© Libro N° 9006. Adaptación. Wyndham, John. Emancipación. Septiembre 5 de 2021.
Título
original: © Adaptación. John Wyndham
Versión Original: © Adaptación. John Wyndham
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
https://solocienciaficcion.blogspot.com/2020/06/adaptacion-john-wyndham.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Fondo: https://us.123rf.com/450wm/vska/vska1602/vska160200033/51749626-nueva-futuro-concepto-de-tecnolog%C3%ADa-fondo-abstracto-para-soluci%C3%B3n-de-negocio.jpg?ver=6
Portada E.O. de Imagen original:
https://1.bp.blogspot.com/-f1PpCsi0MkY/XuulWxpk95I/AAAAAAAAOPI/Mh6_L0VgkEk_iWq-YhfIbQ43fVNRUKFzwCLcBGAsYHQ/s1600/https___pictures.abebooks.com_REVIVALBOOKS_30309027729.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
John Wyndham
Adaptación
John Wyndham
Adaptación
(Adaptation. John Wyndham. Astounding. Julio
1949).
La perspectiva de tener que quedarse en Marte
durante algún tiempo no inquietó mucho a Marilyn Godalpin; al menos al
principio. Había estado cerca del desierto, llamado campo de aterrizaje, cuando
el «Andrómeda» hizo un descenso de emergencia. Después de aquello, no le
sorprendió en absoluto cuando los ingenieros dijeron que, con las limitadas
instalaciones existentes en la colonia, la reparación duraría por lo menos tres
meses, o más, probablemente, cuatro. Lo verdaderamente extraño era que ninguno
de los pasajeros de a bordo había sufrido más que algunas sacudidas.
Ni siquiera le preocupó, cuando le explicaron en
términos astronáuticos sencillos, que el «Andrómeda» no podría despegar por lo
menos en ocho meses, debido a la posición relativa de la Tierra. Pero estuvo
algo inquieta al enterarse de que iba a tener un niño. Marte no parecía el
lugar apropiado para ello.
Marte la había sorprendido. Cuando le ofrecieron a
Franklyn Godalpin el empleo para explotar las minas de la Jason Mining
Corporation en aquellos territorios, pocos meses después de su matrimonio, fue
ella quien le persuadió para que lo aceptara. Su instinto femenino le decía que
los hombres de baja posición estaban obligados a ir donde fuera. La opinión que
tenía de Marte, por lo que había visto en las fotografías, era muy baja, pero
deseaba que su marido fuera a cualquier parte, y ella ir con él. Como el corazón
y la cabeza de Franklyn tiraban por direcciones opuestas, ella lo habría
conseguido de cualquier forma. Eligió la cabeza por dos razones; una, no fuera
que algún día le echara la culpa, alegando que, por ella, había perdido la
mejor oportunidad de su vida. La otra porque, como ella decía, «si vamos a
tener una familia, quiero darles lo mejor que podamos. Yo te amo a ti tal y
como eres, pero por nuestros hijos quiero que seas un hombre importante».
Y le convenció no sólo para que aceptase el empleo,
sino para que la llevara con él. Habían quedado en que ella iría con su esposo
hasta verle instalado de la manera más cómoda que permitieran las primitivas
condiciones de aquel lugar, y luego volver a casa en la primera nave que
partiera. De esa forma sólo tendría que esperar cuatro semanas, según el
cómputo de la Tierra. Pero la nave en cuestión era el «Andrómeda»; la última
antes de entrar en la fase de oposición.
Las ocupaciones de Franklyn le permitían poco
tiempo libre para estar con su esposa y de haber sido Marte lo que ella
esperaba, le habría sido espantoso nada más pensar que tenía que quedarse una
semana más de la cuenta. Pero lo primero que descubrió, tan pronto como puso
sus pies sobre el planeta, fue que las fotografías pueden ser literalmente
verídicas, mientras que, en espíritu, son todo lo contrario.
En efecto, allí estaban los desiertos, millas y
millas desérticas. Pero desde el principio se apreciaba la ausencia de aquella
austeridad inhospitalaria que les habían atribuido las fotografías. Había
cualidades que, de un modo u otro, había escapado a la lente del objetivo. El
paisaje cobraba vida y se mostraba distinto de las sombras y matices captados
por la cámara.
Había una inesperada belleza en el colorido de las
arenas, en las rocas, en las distantes y redondeadas montañas, y una rareza en
las oscuras profundidades del cielo sin nubes. En las plantas y arbustos de los
márgenes de los cursos de agua se criaban flores mucho más bellas y delicadas
de las que jamás había visto en la Tierra. Existía también el misterio de las
piedras correspondientes a antiguas ruinas que yacían medio sepultadas; todo lo
que quedaba, tal vez, de monumentales palacios y templos, Marilyn lo comparaba
a lo que el viajero Shelley había conocido en su antigua tierra:
En torno a las ruinas de aquel colosal naufragio,
infinito y raso, se extiende sin cesar, solitaria, la llanura de arena.
Sin embargo, no era un paisaje horrendo. Ella había
esperado encontrar una espantosa desolación; las morbosas secuelas de la
erupción, la destrucción y el fuego. No se le había ocurrido pensar que el
ocaso de un mundo podía presentarse con suavidad, con serena melancolía, igual
que la caída de una hoja en otoño.
En la Tierra, la gente consideraba a los
aventureros marcianos como a los nuevos pioneros que atacaban contra la más
reciente frontera encontrada por el hombre. Aquello era una apreciación
inexacta, porque las tierras de Marte yacían allí plácidamente abiertas a los
colonizadores, sin ofrecer resistencia. Aquella placidez les restaba
importancia, convirtiéndoles en toscos intrusos del postrer sueño de un mundo
que se extinguía.
