limpia sangre castellana, y que, a no ser el
incendio que destruyó todo el solar de mis padres, podría yo enseñar agora a
vuesa merced tamañotes pergaminos de mi hidalguía.
Luego, después de haber quitado a su amo las
calzas, balbuceó con cautelosa humildad:
—Vuesa merced recordará que los ginoveses, según me
ha dicho, ofrecieron veinte ducados por los retratos de sus mayores.
Ramiro estaba ya metido en el lecho, y, hurtando su
rostro a la luz para dormirse, repuso como entre dientes:
—Dáselos, dáselos, Pablillos; pero que entiendan…
El resto de la frase perdiose entre las mantas.
Amargo fue el despertar del joven hidalgo.
Pablillos le trajo el dinero de los genoveses, a quienes llevó los retratos con
la primera lumbre del alba; pero después de referir los pormenores de la
diligencia, le dijo:
—Debo comunicar también a vuesa merced, que, al
cruzar la plazuela, topé con Pedro San Vicente, el segundón, quien parecía
estarme esperando. Me ha declarado, con mucho misterio, que don Alonso Blázquez
tiene resuelto entrar de religioso tan pronto case a la hija, e que su hermano
el mayorazgo le pasea la calle a la señora Beatriz, entrada la noche, e que
hace menos de una hora ha recibido un papel que no puede ser sino della,
dándole una cita para hoy; pues a través de una antepuerta hale oído exhalar muchos
suspiros, diciendo: «Sí, bella namorada mía. ¡Sí que he de ir! Hoy mesmo, hoy
mesmo. Mal que os pese, señor Ramirillo.» Y encargome no dejara de referir esto
último, palabra por palabra, a vuesa merced, por lo mucho que le importa.
—¿Quién acoge razones de un ebrio?—repuso Ramiro,
desdeñosamente.
Pero no por eso dejó de experimentar súbito
calofrío que le bajó hasta las plantas.
Hizo llamar a Medrano y refiriole su extraña
situación, el menosprecio de Beatriz, la frialdad de don Alonso y lo que
acababa de decirle su paje.
El escudero palideció de pronto y, mesándose la
barba, repuso:
—Amor de niña, agua en cestilla—luego alzando la
frente:—¿No será alguna treta de Franco, el campanero?
Ramiro, pensando que podía referirse al asunto de
los moriscos, meneó la cabeza negativamente. Acto continuo, como hombre
resuelto a desatar el nudo de modo harto breve, vistiose el coleto de ante y
ciñose la espada que le diera don Rodrigo del Aguila. Luego, desnudando la
hoja, oprimió con ambas manos la guarnición sobre su pecho, para rezar de
aquella guisa una larga plegaria. En acabando persignose con la empuñadura, y
haciendo correr a lo largo del acero indefinible mirada, envainolo otra vez en
silencio.
Todo quedó convenido. Ordenó a Medrano que fuese a
rondar la casa de Beatriz. Quería saber lo que pasaba, instante por instante,
por si era verdad lo del billete. El por su parte iría a esperar junto a la
Puerta de San Vicente, y Pablillos haría de correo.
Eran pasadas las once de la mañana cuando Ramiro y
su criado dejaron la ciudad, tomando, hacia la izquierda, el camino exterior
que corre, por la parte de Mediodía, al pie de los muros. El muchacho caminaba
por delante con el gesto despejado y feliz, y aunque llevaba el estómago más
hueco que un atambor, su instinto atisbaba cierto olorcillo de aventura que
hacía para él las veces de sustento. Su amo no era hombre de muchos memoriales,
y si el otro se presentaba con la música bajo las ventanas de la señora, habría
de seguro una gresca digna de las calles de Salamanca. El, por su parte, creía
poseer las mejores piernas del reino; y, a no ser que le cegaran de improviso
haciéndole entrar la cabeza en el vientre de alguna guitarra, como le había
acontecido cierta vez, riberas del Tormes, estaba seguro de su persona.
La mañana era fresca y radiosa. Pablillos sentía en
su sangre hervor de vida, escozor de danza, cerril impulso de zapatear la
tierra y lanzar a los vientos largos cantares agudos que rebotasen en los
collados. La primavera prestaba a los trigales undoso brillo de sedas; ¡verde y
plateada casulla sobre el buriel de los terruños! El sol chispeaba en la mica
de las peñas, en la reja de los arados, en el agua del río, fingiendo como un
chubasco de luz, a lo lejos, sobre las sierras de Villatoro. Todo parecía impregnado
de claridad y de matutino frescor, hasta el tañer de las campanas, el sonido de
los yunques, y el cantar de los tejedores y caldereros en el morisco arrabal de
Santiago. Algunas mujeres quemaban al pie de la cuesta montones de hojarasca, y
un perfume rústico, mejor que el incienso, sahumaba deliciosamente el contorno.
Ramiro recordó sin quererlo sus amores con la sarracena.
Cuando hubo llegado a la Puerta de San Vicente,
díjole al paje que esperara en aquel sitio, mientras él iba a situarse frente a
la muralla del Norte.
Pasó el mediodía sin que Ramiro recibiese aviso
alguno. A eso de las cinco de la tarde, Pablillos vino a comunicarle que don
Alonso acababa de salir de su casa en una silla cubierta, y que, según les
había dicho un viejo lacayo, aquel señor, después de algún tiempo, pasaba la
noche en el convento de Santo Tomás.
La tarde moría. Ramiro se sentó sobre una peña, con
el rostro casi oculto por el ala del fieltro. El suelo violáceo parecía ondular
a sus pies bajo la vibración alucinadora de la penumbra.
De tiempo en tiempo, el joven hidalgo levantaba la
cabeza y perdía la mirada en el contorno, indiferente a la magia del cielo y a
las seducciones del paisaje; pero recogiendo en el alma, de un modo instintivo,
la reciedumbre de aquel sitio de pasión y de sublime violencia.
El sol, antes de ocultarse, exaltó con su gloria
muriente el oro del cielo. Las pupilas de Ramiro se dilataron.
Desolada melancolía bañó de pronto la imponente
rudeza de la muralla. Ramiro imaginó que las torres se sucedían a espacios
iguales, como los paternoster del rosario; que las almenas
figuraban las avemarías, y la Catedral, con su saliente cimborio, el hueco
crucifijo lleno de reliquias de santos y caballeros.
Cuando Pablillos volvió a presentarse sin ninguna
noticia, su amo le manifestó que se iba a rezar a las cuevas de San Vicente, y
encaminose, en efecto, a echarse a los pies de la Virgen de la Soterraña.
Al acercarse a la basílica hundió la mano en la
faltriquera y extrajo el rosario de quince misterios que le había ofrecido su
primer preceptor Fray Antonio de Jesús. Era un viejo rosario de Tierra Santa,
cuyas cuentas, hechas de hueso de camello, habían sido ensartadas en fuerte y
apretado cordón de seda blanca.
«Lleva siempre contigo esta soga de estrangular
demonios», habíale dicho el franciscano al ofrecérselo.
La iglesia estaba sola y obscura. Una lámpara de
plata ardía en la capilla mayor. Misterioso como nunca pareciole ahora el
extraño monumento dorado y azul de los Mártires. Bajó a la cripta. La milagrosa
imagen estaba rodeada de cirios ardientes. Dos mujeres, echadas de pechos en el
suelo, gemían hacia un rincón, cubiertas completamente por sus mantos, haciendo
pensar en dos enormes murciélagos moribundos.
Rezó con fervor los quince misterios, y cuando
creyó que la sombra le permitiría caminar por las calles sin ser reconocido, se
dirigió a la ciudad, entrando a ella por la puerta vecina y yendo a situarse a
pocos pasos de la casa de Beatriz.
Esperó mucho tiempo.
De pronto, un bulto humano rozole y pasó. Algo
después vio llegar una ronda. Un corchete venía por delante meneando hacia uno
y otro lado la humosa y enrejada linterna. Aquella luz alumbraba con crudeza
los semblantes de los ministros. Ramiro reconoció al alguacil Pedro Ronco por
la facha imponente. Las cejas y el mostacho parecían trazados con un tizón
sobre su tez color sebo. El ruido autoritario de los pies y las espadas fuese
alejando.
Escuchose luego una voz:
—¡Señor! ¡Mi señor!
Era Pablillos.
Refirió que, un momento antes, un hombre
enmascarado se había detenido frente a la casa de don Alonso, y que a tiempo
que Medrano le mandaba con aquella noticia, apareció un nuevo enmascarado, el
cual, acercándose al primero, le interpeló con dureza. Ya parecían irse a las
manos, cuando acertó a pasar la ronda. Haciendo abatir las máscaras y arrimada
la lumbre a los rostros, el alguacil Pedro Ronco reconoció a los dos hermanos
San Vicente, ordenando con fieras amenazas al segundón que se alejara al punto,
si no quería acabar en la cárcel. El mayorazgo retirose también; pero, según el
escudero, no tardaría en volver al mismo sitio.
Ramiro fue a colocarse en la esquina más próxima.
Encontrándose allí con Medrano, dijo a éste y al paje que le dejasen solo.
La luna debía asomar hacia el naciente, pues la
muralla comenzaba a contornear por ese lado sus triangulares almenas.
Más de una hora pasó Ramiro sin apartar los ojos de
la casa de Beatriz. Parecíale por momentos que el postigo de la puerta se
entreabría y se cerraba. De pronto, un cuerpo de mujer asomó por la abertura.
Las blancas tocas y la singular corpulencia denunciaban a doña Alvarez. Cada
vez sacaba fuera mayor parte del busto, cobrando confianza. Por fin, chistó
quedo, muy quedo, varias veces. Nadie respondía. El postigo cerrose.
Cuando Ramiro comenzaba a pensar que Gonzalo no
volvería tal vez a presentarse aquella noche, vio llegar a lo largo de la
calle, la figura de un hombre que fue a detenerse ante la casa de Beatriz, al
pie de las ventanas.
Ramiro desenvainó la espada, y tomándola de la hoja
por encima de la capa, adelantose, prestamente, rozando la pared más obscura.
¡Era Gonzalo! Aunque su rostro estaba cubierto por el negro tafetán,
reconociole, al pronto, por la pluma blanca, sujeta a la gorra con hermoso
joyel de diamantes, y la capa cenicienta que llevaba, también, noches pasadas,
en la casa de juego.
Al tiempo que el joven regidor iba a golpear la
puerta con los nudillos, Ramiro, corriendo hacia él, asiole el brazo en el
aire. Luego, estrujándole con fuerza la máscara sobre el rostro, acabó por
arrancársela con rabioso tirón. San Vicente desenvainó a su vez, y exclamando:
«¡Muera!», se arrojó sobre su rival. Pero éste le esperaba ya con el acero
tendido.
Gonzalo se detuvo, y blandiendo furiosamente la
espada, gritó de nuevo:
—Pida perdón el alevoso.
—Vos a mí, villano, por vuestras calumnias
menguadas.
—¡Muera entonces el perro morisco!—volvió a gritar
San Vicente.
—Hablad más quedo, señor regidor; no sea que os
preste ayuda la ronda.
—No la he menester.
—Pues busquemos, si os place, algún sitio más
apartado, donde el rumor de las espadas no haga asomar a alguna dueña pensando
que es el oro de vuestra bolsa.
—Vamos donde gustéis.
Los dos envainaron, y Ramiro tomó por la angosta
calleja, en la dirección del Nordeste, hacia un paraje solitario dentro de los
muros, que él había observado en uno de sus paseos.
Gonzalo marchaba a la izquierda, y su capa gris
semejaba una tela de plata entre la incierta claridad de la noche.
Llegados que fueron ante un viejo portalón, Ramiro
se detuvo y trató de violentar el cerrojo. Gonzalo ayudó con el hombro. Por
fin, después de un vano forcejeo, convinieron en escalar juntos la tapia.
Gonzalo apoyó su pie en el muslo de Ramiro y, cuando se hubo encaramado, tendió
desde arriba la mano a su rival, ayudándose uno a otro como en los desafíos de
los libros caballerescos y como lo hicieran Amadís, Rugero o Esplandián, con su
valiente cortesanía.
Era una cantera abandonada. La roca, formando una
sola mole en forma de colina, no había permitido levantar vivienda alguna sobre
su pétreo caparacho, antiguo como el mundo. La muralla se levantaba hacia la
derecha, almenada, fosca, solemne y revestida de sombras formidables.
Deteniéndose en el paraje más llano, los dos
mancebos derribaron al suelo sus capas. Gonzalo arrojó también lejos de sí la
rodela que llevaba colgada del cinto. El cielo, todo entoldado, de nubes
transparentes, esparcía sobre la callada ciudad una lumbre misteriosa de
amanecer. Hacia el naciente, nacarada aureola rodeaba la escondida perla del
plenilunio.
Los aceros se cruzaron.
Gonzalo paraba los golpes con maestría, acechando
el instante. Ramiro, a su vez, desplegaba una esgrima aparatosa y soldadesca,
con molinetes fantásticos, y su boca, entreabierta por el ansia homicida,
dejaba rebrillar la dentadura.
San Vicente, a pesar de su destreza sentíase
vacilar ante aquella máscara cruel, toda confianza, toda vigor, toda coraje; y,
por fin, temiendo que el corazón le flaqueara, hizo una falsa y enviole a
Ramiro una punta derecha y veloz como un dardo. El arma atravesó de parte a
parte el coleto por el costado, rozando la carne. Ramiro, entonces, iluminado
por una centella de instinto, dio dos grandes pasos hacia adelante, para dejar
aprisionada en el cuero la hoja del adversario; y tomando su propia espada, como
quien alza un puñal, clavósela de golpe en medio del pecho. Luego se la hundió
ferozmente, a través del justillo, toda entera, toda, toda, hasta los
gavilanes.
Gonzalo exclamó:
—¡Esto es hecho!
Y, lanzando por la boca una onda negrusca,
desplomose.
Sus brazos y sus piernas se sacudieron un instante;
y su cabeza, sin vida, se dobló, se acostó de lado, sobre la piedra.
Al mirar extendido a sus plantas el cuerpo exánime
de su rival, Ramiro elevó una oración jaculatoria a la Virgen de la Soterraña.
¡Estaba vengado! La fuente del orgullo derramaba ahora por todo su cuerpo un
goce inmenso y bravío. Sintió erguirse en la brisa, como una cresta de gallo,
la pluma de su sombrero, y experimentó en los talones una extraña sensación de
fuerza invencible. Hubiera querido lanzar, con toda su voz, hacia la luna, el
grito de guerra de sus mayores.
Asaltado por súbito pensamiento, se agachó hacia el
cadáver, y desciñendo las agujetas, sacó de entre el jubón y la ensangrentada
camisa un billete sin sobrescrito. Lo desplegó. La claridad era débil; pero, al
mirar hacia el cielo, observó que la luna iba a pasar muy pronto tras una
grieta de las nubes. Poco después sus ojos leyeron las siguientes palabras:
«Sírvase vuesa merced venir esta noche pasadas las
once. Golpee primero tres veces y luego otras dos, muy quedo, en el postigo. Yo
le abriré. Cruce el patio y el huerto y suba a la torre de la muralla. Mi
señora irá luego a hablar con vuesa merced.
»Vuestra fiel servidora, Alvarez.»
Tomose la frente con ambas manos, ¡Era posible!
¿Sería verdad que Beatriz?… ¿No habría en todo aquello algún ardid infame de la
dueña? Fácil era saberlo. Contuvo su meditación, e, instantáneamente, con
nerviosa premura, cambió su negro sombrero por la gorra de Gonzalo. Arrastrando
en seguida el cadáver hasta el borde de una cavidad que negreaba al pie de los
muros, empujolo con el pie reciamente para que rodara hasta el fondo. Luego,
recogiendo la clara capa del muerto, embozose con ella, haciendo de lo suyo un
lío que apretó bajo el brazo.
Cuando se disponía a saltar de nuevo la tapia, vio
asomar por detrás dos rostros obscuros. Tuvo un estremecimiento. Eran Medrano y
Pablillos, que habían presenciado desde allí toda la escena. Al caer a la
calle, el escudero recibiole sobre su pecho, exclamando:
—Famosa estocada, ¡voto a Cristo! Huyamos, huyamos
presto, no sea que vuelva la ronda.
Ramiro ordenoles esta vez con imperio que fueran a
esperarle al solar, y, dándoles la capa y el sombrero, enderezó resueltamente a
la casa de Beatriz.
Llegado ante la puerta, advirtió en el suelo la
mascarilla negra de Gonzalo; cogiéndola con presteza se la puso en el rostro.
