© Libro N° 9109. Los Reyes De La Arena. Martin, George R.R.. Emancipación. Octubre 2 de
2021.
Título
original: © Los Reyes De La Arena. George
R.R. Martin
Versión Original: © Los Reyes De La Arena. George R.R.
Martin
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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George R.R. Martin
Los Reyes De La Arena
George R.R. Martin
Simon Kress vivía solo en una gran mansión situada
entre montañas áridas y rocosas a unos incuenta kilómetros de la ciudad. Y así,
cuando tuvo que ausentarse inesperadamente por asuntos de negocios, no dispuso
de vecinos de los que pudiera aprovecharse para dejarles al cuidado de sus
animalitos. El halcón no era problema. Descansaba en el campanario inutilizado
y, de todas formas, solía alimentarse por sus propios medios. En cuanto al
shambler, Kress
se limitó a echarlo fuera de la casa y dejar que se
las arreglara como pudiera.
El pequeño monstruo se alimentaría de babosas,
pájaros y ratas. Pero la pecera, surtida de pirañas genuinas de la Tierra,
planteó una dificultad. Finalmente arrojó una pierna de carnero al inmenso
tanque. Las pirañas siempre podrían devorarse unas a otras si le retenían más
tiempo del que esperaba. Ya lo habían hecho otras veces. Un detalle que le
divertía.
Por desgracia, le retuvieron mucho más tiempo del
que esperaba. Cuando regresó al fin, todos los peces habían muerto. Igual que
el halcón. El shambler había trepado al campanario y se lo había
comido. Kress se enfadó El día siguiente voló con
su helicóptero hasta Asgard, un trayecto
de unos doscientos kilómetros. Asgard era la ciudad
más importante de Baldur y ostentaba también el puerto estelar de mayor
antigüedad y extensión. A Kress le gustaba impresionar a
sus amigos con animales que fueran raros,
divertidos y caros.
Asgard era el lugar apropiado para comprarlos En
esta ocasión, sin embargo, tuvo escasa fortuna.
Xenomascotas había cerrado sus puertas, t'Etherane
trató de timarle con otro halcón y Aguas Extrañas no le ofreció nada más
exótico que pirañas, tiburones luciérnagas y calamares araña.
Kress ya había tenido de todo eso. Quería algo
nuevo, algo que destacara.
Casi al anochecer se encontró recorriendo Rainbow
Boulevard, buscando lugares que no hubiese frecuentado antes. Cerca del puerto
estelar, la calle estaba llena de comercios de importadores. Los grandes
bazares poseían escaparates impresionantemente largos en los que descansaban
extraños y costosos artefactos sobre cojines de fieltro ante las oscuras
cortinas que hacían un misterio del interior de los comercios.
Entre éstos se hallaban los puestos de chatarra:
lugares estrechos y desagradables que ofrecían a la vista una confusión de
curiosidades inidentificables. Kress probó en ambos tipos de
lugares, con idéntico descontento.
Entonces llegó a un lugar que era distinto. Se
encontraba muy cerca del puerto. Kress no había estado allí con anterioridad.
El local ocupaba un pequeño edificio de un solopiso situado entre un bar de
euforia y un templo-burdel de la Hermandad Femenina Secreta. En esta zona,
Rainbow Boulevard parecía vulgar. El mismo comercio era anormal. Llamativo. La
vidriera estaba llena de neblina, ahora rojo pálida, ahora gris, como la niebla
auténtica, ahora chispeante y dorada. La neblina formaba remolinos y resplandecía
débilmente. Kress vislumbró algunos objetos en la vidriera (máquinas, obras de
arte, otras cosas que no reconoció) pero no pudo mirar en detalle uno solo de
ellos. La neblina fluía sensualmente, rodeaba los objetos, mostraba un trozo de
uno, luego de otro, finalmente los ocultaba todos. Un hecho intrigante.
Mientras observaba, la neblina empezó a formar letras. Una palabra detrás de
otra. Kress se quedó inmóvil y leyó:
«WO y SHADE. IMPORTADORES.
ARTEFACTOS. ARTE. FORMAS DE VIDA y VARIOS.»
Las letras dejaron de formars . Kress vio que algo
se movía entre la niebla. Eso le bastó. Eso, y las «FORMAS DE VIDA» del
anuncio. Se echó la capa hacia atrás y entró en la tienda.
En el interior, Kress se sin ió desorientado. La
sala parecía inmensa, mucho mayor de lo que él habría supuesto en base a la
fachada relativamente modesta. El interior estaba tenuemente
iluminado y reflejaba sosiego. El techo era un
paisaje estelar, rematado por nebulosas en espiral, muy oscuro y realista, muy
agradable. Todos los mostradores brillaban suavemente, para
exhibir mejor las mercaderías que contenían. Los
espacios entre ellos se encontraban alfombrados por una niebla baja que de vez
en cuando llegaba casi a las rodillas de Kress y se arremolinaba en torno a sus
pies mientras avanzaba.
¾¿En qué puedo servirle?
La mujer pareció surgir de la niebla. Alta, delgada
y pálida, vestía un práctico traje gris y una extraña gorrita que se apoyaba
bastante detrás de la cabeza.
¾¿Es usted Wo o Shade? ¾preguntó Kress¾. ¿O sólo
una dependiente?
¾Jala Wo, a su servicio ¾replicó ella¾. Shade no
atiende a los clientes. No tenemos dependiente. ¾Su establecimiento es
francamente grande ¾dijo Kress¾. Me extraña no haber oído hablar de él antes de
ahora. ¾Acabamos de inaugurar este local en Baldur ¾dijo la mujer¾. Pero
disponemos de autorización de venta en otros planetas.
¿Qué puedo ofrecerle? ¿Arte, quizá? Su aspecto es
el de un coleccionista. Tenemos algunas excelentes tallas de cristal Nor
T'alush.
¾No ¾dijo Kress¾. Ya tengo todas las tallas de
cristal que deseo. Vengo a buscar un animal.
¾¿Una forma de vida?
¾Sí.
¾¿Extraña?
¾Por supuesto.
¾Tenemos un imitador en existencia. Procede del
Mundo de Celia. Un simio pequeño e inteligente. No sólo aprenderá a hablar,
sino que imitará la voz de usted, sus inflexiones, gestos e
incluso expresiones faciales.
¾Encantador ¾dijo Kress¾. Y vulgar. No me servirá
de nada, Wo. Quiero algo exótico. Anormal. Y no encantador. Detesto los
animales encantadores. De momento ya tengo un shambler importado de Cotho, en
ningún sentido costoso. De vez en cuando lo alimento con algunos gatitos
inútiles. Eso es lo que entiendo por encantador. ¿Me explico?
Wo sonrió enigmáticamente.
¾¿Ha tenido alguna vez un animal que le adorara?
¾preguntó.
¾Oh, alguna que otra vez. ¾Kress hizo una mueca¾.
Pero no me hace falta adoración, Wo. Sólo diversión.
¾No me entiende ¾dijo Wo, todavía mostrando su
extraña sonrisa¾. Hablo de adorar literalmente.
¾¿A qué se refiere?
¾Creo que tengo lo que necesita. Sígame.
Wo le hizo pasar entre los radiantes mostradores y
le condujo a lo largo de un largo pasillo cubierto de niebla bajo una falsa luz
estelar. Cruzaron una pared de niebla para entrar en otra sección del local y
se detuvieron frente a un gran tanque de plástico. Un acuario, pensó Kress.
Wo le hizo una seña. Kress se acercó más y vio que
estaba equivocado. Se trataba de un terrario. En su interior yacía un desierto
en miniatura, un cuadrado de dos metros de lado. Arena
descolorida teñida de escarlata por una empañada
luz roja.
Rocas: basalto, cuarzo y granito. En todas las
esquinas del tanque se levantaba un castillo.
Kress parpadeó, atisbó y se corrigió: en realidad
sólo había tres castillos en pie. El cuarto había caído, era una ruina
desmoronada. Los otros tres eran toscos, pero seguían intactos;
estaban tallados en piedra y arena. Diminutas
criaturas trepaban y gateaban por sus almenas y redondeados pórticos. Kress
apretó su rostro contra el plástico.
¾¿Insectos? ¾preguntó.
¾No ¾replicó Wo¾. Una forma de vida mucho más
compleja. Y también más inteligente. Mucho más sagaz que su shambler, muchísimo
más. Los llaman los reyes de la arena.
¾Insectos ¾dijo Kress, y se apartó del tanque¾. No
me importa cuán complejos sean. ¾Arrugó la frente¾. Y, por favor, no tratede
embaucarme con esta propaganda de inteligencia. Estos seres son demasiado
pequeños para tener otra cosa que no seancerebros muy rudimentarios.
¾Comparten mentes-colmena ¾explicó Wo¾.
Mentes-castillo, en este caso. Solo hay tres organismos en el tanque, en
realidad. El cuarto murió. Su castillo se cayó, ya lo ve.
Kress volvió a observar el tanque.
¾¿Mentes-colmena, eh? Interesante. ¾Arrugó la
frente de nuevo¾. De todas maneras, sólo es un hormiguero de tamaño anormal.
Había esperado algo mejor.
¾Guerrean entre ellos.
¾¿Guerras? Hmmm. ¾Kress volvió a mirar.
¾Fíjese en los colores, por favor ¾indicó Wo.
La mujer señaló las criaturas que bullían en torno
al castillo más cercano. Una de ellas estaba rascando la pared del tanque.
Kress la examinó. A sus ojos, seguía teniendo el aspecto de un insecto.
Apenas tan larga como una uña, con seis patas y
seis ojos diminutos dispuestos en torno a su cuerpo. Un desagradablejuego de
mandíbulas se abría y cerraba visiblemente, mientras
dos largas y delicadas antenas trazaban figuras en
el aire. Antenas, mandíbulas, ojos y patas estaban ennegrecidos, pero el color
dominante era el naranja encendido de su blindaje.
¾Es un insecto ¾repitió Kress.
¾No es un insecto ¾insistió Wo sin alterarse¾. El
dermatoesqueleto acorazado muda cuando el rey de la arena aumenta de tamaño. En
un tanque de este tamaño no lo hará.
¾Wo tomó a Kress del brazo y lo llevó hasta el
siguiente castillo¾. Fíjese en los colores ahora.
Así lo hizo. Eran distintos. Los reyes de la arena
tenían aquí un caparazón rojo brillante. Antenas, mandíbulas, ojos y patas eran
amarillos. Kress miró al otro lado del tanque. Los habitantes del
tercer castillo eran blancuzcos, con bordes rojos.
¾Hmmm ¾dijo Kress.
¾Guerrean entre ellos, tal como dije ¾explicó Wo¾.
Inclusoconciertan treguas y alianzas. El cuarto castillo de este tanque fue
destruido como resultado de una alianza. Los negros estaban
haciéndose demasiado numerosos, así que los otros
unieron sus fuerzas para acabar con ellos.
Kress siguió sin estar muy convencido.
¾Divertido, es indudable. Pero también los insectos
luchan entre ellos.
¾Los insectos no adoran.
¾¿Eh?
Wo sonrió y señaló el castillo. Kress lo miró
fijamente. Un rostro había sido esculpido en el muro de la torre más elevada.
Lo reconoció. Era el de Jala Wo.
¾¿Cómo puede ser que...?
¾Proyecté un holograma de mi rostro en el tanque y
lo dejé durante algunos días. El rostro de dios, ¿comprende? Yo les doy de
comer, siempre estoy cerca. Los reyes de la arena poseen un
rudimentario sentido psiónico. Telepatía de
proximidad. Meperciben y me adoran, usan mi cara para decorar sus edificios.
Fíjese, está en todos los castillos.
Así era. En el castillo, el semblante de Jala Wo
estaba sereno, sosegado y era muy vívido. Kress se maravilló ante aquella
muestra de destreza.
¾¿Cómo lo hacen?
¾Las patas delanteras se doblan como si fueran
brazos. Incluso tienen una especie de dedos, tres zarcillos pequeños y
flexibles. Y cooperan perfectamente, tanto en la construcción como en la
batalla. Recuérdelo, todos los seres de un mismo
color compartenuna sola mente.
¾Explíqueme más cosas ¾pidió Kress.
Wo sonrió.
¾El vientre habita en el castillo. Vientre es el
nombre que yo he elegido... Un juego de palabras, más bien. Ese ser es madre y
estómago al mismo tiempo. Hembra, grande con su puño, inmóvil.
En realidad, rey de la arena es un nombre algo
inadecuado. Las criaturas móviles son campesinos y guerreros. El gobernante
real es una reina. Pero esta analogía tampoco es correcta. Un castillo,
considerado como un todo, es una sola criatura
hermafrodita.
¾¿Qué comen?
¾Los seres móviles comen una especie de papilla,
alimento previamente digerido que obtienen en el interior del castillo. Lo
consiguen del vientre después que esta criatura lo haya
elaborado durante varios días. Sus estómagos no
soportan otra cosa. Si el vientre muere, ellos no tardan mucho en hacer lo
propio. El vientre... el vientre come de todo. No le representará
gasto extra alguno. Restos de comida servirán
perfectamente.
¾¿Alimento vivo? ¾preguntó Kress.
Wo hizo un gesto de indiferencia.
¾Todos los vientres comen seres móviles de los
otros castillos,sí.
¾Estoy intrigado ¾admitió Kress¾. Si tan sólo no
fueran tan pequeños...
¾Los suyos pueden ser mayores. Estos reyes de la
arena son pequeños porque el tanque es pequeño. Al parecer, limitan su
crecimiento para amoldarse al espacio disponible. Si los cambiara
a un tanque de mayor tamaño, seguirían
creciendo.¾Hmmm. Mi tanque de pirañas es dos veces mayor que este yestá vacío.