Marte se hallaba en un estado comatoso, sumiéndose
lenta y profundamente en su último sopor. Pero todavía no estaba muerto. En sus
aguas se agitaban aún las mareas estacionales, aunque raras veces presentaran
mayores signos de ello que un ocasional rizo. Entre sus flores y campanillas
aún volaban Insectos transportando el polen. Todavía germinaban algunas clases
de granos, ralos, vestigios empobrecidos de cosechas pasadas, aunque
susceptibles de volver a darse con una nueva irrigación. Había los llamados thysanópteros,
brillantes criaturas voladoras de vistoso color, no clasificadas como insectos
ni como pájaros. Por la noche salían otras criaturas más pequeñas. Algunas de
ellas maullaban, casi igual que los gatos y, a veces, cuando los dos lunas
estaban en el cielo, se podían ver unas formas semejantes al tití. El más
característico de todos los sonidos marcianos lo producían la campanillas
vegetales, casi en un constante repiqueteo. Sus duras y radiantes hojas,
relucientes como el metal bruñido, sólo precisaban el más leve soplo del viento
para ponerse en movimiento y que todo el desierto resonara al compás de sus
pequeños címbalos.
Los vestigios dejados por las gentes que vivieron
allí eran muy insignificantes para ser interpretados. Corrían rumores de que,
hacia el Sur, había pequeños grupos, aparentemente humanos, pero no se podía
efectuar una verdadera exploración hasta que se perfeccionaran artefactos
voladores que se adaptaran bien a la ligera atmósfera marciana.
Existía una especie de frontera pero sin valor,
porque no había otro enemigo real con quien combatir que la quietud y la vejez.
Aparte de la activa colonia, Marte era un lugar en reposo.
—Me gusta —dijo Marilyn—. En cierto modo, es
triste, pero no deprimente. Es como una de esas canciones que te calman y te
devuelven la paz.
La inquietud que experimentó Franklyn al enterarse
de la noticia fue mayor que la de Marilyn, pero la culpa de todo se la echó a
sí mismo. Su ansiedad irritaba ligeramente a Marilyn la cual trataba de
animarle haciéndole ver que de nada servirían las lamentaciones. Todo lo que
podían hacer era aceptar la situación y poner el máximo cuidado.
El médico de la colonia era de la misma opinión.
James Forbes era un hombre joven y competente pero no tenía la especialidad de
cirujano. Estaba allí porque se necesitaba de un hombre competente en un lugar
donde era de esperar se produjeran los efectos más extraños y se requería un
cuidadoso estudio de ello. Además, había aceptado el puesto porque le atraía.
En este caso, se limitaba a mirar los hechos objetivamente y a ofrecer palabras
de estímulo, quitándole importancia.
—No hay por qué preocuparse —les aseguró—. Desde el
comienzo de la historia, ha habido mujeres que han alumbrado en momentos y
lugares mucho más inconvenientes que éste, y salieron adelante. No existe razón
alguna para que todo no salga perfectamente normal.
La seguridad con que pronunciaba aquellas mentiras
profesionales, respaldadas firmemente por sus maneras, hizo que aumentara la
confianza del matrimonio. Pero en su diario secreto inscribía inquietantes
especulaciones acerca de los efectos de la baja gravedad y presión del aire,
cambios rápidos de temperatura, la posibilidad de infecciones desconocidas y
otros factores peligrosos.
A Marilyn no le importaba mucho el carecer de las
comodidades que habría tenido encasa. Con su doncella de color, Helen, que
cuidase de ella y la hiciera compañía, mataba el tiempo cosiendo y realizando
otras faenas menores. El paisaje marciano la fascinaba. La infundía una paz
como si se tratase de un viejo y sabio confidente que hubiera visto demasiado
sobre la vida y la muerte para preocuparse por cualquiera de estas cosas.
Una noche, cuando el desierto yacía helado bajo la
luz de la luna, cuya quietud sólo era interrumpida ocasionalmente por el
repiqueteo de las campanillas, nació Jannessa, la hija de Marilyn. Era el
primer bebé de la Tierra que nacía en Marte. Su peso resultaba perfectamente
normal: seis libras y media (peso de la Tierra). No presentaba motivos de
inquietud.
Fue más tarde cuando las cosas empezaron a
empeorarse. Los temores sobre extrañas infecciones abrigados por el doctor
Forbes estaban bien fundados y, a pesar de sus escrupulosas precauciones, se
presentaron complicaciones. Algunas fueron susceptibles de ser atacadas con
penicilina y complejos sulfamídicos, pero otras se resistían a ella. Marilyn,
que al principio parecía recuperarse estupendamente, comenzó a debilitarse y
cayó gravemente enferma.
La niña tampoco se desarrollaba como debiera, y
cuando finalmente despegó el reparado «Andrómeda», partía sin ellas. Pocos días
más tarde llegaría otra nave procedente de la Tierra. Antes de que llegara, el
doctor explicó a Franklin la situación.
—No me satisface por completo cómo se desarrolla la
niña —le dijo—. Gana menos peso del normal. Crece, pero no lo suficiente. Está
bien claro que estas condiciones no le sientan bien. Podría sobrevivir, pero no
respondo de los efectos que influirían en su constitución. Conviene que sea
trasladada a la Tierra lo antes posible.
Franklyn frunció el ceño.