Golpeó tres veces y luego otras dos con los
nudillos. El paño de la capa desprendía afeminado perfume. Su espíritu comenzó
a divagar. Vio y dejó de ver varias veces una almohada de Aixa engalanada con
hilo de oro y piedras preciosas. Observó que los clavos de la puerta figuraban
cabezas de leones. Llamó de nuevo. El exceso de emoción le embriagaba. Por fin,
el cerrojo crujió levemente y el postigo entreabriose; doña Alvarez asomó la
cabeza, y después de haberle observado un instante, le dijo en voz baja:
—¡Albricias, señor don Gonzalo!
Luego, abriendo del todo el postigo y sacudiendo la
mano con impaciencia:
—Presto, presto—agregó;—cruce vuesa merced el patio
y el huerto, y suba a la torre.
Cuando Ramiro se halló en lo alto del cubo, desde
cuya plataforma había visto atardecer siendo niño, en compañía del enano, apoyó
su espalda contra las almenas y se puso a esperar. Incomprensible apatía le
inundaba: una inconsciencia, una vaguedad de emoción, comparables al comienzo
de la embriaguez. Su razón meditaba sin comprender. La frescura de la noche
hacíale sonreír.
Abajo, profundamente, los altozanos ondulaban con
color fosco de acero. El convento de la Encarnación, con sus tristes paredes
pálidas, adormía en la noche su sosiego santo. Tenue claridad flotaba sobre la
morada de pureza y de pasión, como si sus tapias encerrasen algún milagroso
huerto de lirios. Nubes bajas, resquebrajadas como témpanos, cubrían el cielo,
dejando transparentar esa temerosa luz cenicienta favorable a todos los
ensalmos. Los gallos cantaban por momentos, como si comenzase la aurora. Un perro
latió de modo lúgubre al pie de la muralla.
De pronto, oyose en la escalera sedoso crujir de
vestidos.
Ramiro se irguió.
Cubierta de un velo obscuro, una mujer acababa de
aparecer sobre la torre; su mano, enguantada, abatió con gracia el embozo. La
pálida tez de Beatriz resplandeció entonces con blancura de mármol, y sus
lustrosos cabellos, ceñidos por un aro de oro, tomaron en la noche azulenco
pavón de armadura sombría. Dos mechones se desprendieron de los demás, vibrando
en el aire cual doble serpiente.
Anchos galones de plata recamaban la falda color
zafiro, mientras la tela del jubón desaparecía bajo cuentas y canutillos, cota
de abalorio cabrilleando sin cesar como el agua intranquila. La doncella
levantó el rostro con los ojos entrecerrados, quedándose inmóvil un instante.
Sus labios parecían sorber la fluida claridad que bajaba del cielo.
Ramiro se sintió como enloquecido ante aquella
aparición. Todo su ser no fue sino un brusco frenesí, una llama que se estira
para devorar el velo cercano. Era Beatriz la que estaba ante él, su Beatriz, su
señora, divinizada por la magia de la noche y del silencio. Olvidó su sospecha;
olvidó el papel de doña Alvarez y el drama reciente; olvidó como un ebrio, como
un insano, que llevaba las ropas de otro hombre; olvidó la máscara que ocultaba
su rostro; y pareciole que, después de un sueño desesperante, se encontraba por
fin con su amada, esposo y señor, sobre la torre de encantado castillo. Caminó
hacia ella y asiola con dulzura. Beatriz se resistió débilmente; ¡en su labio,
humedecido, temblaba una lucecilla azul, una gota de luna!
Fue al principio un beso ideal, casi incorpóreo,
tomado con el aliento, en la quietud, en la altura, sobre el sueño de la ciudad
y las tierras; pero, al pronto, el indeciso contacto acabó por despertar los
sentidos, y las bocas se ligaron, se apretaron fuertemente, bajo el masculino
furor. Beatriz gimió sin poder esquivarse, mientras Ramiro sentía correr por su
cuerpo sobrehumano deleite. ¡Al fin lograba la ansiada, la soñada caricia! ¡Era
el beso de ella, el beso de Beatriz, tantas veces imaginado! Pero, de pronto,
en medio de aquel loco transporte, un relámpago de razón brilló en su cerebro.
La realidad acababa de herirle de súbito. Fue algo espantoso. Con la boca
estremecida aún sobre el rostro de la doncella, pensó de repente que estaba con
la capa y la toca del muerto; que llevaba sobre el rostro una máscara; que
Beatriz creía hallarse en brazos de Gonzalo, y, en fin, ¡que aquel beso era el
beso de otro, el triunfo de otro, la caricia suprema destinada a otro labio, a
otro hombre!
En ese instante la niña, levantando su rostro,
exclamó con pasión:
—¡Ah, Gonzalo, cuán dichosa me hacéis!
Y tendió de nuevo su boca insaciada.
Ramiro recibió de lleno el aletazo de la demencia.
Todo su ser rechinó cual la hoja ígnea que el espadero sumerge de golpe en el
agua. Sentía que su mente giraba en una vorágine de negrura, y escuchaba dentro
de su cerebro el ladrido de las potencias tenebrosas de la venganza; no viendo
sino una sola idea, una sola necesidad, una sola justicia: ¡el exterminio, la
muerte!
Tomó, sin embargo, sin poder resistirlo, el nuevo
beso de Beatriz, devolviendo aquella caricia con una mordedura salvaje. Ella
gritó entre los dientes, y sus esfuerzos fueron tan desesperados que logró por
fin desasirse. Entonces el mancebo, quitándose de golpe la máscara, rugió dos
veces:
—¡Ramera! ¡Ramera!—enseñándola el rostro.
La niña no pudo modular ni una sola palabra. Su
boca, entreabierta, negra de horror, dejó escapar un quejido sordo, aciago,
indefinible. El echose sobre ella, arrollándola al pie del parapeto y tapándole
la boca con el manto para ahogar sus gemidos. Buscó su daga, y ya iba a
desenvainarla, cuando un instinto rápido le contuvo. ¡Una correa!, ¡un cordel!
¿Dónde? Algo que pudiera anudarse. Intentó locamente desprenderse el cinturón,
las ligas, los tirantes de la espada, el mismo cintillo del sombrero. De pronto
su mano convulsa rozó las cuentas del rosario de Fray Antonio que colgaba de la
faltriquera, e inspirado por el Infierno, tomolo sin vacilar, rompiolo con los
dientes junto al crucifijo, dejó caer algunas cuentas, y envolviéndolo al
cuello de Beatriz, tiró con ambas manos, tiró en uno y otro sentido, hasta
apretar, por fin, sobre aquella delicada garganta, un nudo terrible.
Luego descendió. Cruzó el huerto y el patio. La
dueña esperaba dormida junto al postigo. El abrió sin despertarla y salió; pero
cuando hubo dado algunos pasos por la callejuela, creyó escuchar, detrás de la
puerta, la voz de doña Alvarez. Apresurando entonces el paso dejó caer de
intento en las losas la gorra y la capa de San Vicente.
Cruza la plazuela de la Catedral, atraviesa la Rúa,
llega al caserón. El escudero le espera a la puerta. Uno y otro desaparecen por
el postigo.
Habiendo despedido a su paje con algunos doblones y
convenido con Medrano el día en que habían de encontrarse en el pueblecillo de
Cebreros, Ramiro abandonó la ciudad, al día siguiente, a la hora del alba.
Escogió para salir la puerta de Antonio Vela. Al
contemplar a su derecha el arrabal de Santiago, vínole a la memoria su
amancebamiento con la hermosa morisca y pensó que aquella mujer había sido la
causa de toda su malaventura, de todos sus yerros y desengaños. ¡Quién sabe si
no había mediado algún hechizamiento! Acordose de su mirada última delante del
Tribunal, y la sola evocación de aquellas pupilas llénole el ser de
supersticiosa inquietud.
Cuando hubo llegado a las primeras colinas del
naciente detuvo su cabalgadura. El claro camino corría hacia el porvenir, en la
coloración deliciosa de la mañana. Seguirlo era ir en pos de vida nueva. A uno
y otro lado los rayos rastreros del sol hacían brillar los tomillares cubiertos
de rocío. Volvió el rostro. La ciudad le llamaba con una voz de tedio, de
perfidia, y la fiera muralla, toda roja en el amanecer, hízole pensar en el
encarnado capucho del verdugo.
Volver era morir, morir cubierto de pecados, perder
el alma para la eternidad.
Al llegar a la primera encrucijada se detuvo. No
pensaba, no quería pensar nunca más en la hija de Don Alonso a quien él creía
haber dado muerte la noche antes. Pero la conciencia le venía repitiendo que si
se llegaba a descubrir el cuerpo de Gonzalo San Vicente la justicia caería, de
fijo, sobre Pedro, creyéndole el matador de su hermano y de Beatriz. Un
inocente sería condenado en su lugar.
Meneado en uno y otro sentido por tempestuosa
cavilación, resolvió seguir el consejo del cielo. Rezó un paternoster y
un avemaría, hizo girar a su rocín hasta ponerlo con la cabeza hacia el Norte,
y, soltando la rienda, picolo con fuerza. El caballo se encabritó, pero un rato
después se alejaba milagrosamente de la querencia, a todo galope, camino de
Cebreros.
—¡Dios lo quiere!—pensó Ramiro.—¡Un ángel lo
aguija!
No tardó en internarse en la fragosidad de la
sierra. Perdido a las veces por el gesto vago de los pastores que solían
señalarle algún sendero de cabras al borde de los abismos, y cruzando, bajo un
viento desesperante, las crueles parameras, donde le asaltó, más de una vez, el
deseo de acostarse de pechos sobre la arena y dejarse morir, llegó por fin a
Cebreros, un día lluvioso, a la hora de la siesta.
Paró en un mesón de los arrabales, y llegada la
noche, acostose sobre una manta, entre pellejos de vino. Las voces de algunos
hombres que se hallaban en la misma cuadra no le dejaban dormir. Un clérigo
anciano y un labrador se hacían las primeras preguntas:
—¿Y adónde camina vuestra merced?, ¿puede saberse?
—Gustoso. Voy camino de la corte, para pasar
después a Toledo.
—¿Es de aquel lugar vuestra merced?
—Soy de Tornadizos; pero llévame, al fin de los
años, el deseo de presenciar un auto de la fe. Además, el capellán de las
Clarisas es algo pariente mío, y quiero visitalle.
—Bien, bien… Yo soy de aquí mesmo, quiere decir de
la nava. Allí he nacido e vivido los años que tengo, que son para esta Pascua
de Navidad sesenta y tres cabales. Mi padre, que Dios haya, era hidalgo de
sangre; pero tuvo que tomar el oficio de pelambrero por no ver morir de miseria
a los muchos hijos que tuvo. Finó de un mal que llaman…
El clérigo aprovechó de aquella perplejidad para
recobrar la palabra, y púsose a referir que, pocos días antes, habían pasado
por su pueblo dos moriscas de Avila, conducidas en un carro verde, a la
Inquisición de Toledo. A una de ellas, famosa hechicera, diola el Diablo por
añadidura un rostro hermosísimo. Uno de los guardas habíale dicho, punto por
punto, el delito de ambas mujeres.
Ramiro escuchó entonces la adulterada historia de
la conspiración por él descubierta.
—Además, un mozo de mulas que viajaba con esa
gente—dijo el clérigo—me aseguró que la hermosa morisca, valiéndose de un
bebedizo diabólico, había logrado hechizar a uno de los mancebos más bizarros y
piadosos de de ciudad tan cristiana, haciéndole renegar en poco tiempo de la fe
de Nuestro Señor Jesucristo y entrar en la conjura.
—¡Válame Dios e la Virgen Santísima!—exclamó el
labrador, santiguándose con espanto.
Ramiro se incorporó sobre las mantas. Aquel gran
pecado, aquel gran baldón de su vida había tomado cuerpo, había pasado los
muros de Avila, y viajaba ahora por ventas y caminos.
El vinoso vapor de los pellejos, el tufo que
llegaba del establo y el continuo lanceteo de las pulgas taberniles agravaron
su estado de angustia, figurándosele una viva parábola de su envilecimiento.
Sentíase humillado y contrito ante Dios; pero su orgullo se exaltaba con
agresiva arrogancia al pensar en los hombres.
Después de tres días, como Medrano no llegaba,
Ramiro resolvió continuar sin esperarle. Era una mañana esplendorosa de
principios de mayo. Había sacado, él mismo su cuartago al soportal del mesón, y
ya iba a poner el pie en el estribo, cuando sus ojos, un tanto ofuscados por el
reflejo de las encaladas paredes, vieron venir, sobre una jaca, a un donoso
pajecillo que parecía hacerle señas desde lejos. Llegó por fin el tal pajecillo
junto a él, y, apeándose de la cabalgadura, encogido y lloroso, demandole una y
otra mano para besárselas.
Era Casilda, con ropas de lacayo; pero sus
pestañas, su guedeja y todas sus facciones estaban tan cubiertas de polvo, que
Ramiro tardó en reconocerla. Dijo que el mismo día de su partida, a eso de las
dos de la tarde, Diego Franco, el campanero, había regresado a la Iglesia con
un tajo en el rostro, y que interrogado por los señores Canónigos no había
querido responder una sola palabra. Agregó en seguida, que su padre había sido
llevado a la cárcel hasta tanto se averiguara la verdad de aquella cuchillada.
—Manda decir a vuestra merced que prosiga su viaje,
e se quite las barbas, e camine mucho, mucho, ocultando su nombre.
Luego, bajando los párpados y ruborizándose bajo el
polvo blanquecino que velaba su rostro, agregó que ella venía a ponerse a su
servicio y que estaba dispuesta a seguirle como paje, adondequiera que fuese.
—No—respondió Ramiro con frialdad;—más falta hacéis
a vuestro padre que a mí. Volveos de prisa y decidle muy secretamente que yo
sigo para Toledo, adonde he de esperalle.
Viendo que el clérigo y el labrador salían en ese
instante de la posada, quitose con rapidez la sortija que llevaba en la mano
derecha y diósela a la muchacha, diciendo:
—Tomad esta joya por si puede ayudaros en algo.
Y, con un breve saludo, montó en el rocín y picó
las espuelas.
Cruzando llanuras estériles y pardas, entrecortadas
por una que otra serranía de aspecto semejante al lomo esquilado de las mulas,
evitando los pueblos, y durmiendo a cielo abierto donde le tomaba la noche,
llegó una mañana a la vista de la célebre ciudad de los concilios y espaderías,
sin más incidente de importancia, en el camino, que una sorpresa de
salteadores, cuyo jefe, el famoso golfín Avendaño, admirado de su valor, hízole
devolver las joyas y el dinero y ofreció recibirle en su banda como segundo.
A la vez que la campana de la Catedral daba las
doce badajadas de mediodía, su cabalgadura cruzaba, paso a paso, el asoleado
puente de Alcántara.
Estaba en Toledo.
* * * * * * *
Ramiro pasó las dos primeras semanas vagando al
azar por las callejas y plazas de Toledo, sin compaña, sin paje, sin amor,
solitario en el tumulto.
La curiosidad forastera sacábale del lecho más
temprano que de costumbre, y, casi todas las mañanas, cruzando el Zocodover y
tomando la calle de las Armas, íbase al puente de San Martín, con el paso
desocupado y tranquilo que cuadraba a un hombre de su estirpe. De esta suerte,
yendo y viniendo a lo largo de la calzada, o recostado ociosamente contra el
parapeto, dejaba correr una o dos horas, sin más ocupación que la de ver llegar
el abasto campesino en el deleitoso amanecer. Sus ojos se holgaban en observar
la confusión de trajes versicolores, de fachas rudas y curtidas, de espuertas
rebosantes, y el polvoroso tropel de borricos, de bueyes, de rebaños. Era el
acopio cuotidiano de la Vega y de las dehesas de los contornos, acudiendo a la
ciudad por aquel puente vertiginoso que el sol matinal sobredoraba. Era toda la
serna, toda la nava, toda la sizla con sus olores rústicos, sus balidos, su
campanilleo, sus cantares. A veces, por unos pocos ochavos, el joven avilés
tomaba de los cestos algunas uvas de Mozamboroz o Ajofrín, enfriadas por el
rocío.