Podría limpiarlo, llenarlo de arena...
¾Wo y Shade se encargarían de la instalación. Será
un placer hacerlo.
¾Por supuesto ¾dijo Kress¾. Espero que me venderán
cuatro castillos intactos.
¾Naturalmente.
Empezaron a discutir el precio.
Tres días más tarde, Jala Wo se presentó en la
mansión de Kress con un lote de reyes de la arena en estado de latencia y los
operarios que se encargarían de la instalación. Los ayudantes de
Wo eran un tipo de extranjeros con el que Kress no
estaba familiarizado: bípedos regordetes de amplia cintura, cuatro brazos y
ojos saltones y multifacetados. Su piel era gruesa, correosa,
retorcida hasta formar cuernos, espinas y
prominencias en raros lugares del cuerpo. Pero eran muy fuertes y excelentes
trabajadores. Wo les dio órdenes en una lengua musical que
Kress desconocía.
Acabaron el mismo día. Trasladaron el tanque de
pirañas al centro de la espaciosa salita, dispusieron sofás a ambos lados para
permitir una mejor visión, limpiaron el depósito y lo llenaron de arena y
piedras en sus dos terceras partes. Luego instalaron
un sistema especial de iluminación que daba la
tenue luz roja preferida por los reyes de la arena y permitía la proyección de
imágenes holográficas en el interior del tanque. En la parte
superior montaron una sólida cubierta de plástico
equipada con un dispositivo de alimentación.
¾De esta forma ¾explicó Wo¾, usted podrá alimentar
a sus reyes de la arena sin sacar la cubierta del tanque, sin correr el riesgo
que los seres móviles escapen.
La cubierta también incluía mecanismos para
controlar el clima, para condensar la cantidad exacta de humedad del aire.
¾El ambiente ha de ser seco, pero no demasiado
¾dijo Wo.
Finalmente, uno de los operarios de cuatro brazos
entró al tanque y excavó profundos agujeros en las cuatro esquinas. Unos de sus
compañeros le entregó los vientres aletargados, sacándolos uno por uno de sus
embalajes criónicos.
No parecían gran cosa. Kress pensó que sólo podía
compararlos a trozos de carne cruda moteada y medio podrida. Todos tenían una
boca.
El operario los enterró, uno en cada rincón del
tanque. A continuación, el equipo de instalación cerró el equipo y se despidió.
¾El calor hará que los vientres se despierten ¾dijo
Wo¾. En menos de una semana los seres móviles habrán nacido y empezarán a salir
a la superficie. Asegúrese de darles mucha
comida. Necesitarán toda su fuerza hasta que se
hallen bien establecidos. Supongo que usted tendrá los castillos erigidos en,
aproximadamente, tres semanas.
¾¿Y mi rostro? ¿Cuándo esculpirán mi rostro?
¾Proyecte su holograma una vez que haya
transcurrido un mes¾le aconsejó Wo¾. Y tenga paciencia. Si tiene dudas,
llámenos, por favor. Wo y Shade están a su servicio.
Wo saludó con una inclinación de cabeza y se fue.
Kress volvió junto al tanque y encendió un
cigarrillo de marihuana.
Impaciente, tamborileó con sus dedos en el plástico
y arrugó la frente.
El cuarto día Kress creyó vislumbrar movimiento
bajo la arena.
Sutiles agitaciones subterráneas.
El quinto día vio a su primer móvil, un blanco
solitario.
El sexto día contó una docena de ellos, blancos,
rojos y negros.
Los anaranjados se retrasaban. Kress introdujo una
taza de restos de comida medio estropeada. Los móviles la percibieron al
instante, se precipitaron hacia ella y comenzaron a arrastrar
trozos hacia sus respectivas esquinas. Todos los
grupos de color mostraron una elevada organización. No pelearon. Kress se
desilusionó un poco, pero decidió darles tiempo.
Los anaranjados aparecieron al octavo día. Por
entonces los demás reyes de la arena habían comenzado a transportar piedritas y
erigir toscas fortificaciones. Siguieron sin pelear. De
momento tenían la mitad del tamaño de los que había
visto en Woy Shade, pero Kress pensó que estaban creciendo con gran rapidez.
Los castillos adquirieron altura a mitad de la
segunda semana.
Organizados batallones de móviles tiraban de
gruesos trozos de arenisca y granito hasta sus esquinas, donde otros móviles
ponían la arena en su lugar ayudándose de mandíbulas y
zarcillos. Kress había adquirido unos anteojos, por
lo que pudo observar el trabajo de las criaturas en cualquier parte del tanque
que se encontraran. Circundó una y otra vez las elevadas
paredes de plástico, sin dejar de observar. Era
fascinante. Los castillos resultaban algo más simple de los que le habría
gustado, pero Kress tuvo una idea. Al día siguiente introdujo
obsidiana y fragmentos de vidrios de colores junto
con la comida. Los materiales fueron incorporados a los muros del castillo en
pocas horas.
El castillo negro fue el primero que estuvo
terminado, seguido por las fortalezas blanca y roja. Los anaranjados fueron los
últimos, como siempre. Kress hizo todas sus comidas en la salita, sentado en el
sofá para poder observar. Esperaba que la primera guerra estallara de un
momento a otro.
Fue decepcionándose. Pasaron los días, los
castillos fueron aumentando en altura y tamaño y Kress raras veces abandonabael
tanque, a no ser para atender sus necesidades sanitarias y
responder llamadas importantes relacionadas con su
negocio.
Pero los reyes de la arena no guerreaban. Estaba
empezando a intranquilizarse.
Finalmente dejó de alimentarlos.Dos días después
que los restos de comida cesaron de caer
desde su cielo, cuatro móviles negros rodearon a
otro anaranjado y lo arrastraron hacia su vientre. Primero lo mutilaron,
rompiendo sus mandíbulas, antenas y patas, y luego lo condujeron a través de la
oscura puerta de su castillo en miniatura. La criatura no volvió a salir. Al
cabo de una hora, más de cuarenta móviles anaranjados marcharon sobre la arena
y atacaron el rincón de los negros. Fueron superados numéricamente por los
negros, que se apresuraron a surgir de las profundidades. Al acabar la lucha, los
atacantes habían sido masacrados. Los muertos y heridos fueron introducidos en
el castillo para alimentar el vientre negro.
Kress, satisfecho, se felicitó por su ingenio. Al
día siguiente, cuando puso la comida en el tanque, estalló una batalla múltiple
por la posesión del alimento. Los blancos fueron los grandes vencedores.
Después de eso, se sucedieron las batallas.
Casi un mes después del día en que Jala Wo había
entregado los reyes de la arena, Kress conectó el proyector holográfico y su
semblante se materializó en el tanque. La imagen fue girando,
poco a poco, de modo que fuera visible por igual
desde los cuatro castillos. Kress pensó que el parecido era excelente. La
proyección tenía la sonrisa de picardía, amplia boca y abultados
carrillos de Kress. Sus ojos azules centelleaban,
su cabello cano estaba cuidadosamente arreglado, sus cejas eran finas y
sofisticadas.
Los reyes de la arena emprendieron el trabajo muy
pronto. Kress los alimentó en abundancia mientras su imagen fulguraba sobre las
criaturas en el cielo. Las batallas cesaron de forma temporal. Toda la
actividad se centró en la adoración.
El rostro de Kress apareció en los muros de los
castillos.
Al principio todas las tallas le parecieron
semejantes, pero conforme fue prosiguiendo el trabajo y Kress estudió las
reproducciones, empezó a detectar diferencias sutiles en la técnica y en la
ejecución. Los rojos eran los más creativos; usaban diminutos fragmentos de
esquisto para el gris del cabello.
El ídolo de los blancos le pareció joven y
malévolo, en tanto que el rostro moldeado por los negros ¾aunque prácticamente
idéntico, rasgo a rasgo¾ le sorprendió por la sabiduría y benevolencia que
reflejaba. Los reyes de la arena anaranjados, como era su costumbre, fueron los
últimos y los peores. La guerra no había ido bien para ellos y su castillo era
un desastre en comparación con los demás. La imagen que tallaron fue tosca y
caricaturesca y dieron la impresión que pretendían dejarla así.
Cuando terminaron de elaborar la cara, Kress se
enfadó bastante con ellos, pero en realidad no podía hacer nada.
En cuanto todos los reyes de la arena concluyeron
sus rostros de Kress, éste desconectó el proyector y decidió que era el momento
adecuado para dar una fiesta. Sus amigos iban a quedar
impresionados. Incluso podría ofrecerles una
batalla, pensó.
Canturreando con felicidad, Kress inició la
elaboración de una lista de invitados.
La fiesta constituyó un éxito tremendo.
Kress invitó a treinta personas: un puñado de
buenos amigos que compartían sus diversiones, algunas antiguas amantes y una
serie de rivales de negocios y sociales que no podían permitirse
el lujo de las invitaciones de Kress. Sabía que
algunos de ellos quedarían desconcertados, e incluso se ofenderían, al ver los
reyes de la arena. Kress contaba con ello. Acostumbrada a
considerar sus fiestas como un fracaso al menos que
un invitado, como mínimo, se marchara de ellas más que enojado.
Un impulso le llevó a añadir el nombre de Jala Wo a
la lista.
«Venga con Shade, si lo desea», añadió mientras
dictaba la invitación de la vendedora.
La aceptación de Wo sólo le sorprendió un poco.
«Shade, por desgracia, no podrá asistir. El no acude a actos sociales. Por lo
que a mí respecta, espero con interés la oportunidad de
comprobar que tal van sus reyes de la arena.»
Kress ordenó preparar una comida suntuosa. Y por
fin, cuando la conversación languideció y la mayoría de los huéspedes mostraron
el atontamiento de los cigarrillos de marihuana y el
vino, Kress asombró a todo el mundo encargándose él
mismo de recoger en una taza los restos de la comida.
¾Venid, venid todos ¾ordenó¾. Quiero presentaros a
mis animalitos más recientes.
Con la taza en la mano, les condujo a la salita.
Los reyes de la arena satisficieron los deseos más
caros de Kress. Los había dejado sin comer durante dos días como preparación, y
las criaturas se encontraban de un talante
pendenciero. Mientras los invitados rodeaban el
tanque, mirando por los anteojos que Kress había ofrecido a propósito, los
reyes de la arena disputaron una gloriosa batalla por la posesión del alimento.
Kress contó cerca de setenta móviles muertos cuando acabó la lucha. Los rojos y
blancos, que recientemente se habían aliado, se llevaron la mayor parte de la
comida.
¾Kress, eres repugnante ¾manifestó Cath m'Lane.
Había vivido con Kress durante un breve período, dos años antes, hasta que su
empalagoso sentimentalismo estuvo a punto de volverle
loco¾. Fui una tonta al volver aquí. Pensé que a lo
mejor habías cambiado y deseabas disculparte. ¾Cath nunca le había perdonado
que el shambler hubiera devorado un perrito
excesivamente encantador del que ella se
enorgullecía¾. Jamás vuelvas a invitarme, Simon.
Cath se fue rápidamente, acompañada de su amante
del momento, entre un coro de risas.
El resto de los invitados tenían infinidad de
preguntas que formular.
¾¿De dónde has sacado los reyes de la arena?
¾quisieron saber.
¾De Wo y Shade, importadores ¾replicó, con un gesto
cortés hacia Jala Wo, que había permanecido silenciosa y apartada durante la
mayor parte de la tarde.
¾¿Por qué decoran sus castillos con tus efigies?
¾Porque soy la fuente de todas las cosas buenas. Ya
deberías saberlo. ¾Esta réplica arrancó una serie de risitas.
¾¿Pelearán de nuevo?
¾Sí, claro, pero no esta noche. No os preocupéis.
Habrá otras fiestas.
Jad Rakkis, xenólogo aficionado, se puso a hablar
de otros insectos sociales y las batallas que disputaban.
¾Estos reyes de la arena son divertidos, pero nada
del otro mundo, a decir verdad. Deberías leer algo sobre las hormigas soldados
terrestres, por ejemplo.
¾Los reyes de la arena no son insectos ¾precisó
Jala Wo, pero Jad estaba ensimismado y borracho y nadie prestó la más ligera
atención a Wo. Kress sonrió a la mujer y se alzó de hombros.
Malada Blane sugirió que se apostara en la próxima
ocasión que se reunieran para presenciar una batalla, y todo el mundo se mostró
atraído por la idea. Se produjo una animada discusión
sobre las reglas y las apuestas. El debate duró una
hora. Finalmente, los invitados comenzaron a despedirse. Jala Wo fue la última
en marcharse.
¾Bien ¾le dijo Kress cuando se quedaron a solas¾,
parece que mis reyes de la arena son un éxito.
¾Se están portando bien ¾dijo Wo¾. Ya son más
grandes que los míos.
¾Sí, con la única excepción de los anaranjados.
¾Lo he notado ¾replicó Wo¾. Parecen ser menos
numerosos y su castillo es muy pobre.
¾Bueno, alguien debe perder. Los anaranjados fueron
los últimos en aparecer y establecerse. Han sufrido las consecuencias.
¾Perdone la pregunta, pero ¿alimenta lo bastante a
sus reyes de la arena?
¾Están a dieta de vez en cuando ¾contestó Kress con
tono de indiferencia¾. Esto los hace más feroces.
¾No hay necesidad de hacerles pasar hambre
¾contestó gravemente Wo¾. Déjelos pelear cuando quieran, por sus propios
motivos. Estas criaturas son así y usted presenciará
conflictos que le resultarán deliciosamente sutiles
y complejos.
Una guerra permanente motivada por el hambre carece
de arte y es degradante.
Kress devolvió sobradamente la mirada ceñuda de Wo.
