© Libro N° 9446. El Almirante Ha Desaparecido. Simenon, George. Emancipación. Enero 1 de 2022.
Título original: © El
Almirante Ha Desaparecido. George Simenon
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Original: © El Almirante Ha Desaparecido. George Simenon
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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George Simenon
George Simenon
George Simenon
(Lieja, Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)
El Almirante Ha Desaparecido (1940)
(“(L’Amiral a disparu”)
Originalmente publicado en Police-Roman
(n° 103, 10 de mayo de 1940);
Le Petit Docteur
(París: Éditions Gallimard, 1943, 589 págs.)
I
Los
hechos son los hechos, y todos los razonamientos del mundo no pueden nada
contra ellos. En vano la gente de la pequeña población repetía, a propósito de
la desaparición del Almirante:
—¡Es
imposible!
La
verdad era que el Almirante había desaparecido, en plena calle, en pleno día y,
por así decirlo, a la vista de todo el mundo. Y el Almirante no era uno de esos
tipos delgaduchos, capaces de trepar por un canalón del tejado o de pasar a
través de un tragaluz, sino un personaje de panza exuberante y que pesaba sus
buenos noventa kilos.
Sería
peligroso revelar el nombre de la población a causa de las susceptibilidades
locales, pero puede indicarse que es una de las pequeñas ciudades soleadas de
la Provenza, situadas en el cuadrilátero Aviñón, Aix, Marsella, Nimes.
Una de
esas ciudades en las que todo el mundo se conoce y donde, cuando alguien se
arriesga a cruzar la caldeada acera con el panamá en la cabeza, se oye murmurar
detrás de las persianas:
—¡Mira! El señor Taboulet que se va a la estación a buscar a su mujer.
Menos mal que lleva un sombrero de copa alta para ocultar lo que le brota de la
frente…
Casas
blancas. Postigos verdes. Un paseo sombreado por unos cuantos plátanos.
Cortinas de abalorios en las puertas para impedir el acceso a las moscas.
El
acontecimiento acaeció el miércoles, 25 de junio, cuando más fuertes eran los
calores porque hacía un mes que no había soplado el mistral. La mayoría de los
señores habían sacado sus trajes de hilo o de alpaca, y hasta se veía al
recaudador y a otros varios luciendo el casco colonial.
Al dar
las cinco de la tarde, como cada día, el Almirante salió del restaurante La
mejor brandade [brandade es un bacalao a la provenzal guisado con leche],
situado justo en el cruce de la carretera nacional y la calle Jules-Ferry.
Hay
que saber que la carretera nacional pasa un poco alejada del centro de la
población, por la parte alta. La calle Jules-Ferry avanza en pendiente y
conduce al paseo, donde se encuentran la estafeta de correos y el Banco de
Francia.
A los
sesenta y ocho años, el Almirante se mantenía aún en toda plenitud. Su tez era
florida, su barba sedosa y, al revés de los hombres de hoy, no sólo no se
avergonzaba de su barriga, sino que la lucía con cierto orgullo. Quizás debido
al grosor de sus muslos, caminaba con las piernas algo separadas, a pasitos
majestuosos.
—¡Mira! Ahí va Marius —exclamó un día un parisino que pasaba por su lado
en compañía de mujeres bonitas.
El
Almirante no se ofendió. ¡Muy al contrario!
—¿Apuestas a que es Tartarín? —soltó un muchacho que no era de la
población.
Y el
Almirante tampoco se enfadó. No era Marius, ni Tartarín, ni mucho menos
almirante. Pero en su juventud navegó mucho como pinche de cocina a bordo de
varios paquebotes, y desde entonces siguió llevando una gorra de oficial de
marina.
Él fue
quien fundó el restaurante La mejor brandade. Luego, cuando cumplió sesenta y
más años, se lo cedió a su sobrina, que había contraído matrimonio con un
hombre del Norte, un lionés, y vivió con ellos.
A las
cinco, pues, el Almirante bajaba a pasos menudos por la calle Jules-Ferry.
Dicha calle no tiene más de trescientos metros, y acerca de lo que ocurrió en
menos de diez minutos sólo se poseen declaraciones bastante vagas.
—Eran
las cinco en punto. Había mirado el reloj del almacén cuando pasó el Almirante
—afirmó el señor Pichon, el sombrerero, cuyo almacén, situado en la calle
Jules-Ferry, está al lado del restaurante.
De
modo que no cabía error acerca del comienzo de aquel raro paseo, porque nadie
puso jamás en duda la palabra del señor Pichon, exteniente de alcalde y regidor
municipal, presidente del Comité de Fiestas de la ciudad.
¿Y
después?… Tres casas más allá está el estanco, regentado por la vieja Tatine.
Es, al mismo tiempo, mercería y establecimiento distribuidor de diarios. Aquel
día, hallándose Tatine en plena crisis de reuma, era su hijo Polyte quien
cuidaba de la tienda.
—El
Almirante entró unos minutos después de las cinco, como cada día. Cogió el
diario y su paquete de cigarrillos y dijo:
«—¡Buen tiempo, muchacho! Eso me recuerda Madagascar».
Porque
tanto si llovía como si hacía viento o la temperatura era tórrida, ello
recordaba siempre el expinche de cocina algún país lejano.
Al
final de la calle, exactamente donde empezaba el paseo, la partida de bolos
estaba en su apogeo. Aquél era, precisamente, el objeto del paseo del
Almirante, que todos los días iba a plantarse, sin decir nada, cerca de los
jugadores, esperando una discusión de la que fatalmente sería nombrado árbitro.
Cerca
de la pista de juego se hallaba el reloj eléctrico de Correos, de manera que
cada cual tenía, por decirlo así, delante de los ojos la hora que era. Pues
bien, el señor Lartigue, el pescatero, que acababa de lanzar el bolo y que lo
juzgaba demasiado desviado, al paso que su contrincante pretendía que la tirada
era regular, levantó la cabeza hacia la calle Jules-Ferry.
—¡Lástima que el Almirante esté demasiado lejos en la calle! —observó.
Y
cuatro por lo menos fueron los que vieron al Almirante barrigón que se
encontraba en aquel momento a la mitad del camino, exactamente frente al tercer
farol de gas.
Eran
las cinco y cinco. La partida continuó. El señor Lartigue, que era un regatón
como pocos, hizo otra tirada dudosa, buscó al Almirante con la mirada y se
sorprendió:
—¡Atiza! Ha desaparecido.
En
efecto, la calle Jules-Ferry estaba vacía, mitad en sombra y mitad en sol, sin
que hubiese literalmente ni un gato en la calzada.
Es de
notar que ninguna otra calle ni callejón desembocaba en la calle de
Jules-Ferry.
El
Almirante no había llegado al extremo de ésta.
¡Y
tampoco había vuelto atrás!
Cuando
el Doctorcito se apeó frente a La mejor brandade, estaba cubierto de sudor, de
polvo, de aceite y de grasa de ruedas, porque había tenido ciertas dificultades
con Ferblantine, que no era ya muy joven.
De
momento, en la sala del restaurante sólo vio a una criadita de ojos negros de
andaluza que, al parecer, le examinaba con audaz ironía.
—¿Se
puede obtener una habitación?
—Voy a
llamar al señor Juan.
El
señor Juan era el dueño, que salió en chaqueta y gorro blancos. Era un mocetón
de treinta y cinco años, más bien delgado, que no respiraba precisamente
alegría.
—Me
han dicho que desea una habitación, ¿para varios días?
El
Doctorcito, agresivo, replicó:
—¿Cómo
sabe usted que es para varios días?
—Yo no
sé nada. Lo he dicho por decir algo. ¿Quiere subir ahora a asearse?
La
criada, que se llamaba Nine, le condujo al primer piso, y el Doctorcito siguió
encontrándole un talante irónico que no le gustaba del todo.
¿No
había cometido un error abandonando una vez más a su clientela de Marsilly para
aceptar un reto algo ridículo? Porque nadie le había llamado. Sólo estaba al
corriente de aquel asunto por los diarios, los cuales no habían dicho gran
cosa. Sin embargo, en su correo del día anterior, había encontrado una carta
anónima que decía:
«Apuesto a que, a pesar de lo astuto que usted se cree, es incapaz de
encontrar al Almirante».