Harto penoso érale volver a pasar bajo los arcos
sucesivos del antiguo torreón almenado que guarnece la cabecera. Sus piernas se
hundían en una ola brusca de cabras o de carneros; aquí un borrico le
estropeaba la bota con la pezuña, allí una vaquera de la sagra le apartaba de
un manotón. No había quien no se aturdiese bajo la oquedad de aquella puerta,
donde los gañanes se complacían en hacer estallar sus alaridos, y los cencerros
pastoriles resonaban como esquilones.
Más tarde, después de admirar el artificio de
Juanelo, que remontaba el agua del río hasta el Alcázar, o de recorrer, uno a
uno, los escaparates de las espaderías, íbase a visitar las iglesias; y, casi
siempre, una hora antes del toque de oraciones, sin más que levantarse el
mostacho con los dedos, entraba en el Zocodover y poníase a pasear por la plaza
o por debajo de los soportales, hasta la noche. La barba a medio crecer, la
palidez del semblante, las botas de camino, el aludo sombrero, el largo espadón
y sus raídas y polvorientas ropas, dábanle toda la traza de algún soldado de
Flandes, salido apenas del hospital de Santa Cruz.
Aquella existencia ignorada, sin vanidad ni pasión,
fuele sumergiendo en un estado semejante a la placidez de las convalecencias.
Olvidado casi de la tragedia que dejaba a su espalda, dando su libertad por
segura, y sin otro torcedor que el que iba renovando en su conciencia el
recuerdo de sus amores con la morisca, malbarató las últimas joyas y vendió su
embarazoso rocín, para juntar de esta suerte algunos doblones que le evitaran
por algún tiempo las ruines urgencias del dinero.
Ya no era su desventurado amor ni la muerte de la
traidora Beatriz lo que clamaba en su pecho. Todo aquello había sido como una
hoja trágica doblada para siempre, un accidente de la fatalidad que no dejaba
cuenta alguna en su contra.—La esposa o la desposada que nos burla—habíase
dicho a sí mismo—se troca, al pronto, en nuestro peor enemigo; una vez
descubierta no queda sino darle muerte sin piedad, y después olvidarla,
olvidarla del todo, barrer del corazón hasta su nombre, inhumar su recuerdo
como un harapo de pestífero. He ahí la vieja ley de la honra. En cambio, el
breve relato del clérigo, en la venta de Cebreros, había renovado en su
espíritu cavilaciones y remordimientos que él consideraba abolidos para
siempre. De modo imprevisto, las escenas lejanas de su amancebamiento con Aixa
se reanimaron en su memoria con torturante viveza, y llegó a pensar que los
demás pecados de su vida no sumaban todos un pecado como aquél, y que su alma
estaba perdida para la eternidad si no lograba purgar tamaña traición contra el
reino, contra la memoria de sus mayores y contra la Santa Iglesia de Cristo.
Al mismo tiempo, un extraño temor comenzaba a
agitarle. ¿Qué era aquello del jugo de hierbas hechiceriles que le habían hecho
beber sin que él lo advirtiera? ¿No habría mediado, en verdad, como el clérigo
decía, algún filtro, algún bebedizo diabólico? Acordose de la mirada tan
profunda, tan extraña, que su antigua manceba le había dirigido ante el
Tribunal de la Inquisición, al ser arrastrada de nuevo a la tortura, y pensó en
algún terrible aojamiento, cuya influencia pudiera prolongarse durante todo el
resto de su vida.
—¿Qué impulso incomprensible—preguntábase
entonces—acababa de encaminarle a Toledo, adonde ella misma había de ser
conducida por los peones del Santo Oficio?
Esta última reflexión hacíale estremecer por
momentos y le llenaba de miedo sobrehumano; pero, a veces, una voz interior y
complaciente le susurraba que su Divina Majestad había querido traerle a la
ciudad justiciera para que viese desecar con el fuego su antigua charca de
lujuria.
Ciertos días, pasaba las horas largas vagando por
la Catedral, como en una selva de piedra toda florecida de vidrios ardientes;
y, meditando a un tiempo su pecado, postrábase de hinojos, aquí y allá, a la
sombra de las capillas. Pero en los instantes de aguda congoja prefería una de
esas iglesias íntimas, como San Andrés, San Torcuato, Santo Domingo el Real,
San Juan de la Penitencia, donde se apelotonaba junto a un altar solitario, con
el rostro entre las palmas. Otras veces devanaba su tribulación caminando y
caminando por las calles, al azar de su capricho.
Toledo le subyugaba con su complicado misterio. Era
una ciudad muy distinta de su ciudad natal. Avila, a más de ser tan reducida,
era neta y comprensible. En cambio, nada más fácil que extraviarse en el
toledano arabesco de callejuelas. Aquí el cielo se veía casi siempre como desde
el fondo de un foso y su añil sobrecargado se recortaba estrechamente entre el
doble cobertizo negruzco de los aleros. En algunas calles, angostas como
corredores, las fachadas se levantaban siempre obscuras, y sólo en lo alto ardía,
sobre la cal, la brusca faja de sol.
Sobre estos canales de sombra, los balcones
cerrados suspendían su cofre de espionaje y de misterio. A veces un brazo
blanco como la nieve asomaba entre las maderas y arrojaba hacia Ramiro una flor
o una alcorza. Los fieros portones, erizados de hierro, hacían pensar en la
cautela de los antiguos serrallos. Ramiro atisbaba un tufo de Oriente; todo
trascendía para él a magia, a nigromancia, a Alcorán; y el odio religioso,
exaltado por su remordimiento, le contraía el corazón cuando atravesaba los
barrios de la morería, entre las covachas atestadas de sedas multicolores, de
bonetes de grana, de cereales, de especias, de perfumes. Los muros hasta la
altura de un hombre, estaban ennegrecidos por el mismo roce indolente que
adelgaza los pilares de las mezquitas. El converso, con sus velludas piernas
cruzadas sobre el mostrador, llamaba a los compradores golpeando con fuerza el
platillo de su balanza de cobre. Era la misma gárrula, las mismas
gesticulaciones, las mismas amenazas bestiales e inofensivas del arrabal de
Santiago; pero mucho más tumultuosas. A veces, al pasar junto a una ventana,
Ramiro escuchaba el rumor de una zambra, y su imaginación evocaba, a pesar
suyo, los pies desnudos de Aixa, haciendo martillar las ajorcas, su boca
pintada y sus pestañas cargadas de amor y de hechizamiento. Buscaba entonces,
hacia una y otra parte, los signos graves de la religión: los humilladeros, los
paredones conventuales y la misma cruz vencedora, en lo alto de los
campanarios, donde brillaba todavía el esmaltado azulejo incrustado por los
infieles.
El recordaba añejas historias que había leído o
escuchado referentes a Toledo, lúbricas historias que desprendían, como ropas
de amantes, un olor de fiebre y de lascivia. Por eso aquella ciudad le hablaba
ahora con el lenguaje de su propio dolor, cual si fuera el trasunto corpóreo de
su alma.
Toledo era la ciudad arrepentida y penitente, la
ciudad expiatoria. Sus monasterios iban borrando con sangre y con lágrimas el
oprobio de los serrallos, la lubricidad de los baños y los divanes. Las
tremendas virginidades monásticas desvanecían al fin, para siempre, la sombra
de las Jarifas y las Galianas. El hisopo purificó las mezquitas exorcisando los
mihrabs y las albercas de las abluciones. Muchas capas de cal habían ocultado y
carcomido los arabescos. Las voces frenéticas de los monjes, en los coros obscuros,
ahogaban en la memoria hasta el último eco del canto de los almuédanos. La cera
y el aceite ardían de continuo. Los antiguos alminares lloraban con campanas
católicas su remordimiento.
Un ensueño de otra vida, un ansia de salvación
eterna brillaba en la pupila febriciente de los hidalgos, vestidos casi todos
de negro. Las moradas mismas tenían semblante monástico. Vivíase en ellas una
existencia de silencio, de sombra. Un farolillo alumbraba continuamente en sus
zaguanes obscuros alguna imagen de Nuestra Señora, como en la portería de los
beaterios, y las celosías diseminaban en el ambiente perfumes de iglesia.
Aquella ciudad, profanada por los judíos y los moros, antojábasele a Ramiro, sumida
como un solo ser, en inmenso dolor religioso; y, a la hora del crepúsculo,
creía respirar a través de sus calles, errante hálito de vigilia, un aliento
febril de insomnio, de penitencia.
El también tenía que exorcisar su corazón, borrar
otras lascivias y perjurios, y abatir del todo la deshonrosa memoria que se
levantaba como un peñasco entre Dios y su alma.
Una tarde, sentado en un poyo del Zocodover, ligó
Ramiro amistad con el viejo espadero Domingo de Aguirre. Era la hora de la
siesta. Se hubiera dicho que la campanada de la una caía sobre Toledo cual
hipnótico ensalmo. Todo se hundía, al pronto, en el mismo encantamiento. Hasta
los vendedores errantes se postraban junto a su mercancía, donde les tomaba el
golpe de badajo. En la plaza, más de uno se terciaba el embozo y se quedaba
dormido. Toda la gente ociosa y corrillera, rufianes, pordioseros, soldados inválidos,
menestrales sin trabajo, señores de la hoja con encerado bigote y calzas de
color, y más de un hidalguejo de poca monta, se confundían en aquel reposo
común bajo la lumbre meridiana. El caserío recortaba cegadoras blancuras sobre
un cielo de zafiro. Los gallos cantaban a lo lejos en los cigarrales.
Ramiro observaba menudamente aquellos hacinamientos
de capas verdachas y parduscas. Entretanto, sentado a su derecha, el espadero
le miraba de hito en hito, como si deseara entablar amistad. Por fin, en voz
muy baja y señalando el arma que Ramiro llevaba suspendida del talabarte,
prorrumpió:
—¿Da licencia el caballero para mirar en la mano
esa hermosa espada que lleva?
Ramiro se la ofreció buenamente.
El hombre, después de haber desenvainado como un
palmo de hoja, observó atentamente el recazo:
—No en vano—agregó—me había guiñado esta joya. He
aquí la marca de mi padre, Hortuño de Aguirre, ¡que Dios haya!
Desnudándola entonces del todo, asiola de la punta
con la otra mano, y, arqueándola como un junco, dejola escapar en seguida con
viveza. El metal vibró como una campana que sonara muy lejos.
—¡Ah, ya no se forjan espadas de este jaez, señor
hidalgo!—agregó Domingo de Aguirre.—El acero es cada día más sucio y el temple
más ruin.
—Dícese, en verdad—contestó Ramiro,—que habéis
perdido algunos secretos de antaño.
—En cuanto a secretos, señor, nunca los hubo. El
agua del Tajo es la mesma, sus lodos no han cambiado, el fuego es siempre el
fuego, y en punto a lo que habría que hacer todos lo saben. Lo que se ha
perdido es la honra. Hoy todo es interese y malicia. Fuera de uno que otro como
Ayala o Jusepe de la Hera, ya no buscan sino hacer pronto y llenar la alcancía.
En mi tiempo batíamos cada espada como si nos estuviesen mirando el mundo
entero y Dios mesmo. Si no salía honrada e cumplida, como era menester, no la poníamos
en la lonja por todo el oro de las Indias. ¡Ah, cuando estaba yo por rematar
una hoja e sacábala por última vez de las ascuas, color de hígado, y le untaba
la riñonada para ponella a enfriar punta arriba, me temblaba el corazón, señor
hidalgo!
Ramiro observó de reojo a su interlocutor. Llevaba
una hermosa ropilla color de avellana que dejaba entrever el jubón de
terciopelo carmesí. Un cintillo de oro chispeaba en torno de su alto sombrero.
Su rostro cetrino, ancho y abultado hacia la frente, se iba enangostando como
un higo moreno, hasta concluir en la puntiaguda barbilla. Bajo cejas negras
todavía, brillaban dos ojillos penetrantes y nerviosos, que habían vivido
catando el tinte justo de los hierros y siguiendo el arabesco de las ataujías.
El fuego había chamuscado sus manos verrugosas y obscuras como sarmientos. Su
boca grave y su adusto mirar expresaban pundonor y firmeza.
Aunque Ramiro había mirado siempre con
aristocrático desprecio a todo aquel que envilecía sus manos en los oficios
mecánicos, pensó esta vez que la sabia fabricación de las armas debiera estar
exenta de villanía, como faena preclara puesta al servicio de las más altas
empresas. Además, había oído decir que los señores toledanos no desdeñaban el
trato de los espaderos insignes y que las fraguas de la ciudad eran sitio de
reunión y de esparcimiento de los nobles.
Aquellos artífices eran merecedores sin duda de un
respeto especial. Encerrados en el humoso taller, domeñaban como cíclopes el
hierro tenaz y el fuego bravío, y se iban transmitiendo de generación en
generación el rudo sacerdocio de su maestría. La pasión de la raza les había
demandado para su uso más alto aquellos aceros únicos, aquella insigne
herramienta de la honra y la dominación. Sus dagas, sus rodelas, sus estoques,
sus armaduras, habían hecho tan famosa a Toledo como los concilios.
Domingo de Aguirre, habiendo vuelto la espada,
apoyaba ahora ambas manos en la suya y continuaba diciendo:
—¿Qué mucho, señor, que las armas no sean ya lo que
fueron, cuando vemos que la nación entera va camino de su perdición?
Ramiro hizo un gesto de asombro.
—Sí, señor caballero; España se pierde. Las Cortes
claman y el Rey no las oye. Al pechero se le va quebrando el espinazo bajo el
fardo de los tributos, las industrias están enfermas del gusano de la alcabala,
las ciudades mohínas, los campos miserables. Agora toda la arte del privado
está en saquear a los pueblos. Roerles hoy todo el esquilmo, hasta la sangre,
aunque mañana perezcan. Daca, daca, y vénguese Menga contra el que venga.
—¿Y piensa vuesa merced—replicó Ramiro—que por
tributo más o menos debiéramos abandonar las guerras honrosas que van asentando
nuestro renombre por todo el mundo y harán de la nación española el asombro de
los siglos venideros?
Hizo dicha interrupción con acento cortés, sin
ánimo de contrariar aquella verbosidad que comenzaba a interesarle y que por
momentos le traía a la memoria las palabras de Bracamonte.
—Guerras honrosas, señor, eran las de antaño,
cuando se ganaban reinos a punta de espada,—repuso el espadero;—pero no éstas
en que todo se logra o se pierde por achaques de doblones. ¿Cree acaso vuesa
merced que los tercios van agora a la guerra por la gloria o por hacer triunfar
nuestra santa religión? Hoy día, como hago yo decir al soldado de un entremés,
que ha poco compuse…
Hizo una pausa, mondó el pecho, y, como un
figurante, recitó el siguiente discurso:
—Hoy día, ¡voto a Cristo!, no hay escudo que
defienda como el que suena en la bolsa, atambor que haga marchar mejor que los
doblones, reales más lucidos que los de plata. Antaño se arriesgaba la vida por
la gloria del rey, hogaño por su rostro acuñado en Segovia. Gánanse los ducados
con ducados, las plazas de Francia con sus propias pistolas, ¡y juro por San
Andrés!, que antes que hacer cuartos a los herejes holgárame hacer cuartos de
mis ochavos.
—Ingenioso lenguaje—exclamó Ramiro. Luego,
levantando la cabeza y abarcando con la mirada todo el ámbito del Zocodover,
preguntó bruscamente:—¿Puede decirme vuesa merced si es ésta la plaza donde
celebra sus autos el Santo Oficio?
—Aquí mesmo.
—¿Y son tan lucidos como se dice?
—Los de agora no son autos, sino autillos—contestó
el espadero, agregando en seguida con melancólico semblante:—¡Ah cuán poco
vividoras, señor hidalgo, las glorias de este mundo! Apenas vase poniendo la
cereza escura y mollar como conviene, cata ahí el gusanillo. No ya los autos,
sino que los mesmos juegos o alegrías de agora ¿qué tienen que ver con lo que
presenciaron mis ojos de mancebo? ¿Qué se hizo aquella gala e aquella grandeza?
¿Quién verá otra vez aquellas entradas de príncipes e aquellas fiestas antiguas,
e aquellas luminarias y disfraces, e aquellas bizarras coheterías de botafuegos
y voladores? ¿Qué fue de aquellos regocijos, cuando las cuadrillas que iban a
justar pasaban con sus marlotas de seda, e las mozas de la mancebía, ataviadas
de oro fino e de cendales, danzaban al son del tamboril por las calles
entoldadas? Sí, señor hidalgo, Toledo no es ya Toledo—exclamó esta vez,
meneando el índice negativamente.—Con la corte se marcharon los más grandes
señores, y sus artífices, que tanta fama la dieron, son agora como grano
agorgojado. ¿Sabe vuesa merced que hasta los torcedores de la seda, compelidos
a ello por el exceso de los tributos, van cayendo en la fraude y el
encubrimiento, y que unos le agregan sal o aceite para hacella más pesada,
doblan el hilo bueno con el crudo e sin torcer e toman esclavos o moriscos para
abaratar los jornales? ¡Ah!, ¡ya no es la mesma, no, esta cabeza de las
Españas!
