© Libro N° 9110. El Mortal Inmortal. Shelley, Mary W.. Emancipación. Octubre 2 de 2021.
Título
original: © El Mortal Inmortal. Mary
W. Shelley
Versión Original: © El Mortal Inmortal. Mary W. Shelley
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Mary W. Shelley
El Mortal Inmortal
Mary W. Shelley
Día 16 de julio de 1833. Éste es un aniversario
memorable para mí; ¡hoy cumplo trescientos veintitrés años!
¿El Judío Errante?... Seguro que no. Más de
dieciocho siglos han pasado por encima de su cabeza. En comparación con él, soy
un Inmortal muy joven.
¿Soy, entonces, inmortal? Ésa es un pregunta que me
he formulado a mí mismo, día y noche, desde hace trescientos tres años, y aún
no conozco la respuesta. He detectado una cana entre mi pelo castaño, hoy
precisamente. Eso significa, con toda seguridad, deterioro. Pero puede haber
permanecido escondida ahí durante trescientos años; a algunas personas se les
vuelve completamente blanco el cabello antes de los veinte años de edad.
Contaré mi historia, y que el lector juzgue por mí.
Al menos, así conseguiré pasar algunas horas de una larga eternidad que se me
hace tan tediosa. ¡Eternamente! ¿Es eso posible? ¡Vivir eternamente! He oído de
encantamientos en los cuales las víctimas son sumidas en un profundo sueño,
para despertar, tras un centenar de años, tan frescas como siempre; he oído
hablar de los Siete Durmientes... De modo que ser inmortal no debería ser tan
opresivo para mí; pero, ¡ay!, el peso del interminable tiempo..., ¡el tedioso
pasar de la procesión de las horas! ¡Qué feliz fue el legendario Nourjahad! Mas
en cuanto a mí...
Todo el mundo ha oído hablar de Cornelius Agrippa.
Su recuerdo es tan inmortal como su arte me ha hecho a mí. Todo el mundo ha
oído hablar también de su discípulo, que, descuidadamente, dejó en libertad al
espíritu maligno durante la ausencia de su maestro y fue destruido por él. La
noticia de este accidente, verdadera o falsa, le ocasionó muchos problemas al
renombrado filósofo.
Todos sus discípulos le abandonaron, sus sirvientes
desaparecieron... Se encontró sin nadie que fuera añadiendo carbón a sus
permanentes fuegos mientras él dormía, o vigilara los cambios de color de sus
medicinas mientras él estudiaba. Experimento tras experimento fracasaron,
porque un par de manos eran insuficientes para completarlos; los espíritus
tenebrosos se rieron de él por no ser capaz de retener a un solo mortal a su
servicio.
Yo era muy joven por aquel entonces —y muy pobre—,
y estaba muy enamorado. Había sido durante casi un año pupilo de Cornelius,
aunque estaba ausente cuando aquel accidente tuvo lugar. A mi regreso, mis
amigos me imploraron que no regresara a la morada del alquimista. Temblé al
escuchar el terrible relato que me hicieron; no necesité una segunda
advertencia. Y cuando Cornelius vino y me ofreció una bolsa de oro si me
quedaba bajo su techo, sentí como si el propio Satán me estuviera tentando. Mis
dientes castañetearon, todo mi pelo se erizó, y eché a correr tan rápido como
mis temblorosas rodillas me lo permitieron.
Mis vacilantes pies se dirigieron hacia el lugar al
que durante dos años se habían sentido atraídos cada atardecer..., un agradable
arroyo espumeante de cristalina agua, junto al cual paseaba una muchacha de
pelo oscuro, cuyos radiantes ojos estaban fijos en el camino que yo
acostumbraba a recorrer cada noche. No puedo recordar un momento en que no haya
estado enamorado de Bertha; habíamos sido vecinos y compañeros de juegos desde
la infancia.
Sus padres, al igual que los míos, eran humildes
pero respetables, y nuestra mutua atracción había sido una fuente de placer
para ellos.
En una aciaga hora, sin embargo, una fiebre maligna
se llevó a la vez a su padre y a su madre, y Bertha quedó huérfana. Hubiera
hallado un hogar bajo el techo de mis padres pero, desgraciadamente, la vieja
dama del castillo cercano, rica, sin hijos y solitaria, declaró su intención de
adoptarla. A partir de entonces Bertha se vio ataviada con sedas y viviendo en
un palacio de mármol, y parecía como si hubiera sido altamente favorecida por
la fortuna. No obstante, pese a su nueva situación y sus nuevas relaciones,
Bertha permaneció fiel al amigo de sus días humildes. A menudo visitaba la casa
de mi padre, y aun cuando tenía prohibido ir más allá, con frecuencia se
dirigía paseando hacia el bosquecillo cercano y se encontraba conmigo junto a
aquella umbría fuente.
