© Libro N° 9437. En Memoria De La Comuna. Lenin, V. I. Emancipación. Enero 1 de 2022.
Título original: © En Memoria De La Comuna. VI Lenin. 1911
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VI Lenin
1911
En Memoria De La Comuna
VI Lenin
1911
¡Proletarios de todos los países, uníos!
En memoria de la Comuna
VI Lenin
1911
Han pasado cuarenta años desde la proclamación de
la Comuna de París. Según la costumbre establecida, el proletariado francés
honró con mítines y manifestaciones la memoria de los hombres de la revolución
del 18 de marzo de 1871. A finales de mayo volverá a llevar coronas de flores a
las tumbas de los comuneros fusilados, víctimas de la terrible “Semana de
Mayo”, y ante ellas volverá a jurar que luchará sin descanso hasta el total
triunfo de sus ideas, hasta dar cabal cumplimiento a la obra que ellos le legaron.
¿Por qué el proletariado, no sólo francés, sino el
de todo el mundo, honra a los hombres de la Comuna de París como a sus
predecesores? ¿Cuál es la herencia de la Comuna?
La Comuna surgió espontáneamente, nadie la preparó
de modo consciente y sistemático. La desgraciada guerra con Alemania, las
privaciones durante el sitio, la desocupación entre el proletariado y la ruina
de la pequeña burguesía, la indignación de las masas contra las clases
superiores y las autoridades, que habían demostrado una incapacidad absoluta,
la sorda efervescencia en la clase obrera, descontenta de su situación y
ansiosa de un nuevo régimen social; la composición reaccionaria de la Asamblea
Nacional, que hacía temer por el destino de la República, todo ello y otras
muchas causas se combinaron para impulsar a la población de París a la
revolución del 18 de marzo, que puso inesperadamente el poder en manos de la
Guardia Nacional, en manos de la clase obrera y de la pequeña burguesía, que se
había unido a ella.
Fue un acontecimiento histórico sin precedentes.
Hasta entonces, el poder había estado, por regla general, en manos de los
terratenientes y de los capitalistas, es decir, de sus apoderados, que
constituían el llamado gobierno. Después de la revolución del 18 de marzo,
cuando el gobierno del señor Thiers huyó de París con sus tropas, su policía y
sus funcionarios, el pueblo quedó dueño de la situación y el poder pasó a manos
del proletariado. Pero en la sociedad moderna, el proletariado, avasallado en
lo económico por el capital, no puede dominar políticamente si no rompe las
cadenas que lo atan al capital. De ahí que el movimiento de la Comuna debiera
adquirir inevitablemente un tinte socialista, es decir, debiera tender al
derrocamiento del dominio de la burguesía, de la dominación del capital, a la
destrucción de las bases mismas del régimen social contemporáneo.
Al principio se trató de un movimiento muy
heterogéneo y confuso. Se adhirieron a él los patriotas, con la esperanza de
que la Comuna reanudaría la guerra contra los alemanes, llevándola a un
venturoso desenlace. Los apoyaron asimismo los pequeños tenderos, en peligro de
ruina si no se aplazaba el pago de las deudas vencidas de los alquileres
(aplazamiento que les negaba el gobierno, pero que la Comuna les concedió). Por
último, en un comienzo también simpatizaron en cierto grado con él los
republicanos burgueses,
temerosos de que la reaccionaria Asamblea Nacional
(los “rurales”, los salvajes terratenientes) restablecieran la monarquía. Pero
el papel fundamental en este movimiento fue desempeñado, naturalmente, por los
obreros (sobre todo, los artesanos de París), entre los cuales se había
realizado en los últimos años del Segundo Imperio una intensa propaganda
socialista, y que inclusive muchos de ellos estaban afiliados a la
Internacional.
Sólo los obreros permanecieron fieles a la Comuna
hasta el fin. Los burgueses republicanos y la pequeña burguesía se apartaron
bien pronto de ella: unos se asustaron por el carácter socialista
revolucionario del movimiento, por su carácter proletario; otros se apartaron
de ella al ver que estaba condenada a una derrota inevitable. Sólo los
proletarios franceses apoyaron a su gobierno, sin temor ni desmayos, sólo ellos
lucharon y murieron por él, es decir, por la emancipación de la clase obrera,
por un futuro mejor para los trabajadores.
Abandonada por sus aliados de ayer y sin contar con
ningún apoyo, la Comuna tenía que ser derrotada inevitablemente. Toda la
burguesía de Francia, todos los terratenientes, corredores de bolsa y
fabricantes, todos los grandes y pequeños ladrones, todos los explotadores, se
unieron contra ella. Con la ayuda de Bismarck (que dejó en libertad a 100.000
soldados franceses prisioneros de los alemanes para aplastar al París
revolucionario), esta coalición burguesa logró enfrentar con el proletariado
parisiense a los campesinos ignorantes y a la pequeña burguesía de provincias,
y rodear la mitad de París con un círculo de hierro (la otra mitad había sido
cercada por el ejército alemán). En algunas grandes ciudades de Francia
(Marsella, Lyon, Saint-Etienne, Dijon y otras) los obreros también intentaron
tomar el poder, proclamar la Comuna y acudir en auxilio de París, pero estos
intentos fracasaron rápidamente. Y París, que había sido la primera en
enarbolar la bandera de la insurrección proletaria, quedó abandonada a sus
propias fuerzas y condenada una muerte cierta.
