© Libro N° 9028. Memorias. Speer, Albert. Emancipación. Septiembre 11 de 2021.
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original: © Memorias. Albert Speer
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Albert Speer
Memorias
Albert Speer
Prólogo
Nota
Parte I
I. Orígenes y juventud
II. Profesión y vocación
III. Cambio de agujas
IV. Mi catalizador
V. Megalomanía edificatoria
VI. El mayor encargo
VII. Obersalzberg
VIII. La nueva cancillería del Reich
IX. Un día en la cancillería del Reich
X. El imperio desencadenado
XI. El globo terráqueo
XII. Se inicia el declive
XIII. Desmesura
Parte II
XIV. Entrada en el nuevo cargo
XV. Improvisación organizada
XVI. Omisiones
XVII. Hitler, comandante en jefe
XVIII. Intrigas
XIX. El segundo hombre del estado
XX. Bombas
XXI. Hitler en otoño de 1943
XXII. Declive
Parte III
XXIII. Enfermedad
XXIV. La guerra, perdida por partida triple
XXV. Disposiciones erróneas, armas milagrosas y SS
XXVI. Operación Valquiria
XXVII. La ola de occidente
XXVIII. La caída
XXIX. La sentencia
XXX. El ultimátum de Hitler
XXXI. Las doce y cinco
XXXII. La aniquilación
Epílogo
XXXIII. Etapas del cautiverio
XXXIV. Nüremberg
XXXV. Consecuencias
Conclusión
Toda autobiografía resulta una empresa equívoca,
porque presupone la existencia de un punto elevado desde el que, cómodamente
sentados, podemos contemplar nuestra vida, comparar sus diversas fases, abarcar
con una mirada su desarrollo y comprenderlo. El ser humano puede y debe verse a
sí mismo; pero no puede juzgarse en ningún momento del presente ni tampoco en
el conjunto de su pasado.
Karl Barth
Prólogo
«Seguramente ahora escribirá sus memorias», me dijo
uno de los primeros americanos a los que encontré en Flensburg en mayo de 1945.
Después transcurrirían veinticuatro años, de los cuales he pasado veintiuno en
la soledad de una prisión. Es mucho tiempo.
Ahora presento mis memorias. Me he esforzado por
describir el pasado tal como lo viví. A muchos les parecerá desfigurado; otros
considerarán que mi perspectiva no es la adecuada. Sin embargo, he descrito lo
que viví y cómo lo veo hoy. Para conseguirlo, me he esforzado en no eludir el
pasado. No he querido sustraerme a la fascinación ni al terror de aquellos
años. Los que también los conocieron me criticarán, pero eso es inevitable.
Quería ser sincero.
Estas memorias se proponen explicar algunas de las
causas que condujeron casi forzosamente a la catástrofe en que terminó aquella
época. Quería mostrar las consecuencias del hecho de que un solo hombre
concentrara en sus manos un poder ilimitado, y también aclarar qué clase de
hombre era. En el tribunal de Nüremberg dije que, si Hitler hubiese tenido
amigos, yo habría sido uno de ellos. Le debo tanto los entusiasmos y la gloria
de mi juventud como el horror y la culpa que vinieron después.
Tal como se mostraba ante mí y ante otros, Hitler
despertaba simpatías; así lo describo, y también doy una imagen de él como
hombre entregado y capacitado en muchos aspectos. Sin embargo, a medida que iba
escribiendo me daba cuenta de que esas eran unas cualidades muy superficiales.
Y es que frente a todas estas impresiones se alza
una experiencia inolvidable: el proceso de Nüremberg. Jamás se me borrará de la
mente un documento que mostraba a una familia judía caminando hacia la muerte:
un hombre estaba a punto de morir con su mujer y sus hijos. Aún hoy tengo esta
imagen ante los ojos.
Fui condenado a veinte años de prisión por el
Tribunal de Núremberg. Aunque la sentencia del tribunal militar interpretó la
Historia de modo muy limitado, intentó establecer una culpabilidad. La condena,
siempre poco adecuada para medir la responsabilidad histórica, terminó con mi
existencia burguesa. Aquella fotografía, en cambio, despojó mi vida de toda
sustancia. Sobrevivió a la sentencia.
11 de enero de 1969
Albert Speer
Nota
Si no se indica lo contrario, y a excepción de las
cartas de mi familia, todos los documentos, cartas, discursos, crónicas, etc.,
que menciono en este libro se encuentran en el Archivo Federal de Coblenza,
donde están registrados bajo la rúbrica R 3 (Ministerio de Armamento y de
Producción de Guerra del Reich).
La Crónica consiste en las anotaciones de mi diario
de los años 1941 a 1944, que recogen mis actividades como Inspector General de
Edificación y posteriormente como ministro de Armamentos.
Parte I
Capítulo I
Orígenes y juventud
Mis antepasados fueron suabos y descendientes de
campesinos pobres del Westerwald, y proceden también de Silesia y Westfalia.
Pertenecieron a la gran masa de personas que pasan por este mundo sin pena ni
gloria. Sólo hubo una excepción: el mariscal imperial hereditario [1] conde Friedrich Ferdinand zu Pappenheim (1702-1793), quien tuvo
ocho hijos con mi tatarabuela, cuyo apellido de soltera era Humelin. Al parecer
no se preocupó demasiado por su bienestar.
Tres generaciones después, mi abuelo Hermann
Hommel, hijo de un pobre guardabosques de la Selva Negra, terminó siendo, al
final de su vida, propietario de la firma comercial de máquinas-herramienta más
importante de Alemania y de una fábrica de aparatos de precisión. A pesar de su
riqueza, vivía modestamente y trataba con benevolencia a sus empleados. Además
de ser un hombre industrioso, tenía la habilidad de conseguir que los demás
dieran también el máximo de sí mismos: sin embargo, no era más que un pensativo
hombre de la Selva Negra, capaz de estar horas y horas sentado en un banco del
bosque sin despegar los labios.
Mi otro abuelo, Berthold Speer, era, por la misma
época, un acaudalado arquitecto de Dortmund. Levantó numerosos edificios en el
estilo clasicista que predominaba en su tiempo. Aunque murió joven, la herencia
que dejó fue suficiente para que sus cuatro hijos tuvieran una buena educación.
La industrialización de la segunda mitad del siglo XIX, aunque no favoreció a
otros muchos que comenzaron bajo mejores auspicios, contribuyó en gran medida a
la prosperidad de mis dos abuelos. Durante mi infancia, mi abuela paterna,
prematuramente encanecida, me infundió más respeto que amor. Era una mujer
seria, anclada en unas ideas simples de la vida y dotada de una tenaz energía.
Dominaba todo su entorno.
* * * *
Vine al mundo en Mannheim un domingo, el 19 de
marzo de 1905, a las doce del mediodía. Según me contó muchas veces mi madre,
los truenos de una tormenta de primavera no dejaban oír el repicar de las
campanas de la iglesia cercana.
Mi padre se independizó en 1892, a los veintinueve
años de edad, y se convirtió en uno de los arquitectos más ocupados de
Mannheim, floreciente ciudad industrial del condado de Badén. Había reunido ya
un considerable capital cuando, en 1900, contrajo matrimonio con la hija de un
acaudalado comerciante de Maguncia.
Nuestro domicilio, situado en uno de los edificios
que la familia poseía en Mannheim, era característico de la alta burguesía y
reflejaba el éxito y prestigio de que gozaban nuestros padres. Grandes puertas
con arabescos de hierro forjado daban acceso a una casa imponente en cuyo patio
podían entrar los automóviles, que se detenían ante una escalinata acorde con
el rico equipamiento de la casa. Los niños —mis otros dos hermanos y yo—
teníamos que utilizar la escalera trasera. Oscura, empinada y estrecha, terminaba
en un pasillo que había en la parte posterior. A los niños no se les había
perdido nada en la elegante escalera alfombrada de la entrada principal.
Nuestros dominios, en la parte posterior del
edificio, se extendían desde los dormitorios hasta la amplia cocina, que daba a
la parte noble de la vivienda, en la que había catorce habitaciones. Los
huéspedes llegaban a una gran sala decorada con muebles franceses y tapices de
estilo Imperio después de atravesar un vestíbulo provisto de muebles holandeses
y de una falsa chimenea cubierta de valiosos azulejos de Delft. Permanece
especialmente grabado en mi memoria el recuerdo —parece como si aún lo estuviera
viendo— de la gran araña de cristal, resplandeciente con sus muchísimas velas,
así como el del invernadero, cuyo equipamiento había comprado mi padre en la
Exposición Universal de París de 1900: muebles indios ricamente trabajados,
cortinajes bordados a mano y un diván tapizado, palmeras y plantas exóticas,
que evocaban un mundo misterioso y desconocido. Mis padres desayunaban allí, y
allí nos preparaba mi padre bocadillos de jamón traído de su Westfalia natal.
Aunque se ha difuminado en mi memoria el recuerdo de la contigua sala de estar,
el comedor artesonado de estilo neogótico ha conservado su encanto. Podían
sentarse a la mesa más de veinte personas. En él se celebró mi bautizo y en él
siguen teniendo lugar nuestras fiestas familiares.
Mi madre se preocupaba, con alegría y orgullo
burgués, de que formáramos parte de las mejores familias de Mannheim. Puede
decirse con toda seguridad que no había más de veinte a treinta familias que se
permitieran un tren de vida semejante, aunque tampoco eran menos. El servicio
era numeroso porque había que mantener las apariencias. Además de la cocinera,
a la que los niños queríamos mucho por razones obvias, servían en nuestra casa
una pinche de cocina, una doncella, también frecuentemente un criado y siempre
un chófer, además de la niñera que se encargaba de vigilarnos. Las muchachas
vestían blancas cofias, vestidos negros y delantales blancos; el criado, librea
violeta con botones dorados. Pero el más espléndido de todos era el chófer.
Mis padres hacían todo lo posible por procurar a
sus hijos una infancia agradable y despreocupada. Sin embargo, se oponían a la
satisfacción de este deseo la riqueza y las apariencias, las obligaciones
sociales, la administración doméstica, la niñera y el resto del servicio. En la
actualidad me doy cuenta de lo artificiosa e incómoda que era aquella manera de
vivir. Aparte de eso, yo sufría mareos con frecuencia; llegué a desmayarme
algunas veces. El médico de Heidelberg al que visitamos me diagnosticó «debilidad
neurovascular». Aquella insuficiencia supuso para mí una considerable carga
anímica e influyó muy pronto en mi visión del mundo. Me dolía que mis
compañeros de juego y mis dos hermanos fueran más fuertes que yo, lo que me
hacía sentir en inferioridad de condiciones. Llenos de petulancia, me lo hacían
notar con frecuencia.
A menudo un defecto físico hace surgir las fuerzas
necesarias para contrarrestarlo. En todo caso, ese inconveniente me sirvió para
mostrarme más flexible en mi adaptación al entorno que me rodeaba durante la
infancia. Si más tarde mostré una constante habilidad para enfrentarme a
circunstancias adversas y tratar con personas incómodas, eso se debió
seguramente a mi antigua flaqueza.
Cuando salíamos con nuestra institutriz francesa,
teníamos que ir irreprochablemente vestidos, según correspondía a nuestra
posición social. Desde luego, teníamos prohibido jugar en el parque, por no
hablar de la calle. Por ello, nuestro campo de juegos se encontraba en el
patio, que no era mucho más grande que nuestras habitaciones y que estaba
rodeado y limitado por la fachada trasera de los edificios vecinos. Había allí
dos o tres lánguidos plátanos que suspiraban por el aire, una pared cubierta de
hiedra y, en un rincón, unas piedras que simulaban una gruta. Una gruesa capa
de hollín cubría los árboles y hojas, y cualquier cosa que tocáramos tenía la
única virtud de transformarnos en sucios y nada elegantes niños de la calle.
Frieda, la hija de nuestro mayordomo Allmendinger, fue para mí una buena
compañera de juegos antes de la época escolar. Me gustaba estar con ella en su
modesta y oscura vivienda de la planta baja. La atmósfera sobria y sin
pretensiones y la intimidad de una familia que vivía estrechamente unida me
atraía de una manera singular.
* * * *
Aprendí las primeras letras en una elegante escuela
privada en la que se enseñaba a leer y escribir a los hijos de las principales
familias de la ciudad. Sobreprotegido como estaba, los primeros meses en la
Escuela Real Superior, entre compañeros displicentes, me resultaron
particularmente difíciles. Sin embargo, no tardé en hacer toda clase de
travesuras con mi amigo Quenzer, quien me indujo a comprar un balón de fútbol
con mi paga. Un capricho plebeyo que suscitó un terrible espanto en casa, sobre
todo teniendo en cuenta que Quenzer provenía de un medio humilde. Fue en
aquella época cuando se despertó en mí, quizá por primera vez, la tendencia a
la recopilación estadística de datos: anotaba en mi «Calendario Fénix para
escolares» todas las malas notas de conducta registradas en el libro de clase y
cada mes contaba quién había merecido más anotaciones. Seguro que habría dejado
de hacerlo de no haber tenido ninguna posibilidad de figurar alguna vez al
principio de la lista.
El despacho de arquitectura de mi padre estaba al
lado de nuestra casa. En él se dibujaban las grandes perspectivas para los
contratistas. Dibujos de toda clase iban apareciendo sobre un papel vegetal
azulado cuyo aroma me viene todavía a la memoria cuando pienso en aquel sitio.
Las obras de mi padre estaban influidas por el neo renacimiento y se habían
saltado el período modernista del Jugendstil. Más tarde le sirvió de ejemplo el
influyente concejal de urbanismo de Berlín Ludwig Hoffmann, al que guiaba un
clasicismo más sereno.
Fue en ese despacho donde, más o menos a los doce
años, hice mi primera «obra de arte» como regalo de cumpleaños para mi padre:
el dibujo de una especie de reloj de la vida, dentro de un marco adornado con
muchos arabescos, sostenido por columnas corintias y briosas volutas. Empleé
para ello todas las acuarelas que pude conseguir. Los empleados del despacho me
ayudaron a crear una figura que revelaba una tendencia clara hacia el estilo
«segundo Imperio».
Además de un automóvil descapotable de verano,
antes de 1914 mis padres tenían uno cerrado para ir por la ciudad en invierno.
Los coches constituían el centro de mis delirios técnicos. Al estallar la
guerra hubo que encerrarlos en el garaje para proteger los neumáticos, pero si
le poníamos buena cara al chófer, permitía que nos sentáramos al volante. Tuve
entonces las primeras sensaciones de embriaguez técnica en un mundo todavía muy
poco tecnificado. Sólo cuando me las tuve que apañar durante veinte años en la
prisión de Spandau como un hombre del siglo XIX, sin radio, televisión,
teléfono o automóvil, sin poder accionar siquiera el interruptor de la luz,
volví a sentir una felicidad parecida a la que conocí cuando a los diez años se
me permitió utilizar una enceradora eléctrica.
En 1915 me vi frente a otro invento de la
revolución técnica de la época. Uno de los dirigibles empleados en los ataques
contra Londres había aterrizado en Mannheim. El comandante y sus oficiales no
tardaron en frecuentar nuestra casa, y nos invitaron a mis dos hermanos y a mí
a visitar la nave. Contemplé entonces de cerca, a los diez años, aquel gigante
de la técnica, subí a la barquilla del motor, recorrí los misteriosos pasillos
en penumbra del interior y estuve en la cabina del piloto. Cuando, un atardecer,
el dirigible se elevó, el comandante describió un hermoso rizo sobre nuestra
casa mientras los oficiales agitaban una sábana que habían pedido a mi madre.
Noche tras noche me angustiaba la idea de que la nave se incendiara, lo que
ocasionaría la muerte de todos aquellos amigos. [2]
Mi fantasía se entretenía con la guerra, con los
avances y retrocesos del frente, con el sufrimiento y las penalidades de los
soldados. Por las noches se oía a veces el lejano retumbar de la batalla de
Verdún. Y yo, inflamado por el infantil deseo de participar de los sufrimientos
de los combatientes, dormía con frecuencia en el duro suelo, al lado de mi
blando lecho, pensando que aquello se adecuaba mejor a las privaciones que los
soldados soportaban en el frente.
Tampoco nosotros nos libramos de la mala
alimentación de las grandes ciudades ni del «invierno de los nabos». Aunque
disponíamos de toda clase de bienes, no teníamos ningún pariente ni conocido en
el campo, que estaba mejor abastecido. Nuestra madre imaginaba cientos de
variaciones para preparar los nabos, pero aun así a veces estaba tan hambriento
que poco a poco me fui comiendo, a escondidas y con gran apetito, un saco
entero de duras galletas para perro que estaban en la despensa desde los
tiempos de paz. También empezaron a sucederse los ataques aéreos contra
Mannheim, completamente inofensivos desde el punto de vista actual. Una pequeña
bomba cayó sobre una de las casas vecinas. Empezaba una nueva fase de mi
juventud.
Desde 1905 poseíamos una casa de verano en las
cercanías de Heidelberg, construida en la pendiente de una cantera que, según
se dice, sirvió para abastecer la construcción del palacio de Heidelberg,
emplazado no muy lejos. Tras ella se alza la cadena montañosa del Odenwald, en
la que los senderos que serpentean por la ladera a través de los viejos bosques
ofrecen a veces una vista sobre todo el valle del Neckar. En aquel lugar
teníamos paz, un hermoso jardín, hortalizas y una vaca en casa del vecino. En
verano de 1918 nos trasladamos allí.
* * * *
Pronto mejoró mi estado físico. Todos los días,
aunque nevara, lloviera o hubiera tormenta, caminaba tres cuartos de hora para
recorrer el largo camino que llevaba hasta la escuela; a menudo hacía el último
trecho a la carrera. Con las dificultades económicas de la primera posguerra,
no había bicicletas.
El camino pasaba ante la sede de una asociación de
remeros. En 1919 me uní a ella, y durante dos años fui el timonel en las
regatas de cuatro y de ocho. A pesar de que seguía siendo más bien débil, me
convertí pronto en uno de los remeros más eficientes. A los dieciséis años
conseguí el puesto de jefe de las canoas escolares de cuatro y de ocho, y
participé en algunas regatas. La ambición se había adueñado de mí por primera
vez. Me exigía a mí mismo un rendimiento del que antes no me habría creído
capaz. Fue la primera pasión de mi vida. Hacer que el ritmo de los tripulantes
se adaptara al mío me atraía más que ganarme la admiración y el respeto del
mundo de los remeros, ciertamente muy reducido.
No obstante, normalmente nos ganaban. Pero como se
trataba del rendimiento de un equipo, no era posible atribuir el mal resultado
a uno solo. Al contrario: nos sentíamos unidos en la acción y en el fracaso.
Además, como habíamos prestado un ceremonioso juramento de continencia, en
aquella época despreciaba a los camaradas que hallaban sus primeras diversiones
en el baile, el vino y los cigarrillos.
A los diecisiete años conocí, en la escuela, a la
que habría de ser mi compañera durante toda la vida. Eso hizo que me aplicara
en los estudios, pues hablamos de casarnos al año siguiente, cuando terminara
el bachillerato. Yo ya era bueno en matemáticas desde hacía años, pero entonces
también mejoraron mis notas en el resto de asignaturas y llegué a ser uno de
los mejores de la clase.
Nuestro profesor de alemán, un demócrata
entusiasta, nos leía con frecuencia artículos del diario liberal Frankfurter
Zeitung. De no haber sido por aquel profesor, en la escuela me habría
movido en un círculo completamente apolítico, pues se nos educaba de acuerdo
con una visión del mundo conservadora y burguesa. A pesar de la revolución, se
nos seguía enseñando que la autoridad tradicional formaba parte de un orden
establecido por Dios. Las corrientes que en los primeros años veinte lo
agitaban todo apenas nos afectaban. También se reprimía cualquier crítica a la
escuela, a las asignaturas o a los superiores, y se nos exigía una fe absoluta
en su incuestionable autoridad. En la escuela estábamos sometidos a un poder en
cierto modo absolutista, y en ningún momento pusimos en duda el orden
establecido. Además, no había asignaturas como las ciencias sociales, que
habrían podido desarrollar nuestra capacidad crítica. En las clases de alemán,
incluso en el último curso, las redacciones versaban únicamente sobre historia
de la literatura, lo que nos impedía en la práctica cualquier reflexión sobre
los problemas de la sociedad. Desde luego, aquel distanciamiento de la política
en la escuela no nos ayudaba a adoptar otra postura en el patio o en la calle.
La imposibilidad de salir al extranjero constituía otra clara diferencia entre
aquellos tiempos y los actuales. No había ninguna organización que se ocupara
de los jóvenes, incluso aunque estos dispusieran del dinero necesario para
viajar fuera del país. Me parece necesario recalcar estas deficiencias, que
llevaron a que toda una generación quedara indefensa ante el rápido progreso de
los medios técnicos que permitirían influir sobre las masas.
Tampoco en casa hablábamos de política, lo que
resulta más sorprendente si se tiene en cuenta que mi padre era un liberal
convencido ya antes de 1914. Todas las mañanas esperaba con impaciencia la
llegada delFrankfurter Zeitung; cada semana leía las revistas
satíricas Simplicissimus y Jugend. Pertenecía al
mundo espiritual de Friedrich Naumann, que abogó por las reformas sociales en
una Alemania poderosa. A partir de 1923, mi padre se hizo partidario de
Coudenhove-Kalergi y defendió con ardor sus ideas paneuropeas. Seguramente le
habría gustado tratar de política conmigo, pero yo tendía más bien a evitar ese
tipo de conversación y mi padre no insistía. Si bien es verdad que aquel
desinterés era el propio de una juventud desengañada y exhausta por la pérdida
de una guerra, por la revolución y la inflación, me impidió adquirir el
criterio político y la escala de valores que me habrían permitido formarme una
opinión. Me apetecía más ir hacia la escuela pasando por el parque del palacio
de Heidelberg y quedarme encantado unos minutos contemplando desde el mirador
de Scheffel la ciudad vieja y las ruinas del palacio. Conservé siempre la
afición romántica por las fortalezas en ruinas y las callejuelas serpenteantes,
que más adelante se manifestó en mi pasión por coleccionar paisajes,
especialmente de los pintores románticos de Heidelberg. Camino de la escuela me
encontraba a veces con Stefan George, que daba una impresión de dignidad y
orgullo extremos e irradiaba un aura casi sagrada. Un aspecto semejante debieron
de tener los grandes misioneros, pues poseía un algo que atraía con fuerza
magnética. Mi hermano mayor estaba ya en el último curso cuando pudo acceder al
círculo íntimo del maestro.
Lo que me atraía con más fuerza era la música.
Antes de 1922, escuché en Mannheim al joven Furtwängler, y después a Erich
Kleiber. En aquella época, Verdi me impresionaba más que Wagner; Puccini me
parecía «espantoso». En cambio, me agradó mucho una sinfonía de
Rimski-Kórsakov. La Quinta sinfonía de Mahler me pareció
«bastante complicada, pero me ha gustado». Tras una visita al teatro, pensé que
Georg Káiser era «el más importante dramaturgo moderno, pues estudiaba en sus
obras el concepto, el valor y el poder del dinero». Y al ver El pato
salvaje de Ibsen, estimé que las cualidades de la capa social
dirigente resultaban ridículas: sus personajes eran «cómicos». Con su
novela Jean Christophe, Romain Rolland aumentó mi entusiasmo por
Beethoven. [3]
Así pues, el hecho de que no me agradara la
ostentosa vida social que se llevaba en mi casa no se debía únicamente a que me
dominara la terquedad juvenil. Que prefiriera a los autores que criticaban la
sociedad, o que hiciera amigos entre los camaradas de la asociación de remeros
o en los refugios de la de alpinistas, tenía un indudable carácter de
oposición. Por otro lado, que me gustara una sencilla familia de artesanos se
oponía a la costumbre de hacer amigos y escoger novia en el cerrado círculo social
en que se movían nuestros padres. Incluso sentía simpatía por la extrema
izquierda, aunque esa inclinación jamás adoptara una forma concreta. Estaba en
contra de todo compromiso que oliera a política; aunque ello no impedía que me
sintiera nacionalista y que, como sucedió durante la ocupación del Ruhr (1923),
me sublevaran las diversiones impropias o la amenazadora crisis del carbón.
Para mi propio asombro, compuse el mejor tema de
reválida de mi promoción. No obstante, cuando el director de la escuela, en su
discurso de despedida a los bachilleres, dijo que entonces «se abría ante
nosotros el camino hacia las más altas empresas y los más altos honores», pensé
para mis adentros: «Eso no va contigo». Puesto que era el mejor matemático de
la escuela, mi intención era estudiar esta especialidad. Mi padre me dio
razones de peso para no hacerlo, y yo no habría sido un matemático familiarizado
con la lógica si no hubiese cedido a sus argumentos. Lo que me quedaba más
cerca era la profesión de arquitecto, de la que tantas cosas había absorbido
desde mis primeros años. Para gran alegría de mi padre, decidí convertirme en
arquitecto, como él y como su propio padre.
* * * *
Por motivos económicos, el primer semestre lo cursé
en la Escuela Técnica Superior de la cercana ciudad de Karlsruhe, pues la
inflación aumentaba de día en día. Ello me obligaba a cobrar semanalmente mi
paga, una cantidad fabulosa que a finales de la misma semana se había
convertido en nada. Por ejemplo, a mediados de septiembre de 1925 escribí,
durante una excursión a la Selva Negra: « ¡Aquí todo es muy barato! Pasar la
noche cuesta 400.000 marcos, y una cena, 1.800.000 marcos. Medio litro de
leche, 250.000 marcos». Seis semanas después, poco antes de que la inflación
llegara a su fin, comer en un restaurante costaba hasta veinte mil millones de
marcos, y hacerlo en el comedor universitario, más de mil millones, lo que
equivalía a siete Pfennig oro. Por una entrada de teatro había que pagar de
trescientos a cuatrocientos millones de marcos.
El desastre económico obligó a mi familia a vender
el comercio y la fábrica de mi difunto abuelo a una sociedad. Aunque la venta
se concertó por una cantidad inferior al valor real de los bienes, el pago se
realizó en «bonos del tesoro en dólares». Mi paga mensual ascendió a dieciséis
dólares, cantidad con la que, libre de toda preocupación, vivía
espléndidamente.
Cuando acabó el período de inflación, en la
primavera de 1924, me trasladé a la Escuela Técnica Superior de Munich.
Permanecí hasta el verano de 1925 en esta ciudad, en la que Hitler, tras salir
de la prisión militar, volvió a dar que hablar, aquella misma primavera, pero
yo no tomé nota de ello. En las detalladas cartas que escribía a la que sería
mi mujer me limitaba a hablar de mi trabajo, que se prolongaba hasta altas
horas de la noche, y de nuestro deseo de casarnos al cabo de tres o cuatro
años.
Durante las vacaciones, mi futura esposa y yo nos
reuníamos con frecuencia con otros estudiantes para ir de refugio en refugio
por los Alpes austríacos. Las fatigosas ascensiones nos daban la sensación de
realizar auténticas proezas. En ocasiones, con mi terquedad habitual, convencía
a mis compañeros para no interrumpir una excursión aunque hiciera muy mal
tiempo, con tormentas, lluvia helada y frío, y por más que la niebla nos
impidiera distinguir las cumbres.
Muchas veces veíamos una densa capa de nubes
extenderse sobre la lejana llanura que contemplábamos desde la cima de una
montaña. Para nosotros, bajo aquellas nubes vivían personas atormentadas.
Creíamos estar muy por encima de esa gente. Jóvenes y arrogantes, estábamos
convencidos de que sólo iban por las montañas las personas honradas. Cuando
teníamos que regresar a la vida normal de la llanura después de nuestros
ascensos, no era raro que al principio me sintiera más bien aturdido por la
febril actividad urbana.
Otro modo que teníamos de buscar la «comunión con
la naturaleza» era saliendo con las canoas plegables. En aquel entonces, ese
tipo de expedición todavía era nuevo y las aguas no estaban, como ahora,
plagadas de toda clase de embarcaciones. Bajábamos los ríos en silencio y al
caer la noche plantábamos nuestra tienda en los lugares más hermosos. Esas
apacibles excursiones nos procuraban una porción de aquella felicidad que había
sido completamente natural para nuestros antepasados. En 1885, mi padre hizo
una excursión de Munich a Nápoles, ida y vuelta, a pie y en coche tirado por
caballos. Más tarde, cuando ya podía cruzar Europa entera con su automóvil,
calificó precisamente aquella excursión como su viaje más hermoso.
Muchos miembros de nuestra generación buscaban el
contacto con la naturaleza. No se trataba sólo de una protesta romántica contra
la estrechez burguesa; también huíamos de las exigencias de un mundo cada día
más complejo. Nos dominaba el sentimiento de que nuestro entorno había perdido
el equilibrio, mientras que en la naturaleza, en las montañas y en los valles
fluviales, todavía podía percibirse la armonía de la Creación. Cuanto más
vírgenes eran las montañas, cuanto más solitarios resultaban los valles de los
ríos, tanto más nos atraían. Naturalmente, yo no pertenecía a ningún movimiento
juvenil, cuya masificación habría sido un obstáculo para mis ansias de
aislamiento, pues era de tendencia más bien solitaria. En otoño de 1925 me
trasladé con un grupo de estudiantes de arquitectura de Munich a la Escuela
Técnica Superior de Berlín-Charlottenburg. Quería estudiar con el profesor
Pölzig; sin embargo, el número de plazas de su seminario de proyectos era
limitado. Como mis aptitudes para el dibujo eran insuficientes, me fue negada
la admisión. Yo no estaba seguro de poder llegar a ser algún día un buen
arquitecto, por lo que acepté esa decisión sin sorprenderme. En el semestre
siguiente fue llamado a Berlín el profesor Heinrich Tessenow, un defensor de lo
artesanal y provinciano, quien reducía al máximo su expresión arquitectónica:
«Lo decisivo es el mínimo ornamento». Enseguida le escribí a mi futura esposa:
«Mi nuevo profesor es el hombre más importante e inteligente que he conocido
nunca. Estoy muy entusiasmado con él y trabajo con gran interés. No es moderno,
aunque en cierto sentido lo es más que nadie. De cara al exterior, es tan
sobrio y poco imaginativo como yo; sin embargo, sus obras reflejan algo
profundamente vivo. Su entendimiento es de una agudeza pasmosa. Voy a
esforzarme para poder entrar dentro de un año en su grupo de
“perfeccionamiento”, y al otro intentaré trabajar con él como ayudante. Desde
luego, escribo todo esto desde una perspectiva muy optimista; este es el camino
que seguiré en el mejor de los casos». Seis meses después de terminar los
exámenes, ya era su ayudante. Había encontrado en él a mi primer catalizador…,
que, siete años más tarde, sería relevado por otro más influyente.
También apreciaba mucho a nuestro profesor de
historia de la arquitectura. Daniel Krenker, alsaciano de nacimiento, no era
sólo un apasionado arqueólogo, sino también un vehemente patriota. Cuando en
una de sus clases nos mostró la catedral de Estrasburgo, rompió a llorar y tuvo
que interrumpir la charla. En su curso hice una exposición en clase sobre el
libro de Albrecht Haupt La arquitectura de los germanos. Pero al
mismo tiempo escribía a mi futura mujer: «Cierta mezcla de razas siempre está
bien. Y si últimamente vamos de mal en peor, no se debe a que seamos una mezcla
de razas. Ya lo éramos en la Edad Media, cuando aún había en nosotros un germen
poderoso y ampliábamos nuestras fronteras, cuando expulsamos de Prusia a los
eslavos o cuando, más tarde, trasladamos a América la cultura europea. Estamos
en decadencia porque hemos consumido nuestras fuerzas; igual que les ocurrió en
su día a los egipcios, los griegos o los romanos. No podemos hacer nada para
evitarlo».
Los años veinte en Berlín fueron el escenario que
definió mi época de estudiante. Muchas representaciones teatrales me
impresionaron profundamente: la puesta en escena de Max Reinhardt deEl sueño
de una noche de verano; Elisabeth Bergner en La doncella de Orleans,
de Bernard Shaw; Pallenberg en la escenificación que hizo Piscator del Soldado
Schwejk. Pero también me atrajeron mucho las grandes revistas de Charell,
extraordinariamente suntuosas. En cambio, no encontraba placer alguno en la
grandilocuencia de las películas de Cecil B. de Mille, y no podía sospechar que
yo mismo, diez años después, superaría su arquitectura cinematográfica. En
aquel tiempo sus películas me parecían «de un mal gusto bastante americano».
Sin embargo, todas aquellas impresiones quedaban
ensombrecidas por la pobreza y el paro. La decadencia de Occidente de
Spengler me había convencido de que estábamos viviendo un período de decadencia
semejante al de los últimos tiempos de la era romana: inflación, relajamiento
de las costumbres, impotencia del Reich. El ensayo Prusianismo y
socialismo me fascinó por su desprecio del lujo y la comodidad. En él
la doctrina de Spengler se unía a las enseñanzas de Tessenow. Sin embargo, mi
profesor, a diferencia de Spengler, aún tenía confianza en el futuro. Empleando
un tono irónico, se revolvía contra el «culto a los héroes» de la época:
—A lo mejor estamos rodeados por todas partes de
«grandes» héroes auténticos e incomprendidos que consideran que, si se cumple a
rajatabla su voluntad, queda justificado tanto lo más espantoso como los
detalles más insignificantes, y pueden incluso reírse de todo ello. Quizá antes
de que vuelvan a florecer la artesanía y las pequeñas ciudades tenga que llover
del cielo algo parecido al azufre, tal vez sea necesario que los pueblos hayan
conocido antes el infierno. [4]
* * * *
Obtuve el título de arquitecto en verano de 1927,
tras nueve semestres de estudio. A la primavera siguiente, a los veintitrés
años, me convertí en uno de los ayudantes más jóvenes de la Escuela Superior.
En una tómbola a la que había ido durante el último año de la guerra, una
adivina me vaticinó: «Obtendrás fama enseguida y te llegará pronto el
descanso». Ahora empezaba a tener motivos para pensar en aquella predicción,
pues podía suponer con cierta seguridad que, si lo deseaba, llegaría el momento
en que, al igual que mi profesor, daría clases en la Escuela Técnica Superior.
El puesto de ayudante nos permitió contraer
matrimonio. En nuestro viaje de luna de miel no fuimos a Italia, sino que
recorrimos los solitarios lagos de la boscosa región de Mecklemburgo con la
canoa plegable y la tienda. Echamos el bote al agua en Spandau, a unos
centenares de metros de la prisión en la que pasaría veinte años de mi vida.
Capítulo II
Profesión y vocación
En 1928 estuve a punto de convertirme en arquitecto
del Estado y de la Corte. Aman Allah, soberano de Afganistán, tenía intención
de reformar su país, para lo cual deseaba el concurso de jóvenes técnicos
alemanes. Joseph Brix, profesor de urbanismo y obras públicas, organizó el
grupo. Yo debía trabajar como urbanista, arquitecto y, además, profesor de
arquitectura en una institución de enseñanza técnica que había de fundarse en
Kabul. Mi esposa y yo estudiamos todos los libros que pudimos conseguir sobre
aquel lejano país; reflexionamos sobre la forma de desarrollar un estilo
nacional propio a partir de las sencillas construcciones típicas y, a la vista
de sus montañas vírgenes, planeamos varias excursiones de esquí. Las
condiciones del contrato que me ofrecieron eran muy favorables. Sin embargo,
cuando este se hallaba prácticamente ultimado y el soberano acababa de ser
recibido con grandes honores por Hindenburg, los afganos lo derrocaron mediante
un golpe de Estado.
No obstante, la perspectiva de continuar trabajando
con Tessenow me compensó. De hecho, ya había tenido mis dudas, y me alegré de
que la caída de Aman Allah me librara de tomar una decisión. En el seminario
sólo tenía que trabajar tres días a la semana; además, en la Escuela Superior
había cinco meses de vacaciones. Aun así, me pagaban trescientos marcos del
Reich, que equivaldrían a unos ochocientos marcos actuales. Tessenow no daba
clases magistrales, sino que corregía en la gran aula del seminario los trabajos
de unos cincuenta estudiantes. Sólo aparecía unas cuatro o seis horas a la
semana, y el resto del tiempo los estudiantes dependían de mis explicaciones y
correcciones.
Sobre todo los primeros meses me resultaron muy
fatigosos. Al principio, los estudiantes se mostraban críticos conmigo y
trataban de sorprenderme en falta o de descubrir mi ignorancia. Sólo muy poco a
poco fui perdiendo mi timidez inicial. Por otra parte, los encargos de los que
esperaba ocuparme en el tiempo que me quedaba libre, que era mucho, no llegaron
a concretarse. Probablemente daba la impresión de ser demasiado joven; además,
debido a la depresión económica, la actividad constructora era más bien escasa.
Constituyó una excepción el proyecto de la casa de mis suegros en Heidelberg.
Fue una obra sin pretensiones, a la que siguieron otras sin importancia: dos
garajes anexos para unas villas en Wannsee y la edificación de la sede
berlinesa del Servicio de Intercambio Académico.
En 1930 partimos de Donaueschingen con nuestros dos
botes plegables y descendimos por el Danubio hasta Viena. Al regreso me enteré
de que el 14 de septiembre se habían celebrado elecciones al Reichstag, lo que
se me quedó grabado en la memoria porque el resultado excitó
extraordinariamente a mi padre. El Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán
(NSDAP) había conseguido 107 escaños, con lo que se convirtió de pronto en el
centro de la discusión política. Aquel éxito electoral imprevisto hizo concebir
a mi padre los más negros temores, motivados sobre todo por las tendencias
socialistas del NSDAP, pues lo inquietaba la fuerza de los socialdemócratas y
comunistas.
* * * *
Nuestra Escuela Técnica Superior se había
convertido en un centro de tendencia nacionalsocialista. Mientras que el
pequeño grupo de estudiantes de arquitectura de ideología comunista se sentía
atraído por el seminario del profesor Pölzig, los nacionalsocialistas se
reunieron en torno a Tessenow, pues, aunque había sido siempre un enemigo
declarado del movimiento hitleriano, existían paralelismos implícitos e
involuntarios entre este y sus teorías, de los que él no debía de ser
consciente. El supuesto de que pudiera existir una similitud entre sus ideas y
el nacionalsocialismo lo habría escandalizado.
Tessenow enseñaba, entre otras cosas: «El estilo
nace del pueblo. Es natural amar la patria. La verdadera cultura no puede ser
nunca internacional. La cultura únicamente procede del seno materno de un
pueblo». [5] También Hitler estaba en contra de la internacionalización del
arte; sus partidarios veían en el suelo patrio la raíz de la renovación.
Tessenow condenaba la gran ciudad, a la que oponía ideas rurales: «La gran
ciudad es algo terrible. La gran ciudad es una mezcla confusa de lo viejo y lo
nuevo. La gran ciudad es combate, un combate brutal. Nos obliga a prescindir de
todo lo acogedor… Donde lo urbano entra en contacto con lo rural, el
campesinado termina siendo destruido. Es una lástima que no se pueda seguir
pensando de forma rural». Hitler se oponía del mismo modo a la relajación de
las costumbres en las grandes ciudades, advertía contra los males de la
civilización, que amenazaban la sustancia biológica del pueblo, y recalcaba la
importancia de mantener un núcleo de campesinado sano que sostuviera el Estado.
Hitler tuvo la habilidad de articular y utilizar
para sus propios fines estas y otras corrientes que, aunque ya existían en la
conciencia de la época, tenían todavía una forma difusa e inconcreta.
Durante mis clases, los estudiantes
nacionalsocialistas me arrastraban con frecuencia a discusiones políticas en
las que se debatían apasionadamente las opiniones de Tessenow. Las débiles
objeciones que yo trataba de oponer, sacadas del vocabulario de mi padre, eran
fácilmente barridas con habilidad dialéctica.
En aquel tiempo, los estudiantes tendían a los
ideales extremistas; y el partido de Hitler se dirigía precisamente al
idealismo de aquella excitada generación. ¿No animaba también Tessenow la
confiada disposición de sus discípulos? Hacia 1931 opinaba: «Es posible que
tenga que aparecer alguien que piense con sencillez. Pensar se ha vuelto
demasiado complicado. Un hombre sin formación, en cierto modo un aldeano,
solucionaría este problema con gran facilidad, precisamente porque todavía no
estaría corrompido. Ese hombre también tendría energía suficiente para hacer
realidad sus sencillas concepciones». [6] Esta observación, que no dejaba de rondarnos por la cabeza, nos
parecía aplicable a Hitler.
* * * *
En aquella época, Hitler habló en el Hasenheide de
Berlín a los estudiantes de la Universidad y de la Escuela Técnica Superior.
Mis alumnos me instaron a que acudiera y los acompañé; aunque todavía no estaba
convencido, empezaba a vacilar. Paredes sucias, accesos pequeños y un interior
desaseado causaban una pobre impresión. Aquí solían celebrar los obreros sus
fiestas de cerveza. La sala estaba llena a rebosar. Parecía como si casi todos
los estudiantes de Berlín quisieran oír y ver a aquel hombre, a quien sus
partidarios atribuían toda clase de virtudes, mientras que sus enemigos le
atribuían tantas maldades. Los profesores, cuya presencia daba prestigio al
acto, ocupaban sitios preferentes en el centro de la sobria galería. También
nuestro grupo logró obtener buenos lugares en la tribuna, no lejos del estrado.
Entonces apareció Hitler, que fue acogido con una
gran ovación por los numerosos partidarios que tenía entre los estudiantes.
Aquel entusiasmo me impresionó, y también me sorprendió su forma de
presentarse. Los carteles y caricaturas me lo habían mostrado en camisa de
uniforme con bandolera, con la banda con la cruz gamada en el brazo y la melena
cayéndole desordenada sobre la frente. Pero aquel día se presentó vestido con
un traje azul de buen corte que reflejaba una corrección burguesa y le daba un
aire sensato y discreto. Más adelante me di cuenta de que Hitler, consciente o
intuitivamente, sabía adaptarse a la perfección a cualquier ambiente que lo
rodeara.
Después de poner fin a la larga ovación afectando
rechazo, me gustó que comenzara a hablar en voz baja, vacilante y con cierta
timidez, sin pronunciar un discurso, sino una especie de conferencia histórica;
me atrajo precisamente porque me pareció que estaba en el polo opuesto de lo
que la propaganda de sus rivales me había llevado a esperar: un demagogo
frenético, un fanático vociferador y gesticulante vestido de uniforme. Ni
siquiera los estruendosos aplausos consiguieron hacerle abandonar el tono profesoral.
Parecía exponer de forma franca y abierta sus
preocupaciones por el futuro. Su ironía estaba atenuada por un humor que
revelaba su confianza en sí mismo. Me atrajo su encanto de alemán del sur: no
puedo imaginar que un frío prusiano hubiese podido cautivarme. La timidez
inicial de Hitler no tardó en desaparecer; a veces alzaba la voz y hablaba con
una energía muy convincente. Esta impresión fue mucho más profunda que el
discurso en sí, del que no retuve gran cosa.
Además, me sentí arrastrado por el entusiasmo que,
tras cada una de sus frases, apoyaba al orador de una manera casi físicamente
perceptible, aniquilando toda objeción escéptica. Sus rivales no lograban
hacerse con la palabra. Y de ello nació, al menos de momento, una falsa
impresión de unanimidad. Al final Hitler ya no parecía hablar para
convencernos; más bien parecía estar obligado a expresar lo que el público en
masa esperaba de él: como si fuera lo más natural del mundo llevar de las
riendas a los estudiantes y a una parte del profesorado de las dos
universidades más importantes de Alemania. Y eso que aquella noche no era
todavía el soberano absoluto, blindado contra toda crítica, sino que se
encontraba expuesto a los ataques que le llegaban de todas partes.
Quizá otros discutieron después, frente a un vaso
de cerveza, los excitantes acontecimientos de la velada, y seguro que también
mis estudiantes me instaron a hacerlo. Sin embargo, yo tenía que aclarar mis
ideas y dominar mi confusión; necesitaba estar solo. Desconcertado, conduje en
plena noche, detuve el coche en un bosque de pinos cerca del Havel y paseé
durante mucho tiempo.
Me pareció que se abría una esperanza, un nuevo
ideal, una nueva comprensión de las cosas, nuevas misiones. También las
sombrías predicciones de Spengler me parecían ahora rebatidas, a la vez que se
cumplía su vaticinio respecto al advenimiento de un nuevo emperador. Hitler nos
había convencido de que debíamos desterrar el peligro del comunismo, que
parecía acercarse al poder de un modo incontenible, y de que al final, en lugar
del desolador desempleo, incluso podría producirse un florecimiento económico.
El problema judío sólo lo mencionó muy de pasada. Aunque yo no era antisemita,
pues, como casi todo el mundo, en la escuela y en la universidad había hecho
amigos judíos, sus observaciones a ese respecto no me molestaron.
Algunas semanas después de aquel discurso, que
resultó tan importante para mí, mis amigos me llevaron a un mitin en el Palacio
de Deportes en el que habló Goebbels, jefe regional del Partido en Berlín. Me
produjo una impresión muy distinta que Hitler: muchas frases bien colocadas,
dichas de una manera categórica; una multitud rugiente que era inducida a
explosiones de entusiasmo y odio cada vez más frenéticas; un aquelarre de
pasiones desenfrenadas que hasta entonces sólo había presenciado durante las carreras
ciclistas. Sentí repugnancia; el efecto positivo de Hitler perdió fuerza,
aunque no se extinguió por completo.
El Palacio de Deportes se vació y los asistentes a
la reunión bajaron por la Potsdamer Strasse. Llena de confianza en sí misma
tras el discurso de Goebbels, la gente ocupó provocativamente toda la anchura
de la calzada, bloqueando el tráfico. Al principio la policía no intervino;
quizá no deseara irritar a la multitud. Sin embargo, en las bocacalles había
destacamentos de policía montada y camiones con tropas antidisturbios, y
finalmente, enarbolando las porras de caucho, cargaron contra la multitud para
despejar la calzada. Asistí excitado al desarrollo de los acontecimientos;
nunca había visto un acto de violencia parecido. Al mismo tiempo sentí que se
apoderaba de mí un sentimiento, mezcla de simpatía y de insubordinación, que
probablemente no tenía nada que ver con motivaciones políticas. En realidad no
ocurrió nada extraordinario. Ni siquiera hubo heridos. No obstante, al cabo de
unos días me afilié al Partido, y en enero de 1931 me convertí en el miembro
número 474.481 del NSDAP.
Fue una decisión completamente desprovista de
dramatismo. Ni entonces ni nunca me sentí miembro de un partido político: yo no
había elegido al NSDAP, sino que me había convertido en adepto de Hitler, cuya
personalidad me impresionó desde el primer momento y de quien desde entonces ya
no iba a liberarme. Su poder de convicción, la magia peculiar de su nada
agradable voz, lo insólito de su actitud más bien banal, la seductora sencillez
con que enfocaba la complejidad de nuestros problemas… Todo aquello me confundía
y fascinaba. Yo no sabía prácticamente nada de su programa. Hitler me había
capturado antes de que pudiera comprenderlo.
Tampoco me sentí incómodo en un acto popular
organizado por la Liga para la Defensa de la Cultura Alemana, aunque en él se
condenaron muchos de los objetivos del profesor Tessenow. Uno de los oradores
exigió la vuelta a las formas y concepciones artísticas tradicionales, atacó la
modernidad y terminó arremetiendo contra la agrupación de arquitectos Der Ring,
a la que pertenecían Gropius, Mies van der Rohe, Scharoun, Mendelssohn, Taut,
Behrens y Pölzig, además de Tessenow. Uno de los estudiantes envió un escrito a
Hitler para protestar contra este discurso y defender con juvenil entusiasmo a
nuestro admirado maestro. Poco después recibió una respuesta entre familiar y
rutinaria, procedente de la Jefatura del Partido y escrita en papel oficial, en
la que se afirmaba que la obra del profesor Tessenow gozaba de la mayor estima.
A nosotros nos pareció muy significativo. Con todo, es verdad que en aquel
tiempo no le mencioné a Tessenow mi pertenencia al Partido. [7]
Creo que fue durante esos meses cuando mi madre
presenció una marcha de las SA en las calles de Heidelberg: la contemplación de
aquel orden en una época de caos, aquella impresión de energía en una atmósfera
de desesperanza generalizada, debió de ganarla también a ella: en cualquier
caso, se afilió al Partido sin haber oído ningún discurso ni haber leído ningún
escrito. Es probable que ambos sintiéramos que aquella decisión significaba una
ruptura con la tradición liberal familiar, pues nos la ocultamos mutuamente y
la escondimos asimismo a los ojos de mi padre. Sólo varios años después, cuando
ya llevaba un tiempo en el círculo de Hitler, descubrimos por casualidad
nuestra temprana afiliación común.
Capítulo III
Cambio de agujas
Sería más acertado que, al hablar de aquellos años,
lo hiciera principalmente de mi vida profesional, de mi familia y de mis
inclinaciones, pues las nuevas experiencias quedaron relegadas a un segundo
término: por encima de todo, yo era arquitecto.
Puesto que disponía de automóvil, me convertí en
miembro de la asociación de conductores del Partido (NSKK) fundada hacía poco
y, por tratarse de una organización nueva, adquirí automáticamente la categoría
de jefe de la sección de Wannsee, donde vivíamos. Sin embargo, al principio me
hallaba muy lejos de pensar en una actividad partidaria seria. Por lo demás,
era el único que tenía coche en Wannsee y, por consiguiente, en mi sección; los
otros miembros abrigaban el deseo de conseguir uno cuando se produjera la
«revolución» con la que soñaban. Para irse preparando, se informaron de los
lugares de aquel rico suburbio en los que podrían encontrar coches adecuados
cuando llegara el día x.
Mi cargo me llevó varias veces a la Jefatura de la
Circunscripción Oeste, que dirigía un joven sencillo pero inteligente y
enérgico: un oficial de molinero llamado Karl Hanke. Acababa de alquilar como
futuro cuartel de su organización una elegante villa en el distinguido barrio
de Grunewald, pues tras el éxito electoral del 14 de septiembre de 1930 el
Partido, ahora poderoso, se estaba esforzando por adquirir categoría social, y
me propuso decorar la villa; por supuesto, sin cobrar.
Hablamos sobre papeles pintados, cortinas y
colores. Por indicación mía, el joven jefe de circunscripción eligió papeles
pintados de la Bauhaus, aunque le advertí que eran «comunistas». Sin embargo,
el joven liquidó mi advertencia diciendo:
—Nosotros cogemos lo mejor de todos, incluso de los
comunistas.
Con estas palabras expresó lo que Hitler y sus
colaboradores llevaban años haciendo: reunir todo lo aprovechable sin tener en
cuenta las ideologías, e incluso decidir las cuestiones ideológicas en función
de su efecto sobre los electores.
Hice pintar la antesala de un rojo brillante y las
salas de trabajo de un color amarillo intenso en el que las cortinas rojas
destacaban de manera más que llamativa. Aquella liberación de una necesidad de
acción arquitectónica largo tiempo reprimida, con la que probablemente quise
expresar un espíritu revolucionario, obtuvo una acogida bastante desigual.
A comienzos del año 1932 se recortaron los sueldos
de los ayudantes; era una pequeña aportación para nivelar el ajustadísimo
presupuesto de Prusia. No había grandes edificios en perspectiva y la situación
económica era desesperanzadora. Para nosotros, tres años como ayudante habían
sido más que suficientes; mi esposa y yo decidimos renunciar a mi empleo junto
a Tessenow y trasladarnos a Mannheim. Cubierto económicamente con la
administración de las casas que poseía mi familia, quería iniciar en serio mi
actividad como arquitecto, que hasta entonces había transcurrido sin pena ni
gloria. Así pues, envié incontables cartas a las empresas de la zona y a los
contactos profesionales de mi padre para ofrecerme como «arquitecto
independiente», y esperé en vano encontrar a un contratista dispuesto a emplear
a un arquitecto de veintiséis años: en aquel momento, ni siquiera los
arquitectos establecidos desde hacía tiempo en Mannheim obtenían ningún
encargo. Traté de llamar un poco la atención participando en concursos, pero
nunca pasé de los terceros premios. La reforma de una tienda en una de las
fincas que mi familia alquilaba fue la única actividad constructiva que realicé
en aquella desolada época.
Mi posición en el Partido era de una cómoda
complacencia. Tras la excitante actividad del Partido en Berlín, en la que me
había visto atrapado poco a poco, en Mannheim me sentía como en una reunión del
club de bolos. Como no había ninguna NSKK, desde Berlín se me adscribió a la
Motor-SS. Aunque yo pensé que era en calidad de miembro, al parecer fui allí
sólo como invitado, pues cuando en 1942 quise renovar mi afiliación, resultó
que jamás había pertenecido a la Motor-SS.
Al iniciarse los preparativos para las elecciones
del 31 de julio de 1932, mi esposa y yo fuimos a Berlín para participar de la
excitante atmósfera electoral y ayudar en lo que pudiéramos. La persistente
falta de perspectivas profesionales había intensificado mucho mi interés
político, o lo que yo llamaba así. Quería contribuir a la victoria electoral de
Hitler. Sin embargo, aquello sólo iba a ser un breve paréntesis, pues queríamos
dirigirnos desde Berlín hacia los lagos de la Prusia Oriental, para hacer una
excursión con los botes plegables que teníamos planeada desde hacía tiempo.
Me presenté con mi coche al jefe de la NSKK de la
Circunscripción Oeste de Berlín, Will Nagel, que me empleó como correo entre
los distintos locales del Partido. Cuando se trataba de internarme en los
barrios dominados por los «rojos» no era extraño que me sintiera sumamente
incómodo. En aquellos sectores, las tropas nacionalsocialistas habitaban en
sótanos que más bien parecían agujeros y llevaban una existencia de
perseguidos. Lo mismo les ocurría a las avanzadillas de los comunistas en las
zonas dominadas por los nazis. No puedo olvidar el rostro angustiado y exhausto
de un jefe de tropa al que vi en pleno barrio de Moabit, una de las zonas más
peligrosas del momento. Aquellos hombres arriesgaban sus vidas y sacrificaban
su salud por una idea, sin saber que estaban siendo utilizados por la
imaginación delirante de un hombre ávido de poder.
Hitler debía llegar el 27 de julio de 1932 al
aeródromo berlinés de Staaken después de celebrar, por la mañana, un mitin en
Eberswalde. Me habían encargado llevar a un mensajero desde Staaken al lugar
donde se celebraría el siguiente mitin: el estadio de Brandemburgo. Cuando el
trimotor terminó de rodar por la pista, Hitler y algunos de sus colaboradores y
asistentes descendieron del aparato. En el aeródromo no había casi nadie,
aparte de nosotros. Aunque me mantuve a respetuosa distancia, vi que Hitler, nervioso,
hacía reproches a sus acompañantes porque aún no habían llegado los
automóviles. Caminaba furioso arriba y abajo, golpeándose la vuelta de sus
botas altas con una fusta, y daba la impresión de ser una persona malhumorada e
incapaz de dominarse que trataba con desprecio a sus colaboradores.
Aquel Hitler era muy distinto al hombre tranquilo y
civilizado al que había visto en la reunión estudiantil. Sin que eso me
inquietara demasiado de momento, aquel día topé por primera vez con la singular
multiplicidad de Hitler: con gran intuición histriónica, en público sabía
adaptar su comportamiento a las más diversas situaciones, mientras que en su
entorno inmediato y en presencia de criados o asistentes, se dejaba llevar.
Llegaron los coches. Subí con el mensajero a mi
rugiente coche deportivo y, conduciendo a toda velocidad, me adelanté a la
columna motorizada de Hitler. En Brandemburgo, los bordes de la carretera
próxima al estadio estaban ocupados por socialdemócratas y comunistas, de modo
que —mi acompañante llevaba el uniforme del Partido— tuvimos que atravesar una
excitada barrera humana. Cuando, unos minutos después, llegó Hitler con su
séquito, la multitud se transformó en una masa vociferante y furiosa que pugnaba
por salir a la carretera. El automóvil tuvo que abrirse paso muy despacio;
Hitler iba en pie al lado del conductor. Aquel día sentí un respeto por su
valor que aún conservo hoy. La impresión negativa que me había causado en el
aeródromo quedó borrada por aquella imagen.
Esperé con mi coche fuera del estadio, por lo que
no pude oír el discurso, pero sí las atronadoras ovaciones que lo interrumpían
una y otra vez. Cuando el himno del Partido señaló el final del acto, nos
pusimos de nuevo en marcha, pues Hitler aún debía asistir, ese mismo día, a un
tercer mitin en el estadio de Berlín. También aquí estaba todo lleno a rebosar.
Fuera, en las calles, se aglomeraban miles de personas que no habían podido
entrar en el estadio. Hitler volvía a llevar un gran retraso y la multitud
esperaba pacientemente desde hacía horas. Comuniqué a Hanke que no tardaría en
llegar e inmediatamente se dio la noticia por los altavoces, que fue recibida
con un aplauso estruendoso. Fue, por cierto, el primero y el único que he
provocado nunca.
El día siguiente fue decisivo para mi trayectoria
futura. Los botes plegables nos esperaban en la estación, habíamos comprado los
billetes para la Prusia Oriental y pensábamos salir aquella misma noche, pero
al mediodía recibí una llamada telefónica. Nagel, el jefe de la NSKK, me
comunicó que Hanke, que había ascendido a jefe de organización de la región de
Berlín, deseaba verme.
Hanke me recibió amablemente:
—Lo he estado buscando a usted por todas partes.
¿Querría reformar nuestra nueva sede regional? —me preguntó en cuanto entré—.
Hoy mismo se lo propondré al doctor. [8] Nos corre mucha prisa.
Unas horas más tarde, yo ya habría estado en el
tren que debía llevarme a los solitarios lagos de la Prusia Oriental, donde
habría sido ilocalizable; el Partido tendría que haberse buscado otro
arquitecto. Durante años consideré aquel azar el giro más favorable de mi vida:
mi trayectoria se había encarrilado. Dos décadas más tarde, ya en Spandau, leí
las siguientes palabras de James Jeans: «El recorrido de un tren está
claramente determinado por los raíles en la mayor parte del trayecto, pero en
algunos puntos es posible tomar diversas direcciones; allí el tren puede ser
dirigido hacia una u otra mediante el insignificante esfuerzo que supone el
adecuado cambio de agujas».
* * * *
El nuevo Gauhaus, la sede de la Jefatura Regional,
estaba ubicado en la Voss-Strasse y rodeado por las delegaciones de los
distintos Länder alemanes. Desde las ventanas traseras podía
verse al octogenario presidente del Reich, a menudo acompañado de políticos o
militares, paseando por el parque contiguo. Tal y como me dijo Hanke, el
Partido deseaba avanzar incluso ópticamente hacia el centro político del país,
para anunciar así sus aspiraciones políticas. Mi cometido, en cambio, tenía
menos pretensiones: volvió a limitarse a repintar las paredes y a trabajos
menores de remodelación. Amueblar una sala de reuniones y el despacho del jefe
regional también resultó bastante sencillo, en parte por la falta de medios y
en parte porque aún me hallaba bajo la influencia de Tessenow, aunque mi
moderación topaba con los ostentosos relieves y estucos de estilo Gründerzeit
(1871-1873). Trabajé día y noche a toda prisa, pues la organización de la
Jefatura Regional me apremiaba para que concluyese lo más pronto posible. A Goebbels
lo vi poco, pues estaba muy ocupado en la campaña de las elecciones del 6 de
noviembre de 1932. Afónico y ajetreado, quiso ver un par de veces las reformas,
aunque no mostró gran interés por ellas.
Se terminó la obra, se sobrepasó ampliamente el
presupuesto y las elecciones se perdieron. Los afiliados disminuyeron, el
tesorero se retorcía las manos al ver las facturas que llegaban y, al no poder
mostrar a los trabajadores más que una caja vacía, estos, como miembros del
Partido, tuvieron que conceder un largo aplazamiento de los pagos con objeto de
evitar la bancarrota.
Unos días después de la inauguración, también
Hitler visitó la Jefatura Regional, que había sido bautizada con su nombre. Oí
decir que la reforma había sido de su agrado, lo cual me llenó de orgullo,
aunque no quedó muy claro si lo que elogiaba era la sobriedad de mis esfuerzos
arquitectónicos o el barroquismo de aquella casa de época guillermina.
No tardé en regresar a mi despacho de Mannheim.
Nada había cambiado; al contrario, la situación económica y, por tanto, la
perspectiva de obtener encargos habían empeorado, y las circunstancias
políticas eran cada vez más confusas. Una crisis sucedía a otra sin que nos
enterásemos demasiado, pues todo seguía igual. El 30 de enero de 1933 leí que
Hitler había sido nombrado canciller del Reich, pero ni siquiera aquella
noticia tuvo, por de pronto, significado para mí. Poco después participé en una
reunión del grupo local de Mannheim. Me llamó la atención la poca calidad
espiritual y personal de los miembros del Partido. «Con esta gente no se puede
gobernar un Estado», pensé. Pero esas preocupaciones eran superfluas: el viejo
sistema funcionarial siguió ocupándose perfectamente de todo bajo la égida de
Hitler. [9]
* * * *
Entonces se celebraron las elecciones del 5 de
marzo de 1933, y una semana más tarde recibí una llamada de Berlín. Hanke, el
jefe de organización de la Jefatura Regional, me buscaba:
— ¿Quiere venir a Berlín? —me preguntó—. Aquí
seguro que tendrá cosas que hacer. ¿Cuándo podría llegar?
Engrasamos nuestro pequeño BMW deportivo, hicimos
la maleta y condujimos durante toda la noche. A la mañana siguiente, sin haber
dormido, me presenté a Hanke en el edificio de la Jefatura:
—Va a acompañar inmediatamente al doctor. Quiere
examinar su nuevo Ministerio.
Así, entré con Goebbels en el hermoso edificio de
Schinkel de la Wilhelmsplatz. Unos cuantos centenares de personas que estaban
esperando a alguien, quizá a Hitler, saludaron con la mano al ministro. No fue
solamente allí donde noté que una nueva vida había llegado a Berlín: tras la
larga crisis, la gente parecía más fresca y esperanzada. Todos sabían que aquel
no era otro de los cambios de gabinete a que ya nos habíamos acostumbrado;
parecían sentir que había llegado un momento decisivo. La gente se reunía en
grandes grupos en la calle. Aun sin conocerse, intercambiaban frases
insustanciales, reían o exteriorizaban su conformidad con los acontecimientos
políticos. Mientras tanto, en algún lugar, sin hacerse notar, el aparato
saldaba sin piedad sus cuentas pendientes con los enemigos políticos que se
había creado durante los largos años de lucha por el poder y cientos de miles
de personas temblaban a causa de su origen, su religión o sus convicciones.
Tras inspeccionar el edificio, Goebbels me
encomendó la reforma del Ministerio y la decoración de las principales
habitaciones, como su despacho y las salas de reuniones. Me encargó el trabajo
en firme y quiso que lo comenzara inmediatamente, sin esperar a que se hiciera
un presupuesto y sin comprobar si se disponía o no de medios. Con ello
demostraba la gran arrogancia que lo caracterizó siempre, pues si aún no se
había establecido ninguna partida presupuestaria para el Ministerio de
Propaganda, de nueva creación, todavía menos la había para la reforma que se
proponía. Me esforcé por realizar el encargo subordinándome modestamente a la
arquitectura interior ejecutada por Schinkel. Sin embargo, a Goebbels el
mobiliario le pareció poco representativo. Algunos meses después encargó a la
Asociación de Talleres de Munich que amueblaran de nuevo el edificio en «estilo
transatlántico». Hanke se había asegurado en el Ministerio la influyente
posición de secretario y dominaba la antesala con severa habilidad. Uno de esos
días vi en su despacho el proyecto para decorar Berlín con motivo del mitin
multitudinario que debía celebrarse el 1 de mayo por la noche en el campo de
aviación Tempelhof. Aquel proyecto sublevó mis sentimientos, tanto los
revolucionarios como los arquitectónicos.
—Parece un decorado de fiesta mayor.
—Pues si puede hacer algo mejor, ¡adelante!
—respondió Hanke.
Aquella misma noche surgió el proyecto de una gran
tribuna tras la cual debían tensarse, sostenidas por armazones de madera, tres
enormes banderas, cada una de ellas más alta que un edificio de diez pisos. Dos
serían en los colores negro, blanco y rojo del Partido, y en el centro estaría
la bandera con la esvástica. En términos estructurales el proyecto era muy
atrevido, pues si soplaba un viento fuerte las banderas parecerían las velas de
un barco. Debían ser iluminadas con potentes reflectores con el fin de hacer
todavía más intensa la sensación de que la tribuna constituía un punto central
elevado, como un escenario. El proyecto fue aceptado inmediatamente, y quemé
así una nueva etapa de mi camino.
Lleno de orgullo, mostré mi obra a Tessenow, pero
el profesor seguía con ambos pies firmemente anclados en lo sólido y artesanal:
— ¿Cree usted que ha creado algo? Causa efecto, eso
es todo.
Hitler, en cambio, según me dijo Hanke, estaba
entusiasmado con el proyecto, si bien fue Goebbels quien se atribuyó todo el
mérito.
Algunas semanas después, Goebbels se instaló en la
residencia oficial del ministro de Alimentación. No tomó posesión de ella sin
emplear cierta violencia, porque Hugenberg exigía que el edificio quedara a su
disposición, puesto que el ministro era él. Sin embargo, la disputa no tardó
mucho en resolverse, y el 26 de junio Hugenberg fue separado del Gabinete.
No sólo recibí el encargo de redistribuir la
vivienda del ministro, sino también de construir una gran estancia anexa. Pequé
un poco de ligereza al afirmar que en dos meses podría entregar, listos para
ser ocupados, tanto la casa como el anexo. Hitler creyó que no cumpliría mi
promesa, según me contó Goebbels para aguijonearme. Hice que se trabajara día y
noche en tres turnos, y conseguí que las distintas fases encajaran hasta en el
menor detalle. Los últimos días puse en funcionamiento una gran instalación
secadora y finalmente la obra, terminada y amueblada, se entregó puntualmente
en el plazo prometido.
Pedí algunas acuarelas de Nolde a Eberhard
Hanfstaengl, director de la Nationalgalerie de Berlín, para adornar las
paredes. Goebbels y su esposa las aceptaron con entusiasmo, pero cuando Hitler
visitó la casa mostró el mayor desagrado al verlas. El ministro me llamó
enseguida:
—Esos cuadros tienen que ser retirados de
inmediato, ¡son verdaderamente horribles!
En los primeros meses que siguieron a la toma de
posesión del nuevo Gobierno, al menos algunas de las corrientes de la pintura
moderna, que en 1937 serían también tachadas de «arte degenerado», siguieron
teniendo alguna oportunidad. Dirigía la sección de Artes Plásticas del
Ministerio de Propaganda Hans Weidemann, de Essen, que era miembro del NSDAP
desde hacía tiempo y que había sido condecorado con la insignia de oro del
Partido. Como no estaba al corriente del episodio de las acuarelas de Nolde,
reunió para Goebbels numerosos cuadros de la escuela de Nolde y de Munch y se
los recomendó como expresión de un arte nacional y revolucionario. Goebbels, ya
escarmentado, hizo retirar inmediatamente los cuadros comprometedores. Poco
después de que Weidemann se mostrara reacio a ratificar la condena absoluta de
todo lo moderno, le fue asignada una actividad subalterna en otra sección del
Ministerio. En ese tiempo me inquietaba aquella yuxtaposición de poder y
sumisión. También me resultaba siniestra la autoridad incondicional que Hitler
podía ejercer, incluso en cuestiones de gusto, sobre hombres que habían
colaborado estrechamente con él durante años. Goebbels se mostraba subordinado
a Hitler de forma incondicional. Lo mismo nos pasaba a todos. También yo,
familiarizado con el arte moderno, acepté en silencio la decisión de Hitler.
Apenas había terminado con el encargo de Goebbels
cuando, en julio de 1933, me llamaron a Nüremberg. Se preparaba en esta ciudad
el primer Congreso del Partido desde su entrada en el Gobierno. El poder que
había alcanzado el partido victorioso debía tener su expresión en la
arquitectura escénica. No obstante, el arquitecto local no logró presentar un
proyecto satisfactorio. Me trasladaron a Nüremberg en avión y presenté mis
bocetos. No había en ellos demasiadas ideas que los distinguieran de la
construcción del primero de mayo; sólo que esta vez, en lugar de las banderas
extendidas, coronaría el Zeppelinfeld un águila gigantesca, de más de treinta
metros de envergadura, que había pinchado en un armazón de madera como si fuera
una mariposa de colección.
El jefe de organización de Nüremberg no se atrevió
a decidir sobre aquello y me envió a la central de Munich con una carta de
acreditación, pues yo aún era del todo desconocido fuera de Berlín. Una vez en
la Braunes Haus, se concedió a mi arquitectura, o, mejor dicho, a mi decoración
de fiesta, una extraordinaria importancia. Pocos minutos después ya me
encontraba con mi carpeta en una de las habitaciones de Hess, lujosamente
amueblada. Este ni siquiera me dejó hablar:
—Una cosa así sólo puede decidirla el Führer.
Hizo una breve llamada telefónica y me dijo:
—El Führer está en su casa; haré
que lo lleven allí enseguida.
Empezaba a hacerme una idea de lo que en el régimen
de Hitler significaba la palabra mágica «arquitectura».
Nos detuvimos frente a una casa situada cerca del
teatro Prinz-Regenten. Hitler vivía en el segundo piso. Primero me hicieron
entrar en una antesala repleta de recuerdos o regalos de poca monta. El
mobiliario también era de bastante mal gusto. Salió un ayudante, abrió una
puerta, dijo un informal «por favor» y me encontré ante Hitler, el poderoso
canciller del Reich. Sobre la mesa que había frente a él vi una pistola
desmontada que debía de estar limpiando.
—Ponga sus dibujos aquí —me dijo lacónicamente. Sin
mirarme siquiera, apartó las piezas de la pistola y examinó con interés, pero
en silencio, mi proyecto: —De acuerdo.
Nada más. Y como entonces volvió a centrarse en su
pistola, abandoné la estancia un poco confuso.
En Nüremberg fui recibido con asombro cuando
informé de que había obtenido la autorización personal de Hitler. Si los que
organizaban aquello hubiesen sabido hasta qué punto atraían a Hitler los
proyectos arquitectónicos, habrían enviado a Munich a una gran delegación, y a
mí, en el mejor de los casos, me habrían dejado ayudar en algo. Pero en aquel
entonces las aficiones de Hitler todavía no eran del dominio público.
* * * *
En otoño de 1933 Hitler encargó a su arquitecto
muniqués Paul Ludwig Troost, que había decorado el transatlántico Europa y
había reformado la Braunes Haus, que transformara a fondo y amueblara la
residencia del canciller del Reich en Berlín. La obra debía concluirse cuanto
antes. El maestro de obras de Troost procedía de Munich, por lo que no conocía
las empresas berlinesas ni su forma de trabajar. Hitler recordó entonces que un
joven arquitecto había terminado un anexo para Goebbels en un tiempo insólitamente
corto. Por tanto, determinó que yo asistiera al maestro de obras muniqués en la
elección de los proveedores, que pusiera a su disposición mis conocimientos
sobre el mercado de la construcción en Berlín y que contribuyera a la reforma
en lo que fuera necesario para que pudiera terminarse lo antes posible.
Aquella colaboración comenzó con una inspección a
fondo de la residencia del canciller que realizamos Hitler, su maestro de obras
y yo. Seis años después, en primavera de 1939, escribió, en un artículo sobre
el estado anterior de la vivienda: «Después de la revolución de 1918, la casa
se fue deteriorando gradualmente. No sólo se había podrido gran parte del
tejado, sino que también los suelos estaban completamente desvencijados… Dado
que mis predecesores, en general, no podían contar con durar en su cargo más de
tres, cuatro o cinco meses, no se sentían obligados a eliminar la suciedad que
habían dejado sus antecesores, ni a procurar que quienes los sucedieran
hallaran la casa en mejor estado que ellos. No debían mantener las formas de
cara al extranjero, que, de todos modos, apenas los tenía en cuenta. Así pues,
el edificio se hallaba en la más completa decadencia, los techos y los suelos
podridos, el papel pintado cubierto de moho, la vivienda entera impregnada de
un olor prácticamente insoportable». [10]
Exageraba, desde luego. Sin embargo, es difícil
imaginar el estado en que se hallaba la vivienda. La cocina apenas tenía luz y
los fogones eran muy antiguos. Sólo había un baño en toda la casa, y la
instalación, además, era de principios de siglo. También abundaban las muestras
de mal gusto: puertas pintadas imitando madera natural y falsos jarrones de
mármol que en realidad no eran más que recipientes de hojalata jaspeada. Hitler
dijo en tono triunfal:
—Aquí se ve claramente la decadencia de la vieja
República. Ni siquiera la casa del canciller del Reich puede ser mostrada a un
extranjero. Yo sentiría vergüenza de recibir aquí a un solo visitante.
Durante aquella concienzuda inspección, que debió
de durar unas tres horas, vimos también el desván. El administrador explicó:
—Y esta es la puerta que conduce a la casa
contigua.
— ¿Y eso?
—Desde aquí, recorriendo los tejados de todos los
ministerios, se llega al hotel Adlon.
— ¿Por qué?
—Durante los disturbios que se produjeron al
instaurarse la República de Weimar se comprobó que el canciller del Reich podía
quedar aislado del mundo exterior en caso de que los rebeldes cercaran la
vivienda, y para evitarlo se preparó este camino.
Hitler ordenó que abrieran la puerta:
efectivamente, conducía al contiguo Ministerio de Asuntos Exteriores.
—Que tapien esta puerta. Nosotros no la
necesitamos.
Una vez comenzada la reforma, Hitler, seguido de un
asistente, se personaba en la obra casi todos los mediodías, comprobaba los
progresos y se complacía al ver las mejoras. Los numerosos albañiles pronto lo
saludaron de manera informal y amistosa. A pesar de los dos hombres de las SS
vestidos de paisano, que se mantenían en un discreto segundo término, todo
aquello tenía algo de idílico. Se notaba que Hitler se sentía «en casa» en la
obra. Al mismo tiempo, evitaba todo populismo barato.
El maestro de obras y yo lo acompañábamos en sus
inspecciones. Nos hacía preguntas con seca amabilidad:
— ¿Cuándo se revocará esta sala? ¿Cuándo pondrán
las ventanas? ¿Han Llegado ya de Munich los planos de detalle? ¿Todavía no? Se
lo preguntaré personalmente al profesor —que es como solía llamar a Troost.
Entonces inspeccionaba una nueva sala.
—Esto ya lo han revocado. Ayer todavía no lo
estaba. Y esta moldura del techo es muy bonita. El profesor hace estupendamente
esta clase de cosas. ¿Cuándo cree que estará todo terminado? Me corre mucha
prisa. Ahora sólo dispongo de la pequeña vivienda del Secretario de Estado en
el desván. Allí no puedo recibir a nadie. Resulta ridículo lo ahorrativa que
era la República. ¿Ha visto usted la entrada? ¿Y el ascensor? Cualquier almacén
tiene uno mejor.
Es verdad que el ascensor se atascaba de vez en
cuando y sólo tenía cabida para tres personas.
Así es como se presentaba Hitler. Es fácilmente
comprensible que su naturalidad me impresionara; al fin y al cabo, no era sólo
el canciller del Reich, sino también el hombre que hacía que resurgiera toda
Alemania; el hombre que procuraba trabajo a los parados y que ponía en marcha
grandes programas económicos. Sólo mucho tiempo después, a partir de pequeños
detalles, comencé a entrever que en todo ello también había una buena parte de
cálculo propagandístico.
Ya lo habría acompañado unas veinte o treinta veces
en sus inspecciones cuando durante una de ellas me invitó:
— ¿Vendrá usted a comer hoy?
Naturalmente, aquel gesto personal e inesperado me
hizo feliz, sobre todo dado que, debido a lo impersonal de su trato, nunca
había contado con nada por el estilo.
Había trepado a los andamios de la obra con mucha
frecuencia, pero precisamente ese día me cayó una palada de yeso en el traje.
Debí de poner cara de consternación, pues Hitler me dijo:
—Venga conmigo. Ahora arreglaremos eso.
Los invitados ya lo esperaban en el apartamento.
Entre ellos estaba Goebbels, quien se mostró muy sorprendido al verme aparecer
en aquel círculo. Hitler me condujo a sus habitaciones, llamó a su criado y le
ordenó traer su propia americana azul marino.
—Tome, póngase esto.
Entré en el comedor detrás de Hitler y me senté a
su lado, en un lugar privilegiado. Era evidente que yo era de su agrado.
Goebbels descubrió lo que a mí, en mi excitación, me había pasado completamente
por alto.
— ¡Pero si lleva usted la insignia del Führer!
Esa americana no es suya, ¿verdad? [11]
Hitler respondió por mí:
—No, la americana es mía.
Durante la comida me dirigió por primera vez
algunas preguntas personales. Se enteró entonces de que era el autor de los
decorados de la manifestación del primero de mayo.
—Y lo de Nüremberg, ¿también lo hizo usted? ¡Pero
si vino un arquitecto a enseñarme los planos! ¡Justo, era usted!… Nunca habría
pensado que pudiera terminar el edificio de Goebbels en la fecha prevista.
No me preguntó si pertenecía o no al Partido. Me
dio la impresión de que, cuando se trataba de artistas, eso le resultaba
bastante indiferente. En cambio, quiso saber todo lo posible sobre mi origen,
mi carrera como arquitecto y lo que habían construido mi padre y mi abuelo.
Años después, Hitler recordó aquella invitación: —Me fijé en usted durante las
inspecciones. Buscaba a un arquitecto al que algún día pudiera confiar mis
planes constructivos. Tenía que ser joven, pues, como usted sabe, son planes a
muy largo plazo. Necesitaba a un hombre que incluso después de mi muerte
pudiera seguir trabajando con la autoridad que yo le hubiera otorgado. Ese
hombre era usted.
Tras años de esfuerzos baldíos, me sentía lleno de
ganas de trabajar; sólo tenía veintiocho años. Como Fausto, habría vendido mi
alma por hacer un gran edificio. Ahora había encontrado a mi Mefistófeles. No
me pareció menos absorbente que el de Goethe.
Capítulo IV
Mi catalizador
Yo era trabajador por naturaleza, pero siempre
necesité un impulso especial para desplegar nuevas facultades y energías. Ahora
había encontrado a mi catalizador; no podría haber tropezado con otro más
poderoso. Se me exigió que diera el máximo, a un ritmo creciente y con una
responsabilidad cada vez mayor.
Con ello renuncié al verdadero centro de mi vida:
la familia. Atraído y acuciado por Hitler, a cuya merced había quedado, a
partir de entonces viví para trabajar y dejé de trabajar para vivir. Hitler
sabía cómo estimular a sus colaboradores para que lo dieran todo de sí mismos.
—El hombre se crece al perseguir los más altos
objetivos —decía.
Durante los veinte años que pasé en la prisión de
Spandau, me pregunté con frecuencia qué habría hecho de haber visto la
auténtica cara de Hitler y la verdadera naturaleza de su poder. La respuesta es
tan banal como deprimente: mi posición como arquitecto de Hitler no tardó en
hacérseme imprescindible. Sin tener siquiera treinta años, ya veía ante mí las
perspectivas más excitantes con que pueda soñar un arquitecto.
Además, mis ganas de trabajar me permitían no
pensar en cuestiones que debería haberme planteado. En la prisa diaria se
ahogaba más de una duda. Mientras escribía estas memorias, mi creciente
sorpresa llegó a la consternación cuando comprobé que hasta 1944 raramente, por
no decir nunca, había encontrado tiempo para reflexionar sobre mí mismo y mis
actividades o para considerar el sentido de mi propia existencia. Hoy, al
rememorar todo aquello, tengo a veces la sensación de que en aquella época algo
me levantó del suelo, me separó de mis raíces y me sometió a toda clase de
fuerzas extrañas a mí.
Tal vez lo que más me alarma ahora, al mirar hacia
atrás, es que lo único que en aquel tiempo me inquietaba de vez en cuando
estuviera relacionado con el camino que emprendí como arquitecto, que me
alejaba de las doctrinas de Tessenow. Por el contrario, cuando oía cómo los
judíos, francmasones, socialdemócratas o testigos de Jehová eran considerados
presas de caza por los que me rodeaban, actuaba como si aquello no tuviera nada
que ver conmigo. Me parecía que bastaba con que me abstuviera de participar en
ello.
* * * *
Se había convencido a los camaradas más modestos
del Partido de que la política era demasiado complicada para ellos. Por
consiguiente, uno se sentía siempre bajo la responsabilidad de otros y no se
veía obligado a responder por la suya. Toda la estructura del sistema se
dirigía a evitar los conflictos de conciencia. Eso hacía absolutamente estéril
cualquier conversación y discusión entre personas de la misma ideología.
Después de todo, no tenía ningún interés confirmarse mutuamente unas opiniones
uniformizadas.
La exigencia expresa de limitar la responsabilidad
de cada cual a su terreno era aún más peligrosa. Cada cual se movía en su
propio círculo: arquitectos, médicos, juristas, técnicos, soldados o
campesinos. Las asociaciones profesionales, a las que había que pertenecer
obligatoriamente, recibían el nombre de cámaras (Cámara de Medicina, Cámara de
Artistas), y esta denominación definía con acierto el aislamiento de la gente
en esferas individuales, separadas unas de otras como por medio de muros. A
medida que el sistema de Hitler se prolongaba en el tiempo, crecía el
aislamiento ideológico en aquellas cámaras estancas. Si aquella práctica se
hubiese mantenido durante generaciones, creo que nos habríamos convertido en
una especie de seres etiquetados, incapaces de pensar por sí mismos, lo que
habría conducido a la ruina del sistema. Siempre me desconcertó la
contradicción que suponía el hecho de que la integración a que aspiraba la
comunidad nacional proclamada en 1933 se viera negada u obstruida de ese modo.
En última instancia, se trataba de una comunidad de seres aislados. Aunque hoy
pueda sonar de otra forma, la frase que decía que «el Führer piensa
y dirige» por encima de todo no era para nosotros una vacía fórmula
propagandística.
Nuestra predisposición a aceptar aquel estado de
cosas nos había sido transmitida desde la infancia. Nuestros principios
provenían de un Estado autoritario cuya exigencia de subordinación se había
acentuado a causa de las leyes de guerra. Quizá fueran esas experiencias las
que nos prepararon, como les pasa a los soldados, para una forma de pensar que
resurgía en el sistema de Hitler. Llevábamos la rigidez del orden en la sangre;
a su lado, la liberalidad de la República de Weimar nos parecía relajada, sospechosa
y de ningún modo deseable.
* * * *
Para poder estar en contacto con mi contratista en
todo momento, alquilé un estudio de pintor situado en la Behrenstrasse, a unos
centenares de metros de la Cancillería del Reich, e instalé allí mi despacho.
Mis colaboradores, que eran todos jóvenes, trabajaban desde la mañana hasta muy
entrada la noche, ignorando su vida privada. La comida del mediodía solía ser
sustituida por un par de bocadillos. Por fin, agotados, terminábamos nuestra
jornada tomando, hacia las diez de la noche, un refrigerio en Pfälzer, una
taberna cercana donde repasábamos el trabajo del día.
Con todo, los grandes encargos todavía se hicieron
esperar. Hitler seguía confiándome pequeñas tareas urgentes, pues, al parecer,
consideraba que mi mejor cualidad era la rapidez con que cumplía mis cometidos:
las tres ventanas del despacho del anterior canciller del Reich, situado en el
primer piso, daban a la Wilhemsplatz. Durante los primeros meses de 1933 era
habitual que se reuniera en aquella plaza una multitud que pedía a gritos ver
al Führer. En consecuencia, el despacho ya no servía para trabajar.
En cualquier caso, a Hitler nunca le había gustado:
— ¡Demasiado pequeño! Ni siquiera uno de mis
colaboradores tendría bastante con estos sesenta metros cuadrados. ¿Dónde puedo
sentarme aquí con un invitado oficial? ¿En aquel rincón, quizá? Y el escritorio
también es demasiado pequeño.
Hitler me encargó que preparara una sala que daba
al jardín para usarla como despacho. Durante cinco años se conformó con ella,
aunque siempre la consideró provisional. Incluso el despacho del nuevo edificio
de la Cancillería del Reich, que se construiría en 1938, le pareció pronto
insuficiente. La Cancillería debía disponer antes de 1950 de un edificio
definitivo, que se levantaría siguiendo sus indicaciones y de acuerdo con mis
planos. En él se había previsto, para Hitler y para los que lo sucedieran a lo
largo de los siglos, un salón de trabajo de 960 m 2, dieciséis
veces más amplio que el de sus antecesores. Debo decir que, tras consultarlo
con Hitler, adosé a aquella sala un despacho privado; volvía a medir unos
sesenta metros cuadrados.
El antiguo despacho no debía volver a utilizarse
para trabajar, pues Hitler quería poder salir sin estorbos al «balcón
histórico» que yo había hecho construir con la máxima urgencia para que pudiera
mostrarse desde allí a la multitud.
—La ventana me resultaba demasiado incómoda —me
dijo Hitler, satisfecho—. No se me podía ver desde todas partes. Al fin y al
cabo, tampoco iba a asomarme sacando todo el cuerpo…
El arquitecto que había edificado la Cancillería
del Reich, el profesor Eduard Jobst Siedler, de la Escuela Técnica Superior de
Berlín, elevó una protesta por aquella intromisión, y Lammers, jefe de la
Cancillería del Reich, confirmó que nuestra manera de proceder atentaba contra
la propiedad intelectual de la obra. Hitler rechazó sarcásticamente la
objeción:
—Siedler ha estropeado toda la Wilhemsplatz. Esto
parece más el edificio administrativo de una empresa jabonera que el centro del
Reich. ¿Qué se ha creído? ¿Qué encima me iba a construir también el balcón?
Sin embargo, permitió que se resarciera al profesor
encargándole una obra.
Pocos meses después tuve que levantar un campamento
de barracones para los obreros de la autopista recién iniciada. Hitler puso
reparos a los alojamientos utilizados hasta entonces y quiso que yo le
presentara un modelo tipo para todos los campamentos. Provistos de espacios
decentes para cocina, lavabos y duchas, una sala de esparcimiento y cabinas de
dos camas, no hay duda de que eran mucho mejores que los habituales
alojamientos de obra. Hitler se preocupó de aquella construcción modelo hasta
el menor detalle y me pidió que le informara de la reacción de los
trabajadores. Así era como yo me había imaginado al caudillo
nacionalsocialista.
Mientras se reformaba su residencia oficial, Hitler
vivió en la de su secretario de Estado, Lammers, en el último piso de la
Cancillería. Yo comía o cenaba allí a menudo. Por las noches solía hallarse
presente el personal que lo acompañaba siempre: Schreck, su chófer desde hacía
muchos años; el comandante de la Escolta de las SS de Hitler, Sepp Dietrich; el
jefe de prensa, doctor Dietrich; los dos asistentes, Brückner y Schaub, así
como Heinrich Hofmann, el fotógrafo de Hitler. La mesa estaba casi siempre llena,
pues era sólo para diez personas. En cambio, solían acudir a las comidas del
mediodía viejos compañeros de lucha muniqueses, como Amann, Schwarz y Esser, o
el jefe regional Wagner; muchas veces estaba también Werlin, director de la
filial de Daimler-Benz en Munich y proveedor de los automóviles de Hitler. Los
ministros parecían presentarse en muy contadas ocasiones; vi tan poco a Himmler
como a Röhm o a Streicher, y con más frecuencia a Goebbels y a Göering. Ya
entonces estaban excluidos los funcionarios que trabajaban en la Cancillería.
Así, por ejemplo, llamaba la atención que ni siquiera Lammers fuera invitado
nunca, a pesar de que se trataba de su casa; seguramente había muy buenas
razones para ello.
Y es que en aquel círculo Hitler glosaba con
frecuencia los acontecimientos del día. No se trata de que hiciera grandes
discursos, sólo era su forma de terminar el trabajo. Le gustaba relatar cómo
había conseguido librarse de la burocracia, que amenazaba con dominarlo en sus
actividades como canciller del Reich:
—Durante las primeras semanas tuve que ocuparme
hasta de la menor pequeñez. Todos los días encontraba sobre la mesa montones de
expedientes que nunca disminuían, aunque trabajara sin parar. ¡Hasta que corté
radicalmente con aquella insensatez! De haber seguido así, no habría logrado
resultados positivos, porque, sencillamente, no me dejaban tiempo para
reflexionar. Cuando me negué a examinar tanto expediente, me dijeron que eso
demoraría decisiones importantes. Pero era la única manera de poder pensar en
las cosas importantes que dependen de mí. Debo ser yo quien determine por dónde
tienen que ir las cosas, y no los funcionarios quienes decidan lo que tengo que
hacer.
A veces también hablaba de sus viajes:
—Schreck era el mejor conductor que podía imaginar
y nuestro coche alcanzaba los ciento setenta. Viajábamos siempre a gran
velocidad. Sin embargo, en los últimos años le he ordenado a Schreck que no
pase de ochenta. ¡Es imposible imaginar lo que ocurriría si me pasara algo! Nos
divertía especialmente acosar a los grandes coches americanos. Nos quedábamos
detrás de ellos hasta que los heríamos en su amor propio. En comparación con
los Mercedes, estos coches americanos son una verdadera porquería. Su motor no
lo aguantaba, enseguida empezaba a fallar, y al final se veían obligados a
parar en la cuneta con la cara muy larga. ¡Les estaba bien empleado!
Por las noches solía montarse un primitivo
proyector para pasar, después del noticiario semanal, uno o dos largometrajes.
En los primeros tiempos, los criados no sabían manejar bien el aparato. Con
frecuencia aparecía la figura cabeza abajo, o se rompía la película; en aquella
época, Hitler lo aceptaba con más benevolencia que sus asistentes, quienes
disfrutaban demostrando a sus inferiores el poder que les otorgaba su jefe.
Hitler hablaba con Goebbels para elegir las
películas, que por lo general eran las mismas que se proyectaban en los cines
de Berlín. Las prefería ligeras, de amor o comedias. También había que
conseguir lo antes posible las películas en que intervinieran Jannings y
Rühmann, Henny Porten, Lil Dagover, Olga Chekova, Zarah Leander o Jenny Jugo.
Las películas musicales que enseñaran mucha pierna tenían su entusiasmo
asegurado. Veíamos a menudo producciones extranjeras, incluso las que le
estaban negadas al público alemán. En cambio, no había casi ninguna deportiva
ni de montañismo, ni documentales sobre animales o paisajes, o que hablaran de
países extranjeros. Hitler tampoco tenía ningún interés en las películas
cómicas que a mí me gustaban, como las de Buster Keaton o Charlie Chaplin. La
producción alemana no bastaba ni con mucho para suministrar las dos nuevas
películas que se necesitaban cada día, por lo que muchas se proyectaban varias
veces. Significativamente, nunca se repetían las de argumento trágico, pero sí
las que eran muy espectaculares ó aquellas en que aparecían sus actores
favoritos. Hitler mantuvo esa forma de seleccionar las películas y la costumbre
de ver una o dos cada noche hasta el comienzo de la guerra.
Durante una de las comidas celebradas en invierno
de 1933, yo me sentaba al lado de Göering, quien preguntó:
— ¿Está haciendo Speer su vivienda, Mein
Führer? ¿Es él su arquitecto?
Aunque yo no lo era, Hitler dijo que sí.
—Entonces permítame que reforme también mi casa.
Hitler dio su consentimiento y Göering, después de
comer, sin preocuparse lo más mínimo de lo que yo tuviera que hacer, me metió
en su gran descapotable para llevarme a su casa como si fuese un valioso trofeo
de caza. Había escogido para instalarse la antigua sede oficial del ministro
prusiano de Comercio, situada en uno de los parques que se extendían detrás de
Leipziger Platz; un palacio que el Estado prusiano había levantado sin reparar
en gastos antes de 1914.
Hacía sólo unos meses que la vivienda había sido
reformada a lo grande siguiendo las indicaciones del propio Göering y
utilizando dinero del Estado prusiano. Al inspeccionarla, Hitler había dicho
con desdén:
— ¡Qué oscuridad! ¿Cómo se puede vivir en un sitio
tan oscuro? Compárelo usted con el trabajo de mi profesor: ¡todo luminoso,
claro y sencillo!
En efecto, lo que encontré fue un romántico
laberinto de pequeñas habitaciones provistas de sombrías vidrieras, tapizadas
de pesado terciopelo y equipadas con toscos muebles de estilo renacentista.
Había una especie de capilla bajo el signo de la esvástica, y el nuevo símbolo
se encontraba también en los techos, paredes y suelos de toda la casa. Parecía
como si constantemente tuvieran que ocurrir allí toda clase de acontecimientos
trágicos y solemnes.
Era típico de aquel sistema, que en eso se debía de
parecer a todas las sociedades autoritarias, que la crítica de Hitler
determinara la actuación de Göering, quien renunció en el acto a la decoración
que acababa de terminar y en la que seguramente se habría sentido muy a gusto,
pues se adecuaba a su manera de ser:
—No hace falta que respete nada de esto; no quiero
volver a verlo. Haga usted lo que quiera, le encargo a la obra; pero tiene que
quedar como la del Führer.
Fue un encargo magnífico: como sucedía siempre en
el caso de Göering, el dinero no tenía ninguna importancia. Hice derribar
varios tabiques para convertir en cuatro habitaciones los numerosos cuartos de
la planta baja. La mayor de ellas, su despacho, medía unos 140 m2 casi
como el de Hitler. Se añadió al conjunto un anexo ligero construido con una
estructura de bronce acristalada. El bronce era un bien escaso que se
comercializaba como tal, y su empleo abusivo se castigaba con penas muy duras;
pero eso no afectó a Göering lo más mínimo. Estaba entusiasmado y en las
inspecciones estaba contento, resplandeciente como un niño el día de su
cumpleaños, e iba frotándose las manos y riendo.
Los muebles de Göering se correspondían con su
corpulencia. Tenía un viejo y enorme escritorio renacentista y una butaca cuyo
respaldo sobresalía muy por encima de su cabeza; probablemente se tratara del
trono de un antiguo soberano. Hizo colocar en la mesa del despacho dos
candelabros de plata con grandes pantallas de pergamino, además de una gran
fotografía de Hitler: como el original que este le había regalado no le pareció
lo bastante imponente, lo hizo ampliar varias veces, y todos sus visitantes se
maravillaban por aquel honor especial, pues en los círculos gubernamentales y
del Partido se sabía que la fotografía que Hitler regalaba a sus paladines, en
un marco de plata diseñado especialmente por la señora Troost, era siempre del
mismo tamaño.
Se colgó un cuadro de grandes dimensiones en el
vestíbulo, cerca del techo para dejar sitio a las aberturas que requería una
sala de proyecciones situada en la habitación contigua. El cuadro me era
familiar. En efecto, después me enteré de que Göering, con su habitual
resolución, había ordenado a «su» director prusiano del Kaiser-Friedrich-Museum
que hiciera llevar a su casa la célebre pintura de Rubens Diana en la
caza del ciervo, una de las principales obras maestras del museo.
Durante la reforma, Göering habitó en el edificio
de enfrente, el palacio del presidente del Reichstag, una construcción del
principio del siglo XX con fuertes reminiscencias de un pretencioso rococó. Era
allí donde tenían lugar nuestras conversaciones respecto a su sede definitiva.
Solía hallarse presente uno de los directores de la refinada Asociación de
Talleres, el señor Päpke, un caballero mayor, de pelo gris, deseoso de agradar
a Göering, aunque se sentía intimidado por la forma seca y rotunda con que este
acostumbraba tratar a sus subordinados.
Un día estábamos con Göering en una habitación
cuyas paredes, decoradas en el estilo neorrococó de la época guillermina,
estaban cubiertas de arriba abajo de rosas en bajorrelieve: aquello era
horroroso. Incluso Göering lo sabía cuando comenzó a preguntar:
— ¿Qué le parece esta decoración, señor director?
No está mal, ¿verdad?
En lugar de contestar «es horrible», el viejo
caballero se sintió inseguro y, no queriendo ponerse a mal con su elevado
patrón y cliente, dio una respuesta evasiva. Göering se olió al instante la
ocasión de hacer una broma y me guiñó un ojo para obtener mi complicidad:
—Pero, señor director, ¿no le gusta esto? Mi deseo
es que usted me decore de esta forma todas las habitaciones. Ya lo hemos
hablado, ¿no es verdad, señor Speer?
—Sí, naturalmente, los diseños ya están en marcha.
—Bueno, pues ya lo ve, señor director, este va a
ser nuestro nuevo estilo. Estoy seguro de que le gusta.
El director apartó la cara, su conciencia artística
hizo que la frente se le perlara de sudor y la perilla le temblaba de
nerviosismo. Ahora a Göering se le había metido en la cabeza obligar al anciano
a pronunciarse:
—Vamos a ver, ahora fíjese con atención en esta
pared. Vea lo maravillosamente bien que trepan las rosas, como en una rosaleda
al aire libre. ¿Y no es usted capaz de entusiasmarse por algo así?
—Claro que sí, claro que sí —opinó tímidamente el
hombre, desesperado.
—Usted, como prestigioso entendido en arte, tendría
que estar entusiasmado con una obra como esta. Dígame, ¿no lo encuentra
precioso?
Göering continuó con el juego hasta que el director
cedió y simuló el entusiasmo que se le exigía.
— ¡Así son todos!—exclamó después Göering, lleno de
desprecio.
En efecto: así eran todos, y entre ellos también
había que contar al propio Göering, quien, durante las comidas en casa de
Hitler, no cesaba de contar lo clara y amplia que iba a ser su vivienda,
«exactamente como la suya, Mein Führer».
Si Hitler hubiese ordenado poner rosas trepadoras
en las paredes de sus habitaciones, también Göering las habría exigido.
* * * *
Así, en invierno de 1933, es decir, sólo unos meses
después de aquella primera comida en casa de Hitler, fui acogido en su círculo
más íntimo. Aparte de mí, eran muy pocos los que recibían tal trato de
preferencia. No había duda de que yo era del especial agrado de Hitler, aunque
soy reservado y poco hablador por naturaleza. Muchas veces me he preguntado si
proyectó en mí su frustrado sueño juvenil de convertirse en un gran arquitecto.
Sin embargo, dado el comportamiento a menudo puramente intuitivo de Hitler, es
difícil encontrar una explicación satisfactoria para su evidente simpatía.
Yo aún estaba muy lejos de mi posterior línea
clasicista. Casualmente se han conservado los planos que presenté a un
concurso, convocado en otoño de 1933, para la construcción de una Escuela de
Mandos del NSDAP en Munich-Grünwald; en él pudieron participar todos los
arquitectos alemanes. Si bien el conjunto ya quiere ser representativo y está
orientado hacia un eje dominante, todavía recurre a la contención que había
aprendido de Tessenow.
Hitler examinó con Troost y conmigo los planos del
concurso antes de que se adjudicara. Según es norma en los concursos, los
proyectos se entregaban de forma anónima. Naturalmente, el mío no salió
elegido. Sólo después de haberse otorgado el premio y despejarse la incógnita,
Troost destacó mi proyecto en una reunión de trabajo; y Hitler, para mi
asombro, todavía recordaba perfectamente los dibujos, a pesar de que sólo los
había visto durante un par de segundos entre otros cientos. Acogió en silencio
el elogio de Troost; probablemente vio claro entonces que yo aún estaba muy
lejos de ser el arquitecto que él imaginaba.
Hitler iba a Munich cada dos o tres semanas, y se
hizo habitual que yo lo acompañara. Solía ir directamente desde la estación al
estudio del profesor Troost. En el tren, Hitler hablaba con gran animación de
los dibujos que el «profesor» tendría concluidos:
—Habrá modificado el plano de la planta baja de la
Haus der Kunst. Tenía que hacer algunas mejoras… ¿Estarán ya diseñados los
detalles del comedor? Luego quizá podamos ver los bocetos de las esculturas de
Wackerle.
El estudio se hallaba en un descuidado patio
trasero de la Theresienstrasse, no lejos de la Escuela Técnica Superior. Había
que subir dos pisos por una escalera desnuda, sin pintar desde hacía años.
Troost, consciente de su posición, nunca salía a recibir a Hitler a la escalera
ni lo acompañaba cuando se marchaba. Hitler lo saludaba en la antesala:
—Me muero de impaciencia, señor profesor.
Muéstrenos las novedades.
Después de decir esto, Hitler y yo pasábamos al
local de trabajo, donde Troost, siempre seguro de sí mismo y reservado,
mostraba sus planos y sus bocetos. Con todo, al primer arquitecto de Hitler no
le fue mejor de lo que más tarde me iría a mí: Hitler pocas veces se dejaba
llevar por el entusiasmo.
A continuación, la «señora del profesor» nos
presentaba muestras del color de las telas y de la pintura de las paredes que
habrían de decorar las estancias del Führerbau de Munich,
combinados de una manera discreta y elegante; en realidad, demasiado discreta
para el gusto de Hitler, de tendencia efectista. Pero le agradaban. Era
evidente que lo atraía la equilibrada y discreta atmósfera burguesa que estaba
de moda en la alta sociedad. Siempre transcurrían dos horas o más, y finalmente
Hitler se despedía, de forma breve pero cordial, para dirigirse por fin a su
propio domicilio. Antes de hacerlo me decía:
—A comer en el Osteria.
A la hora habitual, sobre las dos y media, me
encaminaba al Osteria Bavaria, un pequeño restaurante de artistas que adquirió
una fama inesperada al convertirse en el local que frecuentaba Hitler. Una
tertulia de artistas de largas melenas y barbas imponentes rodeando a Lenbach o
a Stuck parecía más propia de aquel lugar que Hitler con su séquito, siempre
bien vestido o uniformado. Se sentía a gusto allí; estaba claro que, como
«artista que no había podido llegar a serlo», le agradaba aquel ambiente al que
un día quiso pertenecer y que ahora había perdido y superado a un tiempo.
No era raro que el limitado número de invitados
tuviera que esperar a Hitler horas enteras: un asistente; el jefe regional de
Baviera, Wagner, en caso de que ya hubiera dormido la mona; por supuesto, su
sempiterno acompañante y fotógrafo oficial Hofmann, que a aquellas horas del
día podía estar ya algo alcoholizado; muchas veces la simpática Miss Mitford y
en ocasiones, aunque muy raramente, un pintor o un escultor. También asistía el
doctor Dietrich, jefe de Prensa del Reich, y nunca faltaba Martin Bormann, el
secretario de apariencia insignificante de Rudolf Hess. En la calle esperaban
unos cientos de personas que sabían por nuestra presencia que iba a venir «él».
En cierto momento se producía un gran júbilo en el
exterior, y Hitler se acercaba a nuestro rincón, protegido por un tabique de
media altura. Cuando el tiempo era bueno, nos sentábamos en el patio, que era
pequeño y semejaba una glorieta. El dueño del restaurante y las dos camareras
recibían un saludo jovial:
— ¿Qué hay de bueno hoy? ¿Ravioli? Si no estuvieran
tan buenos… ¡Demasiado tentador! —Hitler chasqueaba los dedos. — Su restaurante
estaría muy bien, señor Deutelmoser, si no fuera por mi línea. Se olvida usted
de que el Führer no puede comer todo lo que le apetece.
A continuación examinaba la carta durante mucho
rato y terminaba eligiendo los ravioli.
Cada cual pedía lo que le agradaba: filete, gulasch,
y también el buen vino de Hungría; a pesar de las bromas ocasionales de Hitler
sobre los «devoradores de carroña» y «tragavinos», allí se disfrutaba de todo
sin empacho alguno. Se estaba entre amigos. Imperaba un acuerdo tácito: no
hablar de política. La única que lo hacía era Miss Mitford, que en los años de
tensión que siguieron luchó tenazmente en defensa de su patria y suplicó con
frecuencia a Hitler que llegara a un acuerdo con Inglaterra. A pesar de la
reserva y el rechazo de Hitler, la mujer no cejó nunca en su empeño. Más tarde,
en septiembre de 1939, el día en que Inglaterra nos declaró la guerra, intentó
suicidarse con una pistola demasiado pequeña en el Jardín Inglés de Munich.
Hitler la puso en manos de los mejores especialistas de la ciudad y después la
hizo trasladar a Inglaterra, a través de Suiza, en un coche especial.
El tema principal de las comidas era siempre la
visita matutina al profesor. Hitler alababa exageradamente lo que había visto.
Había retenido todos los detalles en la memoria sin esfuerzo alguno. En cierto
modo, su relación con Troost era la de un discípulo respecto a su maestro. Me
recordaba mi admiración incondicional por Tessenow.
Aquel rasgo del carácter de Hitler me agradaba
mucho. Me asombraba que aquel hombre, tan adorado por quienes lo rodeaban, aún
fuera capaz de sentir una especie de veneración por otra persona. Hitler, que
se sentía arquitecto, respetaba en este campo la superioridad del especialista.
En política nunca habría actuado así.
Nos contó con franqueza que había conocido a Troost
gracias a los Bruckmann, una cultivada familia de editores de Munich. Según sus
propias palabras, cuando vio los trabajos de Troost «era como si se le hubiese
caído la venda de los ojos».
—Ya no podía soportar lo que había estado dibujando
hasta entonces. ¡Qué suerte tuve al conocer a este hombre!
Desde luego, fue una suerte. Más vale no imaginar
cuál habría sido el gusto arquitectónico de Hitler sin la influencia de Troost.
En una ocasión me mostró su cuaderno de bocetos de los primeros años veinte. Vi
borradores de obras monumentales que imitaban el estilo neobarroco de la
Ringstrasse de Viena, propio de la década de los años noventa del siglo XIX.
Resultaba singular que esos proyectos se alternaran con dibujos de armas y
buques de guerra.
En comparación con aquello, la arquitectura de
Troost resultaba incluso pobre. Su influencia sobre Hitler fue, de todos modos,
episódica. Hitler alabó hasta el final a los arquitectos y las obras que le
habían servido de modelo para sus antiguos bocetos, como la gran Ópera de
París, de Charles Garnier (1816-1874), de la que decía:
—Su escalinata es la más hermosa del mundo. Cuando
las damas bajan por ella con sus exquisitos tocados, flanqueadas por filas de
hombres uniformados… ¡Señor Speer, tenemos que construir algo así!
También sentía un enorme entusiasmo por la Ópera de
Viena:
—Es el teatro de ópera más maravilloso del mundo,
con una acústica excelente. Cuando yo, de joven, me sentaba en el último piso…
Sobre uno de los dos arquitectos de esta obra, Van
der Nüll, Hitler contaba lo siguiente:
—Creía que su Ópera le había salido mal. Mire
usted, estaba tan desesperado que se disparó un balazo en la cabeza el día
antes de la apertura. Sin embargo, la inauguración fue el mayor de sus éxitos:
¡todo el mundo alabó al arquitecto!
No era raro que en tales ocasiones acabara por
comentar los difíciles momentos por los que había pasado, y cómo siempre lo
había salvado un giro favorable de los acontecimientos.
—No hay que ceder nunca —terminaba diciendo.
Sus preferencias se inclinaban de manera especial
por los numerosos teatros de Hermann Helmer (1849-1919) y Ferdinand Fellner
(1847-1916), que a finales del siglo XIX no sólo proveyeron de teatros
tardobarrocos Austria-Hungría, sino también Alemania, siguiendo siempre el
mismo esquema. Hitler sabía en qué ciudades se hallaban sus obras, y más
adelante hizo restaurar el descuidado teatro de Augsburgo.
Sin embargo, también apreciaba a los arquitectos
más austeros del XIX, como Gottfried Semper (1803-1879), que construyo la Ópera
y la Pinacoteca de Dresde y el Palacio Imperial y los museos de la Corte en
Viena, y Theophil Hansen (1803-1883), que levantó en Atenas y en Viena notables
edificios neoclásicos. En 1940, en cuanto las tropas alemanas tomaron Bruselas,
tuve que dirigirme a esta capital para examinar el gigantesco Palacio de
Justicia de Poelaert (1817-1879), que entusiasmaba a Hitler, aunque, como la
Ópera de París, sólo lo conocía por los planos. A mi regreso me pidió toda
clase de detalles sobre el edificio.
Ese era el mundo arquitectónico de Hitler. Con
todo, el estilo que más lo atraía era el mismo neobarroco ostentoso que
Guillermo II quiso que Ihne, su arquitecto de corte, cultivara. En el fondo
sólo se trataba de un «barroco decadente» parecido al que acompañó al ocaso del
Imperio Romano. Así, en arquitectura, al igual que en pintura y escultura,
Hitler seguía atrapado en el ambiente de su juventud, situado entre 1880 y
1910, que prestó sus especiales características tanto a su gusto artístico como
a sus ideas políticas.
Hitler era muy contradictorio. Por ejemplo, podía
hablar con entusiasmo de sus modelos vieneses, que seguramente había conocido
de joven, para explicar a continuación:
—No supe lo que era la arquitectura hasta que
conocí a Troost. Cuando empecé a tener algo de dinero, me iba comprando, uno
tras otro, muebles diseñados por él, examinaba sus obras, la decoración del
Europa, y siempre me sentí agradecido al destino que, bajo la forma de la
señora Bruckmann, me puso en contacto con este maestro. Cuando el Partido
dispuso de más medios, le encargué reformar y amueblar la Braunes Haus. Ya ha
visto usted el resultado. ¡Cuántas dificultades me causó! Esos pequeñoburgueses
del Partido lo encontraban demasiado caro. ¡Y cuántas cosas no habré aprendido
del profesor mientras hacía esa reforma!
Paul Ludwig Troost era un westfaliano alto y
delgado. Reservado en el hablar, de sobrios ademanes, pertenecía a un grupo de
arquitectos, entre los cuales se contaban también Peter Behrens, Joseph M.
Olbrich, Bruno Paul y Walter Gropius, que antes de 1914 impulsaron un
movimiento que, como reacción ante la profusión ornamental del Jugendstil,
propugnaba la contención arquitectónica y la ausencia de ornamentación y
defendía un tradicionalismo espartano unido a elementos de la arquitectura
moderna. Aunque Troost había tenido éxitos ocasionales en algunos concursos,
antes de 1933 nunca llegó a formar parte del grupo de los mejores.
En realidad no existía un «estilo del Führer»,
por mucho que la prensa del Partido hablara de él sin cesar. Lo que se
constituyó como arquitectura oficial del Reich era únicamente el neoclasicismo
transmitido por Troost, que más adelante, al multiplicarlo, transformarlo,
exagerarlo o incluso desfigurarlo, sería deformado hasta el ridículo. Hitler
creía haber encontrado en las tribus dóricas algunos puntos de conexión con su
mundo germánico, lo que hacía que apreciara más el carácter supra temporal del
estilo clasicista. Aun así, sería una equivocación buscar en Hitler un estilo
arquitectónico con base ideológica. Eso no habría respondido a su pragmatismo.
* * * *
No hay duda de que Hitler perseguía un fin
determinado al llevarme con él regularmente a Munich para examinar las obras.
Estaba claro que pretendía hacer también de mí un discípulo de Troost. Yo
siempre estaba dispuesto a aprender y, desde luego, Troost me enseñó muchas
cosas. La arquitectura de mi segundo maestro, rica aunque sobria a causa de su
limitación a los elementos formales más simples, influyó en mí de una manera
decisiva.
La prolongada conversación de sobremesa del Osteria
había terminado ya.
—El profesor me ha dicho hoy que están
desencofrando la escalera del Führerbau. Me muero de impaciencia.
Brückner, haga traer el coche. Vamos a verlo ahora mismo. Usted vendrá conmigo,
¿verdad?
Se dirigió directamente a la caja de la escalera
del edificio, la miró desde abajo, desde la galería, desde la escalera, volvió
a subir y se mostró entusiasmado. Inspeccionamos la obra desde todos los
ángulos y Hitler demostró una vez más su conocimiento exacto de todos los
detalles y todas las medidas, lo que dejó estupefactos a los que estaban
trabajando allí. Complacido por los progresos de la obra y satisfecho consigo
mismo por ser la causa y el motor de aquella edificación, se dirigió al próximo
objetivo: la villa de su fotógrafo en Munich-Bogenhausen.
Cuando hacía buen tiempo, el café se servía en el
pequeño jardín de esta casa, que, rodeado por los jardines de los edificios
colindantes, no tendría más de unos doscientos metros cuadrados. Hitler trataba
de resistirse a los pasteles, pero siempre terminaba por aceptar una pequeña
porción después de hacer muchos cumplidos a la señora de la casa. Cuando lucía
el sol, podía ocurrir que el Führer y canciller del Reich se
quitara la americana y se tendiera en el césped en mangas de camisa. Con los
Hofmann se sentía como en su casa. En una ocasión pidió un volumen de Ludwig
Thoma, eligió un fragmento y nos lo estuvo leyendo en voz alta.
Lo complacían especialmente los cuadros que el
fotógrafo le enviaba para que eligiese alguno. Al principio me quedé asombrado
al ver lo que Hofmann presentaba a Hitler y lo que merecía su aprobación. Con
el tiempo me fui acostumbrando, aunque nadie logró disuadirme de seguir
coleccionado paisajes del primer romanticismo, de Rottmann, Fries o Kobell, por
ejemplo.
Uno de los pintores preferidos de Hitler y Hofmann
era Eduard Grützner, que con sus monjes y bodegueros aficionados al vino
cuadraba mejor con la forma de vivir del fotógrafo que con la del abstemio
Hitler, quien contemplaba aquellas obras desde el punto de vista «artístico»:
— ¿Cómo? ¿Sólo cuesta cinco mil marcos?
Lo más seguro es que el valor comercial del cuadro
no superara los dos mil.
— ¿Sabe usted, Hofmann? ¡Es una verdadera ganga!
¡Fíjese usted en estos detalles! A Grützner no se lo aprecia en absoluto como
merece.
La siguiente obra de este pintor le costó bastante
más.
—Es simplemente que aún no ha sido descubierto. Al
fin y al cabo, tampoco Rembrandt valía nada hasta varios decenios después de su
muerte. En su tiempo, sus cuadros eran casi regalados. Créame usted, algún día
este Grützner valdrá tanto como un Rembrandt. Ni siquiera Rembrandt habría
sabido pintar esto mejor.
Hitler consideraba que la última parte del siglo
XIX había constituido una de las principales épocas culturales de la humanidad
en todas las esferas artísticas; en su opinión, sólo la falta de perspectiva
histórica impedía reconocerlo. Pero esta valoración positiva se detenía ante el
impresionismo, mientras que el naturalismo de un Leibl o un Thoma casaba a la
perfección con sus bien pensantes inclinaciones artísticas. Para él, Makart era
el más grande, aunque también apreciaba mucho a Spitzweg. En este segundo caso
yo podía comprender su preferencia, si bien lo que Hitler admiraba era menos la
pincelada generosa y muchas veces impresionista de la obra de este pintor que
su adscripción a un género pequeñoburgués y el humor benevolente con que
ironizaba sobre la provinciana Munich de su tiempo.
El fotógrafo se sintió turbado y sorprendido cuando
salió a la luz que un falsificador se había aprovechado de aquella afición a
Spitzweg. Al principio a Hitler lo intranquilizó no saber cuáles de las
pinturas que tenía de él eran auténticas, pero pronto se sobrepuso a la duda y
dijo con malignidad:
— ¿Sabe usted? Algunos de los Spitzweg que cuelgan
en casa de Hofmann son falsos, lo he notado. Pero dejémosle la ilusión —añadió
con el acento bávaro que Hitler gustaba de adoptar cuando se hallaba en Munich.
Visitaba con frecuencia el salón de té Carlton, un
local seudo lujoso con copias de muebles de estilo y arañas de cristal falso.
El local le gustaba porque allí los muniqueses lo dejaban tranquilo y no lo
importunaban con aplausos y pidiéndole autógrafos, como solía ocurrirle en
otros sitios. A menudo me llamaban desde el domicilio de Hitler a altas horas
de la noche:
—El Führer se dirige al Café Heck
y le ruega que vaya usted también.
Entonces tenía que saltar de la cama, sabiendo que
no habría manera de regresar antes de las dos o las tres de la madrugada.
De vez en cuando Hitler se disculpaba:
—Me acostumbré a estas largas veladas en mis años
de lucha. Después de las reuniones tenía que encontrarme con los viejos
camaradas, y además mis discursos solían animarme tanto que no habría podido
dormir hasta la madrugada.
Al contrario que el Carlton, el Café Heck estaba
decorado con sencillas sillas de madera y mesas de hierro. Era el antiguo café
del Partido, el local en el que Hitler solía reunirse con sus camaradas de
lucha. Sin embargo, después de 1933 no volvió a hacerlo, a pesar de la adhesión
que le habían demostrado durante tantos años. Esperaba encontrarme con un
estrecho círculo de amigos muniqueses, pero vi que no lo tenía. Al contrario,
Hitler se mostraba más bien malhumorado cuando uno de los antiguos camaradas deseaba
hablarle, y casi siempre encontraba algún pretexto para rechazar sus peticiones
o demorar el momento de atenderlas. Le parecía que no siempre guardaban las
distancias que él, aunque siguiera mostrándose amable, empezaba a considerar
adecuadas. Creían haberse ganado el derecho a la intimidad con Hitler, por lo
que se permitían familiaridades que no se ajustaban al papel histórico que se
había atribuido.
Era muy raro que Hitler visitara a alguno de los
viejos camaradas. Ellos, entretanto, se habían apropiado de villas señoriales y
la mayoría disfrutaba de cargos importantes. Su única reunión fue la que se
celebró en el Bürgerbráukeller con motivo del aniversario del intento de golpe
de estado del 9 de noviembre de 1923. Sorprendentemente, a Hitler el
reencuentro no le hacía la menor ilusión, y solía mostrar su disgusto por aquel
compromiso.
Después de 1933 se habían constituido con bastante
rapidez diversos ambientes que se mantenían alejados unos de otros, rivalizaban
entre sí y se desdeñaban. Alrededor de cada nuevo dignatario se formaba
enseguida un estrecho círculo de personas que parecían sentir una mezcla de
desagrado y desprecio hacia los otros grupos. Así, Himmler trataba casi
exclusivamente con su séquito de las SS, donde contaba con una veneración sin
reservas. Göering tenía a su alrededor una horda de incondicionales, constituida
por sus familiares más próximos y sus más estrechos colaboradores y asistentes.
Goebbels se sentía a sus anchas rodeado de admiradores procedentes del campo de
la literatura y del cine. Hess se mantenía ocupado con los problemas de la
medicina homeopática, era aficionado a la música de cámara y tenía conocidos
excéntricos, aunque interesantes.
Como intelectual, Goebbels miraba por encima del
hombro a los incultos pequeñoburgueses de los grupos dirigentes de Munich,
quienes, a su vez, se mofaban de las ambiciones literarias del vanidoso doctor.
Por su parte, Göering no consideraba que estuvieran a su altura ni los
pequeñoburgueses de Munich ni Goebbels, por lo que evitaba toda relación social
con ellos, mientras que Himmler, debido a las ideas elitistas de las SS, que se
traslucían en su predilección por los hijos de príncipes y condes, se consideraba
muy por encima de todos los demás. Al fin y al cabo, también Hitler tenía un
entorno de íntimos que iba con él a todas partes y que siempre estaba compuesto
por las mismas personas: chóferes, fotógrafo, piloto y secretarios.
Si bien Hitler unía políticamente estos círculos
tan diversos, un año después de la toma del poder Himmler, Göering o Hess no
estaban presentes en sus comidas o en sus proyecciones lo bastante a menudo
para que se pudiera hablar de una sociedad del nuevo régimen. Y cuando acudían,
su interés estaba tan concentrado en Hitler y en su favor que no se llegaban a
producir contactos con los otros grupos.
Es cierto que Hitler tampoco fomentaba la cohesión
social del grupo dirigente. Cuando, posteriormente, la situación se hizo cada
vez más crítica, tendió a observar con mayor desconfianza aún los distintos
intentos de aproximación. Sólo cuando todo hubo terminado, y estando en
cautividad, los líderes de estos microcosmos cerrados que lograron sobrevivir
se reunieron por primera vez en un hotel de Luxemburgo, aunque hay que admitir
que lo hicieron a la fuerza.
En la época de la que hablo, Hitler se ocupaba poco
de los asuntos estatales o del Partido mientras estaba en Munich, menos todavía
que cuando se hallaba en Berlín o en el Obersalzberg. Por lo general, sólo
disponía de una o dos horas al día para las consultas. La mayor parte del
tiempo lo empleaba en vagabundear y deambular por obras en construcción,
estudios, cafés y restaurantes, mientras dirigía largos monólogos siempre al
mismo entorno, que ya conocía demasiado bien unos temas que eran siempre los mismos
y que hacía esfuerzos para ocultar su aburrimiento.
* * * *
Después de pasar dos o tres días en Munich, Hitler
solía ordenar que se preparara el viaje hacia la «montaña». Recorríamos las
polvorientas carreteras secundarias en varios coches descapotables. La
autopista de Salzburgo, cuya construcción tenía carácter preferente, aún no
estaba terminada. Solíamos tomar el almuerzo, consistente en un nutritivo
pastel al que Hitler casi nunca podía resistirse, en una posada rural de
Lambach, a orillas del Chiemsee. A continuación, los ocupantes del segundo y el
tercer automóvil seguían tragando polvo dos horas más, pues la columna marchaba
bastante cerrada. Después de Berchtesgaden seguíamos por una empinada carretera
de montaña llena de baches hasta que por fin llegábamos a la pequeña y
acogedora casa de madera que Hitler tenía en el Obersalzberg, de tejado
llamativo y modestas habitaciones: un comedor, una pequeña sala de estar y tres
dormitorios. Los muebles procedían de la época del patrioterismo decimonónico
alemán y daban a la vivienda un aire de pequeña burguesía acomodada. Una jaula
dorada con un canario, un ficus y un cacto contribuían a reforzar esta
impresión. Había objetos de gusto dudoso decorados con esvásticas, símbolo que
también figuraba en varios cojines bordados por sus seguidoras, combinado a
veces con un amanecer o con la leyenda «fidelidad eterna». Hitler, embarazado,
me decía:
—Ya sé que estas cosas no son bonitas; de hecho, la
mayoría son regalos. Pero no quiero desprenderme de ellas.
No tardaba en salir de su dormitorio ataviado con
una ligera chaqueta bávara de lino celeste, combinada con una corbata amarilla,
en vez de su americana. Por lo general, comenzaba a hablar enseguida de sus
planes constructivos.
Al cabo de unas horas llegaba un pequeño Mercedes
cerrado con sus dos secretarias, la señorita Wolf y la señorita Schröder.
Solían venir acompañadas de una sencilla muchacha muniquesa, más agradable que
bonita, de apariencia modesta. Nada hacía pensar que pudiera tratarse de la
amante de un soberano: Eva Braun.
Aquel coche cerrado no podía ir jamás en la columna
oficial, pues no debía ser relacionado con Hitler. Al mismo tiempo, las
secretarias que viajaban en él servían para encubrir la llegada de la amante.
Me sorprendió que Hitler y ella evitaran hacer cualquier cosa que pudiera
revelar una relación íntima…, para después, ya entrada la noche, terminar
subiendo juntos al dormitorio. Nunca he comprendido la razón de mantener las
distancias de una forma tan inútil y forzada incluso en aquel círculo íntimo,
para el que no podía pasar inadvertida su relación.
Eva Braun adoptaba una actitud distante con todas
las personas del entorno de Hitler. Yo tampoco fui una excepción, aunque su
conducta hacia mí se transformó con el paso de los años. Cuando nos conocimos
más a fondo, me di cuenta de que su reserva, que muchos interpretaban como
arrogancia, no era sino timidez: sabía perfectamente lo equívoca que era su
posición en la corte de Hitler.
En nuestros primeros años de relación, Hitler vivía
solo en la casa con Eva Braun, un asistente y un criado. Los cinco o seis
invitados, entre ellos Martin Bormann y el jefe de prensa del Reich, Dietrich,
así como las dos secretarias, nos alojábamos en una pensión cercana.
La elección del Obersalzberg como lugar de
residencia parecía hablar del amor de Hitler por la naturaleza. Sin embargo, en
eso me equivocaba. Aunque muchas veces admiraba la belleza de alguna vista,
solía atraerlo más el poder de los abismos que la agradable armonía de un
paisaje. Puede que sintiera más de lo que expresaba. Me llamó la atención que
las flores no le gustaran demasiado; las valoraba sobre todo como elemento
decorativo. Cuando hacia 1934 una delegación de la organización femenina de
Berlín quiso recibir a Hitler en la estación de Anhalt y entregarle un ramo de
flores, la jefa de la delegación llamó por teléfono a Hanke, secretario del
ministro de Propaganda, para averiguar cuál era la flor preferida de Hitler.
Hanke me dijo:
—He telefoneado a todo el mundo, he preguntado a
los asistentes, y nada. ¡No tiene ninguna flor favorita!— Tras reflexionar un
momento, prosiguió: — ¿Qué opina usted, Speer? ¿Y si decimos que es el
edelweiss? Creo que eso será lo mejor. Por una parte, es poco corriente, y
además procede de las montañas de Baviera. ¡Diremos que es esta, y asunto
concluido!
Desde aquel momento, el edelweiss fue oficialmente
la «flor del Führer». Esto demuestra con cuánta independencia
actuaba a veces la propaganda del Partido al configurar la imagen de Hitler.
Hitler hablaba a menudo de las grandes excursiones
de montaña que, según decía, había realizado en otros/ tiempos. Bien es verdad
que habrían sido insignificantes para un alpinista. No le gustaban el
montañismo ni el esquí alpino:
— ¿Cómo puede haber alguien que encuentre placer en
prolongar artificialmente el espantoso invierno quedándose en las alturas?
Su aversión por la nieve se puso de manifiesto una
y otra vez mucho antes de la catastrófica campaña de invierno de 1941-1942.
—Si por mí fuera, prohibiría esta clase de deporte,
pues provoca muchos accidentes. Pero estos locos son la cantera de las tropas
de montaña.
De 1934 a 1936, Hitler todavía daba largos paseos
por los senderos públicos de montaña, acompañado de sus invitados y de dos o
tres funcionarios de policía, vestidos de paisano, que pertenecían a su
escolta. Eva Braun podía acompañarlo en estos paseos, aunque sólo junto a las
dos secretarias, al final de la columna.
Ser llamado por Hitler a la cabeza de la columna
era considerado un privilegio, aunque la conversación con él fluía con mucha
lentitud. Al cabo de aproximadamente media hora, Hitler cambiaba de compañero:
— ¡Tráigame al jefe de prensa!
Y el acompañante debía reunirse con los demás. La
excursión se hacía a paso vivo. Muchas veces nos encontrábamos a otros
paseantes, que se detenían al borde del camino y saludaban a Hitler con
veneración. A veces, sobre todo las mujeres, hacían acopio de valor y le
hablaban, y él les respondía con algunas palabras amables.
A veces la meta era el Hochlenzer, una pequeña
posada de montaña, o bien el Scharitzkehl, a una hora de camino, donde se podía
beber cerveza o un vaso de leche en sencillas mesas de madera al aire libre.
Muy raramente las excursiones eran más largas. Una vez hicimos una con el
capitán general Von Blomberg, general en jefe de la Wehrmacht. Tuvimos que
mantenernos a una cierta distancia, y supusimos que hablaban sobre todo de
cuestiones militares. Cuando nos detuvimos en el claro de un bosque, Hitler
ordenó a su criado que extendiera la manta en un lugar alejado del grupo y se
tendió en ella con el capitán general. La imagen parecía pacífica y no
resultaba nada sospechosa.
En una ocasión fuimos en coche hasta el Königsee y
desde allí, en una barca motora, a la península de Bartholomä; otro día hicimos
una excursión de tres horas hasta el Königsee, pasando por el Scharitzkehl. El
último tramo tuvimos que hacerlo sorteando a los numerosos paseantes, atraídos
por el buen tiempo. Al principio casi nadie reconoció a Hitler, que llevaba su
traje rural bávaro, ya que no imaginaban que estuviera entre los caminantes.
Sólo poco antes de llegar a nuestra meta, la hospedería Schiffmeister, se formó
una gran aglomeración de entusiastas que poco a poco habían comprendido con
quién se habían tropezado y siguieron a nuestro grupo muy excitados. Logramos
alcanzar la puerta de la hospedería, precedidos a toda prisa por Hitler, cuando
la creciente multitud estaba a punto de rodearnos. Permanecimos sentados ante
un café y un trozo de pastel mientras la gran plaza se iba llenando. Hitler no
subió al coche descapotable hasta que llegaron refuerzos de la escolta. De pie
junto al chófer sobre el asiento delantero plegado, con la mano izquierda
apoyada en el parabrisas, pudieron verlo incluso los que se encontraban más
lejos. En tales momentos, el entusiasmo se volvía frenético; la larga espera se
había visto premiada por fin. El automóvil iba precedido por dos hombres de la
escolta y flanqueado por otros seis, tres a cada lado, mientras el vehículo se
abría camino despacio entre la gente. Como casi siempre, yo iba en el asiento
plegable, justo detrás de Hitler, y nunca olvidaré aquella explosión de júbilo,
la embriaguez que expresaban tantísimos rostros. En sus primeros años de
gobierno, estas escenas se repetían en cualquier sitio al que Hitler llegara o
en el que tuviera que estacionar un rato el coche. No las provocaba la
manipulación retórica de las masas, sino que era única y exclusivamente el
efecto de su presencia. Mientras que por lo general los distintos individuos
que formaban la multitud sólo sucumbían unos segundos a aquellos transportes,
Hitler estaba expuesto a ellos de continuo. En aquel tiempo me parecía
admirable que, a pesar de ello, mantuviera la naturalidad en sus relaciones
personales.
Quizá resulte comprensible: también yo me sentía
arrastrado por aquellos raptos de veneración. Pero aún me subyugaba mucho más
hablar, minutos u horas después, con el ídolo de un pueblo para discutir
respecto a los planos, sentarme a su lado en el teatro o comer con él ravioli
en el Osteria. Era este contraste el que me sometía.
Mientras que algunos meses antes todavía me
entusiasmaba la perspectiva de proyectar y construir, ahora estaba
completamente cautivado por Hitler, atrapado por él incondicionalmente, sin
poderme liberar; habría estado dispuesto a seguirlo a todas partes. Sin
embargo, estaba claro que lo único que él pretendía era procurarme una gloriosa
carrera de arquitecto. Décadas después leí, en la prisión de Spandau, las
palabras de Cassirer sobre los hombres que por propia iniciativa desdeñan el
mayor privilegio del ser humano, el de ser dueños de sí mismos. [12] Ahora yo era uno de ellos.
* * * *
Dos fallecimientos ocurridos en el año 1934
marcaron la esfera privada y estatal: Troost, el arquitecto de Hitler, murió el
21 de enero tras unas semanas de grave enfermedad, y el 2 de agosto falleció
Von Hindenburg, el presidente del Reich: esa muerte abría a Hitler el camino
hacia el poder absoluto.
El 15 de octubre de 1933, Hitler puso solemnemente
la primera piedra de la Haus der Deutschen Kunst en Munich. Dio los golpes
necesarios con un delicado martillo de plata que Troost había diseñado para la
ocasión. El martillo saltó en pedazos. Cuatro meses después, Hitler nos dijo:
—Cuando se rompió el martillo, pensé: « ¡Esto es un
mal presagio! ¡Algo va a ocurrir!». Y ahora ya sabemos por qué se rompió el
martillo: el arquitecto tenía que morir.
Con aquellas palabras daba prueba de su
superstición, de la que fui testigo muchas otras veces.
La muerte de Troost también supuso una grave
pérdida para mí. Precisamente se estaba iniciando entre nosotros una estrecha
relación de la que yo esperaba mucho, tanto en el aspecto humano como en el
artístico. Funk, subsecretario de Goebbels en aquel tiempo, era de otra
opinión: el día de la muerte de Troost me lo encontré en la antesala del
ministro fumando un enorme puro con cara de satisfacción:
— ¡Lo felicito! ¡Ahora el primero es usted!
Yo tenía veintiocho años.
Capítulo V
Megalomanía edificatoria
Durante un tiempo pareció como si el propio Hitler
fuera a hacerse cargo del despacho de Troost. Lo inquietaba que los proyectos
pudieran desarrollarse sin la necesaria sintonía con las ideas del difunto:
—Lo mejor será que me ocupe personalmente de todo
—opinaba.
A fin de cuentas, aquel propósito no era más
peregrino que el de asumir el Alto Mando del Ejército, como haría
posteriormente.
No hay duda de que durante unas semanas se sintió
tentado por la idea de dirigir un taller de arquitectura bien organizado.
Durante el viaje a Munich, para prepararse, hablaba de algún anteproyecto o
hacía bocetos, y unas horas después se sentaba a la mesa de dibujo del jefe del
despacho y se dedicaba a corregir planos. Pero este hombre, Gall, un muniqués
sencillo y honrado, defendió con inesperada tenacidad la obra de Troost, no se
avino a aceptar los dibujos de Hitler, al principio muy detallados, y los hizo
mejor que él.
Hitler no tardó en depositar su confianza en Gall y
renunció tácitamente a sus propósitos. Había reconocido la valía de aquel
hombre. Al cabo de algún tiempo también le confió la dirección del taller y le
hizo encargos suplementarios.
Hitler continuó manteniendo una estrecha relación
con la esposa de su difunto arquitecto, a la que lo unía desde tiempo atrás una
gran amistad. Era una mujer de buen gusto y de carácter, que defendía sus
propias opiniones, a menudo caprichosas, con mucha más tenacidad que la mayoría
de hombres que ostentaban cargos oficiales Defendía la obra de su fallecido
esposo con amarga y a veces excesiva vehemencia, por lo que muchos la temían.
Combatió a Bonatz, que fue lo bastante imprudente como para pronunciarse abiertamente
contra la reforma de Troost de la Königsplatz de Munich; también se revolvió
con dureza contra los arquitectos modernos Vorhölzer y Abel, coincidiendo con
Hitler en todos los casos. Por otra parte, ponía a Hitler en contacto con
arquitectos muniqueses que ella elegía, rechazaba o alababa a artistas y
acontecimientos artísticos, y pronto, dado que Hitler le hacía caso, llegó a
convertirse en una especie de juez artístico de Munich. Por desgracia, no lo
fue en pintura. Aquí Hitler había dejado a cargo de su fotógrafo, Hofmann, la
primera inspección de los cuadros que debían incluirse en la «Gran Exposición
Artística», que se celebraba una vez al año. La señora de Troost criticaba con
frecuencia la parcialidad de la elección, pero como Hitler no daba su brazo a
torcer en este terreno, pronto renunció a tomar parte en las inspecciones.
Cuando yo deseaba regalar pinturas a mis colaboradores, encargaba a mis
compradores que se dieran una vuelta por el sótano de la Haus der Deutschen
Kunst, donde se almacenaban las obras rechazadas. En la actualidad, cuando veo
esos cuadros en casa de algún conocido, me doy cuenta de que no están muy lejos
de las que se exhibían en aquella época. Las diferencias, tan encarnizadamente
debatidas en su día, han desaparecido.
* * * *
El putsch de Röhm me sorprendió en
Berlín. La tensión se había adueñado de la ciudad; soldados equipados para el
combate esperaban en el Tiergarten; la policía, armada con fusiles, recorría en
camiones las calles de la ciudad; el aire estaba verdaderamente enrarecido,
como el del 20 de julio de 1944, que también me tocaría pasar allí.
Al día siguiente Göering se convirtió en el que
había salvado la situación en Berlín. Hitler regresó de Munich cerca del
mediodía, tras acabar con las detenciones, y yo recibí una llamada de su
asistente:
— ¿Tiene usted planos nuevos? ¡Tráigalos
inmediatamente!
Eso quería decir que había que atraer la atención
de Hitler hacia la arquitectura para apartarla de su entorno.
Hitler estaba muy excitado y, según sigo creyendo
hoy, íntimamente convencido de haber superado un grave peligro. Durante los
días que siguieron nos contó una y otra vez cómo había entrado en el hotel
Hanselmayer de Wiessee, y no olvidaba poner también de manifiesto su valor:
— ¡Íbamos desarmados, imagínese, y no sabíamos si
esos cerdos iban a hacernos frente con guardias armados!
La atmósfera homosexual lo había asqueado.
—Sorprendimos a dos jóvenes desnudos en una
habitación. — Dejaba claro que su actuación se había producido justo a tiempo
de evitar una catástrofe. — ¡Sólo yo podía solucionarlo! ¡Yo y nadie más!
Los que lo rodeaban procuraban incrementar la
repulsión que le inspiraban los jefes de las SA fusilados, por lo que se
afanaban en contar todos los detalles imaginables de la vida íntima de Röhm y
sus partidarios. Brückner mostró a Hitler los menús de los banquetes que
organizaba aquella tropa disoluta, supuestamente hallados en el cuartel general
berlinés de las SA. En ellos aparecía un gran número de platos con exquisiteces
traídas del extranjero, ancas de rana, lenguas de pájaro, aletas de tiburón, huevos
de gaviota; todo ello regado con añejos vinos franceses y con el mejor
champaña. Hitler comentó con ironía:
— ¡Vaya, así que estos eran los revolucionarios!
¡Los que decían que nuestra revolución era demasiado indolente!
Regresó muy satisfecho de una visita que hizo al
presidente del Reich. Según contó, Hindenburg había aprobado su proceder más o
menos con estas palabras:
—Cuando llega el momento, no se debe retroceder
ante las más graves consecuencias. También tiene que poder fluir la sangre.
Al mismo tiempo, en los periódicos se leía que el
presidente del Reich, Von Hindenburg, había felicitado oficialmente al
canciller del Reich y al presidente del Consejo de Ministros de Prusia, Hermann
Göering, por su hazaña. [13]
La jefatura del Partido, con un dinamismo febril,
hizo todo lo que estuvo a su alcance para justificar la acción. Aquella
prolongada actividad terminó con un discurso que Hitler pronunció ante el
Reichstag, al que había convocado para este fin; sus protestas de inocencia
permitían percibir un sentimiento de culpabilidad. Un Hitler que se defendía:
eso era algo que no volveríamos a ver en el futuro, ni siquiera en 1939, cuando
Alemania entró en guerra. También se le pidieron explicaciones al ministro de Justicia,
Gürtner. Como no pertenecía al Partido y, por lo tanto, aparentemente no
dependía de Hitler, su presencia fue decisiva para los que todavía dudaban. El
hecho de que la Wehrmacht aceptara en silencio la muerte del general Schleicher
llamó mucho la atención. Con todo, lo que más nos impresionó a mí y aquellos de
mis conocidos que no eran políticos fue la postura de Hindenburg. Para la
generación burguesa de entonces, el mariscal de campo de la Primera Guerra
Mundial constituía una autoridad respetable. En mis años de escolar era un
héroe firme e inflexible de la Historia Contemporánea; el aura que lo rodeaba
nos parecía legendaria: durante el último año de la guerra, secundados por los
adultos, clavábamos en las enormes estatuas de Hindenburg clavos de hierro, de
los que costaban un marco. Desde mis tiempos de escolar, Hindenburg
representaba la máxima expresión de la autoridad. Saber a Hitler protegido por
aquella máxima instancia infundía una sensación de tranquilidad y alivio
general.
No fue casual que, tras el putsch de
Röhm, la derecha, representada por el presidente del Reich, el ministro de
Justicia y el generalato, se pusiera de parte de Hitler, a pesar de que no
compartía su antisemitismo radical y despreciaba sus estallidos de odio
plebeyo. Su conservadurismo no tenía nada en común con el delirio racista. Las
simpatías con que acogió la intervención de Hitler tenía unas causas muy
distintas: en la acción homicida del 30 de junio de 1934 quedó eliminada la
poderosa ala izquierda del Partido, representada sobre todo por las SA. Esta
tendencia sentía que le habían sido arrebatados los frutos de la revolución. Y
no sin razón, pues la mayoría de sus componentes habían sido preparados para la
revolución antes de 1933 y se tomaban en serio el programa supuestamente
socialista de Hitler. Durante el tiempo que permanecí en Wannsee pude observar
de cerca, en los estratos más bajos, cómo el hombre sencillo de las SA
soportaba toda clase de privaciones, riesgos y pérdidas de tiempo con la idea de
recibir algún día unas contraprestaciones palpables. Cuando estas no llegaron,
comenzaron a acumularse la insatisfacción y el enojo, que habrían podido llegar
a adquirir fuerza explosiva. Es posible que la intervención de Hitler impidiera
el estallido de la «segunda revolución» que Röhm había estado pregonando.
Apaciguamos nuestras conciencias con esos
argumentos. Yo y muchos otros recurrimos ansiosamente a las disculpas y
elevamos a la norma de nuestro nuevo entorno algo que sólo dos años antes nos
habría irritado. Reprimimos las dudas que habrían podido molestarnos. Ahora, a
varias décadas de distancia, me siento consternado por la irreflexión de
aquellos años. [14]
Las consecuencias de aquel suceso supusieron para
mí un encargo al día siguiente:
—Tiene usted que reformar con la mayor rapidez
posible el palacio de Borsig. Quiero trasladar de Munich aquí el mando supremo
de las SA, para tenerlo cerca en el futuro. Vaya a verlo y póngase a trabajar
enseguida.
Ante mi objeción de que allí se encontraba el
departamento oficial del vicecanciller, Hitler se limitó a añadir:
— ¡Pues que lo desalojen enseguida! No deje que eso
lo preocupe.
Con este encargo en mi poder, me dirigí
inmediatamente a la sede oficial de Von Papen; por supuesto, el jefe de la
oficina no sabía nada de aquel plan. Me propusieron que esperara unos meses,
hasta que encontraran y adecuaran otro local. Cuando volví junto a Hitler, se
puso furioso y no sólo renovó la orden de desalojo, sino que también dispuso
que comenzara las obras enseguida y sin contemplaciones.
Von Papen no apareció y los funcionarios me
prometieron que al cabo de una o dos semanas habrían trasladado debidamente
todos los expedientes a un local provisional. Entonces ordené a los operarios
que penetraran en el edificio todavía ocupado y procuré que retiraran los ricos
perfiles de estuco de paredes y techos haciendo mucho ruido y levantando la
mayor cantidad de polvo posible. El polvo penetraba en los despachos por las
juntas de las puertas y el ruido impedía a nadie trabajar. A Hitler le encantó
el sistema. Su entusiasmo fue acompañado de agudezas a costa de los
«polvorientos funcionarios».
Veinticuatro horas después se produjo el desalojo.
En una de las habitaciones vi una gran mancha de sangre seca en el suelo.
Herbert von Bose, uno de los colaboradores de Von Papen, había muerto a tiros
allí el 30 de junio. Aparté la vista y desde entonces evité aquella habitación.
No me afectó más allá de eso.
* * * *
El 2 de agosto falleció Hindenburg. Ese mismo día,
Hitler me encargó que me ocupara de los preparativos necesarios para celebrar
las exequias fúnebres en el monumento de Tannenberg, en la Prusia Oriental.
Hice levantar una tribuna con bancos de madera en
el patio interior y me limité a colgar crespón negro, en lugar de banderas, de
las altas torres que lo enmarcaban. Himmler estuvo por allí un par de horas con
un grupo de mandos de las SS e hizo que su delegado le explicara las medidas de
seguridad que se habían adoptado. Mientras le exponía mi proyecto, mantuvo la
misma actitud inaccesible. Tuve la impresión de que era un ser distante e
impersonal. No parecía relacionarse con las personas, sino manejarlas.
Los bancos de madera clara alteraban el marco
sombrío que quería conseguir. Hacía buen tiempo, así que ordené que los
pintaran de negro, pero por desgracia comenzó a llover a últimas horas de la
tarde y no amainó en varios días, por lo que la pintura no se secó. Hicimos
traer de Berlín, en un avión especial, fardos de tela negra para recubrir los
bancos. Con todo, la pintura negra traspasaba la tela, por lo que a más de un
asistente se le echaría a perder la ropa.
En la noche anterior a la celebración de los
funerales, el féretro se trasladó en un armón de artillería desde la finca de
Neudeck, la propiedad de Hindenburg en la Prusia Oriental, hasta una de las
torres del monumento. Lo acompañaban las banderas tradicionales de los
regimientos alemanes de la Primera Guerra Mundial y portadores de antorchas. No
se pronunció una sola palabra ni se escuchó ninguna voz de mando. El respetuoso
silencio resultó más impresionante que el resto de los actos que se habían organizado.
A la mañana siguiente, el féretro de Hindenburg fue
expuesto en el centro del patio de honor. El estrado para los oradores se había
montado al lado mismo, sin guardar la debida distancia. Hitler se acercó y
Schaub sacó un manuscrito de su cartera y lo puso en el atril. Hitler se
dispuso a iniciar su parlamento, titubeó, sacudió la cabeza de forma brusca y
nada solemne… El asistente se había equivocado de discurso. Una vez subsanado
el error, Hitler pronunció una oración fúnebre sorprendentemente fría y formal.
Hacía tiempo, demasiado para la impaciencia de
Hitler, que Hindenburg le ocasionaba dificultades con su rigidez difícilmente
influenciable. Había tenido que recurrir a menudo a la astucia o a las intrigas
para que aceptara escuchar sus argumentos. Una de las jugadas estratégicas de
Hitler consistía en hacer que el prusiano oriental Funk, que por entonces
todavía era subsecretario de Goebbels, se reuniera con Hindenburg todas las
mañanas para hacerle un informe de prensa. Gracias a la confianza que le inspiraba
como paisano, Funk sabía quitar veneno a las noticias que a Hindenburg le
habrían resultado políticamente desagradables, o presentárselas de manera que
no le inspiraran rechazo.
Hitler nunca se planteó seriamente la
reinstauración de la monarquía, tal como quizá esperaran del nuevo régimen
Hindenburg y muchos de sus amigos políticos. No era raro oírle decir lo
siguiente:
—He dado orden de que se continúen pagando las
pensiones a los ministros socialdemócratas, como a Severing. Independientemente
de lo que se piense de ellos, no se les puede negar un mérito: haber acabado
con la monarquía. Eso significó un gran paso hacia adelante. Fueron ellos
quienes nos prepararon el camino. ¿Y ahora vamos a reinstaurar nosotros esa
monarquía? ¿Compartir yo el poder? ¡Fíjese en lo que pasa en Italia! ¿Cree
usted que soy tan tonto? Los monarcas siempre han sido desagradecidos con sus primeros
colaboradores. Basta pensar en Bismarck. No, no voy a caer en esa trampa, por
más amables que se muestren los Hohenzollern.
* * * *
A comienzos de 1934, Hitler me sorprendió con el
primero de mis grandes encargos. La tribuna provisional de madera que se había
levantado en el Zeppelinfeld de Nüremberg tenía que ser sustituida por una
construcción de piedra. Estuve torturándome a conciencia con los primeros
diseños, hasta que por fin se me ocurrió la idea más convincente: una gran
escalinata, realzada y rematada por una larga columnata que se alzaría en la
parte superior, y flanqueada por sendos cuerpos de piedra que la cerrarían por ambos
lados. No hay duda de que el diseño se hallaba influido por el altar de
Pérgamo. Para que la indispensable tribuna de honor no desentonara en el
conjunto, traté de colocarla de la manera más discreta posible en el centro de
la escalinata.
No muy seguro, pedí a Hitler que viera la maqueta.
Sentía cierta aprensión, pues el proyecto era mucho más ambicioso que el
encargo. La gran obra de piedra tenía una longitud de 390 metros y una altura
de 24. Era casi el doble de larga que las termas de Caracalla, en Roma, que
medían 180 metros menos.
Hitler contempló tranquilamente la maqueta de
escayola desde todos los ángulos, puso los ojos a la altura adecuada con ademán
de entendido, estudió los dibujos en silencio y no dio a entender si le
gustaban o no. Yo ya pensaba que rechazaría mi trabajo. Pero entonces,
exactamente igual que durante nuestro primer encuentro, dejó oír un escueto «de
acuerdo» y se despidió. Aún hoy sigo sin comprender por qué él, por lo común
tan aficionado a dar largas explicaciones, era tan parco en palabras cuando
tomaba decisiones de este tipo.
Cuando trataba con otros arquitectos, Hitler solía
rechazar el primer anteproyecto; le gustaba ordenar que rehicieran un encargo
varias veces e incluso exigía modificaciones de detalle durante el transcurso
de la obra. A mí, después de aquella primera prueba, dejó de importunarme. A
partir de entonces respetó mis ideas y, como arquitecto, me trataba como a
alguien que en cierto modo estaba a su nivel.
A Hitler le gustaba explicar que edificaba para
legar a la posteridad el espíritu de su tiempo. Opinaba que, finalmente, lo
único que nos hace recordar las grandes épocas históricas son sus monumentos.
¿Qué quedaba de los emperadores romanos? ¿Qué testimonio habrían dejado si no
fuera por sus obras? Hitler afirmaba que en la historia de un pueblo se dan
siempre períodos de declive, y entonces los monumentos reflejan el poder que
tuvo en otro tiempo. Naturalmente, esto no despierta por sí solo una nueva conciencia
nacional. Pero cuando tras un largo período de decadencia se enciende de nuevo
el sentido de la grandeza nacional, los monumentos erigidos por los antepasados
constituyen su recordatorio más efectivo. Así, las obras del Imperio Romano
permitían a Mussolini remitirse al espíritu heroico de Roma cuando trataba de
divulgar entre su pueblo la idea de un Imperio moderno. Nuestras obras también
tendrían que hablar a la conciencia de la Alemania de los siglos venideros. Con
este argumento Hitler subrayaba también la importancia de que las
construcciones fueran perdurables.
Las obras del Zeppelinfeld comenzaron
inmediatamente, a fin de tener terminada por lo menos la tribuna antes de la
celebración del siguiente Congreso del Partido. El hangar de los tranvías de
Nüremberg tuvo que dar paso a la nueva tribuna. Pasé ante el amasijo que
formaban los restos de hormigón armado del hangar tras su voladura; las barras
de hierro asomaban por doquier y habían comenzado a oxidarse. Era fácil
imaginar su ulterior descomposición. Aquella desoladora imagen me llevó a una
reflexión que posteriormente expuse a Hitler bajo el título algo pretencioso de
«teoría del valor como ruina» de una construcción. Su punto de partida era que
las construcciones modernas no eran muy apropiadas para constituir el «puente
de tradición» hacia futuras generaciones que Hitler deseaba: resultaba
inimaginable que unos escombros oxidados transmitieran el espíritu heroico que
Hitler admiraba en los monumentos del pasado. Mi «teoría» tenía por objeto
resolver este dilema: el empleo de materiales especiales, así como la
consideración de ciertas condiciones estructurales específicas, debía permitir
la construcción de edificios que cuando llegaran a la decadencia, al cabo de
cientos o miles de años (así calculábamos nosotros), pudieran asemejarse un
poco a sus modelos romanos. [15]
Para ilustrar mis ideas, hice dibujar una imagen
romántica del aspecto que tendría la tribuna del Zeppelinfeld después de varias
generaciones de descuido: cubierta de hiedra, con los pilares derruidos y los
muros rotos aquí y allá, pero todavía claramente reconocible. El dibujo fue
considerado una «blasfemia» en el entorno de Hitler. La sola idea de que
hubiera pensado en un período de decadencia del imperio de mil años que acababa
de fundarse parecía inaudita. Sin embargo, a Hitler aquella reflexión le pareció
evidente y lógica. Ordenó que, en lo sucesivo, las principales edificaciones de
su Reich se construyeran de acuerdo con la «ley de las ruinas».
* * * *
Durante una inspección del terreno en que se iba a
celebrar el Congreso del Partido, Hitler exigió alegremente, volviéndose a
Bormann, que en el futuro yo me presentara vestido con el uniforme del Partido.
Los miembros de su entorno, entre ellos el médico de cabecera, el fotógrafo e
incluso el director de la casa Daimler-Benz ya lo habían recibido. Es verdad
que ver a un hombre vestido de paisano entre tantos uniformes llamaba la
atención. Con aquel pequeño gesto, Hitler daba a entender también que me incluía
en su círculo más próximo; aunque nunca habría expresado desagrado si uno de
sus conocidos hubiera aparecido en la Cancillería del Reich o en el Berghof en
traje de civil, pues él mismo prefería vestir así siempre que le era posible,
sus viajes e inspecciones eran de carácter oficial y el uniforme debía de
parecerle el único atuendo adecuado en tales circunstancias. Así, a comienzos
de 1934 me convertí en jefe de sección, integrado en la plana mayor de su
lugarteniente Rudolf Hess. Unos meses después, Goebbels me asignó la misma
categoría debido a mis preparativos de las manifestaciones masivas del Congreso
del Partido, la Fiesta de la Cosecha y el Primero de Mayo.
El 30 de enero de 1934, a propuesta de Robert Ley,
jefe del Frente Alemán del Trabajo, se creó una organización para el tiempo
libre que recibió el nombre de «Fuerza por la Alegría». Dentro de este
organismo, yo debía hacerme cargo de la sección «Belleza del Trabajo», cuya
denominación provocaba no menos comentarios sarcásticos. Poco tiempo antes,
Ley, en uno de sus viajes por la provincia holandesa de Limburgo, había visto
unas instalaciones mineras que se distinguían por su escrupulosa limpieza y por
la pulcritud del entorno ajardinado. Su tendencia a la generalización lo llevó
a desarrollar, a partir de aquel ejemplo, una idea que debería aplicarse a
todas las industrias alemanas. Su ocurrencia me procuró una actividad adicional
que realicé voluntariamente y me dio gran satisfacción. Lo primero que hicimos
fue influir en los propietarios de las fábricas para que rehabilitaran sus
locales y pusieran flores en los talleres. Pero nuestra ambición no se limitó a
esto: había que ampliar los ventanales e instalar cantinas; de más de un rincón
antes destinado a los desperdicios surgió un lugar de descanso, y el césped
sustituyó al asfalto. Nos ocupamos de estandarizar una vajilla sencilla,
diseñamos un modelo normalizado para el mobiliario, que se produjo en grandes
cantidades, y cuidamos de que se asesorara a las empresas, por medio de
especialistas y de películas explicativas, respecto a la iluminación artificial
y a la ventilación de los lugares de trabajo. Convencí a antiguos funcionarios
de los sindicatos y a algunos miembros de la disuelta Deutscher Werkbund para
que colaboraran en estos proyectos. Todos ellos se entregaron de lleno a la
tarea, decididos a contribuir un poco a mejorar las condiciones de vida de los
trabajadores y a poner en práctica la consigna de una comunidad nacional sin
distinciones de clases. Me sorprendió que Hitler apenas mostrara interés por
aquellas ideas. Aunque era capaz de perderse en los detalles de un proyecto
arquitectónico, se mostraba indiferente cuando le hablaba del ámbito social de
mi trabajo. En cualquier caso, el embajador británico en Berlín lo apreció más
que él. [16]
Debido a mis cargos oficiales, en primavera de 1934
fui invitado a una recepción oficial nocturna que dio Hitler como jefe del
Partido; la invitación incluía a las esposas. Se nos distribuyó, en grupos de
seis a ocho personas, en varias mesas redondas que se habían dispuesto en el
gran comedor de la residencia del canciller. Hitler iba de mesa en mesa, decía
unas cuantas frases amables y se hacía presentar a las señoras. Cuando se
acercó a nosotros, le presenté a mi mujer, cuya existencia le había ocultado hasta
entonces.
— ¿Por qué nos ha privado usted tanto tiempo de su
esposa? —me preguntó unos días más tarde, evidentemente impresionado.
Es verdad que yo había evitado aquel encuentro,
entre otros motivos porque me repugnaba cómo trataba a su amante. Además, me
parecía que invitar a mi esposa o hacer saber a Hitler de su existencia era
cosa de sus asistentes. Claro que no se podía esperar de ellos ningún sentido
de la etiqueta. También en la conducta de los asistentes terminaba reflejándose
el origen pequeñoburgués de Hitler.
Al dirigirse a mi esposa durante aquella primera
noche le dijo, con cierta solemnidad:
—Su marido construirá para mí obras como no se han
erigido desde hace cuatro milenios.
En el Zeppelinfeld se celebraba todos los años un
acto dedicado al grueso de los funcionarios del Partido. Mientras que las SA,
el Servicio del Trabajo y, naturalmente, la Wehrmacht producían gran impresión
en Hitler y en el resto de espectadores por la perfecta disciplina que
mostraban en sus exhibiciones, resultó realmente difícil presentar de manera
favorable a aquellos burócratas. La mayor parte habían transformado sus
pequeñas prebendas en inmensas barrigas; no se podía esperar de ellos que
marcharan en filas exactamente alineadas. La sección organizadora del Congreso
del Partido deliberó sobre este problema, que ya había motivado irónicas
observaciones de Hitler. Entonces se me ocurrió la solución:
—Pues dejemos que marchen en la oscuridad.
Desarrollé mi plan ante los jefes de organización
del Congreso del Partido. Durante los actos nocturnos, los miles de banderas de
todos los grupos locales de Alemania debían colocarse tras los altos muros del
Zeppelinfeld y, a una voz de mando, se «derramarían» en diez columnas a través
de sendas calles abiertas entre los funcionarios del Partido; las banderas y
las brillantes águilas que las coronaban serían iluminadas por diez potentes
reflectores, con lo que se podría conseguir un efecto impresionante. No
contento con esto, y como había tenido ocasión de ver nuestros nuevos
reflectores antiaéreos, cuyo haz de luz ascendía varios kilómetros, pedí a
Hitler 130. Al principio Göering puso algunas trabas a mi solicitud, pues esos
reflectores constituían la parte más importante de la reserva estratégica.
Hitler, sin embargo, logró convencerlo:
—Si los montamos aquí en tan gran cantidad, en el
extranjero creerán que tenemos reflectores a manos llenas.
La impresión superó con mucho lo que había
imaginado. Los ciento treinta haces de luz claramente delimitados, colocados
alrededor del Zeppelinfeld sólo a doce metros uno de otro, resultaban visibles
hasta una altura de seis a ocho kilómetros, y allí se difuminaban en una gran
superficie luminosa. El conjunto daba la impresión de un espacio gigantesco en
el que los distintos haces parecían tremendos pilares de unos muros exteriores
infinitamente altos. Una nube surcaba de vez en cuando la corona de luz y añadía
un elemento surrealista al grandioso efecto. Creo que aquella «catedral de luz»
constituyó la primera muestra de arquitectura luminosa. Para mí sigue siendo no
sólo mi obra más bella, sino también la única de mis creaciones espaciales que,
a su manera, ha logrado sobrevivir al paso del tiempo. «Solemne y hermosa a la
vez, como si uno se encontrara en una catedral de hielo», escribió el embajador
británico Henderson. [17]
No se podía relegar a la oscuridad a los
dignatarios, ministros del Reich y jefes nacionales y regionales en las
ceremonias de colocación de primeras piedras, aunque su aspecto no resultara
precisamente más atractivo que el de los funcionarios. Se consiguió, con
grandes dificultades, que formaran en fila, con lo que fueron más o menos
degradados a la categoría de comparsas, y toleraron con resignación las
reprimendas de los impacientes organizadores. En el momento en que aparecía
Hitler, una voz de mando ordenaba a todo el mundo ponerse firmes y alzar el
brazo para el saludo nacionalsocialista. Durante la colocación de la primera
piedra de la Sala de Congresos de Nüremberg, Hitler me vio en la segunda fila e
interrumpió el solemne ceremonial para tenderme la mano. Me quedé tan
impresionado por aquel gesto tan poco habitual que dejé caer la mano que tenía
levantada para el saludo sobre la calva de Streicher, el jefe regional de
Franconia, a quien tenía delante.
Durante los días que duró el Congreso del Partido
en Nüremberg fue prácticamente imposible ver a Hitler en privado. Se retiraba
para preparar sus discursos, o bien visitaba alguna de las numerosas
celebraciones. Le producía especial satisfacción que cada año aumentara el
número de visitantes y delegaciones del extranjero, sobre todo cuando procedían
de los países del Occidente democrático. Se hacía decir sus nombres durante los
apresurados almuerzos y disfrutaba del creciente interés hacia la exhibición
que la Alemania nacionalsocialista hacía de sí misma.
Los días de Nüremberg fueron también duros para mí,
porque debía ocuparme de preparar todos los edificios a los que Hitler fuera a
acudir durante el Congreso. Como «decorador jefe», tenía que procurar que todo
estuviera a punto poco antes del comienzo del acto, y después debía dirigirme a
toda prisa a ultimar el siguiente. En aquella época sentía gran afición por las
banderas y las utilizaba siempre que podía; permitían introducir una nota de
color en la arquitectura de piedra. Me di cuenta de que la bandera con la
esvástica diseñada por Hitler se adaptaba mucho mejor al uso arquitectónico que
la bandera dividida en tres franjas de color. Seguramente no se adecuaba del
todo a su soberana dignidad que la empleara como objeto decorativo, para
resaltar el ritmo de las fachadas o para cubrir desde el alero hasta la acera
los feos edificios de la época de la fundación del Segundo Reich, ni que le
añadiera un borde dorado para realzar aún más el efecto del color rojo. Pero yo
lo veía con ojos de arquitecto. Organicé singulares orgías de banderas en las
estrechas calles de Goslar y Nüremberg tendiéndolas desde las casas de un lado
de la calle a las de enfrente y uniéndolas una con otra, lo que hacía casi
imposible contemplar el cielo.
Debido a aquella actividad, me perdí todos los
mítines de Hitler, salvo sus «discursos culturales», que él mismo consideraba
la cumbre de su oratoria y que solía preparar en el Obersalzberg. En aquella
época admiraba esos discursos, no tanto, pensaba yo, por su brillantez retórica
como por su meditado contenido, por su nivel. Una vez en Spandau me propuse
releerlos después de mi encierro, pues creía poder encontrar en ellos algo de
mi antiguo mundo que no me repeliera. Sin embargo, mis esperanzas se vieron defraudadas.
Aquellos discursos, que en el pasado habían significado tanto para mí, me
resultaban carentes de contenido y de tensión, planos e inútiles. Dejaban ver
con claridad el afán de Hitler por adecuar el concepto de cultura, invirtiendo
sensiblemente su sentido, a sus propios objetivos de poder. Me resultó
incomprensible que en su día aquellos discursos me hubieran impresionado tanto.
¿Qué había pasado?
Tampoco me perdía nunca la inauguración de los
congresos del Partido, que comenzaban con la interpretación de Los
maestros cantores por la orquesta de la Ópera de Berlín bajo la
dirección de Furtwängler. Cabría imaginar que aquellas noches de gala, sólo
comparables a las de Bayreuth, estarían concurridísimas. Más de mil
personalidades del Partido recibían entradas e invitaciones, pero parece ser
que preferían informarse sobre la calidad de la cerveza de Nüremberg o del vino
de Franconia. Es probable que todos ellos contaran con que los demás cumplirían
con su deber de miembros del Partido y se tragarían la sesión de ópera. De
hecho, es un mito que los líderes del Partido fueran amantes de la música. Al
contrario, en general eran tipos bastos, anodinos, tan poco aficionados a la
música clásica como al arte y a la literatura. Ni siquiera los escasos
representantes del mundo intelectual que había en la capa dirigente, como
Goebbels, asistían a los conciertos que ofrecía regularmente la Filarmónica de
Berlín bajo la batuta de Furtwängler. El ministro de Interior, Frick, era la
única personalidad a la que se podía encontrar allí. El propio Hitler, que
parecía entusiasmarse por la música, no acudió a los conciertos de la
Filarmónica de Berlín más que en contados actos oficiales a partir de 1933.
Por todo lo dicho, resulta comprensible que el
Teatro de la Ópera de Nüremberg estuviera casi vacío cuando aquel año Hitler
ocupó el palco central para asistir a la representación de Los maestros
cantores. Hitler reaccionó con gran enojo, pues, según decía, no había nada
más ofensivo ni más molesto para un artista que tocar en un local vacío. Hitler
envió a varias patrullas a buscar a los altos cargos del Partido por las
cervecerías y bodegas, con el encargo de traerlos acto seguido al Teatro de la
Ópera; aun así, no se logró llenar la sala. Al día siguiente corrieron chistes
entre los mandos de la organización sobre cómo y dónde habían sido atrapados
los ausentes.
En consecuencia, al año siguiente Hitler ordenó a
todos los líderes del Partido poco aficionados al teatro que asistieran a la
representación. Aparecieron con aire de aburrimiento, y muchos de ellos fueron
visiblemente vencidos por el sueño. Además, en opinión de Hitler la tibieza de
los aplausos no respondió a la espléndida ejecución de la obra. Por tanto, a
partir de 1935 la poco artística masa del Partido fue sustituida por un público
civil que hubo de pagar un elevado precio por las entradas. El «ambiente»
imprescindible para el artista y el aplauso exigido por Hitler no se lograron
hasta entonces.
Era ya muy tarde cuando acababa los preparativos y
regresaba a mi alojamiento en el hotel Deutscher Hof, reservado al Estado Mayor
de Hitler y a los jefes nacionales y regionales. En el restaurante del hotel
encontraba siempre a un grupo de veteranos que alborotaban y bebían como
cosacos, y que hablaban en voz alta de la traición del Partido a los principios
revolucionarios y a los trabajadores. A pesar de que aquellos disidentes sólo
recuperaban su viejo espíritu revolucionario bajo el influjo del alcohol,
permitían ver que las ideas de Gregor Strasser, que había dirigido el ala
anticapitalista del NSDAP, continuaban vigentes, aunque reducidas a una forma
de hablar.
En el Congreso del Partido de 1934 tuvo lugar por
primera vez un simulacro de combate en presencia de Hitler, que aquella misma
noche visitó de manera oficial el campamento militar. En la guerra había sido
cabo, y pareció encontrarse de nuevo en un mundo que le era familiar. Se mezcló
con los círculos reunidos alrededor de las hogueras del campamento, y los
soldados pronto lo rodearon e intercambiaron bromas con él. Hitler regresó muy
satisfecho de la inspección y durante la breve comida nos contó más de un
interesante detalle.
En cambio, el Alto Mando del Ejército de Tierra no
se mostró entusiasmado en absoluto. Su asistente, Hossbach, habló de la «falta
de disciplina» de los soldados, que habían olvidado la posición de revista que
tenían órdenes de mantener frente al jefe del Estado, e insistió en impedir al
año siguiente tales familiaridades, pues eran contrarias a su dignidad. En
privado, Hitler se mostró enojado por la crítica, pero dispuesto a ceder. Me
quedé sorprendido por su discreción casi desamparada cuando se vio enfrentado a
aquellas exigencias. Sin embargo, posiblemente se sintió constreñido por la
actitud de prudencia que mantenía frente a la Wehrmacht y por la poca confianza
que tenía todavía en sí mismo como jefe del Estado.
Durante los preparativos del Congreso del Partido
me encontré con una mujer que ya me había impresionado durante mi época de
estudiante: Leni Riefenstahl, estrella o directora de conocidas películas de
montañismo y esquí. Hitler le había encargado la realización de una película
del Congreso. Aun siendo la única mujer con un cargo oficial en el engranaje
del Partido, muchas veces se mostró contraria a su organización, que al
principio llegó a estar cerca de desencadenar una revuelta contra ella. Para
los jefes políticos de un movimiento tradicionalmente hostil a las mujeres, la
seguridad en sí misma de Leni Riefenstahl, que manejaba sin miramientos aquel
mundo de hombres para lograr sus fines, constituía una verdadera provocación.
Se urdieron intrigas y se hicieron llegar hasta Hess rumores difamantes con el
fin de hacerla caer. No obstante, los ataques cesaron después de la primera
película del Congreso del Partido, que también convenció a aquellos de entre
los más cercanos a Hitler que hasta entonces habían dudado de las cualidades
cinematográficas de la directora.
Cuando me encontré con ella, Leni sacó un
amarillento recorte de periódico de una cajita:
—Cuando, hace tres años, reformó usted la Jefatura
Regional, recorté su fotografía del periódico, aunque no lo conocía.
Cuando le pregunté perplejo por qué lo había hecho,
me respondió:
—Pensé entonces que, con esa cabeza, podría usted
tener algún papel… En una de mis películas, naturalmente.
Por lo demás, recuerdo que las tomas
cinematográficas de una de las solemnes reuniones del Congreso del Partido de
1935 se echaron a perder. A propuesta de Leni Riefenstahl, Hitler ordenó que
las escenas se repitieran en un estudio. Dispuse el escenario, que representaba
una sección de la sala del congreso, así como el podio y el estrado de los
oradores, en uno de los grandes estudios cinematográficos de
Berlín-Johannistal, se instalaron los focos y el equipo de filmación comenzó a
trabajar con gran ajetreo… Al fondo del estudio se podía ver a Streicher,
Rosenberg y Frank caminando de un lado a otro con sus manuscritos y memorizando
sus papeles con aplicación. Entonces llegó Hess y se le pidió filmarlo a él
primero. Igual que cuando se hallaba ante los treinta mil oyentes del Congreso
del Partido, alzó solemnemente el brazo y con su énfasis característico, que le
daba un aire de sincera emoción, se volvió justo hacia el lugar en el que
Hitler no estaba y, en actitud de extrema firmeza, exclamó:
—Mein Führer, le saludo en nombre del
Congreso del Partido. El Congreso continúa. ¡Habla el Führer!
Mientras actuaba mostraba una expresión tan
convincente que a partir de aquel momento dudé de la autenticidad de sus
sentimientos. También los otros tres interpretaron su papel en el vacío de la
sala cinematográfica y demostraron ser actores de gran talento. Yo me sentí
bastante confuso. A la señora Riefenstahl, en cambio, aquellas tomas le
parecieron mejores que las originales.
Es verdad que yo ya admiraba la técnica con la que
Hitler, por ejemplo, iba tanteando el terreno durante sus discursos, hasta
encontrar la frase precisa con la que provocaría el primer y estruendoso
aplauso. Tampoco ignoraba el aspecto demagógico de los mítines, al que yo mismo
contribuía con mis decorados. Pero hasta aquel momento había pensado que los
sentimientos con que los oradores suscitaban el entusiasmo general eran
verdaderos, y me sorprendió mucho ver que todo el arte de hechizar a las masas
podía representarse de forma «auténtica» aunque no hubiera público.
* * * *
Para las obras de Nüremberg me rondaba por la
cabeza una síntesis entre el clasicismo de Troost y la sencillez de Tessenow.
Yo la consideraba neoclásica, pues creía haberla derivado del estilo dórico. Me
engañaba a mí mismo al querer olvidar que lo que aquellas obras tenían que
representar era un escenario monumental, como el que ya se había intentado
construir mucho antes, si bien con medios más modestos, en el parisino Campo de
Marte durante la Revolución Francesa. Las categorías «clásico» y «sencillo» apenas
podían conciliarse con las dimensiones gigantescas que empleé en Nüremberg. A
pesar de ello, aquel proyecto sigue siendo el que más me gusta, comparado con
otros muchos que hice para Hitler más adelante y que resultaron
considerablemente más pretenciosos.
Movido por mi afición al mundo dórico, en mi primer
viaje al extranjero, en mayo de 1935, no me dirigí a Italia, para contemplar
los palacios del Renacimiento y las colosales obras romanas, a pesar de que
allí habría podido encontrar mucho antes mis modelos de piedra, sino a Grecia,
lo cual resulta revelador sobre mi forma de ver las cosas en aquella época. Mi
esposa y yo buscamos en este país sobre todo los testimonios del mundo dórico
y, en una experiencia que nunca olvidaré, nos sentimos profundamente impresionados
por el reconstruido estadio de Atenas. Cuando, dos años después, tuve que
diseñar un estadio, adopté la forma de herradura del ateniense.
Me pareció que los monumentos de Delfos revelaban
la rapidez con que las riquezas procedentes de las colonias jonio-asiáticas
hicieron que degenerara la pureza del arte griego. ¿Demuestra esta evolución
hasta qué punto es receptiva una elevada conciencia artística y lo
insignificantes que son las fuerzas que se requieren para transformar la
representación ideal hasta volverla ir reconocible? Hacía esta clase de
reflexiones sin la menor preocupación. Me parecía que mis propios trabajos
evitaban tales riesgos.
A nuestro regreso, en junio de 1935, quedó
terminada mi propia casa, emplazada en Berlín-Schlachtensee: una pequeña
construcción provista de comedor, sala de estar y los dormitorios
imprescindibles, en un total de 125 m2 de superficie habitable;
era una oposición consciente a la costumbre cada vez más extendida entre la
élite del Reich de trasladarse a villas gigantescas o apropiarse palacios.
Queríamos evitar la ostentación y el rígido carácter oficial que llevaban a un
lento e irremediable proceso de «petrificación» de la vida privada.
Por otra parte, tampoco habría podido construir
nada mayor, pues carecía de medios para hacerlo. Mi casa costó setenta mil
marcos; para reunirlos, mi padre tuvo que poner a mi disposición una hipoteca
de treinta mil. Mis recursos económicos eran escasos, a pesar de que trabajaba
como arquitecto profesional para el Partido y el Estado, puesto que, llevado
por un impulso de entrega idealista, había renunciado a cobrar honorarios por
ninguna de mis obras.
Esa actitud chocó con la incomprensión general. Un
día en Berlín, Göering, que se hallaba de un humor inmejorable, me dijo:
—Bueno, señor Speer, ahora tiene mucho trabajo.
Ganará también un buen montón de dinero. — Cuando respondí negativamente, me
miró sin comprender. — Pero ¿qué dice? ¿Un arquitecto tan ocupado como usted?
Pues yo le hacía unos cientos de miles de marcos al año. Esos ideales suyos son
una estupidez. ¡Tiene que ganar dinero!
A excepción de las obras de Nüremberg, por las que
percibí mil marcos mensuales, en lo sucesivo cobré los honorarios profesionales
que me correspondían como arquitecto. A pesar de eso, tuve la precaución de no
perder mi independencia profesional convirtiéndome en funcionario. Yo sabía que
Hitler tenía más confianza en los arquitectos independientes. Sus prejuicios
contra los funcionarios se manifestaban incluso en este aspecto. Al final, mi
fortuna alcanzaba aproximadamente el millón y medio de marcos, y el Reich aún
me debía otro millón que no cobré jamás.
Mi familia vivía feliz en aquella casa. Ojalá
pudiera escribir que también yo participé de la dicha familiar, tal como antaño
habíamos soñado. Cuando llegaba fatigado a casa, muy avanzada la noche, los
niños ya hacía rato que estaban en la cama y yo me quedaba con mi esposa, mudo
de agotamiento. Cada vez me sentía más envarado; hoy pienso que en el fondo me
sucedía lo mismo que a los grandes del Partido, que echaban a perder su vida
familiar a causa de su ostentoso estilo de vida. Ellos se quedaban envarados de
tanto mantener la pose de oficialidad; yo, en cambio, a causa de un trabajo
excesivo.
* * * *
En otoño de 1934 me llamó Otto Meissner, que
después de Ebert y Hindenburg había encontrado en Hitler a su tercer jefe:
tenía que ir con él a Weimar al día siguiente, para dirigirnos desde allí a
Nüremberg en compañía de Hitler.
Estuve trabajando hasta la madrugada en ciertas
ideas que me tenían ocupado desde hacía algún tiempo. Había que construir
nuevas obras monumentales para los congresos del Partido: un campo para las
exhibiciones militares, un gran estadio, un auditorio para los discursos
culturales de Hitler y los conciertos. ¿Por qué no incorporar todo aquello a lo
ya existente y formar un gran centro? Hasta entonces no me había atrevido a
tomar la iniciativa en tales cuestiones, pues Hitler se reservaba ese tipo de
decisiones. Por tanto, vacilé bastante antes de decidirme a hacer los bocetos.
Una vez en Weimar, Hitler me mostró el proyecto de
un «foro del Partido», obra del profesor Paul Schultze-Naumburg.
—Parece un enorme mercado de una ciudad de
provincias —opinó—. No tiene nada especial, nada que lo distinga de épocas
anteriores. Puestos a construir un foro para el Partido, en el futuro tendrá
que poder verse que ha sido levantado en nuestro tiempo y en nuestro estilo,
como la Königsplatz de Munich, por ejemplo.
A Schultze-Naumburg, una autoridad de la Liga para
la Defensa de la Cultura Alemana, no se le dio ninguna oportunidad de
justificarse: ni siquiera se le comunicó personalmente aquella crítica. Sin
tener en cuenta su prestigio, Hitler convocó un nuevo concurso entre diversos
arquitectos elegidos por él.
Luego fuimos a casa de Nietzsche, donde su hermana,
la señora Förster-Nietzsche, estaba esperando a Hitler. Era evidente que
aquella mujer, extravagante y excéntrica, no lograría entenderse con él, por lo
que se produjo una conversación extrañamente superficial y fallida. Con todo,
el asunto principal quedó resuelto a satisfacción de todos: Hitler asumió la
financiación de un anexo en la vieja casa de Nietzsche, y la señora
Förster-Nietzsche se mostró de acuerdo con que el arquitecto Schultze-Naumburg
hiciera los planos correspondientes:
—Sabrá adaptarse mucho mejor a una casa vieja
—comentó Hitler, visiblemente contento de poder ofrecer una pequeña
compensación al arquitecto.
A la mañana siguiente continuamos en automóvil
hacia Nüremberg, aunque en aquel entonces, y por motivos que iba a comprender
ese mismo día, Hitler prefería el tren. Él iba, como siempre, sentado al lado
del chófer en un Mercedes descapotable azul oscuro. Yo me sentaba detrás de él,
en uno de los asientos plegables, mientras que en el otro iba el criado, que
iba sacando mapas de carreteras, bocadillos, pastillas o unas gafas de la
cartera de mano según se los pedían. En los asientos posteriores iban el asistente
Brückner y el jefe de prensa, el doctor Dietrich; en un coche de escolta del
mismo color que el nuestro viajaban cinco guardaespaldas y el médico de
cabecera, el doctor Brandt.
Las dificultades comenzaron cuando, más allá del
bosque de Turingia, llegamos a una región densamente poblada. Nos reconocieron
al atravesar una localidad, pero pasamos de largo antes de que nadie pudiera
reaccionar.
—Fíjese ahora —dijo Hitler—, en el próximo pueblo
ya no nos resultará tan fácil. El grupo local del Partido ya debe de haberlos
avisado por teléfono.
En efecto, hallamos las calles de la siguiente
población llenas de jubilosos ciudadanos. La policía del pueblo hacía todo lo
posible por ayudarnos, pero el automóvil avanzaba muy despacio. Cuando logramos
rebasar a aquella multitud, algunos entusiastas bajaron la barrera de un paso a
nivel para poder saludar a Hitler.
Así pues, íbamos muy lentos. A la hora del almuerzo
entramos en una pequeña posada de Hildburgshausen, el pueblo de cuya
gendarmería Hitler, años atrás, se había hecho nombrar comisario para conseguir
la nacionalidad alemana, aunque nadie mencionó el tema. El posadero no lograba
reponerse de tanta excitación. Al asistente le costó un gran esfuerzo que nos
ofreciera algo de comer: espagueti con huevos. Tras esperar mucho rato, el
asistente tuvo que ir a echar un vistazo a la cocina:
—Las mujeres están tan nerviosas que no pueden ver
si los espagueti están hechos o no.
Mientras tanto, en el exterior se habían ido
reuniendo miles de personas que llamaban a Hitler a gritos.
—Ojalá ya los hubiéramos dejado atrás… —dijo.
Lentamente, y bajo una lluvia de flores, alcanzamos
el portal medieval de la ciudad. Unos jóvenes lo cerraron ante nuestros ojos,
mientras los niños se subían al pescante. Hitler tuvo que repartir autógrafos,
y sólo después le abrieron la puerta. Todos se reían y Hitler reía con ellos.
En el campo, en todas partes, los campesinos
dejaban lo que estaban haciendo y las mujeres saludaban con la mano. Era una
marcha triunfal. Mientras el automóvil seguía avanzando, Hitler se dio la
vuelta para mirarme y me dijo:
—Hasta ahora sólo un alemán ha sido celebrado de
esta forma: ¡Lutero! Cuando recorría el país, las gentes acudían en masa a
verlo y agasajarlo. ¡Igual que hoy a mí!
Aquella gran popularidad era más que comprensible:
la opinión pública le atribuía en exclusiva los éxitos obtenidos en economía y
en política exterior, y veían cada vez más en él al hombre capaz de hacer
realidad el arraigado anhelo de una Alemania poderosa, segura de sí misma y
unida. Los desconfiados eran una pequeña minoría. Y quien se veía asaltado
ocasionalmente por alguna duda, se tranquilizaba pensando en aquellos éxitos y
en el respeto de que también gozaba el régimen en el extranjero, en general mucho
más objetivo.
Durante aquel delirio de ovaciones de la población
rural, que también a mí me fascinó, hubo uno en nuestro coche que se mostró
crítico: Schreck, el chófer, que llevaba muchos años al servicio de Hitler. Yo
oía fragmentos de la conversación: «… están descontentos por…, la gente del
Partido se ha envanecido…, engreídos, olvidan de dónde vienen…». Tras su
temprana muerte, en el despacho privado que Hitler tenía en el Obersalzberg
colgaban juntos un retrato al óleo de Schreck y otro de la madre de Hitler; [18] sin embargo, no había ninguna imagen del padre.
Poco antes de llegar a Bayreuth, Hitler cambió de
coche y subió solo a un pequeño Mercedes cerrado que conducía su fotógrafo
particular, Hofmann. Así llegó sin ser reconocido a la villa Wahnfried, donde
le estaba esperando la señora Winifred Wagner. Nosotros nos dirigimos al
cercano balneario de Berneck, donde Hitler acostumbraba pasar la noche cuando
viajaba de Munich a Berlín en automóvil. En ocho horas sólo habíamos logrado
recorrer 21 o kilómetros.
Cuando supe que no irían a buscar a Hitler a la
villa Wahnfried hasta muy entrada la noche, se me planteó un dilema, pues a la
mañana siguiente el viaje debía proseguir hacia Nüremberg, y era muy posible
que al llegar allí Hitler estableciera el programa de las obras de acuerdo con
los deseos de la administración municipal. Si esta lograba imponerse,
prácticamente no habría ninguna posibilidad de que mi proyecto fuera tenido en
cuenta, pues a Hitler le desagradaba revocar sus decisiones. Schreck era el único
que lo vería aquella misma noche. Le expliqué mi planificación de los terrenos
del Congreso del Partido; me prometió mencionársela a Hitler durante el viaje
y, en caso de que reaccionara de forma positiva, entregarle mis bocetos.
A la mañana siguiente, poco antes de partir, Hitler
me llamó.
—Estoy de acuerdo con su proyecto. Hablaremos hoy
mismo de él con el alcalde Liebel.
Dos años después, al hablar con un alcalde, Hitler
habría ido directamente al grano y le habría dicho algo como: « ¡Aquí está el
plano de los terrenos del Congreso y así queremos que se haga!». Pero en
aquella época, en el año 1935, todavía no se sentía con tanta autoridad y
necesitó una hora de explicaciones preparatorias antes de mostrar mi boceto.
Desde luego, al alcalde le pareció extraordinario, pues como antiguo miembro
del Partido había sido preparado para adoptar una actitud de aprobación.
Después de elogiar mi idea, Hitler empezó a tantear
de nuevo el terreno: el proyecto implicaba el traslado del parque de Nüremberg.
— ¿Podemos hacerles esto a los nuremburgueses? Sé
que le tienen mucho cariño. Naturalmente, les pagaremos uno nuevo, aún más
bonito.
El alcalde, que al mismo tiempo era un buen
defensor de los intereses de su ciudad, le contestó:
—Habrá que convocar a los accionistas; intentar,
quizá, comprarles las acciones… Hitler se mostró conforme con todo. Una vez
fuera, Liebel, frotándose las manos, dijo a uno de sus colaboradores:
— ¿Por qué se ha pasado el Führer tanto
rato tratando de convencerme? Claro que le damos el parque; tendremos uno nuevo
y, de todos modos, el viejo ya no sirve. Tendrá que ser el más hermoso del
mundo. Al fin y al cabo, nos lo van a pagar.
Así pues, los habitantes de Nüremberg consiguieron,
al menos, un parque nuevo; fue lo único que pudo realizarse de todo aquel
proyecto.
Aquel mismo día nos dirigimos en tren a Munich. El
asistente Brückner me llamó por la noche:
— ¡Que el diablo se los lleve a usted y a sus
proyectos! ¿No podía haber esperado? El Führer no ha pegado
ojo en toda la noche. ¡La próxima vez haga usted el favor de consultarme antes!
* * * *
Para la realización de aquel proyecto se creó una
Mancomunidad para las Instalaciones de los Congresos del Partido del Reich en
Nüremberg, de cuya financiación se hizo cargo, muy en contra de su voluntad, el
ministro de Hacienda del Reich. Dejándose llevar por una extravagante
inspiración, Hitler nombró presidente del organismo a Kerrl, ministro de Cultos
del Reich; Bormann, que de este modo obtenía por primera vez un cargo oficial
de importancia fuera de la secretaría del Partido, sería su portavoz.
La instalación completa suponía unas obras cuyo
coste total se elevaba a unos setecientos u ochocientos millones de marcos, que
equivaldrían a unos tres mil millones de marcos actuales: ocho años más tarde,
yo gastaría en cuatro días esa cantidad en armamento. El complejo, que incluía
instalaciones para alojar a los que asistirían a los congresos, tenía una
extensión aproximada de 16,5 km2. Por cierto que ya en la época de
Guillermo II se había previsto levantar en aquel lugar un «centro de
celebración de fiestas nacionales alemanas» de 2.000 por 600 metros. [19]
Dos años después de ser aprobado por Hitler, la
maqueta de aquel proyecto se mostró en la Exposición Universal de París de
1937, donde fue distinguida con el Grand Prix. En el extremo sur se encontraba
el Campo de Marzo, cuyo nombre, además de hacer referencia al dios de la
guerra, tenía también por objeto recordar el mes en que Hitler había implantado
el servicio militar obligatorio. La Wehrmacht efectuaría ejercicios de combate,
es decir, pequeñas maniobras militares, en aquellos extensísimos terrenos, que
ocupaban una superficie de 1.050 por 700 metros. El grandioso recinto del
palacio de los reyes Darío I y Jerjes, en Persépolis, del siglo V a.C, tenía
sólo una extensión de 450 por 275 metros. Las tribunas tendrían catorce metros
de altura, para abarcar con la vista todo el perímetro, y darían cabida a
160.000 espectadores. Veinticuatro torres de más de cuarenta metros de altura
iban a subdividir rítmicamente las tribunas, y en el centro destacaría una
tribuna de honor, coronada por una escultura femenina. En el año 64, Nerón hizo
levantar en el Capitolio una figura colosal de 36 metros de altura; la de la
Estatua de la Libertad de Nueva York mide 46 metros: nuestra figura sería
catorce metros más alta.
Por el norte, en dirección al antiguo palacio
nuremburgués de los Hohenzollern, que se podía ver a lo lejos, el Campo de
Marzo se abría en una avenida de dos kilómetros de longitud y ochenta metros de
anchura. Se había previsto que la Wehrmacht desfilara por ella ante Hitler en
secciones de unos cincuenta metros de ancho. La avenida se terminó antes de la
guerra y se revistió de gruesas losas de granito que debían resistir también el
peso de los tanques. La superficie había sido raspada para que las botas de los
soldados no resbalaran durante los desfiles. A mano derecha se alzaba una
escalinata desde la que Hitler, rodeado de su generalato, presidiría las
demostraciones. Frente a ella había una columnata en la que debían izarse las
banderas de los regimientos.
Esta columnata, de sólo dieciocho metros de altura,
debía dar relevancia al «gran estadio» que sobresaldría tras ella, para el que
Hitler había establecido una capacidad de 400.000 espectadores. La mayor
instalación comparable de la historia era el Circo Máximo de Roma, que podía
acoger a entre 150.000 y 200.000 personas, mientras que los estadios modernos
tenían por entonces su límite en los 100.000 espectadores.
La pirámide de Keops, levantada hacia el año 2.500
a. C, tiene, con sus 230 metros de longitud y 146 metros de altura, un volumen
de 2.570.000 m 3. Por tanto, el estadio de Nüremberg, de 550
metros de longitud por 460 metros de anchura y un volumen edificado de
8.500.000 m3 , prácticamente lo habría triplicado. [20] El estadio había de ser, con mucho, la obra más grande en su
terreno y una de las más imponentes de la historia. Para que pudiera acoger al
número previsto de espectadores, se hicieron unos cálculos que dieron como
resultado que el borde del estadio tendría que elevarse casi cien metros. Darle
forma de óvalo habría sido una solución inadecuada, pues habría generado una
caldera que no sólo habría aumentado el calor, sino que seguramente también
habría provocado una sensación psíquica de opresión. Por eso elegí la forma de
herradura del estadio de Atenas. En una pendiente de inclinación parecida,
cuyas desigualdades compensamos mediante una construcción de madera, estudiamos
si desde las gradas superiores sería posible ver las manifestaciones
deportivas; el resultado fue mejor de lo que yo había supuesto.
Calculamos que el estadio de Nüremberg costaría de
200 a 250 millones de marcos, es decir, según los precios actuales de la
construcción, cerca de mil millones de marcos. Hitler no puso ninguna objeción:
—Es menos de lo que cuestan dos acorazados del tipo
Bismarck. Y un acorazado puede ser destruido en un instante; en cualquier caso,
en menos de diez años ya es chatarra. Sin embargo, esta obra perdurará durante
siglos. Cuando el ministro de Hacienda le pregunte cuánto costará todo esto,
eluda usted la respuesta. Dígale que aún no se tiene experiencia en proyectos
de tal magnitud.
Se encargó granito por valor de unos cuantos
millones de marcos, rojo claro para las fachadas y blanco para la tribuna de
los espectadores. En el lugar donde debía levantarse la obra se excavó para los
cimientos un hoyo descomunal que durante la guerra se convirtió en un lago
pintoresco que permitía intuir las dimensiones de la construcción.
Al norte del estadio, la avenida para los desfiles
pasaba por encima de un estanque en el que debían reflejarse las edificaciones,
y terminaba abriéndose en una plaza, limitada a la derecha por la Sala de
Congresos, que sigue existiendo, y a la izquierda por un «auditorio cultural»
en el que Hitler pronunciaría sus discursos. La Sala de Congresos había sido
diseñada en 1933 por el arquitecto Ludwig Ruff; aparte de ella, Hitler me
nombró arquitecto de todas las obras del Campo de Congresos del Partido. Me dejó
las manos libres en cuanto a los planos y a la realización, y desde entonces
acudía cada año a colocar alguna primera piedra. Es verdad que aquellas
«primeras piedras» se llevaban acto seguido al almacén municipal, donde habrían
de esperar hasta que el conjunto hubiera progresado lo suficiente para ser
colocadas en el sitio que les correspondía. Durante la colocación de la primera
piedra del estadio, el 9 de septiembre de 1937, Hitler me estrechó solemnemente
la mano delante de todos los jerarcas del Partido allí reunidos:
— ¡Este es el día más grande de su vida! Quizá
entonces yo ya me sintiera algo escéptico, pues le contesté diciendo:
—No, hoy no, Mein Führer, sino cuando
la obra esté terminada.
* * * *
A comienzos de 1939, Hitler trató de justificar
ante unos albañiles las dimensiones de su estilo arquitectónico con estas
palabras:
— ¿Por qué siempre lo más grande? Lo hago para
devolver a cada ciudadano alemán la confianza en sí mismo. Para poder decir a
cada individuo, en cientos de campos distintos: nosotros no somos inferiores,
al contrario, estamos a la altura de cualquier otro pueblo. [21]
No se debe atribuir única y exclusivamente a la
forma de gobierno esta tendencia al gigantismo. La riqueza adquirida con
rapidez desempeña un papel tan importante como la necesidad de demostrar las
propias fuerzas, no importa por qué motivo. Por eso encontramos las mayores
construcciones de la Antigüedad griega en las islas sicilianas y en Asia Menor.
Puede que eso haya tenido algo que ver con el hecho de que la constitución de
las ciudades fuera determinada por un solo soberano; pero incluso en la Atenas
de Pericles, la estatua de la diosa Atenea esculpida por Fidias tenía doce
metros de altura. Además, varias de las siete maravillas del mundo han
adquirido popularidad mundial precisamente a causa de su extraordinaria
magnitud: el templo de Artemisa en Éfeso, el Mausoleo de Halicarnaso, el Coloso
de Rodas o el Zeus olímpico de Fidias.
Sin embargo, el gusto de Hitler por lo descomunal
iba más allá de lo que estaba dispuesto a confesar a aquellos obreros: lo más
grande debía glorificar su obra y aumentar su confianza en sí mismo. La
erección de aquellos monumentos debía servir para anunciar su deseo de dominar
el mundo mucho antes de que se atreviese a comunicárselo a su entorno más
íntimo.
También yo me sentí embriagado por la idea de crear
testimonios históricos de piedra con ayuda de planos, dinero y empresas
constructoras, para poder anticipar con ellos una aspiración milenaria. Me
sentí tan excitado como Hitler al poderle demostrar que, al menos en lo
referente al tamaño, habíamos superado las principales construcciones
históricas. Pero en tales ocasiones Hitler nunca manifestaba en voz alta su
entusiasmo. Escatimaba las grandes palabras. Quizá en aquellos momentos se
sintiera sobrecogido por cierto temeroso respeto; no obstante, le gustaba la
imagen de su propia grandeza, generada a una orden suya y proyectada hacia la
eternidad.
* * * *
En el mismo Congreso del Partido de 1937 en que
Hitler colocó la primera piedra del estadio, concluyó su discurso con esta
frase: «Finalmente, la nación alemana ha conseguido su Imperio germánico».
Brückner, el asistente de Hitler, contó durante el almuerzo que se celebró a
continuación que en aquel momento el mariscal Von Blomberg había llorado de
emoción. A Hitler le pareció que aprobaba plenamente el significado fundamental
de sus palabras.
En aquella época se habló mucho de que aquella
frase misteriosa abría una nueva etapa política. Yo sabía poco más o menos cuál
era la intención de Hitler al pronunciarla, pues por la misma época me retuvo
un día inesperadamente en la escalera de su casa, dejando que pasaran los demás
acompañantes.
—Vamos a crear un gran Imperio. Reuniremos a todos
los pueblos germánicos, desde Noruega hasta el norte de Italia. Soy yo quien
debe conseguirlo. ¡Ojalá conserve la salud! —me dijo.
Esta formulación todavía era relativamente
contenida. En primavera de 1937, Hitler me visitó en mis locales de exposición
de Berlín. Nos hallábamos solos ante la maqueta del estadio destinado a 400.000
espectadores, de más de dos metros de altura. La habíamos montado exactamente a
la altura de los ojos y presentaba todos los detalles que habría de tener en el
futuro. La iluminaban unos potentes proyectores, por lo que, con un poco de
fantasía, nos podíamos imaginar a la perfección el efecto que causaría. Los
planos estaban colgados en unos tableros que había al lado de la maqueta.
Hitler centró en ellos su atención. Hablamos de los Juegos Olímpicos. Le
advertí una vez más de que mi campo de deportes no tenía las dimensiones
olímpicas reglamentarias. A lo que Hitler respondió, sin cambiar de tono, como
si se tratara de algo natural e indiscutible:
—Eso no importa. En 1940 los Juegos Olímpicos
todavía se celebrarán en Tokio. Pero después van a celebrarse en Alemania para
siempre, en este estadio. Y entonces seremos nosotros quienes determinemos
cuánto ha de medir el campo de deportes.
De acuerdo con nuestro meticuloso plan de trabajo,
el estadio debía estar concluido para el Congreso del Partido de 1945…
Capítulo VI
El mayor encargo
Hitler se paseaba intranquilo arriba y abajo por el
jardín del Obersalzberg.
—Realmente, no sé qué hacer. Se trata de una
decisión difícil. De buena gana me aliaría con los ingleses, pero a lo largo de
la historia han demostrado muchas veces que no son de fiar. Si me pongo de su
parte, nuestras relaciones con Italia habrán terminado para siempre. Después
los ingleses me darán de lado y nos encontraremos nadando entre dos aguas.
Así solía expresarse en otoño de 1935 en su círculo
íntimo, que, como siempre, lo había acompañado al Obersalzberg. Por aquellos
días, mediante bombardeos masivos, Mussolini había comenzado sus avances en
Abisinia; el negus había huido y se había proclamado un nuevo Imperio romano.
Desde que su visita oficial a Italia en junio de
1934 resultara tan poco exitosa, Hitler sentía desconfianza, si no hacia
Mussolini, sí, en cambio, hacia los italianos y su política. Ahora, sumido en
la duda, recordó el testamento político de Hindenburg, según el cual Alemania
jamás debía marchar de nuevo al lado de Italia. Bajo la dirección de
Inglaterra, la Sociedad de Naciones iba a imponer sanciones económicas a
Italia. Era el momento, opinaba Hitler, de inclinarse de una vez por todas por
los ingleses o por los italianos. Se trataba de una decisión muy seria. Al
igual que repetiría más tarde con frecuencia, decía estar dispuesto a
garantizar su imperio a los ingleses a cambio de un acuerdo global. Sin
embargo, las circunstancias no le dejaban elección. Lo forzaban a optar por
Mussolini. No le resultó fácil elegir, a pesar de la afinidad ideológica y de
la relación personal que habían iniciado. Días después, Hitler seguía
manifestando su pesar por haberse visto obligado a dar aquel paso, y se mostró
muy aliviado cuando, unas semanas después, resultó que las sanciones impuestas
a Italia respetaban a este país en puntos decisivos. Hitler pensó que ni
Francia ni Inglaterra querían correr ningún riesgo. Lo que más adelante
parecería una demostración de soberbia no fue sino el resultado de tales
experiencias. Según concluyó Hitler entonces, los gobiernos occidentales se
habían mostrado débiles e indecisos.
Esta opinión se vio reforzada cuando, el 7 de marzo
de 1936, las tropas alemanas penetraron en la Renania desmilitarizada. Esto
suponía una flagrante violación de los acuerdos de Locarno y habría justificado
la contraofensiva militar de las potencias implicadas. Hitler esperó, nervioso,
las primeras reacciones. Todos los compartimentos del vagón especial en que
viajamos a Munich en el atardecer de aquel día rebosaban una atmósfera de
tremenda tensión que surgía de la cabina que ocupaba el Führer. En
una de las estaciones se hizo llegar una noticia al vagón y Hitler respiró
aliviado:
— ¡Por fin! El rey de Inglaterra no interviene.
Mantiene su palabra. Entonces, todo irá bien.
La reacción de Hitler delataba su desconocimiento
del escaso margen que la Constitución inglesa dejaba a la Corona frente al
Parlamento y al Gobierno. Con todo, es verdad que una intervención militar
habría requerido posiblemente la anuencia del rey; quizá Hitler se refería a
esto. De todos modos, estuvo muy preocupado y tiempo después, cuando ya se
hallaba en guerra con casi todo el mundo, siguió calificando su entrada en
Renania como la más osada de todas sus empresas.
—No teníamos un ejército digno de tal nombre: ni si
quiera habríamos podido imponernos a Polonia. Si los franceses se hubieran
puesto serios, nos habrían vencido fácilmente. Nuestra resistencia habría
estado en las últimas en un par de días. Y nuestras fuerzas aéreas eran poco
menos que ridículas: sólo teníamos algunos Ju 52 de la Lufthansa, y ni siquiera
disponíamos de bastantes bombas para esos aparatos.
Después de la abdicación del rey Eduardo VIII, más
tarde duque de Windsor, volvió a hablar con frecuencia de la supuesta
comprensión que sentía aquel hombre por la Alemania nacionalsocialista:
—Estoy seguro de que con él habríamos podido
establecer unas relaciones cordiales y duraderas con Inglaterra. Todo habría
sido distinto. Su abdicación fue una dura pérdida para nosotros.
Estas observaciones iban acompañadas de otras sobre
oscuros poderes, enemigos de Alemania, que decidían el curso de la política
británica. Su aflicción por no haber llegado a un entendimiento con Inglaterra
fue una constante durante todos los años en que ejerció el poder. Este
sentimiento aumentó todavía más cuando el duque de Windsor y su esposa
visitaron a Hitler en el Obersalzberg el 22 de octubre de 1937; al parecer, se
expresaron favorablemente sobre los logros del Tercer Reich.
Algunos meses después de la impune entrada del
ejército alemán en Renania, Hitler se alegró de la atmósfera de armonía que
reinó durante los Juegos Olímpicos. Era evidente que el descontento
internacional se había disipado ya. Hitler dio instrucciones de transmitir a
las numerosas celebridades extranjeras la impresión de una Alemania llena de
sentimientos pacíficos, siguió con gran excitación las competiciones deportivas
y, mientras que cualquier éxito alemán inesperado —y fueron muchos— lo hacía
feliz, reaccionó con gran enojo ante la serie de victorias obtenidas por el
fabuloso corredor norteamericano de color Jesse Owens. Los hombres cuyos
antepasados procedían de la selva eran seres primitivos, de constitución más
atlética que la civilizada raza blanca, opinaba encogiéndose de hombros. Por lo
tanto, no constituían unos rivales justos y en el futuro habría que excluirlos
de las competiciones deportivas. Lo que más impresionó a Hitler fue el júbilo
frenético de los berlineses durante la entrada solemne en el estadio olímpico
del equipo francés, que desfiló frente a la tribuna de honor de Hitler con la
mano en alto, desatando el entusiasmo espontáneo de muchos espectadores. En
aquel prolongado aplauso del público, Hitler olfateó una voz popular impulsada
por el anhelo de paz y de entendimiento con el país vecino. Si interpreto
acertadamente lo que observé en aquella ocasión, creo que Hitler se sintió más
intranquilo que satisfecho por aquella explosión de júbilo.
* * * *
En primavera de 1936 Hitler inspeccionó conmigo un
sector de la autopista. Mientras hablábamos dejó caer la siguiente observación:
—Tengo que encargarle otra obra. Será la mayor de
todas.
La cosa quedó en esta insinuación. No me dijo nada
más.
Es cierto que a veces esbozaba algunas ideas
respecto a la remodelación de Berlín, pero hasta junio no me mostró un plano
del centro de la ciudad:
—He explicado largamente y con todo detalle al
alcalde por qué esta nueva calle ha de tener 120 metros de anchura, y ahora
resulta que me dibuja una de sólo noventa metros.
Algunas semanas más tarde el alcalde, el doctor
Lippert, antiguo camarada del Partido y redactor jefe del periódico
berlinés Angriff, fue citado de nuevo. Pero nada había cambiado y
la calle seguía teniendo sus noventa metros. Lippert sentía poco entusiasmo por
los proyectos de Hitler. Al principio este se mostró sólo un poco molesto;
opinaba que Lippert era un hombre de miras estrechas, incapaz de regir una
ciudad cosmopolita y aún más de comprender la trascendencia histórica del papel
que el destino le había reservado. Sin embargo, con el tiempo sus observaciones
fueron subiendo de tono:
—Lippert es un incapaz; un idiota, un fracasado, un
cero a la izquierda.
