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Libro N° 8864. Como Sujeto Vivo Y Otros Relatos. Cano Gómez, Luis Parmenio.

Guillermo Molina Miranda noviembre 13, 2025

 


© Libro N° 8864. Como Sujeto Vivo Y Otros Relatos. Cano Gómez, Luis Parmenio. Emancipación. Julio 24 de 2021.

Título original: ©  Como Sujeto Vivo Y Otros Relatos. Luis Parmenio Cano Gómez

 

Versión Original: © Como Sujeto Vivo Y Otros Relatos. Luis Parmenio Cano Gómez

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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COMO SUJETO VIVO Y OTROS RELATOS

Luis Parmenio Cano Gómez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Como Sujeto Vivo Y Otros Relatos

Luis Parmenio Cano Gómez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Como sujeto vivo. Como madre ida

 

Los días pasan, y mi vida en ellos. Lo de hoy es señuelo para atraer el olvido. De todo lo que he sido. En mirar mirando, la rapiña en ese contexto tan vivido. Yo, andando en penumbras. Como ansioso sujeto íngrimo. Sin lo justo para acceder al estado anhelado desde ha mucho tiempo. Este recorrido lo inicié, cuando niño. En lejano día, que vi a la Luna engarzada en chubascos venidos, todos los días. En veces en vuelo lúdico. En otros viniendo en loco albedrío punzante. Y sí que lo sentí. Desde ese adentro del cuerpo de madre primera. Siendo, como en realidad fue, día de Sol pleno. En el perpendicular situado. Sobre ese barriecito de ella, que empezó a ser mío. Cuando caí en libre vuelo. Ella estaba, como casi todas las madres, con mirada puesta en calle angosta en que vivíamos. Como mediodía era. Como que nubes pasando. Viajeras lúcidas, Con grises-negros promeseros. Ella, con ojos asiduos visitantes de la montañita, a manera de cinturón envolvente. Ciudad prisionera en ello. Ciudad manifiesta. Que había nacido antes que la mujer madre mía sintiese presagio de conocerme.

 

Y me fui haciendo sujeto triste, como en ella prendido. Como bebé canguro esquivo. En cortedad de camino, a pasos, enarbolando potencia de suspiro enfermizo. Yendo tras la imagen de ella. En voltereta. Viviente como escarceos de pájaros vidriosos; en vitrales puestos por mano mágica. De pintora bulliciosa en silencio. Yo viajero en pos de El Levante prodigioso. Imaginado. Yo niño elucubrando. Yo sediento de alegría. Siendo, en eso, solo corresponsal estático, venido para horadar en tierra. Para soportar la pulsión venida desde afuera del universo enfático en trazar leyes, leyendas, caminos. Y me hice, en ese tiempo langaruto, personaje desarropado. Por lo mismo que, la mujer amiga mía, no hallaba rumbo. Como menesterosa náufraga en mar violento. En noche aciaga. Envolvente.

 

Tiempo pasado ese. Que fue perdiendo su ahínco brutal. Que fue siendo pasado, en luz carrera acezante. Ella y yo, de por medio. Ella sujeto ajustada por los años y por la aspereza de enfática persistencia. Y yo, volantón. De paso en paso. Como de rama en rama, pajarillo venido desde la ilusión perdida ya, hace tiempo en nuestra ciudad creciente. De escenario ditirámbico. Como si ensueño fuera de aquella locomoción habida en ceniciento paso de arroyo creciente. O lánguida versión de hechizos. Contada por los gendarmes venidos, en procesión ampulosa. Como heredad insensible. Como pasajera

 

expresión de escorpión que se hizo hiriente, al no poder mirar la mujer madre mía. Y, ella, en esa soledad y en ese silenció puro. En lo que pudo haber tenido como enhebración crujiente, lúcida, colmada. De miles momentos depreciados. Una holgura de mensajes brumosos. Aferrados a los códigos cantados. En ese ejercicio de miradas. En esa envolvente juntura de caminos. Que estaban ahí. Desde antes de mi yo ser sujeto. Y que, ella, asumió como preparación grata. Por lo mismo que como mujer no madre fue primera. Y que, en ese siendo madre mujer, fue recortando su prisa. Sus ansias libertarias.

 

En este hoy que vivo, voy yendo en soledad agreste vestido. En ensimismamiento actuado. Personaje hecho de mis miradas. Y las miradas de ella, mujer virtuosa, esclava ajena. A todos y todas dada. En sintiéndose solidaria amuga. Mujer hecha potencia. De palabra y de orgullo suyo, solo suyo. Viajero, yo, en ella. Como sumario juicio hecho por los césares pasados y en presentes. Ávidos reyezuelos de vigencia plena. En el hoy que duele. En el hoy hecho escenario. De rapacería. De doliente armadura vestidos.

 

Soy, eso sí, de ella venido. Siendo, eso sí, sujeto hoy envuelto en ese señuelo que se tornó en lanza que mata. En armadura ciega. Que dilapida y que cercena los cuerpos. El mío y el de ella.

 

Insumiso

 

Lo convenido es, para mí, la valoración de palabra hecha. Yo me fui por ahí. Tratando de precisar lo que quería hacer, después de haber propuesto volar con la vida en ello. Y es bien convincente lo que me dijiste ese día. Y yo me propuse transitar el camino que tú dijeras. Y, te entendí, que sería el comienzo de una ilusión forjada a partir de validar lo nuestro como propósito de largo vuelo. Ante todo, porque he sido tu amante desde siempre. Inclusive, desde que yo hice de mis pasos nacientes, una conversadera sobre lo que somos y lo que fuimos. Sin temor al extravío, acepté que no había regresión alguna. Que seríamos lo que nos propusimos ese día, siendo niño y niña; como en realidad éramos. Y sí que arreció la bondad de tus palabras. Enhebrando los hilos de lo vivo y vivido. Aun en ese lugar del tiempo en el cual apenas si estábamos en condición de realizar el ilusionario. Un desarreglo, ungido como anarquía de sujetos. Sin detenernos a tratar de justificar nada. Como andantes eternos. Como forjando el tejido, a manos llenas. Y, pensé yo, hay que dar camino al mágico vuelo hacia la libertad, ayer y hoy perdida. Un vacío de esperanza atormentador. Por lo mismo que era y es la suma del pasado. Y, precisando en el aquí, que nos dejábamos arropar de ese tipo de

 

soledad acuciosa. Casi como enfermedad terminal. Como si nuestro diagnóstico se lo hubiera llevado el viento. En ese tono de melancolía que suena solo cuando se quiere ser cierto sin el protagonismo del diciente lenguaje habido como insumo perplejo. En todo ese horizonte expandido de manera abrupta, imposible de eludir.

 

Un frío inmenso ha quedado. Ya, la nomenclatura de seres vivos, de ser amantes libertarios; se ha perdido. Mirando lo existente como dos seres que han perdido todo aliciente. Un vendaval potenciando lo que ya se iba de por sí. Fuerte temblor en eso que llamamos propuesta desde el infinito hecho posible. Como circundando a la Tierra. En periodos diseñados por los mismos dos que se abrazaron otrora. Cuando creímos ver en lo que pasaba, un futuro emancipador. Ajeno a cualquier erosión brusca. Como alentando el don de vida, para seguir adelante. Hasta el otro infinito. Pusimos, pues, los dos las apuestas nítidas, aunque complejas. Un unísono áspero. Pero había disposición para elevar la imaginación. Dejar volar nuestros corazones. Como volantines sin el hilo restrictivo. Y, si bien lo puedes recordar, hicimos de nuestros juegos de niño y niña, todo un engranaje de lucidez y de abrazos cálidos, manifiestos.

 

Hoy siento que lo convenido en ese día primero del nacer los dos, ha caído en desuso. Porque, de tu parte, no hay disposición. Que todo aquello hablado, en palabras gruesas, limpias, amatorias. Solo queda un vaivén de cosas que sé yo. Un estar pasando el límite de lo vivo presente. Entrando en una devastación absoluta. Y, este yo cansado, se fue por el camino avieso. Encontrando todo lo habido, en términos de búsqueda. De los sollozos perdido. De mi madre envuelta en esos mantos íngrimos de su religión por mi olvidada. Una figura parecida a la ternura asediada por los varones grotescos. De la dominación profunda y acechante en todo el recorrido de vida.

 

Mi proclama, por lo tanto, ya no es válida para registrar el deseo libertario. Los sabuesos pérfidos han arrasado con la poca esperanza que había. En una nube de sortilegios ingratos; por cuenta del nuevo tiempo y de las nuevas formas de dominación en el universo que amenaza con rebelarse. De dejar de girar. De cuestionar el dominio de Sol. Como pidiéndole que no haga sus cuentas de vida en millo0nas de años más.

 

Y si, entonces, que lo convenido se convirtió en reclamación atropella. De nuevos compromisos. Tal vez, el más importante: dejar de ser lo que somos. Y ser lo que, en el ayer, fingimos. Pura nostalgia potenciada.

 

Matar en silencio

 

Viviendo como he vivido en el tiempo; he originado un tipo de vida muy parecido a lo que fuimos en otro tiempo. Como señuelo convencido de lo que es en sí. Trajinado por miles de hombres puestos en devenir continuo. Con los pasos suyos enlagunados en lo que pudiera llamarse camino enjuto. Y, siendo lo mismo, después de haber surtido todos los decires, en plenitud. Y, como sumiso vértigo, me encuentro embelesado con mi yo. Como creyéndome sujeto proclamado al comienzo del universo y de la vida en él. O, lo que es lo mismo, sujeto de mil voces y mil pasos y mil figuras. Todas envueltas en lo sucinto. Sin ampliaciones vertebradas. Como simple hechura compleja, más no profunda en lo que hace al compromiso con los otros y con las otras.

 

Esto que digo, es tanto como pretender descifrar el algoritmo de las pretensiones. Como si, estas, pudiesen ser lanzadas al vuelo ignoto. Sin lugar y sin sombra. Más bien como concreción cerrada, inoperante. Eso era yo, entonces, cuando conocí a Mayra Cifuentes Pelayo. Nos habíamos visto antes en El Camellón. Barrio muy parecido a lo que son las hilaturas de toda vida compartida, colectiva. Con grandes calles abiertas a lo que se pudiera llamar opciones de propuestas. Casitas como puestas ahí, al garete. Un viento, su propio viento, soplando el polvo de los caminos, como dice la canción.

 

Todas las puertas abiertas, convocantes. Ansiosas de ver entrar a alguien. Así fuese el tormento de bandidos manifiestos. Un historial de vida, venido desde antes de ser sujetos. Y los zaguanes impropios. Por lo mismo que fueron hechos al basto. Finitos esbozos de lo que se da, ahora, en llamar el cuerpo de la cosa en sí. Sin entrar a la discrecionalidad de la palabra hecha por los vencidos. Palabra seca, no protocolaria. Pero si dubitativa. En la lógica Hegeliana improvisada. De aquí y de allá. Moldeada en compartimentos estancos. Sin color y sin vida. Solo en el transitar de sus habitantes. En la noche y en el día.

 

Y sí que Mayra se hizo vida en plenitud, a partir de haber sido, antes, la novia del barrio. Tanto como entender que todos la mirábamos con la esperanza puesta en ver su cuerpo desnudo. Para hacer mucho más preciso el enamoramiento. Su tersura de piel convocante. Sus piernas absolutas. Con un vuelo de pechos impecables. Y, la imaginación volaba en todos. Así fuera en la noche o en el día, en cualquier hora. Con ese verla pasar en contoneo rojizo.

 

Su historia, la de Mayra, venía como recuerdo habido en todo tiempo y

 

lugar. En danzantes hechos de vida. Nacida en Valparaíso. De madre y padre ceñidos a lo mínimo permitido. En legendarias brechas y surcos. Caminos impávidos. La escuelita como santuario de los saberes que no fueron para ella. Por lo mismo que, siendo mujer, no era sujeta de posibilidades distinta a la de ser soledad en casa. En los trajines propios. En ese tipo de deberes que le permitieron.

 

Yo la amaba. En ese silencio hermoso que discurre cuando pasa su cuerpo. Y que, para mí, era como si pasara la vida en ella. Soñando que soñando con ella. Viéndola en el parquecito. O en la calle hecha de polvo. Pero que, con ella, resurgía en cualquier tiempo. Recuerdo ese día en que la vi abrazada a Miguel Rubiano. Muchacho entrañable. De buen cuerpo y de mirada aspaventosa. Con sus ojos color café límpido. Casi sublime. Y la saludé a ella y lo saludé a él. Tratando de disimular mi tristeza inmensa. Como dándole a eso de retorcer la vida, hasta la asfixia casi.

 

Ya, en la noche de ese mismo día, en medio de una intranquilidad crecida, me di al sueño. Tratando de rescatarla. O de robarla. Diciéndole a Miguelito que me permitiera compartirla. Y salí a la calle. Y lo busqué y la busqué. Y con el fierro mío hecho lanza lacerante, dolorosa, la maté y lo maté. Me fui yendo en el mismo silencio. La última mirada de mi Mayra, fue para Miguelito amante.

 

 

Luna fugada

 

Tanto huirle a la vida. Es como evitar ser tu amante. Las dos cosas trascendentes. Una, por ser la vida misma. Lo otro que sería igual a hurgar la tierra, en búsqueda del tesoro pedido, que sería cual faro absoluto. Entre lo yerto y lo móvil vivamente vivido. Todo se aviene a que mi canto no sea escuchado. Fundamentalmente por ti, diosa infinita. Por eso, me puse a esperar cualquier vuelo. De cualquier ave pasajera. Nocturna o diurna. Sería, para mí el mismo impacto y el mismo oficio. El de doliente sujeto que hizo de su vida; la no vida estando sin el refugio de tus brazos. Y, al tiempo habido, le conté mi sentimiento. Y me respondió con la verdad del viento. Fugado, sin poder asirlo. Y revolqué la tierra, en todo sitio. En cualquier lugar fecundo. Y el mismo tiempo y el viento, hicieron una trenza para ahogar mis ímpetus. Para que yo no pudiera entrar en ese cuerpo tuyo. Viajé en ellos, en el tiempo y el viento. Llegué, no recuero ni el día ni la hora. Simplemente, bajé, otra vez, al sitio en que te he amado. Encontrándote, susurrando palabras. Como las de ese Sol potente. Estaba en espacio frío. Y te fuiste, en el tiempo y el viento. Y te vi

 

ascender. Traspasando la línea que protege a la Tierra nuestra. No pude alzar vuelo contigo. Simplemente porque, viento y tiempo, te arroparon y desecharon mi presencia, mi cuerpo.

 

En este otro día, En esta soledad tan manifiesta. Tan hecha de retazos de tu mundo ya fugado. Me dije que ya era hora de ser libre. ¡Para qué libertad, sin estar contigo! Eso dije. Y retomé el camino arado, por siglos. Por gentes sencillas. Bienamadas, solidarias. E hice andar mis piernas. Hice que todo mi cuerpo te buscara. Y encontré a la vieja esperanza, maltrecha, pero nunca vencida. Al tiempo encontré a la ternura toda. Me dijo: si nos has de ir, mejor quédate ahí.

 

Llegando la noche, entonces, te vi dibujada en la Luna. Y gozabas, jugando con su arena inmensa. Con su gravedad hecha cuerpo. Y, siendo ese cuerpo, tú. Me enviabas voces, palabras. Pero a mitad de camino se perdían. Ruidoso rayo, envolvente. Dos en uno. Energía potente. Sonido anclado en toda la energía hecha. Pasando la noche, pasando se, hizo más borrosa tu figura que volví mis ojos al lado obscuro de tu hospedera Luna. Haciéndose fugaz lo que antes era permanente para mí. Esa risa tuya. Esos tus ojos tiernos en pasado; ahora voraces y lacerantes miradas. Mudez impávida, enervante ahora.

 

Hoy, camino. ¿Yendo adonde? No sé. Como si se hubiese perdido la brújula. Esa que siempre llevabas en tus manos. Y, siendo cierto esto, traté de retomar el camino perdido. Traté de alzar vuelo. Pero seguía ahí mismo. En la yesca infame, Todos miraban mi dolor. Todos y todas, mostrando su insolaridad por ti endosada. Tal vez como revancha absurda. Pero era eso y no otra cosa. Era tu pulsión de vida. Perdida ya. Y recordé que, en otrora, éramos boyantes personajes. Absorbiendo la luz y la ternura en ella.

 

En este sitio, para mi memorable, quedará escrito, con el lápiz de tus ojos, la pulsión de vida mía. Pasajera. Casi irreal. Casi cenicienta simple, engañada. Y si digo esto ahora, es porque te fuiste. Y está en esa Luna tuya, inmensa. Pero, para mí, Luna Fugaz. Luna hechicera

 

Peregrinar

 

Y sí que me postulé para ser concejal. En este territorio mío que me conoció desde que me crié Antes, cuando estudié en el bachillerato y pregrado sociología, no me llamaba, para nada, la atención, en lo que coloquialmente llaman, la política. Contaba mi madre que,” cuando era joven, conoció muchas amarguras ante los muertos y muertas en ese cambalache de vida que nos tocó vivir. Rojos y azules. Para nosotros

 

esos era los colores. No había otros”. Desde Santander y Bolívar.” Por mi cuenta me di a la tarea de seguirle la puntica del hilo, para aprender a discernir. En la escuelita y en el colegio, la historia patria nos fue contada por sujetos que habían sido preparados para esconder las verdades. No era culpa de ellos y ellas, es cierto. Pero a fe que lo hacía muy bien. Lo que llaman al pie de la letra. Nos filtraban verdades que no eran verdades. Que el Generalísimo Santander, llevaba las riendas para hacer las leyes. Que Simón Bolívar fue un héroe absoluto y que merecía todos los oropeles que pudiese cargar. Según nuestros maestros y nuestras maestras, Policarpa Salavarrieta no fue heroína. Casi que dicen que era un insumo más. Que lo suyo era pura logística. En general, las mujeres, solo eran personas de segunda categoría. Y así lo plasmaron en esa hediondez de texto de historia. De Henao y Arrubla O el Catecismo del Padre Astete. Toda una aureola perversa para reafirmar al catolicismo como religión oficial.

 

Mi papá Egnosodin me enseñó, desde muy temprano, a cantar el tango se Agustín Magaldi “Dios te Salve mi Hijo”. Yo lo entonaba en la escuelita cuando estaba cursando tercero de primaria. Mi papá había nacido en el municipio de El Bagre en Antioquia. Estuvo, desde muy niño, trabajando para un señor de nombre Arturo Borrero. En eso que llaman oficios varios. Incluido el de vigilar su casa, situada en el perímetro urbano. Se casaron, mi mamá y él, cuando ambos tenían dieciséis años. Después de soportar el asedio del papá de mi mamá, por cuanto Egnosodin preñó a Nicolasa. Había sucedido, entre los dos, una relación de pura pasión; muy bella, por cierto, por lo que supe. Yo nací, como consecuencia de esa preñez. Después de mucho tiempo, cuando yo tenía diez años, empecé a vibrar con lo que me iban contando los otros niños. Uno de mis amigos, de nombre Rolando Vaca, me contó, en uno de esos días que uno dice, puede pasar como anodinos, que su mamá y su papá habían sido muertos tres años atrás. Sucedió que un grupo de hombres armados, habían sitiado la casita en la finca. Los hicieron salir. Y, en el plenosol de junio los fusilaron contra la pared. Rolando quedó solo. Después de un mes de estar andando por ahí, sin rumbo, fue acogido por la familia Amazará, compuesta por don Eliseo, doña Belarmina y el hijo de estos, de nombre Aureliano.

 

Entre tanto, conforme iban pasando los días, meses y años, me fui enterando de otras tropelías ejercidas contra casi todas las familias. Los agresores se hacían llamar “Ejército Anti Comunista del Nordeste”. Mi familia y yo tuvimos que abandonar el territorio que tanto amábamos. La situación se tornó muy agria. Dejamos todo. Mi papá

 

solo tenía cuatro mil pesos producto de la venta de varias herramientas para la agricultura que le habían sido cedidas por don Arturo Borrero, como pago por sus servicios.

 

Llegamos el cuatro de agosto de 1975, al municipio de Yarumal. Allí estuvimos, durante dos meses, en casa de la familia Monsalve. Don Héctor, el jefe de familia, como se decía antes, había conocido a un primo de mamá Nicolasa, cuando estuvieron trabajando juntos en el municipio de Turbo. Nos hicimos, pues, a un cuartico y podíamos transitar por toda la casa y la finquita en la cual don Héctor y su familia tenía seis vaquitas lecheras.

 

Un día cualquiera, martes por más señas, llegó a la casa un señor de nombre Ruperto Balasanián. Era tío de doña Georgina, la esposa de don Héctor. Hablaron por mucho tiempo los tres mayores. Nunca he podido saber el tema. Lo cierto es que mi papá viajó con don Balasanián con rumbo desconocido. Mi mamá y yo quedamos con la señora Georgina. Se consolidó, con el paso de los años, una amistad muy bonita. La señora Georgina tampoco supo lo que pasó. Y, don Héctor, siguió sus labores; a pesar de sentirse muy preocupado. Esto lo leía en sus ojos.

 

Hoy, en este tiempo que sigue siendo muy amargo para todos y todas, recuerdo como me hice sociólogo. Para mí es importante este hecho, ya que me posicioné muy bien en Medellín y Yarumal. Me separé de mi familia putativa y de mi mamá, para desplazarme a Medellín. Allí vivía un cuñado de doña Georgina. Ella me relacionó con don Euclides y con su esposa, doña Lorencita. Empecé mi bachillerato en el Liceo Marco Fidel Suárez. Los fines de semana le ayudaban a don Euclides en la cobranza de créditos. Tenía, él, un negocito de mercancías ofrecidas en el comercio casa a casa. Vendía con el 5% de cuota inicial. Lo de más en pagos semanales.

 

Terminé el bachillerato e inicié la carrera en la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín. A pesar de ser una universidad privada, me gané una beca concedida en cesión. Don Romualdo Espinosa, hermano de la mamá de doña Lorencita. Algo así como entender que este señor Romualdo era sacristán en la Iglesia Divina Providencia, en el municipio de Abejorral, en Antioquia. El párroco de dicha iglesia conoció de mi vocación por la solidaridad con los y las demás. Tramitó la beca con el excelentímo señor rector.

 

Durante toda la campaña proselitista, tuve muchos inconvenientes Dos fundamentalmente. Las querellas insinuadas por los otros candidatos. Y, la falta de dinero y padrinos políticos. Yo veía como se compraban

 

votos. Y como le hablaban de mí a los sufragantes. Diciéndoles que yo era un subversivo. Todo como consecuencia de mi liderazgo en diferentes obras sociales en Medellín y en Yarumal.

 

Conocí, en el entretanto, a varios sacerdotes animadores de la opción política de Camilo Torres Restrepo. También, más de cerca, a Vicente Mejía, quien trabajaba con las personas que se ganaban la vida con el reciclaje en el basurero de Moravia. Tenía su asiento, en el barrio Caribe. El día de las elecciones fue, para mí, un día de mucha congoja. El sábado anterior, mi mamá y yo, recibimos la noticia de la muerte violenta de mi papá, en el municipio de Liborina. Tal parece que se trató de una riña callejera. A Egnosodin le habían robado el plante del negocio de venta de frutas. El ejercía como intermediario. Quienes lo mataron, lo esperaron en la noche, cuando iba a la casita que había alquilado. Todo por cuenta del hecho que mi papá los había denunciado.

 

Fui elegido como concejal. De una lista promovida por Don Rosendo Natagaima, liberal que se había hecho militante del MRL, liderado por Alfonso López Michelsen. Empecé mi nuevo trabajo, con la pasión que siempre me ha distinguido para enfrentar retos y superarlos.

 

Este día, estando en la puerta de la alcaldía de Yarumal, departiendo con ex compañeros del Liceo, se nos acercó un hombre, con la ruana terciada, de tal manera que le tapaba la mitad de su cara; sacó su revólver y nos atacó a todos. Así, terminó mi vida. Mi última memoria fue para mí mamá Nicolasa y para doña Georgina.

 

 

Sol viejo. Tu radiante

 

Ejerciendo como violín de tu danza y canto, me ha dado por recorrer todo lo que vivimos antes. Toda una expresión que vuelve a revivir el recuerdo. De mi parte te he adjudicado una línea en el tiempo básico. Para que, conmigo, iniciemos la caminata hacia ese territorio efímero. Un ir y venir absoluto tratando de encontrar la vida. Aquella que no veo desde el tiempo en que tratamos de iniciar los pasos por el camino provistos de un y mil aventuras. Como esa, cuando yo tomé la decisión de vincular mis ilusiones a la vastedad de perspectivas que me dijiste habías iniciado; desde el mismo momento en que naciste.

 

Todo fue como arrebato de verdades sin localizar en el universo que ya, desde ese momento, había empezado su carrera. Y, por lo mismo entonces, la noción de las cosas, no pasaba de ser diminutivo centrado en posibles expresiones que no irían a fundamentar ninguna

 

opción de vida. Viendo a Natura explayarse por todos los territorios que han sido espléndidos. Uno a uno los fuimos contando. Haciendo de ese inventario un emblema sucinto. A propósito de sonsacar a los tiernos días que viajan. Unitarios y autónomos. En ese recorrido nos situamos en la misma línea habida. Situada en posición de entender su dinámica. -

 

La vía nuestra, fue y ha sido, entonces, una bruma falsa. Que impide que veamos todos los indicios manifiestos. Y que, en su lugar, incorpora a sus hábitos, todo aquello que se venía insinuando. Desde ese mismo anchuroso rio benévolo. Y, de mi parte, insistí en navegar contracorriente. Tratando de no eludir ninguna bronca. Todo a su tiempo, te dije. Y esperamos en esa pasadera de tiempo. Y volvimos, en esos escarceos, a habilitar la doctrina de los ilusionistas inveterados. Todo, en una gran holgura de haceres trascendentes.

 

Y, ya que lo mío es ahora, una copia lánguida de todo lo que yo mismo había enunciado en ese canto a capela. Y que traté de impulsar, como principio aludido y nunca indagado. En esa sordera de vida. Solo comparable con el momento en que te fuiste. Y entendía que no escuchaba las voces. Las ajenas y las nuestras, Como tiovivo enjuto. Varado en la primera vuelta. Y que tú lloraste. Pero seguía el olvido de tus palabras. Porque ya se había instalado, en mí, la condición de no hablante, no sujeto de escucha. Mil momentos tuve que pasar, antes de volver a escucharte. Y paso, porque tú ya habías entendido y dominado el rol del silencio y de la vocinglería. Contradictores frente a frente. Y que empezaste a enhebrar lo justo de las recomendaciones que te hicieron los dioses chicaneros.

 

Tu irreverencia se hizo aún más propicia. Yendo para ese lugar que habías heredado de las otras mujeres plenas. Hurgando, en ese espasmo doloroso, me encontré con tu otro nombre. No iniciado. Pero que, estando ahí, sin uso. Lograste la licencia para actuar con él. En todas las acechanzas que te siguieron desde ese día

 

Yo, entonces, me fui irguiendo como sujeto desamparado. Viviendo mi miseria de vida. Anclada en suelo de los tuyos. Y me dijiste que era como plantar la esperanza. Para que, después que el Sol deje de alumbrar; pudiésemos enrolarnos al ejército de los niños y las niñas que, a compás, de tu música, iban implantando la ilusión en ver otro universo. Sin el mismo Sol. Muerto ya. Tú debes elegir cual enana roja estrella nos alumbrará

 

Cáfila

 

Engarzado. Así decía mi papá Teodolindo, cuando trataba de expresar que tenía problemas, más o menos graves. Éramos ocho hermanos y cuatro hermanas. Con par gemelos y par mellizos incorporados. Llegamos a Medellín, en enero de 1958, En ese entonces habíamos nacido y crecido Gualberto (el mayor) y yo que me llamo Eurípides. Todo un escenario lengaruto. Casitas apiñadas. Casi una sobre otra. Y esas callecitas solo lodo y piedra. Yo me coloqué a trabajar como ayudante de albañilería. Mi hermano Gualberto consiguió trabajo como mensajero en una droguería. La bicicleta se la arrenda el dueño. Mi papá, siempre ha trabajado como comprador y vendedor de chatarra. Así trabajaba en Liborina, municipio situado al occidente de Medellín,

 

Todo iba más o menos bien hasta que llegaron al barrio (Machado), una familia con más dificultades que nosotros. Doce, entre hermanos y hermanas. Por partida doble. Con el tiempo los apodaron “los bizcos” (las hermanitas también eran bizcas). Al cabo de seis años se volvieron Traquetos. Le disparaban, con los changones, a lo que se moviera en la noche. Sobre todo, Pantaleón y Altagracia. Esta última era la mayor. Incursionaron en varios barrios aledaños, En verdad no tiene ninguna justificación, matar a muchachas y muchachos tan pobres como nosotros y nosotras. Por lo menos quince muertos pusieron en menos de dos años. Todos y todas les teníamos físico miedo.

 

Un viernes cualquiera mataron a Altagracia. Tres policías que llegaron al barrio fueron los responsables. Por dos o tres meses se calmaron. Pero, después, volvieron a arreciar sus fechorías. Se dividieron en dos grupos. Pancracio, Benitín, Yurani y Bersarión, se desplazaron hasta Villa del Socorro, un barrio situado al occidente de Machado. Jael, Ernestina, Idelfonso y Pedronel; se fueron para el centro de la ciudad. Cogieron como parche la esquina de la calle San Juan y la carrera Bolívar. Puro raponazo. A quienes se resistieran al atraco, se lo llevaban puesto. Como diez personas muertas por ellos.

 

Entretanto yo seguía con mis labores. Trabajaba con el maestro Otoniel. No faltaba el trabajito. Conseguí novia (Pamela). Con los “bizcos” y las bizcas”; nada de nada. Yo estaba en lo mío. De la casa al trabajo y de este a la casa. Los domingos trabajamos hasta el mediodía. Con mi nena hablaba casi todos los días. La esperaba al lado de las escuelitas. Validó toda la primaria y hasta quinto de bachillerato. No siguió, porque quedó en embarazo. Y, después, la crianza de Abelardito. Vivíamos en casa de papá y mamá. Con esa

 

nacedera de hermanitos y hermanitas, nos fue quedando espacio en la casita. Pamela y yo nos fuimos para una piecita en arriendo.

 

Y llegó mi segundo hijo Al año exactito. Lo llamamos Petronio, en honor a mi abuelo materno. Estando en esa disciplina rigurosa; un día en que iba a coger transporte; me salieron Pancracio, Benitín, Yurani y Bersarión. Siempre andaban, robaban y mataban en grupo. Yo he sido muy volao, en eso que llaman ser frentero y no tenerle miedo a alguien. Me enfrenté con ellos y ellas. A pura piedra me deshice de ellos y ellas. Fue como si hubiera asegurado mi muerte o de algunos de mi familia. O de la familia de mi esposa.

 

Rompieron las puertecitas de la casa de mi papá y de mii mamá. La de nuestra piecita corrió la misma suerte. Me conseguí un changón. Lo compré en la tienda de la esquina. Don Polidora no se le negaba a nadie. Hizo de intermediario. Y listo.

 

Recién que habíamos cambiado puertas y ventana; una noche llegaron todos y todas “bizcos” y bizcas”. Insultaban de una manera fea. Palabrotas groseras, ásperas. Yo salí y los frentié. El primero que cayó fue Bersarión. Luego le disparé a Pedronel y a Ernestina. De una se murieron. Cuando se percataron que conmigo no podrían, Corrieron. Y yo Tras ellos. Cuando llegó la tomba, ya había pasado una hora.

 

Hoy estoy aquí. En la cárcel “La Ladera” de Medellín. Purgo pena de seis años. Pamelita tuvo que ponerse a trabajar. Mis dos hijos han crecido harto. Mamá y papá me han visitado varias veces. . Si pudiera regresar al pasado, haría lo mismo. Porque no se trata de fingir arrepentimiento. De lo que se trata es vivir la vida como venga

 

 

 

 

 

Bella Martinica

 

Envolvente, como remolino aventajado. Así era mi relación con ella. Martinica Buriticá. La había conocido en un paseo que hicieron las dos familias. La de ella y la mía. Muy joven. Bonita. Pero, ante todo, de una prudencia infinita. No había ningún obsoleto para sus palabras. Estudiante en La Institución Educativa Policarpa Salavarrieta. Ahí no más en la esquinita que visitábamos mis amigos y yo. Bien parada, en esos términos de ahora que denotan hermoso cuerpo y bonita cara. Los dos nacimos en el mismo barrio. Jerónimo Luis Tejelo, al occidente de Medellín. Yo un poco mayor que ella. Nos separaban tres años. Ahora, el veintiuno de julio, cumplirá quince añitos. Empezamos a frecuentar el mismo lugar para el divertimento. La canchita de

 

baloncesto que queda ahí en el centro del barrio. Martinica juega muy bien. Tanto que ha sido designada como capitana en el equipo selección de las Instituciones Educativas, en la ciudad. Pero, más que jugar bien al baloncesto, lo que la distingue es lo que llaman “su don de gentes”. Muy delicada al momento de enfrentar los problemas. Habla por todas y por todos en el colegio. Tiene una visión absoluta, acerca de la política educativa en Medellín y, en general, en el país. La pensadera la ubica en profundas reflexiones al momento de cuestionar y sugerir alternativas.

 

Nació, según dice su mamá doña Eugenia, pensando. Desde pelaíta lo escrutaba todo. Mirando a su alrededor. Como buscando explicación a lo habido y por haber. Al añito de haber nacido, ya era capaz de entender lo que le hablábamos. Y trataba de hablar. Por lo mismo, empezó a hablar fluido a los dieciocho meses. Casi como entablar conversación con nosotros y nosotras. Argumentaba su palabra. Vivía en una opción y pulsión de vida, equilibrada. Pero, asimismo, capaz de contradecir a quien fuera.; desde su lógica y perspectiva de vida.

 

En esto de entender la vida, es difícil saber si algo es justo o injusto. Lo cierto es que, uno de los médicos de la IPS, diagnosticó, algo así como un enfisema pulmonar, cuando recién cumplía diez añitos. De ahí en adelante, como que nos cambió todo. La rutina dejó de ser la misma. Muy al cuidado de todos y de todas en familia. A pesar del diagnóstico, Martinica no ha parado en la hechura de su vida. Particularmente en su desarrollo académico y deportivo. Don Hipólito, el rector del colegio, mantiene una observación constante alrededor de la evolución de la patología. Por mucho que le hemos dicho, acerca de dosificar sus entrenamientos y sus juegos intercolegiados; todo ha sido en vano.

 

Cada noche, mi amiguita sufre dolores muy fuertes. Además, un problema reiterado para conciliar el sueño. Y para asumir una dinámica de vida no enfermiza. Si se quiere, en cada brevedad de los minutos, se le va yendo su fuerza y su proclama por salir adelante. Una crisis manifiesta. Su mamá Eugenia sufre más que ella. La ama tanto que, como dicen coloquialmente, “ve por los ojos de la niña”.

 

El día de su cumpleaños, sufrió una crisis. Que fue definida como “benévola” por parte de los médicos de la IPS. Pero, en verdad, nunca la había sentido tan enfermita como ese día. Habíamos preparado todo para la celebración. Un protocolo discreto, como a ella le gustaba. El ritual iba a ser el mismo. Misa solemne en la mañana; almuerzo en familia y con los más cercanos y cercanas amigos y amigas. Y, en la

 

tarde, un bailecito, casi privado. Siendo como las seis de la tarde, le vino la crisis. Esta parecía más grave que las otras. Se desmayó en plena sala. Corrimos a auxiliarla. Le empezamos a dar aire, despejando el sitio y soplándole con las toallas. Cuando llegaron los paramédicos en la ambulancia, Martinica; parecía, en su cuerpo, como si le hubiese cortado el calor de vida, durante todo el día.

 

Hoy, veintiocho de julio, estamos al lado de ella. Pero ya no nos habla ni nos hablará nunca más. La rigidez de su cuerpo es absoluta. Su carita parece ser más bella que antes. Sus ojitos ya no nos mirarán, en ese bello mensaje que siempre nos otorgaba.

 

Y sí que, ahora, simplemente seguimos su huella. En una inmediatez de vida lánguida. Ya no es lo mismo sin ella. Dicen que quien nos deja para siempre, merece un canto a la belleza. Y que, debemos recordarlo o recordarla en lo que eran en lo cotidiano. Sin embargo, ´para mí, la recordadera debe ser en tristeza. Porque, el solo hecho de saberla ida, de por sí, supone un vacío sin reemplazo posible.

 

 

Caminando, por el camino de lo que somos

 

He vivido durante mucho tiempo aquí, en “La Aldea de Los tres Traidores”, como llaman a este pueblito. Créanme que nunca he podido saber el porqué de este nombre. Solicité al señor gobernador licencia para actuar como investigador honoris causa, para tratar de desatar el entuerto.

 

Yo venía de sangre amiga como se dice ahora, al momento de las identificaciones sumarias en la historia de nuestro país. Empecé por devolver la historia, cien años atrás. Era el tiempo de la inventiva. Así estaba establecido en el libro de relatos e historia que había en la Biblioteca Municipal. Empecé a delirar, luego de leer los dos primeros tomos. Un trasunto que me dejó perplejo. Una historia, por ejemplo, de la niña Adriana Losada. Vivió casi setenta décadas. Y no crecía ni se envejecía.

 

Un día, de ese cualquiera, me encontré en la biblioteca con Susana Arrabales, nieta del señor alcalde, don Policarpo Sensini. Una mujer todo cuerpo. En una exuberancia magnificada. Vestía jeans que apretaba sus piernas y su cadera; de tal manera que el imaginario volaba con relativa facilidad. Sobre todo, ahí, en donde terminaban sus bellas piernas. Me preguntó que donde había estudiado mi carrera de historiador. A la vez, me dijo que ella había estudiado lingüística en la Universidad Claretiana de Occidente. Y, a decir verdad, era todo un

 

universo de precisiones en lo correspondiente a la vertebración de las palabras. Y, en general, de cómo se fueron formando las palabras y el lenguaje escrito. Tenía una manera de conducir su discurso, que estuve absorto durante su ceremoniosa intervención.

 

Para empezar, en lo concerniente a mi yo como sujeto activo, la primera impresión empezó a ser corroborada por el trajín en el cual nos embarcamos. Nos veíamos todos los martes de cada semana. Empleábamos la mayor parte del tiempo, en auscultar la relación de causa efecto. Algo así como entender ambos, que la historia de cada hecho susceptible de ser comparado, tenía que ver con la inmensa categorización de los valores comnductivistas, derivados de un primer acercamiento con los huitotos. Seguimos, en esa línea de intervención, hasta que accedimos a lo que ella llamó “la cuantificación de los hechos que propugnan por ser visibles en la historia del país.”

 

Yo seguía absorto con esta niña. Tanto que le escribí a don Exequiel Peñarredonda, en el sentido de acotar una información que yo le enviaba, como si fuera mía la categorización básica. A partir de ahí, don Serapio Consuegra, el presidente de la Cámara de Estudios Sociales Comparados.; me conoció Inmediatamente, fui convocado a la capital del país, para presentar los avances en una conferencia que reuniría a los y las mejores historiadoras (as) del continente.

 

Antes de partir, le hice saber a Susana, que debía asistir a un Seminario sobre “Los insumos válidos para determinar la acidez del agua en entornos cercanos a las plantas de procesamiento de pieles y de venados insulares “Quedamos en que nos veríamos en la primera semana de noviembre. Así como le hablaba a la señorita Susana, iba orquestando los trazos para que ella me pusiera al tanto de sus investigaciones.

 

Ya en la ciudad, hice público un primer documento acerca del tema encomendado, En el mismo recaudaba muchos de los datos conseguidos por Susana. Pero, yo, los hacía parecer con indagaciones mías. Un primer elemento, tenía que ver con la nomenclatura asignada a cada una de las investigaciones. Por ejemplo, “el bilingüismo de los huitotos, al momento de expresar sus opciones de vida, en el contexto de la formación y consolidación de nuestra Nación”. También, surtí la versión propuesta por el profesor Artunduaga, quien ejercía como tutor absoluto en los estudios de historia y lingüística. Todo en el entendido siguiente; “cada paso dado por los aborígenes estudiados, hablaba de referentes biunívocos”

 

En los cuales se conocían por traidores a aquellos sujetos varones que

 

decidieron comparar pares entre la visión del paradigma de la Diosa Laguna. Y la condición de sujetos habidos después de la muerte de la sacerdotisa “Manuelita del Socorro Góngora. Toda una expresión heterodoxa de lo que implica la rebelión de los súbditos y súbditas. Y que, por lo mismo, los desertores fueron expulsados hacía Villa Carmelo. Y que, por siempre, vivirían allí por los siglos de los siglos. El costo de esa destinación corrió por cuenta de aquellos nativos que izaron la bandera de libre expresión. En esas estaban, cuando llegó Susana. Imperativa y tendenciosa, con respecto al fin del mundo y la necesidad de no traicionar a nadie. Solo a los enemigos que pudieran aparecer a futuro…

 

 

 

El Elegido

 

Pongo a Midios como testigo. Lo tuyo había ido creciendo en el contexto escogido. Una iniciativa venida a menos desde que dejaste amar. No lo digo por mí. Ya que he ofrecido mi alma al creador, al todopoderoso, para que mi arrebato no pase desapercibido. Ofrecí mi vida, no la tuya. Por doquier observo el mimetismo ordinario. Yo he trascendido lo primario tuyo. La manera como retratas tu cuerpo; no es otra cosa que lujuria. De tal manera te entregas a cualquiera, que he recordado cuando íbamos juntos a la escuelita. Y, más tarde, al colegio. No sé si recuerdas ahora, lo que hacíamos con los palos de guayaba y de mango biche. Supongo que no. Porque he percibido, en ti, esa luciérnaga perdida, apagada. Te cuento, ahora, mi pasado después que nos dejamos de amar. Es un tanto simple. Una brújula en mil pedazos rota. Fui creciendo en lo mío. Estuve al mando de José Pedrera, cuando me abrí camino hacia las comunidades no reconocidas, hasta entonces, por pléyade de comisionados enjutos. Yo me di cuenta de inmediato. Por lo mismo que obro como vigía designado por el Padre Eterno. Estuve tres veces en Roma, la nuestra. En uno de esos viajes, me entrevisté con Olmedo Vigoya. No sé si te acuerdas de él. Vivió en el mismo barrio (Belén AltaVista, en nuestra Medellín pujante siempre) Resulta que Olmedito, como le decíamos con cariño, se separó de Julieta Piñeres, Todo, por cuenta de sus arrebatos lujuriosos. Rompió con Catalina, el día en que la encontró en la casita, con Saturnino Moscoso. Un tanto dramático el cuadro.

 

Lo cierto es que vivo, con la bondad de mi Dios amado. Te cuento, además, que mi mamá murió. En el tiempo ese de la inquisición forzada que impuso el padre Anselmo. Una cuestión misterio, como decimos los adoradores de Dios Buen Pastor. Ella, Sarita como

 

siempre la llamé, ejercía como vocación primera en ese trono del Buen Dios Punzante. Siempre, en Semana Santa, mi mamá entraba en esos que empezamos a llamar Trance Legítimo Para Los Iniciados. Su ayuno, esta vez, fue extremo. Lo empezó el Domingo de Ramos. A mitad de la semana, le envió un mensaje al Reverendo Anselmo. En el sentido que se sentía muy débil y que se sentía acosada por El Judío Errante, designado por Mi Dios, para tentar a las almas votivas.

 

La respuesta nos dejó impresionados. Le dijo: bajo ningún pretexto Sarita debes de terminar el Ayuno Supremo. Quédate ahí, en donde está ahora. Mi mamá murió el Jueves Santo. No pudo más. Yo cero, en verdad, que el Reverendo tenía razón. Su muerte es excelsa demostración de lo que puede el Divino Sacramento Único. Todos y todas salimos a la calle. Doña Hilduara, la Matrona del Divino Salvador, nos arengó. Veía un mensaje en el amplio cielo azul. Y sí que miramos. Y aparecía mamá Sarita. Una Asunción Hermosa. De la mano del Arcángel San Gabriel. Al volver a casa, efectivamente, el cuerpo de mamá Sarita no estaba. Solo quedaron el ataúd y los candelabros.

 

Yo sigo en la Expiación Suprema. Al mando del Sumo Pontífice Aureliano Tercero. En verdad yo siento, cada día, que voy aprendiendo a ser un Buen Cristiano. En el Tercer Año Conmovido, abandoné todo lo terreno. Renuncié a mi trabajo como Vocinglero Primero. Cada día, en el pasado reciente, era expresar, a capela, los Rituales Divinos para el día. También abandoné a Vitelina. Mi noviecita de toda la vida. La repudié, por Mandato del Sumo Pontífice. Requisito penúltimo para acceder al Título de Diácono Primero.

 

Ya el barrio no es lo que fue antes. Es como si todo se hubiera decantado. Sus calles están, todos los días, cubiertas de flores. Todo en honor de mamá Sarita. En cada esquina se erigieron estatuas de mi mamá, de doña Leopoldina y de doña Amparo de Gutiérrez. Todas ella las llevamos a Roma, para ser bendecidas por el Sumo Pontífice. Vivos, todos y todas, en meditación continua. Vivimos en estado casi cataléptico. Los vecinos y vecinas de los otros barrios nos traen frutas, legumbres y aguapanela. De eso vivimos. Por Voluntad Divina.

 

Ya sabes, amada mí, del porqué de mi ausencia. Ya, en vida de Vitelina, te decía cómo el Buen Dios, me eligió a mí para poseerlas a las dos. Y que, nuestro hijo ha de ser santo. Esa es mi recompensa. Así lo quiso El Verbo Divino.

 

 

Bellos y bellas amigos y amigas míos

 

Como queriendo ofrecer insumos para futuro abierto. En una diáspora absoluta. Recorriendo esos caminos que antes no conocía. Volviendo a ver tu imagen centrada, en semblanza habida antes. Vertiendo lo que antes no poseía, pero que estaba en mí como en ósmosis prendida. Cierta. Un rol que me acosa desde la cunita amada. Viviendo a mi madre en lo que llamaba incertidumbre de género. Sin combinaciones posibles. Porque, lo suyo era ternura atada. Avergonzada por las lapidaciones continuas. En un acezante grito de locura manifiesta. En el entorno vivo de ella antes. Y siempre aturdida por la vocinglería agobiante, inhóspita, apabullante. En un modelaje de porvenir ansiado en esa conducta pérfida. Hecha como a pedazos. Entre miles vivas y decantación afanada para imponer la holgura del suplicio eterno.

 

Y vine al mundo por esa vía. Como en enjuto saludo. O en la imposición sin remedio. Así te vi, entonces, ese día nuestro. Aquel que logró emerger como sutura apenas, de la gran herida porfiada y honda. Te vi en ese espacio extraño. Como que es del pueblito que añoramos. Lo viste tú y lo vi yo en enérgica propuesta de trascender el ahora imponente, aciago. Y, en esa dupla del tu y yo, enrutada al ejercicio de la vida diaria. Ahí en esas callecitas casi legendarias. Por lo mismo que tienen y han tenido, como magia inspiradora del quehacer fundamental. Comoquiera que se va la vida tuya y la mía, en ello. No sé si recuerdas el hospicio hecho para los dos. Por los viejos y las viejas que veían en lo que éramos un puñado de esperanza. Tierna, libertaria. Y que empezamos a construir desde ese antes de haber abandonado los vientres. Siendo tú, gozosa mía. Un cuerpo de veracidad. De fresca nervadura potente. Y, siendo yo, niño de energías físicas amilanadas. Casi, mi cuerpo, como pequeña ilusión, sin más.

 

Y surtió efecto lo que ellas y ellos dijeron, el día en que nos vieron de la mano, saliendo de la escuelita viva. Con ese trasunto de iridiscencia amplia, otorgadora. Incesante vuelo hacia la hermosura de cielo abierto. Con negras nubes, esperado hacerse presente con la lluvia anhelada. Y como jugábamos a la golosa con niños y niñas de vivencia explosiva. Los negros y las negras del vecindario. Orientándonos en el proceso de erigir los juegos como soporte de la lúdica ambiciosa. Pristina, elocuente. Y, en esos cuentos hechos palabra del Pacífico libertario. Diciéndonos que ojalá pudiésemos jugar toda la vida. En eso de no hacernos grandes, adultos. En esa hechura de camino de la Caperucita Roja, vuelta negra a partir de haber conocido a la Buenaventura inmensa; azotada hoy por la amargura de la violencia. O de ese Quibdó enhiesto. Bañada por el Atrato imponente. O, en Santander de Quilichao, brotando a los y las libertarios de siempre.

 

Volcados a los campos deshechos por los verdugos de ahora. De los vituperarios modernos. Aquellos que pretenden la asimilación de los cantos de libertad, a partir de sus enjutas voces. Diatribas miserables, asesinas... O, cuando socavamos la historia milenaria, hecha por los avezados dominadores de la ignominia. Siendo así llamados, por nosotros, a aquellos que, con su poder alinearon los caminos. Enhebraron con la violencia sátrapa, todo cuanto pudieron.

 

Y la Olegaria, en sus brillantes negra. Y Serafín, el negro que se convirtió en el Diógenes de ahora. Negro absoluto. Bravero, hermoso. Conjugando en muchos tiempos la libertad como verbo. O la Isolina Santacruz que estuvo en Bojayá. Que vio como los trinos potentes de los negros y las negras, se convirtió en lugar de agravio inenarrable.

 

Y caminamos, entonces todos, al unísono de la melodía cantarina del señuelo libre y del tratar de amarrarlo a la estaca imaginaria. En visión plena. O, como cuando, nos hacíamos perseguir porque, de frente a la pared, contaba hasta ochenta. O hasta apenas veinte. O hasta el mil galopero en que dejábamos a los niños y las niñas de doña Susana. O ese ir al lago empalagoso del bosquecito nuestro. Aní, no más, al lado de la llanurita cierta. Construidos por todos y todas.

 

Y sentimos el estruendo, cuando llegaron los gendarmes armados, asesinos. Robándolo todo. Matando a todos y a todas. Simplemente por no saber el paradero de Los Mosquera. Los negros que trajeron a nuestro barrio, el sabor del currulao. O la danza bailada y actuada por los mis e hijas de la Negra potente. Nos enseñaron a bailar y a cantar, en susurro amplio “ven para acá pajarito que soy tu estrellita matutina. Ven para acá perrito amable; que todos y todas vamos a bailar. Y que la Anastasia tiene ganas de hablar contigo antes de que nazca el hijo de vos y de ella…”

 

Hasta esa noche nos llegó la alegría. Se los y las llevaron a casi todos y todas. Un matoneo rabioso. Un reguero de cuerpos dolidos, heridos. Y se fueron en las tanquetas repletas. Y, nosotros y. Niños y niñas, envueltos en el velo aniquilador. Corriendo de un para allá y para acá. Como en ventarrón mañanero. Como en holgura puestos y puestas. En la distancia engañera, preciosa. Amarrada al poste. Y, recordamos todos y todas, el volantín de tela que nos hizo doña Amaranta Mosquera. Y, a ella, fue a la primera que sacaron a empellones. Hablábamos de todo. Allá en el toldito que don Genaro Tuberquia nos levantó el diciembre pasado. A éste lo golpearon con los zurriagos que traán los petulantes. Enfermizos azotadores.

 

Y, al día siguiente; solo quedó la soledad sola. Ese vacío tan inmenso

 

que dejaron nuestras madres y nuestros hermanos y nuestras mujeres hermanas y padres. Y todo empezó a pasar como viento helado, ruin. Y nosotras y nosotros allí. Dándole al juego benévolo. Entendiendo que la tristeza, iban en nuestros juegos. Solapadamente, íntegros. Auspiciados por nosotros y nosotras, detentadores y detentadores de la vida expuesta. Mañanera y “nochesera”, como le dio por llamar al atardecer y la noche plena, el negro Hamilton, bulloso y bailador sin par.

 

Y sí que nos fuimos hasta “La Quinta del Diablo”, como Esthercita y Mónica llamaron al lugar en que los encerraron. Y surtimos todos los barrios y la ciudad de tronera punzante. De heréticos y heréticos personajes. De ventolera creciente. Y gritábamos LIBERTAD, en un vuelo de palabras escandalosas por lo expresivas del desafío que proponíamos a los injuriosos patronos. Los hacedores de patria, como mera réplica de la torcida comunión entre reyezuelos vergonzantes.

 

Ese mismo día, ¿te acuerdas Lunita?, todos y todas fuimos cayendo. Atravesados y atravesadas, por las lanzas aceradas de los asesinos. Y, esas balas, entrando en nuestros cuerpos. Hasta que cerré mis ojos. No sé si los tuyos también. Solo sé que estando muertos y muertas ahora, ascendimos al piso de la libertad. Entre montañas y ríos creciendo todavía.

 

El negro Saltarín

 

Saltarín Pereira llegó a esta ciudad el veinticinco de mayo, del año pasado. Desde que llegó al barrio Chagualo, se hospedó en casa de los Benavides. De inmediato me impresionó su talante físico. Aproximadamente de un metro con noventa centímetros. Brillante negrura, Y unas manos inmensas. Todo empezó cuando Beatriz Iriarte comentó a varias vecinas que “el negro” Saltarín, como lo bautizó doña Helena Monsalve desde el momento que llegó; había estado donde doña Rubiela Salazar, leyéndole la palma de la mano. Y es que empezaba a tomar fuerza su condición de adivinador. Sin mayores aspavientos, todas las señoras se agolparon en la puerta de doña Rubiela,

 

Desde un mes atrás, don Israel Perdomo había advertido de unos pájaros agoreros estaban rondando su casa. Todos negros. Del tamaño de un gallinazo. Pero no eran ese tipo de aves, las que se posan en el tejado de su casa. Su cantar era como escuchar el ruido de gallinas en celo. Todas las noches llegaban. Y empezaba la serenata, hasta las cuatro de la mañana. Muy enojado, decía que eran mensajeras de la muerte.

 

Don Alfonso Elizondo entró a la conversa que inició, ese sábado tres de octubre: ahí no más en la tiendecita de don Rogelio y de la señora Berenice, su esposa. Relatos se expresaron para todos los gustos. Uno de ellos, el de don Omar Segrera, hablaba del día en que vio al negro Saltarín, sentado al pie de la puerta de la casa en que vivía. Tenía, según don Omar, un rosario negro en sus manos. Parecía contando arvejas. Y, acompañaba el conteo, con frases ininteligibles. Como cuando uno escucha los alararidos de una persona en trance. Contaba, además el vecino Omar, que siendo, aproximadamente del tres de la mañana, salió corriendo calle arriba, riéndose y desplegando una capa blanca.

 

Y empezó a tejerse la versión, en el sentido de asociar al negro Saltarín con la muerte de perros y gatos en la vecindad. Cada mañana se encontraban esos animalitos, expuestos al sol y al agua. Y una hediondez solo comparable a la que se sintió el día en que aparecieron muertas las dos vaquitas de don Aureliano Sanclemente.

 

Ese día, en que las vecinas se asomaron a las puertas para ver pasar al padre Benjamín con el hisopo y con la canequita del agua bendecida en la misa solemne del Domingo de Resurrección; fueron testigos de algo que parecía inaudito; empezó a teñirse el cielo de colores rojo obscuro azul celeste. Como una bruma densa que fue a depositarse en el techo de la casa en donde vivía Saltarín. Tanto así que el padre Benjamín no pudo realizar lo que él y las gentes llamaban Exorcismo Transitorio”, Un remedio que se había usado por décadas y que se justificaba cuando existía sospecha ante lo designado por las matronas, como hechicería blanca Casi siempre asociada con la aparición de hombres negros del tamaño de Saltarín. Y la coincidencia en la aparición de aves negras desconocidas.