Solía decir que no sentía ninguna obligación hacia
su nueva protectora que pudiera igualar a la devoción que la unía a nosotros.
Sin embargo, yo seguía siendo demasiado pobre para
poder casarme, y ella empezó a sentirse incomodada por el tormento que sentía
en relación a mí. Tenía un espíritu noble pero impaciente, y cada vez se
mostraba más irritada por los obstáculos que impedían nuestra unión. Ahora nos
reuníamos tras una ausencia por mi parte, y ella se había sentido sumamente
acosada mientras yo estaba lejos.
Se quejó amargamente, y casi me reprochó el ser
pobre. Yo repliqué rápidamente:
—¡Soy pobre pero honrado! Si no lo fuera, muy
pronto podría ser rico.
Esta exclamación acarreó un millar de preguntas.
Temí impresionarla demasiado revelándole la verdad, pero ella supo sacármela; y
luego, lanzándome una mirada de desdén, dijo:
—¡Pretendes amarme, y temes enfrentarte al demonio
por mí!
Protesté que solamente había temido ofenderla a
ella, mientras que ella no hacía más que hablar de la magnitud de la recompensa
que yo iba a recibir. Así animado —y avergonzado por ella—, y empujado por mi
amor y por la esperanza y riéndome de mis anteriores miedos, regresé a paso
rápido y con el corazón ligero a aceptar la oferta del alquimista, e
instantáneamente me vi instalado en mi puesto.
Transcurrió un año. Ya era poseedor de una suma de
dinero para nada insignificante. El hábito había hecho desvanecerse mis
temores. Pese a toda mi atenta vigilancia, jamás había detectado la huella de
un pie hendido; ni el estudioso silencio ni nuestra morada fueron perturbados
jamás por aullidos demoníacos.
Yo seguí manteniendo mis entrevistas clandestinas
con Bertha, y la esperanza nació en mí... La esperanza, pero no la alegría
perfecta, porque Bertha creía que amor y seguridad eran enemigos, y se
complacía en dividirlos en mi pecho. Aunque de buen corazón, era en cierto modo
de costumbres coquetas; y yo me sentía tan celoso como un turco. Me despreciaba
de mil maneras, sin querer aceptar nunca que estaba equivocada. Me volvía loco
de irritación, y luego me obligaba a pedirle perdón. A veces me reprochaba que
yo no era suficientemente sumiso, y luego me contaba alguna historia de un
rival, que gozaba de los favores de su protectora. Estaba rodeada
constantemente por jóvenes vestidos de seda, ricos y alegres.
¿Qué posibilidades tenía el ayudante de Cornelius,
pobremente vestido, comparado con ellos?
En una ocasión, el filósofo exigió tanto de mi
tiempo que no pude ir al encuentro de Bertha como era mi costumbre. Estaba
dedicado a algún trabajo importante, y me vi obligado a quedarme, día y noche,
alimentando sus hornos y vigilando sus preparaciones químicas. Mi amada me
aguardó en vano junto a la fuente. Su espíritu altivo llameó ante este
abandono; y cuando finalmente pude salir, robándole unos pocos minutos al
tiempo que se me había concedido para dormir, y confié en ser consolado por
ella, me recibió con desdén, me despidió despectivamente y afirmó que ningún
hombre que no pudiera estar por ella en dos lugares a la vez poseería jamás su
mano. ¡Se desquitaría de aquello! Y realmente lo hizo.
En mi sucio retiro oí que había estado cazando,
escoltada por Albert Hoffer. Albert Hoffer era uno de los favorecidos por su
protectora, y los tres pasaron cabalgando junto a mi ahumada ventana.
Me parece que mencionaron mi nombre; fue seguido
por una carcajada de burla, mientras los oscuros ojos de ella miraban
desdeñosos hacia mi morada.
Los celos, con todo su veneno y toda su miseria,
penetraron en mi pecho. Derramé un torrente de lágrimas, pensando que nunca
podría proclamarla mía; y luego maldecí un millar de veces su inconstancia.
Pero mientras tanto, seguí avivando los fuegos del alquimista, seguí vigilando
los cambios de sus incomprensibles medicinas.