Lo sorprendente era que Hitler jamás expresara su
descontento en presencia del alcalde, y que tampoco intentara convencerlo
nunca. A veces tengo la impresión de que ya entonces rehuía el fatigoso
cometido de dar explicaciones. Cuatro años después, tras un paseo desde la
residencia de montaña a la casa de té durante el cual había vuelto a expresar
su irritación sobre Lippert, llamó a Goebbels y le ordenó de manera categórica
que destituyera al alcalde.
Hasta el verano de 1936, la intención de Hitler fue
que la administración municipal se hiciera cargo de los proyectos de Berlín.
Pero entonces me ordenó presentarme y, sin rodeos y sin la menor solemnidad, me
hizo el encargo:
—No hay nada que hacer con esta ciudad. A partir de
ahora, será usted quien se ocupe de ella. Llévese este dibujo. Cuando tenga
algo terminado, enséñemelo. Ya sabe que para estas cosas siempre tengo tiempo.
Hitler me explicó que la idea de una vía de gran
amplitud se le había ocurrido en los años veinte, después de estudiar unos
planos de Berlín que le parecieron poco satisfactorios. [22] Ya entonces había adoptado la resolución de trasladar las
estaciones de Anhalt y Potsdam al sur del aeródromo de Tempelhof; eso liberaría
la zona que las amplias instalaciones viarias ocupaban en el centro de la
ciudad y, con unos pocos derribos y partiendo de la Siegesallee, daría lugar a
una magnífica vía de cinco kilómetros de longitud, flanqueada por edificios
representativos.
Todas las escalas constructivas de Berlín iban a
ser inmensamente superadas por dos edificaciones que Hitler pretendía levantar
en la nueva calle monumental. En el extremo norte, cerca del Reichstag, preveía
una gigantesca sala de reuniones, coronada por una cúpula de 250 metros de
diámetro, en la que habría cabido varias veces la basílica romana de San Pedro.
En el interior, la superficie abovedada libre sería de unos 38.000 m 2,
que darían cabida a más de 150.000 personas de pie.
Durante las primeras conversaciones que tuvimos al
respecto, cuando nuestras reflexiones urbanísticas estaban todavía en sus
comienzos, Hitler creyó tener que explicarme que las dimensiones de aquel tipo
de salas tenían que decidirse de acuerdo con las ideas de la Edad Media. Me
dijo, por ejemplo, que la catedral de Ulm tenía una superficie de 2.500 m 2,
a pesar de que cuando se comenzó a edificar, en el siglo XIV, Ulm sólo tenía
15.000 habitantes, incluidos niños y ancianos.
—Así pues, nunca pudieron llenar el sitio. En
comparación, una sala en la que quepan 150.000 personas resulta incluso pequeña
para una ciudad como Berlín, que cuenta con varios millones de habitantes.
A cierta distancia de la estación del sur, Hitler,
como polo opuesto a esta sala, pretendía erigir un arco de triunfo cuya altura
había fijado en 120 metros.
—Será un digno monumento a nuestros muertos en la
Gran Guerra. Grabaremos en granito el nombre de cada uno de nuestros 1.800.000
caídos. El mísero monumento que ha levantado la República en Berlín es una
vergüenza. ¡Menuda deshonra para una gran nación!
Entonces me entregó dos bocetos que había dibujado
en unas tarjetas.
—Son de hace diez años. Los conservo porque siempre
he estado seguro de llegar a construirlos algún día. Y eso es lo que haremos
ahora.
La comparación con el tamaño de las personas
dibujadas demostraba, me explicó Hitler, que ya entonces había previsto una
cúpula con un diámetro de más de doscientos metros y un arco de triunfo con una
altura de más de cien. Lo más asombroso de todo no eran aquellas enormes
dimensiones, sino la obsesión que lo había llevado a planear aquellas
monumentales construcciones cuando aún no podía tener ninguna esperanza de que
pudieran hacerse realidad. Y actualmente me parece más bien intranquilizador
que en plena época de paz, mientras hablaba de su voluntad de entendimiento,
comenzara a hacer realidad esos proyectos, que reflejaban claramente sus
aspiraciones belicistas de dominio hegemónico.
—Berlín es una gran ciudad, pero no una ciudad
cosmopolita. ¡Mire usted París, la ciudad más hermosa del mundo, o la misma
Viena! ¡Son verdaderas ciudades! Sin embargo, Berlín no es más que un
desordenado montón de edificaciones. Tenemos que superar a París y a Viena
—opinaba en las numerosas conversaciones que comenzaron entonces, que
generalmente tenían lugar en la Cancillería del Reich. Antes de empezarlas, los
demás tenían que alejarse.
Hitler había estudiado con detenimiento los planos
de Viena y París años atrás, y durante nuestras discusiones acudían a su
memoria toda clase de detalles. Admiraba de Viena la creación urbanística que
había supuesto la Ringstrasse, con sus grandes edificaciones, el Ayuntamiento,
el Parlamento, la Sala de Conciertos o el Palacio Imperial y los museos. Hitler
era capaz de reproducir a escala esa parte de la ciudad y había aprendido que
los grandes edificios representativos, al igual que los monumentos, debían
proyectarse de modo que todos sus lados fueran visibles. Admiraba aquella clase
de construcciones, aunque no respondieran exactamente a su gusto, como ocurría,
por ejemplo, con el Ayuntamiento neogótico:
—Aquí Viena queda dignamente representada. En
cambio, mire usted el Ayuntamiento de Berlín. Tendremos uno más bonito que
Viena, puede usted estar seguro de ello.
Aún lo impresionaban más las grandes avenidas y los
nuevos bulevares que Georges E. Haussmann construyó en París entre 1853 y 1870,
que habían costado 2.500 millones de francos oro. Tenía a Haussmann por uno de
los grandes urbanistas de la historia, pero esperaba que yo lo superaría. Los
largos años de lucha de Haussmann hacían temer a Hitler que también sus
proyectos para Berlín tropezarían con resistencias. Sólo con su autoridad,
decía, conseguiría imponerse. No obstante, al principio empleó una argucia para
ganarse a la reticente administración municipal, que consideraba que los planes
de Hitler, una vez quedó claro que el Ayuntamiento tendría que correr con los
considerables gastos que suponía la apertura y construcción de las calles,
instalaciones públicas y vías rápidas, eran un obsequio funesto.
—Vamos a dedicarnos un tiempo a hacer proyectos
para construir una nueva capital a orillas del Müritzsee, en Mecklemburgo. Ya
verá cómo se despiertan los berlineses, en cuanto olfateen el peligro de que el
Gobierno del Reich se traslade a otro lugar —opinaba Hitler.
En efecto, bastaron algunas insinuaciones de este
tipo para que los ediles de la ciudad se mostraran dispuestos a correr con los
gastos de la planificación urbanística. Con todo, durante algunos meses Hitler
se sintió atraído por la idea de construir un «Washington» alemán, e imaginaba
el modo de construir una «ciudad ideal» a partir de la nada. Pero al final lo
rechazó:
—Las capitales edificadas artificialmente siempre
han estado muertas. Piense usted en Washington o en Canberra. Tampoco hay vida
en Karlsruhe, pues los anquilosados funcionarios viven allí encerrados en su
propio círculo.
En relación con este episodio, aún hoy no sabría
decir si Hitler estaba representando una comedia ante mí o si alguna vez pensó
en serio en aquel proyecto.
El punto de partida de sus ideas urbanísticas para
Berlín eran los dos kilómetros de largo de los Campos Elíseos parisinos y su
Are de Triomphe, de cincuenta metros de altura, construido por Napoleón I en
1805. De aquí procedía también su modelo del «Gran Arco», así como su opinión
respecto a la anchura de la calle:
—Los Campos Elíseos tienen cien metros de ancho.
Desde luego, nuestra calle será veinte metros mayor. Cuando el Gran Elector de
Brandemburgo, un hombre de grandes miras, construyó en el siglo XVIII la
avenida Unter der Linden, de sesenta metros de anchura, podía imaginar tan poco
el tráfico actual como Haussmann cuando proyectó los Campos Elíseos.
Para poner en práctica sus proyectos, Hitler, a
través del subsecretario Lammers, promulgó un decreto por el que se me
concedían amplios poderes y se me ponía directamente bajo sus órdenes. El
ministro del Interior, el alcalde de Berlín y el jefe regional Goebbels no
tendrían ninguna autoridad sobre mí. Hitler me dispensó de la obligación de
informar de mis proyectos a la ciudad y al Partido. [23] Cuando le manifesté mi deseo de que se me permitiera realizar
también este proyecto en calidad de arquitecto independiente, se mostró de
acuerdo enseguida. El subsecretario Lammers dio con una figura legal que tenía
en cuenta la aversión de Hitler hacia el funcionariado. Mi departamento no
adquirió carácter oficial, sino que fue considerado un gran instituto de
investigación independiente.
Hitler me confió oficialmente «el mayor encargo» el
30 de enero de 1937. Pasó mucho tiempo buscando una denominación altisonante
que inspirara respeto, hasta que Funk encontró la solución, «Inspector General
de Edificación de la Capital del Reich». Al entregarme el acta de nombramiento
se mostró casi tímido, lo que resulta muy revelador respecto a su actitud hacia
mí. Me la puso en la mano después del almuerzo y me dijo:
—Que le vaya bien.
Interpretando generosamente mi contrato, a partir
de aquel momento me correspondía el rango de un Secretario de Estado del
Gobierno del Reich. Así pues, a los treinta y dos años de edad ocupé junto al
doctor Todt la tercera fila de los escaños gubernamentales, podía sentarme en
el extremo de la mesa durante los banquetes oficiales y recibía automáticamente
de cada visitante oficial extranjero una bonita condecoración acorde a mi
categoría. Tenía asignado un sueldo de mil quinientos marcos mensuales, lo que era
una suma insignificante en comparación con los honorarios que recibía como
arquitecto.
En febrero de aquel mismo año, Hitler ordenó sin
ambages al ministro de Educación que cediera a mi departamento —abreviado con
las siglas GBI, correspondientes a la primera parte de mi título, Generalbauinspektor—
el venerable edificio de la Academia de Bellas Artes, sito en la Pariser Platz,
al que podía acceder sin ser visto pasando por los jardines ministeriales. No
tardó en frecuentar ese camino.
La idea urbanizadora de Hitler tenía una desventaja
considerable: no la había pensado hasta el final. Estaba empeñado en su
proyecto de unos «Campos Elíseos berlineses» que tuvieran dos veces y media la
longitud del original parisino y no tenía en absoluto en cuenta la estructura
de una ciudad de cuatro millones de habitantes. Para un urbanista, una calle de
tal naturaleza sólo tendría sentido como núcleo de una nueva ordenación. Para
Hitler, en cambio, era un elemento de esplendor decorativo y constituía un fin
en sí mismo. Tampoco solucionaba el problema de los ferrocarriles berlineses.
La gigantesca cuña que formaba el trazado de las vías, que dividía la ciudad en
dos, tan solo se desplazaría algunos kilómetros al sur.
El doctor Leibbrand, director general del
Ministerio de Transportes y proyectista en jefe de la red ferroviaria del
Reich, vio en los planes de Hitler la posibilidad de llevar a cabo una gran
reforma de toda la red viaria de la capital. Y juntos encontramos una solución
que quizá fuera la ideal: debían añadirse dos vías a la línea de circunvalación
de Berlín, para que pudiera incorporar el tráfico de largo recorrido. De ese
modo, habría dos estaciones centrales, una en el norte y otra en el sur, lo que
permitiría prescindir de las numerosas terminales berlinesas (las de Lehrt,
Anhalt y Potsdam). Se calculó que el coste de las nuevas instalaciones
ferroviarias sería de entre mil y dos mil millones de marcos. [24]
El nuevo trazado nos permitía continuar la nueva
calle hacia el sur, a través de la antigua instalación ferroviaria, y obtener,
a sólo cinco kilómetros del corazón de la ciudad, una gran superficie libre en
la que podríamos construir una zona residencial para 400.000 personas. [25] Hacia el norte, la eliminación de la estación de Lehrt también
hacía posible prolongar el recorrido de la calle y urbanizar nuevos terrenos.
Sin embargo, ni Hitler ni yo queríamos renunciar a la Gran Sala que debía
rematar la magnífica avenida; la gigantesca plaza que habría ante ella
permanecería cerrada al tráfico. El aspecto representativo dominó sobre las
necesidades del tráfico norte-sur, cuya fluidez quedó así notablemente
afectada.
Resultaba natural que la Heerstrasse, que tenía
sesenta metros de anchura y se dirigía al Oeste, se alargara en dirección Este.
El proyecto fue parcialmente realizado después de 1945, cuando se prolongó la
antigua Frankfurter Allee. Al igual que el eje norte-sur, habría de llegar
hasta su terminación natural, la autopista de circunvalación, con objeto de
abrir nuevos terrenos urbanizables también al este de Berlín; de esta forma
podríamos duplicar el número de habitantes de la ciudad a pesar del simultáneo saneamiento
del casco antiguo. [26]
Ambos ejes estarían rodeados de elevados edificios
comerciales y de oficinas, que se escalonarían hacia ambos lados en estructuras
cada vez más bajas, hasta pasar finalmente a una zona de casas particulares
rodeada de espacios verdes. Con este sistema esperaba evitar el
estrangulamiento del centro de la ciudad por las tradicionales zonas
urbanizadas, que lo cercan en forma de anillo. Este sistema, resultado forzoso
de mi estructura axial, llevaba radialmente las zonas verdes casi hasta el
mismo centro de la ciudad.
Al otro lado de la autopista, en los cuatro
extremos de la cruz formada por los nuevos ejes, se reservaron terrenos para
construir sendos aeropuertos comerciales. Además, estaba previsto emplear el
lago Rangsdorfer como superficie de amaraje para hidroaviones, pues, según se
creía entonces, estos prometían cubrir un radio de acción cada vez mayor. El
aeródromo de Tempelhof, ubicado muy cerca del centro del nuevo plan
urbanístico, sería clausurado y transformado en un parque de atracciones que
seguiría el modelo del Tívoli de Copenhague. Pensábamos que en un futuro más
lejano la cruz axial sería completada por cinco anillos de circunvalación y
diecisiete calles radiales, de sesenta metros de ancho cada una; sin embargo,
al principio nos limitamos a establecer nuevas alineaciones. Para enlazar la
cruz axial y una parte de los anillos, proyectamos vías subterráneas rápidas
que aliviarían el tráfico callejero. Al Oeste, limitando con el estadio
olímpico, se levantaría un nuevo distrito universitario, pues la mayoría de las
instalaciones de la antigua Universidad Friedrich-Wilhelm, situada en Unter den
Linden, eran demasiado viejos y se encontraban en un estado lamentable. Al
norte se extendería, a continuación, un nuevo distrito médico, provisto de
hospitales, laboratorios y academias. También las orillas del río Spree entre
la isla de los museos y el Reichstag, una zona muy descuidada de la ciudad,
llena de depósitos de chatarra y pequeñas fábricas, habrían de ser
reorganizadas para acoger las ampliaciones y los anexos de los museos de
Berlín.
Al otro lado del anillo que formaba la autopista se
había previsto habilitar unas zonas recreativas que ya estaban siendo
reforestadas por un funcionario designado para este fin, quien estaba
transformando los característicos pinares de Brandemburgo en bosques frondosos.
Siguiendo el ejemplo del Bois de Boulogne, también el Grunewald habría de
disponer de senderos, lugares de recreo, restaurantes e instalaciones
deportivas para los millones de habitantes de la capital del Reich. Hice
plantar allí decenas de miles de árboles frondosos, para recuperar el viejo
bosque mixto que había talado Federico el Grande para financiar las guerras de
Silesia. Lo único que ha quedado del gigantesco plan de reorganización de
Berlín son estos árboles.
A medida que trabajábamos en él, el primitivo
proyecto de Hitler de una grandiosa avenida había ido generando un nuevo
concepto de urbanismo. Comparada con aquella amplia reordenación, la idea
inicial resultaba insignificante. Al menos en lo que se refiere a los planes
urbanísticos, yo había superado con creces las ideas de grandeza de Hitler, y
eso era algo que debió de ocurrirle muy pocas veces en su vida. Aceptaba sin
vacilar todas las ampliaciones y me dejaba las manos libres, pero no era capaz
de entusiasmarse por esta parte de la planificación. Es verdad que lo examinaba
todo, aunque muy por encima, y al cabo de unos minutos preguntaba, aburrido:
— ¿Dónde tiene usted los nuevos planos de la gran
avenida?
Con ello seguía refiriéndose a la parte central de
la magnífica avenida que había exigido inicialmente. Después disfrutaba
hablando de los Ministerios, de los edificios administrativos de las grandes
firmas alemanas, de un nuevo teatro de ópera, de hoteles de lujo y de grandes
centros recreativos, y yo disfrutaba con él. Sin embargo, para mí la
planificación general estaba al mismo nivel que los edificios representativos;
para Hitler, no. Su pasión por las construcciones eternas lo llevaba a
desinteresarse por completo de las infraestructuras viarias y de las zonas
residenciales y verdes: la dimensión social le era indiferente.
Hess, por el contrario, únicamente se interesaba
por la construcción de viviendas y apenas prestaba atención a la parte
representativa de nuestra planificación. Al final de una de sus visitas me
manifestó sus reservas a ese respecto. Le prometí que por cada ladrillo que
pusiera para la construcción de los edificios representativos pondría otro para
las viviendas. Cuando Hitler se enteró, se mostró desagradablemente sorprendido
y habló de la urgencia de lo que él pretendía; sin embargo, no anuló nuestro acuerdo.
* * * *
Al contrario de lo que se suele suponer, yo no era
el arquitecto en jefe de Hitler, a quien debieran subordinarse todos los demás.
A los arquitectos encargados de la reforma de Munich y Linz se les otorgaron
poderes semejantes a los míos. Con el tiempo, Hitler fue empleando a un número
cada vez mayor de arquitectos, a los que encargaba cometidos especiales; antes
de la guerra debieron de ser diez o doce.
Durante nuestras deliberaciones se ponía de
manifiesto la capacidad de Hitler para comprender rápidamente un proyecto y
hacerse una idea espacial a partir de la planta y los alzados. A pesar de todos
los asuntos de Estado, y aunque muchas veces se ocupaba de más de diez grandes
obras en distintas ciudades, se familiarizaba enseguida con los planos y
lograba recordar los cambios que había exigido; los que contaban con que Hitler
habría olvidado alguna sugerencia o petición se llevaban un desengaño.
Por lo general, en las entrevistas se mostraba
reservado y discreto. Cuando proponía alguna modificación, lo hacía siempre con
gran amabilidad y sin ningún matiz hiriente: nunca recurría al tono autoritario
que empleaba con sus colaboradores políticos. Convencido de la responsabilidad
de los arquitectos respecto a su obra, procuraba que fuera el arquitecto y no
el jefe regional o nacional que lo acompañaba quien tomara la palabra. No
quería que ninguna autoridad incompetente se entrometiera en las explicaciones.
Cuando se oponía a alguna idea de Hitler otra distinta, no insistía en absoluto
en que prevaleciera su voluntad:
—Sí, tiene usted razón, así está mejor.
Así, también yo tuve la sensación de ser el
responsable de todo lo que diseñaba bajo las órdenes de Hitler. A menudo
teníamos diferencias de opinión, pero no puedo recordar ningún caso en que a
mí, como arquitecto, me obligara a aceptar su criterio. A esta relación
relativamente igualitaria entre arquitecto y constructor se debe que más
adelante, siendo ministro de Armamentos, actuara con mayor independencia que la
mayoría de ministros y mariscales.
Hitler sólo reaccionaba con terquedad y sin
compasión cuando percibía una oposición muda y fundamental. Así, el profesor
Bonatz, maestro de toda una generación de arquitectos, no volvió a recibir
ningún encargo después de criticar las obras de Troost en la Königsplatz de
Munich. Ni siquiera Todt se atrevió a sugerir que Bonatz construyera algunos
puentes en la autopista. Sólo cuando pedí a la señora Troost, la viuda del
respetado profesor, que intercediera por él, Bonatz recuperó la gracia de
Hitler.
— ¿Por qué no va a construir puentes? —dijo aquella
dama—. Al fin y al cabo, para las construcciones técnicas es muy bueno.
Sus palabras tuvieron peso suficiente y Bonatz
construyó puentes en la autopista.
Hitler aseguraba una y otra vez:
— ¡Cuánto me habría gustado ser arquitecto! —Pero
entonces yo no tendría contratista —le respondía a veces.
— ¡Bah! Usted se habría impuesto siempre
—replicaba.
A veces me pregunto si Hitler no habría
interrumpido su carrera política en el caso de haber encontrado a un
contratista acaudalado a principios de los años veinte. Sin embargo, creo que
en el fondo su conciencia de tener una misión política y su pasión por la
arquitectura eran inseparables. Esto lo demuestran precisamente los dos bocetos
que dibujó hacia 1925 el político casi fracasado que era entonces, a los
treinta y seis años de edad, y que conservó con la intención, al parecer
absurda, de coronar algún día sus éxitos como estadista con arcos de triunfo y
grandes cúpulas.
El Comité Olímpico Alemán se encontró en una
situación desagradable cuando Hitler hizo que el secretario de Estado del
Ministerio del Interior, Pfundtner, le mostrara los primeros planos del nuevo
estadio. Otto March, el arquitecto, había proyectado una construcción de
hormigón armado y cristal, parecida al estadio de Viena. Después de la visita,
Hitler regresó colérico y excitado a su domicilio, donde me había citado para
examinar algunos planos. Sin más preámbulos, hizo comunicar al secretario de
Estado que había que cancelar los Juegos Olímpicos. Después de todo, no podían
celebrarse sin su presencia, pues el jefe del Estado tenía que inaugurarlos,
pero él no iba a pisar jamás semejante caja moderna de cristal. Durante la
noche hice un diseño para revestir la estructura con piedra natural y suprimir
el acristalamiento, y Hitler quedó satisfecho. El se ocupó de financiar el
gasto suplementario, el profesor March aprobó la reforma, y la celebración de
los Juegos Olímpicos de Berlín quedó a salvo. Con todo, no me quedó muy claro
si habría llegado a cumplir su amenaza o si esta era sólo la expresión de
aquélla terquedad con la que solía imponer su voluntad.
Hitler también rechazó bruscamente participar en la
Exposición Universal de París de 1937, a pesar de que la invitación ya había
sido aceptada y ya estaba decidido el lugar en que se construiría el pabellón
alemán, porque no le agradó ninguno de los anteproyectos. En vista de ello, el
Ministerio de Economía me pidió que realizara uno. El pabellón alemán y el
soviético debían levantarse uno frente al otro, lo que constituía una agudeza
intencionada de la dirección francesa de la exposición. Casualmente, durante
una visita por París me extravié y fui a entrar en el sitio donde estaba
expuesto el proyecto del pabellón soviético, que se mantenía en secreto: sobre
un podio de gran altura, un grupo de figuras de diez metros de alto parecía
encaminarse triunfalmente hacia el pabellón alemán. En consecuencia, diseñé una
masa cúbica, estructurada en pesados pilares, que parecía hacer frente al
asalto, mientras que desde la cornisa de la torre un águila con la esvástica
entre las garras miraba con desprecio al grupo ruso. Aquella construcción me
procuró una medalla de oro, al igual que a mi colega soviético.
Durante la comida inaugural de nuestro pabellón me
encontré con el embajador francés en Berlín, André François-Poncet. Me propuso
que mostrara mis trabajos en París y que a cambio se realizara en Berlín una
exposición dedicada a la moderna pintura francesa. La arquitectura francesa se
había quedado rezagada, me dijo, «pero en pintura ustedes aún pueden aprender
de nosotros». En la primera ocasión que tuve, informé a Hitler de aquella
propuesta, que me ofrecía la posibilidad de darme a conocer internacionalmente.
Hitler guardó silencio ante lo que para él era una observación desagradable, lo
cual en principio no implicaba rechazo ni asentimiento, pero excluía la
posibilidad de volver a hablarle jamás del asunto.
Durante los días que permanecí en París vi el
Palais de Chaillot y el Palais des Musées d'Art Moderne, así como el Musée des
Travaux Publiques, todavía en construcción, que había sido diseñado por el
célebre vanguardista Auguste Perret. Me dejó perplejo que también Francia
tendiera hacia el neoclasicismo en sus construcciones representativas.
Posteriormente se ha afirmado con frecuencia que este es el estilo
característico de la construcción oficial de los Estados totalitarios, pero eso
no es verdad en absoluto. Es, más bien, una característica de la época, que
marcó tanto las ciudades de Washington, Londres o París como las de Roma, Moscú
o nuestros proyectos para Berlín. [27]
Tras procurarnos algunas divisas francesas, mi
esposa y yo viajamos por Francia en automóvil en compañía de algunos amigos.
Avanzábamos despacio en dirección sur, visitando palacios y catedrales, y
llegamos a la enorme fortificación de Carcasona, que nos hizo sentir
románticos, a pesar de que sólo se trataba de una de las instalaciones bélicas
más funcionales de la Edad Media, el equivalente de la época a los refugios
atómicos actuales. En el hotel del castillo descubrimos un vino tinto francés
añejo y nos propusimos disfrutar unos días más de la paz de la región, pero esa
misma noche me llamaron por teléfono. En aquel apartado rincón, y teniendo en
cuenta que nadie conocía nuestra ruta, me había sentido a resguardo de las
llamadas de los asistentes de Hitler.
Sin embargo, la policía francesa, por razones de
seguridad y control, había seguido nuestro itinerario. En cualquier caso,
enseguida pudo responder a la consulta que se le hacía desde el Obersalzberg y
comunicó dónde nos encontrábamos. El asistente Brückner estaba al aparato:
—Mañana al mediodía tiene que ir a ver al Führer.
A mi objeción de que sólo para el viaje de regreso
ya necesitaba dos días y medio, contestó:
—Mañana por la tarde se celebrará aquí una
conferencia, y el Führer exige que esté usted presente.
Insinué una vez más una débil protesta.
—Un momento… El Führer sabe dónde
se encuentra usted, pero aun así tiene que estar aquí mañana.
Me sentí desgraciado, enojado y perplejo. Hablé por
teléfono con el piloto de Hitler, quien me hizo saber que su avión especial no
podía aterrizar en Francia, aunque me dijo que se ocuparía de reservarme una
plaza en un avión de carga alemán que, procedente de África, haría escala en
Marsella a las seis de la mañana; el avión especial de Hitler me llevaría desde
Stuttgart al aeropuerto de Ainring, cerca de Berchtesgaden.
Aquella misma noche nos pusimos en camino hacia
Marsella, vimos durante algunos minutos, a la luz de la luna, las
construcciones romanas de Arles, que habían sido el verdadero objeto de nuestro
viaje, y a las dos de la madrugada llegamos a un hotel de Marsella. Tres horas
después nos dirigimos al aeropuerto, y por la tarde, tal como me habían
ordenado, me presenté ante Hitler en el Obersalzberg.
—No sabe cuánto lo siento, señor Speer, pero he
aplazado la conferencia. Quería saber su opinión sobre la construcción de un
puente colgante cerca de Hamburgo. El doctor Todt se disponía a presentarle
aquel mismo día el proyecto de un puente gigantesco, cuyas dimensiones
superarían las del Golden Gate de San Francisco. Pero como no estaba previsto
que la obra se iniciara hasta los años cuarenta, Hitler bien me habría podido
conceder una semana más de vacaciones.
En otra ocasión había huido con mi esposa a
Zugspitze y me vi alcanzado por la habitual llamada telefónica del asistente:
—Tiene que venir a ver al Führer.
Comida en el Osteria mañana al mediodía.
Y cortó de manera tajante todas mis objeciones:
—No, es urgente.
En el Osteria, Hitler me saludó con estas palabras:
—Qué bien que venga usted a comer. ¿Cómo, lo han
mandado a buscar? Si lo único que hice ayer fue preguntar: «Por cierto, ¿dónde
está Speer?». Pero le está bien empleado, ¿sabe usted? ¿Por qué tiene que andar
esquiando?
Von Neurath demostró tener más agallas. Una vez
que, a altas horas de la noche, Hitler dijo a su asistente: «Quiero hablar con
el ministro de Asuntos Exteriores», tras la conversación telefónica obtuvo la
siguiente respuesta:
—El ministro de Asuntos Exteriores ya se ha
retirado a descansar.
—Si yo quiero hablar con él, que lo despierten.
Nueva llamada, y el asistente regresó compungido:
—El señor ministro de Asuntos Exteriores me encarga
que le diga que estará a su disposición mañana temprano, pero que ahora se
encuentra cansado y desea dormir.
Es verdad que frente a semejante firmeza Hitler
optaba por ceder, pero en tales casos no sólo estaba de mal humor durante el
resto de la noche, sino que nunca olvidaba esos arranques de independencia y se
vengaba a la primera ocasión.
Capítulo VII
Obersalzberg
Todo aquel que dispone de poder, tanto si dirige
una empresa como un Gobierno —o una dictadura—, se encuentra ante un conflicto
permanente. El deseo de obtener sus favores puede hacer que los que están a sus
órdenes se degraden para conseguirlos. Sin embargo, los que lo rodean no corren
sólo el riesgo de corromperse hasta convertirse en cortesanos, sino se hallan
también expuestos a la tentación de degradar a su vez al poderoso mostrándole
de forma manifiesta su sumisión.
La valía del poderoso se refleja entonces en su
forma de reaccionar ante esta permanente influencia. Puedo dar fe de la
conducta de una serie de industriales y militares que supieron librarse de la
tentación que aquella supone. Cuando se ha ejercido el poder durante
generaciones, no es raro encontrar incluso una cierta incorruptibilidad
hereditaria. En el entorno de Hitler sólo unos pocos, como Fritz Todt, lograron
resistirse a las tentaciones cortesanas. El propio Hitler, en cambio, no
ofrecía ninguna resistencia apreciable ante ellas.
Sobre todo a partir de 1937, las limitaciones que
comportaba su modo de ejercer el mando llevaron a Hitler a un aislamiento cada
vez mayor. A esto había que añadir su incapacidad para establecer contactos
personales. En aquella época, en su círculo íntimo comentábamos a veces cierta
transformación que cada día se hacía más patente. Heinrich Hofmann acababa de
reeditar su libro El Hitler que nadie conoce, ha antigua edición
había sido retirada de la venta a causa de una fotografía en la que se veía a
Hitler en actitud amistosa con Röhm, al que había hecho asesinar. Hitler eligió
personalmente las fotografías de la nueva edición, que mostraban a un hombre
corriente, jovial y nada afectado. Se lo veía en pantalones cortos de cuero, en
la barca de remos, tumbado en un prado, haciendo excursiones, rodeado de
jóvenes entusiastas o en el estudio de algún artista. Siempre aparecía
relajado, complaciente y accesible. El libro, que se convirtió en el mayor
éxito de Hofmann, estaba ya superado cuando apareció, pues aquel Hitler al que
también yo conocí a principios de los años treinta se había convertido en un
déspota distante y solitario incluso para su entorno más cercano.
* * * *
En un apartado valle de montaña de los Alpes
bávaros, el Ostertal, había encontrado una pequeña casa de cazadores lo
bastante espaciosa para instalar algunos tableros de dibujo y alojar, aunque
con alguna estrechez, a mi familia y a algunos colaboradores. En la primavera
de 1935 trabajamos allí en mis proyectos para Berlín. Fue una época feliz,
dedicada al trabajo y a la familia; sin embargo, un día cometí un gran error:
hablé a Hitler de aquella situación idílica.
—Pero si conmigo podría estar muchísimo mejor.
Pongo a disposición de su familia la casa Bechstein. [28] En la galería acristalada tendrá sitio de sobra para su despacho.
A fines de mayo de 1937 tuvimos que abandonar
también aquella casa y trasladarnos a un edificio que Bormann había hecho
construir por orden de Hitler sobre unos planos míos. Eso hizo que, junto a
Hitler, Göering y Bormann, yo fuera el cuarto morador del Obersalzberg.
Naturalmente, me alegraba que se me hubiera
destacado de una manera tan manifiesta y haber sido acogido en el círculo
íntimo de Hitler. Sin embargo, no tardé en comprobar que no se trataba de un
cambio precisamente ventajoso. Desde el solitario valle de montaña fuimos a
parar a unos terrenos rodeados por una gran alambrada; para acceder a ellos
había que atravesar dos puertas de control. Me recordaba los cercados para
animales salvajes; siempre había curiosos que trataban de ver a alguna de las
personalidades que residían en la montaña.
Bormann era el verdadero señor del Obersalzberg.
Compró las centenarias haciendas rurales de la zona coaccionando a los
propietarios y ordenó demolerlas, e hizo derribar también las numerosas cruces
consagradas de los caminos, lo que levantó las protestas de la parroquia.
También se adueñó de las zonas forestales del Estado, de modo que el terreno
llegó a abarcar una superficie de siete kilómetros cuadrados que se extendía
desde una montaña situada casi a 1.900 metros de altura hasta el valle, 600
metros más abajo. La cerca que rodeaba el recinto interior mediría unos tres
kilómetros, mientras que la exterior debía de tener unos catorce. Bormann, sin
la menor sensibilidad por la naturaleza virgen, atravesó aquel maravilloso
paisaje con una red de carreteras; los senderos del bosque, hasta entonces
cubiertos de agujas de abeto, se convirtieron en paseos asfaltados. Con la
misma rapidez que en una zona termal que de pronto se pone de moda, fueron
surgiendo un cuartel, un garaje, un hotel para los invitados de Hitler, una
nueva finca y una colonia para el número cada vez mayor de empleados. Se
adosaban barracones a las pendientes de la montaña para alojar a los cientos de
obreros de la construcción, los camiones que transportaban los materiales
recorrían las carreteras, por las noches se iluminaban las obras
artificialmente, pues se trabajaba en dos turnos, y de vez en cuando las
detonaciones resonaban por el valle.
En la cumbre de la montaña privada de Hitler,
Bormann construyó una casa lujosamente amueblada en estilo transatlántico
dotado de cierto aire rural. Se llegaba a ella por una carretera de tendido
audaz que desembocaba en un ascensor abierto en la roca. Sólo en aquel acceso a
la casa, que Hitler utilizó en contadas ocasiones, Bormann gastó entre veinte y
treinta millones de marcos. En el entorno de Hitler había espíritus burlones
que comentaban:
—Aquí todo se hace como en una ciudad de buscadores
de oro. Sólo que, en vez de encontrar oro, Bormann lo tira por la ventana.
Aunque Hitler lamentaba aquel ajetreo, decía:
—Es cosa de Bormann y yo no me quiero entrometer.
Y en otra ocasión dijo:
—Cuando todo esté terminado, me buscaré un valle
tranquilo y volveré a construir una casita de madera como la primera.
Pero aquello no se acababa nunca. Bormann siempre
tenía nuevas ideas, y cuando al final estalló la guerra comenzó a construir
alojamientos subterráneos para Hitler y su séquito.
La obra gigantesca que se realizó en la montaña, y
a pesar de sus críticas ocasionales por todo aquel dispendio, era
característica de la transformación que se había operado en el estilo de vida
de Hitler, y también de su tendencia a aislarse más y más del resto del mundo.
No se puede explicar sólo por su temor a sufrir atentados, pues casi todos los
días permitía que miles de personas penetraran en el recinto para expresarle su
adhesión. Su escolta consideraba que esto era aún más peligroso que los paseos improvisados
por los senderos públicos de montaña.
En verano de 1935, Hitler decidió ampliar su
modesta casa de montaña para convertirla en el monumental Berghof, un palacio
de montaña. El mismo costeó las obras, lo cual no era más que un simple gesto,
pues Bormann gastó en las edificaciones adjuntas unas sumas que no tenían ni
punto de comparación con las invertidas por Hitler.
Hitler no se limitó a esbozar los planos del
Berghof, sino que me pidió prestados mesas y reglas de dibujo y otros útiles
para trazar la planta, los alzados y las secciones de su obra; no quiso que
nadie le ayudara a hacerlo. Sólo se ocupó con el mismo esmero de otros dos
diseños: la nueva bandera de guerra del Reich y su propio estandarte de jefe de
Estado.
Mientras que los arquitectos suelen llevar al papel
las ideas más diversas y tratan de desarrollar la mejor solución a partir
ellas, Hitler, intuitivamente y sin grandes vacilaciones, consideraba acertado
lo primero que se le ocurría, y después sólo trataba de eliminar con pequeños
retoques los defectos más evidentes.
La casa anterior se conservó junto a la nueva. Las
dos viviendas se comunicaban por una gran abertura, lo que daba lugar a una
planta que resultaba muy poco práctica para recibir a los visitantes oficiales.
Su escolta tenía que contentarse con un vestíbulo poco acogedor que daba acceso
a los lavabos, la escalera y el gran comedor.
Cuando Hitler tenía una reunión, sus invitados eran
desterrados al piso superior; sin embargo, como la escalera daba a la sala de
estar, si uno quería salir de la casa para dar un paseo tenía que preguntar a
un vigilante si podía atravesar aquella habitación, en la que había una gran
ventana abatible, con vistas al Untersberg, a Berchtesgaden y a Salzburgo, que
constituía el orgullo de Hitler. Su inspiración había dispuesto que el garaje
quedara bajo esa ventana y, cuando el viento era desfavorable, un intenso olor
a gasolina llenaba la sala. El plano de aquella casa habría sido rechazado en
cualquier curso de la Escuela Técnica Superior. Por otra parte, eran
precisamente esos defectos los que daban una fuerte nota personal al Berghof:
conservaba el sistema rudimentario de la antigua casa de veraneo, sólo que
llevado a dimensiones gigantescas.
Se sobrepasaron ampliamente todos los presupuestos
y Hitler tuvo algunos apuros económicos:
—He gastado todo lo que ingresé por mi libro.
Aunque le pedí a Amann un anticipo de unos cientos de miles de marcos, Bormann
me ha dicho hoy que el dinero no alcanza. La editorial me ha ofrecido pagarme
más si dejo que publiquen mi segundo libro, el de 1928. [29] Sin embargo, estoy contentísimo de no haberlo sacado a la calle.
¡Cuántas dificultades políticas me causaría ahora! Eso sí, de un solo golpe me
vería libre de esta situación. Sólo en concepto de anticipo, Amann me ha
prometido un millón, Y ahí estaba él, prisionero voluntario, con la mirada
puesta en el Untersberg, donde algún día, según dice la leyenda, el emperador
Carlomagno, ahora dormido, despertará para crear un Imperio como el de los
antiguos tiempos de esplendor. Naturalmente, Hitler relacionaba la leyenda
consigo mismo:
—Vea usted el Untersberg, ahí delante. No es
ninguna casualidad que mi residencia esté justo enfrente.
* * * *
Su actividad como constructor en el Obersalzberg no
era lo único que unía a Bormann con Hitler; al contrario, supo hacerse también
imprescindible como administrador de sus ingresos. Incluso los asistentes
personales de Hitler dependían de Bormann, al igual que Eva Braun, según me
confesó ella abiertamente, pues Hitler le había encargado que atendiera a sus
necesidades, que eran bastante modestas.
Hitler elogiaba la habilidad financiera de Bormann.
En una ocasión contó que este, durante el duro año 1932, había conseguido un
gran beneficio para el Partido al establecer un seguro obligatorio de
accidentes de trabajo. Los ingresos de esta caja auxiliar fueron bastante
mayores que los gastos, y el excedente se dedicó a otros fines. También
tuvieron su mérito los recursos que ideó, a partir de 1933, para acabar de una
vez por todas con las preocupaciones económicas de Hitler. Encontró dos fuentes
abundantes: junto con Hofmann, el fotógrafo de Hitler, y su amigo Ohnesorge,
ministro de Comunicaciones, se le ocurrió que el hecho de figurar en los sellos
de correos generaba unos derechos de imagen que tenían un valor monetario.
Aunque este representaba un porcentaje mínimo sobre las ventas, como la efigie
de Hitler aparecía en toda clase de valores, terminaron fluyendo a su bolsillo
millones de marcos que Bormann se encargaba de administrar.
Por otra parte, Bormann creó la «Contribución Adolf
Hitler de la Industria alemana». Los empresarios, que se habían visto muy
favorecidos por la prosperidad económica, fueron invitados sin rodeos a
demostrar su reconocimiento al Führer por medio de donativos
voluntarios. Sin embargo, como otros altos funcionarios habían tenido ya la
misma idea, Bormann se hizo con un decreto que le aseguraba el monopolio de
aquella clase de donativos, aunque fue lo bastante inteligente para entregar
una parte, por «encargo del Führer», a los distintos dignatarios
del Partido, y casi todos recibieron gratificaciones procedentes de aquel
fondo. A pesar de que estas eran insignificantes respecto al nivel de vida de
los jefes nacionales y regionales, Bormann consiguió más poder que algunos
cargos de la jerarquía gracias a ellas.
A partir de 1934, con su tenacidad característica,
Bormann siguió otro sencillo principio: estar siempre lo más cerca posible de
la fuente del favor y de la gracia. Acompañaba a Hitler al Berghof, iba con él
de viaje y permanecía a su lado hasta altas horas de la madrugada cuando estaba
en la Cancillería. Bormann se convirtió así en un secretario diligente que
acabó siendo imprescindible. Parecía mostrarse obsequioso con todos y casi todo
el mundo recurría a él, tanto por las prerrogativas que había ido adquiriendo
como por la impresión que daba de actuar como intermediario de forma totalmente
desinteresada, sólo en beneficio de Hitler. A Rudolf Hess, su inmediato
superior, también le resultaba cómodo saber a este colaborador suyo cerca de
Hitler.
Ya en aquella época, los que gozaban de algún poder
se enfrentaban envidiosos unos a otros, como diadocos que se prepararan para
suceder al emperador; muy pronto se produjeron frecuentes luchas entre
Goebbels, Göering, Rosenberg, Ley, Himmler, Ribbentrop y Hess por mejorar su
posición; únicamente Röhm se había quedado en el camino, y Hess iba a perder
pronto su influencia. Sin embargo, ninguno de ellos se dio cuenta del peligro
que representaba para todos el infatigable Bormann. Había conseguido que lo consideraran
insignificante y había construido su bastión sin que nadie lo notara. Incluso
entre tantos dignatarios sin conciencia, Bormann destacaba por su brutalidad y
su falta de sentimientos; carente de ninguna clase de formación que le
impusiera límites, siempre hacía cumplir lo que Hitler había ordenado o lo que
él mismo quería deducir de sus insinuaciones. Subalterno por naturaleza,
trataba a sus inferiores como si fueran vacas y bueyes; era un campesino.
Yo evitaba a Bormann; no nos gustamos nunca, aunque
nos tratábamos correctamente, tal como lo exigía la atmósfera del Obersalzberg.
A excepción de mi propio despacho, nunca proyecté ninguna obra para él.
Hitler recalcaba con frecuencia que la casa de la
montaña le daba la tranquilidad interior y la seguridad que necesitaba para
tomar sus sorprendentes decisiones. Redactó allí sus principales discursos, y
era digno de atención ver cómo los preparaba. Así, antes de los congresos del
Partido en Nüremberg, Hitler se retiraba unas semanas en el Obersalzberg para
preparar sus largos parlamentos. La fecha se iba acercando cada vez más; sus
asistentes lo apremiaban para que comenzase a dictar y lo mantenían apartado de
todo, incluso de los planos y los visitantes, con el fin de que nada lo
distrajera. Pero Hitler dejaba siempre aquella tarea para la semana siguiente,
luego para otro día, y la cumplía de mala gana cuando finalmente el tiempo se
acababa. Por lo general, entonces ya era demasiado tarde para preparar todos
los discursos, y tenía que dedicarse a hacerlos por la noche, una vez iniciado
el Congreso, para recuperar el tiempo que había dilapidado en el Obersalzberg.
A mí me parecía que Hitler necesitaba aquella
presión para crear; que, a su manera de artista bohemio, despreciaba toda
disciplina laboral y no quería o no podía obligarse a trabajar de manera
regular. Dejaba madurar el contenido de sus discursos o sus pensamientos
durante aquellas semanas de inactividad aparente, hasta que sus reflexiones se
volcaban como un alud sobre sus partidarios o interlocutores.
* * * *
El traslado desde nuestro valle de montaña al
Obersalzberg resultó perjudicial para mi trabajo. Que el día transcurriera
siempre igual resultaba fastidioso, que el círculo de Hitler fuera siempre el
mismo— y que fuera el mismo que acostumbraba encontrarse en Munich y reunirse
en Berlín— era aburrido. La única diferencia respecto a Berlín y Munich
consistía en que en el Obersalzberg estaban también las esposas, además de dos
o tres secretarias y Eva Braun.
Hitler solía aparecer bastante tarde en la planta
baja, alrededor de las once, se ponía a leer las noticias de la prensa, recibía
algunos informes de Bormann y adoptaba las primeras decisiones. Su jornada
propiamente dicha comenzaba con un prolongado almuerzo. Los invitados se
reunían en la antesala. Hitler elegía entonces a la mujer a la que acompañaría
aquel día a la mesa, mientras que desde 1938 Bormann tuvo el privilegio de
llevar del brazo a Eva Braun, quien acostumbraba sentarse a la izquierda de Hitler,
lo que era demostración inequívoca de su posición predominante en la corte. El
comedor era la mezcla de rusticidad artística y elegancia urbana que suele
encontrarse en las casas de campo de las personas acomodadas procedentes de la
ciudad. Las paredes y el techo estaban revestidos de madera clara de alerce y
las butacas, tapizadas de tafilete rojo. Los platos eran simplemente blancos.
La cubertería de plata con el monograma de Hitler era idéntica a la de Berlín.
Las discretas decoraciones florales siempre merecían la aprobación de Hitler.
Se comía sopa, un plato de carne y postre, todo ello preparado en el mejor
estilo casero, y se bebía Fachinger o vino embotellado; los criados, que
llevaban chaleco blanco y pantalones negros, pertenecían al Cuerpo de Escolta
de las SS. Se sentaban a la mesa, cuya longitud impedía mantener una
conversación general, unas veinte personas. Hitler se situaba en el centro,
frente a la ventana. Charlaba con quien tuviera enfrente, posición para la que
elegía cada día a una persona distinta, o con sus compañeras de mesa.
Poco después del almuerzo se formaba una comitiva
que se dirigía a la casa de té. El camino era tan estrecho que sólo podíamos ir
de dos en dos, por lo que aquello parecía una procesión. A la cabeza, y a
cierta distancia, iban dos funcionarios del Servicio de Seguridad, Hitler los
seguía con su interlocutor y tras ellos caminaba el resto de los comensales,
seguidos a su vez por otros vigilantes. Los dos perros pastores de Hitler se
dedicaban a retozar y no hacían ningún caso de las órdenes de su amo; eran los
únicos que se oponían a él en toda la corte. Para enojo de Bormann, no había
día en que Hitler no utilizara ese camino, por el que había que andar una media
hora, despreciando los senderos asfaltados del bosque.
La casa de té había sido construida en uno de los
miradores favoritos de Hitler, desde el que se podía ver todo el valle del
Berchtesgaden. El séquito elogiaba el panorama utilizando una y otra vez las
mismas expresiones. Hitler asentía con palabras siempre parecidas. La casa de
té disponía de una habitación circular de unos ocho metros de diámetro, de
proporciones agradables, provista de chimenea y de varias ventanas. La gente se
reunía en cómodos sillones alrededor de una mesa redonda, y de nuevo se sentaban
Eva Braun y otra de las señoras a cada lado de Hitler. Los comensales que no
encontraban sitio se dirigían a un pequeño cuarto contiguo. Se servía té, café
o chocolate, según las preferencias de cada cual, así como diversas clases de
tartas, pasteles y bollos, y después alguna copa. Allí, en la mesa del café,
Hitler gustaba de perderse en monólogos interminables sobre temas que los
presentes ya solían conocer, por lo que se limitaban a simular atención. El
mismo Hitler se dormía a veces durante sus monólogos; entonces los demás
conversaban en voz baja, esperando que se despertara a tiempo para cenar. Todo
quedaba en casa.
Al cabo de aproximadamente unas dos horas —es
decir, hacia las seis—, la hora del té se daba por concluida. Entonces Hitler
se ponía en pie y el cortejo de peregrinos se dirigía al lugar donde los
esperaba una columna de automóviles, a unos veinte minutos de allí. De nuevo en
el Berghof, Hitler solía dirigirse enseguida a las habitaciones del piso
superior, y el séquito se disolvía. Bormann, seguido por los malignos
comentarios de Eva Braun, desaparecía muchas veces en la habitación de una de
las secretarias más jóvenes.
La cena tenía lugar dos horas más tarde, y en ella
se observaba exactamente el mismo ritual que al mediodía. Hitler se dirigía
después a la sala de estar, seguido una vez más por la misma compañía, siempre
invariable.
La sala había sido decorada por el estudio de
Troost con sobriedad, aunque los muebles eran de grandes dimensiones: un
armario de más de tres metros de alto y cinco de ancho en el que se guardaban
los documentos que declaraban a Hitler ciudadano honorario de uno u otro sitio
y los discos; una gran vitrina de cristal de estilo clasicista; un enorme reloj
de péndulo, rematado por un águila de bronce que parecía protegerlo. Ante el
gran ventanal había una mesa de seis metros de largo en la que Hitler acostumbraba
sentarse a firmar documentos y, más tarde, a estudiar los mapas de la situación
militar. Había dos grupos de asientos tapizados de rojo: uno de ellos estaba
dispuesto en torno a una chimenea, en una parte del aposento que quedaba
separada del resto por tres escalones; el otro, cerca de la ventana, rodeaba
una mesa redonda cubierta con un cristal que protegía el tablero de madera. La
cabina de proyección, cuyos orificios quedaban ocultos por un gobelino, estaba
detrás de este grupo de asientos; en la pared de enfrente había una enorme
cómoda sobre la cual se erigía un gran busto de bronce de Richard Wagner, obra
de Amo Breker, y otro gobelino, que aquí ocultaba la pantalla cinematográfica.
Las paredes estaban cubiertas por grandes cuadros al óleo: una dama con el
pecho descubierto atribuida a Bordone, discípulo de Tiziano; un desnudo en
posición yacente que se suponía obra del propio Tiziano; la Nana de Feuerbach
en una versión especialmente hermosa; un paisaje primitivo de Spitzweg; unas
ruinas romanas pintadas por Pannini y, sorprendentemente, una especie de
retablo del nazareno Eduard von Steinle que representaba al rey Enrique, el
fundador de ciudades. Sin embargo, no se veía ningún Grützner. De vez en cuando
Hitler dejaba caer que había pagado todos aquellos cuadros de su propio
bolsillo.
Nos sentábamos en el sofá o en los sillones de uno
de los grupos de asientos; entonces se levantaban los dos gobelinos y con las
películas, que en los días de Berlín ocupaban la totalidad de la velada,
comenzaba la segunda parte de la noche. Después nos reuníamos alrededor de la
gigantesca chimenea. Seis u ocho personas, como si estuviéramos en fila, nos
sentábamos en un largo, incómodo y profundo sofá, mientras que Hitler,
flanqueado de nuevo por Eva Braun y alguna de las señoras, tomaba asiento en
cómodos sillones. La inadecuada disposición de los muebles hacía que el grupo
quedara tan extendido que era imposible mantener una conversación general. Cada
cual se dirigía en voz baja a su vecino. Hitler hablaba de cosas
intrascendentes con las dos mujeres que lo acompañaban o bien cuchicheaba con
Eva Braun, a la que a veces cogía de la mano. Sin embargo, a menudo permanecía
en silencio, con la mirada pensativa fija en el fuego de la chimenea; entonces
los invitados enmudecían, para no estorbar sus importantes reflexiones.
A veces se comentaban las películas. Hitler solía
juzgar las interpretaciones femeninas, mientras que Eva Braun opinaba sobre las
masculinas. Nadie se tomaba el esfuerzo de elevar el nivel de aquella charla
trivial para, por ejemplo, decir algo sobre las nuevas formas de expresión del
director. Bien es verdad que las películas tampoco daban ocasión de hacerlo,
pues eran sobre todo de entretenimiento, mientras que los experimentos
cinematográficos de la época, como la película sobre Miguel Ángel de Curt Ortel,
no se exhibieron nunca, al menos en mi presencia. A veces Bormann se dedicaba a
menoscabar discretamente el prestigio de Goebbels, responsable de la producción
cinematográfica alemana. Por ejemplo, hizo observaciones burlonas sobre el
hecho de que hubiera puesto trabas a la película El jarrón roto, en
la que el papel del cojo juez rural Adam que interpretaba Emil Jannings lo
parodiaba. Hitler la vio con sarcástico placer y mandó que se repusiera en el
mayor cine de Berlín. Sin embargo, y eso era típico de la falta de autoridad a
menudo sorprendente de Hitler, durante mucho tiempo aquella orden no se
cumplió, aunque Bormann no cejó en su empeño hasta que Hitler mostró su enojo e
hizo ver claramente a Goebbels que sus órdenes debían ser obedecidas.
Hitler suprimió más tarde, durante la guerra,
aquellas sesiones cinematográficas nocturnas, pues, según dijo, quería
renunciar a su distracción favorita para «solidarizarse con los sacrificios de
los soldados». En su lugar se pusieron discos. Sin embargo, y a pesar de la
magnífica colección que poseía, el interés de Hitler siempre se inclinaba por
la misma música. No le decía nada lo barroco ni lo clásico, la música de cámara
ni las sinfonías. En su lugar, siguiendo un orden que pronto quedó firmemente establecido,
gustaba de oír algunos fragmentos brillantes de las óperas de Wagner y, a
continuación, operetas. Y nada más. Hitler cifraba su ambición en adivinar las
cantantes y se alegraba cuando, como solía suceder, daba con el nombre
correcto.
Para animar aquellas insípidas veladas nocturnas se
escanciaba champaña, que tras la ocupación de Francia fue de una marca barata
procedente del saqueo; las mejores se las quedaron Göering y sus oficiales de
la Luftwaffe. A partir de la una de la madrugada siempre había alguien que, aun
haciendo grandes esfuerzos por contenerse, no podía reprimir los bostezos. No
obstante, la velada se prolongaba al menos otra hora, con toda su monótona y
fatigosa vacuidad, hasta que, por fin, Eva Braun intercambiaba unas palabras
con Adolf Hitler y se retiraba al piso de arriba. El propio Hitler no se ponía
en pie para despedirse hasta un cuarto de hora después. Aquellas horas
paralizantes solían ir seguidas de un rato de relajada reunión de quienes, como
si se sintieran liberados, se quedaban todavía con el champaña y el coñac.
Regresábamos a casa a primeras horas de la
madrugada, muertos de cansancio de tanto no hacer nada. Al cabo de algunos días
me acometía lo que yo llamaba entonces el «mal de montaña»; es decir, me sentía
agotado y vacío a causa de la continua pérdida de tiempo. Sólo podía ocuparme
de los planos con mis colaboradores cuando alguna reunión interrumpía la
ociosidad de Hitler. Como huésped permanente y habitante del Obersalzberg, no
podía zafarme de las veladas nocturnas sin parecer descortés, por molesto que
me resultara participar en ellas. El doctor Dietrich, jefe de Prensa del Reich,
tuvo algunas veces el atrevimiento de asistir a las representaciones del
Festival de Salzburgo, pero eso le valió el enojo de Hitler. Si uno no quería
descuidar su trabajo, no le quedaba más remedio que huir a Berlín.
De vez en cuando venían conocidos de Hitler de los
viejos círculos de Munich o de Berlín, como Schwarz, Goebbels o Hermann Esser.
Sin embargo, eso ocurría en raras ocasiones y nunca se quedaban más de uno o
dos días. Tampoco a Hess, que habría tenido toda clase de motivos para poner
freno a la actividad de su lugarteniente Bormann, lo vi más de dos o tres
veces. Incluso sus colaboradores más íntimos, a los que uno podía encontrar muy
a menudo en la mesa del almuerzo de la Cancillería del Reich, evitaban el Obersalzberg.
Aquello resultaba particularmente chocante, dado que Hitler acostumbraba
alegrarse de sus visitas y solía rogarles que fueran a verlo con más frecuencia
y que se quedaran más tiempo a descansar. Para ellos, que se habían convertido
en el centro de sus propios círculos, suponía una gran incomodidad modificar
sus costumbres cotidianas y supeditarse a la manera de ser de Hitler, que aun
con todo su encanto actuaba con una prepotencia muy poco alentadora. En cambio,
a los viejos camaradas de lucha, a los que ya eludía en Munich y que habrían
aceptado encantados una invitación al Berghof, Hitler tampoco quería verlos
allí.
A Eva Braun se le permitía estar presente durante
las visitas de los antiguos colaboradores del Partido. No obstante, era
desterrada cuando asistía a las comidas un ministro u algún otro dignatario del
Reich. Incluso si los que venían eran Göering y su esposa, Eva Braun tenía que
quedarse en su habitación. Era evidente que Hitler sólo la consideraba
presentable hasta cierto punto. A veces yo le hacía compañía en su exilio, en
una habitación junto al dormitorio de Hitler. En aquellos momentos se sentía tan
intimidada que ni siquiera se atrevía a salir de la casa para dar un paseo:
—Me podría encontrar con los Göering en el pasillo.
De hecho, Hitler no la trataba con demasiada
consideración. Decía lo que opinaba de las mujeres sin el menor reparo, aunque
ella estuviera delante:
—Los hombres muy inteligentes deben elegir a una
mujer primitiva y tonta. ¡Imagínense que mi esposa se entrometiera en mi
trabajo! En mi tiempo libre quiero que me dejen tranquilo… No podría casarme
nunca. ¡Y menudo problema si tuviera hijos! Aún tratarían de convertir a mi
hijo en mi sucesor. ¡Sólo faltaría! Es imposible que alguien como yo tenga un
hijo competente. Por lo general eso no pasa casi nunca. ¡Fíjense en el hijo de
Goethe, un perfecto inútil…! Muchas mujeres están pendientes de mí porque sigo
soltero, y eso me ayudó mucho durante los años difíciles; pero es lo que les
pasa a los actores de cine: en cuanto se casan pierden para siempre ese algo
que hace que las mujeres los adoren.
Hitler creía tener un gran atractivo erótico para
las mujeres. Sin embargo, también en esto se mostraba lleno de recelos:
acostumbraba decir que no sabía nunca si les gustaba en su calidad de
«canciller del Reich» o porque era «Adolf Hitler»; además, como solía observar
sin la menor galantería, de ningún modo quería tener cerca a una mujer
inteligente. Desde luego, no pensaba en lo ofensivas que tenían que resultar
sus palabras para las damas que lo oían hablar así. Con todo, Hitler también
podía mostrarse como un buen «marido». Una vez, por ejemplo, Eva Braun estaba
esquiando y se hacía tarde para el té, y Hitler, intranquilo, miraba nervioso
el reloj, claramente preocupado por si le había ocurrido algo.
Eva Braun procedía de un ambiente humilde: su padre
era maestro de escuela. No llegué a conocer a sus parientes; no aparecieron
nunca y vivieron modestamente hasta el final. También Eva Braun siguió llevando
una vida sencilla; vestía de forma discreta y llevaba joyas baratas [30] que Hitler le regalaba por Navidad o por su cumpleaños: por lo
general eran pequeñas piedras semipreciosas, que en el mejor de los casos
valdrían algunos cientos de marcos y que, en realidad, resultaban de una
pobreza ofensiva. Bormann era el encargado de presentarle un surtido de regalos
y, según me pareció, Hitler elegía alhajas de gusto pequeño-burgués.
Eva Braun no sentía ningún interés por la política
y casi nunca intentó influir en Hitler. Sin embargo, estaba dotada de un sano
sentido práctico y hacía alguna que otra observación sobre pequeños
inconvenientes de la vida muniquesa. Bormann no veía esto con buenos ojos,
puesto que en tales casos se le pedían siempre todo tipo de explicaciones. Era
buena deportista y una esquiadora de gran resistencia, y hacíamos frecuentes
excursiones con ella más allá del recinto cercado. Una vez Hitler llegó a
concederle ocho días de vacaciones; desde luego, en una época en que de todos
modos él no iba a estar en la montaña. Estuvo con nosotros en Zürs, donde, sin
que nadie la reconociera, bailó apasionadamente con jóvenes oficiales hasta
altas horas de la madrugada. A pesar de ello, se hallaba muy lejos de ser una
moderna Madame Pompadour; para el historiador, esta mujer sólo resulta
interesante para conocer el carácter de Hitler.
Movido por una cierta compasión por la situación de
Eva Braun, pronto comencé a sentir simpatía por aquella infeliz que tanto
quería a Hitler. Además, también nos unía nuestra común aversión hacia Bormann,
debida a su forma tosca y arrogante de violentar la naturaleza y engañar a su
mujer. Cuando en los procesos de Nüremberg me enteré de que Hitler había
contraído matrimonio con Eva Braun un día y medio antes de morir, me alegré por
ella, aunque probablemente también ese acto reflejara el cinismo con que Hitler
la trató.
Muchas veces me he preguntado si Hitler sentía por
los niños algo parecido al cariño. Al menos intentaba aparentarlo cuando los
tenía cerca, tanto si los conocía como si no; incluso procuraba, aunque sin
resultar convincente, ocuparse de ellos de una forma entre amistosa y paternal.
Nunca encontró el modo de tratar con los niños sin reservas; después de algunas
palabras elogiosas, pronto centraba su atención en otra cosa. Juzgaba a los
niños como descendencia, como representantes de la generación futura, y por
ello lo complacía más su aspecto exterior (rubio, de ojos azules), su
complexión (fuerte, sana) o su inteligencia (viva, despierta) que su naturaleza
infantil. Su personalidad no ejerció en mis propios hijos influencia alguna.
* * * *
De la vida social del Obersalzberg sólo me queda el
recuerdo de un curioso vacío. Afortunadamente, durante los primeros años de
cautividad anoté algunos jirones de conversación que aún retenía en la memoria
y que ahora puedo considerar en cierto modo auténticos.
En los cientos de charlas de la hora del té se
habló de moda, de la crianza de perros, de teatro y cine, de las operetas y sus
estrellas, y también hubo incontables cotilleos. Hitler no se refirió casi
nunca a la cuestión judía o a sus adversarios políticos, ni mucho menos a la
necesidad de instalar campos de concentración. Eso tal vez se debiera más a la
trivialidad de las conversaciones que a una intención deliberada. En cambio, se
burlaba con gran frecuencia de sus colaboradores más próximos. No es ninguna
casualidad que fueran precisamente esas observaciones las que se me quedaron
grabadas en la memoria, pues, a fin de cuentas, se trataba de personas que
públicamente estaban por encima de toda crítica. El entorno privado de Hitler
no estaba obligado a guardar silencio y, en el caso de las mujeres, él decía
que de todos modos era inútil imponerles discreción. ¿Quería impresionarnos, al
hablar despectivamente de todo el mundo? ¿O lo hacía más bien a causa del
desprecio que sentía hacia todo y hacia todos?
Hitler socavaba con frecuencia el mito de las SS de
Himmler:
— ¡Qué insensatez! Cuando por fin hemos conseguido
dejar atrás toda clase de misticismo, resulta que ese comienza otra vez desde
el principio. Para eso ya habríamos podido quedarnos en la Iglesia, que al
menos tiene tradición. ¡Imagínese que algún día pudieran llegar a proclamarme
«santo de las SS»! ¡Me revolvería en la tumba!
O decía:
—Este Himmler ha vuelto a pronunciar un discurso en
el que califica a Carlomagno de «carnicero de sajones». La muerte de los
sajones no fue un crimen histórico, como opina él. Carlomagno obró muy
acertadamente al someter a Widukind y matar a los sajones, pues con ello hizo
posible el reino de los francos y la penetración de la cultura occidental en
Alemania.
Himmler encargó excavaciones prehistóricas a los
especialistas.
— ¿Por qué descubrir a todo el mundo que no tenemos
pasado? Como si no bastara con que los romanos levantaran grandes obras
mientras nuestros antepasados aún vivían en chozas de barro, ahora Himmler
tiene que excavar sus aldeas y mostrarse entusiasmado por cada trozo de
cerámica y por cada hacha que encuentra. Lo único que conseguiremos probar con
eso es que todavía luchábamos con piedras y nos acurrucábamos al raso alrededor
de hogueras cuando Grecia y Roma ya habían alcanzado su más alto grado de civilización.
En realidad, tendríamos toda clase de razones para guardar silencio sobre
nuestro pasado; sin embargo, Himmler lo pregona a los cuatro vientos. ¡Con
cuánto desprecio deben de reírse los romanos de hoy de estos descubrimientos!
Mientras que en Berlín, entre sus colaboradores
políticos, Hitler se pronunciaba muy duramente contra la Iglesia, empleaba un
tono más suave en presencia de las mujeres, lo que demuestra una vez más su
capacidad de adaptarse siempre al entorno.
—No hay duda de que la Iglesia es necesaria para el
pueblo. Es un elemento fuerte y conservador —explicó en una ocasión en su
círculo privado. Desde luego, al hablar así se refería a un instrumento que
estuviera de su parte: —Si al menos el «Reibi» —así llamaba al Reichsbischof,
obispo primado del Reich, Ludwig Müller— diera la talla… ¿A quién se le
ocurriría nombrar para este cargo a un sacerdote castrense? De buena gana le
prestaría todo mi apoyo. ¡Cuántas cosas haría con él! Conmigo, la Iglesia
protestante podría ser la Iglesia del Estado, como en Inglaterra.
Incluso después de 1942 Hitler seguía recalcando,
en una de aquellas conversaciones de la hora del té, que consideraba que la
Iglesia era absolutamente imprescindible en la vida del Estado. Observó que
sería feliz si algún día tropezaba con un clérigo eminente que fuera el
apropiado para dirigir una de las dos Iglesias alemanas, la católica o la
protestante, o incluso ambas. Todavía lamentaba que el primado Müller no
hubiera sido el hombre adecuado para llevar a cabo sus ambiciosos planes. A
todo esto, condenaba con dureza la lucha contra la Iglesia, que consideraba un
crimen contra el futuro del pueblo, pues en su opinión era imposible
reemplazarla por una «ideología de partido». No tenía ninguna duda de que con
el tiempo la Iglesia se adaptaría a los objetivos políticos del
nacionalsocialismo; bien sabía Dios que la Historia apoyaba su afirmación. Una
nueva religión de partido no sería más que un retroceso al misticismo de la
Edad Media. Así lo demostraba el mito de las SS y el ilegible libro de Rosenberg El
mito del siglo XX.
Si en uno de tales monólogos Hitler se hubiera
expresado de forma negativa al referirse a la Iglesia, seguro que Bormann se
habría sacado del bolsillo de la americana una de las tarjetitas blancas que
siempre llevaba encima, pues anotaba todo lo que le parecía importante de lo
que aquel decía; y apenas había nada que absorbiera con más afán que las
observaciones despectivas sobre la Iglesia. En aquella época supuse que estaba
reuniendo material para escribir una biografía de Hitler.
Cuando hacia 1937 Hitler se enteró de que gran
número de sus seguidores, a instancias del Partido y de las SS, se había
separado de la Iglesia porque esta se oponía tercamente a sus directrices,
ordenó, por motivos oportunistas, que sus principales colaboradores, sobre todo
Göering y Goebbels, permanecieran en su seno. También él siguió siendo miembro
de la Iglesia católica, aunque no tenía ningún vínculo espiritual con ella. Y
así continuó hasta su suicidio.
Repetía con frecuencia un pensamiento que le había
comunicado una delegación de nobles árabes, que reflejaba cómo concebía su
Iglesia estatal: cuando en el siglo VIII los musulmanes trataron de avanzar
hacia Europa central a través de Francia, fueron derrotados en la batalla de
Poitiers. Si los árabes hubieran ganado aquella batalla, el mundo sería ahora
musulmán, pues habrían impuesto a los pueblos germánicos una religión cuya
doctrina, propagar la fe con la espada y someter a todos los pueblos a ella,
habría estado hecha a su medida. A causa de su inferioridad racial, los
conquistadores no habrían podido, a la larga, imponerse a los habitantes de los
territorios del norte, más vigorosos y habituados a la áspera naturaleza del
terreno, por lo que no habrían sido los árabes, sino los germanos musulmanes,
los que habrían encabezado el Imperio islámico mundial.
Hitler acostumbraba concluir este relato con la
siguiente consideración:
—Y es que, en definitiva, tenemos la desgracia de
que nuestra religión no es la mejor. ¿Por qué no será como la de los japoneses,
que consideran que lo más elevado es el sacrificio por la patria? Incluso la
religión musulmana habría sido mucho más adecuada para nosotros que el
cristianismo, débil y tolerante.
Resulta notable que ya antes de la guerra
prosiguiera a veces diciendo:
—Los siberianos, los bielorrusos y las gentes de la
estepa viven de una forma muy sana, lo que los capacita para evolucionar y, a
la larga, para superar biológicamente a los alemanes.
Repetiría esta observación, de manera mucho más
drástica, en los últimos meses de la guerra.
Rosenberg vendió cientos de miles de ejemplares
de El mito del siglo XX, que era un volumen de setecientas páginas.
Aunque el libro era considerado en público el compendio de la ideología del
Partido, durante las conversaciones de la hora del té Hitler lo calificaba sin
ambages de «embrollo que nadie puede comprender», escrito por un «báltico corto
de miras que piensa de una manera espantosamente complicada». Se maravillaba de
que una obra de aquella naturaleza hubiera llegado siquiera a editarse:
— ¡Un retroceso a las ideas de la Edad Media!
Nunca quedó claro si alguien se ocupó de informar a
Rosenberg de aquellos comentarios.
Para Hitler, la cultura griega expresaba la
perfección máxima en todos los terrenos. Opinaba que su concepción de la vida,
tal como quedaba reflejada, por ejemplo, en la arquitectura, había sido «fresca
y sana». Un día, la fotografía de una bella nadadora lo llevó a entusiastas
reflexiones:
— ¡Qué cuerpos tan maravillosos pueden verse hoy!
Hemos tenido que esperar hasta nuestro siglo para que la juventud se fuera
aproximando de nuevo, a través del deporte, a los ideales helénicos. ¡Cómo se
despreciaba el cuerpo en otros tiempos! En esto nos distinguimos de todas las
épocas culturales posteriores a la Antigüedad.
Sin embargo, rehusaba practicar ningún deporte.
Tampoco mencionó nunca haberlo hecho en su juventud.
Cuando hablaba de los griegos, se refería a los
dorios. Naturalmente, eso tenía que ver con la suposición, alimentada por los
científicos de la época, de que las migraciones dóricas tenían un origen
germánico, por lo que su cultura no formaba parte del mundo mediterráneo.
* * * *
La pasión de Göering por la caza era uno de sus
temas preferidos:
— ¿Cómo puede nadie entusiasmarse por algo así?
Matar animales cuando es necesario es misión del matarife. Pero gastar, encima,
montones de dinero para hacerlo… Desde luego, comprendo que tiene que haber
cazadores profesionales para rematar a los animales enfermos. ¡Si al menos
cazar entrañase todavía algún peligro, como cuando se empleaban lanzas…! Hoy,
sin embargo, cualquier barrigudo puede derribar a un animal desde lejos… La
caza y las carreras de caballos son los últimos restos del mundo feudal.
También disfrutaba haciendo que el embajador Hewel,
el enlace de Ribbentrop, le contara con todo detalle las conversaciones
telefónicas que mantenía con el ministro de Asuntos Exteriores. Incluso le daba
consejos sobre la forma de intranquilizar o confundir a su jefe. En ocasiones
se ponía al lado de Hewel, quien, tapando el micrófono del teléfono, le tenía
que repetir lo que decía Ribbentrop, y entonces Hitler le susurraba las
respuestas. Por lo general, se trataba de observaciones sarcásticas que pretendían
incrementar la constante preocupación del desconfiado ministro, que temía que
algún incompetente influyera sobre Hitler en cuestiones de política exterior y
pusiera en duda su propia competencia.
Incluso después de dramáticas negociaciones, Hitler
era capaz de divertirse a costa de sus adversarios. Una vez contó cómo,
fingiendo una explosión de cólera, hizo ver con claridad la situación a
Schuschnigg durante la visita que este hizo al Obersalzberg el 12 de febrero de
1938, forzándolo así a ceder. Es probable que muchas de sus reacciones
histéricas, de las que tanto se ha hablado, puedan atribuirse a fingimientos de
este tipo. En general, Hitler destacaba precisamente por su autodominio. En mi
presencia perdió los estribos raras veces.
Allá por el año 1936, Schacht se personó en la sala
de estar del Berghof para presentar su informe. Los invitados estábamos en la
terraza contigua y el gran ventanal que daba a la sala estaba abierto. Pudimos
oír cómo Hitler, muy irritado, gritaba a su ministro de Economía, que le
contestaba en voz alta y firme. El diálogo fue subiendo de tono y finalmente se
interrumpió de una manera abrupta. Hitler salió furioso a la terraza y pasó un
buen rato extendiéndose sobre su recalcitrante ministro, que le daba largas
respecto al rearme. Otro enojo insólito lo causó, en 1937, el pastor Niemöller,
quien había vuelto a pronunciar en Dahlem un sermón que incitaba a la revuelta;
al mismo tiempo que se le informaba al respecto, le fue presentada la
transcripción de sus conversaciones telefónicas, que estaban intervenidas.
Hitler, con voz estridente, ordenó que Niemöller fuera internado en un campo de
concentración y que no lo soltaran nunca, por su demostrada reincidencia.
Otro caso nos remite a su temprana juventud: en un
viaje que hice de Budweis a Krems en 1942, me llamó la atención un gran letrero
que había en una casa de Spital, junto a Weitra, cerca de la frontera checa.
Según indicaba la placa, «el Führer había habitado en su
juventud» en aquella casa. La casa, bonita y bien conservada, se hallaba en una
próspera aldea. Cuando se lo mencioné, perdió los estribos y llamó a gritos a
Bormann, que acudió consternado. Hitler le habló con dureza: le había dicho más
de una vez que aquel lugar no debía relacionarse nunca con él. Aun así, algún
asno había colocado allí un letrero. Había que retirarlo de inmediato. Entonces
no supe explicarme su irritación, pues en general Hitler se alegraba cuando
Bormann le hablaba de la restauración de los lugares emblemáticos de su
juventud, en los alrededores de Linz y Braunau… Evidentemente, tenía motivos
para borrar aquella otra parte. Hoy se sabe que su oscura historia familiar se
pierde en esta región del bosque austríaco.
A veces, Hitler dibujaba bocetos de una torre de
las históricas fortificaciones de Linz:
—Este era mi lugar de juegos favorito. Fui mal
estudiante, pero en las pillerías siempre era el primero. Más adelante haré
transformar esta torre en un gran albergue juvenil, en recuerdo de esa época.
También hablaba con frecuencia de sus primeras
impresiones políticas importantes. Casi todos sus condiscípulos de Linz
opinaban que había que rechazar la inmigración de los checos a la Austria
alemana; desde entonces tuvo claro el problema de las nacionalidades. Más
tarde, en Viena, comprendió de manera fulminante el peligro del judaísmo;
muchos trabajadores con los que se reunía eran fuertemente antisemitas. Sin
embargo, había algo en lo que, según decía, no había coincidido con los
obreros:
—Yo rechazaba sus concepciones socialdemócratas y
tampoco me afilié a ningún sindicato. Eso me acarreó mis primeras dificultades
políticas.
Es posible que esta fuera una de las razones por
las que no guardaba un buen recuerdo de Viena; en cambio, parecía entusiasmado
por el Munich de antes de la guerra: sorprendentemente, muchas veces soñaba con
las carnicerías y con sus excelentes salchichas.
Hitler manifestaba una veneración sin reservas por
el que era obispo de Linz durante su juventud, quien, con gran energía y
venciendo numerosas resistencias, llevó adelante la construcción de la catedral
de Linz, de dimensiones insólitas; dado que debía sobrepasar incluso la
catedral de San Esteban de Viena, el obispo tuvo dificultades con el Gobierno
austríaco, que no quería que Viena fuera superada. [31] Normalmente seguían a esto algunas explicaciones sobre la
intolerancia con que el Gobierno central austríaco había sofocado los impulsos
culturales independientes de ciudades como Graz, Linz o Innsbruck; al hablar
así, Hitler no parecía tener conciencia de que él estaba uniformizando por la
fuerza países enteros: en cualquier caso, ahora que era él quien tomaba las
decisiones, haría valer los derechos de la ciudad natal de sus padres. Su
programa para transformar Linz en una «gran capital» incluía la construcción de
una serie de edificios representativos a ambas orillas del Danubio, que
quedarían unidas por un puente colgante. La cumbre de su proyecto era una gran
Jefatura Regional del NSDAP que tendría una gigantesca sala de reuniones y un
campanario con una cripta para su tumba. A lo largo del río se edificarían el
Ayuntamiento, un hotel representativo, un gran teatro, un cuartel general, un
estadio, una pinacoteca, una biblioteca, un museo militar y una sala de
exposiciones, así como, finalmente, un monumento que recordaría la liberación
de 1938 y otro para glorificar a Antón Bruckner. [32] A mí se me asignaron los proyectos de la pinacoteca y del estadio,
que habrían de emplazarse en una colina con vistas a la ciudad. Su lugar de
retiro iba a erigirse cerca de estas construcciones, asimismo en un punto
elevado.
A Hitler lo entusiasmaba la fachada fluvial que
Budapest había adquirido con el paso de los siglos a ambos lados del Danubio.
Ambicionaba convertir Linz en una Budapest alemana. A este respecto, opinaba
que Viena estaba mal orientada, pues daba la espalda al Danubio, negligiendo el
aprovechamiento urbanístico del río. En cuanto él consiguiera corregir Linz en
este aspecto, la ciudad podría rivalizar con Viena. Desde luego, esas
observaciones no iban del todo en serio; le impulsaba a hacerlas su aversión
hacia Viena, que estallaba una y otra vez, aunque también se refería con
frecuencia al gran acierto que había supuesto la urbanización de las antiguas
fortificaciones vienesas.
Antes de la guerra, Hitler decía a veces que en
cuanto hubiera logrado sus objetivos políticos se retiraría de los asuntos de
Estado y terminaría su vida en Linz. Entonces ya no desempeñaría ningún papel
político, pues su sucesor sólo conseguiría tener la autoridad necesaria si él
se retiraba por completo. Lo dejaría hacer sin inmiscuirse. La gente no
tardaría en dirigirse a su sucesor, y él pronto sería olvidado. Todos lo
abandonarían. Al elaborar estos pensamientos se dejaba llevar por la
autocompasión:
—Quizá entonces me visite de vez en cuando alguno
de mis antiguos colaboradores. Pero no cuento con ello. Salvo a la señorita
Braun, no pienso llevarme a nadie. A la señorita Braun y a mis perros. Estaré
solo. ¿Cómo soportaría nadie permanecer voluntariamente mucho tiempo conmigo?
Nadie tendrá en cuenta mi existencia. ¡Todos irán corriendo tras de mi sucesor!
Quizá aparezcan por mi casa una vez al año, por mi cumpleaños.
Desde luego, los que asistían a la tertulia
protestaban y afirmaban con toda solemnidad que siempre le serían fieles y
permanecerían a su lado. Sean los que fueren los motivos por los que Hitler
pensaba en retirarse pronto de la política, en tales momentos parecía estar
seguro de que la base de su autoridad era su posición de fuerza, y no su
personalidad ni su capacidad de sugestión.
* * * *
El aura que rodeaba a Hitler para los colaboradores
que no tenían trato directo con él era incomparablemente mayor que en su
círculo íntimo. No hablábamos del «Führer», sino sólo del «jefe», y nos
ahorrábamos el «Heil Hitler!» de rigor, pues nos saludábamos con un
simple «buenos días». Incluso se bromeaba abiertamente con Hitler sin que se
enojara; una de las secretarias, la señorita Schröder, acostumbraba emplear en
su presencia su típica muletilla «hay dos posibilidades» para responder a
preguntas banales. Así, podía decir:
—Hay dos posibilidades: que llueva o que no llueva.
En presencia de los demás, Eva Braun señalaba a
Hitler que su corbata no combinaba con el traje que llevaba, por ejemplo, y a
veces se autocalificaba humorísticamente de «Landesmutter», madre del pueblo.
Un día, mientras estábamos sentados a la gran mesa
redonda de la casa de té, Hitler comenzó a mirarme fijamente. En lugar de
apartar la vista, lo tomé como una provocación. Quién sabe qué instintos
primitivos provocan un duelo semejante, en el que los adversarios se miran a
los ojos hasta que uno de los dos termina por ceder. En cualquier caso, aunque
yo estaba acostumbrado a salir siempre victorioso de estos combates visuales,
aquella vez tuve que recurrir a una energía casi sobrehumana, durante un tiempo
que me pareció interminable, para no rendirme al creciente impulso de volver
los ojos hacia otra parte. Hasta que Hitler cerró súbitamente los suyos y al
cabo de un momento se volvió hacia su vecina.
A veces me preguntaba: « ¿Qué me falta, en
realidad, para poder decir que Hitler es amigo mío?». Siempre estaba en su
entorno, en su círculo íntimo me sentía casi como en casa y, además, era su
principal colaborador en su campo favorito: la arquitectura.
Me faltaba todo. Nunca en mi vida he conocido a
nadie que mostrara tan raramente sus verdaderos sentimientos; si alguna vez lo
hacía, no tardaba en volver a encerrarse en sí mismo. Durante el tiempo que
permanecí en Spandau hablé con Hess sobre esta peculiaridad de Hitler. Ambos
opinamos que había momentos en los que uno podía suponer que había conseguido
acercarse más a él. Pero eso no era nunca cierto. Si alguien dejaba a un lado
la cautela porque Hitler parecía más cordial que de costumbre, enseguida volvía
a levantar un muro insalvable.
Con todo, según Hess había habido una excepción:
Dietrich Eckardt. Pero después de hablar mucho sobre ello convinimos en que se
había tratado más bien de una veneración hacia el escritor, reconocido sobre
todo en los círculos antisemitas, que de una verdadera amistad. Cuando Dietrich
Eckardt murió, en 1923, sólo quedaron cuatro hombres que tutearan a Hitler:
Esser, Christian Weber, Streicher y Röhm. [33] Hitler aprovechó, después de 1933, una ocasión favorable para que
el primero lo volviera a tratar de «usted»; al segundo lo evitaba, al tercero
lo trataba de forma impersonal y al cuarto lo hizo asesinar. Tampoco con Eva
Braun se mostró nunca relajado ni humano: jamás salvaron la distancia que
mediaba entre el jefe de la nación y la muchacha sencilla. A veces se dirigía a
ella, de forma entre inconveniente y familiar, llamándola «Tschapperl», y
precisamente este término bávaro caracterizaba la clase de relación que los
unía.
* * * *
En noviembre de 1936, Hitler mantuvo una larga
entrevista con el cardenal Faulhaber en el Obersalzberg; en ella debió de
comprender con claridad lo aventurado de su existencia, lo elevado de su
apuesta. Después de aquella conversación, al anochecer Hitler y yo estuvimos
solos en el balcón del comedor. Después de mirar largo tiempo en silencio hacia
la lejanía, me dijo:
—Tengo dos posibilidades: conseguir mis objetivos o
fracasar. Si logro salir adelante, me convertiré en uno de los grandes de la
Historia; si fracaso, seré condenado, despreciado y maldecido.
Capítulo VIII
La nueva Cancillería del Reich
Con el fin de dar la trascendencia adecuada a su
encumbramiento como «uno de los grandes de la Historia», Hitler exigió la
construcción de un escenario arquitectónico acorde a sus pretensiones
imperiales. Calificó la Cancillería del Reich, a la que se había trasladado el
30 de enero de 1933, de «adecuada para una empresa jabonera». En su opinión,
aquel lugar no era la sede de un Reich poderoso.
A fines de enero de 1938, Hitler me recibió
oficialmente en su despacho.
—Tengo un trabajo urgente para usted —dijo en tono
solemne, en pie en medio de la estancia—. Dentro de poco tendré que celebrar
reuniones importantísimas, y para eso necesito grandes vestíbulos y salones que
me permitan impresionar sobre todo a los pequeños potentados. Pongo a su
disposición toda la Voss-Strasse. Me da igual lo que cueste. Sin embargo, hay
que construir deprisa y, además, las obras tienen que ser sólidas. ¿Cuánto
tiempo necesitará para que esté todo listo? Un año y medio o dos me parecería demasiado.
¿Podría tenerlo terminado el 10 de enero de 1939? Quiero que la próxima
recepción diplomática tenga lugar en la nueva Cancillería.
Acto seguido, me dijo que podía marcharme.
Hitler describió el resto del día en el discurso
que pronunció con motivo de la cobertura de aguas del edificio:
—Entonces mi Inspector General de Edificación me
rogó que le concediera unas horas para reflexionar, y al llegar la noche se
presentó con una lista de fechas y me dijo: «Las casas estarán derribadas tal
día de marzo, celebraremos la cobertura de aguas el 1 de agosto y el 9 de
enero, Mein Führer, le anunciaré que la obra está concluida». Yo
soy del mismo oficio, de la construcción, y sé lo que esto significa. Nunca se
ha hecho nada igual. Ha sido una proeza única en su género. [34]
Efectivamente, fue la promesa más insensata de toda
mi vida. Pero Hitler se mostró satisfecho.
Enseguida comenzamos a derribar los edificios de la
Voss-Strasse, a fin de despejar el terreno. Al mismo tiempo se iban trazando
los planos de la obra, hasta el punto de que el refugio antiaéreo tuvo que
iniciarse partiendo de bocetos a mano alzada. También en fases posteriores
encargué con urgencia muchos elementos sin tener claramente definidos los
requisitos arquitectónicos. Por ejemplo, lo que tenía el plazo de entrega más
largo eran las descomunales alfombras anudadas a mano que debían cubrir varios
salones. Determiné su color y tamaño antes de saber qué aspecto tendrían las
estancias en las que debían colocarse, que en cierto modo se diseñaron
alrededor de las alfombras. No me preocupé por establecer ningún complejo
organigrama, pues sólo me habría servido para demostrar que mi misión era
irrealizable. Aquella forma improvisada de trabajar se parecía mucho a los
métodos que, cuatro años después, iba a emplear en la dirección de la economía
alemana de guerra.
El solar era alargado, lo que invitaba a levantar
una serie de recintos yuxtapuestos a lo largo de un eje. Presenté a Hitler el
anteproyecto: el visitante llegaba en coche desde la Wilhelmplatz a un patio de
honor después de atravesar un gran portal; ascendía entonces por una escalinata
hasta llegar a una pequeña sala de recepción en la que se abrían unas puertas,
cuyas hojas medían casi cinco metros de altura, que daban a un vestíbulo
revestido de mosaico. Acto seguido subía algunos escalones, atravesaba un
recinto circular con el techo en forma de cúpula y accedía a una galería de 145
metros de largo que impresionó especialmente a Hitler, ya que medía el doble
que la Sala de los Espejos de Versalles. Los profundos huecos de las ventanas
debían procurar una luz indirecta, con lo que se lograría el agradable efecto
que había podido apreciar en mi visita al gran salón del palacio de
Fontainebleau.
Así pues, el conjunto consistiría en una sucesión
de salas, revestidas con una interminable variación de materiales y colores,
que en total alcanzaba los 220 metros de longitud. Sólo entonces se llegaba por
fin a la sala de recepción de Hitler. No hay duda de que todo aquello era una
orgía de la arquitectura monumental y, en definitiva, una muestra de «arte
efectista». Pero eso también se daba en el barroco y, en el fondo, se ha dado
siempre.
Hitler se mostró impresionado:
— ¡Durante el largo recorrido desde la entrada
hasta la sala de recepción tendrán tiempo para captar algo del poder y la
grandeza del Reich!
En los meses que siguieron me pidió que le mostrara
los planos una y otra vez, pero incluso en el caso de esta obra, destinada a su
propio uso, se entrometió muy raramente en mi trabajo, dejándome las manos
libres por completo.
* * * *
Las prisas de Hitler por ver terminada la nueva
Cancillería del Reich tenían su motivo más profundo en la preocupación que
sentía por su salud. Temía seriamente no vivir mucho tiempo. Desde 1935, su
imaginación se vio cada vez más dominada por unas molestias estomacales que
intentaba curar con un régimen de autolimitaciones; creía saber qué comidas lo
perjudicaban y se fue imponiendo poco a poco una dieta cada vez más frugal.
Algo de sopa, ensalada y alimentos muy ligeros en pequeña cantidad. Comía muy poco.
Parecía desesperado cuando, señalando su plato, decía:
— ¡Y se supone que un hombre tiene que vivir con
esto! ¡Mire, mire usted! A los médicos les resulta muy fácil decir que hay que
comer lo que a uno le apetezca. [35] A mí ya casi nada me sienta bien, y tengo dolores después de cada
comida. ¿Qué más puedo suprimir? ¿Cómo voy a sobrevivir así?
Muchas veces tenía que interrumpir una reunión de
repente a causa del dolor, y entonces se retiraba durante media hora o más, o
ya no regresaba. Según decía, también lo aquejaban una exagerada acumulación de
gases, trastornos cardíacos e insomnio. Eva Braun me contó una vez que Hitler,
aun antes de cumplir los cincuenta años, le había dicho:
—Pronto tendré que dejarte; ¿qué harías con un
viejo?
Su médico de cabecera, el doctor Brandt, era un
joven cirujano que trataba de convencer a Hitler para que se hiciera examinar a
fondo por un internista. Todos nosotros apoyamos su propuesta. Se barajaron los
nombres de médicos célebres y se desarrolló un plan para poder llevar a cabo la
exploración sin despertar sospechas. Se pensó en la posibilidad de internarlo
en un hospital militar, pues allí el secreto estaría garantizado. Sin embargo,
Hitler acababa rechazando siempre todas las sugerencias: alegaba que,
simplemente, no se podía permitir el lujo de ser considerado un enfermo, ya que
eso debilitaría su posición política, sobre todo en el extranjero. Incluso se
resistió a hacerse una primera exploración en su casa. Por lo que yo sé, en
aquella época no fue sometido a ningún reconocimiento serio, sino que él mismo
interpretaba sus síntomas de acuerdo con sus propias teorías, lo que, por
cierto, respondía perfectamente a su arraigado diletantismo.
En cambio, requirió los servicios del profesor Von
Eicken, un famoso otorrinolaringólogo berlinés, para que le tratara una
ronquera que iba en aumento; le permitió que lo sometiera a un examen
concienzudo en su domicilio y se mostró aliviado cuando no le encontró el menor
síntoma de cáncer. Meses antes, Hitler se había referido al destino del
emperador Federico III. El cirujano le extirpó un nódulo inofensivo; la ligera
operación también se realizó en casa de Hitler.
En 1935, Heinrich Hofmann enfermó de gravedad; el
doctor Morell, antiguo conocido suyo, lo trató y lo curó con sulfamidas [36] traídas de Hungría. Hofmann no cesaba de comentar a Hitler de qué
modo tan magnífico le había salvado la vida aquel médico. Seguramente hablaba
de buena fe, pues una de las habilidades de Morell consistía en exagerar
enormemente la gravedad de las enfermedades que curaba para destacar la
eficacia de su arte.
El doctor Morell afirmó haber estudiado con el
famoso bacteriólogo Iliá Méchnikov (1845-1916), galardonado con el premio Nobel
y profesor del Instituto Pasteur [37] Según afirmaba Morell, Méchnikov le había enseñado la forma de
combatir las enfermedades bacterianas. Morell dijo haber realizado después
grandes travesías en buques de pasajeros en calidad de médico de a bordo. No es
que se tratara de un completo charlatán, sino que era más bien un fanático de
su profesión y del dinero.
Hitler se dejó convencer por Hofmann para que
Morell lo sometiera a una exploración. El resultado fue sorprendente, pues por
primera vez Hitler se manifestó convencido de la eficacia de un médico:
—Nunca me había dicho nadie con tanta claridad y
precisión lo que me ocurre. Su método curativo es muy lógico y me inspira una
gran confianza. Voy a atenerme estrictamente a lo que me ha prescrito.
Nos contó que la principal conclusión a que llegaba
Morell en su diagnóstico establecía el completo agotamiento de la flora
intestinal, que atribuía a una sobrecarga nerviosa. Una vez curado esto, las
demás molestias desaparecerían automáticamente. De todos modos, quería acelerar
el proceso por medio de inyecciones de vitaminas, hormonas, fósforo y glucosa.
El tratamiento duraría un año. Hasta entonces sólo cabía esperar éxitos
parciales.
A partir de entonces, el medicamento del que más
iba a hablarse, llamado Multiflor, consistía en unas cápsulas de bacterias
intestinales, que eran, según aseguraba Morell, «de una cepa inmejorable,
procedente de un campesino búlgaro». Nos describió muy por encima el resto de
los productos que inyectaba y hacía tomar a Hitler. Desde luego, nunca
confiamos plenamente en sus métodos. El médico de cabecera, el doctor Brandt,
hizo indagaciones entre internistas amigos suyos, que coincidieron en rechazar
los métodos de Morell por atrevidos y poco investigados, y también les pareció
que podían crear adicción. En efecto, las inyecciones se hacían cada vez más
frecuentes, como también la administración intravenosa de sustancias químicas y
vegetales y de complementos biológicos extraídos de testículos y entrañas de
animales. Un día Göering ofendió gravemente a Morell, al que trató de «señor
jefe de inyecciones del Reich».
Sin embargo, al poco de comenzar el tratamiento
desapareció un eccema que Hitler tenía hacía tiempo en un pie. También su
estómago mejoró al cabo de algunas semanas; podía comer más, tomaba platos más
pesados, se sentía mejor y manifestaba con entusiasmo:
— ¡De no haber encontrado a Morell…! ¡Me ha salvado
la vida! Su ayuda ha sido realmente maravillosa.
Si Hitler sabía deslumbrar con su hechizo a los
demás, en este caso sucedió lo contrario. Quedó totalmente convencido de la
genialidad de su nuevo médico de cabecera y pronto prohibió toda crítica. Desde
aquel momento Morell entró a formar parte del círculo íntimo de Hitler,
convirtiéndose, cuando este no se hallaba presente, en objeto involuntario de
diversión, pues sólo sabía hablar de estreptococos y otros microbios, de
testículos de toro y de las últimas vitaminas.
Hitler recomendaba insistentemente a todos sus
colaboradores que consultaran a Morell en cuanto sintieran la más mínima
molestia. Yo acudí a su consulta cuando, en 1936, mi circulación sanguínea y mi
estómago se rebelaron contra el insensato ritmo de trabajo y contra la
adaptación a las anormales costumbres de Hitler. El rótulo de la entrada decía:
«Doctor Theo Morell, enfermedades dermatológicas y venéreas». Morell tenía el
consultorio y la vivienda en la parte más mundana de la Kurfürstendamm, cerca de
la Gedächtniskirche. En su casa podían verse numerosas fotos con dedicatorias
de célebres artistas de cine; también estaba allí el príncipe heredero. Después
de examinarme someramente, Morell me recetó sus bacterias intestinales,
glucosa, vitaminas y hormonas. Yo, para mayor seguridad, hice que el profesor
Von Bergmann, internista de la Universidad de Berlín, me examinara a fondo
durante un par de días. De acuerdo con su diagnóstico, no tenía lesión orgánica
alguna, sino tan solo trastornos de tipo nervioso, ocasionados por un exceso de
trabajo. Moderé mi actividad en la medida de lo posible y las molestias
remitieron. Para evitar que Hitler se disgustara, fui diciendo que seguía al
pie de la letra las instrucciones de Morell y, como mi salud mejoraba, me convertí
durante un tiempo en una muestra de la eficacia de Morell. A instancias de
Hitler, también examinó a Eva Braun, quien después me contó que era tan sucio
que le daba náuseas y me aseguró asqueada que no permitiría que Morell la
continuara tratando.
Aunque la mejora de Hitler fue transitoria, ya no
se apartó de su nuevo médico. Al contrario, la meta de las visitas de Hitler a
la hora del té fue cada vez con más frecuencia la casa que el doctor Morell
tenía en la isla de Schwanenwerder, cerca de Berlín; era el único lugar que
todavía lo atraía, aparte de la Cancillería. A Goebbels lo visitaba muy
raramente; sólo una vez vino a mi domicilio, en Schlachtensee, para ver la casa
que me había construido.
Desde fines de 1937, cuando el tratamiento de
Morell comenzó a perder efectividad, Hitler volvió a sus quejas de siempre.
Incluso cuando encargaba unas obras o discutía unos planos, añadía a veces:
—No sé cuánto tiempo me queda de vida. Quizá la
mayor parte de las obras no se terminen hasta que yo ya no esté…[38] {38}
Varias grandes obras debían terminarse entre 1945 y
1950. Así pues, puede que Hitler contara con vivir algunos años más. También
decía:
—Cuando yo desaparezca… Ya no me queda mucho
tiempo… [39]
También en su círculo íntimo se manifestaba
continuamente en este sentido:
—Ya no viviré mucho más. Siempre pensé que tendría
tiempo de llevar a cabo mis planes. ¡Tengo que hacerlo yo mismo! Ninguno de mis
sucesores tendría la energía suficiente para superar las inevitables crisis.
Así pues, mis propósitos tendrán que cumplirse mientras todavía me quede salud
para imponerme.
Hitler redactó su testamento personal el 2 de mayo
de 1938; el 5 de noviembre de 1937 ya había expuesto el político, en el que
calificaba sus ambiciosos planes de conquista de «legado testamentario en caso
de que él muriera», ante el ministro de Asuntos Exteriores y la cúpula militar
del Reich. [40] En su entorno íntimo, que noche tras noche debía ver triviales
operetas y oír inacabables parrafadas sobre la Iglesia católica, regímenes
alimenticios, templos griegos y perros pastores, Hitler ocultaba hasta qué
punto se tomaba en serio su sueño de dominar el mundo. Posteriormente, muchos
antiguos colaboradores de Hitler han intentado establecer la teoría de que
Hitler sufrió una transformación en 1938, debida al empeoramiento de su salud a
causa de los métodos curativos de Morell. Yo, por el contrario, soy de la
opinión de que los proyectos y objetivos de Hitler no cambiaron nunca. Lo único
que sucedió fue que su enfermedad y su temor a la muerte lo llevaron a acortar
los plazos. Sólo un contrapoder superior habría podido frustrar sus planes,
pero en 1938 no existía. Al contrario, los éxitos que obtuvo ese año lo
animaron a forzar aún más un ritmo que ya era acelerado.
Me parece que la prisa febril que impulsaba
nuestras obras también tenía que ver con su desasosiego interior. Durante la
fiesta de cobertura de aguas dijo a los obreros:
—Esto ya no es un ritmo de trabajo americano; ahora
es un ritmo de trabajo alemán. Creo que también yo rindo más que los hombres de
Estado de las llamadas democracias, y que también en el aspecto político
llevamos otro ritmo. Si es posible incorporar un Estado al Reich en tres o
cuatro días, también tiene que serlo levantar un edificio en uno o dos años.
A veces me pregunto si su desmedida pasión
constructora no tenía el objetivo adicional de ocultar sus proyectos Allá por
el año 1938, estando en el Palacio Alemán de Nüremberg, Hitler habló de su
obligación de limitarse a comentar únicamente aquello que pudiera llegar al
conocimiento público. Entre los presentes se hallaban el jefe nacional Philipp
Bouhler y su joven esposa. Esta objetó que tales limitaciones no serían
necesarias en la intimidad, pues todos nosotros sabríamos guardar cualquier
secreto que nos confiara. Hitler, echándose a reír, respondió:
—Aquí solo hay uno que sepa guardar silencio.
Y me señaló a mí. Sin embargo, lo que habría de
suceder en los meses siguientes no lo supe por él.
* * * *
El 2 de febrero de 1938 vi a Erich Raeder,
comandante en jefe de la Marina de guerra, cruzar alterado el vestíbulo de casa
de Hitler después de hablar con él. El almirante estaba pálido, iba con paso
inseguro y parecía a punto de sufrir un ataque cardíaco. Dos días después leí
en el periódico que el ministro de Asuntos Exteriores, Von Neurath, había sido
sustituido por Von Ribbentrop, y que Von Brauchitsch había reemplazado a Von
Fritsch como comandante en jefe del ejército de Tierra. Hitler se había hecho cargo
del mando supremo de la Wehrmacht, ejercido hasta entonces por el mariscal Von
Blomberg, y había nombrado a Keitel jefe de su Estado Mayor.
Yo conocía del Obersalzberg al capitán general Von
Blomberg, un hombre correcto, de aspecto respetable, al que Hitler tenía en
alta estima y que, hasta su destitución, fue tratado con una deferencia
desacostumbrada. Por invitación de Hitler, Von Blomberg visitó en otoño de 1937
mis oficinas de la Pariser Platz, donde vio los planos y maquetas de Berlín.
Permaneció cerca de una hora en mi despacho, tranquilo y lleno de interés,
acompañado de un general que subrayaba cada palabra de su jefe con un gesto de
asentimiento. Era Wilhelm Keitel, que ahora se había convertido en el más
estrecho colaborador de Hitler en el Alto Mando de la Wehrmacht. Yo,
desconocedor de la jerarquía militar, lo había tomado por el asistente de
Blomberg.
El capitán general Von Fritsch, al que nunca había
visto antes, me rogó por aquellos mismos días que fuera a verlo a su despacho,
en la Bendlerstrasse. No era solo curiosidad lo que lo llevaba a desear ver los
planos de Berlín. Los extendí encima de una gran mesa para mapas; escuchó mis
explicaciones con frialdad y manteniendo las distancias, con un laconismo
militar rayano en la descortesía. Por sus preguntas tuve la impresión de que
estaba ponderando en qué medida Hitler, con sus grandes proyectos de construcción
a largo plazo, podía estar interesado en mantener la paz. Quizá me equivocara.
Tampoco conocía al barón Von Neurath, ministro de
Asuntos Exteriores del Reich. Un día de 1937 Hitler consideró que la villa de
su ministro no respondía a la importancia de sus obligaciones oficiales y me
ordenó que fuera a ver a su esposa para proponerle una considerable ampliación,
de la que se haría cargo el Estado. La señora Von Neurath me mostró la casa y
afirmó de manera concluyente que el ministro y ella opinaban que no necesitaba
ninguna mejora, y me agradeció el ofrecimiento. Hitler se disgustó y no volvió
a proponérselo. Una vez más, la antigua nobleza había mostrado su modestia y se
distanciaba abiertamente de la necesidad de aparentar de los nuevos señores.
Desde luego, con Ribbentrop no tenía el mismo problema: en verano de 1936 me
hizo viajar a Londres porque deseaba reformar la Embajada alemana; las obras
debían estar concluidas en primavera de 1937, cuando se celebrara la ceremonia
de coronación de Jorge VI, para impresionar con una ostentación de lujo a la
alta sociedad de Londres. Ribbentrop dejó los detalles en manos de su esposa,
quien llegó a tales delirios arquitectónicos con un interiorista de la
Asociación de Talleres que hizo que sintiera que mi presencia era superflua.
Conmigo, Ribbentrop se mostraba conciliador; sin embargo, durante los días que
permaneció en Londres lo ponía siempre de muy mal humor recibir telegramas del
ministro de Asuntos Exteriores, quien consideraba que todo aquello era una
intromisión. Entonces declaraba enojado y en voz muy alta que él concertaba su
política directamente con Hitler, que era quien le había confiado aquella
misión.
A muchos colaboradores políticos de Hitler que
deseaban mantener buenas relaciones con Inglaterra les parecía más que
cuestionable la capacidad de Ribbentrop a ese respecto. En otoño de 1937, el
doctor Todt realizó un viaje de inspección de las obras de la autopista con
Lord Wolton. Después Todt habló del deseo oficioso del Lord de que lo enviaran
a él como embajador en Londres para reemplazar a Ribbentrop, con quien las
relaciones nunca mejorarían. Ambos nos ocupamos de que Hitler lo supiera, pero
no reaccionó.
Poco después del nombramiento de Ribbentrop como
ministro de Asuntos Exteriores, Hitler le propuso derribar la antigua
residencia oficial del ministro y establecerla en el palacio del presidente del
Reich. Ribbentrop aceptó la propuesta.
El segundo acontecimiento que haría patente aquel
mismo año la progresiva aceleración de la política de Hitler lo viví el 9 de
marzo en el vestíbulo de su domicilio de Berlín. Schaub, su asistente, estaba
sentado junto a un aparato de radio, escuchando el discurso que el doctor
Schuschnigg, el canciller federal austríaco, pronunciaba en Innsbruck. Hitler
se había retirado a su despacho particular, situado en el primer piso. Era
evidente que Schaub estaba esperando oír algo determinado. Tomaba notas mientras
Schuschnigg hablaba en términos cada vez más concretos, hasta que finalmente
anunció la celebración de un referéndum: el pueblo austríaco habría de
decidirse a favor o en contra de su independencia; a continuación, Schuschnigg
dijo a sus paisanos, en buen austríaco: «Ha llegado el momento».
Había llegado también el momento que Schaub
esperaba, y este voló escaleras arriba hacia el despacho de Hitler. Poco
después, también Goebbels, vestido de frac, y Göering, con uniforme de gala,
acudieron apresuradamente a reunirse con él. Venían de alguna fiesta de la
temporada de baile berlinesa y desaparecieron en el piso superior.
Una vez más, al cabo de unos días me enteré por el
periódico de lo que había sucedido. Las tropas alemanas habían penetrado en
Austria el 13 de marzo. Unas tres semanas después también yo me dirigí en
automóvil a Viena, con el objetivo de preparar el vestíbulo de la estación del
Noroeste para el gran mitin que debía celebrarse en aquella ciudad. La gente de
todas las ciudades y pueblos saludaba con la mano a los coches alemanes. En el
Hotel Imperial de Viena encontré el reverso trivial del júbilo por la anexión.
Numerosas personalidades defensoras de la «Gran Alemania», como por ejemplo el
conde Helldorf, jefe superior de policía de Berlín, habían acudido allí a toda
prisa, evidentemente atraídas por la abundancia de artículos en los comercios:
«En tal sitio todavía hay sábanas de buena calidad…». «En tal otro, tantas
mantas de lana como quieras…». «Yo he descubierto una tienda que tiene licores
extranjeros…». Estos eran jirones de las conversaciones que se mantenían en el
vestíbulo del hotel. Me sentí asqueado y me limité a comprar un borsalino. ¿Qué
más me daba todo aquello?
Poco después de la anexión de Austria, Hitler pidió
un mapa de Europa central y mostró a su círculo privado, que lo escuchaba con
devota atención, cómo ahora Checoslovaquia estaba «atenazada». Años después,
Hitler seguía insistiendo en la generosidad política que había mostrado
Mussolini al consentir que las tropas alemanas entraran en Austria. Se lo
agradecería siempre, pues para Italia una Austria intercalada como amortiguador
neutral habría sido una solución más favorable. En cambio, ahora las tropas alemanas
estaban en el Paso del Brennero, lo cual, a la larga, supondría una molestia
para la política interna de Roma. En cierto modo, el viaje de Hitler a Italia
en 1938 pretendía ser un primer gesto de agradecimiento, aunque también lo
ilusionaban las obras monumentales y los tesoros artísticos de Roma y
Florencia. Se hicieron pomposos uniformes para su séquito y Hitler los aprobó.
Le gustaban los dispendios; que él prefiriera llevar ropa marcadamente discreta
se debía a un cálculo basado en la psicología de las masas:
—Mi séquito tiene que causar un efecto impactante.
Así destacará más mi sencillez.
Aproximadamente un año después, Hitler encomendó a
Benno von Arent, escenógrafo del Reich, que hasta la fecha había preparado
el atrezzo de óperas y operetas, el diseño de nuevos uniformes
diplomáticos. Los fracs cubiertos de bordados en oro fueron del agrado de
Hitler. No obstante, hubo voces burlonas que dijeron:
— ¡Es como si estuviéramos en un teatro!
Arent también tuvo que diseñar condecoraciones para
Hitler. Desde luego, habrían podido causar sensación en cualquier escenario. A
partir de entonces llamé a Arent «el hojalatero del Tercer Reich».
Cuando Hitler regresó de aquel viaje, resumió así
sus impresiones:
—Estoy contento de no tener monarquía y de no haber
escuchado nunca a los charlatanes que trataban de convencerme para que la
impusiera. ¡Tanto cortesano, tanta etiqueta! ¡Es inconcebible! ¡Y el Duce,
siempre en segundo plano! La familia real ocupaba los mejores puestos en todos
los banquetes oficiales y en las tribunas. El Duce, que es quien
realmente representa al Estado, quedaba muy apartado.
Con arreglo al protocolo, Hitler, en calidad de
jefe del Estado, había sido equiparado al rey, mientras que Mussolini sólo era
el primer ministro.
Después de su visita a Italia, Hitler se sintió
obligado a tributar a Mussolini un homenaje especial. Dispuso que, una vez
reformada en el marco de la nueva configuración urbanística de Berlín, la
Adolf-Hitler-Platz llevara el nombre de Mussolini. [41] Desde el punto de vista arquitectónico, a Hitler aquella plaza le
parecía sencillamente horrorosa, afeada por las modernas construcciones de la
«época del sistema», [42] pero:
—Si más adelante bautizamos la actual «plaza de
Adolf Hitler» como «plaza de Mussolini», me habré deshecho de ella
definitivamente. Y además, parecerá un honor especial que ceda precisamente mi
plaza al Duce. ¡Yo mismo he diseñado ya un monumento a Mussolini!
Pero no llegó a colocarlo, pues la reforma de la
plaza que Hitler había ordenado ya no iba a poder realizarse.
* * * *
El dramático año 1938 llevó finalmente a Hitler a
un acuerdo con las potencias occidentales sobre la cesión de grandes
territorios de Checoslovaquia. Unas semanas antes, en sus discursos ante el
Congreso del Partido en Nüremberg, Hitler se mostró como el colérico líder de
su nación; apoyado por los frenéticos aplausos de sus partidarios, intentó
convencer al extranjero, que escuchaba con atención, de que en caso necesario
tampoco temería una guerra. Juzgada en retrospectiva, se trataba de una enorme
provocación, cuya efectividad ya había puesto a prueba con éxito, a escala
reducida, en su entrevista con Schuschnigg. Por otra parte, gustaba de
establecer en público el límite de su osadía, y no podía echarse atrás sin
poner en juego su prestigio.
Ni siquiera a sus más íntimos colaboradores, a los
que expuso con claridad lo inevitable de la situación, les dejó la menor duda
respecto a su disposición para la guerra, a pesar de que habitualmente no
dejaba que nadie conociera sus más recónditas intenciones. Sus palabras a ese
respecto consiguieron impresionar incluso a su viejo asistente en jefe
Brückner. En septiembre de 1938, durante el Congreso del Partido, estábamos
sentados en un muro del castillo de Nüremberg y frente a nosotros se extendía,
envuelta en la bruma, la vieja ciudad iluminada por el suave sol de septiembre.
Brückner dijo entonces, abatido:
—Quizá sea la última vez que veamos todo esto en
paz. Es probable que no tardemos en entrar en guerra.
Hay que atribuir más a la tolerancia de los poderes
occidentales que a la moderación de Hitler que se evitara una vez más la guerra
que Brückner había vaticinado. La anexión de los Sudetes a Alemania se consumó
ante los ojos de un mundo aterrorizado y de los partidarios de Hitler,
totalmente convencidos de la infalibilidad de su líder.
Las fortificaciones fronterizas checas suscitaron
el asombro general. Durante una prueba de tiro se demostró, para sorpresa de
los peritos en la materia, que las armas alemanas obtenían un pobre resultado
contra estas defensas. El propio Hitler se trasladó a la antigua frontera para
hacerse una idea de la instalación de casamatas y regresó muy impresionado. En
su opinión, las fortificaciones eran sorprendentemente sólidas, estaban
dispuestas de una manera extraordinariamente hábil y aprovechaban muy ventajosamente
la disposición del terreno.
—Si hubieran ofrecido resistencia, habría resultado
muy difícil conquistarlas y hacerlo nos habría costado muchas bajas. Ahora las
tenemos sin haber perdido una gota de sangre. ¡Desde luego, de algo estoy
seguro! ¡Nunca permitiré que los checos construyan otra línea defensiva! Esta
nos da una posición excelente. Hemos cruzado las montañas y ya estamos en los
valles de Bohemia.
* * * *
El 10 de noviembre, al dirigirme a mi despacho,
tuve que pasar ante las ruinas, todavía humeantes, de la sinagoga de Berlín.
Era este el cuarto de los graves acontecimientos que marcaron el carácter del
último año anterior a la guerra. Este recuerdo óptico constituye hoy en día una
de las experiencias más deprimentes de mi vida, pues lo que más me molestó
entonces fue la contemplación del desorden que reinaba en la Fasanenstrasse:
vigas carbonizadas, trozos de fachadas derruidas, paredes calcinadas… Anticipos
de una imagen que se habría de adueñar de casi toda Europa durante la guerra.
Pero lo que más me perturbó fue el nuevo despertar político de la «calle». Los
cristales rotos de los escaparates herían, ante todo, mi sentido burgués del
orden.
No me di cuenta entonces de que se había roto algo
más que los cristales; de que aquella noche Hitler había cruzado por cuarta vez
en un solo año el Rubicón y que había hecho irrevocable el destino de su Reich.
¿Percibí entonces, siquiera por un momento fugaz, que estaba comenzando algo
que habría de concluir con la destrucción de un grupo de nuestro pueblo? ¿Que
también cambiaría mi sustancia moral? No lo sé.
Me tomé más bien con indiferencia lo sucedido.
Contribuyeron a ello algunas palabras de pesar de Hitler, quien aseguró que él
no deseaba esos ataques. Casi parecía avergonzado. Goebbels insinuó más tarde,
en la intimidad, que el iniciador de aquella triste y monstruosa noche había
sido él mismo, y creo perfectamente posible que pusiera a un Hitler vacilante
frente a los hechos consumados para imponerle la ley de la acción.
Siempre me ha sorprendido no recordar apenas las
observaciones antisemitas de Hitler. Retrospectivamente puedo recomponer,
partiendo de los elementos que conservo en la memoria, lo que entonces me
llamaba la atención: la discrepancia respecto a la imagen que había querido
forjarme de Hitler; la preocupación por su creciente decaimiento físico; la
esperanza de que se suavizara la lucha contra la Iglesia; el anuncio de
utópicas metas lejanas; toda clase de curiosidades… En aquel tiempo, el odio de
Hitler hacia los judíos me parecía tan natural que no me impresionaba.
Yo sentía que era el arquitecto de Hitler. Los
acontecimientos políticos no eran de mi incumbencia. Me limitaba a darles un
escenario imponente. Hitler me reafirmaba a diario en esta forma de ver las
cosas al invitarme a discutir únicamente sobre arquitectura; además, mi
intromisión en cuestiones políticas se habría achacado a la presunción de un
advenedizo. Me sentí y me vi dispensado de cualquier toma de posición. Además,
la educación nacionalsocialista pretendía la compartimentación del pensamiento;
se esperaba de mí que me limitara a la arquitectura. En qué grotesca medida me
aferré a esta ilusión lo demuestra mi informe a Hitler de 1944: «La misión que
debo cumplir es apolítica. Me he sentido a gusto en mi trabajo cuando tanto
este como yo mismo han sido considerados y valorados solo desde un punto de
vista profesional». [43]
Sin embargo, la distinción carecía, en el fondo, de
importancia. Hoy me parece que habla de mi esfuerzo por mantener alejada de mi
imagen idealizada de Hitler la habitual puesta en práctica de las consignas
antisemitas que aparecían en las pancartas que colgaban a la entrada de las
poblaciones y que constituían el tema de las tertulias del té. Pues,
naturalmente, en realidad no tenía la menor importancia quién había movilizado
a la plebe y la había lanzado contra las sinagogas y las tiendas judías, ni si
la acción se había producido a instancias de Hitler o sólo con su autorización.
Después de salir de Spandau, se me ha preguntado
una y otra vez lo que yo mismo traté de averiguar durante las dos décadas que
pasé en la soledad de mi celda: lo que sabía de la persecución, deportación y
exterminio de los judíos; lo que habría tenido que saber y la parte de culpa
que creía tener.
No volveré a dar la respuesta con la que durante
tanto tiempo he tratado de tranquilizar a los que me lo preguntaban y sobre
todo a mí mismo: que en el sistema de Hitler, como en todos los regímenes
totalitarios, cuanto más alta era la posición que uno ocupaba, mayores eran el
aislamiento y el blindaje respecto al exterior; que la tecnificación del
asesinato reduce el número de asesinos y aumenta la posibilidad de ignorar su
existencia; que la manía secretista del régimen creaba diversos grados de iniciación,
lo que daba a todo el mundo la oportunidad de no percibir lo inhumano.
No volveré a dar estas respuestas, con las que
intentamos enfrentarnos a lo que sucedió como lo haría un abogado. Es verdad
que yo, en mi calidad de protegido y, más tarde, influyente ministro de Hitler,
me hallaba aislado; es verdad que el atenerse exclusivamente a sus asuntos dio
grandes posibilidades de evasión tanto al arquitecto como después al ministro
de Armamentos; es verdad que no sabía lo que comenzó en aquella noche del 9 al
10 de noviembre de 1938 y culminó en Auschwitz y Maidanek. Pero la dimensión de
mi aislamiento, la intensidad de mi evasión y mi grado de ignorancia eran cosas
que, en definitiva, determinaba yo mismo.
He llegado a comprender que mis torturantes
exámenes de conciencia plantean la cuestión de forma tan equivocada como los
curiosos con los que me ido tropezando. Si lo sabía o no lo sabía, y cuánto
sabía, se convierte en una cuestión del todo irrelevante al lado de la cantidad
de cosas horribles que debería haber sabido y en las consecuencias que se
derivaban con toda claridad de lo poco que sí sabía. En el fondo, los que me
interrogan esperan que me justifique. Sin embargo, no tengo ninguna excusa.
* * * *
La nueva Cancillería del Reich debía estar
terminada el 9 de enero de 1939. Hitler vino a Berlín desde Munich el día 7.
Estaba muy tenso y era evidente que esperaba encontrar una terrible confusión
de obreros y brigadas de limpieza. Todo el mundo conoce la prisa febril con la
que poco antes de entregar una obra se desmontan andamios, se quita el polvo y
se retiran los escombros, se tienden las alfombras y se cuelgan los cuadros.
Sin embargo, Hitler se equivocaba. Desde el principio habíamos incorporado al cálculo
de la obra una reserva de unos cuantos días que después no necesitamos, por lo
que terminamos cuarenta y ocho horas antes de la fecha de entrega. Cuando
Hitler atravesó las estancias, habría podido sentarse inmediatamente a su mesa
de trabajo y comenzar a ocuparse de los asuntos de gobierno.
La obra lo impresionó mucho. Se deshizo en elogios
hacia su «genial arquitecto» y, en contra de su costumbre, también los
manifestó en mi presencia. El hecho de que yo hubiera conseguido terminar el
encargo dos días antes de lo previsto me valió además la fama de ser un
extraordinario organizador.
A Hitler le gustó especialmente la larga caminata
que los invitados oficiales y diplomáticos tendrían que dar en el futuro para
llegar hasta la sala de recepción. No compartía mis reparos respecto al pulido
suelo de mármol, que aunque de mala gana quería cubrir con una larga alfombra:
—Esa es precisamente la cuestión. Deben moverse
como diplomáticos, pero sobre un suelo resbaladizo.
La sala de recepción le pareció demasiado pequeña y
ordenó que su tamaño se triplicara. Los planos de la ampliación estaban listos
cuando comenzó la guerra. El despacho, en cambio, fue de su completo agrado. Le
gustó especialmente la marquetería de su escritorio, que representaba una
espada a medio desenvainar:
—Bien, bien… Cuando lo vean los diplomáticos que
estén sentados frente a mí en esta mesa, sabrán lo que es el miedo.
Desde los campos dorados que hice disponer sobre
las cuatro puertas de su despacho, cuatro virtudes bajaban la vista hacia
Hitler: «Sabiduría, prudencia, valentía y justicia». No sé qué me indujo a
concebir esta idea. En la sala redonda, dos esculturas de Arno Breker
flanqueaban el pórtico de la gran galería; una de ellas representaba al «osado»
y la otra al «ponderado». [44] Esta alusión más bien patética de mi amigo Breker al hecho de que
toda osadía debe llevar aparejada la inteligencia evidenciaba —al igual que mi
consejo alegórico de no olvidar, junto a la valentía, las demás virtudes— una
ingenua sobrevaloración del poder de las recomendaciones artísticas, aunque es
probable que revelara también cierta inquietud respecto a la firmeza de los
logros conseguidos.
Junto a la ventana había una gran mesa, formada por
una pesada losa de mármol, que al principio no tenía finalidad alguna. En ella
se celebraron, a partir de 1944, las reuniones para analizar la situación
militar; los mapas del Estado Mayor que se desplegaron sobre ella señalaban el
rápido avance de los enemigos occidentales y orientales en el territorio del
Reich. Aquí tuvo Hitler su última reunión militar sobre la Tierra; la siguiente
se celebró a 150 metros de allí, bajo muchos kilos de hormigón. La sala de
reuniones del Gabinete, completamente revestida de madera por razones
acústicas, agradó mucho a Hitler; sin embargo, jamás la utilizó para el fin al
que estaba destinada. Más de uno de los ministros del Reich me pidió ver «su»
sala. Hitler me dio su autorización, de modo que a veces podía verse a un
ministro guardar unos minutos de silencio ante su sitio, que jamás había
ocupado, en el que había una gran carpeta de piel azul con su nombre escrito en
letras de oro. Cuatro mil quinientos obreros habían estado trabajando en dos
turnos para cumplir los plazos fijados. Otros mil más, diseminados por el país,
habían construido partes de la obra. Se los invitó a todos, carpinteros,
albañiles, picapedreros, montadores, etcétera, a visitar la obra, y recorrieron
impresionados el edificio.
En el Palacio de Deportes, Hitler les habló así:
—Aquí soy el representante del pueblo alemán. Y
cuando reciba a alguien en la Cancillería del Reich, no será Adolf Hitler como
particular el que reciba al visitante, sino el Führer de la
nación alemana. Por consiguiente, no soy yo quien lo acoge, sino Alemania a
través de mí. Por eso quiero que las salas estén a la altura de este cometido.
Cada uno de vosotros ha contribuido a construir una obra que perdurará a través
de los siglos y que dejará testimonio de nuestra época. ¡La primera obra del
nuevo gran Reich alemán!
Después de las comidas solía preguntar cuál de sus
invitados no había visto aún la Cancillería, y se alegraba cuando podía
mostrársela a alguno. En tales ocasiones demostraba a sus asombrados
acompañantes su capacidad para retener datos. Comenzaba a preguntarme:
— ¿Qué medidas tiene esta sala? ¿Qué altura?
Yo me encogía de hombros, confuso, pero Hitler
sabía las respuestas. No se equivocaba nunca. Poco a poco aquello se fue
convirtiendo en una especie de juego con las cartas marcadas y, aunque terminé
familiarizándome con las cifras, como era evidente que aquello lo divertía, lo
dejaba hacer.
Las distinciones de Hitler se sucedieron: organizó
en su domicilio un almuerzo para mis colaboradores más cercanos; redactó un
artículo para un libro sobre la Cancillería del Reich; me condecoró con las
insignias de oro del Partido y me regaló, con unas tímidas palabras, una de sus
acuarelas. Pintada en 1909, en la época más sombría de su vida, reproduce una
iglesia gótica y muestra un trabajo extraordinariamente minucioso, concienzudo
y pedante, tan desprovisto de sentimiento como de inspiración. Pero no son sólo
las pinceladas las que delatan falta de personalidad; por la elección de su
objeto, sus colores apagados y su inocua perspectiva, la pintura es un
testimonio inconfundible del primer período de Hitler: todas las acuarelas de
esa época carecen de carácter, y también los cuadros que pintó cuando era
enlace militar en la Primera Guerra Mundial resultan impersonales. El tránsito
hacia la confianza en sí mismo se produjo más tarde; dan prueba de ello los dos
bocetos a pluma que dibujó hacia 1925 para la Gran Sala de Berlín y para el
Arco de Triunfo. Diez años más tarde hizo nuevos bocetos en mi presencia, y
trazaba entonces con mano enérgica línea tras línea con lápiz rojo y azul,
hasta forzar la manifestación de la forma que había imaginado. Sin embargo,
seguía apreciando las insignificantes acuarelas de su juventud, y las regalaba
cuando pretendía distinguir a alguien de una manera especial.
* * * *
Hacía décadas que en la Cancillería del Reich había
un busto de mármol de Bismarck, obra de Reinhold Begas. Unos días antes de la
inauguración de la Cancillería, el busto se cayó durante el traslado y se le
rompió la cabeza. A mí me pareció un mal presagio. Como, además, había oído a
Hitler relatar que el águila del Reich que coronaba el edificio de Correos se
había desplomado justo al principio de la Primera Guerra Mundial, le oculté
aquella desdicha y pedí a Breker que realizara una copia exacta, a la que
aplicamos una ligera pátina utilizando té.
En el discurso ya mencionado, un Hitler seguro de
sí mismo dijo:
—Eso es precisamente lo maravilloso de la
construcción: la tarea realizada se convierte en un monumento. Es algo muy
distinto a un par de botas, que, aunque también hay que hacerlas, en uno o dos
años quedan destrozadas y se tiran. Esto perdurará y será durante siglos un
testimonio de todos los que la han creado.
El nuevo edificio se inauguró el 12 de enero de
1939. Hitler recibió en la gran sala a los diplomáticos acreditados en Berlín
para la recepción de Año Nuevo.
Sesenta y cinco días después de la inauguración, es
decir, el 15 de marzo de 1939, el jefe del Estado checoslovaco fue conducido al
nuevo despacho. Fue allí donde se desarrolló la tragedia que comenzó durante la
noche con la sumisión de Hacha y terminó a primeras horas de la mañana con la
ocupación de su país.
—Al final tuve al viejo señor tan presionado
—contaba Hitler más tarde—, que perdió por completo los nervios y se manifestó
dispuesto a firmar; en ese momento sufrió un ataque cardíaco. En la habitación
contigua, mi doctor Morell le aplicó una inyección que en este caso resultó
demasiado efectiva. Hacha se recuperó, volvió a mostrarse enérgico y no quería
firmar, pero al final vencí definitivamente su resistencia.
El 16 de julio de 1945, es decir, setenta y ocho
meses después de la inauguración de la Cancillería, Winston Churchill quiso
visitar el edificio. [45] «Una gran multitud se había reunido ante la Cancillería del Reich.
A excepción de un anciano que negaba desaprobadoramente con la cabeza, todos me
lanzaron vivas. Aquella demostración me conmovió tanto como las facciones
demacradas y la ropa gastada de la población. Acto seguido anduvimos un buen
rato por los destruidos corredores y salones de la Cancillería del Reich».
Poco después se desescombró el edificio. Sus
piedras y mármoles suministraron el material necesario para el monumento
conmemorativo que los rusos erigieron en Berlín-Treptow.
Capítulo IX
Un día en la Cancillería del Reich
Entre cuarenta y cincuenta personas tenían acceso
en todo momento a la mesa del almuerzo de Hitler en la Cancillería del Reich.
Sólo tenían que llamar por teléfono a los asistentes para informarles de que
acudirían a comer. Por lo general se trataba de jefes regionales y nacionales
del Partido y de algunos ministros, además de las personas del círculo íntimo
de Hitler; sin embargo, no se veía a ningún oficial, aparte del asistente de
Hitler en la Wehrmacht. Dicho asistente, el coronel Schmundt, instó en varias
ocasiones al Führer para que accediera a invitar también a su
mesa a los militares de alta graduación, pero Hitler siempre rechazaba su
propuesta. Quizá viera con claridad que el círculo de sus viejos colaboradores
habría motivado observaciones despectivas en el cuerpo de oficiales.
Yo también tenía libre acceso al domicilio de
Hitler e iba a comer allí con frecuencia. El guardia que había en la entrada
del jardín conocía mi automóvil y me abría la puerta sin más explicaciones.
Aparcaba en el patio y me dirigía a la vivienda reformada por Troost, situada a
la derecha de la nueva Cancillería que yo había levantado, con la que se
comunicaba por un vestíbulo.
El miembro de las SS de la escolta de Hitler que
estuviera de guardia me saludaba con familiaridad; yo entregaba mi rollo de
planos y me dirigía a la amplia antesala, sin que nadie me acompañara, como si
fuera de la casa. La antesala tenía dos cómodos grupos de asientos, las blancas
paredes adornadas con gobelinos y el suelo de mármol rojo oscuro ricamente
cubierto de alfombras. Normalmente habían llegado ya algunos invitados que se
entretenían charlando, y otros ultimaban algún asunto por teléfono. Preferían
esperar aquí porque era el único lugar en el que se podía fumar.
No era lo habitual saludarse con el «Heil
Hitler!» de rigor; nos limitábamos a darnos los «buenos días». Tampoco era
usual demostrar la afiliación al Partido llevando insignias en la solapa de la
americana, y era relativamente raro ver uniformes. El que había logrado llegar
hasta allí tenía el privilegio de comportarse hasta cierto punto sin ceremonia
alguna.
A la verdadera sala de estar, en la que los
presentes charlaban generalmente de pie, se llegaba a través de un salón de
recepción cuadrado que no se utilizaba a causa de sus incómodos muebles. La
sala de estar, de unos cien metros cuadrados de superficie, era la única
estancia de toda la casa que estaba amueblada de un modo acogedor y no había
sufrido ningún cambio durante la gran reforma de 1933-1934 por respeto a
Bismarck: tenía el techo de vigas de madera, las paredes entabladas hasta media
altura y una chimenea adornada con un escudo del Renacimiento florentino que el
canciller del Reich Von Bülow trajo en su día de Italia. Era la única chimenea
de la planta baja, y a su alrededor se agrupaban varios asientos tapizados de
piel oscura; detrás del sofá había una gran mesa donde podían encontrarse
algunos periódicos. Un gobelino y dos cuadros de Schinkel, prestados por la
Galería Nacional, colgaban de las paredes.
Hitler no era nunca puntual. La hora de comer era
hacia las dos de la tarde, pero podía aparecer a las tres, o incluso más tarde,
unas veces procedente de sus habitaciones, situadas en el piso superior, y
muchas otras de alguna reunión que se hubiera celebrado en la Cancillería.
Entraba sin ninguna ceremonia, como lo haría cualquiera. Saludaba a sus
huéspedes estrechándoles la mano. Entonces se formaba un círculo alrededor de
él, y Hitler expresaba su opinión respecto a alguna cuestión del día; a algunos
elegidos les preguntaba, por lo general en un tono neutro, por la salud de «su
señora». Después pedía a su jefe de Prensa un extracto de las noticias, tomaba
asiento en un sillón algo apartado y comenzaba a leer. A veces le pasaba una
hoja a uno de los presentes, al tiempo que improvisaba algunas observaciones,
si la noticia le parecía particularmente interesante.
* * * *
Los invitados permanecían en pie entre quince y
veinte minutos, hasta que se descorría el cortinaje de una puerta acristalada
que daba acceso al comedor. El «intendente doméstico», un hombre con aspecto de
posadero que despertaba confianza por el volumen de su barriga, comunicaba a
Hitler, en el tono discreto que exigía aquel ambiente, que la comida estaba
lista. El Führer iba delante, los invitados lo seguían sin
ningún orden protocolario, y todos entraban en el comedor. De todas las
estancias de la vivienda del canciller que habían sido reformadas por el
profesor Troost, aquella gran habitación cuadrada, de doce metros por doce, era
la más equilibrada. Una pared con tres puertas acristaladas daba al jardín;
frente a ellas había un gran buffet chapado en madera de palisandro, sobre el
que colgaba una pintura inacabada de Kaulbach que, sin carecer de encanto,
evitaba la meticulosidad excesiva de aquel ecléctico pintor. En las otras dos
paredes había sendos nichos en arco de medio punto, y en cada uno se erigía un
desnudo del escultor muniqués Wackerle sobre un pedestal de mármol claro. A
ambos lados de los nichos se abrían unas puertas de cristal que conducían a una
gran sala de estar y a la otra sala, ya mencionada, que daba acceso al comedor.
Las paredes finamente enyesadas, de un color blanco roto, combinadas con unos
cortinajes igualmente claros, daban una luminosa amplitud a la estancia. Unos
leves salientes en las paredes subrayaban la limpia y severa simetría,
delimitada por una cornisa. Los muebles eran sobrios y serenos. El centro
estaba ocupado por una mesa redonda en la que cabían unas quince personas,
rodeada de discretas sillas de madera oscura, tapizadas de cuero granate. Todas
las sillas eran iguales, incluso la que ocupaba Hitler. En los rincones había
cuatro mesas más pequeñas, con cuatro o seis sillas del mismo tipo cada una. El
servicio de mesa, elegido por el profesor Troost, comprendía unos platos de
porcelana clara y copas sencillas. En el centro de la mesa había un jarrón con
flores.
Este era el «restaurante del alegre canciller del
Reich», como Hitler lo llamaba con frecuencia ante sus invitados. Él tomaba
asiento en el lado de la ventana, y junto a él lo hacían los dos comensales que
había elegido antes de entrar en el comedor. Los demás se sentaban a la mesa
como querían. Cuando los invitados eran muchos, los asistentes y otras personas
de menor rango, entre las que también me contaba yo, se sentaban a las mesas
pequeñas, lo cual, a mi modo de ver, era una ventaja, pues en ellas se podía
conversar más relajadamente.
La comida era muy sencilla: sopa, carne con un poco
de verdura y patatas y, finalmente, postre. Para beber podíamos elegir entre
agua mineral, cerveza corriente de Berlín y vino barato. El propio Hitler
tomaba su comida vegetariana y bebía Fachinger, y si a alguno de los huéspedes
le apetecía, podía pedir lo mismo, aunque pocos lo hacían. Hitler daba un gran
valor a la frugalidad. Suponía que eso sería tema de conversación en toda
Alemania. Un día los pescadores de Helgoland le regalaron una langosta gigantesca;
cuando el delicado manjar llegó a la mesa para deleite de los invitados, Hitler
no sólo manifestó su desaprobación por la insensatez que llevaba a devorar tan
antiestéticos monstruos, sino que prohibió los lujos de aquella naturaleza.
Göering participaba raramente en esas comidas. Un día en que le comuniqué a él
que no asistiría a uno de los almuerzos de la Cancillería, me dijo:
—La comida que se sirve allí es francamente mala.
¡Y encima esos provincianos muniqueses del Partido…! ¡Insoportable!
Hess se presentaba a comer una vez cada quince
días. Le seguía, en curiosa procesión, su asistente, que llevaba a la
Cancillería del Reich un recipiente de hojalata que contenía una comida
especial, que se calentaba en la cocina. Hitler ignoró durante mucho tiempo que
Hess se hacía servir sus propios platos vegetarianos. Cuando por fin alguien se
lo hizo saber, se volvió enojado hacia él ante todos los comensales:
—Mi cocinera es excelente y sabe preparar comidas
de régimen. Si su médico le ha prescrito algo especial, ella podrá hacérselo.
Pero no quiero que se traiga usted la comida.
Hess, que ya por entonces tendía a las réplicas
obstinadas, intentó explicar a Hitler que los componentes de su comida tenían
que ser de una procedencia biológico-dinámica especial, a lo que se le contestó
sin rodeos que, en ese caso, se quedara a comer en su casa. A partir de
entonces Hess apenas acudió a los almuerzos.
Cuando, por exigencias del Partido, en los hogares
alemanes debía comerse potaje todos los domingos, bajo el lema «cañones por
mantequilla», también en casa de Hitler se servía únicamente sopa. En
consecuencia, el número de invitados muchas veces quedaba reducido a sólo dos o
tres, lo que indujo a Hitler a formular sarcásticas observaciones sobre el
espíritu de sacrificio de sus colaboradores, pues, al mismo tiempo, se
presentaba una lista en la que cada uno anotaba su donativo. A mí cada potaje
me costaba entre cincuenta y cien marcos.
* * * *
Goebbels era el principal invitado del almuerzo;
Himmler aparecía muy pocas veces. Naturalmente, Bormann no se perdía ninguna
comida, aunque, al igual que yo, formaba parte de la corte interna y no podía
ser considerado un invitado.
Las conversaciones de sobremesa que Hitler tenía en
la Cancillería no se apartaban del temario desconcertante y lleno de prejuicios
que hacía tan fatigosas las charlas del Obersalzberg. Aparte de que ahora se
expresaba con mayor dureza, continuaba con el mismo repertorio, que no ampliaba
ni completaba y que apenas enriquecía con nuevos puntos de vista. Ni siquiera
se esforzaba en disimular lo penosas que resultaban sus numerosas repeticiones.
No puedo decir que me impresionaran sus manifestaciones, por lo menos en
aquella época, por mucho que me sintiera atrapado por su personalidad. Al
contrario, más bien me decepcionaban, pues había esperado de él opiniones y
juicios de más entidad.
En sus monólogos, Hitler afirmaba con frecuencia
que su imaginario político, artístico y militar constituía una unidad que ya se
había forjado con todo detalle entre los veinte y los treinta años. En su
opinión, aquella época de su vida había sido la más fértil en el aspecto
espiritual: lo que ahora planeaba y creaba no era sino la realización de sus
ideas de entonces.
Por ejemplo, tenían gran importancia los sucesos de
la Primera Guerra Mundial. La mayoría de los invitados había tenido ocasión de
vivirla personalmente. En alguna ocasión Hitler había estado atrincherado
frente a los ingleses, cuya valentía y tenacidad respetaba, si bien también se
burlaba de muchas de sus peculiaridades. Así, afirmaba con ironía que los
ingleses tenían la costumbre de hacer un alto el fuego exactamente a la hora
del té, por lo que él, como enlace, hacía sus recorridos a esa hora sin correr
ningún riesgo.
Durante las tertulias de 1938 no expresó
pensamientos revanchistas al hablar de los franceses; afirmaba que no quería
plantear de nuevo la guerra de 1914. Opinaba que no merecía la pena emprender
una nueva guerra por un territorio tan insignificante como Alsacia-Lorena.
Además, los alsacianos habían perdido de tal forma su carácter a consecuencia
del continuo cambio de nacionalidad, que no representaban ganancia alguna ni
para unos ni para otros; era mejor dejarlos como estaban. Hitler partía,
naturalmente, de la premisa de que Alemania podía expandirse hacia el Este. La
valentía que los soldados franceses mostraron durante la Primera Guerra Mundial
lo había impresionado; sólo el cuerpo de oficiales era afeminado:
—Con oficiales alemanes, las tropas francesas
serían magníficas.
Aunque no rechazaba el pacto con Japón, más bien
cuestionable desde el punto de vista racial, Hitler adoptaba una actitud
reservada a ese respecto a largo plazo. Siempre que tocaba el tema, expresaba
aflicción por haberse aliado con la raza «amarilla». Sin embargo, opinaba que
nadie podía reprochárselo, ya que también Inglaterra había conseguido movilizar
a Japón contra las potencias centrales durante la Primera Guerra Mundial.
Hitler consideraba a Japón un aliado con categoría de potencia mundial, de lo
que no estaba muy convencido en el caso de Italia.
Según Hitler, los americanos no habían destacado
mucho durante la guerra de 1914-1918 ni habían hecho grandes sacrificios de
sangre. Ciertamente, no resistirían una prueba que exigiera un arduo esfuerzo,
pues su valor combativo era escaso. De hecho, no existía un pueblo americano
entendido como una unidad; no era sino un conglomerado de emigrantes de muchos
pueblos y razas.
Fritz Wiedemann, en su día asistente de regimiento
y superior jerárquico de Hitler, al que después el propio Hitler, con evidente
falta de tacto, había convertido en su asistente, intentó convencerlo para que
se celebraran conversaciones con América. Enojado por aquella oposición, que
transgredía la ley no escrita de las sobremesas, Hitler lo destinó a San
Francisco en calidad de cónsul general:
—Que se cure allí de sus ideas.
En las conversaciones de sobremesa no participaba
ningún hombre de mundo. El círculo que se reunía en aquellas ocasiones nunca
había traspasado las fronteras de Alemania. En la mesa de Hitler, el hecho de
que alguno de los comensales hubiera hecho un viaje de placer a Italia se
consideraba un acontecimiento y bastaba para que se reconociera al viajero
experiencia internacional. Tampoco Hitler había visto nada del mundo ni había
adquirido los conocimientos necesarios para comprenderlo. Además, los políticos
del Partido que lo rodeaban no tenían, por lo general, instrucción superior. De
los cincuenta jefes nacionales y regionales, la élite de la jefatura del Reich,
sólo diez tenían título universitario. Algunos se habían quedado atascados en
los estudios superiores, mientras que la mayoría no había pasado del instituto.
Casi ninguno de ellos había destacado significativamente en ningún campo; casi
todos evidenciaban una sorprendente falta de curiosidad intelectual. Su nivel
de formación no respondía en modo alguno a las expectativas que uno podría
tener respecto a la selección de los líderes de un pueblo con un nivel
intelectual tradicionalmente elevado. En el fondo, Hitler prefería que los
colaboradores que formaban su entorno inmediato tuvieran el mismo origen que
él; es probable que se sintiera más a gusto entre ellos que en cualquier otro
ambiente. En general le gustaba que sus colaboradores tuvieran alguna tara.
Hanke opinó un día:
—Siempre es una ventaja que los colaboradores
tengan defectos y que sepan que su superior los conoce. Por eso el Führer cambia
tan raramente de colaboradores, pues con ellos le resulta sencillísimo
trabajar. Casi todos tienen su punto flaco, y eso le ayuda a mantenerlos a
raya.
Las taras consistían en conductas inmorales,
antepasados lejanos de origen judío o poco tiempo de pertenencia al Partido.
No era raro que Hitler se extendiera en
consideraciones sobre el error que suponía, en su opinión, exportar ideas como
la del nacionalsocialismo. Esto sólo podía fortalecer a los otros pueblos y,
por consiguiente, debilitaría nuestra posición. Por eso incluso lo
tranquilizaba que los partidos nacionalsocialistas de otros países no contaran
con un caudillo que estuviera a su altura. A Mussert y Mosley los consideraba
unos imitadores que nunca habían tenido una idea original o nueva. No hacían
sino copiar servilmente nuestros métodos, decía, y eso no los llevaba a ningún
sitio. Cada país ha de partir de sus propias premisas y determinar sus métodos
de acuerdo con ellas. Aunque tenía a Degrelle en mayor estima, tampoco esperaba
gran cosa de él.
La política era para Hitler una cuestión de
conveniencia. Decía, por ejemplo, que su libro de confesiones Mi
lucha había sido más bien inoportuno, que no debería haber establecido
su postura con tanta antelación, lo que me hizo abandonar mis infructuosos
intentos de leerlo.
Cuando, después de conquistar el poder, la
ideología pasó a un segundo término, fueron sobre todo Goebbels y Bormann los
que lucharon contra el aburguesamiento y la superficialidad del programa del
Partido. Siempre intentaban radicalizar ideológicamente a Hitler. A juzgar por
sus discursos, no hay duda de que también Ley pertenecía al círculo de los
ideólogos «duros», pero no tenía bastante personalidad para que su influencia
fuera efectiva. Himmler, por su parte, continuó con sus extravagancias, compuestas
de fe en la raza germánica primigenia, elitismo y unas ideas más bien propias
de las tiendas de productos dietéticos, que en conjunto comenzaron a adquirir
unas singulares formas seudo religiosas. Junto con Hitler, Goebbels era quien
más ridiculizaba sus aspiraciones, aunque, ciertamente, el mismo Himmler
contribuyó a ello con su obcecación. Por ejemplo, cuando los japoneses le
regalaron una espada de samurai, descubrió afinidades entre los cultos
japoneses y germánicos y, con la ayuda de especialistas, trató de ver cómo
podían reducirse estas afinidades a un denominador común de tipo racial.
A Hitler le interesaba mucho de poder asegurar a su
Reich, a la larga, una descendencia adecuada. Ley, a quien Hitler confió la
organización del sistema docente, había creado las «escuelas Adolf Hitler» para
niños y las «Escuelas de Mandos» para la formación superior; aunque estaban
dirigidas a constituir una élite bien preparada profesional e ideológicamente,
lo más probable es que, de haberse mantenido el sistema, los individuos
educados en aquellas instituciones sólo habrían sido aptos para desempeñar cargos
en la administración burocrática del Partido, habrían vivido de espaldas a la
vida real debido a los años de juventud pasados en clausura y habrían alcanzado
unos niveles insuperables de arrogancia y engreimiento respecto a sus propias
capacidades, como ya empezaba a verse. Es revelador que los altos funcionarios
no llevaran a sus hijos allí. Ni siquiera un fanático del Partido como el jefe
regional Sauckel permitió que ninguno de sus numerosos hijos siguiera ese
camino. Y también es significativo que el propio Bormann enviara a uno de los
suyos a estas escuelas como castigo.
Bormann opinaba que la lucha contra la Iglesia era
imprescindible para activar la relajada ideología del Partido, y él se dedicaba
a impulsarla, como no dejaba de repetir durante las tertulias. Las vacilaciones
de Hitler al respecto no llegaban a ocultar que prefería dejar también este
problema para un momento más propicio, pues aquí, en este entorno masculino, se
expresaba de manera más brutal y franca que en el círculo del Obersalzberg.
—Cuando haya solucionado las otras cuestiones
—decía a veces—, saldaré mis cuentas con la Iglesia. Y se va a quedar de
piedra.
Pero Bormann no quería demorar el asunto. El
ponderado pragmatismo de Hitler no casaba con su manera de ser, brutalmente
directa. Aprovechaba cualquier ocasión para conseguir sus propósitos; incluso
durante las comidas, quebrantaba el tácito acuerdo de no sacar a relucir temas
que pudieran echar a perder el humor de Hitler. Había desarrollado una técnica
propia para tales embestidas: primero dejaba que uno de los comensales abriera
el fuego, haciéndole relatar en voz alta los sermones revolucionarios pronunciados
por tal o cual sacerdote u obispo, hasta que Hitler se mostraba interesado y
comenzaba a pedir detalles. Bormann replicaba que había ocurrido algo
desagradable y que no quería molestar con ello a Hitler durante la comida.
Hitler continuaba indagando y Bormann simulaba exponer su informe a
regañadientes. El acaloramiento progresivo de la cara de Hitler hacía tan poca
mella en él como las coléricas miradas de los demás. En algún momento sacaba un
acta del bolsillo y comenzaba a leer pasajes de un sermón subversivo o de un
mensaje de la Iglesia. Al escucharlo, Hitler solía excitarse de tal manera que
comenzaba a chasquear los dedos (señal inequívoca de su enojo), interrumpía la
comida y anunciaba que más tarde se tomaría el desquite. Prefería soportar el
descrédito y la cólera del extranjero que la resistencia interior. Y el hecho
de no poder sofocarlas en el acto lo sacaba de quicio, a pesar de que por lo
general sabía dominarse muy bien.
* * * *
Hitler no tenía sentido del humor. Dejaba que
fueran otros los que dijeran las agudezas, mientras él se reía a más no poder;
llegaba a retorcerse literalmente de risa; a veces tenía que enjugarse las
lágrimas que le brotaban a causa de tales estallidos de hilaridad. Le gustaba
reír, pero en el fondo siempre a costa de los demás.
Goebbels tenía una refinada habilidad para
entretener con sus chistes a Hitler y menoscabar al mismo tiempo a los que
rivalizaban con él por el poder. Una vez relató lo siguiente:
—Las Juventudes Hitlerianas nos han pedido que
publiquemos una noticia en la Prensa con motivo del vigesimoquinto cumpleaños
de su jefe de Estado Mayor, Lauterbacher. Les he enviado un borrador diciendo
que Lauterbacher lo celebró «en plena posesión de sus facultades físicas y
mentales». Desde entonces, no hemos vuelto a saber de él.
Hitler se rió a mandíbula batiente. Y Goebbels, con
esta breve ocurrencia, logró desacreditar a la presuntuosa jefatura de las
Juventudes mucho mejor que con largas explicaciones. Por otra parte, Hitler
hablaba constantemente de su juventud a los que asistían a la sobremesa, y
siempre valoraba positivamente la severidad de su educación.
—Mi padre solía darme grandes palizas. Pero creo
que eran necesarias, y también que me han ayudado.
Wilhelm Frick, ministro del Interior, intervino
entonces con voz enojada:
—Y por lo que se ve, Mein Führer, es
verdad que le sentaron muy bien.
A su alrededor se hizo un silencio mortal. Frick
trató de salvar la situación:
—Quiero decir, Mein Führer, que por eso
ha llegado usted tan lejos.
Goebbels, que tenía a Frick por un completo
mentecato, comentó sarcásticamente: —Algo me dice, mi querido Frick, que a
usted de pequeñito no lo pegaron nunca. Walter Funk, ministro de Economía y
presidente del Banco del Reich, contaba las locuras que Brinkmann, su
vicepresidente, consiguió realizar impunemente durante meses, hasta que fue
declarado enfermo mental. Funk no sólo pretendía divertir a Hitler, sino darle
a conocer ciertos acontecimientos que sabía que tarde o temprano llegarían a su
oídos: Brinkmann había invitado a las mujeres de la limpieza y a los botones
del Banco de Reich a un gran ágape en la sala de banquetes de uno de los
mejores hoteles de Berlín, el Bristol, y al acabar había estado tocando el
violín. Lo de confraternizar con el pueblo encajaba con las aspiraciones del
régimen; sin embargo, lo que Funk dijo a continuación, en medio de las
carcajadas de los invitados, sonaba más grave:
—No hace mucho se plantó frente al Ministerio de
Economía, en Unter den Linden, sacó un gran fajo de billetes recién impresos de
la cartera (como ustedes saben, los billetes llevan mi firma) y empezó a
distribuirlos entre los transeúntes a la vez que decía: «¿Quién quiere uno de
los nuevos Funk?».
Poco después, siguió relatando Funk, la locura de
Brinkmann se hizo patente. Convocó a todos los empleados del Banco del Reich y
les ordenó:
—Los que tengan más de cincuenta años, que se
pongan a la izquierda; los más jóvenes, a la derecha. —Entonces, dirigiéndose a
uno de los que estaban a la derecha, le preguntó: —¿Cuántos años tiene usted?
—Cuarenta y nueve, señor vicepresidente.
—Pues entonces, a la izquierda. Todos los que están
a la izquierda serán jubilados inmediatamente, y con pensión doble.
Hitler Lloraba de risa. Cuando logró contenerse,
monologó sobre lo difícil que resultaba en ocasiones reconocer a un enfermo
mental. Por medio de este rodeo, Funk había logrado prevenir de forma inocua
una posibilidad: Hitler aún no podía saber que el vicepresidente del Banco del
Reich, con derecho a firma, había extendido en su delirio un cheque de varios
millones a nombre de Göering, cheque que el «dictador de la economía» no tuvo
ningún reparo en cobrar. Por ello, Göering se vio forzado a combatir con todos
sus medios la teoría de que Brinkmann no fuera responsable de sus actos. Era de
esperar que también hablara en este sentido a Hitler. Sin embargo, la
experiencia había demostrado que el primero que lograba despertar en Hitler una
idea determinada tenía ganada media partida, pues si manifestaba una opinión,
le desagradaba mucho volverse atrás. Aun así, Funk tuvo dificultades para que
Göering le devolviera aquellos millones.
Rosenberg era el blanco preferido de las bromas de
Goebbels; le gustaba calificarlo de «filósofo del Reich» y contar anécdotas que
lo rebajaran a los ojos de los demás. En este caso, Goebbels podía estar seguro
de obtener la aprobación de Hitler, por lo que trataba el tema con tanta
frecuencia que sus relatos parecían formar parte de una obra de teatro en la
que diversos actores esperaran el momento de salir a escena. Casi se podía
estar seguro de que al final intervendría Hitler con estas palabras:
—El Völkischer Beobachter es tan aburrido como su
director, Rosenberg. Y aunque se supone que el periódico cómico del Partido es
Die Brennessel, que es lo más triste que uno pueda imaginar, debería serlo el
Völkischer Beobachter.
Para regocijo de Hitler, Goebbels también hablaba
de Müller, el impresor, que hacía toda clase de esfuerzos por conservar a sus
antiguos clientes, que pertenecían a las esferas rígidamente católicas de la
Alta Baviera, además de trabajar para el Partido. Desde luego, la producción de
Müller, que iba de los calendarios piadosos a los escritos anticlericales de
Rosenberg, era de lo más variada. Podía permitírselo porque durante los años
veinte había seguido imprimiendo el Völkischer Beobachter a
pesar de las cuentas impagadas.
Muchas de aquellas bromas, que se preparaban
cuidadosamente, eran eslabones de una cadena de hechos sobre cuyo desarrollo se
mantenía informado a Hitler. También en este aspecto Goebbels superaba a todos
los demás, mientras que Hitler, con sus reacciones entusiastas, lo animaba una
y otra vez a continuar.
Un antiguo camarada del Partido, Eugen Hadamowski,
que había llegado a adquirir una posición clave en la radio como jefe de
emisiones, ardía, sin embargo, en deseos de llegar a ser el jefe de la
Radiodifusión del Reich. El ministro de Propaganda, que tenía otro candidato,
temía que Hitler pudiera apoyar a Hadamowski, quien había organizado las
transmisiones de las campañas electorales anteriores a 1933 con notable
habilidad. Así que Hanke, secretario del ministro de Propaganda, lo hizo llamar
y le anunció de manera oficial que Hitler lo acababa de nombrar «director
artístico del Reich». La explosión de alegría de Hadamowski por haber logrado
su ansiado objetivo fue descrita a Hitler durante la comida, lo bastante
desfigurada para que a este le pareciera una inmensa broma. Al día siguiente,
Goebbels hizo imprimir algunos ejemplares de un periódico para dar la falsa
noticia del nombramiento; en ellos se ensalzaba a Hadamowski de manera
desmesurada. Sabía bien lo que hacía: ahora podría hablar a Hitler de todas las
exageraciones y alabanzas que contenía el artículo y de la alegría con que
Hadamowski las había recibido. La consecuencia fue una nueva explosión de
hilaridad por parte de Hitler y del resto de comensales. Aquel mismo día, Hanke
rogó a Hadamowski que pronunciara una alocución por su nombramiento ante un
micrófono que no estaba conectado, y la exagerada alegría con que reaccionó,
signo inequívoco de su vanidad, fue de nuevo motivo de risa. Por el momento,
Goebbels ya no tenía por qué seguir temiendo una intervención en favor de
Hadamowski. Se trató de un juego diabólico en el que el ridiculizado ni
siquiera tuvo posibilidad de defenderse; es probable que no llegara a sospechar
que la broma tenía por objeto dejarlo mal ante Hitler. Tampoco había nadie que
pudiera controlar si Goebbels había relatado los hechos tal como habían
ocurrido realmente o si, por el contrario, había dado rienda suelta a su
fantasía.
Se podría pensar que Hitler no era más que un
ingenuo al que Goebbels engañaba. De acuerdo con mis observaciones, es verdad
que en tales casos Hitler no estaba a su altura; esa clase de viles
refinamientos no encajaba con su manera de ser, mucho más directa. Pero lo
grave era que Hitler apoyara y hasta provocara con su aplauso aquel juego
sucio. Una breve exclamación de disgusto por su parte habría atajado ese tipo
de actuaciones.
Me he preguntado a menudo si Hitler era un hombre
influenciable. Seguro que sí, y mucho, si uno sabía proceder adecuadamente.
Aunque tendía a desconfiar, creo que lo hacía de forma muy burda y que no
siempre era capaz de ver que aquellas ingeniosas jugadas estratégicas estaban
destinadas a manipular su opinión. En cuanto a los intrigantes sistemáticos,
era incapaz de detectarlos. Göering, Goebbels, Bormann y, a cierta distancia,
Himmler eran maestros en esta clase de juego. Por otra parte, la posición de poder
de estos hombres se fortalecía debido a que en las cuestiones decisivas la
franqueza no conseguía, por lo general, modificar el pensamiento de Hitler.
Cerraré mi descripción de las tertulias de
sobremesa con otra broma de este pérfido género. Esta vez el blanco del ataque
fue Putzi Hanfstaengl, el jefe de prensa extranjera, a quien Goebbels miraba
con desconfianza a causa de su estrecha relación personal con Hitler. Goebbels
disfrutaba sobre todo poniendo en la picota la supuesta codicia de Hanfstaengl.
Por ejemplo, intentó demostrar, con la ayuda de un gramófono, que Hanfstaengl
había robado de una canción inglesa la melodía de una marcha popular que había
compuesto, titulada Der Fon.
Así pues, el jefe de prensa extranjera ya estaba
desacreditado cuando Goebbels, durante la guerra civil española, contó a los
tertulianos que Hanfstaengl había hecho observaciones despectivas sobre el
espíritu de lucha de los soldados alemanes que combatían en España. Hitler se
enojó: había que dar una lección a aquel cobarde, que no tenía ningún derecho a
emitir juicios sobre la valentía de los demás. Unos días después se presentó en
el despacho de Hanfstaengl un mensajero de Hitler con un pliego sellado que
debía abrir cuando estuviera a bordo del avión que habían preparado para él. Ya
en el avión, en pleno vuelo, el jefe de Prensa leyó, aterrorizado, que iban a
dejarlo en «la zona roja española» para que trabajara allí como agente de
Franco. Goebbels le contó a Hitler todos los detalles: cómo Hanfstaengl, tras
conocer el contenido del pliego, rogó desesperadamente al piloto que diera la
vuelta, diciéndole que todo aquello tenía que deberse a un malentendido; cómo
el avión estuvo dando vueltas en círculo horas y horas entre las nubes, sobre
territorio alemán, mientras al pasajero se le daban informes falsos sobre los
puntos que sobrevolaban, por lo que creyó que se acercaban a territorio español
hasta que el piloto dijo finalmente que tenía que efectuar un aterrizaje de
emergencia y tomó tierra en el aeropuerto de Leipzig. Hanfstaengl, que debió de
darse cuenta entonces de que le habían jugado una mala pasada, dijo, muy
nervioso, que alguien había atentado contra su vida, y desapareció poco después
sin dejar rastro.
Todas las fases de este asunto desencadenaron
grandes accesos de hilaridad en la mesa de Hitler, especialmente porque esta
vez él mismo había contribuido a planear la jugada con Goebbels. Pero cuando
Hitler supo, unos días más tarde, que su jefe de prensa había buscado refugio
en el extranjero, temió que Hanfstaengl colaborara con los periódicos para
convertir en dinero lo que sabía sobre su intimidad. Sin embargo, y a pesar de
la codicia que se le atribuía, Hanfstaengl no hizo nada parecido.
La tendencia de Hitler a destruir por medio de
bromas crueles la fama y autoestima de colaboradores próximos y leales
compañeros de lucha hizo cierta mella en mí. Sin embargo, aunque todavía estaba
atrapado por él, ya hacía mucho que no sentía la fascinación que me había
dominado en los primeros tiempos. Con el trato diario conseguí algún
distanciamiento y también, a veces, la capacidad de observarlo con mirada
crítica.
Además, mi estrecha vinculación con Hitler se
centraba cada vez más en su dimensión de contratista. Me seguía entusiasmando
la idea de ayudarlo con todos mis conocimientos y llevar a la práctica sus
ideas arquitectónicas. Además, cuanto mayores y más importantes eran las obras
que se me encargaban, mayor era el respeto que se me tenía. Creí estar creando
la obra de mi vida, la que me situaría junto a los más famosos arquitectos de
la Historia. Esta idea hacía que no me sintiera como un mero protegido de Hitler,
y pensaba poder ofrecerle una contraprestación equivalente a mi nombramiento
como constructor. A esto había que añadir que Hitler me trataba como a un
colega y que siempre decía que yo era superior a él en el campo de la
arquitectura.
* * * *
Las comidas en casa de Hitler implicaban siempre
una considerable pérdida de tiempo, pues se estaba a la mesa más o menos hasta
las cuatro y media. Naturalmente, casi nadie se podía permitir semejante lujo
todos los días. Yo mismo comía allí solo una o dos veces por semana, para no
desatender mi trabajo.
A la vez, sin embargo, ser un invitado de Hitler
daba prestigio. Además, para la mayoría de los que se sentaban a su mesa era
importante estar al corriente de sus opiniones. La tertulia también era útil
para el propio Hitler, pues le permitía, sin esfuerzo ni compromiso, dar a
conocer una consigna o una directriz política. En cambio, por lo general
evitaba hablar sobre lo que hacía a diario y no comentaba, por ejemplo, el
resultado de una reunión importante. Si decía algo en este sentido, solía ser
para censurar a su interlocutor.
Durante la comida, podía suceder que algún invitado
lanzara su anzuelo, como si estuviera pescando, para conseguir una audiencia
con Hitler. Dejaba caer que había traído consigo unas fotografías del estado
actual de unas obras; también eran un buen reclamo las fotografías de un
estreno reciente, sobre todo si se trataba de una ópera de Wagner o de una
opereta. Pero lo que resultaba siempre infalible eran las palabras:
—Mein Führer, le he traído unos planos
nuevos.
Entonces el invitado podía suponer con bastante
seguridad que Hitler le respondería:
—Magnífico, muéstremelos después de comer.
Aunque ese procedimiento estaba muy mal visto entre
los comensales, de no seguirlo se corría el riesgo de tener que esperar meses y
meses para ser recibido por Hitler de una manera oficial.
Una vez terminada la comida, Hitler se levantaba,
los invitados se despedían sin entretenerse y el afortunado era conducido a la
sala de estar contigua, llamada «invernadero» por razones que aún no he
conseguido averiguar. Entonces Hitler me decía con frecuencia:
—Espere un momento, me gustaría comentar algo con
usted.
Ese «momento» solía convertirse en una hora o más.
Después Hitler me hacía llamar y, sintiéndose a sus anchas, se sentaba frente a
mí en uno de los cómodos sillones y se interesaba por el progreso de mis obras.
A menudo eran ya las seis de la tarde cuando Hitler
se despedía y se retiraba a sus habitaciones del piso superior. Entonces yo iba
a mi despacho, en el que a veces sólo podía quedarme un rato. Si el asistente
me decía por teléfono que Hitler deseaba verme para cenar, dos horas después
tenía que estar de nuevo en la Cancillería, y otras veces, si tenía planos que
presentarle, iba a su casa sin necesidad de que nadie me lo pidiera.
A esas cenas solían asistir entre seis y ocho
personas: su asistente, el médico de cabecera, el fotógrafo Hofmann, uno o dos
conocidos de Munich y muchas veces el piloto de Hitler (Bauer), con su
radiotelegrafista y su mecánico. Y Bormann, siempre imprescindible. Este era el
círculo íntimo de Hitler en Berlín, pues por la noche no solía desear que
estuvieran presentes sus colaboradores políticos, como Goebbels. El nivel de
las conversaciones de la cena era aún más trivial que el del mediodía. A Hitler
le gustaba que lo informaran de la marcha de las representaciones teatrales, y
también mostraba interés por los escándalos. El piloto hablaba de sus vuelos,
Hofmann relataba anécdotas relacionadas con el ambiente artístico de Munich e
informaba de la caza de cuadros, aunque normalmente era Hitler quien repetía
historias sobre su vida y hablaba de su carrera.
En la cena también se servían platos sencillos,
aunque Kannenberg, el intendente, intentó alguna vez ofrecer cosas mejores.
Hitler llegó a comer incluso caviar, cuyo sabor, nuevo para él, elogió. Sin
embargo, cuando Kannenberg, respondiendo a su pregunta, le informó de su
precio, se escandalizó y prohibió que se siguiera comprando. Entonces se le
presentó un caviar rojo barato, pero siguió considerándolo demasiado caro.
Desde luego, esos dispendios eran insignificantes respecto al conjunto de los
gastos. A pesar de ello, Hitler no concebía la idea de un Führer comiendo
caviar.
Concluida la cena, los asistentes se dirigían a la
sala de estar. Tomábamos asiento en cómodos sillones; Hitler se desabrochaba la
americana y estiraba las piernas. La luz se iba extinguiendo lentamente,
mientras por una puerta trasera iban entrando empleadas de la casa y algunos
miembros de la escolta personal de Hitler. Entonces comenzaba la primera
película. Igual que ocurría en el Obersalzberg, permanecíamos mudos durante
tres o cuatro horas y no nos levantábamos, envarados y aturdidos, hasta la una
de la madrugada aproximadamente, cuando terminaba la proyección. Hitler era el
único que parecía estar fresco y gustaba de extenderse en consideraciones sobre
las aptitudes de los actores y deleitarse en la actuación de alguno de sus
favoritos antes de pasar a otros temas. La languideciente tertulia proseguía en
la sala de estar pequeña; se servía vino, cerveza y bocadillos hasta que por
fin, hacia las dos de la madrugada, Hitler se despedía. Pensé a menudo que
aquel círculo mediocre se reunía en el mismo lugar en el que Bismarck solía
conversar con amigos, conocidos y compañeros políticos.
Con el fin de sacudir la monotonía de estas
tertulias, en alguna ocasión sugerí que se invitara a un pianista famoso o a un
científico. Me llenaba de perplejidad que Hitler no aceptara mis propuestas:
—Los artistas no vendrían de tan buen grado como
usted afirma.
En realidad, muchos de ellos se habrían sentido
verdaderamente distinguidos por su invitación. Puede que Hitler no quisiera ver
perturbado aquel modo banal de terminar el día que tanto le agradaba. También
noté con frecuencia que sentía cierta timidez ante aquellos que lo superaban en
algún aspecto. Aunque de vez en cuando los recibía, lo hacía en la atmósfera
reservada de las audiencias oficiales. Quizá fuera esta una de las razones por
las que me había escogido a mí, un arquitecto tan joven: en su trato conmigo no
sentía tales complejos de inferioridad.
En los primeros años que siguieron a 1933, los
asistentes podían invitar a una dama a cenar; a algunas, procedentes del campo
cinematográfico, las eligió Goebbels. No obstante, por lo general sólo se
admitía a mujeres casadas, casi siempre acompañadas por sus esposos. Hitler
observaba esta regla para evitar rumores que habrían podido perjudicar la
imagen de un Führer de sólidas costumbres que Goebbels había
creado. Hitler se comportaba frente a estas damas poco más o menos como el
alumno de una clase de baile durante la fiesta de fin de curso. También salía a
relucir su tímido afán de no hacer nada que estuviera fuera de lugar, de
repartir suficientes cumplidos, de saludar y despedir a las damas con el
besamanos austríaco. Una vez terminada la reunión social, acostumbraba quedarse
un rato más con los componentes de su círculo privado para soñar en voz alta
con las damas de aquella velada, más sobre su figura que sobre su encanto o
inteligencia. Y siempre, en cierto modo, como un alumno convencido de lo irrealizable
de sus deseos. Hitler sentía preferencia por las mujeres altas y metidas en
carnes; Eva Braun, más bien menuda y de figura delicada, no respondía en
absoluto a su tipo.
De pronto, si no recuerdo mal hacia 1935, esto se
acabó de repente. Nunca he sabido si fue a consecuencia de alguna habladuría o
por otro motivo. Sea como fuere, Hitler anunció de súbito que en lo sucesivo no
recibiría a las damas. A partir de entonces se contentó con elogiar a las
estrellas de las películas que se proyectaban por la noche.
Más tarde, hacia 1939, se asignó a Eva Braun un
dormitorio en el domicilio de Hitler en Berlín; su habitación, contigua a la de
este, disponía de una ventana que daba a un estrecho patio. Eva Braun llevaba
allí una vida totalmente aislada, aún más que en el Obersalzberg; entraba a
hurtadillas por una puerta y una escalera laterales y nunca bajaba a las
estancias inferiores, ni siquiera cuando sólo estaban en casa los antiguos
conocidos. Se alegraba mucho cuando yo le hacía compañía durante sus largas horas
de espera.
Mientras estaba en Berlín, Hitler iba muy poco al
teatro, excepto para ver operetas: jamás se perdía las reposiciones de clásicos
como El murciélago o La viuda alegre. Estoy seguro
de haber visto con él lo menos cinco o seis veces, en distintas ciudades de
Alemania, El murciélago, una opereta a cuyo fastuoso lujo
contribuía generosamente, gracias a los medios obtenidos por Bormann.
También gustaba del «arte ligero» y acudía algunas
veces al Wintergarten, una sala de variedades de Berlín. Seguramente habría ido
allí con más frecuencia de no haber sido por sus recelos. A veces enviaba al
intendente en su lugar y después, ya a altas horas de la noche, este contaba
algo de lo que había visto. En alguna ocasión fue también al Teatro Metropol,
en el que se representaban triviales operetas arrevistadas en las que aparecía
gran cantidad de «ninfas» muy ligeras de ropa.
Cada año asistía, sin excepción alguna, a las
representaciones del primer ciclo de los Festivales de Bayreuth. A pesar de que
soy un profano en cuestiones musicales, creo que Hitler demostró, durante sus
conversaciones con la señora Winifred Wagner, tener también capacidad de juicio
en cuestiones musicales, aunque le interesaban más las labores de dirección.
Aparte de esto, asistía a muy pocas
representaciones de ópera, y tampoco tardó en remitir su interés por el teatro,
que era algo mayor al principio. Incluso su predilección por Brückner pasó a
ser más bien un formulismo; aunque antes de cada uno de los «discursos
culturales» que pronunciaba ante el Congreso del Partido en Nüremberg hacía
ejecutar un fragmento de una sinfonía suya, por lo demás se limitaba a cuidar
de que el conjunto de su obra continuara cultivándose en la abadía de Sankt
Florian. No obstante, hacía propagar la idea de que tenía un profundo sentido
artístico.
Nunca supe si Hitler tenía algún interés por la
buena literatura. Normalmente hablaba de obras de estrategia militar, de
calendarios navales o de libros de arquitectura, que estudiaba una y otra vez
con gran interés durante la noche, pero nunca se manifestó respecto a otros
temas.
* * * *
Siendo yo un hombre acostumbrado al trabajo
intenso, al principio no podía comprender aquella forma de malgastar el tiempo.
Sí que entendía que Hitler terminara el día de un modo tedioso y repetitivo,
aunque el promedio de seis horas que duraba esta fase se me antojaban un tanto
excesivas y me parecía que el rato de trabajo diario era, en proporción, muy
breve. Muchas veces me preguntaba: « ¿Cuándo trabaja?». El día se le hacía muy
corto; por la mañana se levantaba tarde y celebraba dos o tres conversaciones
oficiales, y a partir de la hora de comer se dedicaba a dilapidar el tiempo
hasta primeras horas de la noche. [46] Las contadas audiencias que concedía por la tarde se veían
amenazadas por su afición a los proyectos. Los asistentes me rogaban con
frecuencia:
—Haga el favor de no enseñarle hoy ningún proyecto.
En esos casos escondía los dibujos que llevaba
conmigo en la centralita de teléfonos que había en la entrada y respondía con
evasivas a las preguntas de Hitler. Con el tiempo se dio cuenta del juego y
terminó registrando personalmente la antesala o el guardarropa en busca de mi
rollo de planos.
A los ojos del pueblo, Hitler era el Führer infatigable
que trabajaba día y noche. Quien conozca la forma de trabajar de algún
temperamento artístico podrá comprender su indisciplinada distribución del
tiempo, comparable al estilo de vida de un bohemio. Por lo que pude observar,
muchas veces dejaba madurar un problema durante semanas mientras se ocupaba de
cosas sin importancia y después, tras una «inspiración súbita», en algunos días
de trabajo intenso formulaba la solución que le parecía acertada. Es posible
que aquellas tertulias fueran para él una forma de poner lúdicamente a prueba
nuevas ideas, tratarlas de forma siempre distinta, retocarlas y perfeccionarlas
ante un auditorio acrítico. Una vez había adoptado una resolución, volvía a
caer en su ociosidad.
Capítulo X
El imperio desencadenado
Cenaba con Hitler una o dos veces por semana. Sobre
las doce de la noche, cuando había terminado la última película, me pedía a
veces mi rollo de planos y nos dedicábamos a discutir los detalles hasta las
dos o las tres de la madrugada. El resto de los invitados se retiraban a tomar
una copa de vino o, sabiendo que ya les sería difícil hablar con él, se volvían
a casa.
Lo que más atraía a Hitler era la maqueta de
nuestra ciudad modelo, que estaba montada en los antiguos locales de exposición
de la Academia de Bellas Artes. Para poder llegar allí sin que nadie lo
molestara, había hecho abrir una puerta en el muro de los jardines
ministeriales que había entre la Cancillería y nuestro edificio. A veces
invitaba a los comensales a acompañarnos al estudio y nos poníamos en marcha
equipados con llaves y linternas de mano. Unos focos iluminaban las maquetas
dispuestas en las salas vacías. Yo no tenía que decir nada, pues Hitler,
emocionado, daba a sus acompañantes toda clase de explicaciones.
Había gran expectación cuando se colocaba una nueva
maqueta, que se iluminaba con potentes focos dispuestos con una orientación
semejante a la del sol. Generalmente se construían a escala 1:50; unos
ebanistas reproducían hasta el último detalle las construcciones reales,
incluso en el color. Así pudimos ir componiendo gradualmente partes enteras de
la nueva gran avenida y obtuvimos una impresión plástica de las obras que
debían realizarse diez años más tarde. Esta calle de maquetas ocupaba unos
treinta metros de las antiguas salas de exposición de la Academia de Bellas
Artes de Berlín.
Hitler se sentía particularmente entusiasmado por
una gran maqueta general que reproducía, a escala 1:1.000, la gran avenida. La
maqueta se podía fraccionar en partes que estaban montadas sobre mesas con
ruedas. De este modo, Hitler podía entrar en «su calle» por algunos puntos y
comprobar su efecto real: por ejemplo, podía adoptar la perspectiva del viajero
que llegaba a la estación del sur, o contemplar el efecto desde la Gran Sala o
desde el centro de la calle. Llegaba a ponerse casi de rodillas, con los ojos
algunos milímetros por encima del nivel de la calle, para hacerse una idea
correcta. Mientras tanto, hablaba con una vivacidad inusual. Esas eran las
únicas horas en las que abandonaba por completo su habitual rigidez. En ninguna
otra ocasión lo vi tan espontáneo, activo y relajado como en aquellos momentos;
en cambio yo, que por lo general estaba cansado y seguía sintiendo, aun con
todos los años que había pasado a su lado, un resto de respetuosa inhibición,
solía quedarme callado. Uno de mis más íntimos colaboradores resumió la
impresión que le producía aquella singular relación diciendo:
— ¿Sabe lo que es usted? ¡Usted es el amor
desgraciado de Hitler!
Pocos eran los visitantes que tenían acceso a
aquellos locales, cuidadosamente ocultos a la vista de los curiosos. Nadie
podía ver el gran proyecto de las obras de Berlín sin autorización expresa de
Hitler. Göering, después de haber contemplado en una ocasión el conjunto de
maquetas de la gran avenida, ordenó a su escolta que se adelantara y me dijo
con voz emocionada:
—Hace algunos días, el Führer me habló de mi misión
después de su muerte. Me dijo que hiciera siempre lo que creyera acertado; sin
embargo, me hizo prometerle que nunca lo reemplazaría a usted por otro, que no
me entrometería en sus proyectos y que le dejaría libre iniciativa. Y que
pondría a su disposición todo el dinero necesario para las obras, todo lo que
usted me pidiera. —Göering, emocionado, hizo una pausa. — Prometí al Führer con
un solemne apretón de manos que lo obedecería en todo, y ahora también se lo
prometo a usted.
Y dicho esto me estrechó largo rato la mano con
ademán patético.
También mi padre examinó los trabajos del hijo que
se había hecho célebre. Pero al ver las maquetas se limitó a encogerse de
hombros y decir:
— ¡Os habéis vuelto completamente locos!
Por la noche, mi padre y yo fuimos al teatro a ver
una comedia en la que actuaba Heinz Rühmann. Casualmente, Hitler acudió a la
misma representación. Durante el entreacto preguntó a su asistente si el
anciano caballero que estaba conmigo era mi padre. Entonces nos pidió que
fuéramos a verlo. Cuando mi padre, que a pesar de sus setenta y cinco años iba
siempre erguido y se mostraba dueño de sí mismo, fue presentado a Hitler, le
acometió un fuerte temblor, algo que jamás vi que le sucediera ni antes ni después
de aquel momento. Se puso pálido, no reaccionó ante el himno de alabanza que
entonó Hitler en loor de su hijo y se despidió sin despegar los labios. Mi
padre nunca mencionó el encuentro y yo evité preguntarle el motivo de la
inquietud que lo había asaltado al verse frente a Hitler.
* * * *
« ¡Os habéis vuelto completamente locos!». Cuando
hojeo hoy las numerosas fotografías de las maquetas de nuestra antigua gran
avenida, me doy cuenta de que no sólo habría sido una locura, sino también un
alarde de monotonía.
Pensamos que a la nueva calle le faltaría vida si
únicamente había en ella edificios públicos, por lo que destinamos dos tercios
de su longitud a edificios privados. Los posibles intentos de la Administración
pública para desplazarlos podrían ser acallados con ayuda de Hitler. De ningún
modo queríamos erigir una calle ministerial. Con la intención de dar vida
urbana a la nueva avenida se proyectaron un lujoso cine de estreno con
capacidad para dos mil espectadores, una nueva ópera, tres teatros, una sala de
conciertos, un edificio de congresos que se llamaría «Casa de las Naciones», un
hotel de veintiún pisos, con mil quinientas camas, locales de variedades,
restaurantes de lujo y hasta una piscina cubierta, de estilo romano, que
parecía unas termas imperiales. [47] Plácidos patios interiores con columnatas y pequeñas tiendas bien
cuidadas invitarían a pasear lejos del ruido de la calle. También habría
abundantes anuncios luminosos. Hitler y yo habíamos imaginado toda la calle
como una exposición comercial continua de artículos alemanes que habría de
atraer particularmente a los extranjeros.
Al examinar hoy los planos y las fotografías de las
maquetas, también estas zonas de la avenida me parecen carentes de vida. A la
mañana siguiente a mi puesta en libertad, cuando al dirigirme al aeropuerto
pasé por delante de uno de esos edificios, [48] vi en pocos segundos lo que no había advertido en años enteros:
que construíamos a una escala desmesurada. Incluso para las empresas privadas
habíamos previsto bloques de 150 a 200 metros de longitud; fijamos de manera
unitaria la altura de los edificios y la de las fachadas de las tiendas,
desterramos los rascacielos a segundo término y, por otra parte, nos centramos
en los recursos que podrían dar vida y animación a la calle. Al contemplar las
fotografías de los edificios de oficinas, siempre me asusto ante aquella
rigidez monumental, que habría destruido todos nuestros esfuerzos por dar a la
calle un aire cosmopolita.
En términos relativos, lo que estaba mejor resuelto
era la estación central, situada en el comienzo meridional de la gran avenida
de Hitler, que habría destacado positivamente sobre el resto de los monstruosos
edificios de piedra gracias a su tejado de planchas de cobre y a su
revestimiento con superficies de cristal. La estación preveía cuatro niveles de
tráfico superpuestos y unidos por medio de escaleras automáticas y ascensores,
y pretendía superar a la Grand Central Terminal de Nueva York.
Los visitantes oficiales habrían salido de allí por
una gran escalinata exterior. Tanto ellos como los viajeros que salieran de la
estación tendrían que quedar sobrecogidos —o, mejor dicho, patidifusos— por la
imagen urbana y, por consiguiente, por el poderío del Reich. Siguiendo el
modelo de la avenida de esfinges que lleva de Karnak a Luxor, la plaza de la
estación, con sus mil metros de longitud y trescientos treinta de anchura,
estaría flanqueada por las armas conquistadas. Hitler había ordenado este detalle
después de la campaña de Francia y lo confirmó una vez más en las postrimerías
del otoño de 1941, tras sus primeras derrotas en la Unión Soviética.
El Gran Arco de Hitler (o Arco de Triunfo, aunque
raramente lo llamaba así), que se situaría a 800 metros de la estación,
cerraría y coronaría la plaza. El Arc de Triomphe que Napoleón hizo levantar en
la Place de l'Étoile constituye, con sus cincuenta metros de altura, una masa
monumental, un remate imponente de los dos kilómetros de longitud de los Champs
Élysées, pero nuestro Arco de Triunfo, de 170 metros de anchura, 119 de
profundidad y 117 de altura, habría anulado el resto de edificaciones de aquella
parte de la calle.
Después de algunos intentos infructuosos, ya no me
quedaba valor para tratar de persuadir a Hitler de que alterara parte de su
plan. Este era el corazón de sus proyectos; surgido mucho antes de que el
profesor Troost ejerciera sobre él su beneficiosa influencia, es el mejor
ejemplo de las ideas arquitectónicas que Hitler desarrolló en los años veinte y
plasmó en su cuaderno de bocetos, que se ha perdido. Hacía oídos sordos a
cualquier propuesta que implicara modificar las proporciones de la obra o simplificarla,
pero parecía satisfecho cuando yo, en los planos terminados, ponía tres cruces
en el lugar donde debía ir el nombre del arquitecto.
Tras el ojo del Gran Arco, de ochenta metros de
altura, y a cinco kilómetros de distancia, la segunda construcción triunfal de
la calle, la mayor sala de reuniones del mundo, con su cúpula de 290 metros de
altura, se perdería en el humo de la capital.
Entre el Arco de Triunfo y la Gran Sala, once
ministerios aislados interrumpían nuestra calle. Además de un Ministerio del
Interior, otro de Comunicaciones, uno de Justicia, otro de Economía y uno de
Abastecimientos, después de 1941 todavía tuve que incorporar al proyecto un
Ministerio de Colonias. [49] Así pues, ni siquiera durante la campaña de Rusia renunció Hitler
a establecer colonias alemanas. Los ministros que esperaban conseguir con
nuestros proyectos la concentración de sus dependencias, desperdigadas por
Berlín, quedaron decepcionados cuando Hitler dispuso que los nuevos edificios
se destinaran sobre todo a fines representativos y no al aparato del Gobierno.
A continuación de aquella monumental parte de la
calle, trataba de imponerse un carácter comercial y de esparcimiento a un
trayecto de más de un kilómetro que desembocaría en la Plaza Redonda, en la
intersección con la Potsdamer Strasse. A partir de este punto y en dirección al
norte, la calle volvía a adquirir un carácter solemne: a mano derecha se
elevaba la «Galería de los Soldados» diseñada por Wilhelm Kreis, un cubo
gigantesco sobre cuya finalidad Hitler no se manifestó nunca abiertamente,
aunque es posible que pensara en una combinación de arsenal y monumento
conmemorativo. En cualquier caso, tras el armisticio con Francia ordenó que la
primera pieza que se expusiera en aquel lugar fuera el vagón comedor en el que
se había sellado la derrota de Alemania en 1918 y el derrumbamiento de Francia
en 1940. También estaba previsto que hubiera una cripta para albergar los
féretros de los mariscales alemanes más famosos del pasado, el presente y el
futuro. [50] Más allá de la Galería se extendían por el Oeste, hasta la
Bendlerstrasse, los edificios destinados a alojar al Alto Mando del Ejército de
Tierra. [51]
Göering, después de examinar estos proyectos,
sintió que su Ministerio del Aire debía superarlos. Me convenció para que me
pusiera a su servicio, [52] y encontramos un solar ideal para sus fines ante la «Galería de
los soldados», en el límite del Tiergarten. Göering se mostró entusiasmado con
los planos del nuevo edificio, que después de 1940, bajo el nombre de
«Departamento del Mariscal del Reich», habría de reunir la totalidad de sus
cargos. Hitler, en cambio, dijo con decisión:
—El edificio es demasiado grande para Göering;
destaca demasiado. Además, no me gusta que emplee a mis arquitectos para
construirlo.
Aunque muchas veces hablaba con desagrado de los
planes de Göering, nunca encontró el valor necesario para refrenar a su
ministro. Göering, que conocía a Hitler, me tranquilizó con estas palabras:
—Deje las cosas como están y no se preocupe. Lo
vamos a construir así, y ya verá cómo, al final, el Führer estará entusiasmado.
Hitler se mostraba muy a menudo así de indulgente
en su esfera particular. Por ello cerraba los ojos ante los escándalos
conyugales que se producían a su alrededor, siempre y cuando, como en el caso
Blomberg, no se les pudiera sacar partido político. Así, podía sonreírse ante
el afán de ostentación y pronunciar cáusticas observaciones en su círculo
íntimo, sin insinuar siquiera a los afectados que consideraba incorrecta su
conducta.
En el anteproyecto del edificio de Göering había
gran cantidad de escaleras, salas y vestíbulos, que ocupaban más espacio que
las zonas de trabajo. El punto central de la parte destinada a fines
representativos habría de estar constituido por un vestíbulo con una pomposa
escalinata que llegaría hasta el cuarto piso y que era probable que nunca fuera
utilizada, pues, naturalmente, todo el mundo preferiría emplear el ascensor.
Desde luego, el conjunto era una pura obra de exposición; para mí constituyó el
paso definitivo del neoclasicismo que hasta entonces había pretendido, que
quizá aún fuera perceptible en la nueva Cancillería del Reich, a una recargada
arquitectura representativa propia de nuevos ricos. El 5 de mayo de 1941, la
Crónica de mi departamento oficial registra que al mariscal del Reich le había
gustado mucho la maqueta del edificio y que había parecido particularmente
entusiasmado por la escalera. En ella comunicaría todos los años su consigna a
los oficiales de la Luftwaffe. De acuerdo con lo registrado en la Crónica,
Göering dijo literalmente:
—Breker tiene que hacer un monumento al Inspector
General de Edificación para colocarlo en esta escalinata, que será la más
grande del mundo. La expondremos aquí en honor del hombre que ha concebido una
obra tan grandiosa.
Esta parte del Ministerio, cuya fachada, de 240
metros de longitud, daba a la gran avenida, estaba unida a un ala de las mismas
dimensiones que se orientaba hacia el Tiergarten y acogía los salones para
fiestas que Göering me había pedido y que, al mismo tiempo, constituirían las
estancias de su vivienda. Dispuse los dormitorios en el piso superior.
Pretextando razones de protección antiaérea, proyecté cubrir el edificio con un
espesor de cuatro metros de tierra de jardín, de manera que incluso se pudieran
plantar grandes árboles en ella. Así, sobre los tejados de Berlín, a cuarenta
metros por encima del Tiergarten, habría surgido un gran parque de 11.800 m2,
con piscina y campo de tenis, fuentes, estanques, columnatas, pérgolas y un
bar, así como un teatro de verano con capacidad para doscientos cuarenta
espectadores. Göering quedó abrumado y enseguida se puso a soñar con las
fiestas que celebraría en aquella terraza ajardinada:
—Iluminaré la gran cúpula con bengalas y desde allí
organizaré unos grandes fuegos artificiales para mis invitados.
Sin contar los sótanos, el edificio de Göering
habría tenido un volumen de 580.000 m3, mientras que la Cancillería
del Reich recién construida sólo tenía 400.000. No obstante, Hitler no se
sintió superado por Göering; en el discurso que pronunció el 2 de agosto de
1938, muy ilustrativo respecto a sus ideas constructivas, manifestó que únicamente
podría utilizar diez o doce años más la nueva Cancillería, porque el gran
proyecto urbanizador de la ciudad de Berlín preveía la edificación de una obra
mucho mayor como vivienda del canciller y sede gubernamental. Tras una
inspección conjunta a la sede oficial de Hess en Berlín, Hitler decidió que el
edificio se levantaría en la Voss-Strasse. El de Hess tenía una escalera en
llamativos tonos rojos y una decoración mucho más sencilla que la de estilo
transatlántico que él y los jerarcas del Reich preferían. De nuevo en la
Cancillería del Reich, Hitler criticó con expresión de horror la falta de
criterio artístico de su lugarteniente:
—A Hess no lo han favorecido en absoluto las musas.
Jamás permitiré que levante ninguna obra nueva. Más adelante, su sede será la
actual Cancillería del Reich, y no dejaré que haga en ella la menor
modificación, pues no entiende de esto.
Una crítica semejante, relativa además al criterio
estético, podía a veces acabar con una carrera, y así lo interpretaron todos en
el caso de Rudolf Hess: sólo en presencia del propio Hess se expresó Hitler con
moderación. Pero bastaba con constatar el comportamiento reservado de la corte
para que Hess se diera cuenta de que su cotización había descendido
considerablemente.
* * * *
Al igual que al sur del proyectado centro urbano,
también al norte había una estación central. Un estanque de 1.100 metros de
largo y 350 de ancho la separaría de la Gran Sala, situada casi a dos
kilómetros. No uniríamos aquel enorme estanque con el Spree, cuyas aguas
estaban llenas de basura. Como antiguo deportista acuático, quería que el agua
del lago estuviese limpia para los nadadores. Vestuarios, cobertizos para las
barcas y solarios debían flanquear un baño al aire libre en plena capital, que
probablemente habría creado un singular contraste con las grandes edificaciones
que se reflejarían en el lago, que proyecté por un motivo muy sencillo: aquel
subsuelo pantanoso no era adecuado para construir en él.
Había planeado situar tres grandes edificios en el
lado oeste del lago: en el centro, el nuevo Ayuntamiento de Berlín, de casi
medio kilómetro de longitud. Hitler y yo nos inclinábamos por dos anteproyectos
distintos; después de muchas discusiones, conseguí imponer mis argumentos. El
Ayuntamiento estaría flanqueado por el Alto Mando de la Marina de Guerra y la
Jefatura Superior de Policía de Berlín. En el lado este del gigantesco estanque
se construiría una nueva academia militar, rodeada de espacios verdes. Los
planos de estos edificios se concluyeron según lo previsto.
Sin duda, el sector comprendido entre las dos
estaciones centrales pretendía demostrar, traducido a lenguaje arquitectónico,
el poderío político, militar y económico de Alemania. El soberano absoluto del
Reich se hallaría en el centro de la gran avenida, y la expresión máxima de su
poder sería la cercana Gran Sala, cuya cúpula dominaría el Berlín del futuro.
Al menos sobre los planos se había convertido en realidad aquella expresión de
Hitler de que «Berlín tendría que cambiar su faz para adaptarse a su nueva y
gran misión». [53]
En la actualidad, cuando trato a veces de
comprender los motivos de mi aversión hacia Hitler, me parece que, además de
todas las cosas terribles que realizaba o planeaba, también hay que tener en
cuenta la decepción personal que me deparó su juego con la guerra y las
catástrofes. Pero también soy consciente de que todos aquellos proyectos sólo
habrían sido posibles mediante ese juego de poder sin escrúpulos.
Los anteproyectos de tal magnitud revelan, desde
luego, una permanente megalomanía. Aun así, sería injusto desdeñar sin más todo
el proyecto de aquel eje norte-sur. Desde el punto de vista de las proporciones
actuales, la amplia avenida y las nuevas estaciones centrales, con su tráfico
subterráneo, eran de dimensiones tan poco exageradas como nuestros edificios
comerciales, hoy sobrepasados con mucho en todo el mundo por Ministerios y
rascacielos. Si rompían el marco de lo humano era más por su impertinencia que
por su tamaño. La Gran Sala, la futura Cancillería del Reich de Hitler, el
grandioso edificio de Göering, la «Galería de los Soldados» y el Arco de
Triunfo fueron proyectos que vi con los ojos políticos de Hitler, —¿Comprende
usted ahora por qué lo hacemos todo tan grande? La capital del Imperio
germánico… Si disfrutara de salud…
* * * *
Hitler tenía prisa por ver realizado el núcleo de
su planificación urbanística, de siete kilómetros de longitud. Tras efectuar
unos cálculos muy precisos, en primavera de 1939 le prometí que todas las obras
estarían terminadas en 1950. Esperaba que con eso le daría una gran alegría,
por lo que me sentí defraudado al comprobar que se limitaba a tomar nota con
satisfacción de ese plazo, que implicaba una actividad constructora incesante.
Quizá estuviera pensando al mismo tiempo en sus planes militares, que a la
fuerza convertirían mis cálculos en ilusorios.
Sin embargo, otros días mostraba tal empeño en que
las obras se concluyeran en el plazo previsto y parecía sentirse tan impaciente
porque llegara el año 1950 que, si lo único que impulsaba sus fantasías
urbanizadoras era el deseo de ocultar sus propósitos expansionistas, esta fue
su mejor maniobra de distracción. Las frecuentes observaciones que hacía
respecto al alcance político de sus planes deberían haberme hecho sospechar
algo, aunque las compensaba la seguridad que parecía tener en el cumplimiento de
los plazos fijados. Ya estaba acostumbrado a que hiciera de vez en cuando
comentarios alucinantes; ahora resulta más fácil que entonces descubrir los
hilos que los unían entre sí y con mis proyectos de construcción.
Hitler procuraba evitar que nuestros planes se
conocieran; sin embargo, como no podíamos trabajar excluyendo por completo a la
opinión pública, porque había demasiada gente ocupada en los trabajos previos,
dejamos ver partes aparentemente inocuas del proyecto, y también explicamos la
idea urbanística general en un artículo que publiqué con autorización de
Hitler. [54] El cabaretista Werner Fink se burló del proyecto y fue internado
en un campo de concentración, aunque seguramente hubo otros motivos. Yo pensaba
acudir al local en el que actuaba para demostrar que no me sentía ofendido,
pero lo detuvieron justo el día antes de que lo hiciera.
Nuestra precaución también se ponía de manifiesto
en asuntos de poca monta: cuando consideramos la posibilidad de derribar la
torre del Ayuntamiento de Berlín, publicamos por medio del subsecretario Karl
Hanke un «comunicado» en un periódico berlinés con objeto de saber cómo
reaccionaría la opinión pública. Desistí de mi propósito al constatar la
colérica protesta de la gente, cuyos sentimientos teníamos que respetar. Se
planteó también la posibilidad de reconstruir el agradable palacio de Mon Bijou
en el parque del palacio de Charlottenburg, dado que en su ubicación original
se había previsto levantar un museo. [55] Incluso la torre de comunicaciones continuó en su lugar por
razones similares, y tampoco se eliminó la Columna de la Victoria, que se
interponía en el camino de las nuevas obras; Hitler veía en ella un monumento
de la historia alemana y, para aumentar más su efecto, pensó aprovechar la
ocasión para levantar un poco más la columna. Para este fin dibujó un boceto
que todavía se conserva, y se burló de la mezquindad de un Estado prusiano
triunfante que había escatimado incluso en la altura de su Columna de la
Victoria.
Calculé los costes totales del proyecto de la
planificación urbanística de Berlín entre cuatro y seis mil millones de marcos
del Reich, que equivaldrían actualmente a entre dieciséis y veinticuatro mil
millones de marcos. Durante los once años que aún faltaban hasta 1950, había
que gastar cada año en edificaciones alrededor de quinientos millones de marcos
del Reich, una cifra en absoluto utópica, pues tal cantidad sólo equivalía al
cuatro por ciento del volumen total de la construcción alemana. [56] Para justificarme y tranquilizarme a la vez, establecí en aquel
tiempo otra comparación, sin duda muy discutible: calculé qué porcentaje de lo
que el Estado prusiano ingresaba en concepto de impuestos había destinado el
rey Federico Guillermo I, padre de Federico el Grande y conocido por su
austeridad, a la realización de sus obras de Berlín. La cantidad superaba
varias veces nuestros gastos, que ascendían poco más o menos al tres por ciento
de los 15.700 millones de marcos de los impuestos. Desde luego, la comparación
era cuestionable, pues la recaudación de ambas épocas no era equivalente.
El profesor Hettlage, mi asesor en cuestiones
presupuestarias, resumió sarcásticamente nuestras ideas sobre la financiación
con estas palabras:
—En el municipio de Berlín, los gastos deben
ajustarse a los ingresos, pero en nuestro caso sucede lo contrario. [57]
En opinión de Hitler y mía, no había que recaudar
de una sola vez los quinientos millones de marcos que se precisarían
anualmente, sino que debían repartirse tanto como fuera posible; cada
Ministerio y negociado oficial debería consignar sus necesidades en su
presupuesto, y tendrían que hacer lo mismo los Ferrocarriles del Reich para
sufragar la reforma de la red ferroviaria berlinesa o el municipio de Berlín
para construir las calles y el metro. Las empresas privadas correrían con sus
propios gastos.
Cuando, en 1938, hubimos establecido todos estos
detalles, Hitler, con expresión divertida, dijo estas palabras sobre lo que en
su opinión era un astuto rodeo para obtener una financiación discreta:
—Cuando la cantidad se distribuye de esta forma, no
llama la atención lo que va a costar todo junto. Sólo financiaremos de manera
directa la Gran Sala y el Arco de Triunfo. Pediremos al pueblo que haga
donativos. Además, el ministro de Hacienda tendrá que facilitarnos anualmente
sesenta millones de marcos. Lo que no se vaya a necesitar enseguida, lo
guardaremos.
En 1941 yo ya había reunido 218 millones de
marcos; [58] en 1943, y a propuesta del ministro de Hacienda, la cuenta, en la
que había ya 320 millones de marcos, fue suprimida con mi conocimiento y
autorización, sin decirle nada a Hitler.
El ministro de Hacienda, Von Schwerin-Krosigk, no
cesaba de poner objeciones y de formular protestas a causa de aquel derroche de
fondos públicos. Hitler, para librarme de esas preocupaciones, se comparaba con
el rey bávaro Luis II:
— ¡Si el ministro de Hacienda supiera qué fuentes
de ingresos va a tener el Estado en sólo cincuenta años gracias a mis obras!
¿Qué ocurrió con Luis II? Lo declararon loco a causa del coste de sus palacios.
¿Y qué pasa hoy? Pues que una gran parte de los turistas se dirige a la Alta
Baviera precisamente para verlos. El dinero de las entradas ya hace tiempo que
ha compensado lo que costaron aquellas edificaciones. ¿Qué opina usted? El
mundo entero acudirá a Berlín para contemplar nuestras obras. A los americanos
sólo tendremos que hacerles saber el coste de la Gran Sala. A lo mejor incluso
exageramos un poco y decimos mil quinientos millones en lugar de mil. Y
entonces tendrán que venir a verla: la construcción más cara del mundo.
Al examinar los planos, Hitler repetía con
frecuencia: —Mi único deseo, Speer, es el de seguir con vida cuando todo esto
se haya levantado. En 1950 organizaremos una Exposición Universal. Los
edificios permanecerán sin ocupar hasta esa fecha y los inauguraremos para la
exposición. ¡Invitaremos al mundo entero!
Aunque Hitler hablara así, era muy difícil adivinar
sus verdaderos pensamientos. A mi esposa, que durante once años se vería
privada de toda vida familiar, le prometí como consuelo un viaje alrededor del
mundo para el año 1950.
El proyecto de Hitler de cargar el coste de las
obras sobre la mayor cantidad posible de espaldas salió bien, pues la ciudad de
Berlín, rica y en alza, atraía cada vez a más funcionarios, debido a la
centralización del poder del Estado; también las empresas industriales tuvieron
que tener en cuenta aquel desarrollo y ampliar sus centrales berlinesas. Hasta
entonces, para tales propósitos sólo existía, como «escaparate de Berlín», la
calle Unter den Linden y otras vías urbanas de menor importancia, por lo que la
nueva avenida de 120 metros de anchura resultaba muy atractiva. Por un lado,
porque en ella no eran de temer los atascos de tráfico y, por otro, porque los
solares de aquella zona, entonces todavía algo alejada del centro, eran
relativamente baratos. Al iniciar mi actividad, había numerosas peticiones de
permisos de obras para edificar por todo el término municipal, sin ningún
orden. Poco después de que Hitler asumiera el poder se erigió, en un barrio
poco céntrico, el nuevo edificio del Banco del Reich, previo derribo de varios
bloques. Por cierto que un día Himmler, después de la comida, presentó a Hitler
los planos de este edificio y le hizo ver con toda seriedad que las secciones
transversal y longitudinal tenían la forma de la cruz de Cristo, lo cual era
una velada glorificación de la fe cristiana por parte del arquitecto Wolf, de
religión católica. Sin embargo, Hitler entendía lo suficiente de construcción
como para tomarse a risa la observación.
Unos meses antes de que los proyectos tomaran su
forma definitiva, los 1.200 metros de calle que debían edificarse incluso antes
de acabar de desplazar las vías ya estaban adjudicados. Las solicitudes de los
Ministerios, empresas privadas y departamentos oficiales del Reich para que se
les asignaran unos terrenos que no estarían disponibles hasta al cabo de
algunos años alcanzaron tal volumen, que la urbanización de los siete
kilómetros no sólo estaba asegurada, sino que, además, empezamos a asignar solares
situados al sur de la estación meridional. Nos costó mucho convencer al
director del Frente Alemán del Trabajo, el doctor Ley, que disponía de
abundantes recursos procedentes de las cuotas de los trabajadores, de que no
ocupara para sus servicios la quinta parte de la calle. Con todo, logró hacerse
con un bloque de 300 metros de longitud que pretendía destinar a un gran centro
de atracciones.
Uno de los motivos de aquella tremenda fiebre
constructiva era también, naturalmente, la perspectiva de ganarse el favor de
Hitler levantando edificios significativos. Dado que los gastos de las obras
serían más elevados allí que en otros puntos, recomendé a Hitler que los
compensara de algún modo; aceptó mi propuesta al instante.
— ¿Por qué no otorgar incluso una condecoración a
aquellos que apoyen el arte? Las concederemos muy pocas veces y
fundamentalmente a los que hayan financiado una gran obra. En este sentido, se
puede hacer mucho repartiendo condecoraciones.
Incluso el embajador británico creyó —y no sin
razón, por cierto— haber obtenido un éxito al proponer a Hitler levantar una
nueva Embajada en el remozado Berlín, y también Mussolini mostró un interés
extraordinario en aquel proyecto. [59]
* * * *
Si bien Hitler guardaba silencio sobre sus
verdaderos proyectos constructivos, se hablaba y escribía más que suficiente
sobre lo que se conocía. Y la consecuencia fue un alza de la arquitectura. Si
Hitler se hubiese interesado por la cría de caballos, no cabe duda de que entre
las personalidades del Reich se habría extendido igualmente la cría caballar;
de esta manera surgió una producción masiva de proyectos de impronta
hitleriana. Aunque no se puede hablar de un estilo del Tercer Reich, sino solo
de una orientación predominante, ecléctica en los elementos concretos, lo
cierto es que esa orientación lo marcaba todo. Y eso que Hitler no era en
absoluto doctrinario. Comprendía perfectamente que un área de descanso en la
autopista o un hogar campestre de las Juventudes Hitlerianas no podían tener el
mismo aspecto que una obra urbana. Tampoco se le habría ocurrido nunca levantar
una fábrica en su estilo representativo; al contrario, era capaz de
entusiasmarse por una construcción industrial de acero y cristal. Sin embargo,
opinaba que, en un Estado dispuesto a conquistar un Imperio, las obras públicas
debían tener un sello que las distinguiera.
