© Libro N° 9032. Un Muchacho Y Su Perro. Ellison, Harlan. Emancipación. Septiembre 11 de
2021.
Título
original: © Un Muchacho Y Su Perro. Harlan
Ellison
Versión Original: © Un Muchacho Y Su Perro. Harlan Ellison
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Harlan Ellison
Un Muchacho Y Su Perro
Harlan Ellison
I
Había salido con Blood, mi perro. Era su semana de
molestarme; no hacía otra cosa que llamarme Albert, sólo porque le parecía muy
divertido. Payson Terhune1: Ja ja. Así que le cacé un par de ratas
de agua, de esas grandotas, verdes y ocres, y un manicurado caniche que algún
subserrano había abandonado sin correa en uno de los páramos; había comido muy
bien, pero estaba quisquilloso.
—Vamos, malnacido —le exigí—, rastréame un buen
culo.
Se limitó a reír sordamente desde el fondo de su
perruna garganta.
—Cuando estás alzado eres terrible —dijo.
Es posible que lo bastante como para machacarle el
ojete de una patada a este de- sertor de una manada de dingos.
—¡Vamos, busca! ¡No jodeo!
—Pero no te da vergüenza, Albert? Después de
todo lo que te enseñé. No se dice “no jodeo”, se dice “no estoy
jodiendo” o “esto no es joda”.
El muy maldito se daba cuenta de que había llegado
al límite de mi paciencia. Así que, de repente, se puso a cavilar ceñudo. Se
sentó sobre los desmoronados restos de la vereda, parpadeó y cerró los ojos, y
el pelo de su cuerpo se erizó. Al momen- to se levantó lentamente sobre las
patas delanteras y las echó hacia delante hasta quedar tendido, la cabeza
lanosa apoyada sobre las patas estiradas. Abandonó la tensión y empezó a
temblar, casi como lo hacía cuando se preparab
a para rascarse una pulga. Siguió así casi un
cuarto de hora; por fin rodó a un lado y se tendió de espaldas, el vientre
desnudo hacia el cielo nocturno, las patas delanteras dobladas como una
santateresa, las traseras extendidas y abiertas.
—Lo siento —dijo—. No hay nada.
Podría haberme dejado llevar por la cólera y
patearlo, pero sabía que había hecho todo lo posible. No me sentía feliz,
quería realmente mojar el bizcocho, pero ¿qué podía hacer?
—De acuerdo —dije, resignado. Olvídalo.
Se rascó el costillar y rápidamente se levantó.
—Entonces, qué quieres hacer? —preguntó.
—Poco podemos hacer, ¿verdad? —era un comentario
sarcástico. Se sentó de nuevo a mis pies con humilde insolencia.
Me apoyé en el muñón derretido de una farola y
pensé en minitas. Era doloroso.
—Siempre nos queda ir a un espectáculo —dije.
Blood observó la calle. Lagunas de sombras cubrían
los cráteres de los que brotaba maleza y no dijo nada. El cuzco esperó
pacientemente mi iniciativa; Le gustaban las películas tanto como a mí.
—De acuerdo, vamos —le dije.
Se levantó y me siguió, la lengua afuera, jadeando
feliz.
—Adelante, ríete, lamehuevos. ¡No habrá pochoclo
para ti!
NUESTRA BANDA era una bandarmada que, hartos ya del
simple saqueo, optaron por la comodidad y utilizaron un hábil sistema para
conseguirlo. Eran wachitos afi- cionados al cine y se habían apropiado del
terreno donde estaba el Cine Metropole. Nadie nunca intentó arrebatarles su
territorio, porque todos queríamos ver pelícu- las, y mientras Nuestra Banda
tuviese acceso a las películas, y desempeñase bien la tarea de proyectarlas,
proporcionaba un buen servicio, hasta a solos como Blood
y yo.
Especialmente a solos como nosotros.
En la puerta tuve que dejar mi cuarenta y cinco y
la Browning del veintidós largo. Había una pequeña alcoba junto a la taquilla.
Compré primero las entradas; la mía costó una lata de carne de cerdo Oscar
Mayer Philadelphia y la de Blood una de sardinas. Luego los bandurros de
Nuestra Banda, me empujaron hacia la alcoba a punta de pistola y entregué allí
mis fierros. Vi que el agua goteaba de un caño roto del techo y le dije al
comprobador, un wacho con grandes verrugas coriáceas por toda la cara y labios,
que colocase mis armas en sitio seco. No me hizo caso.
—¡Eh, tú! Maldito sapo, pon mis cosas en otro
lado... Se oxidan en seguida... ¡Y si se me oxidan, amigo, te romperé los
huesos!
Se dispuso a pegarme por aquello, miró a los
guardias armados y se dio cuenta de que si me echaban yo perdería el precio de
la entrada entrase o no; pero los guar- dias no buscaban acción, probablemente
estaban cansados, y le indicaron que ac- cediera a mi pedido. Así, el sapo pasó
mi Browning al otro extremo de la estantería y colocó debajo mi cuarenta y
cinco.
Blood y yo entramos al cine.
—Quiero pochoclo.
—Ni hablar.
—Vamos, Albert. Cómprame pochoclo.
—No tengo un mango. Puedes vivir muy bien sin
pochoclo.
—Eres una mierda.
Me encogí de hombros.
Entramos. Estaba atestado. Me alegré de que los
bandurros no hubiesen intentado quedarse con algo más que las armas de fuego.
Mi púa y mi cuchillo envainados detrás del cogote me daban seguridad. Blood
encontró dos asientos juntos y libres y entramos en la fila de butacas, pisando
pies. Alguien me soltó un insulto que ig- noré. Un Doberman gruñó. A Blood se
le erizó el pelo, pero tampoco hizo caso. Siempre había algún duro en la fila,
incluso en terreno neutral como el Metropole. (En una ocasión oí hablar sobre
un lío que habían tenido en el antiguo Granada de Loew, en el Lado Sur. Acabó
con diez o doce solos y sus perros muertos, el local quemado y
un par de buenas películas de Cagney perdidas para siempre en el in- cendio.
Después de eso fue cuando las bandarmadas tuvieron que llegar al acuerdo de que
los cines fuesen santuarios. Ahora las cosas estaban mejor, pero siempre había
alguien demasiado retorcido mentalmente para adaptarse.)
Esa noche pasaban tres películas; RAW DEAL con
Dennis O'Keefe, Claire Trevor, Raymond Burr y Marsha Hunt, era la más antigua
de las tres. Era de 1948, ochenta y seis años atrás, y sólo Dios sabe cómo se
conservaba aún entera la cinta; a veces
se salía y tenían que parar la película para
repararla. Pero era una buena película. Era la historia de aquel solo que
había sido traicionado por su banda y tomaba ven- ganza. Gángsters, matones,
luchas y puñetazos. Muy buena.
La segunda película la habían hecho durante la
Tercera Guerra, en el 2007, dos años antes de nacer yo, y se llamaba SMELL
OF A CHINK. Salían sobre todo escenas de destripamientos y alguna
buena lucha a puñetazos. Había una escena maravillo- sa de galgos guerrilleros
equipados con lanzadores de napalm, achicharrando toda una ciudad chinoka. A
Blood le gustó, aunque ya habíamos visto antes la película. Se había inventado
la historia de que aquellos eran antepasados suyos, y él sabía que yo sabía que
era un cuento.
—Hey, héroe, ¿Te gustaría asar un bebé? —le
susurré.
Entendió la indirecta y simplemente se agitó en su
asiento, sin decir nada, obser- vando satisfecho cómo los perros se abrían paso
a través de la ciudad. Yo empeza- ba a aburrirme; esperaba la película
principal.
Por fin llegó.
Era toda una belleza, una cinta rodada a finales de
los años setenta. BIG BLACK LEATHER SPLITS. Empezaba muy bien.
Aquellas dos rubias, con corsés negros de cuero y botas atadas hasta la
entrepierna, con látigos y máscaras, derribaban a un flacucho y una de las
chicas se le sentaba encima de la cara mientras la otra lo tra- bajaba más
abajo. A partir de ahí las cosas se ponían espesas.
A mi alrededor había solos meneándosela.
Yo estaba a punto de hacer lo mismo cuando Blood se inclinó hacia mí y me
susurró, como hace cuando descubre algo insólitamente aromático.
—Aquí dentro hay una minita.
—Estás loco —le dije.
—Te digo que puedo olerla. Esta aquí, varón.
Procurando no llamar la atención, miré a mi
alrededor. Casi todos los asientos del cine estaban ocupados por solos
y sus perros. Si se hubiese metido allí una chica se habría producido
una revuelta. La habrían hecho pedazos entre todos antes de que uno solo
hubiese podido bajarle la caña.
—¿Dónde? —pregunté sigilosamente.
A mi alrededor los solos se
agitaban y gemían mientras las rubias se quitaban las máscaras y la de abajo se
tragaba el descomunal ganso del flacucho de la película.
—Dame un minuto —dijo Blood.
Estaba concentrándose de verdad. Tenía el cuerpo
tenso como un alambre. Los ojos cerrados, el hocico tembloroso. Lo dejé
trabajar.
Era posible. Cabía la posibilidad. Yo sabía que los
subserranos hacían películas de mierda, del tipo que se hacían allá por la
década de 1930 y por la de 1940, cosas realmente insulsas con gente casada e
incluso durmiendo en camas gemelas. Pelí- culas estilo Myrna Loy y George
Brent. Y también sabía que de vez en cuando subía a la superficie una minita de
la estricta burguesía subserrana para verse una porno bien peluda como ésta.
Había oído decir eso, pero nunca había pasado en un
cine en el que estuviera yo.
Y las posibilidades de que sucediera aquí
concretamente, eran realmente escasas,
porque venían muchos gayos al Metropole. Carajo,
que quede bien entendido que no tengo prejuicios especiales contra el hecho de
que los bandurros se muevan el guiso entre sí... en fin, lo entiendo
perfectamente. Lo que sucede es que en ningún sitio hay wachitas suficientes.
Pero lo que no puedo aguantar es ese asunto de te- ner un gayo celoso
dependiendo de ti. Porque la comida tampoco alcanza y siempre tienes que salir
a cazar, y se cree que lo único que tiene que hacer en la vida es entregarte el
ojete para conseguir que trabajes como un perro para él. Es peor que tener una
hembra colgando de tu cuello siempre. Además, produce muchas peleas y celos
peligrosos entre las bandarmadas grandes. Así que yo no sigo ese camino. En
fin, no es que no lo haya transitado nunca, pero hace tiempo de eso.
Así que con todos los solos del
Metropole, era improbable que una minita se arries- gase. No sé quién la
destrozaría primero, si los gayos celosos o nosotros.
Y si ella estaba allí, ¿por qué no la olfateaba
ninguno de los otros perros?
—Tercera fila enfrente de nosotros —dijo Blood—. Asiento del pasillo. Vestida
como un solo...
—¿Cómo pudiste olfatearla tú y los otros perros no?
—Te olvidas de quién soy, Albert.
—No lo olvido, simplemente no lo creo.
En realidad, en el fondo, supongo que lo creía.
Cuando alguien como yo que siem- pre fui un tarambana y un perro como Blood que
me había enseñado tanto, podía creer cualquier cosa que me dijera. Uno no
discute con su maestro.
No, uno no discute con su maestro cuando éste le
enseña a leer y a escribir y a sumar y a restar y todo lo demás que sabían
antes, cuando se suponía que se era inteligente (aunque ya no significa mucho
de todos modos, salvo que es bueno sa- berlo, supongo).
(La lectura es una cosa muy buena. Es muy útil
cuando encuentras comida enlata- da en algún sitio, en un supermercado
bombardeado, por ejemplo. Te resulta más fácil localizar lo que te gusta cuando
los dibujos se han borrado de las etiquetas. Un par de veces la lectura me
ayudó a no llevarme remolachas enlatadas. ¡Demonios, odio la remolacha!)