—¿Y su madre? —preguntó.
—La señora Godalpin, me temo no se encuentra en
condiciones de viajar. De ninguna manera. En su actual estado, y después de
tanto tiempo sometida a una baja gravedad, dudo que soportara una aceleración
G.
Franklyn miraba desabrido, no queriendo comprender.
—¿Qué quieres decir...?
—En pocas palabras: que sería fatal para tu esposa
intentar el viaje, y probablemente fatal para tu hija el quedarse aquí.
Sólo quedaba una posibilidad. Quedó decidido que,
cuando llegara la próxima nave, el «Aurora», marcharía sin dilación. Se preparó
un pasaje para Helen y la niña, y la última semana de 1994 subieron a bordo.
Franklyn y Marilyn vieron despegar al «Aurora». La
cama de Marilyn había sido arrimada a la ventana y su esposo se sentó sobre
ella aguantándole la mano. Juntos vieron partir la nave hacia los cielos sobre
un cono de llamas, y luego se fue curvando en la lejanía hasta quedar
convertida en un puntito de fuego en el firmamento marciano. Los dedos de
Marilyn se aferraron fuertemente a su esposo. El la rodeó con su brazo para
sujetarla mejor y la besó.
—Todo irá bien, querida —la dijo—. Dentro de pocos
meses volverás a reunirte con ella.
Marilyn puso su otra mano sobre la mejilla de él,
pero no dijo nada. Transcurrirían casi diecisiete años antes de tener noticias
del «Aurora», pero Marilyn nada iba a saber. En menos de dos meses estaría
reposando para siempre bajo las arenas de Marte, rodeada por el suave
repiqueteo de las campanillas vegetales.
Cuando Franklyn se marchó de Marte, el doctor
Forbes era el único miembro de la expedición original que todavía quedaba allí.
Se estrecharon la mano junto a la rampa que conducía a la más moderna nave de
propulsión nuclear.
—Franklyn, durante cinco años te he visto trabajar
sin descanso —le dijo el doctor—. Nada te quedaba para seguir viviendo. Pero
ahora es distinto. Vete a casa y vive, que bien te lo has ganado.
Franklyn retiró la vista del flamante Astropuerto
Gillington que había sido levantado, y aún estaba creciendo, junto a la
rudimentaria colonia de unos años atrás.
—¿Y en cuanto a ti? Llevas en Marte más tiempo que
yo.
—Yo he disfrutado de un par de vacaciones. Fueron
lo suficiente largas para que mediera tiempo a echar un vistazo por la Tierra y
llegar a la conclusión de que lo que realmente me interesa es esto —podía haber
añadido que las segundas fueron lo suficiente largas para encontrar a una chica
y casarse con ella, la cual había traído con él, pero sólo dijo—: Además, yo
sólo he estado trabajando, no matándome como tú.
La mirada de Franklyn estuvo vagando de nuevo, esta
vez más allá de la colonia, hacia los campos que ahora limitaban el canal.
Entre ellos había una pequeña parcela señalada por una piedra vertical.
—Todavía eres joven. La vida te debe algo —dijo el
doctor. Franklyn parecía no haberlo oído, pero el doctor sabía que sí lo había
oído y añadió—: Tú también debes algo a la vida. No te lastimes resistiéndote a
ella. Hemos de adaptarnos a la vida.
—Dudo que... —empezó a decir Franklyn, pero el
doctor le puso la mano sobre el brazo.
—No pienses en tu hija. Has trabajado duramente
para olvidarla. Ahora debes empezar de nuevo.
—Tú sabes que no se ha informado de que el «Aurora»
sufriera ningún accidente —dijo Franklyn.
El doctor suspiró y no dijo nada. Las naves que
desaparecían sin dejar rastro eran infinitamente más numerosas que las que
dejaban alguno.
—Debes empezar de nuevo —le repitió
insistentemente.
Los altavoces empezaron a llamar: «Todos a
bordo».El doctor Forbes vio cómo su amigo entraba por la portezuela. Quedó un
poco sorprendido al sentir que le tocaban el brazo. Al volverse encontró a su
lado a su propia esposa.
—Pobrecillo —dijo ella bajito—. Tal vez cuando
llegue a casa...
—Tal vez —dijo el doctor dubitativo, y añadió—: He
sido cruel con él queriendo ayudarle. He debido hacer lo posible por liberarle
de esa falsa esperanza, pero no pude.
—No —afirmó ella—. Tú no podías ofrecerle ningún
sustituto de lo que perdió. A lo mejor cuando llegue a la Tierra encuentra
alguien que se lo pueda ofrecer. Tal vez una mujer. Esperemos que la encuentre
pronto.
Después de una minuciosa inspección, Jannessa
retiró la vista de su propia mano y Consideró el color de azul pizarra que
presentaban los dedos y brazo que estaban a su lado.
—Soy tan diferente de todo el mundo... —dijo como
lamentándose—. Telta, ¿por qué soy diferente?
—Todos somos diferentes —repuso Telta. Retiró sus
ojos de la fruta redonda y pálida que estaba trinchando sobre una escudilla.
Sus miradas se encontraron. Los ojos de color azul china de Jannessa,
interrogantes dentro de un marco blanco, se cruzaron con las oscuras pupilas de
Telta que flotaban en un fondo de topacio claro. En las delicadas cejas de
plata de la mujer se dibujó una pequeña arruga mientras estudiaba a la niña—.
Yo soy diferente, Toti es diferente, Melga es diferente... Así es la creación.
—Pero yo soy muy distinta. Mucho más distinta.