Otra consecuencia de los planes de urbanización de
Berlín fueron los numerosos proyectos que se realizaron en otras partes. Todos
los jefes regionales deseaban verse inmortalizados en su ciudad. Casi todos los
proyectos mostraban, como el mío de Berlín, una cruz axial orientada hacia los
puntos cardinales; el ejemplo berlinés se había convertido en un modelo.
Mientras examinábamos los planos, Hitler dibujaba infatigablemente sus propios
bocetos. Estaban hechos con soltura y eran acertados en la perspectiva: la
planta, las secciones y los alzados estaban hechos a escala. Un arquitecto no
lo podría haber hecho mejor. A veces mostraba por la mañana un boceto bien
realizado que había desarrollado durante la noche; sin embargo, la mayoría de
sus dibujos eran unos pocos trazos presurosos que surgían durante nuestras
discusiones.
He guardado hasta el día de hoy todos los bocetos
que Hitler dibujó en mi presencia, en los que anoté la fecha y el asunto. Es
interesante comprobar que, de un total de ciento veinticinco bocetos, casi una
cuarta parte se relaciona con proyectos de obras en Linz, una ciudad que
siempre había sentido muy próxima. Entre ellos también hay muchos bocetos
teatrales. Una mañana nos sorprendió con el diseño, limpiamente ejecutado
durante la noche, de una «columna del Movimiento» para Munich que, como nuevo
símbolo, habría empequeñecido las torres de Nuestra Señora.
Consideraba que ese proyecto, al igual que el Arco
de Triunfo de Berlín, pertenecía a su dominio personal, y por ello no vacilaba
en mejorar, incluso en el detalle, el diseño de un arquitecto muniqués. Aún hoy
sigo considerando que sus cambios suponían auténticas mejoras, pues resolvían
mejor la transmisión de las fuerzas estáticas a un zócalo que las propuestas
del arquitecto, quien, por cierto, también era un autodidacta.
Hermann Giessler, a quien Hitler había encargado la
planificación urbanística de Munich, era capaz de remedar con gran acierto al
tartamudo doctor Ley, director del Frente Alemán del Trabajo. Hitler disfrutaba
tanto, que pedía una y otra vez a Giessler que relatara la visita del
matrimonio Ley a los locales donde estaban las maquetas del proyecto
urbanístico de Munich. Giessler contaba, en primer lugar, la forma en que el
jefe de los obreros alemanes había entrado en su estudio, vestido con un
elegante traje de verano, guantes blancos y sombrero de paja, acompañado por su
esposa, vestida de forma no menos llamativa, y cómo le había estado enseñando
los proyectos de Munich hasta que Ley le interrumpió para decir:
—Edificaré aquí todo este bloque. ¿Cuánto costará?
¿Un par de cientos de millones? Sí, lo edificaremos…
— ¿Y qué quiere usted construir aquí?
—Una gran casa de modas. ¡Toda la moda la haré yo!
La hará mi mujer. Para eso necesitamos una casa grande. ¡La haremos! Mi esposa
y yo determinaremos cómo ha de ser la moda alemana… Y…, y… ¡y también
necesitamos putas! Muchas, una casa entera, muy moderna. Nos encargaremos de
todo. Un par de cientos de millones para la obra, eso no importa.
Para fastidio de Giessler, Hitler le hizo relatar
aquella escena incontables veces y lloraba de risa a causa del espíritu
degenerado de su «jefe de los trabajadores».
Hitler no impulsaba incansablemente sólo mis
proyectos. Autorizaba sin cesar la construcción de foros en las capitales
regionales y animaba a los restantes líderes para que actuaran como
contratistas de obras representativas. Su afán por fomentar la competencia
despiadada, ya que partía de la base de que sólo así se podrían obtener grandes
rendimientos, hizo que me irritara muchas veces. Era incapaz de comprender que
nuestras posibilidades tenían un límite. Pasaba por alto la objeción de que no
pasaría mucho tiempo antes de que fuera imposible cumplir ningún plazo, ya que
los jefes regionales pronto habrían gastado todo el material disponible.
Himmler acudió en ayuda de Hitler. Al enterarse de
la amenaza de escasez de ladrillos y granito, ofreció utilizar a sus presos
para producirlos. Propuso construir una gran fábrica de ladrillos en
Sachsenhausen, cerca de Berlín, bajo la dirección de las SS. Como Himmler
favorecía siempre las innovaciones, no tardó mucho en lograr que un inventor
ideara un nuevo sistema para fabricar ladrillos. Sin embargo, no llegó a
conseguir la producción prometida, ya que el invento fracasó.
La segunda promesa de Himmler, que siempre andaba
tras los proyectos de futuro, terminó de un modo similar. Dijo que prepararía
bloques de granito para las obras de Berlín y Nüremberg con ayuda de los
internados en los campos de concentración. Fundó una empresa de nombre poco
comprometedor y se comenzó a picar piedra. Sin embargo, a consecuencia de la
inimaginable falta de profesionalidad de las operaciones de las SS, los bloques
se agrietaron y desportillaron, por lo que las SS tuvieron que confesar a última
hora que sólo podrían suministrar una pequeña parte del granito prometido; el
departamento de construcción de autopistas del doctor Todt empleó como
adoquines el resto de la producción. Hitler, que había puesto grandes
esperanzas en las promesas de Himmler, se fue disgustando cada día más, hasta
que terminó por decir con sarcasmo que lo mejor que podrían hacer las SS era
dedicarse a producir zapatillas de fieltro, que es lo que solía fabricar en los
establecimientos penitenciarios.
* * * *
De entre el gran número de las obras planeadas, yo
tenía que ocuparme, por deseo expreso de Hitler, de diseñar la plaza que se
extendería ante la Gran Sala. Además, me había hecho cargo de la nueva
edificación destinada a Göering y de la estación del sur. Esto era más que
suficiente, pues tenía que proyectar también las construcciones para los
Congresos del Partido en Nüremberg. Sin embargo, como todos esos planes se
distribuían más o menos a. lo largo de una década, y teniendo en cuenta que
delegaría los detalles técnicos en mi departamento, en el que trabajaban entre
ocho y diez colaboradores, podría salir adelante. Aunque mi despacho particular
se encontraba en la Lindenallee, en el Westend, no lejos de la
Adolf-Hitler-Platz, llamada anteriormente Reichskanzler-Platz, solía pasar las
tardes, que a menudo se prolongaban hasta bien entrada la noche, en la oficina
del departamento urbanístico, situada en la Pariser Platz. Allí encargué
grandes obras a los que, en mi opinión, eran los mejores arquitectos de Alemania:
a Paul Bonatz, que había pasado mucho tiempo proyectando puentes, le encomendé
la primera de sus obras importantes (el Alto Mando de la Marina de Guerra),
cuyo espléndido diseño despertó el vivo entusiasmo de Hitler; Bestelmeyer debía
proyectar el nuevo Ayuntamiento; Wilhelm Kreis, el Alto Mando del Ejército de
Tierra, la «Galería de los Soldados» y diversos museos; a Peter Behrens, el
maestro de Gropius y de Mies van der Rohe, se le encomendó, a propuesta de la
AEG, su contratista habitual, la construcción en la gran avenida de los nuevos
edificios administrativos de esta firma comercial. Naturalmente, ese encargo
chocó con las protestas de Rosenberg y sus «celadores de la cultura», que se
mostraban escandalizados porque aquel precursor del radicalismo en arquitectura
se inmortalizara en la «calle del Führer». Pero a Hitler le gustaba la Embajada
alemana en San Petersburgo, obra de Behrens, y le confió el encargo a pesar de
todo. También invité varias veces a Tessenow, mi profesor, a tomar parte en los
concursos, pero él no quiso abandonar su sencillo estilo artesanal y
provinciano y se mantuvo obstinadamente alejado de la tentación de levantar
grandes edificios.
Como escultor contrataba sobre todo a Josef Thorak,
a cuyos trabajos había dedicado un libro el director general de los museos
berlineses, Wilhelm von Bode, así como al discípulo de Maillol, Arno Breker. En
1943 tramitó a su maestro un encargo mío de una escultura que debía ser
colocada en el Grunewald.
Los historiadores creen que en mis relaciones
privadas me mantenía alejado del Partido; [60] pero también se puede decir que los grandes del Partido se
mantenían alejados de mí, ya que me consideraban un intruso. Los sentimientos
de los jefes nacionales o regionales apenas hacían mella en mí, pues yo
disfrutaba de la confianza de Hitler. A excepción de Karl Hanke, que me había
«descubierto», no llegué a tener relación estrecha con ninguno de ellos, y
ninguno acudía a mi casa. Por el contrario, mi círculo de amistades se componía
de los artistas a los que empleaba y sus amigos. Si me encontraba en Berlín, y
siempre que mi escaso tiempo lo permitía, solía reunirme con Breker y Kreis, a
los que muchas veces se unía el pianista Wilhelm Kempff. Cuando me hallaba en
Munich, mantenía un trato amistoso con Josef Thorak y el pintor Hermann Kaspar,
al que apenas había forma de impedir que manifestara a voz en grito, a altas
horas de la noche, sus preferencias por la monarquía bávara.
También me sentía próximo a mi primer contratista,
el doctor Robert Frank, para el que ya en 1933, antes de construir nada para
Hitler y Goebbels, había efectuado reformas en su finca de Sigrön, cerca de
Wilsnack. Mi familia y yo pasábamos a menudo los fines de semana en casa del
doctor Frank, a ciento treinta kilómetros de Berlín. Frank fue hasta 1933
director general de la Compañía Eléctrica Prusiana, pero perdió su cargo tras
la toma del poder y a partir de entonces se apartó completamente de los asuntos
públicos. Acosado a veces por el Partido, mi amistad lo protegió de sus
excesos. En 1945 le confié mi familia cuando la trasladé a Schleswig, lo más
lejos posible del centro del desastre.
Poco después de mi nombramiento convencí a Hitler
de que, como los camaradas más eficientes del Partido ya hacía tiempo que
ocupaban puestos de importancia, para llevar a cabo mi cometido sólo podría
disponer de gente de segunda fila. Sin vacilar, me facultó para escoger a mis
colaboradores como yo quisiera. Poco a poco se fue propagando el rumor de que
trabajar en mis oficinas resultaba seguro, por lo que cada vez había más
arquitectos que deseaban hacerlo.
En una ocasión, uno de mis colaboradores me pidió
un aval para afiliarse al Partido. Mi respuesta corrió por toda la Inspección
General de Edificación:
— ¿Para qué? Basta con que en el Partido esté yo.
Aunque nos tomábamos muy en serio los planes de
edificación de Hitler, no nos parecía tan solemne como a otros la recalcitrante
solemnidad del Reich hitleriano. Seguí prácticamente sin asistir a las
reuniones del Partido, apenas tenía contacto con los círculos del Partido en la
Jefatura Regional de Berlín y desatendía todos mis cargos, aunque habría podido
convertirlos en posiciones de poder. Por falta de tiempo incluso delegué en un
delegado permanente la dirección del departamento «Belleza del Trabajo». Bien
es verdad que el hecho de que siguiera temiendo pronunciar discursos en público
reforzaba mi reserva.
* * * *
En marzo de 1939, en compañía de unos amigos
íntimos, emprendí un viaje por Sicilia y el sur de Italia. Constituían el grupo
Wilhelm Kreis, Josef Thorak, Hermann Kaspar, Arno Breker, Robert Frank, Karl
Brandt y sus respectivas esposas. La esposa del ministro de Propaganda, Magda
Goebbels, que se agregó al grupo invitada por nosotros, hizo el viaje bajo otro
apellido.
En el entorno de Hitler había muchos enredos
amorosos y él los toleraba. Por ejemplo, Bormann, con la brutalidad y
desconsideración que eran de esperar en aquel hombre zafio y carente de
sentimientos, invitó a su amante, una artista de cine, a su casa del
Obersalzberg, donde pasó unos días con su familia. Sólo la indulgencia de la
señora Bormann, incomprensible para mí, evitó el escándalo.
Goebbels tenía en su haber gran cantidad de
historias de amor; su secretario Hanke contaba, entre divertido y enojado, que
el ministro acostumbraba hacer chantaje a las jóvenes artistas de cine. Sin
embargo, su relación con la actriz checa Lida Baarova llegó a ser algo más que
una aventura. Su esposa se enfadó y le exigió que se apartara de ella y de sus
hijos. Hanke y yo estábamos por entero de su parte, si bien Hanke complicó aún
más la crisis conyugal al enamorarse de ella, a pesar de que le llevaba bastantes
años. Para librarla de aquella penosa situación, la invité a acompañarnos al
sur. Hanke quiso seguirla y la acosó con cartas de amor durante todo el viaje,
pero ella lo rechazó sin rodeos.
La señora Goebbels se mostró amable y equilibrada
durante el viaje. En general, las esposas de los jerarcas del régimen eran
mucho más prudentes respecto a las tentaciones del poder que sus maridos. No se
perdían en sus mundos de fantasía, observaban con reservas las ambiciones
muchas veces grotescas de sus cónyuges y no se dejaban arrastrar por el
torbellino político que a ellos los empujaba directamente hacia lo alto. La
señora Bormann siempre fue un ama de casa modesta y algo tímida, aunque rendida
por igual a su esposo y a la ideología del Partido; respecto a la esposa de
Göering, me parecía que el afán de ostentación de su marido le daba risa; al
fin y al cabo, también Eva Braun demostró tener cierta superioridad interior;
al menos, nunca utilizó para fines personales el poder que tenía al alcance de
la mano.
Sicilia, con las ruinas de sus templos dóricos de
Segesta, Siracusa, Selinonte y Agrigento, fue un valioso complemento de las
impresiones que nos causó nuestro viaje a Grecia. Al contemplar las obras de
los templos de Selinonte y Agrigento constaté, con una íntima satisfacción, que
tampoco la Antigüedad se había librado de la megalomanía; era evidente que los
griegos de las colonias dejaron aquí a un lado el principio de la mesura que
tanto elogiaban en su tierra patria. Frente a aquellos templos palidecían todos
los testimonios de la arquitectura sarraceno-normanda que encontrábamos a
nuestro paso, a excepción del maravilloso palacio de caza de Federico II, el
octógono de Castel del Monte. Paestum supuso para nosotros un nuevo punto
culminante. En cambio, Pompeya me pareció más alejada de las formas puras de
Paestum que nuestras construcciones de las del mundo dórico.
Durante el viaje de regreso nos detuvimos algunos
días en Roma; el Gobierno fascista descubrió la verdadera personalidad de
nuestra ilustre acompañante y el ministro italiano de Propaganda, Alfieri, nos
invitó a todos a la ópera; sin embargo, como ninguno de nosotros acertaba a
explicar de forma plausible la razón de que la segunda dama del Reich viajara
sola por el extranjero, volvimos a casa con la mayor rapidez posible.
Mientras nosotros nos dejábamos llevar por el sueño
del pasado griego, Hitler había ocupado Checoslovaquia y la había anexionado al
Reich. A nuestro regreso a Alemania encontramos un ambiente muy deprimido,
lleno de incertidumbre respecto al futuro. Aún hoy me resulta extrañamente
conmovedor cómo una nación puede intuir los acontecimientos sin dejarse influir
por la propaganda oficial.
De todos modos, nos pareció tranquilizador el hecho
de que Hitler se manifestara un día en contra de Goebbels cuando este, durante
una comida en la Cancillería del Reich, se expresó en estos términos sobre el
antiguo ministro de Asuntos Exteriores Konstantin von Neurath, que había sido
nombrado protector de Bohemia y Moravia unas semanas antes:
—Todo el mundo sabe que Von Neurath es una mosca
muerta. El Protectorado necesita de una mano enérgica que mantenga el orden.
Este hombre no tiene nada en común con nosotros; pertenece a un mundo
completamente distinto.
Hitler, sin embargo, lo contradijo:
—Al contrario, sólo Von Neurath podía ocupar ese
cargo. En el mundo anglosajón lo tienen por un hombre respetable. Su
nombramiento tranquilizará al mundo entero, porque así se demostrará mi
voluntad de no despojar a los checos de su estilo de vida tradicional.
Hitler me pidió que le contara mis impresiones del
viaje por Italia. Lo que más me había llamado la atención eran las consignas
propagandísticas, que estaban escritas hasta en las paredes de las casas de los
pueblos.
—Nosotros no tenemos necesidad de eso —opinó
Hitler—. Si llegamos a entrar en guerra, el pueblo alemán será lo bastante duro
para resistirla. Tal vez esa clase de propaganda sea adecuada para Italia. Lo
que está por ver es si servirá para algo. [61]
* * * *
Hitler me había pedido en varias ocasiones que
pronunciara en su lugar el discurso inaugural de la Exposición de Arquitectura
de Munich. Hasta entonces siempre había logrado eludir hacerlo, bajo pretextos
siempre nuevos. En primavera de 1938 incluso llegamos a convertirlo en una
especie de pacto, pues me declaré dispuesto a diseñar la pinacoteca y el
estadio de Linz siempre y cuando no tuviera que pronunciar ningún discurso.
Pero ahora, en vísperas del quincuagésimo
cumpleaños de Hitler, un sector del «eje Este-Oeste» iba a ser abierto al
tráfico, y él había prometido inaugurarlo personalmente. No había forma de
evitar mi primer discurso, y encima tendría que pronunciarlo frente al Jefe del
Estado y en presencia de todo el mundo. Durante la comida, Hitler anunció:
— ¡Tengo una gran novedad: Speer pronunciará un
discurso! Estoy deseando oír sus palabras.
La tribuna de personalidades de la ciudad se había
dispuesto en la Puerta de Brandemburgo, en medio de la calzada, y yo estaba en
el ala derecha, mientras que la multitud se apiñaba en la lejanía, tras unas
cuerdas colocadas en las aceras. A lo lejos empezaron a oírse gritos de júbilo
que fueron en aumento, a medida que se aproximaba la columna motorizada de
Hitler, hasta convertirse en un tremendo fragor. El automóvil de Hitler se
detuvo justo ante mí. El Führer se apeó y me saludó con un apretón de manos,
mientras que para responder al saludo de los dignatarios se limitó a alzar
rápidamente el brazo. Las cámaras móviles comenzaron a filmar desde muy cerca,
y el expectante Hitler se plantó a dos metros de mí. Yo aspiré hondo y dije
literalmente:
—Mein Führer, anuncio la conclusión del eje
Este-Oeste. ¡Que la obra hable por sí misma!
Tras una larga pausa, Hitler contestó con algunas
frases. Después se me invitó a subir a su coche y recorrí con él el cordón de
siete kilómetros que formaban los habitantes de Berlín, quienes lo felicitaban
por su cumpleaños. Aunque seguramente se trataba de una dé las mayores
manifestaciones masivas organizadas por el Ministerio de Propaganda, me pareció
que los aplausos eran sinceros.
De regreso en la Cancillería del Reich y mientras
esperábamos a que comenzara la comida, Hitler se dirigió a mí con expresión
amistosa, diciéndome:
—Me ha puesto usted en una situación bastante
embarazosa con sus dos frases. Yo esperaba un discurso y, como de costumbre,
pensaba preparar el mío mientras lo escuchaba, pero como usted ha terminado
enseguida, no sabía qué decir. Sin embargo, tengo que admitir que ha sido un
buen discurso, uno de los mejores que he oído en mi vida.
Los comensales felicitaron a Hitler a las doce de
la noche, aunque cuando le anuncié que había dispuesto en uno de los salones
una maqueta de casi cuatro metros de altura de su Arco de Triunfo, dejó
plantados a los invitados y se dirigió enseguida a verla. Contempló durante
mucho rato, visiblemente conmovido, la materialización del sueño de sus años de
juventud. Emocionado, me estrechó la mano sin decir palabra y después, lleno de
euforia, resaltó ante sus invitados la importancia de la obra en la historia futura
del Reich. Hitler volvió a visitar varias veces la maqueta aquella misma noche.
A la ida y al regreso pasábamos por la antigua sala de sesiones del Gabinete,
en la que Bismarck presidió en 1878 el Congreso de Berlín y en la que ahora se
amontonaban sobre largas mesas los regalos de cumpleaños de Hitler, un montón
de objetos kitsch que le habían enviado los jefes nacionales y regionales:
desnudos en mármol blanco, pequeñas esculturas de bronce y cuadros al óleo del
nivel artístico propio de las exposiciones de la Haus der Kunst. Algunos
merecían la aprobación y el aplauso de Hitler, que se divertía a costa de
otros, aunque apenas había diferencia entre ellos.
* * * *
Las relaciones entre Hanke y la señora Goebbels
habían llegado a tal punto que, para escándalo de todos los que estaban en el
secreto, dijeron que querían casarse. Formaban una pareja muy dispar: Hanke era
joven e inexperto, mientras que ella era una elegante dama de sociedad. Hanke
pidió a Hitler que autorizara el divorcio, pero este se negó por razones de
Estado. Hanke se presentó una mañana, desesperado, en mi casa de Berlín;
acababa de iniciarse el Festival de Bayreuth de 1939. Me dijo que el matrimonio
Goebbels se había reconciliado y que se habían ido juntos a Bayreuth. A mí me
pareció que aquella era la solución más sensata, incluso para Hanke; pero a un
amante desesperado no se lo puede consolar con una felicitación, por lo que le
prometí averiguar lo ocurrido y salí sin pérdida de tiempo hacia Bayreuth.
La familia Wagner había añadido a la mansión
Wahnfried un ala espaciosa en la que vivieron Hitler y sus asistentes esos
días, y los invitados de Hitler fueron alojados en casas particulares de
Bayreuth. Por lo demás, Hitler seleccionaba a estos invitados con más cuidado
del que ponía en el Obersalzberg o incluso en la Cancillería del Reich. Aparte
del asistente de guardia, únicamente invitaba a aquellos conocidos —con sus
esposas— que podía estar seguro de que resultarían del agrado de la familia
Wagner; en realidad, casi siempre éramos sólo el doctor Dietrich, el doctor
Brandt y yo.
Durante los días del Festival, Hitler parecía más
relajado que de ordinario; era evidente que había encontrado un refugio en el
seno de la familia Wagner, donde se sentía libre de tener que demostrar su
poder, a lo que a veces se creía constreñido incluso durante las tertulias
nocturnas de la Cancillería del Reich. Se mostraba alegre y paternal con los
niños y amistoso y atento con Winifred Wagner. El Festival apenas se habría
podido sostener sin la ayuda material de Hitler. Bormann extraía todos los años
unos cuantos cientos de miles de su fondo para convertir Bayreuth en el centro
culminante de la temporada alemana de ópera. En su calidad de mecenas del
Festival y amigo de la familia Wagner, los días que pasaba en Bayreuth
posiblemente significaran para Hitler la materialización de un sueño que
durante su juventud quizá no se había atrevido siquiera a tener.
Goebbels y su esposa llegaron a Bayreuth el mismo
día que yo, y se alojaron, al igual que Hitler, en el anexo de la mansión
Wahnfried. La señora Goebbels parecía sumamente abatida y me habló con entera
franqueza:
—Mi esposo me amenazó de una manera espantosa.
Estaba comenzando a recuperarme en Gastein cuando se presentó inopinadamente en
el hotel. Estuvo tratando de convencerme durante tres días, hasta que no pude
más. Me ha hecho chantaje con nuestros hijos; me ha dicho que me los quitaría.
¿Qué podía hacer yo? Sólo nos hemos reconciliado de cara al exterior. ¡Albert,
es terrible! Le he tenido que prometer que jamás volveré a verme a solas con
Karl. Soy terriblemente desgraciada, pero no tengo elección.
¿Qué podía cuadrar mejor a aquella tragedia
conyugal que precisamente Tristán e Isolda, a cuya representación asistimos,
desde el gran palco central, Hitler, el matrimonio Goebbels, la señora Winifred
Wagner y yo? La señora Goebbels, a mi derecha, lloró en silencio durante toda
la función; en los entreactos se sentaba descompuesta en un rincón y seguía
sollozando, mientras Hitler y Goebbels saludaban al público y se esforzaban por
ignorar aquella lamentable situación.
A la mañana siguiente expliqué a Hitler, para quien
el comportamiento de la señora Goebbels había sido incomprensible, el trasfondo
de la reconciliación. Aunque como jefe del Estado se mostró satisfecho porque
todo hubiera vuelto al orden, mandó llamar a Goebbels y, en mi presencia, le
dijo secamente que sería mejor que aquel mismo día se marchara de Bayreuth con
su esposa. Despidió a su ministro sin darle ocasión de replicar, incluso sin
darle la mano. Luego se volvió hacia mí y comentó:
—Este Goebbels es un cínico con las mujeres.
Claro que él también lo era, aunque de otra forma.
Capítulo XI
El globo terráqueo
Al examinar mis maquetas de los edificios de
Berlín, Hitler se sintió atraído magnéticamente, por así decirlo, por una parte
del proyecto urbanístico: la futura sede central del Reich, que debía
atestiguar durante cientos de años el poder alcanzado en su época. Al igual que
la residencia de los soberanos franceses cierra urbanísticamente los Campos
Elíseos, en el punto de mira de la gran avenida debían agruparse todos los
edificios que Hitler deseaba tener cerca, como expresión de su quehacer
político: la Cancillería del Reich para la dirección del Estado; el Alto Mando
de la Wehrmacht, con jurisdicción sobre los tres Ejércitos, y tres cancillerías
más: una para el Partido (Bormann), otra para el protocolo (Meissner) y otra
para sus asuntos personales (Bouhler). El hecho de que también el edificio del
Reichstag estuviera en el centro del Reich no significaba que se hubiera
previsto que el Parlamento ejerciera un papel importante en el futuro;
simplemente, daba la casualidad de que ya se encontraba allí.
Propuse a Hitler que derribara aquella construcción
guillermina de Paul Wallot, pero tropecé con una resistencia inesperada: el
edificio le gustaba. Sin embargo, pensaba emplearlo sólo para fines sociales.
Por lo demás, Hitler siempre se mostraba más bien parco en palabras al
referirse a sus metas definitivas. Cuando me manifestaba sin inhibiciones el
verdadero trasfondo de sus planes constructivos, lo hacía en virtud de esa
confianza que casi siempre caracteriza la relación entre contratista y arquitecto:
—Podemos instalar allí salas de lectura y de estar
para los diputados. ¡Por mí, que el pleno entero se convierta en biblioteca! De
todos modos, como sólo tiene quinientas ochenta plazas, resulta demasiado
pequeño para nosotros. Justo al lado levantaremos uno nuevo. ¡Calcúlelo usted
para mil doscientos diputados! [62]
Aquello presuponía una nación de unos ciento
cuarenta millones de habitantes, y de ese modo Hitler revelaba el alcance de
sus aspiraciones, en las que se incluía por una parte el rápido aumento natural
de la población alemana y, por otra, la anexión de otros pueblos germánicos;
sin embargo, no contaba con la población de las naciones sometidas, a las que
no daba derecho a voto. Le propuse incrementar el número de votos
correspondientes a cada diputado, con lo que se podría conservar la sala de
plenos del antiguo edificio del Reichstag; pero Hitler no quiso modificar la
cifra de 60.000 votos por diputado establecida por la República de Weimar. No
me dio sus motivos. Se empeñaba en ello al igual que insistía en conservar, de
cara al tendido, el antiguo sistema electoral, con sus fechas electorales y
papeletas de voto, urnas y votación secreta. Era evidente que deseaba mantener
la tradición que lo había llevado al poder, a pesar de que hubiera perdido toda
eficacia después de la implantación del sistema de partido único.
Las construcciones que debían rodear la futura
«plaza de Adolf Hitler» quedarían ensombrecidas por la Gran Sala, que, como si
Hitler quisiera hacer patente lo poco que para él significaba la representación
popular, era cincuenta veces mayor que el edificio del Parlamento. Tomó la
decisión de que se elaboraran los planos para la Gran Sala en verano de
1936. [63] El 20 de abril de 1937, día de su cumpleaños, le entregué alzados,
plantas, secciones y una primera maqueta. Se mostró entusiasmado y únicamente
puso reparos a que firmara los planos con la fórmula: «Elaborados a partir de
las ideas del Führer». Me dijo que el arquitecto era yo y que mi
contribución a la obra tenía que valorarse más que su boceto de 1925. Sin
embargo, los dejé tal como estaban, y es posible que a Hitler le gustara que me
resistiera a reclamar la autoría del proyecto. Se construyeron maquetas
parciales a partir de los planos y en 1939 habíamos terminado una de casi tres
metros de altura que reproducía el exterior y otra del interior. El suelo de
esta última era extraíble, lo que permitía apreciar el efecto que causaría.
Durante sus numerosas visitas, Hitler no se privó jamás del placer de
embriagarse largo rato con la contemplación de las dos maquetas. Ahora podía
mostrar con gesto triunfal lo que quince años atrás debió de parecer a sus
amigos una quimera fantástica y extravagante:
— ¡Quién había de creerme cuando en aquella época
decía que algún día llegaría a construirse!
La mayor sala de reunión del mundo estaría
constituida por un solo espacio, que podría dar cabida a entre 150.000 y
180.000 personas. A pesar del desdén de Hitler por las concepciones místicas de
Himmler y Rosenberg, en el fondo aquella sala era un recinto de culto que con
el transcurso de los siglos, y a fuerza de tradición y respetabilidad, habría
de alcanzar un significado similar al que la basílica de San Pedro de Roma
tenía para la cristiandad católica. Sin semejante trasfondo cúltico, el
despliegue de medios que requería la construcción central de Hitler habría sido
absurdo e incomprensible.
El interior de la sala era circular y tenía un
diámetro, casi inimaginable, de 250 metros. A una altura de 220 metros se
habría podido ver el remate de la gigantesca cúpula, que iniciaba su suave
curva parabólica 898 metros del suelo.
En cierto sentido, nuestro modelo era el Panteón de
Roma. También la cúpula berlinesa tenía que disponer de una abertura circular
para que entrara la luz, aunque sus dimensiones (46 metros de diámetro)
sobrepasaban las de la propia cúpula del Panteón (43 metros) y las de la
basílica de San Pedro (44 metros). El interior del recinto tenía un volumen
diecisiete veces mayor que el de la basílica de San Pedro. La configuración del
interior tendría que ser lo más sencilla posible; alrededor de una superficie
circular de 140 metros de diámetro se levantaban tres pisos de tribunas, que
llegaban hasta una altura de treinta metros. Una corona formada por cien
pilares rectangulares de mármol, de dimensiones humanamente admisibles (24
metros de altura), quedaba interrumpida, justo ante la entrada, por una
hornacina de cincuenta metros de alto y veintiocho de ancho, cuyo fondo debía
estar revestido de mosaico dorado y ante la que habría, como único elemento
decorativo, sobre un pedestal de mármol de catorce metros de altura, un águila
imperial dorada sujetando entre las garras la esvástica con corona de hojas de
roble. Así, el símbolo de la soberanía era al mismo tiempo la culminación y la
meta de la gran avenida de Hitler. Bajo el águila se hallaba el puesto del
Führer de la nación, que habría de dirigirse desde aquí a los pueblos del
futuro Reich. Aunque intenté destacar arquitectónicamente este punto, en él
quedaba clara la absoluta desproporción del edificio, y Hitler desaparecía en
la nada óptica.
Vista desde el exterior, la cúpula, que habríamos
revestido de planchas de cobre que con el tiempo adquirirían su correspondiente
pátina, habría parecido una montaña verde de doscientos treinta metros de
altura. En el remate iban a figurar una linterna de cristal de estructura
metálica de cuarenta metros de alto y, encima, un águila posada en una
esvástica.
Ópticamente, la masa de la cúpula estaría sostenida
por una serie continua de pilares de veinte metros de altura. Yo esperaba que,
por medio de este relieve, la construcción sería más asequible al ojo humano,
aunque no creo haberlo conseguido. La cúpula-montaña descansaba sobre un bloque
cuadrado de granito claro de 315 metros de largo por 74 metros de alto. Un
delicado friso, cuatro haces de pilares acanalados en las cuatro esquinas y una
columnata que sobresalía hacia la plaza debían subrayar la magnitud del
gigantesco cubo [64]. La columnata estaba flanqueada por dos esculturas de quince metros de
altura, cuyo contenido alegórico había sido establecido por Hitler cuando
comenzamos a trabajar en los primeros diseños: una de ellas representaba a
Atlas sujetando la bóveda celeste; la otra, a Gea sosteniendo el globo
terráqueo. El Cielo y la Tierra estarían cubiertos de esmalte, mientras que sus
contornos o el dibujo de las constelaciones se harían con incrustaciones de
oro.
Esta edificación habría tenido un volumen de más de
veintiún millones de metros cúbicos; [65] el Capitolio de Washington se habría perdido varias veces en
aquella masa gigantesca: eran cifras y dimensiones inflacionarias.
Pero la Gran Sala no era de ningún modo una utopía.
Nuestros proyectos no eran de la misma categoría que otros que nunca se pensó
construir, como los realizados por los arquitectos Claude Nicolás Ledoux y
Étienne L. Boullée como canto funerario al Imperio francés de los Borbones o
para glorificación de la Revolución, cuyos planos habrían podido equipararse a
los que impulsaba Hitler. [66] Ya en 1939 se derribaron muchos edificios que nos estorbaban,
situados en las proximidades del Reichstag, se efectuaron prospecciones del
suelo y dibujos de detalle y se construyeron maquetas de tamaño natural, todo
ello orientado al levantamiento de la Gran Sala y del resto de los edificios
que debían circundar la futura «plaza de Adolf Hitler». Se gastaron millones de
marcos en la compra de granito, y no sólo en Alemania, sino también, por
mandato expreso de Hitler, en Suecia meridional y Finlandia, a pesar de la
carencia de divisas. Como las demás obras que se erigirían a lo largo de los
cinco kilómetros de la gran avenida de Hitler, también se había previsto que
esta concluyera once años más tarde, en 1950. La solemne colocación de la
primera piedra de la Gran Sala debía tener lugar en 1940.
Desde el punto de vista técnico, cubrir con una
bóveda un espacio de 250 metros de diámetro no suponía ningún problema. [67] Los constructores de puentes de los años treinta dominaban sin
dificultades un tipo de construcción similar de hormigón armado, impecable
respecto al cálculo de fuerzas. Prestigiosos técnicos en estructuras estimaron
que incluso era posible construir una bóveda maciza sobre esta luz. De acuerdo
con mi «teoría del valor como ruina», de buena gana habría evitado el empleo
del acero, pero en este caso Hitler puso algunos reparos:
—Si un avión lanzara una bomba sobre la cúpula y la
bóveda resultara dañada, ¿cómo haría usted la reparación, en caso de que
hubiera peligro de hundimiento? Tenía razón, por lo que hicimos construir una
estructura de acero de la que se suspendería la parte interior de la cúpula.
Los muros, no obstante, serían macizos, igual que en Nüremberg. Para absorber
las tremendas fuerzas que ejercería este conjunto, habría que construir unos
cimientos inusitadamente sólidos. Los ingenieros optaron por un bloque de hormigón
de más de tres millones de metros cúbicos. Con el fin de comprobar si nuestros
cálculos respecto a su hundimiento en el suelo de arena de Brandemburgo eran
exactos, hicimos una prueba en las proximidades de Berlín. [68] Aparte de los dibujos y de las fotografías de las maquetas, es lo
único que ha quedado de esta obra.
Mientras la proyectaba, fui a ver la basílica de
San Pedro de Roma, que me defraudó, pues sus dimensiones no se hallan en
consonancia con la impresión que el observador experimenta en la realidad; me
di cuenta entonces de que el efecto que causa una obra no aumenta
proporcionalmente a sus dimensiones. En aquella época temía que la impresión
que produciría nuestra Gran Sala no respondiera a las expectativas de Hitler.
El encargado de la protección antiaérea del
Ministerio de Aviación del Reich, el consejero ministerial Knipfer, oyó rumores
sobre aquella obra gigantesca. Precisamente acababa de promulgar unas
directrices legales que debían seguir todos los edificios de nueva planta y que
establecían que estos debían construirse tan separados unos de otros como fuera
posible, para aminorar el efecto de los bombardeos. Y ahora iba a surgir aquí,
justo en el corazón de la ciudad y del Reich, una construcción cuyo remate se elevaría
por encima de las nubes bajas y constituiría un punto ideal de orientación para
los bombardeos enemigos: sería poco menos que un letrero indicador de la
ubicación del centro gubernamental, situado al sur y al norte de la cúpula.
Transmití estas preocupaciones a Hitler, quien, no obstante, se mostró
optimista:
—Göering me ha asegurado —dijo— que ningún avión
enemigo penetrará en Alemania. No vamos a dejar que nada se oponga a nuestros
proyectos.
Hitler tenía una fijación con aquella cúpula, que
había concebido poco después de salir de la prisión militar y que había tenido
presente durante quince años. Cuando, una vez concluidos nuestros planos, supo
que la Unión Soviética proyectaba erigir en Moscú, en honor de Lenin, un
edificio del Congreso que tendría más de 300 metros de altura, reaccionó con
gran enojo. Evidentemente, lo ponía de mal humor la idea de no ser él quien
construyera la obra monumental más alta del mundo y, al mismo tiempo, lo atormentaba
no poder atajar la pretensión de Stalin con una simple orden. Por fin se
consoló pensando que, a pesar de todo, su edificio sería único en su género:
— ¿Qué importancia puede tener un rascacielos más o
menos, más alto o más bajo? La cúpula: ¡eso distinguirá nuestra obra de todas
las demás!
Una vez iniciada la guerra contra la Unión
Soviética, pude darme cuenta de que la idea de la obra moscovita lo había
afligido más de lo que había querido admitir.
—Lo de su construcción —manifestó— se ha terminado
para siempre.
La cúpula estaba rodeada de estanques por tres
lados, y su reflejo debía aumentar el efecto del edificio. Se pensó en
ensanchar el curso del Spree para este fin, convirtiéndolo en una especie de
lago, aunque esto obligaría a conducir el tráfico fluvial por dos túneles
subterráneos para atravesar la explanada que ocupaba la Gran Sala. El cuarto
lado, orientado hacia el sur, dominaba la futura «plaza de Adolf Hitler», donde
se celebrarían los mítines multitudinarios del primero de mayo que hasta
entonces habían tenido lugar en el campo de Tempelhof. [69]
El Ministerio de Propaganda había elaborado un
esquema, del que me habló Karl Hanke en 1939, en el que se detallaban los
distintos tipos de actos masivos, clasificados en función de los objetivos
políticos y propagandísticos, que podían ir desde la manifestación de escolares
para recibir con vítores a una personalidad extranjera hasta la convocatoria de
millones de trabajadores. El secretario del Ministerio hablaba irónicamente de
«júbilo multitudinario». Para llenar la plaza, en la que cabía un millón de personas,
habría sido necesario recurrir siempre a la máxima expresión de este «júbilo
multitudinario».
En el extremo de la plaza opuesto a la Gran Sala se
erigirían el Alto Mando de la Wehrmacht y la Cancillería del Reich, situados a
ambos lados de la avenida. Esta era la única abertura de aquel gigantesco
espacio, completamente rodeado de edificios.
Aparte de la sala de reuniones, la obra principal,
y psicológicamente la más interesante, era el palacio de Hitler; llamarlo así,
en lugar de referirme a la residencia del canciller, no es ninguna exageración.
Tal como demuestran los bocetos que se conservan, Hitler ya se había ocupado de
él en noviembre de 1938. [70] El nuevo palacio del Führer delataba su
progresivo afán de notoriedad. Desde la antigua vivienda del canciller
Bismarck, que había utilizado al principio, hasta esta nueva construcción, las
dimensiones habían aumentado unas ciento cincuenta veces. La residencia de
Hitler ni siquiera se podía comparar con el legendario recinto palaciego de
Nerón, la «Casa Dorada», con su superficie de más de un millón de metros
cuadrados. La residencia de Hitler, enclavada en el centro de Berlín, ocuparía
dos millones de metros cuadrados, incluidos los jardines. De las salas de
recepción partían varias alineaciones de salas que daban acceso a un comedor en
el que habrían podido sentarse a la mesa un par de miles de comensales. Para
las recepciones de gala se disponía de ocho gigantescos salones. [71] Había también un teatro de cuatrocientas plazas, una imitación de
los que tenían los soberanos del barroco y rococó, que contaría con los más
modernos medios técnicos.
Las habitaciones privadas de Hitler comunicaban por
un lado con la Gran Sala a través de una serie de galerías y por el otro con
las dependencias de trabajo y con su despacho, cuyas dimensiones superaban
ampliamente las de la sala de recepción del presidente americano. A Hitler le
había gustado tanto que los diplomáticos debieran recorrer un largo camino en
la Cancillería, que quiso una solución parecida en la nueva construcción, así
que doblé el recorrido hasta los 500 metros.[72] {72}
Desde los tiempos de la antigua Cancillería del
Reich, que Hitler calificó de edificio administrativo de una empresa jabonera,
sus exigencias habían aumentado en una proporción de setenta a uno.[73] {73} Esto hace patente la progresión de su megalomanía.
En medio de todo este esplendor, Hitler habría
dispuesto, en un dormitorio de dimensiones relativamente moderadas, su
esmaltada cama blanca, de la que me dijo en una ocasión:
—Odio toda clase de lujos en el dormitorio. Me
siento más a gusto en una cama sencilla.
En 1939, cuando se ultimaron estos proyectos, la
propaganda de Goebbels seguía insistiendo en la proverbial austeridad de
Hitler. Para no poner en peligro esta imagen, Hitler apenas iniciaba a nadie en
el secreto de su palacio privado y de la futura Cancillería del Reich. En
cuanto a mí, durante un paseo que dimos por la nieve me explicó sus exigencias
con las siguientes palabras:
—Mire, yo me conformaría con una casita en Berlín.
Tengo poder y prestigio suficientes para prescindir de tanto dispendio. Pero
créame: los que vengan detrás de mí necesitarán imperiosamente esta clase de
representación, que será lo único que permitirá a muchos de ellos mantenerse en
la cima. Es increíble el poder que puede ejercer una mente mediocre sobre los
demás cuando se presenta rodeada de tal esplendor. Unos espacios así, con un
gran pasado, otorgarán dimensión histórica incluso a un pequeño sucesor,
¿comprende?, y por eso hemos de levantar estos edificios mientras yo viva: para
poder ocuparlos, para que mi espíritu les preste tradición. Bastará con que los
utilice un par de años.
Hitler se había expresado en términos parecidos en
el discurso que en 1938 dirigió a los obreros que trabajaron en las obras de la
Cancillería, aunque, naturalmente, sin desvelar nada de estos proyectos, que ya
entonces estaban bastante avanzados. Dijo que, en cuanto Führer y
canciller de la nación alemana, no habitaría en antiguos palacios. Por eso
había renunciado a residir en el del presidente del Reich, pues él no iba a
vivir en casa del antiguo mayordomo mayor de la Corte. Sin embargo, el Estado
dispondría de un edificio representativo que estaría a la altura de cualquier
rey o emperador extranjero. [74]
Hitler nos prohibió estimar el coste de las obras;
y nosotros, obedientemente, no contamos ni siquiera los metros cúbicos
resultantes. Ahora los calculo por primera vez, al cabo de un cuarto de siglo,
y obtengo el siguiente resultado:
1. Gran Sala: 21.000.000 m3
2. Palacio residencial: 1.900.000 m3
3. Sección de trabajo y Cancillería del Reich:
1.200.000 m3
4. Cancillerías anexas: 200.000 m3
5. Alto Mando de la Wehrmacht: 600.000 m3
6. Nuevo edificio del Reichstag: 350.000 m3
TOTAL: 25.250.000 m3
Aunque las grandes dimensiones de los edificios
habrían reducido el precio por metro cúbico, es difícil establecer su coste
total, pues estos gigantescos recintos requerían unos muros tremendos y
cimientos muy profundos; además, las paredes exteriores debían cubrirse de
granito y las interiores de mármol, y también se habrían empleado los más
valiosos materiales para las puertas, ventanas, techos, etc. Probablemente, una
estimación de unos cinco mil millones de marcos de hoy sólo para las obras de
la «plaza de Adolf Hitler» supondría un cálculo más bien bajo. [75]
El cambio en el estado de ánimo de la población, la
desilusión que comenzó a extenderse por toda Alemania en 1939, no sólo se
manifestaba en la necesidad de organizar demostraciones de júbilo que, dos años
antes, Hitler habría conseguido de forma espontánea. El mismo se había ido
apartando paulatinamente de la masa que lo admiraba. Podía mostrarse
malhumorado e impaciente con mayor frecuencia que antes cuando en alguna
ocasión se reunía en la Wilhelmplatz una multitud que reclamaba su presencia.
Dos años atrás había efectuado muchas veces el recorrido hasta el «balcón
histórico»; pero ahora, si sus asistentes lo instaban a mostrarse, les
replicaba a veces de malos modos:
— ¡No me molesten más con eso!
Aunque esto podría parecer marginal, no lo era en
absoluto, como comprendí cuando me dijo:
—No excluyo la posibilidad de verme obligado algún
día a adoptar medidas impopulares. Quizá entonces se produzca una revuelta. Hay
que prever tal contingencia: todas las ventanas de los edificios de la nueva
plaza deberán tener gruesas contraventanas de acero a prueba de balas. También
las puertas serán de acero, y el único acceso a la plaza quedará cerrado por
una sólida verja de hierro. El centro del Reich tendrá que poderse defender
como una fortaleza.
Esta observación denotaba una inquietud nueva, que
volvió a manifestarse al estudiar el emplazamiento del cuartel de su escolta,
que había evolucionado hasta convertirse en un regimiento totalmente motorizado
y equipado con las armas más modernas. Hitler instaló el cuartel cerca del gran
eje sur.
— ¡Imagínese si algún día hubiera disturbios!
—Señalando la calle de 120 metros de anchura, prosiguió: — Si avanzaran hacia
mí ocupando la calle con sus vehículos acorazados… Nadie podría hacerles
frente.
Sea porque el Ejército de Tierra se enteró de esta
decisión y quiso anticiparse a las SS, sea porque Hitler lo ordenara así
personalmente, el caso es que, por deseo del Alto Mando del Ejército de Tierra
y con la aprobación de Hitler, se puso a disposición del regimiento berlinés
Gran Alemania un terreno para construir un cuartel que estaría aún más cerca
del centro de Hitler. [76]
Sin darme cuenta, expresé en la fachada del palacio
de Hitler esta separación entre la nación alemana y su Führer, un
hombre decidido, dado el caso, a ordenar que se disparara contra su propio
pueblo. No había ninguna abertura, a excepción del gran portal de acero de la
entrada y del balcón desde el que Hitler podría mostrarse a la multitud; sólo
que este balcón estaba catorce metros por encima de la muchedumbre, a la altura
de una casa de cinco pisos. Me sigue pareciendo que esta fachada,
manifiestamente reservada, da una justa impresión del alejamiento de un Führer que
había llegado a sentirse como un dios.
Durante mi reclusión, este proyecto, con sus rojos
mosaicos, sus columnas, sus leones de bronce y sus perfiles dorados, había
adquirido en mi memoria un carácter alegre, casi amable. Sin embargo, al ver
las fotografías en color de las maquetas más de veintiún años después, recordé
sin querer la arquitectura grandilocuente de una película de Cecil B. de Mille.
Adquirí conciencia de su aspecto fantástico y también de la crueldad de esta
arquitectura, expresión precisa de la tiranía.
Antes de la guerra me burlé del tintero que el
arquitecto Brinckmann —que había empezado decorando transatlánticos, igual que
Troost— regaló a Hitler. Le había dado una forma solemne, con muchos adornos y
volutas; y dentro, completamente solo y desamparado en medio de toda aquella
magnificencia de «tintero del jefe del Estado», se veía un insignificante
charquito de tinta. Entonces creí no haber visto nunca nada tan absurdo. No
obstante, Hitler, en contra de lo que cabía esperar, no sólo no lo rechazó, sino
que elogió sobremanera aquella construcción de bronce. Brinckmann no tuvo menos
éxito con una butaca de despacho que diseñó para Hitler; de unas dimensiones
casi adecuadas para Göering, parecía una especie de trono con dos enormes pinas
doradas como remate del respaldo. Aquellas dos piezas tan ostentosas me
parecieron propias de un advenedizo. Sin embargo, a partir de 1937 Hitler
fomentó cada vez más esta tendencia a la suntuosidad. Había regresado de nuevo
a la Ringstrasse de Viena, de donde en su día partió lleno de admiración.
Hitler se había ido alejando lenta pero inexorablemente de las enseñanzas de
Troost.
Y yo con él, pues mis diseños de esa época tenían
cada vez menos puntos de contacto con lo que yo consideraba «mi estilo». La
desviación respecto a mis comienzos se apreciaba tanto en la enormidad de las
obras como en el hecho de que no conservaran nada del carácter dórico al que
aspiraba al principio; se habían convertido en puro «arte decadente». Por un
lado, los medios inagotables que tenía a mi disposición y, por otro, la
ideología de Partido de Hitler me habían conducido hacia un estilo arquitectónico
que se remontaba más bien a los palacios fastuosos de los déspotas orientales.
Al comienzo de la guerra elaboré una teoría que
expliqué en 1941, durante una comida en el Maxim's de París, ante un círculo de
artistas franceses y alemanes entre los que se encontraban Cocteau y Despiau.
Dije que, después del rococó tardío, la Revolución francesa había formulado un
nuevo sentido estilístico, en que incluso los muebles sencillos tenían las más
bellas proporciones. Su expresión más pura son los proyectos de Boullée. Tras
el estilo de la Revolución vino el Directorio, que siguió elaborando con
sencillez y buen gusto unos materiales más ricos. Pero con el Imperio se
produjo un cambio: de año en año, cada vez más elementos nuevos habían
sepultado bajo fastuosos adornos las formas clásicas, hasta llegar a un
ostentoso Imperio tardío que expresa el fin de una rápida evolución estilística
que va desde unos inicios esperanzadores, con la Revolución y el Consulado, a
la decadencia que acompaña al ocaso de la era napoleónica. Esta sucesión
permite observar resumido en sólo veinte años lo que acostumbra producirse en
el transcurso de varios siglos, como en el caso de la progresión de la
arquitectura dórica de la temprana Antigüedad hasta las recargadas fachadas
barrocas del helenismo tardío que se pueden apreciar, por ejemplo, en Baalbek,
o en el paso de las construcciones románicas de comienzos de la Edad Media
hasta el ornamentado gótico tardío.
De haber sido consecuente, habría continuado mi
argumentación diciendo que, de acuerdo con el ejemplo del Imperio tardío,
también los proyectos que realizaba para Hitler anunciaban el fin de su
régimen. Es decir, que en cierto modo presagiaban la caída de Hitler. Pero en
aquella época yo no lo advertía, y en eso me parecía a los que rodeaban a
Napoleón, que seguramente veían en los recargados salones del Imperio tardío la
expresión de su grandeza; sólo las generaciones posteriores pueden descubrir en
ello el presentimiento de su caída. Así, el entorno de Hitler consideraba la
montaña-tintero el escenario adecuado para su genio de estadista, y también
aceptaba la cúpula-montaña como expresión de su poder.
En efecto, las últimas obras que proyectamos en
1939 eran neo imperio puro, como las del estilo que, ciento veinticinco años
atrás, poco antes de la caída de Napoleón, se caracterizó por su recargamiento,
obsesión por las doraduras, afán de ostentación y decadencia. No sólo el estilo
de estas construcciones, sino también su desmesura, mostraban bien a las claras
las verdaderas intenciones de Hitler.
Un día, a principios del verano de 1939, Hitler
señaló el águila imperial que, sujetando entre sus garras el símbolo de
soberanía, debía coronar la cúpula, 829 metros del suelo:
—Esto habrá que cambiarlo. ¡El águila ya no
sujetará la esvástica, sino que dominará el globo terráqueo! La coronación de
este edificio, el mayor de la Tierra, tendrá que ser el águila sobre la bola
del mundo. [77]
La modificación introducida por Hitler en los
proyectos primitivos puede observarse en las fotografías que tomé de las
maquetas de la obra.
Unos meses después empezó la Segunda Guerra
Mundial.
Capítulo XII
Se inicia el declive
Sería a comienzos de agosto de 1939 cuando nuestro
despreocupado grupo se dirigía con Hitler a la casa de té situada en el
Kehlstein. La larga columna automovilística ascendía serpenteante por la
carretera que Bormann había hecho abrir en la roca viva. Después de atravesar
un alto portal de bronce, llegamos a un vestíbulo revestido de mármol, húmedo
por la proximidad de la montaña, y entramos en el ascensor de refulgente latón.
Mientras subíamos los cincuenta metros del
recorrido, Hitler, como si estuviera sumido en un monólogo, dijo
inopinadamente:
—Quizá dentro de poco tenga lugar un gran
acontecimiento. Puede que tenga que enviar a Göering… Si fuera necesario,
podría ir yo mismo. Me lo juego todo a esta carta.
Todo quedó en esta insinuación.
Unas tres semanas después, el 21 de agosto de 1939,
supimos que el ministro alemán de Asuntos Exteriores había iniciado
negociaciones en Moscú. Durante la cena, Hitler recibió una nota. La leyó con
rapidez, miró unos instantes frente a sí mientras enrojecía intensamente,
golpeó la mesa con tal energía que las copas tintinearon y exclamó, con voz
entrecortada:
— ¡Los tengo! ¡Los tengo!
Sin embargo, se dominó con fulminante rapidez,
nadie se atrevió a preguntar nada y la comida siguió su curso. Concluida la
cena, mandó llamar a todos los hombres de su círculo y les anunció:
—Vamos a concertar un pacto de no agresión con
Rusia. ¡Vean, es un telegrama de Stalin!
El telegrama estaba dirigido a «Hitler, Canciller
del Reich», e informaba concisamente del acuerdo. Era lo más inaudito que cabía
imaginar: la unión amistosa en un pedazo de papel de los nombres de Stalin y
Hitler. Acto seguido se proyectó una película que mostraba un desfile del
Ejército Rojo ante Stalin; el despliegue de tropas era considerable. Hitler se
mostró satisfecho por la neutralización de un ejército tan poderoso y se volvió
hacia su asistente militar, al parecer para discutir con él la capacidad
ofensiva de aquella multitud. Las señoras continuaron excluidas, aunque,
naturalmente, se enteraron por nosotros de la novedad, que por otra parte no
tardó en ser difundida por la radio.
Goebbels difundió la noticia en una rueda de prensa
celebrada la misma noche del 21 de agosto, y después Hitler se hizo poner en
comunicación con él. Quería conocer la reacción de los representantes de la
prensa extranjera. Con un brillo febril en los ojos, nos contó lo que le había
dicho:
—La sensación que ha causado la noticia ha sido
insuperable. Y cuando las campanas de las iglesias han empezado a sonar en el
exterior, un representante de la prensa británica ha dicho con resignación: «Es
el tañido fúnebre del Imperio Británico».
Esta observación fue la que más impresionó al
eufórico Hitler aquella noche. Ahora creía estar tan alto que el destino ya no
podía causarle ningún mal.
Por la noche, desde la terraza del Berghof,
admiramos con Hitler un raro espectáculo de la naturaleza. Una aurora
boreal [78] extraordinariamente intensa cubrió de luz roja el legendario
Untersberg durante más de una hora, mientras el cielo reflejaba los colores más
diversos del arco iris. El último acto de El crepúsculo de los dioses no habría
podido escenificarse de una forma más efectista. Todos teníamos las caras y las
manos bañadas de un color rojo antinatural. El espectáculo suscitó un estado de
ánimo extrañamente reflexivo. Hitler, dirigiéndose a uno de sus asistentes
militares, dijo:
—Esto parece predecir mucha sangre. Esta vez no
podremos evitar la violencia. [79] Hacía ya varias semanas que el foco del interés de Hitler se había
desplazado hacia el campo militar. Trataba de definir con claridad sus
proyectos manteniendo largas conversaciones con alguno de sus cuatro asistentes
de la Wehrmacht: el coronel Rudolf Schmundt por el Alto Mando de la Wehrmacht,
el capitán Gerhard Engel por el Ejército de Tierra, el capitán Nikolaus von
Below por el Ejército del Aire y el capitán Karl-Jesko von Puttkamer por la
Marina. Estos oficiales jóvenes y desinhibidos parecían ser del especial agrado
de Hitler, entre otras cosas porque le era más fácil encontrar su aprobación
que la del generalato, siempre más escéptico. No obstante, inmediatamente
después de anunciarse el pacto germano-soviético, estos asistentes fueron
sustituidos por las más altas jerarquías políticas y militares del Reich, entre
las que se encontraban Göering, Goebbels, Keitel y Ribbentrop. Goebbels hablaba
con franqueza y preocupación del peligro de la guerra que se estaba perfilando.
Sorprendentemente, el ministro de Propaganda, de ordinario tan radical,
consideraba que el riesgo de una guerra era excesivo e intentaba recomendar una
línea pacífica, y se mostraba sumamente enojado con Ribbentrop, a quien tenía
por el más destacado representante de la facción belicista. A los miembros del
círculo privado de Hitler nos pareció que Goebbels y Göering, que también era
partidario de la paz, se habían convertido en hombres flojos, degenerados por
el bienestar que les daba el poder, y que no querían arriesgar sus privilegios.
Aunque en esos días estaba en juego la realización
de la obra de mi vida, creí que los intereses nacionales tenían prioridad
frente a las cuestiones de carácter personal. Cualquier posible reparo quedaba
vencido por la seguridad que mostraba Hitler. Me parecía un héroe de la
Antigüedad que sin vacilar, consciente de su fuerza, emprendía las empresas más
arriesgadas y salía siempre victorioso de ellas. [80]
La facción belicista propiamente dicha, constituida
sobre todo por Hitler y Ribbentrop, había pergeñado poco más o menos los
siguientes argumentos: «Supongamos que, gracias a la aceleración del rearme,
nuestro poder destructivo supera al del enemigo en una proporción de cuatro a
uno. A pesar de que ellos se están armando fuertemente desde que ocupamos
Checoslovaquia, su producción necesitará por lo menos un año y medio o dos
antes de alcanzar el nivel máximo, y hasta después de 1940 no estarán en condiciones
de comenzar a reducir la ventaja que les llevamos. Ahora bien, si llegan a
producir tanto como nosotros, nuestra superioridad irá disminuyendo, pues para
mantenerla tendríamos que producir cuatro veces más que ellos, y no podremos
hacerlo. Aunque el enemigo fabricara sólo la mitad de armas que nosotros, la
proporción de fuerzas empeoraría igualmente. Además, ahora contamos con
armamento nuevo en todos los ejércitos, en tanto que ellos sólo disponen de
material anticuado». [81]
Tales consideraciones no debieron de influir de
manera decisiva en los designios de Hitler, pero no hay duda de que lo hicieron
en la elección del momento oportuno para llevarlos a la práctica. Primero dijo:
—Pasaré el mayor tiempo posible en el Obersalzberg
con el fin de mantenerme fresco para los días difíciles que se avecinan. No me
trasladaré a Berlín hasta que llegue el momento de adoptar decisiones.
Unos días después, la columna de Hitler, diez
automóviles separados por una gran distancia de seguridad, avanzaba por la
autopista en dirección a Munich. Mi esposa y yo íbamos en el centro. Era un
hermoso día, sin nubes, de fines de verano. La gente guardaba un
desacostumbrado silencio al paso de Hitler. Casi nadie saludaba. También en
Berlín llamaba la atención la calma de los alrededores de la Cancillería,
habitualmente rodeada de personas que se congregaban para saludar a Hitler en
sus salidas y llegadas cuando el estandarte de la Cancillería señalaba su
presencia.
* * * *
Naturalmente, quedé excluido del ulterior
desarrollo de los acontecimientos, tanto más cuanto que la rutina habitual de
Hitler se vio sensiblemente alterada durante aquellos días turbulentos. Desde
que la corte se había trasladado a Berlín, estaba siempre ocupado por reuniones
que se sucedían sin interrupción y se celebraban muy pocas comidas en común.
Entre los detalles que recuerdo, con toda la arbitrariedad que caracteriza a la
memoria humana, ocupa el primer lugar la aparición, algo cómica, del embajador
italiano Bernardo Attolico, al que vi precipitarse sin resuello en la
Cancillería del Reich poco antes del ataque a Polonia. Acudía a comunicar que
Italia no podía afrontar por el momento las obligaciones contraídas. El Duce
camufló esta marcha atrás con unas exigencias irrealizables —un enorme e
inmediato suministro de dinero y material militar—, cuya satisfacción habría
debilitado la potencia combativa del Ejército alemán. Hitler consideraba que
Italia tenía un gran poder ofensivo, sobre todo gracias a su flota, que
disponía de unidades modernas y de un gran número de submarinos, y también a su
aviación. Puesto que partía de la base de que la determinación bélica de Italia
debía contribuir a asustar a las potencias occidentales, dudó de poder alcanzar
sus objetivos y, sintiéndose inseguro, aplazó por unos días el ataque a
Polonia.
Sin embargo, el pesimismo no tardó en dar paso a
una nueva exaltación. Y Hitler decidió intuitivamente que, a pesar de la
indecisión de Italia, era posible que las potencias occidentales no declararan
la guerra. Rechazó la ayuda que le ofreció Mussolini: no esperaría más, pues
las tropas estaban en continuo estado de alerta y empezaban a ponerse
nerviosas; además, la bonanza del otoño no tardaría en terminar y cabía temer
que las unidades militares se quedaran atascadas en el barro polaco si empezaba
el período de lluvias.
Se intercambiaron notas con Inglaterra sobre la
cuestión polaca. Hitler parecía muy fatigado cuando una noche, en el
invernadero de la Cancillería, dijo con convicción a su círculo íntimo:
—No cometeremos el mismo error que en 1914. Todo
consiste en echar la culpa al otro, que es algo que entonces no se hizo bien.
Lo que propone el Ministerio de Asuntos Exteriores no sirve para nada, así que
lo mejor será que redacte yo mismo las notas.
Mientras hablaba así, tenía en la mano una hoja
escrita, probablemente el borrador de una nota del Ministerio de Asuntos
Exteriores. Se despidió antes de la cena y se dirigió a sus habitaciones del
piso superior. Al leer aquella serie de notas años más tarde, en la prisión, no
me pareció que hubiera tenido mucho éxito.
La idea de Hitler de que Occidente volvería a ceder
después de la firma del acuerdo de Munich se vio reforzada por una reseña del
Servicio de Información que indicaba que un oficial del Estado Mayor británico
había estudiado la potencia de los efectivos del Ejército polaco y había
llegado a la conclusión de que la resistencia de Polonia sería quebrantada
rápidamente. Eso le hizo concebir la esperanza de que el Estado Mayor británico
desaconsejaría a su Gobierno entrar en una guerra que ofrecía tan pocas perspectivas
de victoria y, cuando el 3 de septiembre las potencias occidentales pasaron de
los ultimátums a la declaración de guerra, Hitler tras la sorpresa inicial,
argumentó que era evidente que Inglaterra y Francia sólo intentaban no quedar
mal a los ojos del mundo, y añadió que estaba convencido de que, a pesar de
todo, no se llegaría a ninguna acción bélica. En consecuencia, ordenó a la
Wehrmacht que se mantuviera estrictamente a la defensiva, creyendo que aquella
decisión revelaba su sagacidad política.
Una calma siniestra siguió a la febril actividad de
los últimos días de agosto. Hitler retomó por poco tiempo a su ritmo de vida
cotidiano; incluso volvió a mostrar interés por los proyectos arquitectónicos.
A sus invitados diarios les explicó:
—Aunque es verdad que nos encontramos en guerra con
Inglaterra y Francia, si evitamos toda acción ofensiva, la cosa quedará en agua
de borrajas. Desde luego, en cuanto hundamos un barco y les causemos pérdidas
empezará la guerra de verdad. No tienen ustedes idea de lo que son estas
democracias; estarán contentas de poder salirse de este asunto. ¡Dejarán a
Polonia en la estacada!
Hitler no dio permiso para atacar ni siquiera
cuando algunos submarinos alemanes se encontraban en posición muy favorable
frente al acorazado francés Dunkerque. El ataque aéreo inglés contra
Wilhelmshaven y el hundimiento del Athenia dieron al traste con sus
reflexiones.
Hitler, incorregible, insistió en que Occidente era
demasiado débil, demasiado blando y decadente para emprender una guerra en
serio. Posiblemente le resultara penoso tener que confesar ante sus
colaboradores y sobre todo ante sí mismo que había cometido un error tan
decisivo. Todavía recuerdo su estupefacción cuando llegó la noticia de que
Churchill se incorporaría como ministro de Marina al Gabinete de Guerra
británico. Göering salió de la sala de estar de Hitler con la inquietante nota
de prensa en la mano y, dejándose caer en el primer sillón que encontró, dijo
con acento de cansancio:
—Churchill en el Gabinete. Esto significa que la
guerra comienza de verdad. Ahora sí que estamos en guerra con Inglaterra.
De estas y otras observaciones se infería que el
inicio de la guerra no respondía a las expectativas de Hitler. A veces perdía
claramente el aire tranquilizador del Führer infalible.
Estas ilusiones y sueños guardaban relación con la
nada realista forma de pensar y trabajar de Hitler. En realidad no sabía nada
sobre sus enemigos y, además, se resistía a aprovechar los informes de que
disponía. Prefería confiar en su inspiración, que partía de un menosprecio
extremo del contrario, por contradictoria que pudiera resultar. De acuerdo con
su muletilla de que siempre hay dos posibilidades, por una parte quería la
guerra en aquel momento porque le parecía el más favorable y, por otra, no se preparaba
para ella. Por una parte veía en Inglaterra a «nuestro enemigo número
uno», [82] como recalcó en una ocasión, y por otra esperaba llegar a un
acuerdo.
No creo que en los primeros días de septiembre
Hitler tuviera claro que había desencadenado una guerra mundial irrevocable.
Sólo había querido dar un paso más. Aunque estaba dispuesto a asumir el riesgo,
igual que lo estuvo un año antes, durante la crisis checa, sólo se había
preparado para el riesgo, no para la gran guerra. El rearme de la flota había
sido aplazado; los acorazados y el primer gran portaaviones todavía no estaban
acabados. Hitler sabía que las fuerzas alemanas no alcanzarían su pleno poder combativo
hasta que pudieran hacer frente a los efectivos navales enemigos. Por otra
parte, hablaba con tanta frecuencia de la debilidad de las armas submarinas
durante la Primera Guerra Mundial que no habría comenzado a sabiendas una
segunda guerra del mismo tipo sin haber preparado antes una poderosa flota de
submarinos.
Sin embargo, todas estas preocupaciones se
disiparon en los primeros días de septiembre, cuando la campaña de Polonia
procuró éxitos sorprendentes a las tropas alemanas. También Hitler pareció
haber recobrado la seguridad. Más tarde, en el momento culminante de la guerra,
incluso le oí decir más de una vez que la guerra contra Polonia tuvo que ser
sangrienta:
— ¿Cree usted que habría sido una suerte para
nuestras tropas conquistar también Polonia sin combate, tras haberlo hecho con
Austria y Checoslovaquia? Créame: eso no lo aguanta ni el mejor ejército. Las
victorias sin sangre resultan desmoralizadoras. Así, no sólo fue una suerte que
entonces no se llegara a ningún arreglo, sino que, de haberse alcanzado,
tendríamos que haberlo considerado perjudicial, por lo que habría dado de todos
modos la orden de atacar. [83]
Es posible que tratara de esconder el error de
cálculo diplomático de agosto de 1939 detrás de esas manifestaciones. No
obstante, el capitán general Heinrici me habló, hacia el final de la guerra, de
un antiguo discurso, pronunciado por Hitler ante el generalato, que apuntaba en
la misma dirección. Estas fueron las notas que tomé del notable informe de
Heinrici: «El, Hitler, habría sido el primero desde Carlomagno en volver a
concentrar un poder ilimitado. No lo tenía porque sí, sino que sabría utilizarlo
en su lucha por Alemania. Si la guerra no se ganaba, como Alemania no habría
sabido salir airosa de la prueba de fuerza, debería desaparecer». [84]
* * * *
Desde un principio, la gente se tomó la situación
mucho más en serio que Hitler y su entorno. Debido al nerviosismo general, a
primeros de septiembre se dio en Berlín una falsa alarma aérea. Terminé sentado
en un refugio antiaéreo público con otros muchos berlineses. Miraban el futuro
con temor; la atmósfera era de una visible aflicción. [85] {85}
Al contrario de lo que ocurrió cuando comenzó la
Primera Guerra Mundial, ningún regimiento partió para la guerra adornado con
flores. Las calles permanecían desiertas. En la Wilhelmplatz no se congregó
ninguna multitud para aclamar a Hitler. En este ambiente de desolación general,
una noche Hitler mandó preparar su automóvil para dirigirse al frente del Este.
Tres días después de comenzar la campaña de Polonia, su asistente me convocó en
la Cancillería para la despedida. Me encontré allí con un hombre que, en una
vivienda con las ventanas provisionalmente oscurecidas, se encolerizaba por
cualquier nadería. Los coches llegaron y él se despidió con brevedad de sus
cortesanos. No había en la calle ni una sola persona que tomara nota de aquel
acontecimiento histórico: Hitler se incorporaba a la guerra que él mismo había
iniciado. Desde luego, Goebbels podría haber reunido a toda la gente que
hubiera querido para simular una manifestación de júbilo, pero al parecer
tampoco estaba de humor.
* * * *
Ni siquiera durante la movilización se olvidó
Hitler de sus artistas. En las postrimerías del verano de 1939, el asistente de
Hitler en el Ejército de Tierra exigió sus documentos en el centro de
reclutamiento militar, los rompió y los tiró; los expedientes de los artistas
dejaron de existir de una manera muy original. Es cierto que los arquitectos y
escultores ocupaban poco espacio en las listas que habían confeccionado Hitler
y Goebbels: la mayor parte de los liberados eran cantantes y actores. Que también
los jóvenes científicos eran importantes para el futuro de la nación no se
descubrió, con mi ayuda, hasta 1942.
Ya desde el Obersalzberg había pedido por teléfono
a Will Nagel, mi antiguo superior, que formara un grupo de técnicos que habrían
de actuar bajo mi dirección. Queríamos ayudar empleando a nuestro bien
organizado equipo en la reconstrucción de puentes, reparación de carreteras o
cualquier otra actividad relacionada con la guerra. Ciertamente, nuestras ideas
eran muy difusas. Por ello, el grupo se dedicó de momento a preparar tiendas y
sacos de dormir, así como a pintar mi BMW del color gris de campaña. El día de
la movilización general me personé en la sede del Alto Mando del Ejército de
Tierra, en la Bendlerstrasse. El capitán general Fromm, responsable de la
marcha de la movilización general del ejército, estaba ocioso en su despacho
—no se podía esperar otra cosa de una organización germano-prusiana— mientras
toda la maquinaria trabajaba con arreglo al plan establecido. Aceptó de buen
grado mi oferta de colaboración; a mi automóvil le fue asignado un número del
Ejército de Tierra y yo obtuve una cartilla militar. Así terminó de momento mi
actividad bélica.
Puesto que Hitler me prohibió terminantemente
realizar actividades militares, diciendo que mi deber era continuar trabajando
en sus proyectos, puse a disposición del Ejército de Tierra y de la Luftwaffe a
los obreros y cuadros técnicos que trabajaban para mí en Berlín y en Nüremberg.
Nos hicimos cargo de las obras para el desarrollo de los cohetes en Peenemünde
y de apremiantes proyectos de la industria aeronáutica.
Informé a Hitler de aquellas medidas, que me
parecían las más lógicas. Estaba seguro de contar con su aprobación. Pero, para
mi sorpresa, no tardé en recibir un escrito insólitamente brusco de Bormann:
¿Cómo se me había ocurrido buscarme nuevos cometidos que no eran de mi
incumbencia? Hitler le había encargado transmitirme la orden de que todas las
obras prosiguieran al ritmo habitual.
Esta decisión reiteraba la falta de realismo de
Hitler, que perseguía dos cosas a la vez: por un lado, hablaba repetidamente de
que Alemania había desafiado al destino y tenía que afrontar una lucha a vida o
muerte; pero, por otro, no quería renunciar a su grandioso juguete, lo que
reflejaba también su desprecio por la opinión de las masas, que no podrían
comprender que se levantaran construcciones de lujo en un momento en que, por
primera vez, el afán de expansión de Hitler comenzaba a reclamar víctimas. Fue
la primera orden suya que no cumplí. También es verdad que durante el primer
año de guerra vi a Hitler con muchísima menos frecuencia que antes; no
obstante, cuando pasaba unos días en Berlín o unas semanas en el Obersalzberg,
seguía pidiendo que se le enseñaran planos y apremiando para que las obras se
concluyeran. Sin embargo, creo que no tardó en aceptar tácitamente que se
paralizaran los trabajos.
A primeros de octubre, el conde Von der
Schulenburg, embajador alemán en Moscú, informó a Hitler de que Stalin se
interesaba personalmente por nuestros proyectos constructivos. Se exhibió en el
Kremlin una serie de fotografías de nuestras maquetas, aunque, por indicación
de Hitler, mantuvimos en secreto las principales obras, «para que Stalin no las
copiara», según decía. Schulenburg propuso que yo fuera a Moscú a explicar los
proyectos.
—Se podrían quedar con usted —dijo Hitler medio en
broma, y no autorizó el viaje.
Poco después me dijo el enviado alemán Schnurre que
a Stalin le habían gustado mis proyectos.
El 29 de septiembre, Ribbentrop regresó de la
segunda Conferencia de Moscú con un tratado germano-soviético de amistad y de
delimitación de fronteras que sellaría la cuarta división de Polonia. Durante
la comida con Hitler, comentó que jamás se había sentido tan bien como entre
los colaboradores de Stalin:
— ¡Como si hubiese estado entre viejos camaradas
del Partido, Mein Führer!
Hitler pasó impertérrito por alto la entusiasta
exclamación de su ministro de Asuntos Exteriores, que solía ser más bien
adusto. Según dijo Ribbentrop, Stalin se mostró satisfecho con el acuerdo y al
acabar las negociaciones había trazado, en la frontera de la zona asignada a
Rusia, los límites de un territorio que regaló a Ribbentrop para que lo
utilizara como un enorme coto de caza. Aquel gesto hizo entrar en acción a
Göering, que no estaba dispuesto a aceptar que aquel terreno fuera un regalo
personal al ministro de Asuntos Exteriores; opinó que tenía que ser de Alemania
y, por consiguiente, suyo, puesto que, al fin y al cabo, él era el montero
mayor del Reich. Esto dio origen a una viva disputa entre los dos cazadores,
que terminó con un enorme enfado por parte del ministro de Asuntos Exteriores,
ya que Göering se mostró más enérgico y persistente.
A pesar de la guerra, había que proseguir con la
reforma del antiguo palacio del presidente del Reich, nueva residencia oficial
del ministro de Asuntos Exteriores. Hitler visitó la obra cuando estaba a punto
de concluir y se mostró descontento, por lo que Ribbentrop, sin pensarlo dos
veces, hizo derribar todo lo que se había hecho hasta entonces y dio orden de
empezar de nuevo. Posiblemente para complacer a Hitler, insistió en que se
colocaran enormes marcos de mármol en las aberturas, así como unas puertas
gigantescas que no cuadraban en absoluto con el tamaño de las salas. Antes de
la nueva inspección, rogué a Hitler que se abstuviera de hacer comentarios
negativos, para evitar que su ministro ordenase una tercera reforma, y esperó a
estar en la intimidad para burlarse de las obras, que consideraba un completo
desastre.
En octubre, Hanke me dijo haber informado a Hitler
de que, durante el encuentro de las tropas alemanas y rusas en la línea de
demarcación, en Polonia, se había observado que el armamento del Ejército Rojo
era pobre y escaso. Otros oficiales confirmaron aquella declaración, de la que
Hitler debió de tomar muy buena nota, pues se refirió a ella una y otra vez; le
parecía un signo de debilidad militar o de falta de organización. Poco después,
el fracaso de la ofensiva soviética contra Finlandia le hizo creer que su
suposición quedaba confirmada.
A pesar de la confidencialidad de las operaciones
militares, tuve cierto conocimiento de los planes de Hitler cuando en 1939 me
encomendó la construcción de un cuartel general en el oeste de Alemania. Para
este fin se eligió Ziegenberg, una finca señorial de la época de Goethe,
enclavada en las estribaciones del Taunus, junto a Nauheim, que fue modernizada
y equipada con bunkers.
Una vez terminadas las instalaciones, en cuyas
obras, que incluían el tendido de cientos de kilómetros de cable telefónico y
los más modernos medios de comunicación, se enterraron millones de marcos,
Hitler manifestó inopinadamente que ese cuartel general resultaba demasiado
lujoso: en la guerra quería llevar una vida sencilla, por lo que debíamos
prepararle otro alojamiento, adecuado a la dureza de la época, en el Eifel.
Quizá impresionara así a quienes ignoraban la cantidad de millones que se
habían malgastado y los que habría que volver a invertir. Llamamos la atención
a Hitler en este sentido, pero se mostró inflexible, pues veía peligrar su fama
de «modestia y falta de pretensiones».
Tras la rápida victoria obtenida en Francia, creí
que Hitler se había convertido en una de las figuras más grandes de la historia
alemana. Y me impresionaba y disgustaba la apatía que, a pesar de todas las
grandiosas victorias, me parecía percibir en la opinión pública. El propio
Hitler desarrolló una confianza sin límites en sí mismo. Ahora había encontrado
un nuevo tema para sus monólogos de sobremesa. Opinaba que sus ideas no habrían
fracasado aunque se hubiera encontrado con las mismas deficiencias que llevaron
a la derrota en la Primera Guerra Mundial. En aquel entonces, las jefaturas
política y militar estaban enemistadas y se había dado mucho juego a los
partidos para quebrar la unión alemana e incluso cometer traicioneras maniobras
contra la patria. Por razones de protocolo, dirigieron el ejército los
incapaces príncipes de las casas aristocráticas, que debían cosechar laureles
militares para elevar el prestigio de su dinastía. Sólo el hecho de que
aquellos vástagos de la nobleza decadente dispusieran de magníficos oficiales
de Estado Mayor evitó mayores catástrofes. Además, Guillermo II fue también un
incapaz como general en jefe del ejército. Ahora, por el contrario, Alemania
estaba unida, concluía Hitler con satisfacción; los Länder tenían una importancia
insignificante; los jefes militares habían sido elegidos entre los mejores
oficiales, sin tener en cuenta su origen; se habían suprimido los privilegios
de la nobleza; la política, la Wehrmacht y la nación se habían fundido hasta
constituir una verdadera unidad. Y a la cabeza se hallaba él. Su energía, su
voluntad y su fuerza superarían todos los futuros obstáculos.
Hitler se atribuyó personalmente el éxito de la
campaña occidental. Él había ideado el plan para llevarla a cabo:
—He leído con mucho interés —aseguraba en
ocasiones— el libro del coronel De Gaulle sobre la capacidad de las unidades
motorizadas en la guerra moderna, y he aprendido mucho de esta lectura.
* * * *
A poco de terminar la campaña de Francia, recibí
una llamada telefónica de la secretaría del Führer: tendría que pasar unos días
en su cuartel general por razones especiales. En aquella época, el cuartel
general de Hitler se encontraba en el pueblecito de Bruly le Peche, no lejos de
Sedán, del que habían sido desalojados todos los vecinos. Los generales y
asistentes se habían instalado en las pequeñas casas de la única calle de la
aldea. Tampoco era muy distinto el alojamiento de Hitler, quien me saludó del
mejor humor cuando llegué:
—Volaremos a París dentro de unos días. Me gustaría
que viniera usted con nosotros. Breker y Giessler vendrán también.
Al principio me dejó sumamente perplejo que el
vencedor buscara la compañía de tres artistas para hacer su entrada en la
capital de los franceses.
Aquella misma noche fui invitado a la reunión
militar de Hitler, donde se discutieron los detalles del viaje a París. Me
enteré de que no se trataba de una visita oficial, sino de una especie de
«expedición artística» a la ciudad que, como Hitler había dicho tantas veces,
lo había cautivado siempre, hasta el punto de que, aunque sólo había estudiado
los planos de sus calles y de sus obras más notables, era como si ya hubiera
vivido allí.
El armisticio debía entrar en vigor en la noche del
25 de junio de 1940, a la 1.35. Estábamos sentados con Hitler alrededor de una
mesa de madera dispuesta en uno de los cuartos de su casa campesina. Poco antes
de la hora convenida, Hitler ordenó apagar la luz y abrir las ventanas.
Sentados en medio de la oscuridad, nos sentimos impresionados por la conciencia
de estar viviendo un momento histórico tan cerca de su hacedor. Fuera, una
trompeta hizo sonar el toque tradicional que anunciaba el cese de las acciones
bélicas. A lo lejos debía de estarse formando una tormenta, pues, igual que en
las novelas baratas, un relámpago surcaba a veces la oscuridad. Alguien,
vencido por la emoción, se sonó. Luego se oyó la voz de Hitler, baja, monótona:
—Esta responsabilidad… —Y algunos minutos después:
—Ahora enciendan de nuevo las luces.
La banal conversación siguió su curso, pero para mí
se trató de un acontecimiento singular. Creí haber conocido el lado humano de
Hitler.
Al día siguiente emprendí desde su cuartel general
un viaje hasta Reims para ver la catedral. Me esperaba una ciudad de aspecto
fantasmal, casi abandonada por sus habitantes, acordonada por la policía
militar debido a sus bodegas de champaña. Los postigos golpeaban al viento;
periódicos atrasados volaban por las calles desiertas y las puertas abiertas
permitían ver el interior de las casas. Como si la vida ciudadana se hubiera
detenido en un momento demencial, en las mesas aún se veían vasos, platos y comida.
Por el camino, en las carreteras, nos cruzamos con innumerables grupos de
fugitivos que avanzaban por la cuneta, mientras el centro de la carretera lo
ocupaban las columnas de las unidades militares alemanas. Estas orgullosas
unidades contrastaban de forma singular con los desconsolados fugitivos, que
llevaban sus pertenencias en cochecitos de niño, carretillas y otros vehículos
primitivos. Tres años y medio más tarde tendría ocasión de ver escenas
similares en Alemania.
Tres días después de la entrada en vigor del
armisticio, hacia las cinco y media de la mañana, aterrizamos en el aeropuerto
de Le Bourget. Tres grandes Mercedes nos esperaban. Como de costumbre, Hitler
tomó asiento en la parte delantera, al lado del conductor. Breker y yo nos
sentamos en los asientos supletorios, mientras que Giessler y el asistente
ocuparon los traseros. A los artistas nos habían endosado un uniforme gris que
nos incorporaba al ámbito militar. Después de atravesar los grandes arrabales,
nos dirigimos directamente al Gran Teatro de la Ópera del arquitecto Garnier.
Hitler había expresado el deseo de visitar en primer lugar este edificio
neobarroco, su obra preferida. El coronel Speidel, enviado por las autoridades
de ocupación alemanas, nos esperaba allí.
La escalera, elogiada por su amplitud y criticada
por lo recargado de su decoración, el fastuoso vestíbulo y la solemne sala de
espectadores, revestida de oro, fueron examinados con todo detenimiento. Todas
las luces refulgían como en una noche de gala. Hitler se había hecho cargo de
la dirección de la visita. Nos acompañaba por el vacío edificio un acomodador
encanecido. Realmente, Hitler había estudiado a fondo los planos del Teatro de
la Ópera de París. En el palco del proscenio echó a faltar un salón, y estaba
en lo cierto: el acomodador dijo que el salón había sido eliminado muchos años
atrás, durante unas reformas.
— ¡Ya ven ustedes si conozco o no el sitio!—dijo
Hitler, visiblemente satisfecho. La Ópera lo fascinó, y se deshizo en elogios
entusiastas sobre su incomparable belleza. Los ojos le brillaban de tal modo
que me conmovió. Naturalmente, el acomodador se había dado cuenta enseguida de
a quién estaba enseñando el edificio. Nos guió con corrección, pero guardando
las distancias. Cuando, por fin, nos disponíamos a dar la visita por terminada,
Hitler susurró algo al oído de su asistente Brückner, quien sacó de su cartera
un billete de cincuenta marcos para ofrecérselo al hombre, que permanecía de
pie, lejos de nosotros. Con cordialidad, aunque también con determinación, se
negó a aceptar la propina. Hitler lo intentó una segunda vez y envió a Breker;
pero el empleado insistió en su negativa: dijo a Breker que no había hecho sino
cumplir con su deber.
A continuación nos dirigimos a los Campos Elíseos,
pasando por delante de la Madeleine en dirección a Trocadero; después hacia la
Torre Eiffel, donde Hitler ordenó hacer un alto; luego pasamos ante el Arco de
Triunfo y el monumento al Soldado Desconocido, y llegamos hasta los Inválidos,
donde Hitler permaneció largo rato frente a la tumba de Napoleón. Después
visitó el Panteón, cuyas dimensiones lo impresionaron. Por el contrario, no
mostró un interés especial por las más hermosas creaciones arquitectónicas de
París: la Place des Vosges, el Louvre, el Palacio de Justicia y la Sainte
Chapelle. No volvió a animarse hasta que vio la uniforme hilera de casas de la
Rué de Rivoli. Acabamos nuestro recorrido en la romántica y dulzona imitación
de las iglesias medievales, el Sacre Coeur de Montmartre; la elección era
sorprendente incluso para el gusto de Hitler. Permaneció allí un buen rato,
rodeado por unos cuantos hombres de su escolta, y, aunque numerosos fieles lo
reconocieron, optaron por ignorarlo. Después de contemplar la ciudad por última
vez, regresamos velozmente al aeropuerto. A las nueve de la mañana, la visita
había concluido.
—Ver París ha sido el sueño de toda mi vida. No
puedo decir lo feliz que soy por haberlo cumplido.
Por un instante sentí cierta compasión por él: tres
horas en París, por primera y última vez, lo habían hecho feliz cuando se
hallaba en la cumbre.
Durante el viaje, Hitler consideró con sus
asistentes y el coronel Speidel la posibilidad de celebrar en París un desfile
de la Victoria; pero, tras algunas reflexiones, desechó el proyecto. Su excusa
oficial fue la del peligro de ataques de la aviación británica, pero más tarde
manifestó:
—No tengo ganas de hacer ninguna marcha triunfal;
aún no hemos acabado.
Aquella misma noche me recibió de nuevo en la
pequeña habitación de su casa campesina. Estaba sentado solo a la mesa. Me dijo
sin rodeos:
—Prepare usted el decreto por el que ordeno la
plena reanudación de las obras de Berlín… París es una ciudad hermosa, ¿verdad?
Pues Berlín tiene que serlo mucho más. Antes solía preguntarme si no habría que
destruir París —prosiguió con absoluta tranquilidad, como si se tratara de lo
más normal del mundo—, pero cuando hayamos terminado Berlín, París no será más
que una sombra. ¿Para qué íbamos a destruirla?
Tras pronunciar estas palabras, me dijo que podía
retirarme.
Aunque estaba acostumbrado a las impulsivas
observaciones de Hitler, me asustó la desfachatez con que expresaba su
vandalismo. Había reaccionado de manera parecida después de la destrucción de
Varsovia. Ya entonces expresó la opinión de que había que impedir que se
reconstruyera, a fin de privar al pueblo polaco de su centro político y
cultural. No obstante, Varsovia había sido destruida por los avatares de la
guerra; ahora Hitler confesaba haber acariciado la idea de destruir
caprichosamente y sin razón alguna la ciudad que él mismo había calificado como
la más bella de Europa, con todos sus inestimables monumentos. En unos pocos
días se me habían revelado algunas de las contradicciones que caracterizaban la
manera de ser de Hitler, sin que comprendiera entonces toda su importancia:
desde el hombre consciente de su responsabilidad hasta el más irreflexivo y
poco escrupuloso nihilista, Hitler reunía en su persona los contrastes más
extremos.
Sin embargo, el efecto que esta experiencia tuvo en
mí quedó soterrado por la brillante victoria de Hitler, por las favorables e
inesperadas perspectivas de una pronta reanudación de mis obras y, por fin, por
el abandono de sus propósitos destructivos. Ahora era cosa mía superar a París.
Ese mismo día Hitler otorgó máxima prioridad a la obra de mi vida: ordenó que
«se diera a Berlín, con la mayor rapidez posible, la apariencia que le
correspondía dada la magnitud de la victoria». Y manifestó:
—En estas obras, las más importantes del Reich a
partir de este momento, veo la principal aportación para consolidar nuestra
victoria.
De su puño y letra anticipó la fecha del decreto:
la del 25 de junio de 1940, el día del armisticio y el del mayor de sus
triunfos.
Hitler paseaba arriba y abajo con Jodl y Keitel por
el sendero de gravilla que había ante su casa cuando un asistente le anunció
que quería despedirme. Según me iba aproximando al grupo, oí que Hitler
proseguía su conversación con estas palabras:
—Ahora hemos demostrado de lo que somos capaces.
Créame, Keitel, frente a esto una campaña contra Rusia sería un juego de niños.
Me despidió de excelente humor, me encargó que
transmitiera a mi esposa sus saludos más cordiales y me indicó que no
tardaríamos en hablar de nuevos proyectos y maquetas.
Capítulo XIII
Desmesura
Mientras Hitler seguía ocupándose de preparar la
campaña contra Rusia, reflexionaba sobre los detalles de los desfiles de la
Victoria que se celebrarían en 1950, cuando estuvieran terminados la gran
avenida y el Arco de Triunfo. [86] Sin embargo, mientras soñaba con nuevas guerras, nuevas victorias
y festejos, sufrió la mayor derrota de su carrera. Tres días después de una
entrevista en la que me había expuesto sus ideas respecto al futuro, tuve que
presentarme en el Obersalzberg con mis bocetos. Leitgen y Pietsch, dos
asistentes de Hess, esperaban pálidos y nerviosos en la antesala del Berghof.
Me rogaron que pospusiera mi visita, pues tenían que entregar a Hitler una
carta personal de Hess. En aquel momento llegó Hitler, procedente de sus
habitaciones del piso superior, y uno de los asistentes fue llamado a la sala
de estar. Mientras repasaba mis diseños, oí de repente un grito inarticulado,
casi animal, y a Hitler rugiendo a continuación:
— ¡Que venga Bormann inmediatamente! ¿Dónde está
Bormann?
Bormann tuvo que comunicarse rápidamente con
Göering, Ribbentrop, Goebbels y Himmler. Se rogó a todos los invitados que se
retiraran a las habitaciones del primer piso. Por fin, al cabo de varias horas,
supimos qué había ocurrido: el lugarteniente de Hitler había volado en plena
guerra a territorio enemigo, hacia Inglaterra.
Exteriormente, Hitler recuperó pronto su contención
habitual. Lo único que lo preocupaba era que Churchill pudiera aprovechar el
suceso frente a los aliados de Alemania para simular un supuesto intento de
este país de obtener la paz.
— ¿Quién va a creer que Hess no ha actuado en mi
nombre? ¿Que todo lo ocurrido no es sino un juego pactado a espaldas de mis
aliados?
Aquello incluso podría influir en la política de
Japón, opinó con inquietud. Hitler hizo preguntar al jefe técnico de la
Luftwaffe, el famoso piloto de caza Ernst Udet, si el aparato bimotor utilizado
por Hess podría alcanzar la costa escocesa y qué condiciones meteorológicas
encontraría al llegar. Tras unos momentos de reflexión, Udet contestó por
teléfono que Hess fracasaría. Dados los fuertes vientos laterales, seguramente
pasaría de largo junto a Inglaterra e iría a parar al vacío. Al instante, Hitler
volvió a mostrarse esperanzado:
— ¡Ojalá se ahogue en el mar del Norte! Así
desaparecería sin dejar rastro y podríamos tomarnos un tiempo para pensar una
explicación plausible.
No obstante, al cabo de unas horas volvió a sentir
dudas y, para adelantarse a los ingleses y por lo que pudiera ocurrir, decidió
anunciar en la radio que Hess se había vuelto loco. Los dos asistentes fueron
detenidos, como se hacía antiguamente, en la corte de los tiranos, con los
mensajeros que traían malas noticias.
En el Berghof hubo mucho ajetreo. Además de
Göering, Goebbels y Ribbentrop, se presentaron Ley, los jefes regionales y
otros jefes del Partido. Ley, como jefe de organización, quiso hacerse cargo de
los cometidos de Hess, lo que habría sido sin duda la solución más acertada,
pero Bormann, que mostró entonces por primera vez la gran influencia que tenía
sobre Hitler, se opuso a ello sin ningún esfuerzo y resultó el vencedor
absoluto en este asunto. Churchill dijo que el vuelo de Hess había puesto al
descubierto la existencia de gusanos en la manzana del Reich. No podía ni
imaginar hasta qué punto aquella definición se podía aplicar literalmente a la
figura del sucesor de Hess.
En adelante, Hess apenas sería mencionado en el
círculo de Hitler. Sólo Bormann siguió refiriéndose a él durante mucho tiempo.
Investigó afanosamente la vida de su antecesor y persiguió a su esposa de forma
ruin. Eva Braun intercedió por ella ante Hitler; a pesar de que no tuvo éxito,
siguió apoyándola a sus espaldas. Unas semanas después supe por mi médico, el
profesor Chahoul, que el padre de Hess estaba agonizando. Le hice llegar un
ramo de flores, aunque sin dar mi nombre.
En aquel tiempo creí que había sido la ambición de
Bormann lo que impulsó a Hess a cometer aquel acto de desesperación. Hess,
igualmente ambicioso, veía que su poder disminuía por momentos. Hitler, por
ejemplo, me dijo hacia 1940, después de conferenciar con Hess durante cuatro
horas:
—Cuando hablo con Göering, para mí es como un baño
de aguas ferruginosas: después me siento fresco. El mariscal del Reich tiene
una manera cautivadora de exponer las cosas. Pero cualquier conversación con
Hess se convierte en un esfuerzo insoportablemente tortuoso. Siempre me viene
con asuntos desagradables y nunca cede.
Después de tantos años de figurar en segundo
término, probablemente Hess tratara de alcanzar notoriedad con su vuelo a
Inglaterra, pues carecía de las cualidades necesarias para imponerse en aquel
lodazal de intrigas y luchas por el poder. Era demasiado sensible, demasiado
franco, demasiado fluctuante, y tendía a dar la razón a todas las facciones. Su
tipo respondía por entero al de la mayoría de los jerarcas del Reich, a quienes
costaba mantener los pies en el suelo de la realidad. Hitler atribuyó la responsabilidad
del asunto a la perniciosa influencia del profesor Haushofer. Veinticinco años
más tarde, en la prisión de Spandau, Hess me aseguró muy en serio que durante
un sueño le había sido insuflada la idea de que poseía fuerzas sobrenaturales.
Su intención no había sido en absoluto poner a Hitler en una situación
embarazosa. El mensaje que lo obsesionaba y que lo había llevado a Inglaterra
era que «garantizaremos a Inglaterra su imperio mundial a cambio de que nos
deje las manos libres en Europa». Esta era una de las frases que Hitler solía
repetir antes de la guerra y también después de que se iniciara.
Si no me equivoco, creo que Hitler no logró superar
nunca la «traición» de su lugarteniente. Incluso algún tiempo después del
atentado del 20 de julio de 1944, Hitler, en sus fantasiosas evaluaciones de la
situación, dijo que una de sus condiciones de paz sería la entrega del
«traidor». Hess debía ser ahorcado. Años después, cuando le hablé de esto, Hess
me dijo:
— ¡Se habría reconciliado conmigo, seguro! ¿Y no
cree que en 1945, cuando todo estaba a punto de terminar, Hitler debió de
pensar más de una vez: «Hess tenía razón»?
* * * *
Hitler no se limitó a exigir en plena guerra que se
reemprendieran con la máxima energía las obras de Berlín. También amplió de
forma desmesurada, influido por sus jefes regionales, el número de ciudades que
debían remodelarse. Al principio sólo se habló de Berlín, Nüremberg, Munich y
Linz; pero ahora declaró mediante decretos que «la reorganización urbanística»
debería incluir a otras veintisiete ciudades, entre ellas Hannover, Augsburgo,
Bremen y Weimar. [87]} Nunca se nos preguntó, ni a mí ni a nadie, sobre la oportunidad de
esas decisiones; lo único que recibía era una copia de los decretos promulgados
por Hitler después de las correspondientes deliberaciones. Tal y como escribí a
Bormann el 26 de noviembre de 1940, según mis cálculos de aquella época, el
coste de las obras en todas las ciudades, teniendo en cuenta los propósitos del
Partido, ascendería a entre veintidós y veinticinco mil millones de marcos.
Creí que los nuevos requerimientos pondrían en
peligro mis plazos. Lo primero que hice para conjurar este riesgo fue proponer
la publicación de un decreto de Hitler en virtud del cual quedaran bajo mi
jurisdicción todos los proyectos de obras del Reich. Este intento fracasó a
causa de la intervención de Bormann, y el 17 de enero de 1941 le dije a Hitler,
después de una larga enfermedad que me permitió reflexionar sobre algún que
otro problema, que sería mejor que me concentrara sólo en las construcciones de
Nüremberg y Berlín. Accedió inmediatamente.
—Tiene usted razón. Sería una lástima que perdiera
el tiempo ocupándose de asuntos de carácter general. Si fuera necesario, puede
decir en mi nombre que yo, el Führer, no deseo que intervenga en nada más, a
fin de que no se aparte de sus verdaderos cometidos artísticos. [88]
Hice amplio uso de aquella autorización y al día
siguiente renuncié a todos mis cargos oficiales en el Partido. Si es que ahora
juzgo acertadamente la complejidad de mis motivaciones, es posible que todo
aquello se dirigiera también contra Bormann, que desde el principio había
mostrado una actitud de rechazo hacia mí. Claro que yo no sentí que mi posición
estuviera en peligro, pues Hitler me había calificado muchas veces de
insustituible.
De vez en cuando cometía algún desliz, de modo que
Bormann, seguramente con gran satisfacción, pudo echarme alguna que otra severa
reprimenda desde el cuartel general, como, por ejemplo, por haber acordado con
las jerarquías de las iglesias católicas y protestante la construcción de
iglesias en nuestro nuevo sector berlinés. [89] Dijo secamente que las iglesias no debían ocupar lugar alguno.
* * * *
Unos días después de que Hitler ordenara, con el
decreto del 25 de julio de 1940, la inmediata reanudación de las obras de
Berlín y Nüremberg para «consolidar la victoria», dije al ministro Lammers que
«basándome en el decreto del Führer, no iniciaría la remodelación de Berlín
durante la guerra». Pero Hitler no se mostró conforme con esta interpretación y
ordenó que se continuara con las obras, aun oponiéndose en este caso a la
opinión pública. Dada su insistencia, se decidió que las obras de Nüremberg y
Berlín deberían quedar concluidas en los plazos inicialmente fijados, es decir,
en 1950, a pesar de la guerra. Apremiado por Hitler, elaboré un «programa de
urgencia del Führer», y Göering me asignó acto seguido —a mediados de abril de
1941— la cantidad anual de hierro necesaria para cumplirlo: 84.000 toneladas;
para ocultarlo a la opinión pública, recibió el nombre de «programa bélico de
canalización y ferrocarriles de Berlín». El 18 de abril hablé con Hitler de los
plazos de finalización —asegurados gracias a estas medidas— de la Gran Sala, el
Alto Mando de la Wehrmacht, la Cancillería del Reich y el Führerbau:
resumiendo, de su centro de poder en torno a la «plaza de Adolf Hitler».
Simultáneamente, para la construcción de estas obras se constituyó un grupo de
trabajo al que fueron incorporadas siete de las casas constructoras más
competentes de Alemania.
A pesar del inminente comienzo de la campaña de
Rusia, Hitler seguía eligiendo en persona, con su característica tenacidad, las
obras que serían destinadas a la pinacoteca de Linz. Envió a sus marchantes a
los territorios ocupados para investigar la situación del mercado de arte, lo
que desencadenó una guerra por los cuadros entre sus expertos y los de Göering;
la situación empezaba a adquirir perfiles bastante duros cuando Hitler llamó al
orden a su mariscal, restableciendo así el orden jerárquico.
En 1941 llegaron al Obersalzberg grandes catálogos,
encuadernados en piel marrón, con fotografías de cientos de cuadros que Hitler
distribuyó entre sus pinacotecas preferidas, situadas en Linz, Königsberg,
Breslau y otras ciudades orientales. Volví a ver estos catálogos durante el
proceso de Nüremberg, donde sirvieron como pruebas de la acusación; la mayoría
de los cuadros habían sido sustraídos por la delegación de Rosenberg en París a
judíos residentes en Francia. Hitler respetó las célebres colecciones artísticas
nacionales francesas, aunque esta manera de actuar no fue tan desinteresada
como podría parecer, pues a veces decía que, cuando se firmara la paz, las
mejores piezas del Louvre tendrían que ser entregadas a Alemania como
reparación de guerra. Con todo, es verdad que Hitler no hacía uso de su
autoridad para fines personales: no se reservó para él ni una sola de las
pinturas adquiridas o confiscadas en los territorios ocupados.
Por el contrario, para Göering era bueno cualquier
medio que le permitiera aumentar, precisamente durante la guerra, su colección
de arte. En los salones y estancias de Karinhall, superpuestos en tres o cuatro
niveles, colgaban cuadros muy valiosos. Cuando ya no quedó sitio en las
paredes, utilizó el techo del gran vestíbulo para integrar en él una serie de
lienzos. Incluso en el dosel de su fastuosa cama había hecho colgar un desnudo
femenino de tamaño natural que representaba a Europa. También ejercía como
marchante: las paredes de una gran sala del piso superior de su propiedad rural
estaban cubiertas de lienzos que habían pertenecido a un conocido marchante
holandés, que tuvo que cedérselos a un precio irrisorio tras la ocupación. Con
su característica risa infantil nos contaba que, en plena guerra, vendía estos
cuadros a los jefes regionales por un precio muy superior al de mercado,
exigiéndoles además un suplemento por el prestigio que, a sus ojos, tenía un
cuadro procedente de «la famosa colección Göering».
Un día, allá por el año 1943, me enteré por los
franceses de que Göering presionaba al Gobierno de Vichy para que le cambiase
un célebre cuadro del Louvre por unas cuantas pinturas sin valor. Basándome en
la idea de Hitler respecto a la inviolabilidad de la colección estatal del
Louvre, aseguré al intermediario francés que no tenía por qué ceder a aquella
presión y que en caso necesario podía recurrir a mí. Göering renunció a sus
deseos. Otro día, en Karinhall, me mostró sin el menor cargo de conciencia el famoso
altar de Sterzing que Mussolini le había regalado en invierno de 1940, tras
concertar el acuerdo sobre el Tirol meridional. El mismo Hitler se
escandalizaba a menudo por los manejos del «segundo hombre» para reunir
valiosos bienes artísticos, pero no se atrevió a enfrentarse a él.
Hacia el final de la guerra, Göering nos invitó a
Breker y a mí a comer en Karinhall, lo que supuso una rara excepción. La comida
no fue demasiado fastuosa; lo único que me causó extrañeza fue que al final nos
sirvieran a Breker y a mí un coñac corriente, mientras el criado de Göering le
servía a él, con cierta solemnidad, de una botella vieja y polvorienta.
—Este es sólo para mí —dijo sin el menor embarazo a
sus invitados.
A continuación se extendió en detalles sobre el
palacio francés en el que se había confiscado aquel raro hallazgo. Luego, de un
humor excelente, nos mostró los tesoros que se acumulaban en los sótanos de
Karinhall. Entre ellos se encontraban valiosísimas obras antiguas procedentes
del museo de Nápoles, que habían saqueado antes de la evacuación, a fines de
1943. Con el mismo orgullo de propietario, hizo abrir los armarios para
dejarnos contemplar su tesoro de jabones y perfumes franceses, que sin duda le
bastaría durante muchísimos años. Para concluir esta exhibición, nos mostró su
colección de diamantes y piedras preciosas, cuyo valor ascendía a muchos
cientos de miles de marcos.
Las compras artísticas de Hitler cesaron en cuanto
nombró al doctor Hans Posse, director de la pinacoteca de Dresde, como
apoderado para la ampliación de los fondos de la de Linz. Hasta entonces,
Hitler había escogido los objetos personalmente, a partir de los catálogos de
las subastas. Sin embargo, al designar a dos o tres socios rivales para cada
misión había sido víctima de su propio sistema. Había llegado a ordenar por
separado a su fotógrafo Hofmann y a uno de sus marchantes que pujaran sin
límite. De este modo, los enviados de Hitler seguían compitiendo entre ellos
cuando todos los demás ya se habían retirado, hasta que un día el subastador
berlinés Hans Lange me llamó la atención sobre este significativo punto.
Poco tiempo después de haber nombrado a Posse,
Hitler le mostró lo que había comprado hasta entonces, incluyendo la colección
de Grützner, que guardaba en su refugio antiaéreo. Se colocaron butacas para
Hitler, para Posse y para mí, y los cuadros fueron presentados por el personal
de servicio de las SS. Hitler elogiaba sus favoritos con los adjetivos de
siempre, pero Posse no se dejó impresionar por su posición ni por su
cautivadora amabilidad. Rechazó desapasionadamente y con absoluta imparcialidad
muchas de aquellas costosas adquisiciones: «Eso no sirve para nada»; «no
responde a la categoría que yo pensaba dar a la pinacoteca». Hitler aceptó sin
reparos todas las críticas, como hacía siempre que se encontraba ante un
especialista, aunque Posee desechó la mayoría de las obras de la escuela de
Munich, tan querida por Hitler.
* * * *
Molotov se presentó en Berlín a mediados de
noviembre de 1940. Hitler se divirtió con sus comensales a costa del despectivo
informe de su médico, el doctor Karl Brandt, según el cual el séquito del
primer ministro y ministro de Asuntos Exteriores soviético, por miedo a las
bacterias, había hecho hervir todos los platos y cubiertos antes de
utilizarlos.
En la sala de estar del Berghof había un gran globo
terráqueo en el que, unos meses después, vi reflejadas las consecuencias del
fracaso de estas conversaciones. Con gesto significativo, uno de los asistentes
de la Wehrmacht indicó un sencillo trazo a lápiz: una línea que corría de norte
a sur a lo largo de los Urales. Hitler la había dibujado como futura frontera
entre el territorio que le interesaba y la zona de influencia japonesa. El 21
de junio de 1941, la víspera del ataque a la Unión Soviética, Hitler me llamó a
su sala de estar de la residencia berlinesa después de la comida y me hizo
escuchar unos cuantos compases de Los preludios de Liszt.
Luego me dijo:
—En los próximos meses oirá esto con frecuencia,
pues va a ser nuestra marcha triunfal para la campaña de Rusia. La ha escogido
Funk. ¿Qué le parece? [90] Traeremos de allí todo el granito y el mármol que queramos.
Ahora Hitler mostraba abiertamente su megalomanía:
lo que ya se había insinuado años atrás en sus obras, ahora tenía que verse
sellado por una nueva guerra o, como él decía, con «sangre». Aristóteles
escribió antaño en su Política: «Está demostrado que las mayores injusticias
parten de quienes persiguen la desmesura, y no de aquellos a quienes impulsa la
necesidad».
En el año 1943, con ocasión del quincuagésimo
cumpleaños de Ribbentrop, algunos de sus colaboradores más íntimos le regalaron
una magnífica caja, adornada con piedras semipreciosas, que querían llenar con
las fotocopias de todos los acuerdos concertados por el ministro de Asuntos
Exteriores. Durante la cena, el embajador Hewl, enlace de Ribbentrop, dijo a
Hitler:
—Nos vimos en un gran aprieto cuando tratamos de
llenar la caja. Quedaban muy pocos tratados que no hubiésemos violado.
Hitler se desternilló de risa.
Igual que al comienzo de la guerra, me volvía a
preocupar la idea de llevar adelante unos proyectos constructivos de tal
envergadura en un momento claramente decisivo de la guerra mundial. El 30 de
julio de 1941, es decir, mientras las tropas alemanas todavía avanzaban
impetuosamente por los campos de Rusia, propuse al doctor Todt, «apoderado
general para la economía urbanística del Reich», paralizar todas las obras que
no tuvieran una importancia estratégica para el desarrollo de la guerra. [91] Sin embargo, dada la favorable marcha de las operaciones, Todt
creyó poder posponer unas semanas esta cuestión. De hecho, quedó del todo
descartada, pues mi propuesta no halló el respaldo de Hitler, quien rechazó
cualquier restricción y siguió sin asignar a la industria de armamento el
material y la mano de obra empleados en sus construcciones favoritas: las
autopistas, las obras del Partido y los proyectos de Berlín.
A mediados de septiembre de 1941, cuando ya se
había hecho patente que el avance a través de Rusia no se ajustaba a los
arrogantes pronósticos establecidos, un decreto de Hitler incrementó
notablemente los contratos que teníamos concertados con Suecia, Noruega y
Finlandia para el suministro de granito para mis grandes obras de Berlín y
Nüremberg. Se cursaron pedidos por valor de treinta millones de marcos del
Reich a las principales industrias de la piedra de Noruega, Finlandia, Italia,
Bélgica, Suecia y Holanda. [92] Para poder transportar a Berlín y Nüremberg aquellas enormes
cantidades de granito, el 4 de junio de 1941 fundamos una flota de transporte
que contaba con astilleros propios, en Wismar y Berlín, que debían construir
mil cargueros de quinientas toneladas de capacidad.
Mi propuesta de paralizar las obras destinadas al
tiempo de paz tampoco fue tenida en consideración cuando en Rusia empezaba a
perfilarse la catástrofe del invierno de 1941. El 29 de noviembre de 1941,
Hitler me dijo sin rodeos:
—Comenzaré las obras antes de que acabe esta
guerra. No dejaré que la guerra me impida hacer realidad mis propósitos. [93]
No se limitaba a insistir en la ejecución de sus
planes: tras los éxitos iniciales obtenidos en Rusia, elevó también el número
de tanques que, montados sobre pedestales de granito, habrían de ser
complemento escultórico de las calles, para darles un aire marcial. Por encargo
de Hitler, el 20 de agosto de 1941 comuniqué al asombrado almirante Lorey,
asesor del arsenal de Berlín, que se montarían, entre la estación del sur y el
Arco de Triunfo («Obra T»), unos treinta cañones pesados del enemigo. Le expliqué
que Hitler también quería colocar piezas de artillería en otros puntos de la
gran avenida y del eje sur, por lo que serían necesarias unas doscientas del
tipo más pesado. Frente a los edificios públicos importantes, en cambio, había
que colocar tanques especialmente grandes.
* * * *
Aunque las ideas de Hitler respecto a la
construcción de su «Imperio Germánico de la Nación Alemana» parecían aún muy
difusas en el terreno del derecho, tenía algunas cosas muy claras: cerca de la
ciudad noruega de Trondheim, situada en un lugar estratégico, debía construirse
la mayor base naval alemana y, además de astilleros y muelles, una ciudad para
doscientos cincuenta mil alemanes. Hitler me encargó el proyecto. El 1 de mayo
de 1941, el vicealmirante Fuchs, del Alto Mando de la Marina de Guerra, me informó
de todos los requisitos que debía reunir un astillero de gran envergadura. El
21 de junio, el gran almirante Raeder y yo le expusimos el proyecto a Hitler en
la Cancillería del Reich. A continuación, Hitler determinó el emplazamiento de
la ciudad. Un año después, el 13 de mayo de 1942, volvió a ocuparse de la base
naval cuando se hallaba en plena conferencia sobre armamentos. [94] {94} Estudió detalladamente en unos mapas especiales la mejor
situación para los muelles y ordenó construir, abriendo la roca de granito
mediante voladuras, una gran base submarina. Por lo demás, daba por sentado que
también Saint Nazaire y Lorient, en Francia, así como las islas británicas del
canal de la Mancha, se integrarían en el sistema de bases navales alemán,
debido a su posición geográfica favorable. Hitler disponía a su antojo sobre
bases navales, intereses y derechos de los demás; su sensación de poderío
mundial no tenía límites.
Hay que considerar su intención de fundar ciudades
alemanas en los territorios ocupados de la Unión Soviética bajo este mismo
prisma. El 24 de noviembre de 1941, es decir, cuando ya se estaba produciendo
la catástrofe de aquel invierno, el jefe regional Meyer, lugarteniente de
Alfred Rosenberg, ministro del Reich para los territorios ocupados, me propuso
hacerme cargo de la sección «Construcción de ciudades», con el fin de planear y
erigir las ciudades que debían acoger a las guarniciones y al personal civil
alemán. Sin embargo, a fines de enero de 1942 rechacé la propuesta, por temor a
que el establecimiento de una oficina central de planificación urbanística se
tradujera en la uniformización de todas las ciudades. Por eso propuse confiar a
distintas grandes urbes alemanas las nuevas edificaciones. [95]
* * * *
Desde que al principio de la guerra me hiciera
cargo de las obras de los ejércitos de Tierra y del Aire, mi organización se
había ampliado considerablemente, aunque lo cierto es que, según la escala que
utilizaría unos meses más tarde, los veintiséis mil obreros de la construcción
que, a fines de 1941, trabajaban en nuestros programas de importancia
estratégica resultaban irrisorios. Sin embargo, en aquellos momentos me sentía
orgulloso de mi modesta contribución al desarrollo de la guerra, al tiempo que
tranquilizaba mi conciencia por no trabajar sólo en los proyectos de paz de
Hitler. El más importante de todos era el «Programa Ju 88» de la Luftwaffe,
cuya finalidad era aumentar la producción del nuevo bombardero bimotor, de un
gran radio de acción. Las tres grandes factorías de Brünn, Graz y Viena,
mayores que la fábrica de la Volkswagen, se terminaron en ocho meses; en ellas
se emplearon por primera vez secciones prefabricadas de cemento armado. Sin
embargo, a partir de otoño de 1941, los trabajos se vieron entorpecidos por la
falta de combustible. A pesar de que nuestros programas eran prioritarios, en
septiembre de 1941 el suministro se redujo a una tercera parte del necesario, y
en enero de 1942 llegó hasta la sexta parte, [96] lo que muestra claramente hasta qué punto había excedido Hitler
sus posibilidades reales en la campaña de Rusia.
Además, se me había encomendado construir refugios
antiaéreos y reparar los daños ocasionados en Berlín por los bombardeos. Me
estaba preparando, sin saberlo, para mi posterior actividad como ministro de
Armamentos. No sólo pude constatar desde un nivel inferior las perturbaciones
que los cambios arbitrarios de programas y prioridades ocasionaban en la
producción, sino que también me vi iniciado en las relaciones de poder, y en
los inconvenientes de la dirección del Reich.
Por ejemplo, participé en una reunión, presidida
por Göering, en la que el general Thomas formuló reparos a las exageradas
pretensiones económicas de la dirección del Reich. Göering se encaró con el
prestigioso general y le dijo a gritos:
—Y a usted, ¿qué demonios le importa? ¡Soy yo quien
lo hace, yo! ¿O acaso es usted el encargado del Plan Cuatrienal? ¡No tiene
usted derecho a decir nada, puesto que soy yo quien organiza todo esto, por
deseo expreso del Führer!
En aquellas disputas, el general Thomas no podía
esperar ninguna ayuda de su superior, el capitán general Keitel, quien se daba
por satisfecho con no ser blanco de los ataques de Göering. De este modo, el
plan económico de la Dirección General de Armamento del Alto Mando de la
Wehrmacht (OKW) no pudo realizarse, a pesar de que estaba perfectamente
definido, y tampoco Göering —como ya percibí en aquella época— hizo nada a
aquel respecto. Normalmente, sus actuaciones solían ocasionar una total
confusión, pues no se tomaba la molestia de estudiar a fondo los problemas y
sus decisiones solían basarse en estimaciones impulsivas.
Unos meses después, el 27 de junio de 1941,
participé, en mi calidad de encargado de las obras relacionadas con el
armamento, en una reunión entre Milch y Todt. Hitler estaba seguro de que los
rusos ya habían sido vencidos, por lo que apremió para que se llevase a cabo de
inmediato el programa aéreo que permitiría afrontar la siguiente empresa, la
derrota de Inglaterra. [97] Milch insistió, como era su deber, en mantener la escala de
prioridades fijada por Hitler, lo cual, habida cuenta de la situación militar,
resultaba desesperante para el doctor Todt, quien tenía también una misión que
cumplir: aumentar con la mayor rapidez posible los pertrechos del Ejército de
Tierra; sin embargo, le faltaba un decreto de Hitler que le diera la prioridad
necesaria. Al final de la reunión, Todt resumió su impotencia con estas
palabras:
—Lo mejor será, señor mariscal, que me acoja usted
en su Ministerio y me convierta en su colaborador.
En otoño de 1941 visité la fábrica Junker de Dessau
con el fin de coordinar con el director general Koppenberg nuestros programas
constructivos con los planes de producción. Me condujo a un local cerrado y me
mostró un gráfico que comparaba la previsión americana para fabricar
bombarderos en los próximos años con la nuestra. Le pregunté qué decían
nuestros mandos al examinar aquellas deprimentes cifras.
—Ahí está lo malo, que no quieren creerlo
—respondió, y acto seguido rompió a llorar.
Koppenberg fue destituido poco después de su cargo
en las fábricas Junker. En cambio, Göering, comandante en jefe de la Luftwaffe,
comprometida en duros combates, se hallaba lo bastante ocioso para visitar
conmigo, el 23 de junio de 1941 (el día siguiente al comienzo de la campaña de
Rusia), las maquetas de su edificio de mariscal del Reich, que estaban
expuestas en Treptow.
* * * *
El último de los viajes artísticos que efectué
durante un cuarto de siglo me llevó a Lisboa, donde el 8 de noviembre se
inauguraba una exposición titulada «Nueva arquitectura alemana». En principio
estaba previsto que hiciera el viaje en el avión de Hitler; pero cuando algunos
borrachines de su entorno, como el fotógrafo Hofmann y el asistente Schaub,
quisieron participar en él, dije a Hitler que haría el viaje en mi automóvil y
me los quité de encima. Vi antiguas ciudades como Burgos, Segovia, Toledo y Salamanca.
También hice una visita a El Escorial, cuyo palacio tiene unas dimensiones
comparables al de Hitler, aunque su objetivo es muy distinto, de índole
espiritual: Felipe II rodeó con un convento el núcleo de su palacio. ¡Qué
diferencia respecto a las ideas arquitectónicas de Hitler! La claridad y la
austeridad extremas presidían esta edificación, y las majestuosas estancias
interiores tenían unas formas insuperablemente contenidas, mientras que en el
palacio de Hitler regían la ostentación y el exceso. Es indudable que aquella
creación casi melancólica del arquitecto Juan de Herrera (1530-1597) cuadraba
mejor con la siniestra situación en que nos encontrábamos que el triunfal arte
programático de Hitler. En aquellas horas de solitaria contemplación entreví
por primera vez que mis ideales arquitectónicos me habían conducido por un
camino equivocado.
Durante este viaje no pude visitar a mis conocidos
parisinos, entre los que se contaban Vlaminck, Derain y Despiau, [98] que, por invitación mía, habían visto las maquetas de Berlín.
Aunque conocían, por tanto, nuestras intenciones, no dijeron nada al respecto:
al menos, mi crónica no registra ni una palabra sobre la impresión que les
causó el proyecto. Los había conocido durante mis estancias en París y, a
través de mi departamento, de vez en cuando les hacía algún encargo.
Curiosamente, disfrutaban de más libertad que sus colegas alemanes, como pude
comprobar cuando, durante la guerra, visité el Salón de Otoño de París, en el
que se exhibían cuadros que en Alemania habrían sido estigmatizados de «arte
degenerado». Hitler también oyó hablar de esta exposición. Su reacción fue tan
sorprendente como lógica:
— ¿Acaso tenemos algún interés en que el pueblo
francés sea espiritualmente sano? ¡Dejad que degeneren! ¡Mejor para nosotros!
* * * *
Mientras hacía este viaje a Lisboa, se produjo una
catástrofe en las operaciones del frente oriental; la organización militar
alemana no estaba en condiciones de afrontar la crudeza del invierno ruso.
Además, las tropas soviéticas, en su retirada, habían destruido todos los
cobertizos para locomotoras, los depósitos de agua y otras instalaciones
ferroviarias. Durante la embriaguez de los éxitos cosechados en verano y en
otoño, cuando parecía que «el oso ruso estaba acabado», nadie pensó seriamente
en reconstruir todo aquello. Hitler no quiso comprender que la dureza del
invierno ruso obligaba a tomar a tiempo las medidas necesarias respecto a los
transportes.
Me enteré de estas dificultades por altos
funcionarios de los Ferrocarriles del Reich y por generales del Ejército de
Tierra y de la Luftwaffe, y sugerí a Hitler destinar a la reconstrucción de las
instalaciones ferroviarias a 30.000 de los 65.000 obreros alemanes que tenía a
mi cargo, dirigidos por mis ingenieros. Me pareció incomprensible que Hitler
dudara quince días antes de aceptar mi propuesta, que sancionó por medio de un
decreto el 27 de diciembre de 1941. En vez de apremiar para que se llevaran a cabo
esos trabajos a primeros de noviembre, había insistido, a pesar de la
catástrofe, en que sus obras triunfales tenían que concluirse en las fechas
previstas. Estaba decidido a no rendirse a la evidencia.
Aquel mismo día me reuní con el doctor Todt en su
modesta casa a orillas del Hintersee, cerca de Berchtesgaden. Se me asignó toda
Ucrania, mientras que los obreros y técnicos que hasta entonces habían estado
empleados insensatamente en la construcción de autopistas se hicieron cargo de
las regiones norte y centro de Rusia. Todt acababa de regresar de un largo
viaje de inspección por el frente oriental; había visto trenes sanitarios
parados en los que los heridos habían muerto por congelación; había sido testigo
de la miseria de las tropas en las pequeñas ciudades y aldeas, aisladas a
consecuencia del frío y la nieve, y había vivido el desánimo y la desesperación
de los soldados alemanes. Todt, afligido y pesimista, terminó diciendo que los
alemanes no sólo éramos incapaces de resistir físicamente tales tormentos, sino
que también nuestro espíritu se hundiría en Rusia:
—En esta lucha —prosiguió— vencerán los hombres
primitivos, los que sean capaces de soportarlo todo, incluso las más terribles
inclemencias del tiempo. Nosotros somos demasiado sensibles y sucumbiremos. Al
final, los vencedores serán los rusos y los japoneses.
También Hitler, bajo la clara influencia de
Spengler, había expresado unos pensamientos parecidos antes de la guerra,
cuando habló de la superioridad biológica de los «siberianos y rusos»; sin
embargo, al comenzar la campaña del Este dejó a un lado su propia
argumentación, que se oponía a sus propósitos.
El firme afán constructivo de Hitler, la euforia
con que impulsaba sus aficiones personales, llevó a sus paladines a imitarlo e
indujo a la mayoría a llevar el estilo de vida de los vencedores. Ya en aquella
época me di cuenta de que el sistema de gobierno de Hitler demostraba ser
inferior al de los regímenes democráticos en un aspecto decisivo, pues no
existía crítica pública alguna que pusiera en la picota aquellas desviaciones,
no había quien exigiera ponerles remedio. El 29 de marzo de 1945, en la última
carta que dirigí a Hitler, se lo recordaba: «Sentí un gran dolor cuando,
durante los días victoriosos del año 1940, vi a amplísimos círculos de nuestros
mandos perder la compostura. Aquel era el momento de acreditar nuestra valía
frente a la Providencia conservando la dignidad y la modestia».
Aunque las escribiera cinco años después, estas
líneas confirman que ya entonces vi errores, sufrí a causa de las anomalías,
hice críticas y me atormentaron las dudas y el escepticismo; lo cierto es que
temía que Hitler y sus mandos pudieran echar a perder la victoria.
* * * *
A mediados de 1941, Göering visitó nuestra ciudad
de maquetas en la Pariser Platz. En un instante de benevolencia, me hizo una
observación inusitada:
—He dicho al Führer —me explicó— que, después de
él, lo tengo a usted por el hombre más grande de Alemania. — Claro que, como
segundo hombre en la jerarquía del Reich, enseguida creyó tener que limitar el
alcance de sus palabras: —A mis ojos, es usted el más grande de los
arquitectos. Quiero decir que aprecio su labor en el campo arquitectónico en la
misma medida que estimo la del Führer en los campos político y militar. [99]
Tras nueve años como arquitecto personal de Hitler,
había conseguido elevarme a una posición admirada e inatacable. Los tres años
siguientes me iban a colocar frente a misiones completamente distintas que, en
efecto, me convertirían por un tiempo en el hombre más importante después de
Hitler.
Parte II
Capítulo XIV
Entrada en el nuevo cargo
Sepp Dietrich, uno de los primeros partidarios de
Hitler y comandante en jefe de una de las unidades acorazadas de las SS acosada
por los rusos en las inmediaciones de Rostov, al sur de Ucrania, se disponía a
volar el 30 de enero a Dniepropetrovsk en uno de los aparatos de la escuadrilla
del Führer, Le rogué que me dejara acompañarlo. Mi equipo ya se
encontraba en aquella ciudad para preparar la reparación de las instalaciones
ferroviarias de la región meridional de Rusia. [100] Al parecer no se me ocurrió la idea, por lo demás
completamente lógica, de pedir un avión para mí; un indicio inequívoco de lo
pequeña que consideraba mi contribución al acontecer bélico.
Viajamos, más bien apretados, en un bombardero
Heinkel habilitado para el transporte de pasajeros. Por debajo de nosotros se
extendían las desoladas llanuras cubiertas de nieve del sur de Rusia. En las
grandes haciendas vimos cobertizos y establos consumidos por el fuego.
Volábamos siguiendo el recorrido de la línea férrea: apenas se veían trenes,
los edificios de las estaciones estaban calcinados y los talleres destruidos.
Sólo de vez en cuando veíamos alguna carretera, por la que tampoco circulaba
ningún vehículo. Las distancias que íbamos dejando atrás imponían a causa de un
silencio de muerte que incluso se percibía en el interior del aparato. Las
tormentas de nieve interrumpían esta monotonía o, mejor dicho, la acentuaban.
El vuelo me hizo tomar conciencia del peligro que corrían las tropas,
prácticamente aisladas de los refuerzos de la patria. En la penumbra del
atardecer aterrizamos en la ciudad industrial rusa de Dniepropetrovsk.
El grupo de técnicos que constituía la «Plana Mayor
de Construcciones Speer», llamado así siguiendo la costumbre de la época de
unir las misiones al nombre de personas, se había instalado de manera
provisional en un coche cama. Una locomotora enviaba de vez en cuando un poco
de vapor a la calefacción para impedir que se produjeran congelaciones. Igual
de lastimosas eran las condiciones de trabajo, realizado en un coche comedor
que servía simultáneamente de oficina y sala de estar. La reconstrucción de las
líneas ferroviarias resultaba más dura y difícil de lo que habíamos imaginado.
Los rusos habían destruido todas las estaciones intermedias. No quedaban
cobertizos de reparaciones en ningún sitio, ni tampoco depósitos de agua
protegidos contra las heladas, estaciones o cambios de agujas que estuvieran
intactos. Los problemas más elementales, que en casa solucionaba la llamada de
teléfono de cualquier empleada, se convertían allí en un problema, aunque sólo
se tratara del suministro de clavos o de madera.
Nevaba sin cesar. El tráfico ferroviario y por
carretera estaba completamente paralizado y la pista de despegue del campo de
aviación quedó cubierta de nieve. Estábamos aislados y mi viaje de regreso tuvo
que ser aplazado. Las visitas de los obreros nos ocupaban el tiempo, se
organizaron veladas llenas de camaradería, se cantaron canciones y Sepp
Dietrich pronunció discursos y fue agasajado. Yo estaba a su lado y, consciente
de mi falta de habilidad oratoria, no me atrevía a decir siquiera unas palabras
a mis hombres. Entre las canciones que entonaban los soldados, algunas muy
melancólicas reflejaban la nostalgia de la patria y la desolación que les
producía la inmensidad rusa, y hablaban claramente de la tensión a que estaban
sometidos los hombres de los puestos avanzados. Resultaba revelador que fueran
estas canciones las favoritas de las tropas.
La situación era intranquilizadora. Los rusos
habían conseguido abrir brecha con una pequeña unidad acorazada y se
aproximaban a Dniepropetrovsk. Se celebraron reuniones para discutir la forma
de ofrecer resistencia, aunque sólo se contaba con unos cuantos fusiles y un
cañón sin municiones. Los rusos se situaron a unos veinte kilómetros y
comenzaron a describir círculos por la estepa. Cometieron un error típico de
las guerras: no aprovecharon la situación. Les habría sido fácil llegar hasta
el largo puente sobre el Dniéper y quemarlo —había costado grandes esfuerzos
reconstruirlo en madera—, lo que habría cortado durante varios meses el
aprovisionamiento invernal del ejército que se encontraba al sudeste de Rostov.
No tengo en absoluto madera de héroe. Y como en los
siete días que estuve allí no pude arreglar nada —al contrario, lo único que
conseguía con mi presencia era disminuir las provisiones de los ingenieros—,
decidí regresar en un tren que pretendía abrirse camino hacia el Oeste a través
de las tormentas de nieve. Mi plana mayor me despidió amistosamente y, en mi
opinión, con alivio. Durante la noche viajamos a unos diez kilómetros por hora,
haciendo paradas continuas para apartar la nieve de la vía antes de proseguir
la marcha. Debíamos de haber recorrido un buen trecho hacia el Oeste cuando, al
amanecer, el tren llegó a una estación abandonada.
Todo se me antojó extrañamente conocido: cobertizos
quemados, nubes de vapor sobre algunos coches cama y vagones comedor, soldados
patrullando… Me encontraba de nuevo en Dniepropetrovsk. El tren se había visto
obligado a regresar a causa de las tremendas masas de nieve. Afligido, me
dirigí al coche comedor de mi plana mayor, donde mis colaboradores me
recibieron no sólo con expresión de asombro, sino posiblemente también de
irritación. No en balde habían estado celebrando la marcha de su jefe y
saqueando las existencias de alcohol hasta altas horas de la madrugada.
Aquel mismo día, 7 de febrero de 1942, debía
emprender el vuelo de regreso el avión en el que había llegado Sepp Dietrich.
El capitán Nein, que pronto sería el piloto de mi propio avión, se manifestó
dispuesto a llevarme en su aparato. Nos costó bastante llegar al campo de
aviación. Bajo un cielo limpio y a muchos grados bajo cero, rugía una tormenta
que empujaba grandes masas de nieve. Los rusos, bien abrigados, intentaban en
vano retirar de la carretera aquella tremenda cantidad de nieve, de varios metros
de altura. Cuando llevábamos caminando alrededor de una hora me vi rodeado por
algunos de estos rusos, que me hablaban llenos de excitación aunque yo no
comprendía ni una sola palabra de lo que decían. Por fin uno de ellos, sin
andarse con miramientos, me frotó la cara con nieve. «Congelado», pensé, pues
esto sí lo sabía por mis expediciones a la alta montaña. Mi asombro aumentó
cuando uno de los rusos sacó de entre sus sucias ropas un pañuelo limpio y bien
doblado para secarme la cara.
A las once de la mañana conseguimos despegar, con
algunas dificultades, de un campo cubierto de nieve. El objetivo del aparato
era la base de la escuadrilla del Führer, situada en Rastenburg, en
la Prusia Oriental. Aunque yo quería ir a Berlín, como el avión no era mío me
di por satisfecho con poder avanzar al menos un buen trecho. Este azar me llevó
por primera vez al cuartel general de Hitler en la Prusia Oriental.
Cuando llegué a Rastenburg llamé por teléfono a uno
de sus asistentes, pensando que este informaría a Hitler de mi presencia. No lo
había vuelto a ver desde comienzos de diciembre y me habría sentido halagado si
hubiera querido saludarme. Me llevaron al cuartel general del Führer en
uno de los automóviles de su columna. Antes de nada, llené mi estómago en el
barracón en el que Hitler comía a diario con sus generales, colaboradores
políticos y asistentes, aunque aquel día estaba reunido con el doctor Todt,
ministro de Armamentos y Munición, y almorzaban en sus dependencias privadas.
Mientras tanto, traté con el general Gercke, jefe de Transportes del Ejército
de Tierra y comandante en jefe de las Tropas de Ferrocarriles, de las
dificultades con que habíamos tropezado en Ucrania. Después de una cena con
gran cantidad de comensales, a la que también asistió Hitler, este y Todt
continuaron sus deliberaciones. Todt volvió a altas horas de la noche de una
reunión larga y al parecer muy dura con expresión de cansancio. Estuve sentado
con él unos minutos mientras se tomaba una copa de vino en silencio, sin dar a
conocer el motivo de su descontento. Conversamos un poco, y Todt dijo que
regresaba a Berlín a la mañana siguiente y que había una plaza libre en su
aparato. No tenía inconveniente en llevarme con él y me alegré de poder
evitarme así el largo viaje en tren. Acordamos emprender el vuelo a una hora
temprana y el doctor Todt se despidió diciendo que intentaría dormir un poco.
Un asistente me rogó que fuera a ver a Hitler.
Sería la una de la madrugada, es decir, la hora en la que también en Berlín
acostumbrábamos a estudiar los planos. Hitler parecía tan agotado y malhumorado
como Todt. La decoración de su cuarto reflejaba una sobriedad acentuada ex
profeso; incluso había renunciado a la comodidad de un sillón. Hablamos de los
proyectos de Berlín y Nüremberg y Hitler se fue mostrando más animado. También
su cutis enfermizo pareció cobrar nueva vida. Por fin me pidió que le contara
las impresiones que había sacado de mi visita al sur de Rusia y me hizo muchas
preguntas, lleno de interés. Poco a poco fueron saliendo a relucir las
dificultades que comportaba la reconstrucción de las instalaciones
ferroviarias, las tormentas de nieve, el incomprensible comportamiento de los
tanques rusos, las veladas y las melancólicas canciones; en fin, todo. Lo de
las canciones le llamó la atención y me preguntó por la letra. Saqué del
bolsillo un papel que me habían dado con el texto. Hitler lo leyó y guardó
silencio. Para mí, estas canciones eran comprensibles en un ambiente depresivo.
Sin embargo, Hitler enseguida estuvo absolutamente convencido de que se debían
a la maligna actividad de un enemigo que sabía lo que hacía, y creyó haber
encontrado su rastro a través de mi relato. Después de la guerra me enteré de
que Hitler había ordenado que los responsables de la impresión de estas
canciones se presentaran ante un consejo de guerra.
Este episodio habla por sí mismo de su eterna
desconfianza. Temeroso de no conocer la verdad, creía poder extraer
conclusiones importantes de datos aislados como aquel. Por eso hacía siempre
preguntas y más preguntas a los subordinados, aunque estos no pudieran tener
una visión de conjunto. Sus recelos, que a veces estaban justificados, podían
revelarse en las naderías más ridículas, y no hay duda de que fueron uno de los
motivos de su aislamiento respecto a lo que sucedía en el frente, pues su
entorno procuraba por todos los medios que no recibiera visitas de informadores
no cualificados.
A las tres de la madrugada, después de despedirme
de Hitler y de anunciarle que regresaba a Berlín, cancelé mi partida en el
avión del doctor Todt, que iba a despegar cinco horas después. [101] {101} Estaba demasiado cansado. Una vez en mi pequeño dormitorio,
reflexioné —y qué miembro del entorno de Hitler no haría lo mismo después de
conversar dos horas con él— sobre la impresión que podía haberle causado. Me
sentí satisfecho: volvía a confiar en levantar las obras que habíamos
proyectado conjuntamente, de lo que dudaba a menudo a causa de la situación
militar. Aquella noche nuestros antiguos proyectos se hicieron realidad y nos
dejamos llevar por un optimismo propio de alucinados.
A la mañana siguiente sonó el teléfono, que me
arrancó de un sueño profundo. El doctor Brandt me anunció, muy alterado:
—El doctor Todt ha tenido un accidente de aviación
y se ha matado.
A partir de aquel momento todo fue distinto para
mí.
Mis relaciones con el doctor Todt se habían ido
haciendo más estrechas durante los últimos años. Con él perdía a un colega
mayor que yo y más ponderado. Teníamos mucho en común: ambos procedíamos de
familias burguesas y acaudaladas, éramos de Badén y habíamos cursado estudios
técnicos. Amábamos la naturaleza, la vida en los refugios, las excursiones en
esquí…, y compartíamos la misma vehemente aversión hacia Bormann. Todt había
tenido serias disputas con él porque con sus carreteras afeaba el paisaje del
Obersalzberg. Mi esposa y yo habíamos ido muy a menudo a visitar a los Todt,
que vivían en una casa apartada, pequeña y modesta a orillas del Hintersee, en
la región de Berchtesgaden. Nadie habría supuesto que el famoso constructor de
carreteras y creador de las autopistas pudiera vivir allí.
El doctor Todt era uno de los pocos hombres
modestos y sin pretensiones de aquel gobierno. Era una persona de fiar y uno
podía estar seguro de que no se dedicaría a intrigar. Dada su mezcla de
sensibilidad y moderación, tan frecuente entre los técnicos, no encajaba con
los jerarcas del Estado nacionalsocialista. Vivía apartado, solitario, sin
contactos personales con los círculos del Partido. Sólo en contadísimas
ocasiones se presentaba en las tertulias de Hitler, a pesar de que habría sido
muy bien recibido en ellas. Hitler le profesaba un respeto rayano en la
admiración, en tanto que Todt había conservado su independencia personal frente
a él, aunque fue un leal camarada del Partido desde los primeros años.
En enero de 1941, cuando tuve dificultades con
Bormann y Giessler, Todt me escribió una carta excepcionalmente franca que
revelaba una postura resignada ante la forma de trabajar de los mandos
nacionalsocialistas: «Quizá, si hubiera conocido mis experiencias y los amargos
desengaños que he sufrido en mi trato con las personas que en realidad tendrían
que haber colaborado conmigo, habría podido usted considerar su experiencia
como algo anecdótico, y quizá también le habría servido de alguna ayuda el punto
de vista que he ido adquiriendo con el paso del tiempo: que toda actividad
halla oposición, y que todo aquel que actúa encuentra rivales y, por desgracia,
enemigos, no porque los hombres quieran serlo, sino porque las misiones y las
circunstancias concretas llevan a las personas a adoptar distintos puntos de
vista. Quizá haya escogido usted, a pesar de su juventud, el mejor camino:
librarse de todo esto, mientras que yo no ceso de sufrir con ello». [102] En el comedor del cuartel general del Führer se
discutió vivamente durante el desayuno quién podría suceder al doctor Todt.
Todos estaban de acuerdo en que era insustituible. Todt se había ocupado al
mismo tiempo de tres Ministerios: tenía rango de ministro como director de las
comunicaciones por carretera y también como jefe de canalizaciones, mejoras del
suelo y centrales de energía, y además, como delegado de Hitler, era ministro
de Armamentos y Munición del Ejército. Aparte de esto, dirigía el departamento
de construcción dentro del Plan Cuatrienal de Göering y había creado la
Organización Todt, que levantó la Línea Sigfrido y construyó refugios para
submarinos en el Atlántico y carreteras en los territorios ocupados, desde el
norte de Noruega hasta Francia meridional y Rusia.
Así pues, en los últimos años Todt había reunido
las funciones técnicas más importantes. Aunque sus ocupaciones se repartían, a
nivel formal, entre varios departamentos, debían reunirse en un futuro
Ministerio técnico en el que también se habrían integrado sus cargos de
Director General Técnico del Partido y presidente de la asociación de
agrupaciones de carácter técnico.
Vi con claridad que se me asignaría una parcela
importante del enorme volumen de cometidos de Todt, pues ya en la primavera de
1939, durante su viaje de inspección a la línea Sigfrido, Hitler manifestó que
tenía pensado encargarme las obras de las que se ocupaba Todt si le ocurría
algo. Más adelante, en el verano de 1940, me recibió oficialmente en su
despacho de la Cancillería del Reich para explicarme que, como Todt se sentía
abrumado por el exceso de trabajo, había decidido que yo dirigiera las obras de
las que él se ocupaba, incluidas las de la costa atlántica. En aquella ocasión
pude convencerle de que era mejor que el responsable de aquellas obras y de la
provisión de armamentos fuese la misma persona, pues ambas tareas estaban
íntimamente relacionadas. Hitler no volvió a hablar del asunto y yo tampoco se
lo mencioné a nadie. Aquello no sólo habría podido herir a Todt, sino también
perjudicarlo. [103]
Por tanto, ya estaba mentalmente preparado cuando,
a la hora de costumbre —hacia la una de la tarde—, fui el primero al que Hitler
llamó. La expresión de Schaub, su asistente en jefe, era solemne. Al contrario
que la noche anterior, Hitler me recibió oficialmente como Führer del
Reich. De pie, serio y con aire formal, aceptó mis condolencias, respondió a
ellas con pocas palabras y dijo sin rodeos:
—Señor Speer, lo nombro sucesor a todos los efectos
del ministro doctor Todt.
Me sentí consternado. Hitler ya me estaba dando la
mano y se disponía a despedirme. Yo, en cambio, creí que se había expresado
mal, por lo que respondí que pondría todo mi empeño en sustituir al doctor Todt
en las tareas de construcción.
—No; a todos los efectos, y también como ministro
de Munición.
—Pero si no entiendo nada de… —traté de objetar.
—Confío en usted —me atajó Hitler—. ¡No tengo a
nadie más! ¡Póngase inmediatamente en contacto con el Ministerio y empiece!
—En ese caso, Mein Führer, va a tener
usted que ordenármelo, porque no puedo garantizar que sea capaz de llevar a
cabo esta misión.
Hitler me dio brevemente la orden, que acepté en
silencio.
Sin añadir ningún comentario personal, lo que había
sido habitual hasta entonces entre nosotros, Hitler se dedicó a otra cosa. Me
despedí con aquella primera muestra del que iba a ser nuestro nuevo estilo de
trabajo. Hasta entonces, Hitler me había mostrado, como arquitecto, un afecto
en cierto sentido propio de colegas, pero comenzaba ostensiblemente una nueva
fase, y desde el primer minuto estableció la distancia adecuada para una
relación oficial con un ministro que estaba a sus órdenes.
Cuando me dirigía hacia la puerta, entró Schaub.
—El señor mariscal del Reich ha llegado y desea
hablarle con urgencia, Mein Führer. No está citado.
Hitler lo miró con expresión de disgusto y desgana:
—Hágalo pasar. —Volviéndose hacia mí, añadió:
—Quédese.
Göering entró impetuosamente en la estancia y, tras
algunas palabras de pésame, comenzó a hablar con vehemencia:
—Lo mejor sería que yo me hiciera cargo de los
cometidos del doctor Todt en el Plan Cuatrienal. Así se evitaría que se
repitieran con otro los roces y contratiempos que tuve con él en el pasado.
Göering debía de haber venido en su tren especial
desde su coto de caza de Rominten, a unos cien kilómetros del cuartel general
de Hitler. Dado que el accidente había ocurrido a las nueve y media de la
mañana, tuvo que darse mucha prisa.
Hitler no accedió de ningún modo a la propuesta de
Göering:
—Ya he nombrado al sucesor de Todt. El ministro del
Reich señor Speer, aquí presente, se hará cargo a partir de ahora de todas las
funciones del doctor Todt.
La firmeza de sus palabras excluía toda réplica.
Göering pareció sobresaltarse y quedar consternado, pero se recuperó en unos
segundos y, sin hacer ninguna alusión a las palabras que Hitler acababa de
pronunciar, le preguntó, malhumorado y distante:
—Mein Führer, estará usted de acuerdo en que
no asista al entierro del doctor Todt, ¿verdad? Ya sabe usted los
enfrentamientos que tuve con él. Me resulta imposible acudir.
Ya no sé a ciencia cierta lo que le respondió
Hitler, pues, como es perfectamente comprensible, me había quedado sin habla
tras aquella primera entrevista oficial sobre mi carrera de ministro. Con todo,
recuerdo que Göering acabó accediendo a asistir a los funerales para que no se
hiciera pública su enemistad con Todt. Dada la importancia que el sistema
concedía a los formalismos, habría resultado chocante que el segundo hombre del
Estado no asistiera a los actos oficiales que se celebrarían en honor de un ministro
fallecido.
No había duda de que Göering había intentado ganar
por la mano a Hitler, y sospeché que él lo estaba esperando y por eso me había
nombrado ministro enseguida.
Como ministro de Armamentos, el doctor Todt sólo
podía cumplir la misión que Hitler le había encomendado dando órdenes directas
a la industria; Göering, en cambio, como encargado del Plan Cuatrienal, se
consideraba responsable de toda la economía de guerra, por lo que él y su
aparato adoptaron una postura defensiva frente a la actuación independiente de
Todt. A mediados de enero de 1942, unos quince días antes de su muerte, Todt
participó en una reunión en la que Göering lo atacó tan duramente que aquella misma
tarde le dijo a Funk que no podía continuar. En tales ocasiones, para Todt era
una desventaja vestir el uniforme de general de brigada del Ejército del Aire,
lo que lo convertía, a pesar de ser ministro, en un inferior de Göering en la
jerarquía militar.
Durante aquella breve conversación vi clara una
cosa: Göering nunca sería mi aliado, pero Hitler parecía dispuesto a apoyarme
si tenía dificultades con él.
Después del mortal accidente de Todt, Hitler mostró
la estoica serenidad de un hombre que sabe que en su trabajo hay que contar con
tales eventualidades. Aun sin mencionar ningún indicio, desde el primer día
expresó la sospecha de que el accidente no era casual; le parecía posible que
los servicios secretos hubieran tenido algo que ver en él. Sin embargo, pronto
pasó a reaccionar con enojo y a mostrarse alterado cuando se hablaba del tema
en su presencia, y podía llegar a decir con aspereza:
—No quiero volver a oír nada sobre esto. Prohíbo
que se siga hablando de este asunto. —Y a veces añadía: —Ya saben ustedes que
esta pérdida todavía me afecta demasiado.
Por orden de Hitler, el Ministerio del Aire del
Reich efectuó indagaciones para averiguar si la caída del avión podía haberse
debido a un acto de sabotaje. La investigación estableció que el aparato había
estallado a veinte metros del suelo, produciendo una vivísima llamarada. A
pesar de esto, el informe del tribunal militar, presidido por un general de
aviación a causa de la importancia del caso, llegó a esta singular conclusión:
«Nada lleva a sospechar que haya habido sabotaje. Por consiguiente, no se requiere
la adopción de medidas ulteriores». [104] Por cierto que le ocurría algo.
* * * *
¡Qué riesgo y qué inconsciencia había en la
espontánea decisión de Hitler de encargarme uno de los tres o cuatro
Ministerios de los que dependía su Estado! Yo era un típico marginal, tanto
para el Ejército como para el Partido y la economía. Nunca en mi vida había
tenido nada que ver con las armas, pues jamás había sido soldado ni había
utilizado un fusil, ni siquiera para ir de caza, por ejemplo. El hecho de que
Hitler prefiriera escoger a colaboradores no especializados respondía a su
inclinación por el diletantismo. Al fin y al cabo, había nombrado ministro de
Asuntos Exteriores a un comerciante en vinos y ministro para los Territorios
del Este al filósofo del Partido, además de poner la economía bajo la dirección
de un piloto de combate. Y ahora convertía a un arquitecto en ministro de
Armamentos. No hay duda de que prefería que fueran profanos quienes ocuparan
los puestos directivos. Siempre mostró desconfianza hacia los especialistas
como Schacht.
A Hitler le pareció que se debía a un acto
especialmente llamativo de la providencia el hecho de que la noche anterior
hubiera ido a parar al cuartel general y que cancelara el viaje con Todt, con
lo que mi carrera, tras la muerte del profesor Troost, se vio determinada por
segunda vez por el fallecimiento de una persona. Más tarde, cuando logré mis
primeros éxitos, Hitler aseguraba con frecuencia que la muerte de Todt había
sido necesaria, porque había permitido aumentar la producción de armamento.
En comparación con el difícil doctor Todt, no hay
duda de que Hitler halló en mí a un colaborador voluntarioso; en este sentido,
el cambio también respondía a la ley de selección negativa que determinaba la
composición de su entorno. Como siempre que alguien lo contradecía designaba a
una persona más servicial para asumir su papel, con el transcurso de los años
se fue rodeando de gente que aceptaba cada vez más sumisamente sus decisiones y
las ejecutaba con menos reparos.
Aunque los historiadores tienden a prestar más
atención a mi actividad como ministro de Armamentos que a mis proyectos
urbanísticos para Berlín y Nüremberg, mi profesión de arquitecto siguió siendo
la ocupación de mi vida; consideré que mi sorprendente nombramiento como
ministro constituía un paréntesis involuntario, una especie de servicio
militar. Me parecía posible alcanzar fama y reconocimiento como arquitecto de
Hitler, mientras que la valía de un ministro, incluso importante, tenía que
verse absorbida a la fuerza por su gloria. Por eso le pedí muy pronto que me
volviera a nombrar su arquitecto después de la guerra. [105] Que lo considerara necesario demuestra hasta qué
punto uno se sentía dependiente de su voluntad incluso en las decisiones
personales. Hitler accedió sin vacilar. También él creía que, como su primer
arquitecto, le prestaría valiosos servicios a él y a su Reich. Cuando hablaba
de sus planes para el futuro, a veces decía con nostalgia:
—Entonces nos retiraremos unos cuantos meses los
dos para volver a repasar una vez más todos los planos.
Sin embargo, ese modo de expresarse se fue haciendo
cada vez más infrecuente.
* * * *
Como primera reacción a mi nombramiento, el 9 de
febrero voló desde Berlín al cuartel general del Führer el
jefe de sección personal de Todt, el consejero gubernamental superior Konrad
Haasemann. Había consejeros de Todt más importantes e influyentes, por lo que
me sentí enojado y consideré que el envío de este funcionario era un intento de
poner a prueba mi autoridad. Haasemann enseguida me hizo notar que a través de
él podría familiarizarme con las cualidades de mis futuros colaboradores; pero
le contesté tajante que pensaba hacerlo por mí mismo. Aquella misma noche me
fui en tren a Berlín, pues de momento se me había pasado mi preferencia por el
avión.
Cuando, a la mañana siguiente, crucé los arrabales
de la capital del Reich, con sus fábricas y vías férreas, me asaltó la
preocupación de si sabría estar a la altura de aquella ingente misión técnica
que me resultaba tan ajena. Abrigaba grandes dudas respecto a mi capacidad de
enfrentarme al nuevo cargo, a las dificultades que hallaría y a los
requerimientos que comportaba. Cuando el tren entró en la estación de Silesia,
el corazón me latía con fuerza y me sentía débil.
A partir de aquel momento, precisamente yo debía
ocupar una posición clave en el conflicto bélico, a pesar de que era más bien
tímido en el trato con desconocidos, no sabía mostrarme desenvuelto en las
reuniones e incluso al tratar asuntos de trabajo me resultaba difícil expresar
mis pensamientos de una manera precisa y comprensible. ¿Qué dirían los
generales del Ejército cuando supieran que yo, etiquetado como artista, iba a
ser su socio? Desde luego, al principio mis problemas de imagen personal y de autoridad
me preocupaban tanto como mis misiones específicas.
Lo que me esperaba en mi nueva administración no
era un asunto menor; sabía que los antiguos colaboradores de Todt me
considerarían un intruso. Aunque me tuvieran por un buen amigo de su difunto
jefe, también me habían visto acudir a sus oficinas con bastante frecuencia a
pedir material para mis obras. Hacía años que estas personas se sentían
íntimamente unidas a Todt.
En cuanto llegué al Ministerio fui al despacho de
mis principales colaboradores, evitándoles así tener que anunciarse en el mío,
en el que ordené que no se hiciera ningún cambio mientras yo lo ocupara, a
pesar de que la decoración del doctor Todt no respondía a mis gustos. [106]
En la mañana del 11 de febrero de 1942 tuve que
recibir solemnemente en la estación de Anhalt el féretro con los restos
mortales de Todt. Aquella ceremonia me conmovió tanto como los funerales que se
celebraron al día siguiente en la Sala de los Mosaicos de la Cancillería del
Reich, en los que Hitler estuvo muy emocionado. Dorsch, uno de los más íntimos
colaboradores de Todt, me prometió lealtad en un sencillo acto que se celebró
junto a la tumba. Dos años más tarde, mientras yo estaba gravemente enfermo, este
hombre participó en una intriga que Göering urdió contra mí.
* * * *
Mi trabajo comenzó enseguida. El subsecretario del
ministro del Aire, el mariscal Erhard Milch, me rogó que asistiera a la reunión
que tendría lugar el viernes 13 de febrero en el Ministerio del Aire, en la que
los tres Ejércitos de la Wehrmacht y el Ministerio de Economía tratarían
cuestiones de armamento. A mi pregunta de si no se podía aplazar la sesión para
que pudiera entrar en materia, Milch me respondió con otra, como correspondía a
su carácter desenfadado y a la cordialidad de nuestra relación: Ya estaban en
camino los principales industriales del Reich. ¿Acaso pretendía escabullirme?
Acepté la invitación. Göering me había hecho llamar el día anterior. En la
primera visita que le hacía en calidad de ministro, me habló de las buenas
relaciones que habíamos tenido mientras fui arquitecto suyo. Esperaba que no se
produjera ningún cambio en ese aspecto. Cuando quería, Göering podía ser de una
amabilidad cautivadora, aunque algo altanera. Después me expuso sus
pretensiones: dijo haber alcanzado un acuerdo por escrito con mi antecesor y
que me estaban preparando el mismo documento, que establecía que mi misión en
el ejército no me llevaría a inmiscuirme en el Plan Cuatrienal; me lo enviaría
para que lo firmara. Puso fin a nuestra entrevista diciendo con aire enigmático
que, por lo demás, durante la próxima reunión averiguaría más cosas a través de
Milch. No le di ninguna respuesta y terminé la entrevista sin abandonar el tono
cordial. El Plan Cuatrienal abarcaba toda la economía del Reich, por lo que el
acuerdo que Göering me proponía me habría incapacitado por completo para
actuar.
Sospeché que en la reunión que Milch me había
anunciado me esperaba una sorpresa. Como no me sentía nada seguro, expuse mis
temores a Hitler, que aún se encontraba en Berlín. Tras haber visto la reacción
de Göering ante mi nombramiento, podía contar con su apoyo.
—Está bien —me dijo—, si proceden de alguna manera
contra usted o tropieza con dificultades, interrumpa el acto e invite a los
participantes a dirigirse a la sala de sesiones del gabinete. Entonces les diré
cuatro cosas a esos caballeros.
La sala de sesiones del gabinete era considerada
una especie de «lugar sagrado», por lo que ser recibido en ella tenía que
producir una impresión especial. Y el hecho de que Hitler estuviera dispuesto a
dirigirse a aquel grupo, con el que yo tendría que colaborar en el futuro,
suponía para mí un comienzo inmejorable.
La gran sala de sesiones del Ministerio del Aire
estaba repleta. Había allí treinta personas, los hombres más importantes de la
industria: el director general Albert Vögler; Wilhelm Zangen, director de la
Agrupación de Industriales Alemanes; el capitán general Ernst Fromm, jefe del
Ejército de Reserva, con su subordinado el general Leeb, jefe de la Dirección
General de Armamento del Ejército de Tierra; el almirante Witzell, jefe de
Armamento de la Marina; el general Thomas, jefe de la Dirección General de Armamento
y Economía del Alto Mando de la Wehrmacht; Walter Funk, ministro de Economía
del Reich; varios apoderados del Plan Cuatrienal y otros importantes
colaboradores de Göering. Milch asumió la presidencia como representante del
Ministerio en el que se celebraba la reunión, y rogó a Funk que se sentara a su
derecha y a mí que lo hiciera a su izquierda. Tras una breve introducción,
explicó las dificultades organizativas que conllevaba el enfrentamiento de las
tres ramas de la Wehrmacht. Vögler, de la Asociación de Productores de Acero,
expuso entonces de un modo muy razonable que las órdenes y contraórdenes, así
como las disputas y los continuos cambios respecto a los niveles de prioridad,
alteraban la producción. Dijo que había reservas sin utilizar, pero que estas
no llegaban nunca a su destino, y que había llegado el momento de aclarar las
cosas. Alguien debía ocuparse de tomar una serie de decisiones. Quién pudiera
ser ese alguien era algo que a la industria no le incumbía.
A continuación tomaron la palabra el capitán
general Fromm como representante del Ejército de Tierra y el almirante Witzell
en nombre de la Marina, que se adhirieron, salvo en cuestiones de detalle, a
las palabras de Vögler. El resto de los asistentes se expresó en el mismo
sentido, poniéndose así de manifiesto el deseo general de que una sola persona
asumiera la dirección unificada de todos aquellos asuntos. También yo me había
dado cuenta de la necesidad de resolver la cuestión cuando colaboraba con el Ejército
del Aire.
Por último se puso en pie Funk, ministro de
Economía del Reich, y se volvió hacia Milch. Dijo que en el fondo todos
estábamos de acuerdo, tal como había demostrado el desarrollo de la sesión. Por
lo tanto, sólo faltaba determinar quién iba a ser esa persona.
— ¿Quién mejor que usted, querido Milch, que posee
la confianza de Göering, nuestro estimado mariscal del Reich? Creo hablar en
nombre de todos al rogarle que acepte usted esta misión —terminó, en un tono
demasiado patético para aquel círculo.
No había duda de que todo aquello estaba preparado.
Mientras Funk continuaba hablando, susurré a Milch al oído:
—La reunión proseguirá en la sala de sesiones del
gabinete. El Führer quiere hablar sobre mis funciones.
Milch, hombre inteligente y de comprensión rápida,
contestó a la propuesta de Funk que se sentía muy honrado por su confianza,
pero que no podía aceptar. [107] Entonces tomé la palabra por primera vez. Transmití
la invitación del Führer y dije al mismo tiempo, con firmeza,
que la discusión proseguiría el jueves 19 de febrero en mi Ministerio, ya que,
a juzgar por las apariencias, el asunto entraba de lleno en mis funciones como
ministro. Milch dio por terminada la sesión.
Funk admitió más tarde ante mí que Billy Körner,
subsecretario de Göering y su hombre de confianza en el Plan Cuatrienal, lo
había apremiado el día antes de la reunión para que propusiera a Milch como
apoderado con poder de decisión. Funk daba por seguro que Körner no habría
podido decirle aquello sin que Göering lo supiera.
Únicamente la invitación de Hitler pudo hacer
comprender a aquellos hombres, habituados a la relación de fuerzas existente
hasta entonces, que yo me hallaba en una posición más sólida que mi antecesor
al comenzar a ejercer mis funciones.
Hitler tenía ahora que sancionar en público mi
actuación. Me llamó a su despacho, hizo que lo informara brevemente de lo
ocurrido y me pidió que lo dejara solo unos instantes para tomar unas notas.
Después se dirigió conmigo a la sala del gabinete. Hitler habló durante cerca
de una hora. Se extendió en consideraciones sobre la economía de guerra y
recalcó la importancia de que se produjera un aumento sustancial en la
producción de armamento. Habló de las valiosas fuerzas que había que movilizar
en la industria y mencionó el conflicto que tenía con Göering de una manera
sorprendentemente franca:
—Este hombre no se puede hacer cargo del armamento
dentro del marco del Plan Cuatrienal.
Hitler siguió diciendo que era necesario establecer
una separación entre aquella cuestión y el Plan Cuatrienal, y que por ello me
la asignaba a mí. A veces se le daba a uno un cargo y luego se le quitaba; son
cosas que pasan, continuó. Técnicamente era posible aumentar la producción,
pero se habían cometido muchas negligencias. En la cárcel Funk me dijo que
Göering, durante el proceso de Nüremberg, había pedido que le entregaran una
copia escrita de estas palabras de Hitler, equivalentes a una destitución, para
utilizarla como descargo ante la acusación de haber utilizado a trabajadores
forzados.
Hitler evitó rozar siquiera el problema de la
dirección unificada, y se refirió en exclusiva al armamento del Ejército de
Tierra y de la Marina, excluyendo a propósito el aéreo. Como se trataba de una
decisión política, y dadas las costumbres del sistema, me guardé muy bien de
plantearle aquel punto tan conflictivo. Concluyó su parlamento con una llamada
a la buena voluntad de los asistentes: habló de mi capacidad organizativa en el
campo de la construcción —cosa que dudo que convenciera a los presentes—, calificó
de gran sacrificio personal mi nueva actividad —algo en lo que, viendo lo
crítico de la situación, todos debieron de estar de acuerdo— y expresó
finalmente la esperanza de que no sólo recibiría todo su apoyo en el desempeño
de mi cargo, sino que también sería tratado con honestidad:
— ¡Compórtense con él como unos gentlemen!—dijo,
recurriendo a una palabra que era de lo más inusual en él.
Lo que no hizo fue delimitar con claridad mis
cometidos, y eso me pareció bien.
Hitler nunca había presentado antes a un ministro
de aquella forma. Incluso en un sistema menos autoritario, semejante debut
habría supuesto una valiosa ayuda. En nuestro Estado, las consecuencias
resultaron asombrosas incluso para mí: durante mucho tiempo pude moverme en un
espacio en cierto modo vacío y desprovisto de toda resistencia, con lo que pude
hacer casi todo lo que quise.
Funk, que acompañó conmigo a Hitler al salir de la
sala de sesiones, prometió emocionado mientras nos dirigíamos a la residencia
del canciller que pondría a mi disposición todo lo que necesitara y que haría
cuanto estuviera en su mano para ayudarme. Mantuvo su promesa, salvo pequeñas
excepciones.
Bormann y yo estuvimos charlando unos minutos con
Hitler en la sala de estar. Antes de retirarse a sus habitaciones, volvió a
aconsejarme que confiara en la industria, en la que encontraría a las personas
más capaces. Ese pensamiento no era nuevo para mí, pues Hitler había destacado
con frecuencia que lo mejor era dejar las grandes tareas directamente en manos
de la economía, ya que la burocracia ministerial —que le inspiraba una gran
aversión— no hacía sino frenar sus iniciativas. Aproveché para asegurarle, en
presencia de Bormann, que tenía la intención de recurrir sobre todo a los
técnicos de la industria, pero que para ello era necesario que no se tuviera en
cuenta si pertenecían o no al Partido, pues, como era sabido, muchos de
aquellos técnicos no estaban afiliados. Hitler se declaró conforme y encargó a
Bormann que respetara mis deseos; de este modo, y al menos hasta el atentado
del 20 de julio de 1944, mi Ministerio quedó a cubierto de las desagradables
comprobaciones de Bormann.
Aquella misma noche hablé abiertamente con Milch,
quien me prometió colaborar conmigo en todo y abandonar el espíritu de
rivalidad que hasta entonces había marcado la conducta de la Aviación hacia el
Ejército y la Marina en cuestión de armamento. En especial durante los primeros
meses sus consejos me resultaron imprescindibles, y no tardó en surgir entre
nosotros una cordial amistad que todavía perdura.
Capítulo XV
Improvisación organizada
Disponía de cinco días antes de que se celebrara la
reunión en el Ministerio. Debía organizar mis ideas en ese lapso de tiempo. Por
extraño que pueda parecer, ya tenía una visión clara de lo fundamental. Desde
el primer momento fui avanzando como un sonámbulo hacia el único sistema que me
permitiría tener éxito en el suministro de armamentos. Es verdad que ya durante
los dos años anteriores mi actividad me había permitido ver «muchos errores
sistemáticos que no habría podido apreciar de haberlo contemplado todo desde
arriba». [108]
Elaboré un organigrama en cuyas coordenadas
verticales se situaban los diversos productos finales, tales como tanques,
aviones o submarinos, es decir, el armamento de los tres ejércitos de la
Wehrmacht. Alrededor de esas columnas verticales situé varios anillos, cada uno
de los cuales representaba un grupo de los suministros necesarios para hacer
cañones, tanques, aviones y otros tipos de armas. En esos anillos imaginaba
reunida la terminación de las piezas de forja, de los rodamientos o de los
equipos electrotécnicos. Acostumbrado, por mi condición de arquitecto, a pensar
de forma tridimensional, diseñé el esquema en perspectiva.
El 19 de febrero volvieron a encontrarse, en la
antigua sala de sesiones de la Academia de Bellas Artes, los jefes de los
departamentos de economía de guerra y de arma mentó. Después de haber hablado
durante una hora, tomaron nota sin discusión de mi esquema organizativo, y
tampoco se opusieron a un poder que, de acuerdo con lo discutido en la reunión
del día 13, me asignaba la dirección unitaria para fabricar armamentos, así que
me dispuse a hacer pasar el documento entre los presentes para que lo firmaran:
el procedimiento era completamente inusitado en las relaciones entre los
departamentos del Reich.
Sin embargo, la impresión causada por el discurso
de Hitler seguía surtiendo efecto. El primero en declararse del todo conforme
con mi proposición fue Milch, quien firmó enseguida el poder que solicitaba. El
resto de los asistentes formuló algunos reparos formales que Milch resolvió
gracias a su autoridad. El único en resistirse hasta el último momento fue el
almirante Witzell, representante de la Marina, quien dio su consentimiento con
reservas.
Al día siguiente me dirigí al cuartel general de
Hitler junto con el mariscal Milch, el general Thomas y el general Olbricht,
que representaba al capitán general Fromm, para dar cuenta a Hitler del
resultado positivo de la reunión y exponerle mis planes organizativos. El se
mostró de acuerdo en todo.
A mi regreso, Göering me citó en Karinhall, su
finca de caza, enclavada en la zona de Schorfheide, más de setenta kilómetros
al norte de Berlín. Después de ver el nuevo Berghof en 1935, Göering hizo
construir, en torno a su antigua y modesta casa de cacería, una residencia
señorial que superó en tamaño a la de Hitler; la sala de estar tenía las mismas
dimensiones que esta, pero la ventana corredera era mayor. A Hitler le disgustó
el dispendio; pero su arquitecto había construido una plataforma, adecuada al afán
de lujo de Göering, que ahora le servía de cuartel general.
En tales reuniones siempre se perdía todo un
valioso día de trabajo. También esta vez, después de llegar puntualmente hacia
las once de la mañana tras un largo viaje en automóvil, tuve que pasarme una
hora contemplando los cuadros y gobelinos de la sala de recepción de Göering,
quien, al contrario que Hitler, no se preocupaba demasiado por sus citas. Se
presentó por fin, descendiendo de forma romántico-decorativa de sus aposentos
vestido con una bata de terciopelo verde. Nos saludamos con bastante frialdad.
Me precedió hasta su sala de trabajo y tomó asiento en su gigantesco escritorio
mientras yo me sentaba discretamente frente a él. Göering, muy excitado, se
quejó con amargura de que no lo hubiera invitado a la reunión celebrada en la
sala del Gabinete y me pasó por encima de la mesa un dictamen del director de
sección del Plan Cuatrienal Erich Neumann sobre las consecuencias jurídicas del
documento que yo había pergeñado. Con una rapidez que no le habría supuesto a
causa de su corpulencia, se puso en pie de un salto y empezó a caminar de prisa
de un lado a otro por la espaciosa estancia, fuera de sí. Dijo que sus
apoderados eran unos cobardes sin carácter. Al firmar aquel documento se habían
subordinado a mí para siempre sin consultar siquiera con él. No me dejó hablar,
pero en aquella situación me pareció muy bien. Indirectamente, sus reproches
también se dirigían contra mí, pero el hecho de que no se atreviera a censurar
mi conducta denotaba la debilidad de su posición. Por fin declaró que no podía
aceptar que se socavara de aquel modo su autoridad. Iría enseguida a ver a
Hitler y renunciaría a su cargo de «delegado para la realización del Plan
Cuatrienal». [109] Desde luego, eso no habría significado ninguna
pérdida, pues Göering, quien no hay duda de que al principio impulsó con gran
energía el plan, en 1942 era considerado una persona letárgica y muy perezosa.
Causaba una impresión de inestabilidad cada vez mayor, emprendía
arbitrariamente demasiadas cosas a la vez, trabajaba a saltos y por lo general
se mostraba muy poco realista.
Por supuesto, Hitler no habría aceptado la dimisión
de Göering, lo que habría tenido unas consecuencias políticas que no deseaba, y
habría buscado una solución de compromiso, que era justamente lo que había que
evitar, pues todo el mundo temía los compromisos de Hitler, que solían
constituir unas salidas que no resolvían las dificultades, sino que aún
complicaban más la situación.
Sabía que tenía que hacer algo para reforzar el
quebrantado prestigio de Göering. Le aseguré que las innovaciones que Hitler
deseaba y que sus apoderados generales habían aceptado no menoscabarían de
ningún modo su posición. Göering se mostró satisfecho con mis palabras. Yo
estaba dispuesto a subordinarme a él y a realizar mis actividades en el marco
del Plan Cuatrienal.
Tres días después me presenté de nuevo en la
residencia de Göering y le mostré un borrador en el que yo figuraba como
«apoderado general para las cuestiones de armamento dentro del Plan
Cuatrienal». Göering se mostró conforme, aunque me hizo saber que me había
propuesto hacer demasiadas cosas y que sería mejor para mis propios intereses
limitar mis objetivos. Dos días más tarde, el 1 de marzo de 1942, Göering firmó
un decreto que suponía más para mi autoridad que el documento del 19 de febrero
al que ponía objeciones y que me facultaba para «dar al armamento […], en el
conjunto de la vida económica, la primacía que le corresponde en caso de
guerra». [110]
El 16 de marzo, poco después de que también Hitler
—satisfecho de que las dificultades con Göering se hubieran resuelto— diese su
conformidad al acuerdo, comuniqué mi nombramiento a la prensa alemana, a la que
facilité una vieja fotografía en la que Göering me ponía amistosamente la mano
en el hombro, contento por mi proyecto para su departamento de mariscal del
Reich. Con ello quería dar a entender que la crisis de la que ya se comenzaba a
hablar en Berlín estaba cerrada. La Oficina de Prensa de Göering me envió una
nota de protesta para indicarme que la fotografía y el decreto sólo podían
haber sido publicados por él. Hubo más dificultades. Göering se me quejó de que
el embajador italiano le había dicho que, según la prensa extranjera, él
—Göering— había sido derrotado por el nuevo ministro. ¡Esas noticias tenían que
minar a la fuerza su prestigio en la industria! Puesto que era un secreto a
voces que la economía nacional financiaba los grandes gastos de Göering, tuve
la sensación de que lo que temía en realidad era que estos beneficios
disminuyeran, así que le propuse invitar a los industriales a una reunión en
Berlín en la que yo me subordinaría formalmente a él. Mi propuesta le agradó en
extremo y le hizo recobrar al instante su buen humor.
Por lo tanto, unos cincuenta industriales
recibieron de Göering la orden de presentarse en Berlín. La reunión se inició
con un breve discurso mío en el que cumplí mi promesa, mientras que Göering
hizo una larga disertación sobre la importancia del armamento. Invitó a los
industriales presentes a dedicar todas sus energías a la tarea y siguió con los
tópicos consabidos. En cambio, no se pronunció ni a favor ni en contra de mi
cometido, que no mencionó en absoluto. En el futuro, la desidia de Göering me permitiría
actuar libremente y sin inhibiciones. Aunque estaba celoso de mis éxitos,
durante los dos años siguientes apenas hizo intento alguno de interferir en mis
actividades.
Dada la mengua de la autoridad de Göering, no me
parecieron suficientes los poderes que este me había concedido e hice que poco
después, el 21 de marzo, Hitler firmara lo siguiente: «Las exigencias de la
economía general alemana han de subordinarse a las necesidades de la economía
armamentista». Las costumbres del régimen autoritario hacían que el decreto de
Hitler equivaliera a un pleno poder en todo el campo de la economía.
La forma jurídica de nuestra organización era
igualmente improvisada. Consideré que la delimitación precisa de mis
competencias no me convenía y conseguí evitarla. Por consiguiente, mi actividad
podía regirse en cada caso en función de los objetivos y de la capacidad de mis
colaboradores. Una formulación concreta de los derechos que se derivaban de mi
posición de poder casi ilimitado, reafirmada por el apoyo de Hitler, no habría
tenido otra consecuencia que las disputas con otros Ministerios sobre cuestiones
jurisdiccionales, sin que se hubiera podido lograr un acuerdo satisfactorio.
Es cierto que estas ambigüedades eran un cáncer en
la forma de gobernar de Hitler; pero yo estaba de acuerdo con ellas si me
favorecían y siempre que él firmara los decretos que yo le presentaba; sin
embargo, cuando no aceptaba ciegamente mis peticiones, y en determinados
aspectos dejó de hacerlo muy pronto, me veía sumido en la impotencia o
condenado a servirme de la astucia.
En la noche del 2 de marzo de 1942, cerca de un mes
después de mi nombramiento, invité a una cena de despedida a todos los
arquitectos que trabajaban en el nuevo Berlín. En mi breve discurso les dije
que cualquiera puede verse metido un día precisamente en aquello contra lo que
ha tratado de resistirse toda la vida. Y que me parecía muy singular que mi
nueva ocupación no me resultara del todo extraña, a pesar de que, a primera
vista, se encontrara tan alejada de la anterior.
—Desde la época en que estuve en la Escuela
Superior —proseguí—, sé muy bien que, si uno quiere comprender las cosas, tiene
que dedicarse a ellas a fondo. El hecho de que ahora me centre en los tanques
me hará más fácil dedicarme a otros muchos cometidos.
Continué diciendo que de momento había previsto que
necesitaría un plazo de dos años para llevar a cabo mi programa. No obstante,
esperaba poder regresar antes. Más adelante iba a serme de utilidad mi misión
de guerra, pues precisamente los técnicos iban a ser llamados a solucionar los
problemas del futuro.
—Y la dirección de la técnica —concluí con cierta
exageración— será en el futuro tarea de los arquitectos. [111]
Con los poderes que Hitler me había otorgado en el
bolsillo y con un Göering tranquilo, pude poner en marcha la «auto
responsabilización de la industria» que mi esquema establecía. Aunque hoy se da
por cierto que la inesperada y rápida mejora en la producción de armamento se
ha de atribuir a este sistema organizativo, sus bases no eran en absoluto
nuevas. Tanto el mariscal Milch como mi antecesor, el doctor Todt, habían
empezado a encomendar tareas de dirección a los técnicos más notables de las
principales fábricas. Sin embargo, el doctor Todt había tomado esta idea de
otro: el verdadero promotor de la «auto responsabilización de la industria» fue
Walther Rathenau, el gran organizador judío de la economía de guerra durante la
Primera Guerra Mundial. Su idea de que se podía aumentar de manera considerable
la producción mediante el intercambio de experiencias técnicas, la división del
trabajo entre las distintas fábricas y la tipificación y normalización de los
productos lo llevó, ya en 1917, a establecer la tesis de que, bajo estas
premisas, «se podría garantizar el doble de producción con las mismas
instalaciones y los mismos costes». [112] En un rincón del Ministerio de Todt se hallaba un
antiguo colaborador de Rathenau que durante la Primera Guerra Mundial había
trabajado con él y que más adelante escribió un libro sobre su organización. El
doctor Todt obtuvo muchos datos de él.
Constituimos «comisiones principales» para cada
tipo de armas y «anillos principales» para los suministros, de tal modo que
trece de estas comisiones constituían las columnas de mi organización
armamentista, unidas entre sí por un número igual de anillos. [113]
Organicé también comisiones de desarrollo,
constituidas por oficiales del Ejército de Tierra e industriales, cuyo objeto
era inspeccionar la producción, introducir mejoras técnicas en ella ya durante
los trabajos preliminares y suprimir los pasos innecesarios.
La primera premisa de la racionalización era que
los inquietud de Hitler y Göering, que se traducía en súbitos cambios de
programa, había obligado a las empresas a asegurarse de tener cuatro o cinco
pedidos simultáneos —preferiblemente de distintas secciones de la Wehrmacht—,
con el fin de, en caso de que se anulara alguno, poder desplazar su capacidad
industrial hacia otro. Además, la Wehrmacht solía hacer pedidos a corto plazo.
Por ejemplo, antes de 1942, la petición de municiones aumentaba o disminuía según
el consumo, que seguía un ritmo espasmódico a causa de las batallas relámpago,
lo que obligaba a las empresas a no dedicarse de manera permanente a
producirlas. Nosotros garantizamos los pedidos y procuramos que cada empresa
fabricara productos de un mismo tipo.
Estas pequeñas modificaciones consiguieron
convertir en un proceso industrial lo que durante los primeros años de la
guerra había tenido, en cierto modo, un carácter artesanal. No tardaron en
lograrse resultados sorprendentes. Es significativo que eso no sucediera en las
industrias que ya antes de la guerra trabajaban de modo racionalizado, como la
del automóvil, donde la producción aumentó muy poco. Yo consideraba que mi
tarea fundamental consistía en descubrir y analizar los problemas ocultos tras
la rutina de los años; su solución la dejaba en manos de los especialistas.
Obsesionado por mi misión, no aspiraba a que disminuyeran mis competencias,
sino al contrario. El aprecio de Hitler, el sentido del deber, el orgullo, la
autoestima…: todo se juntaba. Al fin y al cabo era, con mis treinta y seis años
de edad, el ministro más joven del Reich. La «organización industrial» pronto
estuvo compuesta por más de diez mil colaboradores y auxiliares, en tanto que
en nuestro Ministerio sólo trabajaban 218 funcionarios. [114] Esta relación respondía a mi idea de que el trabajo
ministerial debía subordinarse a la «auto responsabilización de la industria».
La rutina de trabajo del Ministerio establecía que
la mayor parte de los casos llegaran al ministro a través del subsecretario,
quien decidía sobre su importancia siguiendo su propio criterio y efectuaba, en
cierto modo, una criba. Yo eliminé este procedimiento y puse bajo mis órdenes
directas a más de treinta jefes de la organización de la industria y a diez
jefes de sección del Ministerio. [115] En principio todos tendrían que entenderse entre
ellos; yo me reservé únicamente el derecho a intervenir en las cuestiones
importantes o en los casos en que hubiera discrepancia de opiniones.
Nuestro método de trabajo era también poco
habitual. Los funcionarios de la burocracia estatal, estancados en su rutina,
hablaban despectivamente de un «Ministerio dinámico», de un «Ministerio sin
planificación» o de un «Ministerio sin funcionarios». Se me acusó de recurrir a
métodos informales o americanos. Al decir que «cuando las competencias se
delimitan estrictamente, se incita a la gente a despreocuparse de todo lo
demás», [116] {116} lo que hacía era protestar contra la rigidez del sistema
burocrático, pero al mismo tiempo me acercaba a las ideas de Hitler sobre una
dirección estatal improvisada y conducida por el impulso de un genio.
También fue motivo de enojo uno de los principios
de mi gestión de personal: en cuanto inicié mi actividad, como demuestra el
protocolo del Führer de 19 de febrero de 1942, estipulé que,
cuando los directivos ocupasen puestos de nombrarse al mismo tiempo a un
suplente que no tuviera más de cuarenta».
Mis organigramas no llegaban a interesar a Hitler.
Tuve la impresión de que no le agradaba ocuparse de estas cuestiones; de hecho,
en muchos campos se había mostrado siempre incapaz de distinguir entre lo
fundamental y lo accesorio. Tampoco le gustaba delimitar claramente las
competencias. A veces encargaba a varios departamentos o a distintas personas
el mismo cometido o uno muy similar: —Así— opinaba con satisfacción— se impone
el más fuerte.
* * * *
Seis meses después de hacerme cargo del
Departamento habíamos aumentado mucho la producción en todos los campos que nos
habían sido asignados. De acuerdo con el «índice de la producción alemana de
armamentos», en el mes de agosto de 1942 se fabricó un 27% más de armas que en
febrero del mismo año, un 25% más de tanques y un 97% más —casi el doble— de
municiones; el rendimiento total de la producción de armamento aumentó un
59,6%. [117] No había duda de que pusimos en movimiento reservas
que hasta la fecha no habían sido utilizadas.
A pesar de los bombardeos, que acababan de
comenzar, en dos años y medio aumentamos la producción de armamentos desde un
promedio de 98 en 1941 a una cifra punta de 322 en julio de 1944. El número de
trabajadores, por el contrario, sólo aumentó un 30%, así que conseguimos
reducir a la mitad el gasto de trabajo. Se había conseguido exactamente lo que
predijo Rathenau en 1917 como efecto de la racionalización: «Doblar la
producción con las mismas instalaciones y los mismos costes de trabajo».
Al contrario de lo que se acostumbra afirmar con
frecuencia, esos resultados no fueron de ningún modo la obra de un genio.
Muchos de los técnicos de mi departamento tenían gran talento organizador y
habrían sido sin lugar a dudas más apropiados que yo para llevar a cabo la
tarea, pero ninguno de ellos habría podido tener éxito, pues no habrían contado
con la confianza que Hitler había depositado en mí. El prestigio y el poder
otorgados por el Führer lo eran todo.
Más allá de todas las nuevas medidas organizativas,
un aspecto decisivo para que se produjeran estos notables incrementos de la
producción fue que yo empleara métodos propios de una gestión democrática de la
economía. Y es que, por principio, mi sistema implicaba confiar en los
responsables de la industria hasta que los hechos dieran motivos para dejar de
hacerlo. Así, se recompensaron las iniciativas, se despertó la conciencia de la
propia responsabilidad, se suscitó el deseo de tomar decisiones…, cosas que
habían sido sofocadas hacía tiempo entre nosotros. Bien es verdad que la
presión mantenía en marcha el sistema productivo, pero impedía la
espontaneidad. Afirmé que «la industria no nos engaña ni nos roba a sabiendas,
ni intenta perjudicar de ningún otro modo a la economía de guerra». [118]
El Partido se sintió desafiado por mi actitud, como
pude comprobar después del 20 de julio de 1944. Fui duramente atacado por todos
y tuve que defender mi sistema de la delegación de responsabilidades en una
carta a Hitler. [119]
A partir de 1942, los Estados rivales siguieron una
dirección opuesta y en cierto modo paradójica: mientras los americanos, por
ejemplo, se veían obligados a disciplinar de forma autoritaria la estructura de
la industria, nosotros intentábamos eliminar las trabas de nuestro reglamentado
sistema económico. Con el paso de los años, la exclusión de toda crítica hacia
las jerarquías superiores había llevado a que los altos mandos no tuvieran en
cuenta los fracasos, errores o fallos de planteamiento. Ahora volvía a haber
grupos en los que se discutía, se descubrían defectos y errores y se podía
hablar sobre la manera de eliminarlos. A menudo decíamos en broma que estábamos
tratando de reimplantar el sistema parlamentario. [120] Nuestro sistema dio lugar a una de las condiciones
necesarias para compensar las flaquezas de un régimen autoritario. Los asuntos
importantes ya no se resolvían únicamente según el principio militar, es decir,
de abajo arriba y por el conducto reglamentario. Eso sí, era fundamental que a
la cabeza de los grupos hubiera personas que permitieran expresar los pros y
los contras de cada asunto antes de adoptar una decisión clara y bien
fundamentada.
Resulta grotesco que este sistema fuera mirado con
reservas por los directores de las empresas, a quienes dirigí una circular para
invitarlos a «comunicarme sus necesidades y observaciones con más fluidez que
hasta entonces» en cuanto entré en funciones. Esperaba un alud de respuestas,
pero no hubo ninguna. Me sentí lleno de desconfianza y creí que no se me
permitía el acceso al correo, pero realmente no había llegado nada. Más tarde
supe que temían las represalias de los jefes regionales.
La crítica de arriba abajo era más que copiosa,
pero su complemento necesario, es decir, la del inferior al superior, era muy
difícil de obtener. Después de ser nombrado ministro, a menudo tuve la
sensación de estar flotando en el aire, pues mis decisiones nunca topaban con
ningún eco crítico.
Debíamos el éxito de nuestro trabajo a miles de
técnicos que habían destacado por su alto rendimiento, a los que confiamos
secciones completas de la producción de armamento. Eso despertó su dormido
entusiasmo; mi estilo poco ortodoxo aumentó su nivel de compromiso. En el
fondo, lo que hice fue aprovechar la vinculación muchas veces acrítica del
técnico con su tarea. La aparente neutralidad moral de la técnica no dejaba que
aflorara la conciencia de lo que hacían. Una de las peligrosas repercusiones de
la progresiva tecnificación de nuestro mundo a causa de la guerra era que no
permitía a los que trabajaban en él vincularse con las consecuencias de su
actividad anónima.
Yo prefería «colaboradores incómodos a peones
cómodos»; [121] en cambio, el Partido mostraba una profunda
desconfianza hacia los especialistas apolíticos. Sauckel, uno de los jerarcas
más radicales del Partido, decía que si al principio se hubiera fusilado a unos
cuantos directores de empresa, los demás habrían presentado un mejor
rendimiento.
Durante dos años fui inatacable. Sin embargo, tras
el atentado militar del 20 de julio de 1944, Bormann, Goebbels, Ley y Sauckel
se tomaron el desquite. Dirigí entonces una carta a Hitler para decirle que no
me sentía lo bastante fuerte para proseguir con mi trabajo si este tenía que
ser valorado políticamente. [122]
* * * *
En el Estado de Hitler, los colaboradores de mi
Ministerio no afiliados al Partido disfrutaban de una protección legal
inusitada, pues, en contra de la opinión del ministro de Justicia, desde el
principio establecí que las causas criminales por actividades contra la
producción de armamento sólo podrían abrirse a petición mía. [123] Esta salvedad siguió protegiendo a mis
colaboradores incluso después del 20 de julio de 1944. Ernst Kaltenbrunner,
jefe de la Gestapo, me preguntó si los tres directores generales Bücher (de la
AEG), Vögler (de la Asociación de Productores de Acero) y Reusch (de la
compañía siderúrgica Gutehoffnungshütte) habían de ser procesados por sus
palabras «derrotistas». Mi respuesta en el sentido de que nuestro trabajo nos
obligaba a hablar con franqueza sobre la situación evitó su encarcelamiento.
Por otra parte, se amenazaba con duros castigos a los colaboradores que
abusaran de mi sistema de confianza y dieran por ejemplo unas cifras falsas,
sabiendo que no las comprobaríamos, para acaparar materias primas esenciales,
lo que habría retrasado el envío de armas al frente. [124]
Desde el primer día consideré nuestra gigantesca
organización como algo provisional. Así como yo deseaba reintegrarme a la
arquitectura una vez terminada la guerra y me había parecido necesario que
Hitler me diera su palabra al respecto, prometí a la dirección de la industria
que nuestro sistema se mantendría sólo durante la guerra; no podíamos esperar
que las empresas renunciaran en tiempos de paz a sus hombres más capacitados,
ni que pusieran sus conocimientos a disposición de la competencia. [125]
Además de no olvidar este carácter provisional, me
esforzaba por mantener la espontaneidad. Me preocupaba que las formas
burocráticas invadieran mi trabajo, e invitaba continuamente a mis
colaboradores a no extender actas y a impedir, mediante conversaciones
informales y telefónicas, que su actividad se viera condicionada por los
«procedimientos». Por lo demás, los ataques aéreos contra las ciudades alemanas
nos obligaban a una improvisación continua, aunque a veces llegué a
considerarlos beneficiosos, como lo demuestra mi irónica reacción a la
destrucción del Ministerio durante el ataque aéreo del 22 de noviembre de 1943:
—Si bien hemos tenido la suerte de que ardiera una
gran parte de las actas del Ministerio, lo cual nos librará por un tiempo de un
lastre innecesario, no podemos confiar en que sucesos de ese tipo nos aporten a
menudo la frescura que necesitamos en nuestro trabajo. [126]
A pesar de todos los progresos técnicos e
industriales, la producción de armamento no era comparable a la de la Primera
Guerra Mundial ni siquiera en la época de las principales victorias militares,
en 1940 y 1941. Durante el primer año de la campaña de Rusia sólo se fabricó la
cuarta parte de cañones y munición que en otoño de 1918. Incluso tres años
después, en la primavera de 1944, cuando nuestros continuos éxitos nos
aproximaron al máximo en la producción de municiones, esta seguía por debajo de
la lograda en la Primera Guerra Mundial…, y eso contando con las fábricas de la
antigua Alemania, Austria y Checoslovaquia. [127]
Siempre he contado el exceso de burocracia entre
las causas de este retroceso y lo combatí en vano. [128] Por ejemplo, en la Dirección General de Armamentos
había diez veces más personal que durante la Primera Guerra Mundial. Desde 1942
hasta fines de 1944 insistí, en mis discursos y cartas, en que se simplificara
la Administración. Tras llevar un tiempo luchando contra la típica burocracia
alemana, potenciada por el sistema autoritario, mi crítica a la tutela estatal
de la economía de guerra fue adquiriendo el carácter de un dogma político que
me permitía explicarlo todo: en la mañana del 20 de julio, unas horas antes del
atentado, escribí a Hitler una carta en la que le decía que los rusos y los
americanos obtenían buenos rendimientos con una organización sencilla, en tanto
que nosotros, debido a lo anticuado de nuestro método, no conseguíamos alcanzar
unos resultados comparables. Esta guerra enfrentaba también dos sistemas: era
la «lucha de nuestro sistema organizativo, excesivamente meticuloso, contra la
improvisación de la parte contraria». Si no modificábamos nuestro sistema,
ligado a la tradición y poco ágil, la posteridad constataría que habíamos
perdido la batalla.
Capítulo XVI
Omisiones
Sigue pareciéndome asombroso que Hitler pretendiera
evitar a su pueblo aquellos sacrificios [129] {129} que Churchill o Roosevelt impusieron a los suyos sin reparo alguno
durante la guerra. La discrepancia entre la movilización total de las fuerzas
en la democrática Inglaterra y el descuido con que se trató esta cuestión en la
Alemania autoritaria habla de la preocupación del régimen respecto a la
posibilidad de perder el apoyo popular. La clase dirigente no quería imponerse
sacrificios ni imponérselos al pueblo, al que se esforzaba por mantener lo más
contento posible. Hitler y la mayoría de sus colaboradores políticos habían
sido soldados durante la Revolución de noviembre de 1918 y nunca lograron
superarla. En sus conversaciones privadas, Hitler dejaba entrever con
frecuencia que experiencias como la de 1918 enseñaban que nunca se era lo
bastante cauteloso. Para anticiparse a cualquier brote de inquietud, se gastó
más que en los países democráticos en abastecimiento de artículos de consumo,
pensiones de guerra o indemnización a las mujeres que tenían a sus maridos en
el frente. Mientras que Churchill no ofrecía a su pueblo más que «sangre,
esfuerzo, sudor y lágrimas», para nosotros era válida en todas las fases y
crisis de la guerra la consigna de Hitler, monótonamente repetida: «La victoria
final es segura». El temor a la pérdida de popularidad, que habría podido
llevar a una crisis interna, revelaba una posición política débil.
Alarmado por los reveses sufridos en el frente
ruso, en primavera de 1942 no sólo intenté movilizar todos los recursos, sino
que al mismo tiempo insistí en que «la guerra tiene que terminar lo antes
posible o, de lo contrario, Alemania la perderá. Tenemos que ganarla antes de
finales de octubre, antes de que comience el invierno ruso, o la habremos
perdido para siempre; sin embargo, sólo podemos ganarla con las armas de que
disponemos ahora y no con las que tendremos el año que viene». Sigo sin
entender cómo pudo llegar este análisis de la situación a conocimiento
del Times, que lo publicó el 7 de septiembre de 1942, [130] en un artículo que resumía una opinión que
compartíamos Milch, Fromm y yo.
En abril de 1942 [131] también declaré públicamente que «nuestra intuición
nos dice a todos que este año significará un punto de inflexión decisivo en
nuestra historia», sin sospechar que dicho punto de inflexión estaba a punto de
producirse con el cerco del VI Ejército en Stalingrado, el aniquilamiento del
Afrika Korps, las exitosas operaciones de desembarco en África del Norte y los
primeros ataques aéreos en masa a las ciudades alemanas. También nos
encontrábamos en un punto de inflexión en el campo de la economía de guerra, que
hasta otoño de 1941 se dirigió a sostener distintas batallas entre las que se
producían grandes intervalos de tregua, mientras que ahora comenzaba la guerra
permanente.
A mi modo de ver, la movilización de todas las
reservas habría tenido que comenzar por la cúpula del Partido. Esto me parecía
tanto más justificado cuanto que el 1 de septiembre de 1939 el propio Hitler
había declarado solemnemente ante el Reichstag que no habría privación alguna
que él no estuviese dispuesto a imponerse.
Al menos ahora aceptó mi propuesta de paralizar los
proyectos que había seguido impulsando, incluidos los del Obersalzberg. Apelé a
esta disposición cuando, quince días después de tomar posesión de mi nuevo
cargo, hablé frente a nuestro auditorio más difícil: el de los jefes nacionales
y regionales. «Los trabajos destinados al tiempo de paz tienen que pasar a
segundo término. Debo informar al Führer de todo lo que
contravenga estas órdenes y perturbe de modo irresponsable la producción de
armamentos». Eso era una clara amenaza, aunque prosiguiera diciendo
reconciliadoramente que hasta aquel invierno todos habíamos abrigado la
esperanza de que el conflicto se resolvería con rapidez. Ahora la situación
militar exigía paralizar todas las obras superfluas en las distintas regiones.
Era nuestro deber predicar con el ejemplo incluso aunque el ahorro en mano de
obra y material no fuera muy grande.
Yo estaba convencido de que, a pesar de la
monotonía de mi discurso, todos los asistentes responderían a este llamamiento.
Sin embargo, al acabarlo me vi rodeado por numerosos jefes regionales y de
circunscripción que deseaban obtener autorizaciones especiales para proseguir
con algún proyecto.
El primero fue el mismo jefe nacional Bormann,
quien se había procurado una contraorden de un Hitler indeciso. Efectivamente,
los trabajadores empleados en el Obersalzberg, que también necesitaban
camiones, material y carburante, continuaron allí hasta el final de la guerra,
a pesar de que tres semanas más tarde hice que Hitler me otorgara una nueva
orden de paralización de los trabajos. [132]
Después me apremió el jefe regional Sauckel para
asegurarse la construcción de su Foro del Partido en Weimar, que prosiguió
hasta el final de la guerra. Robert Ley quería hacer unas pocilgas en su finca
modelo. Me dijo que tenía que apoyarlo, pues sus experimentos serían de gran
importancia para nuestra alimentación. Rechacé por escrito su solicitud, pero
me permití la broma de encabezar así el escrito: «Al jefe de organización
nacional del NSDAP y jefe del Frente Alemán del Trabajo. Asunto: Sus pocilgas».
Después de mi llamamiento, el propio Hitler, además
de continuar las obras en el Obersalzberg, hizo transformar en una lujosa
residencia para invitados el muy deteriorado palacio de Klessheim, cerca de
Salzburgo, lo que costó varios millones de marcos, y Himmler levantó cerca de
Berchtesgaden una gran casa de campo para su amante con tal discreción que no
me enteré hasta las últimas semanas de la guerra. Después de 1942, Hitler animó
a un jefe regional a reformar el palacio de Poznan y un hotel, para lo que
empleó una gran cantidad de material racionado, además de permitirle levantar
una residencia particular cerca de la ciudad. En 1942 y 1943 se fabricaron
nuevos trenes especiales para Ley, Keitel y otros, a pesar de que ello exigía
el empleo de valiosas materias primas y de trabajadores especializados. Desde
luego, se me ocultaron la mayoría de los proyectos personales de los
funcionarios del Partido; el inmenso poder de que disfrutaban los jefes
nacionales y regionales me impedía ejercer ningún control en este sentido y, si
alguna vez lograba vetarlos, mis prohibiciones tampoco se tenían en cuenta.
Incluso en verano de 1944, Hitler y Bormann comunicaron a su ministro de
Armamentos que cierto fabricante muniqués de marcos para cuadros no debía ser
reclutado para prestaciones de guerra. Unos meses antes, ellos mismos dieron la
orden de que «las fábricas de gobelinos y otros centros de producción de
objetos artísticos similares», ocupados en la fabricación de alfombras y
tapices para las obras de Hitler para tiempos de paz, quedaran exentas de
participar en el programa de armamento. [133]
Tras sólo nueve años de gobierno, la clase
dirigente había llegado a corromperse de tal forma que ni siquiera en la fase
crítica de la guerra era capaz de renunciar a su lujoso tren de vida. Debido a
sus «deberes de representación», todos ellos necesitaban grandes casas, fincas
de caza, haciendas y palacios, personal de servicio, una mesa opulenta y una
bodega selecta. [134] También estaban grotescamente preocupados por su
vida. El propio Hitler, fuera adonde fuera, empezaba por ordenar que se
construyeran bunkers para su protección personal, cuyo espesor aumentaba —llegó
a alcanzar los cinco metros— a medida que lo hacía el calibre de las bombas.
Llegó a haber verdaderos sistemas de bunkers en Rastenburg, Berlín, el
Obersalzberg, Munich, en el palacio de invitados cercano a Salzburgo y en los
cuarteles generales de Neuheim y el Somme. Y en 1944 hizo abrir en la roca de
las montañas de Silesia y Turingia dos cuarteles generales subterráneos, para
lo que fue necesario emplear a cientos de imprescindibles técnicos mineros y a
miles de trabajadores. [135]
El patente temor de Hitler y la sobrevaloración de
su persona llevaban a los que lo rodeaban a preocuparse exageradamente de su
propia protección. Göering se hizo construir en Karinhall, y también en el
apartado castillo de Veldenstein, cerca de Nüremberg, que casi nunca visitaba,
una amplia instalación subterránea. [136] Los setenta kilómetros de carretera de Karinhall a
Berlín, que discurrían entre bosques solitarios, tuvieron que ser provistos a
intervalos regulares de refugios de hormigón. Cuando Ley vio el efecto de una
bomba pesada en un bunker público, lo único que le interesó fue el espesor del
techo que había sido perforado, para compararlo con el de su bunker privado en
el suburbio de Grunewald, que no estaba en una zona peligrosa. Además, los
jefes regionales, por orden de Hitler, que los consideraba insustituibles, se
hicieron construir más bunkers fuera de las ciudades.
* * * *
De todas las cuestiones apremiantes de las que tuve
que ocuparme durante mis primeras semanas en el cargo, lo más urgente fue la
falta de mano de obra. Una noche, por ejemplo, al visitar una de las
principales fábricas de armamento de Berlín, la Rheinmetall-Borsig, vi que su
valiosa maquinaria estaba parada porque no disponía de trabajadores para cubrir
un segundo turno; en otras fábricas sucedía lo mismo. Por otra parte, ya
durante el día teníamos dificultades con el suministro de corriente, que disminuía
aún más a últimas horas de la tarde y durante la noche. Como a la vez se
estaban construyendo nuevas instalaciones industriales por un valor aproximado
de once mil millones de marcos, para las que después iban a faltar las
máquinas-herramienta necesarias, me pareció que lo más sensato era paralizar la
mayor parte de aquellas obras y emplear a los obreros así liberados en la
cobertura de un segundo turno de trabajo en las fábricas existentes.
Aunque Hitler acogió con agrado esta lógica
propuesta y firmó un decreto que reducía el volumen de nuevas construcciones a
un valor de tres mil millones de marcos, se mostró obstinado cuando, a
consecuencia de ese decreto, resultó que también había que paralizar varios
proyectos de la industria química que suponían un total de unos mil millones de
marcos. [137] Siempre lo quería todo a la vez, y justificó su
oposición de esta manera:
—Es verdad que la guerra contra Rusia puede
terminar pronto; pero tengo proyectos de mayor alcance, para los que voy a
necesitar más carburante sintético que hasta ahora. Hay que construir las
nuevas fábricas, aunque tarden años en terminarse.
Un año después, el 2 de marzo de 1943, tuve que
constatar que no servía de nada «construir fábricas que se relacionaban con
grandes programas futuros y que no comenzarían a dar rendimiento hasta después
del 1 de enero de 1945». [138] La decisión de Hitler de no parar ciertos
proyectos, tomada en primavera de 1942, seguía siendo una carga para la
producción de armamentos en septiembre de 1944, cuando la situación bélica era
ya catastrófica.
Aunque la decisión de Hitler interfirió en mi plan
de paralizar una gran parte de la industria de la construcción, conseguí que
quedaran libres unos cien mil obreros, que fueron transferidos a la producción
de armamento. Pero entonces surgió un obstáculo inesperado: el doctor Mansfeld,
director del «Grupo de asignación de trabajadores en el Plan Cuatrienal», me
explicó con franqueza que carecía de autoridad para trasladar de una región a
otra a los obreros que quedaran sin empleo si los jefes regionales se oponían a
ello. [139] Y estos, efectivamente, a pesar de todas las
rivalidades e intrigas, constituían una unidad si consideraban que se atacaba
uno de sus «derechos de soberanía». Vi con claridad que, a pesar de la
importancia de mi posición, no podría con ellos estando solo. Necesitaba que
uno de los suyos, dotado de un poder especial de Hitler, me ayudara. Elegí a mi
viejo amigo Karl Hanke, largos años secretario de Goebbels y jefe regional de
la Baja Silesia desde enero de 1941. Hitler estuvo de acuerdo en nombrar a un apoderado
que me asistiera, pero esta vez Bormann me salió al paso con éxito, pues Hanke
era considerado uno de mis partidarios. Su nombramiento no sólo habría
significado reforzar mi poder, sino, al mismo tiempo, una intromisión en la
esfera de Bormann dentro de la jerarquía del Partido.
Cuando dos días después volví a exponer a Hitler
mis deseos, siguió mostrándose de acuerdo, pero rechazó mi propuesta concreta:
—Hanke es un jefe regional demasiado joven y le
costaría mucho hacerse respetar. He hablado de este asunto con Bormann.
Nombraremos a Sauckel. [140]
Bormann consiguió también que Hitler pusiera a
Sauckel bajo sus órdenes directas. Göering protestó con toda la razón, pues el
que sería su cometido se había llevado a cabo hasta entonces dentro del marco
del Plan Cuatrienal. Hitler, con la despreocupación que lo caracterizaba
respecto al aparato del Estado, nombró a Sauckel «apoderado general» a la vez
que lo incorporaba a la organización del Plan Cuatrienal de Göering. Este
protestó de nuevo, considerando que aquello constituía un evidente menosprecio.
No hay duda de que Hitler podría haber convencido a Göering con unas pocas
palabras de que él mismo incorporara a Sauckel, pero no lo hizo. El prestigio
de Göering, ya vacilante, experimentó una nueva merma gracias a Bormann.
A continuación, Sauckel y yo fuimos convocados en
el cuartel general de Hitler. Durante la entrega del acta de nombramiento, dijo
que había que evitar por completo cualquier problema de mano de obra y repitió
lo que ya había dicho el 9 de noviembre de 1941: «El territorio que trabaja
directamente para nosotros comprende a más de 250 millones de personas; no debe
haber ninguna duda de que conseguiremos hacerlas trabajar a todas». [141] Hitler dio a Sauckel la orden de reclutar sin
miramientos a los trabajadores que fueran necesarios en los territorios
ocupados. Y así comenzó una fase fatídica de mi actividad, pues durante los dos
años y medio siguientes no dejé de apremiar a Sauckel para que me enviara mano
de obra extranjera para asignarla a la producción de armamentos.