La siesta estaba por terminarse. Algunos bultos
daban signos indudables de despertar. Dos alguaciles caminaban al sol.
Aguirre, explicando en seguida las franquicias de
su arte, acabó diciendo:
—Vuesa merced sabe, sin duda, que el oficio de
espadero es hidalgo, y antes limpia que desluce la sangre, que sin eso no lo
hubiera ejercido mi padre, ni yo mesmo; pues nuestra casa viene de muy antiguo
y entronca allá por los tiempos del Rey Sabio, con los señores de Haro, que es
como decir el primer linaje de España.
En los días que siguieron Ramiro estrechó
rápidamente su amistoso trato con el nuevo conocido. Aguirre fuele revelando
esas bellezas de la antigua ciudad que el forastero no descubre por sí solo y
que parecen cantar a somormujo, como los grillos. Casi siempre los paseos
terminaban en la fragua de Jusepe de la Hera. Al ver entrar al famoso maestro,
los oficiales suspendían un instante su trabajo y los que estaban cubiertos se
quitaban respetuosamente la gorra.
Allí vio Ramiro, por primera vez, manipular las
espadas ígneas, y contempló con heroico deslumbramiento tantos aceros que iban
a lanzarse en seguida hacia las más diversas comarcas, frenéticos de sangre y
de honra.
Unos eran acostados sobre los yunques para recibir
el castigo de los martillos; otros lanzaban un grito viviente, animal, al ser
hundidos de pronto en el agua de las tinajas; a éstos, ya listos, les bañaban
de sebo, como al hombre que le engrasan después de la tortura, o les llevaban
al vecino taller para sufrir las incrustaciones de la ataujía.
De toda aquella fosca suciedumbre de cisco y de
hierro surgían sin cesar cosas espléndidas: cascos de irisado pavón incrustados
de oro purpúreo, rodelas de justa donde el amor mandaba inscribir un mote
demasiado indeleble, dagas de forma sarracena que llevaban en la hoja un limpio
nombre cristiano, estoques de gala para el Rey, espadas de provecho encargadas
con impaciencia por capitanes de Flandes.
Oíase el jadear de los fuelles y el repique de las
bigornias. Por momentos un hombre casi desnudo bajo el chamuscado mandil,
abriendo el portillo de un horno, que reflejaba en sus carnes sudorosas
resplandores de infierno, arrojaba el puñado de arena o asía con las tenazas
algún trozo de armadura, que semejaba la corteza de algún fruto rojo y
fantástico.
Hacia el fondo, el patio encalado abría una
fascinación de aire libre; y los rayos del sol pasaban a través de un parral,
varias veces centenario. Allí se agasajaba a las visitas, y más de un señor de
título venía a escoger en persona una hoja para su espada.
Hacía más de cinco años que Aguirre había
abandonado el oficio. Era hombre adinerado y vivía a lo señor. Su casa, junto a
Santiago del Arrabal, estaba curiosamente alhajada. Años atrás, solía reunir en
ella a sus amigos en animados banquetes, ennoblecidos por el encanto de la
música, según el uso de Italia; pero, últimamente, una extraña tristeza, un
desapego de todos los halagos del mundo, un creciente anhelo de terminar su
vida en las órdenes, le iban ganando el corazón y el cerebro. Era profundamente
piadoso. Formaba parte de varias cofradías y hermandades. Cuando se prosternaba
en las iglesias ante alguna imagen de Nuestra Señora de la Merced, a la cual
tenía particular devoción, su labio temblaba sin cesar, y los ojos, echados
hacia el cielo, se le quedaban en blanco.
Cierta vez, como aquel hombre volviera a hablarle
de su abolengo, Ramiro, olvidando la reserva que las circunstancias exigían,
declaró su verdadero nombre y la historia de su linaje. En seguida, sin mayores
rodeos, contó su desgraciado amor y la doble muerte de su rival y de su amada.
—Bien hizo vuesa merced—respondió el espadero
tranquilamente.—¡Ay del varón que no hace lo mesmo! Tanto más, cuanto que
habiendo matado en buena lid al galán, cobró vuesa merced el derecho de
castigar de igual modo a la hembra. ¡Ah, si yo dijera también mi desengaño!
Aguirre enmudeció y no volvieron a hablar de estos
asuntos.
Sólo cuando Ramiro advirtió, cierta mañana, que de
todo el dinero que le pagara un morisco por las joyas y el rocín, quedábanle
únicamente en la escarcela tres escudos de oro y algunos reales de plata,
comenzó a barruntar los momentos de angustia que podían sobrevenir. ¿Qué hacer?
No había para qué pensar, claro está, en un oficio mecánico ¡antes la muerte! y
mucho menos en vivir de la bolsa de un menestral, como su amigo el espadero.
¿Qué hacer, qué hacer?
Al cabo de mucho cavilar, sólo dos soluciones
quedaron en pie. Veces pensaba en irse a buscar una cueva entre los montes de
los alrededores para imitar la santa vida de los anacoretas; veces en ir a
reunirse con Gaspar de Avendaño, el golfín, que tan caballerosamente le
ofreciera hacerle su segundo. Estaba resuelto a escoger uno ú otro camino; pero
la vacilación era grande.
Por fin, decidiose a confiar su cuita al espadero,
y éste prometiole hablar por él al Conde de Fuensalida, para que le recibiese
como paje de su cámara, Ramiro sabía harto bien que el entrar al servicio de un
señor tan poderoso como aquél y de sangre tan insigne, antes acarreaba lustre
que desdoro, y aceptó.
Recibió la plaza de gentilhombre con el cargo de
ayudar al repostero de plata. El tenía que traer la bacía de lavarse las manos,
las toallas y el limón cuando el Conde se levantaba, y alcanzar asimismo la
aljofaina, doblando la rodilla, según el ceremonial. Tocábale también ofrecer,
sobre un azafate, la golilla y el lienzo de narices, acercar el orinal que
presentaba el mozo de retrete, y sostener la cajeta de instrumentos cuando el
cirujano curaba al Conde una antigua fuente del muslo.
En un principio, la existencia aparatosa de palacio
sedujo su fantasía; pero más adelante, cuando tuvo que vestir la rotosa librea
de un gentilhombre difunto, padecer un hambre perruna en medio de tanta
grandeza y complicarse con los demás oficiales en las más ruines trapacerías
para conseguir algún resto de manjar, viniéronle ímpetus de salir de Toledo y
correr a los campos dondequiera que fuese. Para mayor desventura, tocole como
compañero de cuadra un hidalgo andaluz, sucio y meloso como un gitano, y de quien
los demás referían las más chocarreras historias.
En cambio, desde los primeros días sintiose atraído
por el porte y la franqueza del escribano de raciones Alonso de Velasco,
natural de Zamora. Cierta mañana Velasco hallole sentado en el escaño de un
recibimiento con el rostro medio vuelto hacia el muro y la mano en la frente.
—¿Qué os sucede, señor del Aguila; filosofáis o
dormís?—preguntole.
—Meditaba, señor Velasco—repuso Ramiro,—en los
graves desengaños de este mundo, y que cuando yo era mancebillo daba por seguro
llegar a ser algún día un Hernán Cortés o un Gonzalo de Córdoba; e agora he
venido a parar en el más ruin y cuitado de los pajes. ¡Si mis ojos fueran
capaces de llorar!
—¡Ah! yo pudiera haceros un gran señor—exclamó
Velasco con las pupilas iluminadas por misterioso pensamiento.
—¿A mí?
—Sí; pero temo no guardéis el secreto como importa.
—¿Veisme acaso cara de moro?—respondió Ramiro con
enfado.
—Pues bajemos a la plaza e os lo diré.
Cuando estuvieron sentados en un poyo frente a la
Catedral, el escribano de raciones tomó primero la palabra y preguntó:
—¿Habéis oído hablar de la arte notoria?
—Sí; pero ignoro lo que sea.
—¿Pues qué diríais si de una sola vez, sin más que
seguir durante un corto espacio las prácticas y devociones que cierto sabio os
ha de prescribir, e sin haber menester libros, ni hacienda ni quebrantos, os
vierais dueño de todos los secretos del rey Salomón e por ende sabidor del bien
y del mal de todas las cosas, de los signos de los astros, del lenguaje de las
animalias y os pudierais hacer invisible cuando os fuese conveniente, o ver a
través de la tierra do corren las venas del oro e do se asconden las piedras
preciosas; e hacer, en fin, en este mundo todo lo que vuestra alma e vuestros
sentidos puedan codiciar, sin más ley que el antojo?
—Con una sola de las cosas que habéis dicho, señor
Velasco—contestó Ramiro con sorna,—cualquier hombre se hiciera rey del mundo.
—¡Rey del mundo, rey del mundo… Raimundo!—musitó
pensativamente su interlocutor.
—Que si alguno—agregó Ramiro completando su
pensamiento—pudiera hacerse invisible a voluntad, no hubiera empresa que no
fuese para él un juego de niños, y todos los ejércitos querrían tenerle por
capitán y todas las naciones por emperador.
—¿Luego consentís en acompañarme esta noche a la
casa de ese sabio, para quien yo os pedí, no ha mucho, el día, el año e la hora
de vuestro nacimiento, e que ya os conoce como a un hijo, sin haberos visto
jamás, e que os ha de poner arriba de todos los hombres e a la par de los
ángeles?… ¿Os reís?
—Paréceme—contestó Ramiro—que habéis topado con
algún hechicero de marca. Pero, sea en hora buena, vamos donde queréis, que ya
me prometo salvaros de alguna peligrosa brujería.
Ramiro y su compañero no pudieron dejar el palacio
hasta las diez y media de la noche. El claro de luna cortaba a trechos, con
blancuras de mortaja, la lobreguez de las calles, y, estampaba en el suelo de
las plazoletas la sombra de las torres y las techumbres. Las tejas tenían un
color azul encantado, y algunas ventanas, en plena claridad, suspendían en lo
alto, barruntos de amor y de aventura. Loco bullicio de guitarras y laúdes
subía de todos los barrios en el sosegado ambiente de la noche.
Al cruzar una esquina oyeron hacia la izquierda
ruido de cuchilladas y luego una voz ronca que gritó fuertemente: «¡Confesión!
¡Confesión!»
Ramiro quiso acudir; pero Velasco le retuvo
diciendo:
—Sigamos, que no somos frailes ni corchetes.
—Aquí es—exclamó de pronto el escribano de
raciones, al detenerse frente a una covacha del barrio de San Miguel.
Después de cruzar dos patios, treparon una
carcomida escalera y llegaron, por fin, sobre un terrado, ante la puertecita de
un desván. Velasco silbó tres veces muy quedo y pronunció en seguida una
palabra incomprensible. La puertecita abriose, y entraron.
Estaban en una cuadra angosta y profunda. Hacia la
derecha, pequeño aras marmóreo, cubierto de una piel de cordero, se diseñaba
con misterioso claroscuro. No brillaba allí otra luz que la de un rayo de luna
que entraba por la polvorosa vidriera, y daba de lleno en las páginas de un
libro enorme como un himnario, abierto sobre un facistol de forja todo negro.
Veíanse, además, hacia una y otra parte, algunos hornillos, largo anteojo de
latón y de cobre, un alambique, cuya trompa pasaba por un agujero a la cuadra
vecina, y otros muchos objetos adivinados apenas en la penumbra astral de la
estancia.
—Esperad—exclamó Velasco,—esperad; no nos
alleguemos aún.
Ramiro se detuvo fijando la mirada en la extraña
figura pintada en el infolio, dentro de dos triángulos de oro entrelazados.
Nadie venía.
De pronto la página del libro, produciendo el rumor
peculiar de la vitela, se levantó lentamente, lentamente, y se dobló del todo
¡por sí sola! Ramiro se estremeció de la cabeza a los pies herido por el terror
del misterio. Sus manos temblaban. Entonces, como las imágenes que descubre con
pena el nebuloso amanecer, una forma humana, inclinada sobre el libro, fuese
perfilando prodigiosamente. Era un hombre en pie, de espaldas, inmóvil. Primero
diseñose la larga cabellera, en seguida el capisayo con martas que le llegaba
hasta más abajo de las rodillas, luego el brazo derecho y por fin la mano sobre
la página. Cuando estuvo del todo aparente, volvió la cabeza y se adelantó,
despacio, muy despacio, hacia Ramiro. Su rostro, de una extrema palidez de
marfil, estaba surcado de hondas arrugas verticales, que iban a perderse entre
la barba canosa, barba ensortijada por los dedos nerviosos, durante las horas
de meditación. Los párpados estaban recargados de fatiga y de insomnio. Púsole
a Ramiro la mano en el cuello, y el mancebo sintió la repelente aspereza de
aquella piel quemada por los ácidos.
El hombre dijo:
—Nacido bajo el dominio de Saturno, frenético de
mando y de gloria. Soberbioso y magnánimo. Capricornio ha labrado este ceño.
Levantole después el rostro hacia la luna, y
mirándole fijamente la pupila, habló de este modo:
—¡Oh! aquí veo la rotura de un aojamiento. El
demonio entra y sale por ella cuando le place. No importa: una Salomé le
hechizó, una virgen le salvará. Esperad—dijo después,—y tomando de encima del
altar un estoque de plata, dirigiole la punta hacia los ojos.
El mancebo sintió un soplo glacial en la frente.
—Os confesaréis de toda vuestra vida sin hablar
palabra de mí, pena de perdición—agregó entonces el mago, dejando el
acero.—Comulgaréis siete días en siete iglesias distintas, ayunaréis a pan y
agua todo los viernes, rezando las oraciones que os ha de enseñar este hermano
durante los siete primeros días de la luna nueva; luego, volveréis y os haré el
más fuerte de los hombres, porque vuestra constelación es única.
Ramiro removió entonces los labios para preguntar
si en todo aquello no había nada que fuera contrario a la Santa Iglesia de
Cristo; pero el mago, poniéndole el dedo en la boca, abrió un libro al azar, y
leyó:
«Aquél no puede ser el mayor Señor que tiene temor
de alguna cosa.»
«Más vale la libertad en el querer, en el recordar
y en el saber que poseer un reino o un imperio.»
Al terminar esta lectura se desvaneció nuevamente
en la atmósfera cual vana visión.
Cuando estuvieron otra vez en la calle, Ramiro
preguntó:
—¿Cómo llamáis a este hombre?
—Mosén Raimundo.
—¿Y sabéis de qué suerte se hace invisible?
—Yo entiendo que mediante la piedra heliotropio,
tratada de misteriosa manera.
—Y si es dueño de tanto poder, ¿cómo no se hace él
mesmo señor de algún imperio?—agregó Ramiro, con la voz estremecida.
—Porque éstos componen la familia santa de los
magos, a la cual pertenecieron los tres Reyes Gaspar, Baltasar y Melchor, y el
famoso Simón, e nuestro Rey Alfonso a quien llamaban el Sabio; e los de agora,
en castigo de no haber podido esclarecer ciertos secretos, cuya cifra se perdió
en el incendio de una gran librería de la antigüedad, siguen ascondidos en sus
covachas, estudiando sin cesar; pero ansí que uno de ellos pueda decir: ¡Eureka!,
volverán a tomar el gobierno del mundo que antes les perteneció, según rezan
los más antiguos documentos.
Esa noche, el alma del mancebo irguiose en el
delirio. Costole mucho dormirse, y su sueño fue un tumultuoso desfilar de
triunfos, de tesoros, de mujeres enjoyadas y lúbricas. Aquel estado duró varios
días, y al errabundear por las calles, gozábase en repetir la frase
deslumbradora: «Para haceros el más fuerte de los hombres, porque vuestra
constelación es única.» El no dudaba de la promesa del sabio, y ya escogía en
su pensamiento lo que había de realizar cuando Mosén Raimundo le revelase los
secretos de la magia. La conciencia le recordaba, entretanto, la absoluta
reprobación de la Iglesia contra las artes ocultas y todo linaje de
adivinaciones; pero su voluntad, mordida por la tentación y ansiosa de triunfar
a todo trance en el mundo, clamaba por el prodigio. Los falaces argumentos se
aglomeraban. ¡Conjuraría, ante todo, el hechizo de la sarracena y sería después
el fuerte, el único, el caballero de Dios, el lleno de poder y de gloria!…
Comenzó las oraciones y los ayunos.