—No creo que en el mundo de donde viniste fueras
tan diferente —añadió Telta, y prosiguió picando la fruta.
—¿Era yo diferente de recién nacida?
—Sí, querida.
Jannessa se puso a reflexionar.
—Telta, ¿de dónde vienen los recién nacidos?
Telta se lo explicó y Jannessa dijo con desdén:
—No me refiero a eso. Quiero decir las criaturas
como yo. Los que somos diferentes.
—No lo sé. Sólo sé que deben venir de alguna
parte...
—¿De ahí afuera? ¿De dónde hace tanto frío?
—De mucho más lejos —Telta reflexionó un momento,
añadiendo—: ¿No has estado nunca en una de esas cúpulas que se alzan en el
exterior, cuando reinan las tinieblas? ¿Te has fijado en las rutilantes
estrellas?
—Sí, Telta.
—Bueno, pues, de una de esas estrellas has venido
tú. Pero nadie sabe de cuál de ellas.
—Telta, ¿eso es cierto?
—Completamente cierto.
Jannessa siguió sentada e inmóvil durante un rato,
pensando en el infinito cielo nocturno con sus miríadas de estrellas.
—¿Pero cómo es que no me mató el frío?
—Le faltó muy poco para que murieses, querida. Toti
te encontró a tiempo.
—¿Y estaba yo sola?—No, querida. Te estaba
protegiendo tu madre. Te había envuelto con todo lo que pudo para preservarte
del frío. Pero ella no le pudo resistir. Cuando se la encontró Toti, estaba
moribunda. Sólo tuvo tiempo para señalar hacia ti diciendo «Jannesa,
Jannessa».Por eso creímos que te llamabas Jannessa.
Telta guardó silencio, recordando cuando Toti, su
esposo, había traído a la niña, rescatada de la superficie, devolviéndola el
calor de la vida cuando estaba a punto de morir. Unos cuantos minutos más
afuera habrían resultado fatales. El frío era una cosa terrible. Se estremecía
al recordar lo que explicaba Toti del intenso frío, que acabó tiñendo de negro
la piel de la infortunada madre, pero eso no se lo dijo a la niña.
El rostro de Jannessa se contraía, pensativo.
—Pero... ¿cómo? ¿Es que caí de las estrellas?
—No, querida. Te trajo una nave espacial.
Aquellas palabras no significaban nada para
Jannessa.
Resultaba difícil de explicar a una niña. Hasta a
la propia Telta le resultaba difícil de creer. Su experiencia se limitaba
exclusivamente al medio en que vivía. La superficie era sólo un lugar espantoso
e inhospitalario cubierto de rocas puntiagudas y un frío mortal, que ella
solamente había visto desde las cúpulas protegidas. Los libros de historia
hablaban acerca de otros mundos lo suficientemente cálidos para vivir en su
superficie, y que sus propios antepasados habían venido de un mundo de aquellos
hacía muchas generaciones. Ella consideraba que todo esto era cierto, pero, no
obstante, resultaba irreal. Más de cincuenta generaciones de sus antepasados
estaban entre ella y la vida en la superficie de un planeta y resultaba difícil
que algo tan lejano pareciera real. No obstante, le contó la historia a
Jannessa, con la esperanza de que le sirviera de algún consuelo.
—¿De qué estrella procedían? ¿De la misma que yo? —quiso
saber la niña.
Pero Telta no sabía decírselo.
—No creo que pudiera ser la misma. Cuando te
reconocieron los médicos, dijeron que debías proceder de un mundo mayor.
—¿Estaba yo muy enferma?
—Mucho.
—¿A causa del frío?
—Por el frío y por otras cosas. Pero, por fin, los
médicos hicieron posible que vivieras entre nosotros. Para ello tuvieron que
trabajar mucho y muy sabiamente. Más de una vez pensamos que te íbamos a
perder.
—¿Y qué tuvieron que hacer conmigo para ello?
—Yo no entiendo mucho de esas cosas. Tú estabas
hecha para vivir en otro mundo distinto. Un mundo de mayor gravedad, de
atmósfera más densa, más humedad, temperatura superior, alimentos distintos...
y muchas cosas más que aprenderás cuando seas mayor. Por eso tuvieron que
adaptarte para poder vivir aquí.
Jannessa se quedó pensando.
—Fueron muy amables —dijo Jannessa—, pero no del
todo, ¿verdad? Telta la miró con sorpresa.
—Querida, pareces no sentir agradecimiento. ¿Qué
quieres decir con eso?
—Si los médicos pudieron hacer todo aquello, ¿por
qué no me dejaron igual que toda la gente? ¿Por qué me dejaron con esta
blancura de piel? Me gustaría que me hubieran dejado un bonito pelo como el
tuyo, en vez de éste de color amarillo.
—Querida, tu cabello es precioso. Es igual que
finas hebras de oro.
—Pero no es como el de todo el mundo. Es diferente.
Quiero ser como los demás. Pero soy un monstruo. Telta la miraba,
desdichadamente perpleja.
—El ser de otra raza no quiere decir que se sea un
monstruo —la dijo.
—Lo es cuando no hay nadie más igual —respondió
Jannessa—. Y yo quiero ser como todo el mundo. No puedo soportarlo.
Un hombre subía lentamente las escaleras de mármol
del Club de los Aventureros. Era de mediana edad, pero caminaba con la torpeza
propia de un hombre mayor. El portero le miró por un momento con expresión de
duda, pero en seguida se despejó su incertidumbre.