Durante las primeras semanas no hubo roce alguno
entre nosotros. Sauckel nos aseguró a Hitler y a mí que se ocuparía de la
escasez de mano de obra y que sustituiría puntualmente a todos los obreros
cualificados que fueran llamados a filas por la Wehrmacht. Por mi parte, lo
ayudé a ganar autoridad y lo apoyé en todo lo posible. Pero Sauckel había
prometido demasiado: en tiempo de paz, las bajas por vejez o muerte quedaban
compensadas por la nueva generación, compuesta por unos 600.000 jóvenes; sin
embargo, estos fueron reclutados por la Wehrmacht, y no sólo ellos, sino
también parte de los trabajadores industriales. Por consiguiente, en 1942 hubo
en la industria de guerra un déficit muy superior al millón de hombres.
Resumiendo: las promesas de Sauckel no se cumplieron. Las esperanzas de Hitler
de conseguir sin esfuerzo a todos los trabajadores que necesitaba Alemania,
teniendo en cuenta una población de 250 millones de personas, quedaron
frustradas porque los militares alemanes que debían ejecutar las órdenes en los
territorios ocupados se mostraron débiles y porque los afectados preferían huir
a los bosques para luchar como partisanos antes que dejarse evacuar a Alemania
para realizar trabajos forzosos.
Nuestra organización industrial me expresó una
queja cuando empezaron a llegar a las fábricas los primeros trabajadores
extranjeros. Sus objeciones principales eran las siguientes: los insustituibles
trabajadores especializados con los que habían contado hasta entonces, que
ahora iban a ser reemplazados por los extranjeros, estaban ocupados en nuestras
producciones más importantes, que era donde más falta hacían; los servicios de
espionaje del enemigo lograrían sabotearnos fácilmente si introducían a sus agentes
en las filas de los obreros de Sauckel. Además, en todas partes faltaban
intérpretes que pudieran entenderse con los distintos grupos lingüísticos.
Algunos de mis colaboradores me mostraron estadísticas que reflejaban que el
empleo de las mujeres alemanas había sido mucho mayor durante la Primera Guerra
Mundial que ahora; me enseñaron fotografías de la salida de los obreros de la
misma fábrica de municiones en 1918 y en 1942: en las primeras se veían sobre
todo mujeres, en las segundas casi sólo hombres. Las ilustraciones de revistas
británicas y americanas me demostraron que en estos países el número de mujeres
empleadas en las fábricas de armamento era mucho mayor que en el nuestro. [142]
Cuando, a comienzos de abril de 1942, pedí a
Sauckel que incorporara a la mujer alemana a la producción de armamento, me
respondió sin ambages que era de su exclusiva competencia elegir a los obreros,
distribuirlos y decidir de dónde sacarlos. Además, como jefe regional dependía
directamente de Hitler. No obstante, al final me propuso dejar la decisión en
manos de Göering, en su calidad de responsable del Plan Cuatrienal. Göering se
sintió a todas luces halagado con esta entrevista, que volvió a celebrarse en
Karinhall. De una amabilidad exagerada con Sauckel, conmigo se mostró
significativamente frío. Apenas conseguí exponer mis razones, pues Göering y
Sauckel me interrumpían una y otra vez. El principal argumento de Sauckel era
el riesgo de degeneración moral de la mujer alemana a causa del trabajo en las
fábricas. Eso podía afectar no sólo a su «vida anímica», sino también a su
capacidad reproductora. Aunque Göering aprobó con firmeza sus explicaciones, en
cuanto acabó la reunión, y sin que yo lo supiera, Sauckel solicitó, para ir del
todo sobre seguro, la conformidad de Hitler.
Era el primer golpe contra mi posición, que hasta
entonces se había tenido por inatacable. Sauckel comunicó su victoria a sus
colegas de la jefatura regional por medio de una proclama en la que anunciaba,
entre otras cosas: «Para procurar un alivio sensible al ama de casa alemana,
sobre todo a las madres de familia numerosa, y no seguir poniendo en peligro su
salud, el Führer me ha encargado que incorpore al Reich a unas
400.000 ó 500.000 muchachas selectas, jóvenes y fuertes, procedentes de los
territorios orientales». [143] Mientras que en 1943 Inglaterra había reducido en
dos tercios la cantidad de empleadas domésticas, en Alemania siguió habiendo
más o menos las mismas, más de un 1.400.000 hasta el final de la guerra. [144] Además, pronto corrió la voz entre la población de
que las 500.000 ucranianas se habían destinado sobre todo a resolver la
carencia de personal de servicio de los funcionarios del Partido.
La industria de armamentos de los países en guerra
dependía de la distribución del acero bruto. Durante la Primera Guerra Mundial,
la economía de guerra alemana destinó a este fin el 46'5 % del acero, pero al
hacerme cargo del Ministerio comprobé que, en contraste con aquella cifra,
entonces sólo se dedicaba a esa partida el 37’5 %. [145] Con el fin de aumentar la cantidad de acero
destinada a armamento, propuse a Milch que distribuyéramos juntos las materias
primas.
Así pues, el 2 de abril volvimos a dirigirnos a
Karinhall. Al principio Göering habló prolijamente de los temas más diversos,
pero al final se mostró dispuesto a aceptar nuestras ideas sobre el
establecimiento de una Central de Planificación dentro del Plan Cuatrienal. Lo
impresionó que apareciéramos juntos y preguntó casi con timidez:
— ¿Podrían acoger a mi Körner como tercer
comisionado? Si no, se pondrá triste. [146]
La Central de Planificación no tardó en convertirse
en el dispositivo más importante de nuestra economía de guerra. En realidad,
resultaba incomprensible que no se hubiese creado mucho tiempo atrás un
estamento superior para gestionar los distintos programas y establecer las
prioridades. Aproximadamente hasta 1939 Göering se había encargado de hacerlo,
pero después no hubo nadie capaz de dirimir con autoridad unos problemas cada
vez más graves y complicados y compensar su fracaso. [147] Aunque el decreto de Göering que creaba la Central
de Planificación preveía que él podría adoptar cualquier decisión que creyera
necesaria, nunca, tal como yo ya esperaba, se le ocurrió hacerlo, y tampoco
nosotros tuvimos ningún motivo para pedírselo. [148]
Las sesiones de la Central de Planificación tenían
lugar en la gran sala de juntas de mi Ministerio y resultaban interminables a
causa del gran número de participantes: los ministros y subsecretarios,
apoyados por sus correspondientes expertos, solían pelear a brazo tendido para
elevar sus cupos. Lo más difícil era que había que asignar a la economía civil
lo menos posible, pero en cantidad suficiente para que la producción de
armamento no se viera perjudicada por el fallo del resto de ramas productivas o
por la falta de abastecimiento de la población. [149]
Yo me esforzaba por disminuir radicalmente la tasa
de bienes de consumo, habida cuenta de que, a principios de 1942, la producción
industrial en este sector era sólo un 3 % inferior a la de tiempos de paz. Sin
embargo, en 1942 no conseguí reducirla más que un 12%, [150] {150} pues a los tres meses Hitler ya lamentaba su decisión de
«desplazar la producción hacia la de armamentos», y el 28-29 de junio de 1942
estableció que «había que reemprender la fabricación de productos para el
abastecimiento general de la población civil». Protesté alegando que «tal
consigna incitaría a una renovada resistencia contra la línea actual a todos
aquellos que hasta ahora han mostrado su desagrado hacia la prioridad de los
armamentos en la industria», [151] palabras con las que atacaba sin ambages a los
funcionarios del Partido. Pero mis objeciones no hallaron ningún eco en Hitler.
Una vez más, mi intención de implantar una economía
de guerra total había fracasado por culpa de las vacilaciones de Hitler.
El aumento de la producción de armamentos no sólo
exigía más obreros y materias primas; también el transporte por ferrocarril
tenía que estar a la altura de las nuevas exigencias, a pesar de que el tráfico
ferroviario aún no se había recuperado de la catástrofe derivada del invierno
ruso. En el territorio del Reich había largas filas de trenes que no podían
llegar a su destino, y muchos convoyes con material imprescindible para el
armamento sufrían retrasos intolerables.
El 5 de marzo de 1942, el doctor Julius Dorpmüller,
nuestro ministro de Transportes, un hombre ágil a pesar de sus setenta y tres
años, me acompañó al cuartel general con objeto de exponer a Hitler el problema
del transporte. Le expliqué lo del caos ferroviario, pero como Dorpmüller sólo
me apoyó con reservas, Hitler, como siempre, eligió la interpretación más
optimista y demoró decidirse sobre un asunto tan importante diciendo que «las
repercusiones seguramente no serán tan graves como las ve Speer».
Quince días después, Hitler accedió a mi insistente
petición de nombrar a un funcionario joven para suceder al actual subsecretario
del Ministerio de Transportes, que ya tenía sesenta y cinco años. Pero
Dorpmüller defendía un punto de vista muy distinto:
— ¿Que mi subsecretario es demasiado viejo? —dijo
cuando le transmití esta resolución—. ¡Pero si es un jovenzuelo! En 1922,
cuando yo era presidente de una sección de los Ferrocarriles del Reich, acababa
de empezar como consejero…
Y consiguió suspender el nombramiento.
Sin embargo, ocho semanas después, el 21 de mayo de
1942, Dorpmüller no tuvo otro remedio que explicarme:
—Los Ferrocarriles del Reich disponen de tan pocas
locomotoras y vagones en territorio alemán que no pueden garantizar ni siquiera
los transportes más apremiantes.
Según decía en mi Crónica, estas palabras de
Dorpmüller «equivalían a una declaración de quiebra de los Ferrocarriles del
Reich». Aquel mismo día el ministro me ofreció un puesto como director absoluto
de transportes, pero lo rehusé. [152]
Dos días después, Hitler me pidió que le presentara
al doctor Ganzenmüller, un joven consejero del ferrocarril que durante el
último invierno había conseguido restablecer el tráfico ferroviario en una
parte de Rusia (en el trayecto de Minsk a Smolensk). Hitler estaba
impresionado:
—Me gusta este hombre. Voy a nombrarlo
subsecretario enseguida. —A mi objeción de si no habría que consultarlo con
Dorpmüller, Hitler contestó: — ¡De ningún modo! Ni Dorpmüller ni Ganzenmüller
han de enterarse. En el cuartel general los citaré sólo a usted, señor Speer, y
a su hombre. El ministro de Transportes vendrá por separado.
Por disposición de Hitler, Ganzenmüller y
Dorpmüller fueron alojados en distintos barracones del cuartel general, por lo
que el doctor Ganzenmüller no sospechaba nada cuando entró en el despacho de
Hitler sin su ministro de Transportes. Un acta extendida aquel mismo día recoge
las manifestaciones de Hitler:
—El problema de los transportes es fundamental y
hay que solucionarlo. Durante toda mi vida, pero sobre todo el invierno pasado,
he tenido que ocuparme de cuestiones decisivas. Y siempre había algún supuesto
especialista o algún hombre con autoridad que me decía: «Eso no es posible, no
se puede hacer». ¡Pero yo no me puedo contentar con eso! Hay problemas que
deben resolverse como sea. Si los mandos son los adecuados, siempre se
solucionan y siempre se solucionarán, pero eso no se consigue amablemente. A mí
la amabilidad me trae sin cuidado, como tampoco me importa lo que la posteridad
pueda decir de los métodos que tengo que emplear. Para mí, la cuestión es sólo
una: tenemos que ganar la guerra, o Alemania estará perdida.
Hitler siguió contando cómo había opuesto su
voluntad a la catástrofe del invierno anterior y a los generales que pretendían
batirse en retirada y pasó a hablar de algunas normas que yo le había
recomendado para restablecer el orden en los transportes. Y sin consultar ni
hacer entrar siquiera al ministro, que estaba esperando fuera, nombró a
Ganzenmüller nuevo subsecretario de Transportes, ya que «había demostrado en el
frente que poseía la energía suficiente para restablecer el tráfico en
malísimas condiciones».
El ministro de Transportes y su director general
Leibbrandt no fueron invitados a participar en la reunión hasta ese momento.
Hitler les explicó que se había decidido a intervenir en los transportes porque
eran decisivos para obtener la victoria. Y prosiguió con uno de sus típicos
argumentos:
—En su día empecé sin nada, como un soldado
desconocido en la guerra mundial, y no tuve mi oportunidad hasta que fracasaron
todos los que parecían mucho más aptos para el mando que yo. Sólo contaba con
mi voluntad, y a pesar de todo conseguí imponerme. Mi biografía demuestra que
nunca capitulo. Hay que vencer los problemas de la guerra. Insisto: para mí no
existe la palabra «imposible». —Y después repitió, casi a gritos: — ¡No existe!
Sólo entonces comunicó al ministro de Transportes
que había nombrado nuevo subsecretario de su Ministerio al hasta entonces
consejero del ferrocarril; la situación resultó penosa tanto para el ministro
como para su nuevo subsecretario, y también para mí.
Hitler hablaba siempre con gran respeto sobre los
conocimientos técnicos de Dorpmüller, y precisamente por eso el ministro habría
esperado que tratara antes con él la cuestión de su ayudante. Pero era obvio
que Hitler (como tantas otras veces, cuando se las veía con expertos en alguna
materia) había recurrido a los hechos consumados para evitar una discusión
embarazosa. De hecho, Dorpmüller aceptó la humillación sin despegar los labios.
En esa misma ocasión Hitler determinó que Milch y
yo actuáramos temporalmente como directores absolutos en lo referente a los
transportes. Debíamos ocuparnos de que las exigencias formuladas «fueran
satisfechas en el menor tiempo y con el mayor alcance posible». Por fin, Hitler
dio por terminada la sesión con estas palabras, capaces de desarmar a
cualquiera:
—No debemos perder la guerra por un problema de
transportes. ¡Así pues, hay que solucionarlo! [153]
Y efectivamente, se solucionó. El joven
subsecretario empleó medios sencillos para eliminar el atasco, acelerar la
circulación y satisfacer las crecientes necesidades del transporte de
armamentos. Una comisión directiva de los ferrocarriles se ocupó de impulsar la
reparación de las locomotoras dañadas por el invierno ruso; además, las
locomotoras, que se construían hasta entonces artesanalmente, pasaron a
fabricarse en serie, lo que multiplicó la producción. [154] {154} A pesar de que se hacía más armamento, la fluidez de los
transportes se mantuvo; por otra parte, la reducción del territorio que
ocupábamos también implicaba que se acortaran los trayectos… Finalmente, los
ataques aéreos sistemáticos de otoño de 1944 volvieron a convertir los
transportes, ya de forma definitiva, en el mayor escollo de nuestra economía de
guerra.
Cuando Göering se enteró de que planeábamos
incrementar la producción de locomotoras, me hizo acudir a Karinhall y me
propuso muy en serio que las hiciéramos de hormigón, ya que no disponíamos del
acero suficiente. Dijo que, como las de hormigón no durarían tanto como las de
hierro, habría que fabricar más. A pesar de que no sabía muy bien cómo se
podría llevar a cabo su propuesta, siguió insistiendo durante meses en su
disparatada idea, con la que me hizo perder las dos horas de viaje en coche y
otras dos de espera, además de hacerme pasar hambre, pues era raro que en
Karinhall se sirviera de comer a los que eran convocados a una reunión: esta
era entonces la única restricción que la economía de guerra total había
impuesto en casa de Göering.
Volví a visitar a Hitler una semana después del
nombramiento de Ganzenmüller, que había dado lugar a sus lapidarias palabras
sobre la solución de los problemas de transporte. Fiel a mi idea de que los
mandos debían predicar con el ejemplo en una época crítica como aquella, le
propuse que los altos cargos del Reich y del Partido dejaran de utilizar sus
vagones particulares hasta nueva orden, si bien, desde luego, al decirlo no
estaba pensando en él. Hitler eludió la decisión afirmando que eran necesarios
en el Este debido a las malas condiciones de alojamiento. Para demostrarle que
la mayoría de aquellos coches no circulaban en el Este, sino en el Reich, le
mostré una larga lista con los innumerables altos cargos que los utilizaban.
Sin embargo, no tuve ningún éxito. [155]
* * * *
Almorzaba a menudo con el capitán general Friedrich
Fromm en un reservado del restaurante Horcher. En uno de estos encuentros, a
fines de abril de 1942, me dijo que lo único que nos daría alguna posibilidad
de ganar la guerra era inventar un arma completamente nueva. Me explicó que
estaba en contacto con un grupo de científicos que trabajaban en un arma capaz
de destruir ciudades enteras, quizá incluso de poner fuera de combate a todas
las Islas Británicas. Fromm me propuso hacerles una visita. Le parecía importante
que mantuviéramos una entrevista con ellos.
También el doctor Albert Vögeler, director del
principal consorcio alemán del acero y presidente de la
Kaiser-Wilhelm-Gesellschaft, me llamó la atención en aquel tiempo sobre la
descuidada investigación atómica. Por él me enteré de los escasos medios que el
Ministerio de Educación y Ciencia del Reich, lógicamente debilitado por la
prioridad de la guerra, dedicaba a investigación. El 6 de mayo de 1942 discutí
el asunto con Hitler y le propuse que Göering, como figura representativa,
encabezara el Consejo de Investigación del Reich. [156] Un mes más tarde, el 9 de junio de 1942, Göering
fue designado para el cargo.
Hacia la misma época, los tres representantes de
las distintas armas (Milch, Fromm y Witzell) y yo nos reunimos en la
Harnackhaus, el centro berlinés de la Kaiser-Wilhelm-Gesellschaft, para
hacernos una idea general del estado de la investigación nuclear alemana. Entre
otros científicos cuyos nombres ya no recuerdo, se hallaban presentes los
futuros premios Nobel Otto Hahn y Werner Heisenberg. Tras algunas disertaciones
relativas a distintos campos de investigación, Heisenberg informó «sobre la
desintegración atómica y el desarrollo de la máquina de uranio y del
ciclotrón». [157] Heisenberg se lamentó de que el Ministerio de
Educación no se ocupara de fomentar la investigación nuclear, se quejó de la
falta de dinero y de materiales y mencionó que la incorporación a filas de los
científicos había hecho que la ciencia alemana retrocediera en un campo que
años atrás dominaba: los extractos de las revistas científicas americanas
permitían presumir que allí se disponía de medios técnicos y económicos más que
suficientes para llevar adelante la investigación nuclear. Así pues, era previsible
que América nos llevara una ventaja que, dadas las increíbles posibilidades que
ofrecía la fisión nuclear, podría llegar a tener tremendas consecuencias.
Después de su conferencia pregunté a Heisenberg
cómo podía emplearse la física nuclear para fabricar bombas atómicas. Su
respuesta no fue en absoluto alentadora. Dijo que, aunque la solución
científica se había encontrado ya, por lo que en teoría nada obstaculizaba la
fabricación de la bomba, seguramente tendrían que transcurrir por lo menos dos
años para prepararlo todo, y eso siempre que se le prestara toda la ayuda que
solicitaba a partir de aquel mismo momento. Heisenberg justificó un plazo tan
largo alegando, entre otras razones, que en toda Europa se disponía de un único
ciclotrón que estaba en París y que funcionaba aún imperfectamente. Le propuse
recurrir a mi autoridad como ministro de Armamentos para construir ciclotrones
como los que tenían en Estados Unidos o mayores. Sin embargo, Heisenberg objetó
que, con nuestra falta de experiencia, por el momento sólo podríamos preparar
un modelo pequeño.
De todos modos, el capitán general Fromm prometió
licenciar a unos cien colaboradores científicos, y yo invité a los
investigadores a que me indicaran qué medidas había que adoptar para fomentar
la investigación nuclear, así como qué materiales y cuánto dinero necesitaban.
Pocas semanas después nos pidieron varios cientos de miles de marcos, además de
acero, níquel y otros metales restringidos en pequeñas cantidades, así como la
construcción de un bunker y algunos barracones, y solicitaron que se diera la máxima
prioridad al primer ciclotrón alemán, ya comenzado. Me extrañó la modestia de
las peticiones en un asunto tan decisivo, por lo que elevé el dinero a dos
millones de marcos y autoricé la entrega del material. Al parecer, de momento
no habría servido de nada emplear más cantidades, [158] y en cualquier caso me dio la impresión de que la
bomba atómica no iba a tener trascendencia en la guerra.
Como conocía la tendencia de Hitler a fomentar
proyectos fantásticos mediante exigencias insensatas, fue muy poco lo que le
dije el 23 de junio de 1942 acerca de la conferencia sobre la fisión nuclear y
de las medidas adoptadas para apoyar la investigación en este campo. [159] Obtuvo informes más detallados y optimistas de su
fotógrafo Heinrich Hofmann, que tenía amistad con el ministro de Comunicaciones
del Reich, Ohnesorge, así como también, muy probablemente, por medio de
Goebbels. Ohnesorge se interesaba por la fisión nuclear y, igual que las SS,
mantenía un equipo de investigación independiente, dirigido por el joven físico
Manfred von Ardenne. La circunstancia de que Hitler no se dirigiera a los
responsables directos para informarse, sino que eligiera hacerlo a través de fuentes
incompetentes y poco fiables, basadas en rumores, demuestra una vez más su
tendencia al diletantismo y su escasa comprensión de lo que representa una
investigación científica.
Hitler me habló alguna vez de la posibilidad de
fabricar una bomba atómica, pero era evidente que la idea superaba su capacidad
de comprensión, igual que se le escapaba el carácter revolucionario de la
física nuclear. En las transcripciones que se han conservado de mis
conversaciones con Hitler, constituidas por 2.200 puntos, la fisión nuclear
sólo aparece una vez, y se trata además muy brevemente. Aunque alguna vez
consideró las perspectivas que ofrecía, mi informe sobre la entrevista que
había mantenido con los físicos lo ratificó en su decisión de no dedicar un
mayor interés al asunto. Es verdad que el profesor Heisenberg no me había
respondido de una manera categórica a la pregunta de si, tras lograr una fisión
nuclear, esta podría mantenerse con toda seguridad bajo control o si, por el
contrario, continuaría ininterrumpidamente, causando una reacción en cadena.
Estaba claro que a Hitler no lo entusiasmaba la posibilidad de que la Tierra se
convirtiera en una estrella incandescente bajo su dominio. A veces bromeaba con
la idea de que los científicos, en su afán obsesivo por descubrir todos los
secretos terrenales, llegaran un día a prender fuego al globo. Añadía que de
todos modos hasta entonces aún habrían de transcurrir muchos años y que era
seguro que él no lo vería.
La reacción de Hitler ante la última imagen de un
noticiario cinematográfico sobre el bombardeo de Varsovia en otoño de 1939
confirmaba que no habría vacilado ni un instante en emplear bombas atómicas
contra Inglaterra. Estábamos con él y Goebbels en la sala de estar de su
residencia berlinesa. Las nubes de humo oscurecían el cielo y los bombarderos
se arrojaban en picado sobre sus objetivos. En un crescendo acentuado por las
tomas cinematográficas, se podía seguir la trayectoria de las bombas, el ascenso
de los aparatos y la nube de explosiones, que adquiría dimensiones gigantescas.
Hitler estaba fascinado. El final de la película lo constituía un montaje en el
que un avión se precipitaba sobre Gran Bretaña, se veía una enorme llamarada y
la isla saltaba en pedazos. El entusiasmo de Hitler era desbordante:
— ¡Eso es! —exclamó, arrebatado—, ¡los
aniquilaremos!
A propuesta de los físicos nucleares, en otoño de
1942 renunciamos a desarrollar la bomba atómica después de que, al preguntarles
nuevamente por los plazos, me explicaran que no se podía contar con finalizarla
antes de tres o cuatro años; en ese tiempo, la guerra tenía que estar más que
decidida. En su lugar autoricé el desarrollo de un quemador de uranio que
generara energía motriz en el que estaba interesada la Marina para emplearlo en
los submarinos.
Durante una visita a las fábricas Krupp hice que me
mostraran algunos componentes de nuestro primer ciclotrón y pregunté al técnico
que lo construía si no podíamos intentar hacer uno mayor. Su respuesta
reiteraba lo que ya me había dicho el profesor Heisenberg: nos faltaba
experiencia. En verano de 1944, cerca de la clínica de la Universidad de
Heidelberg, pude ver cómo se desintegraba un núcleo atómico en nuestro primer
ciclotrón. El profesor Walter Bothe me informó de que este aparato nos
permitiría realizar progresos médicos y biológicos. Me di por satisfecho.
A consecuencia del bloqueo de las importaciones de
volframio de Portugal, en el verano de 1943 nos vimos amenazados por una crisis
en la producción de municiones en las que se empleaban aleaciones de este
metal, por lo que ordené reemplazarlo por uranio, [160] autorizando el empleo de unas 1.200 toneladas de
nuestras reservas, lo que demuestra que ya entonces tanto mis colaboradores
como yo habíamos abandonado la idea de fabricar bombas atómicas.
* * * *
Quizá habría sido posible tener lista la bomba
atómica en 1945, pero para ello habría sido indispensable que se hubieran
puesto a nuestra disposición, con el tiempo suficiente, unos medios técnicos,
económicos y personales similares a los dedicados al desarrollo de los misiles.
Desde este punto de vista Peenemünde no sólo fue nuestro mayor proyecto, sino
también el más fallido. [161]
El hecho de que no se dedicaran mayores esfuerzos a
este terreno también tenía que ver con consideraciones ideológicas. Hitler
admiraba al físico Philipp Lenard, que había recibido el premio Nobel en 1905 y
era uno de los pocos científicos que estaban de su parte desde el principio.
Lenard había dicho a Hitler que los judíos ejercían una influencia perniciosa
en la física nuclear por medio de la teoría de la relatividad. [162] Invocando la opinión de su ilustre compañero de
Partido, en sus conversaciones de sobremesa Hitler había llegado a tachar la
física nuclear de «física judía», lo cual no sólo fue cogido al vuelo por
Rosenberg, sino que también hizo que el ministro de Educación dudara sobre el
apoyo que debía prestar a la investigación nuclear.
De todos modos, aun en el caso de que Hitler no
hubiese aplicado sus doctrinas a la investigación nuclear, incluso aunque el
estado de nuestra investigación de base en junio de 1942 hubiese permitido a
nuestros físicos nucleares invertir, en lugar de varios millones, varios miles
de millones de marcos para desarrollar la bomba atómica, la crítica situación
de nuestra economía de guerra nos habría impedido aportar los materiales y
trabajadores cualificados necesarios. No fue sólo la mayor capacidad de producción
de Estados Unidos lo que permitió a este país emprender un proyecto de tal
envergadura. Hacía tiempo que la industria armamentista alemana, debido a la
frecuencia cada vez mayor de los ataques aéreos, se hallaba en una situación de
emergencia que impedía los proyectos de largo alcance. A lo sumo, y
concentrando al máximo los esfuerzos, Alemania habría podido disponer de la
bomba atómica en 1947; desde luego, no la habría tenido al mismo tiempo que
América, en agosto de 1945. La guerra habría acabado a más tardar el 1 de enero
de 1946, al consumirse nuestras últimas reservas de mineral de cromo.
* * * *
Así, desde el principio de mi trabajo como ministro
fui encontrando un fallo tras otro. Hoy suena extraño que durante la guerra
Hitler observara a menudo que la perderían «quienes cometieran los mayores
errores». El mismo, con una cadena de decisiones equivocadas en todos los
campos, contribuyó a acelerar el fin de una guerra que de todos modos estaba
perdida, a juzgar por nuestra capacidad productiva: por ejemplo, con su confusa
planificación de la guerra aérea contra Inglaterra, con la falta de submarinos
al comenzar la guerra y, sobre todo, por no desarrollar un plan estratégico
general. Tienen razón las numerosas observaciones que, en los libros de
memorias alemanes, señalan los decisivos errores de Hitler; sin embargo, eso no
significa necesariamente que sin ellos pudiera haberse ganado la guerra.
Capítulo XVII
Hitler, Comandante en Jefe
El diletantismo era una de las peculiaridades
características de Hitler. No tenía profesión y, en el fondo, siempre fue por
libre. Como muchos autodidactas, no era capaz de comprender lo que significaba
ser experto en algo y por tanto, sin hacerse cargo de las dificultades que
entraña cualquier cometido de cierta importancia, acaparaba sin cesar nuevas
funciones. A veces, al carecer del lastre de ideas preconcebidas, su rapidez de
comprensión lo llevaba a arriesgarse a adoptar medidas inusitadas que jamás se
le habrían ocurrido a un especialista. Los éxitos estratégicos de los primeros
años de la guerra pueden atribuirse perfectamente a su incapacidad para
aprender las reglas del juego y al ingenuo placer que le proporcionaba tomar
decisiones. Como el contrario se atenía a unas reglas que Hitler, en su
prepotencia autodidacta, desconocía o no empleaba, se produjeron efectos
sorpresa que, unidos a la superioridad militar, fueron la base de sus éxitos.
Pero, como suele sucederles a los inexpertos, naufragó tan pronto se produjeron
los primeros reveses. Entonces su desconocimiento de las reglas del juego se
convirtió en un defecto y su tendencia a la improvisación dejó de ser una
ventaja. Cuanto mayores eran los fracasos, con más fuerza y rabia salía a flote
su incorregible diletantismo. Durante mucho tiempo, su propensión a tomar
decisiones sorprendentes e inesperadas había sido su fuerte; pero ahora
aceleraba su derrota.
* * * *
Cada dos o tres semanas salía de Berlín para pasar
unos días en el cuartel general de Hitler, primero en el de la Prusia Oriental
y después en el de Ucrania, con objeto de que decidiera sobre la gran cantidad
de detalles técnicos por los cuales se interesaba en su calidad de comandante
en jefe del ejército de tierra. Hitler conocía todas las clases de armas y
municiones, con su calibre, longitud de cañón y alcance. También sabía de
memoria con qué existencias de los principales armamentos contábamos, así como
su producción mensual. Podía comparar con todo detalle nuestro programa con los
suministros y sacar sus conclusiones.
La ingenua alegría de Hitler por lucirse con su
memorización de cifras rebuscadas, ahora en la esfera de los armamentos como
antes en la producción automovilística o en la arquitectura, demostraba a las
claras que también aquí actuaba como un diletante; constantemente parecía
esforzarse por mostrarse por lo menos a la misma altura que los especialistas,
aunque está claro que uno que lo sea de verdad no se atiborrará de datos que
puede suministrarle uno de sus asistentes. Hitler necesitaba demostrarse a sí mismo
sus conocimientos; además, disfrutaba haciéndolo.
Extraía sus informaciones de un gran libro de tapas
rojas con una ancha franja transversal amarilla. Este catálogo, al que se
añadían continuamente suplementos, contenía información relativa a toda clase
de municiones y armas, y lo tenía siempre en su mesilla de noche. A veces hacía
que su criado se lo trajera si, durante una conferencia militar, un colaborador
daba una cifra que Hitler hallaba incorrecta y corregía al instante. Entonces
se abría el libro, se confirmaban los datos de Hitler y se ponía en evidencia
la desinformación de un general. La memoria de Hitler para los números era el
terror de todo su entorno.
Aunque podía intimidar de esta forma a la mayoría
de los oficiales que lo rodeaban, se sentía inseguro ante los especialistas.
Cuando topaba con la resistencia de uno de ellos, ni siquiera persistía en su
opinión.
Normalmente Todt, mi antecesor, hacía que lo
acompañaran a las reuniones dos de sus principales colaboradores, Xaver Dorsch
y Karl Saur, pero a veces también iba con él uno de sus expertos. Sin embargo,
daba mucha importancia al hecho de proceder personalmente a las exposiciones, y
sólo recurría a sus colaboradores cuando se trataba de difíciles cuestiones de
detalle. Yo no me tomé siquiera la molestia de memorizar cifras que Hitler
siempre recordaría mejor que yo. Así pues, para sacar partido de su respeto
hacia los especialistas, siempre llevaba a las reuniones a los técnicos que
mejor dominaban las cuestiones que debíamos tratar. De esta forma me vi libre
de la pesadilla de las «reuniones con el Führer» en las que cualquiera
terminaba acorralado por un bombardeo de cifras y datos técnicos. Solía
presentarme en el cuartel general acompañado de unos veinte civiles. En la zona
restringida I no tardaron en bromear por esta invasión. Elegía a los
colaboradores, normalmente entre dos y cuatro, que debían acompañarme a la
reunión según el orden del día, y me dirigía con ellos a una sala del cuartel
general contigua a las habitaciones de Hitler. Era una estancia de unos 80 m2,
decorada con sencillez y con las paredes revestidas de madera clara; frente a
un gran ventanal había una sólida mesa de roble, de unos cuatro metros de
largo, sobre la que se extendían los mapas, aunque para las reuniones nos
sentábamos alrededor de una mesa más pequeña, rodeada de seis sillones, que
había en un rincón.
Durante estas entrevistas, yo procuraba mantener la
mayor reserva. Inauguraba la sesión aludiendo brevemente al tema del día e
invitaba después a uno de los especialistas a exponer sus puntos de vista. Ni
el entorno exterior, con sus numerosos generales y asistentes, zonas de
vigilancia, zonas restringidas y pases, ni la aureola que todo este aparato
proporcionaba a Hitler intimidaban a mis expertos. Los largos años de
satisfactorio ejercicio de su profesión hacía que tuvieran clara conciencia de
su categoría y responsabilidad. A veces la conversación degeneraba en un
encendido debate, pues no era raro que olvidasen a quién tenían delante. Hitler
se tomaba todo esto con una mezcla de humor y respeto; en este círculo se
mostraba discreto, trataba a mis asistentes con notable cortesía e incluso
renunciaba a la técnica con la que solía sofocar toda oposición mediante
largos, agotadores y paralizantes discursos. En esta situación era capaz de
distinguir entre lo fundamental y lo accesorio, se mostraba ágil y sorprendía
por la rapidez con que sabía elegir entre varias posibilidades, razonando el
motivo de su elección. No le costaba ningún trabajo orientarse entre los
procesos técnicos, planos y diseños. Sus preguntas demostraban que durante el
breve lapso que duraba la reunión había conseguido captar lo esencial incluso
de las cuestiones complicadas. Desde luego, no se daba cuenta de la desventaja
que esto entrañaba: llegaba con demasiada facilidad al meollo de las cosas para
poder captarlas en toda su profundidad.
Yo nunca podía predecir el resultado de nuestras
reuniones. A veces, Hitler autorizaba sin mediar palabra una propuesta cuyas
perspectivas parecían poco prometedoras, y en otras ocasiones se negaba
obstinadamente a que se aplicaran ciertas medidas que él mismo había exigido en
una entrevista anterior. No obstante, mi sistema de eludir su dominio de los
detalles recurriendo a especialistas que los conocían mejor que él me brindó
más éxitos que reveses. Sus otros colaboradores comprobaban con asombro y no
sin envidia que después de estas reuniones especializadas no era raro que
Hitler modificara unos criterios que en anteriores conferencias militares había
calificado de irrevocables. [163]
Ciertamente, el horizonte técnico de Hitler, lo
mismo que su imagen del mundo, su concepción del arte y su estilo de vida, se
había detenido en la Primera Guerra Mundial. Sus intereses técnicos se
centraban en las armas tradicionales del Ejército de Tierra y la Marina y,
aunque siguió formándose en estos terrenos e incrementando sus conocimientos de
continuo, lo que le permitió proponer varias innovaciones convincentes y
útiles, no tenía mucha visión para nuevos desarrollos como el radar, la bomba
atómica, los aviones a reacción y los misiles. Cuando volaba en el nuevo avión
Cóndor, lo que no hizo con frecuencia, se preocupaba porque no funcionara el
mecanismo que desplegaba el tren de aterrizaje y decía que a pesar de todo
prefería el viejo Ju 52, con su tren de aterrizaje rígido.
Muchas veces, la misma noche que seguía a nuestras
reuniones Hitler exponía a su entorno militar los conocimientos técnicos que
acababa de adquirir y le encantaba exhibirlos como si fueran de su propia
cosecha.
Cuando apareció el tanque ruso T 34 Hitler se
mostró triunfante, pues pudo señalar que hacía tiempo que reclamaba aquel cañón
tan largo. Aun antes de ser nombrado ministro oí cómo, después de la
presentación del tanque IV, Hitler se quejaba amargamente, en el jardín de la
Cancillería del Reich, de la terquedad de la Dirección General de Armamentos
del Ejército de Tierra, que no se había mostrado receptiva hacia su sugerencia
de aumentar la velocidad de los proyectiles alargando el cañón porque sostenía que
hacerlo comportaría una sobrecarga en la parte frontal del tanque que haría que
el vehículo perdiera el equilibrio.
Hitler sacaba a relucir esto una y otra vez cuando
hallaba resistencias respecto a sus ideas.
—Entonces tuve razón y nadie quiso creerme. ¡Y
ahora vuelvo a tenerla!
Mientras que el Ejército de Tierra esperaba poder
disponer por fin de un tanque cuya velocidad superara al T 34, relativamente
rápido, Hitler insistía en que era preferible aumentar la fuerza de penetración
del proyectil y, al mismo tiempo, proteger mejor el vehículo por medio de un
blindaje pesado. También en este terreno dominaba las cifras y conocía las
fuerzas de percusión y las velocidades de tiro. Solía demostrar su teoría con
el ejemplo de los buques de guerra:
—En una batalla naval, quien disponga de cañones de
más alcance podrá abrir fuego a mayor distancia, aunque sólo sea un kilómetro
más lejos. Y si encima el blindaje es más sólido…, entonces tiene que ser
superior a la fuerza. ¿Qué quieren ustedes? Lo único que podrá hacer el buque
más rápido es aprovechar esta cualidad para escapar. ¿O es que pretenden
convencerme de que su velocidad le permitirá superar un blindaje pesado y una
artillería potente? Lo mismo podemos decir de los tanques: el más ligero y rápido
no tendrá más remedio que apartarse del más pesado.
Mis expertos de la industria no participaban
directamente en estas discusiones. Nosotros teníamos que fabricar los tanques
tal como los pidiera el Ejército, tanto si quien establecía los requisitos era
el propio Hitler, el Estado Mayor o la Dirección General de Armamentos. Las
cuestiones relacionadas con la estrategia de combate no eran asunto nuestro y
solían discutirlas los oficiales. En 1942, Hitler todavía evitaba cortar tales
discusiones con una voz de mando. Entonces aún escuchaba con calma las objeciones
y exponía con la misma calma sus argumentos. Con todo, estos tenían un valor
especial.
Dado que el peso del Tigre, que debía
ser de cincuenta toneladas, había sido elevado a setenta y cinco por exigencias
de Hitler, decidimos desarrollar un nuevo tanque de treinta toneladas cuyo
nombre — Pantera— expresaba la mayor agilidad que debía
caracterizarlo; más ligero que el Tigre, pero con el mismo motor, sería más
veloz. Sin embargo, Hitler lo sobrecargó hasta tal punto, reforzando el
blindaje y alargando el cañón, que acabó por tener, con sus cuarenta y ocho
toneladas, el peso previsto inicialmente para el Tigre.
Para compensar esta extraña transformación de una
ágil pantera en un lento tigre, más adelante fabricamos una serie de tanques
más pequeños, ligeros y veloces. [164] Para satisfacer y tranquilizar a Hitler, la marca
Porsche asumió al mismo tiempo el diseño de un tanque superpesado, de más de
cien toneladas, que únicamente se podría fabricar a pequeña escala. Con el fin
de despistar a los espías, este nuevo monstruo recibió el nombre de Ratón.
Porsche hizo suya la predilección de Hitler por lo superpesado y de vez en
cuando lo informaba de desarrollos paralelos del enemigo. En una ocasión Hitler
hizo llamar al general Buhle y le espetó:
—Acabo de enterarme de que existe un tanque enemigo
cuyo blindaje es muy superior al nuestro. ¿Tiene ya información al respecto? Si
es verdad, habrá que…, habrá que desarrollar un nuevo cañón antitanque. La
fuerza de percusión tiene que…, hay que agrandar el cañón, o alargarlo, lo que
sea, pero ¡hay que reaccionar enseguida! ¡Inmediatamente! [165]
El error fundamental consistía en que Hitler no
sólo se había hecho cargo del mando supremo de la Wehrmacht, sino también del
Ejército de Tierra y, con él, de su hobby de desarrollar
tanques. En circunstancias normales, estas cuestiones habrían sido debatidas
por oficiales del Estado Mayor, de la Dirección General de Armamentos del
Ejército y de la Comisión de Armamentos de la industria. El Comandante en Jefe
del Ejército de Tierra sólo habría intervenido en casos de extrema gravedad. No
era nada habitual que los oficiales expertos recibieran instrucciones que se
ocupaban hasta del último detalle y estas resultaban perniciosas, pues Hitler
los eximía de responsabilidades e instruía a sus oficiales para la
indiferencia.
Las decisiones de Hitler condujeron no sólo a que
hubiera muchos proyectos paralelos, sino también a problemas de
aprovisionamiento cada vez más difíciles de resolver. Era especialmente molesto
que Hitler no comprendiera la necesidad de las tropas de recibir suficientes
repuestos. [166] El inspector general de las tropas acorazadas, el
general Guderian, me dijo varias veces que una reparación rápida, que
requeriría mucho menos tiempo que fabricar tanques nuevos, haría que estuvieran
en funcionamiento más de los que podrían producirse a costa de las piezas de
recambio. Apoyado por mi jefe de sección Saur, Hitler insistió en que era
prioritario hacer tanques nuevos; sin embargo, arreglar los que estaban sólo
averiados habría permitido fabricar un 20% menos.
Alguna vez visité a Hitler con el capitán general
Fromm, en cuya jurisdicción, en su calidad de jefe del Ejército de Reserva, se
daban las anomalías descritas, con el fin de que le expusiera los argumentos de
las tropas. Fromm se expresaba con gran claridad, se mostraba firme y tenía
sentido de la diplomacia. Sentado con el sable entre las rodillas y la mano en
la empuñadura, todo él manifestaba energía, y aún hoy creo que, con su gran
capacidad, habría podido impedir más de un error en el cuartel general del
Führer. De hecho, su influencia aumentó después de algunas reuniones, pero
enseguida se hicieron perceptibles ciertas resistencias, tanto por parte de
Keitel, que veía amenazada su posición, como por la de Goebbels, que lo
presentó ante Hitler como un hombre en el que no se podía confiar
políticamente; el mismo Hitler chocó con él por una cuestión de avituallamiento
y, sin muchos rodeos, me dio a entender que no deseaba que Fromm me acompañara
más.
El punto central de muchas de las reuniones
mantenidas con Hitler lo constituía la definición del programa de armamentos
del Ejército de Tierra. El sostenía el siguiente punto de vista: cuanto más
exijo, más obtengo; el caso es que, para mi sorpresa, algunos programas que los
especialistas de la industria habían calificado de irrealizables se cumplieron
sobradamente. La autoridad de Hitler liberaba unas reservas que nadie tenía en
cuenta al hacer sus cálculos. De todos modos, a partir de 1944 sus órdenes eran
del todo utópicas; nuestros intentos de imponerlas en las fábricas dieron muy
poco rendimiento.
Me daba la impresión de que Hitler eludía con
frecuencia su responsabilidad militar refugiándose en aquellas larguísimas
reuniones sobre armamentos y producción bélica, que él mismo me dijo alguna vez
que le proporcionaban una distensión similar a la que encontraba antaño cuando
nos reuníamos para hablar de arquitectura. Les dedicaba muchas horas incluso en
situaciones apremiantes, a veces justo cuando sus mariscales o ministros
deseaban hablarle con urgencia.
Nuestras conferencias técnicas solían estar
vinculadas a la presentación de algún arma nueva en un campo cercano. Entonces
todos tenían que formar; el jefe del Alto Mando de la Wehrmacht, mariscal
Keitel, se situaba a la derecha y, cuando llegaba Hitler, lo informaba de los
nombres de los generales y técnicos presentes. Hitler daba gran valor a esta
ceremoniosa presentación, y subrayaba el carácter formal del acontecimiento al
emplear el coche oficial para recorrer los doscientos metros escasos que lo apartaban
del campo; yo debía tomar asiento en la parte posterior.
El grupo se disolvía tan pronto Keitel terminaba el
parte. Hitler pedía que le mostraran los detalles, subía al vehículo empleando
las escalerillas preparadas al efecto y proseguía sus discusiones con los
expertos. Muchas veces Hitler y yo opinábamos sobre los nuevos modelos con
observaciones elogiosas del tipo: « ¡Qué cañón tan elegante!». «¡Qué forma tan
bella tiene este tanque!». Esto era un ridículo retroceso a la terminología que
empleábamos al examinar juntos las maquetas arquitectónicas.
Durante una de estas inspecciones, Keitel tomó un
cañón antitanque de 7,5 cm por un mortero de campaña. Hitler pareció pasar por
alto este tropezón, pero se burló de él durante el camino de regreso:
— ¿Ha oído? Keitel y el antitanque. ¡Y eso que es
general de artillería!
En otra ocasión, la Luftwaffe había alineado el
gran número de variantes y modelos de su programa en un campo de aviación
cercano para que Hitler lo inspeccionara. Göering se había reservado el
privilegio de explicarle las características de cada avión. Su Estado Mayor le
había anotado en una chuleta el nombre de los aparatos, las condiciones de
vuelo y otros datos técnicos justo en el orden en que se estaban dispuestos,
pero uno de ellos no estaba en su sitio y Göering no lo sabía, por lo que, de
un humor espléndido y ateniéndose a la lista, dio explicaciones equivocadas a
partir del que faltaba. Hitler, que enseguida se dio cuenta del error, fingió
no haber notado nada.
* * * *
A fines de junio de 1942 leí en el periódico, como
cualquier otro, que había comenzado una nueva gran ofensiva en el Este. En el
cuartel general reinaba un gran entusiasmo. Todas las noches Schmundt, el
asistente en jefe de Hitler, informaba al personal civil del cuartel general
sobre el avance de las tropas por medio del gran mapa de la pared. Hitler
estaba eufórico. Una vez más había demostrado a sus generales, que le
desaconsejaron la ofensiva y le propusieron una táctica de defensa, que tenía
razón. También el capitán general Fromm parecía confiado, aunque al comenzar el
ataque me dijo que, dada la precariedad de nuestra situación, este constituía
un verdadero lujo.
El ala izquierda, situada al este de Kiev, se
alargaba cada vez más. Las tropas se aproximaban a Stalingrado. Se hicieron
grandes esfuerzos para posibilitar el tráfico ferroviario en los territorios
recién conquistados y enviar refuerzos.
Apenas tres semanas después de comenzar el
victorioso avance, Hitler se trasladó a un cuartel general avanzado, cerca de
la ciudad ucraniana de Vinnitsa. Como los rusos no mostraban actividad aérea y
esta vez el Oeste se hallaba demasiado lejos incluso para la habitual
suspicacia de Hitler, no exigió que se construyeran bunkers especiales y, en
vez de las típicas construcciones de hormigón, surgió una amable colonia de
bloques de viviendas dispersas por un bosque.
Mis vuelos al cuartel general me permitieron
recorrer el país; en una ocasión fui hasta Kiev. Mientras que inmediatamente
después de la Revolución de Octubre la arquitectura moderna rusa se había visto
influida por vanguardistas como Le Corbusier, May o El Lissitzky, a fines de
los años veinte y bajo la égida de Stalin se orientó hacia un estilo clasicista
y conservador. El edificio de congresos de Kiev, por ejemplo, podría haber sido
diseñado por un buen alumno de la École des Beaux Arts. Jugué con la idea de
averiguar quién era el arquitecto, con el fin de darle trabajo en Alemania.
Había un estadio clasicista adornado con atletas que seguían el modelo antiguo,
pero que, conmovedoramente, llevaban bañadores de medio cuerpo o de cuerpo
entero.
Hallé reducida a escombros una de las más famosas
iglesias de Kiev. Según me dijeron, un polvorín soviético alojado en ella había
volado por los aires. Más tarde supe por Goebbels que la iglesia había sido
destruida por orden del «comisario del Reich para Ucrania», Erich Koch, con el
fin de eliminar aquel símbolo del orgullo nacional ucraniano. Goebbels me lo
contó con disgusto: estaba escandalizado por el curso brutal que seguía la
ocupación de Rusia. De hecho, en aquella época Ucrania todavía estaba en paz y
se podía viajar sin escolta por sus extensos bosques, mientras que sólo medio
año después todo el territorio se había llenado de partisanos a causa de la
errónea política de los comisarios para el Este.
Otros viajes me llevaron al centro industrial de
Dniepropetrovsk. Lo que más me impresionó fue la ciudad universitaria en
construcción, que superaba cualquier escala alemana y daba una idea imponente
de la voluntad de la Unión Soviética de convertirse en una potencia técnica de
primer orden. También visité la central eléctrica de Zaporozhie, volada por los
rusos, en la que se montaron turbinas alemanas después de que un gran comando
de obreros tapara la brecha abierta en la presa por la explosión. Antes de retirarse,
los rusos interrumpieron el suministro de aceite a las máquinas mientras estas
se hallaban en marcha, por lo que se sobrecalentaron y terminaron convertidas
en un inútil montón de chatarra: una efectiva forma de destrucción que pudo
ejecutar un solo hombre moviendo una palanca. Más adelante, cuando Hitler
declaró su intención de transformar Alemania en un desierto, este recuerdo me
persiguió en mis horas de insomnio.
En el cuartel general, Hitler se atuvo a la
costumbre de comer en compañía de sus colaboradores más próximos; en la
Cancillería del Reich habían predominado los uniformes del Partido, y ahora lo
rodeaban los generales y oficiales de la plana mayor. Al contrario que la sala
lujosamente amueblada de la Cancillería, este comedor tenía más bien el aspecto
del restaurante de la estación de un villorrio. Paredes cubiertas de tablas,
ventanas como las de un barracón y una larga mesa para unas veinte personas, rodeada
de simples sillas. Hitler tomaba asiento cerca de la ventana, en el centro de
la larga mesa. Keitel se sentaba frente a él, y los dos lugares de honor, a la
izquierda y a la derecha de Hitler, estaban reservados a los visitantes, que
siempre eran distintos. Como en los viejos días de Berlín, Hitler hablaba
largamente de sus invariables temas favoritos y los comensales quedaban
degradados a la categoría de simples oyentes. Estaba claro que se esforzaba por
exponer sus ideas de la forma más impactante posible a aquel círculo, tan
alejado de él y, además, tan superior en su origen y formación. [167] De este modo, el nivel de las conversaciones de
sobremesa del cuartel general se distinguía ventajosamente del de la
Cancillería.
En las primeras semanas de ofensiva, durante la
comida comentábamos con animación nuestro rápido avance por las estepas de la
Rusia meridional, pero dos meses después los rostros fueron reflejando una
opresión creciente, y también Hitler comenzó a perder su seguridad.
Aunque nuestras tropas se adueñaron de los campos
petrolíferos de Maikop y la vanguardia acorazada luchó a orillas del Terek y
avanzó hasta el Volga meridional, cerca de Astracán, a través de una estepa sin
vías de comunicación, el avance perdía la velocidad de las primeras semanas.
Los refuerzos no podían llegar tan lejos y las piezas de repuesto con que
contaban las tropas se habían acabado hacía tiempo, por lo que los efectivos de
los combatientes se iban reduciendo cada vez más. Tampoco nuestra producción
mensual de armamentos respondía a las exigencias de una ofensiva que se
extendía por tan gigantescos espacios: entonces sólo fabricábamos una tercera
parte de los tanques y una cuarta parte de la artillería que lograríamos
producir en 1944. Por otra parte, aunque no se hallara resistencia, aquellos
grandes avances implicaban un extraordinario desgaste. El centro de pruebas de
Kummersdorf sostenía que cualquier tanque pesado que hubiera recorrido 600 u
800 kilómetros necesitaría alguna reparación.
Hitler no entendía nada. Con la intención de sacar
partido de la presunta debilidad del enemigo, quería forzar el avance de sus
exhaustas tropas por el sur del Cáucaso, hacia Georgia. Por consiguiente,
desvió buena parte de los efectivos de la vanguardia, ya muy debilitada, y
quiso que avanzaran hacia Sochi y que, tras rebasar Maikop, trataran de
alcanzar Sujumi, enclavada más al sur, moviéndose a lo largo de la estrecha
carretera de la costa. Ordenó llevar hacia allí al contingente principal; creía
que podría conquistar la región situada al norte del Cáucaso sin dificultad.
Pero las unidades estaban exhaustas. A pesar de las
órdenes de Hitler, no conseguían avanzar. Durante las reuniones para analizar
la situación, Hitler pudo ver fotografías aéreas de los impenetrables bosques
de nogales de Sochi. Halder, jefe del Estado Mayor, intentó convencerlo de que
la empresa que pretendía llevar a cabo en el sur fracasaría, pues los rusos
podían hacer intransitable durante mucho tiempo la carretera de la costa
mediante voladuras y, por otra parte, aquel camino era demasiado estrecho y no
permitía el paso de grandes unidades. Pero Hitler no se dejó impresionar:
— ¡Estas dificultades son superables, como todas!
Antes de nada tenemos que hacer nuestra la carretera. Entonces nos quedará
libre el camino hacia las estepas del sur del Cáucaso. Allí podremos asentar
tranquilamente a nuestras tropas e instalar puntos de aprovisionamiento.
Después, dentro de uno o dos años, lanzaremos una ofensiva contra el bajo
vientre del Imperio Británico. Liberar Persia e Irak no nos costará mucho, y
los indios acogerán con entusiasmo a nuestras divisiones.
Cuando en 1944 hicimos una criba en el ramo de la
imprenta para suspender los trabajos innecesarios, tropezamos en Leipzig con un
pedido del Alto Mando de la Wehrmacht de gran número de mapas de Persia y
manuales de conversación, que seguían imprimiéndose porque el encargo había
sido olvidado.
Ni siquiera a un profano le resultaba difícil darse
cuenta de que la ofensiva había alcanzado su límite logístico. Entonces llegó
la noticia de que un destacamento de las tropas alemanas de montaña había
conquistado la cima más alta del Cáucaso —el Elbrús, de 5.600 metros de altura,
rodeado de extensos glaciares—, en la que había clavado la bandera de guerra de
Alemania. Sin duda se trató de una operación innecesaria y, por otra parte, de
un alcance mínimo: [168] la aventura de unos alpinistas apasionados. Todos
nos mostramos comprensivos frente a una acción que, por lo demás, nos pareció
insignificante. Vi a Hitler rabioso a menudo, pero pocas veces llegó a estallar
como al recibir esta noticia. Vociferó durante horas, como si aquello hubiese
echado a perder todo su plan de campaña. Varios días después seguía maldiciendo
a aquellos «montañeros locos que deberían comparecer ante un consejo de
guerra», a los que en plena guerra se les había ocurrido perseguir su ambición
estúpida —opinaba Hitler, lleno de furor— y alcanzar una cima igualmente
estúpida, y eso a pesar de que había dado la orden de que todas las fuerzas se
concentraran en Sujumi. Así podíamos ver todos cómo se obedecían sus órdenes,
exclamaba.
Asuntos urgentes reclamaron mi presencia en Berlín.
Poco después fue relevado de su cargo el comandante en jefe de los ejércitos
del Cáucaso, a pesar de que Jodl lo defendió con energía. Cuando unos quince
días después regresé al cuartel general, Hitler se había enemistado con Keitel,
Jodl y Halder. No les daba la mano para saludarlos ni participaba en las
comidas comunes. Desde entonces y hasta el fin de la guerra se hizo servir la
comida en su bunker, al que ya sólo invitaba a algún elegido de vez en cuando.
Las relaciones de Hitler con el entorno militar se habían roto para siempre.
¿Se debía sólo al fracaso de una ofensiva en la que
había puesto tantas esperanzas? ¿O quizá, por primera vez, presentía un cambio
general? Puede que se mantuviera alejado de sus oficiales porque ya no se
habría sentado entre ellos como un triunfador, sino como un fracasado. Además,
seguramente se le habían agotado las ideas que exponía ante aquel círculo
extrayéndolas de su mundo de diletante, y a lo mejor también percibió que su
magia le había fallado por primera vez.
Hitler no tardó en tratar con más amabilidad a
Keitel, que, muy preocupado, lo había estado rondando varias semanas, mostrando
la máxima diligencia. Las aguas también volvieron a su cauce con Jodl, quien,
de acuerdo con su manera de ser, no había manifestado reacción alguna. Pero el
jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra, el capitán general Halder, tuvo
que marcharse. Halder era un hombre sereno e introvertido que posiblemente no
estaba a la altura del dinamismo vulgar de Hitler y siempre parecía algo
desamparado. Su sucesor, Kurt Zeitzler, era todo lo contrario: directo,
insensible y vocinglero. No respondía al tipo de militar capaz de pensar por sí
mismo y es posible que encarnara justo lo que quería Hitler: un «ayudante» de
confianza que, como le gustaba decir, «no pierda el tiempo reflexionando sobre
mis órdenes, sino que se ocupe de cumplirlas con decisión». Posiblemente por
eso no lo eligió entre los militares de alta graduación; Zeitzler tenía un
rango menor, y fue ascendido dos grados para ocupar su nuevo destino.
* * * *
Después del nombramiento del nuevo jefe del Estado
Mayor, Hitler me permitió asistir a las reuniones estratégicas que se
celebraban para analizar la situación, en las que al principio yo era el único
civil. [169] Podía tomármelo como una prueba especial de que
estaba satisfecho con mi trabajo, para lo que, desde luego, tenía todos los
motivos, dado el incremento incesante de las cifras de producción. Sin embargo,
no me habría dado ese permiso si hubiese temido que las objeciones o las
disputas mermaran su prestigio ante mí. La tormenta se había aplacado y Hitler
había vuelto a dominarse.
La «gran sesión» tenía lugar cada día alrededor de
las doce y solía durar de dos a tres horas. Hitler era el único que se sentaba
ante la gran mesa de mapas, en una sencilla butaca de mimbre. Alrededor de la
mesa, en pie, se situaban los oficiales del Alto Mando de la Wehrmacht, los del
Estado Mayor del Ejército de Tierra y los de enlace de la Aviación, de la
Marina, de las Waffen-SS y de Himmler; por lo general, se trataba de rostros
jóvenes y simpáticos, normalmente con el grado de comandante o coronel. Entre
ellos, sin ceremonia alguna, se situaban Keitel, Jodl y Zeitzler. A veces
también participaba Göering, quien, como distinción especial o a causa de su
corpulencia, se sentaba en un taburete acolchado al lado de Hitler.
Unas lámparas de oficina con largos brazos
extensibles iluminaban los mapas. En primer lugar se deliberaba sobre el frente
oriental. Se ponían ante Hitler tres o cuatro mapas del Estado Mayor formados
por varios pedazos, cada uno de ellos de unos 2,50 x 1,50 metros, en los que
figuraban los avances del día anterior, incluso las operaciones de
reconocimiento, y casi todas las indicaciones eran explicadas por el jefe del
Estado Mayor. Los mapas iban siendo desplazados fragmento a fragmento, de
manera que Hitler, que iba anotando las modificaciones respecto a la víspera,
tuviera siempre delante el sector del que se hablaba. La preparación diaria de
las conferencias, en las que se dedicaban una o dos horas al frente oriental y
bastante más rato a los acontecimientos importantes, si los había, representaba
un enorme esfuerzo para el jefe del Estado Mayor y sus oficiales, que tenían
cosas más importantes que hacer. Yo, profano en la materia, me asombraba al ver
cómo Hitler decidía objetivos, desplazaba divisiones o se ocupaba de uno u otro
detalle.
En tales ocasiones, al menos todavía en 1942,
parecía aceptar con calma los reveses graves; en todo caso, nunca manifestaba
reacciones extremas: trataba de mantener la imagen del jefe imperturbable.
Solía recalcar que su experiencia en las trincheras durante la Primera Guerra
Mundial lo había familiarizado más con los asuntos bélicos de lo que lo habría
hecho la escuela de altos mandos, con todos sus asesores militares. No hay duda
de que esto era cierto en algunos aspectos; sin embargo, muchos oficiales opinaban
que precisamente esta «perspectiva de trinchera» le impedía tener la visión
general que la jefatura requería, y que sus conocimientos de detalle, en su
caso los propios de un cabo, eran más bien un estorbo. El capitán general
Fromm, en el estilo lacónico que lo caracterizaba, decía que un civil podría
haber sido un comandante en jefe mucho mejor que un cabo que además nunca había
luchado en el Este, por lo que era incapaz de comprender los problemas
especiales que presentaba aquel frente.
Hitler procedía como un «zapatero remendón» de lo
más mezquino. A ello hay que añadir la desventaja de que los mapas sólo
permiten deducir de manera insuficiente la naturaleza del terreno. A principios
del verano de 1942 ordenó utilizar los primeros seis tanques Tigre,
de los que esperaba mucho, como siempre que aparecía un arma nueva. Nos
anticipó imaginativamente cómo los cañones antitanque rusos de 7,7 cm, que
perforaban el blindaje de nuestros Panzer IV incluso a gran distancia,
dispararían en vano proyectil tras proyectil, y cómo finalmente los Tigre terminarían
arrollando sus cañones. El Estado Mayor le hizo notar que el subsuelo pantanoso
que había a ambos lados de la carretera elegida imposibilitaría toda evolución
táctica de los tanques. Pero Hitler rechazó de plano esta objeción y se inició
el primer ataque de los Tigre. Todo el mundo esperaba ansioso el resultado y yo
también estaba un poco nervioso, pero la prueba general no llegó a producirse.
Los rusos dejaron tranquilamente que los tanques pasaran ante su puesto de
cañones antitanque y después dio de lleno al primero y al último en el costado,
donde el blindaje era más ligero. Los cuatro restantes quedaron inmovilizados
porque no podían avanzar ni retroceder, ni tampoco escapar por los lados a
causa del suelo pantanoso, y pronto estuvieron también fuera de combate. Hitler
no dijo nada sobre aquel fracaso total, ni entonces ni nunca.
El capitán general Jodl exponía la situación del
escenario occidental de la guerra, que entonces todavía se desarrollaba en
África, después del análisis del frente oriental. También aquí Hitler tendía a
entrometerse en todos los detalles. Rommel provocó en distintas ocasiones su
enojo, pues a veces se pasaba varios días facilitando informes muy vagos sobre
sus movimientos, es decir, encubriéndolos frente al cuartel general, para
después lucirse por sorpresa con una posición distinta. Hitler, que sentía un afecto
personal por Rommel, se lo toleraba, aunque a disgusto.
Jodl, en su calidad de jefe de la plana mayor de la
Wehrmacht, tendría que haber sido en realidad el coordinador de los distintos
escenarios bélicos, título que Hitler se había arrogado aunque no lo ejerciera,
por lo que Jodl en el fondo no tenía ninguna tarea definida. Con el fin de
tener al menos un campo de actividad, la plana mayor de la Wehrmacht se hizo
cargo de la dirección independiente de cada uno de estos escenarios, así que de
hecho había dos estados mayores y Hitler actuaba como árbitro entre ellos, cosa
que respondía al principio de la competencia al que ya he aludido varias veces.
Cuanto más crítica se volvía la situación, más duramente disputaban entre sí
los dos estados mayores para que se trasladaran más divisiones del Este al
Oeste, o viceversa.
Tras exponerse la situación del Ejército de Tierra,
de la Marina y aérea, se pasaba a informar concisamente sobre los sucesos de
las últimas veinticuatro horas, tarea de la que solía encargarse un oficial de
enlace o algún asistente del arma de que se tratara, aunque alguna vez lo hacía
el comandante en jefe correspondiente. Los ataques contra Inglaterra y los
bombardeos de las ciudades alemanas se trataban con brevedad, al igual que los
últimos éxitos en la guerra submarina. Hitler dejaba amplísima libertad a sus
comandantes en jefe para dirigir las batallas aéreas y navales y, al menos en
aquel tiempo, intervenía en ellas en contadas ocasiones y sólo como asesor.
Acto seguido, Keitel presentaba a Hitler algunos
documentos para que los firmara. Por lo general se trataba de «órdenes de
garantía», en parte temidas y en parte objeto de burla, que tenían el objeto de
cubrirlo a él o a otra persona de futuros reproches. En aquella época califiqué
este procedimiento de intolerable abuso de la firma de Hitler, puesto que de
ese modo adquirían forma de orden unas ideas e intenciones totalmente
incompatibles, lo que generaba un embrollo inextricable.
* * * *
La habitación donde tenían lugar aquellas reuniones
era relativamente pequeña, teniendo en cuenta que acudía a ellas bastante
gente, y por lo tanto el aire enseguida se viciaba, lo que a mí, como a la
mayoría, me adormecía. Había un dispositivo para renovar el aire, pero Hitler
opinaba que producía una «sobrepresión» que daba dolor de cabeza y lo embotaba,
y por eso sólo funcionaba antes y después de las reuniones. Por otra parte, la
ventana solía estar cerrada y las cortinas corridas aunque el tiempo fuera
excelente. Todo esto hacía que la atmósfera estuviera muy cargada.
Yo había esperado que durante las conferencias
estratégicas reinara un silencio respetuoso, y me sorprendió que los oficiales
a los que no les tocaba participar conversaran entre ellos, aunque lo hacían en
voz baja. También era frecuente que durante la reunión se formara un grupo en
el fondo que charlaba sin tener en cuenta la presencia de Hitler. Todas
aquellas conversaciones secundarias hacían que hubiera un murmullo continuo que
a mí me habría puesto nervioso, pero a Hitler sólo lo molestaba que las voces
subieran de tono, y bastaba que levantara la cabeza desaprobadoramente para que
el ruido disminuyera.
Más o menos desde otoño de 1942, había que tener
mucho cuidado si se querían manifestar opiniones contrarias a las de Hitler
respecto a asuntos de importancia durante aquellas reuniones. Aún permitía las
objeciones de terceras personas, pero no de los que pertenecían a su entorno
habitual. Cuando trataba de convencer a alguien, comenzaba a divagar y
procuraba generalizar tanto como podía. Apenas dejaba hablar a sus
interlocutores. Si en el transcurso de la discusión surgía un punto
controvertido, solía escurrirse con gran habilidad y el asunto quedaba
aplazado. Decía que los jefes militares no estaban dispuestos a ceder en
presencia de los oficiales de su plana mayor. Es posible que también contara
con sacar más partido de su magia personal y su poder de convicción en una
entrevista privada. Como por teléfono estas dos cualidades tenían menos efecto,
Hitler mostró siempre una manifiesta aversión a mantener discusiones
telefónicas importantes.
Además de la «gran sesión», después se celebraba
una «sesión de tarde» en la que un joven oficial del Estado Mayor se
entrevistaba a solas con Hitler y le exponía la evolución de las últimas horas.
A veces Hitler hacía que lo acompañara en ellas después de comer juntos. Sin
duda se mostraba mucho más relajado entonces que durante la «gran sesión». La
atmósfera resultaba mucho más respirable.
El entorno de Hitler tenía su parte de culpa en el
hecho de que este se convenciera cada vez más de que tenía facultades
sobrehumanas. Ya al mariscal Blomberg, el primer y último ministro de Guerra
del Reich de Hitler, se había dedicado a ensalzar su extraordinario genio
estratégico. Incluso alguien que tuviera una personalidad más controlada y
modesta que él habría perdido la capacidad de juzgarse a sí mismo a causa de
los continuos himnos de alabanza y de los atronadores aplausos que recibía.
Por su manera de ser, a Hitler le gustaba aceptar
consejos de personas que vieran las cosas aún con más optimismo e ilusión que
él. Ese solía ser el caso de Keitel. Siempre que Hitler adoptaba una resolución
que los oficiales aceptaban sin expresar asentimiento, sólo con un ostensible
silencio, Keitel trataba de apoyarlo con convicción. Siempre estaba cerca de él
y se había rendido por completo a su influencia. A lo largo de los años, este
general honorable y sólidamente burgués se había convertido en un criado
servil, hipócrita y sin instinto. En el fondo, a Keitel lo hacía sufrir su
propia debilidad. La inutilidad de iniciar cualquier discusión con Hitler lo
había llevado a prescindir de sus propias opiniones. Por otra parte, si las
hubiese defendido con firmeza, Hitler lo habría sustituido por otro Keitel.
Cuando, en 1943-1944, Schmundt, ayudante en jefe de
Hitler y jefe de personal del Ejército, intentó con muchos otros que Keitel
fuera sustituido por el enérgico mariscal Kesselring, Hitler contestó que no
podía prescindir de él, pues le era «fiel como un perro». Quizás Keitel fuera
la encarnación más perfecta del tipo de hombre que Hitler necesitaba a su lado.
También eran raras las ocasiones en que el capitán
general Jodl contradecía abiertamente a Hitler. Solía proceder de un modo
estratégico. Por lo general se guardaba sus propias opiniones, puenteando así
las situaciones difíciles, pero sólo para conseguir más tarde que Hitler
modificara su actitud, llegando incluso a hacer que rectificara resoluciones ya
adoptadas. Las palabras despectivas con que a veces aludía a Hitler demostraban
que había logrado conservar una visión relativamente clara de los acontecimientos.
Los subordinados de Keitel, como por ejemplo su representante, el general
Warlimont, difícilmente iban a tener más coraje que él. Al fin y al cabo,
Keitel no los defendía cuando Hitler los atacaba. En ocasiones, mediante
insignificantes adiciones que Hitler no acertaba a comprender, conseguían
revocar órdenes claramente contraproducentes. Bajo la dirección del sumiso y
dependiente Keitel, el Alto Mando de la Wehrmacht tenía que recurrir a toda
clase de rodeos para poder llegar a su meta.
Es posible que también cierto cansancio permanente
haya contribuido a la sumisión del generalato. El horario de trabajo de Hitler
no guardaba relación con la jornada habitual de trabajo del Alto Mando de la
Wehrmacht, lo que muchas veces impedía a sus componentes dormir a horas
regulares. Puede que esta clase de sobreesfuerzos desempeñe un papel más
importante del que se suele admitir, sobre todo cuando se exige un rendimiento
máximo a largo plazo. También en el trato privado tanto Keitel como Jodl daban
la impresión de estar siempre cansados. Con el fin de romper este círculo de
agotamiento, además de a Fromm quise introducir en el cuartel general también a
mi amigo el mariscal Milch, que ya me había acompañado en varias ocasiones con
el pretexto de exponer asuntos de la Central de Planificación. Algunas veces
salió bien y Milch pudo ganar terreno frente a Hitler con su plan de imponer un
programa de producción de cazas en lugar de la flota prevista de grandes
bombarderos. Pero entonces Göering le prohibió volver a presentarse en el
cuartel general.
Cuando me reuní con él a fines de 1942 en el
pabellón que se había construido para sus breves estancias en el cuartel
general, Göering me pareció exhausto. Disponía de sillones cómodos y no tenía
que sufrir una instalación tan espartana como la de Hitler en su bunker de
trabajo. Me dijo con voz apesadumbrada:
—Nos podremos dar por satisfechos si después de
esta guerra Alemania conserva las fronteras de 1933.
Aunque trató de corregir inmediatamente esta
observación con unas cuantas banalidades, tuve la impresión de que veía
acercarse la derrota, a pesar de la desfachatez con que siempre seguía la
corriente a Hitler.
Cuando llegaba al cuartel general del Führer,
acostumbraba retirarse unos minutos a su pabellón particular, mientras que
Bodenschatz, el general de enlace entre Hitler y Göering, abandonaba la reunión
estratégica para, según suponíamos, informar por teléfono a Göering de las
cuestiones más conflictivas. Un cuarto de hora después este entraba en la sala
y defendía con el mayor énfasis, sin necesidad de que se le invitara a hacerlo,
precisamente el mismo punto de vista que Hitler acababa de intentar imponer a
su generalato. Entonces Hitler miraba significativamente en derredor suyo y
decía:
— ¿Lo ven? El mariscal del Reich opina exactamente
lo mismo.
* * * *
La tarde del 7 de noviembre de 1942 acompañé a
Hitler en su tren especial a Munich; durante estos viajes, liberado de la
rutina del cuartel general, era más accesible a las prolijas discusiones sobre
asuntos armamentistas de carácter general. El tren disponía de radio, teletipo
y centralita telefónica. Jodl y algunos oficiales del Estado Mayor acompañaban
a Hitler.
El ambiente era tenso. Llevábamos ya un retraso de
muchas horas, pues en cada estación importante se hacía una larga parada para
conectar el cable telefónico a la red de los ferrocarriles y obtener así las
últimas noticias. Desde primera hora de la mañana, un impresionante convoy,
escoltado por una gran formación naval, estaba entrando en el Mediterráneo por
el estrecho de Gibraltar.
Años atrás, Hitler solía mostrarse al pueblo por la
ventanilla de su tren especial en cada parada. Sin embargo, ahora no deseaba
hacerlo, por lo que las cortinas que daban al andén se bajaban en cada
estación. Por la noche, cuando nos sentamos a cenar con Hitler a la mesa
ricamente servida del vagón comedor revestido de palisandro, ninguno de
nosotros se dio cuenta al principio de que en la vía contigua a la nuestra se
había detenido un tren de mercancías: desde los vagones de transporte de
ganado, las caras de los soldados alemanes que llegaban del Este derrotados,
hambrientos y heridos miraban fijamente la comida. Al alzar la vista, Hitler
vio la siniestra escena a dos metros de su ventana. Sin saludar, sin manifestar
la menor reacción, ordenó enseguida a su criado que bajara las cortinas. Así
fue como, en la segunda mitad de la guerra, terminó uno de los raros encuentros
de Hitler con simples soldados del frente entre los que él mismo se contaba
tiempo atrás.
En cada estación se comprobaba que el número de
unidades navales avistadas había aumentado. Se estaba iniciando una operación
sin igual. Por fin se terminó el paso del estrecho. Todos los barcos de los que
habían informado los aviones de reconocimiento navegaban ahora por el
Mediterráneo rumbo al Este.
—Es la operación de desembarco más grande de la
Historia —declaró Hitler con respeto, a pesar de que quizá se daba cuenta de
que se dirigía contra él.
La flota de desembarco se mantuvo al norte de las
costas de Argelia y Marruecos hasta la mañana siguiente.
Durante la noche, Hitler desarrolló varias
versiones distintas para explicar aquel enigmático comportamiento. En su
opinión, lo más probable era que se tratara de una gran maniobra para
fortalecer la ofensiva contra el apurado Afrika Korps; las unidades navales
debían de estarse concentrando para cruzar el canal entre Sicilia y África al
amparo de la oscuridad, que las protegería de los ataques de la aviación
alemana. O bien, y esto respondía mejor a su arriesgada visión de las
operaciones militares:
—El enemigo va a desembarcar esta misma noche en
Italia central. Ahí no topará con ninguna resistencia. No hay tropas alemanas,
los italianos echarán a correr, y así podrán separar el norte de Italia del
sur. ¿Qué será de Rommel entonces? Enseguida estará perdido. No le quedan
reservas y nosotros no podremos enviarle refuerzos.
Hitler se embriagaba con la posibilidad de planear
operaciones de gran envergadura, lo que le estaba negado hacía tiempo, y se
ponía más y más en la piel del enemigo:
—Yo ocuparía Roma inmediatamente y formaría allí un
nuevo Gobierno italiano. O, y esa sería la tercera posibilidad, desembarcaría
con esta gran flota en el sur de Francia. Siempre hemos sido demasiado
condescendientes. ¡Miren de qué nos sirve! Allí no hay fortificaciones ni
tropas alemanas. Es un error que no tengamos nada allí. ¡Naturalmente, el
gobierno de Pétain no va a ofrecer resistencia!
Parecía haber olvidado que aquella amenaza mortal
se dirigía contra él.
Las reflexiones de Hitler dejaban a un lado la
realidad. A él nunca se le habría ocurrido no vincular semejante operación de
desembarco a un gran golpe. Hacer aterrizar las tropas en posiciones seguras
desde las que se pudieran extender de un modo sistemático, no arriesgar más de
lo necesario: esta era una estrategia totalmente ajena a su manera de ser. Pero
sí tuvo algo claro aquella noche: el segundo frente empezaba a ser una
realidad.
Todavía recuerdo lo escandalizado que me sentí
cuando al día siguiente Hitler pronunció un gran discurso con ocasión del
aniversario de su fracasado golpe de Estado del año 1923. En vez de aludir a la
gravedad de la situación y hacer un llamamiento al pueblo alemán para que
extremara sus esfuerzos, se mostró banal, seguro de la victoria y lleno de
confianza:
—Son bien tontos —dijo apostrofando a nuestros
enemigos, cuyas operaciones seguía con cierto respeto el día anterior— si
piensan que algún día podrán destruir Alemania… Nosotros no vamos a caer; así
pues, caerán ellos.
A fines de otoño de 1942, Hitler constató
triunfante, durante una reunión estratégica:
—Los rusos envían a combatir a sus cadetes. [170] Es la prueba más segura de que están acabados. Uno
sólo sacrifica a sus futuros oficiales cuando ya no le queda nada más.
Unas semanas más tarde, el 19 de noviembre de 1942,
Hitler, retirado desde hacía unos días en el Obersalzberg, recibió las primeras
noticias de la gran ofensiva rusa de invierno, que conduciría, nueve semanas
después, a la capitulación de Stalingrado. [171] Fuertes contingentes soviéticos habían abierto
brecha en las posiciones que el ejército rumano defendía en Serafinov mediante
violentas descargas de la artillería. Al principio, Hitler trató de explicar y
minimizar la catástrofe hablando con menosprecio del valor combativo de sus
aliados, pero las tropas soviéticas no tardaron en derrotar también a las
divisiones alemanas. El frente comenzaba a desmoronarse.
Hitler se paseaba de un lado a otro de la gran sala
del Berghof diciendo:
—Nuestros generales están volviendo a cometer sus
viejos errores. Siempre sobrestiman la fuerza de los rusos. Según los informes
que llegan del frente, el enemigo no dispone de bastantes hombres. Su posición
es débil, ha perdido demasiada sangre. Pero, naturalmente, nadie quiere tener
en cuenta estos informes. Y además, ¡qué mala formación tienen los oficiales
rusos! No se puede contar con ellos para organizar ninguna ofensiva. ¡Nosotros
sabemos lo que hace falta para eso! A la corta o a la larga, se van a quedar
simplemente inmovilizados. Quemados por el esfuerzo. Entonces mandaremos allí a
unas cuantas divisiones de refresco que se ocuparán de poner orden.
Retirado en su montaña, Hitler no comprendía lo que
se le estaba viniendo encima. Sin embargo, tres días después, al ver que las
malas noticias no cesaban, se puso precipitadamente en camino hacia la Prusia
Oriental.
Unos días más tarde, en Rastenburg, pude ver en el
mapa del Estado Mayor que cubría el sector meridional, de Voronej a
Stalingrado, una extensión de 200 kilómetros marcada con gran cantidad de
flechas rojas que señalaban los movimientos ofensivos de las tropas soviéticas,
interrumpidas por pequeños círculos azules que designaban los reductos de
resistencia de las divisiones alemanas y aliadas. Stalingrado estaba rodeada de
círculos rojos. Preocupado, Hitler ordenó que unidades procedentes de todos los
demás sectores del frente y de los territorios ocupados se dirigieran a toda
prisa hacia allí. Y es que no había unidades de reserva, a pesar de que el
general Zeitzler, mucho antes de que el frente se derrumbara, había hecho
observar que las divisiones situadas en el sur de Rusia tenían que defender un
sector de inusual longitud, [172] por lo que no estarían en condiciones de resistir
un ataque a fondo de las tropas rusas.
Cuando Stalingrado ya estaba cercada, Zeitzler,
cuya cara enrojecida reflejaba falta de sueño, insistió enérgicamente en su
opinión de que el VI Ejército tenía que batirse en retirada hacia el Oeste.
Expuso con todo detalle que el avituallamiento de los sitiados era insuficiente
y se refirió a la falta de combustible, que impedía que los soldados que
luchaban entre las ruinas o en los campos nevados, a muchos grados bajo cero,
recibieran comida caliente. Hitler permaneció tranquilo y firme, como si quisiera
dar a entender que la excitación de Zeitzler se debía a una psicosis.
—La contraofensiva que he ordenado lanzar desde el
sur conseguirá levantar el sitio de Stalingrado, y la situación quedará
restablecida. No es la primera vez que nos las vemos con algo así, y al final
siempre hemos sabido imponernos.
Hitler ordenó que se estacionaran trenes de
refuerzo y de avituallamiento tras las tropas que se aprestaban a la
contraofensiva, con el fin de aliviar las penurias de los sitiados en cuanto se
levantara el cerco. Zeitzler contradijo a Hitler: las fuerzas destinadas a la
contraofensiva eran demasiado débiles. No obstante, si conseguían unirse a un
VI Ejército que se hubiera retirado hacia el Oeste, estarían en situación de
establecer nuevas posiciones más al sur. Hitler sostenía lo contrario, pero
Zeitzler no cedía. Ya llevaban más de media hora discutiendo cuando la
paciencia de Hitler llegó a su fin.
—Tenemos que conservar Stalingrado y basta. Tenemos
que hacerlo, es una posición clave. Si interrumpimos el tráfico por el Volga en
este punto, causaremos grandes dificultades a los rusos. ¿Cómo transportarán el
trigo desde el sur de Rusia hacia el norte?
No sonaba muy convincente; yo tuve más bien la
impresión de que Stalingrado era un símbolo para él. Sin embargo, por de pronto
la discusión terminó con estas palabras.
Al día siguiente, la situación había empeorado. Los
ruegos de Zeitzler eran más apremiantes. En la sala de reuniones reinaba un
ambiente opresivo, y el propio Hitler parecía abatido y agotado. Incluso llegó
a hablar de retirada, e hizo calcular de nuevo cuántas toneladas de vituallas
diarias hacían falta para mantener la fuerza combativa de aquellos más de
200.000 soldados.
Veinticuatro horas más tarde, el destino del
ejército sitiado quedó definitivamente decidido, pues en la sala de
conferencias hizo su aparición un Göering fresco y resplandeciente como un
tenor de opereta en el papel de mariscal victorioso del Reich. Hitler,
deprimido, con un tonillo suplicante en la voz, le preguntó:
— ¿Qué pasa con el abastecimiento de Stalingrado
desde el aire?
Göering se puso firmes y contestó solemnemente:
— ¡Mein Führer, le garantizo que el VI
Ejército, sitiado en Stalingrado, será abastecido desde el aire! ¡Puede confiar
en ello!
Según supe después por Milch, en realidad el Estado
Mayor de la Luftwaffe había dicho que el abastecimiento aéreo de los sitiados
era imposible. También Zeitzler expresó sus dudas al respecto; pero Göering le
contestó con aspereza que efectuar los cálculos necesarios era asunto de la
exclusiva competencia de la Luftwaffe. Ese día Hitler, que podía ser tan
concienzudo en cuestión de números, ni siquiera pidió explicaciones sobre cómo
se iba a disponer de los aviones necesarios. Las simples palabras de Göering lo
habían hecho revivir y recuperar su antigua decisión:
— ¡Pues entonces tenemos que conservar Stalingrado!
¡No tiene sentido seguir hablando de una retirada del VI Ejército! Perdería
todas sus armas pesadas y se quedaría sin fuerza de combate. ¡El VI Ejército se
quedará en Stalingrado! [173]
Aunque Göering sabía que el destino del ejército
sitiado en Stalingrado dependía de su palabra, el 12 de diciembre de
1942, [174] con motivo de la reinauguración de la destruida
Staatsoper de Berlín, nos invitó a la representación de Los maestros
cantores de Nüremberg de Richard Wagner. Tomamos asiento en el gran
palco del Führer vestidos de frac o con uniforme de gala. El
alegre argumento de la ópera contrastaba tanto con los acontecimientos del
frente que pasé mucho tiempo reprochándome haber aceptado la invitación.
Unos días después me encontraba de nuevo en el
cuartel general del Führer. Zeitzler informaba sobre las
vituallas y municiones que se habían suministrado al VI Ejército: sólo
constituían una ínfima parte de lo prometido. Aunque Hitler pedía continuamente
explicaciones a Göering, este encontraba siempre una salida: que el tiempo era
malo, que la niebla, las ventiscas o las nevadas habían impedido llevar a cabo
la operación; enviaría las cantidades prometidas en cuanto cambiara el tiempo.
Así pues, las raciones de comida en Stalingrado
tuvieron que reducirse todavía más. En el casino del Estado Mayor, Zeitzler se
hacía servir ostentosamente las mismas raciones que comían los soldados en el
frente, y adelgazó a ojos vistas. Al cabo de unos días, Hitler le dijo que
consideraba inadecuado que el jefe del Estado Mayor del Ejército desgastara los
nervios de todos con tales demostraciones de solidaridad y que debía proceder
de inmediato a alimentarse bien. A cambio, Hitler prohibió durante algunas
semanas que se sirviera champaña o coñac. El ambiente era cada vez más
opresivo; las caras se convertían en máscaras rígidas y muchas veces
permanecíamos juntos sin decir nada. Nadie quería hablar del gradual
hundimiento de un ejército que pocos meses antes aún era victorioso.
Pero Hitler siguió sintiéndose confiado, incluso
del 2 al 7 de enero, cuando volví a visitar el cuartel general dos semanas
después del fracaso de la contraofensiva con la que había esperado forzar el
cerco de Stalingrado y llegar con refuerzos hasta las tropas que estaban
sucumbiendo. Quizá, si se adoptaba la decisión de abandonar el cerco, aún
quedara una pequeña esperanza.
Uno de esos días presencié, en la habitación que
había junto a la sala de reuniones, cómo Zeitzler prácticamente suplicaba a
Keitel que lo apoyara ante Hitler para que diera la orden de retirada. Insistió
en que era la última oportunidad de evitar una terrible catástrofe. Keitel le
dio la razón y le prometió que le prestaría su ayuda, pero durante la reunión,
cuando Hitler insistió en la necesidad de no abandonar Stalingrado, Keitel se
dirigió emocionado a él y, señalando en el mapa el pequeño resto de la ciudad
destruida, rodeada por gruesos círculos rojos, exclamó:
— ¡Mein Führer, esto lo conservaremos!
En aquella situación desesperada, el 15 de enero de
1943 Hitler dio al mariscal Milch un poder especial que lo facultaba para
adoptar, tanto respecto a la aviación militar como a la civil, todas las
medidas que considerara necesarias para el abastecimiento de Stalingrado sin la
intervención de Göering. [175] Yo llamé a Milch por teléfono varias veces porque
me había prometido salvar a mi hermano, que estaba con los sitiados. Sin
embargo, dada la confusión general, fue imposible localizarlo. Nos llegaban
cartas desesperadas: tenía ictericia y las extremidades inflamadas y lo habían
llevado a la enfermería, pero no pudo soportar quedarse allí y se reunió a
rastras con sus camaradas en el puesto de observación de artillería. No
volvimos a saber nada de él. A cientos de miles de familias les ocurrió lo
mismo que a mis padres y a mí, y siguieron recibiendo cartas por vía aérea
desde la ciudad durante un tiempo, antes de que todo terminara. [176] Hitler nunca dijo ni una palabra sobre aquella
catástrofe, cuyos únicos responsables eran Göering y él. Por el contrario,
ordenó que se creara enseguida un nuevo VI Ejército con el que recuperar la
gloria del que había desaparecido.
Capítulo XVIII
Intrigas
En invierno de 1942, durante la crisis de
Stalingrado, Bormann, Keitel y Lammers acordaron estrechar el círculo que
rodeaba a Hitler. Las disposiciones que tuviera que firmar el jefe del Estado
sólo podrían serle presentadas a través de uno de ellos tres, con el fin de
frenar la confusión que creaba la irreflexiva firma de decretos
contradictorios. A Hitler le bastaba con saber que la última decisión sería
suya. En el futuro, las distintas peticiones debían ser «previamente
esclarecidas» por este comité de tres hombres. Hitler confiaba en recibir
información objetiva y en que se trabajara de forma imparcial.
El triunvirato se repartía las distintas esferas.
Keitel, que debía ocuparse de las disposiciones relacionadas con la Wehrmacht,
fracasó desde el mismo comienzo, pues los comandantes en jefe de la Luftwaffe y
la Marina se negaron enérgicamente a someterse a su tutela. Los asuntos que
tuvieran que ver con los Ministerios, las cuestiones de derecho político y los
asuntos administrativos debían pasar por las manos de Lammers, quien con el
tiempo tuvo que ir dejando estas cuestiones en manos de Bormann, pues este no
le daba ocasión de hablar con Hitler con la frecuencia necesaria. En cuanto al
propio Bormann, se había reservado la exposición de lo que tuviera que ver con
la política interior, para lo que no sólo le faltaba inteligencia, sino también
contacto con el mundo exterior. Hacía más de ocho años que era la sombra
permanente de Hitler; jamás se había atrevido a emprender viajes oficiales de
cierta duración o a tomarse unas vacaciones, temiendo que su influencia
disminuyera. Desde la época en que estuvo a las órdenes de Hess sabía que los
lugartenientes ambiciosos constituían un peligro. Además, Hitler tendía a
encomendar alguna misión a los segundos en cuanto le eran presentados, y los
trataba como si pertenecieran a su plana mayor. Esta peculiaridad no se debía
tan sólo a su afán de dividir el poder, sino que también le gustaba ver caras
nuevas y ponerlas a prueba. Para evitar una competencia semejante en su propia
casa, más de un ministro cauteloso evitaba nombrar a un lugarteniente
inteligente y enérgico.
La intención de cercar a Hitler, filtrar sus
fuentes de información y mantener su poder bajo control habría podido alterar
el principio de «gobierno de un solo hombre» de Hitler si los miembros del
triunvirato hubiesen tenido iniciativa, imaginación y sentido de la
responsabilidad. Sin embargo, educados para actuar siempre en nombre de Hitler,
dependían como esclavos de su voluntad. Por lo demás, Hitler pronto dejó de
atenerse a este arreglo, que se le hizo molesto y que, además, era contrario a
su naturaleza. Con todo, resulta comprensible que aquel círculo irritara y
debilitara a quienes se encontraban fuera de él.
En realidad, sólo Bormann consiguió una posición
clave que podía resultar peligrosa para los altos jefes del Partido. Respaldado
por la aquiescencia de Hitler, Bormann decidía qué civil tendría una audiencia
con él; o, mejor dicho, cuál no la tendría. Casi ningún ministro, jefe nacional
o regional podía acceder a Hitler; todos exponían sus problemas a través de
Bormann. Este trabajaba con gran rapidez, y por lo general el ministro
interesado recibía en pocos días una respuesta escrita que, de otro modo, habría
tenido que esperar durante meses. Yo constituía una excepción. Como mi
jurisdicción era militar, podía ver a Hitler siempre que quería. Eran sus
asistentes militares quienes fijaban la fecha de mis audiencias.
A veces, después de mis entrevistas con Hitler,
Bormann entraba en el gabinete con sus expedientes tras ser anunciado de manera
informal por el asistente de servicio. Exponía en pocas palabras, de forma
monótona y aparentemente objetiva, el contenido de los memorándum que había
recibido, y acto seguido proponía la solución. Hitler solía limitarse a asentir
con un breve «de acuerdo». Estas dos palabras bastaban a Bormann para ejecutar
instrucciones de gran complejidad, incluso cuando Hitler se había expresado de
una forma que no comprometía a nada. De esta manera, bastaba media hora de
trabajo para adoptar diez o más resoluciones importantes. De hecho, era Bormann
quien llevaba la dirección de los asuntos internos del Reich. Unos meses más
tarde, el 12 de abril de 1943, Bormann consiguió que Hitler firmara un escrito
de apariencia irrelevante: fue nombrado «secretario del Führer».
Mientras que hasta entonces, en un sentido estricto, su autoridad debería
haberse limitado a los asuntos del Partido, su nueva posición lo facultaba para
actuar oficialmente en cualquier campo.
* * * *
Después de mis primeros grandes éxitos en la
producción de armamento, el enojo que Goebbels me había mostrado tras su affaire con
Lida Baarova fue sustituido por la benevolencia. En verano de 1942 le pedí que
empleara en mi favor su aparato de propaganda: los noticiarios semanales, las
revistas ilustradas y los periódicos fueron instados a hacer reportajes que
acrecentaron mi prestigio. Un gesto del Ministerio de Propaganda me había
convertido en una de las personalidades más conocidas del Reich, lo que ayudaba
a mis colaboradores en sus roces cotidianos con los departamentos estatales y
del Partido.
Sería erróneo pensar que el fanatismo rutinario de
los discursos de Goebbels procedía de un hombre de sangre ardiente y de gran
temperamento. En realidad era un trabajador eficiente, de una exactitud
minuciosa en la ejecución de sus ideas, pero que no por ello perdía la visión
de conjunto. Tenía el don de aislar los problemas de las circunstancias que los
rodeaban, por lo que estaba en situación —así me lo parecía entonces— de
formarse un juicio objetivo. Esta impresión no sólo me la transmitía su cinismo,
sino también el trasfondo lógico de sus ideas, en el que se traslucía su
formación universitaria. Sólo ante Hitler se mostraba extremadamente cohibido.
Goebbels no había manifestado ambición alguna en la
primera fase de la guerra. Al contrario, ya en 1940 había declarado tener
intención de dedicarse a sus diversas aficiones privadas después de la victoria
final, ya que entonces sería la siguiente generación la que debería encargarse
de todo.
En diciembre de 1942, la catastrófica situación lo
llevó a invitar con frecuencia a tres de sus colegas: Walter Funk, Robert Ley y
yo. Una típica elección suya, pues los tres éramos hombres de cumplida
formación universitaria.
Stalingrado nos había conmocionado; no sólo por la
tragedia ocurrida al VI Ejército, sino por la pregunta de cómo había podido
producirse aquella catástrofe bajo el mando de Hitler. Hasta entonces, cada
derrota se había visto compensada por una victoria que hacía olvidar todos los
errores, pérdidas o fracasos, pero ahora habíamos sufrido por primera vez una
derrota absoluta.
Durante una de las conversaciones que mantuvimos a
comienzos de 1943, Goebbels opinó que los grandes éxitos militares obtenidos al
principio de la guerra nos habían permitido no adoptar más que medidas
parciales en el interior del país y creer que podíamos seguir victoriosos sin
mayores esfuerzos. Los ingleses, en cambio, habían tenido más suerte, pues la
derrota de Dunkerque, ocurrida en los primeros momentos de la guerra, les había
permitido justificar una limitación radical de las exigencias civiles. ¡Stalingrado
era nuestro Dunkerque! La guerra ya no se podía ganar limitándonos a mantener
el buen humor de la población.
Para apoyar esta opinión, Goebbels se remitía a los
informes que le facilitaba su ramificadísimo aparato, que hablaban de la
inquietud y desaliento de la gente. Esta exigía la renuncia a todos los lujos
de los que no pudiera beneficiarse también el pueblo. Por otra parte, no sólo
se percibía una gran disposición a someterse a los más arduos esfuerzos, sino
que las restricciones perceptibles eran necesarias para que el pueblo volviera
a confiar en sus mandos.
También la producción de armamentos requería
grandes sacrificios. Hitler no sólo exigía que aquella siguiera en aumento,
sino también que, para compensar las espantosas pérdidas sufridas en el frente
oriental, se incorporaran a la Wehrmacht 800.000 jóvenes, [177] lo que comportaría una reducción de la plantilla de
trabajadores y haría mayores las dificultades que ya afrontaban las fábricas.
Por otra parte, los ataques aéreos demostraron que
la vida proseguía con normalidad en las ciudades más afectadas. Es más, la
recaudación de impuestos apenas disminuyó a pesar de que los bombardeos
destruyeron todos los documentos de la Hacienda pública. Basándome en el
sistema de auto responsabilización de la industria, propuse confiar en la gente
en vez de desconfiar de ella, lo que nos permitiría reducir el número de
oficinas administrativas y de inspección, en las que trabajaban casi tres
millones de personas. Se discutieron planes para que los contribuyentes
estimaran ellos mismos sus impuestos, por ejemplo estableciéndolos en un
porcentaje fijo del salario. Dado que la guerra consumía mensualmente miles de
millones de marcos, ¿qué importancia —argumentábamos Goebbels y yo— tenía que
la falta de honradez de algunos individuos pudiera sustraer al Estado cien
millones más o menos?
Aún causó más revuelo mi propuesta de equiparar la
jornada laboral de todos los funcionarios a la de los trabajadores de la
industria armamentista, con lo que unos 200.000 empleados de la administración
podrían dedicarse a producir armamento. Además, pretendía liberar a otros cien
mil reduciendo drásticamente el nivel de vida de las clases superiores. En
aquellos días expuse con extraordinaria dureza, en una sesión de la Central de
Planificación, las consecuencias de mis radicales iniciativas:
—Hablando en plata, estas propuestas significan que
mientras dure la guerra, y aunque dure mucho, vamos a proletarizarnos. [178]
Hoy me satisface no haber logrado imponerme: en
caso contrario, en los primeros meses de la posguerra Alemania habría tenido
que enfrentarse también a una economía nacional debilitada y a una
Administración desorganizada. Pero también estoy convencido de que en
Inglaterra, por ejemplo —en la misma situación—, estas ideas habrían sido
llevadas a la práctica de forma consecuente.
* * * *
Hitler había dado una aprobación más bien vacilante
a nuestro plan para simplificar la Administración, restringir el consumo y
limitar las actividades culturales. Sin embargo, mi intento de que esta misión
fuera encomendada a Goebbels fracasó gracias al siempre vigilante Bormann, que
temía un aumento de poder de su ambicioso rival, y se nombró para ello al
doctor Lammers, aliado suyo en el triunvirato, que era un funcionario sin
iniciativa ni imaginación al que se le ponían los pelos de punta ante semejante
desprecio por la burocracia, a sus ojos imprescindible.
Fue también Lammers quien sustituyó a Hitler en la
presidencia de las sesiones del Gabinete, que volvieron a celebrarse a partir
de enero de 1943. No se convocaba a ellas a todos los miembros del Gobierno,
sino sólo a los que tenían que ver con el orden del día. El lugar en que se
celebraban, la sala de sesiones del gabinete del Reich, demostraba bien a las
claras el poder que había conseguido, o se había atribuido, el triunvirato.
Las sesiones eran muy controvertidas: Goebbels y
Funk apoyaban mis ideas radicales, mientras que el ministro del Interior Frick
y el propio Lammers formulaban los reparos que eran de esperar. Sauckel declaró
sin más que él podía proporcionar tantos trabajadores como se le pidieran, así
como especialistas extranjeros. [179] Ni siquiera cuando Goebbels reclamó que los
dirigentes del Partido renunciaran a su nivel de vida, de lujo casi ilimitado,
consiguió cambiar nada. Y Eva Braun, de ordinario tan reservada, hizo actuar a
Hitler cuando oyó decir que se quería prohibir que las mujeres se hicieran la
permanente y paralizar la producción de cosméticos. Hitler enseguida se sintió
inseguro: recomendó que, en lugar de la prohibición absoluta, se procediera a
una discreta «interrupción del suministro de tintes para el cabello y otros
productos de belleza», así como a la «paralización de las reparaciones de los
aparatos utilizados para hacer la permanente». [180]
Después de algunas reuniones del Gabinete, Goebbels
y yo vimos con claridad que no podíamos esperar que la producción de armamentos
se viera activada por Bormann, Lammers o Keitel; nuestros esfuerzos se habían
atascado en los detalles sin importancia.
* * * *
El 18 de febrero de 1943, Goebbels pronunció su
discurso sobre la «guerra total». No habló sólo a la población, sino también,
indirectamente, a las capas dirigentes, que no estaban dispuestas a unirse a
nuestros esfuerzos por recurrir de forma radical a todas las reservas de la
nación. En el fondo, se trataba de poner a Lammers y a los demás bajo la
presión de la calle.
Sólo había tenido ocasión de ver a un público tan
excitado en los mejores actos de Hitler. De nuevo en su casa, Goebbels, para mi
asombro, fue analizando el efecto psicológico de sus aparentes explosiones de
emoción, como podría haberlo hecho un actor consumado. Aquella noche se mostró
satisfecho con su auditorio.
— ¿Se ha dado usted cuenta? —me preguntó—.
Reaccionaban al más leve matiz y aplaudían justo en el momento adecuado. Ha
sido el público políticamente mejor formado que se pueda encontrar en Alemania.
Las organizaciones del Partido habían reunido,
entre otros, a intelectuales y actores populares, como Heinrich George, cuyas
entusiásticas reacciones debían impresionar al pueblo cuando se transmitieran
en los noticiarios. Pero el discurso también tenía un objetivo de política
exterior, complementando el pensamiento militar de Hitler. Goebbels creyó que
con su discurso había emitido un impresionante llamamiento a las naciones
occidentales, a las que invitó a recordar el peligro que representaba para Europa
entera la amenaza del Este. Unos días después se declaró muy satisfecho al
comprobar que la prensa occidental comentaba precisamente estas frases de
manera aprobadora.
Goebbels abrigaba en aquella época la ambición de
llegar a ministro de Asuntos Exteriores. Intentó, con toda su elocuencia,
predisponer a Hitler contra Ribbentrop, y al principio pareció tener éxito. Al
menos Hitler escuchó en silencio sus explicaciones sin desviar, como solía, la
conversación hacia temas menos desagradables. Goebbels ya se creía cerca del
triunfo cuando Hitler comenzó inesperadamente a elogiar el magnífico trabajo de
Ribbentrop y su habilidad para negociar con los «aliados», y terminó afirmando
de forma terminante:
—Tiene usted un concepto muy equivocado de
Ribbentrop. Es uno de los hombres más grandes que tenemos, y llegará el día en
que la Historia lo situará por encima de Bismarck. Es más grande que Bismarck.
Al mismo tiempo, prohibió a Goebbels que continuara
extendiendo sus tentáculos hacia Occidente como había hecho en su discurso del
Palacio de Deportes.
No obstante, a aquel discurso lo siguió un gesto
que contó con el aplauso del pueblo: Goebbels hizo cerrar todos los
restaurantes de lujo y los lugares de esparcimiento más caros de Berlín.
Göering acudió enseguida a proteger su restaurante favorito, el Horcher; pero
cuando aparecieron algunos manifestantes enviados por Goebbels, dispuestos a
destrozar los cristales del establecimiento, tuvo que ceder. El asunto originó
una grave desavenencia entre ellos.
* * * *
La noche después de que pronunciara su discurso
sobre la guerra total hubo muchas personalidades de visita en casa de Goebbels,
un palacio que había hecho levantar, poco antes de comenzar la guerra, cerca de
la Puerta de Brandemburgo. Entre ellos se hallaban el mariscal Milch, el
ministro de Justicia Thierack, el subsecretario del Interior Stuckart y el
subsecretario Körner, además de Funk y Ley. Allí se discutió por primera vez
una propuesta de Milch y mía: emplear los poderes de Göering como «presidente del
Consejo de Ministros para la defensa del Reich» para fortalecer la política
interior.
Nueve días después, Goebbels nos invitó de nuevo a
Funk, Ley y a mí. El descomunal edificio, con su costosa decoración, causaba
ahora una impresión sombría, porque, para predicar con el ejemplo en la «guerra
total», Goebbels había hecho cerrar los grandes salones destinados a fines de
representación y quitar la mayoría de las bombillas del resto de salas y
habitaciones. Se nos invitó a entrar en una de las salas más pequeñas, de entre
cuarenta y cincuenta metros cuadrados. Criados vestidos de librea sirvieron
coñac francés y té; luego, Goebbels les indicó que nos dejaran solos.
—Las cosas no pueden seguir así —empezó—. Nosotros
estamos en Berlín, Hitler no se entera de lo que tenemos que decir sobre la
situación, y yo no puedo influir en él; ni siquiera puedo exponerle las medidas
más urgentes que deben tomarse. Todo pasa a través de Bormann. Tenemos que
hacer que Hitler venga a Berlín más a menudo.
Goebbels siguió diciendo que la política interior
se le había escapado completamente de las manos. Ahora la dominaba Bormann, un
hombre que sabía dar a Hitler la sensación de que era él quien seguía llevando
las riendas. A Bormann sólo lo movía la ambición, era doctrinario y un gran
peligro para toda evolución sensata. En primer lugar había que disminuir su
influencia.
Muy en contra de su costumbre, Goebbels ni siquiera
excluyó a Hitler de sus constataciones críticas:
— ¡No sólo tenemos una «crisis de jefatura», sino,
en sentido estricto, una «crisis del Führer»! [181]
Para él, político nato, era incomprensible que
Hitler hubiera abandonado la política, un instrumento tan importante, para
ocuparse de ejercer el mando respecto al desarrollo de la guerra, una función
en el fondo trivial. Nosotros no pudimos más que asentir; ninguno de los
presentes se podía comparar con Goebbels en cuanto a peso político. Su crítica
ponía de manifiesto lo que significaba realmente Stalingrado. Goebbels había
comenzado a dudar de la buena estrella de Hitler y, por consiguiente, de la victoria…,
y nosotros con él.
Repetí mi propuesta de hacer que Göering
desempeñara la función que se había previsto para él al comienzo de la guerra.
De hacerlo, habría dispuesto de plenos poderes; incluso tenía el derecho de
promulgar leyes sin el consentimiento de Hitler. Con su ayuda podríamos
quebrantar la posición de poder de Bormann y Lammers, quienes no tendrían más
remedio que someterse a esta instancia, lo que abriría grandes posibilidades.
Pero como Göering y Goebbels estaban enemistados por el incidente del
restaurante Horcher, [182] los presentes me pidieron que fuera yo quien
hablara con él.
La elección de este hombre, que llevaba años
vegetando en la apatía y el lujo, puede resultar sorprendente para el
observador actual, teniendo en cuenta que aquel constituía un último intento de
movilizar todas nuestras fuerzas. Pero es que Göering, que no había sido
siempre así, conservaba la fama de ser el hombre enérgico e inteligente, aunque
violento, que en su día organizó la Luftwaffe y el Plan Cuatrienal. Yo no
excluía que Göering, espoleado por una misión, pudiera recuperar algo de su
antigua energía irreflexiva. Y si no, pensábamos, el Consejo de Ministros para
la Defensa del Reich era el instrumento que nos permitiría adoptar decisiones
radicales.
Sólo ahora, al echar una mirada retrospectiva, me
doy cuenta de que una merma del poder de Bormann y Lammers apenas habría
modificado nada, pues el cambio de rumbo a que aspirábamos no se habría podido
conseguir derribando a los secretarios, sino actuando contra el propio Hitler,
y eso quedaba fuera de lo imaginable. Por el contrario, es probable que
nosotros —en el caso de que hubiéramos recuperado nuestras posiciones,
amenazadas por Bormann— estuviéramos dispuestos a seguir a Hitler de forma aún
más incondicional que el intrigante Bormann y que Lammers, en nuestra opinión
demasiado precavido. El hecho de que diéramos importancia a diferencias mínimas
no hace sino poner de manifiesto la estrechez del mundo en que nos movíamos
todos.
Con aquella acción abandoné por primera vez la
reserva en que me mantenía por mi condición de técnico y me mezclé en política.
Siempre había tenido mucho cuidado en evitar ese paso, y cuando lo di me di
cuenta de que me había engañado a mí mismo pensando que podía dedicarme
exclusivamente a mi trabajo. En un sistema autoritario, y siempre que uno
quiera seguir perteneciendo a la esfera del poder, resulta inevitable acabar
tomando partido.
* * * *
Göering estaba en su casa de veraneo del
Obersalzberg. Supe por Milch que se había retirado a pasar unas largas
vacaciones, molesto por los duros reproches que Hitler le había dirigido a
causa de su forma de dirigir la Luftwaffe. Se mostró dispuesto a recibirme
enseguida y al día siguiente, 28 de febrero de 1943, me entrevisté con él.
Hablamos durante varias horas en un ambiente
distendido y, dentro del marco íntimo de aquella casa relativamente pequeña,
bastante informal. Me parece curioso que se me haya quedado grabada en la
memoria la sorpresa que me causó verle las uñas pintadas de un color rojizo y
la cara ostensiblemente maquillada. En cuanto al descomunal broche de rubíes
que adornaba su bata de terciopelo verde, ya estaba acostumbrado a verlo.
Göering escuchó con calma nuestra propuesta y mi
informe sobre la conversación que habíamos mantenido en Berlín. Mientras tanto,
sacaba a veces unas piedras preciosas sin montar de su bolsillo y jugueteaba
con ellas. Pareció alegrarle que hubiéramos pensado en él. Estuvo de acuerdo en
que la forma de actuar de Bormann era peligrosa y se mostró conforme con
nuestros planes. Aunque seguía enojado con Goebbels, le propuse que lo invitara
para seguir hablando de nuestro plan.
Al día siguiente Goebbels se trasladó a
Berchtesgaden, donde lo informé del resultado de la entrevista. Fuimos juntos a
ver a Göering y me retiré, y entonces estos dos hombres, entre los cuales
siempre había existido tirantez, pudieron desahogarse. Cuando se me invitó a
entrar de nuevo, encontré a Göering frotándose las manos de contento al pensar
en la lucha que se avecinaba y mostrando su faceta más encantadora. Lo primero
que tenía que hacer, dijo, era constituir el Consejo de Ministros para la Defensa
del Reich. Goebbels y yo formaríamos parte de él. También se habló de la
necesidad de sustituir a Ribbentrop: el ministro de Asuntos Exteriores, que era
quien tenía que conseguir que Hitler adoptara una política sensata, era sólo un
simple portavoz suyo, por lo que no estaba capacitado para dar una salida
política a la complicada situación militar en que nos encontrábamos.
Goebbels, cada vez más excitado, prosiguió:
—En cuanto a Lammers, el Führer lo
ha calado tan poco como a Ribbentrop.
— ¡Siempre se entromete en todo!—saltó entonces
Göering—. ¡Pero eso se va a acabar! ¡Yo mismo voy a ocuparme de ello, señores!
Aunque Goebbels disfrutaba a las claras con el
enojo de Göering y procuraba enardecerlo, al mismo tiempo temía la impulsividad
del mariscal del Reich, torpe en cuestiones estratégicas:
—Cuente con ello, señor Göering; haremos que
el Führer se dé cuenta de quiénes son en realidad Bormann y
Lammers. Pero tampoco debemos exagerar. Tenemos que proceder despacio. Ya
conoce usted al Führer. —Y agregó, cauteloso: —De ningún modo
debemos hablar con demasiada claridad a los demás miembros del Consejo de
Ministros. Es mejor que no sepan que nos proponemos bloquear poco a poco al
triunvirato. Simplemente seremos unos aliados leales al Führer, sin
ninguna ambición personal. Pero si cada uno de nosotros habla del otro en
términos positivos ante el Führer, podremos levantar una sólida
muralla a su alrededor.
Durante el viaje de regreso, Goebbels se mostró muy
contento.
— ¡Lo conseguiremos! ¿No le parece que Göering está
de lo más animado?
Tampoco yo había visto a Göering tan fresco,
decidido y osado en los últimos años. Durante el largo paseo que dimos por el
pacífico Obersalzberg, Göering y yo hablamos de Bormann. Le declaré
abiertamente que a lo que aspiraba era a suceder a Hitler y que no retrocedería
ante ningún medio para ponernos a todos fuera de combate, y le conté que no
dejaba escapar la menor ocasión de socavar el prestigio del mariscal del Reich.
Göering me había estado escuchando con una tensión creciente. Le hablé también
de las tertulias del Obersalzberg, de las que él estaba excluido. Le dije que
allí había podido observar muy de cerca la táctica de Bormann:
Nunca hacía ataques directos, sino que iba
intercalando con cautela pequeños sucesos que sólo resultaban efectivos en
conjunto. Así, por ejemplo, Bormann, para perjudicar a Schirach, contaba
anécdotas negativas sobre él a la hora del té, pero evitaba cuidadosamente
unirse a las observaciones con que Hitler le respondía. Al contrario, a
continuación estimaba más prudente aplaudirlo, aunque la índole de sus elogios
tenía que provocar a la fuerza un cierto disgusto en Hitler. Al cabo de un año,
Bormann había conseguido que Hitler rechazara a Schirach y que muchas veces le
mostrara una franca hostilidad. Entonces —cuando Hitler no estaba presente—
podía avanzar despectivamente un paso más y afirmar, como sin dar importancia a
sus palabras, de las que se servía como de un arma destructiva, que resultaba
muy adecuado que Schirach estuviera en Viena, donde todos intrigaban contra
todos. Finalmente, añadí que Bormann iba minando del mismo modo el nombre de
Göering.
Es verdad que en eso Bormann lo tenía fácil, pues
Göering daba motivos de crítica más que suficientes. Por aquellos días el
propio Goebbels, disculpándolo un poco, aludió a sus «ropajes barrocos», que
podían parecer cómicos a quien no lo conociera. Por otra parte, Göering tendía
a olvidar sus propios fallos como comandante en jefe de la Luftwaffe. Mucho más
tarde —en la primavera de 1945—, cuando Hitler ofendió con su desprecio al
mariscal del Reich ante todos los asistentes a una reunión estratégica, Göering
le dijo a Below, el asistente de Hitler en la Luftwaffe:
—Speer tenía toda la razón. Bormann ya lo ha
conseguido.
Pero Göering estaba equivocado: Bormann lo había
conseguido ya en la primavera de 1943.
Unos días después, el 5 de marzo de 1943, me dirigí
en avión al cuartel general para tratar algunas cuestiones de armamento, aunque
mi objetivo principal era preparar el camino a mi alianza con Goebbels y
Göering. No me costó conseguir que Hitler concediera una audiencia a Goebbels.
Le gustó la idea de que el divertido ministro de Propaganda pasara un día
haciéndole compañía en la soledad del cuartel general.
Goebbels se presentó tres días después que yo. Lo
primero que hizo fue llamarme aparte:
— ¿De qué humor está el Führer, señor
Speer? —me preguntó.
Le contesté que, en mi opinión, Hitler no miraba
con benevolencia a Göering y le recomendé prudencia. Quizá fuera mejor no
tratar de momento el asunto. Después de algunos tanteos, yo había optado por no
seguir insistiendo. Goebbels se mostró de acuerdo:
—Es posible que tenga usted razón. Por ahora no
podemos venirle al Führer con Göering. ¡Eso lo echaría todo a
perder!
Los ataques masivos de la aviación enemiga, que se
habían sucedido de manera continua durante semanas sin encontrar apenas
oposición, debilitaron aún más la quebrantada posición de Göering. Cuando se
mencionaba su nombre, Hitler se perdía en irritadas acusaciones contra los
fallos de la estrategia aérea, y aquel día expresó repetidamente el temor de
que si proseguían los bombardeos no sólo llegarían a destruir las ciudades,
sino que también podrían infligir un daño irreparable en la moral del pueblo
alemán; era víctima del mismo error que cometían los estrategas británicos en
los bombardeos del territorio enemigo.
Hitler nos invitó a Goebbels y a mí a comer.
Resulta curioso que en tales ocasiones no invitara también a Bormann, que de
ordinario le resultaba imprescindible; lo trataba como a un simple secretario.
Estimulado por Goebbels, se mostró más enérgico y conversador de lo que solía
observar en mis visitas al cuartel general. Hitler aprovechó la ocasión para
desahogarse, y, como casi siempre, hizo manifestaciones despectivas respecto a
casi todos sus colaboradores, a excepción de nosotros, que estábamos presentes.
Después de la comida me pidieron que los dejara
solos y pasaron juntos varias horas. No volví a ver a Hitler hasta la hora de
la reunión estratégica. Después cenamos los tres juntos. Hitler hizo encender
la chimenea. El criado trajo una botella de vino para nosotros y Fachinger para
Hitler. Estuvimos reunidos hasta primeras horas de la madrugada en un ambiente
distendido, casi agradable. Yo hablé muy poco, pues Goebbels sabía cómo
entretener a Hitler; con gran elocuencia, frases brillantes, ironía en el momento
adecuado, muestras de admiración allí donde Hitler las esperaba y
sentimentalismo cuando la ocasión lo exigía, además de rumores y aventuras
amorosas. Lo mezclaba todo magistralmente: teatro, películas y viejos tiempos.
Y Hitler, como siempre, pedía a Goebbels que le contara muchas cosas sobre sus
hijos; también esta noche las palabras de los pequeños, sus juegos preferidos y
sus observaciones muchas veces acertadas lo distrajeron de sus preocupaciones.
Cuando Goebbels acertaba a emplear el recuerdo de
los viejos tiempos de dificultades y su posterior superación para robustecer la
confianza de Hitler en sí mismo y halagar su orgullo, que tan pocas
satisfacciones encontraba en la sobriedad del trato militar, Hitler, por su
parte, se mostraba agradecido elogiando los servicios prestados por su ministro
de Propaganda, con lo que aumentaba a su vez la confianza de este. En el Tercer
Reich, la gente gustaba de hacerse alabanzas mutuas y de acreditarse unos a otros
sin cesar.
A pesar de todo, Goebbels y yo habíamos acordado
mencionar nuestros proyectos para impulsar el Consejo de Ministros para la
Defensa del Reich. Ya se había creado un ambiente apropiado para nuestro
objetivo, que debía exponerse con mucho cuidado para que Hitler no lo
consideraba una crítica indirecta a su manera de gobernar, cuando aquella
situación idílica ante el fuego se vio bruscamente interrumpida por la noticia
de que se había lanzado un duro ataque aéreo contra Nüremberg. Como si
presintiera nuestros propósitos, o quizá advertido por Bormann, Hitler hizo una
escena que pocas veces había tenido ocasión de presenciar. Mandó sacar
inmediatamente de la cama al general de brigada Bodenschatz, asistente en jefe
de Göering, y lo colmó de durísimos reproches contra el «inepto mariscal del
Reich». Goebbels y yo tratamos de calmarlo y finalmente conseguimos que se
moderara. Sin embargo, nuestro trabajo preparatorio no nos llevó a ningún
sitio; también a Goebbels le pareció aconsejable abandonar el tema por el momento,
aunque todas las expresiones de reconocimiento de Hitler hicieron que sintiera
muy reforzada su posición política. No volvió a hablar de «crisis del Führer».
Al contrario, parecía como si aquella noche hubiera recuperado su antigua
confianza en él. Con todo, decidió que la lucha contra Bormann debía proseguir.
El 17 de marzo, Goebbels, Funk, Ley y yo nos
reunimos con Göering en su palacio de la Leipziger Platz de Berlín. Göering nos
recibió de manera oficial en su despacho, sentado en su butaca estilo
Renacimiento tras una mesa descomunal. Los demás nos sentamos frente a él en
incómodas sillas. Por el momento, la cordialidad del Obersalzberg había
desaparecido; parecía como si Göering hubiera lamentado a posteriori su
franqueza.
Sin embargo, mientras los demás permanecíamos
sentados casi sin hablar, Göering y Goebbels no tardaron en enzarzarse en una
conversación en la que pintaron con vivos colores los peligros que suponía el
triunvirato que rodeaba a Hitler, perdiéndose en esperanzas e ilusiones sobre
nuestras posibilidades de librarlo de su aislamiento. Goebbels parecía haber
olvidado por completo el desprecio que Hitler había manifestado hacia Göering
unos días antes. Ambos veían la meta ante sus ojos. Göering, alternando como siempre
la apatía con la euforia, minimizaba la influencia de la camarilla del cuartel
general:
— ¡Tampoco tenemos que sobrevalorarlos, señor
Goebbels! En realidad, Bormann y Keitel no son sino secretarios del Führer.
No sé qué se habrán creído. ¡En cuanto a poder oficial, son unos ceros a la
izquierda!
Lo que más parecía inquietar a Goebbels era que
Bormann pudiera utilizar su contacto directo con los jefes regionales para
organizar en todo el Reich focos de resistencia contra nuestras aspiraciones.
Recuerdo cómo intentó movilizar a Ley, en su calidad de jefe de Organización
del Partido, contra Bormann, y finalmente propuso que el Consejo de Ministros
para la Defensa del Reich gozara del derecho de emplazar a los jefes regionales
para pedirles cuentas sobre sus actividades. Propuso que se celebraran reuniones
cada semana y, sabiendo que Göering difícilmente acudiría a ellas con tanta
frecuencia, añadió que podía hacerse cargo de la presidencia en funciones en el
caso de que aquel no pudiera asistir a alguna. [183] {183} Sin ver sus intenciones, Göering dio su consentimiento. Las viejas
rivalidades seguían actuando en la gran lucha por el poder. Hacía ya mucho
tiempo que los obreros que Sauckel decía proporcionar a la industria y que
solía anunciar a Hitler con pretenciosas explicaciones no concordaban con el
número real de trabajadores que había en las fábricas. La diferencia era de
unos cientos de miles de personas. Así pues, propuse a nuestra coalición unir
las fuerzas para obligar a Sauckel, la avanzadilla de Bormann, a facilitar
datos fidedignos.
Por orden de Hitler se había construido cerca de
Berchtesgaden un gran edificio en estilo rural bávaro para alojar la
Cancillería del Reich. Lammers y sus más estrechos colaboradores despachaban en
él los asuntos de la Cancillería durante las largas estancias de Hitler en el
Obersalzberg. A través del señor de la casa, Lammers, Göering convocó a nuestro
grupo, junto con Sauckel y Milch, en la sala de reuniones para el día 12 de
abril de 1943. Antes de comenzar la sesión, Milch y yo repetimos a Göering nuestras
aspiraciones. El se frotó las manos y dijo:
— ¡Ya veréis cómo os lo arreglo!
Pero, sorprendentemente, Himmler, Bormann y Keitel
también acudieron a la reunión. Para colmo de desgracias, nuestro aliado
Goebbels se disculpó diciendo que poco antes de llegar a Berchtesgaden había
sufrido un cólico nefrítico y guardaba cama en su coche especial. Aún hoy sigo
sin saber si se debió a su buen olfato. Aquel día se acabó nuestra alianza.
Sauckel puso en duda que faltaran 2.100.000 trabajadores, se remitió a los
buenos resultados de su trabajo, con el que había cubierto todas las necesidades
planteadas, y se mostró colérico cuando le dije que sus cifras no se ajustaban
a la realidad. [184]
Milch y yo esperábamos que Göering pidiera
aclaraciones a Sauckel y que, acto seguido, lo obligara a modificar su política
de reclutamiento de trabajadores. Pero en vez de eso, y para horror nuestro,
Göering inició un vivo ataque contra Milch e, indirectamente, contra mí. Dijo
que era increíble que Milch causara tales dificultades. ¡Nuestro buen compañero
Sauckel, que trabajaba con tanto afán y había logrado tales éxitos…! Desde
luego, él le estaba muy agradecido. Milch, sencillamente, se mostraba ciego ante
los logros de Sauckel… Parecía como si Göering hubiese puesto en el gramófono
un disco equivocado. En la larga discusión que siguió sobre los trabajadores
que faltaban, cada uno de los ministros asistentes dio su opinión al respecto,
aunque no sabían nada del tema. Himmler dijo muy en serio que a lo mejor
aquellos cientos de miles de obreros habían muerto.
La reunión resultó un fracaso. No sólo no
conseguimos poner en claro la cuestión de la mano de obra que faltaba, sino que
también fracasó la batalla contra Bormann.
Al terminar, Göering me llevó aparte y me dijo:
—Sé que a usted le gusta trabajar con Milch, mi
subsecretario. Pero quisiera prevenirlo amistosamente contra él. No es de fiar
y, cuando se trata de su propio interés, no respeta ni al mejor de sus amigos.
Informé a Milch de estas palabras enseguida y se
echó a reír:
—Hace unos días, Göering me dijo exactamente lo
mismo de ti.
Los intentos de Göering para sembrar la
desconfianza eran justo lo contrario de lo que habíamos convenido: formar un
bloque. Por pura desconfianza, las amistades se consideraban una amenaza.
Algunos días después de esta reunión, Milch me dijo
que Göering había caído en desgracia porque la Gestapo había obtenido pruebas
de su adicción a la morfina. Hacía tiempo que Milch me había hecho notar la
dilatación de sus pupilas. Durante el proceso de Nüremberg mi abogado, el
doctor Fläschner, me confirmó que era morfinómano desde antes de 1933: él mismo
lo había defendido en un proceso incoado contra él por empleo irregular de
morfina. [185]
Es probable que los motivos económicos tuvieran que
ver con el fracaso de nuestro proyecto de movilizar a Göering contra Bormann,
pues, según se desprende de uno de los documentos de Nüremberg, Bormann había
entregado a Göering seis millones de marcos procedentes de la «Contribución
Adolf Hitler de la Industria alemana».
* * * *
Después del fracaso de nuestra alianza, Göering
recuperó algo de su actividad, aunque, sorprendentemente, la empleó contra mí.
Muy en contra de su costumbre, unas semanas después me ordenó que invitara a
una reunión en el Obersalzberg a los principales directores de la industria
siderúrgica. La reunión tuvo lugar en torno a las mesas de dibujo forradas de
papel de mi casa-taller, y sólo el extraño comportamiento de Göering la hace
digna de mención. Se presentó eufórico, con las pupilas ostensiblemente contraídas,
y dio a los asombrados especialistas de la industria siderúrgica una prolija
conferencia sobre la producción de hierro, luciendo todos sus conocimientos
sobre altos hornos y metalurgia, a la que siguió una sarta de lugares comunes:
había que producir más; no había que resistirse a las innovaciones; la
industria se encontraba anclada en la tradición; tenía que aprender a sacudirse
sus rémoras, etc. Tras un torrente de palabras que duró dos horas, el habla de
Göering fue perdiendo agilidad y su expresión se hizo cada vez más ausente
hasta que apoyó sin más la cabeza sobre la mesa y se durmió con placidez.
Consideramos lo más oportuno ignorar al mariscal del Reich, que descansaba en
todo el esplendor de su uniforme, aunque sólo fuera por no ponerlo en una
situación embarazosa, y continuamos discutiendo nuestros problemas hasta que se
despertó y declaró finalizada la sesión.
Al día siguiente Göering había dispuesto celebrar
una conferencia sobre el programa de radares que terminó con un fracaso
semejante. De nuevo hizo gala de un espléndido humor y de una actitud
mayestática mientras, sin el menor conocimiento del asunto, propinaba una
lección tras otra a los especialistas presentes, terminando con una nube de
disposiciones. Después de que abandonara la reunión, el trabajo fue mío para
remediar todos aquellos desaguisados sin desautorizarlo explícitamente. De
todos modos, el episodio fue tan grave que me vi obligado a informar a Hitler,
quien convocó en el cuartel general a los industriales del ramo tan pronto como
pudo (el 13 de mayo de 1943) con objeto de restablecer el prestigio del
Gobierno. [186]
Algunos meses después del fracaso de nuestros
planes me encontré con Himmler en los terrenos del cuartel general. Me dijo sin
preámbulos y con voz amenazadora:
—Considero inoportuno que intente usted de nuevo
impulsar la actividad del mariscal del Reich.
De todos modos, eso ya no era posible. Göering
había recaído en su letargo, esta vez definitivamente. Cuando despertó ya
estábamos en Nüremberg.
Capítulo XIX
El segundo hombre del Estado
Algunas semanas después del fiasco de nuestra
asociación, Goebbels se apresuró a reconocer en Bormann, a comienzos de mayo de
1943, las cualidades que había atribuido a Göering poco antes. Garantizó que,
en lo sucesivo, sus informes a Hitler pasarían por él, y le rogó que se
encargara de pedirle que tomara ciertas decisiones. Bormann recompensó esta
sumisión con sus servicios. Goebbels había tachado a Göering de su lista; ya
sólo había que apoyarlo como figura representativa.
Ahora Bormann tenía más poder. Aunque debía de
haberse enterado de mi fracasado intento de destronarlo, como después de todo
no podía saber si no llegaría el día en que pudiera necesitarme, se mostraba
muy amable conmigo e insinuó que podía hacer lo mismo que Goebbels: ponerme de
su lado. No obstante, el precio me pareció demasiado alto: habría terminado
dependiendo de él.
También Goebbels siguió manteniendo un estrecho
contacto conmigo, pues todavía teníamos un objetivo común: acaparar todas las
reservas nacionales, sin reparar en los medios. Seguro que me mostré demasiado
confiado con él; me cautivaban su deslumbrante cordialidad y su impecable
comportamiento casi tanto como su fría lógica.
Así pues, en apariencia las cosas cambiaron poco.
El mundo en que vivíamos nos obligaba a la hipocresía, al disimulo, a la
perfidia. Entre rivales pocas veces se decía nada con sinceridad: cualquier
palabra podía llegar desvirtuada a oídos de Hitler, con cuya volubilidad se
contaba para conspirar; era un juego felino en el que siempre alguien ganaba y
alguien perdía. Sin ningún escrúpulo, también yo jugaba a tejer relaciones en
aquel teclado disonante.
En la segunda quincena de mayo de 1943, Göering me
comunicó que deseaba pronunciar un discurso sobre armamento en el Palacio de
Deportes conmigo. Acepté. Para mi sorpresa, Hitler determinó unos días después
que el orador sería Goebbels y, cuando nos dispusimos a concertar los textos de
nuestros discursos, el ministro de Propaganda me aconsejó que acortara el mío,
pues el suyo duraría una hora.
—Si su discurso dura más de media hora, el público
perderá el interés.
Como de costumbre, enviamos a Hitler el texto de
ambos discursos, con la observación de que el mío se acortaría bastante. Hitler
me hizo acudir al Obersalzberg. Leyó en mi presencia los manuscritos que le
había entregado Bormann y, sin ninguna consideración y con aparente deleite, en
unos minutos redujo el de Goebbels a la mitad.
—Tenga, Bormann, comunique esto al doctor y dígale
que el discurso de Speer me parece magnífico.
Hitler me había hecho ganar prestigio sobre
Goebbels ante el intrigante Bormann. Después de este incidente, los dos
supieron que yo continuaba gozando de su aprecio. Por mi parte podía contar con
que, llegado el caso, también me apoyaría frente a sus colaboradores más
cercanos.
Mi discurso del 5 de junio de 1943, en el que di a
conocer por primera vez los notables progresos en la producción de armamentos,
fue un fracaso por partida doble. Las jerarquías del Partido opinaban que «la
cosa también marcha sin necesidad de tanto sacrificio, así que ¿para qué
inquietar al pueblo adoptando medidas drásticas?», mientras que el generalato y
el frente pusieron en duda la veracidad de mis afirmaciones a causa de las
dificultades que hallaban para obtener armas o municiones.
* * * *
La ofensiva rusa de invierno se había estancado. El
aumento de nuestra producción no sólo contribuyó a cerrar las brechas abiertas
en el frente del Este, sino que los suministros de armamento permitieron a
Hitler preparar una nueva ofensiva para realizar un ataque en tenaza en la
región de Kursk a pesar de las grandes pérdidas sufridas durante el invierno.
El comienzo de esta ofensiva, preparada bajo el nombre clave de «operación
ciudadela», fue demorado una y otra vez, pues Hitler daba gran importancia al empleo
de los nuevos tanques. Sobre todo, esperaba milagros de un tanque de propulsión
eléctrica construido por el profesor Porsche. Durante una sencilla cena en un
cuarto trasero, rústicamente amueblado, de la Cancillería del Reich, oí por
casualidad que Sepp Dietrich decía que Hitler pensaba dar la orden de que esta
vez no se tomaran prisioneros. Al parecer, las avanzadillas de las SS habían
comprobado que las tropas rusas asesinaban a los prisioneros, por lo que Hitler
anunció de forma espontánea que se tomaría un desquite mil veces más
sangriento.
Me quedé consternado, pero también me alarmó ver
cómo nos perjudicábamos a nosotros mismos. Hitler calculaba que se harían
cientos de miles de prisioneros; hacía meses que tratábamos en vano de cerrar
una brecha de igual envergadura en la oferta de mano de obra. Por eso aproveché
la primera ocasión que tuve para presentar a Hitler mis objeciones respecto a
aquella orden. No resultó difícil hacerle cambiar de idea; incluso creo que se
sintió aliviado al poder retirar la promesa que había hecho a las SS. Aquel
mismo día, 8 de julio de 1943, ordenó a Keitel que promulgara un decreto en
virtud del cual todos los prisioneros de guerra habrían de ser puestos al
servicio de la producción de armamentos. [187]
Estas consideraciones sobre el trato que había que
dar a los prisioneros resultaron superfluas. La ofensiva comenzó el 5 de julio,
pero, a pesar del empleo masivo de nuestras armas más modernas, no se logró
formar un cerco; la confianza de Hitler resultó ilusoria. Tras dos semanas de
combate, decidió abandonar. Aquel fracaso indicaba que también en las
estaciones favorables era el enemigo soviético quien imponía las reglas.
Después de la segunda catástrofe invernal, después
de Stalingrado, el Estado Mayor del Ejército de Tierra ya había estado
presionando para que se estableciera una segunda posición bastante más a
retaguardia, pero no obtuvo la conformidad de Hitler. Ahora, tras el fracaso de
la nueva ofensiva, también él se mostró dispuesto a establecer unas posiciones
defensivas entre veinte y veinticinco kilómetros tras la línea de fuego. [188] El Estado Mayor propuso establecer como línea fija
la orilla occidental del Dniéper, que, con su pendiente de casi cincuenta
metros, permitía dominar las llanuras que se extendían ante ella. Seguramente
habría habido tiempo suficiente para construir una línea defensiva allí, pues
el Dniéper se encontraba a más de 200 kilómetros del frente. Sin embargo,
Hitler se negó en redondo a hacerlo. Mientras que antes, cuando las campañas
eran victoriosas, solía elogiar al soldado alemán como al mejor del mundo, ahora
dijo:
—Por motivos psicológicos, es preferible no
establecer una posición a retaguardia. Si la tropa se entera de que hay un
puesto fortificado unos cien kilómetros tras la línea de combate, nadie los
moverá a luchar. Retrocederán sin resistencia a la primera ocasión. [189]
Hitler se enteró por Dorsch, mi lugarteniente, de
que la Organización Todt, a pesar de la prohibición, había empezado a levantar
en diciembre de 1943, por orden de Manstein y con la tácita aquiescencia de
Zeitzler, un puesto defensivo a orillas del Bug, situado a unos 150 ó 200
kilómetros del frente ruso, y una vez más, alegando la misma razón que seis
meses antes, ordenó con inusual dureza que se suspendieran inmediatamente
aquellos trabajos. [190] Esa posición de retaguardia, según manifestó
excitado, constituía una nueva prueba de la postura derrotista de Manstein.
La testarudez de Hitler hizo que las tropas
soviéticas mantuvieran a nuestros ejércitos en constante movimiento, porque en
Rusia, con el suelo congelado, no se podía pensar en abrir ninguna trinchera a
partir de noviembre. Por lo tanto, los soldados no disponían de ninguna
protección para protegerse de las inclemencias del tiempo. Además, la mala
calidad de nuestros equipos de invierno ponía a las tropas alemanas en peor
posición que al enemigo, perfectamente equipado para el frío.
Esta no era la única prueba de que Hitler se
resistía a aceptar el nuevo curso de los acontecimientos. En la primavera de
1943 ordenó que se construyera un puente de cinco kilómetros de largo sobre el
estrecho de Kerch, con vías férreas y carretera, aunque allí ya se estaba
instalando un funicular que entró en funcionamiento el 14 de junio, con un
rendimiento diario de mil toneladas. Aunque este volumen de avituallamiento
apenas bastaba para cubrir las necesidades del XVII Ejército, Hitler no
renunciaba a su proyecto de avanzar hacia Persia a través del Cáucaso y
argumentó que había que enviar refuerzos hasta la cabeza de puente del Kubán
para iniciar una ofensiva. [191] Sus generales, en cambio, hacía tiempo que habían
abandonado esta idea y, durante una inspección de esta cabeza de puente,
expresaron sus dudas incluso respecto a la posibilidad de mantener las
posiciones, a la vista de las fuerzas con que contaba el enemigo. Cuando
comuniqué a Hitler estos temores, dijo con desprecio:
— ¡Todo son excusas! Tanto a Jänicke como al Estado
Mayor les falta fe en una nueva ofensiva.
Poco después, en verano de 1943, el general
Jänicke, comandante en jefe del XVII Ejército, se vio obligado a solicitar a
Hitler, a través de Zeitzler, la retirada de las tropas de la desprotegida
cabeza de puente del Kubán. Quería prepararse en Crimea, en una posición más
favorable, para la esperada ofensiva rusa de invierno. Hitler, por el
contrario, exigió con redoblada terquedad que se acelerara la construcción del
puente, a pesar de que ya entonces estaba bien claro que jamás llegaría a
terminarse. Las últimas unidades alemanas empezaron a desalojar la cabeza de
puente de Hitler en el continente asiático el 4 de septiembre.
* * * *
Del mismo modo en que habíamos discutido en casa de
Göering la forma de superar la crisis de la jefatura política, Guderian,
Zeitzler, Fromm y yo discutimos ahora la crisis de la jefatura militar. El
capitán general Guderian, inspector general de las tropas acorazadas, me rogó
en verano de 1943 que le concertara una entrevista con Zeitzler, jefe del
Estado Mayor del Ejército de Tierra —yo mantenía una relación casi amistosa con
ambos, y de ahí que actuara como mediador—, para resolver algunas diferencias
respecto a los límites de sus respectivas jurisdicciones, aunque se puso de
manifiesto que en aquel encuentro los objetivos de Guderian iban un poco más
lejos: pretendía concertar una estrategia común que llevara a nombrar a un
nuevo comandante en jefe del Ejército de Tierra. Nos reunimos en mi vivienda
del Obersalzberg.
Las diferencias entre Guderian y Zeitzler pronto
perdieron toda importancia. La conversación se centró en los problemas que
creaba que Hitler se hubiera nombrado comandante en jefe del Ejército y que no
ejerciera como tal: Zeitzler opinaba que era preciso defender con más energía
los intereses del Ejército de Tierra frente a las otras dos armas de la
Wehrmacht y frente a las SS, y que Hitler, en su calidad de comandante en jefe
de todos los ejércitos de la Wehrmacht, debía permanecer imparcial. Guderian
añadió que un comandante en jefe tenía la obligación de estar en estrecho
contacto con los jefes de los ejércitos, de apoyar las necesidades de sus
tropas y también de tomar las necesarias decisiones respecto al
avituallamiento. Y ambos, Zeitzler y Guderian, coincidían en que Hitler no
tenía tiempo ni ganas de hacer nada de aquello. Nombraba y destituía a
generales a los que apenas conocía. Sólo un comandante en jefe que tuviera un
trato personal con sus oficiales superiores estaría en situación de decidir sobre
ellos. Pero, en opinión de Guderian, el Ejército de Tierra sabía que Hitler
dejaba la gestión de personal casi por completo en manos de los comandantes en
jefe de la Marina y de la Luftwaffe, así como de Himmler. Sólo en el caso del
Ejército de Tierra actuaba de otro modo.
Acordamos que cada uno de nosotros intentaría
persuadir a Hitler para que nombrara a un nuevo comandante en jefe del Ejército
de Tierra, pero las primeras insinuaciones que le hicimos por separado Guderian
y yo fracasaron por completo; Hitler se mostró muy ofendido y las rechazó de un
modo inusualmente brusco. Yo no sabía que muy poco antes los mariscales Von
Kluge y Von Manstein habían dado ya un paso en este sentido, por lo que debió
de pensar que aquello era una conspiración.
* * * *
Había quedado ya muy atrás la época en que Hitler
accedía de buen grado a todos mis deseos personales y organizativos. El
triunvirato que formaban Keitel, Bormann y Lammers intentó impedir que
aumentara mi poder, aunque sólo quisiera dedicarlo a producir más armamento.
Sin embargo, no hallaron ningún pretexto convincente para oponerse a Dönitz y a
mí cuando, en un asalto conjunto, nos hicimos cargo del programa armamentista
de la Marina.
A Dönitz lo conocí en el mes de junio de 1942, poco
después de ser nombrado ministro de Armamentos, cuando era comandante en jefe
de la división de submarinos. Me recibió en París, en un sencillo edificio de
apartamentos que resultaba ultramoderno para los conceptos de entonces. Aquel
ambiente sencillo me pareció muy acogedor, sobre todo porque yo venía de un
opulento banquete, en el que se sirvieron muchos platos y costosos vinos,
ofrecido por el mariscal Sperrle, comandante en jefe de las fuerzas aéreas estacionadas
en Francia, quien había establecido su cuartel general en el Palais Luxembourg,
el antiguo palacio de María de Médicis. El mariscal no se quedaba a la zaga de
su comandante en jefe, Göering, ni en cuanto a necesidad de lujo y
representación ni en cuanto a corpulencia.
Durante los meses siguientes, Dönitz y yo nos vimos
con frecuencia para tratar sobre el levantamiento de grandes refugios para
submarinos en el Atlántico. Raeder, el comandante en jefe de la Marina, no
parecía verlo con buenos ojos y, sin mayores rodeos, prohibió a Dönitz que
tratara las cuestiones técnicas directamente conmigo.
A fines de diciembre de 1942, el eficaz capitán de
submarino Schütze me dijo que se habían producido serias diferencias entre
Dönitz y la jefatura de la Marina, y que la división de submarinos sospechaba
que su comandante en jefe iba a ser relevado al cabo de poco. Unos días después
supe por el subsecretario Naumann que el censor de la Marina del Ministerio de
Propaganda había tachado el nombre de Dönitz de los pies de las fotografías de
un viaje de inspección que este había realizado con Raeder.
A principios de enero de 1942 me hallaba en el
cuartel general; Hitler estaba irritado por las noticias aparecidas en la
prensa extranjera sobre una batalla naval de la que el Alto Mando de la Marina
no lo había informado con suficiente detalle. [192] En nuestra siguiente entrevista, derivó la
conversación hacia la posibilidad de racionalizar la construcción de
submarinos, aunque pronto mostró más interés por lo insatisfactorio de mi
colaboración con Raeder. Le informé de que había prohibido a Dönitz tratar
conmigo las cuestiones técnicas, de que los oficiales estaban preocupados por
su comandante y de la censura de las fotografías. Como ya había observado,
gracias a Bormann, que era preferible despertar sus recelos de forma cautelosa
y que cualquier intento de influir en él de forma directa estaba abocado al
fracaso, porque no aceptaba ninguna decisión que creyera que le había sido
impuesta, me limité a dejar entrever que a través de Dönitz podrían eliminarse
todos los obstáculos con que tropezaba nuestro programa de submarinos, aunque
lo que en realidad pretendía era que destituyera a Raeder. Sabiendo con qué
tenacidad solía mantener Hitler a sus viejos colaboradores, no abrigaba
demasiadas esperanzas al respecto.
El 30 de enero, Dönitz fue nombrado gran almirante
y comandante en jefe de la Marina de Guerra, y Raeder fue rebajado a inspector
almirante de la Marina, un cargo que tan sólo le aseguraba un entierro de
Estado.
Con su argumentación técnica y su profesionalidad,
Dönitz supo preservar a la Marina de la volubilidad de Hitler hasta el fin de
la guerra. A partir de entonces me reuní con él a menudo para tratar de los
problemas que planteaba el refugio de submarinos. No obstante, esta
colaboración comenzó de una manera disonante. Sin pedir mi consejo, tras
recibir un informe de Dönitz, Hitler ordenó a mediados de abril que se diera
prioridad máxima a todo el armamento naval, cuando tres meses antes, el 22 de
enero de 1943, había calificado de objetivo prioritario el programa de tanques,
que en consecuencia fue ampliado. De aquel modo, los dos programas se hacían la
competencia. No fue necesario que me quejara a Hitler, pues Dönitz, antes de
que se produjera una controversia, se dio cuenta de que la colaboración con el
poderoso aparato armamentista del Ejército de Tierra le resultaría más
ventajoso que las promesas de Hitler, y acordamos enseguida poner bajo mi
competencia la producción del armamento de la Marina. Le garanticé que se
cumpliría el programa que reclamaba: en lugar del máximo mensual alcanzado
hasta el momento, que era de veinte submarinos de un modelo pequeño, que en
total desplazaban 16.000 toneladas, en el futuro deberían producirse cuarenta,
que desplazarían más de 50.000. También se acordó doblar la fabricación de
dragaminas y lanchas rápidas.
Dönitz me explicó que la única forma de evitar que
la guerra submarina quedara interrumpida era construir un nuevo tipo de
submarino. La Marina deseaba desprenderse del «buque de superficie» utilizado
hasta entonces, capaz de navegar sólo ocasionalmente bajo el agua, y
sustituirlo por otro que pudiera alcanzar una velocidad submarina superior y
que tuviera más autonomía, para lo que habría que darle una forma completamente
hidrodinámica, duplicar la potencia de los motores eléctricos y multiplicar la
capacidad de los acumuladores de energía.
Como ocurre siempre en estos casos, lo más
importante era encontrar a la persona adecuada para ocuparse de aquella misión.
Elegí a un suabo, Otto Merker, que hasta ese momento había hecho méritos
construyendo coches de bomberos: era una auténtica provocación para todos los
ingenieros navales. El 5 de julio de 1943, Merker expuso su nuevo sistema
constructivo al Alto Mando de la Marina. Igual que se hacía en Estados Unidos
para producir los buques Kayser en serie, nuestros submarinos serían
construidos por partes en el interior del país, donde recibirían todo el
equipamiento mecánico y eléctrico necesario, y después serían montados en muy
poco tiempo. Así se eludía la necesidad de construir astilleros, lo que había
constituido el mayor obstáculo para la ampliación del programa de
construcciones navales. [193] Dönitz, casi emocionado, declaró al final de esta
reunión:
—Ahora comenzamos una nueva vida.
Pero por el momento lo único que teníamos era una
idea de cómo iban a ser los nuevos submarinos. Para desarrollarlos y definirlos
con detalle se nombró una comisión cuya presidencia, en contra de lo habitual,
no recayó en un ingeniero, sino en el almirante Topp, que fue nombrado por
Dönitz sin que tratáramos siquiera de dilucidar las complicadas cuestiones
jurisdiccionales que eso planteaba. La colaboración entre él y Merker fue tan
armoniosa como la que había entre Dönitz y yo.
Unos cuatro meses escasos después de la primera
reunión de la Comisión de Construcciones Navales, el 11 de noviembre de 1943,
todos los planos y diseños estaban terminados. Un mes después Dönitz y yo
pudimos examinar una gran maqueta de madera del nuevo submarino de 1.600
toneladas. La industria recibió el encargo de empezar a construir algunas
secciones antes incluso de que se concluyeran los planos: un procedimiento que
ya habíamos empleado con éxito en la fabricación de los nuevos tanques Pantera.
Sólo así fue posible que en 1944 la Marina pusiera a prueba los primeros
prototipos. Habríamos cumplido nuestra promesa de suministrar cuarenta
submarinos mensuales durante el primer trimestre de 1945 a pesar de las
catastróficas circunstancias si los ataques de la aviación no hubiesen
destruido una tercera parte de los buques que había en los astilleros. [194]
En aquel entonces, Dönitz y yo nos preguntamos a
menudo qué había impedido construir antes el nuevo tipo de submarinos, en el
que no se empleó ninguna innovación técnica, ya que sus fundamentos se conocían
desde hacía años. Según aseguraron los expertos, con los nuevos submarinos
habríamos iniciado una nueva serie de éxitos en la guerra bajo el agua, y la
Marina americana ratificó este parecer después de la guerra, al incorporar el
nuevo modelo a su programa de fabricación. * * * *
Tres días después de haber firmado con Dönitz
nuestro decreto conjunto sobre el nuevo programa de la Marina, el 26 de julio
de 1943 pedí a Hitler su conformidad para que toda la producción fuera dirigida
desde mi Ministerio. Por motivos tácticos argumenté esta petición con las
cargas adicionales surgidas a consecuencia del programa de la Marina y de otros
cometidos encargados por Hitler. Por otra parte, le expuse que si algunas de
las grandes empresas de producción de bienes de consumo se transformaban en fábricas
de armamentos, no sólo podríamos poner a disposición de los programas más
urgentes a 500.000 obreros alemanes, sino también a los cuadros directivos y
las instalaciones fabriles correspondientes. Sin embargo, la mayoría de los
jefes regionales se pronunciaron en contra de tales modificaciones. El
Ministerio de Economía se mostró demasiado débil y yo, por mi parte, también lo
era, como no tardaría en comprender.
Después de un lento y pesado proceso de
comunicación mediante circulares en el que se rogó a los ministros del Reich
relacionados con el asunto y a los departamentos del Plan Cuatrienal
competentes que presentaran sus objeciones, el 26 de agosto Lammers convocó a
todos los ministros a una reunión en la sala del Gabinete del Reich. Gracias a
Funk, quien pronunció «con espíritu y humor su propia oración fúnebre», se pudo
conseguir unanimidad para que en lo sucesivo toda la producción de guerra
dependiera de mi Ministerio. Tanto si le gustaba como si no, Lammers tuvo que
prometer que Bormann comunicaría esta resolución a Hitler. Unos días después
Funk y yo nos dirigimos al cuartel general del Führer para
obtener su aquiescencia definitiva.
Me llenó de asombro que Hitler, en presencia de
Funk, interrumpiera mis explicaciones y me comunicara enojado que no quería
seguir escuchándome, que Bormann le había advertido hacía unas horas que yo
pretendía inducirlo a firmar una ley que no había sido debatida ni con el
ministro Lammers ni con el mariscal del Reich y que no toleraba verse mezclado
de aquel modo en nuestras rivalidades. Cuando intenté explicarle que Lammers,
en su calidad de ministro del Reich, y tal como correspondía al desempeño de sus
funciones, había conseguido la anuencia del delegado de Göering en el Plan
Cuatrienal, me volvió a cortar la palabra de una manera inusitadamente seca:
—Me alegro de poder contar al menos con la lealtad
de Bormann.
Estas palabras decían bien a las claras que me
atribuía la intención de obrar a sus espaldas.
Funk comunicó a Lammers lo ocurrido; después nos
dirigimos al encuentro de Göering, que se dirigía en su coche-salón hacia el
cuartel general de Hitler desde su coto de caza, en las praderas del valle del
Rominte. Al principio, también él se mostró airado; no hay duda de que alguien
lo había puesto en guardia contra nosotros. Pero la amable elocuencia de Funk
consiguió por fin romper el hielo e ir debatiendo punto por punto nuestra ley.
Göering se manifestó conforme con todo después de que añadiéramos el siguiente
artículo: «No quedan coartadas en forma alguna las atribuciones del mariscal
del Gran Reich alemán en su calidad de encargado del Plan Cuatrienal». Una
restricción irrelevante en la práctica, puesto que yo ya dirigía, a través de
la Central de Planificación, la mayor parte de los sectores relacionados con el
Plan Cuatrienal.
Göering firmó nuestro borrador como señal de su
conformidad y Lammers manifestó, por medio de un telegrama, que no tenía nada
que objetar al proyecto, y después también Hitler se mostró dispuesto a
firmarlo, lo que hizo dos días más tarde, el 2 de septiembre. Había pasado de
ministro de Armamentos y Munición a ministro de Armamentos y Producción Bélica.
La intriga de Bormann había fracasado. No presenté
ninguna queja a Hitler. En vez de hacerlo, lo dejé reflexionar sobre si Bormann
lo había servido con verdadera lealtad en este caso. La experiencia me había
enseñado que era más prudente no airear sus maniobras y evitar a Hitler las
situaciones embarazosas.
Estas resistencias, más o menos francas o
encubiertas, contra la ampliación de mi Ministerio se debían sin duda a la
alarma de Bormann, quien tenía que darse cuenta de que yo actuaba fuera del
terreno que él controlaba y de que mi poder aumentaba continuamente. Por otra
parte, mi trabajo me había llevado a tratar como camaradas a los jefes
militares: Guderian, Zeitzler, Fromm, Milch y, ahora, Dönitz. También en el
entorno de Hitler tenía buenas relaciones precisamente con quienes sentían
aversión hacia Bormann: los generales Engel, Von Below y Schmundt, asistentes
de Hitler en el Ejército de Tierra, en la Luftwaffe y en la Wehrmacht,
respectivamente. Mantenía además una estrecha relación con el médico de
cabecera de Hitler, el doctor Karl Brandt, quien también consideraba a Bormann
un adversario personal.
Una noche, después de haber tomado algunas
Steinhäger y varias cervezas con Schmundt, afirmó que yo era la gran esperanza
del Ejército. Me dijo que los generales tenían plena confianza en mí, mientras
que a Göering lo juzgaban con desprecio. Y concluyó, en tono un poco patético:
—Siempre podrá contar con el Ejército de Tierra,
señor Speer; lo apoyará en todo. No he comprendido jamás qué pretendía Schmundt
con esta observación, aunque supongo que estaba confundiendo al Ejército con
los generales. Con todo, tengo motivos para suponer que debió de expresarse en
términos parecidos ante otras personas. Y, dado el reducido ámbito del cuartel
general, sus manifestaciones tuvieron que llegar a oídos de Bormann.
Por la misma época —debió de ser hacia el otoño de
1943— Hitler me puso en una situación algo embarazosa cuando, antes de una
reunión estratégica y en presencia de algunos colaboradores, nos saludó a
Himmler y a mí como a «sus dos iguales». Dada su indiscutible posición de
poder, al jefe nacional de las SS difícilmente podía agradarle que Hitler lo
equiparara conmigo, fuera cual fuese el fin que perseguía al hacerlo. También
Zeitzler me dijo en aquellos días, muy contento:
— ¡El Führer está encantado con
usted! Hace poco comentó que tenía grandes esperanzas puestas en usted, y que
por fin ha nacido un nuevo sol después de Göering. [195]
Rogué a Zeitzler que no difundiera estas palabras.
Pero como también llegaron a mis oídos a través de otras personas del entorno
de Hitler, era seguro que Bormann se habría enterado de ellas. El poderoso
secretario del Führer no tuvo más remedio que constatar que no
había conseguido indisponerme con Hitler en el transcurso de aquel verano, sino
todo lo contrario.
Y como Hitler era más bien parco en ese tipo de
declaraciones elogiosas, Bormann debió de tomarse aquella como una seria
amenaza a su posición. Yo era más peligroso para él porque no procedía de la
jerarquía del Partido, que le era sumisa. A partir de aquel momento afirmó ante
sus colaboradores que yo era no sólo un enemigo del Partido, sino que aspiraba
ni más ni menos que a suceder a Hitler. [196] {196} Esta suposición no era del todo descabellada. Recuerdo haber
mantenido con Milch algunas conversaciones al respecto.
No hay duda de que a Hitler se le presentaba un
dilema para elegir a un sucesor: Göering estaba acabado; Hess se había
descartado a sí mismo; Schirach había quedado fuera de combate a causa de las
intrigas de Bormann; y este, Himmler y Goebbels no respondían al tipo de
«hombre artístico» que Hitler imaginaba. Es probable que reconociera en mí
rasgos afines a él: a sus ojos, yo era un artista de talento que en muy poco
tiempo había conquistado una posición de peso en la jerarquía política y que
también había demostrado capacidades especiales en el ámbito militar gracias a
los éxitos obtenidos en el campo de los armamentos. Sólo en política exterior,
el cuarto dominio de Hitler, no había destacado todavía. Puede que me viera
como un genio artístico que había triunfado en la política y que,
indirectamente, mi trayectoria vital le pareciera una confirmación de la suya.
En la intimidad yo llamaba a Bormann «el hombre con
las tijeras de podar», pues se dedicaba a impedir que nadie destacara, y lo
hacía con energía, astucia y brutalidad. Desde aquel momento, Bormann hizo todo
lo que pudo para cercenar mi poder. A partir de octubre de 1943, los jefes
regionales crearon un frente común contra mí, y un año después hubo momentos en
los que quise abandonar mi cargo. La lucha entre Bormann y yo continuó hasta el
final de la guerra. Hitler mantenía a raya a Bormann y, aunque no me dejaba de
lado y me distinguía a veces con su favor, otras se volvía con dureza contra
mí. Bormann no podía arrebatarme mi exitoso aparato industrial. Estaba tan
estrechamente vinculado a mí que mi caída habría significado su fin y habría
puesto en peligro la marcha de la guerra.
Capítulo XX
Bombas
A la embriaguez de los primeros meses, motivada por
el establecimiento de mi nueva organización, su éxito y su reconocimiento,
sucedió pronto una época de enormes preocupaciones y dificultades que crecían
sin cesar. Los problemas no se debían sólo a la falta de trabajadores, la
carencia de materias primas y las intrigas cortesanas: los bombardeos de las
fuerzas aéreas inglesas y sus repercusiones en la producción me hicieron
olvidar temporalmente a Bormann, Sauckel y la Central de Planificación, aunque al
mismo tiempo constituían una de las bases de mi creciente prestigio, pues, a
pesar de las mermas sufridas, nuestra producción iba en aumento.
Estos ataques llevaron la guerra al centro del
país. La experimentábamos a diario en las ciudades incendiadas y aniquiladas, y
esa visión nos espoleaba a rendir al máximo.
Tampoco la voluntad de resistencia de la población
civil se quebrantó a causa de las penalidades que le fueron impuestas; al
contrario, durante mis visitas a las fábricas de armamentos y en mis contactos
con el hombre de la calle tuve más bien la impresión de un endurecimiento
creciente. Es posible que la mengua en la producción, estimada en un 9% [197] se viera ampliamente compensada por un mayor
esfuerzo.
Las mermas más notables se debieron a las amplias
medidas de defensa que hubo que adoptar. En 1943, diez mil cañones antiaéreos
apuntaban al cielo desde el Reich y en el frente occidental; [198] en Rusia podríamos haberlos empleado contra los
tanques y otros objetivos terrestres. Sin aquel segundo frente, el antiaéreo en
nuestro país, habríamos doblado la capacidad de las fuerzas antitanque. Además,
la defensa antiaérea retenía a cientos de miles de jóvenes soldados. Un tercio
de la industria óptica se dedicaba a producir aparatos de puntería para las
baterías antiaéreas; cerca de la mitad de la producción de la industria
electrotécnica eran radiotelémetros y dispositivos de comunicación para la defensa
antiaérea. Por eso el equipamiento de nuestras tropas del frente quedó muy por
detrás del de los ejércitos occidentales, a pesar del alto nivel de las
industrias eléctrica y óptica alemanas. [199]
* * * *
La primera idea de las duras pruebas que nos
esperaban en 1943 la tuvimos en la noche del 30 al 31 de mayo de 1942, cuando
los ingleses, reuniendo todas sus fuerzas, lanzaron un ataque aéreo contra
Colonia con 1.046 bombarderos.
Casualmente, Milch y yo teníamos una cita con
Göering a la mañana siguiente. La reunión no se celebró en Karinhall, sino en
el castillo de Veldenstein, en la Suiza francesa, donde Göering residía
entonces. Hallamos a un mariscal del Reich de pésimo humor; se resistía a creer
las informaciones sobre el ataque aéreo contra Colonia.
—Es imposible; no se pueden arrojar tantas bombas
en una noche —dijo con malos modos a sus asistentes—. Comuníquenme con el jefe
regional de Colonia.
Un instante después tuvo lugar en nuestra presencia
una conversación telefónica absurda.
— ¡El informe de su jefe superior de policía es una
solemne mentira!
Pero el jefe regional pareció contradecirlo.
—Le digo, en mi calidad de mariscal del Reich
—siguió Göering—, que esas cifras son muy altas. ¿Cómo puede comunicar al Führer semejante
patraña? —El jefe regional, desde el otro extremo del hilo, insistía en la
exactitud de sus informes. — ¿Cómo pretende contar usted el número exacto de
bombas? ¡Eso no son más que estimaciones! ¡Le vuelvo a decir que el número es
exageradísimo! ¡No es cierto en absoluto! ¡Rectifique inmediatamente esas
cifras! ¿O es que pretende decir que estoy mintiendo? Yo he transmitido
al Führer mi informe con las cifras exactas. ¡Y así se van a
quedar!
Después, como si no hubiese ocurrido nada, Göering
nos enseñó la casa, que había sido de sus padres. Como si no estuviéramos en
guerra, hizo traer unos planos y nos explicó el grandioso palacio en el que iba
a convertirse la modesta casa de estilo Biedermeier que había en el patio del
antiguo castillo. En primer lugar se haría construir un bunker de gran
seguridad. Ya tenía el proyecto listo.
Tres días más tarde estuve en el cuartel general
del Führer, donde aún no se había disipado la excitación por el
bombardeo de Colonia. Informé a Hitler de la extraña conversación telefónica
entre Göering y el jefe regional Grohé. Desde luego, di por sobreentendido que
los informes de Göering debían de ser más fidedignos que los del jefe regional
de Colonia. Hitler, sin embargo, ya se había formado una opinión. Mostró a
Göering las noticias de la prensa enemiga respecto al número de aviones y
bombas empleados en el ataque a Colonia; daban una cifra muy superior a la que
le había indicado el jefe superior de policía de Colonia. [200] Hitler se mostró muy irritado por la táctica de
ocultamiento de Göering, aunque consideró parcialmente responsable al Estado
Mayor de la Luftwaffe. Al día siguiente, Göering fue recibido como siempre. El
asunto nunca volvió a mencionarse.
* * * *
Ya el 20 de septiembre de 1942 señalé a Hitler que
nuestras dificultades serían insuperables si se interrumpía la llegada de
tanques desde Friedrichshafen y la producción de rodamientos en Schweinfurt,
por lo que ordenó acto seguido aumentar los cañones antiaéreos que protegían
estas dos ciudades. Pronto me di cuenta de que la guerra se podría haber
decidido en gran medida en 1943 si, en lugar de proceder a insensatos
bombardeos de zonas extensas, se hubiese intentado paralizar los centros de
producción de armamento: el 11 de abril de 1943 propuse a Hitler que confiara a
una comisión de industriales la búsqueda de objetivos estratégicos en la
producción de energía soviética. Pero no fuimos nosotros, sino los ingleses,
quienes cuatro semanas después realizaron el primer ensayo en este sentido,
tratando de influir de manera decisiva en el curso de la contienda destruyendo
un centro neurálgico de la economía de guerra. Al igual que un motor puede ser
inutilizado si se le quita una pequeña pieza, el 17 de mayo de 1943 diecinueve
bombarderos de la RAF intentaron paralizar el centro de nuestra producción de
armamentos atacando las presas de la cuenca del Ruhr.
Los informes que me llegaron a primeras horas de la
mañana eran muy alarmantes. La mayor de las presas, la del valle del Möhne,
había sido destruida y se había vaciado. Aún no había noticias sobre las otras
tres. Estaba amaneciendo cuando aterrizamos en el campo de aviación de Werl
después de haber examinado el desastre desde el aire: la central eléctrica que
se hallaba al pie de la presa había sido borrada del mapa con toda su
maquinaria.
El agua escapada del embalse había inundado el
valle del Ruhr, con la consecuencia al parecer insignificante, pero en realidad
grave, de que los grupos eléctricos de las estaciones de bombeo del valle
quedaron llenos de lodo, por lo que la industria se paralizó y el
abastecimiento de agua a la población estuvo a punto de quedar interrumpido. El
informe de los daños, que entregué poco después en el cuartel general del Führer,
causó «una profunda impresión al Führer, quien se ha guardado los
informes», según consta en el acta pertinente. [201]
No obstante, los ingleses no lograron destruir las
otras tres presas, cuya rotura habría significado la interrupción casi total
del suministro de agua a la región del Ruhr durante los meses de verano que se
avecinaban. Aunque con siguieron hacer un blanco perfecto en la mayor de las
presas —la del valle del Sorpe—, que inspeccioné aquel mismo día, tuvimos la
gran suerte de que el boquete abierto por la bomba quedara un poco por encima
del nivel del agua. Unos cuantos centímetros más abajo… y el pequeño arroyuelo
se habría convertido rápidamente en una espantosa corriente que se habría
llevado por delante toda la presa. [202] Utilizando sólo un pequeño número de bombarderos,
los ingleses habían estado a punto de conseguir un éxito muchísimo mayor en una
noche que con miles de bombas en todo lo que llevábamos de guerra. Cometieron
únicamente un error que todavía no he logrado comprender: dividieron sus
fuerzas y destruyeron a la vez la presa del valle del Eder, a 70 km de
distancia, a pesar de que no tenía nada que ver con el abastecimiento de agua
de la cuenca del Ruhr. [203]
Pocos días después del ataque ya estaban trabajando
en la reconstrucción de las presas 7.000 hombres a los que hice trasladar de la
muralla del Atlántico a la región del Möhne y del Eder. La brecha abierta en la
del Möhne —de 22 metros de ancho y 77 de alto— pudo cerrarse el 23 de
septiembre de 1943, antes de que comenzara el período de lluvias, [204] lo que permitió embalsar las precipitaciones del
otoño y el invierno de 1943 para satisfacer las necesidades del verano
siguiente. Mientras se realizaban aquellas obras, la aviación inglesa
desperdició una nueva oportunidad: unas cuantas bombas habrían bastado para
destruir las desprotegidas instalaciones y convertir el andamiaje de madera en
pasto de las llamas.
* * * *
Tras estas experiencias volví a preguntarme por qué
nuestra Luftwaffe, a pesar de sus modestos medios, no efectuaba ataques
puntuales como aquel, cuyas consecuencias podían ser devastadoras. A fines de
mayo de 1943, quince días después del ataque británico, repetí a Hitler mi
propuesta del 11 de abril: que se formara una comisión de trabajo para buscar
objetivos cruciales en el campo enemigo. El, como tantas otras veces, dudaba:
—Me parece inútil tratar de convencer al Estado
Mayor de la Luftwaffe de que sus colaboradores industriales pueden contribuir a
establecer los objetivos de los ataques en el campo enemigo. Ya se lo he
comentado varias veces al general Jeschonnek. Pero —terminó diciendo con
resignación— hable usted una vez más con él.
Era evidente que Hitler no estaba dispuesto a hacer
valer su autoridad en el asunto. Carecía de visión para calcular la importancia
decisiva de aquella clase de operaciones. No hay duda de que ya se había
equivocado entre 1939 y 1941, cuando ordenó bombardear las ciudades inglesas en
vez de coordinar la acción aérea y submarina y, por ejemplo, atacar sobre todo
los puertos ingleses en los que se reunían los convoyes marítimos. Tampoco
ahora tuvo sentido de la oportunidad. Y los ingleses, si exceptuamos el ataque
aislado contra las presas, copiaban irreflexivamente su insensatez.
A pesar del escepticismo de Hitler y de mi falta de
capacidad para influir en la estrategia de la Luftwaffe, no me desanimé. El 23
de junio reuní en una comisión a algunos expertos con el fin de estudiar los
objetivos militares estratégicos. [205] Nuestra primera propuesta afectaba a la industria
inglesa del carbón, sobre cuyos centros, puntos de ubicación, capacidad y demás
detalles estábamos bien informados gracias a las publicaciones británicas
especializadas; sin embargo, llegó con dos años de retraso: ya no teníamos
fuerzas suficientes.
Dada la parquedad de nuestros medios, se nos
imponía una vez más un objetivo de gran eficacia: las centrales de energía
rusas. La experiencia nos decía que en Rusia no cabía esperar una defensa
antiaérea sistemática. Por otra parte, la economía eléctrica de la Unión
Soviética se distinguía de la de los países occidentales en un punto decisivo.
Mientras que el crecimiento industrial paulatino de Occidente había hecho
surgir gran cantidad de centrales de tamaño medio vinculadas entre sí, en la
Unión Soviética se construyeron algunas centrales gigantescas en puntos
concretos, por lo general en el centro de grandes complejos industriales. [206] Por ejemplo, gran parte del suministro de energía
de Moscú procedía de una gran central situada en el curso superior del Volga.
Según nuestras informaciones, en la capital soviética se concentraba el 60 % de
la producción de aparatos ópticos y equipamiento eléctrico. Si se destruían
algunas de las grandes centrales de los Urales, se podría paralizar de forma
permanente la industria del acero y la de tanques y municiones. Un blanco en
las turbinas o en sus tubos de alimentación liberaría unas masas de agua cuyo
poder destructivo sería mayor que el de muchas bombas. Y los informes de que
disponíamos eran fidedignos, pues buena parte de las grandes centrales
soviéticas de producción de energía se habían levantado con el concurso de la
industria alemana.
El 26 de noviembre, Göering dio la orden de
reforzar con bombarderos de gran autonomía el VI Cuerpo Aéreo, al mando del
general de división Rudolf Meister. En diciembre se concentraron las unidades
cerca de Bialystok. [207] Hicimos construir maquetas de madera de las
centrales de energía para adiestrar a los pilotos. Yo informé a Hitler a
primeros de noviembre [208] y Milch habló de nuestros planes a Günther Korten,
amigo suyo y nuevo jefe del Estado Mayor de la Luftwaffe. El 4 de febrero le
escribí que «todavía existen hoy buenas perspectivas […] de una guerra aérea
operativa contra la Unión Soviética. […] Tengo la firme esperanza de que con
estas operaciones [me refería a los ataques contra las centrales de energía de
la zona de Moscú-curso superior del Volga] se lograrán resultados que
repercutirán de manera notable en la potencia combativa de la Unión Soviética».
El éxito —como siempre en tales empresas— dependía del azar. Yo no confiaba en
conseguir una victoria decisiva, pero, tal como escribí a Korten, esperaba
debilitar la potencia ofensiva soviética de tal modo que incluso los refuerzos
americanos tardarían meses en compensar los daños.
Una vez más, llegamos dos años tarde. La ofensiva
rusa de invierno obligó a nuestras tropas a retroceder. La situación se había
vuelto crítica. Hitler, que era de una sorprendente miopía en las situaciones
de emergencia, me dijo a finales de febrero que el Cuerpo Meister había
recibido la orden de destruir las líneas férreas para interrumpir los
suministros que recibían las tropas soviéticas. Mis objeciones de que el suelo
ruso estaba endurecido por las heladas, de que las bombas sólo conseguirían un
efecto superficial y de que sabíamos, por propia experiencia, que vías férreas
alemanas mucho más delicadas podían repararse en unas horas, resultaron
completamente infructuosas. El Cuerpo Meister se consumió en una operación
inútil que no afectó a los movimientos del Ejército soviético.
Cualquier interés que Hitler pudiera tener en la
estrategia quedaba ahogado por sus tercos propósitos de venganza contra
Inglaterra. Incluso después de que el Cuerpo Meister fuera aniquilado,
disponíamos de bastantes bombarderos para poner en práctica nuestros proyectos.
Pero Hitler alentaba la vana esperanza de que algunos ataques masivos sobre
Londres obligarían a los ingleses a renunciar a su ofensiva aérea contra
Alemania. Sólo por eso en 1943 seguía exigiendo que se desarrollaran y
produjeran bombarderos más pesados. El hecho de que en el Este pudieran
encontrarse objetivos mucho más provechosos lo dejaba indiferente, aunque en
ocasiones, incluso en el verano de 1944, se mostrara de acuerdo con mis
argumentos: [209] ni él ni el Estado Mayor de la Luftwaffe eran
capaces de hacer una guerra aérea basada en consideraciones tecnológicas, en
vez de en anticuados conceptos militares. Al principio también al enemigo le
sucedió lo mismo.
Mientras me esforzaba en demostrar a Hitler y al
Estado Mayor de la Luftwaffe la existencia de objetivos ventajosos, el enemigo
occidental desencadenó, en ocho días (del 25 de julio al 2 de agosto), cinco
grandes ataques aéreos contra una sola ciudad: Hamburgo. [210] Y aunque esta acción contradecía cualquier
reflexión táctica, sus consecuencias fueron catastróficas. En los primeros
ataques resultaron destruidas las tuberías de conducción de agua, por lo que
los bomberos no pudieron extinguir ningún incendio durante los ataques
siguientes. Las lenguas de fuego de las gigantescas hogueras bramaban como
ciclones. Ardió el asfalto de las calles y las personas se asfixiaban en los
refugios o quedaban carbonizadas en la vía pública. El efecto de aquella serie
de bombardeos sólo podría compararse al de un terremoto. El jefe regional
Kaufmann telegrafió repetidamente a Hitler rogándole que visitara la ciudad.
Como no tuvo éxito, le pidió que recibiera al menos a una delegación compuesta
por grupos de salvamento que se hubieran distinguido de manera especial, pero
Hitler también rechazó hacerlo.
En Hamburgo se produjo lo que Hitler y Göering
habrían deseado hacer con Londres; en 1940, durante una cena en la Cancillería
del Reich, Hitler se había ido dejando dominar por el ansia de destrucción:
— ¿Han visto ustedes alguna vez un mapa de Londres?
La ciudad está tan apiñada que un solo foco de incendio bastaría para
destruirla, como pasó hace más de doscientos años. Göering quiere emplear una
gran cantidad de un nuevo tipo de bombas incendiarias para que se inicie el
fuego en distintos barrios. Incendios por todas partes. Miles de incendios que
se unirán para formar una enorme hoguera. Göering ha tenido una buena idea: las
bombas explosivas no sirven, pero con las incendiarias sí se puede hacer: ¡Destruir
Londres por completo! ¿De qué les van a servir sus bomberos cuando empiece todo
esto?
Lo ocurrido en Hamburgo me alarmó en extremo. Al
reunirse la Central de Planificación en la tarde del 29 de julio, expuse lo
siguiente:
—Si los ataques aéreos prosiguen al mismo ritmo que
hasta ahora, dentro de doce semanas nos veremos libres de un montón de los
problemas con que nos enfrentamos ahora, pues caeremos con bastante rapidez por
la pendiente… ¡Y entonces podremos celebrar la sesión de clausura de la Central
de Planificación!
Tres días después comuniqué a Hitler que la
producción de armamentos se había visto seriamente afectada por aquellos
ataques y que, si seguían y se ampliaban a otras seis grandes ciudades,
quedaría paralizada en toda Alemania. [211] Hitler me escuchó sin mostrar ninguna emoción.
—Usted lo arreglará —fue lo único que dijo.
Y, en efecto, Hitler tenía razón: conseguimos
arreglarlo. Pero no gracias a nuestra organización, que, aun con toda su buena
voluntad, no podía hacer otra cosa que dar directrices generales, sino por los
tremendos esfuerzos que hicieron los afectados, sobre todo los propios
trabajadores. Afortunadamente, la serie de ataques lanzados contra Hamburgo no
se repitió con la misma dureza en otras ciudades. De ese modo, el enemigo
volvió a darnos ocasión de adaptarnos a sus ataques.
El 17 de agosto de 1943, sólo quince días después
de lo de Hamburgo, recibimos un nuevo golpe. La flota aérea americana lanzó el
primero de sus ataques estratégicos. Lo dirigió contra Schweinfurt, donde se
concentraban grandes industrias de fabricación de rodamientos, ámbito que ya de
por sí constituía un escollo en nuestros esfuerzos para acrecentar la
producción armamentista.
Ahora bien, ya en aquel primer ataque el enemigo
cometió un error decisivo: en lugar de concentrar sus bombas sobre las fábricas
de producción de cojinetes, dividió la respetable cantidad de 376 Fortalezas
Volantes atacando simultáneamente una fábrica de montaje de aviones en
Ratisbona con 146 aparatos; a pesar del éxito de aquella acción, tuvo pocas
consecuencias. Y resultó aún más decisivo que las fuerzas aéreas británicas
prosiguieran con sus ataques dispersos sobre otras ciudades.
Después de aquella ofensiva, la producción de
rodamientos de 6,4 a 24 cm de diámetro, especialmente importante, disminuyó en
un 38%. [212] {212} A pesar del riesgo que corría la ciudad de Schweinfurt, tuvimos
que reactivar en ella la mayor parte de la producción, pues un traslado de las
fábricas habría supuesto paralizarla durante tres o cuatro meses. Nuestra
situación de emergencia hizo también imposible trasladar las fábricas de
rodamientos de Berlín-Erkner, Cannstatt o Steyr, a pesar de que el enemigo
debía de conocer su ubicación.
En junio de 1945, el Estado Mayor de la RAF me
preguntó qué consecuencias habrían podido tener los ataques contra las fábricas
de rodamientos.
—La producción de armamentos habría estado muy
debilitada a los dos meses —contesté—, y habría quedado paralizada por completo
al cabo de unos cuatro, si: 1) se hubieran atacado al mismo tiempo todas las
fábricas de rodamientos (en Schweinfurt, Steyr, Erkner, Cannstatt, Francia e
Italia), 2) estos ataques se hubiesen repetido tres o cuatro veces cada quince
días, y 3) se hubiera impedido después cualquier trabajo de reconstrucción
lanzando dos fuertes ataques aéreos cada ocho semanas durante seis meses. [213]
Tras aquel primer golpe, conseguimos resolver las
mayores dificultades empleando los rodamientos que la Wehrmacht había
almacenado para reparaciones. Además, se consumieron las existencias que se
encontraban en el llamado período de prueba del proceso de fabricación. Una vez
terminado este período, que duraba de seis a ocho semanas, la escasa producción
se llevaba desde las fábricas a los talleres de montaje, muchas veces en
simples mochilas. Por aquellos días nos preguntábamos, muy preocupados, si la estrategia
aérea del enemigo se dirigía a paralizar miles de fábricas de armamentos
destruyendo tan solo cinco o seis objetivos relativamente pequeños.
Sin embargo, el segundo golpe no se produjo hasta
dos meses más tarde. El 14 de octubre de 1943, mientras se celebraba una
reunión con Hitler en el cuartel general de la Prusia Oriental para tratar
cuestiones de armamento, Schaub nos interrumpió diciendo:
—El mariscal del Reich desea hablar con usted
urgentemente. ¡Esta vez trae una buena noticia!
Según nos comunicó Hitler, un nuevo ataque contra
Schweinfurt había terminado con una gran victoria de la artillería
antiaérea. [214] Al parecer, el campo estaba cubierto de bombarderos
americanos derribados. Las novedades me intranquilizaron y pedí a Hitler que me
permitiera suspender la reunión, pues quería ponerme en contacto telefónico con
Schweinfurt. Sin embargo, las líneas estaban cortadas; por fin, con ayuda de la
policía, logré hablar con el jefe de taller de una de las fábricas de
rodamientos: me dijo que todas habían sufrido graves destrozos; los baños de
aceite habían ocasionado graves incendios en las naves donde estaba la maquinaria
y, por lo tanto, la devastación era mucho peor que tras el primer ataque. Esta
vez, la producción de rodamientos (de 6,3 a 24 cm de diámetro) se redujo un
67%.
La primera medida que adopté después del segundo
ataque fue la de nombrar comisario especial para la producción de rodamientos a
uno de mis colaboradores más enérgicos, el director general Kessler. Las
reservas estaban agotadas, y los esfuerzos para traer cojinetes de Suiza o de
Suecia apenas habían dado resultado. No obstante, logramos evitar una
catástrofe sustituyendo los rodamientos por cojinetes deslizantes [215] siempre que era posible. Pero también contribuyó a
evitarla el hecho de que el enemigo, para asombro nuestro, suspendiera una vez
más los ataques contra la industria de rodamientos. [216]
Aunque el 23 de diciembre el centro de producción
de Erkner resultó muy dañado, no pudimos esclarecer si se había tratado de un
ataque premeditado contra este lugar, pues las bombas habían caído diseminadas
por todo Berlín. La situación no cambió hasta febrero de 1944: en cuatro días,
Schweinfurt, Steyr y Cannstatt fueron objeto de dos duros ataques. Luego Erkner
y, de nuevo, Schweinfurt y Steyr. Nuestra producción (de más de 6,3 cm de
diámetro) descendió al 29% en sólo seis semanas. [217]
Sin embargo, a comienzos de abril de 1944 los
ataques contra la industria de rodamientos cesaron repentinamente. Por culpa de
su inconsecuencia, los aliados dejaron escapar de nuevo el éxito. Si hubiesen
proseguido con la misma energía sus ataques de marzo y abril, pronto habríamos
llegado al final; [218] sin embargo, ni un solo tanque, avión o aparato
dejó de funcionar por falta de rodamientos, a pesar de que la producción
armamentista se había incrementado en un 17% desde julio de 1943 hasta abril de
1944. [219] En cualquier caso, al menos por lo que se refiere a
los armamentos parecía hacerse realidad la teoría de Hitler de que se podía
hacer posible lo imposible y de que todos los pronósticos y temores eran
excesivamente pesimistas.
* * * *
No supe hasta después de la guerra a qué se había
debido el fallo del enemigo: el Alto Mando de sus ejércitos supuso que en el
Estado autoritario de Hitler las producciones más importantes serían evacuadas
con rapidez y energía de las ciudades amenazadas. El 20 de diciembre de 1943,
Harris estaba convencido de que «en esta fase de la guerra, los alemanes ya
hace tiempo que han hecho todos los esfuerzos posibles para repartir por el
país una producción tan importante como la de los rodamientos». Harris sobrevaloraba
la efectividad de un sistema que desde el exterior parecía muy compacto.
El 19 de diciembre de 1942, es decir, ocho meses
antes del primer ataque contra Schweinfurt, publiqué un decreto dirigido a toda
la industria armamentista: «La creciente intensidad de los ataques aéreos del
enemigo obliga a adoptar rápidamente medidas para trasladar las industrias de
armamento más importantes». Sin embargo, tropecé con toda clase de
resistencias. Los jefes regionales no querían que se instalaran nuevas fábricas
en su territorio, pues temían ver perturbada la calma de sus villas rurales,
casi propia de tiempos de paz, y los responsables de la producción no deseaban
exponerse a dificultades políticas. Así pues, no cambió casi nada.
Tras el segundo gran ataque contra Schweinfurt, que
tuvo lugar el 14 de octubre de 1943, volvió a decidirse diseminar por los
pueblos circundantes una parte de la producción y trasladar el resto a otras
ciudades del este de Alemania que todavía parecían seguras. [220] Con esta «política de dispersión» se pretendía
evitar nuevos desastres; sin embargo, el proyecto tropezó con toda clase de
resistencias. En enero de 1944 se seguía discutiendo sobre el traslado de la
producción de rodamientos al interior de cuevas, [221] y en agosto del mismo año mi delegado se lamentó de
las dificultades que hallaba para «realizar las obras necesarias para trasladar
la producción de rodamientos». [222] En vez de paralizar sectores técnicos de la
producción, la Royal Air Forcé comenzó una ofensiva aérea contra Berlín. El 22
de noviembre de 1943, durante una reunión en mi despacho, sonó la alarma a las
siete y media de la tarde: se anunció que una gran flota de bombarderos volaba
hacia nosotros. Suspendí la reunión cuando los atacantes llegaron a Potsdam y
me dirigí en coche, como solía hacer, a una cercana torre de defensa antiaérea
desde donde deseaba observar el bombardeo. En cuanto llegué arriba tuve que
refugiarme en el interior de la torre, pues los violentos impactos hacían
temblar su estructura a pesar de que los muros eran muy gruesos. Numerosos
soldados de la defensa antiaérea que habían sufrido el impacto de la onda
expansiva pugnaban por bajar. Las bombas cayeron sin interrupción durante
veinte minutos. En la entrada de la torre había una multitud apiñada, envuelta
por el polvo cada vez más denso que caía de las paredes de hormigón. Cuando la
lluvia de bombas cesó, salí de nuevo a la plataforma superior; mi cercano
Ministerio era una hoguera gigantesca. Corrí hacia allí. Algunas secretarias,
provistas de cascos de acero que hacían que parecieran amazonas, se esforzaban
por salvar expedientes, y en las inmediaciones seguía estallando alguna que otra
bomba. Donde antes estaba mi despacho no hallé más que un gran cráter.
El rápido avance de las llamas nos impidió salvar
gran cosa. Cerca de allí se encontraba el edificio de la Dirección General de
Armamentos del Ejército de Tierra, de ocho pisos; como el fuego amenazaba con
adueñarse también de él, nosotros, dominados por un nervioso afán de hacer
algo, penetramos en él para salvar al menos los valiosos aparatos telefónicos
especiales. Los arrancamos de sus conexiones y los amontonamos en el sótano del
edificio, en un lugar seguro. El general Leeb, jefe de la Dirección General, me
visitó a la mañana siguiente y me dijo:
—Hemos podido extinguir el gran incendio de mi
edificio a primeras horas de la mañana. Pero, desgraciadamente —me dijo
sonriendo—, no podemos trabajar. Alguien ha arrancado esta noche todos los
teléfonos de las paredes.
Cuando Göering, que estaba en Karinhall, se enteró
de mi visita nocturna a la torre antiaérea, ordenó que no se me permitiera
volver a subir a ella. Sin embargo, los oficiales habían trabado conmigo una
relación que tuvo más peso que la orden de Göering, así que no se me impidieron
las visitas.
Los ataques aéreos contra Berlín ofrecían desde la
torre una imagen inolvidable, y había que llamarse continuamente a la cruel
realidad para no dejarse fascinar por el espectáculo: la iluminación de los
paracaídas de las bombas incendiarias, llamadas «árboles de Navidad» por los
berlineses; los relámpagos de las explosiones que se entremezclaban con las
nubes de humo; los incontables reflectores que buscaban aviones en el cielo; el
excitante juego del aparato intentando rehuir el haz luminoso al ser descubierto;
una antorcha que se encendía cuando era alcanzado por el proyectil antiaéreo…:
el Apocalipsis ofrecía un espectáculo grandioso.
En cuanto los aviones daban media vuelta, me
dirigía en automóvil a las fábricas importantes situadas en los distritos
afectados. Avanzábamos por calles recién destruidas y cubiertas de escombros;
las casas ardían; quienes habían perdido su vivienda se apiñaban en torno a las
ruinas; algunos muebles y pertenencias salvados de las llamas salpicaban las
aceras; la atmósfera, llena de un humo acre, hollín y llamas, era sombría.
Algunas personas mostraban esa singular hilaridad histérica que se observa con frecuencia
como reacción ante las catástrofes. La ciudad estaba cubierta por una densa
humareda de unos seis mil metros de altura que hacía que incluso a pleno día
aquella escena macabra se hallara sumida en la oscuridad.
Traté varias veces de describir a Hitler mis
impresiones, pero siempre me interrumpía diciendo:
—Por cierto, Speer, ¿cuántos tanques tendrá listos
el mes que viene?
Cuatro días después de la destrucción de mi
Ministerio, el 26 de noviembre de 1943 otro violento bombardeo de Berlín dañó
seriamente nuestra principal fábrica de tanques, situada en Allkett. Puesto que
la Central de Comunicaciones de Berlín estaba destrozada, a mi colaborador Saur
se le ocurrió llamar al cuartel general del Führer por la
línea directa, que estaba intacta, para que avisaran a los bomberos desde allí.
Hitler se enteró así del incendio y, sin pedir más detalles, ordenó que se
concentraran inmediatamente en la fábrica todos los servicios de bomberos,
incluso los que había en los alrededores de la capital.
Entretanto, yo había llegado a Allkett. La mayor
parte de las naves había sido destruida por el fuego, pero los bomberos de
Berlín ya lo habían apagado. La orden de Hitler hizo que se presentaran ante
mí, uno tras otro, los capitanes de varios regimientos de extinción de
incendios, que acudían sin cesar al lugar del siniestro desde ciudades muy
alejadas, como Brandemburgo, Oranienburg y Potsdam. Como habían recibido
órdenes directas del Führer, no pude enviarlos a extinguir otros
incendios, y a primeras horas de la mañana las calles que rodeaban la fábrica
estaban ocupadas por una gran cantidad de unidades de extinción de incendios
inactivas, mientras el fuego seguía propagándose libremente por otros barrios
de la ciudad.
* * * *
Milch y yo organizamos en septiembre de 1943 una
reunión en el Centro de Experimentación de la Luftwaffe de Rechlin, a orillas
del lago Müritz, para comentar con mis colaboradores los problemas del
armamento aéreo. Milch y sus especialistas hablaron, entre otras cosas, de la
futura producción de aviones enemigos. Nos mostraron imágenes de los distintos
tipos y comparamos las curvas de producción americanas con las nuestras. Las
cifras que más nos asustaron fueron las relacionadas con los cuatrimotores de
bombardeo diurno; de acuerdo con ellas, lo que habíamos sufrido hasta entonces
no era más que un preludio.
Naturalmente, surgió la pregunta de hasta qué punto
Hitler y Göering estaban al corriente de aquellas cifras. Milch me explicó con
amargura que hacía meses que intentaba en vano que sus expertos en armamento
enemigo expusieran la situación a Göering, quien no quería ni oír hablar del
asunto. Al parecer, Hitler le había dicho que todo aquello no era más que
propaganda y él había aceptado su explicación. También yo fracasé cada vez que
traté de llamar la atención de Hitler al respecto. — ¡No se deje usted engañar!
—me contestaba—. Todos esos informes están amañados, y los derrotistas del
Ministerio del Aire caen en la trampa como niños. Hitler ya rechazaba con
observaciones de este tipo nuestras advertencias en invierno de 1942, y seguía
en sus trece mientras nuestras ciudades eran reducidas a escombros una tras
otra.
Por la misma época fui testigo de un altercado
entre Göering y el comandante de los pilotos de caza, Galland, quien informó a
Hitler de que algunos cazas que escoltaban a las escuadrillas de bombarderos
americanos habían sido derribados cerca de Aquisgrán y le habló del peligro que
correríamos si los americanos, utilizando unos depósitos de combustible
mayores, lograban que sus aparatos se internaran más en territorio alemán.
Hitler comunicó estas preocupaciones a Göering, quien se disponía a ir en su tren
especial hacia el valle del Rominte cuando apareció Galland.
— ¿Cómo se le ha ocurrido —preguntó Göering
encarándose con él— decirle al Führer que los pilotos
americanos han penetrado en el territorio del Reich?
—Señor mariscal del Reich —respondió Galland sin
inmutarse—, pronto llegarán aún más lejos.
Göering reaccionó con vehemencia:
— ¡Eso son tonterías, Galland! ¿De dónde saca esas
fantasías? ¡Es mentira!
— ¡Son hechos, señor mariscal del Reich! —dijo
Galland negando con la cabeza. Tenía aspecto tranquilo, con la gorra un poco
ladeada y el cigarrillo entre los labios—. Hemos derribado cazas americanos
cerca de Aquisgrán. De eso no hay duda.
—Sencillamente, eso no es verdad, Galland. ¡Es
imposible!—insistió Göering:
—Puede usted ordenar que alguien compruebe si hay
cazas americanos cerca de Aquisgrán, señor mariscal del Reich —respondió
Galland, algo burlón.
Göering cambió de tono:
—Mire, Galland, déjeme que le diga una cosa: soy un
piloto de caza experto y sé lo que es posible y lo que no. Confiese que se ha
equivocado.
En lugar de responder, Galland se limitó a negar
con la cabeza. Göering terminó diciendo:
—Sólo queda la posibilidad de que fueran derribados
mucho más al Oeste. Quiero decir que, si estaban muy altos cuando los
derribaron, pudieron planear un buen trecho durante la caída.
Galland permaneció imperturbable.
— ¿Hacia el Este, señor mariscal? Si yo fuera
alcanzado por un proyectil…
—Bueno, señor Galland —dijo Göering enérgico,
tratando de zanjar la disputa—, le ordeno oficialmente que admita que los cazas
americanos no llegaron hasta Aquisgrán.
Galland intentó protestar por última vez.
— ¡Pero si estaban allí, señor mariscal del Reich!
En ese momento, Göering perdió los estribos.
— ¡Le ordeno oficialmente que admita que no estaban
allí! ¿Lo ha entendido? ¡Los cazas americanos no estaban allí! Queda claro,
¿verdad? Voy a comunicárselo al Führer. —Göering se volvió para
irse, aunque lo miró amenazadoramente una vez más: —Tiene usted una orden,
oficial.
—A sus órdenes, señor mariscal del Reich —replicó
Galland con una sonrisa inolvidable.
En el fondo, no es que Göering se negara a ver la
realidad, y en varias ocasiones lo oí enjuiciar la situación con acierto.
Actuaba más bien como un banquero a punto de quebrar que quiere engañar a los
demás y a sí mismo hasta el último momento. Su arbitrariedad y despreocupación
ante los acontecimientos ya llevaron al famoso piloto de caza Ernst Udet a
buscar la muerte en 1941, y otro de los más estrechos colaboradores de Göering,
jefe del Estado Mayor de la Luftwaffe desde hacía más de cuatro años, el capitán
general Jeschonnek, fue encontrado muerto en su despacho en agosto de 1943.
También se había suicidado. Según supe por Milch, Jeschonnek dejó una nota
sobre la mesa: no quería que Göering asistiera a su entierro. Sin embargo, este
asistió y depositó en su tumba una corona de flores de parte de Hitler. [223]
* * * *
Siempre consideré una virtud en extremo deseable
ser capaz de ver la realidad y no dejarse llevar por ideas delirantes. No
obstante, cuando reflexiono sobre mi vida antes de ingresar en prisión, veo que
en ningún momento me libré de las visiones engañosas.
El alejamiento creciente de la realidad no es una
característica específica del régimen nacionalsocialista. Ahora bien, mientras
que en circunstancias normales esto se ve compensado por el entorno, por las
burlas, las críticas y la pérdida de credibilidad, en el Tercer Reich no se
daban tales correctivos, sobre todo entre la clase dirigente. Al contrario:
igual que en una sala de espejos, cada autoengaño se multiplicaba en la imagen,
Confirmada una y otra vez, de un mundo quimérico que no tenía nada que ver con
la sombría realidad exterior. En estos espejos sólo podía ver reflejada
repetidamente mi propia imagen; ninguna mirada extraña perturbaba la
uniformidad de cien rostros siempre iguales y que siempre eran el mío.
Existían distintos grados de evasión. No hay duda
de que Goebbels estaba muchísimo más cerca de la realidad que, por ejemplo,
Göering o Ley. Pero las diferencias se reducen si tenemos en cuenta lo alejados
que vivíamos, tanto los ilusos como los supuestos realistas, de lo que
realmente estaba pasando.
* * * *
Siempre consideré una virtud en extremo deseable
ser capaz de ver la realidad y no dejarse llevar por ideas delirantes. No
obstante, cuando reflexiono sobre mi vida antes de ingresar en prisión, veo que
en ningún momento me libré de las visiones engañosas.
El alejamiento creciente de la realidad no es una
característica específica del régimen nacionalsocialista. Ahora bien, mientras
que en circunstancias normales esto se ve compensado por el entorno, por las
burlas, las críticas y la pérdida de credibilidad, en el Tercer Reich no se
daban tales correctivos, sobre todo entre la clase dirigente. Al contrario:
igual que en una sala de espejos, cada autoengaño se multiplicaba en la imagen,
Confirmada una y otra vez, de un mundo quimérico que no tenía nada que ver con
la sombría realidad exterior. En estos espejos sólo podía ver reflejada
repetidamente mi propia imagen; ninguna mirada extraña perturbaba la
uniformidad de cien rostros siempre iguales y que siempre eran el mío.
Existían distintos grados de evasión. No hay duda
de que Goebbels estaba muchísimo más cerca de la realidad que, por ejemplo,
Göering o Ley. Pero las diferencias se reducen si tenemos en cuenta lo alejados
que vivíamos, tanto los ilusos como los supuestos realistas, de lo que
realmente estaba pasando.
Capítulo XXI
Hitler en otoño de 1943
Los antiguos colaboradores de Hitler coincidían con
sus asistentes en que este había sufrido un cambio durante el último año. Eso
no podía sorprender a nadie, pues durante aquel período vivió la catástrofe de
Stalingrado, vio impotente cómo más de 250.000 soldados capitulaban en Túnez y
presenció la destrucción de ciudades alemanas sin poder ofrecer apenas
resistencia; al mismo tiempo, tuvo que renunciar a una de sus mayores
esperanzas bélicas y aceptar la decisión de la Marina de retirar los submarinos
del Atlántico. No hay duda de que Hitler se daba cuenta del giro que estaban
tomando los acontecimientos, ni de que reaccionó ante ellos como un ser humano:
sintiéndose desengañado y abatido; su optimismo era cada vez más forzado. Puede
que hoy en día Hitler se haya convertido en un objeto de frío estudio para el
historiador; pero para mí sigue siendo una persona, sigue estando físicamente
presente.
Entre la primavera de 1942 y el verano de 1943 se
mostró deprimido algunas veces, pero después pareció producirse en él una
extraña transformación. Incluso en las situaciones desesperadas solía mostrar
plena confianza en la victoria. Apenas recuerdo una palabra suya sobre nuestra
catastrófica situación en los últimos tiempos, aunque yo la esperaba. ¿Se había
autosugestionado hasta tal punto sobre la victoria que creía ciegamente en
ella? En todo caso, se mostraba más firme y convencido de la infalibilidad de
sus decisiones cuanto más inevitable parecía la catástrofe.
Su entorno más íntimo veía con preocupación su
creciente reserva. Adoptaba sus decisiones en un aislamiento consciente.
También se fue volviendo menos flexible y apenas se interesaba por las
novedades. En cierto modo, avanzaba por un camino trazado de antemano y no
encontraba fuerzas para apartarse de él.
La causa principal de su anquilosamiento era lo
forzado de la situación a que lo había arrastrado la superioridad de sus
enemigos, que en enero de 1943 acordaron proseguir la lucha hasta obtener la
capitulación incondicional de Alemania. Es posible que Hitler fuera el único
que no se hacía ilusiones sobre la seriedad del momento. Goebbels, Göering y
otros jugaban en sus conversaciones con la idea de aprovechar las desavenencias
políticas entre los aliados. También había quien esperaba que Hitler trataría
al menos de paliar las consecuencias políticas de sus derrotas. Antes, desde la
ocupación de Austria hasta el pacto con la Unión Soviética, ¿no se le habían
ocurrido siempre, con aparente facilidad, nuevas artimañas, nuevos giros,
nuevos refinamientos? En cambio, en las reuniones estratégicas decía cada vez
con más frecuencia: «No se hagan ustedes ilusiones. Ya no podemos volver atrás.
Sólo podemos seguir adelante; se han roto todos los puentes que había a
nuestras espaldas». El trasfondo de estas palabras, con las que Hitler privó a
su propio gobierno de toda capacidad de negociación, no se vería con claridad
hasta el proceso de Nüremberg.
* * * *
Una de las causas del cambio que experimentó Hitler
fue, en mi opinión, la incesante sobrecarga a que lo sometía una forma de
trabajar a la que no estaba acostumbrado. Desde que comenzó la campaña de
Rusia, su antigua manera de solucionar los asuntos, consistente en despacharlo
todo de golpe y después intercalar fases de ocio, fue sustituida por una larga
jornada de trabajo que se repetía diariamente. Si antes había sabido conseguir,
con gran habilidad, que otros trabajaran por él, cuando los problemas crecieron
se ocupó cada vez más de los detalles. Quiso convertirse en un trabajador
disciplinado, pero eso no respondía a su manera de ser y no mejoró su capacidad
de tomar decisiones.
Es verdad que antes de la guerra Hitler ya había
sufrido estados de agotamiento que se reflejaban en un chocante horror a tomar
decisiones, en fases de ausencia o en su inclinación a pronunciar enrevesados
monólogos. Entonces se quedaba sin palabras o respondía a su interlocutor con
un simple «sí» o «no», y no había forma de saber si seguía prestando atención o
se había sumido en cavilaciones muy alejadas del tema que se estaba tratando.
Sin embargo, en aquel tiempo solía recuperarse pronto. Después de pasar unas
semanas en el Obersalzberg se lo veía más despierto, la vida volvía a sus ojos,
aumentaba su capacidad de reacción y recobraba las ganas de decidir.
En 1943, su entorno insistía para que se tomara
unas vacaciones. A veces cambiaba de residencia y pasaba algunas semanas,
incluso unos meses, en el Obersalzberg, [224] aunque eso no alteraba su jornada de trabajo.
Bormann no dejaba de acudir a él para que decidiera sobre cuestiones de detalle
y siempre tenía visitas que trataban de aprovechar su presencia en el Berghof o
en la Cancillería del Reich, donde exigían verlo jefes regionales o ministros a
los que no recibía en el cuartel general. Además, las largas reuniones
estratégicas se mantenían, pues el Estado Mayor en pleno lo seguía a todas
partes. Cuando le expresábamos nuestra preocupación por su salud, solía responder:
—Resulta muy fácil aconsejarme que me tome unas
vacaciones. Pero es imposible. No puedo dejar que otros tomen las decisiones
militares ni siquiera durante veinticuatro horas.
Los que componían su entorno militar estaban
acostumbrados a trabajar intensamente cada día desde muy jóvenes, por lo que no
se podía esperar de ellos que entendieran la sobrecarga a la que se encontraba
sometido Hitler. Tampoco Bormann comprendía que le estaba exigiendo demasiado.
Aparte de esto, Hitler no hacía lo que cualquier director de fábrica habría
hecho: nombrar delegados capaces para dirigir cada departamento. No sólo le
faltaba un presidente del Gobierno eficaz y un jefe enérgico de la Wehrmacht,
sino también un buen comandante del Ejército de Tierra. No cesaba de violar la
antigua regla, que antes había seguido, de que cuanto más elevada es la
posición en que uno se encuentra, más tiempo libre necesita.
El sobreesfuerzo y el aislamiento lo llevaron a un
peculiar estado de petrificación y endurecimiento, de torturada vacilación, de
permanente irritabilidad. Tenía que exprimir su extenuado cerebro para tomar
las decisiones que antes adoptaba de forma casi lúdica. [225] Como deportista, yo sabía lo que era el sobre
entrenamiento: en esta situación, a un menor rendimiento se une el desánimo, la
impaciencia y la pérdida de elasticidad, y uno se vuelve un autómata hasta el
punto de no desear ningún momento de descanso y de querer prolongar el
entrenamiento indefinidamente. El sobreesfuerzo intelectual puede tener las
mismas consecuencias. Durante los momentos difíciles de la guerra observé en mí
mismo cómo el pensamiento continúa trabajando mecánicamente al tiempo que pierde
la frescura y rapidez de percepción y adopta decisiones en un estado parecido
al sopor.
* * * *
Que Hitler saliera sigilosamente de la oscura
Cancillería del Reich en la noche del 3 de septiembre de 1939 para dirigirse al
frente resultó ser un indicio de lo que ocurriría en el futuro. Su relación con
el pueblo cambió: incluso aunque todavía entrara en contacto con la multitud,
lo que ahora hacía muy de vez en cuando, el entusiasmo y la capacidad de las
masas de apasionarse se habían extinguido en la misma medida que el afán de
Hitler por convencerlas.
Al principio de los años treinta, durante las
últimas batallas por el poder, Hitler se exigió casi tanto a sí mismo como en
la segunda mitad de la guerra, aunque seguramente los mítines a los que acudía
a pesar de su agotamiento le daban más fuerzas de las que perdía en ellos.
Incluso entre 1933 y 1939, cuando la posición que había alcanzado le facilitaba
la existencia, estaba claro que la procesión diaria de admiradores entusiastas
que desfilaba frente a él en el Obersalzberg lo reanimaba, y las manifestaciones
de la época anterior a la guerra se convirtieron para él en un estimulante del
que no podía prescindir. Después se lo veía más firme y seguro de sí mismo que
nunca.