¾Está usted en mi casa, Wo, y aquí soy yo el que
juzga lo que es degradante. Alimenté a los reyes de la arena tal como usted me
aconsejó y no pelearon entre ellos.
¾Debe tener paciencia.
¾No. Al fin y al cabo, soy su amo y su dios. ¿Por
qué debía aguardar sus impulsos? No guerreaban lo bastante a menudo para
complacerme. He corregido la situación.
¾Comprendo. Discutiré el problema con Shade.
¾Este problema no les incumbe, ni a usted ni a él
¾contestó bruscamente Kress.
¾En tal caso, debo darle las buenas noches ¾se
resignó Wo.
Pero mientras se ponía el abrigo para marcharse, la
mujer clavó en él una mirada final y desaprobadora¾. Vigile sus rostros, Simon
Kress. Vigile sus rostros.
Y se marchó.
Confundido, Kress volvió junto al tanque y
contempló los castillos.
Las caras de Kress seguían allí, como siempre. Sólo
que... Se apresuró a coger los anteojos y examinar las tallas. Estudió las
caras con detenimiento. Incluso entonces, pese a toda la claridad
de la visión, resultó difícil definirse. Pero tuvo
la impresión que la expresión de los rostros había cambiado ligeramente, que su
sonrisa tenía un cierto retorcimiento, de manera que parecía algo
maliciosa. Mas se trataba de un cambio muy sutil...
si es que podía hablarse de cambio. Finalmente, Kress atribuyó el hecho a su
sugestibilidad y tomó la decisión de no volver a invitar a Jala
Wo a una de sus reuniones.
En los meses siguientes Kress y una docena de sus
amigos favoritos se reunieron semanalmente para lo que a él le gustaba
denominar sus «juegos bélicos». Pasada ya su fascinación inicial
por los reyes de la arena, Kress dedicaba menos
tiempo al tanque y más a sus negocios y vida social, pero todavía disfrutaba
recibiendo a unos cuantos amigos para presenciar algunas
batallas. Siempre mantenía a los combatientes al
borde del hambre. Eso tuvo efectos graves en los reyes de la arena anaranjados,
que menguaron visiblemente hasta que Kress comenzó a preguntarse si el vientre
de aquellas criaturas habría muerto. Pero el resto de los reyes de la arena
medraba perfectamente.
A veces, cuando no podía dormir por la noche, Kress
se llevaba una botella de vino a la salita, donde el resplandor rojizo del
desierto en miniatura proporcionaba la única iluminación. Bebía y
observaba durante horas enteras, solo. Normalmente
se producía una lucha en algún lugar del tanque; en caso contrario, Kress la
iniciaba con gran facilidad dejando caer en el tanque una
pequeña porción de comida.
Los compañeros de Kress empezaron a hacer apuestas
en las batallas semanales, tal como Malade Blane había sugerido. Kress ganó
bastante apostando por los blancos, que se habían
convertido en la colonia más poderosa y numerosa
del tanque y que poseían el mayor castillo. Una semana abrió un poco la tapa y
dejo caer la comida cerca del castillo blanco en lugar de hacerlo en el campo
central de batalla, como era lo acostumbrado. De esta manera los demás tuvieron
que atacar a los blancos en su fortaleza para conseguir algo de comida. Lo
intentaron. Los blancos se mostraron brillantes en su defensa. Kress ganó cien
unidades estándar de Jad Rakkis.
Rakkis, de hecho, perdía grandes cantidades
semanales con los reyes de la arena. Pretendía tener un vasto conocimiento de
las criaturas y sus hábitos, afirmando que los había estudiado
después de la primera fiesta, pero no tenía suerte
cuando llegaba el momento de apostar. Kress sospechaba que las afirmaciones de
Jad eran simple fanfarronería. El mismo había tratado de
estudiar un poco a los reyes de la arena, en un
momento de ocio y curiosidad, recurriendo a la biblioteca para averiguar de
cuál mundo eran originarios sus animalitos. Pero en la biblioteca no
había referencia alguna a los reyes de la arena.
Kress pensó en ponerse en contacto con Wo y pedirle información al respecto,
pero tenía otras preocupaciones y el asunto acabó olvidado.
Por fin, después de un mes en que sus pérdidas
totalizaron más de mil unidades estándar, Rakkis se presentó a los juegos
bélicos. Traía bajo el brazo una pequeña caja de plástico. Dentro
de ella había un animal parecido a una araña y
cubierto de finos pelos dorados.
¾Una araña de la arena ¾anunció Rakkis¾. De
Cathaday. La compré esta tarde en t'Etherane, el vendedor. Suelen arrancarles
las bolsas de veneno, pero la de esta araña se halla intacta.
¿Estás dispuesto a jugar, Simon? Quiero recuperar
mi dinero.
Apostaré mil unidades estándar. La araña contra los
reyes.
Kress estudió la araña en su prisión de plástico.
Sus reyes de la arena habían crecido, eran el doble de grandes que los de Wo,
tal como la mujer había predicho, pero seguían siendo enanos
comparados con aquel animal. La araña poseía
veneno, los reyes no. Con todo, los reyes eran muchísimos. Además, las0000
interminables batallas habían llegado a aburrirle. La novedad del
combate intrigó a Kress.
¾Hecho ¾dijo Kress¾. Jad, eres un imbécil. Los
reyes de la arena no pararán hasta que ese animal asqueroso haya muerto.
¾Tú eres el imbécil, Simon ¾replicó Rakkis,
sonriendo acontinuación¾. La araña de la arena de Cathaday suele alimentarse de
bichos que se ocultan en rincones y grietas y...
bueno, ya lo verás. Se irá derecho a los castillos
y devorará los vientres.
Kress se puso muy serio en medio de la risa
general. No había contado con eso.
¾Adelante ¾dijo con irritación, y fue a llenar su
vaso.
La araña era demasiado grande para introducirla
convenientemente por la cámara de alimentos. Otros dos invitados ayudaron a
Rakkis a correr un poco la tapa del tanque y Malade Blane le pasó la caja.
Rakkis soltó la araña, que cayó suavemente en una duna en miniatura frente al
castillo rojo y permaneció confundida por un instante, moviendo la boca y
retorciendo las patas de forma amenazadora.
¾Venid aquí ¾apremió Rakkis.
Todos se congregaron en torno al tanque. Kress
cogió los anteojos y miró a su través. Si iba a perder mil unidades estándar,
al menos tendría una visión perfecta de la acción.
Los reyes habían visto al intruso. Cesó toda
actividad en el castillo rojo. Los pequeños móviles escarlata se quedaron
inmóviles, vigilantes.
La araña avanzó hacia la oscura promesa de la
puerta. Por encima de la torre, el semblante de Simon Kress permaneció
impasible.
Se produjo una actividad repentina. Los móviles
rojos más cercanos formaron dos núcleos y se precipitaron por la arena hacia la
araña. Más guerreros surgieron de las entrañas del
castillo y se reunieron en una línea triple para
guardar la entradade la cámara subterránea donde moraba el vientre. Móviles
rojos exploradores corrieron por las dunas para incorporarse a la lucha.
La batalla iba a empezar.
Los reyes atacantes se echaron en masa sobre la
araña. Las mandíbulas se aferraron en patas y abdomen del intruso. Otros
móviles corrieron hasta las doradas patas traseras de la araña,
mordiéndolas y desgarrándolas. Uno de ellos
encontró un ojo y tiró del órgano con sus diminutos zarcillos amarillos, hasta
dejarlo colgando. Kress sonrió y señaló el lugar exacto.
Pero los móviles eran pequeños y carecían de
veneno, y la araña no se detenía. Sus patas arrojaban reyes a un lado y a otro.
Sus fauces rezumantes se toparon con otros rojos, a los que dejaron destrozados
y rígidos. Ya había muerto una docena de móviles.
La araña siguió avanzando con resolución hacia la
triple línea deguardianes situada ante el castillo. Estos la rodearon y
cubrieron, lanzados a una batalla desesperada. Un grupo de reyes de la arena
había arrancado a mordiscos una de las patas de la araña.
Los defensores saltaron desde las torres para caer
sobre la masa de carne que se agitaba y retorcía.
Perdida debajo de los reyes, la araña entró
tambaleándose en el oscuro agujero y desapareció.
Rakkis emitió un largo suspiro. Estaba pálido.
¾Maravilloso ¾dijo alguien. Malada Blane soltó una
risita gutural.
¾Mirad ¾dijo Idi Noreddian, al tiempo que tiraba
del brazo de Kress.
Habían estado tan concentrados en la batalla que
ninguno de ellos advirtió la actividad desplegada en otras partes del tanque.
Pero ahora que el castillo rojo había vuelto a la
calma y la arena se hallaba vacía, a excepción de los móviles rojos muertos,
observaron el detalle.
Tres ejércitos estaban formados ante el castillo
rojo. Todos sus componentes permanecían inmóviles, en perfecta formación, línea
tras línea de reyes de la arena anaranjados, blancos y
negros... esperando a ver qué emergía de las
profundidades.
Kress sonrió.
¾Un cordón sanitaire ¾comentó¾. Y por favor, Jad,
echa un vistazo a los otros castillos.
Rakkis obedeció y no pudo menos que maldecir.
Grupos de móviles estaban bloqueando las puertas con arena y piedras. Si la
araña lograba sobrevivir a este encuentro, no encontraría fácil
acceso a los otros castillos.
¾Debí haber comprado cuatro arañas ¾dijo Rakkis¾.
De todas formas, he ganado. Mi araña está ahí abajo en estos momentos,
comiéndose a tu maldito vientre.
Kress no contestó. Aguardó. Hubo movimientos en las
sombras.
Móviles rojos empezaron a salir por la puerta
repentinamente.
Ocuparon sus posiciones en el castillo e iniciaron
la reparación de los desperfectos causados por la araña. Los otros ejércitos se
disolvieron y emprendieron el regreso a sus respectivas esquinas.
¾Jad ¾dijo Kress¾, creo que estás algo confundido
respecto a quién se ha comido a quién.
La semana siguiente Rakkis trajo cuatro delgadas
serpientes plateadas. Los reyes de la arena acabaron con ellas sin demasiados
problemas. A continuación, Rakkis probó con un mirlo. El pájaro se comió más de
treinta móviles blancos y sus sacudidas y tropezones destruyeron prácticamente
el castillo de aquel color, pero en último término sus alas se fatigaron y los
reyes lo atacaron en gran número en cualquier lugar
donde se posaba.
Después de esta intentona hubo otra con insectos,
escarabajos acorazados no muy distintos a los reyes. Pero estúpidos, muy
estúpidos. Una fuerza aliada de anaranjados y negros rompió la
formación de los insectos, los dividió y masacró.
Rakkis empezó a dar a Kress diversos pagarés.
Fue por entonces cuando Kress volvió a encontrarse
con Cath m'Lane, una noche en que él se hallaba cenando en su restaurante
favorito de Asgard. Kress se detuvo brevemente ante
la mesa de la mujer y le habló de los juegos
bélicos, invitándola a participar. Cath se ruborizó. Después recuperó el
dominio de sí misma y se mostró glacial.
¾Alguien tiene que detenerte, Simon. Supongo que
tendré que ser yo ¾dijo.
Kress contestó con un gesto de indiferencia,
disfrutó de una comida excelente y no pensó más en la amenaza de Cath.
Hasta una semana más tarde, cuando se presentó en
su casa una mujer menuda y de aire resuelto que le enseñó su identificación
policial.
¾Hemos recibido quejas ¾expuso la mujer¾. ¿Tiene un
tanque lleno de insectos peligrosos, Kress?
¾No son insectos ¾replicó él, furioso¾. Venga, se
lo demostraré.
Tras haber visto a los reyes de la arena, la mujer
policía agitó su cabeza.
¾Esto no es satisfactorio. Además ¿qué sabe usted
de estas criaturas? ¿Sabe de dónde proceden? ¿Han sido autorizadas por el
Departamento Ecológico? ¿Tiene licencia para poseerlas?
Según un informe que tenemos, son carnívoras y
peligrosas.
También sabemos que son semiconscientes. En fin,
¿dónde consiguió estas criaturas?
¾En Wo y Shade ¾replicó Kress.
¾Jamás he oído hablar de ellos. Probablemente
metieron esto de contrabando, sabiendo que nuestros ecólogos jamás darían su
aprobación. No, Kress, esto no es satisfactorio. Voy a confiscar el tanque y me
encargaré que lo destruyan. Y usted recibirá algunas multas.
Kress ofreció cien unidades estándar a cambio que
la mujer se olvidara de él y sus reyes de la arena.
¾Ahora deberé añadir intento de soborno a los
cargos en su contra ¾fue la respuesta.
No mostró deseos de dejarse persuadir hasta que
Kress elevó la oferta a dos mil unidades estándar.
¾No va a ser fácil, compréndalo ¾dijo ella¾. Hay
que alterar impresos, hacer desaparecer papeles de los archivos... Y obtener
una licencia falsificada de los ecólogos sería perder tiempo. Sinmencionar los
problemas con la demandante. ¿Y si ella vuelve a llamar?
¾Yo me encargaré de ella ¾dijo Kress¾. Yo me
encargaré de ella.
Estuvo pensando un rato. Aquella noche hizo algunas
llamadas.
Primero, a t'Etherane, el vendedor de animales.
¾Quiero comprar un perro ¾dijo¾. Un cachorro.
La redondeada cara del comerciante le contempló con
incredulidad.
¾¿Un cachorro? Ese no es su estilo, Simon. ¿Por qué
no viene a verme? Tengo mucho que ofrecerle.¾Deseo un tipo muy específico de
cachorro ¾dijo Kress¾.
Apunte. Voy a describirle cómo debe ser.
Después llamó a Idi Noreddian.