Cornelius había estado vigilando también durante
tres días y tres noches, sin cerrar los ojos. Los progresos de sus alambiques
eran más lentos de lo que esperaba; pese a su ansiedad, el sueño pesaba sobre
sus ojos. Una y otra vez arrojaba la somnolencia lejos de sí, con una energía
más que humana; una y otra vez obligaba a sus sentidos a permanecer alertas.
Contemplaba anhelante sus crisoles.
—Aún no están a punto —murmuraba—. ¿Deberá pasar
otra noche antes de que el trabajo esté realizado? Winzy, tú sabes estar
atento, eres constante... Además, la noche pasada dormiste. Observa esa redoma
de cristal. El líquido que contiene es de un color rosa suave; en el momento en
que empiece a cambiar de aspecto, despiértame... Hasta entonces podré cerrar un
momento los ojos.
"Primero debe volverse blanco, y luego emitir
destellos dorados; pero no aguardes hasta entonces; cuando el color rosa
empiece a palidecer, despiértame".
Apenas oí las últimas palabras, murmuradas casi en
medio del sueño. Sin embargo, dijo aún:
—Y Winzy, muchacho, no toques la redoma... No te la
lleves a los labios; es un filtro..., un filtro para curar el amor. No querrás
dejar de amar a tu Bertha... ¡Cuidado, no bebas!
Y se durmió. Su venerable cabeza se hundió en su
pecho, y yo apenas oí su regular respiración. Durante unos minutos observé las
redomas...; la apariencia rosada del líquido permanecía inamovible.
Luego mis pensamientos empezaron a divagar...
Visitaron la fuente, y se recrearon en un millar de agradables escenas que ya
nunca volverían... ¡Nunca! Serpientes y víboras anidaron en mi cabeza mientras
la palabra «¡Nunca!» se semiformaba en mis labios. ¡Mujer falsa! ¡Falsa y
cruel! Nunca me sonreiría a mí como aquella tarde le había sonreído a Albert.
¡Mujer despreciable y ruin! No me quedaría sin vengarme... Haría que viera a
Albert expirar a sus pies; ella no era digna de morir a mis manos. Había sonreído
desdeñosa y triunfante... Conocía mi miseria y su poder. Pero ¿qué poder
tenía?... El poder de excitar mi odio, todo mi desprecio, mi... ¡Todo menos mi
indiferencia! Si pudiera lograr eso..., si pudiera mirarla con ojos
indiferentes, transferir mi rechazado amor a otro más real y merecido... ¡Eso
sería una auténtica victoria!
Un resplandor llameó ante mis ojos. Había olvidado
la medicina del adepto. La contemplé maravillado: destellos de admirable
belleza, más brillantes que los que emite el diamante cuando los rayos del sol
penetran en él, resplandecían en la superficie del líquido; un olor de entre
los más fragantes y agradables inundó mis sentidos. La redoma parecía un globo
de viviente radiación, precioso a los ojos, invitando a ser probado. El primer
pensamiento, inspirado instintivamente por mis más bajos sentidos, fue: «lo
haré..., debo beber».
Alcé la redoma hacia mis labios. «Eso me curará del
amor..., ¡de la tortura!» Llevaba bebida ya la mitad del más delicioso licor
que jamás hubiera probado, paladar de hombre alguno cuando el filósofo se
agitó. Me sobresalté y dejé caer la redoma... El fluido se extendió llameando
por el suelo, mientras sentía que Cornelius aferraba mi garganta y chillaba:
—¡Infeliz! ¡Has destruido la labor de mi vida!
Cornelius no se había dado cuenta de que yo había
bebido una parte de su droga. Tenía la impresión, y yo me apresuré a
confirmarla, de que yo había alzado la redoma por curiosidad y que, asustado
por su brillo y el llamear de su intensa luz, la había dejado caer. Nunca le
dejé entrever lo contrario. El fuego de la medicina se apagó, la fragancia
murió... y él se calmó, como debe hacer un filósofo ante las más duras pruebas,
y me envió a descansar.
No intentaré describir los sueños de gloria y
felicidad que bañaron mi alma en el paraíso durante las restantes horas de
aquella memorable noche. Las palabras serían pálidas y triviales para describir
mi alegría, o la exaltación que me poseía cuando me desperté.
Flotaba en el aire, mis pensamientos estaban en los
cielos. La tierra parecía ser el mismo cielo, y mi herencia era una completa
felicidad. «Eso representa el sentirme curado del amor —pensé—. Veré a Bertha
hoy, y ella descubrirá a su amante frío y despreocupado; demasiado feliz para
mostrarse desdeñoso, ¡pero cuan absolutamente indiferente hacia ella!»