 

Durante todo el día no paró de llover y de sentirse “un helaje insoportable”. En la noche, las nubes se pusieron mucho más negras que de costumbre. Y una lluvia pesada y salada como agua de mar. Doña Betulia arengó a todos y a todas para que se reunieran en el atrio de la iglesia; para rendirle tributo a la Virgen del Apogeo, patrona del barrio. Ya reunidas, empezaron con el Rosario de Aurora. Y los cánticos “tu reinaras dios de los cielos. Reine por Jesús por siempre, reine en mi corazón. Que nuestra patria y nuestro suelo, es de María la Nación” Luego siguieron con las palabras: Hazte Atrás Satanás, que conmigo no contarás; que el día de la Santa Cruz, grité un a mil veces. Jesús, Jesús…

 

Don Venancio Tortoriero, había estado reducido a una silla de ruedas.

 

Sucedió que, después de haber tomado como esposa a doña Saturnina Benítez, trabajando en altura, reparando el techo de la Casa Cural, perdió el equilibrio y cayó al vacío. Dos vértebras se partieron y no hubo más que sentarlo en su sillita, que le regaló don Ambrosio Buriticá, a poco de haberse ganado la Lotería de San Liberto. A doña Saturnia no le faltaban ganas de comprometer al negro Saltarín, en una sesión de rosario compartido, como le decía a lo que Saltarín hacía. Obviamente le tenía temor a lo que dirían l sus vecinos. Y, mucho más aún, a lo que pudiera hacer el padre Benjamín.

 

Cierto es, también, que la señora Saturnina no alcanzó a sentir lo de don Venancio adentro. Cosas de la vida. Una ironía absoluta. Justo despuesito del matrimonio, el señor Venancio quedó incapacitado de por vida. Es inenarrable el sufrimiento de la señora Saturnina. Cambiándole las mudas a cada nada. Bañándole a cada nada. Era, en verdad, una frustración absoluta. Con mayor razón, cuando le veía lo de él. Ahí fláccido, de manera permanente. Muchas noches, lloraba antes de dormirse. Y claudicó varias veces ante las ganas de sentir placer. Se masturbaba. Y sentía un descanso incomparable. Amanecía con los bríos necesarios para hacer lo que fuera.

 

Doña Saturnina era muy joven. Cuando pasó lo que pasó lo de su esposo. Apenas si, había cumplido veintitrés años, A decir verdad, en opinión de Saturnina, no era lo mismo. Sus vecinas, de manera bastante indiscreta, le contaban de sus excursiones por la tierra del placer. De ver lo de sus esposos hinchados. Duros como piedra. Varias veces le confesó al padre Benjamín lo que hacía y lo que deseaba. Todo esto derivaba en penitencias muy duras, Y que las tenía que cumplir

 

Hasta que no aguantó más servir de esa manera a un tullido, que disfrutaba el placer de verse atendido de un todo y por todo. Ella había visto al negro Saltarion, rezando y cantando. Con palabras no entendidas por ella. Y, además, había conocido varias versiones en términos de sanación. A Eloísa, la hija de doña Amparo le había curado las paperas. A Simoncito, el nieto de doña Clemencia, le había curado el mal de ojo que lo agobiada. Esa babeadera y movimientos de cabeza la hacían sentir muy triste.

 

Cierto día le preguntó a Eloisita acerca de lo que hacía el negro en el ritual, Esta le comentó, hasta cierto punto. De ahí en adelante, sus palabras parecían barullo, expresiones discordantes. Entraba como en trance y empieza la lloradera.

 

Por fin, el día 6 de enero, sufrió un arrebato de ansiedad. Se decidió

 

por ir hasta la casa de Saltarín. Le comentó todo lo que pasaba con su esposo. Y la impotencia para hacer algo más. Por él y por ella. Se sentía frustrada como mujer. Saltarín accedió a ir hasta las casas. Sugirió las siete de la noche para la visita.

 

Cuando llegó el negro Saltarín, observó a don Venancio, por largo rato. Le dijo, creo que sí puedo hacer algo por él. Le preguntó a Saturnina por el cuarto del baño. No dijo el motivo. Entró, y cerró la puerta. Cuando volvió al sitio de Venancio Saturnina, estaba cubierto solo por la capa blanca Todo lo demás del cuerpo estaba al desnudo. La señora quedó muda. Con sus ojitos bien abiertos. Nunca había visto algo tan grande.

 

Al otro día un hervidero de palabras que se parecían más que lo que pasó con Babel. Todas y todos hablando del milagro que le hizo dios a don Venancio. La señora Saturnia estaba adentro, según decía don Venancio, que estaba en el patio trasero de la casa. Todo quedó así. Entonces iban surgiendo más combinaciones de palabras y conjeturas. La gente se extrañaba por la ausencia del negro Saltarín. Hasta ese día infame en que aparecieron los cuerpos de Belarmina y Saltarín. Lo de él, cortado. A más exhibía un corte profundo en su garganta. Ella, con lo suyo con herida amplia y con sus pechos quemados. Nunca más volvieron a saber de Venancio, Solo, muchos años después, se supo que había sido colgado del limonero. Esa casa fue declarada casa maldita, por orden del señor Obispo, a ruego del reverendo Benjamín,

 

Lucerito, alma mía

 

Había pasado mucho tiempo, desde la última vez que me encontré con Venus Alexandra. Tanto que, inclusive, no podía relacionar su cuerpo y su memoria, al vuelo. Precisé de más de unos minutos, antes de recuperar su figura e insertarla en mi memoria, de por sí, un tanto lánguida. En verdad que ha cambiado, Sus ojos aparecen, ahora, profundamente tristes, dentro de ese verde apasionado. No tengo muy claro si antes tenía ese lunarcito en el mentón. Sea lo que fuere, le da a su cara un carácter fuerte. Como de entender que, esos sus ojos y esa su cara, parecían un imán biológico impresionado. Es como cuando una asume una determinada doctrina, en lo que respecta a lectura de cuerpo, de tal manera que el impacto de visión primera lo deja a uno como en espasmos idolatras. Recordé, después de, mucho tiempo, los lugarcitos en los que nos conocimos. Esa impronta de la escuela, pasada y presente. En una relación de tiempos absolutamente cercanos. En ese ir a la locura primera de lo que

 

éramos. Ella, en esa intención de vida palpitante. Yo, en una holgura de actuar un tanto desafinado. Por lo mismo que mi palabra era, en ese tiempo, un tanto empalagosas. Como queriendo demostrar con ellas el índice del breviario de vida.

 

A la par de la habladuría que iniciamos, se fue tejiendo la recordadera. De parcial al total de lo habido. Contándome, ella, la brusquedad de su presente. Me decía que era, algo así, como engalanar los manifiestos absorbidos en esa brevedad de tiempo. Una cotejación, me decía, entre anclar la memoria como simple inventario de los quehaceres inmediatos, Y las secuencia, un tanto peyorativas de lo que somos y fuimos. Volvió, a mí, una tenue lucidez. Tratando de revolcar, otra vez, el tiempo y sus vivientes. Localizando la divina ternura, en una perspectiva inane. Le dije, en ese afán de imitar a los silentes idos. En esa condición de sujetos, así en masculino, porque siempre estoy predispuesto a buscarlos como pares de género. En esa hechura de enamoramiento, al brete. O al galope, como decía Dionisio Fuentes. Siempre lo amé. Creo, inclusive, que desde antes de nacer. Lo mío se lo expresé ese día de octubre, en que lo tuve en mis abrazos y mis elucubraciones. No me importó ser rechazo con vehemencia histriónica y de brutalidad física. A ese encuentro le debo una fractura en mi nariz. Fui azotado. No solo por mi bello Mauricio; sino también por su familia, mi familia. Y, en fin, por todos los machos del barrio.

 

Para las mujeres, entre ellas, Venus Alexandra, me convertí en un susodicho espécimen que no valía la pena, siquiera mencionarlo. Ni tratarlo. Pero, así como era de fuerte el extrañamiento; así mismo, era mi perdición. Con mi memoria embolatada. Como persiguiendo una quimera impúdica. En una exacerbación de instantes y de tiempos prolongados. Las otras mujeres, en el barrio, se prodigaban de epítetos hacia mí. Como “torcido”, “malparido marica”, “Lola Flórez ambiciosa de roscones”. Hijueputa cacorro”, Y muchos etcéteras más.

 

Y, ese domingo qn que la encontré, iba ella paseando con su novio. Vulcano Mejía. A él lo conocía desde que estudiamos juntos el bachillerato. Para mí, era un sin ton ni son, como llamaba mi mamá a quienes no pasaban el corte, en términos de estar posicionado. Las diatribas que él me decía, las fui asimilando con el correr del tiempo.

 

Y volví a la recordadera. Tal vez, el hecho fundamental que marcó mi vida, tuvo que ver con mi enamoramiento tempranero con Lucerito. Un niño hermoso, en todo el absoluto sentido. Lo empecé a amar y buscar, desde el mismo día en que él y su familia llegaron al barriecito Altamira. No sé cómo fue el tiempo. Solo sé que lo seguía a todas

 

partes y en todos los momentos. Era diez años menor que yo. Y empezó esa fuera de tósigo de todos y todas en mi contra. Con mayor razón, cuando Lucerito se enfermó. Empezó a verter sangre por su ano. En verdad, yo no lo tuve de manera brusca. Inclusive, entre él y yo, compramos vaselina y condones. Nos veíamos casi todas las tardes en el solarcito de su casa. No olvidábamos de todos y de todas. Una pulsión de amantes empeñados en convertirnos en un solo cuerpo.

 

Todo se fue agriando, para mí. Mi Lucerito negaba cualquier vinculación mía con lo que estaba sucediendo. Se fueron agravando sus dolores y la hemorragia. Mi familia sufrió mucho. Atacaban nuestra casa. Violentaron a mi hermano Adolfo. Un día de tantos azarosos, iba para la universidad. Ahí mismo, en el paradero de los buses, me encontré con un grupo de muchachos y señores vecinos del barrio. Tenían en sus manos bates de beisbol y cuchillos. Me atacaron al unísono. Recibí dos heridas mortales en mi vientre. Y la vida se me empezó a ir. No entendía nada de lo que me hablaban, en insultos, Mi última mirada fue para Venus, quien empezó a acariciarme el cabello. Lo último que escuché fue su voz, carga de palabras de ternura.

 

 

Mi pulsión, Diego y Demetrio

 

Llegué temprano, en la mañana. Un sol sin asomarse, por lo cuajado de las nubes. Traía mochila llena de ropa y par zapatos. Lo único que pude recoger, antes de salir fugado de casa. Casi tres días caminando, por territorio árido y estrecho. Nunca supuse que lo haría de esta manera. Siendo, como fue mi infancia; tenía la certeza de hacerme adulto con mi familia al lado. Con la solidaridad advertida, siempre, en mi madre. Recordé anécdotas de mi temprana vida. Siempre ahí envuelto en la precariedad de alegrías. Me llamó mucho la atención ese lugar de juegos. A la pelota, a las escondidas, a la rayuela, a las cometas. Repasé mi amistad con Diego Alfonso Bejarano, mi amigo del alma y de siempre. Me conmovió, otra vez, la manera en que éste partió para Liborina, allá, en el occidente antioqueño. Los dos vivíamos en el barrio Manrique. Desde los tres años. Nos correspondió palpar los inicios del crecimiento de Medellín. Todo a pesar de no haber traspasado la frontera entre los barrios. Menos aún, recuerdo que hubiésemos llegado al centro de la ciudad. Tolo lo sabíamos en palabras de nuestras mamás. Doña Augusta, la de Diego. Rosario, la mía. Cuando iniciamos la escolaridad, los hicimos en la escuela Porfirio Barba Jacob. O, simplemente, “La Jacobo”, como la

 

llamábamos coloquialmente. Lo nuestro universo de palabras. Unas aprendidas en diccionario. Otras aprendidas al lado de amigos mayores. Fuimos incendiarios en voces. Para describir lo que veíamos y lo imaginado. En los teatros Manrique y Lux, asistíamos a películas de todo tipo. Inclusive, engañando a los vigilantes, entraron a aquellas cuya opción válida, permitida estaba reservada a mayores de veintiún años. En los periódicos “El Correo” y “El Colombiano”, aparecían las clasificaciones ordenadas por la cúpula eclesiástica católica. Nos llamaba la atención esas que eran prohibidas para todo católico, en la perspectiva moral que los orientaba.

 

Cuando cumplimos catorce años, empezamos a masturbarnos él y yo. Ahí en el solarcito de su casa. Un veinte de julio, exploramos más nuestros cuerpos. Acariciábamos nuestros penes. Él a mí y Yo a él. Inclusive succionándolos, hasta ver salir ese líquido gris pálido. Cada día íbamos más allá. Recuerdo cuando lo penetré. A él le gustaba así. Que yo lo hiciera siempre. Teníamos algunos problemas, cuando, Diego, empezó a sangrar. A pesar de tomar todas las medidas necesarias, de todas maneras, su mamá empezó a notarlo cada que lavaba su ropa interior.

 

Fuimos creciendo, así. Cada día nos necesitábamos más. Tanto que, en veces, nos fugábamos de la escuela. Nos íbamos para la canchita en donde jugábamos fútbol. Nos metíamos al rastrojo cercano. Allí lo hacíamos una y otra vez. Los recreos eran, para nosotros, un martirio. Porque estábamos siempre juntos. Ya los muchachos de los otros grados, sobre todo los de quinto, empezaron a sospechar nuestro amorío. Y fue en un octubre, cuando celebramos lo que se denominaba “la fiesta de los niños y niñas”, el profesor don Raimundo, de tercero, nos vio besándonos en el salón de clase, cuando creíamos que estábamos solos; pues los otros alumnos estaban de parranda en el patio, matando el marrano que la dirección de la escuela compró con los recursos de la venta de boletas para la rifa de una valija de puro cuero.

 

Raimundo nos hizo ir hasta la oficina del director general. Allí, de manera explícita, le contó a don Eufrasio lo que había visto. Nuestras mamás tuvieron que ir a una reunión entre don Raimundo, don Eufrasio y el párroco de la iglesia de “El Calvario”. Sobre todo, éste último (el padre Eugenio), hizo todo un drama. Nos acusó de ser anti-natura. Pervertidos, poseídos por el demonio, inmorales, pecadores azotadores de Jesús. La reunión término con la declaración en dos partes: una la expulsión inmediata de la escuela. Dos con la orden para que nuestras mamás nos encerraran en las casas, amarados y

 

sin “pisar la puerta”, como dijeron el señor Eufrasio, el señor Raimundo y el párroco Eugenio.

 

A partir de ahí, nuestras mamás empezaron a sufrir mucho. Con todo el valor incluido, nunca le contaron a mi papá Virginio. Y al papá de Diego, non Hildo. Simplemente, cuando ambos, por separado, indagaron con ellas el porqué de no ir a la escuela; ellas dijeron que el curso nuestro había sido suspendido hasta el año siguiente; ya que doña Heliodora, la maestra, se había enfermado. Que la iban a operar y no podía regresar a sus labores este año.

 

Nos sentíamos desmoronados, espiritualmente. La separación fue, para Diego y para mí, un castigo absoluto. Un hervidero de pasión, tanto en él, como en mí, se fue extendiendo por todo el cuerpo. Un anhelo de vernos. Como si necesitáramos, cada vez más juntarnos como lo veníamos haciéndolo. Un espasmo de locura. Una gritería sofocada. Mis sueños y los de él, se cruzaban. Empezamos a querer estar dormidos siempre. En sueños nos acercábamos. Nos tocábamos. Nos besábamos, nos poseíamos. Siempre yo dentro de él. Y me vaciaba hasta quedar cansado. Divino cansancio, diría yo.

 

Un día, viernes, por cierto, mi papá Virginio fue a la casa cural de la iglesia. Un vecino, don Romualdo. El papá de nuestra amiga en común, Berenice; le dijo que no era cierto lo de la suspensión de clases. Su hijo Doroteo, estaba en el mismo curso nuestro y estaba yendo a estudiar. Fue directo donde el señor párroco, ya que la directora encargada en la escuela, le dijo “mejor hable con el padre Eugenio. Él le puede contar mejor que yo lo que pasó”.

 

Inmediatamente llegó a casa, golpeó mi mamá de manera brutal. A mí me azotó con el cuero que servía para enlazar a los caballos que compraba y vendía en la feria de ganados en Medellín, Sata Fe de Antioquia y Sopetrán. Me dejó lacerado. Mis heridas sangraban e hicieron pústulas rápidamente. Sobre poniéndose a su dolor físico y de alma, mi madre me las lavaba y me aplicaba mertiolate, para desinfectarlas. La orden fue fulminante; “este marica, cacorro, se va de la casa”.

 

Al papá de Diego, don Hildo, mi papá se encargó de contarle lo que pasaba. Este señor, también agredió a doña Augusta. A Dieguito lo amarró el papayo que había en el solar. “De una vez te digo maricón; te vas para Liborina a la casa de tus tías Hermelinda y Altagracia. Es lo único que merecés. Allá te vamos a encerrar en el cuarto de los trebejos. Ya hablé con ellas”

 

No sabía para dónde coger. A duras penas, mi mamá, pudo decirle a don Ismael y a doña Josefina (su esposa) y pedirle el favor que me recibiera. Le dijo, algo así como que yo necesitaba de un respiro en el campo. Y que, esas pústulas, como consecuencia de una caída, se pueden aliviar con el vientecito de San Roque.

 

Claro está que, ni don Ismael; ni doña Hermelinda se tragaron el cuento. Pero, con una bondad linda, le dijeron a mi mamá Rosario que me recibirían. A los diez minutos llegó don Ismael, al parque del municipio. Así habían acordado con mi mamá, él y doña Hermelinda. Una casita hermosa, con tejado antiguo. Amplia. Todo en ella olía a eucalipto y a café recién molido. Conocí, ese mismo día, a Demetrio, el único hijo del matrimonio. Me recibió con mucha amabilidad. Él ya estaba cursando bachillerato en el colegio “Divina Providencia”.

 

Tuve todo el día, tiempo para organizar mis cositas en el escaparate que me indicaron. Desayuné. Dormí tanto que, al levantarme ya estaba dando las ocho de la noche. Al otro día, después del baño, fui con Demetrio hasta el colegio. Habló con el señor rector. Le dijo” …este es mi primo Egidio Va a estar en casa por algunos años. Quisiera que se pudiera matricular aquí. Estaba cursando cuarto de primaria. Se enfermó y, mi familia y yo, creemos que aquí se puede recuperar. Su mamá, doña Rosario es amiga de mi mamá Hermelinda, desde que estaban chiquitas…”. Don Onofre, el rector, me recibió con palabras de afecto muy sinceras. Y, a la otra semana ya estaba estudiando. Doña Leonor, la maestra, me presentó a los otros muchachos. Yo les dije que quería estar bien con todos.

 

De mi Diego no he vuelto a saber nada. Nos separaron, de por vida. Yo, aduras penas, me enteraba que doña Augusta se había recuperado de sus heridas. Ni siquiera ella sabía cómo estaba Dieguito.

 

Llegó diciembre. A pesar de no ser muy creyente, de todas maneras, sentía mucha alegría durante todo el mes. La Navidad me parecía momento espléndido. Veía y sentía la calidez. No solo en casa de doña Hermelinda, de don Ismael y de Demetrio; sino en el barriecito en que vivíamos. Aprendí a conocer el campo. Salía con quienes se hicieron mis amigos y amigas. Íbamos hasta la vereda “Palomares” a recoger bichos. A coger pomas y naranjas. Ayudaba a Demetrio en la despulpadora. Y, en este mes especialmente, a coger musco y a cortar pino para el pesebre. Con Eloísa Peñaranda, vecina de la casa jugaba parqués y damas chinas. Fabricábamos sonajeros hechos con tapas de gaseosa y cerveza, martilladas. Le abríamos huecos con clavos y

 

las ensartábamos en alambre. Así amenizábamos las novenas al niño Jesús.

 

Mi mamá pudo visitarme. Llegó a casa de mis protectores, el día 8 de diciembre. Aprovechando que mi papá había viajado a Cañas Gordas a comprar una recua de mulas para vender en Sopetrán. Me trajo una ropita nueva. Y unos zapatos-botas de charol. Lloré de felicidad. Dormimos juntos en la camita que la familia me había cedido. Tuvo que irse al otro día, el nueve de diciembre, porque la angustiaba que llegara mi papá y no la encontrara en casa. Después supe que la ropita y las botas, las había comprado con dinero recaudado en la venta, secreta para mi papá, de buñuelos y empanadas entre las vecinas.

 

Eloísa me confesó, exactamente el día tres de enero, cuando subimos al cerrito cerca a la casa, que estaba enamorada de mí. De manera espontánea me besó en los labios. En verdad, sentí su boca perfumada. Con una hermosura de dientes que le lucían al reír. Y reía, casi siempre. Yo le dije que no quería tener novia tan joven. Que la quería mucho como amiga, pero no más. Y, en ese instante recordé los besos de Dieguito. Recordé que, siempre lo veía. En esos sueños mágicos. Que lo besaba y que me besaba. Que le transmitía mi líquido grisáceo. En una ternura absoluta. Que le cogía su penecito. Y que me lo llevaba a la boca. Y que saboreaba su líquido hermoso. Me sabía a gloria. Terminábamos exhaustos. Él y Yo, entregados totalmente.

 

Recién empezaba el año escolar, cuando don Onofre me citó en su oficinita. Un cuartico pequeño, pero muy cálido. Conocí a su esposa y a sus dos hijas. Las tres aparecían en el retrato enmarcado que adornaba el sitio. Había un crucifijo y una réplica en yeso de la Virgen de la Mercedes, patrona del pueblo. Me hizo sentar. Muy calmado me leyó una carta que le había enviado don Eufrasio. Parecía una diatriba perversa, antes que un escrito de un maestro de escuela. Don Onofre me dijo que era una obligación entre pares pedir referencias de los alumnos y alumnas, cada vez que se producía un cambio de colegio. Conocí de su interpretación de hechos como ése de mi relación con Diego. Me dijo no tener ese tipo de escrúpulos y de falsa moral. Simplemente, me advirtió que quedaba entre los dos. Que, ni siquiera Demetrio lo iba a conocer. Pero, de todas maneras, me hizo saber que, al menos en su colegio, no toleraría algo parecido.

 

Ya íbamos por la mitad de febrero. Todo había seguido un curso normal. Yo cumpliendo con mis deberes en la familia. Asistiendo a clase y esforzándome por saber más. Entre otras cosas, resulté muy bueno para geometría y aritmética. Cierto día, yendo con Demetrio

 

para el cafetal, a fumigar contra la broca, Demetrio me cogió de la mano. Me la apretó con fuerza. Luego me abrazó y me besó. Me dijo que yo era hermoso en todo cuerpo. Que me había visto desnudo en el baño que queda contiguo a su cuarto. Sentí pulsión de vida. Volví a recordar a Dieguito. Sus besos permanecían en mí acicalados más, en mis sueños que, de seguro eran los suyos. Como atontado le respondí a Demetrio que él también me gustaba. Nos tiramos al piso. Retozamos un rato. Luego, desnudos, lo hicimos. Un pene hermoso el de Demetrio. Grueso, erecto a más no poder y con un olor a las diosas de las flores. Esta vez fue el quien me penetró. Un inmenso placer, solo comparable con el que sentía al lado de mi Diego. Todo el rato pensé en él. Sintiendo como si fuera él y no Demetrio. Sangre un poco. Pero feliz estuve. Demetrio succionó lo mío. Me vacié no sé cuántas veces él me hablaba cosas hermosas. ..Eres mío. Mi Egidio del alma. Móntate tú. Penétrame amor mío. Y lo hice. Todavía me quedaban fuerzas para hacerlo. Y lo inundé no sé cuántas veces.

 

De regreso a casa, almorzamos solos. Doña Hermelinda y don Ismael, había salido para misa. Nos dejaron una nota que hablaba de limpiar nuestros cuartos; de lavar los baños y de poner el maíz al fogón, con bastante agua. Pudo más lo nuestro. Seguimos en su cama. Me besaba. Yo lo besaba. Metía su falo en mi boca. Se lo apretaba, cuidando no lastimarlo. Me montó tres veces. Lo monté otras tantas. Terminamos en un cansancio absoluto. Bello. Nos quedamos dormidos, desnudos.

 

Nos despertó el ruido de las aldabas de la puerta de enfrente. Corrí a mi cuarto y empecé a fingir que estaba sacudiendo la cama y la mesita de noche. Nos regañaron porque no habíamos cumplido ninguno de los requerimientos. Pero, al fin, no pasó nada más. Eso si no pudimos comer arepas en la cena. De ahí en adelante, siguió pasando lo mismo que entre Dieguito y Yo. Pensaba en él todo el tiempo. Con mayor énfasis, cuando Demetrio y yo nos besábamos. O cuando me montaba y sentía la tibieza de su líquido. Mi Dieguito esta en mí. No era Demetrio. Era él. Mi Dieguito querido. Te sueño todas las noches. Te siento. Succiono tu penecito. Te penetro a toda hora.

 

Demetrio empezó a sospechar algo, desde la noche que estuvimos, otra vez, en su cuarto. Estaba un poco confundido. Había peleado con Dieguito, en uno de mis sueños. Simplemente le grité. Llamando a Diego y no a Demetrio. Inmediatamente sacó su pene. Por la brusquedad con que lo hizo, me dolió mucho. De ahí en adelante no me buscaba como antes. Hice todo lo posible para reconquistarlo. Porque él mi Diego y no Demetrio. Me rehuía. Pasaba por mi lado sin

 

saludarme o decirme algo. Se iba solo para el colegio y no me esperaba al salir. Doña Hermelinda y don Ismael notaron nuestro distanciamiento. Pero supusieron que habíamos peleado por algo. Menos por lo que, en realidad, era.

 

El primero de octubre, día de mi cumpleaños diecisiete, su mamá y su papá, como siempre lo habían hecho desde que estaba en su casa, celebraron con nosotros y con Dorita. Después, al terminar, me acosté. Pero no pude conciliar el sueño, como dicen las mamás. Sentí que entro a mi cuarto, sigiloso. Me creía dormido. Un punzón sentí en mi vientre. Luego en mi cuello. Empecé a sangrar a borbotones. Me sentía mudo. No tenía fuerzas para gritar. Simplemente me fui yendo. Lo último que vi fue la imagen de mi Dieguito. Y la de Demetrio que clavaba el punzón en su cuello y caía a mi lado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Yo, Universo herido

 

Quizá estoy enfermo. Es como si todo el cuerpo, estuviera impregnado de ese manto de luz brillante en tono amarillo. Una agudeza de dolor antes no sentido. Y, el cuerpo, daba vueltas. Y yo traté de correr. Pero mis piernas se negaban a responder. Como si no fuese su dueño., en el entendido que soy cuerpo uno. Descendí a lo inapropiado en entorno no visto, por mí, antes. Siguiendo la huella de quienes ya han pasado. Por todo lo habido como tierra y como sujeto necesario para ejercer reflexión. Una voladura de percepciones. Dibujando, en el espectro, una ilusión siquiera. Yendo por ahí, con fruición primera. Apelmazada, siendo memoria abierta. Pero no fluida. Hecha de material insoluble. Ese cuerpo mío, entonces, dándole vuelta al corcho. Siendo, hasta cierto punto, proclive al hoy. Succionando todo lo material. Yo, dando la impresión de sujeto precluido. Un rumbo de vida inane. Por lo mismo sometido a ir y venir en concurrencia con todos y todas quienes han iniciado su periplo aquietante. Como inmóvil cuerda de la mano de muchos y muchas, queriendo que sea alondra simultánea. En un oficio de voladura ya callado. Ya no percibido como elocuente voz. Ni como móvil corriendo hacia la Luna. Tal vez, en el sentido de espacio exterior vuelto colmena. Y, en esa Luna mía, en contra sosiego inmediato. Para dejar de ser cuerpo de estigmas

 

dolorosas. Que se aferra a la piel. Consumiéndola. En una indicación del estar, derritiéndose. Una visión desamparada, Como demiurgo intentando sopesar al tiempo. Escalando el universo. En esa presencia, Luna lunita pasajera. Exacerbándose el dolor manifiesto. Como impávido averno dantesco. Sin exhibir largo vuelo. Simplemente, avejentado como explorador inicuo.

 

Y empezó, entonces, la cabalgata hacia lo ignorado. Una visibilidad de objetos distorsionados. Mirando, con los ojos embelesados. Nutridos, también, por la herida vergonzante. Por lo mismo que ha sido sima vuelta, envolvente. Al vacío yendo. Una nomenclatura desleída. Simples fijaciones en ese mismo estar. Y, yo, dándole, otra vez, vuelta a la tuerca. Llegando a una torcedura inmediata. Tornando inmóvil todo asunto de tierra en piso. Y, en esa elongación cimera, tratando de ver todo el espacio, asfixiado por esas notas mías. Todas consumidas en la hoguera primera. De los Cruzados retornando en felicidad, después de haber cubierto de oprobios todo lo que | antes de haber nacido.

 

Y sí que he tornado al cuerpo mío. Centrado en sufrimiento. Vertiendo sombras acezantes. Sin el faro de Palas Atenea, para orientar mí paso. Como esperando quien empujara el carruaje de Zeus. Para poder dar nombre al camino. Sin el horizonte perplejo. O el sonido de un violín para una cantata de Chopin. O para melodía espléndida de Mozart viviendo aún.

 

Lo cierto, entonces, es mi desarreglo ávido de sentar pies y cabeza en la Tierra viva. Volviendo desde allá, desde la Luna hospedante. Blanca o gris. O cualquier color asimilado como propio. Dejando que el Sol ilumine solo su cara punzante. Dándole a la otra el eterno obscuro.

 

Por fin entiendo lo que quise ser. Sujeto benevolente consigo mismo. Brújula de mi cuerpo, convertido en móvil tardío. Que echó vuelo trepidante, pero silencioso. Como ave perdida. En remolino de viento, ultrajada. Sintiendo, cada nada, la volatilidad subsumida en mí mismo. Como cuerpo magnánimo fracasado. Por lo que quise ser en tiempo pasado. Como Hermes violentado. Tal vez, haciendo de mi voz, solo un paraíso perdido. Sin canarios ni gorriones embelleciendo con sus trinos la doble vía. Expandiéndolos en el confín mismo. Desde acá, huyendo a cualquier galaxia escondida. O perdida por la fuerza subyugante de la energía consumida toda. Hasta dar lugar a la absoluta explosión. La última, antes de perder la vida.

 

 

 

Encélado

 

Cuando observé la fuga hacia el universo todo. Y, casi en simultánea, la amiguita enciende motores. Cada uno por su lado. Pero, en sabiendo, que disponía de opciones amarradas al centro técnico, impulsador y origen supremo. Como defendiendo lo suyo. Entendiendo que es sumatoria de saberes. Por vía de haber adquirido de tiempo atrás. Fuerza, en física exponencial. Y de labores ciertas, válidas en tanto que es el eterno desafío a Natura., desde aquí, desde esta porción de vida. Y ya venía en camino, después de haberse fugado mii Valentina, hecha todo diosa como quiera que forzó la la gravedad de Newton. Y, lo de ella, como ávida mujer. Poniendo un punto más alto posible. Con esa iluminación dada. Una opción de herejía. Homenaje a todas las mujeres. Tendiendo al infinito. Como proclama encendida.

 

Y, entonces el móvil, es impulsado por miles de caballos de fuerza venidos desde ese día. Condensado en el hidrógeno embellecido en surtidor helado. Por lo mismo que encendido en momentos, con pulsión de ególatra empedernido. Y, ya hendiendo su fuerza en el límite atmosférico, Pasando a resarcir los datos de historia del infinito volcado sobre ella. Y, surcando, el escenario no conocido. No palpado. Y, en el que sigue, siguiendo, viajó por universos multiplicados por setenta veces siete. Y, siguió de largo, opacando los virtuosos cuerpos iridiscentes. Palpando cada cuerpo. En obscurana pendenciera. Por lo mismo, que ella se hizo imagen del potente cerebro. Ese que insinúa lo potencia que late por sí misma, sin haber terminado el infinito desarrollo posible. Pasó por una de las lunas del gran cuerpo. Enhebrando, con sus anillos, la inversión de la física. Como agente que no se inhibe para expeler un fuego benigno. Teniendo a su Sol como infame tragaluz vivo. Espléndido.

 

Y, un yo manifiesto, se hizo impronta de tiempo. Como habiendo sido olvidado, por su padre. En millones de estancia, ahí. En rotación asimilada, desde el momento luz hacia atrás. En ese vibrato que todo lo puede. Un tanto lujuriosa, se exhibe con moronas de hielo. En ese misterio de su origen. Empezó, entonces, a decantarse. Y la viajera ahí. Observándola desde lejos. Como temiendo alguna succión. Como perentoria advertencia. Ella hizo la luz necesaria para obturar, acosada por la ciencia en tierra.

 

No sé en qué momento, dijo ella, se me exigió encontrar el rumbo, y las coordenadas hechas para interactuar. Para ilustrar el camino cierto. En ese universo atravesado por dardos en todo sentido. Y con toda la fuerza otorgada. Mientras tanto, esa luna lunita nueva, empieza su cortejo. Tratando de cautivar a aquel móvil extraño. Convencida, tal vez, en que no la herirá, al menos por ahora. ¿más adelante?, no sé.

 

Solo veo lo de ahora. Que se hizo un posible heredado, vivo.

 

Y, esa fuga inmensa, creciendo fue. Se hizo partitura abierta. Para que, los pianos y trompetas permitan ser tocados, por el verbo empalagoso de la vida, sedienta de confines. Y, ella, la otra luna tierna. Se erige como respuesta a lo habido hasta aquí. Con un prontuario inmenso. Tratando de hacer lo que vendrá, un simple trazado geométrico, astronómico. De quienes han heredado, desde hace siglos, la votiva como incesante creación habida en Tierra. Y anudada, como nunca a la sinrazón perdida.; hallada después. Cuando creció el homenaje a la vida, en vida

 

Viajero perdido

 

En vela pasé la noche. Acompañada, no más, por el travieso reloj. Dando cuenta de las horas perdidas, ya pasadas. En rigor, para mí, las señales del tiempo, no son otra cosa que vivir ensimismada en mi misma. Con un sinnúmero de cargas expuestas. Hasta que maduren. En dejación del espacio. Por lo mismo, succionado por el eterno vagar, cada quien, haciendo del cuerpo mismo un latir constantes.

 

Y es que tenía pensado jugar a la ruleta. Esperando perder la vida en eso. Y este día que comienza. Tan ávido de la última proclama del Gran Jefe. En verdad, me siento cansada. Con los residuos de la madrugada hechos trizas. Y más ahora, que debería tener el cerebro limpio. Para poder ensayar lo que soy. Al pie del día que no entendido. Se vinieron los momentos juntos. Como tósigos inveterados, parsimoniosos.

 

También recuerdo a Ariel, mi amante en las sombras milenarias, acompañadas por los estigmas insaciables. En tiempo pasado, lo amé con la fuerza de Hércules. Siendo, este sujeto, mi yo prima. Adquirida a fuerza de vivir su nostalgia. Por los tiempos idos. Ariel engarzado por los hilos de la vida. Desde el mar hasta el obscuro cielo, hasta el obscuro velo. Con sus diminutos puntos iridiscentes, A cada momento infinito. Sin reconocer la holgura de tiempo pasado. Demás, viviendo entre el estrecho camino al Sol y camino, en vaivén, hasta pasar, de lejos, viajando hasta el límite de la galaxia nuestra. Tal vez, con ganas de traspasarla hendiendo mi cuerpo, en su cénit ampuloso. Dotado de una y mil maneras de ser invariancia pertinente, al momento de localizar la bruma, entretejida en los hilos gruesos de los celestes móviles. Los hechos antes y. los ahora renovados. Siguiendo la huella de los mundos no conocidos.

 

Y sí, que me quedé perdido en tanta infinitud hecha. Buscándola a ella

 

penitente extraviada. Una luciérnaga que nació con solo andar pétreo. Acuciosa mujer mía. Dotada de los frutos todos. En madre natura viviente. Repasé mi bitácora. Como anhelante sujeto que no regresaré nunca más a mi entorno recordado, querido. Pero, ahora, convertido en simple sujeto, al garete, Como si no hubiese vivido en él; c con la potencia de cuerpo, indisoluble, erguido. Como prepotente sujeto.

 

Lo de ahora, en mí, no es aspaviento en palabras torcidas. Es, más bien, una juntura de fuerzas adormecidas. Como ir yendo hasta que todo mi ser se escurra; en la medianía soterrada. Con o sin viento a favor del viaje, Simplemente, entiendo que soy expósito ser. Naufragado en esa totalidad de espacio abierto. En espera de mi Ámbar vivida en mí, desde que este escenario fue creado. Y, ella, no está conmigo; precisamente porque hizo de su viaje eterno, una constante topológica. Como venida a menos. Sola, con su cuerpo pegado a las lunas encontradas en la Vía Láctea como soporte de lo que ya vino y lo que vendrá para ella, Insumisa novia querida. Allá en los atardeceres vividos a dúo. Acicalados con el viento sereno, a veces. Explosión de mares, otras.

 

Mi yo viajero milenario, se hizo hospedante sonoro. A fuerza de escuchar los trinos de los cantores todos. Como tratando de ilusionar mii sujeto entero. Vivido de premoniciones baldíos. Allá donde viví la vida, Y que no será más la tuya, ni la mía.

 

 

 

 

 

La Mujer Soñada

 

En ese tiempo yo estaba en el municipio de Varadero. Decidí ir allí, porque ya sabía de las condiciones en mi barrio, en mi casa y en la ciudad. Se había tejido una hilatura de versiones, en términos de lo que era mi presencia, a cada nada, en la casa de los Beltrán. Un tiempo de nunca acabar. Y todo, porque yo tenía suficientes elementos teóricos para acercarme a ellos y a ellas.

 

Habían venido desde Mutatá, Antioquia. Campesinos absolutos. Con el énfasis de prodigar solidaridad a quien o quienes la necesitaban-. A su vez, herederos y herederas de las tierritas de su bisabuelo. Un tanto descuidadas, sí. Pero pusieron empeño a pura pulsión. Destacando las bondades de la ganadería y de los plátanos. En esto último, don Feliciano Beltrán, puso ojo avizor, en las posibilidades que estaban ahí. En ciernes. El mercado internacional y las posibilidades de comprar otra tierrita en Chigoorodó. Había conocido a don Apolinar

 

Cifuentes. Otro macho para el trabajo. Decidieron intercambiar ilusiones.

 

El día en que llegaron al barrio Aranjuez, en la ciudad de Medellín, yo los y las observé. Digo yo, ahora, detecté su talante. De las ganas que todavía tenían para trabajar. Una de ellas, Betsabé empezó a estudiar en la Universidad Pontificia Bolivariana. De buen cuerpo, pero de mejor talento. Me contó, después, que se había decidido por la Sociología, en razón a que se había hecho las promesa de investigar a fondo, la situación de nuestro país y de la interacción con la situación en América Latina. Particularmente, en lo referido a la noción de poder político y su incidencia en el curso de los hecho económicos y sociales. Ella me decía, algo así como énfasis en la condición de dependencia de nuestros países que ella llamaba periféricos, con respecto a lo que llamaba “el nuevo imperio”, haciendo alusión a los Estados Unidos de Norteamérica.

 

Yo me hice amigo de ella. Me gustaba escuchar sus palabras. En eso que, hemos dado en llamar, don de la palabra. Tanto así que, los sábados, yo iba a su casa. Y conversábamos hasta bien entrada la noche. Me fui entusiasmando con su didáctica y compromiso con la historia. Y con el presente,

 

Valga anotar que, yo, fui siempre un obrero. Trabajaba en una empresa de textiles de la ciudad. Mi formación académica no iba más allá de ser bachiller, egresado del Liceo Marco Fidel Suárez. Mi actividad laboral era muy cambiante. Todo, en razón a los horarios. Unas veces en turno de la mañana. Otras, en el turno de amanecida, que llamábamos en ese entonces.

 

Ezequiel y Luz Marina alternaban sus oficios regulares en la casa, con la asistencia a la escuela nocturna. Así terminaron su formación secundaria. Pero, tal vez lo más relevante, en ese entonces era la vinculación de toda la familia, al quehacer en el barrio y en la ciudad. Mamá Laurentina, trabajaba día y noche, para garantizar la manutención de la familia. Don Iznardo, papá esposo, consiguió un trabajito como vigilante en el aeropuerto Olaya Herrera. Con los ahorritos que hicieron, fueron levantando la casita. De tener un piso, pasó a ser una casita de tres pisos.

 

Lo cierto es que, en el barrio, empezó a descarozarse un tipo de relación y de manifestaciones, de cercanía con la irrupción de hechos no habidos antes. Betsabé, empezó un trabajo de reflexión y de empoderamiento con las vecinas y vecinos. Esto fue mal recibido por los que se empezaron a llamar “Custodios de la Paz”. Tanto así que,

 

en el correr de los días, se fue tornando, el barrio, en un vividero agrio. Tanto como entender que, todas las noches, se presentaban allanamientos de las casas, por parte de supuestos o reales funcionarios de la policía y el ejército.

 

Para ese entonces, yo le había declarado mi amor a Betsabé. Ella respondió con buen ánimo. Nos veíamos, a más de los sábados, los jueves, cuando ella tenía horas libres en la universidad y, yo disfrutaba de tiempo compensatorio en la empresa. Un día cualquiera, mientras yo estaba laborando, los policías y militares, entraron a la fuerza a la casita de Betsabé. Se los llevaron a todos y a todas.

 

Un año después, sigo sin saber nada de ellos y ellas. Solo sé, y estoy seguro, es que no volveré a verlos ni a verlas. Simplemente porque, siguieron conmigo. Por eso estoy aquí. En este sitio que elegí como lugar de estadía. Huyendo de las amenazas impartidas por “Los Templarios Modernos”. Grupo de asesinos, al servicio del gobernante de turno. Y, por esto mismo, declaro mi condición de guerrero. A nombre del pueblo y de la dignidad de los y las luchadores (as) por la libertad.

 

Extravío

 

 

 

Siempre que vuelvo encuentro lo mismo. Es decir que, Puerto Valbuena sigue siendo eso que yo he dado en llamar “Pueblo de siempre”. Como si nada, ese pasado sigue siendo el presente. Por lo mismo que el hilo conductor tiene que ver con su condición violenta. Miles de muertos, por toda parte. Una opción de vida cosida, pegada a la piel. Con la mente puesta en la sangría. Como que, sin esto, se desvaneciera su razón de ser.

 

Con personajes imbuidos de esa visión guerrera pérfida. Como quiera que, lo suyo, fue y ha sido el control. Ahí a bocajarro. Penetrante pulsión construida a partir de negar derechos y de implementar el homicidio como sucesión de quehaceres. Como estableciendo el paradigma de lo mendaz, asociado a cacería. Casi que es una lobotomía generalizada. Para que los sueños sean lapidados. Desde el comienzo. Con hilaturas centradas en vejar a los sujetos. De hacerles creer que la extirpación de las ilusiones es punto de partida necesario. Si se quiere construir una civilización inédita. En la cual la vida sea pensada y actuada de otra manera. Ya no soportada en el entendido de que lo humano, es esa esencia, proclive a la belleza de fondo. Más bien con un ícono nuevo como referente: La atadura. El velo denso

 

que se va imponiendo. Nutriendo el día a día, de lo infame. En donde esto último sea elevado a la categoría de valor. Significando que la siembra y la cosecha, ya no sea de esperanza bienamada. Más bien, sea una locución continua de palabras avaladas como únicas. Las de la adulación y el desvanecimiento. Ilusión convertida en camino tortuoso. Adulación de la verdad impuesta. Una moral fundamentada en el hechizo. En la dejación del yo, en posibilidad de internalizar el goce, por los avatares de la incertidumbre. En cuanto esta es ya horizonte. Palabra hendida en los cuerpos. Como mordiendo al sujeto. Con fauces distintivas de lo enervante y lo atroz.

 

Una vida proyectada, desde el comienzo, al camino torcido. Sin ninguna arista placentera. Más bien es enseñanza del vituperio. Como condensación de toda visión. Decantada en lo que esta tiene de posibilidad única. Comienzo tardío. En lo que eso supone horas pasadas, horas idas y horas vueltas al ahora. En repetición permanente. Una circularidad refleja. Siendo el espacio. Siendo los escenarios. Simples afanes. Simples aplicaciones de los rótulos ya impresos. Una orientación cáustica. Que penetra. Que quema y que hace trizas cualquier herejía. Una descomunal máquina mata pasiones. En lo que esta fue, hace ya mucho tiempo, la aspiración a vivir viviendo, creciendo y enarbolando las voluntades vecinas amigas del feliz verbo, que otrora conjugado era convocante. Verbo del vivir en el ahí. En esos valores en movimiento. Reivindicando posibilidades vinculadas con la alegría de su mismo significado. Que ahora cancelado. Suprimido. Con una siembra nueva anexada a la linealidad de los seres. Como sujetos por ahí. Andando. Repitiendo lo que los “nuevos colonizadores” quieren escuchar cada minuto, cada segundo.

 

Y, entonces, no más comienzan los días, se extinguen en lo que se conoce como muerte al pie de cada vivencia. Convirtiéndolo en insania. En repetición alargada. Con la expansión como mera locomoción con idearios ya vejados. Desde antes de ser ellos mismos. Los nuestros y el mío. Conduciendo la vida en perspectiva de la decantación proclive a la desaparición de lo que antes pudo haber sido exuberante escenario. Esperanza habida. Sin eso que hoy nos abruma.

 

Es decir que, venimos siendo, ahora, lo mismo que fuimos en la barbarie. Enfrentados a hechos y realidades en natura asfixiante. Sin ese agregado que habíamos logrado construir. El ser, en sí, envuelto en visiones heréticas. Visiones de universalidad. Siguiéndola a cada momento. Horadando galaxias sin límite. Con la mira puesta en reconocer los comienzos, como posibilidades permeadas por las

 

ilusiones mías y de los demás. Pero ya asumidas como goce y como opción de vida creativa. Asociada a lo que hicimos y podíamos hacer.

 

Pero no. Lo de ahora es otra cosa. Por lo mismo que quienes nos controlan han borrado lo bien habido. Es decir, todas esas junturas de beneplácito. Y, por ahí mismo, la cultura de lo societario convocante y lúcido ha sido suplantado. Por la misma razón de ser de los mecanismos de control. Que se pusieron en funcionamiento desde hace ya tiempo. Simplemente avasallando. Convirtiéndonos en lacerados. Sujetos vejados. Y no por voluntad aceptada. Más que todo por la vía impuesta. Como dirían los beneficiarios de la guerra retrógrada. No guerra de crecimiento y de logros no aciagos. Guerra asimilada al holocausto. Teniendo, aquí y allá íconos de minusvalía. De destrucción constante y gradual. Y, por lo mismo, viajamos al desgaire. Por aquí y por allá. Como rogándoles a los exterminadores. Como gregarios sin perfil reconocido. Simplemente como dolientes de nosotros mismos.

 

Imagen viva

 

No puedo, hoy, resarcir lo que he vivido antes, Como mirando el oficio de ser humano. Elocuente y tejido con el hilo de tu énfasis en lo que somos. Como herederos de una estirpe vigente, aún ahora en que deshicimos lo nuestro. Y digo así, por las condiciones que se extienden hasta el tupido tiempo en melancolía. En este universo como si fuese impropio. Como si, cada paso, no sea otro que el devastador silencio cruzado.

 

Y sí que hoy estoy aquí. Como sujeto vesánico. Anclado en la lluvia de pareceres todos. Insinuando, a cada nada, lo poco que he aprendido. Desde siempre. Pero, más ahora, que los hechos, son simples escoriaciones de lo que acumulamos como valores. En secuencia nítida de las versiones apuntaladas en endeblez única.

 

No más pasó el tiempo, de a poco, surgió esa delgadez de horizonte y de vocería. Más como un clamor secuenciado. En términos de insumos precisos. Pero, también, de aquello que dimos en llamar vergüenza de acciones. En esa punta de lanza alejada del vibrato sincero. Como en ese ir andando por ahí. En posición sujeto buscador ilusiones en la vía decantada. Como mostrando expresiones de amargo trajinar.

 

Entonces, un vacío que me propongo a mí mismo. Tal vez en la intención de volver algún día. A este territorio que hoy piso y siento. En percepción primera inhibida. Una ampliación de caminos ignotos. Casi

 

invisibles. En esa primera mano de envolvente rotulación de lo vigente. De aquello que me devuelve a la impregnación como sujeto de vivir ya vivido. Y que se repite como fundamentación estoica apenas.

 

Generalizando los gritos en silencio. Imbricado. Doliente de sí mismo. En aventuras ido. E impávido, como posicionamiento estrecho. En esa tendencia que tengo siempre. De horadar lo cercano. En premonición baldía. Siendo sujeto de esponjoso recuerdo siempre. Y agarrotado por el frío incesante. Prolongado al infinito íngrimo. Expandido en reguero de memoria terminado. De avara potencia. Por esto mismo es que, clamo por tu presencia. Aquí, ahora. Para que me ayudes a descifrar lo que sigue. Recordando, de a poco, la tersura de tus palabras.

 

Créeme Estando vivo todavía; lo que de cuento no es otra cosa que la ilusión que algún día tuve. De ser tridente aciago de mí mismo. Y, por lo tanto, ansioso de estar, al menos, en el recuerdo tuyo. De esperar soy, hoy, sujeto. Que extiende su melancolía mal habida. Ya que la heredé de cualquiera que pudo haber pasado por este sur helado. Ingrávida es mi postura. Que, en este vigor lacerado antes, permuta cada día la esperanza. A cualquier costo la entrego. Estando, por lo mismo, en esa sensación de proclama inerme. La que me cruza. Que me hiere como daga invisible. Pero certera en el momento de alzar el vuelo. Oficio que no he podido aprender. Y que tú lo sabes. Lo has sabido siempre. Desde que naciste. En esa aureolo de verdad que te acompaña.

 

Hoy, entonces, te ofrezco mi memoria. Para la guardes. Ahí, en ese interior tuyo tan benigno y solidario. Si, defendiendo tu autonomía, no la tomas. Da lo mismo. Porque ya no respiro.

 

Nota: El personaje es imaginario. El relato cobra vida a partir de vivencias contadas por Renato Payares, militante de un grupo armado, ya desmovilizado. El título hace referencia a 1947, año de su nacimiento y 2010 año en el cual se hizo la entrevista

 

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Una historia

 

Escenario 1.

 

Tal parece que ese día nací. Lo digo, porque lo percibo como referente. Mi memoria, se desplaza hacia atrás. Por esa vía configuro mi propio momento inaugural. Sombrío. Como si, desde ahí, estuviera atado a un recorrido un tanto previsible. Por lo que, en ese día,

 

empecé a sentir el desasosiego propio de los que somos proyectados hacia adelante; al garete. Es una forma de expresar el sentido que ha tenido mi recorrido. Incierto, desde ahí. Desde ese primer momento. Enfrentado al mundo con cierto vacío en mí proyecto. Lo digo, porque empecé disociando las ideas. A contracorriente. Porque, casi todos y todas, han empezado a vivir, asociando hechos, ideas, momentos, ilusiones.

 

 

Lo mío, pues, fue otra cosa. Como si asumir la vida, hubiese tenido un grado de dificultad mayor. Porque fue un instante de profunda conmoción. Así lo viví. Instante soportado en las vivencias de mi madre; o de mi padre. Nunca he descifrado esa disyuntiva. Un acompañamiento conmigo mismo. Como si hubiese sido necesario crear la duplicidad del yo. En el entendido de que debía ser así. Porque, de otra manera, no sería posible acceder al mínimo necesario para no claudicar allí mismo; sin haber iniciado el vuelo.

 

Creo que fue un viernes. Digo esto, a pesar de no haber intentado nunca el juego elemental aritmético de retrotraer el calendario. Tal vez, por miedo a encontrarme con un número que no satisficiese mi propia versión. Así somos, a veces, quienes ejercemos una actitud ante lo irreversible, guiados por el patrón metodológico de contar la historia de lo que somos y hemos sido, muy parecido al de circunscribir sus vidas a sucesiones de hechos. Como si, cada uno de esos hechos, ya estuvieran codificados. Es una figura paliativa que nos induce a seguir adelante, viviendo. Pero, a decir verdad, en el caso mío; sin haber podido saldar la deuda con la historia. Esa que no puede ser recorrida, ni entendida, por la vía de negarse a participar de una interpretación más allá de la simple sociología del recuerdo.

 

En ese entonces, la ciudad estaba ahí. Expectante. Venía en crecimiento. No sé si identificarlo como suma de hombres y mujeres. No sé si identificarlo como sucesión de acontecimientos vinculados con el tránsito complejo. De ideas y de circunstancias. De simples reflejos de los acontecimientos. De la guerra de principios de siglo. De la decantación de las normas, asociadas al dominio construido a partir de un perfil ortodoxo. Perfil, al mismo tiempo religioso y político. Perfil sin matices distintos a esos que ya estaban y que habían permanecido desde 1810. Lo sentía como tósigo que ya había sentido. No sé si en los sucesivos sueños que tuve desde el primer día. Y que, aún ahora, se mantienen. Con modificaciones mínimas. Como eso de verme inmerso en un territorio inmenso. Sin poder asir ninguna ruta. O, a veces lo creo así, sin querer hacerlo.

 

Ya ahí, en esa casa situada en el barrio Chagualo. Barrio hospedante. Típico de ese tiempo. Calles como simples trazos, sin ninguna convocatoria lúdica. Entorno pétreo; sin las ilusiones que después encontraría. Pero que, allí en ese día y en los que le sucedieron, no alcancé a apropiarlo. A hacerlo mío, trascendiendo la actitud de infante sin reconocimiento de las cosas y de los hechos, al interior de una casa. En esta, los hermanos y las hermanas, no eran otra cosa que figuras que percibía como sobrantes expresiones no identificadas. Desde ahí. Desde ese momento, me percibí como sujeto enfermizo. En ese tipo de tendencia compleja que compromete la lucidez; por cuanto la ubica en una categoría conceptual alejada de los roles que cada quien puede o quiere asumir.

 

No podría precisar lo que sentí el mismo día en que accedí al espectro invariado de la casa. Si de esa en que nací. Escuchaba las voces. De aquí y de allá. A decir verdad, no tengo claro, ahora, a distancia, si me identifiqué con esas voces. Si eran para mí, asociadas a mi condición de recién llegado. O si fueron voces vertidas al garete. Para quien pudiera asirlas y entenderlas. Tengo la sensación de haber escuchado, como ráfagas, los cantos. Desde la aldeana, hasta la pastora. Pero, al mismo tiempo, tengo la sensación de haber escuchado las versiones libres que se hacían de las historias de las Mil y una Noches. Pero, también, esas leyendas que me hacían temblar. El Fantasma. Ese que se sentaba en el tejado de las casas; una figura larguirucha. A la espera de poder entrar a las casas, para excitar la risa en la víctima elegida. Cosquilleo que no cesaba hasta que se producía la muerte, entre los espasmos ocasionados por la imposibilidad para retomar la respiración normal. O el Sombrerón. Sujeto regordete, con sombrero alón y que transitaba por las calles a la espera de alguien a quien engañar, por la vía de la palabra y desaparecer con él o con ella. O la Patasola. Una expresión sin características físicas fijas, identificables. O la Llorona. Mujer en búsqueda perenne del hijo que perdió. O las sucesivas y variadas versiones de brujas. Habitantes de la noche. En la calle, pendientes de cualquiera que se atreviese a desafiar la soledad y la oscuridad. Siendo, esta última, su acompañante permanente, su mundo; su fortaleza. Recuerdo, para este caso, inclusive, que mi padre decía tener el antídoto o, al menos, la clave para evitar que entraran a los cuartos. Se trataba de esparcir arroz en la sala de la casa. De tal manera que ellas, precisamente por su tendencia a antojarse de cualquier objeto, se detendrían a contarlos; hasta que las sorprendía la luz del sol y se ocultarían de manera inmediata. Su refugio, durante el día, era desconocido.

 

Escenario 2.