¡Qué
hotel más raro! Era cosa de preguntarse de qué vivían los dueños, porque en él
no se veía un solo cliente. No obstante, había ocho mesas preparadas para la
cena, como si se esperara público.
A la
derecha de la sala del restaurante, había un saloncito más pequeño, un café-bar
en el que tampoco se veían consumidores.
Finalmente, ante la caja estaba la señora Ángela, como Nine la llamaba,
es decir, la mujer del dueño, la sobrina del Almirante.
—¿Hay
manera de beber una copa en esta casa?
El
señor Juan en persona fue a servirla.
—¿Un
pastis? No sé si usted es aficionado a él, pero éste es del bueno. A su salud.
El
señor Juan también se había servido un pastis y autoritariamente trincaba con
su desconocido cliente. Pero la opalina bebida no le puso más alegre; suspiró
mirando hacia su terraza, sombreada por un toldo color naranja y rodeada de
laureles plantados en toneles verdes.
—¿Siempre tiene usted tanta gente como ahora? —preguntó el Doctorcito,
bromeando, y deseoso de desquitarse del calor y de las variadas molestias que
Ferblantine le había causado.
—A
veces, menos —replicó el señor Juan, vivamente—. A veces, también más. En
tiempos pasados, en tiempos del viejo, las cosas daban gusto. Los autos no iban
tan aprisa, y a cada momento se tenían que parar. Ahora van a cien por hora y
no se toman la molestia de detenerse.
—¿Hace
tiempo que tomó el negocio por su cuenta?
—Desde
que nos casamos; hará unos seis años.
Dollent frunció el entrecejo, interesado por la mirada que su
interlocutor acababa de lanzar a su joven esposa, que estaba ante la caja.
—¡Mira
por dónde! —pensó—. He aquí un caballero que no parece ser muy feliz con su
mujer.
—En
suma —dijo en voz alta—, usted lamenta el haberse instalado aquí.
—Lo
lamento y no lo lamento. Sin esos disgustos que tenemos desde hace una semana…
¿No ha leído en los diarios…?
—No.
—El
viejo, que vivía con nosotros, ha desaparecido… Fui a avisar a la policía. Si
no quiere creerme no me crea, pero lo cierto es que no me tomaron en serio y
apenas si aparentaron abrir una investigación.
—Señor
Juan —me declaró el comisario, así como suena—: según las estadísticas, cada
año desaparecen en Francia treinta mil personas que luego se vuelven a
encontrar. Por lo menos nueve de cada diez. Crea usted que si la policía
tuviera que ocuparse de esas treinta mil personas que no se encuentran bien en
donde tendrían que estar y que se largan sin la menor explicación…
—¿Acaso su tío no era feliz aquí?
—¡Como
perita en tabaque, señor!
¿Por
qué dijo eso con aquel acento tan lúgubre?
—Contrariamente a lo que se podría insinuar (siempre hay vecinos
malintencionados), él fue quien hizo un buen negocio. Porque, cuando su sobrina
se casó conmigo, el señor Fignol, a quien todo el mundo llamaba el Almirante,
estaba casi arruinado. Pero eso no lo sabe la gente. Había arriesgado su
fortuna en extrañas inversiones que hubieran debido producirle el treinta por
ciento y que se le comieron todas las perras. Este establecimiento estaba
hipotecado. Yo redimí la hipoteca y me comprometí a quedarme con el viejo y a
mantenerle mientras viviera. Hasta le daba un poco de dinero para sus
cigarrillos y sus partidas de cartas.
—¿No
posee dinero personal alguno?
—¿Cree
usted que para un hombre de su edad, que ya no tiene pasiones, veinte francos
por semana no son suficientes? ¿Otro vasito de pastis? Es mi ronda… ¡En fin!
Ahora ha desaparecido, y lo malo es que hay una continuación.
—¿Qué
continuación?
—Usted
no es de la comarca, ¿verdad? Si no, lo sabría. En menos de una semana nos han
asaltado el hotel dos veces. Y que no se me hable de la banda de marselleses
que, según parece, piratea por la región. ¿Cómo podían los marselleses conocer
tan bien la casa para entrar, ir y venir, abrir las puertas y los armarios sin
que se les oyera?
—¿Se
llevaron mucho?
—Todos
los efectos de mi tío. Trajes viejos, maletas usadas y que no valían cuatro
chavos, una cartera en la que guardaba su correspondencia y yo qué sé…
—¿Y la
segunda vez?
—Eso
fue la segunda vez. La primera no se llevaron nada. Se contentaron con
registrar la habitación. Entonces creí que la policía iba por fin a tomarse en
serio el asunto. ¡Pues no! ¡Al contrario!
»—Ya
ve usted —me respondieron— que su tío no está muerto, puesto que ha vuelto a
buscar sus cosas.
»Tenga
en cuenta que el Almirante, con sus noventa kilos, no podía subir las escaleras
sin hacer crujir todos los peldaños. Además, a juzgar por lo que he visto, el
ladrón, o los ladrones, entraron por una ventana del primer piso trepando por
el tronco de una parra.
»De
modo que lo que digo, señor —aunque ignoro quién es usted—, es que si pagamos
tantos impuestos para tener una policía tan holgazana no vale la pena ser
contribuyentes franceses y… ¡A su salud!
»Afirmo, señor, que el Almirante ha sido asesinado, porque si viviera ya
hubiera sido encontrado, tanto más cuanto que la calle Jules-Ferry no es muy
larga y todos los que en ella viven se conocen.
—¿No
hubiera podido ser raptado en auto?
—¡En
auto! —exclamó el señor Juan, compadecido—. ¿Acaso cree, pero sin duda es usted
de París, que todo el día pasan autos por la calle Jules-Ferry? Aparte el
panadero, por la mañana, y el agente de seguros que vive en el número 32 y que
posee un coche… ¡No, señor! No pasó ningún auto aquella tarde.
—¡Juan! —llamó una voz femenina.
El
Doctorcito se volvió hacia la caja y vio a Ángela, la mujer del dueño, que
manifestaba un verdadero terror. Cerca de ella esperaba un chiquillo de aspecto
avispado.
—¿Me
permite usted? ¡Otra vez mi mujer, que no puede pasarse sin mí! Si pudiera
atarme con una cadena…
Se
dirigió a regañadientes hacia la caja. La pareja estuvo hablando en voz baja.
El señor Juan cogió el sobre que le tendían.
—¡Ah!
Pero ¿qué esperas para darle una propina a ese chiquillo y que se vaya?
Y sin
ocuparse más de su mujer volvió al encuentro del Doctorcito.
—¡Trucos! —refunfuñó—. Ahora va a resultar que mi tío me escribe. Y lo
más extraordinario es que la letra es, en efecto, la suya.
Queridos
Juan y Ángela:
No os
inquietéis por mí. Me he ido al campo. Volveré dentro de unos días.
Marius Fignol.
—¿Ha
sido el niño quien ha traído esa carta?
—Sí.
Es el hijo del cartero. Probablemente, al distribuir el correo, su padre habrá
reconocido la letra del Almirante y nos ha enviado a su chico enseguida para
ganar tiempo.
—¿Qué
dice el matasellos de la estafeta?
—La
carta fue echada al buzón de la misma estafeta, en el paseo.
Desde
hacía rato, el Doctorcito observaba insistentemente al señor Juan y luego
miraba hacia la caja. Pero no era Ángela el objeto de sus miradas, sino un
tintero en el que se veían churretes de tinta violeta.
—Oiga
—dijo de repente, sacando una carta de su bolsillo.
—¿Qué?
—¿Por
qué me ha hecho venir?
—¿Yo?
—Sí,
usted. Confiese que fue usted quien me dirigió esta carta y que si me ha
contado todo lo que me ha contado era porque sabe perfectamente quien soy.
El
hotelero vaciló un instante. Se había sonrojado. Cogió su copa, con mano
temblorosa.