Pasaron las horas. El filósofo, seguro de haber
triunfado una vez, y creyendo que lo conseguiría de nuevo, empezó a preparar
una vez más la misma medicina. Se encerró con sus libros y potingues, y yo tuve
el día libre. Me vestí con todo cuidado; me miré en un escudo viejo pero
pulido, que me sirvió de espejo; me pareció que mi buen aspecto había mejorado
extraordinariamente. Me precipité más allá de los límites de la ciudad, la
alegría en el alma, las bellezas del cielo y de la tierra rodeándome. Dirigí
mis pasos hacia el castillo. Podía mirar sus altivas torres con el corazón
ligero, porque estaba curado del amor. Mi Bertha me vio desde lejos, mientras
subía por la avenida. No sé qué súbito impulso animó su pecho, pero al verme
saltó como un corzo bajando las escalinatas de mármol y echó a correr hacia mí.
Pero yo había sido visto también por otra persona. La bruja de alta cuna, que
se llamaba a sí misma su protectora y que en realidad era su tirana, también me
había divisado. Renqueó, jadeante, hacia la terraza. Un paje, tan feo como
ella, echó a correr tras su ama, abanicándola mientras la arpía se apresuraba y
detenía a mi hermosa muchacha con un:
—¿Dónde va mi imprudente señorita? ¿Dónde tan
aprisa? ¡Vuelve a tu jaula..., ahí delante hay halcones!
Bertha se apretó las manos, los ojos clavados aún
en mi figura que se aproximaba. Vi su lucha consigo misma. Cómo odié a la vieja
bruja que refrenaba los gentiles impulsos del blando corazón de mi Bertha.
Hasta entonces, el respeto a su rango social había hecho que evitara a la dama
del castillo; ahora desdeñé una tan trivial consideración. Estaba curado del
amor, y elevado más allá de todos los temores humanos; me apresuré hacia
delante, y pronto alcancé la terraza. ¡Qué encantadora estaba Bertha! Sus ojos
llameaban; sus mejillas resplandecían con impaciencia y rabia; estaba un millar
de veces más graciosa y atractiva que nunca. Ya no la amaba..., ¡oh, no! La
adoraba, la reverenciaba, ¡la idolatraba!
Aquella mañana había sido perseguida, con más
vehemencia de lo habitual, para que consintiera en un matrimonio inmediato con
mi rival. Se le reprocharon los ánimos y las esperanzas que había dado, se la
amenazó con ser arrojada de casa vergonzosamente y en desgracia. Su orgulloso
espíritu se alzó en armas ante la amenaza; pero cuando recordó el desprecio que
había exhibido ante mí, y cómo, quizás, había perdido con ello al que
consideraba como a su único amigo, lloró de remordimiento y rabia. Y en aquel
momento aparecí yo.
—¡Oh, Winzy! —exclamó—. Llévame a casa de tu madre;
hazme abandonar rápidamente los detestables lujos y la ruindad de esta noble
morada...; devuélveme a la pobreza y a la felicidad.
La abracé fuertemente, sintiéndome transportado. La
vieja dama estaba sin habla por la furia, y sólo prorrumpió en invectivas
cuando ya nos hallábamos lejos en nuestra calle, camino de mi casa natal. Mi
madre recibió a la hermosa fugitiva, escapada de una jaula dorada a la
naturaleza y a la libertad, con ternura y alegría; mi padre, que la amaba, la
recibió de todo corazón. Fue un día de regocijo, que no necesitó de la adición
de la poción celestial del alquimista para llenarme de dicha.
Poco después de aquel día memorable me convertí en
el esposo de Bertha. Dejé de ser el ayudante de Cornelius, pero continué siendo
su amigo. Siempre me sentí agradecido hacia él por haberme procurado,
inconscientemente, aquel delicioso trago de un elixir divino que, en vez de
curarme del amor (¡triste cura!, solitario remedio carente de alegría para
maldiciones que parecen bendiciones al recuerdo), me había inspirado valor y
resolución, trayéndome el premio de un tesoro inestimable en la persona de mi Bertha.
A menudo he recordado con maravilla ese período de
trance parecido a la embriaguez. La pócima de Cornelius no había cumplido con
la tarea para la cual afirmaba él que había sido preparada, pero sus efectos
habían sido más poderosos y felices de lo que las palabras pueden expresar. Se
fueron desvaneciendo gradualmente, pero permanecieron largo tiempo... y
colorearon mi vida con matices de esplendor. A menudo Bertha se maravillaba de
mi radiante corazón y de mi constante alegría porque, antes, yo había sido de
carácter más bien serio, incluso triste. Me amaba aún más por mi temperamento
jovial, y nuestros días estaban teñidos de alegría.