 

O el exterior. El mundo callejero. En la ciudad existían lugares que se exhibían como referentes. Que la Plaza de Cisneros. Una especie de central de abastos al menudeo. O el Hipódromo San Fernando. Inclusive, este último, coincidía con el estadio; antes de la construcción y puesta en funcionamiento del Atanasio Girardot. O la carrilera; o la Estación del Ferrocarril. O El Pedrero, sitio adyacente a la plaza de mercado. Sitio para el rebusque de promociones de tomates, plátanos, cebolla, papas, legumbres, etc. O La Bayadera; territorio conocido como lugar de aviesas costumbres. O el Barrio Antioquia; identificado como otro sitio no recomendable. O El Bosque de la Independencia. Sitio convocante. Allí estaban los mangos; las pomas; el lago; el carrusel; la rueda de Chicago; el trencito con su túnel. O, ahí cerca, La Curva del Bosque. Sitio al cual arribaban los bandidos: Pistocho y Pacho Troneras; después de haber asaltado un banco. Allí bebían ellos e invitaban a quien pasara. Todo hasta gastar hasta el último centavo. O El Fundungo, Lovaina, Las Camelias. Reconocidos como sitios, en veces, o como barrios, otras veces. De todas maneras, zonas en las cuales se podían encontrar lo que se conocía como “casas de citas”. Y se llamaban así, porque allí llegaban los hombres, adultos y muchachos, buscando mujeres. Y allí esperaban estas para ofrecer su cuerpo. Y allí estaban las barraganas que administraban. O los dueños que atendían, sin ninguna intermediación, las solicitudes y designaban a las muchachas; por riguroso turno.

 

O el Puente del Mico. Referente un tanto extraño. Nunca se supo porque esa denominación. Solo, que por ahí atravesaban los rieles del ferrocarril, sobre el río. O Moravia. Otra zona-barrio en donde se encontraban bares y casas de citas. O el manicomio. Sitio destinado a recepcionar y servir de reclusorio a los locos y las locas. El concepto de enfermedades mentales, solo lo manejaban los médicos. Para todos y todas las demás, eran simplemente eso: locos o locas. Ubicado en “cuatrobocas”; barrio Aranjuez.

 

Pero, asimismo, barrios originarios. El Camellón; La Toma; Loreto; San Diego; en la parte sur-oriental. Desde muy pequeño supe que allí nació y creció mi madre. Su madre Sara y su padre Arturo. Hogar que fue creciendo en residentes. Que la tía Nana; que la tía Fabiola; que los tíos Carlos, Israel y Conrado. Que el trabajito del abuelo Arturo, cuidador de fincas en lo que era la periferia: que la parte alta del barrio El Poblado; que la parte aledaña a la carretera que conducía a Envigado. Con el correr del tiempo, tengo memoria de ello, lo visitábamos allá. Le llevábamos el almuerzo o la comida, o el

 

desayuno. Allí tumbábamos los mangos. Biches, preferiblemente. Allí escuchábamos su rogativa para que no dañáramos lo que el denominaba las bellotas. Arturo Gómez. Hombre nacido a finales del siglo XIX. Tal vez conoció de cerca algunos eventos. Que la Guerra de los Mil Días. Que a Salvita ascendiendo en el globo inflado con helio. Y la tragedia de Salvita; que murió en ese intento. Arturo Gómez, tal vez, conoció de la construcción del túnel de la quiebra. Y, tal vez, conoció de la presencia del ingeniero Francisco Cisneros; de origen cubano. Que dirigió la construcción de ese túnel y también la construcción del puente colgante conocido como “Puente de Occidente”; sobre el Río Cauca; entre Sopetrán y Santafé de Antioquia.

 

Pero estaban, también, los barrios Manrique, Aranjuez, Campo Valdés; San Cayetano; Prado (situados al centro y nororiente. O Laureles, Belén (con sus diferentes secciones); San Javier, Calasanz; Robledo.

 

Escenario 3.

 

Y seguí creciendo. Y seguí viviendo. Y, ahora, recuerdo otras cosas. La ciudad seguía expandiéndose. Con las limitaciones asociadas a su particularidad geográfica. Pendientes que hacen del tránsito central un surco. Por allí, por ese surco, fue delineándose la ciudad-centro. Mientras las pendientes iban siendo saturadas de viviendas. Un bien construidas. Otras, simplemente, pautadas por los requerimientos de quienes llegaban del campo. Como ahora, en ese tiempo, había desplazados. Porque la violencia se ensañaba con quienes habitaban las zonas rurales. No solo en el Departamento de Antioquia. Era todo el país. Porque los impulsores del desarraigo eran, al mismo tiempo, los que azuzaban la violencia. Eran (…y siguen siendo), al mismo tiempo, beneficiarios de la guerra. Por su condición usufructuarios de los sucesivos regímenes. Tenían el control desde hacía mucho tiempo. Casi desde el mismo inmediato posterior a 1819.

 

Y, ese crecimiento de la ciudad, nos fue convocando a vivirla. Ya por la vía de apropiarnos de las calles para auspiciar la lúdica. O, y combinado con esto, para conocer y asumir ese territorio. Y, entonces, creció la expectación por el desarrollo de los cantos y los juegos primarios. Por lo mismo, en consecuencia, crecimos los ejecutores. Que brincar el lazo; que las escondidas; que la lleva; que la guerra libertaria; que los trompos; y las bolas de cristal y, “las vistas” (recortes de las cintas o las películas), con sus acepciones “cuadros” (para designar a aquellas en las cuales aparecían los protagonistas o los denominados “el muchacho” y la “muchacha”); o el ejercicio de elevar las cometas (con sus variantes de capar hilo); o lanzar los globos de

 

papel, llenos del calor y el humo producidos por el mechón encendido con gasolina o petróleo y el cebo o la esperma como combustibles. O el ejercicio de lanzar piedras con caucheras y las hondas (dos cuerdas que tenían en el centro un receptáculo hecho de cuero y en el cual se colocaba la piedra a lanzar). O el intercambio de revistas (folletos con

 

las aventuras de Tarzán, el Llanero Solitario, Batman y Robín; El Pájaro Loco; el Conejo de la Suerte; El Pato Donald; etc.). O las funciones matinales (películas) en los teatros (salas de cine) de los barrios. Recuerdo los más importantes: Manrique; Rialto; Olimpia; Aranjuez; Belén. O la trenza humana (formaciones entre dos grupos. Uno al frente de otro; cogido de la mano. Hombres y mujeres); a partir de la cual se cantaba matarile lire lo. O la trenza en rueda que permitía o impedía salir al ratón, designado o designada por quien quedaba libre por fuera de la rueda. O la ronda que cantaba y preguntaba al lobo del bosque si estaba listo ya. O el juego de la perinola; o el de catapis (Jaz); o el juego de la carga montón (se escogía la víctima que tenía que aceptar que todos y todas cayeran encima de él o de ella). O el juego con el lazo en los dedos, construyendo figuras diversas (la escalera, la flor de iraca). O la recolección de cajetillas de cigarrillos a las cuales se les asignaba un valor y así se jugaban. Como si fueran billetes. (Pielroja 1, Dandy 25; Kool, Lucky; L & M, Chesterfield; Mapleton, valían 100 y, así, sucesivamente). O la preparación y realización de novenario en la época de diciembre; incluido el ejercicio alrededor del pesebre. O el juego a la gallina ciega. Y, no podía faltar, el fútbol. La pelota en la calle. Con desafíos entre cuadras y barrios. Siempre en la calle. Calle para el juego. Calle libre. Inclusive con el vigía, encargado de avisarnos cuando llegaba la tomba (policía municipal); la bola (vehículo policial). Esto suponía suspender, provisionalmente, el juego. Porque estaba prohibido tomarse la calle para ello. Porque, siempre, ha existido la posición de quien o quienes, siendo habitantes del barrio, odian la expresión lúdica.

 

 

Ahora bien, la confrontación entre grupos interbarriales, era hecho común. Inclusive, llegando a expresiones vandálicas, violentas. Con piedras (lanzadas con caucheras y hondas), palos, etc. Forzando un paralelo, algo parecido con lo que hoy aparece como enfrentamiento entre bandas en los barrios y/o en los colegios

 

Y, entonces, esa apropiación de los espacios, corrió paralela a las jornadas escolares. Maestros y maestras. Muchos y muchas, autoritarios y autoritarias. Tanto que contribuyeron a la deserción escolar. Porque infringían castigos físicos. Otros, accesibles, tolerantes, amigos (as). Que la sopa escolar (una figura reducida del

 

restaurante), a la cual accedían los niños y niñas cuyas familias eran mucho más pobres que el promedio. Que el pan y la leche que se entregaba en los recreos y que era posible, en razón al convenio con Caritas Arquiodecesana (organización religiosa-católica) y las entidades que regían la academia. O, en ese mismo horizonte, a partir de convenios internacionales con países europeos o con EE.UU.

 

O, llegado octubre, lo que se denominaba la “semana del niño”. Aquí cabía todo: los disfraces; las caminatas; el sancocho elaborado a partir de recursos propios recogidos en las escuelas. O a partir de los aportes de las familias. Queda claro, de paso, que las escuelas no eran mixtas. Además, que, las jornadas, eran completas. Desde las 8:00 a.m., hasta las 11:30 a.m. y desde la 1:30 p.m., hasta las 4:30 p.m., de lunes a viernes. Los sábados de 8:00 a.m.; hasta la1:00 p.m.

 

Escenario 4.

 

Y entré en el terreno de los enamoramientos. Desde ahí, desde la escuela. El recuerdo no es vago. Tanto así que tengo claro el momento del primero. Corría el año en que empecé a ver el mundo con los ojos de quien entra a considerar otro camino. No ese que venía siendo protagónico. Es decir, ese que me amarraba a los condicionamientos establecidos en esa casita. Condicionamientos acrecentados cada día. A partir de un entorno áspero. Con ella, mi madre, sin otro horizonte que el centrado en nosotros y nosotras. El padre que deviene en un rol cercano al autoritarismo perverso. Pero ahí; sin descuidar las exigencias derivadas de su posición como cohesionador forzado del grupo. Grupo sin sentido de pertenencia. Porque, entendido como colateral a referentes plenamente definidos, en nuestro caso no tenía por qué existir. Éramos un conglomerado de individualidades vinculadas a un espacio, nada más.

 

Siendo, como en realidad era, Norela una niña aproximada a los siete años. Tengo, ahora, la sensación de haberla visto antes de conocerla. No sé por qué, me viene a la memoria un cuadro de desazón. Como si, mirando atrás, tuviera la certeza de haber sido protagonista de algunos hechos poco edificantes. En consecuencia, una zozobra constante. Un sueño tras otro, sin término. Como si no atinara a establecer con claridad mi estancia allí. En ese mundo hilvanado a partir de secuencias enrarecidas. Veía, por ejemplo, a mi hermano mayor en un rol de sujeto vociferante. Yo estaba en la cuna. Él en el tejado de la casita. No recuerdo bien si era en el Fundungo; en Chagualo. De todas maneras, sea donde fuere, él estaba ahí. En el tejado. Yo, ¡pero que hacía yo ahí; si estaba en la cuna? ¿Una ubicuidad no deseada? Lo

 

único cierto, me sigo diciendo a mí mismo, es que él estaba ahí Y yo con la escalera, tratando de auxiliarlo para que bajara del tejado. Por el patio. Estando el padre, también vociferando. En la misma casita. Los mismos insultos. Iban y venían. Uno y otro. ¿Pero qué hacía yo ahí, entre los dos?

 

Los Oquendo, familia tanto o más numerosa que la nuestra. Otoniel Oquendo, obrero de la textilera Coltejer. Y el televisor allí. En la sala de la casa de los Oquendo. De Norela. Y yo en la ventana, tratando de adivinar lo que hablaban los personajes. Desde afuera, por la ventana, la pantalla se veía borrosa. Luego, por lo mismo, borrosos los actuantes. Y Norela me miraba, a través de la cortina. Ella fue quien la enrolló para permitirme el espacio para visualizar. Y Norela con el plato en la mano. Y Enriqueta, la madre, tratando de forzarla. Para que dejara la ventana.

 

Y es que corría el año 1954. Coincidieron hechos. El militar ya estaba ahí. Venía de rapar el poder. Siendo el cuadro político antecedente una heredad vinculada con el genocidio auspiciado desde ahí. Desde ese centro-poder conservador. Ya casi olvidadas las reformas de López Pumarejo y su Revolución en Marcha. Todavía cercana, en el tiempo, la muerte de Jorge Eliécer Gaitán. El sargento (¿…o cuál era su grado?), ya jugaba a ser prócer. A ser libertador. A ser guerrero guiando a un pueblo famélico y agarrotado. Nuestra familia era una de tantos miles sin horizontes gratificantes.

 

La heredad, provenía de dos íconos perversos. Mariano Ospina Pérez y Laureano Gómez; “el divino Laureano”. El perdulario que encendía el Congreso, a viva voz. Voz transmisora de ideas achatadas. Con una sola perspectiva: justificar la matanza. A viva voz. Voz de pigmeo intelectual. Hacedora de fetiches. Voz, mirada, cuerpo, de aprendiz de ideólogo. Ese que pretendía pasar a la historia como héroe. En una Colombia desagarrada por él, y por Ospina Pérez, y por Marco Fidel Suárez y por los azuzadores perennes. Un fascismo inveterado. Héroe de la miseria que auspiciaron él y ellos. De la tragedia de un pueblo inerme. Pero, asimismo, heredad de los Lleras y de Eduardo Santos, y de Olaya Herrera y…del mismo Alfonso López, que se arredró ante la infamia.

 

…Y yo en la ventana, mirando las imágenes distorsionadas en el televisor. Y con el frío de las nueve de la noche. Inclusive fui hasta la casa por un saco y volví. Y ahí estaba ella; enrollando la cortina para que yo mirara. Y Enriqueta al acecho. Y llegaban las diez de la noche. Fin de la emisión. Y Norela desenrollaba la cortina. Y, con la mirada,

 

hasta mañana.

 

Y, al otro día, a la escuela. Y la veía con su pertrecho para bordar; en la escuelita eucarística. Y es que las niñas recibían solo eso. Una fugaz pincelada de la aritmética y del castellano y de la geografía y de la historia y, fundamentalmente, del catecismo escrito por el padre Astete. Y, lo demás, enseñanza para aprender a ser mujeres. Del hogar. Es decir, casi esclavas como mi madre. Y que se repita el ciclo.

 

Escenario 5.

 

…Y corrió la voz de que algo estaba sucediendo. Venía desde muy atrás. El método había sido perfeccionado. Desde Núñez, el trasgresor. El sujeto cambiante; según las circunstancias. Método aplicado. Con ese mismo se justificó la Guerra de comienzos del siglo

 

XX.       Método soportado en el manejo solapado de las verdades. O, a decir verdad, las casi verdades. En recintos cerrados, a prueba de filtraciones plenas. Solo el gota a gota. Para potenciar las repercusiones. Se dice y se desdice, al mismo tiempo. Entonces, se embauca y se extiende la sensación de que algo está pasando. Aquí y allá.

 

 

 

Y, en verdad, algo estaba pasando. El militar todavía estaba ahí. Pero, quienes lo adularon y lo felicitaron por su desprendido amor a la patria; ya tejían otra red. Otra, porque, a pesar de ser la misma; era otro tiempo. Estábamos en 1956. Y, ya, el ceremonial estaba en curso. Ya estaban los contactos. Que si en España, en Benidorm. Que si en Londres o en Washington. Que más daba. Siendo lo único cierto, el programa. Primero se auspiciaría la presencia de una Junta Militar politizada. Que si el General París. Que si ahora. Que si el plan incluiría allanar el camino para que volvieran los de siempre. Liberales y Conservadores, sus cúpulas. Las mismas que sembraban el odio entre los de la periferia. Y que, una vez empezaba la barbarie, en cualquiera de sus versiones periódicas, convocaban al buen sentido. Al entendimiento. A la paz. No importaba si por fuera de ella quedaba los más afectados. Los desarraigados y las desarraigadas. Los y las caminantes, en travesía. Buscando refugio. Aquí y allá. Y, en ninguna parte donde pasar la noche y ver amanecer el otro día.

 

Y se reunieron. Y acordaron. Usted y yo. Yo y usted. Primero usted, después yo. Amarremos el pacto a doce o más años. Qué más da. Primero usted, luego yo. Y todo volverá a empezar. Hagamos borrón y abramos nueva cuenta. No importa lo de atrás. El perdón suyo, lo

 

avalo yo. El perdón mío, lo avala usted. Y así, saldamos cuentas, por ahora.

 

Eso sí, quienes no regresen. Quienes no acepten lo que usted y yo hacemos; están al margen de la ley. Y serán perseguidos y serán matados y serán olvidados. Queda claro, entre nosotros, que hemos sacrificado nuestro tiempo por este país. Y, por lo mismo merecemos ser recompensados. Y qué mejor recompensa que primero usted y después yo. Y después usted y luego yo.

 

Y, ahora lo entiendo, era eso lo que se estaba urdiendo. Era eso. Y los periféricos, los sin nada, ahí; sin saber qué hacer ni para dónde coger. Y se extendía la penuria. Y ya se había agotado el modelo de sustitución de importaciones. Modelo económico restringido. En el cual la variable más dinámica era crecer, sin crecer. Quedar flotando entre los imperios; entre sus intereses y los nuestros (¿…nuestros?). Y, entonces se acumuló capital. Para los terratenientes, para los comerciantes, para la naciente burguesía bastarda. Sí; esa que conoció de las libertades democráticas y de las reformas y de los derechos y los deberes; como quien aprende a tocar piano por correspondencia.

 

Ya, a esta altura de mi recorrido, estaba inmerso en ese ir y venir que no se detiene. Hasta cierto punto ya mis giros y mis vivencias eran cansinos. Como si, cada año repitiera lo del año anterior. Sólo había momentos en los cuales escapaba a la realidad. Esos en los cuales le daba al balón, en la calle. O, cuando coleccionaba láminas y las pegaba en el folleto. El primero: héroes de la lucha libre. Luego, la vuelta a Colombia. Y, a reclamar el folleto para anotar a los ganadores de cada etapa. O, cuando salía, en familia a verlos entrar por lo que denominábamos la autopista sur. Al lado del puente monumental (llamado así, porque fue el primer puente en concreto, elevado; por debajo del cual pasaban, a la vez, el río y la autopista). Al lado del puente Guayaquil (construido con ladrillos y con una amalgama que incluía sangre. Al menos eso decía la historia). Y, pegando el oído a la amplificación que hacían algunas emisoras; avizorarlos a distancia. Cuando subían a minas, después de haber pasado por Versalles y por Santa Bárbara. Y, sentirlos más cerca aún, cuando ya estaba en Caldas, en las “goteras” de Medellín.

 

Pero había más, sin saber cómo y porqué, accedí a la impudicia religiosa. Ferviente adorador de imágenes. Sujeto que se laceraba, pretendiendo asimilar las enseñanzas, por la vía más dolorosa posible. Sanando el alma, se alcanza la virtud y se acumulan gracias para

 

poder llegar a dios. Y yo allí. Asumiendo el dicho: el que quiere llegar al cielo, debe purgar sus miserias y nada mejor que vivir los dolores; tratando de simular los que sufrió y vivió Jesús. Pretendiendo ser ungido.

 

 

Ya, a esta altura del recorrido, Norela estaba en el pasado. No la vi más; desde que, en la peregrinación a que estábamos sometidos y sometidas; por no tener casa propia y por atrasos en el pago del arrendamiento; nos trasladamos a otro barrio; para volver a empezar. La cuarenta y seis entre la setenta y nueve y la ochenta, sector de Manrique Central. Allí

 

Escenario 5.

 

…Y corrió la voz de que algo estaba sucediendo. Venía desde muy atrás. El método había sido perfeccionado. Desde Núñez, el trasgresor. El sujeto cambiante; según las circunstancias. Método aplicado. Con ese mismo se justificó la Guerra de comienzos del siglo

 

XX.       Método soportado en el manejo solapado de las verdades. O, a decir verdad, las casi verdades. En recintos cerrados, a prueba de filtraciones plenas. Solo el gota a gota. Para potenciar las repercusiones. Se dice y se desdice, al mismo tiempo. Entonces, se embauca y se extiende la sensación de que algo está pasando. Aquí y allá.

 

Y, en verdad, algo estaba pasando. El militar todavía estaba ahí. Pero, quienes lo adularon y lo felicitaron por su desprendido amor a la patria; ya tejían otra red. Otra, porque, a pesar de ser la misma; era otro tiempo. Estábamos en 1956. Y, ya, el ceremonial estaba en curso. Ya estaban los contactos. Que si en España, en Benidorm. Que si en Londres o en Washington. Que más daba. Siendo lo único cierto, el programa. Primero se auspiciaría la presencia de una Junta Militar politizada. Que si el General París. Que si ahora. Que si el plan incluiría allanar el camino para que volvieran los de siempre. Liberales y Conservadores, sus cúpulas. Las mismas que sembraban el odio entre los de la periferia. Y que, una vez empezaba la barbarie, en cualquiera de sus versiones periódicas, convocaban al buen sentido. Al entendimiento. A la paz. No importaba si por fuera de ella quedaba los más afectados. Los desarraigados y las desarraigadas. Los y las caminantes, en travesía. Buscando refugio. Aquí y allá. Y, en ninguna parte donde pasar la noche y ver amanecer el otro día.

 

Y se reunieron. Y acordaron. Usted y yo. Yo y usted. Primero usted,

 

después yo. Amarremos el pacto a doce o más años. Qué más da. Primero usted, luego yo. Y todo volverá a empezar. Hagamos borrón y abramos nueva cuenta. No importa lo de atrás. El perdón suyo, lo avalo yo. El perdón mío, lo avala usted. Y así, saldamos cuentas, por ahora.

 

Eso sí, quienes no regresen. Quienes no acepten lo que usted y yo hacemos; están al margen de la ley. Y serán perseguidos y serán matados y serán olvidados. Queda claro, entre nosotros, que hemos sacrificado nuestro tiempo por este país. Y, por lo mismo merecemos ser recompensados. Y qué mejor recompensa que primero usted y después yo. Y después usted y luego yo.

 

Y, ahora lo entiendo, era eso lo que se estaba urdiendo. Era eso. Y los periféricos, los sin nada, ahí; sin saber qué hacer ni para dónde coger. Y se extendía la penuria. Y ya se había agotado el modelo de sustitución de importaciones. Modelo económico restringido. En el cual la variable más dinámica era crecer, sin crecer. Quedar flotando entre los imperios; entre sus intereses y los nuestros (¿…nuestros?). Y, entonces se acumuló capital. Para los terratenientes, para los comerciantes, para la naciente burguesía bastarda. Sí; esa que conoció de las libertades democráticas y de las reformas y de los derechos y los deberes; como quien aprende a tocar piano por correspondencia.

 

 

Ya, a esta altura de mi recorrido, estaba inmerso en ese ir y venir que no se detiene. Hasta cierto punto ya mis giros y mis vivencias eran cansinos. Como si, cada año repitiera lo del año anterior. Sólo había momentos en los cuales escapaba a la realidad. Esos en los cuales le daba al balón, en la calle. O, cuando coleccionaba láminas y las pegaba en el folleto. El primero: héroes de la lucha libre. Luego, la vuelta a Colombia. Y, a reclamar el folleto para anotar a los ganadores de cada etapa. O, cuando salía, en familia a verlos entrar por lo que denominábamos la autopista sur. Al lado del puente monumental (llamado así, porque fue el primer puente en concreto, elevado; por debajo del cual pasaban, a la vez, el río y la autopista). Al lado del puente Guayaquil (construido con ladrillos y con una amalgama que incluía sangre. Al menos eso decía la historia). Y, pegando el oído a la amplificación que hacían algunas emisoras; avizorarlos a distancia. Cuando subían a minas, después de haber pasado por Versalles y por Santa Bárbara. Y, sentirlos más cerca aún, cuando ya estaba en Caldas, en las “goteras” de Medellín.

 

Pero había más, sin saber cómo y porqué, accedí a la impudicia religiosa. Ferviente adorador de imágenes. Sujeto que se laceraba, pretendiendo asimilar las enseñanzas, por la vía más dolorosa posible. Sanando el alma, se alcanza la virtud y se acumulan gracias para poder llegar a dios. Y yo allí. Asumiendo el dicho: el que quiere llegar al cielo, debe purgar sus miserias y nada mejor que vivir los dolores; tratando de simular los que sufrió y vivió Jesús. Pretendiendo ser ungido.

 

Ya, a esta altura del recorrido, Norela estaba en el pasado. No la vi más; desde que, en la peregrinación a que estábamos sometidos y sometidas; por no tener casa propia y por atrasos en el pago del arrendamiento; nos trasladamos a otro barrio; para volver a empezar. La cuarenta y seis entre la setenta y nueve y la ochenta, sector de Manrique Central. Allí

 

Escenario 6.

 

Y ya, sin Norela. Y todavía sin que surtieran los efectos esperados, las laceraciones. Lo entendí así, porque no levitaba. Porque no adquiría cara de ángel. Porque seguía siendo el mismo sujeto niño; sin perspectiva. Signado por la cruz y por las afugias. Sujeto niño que desertó de la escuela y que fue vejado por ello. Sujeto niño que entró en la etapa de los sin horizontes. Al menos de esos que siempre escuché hablar a los adultos y adultas que hablaban por las emisoras y que escribían en las primeras páginas de El Colombiano y El Correo. Yo leía: Horizonte: sinónimo de futuro o de lejanas aspiraciones.

 

Entré, pues, en la dinámica soportada en el vacío de la desescolarización. Con extravíos. Con los imperativos y las imprecaciones, ahí. En la casa. A pesar de que el grupo seguía cosido con hilos endebles; sin ese cruce de caminos que recrea algunos entornos familiares. Con una solidaridad formal entre nosotros y nosotras. Ellas, la hermanas, ahí. Una ensimismada en sus procesos internos. Las otras dos, ansiando ser matrimoniadas, lo más pronto posible. Para ausentarse de ese territorio inhóspito, auspiciado por el padre y por el hermano mayor. Una de ellas, desertando, hacia otro territorio de familia. Por la vía de la abuela y la tía paternas. Abuela ya reducida a la silla de ruedas, casi sin ruedas. Más como silla estática.

 

Ya aparecía un punto de comparación. O, mejor sería decir: un sujeto de comparación. Porque el otro hermano mantuvo su escolarización y avanzaba. Terminó primaria y enfrentó el reto del bachillerato. Y yo, ahí. Sin darme por entendido. Pretendiendo una tangente asociada a las angustias que me erosionaban. Que viajaban conmigo a todas

 

partes. Hijo menor que ya, desde ese entonces, alucinaba. Creando espacios y personajes enfermizos. Ese yo ahí. Aparentemente un holgazán niño. Un sujeto en la quietud que suponían quienes me veían deambular; por la casa. O por el barrio. O por la ciudad. Porque ya empezaba a acceder a ella. Ya viajaba solo a lo que denominábamos el centro de la ciudad. A la Plaza Cisneros; a la feria de ganados; al lado del padre. Sujeto niño holgazán. Que viajaba al occidente, al lado del padre. A Sopetrán, San Jerónimo, Santafé de Antioquia; Liborina. Pero, también a Rionegro y a Fredonia. Siempre al lado del padre.

 

Ya estaba, desde entonces, con una predisposición a ser marcado, de por vida, por hechos y situaciones que fueran adversas. De una u otra manera. Por ejemplo, como cuando ansiaba la soledad, pero huía de ella. O como, cuando sufría el azote de los sueños en los cuales era víctima o victimario. O como, cuando escuchaba el estruendo de los truenos en una tormenta eléctrica. Pero, más aún, por no hallar explicación ninguna. O porque me enseñaron a asociarlos con el exterminio a que seríamos sometidos los pecadores. Y allí, en esta categoría, estaba situado yo. Por no ir a la escuela; por andar la calle. En fin, por todo o por casi todo. Porque, a decir verdad, me sentía bueno para nada. Y no es que, ahora, esté exagerando esa angustia. Simplemente, los hechos, están ahí. Estuvieron ahí. Los viví y sufrí yo. Siendo niño, entre perverso y santo. Solo que la santidad me abandonó, en proporción directa a mi incapacidad para ascender, para levitar; para volar al lado de dios.

 

Y pasaban los días. Ya estaba el primer sujeto del compromiso, en el poder. Ya empezaba la feria de las mudanzas. De los intercambios. Aquí y allá. Empezaba a concretarse el pacto ignominioso. Pacto construido a partir de la sangre derramada por los súbditos martirizados. Pacto suscrito, vulnerando la existencia de otras opciones; asfixiándolas. No podían nacer; ni crecer; ni mucho menos expresarse.

 

Tal vez ya lo había dicho. Pero sentí la necesidad de volverlo a expresar. Aquí; ahora. Estando en ese tránsito; sintiendo flotar en el ambiente la perversidad. Porque el Pacto se impuso. Ellos lo impusieron. Los jerarcas de los Partidos Liberal y Conservador. Ellos que auspiciaron, y lo siguen haciendo aún hoy, la muerte de toda esperanza; como quiera que esperanza es vivir; y caminar; y trabajar en la ciudad; y arar la tierra; y reír; y soñar. Ellos que promovieron las muertes físicas masivas. Y que promovieron la extirpación de las ilusiones. Y que, por esto mismo, han lobotomizado los espíritus. Al menos, han cortado el vuelo. Por lo tanto, convocan al olvido. A creer

 

que no pasó nada. Que los muertos y las muertas son solo invenciones de los enemigos de la patria.

 

Entonces yo seguía el tránsito. Tratando de entender el modelo impuesto. El problema era que no tenía ni medios; ni conocimientos; ni donde hallarlos. Porque mi vida era eso: una predisposición a seguir ahí. Mientras tanto el grupo familiar se desintegraba. Mejor sería decir que venía fragmentado desde el primer día en que se hizo cuerpo visible. Ese grupo familiar vigente desde antes de mi nacimiento. Pero que adquirió, para mí, presencia con el correr de los años; de mis años. Ya, entonces, Chagualo y Fundungo fueron mi entorno. Pero yo no accedía a el. Simplemente, ahí en la casita o en las casitas. Ya la madre era esclava. Se hizo así, a partir de mis miradas y del proceso construido en este país envuelto en miserias. Miserias intelectuales. Miserias políticas. Pero, a la vez, país de violentos y de violentados. De violentos que conducían con rumbo definido por ellos. Violentos que agredían aquí y allá. Violentos que protagonizaban ejercicios aparentemente diferenciados; pero que eran lo mismo.

 

 

Y ya, aquí en esta dimensión. En este rol protagónico de mí mismo; seguía el curso, mi curso. Ya en la calle. Ya en la casita. O ya en los sueños en los cuales me mimetizaba, para impedir ser visto desde afuera; tratando de impedir el cuestionamiento y la comparación. Sujeto niño sin posibilidad de acceder a cualquier cosa. Seguía siendo el desertor de la escolaridad. Desertor, más no herético. Porque el origen de esa deserción, la motivación de la misma, no estaban anclados en una opción de vida diferente. Y no tenía por qué serlo. Porque no tenía opciones alternativas. Simplemente ahí. Donde la abuela materna, los domingos. Si donde Sara y donde Arturo Gómez. Una vida al garete. Incluso con tendencias y manifestaciones perversas; vistas con una óptica moralista. Sujeto niño ahí; sin nada entre las manos.

 

Y, entre tanto, la ciudad crecía y el país también. Ya la ciudad no era la misma que conocí o que imaginé. Ya los barrios en las pendientes estaban en pleno desarrollo. Ya apareció Castilla Y Pedregal y Alfonso López. Ya, hacia el sur, se extendían híbridos. Ya con fastuosas viviendas ya con casitas en las cuales habitaban los habitantes originarios de El Poblado. Ya Bello y Copacabana, al norte, se integraban; en un concepto de territorio mucho más vasto. No sé si, desde ese primero momento, se asumían los conceptos de zonas metropolitanas. Pero también, al sur, se acercaba Itagui y, aunque de manera más lenta, Envigado.

 

Lo que contaba, para mí, era la sensación de estar inmerso en un proceso no pensado; no entendido. Pero estaba ahí. Como proceso envolvente. Porque, la perspectiva de ciudad moderna, actuaba independientemente de mi participación. O de la participación de los otros y las otras. No sé, en fin, de cuentas, si ya estaba presente, en ese crecimiento urbano, una opción como la planteada por Manuel Castells. No sé, si en el caso de los y las ciudadanas en mi ciudad y en las otras ciudades. No sé si la presión, a partir de los desplazamientos masivos, sobre la ciudad y, por lo mismo, en la exigencia d vivienda y de servicios básicos; ya tenían o no expresión en términos de exigencias organizadas. Volviendo a lo de Castells, no sé si alguien, en nuestro país tuviera, en ese entonces, posiciones como: “…Cuando se habla de problemas urbanos nos referimos más bien, tanto en las ciencias sociales como en el lenguaje común a toda una serie de actos y de situaciones de la vida cotidiana cuyo desarrollo y características dependen estrechamente de la organización social general. Efectivamente, a un primer nivel se trata de las condiciones de vivienda de la población, el acceso a las guarderías, jardines, zonas deportivas, centros culturales, etc.; en una gama de problemas que van desde las condiciones de seguridad en los edificios (en los que se producen, cada vez con mayor frecuencia accidentes mortales colectivos) hasta el contenido de las actividades culturales de los

 

centros de jóvenes reproductores de la ideología dominante…”1

 

En verdad dudo que se hubiera desarrollado una opción de vida urbana, así en esas condiciones. Lo que este sujeto niño perverso entendía, no iba más allá del discernimiento de quien no tenía ni siquiera, a su disposición las posibilidades que otorga la escuela. Más aún, reconociendo que, cuando hablo de escuela, estoy hablando de lo básico. En una estructura escolar-académica en donde el lugar para la profundización no existía. No iba más allá, como lo expresé arriba de aglutinar una serie de saberes, cruzados por la textura tradicional religiosa, particularmente la católica.

 

 

 

Estaba, pues, situado en un reconocimiento del entorno inmediato y mediato. Reconocimiento que no iba más allá de encontrar espacios para una lúdica restringida. Porque, ¿qué lúdica podría haber, en mi escenario de niño condicionado por mis propias actitudes y que originaron y mantuvieron una posición hostil de los otros integrantes del grupo familiar; particularmente de la madre y el padre. Porque, a la vez, crecían las posibilidades y justificaciones para profundizar en torno al cuadro comparativo con mi hermano, el escolarizado, que

 

seguía avanzando.

 

Entonces, una noción de ciudad y de país y de mí mismo y de los demás; que comprometía las fijaciones que había venido construyendo. Ya lo dije, visiones enfermizas; sueños acechantes. Expresiones en las cuales las imágenes recorrían mis espacios. Imágenes que recorrían mi cuerpo y que ocasionaban estigmas más lacerantes que las posturas religiosas asumidas por mí antes. Imágenes que vertían opciones y que me convocaban a asumirlas. Opciones como latigazos. Opciones que conminaban a no existir más. Opciones que me proponían huir de la casita y abordar el camino del transeúnte sin referentes. Como si me propusieran jugarme la vida en el amplio espectro que permite la inmensidad de la ciudad. Ir ahí, a cualquier sitio sin ningún nexo con los hermanos, las hermanas, el padre, la madre, las abuelas… En fín imágenes que se erigían como mandantes sombríos y que me colocaban en posiciones de profunda angustia. En extravíos que yo no estaba en capacidad de asumir. Porque lo mío era una angustia sobre otra. La mía propia y la heredada de esos sueños absolutamente onerosos.

 

Y era el año que marcaba el inicio de otra década. Quien lo hubiera creído, ya había vivido casi dieciséis años. No era sujeto hábil para realizar inventarios de vida. Sin embargo, estaba ahí en la posición de niño-adolescente que había accedido, otra vez, a la escolaridad en nombre de la necesidad de reconciliación. Más, nunca, en términos de avanzar en el conocimiento. Vale la pena aclarar, ahora, que había innovado en lo que respecta a la justificación para desertar. Una figura, parecida a las imágenes que me atormentan en mis sueños, exhibiendo una postura y una voz que me reta. Algo así como entender la posición como cuestionamiento a la autoridad. ¿Pero sería cierto eso? ¿De cuándo acá había adquirido algún criterio elaborado? Aún ahora no me lo creo. Yo no era, en ese tiempo sujeto de elaboraciones. Era, por el contrario, un bandido que se azuzaba así mismo; vertiendo palabras. Sin poder construir una o dos frases con sentido. Solo, en esos sueños tormentosos, venían a mí interpretaciones de lo cotidiano; de esa exterioridad que no percibía sino en la vigilia del día a día.

 

Así fue, por ejemplo, como accedí a entender todo lo relacionado con la continuación del exterminio. Veía, a ráfagas, lo sucedido con quienes no accedieron al pacto bochornoso. A ese pacto entre los mismos. Pacto que avasallaba a la democracia. Convertía en delito el solo hecho de aspirar a una alternativa diferente. Y, sin saberlo, iba profundizando, todas las noches. Veía a los campesinos y campesinas.

 

Niños y niñas. En las travesías. Solo ahora, después de haber leído al maestro Alfredo Molano, en su trilogía “Siguiendo el corte”, “Aguas arriba” y “Selva adentro”, he podido descifrar esos mensajes de mis sueños. He podido dilucidar el significado de esas imágenes. Los sin tierra; los desarrapados; tratando de arrancarle aliento a la vida. Como si esta estuviera flotando ahí. Y ellos y ellas, tratando de asirla. Mientras tanto los aviones y la tropa de los jerarcas. Apuntándoles. Matándolos. Y los gritos de rabia y las lágrimas y la ternura invitando a resistir. Y los jerarcas riendo en las ciudades. Invitándonos a reconocerlos como voceros válidos. Como convocantes ciertos a la paz. Y, nosotros, en las ciudades sin arriesgar nada. Solo consumiendo los discursos ampulosos. Y llegó el segundo de la lista. El hijo del poeta. El mismo de la sagrada ciudad blanca. Impoluto. Hijo de poeta que no sabe nada de la vida de los y las demás. Que mantuvo la línea de acción. Con los chafarotes a la ofensiva. Limpiando el campo. Siendo, esa limpieza, un concepto asociado a la matanza. Generalizada y selectiva. E inundaban los campos de panfletos. Convocando a la rendición. Expresando que los bandidos eran quienes reclamaban justicia. Bandidos eran quienes no se dejaban acribillar y respondían a los vejámenes, con la fuerza de la dignidad y, porque no, con las armas que habían logrado salvar. Y los niños ahí. Y las niñas también. Muriendo ellos y ellas. Y sus madres. Y sus padres…y todos y todas.

 

Y llegó otra vez el enamoramiento. Ahora estaban allí Rosita y Gudiela. Dos niñas. Y les hablaba. Una a una. Como macho subrepticio. Pero, profundamente, apegado a esos íconos. Me disipaban las angustias y los tormentos. Las esperaba a la salida de la escuela. Yo corría raudo, al salir de mi jornada. Y el Bosque de la Independencia lo atravesaba como flecha veloz. Y llegaba y Rosita ahí y Gudiela también. Un día con una y al otro día con la otra. Y ellas accedían. No sé por qué. Tal vez porque era adolescente alucinado. Con toda la carga emocional de los sueños. Me fui volviendo taciturno; de mirada profunda y triste. Tal vez por eso Rosita, la más cercana, la más tierna y la más conmovida; me acogió. También me acogió su madre. Y Miguel, su hermano. Con él profundicé en amistad.

 

Y Rosita me acompañaba. Aún en mis sueños. Porque la veía, al lado de las imágenes tormentosas. Porque con ella hablaba. Y ella decía “no sufras tanto patico”. Y, esa expresión me transportaba al universo en el que he pensado. Lejos, muy lejos. Yo no sabía nada acerca de los años luz, como ahora. Pero si imaginaba una distancia absoluta. Allí quería estar solo. Pero tenía miedo a la soledad. Por eso, le conté

 

a Rosita. Y, con ella, si quería viajar.

 

Y Gudiela ahí. Tal vez más bella que Rosita. Pero más distante. Más fría. Me daba miedo esa actitud. Hablar con ella no suponía, como con Rosita, disipar la tristeza y la angustia. Pero me hacía falta hablarle. Algo, en mí, decía que ella me entendía. Que estaba conmigo. Pero no lo expresaba. Al contrario de la madre de Rosita, la madre de Gudiela nunca me aceptó. Me consideraba demasiado feo para su niña, tan linda; tan perseguida. “Y ella, con ese personaje tan feo”. Esto me lo contaba Gudiela. Y lloraba al decirlo. Me amaba, pero sufría con las expresiones de su madre.

 

Y así estuve mucho tiempo. Con ellas. Hasta que, un día cualquiera, se fue Gudiela. Su familia se trasladó hacia Envigado. Y yo quedé ahí. Me dejó una nota con Miguel, el hermano de Rosita. Notica que conservé mucho tiempo. La llevaba siempre conmigo: “Patico, me tengo que ir. Sé que no volveré a verte. Mi familia no te quiere; pero yo sí. No puedo hacer nada, porque no soy libre. Adiós”.

 

Y, en verdad, no la volví a ver. Seguí ahí, con Rosita. Con mi Rosita. Crecíamos los dos. Éramos cómplices en todo. Caminar, desde la escuela, hasta el barrio fue una experiencia inolvidable. Ella y yo, de la mano. Conocí que sus amigas, también se burlaban de mi feura. Pero ella, incólume. Conmigo, en contravía de su entorno, de sus amigas.

 

Y se repetían los sueños. Y ella, mi Rosita estaba ahí. Al lado de las imágenes que me atormentaban. “No sufras patico”, me decía. En sueños y en el día. Y nos veíamos los fines de semana; como si no hubiéramos hablado todos los días, al salir de la escuela.

 

 

 

 

 

 

 

Escenario 7

 

 

 

Y la década corría veloz. Mi escolaridad seguía en veremos. Muy intermitente, casi nula. Y, Rosita, se volvió recuerdo. Como con Norela, no la volví a ver, después de que se produjo otra etapa del peregrinar. Y fuimos a dar a la carrera 46, entre las calles 77 y 78. Y fue creciendo, otra vez, mi deseo de ser un asceta. Fui recibido en la parroquia El Calvario, entre Prado, Campo Valdés. Volví a mis andanzas; a mis ayunos y a mis excoriaciones producidas por mí mismo. Y el grupo familiar se había ido desmantelando. Ya no estaba

 

el hermano mayor. Tampoco dos de las hermanas. Se habían matrimoniado, huyendo de la casita inhóspita

 

Y, estando en esas; de las excoriaciones provocadas y en los ayunos, conocí al padre Daniel. Exégeta, pero demócrata. Había logrado construir y posicionar grupos de acción, dentro de los jóvenes cercanos al ideario católico. A través de él llegamos, muchos, a la J.O.C (Juventud Obrera Católica). Y conocimos, desde allí, las huelgas y a quienes las promovían, no como proceso continuo y/o programático y político; sino como respuesta a los atropellos de los patronos. Yo, en ese entonces, ya trabaja. Alternaba mi actividad laboral, periódica e intermitente, con la escolaridad. Y caminábamos las calles solicitando ayuda para los huelguistas. Recaudábamos alimentos y algún dinero. Participábamos en las reuniones con ellos, con los trabajadores.

 

Cuando no había huelgas, nos reuníamos todos los sábados, en la sala de reuniones de la casa cural. Y leíamos los evangelios. Y los comentábamos. Y trazábamos tareas. Íbamos a los hospitales, a visitar a los enfermos y las enfermas sin familia. E intercambiábamos textos. Por esa vía conocí a Ortega Y Gasset; y a Alberto Moravia; y a Sartre; y a Camus; y a Kant; y A Hegel; y a Hobbes; y a Rousseau; y a Homero; y a Sócrates. Fuimos tejiendo la red de los rebeldes. De los que aprendimos, en las huelgas, el sufrimiento profundo en las ciudades. Y fuimos relacionando esto con la tragedia de nuestro país, tragedia de los nómadas forzados; los de las travesías; los bombardeados; los fusilados y decapitados. De los niños y las niñas muertas y muertos, al lado de sus madres y de sus padres.

 

Y, allí, en esos ejercicios bravíos; heréticos, se empezó a desenvolver la actuación como proceso. Como continuidad. Porque accedí a otros y a otras. Porque ya me arriesgué a ir a la universidad, sin matrícula. Solo por ver y palpar el conocimiento. Y lo social fue mi alternativa. Y decanté lo hablado, lo escuchado, lo leído. Y, por esa vía, conocí de Camilo Torres Restrepo. Todo porque el sacerdote Vicente Mejía, comprometido en una lucha acompañando a los desarrapados del basurero. Hoy los llaman recicladores. Y Vicente convocó a Camilo, un día cualquiera de octubre. Y estuvimos con él. Y, al poco tiempo, ya estaba yo en la perspectiva de equilibrar mi religiosidad con la acción de riesgo. Con la propagación del ideario desprendido de la lucha de clases. Empecé a reconocer, en todos los entornos, los objetivos fundamentales por los cuales luchar. Y se hizo gigante y hermosa la espiritualidad; esa tendencia que había estado ahí y que fue resortada y voló a todos los lugares. Empecé a vivir, ya no en sueños, la realidad

 

y a asumirla. Profundamente triste y conmocionado. Y volví a alucinar. Me veía en el universo absoluto cabalgando en las nubes y en el polvo cósmico. Iba y regresaba. De aquí hasta allá Estos cantos me estremecen. Porque grafican lo acontecido conmigo. Porque, en el día a día, sentía morir por todos y por todas. Suplantar a quien estuviera sufriendo. Para sufrir yo, en su reemplazo. Empezó el delirio, el frenesí. Esa ambición de terminar ya con la dominación impuesta a sangre y fuego. Terminar con el hijo del poeta y con quien lo siguió; el otro Lleras. Porque el pacto entre los perdularios seguía vivo. Como viva seguía la acechanza a los trasgresores y trasgresoras del orden establecido. Ya habían aniquilado a cientos de miles. Fue la década de la infamia. La muerte de Camilo; la muerte de Ernesto Guevara; las muertes de todos y todas. Soñadores y soñadoras; intérpretes de la lucha diaria. Aquí, en esta ciudad que seguía creciendo. Ya estaba Andalucía y los barrios Popular 1 y 2. Y había crecido Aranjuez. Ya estaba el barrio obrero, Campoamor; y había crecido San José la Cima; y Santo Domingo y apareció Guadalupe y Loreto se extendió hacia el oriente; y Villa Hermosa se fragmentó. Y sus aristas crecieron. Y se construyó la ciudad universitaria, para agrupar las facultades que estaban diseminadas. Y se hizo visible, otra vez, el movimiento estudiantil Ya había demostrado su poder en los enfrentamientos en Estudios Generales, sección de la Universidad de Antioquia. Y creció la lucha por vivienda digna y por un servicio de transporte eficiente y masivo. Es decir, ahora si se estaba dando lo que preconizaba Castells. Era otra ciudad, sin lugar a dudas. Éramos otros y otras.

 

Y, cualquier día, recordé a Rosita. Porque la vi, allá. En una batalla callejera, izando la bandera de la esperanza. La vi y me vio. Con ella estaba Jesús, conocido dirigente estudiantil. Ella era de él. Y, por esto, volví a alucinar. Volví a la tristeza que rondaba por ahí; como manifestación latente. Como figura dispuesta a aparecer al menor descuido.

 

Y volvieron los sueños tormentosos. Y veía a Rosita llamándome ¡ven patico ¡. Y me negué a seguir viviendo. Y desperté. Y navegué, deambulé por todos los espacios conocidos. Y no estaba en condiciones de ir al tropel. Porque ella, mi Rosita, me hizo acordar de lo tanto que he transitado. Porque ella, sin mí; sin su patico, construyó futuro; arriesgando tanto o más que yo. Y volví a la religiosidad enfermiza. Volvieron los ayunos y las laceraciones.

 

Escenario 8.

 

Por fin terminó la crisis. Volví a realizar acciones. En veces, en los barrios. Otras en las huelgas y en las fábricas. Había retomado el proceso. Ya estábamos en 1968. Y supe del Mayo Francés. Y supe de Daniel el Rojo, en Alemania. Y supe de la masacre en la Plaza Tlatelolco, en ciudad Méjico, en plena realización de los Juegos Olímpicos. E interpreté el proyecto político de la tercera cuota del Pacto. Y analicé su propuesta de modernizar el Estado, a partir de un concepto de eficiencia coherente con el concepto de desarrollo capitalista periférico. Y conocí de su propuesta de Pacto Andino; esbozo de mercado común regional. Y recorrí mil caminos, en esa ciudad que seguía creciendo. Y se fue borrando el recuerdo de Rosita. Y recordé que no había sido tocado, en su momento, por la Revolución Cubana. Y, en ejercicio retrovisor, volví a 1959; cuando era lo que ya conté que era. Pero, intentando descifrar una imagen en uno de mis sueños. Imagen de contrastes. Porque, a veces, veía seres jubilosos, posicionados de un territorio que no supe ni pude identificar. Pero, al mismo tiempo, seres en travesía; sufriendo los rigores de los bombardeos. Este último territorio si me era familiar; pues lo había visto desde siempre. Que Tolima, Huila, Sumapaz; Territorios Nacionales;

 

Y, así, fui desenvolviendo el ovillo, similar al nudo de Ariadna. Y reconocí, en esos contextos enunciados, la posición alusiva al desarrollo capitalista tardío. Como el nuestro. Ya no era, simplemente, el modelo de sustitución de importaciones. Ya era, todo un modelo de amplio espectro. Pero no autónomo. Simplemente vinculado a las condiciones que imponía el Imperio. Fue, entonces, cuando conocí las propuestas puntuales de Joaquín Vallejo Arbeláez, a la sazón ministro en el gobierno de la tercera cuota del pacto (Carlos Lleras Restrepo). Y leí, ávidamente, todo el texto sustentatorio de El Pacto Andino. Y lo cotejé con las propuestas de la CEPAL (Comisión económica para América Latina). Y encontré las coincidencias. Algo así como un proyecto en el cual cabían las opciones políticas y económicas, por la vía de entender una forma de la división del trabajo. Obviamente a países como el nuestro, como Venezuela, como Ecuador, como Argentina, Brasil, etc., nos correspondía la parte de lo accesorio. No podíamos acceder a la tecnología necesaria para implementar un proyecto de industria pesada. Solo lo periférico; y eso sí, con limitaciones.

 

Y, a partir de ahí fue que conocí la teoría del desarrollo desigual y combinado; lo cual no es otra cosa que la implementación de los

 

modelos precarios, súbditos. Y, por esa misma vía, conocí la teoría de Celso Furtado, expresando la opción clásica del desarrollismo económico. Y conocí, además, las teorías de Samir Amín (en la misma perspectiva del modelo de desarrollo desigual y combinado). Y, de manera apenas obvia, profundicé los textos económicos de Marx, y de Rosa Luxemburgo. Y leí el texto económico de Lenin “El desarrollo del capitalismo en Rusia”. Y conocí las teorías de partido de Lenin, en lucha en contra de las postulaciones socialdemócratas en Rusia (Los Mencheviques) y en Alemania (Rosa Luxemburgo). Y, muy posteriormente, conocí la teoría del Programa de Transición de León Trotski. Y entendí que yo no había tenido el libreto completo; pero esto fue culpa mía y solo mía. Cuando leí las obras de Mao y su descripción de la Gran Marcha, antecedente de la Revolución China, me embelesé con su visión de Frente Patriótico.

 

Todo lo anterior, en paralelo a mi militancia partidista. Asumiendo opciones de riesgo. Ya, en mí, no contaban tanto las realizaciones inconexas en la ciudad. Ya yo estaba del lado de un proceso y de una posición programática para acceder al poder, por la vía armada. Y, aún hoy, no me arrepiento de ello. Y, seguí en los barrios; difundiendo la doctrina. Y seguí en las huelgas, haciendo lo mismo. Todo, en una perspectiva no de filantropía. Fue el tiempo en que conocí la Declaración de la Habana. El nuevo curso de las revoluciones en América Latina, propuesto por el Partido Comunista en Cuba. Texto de inmenso contenido teórico y práctico.

 

Y, en los barrios, hice mi carrera política fundamental. Estuve trabajando de manera grupal. Con amigos y amigas coincidentes conmigo. Pero también con personas que no compartían mis opciones. Pero, ahí, estuve con ellos y ellas. E hice alfabetización de niños, niñas y adultos (as); teniendo como guía los escritos pedagógicos de José Martí (fundamentalmente “El Siglo de oro”); pero también trabajé con la teoría de Paulo Freyre. Y conocí, derivado de allí, el modelo de investigación-acción. Instrumento metodológico básico, para realizar todo un trabajo de interpretación sociológica del desarrollo urbano y rural. Y, lo que es fundamental, de las tendencias políticas, económicas y culturales; de tal manera que se pudieran construir opciones de intervención revolucionarias. Y, en ese contexto, investigamos acerca de la vivienda urbana y acerca del modelo gubernamental a través del ICT. Y conocí de cerca, a partir de ese modelo de investigación, el significado del desplazamiento campo ciudad. Y, arriesgué mi propia teoría, en el sentido de entender como migraciones ese proceso de desplazamiento y, además, hablé acerca

 

de identificar la diversidad cultural que se estaba asentando en las ciudades, particularmente en la que vivía. Y, por esta vía, propuse la realización de eventos globales, que convocaran, a nivel local y nacional, a quienes, desde diferentes perspectivas y opciones, trabajaban como nosotros y nosotras, en los barrios. Y lo hicimos. Primero en mi ciudad. Y surgió el COBAPO (Comité de barrios populares). Y movilizamos miles de miles de personas, alrededor de problemas como los asociados a los servicios público; la vivienda; el transporte; la cultura; los hogares infantiles.

 

Pero, también, propuse una interpretación acerca del nexo del barrio con las luchas obreras. Particularmente en torno a las familias de los huelguistas. Y fue por esa expresión que se concretó uno de los eventos de masas más plenos, en términos de la relación lucha obrera-lucha barrial. Fue en el Barrio Campoamor, cerca de Guayabal, en el camino hacia Itagui.

 

Escenario 8.

 

Pero había un gran vacío en mí. Por más amplia y apasionada que fuera mí actividad; seguía en esa soledad interna. Los sueños me seguían atormentado. Identifiqué mi esquizofrenia. Estaba partido. De un lado, una individualidad y una internalidad, profundamente afectadas. Sin sosiego. Aquí y allá, busca salidas, sin encontrarlas. De otro lado mi profundo convencimiento de la necesidad de revolucionarizar la vida política, económica y cultural del país. Y eso tenía que hacerse efectivo con el combate directo, armado. Por eso yo definí la teoría que habla de lograr en la ciudad un apoyo absoluto; para articularlo con la lucha armada en el campo. Inclusive alcancé a plantear una figura de guerrilla urbana, como la propuesta y realizada por Carlos Mariguella en Brasil. Y es que ya había leído algunos escritos de José Carlos Mariátegui, el esplendoroso líder y teórico ecuatoriano. Y es que ya había leído a los nihilistas rusos y había conocido la teoría de Bakunin en Rusia. Empecé a navegar entre la opción guerra de guerrillas y la teoría de la insurrección, tan cerca al trotskismo.

 

Y vuelvo, entonces, al momento en que descifré mi esquizofrenia. Y ahí estaba yo, partido. Mi interioridad seguía deteriorándose. Esos eternos sueños conmigo. Y empecé a buscar alternativas para alcanzar el equilibrio necesario; sin lograrlo. Me acerqué a la tesis freudiana del malestar espiritual, individual; por la vía de leer “El malestar en la cultura”. Pero, también leí, en esa perspectiva, las interpretaciones de sociedad y desasosiego, de Hebert Marcuse (en

 

“Eros y Civilización” y en “El hombre unidimensional”). Y empecé a asociar mi fragmentada interioridad, con el condicionamiento ideológico que está en la base de la dominación capitalista. Y, por esto mismo, leí a Lukács, tratando de descifrar el contenido de los códigos ideológicos. Pero, simultáneamente, estaba leyendo a Kafka, sobre todo, sus obras “El Proceso” y “La metamorfosis”. Y me iba perdiendo, cada vez más. Llegando casi al delirio. Y, esos sueños ahí. Y seguía viendo a Rosita. Y trataba de dilucidar esos sueños con la madre azotada por el padre. Y, en ese momento, reconocía que nunca había tenido en cuenta los asuntos relacionados con la inequidad de género. Ni en el Partido; ni en nuestros trabajos y acciones cotidianos, valorábamos, de manera acertada, la participación de nuestras compañeras mujeres.