Es probable que el círculo privado (secretarias,
médicos y asistentes) en que se movía en el cuartel general fuera aún menos
estimulante que el que lo rodeaba antes de la guerra en el Obersalzberg y la
Cancillería del Reich. No tenía ante él a personas fascinadas e incapaces de
hablar por la emoción. El trato diario con Hitler, y eso es algo que ya observé
en la época en que nos dedicábamos a soñar juntos en nuestras obras
arquitectónicas, lo bajaba del pedestal de semidiós al que lo había subido
Goebbels y lo ponía al nivel de cualquier otro ser humano, con todas sus
carencias y debilidades, por mucho que su autoridad siguiera intacta.
También su entorno militar tenía que resultarle
agotador, pues cualquier gesto notorio de admiración habría causado un efecto
desagradable en la atmósfera desapasionada del cuartel general. Al contrario,
los oficiales se comportaban con completa frialdad, incluso aunque no fueran
así por naturaleza, porque aquella actitud reservada formaba parte de su
educación. A su lado, el servilismo de Keitel y Göering resultaba chocante y a
nadie le parecía auténtico; Hitler no fomentaba la sumisión de sus colaboradores
militares. En aquel círculo predominaba la objetividad.
Hitler no toleraba que se criticara su forma de
vivir, y su entorno la aceptaba a pesar de la inquietud que sentía por él. Cada
vez rehuía más las conversaciones de carácter personal, y sólo mantenía algunas
con sus camaradas de los tiempos de lucha, como Ley, Goebbels o Esser. Sin
embargo, su manera de dirigirse a mí o a los demás era impersonal y distante.
Que Hitler tomara alguna decisión con la frescura y espontaneidad de antes o
que escuchara atentamente los argumentos que se oponían a los suyos resultaba
muy poco frecuente y que lo hiciera provocaba siempre comentarios entre
nosotros.
* * * *
A Schmundt y a mí nos pareció que sería buena idea
presentar a Hitler a jóvenes oficiales llegados del frente, que podrían
introducir algo del espíritu del mundo exterior en la sofocante y cerrada
atmósfera del cuartel general, pero nuestro intento fue un fracaso. Por un
lado, Hitler no mostró grandes deseos de emplear en ello su escaso tiempo, y
además tuvimos que reconocer que más bien creaba contratiempos. Por ejemplo, un
joven oficial de una división acorazada le habló del avance en el Terek, en el que
su unidad casi no había encontrado resistencia y sólo se había visto detenida
por la falta de municiones. Hitler se excitó mucho e insistió durante varios
días en el tema.
— ¡Eso es lo que ocurre! ¡Falta munición del siete
y medio! ¿Qué pasa con la producción? Hay que aumentarla rápidamente como sea.
De hecho, a pesar de la escasez de nuestros
recursos, disponíamos de existencias suficientes de aquel tipo de munición,
pero la impetuosidad del avance había hecho imposible que el suministro llegara
a tiempo; debe tenerse en cuenta que la trayectoria de abastecimiento era
desmesurada. Pero Hitler se negaba a aceptarlo.
Sus encuentros con jóvenes oficiales del frente le
permitieron averiguar otros detalles en los que quiso ver enseguida serias
negligencias del Estado Mayor. En realidad, la mayor parte de las dificultades
se debían a la velocidad que Hitler imponía a las tropas, pero a los
especialistas les resultaba imposible hacérselo ver porque no conocía bien el
complicado aparato que implicaba un avance de tal naturaleza.
Hitler siguió recibiendo, aunque no con mucha
frecuencia, a aquellos oficiales y soldados, a los que distinguía con altas
condecoraciones. Dada su desconfianza respecto a la capacidad del Estado Mayor,
esas visitas solían ir seguidas de toda clase de enfados y órdenes. Para
evitarlo, Keitel y Schmundt trataban de neutralizar en la medida de lo posible
a los visitantes antes de que se entrevistaran con él.
* * * *
El té nocturno de Hitler, al que también nos
invitaba en el cuartel general, se había ido retrasando paulatinamente hasta
las dos de la madrugada y terminaba a las tres o a las cuatro. Hitler demoraba
cada vez más la hora de acostarse y no se iba a la cama hasta altas horas de la
mañana, lo que me hizo decir en una ocasión:
—Si la guerra dura mucho más, conseguiremos
ajustamos al horario de los madrugadores y los tés nocturnos de Hitler se
convertirán en nuestro té de la mañana.
No hay duda de que Hitler sufría de insomnio.
Hablaba de torturantes horas en blanco si se acostaba demasiado pronto. Durante
la hora del té solía quejarse de que la noche anterior no había conseguido
conciliar el sueño hasta primeras horas de la mañana y que aquel rato se le
había hecho interminable.
Sólo eran admitidos al té los conocidos más
íntimos: sus médicos, sus secretarias, sus asistentes militares y civiles, el
delegado del jefe de prensa, el embajador Hewel, a veces su cocinera vienesa,
algún visitante que le fuera muy próximo y el inevitable Bormann. También yo
era bien acogido en todo momento. Tomábamos asiento en el comedor, en incómodas
butacas. A Hitler le gustaba seguir creando una atmósfera «agradable», a ser
posible frente al fuego del hogar. Servía el pastel a las secretarias con gesto
caballeroso y se ocupaba afectuosamente de sus invitados, como un anfitrión
despreocupado. A mí me daba pena; sus intentos de irradiar calidez para poder
recibirla eran del todo inútiles.
Como en el cuartel general la música estaba mal
vista, sólo nos quedaba la conversación, cuyo peso llevaba Hitler casi
exclusivamente. Aunque sus archisabidos chistes eran recibidos con las mismas
risas de la primera vez y sus relatos sobre su dura juventud o sus «tiempos de
lucha» se escuchaban con el mismo interés que el primer día, aquel círculo no
podía contribuir mucho a animar la velada. Una ley no escrita prohibía hablar
de política o de los sucesos del frente, y también criticar a los dirigentes.
Es comprensible que Hitler no tuviera ganas de hablar de eso. El único que se
permitía hacer comentarios provocativos era Bormann. También las cartas de Eva
Braun podían romper aquella regla si escribía, por ejemplo, sobre la extrema
cerrazón de los departamentos oficiales. Cuando en pleno invierno se prohibió a
los muniqueses practicar el esquí en las montañas cercanas, Hitler se mostró
muy alterado y pronunció unas parrafadas interminables sobre su lucha eterna y
vana contra la estupidez de la burocracia. Al final Bormann recibía el encargo
de ocuparse del asunto.
La insignificancia de los temas tratados demostraba
hasta qué punto había descendido el umbral del interés de Hitler. Con todo, las
nimiedades servían para relajarlo, pues lo devolvían a una escala pequeña en la
que su criterio seguía teniendo valor y le hacían olvidar, al menos por unos
momentos, la impotencia que sentía desde que era el enemigo quien determinaba
el curso de los acontecimientos y sus órdenes militares no conseguían los
objetivos deseados.
Sin embargo, a pesar de todos sus intentos de
evadirse, Hitler no se podía sustraer ni siquiera en aquel reducido círculo a
la conciencia de la situación. Entonces le gustaba repetir sus viejas
lamentaciones de que en realidad se había hecho político en contra de su
voluntad, que en el fondo era un arquitecto frustrado y que si no había logrado
ejercer era sólo porque había tenido que convertirse en promotor estatal para
encargar las únicas obras que estaban a su altura. Se dejaba llevar por la
autocompasión y solía decir que sólo le quedaba un deseo:
—Volveré a colgar la guerrera gris en cuanto me sea
posible. [226] Cuando la guerra concluya y hayamos logrado la
victoria, la misión de mi vida habrá terminado y me retiraré en Linz, cerca del
Danubio. Y entonces, ¡que mi sucesor se apañe con todos los problemas!
Aunque ya había expresado a veces tales
pensamientos antes de la guerra, durante las relajadas tertulias de té del
Obersalzberg, entonces sólo se trataba de una especie de coquetería. Ahora, sin
embargo, formulaba estas ideas sin nada de patetismo, en un tono normal y
mostrando una amargura que parecía real.
También su interés siempre vivo por los proyectos
relacionados con la ciudad a la que pensaba retirarse parecía cada vez más una
forma de evadirse de la realidad. En los últimos tiempos de la guerra, Hermann
Giessler, el arquitecto jefe de Linz, era llamado cada vez con más frecuencia
al cuartel general para presentar sus proyectos, mientras que Hitler apenas se
acordaba de los proyectos de Hamburgo, Berlín, Nüremberg o Munich, que tanto
habían significado para él. Después decía abatido que los tormentos que tenía
que soportar hacían que la muerte sólo significara una liberación. Al examinar
los planos de Linz, ese estado de ánimo lo llevaba a mirar una y otra vez los
bocetos de su tumba, que debía situarse en una de las torres de las
instalaciones del Partido en Linz. De este modo dejaba claro que ni siquiera
después de ganar la guerra estaba dispuesto a ser enterrado junto a sus
mariscales en la «Galería de los Soldados» de Berlín.
En las conversaciones nocturnas mantenidas en los
cuarteles generales de Ucrania o de la Prusia Oriental, Hitler daba a menudo la
impresión de estar desequilibrado. A los pocos que participábamos en ellas nos
afectaba la plúmbea pesadez de las primeras horas de la mañana. Sólo la
cortesía y el sentido del deber nos movían a quedarnos, aunque a duras penas
lográbamos mantener los ojos abiertos, ya que aquellas monótonas charlas tenían
lugar después de las agotadoras reuniones estratégicas. Antes de que Hitler se
presentara, alguien preguntaba:
— ¿Dónde está Morell esta noche?
Y otro respondía con desgana:
—Ya hace tres noches que no viene.
Y una de las secretarias observaba:
—Ese bien se podría quedar despierto un rato más.
Siempre somos los mismos… A mí también me gustaría dormir.
Otra secretaria añadía:
—En realidad deberíamos quedarnos por turnos. No
puede ser que siempre tengamos que quedarnos los mismos mientras otros se
escabullen.
Por supuesto, Hitler seguía siendo venerado en
aquel círculo, pero su aureola se había diluido.
* * * *
Después de que Hitler hubiera desayunado, a última
hora de la mañana, se le presentaban los periódicos del día y los comunicados
de prensa. Este servicio era de crucial importancia para que se formara una
opinión e influía mucho en su estado de ánimo. Ciertas noticias del extranjero
provocaban en él una reacción inmediata; daba entonces réplicas oficiales, por
lo general agresivas, que solía dictar a su jefe de prensa, el doctor Dietrich,
o a su representante, Lorenz. Se inmiscuía sin reflexionar en asuntos que
incumbían a uno u otro Ministerio y no informaba siquiera a los ministros
responsables, normalmente Goebbels o Ribbentrop.
A continuación, Hewel le exponía cuestiones de
política exterior, que Hitler se tomaba con más calma que los comunicados de
prensa. Visto en retrospectiva, tengo la impresión de que daba más importancia
al efecto que a la realidad y de que las noticias impresas le interesaban más
que los propios acontecimientos. Acto seguido, Schaub le facilitaba los
informes sobre los ataques aéreos de la noche anterior, que habían sido
transmitidos a Bormann por los jefes regionales. Como uno o dos días después yo
solía inspeccionar las fábricas de las ciudades destruidas, estoy en
disposición de afirmar que Hitler era correctamente informado sobre la magnitud
de los daños. De hecho, habría sido poco inteligente que los jefes regionales
trataran de restarles importancia, puesto que su prestigio aumentaba si
conseguían reactivar la producción y la vida normal de la ciudad a pesar de los
terribles desperfectos.
Hitler quedaba visiblemente abatido tras escuchar
estos informes, aunque menos por las bajas sufridas por la población o porque
se hubieran destruido zonas habitadas que por la pérdida de edificios valiosos,
sobre todo si eran teatros. Al igual que antes de la guerra con sus proyectos
para «reestructurar las ciudades alemanas», lo que le interesaba por encima de
todo era la representación. En cambio, pasaba por alto la penuria social y el
sufrimiento humano; sus exigencias casi siempre incluían que se reedificaran
los teatros destruidos por las llamas. Le hice notar más de una vez las
dificultades por las que pasaba la construcción y, al parecer, también los
departamentos políticos locales vacilaban antes de poner en práctica unas
órdenes tan impopulares; Hitler, absorbido por la situación militar, apenas se
informaba nunca sobre el estado de los trabajos. Sólo se impuso en dos
ciudades: insistió en que los teatros de ópera de Munich, su segunda ciudad
natal, y Berlín fueran reconstruidos a cualquier precio. [227]
Por lo demás, demostraba un notable desconocimiento
de la verdadera situación y del ambiente de la calle cuando rechazaba todas las
objeciones diciendo:
—Las representaciones teatrales deben proseguir
precisamente para elevar el estado de ánimo de la población.
No cabe duda de que la gente que vivía en las
ciudades tenía otras preocupaciones. Las palabras de Hitler demostraban una vez
más su «espíritu burgués».
Durante la lectura de los informes de daños, Hitler
acostumbraba insultar groseramente al Gobierno británico y a los judíos, a los
que consideraba culpables de los ataques. Decía que sólo la creación de una
gran flota de bombarderos podría obligar al enemigo a suspenderlos. Si yo
objetaba que carecíamos de aviones y explosivos suficientes para una guerra de
bombardeos prolongada, su respuesta era siempre la misma. [228]
—Usted ha hecho posibles tantas cosas, Speer, que
también conseguirá esto.
Visto en retrospectiva, creo que el hecho de que
nuestra producción aumentara continuamente a pesar de los bombardeos enemigos
fue una de las razones de que Hitler no se tomara en serio la batalla aérea que
se estaba librando en los cielos de Alemania y de que rechazara las propuestas
que le hacíamos Milch y yo de disminuir de manera radical la fabricación de
bombarderos y aumentar la de cazas hasta que fue demasiado tarde.
Intenté que Hitler viajara por las poblaciones
arrasadas y se dejara ver en ellas; [229] el propio Goebbels fracasó en el empeño a pesar de
su ascendiente sobre Hitler, y se refería con envidia al comportamiento de
Churchill:
— ¡Con el partido propagandístico que yo podría
sacarle a una visita así!
Hitler, sin embargo, no quería hacerlo. Cuando se
dirigía desde la estación de Stettin a la Cancillería del Reich o acudía a su
domicilio de Munich, en Prinzregentenstrasse, ordenaba que se tomara el camino
más corto, cuando antiguamente siempre le había encantado dar grandes rodeos.
Algunas veces lo acompañé en esos viajes y pude constatar el desinterés y la
indiferencia con que tomaba nota de las imágenes que ofrecía el enorme campo de
ruinas que atravesaba su coche.
* * * *
A pesar de que Morell le había recomendado dar
largos paseos, no le hizo demasiado caso. ¡Con lo sencillo que habría sido
trazar algunos caminos en los bosques de la Prusia Oriental! Pero Hitler se
oponía a ello, y su paseo diario se limitaba a un breve trayecto circular, de
apenas cien metros de longitud, dentro de la zona restringida número I.
Durante sus paseos, el interés de Hitler no se
centraba en su acompañante, sino en su perro pastor Blondi, al que intentaba
amaestrar. Después de algunos ejercicios de cobrado de piezas, el perro tenía
que hacer equilibrios sobre una pasarela de unos veinte centímetros de anchura
y ocho metros de longitud, montada a una altura de dos metros. Naturalmente,
Hitler sabía que para el perro no hay otro amo que el que le lleva la comida, y
antes de dar al criado la orden de abrir la puerta de la perrera hacía que el
animal, excitado por la alegría y el hambre, se pasara algunos minutos saltando
contra la cerca de tela metálica entre ladridos y aullidos. Como yo disfrutaba
del favor de Hitler, alguna vez me permitió acompañarlo a dar de comer al
perro, mientras que todos los demás tenían que asistir a esta operación desde
lejos. Es probable que aquel perro pastor desempeñara el papel principal en la
vida privada de Hitler; era más importante que sus más estrechos colaboradores.
Cuando en el cuartel general no había ningún invitado que le resultara
agradable, Hitler comía solo en compañía del perro. Por supuesto, cuando yo me
encontraba en el cuartel general —solía quedarme dos o tres días—, Hitler me
invitaba a comer una o dos veces. Más de uno del cuartel general debió de
pensar que nos ocupábamos de cosas generales de cierta importancia o de temas
personales. Sin embargo, me resultaba imposible hablar con Hitler de los
aspectos globales de la guerra o de la situación económica, y nos entreteníamos
con trivialidades o repasábamos áridas cifras de producción.
Al principio todavía se interesaba por asuntos que
tiempo atrás nos habían absorbido a los dos, como la futura configuración de
las ciudades alemanas. También nos ocupábamos a menudo de su deseo de
proyectar, una vez terminada la guerra, una red de ferrocarriles
transcontinentales que aglutinara económicamente a su futuro Estado. Fijó un
ancho de vía mayor que el usual y ordenó que los Ferrocarriles del Reich
diseñaran distintos tipos de vagones e hicieran cálculos detallados sobre la
carga útil de los trenes de mercancías, todo lo cual estudiaba en sus noches de
insomnio. [230] El Ministerio de Comunicaciones consideró que tener
dos sistemas de vías férreas supondría más inconvenientes que ventajas, pero
Hitler estaba empeñado en aquella idea, a la que, en su función de abrazadera
del Imperio, daba mayor importancia que a las autopistas.
A medida que transcurrían los meses, Hitler se iba
tornando más y más silencioso. También puede ser que en mi presencia se
sintiera relajado e hiciera menos esfuerzos por mantener una conversación que
con otros invitados menos íntimos. De todos modos, desde otoño de 1943 comer
con él se convirtió en un martirio. Tomábamos la sopa en silencio y, durante la
pausa que se producía hasta la llegada del nuevo plato, hacíamos quizá algún
comentario sobre el tiempo, que Hitler aprovechaba para lanzar algunas frases
despectivas sobre la incapacidad del servicio meteorológico, y la conversación
recaía finalmente en la calidad de la comida. Estaba muy satisfecho con su
cocinera, especialista en dietética, y alababa sus platos vegetarianos. Cuando
alguno le parecía particularmente bueno, me invitaba a probarlo. Siempre tuvo
miedo de engordar.
— ¡No puede ser! Imagínese que me paseara por ahí
con un barrigón. ¡Eso me destrozaría políticamente!— Muchas veces hacía que su
criado pusiera fin a la tentación diciéndole: —Haga el favor de llevarse esto,
me está gustando demasiado.
Seguía burlándose de los que comían carne, aunque
nunca trató de influir en mis gustos. Tampoco tenía nada en contra de que me
tomara una Steinhäger después de una comida muy grasa, aunque solía decir, con
expresión afligida, que con lo que él comía no le hacía falta ningún digestivo.
Cuando había caldo de carne, podía estar seguro de que Hitler no tardaría en
referirse a la «infusión de cadáveres». Si nos servían cangrejos, repetía la
historia de una abuela que había sido arrojada por sus deudos al arroyo para
atraerlos, y, si se trataba de anguilas, afirmaba que la mejor forma de
cebarlas y capturarlas era empleando gatos muertos.
En los tiempos de la Cancillería del Reich, Hitler
no se avergonzaba de repetir estas historias una y otra vez; ahora, en época de
retiradas y derrotas, indicaban que se sentía de buen humor, lo que era poco
frecuente, pues por lo general reinaba en la mesa un silencio de muerte. Yo
teñía la impresión de estar frente a un hombre que se iba extinguiendo poco a
poco.
Durante las reuniones, que solían durar horas, o en
las comidas, Hitler ordenaba a su perro que se tendiera en un rincón que tenía
asignado y el animal se tumbaba allí con un gruñido de disgusto. Cuando sentía
que no lo observaban, se iba aproximando lentamente al lugar en que se
encontraba su amo y, tras complejas maniobras, terminaba con el hocico sobre su
rodilla, y entonces Hitler lo desterraba de nuevo a su rincón con una orden
seca. Como cualquier otro invitado de Hitler medianamente listo, evité despertar
la confianza del perro. Eso no siempre resultaba fácil, por ejemplo si el
animal me ponía la cabeza en la rodilla durante las comidas y se dedicaba a
contemplar fijamente la carne que tenía en el plato, que parecía interesarle
más que los alimentos vegetarianos de su amo. Cuando Hitler percibía esos
intentos de aproximación, llamaba al perro con voz enojada. En el fondo, este
era el único ser viviente del cuartel general que sabía animarlo tal como
Schmundt y yo habríamos deseado poder hacer. La única pega es que el perro no
hablaba.
* * * *
Hitler fue perdiendo el contacto con sus semejantes
paulatinamente, de una forma casi imperceptible. Una observación que repetía
con frecuencia desde otoño de 1943 hacía patente su infeliz aislamiento:
—Speer, llegará el día en que ya no tendré más que
dos amigos: la señorita Braun y mi perro.
Su tono era tan misantrópico y directo que yo no
podía recordarle mi lealtad ni mostrarme herido. Visto desde fuera, esta parece
haber sido la única predicción en la que acertó de pleno, aunque no se debiera
a sus propios méritos, sino más bien a la valentía de su amante y a la
dependencia de su perro.
Más tarde, durante mis largos años de prisión,
comprendí lo que significa vivir sometido a una gran presión psíquica. Entonces
me di cuenta de que la vida de Hitler era muy semejante a la de un preso. En su
bunker, que entonces aún no era el enorme mausoleo en que se convertiría en
julio de 1944, paredes y techos eran gruesos como los de una prisión, puertas y
contraventanas de hierro cerraban las pocas aberturas, y los escasos paseos que
daba por la zona cercada con alambre de espino no le hacían llegar más aire que
a un presidiario que hiciera la ronda en el patio de una cárcel.
La gran hora de Hitler llegaba después del
almuerzo, cuando hacia las dos de la tarde daba comienzo la reunión
estratégica. Las conferencias no parecían haber sufrido cambio alguno desde la
primavera de 1941. Alrededor de Hitler, frente a la gran mesa de los mapas,
seguían agrupándose casi los mismos generales y asistentes, pero ahora se los
veía más viejos y apagados debido a los acontecimientos del último año y medio.
Recibían las consignas y órdenes con expresión indiferente, más bien resignada.
Se discutían las expectativas. El interrogatorio de
los prisioneros y las noticias que llegaban del frente ruso parecían indicar
que el enemigo estaba agotado. Las pérdidas experimentadas por los rusos
parecían mucho mayores que las nuestras, incluso teniendo en cuenta la
población total de ambos países. Los partes sobre éxitos insignificantes iban
adquiriendo importancia durante la conversación, hasta que para Hitler se
convertían en la prueba irrebatible de que Alemania podría contener el ataque
ruso el tiempo suficiente para que se agotara por sí mismo. Por otra parte,
muchos de nosotros creíamos que Hitler podría terminar la guerra cuando lo
considerara oportuno.
Jodl preparó un informe para Hitler con objeto de
establecer la evolución más probable de los acontecimientos en los meses
siguientes. Con ello trataba también de ejercer su cargo de jefe de la plana
mayor de la Wehrmacht, cuyas funciones había ido acaparando Hitler. Jodl sabía
que este desconfiaba de los cálculos; a fines de 1943 seguía hablando con
sarcasmo de un estudio del general Georg Thomas, responsable de la economía de
guerra, que consideraba que el potencial bélico de los soviéticos era extraordinario,
y siempre se enojaba al recordarlo: poco después de serle expuesto, prohibió a
Thomas y al Alto Mando de la Wehrmacht realizar más investigaciones como
aquella. Cuando mi Departamento de Planificación, con la mejor voluntad,
preparó un memorando para ayudar a la cúpula militar a tomar decisiones
acertadas, Keitel nos comunicó la prohibición de enviar estudios de esa clase
al Alto Mando de la Wehrmacht.
Jodl sabía que tendría que superar dificultades
para conseguir lo que quería. Por eso eligió a un joven coronel de la
Luftwaffe, Christian, que debía empezar exponiendo algunos argumentos generales
durante una de las reuniones estratégicas. El coronel gozaba de la nada
despreciable ventaja de estar casado con una de las secretarias de Hitler que
siempre participaba en sus tés nocturnos. El análisis estudiaba los planes
tácticos del enemigo a largo plazo y sus consecuencias para nosotros. Salvo
algunos grandes mapas de Europa sobre los que Christian estuvo dando
explicaciones a un Hitler que permanecía mudo, no recuerdo nada más de aquella
tentativa, que fracasó lastimosamente.
Sin mayor discusión y sin que los asistentes
protestaran, las cosas siguieron como siempre: Hitler continuaba tomando todas
las decisiones sin disponer de estudios concretos. Renunció a analizar la
situación, a considerar qué consecuencias logísticas comportaba la puesta en
práctica de sus ideas; no quiso saber nada de comisiones de estudio que
examinaran las distintas ofensivas desde todos los puntos de vista para
establecer tanto sus posibilidades de éxito como las contramedidas que podría
tomar el enemigo. El Estado Mayor que se reunía en el cuartel general estaba
perfectamente preparado para responder a las exigencias de una guerra moderna;
sólo había que permitirle actuar. Aunque Hitler exigía ser informado de todos
los aspectos parciales, los datos así reunidos sólo constituían una visión de
conjunto en su cabeza. Así pues, sus mariscales y sus inmediatos colaboradores
en realidad no ejercían más que de asesores, pues normalmente Hitler tenía sus
decisiones tomadas de antemano y sólo cabía modificarlas en aspectos de matiz.
Además, evitó extraer las necesarias consecuencias de la campaña del Este de
1942-1943.
* * * *
La tremenda presión de la responsabilidad hacía que
nada fuera mejor acogido en el cuartel general que una orden superior, lo que
obviaba las propias decisiones y servía tanto de alivio como de excusa. En
contadas ocasiones oí que alguno de los interesados había pedido el traslado
voluntario al frente para escapar al permanente conflicto de conciencia al que
uno se veía sometido en el cuartel general. Este es uno de esos fenómenos que
aún hoy sigo sin explicarme, pues, a pesar de todas las críticas, ninguno de
nosotros planteaba nunca una objeción. La verdad es que tampoco teníamos nada
que objetar. En el mundo insensibilizador del cuartel general no nos conmovía
lo que significaban las decisiones de Hitler para el frente, donde se estaba
combatiendo y muriendo, como, por ejemplo, cuando las tropas quedaban sitiadas
sólo porque Hitler demoraba una y otra vez ordenar la retirada que le proponía
el Estado Mayor.
Es verdad que nadie puede esperar de un jefe del
Estado que inspeccione el frente con regularidad, pero Hitler estaba obligado a
hacerlo en su calidad de comandante en jefe del Ejército, más aún teniendo en
cuenta que, como tal, tomaba decisiones relativas incluso a los asuntos de
menor importancia. Si estaba demasiado enfermo, tendría que haber nombrado a
otro, y si temía por su vida, entonces no podía ser comandante en jefe de un
ejército.
Algunos viajes al frente habrían hecho evidentes,
tanto para él como para su Estado Mayor, los errores fundamentales que tanta
sangre estaban costando. Sin embargo, Hitler y sus colaboradores militares
creían poder dirigir la guerra desde sus mapas. No conocían el invierno ruso,
las condiciones de las carreteras o las fatigas que soportaban los soldados,
que, sin alojamiento, mal equipados, exhaustos y medio congelados, tenían que
vivir en agujeros abiertos en la tierra, con una capacidad de resistencia quebrantada
desde hacía mucho tiempo. Durante las reuniones estratégicas, Hitler
consideraba que estas unidades estaban en plena forma. Desplazaba de un lado a
otro sobre el mapa a unas divisiones extenuadas, sin armas ni municiones, y a
menudo les imponía unos plazos que era del todo imposible cumplir. Como solía
ordenar ataques inmediatos, la vanguardia se hallaba en la línea de fuego antes
de que el resto de las tropas pudieran desplegar en bloque toda su potencia
combativa. Así se las conducía frente al enemigo y se las aniquilaba
paulatinamente.
El servicio de información del cuartel general era
ejemplar para su época. Podía comunicarse al instante con los principales
escenarios de la guerra. Pero Hitler sobrestimaba las posibilidades que le
ofrecían el teléfono, la radio y el telégrafo. Al mismo tiempo, y esto
constituyó una gran diferencia respecto a las guerras anteriores, impedía que
los mandos correspondientes actuaran con independencia, ya que intervenía
continuamente en todos los sectores del frente. El servicio de enlace permitía
dirigir a las distintas divisiones, en todos los escenarios de la guerra, desde
la mesa de mapas de Hitler. Cuanto más difícil era la situación, mayor era el
distanciamiento que la técnica moderna abría entre la realidad y la fantasía
con que se operaba desde aquella mesa.
* * * *
Se dice que ser un líder militar es cuestión de
inteligencia, tenacidad y nervios de acero: Hitler creía poseer estas
cualidades en grado mucho mayor que sus generales. Desde la catástrofe del
invierno de 1941 a 1942, no cesaba de predecir que quedaban por superar
situaciones aún más difíciles y que hasta entonces no se demostraría realmente
su firmeza y la resistencia de sus nervios. [231]
Esas manifestaciones ya eran de por sí bastante
humillantes para los oficiales, pero no era raro que Hitler también dirigiera
palabras ofensivas directamente a los miembros del Estado Mayor que estaban
junto a él; los acusaba de ser poco resistentes, de favorecer siempre las
retiradas, de abandonar sin razón alguna el terreno conquistado. Acusaba a
aquellos cobardes del Estado Mayor de no haber entrado jamás en una guerra.
Decía que no cesaban de oponerse a él, de decirle que nuestras fuerzas eran
demasiado débiles. Pero ¿a quién le daba la razón el éxito sino a él? Hitler
reiteraba la acostumbrada enumeración de sus antiguas victorias militares y de
la postura negativa adoptada por el Estado Mayor ante las operaciones que las
permitieron. Dada la situación a la que se había llegado, todo aquello
resultaba bastante increíble. En algunos momentos Hitler llegaba a perder los
estribos y, rojo de cólera, gritaba atropelladamente:
— ¡No sólo son unos cobardes declarados, sino que
además son unos hipócritas! ¡Unos embusteros redomados! ¡La educación del
Estado Mayor sólo enseña a mentir y estafar! ¡Zeitzler, estos datos son falsos!
¡También a usted lo engañan! ¡Créame, nos presentan la situación como si fuera
desfavorable para forzarme a la retirada!
Naturalmente, Hitler ordenaba que se mantuviera la
línea del frente a cualquier precio, y con la misma naturalidad las fuerzas
soviéticas tomaban esa posición unos días o semanas después. Esto generaba
nuevos exabruptos de Hitler, unidos a nuevas afrentas a los oficiales y
frecuentemente acompañados de juicios desfavorables sobre los soldados
alemanes:
—Los soldados de la Primera Guerra Mundial eran
mucho más resistentes. ¡Lo que tuvieron que aguantar en Verdún, en el Somme! Si
hoy se encontraran en una situación así, echarían a correr.
Más de uno de los que tuvieron que sufrir sus
afrentas participó después en el atentado del 20 de julio. Hitler iba sembrando
vientos. Antes había tenido una aguda capacidad para dirigirse de la manera más
adecuada a cada una de las personas que lo rodeaban. Ahora se mostraba incapaz
de dominarse. Su torrente de palabras se desplegaba sin límites, como el de un
detenido que revela peligrosos secretos a su acusador. Hitler, me parecía a mí,
hablaba como si estuviera bajo presión.
* * * *
Con objeto de poder demostrar a la posteridad que
sus órdenes siempre habían sido acertadas, ya a finales de otoño de 1942 Hitler
hizo venir del Reichstag a unos taquígrafos jurados que se sentaban a la mesa
de la sala de reuniones estratégicas para tomar nota de cada palabra.
A veces, cuando creía haber encontrado la solución
de un dilema, añadía:
— ¿Lo ha anotado? Sí, algún día se me dará la
razón, aunque estos idiotas del Estado Mayor no quieran hacerme caso. —Incluso
cuando las tropas retrocedían en masa, seguía diciendo triunfante: — ¿No ordené
hace tres días que esto se hiciera de tal y tal modo? Han vuelto a desoír mis
órdenes. Ustedes no me obedecen y luego me vienen con la excusa de los rusos.
Me mienten diciendo que los rusos les han impedido llevarlas a cabo.
Hitler no quería admitir que sus fracasos se debían
a la debilidad de la posición a que nos había conducido su guerra de varios
frentes.
Puede que, unos meses antes, los taquígrafos que
habían ido a parar por sorpresa a aquella casa de locos todavía creyeran en la
imagen ideal de un Hitler dotado de un espíritu superior que Goebbels había
creado, pero allí no tenían más remedio que ver la realidad. Es como si aún los
estuviera viendo escribir con cara de susto, ir afligidos de un lado a otro por
el cuartel general en sus ratos libres. Para mí eran como delegados del pueblo,
condenados a ser testigos de primera fila de la tragedia.
* * * *
Mientras que al principio Hitler, dominado por su
teoría del subhombre eslavo, calificó la guerra contra los rusos como un «juego
de castillos de arena», estos fueron despertando su respeto a medida que se
prolongaba la campaña. Admiraba la entereza con la que aceptaban sus derrotas.
Hablaba de Stalin con gran aprecio, acentuando sobre todo el paralelismo de su
capacidad de resistencia: el peligro al que se vio expuesto Moscú en el
invierno de 1941 le parecía similar a la situación en que él se encontraba en
ese momento. Cuando lo invadía la fe en la victoria, [232] decía a veces con socarronería que lo mejor sería
confiar a Stalin la administración de Rusia después de conquistarla —bajo
soberanía alemana, naturalmente—, pues era el mejor hombre que cabía imaginar
para manejar a los rusos. En general veía en Stalin a una especie de colega.
Quizá este respeto explica que ordenara dar un trato especial al hijo de Stalin
cuando cayó prisionero. Habían cambiado mucho las cosas desde los días que
siguieron al armisticio con Francia, cuando Hitler vaticinó que la guerra contra
Rusia sería como derribar castillos de arena.
Sin embargo, a pesar de que llegó a convencerse de
que tenía que vérselas con un enemigo decidido en el Este, Hitler se obstinó en
su idea preconcebida acerca del escaso valor combativo de las tropas
occidentales hasta los últimos días de la guerra. Ni siquiera los éxitos
conseguidos por los aliados en África e Italia pudieron disuadirlo de su
convicción de que echarían a correr en cuanto se vieran frente al primer ataque
serio. En su opinión, la democracia debilitaba a los pueblos. En el verano de
1944 seguía repitiendo que todos los territorios del Oeste serían
reconquistados pronto. Y su opinión sobre los estadistas occidentales no era
mejor. En las reuniones estratégicas afirmaba con frecuencia que Churchill era
un demagogo incapaz, entregado a la bebida, y decía muy en serio que Roosevelt
no padecía las secuelas de una parálisis infantil, sino de origen sifilítico,
por lo que no era responsable de sus actos. También aquí se evidenciaba la
evasión de la realidad que caracterizó los últimos años de su vida.
En Rastenburg se había construido una casa de té en
la zona restringida I; su decoración destacaba agradablemente frente a la
sobriedad del cuartel general. Aquí nos encontrábamos de vez en cuando para
tomar un vermut, o esperaban los mariscales el comienzo de sus entrevistas con
Hitler, quien evitaba aquella estancia para no tropezarse con los generales y
oficiales del Estado Mayor y del Alto Mando de la Wehrmacht. Sin embargo, unos
días después de que el fascismo terminara silenciosamente en Italia, lo que
ocurrió el 25 de julio de 1943, y de que Badoglio asumiera el poder, Hitler
acudió allí una tarde para tomar el té con unos diez de sus colaboradores
militares y políticos, entre ellos Keitel, Jodl y Bormann. De pronto, Jodl
espetó:
—En realidad, todo el fascismo ha estallado como
una pompa de jabón.
Se produjo entonces un aterrorizado silencio que
alguien rompió sacando otro tema; Jodl, muy asustado, enrojeció violentamente.
Unas semanas después, el príncipe Felipe de Hesse
fue invitado al cuartel general. Era uno de los partidarios de Hitler a los que
este siempre trató con consideración y respeto. Felipe lo había apoyado con
frecuencia y le había procurado los contactos necesarios con los líderes del
fascismo italiano, sobre todo durante los primeros años del Reich. Además, fue
de gran ayuda cuando Hitler quiso comprar unas valiosas obras de arte que se
pudieron traer de Italia gracias al parentesco del príncipe con la casa real
italiana.
Cuando unos días después el príncipe quiso partir,
Hitler le dijo sin ambages que no se le permitiría alejarse del cuartel
general. Aunque siguió tratándolo con la más exquisita cortesía y lo invitaba a
comer con él, los miembros de su entorno, que poco antes se habían mostrado
satisfechos de codearse con un «príncipe auténtico», ahora lo evitaban como si
padeciera una enfermedad contagiosa. El 9 de septiembre, por orden de Hitler,
el príncipe y la princesa Mafalda, hija del rey de Italia, fueron internados en
un campo de concentración.
Semanas después de tomar aquella decisión, Hitler
se seguía felicitando por haber sospechado que el príncipe facilitaba informes
a la casa real italiana. Lo estuvo vigilando y dio orden de que se
intervinieran sus conversaciones telefónicas, y de ese modo había descubierto
que el príncipe transmitía códigos cifrados a su esposa. Aun así, lo había
seguido tratando con toda amabilidad. Eso formaba parte de su táctica, decía
regodeándose visiblemente en su éxito detectivesco.
La detención del príncipe y de su esposa hizo
recordar a todos los que rodeaban a Hitler que habían caído en sus manos sin
remedio. De forma inconsciente se fue extendiendo la sensación de que podía
espiar con la misma alevosía a cualquier miembro de su círculo y entregarlo a
un destino similar, sin darle la menor oportunidad de explicarse.
Mussolini, después de apoyar a Hitler durante la
crisis austríaca, mantuvo hacia él una actitud que para todos nosotros
correspondía a una relación amistosa. Tras la caída y desaparición del jefe del
Estado italiano, Hitler dio muestras de una especie de lealtad propia de
nibelungos. En las reuniones estratégicas exhortaba una y otra vez a hacer todo
lo posible por localizar al desaparecido. Hablaba de la pesadilla que no lo
abandonaba ni de día ni de noche.
El 12 de septiembre de 1943 se convocó una reunión
a la que asistimos los jefes regionales del Tirol y de Carintia y yo. En ella
se estableció por escrito que no sólo el Tirol meridional, sino también una
parte del territorio italiano, hasta cerca de Verona, quedaba bajo la
jurisdicción del jefe regional del Tirol, Hofer, y que grandes regiones del
Véneto que limitaban con la región de Carintia, incluida Trieste, se asignaban
al jefe regional Rainer. Ese día no me costó ningún esfuerzo conseguir el control,
a efectos armamentistas y de producción, sobre el resto del territorio
italiano, pasando por encima de las autoridades italianas. La sorpresa fue
grande cuando, a las pocas horas de firmar estos tres decretos, se dio a
conocer la liberación de Mussolini. Los dos jefes regionales vieron su reciente
incrementó de poder tan perdido como yo el mío: « ¡El Führer no irá a imponer
al Duce nada parecido!». Poco después me encontré con Hitler y le propuse que
revocara la ampliación de mis atribuciones. Supuse que aprobaría mi sugerencia.
Sin embargo, para mi asombro, la rechazó enérgicamente: el decreto seguiría en
vigor a pesar de todo. Hice notar a Hitler que la formación de un nuevo
gobierno fascista bajo el mando de Mussolini podía hacer fracasar su plan de injerencia
en la soberanía italiana. Hitler reflexionó unos instantes y dispuso:
—Presénteme otra vez el decreto a la firma, pero
con fecha de mañana. Así no habrá duda de que mi orden no se ha visto afectada
por la liberación del Duce. [233]
Seguramente Hitler ya sabía, unos días antes de
amputar el norte de Italia, que se había averiguado el paradero de Mussolini, y
sospeché que al citarnos en el cuartel general quería adelantarse a su
liberación, que estaba a punto de producirse.
Al día siguiente, Mussolini llegó a Rastenburg.
Hitler lo abrazó, sinceramente conmovido. En el aniversario del Pacto
Tripartito, Hitler expresó por carta «al Duce amigo y aliado […] los más
ardientes deseos por el futuro de una Italia que ha recuperado su honrosa
libertad gracias al fascismo».
Quince días antes había mutilado Italia.
Capítulo XXII
Declive
El desarrollo de la producción de armamentos
fortaleció mi posición hasta otoño de 1943. Después de haber agotado casi por
completo las reservas industriales de Alemania, traté de aprovechar el
potencial del resto de los países europeos que estaban bajo nuestra
influencia. [234] Al principio, Hitler se resistió a aprovechar
totalmente la capacidad industrial de Occidente. Incluso proyectaba
desindustrializar los territorios orientales ocupados; decía que la industria
fomentaba el comunismo y daba pie a la formación de un estamento intelectual
nada deseable. Sin embargo, las circunstancias pronto demostraron ser más
fuertes que las ideas de Hitler en todos los territorios ocupados, y él tenía
el suficiente sentido práctico para admitir que una industria intacta
permitiría abastecer mejor a las tropas.
En términos industriales, Francia era el más
importante de los países ocupados. Hasta la primavera de 1943, su capacidad en
este sentido apenas nos benefició. El reclutamiento forzoso de mano de obra
efectuado por Sauckel nos causó más perjuicios que otra cosa, pues los obreros
franceses huían de las fábricas, muchas de las cuales trabajaban para nuestra
industria de armamentos, para eludir el servicio obligatorio. Me quejé a
Sauckel por primera vez en mayo de 1943. En julio del mismo año, durante una reunión
celebrada en París, propuse que al menos las industrias francesas que
cooperaban con nosotros quedaran protegidas de la intervención de
Sauckel. [235]
Mis colaboradores y yo pretendíamos fabricar bienes
de consumo en grandes cantidades para la población civil alemana, como ropas,
zapatos, artículos textiles y muebles, sobre todo en Francia, aunque también en
Bélgica y Holanda, con el fin de que las fábricas alemanas pudieran dedicarse
al armamento. Inmediatamente después de hacerme cargo, en los primeros días de
septiembre, de la totalidad de la producción alemana, invité a Berlín al
ministro de industria francés, Bichelonne, que era profesor de la Sorbona y
tenía fama de ser un hombre eficiente y enérgico. No sin algunos
enfrentamientos con el Ministerio de Asuntos Exteriores, conseguí que el
ministro francés fuera recibido como invitado oficial. Para ello tuve que
apelar a la influencia de Hitler, a quien dije que Bichelonne no iba a entrar
en mi Ministerio por la «puerta de servicio». Así pues, fue alojado en el
edificio que el Gobierno del Reich había habilitado en Berlín para sus
invitados oficiales.
Además, cinco días antes de que Bichelonne llegara
a Berlín hice que Hitler me confirmara que estaba de acuerdo con la
planificación industrial a nivel europeo y que Francia participaría en ella con
los mismos derechos que los demás países. Tanto Hitler como yo partíamos de la
base de que Alemania seguiría llevando la voz cantante también en este
campo. [236]
El 17 de septiembre de 1943 recibí a Bichelonne,
con el que pronto me unió una relación casi personal. Los dos éramos jóvenes,
los dos creíamos tener el futuro en nuestras manos y, por la misma razón, los
dos nos prometimos evitar en el futuro los errores cometidos por la generación
belicista que actualmente estaba a cargo del gobierno. Incluso habría estado
dispuesto a revocar posteriormente la mutilación de Francia que Hitler había
proyectado, tanto más cuanto que, a mi modo de ver, en una Europa industrialmente
unida las fronteras nacionales serían irrelevantes. Bichelonne y yo nos
perdíamos por entonces en tales utopías, que revelan el mundo ilusorio en que
nos movíamos.
El último día de las conversaciones, Bichelonne me
rogó que habláramos a solas. Comenzó explicándome que, por indicación de
Sauckel, su jefe de Gobierno, Laval, le había prohibido tratar conmigo el
asunto del traslado de mano de obra francesa a Alemania. [237] {237} ¿Estaría yo dispuesto a hablar de ello a pesar de todo? Le dije
que sí. Bichelonne me expuso sus preocupaciones y yo terminé preguntándole si
le serviría de ayuda que protegiéramos a las empresas industriales francesas de
las deportaciones.
—Si eso fuera posible, todos mis problemas, incluso
los relacionados con el programa que acabamos de acordar, habrían desaparecido
—contestó Bichelonne con expresión de alivio—; pero eso también implicaría el
fin del traslado de trabajadores franceses a Alemania. Se lo digo con
sinceridad.
No tenía ninguna duda al respecto, pero sólo así
podía conseguir que el aparato industrial francés trabajara para nosotros.
Ambos hicimos algo insólito: Bichelonne desoyó las órdenes de Laval y yo
desautoricé a Sauckel, y de este modo, en realidad sin respaldo alguno,
establecimos un importante acuerdo. [238]
A continuación nos dirigimos a una reunión conjunta
en la que los juristas discutieron largo y tendido sobre algunos puntos
controvertidos. La discusión podría haber durado varias horas, pero ¿para qué?
El hecho de que los artículos estuvieran mejor redactados no tenía nada que ver
con la voluntad de cooperación. Por consiguiente, interrumpí aquellas fatigosas
deliberaciones y propuse considerar concertado nuestro pacto mediante un simple
apretón de manos. Los juristas de ambas partes quedaron muy sorprendidos. No
obstante, yo respeté hasta el fin este acuerdo informal y me preocupé por
conservar la industria francesa incluso cuando ya no tenía ningún valor para
nosotros y Hitler había ordenado destruirla.
Nuestro plan era ventajoso para ambas partes: yo
podía ganar en potencial armamentista y los franceses, por su parte, supieron
apreciar la oportunidad de reactivar su producción de tiempos de paz en plena
guerra. Con ayuda del comandante en jefe de las tropas de ocupación en Francia,
se designaron empresas protegidas por todo el país y, mediante carteles que me
comprometían personalmente, pues iban sellados con un facsímil de mi firma, se
prometió protección frente a Sauckel a todos los obreros que trabajaran en
tales fábricas. También hubo que reforzar la industria básica francesa,
garantizar los transportes, asegurar el sustento de la población…, de modo que
casi todas las empresas importantes, finalmente unas diez mil, se vieron a
salvo de las intromisiones de Sauckel.
Bichelonne y yo pasamos el fin de semana en la casa
de campo de mi amigo Arno Breker. A principios de la semana siguiente informé a
los colaboradores de Sauckel de los acuerdos adoptados y los exhorté a que en
el futuro encaminaran sus esfuerzos a conseguir que los obreros franceses
trabajaran en las empresas francesas. Su número sería incluido en la cuota de
«producción alemana de armamento». [239]
Diez días más tarde me encontraba en el cuartel
general. Quería adelantarme a Sauckel con mi informe, pues la experiencia nos
había enseñado que el primero en exponer sus argumentos llevaba siempre
ventaja. Hitler se mostró satisfecho, aprobó mis acuerdos e incluso consideró
soportable el posible riesgo de déficit a consecuencia de huelgas o
disturbios. [240] Eso puso fin en la práctica a las actuaciones de
Sauckel en Francia. Los 50.000 obreros que había traído mensualmente a Alemania
hasta entonces se redujeron pronto a 5.000. [241] {241} Unos meses más tarde, el 1 de marzo de 1944, Sauckel informó con
enojo:
— ¡Mis secciones oficiales en Francia me han dicho
que allí todo se ha acabado, que no tiene sentido continuar! En todas las
prefecturas se les dice que el ministro Bichelonne ha llegado a un acuerdo con
el ministro Speer. Y Laval me ha dicho que no va a poner a más gente a
disposición de Alemania.
Poco tiempo después procedí de la misma forma con
Holanda, Bélgica e Italia.
* * * *
El 20 de agosto de 1943, Heinrich Himmler fue
nombrado ministro del Interior del Reich. Aunque hasta entonces había sido el
jefe nacional de las omnipotentes SS, calificadas de «Estado dentro del
Estado», como jefe de policía era, curiosamente, un subordinado del ministro
Frick.
Con el respaldo de Bormann, el poder de los jefes
regionales había originado una descomposición de la autoridad del Reich. Entre
ellos había dos categorías: por una parte los antiguos, que ya habían sido
jefes regionales antes de 1933 y que eran sencillamente incapaces de gobernar
un aparato administrativo, y los de una nueva clase, perteneciente a la escuela
de Bormann, que había ido ascendiendo con el paso de los años. Estos últimos
eran funcionarios jóvenes, por lo general con formación jurídica, capacitados
para reforzar la influencia del Partido dentro del Estado.
A causa de la duplicidad de funciones que Hitler
fomentaba, los jefes regionales dependían de Bormann en su calidad de
funcionarios del Partido y del ministro del Interior por su condición de
comisarios de Defensa del Reich; la debilidad de Frick hacía que esta
reglamentación no supusiera ningún peligro para Bormann. Sin embargo, los
observadores políticos conjeturaron que, con Himmler como ministro del
Interior, a Bormann le había salido un serio rival.
También yo compartía esta opinión y confié en el
poder de Himmler. Sobre todo tenía la esperanza de que pondría coto a Bormann y
a la progresiva descomposición organizativa de la administración unificada del
Reich. Himmler también me aseguró enseguida que pediría cuentas a todos los
jefes regionales del Reich que fueran demasiado ineficaces en asuntos
administrativos. [242]
* * * *
El 6 de octubre de 1943 pronuncié un discurso ante
los jefes nacionales del Partido y los jefes regionales. La acogida de mi
discurso señalaría un punto de inflexión. Quería hacer que la jefatura política
del Reich se diera cuenta del verdadero estado de cosas, disipar sus esperanzas
de que pronto podríamos contar con un cohete de gran tamaño e intentar que
comprendiera que ahora era el enemigo quien dictaba lo que teníamos que
producir. Había que transformar de una vez por todas la estructura económica de
Alemania, que en gran parte seguía como en tiempos de paz, de tal modo que, de
los seis millones de personas que trabajaban en la industria de bienes de
consumo, que ahora serían fabricados en Francia, un millón y medio pasaran a la
fabricación de armamento. Confesé que esto daría a Francia una buena posición
de partida en la posguerra.
—No obstante, soy de la opinión —expuse frente a un
auditorio aparentemente petrificado— de que, si queremos ganar la guerra, vamos
a tener que ser los primeros en sacrificarnos.
Los jefes regionales se sintieron más alterados
cuando seguí diciendo, con cierto exceso de franqueza:
—Les ruego que tengan en cuenta lo siguiente:
algunas regiones se han librado hasta ahora del cierre de la industria de
bienes de consumo, pero eso no podrá seguir tolerándose, y si las regiones en
cuestión no obedecen mis instrucciones en un plazo de quince días, tomaré
medidas al respecto. ¡Puedo asegurarles que tengo la intención de imponer la
autoridad del Reich, cueste lo que cueste! He hablado del asunto con el jefe
nacional de las SS y, a partir de ahora, trataré como es debido a las regiones
que no ejecuten estas medidas.
Probablemente, el hecho de que yo fuera partidario
de una línea dura no debió de irritar tanto a los jefes regionales como estas
dos últimas frases. En cuanto terminé mi discurso, algunos de ellos se
precipitaron coléricos hacia mí. A gritos y gesticulando, liderados por uno de
los más antiguos, Bürkel, me echaron en cara que los había amenazado con el
campo de concentración. Para poner en claro al menos este punto, pedí a Bormann
que me cediera de nuevo la palabra, pero este rechazó mi petición. Con hipócrita
amabilidad, opinó que no era necesario, pues no le parecía que hubiera ningún
malentendido.
La noche después de la reunión, debido a sus
excesos alcohólicos, muchos de los jefes regionales necesitaron ayuda para
llegar al tren especial que debía trasladarlos al cuartel general. A la mañana
siguiente pedí a Hitler que pronunciara algunas palabras a favor de la
templanza de sus colaboradores políticos; pero, como siempre, respetó a sus
camaradas de los viejos tiempos. Por otra parte, Bormann lo informó de mi
enfrentamiento con los jefes regionales. [243] Hitler me dio a entender que estos estaban muy
agitados, pero no me indicó los motivos. Se vio pronto que Bormann había
logrado minar, al menos en parte, mi prestigio frente a él, y siguió machacando
sobre el asunto hasta lograr cierto éxito por primera vez. Yo mismo le había
facilitado la palanca que necesitaba. A partir de entonces no pude seguir dando
por sobreentendida la lealtad de Hitler.
Tampoco tardé en comprender lo que cabía esperar de
la promesa de Himmler de que en el futuro impondría las disposiciones de las
autoridades del Reich. Le envié cierta documentación relativa a graves
enfrentamientos con jefes regionales y pasé varias semanas sin recibir
respuesta hasta que el subsecretario de Himmler, Stuckart, me comunicó, con
visible embarazo, que el ministro del Interior había remitido las actas a
Bormann, y que su contestación había llegado hacía poco: todos los casos habían
sido revisados por los jefes regionales y se había visto, tal como se esperaba,
que mis disposiciones eran equivocadas y que sus resistencias frente a mí
estaban completamente justificadas. Himmler había aceptado este informe. Así
pues, el esperado fortalecimiento de la autoridad del Reich fue un absoluto
fracaso, al igual que la alianza Speer-Himmler. Unos meses más tarde conseguí
averiguar por qué aquel plan estaba abocado al fracaso: me enteré por Hanke,
jefe regional de la Baja Silesia, de que Himmler había intentado atacar la
soberanía de algunos jefes regionales. Les había transmitido órdenes a través
de sus subordinados de las SS en la región, lo que equivalía a una afrenta, y
posteriormente se había visto obligado a reconocer que los jefes regionales
contaban con toda clase de apoyos en la jefatura del Partido, regida por
Bormann; unos días después, este último consiguió que Hitler prohibiera las
intromisiones de Himmler: si había que elegir, siempre terminaba imponiéndose
la relación de compañerismo que existía entre Hitler y los camaradas que lo
habían ayudado a ascender en los años veinte, a pesar del desprecio que sentía
por ellos. Ni siquiera Himmler y las SS eran capaces de quebrantar aquel
sentimiento. Tras su derrota en una acción tan torpe, el jefe de las SS
renunció definitivamente a poner la autoridad del Reich contra la de los jefes
regionales. Aunque Himmler había pretendido que los «comisarios de Defensa del
Reich» fueran convocados a las reuniones de Berlín, tuvo que contentarse con
reunir a los alcaldes y gobernadores civiles, políticamente menos señalados, y
a establecer una alianza con ellos. Bormann y Himmler, que ya se tuteaban antes
de aquello, volvieron a ser buenos amigos. Mi discurso evidenció el juego de
intereses, dio a conocer las relaciones de poder existentes y minó mi posición.
* * * *
Mi intento de desarrollar el poder y las
posibilidades del régimen había fracasado tres veces en pocos meses. Aquello me
planteaba un dilema que traté de resolver pasando a la ofensiva. Sólo cinco
días después de pronunciar el discurso mencionado, conseguí que Hitler
incluyera entre mis competencias la futura planificación de todas las ciudades
dañadas por los bombardeos. Obtuve así plenos poderes en un campo que muchos de
mis rivales, entre ellos Bormann, tenían más en cuenta que los problemas de la
guerra. Ya entonces consideraban que la reconstrucción de las ciudades sería su
principal misión en el futuro, y el decreto de Hitler les recordó que
dependerían de mí para llevarla a cabo.
Por lo demás, al hacer esto intentaba también salir
al paso del peligro que implicaba el radicalismo ideológico de los jefes
regionales: la destrucción de las ciudades les daba una excusa para demoler
edificios históricos, incluso aunque todavía pudieran ser restaurados. Por
ejemplo, cuando, después de un duro bombardeo, contemplé desde la terraza de un
edificio las ruinas de Essen junto al jefe regional, este me comentó que habría
que demoler la catedral, muy dañada por las bombas, porque era un obstáculo para
la modernización de la ciudad. El alcalde de Mannheim me pidió que lo ayudara a
impedir la demolición del palacio y el Teatro Nacional, devastados por el
fuego. También me enteré de que el jefe regional de Stuttgart se proponía
derribar el palacio de su ciudad, que también se había incendiado. [244]
En todos los casos, el argumento era siempre el
mismo: ¡Fuera palacios e iglesias! ¡Después de la guerra levantaremos nuestros
propios monumentos! Con esto se hacía patente el complejo de inferioridad de
los grandes del Partido respecto al pasado, y también resultó reveladora la
razón que me dio uno de los jefes regionales para justificar la demolición de
un edificio: los palacios e iglesias eran reductos de un pasado reaccionario y
no hacían más que obstaculizar nuestra revolución. Aquí se hacía patente el
fanatismo de la primera época del Partido, que se había ido perdiendo debido a
los compromisos con el poder.
Consideré tan importante conservar la sustancia
histórica de las ciudades alemanas y preparar una reconstrucción razonable que
yo mismo, en el momento crucial de la guerra, en noviembre y diciembre de 1943,
dirigí a todos los jefes regionales una circular cuyas directrices quedaban muy
lejos de los planes que tenía antes de la guerra: nada de ideas altamente
artísticas, sino ahorro; una planificación generosa del tráfico que impidiera
la asfixia de las ciudades; saneamiento del casco antiguo, construcción industrial
de viviendas y casas comerciales en el centro de las ciudades. [245] {245} Nadie hablaba ya de obras monumentales. A mí se me habían pasado
las ganas, y a Hitler, con quien estudié las líneas generales de la nueva
concepción urbanística, seguramente también.
* * * *
A comienzos de noviembre, las tropas soviéticas se
aproximaron a Níkopol, centro de las minas de manganeso. En aquella época
ocurrió algo que puso a Hitler bajo una luz no menos singular que a Göering
cuando ordenó a su general en jefe de los cazas que mintiera.
A primeros de noviembre de 1943, Zeitzler, jefe del
Estado Mayor, me comunicó excitado por teléfono que acababa de tener una fuerte
disputa con Hitler. Este había insistido en convocar a todas las divisiones que
estuvieran disponibles en las proximidades de Níkopol para defender esta
posición y había manifestado acaloradamente que, sin manganeso, la guerra se
perdería en muy poco tiempo, porque Speer tendría que suspender a los tres
meses la producción de armamento por falta de materias primas. [246] Zeitzler me suplicó encarecidamente que lo ayudara:
en vez de concentrar a las tropas, sería mejor iniciar la retirada, a no ser
que quisiéramos repetir lo de Stalingrado.
Inmediatamente después de esta conversación me
reuní con Röchling y Rohland, los especialistas de la industria del hierro,
para esclarecer nuestra situación respecto al manganeso, uno de los principales
aditivos en el proceso de fabricación del acero; después de hablar con el jefe
del Estado Mayor tuve claro que había que dar por perdidas las minas de la
Rusia meridional. Mis entrevistas dieron un resultado sorprendentemente
positivo. El 11 de noviembre envié a Zeitzler y a Hitler sendos telegramas con el
siguiente texto: «Manteniendo el procedimiento de fabricación seguido hasta la
fecha, el Reich tiene asegurada la provisión de manganeso durante diez o doce
meses. La industria alemana del hierro garantiza que, en el caso de perder
Níkopol, las existencias de manganeso podrían durar hasta dieciocho meses
gracias a la introducción de otros procedimientos que no supondrán ningún
perjuicio para otras aleaciones». [247] Añadía que, aunque se perdiera también el cercano
centro de Krivói Rog, que Hitler pretendía sostener a toda costa, la producción
alemana de acero podría continuar sin problemas.
Cuando, dos días más tarde, llegué al cuartel
general del Führer, este se dirigió a mí con malos modos y me dijo
con desacostumbrada brutalidad:
— ¿Cómo se le ha ocurrido enviar al jefe del Estado
Mayor su informe sobre la situación del manganeso?
Yo, que había esperado encontrar a un Hitler
satisfecho, me quedé perplejo y sólo supe decir:
— ¡Pero, Mein Führer, si es un
resultado excelente!
Sin embargo, no transigió.
— ¡No tiene por qué enviar informes al jefe del
Estado Mayor! ¡Cuando quiera usted algo, haga el favor de decírmelo a mí! Me ha
puesto en una situación insostenible. Acabo de ordenar que todas las tropas
disponibles se concentren para la defensa de Níkopol. ¡Por fin tenía una razón
que obligara al grupo de ejércitos a combatir! Y entonces me viene Zeitzler con
su informe. ¡He quedado como un mentiroso! Si ahora perdemos Níkopol, la culpa
será suya. ¡Le prohíbo de una vez para siempre —terminó gritando— que envíe
ningún tipo de informe a nadie más que a mí! ¿Me ha entendido? ¡Se lo prohíbo!
A pesar de todo, mi informe hizo su efecto, pues
poco después Hitler dejó de insistir en la batalla para defender las minas de
manganeso; sin embargo, como al mismo tiempo remitió la presión soviética en la
región, Níkopol no se perdió hasta el 18 de febrero de 1944.
Nuestras existencias de todos los metales empleados
en las aleaciones figuraban en una segunda memoria que entregué a Hitler aquel
mismo día. En ella, que incluía la observación de que «no se han tenido en
cuenta las entradas procedentes de los Balcanes, Turquía, Finlandia y Noruega
septentrional», insinuaba cautelosamente que consideraba probable la pérdida de
estos territorios. Los resultados se resumían como sigue:
Manganeso:
Existencias nacionales: 140.000 t.
Entradas de Islandia: 8.100 t
Consumo: 15.000 t.
Meses cubiertos: 19
Níquel:
Existencias nacionales: 6.000 t.
Entradas de Islandia: 190 t.
Consumo: 750 t.
Meses cubiertos: 10
Cromo:
Existencias nacionales: 21.000 t.
Entradas de Islandia: —
Consumo: 3.751 t.
Meses cubiertos: 5,6
Volframio:
Existencias nacionales: 1.330 t.
Entradas de Islandia: —
Consumo: 160 t.
Meses cubiertos: 10,6
Molibdeno:
Existencias nacionales: 425 t.
Entradas de Islandia: 15.5 t.
Consumo: 69,5 t.
Meses cubiertos: 7,8
Silicio:
Existencias nacionales: 17.900 t.
Entradas de Islandia: 4.200 t.
Consumo: 7.000 t.
Meses cubiertos: 6,4
Añadí a la memoria el siguiente comentario: «Según
esta tabla, las existencias más escasas son las de cromo, material muy
importante, dado que sin cromo no se puede mantener una industria de armamentos
altamente desarrollada. Si se pierden los Balcanes, y con ellos Turquía, las
existencias de cromo sólo están garantizadas para 5,6 meses. Esto significa
que, tras agotarse las existencias del mineral en bruto, lo que sucedería dos
meses después del plazo indicado, se produciría la paralización de distintas ramas
de importancia (aviones, tanques, camiones, granadas para tanques, submarinos,
casi toda la fabricación de municiones) entre uno y tres meses más tarde, ya
que entonces se habrán agotado todas las reservas». [248]
Esto quería decir, ni más ni menos, que la guerra
acabaría a los diez meses de perder los Balcanes. Hitler escuchó en silencio mi
exposición, según la cual eran los Balcanes, y no Níkopol, los que
determinarían el curso de la guerra. Después me volvió la espalda, malhumorado,
y se dirigió a mi colaborador Saur para discutir con él los nuevos programas de
fabricación de tanques.
Hasta el verano de 1943, Hitler me llamaba por
teléfono al principio de cada mes para enterarse de las cifras de producción
más recientes, que anotaba en una lista que ya tenía preparada. Yo le iba dando
los números y Hitler solía recibirlos con estas exclamaciones:
— ¡Muy bien! ¡Eso es realmente maravilloso! ¿De
verdad tenemos ciento diez Tigres? Es más de lo que me prometió
usted… ¿Y cuántos cree que se podrán fabricar el mes que viene? Ahora cada
tanque más es importante…
A veces concluía estas conversaciones aludiendo
brevemente a la situación:
—Hoy hemos tomado Jarkov. Las cosas marchan bien.
Bueno, gracias por todo. Salude a su esposa de mi parte. ¿Todavía está en el
Obersalzberg? Bien, dele recuerdos de mi parte.
Cuando le daba las gracias y me despedía con la
fórmula habitual: « Heil, Mein Führer!», Hitler respondía a veces:
«Heil, Speer! ». Esta respuesta, que empleaba en muy contadas
ocasiones con Göering, Goebbels y otros íntimos, suponía una distinción en la
que se podía percibir una leve ironía respecto al «Heil, Mein Führer!»
que se había implantado oficialmente. En esos momentos sentía que mi trabajo
era reconocido, y no me daba cuenta del fondo condescendiente de aquella
familiaridad. Aunque la fascinación del principio y la intimidad del trato
privado habían desaparecido hacía mucho tiempo; aunque yo había dejado de tener
la peculiar posición única del arquitecto; aunque me había convertido en uno
más de los muchos componentes del aparato gubernamental, las palabras de Hitler
no habían perdido para mí ni un ápice de su mágica fuerza. Bien mirado, todas
las intrigas y luchas por el poder tenían como meta conseguirlas, al menos por
lo que implicaban. La posición de cada uno de nosotros dependía de ellas.
Las llamadas fueron cesando poco a poco. Me resulta
difícil fijar el momento exacto. En todo caso, puede que a partir de otoño de
1943 Hitler adoptara la costumbre de ponerse en contacto telefónico con Saur
para que le diera las cifras mensuales. [249] {249} No me puse a la defensiva contra esto, ya que reconocía a Hitler
el derecho de quitarme lo que me había confiado; sin embargo, como además
Bormann estaba en buenas relaciones con Saur y con Dorsch, viejos camaradas del
Partido, comencé a sentirme inseguro en mi propio Ministerio.
Por el momento, intenté afianzar mi posición
asignando a cada uno de mis diez jefes de sección un representante en la
industria, [250] {250} aunque precisamente Dorsch y Saur consiguieron impedir que esta
medida afectara a sus respectivos campos. Los indicios de que en mi Ministerio
se había formado una especie de partido de oposición dirigido por Dorsch iba
adquiriendo fuerza, y el 21 de diciembre de 1943 di una especie de «golpe de
Estado»: Escogí a dos de mis antiguos colaboradores de confianza, de mi época
de arquitecto, y los nombré jefes de las secciones de Personal y
Organización, [251] y puse también bajo sus órdenes la Organización
Todt, que hasta ese momento había sido autónoma.
Al día siguiente escapé a la dura carga del año
1943, con sus innumerables intrigas y desengaños, dirigiéndome al rincón más
alejado y solitario de los territorios que habíamos ocupado: Laponia del Norte.
Aunque en 1941 y 1942 Hitler me impidió viajar a Noruega, Finlandia y Rusia,
por estimarlo demasiado peligroso y considerarme insustituible, esta vez dio su
aprobación sin vacilar.
Despegamos al alba con mi nuevo avión, un
cuatrimotor Condor Focke-Wulf, que contaba con unos depósitos de
reserva que le daban una gran autonomía. [252]
El violinista Siegfried Borries y un mago
aficionado que se haría famoso después de la guerra bajo el nombre de Kalanag
viajaban conmigo porque quería dar una alegría navideña a los soldados y
trabajadores de la Organización Todt que se encontraban en el norte, en vez de
dedicarme a pronunciar discursos. Contemplamos de cerca el sistema de lagos de
Finlandia, una de las metas más anheladas de mi juventud, que en su día mi
esposa y yo habíamos intentado recorrer con una tienda y un bote plegable. A
primeras horas de la tarde, las últimas del crepúsculo en aquella región
septentrional, aterrizamos en un primitivo campo cubierto de nieve y señalizado
con lámparas de petróleo cerca de Rovaniemi.
Al día siguiente recorrimos en descapotable
seiscientos kilómetros en dirección norte, hasta alcanzar el pequeño puerto
ártico de Petsamo. El paisaje, de tipo alpino, resultaba monótono, pero los
innumerables matices de la luz, del amarillo al rojo, a que daba origen la
posición del sol tras el horizonte eran de una hermosura que parecía irreal. En
Petsamo se celebraron varías fiestas navideñas con obreros, soldados y
oficiales, a las que seguirían otras muchas en el resto de cuarteles. Pasamos
la segunda noche en la cabaña de troncos del general que estaba al mando del
frente del Ártico, y desde allí visitamos unas bases avanzadas de apoyo
situadas en la península de Fischer, nuestro sector de frente más septentrional
e inhabitable, a sólo ochenta kilómetros de Murmansk. La luz pálida y verdosa
que atravesaba oblicuamente el velo de niebla y nieve daba un aire de tristeza
a aquel paisaje muerto, sin árboles, de una angustiosa soledad. Acompañados por
el general Hengl, esquiamos lenta y trabajosamente hasta la base avanzada. En
una de las posiciones, una unidad me demostró la eficacia de nuestro cañón de
infantería de 15 cm disparando contra un refugio soviético. Fue el primer
«ejercicio de tiro real» que contemplé en mi vida, pues aunque anteriormente ya
había visto en acción una de las baterías pesadas del cabo Gris Nez, cuyo
objetivo era la ciudad de Dover, el comandante me explicó después que en
realidad había hecho disparar al mar. En cambio, donde me encontraba ahora vi
volar por los aires, tras un blanco certero, las vigas de madera del refugio
ruso. Al instante, y a poquísima distancia de donde yo me encontraba, un cabo
se desplomó sin proferir un solo gemido: un tirador soviético le había dado en
la cabeza por debajo del casco. No deja de ser sorprendente que aquella fuera
la primera vez que me veía ante la realidad de la guerra. Mientras que hasta
entonces, en las presentaciones que realizábamos en el campo de tiro, había
tenido a nuestro cañón de infantería por un mero producto técnico útil que contemplaba
teóricamente, de repente me di cuenta de que era capaz de destruir vidas
humanas.
Durante aquel viaje de inspección, todos los
soldados y oficiales se quejaron de la escasez de armas ligeras de infantería.
Sobre todo echaban en falta buenas ametralladoras; los soldados se las
arreglaban con las que podían quitar a las tropas soviéticas.
El reproche afectaba directamente a Hitler. Como
antiguo soldado de infantería de la Primera Guerra Mundial, seguía confiando en
la carabina. En verano de 1942 rechazó nuestra propuesta de dotar a la tropa de
un modelo de ametralladora arguyendo que el fusil servía mejor al objetivo de
la infantería. También se debía a sus experiencias como soldado de trincheras,
tal como constaté en aquel momento, que privilegiara las armas pesadas y los
tanques que tanto admiraba y negligiera el desarrollo y fabricación de armas de
infantería.
A mi regreso traté de subsanar esta omisión.
Nuestro programa de infantería contó con el apoyo de peticiones precisas,
formuladas a principios de enero por el Estado Mayor del Ejército y por el
comandante en jefe del Ejército de Reserva. Sin embargo, Hitler no dio su
conformidad hasta seis meses después, y a partir de entonces nos reprochó que
nuestro programa no avanzara según los plazos previstos. En nueve meses
logramos notables incrementos de producción en este campo, llegando a
multiplicar por veinte el número de ametralladoras (fusil de asalto 44)
fabricadas, que hasta entonces había sido mínimo. [253]
Habríamos podido alcanzar esas cifras dos años
antes, porque para fabricar estas armas no se requerían los recursos que
estaban destinados al armamento pesado.
* * * *
Al día siguiente inspeccioné la planta de níquel de
Kolosiokki, nuestra única fuente de obtención de dicho metal y, en realidad, el
verdadero objetivo de mi viaje navideño. Había allí una gran cantidad de metal
que se amontonaba por falta de camiones, mientras que, simultáneamente,
nuestros medios de transporte estaban concentrados en el levantamiento de una
central de energía con protección antiaérea. Atribuí a la central un grado de
urgencia medio, lo que incrementó la capacidad de transporte de las existencias
de níquel. En medio del bosque virgen, mucho más allá del lago Inari, se
reunieron en un claro leñadores alemanes y lapones alrededor de una hoguera
pintoresca que servía al mismo tiempo de fuente de calor y de iluminación, y
Siegfried Borries inició la velada con la famosa chacona de la Partita
en re menor de Bach. Después, tras varias horas de esquí nocturno, nos
dirigimos a un campamento lapón. Sin embargo, a una temperatura de treinta
grados bajo cero y bajo la luz polar, dormir en la tienda no resultaba
precisamente idílico, pues el viento la llenaba de humo. Salí al aire libre y
hacia las tres de la madrugada me eché a descansar en mi saco de dormir de piel
de reno. A la mañana siguiente sentí un agudo dolor en la rodilla.
Unos días después volvía a hallarme en el cuartel
general. Por sugerencia de Bormann había convocado una gran reunión, a la que
debían asistir los ministros más importantes, para establecer el programa de
trabajo de 1944 y para que Sauckel formulara sus quejas contra mí. El día
anterior propuse a Hitler celebrar antes otra, presidida por Lammers, para
solventar las diferencias que pudiera haber entre nosotros, pero se mostró casi
despectivo al oírme y me dijo, con voz helada, que me prohibía influir en los asistentes
a la reunión. No quería que se le expusieran opiniones preconcebidas; quería
ser él mismo quien adoptara la decisión pertinente.
Después de esta reprimenda, fui con mis técnicos a
ver a Himmler, que, según mi deseo, ya se hallaba en compañía del mariscal
Keitel. [254] Quería al menos convenir con ellos una táctica
conjunta para impedir que Sauckel reemprendiera las deportaciones de obreros
procedentes de los territorios occidentales ocupados; Keitel, en su calidad de
jefe de todos los mandos militares, y Himmler, como responsable del orden
público en aquellos territorios, temían que el reclutamiento forzoso de
trabajadores contribuyera a engrosar el número de partisanos. Nos pusimos de
acuerdo en que los dos declararían durante la reunión que no disponían de la
necesaria capacidad ejecutiva para llevar a cabo las nuevas acciones de
reclutamiento de Sauckel, por lo que estas podrían comportar desórdenes.
Esperaba terminar de una vez por todas con las deportaciones de obreros e
incrementar el empleo eficaz de las reservas alemanas, particularmente de las
mujeres.
Al parecer, Bormann había preparado a Hitler para
estos problemas del mismo modo que yo lo había hecho con Himmler y Keitel. Ya
cuando nos saludamos demostró a todos los asistentes, con su frialdad y
descortesía, que estaba de mal humor. Viéndolo así, todos los que lo conocían,
sabiendo que era un mal momento, procuraban evitar las decisiones. También yo
habría dejado reposar en el fondo de mi cartera de mano lo más importante y me
habría limitado a tratar cuestiones inocuas, pero no había forma de eludir el
tema de la reunión. Cuando comencé mi exposición, Hitler me cortó la palabra
irritado:
—Le prohíbo, señor Speer, que intente adelantarse
otra vez al resultado de una reunión. Soy yo quien preside ésta y seré yo quien
decida al final lo que va a pasar. ¡No usted! ¡Téngalo en cuenta!
Nadie plantó cara a aquel Hitler malhumorado y
colérico. Tampoco mis aliados Keitel y Himmler pensaron ya en exponer sus
opiniones. Al contrario, aseguraron que harían todo lo que estuviera en su mano
para apoyar el programa de Sauckel. Hitler comenzó a preguntar a los ministros
presentes por el número de trabajadores que necesitaban para el año 1944, anotó
con cuidado todas las peticiones, sumó él mismo las cifras y se dirigió después
a Sauckel. [255]
—Camarada Sauckel, ¿puede usted proporcionarnos
cuatro millones de trabajadores este año? ¿Sí o no? Sauckel se lanzó al ruedo:
—¡Naturalmente, Mein Führer, se lo
prometo! Puede estar seguro de que lo haré, pero necesito tener por fin las
manos libres en los territorios ocupados.
Hitler interrumpió con dureza mis objeciones de que
creía posible movilizar a una buena parte de aquellos obreros en la propia
Alemania:
— ¿Quién es el responsable de buscar la mano de
obra, usted o el camarada Sauckel?
En un tono que impedía toda réplica, Hitler ordenó
a Keitel y a Himmler que crearan los organismos necesarios para impulsar el
programa de reclutamiento de trabajadores. Keitel sólo decía: «Sí, Mein
Führer», y Himmler permaneció mudo. La batalla parecía perdida. Intentando
salvar algo, pregunté a Sauckel si, a pesar de los reclutamientos, podía
garantizar que se cubrirían las demandas de personal de las empresas de los
países occidentales consideradas intocables. Sauckel contestó con fanfarronería
que eso no suponía ninguna dificultad. A continuación traté de establecer
prioridades y de conseguir que Sauckel se comprometiera a no enviar
trabajadores a Alemania hasta que quedaran cubiertas las necesidades de
aquellas empresas, petición a la que Sauckel accedió con un simple gesto.
Hitler intervino al instante:
— ¿Qué más quiere, señor Speer? ¿No se lo está
asegurando el camarada Sauckel? Con eso, sus reparos en relación con la
industria francesa ya no tienen razón de ser.
De seguir con aquello, no habría hecho más que
fortalecer la posición de Sauckel. Terminada la reunión, Hitler se volvió a
mostrar accesible e intercambió también conmigo unas palabras amables. Por otra
parte, las deportaciones de Sauckel nunca se reemprendieron, aunque debo
admitir que esto tuvo muy poco que ver con mis intentos, realizados a través de
mis delegaciones francesas y con ayuda de las autoridades de la Wehrmacht, de
obstaculizar sus planes, [256] cuya ejecución resultó impedida tanto por la
pérdida de autoridad en los territorios ocupados y por El resultado de la
reunión celebrada en el cuartel general del Führer sólo tuvo
consecuencias para mí. El trato que me había dado Hitler mostró a todo el mundo
que había caído en desgracia. El vencedor de la disputa entre Sauckel y yo se
llamaba Bormann. A partir de aquel momento, mis colaboradores en la industria
se vieron expuestos a ataques que, aunque al principio eran disimulados, no
tardaron en ser cada vez más claros. Tuve que defenderlos con frecuencia en la
cancillería del Partido de distintas sospechas e incluso me vi obligado a
intervenir en su favor frente al Servicio de Seguridad. [257]
* * * *
Tampoco la última reunión de la flor y nata del
Reich, que tuvo lugar en un escenario espléndido, pudo distraerme de mis
preocupaciones. Fue la fiesta de gala organizada por Göering en Karinhall el 12
de enero de 1944 para celebrar su cumpleaños. Todos acudimos con los valiosos
regalos que él esperaba: cigarros de Holanda, lingotes de oro de los Balcanes y
cuadros y esculturas de gran valor. Göering me había hecho saber que le
gustaría tener un busto monumental de Hitler en mármol hecho por Breker. La mesa
de regalos había sido instalada en la gran biblioteca y Göering se complacía en
mostrarla a sus distinguidos invitados. Extendió también sobre ella los planos
que había preparado su arquitecto para ese día: la residencia palaciega de
Göering debía duplicar su tamaño.
En la mesa, suntuosamente dispuesta, del espléndido
comedor, unos criados vestidos con librea blanca sirvieron una comida no
demasiado abundante, acorde con las circunstancias. Durante el banquete, Funk
pronunció como cada año el discurso de cumpleaños; este sería el último.
Elogió, en tono muy elevado, la capacidad, las cualidades y las virtudes de
Göering y terminó brindando por «uno de los alemanes más grandes». Las
entusiastas palabras de Funk contrastaban de forma grotesca con la situación
real. Una fiesta fantasmagórica se estaba celebrando sobre el trasfondo del
amenazador ocaso del Reich.
Después de comer, los invitados se diseminaron por
las amplias estancias de Karinhall. Milch y yo nos preguntamos de dónde podría
proceder el dinero necesario para pagar todo aquel lujo. Hacía poco que
Loerzer, un antiguo amigo de Göering y famoso piloto de caza de la Primera
Guerra Mundial, había enviado a Milch un vagón lleno de objetos (medias, jabón
y otros artículos escasos) procedentes del mercado negro italiano diciéndole
que podría venderlos con facilidad; la remesa incluía una lista de precios, posiblemente
para unificar los del mercado negro en el Reich, que indicaba también las
ganancias de Milch, pero este ordenó que las mercancías fueran distribuidas
entre los empleados de su Ministerio. Poco después oyó decir que el importe de
la venta de los artículos contenidos en muchos otros vagones había ido a parar
a los bolsillos de Göering. Más adelante Plagemann, intendente del Ministerio
del Aire y encargado de realizar ese tipo de negocios para Göering, pasó a
trabajar directamente a las órdenes de este último. Yo tenía mi propia
experiencia respecto a los cumpleaños de Göering. Desde que era miembro del
Consejo de Estado de Prusia y, como tal, me correspondían seis mil marcos
anuales, poco antes de la fecha del cumpleaños recibía un escrito en el que se
me comunicaba que una parte importante de mis ingresos iba a ser retenida para
el regalo que le haría el Consejo de Estado. Nadie me preguntó nunca si estaba
de acuerdo. Tras contárselo a Milch, este me informó de que pasaba algo
parecido con los fondos del Ministerio del Aire. En cada cumpleaños, una buena
suma era desviada a la cuenta de Göering, y el propio mariscal del Reich
determinaba qué cuadro había de comprarse con ella.
No obstante, éramos conscientes de que todo esto
sólo podía cubrir una pequeña parte de los tremendos dispendios de Göering. No
sabíamos exactamente qué industriales le pagaban contribuciones, pero que lo
hacían es algo que Milch y yo pudimos comprobar más de una vez, siempre que
Göering nos llamaba porque alguno de sus favoritos había sido tratado con poca
delicadeza por alguna de nuestras organizaciones.
Mis recientes experiencias y encuentros en Laponia
contrastaban de un modo casi inimaginable con la atmósfera artificial de aquel
mundo corrompido e hipócrita. Seguramente la inseguridad de mi relación con
Hitler me afligía más de lo que yo estaba dispuesto a admitir. Poco a poco fui
notando las consecuencias de haber mantenido la tensión durante casi dos años.
A mis treinta y ocho años me encontraba físicamente agotado. El dolor de la
rodilla no me abandonaba casi nunca. Ya no me quedaban reservas. ¿O acaso fue
una forma de evadirme?
El 18 de enero de 1944 ingresé en un hospital.
Capítulo XXIII
Enfermedad
El profesor Gebhardt, general de División de las SS
y conocido en el mundo del deporte europeo como especialista en lesiones de
rodilla, [258] {258} era director del Hospital Hohenlychen de la Cruz Roja, enclavado a
orillas de un lago y rodeado de bosques, unos cien kilómetros al norte de
Berlín. Sin saberlo, me había puesto en manos de un médico que era uno de los
pocos amigos de Heinrich Himmler que lo tuteaban. Residí durante más de dos
meses en una sencilla habitación de este hospital, mis secretarias ocuparon
otras estancias y se instaló una línea telefónica directa con el Ministerio,
pues tenía intención de continuar trabajando.
En el Tercer Reich, enfermar siendo ministro era
muy problemático. Hitler había prescindido con harta frecuencia de personas que
ocupaban cargos importantes por motivos de salud. Por lo tanto, la noticia de
que alguien había «enfermado» despertaba gran interés en los círculos
políticos. Y, como yo estaba enfermo de verdad, parecía lo más aconsejable
continuar lo más activo posible. Además, no podía dejar de la mano mi aparato
ministerial, pues, al igual que Hitler, no disponía de un representante apropiado.
A pesar de todos los esfuerzos de mi entorno para que disfrutara de
tranquilidad, las conversaciones telefónicas, entrevistas y dictados hechos
desde la cama no solían cesar antes de medianoche.
Apenas ingresé en el hospital, Bohr, mi recién
nombrado jefe de personal, me llamó muy afligido. En su despacho había un
archivador cerrado; Dorsch había ordenado transportarlo enseguida a la jefatura
de la Organización Todt. Dispuse que el archivador se quedara donde estaba.
Unos días después aparecieron unos representantes de la Jefatura Regional de
Berlín acompañados de varios empleados de mudanzas. Bohr me dijo que tenían el
encargo de llevarse el archivador y que sostenían que tanto el mueble como su contenido
eran propiedad del Partido. Bohr no sabía qué hacer. Gracias a una conversación
telefónica con Naumann, uno de los más íntimos colaboradores de Goebbels, se
pudo demorar la acción: los funcionarios del Partido se limitaron a sellar la
puerta del archivador. Acto seguido, ordené que se desatornillara la parte
posterior. Al día siguiente se presentó Bohr con un paquete de fotocopias de
expedientes sobre varios de mis antiguos colaboradores; casi todos expresaban
juicios negativos sobre ellos. La mayoría eran acusados de observar una
conducta hostil al Partido, e incluso se recomendaba que la Gestapo vigilara a
algunos. Leí también que el Partido tenía un hombre de confianza en el
Ministerio: Xaver Dorsch. El hecho en sí me sorprendió menos que saber quién
era la persona elegida.
Yo había estado tratando de ascender a un
funcionario de mi Ministerio desde otoño. Sin embargo, este empleado no era
bien visto por la camarilla que últimamente se había formado en el Ministerio y
mi primer jefe de personal presentó excusas de toda clase hasta que finalmente
le obligué a tramitar la propuesta de ascenso. Poco antes de caer enfermo
recibí una negativa brusca y hostil de Bormann. Entre los expedientes
encontramos el borrador de la carta de Bormann, que resultó haber sido
redactado por el mismo Dorsch y por mi antiguo jefe de personal, Haasemann, y
que Bormann había copiado literalmente en la carta que me dirigió. [259] Desde la cama del hospital llamé por teléfono a
Goebbels, pues, como jefe regional de Berlín, los delegados del Partido en los
Ministerios estaban a sus órdenes. Sin la menor vacilación, se mostró conforme
con que mi antiguo colaborador Frank ocupara el cargo:
—Es intolerable que haya un gobierno paralelo.
Actualmente, todos los ministros son camaradas del Partido. ¡O podemos confiar
en él, o que se largue!
Sin embargo, me quedé sin saber qué personas de
confianza tenía la Gestapo dentro de mi Ministerio.
Más difícil todavía me resultó mantener mi posición
mientras estuve enfermo. Tuve que pedir a Klopfer, secretario de Bormann, que
mantuviera a raya a las autoridades del Partido, e hice especial hincapié en
que no se pusieran dificultades a los industriales. Inmediatamente después de
caer enfermo, los consejeros económicos regionales del Partido se arrogaron
atribuciones que afectaban al núcleo de mi actividad. Pedí a Funk y a su
colaborador Ohlendorf, que le había sido cedido por Himmler, que mostraran una
actitud positiva respecto al concepto de auto responsabilización de la
industria y que me apoyaran frente a los consejeros económicos regionales de
Bormann. También Sauckel aprovechó mi ausencia para «en un llamamiento
nacional, pedir a los operarios de armamentos que trabajaran hasta sus últimas
fuerzas». A la vista de los intentos de mis enemigos para sacar provecho de mi
ausencia y menoscabar mi posición, me dirigí por escrito a Hitler para
comunicarle mis preocupaciones y solicitar su ayuda. Veintitrés páginas
mecanografiadas en cuatro días son señal del nerviosismo que se había apoderado
de mí. Me quejé de las pretensiones de Sauckel y de la actuación de los
consejeros regionales de Bormann y le rogué que confirmara mi autoridad
incondicional respecto a todas las cuestiones relacionadas con mi cometido. En
el fondo, mis peticiones no hacían sino repetir exactamente lo que había
exigido sin éxito, y para enojo de los jefes regionales, con las drásticas
palabras de la reunión de Poznan. Seguía diciendo que sólo sería posible
dirigir de forma planificada el conjunto de la producción si se reunían bajo mi
mando «la gran cantidad de departamentos oficiales que establecen disposiciones
y reglamentos, formulan reparos y dan consejos a la dirección de las empresas». [260]
Cuatro días después volví a dirigirme a Hitler por
escrito. Con una franqueza que en realidad ya no respondía a nuestra relación,
lo informé sobre la camarilla del Ministerio que, a mis espaldas, se dedicaba a
obstaculizar que se ejecutaran mis órdenes. Lo informé de que había sido
engañado y de que un pequeño círculo de antiguos colaboradores de Todt,
encabezado por Dorsch, había quebrantado la lealtad que me debía. Y que por
ello me veía obligado a sustituir a Dorsch por un hombre de mi confianza. [261]
No hay duda de que esta última carta, en la que
comunicaba a Hitler, sin haberle consultado, la destitución de uno de sus
favoritos, fue particularmente torpe, porque olvidaba una de las reglas del
régimen: insinuar a Hitler con habilidad y en el momento apropiado los asuntos
personales. Yo, en cambio, le expuse sin rodeos que un colaborador había
quebrantado la lealtad debida y no era de fiar. El hecho de que, además,
enviara a Bormann una copia de mis quejas sólo podía deberse a un ataque de
locura o entenderse como una provocación. Al hacerlo daba la espalda a toda la
experiencia adquirida como diplomático hábil en el intrigante entorno de
Hitler. Es posible que dictara mi conducta cierta terquedad a la que me inducía
mi aislamiento.
La enfermedad me había alejado demasiado de Hitler,
el polo de poder que todo lo decidía. No reaccionó negativa ni positivamente a
mis propuestas, peticiones y quejas: estuve hablando en el vacío, pues no me
hizo llegar ninguna respuesta. Yo ya no era el ministro favorito de Hitler y
uno de sus posibles sucesores; unas cuantas insinuaciones de Bormann y algunas
semanas de enfermedad me habían apartado por completo de la escena política.
También tuvo algo que ver en ello la peculiar manera de ser de Hitler, tantas
veces observada, de borrar sin más de su lista a cualquiera que hubiera
desaparecido por cierto tiempo de su esfera visual. Si después el afectado
volvía a aparecer cerca de él, su imagen podía cambiar otra vez. Durante mi
enfermedad pude vivir varias veces esta experiencia, que me defraudó y me alejó
íntimamente de Hitler. Con todo, durante aquellos días no me sentí furioso ni
desesperado por mi nueva situación. Estaba muy débil y lo único que sentía era
cansancio y resignación.
Tuve que darme cuenta de que Hitler no tenía
ninguna intención de renunciar a Dorsch, compañero de Partido de los años
veinte. Durante aquellas semanas lo distinguió de forma casi ostentosa
concediéndole entrevistas en privado que fortalecían su posición. Göering,
Bormann y Himmler comprendieron enseguida que se había desplazado el centro de
gravedad e intentaron aprovechar la situación para acabar, por fin, con mi
autoridad como ministro. Estoy seguro de que los tres actuaron de forma
independiente, por motivos distintos y sin haberse puesto de acuerdo. No podía
seguir pensando en destituir a Dorsch.
* * * *
Pasé veinte días tendido boca arriba, con la pierna
inmovilizada por la escayola, y tuve tiempo de sobra para reflexionar sobre mi
enojo y mis desengaños. Unas horas después de levantarme por primera vez sentí
vivos dolores en la espalda y en la caja torácica, y una expectoración
sanguinolenta indicó una posible embolia pulmonar. Sin embargo, el profesor
Gebhardt me diagnosticó reumatismo muscular, me dio masajes en el tórax con
veneno de abejas (Forapin) y me administró sulfamidas, quinina y narcóticos. [262] Dos días después sufrí un segundo ataque, muy
fuerte. Mi estado empezó a ser preocupante; sin embargo, Gebhardt continuó
insistiendo en su diagnóstico de reumatismo muscular. Entonces mi esposa
comunicó lo ocurrido al doctor Brandt, quien envió aquella misma noche a
Hohenlychen al profesor Friedrich Koch, internista de la Universidad de Berlín
y colaborador de Sauerbruch. Brandt, médico de cabecera de Hitler y «delegado
de Sanidad», transfirió expresamente a Koch la responsabilidad única de mi
tratamiento, al tiempo que prohibía al profesor Gebhardt adoptar ninguna
disposición médica. Por orden del doctor Brandt, al profesor Koch le fue
asignada una habitación contigua a la mía y se le encargó no abandonarme ni de
noche ni de día. [263]
Según hizo constar el profesor Koch en su informe
médico, permanecí tres días en un estado «extremadamente grave. Máxima disnea,
fuerte amoratamiento, notable aceleración del pulso, altas temperaturas,
molesta tos irritativa, dolores y expectoración sanguinolenta. De acuerdo con
estos síntomas, el cuadro de la enfermedad sólo puede ser interpretado como un
infarto». Los médicos prepararon a mi esposa diciéndole que cabía esperar lo
peor. En cambio, a mí aquella situación transitoria me sumió en una euforia casi
dichosa: la pequeña habitación se amplió hasta convertirse en una sala grande y
maravillosa; un pobre armario de madera que había estado tres semanas ante mi
vista se tornó una pieza suntuosa, ricamente tallada en maderas preciosas; me
sentí alegre y a gusto como pocas veces en mi vida.
Cuando me hube recuperado un poco, mi amigo Robert
Frank me habló de la conversación que había tenido una noche con el profesor
Koch. Desde luego, lo que me contó sonaba novelesco: estando yo grave, Gebhardt
pidió al profesor que me practicara una pequeña intervención que habría puesto
en peligro mi vida. Al principio, el profesor Koch pretendió no comprenderlo, y
después se negó en redondo a efectuar la intervención. Entonces el profesor
Gebhardt desvió el golpe alegando que sólo había querido ponerlo a prueba.
Frank me suplicó que no tomara ninguna medida, pues
el profesor Koch temía acabar en un campo de concentración, mientras que mi
propio informador habría tenido serias dificultades con la Gestapo. Tuve que
guardar silencio, pues ni siquiera podía recurrir a Hitler. Su reacción era
previsible: en un acceso de cólera, lo habría tachado todo de sencillamente
imposible, habría pulsado el timbre que siempre tenía a mano para llamar a
Bormann y habría ordenado detener a los difamadores de Himmler.
En aquel tiempo este asunto no me sonó tan
novelesco como pueda parecer hoy. Incluso en los círculos del Partido, Himmler
tenía fama de ser un hombre cruel, frío y consecuente; nadie se atrevía a
enfrentarse seriamente a él. Además, la ocasión que se le ofrecía era demasiado
favorable: yo no habría podido resistir la menor complicación, por lo que no
habría habido sospechas. Mi caso era una lucha de diadocos; era un indicio de
que mi posición seguía siendo poderosa, aunque ya estaba tan debilitada que después
de aquel fracaso se podían urdir nuevas intrigas. Funk no me contó los detalles
de un asunto sobre el que en 1944 sólo se atrevió a hacer vagas alusiones hasta
que nos encontramos en Spandau: hacia otoño de 1943 el Estado Mayor del
Ejército de las SS de Sepp Dietrich había celebrado una francachela en la que,
además de Gebhardt, participó también Horst Walter, asistente y amigo de Funk
durante muchos años y entonces asistente de Dietrich. Gebhardt declaró en aquel
círculo de jefes de las SS que, en opinión de Himmler, Speer era un peligro y
tenía que desaparecer.
Empecé a sentir prisa por salir de aquel hospital,
que me empezaba a parecer siniestro, aunque seguramente mi estado de salud no
hiciera recomendable mi traslado. El 19 de febrero ordené que se me encontrara
una nueva residencia urgentemente. Al principio, Gebhardt se opuso con
argumentos médicos; pero cuando a comienzos de marzo pude levantarme de la cama
siguió resistiéndose a que me trasladara. Ocho días más tarde, un hospital
cercano fue alcanzado por las bombas de la VIII Flota Aérea americana; Gerbhardt
creyó que el ataque se dirigía contra mí y entonces cambió de opinión de la
noche a la mañana. El 17 de marzo pude abandonar por fin aquel deprimente
lugar.
Poco antes de que terminara la guerra le pregunté a
Koch qué había ocurrido en realidad. Pero ni siquiera entonces quiso
aclarármelo. Sólo me confirmó que había tenido una fuerte disputa sobre mi caso
con Gebhardt, quien le había dicho que él no era un simple médico, sino un
«médico político». Desde luego, Gebhardt hizo grandes esfuerzos para retenerme
en su clínica el mayor tiempo posible. [264]
El 23 de febrero de 1944, Milch me hizo una visita
en el hospital. Me dijo que las flotas aéreas americanas VIII y XV habían
concentrado sus bombardeos sobre la industria alemana de aviación, por lo que
al mes siguiente sólo podríamos fabricar un tercio de los aviones terminados en
los meses anteriores. Milch trajo consigo una propuesta escrita: del mismo modo
que el llamado Estado Mayor del Ruhr trabajaba con gran éxito reparando los
daños causados por las bombas en aquella región, debería constituirse un Estado
Mayor de Cazas para, en un esfuerzo común de ambos Ministerios, superar las
dificultades que atravesaba el armamento aéreo. Quizá habría sido más
inteligente responderle con evasivas, pero yo quería intentar todo lo posible
para ayudar a la apurada Luftwaffe y di mi conformidad a su propuesta. Tanto
Milch como yo teníamos plena conciencia de que el Estado Mayor de Cazas sería
el primer paso para que las armas, incluso las del último ejército de la
Wehrmacht, se fusionaran con mi Ministerio.
Lo primero que hice fue telefonear a Göering desde
la cama; se negó a suscribir nuestra iniciativa para trabajar en colaboración
diciendo que me estaba entrometiendo en sus competencias. No acepté sus
objeciones y llamé por teléfono a Hitler, quien encontró buena la idea, aunque
se mostró distante y frío cuando le comuniqué que habíamos pensado en el jefe
regional Hanke para desempeñar el cargo de jefe del Estado Mayor de Cazas:
—Cometí un gran error cuando encargué a Sauckel el
reclutamiento de trabajadores —respondió Hitler por teléfono—. A su posición
como jefe regional sólo corresponden disposiciones irrevocables, y sin embargo
tiene que andar continuamente negociando y buscando fórmulas de compromiso. No
volveré a encargar nunca más a un jefe regional esta clase de tareas. —Hitler
se había ido enojando gradualmente—. El ejemplo de Sauckel ha mermado la
autoridad de todos los jefes regionales. ¡Saur se ocupará de esta misión!
Hitler terminó abruptamente la conversación con
estas palabras; por segunda vez en poco tiempo se había entrometido en mi
política personal. Mientras hablábamos, su voz fue fría y hostil; pensé que
quizá otro asunto lo había puesto de mal humor. Pero como también Milch
prefirió para el cargo a Saur, cuyo poder había aumentado aún más durante mi
enfermedad, acepté sin reservas la orden de Hitler. Con los años me había
familiarizado con las diferencias que hacía Hitler cuando su asistente Schaub
le recordaba un cumpleaños o le anunciaba la enfermedad de alguno de sus
numerosos conocidos. Un breve «flores y carta» significaba una misiva de texto
prefijado que le era presentada a la firma, quedando la elección de las flores
a cargo del asistente. En tales casos, podía considerarse una distinción que
Hitler añadiera algunas palabras de su puño y letra. Sin embargo, cuando se
trataba de personas por las que sentía especial afecto, ordenaba que Schaub le
alcanzara papel y pluma y escribía personalmente unas cuantas líneas, y a veces
incluso decidía las flores que había que enviar. Antes yo había sido uno de los
más distinguidos, junto a las estrellas cinematográficas y las cantantes. Por
eso, cuando poco después de la crisis que puso en peligro mi vida recibí un ramo
de flores acompañado de un texto convencional escrito a máquina, fui consciente
de que, aunque me había convertido en uno de los miembros más importantes de su
Gobierno, me hallaba en el último escalón de la jerarquía real. Como estaba
enfermo, reaccioné con cierta hipersensibilidad que a lo mejor no estaba del
todo justificada, pues también es verdad que Hitler me llamó por teléfono dos o
tres veces para preguntarme por mi salud, aunque me daba la culpa de mi
enfermedad: — ¿Por qué tuvo usted que ponerse a esquiar? Siempre he dicho que
eso es una locura. ¡Pasearse con esas tablas en los pies! ¡Échelas a la hoguera
cuanto antes! —añadía cada vez con la intención, torpemente expresada, de
concluir la conversación con una broma.
* * * *
El internista profesor Koch no quería exponer de
ningún modo mis pulmones al aire de las alturas del Obersalzberg. En el parque
del palacio de Klessheim, la residencia de invitados de Hitler situada cerca de
Salzburgo, los obispos electores habían hecho que el arquitecto barroco Fischer
von Erlach construyera un pabellón de deliciosas líneas curvas, conocido con el
nombre de Palacete de la Hoja de Trébol. El 18 de marzo se me asignó éste
edificio renovado como lugar de residencia, pues el «regente» húngaro Horthy
ocupaba entonces el palacio principal a causa de unas negociaciones que
terminarían veinticuatro horas después con la última entrada de las tropas de
Hitler en un país extranjero: Hungría. La misma noche de mi llegada, Hitler me
hizo una visita durante una pausa en las conversaciones.
Al volver a verlo al cabo de diez semanas, me llamó
la atención por primera vez en todos los años que nos conocíamos la anchura
excesiva de su nariz, su palidez y lo repelente de su cara; un primer síntoma
de que estaba empezando a ganar distancia respecto a él y a mirarlo sin
prejuicios. Durante casi un trimestre no sólo había dejado de estar sometido a
su influencia personal, sino que me había sentido vejado y relegado. Tras años
de embriaguez y de movimiento febril, había empezado a cuestionarme por primera
vez mi actuación a su lado. Mientras que antes, con algunas palabras o con un
gesto, Hitler lograba hacer desaparecer mi abatimiento y liberar en mí energías
extraordinarias, ahora, incluso durante este reencuentro y a pesar de la
cordialidad de Hitler, mi cansancio no desaparecía. Lo único que deseaba era
poder viajar lo antes posible a Meran con mi esposa y nuestros hijos, pasar
allí varias semanas y recuperar fuerzas, aunque sin saber realmente para qué,
pues ya no tenía ningún objetivo.
No obstante, mi voluntad de autoafirmación se
despertó de nuevo cuando, durante los cinco días que permanecí en Klessheim, me
vi obligado a constatar que, mediante mentiras e intrigas, estaban tratando de
arrinconarme definitivamente. Al día siguiente Göering vino a verme para
felicitarme por mi cumpleaños. Cuando aproveché la ocasión para informarlo,
exagerando un poco, de mi buena salud, Göering me contestó, y no en tono de
lamento, sino más bien con gran satisfacción: — ¡Vaya, eso no es verdad! El profesor
Gebhardt me dijo ayer que está usted gravemente enfermo del corazón y que no
hay perspectivas de mejora. ¡Quizá no lo sepa usted aún!
Acto seguido, y con muchas palabras de elogio hacia
el trabajo que había realizado hasta entonces, Göering insinuó mi próxima
sustitución. Le dije que las radiografías y los electrocardiogramas no
revelaban ninguna afección. [265] Repuso que estaba claro que alguien me había
informado mal y se negó en redondo a escucharme. Sin embargo, era a él a quien
Gebhardt había informado mal.
También Hitler, visiblemente impresionado, declaró
a los que lo rodeaban, entre los que se encontraba mi mujer:
—Ya no se puede contar con Speer.
También él había hablado con Gebhardt, quien me
había calificado de ruina humana incapaz de trabajar.
Quizá Hitler recordara nuestros sueños
arquitectónicos comunes, cuya ejecución ya no podría emprender debido a una
enfermedad cardíaca incurable, o quizá se acordara de la muerte prematura de su
primer arquitecto, el profesor Troost; en cualquier caso, ese mismo día se
presentó de nuevo en Klessheim para sorprenderme con un gigantesco ramo de
flores que su criado le había preparado, en un gesto totalmente desacostumbrado
en él. Unas horas después de que se marchara, Himmler se hizo anunciar y me
comunicó oficialmente que Hitler había encargado a Gebhardt que, como general
de división de las SS, respondiera de mi seguridad y que, como médico, velara
por mi salud. De esta forma mi internista quedaba fuera de juego, mientras que
se asignaba a las órdenes de Gebhardt una sección de escolta de las SS para
protegerme. [266]
El 23 de marzo Hitler acudió de nuevo a visitarme,
esta vez para despedirse, como si notara el distanciamiento que se había
apoderado de mí durante mi enfermedad. En efecto, a pesar de que volvía a
demostrarme la vieja cordialidad, mi relación con él había sufrido un
perceptible cambio de matiz. Seguía afectándome mucho que sólo recordara que me
sentía cercano a él cuando me veía y que mis servicios como arquitecto y como
ministro no hubieran tenido peso suficiente para resistir una separación de
varias semanas. Naturalmente, comprendía que un hombre como Hitler,
sobrecargado de trabajo y sometido a una presión extrema, tenía derecho a
descuidar a los colaboradores que estuvieran lejos de su vista. Sin embargo, su
conducta de las últimas semanas me había demostrado lo poco que yo contaba en
el círculo de sus seguidores y también lo poco dispuesto que estaba él a
dejarse guiar por la sensatez y la imparcialidad en sus decisiones. Quizá
porque percibía mi frialdad, o quizá para consolarme, me dijo con aire deprimido
que tampoco su salud era buena. Incluso había indicios seguros de que no
tardaría en quedarse ciego. No hizo ningún comentario cuando le dije que el
profesor Brandt lo informaría sobre el buen estado de mi corazón.
* * * *
El castillo de Goyen se alzaba sobre una colina que
dominaba Meran. Aquí pasé las seis semanas más hermosas de mi época
ministerial, las únicas que estuve junto a mi familia. Gebhardt estableció su
cuartel general en el valle, lejos de donde yo vivía, y apenas aprovechó el
derecho de prioridad de que gozaba sobre mi agenda. Durante los días que
permanecí en Meran, Göering, sin preguntarme ni informarme siquiera, mantuvo
varias entrevistas con Hitler a las que acudió acompañado de mis colaboradores
Dorsch y Saur, en un arrebato de actividad del todo inusual. Era evidentísimo
que deseaba aprovechar la oportunidad que se le ofrecía de lograr el puesto de
segundo hombre del Reich y resarcirse de los numerosos reveses sufridos hasta
entonces, lo que pasaba por fortalecer a mi costa la posición de mis
colaboradores, que para él no suponían ningún peligro. Además, propagó el rumor
de que se esperaba mi destitución y preguntó al jefe regional del Alto Danubio,
Eigruber, cuál era la opinión del Partido acerca del director general Meindl,
amigo de Göering. Fundamentó esta pregunta diciendo que tenía el propósito de
presentar a Meindl como sucesor mío en su entrevista con Hitler. [267] También Ley, jefe nacional del Partido y saturado
de cargos, formuló sus pretensiones: si Speer se marchaba, dijo sin que nadie
le preguntara nada, él también podría asumir su trabajo. ¡Él se ocuparía de
todo!
Entretanto, Bormann y Himmler intentaron rebajar a
los ojos de Hitler la valía de mis restantes jefes de sección haciendo recaer
graves sospechas sobre ellos. De manera indirecta, pues Hitler no consideró
necesario tenerme informado, supe que estaba tan enojado con tres de ellos
—Liebel, Waeger y Schieber— que se podía contar con su pronto despido. Al
parecer habían bastado unas semanas para que Hitler olvidara los días de
Klessheim. Aparte de Fromm, Zeitzler, Guderian, Milch y Dönitz, el ministro de
Economía Funk fue el único del pequeño círculo de los dirigentes del régimen
que me mostró afecto durante las semanas de mi enfermedad.
Hacía meses que Hitler, para evitar las
repercusiones de los bombardeos aéreos, había exigido que la industria fuera
trasladada a cuevas y a grandes refugios de tipo bunker. Yo le había replicado
que no se podía luchar con hormigón contra los bombarderos, pues ni siquiera
tras muchos años de trabajo se podrían instalar bajo tierra u hormigón las
industrias de armamento. Además, y para nuestra suerte, para atacar la
producción de armamentos el enemigo debía repartirse, por así decirlo, por un
amplio delta fluvial que tenía muchos brazos secundarios. Si protegíamos el
delta, haríamos que lanzara sus ataques sobre el punto en que se concentraba la
industria, en una cuenca estrecha y profunda. Al decir esto pensaba en la
química, el carbón, las centrales de energía y otras de mis pesadillas. No hay
ninguna duda de que en aquellos momentos (primavera de 1944), a Inglaterra y
América les habría sido posible aniquilar por completo, en un plazo muy corto,
una de estas ramas de la producción, y todo esfuerzo por protegerla habría sido
inútil.
El 14 de abril, Göering tomó la iniciativa y
convocó a Dorsch a una entrevista: sólo cabía imaginar la construcción de los
grandes refugios que Hitler exigía, le dijo en tono revelador, si se ocupaba de
ello la Organización Todt. Dorsch repuso que, como tales instalaciones se
hallaban en Alemania, no eran de la competencia de este organismo, que se
ocupaba de las obras en los territorios ocupados. No obstante, podía
presentarle de inmediato un proyecto terminado que se quería construir en
Francia. Aquella misma noche, Hitler llamó a Dorsch:
—Ordenaré que en el futuro se encargue sólo usted
de estas grandes obras, incluso en territorio del Reich.
Al día siguiente Dorsch propuso algunos
emplazamientos y enumeró los detalles técnico-administrativos que requería la
construcción de aquellos seis grandes bunkers, de 100.000 m2 de
superficie cada uno. Prometió que las obras estarían terminadas en noviembre de
1944. [268] En uno de sus temidos decretos espontáneos, Hitler
puso a Dorsch a sus órdenes directas y dio a estos bunkers tal prioridad que
Dorsch pudo modificar a su antojo el resto de proyectos para primar el suyo. No
obstante, no resultaba difícil prever que aquellas gigantescas obras no
estarían terminadas en el plazo prometido de seis meses; es más, que ni
siquiera llegarían a ponerse nunca en servicio. Es fácil saber la verdad cuando
la mentira es tan burda. Hitler no consideró necesario informarme de las medidas
con las que había ido minando aún más mi posición sin vacilar. Seguramente, mi
orgullo herido y el sentimiento de las vejaciones sufridas influyeron en la
carta que le escribí el 19 de abril; en ella ponía abiertamente en duda el
acierto de las decisiones adoptadas e inauguraba la larga serie de cartas y
memorándums en los que, a menudo oculta tras diferencias de opinión objetivas,
se hacía patente que iba adquiriendo conciencia de mí mismo después de años de
ofuscación causada por la fuerza mágica de Hitler. En esta carta alegué que
emprender en aquellos momentos tan grandes proyectos constructivos era
quimérico, pues «sólo con muchas dificultades podrán satisfacerse
simultáneamente las necesidades más perentorias para alojar a la población
obrera alemana y extranjera y para reconstruir nuestras fábricas de armamentos.
Ya no se me plantea la posibilidad de iniciar obras a largo plazo […], y
continuamente tengo que paralizar las fábricas que se están construyendo para
garantizar la producción alemana de armamentos durante los meses siguientes».
Después de exponerle los hechos objetivos, le
censuré no haberse comportado correctamente: «Ya desde que era su arquitecto,
siempre me he ajustado al principio de dejar que mis colaboradores trabajen con
independencia, aunque esta forma de actuar me ha causado más de un desengaño,
pues no todo el mundo es capaz de resistirse a la atracción del poder, y más de
uno me ha vuelto la espalda […] tras haber adquirido el prestigio suficiente».
A Hitler no le resultaría difícil adivinar que con esta frase me refería a
Dorsch. No sin cierto tono de reproche, proseguí diciendo: «Sin embargo, tales
decepciones no me impedirán jamás continuar ateniéndome férreamente a este
principio, que, a mi modo de ver, es el único con el que se puede gobernar y
crear desde una posición elevada». Añadía que, tal como estaban las cosas, la
construcción y los armamentos constituían un todo indivisible. Sin duda, Dorsch
podía continuar al frente de las obras que se realizaran en los territorios
ocupados; pero, en lo que se refería al territorio alemán, yo quería entregar
la dirección de tales obras a Willi Henne, antiguo colaborador de Todt. Ambos
desempeñarían sus cometidos bajo la dirección única de Walter Brugmann, un leal
colaborador. [269] Hitler rechazó mis propuestas y cinco semanas
después, el 26 de mayo de 1944, Brugmann perdió la vida de la misma forma que
mi predecesor, Todt: en un accidente de aviación cuyas circunstancias nunca se
aclararon.
Mi antiguo colaborador Frank entregó a Hitler el
escrito en la víspera de su cumpleaños, y también el ruego de que aceptara mi
dimisión si no estaba de acuerdo conmigo. Johanna Wolf, la secretaria de
dirección de Hitler y la mejor fuente posible en este caso, me dijo que se
había enfurecido mucho con mi carta y que, entre otras cosas, había observado:
—Incluso Speer tiene que atenerse a la razón de
Estado.
Ya se había expresado de forma similar mes y medio
antes, cuando paralicé provisionalmente la construcción de bunkers para altos
mandos en Berlín que él había ordenado para reparar los graves daños causados
por los ataques aéreos. Al parecer, a Hitler le había dado la impresión de que
yo interpretaba sus disposiciones como me daba la gana, o al menos empleó este
reproche para expresar su enojo contra mí. Entonces encargó a Bormann que, sin
consideración hacia mi enfermedad, me comunicara de forma contundente que «las
órdenes del Führer tenían que ser obedecidas por todos los
alemanes, y que no podían suspenderse o demorarse sin más ni más». Al mismo
tiempo, Hitler amenazó con «hacer detener de inmediato por la policía estatal e
internar en un campo de concentración al funcionario competente por resistencia
a las órdenes del Führer». [270]
Acababa de conocer —como siempre, de manera
indirecta— la reacción de Hitler cuando Göering me llamó por teléfono desde el
Obersalzberg: me dijo que se había enterado de mis intenciones de dimitir, pero
que tenía el encargo de comunicarme que sólo al Führer le era
dado disponer cuándo un ministro podía retirarse de su servicio. Estuvimos
hablando durante media hora muy excitados y finalmente llegamos a un
compromiso:
—En vez de dimitir, alargaré mi enfermedad y
simplemente desapareceré como ministro.
Göering aceptó mi propuesta casi con entusiasmo:
— ¡Sí, esa es la solución! ¡Podemos hacerlo así! Y
también el Führer estará de acuerdo.
Hitler, que en los casos desagradables siempre
trataba de evitar la confrontación, no se atrevió a convocarme para decirme
cara a cara que, después de lo ocurrido, tenía que sacar sus consecuencias y
enviarme de vacaciones. Un año después, cuando la situación llegó a la ruptura,
ese mismo reparo le impidió obligarme a pedir la dimisión. Ahora, visto en
retrospectiva, me parece perfectamente posible que alguien pudiera enojar a
Hitler hasta el punto de ser destituido. Sin embargo, los que permanecían en su
círculo íntimo lo hacían voluntariamente.
Fueran cuales fuesen mis motivos, el caso es que me
agradaba la idea de retirarme; podía ver casi a diario a los mensajeros del fin
de la guerra en el cielo azul meridional, cuando los bombarderos de la XV Flota
Aérea americana sobrevolaban los Alpes a una altura desafiantemente baja,
procedentes de las bases italianas, para destruir la industria alemana. En
ninguna parte se veía un caza, ni se oía un solo disparo de la artillería
antiaérea. Aquella imagen de total y absoluta indefensión resultaba más impresionante
que ningún informe. Aunque hasta entonces se había conseguido reemplazar una y
otra vez las armas perdidas durante las retiradas, la ofensiva aérea enemiga
haría que eso terminara pronto, pensaba yo con pesimismo. ¿Qué era más fácil
que aprovechar la oportunidad que me había ofrecido Göering y no ocupar una
posición responsable cuando ocurriera la catástrofe que estaba cada vez más
cerca, sino desaparecer sigilosamente? Sin embargo, y a pesar de todas las
diferencias, no se me ocurrió la idea de renunciar a mi cargo para, al dejar de
colaborar con él, acelerar el fin de Hitler y de su régimen; probablemente
tampoco hoy se me ocurriría en una situación similar.
Mis propósitos de fuga se vieron perturbados en la
tarde del 20 de abril por la visita de Rohland, el más íntimo de mis
colaboradores. Por lo visto habían llegado a oídos de la industria algunos
rumores sobre mi intención de dimitir y Rohland venía a verme para que
desistiera de hacerlo:
—La industria lo ha seguido hasta hoy y no debe
dejarla en manos de quienes vengan detrás de usted. ¡Cabe imaginar cómo serán!
Hay, ante todo, algo decisivo para nuestro futuro: ¿cómo conservar la potencia
industrial necesaria para enfrentarnos a la derrota? ¡Tiene usted que
permanecer en su puesto!
Por lo que recuerdo, el espectro de la «tierra
quemada» apareció ante mis ojos por primera vez cuando Rohland, después de
estas palabras, habló del peligro de que unos líderes desesperados pudieran
ordenar destruirlo todo. En aquel momento sentí nacer en mi interior algo que,
independientemente de Hitler, ya sólo tenía en cuenta al pueblo y a la nación:
una responsabilidad que por el momento aún sentía vaga y oscura.
Unas horas después, hacia la una de la madrugada,
se presentaron el mariscal Milch, Saur y el doctor Frank. Habían emprendido el
viaje a últimas horas de la tarde y venían directamente del Obersalzberg. Milch
me traía un mensaje de Hitler: en él me hacía saber la gran estima en que me
tenía y lo inalterable que era su relación conmigo. Sonaba casi como una
declaración de amor, a pesar de que, según supe por Milch veintitrés años más
tarde, había surgido sólo gracias a su insistencia. Unas semanas atrás me habría
sentido al mismo tiempo conmovido y feliz por tal distinción; pero ahora, en
cambio, contesté:
— ¡No, estoy harto! ¡No quiero oír nada más! [271]
Milch, Saur y Frank insistieron para que accediera
y yo me resistí bastante rato a hacerlo. Aunque la nueva actitud de Hitler me
pareció de mal gusto e inverosímil, después de que Rohland echara sobre mis
espaldas una nueva responsabilidad había dejado de desear poner fin a mi
actividad ministerial, por lo que al cabo de varias horas cedí, poniendo como
condición que Dorsch quedara subordinado de nuevo a mí y que se restableciera
el estado de cosas anterior. Respecto a los grandes refugios, estaba dispuesto
a transigir: ya no me importaban. Al día siguiente Hitler firmó un escrito que
yo redacté durante la noche en el que se satisfacía este requisito: Dorsch
continuaría construyendo los refugios con la máxima urgencia, pero sometido a
mi autoridad. [272]
Sin embargo, tres días después me di cuenta de que
mi decisión había sido demasiado precipitada. Por consiguiente, me decidí a
escribir a Hitler de nuevo, pues vi con claridad que aquello me pondría en una
situación sumamente ingrata, porque si apoyaba a Dorsch para construir aquellas
grandes obras y le facilitaba materiales y mano de obra, me vería frente al
desagradable cometido de escuchar y rechazar las quejas de las autoridades del
Reich cuyos programas resultaran perjudicados por este motivo, y, si no
satisfacía las exigencias de Dorsch, estaríamos intercambiando cartas de queja
y de «cobertura» continuamente. Por consiguiente, sería más lógico —proseguía—
que Dorsch asumiera también la responsabilidad de los proyectos de obras «cuya
marcha se viera perjudicada por la construcción de los grandes refugios». A
continuación señalaba que, dadas las circunstancias, lo mejor sería separar la
actividad constructiva de los armamentos y la producción bélica y, en
consecuencia, proponía nombrar a Dorsch Inspector General de Construcciones,
cargo directamente subordinado a Hitler. Cualquier otra regulación acarrearía
serias dificultades personales entre Dorsch y yo.
Al llegar a este punto interrumpí la redacción del
borrador, pues mientras lo estaba escribiendo tomé la decisión de suspender
inmediatamente mi convalecencia e ir a ver a Hitler al Obersalzberg. Al
principio también esto me causó dificultades. Gebhardt se remitía una y otra
vez a los plenos poderes que le había otorgado Hitler y formulaba objeciones de
carácter médico. En cambio, el profesor Koch me había dicho unos días antes que
podía viajar en avión sin ningún problema. [273] Finalmente, Gebhardt llamó por teléfono a Himmler,
quien se manifestó conforme con mi vuelo a condición de que, antes de
entrevistarme con Hitler, fuera a visitarlo.
Himmler me habló con franqueza, cosa que en tales
situaciones es un alivio. La separación entre las actividades constructivas y
el Ministerio de Armamentos y la transferencia de aquellas a Dorsch había sido
decidida tiempo atrás en entrevistas con Hitler en las que estuvo presente
Göering. Y él, Himmler, me invitaba a no causar más dificultades a partir de
aquel momento. Aunque todo lo que dijo era una insolencia, como respondía
plenamente a mis intenciones, la conversación transcurrió en una atmósfera agradable.
En cuanto llegué a mi casa del Obersalzberg, el
asistente de Hitler me pidió que acudiera a tomar el té. Sin embargo, quería
hablar con Hitler de modo oficial. Estaba seguro de que el ambiente íntimo de
la hora del té habría limado todas las asperezas, y eso era algo que quería
evitar. Por tanto, rechacé la invitación. Hitler comprendió la razón de aquel
gesto inusitado y poco después me concedió una cita en el Berghof.
Hitler llevaba puesta la gorra del uniforme y, con
los guantes en la mano, me esperaba oficialmente en la entrada del Berghof;
después me acompañó a la sala de estar, tratándome como si yo fuera un huésped
de Estado. Me sentí muy impresionado, pues no acerté a comprender la intención
psicológica de esta actitud. A partir de entonces, mi relación con él entró en
una fase de esquizofrenia aguda: por una parte, me destacaba y me dispensaba
favores especiales que no me resultaban indiferentes; pero, por otra parte, su
actuación, de la que fui adquiriendo conciencia poco a poco, era cada vez más
comprometida para el pueblo alemán. Y aunque el antiguo encanto de Hitler
seguía teniendo efecto, y aunque seguía mostrando su certero instinto en el
trato a las personas, me iba resultando cada vez más difícil seguir siéndole
incondicionalmente leal.
No sólo en aquella cordial salutación, sino también
durante la entrevista que mantuvimos acto seguido, los frentes señalaron un
curioso desplazamiento: ahora era Hitler el que no quería renunciar a mi
colaboración. Cuando le propuse que una parte de las competencias que yo había
tenido hasta la fecha fueran traspasadas a Dorsch, Hitler se negó:
—No voy a separar estos ámbitos de ninguna manera.
Tampoco tengo a nadie a quien pueda encomendar la construcción. Por desgracia,
el doctor Todt está muerto, y usted sabe, señor Speer, lo que esta actividad
significa para mí. ¡Compréndalo! Además, me declaro conforme de antemano con
todas las medidas que usted considere convenientes en este campo. [274]
Con estas palabras se contradecía a sí mismo, pues
sólo unos días antes había decidido, también en presencia de Himmler y Göering,
nombrar a Dorsch para este cometido. De forma completamente arbitraria, como
siempre, pasaba por alto su reciente declaración y, en el fondo, también los
sentimientos de Dorsch: la arbitrariedad de sus opiniones era un signo harto
elocuente del profundo desprecio que sentía por el género humano. Todo me
permitía suponer que tampoco aquel cambio de actitud sería muy duradero, por lo
que le repuse que había que adoptar una decisión a largo plazo:
—Para mí resulta impensable que volvamos a discutir
este asunto.
Hitler prometió mantenerse firme:
—Mi resolución es definitiva. No pienso volver a
cambiarla.
A continuación se extendió en reproches de poca
monta contra tres de mis jefes de sección, con cuya destitución yo ya había
contado. [275]
Una vez concluida la entrevista, Hitler me acompañó
de nuevo hasta el guardarropa, volvió a coger la gorra y los guantes y se
dispuso a acompañarme hasta la salida. Como esto me pareció un exceso de
formalismo, le dije en el tono despreocupado propio de su entorno íntimo que
todavía tenía una cita con Von Below, su asistente de la Luftwaffe, en el piso
superior. Por la noche participé en la tertulia, rodeado como antaño por
Hitler, Eva Braun y los miembros de su corte. La conversación transcurrió con
indiferencia y Bormann propuso poner unos discos. Se comenzó con un aria de
Wagner para pasar muy pronto a El murciélago.
Después de tanto ir y venir, después de las
tensiones e inquietudes de los últimos tiempos, aquella noche me sentí
satisfecho: todas las dificultades y conflictos parecían orillados. La
inseguridad de las últimas semanas me había afectado profundamente. Yo no podía
trabajar sin sentirme apreciado y reconocido, y ahora podía considerarme el
vencedor en una lucha por el poder que Göering, Himmler y Bormann habían
dirigido contra mí. Sin duda estarían muy decepcionados, pues seguro que habían
creído que ya estaba en la cuneta. Ya en aquel tiempo me pregunté si Hitler no
se habría dado cuenta del juego que los tres se traían entre manos y en el que
se había dejado enredar de una forma inadmisible.
Al analizar la complejidad de los motivos que me
llevaron a regresar de forma tan sorprendente al círculo íntimo de Hitler, me
parece que fue sin duda una razón importante el deseo de seguir conservando mi
posición de poder. Si bien es verdad que no hacía más que participar en el
poder de Hitler, extremo sobre el que seguramente no llegué a engañarme nunca,
siempre me pareció apetecible que, estando a su lado, también recayera sobre mí
algo de su popularidad, de su esplendor, de su grandeza. Hasta 1942 seguí
pensando que mi vocación de arquitecto me permitía gozar de una conciencia de
mí mismo independiente de Hitler, pero el afán de ejercer un poder puro, de
efectuar nombramientos, de decidir sobre cuestiones importantes, de disponer de
miles de millones, finalmente había conseguido sobornarme y embriagarme. A
pesar de que había estado dispuesto a dimitir, me habría costado renunciar a
los estimulantes que proporciona la embriaguez del mando. Por otra parte, los
reparos que la reciente evolución de los acontecimientos habían suscitado en mí
fueron borrados de mi conciencia por el llamamiento de la industria, así como
por la sugestión inalterablemente fuerte que podía ejercer Hitler. Aunque
nuestra relación había experimentado un salto y mi lealtad se hallaba
debilitada y nunca volvería a ser lo que había sido, cosa de la que me estaba
dando cuenta, por lo pronto había regresado al círculo íntimo de Hitler… y me
sentía satisfecho.
* * * *
Dos días después fui de nuevo con Dorsch a ver a
Hitler para presentárselo como recién nombrado jefe del sector de
construcciones. Hitler reaccionó a este cambio tal como yo había esperado:
—Dejo completamente a su cargo, querido Speer, las
disposiciones que quiera usted adoptar en su Ministerio; es cosa suya a quién
encomiende las tareas. Desde luego, estoy de acuerdo con el nombramiento de
Dorsch, pero la responsabilidad en lo que se refiere a la construcción sigue
siendo sólo suya. [276]
Parecía una victoria. Pero yo ya había aprendido
que las victorias no contaban mucho. Al día siguiente todo podía ser distinto.
Informé a Göering de la nueva situación con
frialdad. Ni siquiera lo tuve en cuenta cuando me decidí a nombrar a Dorsch mi
representante en el campo de la construcción en el Plan Cuatrienal; pues, tal
como le escribí no sin cierto tono sarcástico, «al hacerlo así supuse que
usted, dada la confianza que tiene en el director general señor Dorsch, estaría
plenamente de acuerdo». Göering contestó con pocas palabras y de mala gana:
«Estoy de acuerdo en todo. Ya he sometido a Dorsch todo el sector de la construcción
de la Luftwaffe». [277]
Himmler no mostró ninguna reacción; en tales
circunstancias era escurridizo como un pez. Sin embargo, en lo que se refiere a
Bormann, el viento comenzó a soplar visiblemente a mi favor por primera vez en
dos años; enseguida se dio cuenta de que yo había salido reforzado de la
conspiración y de que todas sus laboriosas intrigas de los últimos meses habían
fracasado. No tenía el valor ni el poder suficientes para, dejándose llevar por
su rencor hacia mí, no tener en cuenta el nuevo giro de los acontecimientos. Yo
lo trataba con una indiferencia ostensible; en la primera ocasión que tuvo,
durante uno de los paseos en grupo hacia la casa de té y con una cordialidad
exagerada, me aseguró que él no había participado en las maquinaciones urdidas
contra mí. A lo mejor decía la verdad, aunque me resultaba difícil creerlo; en
cualquier caso, al decirme aquello no hacía sino reconocer que habían existido
maquinaciones en mi contra.
Poco después nos invitó a Lammers y a mí a su casa
del Obersalzberg, amueblada de un modo impersonal. Sin que viniera a cuento y
de forma bastante forzada, nos incitó a beber y hacia la medianoche sugirió que
nos tuteáramos en señal de confianza. Al día siguiente restablecí las
distancias, pero Lammers quedó atrapado en el tuteo, lo que no impidió a
Bormann arrinconarlo muy pronto sin mayores miramientos, mientras que aceptaba
mi desplante sin reacción aparente y con gran cordialidad, pues se daba cuenta
de que seguía gozando del favor de Hitler.
A mediados de mayo de 1944, durante una visita a
los astilleros de Hamburgo, el jefe regional Kaufmann me dijo en confianza que,
a pesar del medio año transcurrido, seguía sin aplacarse el disgusto que les
había causado aquel discurso mío. Casi todos los jefes regionales estaban en mi
contra y Bormann apoyaba y animaba esta actitud. Kaufmann me previno contra el
peligro que esto suponía. Aquella advertencia me pareció lo bastante grave para
llamar la atención de Hitler al respecto en mi siguiente conversación con él.
Me había distinguido de nuevo con un pequeño gesto y por primera vez me invitó
a visitarlo en su despacho del primer piso del Berghof, donde acostumbraba
mantener entrevistas personales o muy confidenciales. En tono quedo, casi como
si yo fuera su amigo íntimo, me aconsejó que evitara hacer nada que pudiera
soliviantar a los jefes regionales y ponerlos en mi contra, y añadió que no
debía subestimar nunca el poder de los jefes regionales, pues ello podía
perjudicarme en un futuro inmediato. Me dijo que ya sabía que la mayoría de
ellos tenían un carácter difícil y que muchos eran unos auténticos matones, más
bien rudos, pero muy leales. Había que aceptarlos como eran. La postura de
Hitler me dio a entender que de ningún modo estaba dispuesto a dejar que
Bormann dictara su conducta hacia mí:
—Es verdad que me han llegado quejas, pero, por lo
que a mí respecta, el asunto está resuelto.
Estas palabras dejaban claro que esta parte de la
ofensiva de Bormann también había fracasado.
Hitler parecía preso de sentimientos encontrados
cuando dicho esto me comunicó, casi como si me pidiera comprensión por no
distinguirme con un honor equivalente, que pensaba conceder a Himmler la máxima
condecoración del Reich. El Reichsführer-SS había hecho unos
méritos muy especiales, añadió como disculpándose. [278] Le respondí de buen humor que esperaba que después
de la guerra me fuera concedida, por mis méritos arquitectónicos, la no menos
valiosa condecoración del Arte y la Ciencia. Desde luego, Hitler no había
estado seguro de mi reacción ante aquella muestra de preferencia hacia Himmler.
Aquel día me intranquilizaba más que Bormann
pudiera presentar a Hitler, con unas cuantas observaciones bien enfocadas, un
artículo aparecido en el Observer inglés del 9 de abril de 1944 en el que se me
calificaba de cuerpo extraño en el doctrinario engranaje del Partido. Con el
fin de adelantarme, entregué a Hitler una traducción de este artículo haciendo
a la vez unas cuantas observaciones jocosas. Hitler se caló las gafas con
cierta torpeza y comenzó a leer: «Speer es hoy, en cierto modo, más importante para
Alemania que Hitler, Himmler, Göering, Goebbels o los generales. En realidad,
todos ellos no son sino colaboradores de este hombre, que es quien realmente
dirige la gigantesca máquina bélica y saca de ella el máximo rendimiento. Vemos
en él la precisa materialización de la revolución del ejecutivo. Speer no es
uno de esos nazis extravagantes y pintorescos. De hecho ni siquiera se sabe si
tiene opiniones políticas. Se habría podido adscribir a cualquier otro Partido
político, si hacerlo le hubiera servido para conseguir trabajo y una carrera.
Es un prototipo destacado del hombre medio, triunfador, bien vestido, cortés,
incorruptible. Su estilo de vida, con esposa y seis hijos, es característico de
la clase media. Speer se asemeja a algo típicamente nacionalsocialista o
típicamente alemán muchísimo menos que cualquier otro líder alemán. Más bien
simboliza un tipo de hombre que se está volviendo cada día más importante en
todos los Estados que participan en la guerra: el técnico puro, el hombre
brillante que no proviene de una clase social ni tiene antepasados gloriosos y
cuyo único objetivo es abrirse camino en el mundo gracias a sus facultades como
técnico y organizador. Precisamente su falta de lastre psicológico y anímico y
la desenvoltura con que maneja la temible maquinaria técnica y organizativa de
nuestro tiempo hace que esta tipología insignificante llegue tan lejos en
nuestros días. Este es su tiempo. Puede que nos deshagamos de los Hitler y de
los Himmler, pero los Speer, sea lo que fuere lo que pueda pasarle a este en
particular, seguirán mucho tiempo entre nosotros». Hitler leyó el comentario
con toda calma, dobló la hoja y me la devolvió sin despegar los labios, pero
con mucho respeto.
A pesar de todo, en las semanas y los meses que
siguieron se fue haciendo cada vez más evidente para mí la distancia que se
había creado entre Hitler y yo, que no dejaba de aumentar. Nada hay más difícil
que restablecer una autoridad que ha sido puesta en tela de juicio. Ahora, tras
haberle ofrecido resistencia por primera vez, mi forma de pensar y actuar se
había hecho más independiente de Hitler, quien, en vez de mostrarse colérico
ante mi rebeldía, había reaccionado más bien como un hombre desamparado, con
gestos que expresaban un favor especial, y, finalmente, había llegado incluso a
renunciar a sus intenciones, a pesar de habérselas anunciado a Himmler, Göering
y Bormann. Aunque yo también hubiera tenido que ceder, eso no desvirtuaba la
experiencia de que, si me oponía a él con decisión, también a Hitler podía
imponerle proyectos difíciles.
De todos modos, nada de todo aquello consiguió que
se me crearan más que unas primeras dudas sobre el carácter del régimen,
cuestionable desde su misma base. Lo que me escandalizaba era que los jerarcas
continuaran sin mostrarse dispuestos en absoluto a someterse a las mismas
privaciones que esperaban que aceptara la nación; que continuaran disponiendo
de las vidas de los demás sin consideración alguna; que siguieran demostrando
su degradación moral y entregándose a sus banales intrigas. Es posible que todo
esto influyera en mi lento distanciamiento. Poco a poco, todavía vacilante,
comencé a despedirme de la vida que había llevado, de las tareas y vínculos
anteriores, así como de la irreflexión que me había conducido hasta allí
Capítulo XXIV
La guerra, perdida por partida triple
El 8 de mayo de 1944 regresé a Berlín para reanudar
mi trabajo. Siempre recordaré la fecha del 12 de mayo, cuatro días después,
cuando se decidió técnicamente la guerra. [279] Hasta entonces habíamos logrado suministrar a la
Wehrmacht casi tantas armas como necesitaba, a pesar de las grandes pérdidas
sufridas. Con el ataque lanzado por 935 bombarderos diurnos de la VIII Flota
Aérea americana contra varias fábricas de carburante en el centro y el este de
Alemania comenzó una nueva época de la guerra aérea; una época que significó el
fin de la producción alemana de armamentos.
Al día siguiente, junto a los especialistas de las
fábricas atacadas de la ciudad de Leuna, tratamos de abrirnos camino a través
de un entramado de tuberías retorcidas y destrozadas. Las fábricas de productos
químicos resultaron muy dañadas por las bombas; ni siquiera los mejores
pronósticos permitían esperar que pudiera reemprenderse la producción antes de
varias semanas. Tras este ataque, nuestra producción diaria de 5.850 toneladas
de carburante para aviones quedó reducida a 4.820. Con todo, la reserva de
574.000 toneladas, aunque sólo constituía algo más de tres meses de producción,
pudo compensar este déficit durante más de diecinueve meses.
Después de hacerme una idea de las consecuencias
del ataque, el 19 de mayo de 1944 volé al Obersalzberg, donde Hitler me recibió
en presencia de Keitel. Le anuncié la catástrofe que se avecinaba:
—El enemigo nos ha golpeado en uno de nuestros
puntos más débiles. Si esta vez insiste, dentro de poco no podremos producir el
carburante que necesitamos. ¡Sólo nos queda la esperanza de que el enemigo
cuente con un Estado Mayor del Aire que piense de manera tan poco planificada
como nosotros!
Keitel, en cambio, que siempre se esforzaba por
agradar a Hitler, trivializó la situación alegando que disponía de suficientes
reservas para afrontar aquellas dificultades, y concluyó con el argumento
estándar de Hitler:
— ¡Cuántas situaciones difíciles no habremos
superado ya! —Y después, volviéndose a Hitler, añadió: — ¡También superaremos
esta, Mein Führer!
Pero Hitler no parecía compartir el optimismo de
Keitel: convocó a los industriales Krauch, Pleiger, Bütefisch y E. R. Fischer,
así como al jefe del Departamento de Planificación y Materias Primas, Kehrl,
además de a Göering, Keitel y Milch, para estudiar la situación. [280] Göering se opuso a que los delegados de la
industria asistieran a la reunión, pues, según dijo, en temas de tanta
importancia era mejor que todo quedara entre nosotros. Pero Hitler ya estaba
decidido.
Cuatro días después, todos nosotros esperábamos a
Hitler, que estaba celebrando una entrevista en la sala de estar, en la poco
acogedora escalera del Berghof. Aunque yo había rogado a los representantes de
la industria de carburantes que dijeran la verdad tal cual era, Göering
aprovechó los últimos minutos para instar a los industriales a no expresarse
con excesivo pesimismo. Probablemente temía que los reproches de Hitler se
dirigieran sobre todo contra él.
Los oficiales de alta graduación que habían estado
conferenciando con Hitler pasaron apresuradamente ante nosotros; acto seguido,
uno de los asistentes nos invitó a entrar. Hitler, con aire ausente, nos saludó
a todos con un apretón de manos. A continuación nos rogó que tomáramos asiento,
explicó que nos había convocado para informarse de las consecuencias de los
últimos ataques y pidió a los delegados de la industria que expusieran su
opinión. Entonces estos, acostumbrados a considerar los hechos con frialdad,
demostraron sin ambages lo desesperado de la situación en caso de que los
ataques continuaran de forma sistemática. Al principio Hitler intentó hacer
frente a su pesimismo con argumentos estereotipados, tales como «ustedes lo
conseguirán» o «hemos pasado por situaciones más difíciles», y desde luego
Keitel y Göering se agarraron de inmediato a estas consignas para aumentar la
fe de Hitler en el futuro y debilitar la impresión que hubieran podido causarle
nuestras explicaciones; Keitel no dejaba de referirse a sus reservas de
carburante. Pero los industriales estaban hechos de un material más duro que el
entorno de Hitler: sin dejarse influir, prosiguieron con las mismas
advertencias, fundamentándolas en datos y cifras comparativas. De pronto Hitler
pareció animarlos a analizar la situación de forma totalmente objetiva: era
como si, de una vez por todas, quisiera escuchar la desagradable verdad, como
si estuviera cansado de tanto ocultamiento, falso optimismo y servilismo
hipócrita. Él mismo resumió así el resultado de la reunión:
—Al parecer, las fábricas de carburante, buna y
nitrógeno constituyen un punto clave para la guerra, ya que en un pequeño
número de fábricas se producen las materias primas imprescindibles para los
armamentos. [281]
A pesar de lo embotado y ausente que pudiera haber
parecido al principio, Hitler dio entonces la impresión de ser un hombre
concentrado, práctico y capaz de comprender la situación; sin embargo, unos
meses después, cuando la catástrofe ya era una realidad, no quiso admitir lo
que ahora había comprendido. Göering, por su parte, en cuanto nos hallamos de
nuevo en la antesala nos reprochó haber descargado sobre Hitler tantas
preocupaciones y futilidades pesimistas.
Llegaron los automóviles y los congregados se
dirigieron al Berchtesgadener Hof para tomar un refresco, pues en tales
ocasiones el Berghof no era para Hitler más que un lugar para celebrar
reuniones y no se sentía obligado como anfitrión. Por otra parte, cuando
aquellos se hubieron marchado, salieron de las habitaciones del piso de arriba
los miembros del círculo privado de Hitler. Este, que se había retirado unos
minutos mientras nosotros lo esperábamos en la escalera, cogió un bastón, el
sombrero y su abrigo negro: comenzaba el paseo diario hasta la casa de té,
donde nos esperaban café y bollos. El fuego crepitaba en la chimenea y hablamos
de cosas intrascendentes. Hitler se dejó apartar de las preocupaciones para
sumergirse en un mundo más agradable: resultaba ostensible lo mucho que lo
estaba necesitando y no volvió a hablar del peligro que se cernía sobre
nosotros, ni siquiera conmigo.
Cuando, tras diecisiete días de febriles
reparaciones, acabábamos de alcanzar de nuevo unas cifras de producción
elevadas, el 28 y el 29 de mayo de 1944 nos alcanzó la segunda oleada de
bombardeos. Esta vez, sólo 400 bombarderos de la VIII Flota Aérea americana nos
causaron más daños que en el primer ataque, en el que tomaron parte el doble de
aparatos. Al mismo tiempo, la XV Flota Aérea americana atacó las importantes
refinerías de los campos petrolíferos rumanos de Ploesti. Ahora la producción
quedó reducida a la mitad. [282] Con ello, el pesimismo que manifestamos en el
Obersalzberg quedó plenamente justificado al cabo de sólo cinco días, al tiempo
que los hechos rebatían las palabras tranquilizadoras de Göering. Alguna que
otra observación de Hitler nos permitió deducir que el prestigio de este había
vuelto a descender mucho.
No tardé en aprovechar la debilidad de la posición
de Göering, y no únicamente por razones de oportunismo. Aunque nuestros éxitos
en la fabricación de cazas eran razón más que suficiente para proponer a Hitler
que mi Ministerio se hiciera cargo de todo el armamento aéreo, [283] me seducía mucho la idea de devolver a Göering el
golpe que había intentado darme durante mi enfermedad. El 4 de junio pedí a
Hitler, que seguía dirigiendo la guerra desde el Obersalzberg, «que influyera
en el mariscal del Reich para que partiera de él la propuesta de invitarme a
una entrevista y de poner bajo mi autoridad todo el armamento de la aviación».
Hitler aceptó este desafío sin replicar; al contrario, se mostró comprensivo,
dado que mi táctica respetaba de forma evidente el orgullo y el prestigio de
Göering. Y añadió, no sin mordacidad:
—El armamento aéreo tiene que quedar integrado en
su Ministerio, sobre eso no cabe discusión. Haré venir enseguida al mariscal
del Reich y le comunicaré mis intenciones. Usted discutirá con él los detalles
del traspaso. [284]
Sólo unos meses antes, Hitler no se atrevía a
decirle su opinión a la cara a su viejo paladín. A fines del año anterior, por
ejemplo, me había encomendado que fuera a verlo a las alejadas praderas del
valle del Rominte para comunicarle alguna noticia desagradable no muy
importante y que hace mucho que he olvidado. En contra de sus costumbres,
Göering, que debía de estar enterado de la misión que me llevaba a él, me trató
como a un invitado de honor, hizo preparar el coche de caballos para dar
conmigo un largo paseo por el extenso coto de caza y no dejó de hablar ni un
momento, por lo que regresé sin haberle dicho ni una sola palabra de lo que me
había llevado a verlo. Con todo, Hitler se mostró comprensivo hacia mi postura
evasiva.
Esta vez, en cambio, Göering no intentó refugiarse
en una rutinaria cordialidad. Nuestra entrevista tuvo lugar en el despacho de
su casa del Obersalzberg. Ya estaba informado, pues Hitler había hablado con
él. Göering se quejó con palabras muy duras de su veleidad. Hacía sólo quince
días, él me había querido arrebatar la construcción, todo estaba preparado, y
entonces Hitler, tras hablar brevemente conmigo, se había vuelto atrás. Siempre
era así, continuó lamentándose Göering, pues el Führer,
desgraciadamente, había demostrado demasiadas veces que no era hombre de
decisiones firmes. Desde luego, opinó resignado, si Hitler se empeñaba, me
daría el armamento aéreo, aunque no acertaba a comprenderlo, pues poco antes le
había dicho que tenía demasiadas competencias.
Aunque aquel súbito cambio me pareció significativo
y vi también en él el mayor de los peligros para mi futuro, confieso que estimé
que no era una compensación injusta que se hubieran trocado los papeles. Sin
embargo, renuncié a humillar a Göering de forma ostensible. En lugar de
proponer a Hitler que firmara un decreto, convine con Göering que sería él
mismo quien transfiriera la responsabilidad del armamento aéreo a mi
ministerio. [285]
La asunción del armamento aéreo constituyó un
intermedio insignificante al lado de los acontecimientos que tuvieron lugar en
Alemania a causa de la superioridad de la aviación enemiga. Aunque esta tuvo
que concentrar sus fuerzas para apoyar la invasión, tras un respiro de dos
semanas una nueva serie de ataques puso fuera de servicio numerosas fábricas de
carburante. El 22 de junio se habían paralizado nueve décimas partes de la
producción: ya sólo se fabricaban 632 toneladas diarias. Cuando los bombardeos
menguaron nos volvimos a situar, el 17 de julio, en 2.307 toneladas, lo que
suponía aproximadamente el 40% de la producción primitiva, pero solo cuatro
días después, el 21 de julio, descendimos a 120 toneladas diarias. Había
quedado paralizado el 98% de la producción de carburante.
Como el enemigo permitió que siguieran funcionando
parcialmente las grandes empresas químicas de Leuna, a finales de julio pudimos
llegar a las 609 toneladas. Ahora nos parecía un éxito haber alcanzado una
décima parte de la producción. Pero los numerosos ataques habían desquiciado de
tal forma los sistemas de tuberías de las empresas químicas que ya no sólo los
blancos directos, sino incluso las sacudidas ocasionadas por las bombas que
estallaban en las inmediaciones provocaban escapes, y las reparaciones resultaban
casi imposibles. En agosto alcanzamos el 10%, el 5,5% en septiembre y, en
octubre, de nuevo el 10 % de nuestra antigua capacidad. En noviembre de 1944
nos sorprendió llegar al 28% (1.633 toneladas diarias). [286] «Los informes sospechosamente optimistas de los
departamentos de la Wehrmacht hacen temer al ministro que no situación respecto
a los carburantes; algunos párrafos concordaban casi literalmente con la del 30
de junio. [287] Ambas señalaban claramente que la paralización que
cabía esperar que se produjera en julio y agosto acabaría sin lugar a dudas con
la mayor parte de las reservas de carburante para la aviación y de otros tipos,
lo que tendría “consecuencias trágicas”». [288]
Al mismo tiempo, propuse a Hitler diversas medidas
que debían permitirnos evitar tan graves consecuencias o al menos demorarlas;
le pedí plenos poderes para movilizar todas las fuerzas necesarias para luchar
contra la devastación causada por los ataques y también que diera a Edmund
Geilenberg, nuestro excelente jefe de producción de municiones, autoridad para
confiscar material, intervenir en otras industrias y contratar a especialistas,
con el fin de restablecer en lo posible la fabricación de carburante. Al
principio, Hitler rechazó la propuesta:
—Si otorgo estos poderes, en seguida nos faltarán
tanques. ¡No puede ser! No puedo permitirlo.
Era evidente que aún no había comprendido la
gravedad de la situación, a pesar de que ya habíamos hablado con bastante
frecuencia sobre lo crítico de los acontecimientos y de que yo siempre le
repetía que los tanques no tendrían ningún sentido si no conseguíamos producir
el carburante suficiente. Sólo después de que le prometiera una elevada
producción de tanques y de que Saur confirmara mi promesa, Hitler se avino a
firmar. Dos meses más tarde, 150.000 nuevos trabajadores, entre los que se
contaba un alto porcentaje de excelentes especialistas indispensables para
fabricar armamentos, se dedicaban a reconstruir las plantas hidrogenadoras. A
fines de otoño de 1944 eran ya 350.000.
Mientras dictaba mi memoria, me sentía
escandalizado por la falta de comprensión de los altos mandos. Tenía frente a
mí los informes de mi Departamento de Planificación sobre las pérdidas diarias,
las paralizaciones y los plazos para reactivar la producción; sin embargo, era
imprescindible impedir los ataques enemigos o, al menos, reducirlos. En mi
memoria del 28 de julio de 1944 casi supliqué a Hitler «que se destinara a la
defensa de la patria una cantidad de cazas mucho mayor», [289] y le pregunté si no sería mucho más adecuado
«proteger de momento, como medida de emergencia, las plantas hidrogenadoras
situadas en territorio alemán mediante los cazas, a fin de poder remontar la
producción en agosto y septiembre, en vez de seguir con el método anterior, que
conduciría con seguridad a que en septiembre u octubre la Luftwaffe, tanto la
que combatía en el frente como la que lo hacía en nuestro territorio, quedara
paralizada por falta de carburante». [290]
Era ya la segunda vez que planteaba a Hitler estas
cuestiones. Después de la reunión celebrada en el Obersalzberg a finales de
mayo, dio su conformidad a un plan del general Galland para destinar una parte
del gran número de cazas que fabricábamos a constituir una flota de defensa del
suelo alemán. Göering, por su parte, en una gran conferencia celebrada en
Karinhall —después de que los delegados de la industria de los carburantes le
expusieran una vez más lo desesperado de la situación—, prometió solemnemente
que la flota aérea «Reich» nunca sería enviada al frente. Sin embargo, cuando
comenzó la invasión, Hitler y Göering la destinaron a Francia, donde los cazas
se perdieron en pocas semanas sin ningún provecho. A finales de julio, Hitler y
Göering renovaron su promesa: de nuevo se constituyó una flota aérea de dos mil
cazas para la defensa del territorio alemán. Los aparatos debían estar listos
para el despegue en el mes de septiembre, pero una vez más la incomprensión
hizo fracasar el proyecto.
El 1 de diciembre de 1944, durante una reunión
sobre armamentos, tras analizar retrospectivamente la situación dije:
—Debemos tener claro que los que planifican los
bombardeos estratégicos desde el campo enemigo tienen algún conocimiento de la
vida económica alemana y que, al contrario de lo que ocurre con nuestros
ataques aéreos, realizan una planificación inteligente. Hemos tenido la suerte
de que esta planificación no haya sido ejecutada de manera consecuente hasta
los dos o tres últimos trimestres… y de que anteriormente, desde su mismo punto
de vista, hayan hecho el tonto.
Al decir esto yo no sabía que ya el 9 de diciembre
de 1942, o sea, dos años antes, un informe de trabajo de la Economic Warfare
Division estadounidense había llegado a la conclusión de que sería mejor
«causar graves daños en algunas industrias verdaderamente indispensables que
daños leves en muchas. De este modo, los resultados se multiplicarían. Una vez
aceptado el plan, debe llevarse adelante con inflexible decisión». [291] La idea era acertada, pero su realización,
defectuosa.
* * * *
Ya en agosto de 1942 Hitler había manifestado en
sus conferencias con el Alto Mando de la Marina que para que una invasión
tuviera éxito se requería un puerto de gran tamaño. [292] Sin él, a la larga no sería posible suministrar a
las tropas enemigas que hubieran desembarcado en cualquier lugar de la costa
los refuerzos necesarios para resistir el contraataque de las fuerzas alemanas.
Establecer una línea continua de bunkers a lo largo de las costas francesa,
belga y holandesa, a poca distancia unos de otros para que se protegieran
mutuamente, era una tarea que superaba ampliamente la capacidad de nuestra
industria. Además, no disponíamos de bastantes soldados para ocuparlos. Por lo
tanto, sólo se rodearon con un semicírculo de bunkers los puertos de cierto
tamaño, mientras que en las zonas costeras intermedias se levantaron bunkers de
observación separados por grandes distancias. Unos 15.000 bunkers pequeños
debían proteger a los soldados que se prepararan para un ataque de artillería;
Hitler imaginaba que los soldados saldrían al exterior cuando tuviera lugar el
ataque, ya que una posición protegida iría en detrimento del valor y la
iniciativa personal necesarios para el combate. Hitler proyectó estas
instalaciones defensivas hasta el menor detalle; incluso diseñó los diversos
tipos de bunker, normalmente durante la noche. Eran simples bocetos, pero
estaban realizados con notable precisión. Sin temor a caer en el auto elogio,
Hitler solía observar que sus proyectos respondían de forma ideal a las
necesidades de un soldado en el frente. Fueron aceptados casi sin cambios por
el general de zapadores y enviados para su ejecución.
Estas obras, realizadas en apenas dos años de
construcción precipitada, consumieron 13.302.000 m3 de
hormigón, [293] costaron 3.700.000.000 marcos e implicaron además
retirar 1.200.000 toneladas de hierro de la producción de armamentos. Gracias a
una sola idea técnicamente genial, todo este esfuerzo fue reducido a la nada
por el enemigo a los catorce días del primer desembarco; como es sabido, las
tropas de invasión trajeron consigo sus propios puertos y construyeron, en la
costa abierta de Arromanches y Omaha, rampas de descarga y otras instalaciones,
con arreglo a planes precisos, que les permitieron asegurar el abastecimiento
de munición y equipo, así como el desembarco de unidades de refuerzo. [294] Todo el plan defensivo quedó invalidado.
Rommel, a quien Hitler había nombrado a fines de
1943 inspector de las defensas costeras occidentales, mostró una mayor
previsión. Al poco de su nombramiento fue convocado en el cuartel general de la
Prusia Oriental. Tras una larga entrevista, Hitler acompañó al mariscal hasta
su bunker, donde yo ya lo estaba esperando para la siguiente reunión. Parecían
haber discutido, y Rommel le dijo a Hitler sin rodeos:
—Tenemos que contener al enemigo en el primer
desembarco. Los bunkers y los puertos no son adecuados para eso. Hay que
disponer barreras y obstáculos, primitivos pero eficaces, a lo largo de toda la
costa para dificultarle el desembarco y hacer que nuestras contramedidas sean
efectivas. —Rommel hablaba de forma decidida y concisa. — Si no lo conseguimos,
la invasión será un hecho a pesar de la muralla del Atlántico. Además,
últimamente han arrojado tal cantidad de bombas sobre Trípoli y Túnez que
incluso nuestras mejores tropas están desmoralizadas. Si no puede usted frenar
esto, todas las demás medidas serán ineficaces, incluso las barreras.
Rommel se mostraba cortés pero distante y evitaba
de forma casi manifiesta dirigirse a Hitler con el acostumbrado «Mein Führer».
Había adquirido fama de especialista; Hitler lo consideraba una especie de
técnico para combatir las ofensivas occidentales. Sólo por eso aceptaba con
calma las críticas de Rommel. Ahora pareció haber estado esperando este último
argumento sobre los ataques aéreos masivos:
—Precisamente eso es lo que quería mostrarle hoy,
señor mariscal.
Hitler nos guió hasta un vehículo de pruebas, un
coche completamente blindado sobre el que se había montado un cañón antiaéreo
de 8,8 centímetros. Los soldados demostraron su capacidad de tiro y su
estabilidad durante el disparo.
— ¿Cuántas unidades de este tipo podrá
suministrarnos en los próximos meses, señor Saur? Saur contestó que unas cien.
— ¿Lo ven? Este cañón antiaéreo acorazado nos
permitirá acabar con la concentración de bombarderos sobre nuestras divisiones.
¿Había renunciado Rommel a presentar argumentos
contra tanto diletantismo? En todo caso, reaccionó con una sonrisa desdeñosa,
casi compasiva. Cuando Hitler se dio cuenta de que no podía generar la
confianza que esperaba, se despidió rápidamente y, malhumorado, se encaminó con
Saur y conmigo a su bunker para celebrar la reunión, sin pronunciar una sola
palabra sobre el incidente. Más tarde, después de la invasión, Sepp Dietrich me
informó de un modo muy elocuente sobre el efecto desmoralizador que las nubes de
bombas habían tenido en su división de élite. Los soldados supervivientes
perdían el equilibrio anímico, se tornaban apáticos y su capacidad de lucha,
aunque hubieran salido ilesos, quedaba quebrantada durante días.
* * * *
Serían sobre las diez de la mañana del 6 de junio
cuando, encontrándome en el Berghof, uno de los asistentes militares de Hitler
me informó de que a primeras horas de la mañana había comenzado la invasión.
— ¿Han despertado al Führer?
El asistente negó con la cabeza:
—No, recibirá la noticia cuando haya tomado su
desayuno.
Dado que Hitler había dicho una y otra vez a lo
largo de los últimos días que era previsible que el enemigo iniciara la
invasión con un falso ataque, destinado a alejar a nuestras tropas del
verdadero lugar de desembarco, nadie quería despertarlo para no ser acusado de
haber enjuiciado mal la situación.
Durante la reunión estratégica que tuvo lugar unas
horas más tarde en la sala de estar del Berghof, Hitler parecía aún más seguro
de que el enemigo sólo pretendía engañarlo:
— ¿Se acuerdan ustedes? Entre los muchos informes
que hemos recibido, había uno que señalaba exactamente el punto, el día y la
hora del desembarco, lo que refuerza mi idea de que no puede tratarse de la
verdadera invasión.
Hitler sostenía que el contraespionaje enemigo nos
había facilitado aquellos informes con el único objeto de desviar su atención
del verdadero punto de desembarco y hacer que se precipitara a destinar a sus
tropas a un lugar equivocado. Inducido a error por una información correcta,
rechazó la idea, que él mismo había tenido en un principio, de que la costa de
Normandía era el frente de invasión más probable.
En las semanas precedentes, Hitler había recibido
comunicados de los servicios de información de las SS, de la Wehrmacht y del
Ministerio de Asuntos Exteriores, instituciones que rivalizaban entre sí y que
presentaron estimaciones contradictorias respecto al lugar y la hora de la
invasión. Al igual que en otros muchos campos, también en este Hitler había
tomado sobre sí la tarea, que ya resulta difícil para los expertos en la
materia, de considerar qué noticia podía ser la auténtica, qué servicio de información
merecía más confianza y cuál de ellos había conseguido adentrarse más
profundamente en campo enemigo. Ahora incluso se mofaba de la incapacidad de
los distintos servicios de información y acababa lanzando invectivas contra su
insensatez:
— ¿Cuántos de estos agentes «limpios» no están al
servicio de los aliados? Nos dan noticias confusas a propósito. Y tampoco
pienso dejar que esta llegue a París. No se lo diremos; lo único que
conseguiríamos sería que el Estado Mayor se pusiera nervioso.
Hasta mediodía no se tomó la principal decisión del
día: emplear la «reserva del Alto Mando de la Wehrmacht», instalada en Francia,
contra la cabeza de puente establecida por los ingleses y americanos. Hitler se
había reservado la capacidad de decidir sobre los movimientos de cualquier
división y accedió muy a disgusto al ruego del comandante en jefe del frente
occidental, el mariscal Rundstedt, de dejar que estas divisiones lucharan.
Debido a esa demora, dos divisiones acorazadas no pudieron aprovechar la noche
del 6 al 7 de junio para avanzar. Los bombarderos enemigos los atacaron durante
su marcha a la luz del día, por lo que sufrieron grandes pérdidas humanas y de
material incluso antes de entrar en contacto con el enemigo.
Este día tan decisivo para el curso de la guerra no
discurrió de manera febril, como habría cabido esperar. Precisamente en las
situaciones más dramáticas Hitler trataba de conservar la calma… y su Estado
Mayor imitaba este autodominio. Mostrar nerviosismo o preocupación habría ido
contra las convenciones.
Durante los días y semanas siguientes, Hitler,
dejándose llevar por su característica desconfianza, que resultaba cada vez más
absurda, siguió defendiendo la idea de que sólo se trataba de un amago de
invasión destinado a hacerle disponer equivocadamente sus fuerzas defensivas.
Sostenía que la verdadera invasión tendría lugar en una región distinta y
totalmente desprotegida. Según decía, incluso la Marina consideraba que aquel
terreno era inadecuado para desembarcos a gran escala. Hitler esperaba que el
ataque decisivo se produciría en la región de Calais, como si exigiera incluso
de su enemigo que le diera la razón, ya que en 1942 había hecho instalar allí
pesados cañones, protegidos por gruesas paredes de hormigón, con objeto de
destruir la flota de desembarco. Esta fue otra de las razones de que no
empleara al XV Ejército, estacionado en las inmediaciones de Calais, en el
campo de batalla de la costa normanda. [295]
Había otro motivo que llevaba a suponer a Hitler
que el ataque se produciría en el paso de Calais, donde se habían preparado
cincuenta y cinco bases desde las cuales debían lanzarse diariamente a Londres
alrededor de un centenar de bombas volantes. Le parecía que la verdadera
invasión habría de dirigirse contra estas bases. De algún modo, no estaba
dispuesto a admitir que también desde Normandía los aliados podrían ocupar
pronto esta parte de Francia. Más bien contaba con que llegaría a estrechar
mediante duros combates la cabeza de puente del enemigo.
Tanto Hitler como nosotros teníamos la esperanza de
que la nueva arma, la V1, causaría terror y confusión en el campo enemigo.
Sobrestimábamos su efecto. La verdad es que yo sentía cierta prevención por la
escasa velocidad de estas bombas volantes, por lo que aconsejé a Hitler que
sólo permitiera que se lanzaran cuando hubiera nubes muy bajas. [296] No me hizo caso. Cuando el 12 de junio, obedeciendo
a una orden urgente de Hitler, se lanzaron precipitadamente los primeros
cohetes V1, la falta de organización hizo que no partieran más que diez de
estos ingenios, y sólo cinco alcanzaron Londres. Hitler olvidó que era él quien
había apremiado a lanzarlos y descargó su cólera por aquel fracaso sobre los
constructores de las bombas. En la siguiente reunión estratégica, Göering se
apresuró a echarle las culpas a su rival Milch y Hitler estuvo a punto de suspender
la fabricación de las bombas volantes, supuestamente tan defectuosas. Sin
embargo, su estado de ánimo cambió por completo cuando el jefe de prensa del
Reich le presentó unas noticias sensacionalistas y exageradas, aparecidas en
los periódicos londinenses, que hablaban del efecto de las V1. Entonces exigió
que se aumentara la producción. Llegados a este punto, Göering dijo que él
siempre había exigido e impulsado aquella gran labor de su Luftwaffe. No se
volvió a hablar de Milch, el chivo expiatorio del día anterior.
Antes de la invasión, Hitler había recalcado que en
cuanto se produjera el desembarco se encargaría de dirigir personalmente las
operaciones desde Francia. Para este fin se tendieron cientos de miles de
kilómetros de cable telefónico, lo que supuso un gasto de muchos millones de
marcos, y la Organización Todt construyó dos cuarteles generales, empleando
para ello grandes cantidades de hormigón y costosas instalaciones. Hitler había
fijado el emplazamiento y las dimensiones de los cuarteles. En esos días en los
que Francia se le estaba escapando de las manos justificó el tremendo gasto
diciendo que, al menos, uno de los dos cuarteles generales se encontraba
exactamente en la futura frontera occidental alemana y, por lo tanto, podría
ser utilizado como parte de un sistema de fortificaciones. El 17 de junio
visitó este cuartel, llamado W2 y ubicado entre Soisson y Laon, para regresar
aquel mismo día al Obersalzberg. Estaba de mal humor:
—Rommel ha perdido los nervios y se ha vuelto
pesimista; hoy en día sólo pueden conseguir algo los optimistas.
Esos comentarios hacían pensar que el relevo de
Rommel era sólo cuestión de tiempo, puesto que Hitler seguía considerando que
su posición defensiva frente a la cabeza de puente era insuperable. Aquella
misma noche me dijo que el cuartel W 2 le parecía demasiado inseguro, ya que se
encontraba en medio de una Francia infestada de partisanos.
Casi coincidiendo con los primeros grandes éxitos
de la invasión, el 22 de junio de 1944 comenzó una ofensiva de las tropas
soviéticas que pronto habría de causar la pérdida de veinticinco divisiones
alemanas. Ya no era posible contener el avance del Ejército Rojo, ni siquiera
durante el verano. No hay duda de que incluso durante estas semanas, cuando se
estaban desplomando tres frentes bélicos (el del Oeste, el del Este y el
aéreo), Hitler demostró ser dueño de sus nervios y poseer una sorprendente capacidad
de resistencia. Es posible que su larga lucha por la conquista del poder y los
numerosos reveses sufridos lo fortalecieran, igual que había sucedido, por
ejemplo, con Goebbels u otros de sus compañeros. Quizá también aprendiera,
durante este «período de lucha», que frente a los colaboradores no debe
manifestarse ni la más mínima preocupación. Su entorno admiraba el aplomo que
mostraba en los momentos críticos. Puede que esta fuera en gran medida la base
de la confianza con que se acogían sus decisiones. Estaba claro que era siempre
consciente de los muchos ojos que estaban puestos en él y del gran desánimo que
habría causado que perdiera la calma siquiera un momento. Este dominio de sí
mismo, que perduró hasta el último momento, fue un extraordinario logro de su
voluntad: se mantuvo firme a pesar del envejecimiento, de la enfermedad, de los
experimentos de Morell y de las presiones que aumentaban sin cesar. Muchas
veces su voluntad me parecía desbocada y tosca como la de un niño de seis años
al que nada puede desanimar o fatigar; sin embargo, por ridícula que, en parte,
pudiera resultar, lo cierto es que también imponía respeto.
No obstante, su gran energía no basta para explicar
aquella confianza en la victoria en una época de continuas derrotas. Cuando
estábamos en la prisión de Spandau, Funk me dijo que, como Hitler creía en sus
propias mentiras, sólo podía orientar a los médicos de forma errónea sobre su
estado de salud. Añadió que esta tesis había constituido la base de la
propaganda de Goebbels. Desde luego, no puedo explicarme la rigidez de Hitler
más que partiendo de la base de que se obligaba a creer en su victoria final. En
cierto sentido, se adoraba. En todo momento tenía frente a sí su propio reflejo
y en él no se contemplaba sólo a sí mismo, sino que veía también confirmada su
misión por la divina Providencia. Su religión era el «gran azar» que tendría
que beneficiarlo; su método, un refuerzo de sí mismo por autosugestión. Cuanto
más lo arrinconaban los acontecimientos, tanto mayor era su confianza en su
destino. Naturalmente que constataba con realismo las circunstancias militares,
pero las transfería al campo de su fe y percibía, incluso en las derrotas, una
constelación oculta creada por la Providencia para el éxito que habría de
venir. Aunque a veces era capaz de apreciar lo desesperado de su situación, su
esperanza de que el destino le depararía un giro propicio en el último momento
era inquebrantable. Si había algo enfermizo en Hitler era esta fe inconmovible
en su buena estrella. Respondía a la tipología del creyente; sin embargo, su
capacidad para la fe se había pervertido, convirtiéndose en fe en sí mismo. [297]
La crédula obsesión de Hitler no dejó de surtir
efecto en su entorno. En cuanto a mí, aunque en parte era consciente de que
pronto habría terminado todo, me refería con frecuencia, aunque sólo en el
ejercicio de mis funciones, al «restablecimiento de la situación». Esta
confianza se hallaba curiosamente separada de la conciencia de nuestra
inevitable derrota.
Cuando el 24 de junio de 1944, durante una reunión
sobre armamentos en Linz y en medio de la triple catástrofe militar que se
estaba produciendo, traté de seguir aparentando confianza, fracasé totalmente.
Hoy, al releer el texto de mi discurso, me asusta la audacia casi grotesca que
me indujo a intentar inculcar a hombres serios la idea de que un esfuerzo
máximo todavía podría llevarnos al éxito. Al final de mis explicaciones expresé
el convencimiento de que seríamos capaces de superar la crisis que se avecinaba
y de que la producción de armamentos seguiría creciendo al mismo ritmo que el
año anterior. La misma inercia me impulsó, durante mi improvisado discurso, a
expresar unas esperanzas que a la luz de la realidad resultaban más que
fantásticas, a pesar de que en los meses siguientes se produjo un incremento
efectivo de la producción. Con todo, ¿no fui al mismo tiempo lo bastante
realista para dirigir a Hitler una serie de memorias en las que le anunciaba la
catástrofe que se nos venía encima y que terminó por imponerse? Lo segundo
procedía del conocimiento; lo primero, de la fe. La separación absoluta entre
una y otra forma de considerar los hechos evidencia la especial perturbación de
los sentidos con que cualquier persona del entorno de Hitler se enfrentaba al
inevitable fin.
Sólo en la última frase de mi discurso expresé la
idea de una responsabilidad que iba más allá de la lealtad personal, ya fuera a
Hitler o a mis colaboradores. Sonaba como una simple muletilla, pero quería
decir algo más con ella:
—Seguiremos cumpliendo con nuestro deber respecto
al pueblo alemán.
Esto era lo que el círculo de industriales quería
oír. Al decirlo asumía por primera vez abiertamente aquella responsabilidad
superior a la que apeló Rohland cuando me visitó en abril. Aquel pensamiento se
había ido fortaleciendo dentro de mí, y cada vez me parecía más una misión por
la que era necesario trabajar.
No quedaba lugar a dudas: no logré convencer a los
jefes de la industria. Después de mi discurso y en los días que siguieron oí
muchas voces de desesperanza. Diez días antes Hitler me había prometido hablar
a los industriales. Ahora esperaba que su discurso ejerciera una influencia
positiva en aquel desolado estado de ánimo.
Antes de la guerra y por orden de Hitler, Bormann
había mandado levantar en las proximidades del Berghof un hotel que ofreciera a
los innumerables visitantes que acudían casi en peregrinación al Obersalzberg
la posibilidad de descansar o incluso de pasar la noche en las proximidades. El
26 de junio se reunieron en una de las salas del Platterhof los cerca de cien
representantes de la industria de armamentos. Durante nuestra reunión en Linz
me había dado cuenta de que su descontento se debía en parte al continuo
aumento de poder del aparato del Partido en la vida económica. Efectivamente,
en la mente de numerosos funcionarios del Partido iba ganando terreno la idea
de una especie de socialismo estatal. Ya habían tenido cierto éxito las
aspiraciones de hacer depender de las autoridades regionales las empresas
propiedad del Estado, y las numerosas industrias instaladas bajo tierra,
construidas y financiadas por el Estado, pero cuyo personal directivo,
especialistas y maquinaria habían sido facilitados por las empresas
comerciales, parecían correr el riesgo de quedar bajo control estatal después
de la guerra. [298] Precisamente nuestro sistema industrial
condicionado por la guerra, que por lo demás había demostrado ser tan efectivo,
podía convertirse en la base de un orden económico socialista, por lo que, al
mejorar su rendimiento, la propia industria parecía suministrar en cierto modo
a los jefes del Partido las herramientas necesarias para hundirla.
Rogué a Hitler que tuviera en cuenta estas
preocupaciones. Me pidió unas cuantas frases clave para su discurso, y le anoté
que debía prometer a todos los que habían colaborado en la auto
responsabilización industrial que se los ayudaría en la dura época de crisis
que cabía esperar; además, que serían protegidos contra las intromisiones de
las autoridades locales del Partido y que «la propiedad privada de las empresas
no sería vulnerada, aunque durante su alojamiento subterráneo provisional
funcionaran como empresas estatales; economía libre después de la guerra y
rechazo radical a la nacionalización de la industria».
Durante su discurso, Hitler, que se atuvo a mis
consignas, dio la impresión de estar algo cohibido. Se equivocaba con
frecuencia, se detenía, se quedaba cortado en medio de las frases y se
confundía de vez en cuando. Todo ello revelaba su espantoso estado de
agotamiento. Precisamente aquel día habían empeorado de tal modo las cosas en
el frente de la invasión que no se pudo evitar la pérdida del primer gran
puerto: Cherburgo. Esta victoria significaba la solución de todos los problemas
de aprovisionamiento de los aliados y reforzaría sin duda la potencia de sus
tropas.
Hitler rechazó cualquier clase de reserva
ideológica, «pues sólo puede haber un dogma, y este dogma dice únicamente: lo
acertado es lo que resulta útil». Con eso reafirmaba su manera pragmática de
pensar y, en el fondo, estaba retirando todas las promesas que acababa de hacer
a la industria.
Dio también rienda suelta a su gusto por las
teorías histórico-filosóficas, por vagos conceptos sobre la evolución, y
aseguró de forma confusa:
—La fuerza creadora no sólo da forma a las cosas,
sino que también se ocupa de administrarlas. Esto es el origen de lo que
conocemos con el nombre de capital privado o propiedad privada en general. Por
consiguiente, al contrario de lo que predica el comunismo, el futuro no será el
ideal de igualdad comunista, sino que cuanto más evolucione la humanidad, tanto
más diferenciados serán los resultados y, por lo tanto, lo más apropiado será
asignar la administración de lo conseguido a quienes hayan generado el rendimiento…
El fomento de la iniciativa privada es la única premisa que permite la
evolución real de toda la humanidad. Cuando esta guerra acabe con nuestra
victoria, la iniciativa privada de la economía alemana vivirá su mejor época.
¡Entonces sí que habrá que trabajar! No crean ustedes que me daré por
satisfecho con unas pocas oficinas estatales para fomentar la construcción o
con un par de dependencias económicas del Estado… Y cuando llegue la paz y se
reinicie la gran época de la economía alemana, tendré un único interés: dejar
trabajar a los mayores genios de la economía… Les estoy agradecido por haberme
prestado su apoyo para afrontar la guerra. Les expreso mi máximo
agradecimiento, pero tienen que aceptar la promesa de que más adelante seguiré
mostrándome agradecido, y de que ningún miembro del pueblo alemán podrá echarme
en cara haber vulnerado alguna vez mi programa. Eso significa que si les digo
que la economía alemana experimentará después de esta guerra su máximo
florecimiento, quizá el mayor de todos los tiempos, tienen que tomarlo también
como una promesa que algún día llegará a verse cumplida.
Hitler apenas cosechó aplausos durante este
deshilvanado discurso. Todos estábamos perplejos. Quizá fuera esta reserva la
que lo incitó a asustar a los jefes de la industria con las perspectivas que
los esperaban si se perdía la guerra:
—No hay duda de que si llegáramos a perder esta
guerra no quedaría nada que pudiera calificarse de industria privada alemana,
sino que, naturalmente, la aniquilación de todo el pueblo alemán comportaría la
de la economía alemana. No sólo porque los enemigos pudieran no desear la
competencia alemana, pues estas son consideraciones totalmente superficiales,
sino porque se está tratando de algo fundamental. Nos enfrentamos a una lucha
para decidir entre dos puntos de vista: o la regresión de la humanidad al estado
primitivo de hace unos miles de años, con una producción masiva gestionada
exclusivamente por el Estado, o su desarrollo mediante el fomento de la
iniciativa privada.
Unos minutos más tarde volvió sobre este
pensamiento:
—Si la guerra se pierde, señores, no será necesario
que se planteen la transformación hacia la economía pacífica. Entonces ya sólo
quedará que cada cual reflexione sobre su propia transformación: si quiere
hacerlo personalmente, si desea dejarse ahorcar, si quiere morir de hambre o si
quiere trabajar en Siberia; estas serán las únicas consideraciones que tendrá
que tomar el individuo.
Hitler había pronunciado estas frases de una manera
casi sarcástica y con cierto tono de desprecio por aquellas «cobardes almas
burguesas». Esto no pasó desapercibido y bastó por sí solo para destruir mis
esperanzas de que los jefes de la industria se sintieran espoleados por su
discurso.
Quizá irritado por la presencia de Bormann, o quizá
advertido por él, el apoyo de Hitler a la economía libre en tiempos de paz, que
yo le había pedido y él me había prometido, resultó más confusa de lo que
esperaba. [299] Con todo, algunas frases de su discurso fueron lo
bastante notables para ser recogidas en nuestro archivo. Hitler accedió a mi
petición de que se grabara el discurso y me rogó que le hiciera una propuesta
de reelaboración. Sin embargo, Bormann impidió que se publicara, por lo que
tuve que recordar a Hitler que me había dado su conformidad. Sin embargo, esta
vez eludió la cuestión y me dijo que antes tendría que revisar de nuevo el
texto. [300]
Capítulo XXV
Disposiciones erróneas, armas milagrosas y SS
A medida que la situación empeoraba, Hitler se fue
volviendo más y más inaccesible a todo argumento que se opusiera a sus
opiniones y empezó a mostrarse aún más prepotente que hasta entonces. Su
anquilosamiento tuvo también consecuencias decisivas en el campo técnico, donde
iba a inutilizar precisamente la más valiosa de nuestras «armas maravillosas»:
el Me 262, nuestro caza más moderno, accionado por dos reactores, cuya
velocidad (que podía rebasar los 800 km por hora) y capacidad de ascensión lo
hacían muy superior a todos los aparatos enemigos.
Ya en 1941, todavía como arquitecto, al visitar la
fábrica de aviones Heinkel situada en Rostock oí el ruido ensordecedor de un
motor a reacción en un banco de pruebas. Su constructor, el profesor Ernst
Heinkel, insistió en que se evaluara la adaptación de aquel invento
revolucionario a los aviones. [301] {301} Durante la sesión sobre armamentos celebrada en septiembre de 1943
en el campo de pruebas de la Luftwaffe en Rechlin, Milch me tendió sin mediar
palabra un telegrama que le habían entregado; transmitía la orden de Hitler de
paralizar los preparativos para la fabricación en serie del Me 262. Aunque
decidimos hacer caso omiso de la orden, no pudimos proseguir los trabajos con
la misma celeridad.
Aproximadamente tres meses después, el 7 de enero
de 1944, Milch y yo fuimos llamados urgentemente al cuartel general. Un recorte
de la prensa inglesa en el que se informaba de que las pruebas hechas en aquel
país para fabricar aviones a reacción estaban muy adelantadas impuso un cambio
de rumbo, y ahora Hitler exigía con impaciencia que se produjera un gran número
de aviones de este tipo en el tiempo más breve posible. Sin embargo, como
habíamos negligido todos los preparativos, sólo pudimos prometer que a partir
de julio de 1944 entregaríamos 60 unidades mensuales; en enero de 1945 ya
serían 210. [302] En el transcurso de la entrevista Hitler insinuó
que pensaba emplear este avión como bombardero rápido en vez de como caza. Los
especialistas de la Luftwaffe se sintieron defraudados, aunque esperaban
hacerle cambiar de opinión con sus argumentos respecto al peso del aparato. Sin
embargo, el resultado fue el contrario: Hitler ordenó tercamente que se
quitaran todas las armas de a bordo para poder transportar más bombas. Decía
que los aviones a reacción no necesitaban defenderse, puesto que su velocidad hacía
imposible que los atacaran los cazas enemigos. No confiaba demasiado en aquel
invento y determinó que, con el fin de proteger la cabina y el motor, de
momento realizara sobre todo vuelos rectos a gran altura, y que por lo pronto
se disminuyera la velocidad para reducir los esfuerzos a que se sometía un
sistema todavía poco ensayado. [303]
Con una carga de unos quinientos kilos de bombas y
un primitivo dispositivo de puntería, el efecto de estos pequeños bombarderos
resultó ridículo e insignificante. Sin embargo, utilizados como cazas, estos
aviones a reacción, gracias a su superioridad, habrían estado en condiciones de
abatir varios de los cuatrimotores americanos que, operación tras operación,
arrojaban miles de toneladas de explosivos sobre las ciudades alemanas.
A fines de junio de 1944, Göering y yo volvimos a
intentar persuadir a Hitler, aunque fue otra vez en vano. Los pilotos de la
flota de cazas habían probado los nuevos aparatos y pedían emplearlos contra
los bombarderos americanos. Hitler no nos hizo caso: aprovechando cualquier
cosa como argumento, alegaba que la velocidad de giro y la rapidez con que
estos aparatos cambiaban de altitud expondrían a los pilotos a un esfuerzo
físico excesivo, y que precisamente la mayor velocidad de los nuevos cazas supondría
una desventaja en el combate aéreo, debido a que los del enemigo podrían
maniobrar mejor porque eran más lentos. [304] Que estos nuevos aparatos pudieran volar a mayor
altura que los cazas de escolta americanos y que, por su mayor velocidad,
pudieran atacar a las lentas agrupaciones americanas de bombardeo no fueron
argumentos que convencieran al empecinado Hitler. Cuanto más intentábamos
disuadirlo de sus ideas, más tercamente se aferraba a ellas, y trató de
consolarnos prometiéndonos que en un futuro lejano ordenaría que estos aparatos
fueran empleados en algunas misiones de caza.
Los aviones sobre cuyo posible destino ya
discutíamos en junio sólo existían de momento en forma de prototipos. Aun así,
la orden de Hitler tuvo que influir a la fuerza en la táctica militar a largo
plazo, porque el Estado Mayor esperaba que precisamente gracias a estos
aparatos la guerra aérea diera un giro decisivo. Dado lo desesperado de nuestra
situación en este frente, todos los que tenían cierta autoridad en este tema
intentaron que cambiara de parecer: Jodl, Guderian, Model, Sepp Dietrich y, por
supuesto, los generales que estaban al mando de la Luftwaffe se pronunciaron
insistentemente contra esta diletante decisión de Hitler. Sin embargo, lo único
que consiguieron fue provocar su enojo, pues en cierto modo se daba cuenta de
que aquellas iniciativas ponían en duda sus conocimientos militares y técnicos.
En otoño de 1944 prohibió de plano que se volviera a discutir aquel tema, con
lo que se libró de la disputa y a la vez de demostrar su creciente inseguridad.
Cuando comuniqué por teléfono al general Kreipe,
nuevo jefe del Estado Mayor de la Luftwaffe, lo que pensaba escribir a Hitler
en mi informe de mediados de septiembre sobre la cuestión de los aviones,
insistió en que me abstuviera de volver a mencionar el asunto. Me dijo que si
le hablaba del Me 262 Hitler se saldría de sus casillas y le pondría las cosas
muy difíciles, pues, naturalmente, creería que la iniciativa había partido del
jefe del Estado Mayor de la Luftwaffe. Sin hacer caso al general, expuse de
nuevo a Hitler que no tenía sentido emplear como bombardero aquel aparato,
fabricado para misiones de caza, y que hacerlo constituía un error, dada
nuestra situación militar. Le dije que no sólo los pilotos compartían aquella
opinión, sino también todos los oficiales del Ejército de Tierra. [305] No obstante, Hitler no atendió a razones, y yo,
después de tantos esfuerzos inútiles, me retiré de nuevo a lo mío. Desde luego,
el destino que se diera a los aviones me incumbía tan poco como decidir qué
tipo de aparato había que fabricar.
* * * *
El avión a reacción no era la única arma nueva y
superior que habría podido abandonar el estadio experimental para ser fabricada
en serie en 1944. También teníamos una bomba volante teledirigida, un avión
cohete aún más rápido que los aparatos a reacción, una bomba cohete que se
dirigía automáticamente contra los aviones enemigos por las ondas de calor, un
torpedo que podía captar sonidos y, de esta forma, perseguir y hacer blanco en
los buques aunque estos huyeran en zigzag. También se había concluido el desarrollo
de un cohete tierra-aire. El constructor Lippisch había diseñado aviones a
reacción, según el principio monoplano, muy avanzados para el estado de la
técnica aérea de aquel tiempo.
Casi adolecíamos de un exceso de proyectos en fase
de desarrollo; si nos hubiéramos concentrado en algunos con la suficiente
antelación, es probable que hubiésemos podido terminar antes muchas cosas. Por
este motivo se decidió, durante una conferencia con las autoridades
competentes, no fomentar tanto las nuevas ideas e impulsar enérgicamente una
cantidad de prototipos adecuada a nuestra capacidad de desarrollo de aquellas
sobre las que ya se estaba trabajando. Fue otra vez Hitler quien, a pesar de
todos los errores tácticos de los aliados, realizó unas jugadas que
contribuyeron al éxito de la ofensiva aérea enemiga en 1944: no sólo puso
trabas al desarrollo del caza y después lo convirtió en un cazabombardero, sino
que pretendió vengarse de Inglaterra empleando los nuevos cohetes. Por orden
suya, a partir de julio de 1943 nuestra enorme capacidad industrial se orientó
a la construcción de los pesados cohetes autopropulsados conocidos con el
nombre de V2, de catorce metros de longitud y más de trece toneladas de peso,
de los cuales quería que se produjeran 900 unidades cada mes. Resultaba absurdo
querer vengarse en 1944 de las flotas de bombarderos enemigas, que con sus
4.100 trimotores arrojaron diariamente sobre Alemania un promedio de 3.000
toneladas de bombas durante varios meses, empleando para ello un arma que
habría enviado a Inglaterra 24 toneladas de material explosivo al día: el
equivalente a lo que arrojaban en un solo ataque seis Fortalezas
Volantes. [306]
Es posible que uno de los errores más graves que
cometí mientras dirigía el armamento alemán fue que no sólo aprobé esta
decisión de Hitler, sino que incluso la apoyé, cuando habríamos hecho mejor en
concentrar nuestros esfuerzos en producir cohetes defensivos tierra-aire. Este
programa, que recibió el nombre de Cascada, había alcanzado ya tal desarrollo
en el año 1942 que pronto habría sido posible fabricar los cohetes en serie si
a partir de entonces hubiéramos concentrado en la tarea la capacidad de los técnicos
y científicos que trabajaban en Peenemünde bajo la dirección de Wernher von
Braun. [307]
El cohete tierra-aire, de ocho metros de largo,
podía transportar unos 300 kilos de explosivo hasta 15.000 metros de altura y
estaba dirigido por un sensor que le permitía alcanzar con absoluta seguridad
los bombarderos enemigos, independientemente de que fuera de día o de noche o
de que hubiera nubes o niebla. Así como más adelante pudimos producir 900
unidades del gran cohete ofensivo cada mes, sin lugar a dudas también habríamos
podido fabricar unos cuantos miles de estos pequeños cohetes, menos costosos.
Sigo pensando que los cohetes defensivos, junto a los cazas a reacción, habrían
hecho fracasar, a partir de 1944, la ofensiva aérea de los aliados occidentales
contra nuestras industrias. En cambio, se dedicó una enorme cantidad de dinero
y esfuerzo al desarrollo y producción de cohetes de largo alcance, los cuales,
cuando por fin estuvieron listos para su empleo en otoño de 1944, demostraron
ser un fracaso casi total. El más caro de nuestros proyectos fue al mismo
tiempo el más insensato. Nuestro orgullo y la que constituyó temporalmente mi
meta armamentista favorita resultó la única inversión equivocada. Además, fue
una de las causas de que se perdiera la guerra aérea defensiva.
* * * *
Ya desde el invierno de 1939 mantenía un estrecho
contacto con la base experimental de Peenemünde, aunque al principio sólo era
responsable de ejecutar sus proyectos de edificación. Me encontraba a gusto en
aquel círculo de jóvenes científicos e inventores apolíticos a la cabeza del
cual se encontraba Wernher von Braun, de veintisiete años, hombre de ideas
claras y que pensaba en el futuro de una manera realista. Resultaba
extraordinario que un equipo tan joven e inexperto tuviera la oportunidad de
recibir cientos de millones de marcos para desarrollar un proyecto de tan largo
plazo de ejecución. Bajo el mando del paternal coronel Walter Dornberger, estos
jóvenes podían trabajar, libres de trabas burocráticas, en ideas que a veces
parecían utópicas.
Lo que en 1939 no empezaba más que a perfilarse en
aquel lugar ejercía sobre mí una extraña fascinación: en cierto modo parecían
estar planificando un milagro. Esos técnicos con sus fantásticas visiones, esos
románticos calculadores, me impresionaban profundamente en cada visita que
hacía a Peenemünde y me sentí de algún modo identificado con ellos. Este
sentimiento se mantuvo incluso cuando Hitler, a fines de otoño de 1939, despojó
de todo carácter de urgencia al proyecto de producción de cohetes, con lo que
este perdió automáticamente la mano de obra y el material que necesitaba.
Mediante un acuerdo tácito con la Dirección General de Armamentos y sin
autorización expresa, seguí construyendo las instalaciones de Peenemünde; una
actitud que posiblemente sólo yo podía permitirme.
Por supuesto, al ser nombrado ministro de
Armamentos me interesé aún más por aquel gran proyecto. Sin embargo, Hitler
siguió contemplándolo con escepticismo: con la desconfianza sistemática que le
inspiraba cualquier innovación que, como el avión a reacción o la bomba
atómica, se encontraban más allá del horizonte técnico de la generación de la
Primera Guerra Mundial y pertenecían a un mundo desconocido para él.
El 13 de junio de 1942 los jefes de Armamentos de
los tres ejércitos de la Wehrmacht (mariscal Milch, almirante Witzell y capitán
general Fromm) y yo volamos a la base de Peenemünde. En un claro del bosque de
pinos se elevaba frente a nosotros, sin ningún apoyo, un proyectil de aspecto
irreal que tenía una altura de cuatro pisos. El coronel Dornberger, Wernher von
Braun y su equipo esperaban con la misma tensión que nosotros el resultado del
primer lanzamiento. Yo conocía las esperanzas que el joven inventor tenía
puestas en este experimento, que para él y su equipo no representaba el
desarrollo de una nueva arma, sino un paso hacia la tecnología del futuro.
Unos ligeros vapores anunciaron que se estaban
llenando los tanques de combustible. En el segundo previsto, como vacilante al
principio, pero con el rugido de un gigante desbocado a continuación, el cohete
empezó a elevarse lentamente, por una fracción de segundo pareció permanecer
inmóvil sobre su cola de fuego y acto seguido desapareció, silbando, entre las
nubes bajas que cubrían el cielo. Wernher von Braun estaba radiante; yo, en
cambio, me quedé atónito ante la precisión de aquella maravilla técnica, así
como por lo que tenía de anulación de todas las leyes de la gravedad el hecho
de que trece toneladas se elevaran verticalmente hacia el cielo sin que ningún
dispositivo mecánico las pilotara.
Los especialistas nos estaban explicando a qué
distancia se encontraba el proyectil cuando, minuto y medio después, un silbido
que se oía cada vez más fuerte nos indicó que el cohete descendía cerca de
allí. Quedamos petrificados cuando el proyectil cayó a un kilómetro de donde
nos encontrábamos. Más tarde supimos que el mecanismo de control del cohete
había fallado; pero, a pesar de ello, los técnicos se mostraron satisfechos, ya
que habían solucionado el problema más difícil, el del despegue. Hitler, por el
contrario, continuó oponiendo «gravísimos reparos» al proyectil, y puso en duda
que alguna vez «pudiera garantizarse» la exactitud del disparo. [308] {308}
El 14 de octubre de 1942 pude comunicarle que sus
reparos carecían ya de fundamento: el segundo cohete había recorrido con éxito
el trayecto previsto de 190 kilómetros y había alcanzado el blanco con una
desviación de sólo cuatro kilómetros. Por primera vez en la historia, un
producto del ingenio humano había rozado el espacio a más de cien kilómetros de
altura; era como avanzar hacia un sueño. Por fin también Hitler se mostró
vivamente interesado. Y, como de costumbre, sus deseos superaron todas las posibilidades:
pidió que cuando se empleara por primera vez el cohete con fines bélicos se
dispararan 5.000 proyectiles, «con el fin de realizar un ataque en masa». [309]
Tras este éxito tuve que encargarme de adelantar el
comienzo de la producción en serie. Aunque el cohete no estaba preparado
todavía para ello, el 22 de diciembre de 1942 presenté a la firma de Hitler la
orden correspondiente. [310] Creí poder asumir el riesgo que esto implicaba,
pues el nivel de desarrollo alcanzado y las promesas del equipo de Peenemünde
debían permitirnos tener asentadas las bases técnicas definitivas antes de
julio de 1943.
Por encargo de Hitler, en la mañana del 7 de julio
de 1943 invité a Dornberger y a Von Braun a acudir al cuartel general: Hitler
deseaba ser informado sobre los detalles del V2. Una vez estuvimos reunidos,
nos encaminamos a la sala de proyección, donde algunos colaboradores de Wernher
von Braun habían dispuesto lo necesario para mostrar el proyecto. Tras una
breve introducción y con la sala a oscuras se proyectó una película en color en
la que Hitler fue testigo, por primera vez, del majestuoso espectáculo de un
gran cohete que despegaba del suelo por impulso propio y desaparecía en la
estratosfera. Sin la menor inhibición y con un entusiasmo totalmente juvenil,
Von Braun explicó sus planes, y no hay duda: se metió a Hitler definitivamente
en el bolsillo. Dornberger discutió algunas cuestiones organizativas y yo
propuse a Hitler que Von Braun fuera nombrado profesor.
—Sí, organícelo enseguida con Meissner —contestó
con viveza—. En este caso incluso firmaré personalmente el nombramiento.
Hitler se despidió con gran cordialidad de los
componentes del equipo de Peenemünde; estaba impresionado y lleno de entusiasmo
al mismo tiempo. De regreso a su bunker, se embriagó por completo con las
perspectivas que ofrecía este proyecto:
—La A4 será decisiva para la guerra. ¡Y qué alivio
para la patria cuando ataquemos con ella a los ingleses! Esta arma es
definitiva y, además, se puede fabricar con medios relativamente reducidos.
Usted, Speer, tiene que impulsar la A4 con todas sus fuerzas. Tiene que poner
de inmediato a su disposición todo el material y la mano de obra que necesiten.
Yo ya iba a firmar el decreto sobre el programa de fabricación de tanques, pero
ahora debe modificarlo de modo que la producción de A4 tenga la misma importancia.
Sin embargo —añadió Hitler a continuación—, solamente podremos emplear a
alemanes para fabricar estas armas. ¡Que Dios se apiade de nosotros si en el
extranjero se enteran de este asunto! [311]
Cuando volvimos a estar solos me habló de lo único
que no estaba dispuesto a creer:
— ¿No se ha equivocado usted? ¿Ese muchacho tiene
veintiocho años? ¡Yo le habría echado aún menos!
De todos modos, le pareció sorprendente que un
hombre tan joven hubiese podido llevar a la práctica una idea técnica que
cambiaba las perspectivas del futuro. Más tarde, cuando explicaba a veces su
teoría de que los hombres de nuestro siglo desperdiciaban sus mejores años en
futilidades, mientras que Alejandro Magno ya había establecido un gran imperio
a los veintitrés años y Napoleón había conseguido sus geniales victorias a los
treinta, podía suceder que mencionara también a Wernher von Braun, que en plena
juventud había creado en Peenemünde un milagro técnico.
En otoño de 1943 nos dimos cuenta de que nos
habíamos precipitado con nuestras expectativas. Los últimos esquemas
constructivos no pudieron entregarse en julio, tal como se había prometido, por
lo que tampoco se pudo pasar a la pronta fabricación en serie. Hubo muchos
fallos. En los primeros experimentos de disparo real se produjeron
inexplicables explosiones prematuras cuando el cohete regresaba a la
atmósfera. [312] Quedaban todavía muchos problemas por resolver,
como advertí en un discurso que pronuncié el 6 de octubre de 1943, por lo que
era prematuro «hablar de un empleo seguro de esta nueva arma». La enorme
complicación del mecanismo aumentaba la distancia, siempre grande, entre
fabricarlo pieza por pieza y producirlo en serie.
Hubo de transcurrir casi un año más: los primeros
cohetes fueron lanzados contra Inglaterra a primeros de septiembre de 1944. A
pesar de los deseos de Hitler, no se lanzaron 5.000 de una sola vez, sino 25 en
diez días.
* * * *
También Himmler despertó al ver que el proyecto V2
suscitaba el entusiasmo de Hitler. Seis semanas más tarde le hizo una propuesta
que permitía garantizar de la forma más sencilla imaginable la confidencialidad
de un programa de armamentos que se esperaba que fuera decisivo para la guerra:
si los internados en los campos de concentración se ocupaban de todo el
proceso, quedaría excluido todo contacto con el exterior, ya que ni siquiera
existía el correo; se comprometía también a suministrar los especialistas
necesarios, que conseguiría entre los propios prisioneros. La industria sólo
debería facilitarle los ingenieros y los directores de producción. Hitler
aceptó la propuesta, mientras que a Saur y a mí no nos quedó más remedio que
hacer lo mismo, ya que no podíamos formular ninguna más efectiva. David Irving
da más detalles en Die Gekeimwaffen des dritten Reiches, Gütersloh,
1965. [313]
La consecuencia fue que hubimos de negociar con la
jefatura de las SS el reglamento de una empresa común: la «fábrica mixta». Mis
colaboradores se pusieron a la tarea con cierta vacilación y sus temores no
tardaron en verse confirmados. Aunque en el terreno formal seguíamos
controlando la producción, en los casos dudosos nos vimos obligados a
someternos a la mayor autoridad de la jefatura de las SS. Por decirlo así,
Himmler había metido un pie en nuestra puerta y nosotros mismos le habíamos
ayudado a abrirla.
Mi colaboración con Himmler había comenzado con una
desavenencia que se produjo entre nosotros en cuanto fui nombrado ministro.
Casi todos los ministros del Reich cuyo peso personal o político debiera ser
tenido en cuenta por Himmler recibían de él un cargo honorífico en las SS. A mí
me ofreció una distinción particularmente elevada: quería nombrarme Oberstgruppenführer de
las SS, categoría equivalente a la de capitán general y que hasta entonces
había sido otorgada en contadas ocasiones. Aunque Himmler me hizo saber lo
inusitado que resultaba aquel honor, rechacé cortésmente su oferta diciéndole
que también había declinado las ofertas del Ejército de Tierra [314] {314} y de las SA y el NSKK de distinguirme con cargos honoríficos. De
todos modos, para quitar hierro a mi negativa, le propuse recuperar mi antigua
adscripción a las SS de Mannheim, sin sospechar que no se me contaba como
miembro de aquella organización.
Concediendo tales distinciones, Himmler intentaba
conseguir influencia y entrometerse en campos que estaban al margen de sus
competencias. En mi caso, la desconfianza que yo abrigaba demostró estar más
que justificada, porque Himmler hizo enseguida todo lo posible para inmiscuirse
en asuntos del armamento del Ejército de Tierra, para lo que nos ofrecía de
buen grado un número incontable de sus internados en los campos de
concentración y hacía uso de su poder, ya en 1942, para presionar a varios de
mis colaboradores. Por lo que cabía deducir, pensaba convertir los campos de
concentración en grandes y modernos centros productivos dedicados sobre todo a
fabricar armamento bajo el control directo de las SS. Fromm me hizo notar
entonces que aquello podía poner en peligro la dotación armamentística del
Ejército de Tierra y Hitler, como se vio enseguida, estuvo de mi parte. Antes
de la guerra ya habíamos experimentado lo que significaba que las SS fabricaran
ladrillos y se ocuparan de trabajar el granito; los resultados habrían asustado
a cualquiera. El 21 de septiembre de 1942 Hitler resolvió la disputa: los
internados en los campos trabajarían en empresas sometidas a la organización
industrial de armamentos. De momento, los afanes de expansión de Himmler en
este terreno quedaban frenados. [315]
Al principio, los directores de las fábricas se
quejaron de que los internos llegaban en un estado de gran debilidad y que al
cabo de unos meses estaban completamente agotados y había que devolverlos a los
campos. Teniendo en cuenta que el período de aprendizaje llevaba unas semanas y
que andábamos escasos de instructores, no podíamos permitirnos repetir cada
pocos meses el período de formación de los recién llegados. Gracias a nuestras
quejas, las condiciones sanitarias y la alimentación en los campos de las SS
experimentaron una mejora notable. Durante mis visitas de inspección a las
fábricas de producción de armamentos no tardé en ver prisioneros con caras más
satisfechas y mejor alimentados. [316]
* * * *
Hitler quebrantó la regla según la cual en la
producción de armamentos trabajábamos con independencia cuando dio la orden de
instalar una fábrica para producir cohetes a gran escala bajo el mando de las
SS.
Antes de la guerra se había establecido, en un
apartado valle del Harz, un sistema de cuevas subterráneas muy ramificado en el
que se almacenaban productos químicos necesarios para el combate. Aquí visité
el 10 de diciembre de 1943 las amplias instalaciones subterráneas en donde
debían fabricarse los cohetes V2 en el futuro. En naves de longitud
interminable, los internos de los campos de concentración se ocupaban en montar
máquinas y tender instalaciones. No mostraban expresión alguna al verme; tenían
la mirada perdida en el vacío y a nuestro paso se quitaban mecánicamente la
gorra de dril azul de presidiarios.
No puedo olvidar a un profesor del Instituto
Pasteur de París que declaró como testigo en el proceso de Nüremberg. Había
trabajado en la fábrica mixta que visité aquel día. Imparcialmente, sin la
menor excitación, expuso las condiciones inhumanas de aquella fábrica
igualmente inhumana: me resulta inolvidable y me sigue inquietando su acusación
desprovista de odio; sólo estaba triste, quebrantado y aturdido por tanta
degeneración humana.
Desde luego, las condiciones en que vivían aquellos
prisioneros eran realmente bárbaras, y cada vez que pienso en ello me invade un
sentimiento de honda consternación y de culpa personal. Según supe por los
vigilantes después de la visita de inspección, las condiciones sanitarias eran
deficientes, proliferaban las enfermedades y, como los prisioneros se alojaban
en húmedas cuevas situadas en el mismo lugar de trabajo, la mortalidad era muy
elevada. [317] Aquel mismo día di las órdenes oportunas para que
se levantara enseguida un campamento de barracones en una colina cercana y
autoricé el suministro de los materiales necesarios. Además, insté a la
dirección del campo de las SS a adoptar de inmediato toda clase de medidas para
mejorar las condiciones sanitarias y la alimentación de los hombres.
En realidad, hasta entonces apenas me había
preocupado de aquellas cuestiones; como los jefes de campamento me garantizaron
que todo se haría como yo había dispuesto, las descuidé durante un mes más. Sin
embargo, el 13 de enero de 1944 el doctor Poschmann, asesor médico de todos los
departamentos de mi Ministerio, me volvió a pintar con los colores más negros
las condiciones higiénicas de la fábrica mixta, y al día siguiente envié allí a
uno de mis jefes de Sección. [318] Al mismo tiempo, el doctor Poschmann comenzó a
ordenar medidas sanitarias adicionales. Algunos días más tarde, yo mismo caí
enfermo. Poco después de mi regreso, el 26 de mayo, el doctor Poschmann me
informó de que había médicos civiles empleados en numerosos campos de trabajo,
pero que tropezaba con algunas dificultades. Aquel mismo día recibí un grosero
escrito de Robert Le Citas de la carta de Ley del 26 de mayo de 1944 y de mi
respuesta del día siguiente y en el que este se quejaba, por razones de procedimiento,
de la actividad del doctor Poschmann. Opinaba que la atención médica en los
campos era únicamente de su incumbencia y me exigía, muy enojado, no sólo que
amonestara al doctor Poschmann, sino que le prohibiera volver a interferir en
sus competencias, que le pidiera cuentas y lo sometiera a expediente
disciplinario. Le contesté sin demora que no veía ningún motivo que me obligara
a someterme a sus exigencias y que, al contrario, todos teníamos el máximo
interés en que los prisioneros disfrutaran de una atención médica
suficiente; [319] {319} aquel mismo día discutí con el doctor Poschmann la posibilidad de
tomar medidas médicas complementarias. Como lo había puesto todo en marcha con
la aquiescencia del doctor Brandt y, más allá de las consideraciones
humanitarias, también el sentido común estaba de nuestra parte, no me preocupé
en absoluto por la reacción de Ley. Estaba seguro de que Hitler no sólo le
recordaría sus límites a la burocracia del Partido, sino que se burlaría de
esta.