—Buenas noches, doctor Forbes —le saludó. El doctor
Forbes dejó escapar una sonrisa.
—Buenas noches, Rogers. Tienes buena memoria. Han
pasado doce años. Charlaron durante unos minutos. Luego siguió adelante el
doctor dejando instrucciones para que cuando llegara su invitado fuera llevado
al salón de fumadores. Llevaba allí sentado unos diez minutos cuando se le
aproximó Franklyn Godalpin con la mano extendida. Estuvieron conversando
mientras tomaban un par de copas y luego se dirigieron al restaurante.
—De manera que ya estás de vuelta... cargado de
honores médicos —dijo Franklyn.
—Es curioso —comentó Forbes—. Dieciocho años en
total. No llevaba allí un año cuando tú llegaste.
—Ha sido un merecido descanso. Otros llegaron
después que tú, pero fue tu obra lo que nos permitió trabajar y vivir allí.
—Había mucho por aprender. Aún lo hay.
Forbes no sentía falsa modestia. Conocía como
cualquier otro los resultados de su duro trabajo. Uno de ellos era,
indirectamente, el hombre que tenía frente a él. Franklyn Godalpin era el único
que contaba en la Jason Mining Corporation y un hombre poderoso. Pero sin el
trabajo médico que hizo posible la adaptación de los humanos a Marte y de Marte
a los humanos, era probable que la propia Jason hubiera dejado de funcionar
desde hacía años. Ello hacía que Forbes se sintiera, en cierto modo,
responsable de Franklyn.
—¿No te volviste a casar? —le preguntó.
—No —repuso Franklyn sacudiendo la cabeza.
—Deberías haberlo hecho. ¿Te acuerdas que te lo
dije? Deberías tener una esposa y una familia. Aún no es demasiado tarde.
Nuevamente, Franklyn meneó la cabeza.
—Todavía no te he dado la noticia —dijo—. He sabido
de Jannessa.
Forbes le miró fijamente. Pensó que nada en el
mundo podía ser tan improbable.—¿Qué has sabido de ella? —repitió lleno de
interés—. ¿Qué quieres decir? Franklyn se explicó:
—Durante años, he estado poniendo anuncios en busca
de noticias sobre el «Aurora». Me llegaban respuestas, principalmente de
personas chifladas o de otros que me creían a mí lo suficiente loco como para
poder sacar partido de la situación, hasta hace cosa de seis meses.
—Entonces vino a verme un nombre que posee en
Chicago un hotel para astronautas. Poco tiempo antes murió en dicho hotel un
hombre que quiso descargar su conciencia antes de partir. Su propietario me
trajo la noticia bajo palabra de honor.
»EI moribundo dijo que el «Aurora» no se había
perdido en el espacio, como todo el mundo creía. Dijo que se llamaba Jenkins y
que sabía toda la verdad porque iba a bordo del «Aurora». De acuerdo con su
relato, se produjo un motín a bordo, a los pocos días de partir de Marte,
debido a que el capitán había decidido entregar en manos de la policía ciertos
miembros de la tripulación, al terminar el viaje, como consecuencia de delitos
no especificados. Los amotinados contaban con el apoyo de todos los de a bordo,
excepto uno o dos oficiales. Cambiaron el rumbo. Ignoro cuál sería su último
plan pero lo que hicieron fue salirse del plano de la eclíptica y saltar sobre
el cinturón de asteroides, rumbo a Júpiter.
»EI propietario de Chicago tenía la impresión de
que aquellos hombres no eran un grupo de malhechores, sino de hombres que
obraban movidos por alguna injusticia. Puesto que se estaban jugando la horca
con su proceder, pudieron haber arrojado al espacio a todos los oficiales y
pasajeros, pero no lo hicieron. En cambio decidieron dejarlos abandonados, como
habían hecho antes otros piratas, a su completa suerte para que subsistieran,
si podían.
»De acuerdo con Jenkins, el lugar elegido para
abandonarlos fue Europa, en la región comprendida en el paralelo veinte, y allá
por el tercero o cuarto mes de 1995. El grupo de personas abandonadas estaba
compuesto por doce, incluyendo una muchacha de color al cuidado de una niña de
pecho blanca.
Franklyn se detuvo.—El propietario del hotel es un
hombre irreprochable. El moribundo nada podía ganar diciendo una mentira. Y al
comprobar la lista de navegación del «Aurora» me encuentro que a bordo del
mismo iba un astronauta llamado Evan David Jenkins.
Concluyó con una especie de cauto optimismo y miró
atento a Forbes sentado frente a él. Pero en la cara del doctor no había
entusiasmo.
—Europa —dijo como si estuviera reflexionando, y
sacudió la cabeza. La expresión de Franklyn se endureció.
—¿Es eso todo lo que se te ocurre decir? —preguntó.
—No —repuso Forbes meditabundo—. Entre otras cosas,
yo diría que resulta más que improbable, casi imposible, que ella pueda haber
sobrevivido.
—«Casi» no es una afirmación. Pero lo voy a
averiguar. Una de nuestras naves de exploración se encuentra precisamente ahora
rumbo a Europa.
Forbes sacudió de nuevo la cabeza.—Sería más
prudente suspender la búsqueda. Franklyn le echó una mirada penetrante.
—¿Después de todos estos años...? ¿Cuando al fin
hay una esperanza?
El doctor le devolvió la mirada.
—Mis dos hijos vuelven a embarcarse para Marte la
semana próxima —dijo.
—No veo que guarde ninguna relación.