Llegado el momento de la confesión, Ramiro pidiole
al espadero que le indicase algún sacerdote de preclaro entendimiento. Aguirre
le condujo a la casa de don Antonio de Mendoza, canónigo de la Catedral y
antiguo arcediano de Guadalajara. Don Antonio, varón de grandes luces sagradas
y gentiles, habitaba un antiguo palacio de su familia junto a San Juan de la
Penitencia. Sus amplios salones, tapizados de cardenalicio damasco, al uso de
Roma, congregaban todos los domingos, a mediodía, numerosa academia. Allí, el
noble de título se codeaba con el hábil estafador de retablos o con el humilde
maestro que forjaba con sus manos una hermosa reja de presbiterio.
Ramiro no se sintió con ánimo bastante para
descubrir su pecho de la primera vez, y resolvió confesarse gradualmente,
concurriendo entretanto a la reunión de los domingos. Escuchó, entonces, los
más imprevistos discursos, obscenas historias de convento, fablas chocarreras
de clérigos amancebados; oyole decir al canónigo Zapata que el Papa era un
asno; oyole contar al capitán Palominos, con cínico donaire, que en la campaña
de Portugal, después de un día entero de combate, sus soldados, penetrando en
una iglesia de Oporto, se bebieron el agua de las pilas, y que a él, por ser el
capitán, le ofrecieron el aceite de la lámpara del Santísimo.
Como no se tocara a la entereza del dogma, don
Antonio escuchaba sin enfado las más licenciosas parlerías y aún gustaba de
poner en aprieto a los religiosos y de azuzar contra ellos a los chocarreros de
la academia.
Era harto aficionado a los perfumes y hacíalos
componer, según fórmulas exquisitas, por las monjas de Santa Ana. Al sentarse,
cruzaba la pierna para lucir la calza de seda y la hebilla de oro del zapato.
Sus blancas manos regordetas parecían de mujer; pero los ojos aguileños y
fuertes y la bronca voz, cuyos tonos profundos comunicaban su vibración a los
objetos convecinos, denotaban hombría y reciedumbre. Sus breviarios ostentaban
en la cubierta las armas de los Mendozas. Cuando pasaba de uno en otro salón,
un paje caudatario, con morada librea, sostenía por detrás el extremo de su
larga cola de chamelote.
Las dos primeras veces que Ramiro fue a echarse a
los pies del Canónigo topó en los corredores con una dama arrebujada en su
manto. En la última visita, como nadie se presentase a conducirle, abrió él
mismo equivocadamente la puerta de un camarín y hallose con una preciosa mujer,
acostada a lo largo de un diván moruno de terciopelo. La falda, levantada hasta
más allá de las ligas, destapaba sus piernas macizas y cortas, que las medias
de nácar ceñían tentadoramente. Colgado de la pared, admirable incensario de
plata velaba el ambiente con nebuloso sahumerio. La dama se incorporó con un
grito de espanto y Ramiro cerró de nuevo la puerta. Un rato después el Canónigo
le mandaba decir con un paje que volviera pasado el toque de oraciones.
Le recibió en una sala contigua a su oratorio.
Estaba con el semblante encendido y, mientras el mancebo le contaba, por fin,
la historia de sus amores con la morisca, don Antonio, entrecerrando los ojos,
arrimaba de tiempo en tiempo su pañizuelo a la canilla de un barrilillo de
ámbar, colocado a su derecha, sobre un taburete de taracea.
Cuando Ramiro terminó su relato, aquel hombre de
iglesia, guiado sin duda por su aguzado instinto de confesor, comenzó a
discurrir sobre las brujas o xorguinas, sobre la magia, los hechizos, las
nóminas y otras supersticiones semejantes, que eran como la telaraña del
Diablo, donde muchísimas almas iban a prenderse para la eternidad. Ramiro
aprovechó para inquirir si la arte notoria era contraria a la Santa Iglesia de
Cristo.
—¿La habéis ensayado alguna vez, hijo mío?—preguntó
melífluamente el Canónigo.
El mancebo tardó en contestar. Inesperado calofrío
le corrió del rostro a las manos. Las pupilas del confesor se clavaron
fijamente en las suyas.
—Aún no—respondió por fin Ramiro con la voz
vacilante;—pero oigo encomialla a los demás.
—¡Necio yo, que nunca he de poner el dedo en la
llaga!—exclamó entonces don Antonio, con orgullosa sonrisa.—Ya se ve
claramente—volvió a decir, dirigiéndose al mancebo—que aquellos amores os han
dejado en el corazón su maldita pestilencia.
En seguida, levantándose de la silla y fingiendo un
enojo implacable, agregó:
—¡Vade retro! ¡vade retro! señor
hipócrita, señor apestado, señor brujo, leña de Satanás! Sépase el galancete
que su alma están en propincuo peligro de perdición, si es que ya no la tiene
vendida al infierno, y que a no existir el secreto sacramental sería entregado
aquí mismo a los familiares del Santo Oficio. Nego absolutionem, nego,
nego! Haga desde hoy penitencia sin tasa, expúlguese los demonios, que
el cura de su parroquia le enjabone y le enjuague, y cuidado no remate su vida
en el palo del quemadero. In nomine meo dæmonia ejicient. Obmutesce et
exi ab eo! Obmutesce et exi ab eo! Obmutesce et exi ab eo! No digo
más.
Ramiro bajó las escaleras sobándose los párpados y
dialogando consigo en voz alta, como un loco. Aquel hombre terrible acababa de
hablarle inspirado seguramente por el cielo. No podía ser sino Dios quien
lanzaba por su intermedio ese anuncio, esa agnición, esa amenaza tremenda,
buscando salvarle; no podía ser sino el soplo divino lo que había rasgado de
arriba abajo su embozo de soberbia, dejándole desnudo y enmudecido, a imagen
del primer hombre después de su falta.
Como entrevistas a la luz de los relámpagos, las
mayores culpas de su vida se reanimaron en su conciencia. Viose sobre el pecho
de la morisca olvidado por entero de su fe, de su honra, de su patria; acordose
de sus fementidas confesiones, de los pensamientos lascivos que él mismo
suscitaba durante la misa al observar codiciosamente las formas de las mujeres
prosternadas, de las muchas rebeliones de su orgullo contra los claros
mandamientos del Señor, de semanas enteras en que no había querido imponerse ninguna
mortificación ni rezar una sola vez el rosario. ¿A qué achacar todo aquello
sino a sus amores con Aixa? Sin duda la infiel, con hipócrita dulzura, habíale
instilado en el alma su propia pestilencia. El clérigo de la venta de Cerebros,
Mosén Raimundo y el Canónigo Mendoza todos decían la verdad. Comenzó a sentir
en torno de su pecho la impresión de una serpiente que le ceñía. Ansiedad nueva
y horrible: ¡la brega con el Demonio! Llegó a la convicción de que el hechizo
conservaba toda su fuerza y no se rompería hasta que Aixa no desapareciera del
mundo. El auto de fe que iba a realizarse quedó para él como la suprema
esperanza.
Esa misma tarde, Ramiro, dejó el palacio del Conde
de Fuensalida, y se alojó en la posada del Sevillano.
Días después, al cruzar las Cuatro Calles en
compañía de Domingo de Aguirre, poco antes del toque de oraciones, vio venir, a
lo largo de la Calcetería, una vistosa procesión con mucho ruido de atabales y
ministriles.
—Es el pregón del Santo Oficio que viene anunciando
el auto de la fe—exclamó el espadero.—Si vuesa merced lo desea podemos
aproximarnos.
Era una de esas mañanas de junio en que la ciudad
de los concilios parece susurrar en algarabía canciones de Oriente. El cielo,
sin una nube, tiende su tafetán más azul; aquí y allá, la cal enseña, bajo los
tejados morenos, su riente blancura; rosas y claveles arden en los balcones, y
en lo alto de algunas callejuelas deliciosamente sombrías vese espejear el
azulejo de las cúpulas y alminares.
Pero a la vez que el éter, el esmalte, la flor,
exaltaban sobre Toledo aquel resto de gracia sarracena, la mayor parte de los
vecinos había cambiado sus trajes de costumbre por tristes ropas de luto. En
las plazuelas y encrucijadas quedaban aun los negros tingladillos sobre los
cuales frailes de todas las órdenes predicaran la víspera con elocuencia
pavorosa; y en la Calle Ancha, en la Lencería, en la Lonja y en torno a la
parroquia de San Vicente, fúnebres terciopelos y bayetones pendían de casi
todas las ventanas, enlutando los muros.
Entretanto el Zocodover hervía de muchedumbre desde
las primeras horas de la mañana. La nueva de que una bruja morisca, dotada por
el Demonio de asombrosa hermosura, sería condenada en el auto de fe de aquel
año llegó en pocos días a los más escondidos lugarejos de los contornos, y no
faltaron peregrinos que contaran por las ventas la historia de la conspiración
y del mancebo renegado.
Ramiro esperaba impaciente a la puerta de la
posada. Domingo de Aguirre había prometido venir a buscarle para asistir juntos
al auto.
Poco después, uno y otro, describiendo largo rodeo,
entraban a la plaza por la Calle Ancha, contando presenciar desde allí el
desfile de la procesión. De una ventana baja, un caballero que reconoció a
Domingo de Aguirre les ofreció dos taburetes. Subiendo sobre ellos consiguieron
dominar todo el ámbito del Zocodover, henchido de apretada y rumorosa
muchedumbre.
Hacia la parte del poniente, y bañado ahora por el
sol de la mañana, se levantaba el inmenso y enlutado cadalso, que ocuparían en
breve, según la costumbre, la Santa Inquisición, el Ayuntamiento, el Cabildo,
la nobleza, los dignatarios y toda la clerecía. Los reos debían colocarse en
otro cadalso más angosto, pero de igual altura, que abarcaba el costado
meridional.
Conturbado hasta el fondo del alma por la solemne
expectativa, el joven avilés pasaba sobre las cosas una mirada atónita y
somera. Apenas si veía brillar confusamente sobre el tablado las labores de
plata de los negros terciopelos, las armas de la Inquisición y del Rey bordadas
sobre el morado dosel que exornaba los sitiales carmesíes, y, hacia el centro
de la plaza, el oro del frontal color de sangre que prescribía la liturgia de
aquel tremendo holocausto. Sin embargo, al dirigir la vista hacia la alta cruz
pintada de verde y cubierta por largo velo sombrío, que se levantaba en medio
del altar, entre doce hachones ardientes, sintió un brusco estremecimiento,
como si Dios mismo acabara de hablarle con su gráfico lenguaje.
La plaza no podía contener mayor número de gente, y
se escuchaba sin cesar el vocerío de los curiosos que pujaban y reñían a la
entrada de las callejuelas. Del Arco de la Sangre llegaban alaridos y
maldiciones, y la muchedumbre se agitaba hacia aquella parte, como el agua de
los torrentes al entrar en los lagos. Cada balcón, cada ventana, cada tribuna,
era un compacto racimo de damas y caballeros; además, numeroso gentío,
encaramado quién sabe por dónde, recubría las techumbres; y todo aquello
hormigueaba, hervía, zumbaba con la grandiosa palpitación de una multitud
embriagada de sol y confundida en la misma impaciencia.
Por fin las campanas de San Vicente comienzan a
repicar anunciando la salida de los reos, y a ambos lados de la Calle Ancha,
los soldados acuestan las alabardas conteniendo con pena al gentío, cuyo
forcejeo incesante amenaza romper la doble valla de madera que viene de las
cárceles y circunda uno y otro cadalso.
La procesión se acerca. Un resplandor de alabardas
cruza la Calcetería.
Al pensar que la sarracena iba a pasar junto a él
dentro de breves instantes, Ramiro hundió la mano en la faltriquera y asió
fuertemente su crucifijo de bronce.
Encabezaban el desfile los soldados de la fe,
orgullosos de las plumas flamantes de sus chapeos y de las doradas cadenas de
alquimia que les prestaba el Santísimo Tribunal. Eran soldados de ocasión,
armados de alabardas, de picas, de mosquetes. Caminaban con paso solemne, entre
desconfiados y fieros, sin atreverse a mirar a las ventanas. Venían en seguida
los doce clérigos de la parroquia de San Vicente con su estandarte; y luego, de
dos en dos, montados en obscuros corceles, los Grandes de España y títulos de
Castilla, todos vestidos de negro, pero recubiertos de joyas. Algunos habían
hecho bordar en sus ferreruelos el hábito de la Santa Inquisición. Ramiro
reconoció al Conde de Fuensalida por el ceñido traje de gorgorán bordado de
oro, que semejaba de lejos damasquinada armadura. La plebe les miraba absorta y
enmudecida, y no se escuchaba otro rumor que el de los cascos sobre las
piedras. Hubiérase dicho un desfile de animadas estatuas ecuestres y
funerarias.
La llegada de los primeros penitenciados suscitó de
nuevo el vocerío popular. Más de veinte infelices sin gorra, sin cinto, sin
caperuza, pasaban ahora abrumados de vergüenza y sosteniendo en la mano una
vela amarilla sin encender. Eran los que habían abjurado de sus errores y
serían reconciliados ante el altar. Casi todos lloraban, postrándose a los pies
de los religiosos que iban con ellos, o besándoles las manos y el sayal con
profundos gemidos. Unos traían al pescuezo, en señal de los centenares de azotes
que habían de recibir, una cuerda anudada varias veces, a lo largo, y el pueblo
contaba en voz alta los nudos, entonando un coro compungido y socarrón, a fin
de aumentar el oprobio; otros se señalaban a distancia por la bayeta amarilla
de los sambenitos, y la experta multitud deducía las culpas y condenaciones con
sólo observar los pintarrajos de aquellos capotes de infamia que, ora llevaban
un aspa roja, media o entera, ora las dos aspas del martirio de San Andrés.
Traídas por los fámulos del Tribunal, en lo alto de
luengos mástiles verdes, y balanceándose por encima de la procesión, venían en
seguida hasta seis figuras humanas hechas de paja y estameña. Impávidos
muñecones con grandes ojos de betún y boca de almagre, peleles siniestros,
cuyas piernas, demasiado livianas, danzaban continuamente en el vacío,
remedando la pataleta de los ahorcados.
Al advertir el gesto de asombro de Ramiro, el
espadero exclamó:
—Estas son las efigies de los muertos y fugitivos
las cuales serán agora condenadas en su lugar con celosa justicia.
A lo largo de la calle, la gente de las ventanas y
balcones comenzaba a agitarse con extraño movimiento; los hombres se asomaban
cuanto podían, las mujeres se santiguaban y persignaban a escape, levantando
los ojos al cielo. Poco después todos los labios proferían una misma
exclamación:
—¡Los relajados!
El espadero tuvo que acercar su boca al oído de
Ramiro para decirle:
—Son los que han de morir.
Las voces crecieron y se propagaron de modo
atronador; y poco después, de un extremo al otro del Zocodover, el populacho
rugía con salvaje fiereza, ávido de aquella hez de maldición y de espanto.
Ramiro se empinó sobre el taburete.
Dos familiares del Santo Oficio y cuatro soldados
custodiaban a cada uno de los reos, mientras un fraile dominicano le predicaba
continuamente poniéndole ante los ojos el santo signo de la cruz. Todos
llevaban, a más del sambenito, el bonete trágico y burlesco, la amarilla
coroza, cubierta de terribles pinturas de llamas y demonios. El terror, el
coraje, la pertinacia, el arrepentimiento y hasta la misma alegría, alternaban
en aquellos rostros malditos. Era una procesión de aquelarre, una cáfila de
infierno, y hasta la luz matinal se tornaba siniestra al alumbrar de lleno las
palideces patibularias, las femeninas guedejas lodosas de sudores febriles y
polvo subterráneo, las atroces pupilas que parecían conservar aún la expresión
de terror y de súplica que tomaron en el tormento.
Era prohibido tocar a los reos; pero el populacho
se desquitaba cubriéndoles de escarnios y maldiciones.
—¡Ah! ¡ah! ¡mártires del Diablo, ya veréis cómo
escuece!
—¡Que os echen dos puñados de sal y un tantico de
orégano!
—¡Que le metan a ésa un cohete por debajo del rabo
pa que le conozco su madre cuando la quema!