¾Idi, quiero que vengas aquí esta noche con tu
equipo holográfico. Tengo la idea de grabar una batalla de los reyes de la
arena. Un presente para uno de mis amigos.
La noche siguiente a la realización de la
grabación, Kress permaneció levantado hasta muy tarde. Absorbió un
controvertido nuevo drama en su sensorio, se preparó un modesto refrigerio,
fumó un par de cigarrillos de marihuana y descorchó
una botella de vino. Sintiéndose muy contento de sí mismo, entró en la salita
con el vaso en la mano.
La luz estaba apagada. El resplandor rojizo del
terrario hacía que las sombras parecieran inquietas y febriles. Kress se acercó
a examinar su dominio, sintiendo curiosidad por saber cómo se las arreglarían
los negros para reparar su castillo. El perrito lo había dejado en ruinas.
La restauración iba bien. Pero mientras Kress
inspeccionaba el trabajo con sus anteojos, topó por casualidad con el rostro
tallado en el muro del castillo de arena. La visión le sorprendió.
Se echó hacia atrás, parpadeó, tomó un saludable
trago de vino y volvió a mirar.
La cara del muro seguía siendo la suya. Pero estaba
equivocada, completamente retorcida. Sus mejillas estaban hinchadas como si se
tratase de un cerdo. Su sonrisa era la propia de una deshonesta mirada de
reojo. Su aspecto era imposiblemente malévolo.
Intranquilo, rodeó el tanque para inspeccionar los
demás castillos.Las imágenes eran algo distintas, pero en último término no
había grandes diferencias.
Los anaranjados no se habían detenido demasiado en
detalles, pero el resultado seguía pareciendo monstruoso, grosero. Una boca
brutal y unos ojos estúpidos.
Los rojos le habían dado una especie de sonrisa
satánica y crispada. Las comisuras de sus labios adoptaban formas extrañas y
desagradables.
Los blancos, sus favoritos, habían tallado un dios
cruel e idiota.
Kress, colérico, arrojó el vino al suelo.
-Vosotros lo habéis querido -dijo entre dientes-.
Ahora estaréis una semana sin comer, asquerosos... ¾Su voz se convirtió en un
chillido. Os arrepentiréis.
Tuvo una idea. Salió corriendo de la habitación y
regresó un momento después con una antigua espada de acero en sus manos.
El arma medía un metro de largo y la punta
conservaba su filo.
Kress sonrió, se subió en el sofá y abrió la tapa
del tanque, lojusto para poder meter la mano, dejando al descubierto un rincón
del desierto. Se inclinó y hundió la espada en el castillo blanco
que estaba bajo él. La movió de un lado al otro,
destrozando torres, baluartes y muros. La arena y la piedra se vinieron abajo,
enterrando a los confundidos móviles. Un ligero golpe de su
muñeca eliminó los rasgos de la insolente e
insultante caricatura en que los reyes de la arena habían convertido su rostro.
A continuación mantuvo en equilibrio la punta de la espada sobre el
agujero oscuro que llevaba a la cámara del vientre.
Clavó el arma con toda su fuerza, encontrando cierta resistencia. Escuchó un
sonido tenue como de chapoteo. Todos los móviles se
estremecieron y desplomaron. Satisfecho, sacó la
espada.
Observó por un instante, preguntándose si habría
matado alvientre. La punta de la espada estaba húmeda, viscosa. Pero finalmente
los reyes blancos empezaron a moverse de nuevo
Débil, lentamente, pero se movían.
Iba a poner la tapa en su lugar y acercarse a otro
castillo cuando sintió que algo se arrastraba por su mano.
Gritó, soltó la espada, y de un manotazo apartó de
su carne al rey de la arena. La criatura cayó en la alfombra y Kress la aplastó
con el tacón, machacándola mucho tiempo después de estar muerta.
Había crujido al pisarla. Después de eso, sus manos
temblorosas cerraron el tanque. Se apresuró a ducharse y examinarse con todo
cuidado. Metió su ropa en agua hirviente.
Más tarde, tras beber varios vasos de vino, volvió
a la salita. Se sentía algo avergonzado por el modo en que el rey de la arena
lo había aterrorizado. Pero no estaba dispuesto a abrir el tanque de nuevo. A
partir de aquel momento, la tapa permanecería cerrada de forma permanente. Y
sin embargo, debía castigar a los demás.
Decidió lubricar sus procesos mentales con otro
vaso de vino. Mientras lo apuraba, tuvo una nspiración. Se acercó al tanque y
efectuó algunos ajustes en los controles de humedad.
Cuando se quedó dormido en el sofá, el vaso de vino
todavía en la mano, los castillos de arena estaban fundiéndose bajo la lluvia.
Violentos golpes en la puerta despertaron a Kress.
Se levantó, mareado y sintiendo palpitaciones en la
cabeza. Las borracheras de vino siempre eran las peores, pensó. Se aproximó
dando tumbos a la entrada de la casa. Cath m'Lane se
encontraba al otro lado. -¡Monstruo! -gritó la
mujer. Su rostro estaba hinchado y
surcado por las lágrimas-. He llorado toda la
noche, eres abominable. Pero esto se ha acabado, Simon, esto se ha acabado.
-Tranquila ¾dijo Kress, agarrándose la cabeza-.
Tengo resaca.
Cath le maldijo, le dio un empujón y entró en la
casa. El shambler
apareció en un rincón para comprobar a qué se debía
el ruido. La
mujer lo abofeteó y penetró en la salita, con Kress
siguiéndola
inútilmente.
-Espera -dijo-. ¿Dónde...? No puedes... -Se detuvo,
repentinamente paralizado por el terror. Cath
llevaba un pesado
martillo en la mano izquierda-. No.
Cath avanzó resueltamente hacia el tanque de los
reyes de la arena.
-¿Te gustan mucho estos encantadores pequeños, eh,
Simon?
En este caso, vive con ellos.
-¡Cath! -chilló.
Asiendo el martillo con ambas manos, la mujer
golpeó con todas sus fuerzas el lateral del tanque. El sonido del impacto
provocó punzadas de dolor en la cabeza de Kress, que lanzó un débil gemido de
desesperación. Pero el plástico resistió.
Cath golpeó de nuevo. En esta ocasión se produjo un
crujido y una red de finas líneas apareció en la pared del recipiente.
Kress se lanzó hacia ella cuando levantaba el
martillo para dar un tercer golpe. Ambos cayeron juntos y rodaron por el suelo.
Cath perdió el martillo y trató de agarrar por el cuello a Kress, pero éste se
liberó y mordió a la mujer, haciéndola sangrar. Los dos se pusieron de pie de
modo vacilante, respirando con dificultad.
-Deberías verte ahora, Simon -dijo sombríamente
Cath-. Con
la sangre goteando de tu boca pareces uno de tus
animalitos. ¿Te
gusta el sabor...?
-Lárgate. -Kress vio la espada, todavía en el mismo
lugar
donde había caído la noche pasada, y la tomó-. Vete
-repitió,
agitando el arma para dar fuerza a sus palabras-.
No te acerques otra vez a ese tanque.
Cath se rió de él.
-No te atreverías -le dijo.
Se inclinó sobre el martillo. Kress gritó y se
abalanzó hacia ella.
Antes que se diera cuenta, la hoja de acero había
penetrado limpiamente en el abdomen de la mujer. Cath m'Lane le miró inquisitivamente
y luego contempló la espada. Kress retrocedió.
-No pretendía... -gimoteó-. Yo sólo quería...
Cath se quedó inmóvil. Sangraba, agonizaba, pero no
cayó al suelo.
-Eres un monstruo -logró decir, pese a que su boca
estaba llena de sangre.
De un modo increíble, se volvió y golpeó el tanque
con sus últimas fuerzas. La torturada pared se astilló y Cath m'Lane fue enterrada
por una avalancha de plástico, arena y barro.
Kress emitió pequeños gritos de histeria y gateó
hasta el sofá.
Los reyes de la arena estaban emergiendo de la
tierra amontonada en el suelo de la salita. Se arrastraban sobre el cadáver de
Cath. Algunos se aventuraron con precaución a pisar la alfombra. Otros muchos
los imitaron.
Observó que se formaba una columna, un cuadrado
viviente contorsionante de reyes de la arena que llevaban algo... algo viscoso
y deforme, un trozo de carne cruda tan grande como la cabeza de un hombre.
Empezaron a llevarse el vientre lejos del tanque. La masa de carne palpitaba.
Fue entonces cuando Kress no pudo más y se echó a
correr.
En lugar de lograr hacer acopio de valor para
regresar a su hogar, Kress corrió hacia su helicóptero y voló hasta la ciudad
más próxima, a cincuenta kilómetros de distancia, casi enfermo de miedo. Una
vez lejos y a salvo, encontró un pequeño restaurante, bebió varias tazas de
café, tomó dos pastillas contra la resaca, desayunó en abundancia y, poco a
poco, fue recuperando sucompostura.
Había sido una mañana terrible, pero seguir
recordándola no iba a resolver nada. Pidió más café y consideró su situación
con frío raciocinio.
Cath m'Lane había muerto y él era el culpable.
¿Podía dar parte del hecho y argumentar que se había tratado de un accidente?
Más bien no. Al fin y al cabo, él era el asesino y
ya había dicho a aquella mujer policía que se iba a encargar de ella. Tendría
que desembarazarse de las pruebas y confiar en que Cath no hubiera contado a
nadie lo que planeaba hacer aquel día. Era poco probable que hubiera hecho tal
cosa. Ella no habría recibido el regalo hasta última hora del día anterior y
había dicho «he lloradotoda la noche». Y estaba sola cuando se presentó.
Perfecto, Kress tenía un cadáver y un helicóptero de los que disponer.
Quedaban los reyes de la arena. Podrían representar
más de un problema. Sin duda ya se habrían escapado todos. El pensamiento de
aquellas criaturas ocupando su casa, su cama y sus ropas, infestando su
comida... le hizo sentir un hormigueo en la piel. Se estremeció y superó su
repulsión. En realidad no debería ser demasiado difícil matarlas, se recordó.
No debía ocuparse de todos los móviles. Simplemente los cuatro vientres, eso
era todo. Podía hacerlo. Eran grandes, ya lo había visto. Los encontraría y los
mataría. El era su dios. Ahora sería su destructor.
Fue de compras antes de regresar a su hogar.
Adquirió un traje de plástico que lo cubriría de pies a cabeza, varias bolsas
de pastillas de veneno para ratas y un atomizador de un insecticida ilegalmente
potente. También compró un accesorio para remolcar vehículos.
Cuando aterrizó en su casa aquella misma tarde,
inició su tarea de modo metódico. En primer lugar enganchó el helicóptero de Cath
al suyo utilizando el accesorio que había comprado.
Registrando el aparato de la mujer muerta tuvo su
primer golpe de suerte. En el asiento delantero se hallaba la hoja de cristal
con la grabación holográfica que había efectuado Idi Noreddian de la lucha de
los reyes de la arena. A Kress le había preocupado este detalle.
Cuando los helicópteros estuvieron dispuestos,
Kress se puso el traje de plástico y entró en la mansión para recoger el
cadáver de Cath.
No lo encontró.
Husmeó con todo cuidado en la arena, que se secaba rápidamente,
y no le quedó duda alguna: el cuerpo había desaparecido.
¿Acaso Cath se habría alejado de allí
arrastrándose? Muy improbable, pero Kress igual investigó. Una investigación superficial
de su casa no le permitió descubrir el cadáver o algún rastro de los reyes de
la arena. No tenía tiempo para realizar una investigación más completa, no con
el delatador helicóptero frente a la entrada. Decidió continuar las pesquisas
después.
A setenta kilómetros al norte de la mansión de
Kress se extendía una cadena de volcanes activos. Voló hacia allí, remolcando
el helicóptero de Cath. Sobre el cono incandescente del mayor de los volcanes
desconectó el accesorio de remolque y vio como el helicóptero de Cath caía
verticalmente y se desvanecía en la lava.
Estaba anocheciendo cuando regresó a su casa. Esto
le permitía tomarse un descanso. Rápidamente meditó si le convenía o no volar
otra vez a la ciudad y pasar la noche allí. Desechó la idea.
Tenía trabajo pendiente. Todavía no se hallaba a
salvo.
Diseminó las pastillas venenosas alrededor de su
casa. Nadie recelaría de tal acción. Siempre había tenido problemas con los animales
de las rocas. Una vez terminada esta tarea, Kress preparó el atomizador de
insecticida y se aventuró a entrar en la mansión.
Recorrió toda la casa, habitación por habitación,
encendiendo la
luz por todas partes donde pasaba hasta que se vio
rodeado por
un resplandor de iluminación artificial. Hizo una
pausa para
limpiar la salita, utilizando la pala para volver a
poner en el tanque
la arena y los fragmentos de plástico. Los reyes de
la arena se
habían escapado todos, tal como había temido. Los
castillos
estaban contraídos y deformados, convertidos en
escoria por el
bombardeo acuoso que Kress les había infringido, y
lo poco que
quedaba de ellos se desmoronaba al irse secando.
Kress frunció el entrecejo y siguió su inspección,
con el
atomizador de insecticida sujeto a su espalda.
Abajo, en la bodega, vio el cadáver de Cath m'Lane.
Estaba tendida al pie de un tramo de escaleras con
las piernas
torcidas, como si hubiera caído. Móviles blancos
pululaban a su
alrededor y, mientras Kress los contemplaba, el
cuerpo se movió
de un tirón en el suelo extremadamente sucio.
Kress rió y puso la iluminación al máximo. En el
rincón más
alejado, entre dos estantes de botellas de vino, se
veía un castillo
achatado, formado en parte por barro, y un oscuro
agujero. Kress
vislumbró un tosco rasgo de su rostro en el muro de
la bodega.