Cinco años más tarde fui llamado inesperadamente a
la cabecera del agonizante Cornelius. Había enviado a por mí apresuradamente,
conjurándome a que acudiera al instante a su presencia. Lo encontré tendido en
su jergón, mortalmente débil. Toda la vida que le quedaba animaba sus
penetrantes ojos, que estaban fijos en una redoma de cristal, llena de un
líquido rosado.
—¡He aquí la vanidad de los anhelos humanos! —dijo,
con una voz rota que parecía surgir de sus entrañas—. Mis esperanzas estaban a
punto de verse coronadas por segunda vez, y por segunda vez se ven destruidas.
Mira esa pócima... Recuerda que hace cinco años la preparé también, con
idéntico éxito. Entonces, como ahora, mis sedientos labios esperaban saborear
el elixir inmortal... ¡Tú me lo arrebataste! Y ahora ya es demasiado tarde.
Hablaba con dificultad, y se dejó caer sobre la
almohada. No pude evitar el decir:
—¿Cómo, reverenciado maestro, puede una cura para
el amor restaurar vuestra vida?
ilustrado por Valeria Uccelli
Ilustrado por Valeria Uccelli
Una débil sonrisa revoloteó en su rostro, mientras
yo escuchaba intensamente su apenas inteligible respuesta.
—Una cura para el amor y para todas las cosas... El
elixir de la inmortalidad. ¡Ah! ¡Si ahora pudiera beberlo, viviría eternamente!
Mientras hablaba, un relampagueo dorado brotó del
fluido y una fragancia que yo recordaba muy bien se extendió por los aires.
Cornelius se alzó, débil como estaba; las fuerzas
parecieron volver a él milagrosamente. Tendió su mano hacia delante...
Entonces, una fuerte explosión me sobresaltó, un rayo de fuego brotó del
elixir... ¡y la redoma de cristal que lo contenía quedó reducida a átomos!
Volví mis ojos hacia el filósofo. Se había derrumbado hacia atrás. Sus ojos
eran vidriosos, sus rasgos estaban rígidos...
¡Había muerto!
¡Pero yo vivía, e iba a vivir eternamente! Así
había dicho el infortunado alquimista, y durante unos días creí en sus
palabras.
Recordé la gloriosa intoxicación que había seguido
a mi subrepticio beber. Reflexioné sobre el cambio que había sentido en mi
cuerpo, en mi alma. La ligera elasticidad del primero, el luminoso vigor de la
segunda. Me observé en un espejo, y no pude percibir ningún cambio en mis
rasgos tras los cinco años transcurridos. Recordé el radiante color y el
agradable aroma de aquel delicioso brebaje, el valioso don que era capaz de
conferir... Entonces, ¡era inmortal!
Pocos días más tarde me reía de mi credulidad. El
viejo proverbio de que «nadie es profeta en su tierra» era cierto con respecto
a mí y a mi difunto maestro. Lo apreciaba como hombre, lo respetaba como sabio,
pero me burlaba de la idea de que pudiera mandar sobre los poderes de las
tinieblas, y me reía de los supersticiosos temores con los que era mirado por
el vulgo. Era un filósofo juicioso, pero no tenía tratos con ningún espíritu
excepto aquellos revestidos de carne y huesos. Su ciencia era simplemente humana;
y la ciencia humana, me persuadí muy pronto, nunca podrá conquistar las leyes
de la naturaleza hasta tal punto que logre aprisionar eternamente el alma
dentro de un habitáculo carnal. Cornelius había obtenido una bebida que
refrescaba y aligeraba el alma; algo más embriagador que el vino, mucho más
dulce y fragante que cualquier fruta. Probablemente poseía fuertes poderes
medicinales, impartiendo ligereza al corazón y vigor a los miembros; pero sus
efectos terminaban desapareciendo; ya no debían de existir siquiera en mi
organismo. Era un hombre afortunado que había bebido un sorbo de salud y de
alegría de espíritu, y quizá también de larga vida, de manos de mi maestro;
pero mi buena suerte terminaba ahí: la longevidad era algo muy distinto de la inmortalidad.
Continué con esta creencia durante varios años. A
veces un pensamiento cruzaba furtivamente por mi cabeza... ¿Estaba realmente
equivocado el alquimista? Sin embargo, mi creencia habitual era que seguiría la
suerte de todos los hijos de Adán a su debido tiempo. Un poco más tarde quizá,
pero siempre a una edad natural.