—Pero la tiene. Les duelen los músculos
constantemente. La tensión que les produce hace que se sientan demasiado
cansados para trabajar o para disfrutar de la vida. Esta humedad les agota. Se
lamentan de que la densidad del aire parece tenerlos sumergidos en un baño de
sopa. Desde que llegaron aquí no se han visto libres de catarros. Hay, además,
otras cosas. Por eso vuelven a Marte.
—Y tú te quedas aquí. Eso es duro.
—Resulta más duro para Annie. Ella adora a los
muchachos. Pero así es la vida, Frank.
—¿Qué quieres decir?
—Que lo que cuentan son las condiciones
ambientales. Cuando producimos una nueva vida, creamos algo plástico e
independiente. No podemos vivir las dos vidas. Lo mejor que podemos hacer es
buscar las condiciones ambientales óptimas para que se forme de acuerdo con su
ambiente. Si esas condiciones se hallan fuera de nuestro alcance, sólo pueden
ocurrir dos cosas: que se adapten a las condiciones que encuentren o que no se
adapten, en cuyo caso significa la muerte.
—Hablamos alegremente acerca de la conquista de
éste o aquel obstáculo natural, pero observa lo que realmente hacemos y podrás
ver que, en la mayoría de los casos somos nosotros quienes nos estamos
adaptando.
«Mis hijos se han aclimatado a las condiciones de
Marte por algún tiempo pero, al ser adultos, fuimos incapaces de una completa
adaptación. Por eso, no nos queda otra alternativa que quedarnos aquí o ir a
Marte a morir prematuramente.
—¿Quieres decir que Jannessa...?
—No sé qué puede haber sucedido, pero he pensado
mucho sobre ello. No creo que tú hayas reflexionado lo sufriente, Frank.
—No he pensado en otra cosa durante los últimos
diecisiete años.
—Más que pensar, Frank, has «soñado» con ella
—Forbes le miró sobre la mesa, con la cabeza torcida ligeramente hacia un lado
y con acento cariñoso—. Hubo un tiempo en que un antepasado nuestro saltó a
tierra desde el agua. Y llegó a adaptarse de tal forma a su nuevo ambiente que
ya no pudo volver con sus congéneres marinos. Este es el proceso que convenimos
en llamar progreso. Es inherente a la vida. Si lo detienes, detienes también la
vida.
—Eso, filosóficamente, puede que suene bien, pero
yo no estoy interesado en las abstracciones. Lo que me interesa es mi hija.
—¿Y hasta qué punto crees que estará interesada tu
hija por ti? Ya sé que esto parece insensible, pero estoy viendo que conservas
en tu mente cierta idea sobre la afinidad. Frank, estás confundiendo las
costumbres de la civilización con la ley natural. Es posible que todos las
confundamos, en mayor o menor grado.
—No sé adonde vas a parar.
—Hablando claramente; si Jannessa ha sobrevivido
será el ser más extraño de la Tierra más que ningún otro posiblemente lo fuera.
—Había otras once personas para enseñarla palabras
y maneras civilizadas.
—Suponiendo que sobrevivieran. Imagínate que
murieron aquellas personas o de un modo u otro las separaron de Jannessa. Hay
auténticos ejemplos de niños criados por lobos, leopardos e incluso antílopes,
y ninguno de ellos resultó siquiera como el fabuloso Tarzán. Todos se
convirtieron en subhumanos. La adaptación se produce en ambos sentidos.
—Aunque haya vivido entre salvajes, aún puede
aprender.
El doctor Forbes le miró seriamente.—Se nota que no
has leído demasiada antropología. Primero, ella tendría que olvidar toda la
base de la cultura que hubiera aprendido. Echa una mirada a las diferentes
razas conocidas y verás que no es posible. Sólo puede haber una apariencia
externa, pero nada más —se encogió de hombros.
—Existe la llamada de la sangre...
—¿De veras? ¿Notarías esa llamada si de pronto te
encontrarás frente a tu tatarabuelo? ¿Acaso lo reconocerías?
—¿Por qué hablas de ese modo, Jimmy? —dijo Frank
obstinado—. A otro hombre no le habría ni escuchado. ¿Por qué estás tratando de
destruir todas mis esperanzas? No puedes hacerme eso, precisamente ahora. ¿Por
qué lo haces?
—Porque te aprecio de veras, Frank. Porque, por
encima de todos tus éxitos, sigues siendo un joven romántico y soñador. Te dije
que volvieras a casarte y no lo has hecho. No te has casado porque prefieres el
sueño a la realidad. Has vivido tanto tiempo con este sueño que ahora forma
parte de tu constitución mental. Pero tu sueño consiste en «andar buscando» a
Jannessa, no en encontrarla. Has centrado tu vida en este sueño. Si consigues
encontrarla, en cualesquiera condiciones, el sueño habrá concluido; el fin que
te habías propuesto habrá quedado consumado. Y entonces nada quedará para ti.
Franklyn se agitó incómodo.—Tengo planes y
ambiciones para ella.
—¿Para la hija de quien nada conoces? No, para la
hija de tus sueños, la que sólo existe en tu imaginación. La encuentres como la
encuentres, será una persona real, no la marioneta de tus sueños, Frank.