El cadáver cambió de posición por segunda vez,
moviéndose
algunos centímetros hacia el castillo. Kress tuvo
una repentina
visión del vientre blanco esperando ansiosamente.
El vientre
podría meterse un pie de Cath en la boca, pero nada
más.
Demasiado absurdo. Se rió de nuevo y comenzó a
bajar a la
bodega, con un dedo fijo en el disparador de la
manguera que
serpenteaba a lo largo de su brazo derecho. Los
reyes, cientos de
ellos moviéndose al unísono, abandonaron el cadáver
y
adoptaron la formación de batalla, una muralla
blanca entre Kress
y el vientre de los móviles.
De repente, Kress tuvo otra inspiración. Sonrió y
bajó la mano con
la que pensaba disparar.
¾Cath siempre fue difícil de tragar ¾dijo,
complacido por su
ingenio¾. Es especial para alguien de vuestro
tamaño. Bien,
permitidme que os ayude. ¿Para qué están los
dioses, sino?
Se retiró a la planta, regresando poco después con
un hacha. Los
reyes, pacientes, esperaron y observaron a Kress
mientras
desmenuzaba a Cath m'Lane en trozos pequeños y
fácilmente
digeribles.
Kress durmió aquella noche con el traje de plástico
encima y el
insecticida a mano, pero no tuvo problemas. Los
blancos,
saciados, permanecieron en la bodega y Kress no vio
rastro
alguno de los demás.
Por la mañana concluyó la limpieza de la salita.
Cuando terminó,
no quedó más traza de la pelea que el tanque
destrozado.
Comió un poco y reemprendió su caza de los reyes
que faltaban.
A plena luz del día no tuvo dificultades. Los
negros se habían
establecido en su jardín rocoso y construido un
castillo repleto de
obsidiana y cuarzo. Los rojos estaban en el fondo
de la piscina,
largo tiempo en desuso, que se había ido llenando
de arena con
el paso de los años. Vio móviles de ambos colores
recorriendo
sus tierras, muchos de ellos cargados con pastillas
de veneno
que llevaban a sus vientres. Kress estuvo a punto
de ponerse a
reír. Decidió que su insecticida era innecesario.
¿Para qué
arriesgarse a una pelea, si le bastaba que el
veneno surtiera su
efecto? Los dos vientres habrían muerto por la
tarde.
Sólo quedaba encontrar a los reyes anaranjados.
Kress circundó
la mansión varias veces, describiendo una espiral
cada vez más
amplia, mas no encontró un solo vestigio de ellos.
Al comenzar a
sudar bajo su traje de plástico ¾era un día
caluroso y seco¾,
pensó que el asunto no era tan importante. Si los
anaranjados se
encontraban allí, probablemente su vientre estaría
comiendo las
pastillas venenosas, igual que los otros.
Al volver a la casa aplastó varios reyes con cierta
satisfacción.
Una vez en el interior, se quitó el traje de
plástico, descansó para
tomar una deliciosa comida y finalmente se
tranquilizó. Todo
estaba bajo control. Dos de los vientres pronto
habrían muerto, el
tercero se hallaba bien localizado, en un lugar
donde podría
disponer de la criatura en cuanto ésta hubiera
prestado sus
servicios, y no dudaba que descubriría al cuarto.
En cuanto a
Cath, todo rastro de su visita había sido
eliminado.
Su ensueño fue interrumpido cuando la pantalla de
comunicación
empezó a brillar de forma intermitente ante sus
ojos. Era Jad
Rakkis, que llamaba para alardear de dos gusanos
caníbales que
pensaba exhibir por la noche en los juegos bélicos.
Kress había olvidado la cita, pero se recuperó
rápidamente.
¾Oh, Jad, perdóname. Olvidé explicártelo. Estaba
empezando a
cansarme de todo eso y me deshice de los reyes de
la arena.
Esos asquerosos bichitos... Lo siento, pero no
habrá fiesta esta
noche.
¾¿Y qué voy a hacer con mis gusanos? ¾Rakkis estaba
indignado.
¾Ponlos en una cesta de fruta y envíalos a una
persona de tu
estimación ¾dijo Kress, y cortó la comunicación.
Se apresuró a llamar a los otros. No podía
arriesgarse a que le
visitaran ahora, con los reyes vivos e infestando
la mansión.
Mientras llamaba a Idi Noreddian, Kress se dio
cuenta de un
descuido fastidioso. La pantalla empezó a
despejarse, indicando
que alguien había respondido al otro lado. Kress
cortó.
Idi llegó puntual, una hora más tarde. A la mujer
le sorprendió que
la fiesta hubiera sido anulada, pero se alegró
mucho de poder
pasar la tarde a solas con Kress. Éste la deleitó
con su historia de
la reacción de Cath ante la grabación holográfica
que ambos
habían realizado. Mientras lo explicaba, Kress se
las arregló para
averiguar que Cath no había mencionado la jugarreta
a nadie.
Satisfecho, volvió a llenar de vino los vasos. Pero
sólo quedaban
unas gotas en la botella.
¾Tendré que ir por otra ¾dijo Kress¾. Acompáñame a
la
bodega y ayúdame a elegir una buena cosecha.
Siempre has
tenido mejor paladar que yo.
Idi obedeció entusiasmada, pero se detuvo ante las
escaleras
cuando Kress abrió la puerta y le hizo un gesto
para que pasara.
¾¿Dónde están las luces? ¾preguntó ella¾. Y ese
olor... ¿Qué
olor tan raro es éste, Simon?
Al recibir el empujón de Kress, Idi se quedó
desconcertada.
Gritó al caer por las escaleras. Kress cerró la
puerta y empezó a
sellarla con las tablas y martillo neumático que
había dejado allí
para dicho fin. Cuando terminaba, oyó los gemidos
de Idi.
¾¡Estoy herida! ¾gritó Idi. Simon, ¿qué significa
esto?
Prorrumpió en repentinos chillidos, que se
convirtieron en alaridos
poco después.
Los gritos no cesaron durante varias horas. Kress
fue a su
sensorio y sintonizó una atrevida comedia para
borrar aquel
sonido de su mente.
Cuando estuvo seguro que Idi había muerto, Kress
voló con el
helicóptero de su amiga hacia el norte, rumbo a los
volcanes, y se
deshizo del aparato. El accesorio de remolque
estaba mostrando
ser una excelente inversión.
Extraños ruidos, rascaduras, surgían del otro lado
de la puerta de
la bodega al día siguiente, cuando Kress se
disponía a
inspeccionar. Escuchó durante unos instantes
angustiosos,
preguntándose si Idi habría logrado sobrevivir.
¿Estaría ella
escarbando para tratar de salir? Esto le pareció
improbable. Tenía
que tratarse de los reyes. A Kress no le gustaron
las
implicaciones del hecho. Decidió mantener la puerta
cerrada, al
menos durante un tiempo. Salió al exterior de la
casa con una
pala, dispuesto a enterrar los vientres en sus
mismos castillos.
Las fortalezas estaban mucho más pobladas.
El vidrio volcánico del castillo negro lanzaba
destellos y los reyes
de la arena ocupaban por completo la fortaleza,
reparándola y
mejorándola. La torre más elevada llegaba hasta la
cintura de
Kress y en ella se encontraba una espantosa
caricatura de su
rostro. Conforme iba acercándose, los negros
abandonaron su
trabajo y formaron dos amenazadoras falanges. Kress
miró a sus
espaldas y vio a otros móviles que cerraban su
retirada.
Asustado, soltó la pala y echó a correr para salir
de la trampa,
aplastando a varios móviles con sus botas.
El castillo rojo trepaba por las paredes de la
piscina. El vientre se
hallaba a salvo en un hoyo, rodeado de arena,
hormigón y
almenas. Los rojos se arrastraban por todo el fondo
de la piscina.
Kress observó que estaban metiendo una rata y una
lagartija
enorme en el castillo. Horrorizado, se apartó del
borde de la
piscina y notó que algo crujía. Al bajar los ojos
vio a tres móviles
que trepaban por su pierna. Se los quitó de encima
de un
manotazo y los aplastó, pero otros se acercaron con
rapidez.
Eran más grandes de lo que recordaba. Algunos casi
del tamaño
de su pulgar.
Kress se alejó corriendo.
Cuando se puso a salvo en la casa, su corazón latía
con violencia
y su respiración era jadeante. Cerró la puerta en
cuanto entró y se
apresuró a echar la llave. Se suponía que su
mansión se hallaba
a prueba de plagas. Se encontraría a salvo en ella.
Una bebida fuerte calmó sus nervios. Así que el
veneno no les
hace nada, pensó. Debía haberlo supuesto. Jala Wo
le había
advertido que el vientre comía de todo. Tendría que
usar el
insecticida. Bebió un poco más, se puso el traje de
plástico y fijó
el recipiente de insecticida a su espalda. Abrió la
puerta.
En el exterior, los reyes de la arena estaban
aguardando.
Dos ejércitos hicieron frente a Kress, aliados
contra la amenaza
común. Más reyes de los que podía haberse
imaginado. Los
malditos vientres debían estar procreando como
ratas. Los
móviles se encontraban en todos lados, formaban un
mar
reptante.
Kress levantó la manguera y accionó el disparador.
Una niebla
gris cubrió la formación más próxima de los reyes.
Movió la mano
de un lado a otro.
Donde caía la niebla, los móviles se retorcían
violentamente y
morían tras repentinos espasmos. Kress sonrió. No
eran rivales
para él. Los roció describiendo un arco ante él y
avanzó
confiadamente sobre un revoltijo de cuerpos blancos
y negros.
Los ejércitos retrocedieron. Kress prosiguió su
avance, resuelto a
romper la defensa y llegar hasta los vientres.
La retirada de los reyes cesó de repente. Mil
móviles se lanzaron
hacia Kress.
Pero Kress ya esperaba el contraataque. Mantuvo su
posición,
extendiendo ante él la espada de niebla en amplios
arcos. Los
móviles se abalanzaban hacia Kress y morían.
Algunos
alcanzaron su objetivo, ya que Kress no podía
rociar todos los
lugares a la vez. Notó que trepaban por sus
piernas, sintió las
mandíbulas mordiendo inútilmente el plástico
reforzado de su
traje. Hizo caso omiso al ataque y continuó
lanzando insecticida.
Entonces empezó a sentir débiles impactos en la
cabeza y
espalda.
Kress se estremeció, dio la vuelta y alzó la
mirada. La parte
delantera de su mansión estaba pululante de reyes
de la arena.
Negros y rojos, a centenares, se lanzaban contra
Kress, caían
sobre él como lluvia. Uno de ellos aterrizó en su
máscara facial,
las mandíbulas arañando sus ojos un terrible
instante antes que
lograra quitárselo de encima.
Kress levantó más la manguera y roció el aire y la
casa hasta que
todos los reyes aéreos estuvieron muertos o
agonizantes. La
niebla descendió sobre él y le hizo toser. Pero
continuó
lanzándola. No volvió a fijar su atención en el
suelo hasta que
toda la parte delantera de la casa estuvo limpia.
Los móviles le rodeaban, estaban encima de él.
Algunos se
arrastraban por su cuerpo, centenares más se
apresuraban a
imitarlos. La manguera dejó de funcionar. Kress
escuchó un
agudo siseo y la neblina letal formó una gran nube
a la altura de
su cuello, cubriéndole, ahogándole, haciendo que
sus ojos
ardieran y se empañaran. Tanteó a medias la
manguera y su
mano se apartó cubierta de móviles agonizantes. La
manguera
estaba cortada, la habían perforado a mordiscos.
Kress estaba
rodeado por un velo de niebla, cegado. Se tambaleó,
gritó y se
puso a correr hacia la casa, quitándose móviles del
cuerpo al
mismo tiempo.
Una vez dentro, cerró la puerta con llave y se
derrumbó en la
alfombra, girando de un lado al otro hasta
asegurarse que había
aplastado a todos los reyes. El atomizador ya
estaba vacío por
entonces y siseaba débilmente. Kress se quitó el
traje de plástico
y se duchó. El agua caliente le escaldó y su piel
quedó enrojecida
y dolorida, pero sirvió para que la carne dejara de
hormiguear.
Se puso la ropa más gruesa que tenía, unos
pantalones y una
chaqueta de cuero, después de sacudir las prendas
nerviosamente.
¾Malditos, malditos ¾murmuró una y otra vez.
Tenía la garganta seca. Tras examinar el recibidor
de forma
concienzuda para asegurarse que estaba limpio de
móviles, se
sentó y tomó un trago de licor.
¾Malditos ¾repitió.
Le temblaban las manos al servirse y vertió líquido
en la alfombra.
El alcohol le apaciguó, pero no acabó con su miedo.
Llenó un
segundo vaso y se acercó furtivamente a la ventana.
Los reyes de
la arena se movían sobre la gruesa hoja de
plástico. Kress se
estremeció y retrocedió hasta el tablero de su
videoteléfono.
Tenía que pedir ayuda, pensó enloquecido. Llamaría
a las
autoridades, los policías vendrían con lanzallamas
y...
Kress se detuvo cuando ya había comenzado a llamar
y gimió. No
podía llamar a la policía. Debería informarles de
los blancos que
tenía en la bodega y encontrarían los cadáveres.
Quizá el vientre
hubiera dado cuenta de Cath por entonces, pero no
de Idi
Noreddian. Kress ni siquiera había desmenuzado el
cadáver.
Además quedarían los huesos. No, a la policía sólo
la llamaría
como último recurso.
Se sentó ante el tablero de comunicaciones, con el
semblante
muy grave. El videoteléfono ocupaba toda la pared.
Kress podía
contactar desde aquí con cualquier persona de
Baldur. Tenía
dinero en abundancia y contaba con su astucia.