 

Y, eso, me atormentaba. Y volví a analizar al grupo familiar. Seguía ahí, cada vez más reducido. No solo en número; sino también en su vertebración fraternal. Una figura parecida a esos conglomerados que están, pero que ninguno o ninguna de sus integrantes se reconocen el. Estar con alguien, pero estar solo. Así lo sentía y así lo vivía.

 

Y es que mi individualidad no tenía referentes. Como cuando se siente que no te encuentras contigo mismo. Cuando, por ejemplo, la imaginación se desenvuelve en un territorio enfermizo; lleno de imágenes que no logras identificar. Como cuando no percibes ninguna ilusión. Y es que, estando así, no logras asir nada diferente a tu propia angustia. Es una laceración mucho más profunda y dolorosa que los azotes que yo mismo me infringía; cuando aspiraba a la santidad. Cuando pretendía evadir la realidad, por la vía de inventarme un universo que tenía como centro la divinidad. Esa que deviene de una concepción de dios y de sus efectos colaterales. Pues si que esos sueños; en los cuales cabalgaba en un ser deforme. Parecido al caballo alado, pero con los ojos desorbitados y con las orejas de conejo y con unos dientes afilados, acezando. Buscándome; y yo encima de él. Vertiendo un líquido rojo, alusivo a la sangre que derramaban miles de seres que estaban a lado y lado del camino. Y, despertaba sudoroso, llamando al Sol y a Júpiter; y a la luna. Totalmente perdido. Y, volvía a empezar el sueño. Y, ahí estaban Rosita, Norela y Gudiela; envejecidas; con enormes cadenas al cuello. Y me llamaban. Y me decían “patico, vuelve por nosotras. No nos dejes al garete, por favor “. Y yo gritando y anhelando despertar pronto. Pero me pesaban los párpados. Como paralizado todo. Sin mover ningún músculo. Y, entonces, veía al hijo de poeta, llamándome. Mostrándome sus manos, ensangrentados. Y veía al divino Laureano,

 

como poseído, blandiendo un hacha; similar a la que se utilizó para dar muerte a Rafael Uribe Uribe. Y, también, veía al primero de la lista elaborada para el Gran Pacto. Y me mostraba un inmenso lienzo blanco. Allí estaban dibujadas las manos de todos los súbditos muertos. Allí estaban graficados todos los caminos de la Travesía. Y veía a las abuelas y a los abuelos, con sus miradas perdidas, absortos y absortas. Y, los niños y las niñas, estaban también ahí dibujados y dibujadas, con inmensos ojos tristes. Y, también estaban las mujeres detrás de los hombres de la Travesía. Y, el padre y la madre, cuando niños. Oteaban todos los territorios. Y la casita estaba dibujada, sin nada adentro. Y, yo estaba dibujado, con la mirada al cielo; y con una aureola inmensa. Y me flagelaba y quemaba mis dedos. Y estaba las piedras en los zapatos y corría como enajenado.

 

Y veía a María Cano y a Torres Giraldo. Este último gritaba. Y María Cano obedecía. Y la vi trajinando mil caminos. Y la escuchaba en sus discursos. Sus manos izadas y repetía lo de la masacre las bananeras. Y me decía que eso iba a volver a ocurrir; aquí y allá. Y me decía que, como en Iquique, habría muertos y muertas. Que los obreros y las obreras. Que los campesinos y campesinas. Que los niños y las niñas. Y me decía que leyera los poemas de Gabriela Mistral y que recordara siempre a Picasso y su Guernica. Y que volviera a leer el Canto General de Neruda. Y que, leyera las Venas Abiertas de América Latina y que entendiera el mensaje de Galeano.

 

Casi siempre, al despertar, sentía un inmenso cansancio. Como de no querer levantarme. Y volvía a dormir. Y veía los hospitales. Y yo estaba ahí, amarrado y gritaba, alucinando. Y no reconocía a nadie; como perdido; con la mirada en vacío; sin nada en ella. Creo que así debe ser la locura profunda. Creo que así fue la locura de Van Gogh y la Nietzsche y la de Kafka. Y, ahí, estaba Giordano Bruno, en la hoguera; sacrificado por buscar opciones diferentes, conceptos diferentes, vidas diferentes. Y me trepé a los semáforos de cada esquina. Con una mano me asía para no caer y con la otra le daba fuerza a mis palabras. Y me bajan de allí, los gendarmes. Y, otra vez, el hospital y sus cadenas. Y estaba atado a la cama. Y me inyectaban un líquido que me enmudecía. Y, así, no podía gritar ni defenderme.

 

Escenario 9.

 

Y comencé otra década. La anterior había sido, un tránsito de profundos cambios en mí y en mi entorno cercano. La ciudad seguía creciendo, casi hasta la saturación total. Y el país también crecía. Y ya se había posesionado el último de la lista del Gran Pacto. Conocí y

 

actué ante el grosero fraude en las elecciones de ese abril. Y estuve agitando y convocando. No tanto por el General; sino mostrando y denunciando el comportamiento de los beneficiarios del Frente Nacional; de ese Pacto entre reyezuelos. Ese que conminó a la democracia, para que dejara de existir. Y estuve en los barrios y en sus calles. Con la bandera de la dignidad. Y llamé a todas las puertas. Y les dije a todos y a todas que ahí estaba la opción. La Guerra total en contra de los mandarines perversos y su ejército. Y hablé de la necesidad de la lucha armada; en el campo y en la ciudad.

 

Y llegó el momento de la partida. Había aceptado el reto. Me iría al campo. Pero no a cualquier campo. Me iría a esos inmensos territorios de colonización. Era una decisión mía, la aceptación de la propuesta. Y me preparé para esto. Y la madre y el padre y las hermanas y los hermanos, no me importaban. Me iría, con la misma convicción y con la misma fuerza y con la misma pasión de siempre. Y volvían los sueños. Y ahí estaba el hospital. Y ahí los hombres de blanco, aplicándome otra vez la dosis que paraliza. Y, yo haciendo un esfuerzo inmenso por fugarme. Y ellos detrás, persiguiendo a su presa. Y me volvía a subir a los semáforos y a los buses. Y gritaba vivas a la lucha armada y a la guerra total contra los impúdicos auspiciadores de la amnesia individual y colectiva. Y me bajaban, otra vez. Y despertaba y volvía a dormir. Y, otra vez, la rutina.

 

Partí un día cualquiera del séptimo mes, del primer año de la década. Me despedí del padre y de la madre. A nadie más dije nada. Tampoco hubo mensajes. Para qué; si ya los había enviado todos. Si ya había dicho lo que tenía que decir. Ya no me acompañaba el recuerdo de Rosita. Como si hubiera mimetizado, del todo, el vacío inmenso que me causó su distanciamiento. Ya, en mí, aparecía una especie de coraza. Endeble, pero coraza al fin. Las acciones preparatorias se limitaron a estudiar la geografía de la zona. A conocer su historia lejana y reciente. Y, por esa vía, supe de su existencia como campo de experimentación y como olvido absoluto. Y, entonces, Volvía a leer “La Vorágine” de José Eustasio Rivera. Y volví a leer “Doña Bárbara”, de Rómulo Gallegos. E indague acerca de la historia de sucesivas vejaciones, por la vía del caucho y la siringa. Y profundicé en el conocimiento del significado que tenía El Pato; Guayabero; el Unilla; La Uribe. Y estudié acerca de la Macarena y de su condición de hospedante de la biodiversidad y de su riqueza en flora y fauna. Y estudié acerca de las sucesivas migraciones de mucha gente de nuestro pueblo, buscando paliar la miseria. Y conocí la historia de la guerra con el Perú y de la manipulación que se hizo, por parte de los

 

jerarcas de la historia oficial.

 

Y, entonces, conocí de los procesos de colonización; incluido el último, a partir de 1966. Ya Vaupés, Arauca, Guanía, Putumayo, Amazonas, Vichada; se convirtieron en referentes políticos, económicos y geográficos. Con pleno conocimiento. Y, desde ahí, preparé mi intervención. Dándole, a futuro, un profundo significado. No solo en lo que respecta a mi intervención inmediata; sino, y fundamentalmente, a la perspectiva que se abría.

 

Y llegué en plena época de lluvias. Había pasado por el Meta. Y, desde allí, volé a San José de Guaviare; entonces vinculado geográficamente, a la Comisaría del Vaupés. Desde allí, por inmensos lodazales, unas veces a pie y, en otras, en tractor, me desplacé hasta El Retorno, también conocido como Caño Grande. Llegué un sábado, todavía corría el mes de julio. Y, ya allí, comencé el recorrido, en términos de postular una intervención política, asociada al programa partidista. Ya, allí, empecé a trabajar en esa línea. Me vincule, laboralmente, a la Cooperativa Integral de Caño Grande, como contador y como asistente de la administración. Todos los fines de semana, además de las labores de entre semana, colaboraba en la atención a los usuarios; en razón que, sobre todo el domingo, el día de mercado. Y llegaban los colonos; después de haber recorrido inmensas distancias. La remesa era repetida. La panela, las papas, las lentejas, el fríjol. Eventualmente se incluían las herramientas de trabajo: machetes, rulas, azadones, palas. Extremadamente limitados muchos de ellos y ellas. Porque dependía de algún préstamo del Incora, o de la Cooperativa, en su condición de socios y socias. Una vida áspera; en donde el aliciente básico estaba del lado de las mejoras que se pudieran alcanzar. Las siembras: maíz, arroz; ejercían como proyectos cíclicos. La rozada tal mes, la quema en tal otro. Siguiendo el mismo ciclo relacionado con las lluvias y el verano.

 

Y comencé a ejercer mi labor como conductor político. Empecé a establecer relaciones más allá de la simple atención en la Cooperativa. Y empecé a exponer mi posición política. Y establecí puntos de apoyo básicos. Aprovechando el día libre a que tenía derecho, semanalmente, visité los fundos de aquellos y aquellas que iba considerando como potenciales cuadros políticos y de acción. Y no me importaba ningún riesgo. Como, en los sueños, hablaba abiertamente de la necesidad de la lucha armada. Trabajé con avezados y avezadas hombres y mujeres. Que venían de lejos. Que habían realizado sus luchas; como habitantes de ciudad y como habitantes en el campo. Luchas por sus reivindicaciones mínimas. Y llegaron allá, en el

 

contexto de un proceso y de un programa propuesto desde algunas instancias gubernamentales. Lucha por la sobrevivencia. Y lo entendí así. Ya conocía muchas de esas historias de vida. Desde cuando estuve participando en aquellos procesos ya expuestos, en términos de la investigación-acción. Y que los había profundizado, a partir de aplicar el método pedagógico de Paulo Freyre. Pero, asimismo, porque muchas de las experiencias similares en Ecuador, Perú, Chile y Bolivia; las había conocido en el contexto de mi actuación. Y, además, porque había leído acerca de experiencias en Polonia y Rusia. Pero, también, porque había conocido historias de vida de África y Asia. En este último, ante todo, las experiencias en China y Vietnam.

 

Y, casi sin advertirlo, llegó el cuarto enamoramiento. Otro simultáneo. Nelly y Leticia. Dos mujeres, otra vez, absolutamente diferentes. Nelly, más inexpresiva. Con un rol a cuestas, parecido al de muchas mujeres que han soportado mil batallas. Supe de cuando se produjo su llegada, con sus hijas y con Leonidas. Supe de su primera hazaña; cuando, por si sola, impidió el despegue de un avión, en el aeropuerto de San José. Estaban ella y muchas mujeres más y muchos hombres más y muchos niños y niñas más. Recién habían llegado y reclamaban el cumplimiento de lo que les habían prometido.

 

Mujer sin mucha predisposición a la ternura. Más bien fría en sus expresiones. Curtida por el tiempo y por las vivencias en él. Pero me supo amar, casi desde mi llegada. Como aquellas expresiones que se concretan de manera instantánea. El supe amar. Siempre he creído que lo más distintivo de mi vida, ha sido el apasionamiento. En todos los momentos y ante todas las cosas que asumo. Y, en lo afectivo, no es la excepción. Con ella, Nelly, fue así también. La amé tanto que se convirtió, para mí, en algo parecido a la constante vivencia, en profundidad, sin límites. Lo cierto, entonces, es que su imagen me impregnaba. La llevaba conmigo siempre.

 

Y, volvieron los sueños. Veía a Nelly navegando en un velero. Un mar agitado y adportas de zozobrar. Un viento tibio, borrascoso. Que la envolvía a ella y al velero. Sola, sin sus hijas. Y me hablaba, a gritos: otras veces la veía, allá, cerca de Guayabero; o en Miraflores; o en Calamar. O en su natal Pensilvania, Caldas. Pero, siempre, en actitud convocante. Nelly, la mujer un tanto sombría, se me acercaba y me susurraba algo acerca de su infancia; cuando en su hogar primaban los valores de la tradicionalidad mojigata. O me contaba de su adolescencia. La vivió de manera intensa. O me contaba cuando conoció a Leonidas, o cuando nació su primera hija. Me contaba acerca del origen de esa mirada inmensa; en veces taciturna; en veces

 

expresando una profunda soledad. O me contaba como se había iniciado en el arte de predecir acontecimientos. Como el de ese día, en que soñó que efectuaba un largo viaje, sin mucho convencimiento y que, en la noche siguiente, Leonidas le dijo que se vendrían a fundar, al Vaupés. O cuando entrevió la figura de un gigantesco alud que se tragó a muchas personas y que se tragó dos tractores y dos volquetas. Y, justo al día siguiente, supo que, En Quebrada Blanca, no lejos de Villavicencio, una riada y un alud, sepultaron buses, personas…

 

Pues bien, así era mi Nelly. “Ojitos verdes” la empecé a llamar. Yo que era tan reacio a expresiones formales. Pero, en ella, veía a una mujer plena. Nunca me arrepentí de haberla llamado así; ni de haberle hablado del cielo y de la tierra. De lo que había sido y de lo que era en ese momento. De mis soledades y de mis sueños. Solo ella conoció el soporte de mi peregrinar por la vida, tratando de encontrarme. Me dijo un día: “Patico, vos sos un ejemplar inimitable; sos único. Por eso te amo.”

 

Y recorríamos todos los lugares; a escondidas. Y se nos perdía la cuenta en cuanto a horas o minutos, o cualquier unidad de tiempo. Porque éramos así. Sin más limitaciones y sin más aliciente que el de vernos. Nos mirábamos, en la Cooperativa. Yo la miraba; ella, lo mismo. Sin importar nada más; ella y yo.

 

Y, en el entretanto, volvían los sueños. Y se iban después. Y sentía la persecución constante de las imágenes de todos los sueños. Y me acechaban también allá; como en la ciudad donde nací. Como en todos los momentos vividos antes de estar aquí; antes de conocer a Nelly. Pero, ahora no es como antes. Ahora está ella. Y ella me convocaba a trabajar por dilucidar el lenguaje cifrado que me ha acompañado. Porque, para ella, el problema había que resolverlo así; descifrando esos códigos. Y me decía que no podía seguir aferrado a las posibilidades de ser tangente; de no cruzar esa barrera entre realidad y ficción enfermiza. Que ya era hora de dejar de lado esa imaginación cansina y enrevesada. Imaginación achatada y condicionada por las imágenes de esos sueños. Había que volver sobre los legados fundamentales de la humanidad y asirlos para siempre; en un proceso en el cual, como sujeto, pudiera avanzar en términos de consolidar la individualidad, sin escapar de la realidad. Hacer coherente el ser y el hacer.

 

Nelly se volvió indispensable para mí. Cuando no estaba con ella me sentía perdido. Otra vez sin referentes. Volvía sobre mí mismo, sobre mis soledades y mis miserias. Y la buscaba a todo momento y en

 

todos los sitios. Necesitaba de sus palabras y de sus ojos.

 

Pero, en algunos momentos, me sentía sujeto utilitarista. Porque la veía, siempre, en el rol de mujer acompañante de mis tristezas. Otras veces, era como si quisiera fugarme con ella, hacia cualquier lugar; con la sola condición de que estuviera en la lejanía absoluta. Sin nadie en derredor. Solo ella y yo. Lo mío, en esos instantes de reflexión tendenciosa, se podría haber asimilado a ese tipo de comportamiento que deja de lado el regocijo y lo trascendente y bello que tiene la opción de amar. Estando así, me sentía perverso. Y, en verdad, al retrotraer mí tiempo vivido, me escindía. Porque, esa percepción de haber sido guerrero consecuente, se desdibujaba, al recordar vacilaciones y debilidades. Ante todo, en lo que tiene que ver con el entendido de humanidad y su concreción en hechos efectivos; y no tanto en simples expresiones, simplemente viscerales. Ese tipo de reflexiones me condicionaba. Ahí, en ese momento, cuando Nelly era mi horizonte, parecía sucumbir y, en consecuencia, volver a esa soledad y a esa tristeza y a esa condición de individuo partido; sin referentes; sin soportes humanos válidos.

 

Escenario 10.

 

El trabajo con los niños y las niñas, particularmente en lo que respecta a cierta expresión lúdica, comenzó al poco tiempo de haber llegado. Niños y niñas que habían vivido con sus padres y madres y que estaban aquí; por eso de que no podían ser libres en términos de decidir y reivindicar la autonomía. Esto me hizo volver a la reflexión, en el sentido de auscultar el significado que tiene la vida, para ellos y para ellas. Lo cierto es que aquí estaban. Otros y otras habían nacido en este tiempo, aquí en este sitio hospedante, un tanto inhóspito; por lo menos en el sentido de las condiciones de absoluta dificultad.

 

Y, entonces, conocí a Edison. Con quien compartí ese tipo de trabajo con los niños y las niñas. Fue, algo así, como mi cómplice. Y no solo en ese trabajo; también en el rescate que hicimos de un periódico que había dejado de ser editado. También, en realizaciones vinculadas con amplificar algunas voces, en lo que dimos por llamar “La Voz de la Selva”. Desde ahí, en los fines de semana, convocábamos a los y las habitantes. Expresábamos palabras en las cuales había un profundo contenido humano. Al menos eso creíamos. Con Edison, también realicé actividades pedagógicas para adultos; en el mismo sentido propuesto por Paulo Freyre. Con el objeto de precisar algunos aspectos del proceso de colonización en este territorio, trascribo dos documentos que coadyuvan a que esa precisión sea mucho más

 

cierta, más original.

 

Y Leticia ya estaba en mí. Nuestra realización corrió en paralelo con mi relación con Nelly. Las dos lo sabían. Lo aceptaban, tal vez, por la posición que ellas habían construido, a puro pulso, con respecto a la condición de amantes y amadas.

 

 

,   Leticia, práctica; vivencial. No tenía posiciones soportadas en alguna complejidad teórica.

 

a hacía más convocante. Desde la simpleza de una mirada, casi de niña. Con palabras llanas, directas; utilizadas como una opción de comunicación íntima; siempre en posición de tenerme cerca. Yo, a veces creía que estaba ante el tipo de mujer que siempre había anhelado. Pero, decirlo y sentirlo así, podría aparecer como deslealtad ante todo lo vivido en el pasado y, en el presente, con Nelly. En fin, que Leticia me hacía posicionar como sujeto de absoluta decisión de amarla y de sentirla y de reconocer, en ella, unos valores originales y bellos; por su simpleza y por su sinceridad.

 

La llamaba “La negra”. Y con ella viví y sentí. No tengo, ahora, la fuerza y la decisión para contarme a mí mismo acerca de su entorno familiar. Por lo tanto, reitero que no siempre somos lo que queremos ser. Esto, en mi caso, tiene la connotación de entender que algunas de mis realizaciones y algunos de mis conceptos, no son tan firmes y tan transparentes como hubiese querido. O como quiero, entendiendo este presente como extensión de todos esos momentos de vida por los cuales he pasado.

 

Con La negra, conversaba acerca de todo. Me contó muchas cosas, muchas vivencias; en el proceso relacionado con la migración hacia El Retorno. Nunca hablamos de su origen, ni de su familia, ni de su opción afectiva. Era como un compromiso tácito. Como aceptar que debíamos vivir el presente; con sus afugias y limitaciones. Lo extraño, en mí, era esa predisposición a conciliar con la propuesta de vida que hacía Leticia. Porque, hasta donde recuerdo, siempre había sido tajante, en lo que hace referencia con la relación pasado-presente y la cobertura lógica que deben tener las acciones. Una racionalidad ortodoxa. Sin embargo, con ella no fue así. Me comportaba a la altura de sus simplezas, de su absoluta sinceridad y de su convocación a ser amada, sin más.

 

Ahora, en la distancia, pasado tanto tiempo; no sé porque tengo la sensación de haber dejado en ella, una huella imborrable. Huella que,

 

por su significado, me hace ver a mi mismo como sujeto inconsecuente con sus valores y principios. Una especie de bandido que no supo ni quiso indagar por ella. De, al menos, haber intentado precisar por la hondura de esa huella. Quedará para la historia esa latencia que me ha acompañado desde ese tiempo. Quedará así, sin respuesta y sin verificación.

 

Esto que escribo ahora, tal parece que lo he escrito siempre. Una vez pasan los acontecimientos, siento que estoy en deuda. Porque, en un día cual quiera, estando con ella, volvieron los sueños. Volvieron con la misma carga de siempre. Con esas imágenes que me laceran y que castigan mi modo de ser. Otra vez, sujeto de perdición. La realidad se desvaneces y, en su lugar, se entronizan esas expresiones, en veces borrosas; en veces nítidas. Pero que, bien sea lo uno o lo otro, no son más que convocantes al delirio y a la noción de ser un perdulario. No de otra forma se explica el hecho de sentir que he vivido, en función de nada y que nada soy. Y es que, esos sueños míos, son mi constante alusión a le necesidad que tengo d redefinir mi rol; de decidir, de una vez por todas, acerca de la validez de mi existencia. Esas laceraciones, me invitan a reconocer (como tanto lo he dicho) que siempre he pretendido evadir la realidad y que, siempre, he vivido en un foso pútrido al que llamo “sueños tormentosos”. Creo, en verdad, que eso de estar soñando lo que sueño, es la peor expresión de la herencia humana. Herencia que nunca he sabido administrar, precisar y ubicar como referente válido.

 

Escenario 12

 

Ya ha pasado mucho tiempo. Estoy en la ciudad en donde nací. Corría otro año más de la década. Me despedí de Nelly, casi en las mismas condiciones en que la conocí. Cierto día, le dije que no iba más. Que debía abandonar ese territorio tan querido por mí. En donde había conocido tanta gente generosa. En donde había confrontado la minoría que, con sus actuaciones, erosionaban el espíritu. Que debía partir dos días después. Que, allí, en El Retorno había vivido corto tiempo; pero de una manera tan intensa que podrían sumar cien años. Lo nuestro, le dije, está ahí. Que sea lo que tu quieras; al menos en términos de extenderlo o de terminarlo. Y me dijo, yo me quedo. Mi vida es esto. Mi amor por ti es inmenso; pero debes entender que me debo a mis hijas y a la lucha que recién comienza. O que, al menos para mí, comienza cada día y que será así hasta que ya no pueda mirar la salida y la puesta del Sol. Y así fue.

 

Con Leticia, la despedida tuvo visos de acción ejemplar. Porque así

 

era ella. Sin mirarme, con esa mirada inmensa como siempre lo hacía, me dijo “que Dios te proteja”. Y no más. Sentí, otra vez, ese vacío que había sentido antes, cuando no vi más a Gudiela.

 

La reunión con Edison y con los y las demás, estuvo marcada por ese tipo de discusiones en donde predomina la racionalidad y el ejercicio propio de la lógica formal. Mucho ir y venir circunstancial. Cierto de tipo de crítica que podría asimilarse al discurso político, lleno de lugares comunes. Ya había hecho crisis la interpretación de la situación vigente y, por lo mismo, las alternativas de actuación política. Pero no había lugar para lamentaciones. Simplemente, la vida, es así. En veces, hay que estar de acuerdo con esa opción coloquial: “o lo toma, o lo deja”. Una cruda simpleza; pero opción al fin. Y, yo, dije “lo dejo”. No hay espacio para mi intervención, en la perspectiva en que siempre la he propuesto. Era una figura parecida a “ni un paso atrás”. Figura que, en mí, dejaba de ser protocolaria o, simplemente, nominativa; para convertirse en el hilo conductor. Esto, independientemente de cualquier otra consideración política o filosófica.

 

Porque, lo sucedido hasta ahí; había sobrepasado los límites de la táctica o, mejor sería decirlo, de la reflexión en términos del quehacer inmediato. Yo había rebasado esos topes; por cuanto ya había incursionado en posiciones y territorios que no estaban prefigurados inicialmente. Los riesgos habían sido muchos. Casi, hasta la irresponsabilidad. Se decía que, yo, había puesto en riesgo no solo la estrategia de la intervención; sino y fundamentalmente a las personas que trabajaban conmigo. Y, en ese tono envalentonado que, en veces, me caracteriza, respondí que “lo hecho, hecho está”. Vaya respuesta. Porque había dejado de ser coherente y emblemático. Había perdido la capacidad para orientar. Porque, un orientador, piensa primero en las consecuencias de determinada acción y, luego, asume determinado tipo de decisiones que sean coherentes con esto. En mí, por el contrario, había primado mi convicción unilateral.

 

Y es que, lo mío, aparecía como al garete. Como si no identificara y reconociese ningún tipo de disciplina. Me desbordó lo bakuninista que siempre ha habido en mí. Fui exégeta de lo rápido y lo práctico; sin muchas consideraciones teóricas. Raro, en mí, que siempre había preconizado la necesidad de actuar de manera contextualizada; y con los matices propios de la intervención en territorios complejos. Raro, en mí que, por ejemplo, a nivel urbano había sostenido que era necesario preparar, desde los barrios, una ofensiva que confluyera en algo parecido a la insurrección. Nihilista, eso fui yo, en ese tiempo. Ya, tal parece, que no quedaba nada de la racionalidad y la

 

contextualización. Todo lo leído y lo discutido como que era historia refundida, allá en donde uno no vuelve más.

 

 

La ruptura, entonces, fue absoluta. No reconocí ningún tipo de disciplina. Y, en política, quien piense así se constituye en sujeto que no merece ser reconocido como sujeto de confianza. Más bien, pareciera un sujeto de absoluta desconfianza. Porque sus actuaciones son un riesgo de concluir en derrota, irreversible.

 

Llegué a mi ciudad, cualquier día 1972. El grupo familiar seguía en lo mismo. La ciudad, también. Yo, de inmediato, me reintegré al trabajo político en los barrios. A pesar de la distancia y el tiempo; casi nada había cambiado. De nuevo estaba en condiciones de arengar y de promover acciones masivas e individuales. La postura anti-capitalista, seguía firme. Y, yo, lo mismo. A los treinta días de haber regresado, estuve dirigiendo la lucha puntual en contra del alza en los servicios públicos. Estuve en el barrio Caicedo, en el barrio Las Américas y en Buenos Aires y en Doce de Octubre y en El Pedregal y en el barrio Castilla. En fin, volvía a la febril actividad que me había caracterizado de tiempo atrás.

 

Escenario 13.

 

Y volvió el enamoramiento. Esta vez fue Fabiola. Mujer inmensa, militante conmigo en el Partido. Como siempre, en mí, no sé cuando empezamos. Como ráfaga; esta ha sido una constante. Así ha sido siempre. Lo único cierto es que empezamos. De mi parte, una pasión tan grande como las otras veces. Y es que, ese tipo de posiciones, han estado ahí, conmigo. Reitero en mi convicción en el sentido del significado que ha tenido el apasionamiento. Si no fuera por esto, mi tránsito hubiera sido inocuo. Porque, en fin de cuentas, eso es lo que cuenta. La fuerza que se le impregne a lo que se hace. Lo demás es pura formalidad militante. Expresiones formales sin horizonte didáctico y herético.

 

Y no tuve tiempo de realizar algunas acciones previsoras, como directriz. Nació Paula. Un orgullo, para mí. Primera hija (es obvio el profundo respeto por algo que expresé arriba). Ya estaba inmerso en ella. Nunca me había imaginado esa experiencia y esa sensación de felicidad. Tal vez, nunca antes, había sentido esa sensación. Como saber que existe una réplica, creativa de tu vida. De tu posición como reivindicación humana perenne.

 

Y, casi de manera simultánea, la actividad sindical organizada. Hasta

 

aquí, en ese tipo de actividades, lo mío había sido apenas tangencial. Como auxiliador y agitador en las huelgas. En eso me inicié, casi desde que tenía memoria.

 

Los Sindicatos han sido, al menos para mí, una opción más vinculada con la teoría del leninismo que con una convicción efectiva, real. La teoría de la Dictadura del Proletariado, no era más que un referente un tanto formal. Lo que si era cierto es mi entendido de proletariado. Fundamentalmente obreros, vinculados a las fábricas. Los otros trabajadores no eran otra cosa que instrumento accesorio. Sujetos que aprendían de la lucha; por lo mismo de que, todas las reivindicaciones se pueden validar. Pero no es lo mismo. Los trabajadores al servicio del Estado, constituyen y han constituido siempre, simples usufructuarios o beneficiarios plusválicos. Porque, en mí, ya estaba claro que la noción de plusvalía defina por Marx, estaba asociada a la producción de riqueza; al agregado, por la vía de la mano de obra, que contribuye a la reproducción del capital. Y es que esta, la plusvalía, es el soporte de lo demás. Lo otro no es otra cosa que consumo de la misma. Los trabajadores de las empresas de bienes y servicios, incluidas la actividad financiera; consumen plusvalía originada en la industria. Y esta interpretación mía no es caprichosa. Es el resultado de un estudio juicioso y crítico del proceso de acumulación del capital. Por lo mismo, mi lectura de la obra de Rosa Luxemburgo, no fue al azar. Ese texto es tan expresivo y tan riguroso en el cuestionamiento de la ortodoxia marxista; que, en muchas ocasiones ha sido presentado como posición herética, por la vía socialdemócrata.

 

Esta posición teórica, derivó en el sentido que le di a mi intervención sindical. Trabajando en una entidad pública, cuyos trabajadores somos, simplemente beneficiarios plusválicos. Esa fue mi hoja d ruta desde un primer comienzo. Por lo tanto, y me quedó claro, también desde el comienzo, que encontraría posiciones contrarias. Al menos, entre aquellos y aquellas que exhibían una posición de mera interpretación formal. Como si el solo hecho de la intervención sindical, diera lugar a una posición marxista. Esto para no hablar de los y las militantes del Partido, quienes asumían que ortodoxia marxista-leninista, era lo mismo que la desviación teórica de creer que los trabajadores y las trabajadoras de bienes y servicios, hacíamos parte de la Vanguardia Proletaria. Términos, preciso, acuñado por Lenin y que, aún hoy, a pesar de la acción de los y las personas que han renegado de su pasado; sigue siendo un principio insoslayable.

 

Y es que, todavía, tenía memoria para recordar el hermoso fragmento de Eduard Dolleans, en su “Historia del Movimiento Obrero”.:

 

“A lo largo de los cuarenta años que van desde 1830 hasta 1970 se oye una queja. Los mismos murmullos, los mismos llamados no escuchados. A veces el murmullo se transforma en clamor; las voluntades se anudan en una acción más clara y el fracaso provoca de repente el motín. De tanto en tanto, una insurrección cuya represión reduce al silencio, durante algunos años, la voz de las clases laboriosas. En vano, como dice Sismondi, se hará crecer el trigo para los que tienen hambre, o se fabricarán vestidos para los que andan desnudos, si no están en condiciones de pagar.

 

Este grito que brota de la miseria es irreprimible. Por eso, la voz reanuda su queja monótona. Poco a poco, esta voz se afirma: al grito del sufrimiento se mezcla un grito de esperanza.

 

La atmósfera de estos cuarenta años de luchas obreras, estuvo cargada como un cielo gris cubierto de nubes, siempre encapotado,

 

atravesado a veces por relámpagos…”2

 

Era y es una expresión portentosa. Cargada de un significado profundo. Que define el sentido del quehacer obrero. Arriesgándolo todo. Con su esperanza puesta en el triunfo. Un triunfo que puede ser obstaculizado por la fuerza patronal y por la fuerza del Estado. Productores directos. Que nacen y mueren vinculados a la industria; a la naciente industria. Al capitalismo salvaje que crece a costa de la muerte de los obreros.

 

Entonces, visto así, lo nuestro era y es un mero ensayo, ni siquiera ensayo general de las posibilidades revolucionarias del proletariado. Nosotros y nosotras éramos y somos, aún ahora, meros replicadores de las consignas centrales del movimiento obrero: Por el poder, hasta nuestra vida damos. Por la dignidad, siempre estaremos en pie de lucha.

 

Y tuve que luchar en contra de esas opciones de interpretación. Entre populistas y malvadas. Voces y consignas vinculadas con la posibilidad de aparecer como representantes del proletariado. Cuando, solo éramos y somos simples reproductores de la ideología dominante; en razón a que ejercemos como usufructuarios; en lo que Gramsci llamó la superestructura y que tiene que ver con la ideología. Y que, Lukács, propone como diferenciación fundamental y básico. Este último, siempre luchó por dejar de lado ese tipo de ilusiones que, independientemente de la connotación un tanto peyorativa que se le ha dado, la pequeña burguesía asalariada, le ha dado a su participación.

 

Y, en consecuencia, ese camino ejerció para mí, como norte. Se produjo un enfrentamiento desde un comienzo. Porque nunca acepté que la dirección del Partido fuera ejercida por intelectuales alejados de la producción y, por lo mismo desconocedores y desconocedoras de la miseria de los obreros y las obreras. Dirección pequeñoburguesa que prostituyó la lucha obrera. Que la convirtió en un simple lugar común. Con una supuesta ortodoxia marxista leninista que no era otra cosa que (parodiando a un autor que no recuerdo) una caricatura de revolución.

 

Y es que, en nuestro país, se había enquistado, entre los grupos revolucionarios, una manera de ver la lucha anti-capitalista, como simple expresión de vocinglería. Una figura parecida a esas expresiones que todo lo reducen a posiciones preestablecidas, sin nexo con los hacedores de la riqueza con la cual se alimenta y se reproduce la burguesía. Era y es una perorata de nunca acabar. Inclusive, con posturas ante el Imperio, supuestamente radicales. Pero que, en fin, de cuentas no eran y son otra cosa que discursos inocuos; sin sentido. Una especie de radicalidad y de discurso revolucionario, para los días de fiesta.

 

Ya, desde ese entonces, yo participaba de una caracterización del sentido en que se movía la burguesía. Arriesgué, desde ese entonces, una expresión teórica, originada en Gramsci y en Lukács, que deriva en un entendido de lo que se denomina bloque de clases o de fracciones de clase en el poder. Produje, en ese sentido, un escrito en el cual le daba forma a este tipo de caracterización. Hablaba, a manera de ejemplo, de lo siguiente: Y es que la burguesía a diversificado su dominio y sus fuentes de enriquecimiento. Ya no es el capital industrial, como arquetipo de la burguesía. Ahora, confluyen la burguesía, industrial, la burguesía comercial agraria y la burguesía financiera. En una relación en la cual, esta última, ejerce como centro. Y, entonces, el Estado, ha modificado su textura y su manifestación. Un Estado que es conducido, por lo mismo, en esa proporción. Somos, en consecuencia, un país en el cual los gregarios del Imperio, tienen múltiples manifestaciones. Lo que traduce que el movimiento sindical y las direcciones políticas revo9lucionarias, no pueden caer en la trampa de proponer una ortodoxia engañosa al momento de confrontar al capital.

 

Y el problema, entonces, es que posicionamos una dirigencia sindical que, lo primero que hizo, fue prostituir el significado, por ejemplo, de los permisos sindicales. Los convirtieron en escape y justificación para alejarse de la producción y/o de la intervención directa como obreros o como trabajadores. Por esta vía se convirtieron en burócratas. En

 

líderes que ensayan discursos y proponen alternativas, desde posiciones cómodas, sin las afugias del obrero o de los y las trabajadoras de base. Y, esto, es fundamental al momento de redireccionar el quehacer sindical.

 

Porque deviene en un universo de conceptos en donde, a manera de ejemplo, a cualquier trabajador se le dice obrero y a cualquier dirigente sindical se le dice dirigente obrero. Un movimiento obrero que hizo crisis desde el primer momento de haber surgido. Porque, si bien la semilla de María Cano y las experiencias de los trabajadores de las bananeras, habían colocado puntos altos en el proceso de la lucha anti-capitalista. No es menos cierto que las expresiones en la CTC y en la UTC, no fueron otra cosa que satélites de los Partidos Liberal y Conservador. Casi podría afirmarse que en Colombia nunca ha existido un movimiento sindical de la categoría que requiere una confrontación directa con el capital. Y no es así por el hecho simple de que nuestro país haya accedido a la generalización de la producción industrial y comercial, por la vía de la sustitución de importaciones, en 1930, como respuesta a la crisis capitalista mundial. Ha sido y es así, porque, insisto en esto, ha sido entendida la lucha como simples expresiones contestatarias y con la conducción de un marxismo distorsionado. Esto, para no hablar de que el concepto de partido obrero; no ha sido otra cosa que un lugar común y que pretendió ser impuesto desde la opción retardataria del Partido Comunista de Colombia.

 

Y lo expreso con conocimiento de causa y con autoridad moral. Porque he sido partícipe de alternativas diferentes, en el tiempo, en el proceso de confrontación al capital y sus colaterales. He sido participé de la confrontación profunda, desde el punto de vista teórico, al momento de entender la dinámica que debe adquirir el movimiento obrero y sindical.

 

Mi posición devino en sucesivas herejías. Por las cuales fui confrontado y sancionado, en los términos que esto tiene, cuando se habla de disciplina de Partido. Peo, justo es reconocerlo, cometí profundos errores en ese proceso. Tal vez, el fundamental, tiene que ver con la manera con la cual abordé las contradicciones. Y con las intermitencias en mis acciones. De un apasionamiento absoluto, pasaba a una posición de profundo escepticismo. Como veleta al viento, al garete. Y, tengo que reconocerlo, hacía parte de mi cuadro patológico. En veces caía en el profundo abismo de la locura o, por lo menos de algo similar. Volvían los sueños; las imágenes. Me cabalgaban. Me inducían a posiciones enfermizas cada vez más profundas. Y volvían las reclusiones. Aquí y allá. Sujeto que era

 

depositario de mil un experimento en términos de la siquiatría. Y perdía la lucidez. Y la volvía a encontrar. Pero, indudablemente, a costa de un deterioro progresivo de mi capacidad física que conllevaba, incluso, a expresiones que desdibujaban los términos de mi intervención. Una reclusión tras otra. Y así se fue consolidando en mí, la esquizofrenia. Unas veces no vinculante e inhabilitante. Otras veces, conduciéndome a la absoluta inacción, como efecto colateral de los medicamentos y de esos tratamientos infames a que fui sometido en la caracterización que se hizo de mis padecimientos como padecimientos mentales, incapacitantes.

 

Pero, a pesar de todos esos padecimientos, mis momentos de lucidez, me daban los ímpetus y la claridad requeridos, seguí postulando posiciones teóricas, acompañadas de intervenciones directas. Ya en la entidad en la cual laboraba; ya en los barrios. Porque seguía siendo multifacético. Todo, a pesar de esa soledad inmensa que sentía y la cual me convocaba a tratar de erradicarlas, por la vía de búsquedas afectivas. Aún con pleno conocimiento en el sentido de que estaba con Fabiola.

 

Y nació Juan Camilo. Mi réplica. Con ese acumulado de bondad y de desprendimiento. Pero, también, con ese acumulado de vacíos y de indecisiones. Un hijo, en el contexto ya descrito. Y me apasioné por él. Como, antes, me había apasionado por Paula. Y, en paralelo, seguía mi confrontación. Aquí y allá. Arriesgándolo todo y en todo momento.

 

Y volvían la crisis y la consecuente reclusión. Y me reiteré, otra vez, como sujeto complejo. Enfermizo; pero actuante. Propositivo, en términos de la identificación de los roles básicos y fundamentales de los trabajadores y del movimiento sindical. Con todas las precisiones hechas. Con todos los elementos puntuales y generales ya expresados y que constituyeron los puntos de mayor confrontación.

 

Y seguía la intervención barrial. Con una perspectiva plena, absoluta. Con el acumulado de conocimientos y de propuestas reivindicativas. Y, allí, en ese ejercicio y en esa época (ya entrada otra década), conocí al que, posteriormente, fuera (como lo es, efectivamente) el Emperador Pigmeo. No vale la pena nombrarlo por su nombre. Esto, aunque siempre he sido muy respetuoso de cada persona. Pero es que, en este caso, (confirmado hoy) se trata de un personaje que induce a un odio visceral hacia él. Una figura que es nada; habida cuenta de que ni siquiera ha tenido claro el significado que tiene la democracia, aún en el contexto de la dominación burguesa. Por lo menos, aún a riesgo de desvertebrar mi línea conceptual de respeto, lo dejo ahí.

 

El contexto, tuvo que ver con nuestras organizaciones y nuestras luchas, reivindicando derechos como la vivienda digna, el buen servicio de transporte, el derecho a la recreación y la construcción de un concepto de cultura, abierta, plena heterogénea y respetuosa. Y, confrontamos al futuro Emperador Pigmeo. Y, como era previsible, no cumplió con ninguno de los compromisos.

 

Y estuve en procesos de reivindicación lúdica. Y promoví el concepto de tomarnos las calles para la recreación. Y, desde su esbozo, confronté el proyecto del Metro. Y confronté, en los términos que ya he descrito.

 

Y, no sé por qué, vino a mi recuerdo, lo siguiente:

 

“…La mayor parte de vosotros vais a ser puestos en libertad; todos sin embargo no estáis exentos de reproches; pero los motivos de indulgencia para los culpables fueron, en a duda, motivos de absolución para vosotros…Todas las autoridades formulan votos sinceros por el mejoramiento de vuestro destino; la voz de la humanidad no tardará en hacerse comprender; los ricos propietarios de las minas no pueden ser vuestros tiranos, no, no pueden serlo, les está

 

reservado un título más digno; no dejarán a otros el mérito de volverse bienhechores…”.3

 

Ya estaba posicionado en mis convicciones. Mis valores los defendía, con absoluta pasión. Confrontando aquí y allá. A aquellos y aquellas que pretendían limitar mi intervención. A aquellos y aquellas que, supuestamente, asumían posiciones de verticalidad y de ortodoxia revolucionaria.

 

Y lo intenté de nuevo. Estuve en la zona bananera en Antioquia. Se trataba de reforzar el frente de guerra. Ya habíamos caracterizado el tipo de ofensiva del gobierno, a través de su sección militar. La denominábamos “campaña de cerco y aniquilamiento”. En esta se prefiguraba mucho de lo que, posteriormente, se dio. En principio y, fundamentalmente, civiles informantes entraban en la zona y detectaban a dirigentes políticos y sindicales revolucionarios afines a la lucha armada, por la vía de lo que denominábamos Frente Patriótico de Liberación. Esta expresión no era otra cosa que una copia de lo que hizo el Partido Comunista Chino, en todo el proceso de la Gran Marcha y que derivó en el triunfo del Ejército Rojo Chino sobre los Kuomintang de Chiang Kai Check. En términos teóricos, simples, se trataba de la construcción de zonas liberadas con un gobierno revolucionario de

 

Frente Patriótico, vinculado al Partido, pero diferente a el. Algo así como que los y las dirigentes de Frente Patriótico no tenían que ser militantes del Partido. Ellos y ellas, eran militantes del Frente Patriótico. Ahora bien, en aplicación del concepto de gobierno revolucionario popular; el Ejército Popular de Liberación, garantizaba la seguridad en esas zonas liberadas. Entonces, al entrar los informantes vinculados al ejército, detectaban a los y las dirigentes de Frente; luego ese ejército entraba y mataba a quienes habían sido identificados e identificadas previamente.

 

Entonces, otros compañeros y otras compañeras y yo, entramos a reforzar la zona de Frente Patriótico de Liberación, una penetración lenta; habida cuenta de los riesgos. En principio, por lo menos yo, me vinculé como trabajador a una de las empresas bananeras. Y, a partir de ahí empecé mi labor.

 

Sin embargo, ya se estaba profundizando una crisis de amplio espectro, al interior del Partido. Un tipo de confrontación en donde predominaban dos opciones. Una de ellas, la de la ortodoxia marxista leninista, con la influencia del Partido Comunista Chino y la otra una posición de apertura hacia expresiones menos ortodoxas. Inclusive, en la perspectiva de postular opciones de largo aliento y vinculadas con un ejercicio un tanto parecido al del MIR Chileno. Esto es, un tipo de organización político-militar; pero con énfasis en un estilo de trabajo de militantes, sin la mediación del concepto de Frente Patriótico. Una tendencia hacia posicionar de manera efectiva la noción de Partido Obrero, con las consecuencias inherentes. Porque trascendía lo asumido y lo vivido hasta ese momento. Una especie de opción trotskista, por la vía de recomponer las realizaciones. Con una perspectiva que incluyera la posibilidad de participar de manera abierta en la actividad política de amplio espectro, incluida la electoral.

 

En consecuencia, la lucha armada, pasaba a ser cuestionada. No en los términos de hablar, de manera filistea de opciones de paz. Más bien en el contexto de un replanteamiento que incluyera la posibilidad de la insurrección. Obviamente, esto, suponía la construcción de un Partido Obrero fuerte; en el cual se enfatizará en una noción de Programa de Transición, en una perspectiva socialista; retomando los postulados básicos de la Tercera Internacional.

 

Obviamente que se trataba de un cuestionamiento a lo hecho hasta ahora. Con lo complejidad que esto conlleva, Porque suponía la erradicación, en lo posible consensuada, de esas expresiones partidistas construidas desde posiciones pequeñoburgueses. No en

 

una posición peyorativa. Más bien en lo que esta acotación tiene de opciones que, como, por ejemplo, validar la lucha armada, desde una interpretación de guerra campesina; pero con una dirección de partido, comprometida más con una interpretación del marxismo y del leninismo, asimilada por la vía de posturas intelectuales. Lo del idealismo, era un calificativo benévolo. Porque, ojalá hubiese sido solo eso. Se trataba de una interpretación impuesta, por la vía de impedir posiciones diferentes al interior del Partido; como corresponde a una plena aplicación del ejercicio dialéctico y de una estructura de partido que, inclusive, había sido avalado por Lenin, a partir de la intervención de León Trotsky, en todo el proceso de confrontación a la posición estalinista.

 

Entonces, en el entendido de mi decisión por esa opción de cuestionamiento y de reconstrucción del ideario socialista; empecé a tener contradicciones que concluyeron a la evasión. Abandoné la zona, sin consultarlo con nadie. En una actitud de irresponsabilidad inmensa. Porque, una cosa era estar en desacuerdo con determinado tipo de orientaciones y otra, bien distinta, era arriesgarme y arriesgar toda una estructura organizativa. Queda claro, sin embargo, que no fue una postura en perspectiva de renegar de lo actuado, ni de los compromisos asumidos, con todas sus repercusiones. Por el contrario, fue una decisión tomada y, en paralelo, la disposición de enfrentar cualquier tipo de confrontación. Y, en efecto fue así. Fui sancionado políticamente, después de un proceso en el cual asumí mi defensa como corresponde a un militante decidido a defender sus puntos de vista y la calidad de su compromiso.

 

Regresé. Ya había expresado antes el tipo de modelo sindical vigente. Mi actividad tenía dos frentes de acción. De un lado mi ejercicio como sindicalista. De otra parte, el trabajo barrial. Había avanzado en la caracterización de los problemas urbanos.

 

Fundamentalmente en lo que concierne al entendido del nexo entre las acciones revolucionarias urbanas y la perspectiva de construcción de una opción socialista. Es, a manera de ejemplo, el compromiso por posicionar a los y las habitantes de las ciudades en el contexto de le necesidad de la transformación revolucionaria; por la vía de la ruptura con el frente burgués. Esto no supone plantear una posición que reivindique a los pobladores como vanguardia, así en abstractos. Es y ha sido, más bien, entender que los obreros y las obreras; que los y las trabajadores de bienes y servicios, viven en la ciudad, en sus barrios y que, por consiguiente, desde allí se produce el acercamiento a ellos y a ellas. Diseccionando el quehacer revolucionario en un proceso de

 

cobertura que implica los diferentes niveles de acción y de reivindicación.

 

Entonces, en ese horizonte, la cultura, los servicios públicos, el transporte, la recreación. Los servicios de salud; el problema de la vivienda; constituyen referentes que es posible retomar para avanzar en la confrontación.

 

La noción de Frente Burgués, supone entender lo que yo he denominado el bloque de fracciones de clase en el poder. En una interpretación que supera la homogeneidad que habla de la burguesía como clase dominante sin fisuras. Y, en la posición de una ortodoxia mal entendida, con la concreción de la burguesía industrial como opción única. Lo que señalo es otra cosa. Es un conglomerado de secciones, cada una con intereses particulares precisos y referidos a instancias muy precisas del poder económico y de su desenvolvimiento en diferentes áreas. Por esto mismo, en una aproximación a Lukács, cuando se habla de hegemonía de clase y/o de los aparatos ideológicos de Estado; se tiene que hablar de ese conglomerado que, en periodos diferenciados, en el tiempo, tiene como centro una u otra sección. Últimamente, y así lo he sostenido en diferentes instancias de intervención, el centro-poder está en manos de la Burguesía Financiera. Y, por esto mismo, las otras secciones o fracciones, están plegadas a la misma. Pero esto no, necesariamente, implica que estén diluidas. Están ahí, conviven ahí; haciendo énfasis en modificaciones puntuales de las formas de gobierno y del Estado.

 

En consecuencia, la intervención de los partidos obreros, tiene que ver con identificar esas modificaciones gubernamentales y, en veces, las fisuras que se reflejan en el Estado; para lanzar una ofensiva. Ya no tanto, por la vía simple del ejercicio huelguístico, sino por la coordinación de una serie de acciones de confrontación que lesionen ese centro-poder. Con una opción de unidad de acción con diferentes sectores de la población. Pero no a la manera populista, como identificó Gramsci, cuando caracterizó los periodos de ascenso de los movimientos con tendencias al fascismo. Más bien, por la vía de saber coordinar esas acciones; pero con la claridad de que el centro de la reivindicación fundamental, sigue siendo el poder político. Y para esto, en vez de la postura asimilada a la figura de guerra de guerrillas campesina clásica; se debe trabajar por hacer de esa articulación la posibilidad de proponer y desarrollar formas de insurrección.

 

Es ahí en donde encaja mi intervención. Por esto mismo, mi doble acción; sindical-barrial; no era otra cosa que actuar en consecuencia

 

con esa opción de revolución. Revolución Socialista, con la conducción de un partido obrero; pero con la articulación de diferentes reivindicaciones que devengan en movilizaciones urbanas cada vez más amplias y radicales. Inclusive, accediendo a posiciones de control político; en el cual se crearán milicias de confrontación. Porque, era y sigue siendo claro, que la burguesía entendida como clase única dominante; ni el Frente Burgués que articula a las fracciones de clase van a entregar el poder de manera pacífica. La violencia revolucionaria era y sigue siendo una opción. Pero no a la manera de “la combinación de todas las formas de lucha”; como lo han planteado de manera formal los estalinistas y, de una u otra manera, los guevaristas. Es la construcción de una opción en la cual, cada fase de la lucha revolucionaria, hace parte de un proceso dirigido por el partido obrero y; por esa vía, es la posibilidad de aglutinar a los diferentes sectores de la población; en torno a reivindicaciones generales y específicas; con la mira puesta en la toma del poder.

 

Ahora bien, siendo como era y como es actualmente, la fracción financiera quien hace centro en eses bloque o frente burgués; los trabajadores y las trabajadoras bancarias, de las corporaciones de ahorro y crédito y de otras empresas otorgadoras de crédito financiero; pueden (al menos esa era mi visión) realizar acciones puntuales que influyan en la posibilidad de inducir a una crisis generalizada de ese sector. Pero sin que esto implique la pérdida del control obrero a lo clásico; es decir por la vía de su partido. Era y es, inducir una crisis que repercuta en el Frente Burgués. Crisis que, sin caer en el oportunismo propio de la lógica formal, pueda derivar en una crisis política en ese Frente Burgués. Fisuras que pueden, a su vez, permitan la concreción de la ofensiva obrera y popular.

 

En ese mismo contexto, los trabajadores al servicio del Estado, así como lo esbocé arriba, no somos otra cosa que consumidores plusválicos. No en condición de beneficiarios fundamentales; más bien como sector de trabajadores que no tenemos ni el control, ni tenemos porque tenerlo, del centro de confrontación con el Frente Burgués. Lo nuestro se puede asimilar a esa condición en la cual los y las trabajadores y trabajadoras; ejercemos la confrontación; sin que esto implique la destrucción de ese Frente y de su control político. Por muy fuertes que sean las contradicciones. Inclusive, por muy fuertes que sea nuestro movimiento en momentos precisos de la confrontación; no podemos tener el referente de que somos la conducción. Por lo tanto, entonces, no podemos obnubilar nuestra razón de ser.

 

Es, con estos elementos políticos de claridad, como plantee mi

 

intervención. Inclusive, señalando con certeza, la desviación que se estaba produciendo; cuando se avaló al movimiento de trabajadores de la educación (maestros y maestras); como punto de lanza en la confrontación al Frente Burgués. Así mismo cuando se hizo lo propio, en general, con los trabajadores y las trabajadoras al servicio del Estado. Porque, de por sí, esto constituyó una desvertebración en lo que hace al reconocimiento del eje de intervención. Con absoluta entereza lo planteo, aún ahora: La gran debilidad estructura de la CUT, tuvo y tiene que ver con el hecho de entronizar a los y las dirigentes de estas organizaciones sindicales estatales, como hilo conductor. Esto traduce que, no fue tanto el hecho de la debilidad de los obreros industriales (incluso señalo que, por esto, fue tan endeble la promoción de los movimientos sindicales obreros industriales) en el proceso, porque sí. Fue, insisto en ello, por el error en la ubicación de ese hilo conductor, que el movimiento obrero se fue debilitando. No comparto la opción teórica que sostiene que la responsable es la burguesía por instaurar, por la vía de sucesivas reformas laborales, la precarización del empleo industrial. Fundamentalmente es responsabilidad de la dirigencia de la CUT y, de las otras Centrales Sindicales.

 

Es, repito, en ese esquema de confrontación, en el cual mi intervención trató de ser consecuente en la crisis política que me correspondió enfrentar. Es decir, independientemente de la repercusión que tuvieron mis errores, lo cierto es que mi actuación fue absolutamente conciente y nunca me he arrepentido ni me arrepentiré de lo que fue mi pasado revolucionario. No reniego, ni siquiera del periodo en que impulsé y participé de la opción revolucionaria emparentada con la lucha armada por la vía de la guerra de guerrillas, a la manera maoísta y guevarista. Con el propósito de ilustrar el contexto en el cual efectuaba mis reflexiones y mis actividades, transcribo el siguiente trabajo realizado en esa época.

 

Escenario 14.

 

Y llegó la ruptura. No pude asumir el rol propuesto, sin quererlo, por parte de Fabiola. Como en el caso de Leticia, no voy a entrar en precisiones que podrían aparecer como posiciones de deslealtad. Porque, siempre he asumido que los arrepentimientos en torno a las definiciones afectivas, son posiciones de bandidos absolutos. Y eso no era, ni es lo mismo que asumir las contradicciones relativas y/o absolutas que se pueden presentar en diferentes momentos de una relación. Lo cierto es que, en esa perspectiva, asumí las contradicciones con ella y esto, de por sí, propició la ruptura con ella.