Supongo entonces que podía confiar en que Blood
podía olfatear a una posible chica allí, y que ningún otro perro podía hacerlo.
Me había explicado todo aquello un mi- llón de veces. Era su cuento favorito.
«Historia» le llamaba él. Dios mío. ¡No soy tan idiota! Sé lo que era la
historia. Era todas las cosas que pasaron antes de aho- ra.
Pero me gustaba que Blood me contara la historia,
en vez de hacerme leer uno de aquellos libros gastados con que andaba siempre.
Y aquella historia concreta se re- fería exclusivamente a él, así que me la
contó una y otra vez hasta que me la aprendí de memoria. La sabía de corrido,
lo cual significaba que la sabía palabra por palabra.
Y cuando un perro te enseña todo lo que sabes, y te
cuenta algo que llegas a aprenderte palabra por palabra, imagino que llega un
momento en que lo crees. Pero yo nunca permití que aquel garrapatudo lo
supiera.
II
Lo que me había contado era lo siguiente:
Hace unos cincuenta años, en Los Ángeles, antes
incluso de que empezase la Ter- cera Guerra, había un hombre llamado Buesing
que vivía en Cerritos. Criaba perros a los que adiestraba como vigilantes,
centinelas y atacantes. Dobermans, daneses, schnauzers y akitas japoneses.
Tenía una perra pastora alemana de cuatro años llamada Ginger. Trabajaba para
el departamento de narcóticos de la policía de Los Ángeles. Localizaba
marihuana por el olfato. Le daba igual que estuviese bien es- condida. Así que
le hicieron una prueba: colocaron veinticinco mil cajas en un al- macén de
piezas de automóviles. En cinco de ellas habían colocado marihuana envuelta con
celofán, y luego en papel de aluminio y luego en papel grueso marrón, y por
último encerrada en tres cajas de cartón distintas y bien cerradas. Ginger
tardó siete minutos en localizar los cinco paquetes. Al mismo tiempo que Ginger
trabajaba, a unos ciento sesenta kilómetros al norte, en Santa Bárbara, los
cetólo- gos habían extraído y reforzado médula espinal de delfín y se la habían
inyectado a babuinos y a perros. Habían hecho también alteraciones quirúrgicas
e injertos. El primer productor válido de este experimento cetológico había
sido un macho pulí de dos años llamado Ahbhu, que había comunicado telepáticamente
impresiones sen- soriales. Mediante cruces y experimentos constantes habían
logrado producir los primeros perros guerrilleros, justo a tiempo para la
Tercera Guerra. Estos animales, telépatas a cortas distancias, fácilmente
adiestrables, capaces de localizar gasolina, tropas, gas venenoso o radiación
en conexión con sus controladores humanos, se habían convertido en los comandos
de choque de un nuevo tipo de guerra. Los ras- gos selectivos se habían
afirmado. Dobermans, galgos, akitas, pulís y schnauzers se habían hecho cada
vez más telépatas.
Ginger y Ahbhu habían sido los antepasados de
Blood.
Él me lo había contado miles de veces. Me había
explicado la historia así, con pala- bras, un millar de veces, tal como se lo
habían contado a él. Yo le había creído, pe- ro nunca le había creído realmente
hasta entonces, quizás.
Quizás mi cuzquito fuese realmente especial.
Examiné al solo que estaba
encogido en el asiento del pasillo tres filas delante de nosotros. No pude
advertir nada especial; llevaba la gorra embutida y el peludo cuello de la
chaqueta levantado.
—¿Estás seguro?
—Todo lo seguro que puede estarse. Es una hembra
humana.
—Si lo es, está haciéndose una paja igual que un
bandurro. Blood dejó escapar una risita.
—Sorpresa —dijo sarcástico.
El misterioso solo siguió allí
sentado durante la nueva proyección de RAW DEAL. Tenía sentido, si
se trataba de una chica. La mayoría de los solos y todos los
miem- bros de las bandarmadas se fueron después de la porno. Habían quedado dos
ga- yos, uno arrodillado mamándosela al otro, pero no pensé que ninguno de
ellos se preocupasen de si había o no en el local carne de hembra. La película
no llenó el ci-
ne mucho más; dio tiempo a que las calles se
vaciaran; él o ella podría volver al lu- gar de donde había venido. Seguí allí
sentado durante RAW DEAL también. Blood se echó a dormir.
Cuando se levantó el solo misterioso,
le di tiempo a que recogiera sus armas si las había entregado y se fuese. Luego
tiré a Blood de su orejota peluda y le dije: «Va- mos». Me siguió por el
pasillo.
Recogí mis armas y examiné la calle. Vacía.
—Bien, sabueso —dije—. ¿Hacia dónde se fue?
—Hacia la derecha.
Salí de ahí, cargando la Browning de mi bandolera.
No veía a nadie moviéndose en- tre las cáscaras de los edificios bombardeados.
Aquella sección de la ciudad estaba destrozada, realmente muy mal. Pero, con
Nuestra Banda controlando el Metropole, no tenían que preocuparse por ninguna
otra cosa para ganarse la vida. Resultaba irónico; los DRAGONES tenían que
mantener en funcionamiento toda una planta energética para recibir tributo de
las otras bandarmadas, la TRIBU DE TED tenía que preocuparse de la represa, los
ROMPEHUESOS trabajaban de peones en los huertos de marihuana, los NEGROS DE
BARBADOS perdían un par de docenas de miembros al año limpiando los pozos de
radiación de la ciudad; y Nuestra Banda sólo tenía que encargarse de
aquel cine.
Quienquiera que hubiese sido su jefe, por muchos
años que hiciese que las ban- darmadas empezaran a formarse a base de solos errantes,
tenía que admitirlo: había sido un bandurro muy astuto. Sabía cuales servicios
eran los más interesan- tes.
—Dobló por aquí —dijo Blood.
Lo seguí mientras corría hacia el límite de la
ciudad donde la radiación verdeazula- da aún se veía parpadear sobre las
colinas. Entonces me di cuenta de que tenía ra- zón. La única cosa que había
allí era un viejo tubo de descenso a las subserranías. Era una minita, no había
duda.
Las mejillas del culo se me tensaron al pensarlo.
Iba a conseguirlo. Hacía casi un mes desde que Blood me había olfateado
una solita en el sótano del Market Basket. Era bien puerca y
me pegó ladillas, pero era toda una hembra, y en cuanto la ama- rré y le pegué
un par de veces, se portó muy bien. También le gustó, aunque me escupió y me
dijo que me mataría en cuanto consiguiera soltarse. La dejé bien ata- da, para
asegurarme. Cuando volví a mirar hace dos semanas ya no estaba allí.
—Atención —dijo Blood, bordeando un cráter casi invisible
frente a las sombras de alrededor.
Algo se agitó en el cráter.
Cruzando la Terrayerma comprendí por qué todos
los solos o miembros de bandar- madas, salvo un puñado, eran
tipos. La Guerra había liquidado a la mayoría de las chicas, como sucedía
siempre en las guerras... al menos eso me había contado Blood. Las cosas que
nacían pocas veces eran macho o hembra, y había que estre- llarlas contra la
pared en cuanto salían de la madre.
Las pocas minitas que no se habían ido abajo con
los burgueses eran perras duras
y solitarias como la del Market Basket; correosas y ásperas y dispuestas siempre a
cortarte con una navaja al menor descuido.
Conseguir tocar un culo se hacía cada vez más difícil, a medida que me hacía
más viejo.
Pero de cuando en cuando una sola se
cansaba de ser propiedad de una bandarma- da, o cinco o seis bandarmadas
organizaban una incursión y se apoderaban de al- guna subserrana desprevenida;
o —como en esta ocasión— a una chica de la clase media subserrana, a la que se
le calentaba el tajo por descubrir cómo eran las películas y la vida que
teníamos en la superficie.
Al fin iba a conseguirlo. ¡Carajo, no podía esperar
más!
III
Allí no había más que vacíos despojos de edificios
calcinados. Había todo un barrio derribado y apisonado, como si hubiese bajado
del cielo una prensa de acero y la hubiese aniquilado en un sólido ¡BUM!,
reduciéndolo todo a polvo. La sola estaba asustada, e
inquieta, me di cuenta. Avanzaba erráticamente, mirando hacia atrás por encima
del hombro y a los lados. Sabía que estaba en territorio peligroso, va- rón.
Ja, si supiera lo que le esperaba.
Un edificio se alzaba solitario al final de una
manzana aplastada, como si se les hubiera olvidado y el azar le hubiese
permitido sobrevivir. Se metió adentro y al cabo de un minuto distinguí una luz
oscilante. ¿Una linterna? Quizás.
Blood y yo cruzamos la calle hasta la oscuridad que
rodeaba el edificio. Era lo que quedaba de la YMCA.
Eso significaba Asociación Cristiana de Jóvenes.
Blood me enseñó a leerlo.
Pero, ¿qué cuernos era una asociación cristiana de
jóvenes? A veces el saber leer te plantea más dudas que si fueras bastarado.
No quería que la wacha saliera; allí dentro podría
culearla tan bien como en cual- quier otro sitio, así que puse a Blood de
guardia junto a la escalera que llevaba a la portón principal, y di la vuelta
por detrás. Todas las puertas y ventanas eran mar- cos vacíos, por supuesto. No
me fue difícil entrar. Trepé hasta el borde de una ven- tana y entré por ella.
Oscuridad adentro, varón. Ningún ruido, salvo el rumor de ella moviéndose por
el otro lado del viejo edificio de la YMCA. Yo no quería correr ningún riesgo.
Así que me colgué la Browning y saqué la automática del 45. No te- nía que
cargarla, había siempre un proyectil en la recámara.
Empecé a avanzar cautamente por el local. Era una
especie de vestuario. Había cristales y escombros por el suelo, y toda una
hilera de armarios de metal con la pintura desprendida; la explosión las había
alcanzado a través de las ventanas mu- chos años atrás. Mis zapatos no hacían
ruido alguno al cruzar la habitación.
La puerta colgaba de una sola bisagra y pasé sobre
ella, a través del triángulo in- vertido. Salí al sector de la piscina. La gran
piscina estaba vacía, con el mosaico de- rretido en el extremo, en la parte más
alta. Olía muy mal allí; no era extraño, había bandurros muertos, o lo que
quedaba de ellos, a lo largo de una de las paredes. Al- gún maldito limpiador
de los NEGROS DE BARBADOS los había colocado allí, pero
no se había molestado en enterrarlos. Me tapé nariz y boca con la bufanda y seguí
avanzando.
Pasado el otro extremo del sector de la piscina,
crucé un pequeño pasaje en cuyo techo había lamparitas rotas. No tenía ningún
problema para ver. La luz de la luna penetraba por las ventanas destrozadas y
por un gran agujero que había en el te- cho.
Pude oírla entonces claramente, al otro lado de la
puerta del final del pasillo. Me pegué a la pared y avancé hacia la puerta.
Estaba entreabierta, pero bloqueada por listones y yeso caídos de la pared.
Haría ruido al abrirla, era seguro, varón. Tenía que esperar el momento
adecuado.
Pegado a la pared, comprobé lo que ella hacía ahí
adentro. Era un gimnasio, gran- de, con sogas colgando del techo. Ella tenía
una de esas linternas cuadrada sobre la grupa de un potro gimnástico. Había
paralelas y una barra horizontal de unos dos metros de altura, el acero todo
oxidado ya. Había anillas y un trampolín y una gran viga de madera para hacer
equilibrio. A un lado había barras de pared y bancos de equilibrio, escaleritas
horizontales y oblicuas y un par de cajas de salto. Decidí no olvidarme de
aquel lugar, varón. Era mucho mejor que el miserable gimnasio que yo había
montado en un viejo cementerio de chatarra. Para ser un buen solo hay
que saber mantenerse en forma.