No obstante, era innegable que mantenía un
sorprendente aspecto juvenil. Me reía de mi propia vanidad consultando muy a
menudo el espejo. Pero lo consultaba en vano; mi frente estaba libre de
arrugas, mis mejillas, mis ojos..., toda mi persona continuaba tan lozana como
en mi vigésimo cumpleaños.
Me sentía turbado. Miraba la marchita belleza de
Bertha... Yo parecía más bien su hijo. Poco a poco, nuestros vecinos comenzaron
a hacer similares observaciones, y al final descubrí que empezaban a llamarme
«el discípulo embrujado». La propia Berta empezó a mostrarse inquieta. Se
volvió celosa e irritable, y al poco tiempo empezó a hacerme preguntas. No
teníamos hijos; éramos totalmente el uno para el otro. Y pese a que, al ir
haciéndose más vieja, su espíritu vivaz se volvió un poco propenso al mal genio
y su belleza disminuyó un tanto, yo la seguía amando con todo mi corazón como a
la muchachita a la que había idolatrado, la esposa que siempre había anhelado y
que había conseguido con un tan perfecto amor.
Finalmente, nuestra situación se hizo intolerable:
Bertha tenía cincuenta años..., yo veinte. Yo había adoptado en cierta medida,
y no sin algo de vergüenza, las costumbres de una edad más avanzada. Ya no me
mezclaba en el baile entre los jóvenes, pero mi corazón saltaba con ellos
mientras contenía mis pies. Y empecé a tener una cierta mala fama entre los
viejos de nuestro pueblo. Las cosas fueron deteriorándose. Éramos evitados por
todos. Se dijo de nosotros —de mí al menos— que habíamos hecho un trato inicuo
con alguno de los supuestos amigos de mi anterior maestro. La pobre Bertha era
objeto de piedad, pero evitada. Yo era mirado con horror y aborrecimiento.
¿Qué podíamos hacer? Permanecer sentados junto a
nuestro fuego... La pobreza se había instalado con nosotros, ya que nadie
quería los productos de mi granja; y a menudo me veía obligado a viajar veinte
millas, hasta algún lugar donde no fuera conocido, para vender mis cosechas.
Sí, es cierto, habíamos ahorrado algo para los malos días..., y esos días
habían llegado.
Permanecíamos sentados solos junto al fuego, el
joven de viejo corazón y su envejecida esposa. De nuevo Bertha insistió en
conocer la verdad; recapituló todo lo que había oído decir de mí, y añadió sus
propias observaciones. Me conjuró a que le revelara el hechizo; describió cómo
me quedarían mejor unas sienes plateadas que el color castaño de mi pelo;
disertó acerca de la reverencia y el respeto que proporcionaba la edad... y lo
preferible que eran a las distraídas miradas que se les dirigía a los niños. ¿Acaso
imaginaba que los despreciables dones de la juventud y buena apariencia
superaban la desgracia, el odio y el desprecio? No, al final sería quemado como
traficante en artes negras, mientras que ella, a quien ni siquiera me había
dignado comunicarle la menor porción de mi buena fortuna, sería lapidada como
mi cómplice. Finalmente, insinuó que debía compartir mi secreto con ella y
concederle los beneficios de los que yo gozaba, o se vería obligada a
denunciarme..., y entonces estalló en llanto.
Así acorralado, me pareció que lo mejor era decirle
la verdad.
Se la revelé tan tiernamente como me fue posible, y
hablé tan sólo de una muy larga vida, no de inmortalidad..., concepto que, de
hecho, coincidía mejor con mis propias ideas. Cuando terminé, me levanté y
dije:
—Y ahora, mi querida Bertha, ¿denunciarás al amante
de tu juventud? No lo harás, lo sé. Pero es demasiado duro, mi pobre esposa,
que tengas que sufrir a causa de mi aciaga suerte y de las detestables artes de
Cornelius. Me marcharé. Tienes buena salud, y amigos con los que ir en mi
ausencia. Sí, me iré: joven como parezco, y fuerte como soy, puedo trabajar y
ganarme el pan entre desconocidos, sin que nadie sepa ni sospeche nada de mí.
Te amé en tu juventud. Dios es testigo de que no te abandonaré en tu vejez,
pero tu seguridad y tu felicidad requieren que ahora haga esto.
Tomé mi gorra y me dirigí hacia la puerta; en un
momento los brazos de Bertha rodeaban mi cuello, y sus labios se apretaban
contra los míos.