 

Y, entonces, llegó Estela. Creo que, siempre, la había esperado. Mujer de talante. Cómplice mía en lo que corresponde a la confrontación de posturas moralistas. Un enamoramiento pleno. A puro pulso. En el contexto de esa búsqueda que me había acompañado durante tanto tiempo. Cada quien en lo suyo. Para mí, Estela, llegó así. De un momento a otro. Pero produjo, en mí, una conmoción absoluta, profunda. Y, por esto mismo, tuve que asumir posiciones de absoluta lealtad a ella y de defensa de nuestras convicciones. Porque, para ella, suponía enfrentar a su familia y a las posiciones mojigatas. Para mí, significaba separarme de Fabiola, de Paula y de Camilo. Una decisión difícil. Pero que supe asumir con la entereza de quien ama y de quien no se arrepiente nunca de ese tipo de decisiones.

 

Porque, en esto de lo afectivo, nada está ni estará escrito. Mucho menos está regido por axiomas y/o por verdades absolutas. Cada quien, hombre o mujer, define sus conceptos y sus realizaciones, por la vía de entender la dinámica que adquiere el enamoramiento. Particularmente, yo nunca he creído en eso de que, fijarse en alguien y/o enamorarse de alguien esté cruzado por el hecho de compartir opciones ideológicas y/ políticas. El asunto (el enamoramiento), pasa por diferentes aspectos que intervienen en su concreción. Algo así como entender que el enamoramiento heterosexual u homosexual es una opción de vida compartida. Puede o no puede ser permanente. En este sentido, entonces, no cuenta los términos de duración. Mucho menos el hecho de que la unión sea refrendada ante alguna autoridad religiosa o civil. Es una integralidad compleja.

 

En el caso mío, insisto en ello, ha habido una posición que vincula la vida afectiva (enamoramiento) con la compartición de valores como agregados derivados de la sexualidad y la unidad de acción espiritual. Un tipo de nexo complejo. Un tipo de relación que puede y debe potenciar el quehacer de la pareja; sin compromisos absolutos.

 

Ya, en algunos escritos, he hecho referencia a un concepto de los asuntos de género. De tal manera que no se puede argüir que lo mío sea una improvisación. Para mayor claridad transcribo apartes de uno de esos escritos, veamos:

 

De lo conceptual: Abordar una reflexión, en términos de indagar-investigar, acerca de asuntos relacionados con género; supone la asunción de referentes que permitan establecer un hilo conductor pertinente. Algo así como precisar las condiciones y características que adquiere, en el contexto de un proceso determinado.

 

Digamos que reconocerse, implica una primera identificación del

 

significado básico como sujeto; en lo que este tiene de vigencia como expresión de lo humano que se concreta. Aquí, entonces, lo femenino y lo masculino, supone una interacción originada en el “descubrimiento” de la diferencia que, a su vez, está asociado al desarrollo de las percepciones primarias que, por esto mismo, permiten agregados hacia la construcción de acciones y realizaciones complejas. En otras palabras, se trata de logros individuales y colectivos denominados (...en una sumatoria lógica, mas no de lineal) cultura.

 

La desagregación de roles, en escenarios de intervención y presencia de los sujetos (hombres y mujeres), trascienden a la sola posición adjudicada por la diferenciación biológica, natural. Se entiende como elaboraciones en nexo con ese reconocimiento de sí; como esa expresión que trasciende a lo primario y se convierte en pauta, en códigos instaurados como necesarios, que requieren ser acatados, sin que necesariamente, implique a la identificación o, inclusive, así supongan una posición en contravía de la autonomía y la libertad para el desarrollo de la individualidad.

 

Entonces, cada construcción cultural; pasa por la imposición de un determinado modelo, de una determinada guía o procedimiento para consolidar el reconocimiento que invoca cada individuo (a); en un contexto que reclama y requiere ordenar y pautar la vida; como soporte para articular, para justificar el “equilibrio” entre quienes conviven en un espacio territorial y han heredado procedimientos, costumbres y visiones de lo natural. Por lo tanto, se entienden comunes. Se asume, en consecuencia, que “se ha estado ahí” ..., “y se está ahora”; con los condicionantes y las imposiciones que han sido previamente desarrolladas y acumuladas, como agregados que comprometen.

 

Visto así, la noción de lo social, se erige como colateral de los acumulados y agregados culturales compartidos (...Impuestos) y que ejercen como condicionantes; para hombres y mujeres en escenarios territoriales y geográficos determinados. Inclusive, la misma noción de geografía, territorio y espacio, está relacionada con las identificaciones previamente establecidas y transmitidas.

 

Ahora bien, en el entendido moderno, se habla de civilización, cuando se quiere referenciar al desarrollo de los seres humanos, precisamente con esas identificaciones, esos códigos, esas herencias, como modelos y como pautas. Esto explica, entre otras razones, la existencia de disciplinas y profesiones que investigan y analizan los

 

momentos y periodos que ha precedido al presente y, a partir de ahí, localizan bien sea estereotipos y/o expresiones valoradas como “prueba”, cuando se trata de identificar aspectos específicos o líneas de comportamiento.

 

Para el caso que nos ocupa, hablar de género, como condicionante; como insumo que permite entender la diferenciación biológica y que, al mismo tiempo, permite efectuar el seguimiento y análisis de las elaboraciones culturales, las pautas y los códigos construidos, a partir del desarrollo y agregados culturales. No es algo diferente a introducir esa variable subjetiva que nos permitan entender las implicaciones; como quiera que (...ya lo dijimos arriba) las restricciones a que conlleva cualquier modelo impuesto como válido y necesario para permitir los “equilibrios” entre la individualidad y un colectivo (...o sociedad); están dadas por la inherente pérdida de la libertad, de la autonomía absoluta de cada sujeto(a).

 

Podría decirse, entonces, que el género (como variable que se precisa y se hace visible en el desarrollo cultural), convoca a entender dinámicas y lógicas adicionales, como expresiones diferenciadas que permiten reconocerse e identificarse a los (as) sujetos (a), como portadores (as), bien sea de restricciones adicionales o de derechos conferidos por las normativas y los códigos culturales asumidos como válidos.

 

 

Así las cosas, nuestro punto de comienzo, supone la preexistencia de valores (...Como concreciones de lo cultural) que permiten e inhiben. Es lo siguiente: asumimos como vigentes (...sin que implique aceptarlos) referentes que permiten una línea de interpretación primaria, en cuanto a la diferenciación biológica entre hombres y mujeres, en la cual se erige como insumo condicionante la “necesaria” coacción, la necesaria implementación de códigos que establecen un nexo lógico, explicable, justo; entre esa diferenciación biológica-natural y las restricciones hacia las mujeres; como una figura que, simplemente, expresa una interpretación de algo preestablecido. Una figura que invoca la división de roles, en donde los (as) sujetos (as) deben reconocerse en relación con la jerarquización de los mismos y, en donde, lo masculino emerge y se impone en condición de superioridad.

 

Este punto de comienzo supone, asimismo, entender la dinámica histórica; como elaboración que conlleva a precisar, analizar y validar momentos y períodos; en un contexto en el cual el significante

 

subjetivo puede o no ser cuestionado. Pero, de todas maneras, debe ser interpretado como inherente a ese momento, a ese período determinado. Es como la asunción de una lectura y una didáctica en donde se puede “explicar” lo cotidiano del pasado, con arreglo a los acumulados culturales...o, lo que es lo mismo, al estado de desarrollo de la civilización en su momento. Inclusive, a manera de ejemplo, pueden aparecer con posterioridad, expresiones en las cuales se presentan “excusas” a nombre de los beneficiarios de determinados acumulados culturales(..como los religiosos) por el hecho de haber permitido, desde l misma lógica inherente a esos agregados, exterminios de aquellos y aquellas que ejercieron como contradictores, al margen del grado de ruptura propuesto y desarrollado por estos (as). El caso patético de las Cruzadas Cristianas y de los Tribunales de Inquisición. Y el “arrepentimiento” de la Jerarquía Católica, con el liderazgo de Juan Pablo II; simplemente es una muestra de ello.

 

En esta línea de interpretación, el análisis del rol de las mujeres en la construcción y desarrollo del periodismo en Colombia, particularmente a finales del Siglo XVIII y en el Siglo XIX, supone precisar un contexto en lo que podríamos llamar “La sociedad del Nuevo Reino de Granada, en nexo con las imposiciones culturales de España.”

 

Queda claro, en aplicación de la caracterización propuesta arriba, que las condiciones vigentes en el período que comprende el análisis, estaban cruzadas por los insumos conceptuales y los valores que ejercían como códigos, como yuntas originadas en el ideario de quienes ejercían como invasores y detentadores del poder. A su vez, esos valores y conceptos de los españoles, tenían un nexo, no circunstancial, con los conceptos y valores predominantes en Europa. Es una interacción de doble vía, en veces con rasgos contradictorios (...e incluso antagónicos, como en caso de la opción derivada de la Revolución Francesa en 1789 y su colateral la Declaración de Los Derechos Universales del Hombre, con respecto a la opción mantenido por la monarquía española, particularmente en cuanto al control autoritario ejercido en el “Nuevo Reino de Granada”.

 

Para el caso específico del escenario político y social en el periodo objeto de análisis, se expresaba con todo rigor ese principio básico que reivindicamos como válido: la imposición de valores construidos a partir de los paradigmas tejidos, en un proceso que involucró a todo el quehacer, que fue agregando interpretaciones y decisiones; con unos determinados referentes. Una sucesión de construcciones, en las cuales predominaban aquellos conceptos y aplicaciones que convocaban a los sujetos (hombres y mujeres) a reconocerse en ellos;

 

a identificarse con esos proyectos y con todo el proceso. Es obvio, en esa perspectiva, que “lo conciente” (...así como ahora), no era otra que la obligación a asumir como propias las imágenes y las “instituciones”, fundamentalmente ancladas en la visión del mundo coincidente con la Religión predominante., entendida e impuesta como la única posible.

 

Que decir, entonces, de los “habitantes originarios” del nuevo territorio, conquistado, avasallado, esquilmado. Fue una labor (...así lo expresa con lucidez Eduardo Galeano, en su texto “Las Venas Abiertas de América Latina.). Una oscurana absoluta en términos del conocimiento. Una imposición que reclama la obligación de asumir la “única verdad posible” (...la del Rey, de sus delegatarios., de la Iglesia Católica). No hay lugar para escisiones, fundamentalmente en lo que hace a la interpretación del mundo físico, como expresión inmanente, en todo tiempo y lugar, de la divinidad, de su sentir; que no era otra cosa que la reivindicación del poder terreno, como simple extensión del poder divino.

 

En lo anterior, la ignorancia, “ese reconocerse” como sujeto perdido, sin libertad, sin elementos para el discernimiento y para la apropiación adecuada del conocimiento; tenía una cobertura total. Eran vasallos los sujetos hombres y los sujetos mujeres. ..Pero, estas, sufrían (...casi como ahora) el doble rigor, la doble expoliación espiritual. No podía ser de otra manera; porque el Imperio (España), no era otra cosa que el horizonte cultural en el cual se acuñaba como cierta y necesaria la coincidencia entre la diferenciación biológica y la diferenciación

 

(discriminación) efectiva, práctica, cultural...”4

 

Visto así, entonces, cada hombre y cada mujer, en el caso de las relaciones heterosexuales y/o cualquiera sea la opción afectiva; define su posición, en la perspectiva de un crecimiento espiritual; además del placer que otorga esa relación.

 

Por lo mismo, en consecuencia, mi relación con Estela se inició y sigue soportada en este entendido de vida afectiva.

 

Y, al lado de esta relación, se fue tejiendo una opción de vida. Corría, en paralelo, con mi actividad sindical. Yo, seguía exhibiendo una opción sindical y de trabajo en los barrios; soportadas en las posiciones que ya he descrito antes.

 

Sucede que la intervención relacionada con las opciones propuestas, a manera de marco referente, supone la realización de acciones en las cuales los intervinientes, se asumen sujetos plenos de identidad; de tal manera que su participación se efectúe con pleno conocimiento de

 

causa. Por lo mismo, entonces, son acciones dirigidas a establecer escenarios permanentes en los cuales van apareciendo expresiones que podrían ser asimiladas al poder. Como, por ejemplo, cuando en una determinada ciudad, los pobladores ejercen su poder con respecto a determinado tipo de reivindicaciones. Y, siendo así, se va construyendo su presencia por la vía de organizaciones sólidas y autónomas en su confrontación con el Estado.

 

Llegado este punto, conviene efectuar esta acotación: Los trabajos hasta aquí trascritos hacen parte de un acervo teórico que, aunque algunos son posteriores al momento narrado, expresan el tipo de contexto político que ha dirigido mi actuación.

 

Entonces, mi relación con Estela, supuso, desde un comienzo una lucha tenaz conmigo mismo. Como cuando uno siente que aquello del respeto por la autonomía de su pareja; se convierte en un reto que convoca a ser enfrentado por la vía de intentar la no claudicación. Porque, insisto en esto, todo camino recorrido es una historia de vida, buena o mala. Con equivocaciones o sin ellas. Pero, todo camino por andar exige la identificación plena de los referentes. Cuando estos no se ubican, se corre el riesgo de asumir posiciones de oportunidad y/o de simple imitación con respecto a los objetivos.

 

Escenario 15.

 

Hacía mucho tiempo que mi horizonte se venía desdibujando. Lo digo, porque sentía de manera plena la soledad en mi intervención. Tal vez es el precio que corresponde pagar por asumir posiciones no coincidentes con las de la mayoría. Se presentaba, otra vez, la constante que he narrado desde mi nacimiento: la contracorriente. Se va desgastando el espíritu, de tanto forzar a la vida. Había dejado atrás, si alguna vez la tuve, la certeza facilista. Aquella que, simplemente, invita a dejar de lado el apasionamiento y el rigor que requiere la actuación de fondo; desafiando íconos y proponiendo alternativas en consecuencia con los soportes teóricos y de humanidad.

 

Sobra decir, por lo escrito hasta aquí, que cada paso, cada día, cada opción, las fui asumiendo en la verticalidad que siempre me ha acompañado. Pero que, ahora, se hacía mucho más exigente y, por lo mismo, más desafiante. Ha sido lo que podría llamarse “un estilo de vida”. Estilo que me ubica, de manera constante, en un sujeto herético. Es apenas obvio suponer el esfuerzo que esto reclama. Porque, ahí en esa manera de vivir la vida; se pone en juego la misma existencia. No

 

tanto porque pueda darse la muerte física, por tristeza y por soledad; sino porque el sentido de vida debe tener siempre una posibilidad que le es inherente. Es decir, aquellas expresiones y aquellos énfasis que, a veces, son esquivos.

 

En consecuencia, fui delineando una intervención a solas; aun estando con otros y con otras. Porque, la soledad no es otra cosa que estar inmerso en determinada acción sin compañía. Soledad es cuando se siente que el universo de opciones que están circundantes, son ajenas. Que lo mío es otra cosa. Que el compromiso me va cautivando y me sitúa en posición de no regreso. Algo así como entender, a cada momento, que la suerte está echada. Y que no existe nada diferente a un laberinto, en veces, inhóspito. Otras veces, simplemente, lleno de vulneraciones.

 

Y no es que haya existido o exista una propuesta que ubica a los otros y a las otras como responsables de mi soledad, o de mis visiones enfermizas; o de las situaciones de profundo malestar espiritual. No es eso. Lo que pasa es que no puedo hacer alusión a mí mismo y a mis laceraciones, sin contextualizar; sin exhibir ese soporte de las acciones únicas, sean o no aceptadas por los y las demás.

 

Y volvió el aturdimiento. Mi estadía en Leticia, se expresó de la manera en que se tenía que expresar. Porque, venía un acumulado de afugias inherentes a la constante huida de los acechos. Las premoniciones volvieron a ser lugar común. Premoniciones que provocaron otra crisis. Esta vez, de tanta profundidad, que se produjo el extravío casi absoluto.

 

Ya no era, solamente, eso que va y viene y que me situaba en condiciones de debilidad simple. Ahora se manifestaba la debilidad compleja. En unas sumatorias que incluían esos acumulados; pero que además incluían una sinrazón que me iba invadiendo. Un alejar de lo real, por la vía más angustiante. Por la vía de no reconocerme como sujeto válido, conciente. Y, a pesar de que solo se produjo una reclusión transitoria, los agregados de malestar espiritual, fueron mucho más asfixiantes. Simplemente, estuvo en juego lo que era y lo que eran mis hijos y mi hija; y lo que era Estela, como mujer cercana y que amaba y amo.

 

De regreso a Bogotá, se reiteró la actitud solidaria de los amigos más cercanos en ese momento. Jorge Luis Villada, Moisés Almanza; Víctor Daza; Alfredo Peña; María Teresa. Sin ellos y ellas no hubiera sido posible sortear de manera digna esa crisis. Y, es oportuno y válido

 

decirlo, con el acompañamiento del médico que me atendió. Con él, a través de sus orientaciones, pude identificar muchos aspectos de mi patología espiritual. Porque había perdido toda noción de buen trato conmigo mismo. Una autoestima que se presentaba vinculada a esa sucesión de premoniciones, en sueños y en realidad. De tal manera que el desequilibrio se había profundizado. La esquizofrenia me estaba matando. Aunque, aún ahora está conmigo, la he logrado aislar; pero sigue ahí latente; al acecho; dispuesta a manifestarse en cualquier momento y/o en cualquier acción. Menciono, además, aunque de manera un tanto tardía, la ayudantía fraternal y desinteresada de Edison y su compañera; a quienes les debo la solidaridad.

 

Y, el regreso a mi actividad laboral, se produjo, una vez superadas estas inmensas dificultades. Otros compañeros y otras compañeras. Un desafío: demostrar mi entereza y dedicación al trabajo. Lo fui logrando. En esto influyeron quienes estuvieron conmigo en esa ya lejana época.

 

Y también se produjo el regreso a la actividad sindical y al compromiso de vida con todos y con todas que lo requirieron. Volví a asumir esa posición que siempre me ha identificado. Es decir, ofrecer alternativas de solución y el acompañamiento en cualquier tipo de situación, por azarosa o difícil que pudiera ser. Y no es una expresión ególatra. Es, simplemente vaciar en blanco y negro mi actuación; sin que cuente en ningún momento la preocupación por lo que puedan decir o cuestionar mis contradictores y contradictoras. Simplemente, es la notificación de haber estado ahí, al servicio de quien o quienes lo necesiten.

 

Mi actividad por ese entonces, estoy hablando de la década noventa, se desenvolvía de manera no contestataria; a pesar de que me correspondió enfrentar a personas que llegaron a la Universidad Nacional de Colombia, creyendo que nuestra alma Mater nació cuando ellos y ellas llegaron. Era la época del modelo de apertura económica como parte del programa de gobierno del señor presidente César Gaviria. A propósito, de neoliberalismo, me permito transcribir un documento que produje recientemente; pero que define mi interpretación en ese entonces.

 

Como se desprende del documento transcrito, mi desenvolvimiento estaba motivado y soportado en una visión universal de los insumos proporcionados por lo que se ha dado en denominar la modernización de los estados y la pretensión de ejercer, por parte de los países centro-poder, una dominación cada vez más profunda. Ubicándonos

 

en posiciones de indefensión; con el beneplácito y la complicidad de sucesivos gobiernos.

 

Esta era el caso, al comienzo de la década noventa, de Colombia. El presidente César Gaviria Trujillo, presentó su programa de gobierno, anclada en el contexto de esa modernización. Por lo tanto, se implementaron una serie de normas que tenía como soporte el rol de Colombia, como país que avalaba los procedimientos y lineamientos teóricos de la denominada Escuela de Chicago. Uno de los aspectos más relevantes tenía que ver con la privatización de las entidades y empresas públicas. El argumento central, estaba del lado de la supuesta ineficiencia e ineficacia.

 

Es apenas obvio que ha habido y hay, una tendencia que reclama la necesidad de trascender el modelo monopolista de Estado que guiaba el quehacer de muchas entidades públicas y/o empresas de economía mixta que atendía, o atienden la prestación de servicios públicos y el control sobre determinadas áreas del mercado de bienes.

 

Pero el problema no se podía enfrentar por la vía de privatizarlas. Más aún, cuando esos procesos de privatización estaban (y están ahora) soportados en expresiones de ese modelo económico. Porque, el neo-liberalismo es una posición de regreso a las expresiones que le confían a los mecanismos de mercado abierto, la posibilidad del desarrollo económico y político. Una manera nueva de validar las opciones propias del capitalismo que no reconoce límites a la hora de profundizar el dominio. Para ese modelo y para sus ejecutores, aspectos como los relacionados con la teoría del Estado social de derecho y, colateralmente, con los elementos mínimos de la solidaridad y de la atención a las necesidades básicas de los habitantes no beneficiarios de la economía y de sus expresiones de ganancia plusválica

 

La contradicción fundamental, en ese entonces (y aún ahora), tenía y tiene que ver con el hecho de la aprobación de la Reforma Constitucional de 1991; en la cual aparece como premisa la categorización del Estado como garante en el cumplimiento de la razón de ser de su intervención; en términos de la noción de derecho y de sociedad.

 

Lo anterior explica la ofensiva que se ha desatado en contra de los beneficios derivados de la Constitución Política.

 

Ahora bien, en el caso de nuestra Universidad Nacional de Colombia,

 

el grupo de dirección administrativa que accedió al poder comenzó la implementación de ese modelo económico. Aquí se expresaron, en consecuencia, las mismas posiciones que se impusieron en las diferentes entidades públicas y en las empresas industriales y comerciales del Estado.

 

Paralelo a ese proceso de implementación, se discutía alrededor de la reglamentación de la Ley 30 de 1992, que derivó en la aprobación del Decreto especial reglamentario, conocido como el 1210 de 1992. Asimismo, se discutía el proyecto de ley que derivó en la expedición de la Ley 100 de 1993.

 

Había que enfrentar esos hechos. Y yo lo hice; en contravía de muchos y de muchas dirigentes sindicales en la Universidad Nacional de Colombia. Uno de los primeros eventos, en esa perspectiva, tuvo que ver con el Congreso Universitario para la discusión de los proyectos existentes hasta ese momento. Es importante resaltar que se convocaron a diferentes personas, entre ellas al rector en ese entonces (profesor Antanas Mockus) y uno de los ex – rectores. A más de activistas y dirigentes sindicales. Vale la pena resaltar que el evento fue boicoteado por parte de algunos de los asistentes. Concretamente, directivos del sindicato en la Sede de Medellín; con el argumento de que estábamos validando la gestión del rector y de administraciones anteriores.

 

También impulsé, en mi condición de representante de los empleados ante el Consejo de Sede de lo que era en ese entonces Caja de Previsión Social, un evento al cual fueron convocados y convocadas a diferentes activistas, ponentes, defensores (as) y contradictores (as) del proyecto de ley de reforma a la seguridad social. Y que, insisto en ello, derivó en lo que sería la Ley 100 de 1993. Todo esto, en la intención de promover el conocimiento de causa y fortalecer, por esa vía, la confrontación respetuosa, pero enérgica; y no con la simple retórica insultante y de analfabetismo político y social.

 

 

Escenario 15.

 

Hacía mucho tiempo que mi horizonte se venía desdibujando. Lo digo, porque sentía de manera plena la soledad en mi intervención. Tal vez es el precio que corresponde pagar por asumir posiciones no coincidentes con las de la mayoría. Se presentaba, otra vez, la constante que he narrado desde mi nacimiento: la contracorriente. Se va desgastando el espíritu, de tanto forzar a la vida. Había dejado

 

atrás, si alguna vez la tuve, la certeza facilista. Aquella que, simplemente, invita a dejar de lado el apasionamiento y el rigor que requiere la actuación de fondo; desafiando íconos y proponiendo alternativas en consecuencia con los soportes teóricos y de humanidad.

 

Sobra decir, por lo escrito hasta aquí, que cada paso, cada día, cada opción, las fui asumiendo en la verticalidad que siempre me ha acompañado. Pero que, ahora, se hacía mucho más exigente y, por lo mismo, más desafiante. Ha sido lo que podría llamarse “un estilo de vida”. Estilo que me ubica, de manera constante, en un sujeto herético. Es apenas obvio suponer el esfuerzo que esto reclama. Porque, ahí en esa manera de vivir la vida; se pone en juego la misma existencia. No tanto porque pueda darse la muerte física, por tristeza y por soledad; sino porque el sentido de vida debe tener siempre una posibilidad que le es inherente. Es decir, aquellas expresiones y aquellos énfasis que, a veces, son esquivos.

 

En consecuencia, fui delineando una intervención a solas; aun estando con otros y con otras. Porque, la soledad no es otra cosa que estar inmerso en determinada acción sin compañía. Soledad es cuando se siente que el universo de opciones que están circundantes, son ajenas. Que lo mío es otra cosa. Que el compromiso me va cautivando y me sitúa en posición de no regreso. Algo así como entender, a cada momento, que la suerte está echada. Y que no existe nada diferente a un laberinto, en veces, inhóspito. Otras veces, simplemente, lleno de vulneraciones.

 

Y no es que haya existido o exista una propuesta que ubica a los otros y a las otras como responsables de mi soledad, o de mis visiones enfermizas; o de las situaciones de profundo malestar espiritual. No es eso. Lo que pasa es que no puedo hacer alusión a mí mismo y a mis laceraciones, sin contextualizar; sin exhibir ese soporte de las acciones únicas, sean o no aceptadas por los y las demás.

 

Y volvió el aturdimiento. Mi estadía en Leticia, se expresó de la manera en que se tenía que expresar. Porque, venía un acumulado de afugias inherentes a la constante huida de los acechos. Las premoniciones volvieron a ser lugar común. Premoniciones que provocaron otra crisis. Esta vez, de tanta profundidad, que se produjo el extravío casi absoluto.

 

Ya no era, solamente, eso que va y viene y que me situaba en condiciones de debilidad simple. Ahora se manifestaba la debilidad

 

compleja. En unas sumatorias que incluían esos acumulados; pero que además incluían una sinrazón que me iba invadiendo. Un alejar de lo real, por la vía más angustiante. Por la vía de no reconocerme como sujeto válido, conciente. Y, a pesar de que solo se produjo una reclusión transitoria, los agregados de malestar espiritual, fueron mucho más asfixiantes. Simplemente, estuvo en juego lo que era y lo que eran mis hijos y mi hija; y lo que era Estela, como mujer cercana y que amaba y amo.

 

De regreso a Bogotá, se reiteró la actitud solidaria de los amigos más cercanos en ese momento. Jorge Luis Villada, Moisés Almanza; Víctor Daza; Alfredo Peña; María Teresa. Sin ellos y ellas no hubiera sido posible sortear de manera digna esa crisis. Y, es oportuno y válido decirlo, con el acompañamiento del médico que me atendió. Con él, a través de sus orientaciones, pude identificar muchos aspectos de mi patología espiritual. Porque había perdido toda noción de buen trato conmigo mismo. Una autoestima que se presentaba vinculada a esa sucesión de premoniciones, en sueños y en realidad. De tal manera que el desequilibrio se había profundizado. La esquizofrenia me estaba matando. Aunque, aún ahora está conmigo, la he logrado aislar; pero sigue ahí latente; al acecho; dispuesta a manifestarse en cualquier momento y/o en cualquier acción. Menciono, además, aunque de manera un tanto tardía, la ayudantía fraternal y desinteresada de Edison y su compañera; a quienes les debo la solidaridad.

 

Y, el regreso a mi actividad laboral, se produjo, una vez superadas estas inmensas dificultades. Otros compañeros y otras compañeras. Un desafío: demostrar mi entereza y dedicación al trabajo. Lo fui logrando. En esto influyeron quienes estuvieron conmigo en esa ya lejana época.

 

Y también se produjo el regreso a la actividad sindical y al compromiso de vida con todos y con todas que lo requirieron. Volví a asumir esa posición que siempre me ha identificado. Es decir, ofrecer alternativas de solución y el acompañamiento en cualquier tipo de situación, por azarosa o difícil que pudiera ser. Y no es una expresión ególatra. Es, simplemente vaciar en blanco y negro mi actuación; sin que cuente en ningún momento la preocupación por lo que puedan decir o cuestionar mis contradictores y contradictoras. Simplemente, es la notificación de haber estado ahí, al servicio de quien o quienes lo necesiten.

 

Mi actividad por ese entonces, estoy hablando de la década noventa, se desenvolvía de manera no contestataria; a pesar de que me

 

correspondió enfrentar a personas que llegaron a la Universidad Nacional de Colombia, creyendo que nuestra alma Mater nació cuando ellos y ellas llegaron. Era la época del modelo de apertura económica como parte del programa de gobierno del señor presidente César Gaviria. A propósito, de neoliberalismo, me permito transcribir un documento que produje recientemente; pero que define mi interpretación en ese entonces.

 

 

 

 

Sucesiones

 

 

 

Episodio uno

 

El instar vivo. Como recuerdo cierto

 

Como casi todo en la vida, hablar de tristeza, no es otra cosa que dejar volar la imaginación hacia los lugares no tocados antes. Por esas expresiones vivicantes y lúcidas. Es tanto como discernir que no hemos sido constantes, en eso de potenciar nuestra relación con el otro o la otra; de tal manera que se expanda y concrete el concepto de ternura. Es decir, en un ir yendo, reclamando nuestra condición de humanos. Forjados en el desenvolvimiento del hacer y del pensar. En relación con natura. Con el acento en la transformación. Con la mirada límpida. Con el abrazo abierto siempre. En pos de reconocernos. De tal manera que se exacerbe el viaje continuo. Desde la simpleza ávida de la palabra propuesta como reto. Hasta la complejidad desatada. Por lo mismo que ampliamos la cobertura del conocimiento y de la vida en él.

 

Viéndola así, entonces, su recorrido ha estado expuesto al significante suyo en cada periplo. En cada recodo visto como en soledad. Como en la sombra aviesa prolongada. Y, en ese aliento entonces, se va escapando el ser uno o una. Por una vía impropia. En tanto que se torna en dolencia originada. Aquí, ahora. O, en los siglos pasados. En esa hechura silente, en veces. O hablada a gritos otras. Es algo así como sentir que quien ha estado con nosotros y nosotras, ya no está. Como entender que emigró a otro lado. Hacia esa punta geográfica. No física. Más bien entendido como lugar cimero de lo profundo y no entendido. Es ese haber hecho, en el pasado, relación con la mixtura. Entre lo que somos como cuerpo venido de cuerpo. Y lo que no alcanzamos a percibir. A dimensionar en lo cierto. Pero que lo percibimos casi como etérea figura. O sumatoria de vidas cruzadas. Ya

 

idas. Pero que, con todo, anhelamos volver a ver. Así sea en esa propuesta íngrima. Una soledad vista con los ojos de quienes quedamos. Y que, por lo mismo, duele como dolor profundo siempre.

 

Y si seremos algo mañana. Después de haber terminado el camino vivo. No lo sé. Lo que sí sé que es cierto, es el amor dispuesto que hicimos. El recuerdo del ayer y del anterior a ese. Hasta haber vivido el después. En visión de quien quisimos. Qué más da. Si lo que propusimos, antes, como historia de vida incompleta, aparece en el día a día como concreción. Como si hubiese sido a mitad del camino físico, biológico. Pero que fue. Y sólo eso nos conmueve. Como motivación para entender el ahora. Con esa pulsión de soledad. Como si, en esa, estuviera anclado el tiempo. Como si el calendario numérico, no hubiera seguido su curso. Como que lo sentimos o la sentimos en presencia puntual. Cierta.

 

Y sí entonces que, a quien voló victimado por sujeto pérfido, lo vemos en el escenario. Del imaginario vivo. Como si, a quien ya no vemos, estuviera ahí. Al lado nuestro. Respirando la honda herida suya. Que es también nuestra. Y que nos duele tanto que no hemos perdido su impronta como ser que ya estuvo. Y que está, ahora. En esa cimera recordación. Volátil. Giratoria. Re-inventando la vida en cada aliento.

 

Cómo es la vida, En la lógica es ser o no ser. Pero es que la vivencia nuestra es trascendente. Es ilógica. En tanto que estamos hechos de hilatura gruesa. Como fuerte fue el nudo de Ariadna que sirvió de insumo a Prometeo para re-lanzar su libertad.

 

Y, como es la vida, hoy estamos aquí. En trascendente recuerdo de quien voló antes que nosotros y nosotras. Y estamos, como a la espera del ir yendo, sin el olvido como soporte. Más bien con la simpleza propia de la ternura. Tanto como verlo en la distancia. En el no físico yerto. Pero en el sí imaginado siempre.

 

 

 

 

 

Episodio dos

 

 

 

Ancízar ido. Mi rol perdido.

 

Ese día no lo encontré en el camino. Me inquieta esto, ya que se había convertido casi en ritual cotidiano. Sin embargo, avancé. No quería llegar tarde a mi trabajo. Esto porque ya tuve un altercado con Valeria, quien ejerce como supervisora. Y es que mi vida es eso. Estar

 

entre la relación con Ancízar y mi rol como obrero en Minera S.A. Mucho tiempo ha pasado desde ese día en que lo conocí. Estando en nuestra ciudad. En el barrio en que nacimos. Mi recuerdo siempre ha estado alojado en esa infancia bella, compartida. En los juegos de todos los días. En esa trenza que construíamos a cada nada. Con los otros y las otras. Arropados por la fuerza de los hechos de divertimento. En las trenza suya y mía y de todos y todas. Infancia temprana. Volando con el imaginario creciente. Ese universo de voces. En cantos a viva voz. En la golosa y en la rayuela. En el poblamiento de nuestro entorno, por parte de los seres creados por nosotros y nosotras. Figuras henchidas de emoción gratificante. Mucho más allá de las sombras chinescas. Y que las versiones casi infinitas de la Scherezada imperecedera. En una historia del paso a paso. Trascendiendo las verdades puestas ahí, por los y las mayores. Ajenos y propios. Además, en una similitud con Ámbar y Vulcano de los sueños idos. En el aquí y ahora. Y me veo caminando por la vía suya y mía. Esa que sólo él y yo compartíamos. La vía bravata, que llamábamos. Con la esquina convocante siempre. En esos días soleados. Y en los de lluvias plenas. Hablando entre dos sujetos, con palabras diciendo al vuelo, todo lo hablado y lo por hablar. En sujeción con la iridiscencia, ahí instantánea. En un instar prolongado. Como reclamando todo lo posible. Para absorberlo en posición enhiesta. Vivicante.

 

Y, precisamente ese día en que no lo encontré. Ni lo vi. Ni lo sentí. Volví a aquel atardecer de enero virtuoso. En el cual aplicamos lo conocido. Lo aprendido en cuna. Él y yo, en una perspectiva alucinante. Viviendo al lado de los dioses creados por nosotros mismos. Una opción no cicatera. Si relevante, enjundiosa, proclamada. Y llegué a mi sitio de trabajo con la mira puesta en regresión. Hasta la hora, en esa misma mañana, en que pasé por ahí. Por la esquinita cómplice. En donde siempre nos encontrábamos todos los días. Desde hace mil años. Y, en mi rol de sujeto empleado, empecé a dilucidar todo lo habido. Con la fuerza bruta vertida en el cincel y en la llave quita espárragos. Una aventura hecha locomoción excitante. Y bajé la rueda, al no poder descifrar la manera rápida que antes hacía. En torpeza de largo plazo y aliento. Ensimismado. En ausencia máxima de la concentración Operando el taladro de manera inusual. Tanto como haber perdido la destreza. Las estrías de la broca, como dándome vueltas. Mareado. En desilusión suprema. Por no haberlo visto. Y Valeria en el acoso constante. Como si hubiera adivinado ese no estar ahí. Como si pretendiera cortar mi vuelo y la imaginación subyacente.

 

Y volver a casa dando por precluido mi quehacer. En enrevesado viaje. De pies en el bus que me llevaba de regreso a casa. Con la ansiedad agrandada, inconmensurable. Abrazando mi legítima esperanza. Contando las calles. Como si la nomenclatura se hubiera invertido. Comenzando en el menos uno infinito. Extendiéndose desde ahí hasta la punta de más uno. Y este giraba. Como en un comenzar y volver al mismo punto. Me iba diluyendo, yo. Y no encontraba nada parecido a la racionalidad puntual. Emergiendo, una equívoca mirada. Un sentir de el desespero, incoado en el vértigo mío, punzante, áspero. Doloroso.

 

Me bajé ahí. En la esquinita recochera. Alegre en el pasado. Ahora en plena aparición de la tristeza. Porque, tampoco, lo vía. Y buscaba sus ojos y cuerpo entero. Pero no aparecía. Y más se exacerbó mi herida abierta en la mañana. Y quedé plantado. Esperando, que se yo. Tal vez su presencia física. O, siquiera, el vahído de su ser etéreo. Pero ni lo uno ni lo otro. Y el dolor creciendo, por la vía de la exponencial. Yo, en una mecedera de cabeza. Tan frágil que se me abrió la sesera. Y vi cómo iba cayendo. Y vi que Ancízar pasaba a mi lado, sin verme. Y seguí con mi voz callada, llamándolo. Y desapareció, en la frontera entre lo hecho concreto, físico y el volar, volando al infinito universo. Encapotado ahora. Pleno de las nubes cada vez más obscuras. En el presagio de la lluvia traicionera. Helada. Muy distante de las lluvias de nuestra infancia. Cálidas. Abrasadoras hasta el deleite. Cuando desnudos recorríamos el barrio. Tratando de empozar las gotas tiernas, en nuestras manos.

 

Y, siendo cierto el haberlo visto pasar. Me senté a ver pasar a los otros y las otras. Con la sesera siempre abierta. Y, quienes pasaban y pasaban, no entendían lo que estaba pasando conmigo. La vocinglería percibida. Con palabras no conocidas. No recordadas, al menos. La elongación impertinente de la cuantificación. Metida en el ser mío desvanecido. Y, en la mirada mía, posicionada en el horizonte que atravesó el amigo fundamental. El personaje de los bretes de antes. La figura envolvente de su yo. Y se me iban derritiendo los ojos. Como si fueran insumo sintético. Azuzado por el calor no tierno. Como cuando el hierro es derretido por el fuego milenario. O como cuando deviene en el escozor titilante, brusco, pérfido.

 

El llegar a casa, se produjo habiendo pasado mil horas. Como levitación tardía. Vagando en las sombras. No sé si de la madrugada. O de la noche del siguiente día. O días, ya no lo recuerdo. Ni quiero hacerlo. Y Valeria en el acoso de siempre. Y bajé del vuelo etéreo. Y vi los espárragos tirados, en el piso. Y agarré el taladro acerado. Con las

 

estrías girando en la espiral. Y todo empezó a girar también. Y fui ascendiendo al infinito físico. Y vi a todos los soles habidos. En esa millonada de años luz, volcada. Y yo en la velocidad mía, sin crecer. Sin despegar mi mirada del entorno abierto, pero en tristeza consumido. Fugaz luciérnaga yo. Aterido en la masa hecha incandescencia. Cuerpos horadados por la soledad. Cuerpos celestes sin ningún abrigo. A merced de los agujeros negros. Una visión de lo absorbente, penoso. Un ir y volver continuo. Y Ancízar allá en una de las lunas del planeta increado. En zozobra ambivalente, incierta.

 

Siendo como en verdad soy, me fui diluyendo de verdad. Ya no era la sesera abierta en el imaginario. Lo de ahora era y es vergonzosa derrota del yo vivicante. Nacido en miles de siglos antes que ahora. Una derrota hecha a puro golpe de martillos híbridos. Y viendo a Valeria, en lo físico. Sintiendo su poderosa voz. Llamándome para que volviera a asumir mi rol de hombre físico en ejercicio. Y, yo, en las tinieblas empalagosas, duras. En ese ir llegando impoluto exacerbado.

 

 

 

Episodio tres

 

El embeleso lúdico

 

En eso estaba, cuando apareció Ancízar, Según él, venía de Ciudad Perdida. Que estuvo allá largo tiempo. Y, precisamente, es el tiempo en que yo estuve adyacente a la terminación de la vida. Y me fui entrando, por esa vía, en lo que había de reconocer, en el otro tiempo después. No atinaba a entender la propuesta venida desde antes. En la posición predominante en eso de entender y de hacer algo. En principio, no lo reconocí. Pero él hizo todo lo posible por enfrentar lo que habría de ser su devenir. Desde la estridencia fina, que lo acompañaba siempre. Hasta ese lugar para las opciones que venían de tiempo atrás. En esos lugares cenicientos. En la aventura del alma viva presente. Cuando lo saludé, me dio a entender que no me recordaba. Y, en la insistencia, le expresé lo mucho que lo quería. Desde esa calle. Desde la esquinita bravera. Esa que, conmigo, hizo abierta la posibilidad de seguir viviendo. Todo como en hacer impenetrable. Solo en la escucha de él y la mía. Y me dijo, así en esa solvencia de palabras, que había estado en ciudad Persípolis. Y que, desde allá, me había escrito unas palabras. Más allá del propio saludo. Más, en lo profundo, elucidando verdades como pasatiempos favoritos. Y me dijo que seguía siendo el mismo sujeto de otras vidas. Con la mira puesta en los quehaceres urticantes. Casi aviesos. En esa horizontal de vida, inapropiada para el pensar no rectilíneo. Y sí que,

 

por lo mismo, le dije que no entendía ese comportamiento parecido al interludio de cualquier sinfonía criolla. Y., me siguió diciendo, que no recordaba haberme visto antes. Y yo, en la secuencia permitida, le dije que él había sido mi referente, en el pasado reciente y lejano. Y, siguió diciendo Ancízar, he regresado por el territorio que he perdido. Ese que era tuyo y mío antes. Pero que, en preciso, él quería para sí mismo, como patrimonio cierto y único. Y yo le dijo que lo había esperado en esta orilla nítida. Para que pudiéramos conjugar su verdad y la mía. Y, él me dijo, que no recordaba ningún compromiso dual. Que lo suyo no era otra cosa que lo visto en ciernes. Desde ese día en que nos encontramos. Ahí en la esquinita bravera. Y que, siguió diciendo, le era afín la voz de Gardel y de Larroca. Pero que, por lo mismo, nunca había olvidado su autonomía y su soledad permitida. Y que yo no había estado nunca junto a él. Por ejemplo, cuando lo llevaron a prisión por haber contravenido la voz de la oficialidad soldadesca. Y, en verdad, me dije a mí mismo, que él no atinaba a entender la dinámica de la vida. La de él y la mía. Y sí que, me siguió diciendo, lo tuyo no es otra cosa que simple verbalización de lo uno o lo otro. Nunca propuesto como significante válido, en la lógica permitida. Siendo así, entonces, me involucré en lo nuevo suyo. Recordando, tal vez, los domingos mañaneros. Esos del ir al cine nuestro. De “El muchacho advertido”, hasta el lúgubre bandido derrotado. Y le dije, por esto mismo, que no hiciera como simple hecho enjuto, venido a menos. Y, me dijo al pulso, que no había venido para concretar dialogo alguno. Que era, más bien, una expresión perentoria en términos del querer ser consensuado. Más bien como expresión de escapatoria. A la manera de la tangente propia. De la línea prendida al dominio, suyo, como variable explícita. Y, siguió diciendo, lo tuyo es mera recordación inmersa en el quehacer simple. Vertido al escenario inocuo. Envolvente. Como ir y venir escueto. Atiborrado de lugares comunes propios. En siendo simple especulación no resuelta. O no apropiado. O, simplemente, anclado en el pasado impío. Mediocre, insaboro. Pétreo. Inconstante.

 

Por lo bajo lo entendía. Y me quedé silente. En esa aproximación entre lo entendido y lo incierto pusilánime. Y me fui, en tontera, detrás de su séquito. Apegado, entonces, a su condición de referente entero. Desde esa época en la que estábamos juntos en la lúdica viva. Desde esa esquinita bravata nuestra. Y, así. En ese ir yendo preclaro, nos encontramos en esa ciudad asfixiada. Sintiendo, en nosotros, el apego a la fumarola sombría. Esa que nos recorre desde hace mucho tiempo ya. Y, por lo mismo, le seguí diciendo lo mío en ciernes. Tal vez ampuloso y etéreo; pero cierto en lo previsto expreso.

 

En todo lo habido, me hice cierto en la proclama propuesta o impuesta. Según fuera el momento y el tiempo perdido. Y, Ancízar, no atinaba a nada. Se fue yendo por lo bajo. Como actitud palaciega en el pasado de reyes y regencias religiosas. Y, por lo mismo, me aparté de él. Creyendo que era el tiempo propicio. Y sí que él, estuvo volcado a la defensa de ser. De su connotación hirsuta, inamovible. Y pasó el tiempo. En esa nimiedad de los días. En ese entender los miles de años acumulados al querer ser lo uno o lo otro. Viré, entonces, en la pi mediana. Y arribé a la locomoción plena. Pero lenta y usurpadora. Me fui, entonces, lanza enristre contra el afán propuesto por él mismo. Como si, yo, quisiera decantar lo habido. Hasta convertirlo en propuestas simples, minusválidas. Y, me empeñé en reconvenirlo, por la fuerza. Y lo asfixié con la sábana del Gran Resucitado. Como proveyendo de almas cancinas, el simple hecho de estar vivo. Y me fui en silencio. Por la inmensa puerta llamada “De El Sol”. Y allí me quedé a la espera. Como cuando cabalgaba en la noche, a lomo del dromedario propio de los habituales dueños del desierto. Recorrí mil y una praderas nuestras. Desde Vigía Perdomo, hasta “Punta Primera”. Un norte a sur especulativo. Hechizo. No cierto, Pero pudo más mi afán de trascender la soledad. En contra lógica propuesta, me hice a la idea de la dominación mía. Absoluta, hiriente. Y sí que, entonces, Ancízar Villafuerte caducó en mi discurso. Y se hizo esclavo de lo hablado y hecho por este yo supremo envilecido.

 

 

 

Episodio cuarto

 

 

 

La huella sigue ahí

 

Ya quedó atrás lo de Ancízar. Yo seguí como nave, casi noria absoluta. Y encontré al postrer referente. Era tanto como verlo a él. Una mirada diestra, casi malvada. Nunca supe cuál era su nombre. Simplemente me dejé llevar por la iridiscencia de su voz. En una melancolía efímera. Tal vez hecha tardanza en el vivir pleno. Y, yo, le dije. Le hable de lo nuestro. Como queriéndole expresar lo del Ancízar y yo. Pero, en esa prepotencia de los seres avergonzados de lo que han sido, me dijo algo así como un “no importa”. Lo mío es otra cosa. Y, por lo mismo, me quedé tejiendo las verdades anteriores. Las mías y las de él, el signado Ancízar. Me supuse de otra categoría. De ardiente postura. De infame proclividad al contubernio forzado. Y me fui yendo a su lado. Al lado del suplantador informe. Mediocre. Tanto en el ir yendo. Como también en el venir sinuoso, aborrecible. En ese entonces. En tanto

 

que expresión enana de la verdad; yo iba creyendo en su derrota. Producto de mi inverosímil perplejidad supina. Para mí, lo uno. O lo otro, daba igual. En eso de lo que tenemos todos de perversidad innata. Y le seguí los pasos al aparecido. Veía algo así como ese “otro yo” vergonzante. Desmirriado. Ajeno a la verdad verdadera de lo posible que pase. O de lo posible ya pasado. Y me hice con él el camino. Entendido como símil de lo recorrido con Ancízar. Y ese, su suplantador, me llevó al escenario ambidextro. Como inefable posición de los cuentahabientes primarios. Groseros escribientes. Y sí que le di la vuelta. A la otra expresión del yo mío. Y, el usurpador, lo entendió a la inversa. Se prodigó en expresiones bufas. Por lo menos así lo entendí. Como si fuera una simple proclama de lo aco9ntecido antes. En ese territorio suyo incomprendido. En esa locación propuesta como paraíso concreto. Inefable. Cierto. Pero, su huella, se fue perfilando en lo que, en realidad debería ser. Y lo ví en el periplo. Como en la cepa enana cantada por Serrat. Como simple ironía sopesada en las palabras de “El Niño Yuntero” de Miguel Hernández…En fin, como mera réplica de lo habido en “Alfonsina”. La libertaria. La que abrió paso a la libertad cantada. Todos los días. Pero, quien lo creyera, perdí el compás. Y él, el suplantador, me hizo creer en lo que vendría. En su afán loco de palabras tejidas, dispuso que yo fuera su intérprete avergonzado, después de la verdad verdadera.

 

Yo me fui yendo. Perdí la ilusión. Se hizo opaca mi visión. Fui decayendo. Me encontré inmerso en la locomoción al aire. Surtiendo un rezago a fuego vivo. Ahí, en esas casitas en que nacimos. Ese Ancízar en otra vía. Ese yo, puntual. En la pelota cimera. Propiedad de quien quisiera patearla. En la trenza lúcida. Territorial e impulsiva. En el escondite secreto. Como voz que dice mucho y no dice nada. Como espectadores del afán incesante. Proclamado. Latente y expreso. En fin, que lo visto ahora no es otra cosa que la falsa realidad mía. Con el usurpador al lado. Como a la espera de lo que pueda pasar. Ahí, como vehículo impensado. Para llevarme a lo territorial suyo. Y yo en esa propuesta admitida. Como reconciliación posible. Entre lo que soy. Y lo que pude ser al lado de Ancízar originario, no suplantado. Y sí que, como que leyó mi mente, y se propuso inventar algo más trascendente. He hice mella en el ahora cierto. Porque resulté al otro lado. En callejón no conocido. En calle diferente a la nuestra con la esquinita bravata. Deslizándome por el camino no conocido. Y recordé el día en que no lo vi. Cuando descendía del busecito llevadero. Cuando se me fue la sesera mía. Cuando lo vi pasar sin verme. Y me sentí, ahora, con fuerzas para dirimir el conflicto entre lo habido antes y lo que soy ahora. En posesión de la bitácora recortada, enrevesada.

 

Como en esos vuelos silentes de antes de día cualquiera. Con la remoción de lo habido, por la vía de suplantar lo que antes era.

 

Hoy, en el día nuevo, desperté en el silencio. Como si estuviera atado a todo aquello lineal, sombrío. Y le dije buenos días a mi niña, hija, absoluta. Y, ella, me replicó con su risa abierta. En la cual la ternura es hecho constante, manifiesta. Y le dije “buenos días” a la que era mi amada hasta el día pasado. Y me dijo, ella, que me recordaría por siempre. En esa oquedad estéril, manifiesta. Y, también, me replicó lo hablado conmigo antes. Cuando éramos como sucinta conversación. Plena de decires explayados. Como manifiestos doctorales. Como simplezas pasadas. O, como breviarios expandidos, elocuentes; pero insaboros. Y se me metió la nostalgia. Tanto como r5ecordar al Ancízar hecho mero plomo, ahora. En ese verlo andar conmigo en el pasado. Construyendo lo efímero y lo cierto absoluto. Y le dije a mi Valeria que yo no iría hasta su dominio encerrado. Entendido como yunta acicalada. Enervante. Casi aborrecible. Pero que, paradójicamente, la sentía más mía que al nacer nuestro idilio. Desde la búsqueda de los espárragos briosos, yertos. Entre el acero y el hierro construidos. Y, ella, me recordó que prometí amarla desde ese día en que no ví a Ancízar en aquella mañana de lunes. Y, siguió diciendo, no se te olvide que fui tuya, en todos los avatares previstos o no previstos. Que te di, decía ella, todo lo habido en mí. Y que dejaste esa huella imborrable que se traduce en ese hijo tuyo y mío.

 

A partir de ese ayer en que me habló, Valeria; se me fue tiñendo la vida. En un color extraño, Como gris volátil, impregnado de rojo punible, adverso. Y sí que la seguí con mi mirada. Y la veía en su abultado vientre. Y, dije yo entre mí, no reconocer lo actuado, como origen del ser vivo ahí adentro suyo, en el de Valeria. Y me fui yendo por ahí. Y me encontré al otro lado; con la novia de Ancízar. Con Fabiana Contreras. Postulada como futura madre, también. Y le dije lo que en verdad creía. Es decir, aquello relacionado con la empatía necesaria. Que yo no me imaginaba a Ancízar, volcado sobre su cuerpo. Excitado y dispuesto. Y, ella, me dijo algo así como que la vida es incierta. Tanto como cálculo de probabilidades constante. Y terminé al lado de la soledad. Esperando el nacimiento de las dos o los dos, en largo acontecer efímero, incierto. O, simplemente hecho en sí, sin más aspaviento

 

 

Episodio quinto

 

 

Cuando se va la memoria

 

Ya ha pasado mucho tiempo, desde que lo dejamos de ver. Ahora, me encuentro en la misma vida, Pero en otra distinta. He vuelto a mirar al pasado. Como en esos arrebatos. Empecinado en volver a esa jerarquía de acciones, por ahí corriendo. Ahora de lo que se trata es de remediar lo habido. Sin la presencia de sujetos y sujetas que prolonguen la estadía. En ese irse de bruces sobre la historia. Que puede ser la mía. O la de cualquier otro. Así, en este caso, en el masculino andante que se regodea con el tiempo embalsamado. Con esa figura de quehaceres. Por ese periplo solo mío. Y, tejiendo momentos, he encontrado la razón de ser de lo puntual. En esa expresión que deja de ser inacabada. Y que se torna, cada vez más, en asunto primario, no abandonado. En la seguidilla de lugares y tiempos. Siendo así, entonces, volví al barrio primero. Aquel en el cual disfrutaba con Ancízar. Y localicé la esquina nuestra. La bravata lúcida. Esquinita de mil y un hechos lúdicos. Y, en esa recordación tardía, he vuelto a jugar con el baloncito de cuero. Con ese regalo heredado. Hasta mi padre jugó con él. Como a comienzo del tiempo cercano. Allí no más. En el momento mismo en que se hizo ayudante de todos aquellos que tuvieran algo que ver con la cancha abierta. Ahí no más. En la calle en pendiente poderosa. En cada picaito la gloria. Como en trashumancia continua. En esa potente ilusión de saberse indispensable. Casi como sujeto de millón de maneras de dominar el baloncito. Casi tanto como las opciones propuestas en el tablero de ajedrez.

 

Yo me la pasé, en ese tiempo, abrigado por su calidez. Iba y venía conmigo. Y, en esa misma perspectiva, encontré el lugarcito de la casa. En ese que fungía como albergue para los niños y niñas de largo vuelo. Y me ví en el día en que empecé a saber amar. Y a saber recordar. En medio de las tinieblas dispuestas por la rigurosidad de los principios y valores. De la familia. Y, extendidos a todo el entorno. Compartiéndolos con lo vivicante de los cuerpos presurosos. No acompasados. Anárquicos. Tanto como estar un tiempo en un lado y otro tiempo en la otra esquina. O en la callecita que había sido inaugurada casi al tiempo con la fundación del barrio. Derrochando, yo, alegrías que habían permanecido adormecidas.

 

Ese 24 de junio, un martes, por cierto, conocí a Sigfredo Guzmán. “El mono” lo llamábamos. Sujeto, este, de mágicas palabras. Cuentero de toda la vida. Y, con él, aprendía a sacarle significados distintos a las palabras. Como en todo tiempo andando con el verbo alucinante. También, conocí de él, los atajos en los caminos de la vida. De cómo hacer de la tristeza, un giro creativo. Y de cómo enseñar los números,

 

con los palitos de paletas compradas en la tiendecita de don Eufrasio. Y, además, en leer los ojos y la memoria de los otros y de las otras. Ese 2mono”, se convirtió en mi héroe favorito. Mucho más allá que el Libertador. Tal vez porque, el “mono”, iba más allá de la simple libertad formal, política. Indagaba siempre por las fisuras de cuerpos y de hechizos. Proponiendo la libertad en la lúdica andante. Transponiendo rigores. Colocan la vida en su sitio. Que, para él, era un sitio diferente, cada minuto.