Una mujer gritó desde una ventana:
—¡Arrepentíos, desdichados; pensad en los
infiernos!
Pero un muchacho, sacando medio cuerpo fuera de la
valla, respondió desde abajo, alzando los puños:
—¡No! ¡No! ¡Al fuego y a cenar con el Demonio!
Entonces nueva explosión de odio santo y homicida
estalló en todas las gargantas:
—¡Al fuego! ¡al fuego!
Y los condenados comenzaron a desfilar entre un
clamor sibilante y bravío comparable a la crepitación de un incendio.
No faltó quien reconociera entre los condenados a
un cerero de Orgaz que creía ser San Juan Bautista en persona y predicaba una
nueva doctrina por los pueblos. El pobre hombre, deteniéndose por instantes,
alzaba la mano y figuraba el gesto del Precursor en el Jordán. Una pálida
doncella que, según algunos, era la monja renegada de que se hablaba en Toledo,
escuchaba los insultos de la muchedumbre con infantil expresión de curiosidad y
de ternura. A veces, apoyándose en el hombro del religioso y echando la cabeza
hacia atrás, reía gozosamente, como una ebria. Un morisco, a quien todos
conocían en los suburbios por sus pláticas obscenas, ejecutaba de tiempo en
tiempo un movimiento bestial y acelerado para remedar la fornicación; los
familiares tenían que zamarrearle con violencia. Pasó una anciana, seca y
erguida, con las manos ligadas por detrás y la boca cubierta por negra mordaza.
Ramiro no tardó en reconocer a Gulinar. Por fin el hombre que les había
proporcionado los taburetes exclamó, mirando a lo largo de la calle:
—Agora llega la morisca que hechizó al mancebo
cristiano.
Todas las bocas callaron.
Aixa avanzaba lentamente, con las pupilas fijas en
el cielo. Sus oídos escuchaban quizá rabeles divinos y voces inefables, y su
espíritu, infinitamente lejos de la tierra, presentía las delicias del Alchanna
y las sublimes recompensas que su religión promete a los mártires. Sin embargo,
su flexible cuerpo conservaba los resabios de la tentación y de la danza, y sus
pies desnudos se movían cadenciosos como si hicieran oír todavía el martilleo
de las ajorcas. La palidez de su rostro daba terror y sus labios enseñaban los
dientes con esa sonrisa incomprensible que suele asomar a la boca de los
cadáveres.
Después de observarla un momento, Ramiro tuvo que
cerrar los ojos y apoyarse contra el muro, apretando de nuevo el crucifijo para
sellar, para incrustar en su propia carne la imagen del Redentor. El resto del
desfile violo pasar como en un sueño: innumerables religiosos de todos los
hábitos; familiares a caballo con varas de ébano enriquecidas de plata;
eclesiásticos en mulas enlutadas; el arca de las sentencias sobre una acémila
que arrastraba por el suelo los flecos de oro de su morada cobertura; el rojo estandarte
de la fe; blancor de golillas y cabrilleo de joyas sobre los trajes retintos.
Por fin el espadero, después de decirle el nombre
de algunos regidores, tocole el codo y exclamó:
—Este que viene agora es el Cardenal-Arzobispo,
observe vuesamerced su venerable presencia.
Sobre fornido corcel de pelo bayo, don Gaspar de
Quiroga, Cardenal-Arzobispo de Toledo, Inquisidor General y Consejero de
Estado, avanzaba con imponente rigidez, rodeado de pajes y alabarderos. Era el
papa de España y la sagrada máscara del Rey. Después de la sombría procesión,
sus rojas vestiduras exaltaban el ánimo como un toque de chirimías. Salvo la
morada muceta inquisitorial todo era para los ojos, desde el sombrero hasta la
calza, un solo golpe de púrpura. Su ceño expresaba el rigor sacrosanto, sus ojos
no pestañeaban siquiera. Pasó implacable, como el tormento; pomposo y sombrío,
como el tremendo holocausto que iba a presidir; rojo, como la hoguera. La luz
matinal hacía resplandecer con viveza el sillón de plata repujada y todo el oro
y el alfójar de la gualdrapa color de amatista que caía hasta los cascos del
palafrén. Nadie osó romper con un vítor el respetuoso silencio.
Más de media hora empleó toda aquella procesión en
ocupar sus asientos; la gradería mayor quedó recubierta de insigne muchedumbre.
Los inquisidores se colocaron en el centro; el estado eclesiástico hacia el
septentrion; la ciudad y los caballeros, hacia el mediodía.
Los reos, acompañados de los familiares y
religiosos, llenaron a su vez el otro cadalso.
Todas las miradas se dirigieron entonces hacia el
tablado de abominación y de infamia. La curiosidad era inmensa. Allí
comparecían de costumbre hechiceras que tenían pacto con el demonio y guisaban
en sus nocturnos aquelarres toda suerte de daños contra las gentes;
judaizantes, que asesinaban niños cristianos para embeber en su sangre una
hostia consagrada y celebrar con ella nefandas ceremonias; luteranos, que
buscaban demoler la santa Iglesia de Cristo difundiendo por España la peste de
la herejía; alevosos moriscos, que seguían predicando las bellaquerías de su
secta y el deber de la rebelión y la venganza.
Los que habían de morir ocupaban los asientos más
altos. Situado a la entrada de la calle, Ramiro les observaba de costado, sin
poder distinguir a la sarracena.
Dos horas más y aquellas víctimas infames arderían
en la hoguera como los chivos expiatorios de la Escritura; los pueblos y los
campos quedarían purificados y el Dios del moderno Israel, al aspirar desde el
cielo el abundante olor del sacrificio, aplacaría su cólera y dejaría caer su
bendición sobre la ciudad justiciera, más católica que Roma, más celosa que la
antigua Jerusalén.
El rito comenzaba. Un obispo acercose al altar. Los
diáconos le tomaron la admirable mitra cuajada de gemas simbólicas ofrecida por
el Cabildo. Poco después densa nube de incienso ascendía en el espacio luminoso
como en los primeros sacrificios de la Antigua Ley. Terminados el sermón y la
misa, el relator leyó el juramento del pueblo, y Ramiro unió su voz al ¡sí,
juro! brusco y atronador, proferido a la vez por toda la multitud, y
que, al decir de los campesinos, se escuchaba a más de una legua a la redonda.
Un cantor de la Catedral leyó en seguida la carta
de los delitos y supersticiones contra la fe; y acto continuo los que habían
abjurado de sus errores fueron conducidos a la jaula de madera, que se
levantaba en medio de la plaza, para que escuchasen, uno a uno, en presencia
del pueblo, la lectura de sus causas y condenaciones, antes de ser
reconciliados.
Aquella parte del auto producía de costumbre un
hastío general. La multitud, anhelosa de ver comparecer a los relajados, daba,
a cada instante, signos de impaciencia. Aguirre bostezó varias veces, y Ramiro,
entrecerrando los párpados, apoyó la cabeza contra la negra colgadura que
pendía de una ventana.
Defensores de la fornicación, varios bígamos,
judaizantes arrepentidos, falsos sacerdotes, un pordiosero que se hacía pasar
en las aldeas por comisario del Santo Oficio y algunos gañanes que habían
proferido blasfemias y juramentos, eran condenados a la pena de azotes, a
prisión, a galeras.
Una animación distraída circulaba por toda la
plaza, y muchos prelados y dignatarios dejaban sus asientos para ir a tomar un
refrigerio o una breve colación detrás de la gradería. En las ventanas y
balcones las damas dejaban caer sus velos mostrando su famosa blancura y
recibiendo refrescos y frutas confitadas de mano de los galanes. Ramiro sentía
a través de sus pestañas asoleado movimiento de sedas en las tribunas. Galante
murmullo bajaba ahora hasta él y parecíale respirar por instantes femeninos perfumes.
Oíanse risas claras y festivas. Encima de su cabeza, el caballero que les había
ofrecido los taburetes hablaba a media voz con una dama. Escuchó sin quererlo:
—Decid miedo y no desvío, mi señora; que no
quisiera caer cual nuevo Icaro.
La mujer replicó:
—Pues pedid al amor, y no al antojo, sus alas de
verdad, que ésas nunca se derriten con llevar ellas mes mas el fuego.
—¡Ah, esa tez, esa boca!
—¡Por Dios, don Gonzalo, haceisme daño con las
sortijas!
Al oír aquel nombre Ramiro se enderezó con viveza y
abrió del todo los ojos para disipar con la luz el doloroso recuerdo.
El sol, inclinado hacia el poniente, reverberaba en
las fachadas fronteras y hacía resplandecer en las ventanas y balcones las
joyas, el azabache, la blanca piel de los guantes, los abanicos dorados.
Llegoles por fin el turno a los que habían de
morir. La poderosa emoción aplacó todos los rumores.
Aquellos infelices, que antes de dos o tres horas
formarían horroroso amasijo de cuerpos carbonizados, subían a la jaula y
escuchaban sus sentencias, unos impasibles, otros enloquecidos por el terror y
haciendo temblar en la mano la vela verde encendida.
Gulinar fue arrastrada como una muerta; el espanto
la hizo abjurar de sus creencias. En cambio, Aixa, apartándose del religioso,
subió los peldaños con la resolución misteriosa de los sonámbulos. Ramiro oyó
sorprendido que se la condenaba como relapsa, por haber sido reconciliada,
cinco años antes, en un autillo de Murcia. Del tablado, de los techos, de los
balcones, de toda la plaza, miles de voces la incitaban al arrepentimiento;
pero muchos, que deseaban verla quemar en el brasero sin que fuese antes estrangulada,
protestaban a gritos. No fue posible arrancarla una sola palabra; y cuando el
religioso que la acompañaba señaló la cruz verde cubierta por el velo sombrío,
ella volvió su rostro alargando el brazo derecho con un gesto de abominación.
Entonces espantoso bramido, semejante a la explosión de una mina, estalló a la
vez en todo el Zocodover. Oíanse vociferaciones brutales e inmundas. Algunos
campesinos se frotaban los ojos con sus amuletos gallegos de azabache o con la
cruz de sus rosarios, y rezaban en voz alta. Junto a Ramiro una aldeana harto
hermosa, con retintos cabellos achatados sobre la frente y las orejas cubiertas
por grandes conos de plata, gritaba sin descanso: «¡A hechizar demonios! ¡A
hechizar demonios!» Religiosos de todas las órdenes se ponían de pie en las
graderías y levantaban las manos para acallar a la muchedumbre.
Eran ya pasadas las cuatro de la tarde cuando el
Secretario del Santo Oficio entregó los relajados al Corregidor y a sus
tenientes.
Los reos fueron montados sobre escuálidos jumentos,
y la trágica procesión enderezó por la Calle de las Armas, camino del
quemadero. El auto continuaba, pero los familiares, según la nueva costumbre,
subieron en sus caballos para presenciar el suplicio. La mayor parte del
populacho se precipitó como un torrente en pos de ellos. Aguirre se había
retirado hacía más de una hora, y Ramiro, bajando del taburete, se confundió
con la muchedumbre, avanzando luego, sin ideas, sin designios, cual trágico
despojo que arrastran las olas.
Después de seguir durante algunos minutos la ribera
del Tajo, el humano tropel se detuvo en un paraje llano y descubierto, al
comienzo de la Vega. Ramiro, movido ahora por misterioso impulso, hendió la
muchedumbre hasta llegar a la fila de alabarderos. Sus ojos vieron entonces, a
pocos pasos, sobre ancho terraplén de arena y de granito, seis palos de
agarrotar con sus respectivas argollas, varias pilas de leña y una enorme cruz
pintada de blanco. Hasta el símbolo de la sublime caridad tomaba en aquel paraje
un aspecto repelente y cruel.
Confusa aglomeración de frailes, de verdugos, de
alguaciles, cubrió al instante el ancho quemadero, rodeando a los condenados.
Con muy poca emoción vio Ramiro estrangular a los
arrepentidos. Algunos, al morir, dejaban caer la coroza; otros la conservaban
sobre su horrible cabeza colgante.
El sol, casi oculto tras larga nube cenicienta,
bañaba de dorado rubor la llanura, las colinas, las casuchas blanqueadas del
vecino arrabal de Antequeruela.
La tarde era lúcida y benigna. Un olor de tierra
humedecida llegaba de la Vega. A esa hora, más de una mano morisca abría las
acequias para embeber los regadíos.
La figura de Aixa apareció de pronto al borde del
brasero. Sus amarillas ropas de infamia cubiertas de rojos pintarrajos
absorbían la lumbre del poniente y cobraban sobre ella un esplendor bárbaro y
fatídico. Hubiérase dicho la sacerdotisa de algún espantoso culto de inmolación
y de éxtasis pronta a arrojar su sagrado cuerpo a las llamas. Un fraile
dominico la predicaba sin descanso, y ora usando del ruego, ora de la amenaza,
agitaba ante sus ojos la imagen de Cristo crucifijado. Por fin, todos oyeron la
áspera voz del religioso, que gritó como enloquecido:
—¡Ultima vez: decid que abjuráis de vuestras
creencias diabólicas!
Aixa meneó la cabeza negativamente. Los alguaciles,
los tenientes y otros religiosos le mostraron todos a un tiempo la pila de leña
preparada para el suplicio. Ella volvió a menear del mismo modo la cabeza.
Entonces, el dominico, asiéndola de los hombros, la empujó hacia el verdugo.
Como si aquel movimiento hubiera soltado las
traíllas a la furia popular, veinte o treinta energúmenos, hombres y mujeres,
rompiendo la fila de los soldados, se precipitaron sobre el brasero para
despedazar a la infiel. En cambio, los que querían verla morir en las llamas
prorrumpieron a un tiempo en el mismo grito de protesta:
—¡No la matéis! ¡No la matéis!
Los verdugos se armaron con rajas de leña, y Ramiro
advirtió que el hierro de una alabarda acababa de alzarse todo rojo de sangre.
Sin embargo, un labriego logró llegar hasta la morisca y asestarla un garrotazo
en el hombro; una vieja la hincó por la espalda la hoja de una tijera atada a
un carrizo; un dardo, venido quién sabe de dónde, se le clavó en el costado.
En ese momento, cuatro sayones, aprovechando de la
creciente confusión, levantaron a Aixa sobre la pila de leña, y habiéndola
desvestido hasta la cintura, comenzaron a ligarla contra el madero. Ella
ablandaba su cuerpo y echaba los brazos atrás para facilitar el suplicio. El
ocaso hizo resplandecer cual claro marfil su admirable desnudez.
Cuando las primeras llamas, casi invisibles,
lamieron sus plantas, Aixa, alzando los ojos al cielo, fijó su mirada en el
delgado creciente de la luna, que brillaba apenas, por encima de la ciudad,
entre nubecillas de oro.
Los leños, atizados con fuelles enormes, comenzaron
a chisporrotear. El humo se inflamaba por momentos, formando lenguas
amarillentas y fugaces que se perdían en el espacio. Aixa no se movía. Sus
largos cabellos flamearon. El refajo que habían dejado sobre sus piernas ardió
bruscamente. Una horrible convulsión corrió por todo su cuerpo. Entonces,
imponente columna de humo y de pavesas la envolvió de súbito, ascendiendo
acelerada y terrible en la penumbra de la tarde. El fuego rugía. De pronto, una
primera ráfaga nocturna, desviando hacia atrás la densa humareda, dejó ver la
cabeza de Aixa colgando del madero cual espantoso fruto de pesadilla.
Ante aquella visión Ramiro experimentó en toda su
carne un estremecimiento profundo e imprevista congoja le contrajo la garganta
al recordar las bellezas y delicias del precioso cuerpo que el fuego acababa de
destruir. Pero, una presencia misteriosa dentro de su alma sofocó al nacer ese
primer movimiento de ternura, haciéndole considerar que aquel humo sombrío de
la hornaza era su abominable pecado, su lascivia, su deshonra, levantándose en
partículas muertas para desvanecerse, para desaparecer del todo y por siempre
en la inmensidad y en los vientos.
Esforzose en experimentar inmenso desahogo;
esforzose en pensar con alegría que los ojos terribles de la sarracena habían
chirriado en las llamas; que su carne maldita era ahora ardiente despojo
cayendo a pedazos en la hoguera; que su misterioso poder y sus hechizos
diabólicos se habían hundido con su alma en la negrura de los infiernos; y
sintiendo correr las lágrimas por su rostro, postrose de rodillas entre los
pies de la muchedumbre, exclamando con fuerza:
—¡Oh, santa, santa Inquisición, tu justicia me
redime, tu hoguera me salva!