—No
comprendo lo que quiere decir.
—¡Lea!
¿Quiere enseñarme una muestra de su letra? ¿Es que quiere que haga intervenir a
un perito calígrafo?
—No…
No es necesario. Le pido perdón, doctor. Quise que usted se ocupara de este
asunto porque he oído hablar mucho de usted. Pensé que, si le contaba las cosas
como son, usted no aceptaría.
Volvió
la cabeza y declaró:
—Me
dije, también, que un hombre célebre como usted me pediría el oro y el moro. Yo
no soy rico. Entonces…
—Entonces encontró la manera de obtener gratuitamente mi colaboración.
—Claro
que no le cobraré la habitación ni las comidas. ¡Ni siquiera las copas! Podrá
beber tanto como quiera. Y, si encuentra a mi pobre tío, yo sabré encontrar
también uno o dos billetes de mil.
¡Ah,
ya! ¡Un avaro! ¡Evidente! Pero no era sólo un avaro, sino también un tipo lo
bastante astuto, lo bastante complicado, como para encontrar la estratagema de
la carta anónima.
—Se
quedará, ¿verdad? Le presento mis excusas por lo que he hecho. Estaba como
loco…
—¿Me
permite que cambie unas palabras con su mujer?
Una
nube ensombreció los ojos del señor Juan.
II
—Preferiría que me dejara solo con ella, señor Juan. Supongo que usted
tendrá trabajo en la cocina.
El
Doctorcito se había acodado en el pupitre de la caja y miraba muy de cerca a
Ángela, que, pese a su evidente juventud, no respiraba más alegría que el
dueño.
—La
letra de esta carta es, efectivamente, de su marido, ¿no es verdad?
—Sí.
La
mujer estaba asustada y trataba de comprender.
—Me
hizo venir aquí valiéndose de ese medio para que me ocupara de su tío. ¿La
sorprende eso?
—Yo…
no sé…
—Supongo que ustedes tres se entendían bien.
El
Doctorcito sabía que era todo lo contrario. ¡Bastaba sólo con mirarla!
—Sí;
nos entendíamos —suspiró la mujer.
—Salvo
cuando se disputaban.
—Ellos
se disputaban a veces.
—¿Por
qué?
—En
primer lugar porque a mi tío no le gustan los lioneses y afirmaba que mi marido
era «agudo» en el hablar, cosa que en el Midi es malo para la clientela. ¡Pero
Juan no tiene la culpa de no poseer nuestro acento! Luego, la brandade, en la
que mi marido no ponía bastante ajo. Y otros muchos pequeños detalles.
—Su
marido, por su parte, debía reprochar al Almirante que le costaba demasiado
caro… ¿No es así?
—Algo
hubo de eso.
—¿Tuvieron lugar entre ellos escenas violentas?
—Violentas, no… pero sí escenas. Sobre todo a causa de la caja.
La
mujer se volvió para asegurarse de que Juan no la estaba escuchando por la
rendija de la puerta de la cocina.
—Al
principio los gritos fueron para mí. Entre semana no viene casi nadie, pero los
domingos a veces servimos veinte y hasta treinta cubiertos. Es dinero que
entra.
—¿Y
solía faltar?
—¿Cómo
lo sabe usted? Faltaba casi todos los domingos, y siempre era un billete de
cien francos. Primero mi marido, que es terriblemente celoso, creyó que yo
cogía ese dinero para dárselo a un amante. ¡Yo, que, por así decirlo, nunca
salgo de casa! Aunque quisiera…
Un
profundo suspiro. ¡Decididamente, el matrimonio no era feliz! Quizás a la joven
señora Ángela no le hubiera desagradado consolarse con un buen mozo del país.
—Una
tarde sorprendió a mi tío deslizando la mano en el cajón.
—¡Me
imagino la escena!
—Mi
pobre tío no se atrevió a responder. ¡Él, a quien todo el mundo respeta en la
población, estaba avergonzado como un niño sorprendido en plena travesura y no
decía nada!
—¿No
sabe usted lo que hacía con aquel dinero? Voy a hacerle una pregunta delicada.
¿Era el Almirante lo suficientemente tenorio para correr tras las mozas? ¿Me
comprende?
—¡Oh!
No. Hace ya tiempo que se le pasó. Comer, beber, jugar a la manilla y hacer de
mirón en la partida de bolos, sí. Pero, por lo demás…
—¿Es
suya la letra de la carta que acaba de recibir? ¿Está segura de que no es una
imitación?
—No se
hubiera podido imitar tan bien.
En
aquel instante, Nine, la criadilla, puso en marcha el aparato de radio, con el
que, sin duda, esperaban atraer clientes. Pero Ángela frunció el entrecejo. El
aparato, en efecto, no emitía más que sones cacofónicos y penetrantes silbidos.
—¡Nine! Ya le tengo dicho que no haga funcionar la radio hasta que la
hayan reparado. ¿No ha venido aún el electricista?
La
criada suspiró, contrariada. En aquella casa todos parecían dominados por el
aburrimiento.
—Hoy
hace quince días que el electricista tenía que venir a reparar el aparato, y no
se le ha visto todavía. En cambio, se pasa las tardes jugando a los bolos en el
paseo. ¡Nine!… Atienda la terraza.
Una
pareja que se había apeado de un tándem acababa de sentarse en la terraza; la
mujer había sufrido una insolación que daba a su cara el ardiente color de un
tomate maduro.
—¡Dos
limonadas!
—Diga,
señora… ¿Desde la desaparición del Almirante no ha habido más desfalcos en la
caja?
—No.
—¿Tenía su tío amigos en esta calle?
—Sólo
el boticario señor Befigue. Pero hace ya tres semanas que este señor, a causa
de un accidente de auto, está internado en una clínica de Marsella.
—Así,
pues, el Almirante no tenía razón alguna para entrar en una casa de la calle
Jules-Ferry, ¿verdad?
—Salvo
en el estanco. No hacía más que entrar y salir. Sabía que en el paseo le
esperaban. Hacia las cinco y media, se celebra allí todos los días la gran
partida, la de los campeones. Y mi tío la arbitraba. Era secretario de la
«Sociedad bolichera de los mozos alegres».
La
mujer seguía mirando con inquietud a su alrededor. Su marido, cansado de
esperar, salió de la caldeada cocina secándose el sudor del rostro con una
servilleta.
—¿Le
ha comunicado cosas interesantes? ¿Sabe usted qué es lo que más me
desconcierta? Pienso en ello desde que volví a mis fogones. A propósito, esta
noche tendrá usted una alosa rellena… Lo que más me desconcierta es esa carta.
Diríase que el asesino le vio llegar a usted, o supo que usted vendría, y que
ha tratado de que vuelva. Si mi tío está realmente en el campo, a donde no iba
nunca, ¿cómo hubiera sido posible que la carta, expedida con fecha de hoy, hubiese
sido echada en el buzón del paseo? ¿Eh? Responda a eso.
Se
volvió vivamente. Alguien entró y se sentó cerca de un ventilador, en un sitio
que se adivinaba era el suyo.
—¡Ah!
¿Es usted, comisario? Todavía pretenderá que todo son fantasías mías, ¿verdad?
El
comisario vestía un traje de alpaca, llevaba sombrero de paja y fumaba una
larga pipa de tubo delgado.
—Todavía no he dicho nada. Y para empezar quisiera tomar un pastis bien
fresco. No del que está en el anaquel, ¿eh?, sino del otro, del que guarda
debajo del mostrador.
O,
dicho sea en otras palabras, del pastis prohibido por la ley.
—¿Es
cierto que ha recibido usted una carta del Almirante?
—¿Cómo
lo sabe?
—¿Acaso nuestro oficio no es el de saberlo todo? Incluso las cosas que
los demás ignoran aún. Por ejemplo, que se han encontrado los efectos y las
maletas del Almirante en el río.
Ángela
se sobresaltó.
—¿Ahogaron a mi tío?
—No he
hablado de su tío, sino de las maletas y de las ropas que desaparecieron de su
habitación unos días después que él.