 

No sé qué día me sentí impotente para armar todos esos actos propuestos por “el mono”. Como cuando la mirada y la memoria es más lenta que los hechos. En ese universo de liviandades. En ese ejército de propuestas diferentes cada vez. Lo mío se tornó, entonces, en un cansancio áspero. En una lobotomía inventada por mí mismo. Y empecé a desplazar las verdades y los hechos vivicantes. Me torné en sujeto casi avieso. Por la vía de la melancolía agresiva. Por la vía del tormentoso aquí y ahora. Me fui diluyendo en ese azaroso cuerpo de hermosas ejecuciones. Me fui yendo hasta el lado del martirologio. Por vía de la resequedad en las ideas. Como si me hubiera convertido en payaso de tristezas acumuladas. Tanto como haber perdido el rumbo. Retornando a la expresión cicatera con la cual nací. Y, en esos instantes, veía el cuerpo de mi madre lacerado. Andante. Como yo, sin rumbo. Y la veía vejada a cada rato. En medio de horripilantes expresiones. Y me seguí desmoronando. Casi al vacío profundo y de no retorno. Y, fue ahí mismo, en que encontré a Ancízar. Quien venía por el mismo camino. Y me dio la mano tierna, potente. Y salimos, en manos cogidas, a la otra orilla, en donde estaba “el mono” Eufrasio. Que reía sin parar. Que nos conminaba a ser felices. Aun en medio de la oquedad del tiempo. Aun en medio de todos los dolores juntos. Y volvimos al andar. Del ir yendo hacia la libertad que nosotros mismos habíamos truncado. Y fuimos uno entre tres. En sumatoria de verdades y de acciones y de la lúdica toda habida.

 

 

 

Episodio sexto

 

 

 

En lo habido, como secuencia inerme.

 

Es ya de día. Ayer no supe prolongar el sueño necesario. Este día ha de ser como el otro. Eso supongo. Muy temprano ajusté la bitácora. Ahora, en primera persona mía, he de recomponer los pasos. Superando la fisura propia. Esa hendidura abierta. Siempre ahí. Como convocante falsa. Como recomposición ávida de otros lugares. Tal vez

 

más ciertos. O, al menos, más coincidentes con mi nuevo yo, propuesto por mí mismo. Y, el recuerdo del ayer íngrimo, me hizo soltar la voz. Con mis palabras gruesas, puestas en lo del hoy concreto. Y sí que me fui hilvanando. Tanto como acentuar la prolongación. Del ayer elocuente. Hasta este hoy enmudecido de palabras convocantes. En repetición de lo mío. En contrapartida de lo punzante. De esa pulsión herética del pasado. Hasta este hoy propuesto. O, por lo menos, enclaustrado en el decir mío de la no pertenencia al pasado. Pero, tampoco, como posición libertaria del hoy o del mañana. Y sí que, entonces, empecé a enhebrar lo dispuesto. En la asignación hecha propuesta. De un devenir lúcido, cierto. Y no esa prolongación de lo habido a momentos. Como simple ir yendo con las coordenadas impuestas. Desde una visión incorpórea, hasta divisar el yo mío, cubierto de nostalgias afanadas. Puestas en ese ahí como tridente vergonzoso. Hecho de premuras malditas. Acicaladas con el menjurje dantesco. Una aproximación a entender los y las sujetos en pena. Por simple transmisión de la religiosidad banal. Cicatera. Gobernanza ampulosa en la cual el yo se convierte en simple expresión estridente. Afanada. Lúgubre. Por lo mismo que se ha ido en plenitud de vuelo acompasado. Con las vivencias erigidas en el universo no entendido. En esas volteretas de lo que llaman suerte. Para mí, en verdad, simples siluetas inventadas. En ese estar ahí como propuesta no entendida. No vertida en la racionalidad vigente.

 

 

Y sí que me fui, entonces, en búsqueda del eslabón perdido. Como en ese recuento hablado acerca de la sucesión de propuestas y de acciones asimilables a la progresión de Natura breve. O expuesta al ir venir expósito. Como si fuera simple réplica de lo que soy y de lo que somos. En esa somnolencia propiciada por la intriga habida. Interpuesta. Acicalada. Enhiesta. En lo que esto tiene de simple vejamen de la libertad del ser construido en el simple desenvolvimiento de la historia del ser. Y de los seres. En univoca pluralidad convincente. Y, entonces, volví a la trayectoria. Desde la simpleza hecha a trozos, hasta la complejidad habida, como simple resultado de la evolución darwiniana. Opaca, por cierto. Porque, digo yo, no está cifrada en la complejidad concreta. Vigente. Como réplica de ese ir creciente. Mío. Y de todos y todas. Y, estando ahí, por cierto, volví a lo racional emergido de Ancízar, en otro tiempo. Y me dio por repeler lo simple. Y, por el contrario, tratar de hacer relevante lo humano. Eso que somos y hemos sido. En pura réplica de lo vivido antes.

 

Yo, como sujeto vesánico, me fui empoderando de lo que ya estaba. Y me dio por empezar a verter el lenguaje entendido. En sumatoria de

 

palabras entendidas. Oídas en pasado. Y transformadas en presente inicuo. Prolongado. Como mera extorsión a la verdad pertinente. Racional, pero incomprendida. Y me seguí yendo. En esa apertura milenaria. En el engaño próximo-pasado. - En la expresión no efímera. Pero si atiborrada de recuerdos de lo pasado, pasado. De ese estar de antes, surtido como semejanza del Edén perdido, por la decisión equívoca del Dios siniestro. Vergonzante. Simple réplica de lo que se puede asimilar al tósigo inveterado. Amorfo. Sin vida.

 

En ese estar estaba. Como cuando no volví ver a Ancízar. Buscándolo, yo, en cualquier laberinto lunático. O en la profundidad avasallante de lo que no ha sido. Y, por lo tanto, lo incomprendido en la racionalidad vigente. Y lo volví a ver en la otraparte impávida. Como si no fuese con ella el aprender a dilucidar. Como si no fuera posible decantar lo uno del yo. Del otro uno del otro. En fin, que, en esa expresión vivida, se fue abriendo el territorio mío. O el de Ancízar ya ido. O, simplemente, el de aquel pasajero íngrimo. En esa soledad doliente. Infame.

 

Si se tratara de volver sobre lo ya pasado. Yo diría que el tiempo se ha hecho fuerza perdularia. Ese tipo de esquema afín a la dominación espuria. En una libertad no próxima. Prolongada. En lo que esta tiene de semejanza a la imposición proclamada por el Dios impuesto. De esa figura de reencarnación atrofiada. Mentirosa. Impávida. Como si fuera lugar común para todo aquello ido. Por la vía de la hecatombe provocada. En esa batalla entre seres ciertos, reales. Y la impúdica creación de opuestos. En una lucha prolongada. Sin la redención propuesta como ícono. Ni como ampuloso discurso férreo. Póstumo. Erigido como secuela de lo creado por decisión distante, impersonal. Como atrofiamiento de lo dialéctico. Del ir y venir real, verdadero. Opuesto a la locomoción propuesto desde afuera. Desde ese territorio sacro, impertinente. Porque, en el aquí y en el ahora, yo percibo que lo ido. Y lo venido, serán ciertos en razón a que se exhiba el paso a paso de la construcción darwiniana de la vida en sí. Que es cuerpo y real propuesta al desarrollo de lo que somos y seremos.

 

 

 

 

 

 

 

Episodio séptimo

 

Déjalos y déjalas hablar contigo viejo mar

 

Y en esto estaba, cuando recordé el yo milenario. En esas exposiciones que tuve en ese barrio calcado. Casi como daguerrotipo

 

no lúcido. Y el barrio, entonces, ya estaba trazado. No importando como. En este recuerdo de ahora, no están ni Ancízar, ni Valeria. Como si el mundo apenas iniciara su ir girando. En esos primeros momentos en los cuales el tiempo de podía ser medido. Por la ausencia nítida de calendario. Una perspectiva en ciernes. De lo que conocería después como la historia. Hablada, primero. Y luego escrita. Casi a millón de años de la inquisición perversa. Y sí que, ese barrio amado no aparece como tal. Más bien como insumo flotando en el aire que apenas está iniciando vuelo. Ni siquiera, en el entonces, hacían presencia de oxígeno, ni el hidrógeno, ni el ozono libertario, arropador. Y sí que, en esa lejanía tan expandida, me fui dando cuenta de lo mucho que me faltaba para ser un ser concreto, taciturno, solidario, libertario. Por lo mismo que ese yo mío apenas danzaba sin cuerpo alrededor de la Luna amiga. Y sintiendo ese calor absoluto de nuestro Sol venido desde mucho tiempo atrás. Un yo con fisuras profundas, logradas a través del camino dispuesto. Como acezante sujeto disperso.

 

Y, al no estar ella ni él, sentí un profundo lazo en mi cuello. Era el tiempo que empezaba a crecer, sujetándome por la vía asfixiante. Como queriéndome hacer sentir que no iba poder disfrutar, a futuro, de la esquinita bravata. Y empecé a sentir que lo mío empezaba a ser mera expresión amorfa, diluida en cada instante. Y, ese yo primario mío, empezó a surtir tristezas prolongadas. Así, a tientas. Simplemente porque no había segundos, ni horas, años. Solo ese giro de traslación alrededor del Sol. Como si todo fuese arbitrario, anárquico. Sin ningún hilo conductor.

 

Me encontré, en cualquier momento no medido, con Ariadna. La Diosa nacida para amar al universo visto, apenas, como confusión pletórica en matices. Y en luces relampagueantes. Exacerbada opción como tinieblas. Y le dije que no la había visto antes. Y ella me dijo que siempre había estado allí. Que le correspondió incitar al viento para que iniciara su intervención. Además, que los mares nacientes lo requerían para producir las tormentas y los tifones, entonces silentes, latentes. Y, decía Ariadna, no sé por qué estoy recordando un canto propio. Iniciado casi al mismo tiempo en que prefiguré a mi Prometeo, en ciernes. Y, quiero expresarlo ahora. Para que tú lo aprendas y lo transfieras a quienes vendrán, cuando no haya tanta confusión, tanta anarquía:

 

Mar de ayer. Que no el de hoy. Sujeto triste. Llave de agua, que creíamos perenne. ¿Qué te hemos hecho, viejo vigía de las creaturas todas que en ti nacieron? Hoy, están como tú. Diezmadas en enésima

 

potencia. Dime qué siente y que sienten. Qué sintieron antes. Los pasados, pasados vivos y que perdieron su ruta evolutiva, por las ansias desbordadas. De viajantes milenarios. De vituperarios en ciernes siempre. Te mando a decir con el viento, llave de lluvia, que aquí, en el hoy. Están los únicos sujetos vivos en quienes pueden confiar. Niños y niñas veloces en decantar las voces. Las palabras. Las de ayer y las de hoy. No sabemos si las de mañana. Todo depende, viejo loco intrépido. Depende de ti mismo. En tu ir y venir. Depende de tu itinerario. Llave de lluvia. Viejo y perplejo mar. Por lo que te hemos hecho. ¡Anda! Habla con ellos y con ellas. A ver qué te dicen.

 

Tal vez que también han sido vejados y vejadas. En el día y noche truculentos. Han andado caminos al dolor expuestos. Han subsumido lo suyo. Como equívoco navegante. Han dejado atrás sus territorios que sintieron su primer llanto. Pero también el primer susurro en voz. De las mujeres madres todas. Diles algo, llave de lluvia. Háblales de tus pactos con el viento. Y con esa fuerza potente latente entre nubes. Fuerza desbordada. Luz y sonido en estrecho abrazo.

 

Esto de hablar con infantes es bien difícil. Porque a socaire. Voces en una locución de idéntica tersura. De inspiración primigenia. De vuelo señor. En aires avallasante. De vuelo que cruje. Que se enternece cuando, como águila, te localiza. Allá. En lo tuyo. En lo que sabes y has sabido hacer siempre. En esa estremecedora voz de fuerza contra las peñas acantilados. Subidas en sí mismas, para verte y sentirte bramar. Como millones de toros condensados en un solo. Vamos, viejo intrépido. Habla con ellos y ellas. No te quedes como mudo sonsonete. Por lo triste. Tal vez. Pero puede que en ellas y ellos encuentres el rumbo que parece perdido. Son (ellos, ellas), viajantes empedernidos. Sacrílegos en el mundo de los señores. De los imperios que devastan. Que han maltratado tu cuerpo de agua vasta. Casi infinita.

 

Déjalos hablar. Puede ser que te digan, en palabras, lo que tú y el viento han hecho lenguaje sonoro por milenios. Ya sé que has visitado todos los lugares. Que has estado con tus amigos, los glaciares. Sé que has llevado y has traído todos los barcos posibles. Qué te han penetrado los submarinos. Que te han engañado, algunos. Porque han sido a la guerra lo que las tramas celulares, han sido a la vida. Es misma que siempre llevas en tu vientre. Y que se han esparcido en el infinito envolvente.

 

Déjalos y déjalas que, a viva voz, te digan en sus palabras; lo que tal vez ya tú conoces a través de las heridas que han hecho en ti, melancolía. Cuéntales lo mucho que conoces. Del mil de millones de

 

historias. Cuéntales que conoces la química del universo. Que, como llave de lluvia, has prodigado vida. En todos los entornos. En todos los lugares. Aunque, algunos y algunas no te conozcan en tu vigor físico. Ni de tu pasado violento. Cuando irrumpías contra natura en formación.

 

Hasta es posible que te inciten a vivir viviendo la vida tuya de otra manera. Como la de ellos y ellas, vástagos de futuro. Tal vez no de la iridiscencia de esa bravía hecha espuma punzante. Pero si de esa ternura primigenia. Como si fuera lectura en mapa genético. Tal vez de la anchura extendida. Cercana a la de alfa tendiendo al infinito. Pero si para que te cuenten de las palabras voces de sus madres en cuna. Y las de sus palabras en esa acezante motivación para el crecer alegre y creativo.

 

En fin, de cuentas. Déjalos, viejo mar, que estén contigo. Para que no estés triste, llave de lluvias. Déjalos ser como ellos quieren que tú seas, yo te lo digo.

 

La vi perderse en la lejanía hecha preludio del tiempo vivo. Y me quedé obnubilado. Con ese vacío que sólo se siente cuando hemos perdido algo cálido, cautivante. En esa obscuridad tan amarga, pero necesario, como quiera que se constituía en insumo primario. Como lo eran todos los seres latentes. En el mar naciente, al que le cantó Ariadna. En el territorio ya libre de las aguas primigenias. Y en los territorios ya libres de la asfixia primera. Caminé, por ahí. Con apasionada voz vibrante. Como inaugurando el viaje de sonido, como invención necesaria. Y separando los quehaceres. Tal vez imitando lo que, desde ahora se decía. Que el Dios de la fuerza impuesta, se disponía a concretar su versión de la creación de todo lo habido y lo que vendría después.

 

Me vi inventando las palabras y los números. Y teorizando acerca de los fenómenos incoados, por la vía de la Física de Kepler, de Arquímedes, de Galileo, de Descartes. Y me correspondió informar sobre los infiernos de Dante Aglieri. Y, con mucha más distancia, propuse la partición del átomo. De la generación de la energía ampulosa. Y, por esto mismo, vi a la Hiroshima arrasada por la fuerza del fuego impío. Nagasaki inmersa en el envolvente giro de la destrucción. Luego dormí, en el escenario que habría de albergar al viento. Y a las nubes. A las lluvias, como presagiaba la bella Ariadna perdida. Ida en la reversa infinita. Hacia otros lugares no nacidos todavía. En eso que se denominaría como pasos incidentes. Como iridiscente vahío. Traído desde más allá de la Galaxia que habría de

 

atrapar todo lo que podíamos conocer. Como en la espirar de giro. Como absorción exponencial, en término que habría de ser desarrollado después. En esa expresión en ciernes de Euler; de Newton, de Leibniz, del demasiado humano Einstein.

 

Siendo un diciembre frío, me dispuse a regresar a la esquinita bravata. Nadie estaba allí. No alcanzaba a dilucidar el porqué de la soledad tan sola. Los niños y las niñas en volteretas iniciadas antes, pero ya perdidas. Una sensación de desasosiego me arropó, como un todo embriagante. Los seres míos de antes, no estaban. Solo el viento tan frío, penetrante. Agarrotado, traté de decir algo con las palabras que había aprendido desde el inicio de las calendas. Pero no podía. Una mudez nítida, vergonzante. Bajé por Calle Amapola, también absolutamente sola. Fui a Patio Finito, escenario de nuestros juegos, a pelota cierta. Vi las piedras que semejan las porterías. El paso del tiempo las había agusanado. Ni nadie físico. Ni palabra lejana.

 

Ya en la tarde fui a ver la casita mía. El albergue que conoció mi infancia. Que tanto prolongara mi estadía. No estaba. En su reemplazo unos herrumbrosos desechos. La del lado tampoco estaba. Como si se hubiera diluido. Como si el vértigo de los años hubiera pasado por ahí. Desde adentro hacia afuera. Ninguno de mis iconos quedó enhiesto. Solo el vago olor a silencio destructor. Porque, como me enseñó mi madre, donde no hay voces ni palabras, tampoco hay vida posible.

 

Recordé a Valeria, cuando escuché ulular al viento. Remolino gigante, absorbente. Se fue izando todo lo que quedaba. Recordé a Ariadna, y su cuentería acerca de los misterios y los secretos. Quise recordarlo en su empuje avasallante.

 

 

Episodio octavo

 

 

 

Del pasar secreto

 

Ya había transcurrido un año desde que la niña vendió su alma al demonio. En todo ese tiempo no hizo otra cosa que ir y venir por los Cerros Orientales de la ciudad. Un día, por cierto 31 de octubre de 2009, hizo estación en un lugar cercano a la Avenida Circunvalar, con la Avenida Jiménez. El reloj marcaba las 8 de la noche. Se detuvo en una esquina. Allí estaban cantando y conversando un grupo de muchachos y muchachas. Inventaban variantes de las canciones de Michael Jackson. Todos y todas en una euforia absoluta.

 

Susana, una joven de quince años y que formaba parte del grupo, habló acerca de la vida de su ídolo. Por ejemplo, se refería a la infancia de Michael. Momentos muy tristes. Durante los cuales tuvo que trabajar, al lado de sus hermanos.

 

La Esclava Rockera se interesó por la historia y por la manera como Susana evocaba a su ídolo. Se hizo al lado de ella. Obviamente, Susana no le veía, porque la Esclava era algo así como un espíritu errante e invisible. Sin embargo, Susana, percibió su calor y su desasosiego. Percibió ese dolor inmenso que acompañaba a la Esclava. Y, sin saber por qué, irrumpió en llanto. Como si fuera ella misma la que sintiera esa desesperanza de la Esclava.

 

Raquel, amiga de Susana e integrante del grupo, le preguntó:” ¿Por qué lloras? ¿Acaso tú también, conociste a Lorena la amiga de la Esclava?

 

Susana sintió temor. No sabía cómo Raquel había conocido su percepción. Mucho menos, donde conoció lo de Lorena y su relación con la Esclava.

 

De un momento a otro, se desató una tempestad. Con vientos huracanados y con relámpagos y truenos. Una lluvia furiosa los azotó a todos y a todas. Llovió durante seis horas, sin parar. Los Cerros Guadalupe y Monserrate empezaron a desmoronarse. Arrasaron todo el entorno. Las toneladas de lodo y piedra sepultaron a los barrios circunvecinos.

 

La única que no sufrió daño alguno fue la esquina en donde estaban Susana y Raquel y los otros amigos y las otras amigas.

 

La Esclava habló al oído de Susana. Le dijo: Sígueme. De ahora en adelante serás mi compañía. La cogió por el brazo izquierdo y alzó vuelo con ella. Tan pronto desaparecieron en el horizonte, la esquina también sucumbió a la avalancha. Todos y todas murieron.

 

Lo sucedido se conoció a través de las versiones de algunas personas que escaparon la tragedia. Úrsula Verdaguer, periodista al servicio de una emisora de la capital, se puso en la tarea de recopilar estas versiones. Con ellas armó el guion de una serie para televisión.

 

Los personajes y los personajes son espíritus errantes, que se convirtieron en sombras que rodean a la ciudad. Esas sombras no permiten la presencia del Sol. Toda la ciudad es un escenario absolutamente sombrío y frío. Esos espíritus vagan y ululan. Articulan escasas palabras. Lo único que se les entiende es:” …esperen el 31

 

de octubre de 2010. Ese día apareceremos y será otra tragedia.

 

Desde el día en que se conoció la serie escrita por Úrsula; todos y todas en la ciudad capital no controlan su temor. En vigilia permanente esperan ese día 31 de octubre.

 

Vino, otra vez el recuerdo. Sentí como si yo hubiera vivido en ese tiempo y en esos lugares. No pude acuñar exposición alguna. No me daban las palabras, solo este yo silente. Como réplica doliente. Como si yo hubiera sido promotor del dolor de esa niña. Y de su extraña desaparición. Lo viví y sentí como castigo del Dios Increado que nació como leyenda, por allá, en el tiempo en que conocía a Ariadna. Veloz mensajería extenuante, apabullante. Hice como si quisiera regresar al comienzo de la memoria. Cuando no había ni sujetos, ni palabras, nada. Yéndome por ahí, en la vaguedad superflua, me volvieron los recuerdos, casi perdidos. En ese ejercicio notarial mío. Como compilador de hechos. Y de los seres actuantes.

 

Por esa vía sentí punzante voz. Venida desde el patiecito, de la casita destruida por el paso del tiempo. Y me fue envolviendo la palabra como susurro. Como compleja porción de acciones. Volátiles, en veces; asincrónicas. Como nervio prepotente, sin remilgo alguno.

 

Creo recordar esta plaza. Como cuando uno la mira y cree haber estado aquí antes. Tal vez será porque estas bancas tienen gente sentada, muy parecida a otras gentes. O será porque esa iglesia que miro “Cristo Reina, Cristo Impera”; se me asemeja a otras. Con la diferencia puesta en esa caída vertical, como pared un tanto fatua. Con esos dos íconos-torres terminados a la fuerza.

 

Y esos caballos que pasan. Mulas que trote y trote cansino. Como mulas que han acumulado tantas enjalmas y tantas monturas. Que han transitado tantos caminos, en pendiente que te muestra el bajo fondo. Con el surco adormecido. De lo que pudo haber sido hilo de agua antes. Pero que ya no se nota. O nunca fue. Y, desde esa esquina, miro al fondo el Cauca que baja, buscando el Occidente. Con la mira puesta es Sopetrán y Santa Fe de Antioquia. Y, antes, distante Liborina exhibiendo frutales inmensos.

 

Y, esta gente de a pie. Aquí y allá. Con ese universo de móviles celulares. Llamada tras llamada. Como una veintena por minuto. Y me pongo a imaginar que dirán tantas voces. Qué palabras verterán. Diciendo “la vuelta está hecha”; “no vino el patrón”; “ya casi terminado de comprar la papita”; “el bus de las y media ya salió”; “Los de Fredonia se perdieron”; “De Versalles no salieron ayer nada, Hortensia

 

y los muchachos”; “amor, papito, no sea así. Mire que yo si lo quiero”; “tráigale los vestiditos a las niñas”; “Dígale a Mauricio que lo espero. Él sabe dónde”.

 

Y miro tantas motos cruzando. Cada una con alguien y sus historias. Y tanta chivita pequeña. Con tantos bultos. Algunos sin amarrar. Cajas de mangos por ahí, en las esquinas. Y los almacenes repletos. Tanto insumo. Y para tanta cosa. Caficultores que regatean. Y que, en vísperas de elecciones, piensan en su vecino amigo. El del Comité anterior. Que no lo dejo nada contento. Pero, para que decirle ahora. Ya lo pasado pasó. Miremos, más bien, quien puede quedar. Y que sirva.

 

Y tanto novelero suelto. Tantas tiendas cerveceras. Tantos cuentos que van y vienen. Tanto amigo o amiga. Todos esos niños. Y todas esas niñas. Los colegios ahí. Y salen unos y entran otros. Y, en sus ojos, la ilusión. Por lo que comienzan ahora. Por lo que serán después. Y esas campanas al vuelo. Siendo lunes, o miércoles; o viernes…cualquier día. Anunciando eucaristías. O solemnidad religiosa en las despedidas. De los cuerpos que ya no son vida.

 

Y transito esta calle y la otra. En veces como que se me pierden las nomenclaturas. No he podido entender. Calle Córdoba. Carrera Bolívar. Calle Bolívar…y se repiten, como si nada. Y el tempo, como en toda parte, no da espera. El o la que llegó, bien. Y si no, que le vamos a hacer. Tiempo que se agota. Hora 13; hora 15; hora 18. Y así, hasta las veinticuatro.

 

Y estas mujeres. Tantas y tan jóvenes. Bien bonitas, casi todas. Pero como en velocidad constante. O ahí, esperando. Y las escolares riendo y entornando ojos; ante su latente galán. Tantas mujeres que cruzan. Casi tres por cada un varón. Y, las miro. Y no preciso de donde vienen. Si de “La Pintada”; o de “La Úrsula”. O han estado aquí, en el entorno cercano.

 

Tanta palabra que sigue volando. Casi que las veo entre nubes. Con su significado. Prístino. O enjuto, casi verdulero. Casi en la diatriba. O en el encanto de voz que dice amar. Y, de seguro, que si aman. Tanta palabra engarzada. Metida ahí en su origen. Tanta conjugación posible. Verbos “Ir”; “Ser”; “Amar”; “Odiar”; “Servir”; “Vender” …todos en su momento y en su sujeto que lo hace real y efectivo. En el mensaje.

 

Y tantos niños. Y tantas niñas. Con sus afugias que palpo. Con sus alegrías que siento. Con sus miradas que miro. Y tantos abuelos,

 

como yo. Tantas abuelas. Con sus sentimientos aquí vertidos, desde siempre. Tal vez desde antes de ser lo que es hoy esta tierra. Cuántas historias

 

Pasarán, por ahí. Por esa vía que viene desde Pasto; desde Popayán; desde Cali; Yo, también pasé un buen día. Hace mucho ya. Para Bogotá; cuando aún no era lo que hoy soy. Y, desde allá abajo. Más allá de Itagüí, hacia el centro de Medellín; de niño escuchaba “Ya cruzamos Alto de Minas; vamos rumbo a Medellín, con El Príncipe Estudiante, Hernán Medina Calderón…”

 

Y, vuelvo y digo, no sé si estos abuelos y estas abuelas recordarán esos días. O estaban tan embadurnados de trabajo áspero; que no les daba el tempo para dedicárselo a eso. O será que, ellos y ellas tuvieron hijos obreros en Cementos Cairo. Con esos silencios cómplices que se tejieron. Ante los vejámenes. O será que escucharon decir de los de Amagà. Mucho más de lo que ahora pasa. Con mineros en socavones, asfixiados.

 

Y, aquí; ahora estoy viendo en el día a día. Tratando de adaptar mi trajín. Mi memoria. Mi historia. Tratando de trasmitir algo con mi mirada. Porque, todavía, no he ensayado las palabras.

 

El erizado cabello estaba ahí. En cabeza de ella; la que solo conocí en ciernes. Como al relámpago no sutil. Por lo mismo que como afanoso convocante. Siendo, como es en verdad, una especie de alondra pasajera y mensajera. Se me parece al verdor de los bosques que crecen en silencio. Sin sentir unos ojos ensimismados por su pureza; siempre presente. Creciendo en lentitud. Pero, siempre, en ebullición de células, en trabajo constante. Haciendo real lo que potencial al sembrarlos era.

 

En verdad no la había visto pasar nunca. Como si la urdimbre de la vida en ella, no fuera más que simple expresión de fugaz cantinela. Abarcando circunstancias y momentos. En sentimientos explayada. Como momentos de transitorio paso. Por cada lugar, muchas veces umbríos. Como simple pasar de largo. Sintiendo lo que está; como si no estuviera.

 

Y así fue siempre. Cada ícono suyo, más velado que el anterior. Como Medusa incorpórea. Solo latente. Sin Prometeo ahí. Vigilante. Hacedor del hombre. Acurrucado en esa veta grisácea. Tejiendo el lodo. Amasándolo. Hasta lograr cuerpo preciso. Y, soplado por Hera, vivo aparece. En los mares primero. Tierra adentro después. Locuaz a más no poder. Por lo mismo que el jocoso Hermes robó el tesoro vacuno de

 

Apolo. Y lo paseó en praderas voluntarias. Que ofrecieron sus tejidos en hojas convertidos.

 

En esto estaba mi pensamiento ahora. Cuando vi surgir el agua. Desde ahí. Desde ese sitio en cautiverio. Y la vi correr hacia abajo. Rauda. Persistente. Siendo, en esto mismo, niña ahora. Y va pasando de piedra en piedra hasta hacerse agua adulta. En ríos inmortales. Y la Afrodita coqueta, mirándola no más. Tomándola en sus manos después. Besándola triunfal. Haciéndola límpida a más no poder. Y juntas. Agua y Diosa, recibiendo el yo navegante. Inmerso en ellas. Con la mirada puesta en el Océano más lejano. El de Jonios. O el de Ulises. Desafiando a Poseidón. El Dios agrio e insensible. El mismo que robó tierra a la Diosa cercana al Padre Mayor. Y que fue conminado a devolverla. Y que, por esto, secó todos los ríos y lagunas. Solo el nuestro permaneció. Por estar ella presente.

 

Al hacerse noche de obscuridad afanada. Vimos una luz alada. Cruzando el aire de neutralidad dispuesto y de fuerza creciente. Y bajó esa luz. Prendida en una rama. Con sus alas apagadas. Ya no luciérnaga veloz. Más bien postura de bujía con tonalidades diversas. Y nos dijo, al vuelo, que guiaría nuestra fuga. Hasta encontrar la flecha que mataría al Dios de Mares insolente y perverso. Y que, allí, no más llegásemos, plantaría surtidores de agua dulce. Y separaría estos de la pesada sal de los mares. Dándonos la clave para revivir lo que había sido muerto. Y que era, entonces, nuestro tutor y conversador en lúdica creciente.

 

Cuando se fue ella, volvió la luz; aun siendo noche. Río abajo fuimos. Encontrando caminos de disímil figura. Escarpados unos. Tersos, lisos, otros. Y, en cada uno, sembramos ternura. Llegando a ellos, vimos llegar las creaturas prometeicas. Y llegó Perseo. Engalanado. Como sabio tendencial Como creyéndose ya, Dios de plena corporeidad. Superior al Padre Mayor. Por encima del Olimpo enhiesto.

 

Y, allí mismo, surgieron los apareamientos. Ninfas con Titanes. Vírgenes no puras, con los hijos espurios de Cronos. Pasó, también, el Jehová de los Judíos. Con vuelo rasante y tardío. En busca del Moisés hablado y trajinado; en desierto consumido. Y vimos al Adán insaciado: Buscando el sexo de su Eva no encontrada. También pasaron los hijos de Hades. Buscando abrigo temporal. Y volvieron las lluvias. Presagio de la muerte del Dios de los mares salados.

 

Una vez llegamos a Creta, nos dispusimos a organizar las Jornadas Olímpicas. A viva voz y vivo puño. De gladiadores dotados de los frutos que da la paz. Y vinieron las trompetas. Desde Delfos. Pasaron

 

los Argonautas Homéricos. Vino el potente Ulises, desafiando la gravedad sin saber que era ella. Soplaron los vientos mandados desde el Olimpo. Júpiter henchido de fuego.

 

Dios retador latino ante el Dios Griego Zeus. Las carrozas dispuestas. Las coronas también, para quienes deberían se coronados, siendo triunfantes.

 

Así pasaron, por mi recuerdo, las cosas que viví en antes. Bajo este cielo, ahora, me siento tan solo como la pareja que se quedó del Arca del transportador Noé. Una soledad asfixiante. Persuasiva en lo que tiene de válido la resignación. Estando aquí, ahora, se quiebra mi pasión por verla de nuevo. A la Diosa incitante que cautivó mi ser. Tanto que ya no respiro tranquilo. Viéndola en remisión a su Cielo. Y, volviéndola a ver, aguas abajo. Como cuando conquistamos el Paraíso. Como cuando nos hicimos inmortales pasajeros del vuelo y de la vida. Recurrente es, pues, mi silencio, adrede, por lo más. Estando así, recuerdo a la Eva convocante. Y veo su cuerpo de tersura infinita. Y la poseo antes que su Adán regrese del exilio. Y, de su preñez, nacieron dos réplicas de Tetis y de Vulcano. Creciendo, a la par, se fueron difuminando en el amplio espectro. Llegando Adán, palpó el vientre de su Eva. Y supo que allí había anidado alguien y había dejado su semilla. Y la violentó con bravura inmensa. Lo maté yo. Así en veloz disparo de flecha.

 

Ahora estoy en reposo obligado. Ya no está conmigo la fuerza que me había sido cedida por Sansón. Ya no experimento ninguna incitación. Como antes, cuando mi visión volaba en busca de la desnudez de las mujeres todas. Como en represalia por haber perdido para siempre a la Diosa Pura. Aquella con la cual navegué. Y que, su sexo, inauguré. Habiendo frotado antes, en mí, la sangre de los genitales cortados por Cronos a su padre. Y, todavía, escucho su voz diciéndome: has sembrado en mí. Mañana no me verás más. Pariré al lado de mi padre. Y lanzaré al fuego eterno lo que de ti pueda algún día nacer.

 

No la volveré a ver más. Es, por lo mismo, que moriré; como lo hizo, en cercano pasado, Cleopatra. Una cobra hincará sus colmillos en mi cuerpo. Y mi espíritu volará al infinito. A purgar mis penas, al lado de los dioses despojados de atributos. Expulsados del Olimpo Sagrado; por haber agraviado al Padre Zeus. O al Dios Júpiter llegado.

 

Al día siguiente, aposté por la vida. Simplemente porque todo seguía igual. Los nubarrones grisáceos, impedía ver al Sol, Y ese frío profundo, grueso. No podía caminar. Me senté ahí, en el quicio de la casita de don Aldemar. Nadie alrededor. Siguió siendo un diciembre

 

helado, rampante; en lo que esto tiene de antesala a la perdida de referentes. Sentí que el viento me llevaba, de la mano, a los primeros días. Esos, antes de haber nacido criatura alguna. Vapuleado por la fuerza áspera. Con el dolor en mis piernas. Como si hubiera recibido los flechazos de los gladiadores embravecidos. Enfrentándose a los Césares. Sujetos de mirada perdida, triste. En acciones de depredación. Con su amargura potenciada. Como queriendo dejar de sentir que todavía seguían vivos. Yo, en pretendida erudición, increpé a Suetonio. Le dije algo así como que de nada había servido su descripción de los avatares históricos de quienes ejercían dominio. Como tósigo, decía yo. Seguí rodando, en mi imaginación enfermiza. Hasta llegar al territorio de Ulises. De los mares cargados de fuerza milenaria. Ampulosas olas sin gobernanza alguna. Me extravié en el camino. Y me encontré a Jesús de los Cristianos. Estaba ahí. Torturado, clavado en la cruz. Y todo, alrededor suyo, empecinado en dar rienda suelta a la tormenta aciaga. Me adentré en su pasado. Me expuse a seguir mirando su futuro. Y del de todos y todas sus seguidores y seguidoras.

 

Tertuliano estuvo, ese día, trillando su discurso. El mismo. Como referente lo cotidiano en el actuar de los apologéticos de la diáspora. Tal vez, en lo más íntimo, el conocía de su equivocación al elegir ese camino. Pero ya no había vuelta atrás. El conflicto se había profundizado. Tanto que, el judeocristianismo sucumbía como opción única válida en el proceso de consolidación del monoteísmo mosaico. Ya, la devertebración, estaba acunada. Porque no había por donde ni con que desglosar las doctrinas básicas.

 

En ese tiempo, la división política y administrativa, comprometía una noción primaria del concepto de estado. Por una vía apenas lógica, dado el contexto. Una configuración geopolítica con fronteras tan delgadas, que el Imperio Romano, se deslizaba hacia una figura de poder un tanto extraviada. O, para decirlo mejor, en el cual las directrices cruzaban territorios acicalados con ese universo de opciones de interpretación en términos de lo que pudiera constituir el referente básico. Una posición dubitativa. Entre la permanencia de la ortodoxia fundamental del politeísmo inherente a las convicciones heredadas. Y el crecimiento de lo tripartito. Fundamentalmente en lo respecta al fariseísmo político-administrativo, el judaísmo venido directamente desde las escrituras antiguas, mosaicas y los hechos asociados a la nueva versión mesiánica; habida cuenta del crecimiento del mensaje de Jesús. Como Nuevo Gran Profeta.

 

Rondando       “El    Templo”,    como instrumento físico; fortalecido,

 

reconstruido en gobierno de Herodes el Grande. Y que se hacía escenario de confrontación. En diatribas portentosas. Casi como acariciando la contienda precursora de un nuevo régimen político-religioso. Vista, la nueva ideología como herética y como originada en especulaciones, más que en doctrina sólida. Porque, en lo cotidiano, ya estaba hecho el ejercicio. Ya había un discurso y unas acciones de proselitismo, permeado por una nueva noción de Dios Significante; en necesidad de retar a la humanidad que se deterioraba cada día más, a partir de escindir y extraviar el acumulado histórico y religioso. Inclusive, con el agravante que era casi imposible dilucidar contenidos.

 

Y es que Tertuliano pretendía zanjar la confrontación (casi cieno cincuenta años después) una disputa que empezó a trascender la simple arenga. Por lo mismo que, a la par con la confrontación centrada entre el Imperio y la tripartita amalgama contestaría; se iban desgranando posiciones menores, pero adheridas al mismo piso originario. Ya los fariseos administradores, tenían un disenso, por la vía de los zelotas. Siendo estos una representación grupal, enfrentada con el fisco romano. Y allá, en Jerusalén, se hacían excesivamente fuertes. Casi como desplazando todo el contenido mismo de las expresiones judeocristianas.

 

Daba cuenta, el rico propietario y esponjoso crítico leguleyo, de pretensiones un tanto militaristas. Como si evocara, hacia atrás, los condicionamientos propios de la historia religiosa asociada con el Pueblo Judío. De la dirección política de Moisés y de su capacidad para establecer con sus dirigidos una relación de prepotencia centrada en los Diez Mandatos Fundamentales. Y se hizo fuerte, Tertuliano, a partir de su ofensiva en contra del decantamiento en la doctrina, realizado por Pablo de Tarso. Algo así como, en una seguidilla de torpezas a nombre de la ortodoxia.

 

Los Juegos Olímpicos en 165, marcaron el surgimiento de otra arista en la confrontación. Marciòn, empezó a ejercer como opción preponderante. En un entramado de confusión. Al menos en lo que respecta al significado de la propuesta de los eirenos. De la razón de ser de la variante en Peregrino y su inmolación, e nexo con la defensa de sus postulados fundamentales.

 

Ya estaba dicho, diría Pablo de Tarso, de lo que se trata es de la preservación del hilo conductor básico. De no dejar extinguir el fuego del cristianismo; por la vía de ignorar que la confrontación con la teoría helenizante, no era otra cosa que expresiones de la dinámica misma de la contradicción. Entre el Jesús histórico, ambivalente. Y el Cristo,

 

resucitado. Es decir, no surtir teoría escindiendo las dos partes. Por el contrario, haciendo cohesión. Centrando la divulgación en el ejercicio doctrinal, a partir de ese equilibrio. Y, tal vez por esto último, la Trilogía Pablo-Santiago-Pedro, se fue deshaciendo. Porque no cabían ambigüedades; siendo como era el momento de decisiones.

 

Lucas, en apariencia, esperaba descifrar los nuevos códigos propuestos por El Reformador. Pero su estreches intelectual, dio lugar a la escritura de los Hechos, de su versión evangélica, como palabras agrupadas en una linealidad que no da cuenta de la estructura doctrinal del Maestro y de sus acciones. Por ahí, entonces, Lucas se tuvo que contentar con el distanciamiento. Lo que podría llamarse bajo perfil. Solo pasados casi doscientos años se vino a exhibir el escrito suyo, en cierta hilatura, por lo menos cohesionadora.

 

Ya andaba Popea con su Nerón. Y ya había pasado el momento histórico de Herodes el Grande. Y sus sucesores, Herodes Antipas, Arquelao y Herodes Filipo, vieron diluirse el poder entre sus manos. Y, el crecimiento de los cristianos y los judeocristianos seguía siendo disímil y agrandado en confusión. Un tanto remontando la historia del antes de, los esenios, Anàs, de Aarón, de los levíticos. Se encuentra nuestro Tertuliano, confeso ignorante, de frente con esa historiografía. Que solo logra dilucidar en lo inmediato primario de las andanadas en contra de Pablo. Y siendo así, se erige en defensor de la diáspora, casi que por simple ley de la gravedad.

 

Cuando Popea incita, entonces viene a cuento la tragedia de Juan El Bautista. Ya ahí, en el mero episodio de la acción iniciática de Jesús. En el agua, como agua pura que remite a borrar rastros; estaba presente, en latencia casi, la diversidad estatutaria. Si es quien, Jesús, superior a quien es Juan El Bautista; es un circulo que nunca se cerró. Y lo mismo va para la designación del espacio temporal para el ejercicio sacramental. Si, en ese contexto físico y conceptual de Templo Sagrado. O de, en menor dimensión, el propio Sanedrín. El ir y venir de las acciones y sus consecuencias.

 

Perdiendo la cabeza El Bautista, como que se pierde en el tiempo la posibilidad de la dilucidación. Quedan, entonces, en remojo parte de los orígenes. Y se remonta, otra vez, predecesores. No solo en lo que hacen alusión los hacedores de profecías en el pasado. También en cuanto a los nexos con posturas de los clásicos helénicos. Desde Sócrates hasta Aristóteles; pasando por las opciones propuestas por Séneca. Siendo, eso sí, la partición de las Doce Tribus. Y las enseñanzas, en torno al Dios Vengador e Iracundo, de Moisés. Y la

 

noción de sacrificio, en términos de la conminación a Jacob. Y, a su vez, la herencia máxima doctrinal judía propiamente dicha.

 

Cuando Constantino entra en baza, el manejo de las contradicciones no se ha atenuado. Y no tenía por qué. Seguía siendo referente el consolidado de Pablo y sus prístinas propuestas de vaciar los contenidos de la diáspora; de tal manera que pudiese decantarse la enseñanza en sí. Ya no de su misterio en relación con la opción trinitaria. Ni con el símbolo propio pentecostal.

 

Haciéndose, como en verdad se hizo, converso utilitarista. Propiciador de recursos físicos. De poder y de obligatoriedad deriva de él; sumerge a la doctrina en un pozo absolutamente obscuro y contradictorio, de por sí. En este contexto, la aparición de Orígenes y de sus reflexiones filosóficas, proveen de nuevo instrumento a la teoría del de Tarso.

 

Nuestro Tertuliano, pues, se fue extinguiendo. Él mismo se dice y se replica. Y se va diluyendo en los avatares propios de una dinámica que lo trasciende. Y, cualquier día, lo encontramos inmerso en su propio discurso. Ahogado en sus propias palabras insípidas e intrascendentes.

 

Ensimismado estaba. Como vulgar agorero que impone las palabras. No dejando lugar a la libertad emergente. En una sensación de impotencia. Me veía, a mí mismo, como sujeto de nervadura pútrida. Como dando vuelo a la desperanza. Como imponiendo la versión árida del comienzo. Por fin me levanté. Ya el Sol había derrotado a las nubes. Apareció en la imponencia suya. En la gobernanza del sistema. Como Padre único del universo. Como si no existiese nada más. Como retando a todos y todas

 

Andando el tiempo, entonces, recordé lo que fui en próximo pasado. Y me volví a contar a mí mismo. Con palabras de los dos. Aquellas que construíamos, viviendo la vida viva

 

Es como todo lo circunstancial. Cuando regresas ya se ha ido. Y lo persigues. Le das alcance. Y lo interrogas. Al final te das cuenta que fue solo eso. Por eso es que te defino, a ti, de manera diferente. Como lo trascendente. Como lo que siempre, estando ahí, es lo mismo. Pero, al mismo tiempo, es algo diferente. Más humano cada día. Una renovación continua. Pero no como simple contravía a la repetición. Más bien porque cuenta con lo que somos, como referente. Y, entonces, se redefine y se expresa, En el día a día. Pero, también, en lo tendencial que se infiere. Como perspectiva a futuro. Pero de futuro cierto. Pero, no, por cierto, predecible. Más bien como insumo mágico.

 

Pero sin ser magia en sí. No embolatando la vida. Ni portándola, en el cajón de doble tejido y doble fondo. Por el contrario, rehaciéndola, cuando sentimos que declina. O, cuando la vemos desvertebrada.

 

Siendo, como eres entonces, no ha lugar a regresar a cada rato. Porque, si así lo hiciéramos, sería vivir con la memoria encajonada. En el pasado. Memoria de lo que no entendimos. Memoria de lo que es prerrequisito. Siendo, por lo mismo, memoria no ávida de recordarse a sí misma. Por temor, tal vez, a encontrar la fisura que no advertimos. Y, hallándola, reivindicarla como promesa a no reconocerla. Como eso que, en veces, llamamos estoicismo burdo.

 

Y, ahí en esa piel de laberinto formal, anclaríamos. Sin cambiarla. Sin deshacernos de lo que ya vivimos sin verlo. Por lo mismo que somos una cosa hoy. Y otra, diferente, mañana. Pero en el mismo cuento de ser tejido que no repite trenza. Que no repite aguja. Que se extiende a infinita textura. Perdurando lo necesario. Muriendo cuando es propio. Renaciendo ahí, en el mismo, pero distinto entorno.

 

Quien lo creyera, pues. Quién lo diría, sin oírse. Quien eres tú. Y quien soy yo. Sino esa secuencia efímera y perenne. De corto vuelo y de alzada con las alas, todas, desplegadas. Como cóndores milenarios. Sucesivos eventos diversos. Sin repetir, siquiera, sueños; en lo que estos tienen de magnetismo biológico. Que ha atrapado y atrapa lo que se creía perdido. Volviéndolo escenario de la duermevela enquistada.

 

Y, sigo diciéndolo así ahora, todo lo pasado ha pasado. Todo lo que viene vendrá. Y todo lo tuyo estará ahí. En lo pasado, pasado. En lo que viene y vendrá. En lo que se volverá afán; mas no necesidad formal. Más bien, inminente presagio que será así sin serlo como simple simpleza sí misma. Ni como mera luz refleja. Siendo necesaria, más no obvia entrega.

 

Y siendo, como en verdad es, sin sentido de rutina. Ni nobiliario momento. Ni, mucho menos, infeliz recuerdo de lo mal pasado, como cosa mal habida; sino como encina de latente calor como blindaje. Para qué hoy y siempre, lo que es espíritu vivo, es decir, lo tuyo; permanezca. Siendo hoy, no mañana. Siendo mañana, por haber sido hoy...y, así, hasta que yo sucumba. Pero, por lo tanto, hasta que tú perdures. Siendo siempre hoy. Siendo, siempre mañana. Todo vivido. Todo por vivir. Todo por morir y volver a nacer. En mí, no sé. Pero, de seguro sí, en ti como luciérnaga adherida a la vida. Iluminándola en lo que esto es posible. Es decir, en lo que tiene que ser. Sin ser, por esto mismo, volver atrás por el mismo camino. Como si ya no lo hubieras

 

andado. Como si ya no lo hubieras conocido. Con sus coordenadas precisas. Como vivencias que fueron. Y hoy no son. Y que, habiendo sido hoy, no lo será mañana.

 

Y es ahí en donde quedó. Como en remolino envolvente. Porque no sé si decirte que, al morir por verte, estoy en el énfasis no permitido, si siempre he querido no verte atada, subsumida; repetida. Como quien le llora a la noche por lo negra que es. Y no como quien ríe en la noche, por todo lo que es. Incluido su color. Incluido sus brillosos puntos titilantes. Como mensajes que vienen del universo ignoto. Por allá perdido. O, por lo menos, no percibido aquí; ni por ti ni por mí.

 

Y sí que, entonces, siendo yo como lo que soy; advierto en tí lo que serás como guía de quienes vendrán no sé qué día. Pero sí sé que lo harán, buscando tu faro. Aquí y allá. En el universo lejano. O en el entorno que amamos.

 

 

 

 

 

Episodio noveno

 

El Sol, Palas y la Diosa

 

Definitivamente, la soledad hizo mella en mí. Pasaron y pasaron los días. Y yo ahí en la esquinita bravera. Ya había pasado diciembre. Un enero caluroso. Pero yo seguí sin poder entender la dinámica nueva. En una sinrazón que me dolía en profundo. De pronto, como de la nada, apareció Serafín. Como sujeto convocado. Erizado su cabello negro. Venía, según me dijo, del lugar equidistante entre Júpiter y

 

Saturno. Me miraba, haciendo girar trescientos sesenta grados su cabeza. Como fenómeno expósito. Como truhan de mil batallas erosianadoras. Como quien asume el mando de la locomoción y de la memoria. Su voz empezó a subir de tono. Casi en vocinglería inmensa, arropadora, por el bajo. En expresiones sin concatenación propia. Más bien como estertores profanos, deslucidos.

 

Sucedió como casi siempre suceden las cosas, cuando son nuestras. Estando ahí, situadas en la esquina tercera del barrio; una joven mató a su amiga. Aparentemente en juego guerrero de recordación perdida. De mi parte, solo un vahído absoluto. Como cuando uno siente que en ese dolor se le va el alma. Un cuadro impresionante. La joven agresora, muchacha bien dotada de cuerpo. Con rasgos de cara un tanto masculinos. Con ojazos negros, penetrantes. De esos que se involucran con uno y lo traspasan. La agredida, ahí en el piso. Pero todavía con ojos verdes abiertos. Labios gruesos, provocantes. Cuerpo

 

de una delgadez envidiable. Piel color canela, lisa, embriagante.

 

Y pasó que, se hizo aglomeración inmediata. Cada quien tratando de esculcar cualquier versión. Que fue a propósito. Que las habían visto discutir el día anterior. Que la muerta era amante de la que le dio muerte. Que no hubo tal juego. Que el puñal entró con fuerza inusitada. Que las vieron pasar de las manos cogidas. Que la de la piel café no era del barrio. Que…

 

Por lo mío, no tuve dudas. En verdad un juego de libre interpretación. Como luchadoras cuerpo a cuerpo. Un brilloso metal hecho arma ligera. Ahí en el piso. Ganaba quien lo cogiera primero e hiciera un giro de cuerpo en su propio eje. Y atacara con la fuerza de su brazo derecho. Y, simplemente, se le fue la mano a la primera que cogió el metal.

 

Lo digo, porque ya lo había visto. En ese sueño de mitad de noche, anterior una vez lo soñé y comenzó el no poder dormir; viajé en el tiempo. Y localicé las hendiduras de la ciudad profana. Y, allí, estaban ellas. En otro tiempo. Con sus telas trasparentes, actuando como envolturas. Y sus cuerpos al desnudo, se exhibían en las transparencias. Y vi esos muslos sólidos, puestos en firme. Guerreras ahí, en pleno coliseo temerariamente habilitado. Y estaban otras mujeres cuando empezó el duelo. Y vi volar caballos alados adornados con estolas de flores. Y vinieron en veloz carrera, como rayos enceguecedores, caballeros de alta estima. Dicho así por lo que vestían. Adornadas sus cabezas con olivos en fuego.

 

A la otra noche. Noche antes del día en que en la esquina tercera del barrio; volví a ver el duelo. Ya en la arena del coliseo. Y tribunas todas colmadas. Y llegaron otros en carrozas, haladas por machos cabríos. Conté hasta cien de ellos. Y bajaron los señores. Y se instalaron en tribuna especial. Con sus frentes en alto. Con gestos imperiales. Y localicé las aureolas que circulaban en torno a su cabeza.

 

Esa misma noche, antes del día aquel, empezó el duelo en verdad. Y la de ojazos negros penetrantes. Se abalanzó sobre la morena de muslos bien henchidos. Con ese cabello al viento. Y vi el metal ahí, en la arena. Y entraron en el cuerpo a cuerpo. Brazos y piernas entrelazadas. Fundidos al unísono. Con la música al aire. Siguiendo sus movimientos. Y cayeron en la arena. La de negros ojos inhabilitó a la otra. Y cogió el metal, tratando de incorporarse para hacerse vencedora, en ademán no previsto abrió el pecho de la vencida. Y su corazón al aire Fue.

 

Yo seguía ahí. Viendo el cuerpo endurecerse. Viendo esa piel hermosa languidecer. Tornándose en opaco gris desierto. Viendo como sus ojos se iban apagando. Viendo ese cuerpo entero provocante, languidecer al infinito. Ya frío. Ya sangré antes viscosa a torrentes, una resequedad muda. Pétrea. Y seguía llegando gente. Inventando palabras para azorar a la vencedora. Y ella puesta en pie. Con su mirada perdida. Como implorando perdón, no se sabe a quién. Y su vuelo de cabello apuntando al infinito. En esa ráfaga de viento que, de pronto, llegó desde la nada.

 

Volví a la otra noche, antes de este día aciago. Ya, otra vez, el desvelo. Insomnio tardío. Volcado a la arena del coliseo que seguía pleno. La arena teñida de rojo. Al lado de las dos. Y la del metal en la mano, erguida. Sus ojos de tristeza absoluta, continua. El cuerpo tirado ahí. Ya perdido. Ya sin el brillo de la vida. Cabello que se tornó opaco. Ya no con el brillo de antes. Toda arropada en el velo traslúcido. La desnudez abierta. Paso a paso fui recorriendo con mi mirada su hermosura. Y la sentí como si fuera mía. Como si antes del duelo la hubiera poseído con delirio. Con ternura exacta, sin la expresión dubitativa mía en otros quehaceres.

 

Ahí, en esa tercera esquina seguía yo. Como impávido testigo de lo que vi en la otra noche. Gente inmediata. Un grupo asfixiante por lo tumultuoso. Ya llegaron los levanta cuerpos. Con sus guantes finos. Pegados a la piel de sus manos. Y con la parsimonia acostumbrada. Abriendo los labios gruesos, con pinzas plateadas. Cerrando los ojos de la que fue muerta en lance absurdo. Tocando la herida del pecho. Agrietándola más. Y cubriendo todo el cuerpo con manta blanca. Ya no podía ver yo, esa hermosura apretada en bajo vientre. Y metieron el cuerpo en bolsa negra. Y luego la cerraron. Y desapareció, pues, el cuerpo entero. Y la vencedora dolorida. Con espasmos cada vez más fuertes. Mirándolo todo en derredor. Auscultando. Como buscando un nombre para la tragedia. Para ella y para la vencida.

 

Y, esa misma noche del antes de, vi a Zeus en la tribuna. Envejecido. Llorando también. Y su séquito. Hermes, Afrodita, Aquiles, Hera. Todos y todas, lamentando la muerte. En la arena seguía, con sus ojos agrandados, lamentando lo sucedido. Rogando la no tipificación de preterintencionalidad. Buscando asidero en la belleza de la perdedora y en la suya propia. Con el velo alzado al viento. Con la desnudez exaltada. Sus pechos inflamados, pero tristes también. Y vinieron a caballo a levantar el cuerpo. Sin guantes. Espada al cinto. Lo alzaron sin dulzura. Lo colocaron ahí, en el carruaje. Sin ceremonia. Casi sin respeto. Los vi alejarse con la rapidez de corcel recién adiestrado para

 

la guerra.

 

Ya es otra noche. Yo sigo ahí. En la esquina tercera de mi barrio. Ya ha pasado todo. Ya no hay nadie. Solo ella. Aturdida. Me le acerqué. La abracé con mi cariño posible, henchido. Secándole las lágrimas que ya hacían como laguna en el piso. Con oleadas vibrantes. De un azul celeste divino. Y le acaricié su cabello. Se había vuelto blanco, casi níveo.

 

Sin saber cómo, ni porqué, se deshizo de mí. Volando se fue. Acompañada de nubes grises, presagiando tormentas. Hasta que se perdió en el infinito cielo herrumbroso. Su última mirada fue para mí. Diciéndome adiós

 

Esa misma noche volví al sueño y al desvelo. Ya no había nadie en el coliseo. La arena toda teñida de rojo a borbotones. Ella ahí. Mirándome. Con el metal en la mano. Lo lanzó al aire. Y ella tras él. Ascendió rauda. Detrás del envejecido Zeus. Con su mano, un adiós que todavía es latente en mi; a pesar de haber pasado cuarenta noches, de sueño perdido. De desvelos perennes y por la noche guarnecido.