Ya los cadáveres de los otros ajusticiados ardían
en montón sobre enorme pila incendiada, mientras las gentes del pueblo
remolineaban en torno con los rostros iluminados por el movedizo resplandor, y
mostrándose entre las llamas los miembros humanos que el fuego retorcía y
levantaba por instantes como si conservasen aún restos de vida y de
sufrimiento. A veces oíase un silbo peculiar y luego una chirriante
crepitación, cual si una pella de sebo cayera sobre las brasas, y Ramiro
escuchaba encima de su cabeza soeces exclamaciones y carcajadas espantosas que
desconcertaban su entendimiento.
Asfixiado por el trágico hedor que desprendía el
humano holocausto, tuvo, por fin, que levantarse, y, envolviéndose el rostro
con la capa, se alejó a toda prisa en dirección a la ciudad, hablando consigo
mismo y aglomerando oraciones y jaculatorias. La sombra ennegrecía los
senderos.
Hacia el ocaso, al borde del cielo humoso y
sombrío, angosta faja de crepúsculo se apagaba despacio como la muriente lumbre
de un horno.
Desvelado por la grandiosa esperanza que acababa de
encenderse en su pecho, no le fue posible dormir un instante en toda la noche.
A la vez, su pensamiento arrastraba, a pesar suyo, las más importunas imágenes
del pasado, comparable al río torrentoso que se enturbia con sus propias
orillas.
Sentía Ramiro ansias inmensas de soledad y el
horror de toda voz extraña, de todo ajeno semblante.
Pasadas las cinco de la tarde dejó la posada y
dirigiose a los ásperos collados del mediodía. Al cruzar el puente de San
Martín, una tapada se le interpuso en el camino y con gracioso ademán abrió y
cerró súbitamente su velo, enseñándole el rostro. Fue como un relámpago. Sin
embargo, Ramiro reconoció al instante los ojos de Casilda, y en vez de
detenerse, terciose la capa y enderezó a toda prisa hacia la otra ribera.
Después de errar más de media hora, en la dirección
del sudeste, sin alejarse del río, vio asomar una cruz entre los cantos. Era la
cruz de una ermita construida al borde del abismo. Acercose; y a pesar de su
profunda tribulación, la sorpresa del cuadro dejole absorto un momento,
haciéndole presentir un sentido provechoso para su alma.
Frente a él, en la margen opuesta, Toledo se
extendía de naciente a poniente, escalonando sobre el alto peñón sus tejados
grises, sus pálidas paredes, sus torres numerosas. Liso y vertiginoso
escarpamiento caía desde la ciudad hasta el fondo de la angostura, cubierto al
parecer de vieja ceniza deleznable, como si el fuego de Dios hubiese pasado por
allí, arrasando toda raíz y toda simiente. Ramiro pensó con religioso espanto
en las cuestas del eterno castigo que los réprobos tienen que trepar con los pies
y con las manos, para caer de nuevo en las ondas inflamadas, y volver a trepar
y a caer sin perdón y sin tregua, indefinidamente.
Sentose sobre un peñasco.
El río se deslizaba a una hondura terrible entre
rocas herrumbradas y fieras. Pareciole un río de culpas y expiaciones, como los
que forja la imaginación al pensar en los infiernos. Hubiérase dicho que
dolorosos espectros pasaban en procesión, allí abajo, rozando las ondas con sus
colgantes velos obscuros.
Entretanto el caserío tomaba, con la hora, desolada
blancura de huesos en el yermo, y toda la ciudad, mirada a distancia, a través
de la vibradora penumbra, parecía una ciudad de otro mundo, una ciudad fuera de
la vida y del tiempo, mística y anhelosa como los salmos.
En la parte más elevada, sobresalía el Alcázar
bañado en melancólico reflejo crepuscular. Ramiro recordó con misteriosa
inspiración que aquellos muros habían alojado a uno de los reyes más gloriosos
de la historia, a un monarca de monarcas que acabó por arrojar el cetro y la
corona para refugiarse en escondido monasterio; y, al pronto, el fantasma del
Emperador Carlos Quinto apareció ante sus ojos con el rostro medio oculto por
la capilla de un hábito.
¡Ah! ¡aquel sayal sobre el dueño del mundo…!
El sol se ocultó detrás de los cerros, y la ciudad
tomó una coloración mustia y violácea, cual si fuera contemplada al través de
transparente amatista. Algunas vidrieras que habían flameado un instante se
apagaron. Ramiro dejose penetrar por el sagrado recogimiento, presintiendo un
signo, una voz de lo alto. En ese instante las campanas de la ciudad rompieron
a tocar las oraciones. Los tañidos concertaban a distancia un canto prolongado
y conmovedor que hacía pensar en las letanías de la muerte, y hubiérase dicho
que la peña que sustentaba los numerosos campanarios vibraba a su vez como la
caja de un órgano. Ramiro acordose de las campanas de Avila, de las tardes de
su niñez en la torre solariega y de su madre, siempre llorosa, siempre
enlutada, siempre taciturna.
Rezó las avemarías. Estaba redimido, estaba
purificado, pero sentía su pecho ávido y triste, como un arroyo sin agua. Quiso
entrar en la ermita para verter al pie del altar su congoja profunda.
Levantose. El suelo y las rocas oscilaban a su alrededor; su cuerpo, aligerado,
iba a desprenderse, sin duda, de la tierra. De pronto, un fuego, una inflamada
saeta, venida de lo alto, se le entró por el pecho, sumergiéndole durante
algunos segundos en un estado delicioso, gozado sólo con el alma.
Luego, todo pasó. Creyó entonces que había sido
trasverberado como la Madre Teresa de Jesús, y que Dios acababa de abajarse
hasta él en todo su poder y misericordia, para hacerle probar un sorbo, apenas,
de los goces que le esperaban cuando su alma, vencedora del mundo, se entregase
por fin, con soberana pasión, a la soledad y a la penitencia.
Un instante después regresaba a la ciudad en busca
de un convento donde le cambiaran las ropas de caballero por un sayal de
ermitaño.
Vestido de áspero buriel y sosteniendo con el
bordón, por encima del hombro, la humilde barjuleta que le aparejaron para el
viaje las religiosas franciscanas de San Juan de la Penitencia, marchose Ramiro
de Toledo, a la mañana siguiente, tomando a través de los montes la dirección
del mediodía.
Llevaba todo el cabello hacia atrás, la frente sin
ceño, los ojos humedecidos.
Caminó muchos días, de sol a sol, bebiendo de
bruces en los arroyos y comiendo los mendrugos que le daban los labradores. Más
de un compasivo caminante le ofreció llevarle en el anca de su cabalgadura;
pero él sonreía santamente y marcaba en el polvo con más fuerza la huella de
sus sandalias. Dormía en el corral de las ventas o al borde de los caminos,
donde le tomaba la noche.
Por fin, una madrugada, después de larguísimo
viaje, llegó a divisar desde lo alto de un cerro la blanca ciudad de Córdoba,
bañada en el rubor húmedo y radioso del amanecer. Se hizo señalar desde allí,
por una frutera que pasaba, el convento de las monjas del Carmen, y al pensar
que bajo aquella cercana techumbre se hallaba su madre, sintió que los sollozos
le entrecortaban el aliento.
Sin querer acercarse a la ciudad, y apartándose de
los senderos, descubrió por fin, en el flanco de la montaña, una gruta
escondida entre malezas y arbustos. Había en su interior una mesa hecha de
ramas de alcornoque sin descorchar, un tintero de raíz de naranjo, un taburete,
un azadón y varios cacharros hundidos en el lodo. De la parte más alta, colgaba
un antiguo traje de caballero, y además, semejante a dos perniles ahumados, un
par de botas de camino con sus espuelas.
Esa misma noche, al encender el candil que llevaba
consigo, y al ir a acostarse sobre un montón de hojarasca, hacia el fondo de la
gruta, hallose con el cuerpo momificado de un viejo anacoreta, que apretaba
todavía entre sus manos resecas las cuentas del rosario. Ramiro dejose caer de
rodillas y alzó los brazos al cielo, dando gracias a Dios por haberle puesto, a
la vez, en su camino, el anhelado refugio y el ejemplo de aquella muerte.
Al otro día, por la mañana, dio sepultura al
ermitaño y ordenó lo mejor que pudo el interior del obscuro escondrijo, donde
había resuelto pasar todo el resto de su existencia.
Muy pronto una sublime voluptuosidad inundó su
corazón. La continua plegaria, el total desprecio del mundo y, sobre todo, las
arduas e ingeniosas penitencias que se impuso, le hicieron conocer el inefable
orgullo de la santidad; orgullo grandioso que le dilataba el alma
infinitamente, y le alzaba con sublime vuelo sobre las miserias del hombre. Se
comparó a los admirables anacoretas de la Tebaida, y tuvo por seguro que en los
tiempos venideros su historia sería leída en hogares y refectorios para edificación
de las almas.
Las religiosas de Toledo habíanle puesto en el
zurrón algunos libros de mística. Conducido por aquellas lecturas, Ramiro se
propuso recorrer las tres vías espirituales descritas en los tratados, y lograr
al fin la posesión de esa gloria máxima que había buscado hasta ahora por
engañosos caminos.
Pero la llama de los primeros días no pudo
mantenerse; ya no volvió a sentir aquellos arrobos que encendían en la cripta
de su alma las lámparas de fuego de que hablaba Fray Juan de la Cruz. La noche
de frío y de tinieblas cayó sobre su corazón; la lobreguez y la humedad de su
guarida comenzaron a hastiarle; la lectura se le hizo insufrible.
Algunas tardes, deseando respirar libremente, salía
a pasearse por la montaña hasta la noche. La brisa era siempre deliciosa y
traía de los cortijos un perfume de azahares que reblandecía la voluntad y
alejaba toda idea de penitencia. Sonrisas de mujeres, carmines de labios
entreabiertos, maliciosos pestañeos, aparecían ante él en la penumbra rosada o
bajo la sombra azul de los árboles.
Una apatía, una pereza invencible comenzó a postrar
como un ensalmo sus miembros y su espíritu, hasta hacerle pasar la mayor parte
del día tendido en la cama del anacoreta, ocupado en contar los hoyuelos de la
roca o las gotas de agua que caían de las vertientes. Las lagartijas, las
cucarachas, los ratones y muchos insectos que le eran desconocidos, acabaron
por trepar sobre su cuerpo, y él, en vez de espantarlos, mantenía completa
inmovilidad, a fin de observar de cerca todos sus movimientos.
Pasó semanas enteras sin rezar el rosario y sin
bajar a la ciudad para oír la misa del domingo y pedir provisiones, como era su
costumbre.
Cierta mañana escuchó una voz de mujer a pocos
pasos de la gruta:
Cantan de Oliveros e cantan de Roldán
e non de Zurraquín, cá fue gran barragán.
Cantan de Roldán o canta de Olivero
e non de Zurraquín, cá fue gran caballero.
Era un doble estribillo que Medrano, el escudero,
no se cansaba de repetir. Pareciole la voz de Casilda. ¿No sería algún engaño
de los sentidos? Levantose y miró un momento hacia afuera. Una mujer, cubierta
de un velo verdoso, bajaba de prisa por la cuesta; y la canción caía y se
alejaba con ella graciosamente.
Otra mañana, recogiendo leña por el contorno,
descubrió al pie de un árbol una espada cubierta de herrumbre. Llevola a su
escondrijo y frotola fuertemente con la arena humedecida. Era un arma señoril:
varios anillos de plata ceñían la negra vaina de cuero; la hoja tenía la marca
de Hortuño; la guarnición era calada y fina, como una randa.
Aquel trivial incidente vino a arrancarle de su
pereza. Desde entonces pasaba horas y horas acicalando la espada en sus menores
intersticios; y se complacía en sacarla a la luz para hacer correr una llama de
sol a lo largo de la hoja, en empuñarla y blandirla con fuerza, en hacerla
resoplar en el viento.
Ya no salía nunca hacia el bosque que no la llevase
consigo; y a veces, mirando hacia una y otra parte, como si alguien pudiera
sorprenderle, hincaba la punta de cierto modo en el tronco de los árboles para
recordar la terrible estocada con que había dado muerte a Gonzalo.
Su sangre se enardeció de nuevo, y su espíritu,
inflado otra vez con el viento de la honra, volvió a soñar en los triunfos y
loores de la vida y en todas las hazañas que él hubiera podido realizar por el
mundo.
Hallábase una tarde del mes de Septiembre sentado
sobre un alto peñasco, y meditando la idea de visitar en breve a su madre,
cuando vio subir por la cuesta, sobre una mula parda, a un anciano enjuto y
esbelto que agachaba la cabeza y miraba con singular atención hacia la gruta.
El hombre volvió a pasar a la mañana siguiente,
mirando siempre con la misma curiosidad.
Por fin, un día en que Ramiro llegó a sentir de
modo insufrible el tormento del hambre, el anciano misterioso acertó a pasar a
la hora del anochecer, llevando por delante, sobre la silla, un cesto pequeño
lleno de hogaza y una ristra de cebollas colgada del hombro.
Ramiro caminó hacia él, exclamando:
—¡Dadme, por Dios, una cebolla y un poco de pan!
El hombre prosiguió su camino.
Ramiro, entonces, con voz amenazadora y más fuerte,
repitió:
—¡Por el amor de Dios, dadme un poco de pan!
Pero el desconocido, sujetando apenas la mula,
contestó secamente:
—Mejor sería ir a ganalle con vuestros brazos.
¿Pensáis acaso que esa roñosa pereza borra crímenes y perjurios?
El se le cruzó en el camino, y asiendo con una mano
el freno de la cabalgadura, levantó con la otra su crucifijo de bronce,
repitiendo:
—¡Dadme, os digo, unas migajas, en nombre de
Nuestro Señor Jesucristo!
Entonces, el anciano, inclinó su cuerpo hacia
adelante y, por toda respuesta, escupió dos veces con bárbara osadía la santa
imagen del Redentor. Ramiro exhaló un grito de espanto. Su cuerpo vacilaba
combatido por dos impulsos adversos. Por fin, corriendo con ímpetu a la cueva,
cogió la espada y se vino derecho hacia el hombre, con la intención de darle
muerte allí mismo. Pero al levantar la punta para hundirla en aquel pecho
sacrílego, una voz recia y dominante, una voz que penetró en sus entrañas, le contuvo
de golpe:
—¡Ah! ¡Ramiro, Ramiro, sólo falta agora que
acuchilles al hombre que te engendró!
Al pronunciar estas palabras, el caminante quitose
el ancho sombrero que llevaba, a fin de descubrir su cabeza y mostrar mejor
todo el rostro. Ramiro experimentó profunda conmoción. Acababa de reconocer al
misterioso personaje del arrabal de Santiago, al abnegado morisco que le había
salvado la vida, dejándole después, como recuerdo, la valiosa daga sarracena.
—Sí, yo te engendré en la altiva doña
Guiomar—prosiguió el anciano—y tu agüelo prefirió casalla en seguida con el
viejo don Lope, en odio a mi raza y a mi creencia. Luego, allá en Avila, te di
la vida por segunda vez, sacándote de entre las dagas de los creyentes; y fui
expulsado de Castilla como traidor. Pero tú, Ramiro, me pagaste en buena moneda
cristiana, faltando a tu juramento y entregando a la Inquisición a la infelice
Gulinar y a Aixa, a Aixa la jarifa, a Aixa la santa, para que fuesen arrojadas
a la hoguera, después de haberte curado y regalado con tanto amor como ellas te
tenían!
Las lágrimas brotaron de sus ojos, y con voz
temblorosa, exclamó por fin:
—¡Ah! No quiero maldecirte, porque la maldición de
un padre es siempre escuchada por Alá…; no, no me atrevo a maldecirte…!
Con estas palabras agitó su mano izquierda hacia
atrás, y taloneando fuertemente la mula, dejó caer al suelo toda la hogaza,
desapareciendo en seguida entre los peñascos.
Ramiro le miró partir sin llamarle, y caminando
hacia la cueva, fue a sentarse en el rincón más obscuro, oprimiendo el
crucifijo contra su pecho.
¿Qué había escuchado? ¿Su padre? ¡Un morisco!
Todos los enigmas de su vida acudían a su memoria:
la soledad de su infancia, la dureza del abuelo para con él, la continua y
llorosa melancolía de doña Guiomar, las especies tan extrañas que había
suscitado su lance con los conversos, el súbito desvío de Beatriz, el denuesto
de Gonzalo en la callejuela… ¡el abnegado amor de aquel hombre de otra fe, de
otra raza!; y vio que todo resultaba harto comprensible a la luz de la
espantosa revelación.