—¿Y la
ropa que llevaba puesta?
—Aún
no ha sido encontrada —replicó cínicamente el comisario de policía—. ¡Sin duda
la lleva encima todavía! Pero debo prevenirles. Llevo treinta años en la
carrera. Dentro de dos he de retirarme. Pues bien, todavía no ha nacido quien
pueda burlarse de mí.
¿Una
amenaza? Hubiera podido creerse. ¿A quién se dirigía? Eso era lo que el
Doctorcito trató de adivinar, sin lograrlo.
—¡No
veo por qué nadie se ha de burlar de usted! —suspiró el señor Juan.
Entonces Dollent prefirió irse a tomar el aire, sobre todo porque el
reloj marcaba las cinco, hora a la que, una semana antes, el Almirante había
salido de su casa.
El
Doctorcito avanzó por la acera soleada. Contempló un instante el enorme clac
rojo suspendido en el aire y que servía de insignia al sombrerero; en la tienda
vio a un hombre bajito, con perilla, al cual no podía pasar desapercibido nada
de lo que ocurriese en la calle.
Seguían tres casas particulares. Luego el estrecho escaparate de la
mercería, en la que se vendían tabaco y diarios. Entró:
—Un
paquete de gitanes [es decir, la marca de cigarrillos franceses].
Por
contraste con la calle, la tienda era oscura como un sótano. Un joven alargó el
brazo y alcanzó un paquete amarillo. En torno suyo, la decoración era la
tradicional: semanarios ilustrados, diarios colgados de alambres, cajas con
carretes de algodón para bordar, ovillos de lana, el mostrador enrejado, que
contenía el tabaco, los sellos, los décimos de la lotería nacional y, en un
rincón, chupones de azúcar y bombones baratos para los niños.
—Le
sobran treinta céntimos.
El
joven buscó en el cajón y puso el cambio encima del mostrador.
Cinco
casas más lejos, una placa de cobre. «Seguros». Luego, al lado, el escudo de un
ujier.
Al
parecer, en aquella calle todo el mundo dormía.
Una
fachada negra, una vasija verde a la derecha, otra amarilla a la izquierda y
una puerta en el centro: la farmacia Befigue, especialidad en recetas.
Pese
al accidente del señor Befigue, que seguía en Marsella, la farmacia estaba
abierta. De ella salían bocanadas de música que manaban de un aparato de radio.
En el
umbral, un joven de unos veinte años, con gafas de concha, parecía muy
orgulloso de su blusa blanca, que le daba el aspecto de un médico en una
clínica.
Ningún
recodo en la calle. Ninguna empalizada, ningún predio baldío. Casas y más
casas, la tienda de un zapatero que manejaba su lezna junto al portal, y una
droguería en la que también vendían legumbres.
Finalmente, a cien metros del paseo, donde las blancas camisas de los
jugadores destacaban sobre la azulada sombra, una construcción un poco más
importante: «Destilería provenzal».
Cinco
minutos más tarde, el Doctorcito, fumando un cigarrillo tras otro, parecía
seguir con marcada atención la partida de bolos, de la que no entendía nada.
El
miércoles precedente, el Almirante no había llegado hasta allí. La calle
Jules-Ferry no era larga, y, no obstante, él no llegó hasta su extremo.
¡Ningún lugar a propósito para esconderse! Era imposible pasar
inadvertido, sobre todo un hombre conocido de toda la población.
Y, a
pesar de todo…
Con
sus sectores de luz brillante y su sombra casi violeta, con los claros troncos
de los plátanos y el leve estremecimiento de las hojas, el brillo de las
camisas y aquella especie de vida relentecida que el calor impone, la pequeña
población, vista desde donde el Doctorcito estaba, parecía un decorado de
Carmen.
III
La
ventana daba al patio. Era un espacio claro y alegre, lleno de macetas que
lucían la policroma alegría de las flores; desde los primeros resplandores
rosados de la aurora, se oía el canto de los pájaros agrupados en las ramas de
un tilo que se vislumbraba detrás de la casa.
No era
por la naturaleza por lo que el Doctorcito se interesaba aquella mañana. Otro
espectáculo acaparaba su atención. Al saltar de la cama se abrió una ventana
situada aproximadamente frente a la suya, dejando ver, por una habitación en
desorden, una cama deshecha y, sobre todo, dejando ver a Nine, la criadita,
entregada a sus abluciones.
Aproximadamente en el mismo momento, el señor Juan bajó al patio. Iba
desaliñado, con los pies desnudos enfundados en unas chanclas; echó unos
cuantos puñados de grano a las gallinas y a las tórtolas y permaneció allí con
las manos en los bolsillos, en la actitud de quien espera.
Ese
algo era Nine, que no tardó en bajar. Se la oyó moler café, atizar el fuego, y
luego se la vio atravesar vivamente el patio con un jarro en la mano y penetrar
en una especie de cochera.
Un
instante después, el señor Juan, como si no tuviese nada mejor que hacer, se
deslizó también, silenciosamente, en la cochera.
El
Doctorcito sonrió sin abandonar su puesto de observación. Nine salió en primer
lugar, desgreñada, con el jarro lleno de vino blanco y el semblante más animado
que de costumbre. En cuanto al hotelero, se quedó dentro todavía unos minutos
y, para justificarse salió con algunos leños en los brazos.
Entretanto, y en otra habitación, Ángela se vestía, pero el Doctorcito
la distinguía mal porque la mujer no había abierto la ventana.
Pasos
en la escalera. Llamaron a la puerta.
—Entre.
Era
Nine, que llevaba una bandeja con el desayuno.
—Creo
que no he llamado —protestó Dollent—. ¿Cómo sabe usted que estoy levantado?
Ella
sonrió, maliciosa.
—Le he
visto detrás de las cortinas. Entonces se me ha ocurrido que es el mejor
momento para hablarle sin que la dueña nos escuche.
Rara
muchacha, viva, descarada, que llevaba todavía el pelo en desorden y que
esparcía como un perfume de amor. Bajo su delantal de tela se adivinaba que
apenas iba vestida, y el Doctorcito volvió la cabeza suspirando.
—¿Qué
edad tiene usted? —le preguntó al tiempo que echaba azúcar en el café.
—Dieciocho años. Pero no se trata de mí, sino de la zorra…
—¿Eh?
—La
que está vistiéndose ahí enfrente. Mire, desde aquí la veo empolvarse su hocico
de comadreja. Tengo interés en prevenirle porque con sus aires de mosquita
muerta es capaz de enredarle. Toda su calma y toda su resignación no son más
que hipocresía. Antes de casarse era ya una pájara de la peor especie; era
terreno fácil para todos, incluso para los casados.
Resultaba difícil contener la risa al evocar la escena de la cochera que
el Doctorcito acababa de presenciar.
—Creo
que fue por eso que su tío dio enseguida su consentimiento para que se casara.
El pobre tenía miedo de que el mejor día fuese tarde. ¿Me comprende? Además de
todo eso es tan falsa como un ochavo moruno. Ya la ha visto usted. El año
pasado se entendía con el tocinero de la calle Alta. Este año, con el
practicante de farmacia.
—¿El
de la farmacia Befigue?
—Sí,
ése, un mal sujeto; Tony, como le llaman, y que corre juergas con Polyte, el
del estanco. Pues bien, ella, que está al frente de un establecimiento como
éste, no se avergüenza de correr tras de Tony… ¡Porque es ella la que le va
detrás! Con cualquier excusa se larga rápidamente a la farmacia a buscar un
comprimido o unas pastillas contra el dolor de garganta.
—¿Lo
sabe su marido?
—¡Claro que lo sabe! De no ser por el negocio, haría ya tiempo que se
hubieran divorciado.
—Y que
usted sería la mujer del dueño, ¿no es verdad?
La
chica no pestañeó. Por un momento se preguntó por qué el Doctorcito había sido
tan categórico. Pero miró por la ventana, vio la puerta de la cochera
entreabierta aún y sonrió.