—No, esposo mío, mi Winzy —dijo—. No te irás
solo... Llévame contigo; nos marcharemos de este lugar y, como tú dices, entre
desconocidos estaremos seguros sin que nadie sospeche de nosotros. No soy tan
vieja todavía como para avergonzarte, mi Winzy; y me atrevería a decir que el
encantamiento desaparecerá pronto y, con la bendición de Dios, empezarás a
parecer más viejo, como corresponde. No debes abandonarme.
Le devolví de todo corazón su generoso abrazo.
—No lo haré, Bertha mía; pero por tu bien no
debería pensar así. Seré tu fiel y dedicado esposo mientras estés conmigo, y
cumpliré con mi deber contigo hasta el final.
Al día siguiente nos preparamos en secreto para
nuestra emigración. Nos vimos obligados a hacer grandes sacrificios
pecuniarios, era inevitable. De todos modos, conseguimos al fin reunir una suma
suficiente como para al menos mantenernos mientras Bertha viviera. Y sin
decirle adiós a nadie, abandonamos nuestra región natal para buscar refugio en
un remoto lugar del oeste de Francia.
Resultó cruel arrancar a la pobre Bertha de su
pueblo natal, de todos los amigos de su juventud, para llevarla a un nuevo
país, un nuevo lenguaje, unas nuevas costumbres. El extraño secreto de mi
destino hizo que yo ni siquiera me diera cuenta de ese cambio; pero la
compadecí profundamente, y me alegró el darme cuenta de que ella hallaba alguna
compensación a su infortunio en una serie de pequeñas y ridículas
circunstancias. Lejos de toda murmuración, buscó disminuir la aparente
disparidad de nuestras edades a través de un millar de artes femeninas: rojo de
labios, trajes juveniles y la adopción de una serie de actitudes desacordes con
su edad. No podía irritarme por eso. ¿No llevaba yo mismo una máscara? ¿Para
qué pelearme con ella, sólo porque tenía menos éxito que yo? Me apené
profundamente cuando recordé que esa remilgada y celosa vieja de sonrisa tonta
era mi Bertha, aquella muchachita de pelo y ojos oscuros, con una sonrisa de
encantadora picardía y un andar de corzo, a la que tan tiernamente había amado
y a la que había conseguido con un tal arrebato. Hubiera debido reverenciar sus
grises cabellos y sus arrugadas mejillas. Hubiera debido hacerlo; pero no lo
hice, y ahora deploro esa debilidad humana.
Sus celos estaban siempre presentes. Su principal
ocupación era intentar descubrir que, pese a las apariencias externas, yo
también estaba envejeciendo. Creo verdaderamente que aquella pobre alma me
amaba de corazón, pero nunca hubo mujer tan atormentada sobre cómo desplegar en
mí toda su atención. Hubiera querido discernir arrugas en mi rostro y
decrepitud en mi andar, mientras que yo desplegaba un vigor cada vez mayor, con
una juventud por debajo de los veinte años. Nunca me atreví a dirigirme a otra mujer.
En una ocasión, creyendo que la belleza del pueblo me miraba con buenos ojos,
me compró una peluca gris. Su constante conversación entre sus amistades era
que yo, aunque parecía tan joven, estaba hecho una ruina; y afirmaba que el
peor síntoma era mi aparente salud. Mi juventud era una enfermedad, decía, y yo
debía estar preparado en cualquier momento, si no para una repentina y horrible
muerte, sí al menos para despertarme cualquier mañana con la cabeza
completamente blanca y encorvado, con todas las señales de la senectud. Yo la
dejaba hablar... y a menudo incluso me unía a ella en sus conjeturas. Sus
advertencias hacían coro con mis interminables especulaciones relativas a mi
estado, y me tomaba un enorme y doloroso interés en escuchar todo aquello que
su rápido ingenio y excitada imaginación podían decir al respecto.
¿Para qué extenderse en todos estos pequeños
detalles? Vivimos así durante largos años. Bertha se quedó postrada en cama y
paralítica; la cuidé como una madre cuidaría a un hijo. Se volvió cada vez más
irritable, y aún seguía insistiendo en lo mismo, en cuánto tiempo la
sobreviviría. Seguí cumpliendo escrupulosamente, pese a todo, con mis deberes
hacia ella, lo cual fue una fuente de consuelo para mí. Había sido mía en su
juventud, era mía en su vejez; y al final, cuando arrojé la primera paletada de
tierra sobre su cadáver, me eché a llorar, sintiendo que había perdido todo lo
que realmente me ataba a la humanidad.