Se había quitado su disfraz. Estaba de pie,
temblando, sin más vestido que el pelo. Sí, hacía frío, y pude ver que tenía
carne de gallina. Era alta, con lindas tetas y piernas flacas. Estaba
cepillándose el pelo. Le colgaba por la espalda. La linterna no daba suficiente
claridad como para poder apreciar si era morocha o si era pelirroja, pero desde
luego no era rubio, lo que resultaba mejor porque a mí me gustan las
pelirrojas. Además tenía un buen culito redondito. No podía verle la cara, el
pelo colgaba suave y ondulado ocultando su perfil.
La ropa que había llevado puesta estaba
desparramada por el suelo, y lo que se disponía a ponerse estaba sobre el potro
de madera. Llevaba unos zapatitos con unos extraños tacos.
No podía moverme. Comprendí de pronto que no podía
moverme. Era bonita, real- mente bonita. Estaba extasiado sólo de estar allí
viéndola, viendo cómo se ondula- ba su cintura y cómo brotaban las caderas y
cómo se movían los músculos de los lados de sus tetas cuando se llevaba las
manos a la parte superior de la cabeza pa- ra cepillarse el pelo. Era realmente
extraño, el placer que yo obtenía de estar sim- plemente allí solo mirando a
una wachita hacer esas maniobras. Eran, sin duda, cosas de hembra. Me gustaba
mucho, varón.
Nunca me había quedado quieto mirando simplemente a
una solita así. Todas las que había visto habían sido unos bagayos que Blood
había olfateado para mí y sim- plemente me había apoderado de ellas. O las
minotas de las películas. No como aquella, blanda y suave, pese a su carne de
gallina. Podía seguir contemplándola toda la noche.
Dejó de cepillarse el pelo y sacó una bombacha de
un montón de ropa y se la puso. Luego apartó un corpiño y se lo puso. Nunca
había visto cómo lo hacían, varón. Se lo puso por atrás, alrededor de la
cintura, y tenía un par de ganchitos que encastró y que lo mantenían firme.
Luego le dio la vuelta hasta que las copas quedaron de-
lante y se lo subió hasta colocarlas en su sitio,
primero un pecho y luego el otro; luego se echó las cintas por encima de los
hombros. Levantó después el vestido, y yo corrí a un lado algunos escombros y
listones y me apoyé en la puerta para abrir- la de golpe.
Ella tenía el vestido sobre la cabeza y los brazos
alzados y metidos dentro de él y, en cuanto metió la cabeza y quedó apresada
allí, por un segundo empujé la puerta y hubo un estruendo al caer pedazos de
madera y de yeso, y salté al interior y me arrojé sobre ella antes de que
pudiese zafarse del vestido.
Empezó a chillar como un chancho y le desgarré el
vestido al arrancárselo y todo pasó antes de que ella se diese cuenta de nada.
Estaba abombada. Simplemente abombada. Grandes
ojos: no podía determinar de qué color eran porque estaban en la sombra. Unos
rasgos realmente bellos, boca grande, nariz chiquita, pómulos exactamente como
los míos, muy altos y prominentes. Me miraba fijamente. Realmente asustada,
varón.
Y entonces (y esto es realmente extraño) sentí como
si debiera decirle algo. No sé porqué. Simplemente algo. Me incomodaba ver que
tenía miedo, pero qué carajo podía hacer yo. Quiero decir, después de todo iba
a culearla y no podía decirle sim- plemente que no se achicara por eso. Después
de todo, ella había subido a la su- perficie. Pero aun así, yo quería decirle:
vamos, no te asustes, sólo quiero tocarte y cogerte un poco. (Nunca me había
pasado antes, varón. Nunca había deseado de- cirle algo a una solita;
simplemente usarla, y eso era todo.)
Pero eso pasó y puse una pierna tras las suyas y la
derribé de espaldas sobre un montón de escombros. La apunté con la 45, y abrió
un poco la boca sin decir ni mú.
—Ahora voy a ir a buscar una de esas colchonetas,
para que te resulte mejor, más cómodo, ¿eh? Si haces un solo movimiento te
arranco una pierna de un corchazo, y te moveré el guiso de todas maneras, sólo
que tendrás una pierna menos.
Esperé a que me indicase que entendía lo que le
había dicho, y por fin asintió, así que seguí apuntándola con la automática, y
me acerqué al gran montón polvoriento de colchonetas y tiré de una.
La llevé arrastrando hasta donde estaba ella y le
di la vuelta para que la parte más limpia quedase arriba y utilicé el cañón de
la cuarenta y cinco para obligarla a colo- carse encima. Ella simplemente se
sentó en la colchoneta, con las manos atrás y las rodillas dobladas
mirándome fijamente.
Me bajé el cierre de mis pantalones y empecé a
quitármelos, cuando vi que ella me miraba de un modo muy raro. Dejé los
pantalones.
—¿Qué me miras?
Yo estaba furioso. No sabía por qué estaba furioso,
pero lo estaba.
—¿Cómo te llamas? —me preguntó.
Tenía una voz muy suave y como sedosa, como si
saliera de una garganta que es- tuviese forrada de seda o de algo parecido.
No dejaba de mirarme, esperando mi respuesta.
—Soy Vic —le dije.
Parecía como si esperara más.
—¿Vic qué?
Durante un minuto no entendí lo que quería decir,
luego caí.
—Vic. Sólo Vic. Eso es todo.
—Bueno, ¿cómo se llaman tu padre y tu madre?
Entonces empecé a reírme y seguí bajándome los pantalones.
—Nena, eres una putita estúpida —dije, riéndome
más. Ella pareció ofendida. Eso me puso furioso otra vez—. ¡Deja de mirarme así
o te rompo los dientes!
Ella cruzó las manos sobre el regazo.
Me bajé los pantalones hasta los tobillos. No iban
a pasar por los borceguíes. Tuve que apoyarme en un pie y sacar el borceguí del
otro. Era complicado, porque tenía que seguir apuntándola con la 45 y quitarme
el calzado al mismo tiempo. Pero lo hice.
Yo estaba allí de pie en pelotas de la cintura para
abajo, con la máquina dura y to- do, y ella estaba sentada un poco echada hacia
delante, con las piernas cruzadas y las manos aún en el regazo.
—Vamos, quítate esas cosas —le dije.
Permaneció inmóvil un segundo y creí que iba a
causarme problemas. Pero luego se llevó las manos a la espalda y se soltó el
corpiño. Se oyó un ruidito cuando separó los dos ganchos. Luego se echó hacia
atrás y se quitó la bombachita.
De pronto ya no parecía asustada. Me miraba muy
fijamente y pude ver entonces que sus ojos eran azules. Pero esto es lo
realmente extraño...
No pude hacerlo, varón. Quiero decir, no
exactamente. Quiero decir, yo quería cu- learla, sí, pero ella era tan delicada
y bonita y no dejaba de mirarme y aunque nin- gún solo me
creería, me oí a mí mismo hablar con ella, parado ahí como un sesoseco, un
borceguí afuera y los pantalones en los tobillos.
—¿Cómo te llamas?
—Quilla June Holmes.
—Es un nombre extraño.
—Según mi madre es bastante común allá en Oklahoma.
—¿Tu gente vino de ahí? Asintió.
—Antes de la Tercera Guerra.
—Deben de ser muy viejos ya.
—Lo son, pero están muy bien. Supongo.
Estábamos allí simplemente inmovilizados,
charlando. Me di cuenta de que ella te- nía frío porque temblaba.
—Bueno —dije, disponiéndome a acostarme a su lado—,
creo que lo mejor será...
¡MIERDA! ¡Ese maldito Blood! Justo en ese momento
entró. Cruzó entre el montón de yeso y listones, levantando polvareda,
deslizándose debajo de unas vigas hasta que llegó a nosotros.
—¿Y AHORA QUÉ? —le pregunté.
—¿Con quién hablas? —preguntó la solita.
—Con él. Con Blood.
—¿EL PERRO? Blood la miró fijamente y luego la
ignoró. Empezó a decir algo, pero la minita lo interrumpió:
—Entonces es verdad lo que dicen... Todos ustedes
pueden hablar con los anima- les...
—¿Vas a estar oyéndola toda la noche o vas a oírme
a mí que te explique por qué vine?
—De acuerdo, ¿por qué viniste?
—Estás en un lío, Albert.
—Vamos, desembucha. ¿De qué se trata?
Blood torció la cabeza hacia la puerta principal
del edificio de la YMCA.
—Una bandarmada. Tienen el edificio rodeado.
Calculo que serán quince o veinte, quizá más.
—¿CÓMO CUERNOS SUPIERON QUE ESTÁBAMOS AQUÍ?
Blood parecía apesadumbrado. Bajó la cabeza.
—Bueno...
—¿Algún otro perro la olió en el cine?
—Eso mismo. ¿Y ahora qué?
—Tendremos que sacárnoslos de encima, supongo. ¿Se
te ocurre alguna otra suge-rencia?
—Sólo una.
Esperé. Blood hizo una mueca irónica.
—Súbete los pantalones.
IV
Esa minita, Quilla June, estaba bastante segura. Le
hice una especie de cobijo con unas colchonetas de gimnasia, quizás una docena
de ellas. Así no podría alcanzarla ninguna bala perdida; y si no tropezaban
directamente con ella, no la encontrarían. Subí por una de las cuerdas que
colgaban de las vigas y me situé allí con la Brow- ning y un par de puñados de
cargadores. Pensé que daría cualquier cosa por tener en aquel momento una
automática, una Bren o una Thompson. Comprobé la 45, me aseguré de que estuviera
cargada y de que hubiera una bala en la recámara y coloqué los cargadores extra
sobre la viga. Tenía un ángulo de tiro que cubría per- fectamente todo
el gimnasio.
Blood estaba tendido en la sombra junto a la puerta
principal. Me había sugerido que liquidase primero a los perros que viniesen
con el grupo, si podía. Eso le permi- tiría actuar libremente.
Esa era la menor de mis preocupaciones.
Hubiese preferido atrincherarme en otra habitación,
una que tuviese sólo una en- trada, pero no tenía medio de saber si los
merodeadores estaban ya dentro del edi- ficio, así que aproveché lo mejor que
pude lo que tenía.
Todo estaba tranquilo. Hasta aquella Quilla June.
Me había costado valiosos minu- tos convencerla de que estaría mucho mejor
oculta y sin hacer ruido, que estaría mucho mejor conmigo que con aquellos
otros veinte.
—Si quieres volver a ver alguna vez a tus viejos...
—le advertí; después de eso no
me causó más problemas. Silencio.
Luego oí dos cosas, ambas al mismo tiempo. En el
fondo del sector de la piscina oí el roce de unas botas que aplastaban yeso. Un
rumor muy suave. Y de un lado de la puerta central me llegó un tintineo de
metal golpeando madera. Al parecer inten- taban rodearnos. Bien, yo
estaba preparado.
Silencio de nuevo.
Apunté con la Browning a la puerta del sector de la
piscina. Aún estaba abierta de cuando había pasado yo. Si lo suponía de un
metro setenta y bajaba la mira unos cincuenta centímetros podía alcanzarle en
el pecho. Había aprendido hacía mucho que no se debe apuntar a la cabeza. Es
preferible la parte más ancha del cuerpo: el pecho y el vientre. El tronco.
De pronto oí ladrar un perro fuera, y parte de la
oscuridad junto a la puerta de en- trada se separó y entró en el gimnasio,
directamente frente a Blood. No moví la Browning.
El merodeador de la puerta principal se apartó de
Blood. Luego movió el brazo y arrojó algo (una piedra, un trozo de metal, algo)
al otro lado de la habitación para atraer la atención. Yo no moví la Browning.
Cuando la cosa que él había arrojado llegó al
suelo, irrumpieron dos merodeadores por la puerta del sector de la piscina, uno
a cada lado, los rifles dispuestos, prepa- rados para rociar. Antes de que
pudiesen abrir fuego, efectué el primer disparo, desvié el arma y disparé sobre
el otro. Ambos cayeron. Impactos mortales, justo en el corazón. Quedaron
tendidos, ninguno se movió.