¿Sería verdad? ¿Sería, en efecto, hijo de moro?
¡Ah! Más valiera entonces romperse las venas y dejar que toda su sangre se
derramase sobre el lodo de la ignorada caverna. Su razón cayó en espantosa
vorágine. Las ideas parecían ulular y remolinear como los vientos en una noche
de vendaval. No quería, no quería pensar, y se hincaba las uñas en la frente
para aturdirse, agitaba los brazos en las tinieblas, resoplaba con furia como
un hombre enajenado por el terror; pero la cavilación era cada vez más inexorable,
más elocuente, más honda. Unas veces reía de su propia credulidad, desechando
como el más grande de los absurdos las palabras del moro; otras llegaba a
sentir total convencimiento, y se sorprendía de no haber concebido hasta ahora
ninguna sospecha en medio de tantos indicios.
De pronto, el mismo horror de aquella
incertidumbre, le yergue sobre los talones. Enciende la candileja. Un
pensamiento instantáneo acaba de cruzar por su mente. Sube al escabel,
descuelga los viejos vestidos y las botas que penden de lo alto de la gruta. Un
bolsillo de monedas suena en los gregüescos.
Cuando hubo cambiado el sayal por aquellas ropas de
otro tiempo y ceñido la espada, salió de la cueva y se puso a errar en la
noche. No le quedaba ahora otra idea que huir sin descanso hacia el mar, otra
esperanza que los galeones.
Soñaba en alguna región de las Indias, donde las
plantas, las frutas, las aves, las estrellas, todo fuera nuevo para él y nada
le recordase la tierra vieja y maligna en que había nacido, aquella tierra en
que todo era adversidad, maleficio, embrujamiento. Sólo así podría escapar a la
maldición que le perseguía quizá desde el vientre de la madre.
Caminó incansablemente, empujado como Ashavero, por
un viento misterioso que no movía las hojas de los árboles, y que él, con todas
sus fuerzas, no hubiera podido resistir.
De noche, en las ventas, al verle aparecer con el
anticuado traje y la luenga barba en desorden, más de un gañán empinaba de
golpe la taza de vino y se escapaba al corral haciéndose cruces.
En cambio, de día, al cruzar por los pueblos, los
chiquillos se mofaban de su estampa y le arrojaban por detrás cáscaras de
nueces y puñados de polvo.
Con el dinero que había encontrado en los
gregüescos compró una mula para abreviar el camino y un capote para cubrirse, y
de este modo, después de innumerables peripecias, llegó, por fin, a la ciudad
de Cádiz, a mediados de diciembre.
El mismo día, recorriendo las calles, vio una
bandera de compañía colgada de una ventana; preguntó por el capitán y le
dijeron que se había marchado la víspera para Jerez. Iba a retirarse, cuando un
soldado, que estaba sentado en un poyo, junto a la puerta, exclamó:
—Si vuesa mercé, seor caballero, quiere hablar con
Pablo Martínez, el alférez, ahí le tiene a su derecha.
Ramiro volvió el rostro y su asombro fue inmenso al
ver cruzar la calle a su antiguo paje vestido con galas de soldado.
Pablillos llegaba apenas de Flandes. En una
escaramuza, cerca de Groninga, dos compañías de escopeteros españoles,
sorprendidas por una carga del enemigo, volvieron la espalda para salvarse.
Sólo Pablillos permaneció en su puesto sin hacer el menor ademán. Al siguiente
día le hallaron en el mismo paraje, tendido boca abajo; había perdido el habla
y estaba cubierto de contusiones. Esto le valió la bandera. Algunos dijeron
entonces que el miedo no le había dejado menearse; otros, que se había
agazapado bajo la cureña de una culebrina; pero ahora los nuevos soldados le
miraban como a un héroe, y toda la población como a una gloria gaditana. Al
reconocer a Ramiro, le prometió ayudarle en lo que pudiese, y cuando supo su
resolución de entrar en la compañía como soldado, llevole en persona a comprar
lo que hubiera menester para embarcarse. Debían zarpar para el Perú a fines de
diciembre.
El día veinticuatro de aquel mes, pasadas las seis
de la tarde, tres gruesos galeones dejaban la bahía, desplegando una a una sus
velas numerosas, que tomaban al pronto en el crepúsculo vivo tinte de oro y de
sangre.
En uno de ellos iba Ramiro asomado a la borda, y
tendiendo su mirada, su imaginación y toda su alma hacia la fabulosa esperanza
del horizonte.
Las tres farolas de popa se encendieron, y las
naves tomaron la ruta de América.
Entretanto, allá en la ribera, hacia la punta de
San Felipe, una muchacha, con los zapatos despedazados y echada de pechos sobre
la última roca, miraba, sollozando, aquellas luces mortecinas, cada vez más
pequeñas, cada vez más lejanas; y la marea, aislando poco a poco el escollo,
jugaba con su manto verduzco, apagaba sus lamentos, se llevaba sus lágrimas, y
le murmuraba al oído enorme y despiadada canción que reía con las espumas.
En el Perú, el año de 1605, en la Ciudad de los
Reyes.
Es una noche de fines de octubre. La ciudad duerme
bajo el brillo de las constelaciones y sus campanarios se levantan, aquí y
allá, más obscuros que la sombra. Luciérnagas y cocuyos enciéndense a millares
encima de los huertos y atraviesan los árboles tenebrosos. El húmedo ambiente
está henchido de perfumes, y óyese, como en la quietud de los campos, el
concierto de los grillos y las ranas, sólo entrecortado por la voz de los
serenos o los pasos de algún trasnochador que vuelve de los garitos.
Poco a poco, soñolienta vislumbre enrojece en lo
alto los cerros de San Cristóbal y Amancaes. Una brisa sutil y lánguida llega
del mar. Los gallos no han cantado todavía.
No lejos de la Plaza Mayor, en el huertecillo de
humilde vivienda, una mujer, cuya blanca vestidura parece relucir en la sombra,
va y viene por los senderos cual inquieto fantasma. Es Rosa, la hija menor de
Gaspar Flores y María de Oliva. Todas las mañanas, antes de la salida del sol,
junta piadosamente, en el jardín cultivado por ella, las flores que un instante
después ha de llevar a la Virgen del Rosario, en la vecina iglesia de Santo
Domingo.
Aun en las noches más obscuras sus pupilas
reconocen las corolas mejor abiertas, y parécele que todas claman hacia ella
con místicas voces, anhelosas de morir sobre la pureza de los altares.
Hacia un ángulo del huerto, la puertecita de
encalada celda recorta en la obscuridad el dorado resplandor de un candil
encendido. Es la ermita doméstica construida por Rosa para entregarse a la
contemplación y la penitencia sin abandonar a sus padres y a sus hermanos.
No ha escogido esa vida guiada por el remordimiento
o los pesares. Ha nacido santa. Es milagrosa desde la cuna. Su primer aliento
difundió en su morada un hálito del Paraíso. Es el lirio conventual, bendecido
por Dios en la tierra y en la simiente. Diríase que los ángeles mueven y
aderezan todo lo que ella pone bajo su intento. Las personas que la visitan
advierten claridades y frescuras de otra vida en torno de su persona; y, de
noche, se la reconoce en las más obscuras estancias por la misteriosa luz que desprenden
sus cabellos.
No ha cumplido aún veinte años y nadie ignora en
Lima los asombrosos prodigios con que el Señor la favorece. Sólo ella encuentra
natural que los pájaros se posen sobre su hombro o acompañen con sus trinos las
fervorosas canciones que improvisa al son de la vihuela; o que, en los días de
gran necesidad, cuando su madre o sus hermanas se sienten enfermas,
maravillosas labores aparezcan, en un instante, bajo su aguja, recubriendo una
a una las telas, sin agotar los ovillos.
Comprende desde temprano que el sufrimiento y la
pobreza son para Dios las más altas dignidades de esta vida; y visita de
continuo los hospitales, entra en las covachas de los cholos y los indios,
buscando las fiebres, las llagas, la lepra; asila en su oratorio a las ancianas
que escarban las basuras de los muladares para buscar el sustento; cura con sus
manos a bubosos y cancerosos abandonados por sus parientes.
Su hermosura es a la vez angélica y perturbadora.
Tiene del cirio el candor y la llama. Sus grandes ojos, que arden con
misteriosa fiebre, van encendiendo, a pesar suyo, súbitas pasiones en el
corazón de ricos y virtuosos caballeros. Su madre quiere casarla, y la obliga a
ataviarse como las otras doncellas; pero Rosa pone en cada gala una oculta
mortificación. La guirnalda de flores con que debe adornarse la frente, lleva
por debajo una corona de espinas; sus guantes de olor están embebidos en un
cáustico que desuella las manos. Por fin, acosada de amenazas y violencias,
declara su voto irrevocable de virginidad y su secreto desposorio con
Jesucristo.
Una noche, después de haber trabajado hasta muy
tarde, a la luz del candil, soñó que aderezaba la saya para sus bodas
espirituales, bordando sobre briscada estofa los Nueve Coros angélicos y los
símbolos de la Trinidad y de la Santa Eucaristía. De pronto parécele que la
quitan la aguja de las manos. Un ángel pálido, y de rizos muy negros, reluce de
súbito ante ella, y le ofrece una corona de lágrimas y alba vestidura formada
de postillas de lepra que la envía Nuestro Señor, desplegando, en seguida, el velo
nupcial, incorpóreo velo, sólo visible para el alma, un velo hecho de suspiros
y sollozos de este mundo.
Rosa abre el postigo con delicada cautela, para no
despertar a los que duermen, y sale de la casa, oprimiendo contra su pecho las
flores que ha de ofrecer a la Virgen. Camina lentamente, agitando apenas los
pliegues cándidos y simples de su túnica. Diríase que la poderosa fragancia la
desvanece por momentos.
Tierno rubor enciende por encima de los tejados los
ópalos de la aurora. Algunos techos de paja cuelgan hacia la calle como rubios
cabellos humedecidos. Las puertas se abren, una a una. Al pasar junto a las
rejas se aspiran monjiles sahumerios recién encendidos en los estrados. Aquí y
allá, un brazo desnudo asoma sin rumor entre las celosías y riega los
albahaqueros. Oyese la tímida canturria de las esclavas que lavan los patios y
los zaguanes.
Rosa entra a la iglesia hollando con religioso
respeto las losas sombrías. Dos hachas de cera arden en el fondo, junto a la
capilla mayor. Su luz llorosa y vacilante hace entrever, dentro de negro ataúd,
las manos entrecruzadas de un muerto y el amarillento sayal con que lo han
amortajado. Ni una flor, ni una plegaria, ni un paño mortuorio.
La doncella se aproxima.
Un fraile dominico, con barba y sin tonsura,
dormita a pocos pasos del féretro, sentado en un escaño. Rosa camina hacia él.
El novicio abre entonces los ojos y murmura, como espantado:
—¡Vive Dios! ¡Con ella soñaba, y la veía venir con
ese sayal, con ese velo, con esas flores!
Luego, reprimiendo su asombro, agrega dulcemente:
—El Señor os conduce, niña santa. ¿Qué labios
podrán rezar mejor que los vuestros por el alma de este difunto?
—¿Quién era…?—pregunta Rosa, observando el rostro
del muerto.
—A punto fijo, no lo sé yo tampoco—responde el
religioso.—Jamás quiso revelar su nombre ni su origen; pero puedo decir que el
Caballero Trágico, como todos le llamábamos, ha sido un gran arrepentido, y que
la peregrina historia de su conversión debiera publicarse a boca llena para
ejemplo de pecadores.
El fraile vacila un instante, pero clavando en la
joven una mirada de arrobamiento, cual si hablase a una santa aparición, agrega
con voz estremecida:
—Yo le conocí en Huancavelica, hará cosa de seis
años. Formó allí una banda de facinerosos, para la cual quiso el Demonio
señalarme, y salíamos a descubrir enterrados, que llaman, y huacas antiguas, y
minas ocultas; y todo lo alcanzábamos a fuerza de cuerda y de hierro.
Prendíamos a los caciques y les dábamos tormento, e si no querían declarar, nos
íbamos sobre sus chozas y nos hartábamos de sangre. ¡Ah!, no hubo saña como la
nuestra. Después caíamos a esta ciudad de Lima, a consumir en los vicios el fruto
de nuestros crímenes… Mucho más pudiera decir, sino que no es la ocasión.
Rosa suspiró; y el novicio, pasándose la mano por
el rostro, alzó la cabeza y prosiguió su relato:
—¡Oh alta potencia de Dios, y por cuántos medios
mandas la luz a las almas hundidas en la tiniebla! Habéis de saber que, una
vez, ese que agora duerme el sueño de la eternidad, viniendo conmigo a comulgar
a esta parroquia, pues nunca abandonó el sumo Sacramento, os vio salir por la
puerta de la sacristía, y, dejándome al punto, se puso a seguiros. Habiendo
sabido después cuán piadosa erais y cuán alejada de todas las vanidades y
pasiones del siglo, determinó, sin embargo, seduciros, o robaros a viva fuerza.
Para eso, cierta mañana, hizome llevar una litera junto a vuestra casa,
mientras él se dirigía a saltar la tapia del huerto…
Yo le vi volver, a la hora, con otro semblante. Al
llegar junto a mí, echome los brazos al cuello, exclamando: ¡Es una santa, una
esposa de Cristo; es El quien habla por sus labios!, y gemía como un hombre que
no osa arrancarse del pecho el dardo con que acaban de herirle. Desde entonces
púsose a observaros de lejos, y os vio derramar por todas partes vuestra
cristiana bondad. Una envidia santa traspasó su corazón encallecido al escuchar
las bendiciones de los miserables y al ver a tanto desgraciado que se echaba de
hinojos en el suelo para besaros los pies. Abandonó sus galas, repartió joyas y
dinero entre los menesterosos, y, habiéndome contagiado su nuevo frenesí,
llevome consigo a los campos, para borrar con el bien todo el mal que habíamos
sembrado por ellos. ¡Por mi fe! ¡Yo nunca pude imaginar remordimiento tan
profundo, y qué hazañas de caridad y de penitencia! Dios perdone sus pecados, y
quiera darme tiempo a mí mesmo para purgar los míos en esta santa casa de
religiosos.
—¿Y cuál ha sido su muerte?—volvió a preguntar la
doncella, con expresión tímida y ansiosa, sentándose en el extremo del escaño.
—Su muerte—respondió el novicio—dice harto bien lo
que fue su contrición. Allá por el mes de agosto, un indígena, a quien él
curaba de un terrible dolor en los huesos, fue compelido en Huancavelica a
trabajar en la mina que llaman La Hedionda. El Caballero Trágico quiso ponerse
en su lugar y, disfrazado de salvaje, pasaba todos los días más de cinco horas
en las entrañas de la tierra. Contrajo de esta suerte una fiebre tan brava, que
en menos de una semana le privó de todo movimiento. Yo no hallé cosa mejor que
cargarle sobre una mula y traelle a este Convento del Rosario, donde, después
de largo padecer, ha fenecido anoche a las nueve, edificando a los religiosos
con sus acentos de humildad y de sublime confianza en la misericordia de Dios.
Y agora debo deciros—agregó por fin con voz entrecortada por la emoción—que en
sus últimos instantes mezclaba vuestro nombre al nombre de Cristo y de Nuestra
Señora, doncella santa.
Rosa acercose al ataúd. ¿Cómo dudar? Se hallaba
ante el cadáver de aquel desconocido que había saltado una mañana las tapias de
su huerto, y a quien ella, sin darle tiempo a que desplegase los labios, habló
largamente sobre el divino y verdadero amor, con palabras dictadas, sin duda,
por el cielo.
Fijó entonces sus pupilas, con profunda atención,
en el descarnado rostro, y al reparar en la beatitud inefable que bañaba los
párpados, comprendió que aquellos ojos hablan contemplado, antes de
extinguirse, alguna visión deslumbradora del Paraíso.
Dejole caer una flor sobre el pecho, y otra, y otra
después…
El alba aclaraba apenas el templo con lívidos
resplandores que bajaban de las vidrieras, y la vieja niebla de incienso,
adormecida en las naves, se rasgaba por instantes, como si los ángeles volasen
en la penumbra.
Rosa de Santa María arrodillose piadosamente, y
murmuró una plegaria por el alma de aquel muerto.
Y ésta fue la gloria de don Ramiro.
FIN
1908

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