No volví a tener noticias de Ley. Tampoco Himmler
tuvo éxito cuando intentó demostrarme que podía obrar a su antojo incluso
contra personas importantes. El 14 de marzo de 1944 ordenó detener a Wernher
von Braun y a dos de sus colaboradores. Se comunicó al jefe del departamento
central que habían violado una de mis disposiciones al dejarse distraer de sus
importantes cometidos bélicos por proyectos pacíficos. Efectivamente, Von Braun
y sus colaboradores habían hablado muchas veces, sin ninguna inhibición, de sus
ideas respecto a la posibilidad de que, en un futuro lejano, un cohete
transportara el correo entre Estados Unidos y Europa. Se aferraban a sus sueños
con imprudencia e ingenuidad y dejaron que una revista ilustrada reprodujera
unos dibujos llenos de fantasía. Cuando Hitler acudió a visitarme a Klessheim
mientras estaba enfermo, aproveché que me trataba con sorprendente
consideración para hacerle prometer que liberaría a los tres detenidos. Tardó
una semana en hacerlo, y un mes y medio después seguía refunfuñando por lo duro
que le había resultado adoptar aquella medida. Según consta en el Acta de
reuniones del Führer del 13 de mayo de 1944, Hitler sólo
accedía a mis deseos «en el asunto B […] mientras aquel [hombre] me fuera
indispensable y no estuviera involucrado en ningún procedimiento criminal, por
graves que pudieran ser las consecuencias generales derivadas de esta
actuación». No obstante, Himmler consiguió su objetivo: de entonces en
adelante, ni siquiera los principales miembros del equipo de desarrollo de
cohetes se sintieron seguros frente a la arbitrariedad de sus decisiones. Al
fin y al cabo, era perfectamente posible que yo no siempre estuviera en
situación de conseguir su libertad con rapidez.
* * * *
Hacía mucho tiempo que Himmler se proponía
establecer un consorcio económico privativo de las SS, pero Hitler —o al menos
así me lo parecía— era reacio a la idea y yo también. Quizá fuera esta una de
las razones de la extraña conducta de Himmler durante mi enfermedad. En
aquellos meses convenció definitivamente a Hitler de que una gran empresa
económica de las SS podría ofrecer innumerables ventajas, y a principios de
junio de 1944 este me pidió que apoyara la aspiración de las SS de montar un
imperio económico que abarcara desde las materias primas hasta la industria de
acabados. Para apoyar su exigencia alegó un argumento que sonaba bastante
inadecuado: que las SS debían disponer de poder suficiente para que sus futuros
sucesores pudieran enfrentarse, por ejemplo, a un ministro de Hacienda que
pretendiera limitar sus medios.
Esto era lo que yo había temido desde el comienzo
de mi actividad ministerial. Sin embargo, logré que Hitler estableciera que las
empresas de Himmler «tendrían que estar sometidas a los mismos controles que el
resto de la producción bélica y de armamentos», con el fin de que «una parte de
la Wehrmacht no emprendiera el camino de la independencia después de que yo,
tras dos años de arduos esfuerzos, consiguiera unificar el armamento de las
tres armas de la Wehrmacht». [320] Hitler me prometió apoyarme frente a Himmler, pero
no tenía ninguna certeza respecto a su capacidad de imponerse; por otra parte,
no cabía duda de que Himmler había sido informado por Hitler de esta entrevista
cuando me invitó a su casa de Berchtesgaden.
Aunque a veces el Reichsführer SS
parecía un visionario cuyos delirios ideológicos le resultaban ridículos
incluso a Hitler, también podía ser una persona realista que pensaba con
lucidez y tenía bien claras sus ambiciosas metas políticas. En las reuniones
era de una corrección amable, a veces algo forzada, nunca cordial, y siempre
procuraba tener como testigo a uno de los miembros de su plana mayor. Tenía la
virtud —rara en aquella época— de escuchar con paciencia los argumentos de sus
visitantes. En las discusiones solía dar una impresión de suspicacia y
pedantería y parecía meditar sus palabras a fondo y sin prisas. Era evidente
que no le importaba si de aquel modo sugería rigidez o limitación intelectual.
Su departamento trabajaba con la precisión de una máquina bien engrasada, lo
que al mismo tiempo podía ser reflejo de su falta de personalidad; en cualquier
caso, siempre tuve la sensación de que su carácter indefinido se reflejaba en
el estilo totalmente neutro de su secretaría. Sus escribientes eran muchachas
jóvenes que de ningún modo podían considerarse bellas, pero que siempre
parecían muy diligentes y concienzudas.
Himmler sometió a mi consideración una idea de
vasto alcance que había meditado a fondo. A pesar de todos los esfuerzos de
Saur, las SS se habían apropiado, durante mi enfermedad, de la importante
factoría de armamentos húngara Manfred-Weiss. Himmler me explicó que quería
crear en torno a aquel núcleo un gran consorcio económico y me pidió que le
sugiriera un especialista para ocuparse de tan gigantesca empresa. Tras
reflexionar unos instantes le propuse para el cargo a Paul Pleiger, que había
levantado grandes empresas de acero para el Plan Cuatrienal y que era un hombre
enérgico y obstinado que, dadas sus numerosas relaciones con la industria, no
se lo pondría fácil a Himmler para ampliar desmesuradamente su compañía. Pero a
Himmler no le gustó mi consejo y no volvió a hablarme de sus planes de futuro.
Tres de los colaboradores de Himmler, Pohl, Jüttner
y Berger, eran hombres medianamente bonachones, a pesar de su forma terca y
desconsiderada de negociar: tenían esa clase de banalidad que en una primera
impresión resulta agradable. Sin embargo, otros dos colaboradores
exteriorizaban la misma frialdad que su jefe: tanto Heydrich como Kammler eran
rubios, de ojos azules y cráneo alargado, siempre bien vestidos y bien
educados. Los dos eran capaces de adoptar decisiones inesperadas en cualquier
momento y sabían imponerlas con una rara tenacidad frente a toda clase de
resistencias. La elección de Kammler era significativa porque, a pesar de todo
su fanatismo ideológico, en cuestiones de personal no daba ningún valor al
hecho de que alguien fuera un viejo miembro del Partido; para Himmler era más
importante haber encontrado a un hombre enérgico, de comprensión rápida y
exceso de celo. En primavera de 1942 Himmler nombró a Kammler, hasta entonces
un alto funcionario del Ministerio del Aire, jefe de construcciones de las SS y
en verano de 1943 lo destinó al programa de desarrollo de cohetes. Durante la
colaboración que resultó de este nombramiento, el nuevo hombre de confianza de
Himmler demostró ser un hombre calculador, frío, despiadado, fanático en la
persecución de sus metas, que sabía definir con tanto cuidado como falta de
escrúpulos.
Himmler le asignaba una misión tras otra y lo
acercaba a Hitler siempre que podía; pronto empezaron a circular rumores de que
pretendía que Kammler fuera mi sucesor. [321] {321} En ese tiempo me agradaba la objetiva frialdad de aquel hombre que
era mi asociado en muchas tareas, mi rival en cuanto a su supuesta posición
futura y mi reflejo en su forma de trabajar y su trayectoria; también él
procedía de una familia burguesa acomodada, tenía estudios universitarios,
había sido descubierto por su actividad en el ramo de la construcción y había
hecho una rápida carrera en campos que, en el fondo, no eran de su
especialidad.
* * * *
Durante la guerra, el número de trabajadores
determinaba en gran medida la capacidad de las empresas. Ya a principios de los
años cuarenta, y después con una rapidez creciente, las SS comenzaron a montar
campos de trabajo en secreto y a procurar que se llenaran. En una carta del 7
de mayo de 1944, el jefe de sección Schieber me hizo notar que las SS aspiraban
a emplear su poder para obtener la mano de obra necesaria para llevar a cabo su
expansión económica. Además, las SS tendían cada vez más irreflexivamente a
sustraer mano de obra extranjera de nuestras fábricas, arguyendo transgresiones
insignificantes que les permitían detener a los delincuentes y llevarlos a sus
propios campos. [322] Mis colaboradores estimaron que durante la
primavera de 1944 las SS nos habían quitado por este procedimiento entre 30.000
y 40.000 trabajadores al mes. Por consiguiente, a comienzos de junio de 1944
expliqué a Hitler que yo «no podía resistir una reducción anual de 500.000
trabajadores, menos aún teniendo en cuenta que en gran parte se trataba de
obreros cualificados a los que había costado gran trabajo instruir». Estos
hombres «debían ser devueltos lo antes posible a su profesión primitiva».
Hitler me prometió que después de mantener una entrevista con Himmler y conmigo
decidiría a mi favor. [323] Pero Himmler, tanto delante de mí como de Hitler,
se limitó sencillamente a negar que se llevaran a cabo tales prácticas, a pesar
de la incuestionable realidad.
Los mismos prisioneros, según pude confirmar en
ocasiones, temían la creciente ambición económica de Himmler. Recuerdo un
recorrido que hice en verano de 1944 por las fábricas de acero de Linz, un
lugar en que los prisioneros se movían con libertad entre el resto de los
trabajadores. Estaban al pie de las máquinas montadas en las naves de la
fábrica y servían de auxiliares a los obreros cualificados, que conversaban
despreocupadamente con ellos. No los vigilaban hombres de las SS, sino soldados
del ejército. Cuando nos encontramos con un grupo de veinte rusos, les pregunté
por medio del intérprete si estaban satisfechos del trato que se les daba.
Dijeron que sí con gestos de apasionada aprobación. Su aspecto confirmaba lo
que decían; al contrario que los hombres que se iban consumiendo lentamente en
las cuevas de la fábrica mixta, estaban bien alimentados. Y cuando, por
decirles algo, les pregunté si no preferirían regresar al campo de donde
procedían, vi que se asustaban; sus rostros expresaron un terror no disimulado.
No seguí haciendo preguntas. ¿Para qué? En el fondo
sus caras ya lo decían todo. Cuando hoy trato de profundizar en las sensaciones
que experimenté entonces; cuando, después de toda una vida, intento averiguar
lo que realmente me guiaba, si la lástima, la irritación, la pena o el enojo,
me parece que la desesperada carrera contra el tiempo, la testarudez obsesiva
por las cifras de producción se superpusieron a todas las consideraciones y
sentimientos de humanidad. Un historiador americano ha dicho de mí que yo amaba
más a las máquinas que a los seres humanos. [324] No le falta razón; me doy cuenta de que ver a
hombres sufriendo sólo influía en mis sensaciones, no en mi forma de
comportarme. En el nivel emotivo me permitía el sentimentalismo, pero en el
nivel de las decisiones, por el contrario, seguía dominando el principio de la
utilidad. En el proceso de Nüremberg, el empleo de prisioneros en las fábricas
de armamentos fue motivo de acusación y de reproche contra mí.
El tribunal estableció que mi culpa habría sido
mayor si, oponiéndome a Himmler, hubiera conseguido incrementar el número de
nuestros prisioneros y, con ello, las posibilidades de supervivencia de algunos
hombres más. Paradójicamente, hoy me sentiría mejor si hubiera sido más
culpable en este sentido. Pero ni los criterios de Nüremberg ni la enumeración
de las víctimas salvadas inciden en lo que actualmente siento. Lo que me
intranquiliza mucho más es no haber visto reflejada en las caras de aquellos prisioneros
la fisonomía del régimen, cuya existencia yo trataba tan obsesivamente de
prolongar en aquellas semanas y meses. No supe ver la posición moral que había
fuera del sistema y que yo debería haber adoptado, y a veces me pregunto quién
era aquel joven, tan extraño a mí, que hace veinticinco años recorría la sala
de máquinas de la fábrica de Linz o descendía a las galerías de la fábrica
mixta.
Un día, allá por el verano de 1944, recibí la
visita de mi amigo Karl Hanke, jefe regional de la Baja Silesia. En años
anteriores me había hablado mucho de las campañas polaca y francesa; al
informarme de los muertos y heridos, de dolores y tormentos, se había mostrado
como un hombre compasivo. Esta vez, sin embargo, sentado en un sillón de cuero
verde de mi despacho, parecía confuso y hablaba a trompicones. Me dijo que no
aceptara nunca el ofrecimiento de visitar un campo de concentración en la Alta
Silesia. Nunca, bajo ningún concepto. Había visto allí algo que no le estaba
permitido describir, y tampoco podría hacerlo aunque quisiera.
No le hice ninguna pregunta, ni tampoco a Himmler,
ni a Hitler, ni hablé de ello con mis amigos. No hice ninguna investigación. No
quería saber lo que estaba ocurriendo allí. Debía de tratarse de Auschwitz. En
aquel momento, mientras Hanke me ponía sobre aviso, toda mi responsabilidad se
hacía real. Tuve que pensar sobre todo en aquellos instantes cuando en el
proceso de Nüremberg constaté frente al tribunal internacional que yo, como
miembro destacado de la jefatura del Reich, tenía que correr con parte de la
responsabilidad por todo lo que había ocurrido, pues a partir de aquel momento
quedé moralmente aprisionado de forma irremediable por los crímenes, ya que,
por miedo a descubrir algo que me habría obligado a ser consecuente, cerré los
ojos. Mi ceguera voluntaria contrarresta todo lo positivo que quise y debí
hacer en el último período de la guerra. Comparadas con esta ceguera, mis
actividades se reducen a nada. Precisamente porque en aquella ocasión fallé,
aún hoy me sigo sintiendo personalmente responsable de Auschwitz.
Capítulo XXVI
Operación Valquiria
Durante un vuelo sobre una planta hidrogenadora
destruida por las bombas me sorprendió la precisión con que las flotas de
bombarderos aliados hacían blanco en sus objetivos. De repente cruzó por mi
cabeza el pensamiento de que, con esa exactitud, a los aliados tendría que
resultarles muy fácil destruir todos los puentes del Rin en un solo día. Los
expertos a quienes encomendé señalar la situación de esos puentes en las
fotografías aéreas de los campos de cráteres abiertos por las bombas
confirmaron mis temores. Me ocupé a toda prisa de que se prepararan las vigas
metálicas adecuadas para poder, en caso necesario, reparar los puentes con
rapidez. Además, ordené construir diez transbordadores y un buque-puente. [325]
Diez días más tarde, el 29 de mayo de 1944, escribí
preocupado a Jodl: «Me atormenta la idea de que un día puedan destruir todos
los puentes del Rin, algo que, de acuerdo con la densidad de los bombardeos de
los últimos meses, podría llegar a suceder. ¿En qué situación nos
encontraríamos si el enemigo, después de cortar el paso a los ejércitos que se
encuentran en los territorios occidentales ocupados, efectuara sus desembarcos
en la costa alemana del mar del Norte en lugar de hacerlo por la parte de la
muralla del Atlántico? Creo que eso sería perfectamente posible, pues el
enemigo cuenta con una superioridad aérea absoluta, primera condición para el
éxito de un desembarco en la costa norte de Alemania. En cualquier caso, de
hacerlo así sus pérdidas serían menores que las que podría sufrir atacando
directamente la muralla del Atlántico».
Apenas disponíamos de tropas en suelo alemán. Mis
temores me decían que si se ocupaban, mediante unidades de paracaidistas, los
campos de aviación de Hamburgo y Bremen y acto seguido se tomaban, lo que
requeriría pocas fuerzas, los puertos de estas ciudades, los ejércitos de
invasión podrían ocupar Berlín e incluso Alemania entera en unos cuantos días
sin hallar resistencia, puesto que los tres ejércitos que combatían en el Oeste
no podrían pasar el Rin y los del frente oriental se encontrarían inmovilizados
por los duros combates defensivos y, además, estarían demasiado lejos para
poder intervenir a tiempo.
Esos temores eran casi tan peregrinos como las
ideas que a veces tenía Hitler. En mi siguiente estancia en el Obersalzberg,
Jodl me dijo con ironía que, para colmo, yo me había pasado al grupo de
estrategas, pero Hitler no descartó mi idea. El 5 de junio de 1944, Jodl anotó
en su diario: «Deben crearse en Alemania unas formaciones tales que, en caso de
necesidad, puedan incorporar a los soldados de permiso y a los convalecientes
al producirse una emergencia. Speer pondrá a su disposición las armas que se requieran
para una acción de choque. Siempre hay unos 300.000 soldados de permiso en
casa, lo que supone entre diez y doce divisiones». [326]
Esta idea había sido estudiada desde mucho antes
sin que Jodl ni yo lo supiéramos. Desde mayo de 1942, bajo el nombre de
«Operación Valquiria», se habían tomado disposiciones para reunir rápidamente,
en caso de disturbios o de situaciones de emergencia, las unidades que se
encontraran en Alemania. [327] Ahora el asunto despertó el interés de Hitler y el
7 de junio de 1944 se celebró una reunión en el Obersalzberg para tratarlo; en
ella, además de Keitel y Fromm, participó también el coronel Von Stauffenberg.
El conde Stauffenberg había sido elegido por el
general Schmundt, asistente jefe de Hitler, para ocuparse, como jefe del Estado
Mayor, del trabajo de Fromm, que daba muestras de fatiga. Según me dijo
Schmundt, Stauffenberg era considerado uno de los oficiales más inteligentes y
capacitados de todo el ejército alemán. [328] El mismo Hitler me invitó en ocasiones a colaborar
estrecha y confidencialmente con él. A pesar de las graves heridas sufridas,
Stauffenberg conservaba un encanto juvenil y tenía un aire extrañamente poético
y preciso al mismo tiempo; lo habían marcado dos experiencias formativas
aparentemente irreconciliables: el círculo del poeta Stefan George y el Estado
Mayor. Nos habríamos llevado bien incluso sin los comentarios de Schmundt.
Después del suceso que ha quedado indisolublemente unido a su nombre he reflexionado
a menudo sobre él y no he encontrado ningún pensamiento que lo defina tan bien
como este de Hölderlin: «Un carácter extremadamente antinatural y absurdo si no
es visto a la luz de las circunstancias que impusieron esta forma rígida a su
delicado espíritu».
Las reuniones prosiguieron el 6 y el 8 de julio.
Además de Hitler, alrededor de la mesa redonda situada junto a la gran ventana
de la sala de estar del Berghof se sentaban Keitel, Fromm y otros oficiales;
Von Stauffenberg, que llevaba una cartera muy abultada, tomó asiento junto a mí
y explicó el plan de acción de la «Operación Valquiria». Hitler lo escuchaba
atentamente y en la discusión que siguió aceptó la mayoría de sus propuestas.
Al final decidió que, en caso de haber acciones combativas dentro del territorio
del Reich, a los mandos militares les correspondía un poder ejecutivo
ilimitado, mientras que los departamentos políticos —por consiguiente, sobre
todo los jefes regionales en su calidad de comisarios de defensa del Reich—
sólo actuarían como asesores. Esto significaba que las autoridades militares
podían dar todas las instrucciones necesarias directamente a los departamentos
estatales y municipales, sin necesidad de consultar a los jefes
regionales. [329]
* * * *
Ya fuera por casualidad o porque estaba preparado
así, en aquellos días se hallaban reunidos en Berchtesgaden los principales
militares conjurados, los mismos que, tal y como sé hoy, habían acordado unos
días antes con Stauffenberg llevar a cabo el atentado contra Hitler con una
bomba que tenía dispuesta el general de brigada Stieff. El 8 de julio me
entrevisté con el general Friedrich Olbricht para discutir sobre la
incorporación de trabajadores al Ejército, ya que no había podido ponerme de
acuerdo en este sentido con Keitel, con quien había estado hablando poco antes.
Como tantas otras veces, volvió a lamentarse de las dificultades que
ocasionaría dividir en cuatro la organización de la Wehrmacht. Señaló también
que resolviendo ciertas anomalías sería posible trasladar a cientos de miles de
jóvenes soldados de la Luftwaffe al Ejército de Tierra.
Al día siguiente me reuní en el hotel
Berchtesgadener Hof con el aposentador general Edward Wagner, con el general de
transmisiones Erich Fellgiebel, con el general del Estado Mayor Fritz Lindemann
y con el jefe de organización del Alto Mando del Ejército de Tierra, el general
de brigada Helmut Stieff. Todos estaban implicados en la conjura y ninguno de
ellos iba a sobrevivir a los meses siguientes. Quizá precisamente porque la
resolución tanto tiempo demorada de dar un golpe de Estado era ya irrevocable,
aquella tarde todos mostraron una actitud más bien despreocupada, como suele
suceder después de adoptar grandes decisiones. La crónica de mi Ministerio
consigna la estupefacción que sentí al constatar la forma en que estos
oficiales trivializaban la desesperada situación de los frentes: «Según las
palabras del aposentador general, las dificultades son de poca monta […]. Los
generales tratan la situación del frente oriental con superioridad, como si no
tuviera ninguna importancia». [330]
Sólo una o dos semanas antes, el general Wagner
pintaba la situación con los colores más negros y formulaba peticiones de
armamento tan desmesuradas para el caso de nuevas retiradas que yo de ningún
modo habría podido satisfacerlas. Actualmente creo que sus exigencias sólo
podían tener por objeto demostrar a Hitler que ya no era posible conseguir que
el ejército dispusiera de suficientes armas y que íbamos camino de la
catástrofe. En mi ausencia, mi colaborador Saur, apoyado por Hitler, había
sermoneado al aposentador general, mucho mayor que él, como si se tratara de un
colegial. Ese día me dirigí a él para expresarle mis simpatías, pero pude
compro bar que aquello hacía tiempo que no lo preocupaba.
Hablamos extensamente de los problemas que se
habían presentado en la dirección de la guerra por la falta de un mando
superior adecuado. El general Fellgiebel describió el innecesario derroche de
soldados y material que representaba que cada uno de los ejércitos de la
Wehrmacht tuviera que disponer de una red de comunicaciones propia; la
Luftwaffe y el Ejército de Tierra habían llegado a tender cables por separado
hasta Atenas y Laponia. Aparte de las consideraciones económicas, la fusión de
los distintos sistemas evitaría los roces. Sin embargo, Hitler siempre
reaccionaba negativamente y con aspereza si se le insinuaba algo por el estilo.
Yo mismo puse algunos ejemplos que demostraban las ventajas que comportaría la
dirección unitaria del armamento de todas las ramas de la Wehrmacht.
Aunque solía mantener conversaciones inusitadamente
francas con los conjurados, no me di cuenta de sus intenciones. Sólo una vez
percibí que se estaba tramando algo, aunque no fue hablando con ellos, sino por
unas palabras de Himmler. Sería a fines del otoño de 1943 cuando este mantuvo
una conversación con Hitler en los terrenos del cuartel general; yo me hallaba
cerca, así que fui testigo involuntario del siguiente diálogo:
—Así pues, ¿está usted de acuerdo, Mein
Führer, en que hable con la «eminencia gris» y haga como si colaborara con
ellos?
Hitler asintió.
—Están tramando algo; quizá me entere de algo más
si me gano su confianza. Si usted, Mein Führer, tuviera
conocimiento de mi actuación por terceras personas, ya sabrá mis motivos.
Hitler hizo un gesto de asentimiento.
—Naturalmente, tengo plena confianza en usted.
Después le pregunté a un asistente si sabía quién
era apodado «eminencia gris».
—Ah, sí —repuso—. ¡Ese es Popitz, el ministro
prusiano de Hacienda!
* * * *
El azar se encargó de distribuir los papeles.
Durante un tiempo pareció vacilar sobre si el 20 de julio de 1944 me haría
estar en pleno centro del golpe de Estado, en la Bendlerstrasse, o en el centro
de la defensa, el domicilio de Goebbels.
El 17 de julio, Fromm me expresó el deseo de Von
Stauffenberg, jefe de su Estado Mayor, de que el 20 de julio acudiera a la
Bendlerstrasse a comer con él para celebrar después una reunión. Sin embargo,
como hacía tiempo que tenía concertado para última hora de esa mañana un
discurso a los representantes del Gobierno del Reich y de la economía para
explicarles la situación armamentística, tuve que excusar mi asistencia. A
pesar de mi negativa, el jefe del Estado Mayor de Fromm insistió en invitarme
el 20 de julio: era absolutamente necesario que fuera a verlo. Pero como no
deseaba hacer el esfuerzo adicional de debatir asuntos armamentísticos
importantes con Fromm tras el acto sin duda fatigoso de aquella mañana, rehusé
también esta segunda vez.
Mi conferencia comenzó hacia las once de la mañana
en la representativa sala del Ministerio de Propaganda, decorada y pintada por
Schinkel, que Goebbels había puesto a mi disposición. Se habían reunido unas
doscientas personas: todos los ministros que estaban en Berlín y todos los
secretarios y funcionarios importantes; acudió el círculo político berlinés al
completo. Empecé repitiendo mi llamamiento para que se emplearan más a fondo
los recursos nacionales; lo había formulado ya tantas veces que podía recitarlo
casi maquinalmente. Después les mostré, por medio de gráficos, el estado en que
se encontraba nuestra producción de armamentos.
Más o menos a la misma hora en que terminaba mi
discurso y Goebbels, como anfitrión, pronunciaba algunas palabras de despedida,
estalló en Rastenburg la bomba de Stauffenberg. Si los golpistas hubieran sido
más hábiles, podrían haber aprovechado para detener a la vez, de forma paralela
al atentado, el Gobierno del Reich prácticamente en pleno y a sus principales
colaboradores, empleando para ello sólo a la figura casi proverbial del
subteniente y a diez hombres más. Sin sospechar nada, Goebbels nos llevó a Funk
y a mí a su despacho del Ministerio. Como era habitual en los últimos tiempos,
estuvimos conversando sobre oportunidades fallidas o todavía posibles para
movilizar a las fuerzas; entonces, un pequeño altavoz anunció:
—El cuartel general desea hablar urgentemente con
el señor ministro. El doctor Dietrich está al aparato.
Goebbels repuso:
—Páseme la comunicación aquí.
Entonces se dirigió a su escritorio, levantó el
auricular y preguntó:
— ¿Doctor Dietrich? ¿Sí? Aquí Goebbels… ¿Qué? ¿Un
atentado contra el Führer? ¿Hace un instante?… El Führer está vivo, dice usted…
Aja, en el barracón de Speer. ¿Se sabe algo más concreto? ¿Que el Führer cree
que ha sido alguien de la Organización Todt?
Dietrich tenía prisa y la conversación terminó. Se
había puesto en marcha la Operación Valquiria, el plan de acción de los
conjurados para movilizar las reservas nacionales sobre el que deliberaban
abiertamente desde hacía meses, incluso con Hitler.
« ¡Sólo me faltaba esto!», pensé cuando Goebbels
nos repitió lo que acababa de oír y mencionó que se sospechaba de alguien de la
Organización Todt. Si se confirmaba esta suposición, mi prestigio estaría en
juego, porque Bormann podría recurrir a mi responsabilidad como pretexto para
urdir nuevas intrigas y reanudar sus insinuaciones. Goebbels ya se mostró
colérico sólo porque no pude informarlo sobre las medidas de control a las que
habían tenido que someterse los trabajadores de la Organización Todt antes de
ser seleccionados para Rastenburg. Le dije que cientos de trabajadores entraban
diariamente en la zona restringida I para reforzar el bunker de Hitler y que
este trabajaba actualmente en mi barracón porque era el único que disponía de
una sala grande para reuniones y, además, estaba vacío durante mi ausencia. En
tales circunstancias, dijo negando con la cabeza ante tanta irreflexión, debió
de ser empresa fácil acceder al recinto mejor protegido y vigilado del mundo.
— ¿Qué sentido tienen entonces todas las medidas de
seguridad? —preguntó en el aire, como dirigiéndose a un responsable imaginario.
Goebbels se despidió de nosotros al cabo de poco;
incluso en un caso así, tanto él como yo nos encontrábamos atados por la rutina
ministerial. Cuando por fin, a una hora avanzada, me fui a comer, ya me estaba
esperando el coronel Engel, antiguo asistente de Hitler en el Ejército de
Tierra. Me interesaba la opinión que pudiera tener de una memoria en la que yo
exigía el nombramiento de un «subdictador», es decir, de un hombre provisto de
unos poderes inhabituales que eliminara de una vez la inextricable organización
triple y cuádruple de la Wehrmacht, sin consideración alguna hacia su
prestigio, y estableciera por fin una organización efectiva. Aunque esta
memoria, preparada hacía días, llevaba la fecha del 20 de julio sólo por
casualidad, no dejaba de reflejar muchas de las ideas discutidas en las
conversaciones con los que habían participado en la conjura. [331]
Entretanto, no se me ocurrió la idea elemental de
telefonear al cuartel general del Führer para informarme de los detalles del
suceso. Probablemente pensé que, dada la excitación que un acontecimiento
semejante tenía que suscitar a la fuerza, mi llamada sólo ocasionaría
molestias; además, me pesaba la sospecha de que el autor del atentado pudiera
proceder de mi organización. Después de comer, siguiendo mi agenda, recibí a
Clodius, delegado del Ministerio de Asuntos Exteriores, que me informó sobre el
modo de proteger el petróleo rumano. Sin embargo, antes de que la entrevista
hubiera terminado recibí una llamada de Goebbels. [332]
Su voz había sufrido un cambio notable desde la
mañana; sonaba ronca y alterada.
— ¿Puede usted interrumpir su trabajo enseguida?
¡Venga a verme! ¡Es muy urgente! No, no le puedo decir nada por teléfono.
Suspendí la entrevista y, a eso de las cinco de la
tarde, me encaminé al domicilio de Goebbels. El ministro de Propaganda me
recibió en un despacho del primer piso de su palacio residencial, situado al
sur de la Puerta de Brandemburgo. Me dijo apresuradamente:
—Acabo de saber por el cuartel general que se ha
puesto en marcha un golpe militar en todo el Reich. Quiero tenerlo conmigo en
esta situación. A veces me precipito en mis decisiones. Usted, con su aplomo,
me será útil. Tenemos que obrar reflexivamente.
En realidad, la noticia me causó no menos
excitación que a Goebbels. De repente acudieron a mi memoria las conversaciones
que había tenido con Fromm, Zeitzler, Guderian, Wagner, Stieff, Fellgiebel,
Olbricht o Lindemann. A la desesperada situación en todos los frentes, el éxito
de la invasión enemiga, la superioridad del Ejército Rojo y la amenaza de ruina
del abastecimiento de carburante se unía el recuerdo de nuestras críticas, a
menudo amargas, sobre el diletantismo de Hitler, sus insensatas decisiones, sus
continuas ofensas a oficiales de alta graduación, sus incesantes destituciones
y afrentas. Desde luego, no pensé que Stauffenberg, Olbricht, Stieff y su
círculo ejecutaran el golpe; más bien se lo habría atribuido a un hombre de
temperamento colérico como Guderian. Más tarde descubrí que en aquel momento
Goebbels ya estaba informado de que las sospechas se dirigían hacia
Stauffenberg. Sin embargo, no me dijo nada. Tampoco me comunicó que justo antes
de que yo llegara había estado hablando por teléfono con el propio
Hitler. [333] {333}
Aun sin saber nada de esto, yo ya había tomado una
decisión: en realidad me pareció que en aquel momento un golpe de Estado sería
catastrófico; pero, una vez más, no supe ver su dimensión moral. Goebbels podía
contar conmigo.
Las ventanas del despacho daban a la calle. Unos
minutos después de mi llegada vi a unos soldados completamente equipados, con
cascos de acero, granadas de mano en el cinturón y ametralladoras, dirigiéndose
en pequeños grupos hacia la Puerta de Brandemburgo. Una vez allí instalaron las
ametralladoras e interrumpieron el tráfico mientras dos de ellos, fuertemente
armados, se dirigían a la puerta de entrada del parque y montaban guardia.
Llamé a Goebbels, quien comprendió enseguida lo que aquello significaba.
Desapareció en el dormitorio contiguo, cogió unas pastillas de un estuche y se
las guardó en el bolsillo de la chaqueta, y dijo, muy tenso:
— ¡Por lo que pudiera pasar!
Enviamos a un asistente a averiguar qué órdenes
tenían aquellos centinelas, pero no sacamos gran cosa en claro. Los soldados
que hacían guardia se mostraron poco locuaces y, finalmente, se limitaron a
declarar:
—Aquí no entra ni sale nadie.
Las múltiples llamadas telefónicas de un Goebbels
incansable generaron novedades confusas: Tropas de Potsdam habían iniciado su
marcha hacia Berlín, adonde también se dirigían, al parecer, guarniciones de
distintas provincias. Personalmente, a pesar de mi rechazo espontáneo del
levantamiento, me sentía invadido por la extraña sensación de ser un simple
testigo imparcial, como si no me importara lo más mínimo aquella febril
actividad de Goebbels, que se mostraba nervioso y decidido. En algunos momentos
la situación pareció más bien desesperada y se mostró muy preocupado. Sólo el
hecho de que el teléfono continuara funcionando y que la radio no emitiera
todavía ninguna proclama de los sublevados le hizo deducir que la parte
contraria vacilaba. Desde luego, es incomprensible que los conjurados no
pusieran fuera de servicio los medios de comunicación ni los utilizaran para
sus propios fines, a pesar de que semanas atrás habían establecido un detallado
programa que preveía no sólo detener a Goebbels, sino también ocupar la Central
de Telecomunicaciones de Berlín, la Jefatura Superior de Telecomunicaciones, la
Central de Comunicaciones de las SS, la Central de Correos del Reich, las
emisoras más importantes, situadas en los alrededores de Berlín, y la Jefatura
de Radio. [334] Sólo se habrían necesitado unos cuantos soldados
para penetrar en el domicilio de Goebbels y detener al ministro sin hallar
resistencia, pues no disponíamos más que de un par de pistolas para
defendernos. Es probable que Goebbels hubiera tratado de impedir la detención
tomando las pastillas de cianuro que tenía preparadas, con lo cual los
conjurados se habrían deshecho de su enemigo más capacitado.
También resultó muy sorprendente que, durante unas
horas tan críticas, Goebbels no pudiera comunicarse con Himmler, el único que
disponía de gente de incuestionable confianza para sofocar el levantamiento.
Como no conseguía encontrar una razón plausible que explicara aquella falta de
contacto, expresó varias veces su desconfianza hacia el jefe nacional de las SS
y ministro del Interior, y siempre me ha parecido un síntoma de la
incertidumbre que reinaba en aquellos momentos el hecho de que dudara abiertamente
de que un hombre como Himmler mereciera su confianza.
¿Expresaba también su recelo hacia mí que durante
una conversación telefónica me invitara a entrar en una habitación contigua? Me
dejó sentir su escepticismo sin mucho disimulo. Después se me ha pasado por la
cabeza que quizá creyera que la mejor forma de estar seguro de mí era tenerme
cerca de él, sobre todo teniendo en cuenta que las primeras sospechas habían
recaído sobre Stauffenberg y, por lo tanto, también forzosamente sobre Fromm.
Al fin y al cabo, Goebbels conocía mi amistad con este último, al que hacía
tiempo que calificaba de «enemigo del Partido».
También yo pensé enseguida en él. Cuando Goebbels
me hubo dejado a solas, pedí que me comunicaran con la central telefónica de la
Bendlerstrasse para hablar con Fromm, quien estaría en mejores condiciones que
nadie para facilitarme detalles.
—El capitán general Fromm no puede ponerse —me
dijeron.
Ignoraba que en aquellos momentos ya estaba
encerrado en una habitación de la Bendlerstrasse.
—Entonces comuníqueme con su asistente.
Me respondieron que nadie contestaba en ese número.
—Pues entonces haga el favor de ponerme con el
general Olbricht.
Este se puso enseguida al aparato.
— ¿Qué pasa, mi general? —le pregunté, empleando el
habitual tono de broma que contribuía a salvar situaciones difíciles—. Tengo
que trabajar y aquí hay unos soldados que me impiden salir de casa de Goebbels.
Olbricht se disculpó:
—Lo siento mucho; en su caso, se trata de un error.
Lo arreglaré enseguida.
El general colgó el teléfono antes de que yo
pudiera seguir preguntándole nada. Por mi parte, evité dar cuenta a Goebbels de
mi conversación con Olbricht, cuyo tono y contenido insinuaban un acuerdo que
podía suscitar su desconfianza.
Schach, jefe regional en funciones de Berlín, entró
entonces en la habitación en la que yo estaba. Un conocido suyo llamado Hagen
acababa de responderle de la integridad nacionalsocialista del comandante
Remer, cuyo batallón había cercado el distrito gubernamental. Goebbels trató
enseguida de hacerlo venir. Cuando obtuvo su conformidad, me hizo volver al
despacho. Confiaba por completo en que podría ganar a Remer para su causa y me
rogó que estuviera presente cuando llegara. Me dijo que Hitler estaba informado
de que iba a mantener aquella entrevista, que esperaba el resultado en el
cuartel general y que hablaría personalmente con el comandante si era
necesario.
Minutos después entró el comandante Remer. Goebbels
daba la impresión de mantener el control, pero estaba nervioso. Parecía saber
que el destino de la rebelión y, por consiguiente, el suyo iban a decidirse en
aquel momento. Al cabo de unos minutos extrañamente carentes de dramatismo todo
había pasado y el golpe había fracasado.
Lo primero que hizo Goebbels fue recordar al
comandante su juramento de lealtad al Führer. Remer contestó afirmando su
lealtad a este y al Partido, pero añadió que Hitler había muerto. Por
consiguiente, tenía que obedecer las órdenes de su jefe, el teniente general
Von Hase. Goebbels le opuso el argumento decisivo que anulaba cualquier otro:
— ¡El Führer vive! —Al notar que Remer comenzaba a
vacilar y que luego se mostraba visiblemente inseguro, añadió: — ¡Vive! ¡Acabo
de hablar con él! ¡Una pequeña camarilla de generales ambiciosos ha intentado
dar un golpe militar! ¡Es una infamia! ¡La mayor infamia de la historia!
La posibilidad de que Hitler siguiera vivo fue un
alivio para aquel hombre acosado e irritado por la orden de cercar el distrito
gubernamental. Remer nos miró fijamente, feliz aunque todavía algo incrédulo.
Goebbels le hizo notar la hora que estaban viviendo, su tremenda
responsabilidad ante la Historia, una responsabilidad que pesaba sobre sus
jóvenes hombros: pocas veces el destino había reservado una oportunidad
semejante a una sola persona; de él dependía aprovecharla o no. Quien hubiera
visto a Remer en aquel momento, quien hubiera observado la transformación que
obraban en él aquellas palabras, habría sabido que Goebbels había ganado la
partida. Fue entonces cuando este jugó su mejor baza:
—Ahora hablaré con el Führer y también usted lo
hará. El Führer puede darle órdenes que dejen sin efecto las de su general,
¿verdad? —concluyó en tono levemente irónico.
Y entonces estableció comunicación con Rastenburg.
Goebbels podía ponerse directamente en contacto con
el cuartel general del Führer a través de una línea especial del Ministerio.
Unos segundos después, Hitler estaba al aparato; Goebbels, tras un par de
observaciones sobre la situación, le pasó el teléfono al comandante. Remer
reconoció al instante la voz del supuestamente difunto Hitler y como sin
querer, con el auricular en la mano, adoptó la posición de firmes. Sólo se le
oía repetir:
—Sí, Mein Führer…, sí. ¡A sus
órdenes, Mein Führer!
A continuación, Goebbels se puso otra vez al habla
y preguntó a Hitler por el resultado de la conversación: en vez del general
Hase, sería el comandante quien se encargara de tomar todas las medidas
militares necesarias en Berlín, y se le había dado la orden de ejecutar todas
las instrucciones que le diera Goebbels. Una única línea telefónica intacta
había hecho fracasar definitivamente el levantamiento. Goebbels pasó a la
ofensiva y ordenó que todos los hombres del batallón de la guardia disponibles
fueran concentrados rápidamente en el jardín de su domicilio.
* * * *
Aunque la rebelión había fracasado, aún no había
sido sofocada por completo cuando Goebbels, sobre las siete de la tarde, hizo
transmitir por radio la noticia de que Hitler había sufrido un atentado con
explosivos, pero que vivía y había reanudado su trabajo. De nuevo empleaba uno
de los medios técnicos que los sublevados habían negligido durante las pasadas
horas, con tan graves consecuencias para sus planes.
Esta confianza era engañosa: el éxito volvió a
quedar en entredicho cuando, poco después, se comunicó a Goebbels que había
llegado a la plaza de Fehrbellin una brigada de tanques que se resistía a
obedecer a Remer. Alegó someterse únicamente a las órdenes del capitán general
Guderian; sus instrucciones, expresadas con laconismo militar, eran: «El que no
obedezca será fusilado». Su capacidad combativa era tan claramente superior que
su postura no determinaría sólo lo que ocurriera en las próximas horas.
Hablaba de la incertidumbre de nuestra situación
que nadie supiera decir a ciencia cierta si aquellas tropas acorazadas a las
que Goebbels no podía oponer ninguna fuerza equivalente pertenecían a los
sublevados o al Gobierno. Tanto Goebbels como Remer consideraban posible que
Guderian participara en la sublevación. [335] El coronel Bollbrinker estaba al mando de la
brigada. Como era un buen conocido mío, intenté ponerme en contacto con él por
teléfono. Su respuesta fue tranquilizadora: los tanques habían acudido a
aplastar la insurrección. Unos ciento cincuenta soldados del batallón de la
guardia de Berlín, por lo general hombres de cierta edad, se habían concentrado
entretanto en el jardín de la residencia de Goebbels. Antes de dirigirse a
ellos, el ministro me dijo:
—Cuando los haya convencido, habremos ganado el
juego. ¡Fíjese en cómo lo hago!
Ya era de noche y la escena sólo estaba iluminada
por la luz que salía por una puerta que daba al jardín. Los soldados escucharon
con la mayor atención el largo discurso de Goebbels, quien en el fondo no decía
nada. No obstante, se mostró muy seguro de sí mismo, como si fuera el gran
triunfador del día. Precisamente porque supo centrar en lo personal los tópicos
de siempre, su parlamento tuvo un efecto fascinante. Casi podía leer en los
rostros de aquellos hombres la impresión que les causaba; se ganó a quienes
formaban frente a él en la penumbra sin emplear órdenes ni amenazas, sino la
persuasión.
El coronel Bollbrinker llegó hacia las once de la
noche a la habitación que me había sido asignada. Me dijo que Fromm tenía la
intención de someter a los conjurados ya detenidos a un consejo de guerra en la
Bendlerstrasse. Me di cuenta enseguida de que eso tendría que resultarle
extremadamente difícil; además, en mi opinión tenía que ser el propio Hitler
quien decidiera lo que tenía que pasar con los sublevados. Poco después de
medianoche me puse en marcha para tratar de impedir cualquier ejecución. Bollbrinker
y Remer me acompañaban en el automóvil. En medio de un Berlín a oscuras, la
Bendlerstrasse estaba vivamente iluminada por reflectores: era una imagen
irreal y fantasmagórica. Tenía el efecto teatral de un escenario
cinematográfico iluminado por los focos en un gran estudio oscuro. Unas sombras
largas y nítidamente recortadas daban plasticidad al edificio.
Cuando quise enfilar la Bendlerstrasse, un oficial
de las SS me ordenó detenerme junto al bordillo de la Tiergartenstrasse.
Ocultos en la oscuridad de los árboles se encontraban, casi indistinguibles, el
jefe de la Gestapo, Kaltenbrunner, y Skorzeny, el que liberó a Mussolini,
rodeados de numerosos subordinados. La conducta de aquellos hombres parecía tan
irreal como sus oscuras figuras. Nadie juntó los talones para saludar; toda la
firmeza de la que habitualmente se hacía gala había desaparecido; todo discurría
con suavidad; incluso las conversaciones se mantenían en voz baja, como en un
entierro. Expliqué a Kaltenbrunner que quería impedir que Fromm celebrara el
consejo de guerra; tanto aquel como Skorzeny, de los que más bien habría
esperado expresiones de odio o de triunfo por la derrota moral de su rival, el
Ejército de Tierra, me contestaron, casi con indiferencia, que los
acontecimientos del día eran competencia del ejército.
—No queremos mezclarnos en esto y no vamos a
intervenir de ningún modo. Por otra parte, creo que el consejo de guerra ya se
ha celebrado.
Kaltenbrunner me informó de que no se iba a emplear
a las SS para sofocar la revuelta o ejecutar las sentencias, porque eso sólo
ocasionaría nuevas discordias con el Ejército de Tierra y agravaría las
tensiones. [336] {336} Incluso había prohibido a su gente entrar en
el edificio de la Bendlerstrasse. Sin embargo, aquellas consideraciones
tácticas, surgidas en el momento, no se respetaron: al cabo de dos horas los
órganos de las SS ya habían empezado a perseguir a los oficiales del Ejército
de Tierra que habían participado en la conjura.
Cuando Kaltenbrunner terminó de hablar, se hizo
visible una poderosa sombra que se recortaba en el fondo claramente iluminado
de la Bendlerstrasse; Fromm, vestido de uniforme y completamente solo, se
acercaba con paso cansado hacia nosotros. Me despedí de Kaltenbrunner y sus
acompañantes y salí de la oscuridad de los árboles al encuentro de Fromm.
—El golpe ha terminado —empezó a decir el capitán
general, dominándose con esfuerzo—. Acabo de dar las órdenes pertinentes a
todos los destacamentos de la región militar. Durante un buen rato se me ha
impedido dar órdenes al Ejército establecido en suelo alemán. ¡Me han encerrado
en una habitación! ¡El jefe de mi Estado Mayor, mis colaboradores más
cercanos!—Su enojo y también su inquietud se hacían perceptibles cuando, con
voz cada vez más fuerte, trató de justificar el fusilamiento de los componentes
de su Estado Mayor: —En mi calidad de juez, tenía la obligación de formar
inmediatamente un consejo de guerra a todos los que hubieran participado en la
conjura. —Y en voz baja añadió, atormentado: —El general Olbricht y el jefe de
mi Estado Mayor, el coronel Von Stauffenberg, están muertos.
El próximo paso que Fromm pensaba dar era
telefonear a Hitler. Le rogué en vano que fuera antes a mi Ministerio, pero
insistió en ver a Goebbels, aunque sabía tan bien como yo que el ministro
sentía hacia él animosidad y desconfianza.
En el domicilio de Goebbels ya se había detenido al
comandante militar de Berlín, el general Hase. Fromm explicó brevemente los
acontecimientos en mi presencia y rogó a Goebbels que lo pusiera en
comunicación con Hitler. Sin embargo, en vez de responderle, Goebbels le pidió
que entrara en una habitación contigua y llamó él mismo a Hitler. Cuando obtuvo
la comunicación me invitó a dejarlo solo. Unos veinte minutos después salió a
la puerta y ordenó a un centinela que hiciera guardia frente a la habitación en
la que se encontraba Fromm.
Mucho después de medianoche llegó al domicilio de
Goebbels el hasta entonces ilocalizable Himmler. Sin que nadie lo invitara a
hacerlo, comenzó a explicar el motivo de su alejamiento con una vieja regla muy
acreditada para sofocar levantamientos: había que mantenerse siempre lejos del
centro e iniciar las contraofensivas desde el exterior. [337] Era una cuestión de estrategia. Goebbels pareció
aceptar esta explicación. Se mostró de muy buen humor y disfrutó demostrando a
Himmler, mediante un pormenorizado relato de los acontecimientos, cómo había
dominado prácticamente solo la situación.
— ¡Si no hubiesen sido tan torpes! Han tenido una
gran oportunidad. ¡Qué triunfos tenían! ¡Qué chiquilladas! ¡Cuando pienso en
cómo lo habría hecho yo…! ¿Por qué no han ocupado la radio y no han difundido
las más increíbles mentiras? ¡Me ponen centinelas delante de la puerta, pero me
dejan que llame al Führer con toda tranquilidad y que movilice a todo el mundo!
Ni siquiera me han cortado el teléfono. ¡Con los triunfos que tenían en la
mano…! ¡Menudos principiantes!
Prosiguió diciendo que aquellos militares habían
confiado demasiado en la trasnochada idea de la obediencia, según la cual
cualquier orden es ejecutada con toda naturalidad por los oficiales
subordinados y las tropas. Sólo eso ya habría condenado el golpe al fracaso,
pues, añadió con una satisfacción singularmente fría, en los últimos años los
alemanes habían sido educados por el Estado nacionalsocialista para pensar
políticamente.
—Hoy ya no se los puede someter como muñecos a las
órdenes de una camarilla de generales. —Goebbels se detuvo repentinamente al
llegar a este punto. Y añadió, como si le molestara mi presencia: —Tengo que
hablar a solas de unas cuantas cosas con el Reichsführer, mi querido señor
Speer. Buenas noches.
* * * *
Al día siguiente, 21 de julio, los ministros más
importantes fueron llamados al cuartel general de Hitler para felicitarlo. En
mi invitación se me indicaba que llevara conmigo a Dorsch y Saur, mis dos
principales colaboradores. La petición era insólita, tanto más cuanto que los
demás ministros llegaron sin acompañamiento. Durante la recepción, Hitler los
saludó de forma ostensiblemente cordial, mientras que al pasar junto a mí me
estrechó mecánicamente la mano. También el entorno de Hitler se comportaba de una
manera inexplicablemente reservada. Tan pronto entraba en una habitación,
cesaban las conversaciones y los presentes se retiraban o se apartaban. Schaub,
el asistente civil de Hitler, me dijo con mirada significativa:
—Ahora sabemos quién estaba detrás del atentado.
Y dicho esto me dejó plantado. No logré averiguar
nada más. Saur y Dorsch incluso fueron invitados sin mí al té nocturno del
entorno íntimo. Todo era inquietante y yo me sentía muy intranquilo.
Keitel, en cambio, había vencido definitivamente
las sospechas que quienes rodeaban a Hitler habían expresado en las últimas
semanas. Según contaba Hitler, tras levantarse del polvo inmediatamente después
del atentado y ver que este se encontraba en pie, ileso, se precipitó hacia él
exclamando: « ¡Mein Führer, está vivo, está vivo!», y lo abrazó con vehemencia
sin respetar ninguna convención. Estaba claro que después de esto Hitler ya no
lo dejaría de su mano, sobre todo teniendo en cuenta que Keitel le parecía el
hombre apropiado para tomar dura venganza de los conjurados.
—Keitel ha estado a punto de morir. No va a tener
compasión.
Al día siguiente Hitler volvió a mostrarse más
amable conmigo y su entorno hizo lo mismo. Presidida por él, se celebró en la
casa de té una reunión en la que participé al lado de Keitel, Himmler, Bormann
y Goebbels. Aunque sin declararlo así, Hitler había hecho suya la idea que yo
le había propuesto por escrito quince días antes y nombró a Goebbels «apoderado
del Reich para la guerra total». [338] Su salvación lo empujaba a tomar decisiones. En
pocos minutos se alcanzaron objetivos por los que Goebbels y yo habíamos
luchado durante más de un año.
Acto seguido, Hitler se centró en los
acontecimientos de los últimos días y dijo con expresión de triunfo que había
llegado por fin el gran giro positivo de la guerra. Según él, había quedado
atrás la época de la traición; unos generales nuevos y mejores iban a tomar el
mando. Prosiguió diciendo que ahora se daba cuenta de que Stalin, con su
proceso contra Tujachevski, había dado un paso decisivo para llevar adelante la
guerra con éxito. Al liquidar al Estado Mayor, había dejado sitio a gente
fresca que ya no procedía de la época de los zares. Siempre había tenido por
falsas las acusaciones formuladas en el año 1937, durante los procesos de
Moscú; sin embargo, después de la experiencia del 20 de julio, se preguntaba si
no habría habido algo de verdad en todo aquello. Aunque seguía sin tener
pruebas concretas, siguió diciendo, no podía excluir la posibilidad de que los
dos Estados Mayores hubieran conspirado conjuntamente.
Todos dijeron estar de acuerdo. Goebbels se dedicó
entonces a verter frases despectivas y burlas sobre el generalato. Cuando traté
de matizar su postura, enseguida se encaró conmigo con dureza y hostilidad.
Hitler escuchaba en silencio. [339] {339}
El hecho de que el general Fellgiebel, jefe de
transmisiones, fuera también uno de los conjurados dio ocasión a Hitler para un
exabrupto en el que se mezclaban la satisfacción, la cólera y el triunfo con la
conciencia de su propia justificación:
—Ahora sé por qué en los últimos años han fracasado
todos mis grandes planes en Rusia. ¡Todo era traición! ¡Sin esos traidores,
hace mucho tiempo que habríamos vencido! ¡Esta es mi justificación ante la
Historia! ¡Ahora hay que comprobar sin falta si Fellgiebel tenía contacto
directo con Suiza para comunicar desde allí todos mis planes a los rusos! Hay
que emplear todos los medios para interrogarlo… ¡He vuelto a tener razón!
¿Quién quería creerme cuando me oponía a todo intento de unificar la jefatura de
la Wehrmacht? ¡Gobernada por una sola mano, la Wehrmacht es un peligro! ¿Siguen
pensando que fue casualidad que hiciera organizar la mayor cantidad posible de
divisiones de las Waffen-SS? Yo sé por qué he dado esa orden contra toda
resistencia… Por eso nombré a un inspector general de las tropas acorazadas:
todo lo hice única y exclusivamente para dividir aún más al Ejército de Tierra.
Luego montó en cólera al hablar de los conjurados;
iba a «exterminarlos y aniquilarlos» a todos. Entonces se le ocurrieron varios
nombres de personas que se le habían enfrentado de algún modo y a las que ahora
incluía en el círculo de los conjurados. Schacht, por ejemplo, había sido un
saboteador en el campo de los armamentos. Por desgracia, él siempre se había
mostrado demasiado tolerante. Ordenó que se detuviera enseguida a Schacht.
—También Hess será ahorcado sin miramientos,
exactamente igual que esos cerdos, esos oficiales criminales. Fue él quien dio
el primer ejemplo de traición.
Después de esos exabruptos, Hitler se
tranquilizaba. Con el alivio de alguien que acaba de superar un tremendo
peligro, habló de las circunstancias que habían originado el atentado, del giro
que este había dado a la situación y de la victoria, ahora ya cercana. Lleno de
euforia, extrajo una nueva confianza del fracaso del atentado y también
nosotros nos dejamos convencer demasiado fácilmente por su optimismo.
Poco después del 20 de julio quedó terminado el
bunker cuyas obras habían obligado a Hitler a celebrar la conferencia en mi
barracón el día del atentado. Si hay algo que se pueda considerar símbolo de
una situación y que se exprese por medio de un edificio, eso era el bunker de
Hitler: semejante por fuera a un monumento funerario del Egipto faraónico, en
realidad sólo era un gran bloque de hormigón carente de ventanas, sin entrada
de aire directa, cuya sección presentaba un espacio útil muchísimo menor que el
que ocupaban las masas de hormigón. Hitler vivía, trabajaba y dormía en aquella
tumba. Parecía como si los muros de cinco metros de espesor que lo rodeaban
también lo separaran en sentido metafórico del mundo exterior y lo encerraran
en su propio delirio.
Aproveché mi estancia en el cuartel general para
hacer una visita de despedida al jefe del Alto Estado Mayor del Ejército de
Tierra, Zeitzler, que había sido destituido de su cargo la misma noche del 20
de julio. Me dirigí a su cercano cuartel general sin poder evitar que Saur me
acompañara. Durante nuestra conversación se presentó el asistente de Zeitzler,
teniente coronel Günther Smend, que sería ajusticiado unas semanas más tarde.
Saur concibió sospechas al instante: — ¿Se ha fijado en la mirada de complicidad
que han intercambiado al saludarse? Repliqué enojado con un «no». Poco después,
cuando Zeitzler y yo nos quedamos solos, supe que Smend venía de Berchtesgaden,
donde había vaciado la caja fuerte del Estado Mayor. Precisamente el hecho de
que Zeitzler me hablara de ello con tanta tranquilidad confirmó mi impresión de
que los conjurados no lo habían iniciado en sus intrigas. Nunca he sabido si
Saur comunicó a Hitler su observación. Regresé a Berlín a primeras horas de la
mañana del 24 de julio, tras haber permanecido tres días en el cuartel general
del Führer.
* * * *
Kaltenbrunner, capitán general de las SS y jefe de
la Gestapo, se presentó en mi domicilio, donde no había estado nunca antes. Lo
recibí tumbado, pues la pierna volvía a dolerme. Kaltenbrunner, tan
peligrosamente cordial ahora como durante la noche del 20 de julio, pareció
mirarme inquisitivo. Sin mayores preámbulos, comenzó:
—En la caja fuerte de la Bendlerstrasse hemos
encontrado la lista del Gobierno del 20 de julio. Figura usted en ella como
ministro de Armamentos.
Me preguntó si sabía algo del cargo que me había
sido asignado por los conjurados; por lo demás, se mostró correcto y con su
buena educación habitual. Quizá puse una cara tan consternada ante su
revelación que se convenció de que lo que yo decía era cierto. Pronto renunció
a seguir haciendo pesquisas y, en vez de eso, sacó un documento del bolsillo:
el plan de organización del Gobierno golpista. Parecía obra de un oficial, pues
la estructuración de la Wehrmacht había sido estudiada con particular esmero.
Un «Alto Estado Mayor» abarcaba las tres ramas de la Wehrmacht. Subordinado a
él se encontraba el comandante en jefe del Ejército, que al mismo tiempo era el
jefe supremo de todo lo relacionado con los armamentos. Dependiente de este y
entre otras muchas casillas, limpiamente escrito con letra de imprenta leí:
«Armamentos: Speer». Un escéptico había escrito al lado con lápiz: «Si es
posible», añadiendo un signo de interrogación. Este desconocido, y el hecho de
que no hubiera aceptado la invitación de Fromm para comer en la Bendlerstrasse
el 20 de julio, me salvaron. Curiosamente, Hitler nunca me habló de ello. [340]
Por supuesto, en aquel entonces me pregunté qué
habría hecho si el golpe del 20 de julio hubiera triunfado y me hubiesen
invitado a seguir desempeñando mi cargo. Es posible que lo hubiese hecho
durante un período de transición, aunque no sin reservas. Con todo lo que sé
hoy sobre las personas y los motivos de la conjura, creo que mi colaboración
con ellos me habría desligado en poco tiempo de mis vínculos con Hitler y me
habría ganado para su causa. Sin embargo, precisamente esos vínculos habrían
hecho muy problemático en el primer momento que yo estuviera en el Gobierno y
me lo habrían imposibilitado ante mí mismo, pues una consideración moral acerca
de la naturaleza del régimen y de mi posición personal en él tendría que haber
comportado que en la Alemania posterior a Hitler no fuera imaginable que yo
ocupara un puesto dirigente.
* * * *
Aquella misma tarde, al igual que se hizo en todos
los Ministerios, organizamos un acto de adhesión que se celebró en la sala de
reuniones y al que asistieron los colaboradores más relevantes. No duró más de
veinte minutos. En él pronuncié el más vacilante y débil de mis discursos.
Mientras que hasta entonces había solido evitar las fórmulas estereotipadas, en
aquella ocasión resalté con vehemencia la grandeza de Hitler y nuestra fe en
él, y acabé por primera vez un discurso con un «Sieg Heil!». Nunca había tenido
necesidad de recurrir a esos bizantinismos, tan opuestos a mi temperamento como
a mi arrogancia. Pero ahora me sentía inseguro, comprometido y, a pesar de
todo, implicado en turbios procesos.
Desde luego, mis temores no carecían de fundamento.
Circulaban rumores de que me habían detenido, mientras que otros pretendían
saberme ya ajusticiado; era un síntoma de que la opinión pública, que subsistía
a pesar de todo, veía peligrar mi posición. [341] {341}
Todos estos temores se disiparon cuando Bormann me
transmitió la invitación a dar una nueva charla sobre armamento el 3 de agosto,
durante una reunión de jefes regionales en Poznan. Los asistentes todavía
estaban bajo la impresión del 20 de julio; a pesar de que la invitación me
rehabilitaba de forma oficial, tropecé desde el principio con una helada
reserva. Me hallé solo entre los numerosos jefes regionales que se habían
reunido allí. Nada podía definir mejor la situación que unas palabras que dijo
Goebbels aquella mañana a los jefes regionales y nacionales del Partido que lo
rodeaban:
—Ahora sabemos por fin dónde está Speer. [342]
Precisamente en julio de 1944 nuestra producción de
armamentos había alcanzado su punto culminante. Para no irritar de nuevo a los
jefes del Partido y perjudicar aún más mi posición, esta vez me mostré muy
cauteloso con las observaciones genéricas y en cambio volqué sobre ellos un
alud de cifras que demostraban el éxito alcanzado hasta entonces con nuestra
actividad y el cumplimiento de los nuevos programas que Hitler había confiado a
mi Ministerio. Todo aquello se dirigía a demostrar incluso a los jefes del
Partido que mi aparato y yo éramos insustituibles. Logré relajar un poco la
tensión reinante cuando, recurriendo a numerosos ejemplos, demostré que la
Wehrmacht disponía de grandes reservas que no estaban siendo utilizadas.
Goebbels gritó: « ¡Sabotaje, sabotaje!», evidenciando así hasta qué punto,
desde el 20 de julio, la dirección del Partido veía traiciones, conjuras y
perfidias por todas partes. Con todo, los jefes regionales quedaron
impresionados por mi informe de rendimiento.
Después, los asistentes fueron desde Poznan al
cuartel general, donde al día siguiente Hitler les dirigió la palabra en la
sala de proyecciones. Me invitó expresamente a participar en la reunión,
aunque, de acuerdo con mi categoría oficial, no pertenecía a aquel
círculo. [343] Tomé asiento en la última fila.
Hitler habló sobre las consecuencias del 20 de
julio, atribuyó de nuevo los fracasos que había sufrido hasta entonces a la
traición de los oficiales del ejército y se mostró lleno de esperanza ante el
futuro: dijo haber adquirido ahora una confianza «como jamás la he sentido en
mi vida». [344] Añadió que hasta aquel momento todos sus esfuerzos
habían sido saboteados, pero ahora se había descubierto y eliminado por fin la
camarilla de criminales, por lo que quizá esta intentona fuera un
acontecimiento prometedor para nuestro futuro. Hitler, por lo tanto, no hizo
sino repetir casi palabra por palabra lo que había dicho ya, ante un círculo
más reducido, justo después del fracaso del golpe. Yo ya estaba a punto, a
pesar de todas mis reservas, de dejarme prender por la magia de sus palabras
cuando pronunció unas frases que, como si hubiera recibido un latigazo, me
despertaron de mi autoengaño: —Si el pueblo alemán sucumbe en esta lucha, será
que ha sido demasiado débil. En ese caso, no habrá superado su prueba ante la
Historia y únicamente estará destinado al hundimiento. [345]
Sorprendentemente, en aquel discurso Hitler,
rompiendo su costumbre de no destacar a ningún colaborador, hizo alusión a mi
trabajo y a mis méritos. Es posible que supiera o sospechara que, teniendo en
cuenta la postura hostil de los jefes regionales, era necesario que me
rehabilitara si quería que continuara teniendo éxito en mi trabajo en el
futuro, y de aquel modo demostró de una forma inequívoca a los dirigentes del
Partido que sus relaciones conmigo no se habían enfriado después del 20 de
julio.
Aproveché la renovada firmeza de mi posición para
ayudar a conocidos y colaboradores que se habían visto afectados por la ola de
persecuciones provocada por el atentado del 20 de julio. [346] Saur, en cambio, denunció a dos altos oficiales de
la Dirección General de Armamentos del Ejército de Tierra, el general Schneider
y el coronel Fichtner, cuya detención fue ordenada por Hitler inmediatamente. A
pesar de todo, Saur sólo le había hablado de unas supuestas declaraciones de
Schneider en las cuales este habría dicho que él, Hitler, no estaba capacitado
para juzgar sobre cuestiones técnicas; para detener a Fichtner bastó que no
hubiese impulsado con toda energía la fabricación del nuevo tipo de tanques que
le solicitó al principio de la guerra, lo cual lo hizo sospechoso de sabotaje.
Sin embargo, la inseguridad de Hitler hizo que se manifestara conforme de
inmediato en poner en libertad a aquellos dos oficiales cuando intercedí por
ellos, [347] si bien puso la condición de que no volvieran a
trabajar en la Dirección General de Armamentos del Ejército de Tierra.
Un ejemplo que demuestra la inquietud que embargó a
Hitler por la supuesta falta de fiabilidad de sus oficiales fue el
acontecimiento que viví el 18 de agosto en el cuartel general. Durante un viaje
que había emprendido tres días antes a la zona ocupada por el VIII Ejército, el
mariscal Kluge, comandante en jefe del frente occidental, estuvo ilocalizable
durante varias horas. Al tener noticia de que Kluge se había aproximado al
frente acompañado únicamente por su asistente, que llevaba un transmisor, Hitler
comenzó a hacer suposiciones que se fueron concretando hasta que ya no le cupo
ninguna duda de que Kluge se había dirigido a un lugar prefijado donde, opinaba
él, habrían de celebrarse unas negociaciones pactadas con los aliados
occidentales para la capitulación de los ejércitos alemanes del frente del
Oeste; si las negociaciones no se efectuaron, decía, era sólo porque un ataque
aéreo había interrumpido el viaje del mariscal y había hecho fracasar sus
traidoras intenciones. Cuando llegué al cuartel general, Hitler ya había
destituido a Kluge y le había ordenado presentarse ante él. Cuando finalmente
se recibió la noticia de que el mariscal había muerto durante el viaje a
consecuencia de un ataque cardíaco, Hitler, guiándose por su sexto sentido,
ordenó inmediatamente que la Gestapo practicara la autopsia al cadáver. Cuando
se demostró que la muerte había sido causada por un veneno, Hitler se mostró
triunfal: ahora estaba completamente convencido de los traidores manejos de
Kluge, a pesar de que antes de suicidarse el mariscal le había dejado una carta
en la que le aseguraba su fidelidad hasta la muerte.
Durante esta estancia en el cuartel general vi, en
la mesa de mapas de Hitler, los informes de los interrogatorios efectuados por
Kaltenbrunner. Un asistente de Hitler con quien me unía una relación de amistad
me los dejó dos noches enteras para que los leyera, porque yo seguía sin
sentirme seguro. Mucho de lo que antes del 20 de julio se habría considerado
una crítica justificada, ahora constituía una prueba de cargo. Sin embargo,
ninguno de los detenidos había declarado contra mí. Los conjurados tan sólo habían
tomado de mí el remoquete de «asnos cabeceantes» con que yo había bautizado a
los miembros del entorno de Hitler que decían amén a todo.
En aquellos días también había sobre la mesa un
montón de fotografías. Un día las tomé distraídamente, pero volví a dejarlas
enseguida. En la primera foto se veía a un hombre ahorcado; llevaba ropas de
presidiario con una amplia franja de tela de color en los pantalones. Un jefe
de las SS que se encontraba a mi lado me explicó: —Es Witzleben. ¿Quiere ver
también las otras? Son fotografías de las ejecuciones. Por la noche se
proyectaron películas de las ejecuciones en la sala de proyección. Yo no podía
ni quería verlas. Para no llamar la atención, pretexté estar sobrecargado de
trabajo, pero vi entrar en la sala a mucha gente, sobre todo paisanos y jefes
de poca categoría de las SS. Sin embargo, no vi a un solo oficial de la
Wehrmacht.
Capítulo XXVII
La ola de occidente
Cuando, a primeros de julio, propuse a Hitler que
encomendara a Goebbels, en vez de al ineficaz triunvirato, ocuparse de los
problemas derivados de la implicación bélica total de Alemania, no podía
imaginar que unas semanas después el entendimiento que existía entre Goebbels y
yo se habría roto, muy en perjuicio mío, a causa de la pérdida de prestigio que
yo había sufrido por haber sido candidato de los conjurados. Además, eran cada
vez más numerosos los jefes del Partido que opinaban que las pasadas derrotas
se debían sobre todo a la insuficiente intervención del Partido. Incluso
habrían designado ellos mismos a los generales. Los jefes regionales se
lamentaban abiertamente de que en 1934 las SA hubieran sido supeditadas a la
Wehrmacht; en los antiguos esfuerzos de Röhm por formar un ejército popular
veían ahora una oportunidad perdida; un ejército popular habría sabido forjar a
tiempo un cuerpo de oficiales impregnado del espíritu nacionalsocialista, y
ahora atribuían a su falta los fracasos de los últimos años. El Partido creía
que ahora, por fin, debía hacer presión por lo menos en el sector civil y dar
órdenes rigurosas y enérgicas al Estado y a todos nosotros.
Una semana después de la reunión con los jefes
regionales en Poznan, el jefe de la Comisión Principal de Armas, Tix, me
manifestó que «los jefes regionales, los mandos de las SA y otros estamentos
del Partido, repentinamente y sin consulta previa», estaban tratando de
intervenir en las empresas. Tres semanas después, debido a la intromisión del
Partido, había surgido «un mando doble». Las centrales de armamentos estaban
sometidas «en parte a la presión de los jefes regionales, cuyas arbitrarias
intervenciones daban lugar a una confusión que clamaba al cielo». [348]
Los jefes regionales se vieron animados en su
ambición y en sus actividades por Goebbels, quien de pronto se sentía menos
ministro del Reich que jefe del Partido y, apoyado por Bormann y Keitel,
preparaba amplias movilizaciones. Era de esperar que aquellas arbitrariedades
causaran graves perturbaciones en la producción de armamentos. El 30 de agosto
de 1944 comuniqué a los jefes de sección que pensaba hacer responsables de los
suministros de armamentos a los jefes regionales. [349] Quería capitular.
Entre otras cosas, me había quedado indefenso; ni a
mí ni a la mayoría de los ministros nos quedaba la posibilidad de exponer a
Hitler tales sucesos, sobre todo si afectaban al Partido. En cuanto la
conversación tomaba un rumbo desagradable, él la eludía. Últimamente me
resultaba más eficaz presentarle mis quejas por escrito. Estas se dirigieron
contra las crecientes intromisiones del Partido. El 20 de septiembre escribí a
Hitler una extensa carta en la que le expuse sin rodeos todos los reproches que
me hacía el Partido, sus esfuerzos por prescindir de mí y desautorizarme, sus
suspicacias y sus tácticas vejatorias.
Los sucesos del 20 de julio, le decía en mi carta,
«habían alimentado nuevamente la desconfianza hacia la lealtad de mi extenso
círculo de colaboradores industriales». Además, el Partido estaba convencido de
que mi entorno más inmediato era «reaccionario, con intereses económicos
particulares y contrario al Partido». Goebbels y Bormann me habían dicho
claramente que la auto responsabilización de la industria que yo había creado y
mi propio Ministerio podían considerarse «focos de atracción de economistas reaccionarios
y hasta hostiles al Partido». Yo no me sentiría «lo bastante fuerte para
ejecutar con éxito y sin obstáculos mi propio trabajo, ni tampoco podrán
hacerlo mis colaboradores, si ha de medirse con un rasero de política
partidista». [350]
Sólo bajo dos condiciones, seguía diciendo en mi
carta, estaría dispuesto a acceder a que el Partido interviniera en la
organización armamentista; tanto los jefes regionales como los delegados
económicos de Bormann en las distintas regiones (asesores económicos
regionales) deberían estar directamente subordinados a mí en todos los asuntos
del armamento. Debería haber «claridad sobre la jerarquía de mando y sobre la
jurisdicción». [351] Además, exigía que Hitler apoyara de nuevo el
principio con arreglo al cual yo había orientado la industria de armamentos:
«Es preciso decidir categóricamente si en el futuro debe seguir rigiendo el
principio de auto responsabilización de la industria, basado en la confianza
hacia los empresarios, o si la industria ha de ser dirigida por otro sistema.
En mi opinión, debe mantenerse la responsabilidad de los empresarios,
acentuándola todo lo posible. No debe cambiarse un sistema que ha demostrado su
eficacia», concluía, pero consideraba necesario que se tomara una decisión «que
indicara claramente, incluso de cara al exterior, qué dirección iba a tomar el
gobierno económico en el futuro».
* * * *
El 21 de septiembre me presenté en el cuartel
general y entregué mi escrito a Hitler, quien lo leyó en silencio. Sin darme
respuesta alguna, oprimió el timbre y pasó el documento a su asistente, con la
indicación de que se lo entregara a Bormann. Al mismo tiempo encargó a su
secretario que dictaminara junto a Goebbels, que se encontraba en el cuartel
general, sobre el contenido del escrito. Aquello era mi derrota definitiva. Por
lo visto, Hitler se había cansado de intervenir en aquellas disputas que le resultaban
tan confusas.
Horas después, Bormann me llamó a su despacho,
situado a pocos pasos del bunker de Hitler. Iba en mangas de camisa, con los
tirantes sobre su torso voluminoso. Goebbels, en cambio, vestía impecablemente.
Invocando el decreto de Hitler de 25 de julio, el ministro me espetó que
pensaba hacer uso ilimitado de los plenos poderes que lo facultaban para darme
órdenes. Bormann se mostró de acuerdo: yo debía someterme a Goebbels. Por lo
demás, me prohibía todo intento de influir en Hitler. Llevaba aquel enfrentamiento,
cada vez más desagradable, en tono grosero, mientras Goebbels escuchaba con
aire amenazador y hacía comentarios cínicos ocasionales. Aquella iniciativa por
la que yo tanto había luchado era una realidad, aunque adoptaba la forma más
inesperada, la connivencia entre Goebbels y Bormann.
Dos días después, Hitler, que había guardado
silencio respecto a mis peticiones, me dio pruebas de su buena disposición y
firmó un llamamiento, redactado por mí y destinado a los directores de las
fábricas, que, en el fondo, no era sino la concesión de lo que le había pedido
en mi carta. En circunstancias normales, esto habría equivalido a un triunfo
sobre Bormann y Goebbels. En aquellos momentos, sin embargo, la autoridad de
Hitler dentro del Partido distaba de ser sólida. Los jerarcas más fanáticos se
limitaron a hacer caso omiso del llamamiento y siguieron entrometiéndose a su
antojo en la economía; eran los primeros síntomas de una descomposición que
ahora también atacaba al aparato del Partido y a la lealtad de sus líderes. La
lucha sorda, cada vez más enconada, que siguió librándose en las semanas
siguientes no hizo sino acentuar estos síntomas. [352] Naturalmente, el propio Hitler tenía parte de culpa
en su pérdida de autoridad. Se mostraba impotente entre las peticiones de más
soldados con que lo asediaba Goebbels y las mías para aumentar la producción de
armamento, accedía a unas y a otras, dando así su conformidad a órdenes
contradictorias hasta que las bombas y el avance de los ejércitos enemigos las
hicieron totalmente inocuas, quitaron todo sentido a aquel forcejeo y, por
último, convirtieron la cuestión de la autoridad de Hitler en algo superfluo.
* * * *
Acosado en igual medida por la política interior y
por el enemigo exterior, encontraba un gran alivio cada vez que podía alejarme
de Berlín. Pronto empecé a prolongar cada vez más mis visitas al frente. Desde
luego, nada podía hacer para mejorar el suministro, pues las experiencias que
ahora recogía ya no tenían ninguna utilidad. Sin embargo, esperaba que mis
observaciones y los informes que me daban los comandantes me permitieran
influir en algunas medidas del cuartel general.
Sin embargo, en conjunto puede decirse que mis
informes, tanto de palabra como por escrito, no surtieron el menor efecto a
medio plazo. Por ejemplo, muchos generales del frente con los que hablé me
pidieron que renovara sus viejas unidades proveyéndolas de nuevas armas y
tanques de nuestra todavía abundante producción. Pero Hitler y su nuevo
comandante en jefe del Ejército de Reserva, Himmler, opinaban, contra toda
argumentación, que las tropas rechazadas por el enemigo habían perdido su
espíritu de resistencia y, por lo tanto, era preferible formar a toda prisa
nuevas unidades, las llamadas Divisiones de Infantería del Pueblo. Como dijeron
con reveladora metáfora, había que dejar que las divisiones que ya estaban
diezmadas se «desangraran» del todo.
A fines de septiembre de 1944, durante una visita a
una división blindada de instrucción en Bitburg, pude comprobar las
consecuencias de este sistema. Su comandante, curtido por muchos años de
guerra, me mostró el campo de batalla en el que pocos días antes se había
consumado una tragedia con una brigada acorazada inexperta. Insuficientemente
adiestrados, durante la marcha, a causa de un avance incorrecto, habían perdido
diez de los treinta y dos nuevos tanques Pantera. Los veintidós restantes
fueron conducidos al campo de batalla tan desacertadamente, según me demostró
el comandante, que quince de ellos fueron destruidos por una unidad de
artillería antitanque americana con tanta facilidad como si estuvieran en un
campo de pruebas.
—Era la primera batalla de esta unidad, recién
formada. ¡Lo que habrían podido hacer mis veteranos con todos esos
tanques!—dijo el capitán con amargura.
Al terminar de explicarle el caso a Hitler, comenté
irónicamente que «la creación de nuevas unidades está muchas veces en franca
desventaja frente a la renovación de las existentes». [353] Pero Hitler no se dejó impresionar. Durante una
reunión estratégica afirmó que sabía por experiencia que los soldados sólo
cuidan bien sus armas cuando se escatima en los suministros.
Otras visitas me demostraron que en el frente
occidental se trataba a veces de llegar a acuerdos con el enemigo respecto a
temas puntuales. Cerca de Arnheim encontré enfurecido a Bittrich, general de
las Waffen-SS; su II Cuerpo Acorazado había tenido la víspera un encuentro con
la División Aerotransportada británica. Durante la lucha, el general había
establecido con los ingleses un acuerdo que los autorizaba a gestionar un
hospital de campaña situado tras las líneas alemanas. Funcionarios del Partido
habían dado muerte a los pilotos ingleses y americanos, por lo que los
esfuerzos de Bittrich quedaban desautorizados. Los duros reproches que oí aquel
día contra el Partido resultaban muy sorprendentes porque procedían de un
general de las SS.
También el coronel Engel, antiguo asistente de
Hitler para el Ejército de Tierra que ahora mandaba la 12ª División de
Infantería en Duren, había establecido por propia iniciativa un acuerdo con el
enemigo para retirar a los heridos durante las treguas. No era aconsejable
hablar de estos acuerdos en el cuartel general, pues era bien sabido que Hitler
los consideraba prueba de debilidad. Todos lo habíamos oído hablar en tono
sarcástico de la supuesta caballerosidad de los oficiales prusianos. Por el
contrario, según él, la dureza e implacabilidad con que ambos bandos luchaban
en el Este acrecentaban el espíritu de resistencia del soldado, al no dar
cabida a cuestiones humanitarias.
Recuerdo un solo caso en el que Hitler consintió,
aunque contra su voluntad, en llegar a un acuerdo con el enemigo. A fines de
otoño de 1944, la flota británica dejó incomunicadas a las tropas alemanas que
se encontraban en las islas griegas. A pesar de la absoluta superioridad naval
de los ingleses, las unidades alemanas pudieron ser transportadas sin
contratiempos a tierra firme y algunas de ellas cruzaron ante la vista de los
navíos ingleses. En compensación, los alemanes habían accedido a emplear aquellas
tropas para defender Salónica de los rusos hasta que pudieran tomarla los
ingleses. Cuando terminó la operación, que había sido propuesta por Jodl,
Hitler declaró: —No volveremos a prestarnos a nada semejante.
* * * *
En septiembre de 1944, los generales del frente,
los industriales y los jefes regionales del sector occidental esperaban que los
ejércitos ingleses y americanos aprovecharían al máximo su superioridad y
arrollarían a nuestras fuerzas, cansadas y casi sin armas, en una ofensiva sin
tregua. [354] Nadie contaba ya con poderlos detener, nadie que
conservara el sentido de la realidad confiaba en un «milagro del Mame» a favor
nuestro.
Competía a mi Ministerio preparar la destrucción de
todo tipo de instalaciones industriales, incluso en los territorios ocupados.
En nuestras retiradas de la Unión Soviética, Hitler había dado la orden de
amargar en cierto modo al enemigo la recuperación de territorio recurriendo al
procedimiento de la «tierra quemada». Tampoco vaciló en dar instrucciones
análogas para los territorios ocupados occidentales en cuanto los ejércitos de
invasión empezaron a avanzar desde la cabeza de puente de Normandía. En un principio,
esta política de destrucción se fundaba en frías razones operativas. Había que
impedir que el enemigo consolidara sus posiciones, que obtuviera refuerzos en
los territorios liberados, que utilizara los servicios técnicos de reparación y
los suministros de gas y electricidad y que, más a largo plazo, pudiera
levantar una industria armamentista. Mientras el final de la guerra fue
imprevisible, estos procedimientos me parecieron justificados, pero perdieron
sentido desde el momento en que la derrota pareció ineluctable y próxima.
Ante lo desesperado de la situación, era natural
que yo tratara de evitar innecesarios destrozos que harían más difícil la
futura reconstrucción; el espíritu apocalíptico que iba impregnando a ojos
vistas al séquito de Hitler no se apoderó de mí. Por medio de un ardid
asombrosamente sencillo, conseguía una y otra vez vencer con sus propios
argumentos a Hitler, que cada día se mostraba más brutal y obstinado en la
organización de la catástrofe. Puesto que hasta en las situaciones más
calamitosas insistía en que los territorios perdidos serían reconquistados
enseguida, no tenía más que hacer hincapié en que entonces volveríamos a
necesitar las industrias que allí había para mantener nuestros suministros de
armamento.
Al comienzo de la invasión, el 20 de junio, cuando
los americanos rompieron el frente defensivo alemán y cercaron Cherburgo, este
argumento hizo que Hitler decidiera que «a pesar de las actuales dificultades
de transporte en el frente», de ningún modo había que pensar en «renunciar al
potencial industrial de la zona». [355] Al mismo tiempo, esto permitió al comandante
militar eludir una orden anterior de Hitler para que, en el caso de que se
produjera una invasión, fueran deportados a Alemania un millón de obreros
franceses de las industrias protegidas. [356]
Sin embargo, ahora Hitler volvía a hablar de la
necesidad de destruir por completo la industria francesa. A pesar de ello, el
19 de agosto, cuando las tropas aliadas todavía estaban al noroeste de París,
obtuve su consentimiento para que las industrias y centrales eléctricas que
cayeran en manos del enemigo fueran únicamente paralizadas, no
destruidas. [357]
Con todo, me fue imposible conseguir que Hitler
tomara una decisión general a este respecto; tenía que servirme en cada caso
del argumento, de peor gusto cada vez, de que nuestras retiradas sólo eran
transitorias.
Cuando, a fines de agosto, las tropas enemigas se
aproximaban a la cuenca minera de Longwy y Brie, la situación tomó un cariz
distinto porque, como el territorio de Lorena ya había sido prácticamente
anexionado por el Reich en 1940, tuve que vérmelas por primera vez con la
jurisdicción de un jefe regional. Era inútil que tratara de convencerlo de que
cediera al adversario el territorio intacto, así que me dirigí directamente a
Hitler y fui autorizado a conservar las minas de hierro y las industrias e informar
de ello al jefe regional competente. [358]
A mediados de septiembre de 1944, Röchling me
comunicó en Sarrebruck que habíamos entregado las minas francesas en perfecto
estado de explotación. Pero, casualmente, la central eléctrica que alimentaba
las bombas de las minas estaba en nuestro lado del frente. Röchling me preguntó
cautelosamente si podría suministrar energía a las bombas por la línea de alta
tensión, que permanecía intacta. Yo accedí, como había accedido también a la
proposición de un comandante de enviar fluido eléctrico a Lieja, ya en manos
del enemigo, con destino a los hospitales y centros sanitarios de la zona, dado
que el desplazamiento del frente había aislado a la ciudad de sus fuentes de
suministro.
Pocas semanas después, en la segunda mitad de
septiembre, tuve que tomar una decisión sobre lo que debía ocurrir con la
industria alemana. Por supuesto, los industriales no estaban dispuestos a
permitir que se destruyeran sus fábricas; por asombroso que pueda parecer,
algunos jefes regionales de los territorios amenazados se solidarizaron con
ellos. Empezó entonces una etapa singular. En aquellas conversaciones de doble
intención, llenas de trampas y de evasivas, cada uno exploraba las intenciones
del otro, se establecían complicidades y, por fin, cada cual se ponía en manos
del otro.
A fin de preparar el terreno, por si a Hitler le
llegaban noticias de que en el frente alemán no se estaban llevando a cabo las
destrucciones, en el informe de un viaje que efectué entre el 10 y el 14 de
septiembre le comuniqué que los industriales podían seguir trabajando bastante
bien a muy poca distancia del frente. Por ejemplo, en la ciudad próxima al
frente de Aquisgrán había una fábrica que producía cuatro millones de
proyectiles mensuales para la infantería, y traté de hacer que mis propuestas
fueran creíbles para Hitler diciendo que sería muy conveniente que dicha
fábrica siguiera produciendo hasta el último momento, incluso bajo el fuego
enemigo, para abastecer a las tropas que combatían en el sector. Añadí que no
tendría sentido paralizar las explotaciones de coque de Aquisgrán cuando estas
permitían seguir asegurando el suministro de gas a Colonia al tiempo que
producían varias toneladas diarias de benzol, que nos servían para cubrir las
necesidades de esas tropas. Sería igualmente un error inutilizar las centrales
eléctricas situadas cerca del frente, ya que tanto los servicios postales como
las comunicaciones telefónicas dependían de ellas. Al mismo tiempo, amparándome
en decisiones anteriores de Hitler, cursé un telegrama a todos los jefes regionales
para comunicarles que las instalaciones industriales no debían sufrir
daños. [359]
* * * *
De pronto todo pareció estar de nuevo en peligro.
Ya en Berlín, de regreso de aquel viaje, Liebel, jefe del Departamento Central,
me recibió en la residencia de ingenieros de Wannsee con la noticia de que se
habían cursado a todos los ministerios importantes órdenes de Hitler según las
cuales el principio de «tierra quemada» debía aplicarse sin restricciones en
todo el territorio alemán.
A fin de protegernos de posibles indiscreciones,
nos sentamos en el jardín de la quinta. Era un día soleado de fines de verano.
Ante nosotros navegaban lentamente los balandros. Liebel resumió los propósitos
de Hitler diciendo que a ningún alemán se le debía permitir que viviera en los
territorios ocupados por el enemigo. Y quien, pese a todo, se quedara, debería
vegetar en un desierto sin rastro de civilización. No sólo debían ser
destruidas las industrias y las centrales de agua, gas, electricidad y teléfonos,
sino todo lo necesario para seguir viviendo: la documentación de las tarjetas
de racionamiento, las actas del Registro Civil, las listas de empadronamiento,
las relaciones de cuentas bancadas; también había que destruir las reservas de
alimentos, prender fuego a las granjas y dar muerte al ganado. Ni siquiera de
las obras de arte que habían resistido los ataques aéreos debía quedar nada:
los edificios representativos y monumentos, castillos, palacios, iglesias y
teatros estaban condenados a la destrucción. Unos días antes, el 7 de
septiembre de 1944, apareció, por orden de Hitler, un artículo en el Völkischer
Beobachter que plasmaba en palabras esta explosión de vandalismo: «Que ninguna
espiga alemana aumente al enemigo, que ninguna boca alemana le dé información,
que ninguna mano alemana le ofrezca ayuda. Que encuentre destruidos todos los
puentes y cerrados todos los caminos. Que sólo le salgan al encuentro la
muerte, la desolación y el odio». [360]
Traté en vano de despertar la compasión de Hitler
con el informe de mi viaje: «En la región de Aquisgrán se ven las tristes
columnas de evacuados que, al igual que en Francia en 1940, marchan con niños y
ancianos. Si las evacuaciones aumentan, estas escenas se harán cada vez más
frecuentes, lo cual aconseja proceder con prudencia al cursar las órdenes de
retirada». Le instaba también a viajar «al Oeste, para comprobar por sí mismo
la situación… El pueblo espera que lo haga». [361]
Pero Hitler no fue. Cuando se enteró de que el jefe
comarcal de Aquisgrán, Schmeer, no había empleado todos los medios coercitivos
de que disponía para efectuar la evacuación, lo desposeyó de su cargo, lo
expulsó del Partido y lo envió al frente como soldado raso. Habría sido inútil
tratar de convencerlo para que revocara su decisión y mi autoridad no me
permitía actuar por mi cuenta. Movido por la inquietud y la preocupación, dicté
de improviso un telegrama que, una vez autorizado por Hitler, debía ser cursado
por Bormann a los ocho jefes regionales del sector occidental. Quería obligar a
Hitler a desmentirse a sí mismo: haciendo caso omiso de las radicales
disposiciones de los últimos días y resumiendo las decisiones particulares
aplicadas hasta entonces, lo invitaba a dar instrucciones generales.
Psicológicamente, mi texto volvía a apoyarse en la fe de Hitler, auténtica o
simulada, en la victoria final: traté de atraparlo alegando que, si no
rectificaba sus órdenes de destrucción, estaba reconociendo que daba la guerra
por perdida y desproveía de fuerza a la exigencia de resistir hasta el final.
Lapidariamente, empezaba diciendo: «El Führer ha comprobado que en breve podrá
reconquistar los territorios perdidos. Dado que los territorios del Oeste
tienen gran importancia para la producción de armamentos y de material de
guerra en general, durante las retiradas se tomarán las medidas necesarias para
que las industrias de la zona puedan volver a trabajar a pleno rendimiento. […]
Las instalaciones industriales no deberán ser “paralizadas” hasta el último
momento, y lo serán de forma que queden inutilizadas durante bastante tiempo.
[…] Las centrales eléctricas de las cuencas mineras deberán seguir en
funcionamiento, a fin de que el nivel del agua permita mantener los pozos en
las debidas condiciones. Si dejan de funcionar las bombas y se inundan los
pozos, las minas no podrán volver a explotarse en varios meses». Poco después
llamé por teléfono al cuartel general para preguntar si se le había presentado
el telegrama a Hitler. Efectivamente, ya había sido cursado, aunque con una
rectificación. Supuse que se habría hecho alguna tachadura aquí y allá y se
habría enfatizado el pasaje que se refería a las medidas de paralización. En
realidad, Hitler había dejado intacto el cuerpo del telegrama y sólo había
hecho una añadidura respecto a su seguridad en la victoria. Ahora, la segunda
frase decía: «La reconquista de una parte de los territorios perdidos en el
Oeste no queda de ningún modo descartada».
Bormann cursó el telegrama a los jefes regionales
con la siguiente nota: «Por encargo del Führer, adjunto le remito un escrito
del ministro del Reich, Speer, que deberá ser obedecido sin falta». [362] El propio Bormann había colaborado. Parecía
comprender mejor que Hitler las devastadoras consecuencias que podía tener la
total destrucción de los territorios que había que abandonar.
Pero, en el fondo, Hitler ya sólo trataba de salvar
la cara cuando hablaba de «la reconquista de una parte de los territorios
perdidos en el Oeste», porque hacía más de una semana que sabía que, incluso si
se lograba estabilizar el frente, la guerra acabaría en algunos meses por falta
de material. Entretanto, Jodl corroboró con datos estratégicos mis pronósticos
del año anterior relativos a la política de armamentos, expuso que el ejército
ocupaba un área demasiado extensa e ilustró sus argumentos con la imagen de la
serpiente inmovilizada por haber devorado una presa demasiado grande. Por lo
tanto, proponía abandonar Finlandia, el norte de Noruega, la Italia
septentrional y la mayor parte de los Balcanes, a fin de que, a costa de
reducir los territorios ocupados, pudiéramos elegir posiciones defensivas
geográficamente favorables junto a los ríos Tisza y Sava y en las estribaciones
meridionales de los Alpes. Esperaba poder liberar así numerosas divisiones. Al
principio, Hitler se resistió a la idea de autoliquidación que implicaba aquel
plan, pero, finalmente, el 20 de agosto de 1944 me autorizó a estudiar los
efectos que podría tener renunciar a las materias primas de aquellos
territorios. [363]
Sin embargo, tres días antes de terminar mi
informe, el 2 de septiembre de 1944, Finlandia y la Unión Soviética concertaron
un alto el fuego y conminaron a las tropas alemanas a abandonar el territorio
antes del día 15. Jodl me llamó enseguida y me preguntó cuál era el resultado
de mis cálculos. Hitler había cambiado de parecer. No quería ni oír hablar de
una retirada voluntaria. Jodl, por el contrario, insistía más que nunca en
retirarse de inmediato de Laponia, aprovechando el buen tiempo: todas las armas
se perderían irremisiblemente si durante la retirada las tropas eran
sorprendidas por las tormentas de nieve que solían producirse a principios de
otoño. Hitler esgrimió el mismo argumento de un año antes, durante la disputa
sobre el abandono de los yacimientos de manganeso del sur de Rusia:
—Si perdemos las minas de níquel del norte de
Laponia, en unos meses quedará paralizada la producción de armamentos.
Este argumento no resistió mucho tiempo. Tres días
después, el 5 de septiembre, cursé mi informe a Hitler y a Jodl a través de un
mensajero. En él demostraba que no era sólo la pérdida de los yacimientos de
níquel fineses, sino también el cese de los suministros de mineral de cromo de
Turquía, lo que nos iba a hacer perder materialmente la guerra. Suponiendo que
la producción de armamentos siguiera marchando a pleno rendimiento —lo cual,
teniendo en cuenta los bombardeos, no era más que una hipótesis—, la última
entrega de cromo a la industria tendría lugar el 1 de junio de 1945. «Habida
cuenta del plazo de almacenaje y elaboración de la industria manufacturera,
toda la producción que dependa del cromo, es decir, la producción total de
armamentos, cesará irremediablemente el 1 de enero de 1946». [364]
Hacía ya tiempo que las reacciones de Hitler eran
imprevisibles. Yo estaba preparado para una explosión de rabia impotente, pero
aceptó con calma el contenido de mi informe, no sacó consecuencias de él y,
pese a los consejos de Jodl, demoró el comienzo de la retirada hasta mediados
de octubre. Es probable que, dada la situación militar del momento, tales
previsiones lo dejaran indiferente. Una vez rotos los frentes del Este y del
Oeste, aquella fecha del 1 de enero de 1946 tenía que parecerle utópica incluso
a Hitler.
Por el momento, lo más acuciante era la escasez de
combustible. En julio había comunicado a Hitler que todos los movimientos
tácticos tendrían que cesar en septiembre de 1944 por falta de carburante;
ahora se confirmaba la previsión. A fines de septiembre le escribí: «Una
agrupación de cazas, estacionada cerca de Krefeld, que dispone de 37 aviones en
perfecto estado, se ha visto forzada a permanecer inactiva durante dos días a
pesar del buen tiempo; al tercer día ha conseguido veinte toneladas de carburante
y ha podido hacer una corta incursión hasta Aquisgrán, aunque sólo con veinte
aviones». Cuando, al cabo de poco, aterricé en un campo de aviación situado al
este de Berlín, en Werneuchen, el comandante del centro de adiestramiento me
dijo que los aprendices de vuelo sólo podían entrenarse una hora a la semana,
puesto que aquella unidad no recibía más que una parte del carburante que
necesitaba.
También el Ejército de Tierra estaba casi
paralizado por falta de combustible. A fines de octubre informé a Hitler de mi
visita nocturna al X Ejército, que se encontraba al sur del Po. Encontré allí
«una columna de 150 camiones tirados cada uno por cuatro bueyes; otros eran
remolcados por tanques y tractores». A principios de diciembre me preocupaba
que «la formación de los pilotos de tanques dejara mucho que desear», debido a
«la falta de carburante para los ejercicios». [365] Naturalmente, el capitán general Jodl conocía mejor
que yo lo precario de la situación. Para conseguir las 17.500 toneladas de
carburante necesarias para la ofensiva de las Ardenas, que anteriormente
habrían supuesto dos días y medio de producción, el 10 de noviembre de 1944
tuvo que suspender el suministro a otros grupos de ejércitos. [366]
Entretanto, los efectos del bombardeo de las
fábricas de hidrogenación habían empezado a notarse en toda la industria
química. Tuve que informar a Hitler de que «para poder llenar las cápsulas
disponibles, había que alargar el explosivo mezclándolo con sal, llegando al
límite de lo asumible». Efectivamente, desde octubre de 1944 los explosivos
contenían un 20% de sal mineral, lo cual disminuía su eficacia en la misma
proporción. [367]
* * * *
En aquella desesperada situación, Hitler ni
siquiera supo jugar su último triunfo estratégico. Por grotesco que pueda
parecer, precisamente en aquellos meses fabricábamos cada vez más cazas;
durante la última fase de la guerra, en sólo seis meses se entregaron 12.720
cazas a las tropas, que en 1939 disponían sólo de 771 aparatos. [368] A fines de julio, Hitler accedió por segunda vez a
que se diera un entrenamiento especial a dos mil pilotos, pues todavía creíamos
que con ataques masivos podríamos infligir grandes pérdidas a la aviación
americana y obligarla a suspender los bombardeos, aprovechando que, en el vuelo
de ida y en el de vuelta, sus escuadrillas de bombarderos ofrecían, por término
medio, un flanco de más de mil kilómetros de longitud.
El general de los pilotos de caza Adolf Galland y
yo calculamos que se perdería un caza alemán por cada bombardero derribado en
nuestro territorio, pero que la proporción de pérdidas materiales de uno y otro
lado sería de uno a seis y la de bajas de pilotos, de uno a dos. Teniendo en
cuenta que la mitad de los pilotos alemanes derribados podría salvarse
arrojándose en paracaídas, mientras que las tripulaciones de los aviones
adversarios que cayeran en suelo alemán serían hechas prisioneras, en esta lucha
todas las ventajas estaban de nuestra parte, incluso a pesar de la superioridad
del enemigo en cuanto a hombres, material y entrenamiento. [369] {369}
Hacia el 10 de agosto, Galland, muy excitado, me
pidió que volara enseguida con él al cuartel general: tomando una de sus
arbitrarias decisiones, Hitler había dado la orden de que la flota aérea
«Reich», compuesta por 2.000 cazas y próxima a formarse, fuera destinada al
frente occidental, donde, a juzgar por nuestra experiencia, sería destruida en
poco tiempo. Desde luego, Hitler ya se figuraba por qué íbamos a verle. Sabía
que había roto la promesa que me hizo en julio de proteger con los cazas las
fábricas de hidrogenación. Con todo, evitó un enfrentamiento durante la reunión
estratégica y determinó que nos recibiría después, a solas.
Empecé cautelosamente por poner en duda la eficacia
de aquella orden y, a pesar de mi excitación, le expuse con relativa calma la
catastrófica situación de los armamentos, le di algunas cifras y le describí
las consecuencias de un bombardeo continuado. Sólo con hablarle de esto, Hitler
empezó a dar muestras de nerviosismo e impaciencia. Aunque me escuchaba en
silencio, pude percibir en sus facciones, en el rápido movimiento de sus manos
y en su forma de mordisquearse las uñas que se sentía cada vez más tenso.
Cuando terminé y creí haberle demostrado que era preciso destinar a luchar
contra los bombarderos hasta el último caza del Reich, Hitler ya no era dueño
de sí. Su cara había enrojecido violentamente y su mirada se había vuelto fija
e inanimada. Entonces rompió a gritar sin contenerse:
— ¡Las operaciones militares son asunto mío! ¡Usted
haga el favor de ocuparse de sus armamentos! ¡Esto no es asunto suyo!
Tal vez habría aceptado mejor mis recomendaciones
si hubiéramos estado solos. La presencia de Galland le hacía imposible
rectificar. Puso fin bruscamente a la entrevista, atajando así cualquier
argumentación:
—No tengo más tiempo para ustedes.
Perplejo, me fui con Galland a mi barracón de
trabajo.
Al día siguiente, cuando ya nos disponíamos a
regresar a Berlín sin haber cumplido nuestro propósito, Schaub nos comunicó que
debíamos volver a ver a Hitler. En un tono mucho más brusco y atropellado que
el de la víspera, nos gritó:
—No quiero que se fabriquen más aviones. Vamos a
renunciar a los cazas. ¡Detenga inmediatamente la producción de aviones!
¡Inmediatamente! ¿Entendido? ¿No se queja usted siempre de que falta mano de
obra especializada? Pues pásela a la fabricación de artillería antiaérea.
¡Todos los obreros a los antiaéreos! ¡Y el material también! ¡Es una orden!
¡Haga venir enseguida a Saur al cuartel general! Hay que establecer un programa
de fabricación de artillería antiaérea. Dígaselo. Un programa diez veces más amplio…
Cientos de miles de obreros pasarán a la producción de antiaéreos. En la prensa
extranjera leo todos los días lo peligrosa que es la artillería antiaérea. Esto
aún les causa respeto, pero nuestros cazas ya no.
Galland trató de replicar que los cazas podrían
derribar más aviones que los antiaéreos si los utilizábamos sobre suelo alemán,
pero no pudo terminar ni una frase. Volvió a despedirnos bruscamente; en
realidad, nos echó de su despacho.
Lo primero que hice al llegar a la cantina fue
servirme un vermut de la botella que había allí preparada para estos casos; la
escena me había afectado los nervios. Galland, de ordinario tan sereno y
reposado, parecía trastornado por primera vez desde que lo conocía. No lograba
asimilar que el arma que estaba bajo su mando fuera a ser disuelta por cobardía
ante el enemigo. A mí, por el contrario, ya no me sorprendían aquellos
exabruptos de Hitler y sabía que en la mayoría de los casos, con una táctica adecuada,
se podía conseguir que rectificara. Tranquilicé a Galland: con las industrias
de los cazas no se podían fabricar cañones. Además, no eran cañones antiaéreos
lo que escaseaba, sino municiones, sobre todo por la falta de explosivos.
Saur coincidía conmigo en el temor de que Hitler
hubiera planteado exigencias imposibles de cumplir. Al día siguiente le expuso
en privado que el aumento en la producción de cañones antiaéreos dependía del
suministro de unas máquinas-herramienta especiales para el vaciado de tubos
largos.
Poco después me dirigí de nuevo con Saur al cuartel
general para discutir los detalles de aquella orden, que Hitler, encima, nos
había cursado también por escrito. Después de mucho bregar, su pretensión
inicial de quintuplicar la producción quedó reducida a un incremento de dos
veces y media. Para cumplir el programa nos dio un plazo que expiraba en
diciembre de 1945 y, además, exigió que se duplicara la producción de los
proyectiles correspondientes. [370] Pudimos discutir tranquilamente con él más de
veintiocho puntos del orden del día, pero cuando quise llamar de nuevo su
atención sobre la necesidad de que los cazas fueran utilizados en el territorio
nacional, volvió a interrumpirme enfurecido, repitió la orden de aumentar la
producción de cañones antiaéreos y disminuir la de los cazas y levantó la
sesión.
Fue la primera orden de Hitler que Saur y yo
desobedecimos. Actuando por mi cuenta y riesgo, al día siguiente manifesté a
los directivos de la industria de armamentos que era preciso «mantener a toda
costa la producción de cazas al máximo». Tres días después reuní a los
representantes de la industria aeronáutica y, en presencia de Galland, les
expliqué la importancia de su misión, que, «mediante el aumento de la
producción de cazas», consistía en «conjurar el mayor de los peligros que nos
amenazaban: la destrucción de la industria de armamentos en Alemania». [371] Entretanto, Hitler se había calmado y hasta me
concedió repentinamente autorización para dar máxima prioridad a un programa
—limitado, eso sí— de cazas. Había pasado la tormenta.
* * * *
A la vez que nos veíamos obligados a limitar la
producción y hasta a suspender el desarrollo de nuevas armas, en sus
conversaciones con los mandos militares y políticos Hitler empezó a hacer
insinuaciones cada vez más inequívocas sobre la próxima utilización de unas
armas nuevas que iban a decidir la guerra. Cuando visitaba a las divisiones, se
me preguntaba con frecuencia, con una sonrisita irónica, cuándo llegarían esas
armas milagrosas. Aquellas ilusiones me resultaban desagradables; algún día
tenía que producirse el desengaño, por lo que a mediados de septiembre, cuando
las V2 ya habían entrado en servicio, dirigí a Hitler estas líneas: «Se halla
muy extendida entre las tropas la creencia de que en breve vamos a utilizar una
nueva arma decisiva para la guerra. Esperan que entre en servicio dentro de
unos días. Incluso algunos oficiales de alta graduación comparten seriamente
esta idea. No creo que en momentos tan difíciles como los que atravesamos sea
aconsejable alentar unas esperanzas que en ningún caso podrán verse realizadas
en tan breve plazo, lo que provocará una decepción que forzosamente afectará a
la moral de los soldados. Puesto que también la población civil espera día tras
día el arma milagrosa y está empezando a dudar de que sepamos que está
acercándose la hora crítica, y opina que una nueva demora en el empleo de estas
armas, que supone que tenemos almacenadas, resulta intolerable, cabe preguntar
si este tipo de propaganda resulta aconsejable». [372]
En una entrevista que mantuvimos a solas, Hitler
reconoció que yo tenía razón; sin embargo —como no tardé en comprobar—, no
renunció a hacer alusiones a las armas milagrosas. Por lo tanto, el 2 de
noviembre de 1944 escribí a Goebbels que me parecía «desacertado dar a la
opinión pública unas esperanzas cuya realización no puede garantizarse en un
futuro previsible… Por consiguiente, le ruego que tome las medidas oportunas
para que en la prensa diaria y en las revistas técnicas se eviten en lo
sucesivo las alusiones a futuros éxitos de nuestra industria de guerra». En
efecto, a partir de aquel momento Goebbels dejó de dar informaciones sobre
nuevas armas. Sin embargo, paradójicamente, los rumores se hicieron más
insistentes. Mucho después, durante el proceso de Nüremberg, me enteré por
Fritzsche, uno de los principales colaboradores del ministro de Propaganda, de
que Goebbels había montado un dispositivo especial para difundir estos rumores,
que se ajustaban bastante a lo que se esperaba que sucediera en el futuro.
¡Cuántas veces, al terminar la sesión de trabajo de la Junta de Armamentos, nos
habíamos reunido por la noche para comentar los últimos avances de la técnica!
Incluso hablábamos de la posibilidad de fabricar una bomba atómica. Muchas
veces asistieron a nuestras reuniones unos reporteros próximos a Goebbels que
también participaban en las informales veladas nocturnas. [373]
En aquellos tiempos de ansiedad, en los que todos
deseaban conservar la esperanza, estos rumores encontraban campo abonado. Por
otra parte, hacía ya tiempo que nadie daba crédito a lo que decían los
periódicos. Sin embargo, durante los últimos meses de la guerra, las secciones
dedicadas a la astrología constituyeron una excepción para un número creciente
de desesperados. Como tales secciones dependían, por múltiples motivos, del
Ministerio de Propaganda, según me dijo Fritzsche en Nüremberg, se emplearon como
medio para influir en la opinión pública. Los horóscopos manipulados hablaban
de profundos valles que debían cruzarse, vaticinaban giros sorprendentes para
un futuro inmediato y se extendían en prometedoras especulaciones. El régimen
sólo seguía teniendo futuro en las páginas astrológicas.
Capítulo XXVIII
La caída
A fines de otoño de 1944, el servicio de armamentos
que había estado concentrado en mi Ministerio desde la primavera estaba
empezando a disolverse. No era sólo que la fabricación de los grandes cohetes,
considerada decisiva, hubiera pasado a las SS, sino que algunos jefes
regionales habían logrado imponer su autonomía para organizar la producción de
armamentos en sus respectivas demarcaciones. Hitler apoyaba estas iniciativas.
Por ejemplo, dio su consentimiento para que Sauckel construyera en su región de
Turingia una gran fábrica subterránea para producir en serie un caza monomotor
a reacción al que Hitler dio el nombre de «caza popular». No obstante, como ya
nos encontrábamos al principio de la agonía económica, la disgregación no llegó
a consumarse.
Simultáneamente surgían, indicando un creciente
desconcierto, ciertas esperanzas de que incluso mediante el uso de armas
primitivas podríamos alcanzar éxitos que compensaran nuestra situación de
emergencia en la cuestión del armamento. La eficacia técnica de las armas debía
ser sustituida por el valor del hombre. En abril de 1944 Dönitz nombró al
ingenioso vicealmirante Heye delegado para la construcción de submarinos
monoplaza y otras naves de combate. Sin embargo, la producción no pudo ser muy
elevada hasta el mes de agosto, cuando la invasión ya se había producido y, por
lo tanto, era demasiado tarde. Himmler, por su parte, insistía en crear un
«Comando de la Muerte» constituido por aviones-cohete tripulados que debían
destruir los bombarderos enemigos lanzándose contra ellos. Otro medio de
combate primitivo era el llamado «puño de tanque», un pequeño cohete lanzado a
mano que debía sustituir a la inexistente artillería antitanque. [374]
A fines de otoño de 1944, Hitler intervino
inesperadamente en la producción de caretas antigás y nombró a un delegado
especial, dependiente de él. Con toda urgencia se elaboró un programa que debía
proteger a toda la población de los efectos de una guerra de gases. Si bien,
por orden expresa de Hitler, a partir de octubre de 1944 se consiguió triplicar
la producción, que llegó a 2.300.000 unidades, la protección de la población
urbana no podría garantizarse hasta varios meses después, por lo que los órganos
del Partido publicaron consejos para fabricarse protecciones rudimentarias
hechas de papel.
Aunque por aquel entonces Hitler solía hablar del
peligro de un ataque enemigo con gases venenosos contra las ciudades
alemanas, [375] mi amigo el doctor Karl Brandt, a quien él había
encomendado las medidas de protección, contemplaba la posibilidad de que
aquellos febriles preparativos estuvieran destinados a protegernos de una
guerra de gases iniciada por nosotros. Entre nuestras «armas milagrosas» había
un gas venenoso, llamado tabún, que penetraba a través de los filtros de todas
las máscaras antigás conocidas y tenía efectos letales incluso en cantidades
mínimas.
En otoño de 1944, Robert Ley, químico de profesión,
me llevó de regreso en su coche-salón tras una reunión en Sonthofen. Como era
habitual en él, nos sentamos junto a una botella de vino. La excitación
acentuaba su tartamudeo.
—Pero ahora tenemos ese nuevo gas, he oído hablar
de él. El Führer tiene que usarlo, es preciso, y tiene que ser
ahora. ¿Cuándo, si no? ¡Es la última oportunidad! También usted debería decirle
que no puede esperar más.
Me callé. Pero, al parecer, Ley ya había sostenido
una conversación parecida con Goebbels, quien preguntó a nuestros colaboradores
de la industria química por el veneno y sus efectos e intervino ante Hitler
para que se empleara el nuevo gas. Aunque este siempre se había resistido a
utilizarlo, ahora, durante una reunión estratégica celebrada en el cuartel
general, insinuó que si se usara en el frente del Este se podría contener el
avance de las tropas soviéticas. Con ello expresaba la vaga esperanza de que las
potencias occidentales aceptarían una guerra de gases contra el Este, ya que en
aquella fase los gobiernos de Inglaterra y Estados Unidos estarían interesados
en detener el avance de los rusos. Como ninguno de los que asistíamos a la
reunión reaccionó positivamente, Hitler no volvió a hablar del tema. No hay
duda de que el generalato temía las imprevisibles consecuencias de una decisión
semejante. En cuanto a mí, el 11 de octubre de 1944 escribí a Keitel para
comunicarle que, debido al colapso de la industria química, las materias primas
cianuro y metanol se habían agotado [376] .Por lo tanto, a partir del 1 de noviembre debería
suspenderse la fabricación de tabún y reducirse a la cuarta parte la de gas
mostaza. Aunque Keitel logró que Hitler diera la orden de no reducir la
producción de gas venenoso bajo ningún concepto, esas órdenes ya no tenían nada
que ver con la realidad. Sin darle ninguna respuesta, la asignación de las
materias primas fundamentales para las industrias químicas se ajustó a mi
propuesta.
* * * *
El 11 de noviembre tuve que añadir un nuevo aviso
de alarma a mi memoria sobre las carencias de la industria del carburante:
hacía más de seis semanas que el territorio del Ruhr se encontraba
prácticamente incomunicado. Escribí a Hitler que «dada la estructura económica
general del Reich, resulta evidente que, a la larga, la pérdida de la zona
industrial de Renania y Westfalia sería insoportable tanto para la economía
alemana como para continuar con éxito la guerra. […] Varias fábricas de
armamento de importancia capital se encuentran al borde de la paralización y en
las presentes circunstancias no existe posibilidad de evitarla».
Añadí que, como el carbón ya no podía ser
transportado al resto del territorio del Reich, las existencias con que
contaban los ferrocarriles disminuían rápidamente, las fábricas de gas
amenazaban detenerse, las de aceites y margarinas tampoco podrían seguir
trabajando y hasta las entregas de coque a los hospitales eran
insuficientes. [377]
En efecto, por todas partes se veía el final. Se
advertían síntomas de una creciente anarquía. Los transportes de carbón no
llegaban a su destino porque eran detenidos por el camino y requisados por los
jefes regionales para satisfacer sus necesidades. Los edificios de Berlín
estaban sin calefacción y los suministros de gas y electricidad sólo
funcionaban algunas horas al día. Llegó una enfurecida queja de la Cancillería
del Reich porque nuestra Central de Carbón le había denegado el suministro para
el resto del invierno.
La situación ya no nos permitía llevar a cabo
nuestros programas y sólo podíamos tratar de producir las piezas que faltaran.
Cuando se agotara el resto de las existencias, el programa de armamentos
quedaría cerrado. Sin embargo, subestimé —como también lo hicieron los
estrategas de la aviación enemiga— la gran reserva de piezas sueltas que se
había acumulado en las fábricas. [378] Una investigación a fondo reveló que seguíamos
pudiendo producir una buena cantidad de armamentos, aunque sólo durante unos
meses. Hitler aceptó con una calma casi tétrica la necesidad de recurrir a un
último Programa de Emergencia o de Complemento, como nosotros lo llamamos. No
pronunció ni una palabra sobre sus consecuencias, si bien estas quedaban muy
claras.
En aquel tiempo, durante una reunión estratégica,
Hitler comentó, en presencia de todos los generales:
—Tenemos la suerte de contar con un verdadero genio
en el suministro de armamentos. Me refiero a Saur. Es capaz de vencer cualquier
dificultad.
—Mein Führer, el ministro Speer está aquí
—le hizo notar el general Thomale.
—Ya lo sé —respondió él con sequedad, molesto por
la interrupción—. Pero Saur es el genio que sabrá dominar la situación.
Por curioso que pueda parecer, tomé esta ofensa
deliberada sin inmutarme, casi con indiferencia: ya estaba empezando a
despedirme.
* * * *
El 12 de octubre de 1944, cuando se había vuelto a
consolidar la situación militar en el Oeste y se pudo volver a hablar de un
frente y no sólo de hombres indefensos que retrocedían en oleadas, Hitler me
llevó aparte después de una reunión estratégica. Me hizo prometer silencio y me
dijo que pensaba reunir todos los efectivos disponibles en el Oeste para llevar
a cabo una gran ofensiva:
—Es preciso que organice usted a los obreros de la
construcción en un cuerpo que esté lo bastante motorizado para encargarse de
levantar puentes de todas clases, aunque se interrumpan las comunicaciones
ferroviarias. Aténgase para ello a las formas de organización que ya
demostraron su eficacia en la campaña occidental de 1940. [379]
Yo objeté que apenas dispondríamos de camiones
suficientes para semejante empresa.
—En un caso así, todo lo demás tiene que esperar
—dijo en tono tajante—. No importan las consecuencias. Esta será la gran
batalla y hay que ganarla a toda costa.
Hacia fines de noviembre, Hitler declaró una vez
más que todo lo cifraba en aquella ofensiva y, como estaba seguro del triunfo,
no le importaba reconocer que aquella iba a ser la última tentativa:
—Si fracasa, no veo otra posibilidad de ganar la
guerra… Pero nos abriremos paso —añadió, perdiéndose de nuevo en unas quimeras
cada vez más irreales—. ¡Una sola brecha en el frente del Oeste! ¡Ya lo verán!
Eso provocará el pánico entre los americanos. Cruzaremos por el centro y
tomaremos Amberes. Entonces habrán perdido su puerto de avituallamiento y se
formará un cerco enorme alrededor del ejército británico; tomaremos cientos de
miles de prisioneros. ¡Igual que hicimos en Rusia!
Cuando por aquellas mismas fechas me reuní con
Albert Vögler para tratar de la desesperada situación que los bombardeos habían
creado en el Ruhr, me preguntó sin ambages:
— ¿Cuándo va a terminar esto?
Yo le insinué que Hitler quería concentrar todos
los efectivos para hacer un último esfuerzo, pero Vögler insistió:
—Supongo que tiene claro que después de eso todo
habrá acabado, ¿no? Estamos perdiendo demasiadas cosas sustanciales. ¿Cómo
vamos a llevar a cabo la reconstrucción si continúan bombardeando las
industrias, aunque esto sólo dure unos meses más?
—Yo creo que Hitler se dispone a jugar su última
carta y que él lo sabe —respondí.
Vögler me miró con escepticismo.
—Desde luego, será su última carta, porque nuestra
producción se está resquebrajando en todos los frentes. ¿La acción será contra
el Este, para darnos un respiro por ese lado?
Le respondí con una evasiva.
—Seguro que será en el frente del Este —afirmó
Vögler—. Nadie puede estar tan loco como para desprotegerlo e intentar contener
al enemigo en el Oeste.
En las reuniones estratégicas celebradas a partir
de noviembre, el capitán general Guderian, jefe del Alto Estado Mayor del
Ejército de Tierra, no dejaba de llamar la atención de Hitler sobre la amenaza
que representaba para la Alta Silesia la concentración de tropas en el frente
oriental. Naturalmente, pretendía que las divisiones que se habían formado para
lanzar la ofensiva en el Oeste fueran trasladadas al Este para evitar una
catástrofe. Por cierto que en el proceso de Nüremberg varios acusados trataron
de justificar la prolongación de la guerra más allá del invierno de 1944-1945
aduciendo que Hitler prosiguió la lucha con el fin de salvar la vida de los
refugiados del Este y exponer al menor número posible de soldados alemanes a
ser capturados por los rusos. Sin embargo, las decisiones que tomó en aquel
tiempo demuestran precisamente lo contrario.
Yo defendía la opinión de que era necesario jugar
la «última carta» de Hitler con la mayor eficacia posible. Por consiguiente,
acordé con el comandante en jefe del Grupo de Ejércitos B, mariscal Model, que
durante la ofensiva se le prestaría un apoyo armamentístico improvisado. El 16
de diciembre, fecha del ataque, me instalé en un pequeño cuartel habilitado en
un pabellón de caza de los alrededores de Bonn. Ya durante el viaje nocturno
hacia el Oeste, en un automotor de los ferrocarriles del Reich, pude ver las
estaciones de maniobras del este de Alemania llenas a rebosar de trenes de
mercancías; los suministros para la ofensiva se habían quedado atascados allí a
consecuencia de los ataques aéreos.
El cuartel general de Model se hallaba en el fondo
de un estrecho valle boscoso del Eifel, en el pabellón de caza de un rico
industrial. Al igual que el Estado Mayor del Ejército, también Model había
renunciado a construir ningún bunker allí, a fin de no llamar la atención de
los servicios de espionaje enemigos sobre aquel lugar. Model estaba satisfecho,
pues el ataque por sorpresa había sido un éxito y se había roto el frente; sus
tropas avanzaban con rapidez. El tiempo era favorable, justo como lo había deseado
Hitler antes de la ofensiva:
—Tiene que hacer mal tiempo; si no, la operación no
resultará.
En mi calidad de merodeador de batallas, traté de
acercarme al frente todo lo posible. Las tropas avanzaban satisfechas, pues las
nubes bajas impedían que actuaran las fuerzas aéreas. Sin embargo, al segundo
día la situación de los transportes era ya caótica. Los camiones pesados
avanzaban metro a metro por la carretera de tres carriles. Para recorrer de
tres a cuatro kilómetros, mi coche, rodeado por camiones de municiones,
necesitaba un promedio de una hora. Temía que el tiempo pudiera aclarar.
Model encontró varias razones para explicar aquel
desconcierto, entre otras la falta de disciplina de las nuevas unidades y el
caos de la retaguardia. Sea como fuere, era evidente que el Ejército de Tierra
había perdido su proverbial capacidad de organización, sin lugar a dudas a
causa de los tres años de ser dirigido por Hitler.
El primer objetivo de nuestro trabajoso avance era
un puente que había sido destruido y que se hallaba al norte de la posición
ocupada por el VI Ejército Acorazado de las SS. En mi deseo de ayudar, había
prometido a Model que trataría de hallar el medio de repararlo a la mayor
brevedad. Los soldados reaccionaron con escepticismo al verme aparecer. Mi
asistente oyó a uno de ellos explicar así el motivo de mi visita:
—El Führer le habrá calentado las
orejas porque el puente aún no está listo. Ahora le habrá dado la orden de
arreglárselas él sólito.
Efectivamente, la reparación de los puentes
progresaba con gran lentitud, porque las unidades de ingenieros de la
Organización Todt que con tanto esmero habíamos formado estaban atrapadas en el
inmenso atasco de la orilla oriental del Rin, junto con la mayor parte del
material. Por lo tanto, aunque no fuese más que por la falta de elementos para
reconstruir los puentes, la ofensiva estaba condenada a acabar pronto.
También el deficiente suministro de carburante
obstaculizaba la buena marcha de las operaciones. Las unidades acorazadas
iniciaron el ataque con escasas reservas de combustible. Hitler había confiado
ingenuamente en que los tanques podrían abastecerse en los depósitos que se
conquistaran a los americanos. Cuando la ofensiva amenazó con atascarse, acudí
en ayuda de Model y ordené por teléfono a las fábricas de benzol de la cercana
cuenca del Ruhr que organizaran un convoy improvisado de camiones cisterna con
destino al frente.
Pocos días después, las líneas de abastecimiento
quedaron desarticuladas cuando las nubes se disiparon y el claro cielo se pobló
de innumerables cazas y bombarderos enemigos. Viajar de día era un problema,
incluso en un rápido utilitario; cada vez que la carretera penetraba en un
bosque nos sentíamos aliviados. A partir de ese momento, los suministros
tuvieron que transportarse de noche, avanzando casi a tientas. [380] El 23 de diciembre, víspera de Nochebuena, Model me
comunicó que la ofensiva había fracasado; sin embargo, Hitler ordenó continuar
con ella.
Permanecí en el territorio de la ofensiva hasta
fines de diciembre; visité varias divisiones, fui ametrallado por aviones y
artillería y vi el espantoso efecto de un ataque alemán a una posición de
ametralladoras: cientos de soldados acribillados yacían tirados en un campo. La
última noche visité a Sepp Dietrich, simple cabo del antiguo ejército alemán y
entonces comandante de un ejército acorazado de las SS, en su cuartel general,
situado en las inmediaciones de la ciudad fronteriza belga de Houffalize. Era
uno de los pocos que quedaban de la primera época del Partido y con el tiempo,
a su sencilla manera, también se había distanciado de Hitler. Nuestra
conversación no tardó en versar sobre las últimas órdenes; Hitler exigía con
creciente energía que «a cualquier precio» se tomara la ciudad de Bastogne.
Sepp Dietrich refunfuñó que Hitler no estaba dispuesto a entender que las
divisiones de élite de las SS no pudieran arrollar sin el menor esfuerzo a los
americanos. Era imposible convencerlo de que eran unos adversarios duros y del
mismo fuste que sus hombres.
—Además —agregó—, no recibimos municiones. Las
líneas de aprovisionamiento han sido cortadas por los bombardeos.
Como para ilustrar nuestra impotencia, la
conversación de aquella noche se vio interrumpida por un ataque a baja altura
de grandes unidades de bombarderos cuatrimotores. Bombas que silbaban en el
aire y estallaban, llamaradas rojas y amarillas que iluminaban las nubes,
bramido de motores y ni la más mínima defensa; me dejó anonadado aquella imagen
de indefensión militar que se alzaba sobre el fondo grotesco de los errores de
cálculo de Hitler.
Hacia las cuatro de la mañana del 31 de diciembre,
cuando la oscuridad aún nos protegía de los ataques enemigos a las carreteras,
Poser y yo nos dirigimos al cuartel general de Hitler, al que no llegamos hasta
el día siguiente hacia las dos de la madrugada. Una y otra vez nos vimos
obligados a ponernos a cubierto de los cazas; para cubrir una distancia de 340
kilómetros, con pausas muy cortas, necesitamos veintidós horas.
El cuartel general occidental de Hitler, desde
donde dirigió la ofensiva de las Ardenas, estaba situado en el extremo de un
valle solitario cubierto de prados, dos kilómetros al noroeste de Ziegenberg,
en Bad Nauheim. Escondidos en el bosque y camuflados como casas prefabricadas,
los bunkers estaban tan bien protegidos por gruesos techos y paredes como todos
los lugares de residencia de Hitler.
Desde que fui nombrado ministro, había tratado de
felicitar en persona el Año Nuevo a Hitler en tres ocasiones sin conseguirlo;
en 1943 se me había congelado el avión y en 1944 se averió el motor del aparato
que me traía de regreso del frente del Ártico.
Habían transcurrido ya dos horas de 1945 cuando por
fin, tras cruzar numerosas barreras, entré en su bunker particular. Llegué a
tiempo: los asistentes, médicos, secretarias y Bormann —todos, a excepción de
los altos mandos militares del cuartel general del Führer— estaban
reunidos en torno a Hitler y bebían champaña. En aquel ambiente de moderada
animación causada por el alcohol, Hitler parecía el único ebrio, incluso sin
ninguna bebida estimulante, presa de una euforia crónica. Aunque el comienzo de
un nuevo año en nada hacía cambiar la desesperada situación del anterior, todos
los presentes parecían aliviados de poder empezar de nuevo, por lo menos sobre
el calendario. Hitler hacía pronósticos optimistas para 1945: el mal momento
que atravesábamos pronto quedaría atrás; al final nos esperaba la victoria. Su
auditorio guardaba silencio. Sólo Bormann lo apoyaba con frases de entusiasmo.
Después de más de dos horas de oír hablar a Hitler en aquel tono de crédulo
optimismo, los miembros de su entorno, yo entre ellos, empezamos a sentirnos
cada vez más despreocupados, a pesar de nuestro escepticismo. Él seguía
conservando su mágico poder, aunque racionalmente nadie pudiera convencerse. La
sola reflexión de que Hitler, al establecer un paralelismo con la situación de
Federico el Grande al final de la guerra de los Siete Años, [381] estaba reconociendo su propia derrota militar,
debería habernos abierto los ojos. Pero ninguno de nosotros pensó en ello.
Tres días después, durante una importante
conferencia con Keitel, Bormann y Goebbels, se reavivaron aquellas vanas
esperanzas. Había que conseguir una levée en masse que haría
cambiar el rumbo de los acontecimientos. Goebbels se mostró insultante cuando
me opuse aduciendo que eso sería muy perjudicial para el resto de programas y
haría que la producción se desmoronara. [382] Me miró perplejo y furioso. Luego, volviéndose
hacia Hitler, exclamó con voz solemne:
— ¡En tal caso, señor Speer, suya será la culpa
histórica de que por falta de unos cientos de miles de soldados perdamos la
guerra! ¿Por qué no se decide por fin a decir que sí? ¡Piénselo! ¡Sería culpa
suya!
Permanecimos un momento de pie, indecisos,
irritados, imperturbables…, hasta que, por fin, Hitler se decidió por Goebbels
y, en consecuencia, por ganar la guerra.
A aquel encuentro siguió una reunión sobre
armamentos a la que, como invitados de Hitler, también asistieron Goebbels y su
subsecretario, Naumann. Como era habitual en él desde hacía tiempo, Hitler se
desentendió por completo de mí durante el debate, no me pidió mi opinión y se
dirigió exclusivamente a Saur. Mi papel se reducía más bien al del oyente mudo.
Después de la reunión, Goebbels me dijo que lo había impresionado la pasividad
con que me dejaba desplazar por Saur. Pero todo aquello ya no eran más que
charlas insustanciales. Con la ofensiva de las Ardenas, la guerra había
terminado. Lo que ahora seguía no era más que un esfuerzo confuso e impotente
para retrasar la ocupación del país.
No era yo el único que rehuía los conflictos. En
todo el cuartel general se notaba una indiferencia que no podía atribuirse tan
sólo al letargo, al exceso de trabajo y al influjo psíquico de Hitler. En lugar
de los violentos choques y de las tensiones de los años y meses anteriores
entre las distintas facciones, intereses y grupos hostiles entre sí que
luchaban por conquistar el favor de Hitler y se echaban mutuamente la culpa por
las derrotas cada vez más frecuentes, ahora reinaba una calma apática que anunciaba
el fin. Cuando, por ejemplo, durante aquellos días Saur consiguió que el
general Buhle sustituyera a Himmler en el cargo de Jefe de Armamentos del
Ejército de Tierra, [383] este paso, que significaba una reducción del poder
de este, apenas se notó. En realidad, ya no había ambiente de trabajo; los
acontecimientos ya no causaban ninguna impresión, pues la certeza de que el
ineludible final estaba próximo borraba todo lo demás.
Mi viaje al frente me mantuvo alejado de Berlín
durante más de tres semanas, porque ya no era posible gobernar desde la
capital. Las caóticas circunstancias generales hacían cada vez más complicado
dirigir desde un puesto central la organización de Armamentos. Pero también
hacían que esta fuera cada vez más inútil.
* * * *
El 12 de enero se inició en el Este la gran
ofensiva soviética vaticinada por Guderian. Nuestras líneas defensivas se
hundieron en un ancho frente. Ni siquiera los 2.000 modernos tanques alemanes
que se hallaban en el Oeste habrían podido neutralizar la superioridad de las
tropas soviéticas.
Varios días después estábamos todos en el llamado
Salón de Embajadores de la Cancillería del Reich, una antesala cubierta de
tapices que daba acceso al despacho de Hitler, esperando el comienzo de la
reunión estratégica. Cuando llegó Guderian, que se había retrasado porque había
ido a visitar al embajador japonés Oshima, un criado, vestido con el sencillo
uniforme negro y blanco de las SS, abrió la puerta del despacho de Hitler.
Pisando la gruesa alfombra anudada a mano nos acercamos a la mesa de mapas que había
junto a la ventana. La enorme losa de mármol de la mesa, de una sola pieza,
procedía de Austria y, sobre un fondo rosa, mostraba los cortes de un blanco
amarillento producidos por un banco de coral. Nos colocamos al lado de la
ventana. Hitler tomó asiento frente a nosotros.
El ejército alemán de Curlandia había quedado
rodeado sin remedio. Guderian trató de convencer a Hitler de que aquella
posición debía ser abandonada y las tropas evacuadas por el Báltico. Hitler lo
contradijo, como siempre que se trataba de aprobar una retirada. Guderian no
dio su brazo a torcer, Hitler insistió, el tono se agrió y, finalmente,
Guderian se opuso a Hitler con una claridad totalmente insólita en aquellas
esferas. Animado sin duda por el licor que había tomado en casa de Oshima,
Guderian se desinhibió por completo. Con los ojos chispeantes y el bigote
literalmente erizado se mantenía erguido frente a Hitler, quien, a su vez,
también se había puesto en pie. Entre los dos se extendía la mesa de mármol.
— ¡Sencillamente, es nuestro deber salvar a esos
hombres!—exclamó Guderian, desafiante—. ¡Todavía estamos a tiempo de
evacuarlos!
Hitler, furioso y muy excitado, replicó:
— ¡Seguirán luchando allí! ¡No podemos renunciar a
ese territorio!
Guderian insistió tercamente:
—Pero es inútil sacrificar a esos hombres de una
forma tan absurda. ¡No hay tiempo que perder! ¡Tenemos que embarcar a esos
soldados de inmediato!
Entonces ocurrió lo que nadie habría creído
posible. Hitler se mostró intimidado por aquel vehemente ataque. En realidad,
no podía aceptar la pérdida de prestigio que suponía el tono de Guderian. Sin
embargo, para mi sorpresa, se escabulló remitiéndose a razones militares. Dijo
que una retirada hacia los puertos provocaría un descontrol general y unas
pérdidas mayores que si se proseguía la defensa. Una vez más, Guderian insistió
con energía en que la retirada había sido estratégicamente preparada hasta el último
detalle y era perfectamente posible. Pero se impuso la decisión de Hitler.
¿Era aquello un síntoma de pérdida de autoridad?
Como siempre, Hitler se había salido con la suya, nadie había dejado la sala
furioso, nadie había declarado que no podía seguir asumiendo aquella
responsabilidad. Por este motivo el prestigio de Hitler permaneció inalterable
hasta el final, a pesar de que durante unos minutos aquella infracción del
protocolo nos dejó a todos atónitos. Zeitzler habló en un tono más comedido;
incluso cuando discrepaba, en él seguían apreciándose respeto y lealtad. Pero
por primera vez se había producido una disputa declarada ante testigos. El
distanciamiento se había hecho casi palpable, se había hundido un mundo. Es
cierto que Hitler salvó la cara, y eso era mucho, pero al mismo tiempo era
también muy poco.
* * * *
En vista del rápido avance de los ejércitos rusos,
me pareció conveniente hacer una nueva visita a la zona industrial de Silesia,
para convencerme de que mis órdenes de conservar la industria no habían sido
contravenidas por organismos subordinados. Cuando el 21 de enero de 1945 me
reuní en Oppeln con el recién nombrado comandante en jefe de un grupo de
ejércitos, mariscal Schörner, este me comunicó que de su agrupación ya no
quedaba más que el nombre; los tanques y las armas pesadas se habían perdido durante
la batalla. Nadie sabía lo cerca de Oppeln que podían estar ya los rusos; en
cualquier caso, los oficiales del cuartel general se estaban marchando y en
nuestro hotel quedaban ya muy pocos huéspedes.
En mi habitación había un grabado de Käthe
Kollwitz, La Carmagnole. Una turba delirante, con los rostros
marcados por el odio, baila alrededor de la guillotina; a un lado, en el suelo,
llora una mujer. Yo también me sentía cada vez más deprimido por la desesperada
situación de aquella guerra que estaba acabando. Mi sueño inquieto se vio
turbado por las figuras espectrales del grabado. El miedo a tener yo mismo un
final terrible, que durante el día conseguía reprimir o sofocar con el trabajo,
me acometió aquella noche con más fuerza que nunca. ¿Se levantaría el pueblo,
movido por la indignación y el desengaño, contra sus antiguos dirigentes y los
liquidaría como la turba del grabado? En círculos íntimos, entre amigos y
conocidos, hablábamos a veces del sombrío porvenir que nos aguardaba. Milch
solía asegurar que el enemigo no se andaría con chiquitas con los dirigentes
del Tercer Reich. Yo compartía su opinión.
Una llamada telefónica del coronel Von Below, mi
enlace con Hitler, me sacó de las pesadillas de aquella noche. El 16 de enero
ya le había indicado a Hitler que, después de la separación de la cuenca del
Ruhr del resto del Reich, la pérdida de la Alta Silesia acarrearía a la fuerza
un inmediato colapso económico, y poco después le insistí, por medio de un
telegrama, sobre la importancia de la Alta Silesia y le pedí que se asignara al
Grupo de Ejércitos de Schörner «por lo menos entre el 30% y el 50% de la producción
de armamentos de enero». [384]
Con ello también pretendía apoyar a Guderian, quien
seguía reclamando que Hitler desistiera de sus esfuerzos de ofensiva en el
Oeste y que las escasas unidades acorazadas de que aún disponíamos fueran
enviadas al Este. Asimismo, yo había hecho notar que «los rusos están
obteniendo sin preocupación sus abastecimientos en líneas bien cerradas y
visibles desde muy lejos gracias a la nieve. Dado que el empleo de los cazas
alemanes en el Oeste apenas procura ya un alivio perceptible, quizá sería
conveniente aplicar esta arma, todavía muy valiosa, de forma concentrada».
Below me dijo entonces que Hitler, con una risa sarcástica, había estimado
correctas mis apreciaciones; sin embargo, no dio ninguna orden. ¿Consideraba
que Occidente era su verdadero enemigo? ¿Sentía solidaridad o incluso simpatía
hacia el régimen de Stalin? Recordé entonces algunas observaciones anteriores
que podían interpretarse en este sentido y que tal vez explicaran su conducta
de entonces.
Al día siguiente traté de continuar el viaje hasta
Katowice, en el centro de la zona industrial de Silesia; pero no conseguí
llegar. Al salir de una curva, mi coche patinó sobre el hielo y choqué contra
un camión. Rompí el volante con el pecho e incluso llegué a doblar la barra de
la dirección. Sentado en los escalones de la entrada de una fonda de pueblo,
pálido y descompuesto, luchaba por recobrar la respiración.
—Parece usted un ministro que ha perdido la guerra
—comentó Poser.
El coche quedó averiado y una ambulancia me llevó
de regreso. Tuve que renunciar al viaje. Cuando pude levantarme, llamé por
teléfono a mis colaboradores en Katowice, quienes me confirmaron que se estaban
cumpliendo todas nuestras instrucciones.
Mientras regresábamos a Berlín, Hanke, jefe
regional de Breslau, me mostró el viejo edificio del Gobierno, construido
tiempo atrás por Langhans y que acababa de ser restaurado.
—Los rusos jamás se apoderarán de esto —exclamó,
patético— ¡Antes lo quemo!
Yo puse objeciones, pero Hanke se mostró
inflexible. Todo Breslau le sería indiferente si caía en manos del enemigo. Por
fin conseguí convencerlo de la importancia histórica de aquel edificio y
disuadirlo de sus propósitos de vandalismo. [385]
De nuevo en Berlín, mostré a Hitler infinidad de
fotografías del drama de los refugiados que había mandado tomar durante mi
viaje. Alimentaba la vaga esperanza de que aquellas imágenes de los fugitivos
—mujeres, niños y ancianos— que con un frío glacial iban al encuentro de un
destino miserable conmoverían a Hitler. Creía que quizá podría inducirlo, por
lo menos, a tratar de frenar el avance de los rusos retirando algunas tropas
del Oeste. Pero él, con ademán enérgico, apartó las fotografías. No se podía saber
si era que no le interesaban o que lo afectaban demasiado.
El 24 de enero de 1945, Guderian fue a visitar al
ministro de Asuntos Exteriores, Von Ribbentrop. Le expuso la situación militar
y le dijo sin rodeos que habíamos perdido la guerra. Atemorizado, Von
Ribbentrop se abstuvo de tomar partido y trató de zafarse del compromiso
informando enseguida a Hitler, en tono de asombro, de que el jefe del Alto
Estado Mayor se había formado su propia opinión sobre el punto en que se
hallaba la guerra. Dos horas después, durante la reunión estratégica, Hitler
advirtió excitado que en el futuro castigaría con el mayor rigor aquella clase
de manifestaciones derrotistas. Sus colaboradores sólo podían dirigirse
directamente a él.
— ¡Queda terminantemente prohibido generalizar y
sacar conclusiones sobre la situación general! ¡Eso seguirá siendo asunto mío!
Todo aquel que en el futuro se permita afirmar ante terceros que hemos perdido
la guerra será tratado como traidor a la patria, y las consecuencias recaerán
en él y en su familia. ¡Sean cuales sean su rango y su prestigio!
Nadie se atrevió a abrir la boca. Lo escuchamos en
silencio y salimos del despacho igualmente en silencio. A partir de entonces,
en las reuniones estratégicas solía haber un invitado más. Se mantenía
apartado, pero su sola presencia resultaba del todo eficaz: era el jefe de la
Gestapo, Ernst Kaltenbrunner.
* * * *
En vista de las amenazas de Hitler y de su carácter
cada vez más impredecible, tres días después, el 27 de enero de 1945, envié a
los trescientos colaboradores industriales más importantes de mi organización
un informe final sobre la labor que habíamos llevado a cabo en el campo de los
armamentos durante los tres últimos años. También mandé llamar a los que habían
colaborado conmigo como arquitecto y les pedí que reunieran las fotografías de
nuestros proyectos y las pusieran en lugar seguro. No tenía tiempo ni tampoco
el propósito de comunicarles mis preocupaciones y mis sentimientos. Pero lo
comprendieron: era la despedida del pasado.
El 30 de enero de 1945 entregué a mi oficial de
enlace Von Below un informe para Hitler. Casualmente, llevaba la fecha del
duodécimo aniversario de la «toma de poder». En él exponía punto por punto que,
en el campo de la economía y los armamentos, la guerra había terminado y que,
en aquellas circunstancias, los alimentos, los combustibles de uso doméstico y
la electricidad debían tener preferencia sobre los tanques, los motores de
avión y las municiones.
A fin de refutar las exageradas esperanzas que
Hitler expresaba respecto a la producción de armamentos en 1945, añadí a mi
informe una lista de la producción residual de tanques, armas y municiones que
podía esperarse para los tres meses siguientes. Mi informe concluía así:
«Después de la pérdida de la Alta Silesia, el armamento alemán no estará en
absoluto en condiciones de cubrir las necesidades del frente en cuanto a
municiones, armas y tanques. No podemos enfrentarnos a la superioridad material
del adversario sólo con el valor de nuestros soldados». En el pasado, Hitler
solía decir que, en cuanto el soldado alemán peleara en suelo alemán por la
conservación de su patria, nuestra inferioridad quedaría compensada por
milagros de valor. Mi memoria trataba de replicar a esa afirmación.
Después de recibir mi escrito, Hitler me ignoró y
también hizo caso omiso de mi presencia durante la reunión estratégica. No me
hizo llamar hasta el 5 de febrero. Exigió que también acudiera Saur. Con
aquellos precedentes, me preparé para un choque desagradable. Pero el mero
hecho de que nos recibiera en la intimidad del despacho de su residencia en la
Cancillería era un indicio de que no pensaba aplicar las severas medidas que
había anunciado. No nos dejó de pie, como solía hacer cuando quería expresar su
enfado, sino que nos ofreció amablemente los sillones tapizados de felpa. Luego
se dirigió a Saur. Su voz sonaba forzada; parecía sentirse incómodo. Me pareció
que se sentía algo turbado y que intentaba pasar sencillamente por alto mis
discrepancias y limitarse a discutir los problemas del día respecto a la
producción de armamentos. Con exagerada calma, expuso las posibilidades que
ofrecían los meses siguientes. Saur, por su parte, haciendo mención de algún
que otro detalle favorable, suavizó la deprimente impresión que Causaba mi
informe. Su optimismo no parecía totalmente injustificado. Al fin y al cabo, en
no pocas ocasiones mis pronósticos habían resultado erróneos en los últimos
años, ya que el enemigo no respondía con las consecuencias en las que yo basaba
mis cálculos.
Yo los escuchaba contrariado, sin intervenir en el
diálogo. Sólo hacia el final Hitler se dirigió a mí;
—Aunque puede usted informarme por escrito de su
opinión sobre el estado de los armamentos, le prohíbo que ponga al corriente de
ella a nadie más. Tampoco lo autorizo a entregar a nadie una copia de su
informe. En cuanto al último párrafo… —aquí su voz se hizo helada y cortante—,
ni siquiera a mí puede usted escribirme algo así. Podría haberse ahorrado estas
conclusiones. Debe dejar que sea yo quien saque las consecuencias de nuestra
situación armamentística.
Lo dijo sin mostrar la menor excitación, en voz muy
baja, silbando ligeramente entre dientes. El efecto fue no sólo mucho más
eficaz, sino infinitamente más amenazador que el de sus accesos de ira, cuyos
efectos podían quedar anulados al día siguiente. Aquella vez pude darme cuenta
enseguida de que se trataba de su última palabra. Nos despidió. A mí,
secamente. A Saur, con más cordialidad.
El 30 de enero había entregado a Poser seis copias
del informe para que las distribuyera entre otras tantas secciones del Estado
Mayor del Ejército de Tierra. A fin de cumplir la orden de Hitler, pedí que me
fueran devueltas. A Guderian y a otros, Hitler les dijo que había guardado mi
informe en la caja fuerte sin leerlo.
Procedí de inmediato a preparar un nuevo informe. A
fin de implicar a Saur, quien, en el fondo, compartía mi parecer sobre el
estado de los armamentos, acorde con los jefes de las principales comisiones
que esta vez sería él quien lo redactara y lo firmara. Para dar una idea de mi
situación, baste decir que trasladé en secreto el lugar de la reunión a Bernau,
donde Stahl, jefe de nuestra producción de municiones, tenía una fábrica. Todos
los asistentes prometieron tratar de convencer a Saur para que corroborara por
escrito mi declaración de quiebra.
Saur se retorcía como una anguila. No logramos
convencerlo de que hiciera una declaración por escrito, pero al fin accedió a
confirmar mis pronósticos negativos en la próxima entrevista que tuviéramos con
Hitler. Sin embargo, esta se desarrolló como siempre. Cuando acabé de exponer
la situación, Saur empezó a intentar suavizar la nota pesimista. Habló de una
conversación que acababa de sostener con Messerschmidt y sacó de la cartera el
boceto de un bombardero de cuatro reactores. A pesar de que, incluso en circunstancias
normales, para fabricar un avión capaz de llegar a Nueva York se habrían
requerido varios años, Hitler y Saur se embriagaban pensando en el terrible
efecto psicológico que causaría un bombardeo en la ciudad de los rascacielos.
Durante los meses de febrero y marzo de 1945,
Hitler aludió alguna que otra vez a ciertos contactos que, por distintos
medios, había mandado establecer con el enemigo, aunque sin dar pormenores. Sin
embargo, yo tenía más bien la impresión de que lo que perseguía era crear un
ambiente de absoluto desacuerdo. Durante la conferencia de Yalta le oí dar
instrucciones al delegado de prensa, Lorenz. Descontento ante la reacción de
los periódicos alemanes, exigía un tono más duro y agresivo:
—Tenemos que insultar a esos belicistas de Yalta;
debemos atacarlos e insultarlos de tal modo que no les quede la menor
posibilidad de hacer ninguna propuesta al pueblo alemán. No podemos permitir
que nos ofrezcan nada. Lo único que quiere esa pandilla es apartar al pueblo de
sus dirigentes. Lo he dicho siempre: ¡no volveremos a capitular! —Y, tras
vacilar un momento, añadió: — ¡La Historia no se repite!
En su último discurso radiado, Hitler desarrolló
esta idea y aseguró «de una vez por todas a esos estadistas que cualquier
tentativa de influir en la Alemania nacionalsocialista con frases que recuerdan
las de Wilson presupone una ingenuidad que la Alemania de hoy no conoce». Del
deber de representar sin transigencias los intereses de su pueblo, añadió, sólo
podría relevarlo quien le había encargado hacerlo. Se refería al
«Todopoderoso», al que mencionó varias veces en aquel discurso. [386]
A medida que se acercaba el fin de su dominio,
Hitler, que había pasado los años de conquistas triunfales rodeado de sus
generales, se iba retrayendo de forma evidente a la esfera íntima de los
camaradas del Partido con los que tiempo atrás iniciara su carrera. Pasaba
todas las veladas en compañía de Goebbels, Ley y Bormann. No se admitía a nadie
más ni era posible saber de qué hablaban, si estaban recordando sus comienzos o
si especulaban sobre el fin y lo que ocurriría después. Esperé inútilmente que al
menos uno de ellos tuviera una sola frase de compasión por el futuro del pueblo
vencido. Pero ellos se agarraban a un clavo ardiendo, se aferraban al más vago
indicio de un posible cambio de rumbo y no estaban dispuestos a dar ni siquiera
la misma importancia al destino de todo el pueblo alemán y al suyo.
—A los americanos, a los ingleses y a los rusos no
vamos a dejarles más que un desierto.
No era raro que terminaran con esta frase sus
discusiones sobre la situación. Aunque Hitler no se expresaba en términos tan
radicales como Goebbels, Bormann y Ley, se mostraba de acuerdo con ellos. Sin
embargo, semanas después se vería que era el más radical de todos. Mientras los
demás hablaban, él ocultaba su punto de vista tras la pose del estadista para
dar después la orden de destruir las bases de la existencia del pueblo.
Cuando en una reunión estratégica de principios de
febrero los mapas mostraban un catastrófico panorama de innumerables rupturas
de frentes y asedios, llevé aparte a Dönitz y le dije:
—Hay que hacer algo.
Él me respondió con llamativa sequedad:
—Yo aquí tan sólo represento a la Marina. Lo demás
no es asunto mío. El Führer sabe lo que hace.
Resulta revelador que el grupo de personas que día
tras día se reunía alrededor de la mesa de mapas frente a un Hitler cansado y
testarudo no se planteara nunca la posibilidad de emprender una acción
conjunta. Seguramente Göering hacía tiempo que estaba demasiado corrompido y se
sentía cada vez más extenuado; sin embargo, desde el día que estalló la guerra
fue uno de los pocos que vieron con realismo y sin hacerse ilusiones el giro
que Hitler había provocado con aquel conflicto. Si Göering, como segundo hombre
del Estado, junto con Keitel, Jodl, Dönitz, Guderian y conmigo, hubiera dado a
Hitler un ultimátum exigiéndole que nos expusiera sus planes sobre la forma en
que pensaba terminar la guerra, se habría visto obligado a explicarse. No es
sólo que Hitler siempre hubiera temido esta clase de conflictos, sino que en
aquellos momentos se habría podido permitir menos que nunca renunciar a la
ficción de un mando unánime.
Una noche de mediados de febrero visité a Göering
en Karinhall. Yo había descubierto sobre el mapa de posiciones que había
concentrado su división de paracaidistas alrededor de su residencia de caza.
Hacía tiempo que se había convertido en el chivo expiatorio de los fracasos de
la Luftwaffe; de todos los oficiales, él era quien se llevaba los más duros
reproches de Hitler durante las reuniones estratégicas. Y es posible que las
escenas que debía de hacerle cuando estaban a solas fueran aún peores. Algunas
veces, mientras esperaba en la antesala, podía oír cómo Hitler lo ahogaba a
reproches.
Aquella noche, en Karinhall, fue la primera y única
vez que me sentí personalmente cerca de Göering. Ordenó servir un
Rothschild-Lafitte añejo junto a la chimenea y dijo al criado que no se nos
molestara. Yo le expuse con toda franqueza la decepción que me había causado
Hitler y Göering me respondió con la misma franqueza que me comprendía
perfectamente y que muchas veces se sentía igual que yo. De todos modos, mi
situación era menos comprometida que la suya, ya que yo había conocido a Hitler
mucho más tarde y, por lo tanto, podía apartarme de él con facilidad. El, por
el contrario, estaba estrechamente unido a Hitler por los años de experiencias
y preocupaciones comunes y ya no podía liberarse. Pocos días después, Hitler
hizo trasladar al frente la división de paracaidistas concentrada en Karinhall.
En aquella época, un alto jefe de las SS me insinuó
que Himmler estaba preparando medidas decisivas. En febrero de 1945, el jefe
nacional de las SS había tomado el mando del grupo de ejércitos del Vístula,
aunque no tuvo más éxito que sus predecesores en el intento de detener el
avance de los rusos. También él era ahora el blanco de los violentos reproches
de Hitler, por lo que el prestigio personal que aún le quedaba quedó consumido
por unas pocas semanas de mando en el frente.
Sin embargo, seguía siendo temido por todos, y el
día en que mi asistente me dijo que Himmler había anunciado que iría a verme
por la noche me sentí alarmado. Fue, por cierto, la única vez que me hizo una
visita. Mi intranquilidad aumentó cuando Hupfauer, el nuevo jefe de nuestro
departamento central, con el que yo había hablado varias veces con bastante
franqueza, me comunicó muy agitado que el jefe de la Gestapo, Kaltenbrunner, lo
visitaría a él a la misma hora.
Antes de que entrara Himmler, mi asistente me
susurró:
—Ha venido solo.
Las ventanas de mi despacho no tenían cristales;
como cada dos días se rompían a causa de los bombardeos, ya no los mandábamos
reponer. Encima de la mesa había una triste vela, pues el suministro de
electricidad estaba interrumpido. Envueltos en nuestros abrigos, nos sentamos
frente a frente. Himmler habló de asuntos intrascendentes, me pidió varios
datos sin importancia, aludió a la situación en el frente y, finalmente, soltó
esta trivialidad:
—Cuando las cosas van cuesta abajo, siempre se
acaba por llegar al fondo de un valle, y entonces, señor Speer, se vuelve a
subir.
Como yo nada dije para rebatir ni aprobar esta
primitiva filosofía y, además, sólo le respondía con monosílabos, se despidió
pronto. Se mostró cordial hasta el último momento, pero también impenetrable.
Nunca llegué a saber qué quería de mí ni por qué Kaltenbrunner fue a ver a
Hupfauer a la misma hora. Tal vez se hubieran enterado de lo crítico de mi
posición; tal vez sólo querían investigar sobre nosotros. El 14 de febrero
escribí al ministro de Hacienda para proponerle que «recaudara en favor del
Reich el incremento del patrimonio nacional, que desde el año 1933 había
alcanzado un importe considerable». Esta medida tenía por objeto contribuir a
la estabilización del marco, cuyo poder adquisitivo se mantenía trabajosamente
con medidas coercitivas y que, cuando estas desaparecieran, se hundiría sin
remedio. Cuando el ministro de Hacienda, el conde Schwerin-Krosigk, discutió mi
sugerencia con Goebbels, tropezó con una tenaz y elocuente oposición, pues esta
medida lo habría perjudicado.
Aún menos posibilidades de éxito tuvo otra idea mía
que en la actualidad revela el mundo sentimental ilusorio y romántico en que yo
vivía. A fines de enero discutí cautelosamente lo desesperado de la situación
con Naumann, secretario del ministro de Propaganda. Un azar nos había reunido
en el refugio subterráneo del Ministerio. Partiendo del supuesto de que al
menos Goebbels era capaz de ver la situación y ser consecuente, esbocé
vagamente la idea de un gran punto final: yo tenía en mente un acto conjunto del
Gobierno, el Partido y el alto mando. Bajo la dirección de Hitler, debía
emitirse una proclama por la cual se haría saber que los líderes del Reich
estaban dispuestos a entregarse al enemigo si este garantizaba al pueblo alemán
unas condiciones de subsistencia aceptables. En esta idea un tanto
melodramática se conjugaban reminiscencias históricas y el recuerdo de
Napoleón, quien se entregó a los ingleses tras su derrota en Waterloo.
Wagnerianismos de autoinmolación y redención… Me alegro de que nunca llegaran a
realizarse.
* * * *
De entre todos mis colaboradores industriales, el
doctor Lüschen, jefe de la industria eléctrica alemana y consejero y jefe de
desarrollo de la empresa Siemens, era uno de los más próximos a mí. Este
septuagenario al que tanto me agradaba escuchar veía acercarse una época
difícil para el pueblo alemán, pero no dudaba de que terminaría remontándola.
A primeros de febrero, Lüschen me visitó en mi
pequeño apartamento, situado en la parte trasera de mi Ministerio de la Pariser
Platz, sacó una hoja del bolsillo y me la entregó mientras me decía:
— ¿Sabe cuál es la frase de Mi lucha de
Hitler que más se está citando por ahí?
En la hoja se leía: «Un servicio diplomático debe
procurar que un pueblo no se hunda heroicamente, sino que se conserve en la
práctica. Cualquier camino que conduzca a ello será lícito, y no seguirlo debe
considerarse un delito de omisión». Lüschen agregó que había encontrado otra
cita muy a propósito que decía: «La autoridad del Estado no puede existir como
un fin en sí mismo, ya que en tal caso todas las tiranías de la Tierra serían
inatacables y quedarían consagradas. Si un Gobierno recurre a la fuerza para
llevar a un pueblo a la ruina, la rebelión no es sólo un derecho, sino un deber
para cada ciudadano de ese pueblo». [387]
Lüschen se despidió sin decir nada y me dejó a
solas con aquel papel. Empecé a pasear por la habitación, nervioso. El propio
Hitler expresaba allí lo que yo había estado sosteniendo durante los últimos
meses. Sólo cabía una conclusión: incluso midiéndolo con su propio programa
político, Hitler cometía deliberadamente un delito de alta traición contra su
propio pueblo, que se había sacrificado a sus objetivos y al que se lo debía
todo; desde luego, más de lo que yo le debía a Hitler. Aquella noche tomé la decisión
de eliminarlo. Desde luego, mis proyectos no pasaron a mayores y resultan algo
ridículos, pero son también testimonio del carácter del régimen y de la
deformación del de sus actores. Aún hoy me estremezco al pensar hasta dónde
había llegado, yo que en su día no aspiraba más que a ser el arquitecto de
Hitler. Seguía sentándome ocasionalmente frente a él y a veces incluso
hojeábamos los viejos proyectos de obras…, mientras yo iba pensando en la forma
de procurarme el gas venenoso que necesitaba para quitar de en medio al hombre
que, pese a todas nuestras desavenencias, aún me apreciaba y era más indulgente
conmigo que con cualquier otro. Durante años viví en un ambiente en el que una
vida humana no significaba nada y nunca pareció importarme. Pero ahora me daba
cuenta de que aquellas experiencias no habían pasado por mi lado sin más. Ya no
era sólo que estuviera enredado en aquella maraña de engaños, intrigas, vilezas
y conjuras, sino que yo mismo me había convertido en parte de aquel mundo
pervertido. Durante doce años viví irreflexivamente entre asesinos y en pleno
ocaso del régimen me disponía a sacar precisamente de una cita de Mi
lucha el impulso moral necesario para asesinar a Hitler.
Durante el proceso de Nüremberg, Göering se burló
de mí y dijo que yo era «un segundo Bruto». Algunos acusados también me
reprocharon que quebrantara el juramento que había prestado al Führer.
Pero el recuerdo de aquel juramento carecía de peso y no era más que una forma
de sustraerse a la obligación de pensar por uno mismo. Además, el propio Hitler
les había arrebatado ese argumento, como me lo arrebató a mí en febrero de
1945.
* * * *
Durante mis paseos por el parque de la Cancillería
me fijé en el conducto de ventilación del bunker de Hitler. El orificio de
entrada se encontraba a ras de suelo, entre unos matorrales, protegido por una
fina rejilla. El aire pasaba a través de un filtro. Un filtro que, como todos
los demás, era ineficaz contra nuestro gas venenoso tabún.
Una casualidad me permitió trabar cierta amistad
con el director de nuestras fábricas de municiones, Dieter Stahl. Debido a unas
palabras derrotistas, tuvo que rendir cuentas ante la policía secreta del
Estado. Me pidió que interviniera, a fin de que no se le instruyera proceso.
Puesto que yo conocía bastante bien al jefe regional de Brandemburgo, el caso
pudo resolverse satisfactoriamente. Hacia mediados de febrero, unos días
después de la visita de Lüschen, Stahl y yo coincidimos en una cabina del refugio
antiaéreo de Berlín durante un bombardeo. La situación contribuyó a que
conversáramos con franqueza. En aquella cámara sombría, de paredes de hormigón
y puerta de acero, amueblada con unas simples sillas, hablamos de lo que
sucedía en la Cancillería del Reich y de la política catastrófica que desde
allí se dictaba. De pronto, Stahl me agarró del brazo y gritó:
— ¡Va a ser espantoso, espantoso!
Le pregunté con mucha cautela por el nuevo gas
venenoso y traté de averiguar si podría conseguirlo. A pesar de lo extraño de
la pregunta, Stahl no se mostró reservado. Tras una pausa, le dije:
—Es el único medio de acabar la guerra. Voy a
tratar de introducir el gas en la Cancillería del Reich.
A pesar de la relación de confianza que se había
instaurado entre nosotros, por un momento yo mismo me asusté de mi sinceridad.
Pero él no pareció consternado ni nervioso, sino que me prometió con gran
serenidad que en los días siguientes buscaría un medio para obtener el gas.
Al cabo de varios días, Stahl me comunicó que había
establecido contacto con el comandante Soyka, jefe del Departamento de Munición
de la Dirección General de Armamentos del Ejército de Tierra. Quizá existiera
la posibilidad de rectificar las granadas que se producían en la fábrica de
Stahl y emplearlas para lanzar gases venenosos. En realidad, cualquier empleado
medio de las fábricas de gases podía acceder más fácilmente al tabún que el
ministro de Armamentos. Durante nuestras conversaciones se puso de manifiesto
que él tabún sólo resultaba efectivo al ser explosionado. Eso lo hacía
inutilizable, pues una explosión destruiría las delgadas paredes de los
conductos de aire. Entonces ya debíamos de estar a principios de marzo. Yo
seguía firme en mi propósito, ya que me parecía el único medio de suprimir no
sólo a Hitler, sino también, al mismo tiempo, a Bormann, Goebbels y Ley, para
lo que el atentado tendría que realizarse a la hora en que celebraban sus
reuniones nocturnas.
Stahl creyó poder procurarme pronto uno de los
gases convencionales. Yo conocía a Henschel, jefe de los servicios técnicos de
la Cancillería, desde que esta se construyó. Le sugerí que tal vez fuera
necesario cambiar los filtros del aire, pues llevaban ya mucho tiempo en
servicio y Hitler se había quejado algunas veces en mi presencia de que el aire
del bunker estaba viciado. Henschel actuó deprisa, mucho más que yo; los
filtros fueron desmontados y las dependencias del bunker quedaron sin
protección.
Sin embargo, aunque hubiéramos conseguido el gas,
todos los preparativos habrían sido inútiles, como verifiqué cuando, uno de
aquellos días, alegué un pretexto para inspeccionar el conducto de ventilación
y me topé con una escena bien distinta a la que conocía. Sobre los tejados de
todo el complejo había apostados centinelas de las SS bien armados, se habían
instalado focos y, en el lugar donde se encontraba la toma del aire, se había
construido una chimenea de más de tres metros de altura que dejaba fuera de
alcance el orificio. Me sentí como si me hubieran golpeado en la cabeza. Por un
momento temí que mis planes hubieran sido descubiertos, pero en realidad sólo
había intervenido el azar. Hitler, que durante la Primera Guerra Mundial sufrió
ceguera transitoria a causa de un gas venenoso, había ordenado construir
aquella chimenea porque el gas es más pesado que el aire.
En el fondo, me sentí aliviado al ver que mi plan
se había desbaratado definitivamente. Durante tres o cuatro semanas me
persiguió el temor de que alguien pudiera delatar el complot; además, a veces
me obsesionaba la idea de que se me notara que había estado conspirando. Al fin
y al cabo, desde el 20 de julio de 1944 había que contar con el riesgo de que
también la familia tuviera que rendir cuentas, de manera que mi castigo habría
alcanzado a mi esposa y a nuestros seis hijos.
De este modo no sólo se vino abajo aquel plan
concreto, sino que la sola idea del atentado se borró de mi mente con la misma
rapidez con que se había formado. Desde entonces ya no pensé que mi misión era
eliminar a Hitler, sino procurar que sus órdenes de destrucción no se llevaran
a cabo. También esto me alivió, pues aún se entremezclaban por igual en mí los
conceptos de afecto, rebeldía, lealtad e indignación. Independientemente del
miedo que pudiera sentir, me habría resultado imposible enfrentarme a Hitler
pistola en mano. Cara a cara, su poder de sugestión sobre mí sería demasiado
fuerte hasta el final.
La confusión total de mis emociones se manifestaba
en que, aun siendo consciente de la amoralidad de su conducta, no podía evitar
sentir cierta tristeza por su irremediable caída y la desintegración de su
existencia, basada en la confianza en sí mismo. En aquellos momentos me
inspiraba una mezcla de repugnancia, piedad y fascinación.
* * * *
Además, tenía miedo. Cuando, a mediados de marzo,
quise presentarme de nuevo a Hitler con un informe en el que retomaba el tema
prohibido de la derrota final, pensé acompañarlo de una carta personal. Empecé
a escribir el borrador con letra nerviosa y con la tinta verde reservada a los
ministros. Quiso la casualidad que utilizara para el borrador el dorso de la
hoja en la que mi secretaria había copiado la cita de Mi lucha con la escritura
de gran tamaño con la que había que dirigirse a Hitler. Aún quería recordarle
su propio llamamiento a la sublevación en el caso de perder la guerra.
«Tenía que escribir el informe adjunto —empezaba
diciendo—; en mi calidad de ministro de Armamentos y Producción de Guerra del
Reich, es mi deber para con usted y con el pueblo alemán». Aquí vacilé y cambié
el orden de la frase. Mediante una corrección, puse al pueblo alemán en primer
lugar. Luego continué: «Sé que este escrito me acarreará graves consecuencias
personales».
Aquí se interrumpe el borrador. También en esta
frase introduje una enmienda. Todo lo dejaba en manos de Hitler. La enmienda
era insignificante: «… puede acarrearme graves consecuencias personales».
Capítulo XXIX
La sentencia
Durante aquella última fase de la guerra, el
trabajo me distraía y me apaciguaba. Dejé que Saur se encargara de la
producción de armamentos, que se acercaba a su fin. [388] Yo, por el contrario, traté de vincularme lo más
estrechamente posible con los industriales para debatir los urgentes problemas
de abastecimiento y la transición a una economía de posguerra.
El Plan Morgenthau ofreció a Hitler y al Partido la
oportunidad de hacer saber a la población que la posible derrota sellaría
definitivamente el destino de todos los alemanes. Amplios sectores se dejaron
influir por esta amenaza. Nosotros, sin embargo, hacía tiempo que teníamos otra
idea de lo que iba a ser el desarrollo futuro. Hitler y sus políticos de
confianza en los territorios ocupados habían perseguido alcanzar en estos unas
metas muy similares a las que definía el Plan Morgenthau, aunque de forma mucho
más dura y rigurosa. Sin embargo, la, experiencia demostraba que tanto en
Checoslovaquia como en Polonia, en Noruega como en Francia, las industrias se
habían recuperado incluso en contra del propósito de Alemania, ya que, a la
postre, el estímulo de reactivarlas para fines propios había resultado mucho
más fuerte que las aberraciones de unos ideólogos amargados, y, si se empezaban
a reactivar las industrias, también había que mantener ciertas condiciones
socioeconómicas, alimentar y vestir a la población y pagar salarios.
Así había ocurrido, por lo menos, en los
territorios ocupados. Nosotros opinábamos que la única condición indispensable
para ello era que el mecanismo de la producción quedara prácticamente intacto.
Hacia el final de la guerra, sobre todo después de haber renunciado a mis
planes para cometer un atentado, mis actividades se centraron casi
exclusivamente, sin prejuicios ideológicos ni nacionalistas, y a pesar de todas
las dificultades, a salvar la capacidad industrial. Eso me obligó a vencer no
pocas resistencias y a seguir avanzando por el camino de la mentira, la
simulación y la esquizofrenia que había emprendido. En enero de 1945, durante
una reunión estratégica, Hitler me tendió una noticia de la prensa extranjera:
— ¡Pero si yo había ordenado que en Francia se
destruyera todo! ¿Cómo es posible que sólo unos meses después la industria
francesa ya se esté acercando a su nivel de producción de antes de la guerra?
—dijo, mirándome indignado.
—Quizá sólo sea propaganda —respondí con calma.
Hitler se mostraba receptivo a la idea de la falsa
propaganda, por lo que de momento la cuestión quedó salvada.
En febrero de 1945 volé nuevamente a los
yacimientos húngaros de petróleo, a lo que nos quedaba de la cuenca carbonífera
de la Alta Silesia, a Checoslovaquia y a Danzig. En todas partes conseguimos
contar con el apoyo de los delegados locales del Ministerio y con la
comprensión de los generales. Junto al lago Balatón, en Hungría, pude
contemplar el desfile de varias divisiones de las SS que debían tomar parte en
una gran ofensiva ordenada por Hitler. Puesto que aquella operación estaba
calificada de altamente confidencial, resultaba grotesco que aquellas unidades
proclamaran con las insignias de sus uniformes su carácter de formaciones de
élite, aunque también lo era, más aún que aquel despliegue descubierto de
tropas para preparar un ataque sorpresa, la idea de Hitler de que podría
destruir el poderío soviético recién establecido en los Balcanes con unas
cuantas divisiones acorazadas. Pensaba que, después de haberlo sufrido durante
unos meses, los pueblos del sudeste de Europa estarían cansados del dominio soviético.
En la desesperación de aquellas semanas, Hitler se empeñó en convencerse a sí
mismo de que unos cuantos triunfos iniciales supondrían un punto de inflexión.
Sin lugar a dudas se produciría un levantamiento contra la Unión Soviética y la
población haría causa común con nosotros hasta lograr la victoria. Resultaba
delirante.
Mi visita a Danzig me llevó al cuartel general de
Himmler, comandante en jefe del Grupo de Ejércitos del Vístula. Lo había
instalado en Deutsch-Krone, en un tren especial muy bien acondicionado. Por
casualidad oí que hablaba por teléfono con el general Weiss; Himmler atajaba
con toda clase de estereotipos los argumentos del general para abandonar una
posición perdida:
—Le he dado una orden. Responde usted con su
cabeza. Si perdemos la posición, tendrá que rendirme cuentas personalmente.
Sin embargo, cuando al día siguiente visité al
general Weiss en Preussisch-Stargard, supe que la posición había sido
abandonada durante la noche. Weiss no se mostró en absoluto intimidado por las
amenazas de Himmler.
—No pienso exponer a mis tropas a unas exigencias
que es imposible cumplir y que costarían cientos de bajas. Sólo hago lo que es
posible.
Las amenazas de Hitler y de Himmler empezaban a
perder efecto. También durante aquel viaje hice que el fotógrafo del Ministerio
registrara las interminables columnas de refugiados que, presos de un pánico
silencioso, se dirigían hacia el Oeste, y Hitler volvió a negarse a mirar las
fotos. Sin enojo, más bien con resignación, las dejó tan lejos de sí como pudo
sobre la gran mesa de mapas.
Durante mi viaje a la Alta Silesia conocí de cerca
al capitán general Heinrici, en quien vi a un hombre sensato, y trabajé en
estrecha colaboración con él durante las últimas semanas de la guerra. A
mediados de febrero decidimos que las instalaciones ferroviarias que en el
futuro deberían utilizarse para transportar carbón hacia el Sudeste debían ser
respetadas. Juntos visitamos una mina en Ribnyk. Las tropas soviéticas dejaban
que siguiera funcionando, a pesar de que se encontraba en las inmediaciones del
frente; también el enemigo parecía respetar nuestra política de no destrucción.
Los obreros polacos se habían acomodado al giro de la situación y trabajaban a
pleno rendimiento gracias a nuestra promesa de conservar la mina intacta si
renunciaban al sabotaje.
A primeros de marzo me trasladé a la cuenca del
Ruhr con el fin de averiguar las medidas que exigían allí el inminente final y
la futura reconstrucción. Los medios de transporte eran lo que más preocupaba a
los industriales: aunque se conservaran intactas las minas de carbón y las
acerías, si se destruían los puentes quedaría interrumpido el ciclo del carbón,
acero y laminado. Por ello, el mismo día de mi llegada fui al ver al mariscal
Model. [389] Me contó muy excitado que Hitler acababa de
ordenarle que atacara con unas divisiones determinadas al enemigo en su flanco
de Remagen y que recuperara el puente. En tono resignado, dijo:
—Al haber perdido las armas, estas divisiones
carecen de toda fuerza combativa y su importancia militar es inferior a la de
una compañía. Como siempre, en el cuartel general no tienen ni idea. Luego,
naturalmente, me echarán a mí la culpa del fracaso.
El mal humor que le habían provocado las órdenes de
Hitler hizo que Model prestara atención a mis propuestas. Me aseguró que
durante la lucha en la cuenca del Ruhr se respetarían los insustituibles
puentes del sector y en especial las instalaciones ferroviarias.
A fin de reducir en lo posible la destrucción de
puentes, tan comprometedora para el futuro, acordé con el capitán general
Guderian [390] redactar un decreto fundamental básico sobre
«Medidas destructivas en territorio propio» para prohibir cualquier voladura
que «impidiera el abastecimiento de la población». Las destrucciones se
limitarían al mínimo indispensable, procurando que las interrupciones de
servicio así causadas pudieran restablecerse fácilmente. Guderian aceptó dictar
esta disposición, bajo su propia responsabilidad, para que se aplicara en el
frente oriental; cuando trató de convencer al capitán general Jodl, a cuyo
mando estaba al frente occidental, para que firmara también el decreto, no tuvo
más remedio que enviárselo a Keitel, quien tomó el borrador y dijo que lo
discutiría con Hitler. El resultado era de prever: en la siguiente reunión
estratégica, este ratificó las severas órdenes de destrucción vigentes y se
mostró muy irritado por la actitud de Guderian.
* * * *
A mediados de marzo volví a presentarle a Hitler
una memoria en la que le daba sin ambages mi opinión sobre las medidas que
había que aplicar en aquel momento. Sabía muy bien que mi escrito violaba todos
los tabúes que él había impuesto durante los últimos meses. Sin embargo, pocos
días antes había convocado a todos mis colaboradores de la industria a una
reunión en Bernau y en ella les dije que respondía con mi cabeza de que, aunque
la situación militar siguiera empeorando, de ningún modo serían destruidas las
industrias. Al mismo tiempo, envié una circular a todas mis delegaciones en la
que les ordenaba que se abstuvieran de destruir nada. [391]
A fin de conseguir que Hitler leyera la memoria, en
la primera página empleé el tono habitual, empezando con un informe sobre la
producción de carbón. Sin embargo, ya en la segunda página el presupuesto para
armamentos aparecía en el último lugar de una lista que encabezaban las
necesidades de la población civil: alimentos, servicios, gas y
electricidad. [392] La memoria seguía diciendo que, «con toda
seguridad, cabía esperar el hundimiento definitivo de la economía alemana» en
unas cuatro u ocho semanas, después de las cuales «la guerra tampoco podría
proseguir en el terreno militar». Luego, con una alusión directa a Hitler,
decía: «Nadie puede pretender que el destino del pueblo alemán esté ligado a su
destino personal». Durante aquellas últimas semanas de la guerra, el deber más
honroso del Gobierno tenía que ser «ayudar al pueblo en todo lo posible». Y concluía
con estas palabras: «En esta fase de la guerra, no tenemos ningún derecho a
provocar destrucciones que puedan afectar a la vida del pueblo».
Hasta aquel momento había combatido los propósitos
devastadores de Hitler escudándome tras el hipócrita optimismo de la línea
oficial y arguyendo que las industrias no debían ser destruidas, a fin de que
«pudieran volver a utilizarse a la mayor brevedad posible cuando fueran
recuperadas». Hitler difícilmente podía oponerse a este argumento. Por el
contrario, ahora le decía por primera vez que había que conservar el potencial
industrial «aun en el caso de que no pareciera posible reconquistarlo. […] De ningún
modo la actividad militar en nuestra patria puede consistir en destruir tantos
puentes que, con los medios limitados de la posguerra, hagan falta años para
reconstruir la red de comunicaciones […]. Su destrucción supone anular las
posibilidades de supervivencia del pueblo alemán». [393]
* * * *
Esta vez no me atreví a entregar mi memoria a
Hitler sin tomar ciertas medidas. Era demasiado imprevisible y podía reaccionar
con precipitación. Por lo tanto, di las veintidós páginas de mi escrito al
coronel Von Below, mi oficial de enlace en el cuartel general del Führer,
y le recomendé que se lo presentara en el momento más oportuno. Después le pedí
a Julius Schaub, asistente personal de Hitler, que le solicitara una foto con
su dedicatoria personal con motivo de mi cuadragésimo cumpleaños. Yo era el único
de los colaboradores cercanos de Hitler que no se la había pedido aún en doce
años. Ahora, al final de su dominio y de nuestras relaciones personales, quería
darle a entender que, aunque me oponía a él y en mi escrito constataba
abiertamente la derrota, seguía venerándolo como siempre y daba valor a la
distinción que suponía una foto dedicada. De todos modos, me sentía inseguro y
dispuse todo lo necesario para situarme lejos de su alcance en cuanto hubiera
entregado la memoria. Aquella misma noche quise trasladarme en avión a
Königsberg, amenazada por los ejércitos soviéticos; el pretexto me lo brindaba
la habitual entrevista con mis colaboradores para evitar destrucciones
innecesarias, y también quería despedirme de ellos.
Finalmente, la noche del 18 de marzo acudí a la
reunión estratégica para quitarme aquel papel de encima. Desde hacía algún
tiempo, las reuniones ya no se celebraban en el suntuoso despacho que yo
diseñara siete años antes. Hitler las había trasladado definitivamente a su
pequeño gabinete del bunker subterráneo. Con melancólica amargura me dijo:
—Sabe, señor Speer, su hermosa arquitectura ya no
resulta un marco adecuado para las reuniones estratégicas.
El tema que debíamos tratar en la reunión del 18 de
marzo era la defensa del territorio del Sarre, duramente hostigado por el
ejército de Patton. Como había sucedido en el caso de los yacimientos rusos de
manganeso, Hitler se volvió hacia mí en busca de apoyo:
— ¡Dígales usted mismo a estos señores lo que
supondría la pérdida del carbón del Sarre!
Se me escapó esta frase espontáneamente:
—Eso no haría sino acelerar la derrota.
Nos miramos fijamente, estupefactos y
desconcertados. Yo estaba tan asombrado como Hitler. Tras un embarazoso
silencio, cambió de tema.
Aquel mismo día, el mariscal Kesselring, comandante
en jefe del frente occidental, informó de que la población entorpecía en gran
medida la lucha contra el avance de las tropas americanas. Al parecer, era cada
vez más habitual que la gente no dejara entrar a las tropas alemanas en los
pueblos. Los oficiales recibían presiones para que los lugares no fueran
destruidos con acciones de guerra. La tropa accedía en muchos casos a aquella
desesperada petición. Sin reflexionar ni un momento sobre las consecuencias,
Hitler se volvió hacia Keitel y le ordenó que cursara una orden al comandante
en jefe del frente occidental y a los jefes regionales para que toda la
población fuera evacuada por la fuerza. Diligentemente, Keitel se sentó
enseguida a una mesa que había en el rincón y se dispuso a redactar la orden.
Uno de los generales presentes trató de persuadir a
Hitler diciendo que sería imposible evacuar a cientos de miles de personas. No
disponíamos de trenes. Hacía tiempo que las comunicaciones estaban cortadas.
Hitler permaneció impasible.
— ¡Pues que vayan andando! —replicó.
Tampoco eso era posible, insistió el general. Para
ello se necesitarían abastecimientos. La columna tendría que ser dirigida a
través de zonas poco pobladas. Además, la gente no disponía de calzado
adecuado. Sin embargo, no pudo terminar. Imperturbable, Hitler le dio la
espalda.
Keitel había escrito un borrador de la orden y se
lo leyó a Hitler, quien lo aprobó. La orden decía así: «La presencia de
población civil en los sectores amenazados por el enemigo es tan gravosa para
los combatientes como para la propia población. Por lo tanto, el Führer ordena
lo siguiente: la zona occidental del Rin, es decir, el Palatinado del Sarre,
deberá ser inmediatamente evacuada de todos sus pobladores por detrás de la
línea del frente. […] La población deberá ser dirigida hacia el Sudeste, al sur
de la línea de Sankt Wendel-Kaiserslautern-Ludwigshafen. Los detalles serán
resueltos por el Grupo de Ejércitos G, de acuerdo con los jefes regionales. Los
jefes regionales recibirán idénticas instrucciones del jefe de la cancillería
del Partido. Firmado: mariscal general Keitel, Jefe del Alto Mando de la
Wehrmacht». [394]
Nadie protestó cuando Hitler concluyó diciendo:
—Ya no podemos ser considerados con la población.
Abandoné la habitación con Zander, el enlace de
Bormann ante Hitler. Zander estaba desesperado.
— ¡Pero eso no puede ser! ¡Va a provocar una
catástrofe! ¡No hay nada preparado!
Impulsivamente, le dije que suspendería mi vuelo a
Königsberg y que aquella misma noche saldría hacia el Oeste.
La reunión había terminado. Era más de medianoche y
había llegado mi cuadragésimo cumpleaños. Pedí a Hitler que me permitiera
hablar con él un instante. Hitler llamó al criado:
—Vaya a buscar el retrato que he firmado.
A continuación me entregó el estuche rojo de piel
con la insignia grabada en oro en el que solía hacer entrega de su retrato en
un marco de plata, al tiempo que me felicitaba cordialmente. Le di las gracias
y dejé el estuche encima de la mesa para sacar la memoria. Entretanto, Hitler
me decía:
—Últimamente me cuesta mucho trabajo escribir,
aunque sólo sean unas palabras. Ya sabe cómo me tiembla la mano. A veces casi
no puedo acabar de firmar. Lo que le he escrito me ha salido bastante ilegible.
Al oír esto abrí el estuche para leer la
dedicatoria. Realmente, apenas era legible, pero estaba redactada con
extraordinaria afabilidad y en ella me daba las gracias por mi trabajo y me
aseguraba su firme amistad. Ahora me resultaba difícil entregarle a cambio
aquella memoria en la que hacía constar de forma palmaria el derrumbamiento de
la obra de su vida.
Hitler la cogió en silencio. Con el fin de suavizar
la tensión del momento, le dije que aquella misma noche pensaba salir hacia el
Oeste. Luego me despedí. Cuando estaba pidiendo por teléfono, desde el propio
bunker, el coche y el chófer que necesitaba, Hitler me mandó llamar de nuevo.
—Lo he pensado mejor: es preferible que coja uno de
mis coches y que le lleve Kempka, mi chófer.
Yo me resistí con algunos pretextos. Por fin,
accedió a que usara mi coche, pero con la condición de que lo condujera Kempka.
Me sentí un poco intranquilo, pues se había desvanecido la cordialidad con la
que Hitler casi me había fascinado al entregarme el retrato. Me despidió
visiblemente contrariado. Yo estaba ya en la puerta cuando, como si no quisiera
darme ocasión de responder, me dijo:
— ¡Esta vez contestaré a su memoria por escrito!
—Tras una breve pausa, añadió en tono glacial: —Si la guerra se pierde, también
el pueblo estará perdido. No es necesario pensar en lo que precisará el pueblo
para sobrevivir. Al contrario, es mejor destruir incluso esto, porque este
pueblo ha demostrado ser el más débil, y el futuro pertenece en exclusiva a los
más fuertes del Este. ¡Los que queden después de esta lucha no serán más que
subhombres, pues los buenos han caído ya! [395]
Cuando me encontré sentado al volante de mi coche,
respirando el aire frío de la noche, con el chófer de Hitler a mi lado y el
teniente coronel Von Poser, mi oficial de enlace con el Estado Mayor, en el
asiento de atrás, respiré aliviado. Había convenido con Kempka que
conduciríamos por turnos. Era ya la una y media de la madrugada y, si queríamos
recorrer los 500 kilómetros de autopista que nos separaban del cuartel general
del comandante del frente occidental, situado en Nauheim, antes de que se hiciera
de día y aparecieran los bombarderos, teníamos que darnos prisa. Sintonizamos
en la radio la emisora que transmitía para los cazas nocturnos e íbamos
siguiendo con exactitud la posición de las escuadrillas enemigas en el plano
cuadriculado que sosteníamos sobre las rodillas: «Cazas nocturnos en la zona…
Varios “mosquitos” en la zona… Cazas nocturnos en la zona…». Cuando los aviones
enemigos se acercaban a nosotros, aminorábamos la marcha y avanzábamos despacio
por el arcén con las luces de posición, y en cuanto nuestro sector quedaba
despejado, encendíamos los potentes faros Zeiss, las luces antiniebla y el foco
orientable y nos lanzábamos por la autopista a toda velocidad, haciendo rugir
el compresor. Aun así, la mañana nos sorprendió en ruta. Afortunadamente, las
nubes bajas habían hecho cesar la actividad aérea. Al llegar al cuartel general
me retiré a descansar unas horas. [396]
Hacia mediodía me reuní con Kesselring, pero
nuestra conversación no dio ningún resultado. El adoptó una actitud de soldado
y no se avino a discutir las órdenes de Hitler. Por asombroso que parezca, el
delegado del Partido de su plana mayor se mostró mucho más comprensivo.
Mientras paseábamos de un lado a otro por la terraza del castillo, me aseguró
que en el futuro haría todo lo posible para evitar que se cursaran informes
sobre la conducta de la población que pudieran provocar reacciones indeseables
en Hitler.
Durante el frugal almuerzo con su plana mayor,
Kesselring acababa de pronunciar un corto brindis por mi cuadragésimo
cumpleaños cuando de repente una escuadrilla de cazas enemigos se abatió con
gran estrépito sobre el castillo y unas ráfagas de ametralladora rompieron las
ventanas. Nos arrojamos al suelo inmediatamente. Hasta entonces no sonó la
sirena de alarma, en el mismo momento en que pesadas bombas empezaban a
estallar muy cerca de nosotros. Mientras los impactos se iban produciendo a
derecha e izquierda, nos dirigimos a toda prisa al bunker entre nubes de humo y
polvo.
Evidentemente, el objetivo del ataque era el
corazón de la defensa occidental. Las explosiones se sucedían sin cesar. Las
paredes del bunker temblaron, pero no recibió ningún impacto directo. Cuando
pasó el ataque proseguimos la discusión, ahora también en presencia del
industrial del Sarre Hermann Röchling. Kesselring manifestó al septuagenario
Röchling que en los días siguientes se iba a perder el Sarre. El anciano
escuchó con entereza, casi con indiferencia, la noticia de que perdería su
patria y su fábrica.
—Ya perdimos el Sarre una vez y luego lo
recobramos. A pesar de mi edad, aún he de ver el día en que vuelva a ser
nuestro.
Nuestra próxima etapa era Heidelberg, adonde había
sido trasladada la central de armamentos para el sudoeste de Alemania. Yo
quería aprovechar la ocasión para hacerles al menos una corta visita de
cumpleaños a mis padres. Durante el día era imposible circular por la
autopista, a causa de los aviones; dado que yo conocía desde mi juventud las
carreteras secundarias, Röchling y yo fuimos por el Odenwald. El tiempo era
primaveral, cálido y soleado. Por primera vez hablamos con absoluta franqueza;
Röchling, antes gran admirador de Hitler, no se contuvo al expresar su opinión
de que seguir con la guerra era un acto de fanatismo insensato. Ya casi era de
noche cuando llegamos a Heidelberg. Las noticias que llegaban del Sarre eran
esperanzadoras: apenas se habían hecho preparativos para destruir las
instalaciones. Como ya no quedaba tiempo, ni siquiera una orden de Hitler
podría causar graves daños.
El viaje por carreteras atestadas de soldados en
retirada resultó penoso; fuimos profusamente insultados por aquellos hombres
cansados y enflaquecidos. Hasta pasada la medianoche no llegamos al cuartel al
que nos dirigíamos, situado en un pueblo vinícola del Palatinado. El general
Hausser, de las SS, tenía opiniones más razonables que su comandante en jefe
acerca de la forma de interpretar órdenes absurdas. Hausser consideraba
impracticable la evacuación que se había ordenado e irresponsable la voladura
de puentes. Cinco meses después, procedente de Versalles, yo cruzaría el Sarre
y el Palatinado como prisionero, en un camión. Tanto las instalaciones
ferroviarias como los puentes estaban prácticamente intactos.
Stöhr, jefe regional del Palatinado y el Sarre,
declaró sin ambages que no pensaba obedecer las órdenes de evacuación que había
recibido. Entonces tuvo lugar un curioso diálogo entre el jefe regional y yo,
que hablaba como ministro:
—Si no lleva a cabo la evacuación y el Führer le
pide cuentas por ello, puede alegar que le he dicho que la orden ha sido
anulada.
—No; es usted muy amable, pero asumo la
responsabilidad.
Yo insistía:
—Pero yo no tengo inconveniente en cargar con ello…
Stöhr negaba con la cabeza: —No, lo haré yo. Será sólo culpa mía. Fue el único
punto sobre el que no pudimos ponernos de acuerdo.
Nuestro próximo destino era el cuartel general del
mariscal Model, situado en el Westerwald, a 200 kilómetros de distancia. Por la
mañana aparecieron de nuevo los aviones americanos en vuelo rasante, por lo que
abandonamos la carretera principal y, por caminos secundarios, alcanzamos
finalmente un apacible pueblecito. Nada hacía suponer que allí se encontrara el
mando central de ningún grupo de ejércitos. No había ningún oficial, ningún
soldado, ni un coche, ni un letrero. Estaba prohibido que circularan coches
durante el día.
En la fonda del pueblo reanudé inmediatamente con
Model el debate que habíamos iniciado en Siegburg acerca de la conservación de
las instalaciones ferroviarias del Ruhr. Mientras hablábamos, entró un oficial
que traía un telegrama.
—Esto le concierne —dijo Model, confundido y
perplejo.
Me temí algo muy grave.
Era la «respuesta por escrito» que daba Hitler a mi
memoria. Establecía en todos los puntos justo lo contrario de lo que yo había
solicitado el 18 de marzo. «Todas las instalaciones militares, de
comunicaciones, industriales y de servicios, así como todos los bienes muebles»
que se encontraran dentro del territorio del Reich debían ser destruidos. Era
la sentencia de muerte para el pueblo alemán, el principio de la «tierra
quemada» en su forma más feroz. Yo mismo perdía mi poder por aquel decreto y
todas mis órdenes para la conservación de la industria quedaban explícitamente
invalidadas. A partir de entonces, los jefes regionales serían los encargados
de aplicar las medidas de destrucción. [397]
Las consecuencias habrían sido inimaginables;
durante un tiempo imprevisible no habría luz, ni gas, ni agua potable; no
habría carbón ni comunicaciones. Todas las vías férreas, los canales, las
esclusas, los muelles, los barcos, las locomotoras, serían destruidos. Incluso
en los lugares en los que se hubieran respetado las industrias, estas no
podrían producir por falta de electricidad, gas y agua; no habría reservas ni
teléfono. En suma, un país devuelto a la Edad Media.
El cambio de actitud del mariscal Model evidenciaba
que mi posición había cambiado. Continuó hablando, pero en un tono mucho más
frío, y rehuyó tratar del tema que en realidad era el motivo principal de
nuestro encuentro: la conservación de la industria del Ruhr. [398] {398} Afligido y fatigado, me fui a dormir a una granja. Unas horas
después salí al campo y subí a una colina. Abajo, envuelto en una tenue
neblina, el pueblo yacía apaciblemente al sol. Se divisaba una gran extensión,
hasta mucho más allá de las colinas del Sauerland. ¿Cómo era posible que
alguien quisiera convertir aquella tierra en un desierto? Me tumbé entre los
helechos. Todo me parecía irreal. La tierra exhalaba un aroma penetrante y ya
asomaban del suelo los nuevos brotes. Cuando regresé al pueblo, el sol se
estaba poniendo. Había tomado una decisión. Debía impedir que aquella orden
fuera ejecutada. Anulé las entrevistas que pensaba celebrar aquella noche en el
Ruhr; me dirigiría a Berlín para reconocer la situación.
El coche fue sacado de los matorrales y, a pesar de
la gran actividad aérea que se registraba, aquella misma noche emprendí el
viaje hacia el Este con las luces de posición. Mientras Kempka conducía, yo
hojeaba mis notas. La mayoría se referían a las conversaciones que había
sostenido durante los dos últimos días. Pasaba las páginas vacilante. Luego
empecé a romperlas disimuladamente y a arrojar los fragmentos por la
ventanilla. Durante una parada, mi mirada se posó en el estribo. A causa del
viento, los comprometedores papeles habían quedado amontonados en un rincón.
Los empujé discretamente hacia la cuneta.
Capítulo XXX
El ultimátum de Hitler
El cansancio nos mueve a la indiferencia. Así, no
me sentí nada excitado cuando la tarde del 21 de marzo de 1945 me encontré con
Hitler en la Cancillería del Reich. Me preguntó lacónicamente por el viaje y se
mostró muy reservado, sin aludir a su «respuesta por escrito». A mí me pareció
inútil hablar de ella. A Kempka, por el contrario, estuvo interrogándolo
durante más de una hora sin consultarme sobre ello.
Contraviniendo las órdenes de Hitler, aquella misma
noche entregué a Guderian un duplicado de mi memoria. Keitel se negó
escandalizado a cogerla, como si se tratara de un peligroso explosivo. En vano
traté de averiguar en qué circunstancias había dictado Hitler aquella orden.
Igual que después de que se descubriera mi nombre en la lista de ministros del
20 de julio, en torno a mí se había hecho el vacío. Estaba claro que para el
entorno de Hitler yo había caído definitivamente en desgracia; lo peor del caso
era que había perdido toda influencia en el terreno más importante: el de la
conservación de las industrias que de mí dependían.
Dos decisiones adoptadas por Hitler en aquellas
fechas me demostraron que estaba decidido a actuar con la mayor brutalidad. En
el informe de la Wehrmacht del 18 de marzo de 1945 leí que había sido ejecutada
la sentencia de muerte dictada contra cuatro oficiales por no haber ordenado a
su debido tiempo la voladura del puente sobre el Rin en Remagen; Model acababa
de decirme que aquellos oficiales eran completamente inocentes. «El horror de
Remagen», como se llamó al caso, haría temblar a muchos responsables hasta el
final de la guerra.
El mismo día oí rumores de que Hitler había
ordenado ejecutar al capitán general Fromm. Unas semanas antes, el ministro de
Justicia Thierack me dijo entre plato y plato durante una comida, con la mayor
indiferencia:
— ¡También Fromm va a perder pronto su cabecita!
Los esfuerzos que hice aquella noche para que
Thierack cambiara de opinión resultaron inútiles; no se dejó impresionar en lo
más mínimo. Por lo tanto, varios días después le dirigí una carta oficial de
cinco pliegos en la que rebatía la mayor parte de las acusaciones contra Fromm
de las que tenía noticia y me ofrecía al tribunal como testigo de la defensa.
Debió de tratarse de una petición insólita para un
ministro del Reich; sólo tres días después, el 6 de marzo de 1945, Thierack me
escribió escuetamente que para declarar ante el tribunal necesitaba una
autorización de Hitler. «El Führer acaba de hacerme saber
—proseguía— que de ningún modo piensa concederle tal autorización para el caso
Fromm. Por lo tanto, no me es posible incluir su declaración en el
sumario». [399] La ejecución de aquella sentencia de muerte me hizo
ver también a mí lo comprometido de mi situación.
Me encontraba en un callejón sin salida. Cuando, el
22 de marzo, Hitler me convocó a una de sus conferencias de armamentos, envié
de nuevo a Saur en mi lugar. Sus notas de aquella reunión me demostraron que
ambos se habían mantenido alegremente alejados de la realidad. A pesar de que
la producción de armamentos había llegado hacía tiempo a su fin, estuvieron
discutiendo proyectos y más proyectos, como si pudieran disponer aún de todo el
año 1945. No sólo hablaron de una producción de acero bruto totalmente irreal,
sino que acordaron aumentar al máximo el suministro de cañones antitanques de
8,8 cm, así como de lanzagranadas de 21 cm; se entusiasmaron al tratar de la
creación de nuevas armas, como un fusil especial para los paracaidistas, que
por supuesto «se produciría en cantidades elevadas», y un lanzagranadas de 30,5
cm, un calibre desmesurado. En aquel acta también se registró una orden de
Hitler para que en el plazo de unas semanas le fueran presentadas cinco nuevas
variantes de los tanques existentes. Además, quería que se investigara el
efecto del «fuego griego», conocido desde la Antigüedad, y que nuestro caza
reactor Me 262 fuera reconvertido a la mayor brevedad posible en caza
convencional. De este modo reconocía involuntariamente el fallo estratégico que
había cometido un año y medio antes, cuando, contra la opinión de los técnicos,
hizo prevalecer su terquedad. [400]
* * * *
Regresé a Berlín el 21 de marzo. Tres días después,
a primeras horas de la mañana, se me comunicó que, en un ancho frente situado
al norte del territorio del Ruhr, las tropas inglesas habían cruzado el Rin sin
encontrar resistencia. Yo ya sabía por Model que nuestras tropas eran
impotentes. En septiembre de 1944, el rendimiento extremo de nuestras fábricas
de armamentos había permitido dotar a un ejército sin armas de los medios
necesarios para establecer con rapidez una nueva línea de defensa. Ahora ya no teníamos
esa posibilidad; Alemania estaba siendo arrollada.
Me puse otra vez al volante de mi coche para
dirigirme de nuevo hacia el Ruhr, cuya conservación era de importancia decisiva
para la posguerra. En Westfalia, poco antes de llegar a nuestro destino, un
pinchazo nos obligó a detenernos. Estuve charlando con unos campesinos en una
casa de labor sin ser reconocido, gracias a la penumbra. Con gran asombro,
descubrí que la confianza en Hitler que les había sido inculcada durante los
últimos años seguía en pie incluso en aquellas circunstancias: él, Hitler, no
podía perder la guerra, me dijeron.
—El Führer se reserva algo que
pondrá en juego en el último momento. Entonces cambiarán las cosas. Ha dejado
que el enemigo llegue tan lejos sólo para tenderle una trampa.
Incluso entre los miembros del Gobierno se daban
estos casos de fe en el arma milagrosa que deliberadamente se había reservado
para el último momento y que destruiría al incauto extranjero que tan
despreocupadamente se había adentrado en el país. Funk, por ejemplo, me
preguntó en aquel tiempo:
—Pero todavía nos queda un arma especial, ¿verdad?
Un arma que lo cambiará todo…
Aquella misma noche inicié mis conversaciones con
el doctor Rohland, director de la plana mayor del Ruhr, y sus más importantes
colaboradores. Su informe era aterrador. Los tres jefes regionales del Ruhr
estaban decididos a ejecutar la orden de destrucción de Hitler. Hörner, uno de
nuestros colaboradores técnicos, que, por desgracia, era también director de la
Oficina Técnica del Partido, había trazado un plan destructivo por orden de los
jefes regionales. Molesto, pero habituado a obedecer, me dio pormenores de su
proyecto, el cual, técnicamente correcto, pondría fuera de servicio toda la
industria del Ruhr durante un tiempo imprevisible; hasta los pozos de carbón
debían ser anegados y, tras arrasar las instalaciones transportadoras,
quedarían inutilizables durante años. Se hundirían barcazas cargadas de cemento
para bloquear todos los puertos y vías fluviales del Ruhr. Los jefes regionales
querían empezar al día siguiente con las primeras voladuras, pues las tropas
enemigas avanzaban rápidamente por el norte de la cuenca del Ruhr. Por fortuna,
disponían de tan pocos medios de transporte que dependían de la ayuda de mi
organización de armamentos. Esperaban encontrar abundante dinamita, detonadores
y mecha en las minas.
Rohland mandó llamar inmediatamente al castillo
Thyssen de Landsberg, sede de la plana mayor del Ruhr, a una veintena de
representantes de confianza de la explotación carbonífera. Tras un breve
debate, y como si se tratara de lo más natural del mundo, se acordó arrojar la
pólvora, los detonadores y las mechas a la «ciénaga» de las minas, para
inutilizarlos. A uno de nuestros colaboradores se le encomendó utilizar las
escasas existencias de carburante de que disponíamos para sacar del Ruhr todos
nuestros camiones. En caso necesario, los camiones y el carburante debían ser
puestos a disposición de los combatientes, con lo cual quedarían
definitivamente fuera del alcance del sector civil. Finalmente, prometí a
Rohland y a sus colaboradores cincuenta ametralladoras de lo que quedaba de
nuestra producción para defender de las brigadas de destrucción de los jefes
regionales las centrales eléctricas y otras instalaciones industriales
relevantes. En aquel momento, en manos de hombres decididos a defender sus fábricas,
aquellas armas constituían una fuerza muy importante, pues no hacía mucho que
la policía y los miembros del Partido habían tenido que entregar las suyas al
Ejército. A este respecto, incluso hablamos de rebeliones abiertas.
Los jefes regionales Florian, Hoffmann y
Schlessmann se hallaban reunidos en el pueblo de Rummenohl, cerca de Hagen.
Pese a todas las prohibiciones de Hitler, al día siguiente traté una vez más de
convencerlos. Se produjo entonces una acalorada discusión con el jefe regional
de Dusseldorf, Florian, quien venía a decir que si la guerra se había perdido
no era por culpa de Hitler o del Partido, sino del pueblo alemán. De todos
modos, sólo las criaturas más miserables podrían sobrevivir a una catástrofe semejante.
Hoffmann y Schlessmann, a diferencia de Florian, terminaron por dejarse
convencer. Sin embargo, argüían, las órdenes del Führer debían
ser obedecidas y nadie podía eximirlos de su responsabilidad. No sabían qué
hacer. Por si fuera poco, Bormann acababa de comunicarles una nueva orden de
Hitler que llegaba aún más lejos que el decreto para destruir las bases de la
existencia del pueblo. [401] Hitler ordenaba una vez más que «todos los
territorios que por el momento no podamos conservar y cuya ocupación por el
enemigo sea previsible» fueran evacuados. Para cortar de raíz toda posible
réplica, la orden añadía: «El Führer está perfectamente informado
de las enormes dificultades que entraña esta disposición. Esta medida es el
resultado de una reflexión precisa y minuciosa. La necesidad de evacuar queda
fuera de cualquier discusión».
La evacuación de millones de personas de los
sectores situados al oeste del Rin y de la cuenca del Ruhr, de los centros de
población de Mannheim y Francfort, ya sólo podía efectuarse hacia regiones poco
pobladas, como Turingia y los llanos del Elba. Una población civil mal vestida
y peor alimentada debía invadir una región carente de servicios sanitarios,
alojamiento y comida. El hambre, las epidemias y la miseria serían inevitables.
Los jefes regionales que estaban reunidos conmigo
coincidían en que el Partido ya no disponía de los medios necesarios para
aplicar aquellas órdenes, aunque Florian, con gran asombro de todos, leyó el
texto de un entusiasta llamamiento, dirigido a los funcionarios del Partido de
Dusseldorf, que iba a mandar imprimir en carteles: cuando se acercara el
enemigo, todos los edificios de la ciudad que se conservaran en pie debían ser
incendiados y sus habitantes, evacuados. El enemigo no debía hallar más que una
ciudad arrasada y vacía. [402]
Los otros dos jefes regionales empezaron a vacilar.
Se mostraron de acuerdo con mi interpretación de la orden de Hitler, según la
cual la producción de la cuenca del Ruhr seguía siendo de gran importancia para
el armamento, ya que nos permitiría suministrar municiones directamente a las
tropas que combatían en ese sector. Así, la destrucción de las centrales
eléctricas, prevista para el día siguiente, quedó aplazada y la orden se
transformó en una exigencia de paralización.
Inmediatamente fui a buscar al mariscal Model a su
cuartel general. Se mostró dispuesto a circunscribir los combates, en la medida
de lo posible, a los territorios alejados del núcleo industrial, lo que
permitiría reducir las voladuras al mínimo, y a no ordenar que se destruyeran
las fábricas. [403] Me prometió también que durante las semanas
siguientes se mantendría en estrecho contacto con el doctor Rohland y sus
colaboradores.