El tipo que estaba junto a la puerta dio la vuelta
para huir y Blood se arrojó sobre él. Exactamente así, brotó de la oscuridad,
¡ZOOM!
Blood saltó sobre el cañón del rifle del bandurro
que lo tenía preparado y hundió sus colmillos en su garganta. El wacho lanzó un
grito y Blood se separó de él lle- vándose en la boca un trozo de carne. Empezó
a gorgotear extraños sonidos y por fin cayó sobre una rodilla. Le atravesé la
cabeza con un disparo y cayó de bruces.
Todo quedó tranquilo otra vez.
No estaba mal. No estaba mal en absoluto. Tres
atacantes eliminados y aún no co- nocían nuestras posiciones. Blood había
vuelto a ocultarse en la oscuridad, junto a la entrada. No decía nada, pero yo
sabía lo que estaba pensando: quizá fuesen tres eliminados de diecisiete, o de
veinte, o de veintidós. No había forma de saberlo; podíamos estar allí metidos
toda una semana y no saber si los habíamos liquidado a todos, a alguno o a
ninguno. Podían irse y volver otra vez repuestos y yo me en- contraría al final
sin munición y sin alimento, y aquella sola, aquella Quilla June
llo- raría y me haría desviar la atención hacia ella, y la claridad del día...
y ellos estarían allí aún ocultos esperando a que sintiésemos suficiente hambre
como para hacer algo estúpido, o a que se nos acabasen las municiones y entonces
caerían sobre nosotros.
Uno de los atacantes cruzó la puerta a toda
velocidad, dio un salto, se tiró al suelo, rodó, se levantó siguiendo en una
dirección distinta y lanzó tres andanadas a distin- tos rincones de la estancia
antes de que pudiese alcanzarle con la Browning. Estaba
por entonces lo bastante próximo debajo de mí como
para que no tuviese que des- perdiciar un proyectil del 22. Recogí
silenciosamente la 45 y le volé la nuca. El pro- yectil penetró limpiamente,
salió y se llevó con él la mayor parte de su pelo. Cayó como una bolsa de
papas.
—¡Blood! ¡El rifle!
Salió de las sombras, lo agarró con la boca y lo
arrastró hasta el montón de colcho- netas del rincón del fondo. Vi que del
montón de colchonetas brotaba un brazo y que una mano tomaba el rifle y lo
arrastraba hacia adentro. Bien, al menos allí es- taba seguro, hasta que lo
necesitase. Una putita muy valiente. Blood se acercó al atacante muerto y
empezó a debatirse con la bandolera de municiones que llevaba. Tardó un rato en
poder soltarla; podrían haber disparado contra él desde la puerta o desde una de
las ventanas, pero lo consiguió. Un cuzquito valiente. Tenía que acordarme de
darle algo bueno para comer en cuanto saliésemos de aquel quilom- bo. Sonreí,
allá arriba en la oscuridad. Si conseguíamos salir no tendría que pre- ocuparme
de conseguirle algo tierno. Había bastante sobre el suelo del gimnasio.
Cuando Blood arrastraba la bandolera retirándose de
nuevo hacia las sombras, otros dos con sus perros lo intentaron. Penetraron por
una ventana que quedaba a nivel del suelo, uno detrás de otro, dando vueltas y
saltando y corriendo en direc- ciones opuestas, mientras los perros (un
horroroso akita, grande como una casa, y una perra doberman color mierda)
penetraban por la puerta principal y se separa- ban en dos direcciones
desocupadas. Alcancé con el 45 a uno de los perros, el aki- ta, y cayó
pataleando. El doberman quedaba para Blood.
Pero al disparar había delatado mi posición. Uno de
los atacantes disparó desde la cadera y dos proyectiles 30-06 de punta blanda
astillaron las vigas a mi alrededor. Dejé caer la automática, y empezó a
deslizarse fuera de la viga mientras yo busca- ba la Browning. Intenté con la
45 y eso me salvó. Caí hacia adelante para agarrar- la, se me escurrió y golpeó
en el suelo del gimnasio con estruendo, y el atacante disparó hacia donde yo
había estado. Pero yo estaba pegado a la viga, el brazo col- gando, y el estruendo
lo aturdió. Disparó hacia el ruido y justo en aquel instante oí otro disparo de
un Winchester; el otro atacante, que se había colocado en posición segura en la
sombra cayó hacia adelante tapándose un gran agujero chorreante en el pecho. Le
había disparado esa tal Quilla June desde las colchonetas.
No tuve tiempo siquiera de pensar qué carajos
pasaba. Blood luchaba rodando con el doberman, y los rugidos y el rumor de la
lucha eran espantosos. El atacante del 30-06 lanzó otro disparo y alcanzó el
cañón de la Browning que sobresalía por un lado de la viga, y chau,
desapareció, cayendo. El hijo de puta estaba oculto en las sombras,
esperándome.
Otro disparo del Winchester y el atacante disparó
contra las colchonetas. Quilla Ju- ne se ocultó, y me di cuenta de que no podía
contar con ella para nada más. Pero tampoco lo necesitaba; en aquel segundo,
mientras el atacante estaba pendiente de ella, agarré la cuerda y me descolgué
de la viga. Aullando como un loco me des- licé cuerda abajo, sintiendo cómo me
desollaba las palmas. Bajé lo suficientecomo para poder balancearme.
Empecé a bambolearme en el aire, lanzando mi cuerpo
en direcciones distintas, va-
riando de dirección constantemente. El hijo de puta
seguía disparando, intentando seguir una trayectoria, pero yo logré apartarme
de su línea de fuego. Luego, se quedó sin munición y yo me eché hacia atrás con
todas mis fuerzas y luego me lan- cé hacia su esquina en sombras, solté la soga
y caí sobre aquel rincón y allí estaba él y hundí mis pulgares en sus ojos.
Chillaba y los perros chillaban y la sola chillaba y machaqué
la cabeza de aquel hijo de puta contra el suelo hasta que dejó de mo- verse y
luego levanté el 30-06 y se lo reventé en la cabeza hasta que me di cuenta de
que no podía hacerle más daño. Luego busqué la 45 y liquidé al doberman.
Blood se levantó y se sacudió. Tenía bastantes
cortes.
—Gracias —murmuró, y fue a tenderse en las sombras para
lamerse.
Fui hasta dónde estaba Quilla June. Lloraba. Por
todos los bandurros que habíamos matado. Eso creo. Sobre todo por el que ella
había matado. No pude conseguir que dejase de aullar, así que le pegué en la
jeta y le dije que me había salvado la vida y eso ayudó algo.
Blood vino arrastrando el culo.
—¿Cómo vamos a salir de esto, Albert?
—Déjame pensar.
Pensé y me di cuenta de que no había esperanza. Por
muchos que matáramos, habría más. Y ahora era cuestión de machos. Su honor
estaba en juego.
—¿Qué te parece un incendio? —sugirió Blood.
—¿Escapar mientras esto arde? —negué con la
cabeza—. Deben de tener todo el lugar rodeado. No sirve.
—¿Y si no nos vamos? ¿Y si quemamos toda esta
mierda?
Lo miré. Mi perro no es ningún cagón... y es vivo
como el diablo.
V
Reunimos toda la madera y las colchonetas y los
potros y los bancos y todo cuanto pudiese arder, y apilamos la basura contra
una pared divisoria de madera de un ex- tremo del gimnasio. Quilla June
encontró una lata de nafta en el almacén, y pren- dimos fuego todo aquel
maldito montón. Luego seguimos a Blood hasta el lugar que había encontrado para
escondernos. Era la sala de calderas situada debajo del edi- ficio. Nos metimos
en la caldera vacía y cerramos la portezuela, dejando una aber- tura de ventilación
para el aire. Llevamos una colchoneta con nosotros y todas las municiones que
pudimos transportar y los fusiles y las armas cortas extra que habían
pertenecido a los muertitos.
—¿Estás recibiendo algo? —le pregunté a Blood.
—Un poco. No mucho. Estoy leyendo a un tipo. El
edificio arde bien.
—¿Podrás saber cuándo se separen?
—A lo mejor.
Me puse cómodo. Quilla June temblaba por todo lo
que había pasado.
—Tómatelo con calma —le dije—. Por la mañana, el
edificio se habrá derrumbado y buscarán entre los escombros y encontrarán un
montón de carne chamuscada y
puede que no busquen demasiado el cuerpo de
una sola. Y todo se resolverá... si no nos asfixiamos
aquí adentro.
Sonrió un poco e intentó parecer valiente. Estaba
bien aquella wacha. Cerró los ojos y se tumbó en la colchoneta e intentó
dormir. Yo estaba molido. Cerré los ojos también.
—¿Puedes arreglártelas? —le pregunté a Blood.
—Supongo. Mejor duerme.
Asentí, me eché a un lado y cerré los ojos. Me
quedé dormido inmediatamente. Cuando desperté me encontré a la wachita, a
aquella Quilla June, acurrucada bajo mi sobaco, abrazada a mi cintura, dormida
como un tronco. Apenas podía respirar. Aquello era como un horno. Me cago, era
un horno. Extendí una mano y la pared de la caldera estaba tan caliente que no
podía tocarla. Blood estaba arriba, en la col- choneta con nosotros. Aquella
colchoneta había sido lo único que había impedido que nos asáramos. Estaba dormido,
la cabeza enterrada entre las zarpas. Ella esta- ba dormida, así que la terminé
de desnudar.
Puse una mano sobre uno de sus tetitas. Estaba
caliente. Se movió y se apretó aún más contra mí. Se me endureció el palo.
Conseguí quitarme los pantalones y ponerme encima
de ella. Despertó en cuantito sintió que le separaba las piernas, pero ya era
demasiado tarde.
—No... basta... qué haces... no, no...
Pero estaba medio dormida y débil y, de todos
modos, no creo que en realidad qui- siera impedírmelo.
Lloró un poco cuando la partí, por supuesto, pero
después todo fue perfectamente. La colchoneta se mojó de rojo. Y Blood siguió
durmiendo como si nada.
A partir de esa mañana, desde luego, todo fue
distinto... Cuando ella se levantó de la colchoneta y me abrazó tan fuerte que
creía que me rompería las costillas, y lue- go se dejó caer lento, lento,
lento. Tenía los ojos cerrados y parecía relajada. Y fe- liz. Sé notaba.
Después, lo hicimos muchas veces, y al cabo de un
rato fue idea suya, pero ya no me negué. Y luego nos echamos uno junto al otro
y hablamos.
Me preguntó cómo era lo mío con Blood, y le dije
que los perros guerrilleros se habían hecho telépatas y que habían perdido la
capacidad para cazar comida para ellos mismos (de modo que tenían que hacerlo
los solos y las bandarmadas). En cambio, los perros como Blood
eran buenos para encontrar wachitas para solos co- mo yo. No
dijo nada sobre esto.
Le pregunté cómo era vivir en las subsierras.
—Magnífico. Pero siempre es muy tranquilo. Todo el
mundo es muy educado con todo el mundo. En fin, como un pueblo pequeño.
—¿En cuál vivías tú?
—En Topeka. Está muy cerca de aquí.
—Sí, lo sé. El tubo de descenso está sólo a unos
ochocientos metros de aquí. Estu- ve una vez echando un vistazo.
—¿Nunca has bajado?
—No. Y tampoco tengo ganas.
—¿Por qué? Es muy bonito. Te gustaría.
—Mierda.
—Eres muy grosero.
—Siempre soy grosero.
—Pero no siempre.
Aquello empezaba a ponerme furioso.
—Escucha, imbécil, ¿Qué carajo te pasa? Te agarré y
te arrastré para acá. Te violé media docena de veces. Qué tengo de bueno yo,
¿Eh? Qué mierda te pasa, que no te das cuenta cuando alguien...