—¿Nos
ha visto? No hay ningún mal en ello. Desde el momento en que fue ella la que
empezó… Voy a decirle más. Estoy segura de que el viejo Almirante no era el
único que cogía dinero de la caja. Es verdad que él cogía, porque yo también lo
vi varias veces. Pero ¡cuánto no debe de hurtar la dueña para regalar corbatas
y zapatos blancos de gamuza a su chulo! Si no fuese que el Almirante ya no
poseía fortuna alguna, no estaría yo lejos de creer que…
—¿Qué
la dueña y su practicante de farmacia son los que le han hecho desaparecer?
—Chitón… Mírela, ahora baja. Yo también tengo que irme abajo. En cuanto
a lo que le he contado, haga usted de ello el uso que quiera.
Y el
Doctorcito se quedó solo, bañado por un rayo de sol, delante de su café con
leche.
¡De
modo que el señor Juan era el amante de Nine y parecía deseoso de casarse con
ella!
Ángela
era la querida del ayudante de farmacia después de haberlo sido de un montón de
gente: ¿Entreveía también ella la perspectiva de un casamiento?
¿Qué
papel desempeñaba en aquel embrollo el Almirante desaparecido? ¿Qué interés
podía tener en su muerte una de las dos parejas?
El
Almirante no poseía ya fortuna alguna y se veía reducido, como un joven
malcriado, a robar de la caja billetes de cien francos. Ni el restaurante ni la
casa le pertenecían ya.
Tampoco tenía autoridad alguna, y se le trataba como a un huésped
molesto.
¿Era
el señor Juan tan avaro que había llegado a hacerle desaparecer para no
seguirle alimentando durante unos cuantos años más y para economizar los veinte
francos que cada semana le otorgaba para sus pequeños gastos?
Aquello era lo que tanto le gustaba al Doctorcito. Veinticuatro horas
antes no sabía nada de aquella casa, y he ahí que ahora la casa cobraba vida en
su presencia, que él estaba allí escudriñando los más recónditos rincones,
adivinando las intrigas y hasta los más insignificantes secretos de cada cual.
La
tarde anterior, en una taberna cercana al paseo, después de la partida de
bolos, el pescatero con quien Dollent había entablado amistad le declaró,
ofreciéndole un aperitivo:
—Ese
señor Juan no tiene nada bueno, ¡ni siquiera es de aquí!
En su
boca, aquello casi equivalía a una condena.
Una
vez hubo terminado su desayuno, bajó y encontró al dueño que arreglaba la sala
del café. No estaba más alegre que el día anterior. Trabajaba sin brío, como el
hombre que tiene una pena secreta.
—¿No
le han visitado los ladrones esta noche?
El
señor Juan se aseguró de que su mujer no estaba al alcance de su voz.
—¿Qué
le ha contado la chica? —preguntó entonces—. No hay que hacer mucho caso de lo
que diga. Es joven, ¿comprende? Los jóvenes se figuran cosas…
El
señor Juan observaba el rostro del Doctorcito, el cual refrenaba sus ganas de
sonreír.
—Ello
no impide que usted esté en buenas relaciones con ella, ¿eh?
—Si es
a esto a lo que se refiere… Ya sabe usted lo que es eso. La cosa no trae
consecuencias…
—¿Y
las relaciones de su mujer con el practicante de farmacia?
—Ya
sospechaba yo que ella vaciaría el buche. No pretendo que la cosa sea falsa,
pero no hay pruebas de ello. Ella suele verle… Eso no tiene relación alguna con
la desaparición del tío. ¡Mire!… Vea lo que han hecho.
Y
enseñó al Doctorcito un diario local en el que la fotografía de Dollent
encabezaba dos columnas de la primera página. La foto había sido tomada la
víspera, mientras él asistía a la partida de bolos.
«Un célebre detective
en busca del Almirante».
—Tenga
en cuenta —insistió el señor Juan—, que yo no les he hablado de nada. Es
inaudito cómo aquí todo el mundo se entera de las noticias. Y, entretanto,
nuestro pobre tío… Entre nosotros, doctor, ¿qué opina usted? ¿Está muerto o no
lo está?
Dollent se volvió y vio a Ángela, que había entrado sin hacer ruido y
les estaba escuchando.
—Le
contestaré esta tarde —dijo—. Tengo que ir a comprar cigarrillos y luego a la
farmacia a tomar un comprimido… Tengo jaqueca.
—Yo
—anunció el señor Juan— voy a salir de compras. ¿Qué le parecería si este
mediodía le sirviese un buen ajiaceite?
—¡Doctor!…
La voz
de Ángela detuvo a Dollent en el momento en que se disponía a salir. El marido
había ya traspuesto el umbral. Nine fregaba el suelo en la cocina.
—¿Qué
le han dicho?
—Nada.
Me han hablado de todo un poco.
—De
mí, ¿verdad? Ambos me detestan, hasta el punto que a veces me pregunto si no
era a mí a quien querían hacer desaparecer.
Decididamente, si aquella casa era, a ciertas horas, la mansión del
amor, también lo era del odio.
—Mi
marido se casó conmigo solamente porque creía que mi tío era más rico de lo que
en realidad era. Cuando comprendió que aparte del restaurante no había otros
bienes, se puso furioso y poco le faltó para manifestar que le habían engañado.
En cuanto a esa moza, hace tiempo que Juan le ronda las sayas.
Vaciló
y luego bajó la mirada.
—Apuesto a que le han hablado de Tony. Sí le han dicho que había algo
entre nosotros, han mentido. Tony es un buen muchacho y me quiere. Pero,
mientras yo sea una mujer casada, él es demasiado respetuoso para atreverse ni
siquiera a darme un beso… ¡cosa que a los otros no les gustaría poco! Les daría
la ocasión de pedir el divorcio a mi costa y me pondrían en la calle sin un
céntimo.
¡Uf!…
El Doctorcito empezaba a estar hastiado de aquella encantadora familia y de las
pequeñas combinaciones, más o menos sucias, que parecían formar parte integral
de la vida de la casa.
—Pienso que todo su interés se cifra en deshacerse de mí, doctor… Mi tío
tal vez les molestaba…
¡Por
favor! Dollent sentía una urgente necesidad de aire y de sol, de reintegrarse a
la vida verdadera. Salió. Inmediatamente se sintió envuelto por la tibia
atmósfera de la mañana y por los ruidos familiares, tranquilizadores, de una
pequeña población.
Su
primera visita fue para el estanco; detrás del mostrador vio a Polyte que no se
había lavado todavía. Tenía el rostro descompuesto, y alrededor de sus pupilas
lucían las ojeras características del pollo que no se acuesta temprano y que
está familiarizado con los excesos.
—Así,
pues, parece que es usted quien va a encontrar al viejo, ¿no? —le soltó, no sin
ironía, mostrándole el diario de la mañana.
—Lo
estoy tratando —respondió el Doctorcito modestamente—. Usted le conocería bien,
puesto que venía aquí cada día.
—Yo
era quien no estaba aquí todos los días. Si usted cree que vender sellos, dos
reales de tabaco, cintas y décimos de lotería es oficio para un hombre… Si no
fuese porque mi tía está enferma… ¿Qué desea? ¿Cigarrillos, como ayer?
—Gitanes, sí… Supongo que su tía estará en la trastienda.
—Está
arriba, en su habitación. Tiene las piernas demasiado hinchadas para subir y
bajar las escaleras.
—Debe
de aburrirse si se pasa todo el día sin salir de aquí.
—Lee
novelas de amor. Parece mentira la cantidad de ellas que las solteronas pueden
llagar a devorar.
—¿Cierran ustedes temprano?
—A las
ocho. Más tarde ya no hay ni un gato por las calles.
—En
una población pequeña como ésta faltan distracciones nocturnas.
—Yo me
voy a Aviñón en moto, con un amigo.
—¿Con
Tony?
—Eso
es. Tiene una moto vieja. Yo me siento detrás.
—¡Y
viva la gran vida! —bromeó el Doctorcito.
Iba a
salir, pero cambió de pensamiento.
—Oiga…
con usted se puede hablar más francamente que con la familia. ¿Usted no cree
que el Almirante tenía algún vicio?