Siempre había
estado orgulloso de su astucia. Resolvería el
problema de alguna
forma. Pensó por un momento en llamar a Wo, pero
pronto
abandonó la idea. Wo sabía demasiado, haría
preguntas y él no
confiaba en aquella mujer. No, necesitaba de
alguien que hiciera
lo que él quisiera sin reparos.
Su enojo fue convirtiéndose lentamente en una
sonrisa. Kress
tenía contactos. Llamó a un número que no había
utilizado
durante largo tiempo.
El rostro de una mujer cobró forma en la pantalla:
cabello canoso,
expresión vacía y nariz larga y en forma de gancho.
Su voz fue
enérgica y eficiente.
¾Simon ¾dijo¾. ¿Cómo van los negocios?
¾Perfectamente, Lissandra ¾contestó Kress¾. Tengo
un trabajo
para ti.
¾¿Un traslado? Mi precio ha subido desde la última
vez, Simon.
Han pasado diez años, después de todo.
¾Serás bien pagada ¾dijo Kress¾. Ya sabes que soy
generoso.
Te necesito para controlar una plaga.
Lissandra sonrió ligeramente.
¾No hace falta que uses eufemismos, Simon. La
llamada no está
controlada.
¾No, hablo en serio. Tengo un problema con ciertos
insectos.
Son peligrosos. Encárgate de ellos. Sin preguntas.
¿Comprendido?
¾Comprendido.
¾Perfecto. Necesitarás... tres o cuatro ayudantes.
Venid con ropa
resistente al calor y lanzallamas, o láseres, algo
así. Venid a mi
casa, ya veréis el problema. Bichos, montones y
montones de
bichos. En mi jardín y en la vieja piscina
encontraréis castillos.
Destruidlos, matad todo lo que haya en ellos. Luego
llamad a la
puerta y os explicaré el resto del trabajo. ¿Puedes
venir en
seguida?
¾Saldremos antes de una hora. ¾El rostro de
Lissandra
permaneció impasible.
Lissandra cumplió con su palabra. Se presentó en un
modesto
helicóptero negro acompañada de tres ayudantes.
Kress les
observó desde la seguridad que le proporcionaba la
ventana del
segundo piso. Los cuatro eran irreconocibles con
sus trajes
protectores. Dos de los ayudantes llevaban
lanzallamas portátiles
y el tercero, un cañón láser y explosivos.
Lissandra iba con las
manos vacías; Kress la reconoció porque daba
órdenes.
El helicóptero pasó primero a baja altura,
examinando la
situación. Los reyes de la arena enloquecieron.
Móviles escarlata
y ébano corrieron por todas partes, frenéticos.
Kress podía ver el
castillo del jardín desde su ventajosa posición. La
fortaleza tenía
la altura de un hombre. Los muros estaban repletos
de
defensores negros y un flujo constante de móviles
se adentraba
en sus profundidades.
El helicóptero de Lissandra aterrizó cerca del de
Kress y los
ayudantes descendieron y prepararon sus armas.
Tenían un
aspecto inhumano, horrible.
El ejército negro formó entre los ayudantes y el
castillo. Los
rojos... Kress notó de repente que no veía a los
rojos. Parpadeó.
¿A dónde habían ido?
Lissandra hizo varios gestos y gritó. Los dos
lanzallamas fueron
extendidos y abrieron fuego sobre los reyes negros.
Las armas
emitieron un ruido sordo y empezaron a rugir.
Largas lenguas de
fuego azulado y escarlata brotaron de los
lanzallamas. Los
móviles negros se contrajeron, consumieron y
murieron. Los
ayudantes desplazaron las llamas a uno y otro lado
produciendo
un eficiente fuego cruzado. Fueron avanzando con
pasos
cuidadosos.
Con el ejército negro abrasado y desintegrado, los
móviles
huyeron en infinidad de direcciones, unos volviendo
hacia el
castillo, otros lanzándose contra el enemigo. Ni
uno solo alcanzó
a los ayudantes que manejaban los lanzallamas. Los
hombres de
Lissandra demostraban ser grandes profesionales.
Fue entonces cuando uno de ellos tropezó.
O dio la impresión que tropezaba. Kress siguió
mirando y vio que
el suelo había cedido bajo los pies del individuo.
Túneles, pensó,
estremeciéndose de miedo. Túneles, pozos, trampas.
El hombre
del lanzallamas quedó hundido en la arena hasta la
cintura y, de
repente, la tierra que le rodeaba pareció hacer
erupción y se
encontró cubierto de reyes escarlatas. Soltó el
lanzallamas y
comenzó a rascarse el cuerpo. Sus chillidos fueron
horribles.
El compañero del atacado vaciló. Después dio media
vuelta y
disparó. Una llamarada engulló al hombre y los
reyes de la arena.
Los gritos cesaron bruscamente. Satisfecho, el
segundo ayudante
se volvió hacia el castillo, dio otro paso al
frente, reculó cuando su
pie se hundió en la tierra y desapareció hasta el
tobillo. Trató de
sacarlo y retroceder, y en ese momento cedió el
suelo que
pisaba. Perdió el equilibrio, se tambaleó y cayó.
Los móviles
surgieron en masa, frenéticos, y cubrieron al
individuo mientras
éste se retorcía. El lanzallamas carecía de
utilidad.
Kress golpeó violentamente la ventana para hacerse
notar.
¾¡El castillo! ¡Acabad con el castillo! ¾gritó.
Lissandra, que se había quedado atrás junto al
helicóptero, oyó a
Kress e hizo un gesto. El tercer ayudante apuntó
con el láser y
disparó. El rayo vibró sobre la tierra y cortó la
parte alta del
castillo.
El hombre bajó el cañón rápidamente, tajando los
parapetos de
arena y piedra. Las torres se desplomaron. La
imagen de Kress
se desintegró. El láser quemó el suelo del castillo
y sus
alrededores. La fortaleza se desmoronó. Sólo quedó
un montón
de arena. Pero los móviles negros continuaron
moviéndose. El
vientre se hallaba enterrado a gran profundidad.
Los rayos no lo
habían alcanzado.
Lissandra dio otra orden. El ayudante dejó el
láser, preparó un
explosivo y salió disparado. Saltó sobre el cuerpo
humeante del
primero de sus compañeros que había muerto, cayó en
tierra
firme dentro del jardín de Kress y lanzó la bomba.
El explosivo fue
a caer justo encima de las ruinas del castillo
negro. El resplandor
del calor blanco quemó los ojos de Kress y se
produjo una
enorme salpicadura de arena, rocas y móviles. El
polvo oscureció
todo durante un instante. Siguió la lluvia de
móviles y sus restos.
Kress observó que los móviles negros yacían muertos
e
inmóviles.
¾¡La piscina! ¾gritó por la ventana¾. ¡Destruid el
castillo de la
piscina!
Lissandra le comprendió rápidamente. El suelo
estaba repleto de
negros inmóviles, pero los rojos retrocedían
apresuradamente y
se reagrupaban. El ayudante pareció dudar, hasta
que se agachó
y cogió otro explosivo. Avanzó un paso, pero
Lissandra le llamó y
el hombre corrió hacia ella.
Todo fue muy sencillo a partir de aquel momento. El
ayudante
subió al helicóptero y Lissandra emprendió el
vuelo. Kress se
precipitó hacia la ventana de otra habitación para
no perderse
detalle. El aparato descendió justo sobre la
piscina y el ayudante
lanzó sus bombas al castillo rojo desde la
seguridad que le daba
el vehículo. Después de la cuarta pasada, el
castillo quedó
irreconocible y los reyes rojos dejaron de moverse.
Lissandra fue cuidadosa. Hizo que su ayudante
bombardeara
ambos castillos varias veces más. A continuación,
el individuo
utilizó el láser para barrer metódicamente la zona
de las ruinas,
asegurándose así que ni un solo ser viviente
pudiese permanecer
intacto bajo aquellos pequeños pedazos de tierra.
Finalmente llamaron a la puerta de Kress, que
sonrió
maniáticamente cuando les dejó pasar.
¾Delicioso ¾dijo¾. Delicioso.
Lissandra se quitó la mascarilla.
¾Esto va a costarte caro, Simon. Dos ayudantes
muertos, sin
hablar del peligro que he corrido.
¾Naturalmente ¾interrumpió Kress¾. Te pagaré bien,
Lissandra. Todo lo que pidas, pero en cuanto
terminéis el trabajo.
¾¿Qué queda por hacer?
¾Tenéis que limpiar mi bodega. Hay otro castillo
ahí abajo. Y
tendréis que hacerlo sin explosivos. No quiero que
mi casa se
venga abajo.
Lissandra hizo un gesto a su ayudante.
¾Ve afuera y coge el lanzallamas de Rajk. Tiene que
estar
intacto.
El hombre volvió armado, preparado, silencioso.
Kress les
condujo a la bodega.
La pesada puerta seguía cerrada con clavos, tal
como Kress la
había dejado. Pero sobresalía ligeramente hacia
afuera, como si
una enorme presión la combara. Kress se
intranquilizó por ello
tanto como por el silencio que reinaba. Se colocó
bien alejado de
la puerta mientras el ayudante de Lissandra
arrancaba los clavos
y tablas.
¾¿Será eso seguro ahí dentro? ¾se encontró
murmurando
Kress, al tiempo que señalaba el lanzallamas¾.
Tampoco quiero
que haya un incendio, comprendedlo.
¾Tengo el láser ¾dijo Lissandra¾. Lo usaremos para
la
matanza. Probablemente no nos hará falta el
lanzallamas. Pero
quiero disponer de esa arma por si acaso. Hay cosas
peores que
el fuego, Simon.
Kress asintió en silencio.
La última tabla fue arrancada de la puerta de la
bodega. Todavía
no se había producido sonido alguno en el interior.
Lissandra dio
una orden y el subordinado se echó hacia atrás para
situarse
detrás de la mujer y apuntar el lanzallamas al
centro de la puerta.
Lissandra volvió a ponerse la mascarilla, alzó el
láser, avanzó y
abrió la puerta.
Ni un solo movimiento. Ningún sonido. El fondo de
la bodega
estaba oscuro.
¾¿Hay alguna luz? ¾preguntó Lissandra.
¾El interruptor está justo al lado de la puerta
¾contestó Kress¾.
A mano derecha. Cuidado con las escaleras. Son
bastantes
empinadas.
Lissandra cruzó el umbral, cambió el láser a su
mano izquierda,
alargó la derecha y tanteó con ella en busca del
interruptor. No
sucedió nada.
¾Lo noto ¾explicó Lissandra¾, pero no parece que...
Un instante después empezó a gritar y cayó hacia
atrás. Un
enorme rey blanco se había aferrado a la muñeca de
la mujer.
Brotó sangre del traje en el lugar donde las
mandíbulas del móvil
habían mordido. La criatura era tan grande como la
mano de
Lissandra.
La mujer realizó un grotesco pase de baile en la
habitación y
empezó a golpear con su mano la pared más cercana.
Una y otra
vez, sin cesar, produciendo un ruido sordo,
carnoso. El rey de la
arena cayó por fin. Lissandra había soltado el
láser cerca de la
puerta de la bodega.
¾No pienso bajar ahí ¾anunció el ayudante con voz
clara y
firme.
Lissandra alzó los ojos hacia él.
¾No ¾le dijo¾. Ponte en la puerta y quémalo todo,
hasta que
sólo queden cenizas. ¿Comprendes?
El otro asintió.
¾Mi casa ¾se quejó Kress. Su estómago se revolvió.
El móvil
blanco había sido tan grande. ¿Cuántos más había
allí abajo?¾.
No lo hagas ¾ordenó¾. No toques nada. He cambiado
de idea.
Lissandra no le comprendió. Mostró su mano herida.
Estaba
cubierta de sangre y de un líquido de color verdoso
oscuro.
¾Tu amiguito perforó mi guante con su boca y ya has
visto lo que
me ha costado quitármelo de encima. No me preocupa
tu casa,
Simon. Sea lo que sea, eso que hay ahí abajo va a
morir.
Kress apenas la escuchó. Creyó distinguir
movimientos en las
sombras, al otro lado de la puerta. Imaginó que un
ejercito de
móviles blancos iba a surgir en tropel. Soldados
tan enormes
como el rey que había atacado a Lissandra. Se vio
levantado por
un centenar de brazos diminutos y arrastrado en la
oscuridad
hacia el lugar donde el vientre aguardaba sin poder
contener su
hambre.
Kress se aterrorizó.
¾No hagáis nada ¾dijo.
Los otros dos no le hicieron caso.
Kress saltó hacia adelante y su hombro golpeó la
espalda del
ayudante en el momento que éste se preparaba para
disparar. El
ayudante gruñó, perdió el equilibrio y se precipitó
en la oscuridad.
Kress escuchó como el hombre caía por las
escaleras. Después
hubo otros ruidos... Sonidos suaves, chapoteos,
crujidos...
Kress se dio vuelta para encararse con Lissandra.
Estaba
empapado en un sudor frío, pero una excitación
malsana se
apoderó de él. Un impulso casi sexual.
Los ojos fríos y tranquilos de Lissandra le miraron
desde detrás
de la mascarilla.
¾¿Qué estás haciendo? ¾preguntó mientras Kress
recogía el
láser que ella había soltado¾. ¡Simon!
¾Estoy haciendo las pases ¾dijo Kress. Soltó una
risita¾. Ellos
no le harán daño a dios, no. No mientras dios sea
bueno y
generoso. Fui cruel. Los maté de hambre. Ahora debo
reparar el
daño, compréndelo.
¾Estás loco ¾protestó Lissandra.
Fueron las últimas palabras. Kress hizo un agujero
en el pecho de
la mujer, tan grande que habría podido pasar el
brazo a través del
hueco. Arrastró el cadáver por el suelo y lo arrojó
por las
escaleras de la bodega. Los ruidos aumentaron:
ruidos cortos,
raspaduras, ecos claros y confusos. Kress volvió a
cerrar la
puerta con clavos.