Ella me sonreía.
—No me importó. Me gustó hacerlo. ¿Quieres que lo
hagamos otra vez? Yo estaba realmente sorprendido, varón. Me aparté de ella.
—¿Pero qué demonios te pasa? ¿No sabes que a
una sola como tú, los solos pueden
maltratarla realmente? ¿No sabes que a las chicas de las subserranías sus
padres les advierten «no subas, si no te agarrarán esos sucios y peludos solos»?
¿Es que no lo sabes?
Ella me puso una mano en la pierna y empezó a
deslizaría hacia arriba. Las yemas de los dedos rozaron mi muslo. Me puse duro
otra vez.
—Mis padres nunca me dijeron eso sobre los solos —dijo.
Luego se echó otra vez encima de mí y me besó, y no
pude evitar volver a hacerlo. Dios mío, y así durante horas, varón. Al cabo de
un rato, Blood se volvió y me dijo:
—No puedo seguir fingiendo que estoy dormido. Tengo
hambre. Y estoy herido.
La aparté de mí (esta vez estaba encima) y examiné
a Blood. El doberman le había arrancado un trozo de la oreja derecha y tenía un
corte que le llegaba al hocico, y el cuero bastante ensangrentado a
un costado.
Estás hecho una porquería, cuzco.
—¡Tú no eres ningún jardín de rosas, Albert! —replicó. Y retiré la mano, por las du- das.
—¿Podremos salir de aquí? —le pregunté. Miró
alrededor y luego meneó la cabeza.
—No puedo leer nada. Debe haber un montón de
escombros encima de esta calde- ra. Tengo que salir y explorar.
Esperamos un rato y por fin decidimos que si el
edificio se había enfriado un poco, la bandarmada habría buscado ya entre las
cenizas. El que no hubiesen intentado buscarnos en la caldera indicaba que
probablemente estuviéramos bastante bien enterrados. O era eso, o el edificio
seguía ardiendo sobre nosotros. En ese caso aún estarían allí, esperando para
revisar entre los escombros.
—¿Crees que puedes manejar este asunto en las
condiciones en que estás?
—Supongo que tendré que hacerlo, ¿No? —dijo Blood. Su tono era muy amargo.
—Quiero decir, si en lo único que piensas es en
violar subserranas, tendré que pen- sar yo todo lo demás, ¿No es cierto?
Me di cuenta de que había un verdadero problema con
él. No le gustaba Quilla Ju- ne. Me di la vuelta par abrir la puertita de la
caldera. Pero no podía moverla. Así que apoyé la espalda en un lado y haciendo
palanca con las piernas le di un empu- jón lento y firme.
Lo que hubiese caído sobre ella resistió un minuto.
Luego empezó a ceder, y al final se derrumbó con estruendo. Abrí del todo la
puerta y miré fuera. Los pisos superio- res se habían derrumbado sobre el
sótano, pero eran básicamente ceniza y escom- bros de poco peso. Todo humeaba.
A través del humo, pude ver la luz del día.
Salí, quemándome las manos en la parte exterior de
la puertita. Blood me siguió. Empezó a abrirse paso entre los escombros. Pude
ver que la caldera estaba casi to- talmente cubierta por lo que había caído de
arriba. Había bastantes posibilidades de que la bandarmada hubiera hecho una
revisión rápida, pensando que estábamos asados, y se hubiesen ido. Pero, de
todos modos, quería que Blood hiciese una ins- pección. Empezó, pero lo detuve.
Vino rengueando.
—¿Qué te pasa?
Bajé los ojos hacia él.
—Te diré lo que pasa, pulguiento. Estás actuando
muy cochinamente.
—A llorar al sindicato.
—Mierda, ¿Qué carajo te pasa, perro?
—Ella. Esa wacha que tienes ahí.
—¿Qué pasa con ella? ¿A qué viene eso ahora...? Ya
he tenido solas antes.
—Sí, pero ninguna que se colgara como ésta. Te lo
advierto, Albert, presiento que esta subserrana nos traerá problemas.
—¡No seas imbécil!
No contestó. Sólo me miró con rabia y luego se fue
a explorar el escenario. Volví al interior y cerré la portezuela. Ella quería
mover el guiso otra vez. Le dije que yo no quería; Blood me había enfriado.
Estaba inquieto. Y no sabía muy bien por qué.
Pero mierda que estaba buena, varón.
Ella hizo una especie de puchero y se retrepó con
los brazos cruzados.
—Cuéntame más cosas sobre las subsierras —dije.
Al principio se mostró reacia, decía muy poco, pero
al cabo de un rato se abrió y empezó a hablar libremente. Aprendí muchas cosas.
Pensé que quizá me serían de utilidad alguna vez.
Parece que sólo habían quedado unas doscientas
subserranías bajo la Terrayerma entre los Estados Unidos y Canadá: Al
principio, se habían construido en donde había pozos o minas u otro tipo de
agujeros profundos. Algunos de ellos, en el Oes- te, estaban en formaciones
naturales como cuevas, a unos siete u ocho kilómetros de profundidad. Eran como
grandes cajas puestas de pie. Y la gente que se había establecido ahí eran
bichos del peor género. Baptistas sureños, fundamentalistas, amantes de la ley
y el orden, auténticos cuadrados de clase media sin ningún gusto por la vida
salvaje o la vida natural. Y habían retrocedido a una especie de existen- cia
que ya no existía desde hacía ciento cincuenta años. Se habían llevado a los
úl- timos científicos para que hicieran el trabajo, inventaran el cómo y el
porqué y luego los habían echado a la mierda. No querían ninguna clase de
progreso, no querían ninguna discrepancia, no querían ningún cambio, de eso ya
habían tenido bastante. La mejor época del mundo había sido antes de la Primera
Guerra Mun- dial, y suponían que si eran capaces de mantener así las cosas
podrían vivir tran- quilamente y sobrevivir. ¡Mierda! Yo me volvería loco en
uno de aquellos sitios.
Quilla June sonrió y se echó otra vez encima de mí
y esta vez no la rechacé. Empe- zó a acariciarme de nuevo, allá abajo, y por
todas partes, y luego dijo:
—¿Vic?
—¿Qué?
—¿Has estado alguna vez enamorado?
—¿Cómo?
—Enamorado. Si has estado alguna vez enamorado de
una chica.
—¡Bueno, nunca, estoy seguro!
—¿Tú sabes lo que es el amor?
—Claro. Imagino que sí.
—Pero si no has estado nunca enamorado...
—No seas idiota. Tampoco me han pegado nunca un
tiro en la cabeza y sé que no me gustaría.
—Apuesto a que no sabes lo que es el amor.
—Bueno, si eso significa vivir allá abajo, supongo
que simplemente no tengo ganas de discutirlo.
No seguimos esta conversación mucho tiempo. Me echó
al suelo y lo hicimos de nuevo. Y cuando acabó, oí a Blood rascar en la
caldera. Abrí la portezuela y allí es- taba.
—Todo despejado —dijo.
—¿Seguro?
—Sí, sí, seguro. Ponte los pantalones —dijo con tono burlón— y sal de ahí. Tene-
mos que hablar.
Lo miré y me di cuenta de que no jodeaba. Me puse
los vaqueros y los borceguíes y salí de la caldera.
Trotó delante de mí, y nos alejamos de la caldera;
cruzamos algunas vigas enne- grecidas y salimos al gimnasio, que estaba
hundido. Parecía la raíz podrida de un diente.
—¿Qué te pasa ahora? —le pregunté.
Se acomodó sobre un trozo de hormigón hasta
colocarse casi nariz con nariz con- migo.
—Ya no me estás haciendo caso, Vic.
Me di cuenta de que estaba serio. Ya no utilizaba
lo de Albert. Me llamaba Vic.
—¿Porqué?
—Anoche, varón. Pudimos salir de aquí y dejársela a
ellos. Eso habría sido lo más inteligente.
—Yo la quería.
—Sí, ya sé. De eso hablo. Ya no es anoche; es hoy.
Ya la te la moviste como medio centenar de veces. ¿Por qué tenemos que seguir
aquí?
—Quiero un poco más. Entonces se enfadó.
—Bien, escucha, amigo..., también yo quiero algunas
cosas. Quiero algo de comer, y quiero librarme de este dolor del costado y
quiero abandonar este territorio. Qui- zás ellos no hayan renunciado como
creemos.
—Tómalo con calma. Todo se resolverá. Pero ella
puede seguir con nosotros.
—Así que esa es la nueva historia —dijo—. Ahora viajaremos tres, ¿no es así?
—¡Estás empezando a parecer un caniche maricón!
—Y tú estás empezando a parecer un gayo.
Hice ademán de pegarle. No se movió. Bajé la mano.
Nunca le pegaría a Blood. No le había pegado nunca y no quería empezar
entonces.
—Perdona —dijo suavemente.
—Es igual.
Pero no nos miramos.
—Vic, amigo, tienes responsabilidades conmigo,
¿sabes? SOY TU PERRO.
—No tienes que decírmelo.
—Bueno, quizá tenga que hacerlo. Quizá tenga que
recordarte algunas cosas. Como aquella vez que salió a la calle un chamuscabrón
y te agarró.
Me estremecí. Aquella cosa mutante era verde.
Exactamente verde piedra, y brilla- ba como un hongo. Se me revolvieron las
tripas sólo de pensarlo.
—Y yo me lancé sobre él.
Asentí.
—Sí, perro, lo hiciste.
—Y podría haber resultado con quemaduras graves y
haber muerto, pero no me importó, ¿Cierto?
Asentí de nuevo. Me estaba machacando. No me
gustaba que me hicieran sentirme culpable. Las cuentas entre Blood y yo estaban
cincuenta-cincuenta. Él lo sabía.
—Ni lo pensé siquiera, ¿recuerdas?
Recordé cómo chillaba aquella cosa verde. ¡Carajo!,
era como fango y pestañas.
—Sí, de acuerdo, pero no me castidies.
—FASTIDIES, NO «CASTIDIES».
—¡Bueno LO QUE SEA! —grité—. ¡Deja de machacarme o
acabaremos olvidando to- do nuestro mierdero acuerdo!
Entonces Blood estalló.
—¡BIEN, QUIZÁ TENGAMOS QUE HACERLO, HUMANO IMBÉCIL,
ESTÚPIDO PUTZ!
—¿Qué es eso de putz, garrapatudo de mierda? ¿Es
algo malo...? Sí, debe serlo...
¡Cuidado con esos insultos, hijo de puta, o te
encajo una patada en el culo! Permanecimos allí sentados sin hablar
durante quince minutos.
Ninguno de los dos sabía qué hacer. Por último
retrocedí un poco. Le hablé suave y lento. Le dije que era un maldito
hinchapelotas pero me preocuparía de sus pro- blemas como había hecho siempre y
él me amenazó diciendo que debía hacerlo por mi bien porque ya había visto un
par de solos más vivancos que yo por la ciudad, y que estarían
encantados de tener un husmeador profesional e inteligente como él. Le dije que
no me gustaba que me amenazaran y que mirase dónde ponía las patas porque si no
le rompería una. Se enfureció y se fue, rengueando. Lo mandé a la mierda, y
volví a la caldera para desahogarme con Quilla June. Pero cuando metí la cabeza
en la caldera, ella estaba esperando con una pistola que le había quitado a uno
de los bandurros. Me golpeó con fuerza sobre el ojo derecho y caí por el borde
de portezuela y quedé fuera de combate.
VI
—Ya te dije que no era buena.
Me miraba mientras me untaba la herida con
desinfectina de mi botiquín y pintaba la piel con yodo. Reía entre colmillos
cuando me sobresaltaba.