El doctor Forbes hizo una pausa, contemplando el
rizo de humo que subía de su cigarrillo. Estaba pensando en decir «Sea de la
forma que sea, llegarás a odiarla, porque no se ajustará al ideal que tienes de
ella», pero decidió callarse. También se le ocurrió hacerle ver la infelicidad
que sufriría una muchacha, al verse separada de todo lo que le era familiar,
pero sabía la respuesta que le iba a dar Frank, es decir, que tenía cuanto
dinero quisiera para proporcionarle lujos y consuelo. Ya le había dicho bastante;
quizá demasiado y nada de ello había hecho mella realmente en Franklyn. Decidió
dejar las cosas como estaban, y esperar. Después de todo, existían pocas
posibilidades de que Jannessa hubiera sobrevivido o de que fuera encontrada.
La tensión que se había reflejado en el rostro de
Franklyn se fue relajando gradualmente y sonrió.
—Ahora ya me has soltado tu sermón, viejo amigo.
Has querido prepararme creyendo que podía sufrir un sobresalto, pero ya estoy
acostumbrado a los golpes duros desde hace muchos años. Si llega el caso, podré
soportarlo.
Los ojos del doctor Forbes se posaron en su cara
por un momento. Suspiró suavemente para sí.
—Está bien —dijo, y comenzó a hablar de otra cosa.
—Ya sabes, este planeta es muy pequeño —dijo Toti.
—Es un satélite —añadió Jannessa—. Un satélite de
Yan. —Pero también es un planeta del Sol. Y en él hace un frío espantoso.—¿Por
qué tu gente eligió un lugar tan frío? —preguntó Jannessa razonablemente.
—Bueno, cuando nuestro propio mundo empezaba a
morir y no nos quedaba otra alternativa que ir a cualquier parte o sucumbir con
él, mi pueblo pensó en aquellos mundos que tenía a su alcance. Unos eran
demasiado calientes, otros demasiado grandes...
—¿Qué importa que fueran demasiado grandes?—A causa
de la gravedad. En un planeta muy grande, apenas podríamos movernos.
—¿Y no podían los tuyos hacer las cosas... bueno,
menos pesadas? Toti hizo un movimiento negativo con la cabeza y su plateado
cabello brilló con la fluorescencia de las paredes.
—El aumento de la densidad puede simularse; ya lo
hemos hecho aquí. Pero nadie ha conseguido disminuirla y creemos que nunca se
conseguirá. Como ves, ésa fue la causa de que nuestra gente eligiera un mundo
pequeño. Todas las lunas de Yan son desérticas pero ésta era la mejor de ellas.
Mi pueblo estaba en desesperada situación. Cuando llegaron aquí, vivían a bordo
de las naves y comenzaron a minar el terreno para librarse del frío.
Gradualmente fueron acondicionando sus viviendas subterráneas y prepararon habitaciones
y galería, tanques para el desarrollo de alimentos, campos de cultivo y todo lo
demás. Lo aislaron del exterior, acondicionaron su temperatura, comenzaron a
vivir en el nuevo medio y a trabajar bajo tierra. De eso hace ya mucho tiempo,
Jannessa se quedó pensativa durante un rato.
—Dice Telta que a lo mejor vine yo del tercer
planeta llamado Sonnal. ¿Lo crees así?
—Puede ser. Sabemos que allí hubo cierta clase de
civilización.
—Si ellos vinieron de allí una vez, podrían
volver... Y llevarme con los míos.
Toti la miró apenado y un poco resentido.
—¿Los tuyos? —dijo—. ¿De veras piensas así?
Jannessa captó la expresión del hombre, y apoyó en seguida su blanca mano sobre
la mano del otro de color azul pizarra.
—Perdóname, Toti. No quise decir eso. Ya sabes que
os quiero mucho, a ti, a Telta y a Melga. Lo que ocurre es que... oh, me
gustaría que supieras lo que es sentirse diferente de los que te rodean. Toti
querido, estoy harta de ser un monstruo, aunque para mis adentros sea igual que
cualquier otra muchacha. ¿No te imaginas lo que representaría para mí el que
todos me mirasen como a un ser normal?
Toti guardó silencio durante un momento. Cuando
habló, su tono era preocupado.—Jannessa, ¿has pensado alguna vez que después de
pasar aquí toda tu vida es éste tu verdadero mundo? Cualquier otro podría
resultarte sumamente extraño.
—Si te refieres a cambiar esta vida subterránea por
el exterior, creo que me gustaría.
—No es eso, querida —dijo él con mucho tacto—. Ya
sabes que cuando te trajeron de ahí afuera, los médicos tuvieron que trabajar
mucho contigo para salvar tu vida.
—Sí, Teita me lo dijo —contestó Jannessa—. ¿Qué
hicieron conmigo?
—¿Sabes lo que son las glándulas?
—Creo que sí. ¿No son las que regulan los
movimientos del cuerpo?
—Efectivamente. Pero las tuyas estaban hechas para
regularlos de acuerdo con tu mundo. Esa fue la causa de que los médicos
tuvieran que trabajar tanto contigo. Tuvieron que aplicarte inyecciones muy
complicadas. Tenían por objeto proporcionarte una especie de equilibrio para
que tus glándulas funcionaran en la proporción adecuada para que pudieras vivir
aquí. ¿Comprendes?
—Para acomodarme a una temperatura inferior,
ayudarme a digerir esta clase de alimentos, regular el alto contenido de
oxígeno y otras cosas parecías. Eso fue lo que me dijo Telta.
—Algo así —afirmó Toti—. Es lo que llaman
adaptación. Hicieron cuanto pudieron para adaptarte a vivir entre nosotros.
—Hicieron mucho por mí —dijo Jannessa, hablando en
término parecidos a los empleados con Telta años atrás—. Pero pudieron haber
hecho un poco más. ¿Por qué me dejaron de este color blanco? ¿Por qué no
hicieron que mi pelo fuera tan bello como la plata, igual que el tuyo y el de
Telta? Entonces no sería un monstruo y me consideraría uno de tantos entre
vosotros.