Desde entonces, ¡cuántas han sido mis
preocupaciones y pesares, cuan pocas y vacías mis alegrías! Detengo aquí mi
historia, no la proseguiré más. Un marinero sin timón ni compás, lanzado a un
mar tormentoso, un viajero perdido en un páramo interminable, sin indicador ni
mojón que lo guíe a ninguna parte..., eso he sido yo; más perdido, más
desesperanzado que nadie. Una nave acercándose, un destello de un faro lejano,
podrían salvarme; pero no tengo más guía que la esperanza de la muerte.
¡La muerte! ¡Misteriosa, hosca amiga de la frágil
humanidad!
¿Por qué, único entre todos los mortales, me has
arrojado a mí fuera de tu acogedor manto? ¡Oh, la paz de la tumba! ¡El profundo
silencio del sepulcro revestido de hierro! ¡Los pensamientos dejarían por fin
de martillear en mi cerebro, y mi corazón ya no latiría más con emociones que
sólo saben adoptar nuevas formas de tristeza!
¿Soy inmortal? Vuelvo a mi primera pregunta. En
primer lugar, ¿no es más probable que el brebaje del alquimista estuviera
cargado con longevidad más que con vida eterna? Tal es mi esperanza. Y además,
debo recordar que sólo bebí la mitad de la poción preparada para él. ¿Acaso no
era necesaria la totalidad para completar el encantamiento? Haber bebido la
mitad del elixir de la inmortalidad es convertirse en semiinmortal...; mi
eternidad está pues truncada.
Pero, de nuevo, ¿cuál es el número de años de media
eternidad? A menudo intento imaginar si lo que rige el infinito puede ser
dividido. A veces creo descubrir la vejez avanzar sobre mí. He descubierto una
cana. ¡Estúpido! ¿Debo lamentarme? Sí, el miedo a la vejez y a la muerte repta
a menudo fríamente hasta mi corazón, y cuanto más vivo más temo a la muerte,
aunque aborrezca la vida. Ése es el enigma del hombre, nacido para perecer,
cuando lucha, como hago yo, contra las leyes establecidas de su naturaleza.
Pero seguramente moriré a causa de esta anomalía de
los sentimientos; la medicina del alquimista no debe de proteger contra el
fuego, la espada y las asfixiantes aguas. He contemplado las azules
profundidades de muchos lagos apacibles, y el tumultuoso discurrir de numerosos
ríos caudalosos, y me he dicho: la paz habita en estas aguas. Sin embargo, he
guiado mis pasos lejos de ellos, para vivir otro día más. Me he preguntado a mí
mismo si el suicidio es un crimen en alguien para quien constituye la única posibilidad
de abrir la puerta al otro mundo. Lo he hecho todo, excepto presentarme
voluntario como soldado o duelista, pues no deseo destruir a mis semejantes.
Pero no, ellos no son mis semejantes. El inextinguible poder de la vida en mi
cuerpo y su efímera existencia nos alejan tanto como lo están los dos polos de
la Tierra. No podría alzar una mano contra el más débil ni el más poderoso de
entre ellos.
Así he seguido viviendo año tras año... Solo, y
cansado de mí mismo. Deseoso de morir, pero no muriendo nunca. Un mortal
inmortal. Ni la ambición ni la avaricia pueden entrar en mi mente, y el
ardiente amor que roe mi corazón jamás me será devuelto; nunca encontraré a un
igual con quien compartirlo. La vida sólo está aquí para atormentarme.
Hoy he concebido una forma por la que quizá todo
pueda terminar sin matarme a mí mismo, sin convertir a otro hombre en un
Caín... Una expedición en la que ningún ser mortal pueda nunca sobrevivir, aun
revestido con la juventud y la fortaleza que anidan en mí. Así podré poner mi
inmortalidad a prueba y descansar para siempre... o regresar, como la maravilla
y el benefactor de la especie humana.
Antes de marchar, una miserable vanidad ha hecho
que escriba estas páginas. No quiero morir sin dejar ningún nombre detrás. Han
pasado tres siglos desde que bebí el brebaje fatal; no transcurrirá otro año
antes de que, enfrentándome a gigantescos peligros, luchando con los poderes
del hielo en su propio campo, acosado por el hambre, la fatiga y las tormentas,
rinda este cuerpo, una prisión demasiado tenaz para un alma que suspira por la
libertad, a los elementos destructivos del aire y el agua. O, si sobrevivo, mi
nombre será recordado como uno de los más famosos entre los hijos de los
hombres. Y una vez terminada mi tarea, deberé adoptar medios más drásticos.
Esparciendo y aniquilando los átomos que componen mi ser, dejaré en libertad la
vida que hay aprisionada en él, tan cruelmente impedida de remontarse por
encima de esta sombría tierra, a una esfera más compatible con su esencia
inmortal.

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