Recorrí la caldera reuniendo todas las municiones
que podía llevar y dejando la Browning por el 30-06, más pesado. Luego encontré
algo que debió habérsele caído a ella de entre la ropa. Era una plaquita de
metal, de unos diez centímetros de lon- gitud por cuatro de altura. Tenía una
serie de números grabados, y unos agujeros que parecían hechos al azar.
—¿Qué es esto? —le pregunté a Blood. Me miró y lo
olfateó.
—Debe de ser una especie de tarjeta de identidad
para salir de las subsierras.
Eso me dio una idea.
Me la metí en el bolsillo y salí hacia el tubo de
descenso.
—¿A dónde demonios vas? —gritó Blood detrás de mí—. ¡No vayas, te
matarán!
—¡Tengo hambre, maldito!
—¡Albert, hijo de puta! ¡Vuelve aquí!
Seguí andando. Tenía que encontrar a aquella wacha
y partirle la cabeza. Aunque tuviese que ir abajo para encontrarla.
Tardé una hora en llegar al tubo de descenso que
llevaba a Topeka. Creí ver a Blood seguirme, pero procuraba esconderse. No le
hice caso. Yo estaba como loco. Por fin apareció. Una columna alta y recta de
metaluminio negro resplandeciente. Debía de tener unos seis metros de diámetro,
era perfectamente lisa en la cúspide y se hundía recta en el suelo. Era una
tapa, nada más. Caminé directamente hacia ella y hurgué en mi bolsillo buscando
la tarjeta metálica. Entonces algo me tiró de la botamanga derecha.
—Escucha, imbécil, ¡No puedes bajar ahí!
Lo aparté de una patada, pero volvió.
—¡Escúchame!
Me volví y lo miré.
Blood se sentó; el polvo se alzó a su alrededor.
—Albert...
—Me llamo Vic, bastarado.
—De acuerdo, de acuerdo, dejémonos de tonterías.
Vic —su tono se
suavizó—. Vic. Vamos, varón.
Estaba intentando llegar hasta mí. Yo estaba
realmente hirviendo, y él intentaba razonar. Me encogí de hombros y me senté a
su lado.
—Pero, Vic —dijo Blood—, es que no te das cuenta de
que esa wachita te lavó el cerebro. Sabes bien que no puedes bajar ahí. Allí
todo está reglamentado, todos son cuadrados burgueses, y conocen a todo el
mundo; odian a los solos; han baja- do demasiados bandurros a robar y a violar
a sus mujeres, y a quitarles su comi- da... tendrán sistemas de defensa. ¡Te
van a matar, varón!
—¿Y por qué mierda te preocupas tanto por mí?
Siempre andas diciendo que esta- rías mucho mejor sin mí.
Eso lo afectó.
—Vic, llevamos juntos casi tres años. Hemos pasado
por cosas buenas y malas. Pe- ro esta puede ser la peor. Tengo miedo, amigo.
Miedo de que no puedas volver. Y tengo hambre, y tendré que encontrar a alguien
que se ocupe de mí... y ya sabes que la mayoría de los solos se agruparon en
bandarmadas. Sería el último orejón del tarro... además me estoy haciendo
viejo, y estoy herido.
Lo comprendía. Lo que decía era razonable. Si yo
dejase de ser un solo y me incor- porara a una bandarmada,
también me pasaría lo mismo que a él, me convertiría en un gayo culorroto para
todos los malditos bandurros del grupo. Pero no podía pensar más que en aquella
puta, aquella Quilla June, en cómo me había violado. Y luego veía las imágenes
de sus tetitas suaves, los pequeños gemidos que soltaba cuando la taladraba, y
moví la cabeza pensando que a pesar de todo tendría que bajar.
—Tengo que hacerlo, Blood. Tengo que hacerlo.
Respiró hondamente y se encogió aún más. Sabía que
era inútil.
—No te das cuenta siquiera de lo que te ha hecho,
Vic.
Me incorporé.
—Procuraré volver rápido. ¿Me esperarás? Guardó
silencio largo rato y yo esperé.
—Esperaré un poco —dijo por fin—. Quizás esté aquí. Quizá no.
Comprendí. Me di vuelta y empecé a caminar
alrededor de la columna de metalu- minio negro. Encontré por fin una ranura en
la columna y metí en ella la tarjeta de metal. Hubo un suave ronroneo y luego
una sección del pilar se dilató. Yo no había visto siquiera las líneas de las
secciones. Se abrió un círculo y entré. Me volví y ahí estaba Blood mirando.
Nos miramos un rato, mientras la columna zumbaba.
—Hasta luego, Vic.
—Cuídate, Blood.
—Vuelve pronto.
—Procuraré.
—Sí. Bueno.
Luego me volví y avancé hacia al interior. El tubo
portal de descenso se cerró como un iris tras de mí.
VII
Tendría que haberlo sospechado. Desde luego, de vez
en cuando una minita subía a ver lo que pasaba en la superficie, a ver lo que
había sido de las ciudades; sí, suce- día. Había creído lo que ella me había
contado. Enroscada a mi lado en aquella cal- dera de vapor, había creído que
ella quería ver lo que era culear con un hombre, que todas las películas que
había visto en Topeka eran aburridas y sosas y las chi- cas de su escuela
hablaban sobre películas porno, y alguna de ellas tendría un libri- to de historietas
de ocho páginas y lo habría leído con la boca abierta... Sí, le había creído.
Era lógico. Debería de haber sospechado algo al ver que dejaba aquella pla- ca
de identidad metálica. Era demasiado fácil. Blood había intentado convencerme.
¿Seré idiota?
¡Sí! En cuanto se cerró detrás de mí el acceso, el
zumbido se hizo más fuerte y bro- tó de las paredes una luz fría. Una pared.
Era un compartimiento circular con sólo dos lados de pared: dentro y fuera. La
pared palpitaba luz y el zumbido se hizo más sonoro, y luego el suelo donde yo
estaba se dilató lo mismo que había hecho la puerta exterior. Pero yo estaba
paradote como un ratón en una historieta y mien- tras no mirase hacia abajo
estaba tranquilo, no caería.
Luego empecé a asentarme. Caí a través del suelo, y
el iris se cerró sobre mi cabe- za. Caía tubo abajo, aumentando la velocidad
pero no demasiado, simplemente ca- yendo de forma constante. Por fin sabía lo
que era un tubo de descenso.
Bajé y bajé y cada poco iba viendo algo como NIVEL
19 o ANTICONT 55 o TUBO DE ALIMEN o BOMBA DE
SEG 6 en la pared, y vagamente pude distinguir la sección de un
iris... pero la caída no terminaba.
Por último llegué al fondo, y allí estaba escrito
en la pared LÍMITES DE LA CIUDAD TOPEKA POBLACIÓN 22.860, y
allí quedé quieto sin tensión alguna, doblando un poco las rodillas para
aminorar el impacto, que no fue gran cosa.
Utilicé de nuevo la placa de metal, y el iris
(mucho mayor esta vez) se abrió y tuve mi primera visión de una subserranía.
Se extendía unos treinta kilómetros hasta el
indefinido y brillante horizonte de me- tal tipo lata, donde la pared que había
detrás de mí se curvaba y se curvaba y se curvaba hasta completar un liso y
cerrado circuito y volvía rodeando rodeando ro- deando hasta donde yo estaba
contemplando. Me encontraba al fondo de un gran tubo de metal que se extendía
hasta el techo situado casi a un kilómetro sobre mi cabeza, y de treinta
kilómetros de diámetro. Y en el fondo de aquella lata alguien había construido una
ciudad que parecía exactamente una foto de uno de los libros de la biblioteca
de la Terrayerma. Yo había visto una población como aquella en los libros.
Exactamente como aquella. Limpias casitas y curvadas callecitas y jardines bien
cuidados y una zona comercial y todo lo demás que hubiese tenido Topeka.
Excepto un sol, excepto pájaros, excepto nubes,
excepto lluvias, excepto nieve, ex- cepto frío, excepto viento, excepto
hormigas, excepto polvo, excepto montañas, excepto océano, excepto grandes
campos de trigo, excepto estrellas, excepto la lu- na, excepto bosques, excepto
animales corriendo libremente, excepto...
Excepto libertad.
Estaban enlatados allí abajo, como peces muertos.
Enlatados.
Sentí una terrible angustia en el cogote. Quería
salir. ¡AFUERA! Empecé a temblar, notaba frío en las manos y sudor en la
frente. Había sido una locura bajar allí.
¡Tenía que salir!
Di la vuelta para volver al tubo, y entonces esa
cosa me agarró.
¡Aquella wacha de Quilla June! ¡Debería haberlo
sospechado! La cosa era baja y verde y en forma de caja, y tenía cables y
manotas con guantes en las terminacio- nes en vez de brazos, y rodaba sobre
cadenas y me agarró.
Me izó hasta su tapa cuadrada y lisa y allí me
inmovilizó con las manotas enguan- tadas, sin que yo pudiese hacer maniobra
alguna, sólo intentar dar patadas a aquel gran ojo de cristal que había
adelante, pero sin conseguirlo. Esa porquería tenía só-
lo un metro veinte de altura, y mis borceguíes casi
llegaban al suelo, pero faltaba un poco, y la máquina empezó a caminar hacia
Topeka, llevándome con ella.
Había gente por todas partes. Sentados en mecedoras
en sus porches delanteros, segando sus prados, paseándose, metiendo monedas en
las máquinas de chicles, pintando una faja blanca en medio de la carretera,
vendiendo periódicos en una es- quina, escuchando una banda en un parque,
jugando a la rayuela y a las escondi- das, limpiando un coche de bomberos,
sentados en bancos leyendo, lavando ventanas, podando matorrales, quitándose el
sombrero para saludar a las damas, recogiendo botellas de leche en carritos,
cuidando caballos, tirando un palo para que un perro lo recoja, nadando en una
piscina comunal, escribiendo con tiza pre- cios de verduras en una tabla fuera
de una tienda, paseando de la mano con una chica, todos viéndome pasar en
aquella maldita máquina.
Podía oír a Blood hablando dentro de mi bocha,
diciendo exactamente lo que me había dicho antes de que yo entrase en la
rampa: Allí todo está reglamentado, to- dos son cuadrados burgueses, y
conocen a todo el mundo; odian a los solos; han bajado demasiados bandurros a
robar y a violar a sus mujeres, y a quitarles su co- mida... tendrán sistemas
de defensa. ¡Te van a matar, varón!
Gracias, cuzquito. Adiós.
VIII
La caja verde cruzó el sector comercial y dobló
hacia un establecimiento donde es- taba escrito en la vidriera OFICINA DE
NEGOCIOS. Sin detenerse, entró por la puerta abierta, y allí había esperándome
media docena de hombres y mujeres vie- jos y hombres muy viejos. También un par
de mujeres. La caja verde se detuvo.
Uno de ellos se acercó y me quitó de la mano la
placa de metal. La miró, luego se volvió y se la entregó al más viejo de los
hombres viejos, un bufo arrugado con unos pantalones muy anchos y una visera
verde y unas gomas en las mangas de la camisa a rayas para sujetarlas.
—Quilla June, Lew —dijo el tipo al viejo.
Lew tomó la placa de metal y la metió en el cajón
de arriba a la izquierda de un es- critorio.
—Será mejor que le quites sus armas, Aaron —dijo el
viejo. Y el tipo que me había quitado la placa me limpió.
—Suéltalo, Aaron —dijo Lew.
Aaron se acercó a la parte posterior de la caja
verde y se oyó un «clic» y las mano- tas enguantadas se escondieron en la caja,
y yo caí al suelo. Tenía los brazos en- tumecidos donde la caja me había
agarrado. Froté uno y luego el otro, y los miré furioso.
—Ahora, muchacho... —empezó Lew.
—¡CHÚPAME LA VERGA, VIEJO GAYO!
Las mujeres palidecieron. Los hombres se pusieron
muy serios.
—Ya dije que no resultaría —dijo otro de los viejos
a Lew.
—Mal negocio éste —dijo uno de los más jóvenes.