Polyte
se rascó la cabeza, repitiendo desconcertado.
—¿Un
vicio?
—Me
pregunto qué podía hacer con su dinero. Porque algunas semanas gastaba
doscientos y hasta trescientos francos. Dado que no bebía y que su edad no le
permitía andar tras las faldas…
—Es
curioso —murmuró Polyte.
—¿Está
usted seguro de que gastaba tanto dinero como dice? ¡Oiga! ¿No jugaría al P. M.
U.?[es decir, París Mutuel Urbain o Apuestas Mutuas Urbanas: las apuestas que
se hacen en las carreras de caballos sin necesidad de ir a los hipódromos]
El
sombrerero estaba en el umbral de su puerta, justo bajo el gigantesco clac que
le servía de insignia, y saludó al Doctorcito con el deseo evidente de entablar
conversación. Toda la población le conocía ya gracias al diario que había
publicado su retrato en primera página.
—Hermoso día, ¿verdad? No tardará en hacer calor. ¿De modo que parece
que va usted a encontrar al bueno del Almirante? ¿No quiere ponerse a la sombra
un momento?
En
algunas investigaciones, lo más difícil para el Doctorcito era decidir a la
gente a que hablara. En ésta, en cambio, llegó un momento en que pensó que el
trabajo sería suyo para hacerla callar. ¿Cuántas personas más le pararían en su
descenso por la calle Jules-Ferry?
—¿Un
vasito de vino blanco, doctor? Porque usted al parecer es médico, ¿no? ¡Hay
algo que yo no hubiera confiado a nadie más que a usted, porque aquí la gente
tiene una lengua tan suelta…! El Almirante y yo éramos buenos amigos. En
invierno, cuando hacía mal tiempo, entraba aquí y conversábamos, como usted y
yo conversamos ahora…
»—Me
guardan rencor porque ya no tengo dinero —me dijo una vez hablando de quien
usted puede suponer—. Pero un día u otro muy bien podrían tener una sorpresa…
Entonces, se le harán carantoñas al anciano tío en vez de mirar lo que se sirve
en su plato o lo que se vierte en su copa…
Eso es
lo que me dijo, doctor. Yo pensé que tal vez esperaba una herencia. O que tenía
intereses en las colonias, de las que siempre hablaba.
En
aquel instante el Doctorcito vio a Polyte que pasaba todavía despeinado y con
su descuidada indumentaria de mañana. Se asomó para ver adónde iba y vio que el
joven entraba precipitadamente en la farmacia.
Dollent siguió escuchando las confidencias del sombrerero, y luego
reemprendió la marcha calle abajo, cruzándose con Polyte que volvía a su casa y
que le saludó familiarmente.
El
Doctorcito entró a su vez en la oficina del señor Befigue. El practicante
parecía estar esperándole.
—¿Qué
piensa usted de todo eso, doctor? ¿No es verdad que es una desgracia que en una
pequeña población como la nuestra no se pueda vivir tranquilo?
Como
Polyte, tenía la tez de papel mascado, cosa que no era de extrañar si ambos
tenían la costumbre de pasar una parte de la noche en Aviñón.
—¿Vive
usted en la casa? —preguntó el Doctorcito.
—No.
Por la noche cierro y, en ausencia del señor Befigue, a quien la señora Befigue
ha ido a buscar a Marsella, la casa permanece vacía. Tengo una habitación un
poco más abajo, en casa del zapatero que usted debe de haber visto al pasar.
—¿Entraba a menudo en la farmacia el Almirante? ¿Tenía la costumbre de
tomar medicamentos?
—Jamás. Se burlaba, y usted perdone, de los médicos y de los vendedores
de purgas, como él decía. Y en la ausencia del señor Befigue yo nunca le vi
franquear esta puerta.
No
valía la pena de disimular ni de andarse con rodeos. Dollent entró en casa del
zapatero.
—Sé lo
que va a preguntarme. Mi amigo el comisario me hizo ya la misma pregunta. No,
no recuerdo haber visto pasar al Almirante el pasado miércoles. La mayoría de
las veces yo levantaba la cabeza cuando él pasaba por la acera, porque sabía
que era su hora. Sin embargo… en otras ocasiones estoy demasiado ocupado.
—¿La
habitación de Tony está en la planta baja? ¿Tiene una salida particular?
—Véala
usted mismo. Sólo tiene que cruzar la cocina. En la pieza de la izquierda. Para
entrar y salir hay que pasar por la tienda.
La
habitación estaba vacía y en desorden. La mujer del zapatero estaba ocupada en
remover los colchones de la cama, en medio de una nube de polvo.
Era
necesario volver a la única verdad absoluta; el miércoles, 25 de junio, a las
cinco, el Almirante había salido de La mejor brandade, y había emprendido, como
cada día, su paseo por la calle Jules-Ferry.
El
sombrerero le había visto pasar. El almirante había entrado en el estanco y
Polyte le había despachado.
Después, el farmacéutico también había visto pasar al antiguo pinche de
cocina. Desde el extremo de la calle, los jugadores de bolos le habían
vislumbrado a la altura de la farmacia.
Y eso
era todo.
Ahora
bien, el Almirante que no parecía tener necesidades, solía meter mano en la
caja.
Mientras cruzaba el paseo con las manos en los bolsillos soportando con
aire de superioridad la curiosidad de todo el mundo, el Doctorcito tuvo algunas
sospechas de que se preparaba una segunda desaparición.
IV
—¡No,
señor!, suspiró con fastidio el dueño del bar que recogía las apuestas para el
P. M. U. Su Almirante no sólo era demasiado desabrido para apostar en las
carreras de caballos, sino que ni siquiera ponía los pies aquí, dado que
pertenecía a la parte alta de la ciudad.
¡La
una! El Doctorcito estaba ahora sentado en el comedor donde, él aparte, no
había más que cuatro consumidores, una pareja con dos niños.
—Ponte
bien. No comas con los dedos. Te prohíbo que cojas la carne de tu hermanito.
La
letanía habitual. Calor… Un ajiaceite que no estaba mal y un clarete que se
subía a la cabeza.
De vez
en cuando, el señor Juan, cubierta la cabeza con el gorro blanco, se asomaba
por la puerta de la cocina. Nine, vestida de negro y con delantal blanco, se
contoneaba al andar, recordándole al doctor la escena de la mañana. En cuanto a
Ángela, ante la caja, tenía los ojos irritados, como si hubiese llorado.
¿En
qué momento exacto ocurrió el hecho? A decir verdad, Dollent no la vio
levantarse ni salir de la sala, porque miraba más a Nine y…
Era la
hora en que, en toda población del Mediodía de Francia que se respete, las
persianas que dan a las ardientes calles están cerradas; la hora en que el
suelo parece despedir vapor.
—¿Tomará usted café, doctor?
—Claro
que sí. Naturalmente…
Incluso estaba bastante decidido a hacer la siesta, como todo el mundo.
No esperaba que en el momento en que saboreaba su café vería surgir al señor
Juan preguntando a la sirvienta:
—¿Dónde está la señora?
Y
mucho menos esperaba el zafarrancho consiguiente. En efecto, Ángela había
desaparecido. En vano se registraron todas las piezas de la casa. En vano se
buscó por las calles vecinas.
No
solamente había desaparecido, sino que además no se había llevado nada, ni su
sombrero, ni su bolso de mano.
El
sombrerero dormitaba bajo la higuera de su pequeño patio. El estanco estaba
cerrado; Polyte contestó por la ventana del primer piso.
Los
postigos de la farmacia no estaban cerrados, pero un rótulo de cartón colgado
de la puerta, cuya empuñadura había sido retirada, indicaba que el despacho no
se abriría hasta las dos y media.
A
través del cristal se veía a Tony, que, sentado en la rebotica, comía
apaciblemente leyendo un diario. Al ver gente ante el establecimiento se
levantó, sorprendido, cruzó la farmacia y entreabrió la puerta.
—¿Qué
pasa?
—¿Ha
visto a mi mujer? —preguntó el señor Juan, conteniéndose.