Supe por Model que las tropas americanas avanzaban
hacia Francfort, que era imposible determinar con exactitud las líneas del
frente y que el cuartel general de Kesselring iba a ser desplazado al Este
aquella misma noche. A eso de las tres de la madrugada llegamos a Nauheim,
donde había estado el cuartel hasta entonces; una conversación con el jefe de
su plana mayor, general Westphal, dio como resultado que también él prometiera
moderarse al aplicar las órdenes de destrucción. Como ni siquiera el jefe de la
plana mayor del comandante en jefe del frente occidental podía decirnos cuánto
había avanzado el enemigo durante la noche, dimos un rodeo hacia el Este por el
Spessart y el Oldenwald en dirección a Heidelberg y cruzamos la pequeña ciudad
de Lohr. Nuestras tropas ya se habían retirado y en las calles y plazas se
advertía un extraño ambiente de expectación. En un cruce encontramos a un
soldado con unos cuantos lanzagranadas ligeros. Me miró sorprendido:
— ¿A quién está esperando? —le pregunté.
—A los americanos.
— ¿Y qué piensa hacer cuando lleguen?
No tuvo que pensar la respuesta:
— ¡Largarme a toda prisa!
Al igual que aquí, en todas partes daba la
impresión de que la gente consideraba que la guerra había terminado.
En la Central de Armamentos de Heidelberg, de la
que dependían las regiones de Badén y Württemberg, se habían recibido ya las
órdenes del jefe regional de Badén para destruir las centrales de agua y gas de
mi ciudad natal y de todas las demás de la región. El medio de evitar que se
ejecutaran no pudo ser más sencillo: las transmitimos por escrito, pero
depositamos las cartas en el buzón de una ciudad que pronto iba a ser ocupada
por el enemigo.
Los americanos ya habían tomado Mannheim, a sólo
veinte kilómetros, y avanzaban lentamente hacia Heidelberg. Tras una entrevista
nocturna con su alcalde, doctor Neinhaus, como último servicio a mi ciudad
natal pedí al general de las SS, Hausser, a quien ya conocía del Sarre, que
declarara Heidelberg ciudad-hospital y la entregara sin oponer resistencia.
Empezaba a clarear cuando me despedí de mis padres. Durante las últimas horas
que pasamos juntos, también ellos mostraron la inquietante conformidad que se había
apoderado de la sufriente población. Cuando mi coche arrancó, los dos estaban
frente al portal; mi padre corrió una vez más hacia la ventanilla y me estrechó
la mano mientras me miraba a los ojos en silencio. Intuíamos que no íbamos a
volver a vernos.
Tropas en retirada, sin armas y sin equipo,
bloqueaban la carretera que iba a Wurzburgo. A la luz del amanecer, varios
soldados persiguieron ruidosamente a un jabalí que había salido del bosque.
Cuando llegué a Wurzburgo fui a ver al jefe regional Hellmuth, quien me invitó
a un suculento desayuno. Mientras comíamos salchichas y huevos, me dijo con la
mayor naturalidad que, en cumplimiento de las órdenes de Hitler, había ordenado
que se destruyera la industria de rodamientos de Schweinfurt; en una habitación
contigua se encontraban ya los representantes de las fábricas y los
funcionarios del Partido, aguardando instrucciones. El plan estaba bien
trazado: se prendería fuego a los baños de aceite de las máquinas especiales.
Con ello, según habían demostrado los ataques aéreos, las máquinas quedarían
convertidas en chatarra. Al principio no había manera de convencerlo de que
aquello era un desatino, y me preguntó cuándo pensaba emplear el Führer el
arma milagrosa. A través de Bormann y Goebbels había recibido informes del
cuartel general según los cuales el empleo de esta arma era inminente. Como
tantas otras veces, tuve que explicarle también a él que no existía. Yo sabía
que aquel jefe regional pertenecía a la categoría de los razonables, por lo que
le pedí que no ejecutara la orden de Hitler. Añadí que en aquellas
circunstancias era un disparate arrebatar a la población las bases
imprescindibles de su existencia volando fábricas y puentes.
Le dije que las tropas alemanas se estaban
concentrando al este de Schweinfurt para realizar un contraataque y
reconquistar los centros de producción de armamentos, lo cual ni siquiera era
del todo falso, ya que el alto mando planeaba en efecto un próximo
contraataque. El viejo argumento de que Hitler no podría continuar la guerra
sin rodamientos volvió a ser eficaz. Lo hubiera convencido o no, aquel jefe
regional no estaba dispuesto a cargar con la culpa histórica de haber eliminado
todas las perspectivas de triunfo al destruir las fábricas de Schweinfurt.
Al salir de Wurzburgo, el tiempo aclaró. Muy de
tarde en tarde nos cruzábamos con pequeñas unidades que, a pie y sin armas
pesadas, iban al encuentro del enemigo. Eran unidades de instrucción,
destinadas a la última ofensiva. Los vecinos de los pueblos se dedicaban a
cavar fosas en sus jardines para enterrar la plata y demás objetos de valor. La
población rural nos recibía en todas partes con amabilidad. Sin embargo, la
gente no veía con buenos ojos que nos arrimáramos a las casas para ponernos a
cubierto de los aviones, ya que con ello poníamos en peligro sus hogares.
—Señor ministro, ¿no podría apartarse un poquito,
hasta la casa del vecino? —me gritaron en cierta ocasión desde una ventana.
Precisamente porque la población se mostraba
resignada y amigable y porque por ninguna parte se veían unidades bien
equipadas, el proyecto de destruir todos aquellos puentes me afectaba mucho más
que desde mi despacho de Berlín.
En las pequeñas ciudades y pueblos de Turingia
deambulaban sin rumbo uniformadas formaciones del Partido, especialmente de las
SA. Sauckel había llamado a las últimas reservas, hombres maduros y niños de
dieciséis años. El Volkssturm, las milicias del pueblo, debía
oponerse al enemigo, pero ya nadie podía darle armas. Varios días después,
Sauckel hizo un vibrante llamamiento animándolo a luchar hasta el final; acto
seguido subió a su coche y se fue al sur de Alemania.
El 27 de marzo, a última hora de la tarde, llegué a
Berlín. Me encontré con una situación distinta.
* * * *
Entretanto, Hitler había ordenado que Kammler,
general de división de las SS, aparte de responsabilizarse de los cohetes se
ocupara en lo sucesivo del desarrollo y producción de todos los aviones
modernos. De este modo excluía de mi jurisdicción el armamento aéreo, pero
además dispuso que Kammler podía servirse de mis colaboradores del Ministerio,
lo cual originaba una situación muy violenta, tanto en las cuestiones
protocolarias como organizativas, y ordenó explícitamente que Göering y yo
suscribiéramos el nombramiento de Kammler y nos subordináramos a él. Yo firmé
sin formular objeciones, aunque me sentía furioso y herido por aquella
humillación; aquel día no asistí a la reunión estratégica. Casi al mismo
tiempo, Poser me comunicó que Guderian había sido retirado, oficialmente por
motivos de salud; sin embargo, todo el que conociera los procedimientos
habituales sabía que Guderian no iba a regresar. Con él perdí a uno de los
escasos consejeros militares de Hitler que no sólo estaba de mi parte, sino que
siempre había apoyado mis actuaciones.
Por si fuera poco, mi secretaria me presentó las
normas, redactadas por el jefe de Transmisiones, para ejecutar la orden de
destrucción de todos los bienes nacionales dictada por Hitler. Ajustándose
exactamente a sus propósitos, ordenaban destruir todos los establecimientos de
transmisiones, no sólo los dependientes de la Wehrmacht, sino también los de
Correos, Ferrocarriles, vías fluviales y policía, así como las líneas
eléctricas. Por medio de «voladura, incendio o demolición», debían quedar
definitivamente fuera de servicio las centrales telefónicas, telegráficas y
repetidoras, las líneas eléctricas, antenas y emisoras de radio. En los
territorios ocupados por el enemigo no debía ser posible llevar a cabo ni
siquiera una reconstrucción provisional de la red de comunicaciones, para lo
que no sólo debían destruirse todas las existencias de repuestos, cables y
conducciones, sino también los cuadros de distribución y las descripciones
técnicas de los aparatos. [404] De todos modos, el general Albert Praun me dio a
entender que pensaba moderarse al aplicar aquella disposición tan radical.
Por otra parte, se me hizo saber confidencialmente
que la organización de los armamentos iba a ser confiada a Saur, aunque bajo la
autoridad de Himmler, el cual sería nombrado inspector general de toda la
producción bélica. [405] Aquella noticia me daba a entender que Hitler
pensaba prescindir de mí. Poco después recibí una llamada de Schaub, quien, con
alarmante sequedad, me ordenó presentarme ante Hitler aquella misma noche.
Sentí cierta opresión mientras me acompañaban al
despacho subterráneo de Hitler. Lo hallé solo; me recibió glacialmente, sin
ofrecerme la mano ni contestar apenas a mi saludo, y enseguida, en un tono duro
y en voz baja, entró en materia:
—He recibido un informe de Bormann sobre sus
conversaciones con los jefes regionales del Ruhr. Usted los ha incitado a no
ejecutar mis órdenes y les ha dicho que la guerra estaba perdida. ¿Sabe usted
lo que eso puede acarrearle?
Como si acabara de recordar algo muy lejano, cambió
de tono, se relajó y, casi como una persona normal, añadió:
—Si no fuera usted mi arquitecto, sería consecuente
y adoptaría las medidas que requiere un caso como el suyo.
En parte por franca insubordinación y en parte por
fatiga, le respondí, más impulsivo que valiente:
—Adopte las medidas que crea necesarias y no tenga
consideraciones hacia mi persona.
Al parecer, Hitler quedó desconcertado, pues se
hizo una breve pausa. En tono cordial, aunque en mi opinión muy bien meditado,
prosiguió:
—Está usted cansado y enfermo. Por eso he decidido
que se tome inmediatamente unos días de vacaciones. Otro dirigirá su Ministerio
por usted.
—No; me encuentro perfectamente —respondí con
decisión—. No voy a irme de vacaciones. Si no desea que siga siendo su
ministro, reléveme del cargo.
En el mismo instante me acordé de que hacía un año
Göering había rehusado aquella misma solución. Hitler me respondió, en tono
concluyente:
—No quiero relevarlo del cargo. Pero insisto en que
se tome inmediatamente un descanso por enfermedad.
Yo no cedí:
—No puedo conservar mi responsabilidad como
ministro y dejar que otro actúe en mi nombre. —En un tono algo más conciliador,
casi apremiante, añadí: —No puedo, Mein Führer.
Era la primera vez que me dirigía a él con este
tratamiento, pero no se mostró conmovido:
—No tiene alternativa. ¡No me es posible relevarlo
del cargo! —Esbozando a su vez un gesto de debilidad, prosiguió: —Por motivos
de política interior y exterior, no puedo prescindir de usted.
Envalentonado, repliqué:
—Me es imposible tomarme un permiso. Mientras esté
en el cargo, dirigiré el Ministerio. ¡No estoy enfermo!
Hubo una larga pausa. Hitler se sentó. Yo hice lo
mismo, aun sin haber sido invitado. En un tono más tranquilo, dijo:
—Speer, si pudiera usted convencerse de que la
guerra no está perdida, podría permanecer en el cargo.
Gracias a mis memorias, y seguramente también por
el informe de Bormann, estaba enterado de mi forma de ver la situación y de
afrontarla. Era evidente que intentaba obligarme a hacer una declaración que en
lo sucesivo me impidiera divulgar las verdaderas circunstancias a otras
personas.
—Usted sabe que no puedo convencerme de eso. La
guerra está perdida —respondí con sinceridad y sin ánimo de desafiarlo.
Hitler se puso nostálgico y me habló de las
situaciones difíciles que había atravesado, en las que todo parecía perdido y
que, sin embargo, había conseguido dominar a fuerza de tesón, energía y
fanatismo. De una forma que se me antojó interminable, se dejó llevar por los
recuerdos de su época de lucha; el invierno de 1941-1942, la amenaza de
catástrofe que pesaba sobre los transportes e incluso mis éxitos en la
producción de armamentos le sirvieron de ejemplo. Le había oído referir todo
aquello tantas veces que casi me sabía de memoria su monólogo y, si lo hubieran
interrumpido, habría podido continuar recitándolo casi textualmente. Su voz
apenas cambiaba de registro, pero quizá fuera aquel tono desapasionado y
suplicante a la vez lo que daba una gran fuerza persuasiva a sus intentos de
convencerme. Me invadió una sensación parecida a la que experimentara años
atrás en la casa de té, cuando me negué a desviar los ojos de su sugestiva
mirada.
Como yo seguía callado y me limitaba a mirarlo con
fijeza, me sorprendió atenuando bruscamente sus exigencias:
—Si creyera usted que aún puede ganarse la guerra,
si pudiera al menos creerlo, entonces todo estaría bien.
Su tono era cada vez más suplicante y por un
momento pensé que resultaba mucho más persuasivo cuando se mostraba débil que
en sus arranques de altivez. En otras circunstancias seguramente me habría
ablandado y habría cedido. Pero el recuerdo de sus propósitos de destrucción me
salvó de su influjo. Agitado y, por lo tanto, en voz tal vez demasiado alta,
respondí:
—No puedo, de ninguna manera. Y, finalmente,
tampoco querría ser uno de esos cerdos que lo rodean, que le aseguran que creen
en la victoria cuando ya hace tiempo que no es así.
Hitler no reaccionó. Permaneció unos momentos con
la mirada fija en el vacío y luego empezó a hablar otra vez de sus experiencias
de la época de lucha por el poder y, como tantas otras veces durante aquellas
semanas, sacó nuevamente a relucir la inesperada salvación de Federico el
Grande.
—Hay que creer que al final todo saldrá bien
—dijo—. ¿Confía en que la guerra puede tomar de nuevo un rumbo victorioso, o ha
perdido por completo la fe? —Una vez más, Hitler redujo su petición a una
declaración formal que me comprometiera: —Si por lo menos pudiera tener la
esperanza de que no hemos perdido… ¡Tendría que confiar en ello…! Con eso me
daría por satisfecho. [406]
No le respondí.
Se hizo una pausa larga y embarazosa. Por fin,
Hitler se levantó bruscamente y, adoptando de nuevo el tono cortante y frío del
principio de la entrevista, me dijo:
— ¡Tiene veinticuatro horas para meditar su
respuesta! Mañana me dirá si sigue confiando en que podemos ganar la guerra.
Me despidió sin darme la mano.
Como para ilustrar lo que ocurriría en Alemania de
cumplirse la voluntad de Hitler, inmediatamente después de aquella conversación
recibí un télex del jefe del Servicio de Transportes, fechado el 29 de marzo de
1945: «El objetivo es crear un desierto de comunicaciones en el territorio
perdido […]. La escasez de explosivos exige aprovechar con inventiva todas las
posibilidades para lograr una destrucción duradera». Tal y como especificaba el
decreto, debían destruirse toda clase de puentes, vías férreas y garitas de
señales, todos los servicios técnicos de los centros de maniobras, fábricas y
talleres, y también las esclusas e instalaciones de nuestras vías de navegación
fluvial. Al mismo tiempo, había que destruir por completo todas las
locomotoras, los vagones de pasajeros y de mercancías, los barcos mercantes y
las gabarras, y debían bloquearse eficazmente ríos y canales mediante el
hundimiento de barcos. Para ello debía recurrirse a cualquier tipo de munición,
al fuego o a la voladura de las piezas más importantes. Sólo un especialista
puede concebir la magnitud de la catástrofe que habría supuesto para Alemania
que se ejecutaran unas órdenes tan precisas, que certificaban a la vez la
meticulosidad con la que se ponían en práctica las órdenes genéricas de Hitler.
* * * *
Al llegar a mi pequeña vivienda provisional,
situada en la parte trasera del Ministerio, me tumbé en la cama, cansado, y me
puse a pensar de forma confusa cómo debía responder a aquel ultimátum de
veinticuatro horas que me había planteado Hitler. Finalmente me levanté y
empecé a redactar una carta. Al principio el texto se movía de forma
incongruente entre el deseo de convencer a Hitler, la tentación de complacerlo
y la ineludible verdad. Pero poco a poco el tono se fue definiendo con brutal
claridad: «Cuando leí la orden de destrucción (del 19 de marzo de 1945) y, poco
después, el edicto de evacuación, vi en ellos los primeros pasos hacia la
ejecución de estos propósitos. —Acto seguido pasaba a dar respuesta al
ultimátum: —Pero ya no puedo seguir creyendo en el triunfo de nuestra buena
causa si en estos meses críticos procedemos deliberada y sistemáticamente a
destruir las bases de la vida de nuestro pueblo. Se trata de una injusticia tan
grave para con él que, de llevarla a cabo, el destino ya no podrá estar de
nuestro lado […]. Por lo tanto, le suplico que no ejecute estas medidas contra
el pueblo. Si usted pudiera desistir de algún modo de dar semejante paso, yo
recuperaría el valor y la fe necesarios para seguir trabajando con la mayor
energía. Ya no está en nuestra mano —agregaba, aludiendo al ultimátum de
Hitler— decidir el curso del destino. Sólo la Providencia puede cambiar aún
nuestro futuro. Lo único que podemos hacer nosotros es mantener una conducta
firme y una fe inquebrantable en el eterno futuro de nuestro pueblo».
No concluí, como era habitual en aquellos escritos
privados, con un « Heil, Mein Führer!», sino que con las últimas
palabras me remití a lo único que aún cabía esperar: «Que Dios proteja a
Alemania». [407]
Al releer la carta, me pareció bastante floja.
Quizá Hitler creyó que hallaría en ella un tono de desafío que lo obligaría a
proceder contra mí, pues cuando le pedí a una de sus secretarias que copiara en
la máquina de escribir especial de Hitler, de letra grande, aquella carta que,
al ser estrictamente personal, estaba escrita a mano y resultaba difícil de
leer, me llamó para decirme:
—El Führer me ha prohibido que
acepte cartas de usted. Quiere que le dé su respuesta de palabra.
Al poco rato recibí la orden de presentarme
inmediatamente ante Hitler.
Hacia medianoche recorrí, por las ruinas de la
Wilhelmstrasse, totalmente destruida por las bombas, los pocos cientos de
metros que me separaban de la Cancillería del Reich, sin saber qué debía hacer
o responder. Habían pasado las veinticuatro horas y, sencillamente, no tenía
respuesta. Dejé que decidiera el instante.
Hitler estaba delante de mí. No las tenía todas
consigo, incluso parecía algo temeroso, y me preguntó lacónicamente:
— ¿Y bien?
Por un instante me quedé confuso. No tenía una
respuesta preparada. Pero entonces, como por decir algo, me vino a la cabeza de
forma irreflexiva la ambigua respuesta:
—Estoy incondicionalmente con usted, Mein
Führer.
Hitler no contestó, pero aquello lo conmovió. Tras
una breve vacilación me tendió la mano que no me había ofrecido al recibirme y
sus ojos, como tan frecuentemente ocurría entonces, se humedecieron.
—Entonces todo está bien.
Demostró claramente el alivio que sentía. También
yo, ante aquella reacción cálida e imprevista, me sentí emocionado por un
momento. Entre nosotros volvía a haber algo de aquella relación de antaño.
—Pero, como estoy incondicionalmente con usted
—dije, tomando la palabra enseguida para aprovechar la situación—, tiene que
volver a encomendarme a mí, y no a los jefes regionales, la ejecución de su
decreto.
Me autorizó a redactar un escrito al efecto, que él
firmaría inmediatamente; sin embargo, cuando salió el tema, se mantuvo firme en
su decisión de destruir las industrias y los puentes. Así me despedí. Era la
una de la madrugada.
En uno de los despachos de la Cancillería, redacté
un «Decreto de ejecución» que complementaba la orden de destrucción de Hitler
del 19 de marzo de 1945. A fin de evitar cualquier discusión, ni siquiera
intenté revocarla. Sólo puntualicé dos cosas: «La ejecución de la orden será de
la exclusiva incumbencia de las centrales y delegaciones del Ministerio de
Armamentos y Producción de Guerra. El ministro de Armamentos y Producción de
Guerra cuenta con mi aprobación para dictar las disposiciones necesarias para
que se ejecute la orden. El podrá impartir instrucciones concretas a los
comisarios de defensa del Reich». [408] De aquel modo, yo volvía a ocupar mi cargo. Además,
en otro párrafo había impuesto a Hitler la idea de que en las instalaciones
industriales «se puede lograr el mismo resultado mediante una paralización
eficaz»; naturalmente, para tranquilizarlo añadí que en algunas fábricas de
especial importancia se procedería a ejecutar la destrucción total cuando él lo
indicara. Hitler nunca llegó a hacerlo.
Hitler, con mano temblorosa y casi sin hacer
objeciones, firmó el escrito con lápiz, después de introducir en él varias
enmiendas. Una que hizo en la primera frase del texto demostraba que todavía
estaba a la altura de la situación: yo la había redactado en los términos más
genéricos posibles, a fin de establecer que las medidas de destrucción que se
habían dictado tenían exclusivamente por objeto impedir que el enemigo
aprovechara nuestras fábricas e instalaciones «para aumentar su fuerza
combativa». Sentado tras la mesa de mapas de la sala de reuniones estratégicas,
fatigado, limitó de su puño y letra esta disposición a las instalaciones
industriales.
Creo que Hitler comprendía claramente que, después
de aquello, buena parte de sus planes de destrucción no serían ejecutados.
Durante la conversación que siguió, logré ponerme de acuerdo con él en que «la
táctica de “tierra quemada” no tenía sentido en un territorio tan pequeño como
Alemania. Sólo puede cumplir su objetivo en extensiones grandes, como Rusia».
Tomé nota de este acuerdo en un apartado del acta de la reunión.
Como en la mayoría de los casos, Hitler obró con
ambigüedad. Aquella misma noche ordenó a todos los comandantes en jefe «activar
hasta el fanatismo la lucha contra el enemigo. ¡Hoy por hoy no podemos tener en
cuenta a la población!» [409]
* * * *
Una hora después hice reunir todas las
motocicletas, coches y ordenanzas disponibles y mandé ocupar la imprenta y el
teletexto, con el fin de recuperar mi terreno y detener las operaciones de
destrucción que ya se habían iniciado. A las cuatro de la mañana mandé cursar
mis disposiciones, aunque sin solicitar de Hitler la aprobación acordada. Sin
el menor escrúpulo, puse de nuevo en vigor todas mis normas, que Hitler había
anulado el 19 de marzo, para conservar las industrias, centrales de agua, gas y
electricidad y fábricas de productos alimenticios. Para la total destrucción de
las industrias, anuncié que pronto se promulgarían unas instrucciones
especiales… que nunca llegaron a materializarse.
Aquel mismo día, y sin contar con la autorización
de Hitler, ordené que los terrenos en obras de la Organización Todt «se
prepararan por si el enemigo los flanqueaba», y que debían enviarse de diez a
doce convoyes de alimentos a las inmediaciones del Ruhr, ya rodeado. Con el
general Winter, del Alto Mando de la Wehrmacht, acordé un decreto para detener
la voladura de puentes, aunque Keitel impidió que tuviera efecto; con el
capitán general de las SS Frank, responsable de todos los almacenes de ropa y
alimentos de la Wehrmacht, convine distribuir las existencias entre la
población civil, y Malzacher, mi delegado en Checoslovaquia y Polonia, debía
impedir que se destruyeran puentes en el territorio de la Alta Silesia. [410]
Al día siguiente me reuní con Seyss-Inquart,
comisario general para los Países Bajos, en Oldenburg. Durante aquel viaje, en
una parada, me ejercité por primera vez en el tiro de pistola. Después de los
preámbulos de rigor, Seyss-Inquart admitió, con gran asombro mío, que se había
abierto una vía de contacto con el bando contrario. No quería destruir nada en
Holanda y se proponía impedir las inundaciones previstas por Hitler. Hallé una
actitud semejante en Kaufmann, jefe regional de Hamburgo, a quien visité al
regresar de Oldenburg.
El 3 de abril, en cuanto regresé, prohibí que se
volaran las esclusas, baluartes, presas, pantanos y puentes de canales. [411] Los télex, cada vez más numerosos y acuciantes, en
los que se solicitaban órdenes especiales para destruir industrias, eran
contestados invariablemente con la instrucción de proceder únicamente a
paralizarlas. [412]
Al menos podía contar con apoyo al tomar estas
decisiones. Mi representante político, el doctor Hupfauer, se había aliado con
los secretarios más influyentes con el fin de neutralizar en lo posible la
política de Hitler. A su círculo pertenecía también Klopfer, el representante
de Bormann. Habíamos conseguido que este último perdiera pie. En cierto modo,
sus órdenes caían en el vacío. Tal vez él dominara a Hitler durante aquella
última etapa del Tercer Reich, pero fuera del bunker regían otras leyes. Incluso
el mismo Ohlendorf, jefe del Servicio de Seguridad de las SS, me aseguró
durante el cautiverio que había estado en todo momento al corriente de mis
actos, pero que siempre se abstuvo de dar parte.
De hecho, en abril de 1945 tenía la impresión de
que, en colaboración con los secretarios, podía conseguir en mi terreno más que
Hitler, Goebbels y Bormann juntos. En el lado militar había entablado buenas
relaciones con Krebs, nuevo jefe del Estado Mayor, ya que procedía de la plana
mayor de Model; también Jodl, Buhle y Praun, jefe de Transmisiones, se
mostraban cada vez más comprensivos conmigo.
Era consciente de que, de haber conocido mis
actividades, Hitler habría obrado finalmente en consecuencia. Tenía que partir
de la base de que terminaría por atacar. Durante aquellos meses de juego a dos
bandas me regí por un principio muy simple: mantenerme en todo momento lo más
cerca posible de Hitler. Cualquier intento de alejarme podía ocasionar
sospechas y, a la vez, cualquier sospecha que pudiera existir sólo podría ser
comprobada o eliminada de cerca. Yo no tenía ninguna propensión al suicidio; me
había preparado un refugio de emergencia en un rústico pabellón de caza situado
a cien kilómetros de Berlín; además, Rohland me consiguió un alojamiento en uno
de los numerosos pabellones de caza del príncipe Fürstenberg.
* * * *
En las reuniones estratégicas de principios de
abril, Hitler seguía hablando de operaciones de contraataque y de incursiones
sobre los flancos descubiertos del enemigo, que, tras haber rebasado Kassel,
avanzaba a marchas forzadas en dirección a Eisenach. Hitler seguía moviendo
divisiones de un lugar a otro, en un juego de guerra terrible y siniestro.
Cuando al regresar de uno de mis viajes al frente vi marcados en el mapa los
movimientos de nuestras tropas, no pude sino constatar que en el sector que yo
había recorrido no se las veía por ninguna parte; a lo sumo se divisaba a unos
cuantos soldados sin armas pesadas, equipados sólo con fusiles.
También en mi despacho se celebraba ahora cada día
una pequeña reunión estratégica a la que mi oficial de enlace con el Estado
Mayor aportaba las últimas noticias, desobedeciendo así una orden de Hitler,
que había prohibido informar sobre la situación militar a los organismos no
militares. Día tras día Poser nos indicaba, con bastante exactitud, los
territorios que iban a ser ocupados por el adversario durante las siguientes
veinticuatro horas. Sus partes, sobrios y realistas, en nada se parecían a los discursos
encubiertos que se pronunciaban en el bunker de la Cancillería. Allí no se
hablaba de evacuaciones ni de retiradas. Me daba la impresión de que el Estado
Mayor dirigido por el general Krebs había desistido definitivamente de poner a
Hitler al corriente de la realidad y que se limitaba en cierto modo a
entretenerlo jugando a la guerra. Cuando, en contra de las previsiones de la
víspera, caían ciudades y sectores, Hitler se mostraba tranquilo. Ya no
increpaba a sus colaboradores como hacía semanas atrás. Parecía resignado. A
primeros de abril, Hitler llamó a Kesselring, comandante en jefe del sector
occidental. Casualmente, fui testigo del grotesco diálogo que mantuvieron.
Kesselring trataba de exponer a Hitler lo desesperado de la situación, pero al
cabo de dos o tres frases este monopolizó la conversación y dio una clase
magistral sobre cómo, asacando el flanco con unos cuantos cientos de tanques,
aniquilaría a la avanzadilla americana de Eisenach, con lo que la sumiría en un
pánico colosal y expulsaría al enemigo occidental de Alemania. Hitler se perdió
en una larga perorata sobre la notoria incapacidad de los soldados americanos
para encajar una derrota, a pesar de que durante la ofensiva de las Ardenas
había tenido ocasión de comprobar todo lo contrario. La reacción de Kesselring
me irritó; tras resistírsele un poco, se mostró de acuerdo con las fantasías de
Hitler y pareció tomar en serio sus planes. En cualquier caso, no tenía ningún
sentido irritarse por batallas que ya no iban a tener lugar.
En una de las siguientes reuniones estratégicas,
Hitler expuso de nuevo su idea de atacar por el flanco. Con la mayor sequedad,
comenté:
—Si todo queda destruido, recuperar esos
territorios no me va a servir de nada. Ya no podré producir en ellos.
Hitler guardó silencio.
—No podría reconstruir los puentes con tanta
rapidez —añadí.
Entonces, visiblemente eufórico, Hitler me
respondió:
—Tranquilícese, señor Speer. No se han destruido
tantos puentes como yo he ordenado.
Con la misma jovialidad, casi en broma, repliqué
que resultaba curioso alegrarse porque no se hubiera cumplido una orden. Para
mi sorpresa, Hitler se mostró dispuesto a examinar un decreto que yo le
presentara al efecto.
Cuando le mostré el texto a Keitel, perdió los
estribos por un momento:
— ¿Por qué otra contraorden? ¡Pero si ya tenemos la
orden de destrucción…! ¡Sin volar puentes no se puede hacer una guerra!
Finalmente, tras introducir algunas rectificaciones
sin importancia, Keitel aprobó el decreto y Hitler firmó que a partir de
entonces sólo se paralizarían las instalaciones de transportes y
comunicaciones, conservando intactos los puentes hasta el último momento. Una
vez más, tres semanas antes del fin, hice que Hitler corroborara que, al
aplicar «las medidas de destrucción y evacuación, deberá procurarse que cuando
se recuperen los territorios perdidos estos puedan ser reutilizados para la
producción alemana». [413] No obstante, tachó con lápiz azul una frase que
decía que había que demorar la destrucción, aun a riesgo de que «en caso de
producirse un rápido movimiento del enemigo pudiera caer en sus manos un puente
intacto».
Aquel mismo día, el general Praun, jefe de los
servicios de Transmisiones, revocó su decreto del 27 de marzo de 1945,
suspendió todas las órdenes de destrucción e incluso dio la orden interna de
que se conservaran las existencias almacenadas, pues después de la guerra
servirían para restablecer la red de comunicaciones. Manifestó que, de todos
modos, la destrucción de los medios de comunicación que Hitler había ordenado
no tenía sentido, puesto que el enemigo contaba con sus propios cables y
emisoras de radio. No sé si el jefe de Transportes revocó también su decreto
sobre la creación de un desierto de comunicaciones. En todo caso, Keitel se
negó a tomar el último decreto de Hitler como base para redactar nuevas normas
de ejecución que eran susceptibles de múltiples interpretaciones. [414]
Keitel me reprochaba, con razón, que la orden de
Hitler del 7 de abril había creado confusión en la cadena de mando. En los
diecinueve días comprendidos entre el 18 de marzo y el 7 de abril de 1945 se
habían cursado doce órdenes contradictorias. Sin embargo, aquella confusión
contribuyó a aminorar el caos.
Capítulo XXXI
Las doce y cinco
En el mes de septiembre, Werner Naumann, secretario
del Ministerio de Propaganda, me había pedido que pronunciara un discurso, que
sería radiado por todas las emisoras, para reforzar la voluntad de resistencia
del pueblo. Como creí ver en aquella propuesta una trampa de Goebbels, no
accedí. Sin embargo, ahora que Hitler, tras haber firmado el decreto redactado
por mí, parecía haberse puesto de mi parte, me pareció conveniente aprovechar
la resonancia que tendría un discurso radiado con el fin de convencer a un
sector lo más amplio posible de la opinión pública para que evitara las
destrucciones inútiles. Acepté pronunciarlo y, una vez cursado el decreto de
Hitler, me instalé en el pabellón de caza de Milch, en el lejano Stechlinsee,
en Brandemburgo.
Durante aquella última etapa, estábamos preparados
para cualquier cosa. Con el fin de poder defenderme en caso necesario, me
dediqué a hacer prácticas de tiro a orillas del lago disparando a una silueta
humana, y trabajé en el borrador de mi discurso. Al anochecer me sentía
satisfecho: mis disparos hacían blanco en rápida sucesión y el discurso me
parecía totalmente inequívoco, aunque sin llegar al extremo de comprometerme.
Se lo leí a Milch y a un amigo suyo mientras tomábamos una copa de vino. «Es un
error creer que aparecerán armas milagrosas que puedan sustituir la acción del
soldado». Seguía diciendo que no habíamos destruido las industrias de los
territorios ocupados y que ahora considerábamos un deber conservar también las
bases de la existencia en nuestro país: «Todos aquellos que, con un exceso de
celo, se resistan a comprender el significado de estas medidas, deberán ser
castigados con el máximo rigor, pues —añadía con el patetismo que se estilaba
entonces— estará pecando contra lo más sagrado que existe para el pueblo
alemán: contra la fuente de la fuerza vital de nuestro pueblo». Mencionaba
brevemente la teoría de la recuperación de territorios y después me refería a
la expresión «desierto de comunicaciones» utilizada por el jefe del servicio de
Transportes: «Deben emplearse todas las fuerzas populares para impedir que se
lleven a cabo estos propósitos. Si todas las medidas se aplican con prudencia,
puede asegurarse la alimentación del pueblo, aunque con ciertas dificultades,
hasta la próxima cosecha». Cuando terminé, Milch comentó con ecuanimidad y
estoicismo:
—El sentido se capta perfectamente, ¡pero también
lo hará la Gestapo!
El 11 de abril, el camión de la emisora de radio
estaba ya ante el Ministerio y unos obreros instalaban los cables en mi
despacho cuando recibí una llamada:
—Preséntese al Führer con el texto
del discurso.
Yo había suavizado las expresiones más fuertes en
una versión para los periódicos, [415] aunque sin renunciar al propósito de leer mi texto
original. Me llevé la versión atenuada. Hitler estaba tomando el té en el
bunker con una de sus secretarias; pusieron una tercera tasa para mí. Hacía
tiempo que no había tenido un encuentro tan informal y privado con Hitler. Se
caló torpemente sus gafas de montura metálica, que le daban un cierto aire
profesoral, cogió un lápiz y empezó a tachar párrafos enteros del discurso
desde las primeras páginas. Sin prestarse a discusión, de vez en cuando decía en
tono perfectamente cordial: —Esto vamos a suprimirlo. —O bien: —Este pasaje es
superfluo.
Su secretaria iba leyendo sin inmutarse las páginas
que Hitler dejaba a un lado y se lamentaba:
— ¡Qué lástima, con lo bonito que estaba quedando!
Hitler me despidió amistosamente, casi afectuoso.
—Por qué no prepara otro borrador… [416]
En su versión corregida, el discurso había perdido
todo sentido. Sin embargo, mientras no tuviera la aprobación de Hitler, no
podría disponer de las emisoras del Reich. En vista de que tampoco Naumann
volvió a hablarme del asunto, dejé que cayera en el olvido.
A mediados de diciembre, al finalizar el último
concierto que ofreció en Berlín Wilhelm Furtwängler con su Filarmónica, este me
llamó a su camerino. Con una ingenuidad que desarmaba, me preguntó si aún
teníamos alguna posibilidad de ganar la guerra. Cuando le respondí que el fin
era inminente, Furtwängler asintió; la respuesta debió de responder a sus
expectativas. Me pareció que corría peligro, ya que Bormann, Goebbels y el
mismo Himmler no habían olvidado muchas de sus francas declaraciones ni su intercesión
en favor del proscrito compositor Hindemith. Así pues, le aconsejé que no
regresara a Alemania después de su próxima gira por Suiza.
—Pero ¿qué va a ser de mi orquesta? ¡Soy
responsable de ella!
Le prometí ocuparme de los músicos en los meses
siguientes.
A primeros de abril de 1945, Gerhart von
Westermann, intendente de la Filarmónica, me comunicó que, por orden de
Goebbels, todos los miembros de la orquesta habían sido llamados a luchar en la
defensa de Berlín. Traté de conseguir por teléfono que no fueran reclutados por
el Volkssturm. Goebbels me respondió secamente:
—Yo he encumbrado a esta orquesta. Ha llegado a ser
lo que hoy representa en el mundo gracias a mi iniciativa y a mi dinero.
Quienes vengan después de nosotros no tendrán ningún derecho a ella. Que se
hunda con nosotros.
Entonces recurrí al sistema por el cual Hitler, al
principio de la guerra, había impedido que se movilizara a sus artistas
predilectos y pedí al coronel Von Poser que destruyera los papeles de los
miembros de la Filarmónica que hubiera en las oficinas de reclutamiento. A fin
de apoyar también económicamente a la orquesta, el Ministerio organizó algunos
conciertos.
—Cuando se interprete la Sinfonía romántica de
Bruckner, será que ha llegado el fin —dije a mis amigos.
Aquel concierto de despedida se celebró el 12 de
abril de 1945 por la tarde. En la sala de la Filarmónica, sin calefacción,
sentados en sillas traídas de casa y con el abrigo puesto, se habían reunido
todos los habitantes de la ciudad amenazada que se enteraron de aquel último
concierto. Los berlineses debieron de llevarse una sorpresa, ya que aquel día,
por orden mía, se suprimió el corte de corriente habitual a aquella hora, a fin
de que pudiera iluminarse la sala. Para la primera parte había elegido la última
aria de Brunilda y el final de El crepúsculo de los dioses; un
gesto patético y melancólico a la vez ante el fin del Reich. Después del Concierto
para violín de Beethoven, la Sinfonía de Bruckner,
con su último movimiento de corte arquitectónico, cerró durante mucho tiempo
todas las experiencias musicales de mi vida.
Cuando regresé al Ministerio encontré un aviso de
que debía llamar inmediatamente al asistente de Hitler.
— ¿Dónde se había metido? El Führer lo
está esperando.
Al verme, Hitler se precipitó a mi encuentro con
una vivacidad inusitada, agitando en la mano una noticia de la prensa:
— ¡Tome, lea esto! Aquí, ¡aquí! Usted, que nunca ha
querido creerlo… —Hablaba atropelladamente.— Aquí tiene el gran milagro que yo
siempre había vaticinado. Y ahora, ¿quién tiene razón? La guerra no está
perdida. ¡Lea usted! ¡Roosevelt ha muerto!
Era incapaz de tranquilizarse. Creía
definitivamente demostrado el carácter infalible de la Providencia que lo
protegía. Goebbels y muchos de los presentes confirmaban, radiantes, que no se
equivocaba en el convencimiento que había expresado hasta la saciedad: ahora se
repetía la historia que en el último momento, cuando la derrota parecía
inevitable, había dado la victoria a Federico el Grande. ¡El milagro de la casa
de los Brandemburgo! La zarina había vuelto a morir, se había producido el
punto de inflexión, repetía Goebbels sin cesar. Por un momento, aquella escena
retiró el velo de optimismo fingido de los últimos meses. Después, Hitler se
dejó caer exhausto en su butaca, como liberado y aturdido a la vez; a pesar de
todo, parecía desesperado.
Varios días después, como una más de las
incontables fantasías que brotaron por todas partes tras la noticia de la
muerte de Roosevelt, Goebbels me mandó decir que, puesto que yo gozaba de tanto
renombre en el Occidente burgués, quizá fuera aconsejable que tomara el avión
para visitar al nuevo presidente, Truman. Tales ideas se desvanecían tan
rápidamente como aparecían.
* * * *
En la que antaño fuera la vivienda de Bismarck, en
aquellos mismos días de abril me encontré al doctor Ley rodeado de un grupo de
personas, entre ellas Schaub y Bormann, además de varios asistentes y
secretarios; reinaba una gran confusión. Ley corrió a mi encuentro con estas
palabras: —¡Se han inventado los rayos de la muerte! Es un aparato sencillísimo
que podemos fabricar a gran escala. He estudiado bien los planos y no hay duda:
¡con esto daremos el golpe!—. Mientras Bormann lo animaba con un gesto de asentimiento,
el doctor Ley prosiguió, tartamudeando como siempre y en tono de reproche: —En
su Ministerio no quisieron escuchar al inventor, que por fortuna me escribió a
mí, y ahora va a tener que ocuparse personalmente del asunto. Enseguida… ¡Ahora
mismo no hay nada más importante!
Ley la emprendió entonces con la insuficiencia de
mi organización; dijo que estaba demasiado burocratizada y que era
excesivamente rígida. Todo aquello resultaba tan absurdo que ni siquiera lo
contradije:
—¡Tiene toda la razón! ¿No quiere ocuparse
personalmente de ello? Estaré encantado de asignarle el cargo de «responsable
de los rayos de la muerte».
Ley se mostró entusiasmado con la propuesta.
—¡Desde luego! ¡Yo me encargaré! En este asunto,
incluso estoy dispuesto a subordinarme a usted. ¡Al fin y al cabo, procedo de
una familia de químicos!
Le sugerí que hiciera un experimento y le aconsejé
que utilizara conejos propios, ya que muchas veces los animales preparados
resultaban engañosos. Efectivamente, varios días después me llamó su asistente
desde un apartado lugar de Alemania para darme la lista de los aparatos
electrónicos que necesitaban.
Decidimos seguir la comedia. Pusimos al corriente a
nuestro amigo Lüschen, jefe de la industria electrónica, y le pedimos que
suministrara al inventor los aparatos que solicitaba. Poco después regresó
diciendo:
—He podido darles todo lo que pedían, menos un
interruptor del circuito. No tenemos ninguno que dé la velocidad de
interrupción que quieren. Sin embargo, el «inventor» insiste precisamente en
este punto. ¿Sabe lo que he averiguado? —añadió Luxen entre risas—. Este
interruptor hace cuarenta años que no se fabrica y se menciona en una vieja
edición del Graetz, un manual de Física de enseñanza media, de allá
por el año 1900.
Casos como este proliferaron cada vez más a medida
que se acercaba el enemigo. Ley defendía, completamente en serio, la siguiente
teoría:
—Si los rusos nos arrollan por el Este, la ola de
refugiados alemanes se hará tan fuerte que caerá sobre el Oeste como una gran
migración, lo invadirá y terminará dominándolo.
Aunque Hitler se burlaba de las ridículas fantasías
de Ley, por aquellos tiempos era uno de los miembros favoritos de su entorno
personal.
* * * *
Durante la primera mitad de abril, Eva Braun se
presentó por sorpresa y sin ser llamada en Berlín y manifestó que no pensaba
moverse del lado de Hitler. El trató de convencerla para que volviera a Munich
y también yo le ofrecí una plaza en nuestro avión correo. Pero ella lo rechazó
todo obstinadamente, y los que estábamos en el bunker supimos por qué había
venido. Con su presencia, un mensajero de muerte simbólico y real había entrado
a vivir en el bunker.
El doctor Brandt, médico personal de Hitler y
asiduo miembro del círculo del Obersalzberg desde 1934, había dejado que su
esposa y su hijo fueran «arrollados», como se decía entonces, por los
americanos en Turingia. Hitler le formó un consejo de guerra constituido por
Goebbels, el jefe de las juventudes Axmann y el general Berger, de las SS; él
intervino en el proceso en calidad de fiscal y presidente del tribunal a la
vez, exigió la pena de muerte y formuló las acusaciones: Brandt sabía que podía
alojar a su familia en el Obersalzberg; además, existía la sospecha de que, por
mediación de su esposa, hubiera hecho llegar informes secretos a los
americanos. La señora Wolf, secretaria de dirección de Hitler desde hacía
muchos años, decía entre lágrimas:
—Ya no puedo entenderlo.
Himmler entró en el bunker y calmó los ánimos de
los presentes: primero había que interrogar a un testigo de importancia. Y,
añadió taimado, «a ese testigo no vamos a encontrarlo».
Aquel inesperado incidente me puso también a mí en
una situación incómoda, pues desde el 6 de abril había alojado a mi familia
lejos de las grandes ciudades, en el Báltico, en una hacienda situada cerca de
Kappeln, en Holstein. [417] De pronto eso se había convertido en un crimen.
Cuando Hitler, por mediación de Eva Braun, se interesó por el paradero de mi
familia, mentí diciendo que estaba en casa de un amigo, cerca de Berlín. La
explicación tranquilizó a Hitler, pero me hizo asegurarle que, cuando él se
retirase al Obersalzberg, lo acompañaríamos. Todavía tenía el propósito de
librar su última batalla en la llamada Fortaleza de los Alpes.
Goebbels, por su parte, declaró que aunque Hitler
abandonara Berlín, él pensaba acabar sus días en la capital.
—Mi mujer y mis hijos no deben sobrevivirme. Los
americanos no harían más que adiestrarlos para que hicieran propaganda contra
mí.
A la señora Goebbels, por el contrario, la idea de
que sus hijos tuvieran que morir le parecía insoportable, como me dijo cuando
acudí a visitarla en Schwanenwerder a mediados de abril, pero, al parecer,
acataba la voluntad de su marido. Unos días más tarde le propuse enviarle en el
último momento, por la noche, una barcaza de nuestra flota de transporte al
embarcadero de la finca. Ella y los niños podrían esconderse bajo cubierta
hasta que la barca amarrara en algún afluente del lado occidental del Elba. En
el barco habría alimentos suficientes para que pudieran vivir algún tiempo sin
ser descubiertos.
Después de que Hitler declarara que no iba a
sobrevivir a una derrota, muchos de sus más íntimos colaboradores se
apresuraron a manifestar que tampoco ellos veían más salida que el suicidio.
Yo, por el contrario, opinaba que debían aceptar el sacrificio y someterse a un
proceso judicial del enemigo. Dos de los más eficientes oficiales de la
Luftwaffe, Baumbach y Galland, y yo elaboramos durante los últimos días de la
guerra un extravagante plan para poner a buen recaudo a los principales
colaboradores de Hitler e impedir que se suicidaran. Habíamos averiguado que
Bormann, Ley y Himmler salían de Berlín todas las noches, cada uno por su lado,
para pernoctar en distintas localidades del entorno poco expuestas a las
alarmas aéreas. Nuestro plan era sencillo: cuando los bombarderos nocturnos del
enemigo dejaban caer sus bombas luminosas blancas, todos los coches se detenían
y sus ocupantes huían hacia los campos. Unos cohetes luminosos parecidos,
disparados por pistolas de señales, tenían que producir una reacción similar;
un pelotón equipado con pistolas ametralladoras podría reducir a los seis
hombres de la escolta. La munición luminosa ya estaba en mi casa, se había
establecido la composición del pelotón y se habían estudiado todos los
detalles. La confusión general haría que no resultara difícil llevar a los
detenidos a lugar seguro. El doctor Hupfauer, antaño el principal colaborador
del doctor Ley, insistió, con gran asombro por mi parte, en que el golpe de
mano contra Bormann debía ser ejecutado por miembros del Partido con
experiencia en el frente: no había nadie en el Partido más aborrecido que él.
El jefe regional Kaufmann insistió en que le dejaran liquidar personalmente al
«Mefistófeles del Führer». Con todo, cuando se enteró de nuestros
fantásticos propósitos, el general Thomale, jefe del Estado Mayor de las tropas
acorazadas, me convenció, durante una conversación nocturna en la carretera, de
que nadie debía torcer la justicia divina.
También Bormann tenía sus planes. Cuando Brandt, a
quien consideraba equivocadamente la piedra angular de mi influencia sobre
Hitler, fue encarcelado, el subsecretario Kopfer me hizo una advertencia: no
había sido Hitler, sino Bormann el responsable de aquella detención, que
también iba contra mí. Me aconsejó que tuviera mucho cuidado con lo que
decía. [418] Además, ciertas noticias difundidas por la radio
del enemigo me intranquilizaron: informaban de que yo habría ayudado a salir en
libertad a un sobrino que debía comparecer ante un consejo de guerra por haber
impreso escritos de Lenin. [419] Por si fuera poco, Hettlage, que siempre había sido
atacado por el Partido, estaba a punto de ser detenido. Finalmente, se
aseguraba que un periódico suizo había informado de que Von Brauchitsch,
antiguo comandante en jefe del Ejército de Tierra, y yo éramos los únicos con
los que se podría negociar una capitulación. Tal vez el enemigo tratara de
dividir así al Gobierno, o quizá fueran simples rumores.
Con la mayor cautela, durante aquellos días el
Ejército de Tierra instaló en mi casa a varios oficiales de confianza armados
con metralletas. Por si se producía una emergencia, teníamos preparada una
tanqueta de reconocimiento de ocho ruedas con la que en principio habríamos
podido escapar de Berlín. Todavía hoy ignoro por orden de quién o a partir de
qué informaciones se tomaron estas medidas.
* * * *
El ataque a Berlín era inminente. Hitler ya había
nombrado al general Reymann comandante militar de la ciudad. Al principio aún
estuvo a las órdenes del capitán general Heinrici, comandante en jefe del grupo
de ejércitos que, a lo largo del río Oder, se extendía desde el Báltico hasta
unos cien kilómetros al sur de Francfort del Oder. Heinrici contaba con mi
confianza, pues lo conocía desde hacía mucho tiempo y últimamente me había
ayudado a transferir intacta al enemigo la industria de la cuenca carbonífera
de Rybnick. Como Reymann insistía en preparar todos los puentes de Berlín para
volarlos, el 15 de abril, un día antes de la gran ofensiva rusa contra Berlín,
me dirigí al cuartel general de Heinrici en Prenzlau. Para disponer del apoyo
técnico necesario, me acompañaban Langer, concejal de urbanismo encargado de la
construcción de calles y vías subterráneas, y Beck, presidente de los
Ferrocarriles del Reich; Heinrici, a petición mía, había mandado llamar a
Reymann.
Los dos especialistas demostraron que las
destrucciones proyectadas supondrían la muerte de Berlín. [420] El comandante militar de la ciudad se remitió a la
orden de Hitler de que Berlín debía ser defendido por todos los medios.
—Yo tengo que combatir, y para eso tengo que poder
destruir los puentes.
—Pero sólo los del sector de la ofensiva principal
—replicó Heinrici.
—No; cualquiera donde se esté combatiendo
—respondió el general.
A mi pregunta de si también iban a ser destruidos
los puentes del centro de la ciudad en el caso de que produjeran combates
callejeros, Reymann respondió afirmativamente. Como tantas otras veces, eché
mano de mi mejor argumento:
— ¿Lucha usted porque cree en la victoria?
El general titubeó un momento y luego no tuvo más
remedio que responder que sí también a esta pregunta.
—Si Berlín es arrasado —proseguí—, la industria
quedará fuera de servicio durante un tiempo indeterminado, y sin ella la guerra
estará perdida.
El general Reymann no sabía qué decir. La
conversación no habría llegado a ningún resultado si el capitán general
Heinrici no hubiese ordenado retirar los explosivos de algunas de las
principales arterias de Berlín y limitar la voladura de puentes a las operaciones
de combate más importantes. [421]
Cuando nuestros colaboradores se hubieron marchado,
Heinrici me dijo:
—De acuerdo con estas instrucciones, ningún puente
de Berlín será destruido —manifestó—, ya que no habrá combates alrededor de la
ciudad. Cuando los rusos penetren en ella, un ala del ejército se replegará
hacia el norte y otra hacia el sur. En el norte nos atrincheraremos en el
sistema de canales Este-Oeste. Allí, desde luego, no podré conservar los
puentes.
Comprendí lo que me decía.
—Entonces, ¿Berlín va a ser tomado rápidamente?
El capitán general asintió.
—Al menos, sin una resistencia significativa.
A la mañana siguiente, 16 de abril, me despertaron
muy temprano. El teniente coronel Von Poser y yo queríamos presenciar la última
gran ofensiva de la guerra, el ataque soviético a Berlín, desde una colina
situada sobre el valle del Oder, cerca de Wriezen. Una densa niebla impedía la
visibilidad; al cabo de unas horas, un guarda forestal trajo la noticia de que
todo el mundo se retiraba y de que los rusos pronto estarían allí. Así que
también nosotros nos fuimos.
Pasamos junto a las grandes esclusas de
Nieder-Finow, una maravilla técnica de los años treinta que era clave para la
navegación hacia Berlín por el Oder. Se habían colocado explosivos en los
puntos adecuados de la gran estructura de hierro de 36 metros de altura. Oímos
fuego de artillería a cierta distancia; un teniente de zapadores nos informó de
que todo estaba dispuesto para volar las esclusas, por lo que nos dimos cuenta
de que allí todavía se obraba de acuerdo con la orden de destrucción promulgada
por Hitler el 19 de marzo. El teniente oyó con visible alivio las instrucciones
de Von Poser de no efectuar la voladura. Con todo, aquel incidente resultaba
desesperanzador, ya que demostraba que la orden del 3 de abril de 1945 de dejar
intactas las vías fluviales no había trascendido.
En aquellos momentos, de nada habría servido tratar
de confirmar unas disposiciones cursadas semanas atrás, ya que la red de
comunicaciones se había ido deteriorando cada vez más. En todo caso, me pareció
insensato albergar la esperanza de que haciéndolo podría impedir que se
cumplieran unos propósitos de destrucción dictados por tan ciego fanatismo. La
comprensión que había encontrado en el capitán general Heinrici me indujo a
reactivar mi plan de llamar a la opinión pública a la cordura por medio de una
proclama directa. Confiaba en que, en la confusión del combate, Heinrici podría
poner a mi disposición una de las emisoras de radio de su grupo de ejércitos.
Treinta kilómetros más adelante penetramos en el
paraíso animal de Göering, los solitarios bosques de Schorfheide. Pedí a mis
acompañantes que me dejaran solo, me acomodé en el tocón de un árbol y, después
de que cinco días antes el borrador de mi discurso fracasara por culpa de
Hitler, escribí de una sentada uno de rebelión. Esta vez quise hacer un
llamamiento a la resistencia, a prohibir sin rodeos que se destruyeran las
fábricas, los puentes, los canales, las instalaciones ferroviarias y de
comunicaciones, a llamar a los soldados de la Wehrmacht y del Volkssturm a
que «por todos los medios y, en caso necesario, por la fuerza de las armas»
impidieran las destrucciones. En mi borrador también exigía que los presos
políticos y, por tanto, también los judíos, fueran entregados indemnes a las
fuerzas de ocupación y que no se impidiera que los prisioneros de guerra y los
trabajadores extranjeros regresaran a su patria. Prohibía las actividades de la
organización de resistencia nazi Werwolf y exigía que las ciudades y pueblos
fueran entregados sin combatir. Para concluir recurría una vez más a cierto
exceso de solemnidad y reiteraba nuestra «fe inquebrantable en el futuro de
nuestro pueblo, que perdurará por los siglos de los siglos». [422]
Por mediación de Poser, envié al doctor Richard
Fischer, director general de las centrales eléctricas de Berlín, una nota que
escribí a lápiz a toda prisa para pedirle que garantizara el suministro
eléctrico de la más potente emisora de radio alemana, situada en
Königswusterhausen, hasta que fuera ocupada por el enemigo. [423] Esta emisora, que radiaba a diario las emisiones de
Werwolf, debía terminar difundiendo precisamente un discurso en el que se
prohibían todas las actividades de esta organización.
A última hora de la tarde me reuní con el capitán
general Heinrici en su cuartel general, que había sido evacuado a Dammsmühl.
Quería pronunciar mi discurso en el breve intervalo en que la emisora se
hallaría en «zona de combate» y, por lo tanto, habría pasado de la jurisdicción
estatal a la de las tropas. Heinrici creía que la emisora habría sido ocupada
por los rusos antes de que yo hubiera terminado de hablar. Por lo tanto,
propuso que grabara mi discurso en un disco en aquel momento y se lo confiara.
Él se encargaría de difundirlo poco antes de la ocupación soviética. No
obstante, a pesar de todos los esfuerzos de Lüschen no fue posible encontrar un
aparato de grabación adecuado.
Dos días después, Kaufmann me llamó a Hamburgo con
la mayor urgencia, ya que la Marina de Guerra estaba preparando la voladura de
las instalaciones portuarias. Celebramos una reunión con los principales
representantes de las industrias, astilleros, administración del puerto y la
Marina y, gracias a la determinación del jefe regional, se decidió no destruir
nada. [424] Proseguí mi conversación con Kaufmann en una casa
de la zona de Aussenalster. Un grupo de estudiantes poderosamente armados se
encargaba de protegerlo.
—Usted se quedará en Hamburgo con nosotros —me dijo
Kaufmann—. Aquí estará seguro. En caso de emergencia, podemos confiar en mis
hombres.
Sin embargo, regresé a Berlín y le recordé a
Goebbels que él, que había pasado a la historia del Partido como el
«conquistador de Berlín», perdería su reputación si terminaba su vida como
destructor de la ciudad. Por grotescas que puedan parecer estas palabras, se
adaptaban a la visión del mundo que teníamos todos nosotros, y muy
especialmente a la de Goebbels, que creía que el suicidio aumentaría su fama.
La noche del 19 de abril, antes de empezar la reunión estratégica, Hitler
manifestó que se adhería a una propuesta del jefe regional y que, con la
entrada en acción de todas las reservas, el combate decisivo tendría lugar
frente a las puertas de la capital del Reich.
Capítulo XXXII
La aniquilación
Según creí advertir, durante las últimas semanas de
su vida Hitler se liberó de la rigidez en la que había caído durante los años
anteriores. Volvía a mostrarse asequible y a veces incluso estaba dispuesto a
discutir sus decisiones. En el mismo invierno de 1944 habría sido inconcebible
que se aviniera a hablar conmigo sobre las perspectivas de la guerra. También
su transigencia respecto a la orden de «tierra quemada» habría sido
inimaginable entonces, así como la muda corrección de mi discurso radiofónico. Volvía
a estar abierto a unos argumentos que sólo un año antes no habría estado
dispuesto a escuchar. Con todo, no se trataba de un relajamiento interno, sino
que más bien daba la impresión de ser alguien cuya obra vital había quedado
destruida y que sólo se mantenía en movimiento por la inercia de los años
anteriores, a pesar de que en realidad lo ha abandonado todo y se ha resignado.
Casi parecía carecer de esencia, aunque quizá en
esto fue siempre el mismo. Al mirar hacia atrás, a veces me pregunto si aquella
intangibilidad, aquella falta de esencia, no era una característica que lo
acompañó desde su juventud hasta su muerte violenta. De este modo, las
actitudes coléricas podían apoderarse de él con gran vehemencia, ya que no eran
contrarrestadas por ninguna emoción humana. Nadie podía aproximarse a su ser
precisamente porque estaba muerto y vacío.
Ahora se trataba también de la falta de esencia de
un anciano. Le temblaban los miembros y andaba encorvado, arrastrando los pies;
hasta su voz era insegura y había perdido su antigua determinación. Su vigor
había dado paso a una forma de hablar titubeante y monótona. Cuando se
excitaba, lo que sucedía con frecuencia, como suele pasar con los ancianos,
casi tenía voz de falsete. Seguía teniendo accesos de testarudez, pero ya no me
recordaban las rabietas de un niño, sino más bien las de un viejo. Tenía la tez
descolorida y la cara hinchada; su uniforme, antes impecable, en aquellos
últimos días de su vida solía estar desaliñado y con manchas de la comida que
había ingerido con mano temblorosa.
No hay duda de que su estado conmovía al círculo
que lo había acompañado en los momentos culminantes de su vida. También yo
corría constantemente el riesgo de sucumbir a aquel contraste, que resultaba
sobrecogedor en múltiples aspectos. Tal vez por eso todo el mundo lo escuchaba
en silencio cuando en aquella situación, que durante largo tiempo fue
desesperada, seguía trasladando divisiones inexistentes u ordenaba efectuar
transportes con unos aviones que no podrían despegar por falta de carburante.
Tal vez por ello también se aceptaba que se evadiera cada vez con más
frecuencia de la realidad y que se perdiera en su mundo de fantasía y se
pusiera a hablar del gran conflicto que no podría dejar de producirse entre
Oriente y Occidente y que aseguraba que era inevitable. Aunque su entorno
debería haber visto lo quimérico de aquellas ideas, su continua y sugestiva
reiteración seguía ejerciendo un efecto fascinante, como cuando aseguraba que
sólo él, con su personalidad y su fuerza y aliado con Occidente, estaba en
disposición de aplastar al bolchevismo; sonaba plausible cuando aseguraba que
todos sus esfuerzos ya no se encaminaban a otro fin, aunque para sí mismo
deseaba que llegara pronto su última hora. Precisamente aquella entereza con
que veía acercarse el fin inspiraba piedad y aumentaba la veneración de los que
lo rodeaban.
Además, volvía a mostrarse afable y sencillo. En
muchas cosas me recordaba al Hitler que había conocido doce años antes, cuando
empecé a trabajar para él, sólo que ahora parecía más carente de contornos. Su
afabilidad se limitaba a las pocas mujeres que estaban con él desde hacía años.
Sus mayores atenciones eran para la señora Junge, la viuda de su criado caído
en combate, aunque también su cocinera dietética vienesa contaba con su favor;
sus dos secretarias, la señora Wolf y la señora Christian, formaban asimismo
parte del círculo privado en el que Hitler pasó las últimas semanas de su vida.
Hacía meses que comía y tomaba el té prácticamente sólo con ellas; los hombres
ya casi no tenían acceso a su intimidad. Tampoco yo participaba en sus comidas
desde hacía mucho tiempo. Por lo demás, la llegada de Eva Braun introdujo
algunos cambios en la rutina diaria, sin que por eso cesara la relación,
probablemente inocua, que tenía con las otras mujeres de su entorno. Sin duda
actuaba movido por un concepto elemental de fidelidad, al que, en la desgracia,
las mujeres parecían responder mejor que los hombres de su plana mayor, de
quienes parecía desconfiar a veces. Sólo con Bormann, Goebbels y Ley hacía una
excepción, como si con ellos se sintiera seguro.
En torno a aquel Hitler espectral, el aparato del
Gobierno seguía funcionando mecánicamente, como si también hubiera acumulado la
inercia necesaria para mantenerse en movimiento a pesar de que su impulsor
hubiera dejado de aportarle la energía original. A mi modo de ver, este mismo
automatismo impulsaba también a los generales a seguir el camino trazado
incluso en aquella última etapa en que la magnética voluntad de Hitler empezaba
a debilitarse. Keitel, por ejemplo, seguía exigiendo que se destruyeran los puentes
cuando Hitler se había resignado a dejarlos intactos.
Hitler tenía que darse cuenta de que la disciplina
había empezado a relajarse en su entorno. Antes, cuando él entraba en una
habitación, todos los presentes se ponían en pie y no volvían a sentarse hasta
que él lo había hecho. Ahora, en cambio, proseguían las conversaciones y nadie
se levantaba, los criados hablaban con los invitados en su presencia y algunos
colaboradores alcoholizados dormían en las butacas mientras otros discutían sin
inhibiciones, a voz en grito. Tal vez pasara deliberadamente por alto estos
cambios. Aquellas escenas eran como una pesadilla para mí. Parecían acordes con
ellas los cambios que se habían ido produciendo en los últimos meses en la
Cancillería: se habían quitado los tapices y los cuadros, que, junto con las
alfombras y los muebles valiosos, habían sido puestos a buen recaudo en un
bunker. Manchas claras en el papel de las paredes, huecos en el mobiliario,
periódicos tirados aquí y allá, vasos vacíos, platos sucios, un sombrero que
alguien había lanzado sin más sobre una silla, todo ello daba la impresión de
estar en plena mudanza.
Hacía tiempo que Hitler había abandonado las
habitaciones superiores, aduciendo que los constantes bombardeos no lo dejaban
descansar y afectaban a su capacidad de trabajo. Al menos en el bunker podía
dormir de un tirón. Así pues, dejó que su vida siguiera desarrollándose bajo
tierra.
Aquella huida hacia su futura bóveda sepulcral
siempre me pareció dotada de un gran simbolismo. El aislamiento de aquel
bunker, totalmente apartado de la vida y rodeado de hormigón y tierra, selló
definitivamente la separación de Hitler de la tragedia que tenía lugar en el
exterior, a cielo abierto. Ya no guardaba ninguna relación con ella. Cuando
hablaba del fin, se refería al suyo, no al del pueblo. Había llegado a la
última estación de su huida de la realidad, una realidad que ni siquiera en su
juventud quiso reconocer. En aquel entonces yo llamaba a este mundo irreal la
«Isla de los Bienaventurados».
Incluso en esta última época de su vida, en abril
de 1945, hubo ocasiones en las que Hitler y yo volvimos a inclinarnos en el
bunker sobre los planos de Linz y contemplamos en silencio los sueños de
antaño. Su despacho, situado bajo tierra y cubierto de hormigón, era sin duda
el lugar más seguro de Berlín. Cuando cerca de allí explotaba alguna bomba de
gran calibre, la masa del bunker vibraba a consecuencia de la transmisión de la
onda expansiva por el suelo arenoso de la ciudad. Entonces Hitler se sobresaltaba.
¡ Qué transformación había sufrido aquel intrépido cabo de la Primera Guerra
Mundial! No era más que una ruina, un manojo de nervios que ya no sabía ocultar
sus reacciones.
* * * *
En realidad, el último cumpleaños de Hitler no
llegó a celebrarse. A diferencia de otros años, en los que en aquella fecha
llegaban numerosos automóviles, la guardia rendía honores y los dignatarios del
Reich y de los países extranjeros acudían a felicitarlo, esta vez reinaba la
calma. Es verdad que Hitler salió del bunker y subió a la Cancillería, que en
su descuido parecía ofrecer un marco muy adecuado a su lastimoso estado. En el
jardín le fue presentada una delegación de las Juventudes Hitlerianas que se
había distinguido en combate; Hitler pronunció unas palabras y repartió alguna
que otra palmadita afectuosa. Su voz era débil. Al poco rato se fue. Sin duda
comprendía que no podía hacer que nadie sintiera más que compasión. La mayoría
eludió la embarazosa felicitación formal acudiendo como siempre a la reunión
estratégica. Nadie sabía muy bien qué decir. De acuerdo con las circunstancias,
Hitler recibió las felicitaciones con frialdad, casi a la defensiva. Al poco
rato nos hallamos reunidos, como tantas otras veces, en torno a la mesa de
mapas del pequeño despacho del bunker. Frente a Hitler se había sentado
Göering. Este, que siempre dio tanta importancia a su atuendo, en los últimos
días había modificado notablemente su uniforme. Con gran asombro, vimos que
había sustituido la tela gris por el tejido marrón que usaban los americanos, y
que en lugar de las hombreras doradas, de cinco centímetros de ancho, llevaba
unas más simples de tela en las que, por todo adorno, estaba prendida la
insignia de su rango, el águila de oro de mariscal del Reich.
—Igual que un general americano —me susurró uno de
los asistentes.
Pero Hitler tampoco pareció reparar en aquel
cambio.
En la reunión se trató del inminente ataque al
núcleo urbano de Berlín. Hitler abandonó de la noche a la mañana la idea de no
defender la metrópoli y trasladarse a la fortaleza de los Alpes y decidió que
se lucharía por la ciudad en las calles de Berlín. Todos lo instamos a revocar
su decisión, ya que era no sólo conveniente sino urgentísimo trasladar la sede
del cuartel general al sur, al Obersalzberg. Göering hizo notar que sólo nos
quedaba una vía de comunicación norte-sur, la que pasaba a través del bosque de
Baviera, y que en cualquier momento podíamos perder la última posibilidad de
escapar hacia Berchtesgaden. Hitler se indignó ante la idea de abandonar Berlín
precisamente en aquellos momentos.
— ¿Cómo voy a poder animar a las tropas a librar la
batalla decisiva por Berlín si yo me pongo a salvo?
Göering, con su uniforme nuevo, lo miraba con ojos
muy abiertos, pálido y sudoroso, mientras Hitler proseguía, cada vez más
excitado:
— ¡Voy a dejar en manos del destino si he de morir
en la capital o si volaré al Obersalzberg en el último momento!
Apenas terminó la reunión y se hubieron despedido
los generales, Göering se volvió hacia Hitler, alterado: dijo tener asuntos
importantísimos que atender en el sur y que debía salir de Berlín aquella misma
noche. Hitler lo miró con expresión ausente. Me pareció que en aquel momento él
mismo se sentía impresionado por su decisión de permanecer en Berlín y poner en
juego su vida. Con unas palabras que expresaban su indiferencia, le estrechó la
mano y no dejó traslucir que comprendía perfectamente sus propósitos. Yo, que
estaba a pocos pasos de los dos, tuve la sensación de presenciar un acto
histórico: el Gobierno del Reich se escindía. Así terminó la reunión del día
del cumpleaños.
Yo había abandonado el despacho con los demás
asistentes, con la informalidad habitual, sin despedirme personalmente de
Hitler. Contradiciendo nuestra intención inicial, el teniente coronel Von Poser
me instó aquella misma noche a que también yo me preparara para partir. El
ejército soviético había iniciado el ataque definitivo contra Berlín y era
evidente que avanzaba con rapidez. Hacía ya varios días que todo estaba
dispuesto para la huida; la mayor parte del equipaje ya había sido enviada a
Hamburgo y a orillas del lago Eutin, cerca del cuartel general de Dönitz,
situado en Pión, nos esperaban dos coches cama de los Ferrocarriles del Reich.
En Hamburgo visité de nuevo al jefe regional
Kaufmann. Como a mí, le resultaba incomprensible que en aquellas circunstancias
se siguiera combatiendo a cualquier precio. Su actitud me animó a darle a leer
el texto del discurso que había redactado unas semanas antes, sentado en un
tocón de árbol en los bosques de Schorfheide. No estaba muy seguro de cómo se
lo iba a tomar.
—Debería pronunciar este discurso. ¿Por qué no lo
ha hecho aún?
Después de haberle hablado de mis dificultades, me
dijo:
— ¿Quiere usted hablar a través de nuestra emisora
de Hamburgo? Yo respondo del director técnico. Al menos, en nuestro estudio
podrá grabar su discurso en un disco. [425]
Kaufmann me condujo aquella misma noche al bunker
en el que estaban instalados los servicios técnicos de la emisora de Hamburgo.
Después de atravesar varias salas vacías llegamos a un pequeño estudio de
grabación en el que me presentó a dos técnicos que al parecer ya estaban al
corriente de mis propósitos. Por un momento se me pasó por la cabeza que unos
minutos después estaría a merced de aquellos desconocidos. A fin de cerciorarme
de su fiabilidad y, al mismo tiempo, convertirlos en cómplices, antes de empezar
a grabar les informé del contenido del discurso, para que después pudieran
decidir por sí mismos si lo aprobaban o, por el contrario, preferían destruir
la placa. Entonces me senté ante el micrófono y leí el discurso. Los técnicos
permanecieron mudos; quizá estaban asustados, o tal vez los convenció lo que
acababan de oír; el caso es que no pusieron objeciones.
Kaufmann se hizo cargo de los discos. Le expliqué
en qué condiciones podía radiar aquel discurso sin necesidad de solicitar antes
mi aprobación; enumerarlas revela los sentimientos que me dominaban en aquellos
días: en el caso de que yo fuera asesinado por iniciativa de algún adversario
político, entre los que debía situar en primer lugar a Bormann; en el caso de
que Hitler hubiera sido informado de mis actividades y me condenara a muerte;
en el caso de que Hitler muriera y su sucesor tratara de seguir imponiendo su
desesperada política de destrucción.
Puesto que el capitán general Heinrici no tenía
intención de defender Berlín, había que contar con que en pocos días la ciudad
sería tomada y habría llegado el fin. Según me dijeron el general Berger, de
las SS, [426] y también Eva Braun —esta durante mi última visita
a Berlín—, Hitler había querido suicidarse el 22 de abril. Sin embargo,
Heinrici fue sustituido por el teniente general de paracaidistas Student, a
quien Hitler consideraba uno de sus oficiales más eficaces y que en aquellas
circunstancias le inspiraba confianza porque era un hombre de cortos alcances.
Al mismo tiempo se ordenó a Keitel y a Jodl que enviaran a Berlín a todas las
divisiones disponibles.
Yo ya no tenía trabajo, pues no había industria de
armamentos. Sin embargo, una viva inquietud interior no me dejaba parar ni un
momento. Sin motivo ni razón, decidí que aquella noche me quedaría en la granja
de Wilsnack en la que había pasado tantos fines de semana con mi familia. Allí
encontré a un colaborador del doctor Brandt, quien me dijo que el médico de
Hitler se encontraba preso en una torre de las afueras, al oeste de Berlín. Me
describió el lugar, me dio el número de teléfono y me dijo que sus guardianes
de las SS eran personas razonables. Estuvimos discutiendo si, dado el caos que
reinaría en aquel momento en Berlín, me sería posible liberar a Brandt; también
quería ver una vez más a Lüschen y convencerlo para que huyera de los rusos y
se refugiara en Occidente.
Estos fueron los motivos que me indujeron a
regresar por última vez a Berlín. Sin embargo, tenía un poder mayor que estos
pretextos el magnetismo de Hitler. Quería verlo por última vez y despedirme de
él. Me parecía que mi partida dos días antes había sido una escapada. ¿Debían
terminar así todos aquellos años de trabajo en común? Durante muchos días, mes
tras mes, habíamos discutido, casi como camaradas, nuestros proyectos comunes.
Durante años nos había recibido a mi familia y a mí en el Obersalzberg y había
sido un anfitrión amable y atento. Aquel poderosísimo deseo de volver a verlo
evidenciaba la ambivalencia de mis sentimientos, porque racionalmente estaba
convencido de que era indispensable y urgente que Hitler muriera, aunque hacía
tiempo que era demasiado tarde. Todo lo que había hecho contra él durante los
meses anteriores estuvo dictado por el propósito de impedir que arrastrara al
pueblo en su caída. ¿Qué podía demostrar nuestra oposición con mayor elocuencia
que aquel discurso que había grabado el día anterior y el hecho de que esperara
su muerte con impaciencia? Pero precisamente en esto se hacía palpable mi
vinculación sentimental con Hitler: mi deseo de no radiar el discurso hasta
después de su muerte debía ahorrarle la constatación de que también yo me había
vuelto contra él. Mi compasión para con el vencido era cada vez más fuerte. Tal
vez muchos de los que formaban su séquito sintieron aquellos días lo mismo que
yo. El sentido del deber, el juramento, la fidelidad, el agradecimiento se alzaban
frente al sufrimiento personal y a la catástrofe nacional —todo ello causado
por una misma persona: Hitler.
Aún hoy me alegro de haber cumplido mi propósito de
ver a Hitler por última vez. A pesar de todas nuestras diferencias, ofrecerle
este gesto después de doce años de colaboración era lo correcto. Es verdad que
en aquellos momentos, al salir de Wilsnack, actuaba movido por un impulso casi
mecánico. Antes de partir escribí unas líneas a mi esposa para darle ánimos y
al mismo tiempo hacerle comprender que no pensaba morir con Hitler. A unos
noventa kilómetros de Berlín, una verdadera avalancha de vehículos que se
dirigían a Hamburgo obstruía la carretera: modelos viejísimos y automóviles de
lujo, camiones y camionetas, motos y hasta autobombas del Servicio de Bomberos
de Berlín. Para mí era un misterio de dónde podía haber salido de repente tanta
gasolina. Seguramente la guardaban hacía meses para esta ocasión.
En Kyritz encontré a la plana mayor de una
división; desde allí llamé por teléfono a la casa de Berlín en la que suponía
que se hallaba preso el doctor Brandt a la espera de que se ejecutara su
sentencia de muerte, pero lo habían trasladado a un lugar seguro, en el norte
de Alemania, por orden expresa de Himmler. Tampoco pude localizar a Lüschen.
Sin embargo, no alteré mis planes y anuncié a uno de los asistentes de Hitler
que era posible que acudiera a hacerle una visita aquella misma tarde. Estando
todavía con la plana mayor en Kyritz supimos que las fuerzas soviéticas
avanzaban con rapidez, pero que no era de esperar que Berlín fuera cercado
enseguida; era previsible que el aeropuerto de Gatow, a orillas del Havel,
permaneciera aún cierto tiempo en poder de nuestras tropas. Así pues, nos
dirigimos al gran aeropuerto de pruebas de Rechlin, en Mecklemburgo, donde
había presenciado muchas demostraciones y era bien conocido, por lo que podía
confiar en que pondrían un aparato a mi disposición. De allí despegaban los
cazas que combatían contra las tropas soviéticas situadas al sur de Potsdam. El
comandante se mostró dispuesto a llevarme a Gatow en un caza de entrenamiento.
Al mismo tiempo, me reservaron dos «cigüeñas» —monomotores de reconocimiento de
baja velocidad de aterrizaje— que nos llevarían a mí y a mi oficial de enlace
al interior de Berlín y que después podríamos utilizar para el vuelo de
regreso. Mientras preparaban el aparato para el despegue estuve estudiando con
la plana mayor las posiciones de las fuerzas rusas que indicaban los mapas.
Escoltados por una escuadrilla de cazas, volamos a
unos mil metros de altitud en dirección sur; la visibilidad era buena y
estábamos lejos de la zona de combate. Desde aquella altura, la batalla de
Berlín parecía inofensiva; tras casi ciento cincuenta años, la ciudad iba a ser
conquistada otra vez por tropas enemigas. Todo aquello tenía lugar en un
paisaje siniestramente tranquilo cuyas carreteras, pueblos y arrabales había
recorrido tantas veces. Sólo se divisaban los breves fogonazos de la
artillería, apenas más intensos que el breve destello de un fósforo, y las
granjas incendiadas que se consumían lentamente. Es verdad que en la frontera
oriental de Berlín se veían grandes columnas de humo. El zumbido del motor
ahogaba el lejano fragor de la lucha.
Cuando aterrizamos en Gatow, la escuadrilla de
cazas siguió volando hacia sus objetivos, situados al sur de Potsdam. El
aeropuerto estaba casi desierto. El general Christian, que, en su calidad de
colaborador de Jodl, pertenecía al Estado Mayor de Hitler, se estaba preparando
para partir. Intercambiamos unas frases triviales. Entonces mis acompañantes y
yo subimos a las dos «cigüeñas» que nos esperaban, aunque también habríamos
podido ir en coche, y sobrevolamos, en vuelo rasante y saboreando con romanticismo
la aventura, la misma pista que recorrí con Hitler la víspera de su
quincuagésimo cumpleaños. Poco antes de la Puerta de Brandemburgo aterrizamos
en plena avenida, para asombro de los escasos coches que circulaban, mandamos
parar a un transporte de la Wehrmacht y nos hicimos conducir a la Cancillería.
Era más de media tarde, pues habíamos tardado unas diez horas en recorrer los
ciento cincuenta kilómetros que separan Wilsnack de Berlín.
No estaba muy seguro de no correr ningún riesgo al
presentarme a Hitler; no sabía si en aquellos dos días habría cambiado de
humor. En cierto modo, sin embargo, todo me daba igual. Aunque esperaba que la
aventura terminara bien, también habría aceptado un final funesto.
La Cancillería del Reich que yo había construido
siete años antes estaba ya bajo el fuego de la artillería pesada soviética,
pero en aquel momento los impactos eran todavía escasos. El efecto de los
proyectiles resultaba insignificante al lado del montón de ruinas a que los
ataques diurnos americanos habían reducido mis edificios en las últimas
semanas. Pasé por encima de un montón de vigas retorcidas y por debajo de
techos desmoronados y entré en la sala donde durante varios años habían tenido
lugar nuestras aburridas reuniones nocturnas, la misma sala en la que Bismarck
había celebrado sus consejos y en la que ahora Schaub, asistente de Hitler,
estaba bebiendo coñac con varios hombres, la mayoría desconocidos para mí. A
pesar de mi llamada telefónica, nadie me esperaba y todos se mostraron
asombrados al ver que había vuelto. Schaub me saludó cordialmente, lo cual me
tranquilizó, y pensé que no se habían enterado de la grabación de mi discurso
en Hamburgo. Luego fue a anunciar mi llegada. Mientras esperaba pedí al
teniente coronel Von Poser que utilizara la central telefónica de la
Cancillería para localizar a Lüschen y hacerlo venir.
* * * *
El asistente de Hitler regresó:
—El Führer desea hablar con usted.
¡Cuántas veces, durante los últimos doce años,
Hitler me había mandado llamar recurriendo a esta fórmula estereotipada! Pero
no era en eso en lo que pensaba mientras bajaba los cincuenta escalones que
conducían a los sótanos, sino en si volvería a subir sano y salvo. Al llegar
abajo, al primero que vi fue a Bormann. Su inusitada cortesía hizo que me
sintiera completamente seguro, porque la actitud de Bormann o de Schaub había
sido siempre una señal inequívoca del humor de Hitler. Humildemente, me dijo:
—Si habla con el Führer…, seguramente
le preguntará si cree que debemos quedarnos en Berlín o irnos a Berchtesgaden;
es urgente que se haga cargo del mando en el sur de Alemania… Dentro de unas
horas ya no será posible llegar allí. ¿Verdad que le recomendará que se vaya?
Era obvio que, si alguien en aquel bunker sentía
apego por la vida, ese era Bormann, por mucho que tres semanas antes hubiera
conminado a los funcionarios del Partido a vencer toda debilidad y luchar hasta
triunfar o morir. [427] Le respondí con una evasiva y experimenté una
tardía sensación de triunfo frente a aquel hombre que me miraba casi
suplicante.
Entonces fui conducido al despacho de Hitler. No me
recibió conmovido como unas semanas atrás, cuando le prometí fidelidad. No
mostró la menor emoción. Una vez más, me pareció que estaba vacío, acabado, sin
vida. Adoptó una expresión profesional bajo la que podía ocultar cualquier cosa
y me preguntó qué pensaba de la manera de trabajar de Dönitz. Comprendí
claramente que su interés no era casual, sino que tenía que ver con la elección
de su sucesor. Aún hoy creo firmemente que Dönitz liquidó la ingrata herencia
que cayó inesperadamente en sus manos con más inteligencia, dignidad y
consideración que la que habrían podido demostrar Bormann o Himmler. Yo
manifesté que mi impresión era francamente positiva e ilustré mis palabras con
algunos detalles que sabía que iban a gustarle. Sin embargo, escarmentado por
la experiencia, no traté de influir en él a favor de Dönitz para no fomentar su
espíritu de contradicción. Hitler me preguntó de repente:
—¿Qué le parece? ¿Debo quedarme aquí o irme a
Berchtesgaden? Jodl me ha dicho que mañana se habrá acabado el tiempo.
Mi respuesta espontánea fue que se quedara en
Berlín. ¿Qué iba a hacer en el Obersalzberg? Si Berlín caía, la lucha habría
terminado de todos modos.
—Creo que, si no hay más remedio, será mejor que
termine su vida de Führer aquí, en la capital, que en su casa
de recreo.
De nuevo me sentí emocionado. En aquel momento me
pareció un buen consejo, pero no lo era, ya que seguramente que no se fuera al
Obersalzberg alargó una semana la batalla por Berlín.
Aquel día no volvió a hablar de que fuera a
producirse un giro decisivo ni de que todavía quedaran esperanzas. Con cierta
apatía, con cansancio, como si fuera la cosa más natural, empezó a hablar de su
muerte.
—Yo también estoy decidido a quedarme. Sólo quería
saber su opinión. —Sin la menor emoción, prosiguió: —No voy a luchar. El
peligro de resultar herido y caer vivo en manos de los rusos es demasiado
grande. Tampoco quiero que mis enemigos ultrajen mi cuerpo. He dispuesto que se
me incinere. La señorita Braun quiere morir conmigo, y antes tendré que matar a
Blondi. Créame, Speer, me resulta fácil poner fin a mi vida. Un solo instante y
quedaré libre de todo, de esta dolorosa existencia.
Me pareció estar hablando con un muerto. La
atmósfera era cada vez más siniestra. La tragedia llegaba a su fin.
Durante los últimos meses había habido momentos en
que lo odiaba, en que combatí contra él, le mentí y le engañé; pero en aquel
instante me sentí confuso y conmovido.
Entonces perdí el dominio de mí mismo y le confesé
en voz baja, para mi propio asombro, que no había llevado a cabo destrucción
alguna y que incluso las había impedido. Por un momento, sus ojos se llenaron
de lágrimas. Pero no reaccionó. Aquellos asuntos, tan importantes hacía sólo
unas semanas, ya no lo afectaban. Me miró fija e inexpresivamente cuando le
ofrecí vacilante quedarme en Berlín. No me contestó. Tal vez advirtiera mi
falta de sinceridad. Desde entonces me he preguntado muchas veces si no habría
sabido siempre, instintivamente, que en aquellos últimos meses había estado
trabajando contra él, si no habría sacado las conclusiones pertinentes de mis
informes; y también si, al dejarme actuar en contra de sus órdenes, no había
dado una prueba más de la complejidad de su enigmática naturaleza. Nunca lo
sabré.
En aquel momento se le anunció la llegada del
general Krebs, jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra, para darle su
informe. [428] Así pues, en eso no había cambiado nada: el
comandante en jefe de la Wehrmacht seguía recibiendo los partes de todos los
frentes. Sin embargo, mientras que tres días antes en el gabinete del bunker
apenas cabían los altos oficiales y comandantes en jefe de las unidades de la
Wehrmacht y de las SS, ahora ya se habían ido casi todos. Además de Göering,
Dönitz y Himmler, también Keitel y Jodl, Koller, jefe del Estado Mayor de la
Luftwaffe, y los más importantes oficiales se hallaban fuera de Berlín; ya sólo
quedaban oficiales subalternos de enlace. El tipo de informe también había
cambiado: del exterior sólo llegaban noticias muy vagas; el jefe del Estado
Mayor no podía exponer más que conjeturas. El mapa que extendió ante Hitler
cubría únicamente el sector de Berlín y Potsdam, y ni siquiera allí los datos
sobre el avance soviético coincidían con lo que yo había observado mientras
volaba pocas horas antes. Las tropas soviéticas estaban mucho más cerca de lo
que indicaba el mapa. Asombrado, vi que Hitler trataba de mostrarse optimista
una vez más, a pesar de que acababa de hablarme de su muerte y de lo que había
decidido que se hiciera con sus restos. Desde luego, había perdido buena parte
de sus antiguas dotes de persuasión. Krebs le escuchó con paciencia y cortesía.
Antes yo creía que Hitler se dejaba llevar por sus propias y rígidas
convicciones cuando, a pesar de lo desesperado de la situación, aseguraba que
al final todo se arreglaría. Pero ahora se hacía patente que actuaba con
duplicidad. ¿Cuánto tiempo llevaba engañándonos? ¿Desde cuándo sabía que la
guerra estaba perdida? ¿Desde el invierno de la ofensiva sobre Moscú? ¿Desde
Stalingrado? ¿Desde la invasión? ¿Desde la fallida ofensiva de las Ardenas de
diciembre de 1944? ¿Hasta dónde llegaba la hipocresía y dónde empezaba el
cálculo? También puede ser que lo que yo acababa de presenciar no fuera más que
uno de sus bruscos cambios de humor y que al hablar con el general Krebs se
estuviera mostrando tan sincero como minutos antes conmigo.
El informe estratégico, que solía durar horas,
terminó muy pronto y mostraba con toda claridad el estado agónico en que se
encontraba aquel resto de lo que fuera un cuartel general. Aquel día, Hitler
renunció incluso a perderse de nuevo en su mundo de fantasía hablando de un
milagro de la Providencia. Fuimos despedidos lacónicamente y abandonamos
aquella habitación que había sido escenario de un turbio capítulo de errores,
extravíos y crímenes. Como si yo no hubiera volado a Berlín sólo por él, Hitler
me trató como a un visitante habitual, sin preguntarme si pensaba quedarme o
quería despedirme. Nos separamos sin darnos la mano, en la forma acostumbrada,
como si tuviéramos que volver a vernos al día siguiente. Fuera me encontré con
Goebbels:
—Ayer el Führer tomó una decisión
capital. Una decisión histórica. Ordenó que se suspendiera la lucha en el Oeste
para que los occidentales pudieran entrar en Berlín sin dificultad.
De nuevo pasaba uno de esos fantasmas que por aquel
entonces elevaban fugazmente los ánimos y hacían concebir nuevas esperanzas que
pronto eran sustituidas por otras. Goebbels me dijo que ahora su esposa y sus
seis hijos eran huéspedes de Hitler en el bunker, y que pensaban acabar sus
vidas, como decía él, en aquel escenario histórico. El, a diferencia de Hitler,
controlaba sus emociones con la máxima precisión; al verlo nadie habría dicho
que ya se había despedido de la vida.
Era ya última hora de la tarde; un médico de las SS
me dijo que la señora Goebbels estaba en cama, aquejada de una gran debilidad,
y que había sufrido varios ataques al corazón. Le pedí que me recibiera. Habría
preferido hablar con ella a solas, pero Goebbels me esperaba en la antecámara y
me condujo a la pequeña habitación donde se encontraba ella, acostada en una
sencilla cama. Estaba pálida y se limitó a decir trivialidades en voz muy baja,
aunque se notaba que sufría al pensar que cada vez se aproximaba más la
inevitable hora de la muerte violenta de sus hijos. Goebbels permaneció a mi
lado, por lo que la conversación se limitó al estado de la enferma. Hasta el
final no aludió a lo que en realidad la atormentaba:
—Qué contenta estoy de que por lo menos Harald —el
hijo de su primer matrimonio— siga con vida.
También yo me sentí cohibido y no encontraba
palabras. ¿Qué se puede decir en un caso así? Nos despedimos emocionados y en
silencio. Su marido no nos concedió ni unos minutos para despedirnos a solas.
En el pasillo había una gran agitación. Había
llegado un telegrama de Göering y Bormann se apresuraba a llevárselo a Hitler.
Yo lo seguí sin guardar las formas, movido por la curiosidad. En el telegrama,
Göering se limitaba a preguntar si, de acuerdo con el decreto de sucesión,
debía hacerse cargo del Gobierno del Reich en caso de que Hitler se quedara en
la fortaleza de Berlín, pero Bormann opinó que había dado un golpe de Estado en
toda regla; quizá fuera su último intento de sugerir a Hitler, quien recibió la
noticia con la misma apatía que había demostrado durante todo el día, que se
trasladara a Berchtesgaden para poner las cosas en orden desde allí. El apremio
de Bormann se hizo más insistente cuando se le entregó un nuevo comunicado de
Göering. Yo me guardé un borrador que, en medio de la confusión del momento,
encontré tirado en el bunker: «¡Asunto de mando! ¡Transmítase únicamente por
medio de un oficial! Radio n.° 1.899. Emisora Robinson a Kurfürst, emitido el
23-IV, 17.59. Al ministro del Reich Von Ribbentrop. He pedido al Führer que
me dé instrucciones antes de las 22.00 del 23-IV. En caso de que a esta hora se
hiciera patente que el Führer ha perdido la libertad de acción
para el gobierno del Reich, entrará en vigor su decreto del 29-VI-41, por el
cual asumiré todas sus funciones en calidad de representante suyo. Si a las
24.00 del 23-IV-45 no hubiera recibido otra comunicación directa del Führer o
mía, le ruego que emprenda viaje hacia aquí sin demora, por vía aérea. Firmado:
Göering, mariscal del Reich». Con esto, Bormann creyó tener un nuevo argumento:
—Göering ha cometido traición —dijo, muy excitado—.
Ya está mandando telegramas a los miembros del Gobierno y le comunica a usted
que, en virtud de sus poderes, asumirá su cargo, Mein Führer, esta
noche a las veinticuatro horas.
Si ante el primer telegrama Hitler se había
mostrado más bien indiferente, ahora Bormann había ganado el juego. Por medio
de un radio redactado por el propio Bormann, le fueron retirados a Göering, su
antiguo rival, los derechos a la sucesión, al tiempo que era acusado de
traición a Hitler y al nacionalsocialismo. Además, Hitler ordenó que se le
comunicara que renunciaría a tomar otras medidas si abandonaba todos sus cargos
alegando motivos de salud. De este modo, Bormann consiguió por fin sacar a
Hitler de su letargo. Siguió un acceso de furia desatada en la que se mezclaban
los sentimientos de amargura, auto-compasión, impotencia y desesperación. Con
la cara colorada y los ojos fijos, Hitler parecía haberse olvidado de nuestra
presencia:
—Hace tiempo que lo sé. Sé que Göering es un vago.
Por su culpa se ha desmoronado la Luftwaffe. Era un hombre corrupto. Su ejemplo
ha hecho cundir la corrupción en nuestro Estado. Además, hace años que es
morfinómano. Hace tiempo que lo sé.
De manera que Hitler estaba enterado de todo eso;
sin embargo, no había hecho nada. Entonces, en un cambio sorprendente, volvió a
caer en su apatía:
—Aunque, lo que es por mí… Que se encargue él de
negociar la capitulación. De todos modos, si se pierde la guerra ya da igual
quién lo haga.
Había en estas palabras un marcado desprecio hacia
el pueblo alemán: así pues, Göering todavía era lo bastante bueno para eso.
Entonces Hitler llegó al límite de sus fuerzas y volvió a adoptar el mismo tono
de cansancio característico en él aquel día. Durante años no dejó de hacer
sobreesfuerzos; durante años apartó de sí mismo y de los demás, empleando su
inmensa voluntad, la creciente certeza respecto al final. Ahora ya no le
quedaba energía para disimular su estado. Se daba por vencido.
Una media hora después, Bormann trajo el telegrama
de respuesta de Göering: a causa de una grave dolencia cardíaca, dimitía de
todos sus cargos. Cuántas veces no había recurrido Hitler al pretexto de una
enfermedad para deshacerse de un colaborador incómodo sin llegar a destituirlo,
para preservar la fe del pueblo alemán en la unidad de su Gobierno. Incluso más
allá del fin, Hitler seguía siendo fiel a esta consideración.
Así pues, Bormann consiguió su propósito en el
último momento. Göering quedaba descartado. Es posible que también Bormann
estuviera convencido de su incapacidad; sin embargo, si lo había odiado y
derribado era porque concentraba demasiado poder. En cierto modo, en aquellos
momentos sentí compasión por Göering. Recordé la conversación en la que me
declaró su lealtad hacia Hitler.
Aquella breve tormenta escenificada por Bormann
había pasado, se habían extinguido algunos acordes de El crepúsculo de
los dioses, el supuesto Hagen había hecho mutis. Para mi sorpresa, Hitler
acogió favorablemente una petición que al principio sólo le formulé con
titubeos. Algunos directores checos de las fábricas Skoda temían, seguramente
no sin razón, que los rusos les depararan un triste destino por haber
colaborado con nosotros, aunque sus anteriores relaciones con la industria
americana les habían hecho concebir la esperanza de volar al cuartel general de
las fuerzas de Estados Unidos. Unos días antes, Hitler se había negado
rotundamente a acceder a una petición similar, pero ahora se mostró dispuesto a
firmar la orden pertinente para que se resolvieran todas las formalidades.
Mientras trataba este asunto con Hitler, Bormann le
recordó que Ribbentrop esperaba que le concediera una entrevista. Aquel
reaccionó con nerviosismo.
—Ya le he dicho varias veces que no quiero hablar
con él.
Parecía agobiarlo la idea de encontrarse con
Ribbentrop. Bormann insistió:
—Ribbentrop ha dicho que no piensa moverse.
Esperará ante la puerta como un perro fiel hasta que usted lo llame.
Esta comparación lo ablandó; mandó llamar a
Ribbentrop. Hablaron a solas. Por lo visto, Hitler le habló del viaje de los
directores checos. Incluso en aquella desesperada situación, el ministro de
Asuntos Exteriores seguía luchando por mantener su autoridad. En el pasillo, me
sermoneó:
—Esto es asunto de mi Ministerio. —Y, con más
suavidad, añadió: —En este caso no tengo nada que objetar a la orden, siempre y
cuando agregue usted: «A propuesta del ministro de Asuntos Exteriores del
Reich».
Yo extendí la orden con ese añadido, Ribbentrop se
mostró satisfecho y Hitler la firmó. Si no me equivoco, este fue el último
asunto de Gobierno que Hitler despachó con su ministro de Asuntos Exteriores.
Entretanto, Lüschen, mi paternal consejero de los
últimos años, había llegado a la Cancillería. Todos mis esfuerzos por
convencerlo de que abandonara Berlín fueron inútiles. Nos despedimos; más
adelante, en Nüremberg, supe que se había suicidado tras la toma de Berlín.
Hacia medianoche, Eva Braun me pidió, por medio de
un ordenanza de las SS, que fuera a verla a su habitación del bunker, un
pequeño gabinete que era dormitorio y sala de estar a la vez. Estaba muy bien
arreglado. Había mandado traer los suntuosos muebles del piso de arriba que yo
había diseñado años atrás para las dos habitaciones que ella ocupaba en la
residencia de la Cancillería. Ni las proporciones ni la forma de las piezas
elegidas se adaptaban a aquel lóbrego ambiente; en uno de los ornamentos de marquetería
de la cómoda figuraban sus iniciales en forma de trébol de la suerte.
Pudimos hablar tranquilamente, pues Hitler se había
retirado a descansar. En realidad, ella era la única de los notables condenados
a muerte de aquel bunker que mostraba una serenidad admirable y soberana.
Mientras que los demás estaban heroicamente exaltados como Goebbels, o
decididos a salvarse como Bormann, o apáticos como Hitler, o quebrantados como
la señora Goebbels, Eva Braun aparentaba una tranquilidad casi alegre.
— ¿Qué le parecería una botella de champaña como
despedida? Y unos pastelitos. Seguro que ya hace rato que no ha comido.
El mero hecho de que fuera la primera que se
planteara que yo, tras haber pasado varias horas en el bunker, podía estar
hambriento me pareció una atención conmovedora. El ordenanza nos trajo una
botella de Moët et Chandon, pasteles y bombones. Nos quedamos solos.
— ¿Sabe? Ha estado bien que haya venido una vez
más. El Führer había supuesto que usted trabajaba contra él,
pero su visita le ha demostrado lo contrario, ¿no es verdad?
No contesté.
—Por cierto —prosiguió—, le ha gustado lo que usted
le ha dicho. Ha decidido quedarse aquí, y yo me quedaré con él. Lo demás, ya lo
sabe usted… Quería obligarme a volver a Munich, pero me he negado; vine aquí
para terminar. —Fue la única persona del bunker que hizo una reflexión humana:
—¿Por qué tienen que caer todavía tantos hombres? —preguntó—. Si ya todo es
inútil… Por cierto que por poco no nos encuentra. Ayer la situación era tan
angustiosa que pensamos que los rusos ocuparían Berlín inmediatamente. El Führer quería
abandonar, pero Goebbels habló con él y aquí estamos todavía.
Conversaba conmigo con naturalidad. Lanzaba alguna
que otra invectiva contra Bormann, que seguía intrigando; pero insistía una y
otra vez en lo contenta que estaba de encontrarse en el bunker.
Ya eran casi las tres de la mañana. Hitler había
vuelto a levantarse. Le hice decir que quería despedirme. El día me había
afectado mucho y temía no poder dominarme durante la despedida. Aquel anciano
tembloroso volvió a estar frente a mí por última vez; aquel a quien decidí
consagrar mi vida doce años antes. Yo estaba emocionado y confuso al mismo
tiempo. Él, en cambio, no mostró la menor excitación cuando nos hallamos cara a
cara. Sus palabras fueron tan frías como la mano que me tendió.
—Entonces, ¿se marcha? Bien. Adiós.
Ni un saludo a mi familia, ni buenos deseos, ni
gracias, nada. Por un momento perdí el control y le dije que pensaba volver.
Pero él pudo advertir con facilidad que se trataba de una mentira piadosa y se
volvió hacia otro lado. Ya me había despedido.
Diez minutos después, acompañado por el silencio de
los que se quedaban, abandoné la vivienda de la Cancillería. Quise recorrer por
última vez el palacio de la Cancillería contiguo, que yo había construido. Como
la instalación eléctrica estaba averiada, me conformé con unos minutos de
despedida en el Patio de Honor, cuyo contorno apenas se distinguía de la
negrura del cielo y cuya arquitectura ya no supe intuir. Reinaba un silencio
casi espectral, como el que sólo hay por la noche en las montañas. El ruido de
la ciudad que en años anteriores llegaba hasta allí incluso a aquellas horas de
la madrugada había enmudecido. De tarde en tarde oía las detonaciones de las
granadas rusas: mi última visita a la Cancillería del Reich. La había
construido hacía años, lleno de proyectos y de ilusiones para el futuro. Ahora
abandonaba las ruinas no sólo de mi obra, sino también de los mejores años de
mi vida.
* * * *
— ¿Cómo le ha ido? —me preguntó Poser.
—Gracias a Dios, no voy a tener que hacer de
príncipe Max von Baden —respondí aliviado. [429]
Había interpretado acertadamente la frialdad de
Hitler durante la despedida, pues seis días después me suprimió de su
testamento político y nombró en mi lugar a Saur, que desde hacía tiempo se
había convertido en su favorito.
La calle que discurría entre la Puerta de
Brandemburgo y la Columna de la Victoria había sido convertida en pista de
despegue con ayuda de unas cuantas luces rojas. Unas brigadas de operarios
habían rellenado los hoyos producidos por los últimos impactos de granadas.
Despegamos sin dificultades; una sombra cruzó fugazmente a nuestra derecha: la
Columna de la Victoria. Teníamos vía libre. En Berlín y sus alrededores
podíamos ver grandes incendios, fogonazos de artillería, bolas luminosas que
parecían luciérnagas; sin embargo, la escena no podía compararse a la de
cualquiera de los grandes bombardeos que había sufrido Berlín. Pusimos proa
hacia allí donde el aro del fuego de artillería todavía dejaba un hueco de
oscuridad. A eso de las cinco, cuando empezaba a amanecer, llegamos al campo de
pruebas de Rechlin.
Hice explicar a un piloto de caza que debía
presentar a Karl Hermann Frank, gobernador de Hitler en Praga, la orden firmada
por el Führer relativa a los directores de Skoda, pero no sé
si llegó a su destino. Como deseaba evitar los aviones que batían las
carreteras de la zona de combate inglesa en vuelo rasante, me quedaba tiempo
hasta la noche para reanudar mi viaje a Hamburgo. En el campo de aviación me
enteré de que Himmler se encontraba a sólo cuarenta kilómetros de allí,
precisamente en la misma clínica que me había albergado un año antes en tan
extrañas circunstancias. Aterrizamos con el «cigüeña» en un prado cercano.
Himmler se mostró sorprendido al verme. Me recibió en la misma habitación que
yo había ocupado y, para que la situación fuera aún más grotesca, también se
hallaba presente el profesor Gebhardt. Como siempre, Himmler hizo gala de aquel
compañerismo profesional que impedía toda familiaridad. Se interesó, sobre
todo, por lo que había visto en Berlín. Pasó por alto la destitución de Göering
decretada por Hitler, que tenía que haber llegado ya a sus oídos, y también
cuando, con ciertas reservas, le hablé de la renuncia de aquel a todos sus
cargos, actuó como si eso no significara nada.
—No, al final Göering será el sucesor. Hace tiempo
que he acordado con él que seré su primer ministro. Incluso sin Hitler puedo
hacer de él un jefe de Estado… Usted ya lo conoce… —dijo sin recato y con una
sonrisa de complicidad—. Naturalmente, mi influencia va a ser decisiva. Ya me
he puesto en contacto con varias personas a las que pienso incluir en mi
gabinete. Luego vendrá a verme Keitel…
Tal vez Himmler pensaba que había ido a verlo para
conseguir un nuevo cargo. El mundo en que se movía era delirante.
—Sin mí, Europa tampoco podrá sobrevivir en el
futuro —aseguró—. Seguirá necesitándome como jefe de policía para mantener el
orden. ¡Una hora con Eisenhower y será de la misma opinión! Muy pronto se darán
cuenta de que no pueden pasar sin mí, si no quieren que sobrevenga la anarquía.
Me habló de sus conversaciones con el conde
Bernadotte para ceder los campos de concentración a la Cruz Roja Internacional.
Entonces comprendí por qué había visto, unos días antes, numerosos coches de la
Cruz Roja en el Sachsenwald, cerca de Hamburgo. Aunque siempre habían dicho que
cuando llegara el fin todos los presos políticos serían liquidados, ahora
Himmler trataba de concertar un arreglo por su cuenta con los vencedores. El
propio Hitler, como pude comprobar durante nuestra última conversación, ya no
se preocupaba de estas cosas.
Finalmente, Himmler terminó por dejar entrever una
lejana posibilidad de que fuera ministro con él. Yo, no sin ironía, le ofrecí
mi avión para que hiciera una visita de despedida a Hitler. Rehusó sin
alterarse. No tenía tiempo.
—Ahora tengo que preparar mi Gobierno. Y además soy
demasiado importante para el futuro de Alemania como para correr el riesgo de
tomar un avión.
La llegada de Keitel interrumpió nuestra
conversación. Entonces fui testigo de cómo el mariscal, con la misma firmeza en
la voz con que solía hacer sus patéticas declaraciones a Hitler, expresaba a
Himmler su adhesión incondicional. Afirmó quedar completamente a su
disposición.
Por la noche estaba de regreso en Hamburgo. El jefe
regional me propuso radiar mi discurso a la población de inmediato, es decir,
antes de la muerte de Hitler, pero al pensar en el drama que aquellos días, en
aquellas horas, tenía que estarse desarrollando en el bunker de Berlín, el
impulso que me llevaba a la desobediencia se desvaneció. Hitler había
conseguido paralizarme psíquicamente una vez más. Justifiqué ante mí mismo y
quizá también ante los demás mi cambio de opinión aduciendo que sería un error
y una tontería tratar de seguir interviniendo en la tragedia.
Me despedí de Kaufmann y me dirigí a
Schleswig-Holstein. Nos instalamos en nuestras caravanas, a orillas del lago
Eutin. De vez en cuando visitaba a Dönitz y a otros conocidos del Estado Mayor
que esperaban, tan inactivos como yo, la evolución de los acontecimientos. Así
pues, estaba con Dönitz cuando el 1 de mayo de 1945 le fue entregado un radio
por el que se limitaban en gran medida sus poderes como sucesor de
Hitler. [430] En él, este dictaba al nuevo presidente del Reich
el gobierno que debía formar: Goebbels como canciller, Seys-Inquart como
ministro de Asuntos Exteriores y Bormann como ministro del Partido. Al mismo
tiempo, Bormann anunciaba su pronta llegada.
— ¡Esto no puede ser! —exclamó Dönitz, consternado
ante semejante limitación de sus poderes—. ¿Ha visto alguien más este radio?
Su asistente Lüdde-Neurath constató que había
pasado directamente del operador al almirante. Dönitz ordenó entonces que se
hiciera jurar al radiotelegrafista que guardaría silencio, que se pusiera de
inmediato el radiograma a buen recaudo y que no lo viera nadie.
— ¿Qué vamos a hacer si, efectivamente, Goebbels y
Bormann se presentan aquí? —preguntó Dönitz, añadiendo con determinación: —De
ningún modo voy a trabajar con ellos.
Aquella noche los dos coincidimos en que teníamos
que hallar la forma de protegernos de Bormann y Goebbels.
Así pues, Hitler obligó a Dönitz a iniciar su
mandato con un acto ilegal. [431] Aquella ocultación de un documento oficial fue el
último eslabón de la cadena de mentiras, traiciones, hipocresías e intrigas que
se había forjado durante las últimas semanas: Himmler, que con sus
negociaciones había traicionado a su Führer; Bormann, que engañando
a Hitler había triunfado en su última gran intriga contra Göering; Göering, que
trataba de llegar a un arreglo con los aliados; Kaufmann, que había entablado
negociaciones con los ingleses y ponía la emisora de Hamburgo a mi disposición;
Keitel, que todavía en vida de Hitler buscaba congraciarse con un nuevo amo; y
finalmente yo mismo, que durante los últimos meses había estado engañando a mi
descubridor y mecenas y que en algún momento llegué a querer liquidarlo. Todos
nos habíamos visto obligados a actuar como lo hicimos por el sistema al que
habíamos representado y también por Hitler, que nos había traicionado a todos,
al igual que a sí mismo y a su pueblo. Así terminó el Tercer Reich.
* * * *
La noche de aquel 1 de mayo en que se difundió la
noticia de la muerte de Hitler, yo dormía en una pequeña habitación del cuartel
general de Dönitz. Al abrir la maleta hallé el estuche rojo de piel, todavía
cerrado, que albergaba el retrato de Hitler. Mi secretaria lo había puesto
allí. Tenía los nervios deshechos. Cuando puse el retrato encima de la mesa, me
acometió una crisis de llanto. Hasta ese momento no acabó mi relación con
Hitler. Sólo entonces se rompió el hechizo, se extinguió su magia. Lo que quedaba
eran las imágenes de los campos cubiertos de cadáveres, las ciudades arrasadas,
los millones de seres afligidos, los campos de concentración. En aquel momento
no desfilaron ante mí esas imágenes y, sin embargo, debí de tenerlas presentes.
Caí en un sueño profundo.
Dos semanas después, bajo la impresión que me
produjo descubrir los crímenes cometidos en los campos de concentración,
escribí a Von Schwerin-Krosigk, presidente del gabinete ministerial: «Quienes
han gobernado hasta ahora al pueblo alemán cargan de forma general con la culpa
del destino que ahora aguarda a este pueblo. Sin embargo, esta culpa general
tiene que ser llevada de forma individual por cada uno de los que intervinieron
en el Gobierno, de manera que la parte de culpa que, de otro modo, podría recaer
sobre todo el pueblo alemán, se circunscriba en la mayor medí da posible a
estos individuos».
Así daba comienzo una fase de mi vida que aún hoy
no ha terminado.
Epílogo
Capítulo XXXIII
Etapas del cautiverio
Karl Dönitz, el nuevo jefe del Estado, al igual que
yo y más de lo que cualquiera de nosotros habría sospechado, estaba todavía
imbuido de las ideas del régimen nacionalsocialista. Habíamos servido a sus
objetivos durante doce años y, en consecuencia, nos parecía un burdo
oportunismo dar ahora un giro brusco. Sin embargo, con la muerte de Hitler se
había desvanecido al menos aquella rigidez que durante tanto tiempo nos impidió
pensar con claridad. Muy pronto, el sentido práctico del militar de carrera marcó
la pauta. Desde el primer momento Dönitz sostuvo la opinión de que debíamos
acabar con la guerra lo antes posible y que, una vez cumplida esta misión,
nuestro trabajo habría terminado.
El mismo 1 de mayo de 1945 se celebró una de las
primeras conferencias militares entre Dönitz, en cuanto nuevo jefe supremo de
la Wehrmacht, y el mariscal Ernst Busch. Busch pretendía atacar a las fuerzas
de combate británicas, muy superiores a las nuestras, que marchaban sobre
Hamburgo, mientras que Dönitz consideraba fuera de lugar toda ofensiva. Lo
único que importaba era mantener abierto tanto tiempo como fuera posible el
camino hacia el Oeste, para permitir el paso de los refugiados orientales que se
estaban agrupando cerca de Lübeck; las tropas alemanas sólo ofrecerían
resistencia en el sector occidental, con el fin de ganar tiempo para conseguir
este último objetivo. Irritado, Busch reprochó al gran almirante que actuando
así no obraba según la filosofía de Hitler. Pero Dönitz no se dejó confundir.
A pesar de que el 30 de abril, durante una
acalorada disputa con el nuevo jefe del Estado, Himmler había tenido que
renunciar a la idea de ocupar un cargo de poder en el nuevo Gobierno, al día
siguiente se presentó en el cuartel general de Dönitz sin hacerse anunciar. Era
mediodía y Dönitz lo invitó a almorzar con nosotros, aunque no precisamente por
simpatía. A pesar de que Himmler no le gustaba, a Dönitz le habría parecido una
descortesía tratar ahora con desprecio a un hombre que había sido tan poderoso.
Himmler trajo la noticia de que el jefe regional Kaufmann tenía el propósito de
entregar Hamburgo sin lucha a los ingleses y que se estaban imprimiendo
octavillas dirigidas a la población con el fin de prepararla para la entrada de
las tropas británicas. Dönitz se enfureció; si cada cual empezaba a actuar por
su cuenta, su misión ya no tenía ningún sentido. Me ofrecí para ir a ver a
Kaufmann.
En su jefatura regional, bien custodiada por una
guardia compuesta por estudiantes, Kaufmann estaba tan furioso como Dönitz; el
comandante de la ciudad tenía la orden de luchar por Hamburgo y los ingleses
habían lanzado un ultimátum: si la ciudad no se rendía, sus fuerzas aéreas la
someterían a un bombardeo aún más intenso que los anteriores.
—¿Es que tengo que hacer lo mismo que el jefe
regional de Bremen, que, después de dirigir un llamamiento a la población para
que luchara hasta el último hombre, se puso a salvo mientras la ciudad era
sometida a un espantoso bombardeo?
Estaba decidido a impedir el combate por Hamburgo
y, en caso necesario, movilizaría a las masas para que se opusieran de forma
activa a la defensa de la ciudad. Informé a Dönitz por teléfono de que en
Hamburgo existía el peligro de una rebelión abierta; él pidió tiempo para
reflexionar. Al cabo de una hora dio al comandante de la ciudad la orden de
entregar la ciudad sin combatir.
El 21 de abril, cuando grabé mi discurso en la
emisora de Hamburgo, Kaufmann me propuso entregarnos juntos. Ahora reiteró su
ofrecimiento, pero yo lo rechacé, al igual que el plan de huida provisional que
nos había hecho anteriormente nuestro mejor piloto de guerra, Werner Baumbach.
Un hidroavión cuatrimotor de gran autonomía que durante la guerra había
abastecido, partiendo del norte de Noruega, una base meteorológica alemana en
Groenlandia, podría llevarnos a Baumbach, a mí y a varios amigos a una de las tranquilas
bahías groenlandesas, donde podríamos permanecer ocultos durante los primeros
meses de la ocupación de Alemania. Ya se habían empaquetado libros,
medicamentos, papel para escribir (pues quería empezar a redactar mis
memorias), fusiles y municiones, mi bote plegable, esquíes, tiendas, granadas
de mano para la pesca y provisiones. [432] Desde que vi la película de Ernst Udet SOS-Iceberg,
Groenlandia fue siempre uno de mis lugares preferidos para pasar las
vacaciones. Sin embargo, cuando Dönitz llegó al Gobierno renuncié también a
este plan, que combinaba, en extraña mezcla, sentimientos de pánico y de
romanticismo.
* * * *
Cuando regresaba a Eutin vi, al borde de la
carretera, camiones cisterna en llamas, alcanzados por los proyectiles que,
pocos minutos antes, les habían lanzado los cazas ingleses. En Schleswig el
tráfico se hizo más denso; una abigarrada mezcla de vehículos militares y
civiles y soldados y paisanos a pie. Los que me reconocían no me lanzaban
invectivas, sino que me trataban con una reserva entre amistosa y compasiva.
Cuando el 2 de mayo por la noche llegué al puesto
de Pión, Dönitz, ante el rápido avance de las tropas inglesas, se había
retirado a Flensburg. De todos modos, aún encontré allí a Keitel y a Jodl,
dispuestos a reunirse con su nuevo señor. Dönitz se había instalado en el barco
de pasajeros Patria. Mientras desayunábamos juntos en el camarote del capitán
le presenté un decreto por el que también se prohibía la destrucción de los
puentes; lo firmó en el acto. Con ello, aunque demasiado tarde, conseguía imponer
todos los puntos que había solicitado a Hitler el 19 de marzo.
Dönitz estuvo de acuerdo en que yo pronunciara un
discurso haciendo un llamamiento al pueblo alemán para que emprendiera con toda
energía los trabajos de reconstrucción en los territorios ocupados; mis
palabras debían contrarrestar la apatía en la que «el terror paralizante y el
inmenso desengaño de los últimos meses habían sumido al pueblo», [433] y únicamente me pidió que sometiera el discurso a
la aprobación del nuevo ministro de Asuntos Exteriores, Schwerin-Krosigk, que
se encontraba en la Escuela Naval de Mürwik, cerca de Flensburg. Este también
se mostró conforme con el discurso, aunque a condición de añadir algunas frases
que él me dictó para explicar la política del Gobierno. Cuando leí el discurso
en la emisora de Flensburg, se conectaron las únicas estaciones que aún podían
emitir en nuestro sector, es decir, Copenhague y Oslo.
Cuando salí del estudio, Himmler me estaba
esperando. Dándose importancia, me recordó que aún nos quedaban territorios
valiosos, como Noruega y Dinamarca, que podríamos utilizar como moneda de
cambio para garantizar nuestra seguridad. El enemigo los consideraría lo
bastante importantes para negociar algunas concesiones personales si los
entregábamos voluntariamente. De mis palabras se podía deducir que íbamos a
liberar aquellos territorios sin combates y a cambio de nada; por lo tanto, mi
discurso había resultado perjudicial. Luego sorprendió a Keitel con la
propuesta de nombrar un censor de todas las declaraciones públicas del
Gobierno, cargo que él desempeñaría con mucho gusto. Pero Dönitz había denegado
aquel mismo día una petición similar formulada por Terboven, gobernador de
Hitler en Noruega, y el 6 de mayo firmó una orden por la que se prohibía llevar
a cabo destrucciones en los territorios aún ocupados por las tropas alemanas,
como ciertas regiones de Holanda, Checoslovaquia, Dinamarca y Noruega. Con ello
quedaba totalmente descartada la política de garantías, como la llamaba
Himmler.
El gran almirante se negó también rotundamente a
abandonar Flensburg, que podía ser ocupada por los ingleses de un momento a
otro, para huir a Dinamarca o a Praga y seguir dirigiendo desde allí los
asuntos del Gobierno. A Himmler le atraía mucho la idea de escapar a Praga;
según decía, una antigua ciudad imperial era un lugar más apropiado para servir
de sede del Gobierno que la históricamente insignificante Flensburg; se le
olvidó añadir que en Praga abandonaríamos la esfera de influencia de la Marina para
entrar en la de las SS. Dönitz zanjó definitivamente aquella discusión, que
empezaba a hacerse demasiado larga, manifestando que en ningún caso
proseguiríamos nuestras actividades fuera de las fronteras de Alemania.
—Si los ingleses quieren venir a buscarnos, que lo
hagan.
Himmler pidió entonces a Baumbach, que había
quedado al mando de la flota aérea del Gobierno, que le cediera un aparato para
volar hasta Praga. Baumbach y yo acordamos que lo enviaríamos a un campo de
aviación enemigo, pero el servicio de información de Himmler seguía
funcionando.
—Cuando uno vuela en sus aviones, no sabe nunca
adónde irá a parar —le espetó con furia contenida a Baumbach.
Algunos días después, tras haber establecido
contacto con el mariscal Montgomery, Himmler entregó a Jodl una carta con el
ruego de que se la hiciera llegar. El general Kinzl, oficial de enlace con las
fuerzas británicas, me dijo que Himmler pedía en aquella carta una entrevista
con el mariscal británico a cambio de un salvoconducto. En caso de ser
detenido, puntualizaba, tenía derecho a ser tratado con las consideraciones
estipuladas por los acuerdos internacionales para las altas jerarquías
militares, ya que durante un tiempo había sido comandante en jefe del Grupo de
Ejércitos del Vístula. Pero aquella carta nunca llegó a su destino, ya que
Jodl, según me dijo en Nüremberg, la destruyó. Como siempre en las situaciones
críticas, durante aquellos días se puso de manifiesto el carácter de cada uno.
El jefe regional Koch, de la Prusia Oriental, que durante algún tiempo había
sido comisario del Reich en Ucrania, vino a Flensburg a pedir un submarino que
lo llevara a América del Sur, y el jefe regional Lohse expresó el mismo deseo.
Dönitz se negó rotundamente. Rosenberg, que a la sazón era el más antiguo jefe
nacional del NSDAP, quería disolver el Partido; afirmó ser el único que podía
hacerlo. Varios días después fue ingresado en Mürwik casi sin vida; dijo algo
sobre haberse envenenado y se sospechó que había intentado suicidarse, pero
finalmente se constató que sólo estaba borracho.
Sin embargo, también se daban actitudes valerosas:
más de uno renunció a desaparecer entre las masas de refugiados de Holstein.
Seyss-Inquart, comisario del Reich en los Países Bajos ocupados, atravesó de
noche con una lancha el bloqueo enemigo con el único objeto de conferenciar con
Dönitz y conmigo; rehusó quedarse con nosotros en la sede del Gobierno y volvió
a Holanda en la lancha.
—Mi sitio está allí —dijo melancólicamente—. En
cuanto regrese, seré detenido.
* * * *
El alto el fuego en el norte de Alemania fue
seguido tres días después, el 7 de mayo de 1945, por la capitulación
incondicional de todos los frentes, que un día más tarde sería solemnemente
ratificada con la firma de Keitel y de los tres representantes de los tres
cuerpos de la Wehrmacht en el cuartel general de las fuerzas soviéticas de
Karlshorst, cerca de Berlín. Keitel nos contó que los generales rusos, a los
que la propaganda de Goebbels presentaba como bárbaros carentes de educación y
de modales, sirvieron una excelente comida a la delegación alemana después de
la firma, con caviar y champaña. [434] Evidentemente, Keitel no tenía suficiente
sensibilidad para pensar que, después de semejante paso, que significaba el fin
del Reich y condenaba a millones de soldados al cautiverio, habría sido mejor
no probar el champaña de los vencedores y conformarse con lo más indispensable
para calmar el hambre. Su satisfacción por aquel gesto de los vencedores
denotaba una espantosa falta de dignidad y estilo. Sin embargo, ya se había
comportado de un modo similar después de Stalingrado.
Las tropas británicas cercaron Flensburg. Allí se
formó un minúsculo enclave en el que nuestro Gobierno todavía conservaba fuerza
ejecutiva. En el buque Patria se instaló el Comité de Control para el Alto
Mando de la Wehrmacht, a las órdenes del general de brigada Rooks, que muy
pronto pasó a desempeñar las funciones de enlace con el Gobierno de Dönitz. A
mi parecer, al capitular quedaba cumplida la misión del Gobierno de Dönitz de
poner fin a una guerra que estaba perdida. Por lo tanto, el 7 de mayo de 1945
propuse difundir una última proclama por la que nosotros, ya sin libertad para
obrar, nos declaráramos dispuestos sólo a asumir las tareas que conllevaba la
pérdida de la guerra: «No obstante, esperamos que el enemigo, a pesar de esta
labor, nos pida cuentas por nuestras anteriores actividades del mismo modo que
a los restantes responsables del Estado nacionalsocialista». Con esta
observación quería salir al paso de cualquier interpretación errónea de nuestro
ofrecimiento. [435]
Sin embargo, el secretario Stuckardt, ahora
director general del Ministerio del Interior, había preparado una memoria en la
que expresaba la opinión de que Dönitz, en su calidad de jefe del Estado y
legítimo sucesor de Hitler, no podía renunciar a su cargo voluntariamente,
porque si lo hacía se perdería la continuidad del Reich alemán y peligrarían
los futuros gobiernos. Dönitz, que al principio se había mostrado dispuesto a
aceptar mi teoría, dio finalmente por válida la opinión de Stuckardt, lo que prolongó
la vida de su Gobierno quince días más.
Empezaron a llegar los primeros reporteros de los
campamentos inglés y americano; cada una de sus noticias despertaba las más
diversas esperanzas irreales. Al mismo tiempo, desaparecieron los uniformes de
las SS. De un día para otro, Wegener, Stuckardt y Ohlendorf se convirtieron en
civiles, y Gebhardt, íntimo de Himmler, se transformó nada menos que en general
de la Cruz Roja. Además, aprovechando la inactividad, el Gobierno empezó a
organizarse. Según la costumbre imperial, Dönitz nombró a un jefe del Gabinete
Militar (el almirante Wagner) y a uno del Gabinete Civil (el jefe regional
Wegener). Tras algún tira y afloja se decidió seguir dando el tratamiento de
«gran almirante» al jefe del Estado; se creó un servicio de información y un
viejo aparato de radio permitió escuchar las últimas noticias. Incluso uno de
los grandes Mercedes de Hitler había ido a parar a Flensburg y ahora servía
para conducir a Dönitz a su residencia, situada a quinientos metros. Apareció
alguien del estudio de Heinrich Hofmann, fotógrafo personal de Hitler, para
retratar al Gobierno mientras trabajaba. Así, uno de aquellos días le dije al
asistente de Dönitz que la tragedia se estaba empezando a convertir en
tragicomedia. Hasta el momento de la capitulación, Dönitz había actuado con
corrección y se había esforzado de modo razonable por poner fin a la guerra
cuanto antes; sin embargo, ahora nuestra situación empezaba a resultar muy
confusa. Dos de los miembros del nuevo Gobierno, los ministros Backe y
Dorpmüller, desaparecieron sin dejar rastro; corrían rumores de que habían sido
llevados al cuartel general de Eisenhower para encargarse de las primeras
medidas encaminadas a la reconstrucción de Alemania. El mariscal Keitel, que
seguía siendo jefe del alto mando de la Wehrmacht, fue hecho prisionero. No es
sólo que nuestro Gobierno fuera impotente, sino que ni tan sólo era tenido en
cuenta.
Redactábamos memorias que se perdían en el vacío y
tratábamos de cubrir nuestra insignificancia bajo una aparente actividad. Todas
las mañanas se celebraba a las diez un consejo de ministros en la llamada Sala
de Sesiones del Gabinete, en realidad el aula de una vieja escuela; parecía
como si Schwerin-Krosigk quisiera resarcirse de todas las reuniones que habían
dejado de celebrarse durante el año anterior. La mesa estaba pintada y las
sillas eran de distintas procedencias. El ministro de Abastecimientos trajo a
una de aquellas reuniones unas cuantas botellas de aguardiente de trigo de su
almacén. Fuimos a buscar vasos y copas a nuestras habitaciones y pasamos a
tratar sobre las modificaciones que debían introducirse en el Gabinete para
adaptarlo a las circunstancias. Se produjo una acalorada discusión sobre si
debía incorporarse un ministro de Asuntos Eclesiásticos al Gabinete. Propusimos
para el cargo a un renombrado teólogo, mientras que para otros el candidato
ideal era Niemöller. El Gabinete, decían, debía adquirir una forma más
«presentable». Mi sarcástica sugerencia de ir en busca de varios
socialdemócratas y centristas de relieve para ofrecerles nuestros cargos no fue
tenida en cuenta. Las existencias del almacén del ministro de Abastecimientos
contribuyeron a animar el debate. En mi opinión, estábamos en el mejor camino
para ponernos en ridículo, si era que todavía no lo habíamos conseguido. Toda
la seriedad que había reinado entre nosotros mientras se preparaban las
negociaciones para capitular brillaba ahora por su ausencia. El 15 de mayo
escribí a Schwerin-Krosigk que el Gobierno del Reich debía estar formado por
personas capaces de despertar la confianza de los aliados; el Gabinete debía
modificarse y los íntimos colaboradores de Hitler debían ser sustituidos.
Además, le decía, tan disparatado era «encomendar a un artista la amortización
de una deuda como lo fue —en el pasado— confiar el Ministerio de Asuntos
Exteriores del Reich a un comerciante de champaña». Le rogaba que me relevara
«de todas las funciones de ministro de Economía y Producción de Reich». No
obtuve respuesta.
* * * *
Después de la capitulación, aparecían de vez en
cuando oficiales subalternos americanos e ingleses que se paseaban
tranquilamente por las dependencias de nuestra «sede de Gobierno». Un día,
hacia mediados de mayo, se presentó en mi habitación un teniente americano.
— ¿Sabe usted dónde se ha metido Speer? —me
preguntó.
Cuando me hube identificado, me dijo que el cuartel
general americano estaba recogiendo datos sobre los efectos de los bombardeos
aliados. Me declaré dispuesto a facilitarle información.
Pocos días antes, el duque Von Holstein me había
ofrecido el castillo de Glücksburg, situado a varios kilómetros de Flensburg,
para establecer allí mi residencia. Aquel mismo día me reuní en este castillo,
construido en el siglo XVI y rodeado de agua, con varios civiles, más o menos
de mi misma edad, del United States Strategical Bombing Survey, dependiente de
la plana mayor de Eisenhower. Discutimos los fallos y peculiaridades que habían
caracterizado a los bombardeos de ambos bandos. A la mañana siguiente, mi
asistente me anunció que a la puerta del castillo se encontraban muchos
oficiales americanos, entre ellos un importante general. Nuestra guardia,
formada por miembros del Grupo Acorazado alemán, presentó armas, [436] y así, en cierto modo bajo la protección de las
armas alemanas, el general F. L. Anderson, comandante en jefe de las unidades
de bombardeo de la VIII Flota Aérea americana, entró en mi habitación. Me dio
las gracias muy cortésmente por haber accedido a ponerme a su disposición para
nuevas conversaciones. Así pues, durante tres días seguimos estudiando
sistemáticamente los distintos aspectos de una guerra de bombardeos; el 19 de
mayo nos visitó el presidente del Economic Warfare de Washington, D'Olier, acompañado
de su vicepresidente, Alexander, y sus colaboradores, doctor Galbraith, Paul
Nitze, George Ball, coronel Gilkrest y Williams. Yo conocía, por mis anteriores
actividades, la gran importancia que tenía este servicio en la política militar
norteamericana.
Durante los días que siguieron, en nuestra Escuela
Superior de Bombarderos reinó un ambiente casi de camaradería, que, sin
embargo, desapareció bruscamente cuando la prensa mundial se alarmó a causa del
desayuno con champaña celebrado por Göering y el general Patton. Sin embargo,
antes de eso el general Anderson me dedicó el cumplido más singular y halagador
de mi carrera:
—Si hubiera conocido antes su capacidad, habría
destinado a la VIII Flota Aérea americana al completo al único fin de enviarlo
bajo tierra.
Aquella flota disponía de más de dos mil
bombarderos pesados diurnos; menos mal que se enteró demasiado tarde.
* * * *
Mi familia había instalado su alojamiento de
emergencia a cuarenta kilómetros de Glücksburg. Puesto que el único riesgo que
corría era adelantar unos días mi detención, tomé el coche, crucé el cerco de
Flensburg y, gracias a la despreocupación de los ingleses, atravesé sin
dificultades la zona ocupada. Los ingleses paseaban por las calles sin reparar
en mí. En todos los pueblos había tanques pesados con los cañones protegidos
por fundas de lona. Así pude llegar hasta la escalera de entrada de la finca donde
se alojaba mi familia. Todos nos alegramos de aquella jugarreta, que pude
repetir varias veces. Pero tal vez confiara demasiado en la despreocupación de
los ingleses, después de todo. El 21 de mayo fui conducido en mi automóvil a
Flensburg y encerrado en una habitación del Secret Service en la que me
vigilaba un soldado con la metralleta sobre las rodillas. Al cabo de varias
horas me soltaron. Mi coche había desaparecido. Los ingleses me llevaron de
regreso a Glücksburg en uno de sus vehículos.
Dos días después, a primera hora de la mañana, mi
asistente se precipitó en mi habitación. Los ingleses habían rodeado
Glücksburg. Un sargento entró en mi cuarto y me dijo que estaba detenido. Se
quitó el cinto con la pistola, la dejó encima de la mesa como por casualidad y
se marchó para dejarme hacer el equipaje. Poco después fui conducido a
Flensburg en camión. Pude observar que alrededor del castillo de Glücksburg se
habían montado varias piezas de artillería ligera. Seguían creyéndome capaz de
demasiadas cosas. A aquella misma hora se arriaba en la Escuela Naval la
bandera de guerra del Reich, que hasta entonces había sido izada todos los
días. Si algo podía simbolizar que el Gobierno de Dönitz, a pesar de todos los
esfuerzos, no suponía realmente un nuevo punto de partida era esa obcecación en
la vieja bandera. Al comienzo de aquellos días de Flensburg, Dönitz y yo
pensamos que la bandera debía seguir en su sitio. Yo sostenía que no nos
correspondía a nosotros empezar de nuevo. Flensburg era sólo la última etapa
del Tercer Reich, nada más.
* * * *
Para mi sorpresa, la caída desde las alturas del
poder, que tal vez en circunstancias normales vaya acompañada de graves crisis,
no me produjo ningún trastorno interior. También me adapté rápidamente a las
condiciones del cautiverio, lo cual tal vez deba atribuirse a mis doce años de
adiestramiento en la subordinación, pues, pensándolo bien, en el Estado de
Hitler yo ya era un prisionero. Ahora, liberado de la responsabilidad de las
decisiones diarias, durante los primeros meses me acometió una desconocida necesidad
de dormir y se apoderó de mí una fatiga espiritual que procuraba que no
trascendiera al exterior.
En Flensburg nos reencontramos todos los miembros
del Gobierno de Dönitz en una habitación, como si se tratara de una sala de
espera. Ahí estábamos, sentados en unos bancos que había a lo largo de las
paredes y rodeados de las maletas que contenían nuestros efectos personales.
Así debían de verse los emigrantes que aguardaban la llegada de su barco.
Reinaba un humor melancólico. Uno a uno nos fueron llamando a una habitación
contigua en la que nos registraban, paso previo a nuestro encierro. Cada cual salía
de allí, según su carácter, malhumorado, deprimido u ofendido. Cuando me llegó
el turno, también yo sentí repugnancia ante el desagradable examen al que fui
sometido. Probablemente lo hacían así a consecuencia del suicidio de Himmler,
que había mantenido escondida en la boca una cápsula de veneno.
Dönitz, Jodl y yo fuimos conducidos a un pequeño
patio en el que gran cantidad de ametralladoras nos apuntaba dramáticamente
desde las ventanas del piso superior. Los fotógrafos de prensa y los cámaras
cumplieron con su cometido, mientras yo trataba de aparentar que toda aquella
escenografía, montada únicamente para los noticiarios semanales, me traía sin
cuidado. Después, junto con los restantes compañeros de desgracia de la sala de
espera, nos comprimieron en varios camiones. Delante y detrás de nosotros,
según podía ver en las curvas despejadas, marchaba una escolta compuesta por
treinta o cuarenta vehículos acorazados, la mayor que haya tenido nunca, ya que
hasta entonces solía viajar en mi coche solo y sin protección. En un campo de
aviación subimos a dos aparatos bimotores de carga. Sentados en maletas y
cajones, debíamos de ofrecer ya un aspecto muy convincente como prisioneros. El
punto de destino nos era desconocido. Hacía falta cierta capacidad de
adaptación para acostumbrarse a no saber nunca en el futuro adónde iba uno,
después de haber decidido durante tantos años nuestras rutas con tanta
naturalidad. Sólo dos de aquellos viajes tuvieron un destino inequívoco:
Nüremberg y Spandau.
Sobrevolamos paisajes costeros y luego, durante
mucho tiempo, el mar del Norte. Entonces, ¿nos dirigíamos a Londres? El avión
puso rumbo al sur. A juzgar por el paisaje y la densidad de población,
estábamos cruzando Francia. Divisamos una gran ciudad. Reims, dijeron algunos,
pero era Luxemburgo. El avión aterrizó. Fuera se formó un doble cordón de
soldados americanos, todos con la metralleta apuntando hacia el pasillo por el
que debíamos avanzar. Sólo había visto un recibimiento semejante en las películas
de gángsters, cuando por fin conseguían detener a la banda de delincuentes.
Subimos a unos primitivos camiones provistos de un doble banco de madera; entre
cada uno de nosotros había soldados que nos apuntaban con sus metralletas: así
atravesamos varios pueblos, entre silbidos y abucheos ininteligibles de la
población. Había empezado la primera etapa de mi cautiverio.
Nos detuvimos delante de un gran edificio, el Hotel
Palace de Mondorf, y fuimos conducidos a la sala de recepción. Fuera, a través
de las vidrieras, vimos a Göering y a otros antiguos jerarcas del Tercer Reich
paseando arriba y abajo. Ministros, mariscales, jefes nacionales del Partido,
secretarios y generales. Constituía una imagen fantasmagórica ver de nuevo allí
reunidos a todos los que durante los últimos días de la guerra se habían
diseminado como arena en todas direcciones. Yo me mantenía apartado y absorbía
en la medida de lo posible la paz del lugar. Sólo una vez me dirigí a
Kesselring para preguntarle por qué había seguido volando puentes aun después
de que hubieran quedado sin efecto las órdenes de Hitler. Con obcecada
mentalidad militar, me dijo que mientras se estuviera luchando había que volar
puentes. A él, en su calidad de comandante en jefe, lo único que lo preocupaba
era la seguridad de sus soldados. No tardaron en producirse roces por
cuestiones de jerarquía. Göering era el sucesor que Hitler había nombrado años
atrás, mientras que Dönitz era el nuevo jefe del Estado, proclamado por Hitler
en el último momento. Pero Göering, en su calidad de mariscal del Reich, era
también el oficial presente de mayor graduación. Se entabló una callada lucha
entre el nuevo jefe del Estado y el destituido sucesor para determinar a quién
correspondía la preferencia en el desalojado Hotel Palace de Mondorf, quién
debía presidir la mesa y, en general, quién era el líder indiscutible de
nuestro grupo. No pudo llegarse a un acuerdo. Pronto ambas partes evitaron
coincidir en las puertas; en el comedor, cada uno se sentaba presidiendo una
mesa distinta. Göering, sobre todo, se revelaba consciente en todo momento de
su posición especial. Cierta vez en que el doctor Brandt le habló, entre otras
cosas, de todo lo que había perdido, Göering comentó: — ¡Bah, qué sabrá usted!
No tiene motivos para quejarse. ¿Qué ha llegado a tener usted? Yo, en cambio,
que he tenido tantas cosas…
* * * *
Apenas dos semanas después de nuestro ingreso se me
comunicó que iba a ser trasladado; desde aquel momento, casi
imperceptiblemente, los americanos empezaron a tratarme con cierto respeto.
Muchos de mis compañeros de cautiverio, que todavía no se habían hecho a la
idea de que las cosas también podían marchar sin nosotros, interpretaron
aquella noticia con excesivo optimismo y la vieron como un encargo para
reconstruir Alemania. Me mandaron recuerdos para amigos y parientes. Frente a
la puerta del Hotel Palace había un coche esperando; esta vez no era un camión,
sino una limusina, y no lo conducía un policía militar con metralleta, sino un
teniente que me saludó con amabilidad. Viajamos hacia el Oeste, vía Reims, con
destino a París. En el centro de la capital, el teniente se apeó delante de un
edificio público y volvió a salir poco después. Provisto de un plano y de
nuevas órdenes, nos condujo aguas arriba del Sena. En mi confusión creí que me
llevaba a la Bastilla, olvidando por completo que había sido demolida hacía
años. Pero el teniente estaba nervioso, cotejaba los nombres de las calles y,
según comprobé con alivio, se había extraviado. Chapurreando con esfuerzo mi
inglés escolar, me ofrecí como guía. Por fin, no sin vacilar, me indicó nuestro
destino: el Hotel Trianon Palace de Versalles. Yo conocía bien el camino. Había
sido mi alojamiento favorito mientras diseñaba el pabellón alemán de la
Exposición Universal de 1937.
Los lujosos automóviles estacionados allí y la
guardia de honor apostada en el portal me indicaron que aquel hotel no era un
centro de prisioneros, sino la sede de los aliados. Era el cuartel general de
Eisenhower. El teniente desapareció en el interior del edificio y yo me quedé
contemplando tranquilamente el ir y venir de los coches de los generales.
Después de una larga espera, un sargento nos condujo por una avenida, a través
de unos prados, hasta un palacete cuya verja se abrió cuando llegamos.
Durante varias semanas, Chesnay se convirtió en mi
alojamiento. Fui a dar a una pequeña habitación del segundo piso, con vistas a
un patio interior, espartanamente equipada con una cama de campaña y una silla.
Además, la ventana estaba protegida con denso alambre de espino. Frente a la
puerta se apostó un centinela armado.
Al día siguiente tuve ocasión de admirar la fachada
principal del palacete. Rodeado de viejos árboles, se hallaba en un pequeño
parque provisto de una tapia muy alta por encima de la cual se divisaban las
dependencias contiguas del palacio de Versalles. Bellas esculturas del siglo
XVIII creaban un ambiente idílico. Se me permitió pasear durante media hora; me
seguía un soldado con metralleta. Estaba prohibido establecer contactos, pero
al cabo de unos días ya tenía bastante información sobre los demás presos. Casi
todos eran técnicos y científicos de relieve, peritos agrícolas y especialistas
de ferrocarriles; entre ellos se encontraba el antiguo ministro Dorpmüller.
Reconocí al profesor Heinkel, el constructor de aviones, y a uno de sus
colaboradores, así como a otros muchos que habían trabajado conmigo. Una semana
después de mi llegada me retiraron a mi acompañante perpetuo y me permitieron
moverme libremente durante mis paseos. Con ello terminó la monotonía del
aislamiento y mi bienestar psíquico mejoró bastante. Llegaron nuevos
inquilinos: varios colaboradores de mi Departamento, entre ellos Frank y Saur,
acompañados de algunos oficiales técnicos de las fuerzas americanas y
británicas que deseaban ampliar sus conocimientos. Estábamos todos de acuerdo
en que pondríamos nuestras experiencias técnicas en la producción de armamento
a su servicio.
Yo no pude contribuir demasiado a ello, pues era
Saur quien conocía bien todos los detalles. Así pues, quedé infinitamente
agradecido al comandante del centro de internamiento, un paracaidista
británico, cuando me sustrajo de aquel espantoso aburrimiento y me invitó a dar
un paseo en coche.
Por entre pequeños parques y palacetes nos
dirigimos a Saint Germain, la hermosa obra de Francisco I, y desde allí, por la
orilla del Sena, a París. Pasamos por delante del Coq Hardi, el célebre
restaurante de Bougival donde tantas veladas deliciosas había pasado con
Cortot, Vlaminck, Despiau y otros artistas franceses, y llegamos a los Campos
Elíseos. Una vez allí, el comandante me propuso dar una vuelta a pie, a lo que
me negué en atención a él, pues siempre cabía la posibilidad de que alguien me
reconociera. Más allá de la Plaza de la Concordia doblamos hacia los muelles
del Sena. Aquello estaba menos concurrido, por lo que nos arriesgamos a caminar
un poco, y después regresamos al centro pasando por Saint Cloud.
Varios días después, en el patio del palacio se
detuvo un gran autocar y una especie de grupo de turistas, entre ellos Schacht
y el antiguo jefe de la organización de Armamentos, el general Thomas, se
alojaron entre nosotros. Eran internos destacados de los campos de
concentración alemanes que habían sido liberados por los americanos al sur del
Tirol, posteriormente conducidos a Capri y, por fin, a nuestro campamento. Se
decía que también Niemöller estaba entre ellos; ninguno de nosotros lo conocía,
pero entre los recién llegados había un hombre de aspecto muy frágil, pelo
blanco y traje negro. Aquel tenía que ser Niemöller, pensamos Heinkel, el
constructor Flettner y yo. Sentíamos gran compasión por aquel hombre tan
visiblemente marcado por los muchos años de cautiverio; Flettner se encargó de
expresarle nuestra simpatía, pero no había hecho más que empezar a hablar
cuando el otro lo interrumpió:
— ¡Thyssen! ¡Mi nombre es Thyssen! Niemöller está
ahí delante.
Allí estaba, en efecto, con aspecto juvenil y
reconcentrado, fumando en pipa; un ejemplo de cómo pueden llegar a soportarse
durante años las penalidades del cautiverio. Más adelante iba a acordarme
muchas veces de él. El autocar siguió adelante varios días después; sólo se
quedaron con nosotros Thyssen y Schacht.
* * * *
Cuando el cuartel general de Eisenhower fue
trasladado a Francfort, frente a nuestro campamento apareció una columna de
unos diez camiones militares americanos. Según un plan cuidadosamente
elaborado, nos distribuyeron en dos camiones abiertos, provistos de bancos de
madera; en los restantes cargaron el mobiliario. Al atravesar París, cada vez
que nos deteníamos a causa del tráfico se congregaba a nuestro alrededor una
multitud que nos lanzaba insultos y amenazas. A mediodía hicimos alto en un
campo situado al este de París; guardianes y prisioneros se mezclaban
despreocupados y ofrecían un cuadro muy pacífico. El objetivo de la primera
jornada de viaje era Heidelberg. Me alegré de que no llegáramos a tiempo, ya
que no quería alojarme en la cárcel de mi ciudad natal.
Al día siguiente llegamos a Mannheim. Parecía sin
vida, con las calles desiertas y las casas destruidas. Un pobre soldado con la
barba desaliñada, el uniforme destrozado y una caja de cartón cargada a la
espalda estaba parado en la cuneta, como embobado: era la viva imagen de la
derrota. Cerca de Nauheim abandonamos la autopista y, tras subir una cuesta,
nos hallamos en el patio de armas del castillo de Kransberg. En el invierno de
1939 yo había ampliado aquel castillo, situado a cinco kilómetros del puesto de
mando central de Hitler, para acoger el cuartel general de Göering. Entonces
hubo que añadir un ala de dos pisos para albergar a la numerosa servidumbre de
Göering. En aquel anexo nos instalaron a nosotros, los prisioneros.
Allí, a diferencia de Versalles, no había
alambradas de espino; incluso las ventanas del piso superior de nuestra ala de
servicio ofrecían una vista despejada. La verja de hierro forjado diseñada por
mí estaba abierta. Podíamos movernos con entera libertad por las tierras del
castillo. Cinco años atrás, en la parte alta de la finca había proyectado un
huerto de árboles frutales rodeado por una tapia de un metro de altura. Allí
nos acomodábamos, con la vista perdida en el panorama de los bosques del Taunus;
abajo se extendía el pueblecito de Kransberg, donde las chimeneas humeaban
acogedoras.
En comparación con la población civil, obligada a
pasar hambre en libertad, nosotros estábamos infinitamente mejor, pues
recibíamos raciones militares americanas. Sin embargo, aquel lugar tenía muy
mala fama entre los vecinos del pueblo. Según los rumores que corrían, éramos
víctimas de muy malos tratos, no se nos daba de comer y en el calabozo de la
torre languidecía Leni Riefenstahl. En realidad nos habían llevado a aquella
fortaleza para tratar cuestiones técnicas militares. Comparecieron allí numerosos
especialistas y casi toda la plana mayor de mi Ministerio, jefes de sección,
los jefes de producción de municiones, tanques, automóviles, barcos, aviones y
tejidos, los hombres clave de la industria química y diseñadores industriales
como el profesor Porsche. Eran muy pocos los curiosos que se perdían por allí.
Los detenidos se quejaban, ya que esperaban con razón que después de exprimir
sus conocimientos los dejarían en libertad. También Wernher von Braun y sus
colaboradores pasaron varios días con nosotros. Él y su equipo habían recibido
ofertas de Estados Unidos y de Inglaterra; Von Braun las comentó conmigo;
incluso los rusos consiguieron infiltrarse para ofrecerle un contrato a través
del personal de cocina del rigurosamente vigilado campamento de Garmisch. Por
lo demás, nos sacudíamos el aburrimiento haciendo deporte, organizando series
de conferencias científicas e incluso, una vez, Schacht nos recitó poesías con
asombrosa sensibilidad. Se creó también un cabaret que ofrecía una función
semanal. Asistíamos a todas las representaciones. El tema principal de todos
los números era siempre nuestra propia situación, y a veces se nos saltaban las
lágrimas de la risa que nos causaba nuestra propia caída.
* * * *
Una mañana, poco después de las seis, entró a
despertarme uno de mis colaboradores.
— ¡Acabo de oír por la radio que usted y Schacht
están entre los encausados en el proceso de Nüremberg!
Traté de conservar la serenidad, pero la noticia me
afectó mucho. A pesar de que mis principios me hacían estar convencido de que,
como antiguo dirigente del régimen, debía responder de sus culpas, al principio
me costó hacerme a la idea de que así iba a suceder en realidad. No sin
preocupación había visto en el periódico algunas fotografías del interior de la
cárcel de Nüremberg, y semanas antes había leído que varios altos cargos del
Gobierno habían sido conducidos allí. Pero mientras que Schacht, el otro
encausado, tuvo que sustituir muy pronto nuestro relativamente confortable
campamento por la cárcel de Nüremberg, aún debían transcurrir varias semanas
antes de que fueran a buscarme a mí.
Aunque podía concluirse que sobre mí pesaba una
acusación grave, no se produjo ningún cambio en el comportamiento del personal
de guardia. Los americanos decían para consolarme:
—Pronto lo absolverán y podrá olvidarse de todo.
El sargento Williams me aumentó las raciones, para
que, como decía él, estuviera fuerte para el proceso, y el comandante británico
del campamento me invitó a dar un paseo en coche el mismo día en que se
difundió la noticia. Solos, sin escolta, recorrimos los bosques del Taunus,
dejamos el coche bajo un enorme árbol frutal, anduvimos por el bosque y me
habló de las cacerías de osos en Cachemira.
Eran unos hermosos días de septiembre. A fines de
mes, un jeep americano cruzó la verja: venían a buscarme. Al principio el
comandante británico se negó á entregar a su prisionero y pidió instrucciones a
Francfort. El sargento Williams me dio infinidad de galletas y me preguntó una
y otra vez si deseaba llevarme algo más de su almacén. Cuando por fin subí al
coche, casi todo el personal del campamento había salido al patio. Todos me
desearon suerte. Nunca olvidaré los bondadosos y asustados ojos del coronel
británico cuando se despidió de mí en silencio.
Capítulo XXXIV
Nüremberg
Aquella noche fui ingresado en el tristemente
célebre centro de interrogatorios de Oberursel, cerca de Francfort, donde el
sargento de guardia me hizo objeto de chistes tontos y sarcásticos y me fue
servida una insípida sopa aguada que acompañé mordisqueando mis galletas
inglesas. Me acordaba con nostalgia del hermoso Kransberg. Durante la noche oí
los ordinarios gritos de los guardianes americanos, respuestas angustiadas y
gritos; por la mañana pasó junto a mí, bajo custodia, un general alemán:
parecía desmoralizado y lleno de desesperación.
Proseguimos el viaje en un camión cubierto con
lonas. Yo iba apretujado entre otros prisioneros. Reconocí entre ellos al
doctor Strölin, alcalde de Stuttgart, y a Horthy, regente del Reich en Hungría.
No se nos comunicó nuestro destino, pero tampoco hacía falta; estaba claro que
era Nüremberg. Ya era de noche cuando llegamos. Se abrió una puerta; por unos
instantes me encontré en el pasillo del ala que había visto en el periódico
hacía unas semanas, pero antes de darme cuenta ya estaba otra vez encerrado. Por
la abertura de la puerta de la celda de enfrente asomó la cabeza Göering. Un
saco de paja, unas mantas sucias y rotas y ningún contacto personal con los
presos. A pesar de que los cuatro pisos estaban ocupados reinaba un silencio
siniestro, sólo interrumpido de vez en cuando al abrirse la puerta de una celda
y sacar a un preso para interrogarlo. Göering, mi vecino de enfrente, no cesaba
de recorrer la celda de un lado a otro; a intervalos regulares veía pasar una
parte de su pesado cuerpo por delante de la mirilla. [437] También yo empecé pronto a pasear por mi celda, al
principio arriba y abajo y después, para aprovechar mejor el espacio, en
círculos.
Al cabo de una semana, durante la cual permanecí en
la incertidumbre sin que nadie me hiciera el menor caso, se produjo un cambio
modesto para una persona corriente, pero trascendental para mí: fui trasladado
al tercer piso, a la fachada de sol, donde había mejores celdas y mejores
camas. Allí fue a verme por primera vez el director americano de la prisión,
coronel Andrus.
—Very pleased to see you!
Como comandante del campo de prisioneros de
Mondorf, Andrus había actuado con el máximo rigor, y ahora me pareció percibir
cierto tono burlón en sus palabras. Por el contrario, fue muy grato volver a
ver al personal alemán. Los cocineros, los que repartían la comida y los
peluqueros habían sido cuidadosamente reclutados entre los prisioneros de
guerra. Precisamente porque también ellos habían pasado por el sufrimiento del
cautiverio, se mostraban muy serviciales con nosotros siempre que no hubiera
guardianes. Y a través de aquellos hombres llegaban discretamente hasta
nosotros algunas noticias de la prensa, saludos y mensajes de aliento.
Si bajaba el batiente superior de la alta ventana
de la celda podía tomar el sol de cintura para arriba. Tumbado en el suelo,
sobre unas mantas, iba cambiando de posición para captar hasta el último rayo
del atardecer. No había luz, ni libros, ni revistas. Dependía exclusivamente de
mis propios recursos para combatir aquella opresión interna cada vez más
acuciante.
* * * *
Sauckel era conducido frecuentemente por delante de
mi celda. Cuando me veía, su expresión se volvía sombría, pero también mostraba
cierto embarazo. Por fin se abrió también la puerta de mi celda y apareció un
soldado americano con una tarjeta en la mano en la que figuraban mi nombre y la
sala donde debía efectuarse el interrogatorio. Para llegar a ella tuvimos que
cruzar varios patios y escaleras interiores del Palacio de Justicia de
Nüremberg. Por el camino me crucé con Funk, que, muy afectado y deprimido,
volvía de un interrogatorio. La última vez que nos habíamos visto, los dos
estábamos en Berlín y en libertad.
—Así es como volvemos a vernos… —exclamó al pasar.
Por el aspecto que ofrecía, sin corbata, con el
traje arrugado y el rostro pálido y demacrado, pude deducir cuál era la estampa
que presentaba yo. Hacía varias semanas que no me veía en un espejo, y así
seguiría durante años. Vi también a Keitel de pie en uno de los despachos,
rodeado de varios oficiales americanos. También él ofrecía un aspecto
tremendamente decaído.
Un joven oficial americano me estaba esperando.
Amablemente, me invitó a sentarme y empezó a pedirme algunas explicaciones. Al
parecer, Sauckel había estado tratando de desorientar a las autoridades que
llevaban a cabo la instrucción del proceso presentándome como único responsable
por la utilización de mano de obra extranjera. El oficial se mostró benévolo y,
por propia iniciativa, redactó una declaración jurada que volvía a poner las
cosas en su lugar. Yo me sentí aliviado, pues hasta entonces tuve la impresión
de que, según la vieja práctica de «acusar al ausente», había sido bastante
atacado desde mi marcha de Mondorf. Poco después fui conducido ante el segundo
jefe de la acusación, Dodd. Sus preguntas eran duras y agresivas, pero yo no
quería dejarme intimidar y le respondí sinceramente y sin evasivas, sin
considerar mi futura defensa. Es más, omití ciertas cosas que podrían haberse
tomado como una disculpa. Cuando volví a la celda tenía la sensación de haber
caído en una trampa. Efectivamente, aquella declaración constituiría después
una pieza fundamental de la acusación contra mí.
No obstante, al mismo tiempo aquel interrogatorio
me dio nuevas fuerzas; creía, y sigo creyendo, que actué correctamente al no
emplear evasivas ni tratar de protegerme. Esperé atemorizado, pero también con
el propósito de seguir por el mismo camino, el siguiente interrogatorio, que ya
me habían anunciado, pero no llegó a producirse. Tal vez mi franqueza los
impresionó; ignoro la causa de la suspensión. Sólo hubo unas cuantas preguntas
muy correctas, efectuadas por unos oficiales soviéticos a los que acompañaba
una secretaria muy maquillada que me llevó a cambiar la imagen que la
propaganda me había dado de las rusas. A cada respuesta mía, los oficiales
asentían y decían: «Tak, tak», lo que me sonaba un poco raro, pero pronto me
enteré de que venía a significar «aja». El coronel soviético me preguntó un
día:
—Pero usted leído habrá Mi lucha de
Hitler, ¿no?
En realidad no había hecho más que hojearlo, en
parte porque el propio Hitler decía que el libro estaba superado y en parte
porque su lectura resultaba difícil. Cuando respondí que no, se divirtieron de
lo lindo. Irritado, me retracté y dije que sí lo había leído. Al fin y al cabo,
era la única respuesta verosímil. Pero esta mentira tuvo consecuencias
inesperadas durante el proceso. En el contrainterrogatorio, el fiscal soviético
me echó en cara mi falsa confesión; hallándome bajo juramento, tuve que atenerme
a la verdad y reconocer que en aquella ocasión había mentido.
* * * *
A fines de octubre, todos los acusados fuimos
reunidos en la planta baja y se desalojaron las celdas de aquella ala que
ocupaban otros presos. El silencio era inquietante. Veintiún hombres esperaban
su proceso.
Entonces llegó también Rudolf Hess, procedente de
Inglaterra; iba embutido en un abrigo gris y esposado a dos soldados
americanos. Hess tenía una expresión ausente y obstinada a la vez. Aunque ya me
había acostumbrado a ver a todos aquellos acusados que llevaban soberbios
uniformes y se conducían con altivez o jovialidad, ahora la escena me parecía
irreal; a veces creía estar soñando.
El caso es que también nosotros nos comportábamos
ya como prisioneros. Por ejemplo, ¿quién de nosotros, cuando todavía era
mariscal del Reich, almirante, ministro o jefe nacional, habría creído nunca
que acabaría sometiéndose al test de inteligencia de los psicólogos militares
americanos? Y, sin embargo, el test no sólo se realizó sin que nadie opusiera
resistencia, sino que todos se esforzaron por ver confirmadas en él sus
aptitudes.
El vencedor sorpresa del test, que comprendía
pruebas de memoria, de capacidad de reacción y de creación imaginativa, fue
Schacht. Ganó porque la edad suponía unos puntos de bonificación.
Seyss-Inquart, de quien nadie lo habría sospechado, obtuvo la mayor puntuación
efectiva. También Göering se encontraba entre los primeros; yo conseguí un
satisfactorio lugar intermedio.
Varios días después de que nos aislaran de los
restantes presos, el silencio mortal de nuestro bloque de celdas se vio roto
por una comisión de oficiales que iban pasando de celda en celda. Les oía
pronunciar unas palabras que no lograba entender, hasta que finalmente abrieron
también mi puerta y me entregaron sin preámbulos un pliego de cargos impreso.
Había terminado la instrucción y ahora empezaba el proceso propiamente dicho.
En mi ingenuidad, yo había supuesto que cada uno de nosotros recibiría su pliego
de cargos particular. Sin embargo, ahora resultaba que cada uno de nosotros era
acusado de todos los terribles crímenes que constaban en el documento. Cuando
terminé de leerlo me invadió una sensación de desconsuelo. Pero en la
desesperación ante lo sucedido y en el papel que yo había tenido en ello
encontré también la línea de conducta que debía seguir durante el proceso:
considerar irrelevante mi propio destino y no luchar por mi vida, sino asumir
mi responsabilidad en un sentido general. A pesar de la resistencia de mi
abogado y del esfuerzo que supuso el proceso, me mantuve firme en mi decisión.
Bajo el impacto de la acusación, escribí a mi esposa: «Debo dar mi vida por
concluida. Sólo así podré configurar esa conclusión tal y como lo estimo
necesario […]. Debo comparecer aquí como ministro del Reich, no como un
particular. No debo guardar consideraciones ni para con vosotros ni para
conmigo mismo. Sólo deseo una cosa: ser lo bastante fuerte para mantenerme en
esta línea. Por extraño que parezca, estoy bien en los momentos en que dejo
atrás toda esperanza y, en cambio, me siento inseguro e inquieto cuando creo
vislumbrar una oportunidad […]. Tal vez con mi actitud pueda ayudar una vez más
al pueblo alemán. Tal vez lo consiga. Aquí no hay muchos que puedan
lograrlo». [438]
Cuando por aquellos días el psicólogo de la cárcel,
C. M. Gilbert, fue de celda en celda con un ejemplar del pliego de cargos para
recoger en él los comentarios y opiniones de los acusados y tuve ocasión de ver
las frases, irónicas unas y evasivas otras, que habían escrito muchos de los
demás acusados, yo escribí, con gran asombro suyo: «El proceso es necesario.
Incluso en un Estado autoritario cabe exigir responsabilidades por tan
horribles crímenes».
Aún hoy considero que el mayor esfuerzo psíquico de
toda mi vida es haber logrado mantener esta convicción a lo largo de los más de
diez meses que duró el proceso.
* * * *
Junto con el pliego de cargos se nos hizo entrega
de una larga lista de nombres de abogados alemanes entre los cuales podíamos
elegir a nuestro defensor, salvo que quisiéramos proponer alguno por nuestra
cuenta. Por más que me esforcé, no pude recordar a ningún abogado, y los
nombres de aquella lista me eran completamente desconocidos. Así pues, pedí al
tribunal que eligiera por mí. Unos días después fui conducido a la planta baja
del Palacio de Justicia. Un hombre flaco y de baja estatura se levantó de una
mesa; usaba gruesas lentes y hablaba en voz baja.
—Si está usted conforme, voy a ser su abogado. Soy
Hans Flächsner, de Berlín.
Tenía la mirada amable y no se daba importancia.
Cuando empezamos a discutir algunos detalles de la acusación, me expresó su
simpatía de forma nada teatral, lo cual me agradó. Finalmente me entregó un
formulario:
—Llévese esto y piense si quiere que sea su
defensor.
Yo firmé en aquel mismo momento y nunca me he
arrepentido. Durante todo el proceso, Flächsner demostró ser un abogado
considerado y sensible. Y, lo que fue más importante para mí, de su simpatía y
comprensión surgió entre nosotros, a lo largo de los diez meses del proceso, un
afecto auténtico que aún perdura.
Mientras se instruía el caso, la acusación había
impedido que los presos estuviéramos en contacto. Ahora se aligeró un poco esta
norma, de manera que no sólo coincidíamos a menudo en el patio de la prisión,
sino que podíamos cambiar impresiones libremente. El proceso, el pliego de
cargos, la ilegitimidad del tribunal internacional y la profunda indignación
ante aquella afrenta: durante los paseos tenía que escuchar una y otra vez los
mismos temas y argumentos. Entre los veintiún acusados, sólo encontré a uno que
estuviera de acuerdo conmigo: Fritzsche, con quien pude hablar largamente sobre
el principio de la responsabilidad. Más adelante, también Seyss-Inquart
demostró comprenderlo. Con cualquiera de los demás, cualquier discusión al
respecto habría sido inútil y fatigosa. Hablábamos lenguas distintas.
Como era de esperar, también discrepábamos en otras
cuestiones. Era de gran importancia decidir cómo debía presentarse en aquel
proceso el poder de Hitler. Göering, que en otro tiempo había expresado ciertas
críticas ante algunas prácticas del régimen, abogaba ahora por reivindicarlo
sin reservas. Expuso sin escrúpulos que el sentido y la oportunidad de aquel
proceso únicamente podían residir en crear una leyenda positiva en torno al
régimen. A mí no sólo me parecía hipócrita engañar así al pueblo alemán, sino
que también me parecía peligroso dificultarle de aquel modo la transición hacia
el futuro. Únicamente la verdad podría acelerar el proceso de liberación del
pasado.
Los verdaderos móviles de las declaraciones de
Göering quedaron bien patentes cuando dijo que, aunque los vencedores podían
matarlo, al cabo de sólo cincuenta años sus restos reposarían en un sarcófago
de mármol y el pueblo alemán lo aclamaría como héroe nacional y mártir. Lo
mismo creían de sí mismos muchos de los acusados. En otras cuestiones, Göering
tuvo menos éxito: según él, todos estábamos irremisiblemente condenados a
muerte de antemano. Por lo tanto, era inútil preocuparse por la defensa, a lo que
yo repuse:
—Parece que Göering quiere entrar en el Walhalla
con un gran séquito.
En realidad, Göering fue uno de los que se
defendieron con mayor tenacidad.
Desde que, en Mondorf y después en Nüremberg,
Göering se sometió a una sistemática cura de desintoxicación que lo libró de su
afición a la morfina, se encontraba en mejor forma que nunca. Derrochaba
energía y se convirtió en la personalidad más imponente del grupo de acusados.
Entonces lamenté que no hubiera estado en las mismas condiciones durante los
meses que precedieron a la guerra y en ciertos momentos cruciales del
conflicto, en los que su morfinomanía lo tornaba débil y condescendiente, pues
era el único cuya fama y autoridad también Hitler habría tenido que tomar en
consideración. En realidad, fue uno de los pocos que tuvieron suficiente vista
para vaticinar el final. Después de haber desaprovechado esa oportunidad, era
un disparate y hasta un crimen utilizar ahora las energías recobradas para
engañar al pueblo. Porque se trataba de un engaño. Un día, en el patio de la
prisión, comentó fríamente cierta noticia sobre unos judíos que habían logrado
sobrevivir en Hungría:
—Ah, ¿así que aún quedan algunos? Pensaba que los
habíamos liquidado a todos. El responsable debía de ser un inútil.
Yo estaba anonadado.
Mi decisión de asumir la responsabilidad por todos
los actos del régimen también pasó por sus momentos de crisis. La única vía de
escape que me quedaba consistía en eludir el proceso por medio de una muerte
prematura. Algunas noches me invadía la desesperación. Una vez traté de
estrangularme la pierna enferma con un pañuelo para provocarme una nueva
flebitis. En Kransberg oí que un científico decía que la nicotina de un solo
cigarro puro desmenuzado y diluido en agua podía ocasionar la muerte; después de
eso llevé durante mucho tiempo un puro picado en el bolsillo. Pero de la
intención a la decisión hay un largo camino.
Las misas dominicales constituyeron un gran apoyo
para mí. En Kransberg me negué a asistir a ellas, pues no quería aparentar
debilidad. Pero en Nüremberg prescindí de estas consideraciones. La presión de
las circunstancias me llevó, como a casi todos los demás acusados, con la
excepción de Hess, Rosenberg y Streicher, hasta nuestra pequeña capilla.
* * * *
Durante las últimas semanas se nos habían
apolillado los trajes; los americanos nos habían dado unos monos de dril negro.
Ahora pasaron por las celdas unos funcionarios para preguntarnos qué traje
queríamos que nos llevaran a la tintorería para el proceso. Todos los detalles,
hasta los gemelos, fueron minuciosamente discutidos con el comandante.
Después de que el coronel Andrus realizara una
última inspección, el 19 de noviembre de 1945, escoltados cada uno por un
soldado, pero sin esposas, fuimos conducidos por primera vez a la sala de
audiencia aún vacía. Se nos asignaron nuestros lugares. En primera posición,
Göering, Hess y Ribbentrop; yo era el tercero de la segunda fila empezando por
el final y me encontraba en grata compañía: a mi derecha Seyss-Inquart, a mi
izquierda Von Neurath y delante Streicher y Funk.
Me alegraba de que por fin empezara el proceso;
casi todos los acusados compartían esta opinión: que todo termine de una vez.
* * * *
El proceso se abrió con el demoledor discurso de la
acusación, presentado por el primer fiscal americano, Robert H. Jackson. Una de
sus frases me infundió ánimo: la culpa por los crímenes cometidos por el
régimen pesaba sobre los veintiún acusados, no sobre el pueblo alemán. Este
concepto coincidía exactamente con el efecto secundario que yo esperaba del
proceso: el odio que la propaganda de guerra había dirigido hacia el pueblo
alemán y que el descubrimiento de los crímenes había hecho aumentar hasta el infinito
iba a concentrarse en nosotros, los acusados. Según mi teoría, en una guerra
moderna cabía esperar que los dirigentes cargaran al final con las
consecuencias, precisamente porque durante la contienda no habían estado
expuestos a ningún peligro. [439] Por eso, en una carta a mi defensor para darle la
pauta de nuestra conducta, le decía que en aquel marco general todo cuanto
pudiéramos discutir él y yo para mi defensa me parecía insignificante y
ridículo. Durante muchos meses se fueron acumulando documentos y testimonios
que agravaban los crímenes cometidos, independientemente de si cada uno de los
acusados había estado personalmente involucrado en ellos. Era terrible, y en
realidad sólo se podía soportar porque los nervios se iban insensibilizando de
día en día. Aún hoy me persigue el recuerdo de fotografías, documentos y
órdenes que parecían tan monstruosos como increíbles, pero cuya autenticidad no
ponía en duda ninguno de los acusados.
Por lo demás, la rutina diaria seguía: por la
mañana, sesión hasta las doce; descanso para comer en las dependencias del piso
superior del Palacio de Justicia; de las catorce a las diecisiete continuaba la
sesión; luego, vuelta a la celda, donde me cambiaba de ropa rápidamente, daba
el traje a planchar, cenaba y después solía ser conducido al locutorio de la
defensa, donde discutía hasta las veintidós horas con mi abogado la marcha del
proceso y redactaba las notas para la defensa. Por fin, ya muy tarde, volvía a
la celda exhausto y me dormía inmediatamente. Los sábados y domingos no había
sesión, pero a cambio se trabajaba más con los abogados. No quedaba mucho más
de media hora al día para pasear por el patio.
Entre los acusados, a pesar de que nos hallábamos
en la misma situación, no surgió ningún sentimiento de compañerismo. Estábamos
divididos en grupos. Prueba de ello era la existencia del jardín de los
generales: se había separado una pequeña parte, que no tendría más de seis
metros de lado, del jardín de la prisión por medio de un seto bajo. Nuestros
militares paseaban siempre por allí, en voluntario aislamiento, a pesar de que
debía resultar bastante incómodo moverse en un espacio tan reducido. Nosotros,
los civiles, respetábamos aquella barrera. Para el almuerzo, la dirección de la
cárcel nos había distribuido en varias salas. Yo estaba con el grupo compuesto
por Fritzche, Funk y Schirach.
Recobramos la esperanza de salvar la vida cuando
aquella acusación general fue seguida de las particulares, que establecían
marcadas diferencias, de modo que en aquellos momentos Fritzsche y yo contamos
con recibir sentencias distintas, pues, en comparación, salíamos bastante bien
librados.
En la sala de la audiencia no encontrábamos más que
rostros desdeñosos y miradas frías. La única excepción era la cabina de los
intérpretes, donde podía advertirse algún que otro gesto amistoso; también
algunos miembros de la acusación británica o americana dejaban traslucir de vez
en cuando algo que podía interpretarse como compasión. Me afectó que los
periodistas empezaran a cruzar apuestas sobre el alcance de las sentencias que
iban a dictarse, y hubo quien apostó que también nosotros moriríamos ahorcados.
* * * *
La vista se suspendió durante varios días para
permitir a la defensa realizar los últimos preparativos y después empezó el
«contragolpe» del que tanto esperaban algunos. Antes de subir al estrado de los
testigos, Göering había prometido a Funk, a Sauckel y a varios más que pensaba
asumir sus responsabilidades y que de este modo los exoneraría. Al principio de
sus declaraciones, que daban una impresión de valentía, se mantuvo fiel a su
promesa; pero al ir entrando en detalles fue asomando la desilusión en las
caras de quienes habían cifrado en él sus esperanzas, ya que se dedicó a
limitar punto por punto su responsabilidad.
Jackson, el fiscal, llevaba ventaja en su mano a
mano con Göering, pues podía ir extrayendo documentos sorpresa de su gran
cartera; pero Göering sabía sacar partido del desconocimiento de la materia del
que adolecía su contrincante. Al final, a fuerza de evasivas, disimulos y
protestas, sólo luchaba por salvar la vida.
Algo parecido sucedió con Ribbentrop y Keitel, los
dos siguientes acusados. Aún agravaron más la impresión de querer eludir la
responsabilidad; ante cualquier documento que llevara su firma, se remitieron a
una orden de Hitler. Lleno de repugnancia, no pude contener la definición de
«carteros bien pagados» que luego recorrió la prensa de todo el mundo. Sin
embargo, cuando hoy pienso en ello, me parece que en el fondo tenían razón; en
realidad se limitaban a transmitir las órdenes de Hitler. Rosenberg, por el
contrario, se mostró franco y consecuente. Todos los esfuerzos que hizo su
abogado, oficial y extraoficialmente, para que se retractara de su visión del
mundo fueron inútiles. Hans Frank, abogado de Hitler y posteriormente
gobernador general de Polonia, aceptó su responsabilidad; Funk rebatió los
cargos con habilidad y recurriendo a la compasión; el defensor de Schacht, con
un gran alarde de retórica, hizo grandes esfuerzos para presentar a su cliente
como un golpista, lo cual sólo consiguió debilitar la eficacia del material de
descargo. Dönitz, por su parte, luchó encarnizadamente en su defensa y en la de
sus submarinos, y experimentó una espléndida satisfacción cuando su abogado
pudo presentar una declaración del almirante Nimitz, comandante en jefe de la
flota americana del Pacífico, en la que hacía constar que en la guerra
submarina se había atenido a las mismas normas que se aplicaban en las
operaciones navales alemanas. Raeder causó una impresión de objetividad. La
simplicidad de Sauckel resultaba más bien lamentable. Jodl impuso respeto por
la precisión y sobriedad de su defensa. Fue uno de los pocos que supieron
mantenerse por encima de la situación.
La sucesión de los interrogatorios respondía al
orden en que estábamos colocados. Mi nerviosismo iba en aumento, ya que
Seyss-Inquart, mi vecino de banco, estaba ya en el estrado de los testigos. El
era abogado y no se hacía ilusiones acerca de su situación, ya que había
intervenido directamente en las deportaciones y en los fusilamientos de
rehenes. Habló con dominio y terminó el interrogatorio declarando que tenía la
obligación de responder de los hechos. Pocos días después de prestar aquella
declaración que decidió su destino, una afortunada coincidencia le trajo
noticias de su hijo, que había sido dado por desaparecido en Rusia.
* * * *
Cuando me dirigí al estrado de los testigos estaba
aterrorizado; rápidamente ingerí la píldora tranquilizante que el previsor
médico alemán me había entregado. Frente a mí, a diez pasos de distancia,
estaba Flächsner en el pupitre de la defensa; a mano izquierda, más elevada,
estaba la mesa de los jueces.
Flächsner abrió su grueso manuscrito e
inmediatamente empezaron las preguntas y las respuestas. Nada más empezar,
manifesté:
—Si Hitler hubiese tenido amigos, seguro que yo
habría sido uno de los más íntimos.
Con ello declaraba algo que hasta entonces ni
siquiera la acusación había sugerido. Se discutieron infinidad de detalles
relativos a los documentos presentados; yo hice algunas puntualizaciones,
aunque procurando no dar la impresión de buscar evasivas o querer
disculparme. [440] Con unas cuantas frases asumí la responsabilidad de
todas las órdenes de Hitler que yo había ejecutado. Aunque subrayé que en todo
Estado las órdenes tienen que seguir siéndolo para los organismos subordinados,
añadí que los altos cargos deben estudiar y analizar tales órdenes a todos los
niveles y que no pueden ser eximidos de responsabilidad ni siquiera cuando las
órdenes les hayan sido impuestas por medio de amenazas, y dije que para mí era
aún más grave la responsabilidad general por todas las medidas, sin excluir los
crímenes, que Hitler dictó a partir de 1942, dondequiera y por quienquiera que
hubieran sido ejecutadas.
—En el funcionamiento de un Estado —dije ante el
tribunal—, uno es responsable de lo que sucede en su jurisdicción;
naturalmente, lo es de forma total y absoluta, pero además debe existir una
responsabilidad global de los dirigentes respecto a los asuntos decisivos.
Porque ¿quién, sino los más inmediatos colaboradores del jefe del Estado, debe
asumir la responsabilidad por el desarrollo de los acontecimientos? Sin
embargo, sólo debe apelarse a esta responsabilidad global en los asuntos
fundamentales, no en los detalles […]. También en un régimen totalitario tiene
que existir esta responsabilidad general de los dirigentes; queda descartado
eludirla después de la catástrofe, porque si la guerra se hubiera ganado,
probablemente todos los miembros del Gobierno habrían reclamado su parte de
responsabilidad […]. Yo me considero tanto más ligado a este deber por cuanto
el jefe del Gobierno se ha sustraído a la obligación de responder de sus actos
ante el pueblo alemán y ante el mundo. [441]
Hablando con Seyss-Inquart expresé aún más
drásticamente uno de estos argumentos:
— ¿Qué ocurriría si, de pronto, cambiara la escena
y todos actuáramos como si hubiéramos ganado la guerra? ¡Imagínese cómo
correrían todos a pregonar sus triunfos y sus méritos! Pero ahora los papeles
están cambiados, porque, en lugar de honores, condecoraciones y prebendas, lo
que cabe esperar son sentencias de muerte.
Durante las semanas anteriores, Flächsner había
intentado en vano disuadirme de asumir la responsabilidad por asuntos ajenos a
mi Ministerio. Decía que aquello me podía acarrear fatales consecuencias. Sin
embargo, después de hacer mi declaración me sentí aliviado y, al mismo tiempo,
contento por no haber cedido a la tentación de esquivar el golpe. Tras decir
todo esto, creí estar íntimamente legitimado para iniciar la segunda parte de
mi testimonio, que se refería a la última fase de la guerra. Suponía que la
revelación de las intenciones de Hitler, desconocidas hasta entonces, de
destruir los medios de vida del pueblo alemán una vez perdida la guerra tenía
que hacer más fácil dar la espalda al pasado y, además, sería el argumento más
eficaz para impedir que se forjara una leyenda en torno a Hitler. [442] Estas manifestaciones me valieron la más viva
reprobación de Göering y de otros acusados. [443] {443}
Por el contrario, quería referirme muy brevemente,
sólo para demostrar hasta qué punto me parecían peligrosos los propósitos
destructivos de Hitler, al atentado que había estado planeando.
—No quisiera extenderme en detalles —dije, en tono
evasivo.
Los jueces intercambiaron unas frases y el
presidente del tribunal se dirigió a mí para decir:
—El tribunal desea oír los detalles. Por el momento
se levanta la sesión.
Yo no me sentía inclinado a dar más explicaciones,
pues quería evitar a toda costa vanagloriarme de aquello. De manera que obedecí
contra mi voluntad y convine con mi defensor que no emplearía aquella parte de
mi declaración en el alegato de la defensa. [444]
De nuevo sobre la pauta claramente marcada en
nuestro manuscrito, pronuncié sin incidentes la última parte de mi declaración,
que se refería al postrer período de la guerra. A fin de debilitar la impresión
de haber hecho algún mérito especial, puntualicé conscientemente:
—En realidad, estas actividades no eran muy
peligrosas. A partir de enero de 1945, en Alemania se podía aplicar cualquier
medida razonable en contra de la política oficial; cualquier hombre prudente
las recibía bien. Todos los interesados sabían lo que significaban nuestras
contraórdenes. En aquellos momentos, hasta los antiguos miembros del Partido
cumplieron con su deber para con el pueblo. Juntos pudimos hacer mucho para
neutralizar las delirantes órdenes de Hitler.
Flächsner cerró el manuscrito con visible alivio,
fue a ocupar su asiento junto a los demás abogados y en su lugar apareció
entonces Jackson, primer fiscal de Estados Unidos y miembro del Tribunal
Supremo norteamericano. Aquello no fue una sorpresa para mí, ya que la víspera
por la noche un oficial americano había venido a mi celda para comunicarme que
Jackson se ocuparía personalmente del contrainterrogatorio también en mi caso.
A diferencia de lo que era habitual en él, empezó con calma, con voz casi benévola.
Después de asegurarse una vez más de mi responsabilidad en el empleo de
millones de trabajadores forzados mediante preguntas y documentos, apoyó la
segunda parte de mi declaración: que yo había sido el único que tuvo el valor
de decirle a Hitler a la cara que la guerra estaba perdida. Haciendo honor a la
verdad, mencioné también a Guderian, a Jodl y a varios comandantes en jefe de
los grupos de ejércitos que también se habían enfrentado abiertamente a Hitler.
A su pregunta de si hubo más complots de los que yo había citado, respondí con
vaguedad:
—En aquellos momentos era sencillísimo urdir un
complot. Uno se podía dirigir casi a cualquiera que pasara por la calle. Cuando
se le explicaba cuál era la situación, respondía: «Es una verdadera locura». Y,
si tenía valor, enseguida se ofrecía… No era tan peligroso como pueda parecer
ahora, pues quizá sólo habría unas pocas docenas de insensatos. Los ochenta
millones restantes eran muy razonables en cuanto averiguaban lo que
pasaba. [445]
Tras un nuevo contrainterrogatorio a cargo del
representante de la acusación soviética, el general Raginsky, plagado de
malentendidos a causa de los errores de traducción, se adelantó nuevamente
Flächsner para entregar al tribunal un legajo con las declaraciones escritas de
mis doce testigos; con ello terminaba la vista de la causa contra mí. Hacía
varias horas que sufría fuertes dolores de estómago; cuando volví a mi celda,
me dejé caer en la litera vencido tanto por el dolor físico como por el agotamiento
moral.
Capítulo XXXV
Consecuencias
Los acusadores tomaron la palabra por última vez;
con sus alegatos se cerraba el proceso. A nosotros ya sólo nos quedaba
pronunciar nuestras últimas palabras. Iban a ser difundidas íntegramente por
radio, por lo que tendrían un significado especial: era nuestra última
oportunidad de hablar en público y de mostrar al pueblo alemán al que nosotros
habíamos descarriado el camino para salir de aquel dilema; para ello debíamos
reconocer nuestra culpa y exponer claramente los crímenes del pasado. [446]
Aquellos nueve meses nos marcaron profundamente.
Incluso Göering, que había iniciado el proceso con un agresivo propósito de
justificarse, habló en su última intervención de los graves crímenes que se
habían descubierto y condenó los terribles asesinatos en masa, a su juicio
incomprensibles. Keitel aseguró que escogería la muerte antes de dejarse
involucrar en tales atrocidades. Frank habló de la culpa que Hitler y el pueblo
alemán habían cargado sobre sí. Previno a los recalcitrantes contra «el camino de
la necedad política que forzosamente lleva a la degeneración y a la muerte».
Aunque su discurso sonó algo exaltado, coincidía con mi punto de vista. Incluso
Streicher condenó el «genocidio de los judíos» que Hitler había llevado a cabo,
Funk habló de horribles crímenes que lo llenaban de profunda vergüenza, Schacht
estaba «consternado por las atrocidades sin nombre que él había tratado de
evitar», Sauckel se mostraba «conmocionado en lo más profundo de su alma por
los crímenes que habían sido revelados durante el proceso», Von Papen declaró
que «las fuerzas del mal habían resultado ser más poderosas que las del bien»,
Seyss-Inquart habló de «terribles excesos», Fritzsche manifestó que «el
asesinato de cinco millones de criaturas constituía una horrible advertencia
para el futuro». Sin embargo, todos negaron haber participado en estos
acontecimientos.
En cierto modo, mis esperanzas se habían cumplido;
la culpa jurídica se había concentrado en gran parte en nosotros, los acusados.
En aquella desafortunada época, además de la depravación humana, entró por vez
primera en la Historia un factor que distinguía a aquel régimen despótico de
todos los precedentes y que en el futuro adquiriría mayor importancia. En mi
calidad de máximo representante de un poder técnicamente muy desarrollado que
acababa de emplear contra la humanidad, sin escrúpulos ni inhibiciones, todos
los medios que tenía a su alcance, [447] yo trataba no sólo de admitir aquellos hechos, sino
también de comprender lo que había sucedido. Al tomar la palabra por última vez
dije: «La de Hitler fue la primera dictadura de un Estado industrializado en
estos tiempos de técnica moderna, una dictadura que, para ejercer el dominio
sobre su propio pueblo, supo servirse a la perfección de todos los medios
técnicos […]. Mediante los productos de la técnica, como la radio y el altavoz,
ochenta millones de personas pudieron ser sometidas a la voluntad de un único
individuo. El teléfono, el télex y la radio permitieron transmitir sin dilación
las órdenes dictadas por la suprema jerarquía a los órganos inferiores, donde
fueron obedecidas ciegamente debido a su elevada autoridad. Así, numerosas
oficinas y unidades militares recibieron directamente sus siniestras órdenes.
Se hizo posible crear una extensa red de vigilancia de la población y conseguir
un alto grado de confidencialidad de los actos criminales. Para alguien de
fuera tal vez este aparato estatal sea como los cables enmarañados, en
apariencia sin sentido, de una centralita telefónica, pero, igual que esta,
podía ser manejado y dirigido por una única voluntad. Las dictaduras de otros
tiempos precisaban de hombres de grandes cualidades incluso en los puestos
inferiores; hombres que supieran pensar y actuar por su cuenta. El sistema
autoritario de los tiempos de la técnica puede prescindir de ellos; los medios
de telecomunicaciones permiten mecanizar el trabajo del mando inferior. La
consecuencia de todo ello es el tipo de hombre que se limita a obedecer órdenes
sin cuestionarlas».
Los hechos criminales de aquellos años no se debían
sólo a la personalidad de Hitler. La enormidad de aquellos delitos también
debía atribuirse a que Hitler fue el primero en poder servirse de los medios de
la técnica para multiplicarlos.
Pensé en las consecuencias que podría tener en el
futuro un poder político ilimitado que actuara en complicidad con el de la
técnica, dejándose asistir, pero también dominar, por ella. Aquella guerra,
dije, habría terminado utilizando cohetes teledirigidos, aviones supersónicos y
bombas atómicas, y existía también la perspectiva de las armas químicas y
bacteriológicas. Al cabo de cinco o diez años, un cohete atómico manipulado por
una docena de hombres podría aniquilar en unos segundos a un millón de seres humanos
en el centro de Nueva York, así como propagar epidemias y destruir cosechas por
medio de la guerra química. «Cuanto más se tecnifique el mundo, mayor es el
peligro. […] Como antiguo ministro de unos armamentos altamente desarrollados,
es mi último deber constatar aquí que una nueva gran guerra acabaría
destruyendo toda cultura humana y toda la civilización. Nada impediría a una
técnica y una ciencia que hubieran escapado a nuestro control consumar la obra
de aniquilación del ser humano que han iniciado ya en esta guerra de forma tan
terrible […]». [448]
«La frecuente pesadilla —dije— de que algún día los
pueblos puedan llegar a ser dominados por la técnica ha estado a punto de
realizarse bajo el sistema autoritario de Hitler. Todos los Estados del mundo
corren hoy el riesgo de caer bajo el terrorismo de la técnica, aunque en una
dictadura moderna ese peligro me parece ineludible. Por lo tanto, cuanto más se
tecnifique el mundo será más necesario que, en contrapartida, se fomente la
libertad individual y el respeto de cada hombre hacia su propia dignidad. […]
Por ello, este proceso debe contribuir a establecer las reglas fundamentales en
que se basa la convivencia humana. ¿Qué importancia tiene mi propio destino,
después de todo lo que ha pasado y ante una meta tan elevada?».
Considerando el desarrollo del proceso, mi
situación me parecía desesperada. Mi última frase no constituía de ningún modo
una expresión puramente retórica. Daba mi vida por concluida. [449]
* * * *
El tribunal se retiró por tiempo indefinido para
deliberar sobre la sentencia. Esperamos cuatro largas semanas. Durante aquel
tiempo de tensión casi insoportable, exhausto tras los ocho meses de tortura
mental del proceso, estuve leyendo precisamente la novela de Dickens sobre la
Revolución Francesa: Historia de dos ciudades. En ella se relata
cómo los prisioneros aguardaban en la Bastilla su incierto destino con
serenidad e incluso con alegría. Yo, por mi parte, era incapaz de sentir
aquella libertad interior. El representante soviético de la acusación había
pedido para mí la pena de muerte.
El 30 de septiembre de 1946, vestidos con nuestros
trajes recién planchados, nos sentamos por última vez en el banquillo de los
acusados. El tribunal había decidido evitarnos la presencia de los reporteros
gráficos y operadores de cine durante la lectura de los considerandos. Los
grandes focos que hasta entonces habían iluminado la sala para que se pudieran
grabar todos nuestros movimientos estaban apagados. La sala ofrecía un aspecto
excepcionalmente lóbrego cuando, al entrar los jueces, los acusados, defensores,
fiscales, observadores y periodistas se levantaron en su honor por última vez.
Como en todas las demás sesiones, el presidente del tribunal, Lord Lawrence, se
inclinó en todas direcciones y también hacia nosotros, los acusados. A
continuación tomó asiento.
Los jueces se fueron relevando. Durante varias
horas leyeron con voz monótona el capítulo sin duda más atroz de la Historia
alemana. Me pareció que, al menos, la condena de los dirigentes descargaba al
pueblo alemán de su culpa jurídica. Y es que si quien había sido durante años
el jefe de las Juventudes Hitlerianas, Baldur Von Schirach, o el ministro de
Economía de Hitler, Hjalmar Schacht, que había dirigido al principio la
producción de armamentos, eran absueltos de la acusación de haber preparado y realizado
una guerra de agresión, ¿cómo culpar entonces de ello a ningún soldado o a las
mujeres y niños? Si el gran almirante Raeder y el lugarteniente de Hitler,
Rudolf Hess, eran absueltos de la acusación de haber participado en crímenes
contra la humanidad, ¿cómo culpar entonces de ello, en términos jurídicos, a
ningún técnico u obrero alemán? Además, yo esperaba que el proceso ejerciera
una influencia directa sobre la política de ocupación de las potencias
vencedoras: no podían actuar contra nuestro pueblo del mismo modo que acababan
de definir como criminal. Pensaba sobre todo en el punto que constituía la
acusación principal contra mí: el trabajo forzado. [450]
Siguieron los considerandos de cada caso
individual, aunque sin que se diera a conocer aún la sentencia. [451] {451} Mis actividades fueron expuestas fría y objetivamente, en perfecta
consonancia con lo que yo había declarado durante los interrogatorios. Se me
reprochó mi responsabilidad en la deportación de obreros y haber combatido los
planes de Himmler únicamente por motivos de productividad, haber empleado sin
vacilar a los presos de sus campos de concentración y haber insistido en poner
a trabajar a los prisioneros de guerra soviéticos en la industria de
armamentos. Se me reprochó, además, no haber atendido a ninguna consideración
humanitaria ni ética al formular mis peticiones y haber contribuido así a la
implantación del trabajo forzado.
Ninguno de los acusados, ni siquiera los que no
podían esperar más que una sentencia de muerte, perdió la serenidad durante
aquella lectura. Escuchaban en silencio, sin ningún signo perceptible de
excitación. Aún hoy me parece inconcebible que pudiera resistir aquel proceso
sin desmoronarme y que lograra atender a la lectura de los considerandos,
aunque presa del miedo, conservando cierta capacidad de resistencia y de
autocontrol. Flächsner se sentía demasiado optimista:
— ¡Con semejantes considerandos, quizá sólo le
impongan cuatro o cinco años!
Al día siguiente, antes de que se dictaran las
sentencias, los acusados nos vimos por última vez. Nos encontramos en el sótano
del Palacio de Justicia. Uno a uno iban entrando en un pequeño ascensor y ya no
volvían. Arriba se dictaban las sentencias. Por fin me llegó el turno. Subí
acompañado por un soldado americano. Se abrió una puerta y me encontré en un
pequeño estrado en la sala, frente a los jueces. Me entregaron unos
auriculares. En mis oídos resonaron estas palabras:
—Albert Speer, condenado a veinte años de prisión.
Varios días después firmé la sentencia. Renuncié a
formular una petición de clemencia a las cuatro potencias. Cualquier pena
resultaba insignificante comparada con la catástrofe que habíamos provocado en
el mundo. «Porque hay cosas —escribí en mi diario varias semanas después— de
las que uno es culpable incluso aunque pueda disculparse, sencillamente porque
la enormidad del crimen es tan desmesurada que anula cualquier disculpa
humana».
Hoy, un cuarto de siglo después de aquellos
acontecimientos, no sólo pesan sobre mi conciencia unos delitos determinados,
por graves que fueran. Mi fracaso moral apenas puede concretarse en detalles
concretos; siempre quedará la colaboración en el acontecer general. No sólo
tomé parte en una guerra sobre cuyo objetivo de dominar el mundo nunca pudimos
dudar en nuestro reducido círculo de dirigentes, sino que, con mi esfuerzo y
habilidad, la prolongué durante muchos meses. En lo alto de la cúpula del nuevo
Berlín puse precisamente aquella bola del mundo que Hitler ambicionaba poseer
no sólo en términos simbólicos. La otra cara de su pretensión era el
sometimiento de las naciones. Yo sabía que Francia debía ser degradada a la
categoría de pequeño Estado, mientras que Bélgica, Holanda e incluso Borgoña
iban a ser incorporadas al Reich de Hitler; sabía que la entidad nacional de
los polacos y los rusos iba a ser desintegrada y que ellos serían reducidos a
la esclavitud. Y, para quien quisiera oírlo, Hitler tampoco mantuvo nunca en
secreto su propósito de exterminar al pueblo judío. Así lo expuso claramente en
su discurso del 30 de enero de 1939. [452] Aun sin haber estado nunca totalmente de acuerdo
con él, proyecté obras y fabriqué armas que servían a sus propósitos.
Durante los siguientes veinte años de mi vida me
vigilaron, en la cárcel de Spandau, ciudadanos de las cuatro naciones contra
las que yo había organizado la guerra de Hitler. A partir de aquel momento,
ellos y los otros seis prisioneros fueron mi única compañía; a través de ellos
conocí de forma directa el efecto de mis actividades. Muchos habían perdido a
alguien en la guerra; especialmente los guardianes soviéticos tenían que
lamentar la muerte de parientes muy próximos, padres o hermanos. Pero nunca me
echaron en cara mi culpa personal, nunca oí una palabra de reproche. En el
momento en que mi existencia estaba hundida y a pesar del reglamento de la
prisión, en contacto con estos hombres sencillos, descubrí sentimientos que no
habían sido deformados: simpatía, compañerismo y comprensión… La víspera de mi
nombramiento como ministro había encontrado en Ucrania a unos campesinos que me
salvaron de sufrir congelaciones. Entonces únicamente me sentí conmovido, pero
no llegué a comprender nada. Ahora, cuando todo había pasado ya, olvidando
viejos antagonismos, recibí nuevas pruebas de bondad humana. Ahora, por fin,
quise comprender. También este libro lo intenta.
«Esta catástrofe —escribía en 1947 en mi celda— ha
puesto de manifiesto la vulnerabilidad del sistema de la civilización moderna,
edificado a través de los siglos. Ahora sabemos que no vivimos en un edificio a
prueba de terremotos. El complicado aparato del mundo moderno puede, mediante
impulsos negativos que se incrementan mutuamente, descomponerse de forma
irremisible. Ninguna voluntad humana podría detener esta evolución si el
automatismo del progreso diera otro paso en su marcha hacia la despersonalización
del hombre y lo privara cada vez más de la responsabilidad de sus propios
actos».
Durante los años cruciales de mi vida me puse al
servicio de la técnica, deslumbrado por sus posibilidades. Al final ya no me
queda más que escepticismo.
Conclusión
Con este libro pretendo no sólo exponer el pasado,
sino también formular una advertencia para el futuro. Ya durante los primeros
meses de cautiverio, estando todavía en Nüremberg, escribí mucho, impulsado por
la necesidad de desahogar mi espíritu de la presión que los acontecimientos
ejercían sobre él. Esto fue también lo que me impulsó a redactar nuevos
estudios y notas sobre los años 1946 y 1947, hasta que, por fin, en marzo de
1953, me decidí a escribir mis memorias. ¿Fue una ventaja o un inconveniente que
estas surgieran en la más deprimente soledad? En aquel entonces, muchas veces
me sentí impresionado por la falta de consideración con que juzgaba a los demás
y a mí mismo. El 26 de diciembre de 1954 di por terminado el manuscrito.
En consecuencia, cuando el 1 de octubre de 1966
salí de la prisión de Spandau, disponía de más de mil páginas de material
propio que, junto con los documentos de mi Ministerio que se conservan en el
Archivo Federal de Coblenza, elaboré para escribir la presente autobiografía.
Deseo hacer constar mi agradecimiento a mis
interlocutores durante estos dos años, Wolf Jobst Siedler, director de las
editoriales Ullstein y Propyläen, y Joachim C. Fest, asesor de éstas. A sus
apremiantes preguntas se deben muchas consideraciones generales de este libro,
así como la explicación de los aspectos psicológicos e históricos de los
acontecimientos. Nuestras conversaciones me permitieron confirmar y robustecer
la idea fundamental que yo tenía de Hitler, de su sistema y de mi propia
participación en los hechos, que quedaron reflejadas catorce años antes en la
primera redacción de mis memorias.
Expreso también mi agradecimiento al doctor Alfred
Wagner, de la UNESCO (París), al jefe de archivos doctor Thomas Trumpp, así
como a la señora Hedwig Singer, del Archivo Federal de Coblenza, y a David
Irving, a quien debo la cesión de varias anotaciones hasta ahora inéditas de
los diarios de Jodl y Göbbels.
Notas:
[1] Desde 1192 y durante seiscientos años, los Von Pappenheim fueron
mariscales del Imperio, jueces militares supremos de campaña y responsables de
sanidad, transporte y carreteras del Ejército. (K. Bosl: Die Reich
sministerialitat, Darmstadt, 1967)
[2] Los ataques tuvieron que suspenderse en 1917 a causa de las
pérdidas sufridas.
[3] He extraído estas observaciones sobre música y literatura, así
como las referentes a la ocupación del Ruhr y a la inflación, de las cartas a
mi futura esposa.
[4] Frases finales de la obra de Heinrich Tessenow Artesanía y
ciudad provinciana (1920).
[5] Estas y las siguientes citas de Tessenow se encuentran en los
apuntes inéditos del estudiante Wolfgang Jungermann, correspondientes a los
años 1929-1932.
[6] Citado de memoria.
[7] Después de 1933 se le repitieron las críticas que se le habían
hecho en este acto y se le reprochó su relación con el editor Cassirer y su
círculo, por lo que fue considerado sospechoso y despojado de su cátedra. No
obstante, gracias a mi situación privilegiada conseguí que Tessenow fuera
rehabilitado y que volviera a ocupar su cátedra en la Escuela Técnica Superior
de Berlín. Después de 1945 se le rindieron grandes honores; fue uno de los
primeros rectores de la Universidad Técnica de Berlín. «Aunque en los años que
siguieron a 1933 fue convirtiéndose en un extraño —escribió en 1950 a mi mujer
desde Neubrandenburg—, para mí Speer siguió siendo siempre el mismo hombre
amable y de buena voluntad».
[8] Así se conocía a Goebbels en los círculos del Partido. En aquel
tiempo no había precisamente muchos doctores en el Partido Nacionalsocialista.
[9] Sobre todo en los primeros años, los éxitos obtenidos por Hitler
se debieron al trabajo de los organismos preexistentes, que él había reunido.
Los antiguos funcionarios seguían trabajando en la Administración; los mandos
militares de Hitler procedían de la élite del Ejército imperial y de la
Reichswehr; las labores del Frente del Trabajo eran realizadas en parte por
funcionarios sindicales incorporados al nuevo organismo; y, naturalmente, los
directores de las industrias que más tarde estarían a mi cargo, con los que a
partir de 1942 conseguí un asombroso aumento de la producción de armas, ya
destacaban antes de 1933. Quizá resulte revelador que la fusión de aquellas
antiguas y acreditadas organizaciones y sus bien elegidos colaboradores con el
nuevo sistema de Hitler se tradujera en el logro de grandes éxitos. Sin
embargo, seguramente eso no habría supuesto más que una fase transitoria.
Transcurrida a lo sumo una generación, los puestos de responsabilidad habrían
sido ocupados por unos dirigentes que, formados en los nuevos principios
educativos de las Escuelas Adolf Hitler y de las Escuelas de Mandos, eran
considerados arrogantes y sin escrúpulos incluso en los propios círculos del
Partido.
[10] Véase Die neue Reichskanzlei, Editorial Central del
NSDAP, Munich (sin fecha).
[11] Hitler era el único miembro del Partido que llevaba en la chaqueta
una insignia de oro, un águila que sujetaba una esvástica con las garras. Todos
los demás llevaban la insignia redonda del partido. Naturalmente, la de Hitler
no se distinguía de otras americanas de civil.
[12] En The myth of the State (Yale University Press,
1946), Ernst Cassirer escribe lo siguiente sobre el ascendiente ejercido por el
Estado totalitario: «Eran personas inteligentes e instruidas, hombres honrados
y sinceros que por propia iniciativa desdeñaron el mayor privilegio del ser
humano, ser dueños de sí mismos… Dejaron de mostrarse críticos respecto a lo
que los rodeaba y lo aceptaron como algo natural».
[13] Estando en prisión, me enteré por Funk de que Hindenburg se había
dirigido a él expresándose en forma parecida. No se han podido aclarar las
circunstancias que motivaron aquel telegrama de felicitación.
[14] Sobre este problema, de importancia general, Goethe constató en
1787 en su Ifigenia en Táuride que «el mejor de los hombres»
termina por «acostumbrarse a la crueldad» y acaba «haciendo ley de aquello que
aborrece», hasta el punto de que, «por la fuerza de la costumbre», se vuelve
«duro y casi irreconocible».
[15] Para lograr este fin, pretendíamos renunciar en la medida de lo
posible al hormigón armado y a la estructura de acero en todos los elementos
constructivos que estuvieran expuestos a la acción de los agentes atmosféricos;
los muros, incluso los de gran altura, debían seguir resistiendo la presión del
viento cuando ya no tuvieran tejados o techos que los apuntalaran. Su
estructura se calculaba en función de ello.
[16] Sir Nevile Henderson, Failure of a mission (1940):
«Realmente, más allá de su exacerbado nacionalismo y de su ideología, había en
la organización nazi y en sus instituciones sociales muchas cosas que
deberíamos estudiar […] y adaptar a nuestra vieja democracia».
[17] En Sir Nevile Henderson, Failure of a mission (1940).
[18] El pintor de cámara de Hitler, el profesor Knirr, realizó el
retrato de Schreck a partir de una fotografía, y Ludwig Johst pintó el de su
madre, también a partir de una foto. Hitler acostumbraba remunerar
generosamente los trabajos de este pintor. Una fotografía posterior muestra que
Johst también recibió el encargo de pintar un retrato del padre de Hitler.
[19] Según Wagenfür, en 1944 Alemania gastó 71.000 millones de marcos
en producción de armamento ( Die deutsche Industrie im Kriege 1939-1945,
pág. 86).
En la revista Deutsche Bauzeitung del año 1898, números 5, 9,
26 y 45, se dan detalles de las instalaciones que deberían construirse para
celebrar las fiestas nacionales alemanas.
[20] El Estadio Olímpico de Berlín construido en 1936 tiene sólo
280.000 m3.
[21] De un discurso inédito de Hitler, pronunciado el 9 de enero de
1939 ante los obreros que trabajaban en la construcción de la nueva Cancillería
del Reich.
[22] Debía de referirse a los planos de Martin Mächler, que se
mostraron al público en la gran exposición artística que se celebró en Berlín
en 1927 y que, a pesar de todo, guardan un chocante parecido con las ideas de
Hitler. Me enteré de su existencia por el libro de Alfred Schinz Berlín,
Stadtschicksal und Stddtebau (1946), que llegó a mis manos mientras
estaba en Spandau.
[23] Véase el Boletín Oficial del Reich [Reichsgesetzblatt] del
30 de enero de 1937, pág. 103.