Lew se inclinó hacia delante en su silla de
respaldo recto y me apuntó con un dedo retorcido.
—Muchacho, será mejor que te portes bien.
—¡Espero que todos tus bastarados hijos sean
retrasados mentales!
—¡Esto no dará resultado, Lew! —dijo otro hombre.
—Rufián —dijo una mujer de boca picuda.
Lew me miró fijamente. Su boca era una rayita
asquerosa y negra. Me di cuenta de que aquel bastarado no tenía un solo diente
en su maldita boca que no estuviese podrido y apestara. Me miraba con malévolos
ojitos... Dios mío, qué feo era, varón. Era como un pájaro dispuesto a
arrancarme a picotazos la carne de los huesos. Pa- recía a punto de decir algo
que no iba a gustarme.
—Aaron, quizá sea mejor que se haga cargo de él
otra vez el centinela. Aaron se acercó a la caja verde.
—De acuerdo, esperen —dije, alzando la mano.
Aaron se detuvo, y miró a Lew, que asintió. Luego
Lew volvió a inclinarse hacia de- lante y volvió a apuntarme con su garra.
—¿Estás dispuesto a portarte bien, hijo?
—Sí, eso creo.
—Será mejor que lo hagas.
—De acuerdo. Lo haré.
—Y ten cuidado con lo que dices. No contesté. Viejo
gayo.
—Tú eres para nosotros una especie de experimento,
muchacho. Intentamos captu- rar un espécimen de la superficie por otros medios.
Enviamos a algunos arriba para conseguirlo, pero nunca volvieron. Pensamos que
sería mejor atraerte con algún cebo para que bajaras tú mismo.
Reí burlonamente. Aquella Quilla June. ¡Ya me
encargaría de ella!
Una de las mujeres, algo más joven que la de boca
picuda, se acercó y me miró a la cara.
—Lew, nunca sacarás nada en limpio de éste. Es un
sucio asesino. Mira esos ojos.
—¿TE GUSTARÍA QUE TE METIERA POR EL CULO EL CAÑÓN
DE UN RIFLE, WACHA?
Retrocedió de un salto. Lew se enfadó otra vez.
—Perdón—dije—. No me gusta que me insulten.
¿Comprende? Se calmó y riñó a la mujer:
—Mez, déjalo en paz. Estoy intentando aclarar las
cosas. Aquí no haces más que estropearlo todo.
Mez retrocedió y se sentó con los otros. ¡Aquellos
seres repugnantes eran emplea- dos de la Oficina de Mejores Negocios!
—Como te decía, muchacho, eres para nosotros un
experimento. Llevamos aquí en Topeka cerca de veinte años. Se está bien aquí
abajo. Es un lugar tranquilo, donde hay gente buena y honrada que se respeta
mutuamente. No hay crímenes, se res- peta a los viejos, y es un lugar magnífico
para vivir. Estamos creciendo y prospe- rando.
Esperé.
—Pero, bueno, hemos descubierto que alguna de
nuestra gente no puede tener más hijos..., y las mujeres que pueden tenerlos,
tienen casi todas chicas. Necesi- tamos hombres. Cierto tipo especial
de hombres.
Me eché a reír. Era demasiado bueno para ser
verdad. Me querían para semental. No podía parar de reír.
—¡GROSERO! —dijo ceñuda una de las mujeres.
—Esto ya es bastante terrible para nosotros,
muchacho. No lo hagas peor todavía. Lew estaba muy nervioso.
Así que yo había pasado arriba en la superficie
casi toda mi vida y la de Blood tra- tando de encontrar un culo y aquí abajo me
querían sólo para que le bajara la caña al mujerío. Me senté en el suelo y me
eché a reír hasta que se me escaparon las lá- grimas.
Por fin me levanté y dije:
—De acuerdo, de acuerdo. Pero para que lo haga van
a tener que prometerme un par de cosas.
Lew me miró fijamente.
—Lo primero que quiero es a esa Quilla June. La voy
a culear hasta que no pueda más y luego le voy a dar un buen golpe en la cabeza
igual que ella me hizo a mí.
Parlamentaron un rato y luego Lew dijo:
—No podemos tolerar ninguna violencia aquí abajo,
pero supongo que tanto da empezar por Quilla June como por cualquier otra. Ella
es capaz, ¿no es cierto, Ira?
Un tipo flaco de piel amarillenta asintió. No
parecía muy feliz con el asunto. Era sin duda el padre de Quilla June.
—Bueno, entonces empecemos —dije—. Que se pongan en
fila. Empecé a bajar el cierre de mis pantalones.
Las mujeres chillaron, los hombres me agarraron y
me trasladaron a una residencia donde me dieron una habitación y me dijeron que
tenía que conocer un poco mejor Topeka antes de ponerme a trabajar, porque el
asunto era, bueno, en fin, un poco peliagudo, y tenían que preparar a la ciudad
para que pudiera aceptarlo..., pensan- do, supongo, que si yo funcionaba bien,
importarían unos cuantos bandurros se- mentales más de arriba y nos dejarían
por allí sueltos.
Así que pasé algún tiempo conociendo a la gente de
Topeka, viendo lo que hacían, cómo vivían. Era estupendo, maravilloso. Se
sentaban en mecedoras en los porches delanteros, cortaban el césped de sus
jardines, charlaban en los portales, metían monedas en las máquinas de chicles,
pintaban franjas blancas en medio de la ca- rretera, vendían periódicos en una
esquina, escuchaban una banda en el parque, jugaban a la rayuela y a la
escondida, limpiaban coches de bomberos, se sentaban en bancos a leer, lavaban
ventanas, podaban matorrales, se quitaban el sombrero para saludar a las damas,
repartían botellas de leche en carritos, cuidaban caballos, tiraban un palo
para que lo recogiera el perro, nadaban en una piscina comunal, escribían con
tiza precios de verduras en una tabla a la puerta de una tienda, pa- seaban de
la mano con algunas de las wachas más feas que he visto en mi vida y, en fin,
me resultaban absolutamente castidiosos e insoportables.
Al cabo de una semana me entraron ganas de ponerme
a gritar. Me sentía encerra- do dentro de aquella lata.
Sentía sobre mí el peso de la tierra.
Todo lo que comían era mierda artificial: porotos
artificiales y carne falsa, pollos de imitación, todo tenía el gusto de la tiza
y a polvo.
¿Educados? Dios mío, daban ganas de vomitar viendo
la mierda, las hipocresías y las mentiras, que ellos llamaban educación. Hola
señor esto y hola señor aquello. Y
¿cómo está usted?, y ¿cómo está la pequeña Janie?,
y ¿cómo van las cosas?, y ¿va a ir usted a la reunión de la asociación el
viernes?... Empecé a volverme loco en la habitación de la residencia.
La manera dulce, limpia, inmaculada y encantadora
que tenían de vivir era suficien- te para matar a cualquier tipo. No me
extrañaba que a los hombres no se les para- ra la maquinola y que tuviesen
cachorros con tajos en lugar de un par de bolas.
Los primeros días todos me miraban como si
estuviese a punto de estallar y cubrir de mierda sus lindos cercos del jardín.
Pero al cabo de un tiempo, se acostumbra- ron a verme. Lew me llevó a la zona
comercial y me compró un par de mamelucos y una camisa que cualquier solo podría
haber localizado a un kilómetro de distan- cia. Aquella Mez, aquella putarraca
que me había llamado asesino, empezó a ron- darme, y al fin dijo que quería
cortarme el pelo, para que pareciese civilizado. Pero yo sabía muy bien lo que
pretendía. No había en ello nada de malo.
—¿Qué pasa, Doña? —le mandé—. ¿Es que su macho no
la atiende? Se tapó la boca con la mano y yo me eché a reír como un sesoseco.
—Córtele las pelotas a su marido, Doña. Y mi pelo
está bien como está.
No supo qué decir y salió corriendo. Corriendo como
si tuviese un misil en el culo. Las cosas siguieron así durante un tiempo. Yo
paseando y ellos viniendo a verme y a alimentarme, manteniendo toda su carne
joven fuera de mi camino hasta que preparasen a la ciudad para lo que vendría
conmigo. Así encerrado, no pude pensar bien durante un tiempo. Me sentía
encajonado, sentía claustrofobia y me sentaba en la oscuridad bajo el porche de
la residencia. Luego esto pasó y empecé a sen- tirme castidiado, a burlarme de
ellos, luego me sentí triste, luego deprimido.
Por fin, empecé a pensar en las posibilidades de
salir de allí. Todo empezó cuando me acordé de aquel caniche huesudo que le
había dado de comer a Blood tiempo atrás. Tenía que haber salido de un sitio
como éste. Y no podía haber subido por el tubo de descenso. Por lo tanto tenía
que haber otras formas de salir.
En fin, me dejaban andar con bastante libertad por
la ciudad, siempre que cuidase las maneras y no intentase nada raro. Aquella
caja centinela verde andaba siempre cerca de mí.
Por fin encontré la salida. Nada espectacular;
tenía que haberla y la encontré. Luego descubrí dónde guardaban mis fierros, y
consideré que estaba ya preparado. Casi.
IX
Una semana después de que descubriese la salida
vinieron a buscarme Aaron, Lew e Ira. Me sentía bastante animado por entonces.
Estaba sentado en el porche tras- ero de la residencia, fumando una pipa de no
sé qué mierda de maíz, sin camisa, tomando un poco el sol. Aunque no
había sol.
Dieron la vuelta a la casa.
—Buenos días, Vic —me saludó Lew.
Andaba cojeando y con un bastón, el viejo pedorro.
Aaron me dedicó una gran son- risa. Como la que se dedicaría a un gran toro
semental a punto de meter su carne en una buena vaca de cría. Ira tenía una de
esas miradas que podrían serruchar una madera.
—Qué tal, Lew. Buenos días, Aaron, Ira. Lew pareció
muy complacido con esto.
¡AH, VIEJOS PIOJENTOS, YA VAN A VER!
Lew carraspeó y continuó.
—¿Estás dispuesto a ir a ver a tu primera dama?
—Lo estoy y lo estaré siempre, Lew —dije, y me
levanté.
—Humo fresco, ¿verdad? —dijo Aaron. Saqué la
pipa de la boca.
—Pura delicia —le sonreí.
Ni siquiera había encendido aquella mierda de pipa.
Me llevaron hasta la calle Marigold, y cuando
enfilamos hacia una casita de contra- ventanas amarillas y cercos blancos,
Lew dijo:
—Esta es la casa de Ira. Quilla June es
su hija.
—Bueno, felicidades —le dije.
Los flacos músculos de las mandíbulas de Ira se
tensaron. Entramos.
Quilla June estaba sentada en el sofá con su madre,
que era una versión más vieja de Quilla June, y flaca como un músculo marchito.
—Señora Holmes —dije, haciendo una pequeña
inclinación. Sonrió. Una sonrisa tensa, pero una sonrisa.
Quilla June estaba sentada con los pies juntos y
las manos cruzadas en el regazo. Tenía una cinta en el pelo. Una cinta azul.
Me dedicó una caída de ojos. Sentí un retortijón en
las tripas.
—Quilla June —dije. Alzó los ojos.
—Buenos días, Vic.
Luego todos empezaron a moverse muy nerviosos, y
por último Ira empezó a bal- bucear explicando que había que entrar en el
dormitorio y hacer aquella porquería antinatural en seguida para luego poder ir
a la iglesia y pedirle al Señor que no nos destrozara a todos con un relámpago
en el ojete o alguna mierda así.
Así que extendí la mano y Quilla June la tomó sin
alzar los ojos y entramos en un pequeño dormitorio de la parte trasera y ella
se quedó allí de pie con la cabeza ba-
ja.
—¿No se los dijiste, verdad? —pregunté. Negó con la
cabeza.
Y de pronto, ya no quise matarla. Quise abrazarla.