—¿Su
mujer? ¿Y por qué he de haber visto a su mujer, yo? ¡Ya estoy harto de oír
hablar siempre de su mujer!
Hubiera podido creerse que ambos hombres iban a llegar a las manos, pero
no fue así: el uno entró en su antro, donde reinaba un fresco claroscuro; el
otro se fue hacia el paseo llevándose consigo al Doctorcito.
—¿Ha
visto a mi mujer?
¿Acaso
alguien en el restaurante pensaba aún en servir a la familia de los dos niños?
Indudablemente no. Abordaban a la gente por la calle:
—¿Ha
visto a mi mujer?
Nadie
la había visto, y, sin embargo, ella había desaparecido de veras, como su tío
el Almirante.
—Oiga,
doctor, ¿cree usted que…?
El
señor Juan se volvió, sorprendido de no ver a nadie a su lado; el Doctorcito
estaba parado ante un viejo cartel colocado en el escaparate de un estanco de
la calle de los Osos.
—Creo
que… —empezó Dollent, con la frente fruncida.
Y,
animado de una rara excitación, añadió súbitamente:
—¡Creo
que debemos actuar aprisa, pardiez! Su mujer… su mujer… Guíeme rápidamente
hacia la Comisaría.
Se
agitaba como un muñeco. No andaba; corría. A veces pronunciaba frases a medias,
en voz baja.
—Si
llegaron a encontrarle… ¿Faltaba mucho aún?
—La
primera calle a la izquierda. Me pregunto… Afortunadamente, el comisario vive
en el piso de arriba. Estará haciendo la siesta, pero le despertaremos.
Y
ocurrió tal como el señor Juan había previsto.
—¿Qué
quieren ustedes? ¿Qué mosca les ha picado para despertar a la gente a estas
horas? ¡Ah! ¿Es usted, señor detective? ¿Ha encontrado al Almirante?
—Sí.
—¿Eh?…
¿Cómo?
—Es
decir… Creo que vamos a encontrarle. Pero tenemos que darnos prisa… Porque dudo
de que viva todavía. Venga con varios agentes. Tres, cuatro o cinco. Todos los
que pueda.
—No
dispongo más que de cuatro y uno de ellos no está de servicio.
—No
importa. Vamos.
Dollent se puso al frente de la pequeña tropa, en dirección al
restaurante La mejor brandade.
El
cartel oficial ante el que se había quedado suspenso anunciaba:
Lotería
Nacional. Serie del Yachting. Hoy, 25 de junio. Sorteo a las 3.
El
sorteo se celebraba en Dieppe.
—¿Adónde vamos? —Se inquietó el comisario—. ¡No va a decirme que el
Almirante se esconde en su casa!
¡No!
La prueba estaba en que el Doctorcito pasó por delante del restaurante y se
detuvo un momento frente al estanco:
—Deje
un hombre aquí. Que impida que nadie salga, sea quien sea…
Y
siguió bajando por la calle Jules-Ferry.
V
A
través de los cristales de la cerrada farmacia, se veía al practicante en la
rebotica, leyendo su diario ante la mesa.
—O el
Almirante y su sobrina están aquí —dijo el Doctorcito, febril— o me cubro de
ridículo y hago la promesa de no entregarme nunca más a una investigación.
Desconfiado, el comisario golpeó el cristal. Tony, sorprendido, se
acercó, buscó el puño de la puerta, lo puso en su sitio y preguntó:
—¿Qué
ocurre ahora?
—Quisiera echar una ojeada por la casa.
El
practicante lanzó al señor Juan una malévola mirada que significaba:
«Otra
vez has sido tú quien ha ido a contar chismes, ¿verdad?».
Pero
en voz alta dijo:
—Visiten todo lo que quieran. La casa no es mía. Ya se las compondrán
ustedes con el dueño cuando venga, y creo que eso no producirá poco ruido.
Concienzudo, el comisario había iniciado ya la inspección de las
diversas piezas, en tanto que Tony, con mirada despreciativa, permanecía en la
oficina fingiendo que ordenaba los frascos en los estantes.
El
Doctorcito vaciló un momento, pero se encogió de hombros. Él era descifrador de
enigmas, como le gustaba repetir, pero no detective ni mucho menos policía. Su
oficio no era, pues, el de…
¡Peor
para el comisario, si no tomaba suficientes precauciones!
—Y
esta puerta, ¿qué le parece?
Se
encontraban en una bodega abovedada y habían llegado hasta una puerta provista
de sólida cerradura.
—Creo
—declaró el Doctorcito— que es el lugar donde el farmacéutico encierra los
productos peligrosos, como, por ejemplo, las bombonas de ácido sulfúrico.
—No
tenemos la llave. Cabo: vaya a preguntar al practicante si tiene la llave de
esta pieza.
El
Doctorcito había previsto lo que sucedería. El practicante de la farmacia se
había largado silenciosamente. Por lo menos había llegado hasta la casa del
zapatero, porque enseguida puso en marcha la más ruidosa de las motos y se
lanzó por la carretera nacional.
—Traiga a un cerrajero, cabo. Al hombre ya le alcanzaremos. Pero me
parece que ahí dentro se mueve algo…
Algo
se movía, en efecto, puesto que unos minutos más tarde, una vez forzada la
cerradura, se vieron dos seres humanos: el Almirante, atado de pies y manos y
amordazado, pero con los ojos muy vivos, y Ángela, que parecía estar desmayada.
—¿Cree
usted que está muerta?
—Llévela al patio.
No
estaba atada ni amordazada, pero un olor característico delató al Doctorcito
que había sido cloroformizada.
—¿Usted entiende esto, doctor?
—Sí
—respondió Dollent simplemente.
—¡No
irá usted a decirme que sabía lo que encontraríamos aquí!
—Sí.
—¡De
modo que quiere hacernos creer que en veinticuatro horas, sólo con beber pastis
con unos y otros, usted ha…!
—¡Claro que sí, comisario! Podía equivocarme. Ya se lo dije. No
obstante, ¡había tantas probabilidades de que mi razonamiento fuese bueno…!
¿Sabe usted que fue lo que me preocupó? El hecho de que el receptor de radio de
La mejor brandade estuviera estropeado.
Triunfar es siempre un placer, pero ese placer hubiera sido mucho mayor
si Dollent hubiese tenido a su lado personas capaces de apreciar; gente como el
comisario Lucas, por ejemplo.
Se
hallaban todos reunidos en la sala de café de La mejor brandade, y el
Almirante, para reponerse, había bebido tantas copas que estaba soñoliento. En
cuanto a Ángela, que había vuelto en sí hacía mucho rato, estaba pálida y
evitaba mirar a la gente cara a cara.
Polyte
estaba también allí. El agente se le había echado encima en el momento en que
el sobrino de la estanquera, al oír la moto de su camarada, trató de salir a la
calle y de derribar al representante de la autoridad.
En
cuanto a Nine, se mantenía en la última fila dirigiendo miradas suplicantes al
Doctorcito.
—Averigüen —decía éste— lo que un hombre de cierta edad, que ya no tiene
pasiones, puede procurarse con cien francos. ¡No juega! ¡No bebe! Ya no se
interesa por el llamado bello sexo. No obstante, siente la periódica necesidad
de coger de la caja billetes de cien francos.
»Tengan en cuenta que ese hombre se arruinó arriesgando su dinero en
empresas audaces.
»Tengan también en cuenta que le dice a su amigo, el sombrerero, que un
día u otro podrá ser rico otra vez.
»La
respuesta es sencilla: el Almirante, sabiendo que nunca hará fortuna de otro
modo, compra regularmente, a escondidas de su sobrina y del marido de ésta,
participaciones de la Lotería Nacional.
»Las
compraba en el estanco vecino, al mismo tiempo que sus cigarrillos, y las
escondía Dios sabe dónde.
¿Por
qué Nine empezó a dirigirle signos imperiosos? ¿Qué significaban aquellos
signos? El Doctorcito prosiguió:
—Pero
aquel miércoles, día del sorteo, la radio no funcionó en el restaurante.