Cuando se apartó del lugar se sintió invadido por
un profundo
sentimiento de satisfacción que recubría su miedo
como una capa
de almíbar. Sospechó que tal sensación no le
pertenecía.
Kress había planeado abandonar el hogar, volar
hasta la ciudad y
alquilar una habitación por una noche o quizá un
año. En lugar de
eso, empezó a beber. No estaba muy seguro del
porqué. Bebió
sin descanso durante varias horas y, bruscamente,
vomitó toda la
bebida en la alfombra de su salita. En un momento
dado se
durmió. Al despertar, la oscuridad era total en la
casa.
Se encogió en el sofá. Escuchó ruidos. Algo se
movía por las
paredes. Le rodeaban. Su oído se agudizó
extraordinariamente.
Todo diminuto crujido era la pisada de un rey de la
arena. Cerró
los ojos y esperó a sentir el terrible contacto de
aquellas criaturas,
temeroso de moverse por si topaba con una de ellas.
Kress sollozó y luego se quedó muy silencioso.
Transcurrió el tiempo, pero no ocurrió nada.
Kress abrió los ojos de nuevo. Se estremeció. Poco
a poco, las
sombras empezaron a debilitarse y disolverse. La
luz de la luna
se filtraba por los altos ventanales. Los ojos de
Kress se
acostumbraron a la oscuridad.
La salita estaba vacía. No había nada, nada. Sólo
sus temores de
borracho.
Se animó, se levantó y encendió una luz.
Nada. La habitación estaba desierta.
Prestó atención. Nada. Ningún sonido. Nada en las
paredes.
Todo había sido producto de su imaginación, de su
terror.
Los recuerdos de Lissandra y lo sucedido en la
bodega se
presentaron de forma espontánea. Vergüenza y enojo
se
apoderaron de él. ¿Por qué había hecho eso? Él
podía haber
ayudado a Lissandra a quemarlo todo, a matar el
vientre. ¿Por
qué...? Él sabía el motivo. El vientre era el
culpable, le había
metido el miedo en el cuerpo. Wo había dicho que
aquella criatura
era psiónica, incluso cuando era pequeña. Y ahora
era tan
grande, tan grande... Se había dado un festín con
Cath e Idi y ya
tenía otros dos cadáveres allí abajo. Seguiría
creciendo. Y había
aprendido a saborear el gusto de la carne humana,
pensó Kress.
Empezó a temblar, pero se dominó de nuevo. El
vientre no le
haría daño, él era dios. Los blancos siempre habían
sido sus
favoritos.
Recordó que había herido al vientre blanco con la
espada, antes
que se presentara Cath. Aquella condenada mujer...
No podía quedarse parado. El vientre volvería a
tener hambre. Y
dado su tamaño, no tardaría mucho en sentirla. Su
apetito sería
terrible. ¿Qué haría entonces? Kress debía
marcharse, ponerse a
salvo en la ciudad mientras el vientre aún estaba
confinado en la
bodega. Allí abajo sólo había yeso y tierra y los
móviles podrían
excavar y abrir túneles. Cuando estuvieran
libres... Kress no quiso
pensar en ello.
Fue a su dormitorio y preparó el equipaje. Cogió
tres maletas.
Sólo necesitaba una muda de ropa, eso era todo. El
resto del
espacio disponible lo llenó de sus posesiones de
valor; joyas,
obras de arte y otras cosas cuya pérdida no podría
soportar. No
esperaba volver nunca a su mansión.
El shambler le siguió por las escaleras,
contemplándole con sus
ojos malvados y relucientes. El animal estaba
demacrado. Kress
comprendió que llevaba muchísimo tiempo sin
alimentarlo. En
general, el shambler podía cuidarse de sí mismo,
pero sin duda
los residuos de comida habían ido escaseando cada
vez más.
Cuando el animal trató de agarrarse a su pierna,
Kress refunfuñó
y le dio una patada. El shambler se escabulló,
evidentemente
dolorido y ofendido.
Sosteniendo torpemente las maletas, Kress salió de
la casa y
cerró la puerta.
Por un instante permaneció pegado a la mansión,
sintiendo en su
pecho los latidos del corazón. Tan sólo unos metros
le separaban
del helicóptero. Tuvo miedo de dar los pasos
necesarios. La luz
de la luna era brillante y el terreno que se
extendía ante su casa
mostraba el resultado de la carnicería. Los cuerpos
de los dos
ayudantes de Lissandra yacían en el lugar donde
habían caído,
uno retorcido y calcinado, el otro hundido bajo una
masa de
inertes reyes de la arena. Y los móviles, negros y
rojos, lo
rodeaban por todas partes. A Kress le representó un
esfuerzo
recordar que estaban muertos. Casi tuvo la
impresión que,
simplemente, estaban aguardando, tal como habían
hecho tantas
y tantas veces anteriormente.
Es absurdo, se dijo Kress. Más temores propios de
un borracho.
Había visto estallar los castillos. Los móviles
estaban muertos y el
vientre blanco atrapado en su bodega. Respiró
profunda y
deliberadamente varias veces y avanzó entre los
reyes de la
arena, que crujieron bajo sus botas. Los machacó en
la arena de
una manera salvaje. Los animales no se movieron.
Kress sonrió y atravesó lentamente el campo de
batalla,
escuchando los sonidos, los sonidos de la
seguridad.
Crunch, crac, crunch.
Dejó las maletas en el suelo y abrió la puerta del
helicóptero.
Algo surgió de entre las sombras. Una forma oscura
en el asiento
del helicóptero. Tan larga como el brazo de Kress.
Las
mandíbulas de la criatura se juntaron con un ruido
suave. Los seis
ojillos dispuestos en torno al cuerpo miraron a
Kress.
Kress se orinó en los pantalones y retrocedió con
lentitud.
Hubo más movimientos dentro del helicóptero. Kress
había
dejado la puerta abierta. El rey de la arena salió
y se dirigió
cautelosamente hacia él. Otros lo siguieron. Se
habían ocultado
debajo de los asientos, se habían escondido en el
tapizado. Pero
ahora abandonaron su escondite. Formaron un círculo
cerrado en
torno al helicóptero.
Kress humedeció sus labios, dio la vuelta y caminó
con rapidez
hacia el helicóptero de Lissandra.
Se detuvo a medio camino. También había cosas
moviéndose en
el interior de aquel aparato. Seres enormes,
agusanados, apenas
visibles a la luz de la luna.
Kress gimoteó y retrocedió hacia la casa. Cerca de
la puerta, alzó
los ojos.
Contó una docena de formas alargadas y blancas que
se
arrastraban de un lado al otro por las paredes del
edificio. Cuatro
de ellas estaban apiñadas en las proximidades del
extremo del
campanario, donde había anidado el halcón en otros
tiempos. Se
hallaban tallando algo. Una cara. Una cara muy
familiar.
Kress soltó un chillido y se apresuró a entrar en
la casa. Se dirigió
al mueble bar.
Una dosis suficiente de bebida le proporcionó el
fácil olvido que
buscaba. Pero despertó. Pese a todo, despertó. Se
encontró con
que tenía un terrible dolor de cabeza. Apestaba y
tenía hambre.
¡Oh, qué hambre! Jamás había estado tan hambriento.
Kress sabía que no era su estómago el que
protestaba.
Un móvil blanco le observaba desde la parte
superior del tocador
de su dormitorio, con las antenas moviéndose
débilmente.
Era tan grande como el que había descubierto en el
helicóptero la
noche anterior. Se esforzó por no acobardarse.
¾Yo... yo te alimentaré ¾dijo al rey de la arena¾.
Yo te
alimentaré.
La boca de Kress estaba terriblemente seca, tanto
como si fuera
papel de lija. Humedeció sus labios y huyó de la
habitación.
La casa estaba llena de móviles. Kress tuvo que
estar muy atento
para asegurarse donde pisaba. Todas las criaturas
parecían estar
ocupadas en sus propias diligencias. Estaban
modificando la
mansión, escondiéndose o saliendo de los muros,
tallando
extrañas cosas. En dos ocasiones Kress vio sus
rasgos
contemplándole desde lugares inesperados. Los
rostros estaban
retorcidos, curvados, lívidos de espanto.
Salió afuera para recoger los cadáveres que habían
estado
pudriéndose en la arena, confiando en aplacar así
el hambre del
vientre blanco. Los dos cuerpos habían
desaparecido. Kress
recordó la facilidad de los reyes de la arena para
transportar
objetos que superaban con mucho su peso.
Le resultó terrible pensar que el vientre todavía
tuviera apetito
después de haber comido todo eso.
Al volver a entrar a la casa, una columna de
móviles avanzaba
por las escaleras. Todos llevaban un fragmento del
shambler de
Kress. La cabeza pareció mirarle de modo reprobador
mientras
proseguía su camino.
Kress vació los frigoríficos, los armarios, todo,
amontonando todo
el alimento que había en la casa en el centro de la
cocina.
Un grupo de móviles blancos aguardaron hasta poder
llevárselo.
Evitaron la comida congelada, dejándola en medio de
un gran
charco a la espera que se calentara, pero se
llevaron todo lo
demás.
Una vez desaparecida toda la comida, Kress sintió
que las
punzadas del hambre se calmaban un poco, a pesar
que no había
comido nada en absoluto. Pero sabía que aquel
respiro duraría
muy poco. El vientre no tardaría en volver a estar
hambriento.
Kress tenía que alimentarlo.
Tenía el remedio. Se puso ante el videoteléfono.
¾Malada ¾empezó a decir con aire casual al
responder la
primera de sus amistades¾. Doy una pequeña fiesta
esta noche.
Ya sé que te lo digo con muy poco tiempo de
adelanto, pero
espero que vengas. Confío en ello.
A continuación llamó a Jad Rakkis y luego a los
demás. Al
concluir las llamadas, cinco de ellos habían
aceptado la invitación.
Kress esperaba que eso bastara.
Kress recibió a sus invitados fuera de la casa. Los
móviles habían
limpiado la zona con notable rapidez, y el lugar
tenía casi el
mismo aspecto que antes de la batalla. Acompañó a
sus amigos
hasta la puerta y les cedió el paso. Pero no les
siguió.
Tras entrar a la mansión el cuarto de ellos, Kress
logró por fin
envalentonarse. Cerró la puerta a espaldas del
último invitado, sin
hacer caso de sus exclamaciones de asombro que
pronto se
convirtieron en un agudo parloteo, y corrió hacia
el helicóptero del
hombre que acababa de llegar. Se deslizó en el
interior, puso el
pulgar en la placa de encendido y soltó una
maldición, el aparato
estaba programado para elevarse únicamente en
repuesta a la
impresión digital de su propietario, cosa lógica y
natural.
Rakkis fue el siguiente en llegar. Kress corrió
hacia el helicóptero
del recién llegado antes que aterrizara y asió a su
amigo del
brazo cuando se disponía a salir del aparato.
¾Vuelve a meterte ahí dentro, rápido ¾dijo Kress al
tiempo que
empujaba a Rakkis¾. Llévame a la ciudad. De prisa,
Jad.
¡Salgamos de aquí!
Pero Rakkis se limitó a mirarle y no hizo un solo
movimiento.
¾Caramba, ¿qué es lo que va mal, Simon? No te
comprendo.
¿Qué me dices de tu fiesta?
Y entonces ya fue demasiado tarde, porque toda la
arena que les
rodeaba empezó a agitarse. Ojos rojizos les miraban
fijamente y
las correspondientes mandíbulas se abrían y
cerraban. Rakkis
contuvo una exclamación y trató de volver al
helicóptero, pero un
par de mandíbulas se cerraron sobre sus tobillos y
al instante
quedó arrodillado en el suelo. La arena pareció
hervir de actividad
subterránea. Rakkis se revolvió y lanzó terribles
alaridos mientras
era desgarrado por los móviles. Kress apenas pudo
soportar la
escena.
Después de esto no volvió a intentar la huida.
Concluida la
masacre bebió todo lo que quedaba en su mueble bar
y se
emborrachó a más no poder. Iba a ser la última
ocasión en que
gozaba de tal lujo, lo sabía perfectamente. El
único alcohol que
había en la casa se hallaba en la bodega.
Kress ni siquiera tocó un alimento durante todo el
día, pero cayó
dormido con la sensación de estar harto, finalmente
saciado.
Aquel hambre espantosa había sido vencida. Sus
últimos
pensamientos antes de ser torturado por las
pesadillas estuvieron
relacionados con el problema de a quién invitaría
mañana.
La mañana era calurosa y seca. Kress abrió los ojos
y vio que el
móvil blanco volvía a estar encima del tocador.
Volvió a cerrar los
ojos, abrigando una esperanza para que la pesadilla
se
desvaneciera. No fue así. Le fue imposible
recuperar el sueño y
pronto se encontró contemplando a la criatura.
La miró fijamente durante cinco minutos antes que
comprendiera
la extrañeza de la situación: el rey de la arena no
se movía. A
decir verdad los móviles podían permanecer
inexplicablemente
inmóviles. Kress los había visto aguardar y
observar en infinidad
de ocasiones. Pero siempre desarrollaban algún tipo
de
movimiento: las mandíbulas temblaban, las patas se
crispaban,
las alargadas y delicadas antenas se agitaban y
vibraban.
Pero el móvil de su tocador estaba completamente
inmóvil.
Kress se puso de pie, conteniendo la respiración,
no atreviéndose
a forjar ilusiones. ¿Estaría muerto aquel rey?
¿Acaso algo lo
habría matado? Cruzó la habitación.
Los ojos de la criatura eran oscuros, vidriosos.