 

El erizado cabello estaba ahí. En cabeza de ella; la que solo conocí en ciernes. Como al relámpago no sutil. Por lo mismo que como afanoso convocante. Siendo, como es en verdad, una especie de alondra pasajera y mensajera. Se me parece al verdor de los bosques que crecen en silencio. Sin sentir unos ojos ensimismados por su pureza; siempre presente. Creciendo en lentitud. Pero, siempre, en ebullición de células, en trabajo constante. Haciendo real lo que potencial al sembrarlos era.

 

En verdad no la había visto pasar nunca. Como si la urdimbre de la vida en ella, no fuera más que simple expresión de fugaz cantinela. Abarcando circunstancias y momentos. En sentimientos explayada. Como momentos de transitorio paso. Por cada lugar, muchas veces umbríos. Como simple pasar de largo. Sintiendo lo que está; como si no estuviera.

 

Y así fue siempre. Cada ícono suyo, más velado que el anterior. Como Medusa incorpórea. Solo latente. Sin Prometeo ahí. Vigilante. Hacedor del hombre. Acurrucado en esa veta grisácea. Tejiendo el lodo. Amasándolo. Hasta lograr cuerpo preciso. Y, soplado por Hera, vivo aparece. En los mares primero. Tierra adentro después. Locuaz a más no poder. Por lo mismo que el jocoso Hermes robó el tesoro vacuno de Apolo. Y lo paseó en praderas voluntarias. Que ofrecieron sus tejidos

 

en hojas convertidos.

 

En esto estaba mi pensamiento ahora. Cuando vi surgir el agua. Desde ahí. Desde ese sitio en cautiverio. Y la vi correr hacia abajo. Rauda. Persistente. Siendo, en esto mismo, niña ahora. Y va pasando de piedra en piedra hasta hacerse agua adulta. En ríos inmortales. Y la Afrodita coqueta, mirándola no más. Tomándola en sus manos después. Besándola triunfal. Haciéndola límpida a más no poder. Y juntas. Agua y Diosa, recibiendo el yo navegante. Inmerso en ellas. Con la mirada puesta en el Océano más lejano. El de los Jonios. O el de Ulises. Desafiando a Poseidón. El Dios agrio e insensible. El mismo que robó tierra a la Diosa cercana al Padre Mayor. Y que fue conminado a devolverla. Y que, por esto, secó todos los ríos y lagunas. Solo el nuestro permaneció. Por estar ella presente.

 

Al hacerse noche de obscuridad afanada. Vimos una luz alada. Cruzando el aire de neutralidad dispuesto y de fuerza creciente. Y bajó esa luz. Prendida en una rama. Con sus alas apagadas. Ya no luciérnaga veloz. Más bien postura de bujía con tonalidades diversas. Y nos dijo, al vuelo, que guiaría nuestra fuga. Hasta encontrar la flecha que mataría al Dios de Mares insolente y perverso. Y que, allí, no más llegásemos, plantaría surtidores de agua dulce. Y separaría estos de la pesada sal de los mares. Dándonos la clave para revivir lo que había sido muerto. Y que era, entonces, nuestro tutor y conversador en lúdica creciente.

 

Cuando se fue ella, volvió la luz; aun siendo noche. Río abajo fuimos. Encontrando caminos de disímil figura. Escarpados unos. Tersos, lisos, otros. Y, en cada uno, sembramos ternura. Llegando a ellos, vimos llegar las creaturas prometeicas. Y llegó Perseo. Engalanado. Como sabio tendencial Como creyéndose ya, Dios de plena corporeidad. Superior al Padre Mayor. Por encima del Olimpo enhiesto.

 

Y, allí mismo, surgieron los apareamientos. Ninfas con Titanes. Vírgenes no puras, con los hijos espurios de Cronos. Pasó, también, el Jehová de los Judíos. Con vuelo rasante y tardío. En busca del Moisés hablado y trajinado; en desierto consumido. Y vimos al Adán insaciado: Buscando el sexo de su Eva no encontrada. También pasaron los hijos de Hades. Buscando abrigo temporal. Y volvieron las lluvias. Presagio de la muerte del Dios de los mares salados.

 

Una vez llegamos a Creta, nos dispusimos a organizar las Jornadas Olímpicas. A viva voz y vivo puño. De gladiadores dotados de los frutos que da la paz. Y vinieron las trompetas. Desde Delfos. Pasaron los Argonautas Homéricos. Vino el potente Ulises, desafiando la

 

gravedad sin saber que era ella. Soplaron los vientos mandados desde el Olimpo. Júpiter henchido de fuego.

 

Dios retador latino ante el Dios Griego Zeus. Las carrozas dispuestas. Las coronas también, para quienes deberían ser coronados, siendo triunfantes.

 

Así pasaron, por mi recuerdo, las cosas que viví en antes. Bajo este cielo, ahora, me siento tan solo como la pareja que se quedó del Arca del transportador Noé. Una soledad asfixiante. Persuasiva en lo que tiene de válido la resignación. Estando aquí, ahora, se quiebra mi pasión por verla de nuevo. A la Diosa incitante que cautivó mi ser. Tanto que ya no respiro tranquilo. Viéndola en remisión a su Cielo. Y, volviéndola a ver, aguas abajo. Como cuando conquistamos el Paraíso. Como cuando nos hicimos inmortales pasajeros del vuelo y de la vida. Recurrente es, pues, mi silencio, adrede, por lo más. Estando así, recuerdo a la Eva convocante. Y veo su cuerpo de tersura infinita. Y la poseo antes que su Adán regrese del exilio. Y, de su preñez, nacieron dos réplicas de Tetis y de Vulcano. Creciendo, a la par, se fueron difuminando en el amplio espectro. Llegando Adán, palpó el vientre de su Eva. Y supo que allí había anidado alguien y había dejado su semilla. Y la violentó con bravura inmensa. Lo maté yo. Así en veloz disparo de flecha.

 

Ahora estoy en reposo obligado. Ya no está conmigo la fuerza que me había sido cedida por Sansón. Ya no experimento ninguna incitación. Como antes, cuando mi visión volaba en busca de la desnudez de las mujeres todas. Como en represalia por haber perdido para siempre a la Diosa Pura. Aquella con la cual navegué. Y que, su sexo, inauguré. Habiendo frotado antes, en mí, la sangre de los genitales cortados por Cronos a su padre. Y, todavía, escucho su voz diciéndome: has sembrado en mí. Mañana no me verás más. Pariré al lado de mi padre. Y lanzaré al fuego eterno lo que de ti pueda algún día nacer.

 

No la volveré a ver más. Es, por lo mismo, que moriré; como lo hizo, en cercano pasado, Cleopatra. Una cobra hincará sus colmillos en mi cuerpo. Y mi espíritu volará al infinito. A purgar mis penas, al lado de los dioses despojados de atributos. Expulsados del Olimpo Sagrado; por haber agraviado al Padre Zeus. O al Dios Júpiter llegado.

 

Tal como apareció, se diluyó. Como siguiendo el camino del macro-poder del Padre suyo. Ese mismo que le había negado la vida a cientos de miles. En un ejercicio perverso. Aprendido en la Batalla de los Cuerpos idos. No dejó ningún rastro. Por más que traté de detenerlo, su incisivo impulso lo dejó en manos del viento presente.

 

Como quien no le da respiro a nadie humano. En escapatoria impávida. Por la vía del tormento amasado en antes. Cuando Serafín se fugó, Andando desde su ciudad natal, hasta la ciudad no construida todavía.

 

 

Episodio décimo

 

La venganza

 

Y sí que, en esta postura mía, decidí expresar lo íntimo cierto. En razón a que me siento como engañado amante. Que, aquel que sigo amando, se ha tornado en evasivo sujeto.

 

En eso de ir buscando eventos de justificación, me he encontrado con el arrebato propio del inicio. Siempre en posición de tratar de negarlo todo. Como quien deduce que solo lo suyo es válido. Y que, inclusive, el antes del comienzo no se evidencia en ningún referente. Y que, a lo sumo, podría inventarse un proceso de confusión, al momento de explicarlo. Por esa vía, entonces, se tiende a socavar el infinito; porque este no conduce a la proclama del término de los días.

 

Visto así, en consecuencia, lo mío como que se hace sensato; habida cuenta de los albores de lo que existe. Y siendo así, me detuve en el relato de la fornicación de Erebo con la Noche. Y que, por esa vía, fueron surgiendo la vejez, la muerte, la concordancia. Y me fui con esto al auto exilio. Reconviniéndome a mí mismo por la exudación de ejemplos vulgares. Como construidos al lado de un hilo conductor de expresiones funestas. Y, por lo mismo, sigo en la escucha de la tronera que emerge. De los rayos voraces que absorben toda energía que nos colocan en condición de postración constante.

 

Dirigí la búsqueda, esa noche a la localización del aire y del día. Como si fuesen pareja que fueron cumpliendo con el exorcismo del que se erige como creador. Y que, aire y día, engendraron a la Madre Tierra y al Sol y a los Mares. Y que yo seguía ahí. En esa tenebrosa soledad. Y que se fueron decantando las cosas y los seres. En ese Templo de la diosa Hestia. Que, a lo sumo, fue recluida en el mismo. Que, de paso, ejerció como pionera de la madre esclava. De la mujer arropada con los poderes de quienes exhibían condición de soberanos inmutables. Que iban, como en realidad lo hicieron, enhebrando el hilo y la aguja, hacia el tejido propio del símil de cadalso habilitado.

 

Volver, desde ese exilio mío, a retar a Urano. Por la vía del Cronos que lo impele a no seguir siendo él. Que lo vulnera en su sexo y que lo

 

arroja a los mares. Y que, tal vez por esto, estimula el apareamiento Tierra Aire, originando el terror y la astucia. Y que, estos tesoros, fueron echados al entorno de los mortales. Para que, en juntera impropia, amenazaran con el exterminio. Por la vía más perversa posible.

 

A mi regreso, entonces, lo de los otros y las otras, se ha convertido en insidioso proyecto. Ya, así entendido, se fueron reconstruyendo el actuar y el quehacer pasivo. Ya no en la exhibición del libre albedrío. Si no en aquello que es conducido a través de la hilatura primera. Como marionetas que pululan. Que se hacen, cada vez más, gregarias de ese Ser Primero. Que es condicionante y vulnerador del arrebato libertario del uno y de los unos todos.

 

Y, al desgaire, se sintonizan los eventos. Ya no en acción plena de lucidez; sino en simple repetición. Efímera, a veces, perenne, otras. En el Universo ya habilitado. Como simple diáspora de lo pasado antes. Circundando la esfera siempre. Yendo y viniendo estamos. En el vaticinio ya hecho. De que solo podemos ser lo que somos; sin el vuelo del albur necesario.

 

Estando aquí y así, seguimos el sendero ya trazado. Somos como errantes mecanizados. Metidos en la envoltura del Determinador. Que se inmiscuye en lo nuestro y nos ordena. Vamos, por lo tanto, horadando nuestra propia habitación que nos ha de albergar por siempre.

 

En esto de las ilusiones estaba. En ese sueño de perdición. Esta, yo, ahí. En el lugar preciso del territorio que creía válido y hospedero. Saliendo, hice como que miraba a la ciudad. Mi ciudad y la de los demás. Y la vi avasallada por la bola de fuego viva. Originada en los átomos partidos en sucesión. El uranio al aire y al suelo extendido. Energía destructora. Y corrimos todos y todas. Y nos refugiamos en el manto de Hestia y de los Nagares. Su refugio estaba incólume. Antes de esa bola roja que avanzaba. Y, al llegar todos y todas, Hestia hizo como que paraba el fuego con sus manos henchidas de mar. Pero fue arrasada. Y Nagares y las Ménades también huyeron. Delante de nosotros y nosotras. Y alzaron vuelo hacia el infinito universo. Pero de nada sirvió. La destrucción fue el todo. Como significando la nada del comienzo que no podrá ser tal, porque no habrá otro origen como el de antes.

 

Ya en febrero, seguía sin moverme de la esquinita bravera. He visto pasar el tiempo, atropellado. Le dije desde la distancia, a la callecita lúdica, lo tanto que me he empecinado en volver a ver a Ancízar. Con

 

pasión abierta y sincera. Nunca he dudado de la gendarmería palaciega. Allá adonde él se dirigió, hace mil años. No atinaba a nada más. La callecita impávida. Como diciendo, yo solo sé que no volverá, porque se llevó la pelotica con la cual me entretenía. Mirándolo en la gambeta mágica. Como si, en sus piernas llevara la vida. Mi vida. Estoy aquí. Y aquí me quedaré; dijo por último la divina calle que me vio crecer. Desde muy allá, en las sombras de esta otra noche emergió una potente voz. Como llamándome a la sinceridad. Qué dejara de ser enfermizo sujeto, detrás de Ancízar y Valeria. Porque recuerda que, hace mucho tiempo nación un niño. Tu hijo. Y nadie, incluido tú ha preguntado por él. Y que, Valeria, ha puesto todo lo que es, al servicio del infante. Que se hizo grande d cuerpo de alma. Y anda, por ahí, buscándote. Como martinete envejecido. Solo quieres avizorar a Ancízar, sin conocer que él se hizo amante del fuego vivo. Del viento veloz, cálido, sinuoso. ¡Qué te has creído dueño de todo y de nada1 Anda a ver sí te oyen en medio de esas acciones propuestas de tiempo atrás! Entre Ancízar y tú no has hecho nada al respecto. Solo en el brete repetitivo. Escúchalo. Yo te abro los oídos. Los potencio; para que sepas que está diciendo.

 

Se lo habían enunciado un año atrás. Pero, él, creyó que era otra broma del señor alcalde. Lo que le dijeron tenía que ver con su condición de amante de hombres. Especialmente de adolescentes. Un largo historial. Aún antes de que se iniciara la actuación con el referente de “libertad para amar. Libertad para ser amado”. Su capacidad de seducción, era infinita. Él mismo contaba que había “desollado” a más de cuarenta. Sin ninguna violencia previa. Simplemente convocándolos con esos sus ojos verdes, penetrantes, asfixiantes. Que no dan lugar, una vez se los mira, a disidencias.

 

Y es que David era puro fuego. Desde pequeño se acostumbró a medir los ensueños y los sueños. Siempre anhelando ser dueño de todos. Y los catalogaba. Por orden de belleza y de otorgante de placer. En el colegio era conocido como “El César”, Por lo mismo que exhibía un autocontrol absoluto, en unidad de acción con la maniobra constante para mantener cautivos a quienes amaba. Fueran consientes o no de ello.

 

Y estuvo mucho tiempo en ejercicio de su aureola. Hasta que conoció a Nemesio. Imberbe bello. Ojos de una negrura convocante. Venía de familia hacedora de proclamas en lo que concierne a la libertad sexual. Todos y todas, en ella, eran amantes y amados. No importando la edad, ni el parentesco.

 

Cuando lo citaron, simplemente, creyó que era una de esas audiencias más a las cuales había asistido un centenar de veces. Siendo siempre sujeto que no acataba reglas e insinuaciones. Y creyó, asimismo, que el señor alcalde, en uso de su perfil de incompetente consuetudinario, simplemente le diría “no hay pruebas. Luego no hay condena”, Él era consiente que había vulnerado todas las reglas. Desde el mismo momento en que había agredido a Juliancito, En ese tipo de agresión que involucra la perversión. Porque fue, no solo obligarlo a aceptar la penetración constante; sino la atadura, de se ser en sí, a un cuadro relacional vejatorio, infame.

 

Él había sido todo un engarce sistemático. Aprovechándose del poder ejercido sobre sus súbditos. En un proceso sin fin. Y, así, se lo había hecho saber al Santo Imperio. Lo pecaminoso había sido desterrado a partir de la absolución lograda. Tanto así que su invernadero sexual no había sido tocado. Ni lo sería nunca.

 

Lo que le anunciaron era, para él, simple retórica lineal. De conformidad con sus principios y valores. Con velo de organza afín a sus postulados. Y, todos en la región, lo conocían, Sabían que era

dueño y señor de los nacientes párvulos. No había fisura alguna. Porque, siendo como era él, absoluto dueño de todos y todas; no existía ninguna disposición manifiesta o soterrada a cumplir con ninguna norma de reclamación. Colectiva o individual.

 

Y allí estaban las madres. Sujetas inmersas en la reclamación de “justicia”. Sabiendo ellas que sus hijos habían sido avasallados por “El César”. Y, además, que este no insinuaba ningún arrepentimiento, ante el daño causado. Simplemente porque él, era Poder absoluto que transgredía, sin transgredir. Con esa visión de supuesto libertario que todo lo puede, en aras de demostrar que todo se puede.

 

Y ellas, las madres, sucumbieron. Nadie las acompañó. Y murieron en fuego cruzado. Alcanzadas por las balas de “El César”. Quien previamente había informado que el sexo asociado a su predilección, era mandato de estado.

 

Episodio once

 

El sujeto vivo. Mi Ancízar y su vida perdida, en otro tiempo.

 

Y, en esa vida mía. Envuelta en la sinrazón. Sin encontrarlo. Se me fue subiendo la sesera. Hasta que, en ese sueño prohibido, me lo imaginé al lado de esos sujetos anodinos. Y, no sé por qué, me dio por buscarlo en esos avatares de los sueños infames. Por allá, por esos años gemelos. Afines a la vida perdida de lo que yo soy y era. Él, mi

 

hermoso hombre quimérico. En esa hondonada del universo. En la cual cada quien cambia. Y, cada quien, desaparece. Así no más

 

Al salir, cerró la puerta. Cansado como estaba, caminó hacia la calle

 

92.        En la esquina con carrera 77, encontró a Zoraida, la negra. La conocía desde 1948, estando en Ciudad Bolívar. Recién llegaron. Él desde Pasto y ella, desde Barrancabermeja. Se parecían en sus opciones de vida. Esa pulsión que, en veces, cruza a quienes ejerce como sujetos del ir y venir. De contera había, entre ella y él, una atracción, de esas que llaman “fatal”. Por lo mismo que arrasaron con las barreras primeras. De esas que definen como posturas de moralidad. Esas que fueron cruzando todo lo habido como colectividad. Como expresión de lo humano. Algo así como esa herencia cultural desde el medievo. Aun con los matices expuestos por Agustín, por la vía de sus “Confesiones”.

 

Y sí que llegaron el mismo día. Ese trece de diciembre de 1956. Día monótono, por cierto. Se juntaron en el camión que los recogió en Palmira, viniendo desde Quito. Lo hicieron como si nada. Mientras el ayudante soplaba un cachito. Para Zoraida fue su primera vez. Para él la segunda, después de Virgiliana Moncayo. En ese trotecito se la pasaron hasta que el conductor se aburrió con ella y con él. Y los hizo bajar en las afueras de Armenia.

 

La noche, iluminada por una Luna pálida prometía ser, al filo de la madrugada, absolutamente fría. Ese firmamento explayado dando cabida a la miríada de estrellas. Y es que, lo que pasó, en la casa de Evangelista Estupiñán fue eso que llaman del absurdo. Comoquiera que la espada de Valeriano atravesó todo el abdomen de la pequeñita Alicia. Una trifulca inmensa. De esas que requieren asumir el imaginario absoluto. No solo para su descripción. También y, fundamentalmente, para proveer una versión creíble.

 

Ya le había pasado antes, estando en Tumaco. La desmembración de los cuerpos de Eloisita Asprilla, de Esteban Armero y de Elías Cevallos. Casi el mismo tipo de contexto y entorno. Empezó con la habladuría de siempre. Ese “trinar” como cantaleta. Refiriéndose a lo del negocio que se dañó, justo ayer. Y de la necesidad de alucinar, hallando el chivo o chivos de expiación. La voltereta del matacandelas. La orilla opuesta. En ese estar ahí, como virulento atizador.

 

En la “vueltecita” se perdieron como siete millones de pesos. Suma de nimiedad. Pero, en esos ejercicios perdularios, lo que cuenta es “la palabra empeñada”. El cicatero Jefe de Jefes, el Patrón, no permitía ningún error. Mucho menos si, de por medio, había dinero. Porque lo

 

duro que había que meter para conseguir cualquier billete, ameritaba la consolidación de referentes básicos. Lo que, en términos coloquiales, se ha dado en llamar “códigos insoslayables”

 

Lo de Tumaco fue aterrador. Brazos, manos, pies, ojos, dedos, etc., por ahí. En la cocina, en la sala, en el comedor. Todos por ahí. Sangre en las paredes. Pedazos por todos lados. Cinco personas que sintieron el dolor. La tortura previa. Cercenados en vivo. Un dolor absoluto. Y, este hijueputa, como si nada. Salió a la calle. Se dirigió a la taberna de la mona Abigail. Bebió como si se fuera a acabar el aguardiente. Sentado, empezó a limpiar la macheta, con el pañuelo que heredó de la madre. Y que había sido bendecido por el papa Paulo Sexto, cuando estuvo en Colombia en 1968, en el Congreso Eucarístico. Le propuso a la mona, que fueran a.…Ella no aceptó aduciendo que lo había

 

hecho tres veces en lo que iba corrido de la noche. Volvió a ensuciar la macheta. Abigail, alcanzó a ver sus manos caer al piso. No pudo más…

 

Zoraida estuvo con él en Neiva, diez años atrás. Le ayudó a envolver, en papel periódico, las manos y los pies de Baltazar Garzón. El abuelo de alejandrina. Allí todo empezó por lo de siempre. No cuadraban las cuentas. Sus cuentas. Esta vez fueron ocho mil pesos, correspondientes a las “vacunas” establecidas para los tenderos del barrio “la ponzoñita”.

 

Cuando niño, este lisonjero, siempre estuvo en cuanto problema se presentaba en Siloé. Desde lo usual relacionado con el robo; en cuanto almacén había. Hasta el atraco a quienes conducía los vehículos en que se repartían las gaseosas y la cerveza. El primer muerto en su haber fue don Ignacio, el sacristán de la iglesita. Todo, porque el viejo no le quiso entregar “por las buenas”, la palangana en que recogía la limosna en las misas. Particularmente, el día en que se celebraba la fiesta de la Virgen de las Mercedes, patrona del barrio. La comunidad se exacerbó. Quisieron lincharlo, pero pudo más la veloz carrera y el tronante que llevaba en la mano. Tres personas resultaron heridas. Escapó en dirección a Hobo. Y, allí, logró que Iván Martínez lo acogiera. El argumento fue convincente. A más de los veinte mil pesos que ofreció. Como para subsidiar, en parte, la sopita.

 

La adversidad era lo cotidiano, en casa de “los tíos”. Zoraida estuvo a su cuidado desde la muerte de mamá Belarmina. Del padre no se supo nada. Como si se lo hubiera tragado la tierra. Solo, en mayo de 1958, “los tíos” recibieron un mensaje desde Medellín. Algo así como que “Jeremías armó tremenda revuelta en el Parque Berrio. Y por allá en el

 

barrio Loreto en abril de 1957”. No más eso. Es decir que, en tiempo ido y presente, la mamá de Zoraida asumió, en parte, la carga de criar a la niña. Digo en parte, porque Aureliano y Otoniel, en verdad, fueron auxiliadores constantes.

 

Lo de Belarmina Paternina fue como ese desasosiego que está vigente siempre en el quehacer de lo cotidiano. Desde muy niña había aprendido el arte de hacer aparecer un sapo, a partir de un pañuelo. Y de interpretar los sueños de sus compañeritos y compañeritas de escuela. Eso explica, por cierto, su condición de mujer indomable. Nadie podía con ella. Aureliano logró, por tiempo breve, acceder al inframundo de la “cascarrabias”. Alguien le puso esa chapa. Así, al vuelo. Y quedó bautizada así.

 

Eso fue por el mismo tiempo en que a, Otoniel, les mataron a sus tres hijas. Ahí en el arrabal del barrio Manrique. Como dijo el policía en su informe “fueron muertas en extrañas circunstancias”. Y parece que si fue sí. Estando “las tres Marielas” (Mariela Lucía, Lucía Mariela y Mariela del Socorro) en la cuarenta y cinco con ochenta, en casa de Alba Mariela Sinisterra, en clase d costura, llegaron “el choneto” y “el chorizo”, dizque buscando al hermano de doña Alba. Como en eso de ir contando que Hermenegildo, tenía una deudita pendiente con ellos. Y, así. Sin saber ni cómo, ni cuándo, ni porqué, hizo explosión el artefacto que llevaba choneto en el talego que cargaba. Murieron todos y todas.

 

Pasando el tiempo, Otoniel conoció a Rafaela Manotas. Supo, por boca, lengua y memoria de ella que, en verdad, Hermenegildo, había estafado a más de cien personas en el barrio Belencito. Con eso de adivinar la suerte y vender lotes situados en el barrio La Castellana. Y que, por eso, choneto y chorizo habían sido contratados por “la comunidad dolida”. Pero hasta ahí. Esa versión no servía nada para los propósitos de Otoniel. Él buscaba algo así como saber a quién podía demandar por daños y perjuicios, derivados de la muerte de sus tres Marielas. A decir verdad, la otra Mariela, ni la conocía.

 

Belarmina rodó por casi todo Medellín. Que donde doña Betulia. Que la vieron en el barrio Fátima arrejuntada con Mauricio Paniagua. Que ya estaba embarazada cuando la recibieron en hogar comunitario “El Buen Pastor”. Que, de allí, salió para “Don Matías”, desembarazada. Pero así, sin el mené o la nena. Como que salió echada. Tal parece que, ella misma, se hizo algo para que saliera lo que fuera, sin cumplir los nueve meses. Luego, la vieron recabar en San Luis, con Jesús Pimiento a bordo. Y que, allí, vivieron como cinco meses. Hasta que, la

 

Belarmina, huyó. Jesús fue encontrado muerto como a los tres días.

 

Con dos heridas de cuchillo en el cuello.

 

Aureliano estuvo mucho tiempo al lado de su papá. Don Heliodoro. Su mamá había muerto el mismo día en que murió Carlos Gardel. Se dice que ella estaba noveleriando en el aeropuerto Olaya Herrera. Y que le dio por cruzar la pista de decolaje, justo en el momento en que el avión iba a despegar. Hay quienes aseguran que ella fue quien ocasionó el accidente. Como en eso de interpretar que estaba demasiado enamorada de Carlitos. O para mí, o para nadie, le oyeron decir.

 

Cuando dejó la casa del sordo Iván, Ángel María, viajó a Tunja. Como en eso de ir yendo por todas partes, a ver si resultaba algo. Llegó en esa madrugada fría del 20 de julio. Como llegó, empezó a andar. Con la maletica de cuero que le había regalado doña Isabelina, la mamá de Nancy. Esa niña que conoció en Puerto Wilches. Quince añitos no más, cuando conoció la largueza y dureza de angelito. En evocación tardía, Angelito, quiso volver un día. Pero pudo más el afán para no responder por lo que hizo.

 

En fin, que angelito recorrió toda la ciudad. De aquí para allá. Y de allá hasta otraparte (como parodiando al maestro Fernando González). Entró a una tiendita en la cual vendían cocido boyacense. Zoraida le había advertido de lo delicioso. Como que cuando ella estuvo viviendo al lado de “el esmeraldero”, todos los benditos días comía. Tanto que, en secreto, se volvió un vomitivo perenne. En la tiendita conoció a Agripina Valverde. La hija de la dueña. A ella le correspondía atender a los madrugadores del entorno. Como veinte años aparentaba la china. Angelito tasaba a las mujeres, por las tetas y las nalgas. Agripinita pasó el corte. Hicieron migas, como dicen en la tierrita. Conversando, entre palabra y palabra, angelito conoció de lo habido sucedido y lo habido actual. En Cascuéz, la cosa estuvo muy difícil entre 1978 y 1989. Victicor Carranza y Gonzalito Gacha se encargaron de arrasar con todo lo territorial minero. Y, también con lo territorial vivencial. Tremendas grescas. Puñados de muertos y muertas. Había casas destinadas para la tortura y el desmembramiento. Tres hermanos de la agraciada contadora de recuerdos, sueños y casi verdades, murieron. Uno ahí, donde usted está sentado. Los otros dos, Patroclo y Olegario, cayeron por el lado de Muzo. Los picaron, como si nada. Y todo, decía la niña, por culpa de las malditas gemas y de la voracidad de “los de arriba”.

 

Eran casi las doce del mediodía cuando salió del negocito de doña Epimenia. A ella también la conoció. Acostumbraba levantarse tarde.

 

Como a las diez de la mañana, apareció ahí en el comedorcito. Con legañas en los dos ojos. Y una muda transparente que le servía para dormir y que daba cuenta de sus ajados pechos y de sus pliegues, ahí abajito en donde terminan las piernas, como marchitos también. Pero junticos. Angelito, la miró de los ojos con esa masita color verde. Pasando por los ajaditos pechos. Hasta ahí donde todos los palos llegaron. Y pueden, aún llegar. De ese talante era el morbo de don sujeto pecaminoso.

 

Cogió para Paipa. La niña Agripina le dijo que allá podía bañarse en los termales. Y que, además, podía encontrar a Valeriano, el dueño de uno de los hoteles más bonitos y seguros de la ciudad. De una llegó al hotelito que le recomendó la nena. Iban siendo como las tres y pucho de la tarde. Entró y miró. Como miran los tesos (diría el creador de Pedro Navajas). Estaba como alucinado. Le vino a la mente, la situación vivida cuando chico. Que miseria de alma tan brava en esa casa suya. Cada quien con su propio inventario de bienes y contrabienes. Lo que ahora llaman valores. Y que, incluso, ha sido una vena extravagante para muchos teóricos de la vida. De los que derraman, a puñados, palabras habladas y escritas. Casi como sortilegio mundano de a cada rato. O de lo de hoy y ayer. O de lo que vendrá. Eso que Fernando Savater ha exprimido a más no poder en su “Ética Para Amador”. Una virulencia en diatriba insabora de contenidos.

 

Y, siguió elucubrando Ángel María, que infancia manifiesta en su hedor de puta mierda. Una simbología inane. Al menos para él. En esa contracorriente tan infame. Unos vertimientos de historias entrelazadas por lo bajo. Como ese cuento con la bisabuela Serafina. Una mujer de tres mundos. Uno, el del siglo XIX, que conoció en toda su segunda mitad. Con esos embates de los amos de la tierra. Unos cruzados peleando hasta morir y hacer morir. Unas arengas embalsamadas, desde 1819. En esas junturas de caminos entre santanderistas y bolivaristas. Cardúmenes de población societaria retenida o expulsada a la fuerza. Los esclavos y las esclavas todavía con la yunta al cuello. Las repúblicas iban y venían. Como en recetario perverso. Policromías a partir de surtidores rojos y azules. Como si ese fuera el único espectro posible. Una caballería vergonzante. Hoy los unos. Mañana los otros. Y, así, pasaba el tiempo. Heridas abiertas. Ahí no más, esperando el discurso del próximo caudillo. Herederos del imperativo y empalagoso General. Dictador de siete muelas.

 

El otro mundo, el segundo, de la bisabuela, dado por esos años de comienzo del Siglo XX. Unos tras otros. Venidos desde la política

 

bifronte consolidada desde 1886. Constitución en mano. Los generalotes. Solo lúcidos para las entelequias y para la soberbia. Exacerbadores, a partir de manifiestos impúdicos. El reyecito, Reyes, dando tumbos. Inventándose valores al calor del Sagrado Corazón de Jesús. Un templario tardío. Llegado al poder a puro pulso de espadas, bayonetas y fusiles. Y así fue extendiendo su habladuría y su hechura de sujeto obsoleto. Pero, por lo mismo, atizador de los mismos fuegos de antes. En esos mil y pico de días de desangre. Y, siempre, los hombres y las mujeres de a pie, ahí. Como depositarios de las tres o más letras que les dejaron conocer.

 

Y el tercer mundo de Serafina. Esa última década de su vida. Entre 1947 y 1958. Que osadía la de ella. Tratando de aplicar lo aprendido de Ignacio Torres y de María Cano. Confesa partícipe de esos idearios. El PSR, dando vueltas. Por esos lugares recónditos. El sentimiento de ser mujer en la dermis. Mujer, otrora poseída y violentada. Casi a la fuerza. Porque eso y solo eso eran las relaciones de amor unipartitas. Porque, siendo ella inmersa en esa relación; solo surtía como objeto. Abertura para el falo de los prohombres. U hombres, apenas en nombre. Machucantes huracanados solo en las noches. Sus noches. O a cualquier hora.

 

Y sí que cabalgó con la Cano, la abuela Serafina. Conociendo en directo o de ladito las andanzas de los dueños del país. Llevando ella y la María, panfleticos bien escritos por el jefe de jefes, Torres Giraldo. Un apocado. Así lo describía la bisabuela. Un insípido sujeto de buena letra. Pero no más. Lo mismo de los otros hombrecitos del día a día. Una pulsión de vida, asociada más a un oficio de omnipotente gendarme ideológico, que de verdaderos pulsos libérrimos. Punzantes. Revolucionarios.

 

Murió Serafina, el trece de mayo de 1959, de manos de Serapio Epaminondas Roldán. Quien la mató por celos. Le faltaban dos añitos para cumplir 106. Qué malparido varoncito matacandelas. Le hizo los hijos y las hijas que se le antojó tener con ella. “…En sus ojos quedaron sucesión de imágenes vividas. Tres que resaltaba ella: el asesinato de Rafael Uribe; el asesinato de J. Eliécer Gaitán y la figura de la liberta inmensa. Como, a bien tenía de llamar a DOÑA MARIA CANO”. Así rezaba el texto escrito en su honor, por parte de Virgiliano Cifuentes, quien fuera su amante furtivo, en toda su vida como mujer incendiaria y sublime.

 

Ese tósigo de vida, siguió murmurando angelito. Y le volvió la pensadera. Esta vez con lo de la abuela Isaura. La sexta hija de

 

Serafina. Esa sí que entró por donde era. Como queriendo decir que empezó a mandar todo al carajo. Desde pequeñita ya sabía que mamá Serafina y Virgiliano eran amantes. Para ella fue siempre un deleite absoluto verlos retozar y gemir en la estera que tenía en “el cuarto de nadie”, como llamaban la piecita de atrás. Pero, además, sabía de todo un poquito…o mucho. Nunca se supo, ni se sabrá. Interpretaba sueños. En la escuelita fabricaba “peos químicos” que cargaba en un frasquito y lo destapaba en clase de religión, con la señorita Consuelo. Sabía cómo era eso de “venir al mundo”. Lo aprendió, viéndolo en directo cuando la comadre Eunice asistía los partos de doña Beatriz Alviar. Nunca se tragó el cuento de El Arca de Noé. Mucho menos lo de El Paraíso Terrenal. Ella había leído y releído las “Nociones de Historia Sagrada” y el Catecismo escrito por el padre Astete. Y cotejó esos escritos con los de Charles Darwin y H. Morgan. Estos últimos los halló en el escaparate que había heredado Serafina de Antonia, la tatarabuela.

 

Angelito vivió parte de esa historia. Po ejemplo, le tocó ver como Macario Verdún, el marido de la abuela Isaura, le arruino uno de sus ojos con el punzón de la cocina. En “un arrebato de ira santa” como tipificó el malparido cura del barrio, la agresión. También cuando la azotaron, entre Juvenal y Ponciano, los seminaristas hijos de Hipólito Benjumea, el dueño de la ferretería “El buen precio”. Todo porque les dio por creer y aseverar en palabra, que “…esa perra se lo da a Braulio Castañeda” Angelito sabía que eso no era así. Porque, entre otras cosas, Braulio era homosexual en su clandestina vida íntima. Los azotes los ordenó Venturiano Alfonso, papá de doña Eugenia, la tía de Eufrasio Parra. Todo en nombre de “La Divina Providencia”, nombre y símbolo de los “Neo-Cruzados”.

 

Mientras esperaba al doctor Valeriano, se puso a mirar, por lo bajo, a tres mujeres que llegaron después. Con su ojo de buen tasador, les adjudicó entre veinticinco y treinta añitos a cada una. Qué belleza de cuerpos, dijo para sí. Se les acercó, como queriendo ir más allá del primer corte. Y, ellas, alborozadas como estaban por haber llegado al municipio. Es decir, a los termales; se dejaron sonsacar la risa de don caballero. La conversa fue larga y tendida. Quedaron, en preciso, que se veían en las piscinas. En esto estaban, cuando apareció “el doctor Valeriano”.

 

Su mamá Leonilda creció al lado de Joaquina. Dos amigas, de esas que llaman inseparables. De siempre. Una y la otra, andariegas a más no poder. Yendo y viniendo por todo el barrio, primero. Luego, por todo el país. En la escuelita Eucarística, adscrita al barrio Moravia,

 

conocieron los primeros trinos del hablar y escribir. Con la gramática y la semántica incorporada. Muy tenue, sí, pero en fin de cuentas con lo necesario. Destacaron, ambas, en los bordados en tambora. Y en el canto. Tanto así que, en el barrio, las bautizaron “el dueto Lejo”. Amenizaban piñatas. Cantaban en la eucaristía de los domingos a las once, en la parroquia Cristo Sacerdote. Se enamoraron del mismo muchacho. Pero zanjaron diferencias, rotándolo. Una semana Leo y la otra Joaqui. Y, así, estuvieron largo tiempo. Hasta que Eusebio Luján se cansó de ellas y se casó con Leopoldina Beltrán; una vecina que había pasado desapercibida; pero que estuvo al acecho, hasta que conquistó al caribonito.

 

Las dos siguieron como si nada. Se matrimoniaron casi al mismo tiempo. La una (Leo) con Bautisterio Mondragón. La otra (Joaqui), con Bersarión Álvarez. La preñez vino, también, en simultáneo. Y empezó ese reguero de hijos y de hijas. Uno de tantos fue angelito. Y, en esa condición de ser uno entre muchos, asumió la vida desde el rinconcito. Como diciendo, fui a la escuelita. Y estuve al lado de mamá. Y la respaldé cuando ese pérfido de Bautisterio le pegaba esas zumbas deprimentes y dolorosas. Y sí que, pensaba angelito, estuvo bien lo que le hice a esa mortecina. Que se las daba de macho bravucón. Como queriendo ser soporte en la casuística freudiana. O en la teoría acerca de los niños difíciles, esquizoides; en la opción neurolingüística. O en el o la sujeto con la palabra autoritaria como forma permanente de acción hacia la inhabilidad de la palabra como pulsión; a la manera de Foucault.

 

Angelito sequía como envarado. No atinaba a entender lo que debía hacer. Si conversar con el doctor dueño del hotel. O si seguirle la corriente a las tremendas de cuerpo. Como diría el poeta, en ese decir de “…hay días en que somos tan…”. O si seguir en la pensadera en que estaba desde hacía mucho rato. En ese inventario de vida, en que se había metido. Se decidió por lo último.

 

Y Leo, su mamá, siguió por ahí. Por esa brecha abierta desde la bisabuela. La abuela. Ahora, era ella. Tejiendo esa tesura de vida inmediata. Sin el asidero en ciernes que solo puede dar la ternura, tierna. Física, verdadera. Por lo que ternura es y ha sido puerto de salida y de llegada. Desde el momento mismo en que fue inventada. Y es que, en veces a cualquiera le da por enhebrar delgadito. Y como que se apega al dicho “…de qué y, precisamente, las guerras y la erosión de la ternura, como que son y han sido sinónimos compuestos. En lo que este símil tiene de juntar palabras. Más allá de una sola. O de, simplemente, azuzar el ambiente equívoco de los poderes…”

 

El doctor sí que estaba puto ese día. Lo que ahora llaman estresado. Todo por cuenta de “esos negocitos que, siendo pequeños (como caja menor) no dejan de ser importantes, todos juntos. Nada que le había resultado lo de la apertura de mercado en las zonas de librecambio e intercambio. Candidaticos buscando, por ahí, electores en su carrera hacia la alcaldía; o en el concejo, según sea el caso, la apuesta o el peso político de los padrinazgos. Y se atraviesan, como vaca en autopista. Y, sigue diciendo el dueño del hotel, lo que le emberraca a uno es que unta y unta manos y manos. Y nada. Y, así, no hay billete que alcance.

 

Y, “las tres bellezas”, seguían por ahí dando lora. Con esos cuerpazos al viento. Para deleite de turistas y pobladores. A cada nada echaban a reír. Al mismo tiempo. Y por lo mismo. O por cualquier otra cosa. Eso sí, resultaron bebedoras inagotables. O whisqui. O ron. Menos aguardientico. Y, angelito, dudando de nuevo. Como entre el ser y no ser. Horadando esa historia de vida suya. O los triangulitos de las nenas. O con lo recién recordado compromiso con la niña de la tiendita. Habían quedado en verse aquí. Pero dentro de dos días. En el hotelito de la señora Fortunata. La misma de las almojábanas símbolo de Paipa.

 

Siguió en esa brega tan jarta de la recordadera. Esta vez se fue por el lado de lo que le había contado Zoraida, acerca de su pasado. Remoto e inmediato. Por ahí rodando, hasta que llegó donde “los tíos”. En esa bravura de hechos no declinados. Con ese acerbo de cosas alrededor de su madre Belarmina. Ese estar de un lado para el otro. Como noria urbana y campesina. No registrada en ninguna bitácora de vuelo. Un desarraigo absoluto. Los valores, si acaso los hubo, trastocados. Tirados en cualquier andén de cualquier barrio o ciudad. Y, para acabar de ajustar, se lo encontró a él. Como si nada. Empezando, desde allí, la torcedura de camino. Con esas matanzas ramplonas. Casi como del absurdo. No tanto, insitu, como el de Salvador Dalí en sus lentejuelas purpúreas. Iconoclastas. Pero sin ningún sentido; aún en el contrasentido.

 

Como, en el entretiempo, de cualquier competencia viva, angelito hizo giro hacia otro lado. Y empezó la bebeta. La primera ronda a su cuenta. De ahí en adelante, cargadas a la cuenta del doctor dueño el hotel. Con los cuerpazos de las tres en vivo. Hablando en palabra ligera. De todo lo que ha habido y habrá en el mundo. Que, si no se hubiera muerto Cantinflas, cuántas películas más habría filmado. Que, si Silvestre Stalone hubiera trabajado su Rocky Balboa XV, al lado de Angelina Jolie tal vez le hubiera curado el mal de ojo que le acompaña

 

desde pequeño. Y, siguieron hablando, como hasta las siete de la noche. Sin embargo, no se les notaban los siete litros de licor. Ni a ellas. Ni a ellos.

 

Le siguió rondando la pensadera, a angelito. Se quedó dormido en el sofá de la sala de recepción. Y empezaron los sueños a dar tumbos y golpes de vida. Veía a leíto al lado de Gumersindo Arbeláez, su amante. Él lo supo estando aún muy niño. Cualquier día le dio por salir al solarcito que tenía la casita en que vivían, allá en el barrio Palermo. Estaban en el piso, en una revolcadera convocante. Pletórica de contorsiones y siseos, como en los serpentarios. Ni Leonilda le advirtió nada. Ni él dijo nada, nunca. Y esos encuentros furtivos se prolongaron. En tiempo y espacio. En un sueño, dentro del mismo sueño primero la vio con Hermógenes Bobadilla, el carnicero del barrio. Casi en el mismo sitio. Casi a las mismas horas. Tampoco dijo nada, nunca. Y así, sucesivamente. Belisario, Norberto Elías, Franklin Mayolo, Juvenal Alzate; el negro Apolinar Vargas. Insaciable, mamá Leonilda. Una promiscuidad que resultó ser imagen y acción bella para él. Lo erótico en superficie. Nunca le preguntó, a mamá Leonilda, de la profundidad de su goce. Si era o no directamente proporcional a las contorsiones y la gemidera. Lo cierto es que navegó (angelito) entre sueños y más sueños. Todos en fijación a la cual le construyeron un soporte sublime, de su perspectiva de sujeto entero.

 

Cuando lo despertó la negrita Caribú (uno de los tres cuerpazos que conoció), eran algo así como las dos de la mañana. Se le quedó metidita al ladito. Cuántas veces lo hicieron, nunca lo supo. Lo que sí se supo fue que el hotel perdió mucha de su clientela por culpa del espectáculo, ya que fue asumido como inmoral. Aún en el contexto de la libérrima Paipa, ciudad turística y mundana.

 

Salieron a la calle alumbrada por una canícula protagónica. En una inmensidad de cuerpo brillante que había emergido hacía ya casi seis horas. Por el Oriente fugaz. Se acercaron a las piscinas. Un hervidero a esa hora. Cogidos de la mano, cruzaron por la zona que llaman de vistieres. Una turbamulta acezante; sudorosa, acebollada. Así como estaban, vestidos. Ella en traje color panela. Trenzado con hilos de algodón multicolores. Él con pantalón verde militar y camisa blanca, ya ajada y con líneas grises en el cuello. Más producto de la acumulación de polvo y sudor. Se metieron a la primera piscina. Un tanto más calientica que las otras. Sumergidos en profundidad mediana, como lo que puede de hondura la masa de agua entrelazaron otra vez los cuerpos. Una y otra vez. Orgasmos preciosos. Como si estuvieran al compás del coro de “…ranas y sapos”, en la canción de Leonardo

 

Favio. De allí fueron desalojados a la fuerza. Entre tres vigilantes del hotel y seis policías municipales, los tuvieron que cargar hasta la calle.

 

Y… ¿de qué ternura estás hecha?, soñó que le preguntaba a Leonilda; justo un día después de haber estado con Caribú. En las andanzas intoleradas en el hotel del doctor. Y por la alcaldía de Paipa. Un poco lo cantado por Joan Báez en “El Cristo de Palacagüina”. O en “Un mundo de fruta encendida” de Piero. Como navegante nacido para circunnavegar los Océanos. Pero que, justo a mitad de camino, perdió rumbo, brújula y bitácora. Y que, por eso mismo, llegó esmirriado a lomo del recuerdo de Caribú. La negrita insaciable en cuanto a recibir ternura. Insaciables, los dos, otorgadores de ese zumbido de viva fuente y voz. Alongado casi al infinito. Espasmos que desparraman la locura del deseo bien habido. Bien interpretado. En sincronía perenne. Como en “Las estaciones” de Vivaldi. O como el torbellino pleno del Bolero. De un Ravel inmenso en fuerza de Luna plena. Llena. Nítida. En un desafío al mismo Sol.

 

Zoraida, en sumisión estaba, cuando la azotó el sueño viajero. En locomoción simbólica. Atada a los rigores de lo incendiario. Ya “los tíos” habían muerto. Tal vez de tanto amarse. Una juntura nacida de tanta soledad compartida. Los y las que se fueron yendo, fueron condicionando el quehacer. Del vivir de ellos. En cada espacio de su casa. En cada recodo esquinero de su barrio. Por fin pudieron amarse en la libertad del albedrío. Centinelas, uno y otro, creativos. Desde la desesperanza primera habida, cuando les mataron sus almas, por la vía de matar a sus crías. Y desde allí. Desde esa desesperanza, empezaron construir la esperanza que habrían de ser sus vidas. Juntas. Retozos bien hechos. Mejor culminados. En cada acechanza. El uno y el otro. Buscándose en todos los entornos. Entregándose en cualquiera de ellos. No hubo en esa, su casa, rincón que no conocieran en sus escarceos pulcros, prístinos. De ternura no afanada por nadie. Solo él, uno, y él otro. En combinatoria perfecta. Como ajedrecistas vitales. Tan vitales eran que no se dieron cuenta cuando pasó la vida pasando. Y, ellos, ahí. En esa vida que pasó sin advertirles nada. Tal vez para no desdibujar lo hecho por ellos. En esas pinceladas gruesas. Como las de los niños y las niñas. Como aprendices de motricidad fina. Ya estando viejos.

 

Angelito se deslizó, otra vez, hacia la soñadera y la pensadera. En fin, de cuentas siempre la tuvo clara. Ir de tiempo en tiempo. Corroborando los decires y los haceres. De su historia. De sus parentescos. De lo que fue. Bien o mal haya sido. Como infusiones milenarias. Tratando de azotar lo cotidiano con el cuero habido en la vida. De lo inmemorial.

 

O de lo del entorno en cercanía. Y se vio, otra vez, sumergido en el follaje de la diatriba y de lo atrabiliario. Regresó a uno de los tres mundos de la bisabuela. Al tercero. Y lo sintió como viacrucis sin el crucificado a bordo. Más bien como esa hechura plena. De instantes en la voltereta. Viéndolos y viéndolas a todos y a todas. Desde López Pumarejo a Eduardo Santos. Desde Laureano hasta Ospina Pérez. Desde “el caudillo del pueblo”; hasta Lleras Camargo. Pasando por “el sargento hecho poder nimio, vergonzante”, hasta el triunvirato. Y desde ahí hasta…la letanía continuada.

 

Siguió soñando. Angelito, cada vez más extirpado de sesera propia. Corría veloz. En el tiempo. Como aventajado sujeto; al que le dio por buscar la ternura. En cualquier evento. O en cualquier recodo de vida. Haciendo de su quehacer ramplón y perverso de ayer; pulsión de vida. Percepción de lo sublime. Como desesperado jinete cabalgando a los rígidos dromedarios en el desierto: Tratando de llevarlos por el camino cierto. Sin esa ambivalencia de los plenipotenciarios negociadores perennes. Sin la cantinela de los pregoneros. Gnomos perdularios. Heraldos con la semiótica perdida. Como perdido fue y ha sido el rastro de los lobos de la estepa.

 

La niña que conoció en Tunja, llegó puntual. A las ocho de la mañana ya estaba en el hotelito de la comadre de su papá. Bien acicalada estaba ella. La niña bella que presurosa llegaba en búsqueda de su furtivo convocante. Como es de hermosa la niña. La que llegó vestida con traje de tulipanes bordados; en toda la anchura de su cuerpo. Con escote pronunciado. Como queriendo sonsacar al sonsacador impávido. Y fue llegando ella, conforme lo había prometido. Porque, como bien hecha doncella. De cuerpo bien hecho y puesto. En crecimiento sus pechos. Inflamados estaban. Tal vez por el mismo afán en encontrar a quien sería su desfoliador. Aquel a quien ya amaba. Desde la mañana misma en que lo vio. Y su carita, en rojizo color ya expreso, tanto que le quemaba. Y que se iba bien adentro. Ojazos de ensueño. Sin necesidad de forzar mirada, buscaban al sujeto suyo; desde día y hora en que lo vio llegando a ese entorno suyo. Entre lo uno o lo otro. Es decir que, la doncella, entre dichosa y cándida, llegó como lo había prometido. Con ansias locas de sentir adentro; bien adentro ese falo inmenso con el que empezó a soñar, sin verlo.

 

Francisca Caraballo estuvo, como la bisabuela, en el escenario mismo, en que mataron a Rafael Uribe Uribe. Como quiera que Francisca esté próxima a su centenario, volví a casa. Después de casi ochenta años de haber partido. Recuerdo, eso sí, que estuve todo el día 22 de marzo de 1913 en la tiendecita de don Barquisimeto, tomándome unas

 

cervecitas. Aprovechando una gabela “tome dos pague una”, auspiciada por la recién fundada Cervecería de Barranquilla. Con su producto estrella “Cerveza Águila, Sin Igual y Siempre Igual”. No fui el único ese día. También estaba Marianita Monsalve. Mujer frentera esa. Como que desafió a su padre y a su novio. Por puritanos vergonzantes. Había, en ella, cierta dosis de lo que yo empecé a llamar “Salavarrietismo”. Un poco cruzado por esa gran nostalgia que me acompañaba después de haber leído acerca de su historia. Un… ¿Cómo así que su peregrinar por el mundo de las ilusiones guerreras y solidarias, no eran reconocidas a casi cien años de su muerte?

 

Y es que los asuntos de vida no tienen límites. Ni en la imaginación. Ni en el olvido. Inclusive yo había reseñado, como al garete. Como al viento, dos mensajes que se me vinieron a la cabeza, después de haber soñado con don Joaquín Salavarrieta y con don Antonio Galán. Vi florecer una rosa, transcurriendo el año 1781. Rosa encendida. De Comuneros guerreros. Y, doña Mariana Ríos, allí en San Miguel de Guaduas. Se hizo madre de la mujer amada por mí desde entonces. Imaginación de inmenso simbolismo. Tanto, como que difundí la historia de lo que forjó. Con ese talante libertario. Pegado, ahí. Siendo su piel y su guía.

 

Marianita tendría, para ese entonces, dieciocho años. En verdad, sin ser bella de cara. Si lo era de cuerpo. Ese día me dijo: “…Don Asdrúbal, no sé qué va a ser de mí, después que me case con Bartolomé. De lo que sí estoy segura es que a mí no me va a zarandear, porque va encontrar otra Bolena, quien fue su esposa. Esa sí que era terrible. Con decirle que prefirió huir, sin rumbo, antes que doblar cerviz. Nunca más se supo de ella. Solo, una fugaz referencia expresada por Belarmino Tapias. Quien dijo haberla visto en Cúcuta. Siguiendo la huella de Serafín Paniagua. Insólito personaje que iba de pueblo en pueblo, enseñando las mil una manera de bordear el abismo, sin caer en él”.

 

Y es que, la razón de ser de lo que somos, tiene que ver con lo que algunos y algunas, quieren que no seamos. Parece trabalenguas. Pero es cierto. O, sino que lo diga Hipólito Benjumea. Dueño de la carretera que lleva desde Neiva hasta Pitalito. Porque, eso de hacerse dueño de una vía pública, va en contravía de los mandatos legales vigentes. Muy clarito lo dice nuestra Constitución Política, proclamada en 1886. Y es que, casi siempre ha sido así. Lo que hagas y digas tiene relación con lo que te prohíban hacer y decir. Con lo dicho por Marianita, me convencí, aún más, de lo cercana que estaba su expulsión del hogar en que manda don Timoleón Monsalve. Y, también, del repudio público

 

que habría de hacer Bartolomé Valtierra.

 

Lo de Francisca fue otra cosa. Como un desvarío perenne. Nació en Villa de Leyva. Una impronta monosílaba. Como cuando se percibe que alguien está vivo o viva, porque se escucha su voz. Un murmullo, el de ella, arrogante. Como contaban que fue el de Petronila Sinisterra. Una arrogancia entre sutil e inverosímil. Tal vez lo más cercano a un prototipo de lo que sería el futuro. Habida cuenta de lo que somos, ahora, sin querer serlo. Tanto más como que puede ser una vivencia, como expresión de lo plana que es la vida, cuando no se tiene otro referente que la azarosa perfidia latente. Pendiendo sobre cada quien. Estereotipando lo que seremos. Lo que cuentan que dijo, en narrativa, entre preciosista y absurda.

 

“…Andando el tiempo me encontré al otro lado de la vida. Todo había pasado tan rápido que no me di cuenta cuando fue Lo cierto es que ya vivo al otro lado. Algunas cosas me parecen repetidas. Una de ellas, la nostalgia. Como que esta es vital, para el mismo hecho de estar vivo. Una nostalgia parecida a esa otra cosa que es la tristeza. Aquí, en esta otra versión, la vida está menos soportada en el albur. Por lo menos eso es lo que percibo.

 

Hoy es un día cualquiera de un calendario que apenas estoy procesando. Una mañana en la cual todos y todas corremos por calles diferenciadas; una nomenclatura centrada en los colores. Está la calle gris. Aquí están todos y todas aquellas y aquellos que antes fueron notarios y notarias del tiempo. Aquellos y aquellas que le apostaron a generar condiciones de vida, con esa estrechez de visión, tan propia de los agentes laberínticos. Está la calle roja. En ella veo gendarmes cada tres metros. Uniformados a la usanza del siglo XXI. Es decir, una mezcla de azules variados y blancos en diferentes perfiles. Gritan y reclaman orden, en medio de una prisa que satura. La calle rosada, está habitada por los híbridos. Esos y esas que vinieron a dar acá, a lomo de la invariancia. Como gemelos y gemelas en multiplicación parecida a las setenta veces siete. La calle incolora es donde yo estoy. Parece muy apropiada para las condiciones en las cuales llegué. Recuerdo que, cuando hice el tránsito estaba atado a la entelequia; a ese tipo de propuestas que tanto me cautivaron. Propuestas indescifrables. Tanto que estuve siempre sin poder hilvanar una idea en el contexto de la lógica que reivindiqué.