»Además, desde hacía algunas semanas, no era la vieja mercera la que
despachaba en su estanco, sino el mal sujeto de su hijo, que jamás hizo nada de
bueno.
ȃl
fue quien vendió el billete al Almirante.
»En su
casa, la radio funcionaba…
»A las
cinco, sabía que el Almirante había ganado un premio importante… ¿De cuánto,
Polyte?
—¡Un
millón! —gruñó éste de mala gana, mirando las esposas que rodeaban sus muñecas.
—Un
millón. La idea de apoderarse de ese millón… El Almirante no sabe nada aún…
Entra, como de costumbre… Sin duda, sabiendo que en la casa tienen radio,
pregunta: «¿He ganado algo?».
»Era
imposible actuar en aquella tienda tan pequeña, demasiado próxima al
restaurante. Por otra parte, hay que tener en cuenta que la mercera, desde el
primer piso, podría oírlo todo.
—No lo
sé —responde Polyte—. No he podido escuchar el reportaje de la radio. Pero mi
amigo Tony, el practicante de la farmacia, está escuchándolo. Si quiere ir a
preguntárselo de mi parte…
—Los
dos jóvenes, que pasan juntos la mayoría de las noches en los lugares
malfamados de Aviñón y de Marsella, se han puesto de acuerdo.
»El
Almirante entra…
»—Por
aquí. Tengo la lista en la rebotica…
»En el
momento en que el Almirante se agacha para leer el papel, le aplican el
cloroformo.
»Los
dos libertinos esperan que llevará el billete encima. En ese caso, la solución
es sencilla. Le matarán. Le harán desaparecer definitivamente. Irán a cobrar el
millón a París y pasarán la frontera con dinero suficiente para darse la gran
vida durante cierto tiempo.
»Pero
el billete no está en los bolsillos del anciano.
»Le
encierran en la bodega. Le interrogan. Le aterrorizan. Y él se niega a revelar
su secreto.
»He
aquí la razón de los dos robos: encontrar un pedazo de papel que vale un
millón.
En
aquel momento, el Almirante levantó la cabeza y miró a su sobrino con expresión
retadora. Nine, por su parte, dirigió nuevos signos al Doctorcito. Pero éste no
hizo caso y prosiguió:
—Vean,
pues, señoras y caballeros, la lucha que se desarrolló durante una semana en
una bodega. Por una parte, un anciano decidido a callarse. Probablemente
comprendió que, una vez en posesión del billete, los otros no tendrían más
remedio que matarle.
»Luego
se asustaron. Son libertinos, es cierto, pero no pasan de aficionados, y los
aficionados siempre pecan por torpeza. Para poner fin a las investigaciones,
creyeron que sería inteligente arrancar a su prisionero una carta anunciando
que estaba en el campo. Quisieron también desembarazarse de las maletas robadas
y de los trajes que se llevaron de la habitación, arrojándolos al río, que los
devolvió enseguida.
»Pilluelos sin envergadura…
»¡Y
seguían sin tener el billete!
El
Doctorcito sintió sobre sí el peso de las miradas de Ángela y del señor Juan.
—Una
mujer, como consecuencia de las conversaciones que tuvimos los dos, lo adivinó
todo. Llegó a adivinarlo antes que yo mismo… y se precipitó a la farmacia.
Quiso impedir un asesinato, obligar a Polyte a que soltara a su tío. Porque esa
mujer es la señora Ángela… Podría añadir que…
No
Dollent prefirió callarse. Era inútil explicar que la gente no es nunca ni tan
buena ni tan mala como se la cree. Ángela era, quizá capaz de tener un amante,
pero no lo era de dejar matar a su tío por ese hombre.
Tony,
por su parte, era capaz de cortejarla, pero incapaz de renunciar a la fortuna
por sus bellos ojos.
—¡La
cloroformizó para ganar tiempo! —afirmó el Doctorcito, abreviando audazmente—.
Y el billete, el famoso billete que valía un millón, seguía sin poder ser
encontrado.
»Sin
duda, ese par de malvados iban a tener que matar a dos personas sin provecho
alguno.
»He
ahí, señores, el estado del problema a las dos de la tarde, cuando me he
detenido frente a un cartel que anunciaba el último sorteo de la Lotería
Nacional.
»Un
tendero poco cuidadoso lo había dejado en su escaparate, y gracias a esa
negligencia…
Todo
el mundo se volvió hacia el Almirante que exhalaba sordos gruñidos y acabó por
articular:
—Lo
más terrible es que no pueda acordarme… ¡Un millón…! Y pensar que un millón se
perderá si…
Y se
cogía la cabeza con ambas manos.
—Yo
solía esconder los billetes debajo del armario. Esta vez… ¿Qué puede haber
ocurrido esta vez?
Nine
reclamaba desesperadamente la atención del Doctorcito, el cual acabó por
volverse hacia ella. Su actitud era idéntica a la de una niña que en la escuela
levanta un dedo para pedir permiso.
—¿Puedo subir un instante a mi habitación? —preguntó.
—A
condición de que yo vaya con usted.
—Venga, si quiere.
Subieron la escalera en silencio. La cama estaba por hacer. La muchacha
levantó el colchón, metió la mano por debajo del mismo y sacó un libro.
—Creo
que está aquí dentro —declaró—. Vi algo parecido a un billete de la Lotería
Nacional, pero no le presté atención.
La
chica se le acercaba, coqueteaba.
—He de
confesarle una cosa. El Almirante traía siempre libros…, ¿cómo diré?…, libros
muy ligeros. Y yo me los llevaba a veces a mi cama para leer por la noche.
Cuando usted ha hablado de un billete de lotería me he acordado del último
libro que cogí. ¡Tenga!… Aquí está. Sin duda, el Almirante lo colocó como
registro y se olvidó…
¡Era
verdad! ¡El millón estaba allí, en forma de un pedazo de papel vulgar, mal
impreso!
Al
practicante de farmacia le detuvo la gendarmería de Carcasona, y lo más curioso
fue que si no hubiese contravenido las leyes de circulación por exceso de
velocidad con su moto, hubiera pasado inadvertido.
El
Almirante cobró el millón.
Y el
Doctorcito fue muy mal visto en aquella casa donde en el momento del drama
todos se habían apresurado a hacerle confidencias.
El
señor Juan se mostró, súbitamente, como un marido y un yerno modelo.
Su
mujer le sonreía, y sonreía más aún a su tío.
Nine
ya no era sino una criadita que hacía su trabajo conscientemente, y, si aún se
encontraba con el dueño en la cochera, lo hacía con mayor recato.
¿Quién
robaría ahora billetes de la caja?
Hasta
la mercera volvió a ocupar su sitio tras el mostrador, a pesar de sus hinchadas
piernas.
Se
celebró un gran banquete en La mejor brandade para homenajear al nuevo
millonario.
Los
jugadores de bolos tomaron parte en él, con el sombrerero y todo el barrio
alto.
Pero
nadie insistió en retener al Doctorcito, que se alejó melancólicamente,
conduciendo su vieja Ferblantine. Apenas si se le dieron las gracias, y aún de
mala gana.
Sabía
demasiadas cosas… Se había convertido en un personaje molesto.
—¿Sabe
usted? —Trató de explicar el señor Juan—. En momentos tales… Cuando se vive
nervioso… Se exagera… Se habla a tontas y a locas…
Cuando
se celebró el banquete, estaba ya Dollent lejos. Después del nuevo millonario,
fue el comisario de policía quien ocupó el lugar de segundo héroe.
—Puesto que tenemos la suerte de que la policía de nuestra ciudad la
dirija un hombre cuyo olfato… cuya sangre fría… cuyo valor profesional…
No se
puede exigir todo; los goces internos y las satisfacciones de la popularidad
significan demasiado.
—¿Algún enfermo grave? —se contento con preguntar Juan Dollent a Ana, al
volver a tomar posesión de su casa de Marsilly y de su clientela.
—Dos
partos de noche…
—¡Mejor! ¡Yo no estaba aquí!
Había
vuelto tostado por el sol de ese bendito Midi de Francia.

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