Parecía estar
hinchada de alguna forma extraña, como si sus
entrañas fueran
blandas y se hallaran en descomposición, como si
estuviera
rellenas de un gas que empujara hacia fuera las
escamas de su
blanco caparazón.
Kress alargó una temblorosa mano y tocó al móvil.
Lo notó cálido, incluso caliente, y aumentando
progresivamente la
temperatura corporal. Pero el móvil no se movió.
Kress retiró la mano y, al hacerlo, una porción del
blanco
dermatoesqueleto se separó del rey de la arena. La
carne que
apareció debajo era de idéntico color, pero más
blanda en
apariencia, hinchada y calenturienta. Y tuvo la
impresión que
palpitaba.
Kress se apartó y corrió hacia la puerta.
Otros tres móviles blancos yacían en el pasillo,
todos con un
aspecto muy parecido al de su dormitorio.
Bajó las escaleras a la carrera, saltando sobre más
reyes.
Ninguno se movió. La casa estaba repleta de ellos,
todos
muertos, agonizantes, comatosos o algo por el
estilo. Kress no se
preocupó por lo que les ocurría. La cuestión era
que no podían
moverse.
Encontró cuatro móviles más dentro de su
helicóptero. Los agarró
uno a uno y los lanzó tan lejos como pudo. Malditos
monstruos...
Entró en la cabina, tomó asiento en la medio
devorada silla y
puso el pulgar sobre la placa de puesta en marcha.
No hubo respuesta.
Kress probó una y otra vez. Nada. Un hecho
increíble. Se trataba
de su helicóptero. Tenía que funcionar. ¿Por qué no
despegaba?
No lo comprendía.
Al fin salió del aparato y lo inspeccionó, temiendo
lo peor.
Encontró el fallo. Los móviles habían destrozado la
unidad
gravitatoria. Estaba atrapado. Seguía estando
atrapado.
Kress regresó a la mansión con aire sombrío. Se
dirigió a su
estudio y tomó el hacha que colgaba junto al lugar
donde había
estado la espada que utilizara con Cath m'Lane.
Inició la tarea.
Los móviles no se movieron ni siquiera cuando los
despedazó.
Pero salpicaron todo con el primer tajo y sus
cuerpos casi
estallaron. El aspecto de las entrañas era
espantoso: extraños
órganos semiformados, una sustancia espesa, viscosa
y rojiza
que recordaba la sangre humana, y el líquido
amarillo.
Kress destruyó veinte reyes antes de comprender la
futilidad de
su acción. Los móviles no eran nada en realidad.
Además, había
tantos... Podía dedicar todo el día y toda la noche
y aún así no
acabaría con todos. Tenía que bajar a la bodega y
usar el hacha
con el vientre.
Lleno de determinación, se encaminó hacia la puerta
de la
bodega. Pero se detuvo de repente.
Lo que tenía ante sus ojos había dejado de ser una
puerta. Las
paredes habían sido carcomidas, de modo que el
hueco era el
doble de grande que antes y, además, redondeado.
Una
concavidad, nada más que eso. No quedaba un solo
vestigio
indicativo que allí hubo una puerta cerrada con
clavos que
obstaculizara la salida de aquel abismo sombrío.
Un olor atroz, asfixiante, fétido, parecía brotar
del interior.
Y las paredes estában húmedas, llenas de sangre y
recubiertas
de capas de hongos blancuzcos.
Y lo peor de todo, el agujero respiraba.
Kress se quedó inmóvil y percibió el cálido viento
que iba
inundándole conforme era exhalado. Trató de no
ahogarse y huyó
en cuanto la corriente de aire cambió de dirección.
De vuelta a la salita, destrozó otros tres móviles
y se derrumbó.
¿Qué estaba sucediendo? Kress no lo entendía.
Fue entonces cuando recordó a la única persona que
sería capaz
de comprenderlo. Kress se dirigió de nuevo hacia el
videoteléfono, pisó un móvil en su precipitación y
suplicó
fervientemente que el dispositivo funcionara
todavía.
Al responder Jala Wo, Kress explicó a la mujer todo
lo sucedido,
sin olvidar un solo detalle.
Wo le dejó hablar sin interrumpirle, falta de otro
rasgo expresivo
que no fuera una ligera contracción de su demacrado
y pálido
rostro. Cuando Kress acabó su relato, Wo se limitó
a decir:
¾Debería abandonarle ahí.
Kress rompió a llorar.
¾¡No puede hacer eso! ¡Ayúdeme! Le pagaré...
¾Debería hacerlo ¾dijo Wo¾. Pero no lo haré.
¾Gracias, Wo. Muchas gracias...
¾Tranquilo. Escúcheme. Esto es obra de usted. Si se
mantiene
bien a los reyes de la arena, se comportan como
elegantes
guerreros rituales. Usted ha transformado los suyos
en otra cosa
mediante el hambre y la tortura. Usted era su dios.
Usted ha
hecho que sean como son. Ese vientre de su bodega
está
enfermo, sigue padeciendo las consecuencias de la
herida que
usted le produjo. Es probable que esa criatura esté
loca. Su
conducta resulta... anormal.
»Debe abandonar su casa rápidamente. Los móviles no
están
muertos, Kress, sino en período de latencia. Ya le
expliqué que
pierden el dermatoesqueleto cuando aumentan de
tamaño. De
hecho, lo normal es que lo pierdan mucho antes.
Jamás he oído
hablar de reyes de la arena que crezcan tanto como
los suyos
mientras se hallan en la etapa de insecto. Esa es
otra
consecuencia de haber mutilado al vientre blanco,
me atrevería a
decir. No importa.
»Lo importante es la metamorfosis que están
sufriendo sus reyes.
Ha de saber que, conforme el vientre aumenta de
tamaño, su
inteligencia se desarrolla al unísono. Sus
facultades psiónicas
quedan reforzadas y su mente se vuelve más
compleja, más
ambiciosa. Los móviles acorazados son muy útiles
mientras el
vientre es pequeño y tan sólo semiconsciente, pero
ahora
necesita mejores servidores, organismos con mayores
facultades.
¿Lo comprende? Los móviles van a dar nacimiento a
una nueva
casta de rey. No puedo decirle exactamente cuál
será su aspecto.
Todo vientre idea un tipo distinto que satisfaga
sus necesidades y
deseos. Pero será bípedo, con cuatro brazos y
pulgares
oponibles. Será capaz de construir y manejar
maquinaria
avanzada. Los reyes en sí, individualmente
considerados, no
serán conscientes. Pero el vientre será francamente
consciente.
Kress se quedó con la boca abierta ante la imagen
de Wo en la
pantalla.
¾Sus operarios ¾dijo con grandes esfuerzos¾. Los
que vinieron
aquí... los que instalaron el tanque.
Wo esbozó una suave sonrisa.
¾Shade.
¾Shade es un rey de la arena ¾repitió Kress,
aturdido¾. Y
usted me vendió un tanque de... de... infantes...
¾No sea absurdo. En su primera etapa, un rey es más
bien un
esperma que un niño. Las batallas templan y
controlan su
naturaleza. Sólo uno de cada cien alcanza la
segunda fase. Sólo
uno de cada mil llega a la tercera y definitiva y
toma la forma de
Shade. Los reyes adultos no se muestran
sentimentales con los
pequeños vientres. Son muchos, y sus móviles,
plagas. ¾Wo
suspiró¾. Y toda esta charla nos está haciendo
perder el tiempo.
Ese rey blanco no tardará en despertar a la plena
conciencia. Ya
no necesitará más de sus servicios, Kress, y además
le odia y
tendrá mucha hambre. La transformación resulta
agotadora. El
vientre debe devorar enormes cantidades de
alimentos antes y
después de ella. De modo que usted ha de salir de
ahí. ¿Me ha
comprendido?
¾No puedo hacerlo ¾contestó Kress¾. Mi helicóptero
está
destruido y me es imposible poner en marcha alguno
de los otros.
No sé cómo reprogramarlos. ¿No puede venir a
buscarme?
¾Sí. Shade y yo partiremos inmediatamente, pero de
Asgard a
su casa hay más de doscientos kilómetros y
necesitamos
determinado equipo para ocuparnos del rey
trastornado que usted
ha creado. No puede esperarnos ahí, Kress. Dispone
de dos
piernas. Camine. Vaya hacia el este, con la máxima
exactitud y
rapidez que le sea posible. Podemos encontrarle
fácilmente en
una búsqueda aérea y usted se hallará a salvo,
lejos de los reyes.
¿Ha comprendido?
¾Sí. Sí, oh, sí.
Cortó la comunicación y se dirigió rápidamente
hacia la puerta.
Había recorrido la mitad de la distancia cuando
escuchó el ruido,
un sonido que, por una parte parecía un crujido y,
por otra, un
estallido.
Uno de los reyes de la arena se había
resquebrajado. De las
grietas emergieron cuatro menudas manos cubiertas
de sangre
rosadoamarillenta y se pusieron a apartar a un lado
la piel muerta.
Kress comenzó a correr.
No había tenido en cuenta el calor.
Las montañas estaban secas y abundaban en rocas.
Kress se
alejó de la casa con toda la rapidez que pudo.
Corrió hasta que le
dolieron las costillas y su respiración se hizo
jadeante. Después
se limitó a caminar, para volver a correr en cuanto
estuvo
recuperado. Durante una hora corrió y caminó,
corrió y caminó,
bajo un sol fiero y ardiente. Sudó en abundancia,
deseó haberse
acordado de llevar un poco de agua y levantó los
ojos hacia el
cielo esperando distinguir a Wo y Shade.
Kress no estaba hecho para soportar aquella
situación. Hacía
demasiado calor, el ambiente era excesivamente seco
y él no
estaba en forma. Pero se esforzó en continuar,
recordando el
modo en que el vientre había respirado, pensando en
las
serpenteantes criaturas que por entonces, con toda
seguridad,
debían estar arrastrándose por toda su casa. Confió
en que Wo y
Shade supieran cómo tratarlas.
Kress tenía sus planes para Wo y Shade. Todo había
sido por
culpa de ellos, decidió Kress, y pagarían por ello.
Lissandra
estaba muerta, pero él conocía a otras personas de
su misma
profesión. Se vengaría. Lo prometió un centenar de
veces
mientras sudaba y avanzaba con dificultad hacia el
este.
Esperaba que fuera el este, al menos. No tenía
facilidad para
orientarse y dudaba respecto a la dirección en la
que habría
corrido tras su pánico inicial. Pero después había
hecho un
esfuerzo por dirigirse hacia el este con mayor
exactitud, tal como
Wo había sugerido.
Después de correr durante varias horas, sin señal
alguna de
rescate, Kress comenzó a estar seguro que había
calculado mal
su dirección.
Transcurrieron varias horas más y el temor le
asaltó. ¿Y si Wo y
Shade no le localizaban? Moriría allí mismo.
Llevaba dos días sin
comer, se sentía débil y asustado, su garganta
estaba reseca por
la falta de agua... Era imposible proseguir. El sol
estaba
poniéndose y pronto se hallaría perdido en medio de
la oscuridad.
¿Qué sucedía? ¿Acaso los reyes de la arena habrían
devorado a
Wo y Shade? El miedo le sobrecogió una vez más,
llenó todo su
cuerpo, agravado por la sed insoportable y un
hambre atroz. Pero
Kress siguió caminando. Se tambaleó al querer
correr y cayó al
suelo en dos ocasiones. La segunda vez se arañó la
mano en una
roca y brotó sangre de la herida. Kress la chupó
sin dejar de
andar y ni se preocupó ante la posibilidad de una
infección.
El sol se hallaba sobre el horizonte, a espaldas de
Kress. El
ambiente se hizo un poco más fresco, cosa que Kress
agradeció.
Decidió caminar hasta que no hubiera luz y buscar
luego un lugar
para pasar la noche. Seguramente se había alejado
lo suficiente
de los reyes de la arena como para estar a salvo, y
Wo y Shade
le encontrarían a la mañana siguiente.
Al llegar a lo alto de una pendiente, distinguió
frente a sus ojos el
perfil de una casa.
El edificio era bastante grande, aunque no tanto
como su
mansión. Representaba un cobijo, la seguridad.
Kress gritó y
echó a correr hacia la casa. Comida y bebida, tenía
que
alimentarse, ya estaba saboreando la comida. Notaba
las
punzadas del hambre. Descendió la colina corriendo,
agitando los
brazos y gritando a los moradores de la vivienda.
La luz era muy
escasa por entonces, pero aún así logró vislumbrar
seis niños que
jugaban aprovechando el resplandor del crepúsculo.
¾¡Eh, vosotros! ¾chilló¾. ¡Ayudadme! ¡Ayudadme!
Los niños vinieron corriendo hacia él.
Kress se detuvo bruscamente.
¾No ¾dijo¾. ¡Oh, no! ¡No! ¡No!
Dio media vuelta, resbaló en la arena, se levantó y
trató de seguir
corriendo. Lo atraparon fácilmente. Eran unos seres
pequeños,
horribles, de ojos saltones y piel de color naranja
oscuro. Kress se
debatió, pero fue en vano. Aún siendo pequeñas,
aquellas
criaturas tenían cuatro brazos y él sólo dos.
Lo llevaron a la casa. Era una construcción
deforme, de aspecto
triste, formada por arena que se desmoronaba, pero
la puerta de
entrada era muy amplia, muy oscura, y respiraba. Un
detalle
terrible, pero Simon Kress no prorrumpió en gritos
por eso. Gritó
al ver a los otros, los niños anaranjados que
salieron
arrastrándose del castillo e, impasibles, le
contemplaron mientras
pasaba a su lado.
Todos tenían una cara idéntica a la suya.
F I N
Digitalización, Revisión y Edición Electrónica de
Arácnido.

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