Muy fuerte. Y lo hice. Y ella se puso a llorar en mi pecho y a pegarme con sus
puñitos en la espalda y luego alzó los ojos, me miró y empezó a
hablar atropelladamente:
—Oh, Vic, lo siento, lo siento tanto, no quería,
tuve que hacerlo, y te amo y ahora te tienen atrapado aquí, y no es nada sucio,
como dice papá, ¿verdad?
La abracé y la besé y le dije que no se preocupara;
y luego le pregunté si quería fugarse conmigo; y ella dijo
sí-sí-sí-realmente-quería. Así que le dije que quizá tu- viera que hacerle
algún daño a su papá, para salir de allí, y hubo en sus ojos un brillo que yo
conocía muy bien.
Pese a todo su decoro, a Quilla June Holmes no le
importaba gran cosa su papito chupacirios.
Le pregunté si tenía algo pesado, como un
candelabro o un palo, y me dijo que no. Así que busqué por el dormitorio y
encontré un par de medias de su papi en un ca- jón de un armario. Metí las
grandes bolas de bronce de la cabecera de la cama en los medias. Las sopesé.
Ella me miró enarcando las cejas.
—¿Qué vas a hacer?
—¿Quieres salir de aquí? Asintió.
—Entonces ponte detrás de la puerta. No, espera un
momento. Tengo una idea me- jor. Échate en la cama.
Se echó en la cama.
Ahora súbete la falda, quítate los calzones y abre
bien las piernas. Me echó una mirada de puro horror.
—Hazlo si quieres salir de aquí —dije.
Así lo hizo y yo me acerqué y le levanté bien sus
rodillas para que estuviesen do- bladas y las piernas abiertas en los muslos, y
me puse a un lado de la puerta y le susurré:
—Llama a tu papá. A él solo.
Vaciló un largo instante y luego llamó con una voz
que no tuvo que fingir.
—¡Papá! ¡Papá, ven, por favor! Luego cerró los
ojos.
Ira Holmes cruzó la puerta, echó un vistazo a su
deseo secreto, abrió la boca, y yo cerré la puerta tras él de una patada y le
pegué con todas mis fuerzas. Su cabeza estalló y salpicó las ropas de la cama.
Luego se derrumbó.
Ella abrió los ojos al oír el ¡PAF!, y cuando vio
eso que le salpicó las piernas se in- clinó hacia un lado y vomitó en el suelo.
No podría ayudarme ya gran cosa en atraer a Aaron a la habitación, así que abrí
la puerta, saqué la cabeza y con aire preocupado dije:
—Aaron, ¿podría venir un momento, por favor?
Miró a Lew, que hablaba con la señora Holmes sobre
lo que pasaba en la habitación trasera, y en cuanto Lew le hizo un gesto de
asentimiento entró en la habitación.
Echó un vistazo al matorral de la entrepierna
desnuda de Quilla June, a la sangre de la pared y de la cama, a Ira en el
suelo, y abrió la boca para gritar en el mo- mento en que le pegué. Necesité
machucarlo dos veces más para que cayera al pi- so. Quilla June aún
seguía vomitando.
La agarré de un brazo y la saqué de la cama. Al
menos no gritaba, pero, apestaba como la mierda.
—¡Vamos!
Intentó soltarse, pero la apreté con fuerza y abrí
la puerta del dormitorio. Cuando la saqué, Lew se levantó, apoyándose en su
bastón. Le di una patada al bastón y el viejo pedorro se derrumbó como un
montón de trapos. La señora Holmes nos mira- ba, preguntándose dónde estaría
su marido.
—Está ahí dentro —dije, dirigiéndome a la puerta de
salida—. El Señor lo iluminó en la cabeza.
Luego salimos a la calle, Quilla June apestando
detrás de mí, lloriqueando y obli- gándome a arrastrarla y probablemente
preguntándose qué habría sido de su bom- bacha.
Tenían mis fierros en un armario cerrado en la
Oficina de Negocios, y dimos un ro- deo hasta mi residencia, donde tomé una
barra de hierro que había conseguido en la estación de servicio y que tenía
escondida en el porche trasero. Luego cruzamos por detrás de la Granja y
entramos en el sector comercial y fuimos directamente a la Oficina de Mejores
Negocios. Allí había un empleado que intentó detenerme y le partí la cabeza con
la barra. Luego destrocé la puerta del armario de la oficina de Lew y recuperé
el 30-06 y mi 45 y todas las municiones, y la púa, y mi cuchillo
y mi equipo y lo cargué todo. Para entonces Quilla June ya había
recuperado un poco la serenidad.
—¿Adonde vamos? ¿Adonde vamos? ¡Oh, papá, papá,
papá...!
—Escucha, Quilla June, yo no soy papá, ya no hay
papás. Tú dijiste que querías es- tar conmigo... Pues bien, yo me voy arriba,
wacha... Si quieres venir conmigo, será mejor que me sigas.
Estaba demasiado asustada para discutir.
Le ofrecí el 45 y lo agarró, mirándolo con fijeza.
Salí por la puerta delantera y allí venía como un
perro de caza el centinela robot ca- ja-verde. Tenía los cables fuera y habían
desaparecido los guantes. Ahora había ganchos.
Puse una rodilla en tierra, me eché al brazo la
correa del 30-06, apunté y disparé contra el gran ojo que tenía delante. Un
tiro, ¡BANG!
Lo alcancé en el ojo, y el aparato estalló con una
lluvia de chispas, y la caja verde se tambaleó y atravesó la vidriera principal
de la tienda de enfrente, rechinando, chillando y sembrándolo todo de llamas y
chispas. Maravilloso.
Me volví para buscar a Quilla June, pero ya se
había ido. Miré calle abajo y allí lle- gaban los vigilantes. Lew con ellos
apoyado en su bastón como una especie de ex- traño saltamontes.
Y en ese momento empezaron los tiros. Un gran
estruendo. El 45 que le había dado a Quilla June. Alcé la vista y allí estaba,
sobre el porche, en el segundo piso, la au-
tomática apoyada en la baranda, disparando contra
el grupo como si fuera un ban- durro cualquiera.
¡Pero qué estupidez! Perder el tiempo en eso cuando
teníamos que fugarnos. Llegué hasta la escalera exterior que subía hasta allí y
trepé los escalones de tres en tres. Ella sonreía y reía a carcajadas cada vez
que alcanzaba a uno de aquellos wachos y sacaba la punta de la lengua por una
esquina de la boca y tenía los ojos húmedos y brillantes y ¡BANG!
Caía muertito.
Parecía disfrutar el asunto.
Justo en el momento en que llegué junto a ella
estaba apuntándole a su flacucha madre. Le pegué un manotazo en la nuca y falló
el tiro, y la vieja pedorra hizo una pequeña cabriola y siguió avanzando.
Quilla June volvió la cabeza hacia mí y había muerte en sus ojos.
—Me hiciste fallar.
Su voz me hizo estremecer.
Le quité el arma. Wacha idiota. Desperdiciando
munición así.
Arrastrándola detrás de mí, di la vuelta al
edificio, encontré un cobertizo en la parte trasera, salté hasta él y la hice
seguirme.
Se rió como un pájaro y saltó también. La levanté,
y nos deslizamos hasta la puerta del cobertizo y nos paramos un segundo a ver
si nos seguían de cerca. No se veía a nadie.
Agarré a Quilla June por el brazo y seguimos hacia
el extremo sur de Topeka. Era la salida más próxima que había encontrado en mi
merodeo y tardamos en llegar unos quince minutos, jadeando y débiles
como gatitos.
Y allí estaba.
Un gran conducto de entrada de aire.
Hice saltar las abrazaderas con la barra de hierro
y nos metimos adentro. Había es- caleras que subían. Así tenía que ser. Era
lógico. Para reparaciones, para mantener todo limpio. Empezamos a subir.
Tardamos mucho tiempo en llegar arriba.
Cuando se sentía demasiado cansada, me preguntaba:
—¿Me amas, Vic?
Yo le decía siempre que sí. No sólo porque lo
sentía. Eso la ayudaba a seguir su- biendo.
X
Salimos casi a dos kilómetros del tubo de descenso.
Destrocé las tapas del filtro y los cerrojos y salimos. Deberían haber tenido
más cuidado allá abajo. No se juega con Jimmy Cagney.
Nunca tuvieron una oportunidad.
Quilla June estaba agotada. No se lo reprochaba.
Pero no quería pasar la noche al descubierto; había cosas allí fuera que no me
gustaba pensar en encontrarme ni si- quiera de día. Estaba oscureciendo.
Caminamos hacia el acceso del tubo de descenso.
Blood estaba esperando. Parecía débil. Pero estaba esperando.
Me acerqué y le alcé la cabeza. Abrió los ojos y
muy suavemente dijo:
—Hola.
Le sonreí. Carajo, que bueno volver a verlo.
—Lo conseguimos, amigo.
Intentó levantarse, pero no podía. Las heridas
tenían muy mal aspecto.
—¿Comiste algo? —le pregunté.
—No. Agarré una lagartija ayer... o quizá fuese
anteayer. Tengo hambre, Vic.
Entonces se acercó Quilla June y Blood la vio.
Cerró los ojos.
—Es mejor que nos demos prisa, Vic —dijo—. Por
favor. Podrían subir por el tubo de descenso.
Intenté levantar a Blood. Era peso muerto.
—Escucha, Blood, iré a la ciudad y conseguiré algo
de comida. Volveré pronto. Es- pera aquí.
—No vayas, Vic —dijo—. Hice una exploración el día
antes de que bajaras. Descu- brieron que no nos asamos en el gimnasio. No sé
cómo. Quizá los doberman hus- meadores oliesen nuestro rastro. He estado
vigilando y no han intentado o querido perseguirnos. No se los reprocho. No
sabes lo que es estar aquí afuera de noche. Amigo... No sabes...
Se estremeció.
—Tómatelo con calma, Blood.
—Pero estamos marcados en la ciudad, Vic. No
podemos volver allí. Tendremos que ir a otro sitio.
Aquello cambiaba las cosas. No podíamos volver y
con Blood en aquellas condicio- nes no podíamos seguir adelante. Y yo sabía,
estaba tan seguro de ello como de que era un solo, que no
podía conseguir nada sin él. Yo no era un gayo. Y allí no había nada que comer.
Y él necesitaba comida inmediatamente y cuidados médicos. Tenía que hacer algo.
Algo rápido.
—Vic.
La voz de Quilla June era aguda y plañidera.
—¡Vamos! Ya se pondrá bien. Tenemos que darnos
prisa.
La miré. El sol desaparecía. Blood temblaba en mis
brazos. Quilla June hizo un pu- chero.
—¡Si me amas, vendrás conmigo!
Era imposible, sin él no podía hacer nada. Lo
sabía. Si la amaba... Ella me había preguntado en la caldera, «¿Sabes
lo que es el amor?»
Fue una hoguera pequeña, lo suficiente para que
ningún bandurro la localizara des- de los arrabales de la ciudad. Sin humo. Y
después de que Blood comió hasta har- tarse, lo llevé hasta el conducto de
aire, a dos kilómetros de distancia, y pasamos la noche dentro en un pequeño
saliente. Estuve cuidándolo toda la noche. Durmió bien. Por la mañana, lo curé
delicadamente. Lo había conseguido; había recuperado sus fuerzas.
Comió otra vez. Quedaba mucho de la noche anterior.
Yo no comí. No tenía ham- bre.
Empezamos a cruzar la calcinada Terrayerma aquella
mañanita.
Con un poco de suerte, encontraríamos otra ciudad y
lo conseguiríamos.
Teníamos que avanzar lentamente porque Blood aún
rengueaba. Tuvo que pasar mucho tiempo para que dejara de oír la voz de ella
llamándome en mi cabeza. Pre- guntándome, preguntándome: «¿Sabes lo que es
el amor?»
Claro que lo sé.
Un muchacho ama a su perro.
FIN

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