[24] Esta solución habría permitido también disponer a gran distancia
de Berlín las vías de maniobra y los talleres de reparación, que de esa forma
no estorbarían el futuro desarrollo de la ciudad.
[25] El terreno tenía una extensión de 3.300 hectáreas. Según el uso
actual del suelo, que supone 120 habitantes por hectárea, esto habría arrojado
una cifra de 400.000 habitantes.
[26] El proyecto de urbanización presentado en 1910 por los profesores
Brix y Genzmer, con el que ganaron el primer premio en el Gran Concurso de
Berlín, preveía una ciudad de diez millones de habitantes, cifra que se había
de alcanzar, según ellos, en el año 2000 (Deutsche Bauzeitung, núm. 42,
1910).
[27] Con ocasión del centenario del American Institute of Architects,
John Burchardt, decano del Massachusetts Institute of Technology, escribió, en
colaboración con Bush-Brown, un libro titulado The Architecture of
America (1961). En la página 423 de este volumen se lee: «Entre los
gustos fascistas, comunistas y democráticos había pocas diferencias, al menos
cuando se expresaban a través de los conductos oficiales». Burchardt cita, como
ejemplos del estilo neoclasicista en Washington, el edificio de la Reserva
Federal (arquitecto: Crete, 1937), la rotonda romana para el Jefferson Memorial
(arquitecto: Pope, 1937), la National Gallery (arquitecto: Pope, 1939), el
Tribunal Supremo y el Archivo Nacional. Y prosigue: «El antiguo edificio del
Departamento de Guerra, que alojó más tarde al Departamento de Estado, rayaba
en el neoclasicismo alemán tan querido por Hitler. La Rusia comunista, la
Alemania nazi, la Italia fascista y la democrática América siguieron siendo los
más fervorosos defensores del clasicismo».
[28] Esta casa, cercana a la residencia de Hitler en el Obersalzberg,
había pertenecido a la familia Bechstein, con la que lo unía una cierta
amistad.
[29] Se refería al llamado Segundo libro de Hitler, que se
publicaría en 1961.
[30] El libro de N. E. Gun Eva Braun-Hitler (1967)
incluye una lista de joyas de gran valor. Por lo que recuerdo, Eva Braun no las
llevaba nunca, y tampoco aparecen en ninguna de las numerosas fotografías que
hay de ella. Es posible que se trate de objetos que Hitler le hizo llegar
durante la guerra a través de Bormann a causa de su valor permanente.
[31] Edificada en estilo neogótico entre 1862 y 1924, su torre fue
rebajada un metro para igualarla a la de la catedral de San Esteban.
[32] La lista recoge los edificios de los que Hitler hizo algún boceto.
[33] Hermann Esser era uno de los camaradas de Partido de los primeros
tiempos y fue posteriormente subsecretario de Turismo. Christian Weber, también
miembro del Partido desde el principio, a partir de 1933 desempeñó un papel
secundario: entre otras cosas, se ocupó de dirigir las carreras de caballos de
Riem.
[34] Hitler volvió a referirse a estas prisas en el discurso que
pronunció el 9 de enero de 1939 en el Palacio de Deportes de Berlín con motivo
de la conclusión de las obras. Ya en 1935 Hitler me había encargado unos
bocetos para llevar a cabo una considerable ampliación de la Cancillería.
[35] Un consejo que le dio el doctor Grawitz, general de división de
las SS y médico del Reich.
[36] Se trataba de Ultraseptyl.
[37] Ilia Méchnikov realizó investigaciones sobre bacterias, toxinas e
inmunidad. En 1908 le fue otorgado el premio Nobel.
[38] Extraído de un discurso inédito de Hitler, pronunciado el 2 de
agosto de 1938 en la Sala de Alemania de Berlín con motivo de la cobertura de
aguas de la nueva Cancillería del Reich.
[39] De un discurso de Hitler, pronunciado el 9 de enero de 1939.
[40] Véase Friedrich Hossbach, Zwischen Wehrmacht und Hitler (1949),
pág. 207.
[41] Actualmente la Theodor-Heuss-Platz de Berlín.
[42] La propaganda nazi aludía con esta denominación despectiva a la
República de Weimar. [N. del T.]
[43] Del informe a Hitler del 20 de septiembre de 1944.
[44] Véase Die Reichskanzlei (Eher-Verlag, Munich),
págs. 60 y 61.
[45] Winston S. Churchill, La Segunda Guerra Mundial, libro
IV.
[46] Es verdad que Hitler celebraba todos los días numerosas
entrevistas con los jefes regionales, conocidos y antiguos camaradas del
partido que habían alcanzado honores y categoría. Sin embargo, en la medida en
que me hallaba presente en ellas, pude comprobar que en tales entrevistas no se
seguía ningún programa de trabajo, sino que Hitler, en una prolongación de la
sobremesa, se extendía relajadamente sobre los problemas que lo acuciaban y,
por lo general, la conversación derivaba pronto hacia la charla insustancial.
Debo admitir que la agenda de Hitler da una impresión muy distinta de su
capacidad de trabajo.
[47] Estas obras están consignadas en la Crónica de 1941.
[48] Departamento de Turismo, en la intersección de la gran avenida con
la Potsdamer Strasse.
[49] Crónica de 1941: «La Ópera del Reich se encuentra frente al
Ministerio de Economía; la Filarmónica, frente al Ministerio de Colonias». El
arquitecto Klaje, director general de una sección del Ministerio, me dijo hacia
1941 que en la Sección de Construcciones del Alto Mando del Ejército de Tierra
iban a exponerse unas maquetas de casas apropiadas para África.
[50] Del diario del Dr. Goebbels, anotación del 12 de mayo de 1943: «Si
no se construye en el parque de Sanssouci un grandioso mausoleo, de estilo
griego, para albergar los restos de Federico el Grande, estos serán depositados
en la gran “Galería de los Soldados” del futuro edificio del Ministerio de
Guerra».
[51] Incluyendo el hueco del arco, el Arco de Triunfo de Berlín habría
tenido un volumen de 2.366.000 m3; el Arc de Triomphe de París habría cabido 49
veces dentro de él. La «Galería de los Soldados» era un cubo de 250 metros de
longitud, 90 de anchura y 83 de alto. El terreno que se extendía tras la Sala,
destinado al Alto Mando del Ejército de Tierra, tenía una extensión de 300 por
450 metros. El vestíbulo con escalinatas del nuevo edificio de Göering tenía
una superficie de 48 por 48 metros, y una altura de 42 metros. Los costes del
edificio destinado a Göering se estimaban en un mínimo de 160 millones de
marcos del Reich. El nuevo Ayuntamiento de Berlín tenía una longitud de 450
metros, y su cuerpo central iba a alcanzar una altura de 60 metros. El edificio
del Alto Mando de la Marina de Guerra habría de tener 320 metros de longitud;
la nueva Jefatura Superior de Policía de Berlín, 280 metros.
[52] A pesar de mi cargo oficial como Inspector General de Edificación,
Hitler me permitía proyectar grandes edificios como arquitecto particular. En
la reestructuración de Berlín se observaba sistemáticamente el procedimiento de
encomendar a arquitectos particulares tanto las obras del Estado como las casas
comerciales.
[53] Del discurso que Hitler pronunció en la celebración de la
cobertura de aguas de la nueva Cancillería del Reich, el 2 de agosto de 1938.
[54] Albert Speer: «Neuplanung der Reíchshauptstadt», en Der
Baumeister, Munich, 1939, núm. 1. El tradicional ingenio de los berlineses
tomó como blanco nuestros planes de construcción, a pesar de lo poco que sabían
de los auténticos proyectos. Según cuenta Ulrich von Hassel en su Diario,
Furtwängler me habría dicho lo maravilloso que tenía que ser poder construir
obras tan grandes a partir de mis propias ideas, a lo que el pueblo de Berlín
ponía en mi boca, a guisa de respuesta: «Imagínese que alguien le dijera a
usted: “Es mi voluntad inquebrantable que a partir de ahora la Novena se
ejecute únicamente con una armónica”».
[55] Crónica del 28 de marzo de 1941.
[56] Según Wagenfür, en el año 1939 se gastaron 12.800 millones de
marcos del Reich en obras.
[57] Crónica del 29 de abril.
[58] Crónica del 31 de marzo de 1941.
[59] Sir Neville Henderson habla de ello en su obra Failure of
a mission (1940): «Por consiguiente, mi intención era cambiar mi
Embajada, que el Gobierno alemán podría destinar a fines gubernamentales, por
un gran solar situado en una esquina de la nueva gran avenida transversal.
Hablé enseguida de mi proyecto a Göering y a Ribbentrop, y les rogué que
hicieran saber a Hitler que más adelante le hablaría del asunto y que tenía la
esperanza de que esta propuesta pudiera formar parte de un acuerdo general con
Alemania». Según la Crónica del 20 de agosto de 1941, Alfieri manifestó que
«el Duce tenía un extraordinario interés por la arquitectura
alemana. Y que ya le había preguntado a él, Alfieri, si tenía amistad con
Speer».
[60] Por ejemplo, Trevor-Roper, Fest y Bullock.
[61] En el discurso que pronunció el 10 de noviembre de 1938 ante los
redactores en jefe de la prensa alemana, Hitler describió así el método
apropiado para preparar propagandísticamente una guerra: «Ciertos procesos
deben iluminarse de manera que se vaya sembrando en la gran masa del pueblo,
poco a poco y de forma automática, el convencimiento de que si una cosa no se
puede conseguir por las buenas, no hay más remedio que recurrir a las malas;
que de ningún modo las cosas pueden seguir como estaban».
[62] En el plano, que todavía se conserva, se había previsto que el
nuevo pleno dispondría de una sala de 2.100 m2.
[63] Se conservan los dibujos preliminares del proyecto, que datan de
esa época. El 5 de noviembre de 1936 Hitler hizo también unos bocetos a partir
de los primeros planos que yo le había presentado.
[64] Los tambores de estas columnas, de tres metros de diámetro, ya
habían empezado a ser labrados en Suecia con granito rojo cuando comenzó la
guerra.
[65] Los 21.000.000 m3 correspondían a los 9.400.000
m 3 de la parte circular, incluyendo la cúpula, 9.500.000
m3 del basamento cuadrado, 2.200.000 m3 de las
cuatro antesalas y 8.000 m3 de la linterna.
[66] Según explica K. Lankheit en Der Tempel der Vernunf
t (Basilea, 1968), la cúpula de una obra proyectada hacia 1793 por
Étienne L. Boullée para glorificar la «Razón» de la Revolución Francesa tenía
un diámetro de 260 m.
[67] Aunque la acústica suele ser el punto flaco de los recintos
cerrados por medio de una cúpula, varios especialistas nos aseguraron, para
nuestra tranquilidad, que no había motivo alguno de preocupación si se tomaban
las medidas adecuadas.
[68] Para compensar las diferencias debidas a la naturaleza del suelo
y, al mismo tiempo, aumentar su densidad, los ingenieros idearon una
plancha-base maciza y continua de 320 x 320 m, que se enterraría hasta una
profundidad de 30 m.
[69] Uno de los ejes de la plaza medía 500 m, y el otro 450 m.
[70] Hitler realizó esos bocetos el 5 de noviembre de 1936, en
diciembre de 1937 y en marzo de 1940.
La Cancillería que había ocupado Bismarck en la Wilhelmstrasse tenía 13.000 m3.
El nuevo palacio del Führer, cuya conclusión estaba prevista para
1950, habría tenido 1.900.000 m3, sin contar las dependencias de
trabajo, que ocupaban 1.200.000 m3. Con un total de 3.100.000 m3,
Hitler habría superado largamente el proyecto de Göering, de 580.000 m3,
por lo que no volvió a referirse a él.
Con sus 280 m de longitud, la fachada del palacio de Hitler que daba al jardín
no podía equipararse con la del de Luis XIV en Versalles, de 576 m; pero eso
era sólo porque el terreno no permitía una edificación más larga, por lo que
tuve que doblar las dos alas en forma de U. Cada una de estas alas medía 195 m;
así pues, la longitud total de esta fachada alcanzaba los 670 m, casi cien más
que la de Versalles.
Se ha conservado el plano de la planta baja del palacio, y con él puedo
reconstruir la distribución de los espacios, fijada personalmente por Hitler.
Se llegaba al Patio de Honor, de no m de longitud, a través de un portal
gigantesco que daba a la gran plaza; desde este patio, que comunicaba con otros
dos, rodeados de columnas, se llegaba a las salas de recepción, que se abrían a
una serie de estancias que se alineaban a lo largo de un cuarto de kilómetro;
otra alineación de recintos, situada en el lado norte, habría alcanzado los 380
m. Desde allí se llegaba, cruzando una antesala, al enorme comedor, de 92 x 32
m, lo que hacía una superficie de 2.940 m2. La totalidad de la
residencia del canciller Bismarck tenía sólo 1.200 m2, así que
habría cabido perfectamente en el comedor.
En condiciones normales, se considera que la superficie que cada persona ocupa
en un comedor es de 1,5 m2, por lo que este salón habría podido
acoger a casi dos mil comensales.
[71] Las ocho salas para reuniones sociales habrían tenido 15.000
m 2 en total. El teatro estaba proyectado para 400 cómodas
butacas, aunque, puesto que la sala medía 320 m2, la disposición
normal de los asientos en los teatros, que asigna 0,4 m 2 por
persona, habría permitido que se sentaran 800 espectadores en platea y 150 en
las tribunas. Hitler había previsto un palco aparte para él.
[72] La sala de recepción de la Casa Blanca (East Room) de
Washington tiene unos 500 m3, mientras que la de Hitler medía 21.000 m3.
El camino que debían recorrer los diplomáticos en la Cancillería del Reich
edificada en 1938 tenía 220 m, y en la nueva serían 504 m. Tendrían que cruzar
una sala de recepción de 34 x 36 m, una sala abovedada de 180 x 67 m, una sala
cuadrada de 28 x 28 m, la galería de 220 m y una antesala de 28 x 28 m. La
diferencia respecto a la longitud total corresponde al espesor de las paredes.
[73] Incluidas las dependencias de trabajo (200.000 m3) de
la Cancillería, situadas en el lado sudeste de la plaza e integradas en el
edificio, se habría alcanzado una capacidad total de 1.400.000 m3,
mientras que la construcción de Siedler sólo tenía 20.000 m3.
[74] El 2 de agosto de 1938, en la celebración de la cobertura de aguas
de la nueva Cancillería del Reich, Hitler dijo: «No soy sólo el canciller del
Reich, sino también un ciudadano. Como ciudadano, en Munich sigo viviendo en la
misma casa que antes de alcanzar el poder. Sin embargo, como canciller del
Reich y Führer de la nación alemana, es mi deseo que Alemania sea tan bien
representada como cualquier otro Estado, incluso mejor. Así, comprenderán
ustedes que mi orgullo no me permita residir en antiguos palacios. No haré tal
cosa. El nuevo Reich levantará sus propios edificios. No viviré en esos
palacios. En el resto de Estados, todo el mundo está metido en algún sitio: en
Moscú, en el Kremlin; en Varsovia, en el Belvedere; en Budapest, en el Palacio
Real; en Praga, en Hradschin. Sólo tengo una ambición: dotar al nuevo Reich del
pueblo alemán unas obras que no lo avergüencen al compararlas con esas antiguas
mansiones palaciegas. Además, esta nueva República alemana no ocupará los
antiguos aposentos reales. Si otros se alojan en el Kremlin, en Hradschin o en
un castillo, nosotros aseguraremos la representación del Reich por medio de
unas obras propias de nuestro tiempo… No sé quién habitará en estos nuevos
edificios. Dios quiera que sean siempre los mejores hijos de nuestro pueblo, no
importa cuál sea su origen. Pero sí sé una cosa: que en el resto del mundo no
habrá nadie que mire por encima del hombro a los hijos de nuestro pueblo porque
procedan de las capas más humildes. Desde el momento en que alguien ha sido
llamado a representar a la nación alemana, está al mismo nivel que cualquier
rey o emperador extranjero». En la inauguración, el 9 de enero de 1939,
insistía: «He rehusado vivir en el que se conoce como Palacio del Presidente
del Reich. ¿Por qué, compatriotas? Ahí vivió antiguamente el mayordomo mayor de
la Corte y, ¿sabéis qué?, el Führer de la nación alemana no residirá en una
casa en la que antes haya vivido el mayordomo mayor de la Corte. Preferiría
irme a una azotea antes que vivir en ese palacio. Desde luego, nunca he
comprendido a los de la antigua República. ¡Los caballeros proclamaron una
república, acabaron con el antiguo Imperio y luego se fueron a vivir a casa del
antiguo mayordomo mayor de la Corte! ¡Eso es una indignidad, obreros alemanes!
No tuvieron la fuerza de darle enseguida un rostro propio al Estado que
crearon. Ha sido y es mi decisión inquebrantable que el nuevo Estado disponga
de unos símbolos propios». Así pues, era evidente que el asunto de su
representación personal preocupaba a Hitler, cosa nada extraña dado el volumen
de sus proyectos de futuro, que sólo conocíamos él y yo.
[75] He calculado un coste por metro cúbico de unos 200 DM para la Sala
y de 300 DM para las obras restantes.
[76] El solar del cuartel de las SS se situaba junto a la estación del
sur, a siete kilómetros del centro hitleriano; el del regimiento berlinés Gran
Alemania se dispondría a ochocientos metros, al norte de la Gran Sala.
[77] El 8 de mayo de 1943, Goebbels anotó en su Diario: «El Führer
expresa su certeza inquebrantable de que el Reich llegará un día a dominar
Europa entera. Aún nos quedan muchos combates para conseguirlo, pero no hay
duda de que nos conducirán a los éxitos más gloriosos. Entonces quedará abierto
el camino hacia el dominio del mundo. Quien sea dueño de Europa podrá reclamar
el gobierno del mundo entero».
[78] El Vólkischer Beobachter publicó, el 23 de agosto
de 1939, la siguiente noticia: «A las 2.45 horas de la madrugada del martes día
22, pudo contemplarse en el observatorio astronómico de Sonneberg una gran
aurora boreal que se extendía por la zona norte y noroeste del cielo».
[79] Von Below, asistente de Hitler, me informó de esta observación.
[80] De hecho, en la Cancillería del Reich construida nueve meses antes
hice poner bajorrelieves con escenas de la leyenda de Hércules.
[81] Citado de memoria. Hitler se expresó en términos similares
respecto a aquel momento después de 1942, cuando yo era ya su ministro de
Armamentos.
[82] El 23 de noviembre de 1937, durante la inauguración de la Escuela
de Mandos de Sonthofen, se desató un júbilo inenarrable cuando Hitler, en un
discurso que los jefes comarcales del partido acogieron con calma, exclamó de
pronto, sin ninguna preparación retórica: «¡Inglaterra es nuestro enemigo
número uno!». Entonces me dejaron perplejo tanto la unánime espontaneidad de
aquella demostración de júbilo como el inesperado giro de Hitler contra
Inglaterra, pues yo había supuesto que esta nación continuaba teniendo un papel
privilegiado en su mundo ideal.
[83] El 26 de junio de 1944, Hitler, en un discurso pronunciado ante
los industriales en el Obersalzberg, dijo estas palabras: «No era mi intención
repetir los errores de 1899, 1905 y 1912, es decir, confiar en que ocurriría un
milagro y que no habría necesidad de lucha».
[84] Hermann Rauschning reproduce una observación de Hitler diciendo
que, si la guerra no pudiera ganarse, la jefatura nacionalsocialista preferiría
arrastrar consigo al abismo a todo el continente. (Rauschning, Gesprache
mit Hitler, Zurich-Viena, 1945)
[85] «En mi opinión, la masa del pueblo alemán, la otra Alemania,
estaba aterrorizada ante la idea de esta guerra, que le había sido impuesta por
la fuerza. Sólo puedo decir que el ambiente general de Berlín era
extraordinariamente sombrío y deprimido». (Sir Nevile Henderson, Failure
of a mission, 1940)
[86] Crónica de 1941: «El 12 de mayo, en presencia del coronel
Schmundt, Speer mantuvo una conversación con Hitler en el Obersalzberg sobre
los futuros desfiles que habrían de celebrarse en la gran avenida. Para
presidir el desfile, el Führer ya había elegido un punto
situado en el centro de la avenida, cerca de los Ministerios. Las tropas
deberían venir del sur».
[87] Según la carta que dirigí al tesorero del Reich del NSDAP el 19 de
febrero de 1941: Augsburgo, Bayreuth, Bremen, Breslau, Danzig, Dresde,
Dusseldorf, Graz, Hamburgo, Hannover, Heidelberg, Innsbruck, Colonia, Memel,
Münster, Oldenburg, Poznari, Praga, Sarrebruck, Salzburg, Stettin, Waldbröl,
Weimar, Wolfsburg, Wurzburg, Wuppertal.
[88] Del acta de mi conversación con Hitler del 17 de enero de 1941.
Mediante una carta dirigida a Bormann el 20 de enero de 1941, renuncié al cargo
de «Delegado de Edificación» de su Estado Mayor. El 30 del mismo mes y año
dirigí otra carta al doctor Ley para renunciar a mi cargo en «Belleza del
Trabajo» y a la alta inspección de las obras del Frente Alemán del Trabajo.
Según la Crónica, se devolvió la alta inspección del levantamiento de casas
comunales del Partido al tesorero nacional, M. X. Schwarz, y renuncié a mi
facultad de «dictaminar sobre escritos de índole arquitectónica» y de designar
a los arquitectos de confianza del departamento nacionalsocialista de bienestar
social. También comuniqué al jefe nacional Rosenberg que, en lo sucesivo, no
debía acompañar a mi nombre el título de «delegado para las obras del NSDAP» en
la revista Baukunst im Deutschen Reich que editábamos
conjuntamente.
[89] Sin embargo, me limité a cumplir nuestra promesa de ofrecer
terrenos a las iglesias para reemplazar los que habían ocupado los edificios
que serían derribados en el interior de la ciudad.
[90] Hitler había elegido para cada campaña una marcha distinta con la
que anunciar por la radio las victorias obtenidas
[91] Mi sugerencia de que el doctor Todt paralizara las obras y su
correspondiente respuesta están registradas en la Crónica.
[92] Estos datos están tomados del informe final de la Crónica de 1941.
Según otro informe, entre fines de marzo y comienzos de septiembre de 1941
Noruega proporcionó 2.400.000 m3 de granito sin labrar y
9.270.000 m3 de granito pulido; Suecia, que entregó 4.210.000 m3 de
un tipo y 5.300.000 m 3 del otro, obtuvo un contrato de
suministro de granito por valor de dos millones de marcos anuales, garantizado
durante diez años.
[93] Esta declaración de Hitler aparece consignada en la Crónica del 29
de noviembre de 1941. También se ha citado literalmente a partir de la Crónica
la misión encargada al almirante Lorey.
[94] Los detalles se han extraído de la Crónica del 1 de mayo y del 21
de junio y del acta de reuniones del Führer del 13 de mayo de
1942, punto 7. Recientemente se ha hallado un intercambio epistolar mío con la
Marina de Guerra, del que se infiere que en Trondheim, en una superficie de 700
ha, iban a levantarse 55.000 viviendas para «el personal de la Marina».
[95] De la Crónica del 24 de noviembre de 1941 y del 27 de enero de
1942.
[96] Crónica de otoño de 1941 y del 1 de enero de 1942.
[97] La orden de Hitler seguía en vigor en diciembre de 1941, a pesar
de que las circunstancias habían cambiado visiblemente. Hitler se mostraba
vacilante cuando se trataba de revocar sus órdenes, en parte porque tenía una
tendencia natural a la vacilación y en parte por razones de «prestigio». La
orden que, en vista de la situación bélica, volvía a dar prioridad al armamento
del Ejército de Tierra no se emitió hasta el 10 de enero de 1942.
[98] De la Crónica del 11 de noviembre de 1941.
[99] De la Crónica del 5 de mayo de 1941.
[100] Según la Crónica, a partir del 28 de enero de 1942 salió cada día
de Berlín un tren con obreros y maquinaria hacia Ucrania. Con anterioridad ya
habían llegado a Dniepropetrovsk algunos cientos de trabajadores para las
tareas preparatorias.
[101] Todt se dirigía a Munich; probablemente se había previsto una
escala en Berlín.
[102] Carta del doctor Todt del 24 de enero de 1941.
[103] En la Crónica del 10 de mayo de 1944 se citan las siguientes
palabras de mi discurso: «En 1940, cuando se nombró al doctor Todt titular del
Ministerio de Armamentos y Munición, el Führer me citó oficialmente y me dijo
que la misión que se le había encomendado —fabricar todo el armamento del
Ejército de Tierra— era enorme, por lo que no podría ocuparse al mismo tiempo
de dirigir la construcción. Rogué al Führer que desistiera de
su propósito de encargarme aquella tarea, pues sabía que al doctor Todt le gustaba
y que aquella decisión comportaría muchas dificultades. Le dije que la idea no
sería de su agrado y el Führer desistió».
[104] El despegue se efectuó normalmente, pero muy poco después,
mientras el aparato todavía era visible, el piloto dio un giro brusco y empezó
a descender hacia la pista de aterrizaje; al parecer, tenía una emergencia y no
le dio tiempo de poner el avión de cara al viento. Entonces sucedió la
desgracia, no lejos del campo de aviación y a poca altura. El avión era un
Heinkel ni, adaptado para el transporte de pasajeros, que había puesto a
disposición del doctor Todt el mariscal Sperrle, amigo suyo, porque el aparato
de Todt necesitaba algunas reparaciones. Hitler supuso que, al igual que todos
los correos que volaban hacia el frente, este avión tenía un dispositivo que,
al accionarse por medio de una palanca situada entre los asientos del piloto y
el acompañante, hacía que el avión estallara al cabo de unos minutos. El
dictamen del tribunal militar, pronunciado el 8 de marzo de 1943 (K 1 T. L.
11/42) por el general en jefe Königsberg, establece lo siguiente: «Al parecer,
a unos 700 metros de distancia del campo de aviación, el piloto cortó gas para
volver a darlo dos o tres segundos después. En ese momento, en la parte
delantera del aparato, al parecer a causa de una explosión, se encendió una
violenta llamarada. Acto seguido el aparato se precipitó a tierra desde una
altura de unos veinte metros, cayó sobre el plano de sustentación derecho y
golpeó casi verticalmente contra el suelo. El aparato resultó destruido por el
incendio que se inició brevísimos instantes después del golpe y que fue seguido
de varias detonaciones».
[105] A los tres meses de mi nombramiento, el 8 de mayo de 1942, Hitler
tranquilizó a Rosenberg: «A este respecto el Führer manifestó
repetidas veces que el Ministerio del Reich de Speer sería disuelto el día en
que se firmara la paz y que sus ocupaciones serían distribuidas». (Anotado por
Rosenberg, documento de Nüremberg, 1520 PS)
En el mismo sentido escribí a Hitler desde mi lecho de enfermo en el hospital
de Hohenlychen el 25 de enero de 1944: «No necesito recalcarle, Mein
Führer, que jamás he tenido la intención de ejercer actividades políticas,
ni durante la guerra ni después de ella. Considero mi tarea actual pura y
simplemente como un servicio de guerra y disfruto de antemano pensando en la
época en que podré desarrollar de nuevo mi labor profesional como artista, que
para mí tiene más importancia que cualquier actividad ministerial o política».
[106] Hasta el verano de 1943, cuando nos trasladamos a los «barracones
del Knie», no pude cambiar sin llamar la atención aquellos muebles por los de
mi antiguo despacho, diseñados por mí. De aquel modo logré deshacerme también
de un cuadro que estuvo hasta entonces detrás de mi mesa. Mostraba a Hitler,
que en realidad no sabía cabalgar, como caballero medieval, lanza en ristre, a
lomos de un corcel y con el rostro severo. Los técnicos de fina sensibilidad no
siempre tienen gusto artístico al decorar sus interiores.
[107] Véase también la Crónica del 12 de febrero: «Los intentos de Funk,
Ley y Milch para inmiscuirse en las actividades del ministro a los pocos días
de que este se hiciera cargo del Departamento fueron sofocados enseguida». Se
nombra a Ley en estas notas porque, poco después de mi nombramiento, escribió
en el órgano del partido (Angriff) un artículo desleal que le acarreó una
reprimenda de Hitler. Véase el Diario del doctor Goebbels de los días 13 y 25
de febrero de 1942.
[108] De mi discurso pronunciado el 18 de abril de 1942 ante los
consejeros económicos regionales.
[109] En una carta que me dirigió el 5 de noviembre de 1942, Göering
reconocía de manera indirecta mi autoridad: «Ha sido un placer para mí
traspasarle a usted estos poderes, derivados de mi pleno poder general, con
objeto de que no pueda producirse un conflicto de intereses. De otro modo,
habría tenido que rogar al Führer que me relevara del cargo de
responsable de la ejecución del Plan Cuatrienal».
[110] Del decreto sobre los «apoderados generales de Armamento».
[111] Crónica del 2 de marzo de 1942.
[112] Véase Walther Rathenau: Die neue Wirtschaft, 1917.
( Gesammelte Schriften, volumen 5)
[113] Existe una extensa literatura sobre la organización del Ministerio
de Armamento. Citemos, por ejemplo, el libro de Gregor Janssen,Das
Ministerium Speer, y el de Rolf Wagenführ, Die deutsche Industrie
im Kriege 1939 bis 1945. Estos trabajos explican todo lo relativo a la
producción de armamento de un modo mucho más detallado de lo que yo lo habría
hecho aunque me hubiera concentrado únicamente en ese tema. Según el decreto
del 29 de octubre de 1943, relativo a la asignación de funciones, las
comisiones y anillos principales eran responsables de los siguientes cometidos:
tipificación, unificación de las normas sobre piezas en bruto destinadas a
producir varios artículos, procesos de fabricación, ahorro de materias primas
(cálculo del peso de las materias primas empleadas), sustitución de materias
primas para ahorrar metales escasos, prohibición de fabricación, comparación de
rendimientos, intercambio de experiencias, desarrollo de nuevos métodos de
trabajo, limitación de los modelos y constitución de los programas de las
empresas, concentración de la producción, destitución y ampliación de personal,
justificantes de empresas, traslado de la producción, control de acabados,
solicitud y amortización de la maquinaria, ahorro de energía y gas, etc.
Los presidentes de las comisiones de desarrollo tenían que decidir si la
fabricación de un prototipo requería una inversión razonable en términos
militares o de economía armamentista, y si una vez desarrollado sería posible
producirlo.
Los directores de las comisiones y anillos principales y de las comisiones de
desarrollo estaban a mis órdenes directas.
[114] Según una carta de mi jefe de personal, Bohr, del 7 de junio de
1944.
[115] Autoricé a todos los jefes de sección para firmar «en
representación» en vez de hacerlo con el habitual «por orden». De acuerdo con
las normas de la burocracia, esto suponía otorgarles unos poderes que hasta
entonces sólo tenía el subsecretario. Las protestas del ministro del Interior,
responsable de la regulación de la técnica administrativa estatal, no llegaron
a ninguna parte.
Al director de la Oficina Central, Willy Liebel, lo traje de Nüremberg, donde
había ejercido el cargo de alcalde. El jefe de la Oficina Técnica, Karl Saur,
procedía de las filas de los funcionarios intermedios del Partido y había
desarrollado una actividad secundaria en una empresa industrial. El jefe de la
Oficina de Suministros, doctor Walter Schieber, químico de profesión, encarnaba
dentro de las SS y el Partido al típico viejo camarada que trabajaba en lo
suyo. Mi representante en la Organización Todt, Xaver Dorsch, era nuestro más
antiguo miembro del Partido. También el jefe de sección Seebauer, responsable
de la producción de bienes de consumo, se había afiliado al Partido mucho antes
de 1933.
[116] Crónica de 1942.
[117] Extraído del «índice de la producción alemana de armamentos»
elaborado en enero de 1945 a partir del coste de los diversos tipos de
armamento, sin tener en cuenta el alza de precios para no falsear la validez de
las cifras. El hecho de duplicar la producción de municiones, capítulo que
representaba el 29% del coste total del armamento de las tres ramas de la
Wehrmacht, repercutió fuertemente en el índice global. El siguiente resumen
muestra la efectividad de nuestro trabajo en los tres sectores armamentistas
principales:
1. Entre 1940 y 1944 se quintuplicó el número de tanques, aunque su capacidad
combativa aumentó 7,7 veces, dado que eran cada vez más potentes. Este
resultado se consiguió empleando un 270% más de mano de obra y un 212% más de
acero. Así pues, la Comisión Central de Tanques consiguió, respecto a 1941, un
ahorro del 79% en mano de obra y del 93% en la cantidad de acero empleado.
2. El índice global de municiones para el Ejército de Tierra, la Aviación y la
Marina, que fue del 102 en 1941, se triplicó en 1944, aumentando hasta el 306.
Para lograrlo se empleó un 67% más de mano de obra y un 182% más de acero. Así
pues, incluso en este sector, a pesar de que la producción ya estaba mecanizada
antes de iniciarse nuestra actividad, se logró reducir la mano de obra un 59% y
sólo un 9,4% el acero.
3. De 1941 a 1944, el índice de cañones aumentó 3,3 veces, lo que requirió
únicamente un 30% más de mano de obra, un 50% más de acero y un 38% más de
cobre. (Los datos relativos a mano de obra, cobre y acero de estos tres
ejemplos proceden del discurso que pronuncié en el Wartburg el 16 de julio de
1944.)
La agricultura y la economía forestal se organizaron a partir de unos
principios de autorregulación similares y consiguieron un crecimiento similar.
[118] Más allá de todas las nuevas medidas organizativas, un aspecto
decisivo para que se produjeran estos notables incrementos de la producción fue
que yo empleara métodos propios de una gestión democrática de la economía. Y es
que, por principio, mi sistema implicaba confiar en los responsables de la
industria hasta que los hechos dieran motivos para dejar de hacerlo. Así, se
recompensaron las iniciativas, se despertó la conciencia de la propia
responsabilidad, se suscitó el deseo de tomar decisiones…, cosas que habían
sido sofocadas hacía tiempo entre nosotros. Bien es verdad que la presión
mantenía en marcha el sistema productivo, pero impedía la espontaneidad. Afirmé
que «la industria no nos engaña ni nos roba a sabiendas, ni intenta perjudicar
de ningún otro modo a la economía de guerra»
[119] Véase la carta que dirigí a Hitler el 20 de septiembre de 1944,
citada en el capítulo XXVII.
[120] Del discurso pronunciado el 1 de agosto de 1944 ante mis
colaboradores de la industria del armamento.
[121] Citado en la Crónica del 19 de febrero de 1943.
[122] Véase la carta del 20 de septiembre de 1944.
[123] Disposición del Führer para la protección de la
economía armamentista del 21 de marzo de 1942.
[124] El 26 de mayo de 1944, tras una discusión con el general de
división de las SS Kammler, que había hecho detener a un director de la BMW por
sabotaje, me reuní con los jefes de sección y dicté unas «Directrices de
procedimiento en caso de faltas cometidas en la economía de armamento». El
ministro desea «que un grupo de industriales adopte una postura respecto a las
faltas antes de que los tribunales o las SS se ocupen de ellas. El ministro no
tolerará detención ni condena alguna sin haber sido escuchado previamente».
(Crónica)
[125] Respecto al tema de este capítulo, véase el discurso pronunciado
en Essen ante los industriales el 6 de junio de 1944.
[126] Nueve meses antes había intentado en vano parar el alud de cartas
poniéndoles un sello con mi firma y las siguientes palabras: «Devolver al
remitente. Sin importancia bélica». (Crónica del 11 de febrero de 1943)
[127] La fabricación de antitanques y antiaéreos en 1941 se ha contado
con los cañones. Ese año se produjo la mitad de ametralladoras y aviones que en
1918. Sin embargo, la fabricación de pólvora y explosivos llegó a multiplicarse
por 2,5 debido a las exigencias cada vez mayores de bombas y minas marinas y
terrestres. Naturalmente, estas cifras son sólo relativas tanto en lo que se
refiere a las armas como a los aviones, pues los requisitos técnicos exigidos a
los equipos de armamento habían aumentado mucho desde 1918. (Los datos
correspondientes a este último año han sido tomados del libro de Rolf
Wagenführ.)
Durante mucho tiempo la producción de municiones fue más baja que en la Primera
Guerra Mundial. En mi discurso del 11 de agosto de 1944 establecí una
comparación inequívoca: «En muchos sectores, y de forma especial en el de la
fabricación de municiones, las cifras alcanzadas en la Primera Guerra Mundial
fueron más altas que las actuales aproximadamente hasta 1943; sólo en estos
últimos meses se ha conseguido superar la producción máxima de municiones de
las guerras mundiales, contando tanto la participación de Alemania como la del
Protectorado y Austria».
[128] Las dificultades que la burocracia, autárquica y altamente
desarrollada, introducía en nuestra economía de guerra pueden ilustrarse con el
curioso ejemplo que sigue, que relaté detalladamente en mi discurso del 28 de
abril de 1942:
«El 11 de febrero de 1942, una fábrica de armamento de Oldenburg pidió un kilo
de alcohol a una empresa de Leipzig, que le exigió un formulario de compra del
Departamento de Monopolios del Reich. La fábrica de Oldenburg se dirigió a este
departamento, que la remitió a la Sección Económica competente para que le
extendiera un documento que certificara la urgencia del pedido. Esta encargó el
asunto a su delegación de Hannover, que exigió y obtuvo una declaración jurada
de que el alcohol se emplearía sólo para fines técnicos. El 19 de marzo, es
decir, más de cinco semanas después, la oficina de Hannover comunicó que la
solicitud había sido devuelta a la Sección Económica de Berlín; el 26 de marzo,
la fábrica recibió un escrito de la Sección Económica en el que se le indicaba
que el pedido había sido aprobado y remitido al Departamento de Monopolios del
Reich, aunque al mismo tiempo se le comunicaba que carecía de objeto dirigirse
a aquella sección para tales asuntos, ya que no tenía asignado ningún cupo de
alcohol, por lo que en el futuro debería dirigir sus peticiones al Departamento
de Monopolios… Que era precisamente lo que la empresa había hecho al principio.
El 30 de marzo se cursó una nueva solicitud al Departamento de Monopolios del
Reich, que doce días más tarde respondió diciendo que en primer lugar debía ser
informado de la cantidad de alcohol que se consumía al mes, pero que, a pesar
de ello, concedía generosamente a la fábrica de Oldenburg el kilo de alcohol en
cuestión. A las ocho semanas de haber empezado a pedir el alcohol, un empleado
fue a recogerlo a la empresa de distribución pertinente, donde le dijeron que
tenía que presentar un certificado de la Unidad de Alimentación del Reich, un
organismo agrícola cuya delegación local manifestó con firmeza que sólo podía
autorizar la distribución de alcohol para beber, no para usos técnicos o
industriales. El 18 de abril la fábrica aún no tenía el kilo de alcohol que
había solicitado el 11 de febrero, a pesar de que lo necesitaba urgentemente».
[129] Casi tres años más tarde, en mi informe final del 27 de enero de
1945, constaté que «con una concentración similar de todas las energías y
eliminando todos los obstáculos sin contemplaciones, la producción de
armamentos de 1944 se habría podido alcanzar ya en 1940 y 1941».
[130] «The Speer Plan in action», Times del 7 de
septiembre de 1942. Pero no sólo el Times se mostraba
ocasionalmente bien informado sobre asuntos internos de mi Ministerio. Leí
también noticias relacionadas con procesos de fabricación de mi Ministerio que
incluso a mí me resultaron reveladoras en otro periódico inglés.
[131] Del discurso del 18 de abril de 1942.
[132] Protocolo del Führer del 5-6 de marzo de 1942,
apartado 17.3: «El Führer ha ordenado la paralización del
Obersalzberg. Dirigir carta en este sentido al jefe nacional Bormann». Pero dos
años y medio después —el 8 de septiembre de 1944—, las obras seguían en marcha.
Sobre este particular, Bormann escribió a su esposa: «El señor Speer, quien,
como constato una y otra vez, no me puede ver, exigió sin más a los señores
Hagen y Schenk que lo informaran del estado de las obras del Obersalzberg. ¡Un
procedimiento inaudito! ¡En lugar de seguir la vía oficial dirigiéndose a mí,
el gran dios de las construcciones ordena sin ambages a mi gente que lo
informe! Y como dependemos de él para obtener materiales y mano de obra, encima
tengo que poner buena cara». (Bormann Letters, pág. 103)
[133] En la carta que mi «delegado general de transformación de
explotaciones» escribió a Bormann el 20 de marzo de 1944 se dice: «De acuerdo
con su carta del 1 de marzo de 1944, he adoptado ya las medidas necesarias para
que no se paralicen las valiosas fábricas de gobelinos ni otros centros de
producción de objetos artísticos similares». El 23 de junio de 1944, Bormann
escribió: «Querido señor Speer: El Grupo Nacional de Artesanía ha notificado a
la empresa Pfefferle, a la que usted ya conoce, la prohibición de continuar
fabricando marcos para cuadros, listones para esos marcos y objetos similares a
pesar del certificado extendido por la Haus der Deutsche Kunst. Según le
comunico por orden del Führer , es deseo de este que la
empresa Pfefferle no tropiece en el futuro con más dificultades para realizar
sus trabajos, que consisten principalmente en encargos del Führer.
Le quedaría muy agradecido si tomara usted, a través de su Departamento de
Producción, las medidas oportunas. Heil Hitler! Suyo,
Bormann».
[134] Por razones propagandísticas, Goebbels intentó en vano cambiar el
estilo de vida de las personalidades del Reich: «Bormann promulga un edicto en
el que aboga por una mayor sencillez de los dirigentes del Partido en sus
apariciones públicas, sobre todo en los banquetes. Se trata de una advertencia
al Partido para que predique al pueblo con el ejemplo. Este edicto resulta muy
oportuno. Esperemos que sea acatado, aunque me he vuelto un poco escéptico
sobre este particular». (Diario de Goebbels, 20 de febrero de 1942)
El edicto de Bormann no surtió efecto. Más de un año después, el 22 de mayo de
1943, Goebbels escribía en su diario: «Dada la tensa situación interna, es
natural que el pueblo no pierda de vista a los que considera personalidades.
Por desgracia, eso no importa a todas las personalidades, y muchas de ellas
llevan una existencia que de ningún modo se puede considerar acorde con la
actual situación».
[135] Según el punto número 18 del Protocolo del Führer del
20 de junio de 1944, «expuse al Führer que actualmente hay
cerca de 28.000 trabajadores ocupados en la construcción de sus cuarteles
generales».
Según mi carta del 22 de septiembre de 1944 al asistente de Hitler, se gastaron
36.000.000 de marcos del Reich en la construcción de bunkers en Rastenburg,
13.000.000 más en los de Pullach, cerca de Munich, que servían para la
seguridad de Hitler durante sus estancias en esta ciudad, y otros 150.000.000
para la instalación de unos búnkers especiales («Gigante») cerca de Bad
Charlottenbrunn. Según mi carta, estas obras requirieron 257.000 m 3 de
hormigón armado (incluyendo cantidades menores de mampostería), 213.000 m3 de
galerías excavadas, 58 km de carreteras, seis puentes y 100 km de tuberías.
Sólo el proyecto «Gigante» consumió más hormigón que el que se utilizó en 1944
para construir refugios antiaéreos destinados a la población civil.
Estas obras se realizaron en la misma época en que me vi obligado a escribir a
Hitler (carta del 19 de abril de 1944): «Sólo con un gran esfuerzo se pueden
satisfacer a la vez las necesidades más elementales de alojamiento de los
trabajadores alemanes y extranjeros y las que impone la reconstrucción de
nuestras fábricas de armamentos».
[136] Mi delegado para Franconia, el ingeniero jefe Wallraff, se opuso a
Göering por orden mía, pues las obras de Veldenstein no estaban autorizadas, y
este lo envió a un campo de concentración, en el que permaneció hasta que fue
puesto en libertad por exigencia nuestra, basándonos en el decreto del Führer del
21 de marzo de 1942.
[137] Estas obras ocupaban a los mejores especialistas y consumían un
acero valiosísimo y de larga elaboración. Argumenté, en contra de la opinión de
Hitler, que «era mejor construir una sola planta hidrogena-dora en unos cuantos
meses que terminar varias en el triple de tiempo, pues si se construye una de
estas plantas más rápidamente, empleando a toda la mano de obra disponible,
podrá suministrar carburante durante muchos meses, en tanto que, de continuar
como hasta ahora, no se podrá contar con el primer carburante adicional hasta
pasado mucho más tiempo». (Discurso del 18 de abril de 1942)
[138] De la Planificación Central.
[139] En aquella época, mis colaboradores me enseñaron informes de la
actividad del ministro socialista de Trabajo Ernest Bevin, quien había
organizado en Inglaterra a toda la mano de obra en forma de batallones que
enviaba a los lugares en los que era necesaria. Posteriormente, en los años de
prisión, leí más sobre aquella extraordinaria capacidad de organización: «El
rendimiento industrial bélico de Inglaterra fue mayor que el de cualquier otro
país beligerante. Toda la población civil inglesa, incluidas las mujeres, era
en realidad un gigantesco ejército de trabajadores que, sin consideración
alguna, como si se tratara de tropas en combate, era llevado de un lado a otro
del país y empleado donde hiciera falta. Esta movilización total de la mano de
obra inglesa fue obra de Bevin». (De un artículo del Mercator sobre
Bevin, 1946)
Un registro de Goebbels del 28 de marzo de 1942 muestra que también nosotros
consideramos al principio la posibilidad de movilizar las reservas de
trabajadores alemanes: «A Sauckel lo han nombrado delegado general de Trabajo
del Reich. […] No debería resultar muy difícil movilizar por lo menos a otro
millón de trabajadores; bastará con actuar enérgicamente y no amedrentarse ante
las dificultades».
[140] Me siento corresponsable de la desafortunada política de trabajo
de Sauckel. A pesar de nuestras diferencias de opinión, yo me mostraba siempre
conforme con las deportaciones en masa de obreros extranjeros a Alemania que él
organizaba.
Dado que el libro de Edward L. Homse titulado Foreign Labor in Nazi
Germany (Princeton, 1967) facilita detalles exhaustivos sobre la
pequeña guerra particular que se desarrolló pronto entre Sauckel y yo, me
limitaré a tratar los puntos esenciales. También presenta una imagen acertada
el libro del doctor Alian S. Milward The new Order and the French
Economy (Londres, 1969).
[141] 9 de noviembre de 1941. Véase el volumen XXIII, pág. 553, de la
edición inglesa de las actuaciones del Tribunal Militar Internacional.
[142] El 28 de enero de 1944, es decir, dos años después, pude echar en
cara a Sauckel lo siguiente: «Veo en una noticia de prensa que en Inglaterra el
trabajo de la mujer ha avanzado mucho más que aquí. De un total de 33.000.000
de personas que tienen entre 14 y 65 años, 22.300.000 prestan servicio militar
o trabajan en la industria. De las 17.200.000 mujeres, 7.100.000 trabajan todo
el día, en tanto que otras 3.300.000 lo hacen a media jornada. Así pues,
10.400.000 mujeres, el 61% de las inglesas en edad de trabajar, están empleadas
en la industria. En Alemania, en cambio, hay cerca de 31.000.000 de mujeres
entre los 14 y los 65 años, y sólo trabajan, la jornada entera o media jornada,
14.300.000, lo que equivale al 45%. Por lo tanto, el porcentaje de mujeres
ocupadas en Alemania es muy inferior». Así pues, poseíamos todavía una reserva
no utilizada de un 16%, lo que equivalía a 4.900.000 mujeres alemanas.
(Documento 006 Sp del proceso de Nüremberg)
En aquella época yo no sabía aún que antes de comenzar la guerra, en junio de
1939, el subsecretario del Ministerio de Trabajo, Syrup, había presentado al
Consejo de Defensa del Reich un proyecto para movilizar a 5.500.000 mujeres
desocupadas y emplearlas en la industria bélica, en la que ya trabajaban
13.800.000 mujeres. Además, estimaba posible el traslado de 2.000.000 de
mujeres de distintas ramas de la industria a la del metal, a la química y a la
agricultura. (Acta de la sesión celebrada el 23 de junio de 1939 por el Consejo
de Defensa de Reich. Documento n.° 3787 PS del proceso de Nüremberg)
La puesta en práctica del proyecto de 1939 habría bastado para cubrir nuestro
déficit de trabajadores por lo menos hasta 1943.
[143] De la proclama de Sauckel del 20 de abril de 1942. (Documento 016
del proceso de Nüremberg)
[144] Según Webster y Frankland, The Strategic Air Offensive
against Germany (Londres, 1961), vol. IV, página 473, en 1939 había en
Inglaterra 1.200.000 personas empleadas en el servicio doméstico, número que en
junio de 1943 se había reducido a 400.000. En Alemania, esta cifra pasó de
1.582.000 personas el 31 de mayo de 1939 a 1.442.000 el 31 de mayo de 1943.
[145] Estas cifras proceden del discurso que pronuncié el 18 de abril de
1942 ante los consejeros económicos regionales. Frente a una producción de
31.200.000 toneladas de acero en 1942, el armamento llegó a perder 2.800.000
toneladas.
[146] Körner era íntimo amigo y subsecretario de Göering.
[147] Hasta entonces, esta misión había sido desempeñada en el
Ministerio de Economía por el general Hannecken, cuya posición era muy débil,
tanto frente a Hitler como frente a Göering.
[148] Los representantes de la acusación del Tribunal de Nüremberg
consideraron esta reserva a la hora de adoptar decisiones como una prueba de
cargo contra Göering. Durante mi interrogatorio declaré, con la conciencia
tranquila: «No habría podido recurrir a Göering, pues teníamos que realizar un
trabajo práctico». La acusación estimó que mis palabras eran dignas de crédito.
[149] En la primera sesión de la Central de Planificación, celebrada el
27 de abril de 1942, se asignó al armamento del Ejército de Tierra, de la
Luftwaffe y de la Marina una cuota de acero bruto de 980.000 toneladas de los
dos millones de nuestra producción mensual, lo que la aumentaba del 37,5% al
49%; es decir, que la asignación de la Primera Guerra Mundial fue sobrepasada
en un 46,5%. (Acta de la sesión del 27 de abril de 1942) En mayo de 1943
habíamos situado esta cifra en el 52%. (Acta de la sesión del 4 de mayo de
1943) Así pues, en 1943 el armamento recibió 5.900.000 toneladas más de acero
bruto que antes de iniciar mi actividad; debe tenerse en cuenta que también la
producción de acero era superior (1.300.000 toneladas más).
[150] En Wagenführ, Die Deutsche Industrie im Krieg 1939-1945, se
realiza un estudio comparativo de las restricciones para fabricar bienes de
consumo en Inglaterra y en Alemania. Partiendo de un 100% en 1938, en 1940 el
porcentaje continuaba inalterable en Alemania, mientras que en Inglaterra se
había reducido al 87%; en 1941, esta cifra era del 97% en Alemania y del 81% en
Inglaterra y, en 1942, del 88% y del 79%, respectivamente. Debe tenerse en
cuenta que en Inglaterra aún había paro antes de la guerra, por lo que el nivel
de consumo de la población debió de ser más bajo que en Alemania.
[151] Acta de reuniones del Führer del 28-29 de junio
de 1942, punto 11.
[152] Actas de reuniones del Führer del 5-6 de marzo de
1942 (punto 12), 19 de marzo de 1942 (punto 36), 13 de mayo de 1942 (punto 20)
y 18 de mayo de 1942 (punto 9). La Crónica del 21 de mayo de 1942 habla de la
declaración de bancarrota de Dorpmüller y de su oferta de proponerme como
«director absoluto de transportes».
[153] Las explicaciones de Hitler han sido sacadas de una copia escrita
de varias páginas del Acta de reuniones del Führer del 24 de
mayo de 1942.
[154] En 1942 logramos producir 2.637 locomotoras, mientras que en 1941,
debido a la variedad de los tipos fabricados, la cifra fue de 1.918. En 1943
produjimos 5.243, 2,7 veces la cantidad de 1941 y el doble del año precedente.
[155] Acta de reuniones del Führer del 30 de mayo de
1942.
[156] Crónica del 6 de mayo de 1942.
[157] Crónica de 1942: «El ministro regresó en avión a Berlín el 4 de
junio. […] Por la tarde se celebró en la Harnackhaus una conferencia acerca de
la desintegración del átomo, así como sobre el desarrollo de la máquina de
uranio y del ciclotrón».
[158] El 19 de diciembre de 1944 le escribía al profesor Gerlach,
encargado de la dirección del proyecto del uranio: «Puede usted contar en todo
momento con mi apoyo para vencer cualquier dificultad que encuentre en su
trabajo. A pesar del tremendo esfuerzo que exige el armamento de todas los
cuerpos de la nación, aún nos es posible proporcionarle los medios
relativamente modestos (!) que necesita».
[159] En el acta de mi conversación con Hitler del 23 de diciembre
(punto 15) únicamente se consigna: «El Führer ha sido
informado brevemente de la conferencia celebrada sobre la desintegración
atómica y del apoyo que hemos prestado».
[160] Crónicas del 31 de agosto de 1943 y de marzo de 1944. En 1940 se
habían confiscado en Bélgica 1.200 toneladas de mineral de uranio. No se forzó
el incremento de nuestra producción de uranio en Joachimstal.
[161] De 1937 a 1940 el Ejército de Tierra gastó 550 millones de marcos
en el desarrollo del gran cohete, aunque tampoco en este proyecto habría sido
posible tener éxito, ya que el principio de división establecido por Hitler
incluso en el ámbito de la investigación hacía que existieran distintos grupos
que trabajaban de modo independiente y a menudo en direcciones opuestas. Según
la Crónica del 17 de agosto de 1944, además de los tres Ejércitos que componían
la Wehrmacht, otras organizaciones, como las SS, Correos, etc., disponían de
sus propios aparatos científicos. En cambio, en Estados Unidos, por ejemplo,
todos los físicos atómicos estaban reunidos en un mismo organismo.
[162] Según L. W. Helwig: Persönlichkeiten der Gegenwart(1940),
Lenard combatió las «teorías de la relatividad de espíritu extranjero». En su
obra de cuatro volúmenes Die Deutsche Phystk (1935), Helwig
sostiene que la física «ha sido limpiada de todas las excrecencias malignas
que, de acuerdo con lo que establece la doctrina racial, han sido reconocidas
como productos del espíritu judío, que el pueblo alemán debe evitar por no ser digno
de su raza».
[163] Las 94 actas de reuniones del Führer, conservadas
íntegramente con sus 2.222 puntos, ilustran con claridad el alcance de estas
reuniones, después de las cuales yo dictaba a alguien un resumen de los temas
generales, al tiempo que Saur y el resto de mis colaboradores hacían lo propio
en sus respectivas esferas. Sin embargo, estos resúmenes no reflejan con
exactitud lo que pasaba en las reuniones, pues, por razones de autoridad,
preferíamos encabezar los acuerdos adoptados con la fórmula: «El Führer ha
decidido» o «En opinión del Führer», incluso aunque para llegar a
ellos hubiéramos debido discutir fatigosamente con él o cuando lográbamos
presentarle alguna propuesta de manera que no despertase su desconfianza; mi
táctica en este sentido era la misma de Bormann. Según se desprende de las
actas de las reuniones, en 1942 me entrevisté con Hitler veinticinco veces
—veinticuatro en 1943— para conferenciar sobre armamentos. En 1944 las visitas
se redujeron a trece, señal evidente del paulatino descenso de mi relevancia.
En 1945 sólo tuve ocasión de hablar con Hitler dos veces sobre cuestiones de
armamento, pues, a partir de febrero de ese año, le dejé el campo libre a Saur.
Véase también: W. A. Boelcke (ed.), Deutschlands Rüstung im Zweiten
Weltkrieg. Hitlers Konferenzen mit Albert Speer . Francfort del Meno,
1969.
[164] A partir del tanque checo 38 T. En octubre de 1944 traté una vez
más de convencer a Hitler para emplear tanques ligeros: «También en el frente
sudoccidental (Italia) son muy favorables los juicios sobre los Sherman y su
adaptación al terreno. Gracias a su motor, muy potente en relación a su peso,
el Sherman sube pendientes que nuestros especialistas en tanques consideraban
inaccesibles, y su capacidad de adaptación a terreno llano (en la llanura del
Po) es también superior a la de nuestros tanques, según nos informa la XXVI
División Acorazada, que combate en dicha región. El deseo de todos los
conductores de tanques se centra en conseguir carros de combate más ligeros y,
por consiguiente, más manejables y adaptables a todo tipo de terrenos, que
garanticen la necesaria capacidad combativa por la superioridad de sus
cañones».
[165] Del discurso pronunciado por Hitler el 26 de junio de 1944 en el
Obersalzberg ante los industriales.
[166] Esta calamidad comenzó ya en 1942: «Se le han presentado al Führer las
cifras de las piezas de repuesto que los tanques necesitan mensualmente y se le
ha anunciado que las necesidades son tan elevadas que para satisfacerlas será
necesario reducir por el momento la producción de tanques nuevos». (Acta de
reuniones del Führer del 6-7 de mayo de 1942, punto 38)
[167] Las Conversaciones de sobremesa de Picker
permiten hacerse una idea general de los temas que Hitler solía tratar. Sin
embargo, hay que tener en cuenta que es un resumen que reproduce únicamente los
pasajes de los monólogos diarios de Hitler que más llamaron la atención de
Picker; una transcripción completa daría mejor la medida de lo aburridos que
eran.
[168] Una división de montaña intentó avanzar hacia Tiflis por la
antigua vía militar georgiana, cruzando los desfiladeros del Cáucaso. Hitler
consideraba que esta carretera era poco adecuada como vía de aprovisionamiento,
ya que pasaba muchos meses bloqueada por la nieve y los aludes. Una unidad de
esta división fue la que conquistó el Elbrús.
[169] Hubieron de transcurrir todavía algunos meses antes de que Bormann
y Ribbentrop consiguieran el mismo permiso.
[170] Recuerdo que la Escuela de Cadetes fue lanzada al combate cerca de
Astracán.
[171] Estuve en el Obersalzberg del 20 al 24 de noviembre. Hitler se fue
de allí el 22 de este mes para dirigirse a su cuartel general de Rastenburg.
[172] La nueva línea defensiva Oriol-Stalingrado-Terek-Maikop tenía una
longitud 2,3 veces mayor que la línea Oriol-mar Negro, adoptada en primavera
del mismo año.
[173] La experiencia de los combates de retirada de aquel invierno habla
en contra de la teoría de Hitler, aceptada por algunos historiadores, según la
cual el cerco de Stalingrado fue útil porque retuvo durante ocho semanas a las
tropas soviéticas.
[174] El 18 de abril de 1941 Göering ordenó que se reedificara la
Staatsoper de la avenida Unter den Linden, destruida por los ataques de la
aviación enemiga.
[175] Milch dirigió esta operación desde el cuartel general de la Flota
Aérea, instalado al sur de Stalingrado. Gracias a su actividad hubo más vuelos
hasta allí y pudo evacuarse a parte de los heridos. Una vez cumplida su misión,
Milch fue recibido por Hitler; este encuentro terminó en una viva discusión a
causa de la desesperada situación bélica, cuya gravedad Hitler se negaba a
admitir.
[176] Hitler no habría podido evitar que se repartieran esas cartas sin
levantar terribles rumores. Sin embargo, las postales que los prisioneros
alemanes enviaron con autorización de los soviéticos fueron destruidas por
orden suya, según me comunicó Fritzsche en Nüremberg, a pesar de que
constituían la señal de que estaban vivos, o tal vez precisamente por eso:
habrían podido atenuar la imagen terrorífica de los rusos que había creado la
propaganda.
[177] Quince días después de promulgar el decreto de movilización del 8
de enero de 1943, Hitler exigió que se ampliara el programa de tanques.
[178] Reunión de la Central de Planificación del 26 de enero de 1943.
Tenía intención de «transferir un millón de alemanes a las empresas de
producción de armamentos», pero no logré imponerme. Según USSBS, Effects
of Strategic Bombing, que utiliza datos extraídos del «Balance de la
economía de guerra del Departamento Nacional de Estadística alemán», el
personal se distribuía de la forma siguiente:
Mayo de 1943:
Comercio, banca, seguros: 3.100.000
Administración: 2.800.000
Transporte: 2.300.000
Oficios: 3.400.000
Servicios sociales: 1.000.000
Servicio doméstico: 1.400.000
TOTAL: 14.000.000
Mayo de 1944:
Comercio, banca, seguros: 2.900.000
Administración: 2.800.000
Transporte: 2.300.000
Oficios: 3.300.000
Servicios sociales: 900.000
Servicio doméstico: 1.400.000
TOTAL: 13.600.000
La disminución de 400.000 personas debe de corresponder en gran parte a
vacantes por jubilación que no se cubrieron porque las nuevas generaciones
habían sido incorporadas a las filas de la Wehrmacht. Así pues, después de
intentar durante un año y medio que las fuerzas que no participaban
directamente en la contienda fueran incorporadas a la producción de armamentos,
no se consiguió nada.
El 12 de julio de 1944 expuse de nuevo a Hitler mis viejos argumentos: «Los
bombardeos han demostrado que es posible continuar viviendo entre ruinas, sin
hoteles ni fondas, sin locales de esparcimiento, sin viviendas, incluso sin
poder satisfacer las necesidades diarias. Han demostrado que el comercio y las
operaciones bancarias pueden proseguir aunque disminuya su actividad [o] que,
por ejemplo, los viajeros siguen pagando el pasaje aunque no se les facilite
billete porque se han quemado todos; y que incluso las agencias fiscales
continúan percibiendo ingresos a pesar de que los expedientes del Ministerio de
Hacienda están destruidos».
[179] El jefe regional Sauckel, en la reunión celebrada el 8 de enero de
1943 en la Sala de Sesiones del Reich, sostuvo que no era necesario emplear a
mujeres porque había aún mano de obra suficiente. (Crónica)
[180] Incluso Goebbels se mostró vacilante cuando se planteó la cuestión
de los productos de belleza: «Se discutirán numerosas cuestiones (en el debate
público), especialmente las relacionadas con los cuidados de belleza de la
mujer […]. Tal vez haya que ceder un poco en este terreno». (Diario del 12 de
marzo de 1943) La recomendación de Hitler ha sido tomada del Acta de reuniones
del Führer del 25 de abril de 1943, punto 14.
[181] Estas palabras se oponen a la impresión que dan sus diarios de la
época. No cabe duda de que Goebbels pensaba publicarlos después de ganar la
guerra, y quizá por eso sofocara toda crítica a Hitler, aunque puede que
también temiera sufrir algún día una inspección sorpresa de sus papeles
personales.
[182] La disputa entre Göering y Goebbels por el asunto del restaurante
también se vio suavizada por el hecho de que, aunque permaneció cerrado como
tal, pudo reabrirse como club de la Luftwaffe.
[183] Véase también el detallado relato que hace Goebbels en su Diario
al referirse a las reuniones en el Obersalzberg, en el cuartel general y en la
residencia berlinesa de Göering.
[184] Posteriormente, por medio de nuestro inspector de Armamentos para
la Alta Baviera, el general Roesch, pudimos averiguar que Sauckel contabilizaba
a todos los obreros que se destinaban a las fábricas, aunque se demostraran
incompetentes para el trabajo que se les había asignado y fueran rechazados. En
cambio, las fábricas únicamente registraban al personal admitido.
[185] Una dama sufrió quemaduras en un local de baile, y Göering le
calmó el dolor con una inyección de morfina; sin embargo, esta inyección, mal
aplicada, le causó un perjuicio estético irremediable, por lo que la dama
entabló un pleito contra Göering.
[186] A este respecto, el 15 de mayo de 1943 Goebbels escribió en su
Diario inédito: «Él (Hitler) ha estado deliberando todo el día con los
responsables de la industria armamentista sobre las medidas que debíamos
adoptar. Esta entrevista con el Führer pretendía compensar la
última y desafortunada reunión con Göering, en la que este se comportó con una
absoluta falta de tacto y ofendió gravemente a los industriales. El Führer ha
vuelto a arreglar la situación».
[187] Keitel estableció que: «Todos los prisioneros de guerra hechos en
el Este a partir del 5 de julio de 1943 serán enviados a los campos de
prisioneros del Alto Mando de la Wehrmacht, donde debe encontrárseles una
utilidad de inmediato o, en caso contrario, serán empleados en las minas». Cita
del interrogatorio al general soviético Raginsky. (Documento USA 455)
Las reacciones de Hitler eran impredecibles. Por ejemplo, el 19 de agosto de
1942, durante el desembarco en Dieppe, los soldados canadienses mataron a unos
cuantos obreros de la Organización Todt que estaban construyendo búnkers.
Seguramente los tomaron por funcionarios políticos, ya que llevaban uniformes
pardos y brazales con la cruz gamada. En el cuartel general del Führer,
Jodl me llevó aparte y me dijo: —Creo que será mejor que no informemos de esto
al Führer, pues si se entera ordenará represalias.
Pero como olvidé advertírselo a mi representante en la Organización Todt, Xaver
Dorsch, este informó a Hitler de lo ocurrido. Al contrario de lo que habíamos
supuesto, se mostró accesible a los argumentos de Jodl, que atribuía el suceso
a un lamentable descuido del Alto Mando de la Wehrmacht, el cual no había
comunicado al enemigo, a través de Suiza, qué uniforme usaba la Organización
Todt; se ocuparía enseguida de remediarlo. Hitler rechazó mi propuesta de
renunciar al brazal con la cruz gamada.
[188] Los preparativos duraron varios meses, por lo que ya no había
tiempo de realizar los trabajos de fortificación antes del invierno. Según
consta en el Acta de reuniones del Führer del 8 de julio de
1943 (punto 14), Hitler ordenó que a partir de la primavera de 1944 se
dedicaran al nuevo frente del Este unos 200.000 m3 de hormigón
mensuales durante seis o siete meses. Según el Acta de reuniones del 13-15 de
mayo de 1943 (punto 14), la Muralla del Atlántico consumía 600.000 m3 de
hormigón al mes. Hitler llegó incluso a mostrarse conforme con que «en la
Muralla del Atlántico se emplearan cantidades menores».
[189] A primeros de octubre de 1943, Hitler seguía sin estar de acuerdo
«con el establecimiento de una línea firme detrás del Dniéper», a pesar de que
las tropas soviéticas ya habían cruzado el río unos días antes (Protocolo
del Führer del 30 de septiembre-1 de octubre de 1943, punto
27).
[190] El 16 de diciembre de 1943, Jodl describió en su diario inédito el
descubrimiento de este acto arbitrario: «Dorsch ha informado del empleo de
hombres de la Organización Todt en la posición del Bug sin conocimiento
del Führer. […] El Führer se mostró airado ante el
ministro Speer y ante mí sobre el ánimo derrotista del Estado Mayor de
Manstein, del que le había informado el jefe regional Koch».
[191] Debido a los corrimientos de tierra, hubo que proyectar una
construcción de hierro particularmente sólida que habría requerido grandes
cantidades de valioso acero. Además, como expuso Zeitzler en las reuniones
estratégicas, y dada la deficiencia de las líneas de ferrocarril de Crimea, el
transporte de los materiales necesarios para construir semejante puente haría
que disminuyeran los refuerzos que podrían enviarse al frente.
[192] Se trata de la batalla naval del 31 de diciembre de 1942, en la
que, en opinión de Hitler, los cruceros Lützow y Hipper claudicaron frente a
fuerzas inglesas más débiles. En esta ocasión, Hitler reprochó a la Marina su
falta de espíritu combativo.
[193] Nuestros esfuerzos por racionalizar la construcción de submarinos
tuvieron éxito: se tardaban once meses y medio en hacer un submarino de los
antiguos. El montaje por secciones del nuevo modelo redujo a dos meses el
tiempo necesario para que el submarino, listo para navegar, pudiera abandonar
el astillero, amenazado por los ataques aéreos. (Según datos suministrados por
Otto Merker el 1 de marzo de 1969)
[194] A pesar de la desorganización que empezó a hacerse notar en
invierno de 1944, el programa de la Marina siguió funcionando a pleno
rendimiento y de enero a marzo de 1945 se suministraron 83 submarinos. Según el
informe del B.B.S.U., The effects of Strategic Bomhing in the
Production of Germán U-Boats , en el mismo período fueron destruidos
en los astilleros 44 submarinos, y la cifra total de pérdidas (incluidas las de
los astilleros) fue de un promedio de 42 mensuales durante el primer trimestre
del año 1945. Por otra parte, y debido a los ataques aéreos, el índice de
construcción de buques de altura se redujo de 181 en 1943 a 166 en 1944, es
decir, en un 9%.
[195] Sería de suponer que a lo largo de los años Hitler habría
adquirido experiencia suficiente para saber cómo reaccionaría su entorno ante
ese tipo de observaciones. Nunca he sabido si era capaz de pensar en ello. A
este respecto, a veces me parecía un verdadero necio…, o un misántropo que
negaba que eso tuviera importancia. También puede que creyera que podía
remediarlo en cualquier momento.
[196] El 7 de julio de 1944 el doctor G. Klopfer, subsecretario de
Bormann, afirmó bajo juramento: «Bormann decía repetidamente que Speer era un
enemigo declarado del Partido y que incluso aspiraba a suceder a Hitler».
[197] El United States Strategic Bombing Survey calcula en un 9% las
pérdidas de 1943 (Area Studies División Report, tablas P y Q, pág. 18),
Ante la producción de 11.900 tanques de tipo medio en 1943, por ejemplo, eso
equivaldría a una pérdida de cerca de 1.100 tanques.
[198] Gracias a la precisión de su puntería, nuestro cañón antiaéreo de
8,8 cm se había convertido precisamente en Rusia en uno de los antitanques más
eficaces y temidos. De 1941 a 1943 se fabricaron 11.957 cañones antiaéreos
pesados, de calibres comprendidos entre 8,8 y 12,8 cm, que tuvieron que
emplearse en su mayor parte contra la aviación en Alemania o en zonas de
retaguardia. Por lo que se refiere a los cañones antitanque pesados (de un
calibre de 7,5 cm o superior), entre 1941 y 1943 se suministraron 12.006
unidades, de las que 1.155 correspondían al calibre de 8,8 cm. En 1943, los
antitanques recibieron sólo 12.900.000 proyectiles, y otros 14.000.000 (de 8,8
cm o más) se destinaron a aumentar la munición antiaérea.
[199] Hubo un notable déficit de equipos de transmisiones para el
Ejército de Tierra, como por ejemplo de los de tipo mochila que usaban los
soldados de infantería y de los fonómetros utilizados por la artillería.
Además, el desarrollo de este tipo de aparatos tuvo que ser parcialmente
desatendido a causa de la batalla antiaérea.
[200] Acta de reuniones del Führer del 4 de junio de
1942, punto 41: «El asunto de la conversación telefónica entre el mariscal del
Reich y Grohé ha sido tratado con el Führer en la forma
deseada por el mariscal del Reich».
[201] Protocolo del Führer del 30 de mayo de 1943,
punto 16. Hicimos venir inmediatamente a especialistas de todas las regiones de
Alemania, que se ocuparon de secar las bobinas eléctricas y confiscaron todos
los motores similares existentes en otras fábricas, aun a costa de paralizar la
maquinaria. Así se hizo posible que en unas semanas la industria del Ruhr
dispusiera de agua.
[202] El embalse del valle del Möhn tenía una capacidad de 134.000.000
m 3; el del valle del Sorpe, de 71.000.000. En caso de fallar
este último, los restantes embalses del Ruhr sólo podían almacenar 33.000.000 m3,
es decir, el 16% del agua necesaria, que no habría bastado ni siquiera para un
funcionamiento de emergencia de las industrias del Ruhr. Según un informe del
ingeniero Walter Rohland (jefe del Estado Mayor del Ruhr en los últimos meses
de la guerra) del 27 de febrero de 1969, la producción del Ruhr habría
disminuido un 65%, por falta de agua para refrigerar los altos hornos y las
fábricas de coque, si hubiesen quedado fuera de servicio todos los embalses de
la cuenca. En efecto, el fallo transitorio de las instalaciones bombeadoras
redujo notablemente la producción de gas porque las fábricas de coque quedaron
paralizadas, y a las grandes empresas sólo se les pudo suministrar entre un 50
y un 60% del que necesitaban. (Crónica del 19 de mayo de 1943)
[203] Según Charles Webster y Noble Frankland, The Strategic Air
Offensive against Germany, vol. II, después de que el quinto avión
destruyera la presa del valle del Möhn, los ataques aéreos se dirigieron contra
la del valle del Eder, que servía sobre todo para nivelar el agua del canal
medio y mantener su navegabilidad durante el verano, y, cuando esta quedó
destruida, dos aviones atacaron la presa del Sorpe. No obstante, el mariscal
del Aire Bottomley había propuesto el 5 de abril de 1943 que se atacara primero
las presas del Móhn y del Sorpe y después la del Eder. Al parecer, las bombas
que se habían preparado especialmente para aquella operación no se consideraron
adecuadas para destruir la presa de tierra del embalse del Sorpe.
[204] Véanse las Actas de reuniones del Führer del 30
de septiembre y del 1 de octubre de 1943, punto 28, y la Crónica del 2 de
octubre de 1943.
[205] Crónica del 23 de junio de 1943: «La elección, en parte acertada,
de los objetivos de los aviadores ingleses obligó al ministro a intervenir para
determinar los de la aviación alemana. Según manifestaron los oficiales de la
Luftwaffe competentes, hasta entonces su Estado Mayor no había tenido lo
bastante en cuenta las consideraciones estratégicas respecto a los puntos de
producción de armamento. El ministro ha constituido una comisión a la que
pertenecen el doctor Rohland (experto en la industria del acero), el director
general Pleiger (responsable de la industria del carbón) y el general Waeger
(jefe de la Sección de Armamentos); se encarga de la gerencia el doctor Cari
(de la Comisión de Energía), reclamado por el Ejército de Tierra para este
fin». El 28 de junio comuniqué a Hitler que se había formado la comisión. (Acta
de reuniones del Führer, punto 6)
[206] Por ejemplo, la industria de la cuenca del Dniéper dependía de una
única gran central eléctrica. Según un comunicado del ingeniero Richard
Fischer, delegado para el suministro de energía, del 12 de febrero de 1969, una
reducción del 70% de este suministro habría paralizado prácticamente la
producción industrial, ya que el resto se destinaba a atender las necesidades
diarias.
La distancia de Smolensk, que entonces aún era zona alemana de retaguardia,
hasta las centrales de energía de Moscú era de unos 600 ó 700 km, y hasta los
Urales había 1.800 km.
[207] Véase Hermann Plocher, The German Air Force versus Russia
1943 (Air University, 1967), pág. 223 y siguientes.
[208] Acta de reuniones del Führer de 6-7 de diciembre
de 1943, punto 22: «Se ha informado al Führer de la propuesta
elaborada por el doctor Cari sobre el ataque contra Rusia y se le han
facilitado los documentos pertinentes para que los inspeccione. El Führer ha
subrayado una vez más el acierto de mi plan, que prevé una sola acción
sorpresa, en tanto que no le parece adecuada la proposición de la Luftwaffe de
dividirlo en tres acciones independientes».
[209] Véase la Crónica de mediados de junio de 1944: «El sistematismo
con que el enemigo ataca ciertos sectores de la producción de armamentos es un
fenómeno reciente. El conocimiento de los propios puntos débiles en este sector
ha impulsado al ministro a inspeccionar la economía rusa. También allí existen
objetivos cuya destrucción paralizaría en gran parte la producción de
armamentos. Hace un año que el ministro intenta que la Luftwaffe actúe en este
sentido, aunque para ello hubiera que exigir una operación sin retorno».
Acta de reuniones del Führer del 19 de junio de 1944, punto
37: «El Führer considera decisiva para el curso de la guerra
la destrucción de las centrales de energía de los Urales y del curso superior
del Volga. Sin embargo, no cree que en la actualidad dispongamos de bastantes
aviones de combate con suficiente autonomía».
El 24 de junio de 1944 rogué a Himmler, que ya en marzo había mostrado interés
por el proyecto, que recibiera a mi especialista, el Dr. Cari, a ser posible en
mi presencia. Se trataba de conseguir voluntarios para un vuelo sin retorno.
Después del ataque, los pilotos deberían saltar en paracaídas en territorios
apartados y tratar de abrirse paso hasta las líneas alemanas.
[210] El 25 de julio, poco después de medianoche, Hamburgo fue atacada
por 791 aviones ingleses. El 25 y el 26 de julio, 235 bombarderos americanos
efectuaron ataques diurnos. El día 27, 787 aviones británicos realizaron un
segundo ataque nocturno, el 29 la ciudad sufrió el tercero, efectuado por 777
aviones ingleses, y, finalmente, 750 bombarderos británicos cerraron el 2 de
agosto esta serie de durísimos ataques contra una sola ciudad.
[211] Al día siguiente comuniqué a los colaboradores de Milch (reunión
con los generales de la Luftwaffe, 3 de agosto de 1943) unos temores similares:
«La industria de suministros corre el riesgo […] de desplomarse por completo.
Llegará un día en que los aviones, tanques o camiones se quedarán parados por
falta de piezas». Diez meses después dije a los trabajadores de los astilleros
de Hamburgo: «Entonces ya nos dijimos: si esto sigue así un par de meses,
estaremos acabados; será imposible fabricar más armamento». (Crónica)
[212] Según el «Informe estadístico de urgencia sobre la producción de
guerra (enero de 1945)», el número total de rodamientos fabricados descendió de
9.116.000 unidades a 8.325.000 después del ataque del 17 de agosto de 1943.
Como la producción había marchado a pleno rendimiento durante la primera
quincena de agosto, tuvo que descender a 3.750.000 en la segunda mitad del mes,
es decir, en un 17%. El 52,2% de la producción estaba concentrada en
Schweinfurt, por lo que este ataque supuso la paralización del 34%. En julio se
fabricaron 1.940.000 rodamientos de entre 6,3 y 24 cm de diámetro.
[213] Respuesta a un cuestionario de la RAF del 22 de junio de 1945
sobre las «consecuencias de los ataques aéreos», pág. 20.
Del libro de Charles Webster y Noble Frankland, The StrategicAir
Offensive against Germany (vol. II, pág. 62 y siguientes), se
desprende que el jefe de las operaciones de bombardeo de la RAF, el Commodore Bufton,
conocía perfectamente la importancia de Schweinfurt. Dos días antes del primer
ataque escribió al mariscal Bottomley que al ataque diurno americano debería
seguirle otro nocturno, y que a la tripulación de los aviones atacantes se les
debía leer el siguiente texto antes del despegue: «Puede que la Historia
demuestre que el ataque nocturno que realizaremos hoy, después del bombardeo
diurno que está teniendo lugar en estos momentos, constituyó uno de los
principales combates de esta guerra. Si ambos ataques tienen éxito, es posible
que se quiebre la resistencia de Alemania y que la guerra termine así más
rápidamente que por cualquier otro medio. Todos los mecanismos necesitan rodamientos,
que son muy sensibles a la acción del agua y el fuego, y podemos convertir
millones de rodamientos en chatarra». Las tripulaciones atacantes tenían «la
posibilidad de contribuir más en una sola noche a la finalización de la guerra
que cualquier otro soldado».
Pero el mariscal Harris se empeñó en proseguir su serie de ataques contra
Berlín. De entre una lista de objetivos de igual importancia citaba, junto a
Schweinfurt, ciudades con fábricas de aviones (Leipzig, Gotha, Augsburgo,
Brunswick, Wiener-Neustadt, etc.).
[214] En realidad lograron abatirse 60 de los 291 aviones atacantes.
Tras el segundo ataque del 14 de octubre de 1943, la producción, comparada con
la de julio, sufrió una merma total del 32%, reduciéndose en un 60% la
capacidad de Schweinfurt. Entre los rodamientos de diámetros comprendidos entre
6,3 y 24 cm se produjo una pérdida del 67 % en la producción total alemana.
[215] En algunos aparatos pudimos ahorrar más del 50% de los
rodamientos.
[216] El mariscal Harris se opuso, con éxito, a que prosiguieran los
ataques contra Schweinfurt señalando que ataques similares contra los embalses
del Ruhr, una mina de molibdeno y una planta hidrogenadora no habían dado
resultado; olvidaba que el fracaso sólo era debido a que no habían seguido
atacando de manera consecuente. El 12 de enero de 1944, el mariscal Bottomley
sugirió al mariscal Charles Portal que diera a Sir Harris la orden de que
«Schweinfurt fuera destruida en el plazo más breve posible». El 14 de enero se
comunicó a Harris que tanto el Estado Mayor del Aire americano como el inglés
estaban convencidos de que la estrategia de «atacar determinados centros
industriales clave cuya vulnerabilidad e importancia crucial para los esfuerzos
bélicos del enemigo fueran conocidas» era eficaz. Sir Harris volvió a
protestar; el 27 de enero hubo que ordenarle que bombardeara Schweinfurt.
(Según Charles Webster, op. cit.)
La orden no fue ejecutada hasta el 21 de febrero de 1944, cuando americanos e
ingleses efectuaron ataques combinados diurnos y nocturnos.
[217] La producción de rodamientos de diámetros superiores a 6,3 cm pasó
de 1.940.000 unidades (julio de 1943) a 558.000 en abril de 1944. En esa fecha,
la cifra total de rodamientos se había reducido a 3.384.000 unidades (9.116.000
en julio de 1943), es decir, a un 42%. Al hablar de las cifras de producción de
abril de 1944, hay que tener en cuenta que el enemigo nos dio un mes entero
para recuperarnos sin dificultades, por lo que la destrucción debió de ser
mucho mayor. Tras aquellos ataques, la industria de rodamientos no volvió a
sufrir daños. Por consiguiente, en mayo pudimos aumentar la producción de los
de diámetro superior a 6,3 cm en un 25% respecto al mes de abril, llegando a
fabricar 700.000 unidades, cifra que en junio aumentó hasta 1.003.000, con lo
que nos situamos en el 80% de la capacidad productiva. En septiembre fabricamos
1.519.000 unidades, equivalentes al 78% de la producción primitiva. En
septiembre de 1944 se fabricaron 8.601.000 rodamientos de todos los calibres,
es decir, llegando al 94% del total previo a los ataques.
[218] Quizá el Estado Mayor de los ejércitos del Aire enemigos
sobres-timase la repercusión de sus ataques. A nosotros nos sucedió lo mismo:
después de lanzar, en otoño de 1943, un ataque aéreo contra una fábrica
soviética de buna, el Estado Mayor de la Luftwaffe concluyó, a partir de las
fotos aéreas, que la producción quedaría paralizada durante varios meses.
Mostré estas fotografías a nuestro especialista en buna, Hoffmann, director de
una fábrica de este material en Hüls, cuyas instalaciones habían sufrido ataques
mucho más duros. Tras señalar diversos puntos clave que permanecían intactos,
me explicó que la fábrica recuperaría el pleno rendimiento entre ocho y quince
días después.
[219] Según el «índice de la producción alemana de armamentos», enero de
1945.
[220] En los dos meses que siguieron al primer ataque contra Schweinfurt
no se hizo nada. «El ministro expresó con palabras muy duras su descontento por
las medidas adoptadas hasta la fecha. La ayuda era urgente y prioritaria. […]
Al observar los daños y sus consecuencias en la producción de armamentos,
señaladas por el ministro, todas las partes mostraron muy buena disposición,
incluso los jefes regionales afectados, que tenían que tolerar desagradables
intervenciones en sus territorios para el traslado de industrias». (Crónica del
18 de octubre de 1943)
[221] Crónica del 7 y del 11 de enero de 1944.
[222] (No) dispone de la mano de obra necesaria para llevar a cabo tales
traslados, pues los Departamentos que han de facilitarla no han obedecido las
órdenes dadas en este sentido. (!)» Unos meses antes, el 10 de marzo de 1944,
expuse a la Comisión lo siguiente: «Es extraordinariamente difícil popularizar
la fabricación de rodamientos. Aún no hemos logrado dar a entender a la gente
que son tan importantes como los tanques y cañones. En mi opinión, hay que
insistir más en ello. No es cosa de ningún Estado Mayor, sino una vieja
preocupación mía, que vuelve una y otra vez: nada de conceptos
propagandísticos». En el Tercer Reich, ni siquiera en tiempos de guerra bastaba
con haber recibido una orden. También nosotros dependíamos de la predisposición
de los interesados.
[223] Informe del DNB del 21 y 22 de agosto de 1943.
[224] Del 28 de julio de 1941 hasta el 20 de marzo de 1943, es decir, en
21 meses, Hitler interrumpió cuatro veces su estancia en Rastenburg, de donde
se alejó un total de 57 días. El 20 de marzo de 1943, por orden de su médico,
se tomó unas vacaciones y pasó tres semanas en el Obersalzberg, y después
continuó trabajando durante nueve meses en Rastenburg. Luego, a partir del 16
de marzo de 1944, completamente agotado, pasó cuatro meses entre el
Obersalzberg y Berlín. (Domarus: Hitlers Reden, vol. IV, Munich,
1965)
[225] Véase E. Brun, Allgemeine Neurosenlehre (Teoría general
sobre la neurosis ), 1954: «Él (el paciente) ya no regulaba
automáticamente su necesidad de recuperación física y mental y se mostraba
insensible al sobreesfuerzo. […] A la voluntad consciente se opone un “no”
subconsciente cuya voz se intenta sofocar mediante un exceso de celo incesante
y compulsivo. La extrema fatiga que se va imponiendo gradualmente y que
desaparecería muy pronto si se intercalaran las pausas necesarias para
descansar, se hace general por obra de unos “abogados del diablo” inconscientes
cuyo objeto es camuflar unos sentimientos de inferioridad profundamente
arraigados».
[226] Desde el principio de la guerra llevaba uniforme militar en lugar
del político, y había prometido al Reichstag que no se despojaría de él hasta
que terminara la contienda, igual que hizo en su día Isabel la Católica, que
juró no mudarse la camisa hasta que su país quedara por completo liberado de
los moros.
[227] Acta de reuniones del Führer del 13 al 15 de
noviembre de 1943, punto 10: «La reconstrucción del Teatro Nacional y del
Prinzregenten-theater de Munich serán apoyadas por el Ministerio». Las obras no
pudieron terminarse.
[228] A la industria de explosivos le costó grandes esfuerzos satisfacer
la creciente demanda de munición para el Ejército de Tierra y la artillería
antiaérea. El índice de producción de explosivos fue de 103 en 1941,131 en
1942, 191 en 1943 y 226 en 1944; el de municiones, incluidas las bombas, fue de
102 en 1941, 106 en 1942, 247 en 1943 y 306 en 1944. Aunque ambos índices no
sean exactamente comparables, no dejan de mostrar que no se habría dispuesto de
suficientes explosivos para más bombas.
[229] Acta de reuniones del Führer del 18 de junio de 1943: «Se ha hecho
notar al Führer que constituye una necesidad imperiosa que visite la cuenca del
Ruhr. Ha prometido que lo hará en cuanto disponga de tiempo para ello». También
Goebbels anotó un mes más tarde en su Diario (25 de julio de 1943): «Por encima
de todo, en estas cartas se pregunta una y otra vez por qué el Führer no
acude a visitar los territorios más duramente afectados por los bombardeos».
[230] El tráfico transcontinental pretendía trasladar en unos cuantos
trenes cantidades similares a las que transportaría un buque de carga, porque
Hitler opinaba que las comunicaciones marítimas nunca eran lo bastante seguras
y no podían garantizarse en tiempo de guerra. También hubo que incorporar al
proyecto, ya terminado, de las instalaciones ferroviarias de las ciudades de
Berlín y Munich una vía férrea suplementaria para el nuevo ferrocarril.
[231] El 26 de junio de 1944, Hitler se felicitó a sí mismo ante los
directores de las industrias diciendo: «Sólo sé una cosa, y es que hacen falta
nervios de acero y una increíble determinación para resistir en tiempos como
estos y adoptar decisiones que siempre son de vida o muerte… Otro en mi lugar
no habría podido hacer todo lo que yo he hecho, no habría tenido bastante
nervio».
[232] Ciertas anotaciones del Diario de Goebbels reproducen ideas de
Hitler expresadas en los mismos términos. Así, por ejemplo, el 10 de septiembre
de 1943 escribe: «Lo que ahora habría que considerar como una gran desgracia,
podría ser una gran suerte en el futuro. Durante la lucha por nuestro
Movimiento y por nuestro Estado se ha probado una y otra vez que las crisis y
los reveses, vistos en términos históricos, han terminado repercutiendo siempre
a nuestro favor».
[233] Crónica de 1943: «El ministro, actuando con rapidez, consiguió en
el cuartel general un decreto del Führer que lo facultaba
plenamente para aprovechar la capacidad italiana para fabricar armamento. La
firma de este decreto por parte del Führer, que ya se había
efectuado el 12 de septiembre, se repitió el 13 del mismo mes, con objeto de
poner de manifiesto que la liberación del Duce no influía en
absoluto en los plenos poderes concedidos al ministro. El ministro temía que la
formación de un nuevo Gobierno fascista en Italia le impidiera aprovechar la
industria italiana para fabricar armamento alemán».
[234] Se había planeado reemprender la extracción de carbón en Ucrania
en abril de 1942 y construir una fábrica de municiones cerca del frente. Los
éxitos militares de la Unión Soviética dieron al traste con el proyecto a fines
de agosto de 1943.
En el llamado Protectorado de Bohemia y Moravia, que se encontraba de hecho
bajo la soberanía de las SS, a las que nadie osaba tocar, se producían los
objetos más diversos para sus formaciones. En verano de 1943, el Ministerio
estableció un plan para fabricar cada mes 1.000 tanques ligeros más empleando a
los especialistas y las máquinas existentes en esa región. Hitler ordenó a
Himmler, aunque no lo hizo hasta octubre de 1943, que paralizase la producción
para las SS y que concediese a las organizaciones armamentistas las mismas
atribuciones de las que ya gozábamos en Alemania. (Crónica de 8 de octubre de
1943) No pudimos emplear esta región industrial hasta fines de 1943, y la
producción de los denominados «tanques checos» no comenzó hasta mayo de 1944,
mes en que se fabricaron 66 unidades, cifra que ascendió 3387 en noviembre de
1944.
[235] Crónica de 23 de julio de 1943: «El ministro propuso resolver la
situación estableciendo industrias protegidas que debían estar a salvo de la
retirada de obreros y que, por consiguiente, habrían de constituir un estímulo
para los franceses».
[236] Véase el Acta de reuniones del Führer del 11-12
de septiembre de 1943, punto 14.
[237] Crónica del 17 de septiembre de 1943: «La última conversación tuvo
lugar en la residencia de invitados del Gobierno del Reich después de la cena y
una vez que el ministro se entrevistara en privado con Bichelonne, quien había
solicitado hacerlo para tratar el asunto Sauckel. Su Gobierno le había
prohibido hablar oficialmente sobre este tema». En la Central de Planificación,
el 1 de marzo de 1944 Kehrl informa: «De esta discusión (Bichelonne-Speer)
nació la idea de las empresas que habrían de quedar protegidas de Sauckel. Esta
idea se apoya en la palabra dada solemnemente por Alemania a través de la firma
de mi ministro».
[238] El 1 de marzo de 1944, Sauckel confirmó este punto ante la Central
de Planificación: «Para mí resulta muy difícil estar como alemán en Francia
cuando la situación implica, a ojos de los franceses, que la industria
protegida de Francia lo está de las intervenciones de Sauckel».
[239] Véase la Crónica de 21 de septiembre de 1943.
[240] Véase el Acta de reuniones del Führer de 30
septiembre-1 de octubre de 1943, punto 22.
[241] Véase el documento de Nüremberg R. F. 22. El 27 de junio de 1943,
Sauckel escribía a Hitler: «Por ello le ruego, Mein Führer ,
que dé su conformidad a mi proyecto de trasladar al Reich, antes de que termine
el año, a otros 500.000 franceses y francesas». Según una nota de su
colaborador, el Dr. Stohfang, del 28 de julio de 1943, Hitler accedió a su
petición.
[242] Un ejemplo grotesco muestra hasta qué punto los jefes regionales,
en cuanto subordinados directos de Hitler, se saltaban las decisiones de las
autoridades del Reich. En Leipzig se hallaba la central de todo el comercio
alemán de pieles, dependiente del Reich. Un día Mutschmann, jefe regional de
esta ciudad, comunicó al director de la central mencionada que había nombrado a
un amigo como sucesor suyo. El ministro de Economía protestó enérgicamente,
pues los directores de las centrales dependientes del Reich sólo podían ser
nombrados por Berlín. El jefe regional ordenó sin más preámbulos que el
director dejara su cargo al cabo de unos días, y el ministro de Economía tuvo
que tomar una decisión totalmente absurda y envió camiones desde Berlín para
trasladar a esta ciudad la sede del comercio de pieles, incluyendo todos los
expedientes y al propio director.
[243] No supe nada de esto hasta que el jefe regional Kaufmann me habló
del asunto a mediados de mayo de 1944; entonces protesté inmediatamente ante
Hitler. (Más detalles en el capítulo XXIII)
[244] Hitler se enteraba demasiado tarde de esos proyectos; además,
siempre se podía alegar a posteriori que el edificio amenazaba
ruina. Ocho meses más tarde, el 26 de junio de 1944, protesté ante el jefe
nacional Bormann: «En varias ciudades se está deseando derribar edificios y
monumentos de valor histórico y artístico dañados por las bombas. Por una
parte, estas intenciones se justifican alegando que los edificios han quedado
en ruinas o que no pueden reconstruirse; por otra, se cree que es el momento de
realizar depuraciones urbanísticas. Le quedaría muy agradecido si informara
mediante una circular a los jefes regionales de que en principio los monumentos
históricos, aunque estén en ruinas, deben conservarse a toda costa. Además, le
ruego que comunique también a los jefes regionales que esos monumentos
culturales no se podrán derribar hasta que los planes de reconstrucción de las
ciudades y, con ellos, el destino de los edificios emblemáticos sean decididos
definitivamente por el Führer».
Al mismo tiempo, y a pesar de la escasez de medios, ordené proporcionar
material y mano de obra para evitar que los numerosos monumentos dañados
siguieran deteriorándose. Intenté lo mismo en Francia y en el norte de Italia a
través de la Organización Todt.
[245] De mi discurso del 30 de noviembre de 1943 sobre los fundamentos
básicos de la planificación: «Los centros urbanos no deben reconstruirse según
ideas artísticas; al contrario, debe aspirarse a evitar la congestión de las
ciudades a causa del tráfico, como sucedía antes de la guerra y como sucederá
en el futuro en mayor medida… Evidentemente, la planificación debe efectuarse
con el mayor ahorro posible».
En la circular que dirigí a los jefes regionales el 18 de diciembre de 1943
añadía: «La desmovilización exigirá grandes proyectos para ocupar a la gran
cantidad de mano que quedará libre. […] Si se toman a tiempo las necesarias
decisiones urbanísticas, garantizaremos que después de la guerra no se pierda
un tiempo precioso o que haya que adoptar medidas que obstaculicen el adecuado
desarrollo urbanístico de nuestras ciudades. […] Si se construyen siguiendo el
mismo método que se ha aplicado hasta ahora al armamento, cada año se edificará
un elevado el número de viviendas, por lo que las superficies calificadas por
la planificación urbanística no deberán demasiado pequeñas. […] Sin una
adecuada previsión, al terminar la guerra habría que adoptar medidas
apresuradas que resultarían incomprensibles en el futuro».
[246] Véase también Manstein, Aus einem Soldatenlehen, Bonn,
1958.
[247] De mi informe «La importancia de Níkopol y de Krivoi Rog para la
producción alemana de hierro», del 11 de noviembre de 1943.
[248] De mi informe «Los metales para aleaciones en la industria de
armamentos y la importancia de las aportaciones de cromo de los Balcanes y de
Turquía», del 12 de noviembre de 1943.
[249] Véase el acta de la conversación telefónica mantenida entre Hitler
y Saur el 20 de diciembre de 1943, impresa en las reuniones estratégicas de
Hitler.
[250] Véase la Crónica del 13 de octubre de 1943: «El punto que más
irritó a los jefes de Sección fue el plan del ministro de asignarles uno o
varios adjuntos procedentes de la industria. […] Como esta reordenación no
estaba basada en cuestiones puramente técnicas, sino en aptitudes personales,
los ánimos se caldearon».
[251] Se trata del doctor Gerhard Frank y de Erwin Bohr.
[252] Además de Dönitz, al que se asignó el mismo aparato, yo era el
único que aún podía utilizar regularmente el avión para mis desplazamientos;
los demás ministros ya no disponían de aviones especiales. El propio Hitler
sólo volaba en contadas ocasiones, mientras que Göering, como antiguo piloto,
tenía cierta aversión a volar en aquellos «aparatos modernos».
[253] Acta de reuniones del Führer del 28-29 de junio
de 1942, punto 55: «El Führer ha declarado de manera
categórica que nunca estará conforme con la fabricación de ametralladoras
mientras no se disponga de munición para los fusiles. Por lo demás, está
plenamente convencido de que el fusil […] es mejor para este cometido».
El programa de infantería fue impulsado el 14 de enero de 1944, dos semanas
después del viaje a Laponia. Significó los siguientes incrementos:
Producción media mensual
Total fusiles
1941: 133.000
1943: 209.000
Noviembre 1944: 307.000
Fusiles de asalto 44 (ametr.)
1941: -
1943: 2.600
Noviembre 1944: 55.100
Nuevo fusil 41 y 43
1941: -
1943: 7.900
Noviembre 1944: 32.500
Ametr. 42 y 43
1941: 7.100
1943: 14.100
Noviembre 1944: 28.700
Total munición de fusil adic.
1941: 76.000.000
1943: 203.000.000
Noviembre 1944: 486.000.000
Munición para fusil de asalto 44
1941: -
1943: 1.900.000
Noviembre 1944: 104.000.000
Granadas para fusil
1941: -
1943: 1.850.000
Noviembre 1944: 2,987.000
Minas
1941: 79.000
1943: 1.560.000
Noviembre 1944: 3.820.000
Granadas de mano
1941: 1.210.000
1943: 4.920.000
Noviembre 1944: 3.050.000
Cartuchos
1941: -
1943: 29.000
Noviembre 1944: 1.084.000
[254] Crónica del 4 de enero de 1944: «El ministro tenía la esperanza de
evitar, con ayuda de Himmler y Keitel, que Sauckel reemprendiera sus
actividades, por lo que celebró una reunión con el jefe nacional de las SS,
Waeger (jefe de la Oficina de Armamentos), Schmelter (Sección de Trabajo),
Jehle y Kehrl (jefe de la Oficina de Planificación) para debatir la orden de
envío de trabajadores franceses a Alemania».
[255] Transcripción de Lammers del 4 de enero de 1944 (US. Exhibit 225):
«El ministro del Reich Speer declaró que necesitaba 1.300.000 trabajadores más,
si bien ello dependía de que fuera posible aumentar la extracción de mineral de
hierro. En caso contrario, no necesitaría mano de obra adicional. Sauckel
declaró que en 1944 debería proporcionar un mínimo de dos millones y medio de
personas, aunque la cifra podía llegar a los tres millones, pues de lo
contrario se produciría un descenso en la producción… Decisión de Hitler: El
delegado general del Trabajo debe aportar, por lo menos, cuatro millones de
trabajadores procedentes de los territorios ocupados».
[256] Mediante un telegrama que dirigí el 4 de enero de 1944 a mi
delegado en París (documento 04 Spe de Nüremberg) y un escrito que envié a
Sauckel con fecha 6 de enero de 1944 (05 Spe).
La sentencia dictada por el Tribunal Militar Internacional de Nüremberg
estableció: «Los empleados en estas empresas protegidas no podían ser enviados
a Alemania, y todo obrero que recibiera la orden de trasladarse a este país
podía evitar la deportación si acudía a trabajar a una de estas empresas
protegidas… (Como circunstancia atenuante) hay que admitir que el
establecimiento de industrias protegidas por parte de Speer mantuvo en la
patria a muchos trabajadores […]»
[257] Crónica de enero de 1944.
[258] También el rey Leopoldo III de Bélgica y el gran industrial belga
Danny Heinemann recurrieron a Gebhardt por problemas de rodilla.
En el proceso de Nüremberg averigüé que Gebhardt había realizado experimentos
con internados en los campos de concentración.
[259] Según el Plan número 5 del Führer, del 29 de enero de
1944, Dorsch era el «Jefe del Grupo de Especialistas de la Asociación de
Funcionarios Alemanes».
Del escrito dirigido a la cancillería del Partido: «Birkenholz […] ha
demostrado, con su falta de camaradería y su soberbia, un comportamiento que no
es el deseable en un alto funcionario que debe defender sin reservas los
intereses del Estado nacionalsocialista. Tampoco por su carácter me parece
apropiado para ser ascendido al cargo de consejero ministerial. […] Por ello no
puedo aprobar su ascenso, y tampoco lo permiten ciertos acontecimientos
ocurridos dentro de la institución». La cancillería del Partido tenía
atribuciones para decidir sobre el ascenso de cualquier funcionario
ministerial. Escribí a Hitler lo siguiente (documento presentado al Führer n.°
5, del 29 de enero de 1944): «Este informe demoledor, que fue enviado sin mi
conocimiento a la cancillería del Partido y a la Jefatura Regional a modo de
evaluación política, ha sido redactado por el señor Dorsch y por mi anterior
jefe del Departamento de Personal, el consejero ministerial Haasemann. Queda
claramente demostrado que ambos han procedido sin mi conocimiento y a mis
espaldas, intentando oponerse a una medida que yo había ordenado oficialmente;
que emplearon medios ilícitos para poner a los departamentos políticos de la
Jefatura Regional y de la cancillería del Partido en contra del hombre
propuesto; que emitieron un informe demoledor sobre él y que, de esta forma, me
han engañado en mi calidad de ministro del Reich». Dado su contenido personal,
hice cursar inmediatamente este documento a la Ayudantía de Hitler.
[260] Véase el documento presentado al Führer n.° 1,
del 25 de enero de 1944.
[261] El documento presentado al Führer n.° 5, del 28
de enero de 1944, dedicaba doce páginas a las irregularidades de mi Ministerio.
Exponerlas aquí en detalle sería demasiado prolijo.
[262] De los informes médicos: «El 18 de enero de 1944, fecha del alta,
el enfermo daba la impresión de encontrarse extraordinariamente agotado. […] En
la articulación de la rodilla izquierda se apreciaba un intenso derrame».
8 de febrero de 1944: «Grandes dolores súbitos, al levantarse, en los músculos
extensores de la parte izquierda de la espalda y en la musculatura renal
oblicua, que irradiaban hacia delante. Hace pensar en lumbago. La auscultación
reveló la existencia de crepitaciones. Temperatura de 37,8 grados. Frotes de
Forapina. Eleudron (sulfamida)». «La musculatura lleva dos días (8 y 9 de
febrero) tensa como una tabla, se muestra muy sensible a la presión y aparecen
dolores transitorios en la articulación del hombro».
9 de febrero de 1944: «Los dolores en los músculos extensores de la espalda
continúan sin aminorar y son extraordinariamente agudos. Molestias al respirar,
al toser y a veces al hablar. Los resultados de la auscultación permanecen
invariables». Sin embargo, el internista de Gebhardt, el doctor Heissmeyer,
había comprobado ese mismo día: «Pleuritis seca en el lado izquierdo». Gebhardt
ocultó este hecho, tanto en el tratamiento como en su informe.
Gebhardt escribió un informe sobre un segundo ataque, que sufrí el 10 de
febrero: «El dolor ha llegado a tal extremo que ha sido necesario el empleo de
narcóticos». Aun así, Gebhardt persistió en su diagnóstico erróneo: «El
resultado de la auscultación permanece invariable y corresponde al cuadro
clínico de un reumatismo muscular agudo».
[263] El 11 de febrero de 1944, Gebhardt intentó alejar al profesor Koch
pidiendo por escrito al médico de cabecera de Hitler y antagonista de Brandt,
el profesor Morell, que lo asesorara sobre mi tratamiento. Morell no podía
visitarme, pero se hizo informar por teléfono del caso y, sin haberme visto,
aconsejó que se me inyectara vitamina K, con objeto de cortar los esputos
sanguinolentos. El profesor Koch rechazó aquella intervención en el
tratamiento; unas semanas después calificó a Morell de inútil.
[264] De la declaración jurada del profesor Koch (12 de marzo de 1947,
documento 2602 de Nüremberg): «Surgieron diferencias entre Gebhardt y yo
respecto al tratamiento posterior. Yo opinaba que la humedad del clima de
Hohenlychen resultaba perjudicial para la convalecencia de Speer y, después de
haberlo examinado y de encontrarlo apto para el traslado, propuse que fuera
llevado al sur, a Meran. Gebhardt se opuso a ello con energía. Se atrincheró
detrás de Himmler y lo telefoneó varias veces para tratar sobre el asunto. Esto
me resultó muy extraño. Tuve la impresión de que Gebhardt aprovechaba su
posición médica para llevar adelante algún juego político. Pero no sabía cuál,
ni tampoco me preocupé de averiguarlo, pues yo sólo quería ser médico. Intenté
varias veces que Gebhardt cambiara de opinión, hasta que me pareció que aquello
era excesivo y exigí hablar con el Reichsführer Himmler. Tuve
con él una conversación telefónica que duró entre siete y ocho minutos y
conseguí que accediera al traslado de Speer a Meran. Ya entonces me pareció muy
sospechoso que Himmler tuviera que decidir en una cuestión médica, pero no
seguí rompiéndome la cabeza, ya que procuraba ignorar todo lo que ocurriera más
allá de mis competencias. Quisiera añadir que tuve la impresión de que Speer se
mostraba muy aliviado cuando yo estaba con él y lo atendía». Cuando en febrero
de 1945 choqué con un camión en la Alta Silesia y resulté levemente herido,
Gebhardt tomó de inmediato un avión especial para trasladarme a su clínica. Mi
jefe personal de negociado, Karl Cliever, desbarató sus propósitos sin darme
explicaciones, aunque me hizo saber que tenía razones para hacerlo.
Hacia el final de la guerra, Gebhardt operó en Hohenlychen a Bichelonne a causa
de una lesión en la rodilla. El ministro murió de embolia pulmonar unas semanas
después.
[265] También Dorsch le dijo a Zeitzler que «la enfermedad de Speer era
incurable y que, por lo tanto, no regresaría». (Nota recordatoria del 17 de
mayo de 1944) Esta observación me fue comunicada posteriormente por Zeitzler,
como interesante aportación a todos aquellos tejemanejes.
[266] Crónica del 23 de mayo de 1944: «Ha sido asignada al profesor
Gebhardt, en su calidad de general de división de las SS, la tarea de velar por
la seguridad del ministro».
[267] Según un comunicado del jefe regional Eigruber a la conferencia
sobre armamentos celebrada en Linz del 23 al 26 de junio de 1944.
[268] Seguí, también en lo que se refiere a citas, la transcripción de
Dorsch del 17 de abril de 1944 y la mía del 28 de agosto de 1945.
Göering encargó al mismo tiempo a Dorsch que construyera numerosos búnkers para
proteger los cazas situados en los campos de aviación del territorio del Reich.
Cuando envié a Frank para que me representara en una reunión entre Göering y
Dorsch que se celebró el 18 de abril para tratar de los nuevos proyectos
constructivos, Göering le impidió participar en ella.
[269] Brugmann, un funcionario de la vieja escuela, se había aproximado
a Hitler gracias a las obras de Nüremberg y Berlín.
[270] Carta de Bormann del 1 de marzo de 1944.
[271] El mariscal Milch afirma hoy que utilicé la famosa cita del Götz
von Berlichingen de Goethe: «lámeme el culo».
[272] Hitler firmó mi proyecto al día siguiente. Decía así: «Encomiendo
al jefe de la Central de la Organización Todt, el director general Dorsch, la
misión de levantar las seis construcciones para cazas que yo he ordenado,
aunque esto no irá en detrimento de las restantes funciones de su jurisdicción.
[273] El profesor Koch se hallaba en Meran por invitación mía. Gebhardt
se quejó a Brandt sobre el particular: la presencia de Koch no le parecía
deseable, puesto que podía enterarse de demasiados asuntos reservados. En
consecuencia, Koch abandonó Meran el 20 de abril. En su declaración jurada
escribió: «Tuve un segundo choque con Gebhardt cuando Speer ya se encontraba en
Meran; Speer me había preguntado si su estado de salud le permitiría
trasladarse en avión al Obersalzberg, posiblemente para visitar a Hitler. Le
dije que sí, a condición de que el aparato no volara por encima de los 1.800 ó
2.000 metros. Cuando Gebhardt se enteró, me hizo una escena y me reprochó una
vez más que yo no fuera un “médico político”. Tanto esta vez como cuando
tuvimos nuestro primer choque en Hohenlychen, tuve la impresión de que Gebhardt
tenía en encargo de retener a Speer».
[274] Esta cita y las siguientes se basan en la Crónica y en mi discurso
ante los jefes de sección del 10 de mayo de 1944, en el que resumí de forma
retrospectiva la entrevista.
[275] Hitler me insinuó que Himmler sospechaba que mi jefe de sección
Schieber estaba preparando su huida al extranjero, que el alcalde Liebel era
políticamente hostil y que el general Wagner no era considerado persona de
confianza.
[276] Véase mi discurso del 10 de mayo de 1944.
[277] Carta de Göering del 2 de mayo en respuesta a la mía del 29 de
abril de 1944.
[278] Se trataba de la Orden Alemana, cuyos titulares debían constituir
una corporación. Hitler no llegó a realizar su propósito: Himmler no recibió la
orden, que hasta entonces sólo se había concedido a título póstumo. Quizá fuera
cosa de Bormann. La condecoración que yo prefería era la del Premio Nacional;
cubierta de brillantes, había que llevar un pasador en el frac para distribuir
el peso.
[279] Aunque se produjeron situaciones críticas con anterioridad, como
cuando fueron atacadas las presas del Ruhr o la industria de rodamientos, el
enemigo nunca llegó a mostrarse consecuente, pues cambiaba continuamente de
objetivo o arremetía contra objetivos erróneos. Así, por ejemplo, en febrero de
1944 bombardeó las fábricas de cabinas de nuestra industria de aviación en
lugar de las de motores, que constituían nuestro verdadero escollo y cuya
producción era la que realmente determinaba el número de aviones terminados. De
haberlas destruido, habría sido imposible aumentar la producción de aviones,
tanto más cuanto que, a diferencia de lo que ocurría con las fábricas de
cabinas, no podíamos diseminar las de motores por bosques y cuevas.
[280] Krauch era el jefe de la industria química; Pleiger era el
Delegado Nacional del Carbón, aunque también dirigía importantes industrias de
carburantes; Bütefisch era el director de las fábricas de Leuna, y Fischer, el
presidente de I. G. Farben.
[281] Véase el Acta de reuniones del Führer de 22-23 de
mayo de 1944, punto 14.
[282] El ataque del 12 de mayo originó un descenso de la producción del
14%. Estas cifras han sido extraídas de mis memorias a Hitler del 30 de junio y
28 de julio de 1944, así como de mi estudio «Las repercusiones de la guerra
aérea», del 6 de septiembre de 1945.
[283] La cifra mensual de producción de cazas diurnos y nocturnos se
había elevado de 1.017 en enero de 1944 (antes de la oleada de ataques) a 1.755
en mayo y a 2.034 en junio. El promedio mensual de 1943 fue de 849.
Me defendí de los ataques de Göering del siguiente modo (Acta de reuniones
del Führer del 3-5 de junio de 1944, punto 20): «En esta
ocasión, expliqué al Führer que la opinión del señor mariscal
del Reich, que sostenía que la producción de armamentos para la aviación se
había mantenido a un nivel bajo durante los dos últimos años a causa de la
prioridad que yo daba al suministro al Ejército de Tierra, quedaba rebatida por
el hecho de que, a pesar de los ataques aéreos, en tres meses se había
duplicado la fabricación de aviones, y que, en contra de lo supuesto por el
mariscal del Reich, esto no se había conseguido en tan breve tiempo a costa de
restar capacidad al Ejército de Tierra, sino empleando las reservas existentes
en la propia Luftwaffe».
[284] Véase el Acta de reuniones del Führer del 3-5 de
junio de 1944, punto 19.
[285] Decreto del 20 de junio de 1944. Göering intentó salvar su
prestigio ordenando «que el armamento de la Luftwaffe sea desarrollado por el
ministro del Reich para Armamentos y Producción de Guerra siguiendo las
consideraciones tácticas y disposiciones técnicas que formule el comandante en
jefe de la Luftwaffe».
[286] El 19 de abril de 1944, cuatro semanas antes de los ataques aéreos
a la industria de carburantes, escribí a Hitler: «Mientras que en 1939 en las
plantas hidrogenadoras se obtuvo un total de 2.000.000 de toneladas de aceite
mineral (incluido el carburante para automóviles), durante la guerra y hasta
1943, gracias a las nuevas instalaciones, esta cifra se ha elevado a 5.700.000
toneladas, y las obras que se encuentran todavía en construcción deberían
situarnos este año en 7.100.000 toneladas». Ahora, para efectuar las
reparaciones, pudimos recurrir a la maquinaria y herramientas destinadas a la
producción adicional de 1.400.000 toneladas anuales o 3.800 diarias. Así pues,
la testarudez de Hitler, que le impidió renunciar en otoño de 1942 a la
producción adicional, terminó por sernos útil.
[287] El 22 de mayo hice que el coronel Von Below, amigo mío y hasta
entonces delegado de Hitler en la Luftwaffe, fuera designado para actuar como
enlace entre este y yo. Según el punto 8 del Acta de reuniones del Führer del
22-25 de mayo de 1944, Below tenía la misión «de tenerme siempre al corriente
de las opiniones de Hitler», con lo cual yo pretendía prevenir sorpresas como
las que tuve durante mi enfermedad. Below también se haría cargo de transmitir
mis memorias a Hitler, puesto que cuando se las entregaba en persona, aunque
solía exigir que lo informara verbalmente de su contenido, no me dejaba
terminar de hablar. Supe por Von Below que Hitler leía a fondo mis memorias y
que llegaba a hacer anotaciones marginales y a subrayar pasajes.
[288] Véase la Memoria del 30 de junio de 1944.
A pesar de mantener parte de la producción, a comienzos de diciembre de 1944
habíamos perdido a causa de los bombardeos 1.149.000 toneladas de carburante de
avión, lo que equivalía al doble de las reservas de Keitel, que teóricamente se
habían agotado ya en agosto a causa de un descenso en la producción de 492.000
toneladas. Estas reservas sólo pudieron alargarse más allá del 1 de septiembre
de 1944 mediante una desesperada restricción del tráfico aéreo.
Al enemigo le resultó más difícil paralizar la producción de gasolina para
automóviles y carburante diesel, ya que las refinerías estaban muy diseminadas.
En junio de 1944 se produjo un 37% de gasolina y un 44% de carburante diesel.
En mayo de 1944, las reservas de ambos productos alcanzaban un total de 760.000
toneladas. Antes de los ataques, la producción había sido de 230.000 toneladas
mensuales.
Por término medio, durante el segundo trimestre de 1944 se arrojaron sobre
Alemania 111.000 toneladas de bombas, de las que sólo una vigésima parte (5.160
t) cayó en mayo sobre la industria de carburante, y en junio lo hizo una quinta
parte (20.000 t). En octubre de 1944, la RAF arrojó una decimoséptima parte de
su carga de bombas sobre la industria de carburantes, y las dos flotas aéreas
americanas, una octava parte; en noviembre la proporción fue de una cuarta
parte en el caso de la RAF y una tercera parte en el de la aviación americana.
(Véase Graven y Gate, vol. III, y Wagenfür, op. cit.) Dado que
precisamente los ataques nocturnos de la RAF contra las fábricas de carburantes
y refinerías, debido a su mezcla de bombas incendiarias y explosivas,
resultaban más efectivos que los americanos, la RAF dejó pasar una oportunidad
de oro antes de noviembre, al menos en lo que respecta a los objetivos costeros
y de la cuenca del Ruhr, por su mayor proximidad y fácil localización.
[289] De la Memoria del 28 de julio de 1944.
[290] Galland me informó de que en aquel momento sólo unos doscientos
cazas defendían el territorio del Reich de los ataques diurnos.
[291] W. F. Graven y J. L. Gate, The Army Air Forces in World
War II, vol. II.
[292] Hitler formuló estas directrices el 13 de agosto de 1942 en
presencia de Keitel, Schmundt, el almirante Kranke, el general de zapadores
Jakob y Dorsch; yo también estaba. (Acta de reuniones del Führer del
13 de agosto de 1942, punto 48)
[293] Según una nota del 5 de junio de 1944, a esto había que añadir
4.664.000 m3 para bunkers de submarinos y otros proyectos en
Francia.
[294] Según S. W. Roskill: The War at Sea (Londres,
1961), vol. III, parte II, sin estos puertos el desembarco nunca habría podido
realizarse. Se emplearon 400 unidades navales, con un desplazamiento de
1.500.000 toneladas, para actuar a modo de rompeolas. El tiempo de construcción
se duplicó a causa de las tormentas. Sin embargo, al cabo de diez días los
puertos tomaron forma; a partir del 8 de julio el puerto británico próximo a
Arromanches permitió un tráfico diario de 6.000 toneladas, mientras que el
puerto americano no fue terminado.
[295] El enemigo contaba con un Hitler más decidido. Según W. F.
Graven, ibíd., vol. III, el mismo día D y los siguientes los
bombardeos de la IX Flota Aérea americana destruyeron los doce puentes de
ferrocarril y los catorce puentes de carreteras existentes sobre el Sena, con
objeto de impedir el desplazamiento del XV Ejército alemán, estacionado en
Calais.
[296] Léase el Acta de reuniones del Führer del 3-5 de
junio de 1944, punto 16. El desarrollo de los cohetes V1 se llevó a cabo en
poco tiempo gracias a la energía de Milch, quien había constatado, en el campo
de pruebas de los grandes cohetes de Peenemünde, el poco efecto que se lograba
con medios tan complicados. Oponiéndose a la resistencia pasiva que encontró
incluso en mi Ministerio, finalmente se pudo apuntar el éxito de haber
producido un arma de efecto similar a un coste mucho menor.
[297] En su discurso del 26 de junio de 1944, es decir, después de
producirse las tres catástrofes militares, Hitler expuso a los industriales: «A
menudo se me antoja que debemos pasar por todas las pruebas del demonio, de
Satán y del infierno antes de alcanzar definitivamente la victoria final […].
Quizá yo no sea precisamente un hombre devoto; no, no lo soy, pero en lo más
profundo de mi ser sí soy un hombre religioso; es decir, creo que a quien lucha
valientemente en este mundo de acuerdo con las leyes naturales que Dios ha
establecido y no capitula jamás, sino que una y otra vez se rehace y avanza de
nuevo, el Supremo Legislador no lo dejará en la estacada, sino que al final
recibirá la bendición de la Providencia. Al fin y al cabo, esto ha sido dado a
todos los grandes espíritus (!) de la Tierra».
[298] Tres semanas antes, en el discurso que pronuncié en Essen el 6 de
julio de 1944, me mostré contrario a estas tendencias y aseguré que nuestro
sistema de control de la industria desaparecería cuando llegara la paz.
[299] Véase el Acta de reuniones del Führer del 19-12
de junio de 1944, punto 20: «Entregados al Führer los
documentos para su discurso, con los que se muestra conforme».
[300] Bormann se opuso, en una carta fechada el 30 de junio de 1944, a
que se publicaran los discursos; posteriormente fueron recogidos por Hildegard
von Kotze y Helmut Krausnick en Es spricht der Führer, Gütersloh,
1966.
[301] Al final de la guerra oí a Galland decir que el insuficiente
interés que habían mostrado los altos mandos era la causa de un retraso de
aproximadamente año y medio.
[302] Las cifras han sido tomadas del programa 225, en vigor a partir
del 1 de marzo de 1944, que sólo pudo ser llevado a la práctica en parte. Según
este programa, había que producir los siguientes Me 262: 40 unidades en abril
de 1944, que llegarían a 60 en julio del mismo año; producción estable de 60
unidades hasta octubre de 1944, y 210 a partir de enero de 1945; nuevo
incremento a 440 en abril de 1945, 670 en julio y 800 en octubre.
[303] Véase el Acta de reuniones del Führer del 7 de
julio de 1944, punto 6.
[304] Véase el Acta de reuniones del Führer del 19 al
22 de junio de 1944, punto 35.
[305] Véase el informe de viaje del 10 al 14 de septiembre de 1944.
[306] Según la U. S. Air University Review, volumen XVII,
número 5 (julio-agosto de 1966), en 1944 un cuatrimotor B 17 (Fortaleza
Volante) costaba 104.370 dólares (858.000 mil marcos del Reich); en cambio, un
V1, según los datos precisos de David Irving, costaba 144.000 marcos, es decir,
la sexta parte que un bombardero. Seis cohetes sumaban cuatro toneladas y media
de material explosivo (750 kilos cada uno). Quedaban destruidos después de
haber sido utilizados una sola vez. En cambio, un bombardero B 17 podía efectuar
innumerables misiones y transportar dos toneladas de explosivos en un radio de
1.600 a 3.100 kilómetros.
Sólo sobre Berlín se arrojó un total de 49.400 toneladas de bombas y
explosivos, que dañaron gravemente o destruyeron por completo el 10,9 % de las
viviendas (Webster, vol. IV). Para hacer caer sobre Londres la misma cantidad
de explosivos mediante el V1 habríamos tenido que emplear 66.000 grandes
cohetes, es decir, la producción entera de seis años. Por consiguiente, el 29
de agosto de 1944, durante una reunión de propaganda presidida por Goebbels,
tuve que reconocer: «Hay que preguntarse si ahora el V2 […] puede ser
psicológicamente decisivo de algún modo para la guerra. […] Desde el punto de
vista puramente técnico no puede serlo. […] Tales influencias psicológicas
quedan fuera de mi alcance. Sólo puedo decir que para conseguir la plena
efectividad de nuestras nuevas armas […] se requiere un tiempo».
[307] Dejando a un lado las razones de Hitler, iba en contra del sentido
común que la base de Peenemünde estuviera realizando proyectos para el Ejército
de Tierra cuando la defensa antiaérea era asunto de la Luftwaffe. Sin embargo,
dada la ambición que separaba a las distintas ramas de la Wehrmacht, el
Ejército de Tierra nunca habría puesto a disposición de la competencia la
capacidad de desarrollo alcanzada en Peenemünde. La separación existente entre
los ejércitos de la Wehrmacht hacía imposible llevar a cabo una investigación y
un desarrollo comunes (v. capítulo XVI, nota 33). De haber aprovechado a fondo
y a su debido tiempo la capacidad de Peenemünde, la operación Cascada habría
podido entrar antes en la fase de producción. En fecha tan tardía como el 1 de
enero de 1945 —en un rasgo característico de la forma en que se asignaban las
prioridades—, 2.210 científicos e ingenieros de la base de Peenemünde se
ocupaban de los cohetes de largo alcance A4 y A9, mientras que sólo 220
trabajaban en el proyecto Cascada y 125 lo hacían en otros cohetes destinados a
la defensa antiaérea (Tifón).
El doctor C. Krauch, Delegado General de Química, me había dicho en una extensa
memoria que me dirigió el 29 de julio de 1943, apenas dos meses antes de que
tomáramos nuestra errónea decisión: «Los que defienden un rápido desarrollo de
los medios de ataque aéreos, es decir, de la contraofensiva, parten de la base
de que la mejor defensa es el ataque y de que lanzar cohetes contra Inglaterra
disminuiría los ataques aéreos contra el territorio del Reich. Incluso si se
cumpliera la premisa, lo que no ha ocurrido hasta la fecha, de que los cohetes
de largo alcance pudieran ser empleados ilimitadamente e hicieran posible
causar daños a gran distancia, y teniendo en cuenta las experiencias que hemos
tenido hasta el momento, esta solución me parecería desacertada. Al contrario,
incluso aquellos que en Inglaterra se oponen actualmente al empleo del terror
aéreo contra la población alemana, si los atacáramos con cohetes exigirían de
su gobierno un recrudecimiento de la agresión contra nuestras poblaciones, y
seguiríamos sin podernos proteger. […] Estas consideraciones hablan en favor de
aumentar en lo posible la defensa antiaérea y los cohetes defensivos C2
Cascada. Deben emplearse cuanto antes y de forma masiva. […] En otras palabras:
todos los especialistas, todos los trabajadores y todas las horas de trabajo
que se empleen en acelerar al máximo este programa resultarán mucho más
efectivos que cualquier otro proyecto. Retrasar este programa puede tener
consecuencias decisivas para el curso de la guerra».
[308] Véase el Acta de reuniones del Führer de 23 de
junio de 1942, punto 21
[309] Véase el Acta de reuniones del Führer del 13-14
de octubre de 1942, punto 25. Cinco mil cohetes de largo alcance, es decir, los
fabricados en más de cinco meses, sólo habrían transportado 3.750 toneladas de
material explosivo, en tanto que un solo ataque combinado de las flotas de bombarderos
ingleses y americanos habrían lanzado alrededor de 8.000 toneladas.
[310] Esta orden, del 12 de diciembre de 1942, hizo posible planificar
la producción y encargar las máquinas-herramienta cuyo suministro se demoraba
durante meses, al permitir entrar en negociaciones con las empresas
suministradoras y conseguir los cupos de material necesarios para el proceso de
fabricación.
[311] Véase el acta de reuniones del Führer del 8 de
julio de 1943, puntos 18,19 y 20.
[312] David Irving da más detalles en Die Gekeimwaffen des
dritten Reiches, Gütersloh, 1965.
[313] Acta de reuniones del Führer del 19-22 de agosto
de 1943, punto 24.
[314] Mi predecesor, el doctor Todt, tenía el grado honorífico de
general de división de la Luftwaffe, lo cual lo colocaba en una posición débil
para negociar con sus contratantes, cuya categoría militar era mucho más alta.
Esta sola circunstancia ya convertía en poco recomendable aquella práctica, que
yo, por mi parte, rechacé también por razones más genéricas.
[315] Véase el Acta de reuniones del Führer del 20-22
de septiembre de 1942, punto 36.
[316] El jefe de la Sección de Suministros Armamentísticos, doctor
Walter Schieber, confirmó en una carta del 7 de mayo de 1944 (documento 104 PS
de Nüremberg) que el establecimiento de las filiales de los campos de
concentración llamadas «campos de trabajo» estaba justificado a pesar de la
gran cantidad de roces existentes con las SS, ya «que los resultados prácticos
y humanos compensaban las desventajas».
[317] La espantosa impresión que nos causó el campamento se desprende de
lo que se expresa entre líneas en la Crónica del 10 de diciembre de 1943: «En
la mañana del 10 de diciembre, el ministro se dirigió a inspeccionar una nueva
instalación en el Harz. Aquella tremenda empresa exigía sus últimas fuerzas a
los hombres que la dirigían. Algunos llegaron al punto de tener que tomar
vacaciones forzosas para recuperarse de los nervios».
[318] Citas de la carta de Ley del 26 de mayo de 1944 y de mi respuesta
del día siguiente.
[319] Citas de la carta de Ley del 26 de mayo de 1944 y de mi respuesta
del día siguiente.
[320] Véase el Acta de reuniones del Führer del 3-5 de
junio de 1944, punto 21.
[321] Véase E. Georg, Die wirtschaftlichen Unternehniungen der
SS, Stuttgart, 1963.
[322] El doctor Schieber amplía esta cuestión en su carta del 7 de mayo
de 1944: «Del elevado porcentaje de trabajadores extranjeros, en especial
rusos, que trabajan en nuestras empresas de armamentos, una parte no
despreciable va a parar gradualmente a las empresas económicas de las SS, con
lo que perdemos esta mano de obra. Esta sustracción se debe a la envergadura,
cada vez mayor, del gran complejo económico de las SS, dirigido sobre todo por
el capitán general de las SS Pohl».
En la reunión de los jefes de armamentos celebrada el 26 de mayo de 1944,
Kammler se ufanó de que «simplemente había detenido a 50.000 personas para
procurarse la mano de obra necesaria (para las empresas de las SS)».
[323] Véase el Acta de reuniones del Führer del 3-5 de
junio de 1944, punto 21.
[324] Eugene Davidson en Modern Age, año 1966, n.° 4, en su
artículo: «Albert Speer and the Nazi War Plans».
[325] Estas medidas fueron adoptadas por la Central de Planificación el
19 de mayo de 1944. Siete días más tarde, a partir del 26 de mayo de 1944, las
fuerzas aéreas enemigas consiguieron destruir en muy poco tiempo veintiséis
puentes sobre el Sena.
[326] Véanse el diario de Jodl, anotación del 5 de junio de 1944, y el
Acta de reuniones del Führer del 8 de junio de 1944, punto 4:
«El Führer coincide conmigo en lo que sugerí a Jodl sobre una
invasión en mi carta del 29 de mayo».
[327] El detallado decreto del «jefe del Armamento del Ejército de
Tierra y comandante en jefe del Ejército de Reserva», capitán general Fromm,
del 31 de julio de 1943, «asunto Valquiria», se remite a un decreto anterior,
del 26 de mayo de 1942.
[328] Véase mi carta del 3 de marzo de 1945 al ministro de Justicia
Thierack en descargo de Fromm.
[329] Véase el decreto de Hitler de 13 de julio de 1944.
[330] Véase la Crónica del 9 de julio de 1944.
[331] En esta memoria del 20 de julio de 1944 aplicaba a la
administración de la Wehrmacht mi experiencia industrial, así como algunos
conocimientos obtenidos en conversaciones con el personal del Estado Mayor,
como Olbricht, Stieff, Wagner, etc. Decía que no salían las cuentas, pues de
los 10.500.000 hombres incorporados al ejército sólo 2.300.000 estaban
luchando. La habilidad organizativa alemana se dividía en la mayor cantidad
posible de ramas independientes, cada una de las cuales se regulaba de un modo
autárquico. La memoria prosigue: «Así, hemos organizado de forma independiente
entre sí todas las subdivisiones de los tres ejércitos de la Wehrmacht, de las
Waffen-SS, de la Organización Todt y del Servicio de Trabajo del Reich. El
suministro de ropa, los abastecimientos, el servicio de transmisiones, la
sanidad, los refuerzos, los transportes, todos estos asuntos están organizados
por separado, tienen sus propios almacenes y reciben sus suministros con
independencia unos de otros». La consecuencia era un dispendio superfluo de
hombres y de material.
[332] Véase la Crónica del 20 de julio de 1944.
[333] Es de suponer que Hitler informó a Goebbels, encargado de adoptar
las medidas necesarias para la defensa de Berlín, sobre la orientación de sus
sospechas. En ese momento ya se había ordenado desde Rastenburg que Von
Stauffenberg fuera detenido en el edificio de la Bendlerstrasse. Las sospechas
debieron de recaer también sobre Fromm, pues a las dieciocho horas Hitler ya lo
había destituido, nombrando a Himmler para reemplazarlo. El hecho de que
Goebbels no me expusiera la situación podía ser indicio de que no confiaba
completamente en mí.
[334] Este horario aparece reproducido en Der 20. Juli,
Berto-Verlag, Bonn, 1961.
[335] Lo mismo se desprende del informe entregado dos días después por
Remer.
[336] Véase mi carta a Thierack del 3 de marzo de 1945.
[337] Al parecer, Himmler vaciló en obedecer la orden que Hitler le dio
a las cinco de la tarde de dirigirse a Berlín. Por lo pronto se quedó en su
cuartel general, y sólo a altas horas de la noche viajó, no a Berlín-Tempelhof,
sino a un campo de aviación apartado de la ciudad.
[338] Según el Acta de reuniones del Führer del 6-8 de
julio de 1944, punto 2.
[339] El 23 de julio de 1944 Ley escribió en el Angriff un
artículo editorial que evidenciaba el giro del régimen contra la aristocracia
militar: «Degenerada hasta la médula, de sangre azulada hasta la idiotez,
sobornable hasta la repugnancia y cobarde como todas las criaturas vulgares:
esta es la pandilla de nobles que el judío ha enviado contra el
nacionalsocialismo […]. Hay que aniquilar esta podredumbre, destruirla de raíz
[…]. No basta con atrapar sólo a los culpables […]. Hay que eliminar toda la
nidada».
[340] Este plan de organización respondía poco más o menos al borrador
de un decreto hallado en el edificio de la Bendlerstrasse que debía firmar
Beck, como regente del Reich, «para la estructuración provisional del alto
mando de la guerra». Había, además, una lista ministerial en la que el
Ministerio de Armamentos debía ser subordinado a Goerdeler, el futuro canciller
del Reich. Yo aparecía en ella como ministro, y junto a mi nombre había también
aquí un signo de interrogación y una nota que decía que no se me debía
consultar hasta después de consumar el golpe de Estado. (De Der 20.
]uli, Bonn, 1961)
[341] Véase el informe de Kaltenbrunner a Bormann, del 12 de octubre de
1944, en Karl Heinrich Peter, Spiegelbild einer Verschwórung. Die
Kaltenbrunner-Berichte an Bormann und Hitler über das Attentat am 20. Juli
1940 . Documentos secretos de la antigua Jefatura de Seguridad del
Reich, Stuttgart, 1961.
[342] Según un comunicado de Walter Funk.
[343] Jerárquicamente, como «jefe mayor de sección» del Partido me
hallaba por debajo de los jefes nacionales admitidos en aquellas reuniones.
[344] Algunos pasajes de este discurso de Hitler han sido publicados.
Véase Domaras, op. cit.
[345] De mi declaración en Nüremberg del 20 de junio de 1946. Pude
remitirme a Schirach como testigo adicional.
[346] Según consta en Gregor Janssen, Das Ministerium Speers,
intercedí por la puesta en libertad del general Speidel, del editor Suhrkamp,
de la esposa del general Seydlitz y de su cuñado el doctor Eberhard Barth, del
conde Schwerin, del capitán general Zeitzler y del general Heinrici, así como
por la de los industriales acusados por Goerdeler: Vögler, Bücher, Meyer,
Stinnes, Haniel, Reuter, Meinen y Reusch.
[347] Véase la Crónica de últimos de agosto y del 20 de septiembre de
1944.
[348] Del discurso ante mis colaboradores del 31 de agosto de 1944
[349] Véase la Crónica del 10 y el 31 de agosto de 1944.
[350] Véase la carta de 20 de septiembre de 1944.
[351] Esta exigencia apuntaba directamente contra las pretensiones de
poder de Bormann. Exigí de Hitler que «en todo lo concerniente a armamentos y
producción de guerra pudiera dar directamente las instrucciones necesarias a
los jefes regionales, sin tener que ponerlas en conocimiento del jefe de la
cancillería del Partido (Bormann)». Los jefes regionales tendrían la obligación
«de informarme directamente, y de ponerse también en contacto conmigo en
cuestiones fundamentales del campo de los armamentos y la producción de
guerra». Sin embargo, el primitivo sistema de poder de Bormann se fundaba
precisamente en que, aunque ideaba sin cesar nuevas misiones estatales para los
jefes de las regiones, insistía al mismo tiempo en que «todos los informes
pasaran sistemáticamente por él» y en que «las instrucciones dadas a los jefes
regionales solamente podían ser transmitidas a través de él, para dar
uniformidad a la transmisión». De esta forma se interponía entre los
Ministerios y las autoridades ejecutoras y hacía que tanto unos como otras
dependieran de él.
[352] A comienzos de octubre, es decir, una semana después, figura en la
Crónica la anotación siguiente: «El doctor Goebbels y el jefe nacional Bormann,
así como los jefes regionales y sus organismos del Partido, arremeten
incesantemente contra las empresas de producción de armamento». La Crónica
prosigue: «Al ministro le interesa aclarar quién tendrá algo que decir en el
futuro respecto a los armamentos. A pesar de todos los acuerdos con el doctor
Goebbels, el ministro es pasado por alto. Las llamadas al orden dirigidas a los
jefes regionales se interrumpen al llegar al doctor Goebbels, y las
conversaciones telefónicas son silenciadas hasta que los hechos ya han sido
consumados. La tensión y el enojo crecen en ambas partes».
Aproximadamente una semana después, enojado por el tratamiento que se me había
dado, ordené al jefe de la Sección Central de Cultura y Propaganda que mi
nombre «no vuelva a aparecer en la prensa». (Crónica)
[353] Véase el informe sobre mi viaje del 26 de septiembre al 1 de
octubre de 1944. Cuatro semanas más tarde, en el informe sobre mi visita al
Grupo de Ejércitos del Sudoeste, efectuada entre el 19 y el 25 de octubre de
1944, indiqué a Hitler, apoyado por Guderian, jefe del Estado Mayor, que
durante el mes de septiembre las tropas combatientes sólo habían recibido una
parte de los suministros de armas: «Las averiguaciones del aposentador general
permiten saber que durante el mes de septiembre fueron asignados los siguientes
suministros a las fuerzas combatientes de todos los frentes:
Pistolas
Suministro para divisiones del frente: 10.000
Nuevos efectivos: 78.000
Metralletas
Suministro para divisiones del frente: 2.934
Nuevos efectivos: 57.660
Ametralladoras
Suministro para divisiones del frente: 1.527
Nuevos efectivos: 24.473
Cañones antiaéreos de 2 cm
Suministro para divisiones del frente: 54
Nuevos efectivos: 4.442
Cañones antiaéreos de 3,7 cm
Suministro para divisiones del frente: 6
Nuevos efectivos: 948
Cañones antitanque de 7,5 cm
Suministro para divisiones del frente: 180
Nuevos efectivos: 748
Lanzagranadas de 8 cm
Suministro para divisiones del frente: 303
Nuevos efectivos: 1.947
Lanzagranadas de 12 cm
Suministro para divisiones del frente: 14
Nuevos efectivos: 336
Morteros ligeros
Suministro para divisiones del frente: 275
Nuevos efectivos: 458
Morteros pesados
Suministro para divisiones del frente: 35
Nuevos efectivos: 273
Camiones
Suministro para divisiones del frente: 543
Nuevos efectivos: 4.736
Tractores oruga
Suministro para divisiones del frente: 80
Nuevos efectivos: 654
Tanques
Suministro para divisiones del frente: 317
Nuevos efectivos: 373
Cañones de asalto
Suministro para divisiones del frente: 287
Nuevos efectivos: 762»
[354] Según el informe del viaje que realicé entre el 10 y el 14 de
septiembre de 1944, el I Ejército, estacionado en Metz, disponía, para un
frente de 140 km, de 112 piezas de artillería, 52 tanques acorazados, 116
cañones antitanque pesados y 1.320 ametralladoras. El LXXXI Cuerpo del
Ejército, que defendía Aquisgrán y su importante industria, sólo disponía de 33
piezas de artillería, 21 tanques y 20 cañones antitanque pesados. En el mismo
informe escribí a Hitler: «Las armas pesadas son tan insuficientes que el
frente puede romperse por casi cualquier punto. Cien tanques, provistos de una
dotación de 500 hombres, pueden quebrantar la resistencia de diez mil soldados
que carezcan de armas pesadas».
[355] Véase el Acta de reuniones del Führer del 19-22
de junio de 1944, punto 9.
[356] Véase el documento RE 71 de Nüremberg, según el cual Sauckel
propuso a Hitler, el 26 de abril de 1944, una «orden del Führer»
concebida en los siguientes términos: «Al comandante en jefe del frente
occidental y a los comandantes militares de Francia, Bélgica y Holanda: En caso
de una invasión, hay que asegurar por todos los medios que la mano de obra
quede fuera del alcance del enemigo. La industria de armamentos del Reich exige
que tales fuerzas sean puestas rápidamente, en la mayor cantidad posible, a disposición
de las industrias alemanas de armamento».
El 8 de mayo de 1944 se registró en el acta oficial de sesiones la negociación
mantenida por Sauckel y el Gobierno francés: «El jefe regional Sauckel declara
que ha dado a sus departamentos un plan de movilización general para el caso de
una invasión, con la orden de evacuar a Alemania, sin más consideraciones, a
todos los obreros que queden libres». Después de la reunión ministerial del 11
de julio de 1944, presidida por Lammers, Keitel dio al comandante en jefe de
Francia la orden de que «habría que adoptar medidas violentas para detener a
obreros franceses». Por el contrario, yo decidí que «la producción francesa
debía mantenerse a pesar de la invasión y que sólo se tendría en cuenta una
posible evacuación de maquinaria importante». (Crónica)
[357] Véase el Acta de reuniones del Führer del 18 al
20 de agosto de 1944, punto 8.
[358] El jefe regional de Colonia (Grohé) había sido nombrado por Hitler
responsable de Bélgica, mientras que el jefe regional de Mosela (Simón) lo fue
de Luxemburgo y la región de Minette, y el jefe regional de Sarre-Palatinado
(Bürckel), de Mauthe et Moselle.
Por ejemplo, el 5 de septiembre de 1944 pude escribir al jefe regional Simón,
con el consentimiento de Hitler: «Se ha de procurar a toda costa que si la
Minette, la región luxemburguesa o cualquier otra zona industrial cae en manos
del enemigo, sea únicamente paralizada, es decir, que debe interrumpirse su
actividad industrial durante algunos meses, lo que puede lograrse desmontando
algunas piezas, por ejemplo los grupos eléctricos, pero sin dañar las
instalaciones propiamente dichas. Tenemos que contar con recuperar la región de
Minette, ya que nos es imprescindible a largo plazo para continuar la guerra.
En Rusia, las industrias han cambiado de dueño varias veces sin que una ni otra
parte las hayan dañado, y han sido aprovechadas por su “usufructuario” respectivo.
Las mismas instrucciones se han hecho llegar a la Asociación Nacional del
Hierro y el Carbón». Estas asociaciones nacionales recibieron la misma orden,
pero con el añadido: «Se ruega proceder de la misma forma en las cuencas
carboníferas amenazadas de Bélgica, Holanda y el territorio del Sarre. Las
instalaciones de bombeo de los pozos de carbón deberán mantenerse en buen
estado».
[359] Télex dirigido el 13 de septiembre de 1944 a los jefes regionales
de la cuenca del Ruhr: por principio «únicamente se puede proceder a la
paralización, es decir, a la interrupción temporal del servicio, mediante la
retirada de alguna pieza, por lo común de grupos eléctricos». La minería y la
industria del acero no se verían sometidas a estas medidas más que en un
segundo nivel; de este modo, prácticamente quedaban excluidas de la
paralización.
[360] Cita del artículo editorial de Helmut Sündermann, segundo jefe de
prensa del Reich, publicado el 7 de septiembre de 1944. Algunas semanas
después, Sündermann se lamentó diciendo que el Führer le había
dictado el texto punto por punto y le había ordenado publicarlo.
[361] Del informe del viaje que realicé entre el 10 y el 14 de
septiembre de 1944.
[362] Mediante una carta del 16 de septiembre de 1944, Bormann autorizó
extender también esta decisión de Hitler a los territorios ocupados de Holanda,
Francia y Bélgica, así como a todas las regiones del este, sur y norte del
Reich. En una carta que el 19 de septiembre de 1944 dirigí al presidente de la
Comisión de Armamentos y a los inspectores de Armamentos, asumí dos días
después la responsabilidad por todos los casos en que cayeran en manos del
enemigo industrias que ni siquiera hubieran sido paralizadas. «En el futuro,
lamentaré más haberme dado demasiada prisa en proceder a la paralización que no
poder realizarla por dar la orden tarde».
En relación con las minas de hulla y lignito de la parte izquierda del Rin, en
un escrito del 17 de septiembre se estableció que, en caso de ocupación, el
director técnico y un turno de trabajo de emergencia deberían permanecer en el
lugar «para impedir, en la medida de lo posible, el anegamiento de los pozos o
cualquier otra acción que pudiera resultar perjudicial para su funcionamiento».
El 5 de octubre de 1944, una circular del Departamento Nacional de Economía
Eléctrica, dependiente de mí, daba instrucciones concretas para las centrales
de energía.
[363] Véase mi Memoria del 5 de septiembre de 1944, así como el Acta de
reuniones del Führer del 18-20 de agosto de 1944, punto 5:
«El Führer establece “un espacio económico mínimo” para el que
se ha de determinar en detalle el límite de la producción de armamentos
teniendo en cuenta las existencias y las producciones de ese espacio».
[364] Memoria del 5 de septiembre de 1944. Nuestras existencias de
níquel y manganeso duraron cinco meses más que las de cromo. Dado que habíamos
sustituido miles de kilómetros de cable de cobre de las líneas de alta tensión
por cable de aluminio, disponíamos de cobre para diecisiete meses, a pesar de
que este metal había sido antes una de las más terribles carencias de nuestra
industria de armamentos.
[365] Las citas proceden de los informes sobre los viajes del 26 de
septiembre al 1 de octubre, del 19 al 25 de octubre y del 7 al 10 de diciembre
de 1944.
[366] Según registra Jodl en su diario el 10 de noviembre de 1944.
[367] La cita sobre el aumento de la cantidad de explosivos mediante
adición de sal gema procede de la memoria del 6 de diciembre de 1944 sobre el
abastecimiento de nitrógeno, materia prima en la producción de explosivos.
Contando los territorios ocupados, antes de los ataques producíamos 99.000
toneladas mensuales, que en diciembre de 1944 se habían reducido a 20.500. En
septiembre se añadieron 4.100 toneladas de aditivos a 32.300 toneladas de
explosivo; en octubre, 8.600 toneladas de sal gema a 35.900 de explosivo, y en
noviembre, 9.200 toneladas a 35.200. (Informe urgente de enero de 1945 del
servicio de planificación)
[368] Según el «cuadro sinóptico de rendimientos» elaborado por la
Central Técnica y fechado el 6 de febrero de 1945, en enero de 1944, antes de
iniciarse los ataques a la industria de aviación, se suministraron 1.017 cazas
diurnos y nocturnos. En febrero, durante los ataques, fueron 990; en marzo,
1.240; en abril, 1.475; en mayo, 1.755; en junio, 2.034; en julio, 2.305; en
agosto, 2.273; en septiembre, 2.878. Este aumento se logró en gran parte a
costa de restricciones, sobre todo de los aviones polimotores. Según el «índice
de la producción alemana de armamentos» de enero de 1945, el número de aviones
suministrados aumentó de 232 en enero de 1944 a sólo 310 en septiembre del
mismo año, es decir, en un 34%. En este período, la parte correspondiente a los
cazas en la producción total de aviones (por peso) aumentó del 47,7% al 75,5%.
[369] Informe de la Central de Planificación del 25 de mayo de 1944: «En
mayo se producirán tantos aviones que el Estado Mayor estima que, después de un
cierto tiempo, las pérdidas del enemigo serán tan graves que las incursiones en
territorio del Reich dejarán de resultarle rentables. Si se dirigen cinco cazas
contra el enemigo, se derribará uno de sus bombarderos. Actualmente, cada
bombardero derribado significa la pérdida de un caza».
[370] Véase el Acta de reuniones del Führer del 18-20
de agosto de 1944, punto 10.
[371] Citas de la Crónica del 21 y 24 de agosto de 1944.
A pesar de la orden de Hitler de reducir a la mitad la producción de cazas,
esta permaneció casi invariable: 2.305 en julio y 2.352 en diciembre.
[372] Véase el informe del viaje del 10 al 14 de septiembre de 1944.
[373] El 10 de diciembre de 1944 Schwarz van Berk publicó en la
revista Das Reich un artículo que estimé que constituía un
abuso de confianza, pues por segunda vez utilizaba para sus artículos
informaciones obtenidas «en el círculo interno de mis oficinas de armamentos».
«Comprenderá usted, por lo tanto —concluía mi carta del 15 de diciembre—, que
en adelante no sea admitido en los actos internos que organice mi Ministerio».
[374] Desarrollado a partir del modelo del bazooka americano.
En noviembre de 1944 se fabricaron 997.000 «puños de tanque»; en diciembre,
1.253.000, y en enero de 1945, 1.200.000.
[375] Efectivamente, el 5 de agosto de 1944 Churchill pidió informes
sobre las posibilidades de Gran Bretaña para proceder a una guerra química con
gases venenosos contra Alemania. Según el informe pertinente, las 32.000
toneladas de gas mostaza y fosgeno podrían «contaminar de una manera efectiva
unos 2.500 km2 de territorio alemán, es decir, una extensión
mayor que la del conjunto de los territorios de Berlín, Hamburgo, Colonia,
Essen, Francfort y Kassel». (Irwing: Die Geheimwaffen des Dritten
Reiches, Hamburgo, 1969)
Según mi carta a Keitel del 11 de octubre de 1944 (RLA1302/44), hasta que se
produjeron los ataques a la industria química en verano de 1944, nuestra
producción alcanzaba mensualmente las 3.100 toneladas de iperita y 1.000 de
tabún. Así pues, durante los cinco años de guerra Alemania tuvo que almacenar
una cantidad de gases tóxicos que debía de superar la que tenían los
británicos, incluso suponiendo que la capacidad de producción hubiera ido
decreciendo durante la guerra.
[376] En octubre de 1944 todavía se fabricaban los productos básicos
empleados en la producción de gases tóxicos: 10.900 toneladas de metanol
(promedio mensual de 1943: 21.500 t) y 306 de cianuro (promedio mensual de
1943: 1.234 t).
[377] Véase la Memoria del 11 de noviembre de 1944.
[378] No hay duda de que las esperanzas del enemigo de terminar la
guerra en el invierno de 1944 a 1945 se habrían visto mejor cumplidas con la
desarticulación de la industria química, pues el transporte se recuperaba por
lo regular con mayor rapidez de lo que esperábamos; así, la provisión diaria de
vehículos (139.000 de promedio en 1943) era todavía de 70.000 en enero de 1945
(la mitad), de 39.000 en febrero (una tercera parte) y de 15.000 en marzo (lo
que, con todo, equivale a una novena parte de la producción inicial). Debido a
las grandes existencias almacenadas y por medio de este programa
complementario, la producción armamentística todavía pudo, alcanzar
rendimientos que se hallaban muy por encima de la reducción experimentada por
los transportes: el índice global de armamentos fue de 277 de promedio en 1944
(222 en 1943). En enero de 1945 había descendido a 227, es decir, en un 18%; en
febrero a 175 (36% menos); en marzo a 145, lo que equivale aproximadamente a la
mitad, aunque contábamos sólo con una novena parte del volumen de transportes.
En enero de 1945 (1943: 225.800 t) todavía logramos producir 175.000 toneladas
de munición, lo que constituía, a pesar de todo, el 70% de la producción de
1943, aunque se disponía únicamente de una octava parte del nitrógeno. En enero
de 1945 construimos 3.185 aviones (1943: 2.091 al mes), para los que había sólo
una treceava parte de carburante. En enero de 1945 suministramos 1.767 tanques,
cazadores de tanques, artillería de asalto y cureñas automotrices (promedio de 1943:
1.009), 5-089 camiones y remolques ligeros (10.453 en 1943) y 916 tractores
(1.416 en 1943); pero para el funcionamiento de estos vehículos sólo
disponíamos de una cuarta parte del carburante producido hasta la fecha.
Así pues, la catástrofe sufrida por la producción química fue un factor
decisivo para que disminuyera nuestra capacidad combativa.
[379] Citado del Acta de reuniones del Führer del 12 de
octubre de 1944, punto 27.
[380] En el informe de mi viaje del 31 de diciembre de 1944, escribí a
Hitler: «El tráfico […] ha de hacerse con las luces completamente enmascaradas.
Debido a la dificultad de los recorridos nocturnos y a la imposibilidad de
desplazarse durante el día, nuestra capacidad de movimiento, incluso con un
sistema de carreteras equivalente, sólo puede estar entre la mitad y la tercera
parte de la del enemigo, que circula casi sin estorbo durante el día y con las
luces encendidas por la noche. Otro obstáculo grave, especialmente para enviar
pertrechos y refuerzos, es el estado de las carreteras en el Eifel y en las
Ardenas […]. La mayor parte de los trayectos presenta curvas y pendientes que
no van a la zaga de las de los Alpes en cuanto a dificultad […]. La mentalidad
operativa del alto mando y las órdenes resultantes no siempre concuerdan con
los problemas de aprovisionamiento que estas implican. Al parecer, la cuestión
del aprovisionamiento y del envío de refuerzos tiene un papel secundario en
todas sus consideraciones […]. Pero si no se le presta la atención que merece,
la operación estará condenada al fracaso precisamente por este motivo».
[381] Como Hitler reconoció, sólo la muerte de la zarina Isabel lo salvó
de la derrota.
[382] Citado del Acta de reuniones del Führer del 3-5
de enero de 1945, punto 23.
[383] Según el Acta de reuniones del Führer del 3-5 de
febrero de 1945, punto 24. El éxito fue de Saur, que siempre se había quejado a
Hitler de las intromisiones del capitán general de las SS Jüttner,
lugarteniente de Himmler, en la auto responsabilización de la industria. El
relato de los detalles puso a Hitler de tan mal humor que, finalmente, dispuso
la destitución de Himmler.
[384] Citado del télex a Hitler del 21 de enero de 1945 y de la memoria
preliminar del 16 del mismo mes.
[385] Debo admitir que no por mucho tiempo: unos meses después dirigió
los combates de Breslau sin ninguna consideración por las vidas humanas ni los
edificios valiosos, y ordenó incluso que se ahorcara en público a su viejo
amigo Spielhagen, el alcalde de la ciudad; según supe más tarde por el
constructor Flettner, huyó de la sitiada Breslau poco antes de la capitulación
en uno de los pocos prototipos de helicóptero.
[386] Véase el discurso radiado de Hitler del 30 de enero de 1945.
[387] La primera cita se encuentra en la página 693 de Mi lucha de
Hitler, edición alemana de 1935; la segunda en la página 104. Además, en mi
celda de Nuremberg encontré, en la página 780, la siguiente cita
complementaria: «Pero también juzgará a los que, siendo dueños del poder,
pisotean el derecho y la ley, a los que conducen a nuestro pueblo a la miseria
y a la perdición y a los que, en medio de la desgracia de su patria, valoran
más su propio yo que la vida de la comunidad».
[388] También dejé en manos de Saur las reuniones con Hitler para tratar
de armamentos. Según las Actas, el 20 de enero tuve la última entrevista con
Hitler en este sentido. Después se reunió con Saur el 14 y el 26 de febrero y
el 8 y el 22 de marzo.
[389] Model renunció ese día a utilizar como base de artillería la mayor
empresa farmacéutica de Alemania: la Bayer-Leverkusen. Accedió a comunicar esta
decisión al enemigo y a rogarle que respetara la fábrica.
[390] El proyecto del 15 de marzo de 1945 fue elaborado con la
colaboración técnica del coronel Gundelach, jefe de la plana mayor de las
tropas de zapadores.
[391] Mediante circular del 12 de marzo de 1945.
[392] Ya habíamos pasado a los hechos consumados varias semanas antes:
el 19 de febrero de 1945, un día después de que, de acuerdo con un decreto de
Hitler, yo habría tenido que «distribuir las posibilidades de transporte entre
la Wehrmacht, la producción de armamentos, la alimentación y la economía […] y
establecer las prioridades», ordené en mi «Circular sobre la situación de los
transportes»: «Naturalmente, todo lo necesario para la supervivencia de la
población alemana figura en primer lugar. Hay que asegurar en la mayor medida
posible el abastecimiento de la población». Nos vimos obligados a adoptar esta
decisión porque el número de vagones disponibles había descendido a una tercera
parte.
A las presiones de Riecke, secretario del Ministerio de Abastecimientos, hubo
que agradecer que yo, mediante un decreto de la Sección de Planificación del 2
de marzo de 1945 y una orden cursada a la Sección de Construcciones, proveyera
de carbón y energía eléctrica a la se mencionaba el armamento.
Las columnas de camiones que teníamos a nuestra disposición para los
transportes urgentes de armamento fueron destinados, provistos del carburante
necesario, a la distribución de semilla para la siguiente cosecha, puesto que
los Ferrocarriles Federales declararon que no podían encargarse de hacerlo.
Gracias a un programa especial, llenamos los almacenes de Berlín con alimentos
para varios meses. Con arreglo a una oferta que hice al secretario del
Ministerio de Instrucción Pública, Zintsch, los camiones también trasladaron
obras de arte de los museos de Berlín para protegerlas en las minas de sal del
Saale. Los objetos que se salvaron entonces constituyen el núcleo de la actual
colección de los museos estatales de Berlín-Dahlem.
[393] A partir del ejemplo de Berlín, expuse en esta memoria lo que
supondría destruir los puentes: «La consecuencia de las voladuras de puentes
previstas para Berlín habría sido la insuficiencia en los abastecimientos
alimenticios de la ciudad y habría hecho, además, imposible durante años la
producción industrial y la vida en ella. Así pues, estas voladuras habrían
supuesto la muerte de Berlín». Hablé también en ella de las consecuencias que
las destrucciones acarrearían en la cuenca del Ruhr: «Si se vuelan los
numerosos puentes de ferrocarril que hay sobre los pequeños canales o valles
del Ruhr, o se destruyen los viaductos, la cuenca ni siquiera podría volver a
producir lo necesario para reconstruirlos». Además, en esta memoria del 15 de
marzo de 1945 pedí a Hitler que ordenara adoptar la consigna de distribuir las
existencias de los almacenes civiles y de la Wehrmacht cuando el enemigo
estuviera cerca.
[394] Aquí tenemos un ejemplo de la confusión que se producía en las
órdenes por culpa de las súbitas reacciones de Hitler. El mismo 18 de marzo,
Keitel comunicó, por medio de un télex: «El Führer ha decidido
de manera terminante (!) que: en la medida de lo necesario, en los territorios
occidentales directamente amenazados por el enemigo se pongan en práctica las
medidas de evacuación». Se había previsto una cobertura para el caso de que no fueran
obedecidas estas disposiciones: «Mientras se procede a la evacuación, no deben
sufrir menoscabo alguno las medidas militares, la retirada de productos
alimenticios ni el transporte de carbón».
Al día siguiente, 19 de marzo de 1945, Bormann promulgó un decreto para que se
ejecutara la orden más reciente de Hitler, según la cual «la evacuación se
realizará mediante caravanas en caso de que no se disponga de medios de
transporte. Dado el caso, la población masculina marchará a pie»
[395] Citado en mi carta del 29 de marzo de 1945 de acuerdo con la
reproducción de las palabras de Hitler. En aquel momento introduje la salvedad:
«Si no lo he comprendido mal…», formulación que podía permitir a Hitler
precisar lo que había dicho. En la misma carta resumí así la impresión que me
causó: «Después de estas palabras me sentí profundamente conmocionado».
[396] Este cuartel general, situado en un palacete que se levantaba en
una colina rocosa y comunicado con los búnkers por medio de escaleras, era el
que construí para Hitler en 1940, que él había rechazado.
[397] Se trata de la Orden del Führer sobre medidas de
destrucción en el territorio del Reich. Reza así:
«La lucha por la existencia de nuestro pueblo obliga, también dentro del
territorio del Reich, a emplear cualquier medio que pueda debilitar la
combatividad del enemigo e impedir que continúe su penetración. Deben
aprovecharse todas las posibilidades para dañar al máximo, directa o
indirectamente, la potencia de ataque del enemigo. Es una equivocación creer
que las instalaciones (de transporte, de comunicaciones, industriales o de
abastecimiento) no destruidas o sólo temporalmente paralizadas podrán ser
utilizadas en nuestro beneficio una vez se hayan reconquistado los territorios
perdidos. En su retirada, el enemigo sólo dejará una tierra quemada y no tendrá
ninguna consideración hacia la población de dichos territorios. »Por
consiguiente, ordeno:
1. Serán destruidas todas las instalaciones militares, de transporte, de
comunicaciones, industriales y de abastecimiento, así como los valores muebles
que haya dentro del territorio del Reich y que el enemigo pueda utilizar
inmediatamente o a corto plazo para proseguir el combate.
2. Serán responsables de poner en práctica estas medidas de destrucción las
jefaturas militares cuando se trate de objetivos de índole militar, incluidas
las instalaciones de transporte y de comunicaciones, y los jefes regionales y
comisarios de defensa del Reich cuando se trate de industrias e instalaciones
de abastecimiento y cualesquiera otros bienes muebles. Las tropas prestarán a
los jefes regionales y comisarios de defensa del Reich la ayuda necesaria para
llevar a cabo sus cometidos.
3. Esta orden será puesta con la mayor rapidez posible en conocimiento de todos
los mandos de tropa, e invalida todas las instrucciones que se opongan a ella».
Esta orden se oponía abiertamente a las peticiones que yo formulaba a Hitler en
mi memoria del 18 de marzo, que decían: «Debe garantizarse que, cuando la lucha
tenga lugar dentro del territorio del Reich, nadie esté autorizado a destruir
industrias, empresas carboníferas, centrales eléctricas y otras instalaciones
de abastecimiento, ni tampoco las vías de comunicación ni los canales
utilizados para la navegación interior. Si se volaran los puentes tal como está
previsto, las vías de comunicación sufrirían un perjuicio mucho mayor que el
que ocasionarían los ataques de la aviación enemiga».
[398] Mediante la observación «Para que sea ejecutada por el comandante
en jefe del grupo de ejércitos», Kesselring había traspasado a su subordinado,
el mariscal Model, toda responsabilidad derivada de la inobservancia de la
mencionada orden.
[399] Véase mi escrito del 3 de marzo de 1945 al ministro de Justicia
Thierack y su respuesta del 6 del mismo mes.
[400] Véase el Acta de la entrevista con el Führer del
22 de marzo de 1945, firmada por Saur.
[401] El texto del decreto era el siguiente:
«Asunto: Alojamiento de los compatriotas procedentes de los territorios
evacuados. Por orden de la autoridad superior, participo lo siguiente: El 19 de
marzo de 1945, el Führer publicó una orden sobre las medidas
de destrucción que ya le ha sido transmitida a usted o que ahora se le adjunta.
Al mismo tiempo, el Führer ordenó de manera igualmente
inequívoca que deben evacuarse los territorios que no se puedan conservar y que
se prevea que serán ocupados por el enemigo.
»El Führer ha ordenado a los jefes regionales de las zonas
fronterizas que hagan lo humanamente posible para asegurar la evacuación de
todos los compatriotas, es decir, su retirada absoluta. El Führer,
después de haber sido informado detalladamente, conoce las tremendas
dificultades que entraña esta exigencia.
»La exigencia del Führer se basa en consideraciones acertadas
y exactas. No puede plantearse la imposibilidad de la evacuación.
»Tan difícil como la evacuación y el transporte es el alojamiento de nuestros
compatriotas en las regiones alemanas interiores que los acojan; sin embargo,
debe lograrse este alojamiento aparentemente imposible. El Führer espera
que las regiones alemanas interiores muestren la comprensión necesaria hacia
las inevitables exigencias del momento.
«Tenemos que superar la actual situación empleando todos los medios posibles e
improvisando cuando sea necesario».
[402] Por lo que sé, Florian se distanció posteriormente de su intención
de publicar este borrador. Puede que hiciera sus observaciones sobre la falta
de valor del pueblo en un encuentro anterior.
[403] Hitler había establecido que, en una «zona de combate» de ocho a
quince kilómetros de amplitud, el Ejército se encargara de llevar a cabo las
destrucciones.
[404] Se trata de las «Disposiciones para ejecutar la Orden del Führer del
19 de marzo de 1945 (instalaciones de telecomunicación)», remitidas el 27 de
marzo a las cuatro de la tarde:
«Las instalaciones de transmisión de noticias se destruirán mediante voladuras,
incendio o demolición. Deberán inutilizarse por completo las dependencias
telefónicas, telegráficas y repetidoras, los nudos de comunicaciones (entradas
de cables, puntos de conmutación, ramificaciones de líneas y cables,
dispositivos tensores y, de disponer de tiempo suficiente, también las líneas y
cables de comunicación de superficie), las existencias y equipos telegráficos
de toda clase, cables y líneas, instrucciones de funcionamiento (planos de
distribución de cables y conexiones, descripciones de aparatos, etc.) e
instalaciones de radio (centrales receptoras y transmisoras, postes, antenas).
Se procurará transportar previamente todas las piezas que se estimen de valor
especial […].
»Seguirá una orden especial para la capital del Reich y sus alrededores, en
especial para las grandes instalaciones de radio de Nauen, Königswusterhausen,
Zeesen, Rehmate y Beelitz».
[405] Al salir de prisión, Seebauer, uno de mis jefes de sección en
aquella época, me comunicó que cuando estuve enfermo, en la primavera de 1944,
Hitler había pensado ya en Saur.
[406] En su última reunión estratégica, celebrada el 27 de abril de
1945; Hitler reaccionó con dureza: «Desobedecer una orden dada por mí
significa, cuando se trate de un jefe del Partido, su inmediata aniquilación
[…]. No puedo imaginar que un jefe del Partido a quien yo dé una orden se
atreva a no cumplirla». (Estenograma reproducido en el número 3 de Spiegel,
1966)
[407] Otros extractos de esta carta:
«Abandonar mi puesto, incluso aunque usted así me lo ordenara, sería para mí en
estos momentos decisivos una deserción frente al pueblo alemán y también frente
a mis leales colaboradores. A pesar de ello, y sin considerar las consecuencias
que ello puede acarrearme, me siento obligado a informarle, con franqueza y sin
tapujos, de mi punto de vista frente a los acontecimientos. He sido de los
pocos que siempre le han hablado honradamente y con franqueza, y así seguiré
[…].
»Creo en el futuro del pueblo alemán. Creo en una Providencia justa e
implacable y, por consiguiente, creo también en Dios. Sentí un profundo dolor
al ver, en los días de victoria de 1940, que amplios sectores de nuestra
jefatura perdían la serenidad. En aquel momento habríamos debido acreditarnos
frente a la Providencia con una actitud de decoro y de humildad interior. De
haberlo hecho así, la victoria habría estado con nosotros. Pero en aquellos
meses el Destino nos estimó demasiado débiles para afrontar éxitos mayores.
Nuestra indolencia y nuestra pereza nos llevaron a desperdiciar un año
valiosísimo para la industria de armamentos y para nuestro desarrollo, y con
ello nos hicimos responsables de que en los años decisivos de 1944 y 1945
muchas cosas llegaran demasiado tarde. Si hubiéramos adelantado un año todas
nuestras innovaciones, nuestro destino sería distinto. Como si la Providencia
hubiera querido prevenirnos, a partir de entonces todos los hechos militares
fueron seguidos de un infortunio sin igual. Jamás en una guerra las
circunstancias externas, como el mal tiempo, han desempeñado un papel tan
decisivo y desafortunado como en esta contienda, precisamente la más
tecnificada de todas. Las heladas de Moscú, las nieblas de Stalingrado y el
cielo despejado durante la ofensiva de invierno de 1944 en el frente occidental
[…].
»Sólo podré continuar trabajando con dignidad, convicción y fe en el futuro si
usted, mein Führer, sigue apoyando como hasta ahora el
mantenimiento de la energía vital de nuestro pueblo. No voy a entrar en
detalles sobre la orden de destrucción promulgada por usted el 19 de marzo de
1945, que, mediante medidas apresuradas, despojará al pueblo alemán de sus
últimas posibilidades industriales y cuyo conocimiento conmocionará
profundamente a la población. Todas estas son cosas que, aunque decisivas,
soslayan lo fundamental […].Tiene usted que comprender lo que ocurre en mi
fuero interno. No puedo rendir todo lo posible ni inspirar la confianza
necesaria si, al tiempo que invito a los trabajadores a sacrificarse al máximo,
preparamos la destrucción de lo que constituye la base de su existencia».
[408] El texto del decreto era el siguiente: «El Führer Cuartel
general, 30 de marzo de 1945
Para unificar la ejecución de mi decreto del 19 de marzo de 1945, ordeno:
1. Las medidas de destrucción de instalaciones industriales tienen por único
objeto impedir que el enemigo aproveche estas instalaciones y servicios para
aumentar su fuerza combativa.
2. Las medidas que se adopten no deberán debilitar de ningún modo nuestra
propia fuerza combativa. La producción deberá mantenerse en lo posible hasta el
último momento, aun a riesgo de que alguna industria caiga intacta en manos del
enemigo en caso de producirse un rápido avance. Por consiguiente, las
instalaciones industriales de todo tipo, incluidas las de abastecimientos, no
serán destruidas hasta que estén directamente amenazadas por el enemigo.
3. Mientras que, en el caso de puentes y otros puntos de comunicación, sólo su
total destrucción puede impedir que el enemigo haga uso de ellas, en las
instalaciones industriales se puede lograr el mismo resultado mediante una
paralización eficaz.
La destrucción total de empresas de especial importancia (por ejemplo, centros
de municiones, importantes fábricas químicas, etc.) será establecida por el
ministro de Armamentos y Producción de Guerra en cumplimiento de mis
instrucciones.
4. La puesta en práctica de las medidas de paralización y destrucción de las
instalaciones industriales y otros servicios será ordenada por el jefe regional
y comisario de defensa del Reich, quien velará por su cumplimiento.
La ejecución de la orden será de la exclusiva incumbencia de las centrales y
delegaciones del Ministerio de Armamentos y Producción de Guerra.
5. El ministro de Armamentos y Producción de Guerra cuenta con mi aprobación
para dictar las disposiciones necesarias para que se ejecute la orden. Él podrá
impartir instrucciones concretas a los comisarios de defensa del Reich.
6. Estos mismos principios son aplicables a las empresas e instalaciones
enclavadas en la zona de combate.
Firmado: Adolf Hitler». El decreto se refería únicamente a la industria. La
orden de destrucción de los canales de navegación, instalaciones ferroviarias y
de transmisiones y puentes no habían sufrido modificación alguna.
[409] La orden, cursada a través de Jodl, fue promulgada el 29 de marzo
y comunicada por Bormann a los jefes nacionales y regionales el 30 del mismo
mes.
[410] Estas disposiciones se enumeran en el «Asunto Secreto del Reich»
del 30 de marzo de 1945.
[411] El télex que dirigí a todos los encargados de vías de navegación
que estaban bajo mis órdenes rezaba así:
«Las voladuras de esclusas, diques, presas, puentes sobre canales e
instalaciones portuarias no se llevarán a efecto sin mi autorización, tal y
como lo dispone el decreto del Führer del 30 de marzo de 1945.
Comuníquese a la plana mayor de la Wehrmacht, con el ruego de que sean
informadas las dependencias militares».
[412] Por ejemplo, un radiograma enviado por el jefe regional
Uiberreither decía así:
«Radiograma – PZR n.° 5/6 0830 3-4-1945 Al ministro del Reich Albert Speer
Berlín W 8.
En relación con la orden del Führer del 19 de marzo, solicito
instrucciones detalladas sobre las empresas de armamentos de mi región que no
hayan de ser destruidas en ningún caso. Dado que la situación militar es muy
insegura, se puede contar con un ataque por sorpresa en cualquier momento.
Llamo su atención sobre las fábricas de aviación de Marburg, Steyr y
Daimler-Puch-Graz, y sobre el traslado de industrias. Las industrias de
armamentos de la Alta Estiria han de ser consideradas teniendo en cuenta mi
desconocimiento de la situación militar en el Bajo Danubio. ¿Deben ser
destruidas las centrales hidráulicas del Drave y el Mur, así como las centrales
de vapor, antes de dejar que caigan intactas en manos del enemigo? Aquí sus
directrices sólo tienen una validez condicionada, ya que no se puede hablar de
un frente continuo.
Firmado: jefe regional Uiberreither».
Mi respuesta fue la siguiente: «Al jefe regional Uiberreither, Graz. Berlín,
3-4-1945.
De acuerdo con la orden del Führer del 30 de marzo de 1945, no
va a haber tierra quemada. Todas las instalaciones y servicios habrán de ser
paralizados, de forma que no contribuyan a acrecentar el potencial bélico
enemigo. En casi todos los casos bastará con una paralización duradera
realizada por especialistas, lo que nos permitirá lograr el fin señalado por elFührer.
Esto afecta también a las industrias citadas por usted en su radiograma. Con su
orden del 30 de marzo de 1945, el Führerha anulado a propósito las
diversas posibilidades de interpretación de la orden del 19 del mismo mes,
decidiéndose de manera inequívoca por la paralización. Así pues, únicamente se
realizarán destrucciones en los casos en los que el fin previsto no pueda
lograrse por medio de una paralización.
Por lo demás, el Führer establece que se debe trabajar hasta
el último momento. Las centrales eléctricas sólo deben ser paralizadas.
Firmado: Speer».
[413] El decreto de Hitler del 7 de abril de 1945 (con los pasajes
tachados por él) decía así:
«Para unificar la ejecución de mi decreto de 19 de marzo de 1945, ordeno lo
siguiente respecto a transportes y comunicaciones:
1. Los puentes de importancia operativa han de ser destruidos de tal manera que
el enemigo no pueda utilizarlos.
El Alto Mando de la Wehrmacht fijará en cada caso en qué lugares y sectores
(cursos fluviales, trayectos de autopista, etc.) hay que destruir dichos
puentes. Se castigará con el máximo rigor la desobediencia a esta orden de
destrucción.
2. Todos los puentes restantes se destruirán únicamente cuando los comisarios
de defensa del Reich, en colaboración con las oportunas dependencias del
Ministerio de Transportes del Reich y con el ministro de Armamentos y
Producción de Guerra, determinen la paralización de sus producciones o la
imposibilidad de transportarlas a causa de la proximidad del enemigo o por sus
actividades.
Con objeto de poder mantener hasta el último minuto la producción exigida en mi
decreto del 30 de marzo de 1945, [también (tachado)] deberán conservarse las
vías de circulación hasta el último momento, [incluso a riesgo de que, en caso
de producirse un rápido movimiento del enemigo, pudiera caer en sus manos un
puente intacto, a excepción de lo señalado en el apartado 1 (tachado)].
3. El resto de objetos y equipamientos que tengan importancia para la
circulación (construcciones artísticas de cualquier clase, instalaciones
viarias, servicios y dispositivos), así como las instalaciones de Transmisiones
del Reich, Ferrocarriles del Reich y sociedades privadas, se paralizarán de
modo duradero.
En todas las medidas de destrucción y evacuación, a excepción de los citados en
el apartado 1, deberá procurarse que cuando se recuperen los territorios
perdidos estos puedan ser reutilizados para la producción alemana.
Cuartel general, 7 de abril de 1945.
Adolf Hitler».
El decreto presentaba varias ventajas. Era de suponer que los departamentos
afectados difícilmente podrían realizar a tiempo las necesarias comprobaciones.
Debía suspenderse la orden de destrucción, vigente hasta entonces, de
instalaciones ferroviarias y de transmisiones, locomotoras y vagones, así como
el hundimiento de buques. La amenaza de aplicar duros castigos quedaba limitada
a la destrucción de puentes de importancia operativa, ya que en los apartados 2
y 3 quedaba expresamente excluida.
[414] Mediante su telegrama urgente KR - n.° 003403/45 gkdos, del 7 de
abril de 1945, Keitel transmitió únicamente instrucciones para destruir los
puentes de importancia operativa, pero evitó desarrollar los elementos
positivos del decreto de Hitler por medio de una interpretación igualmente
positiva.
[415] El borrador de este discurso es del 8 de abril de 1945; el
borrador con las correcciones para la prensa es del 10 de abril del mismo año.
[416] Según me explicó Saur mientras estábamos en la prisión de
Nuremberg, Hitler dijo por aquellos días que «Speer era el mejor de todos».
[417] Ya se conocía el plan de división de Alemania; Holstein se
encontraba en la zona inglesa. Yo creía que los ingleses se comportarían
caballerosamente con las familias de los altos mandos nacionalsocialistas;
además, la finca pertenecía a la jurisdicción de Dönitz, adonde tenía la
intención de dirigirme cuando llegaran los últimos días.
[418] A este respecto, el doctor Gerhard Klopfer dijo, en su declaración
jurada de julio de 1947:
«Poco tiempo después, Speer, por mediación del doctor Hupfauer, quiso saber qué
opinaba de sus propósitos de pronunciarse públicamente en favor del doctor
Brandt en el proceso que se seguía contra él. Yo le hice saber que estaba
convencido de que el procedimiento iniciado contra Brandt apuntaba a la vez
contra él. Le dije que, en una situación tan delicada como aquella, si aparecía
en público daría al instigador del procedimiento (Bormann) el motivo que
esperaba para descargar el golpe que seguramente ya habría proyectado contra
él».
[419] Von Below, asistente de Hitler para la Luftwaffe, puso en orden
este asunto.
[420] Ya había expuesto a Hitler estas consecuencias en mi memoria del
15 de marzo de 1945. Véase el capítulo XXIX, nota 6.
[421] Se destruyeron 84 de los 950 puentes de Berlín. No hay duda de que
la postura de Heinrici contribuyó a este favorable resultado. Además, dos de
mis colaboradores berlineses, Langer y Kumpf, se comprometieron a obstaculizar
en lo posible la voladura de puentes incluso durante los combates.
[422] Texto completo del discurso, escrito el 16 de abril de 1945:
«Jamás un pueblo civilizado ha recibido tan duro golpe, jamás la desolación y
los daños causados por la guerra han sido tan grandes como en nuestro país y
jamás un pueblo ha hecho frente a la dureza de la guerra con mayor tenacidad,
resistencia y fe que vosotros. Ahora todos os sentís profundamente abatidos y
conmocionados. Vuestro amor se transforma en odio y vuestra tenacidad en
cansancio e indiferencia.
»Pero eso no debe ser así. Durante esta guerra el pueblo alemán ha demostrado
una unión que en el futuro provocará la admiración de una historia justa.
Precisamente en este momento no debemos dejarnos llevar por el dolor ni debemos
llorar por el pasado. Sólo podremos seguir soportando nuestra suerte si
trabajamos con tesón. Y podremos ayudarnos si establecemos de forma real y
objetiva lo que hace falta en este momento.
»Ahora sólo tenemos un cometido importante: evitar todo lo que pueda arrebatar
por completo al pueblo alemán las bases de su existencia, ya tan limitadas.
Mantener nuestros lugares de trabajo, conservar las vías de comunicación y el
resto de puntos importantes para el abastecimiento constituyen la principal
premisa para sostener la fuerza vital de nuestro pueblo. Por consiguiente, en
esta fase de la guerra hay que evitar todo lo que pueda producir nuevos daños a
nuestra economía.
»Como ministro responsable de la producción de todas las empresas y del
mantenimiento de las carreteras, canales y transportes, y de acuerdo con las
instancias superiores de la Wehrmacht, ordeno lo siguiente:
1. A partir de ahora queda prohibida la destrucción o paralización de puentes,
empresas de cualquier tipo, canales o instalaciones ferroviarias y de
comunicaciones.
2. Deberán quitarse las cargas de todos los puentes y suspenderse todos los
preparativos encaminados a realizar cualquier destrucción y paralización.
Respecto a las paralizaciones que ya se hayan efectuado, las piezas retiradas
deberán ser repuestas.
3. Los organismos locales adoptarán de inmediato medidas para proteger las
fábricas y las instalaciones ferroviarias y de comunicaciones.
4. Estas órdenes son aplicables tanto en el territorio del Reich como en los
territorios ocupados de Noruega, Dinamarca, Bohemia, Moravia e Italia.
5. Todo aquel que se oponga a esta disposición estará perjudicando de forma
consciente y decisiva al pueblo alemán, lo que lo convertirá en su enemigo. Los
soldados de la Wehrmacht y del Volkssturm quedan facultados
por la presente para proceder por todos los medios contra estos enemigos del
pueblo y para recurrir a las armas en caso necesario.
»Al renunciar a la voladura de los puentes que ya están preparados para ello,
damos a nuestros enemigos una ventaja operativa. Por eso, pero más aún por
razones de estrategia humanitaria, reclamamos que nuestros enemigos suspendan
los ataques aéreos contra las ciudades y pueblos alemanes, incluso aunque en
ellos se encuentren instalaciones de importancia militar. Por nuestra parte,
procederemos a una entrega ordenada de las ciudades y pueblos que están ya
completamente cercados. Las ciudades que carezcan de posibilidades reales de
defensa deberán declararse abiertas.
»Para evitar injusticias y graves equivocaciones en esta última fase de la
guerra, y en interés del pueblo alemán, se ordena lo siguiente:
1. Los prisioneros de guerra y los trabajadores extranjeros continuarán en sus
lugares de trabajo. Si ya se están desplazando, deberán ser dirigidos a su
patria.
2. En los campos de concentración deberá separarse a los presos políticos y,
por tanto, también a los judíos, de los internados por delitos comunes. Los
primeros deberán ser entregados, sin sufrir ningún daño, en los campamentos de
las tropas ocupantes.
3. El cumplimiento de sentencias aplicadas a los presos políticos, incluidos
los judíos, queda sin efecto hasta nueva orden.
4. El servicio en el Volkssturm para luchar contra el enemigo
es completamente voluntario. Por lo demás, el Volkssturm está
obligado a cuidar del orden en el territorio nacional y los miembros del
Partido nacionalsocialista deberán auxiliar alVolkssturm en sus
cometidos hasta que se produzca la ocupación, con el fin de demostrar que
tienen el propósito de servir a la nación hasta el último momento.
5. Se suspenderán inmediatamente las actividades de la organización Werwolf y
otras similares, pues justifican las represalias del enemigo y, además, minan
las bases del mantenimiento de la fuerza vital del pueblo.
»El sentido del orden y el cumplimiento del deber son premisas primordiales
para la supervivencia del pueblo alemán.
»La devastación que esta guerra ha ocasionado a Alemania sólo puede compararse
con la de la guerra de los Treinta Años. Sin embargo, las pérdidas de vidas
humanas a consecuencia de las epidemias y el hambre no deben alcanzar el mismo
volumen que en aquella época. Queda exclusivamente en manos del enemigo decidir
hasta qué punto concederá al pueblo alemán los honores y oportunidades que
merece un adversario que, aunque vencido, ha combatido heroicamente, y así
pasar también a la Historia por su generosidad y rectitud.
«También cada uno de vosotros puede contribuir desde donde esté a evitar
gravísimos daños a la nación. Para este fin, durante los próximos meses habréis
de mostrar con mayor fuerza que nunca la voluntad de reconstrucción con que,
tanto obreros como jefes de empresas y ferroviarios, habéis intentado subsanar
una y otra vez las consecuencias de los ataques aéreos. Tiene que desaparecer
la comprensible apatía que se ha adueñado del pueblo a consecuencia del terror
paralizante y de los tremendos desengaños sufridos durante los últimos meses.
Dios ayudará únicamente a un pueblo que no se abandone en esta situación
desesperada.
»Para el futuro próximo os doy las siguientes directrices, que se aplicarán
incluso en los territorios ya ocupados:
1. Lo más importante de todo es reparar los daños sufridos por las
instalaciones ferroviarias. Por tanto, siempre que el enemigo lo permita o Lo
ordene debe procederse a la reconstrucción de este sector utilizando todos los
medios y empleando toda clase de recursos, pues mantener el tráfico permitirá
alimentar a grandes territorios en los que, de no existir comunicaciones, la
población se vería expuesta a agudas hambrunas. Además, sólo si se restablece
en lo imprescindible la red de comunicaciones podréis reuniros algún día con
vuestras familias. Por consiguiente, en interés de todos vosotros, debéis
apoyar por todos los medios el restablecimiento de la circulación.
2. La industria y los artesanos, que han prestado en esta guerra unos servicios
inigualables, tienen la obligación de atender con la mayor rapidez posible
cualquier pedido que se les haga para la reconstrucción de las instalaciones
ferroviarias y de dar siempre preferencia a estos pedidos.
3. En el transcurso de seis años de guerra, el campesino alemán ha demostrado
disciplina y ha entregado sus productos de forma ejemplar, según las
disposiciones dictadas al efecto. Todos los agricultores alemanes deben
suministrar en el futuro la mayor cantidad posible de sus productos. No es
necesario decir que el campesino alemán realizará con pleno sentido del deber
los trabajos necesarios para la cosecha de este año. Él conoce la
responsabilidad que ha contraído con todo el pueblo alemán.
4. Los productos alimenticios deben gozar siempre de prioridad en el
transporte. Las industrias alimenticias serán abastecidas de energía eléctrica,
gas, carbón o madera antes que cualquier otra industriado servicio.
5. Los departamentos oficiales no deben disolverse. Sus jefes son totalmente
responsables de ello. Será culpable a los ojos del pueblo todo aquel que
abandone su puesto de trabajo sin autorización de sus superiores. La
administración es también necesaria para impedir que el pueblo alemán se vea
sumido en el caos.
»Si trabajamos con la misma tenacidad que hemos observado en los últimos años,
el pueblo alemán continuará existiendo sin experimentar graves pérdidas. El
tráfico puede hallarse en condiciones satisfactorias dentro de dos o tres
meses. Según nuestros cálculos, la zona que se extiende al oeste del Oder puede
seguir siendo abastecida, aunque frugalmente, hasta la próxima cosecha. Si
nuestros enemigos van a permitirlo es algo que aún está por ver. Sin embargo,
es mi obligación luchar hasta el último momento por la subsistencia de nuestro
pueblo.
»Los reveses militares que Alemania ha sufrido en los últimos meses son
estremecedores. Ya no está en nuestras manos el rumbo que pueda tomar el
destino de nuestra nación. Sólo la Providencia puede cambiar nuestro futuro.
Pero nosotros mismos podemos favorecerlo si trabajamos con aplicación y
diligencia, si nos mostramos dignos y llenos de confianza en nosotros mismos al
relacionarnos con el enemigo al tiempo que nos volvemos más modestos y
autocríticos en nuestro fuero interno y mantenemos una fe inquebrantable en el
futuro de nuestro pueblo, que perdurará por los siglos de los siglos.
»Dios proteja a Alemania».
[423] La carta dice así:
«16 de abril de 1945. Querido señor Fischer: Dado que pronto se romperán las
líneas de comunicaciones, es posible que tenga que utilizar las emisoras de
radio para difundir instrucciones fundamentales: paralizar en vez de destruir,
etc. Usted responderá personalmente de que se mantenga el suministro de energía
eléctrica hasta el último instante incluso en la emisora Werwolf, es decir, la
de Kónigwusterhausen. El corte de energía eléctrica sólo deberá ser ejecutado
por usted en persona uña vez haya comprobado por las emisiones enemigas que las
emisoras han sido ocupadas. Cordialmente, Speer».
[424] Acto seguido fui a entrevistarme con el comandante en jefe del
grupo de ejércitos, mariscal Busch, quien estuvo de acuerdo en entregar
intactos los puentes de Hamburgo sobre el Elba, incluso aunque hubiera combates
en la zona. Me prometió al mismo tiempo no utilizar como base de apoyo militar
la central térmica de turba de Wiesmoor, en Emsland (15.000 kw), de gran
importancia para el abastecimiento de emergencia de Hamburgo, ya que en un
futuro próximo no se podría contar con ningún tipo de transporte de carbón ni
de suministros procedentes de otras zonas.
[425] En aquella época Kaufmann ya había establecido contacto con los
ingleses para entregar sin lucha la ciudad de Hamburgo, que había sido
declarada «fortaleza» por Hitler. El 22 de abril se perdió Königwusterhausen.
[426] El capitán general de las SS Berger me confirmó en Nuremberg que
Hitler había querido suicidarse el 22 de abril de 1945.
[427] Se había adoptado ya la decisión de que, en caso de que Alemania
quedara dividida, debería crearse un territorio septentrional, que sería
gobernado por Dönitz, mientras que Hitler se reservaba la parte meridional.
El 2 de abril de 1945 Bormann dijo a los funcionarios del Partido: «Será un
canalla quien abandone su región sin una orden expresa del Führer a
causa de los ataques enemigos, quien no luche hasta el último aliento. Será
tachado de desertor y tratado como tal. Alzad los corazones y superad cualquier
flaqueza. Ahora sólo vale una consigna: vencer o caer».
[428] Krebs llevaba los asuntos del «enfermo» Guderian. Aunque Hitler
había entregado oficialmente a Keitel el mando supremo de la Wehrmacht y sólo
se había reservado el mando de las tropas que se encontraban en Berlín, no
salió de su bunker para dirigirlas, sino que continuó dando las órdenes desde
su despacho. Es probable que la del 23 de abril fuera una «pequeña reunión
estratégica», pues no estuvieron presentes el comandante militar de Berlín ni
los restantes jefes de tropas.
[429] Canciller alemán del 3 de octubre al 9 de noviembre de 1918, el
príncipe Max de Baden tuvo que asumir la ingrata tarea de cursar la solicitud
de armisticio a los vencedores de la Primera Guerra Mundial. [N. del T.]
[430] El primer radiograma, fechado el 30 de abril de 1945 y recibido a
las 18.35 horas, rezaba así:
«Gran almirante Dönitz: El Führer, señor gran almirante, lo ha
nombrado sucesor suyo en sustitución del mariscal del Reich Göring,
anteriormente designado para el cargo. Los poderes por escrito ya están en
camino. Puede adoptar inmediatamente todas las medidas derivadas de la actual
situación. Bormann».
El radiograma del 1 de mayo de 1945, recibido a las 15.18 horas, decía así:
«Gran almirante Dönitz (Asunto de Mando. Transmítase únicamente por medio de un
oficial.) Führer fallecido ayer a las 15.30 horas. El
testamento del 29-IV le transfiere a usted el cargo de presidente del Reich. El
ministro Goebbels será canciller del Reich, el jefe nacional Bormann será
ministro del Partido y el ministro Seyss-Inquart será ministro de Asuntos
Exteriores. Por disposición del Führer, el testamento ha sido
comunicado a usted y al mariscal Schörner y sacado de Berlín para asegurar que
llegue a conocimiento público. El jefe nacional Bormann intentará visitarlo hoy
mismo para exponerle la situación. Quedan a su elección la forma y el momento
de comunicarlo a las tropas y al público.
»Ruego acuse de recibo. Goebbels. Bormann».
[431] Bien mirado, Dönitz no podía remitirse a una sucesión legal de
Hitler, que según la Constitución del Reich alemán requería que se convocaran
elecciones. Su legitimidad se basaba más bien en el carisma de su predecesor,
lo que él mismo confirmaba al decir en público que ejercía su cargo en
cumplimiento de la última voluntad de Hitler. Así pues, la primera acción
gubernamental de Dönitz sólo fue ilegítima en el sentido de que con ella
despreció gran parte de la voluntad de Hitler, que por otra parte había acatado
desde el momento en que empezó a ejercer sus funciones tras recibir el primer
telegrama.
Por lo demás, posiblemente la imposición de Hitler al nombrar a los ministros
que habrían de constituir el gabinete, en vez de dejar que lo hiciera su
sucesor, fue una de las ocurrencias más grotescas de su actividad de estadista.
Como tantas otras veces en los últimos años, también entonces dejó en el aire
si, en última instancia, correspondía al canciller o al presidente del Reich
decidir, como autoridad suprema, en caso de que se produjeran divergencias en
el gabinete. De acuerdo con la letra del testamento, Dönitz no podía destituir
al canciller del Reich ni a ninguno de los ministros, incluso aunque
demostraran ser unos ineptos. Había sido privado de antemano de esta autoridad,
la más importante de todo jefe de Estado.
[432] Para las ideas de aquella época, el continente groenlandés se
hallaba tan alejado y solitario que ni siquiera un vuelo de reconocimiento
intensivo podía resultar peligroso. Los aviones que aprovisionan a las
estaciones meteorológicas podían almacenar en sus depósitos combustible
suficiente para volar de Groenlandia a Inglaterra, donde pensábamos entregarnos
a fines de otoño de 1945.
[433] Se trataba de una versión resumida del discurso que hice grabar el
21 de abril de 1945 en la emisora de radio de Hamburgo. El añadido que exigió
Schwerin-Krosigk rezaba así: «Sólo por esta razón (la de evitar pérdidas a la
población alemana), el gran almirante se ve obligado a no deponer las armas. El
único objeto de que la lucha prosiga es no dejar morir a los alemanes que huyan
de los ejércitos soviéticos o se encuentren amenazados por ellos. Nuestro
pueblo, que tan valientemente ha resistido todos los sufrimientos ocasionados
por esta guerra, tendrá que aceptar el último deber que le impone la heroica
lucha de Alemania».
[434] El Berliner Zeitung publicó el 8 de mayo de 1945
una noticia procedente del cuartel general de Zukov: «Después de la firma,
Keitel y sus acompañantes fueron obsequiados en la residencia que se puso a su
disposición con caviar, vodka y champaña. La comida no se diferenció en
absoluto de los banquetes de los aliados».
[435] Véase la carta a Dönitz del 7 de mayo de 1945. El 5 de mayo le
comuniqué, por medio de su «jefe del gabinete civil» Wegener: «Tan pronto esté
resuelta la cuestión de la entrega de los territorios todavía ocupados (al
enemigo) y de los territorios residuales alemanes aún sin ocupar, me retiraré
de los dos Ministerios del Reich y, por consiguiente, me excluyo del Gobierno
alemán que haya de constituirse». Dönitz me rogó que me quedara. El 15 de mayo
exigí una vez más a Schwerin-Krosigk:
«Respecto a la lista de los miembros del Gobierno, se hacen necesarias las
siguientes observaciones:
1. El señor Speer estima necesario que se nombre a un sustituto adecuado para
dirigir los asuntos ministeriales de Producción y Economía, con el fin de
quedar después a disposición de los aliados. Momentáneamente, durante el
traspaso de poderes, puede aprovecharse su experiencia para restablecer la
producción y la actividad constructiva […]».
[436] Las tropas alemanas de la sede gubernamental de Dönitz fueron
autorizadas a llevar armas ligeras incluso después del armisticio. Durante este
encuentro, según consta en el acta de la sesión del 19 de mayo de 1945, afirmé,
«con el fin de no permitir ninguna interpretación errónea de mi forma de
actuar, que no necesito acumular puntos a mi favor. Mi comportamiento político
va a ser investigado por la parte contraria».
[437] Con el fin de poder observar mejor a los prisioneros, en cada una
de las recias puertas de roble de las celdas se había practicado una abertura
cuadrada de unos 25 cm de lado.
[438] Véase la carta a mi esposa del 27 de octubre de 1945. Sobre este
tema seguí escribiéndole, el 15 de diciembre de 1945: «Es mi deber estar aquí.
Cuando se trata del destino de la nación alemana entera, no se debe pensar
demasiado en el de uno mismo». Marzo de 1946: «No puedo defenderme de una
manera indigna. Creo que lo comprenderás, pues de lo contrario, si olvidara que
muchos millones de alemanes han caído por un ideal equivocado, los niños y tú
tendríais que avergonzaros». 25 de abril, a mis padres: «No os abandonéis a la
ilusión de que lucho esforzadamente por mi caso. Hay que asumir la
responsabilidad y no pedirle buena cara al mal tiempo».
[439] Carta del 15 de diciembre de 1945 (a mi esposa): «De no haber
desempeñado mi cargo, habría sido un soldado. Y entonces, ¿qué? Cinco años de
guerra es un tiempo muy largo, y seguramente habría sufrido muchas más
penalidades y quizá habría tenido un destino más duro. Me someto de buen grado
a mi situación actual si con ella puedo prestar todavía un servicio a la nación
alemana». Del 7 de agosto de 1946: «En tales situaciones, el objetivo no es
conservar la propia vida. Todo soldado en guerra corre un riesgo y no puede
hacer nada para evitar su destino».
[440] Durante los interrogatorios admití ante el tribunal mi parte de
responsabilidad en el programa de trabajadores forzados: «Yo agradecía a
Sauckel toda la mano de obra que me procuraba. Muchas veces lo hice responsable
de no haber obtenido los rendimientos deseados en la producción de armamento
por no haber dispuesto de los trabajadores necesarios. […] Naturalmente, sabía
que en las industrias de armamento trabajaban obreros extranjeros y estaba de
acuerdo con ello. […] Ya he dicho con bastante claridad que encontré acertada
la política de Sauckel para traer a Alemania trabajadores [forzados]
procedentes de los países ocupados. […] En gran parte, los obreros eran traídos
a Alemania en contra de su voluntad, y no tuve nada que objetar a ese hecho. Al
contrario, durante la primera época, hasta otoño de 1942, empleé toda mi
energía para hacer venir a Alemania toda la mano de obra posible».
[441] Estas citas proceden del interrogatorio de Flächsner y del
contrainterrogatorio de Jackson.
[442] Carta de junio de 1946 (a mi esposa): «Para mí, lo más importante
ha sido poder decir la verdad sobre el final. Es algo que el pueblo alemán
tenía que saber». Carta de mediados de agosto de 1946: «Como mejor puedo ayudar
a la nación es diciendo la verdad sobre toda esta locura. Con ello no quiero
obtener ni obtendré ninguna ventaja».
[443] Sobre la reacción de los otros acusados le escribí a mi esposa
(agosto de 1946): «Tras haber oído el relato de mis actividades en la última
fase de la guerra, la mayoría de los acusados me han hecho la vida tan difícil
como han podido. Eso me permite hacerme una idea aproximada de cómo habrían
actuado si se hubiesen enterado de ellas antes de terminar la contienda. Poco
habría quedado de la familia».
[444] Después del descanso, respondí al tribunal: «Relato los detalles
muy a disgusto, pues este tipo de cosas encierran algo antipático. Lo hago
únicamente porque el Tribunal lo desea. […] No deseo que esta fase repercuta en
la resolución de mi caso».
[445] Del contrainterrogatorio efectuado por Jackson.
[446] En general, los defensores dudaron tan poco como los acusados de
la autenticidad de los documentos presentados. Cuando eso sucedía, la acusación
retiraba el documento, menos en el caso del acta, levantada por Hossbach, de la
reunión en la que Hitler dio a conocer sus propósitos bélicos. Con todo,
Hossbach confirmó posteriormente en sus memorias la autenticidad del acta.
[447] Desde luego, la utilización de los medios técnicos no se limitaba
a nuestro país. Henry L. Stimson (ministro de Asuntos Exteriores de Estados
Unidos de 1929 a 1933 y ministro de la Guerra de 1911 a 1913 y de 1940 a 1945)
escribió un año después en Foreign Affairs, en un artículo titulado
«El proceso de Nuremberg: un hito de la historia del Derecho», lo siguiente:
«No debemos olvidar jamás que los progresos contemporáneos, tanto respecto a
las condiciones de vida como en la ciencia y la técnica, brutalizan
extraordinariamente cualquier guerra. Incluso quien se vea involucrado en una
guerra puramente defensiva tendrá que asumir en gran medida este proceso de
brutalización. En las guerras modernas se ha vuelto imposible atenuar los
métodos de destrucción y la pérdida de dignidad de todos los que participan en
el combate […]. Las dos últimas guerras mundiales demuestran de forma
inequívoca que el carácter inhumano de las armas y los métodos que se emplean
es imparable, tanto en manos del atacante como del que se defiende. Para hacer
frente a la agresión japonesa, como ha testificado el almirante Nimitz, nos
vimos obligados a aplicar una técnica de guerra submarina ilimitada que no fue
muy distinta de la que utilizó Alemania y que hace veinticinco años nos obligó
a entrar en la Primera Guerra Mundial. La guerra aérea estratégica ha causado
la muerte de cientos de miles de civiles en Alemania y Japón […]. Hemos
suministrado, lo mismo que nuestros enemigos, la prueba de que el problema
básico no es la guerra en sí ni la forma de hacerla. Según todas las
probabilidades, una nueva guerra significaría ineludiblemente el fin de nuestra
civilización».
[448] Casi dos décadas más tarde, en la conferencia de prensa celebrada
el 20 de agosto de 1963, Kennedy dijo: «Ahora podemos matar en una hora a
trescientos millones de personas». (De Kennedy and the Press, 1965)
[449] Sobre mis últimas palabras y mis perspectivas en el proceso, a
mediados de agosto de 1946 escribí a mi familia: «Tengo que estar preparado
para todo. Aún no se sabe quién va a ser más digno de lástima después de la
sentencia. […] Flächsner se ha vuelto pesimista. Lo consuelo con conversaciones
filosóficas. No debo poner en primer plano mi destino personal. Por lo tanto,
mis últimas palabras no van a referirse en absoluto a mi caso».
A comienzos de septiembre de 1946: «Ayer dije mis últimas palabras. He intentado
cumplir una vez más con mi deber, pero dudo que se me reconozca. Tengo que
marchar por un camino recto, incluso aunque hoy no se comprenda».
[450] Es verdad que estas esperanzas eran engañosas. Tal y como expone
Eugene Davidson en The Trial of the Germans (Nueva York,
1966), los trabajos forzados ya fueron introducidos por el general Clay en la
zona americana de Alemania el 17 de febrero de 1946 en virtud de la Ley n.° 3
de la Comisión de Control. El 28 de marzo de 1947 escribí en mi diario de Nüremberg:
«La deportación de mano de obra es, sin duda alguna, un crimen internacional, y
no voy a protestar contra la sentencia porque ahora otras naciones la
practiquen. Estoy convencido de que entre bastidores, en las conversaciones
referentes a los prisioneros de guerra alemanes, se sacan a relucir las leyes
sobre los trabajos forzados y el modo en que el proceso de Nüremberg los
interpretó y castigó. ¿Podría debatir ahora nuestra prensa este asunto con
tanta franqueza si los trabajos forzados no hubiesen sido considerados
públicamente, durante meses, un verdadero delito? […] La convicción de estar
sufriendo un castigo “injusto” por el hecho de que “los otros” cometan ahora la
misma falta tendría que hacerme más desgraciado que la prisión misma, pues
entonces se habría esfumado la oportunidad de lograr un mundo altamente
civilizado. A pesar de todos sus errores, el proceso de Nüremberg ha
significado un avance para la recivilización. Y sólo con que mis veinte años de
prisión consiguieran que todos los prisioneros de guerra alemanes regresaran a
sus hogares un mes antes, ya estarían justificados».
[451] Desde luego, se hizo evidente que eran los vencedores quienes
juzgaban a los vencidos, sobre todo en un pasaje de los considerandos de la
sentencia impuesta al almirante Dönitz: «Estas órdenes (hundimiento de buques
sin previo aviso) demuestran que Dönitz es culpable de violar el Protocolo (de
Londres). […] En consideración a la respuesta dada por el almirante Nimitz al
cuestionario, según la cual Estados Unidos realizó en el océano Pacífico una
guerra submarina ilimitada desde el primer día en que esta nación entró en
guerra, el castigo que se debe aplicar a Dönitz no se basa en su transgresión
de las disposiciones internacionales que rigen la guerra submarina».
En este caso, la evolución técnica (empleo de aviones, mejores procedimientos
de localización) superó, excluyó y redujo al terror la legalidad, lo que
muestra que actualmente la técnica está en condiciones de crear, en perjuicio
de la Humanidad, nuevos conceptos del Derecho que pueden tener por consecuencia
la muerte legalizada de un incontable número de personas.
[452] Hitler repitió su proclama el 30 de enero de 1942: Esta guerra no
acabará «tal como imaginan los judíos, es decir, con el exterminio de los
pueblos arios europeos, sino que su resultado será la aniquilación de los
judíos».

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