Para que una revolución social pueda triunfar,
necesita por lo menos dos condiciones: un alto desarrollo de las fuerzas
productivas y un proletariado preparado para ella. Pero en 1871 se carecía de
ambas condiciones. El capitalismo francés se hallaba aún poco desarrollado, y
Francia era entonces, en lo fundamental, un país de pequeña burguesía
(artesanos, campesinos, tenderos, etc.). Por otra parte, no existía un partido
obrero, y la clase obrera no estaba preparada ni había tenido un largo
adiestramiento, y en su mayoría ni siquiera comprendía con claridad cuáles eran
sus fines ni cómo podía alcanzarlos. No había una organización política seria
del proletariado, ni fuertes sindicatos, ni sociedades cooperativas...
Pero lo que le faltó a la Comuna fue,
principalmente tiempo, posibilidad de darse cuenta de la situación y emprender
la realización de su programa. No había tenido tiempo de iniciar la tarea
cuando el gobierno, atrincherado en Versalles y apoyado por toda la burguesía,
inició las operaciones militares contra París. La Comuna tuvo que pensar ante
todo en su propia defensa. Y hasta el final mismo, que sobrevino en la semana
del 21 al 28 de mayo, no pudo pensar con seriedad en otra cosa.
Sin embargo, pese a esas condiciones tan
desfavorables y a la brevedad de su existencia, la Comuna adoptó algunas
medidas que caracterizan suficientemente su verdadero sentido y sus objetivos.
La Comuna sustituyó el ejército regular, instrumento ciego en manos de las
clases dominantes, y armó a todo el pueblo;
proclamó la separación de la Iglesia del Estado; suprimió la subvención del
culto (es decir, el sueldo que el Estado pagaba al clero) y dio un carácter
estrictamente laico a la instrucción pública, con lo que asestó un fuerte golpe
a los gendarmes de sotana. Poco fue lo que pudo hacer en el terreno puramente
social, pero ese poco muestra con suficiente claridad su carácter de gobierno
popular, de gobierno obrero: se prohibió el trabajo nocturno en las panaderías;
fue abolido el sistema de multas, esa expoliación consagrada por ley de que se
hacía víctima a los obreros; por último, se promulgó el famoso decreto en
virtud del cual todas las fábricas y todos los talleres abandonados o
paralizados por sus dueños eran entregados a las cooperativas obreras, con el
fin de reanudar la producción. Y para subrayar, como si dijéramos, su carácter
de gobierno auténticamente democrático y proletario, la Comuna dispuso que la
remuneración de todos los funcionarios administrativos y del gobierno no fuera
superior al salario normal de un obrero, ni pasara en ningún caso de los 6.000
francos al año (menos de 200 rublos mensuales).
Todas estas medidas mostraban elocuentemente que la
Comuna era una amenaza mortal para el viejo mundo, basado en la opresión y la
explotación. Esa era la razón de que la sociedad burguesa no pudiera dormir
tranquila mientras en el ayuntamiento de París ondeara la bandera roja del
proletariado. Y cuando la fuerza organizada del gobierno pudo, por fin, dominar
a la fuerza mal organizada de la revolución, los generales bonapartistas, esos
generales batidos por los alemanes y valientes ante sus compatriotas vencidos,
esos Rénnenkampf y Meller-Zakomielski franceses, hicieron una matanza como
París jamás había visto. Cerca de 30.000 parisienses fueron muertos por la
soldadesca desenfrenada; unos 45.000 fueron detenidos y muchos de ellos
ejecutados posteriormente; miles fueron los desterrados o condenados a trabajar
forzados. En total, París perdió cerca de 100.000 de sus hijos, entre ellos a
los mejores obreros de todos los oficios.
La burguesía estaba contenta. “¡Ahora se ha acabado
con el socialismo para mucho tiempo!”, decía su jefe, el sanguinario enano
Thiers, cuando él y sus generales ahogaron en sangre la sublevación del
proletariado de París. Pero esos cuervos burgueses graznaron en vano. Después
de seis años de haber sido aplastada la Comuna, cuando muchos de sus luchadores
se hallaban aún en presidio o en el exilio, se iniciaba en Francia un nuevo
movimiento obrero. La nueva generación socialista, enriquecida con la experiencia
de sus predecesores, cuya derrota no la había desanimado en absoluto, recogió
la bandera que había caído de las manos de los luchadores de la Comuna y la
llevó adelante con firmeza y audacia, al grito de “¡Viva la revolución social,
viva la Comuna!” Y tres o cuatro años más tarde, un nuevo partido obrero y la
agitación levantada por éste en el país obligaron a las clases dominantes a
poner en libertad a los comuneros que el gobierno aún mantenía presos.
La memoria de los luchadores de la Comuna es
honrada no sólo por los obreros franceses, sino también por el proletariado de
todo el mundo, pues aquella no luchó por un objetivo local o estrechamente
nacional, sino por la emancipación de toda la humanidad trabajadora, de todos
los humillados y ofendidos. Como combatiente de vanguardia de la revolución
social, la Comuna se ha ganado la simpatía en todos los lugares donde sufre y
lucha el proletariado. La epopeya de su vida y de su muerte, el ejemplo de un
gobierno obrero que conquistó y retuvo en sus manos durante más de dos meses la
Capital del mundo, el
espectáculo de la heroica lucha del proletariado y
de sus sufrimientos después de la derrota, todo esto ha levantado la moral de
millones de obreros, alentado sus esperanzas y ganado sus simpatías para el
socialismo. El tronar de los cañones de París ha despertado de su sueño
profundo a las capas más atrasadas del proletariado y ha dado en todas partes
un impulso a la propaganda socialista revolucionaria. Por eso no ha muerto la
causa de la Comuna, por eso sigue viviendo hasta hoy día en cada uno de nosotros.
La causa de la Comuna es la causa de la revolución
social, es la causa de la completa emancipación política y económica de los
trabajadores, es la causa del proletariado mundial. Y en este sentido es
inmortal.

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