Las lágrimas afloraron a sus ojos. Toti la rodeó
con el brazo.
—Mi pobre niña, yo no sabía que eso te hiciera
sufrir tanto. Pero Telta y yo te queremos como si fueras nuestra propia hija.
—No sé cómo podéis quererme... ¡Con esto! —dijo
levantando su pálida mano.
—Te queremos igualmente, Jannessa. ¿Es que importa
tanto tu color?
—Me hace sentirme diferente. Me recuerda a cada
paso que pertenezco a otro mundo. Tal vez vuelva a él algún día.
Toti frunció el rostro.
—Eso es sólo un sueño, Jannessa. Tú no conoces más
mundo que éste. Sería distinto a lo que tú piensas. Deja de soñar, deja de
preocuparte, querida. Trata de ser feliz aquí entre nosotros.
—Toti, tú no lo comprendes —dijo ella
cariñosamente—. En alguna parte hay personas igual que yo, de mi propia raza.
Pocos meses después, los observadores apostados en
una cúpula informaron de que había llegado una astronave.
—Escucha, viejo cínico —dijo la voz de Franklyn,
casi antes de que su imagen apareciera en la pantalla—. Han dado con ella y la
traen hacia acá.
—¿Qué han encontrado a Jannessa? —exclamó incrédulo
el doctor Forbes.—Naturalmente. ¿De qué otra podía hablar?
—¿Estás completamente seguro, Frank?
—Viejo escéptico, ¿crees que te iba a llamar si no
lo estuviera? En estos momentos se encuentra en Marte. Se han detenido allí
para proveerse de combustible y aguardar el momento de la oposición.
—¿Tan seguro estás de que es ella?
—Ahí está su nombre y algunos documentos que la
encontraron.
—Bueno, si tú lo dices...
—Conque no te basta, ¿eh? —la imagen de Franklyn
hizo un guiño—. Está bien. Mira esto.
Recogió una fotografía de encima de su mesa y la
puso frente a la pantalla transmisora.
—Les dije que la fotografiaran allí mismo y me la
enviaran por radio —aclaró—. ¿Qué me dices ahora?
El doctor Forbes estudió cuidadosamente la
fotografía que aparecía sobre la pantalla. En ella se veía a una muchacha
delante de una tosca pared. Sus únicas vestimentas visibles consistían en un
trozo de brillante tela arrollada a su cuerpo, al estilo de un sari hindú. Su
cabello era hermoso y lo llevaba peinado de una forma muy singular. Pero fue la
expresión de su rostro lo que le hizo contener la respiración. Era la cara de
Marilyn Godalpin que le estaba mirando después de dieciocho años.
—En efecto, Frank —dijo quedamente—. Se trata de
Jannessa. La verdad, Frank, no sé qué decir.
—¿Ni siquiera se te ocurre felicitarme?
—Sí, claro... desde luego. Es... bueno, ha sido un
milagro. No estoy acostumbrado a los milagros.
Cuando leyó en el periódico que el «Chloe», una
nave de investigaciones perteneciente a la Jason Mining Corporation, iba a
aterrizar al mediodía, el doctor Forbes se quedó como ensimismado. Estaba
seguro de que iba a recibir un mensaje de Franklyn Godalpin,y ya no se sentía
capaz de hacer nada hasta que lo recibiera. Cuando sonó el timbre, a eso de las
cuatro, se apresuró a responder lleno de excitación. Pero en la pantalla no se
retrataron las esperadas facciones de Franklyn, sino la cara de una mujer que le
miraba con ansiedad. Reconoció en ella al ama de llaves de Godalpin.
—Doctor, se trata del señor Godalpin —dijo la
mujer—. Se encuentra enfermo. ¿Si pudiera venir usted...?
Un taxi lo dejaba junto a la casa de Godalpin,
quince minutos más tarde. El ama de llaves salió a recibirle y lo condujo hacia
las escaleras a través de un enjambre de periodistas, fotógrafos y
comentaristas que llenaban el vestíbulo. Franklyn estaba tendido sobre su cama,
vestido pero con las ropas aflojadas. Junto a él había una secretaria y otra
mujer con cara de espanto. El doctor Forbes lo reconoció y le aplicó una
inyección.
—Es una conmoción a consecuencia de la ansiedad
—dijo—. No es extraño. Últimamente ha sufrido gran tensión nerviosa.
Acuéstenlo. Pónganle bolsas de agua caliente y que no coja frío.
Cuando se separó de la cama, el ama de llaves le
dijo:
—Doctor, ya que ha venido, ¿no le importaría echar
un vistazo a... a la señorita Jannessa?
—Claro, desde luego. ¿Adonde está?
El ama de llaves le condujo hasta otra habitación y
señaló a la puerta.
—Está ahí dentro, doctor.
El doctor Forbes abrió la puerta y penetró en la
habitación. Nada más entrar oyó el sonido final de un amargo y ahogado sollozo.
Cuando miró en busca del origen de aquel sonido, vio que junto a la cama había
una niña de pie.
—¿Dónde está...? —empezó a decir.
La niña se volvió entonces hacia él. No era la cara
de una niña. Era la cara de Marilyn con el mismo pelo de Marilyn y los ojos de
Marilyn que le estaban mirando. Pero era una Marilyn que medía veinticinco
pulgadas de estatura. Era Jannessa.

No hay comentarios:
Publicar un comentario