 

 

Es casi el mediodía y crecen las hordas. De tal manera lo hacen, que no es posible medirlas. Ni en su enésimo término; mucho menos en la configuración de parciales censales. Un mediodía sin sol. Más bien

 

una oscurana que obliga a prender las luces automáticas que cada cual posee. Luces que permiten entrever los íconos básicos: la perversión y la enhiesta figura del Gobernador. Está allá, en la plaza adyacente al palacio. Habla con sus asesores y otorga visas para marchar a cualquier lugar. Y todo depende de los oficios y las profesiones. Y es que, aquí, todos y todas tenemos tatuado lo que somos. Médicos y médicas especializados y especializadas en hacer perder la memoria; a la manera de la siquiatría Lacaniana. Ingenieros e ingenieras, cuyos referentes son las bitácoras para las máquinas que vuelan a ras de tierra. Cenicientas que no pudieron ejercer libertad. En su pasado fueron amas de casa, esclavas. Y transitaron a golpes, obligadas por sus machos. Y, aquí, son preferidas por los aurigas del todopoderoso. Y van y vienen. Esclavos que no encontramos libertad antes y que, repetimos el mismo oficio aquí. Nos reportan como ciudadanos de oficios varios. Claro está, menos el de liderar revoluciones.

 

Cuando me acerqué a reclamar mi permiso, me reconocieron los asesores. Y se lo transmitieron al Gobernador. Y este dispuso que fuera devuelto a lo que antes era. Y volví. Y estoy aquí, sintiendo ese dolor originado en ese estado de interdicción propio de quienes, como yo, no servimos ni para lo uno ni para lo otro. Ni aquí ni allá. O lo que es lo mismo: ni siquiera hacemos conciencia del significado de estar

 

vivos…”5

 

No puedo negar que me impactó ese escrito, cuando lo leí por primera vez. Y que, por lo mismo, marcó mi ruta, de por sí desesperada. No le hice comentario alguno a Marianita. No valía la pena, dada su mirada de ternura absoluta. Para qué importunarla con voces sin contexto. Etéreas como las que más. Pero, a decirlo en preciso, conversaba con ella. Pero pensaba en Francisca y su cervantina erudición. Como lenguaje aprendido, para contar cosas con el mínimo posible de palabras. Y, entonces, me sentía embelesado. Sin saber por qué y por quien. Cierto es que hablaba sin mirar y sin sentir lo dicho. Como cuando se asiste a una sesión con el ventrílocuo. Como transmitiendo la felicidad del infeliz. Como retorciendo las cosas y su expresión.

 

Estando en estas, apareció Bartolomé. Con esa cara de corcho varado en remolino. Entre saltimbanqui y perro rabioso. Al cinto, machete relumbroso. Tal vez para impartir miedo; aun sabiendo que lo que él conocía de mí era el ímpetu de mis acciones. Porque estuvo en La Dorada, conmigo, cuando saqué en volandas a Patrocinio Sandoyá y Benedicto Sastoque, cuando me atacaron a machete rula.

 

Y me levanté siempre presto. Le dije “vea Ojirrayados, a Marianita la deja tranquila. Considere, por ejemplo, que yo soy su guardaespaldas de oficio. Y que, como usted bien conoce, soy pendenciero de tiempo completo. Ojalá no se le haya olvidado lo que pasó en el bar de Margarita Soler el año pasado. Allá en La Dorada. O lo que le pasó José Dolores Guzmán, cuando me atacó en el restaurante “Punto y Coma”, en Florencia, estando usted de paso, hacia Mocoa, para posesionarse como secretario del comisario Fermín Bocanegra.

 

Y es que estábamos poco menos un año del magnicidio más conmovedor de nuestro país. Yo había leído su “Manifiesto acerca del Socialismo de Estado”. Y, también, sus apuntes espléndidos en relación con el sindicalismo y la defensa de los trabajadores. Fue, por mucho tiempo, el único líder político al que le creí. Y por el cual, siempre, arriesgué mi apoyo. En esos tiempos azarosos. Cuando ser libre pensantes, como hoy, constituía insignia de malévolo vende patria. Después, con el tiempo, conocí a otro de su envergadura. Son, pues, Rafael Uribe Uribe y Jorge Eliécer Gaitán epopéyicos luchadores por las causas sociales y políticas justas. Aspirando construir mejor país. Más humano. Más solidario.

 

Y lo que pasó en ese noviembre de 1914, motivó a Francisca. En esa franja inmediata de tiempo, tejió interpretación de futuro, por allá en 1940. Aún conservo una copia de su escrito. Muy original, por cierto, en el cual recrea personajes de novísima forma de actuar. En el contexto de la Guerra Civil Española|. Relato en un imaginario parecido al de María Cano. En cercanía con la pluma de Federico García Lorca. En la encrucijada. En sucesivas heridas recibidas. Con Cataluña como marco geográfico.

 

"…Y eso de que cada hijo trae el pan debajo del brazo, siempre me ha parecido un juego de palabras. Por lo mismo, cuando Aracely me preguntó qué opinaba de su sexto embarazo, le dije: si esa fue tu decisión y la de Genaro, no hay nada más que hablar.

 

Y transcurrieron los días, y los meses y los años. Batasuna se acostumbró a decir que lo de él era lo de ella y que, por lo tanto, él pensaba que ella había asumido de la mejor manera su responsabilidad.

 

Eran, por ese entonces, siete. Tres hijas y cuatro hijos. Y vivían. La manera como se las arreglaron para la crianza, se remonta a la situación vivida durante la Guerra Civil. Es decir, tratando de acceder a las posibilidades que otorgaban las organizaciones obreras. Una manera absolutamente libertaria; como quiera que las opciones

 

permitieran acceder al acompañamiento a las familias, con énfasis en el cuidado integral de los niños y las niñas.

 

Pero mis dudas seguían. Y, ausculté todos los calendarios y las guías para el tratamiento de las crisis. Y, seguía preguntando acerca del significado que tiene la asunción de roles de padre y madre. Y, seguía diciendo, eso de tener hijos e hijas, tiene que estar referido a valores más estables. Algo así como una noción en la cual se involucran la atención temprana la unción constante con la calidez.

 

Pero no hubo acercamiento entre él, ella y yo. Y las cosas siguieron igual. Y cuando, en Hendaya, se supo que El General Franco y Adolfo Hitler, no se encontraron, Batasuna asumió como suya la victoria. Decía él, porque las fuerzas rebeldes, estaban en asedio e hicieron abortar la reunión. Y que, en consecuencia, esta prueba validaba la necesidad de poblar a España de nuevos y nuevas revolucionarios y revolucionarias.

 

Y me quedé sin habla. Porque seguía sin entender esa manera tan ortodoxa de asumir las orientaciones de la Tercera Internacional. Sin embargo, Úrsula me hizo caer en cuenta que no se trataba de alguna directriz política. Más bien se trataba de una posición cercana a la manera en que Stalin asumía su rol. Ante todo, teniendo en consideración su ignorancia en términos de los escenarios afectivos; así como falló en su manejo del asunto de las nacionalidades.

 

Pero, el asunto, requería de mayor precisión conceptual. Y le dije a Úrsula: me parece que es un problema relevante; pero debe ser asumido entre nosotros y nosotras, de manera más creativa. Un tanto como resolver la dicotomía entre la aplicación de los postulados éticos de los socráticos y la propuesta kantiana, en términos de la relación sujeto naturaleza.

 

…Precisamente cuando Úrsula iba a confrontarme, desperté. Justo, el día que se iniciaba para mí, era un domingo de 1936…Y, sin saber por qué (…como en la canción de Willy Colón), volví a recordar lo que la abuela le dijo a mamá Leonilda; cierto día. De cualquiera de esos días habidos. Como en tinieblas de Nibelungos echados a la mar de siempre.

 

“…De una vez por todas vamos a arreglar ese problemita. No me vas, ahora, a manejar como siempre lo has hecho. Ese cuentico de que mamá no hay sino una. Es decir, siempre presente en cuanta vaina se meten los hijos y las hijas, para ayudarlos a resolverlas, no va más conmigo. Como se te ocurre tener otra hija, mujer. Ya son tres en

 

menos de cuatro años. No me creas tan pendeja, que te voy a aceptar eso de que fue en un abrir y cerrar los ojos. Ni el bachillerato terminaste. Y son tres papás diferentes. Y para acabar de ajustar bien aprovechados. No les falta sino venirse a vivir aquí todos juntos. Sinvergüenzas. Y, como si fuera poco llegan al colmo de decir que no son celosos. Que aceptan a los otros, siempre y cuando les des aquello, de vez en cuando.

 

En verdad Ifigenia no sé en qué pensás. Tu futuro está bien embolatado. Y el de esas niñas, ni hablar. Cada vez que las miro me dan ganas de llorar, A veces me viene la malparidez. Esa tristeza que se instala en una. Y recuerdo lo de tu papá. Bueno para nada. Me dejó ahí, preñada. Y se dio el ancho. No lo volví a ver ni en las curvas, como dicen.

 

Y eso para no hablar de ese trabajito tan pinche que tengo. Me dicen la lava pisos. Porque no se hacer más. Y ese asqueroso que tengo como jefe. Ahí, todos los días, insistiéndome en que se lo dé. Dice que soy mejor que dos de veinte. Me dedica esa canción “la veterana” del Charrito Negro. Y eso que tiene la propia que llaman ahora. Queriendo decir la que no es la moza. La legal. La de mostrar en público. Quiere que yo sea una de tantas. De las que ejercen como clandestinas. A pesar de lo feo y desgarbado, ha levantado algunas. A lo bien, que dicen ahora. Como queriendo decir a pesar de todo.

 

Pero, volviendo al cuento de lo tuyo, no sé qué vamos a hacer. No nos alcanza lo que gano. No sé por qué la vida nos presenta opciones tan onerosas. Vías azarosas; con caminos escarpados. Y cada quien en posición de no dar más. Es como si hubiéramos vivido en el pasado. Y que ese tránsito hubiera estado cruzado por acciones perversas. Y que, por lo tanto, la circularidad nos hiciera repetir vida. Pero ya en condiciones en las cuales los costos espirituales y físicos dieran vida y presencia al pago por las culpas pasadas. En verdad, siento que el equilibrio entre felicidad y tristeza ha sido roto. Predomina, en consecuencia, la angustia. El estar ahí sin horizonte distinto a la precariedad. Y no es, lo mío un relato soportado en el resentimiento. Es, más bien, asumir el derecho a sentirse así. Como perdedora. Con una perspectiva enredada. Estas tres niñas ahí. En un cruce de caminos que les depara hostilidad. O, por lo menos, un no futuro. Si entendemos por éste la posibilidad del abrigo, del cariño y de realizaciones que les permita ascender. Por lo menos en la escala de lo mínimo posible.

 

 

Hoy es uno de esos días en los cuales, el sueño fue relativamente

 

reparador. Todavía están intactas las imágenes. Viéndome y sintiéndome amada con pasión. Un hombre que me rodea con sus brazos. Y que me posee como nunca otro lo ha hecho. Lo veo recorriendo mi cuerpo. Ahí, explorando en zonas antes intocadas. O, por lo menos, con esa delicadeza. Con esa dulzura. Susurrándome al oído palabras excitantes. En una libertad anárquica. Aquí y allá. Provocándome una explosión inédita.

 

Y saber que fue simplemente eso. Imágenes que se han ido desmoronando. Que lo cierto son las horas que me esperan de trabajo. Ese trabajo que me cansa de manera absoluta. No solo por el ejercicio físico de la fregadera, sino, con mayor hostilidad, esas palabras obscenas, ordinarias. De ese pérfido que me acosa. Aprovechándose de su condición de dueño. De sujeto con poder económico. Siempre he querido no verlo más. Se ha tornado, en mí, en una obsesión el deseo de venganza. De matarlo ahí mismo. En ese espacio de vituperio.

 

Y sigo ahí, como cenicienta mayor. Ya no con el recuerdo de la que conocí en los cuentos leídos cuando hice mi primaria. Ya no la niña que tuvo la opción de ser feliz, después de haber soportado el asedio y las vulneraciones de sus hermanas. Soy cenicienta que no he conocido ni conoceré la alegría… Solo ese sueño de aquel día.

 

Hasta cierto punto, ese diario de Francisca Caraballo, me ha mantenido en vilo. Y, ahora que vuelvo, después de tantos años, reivindico las condiciones en las que hice seguimiento de la nomenclatura histórica de nuestro país. Decía, antes de entretenerme con el texto descrito, las condiciones empeoraron, a medida en que avanzaba el tiempo de los atizadores. De aquellos que conjugaron verdades y mentiras. De aquellos que ordenaron dar muerte a Uribe Uribe. Y que, posteriormente, lo hicieron en la cruenta intervención en la huelga de los trabajadores bananeros en el Departamento del Magdalena. Más allá, inclusive, de lo consignado en “La Hojarasca”. Porque, el mío, fue un seguimiento que se cruza con lo sucedido alrededor de la ignominiosa entrega de Panamá. Y con la vergonzosa actuación de la dirigencia que tensionó hilos, en la perspectiva reinventar continuamente, procedimientos y veleidades que hicieron vigencia durante el tránsito político de aviesos manejadores de condiciones y posibilidades. De esperanzas e ilusiones. Desde 1830 hasta 1865 y, desde ahí hasta 1886. Y, luego en esa finalización de siglo y comienzo de otro. Cuando se concretaron en la manipulación de conciencias y de hechos. Cuando esa conflagración de momentos hacia la guerra y hacia el exterminio. Nada diferente a lo que se

 

cumple en esa nefasta década que va desde 1940 hasta 1950.

 

Incluyendo la muerte de Jorge Eliécer Gaitán.

 

La doncella esperó largo tiempo. Angelito llegó dos horas después. Le dijo a la niñita que se había quedado dormido muy tarde en la noche-madrugada. Que ansias locas tenía por verla. Y que su amor por ella, era amor de finura plena. De lícita hechura. Profundo como es profunda la entereza y la bondad precisa, diáfana. Y que, llegaba a ella, en el alto vuelo que solo dan las palabras y el viento en crecimiento.

 

Y la doncellita lo amó tanto, ese día. Se juntaron. Como fundidos cuerpos buscándose en todo lo que los cuerpos tienen. Un aluvión inmenso de ires y venires cruzados. Como quienes cruzan los dedos. Un remolino envolvente. Y, esa doncellita susurraba palabrotas transmitiendo deseos. Inmensos. Y más se sentía poseída. Y sus ojitos color mango biche, derramaron tantas lágrimas de aliento y alegría; que llenaron más piscinas que las que en Paipa había.

 

Entrelazados encontraron sus cuerpos. Cuando, por fin deshicieron el encierro, policías y tunantes agazapados. Dos heridas de daga en sus pechos. En el de ella, sus bellos pezones heridos, arrancados a la fuerza. Lo de él, tirado ahí. Como músculo insípido y vejado. Dicen, todos dicen, que la Zoraida lo hizo. Por puro amor a angelito. Y odio a la doncellita.

 

Y, después de saberme muerto, volví a la pensadera en sueños. En este sueño mío, ahora. Sueño definitivo. Pero mucho más punzante. Mucho más ajeno a lo feliz que podría haber sido esta vida mía…Y me perdí en laberinto parecido al que conoció Ariadna, cuando le trazó coordenadas a su amado ingrato...En fin que mi muerte fue viniendo. En ese sueño mío último, que hoy vivo y recuerdo. Rehaciendo palabras mías. Que por ahí sueltas estaban. Y las engarcé como si en el último aliento mío, estuvieran condensadas.

 

Episodio doce

 

Cuando nació, mi Ancízar, en ese tiempo. Como hecho pleno

 

Tal parece que ese día nací. Lo digo, porque lo percibo como referente. Mi memoria, se desplaza hacia atrás. Por esa vía configuro mi propio momento inaugural. Sombrío. Como si, desde ahí, estuviera atado a un recorrido un tanto previsible. Por lo que, en ese día, empecé a sentir el desasosiego propio de los que somos proyectados hacia adelante; al garete. Es una forma de expresar el sentido que ha tenido mi recorrido. Incierto, desde ahí. Desde ese primer momento.

 

Enfrentado al mundo con cierto vacío en mí proyecto. Lo digo, porque empecé disociando las ideas. A contracorriente. Porque, casi todos y todas, han empezado a vivir, asociando hechos, ideas, momentos, ilusiones.

 

Lo mío, pues, fue otra cosa. Como si asumir la vida, hubiese tenido un grado de dificultad mayor. Porque fue un instante de profunda conmoción. Así lo viví. Instante soportado en las vivencias de mi madre; o de mi padre. Nunca he descifrado esa disyuntiva. Un acompañamiento conmigo mismo. Como si hubiese sido necesario crear la duplicidad del yo. En el entendido de que debía ser así. Porque, de otra manera, no sería posible acceder al mínimo necesario para no claudicar allí mismo; sin haber iniciado el vuelo.

 

Creo que fue un viernes. Digo esto, a pesar de no haber intentado nunca el juego elemental aritmético de retrotraer el calendario. Tal vez, por miedo a encontrarme con un número que no satisficiese mi propia versión. Así somos, a veces, quienes ejercemos una actitud ante lo irreversible, guiados por el patrón metodológico de contar la historia de lo que somos y hemos sido, muy parecido al de circunscribir sus vidas a sucesiones de hechos. Como si, cada uno de esos hechos, ya estuvieran codificados. Es una figura paliativa que nos induce a seguir adelante, viviendo. Pero, a decir verdad, en el caso mío; sin haber podido saldar la deuda con la historia. Esa que no puede ser recorrida, ni entendida, por la vía de negarse a participar de una interpretación más allá de la simple sociología del recuerdo.

 

En ese entonces, la ciudad estaba ahí. Expectante. Venía en crecimiento. No sé si identificarlo como suma de hombres y mujeres. No sé si identificarlo como sucesión de acontecimientos vinculados con el tránsito complejo. De ideas y de circunstancias. De simples reflejos de los acontecimientos. De la guerra de principios de siglo. De la decantación de las normas, asociadas al dominio construido a partir de un perfil ortodoxo. Perfil, al mismo tiempo religioso y político. Perfil sin matices distintos a esos que ya estaban y que habían permanecido desde 1810. Lo sentía como tósigo que ya había sentido. No sé si en los sucesivos sueños que tuve desde el primer día. Y que, aún ahora, se mantienen. Con modificaciones mínimas. Como eso de verme inmerso en un territorio inmenso. Sin poder asir ninguna ruta. O, a veces lo creo así, sin querer hacerlo.

 

Ya ahí, en esa casa situada en el barrio Chagualo. Barrio hospedante. Típico de ese tiempo. Calles como simples trazos, sin ninguna convocatoria lúdica. Entorno pétreo; sin las ilusiones que después

 

encontraría. Pero que, allí en ese día y en los que le sucedieron, no alcancé a apropiarlo. A hacerlo mío, trascendiendo la actitud de infante sin reconocimiento de las cosas y de los hechos, al interior de una casa. En esta, los hermanos y las hermanas, no eran otra cosa que figuras que percibía como sobrantes expresiones no identificadas. Desde ahí. Desde ese momento, me percibí como sujeto enfermizo. En ese tipo de tendencia compleja que compromete la lucidez; por cuanto la ubica en una categoría conceptual alejada de los roles que cada quien puede o quiere asumir.

 

No podría precisar lo que sentí el mismo día en que accedí al espectro invariado de la casa. Si de esa en que nací. Escuchaba las voces. De aquí y de allá. A decir verdad, no tengo claro, ahora, a distancia, si me identifiqué con esas voces. Si eran para mí, asociadas a mi condición de recién llegado. O si fueron voces vertidas al garete. Para quien pudiera asirlas y entenderlas. Tengo la sensación de haber escuchado, como ráfagas, los cantos. Desde la aldeana, hasta la pastora. Pero, al mismo tiempo, tengo la sensación de haber escuchado las versiones libres que se hacían de las historias de las Mil y una Noches. Pero, también, esas leyendas que me hacían temblar. El Fantasma. Ese que se sentaba en el tejado de las casas; una figura larguirucha. A la espera de poder entrar a las casas, para excitar la risa en la víctima elegida. Cosquilleo que no cesaba hasta que se producía la muerte, entre los espasmos ocasionados por la imposibilidad para retomar la respiración normal. O el Sombrerón. Sujeto regordete, con sombrero alón y que transitaba por las calles a la espera de alguien a quien engañar, por la vía de la palabra y desaparecer con él o con ella. O la Patasola. Una expresión sin características físicas fijas, identificables. O la Llorona. Mujer en búsqueda perenne del hijo que perdió. O las sucesivas y variadas versiones de brujas. Habitantes de la noche. En la calle, pendientes de cualquiera que se atreviese a desafiar la soledad y la oscuridad. Siendo, esta última, su acompañante permanente, su mundo; su fortaleza. Recuerdo, para este caso, inclusive, que mi padre decía tener el antídoto o, al menos, la clave para evitar que entraran a los cuartos. Se trataba de esparcir arroz en la sala de la casa. De tal manera que ellas, precisamente por su tendencia a antojarse de cualquier objeto, se detendrían a contarlos; hasta que las sorprendía la luz del sol y se ocultarían de manera inmediata. Su refugio, durante el día, era desconocido.

 

O el exterior. El mundo callejero. En la ciudad existían lugares que se exhibían como referentes. Que la Plaza de Cisneros. Una especie de central de abastos al menudeo. O el Hipódromo San Fernando.

 

Inclusive, este último, coincidía con el estadio; antes de la construcción y puesta en funcionamiento del Atanasio Girardot. O la carrilera; o la Estación del Ferrocarril. O El Pedrero, sitio adyacente a la plaza de mercado. Sitio para el rebusque de promociones de tomates, plátanos, cebolla, papas, legumbres, etc. O La Bayadera; territorio conocido como lugar de aviesas costumbres. O el Barrio Antioquia; identificado como otro sitio no recomendable. O El Bosque de la Independencia. Sitio convocante. Allí estaban los mangos; las pomas; el lago; el carrusel; la rueda de Chicago; el trencito con su túnel. O, ahí cerca, La Curva del Bosque. Sitio al cual arribaban los bandidos: Pistocho y Pacho Troneras; después de haber asaltado un banco. Allí bebían ellos e invitaban a quien pasara. Todo hasta gastar hasta el último centavo. O El Fundungo, Lovaina, Las Camelias. Reconocidos como sitios, en veces, o como barrios, otras veces. De todas maneras, zonas en las cuales se podían encontrar lo que se conocía como “casas de citas”. Y se llamaban así, porque allí llegaban los hombres, adultos y muchachos, buscando mujeres. Y allí esperaban estas para ofrecer su cuerpo. Y allí estaban las barraganas que administraban. O los dueños que atendían, sin ninguna intermediación, las solicitudes y designaban a las muchachas; por riguroso turno.

 

O el Puente del Mico. Referente un tanto extraño. Nunca se supo porque esa denominación. Solo, que por ahí atravesaban los rieles del ferrocarril, sobre el río. O Moravia. Otra zona-barrio en donde se encontraban bares y casas de citas. O el manicomio. Sitio destinado a recepcionar y servir de reclusorio a los locos y las locas. El concepto de enfermedades mentales, solo lo manejaban los médicos. Para todos y todas las demás, eran simplemente eso: locos o locas. Ubicado en “cuatrobocas”; barrio Aranjuez.

 

Pero, asimismo, barrios originarios. El Camellón; La Toma; Loreto; San Diego; en la parte sur-oriental. Desde muy pequeño supe que allí nació y creció mi madre. Su madre Sara y su padre Arturo. Hogar que fue creciendo en residentes. Que la tía Nana; que la tía Fabiola; que los tíos Carlos, Israel y Conrado. Que el trabajito del abuelo Arturo, cuidador de fincas en lo que era la periferia: que la parte alta del barrio El Poblado; que la parte aledaña a la carretera que conducía a Envigado. Con el correr del tiempo, tengo memoria de ello, lo visitábamos allá. Le llevábamos el almuerzo o la comida, o el desayuno. Allí tumbábamos los mangos. Biches, preferiblemente. Allí escuchábamos su rogativa para que no dañáramos lo que el denominaba las bellotas. Arturo Gómez. Hombre nacido a finales del siglo XIX. Tal vez conoció de cerca algunos eventos. Que la Guerra de

 

los Mil Días. Que a Salvita ascendiendo en el globo inflado con helio. Y la tragedia de Salvita; que murió en ese intento. Arturo Gómez, tal vez, conoció de la construcción del túnel de la quiebra. Y, tal vez, conoció de la presencia del ingeniero Francisco Cisneros; de origen cubano. Que dirigió la construcción de ese túnel y también la construcción del puente colgante conocido como “Puente de Occidente”; sobre el Río Cauca; entre Sopetrán y Santafé de Antioquia.

 

Pero estaban, también, los barrios Manrique, Aranjuez, Campo Valdés; San Cayetano; Prado (situados al centro y nororiente. O Laureles, Belén (con sus diferentes secciones); San Javier, Calasanz; Robledo.

 

 

 

 

 

Episodio trece

 

 

 

En ese andar, se me fue yendo

 

Y seguí creciendo. Y seguí viviendo. Y, ahora, recuerdo otras cosas. La ciudad seguía expandiéndose. Con las limitaciones asociadas a su particularidad geográfica. Pendientes que hacen del tránsito central un surco. Por allí, por ese surco, fue delineándose la ciudad-centro. Mientras las pendientes iban siendo saturadas de viviendas. Un bien construidas. Otras, simplemente, pautadas por los requerimientos de quienes llegaban del campo. Como ahora, en ese tiempo, había desplazados. Porque la violencia se ensañaba con quienes habitaban las zonas rurales. No solo en el Departamento de Antioquia. Era todo el país. Porque los impulsores del desarraigo eran, al mismo tiempo, los que azuzaban la violencia. Eran (…y siguen siendo), al mismo tiempo, beneficiarios de la guerra. Por su condición usufructuarios de los sucesivos regímenes. Tenían el control desde hacía mucho tiempo. Casi desde el mismo inmediato posterior a 1819.

 

Y, ese crecimiento de la ciudad, nos fue convocando a vivirla. Ya por la vía de apropiarnos de las calles para auspiciar la lúdica. O, y combinado con esto, para conocer y asumir ese territorio. Y, entonces, creció la expectación por el desarrollo de los cantos y los juegos primarios. Por lo mismo, en consecuencia, crecimos los ejecutores. Que brincar el lazo; que las escondidas; que la lleva; que la guerra libertaria; que los trompos; y las bolas de cristal y, “las vistas” (recortes de las cintas o las películas), con sus acepciones “cuadros” (para designar a aquellas en las cuales aparecían los protagonistas o los denominados “el muchacho” y la “muchacha”); o el ejercicio de elevar

 

las cometas (con sus variantes de capar hilo); o lanzar los globos de papel, llenos del calor y el humo producidos por el mechón encendido con gasolina o petróleo y el cebo o la esperma como combustibles. O el ejercicio de lanzar piedras con caucheras y las hondas (dos cuerdas que tenían en el centro un receptáculo hecho de cuero y en el cual se colocaba la piedra a lanzar). O el intercambio de revistas (folletos con las aventuras de Tarzán, el Llanero Solitario, Batman y Robín; El Pájaro Loco; el Conejo de la Suerte; El Pato Donald; etc.). O las funciones matinales (películas) en los teatros (salas de cine) de los barrios. Recuerdo los más importantes: Manrique; Rialto; Olimpia; Aranjuez; Belén. O la trenza humana (formaciones entre dos grupos. Uno al frente de otro; cogido de la mano. Hombres y mujeres); a partir de la cual se cantaba matarile lire lo. O la trenza en rueda que permitía o impedía salir al ratón, designado o designada por quien quedaba libre por fuera de la rueda. O la ronda que cantaba y preguntaba al lobo del bosque si estaba listo ya. O el juego de la perinola; o el de catapis (Jazz); o el juego de la carga montón (se escogía la víctima que tenía que aceptar que todos y todas cayeran encima de él o de ella). O el juego con el lazo en los dedos, construyendo figuras diversas (la escalera, la flor de iraca). O la recolección de cajetillas de cigarrillos a las cuales se les asignaba un valor y así se jugaban. Como si fueran billetes. (Pielroja 1, Dandy 25; Kool, Lucky; L & M, Chesterfield; Mapleton, valían 100 y, así, sucesivamente). O la preparación y realización de novenario en la época de diciembre; incluido el ejercicio alrededor del pesebre. O el juego a la gallina ciega. Y, no podía faltar, el fútbol. La pelota en la calle. Con desafíos entre cuadras y barrios. Siempre en la calle. Calle para el juego. Calle libre. Inclusive con el vigía, encargado de avisarnos cuando llegaba la tomba (policía municipal); la bola (vehículo policial). Esto suponía suspender, provisionalmente, el juego. Porque estaba prohibido tomarse la calle para ello. Porque, siempre, ha existido la posición de quien o quienes, siendo habitantes del barrio, odian la expresión lúdica.

 

 

Ahora bien, la confrontación entre grupos interbarriales, era hecho común. Inclusive, llegando a expresiones vandálicas, violentas. Con piedras (lanzadas con caucheras y hondas), palos, etc. Forzando un paralelo, algo parecido con lo que hoy aparece como enfrentamiento entre bandas en los barrios y/o en los colegios

 

Y, entonces, esa apropiación de los espacios, corrió paralela a las jornadas escolares. Maestros y maestras. Muchos y muchas, autoritarios y autoritarias. Tanto que contribuyeron a la deserción escolar. Porque infringían castigos físicos. Otros, accesibles,

 

tolerantes, amigos (as). Que la sopa escolar (una figura reducida del restaurante), a la cual accedían los niños y niñas cuyas familias eran mucho más pobres que el promedio. Que el pan y la leche que se entregaba en los recreos y que era posible, en razón al convenio con Caritas Arquiodecesana (organización religiosa-católica) y las entidades que regían la academia. O, en ese mismo horizonte, a partir de convenios internacionales con países europeos o con EE.UU.

 

O, llegado octubre, lo que se denominaba la “semana del niño”. Aquí cabía todo: los disfraces; las caminatas; el sancocho elaborado a partir de recursos propios recogidos en las escuelas. O a partir de los aportes de las familias. Queda claro, de paso, que las escuelas no eran mixtas. Además, que, las jornadas, eran completas. Desde las 8:00 a.m., hasta las 11:30 a.m. y desde la 1:30 p.m., hasta las 4:30 p.m., de lunes a viernes. Los sábados de 8:00 a.m.; hasta la1:00 p.m.

 

Y entré en el terreno de los enamoramientos. Desde ahí, desde la escuela. El recuerdo no es vago. Tanto así que tengo claro el momento del primero. Corría el año en que empecé a ver el mundo con los ojos de quien entra a considerar otro camino. No ese que venía siendo protagónico. Es decir, ese que me amarraba a los condicionamientos establecidos en esa casita. Condicionamientos acrecentados cada día. A partir de un entorno áspero. Con ella, mi madre, sin otro horizonte que el centrado en nosotros y nosotras. El padre que deviene en un rol cercano al autoritarismo perverso. Pero ahí; sin descuidar las exigencias derivadas de su posición como cohesionador forzado del grupo. Grupo sin sentido de pertenencia. Porque, entendido como colateral a referentes plenamente definidos, en nuestro caso no tenía por qué existir. Éramos un conglomerado de individualidades vinculadas a un espacio, nada más.

 

Siendo, como en realidad era, Norela una niña aproximada a los siete años. Tengo, ahora, la sensación de haberla visto antes de conocerla. No sé por qué, me viene a la memoria un cuadro de desazón. Como si, mirando atrás, tuviera la certeza de haber sido protagonista de algunos hechos poco edificantes. En consecuencia, una zozobra constante. Un sueño tras otro, sin término. Como si no atinara a establecer con claridad mi estancia allí. En ese mundo hilvanado a partir de secuencias enrarecidas. Veía, por ejemplo, a mi hermano mayor en un rol de sujeto vociferante. Yo estaba en la cuna. Él en el tejado de la casita. No recuerdo bien si era en el Fundungo; en Chagualo. De todas maneras, sea donde fuere, él estaba ahí. En el tejado. Yo, ¡pero qué hacía yo ahí; si estaba en la cuna? ¿Una ubicuidad no deseada? Lo único cierto, me sigo diciendo a mí mismo, es que él estaba ahí Y yo

 

con la escalera, tratando de auxiliarlo para que bajara del tejado. Por el patio. Estando el padre, también vociferando. En la misma casita. Los mismos insultos. Iban y venían. Uno y otro. ¿Pero qué hacía yo ahí, entre los dos?

 

Los Oquendo, familia tanto o más numerosa que la nuestra. Otoniel Oquendo, obrero de la textilera Coltejer. Y el televisor allí. En la sala de la casa de los Oquendo. De Norela. Y yo en la ventana, tratando de adivinar lo que hablaban los personajes. Desde afuera, por la ventana, la pantalla se veía borrosa. Luego, por lo mismo, borrosos los actuantes. Y Norela me miraba, a través de la cortina. Ella fue quien la enrolló para permitirme el espacio para visualizar. Y Norela con el plato en la mano. Y Enriqueta, la madre, tratando de forzarla. Para que dejara la ventana.

 

Y es que corría el año 1954. Coincidieron hechos. El militar ya estaba ahí. Venía de rapar el poder. Siendo el cuadro político antecedente una heredad vinculada con el genocidio auspiciado desde ahí. Desde ese centro-poder conservador. Ya casi olvidadas las reformas de López Pumarejo y su Revolución en Marcha. Todavía cercana, en el tiempo, la muerte de Jorge Eliécer Gaitán. El sargento (¿…o cuál era su grado?), ya jugaba a ser prócer. A ser libertador. A ser guerrero guiando a un pueblo famélico y agarrotado. Nuestra familia era una de tantos miles sin horizontes gratificantes.

 

La heredad, provenía de dos íconos perversos. Mariano Ospina Pérez y Laureano Gómez; “el divino Laureano”. El perdulario que encendía el Congreso, a viva voz. Voz transmisora de ideas achatadas. Con una sola perspectiva: justificar la matanza. A viva voz. Voz de pigmeo intelectual. Hacedora de fetiches. Voz, mirada, cuerpo, de aprendiz de ideólogo. Ese que pretendía pasar a la historia como héroe. En una Colombia desagarrada por él, y por Ospina Pérez, y por Marco Fidel Suárez y por los azuzadores perennes. Un fascismo inveterado. Héroe de la miseria que auspiciaron él y ellos. De la tragedia de un pueblo inerme.

 

Pero, asimismo, heredad de los Lleras y de Eduardo Santos, y de Olaya Herrera y…del mismo Alfonso López, que se arredró ante la infamia.

 

…Y yo en la ventana, mirando las imágenes distorsionadas en el televisor. Y con el frío de las nueve de la noche. Inclusive fui hasta la casa por un saco y volví. Y ahí estaba ella; enrollando la cortina para que yo mirara. Y Enriqueta al acecho. Y llegaban las diez de la noche. Fin de la emisión. Y Norela desenrollaba la cortina. Y, con la mirada,

 

hasta mañana.

 

Y, al otro día, a la escuela. Y la veía con su pertrecho para bordar; en la escuelita eucarística. Y es que las niñas recibían solo eso. Una fugaz pincelada de la aritmética y del castellano y de la geografía y de la historia y, fundamentalmente, del catecismo escrito por el padre Astete. Y, lo demás, enseñanza para aprender a ser mujeres. Del hogar. Es decir, casi esclavas como mi madre. Y que se repita el ciclo.

 

…Y corrió la voz de que algo estaba sucediendo. Venía desde muy atrás. El método había sido perfeccionado. Desde Núñez, el trasgresor. El sujeto cambiante; según las circunstancias. Método aplicado. Con ese mismo se justificó la Guerra de comienzos del siglo

 

XX.       Método soportado en el manejo solapado de las verdades. O, a decir verdad, las casi verdades. En recintos cerrados, a prueba de filtraciones plenas. Solo el gota a gota. Para potenciar las repercusiones. Se dice y se desdice, al mismo tiempo. Entonces, se embauca y se extiende la sensación de que algo está pasando. Aquí y allá.

 

Y, en verdad, algo estaba pasando. El militar todavía estaba ahí. Pero, quienes lo adularon y lo felicitaron por su desprendido amor a la patria; ya tejían otra red. Otra, porque, a pesar de ser la misma; era otro tiempo. Estábamos en 1956. Y, ya, el ceremonial estaba en curso. Ya estaban los contactos. Que si en España, en Benidorm. Que si en Londres o en Washington. Que más daba. Siendo lo único cierto, el programa. Primero se auspiciaría la presencia de una Junta Militar politizada. Que si el General París. Que si ahora. Que si el plan incluiría allanar el camino para que volvieran los de siempre. Liberales y Conservadores, sus cúpulas. Las mismas que sembraban el odio entre los de la periferia. Y que, una vez empezaba la barbarie, en cualquiera de sus versiones periódicas, convocaban al buen sentido. Al entendimiento. A la paz. No importaba si por fuera de ella quedaba los más afectados. Los desarraigados y las desarraigadas. Los y las caminantes, en travesía. Buscando refugio. Aquí y allá. Y, en ninguna parte donde pasar la noche y ver amanecer el otro día.

 

Y se reunieron. Y acordaron. Usted y yo. Yo y usted. Primero usted, después yo. Amarremos el pacto a doce o más años. Qué más da. Primero usted, luego yo. Y todo volverá a empezar. Hagamos borrón y abramos nueva cuenta. No importa lo de atrás. El perdón suyo, lo avalo yo. El perdón mío, lo avala usted. Y así, saldamos cuentas, por ahora.

 

Eso sí, quienes no regresen. Quienes no acepten lo que usted y yo

 

hacemos; están al margen de la ley. Y serán perseguidos y serán matados y serán olvidados. Queda claro, entre nosotros, que hemos sacrificado nuestro tiempo por este país. Y, por lo mismo merecemos ser recompensados. Y qué mejor recompensa que primero usted y después yo. Y después usted y luego yo.

 

Y, ahora lo entiendo, era eso lo que se estaba urdiendo. Era eso. Y los periféricos, los sin nada, ahí; sin saber qué hacer ni para dónde coger. Y se extendía la penuria. Y ya se había agotado el modelo de sustitución de importaciones. Modelo económico restringido. En el cual la variable más dinámica era crecer, sin crecer. Quedar flotando entre los imperios; entre sus intereses y los nuestros (¿…nuestros?). Y, entonces se acumuló capital. Para los terratenientes, para los comerciantes, para la naciente burguesía bastarda. Sí; esa que conoció de las libertades democráticas y de las reformas y de los derechos y los deberes; como quien aprende a tocar piano por correspondencia.

 

Ya, a esta altura de mi recorrido, estaba inmerso en ese ir y venir que no se detiene. Hasta cierto punto ya mis giros y mis vivencias eran cansinos. Como si, cada año repitiera lo del año anterior. Sólo había momentos en los cuales escapaba a la realidad. Esos en los cuales le daba al balón, en la calle. O, cuando coleccionaba láminas y las pegaba en el folleto. El primero: héroes de la lucha libre. Luego, la vuelta a Colombia. Y, a reclamar el folleto para anotar a los ganadores de cada etapa. O, cuando salía, en familia a verlos entrar por lo que denominábamos la autopista sur. Al lado del puente monumental (llamado así, porque fue el primer puente en concreto, elevado; por debajo del cual pasaban, a la vez, el río y la autopista). Al lado del puente Guayaquil (construido con ladrillos y con una amalgama que incluía sangre. Al menos eso decía la historia). Y, pegando el oído a la amplificación que hacían algunas emisoras; avizorarlos a distancia. Cuando subían a minas, después de haber pasado por Versalles y por Santa Bárbara. Y, sentirlos más cerca aún, cuando ya estaba en Caldas, en las “goteras” de Medellín.

 

Pero había más, sin saber cómo y porqué, accedí a la impudicia religiosa. Ferviente adorador de imágenes. Sujeto que se laceraba, pretendiendo asimilar las enseñanzas, por la vía más dolorosa posible. Sanando el alma, se alcanza la virtud y se acumulan gracias para poder llegar a dios. Y yo allí. Asumiendo el dicho: el que quiere llegar al cielo, debe purgar sus miserias y nada mejor que vivir los dolores; tratando de simular los que sufrió y vivió Jesús. Pretendiendo ser ungido.

 

Ya, a esta altura del recorrido, Norela estaba en el pasado. No la vi más; desde que, en la peregrinación a que estábamos sometidos y sometidas; por no tener casa propia y por atrasos en el pago del arrendamiento; nos trasladamos a otro barrio; para volver a empezar. La cuarenta y seis entre la setenta y nueve y la ochenta, sector de Manrique Central. Allí

 

 

Episodio catorce

 

Ancízar en ese escenario de  voces inciertas

 

 

…Y corrió la voz de que algo estaba sucediendo. Venía desde muy atrás. El método había sido perfeccionado. Desde Núñez, el trasgresor. El sujeto cambiante; según las circunstancias. Método aplicado. Con ese mismo se justificó la Guerra de comienzos del siglo

 

XX.       Método soportado en el manejo solapado de las verdades. O, a decir verdad, las casi verdades. En recintos cerrados, a prueba de filtraciones plenas. Solo el gota a gota. Para potenciar las repercusiones. Se dice y se desdice, al mismo tiempo. Entonces, se embauca y se extiende la sensación de que algo está pasando. Aquí y allá.

 

Y, en verdad, algo estaba pasando. El militar todavía estaba ahí. Pero, quienes lo adularon y lo felicitaron por su desprendido amor a la patria; ya tejían otra red. Otra, porque, a pesar de ser la misma; era otro tiempo. Estábamos en 1956. Y, ya, el ceremonial estaba en curso. Ya estaban los contactos. Que si en España, en Benidorm. Que si en Londres o en Washington. Que más daba. Siendo lo único cierto, el programa. Primero se auspiciaría la presencia de una Junta Militar politizada. Que si el General París. Que si ahora. Que si el plan incluiría allanar el camino para que volvieran los de siempre. Liberales y Conservadores, sus cúpulas. Las mismas que sembraban el odio entre los de la periferia. Y que, una vez empezaba la barbarie, en cualquiera de sus versiones periódicas, convocaban al buen sentido. Al entendimiento. A la paz. No importaba si por fuera de ella quedaba los más afectados. Los desarraigados y las desarraigadas. Los y las caminantes, en travesía. Buscando refugio. Aquí y allá. Y, en ninguna parte donde pasar la noche y ver amanecer el otro día.

 

Y se reunieron. Y acordaron. Usted y yo. Yo y usted. Primero usted, después yo. Amarremos el pacto a doce o más años. Qué más da. Primero usted, luego yo. Y todo volverá a empezar. Hagamos borrón y abramos nueva cuenta. No importa lo de atrás. El perdón suyo, lo

 

avalo yo. El perdón mío, lo avala usted. Y así, saldamos cuentas, por ahora.

 

Eso sí, quienes no regresen. Quienes no acepten lo que usted y yo hacemos; están al margen de la ley. Y serán perseguidos y serán matados y serán olvidados. Queda claro, entre nosotros, que hemos sacrificado nuestro tiempo por este país. Y, por lo mismo merecemos ser recompensados. Y qué mejor recompensa que primero usted y después yo. Y después usted y luego yo.

 

Y, ahora lo entiendo, era eso lo que se estaba urdiendo. Era eso. Y los periféricos, los sin nada, ahí; sin saber qué hacer ni para dónde coger. Y se extendía la penuria. Y ya se había agotado el modelo de sustitución de importaciones. Modelo económico restringido. En el cual la variable más dinámica era crecer, sin crecer. Quedar flotando entre los imperios; entre sus intereses y los nuestros (¿…nuestros?). Y, entonces se acumuló capital. Para los terratenientes, para los comerciantes, para la naciente burguesía bastarda. Sí; esa que conoció de las libertades democráticas y de las reformas y de los derechos y los deberes; como quien aprende a tocar piano por correspondencia.

 

Ya, a esta altura de mi recorrido, estaba inmerso en ese ir y venir que no se detiene. Hasta cierto punto ya mis giros y mis vivencias eran cansinos. Como si, cada año repitiera lo del año anterior. Sólo había momentos en los cuales escapaba a la realidad. Esos en los cuales le daba al balón, en la calle. O, cuando coleccionaba láminas y las pegaba en el folleto. El primero: héroes de la lucha libre. Luego, la vuelta a Colombia. Y, a reclamar el folleto para anotar a los ganadores de cada etapa. O, cuando salía, en familia a verlos entrar por lo que denominábamos la autopista sur. Al lado del puente monumental (llamado así, porque fue el primer puente en concreto, elevado; por debajo del cual pasaban, a la vez, el río y la autopista). Al lado del puente Guayaquil (construido con ladrillos y con una amalgama que incluía sangre. Al menos eso decía la historia). Y, pegando el oído a la amplificación que hacían algunas emisoras; avizorarlos a distancia. Cuando subían a minas, después de haber pasado por Versalles y por Santa Bárbara. Y, sentirlos más cerca aún, cuando ya estaba en Caldas, en las “goteras” de Medellín.

 

Pero había más, sin saber cómo y porqué, accedí a la impudicia religiosa. Ferviente adorador de imágenes. Sujeto que se laceraba, pretendiendo asimilar las enseñanzas, por la vía más dolorosa posible. Sanando el alma, se alcanza la virtud y se acumulan gracias para

 

poder llegar a dios. Y yo allí. Asumiendo el dicho: el que quiere llegar al cielo, debe purgar sus miserias y nada mejor que vivir los dolores; tratando de simular los que sufrió y vivió Jesús. Pretendiendo ser ungido.

 

Ya, a esta altura del recorrido, Norela estaba en el pasado. No la vi más; desde que, en la peregrinación a que estábamos sometidos y sometidas; por no tener casa propia y por atrasos en el pago del arrendamiento; nos trasladamos a otro barrio; para volver a empezar. La cuarenta y seis entre la setenta y nueve y la ochenta, sector de Manrique Central.

 

Episodio Quince

 

El umbral propuesto

 

Y ya, sin Norela. Y todavía sin que surtieran los efectos esperados, las laceraciones. Lo entendí así, porque no levitaba. Porque no adquiría cara de ángel. Porque seguía siendo el mismo sujeto niño; sin perspectiva. Signado por la cruz y por las afugias. Sujeto niño que desertó de la escuela y que fue vejado por ello. Sujeto niño que entró en la etapa de los sin horizontes. Al menos de esos que siempre escuché hablar a los adultos y adultas que hablaban por las emisoras y que escribían en las primeras páginas de El Colombiano y El Correo. Yo leía: Horizonte: sinónimo de futuro o de lejanas aspiraciones.

 

Entré, pues, en la dinámica soportada en el vacío de la desescolarización. Con extravíos. Con los imperativos y las imprecaciones, ahí. En la casa. A pesar de que el grupo seguía cosido con hilos endebles; sin ese cruce de caminos que recrea algunos entornos familiares. Con una solidaridad formal entre nosotros y nosotras. Ellas, la hermanas, ahí. Una ensimismada en sus procesos internos. Las otras dos, ansiando ser matrimoniadas, lo más pronto posible. Para ausentarse de ese territorio inhóspito, auspiciado por el padre y por el hermano mayor. Una de ellas, desertando, hacia otro territorio de familia. Por la vía de la abuela y la tía paternas. Abuela ya reducida a la silla de ruedas, casi sin ruedas. Más como silla estática.

 

Ya aparecía un punto de comparación. O, mejor sería decir: un sujeto de comparación. Porque el otro hermano mantuvo su escolarización y avanzaba. Terminó primaria y enfrentó el reto del bachillerato. Y yo, ahí. Sin darme por entendido. Pretendiendo una tangente asociada a las angustias que me erosionaban. Que viajaban conmigo a todas partes. Hijo menor que ya, desde ese entonces, alucinaba. Creando espacios y personajes enfermizos. Ese yo ahí. Aparentemente un

 

holgazán niño. Un sujeto en la quietud que suponían quienes me veían deambular; por la casa. O por el barrio. O por la ciudad. Porque ya empezaba a acceder a ella. Ya viajaba solo a lo que denominábamos el centro de la ciudad. A la Plaza Cisneros; a la feria de ganados; al lado del padre. Sujeto niño holgazán. Que viajaba al occidente, al lado del padre. A Sopetrán, San Jerónimo, Santafé de Antioquia; Liborina. Pero, también a Rionegro y a Fredonia. Siempre al lado del padre.

 

Ya estaba, desde entonces, con una predisposición a ser marcado, de por vida, por hechos y situaciones que fueran adversas. De una u otra manera. Por ejemplo, como cuando ansiaba la soledad, pero huía de ella. O como, cuando sufría el azote de los sueños en los cuales era víctima o victimario. O como, cuando escuchaba el estruendo de los truenos en una tormenta eléctrica. Pero, más aún, por no hallar explicación ninguna. O porque me enseñaron a asociarlos con el exterminio a que seríamos sometidos los pecadores. Y allí, en esta categoría, estaba situado yo. Por no ir a la escuela; por andar la calle. En fin, por todo o por casi todo. Porque, a decir verdad, me sentía bueno para nada. Y no es que, ahora, esté exagerando esa angustia. Simplemente, los hechos, están ahí. Estuvieron ahí. Los viví y sufrí yo. Siendo niño, entre perverso y santo. Solo que la santidad me abandonó, en proporción directa a mi incapacidad para ascender, para levitar; para volar al lado de dios.

 

Y pasaban los días. Ya estaba el primer sujeto del compromiso, en el poder. Ya empezaba la feria de las mudanzas. De los intercambios. Aquí y allá. Empezaba a concretarse el pacto ignominioso. Pacto construido a partir de la sangre derramada por los súbditos martirizados. Pacto suscrito, vulnerando la existencia de otras opciones; asfixiándolas. No podían nacer; ni crecer; ni mucho menos expresarse.

 

Tal vez ya lo había dicho. Pero sentí la necesidad de volverlo a expresar. Aquí; ahora. Estando en ese tránsito; sintiendo flotar en el ambiente la perversidad. Porque el Pacto se impuso. Ellos lo impusieron. Los jerarcas de los Partidos Liberal y Conservador. Ellos que auspiciaron, y lo siguen haciendo aún hoy, la muerte de toda esperanza; como quiera que esperanza es vivir; y caminar; y trabajar en la ciudad; y arar la tierra; y reír; y soñar. Ellos que promovieron las muertes físicas masivas. Y que promovieron la extirpación de las ilusiones. Y que, por esto mismo, han lobotomizado los espíritus. Al menos, han cortado el vuelo. Por lo tanto, convocan al olvido. A creer que no pasó nada. Que los muertos y las muertas son solo invenciones de los enemigos de la patria.

 

Entonces yo seguía el tránsito. Tratando de entender el modelo impuesto. El problema era que no tenía ni medios; ni conocimientos; ni donde hallarlos. Porque mi vida era eso: una predisposición a seguir ahí. Mientras tanto el grupo familiar se desintegraba. Mejor sería decir que venía fragmentado desde el primer día en que se hizo cuerpo visible. Ese grupo familiar vigente desde antes de mi nacimiento. Pero que adquirió, para mí, presencia con el correr de los años; de mis años. Ya, entonces, Chagualo y Fundungo fueron mi entorno. Pero yo no accedía a el. Simplemente, ahí en la casita o en las casitas. Ya la madre era esclava. Se hizo así, a partir de mis miradas y del proceso construido en este país envuelto en miserias. Miserias intelectuales. Miserias políticas. Pero, a la vez, país de violentos y de violentados. De violentos que conducían con rumbo definido por ellos. Violentos que agredían aquí y allá. Violentos que protagonizaban ejercicios aparentemente diferenciados; pero que eran lo mismo.

 

Y ya, aquí en esta dimensión. En este rol protagónico de mí mismo; seguía el curso, mi curso. Ya en la calle. Ya en la casita. O ya en los sueños en los cuales me mimetizaba, para impedir ser visto desde afuera; tratando de impedir el cuestionamiento y la comparación. Sujeto niño sin posibilidad de acceder a cualquier cosa. Seguía siendo el desertor de la escolaridad. Desertor, más no herético. Porque el origen de esa deserción, la motivación de la misma, no estaban anclados en una opción de vida diferente. Y no tenía por qué serlo. Porque no tenía opciones alternativas. Simplemente ahí. Donde la abuela materna, los domingos. Si donde Sara y donde Arturo Gómez. Una vida al garete. Incluso con tendencias y manifestaciones perversas; vistas con una óptica moralista. Sujeto niño ahí; sin nada entre las manos.

 

Y, entre tanto, la ciudad crecía y el país también. Ya la ciudad no era la misma que conocí o que imaginé. Ya los barrios en las pendientes estaban en pleno desarrollo. Ya apareció Castilla Y Pedregal y Alfonso López. Ya, hacia el sur, se extendían híbridos. Ya con fastuosas viviendas ya con casitas en las cuales habitaban los habitantes originarios de El Poblado. Ya Bello y Copacabana, al norte, se integraban; en un concepto de territorio mucho más vasto. No sé si, desde ese primero momento, se asumían los conceptos de zonas metropolitanas. Pero también, al sur, se acercaba Itagüí y, aunque de manera más lenta, Envigado.

 

Lo que contaba, para mí, era la sensación de estar inmerso en un proceso no pensado; no entendido. Pero estaba ahí. Como proceso envolvente. Porque, la perspectiva de ciudad moderna, actuaba

 

independientemente de mi participación. O de la participación de los otros y las otras. No sé, en fin, de cuentas, si ya estaba presente, en ese crecimiento urbano, una opción como la planteada por Manuel Castells. No sé, si en el caso de los y las ciudadanas en mi ciudad y en las otras ciudades. No sé si la presión, a partir de los desplazamientos masivos, sobre la ciudad y, por lo mismo, en la exigencia d vivienda y de servicios básicos; ya tenían o no expresión en términos de exigencias organizadas. Volviendo a lo de Castells, no sé si alguien, en nuestro país tuviera, en ese entonces, posiciones como: “…Cuando se habla de problemas urbanos nos referimos más bien, tanto en las ciencias sociales como en el lenguaje común a toda una serie de actos y de situaciones de la vida cotidiana cuyo desarrollo y características dependen estrechamente de la organización social general. Efectivamente, a un primer nivel se trata de las condiciones de vivienda de la población, el acceso a las guarderías, jardines, zonas deportivas, centros culturales, etc.; en una gama de problemas que van desde las condiciones de seguridad en los edificios (en los que se producen, cada vez con mayor frecuencia accidentes mortales colectivos) hasta el contenido de las actividades culturales de los

 

centros de jóvenes reproductores de la ideología dominante…”6

 

En verdad dudo que se hubiera desarrollado una opción de vida urbana, así en esas condiciones. Lo que este sujeto niño perverso entendía, no iba más allá del discernimiento de quien no tenía ni siquiera, a su disposición las posibilidades que otorga la escuela. Más aún, reconociendo que, cuando hablo de escuela, estoy hablando de lo básico. En una estructura escolar-académica en donde el lugar para la profundización no existía. No iba más allá, como lo expresé arriba de aglutinar una serie de saberes, cruzados por la textura tradicional religiosa, particularmente la católica.

 

Estaba, pues, situado en un reconocimiento del entorno inmediato y mediato. Reconocimiento que no iba más allá de encontrar espacios para una lúdica restringida. Porque, ¿qué lúdica podría haber, en mi escenario de niño condicionado por mis propias actitudes y que originaron y mantuvieron una posición hostil de los otros integrantes del grupo familiar; particularmente de la madre y el padre. Porque, a la vez, crecían las posibilidades y justificaciones para profundizar en torno al cuadro comparativo con mi hermano, el escolarizado, que seguía avanzando.

 

Entonces, una noción de ciudad y de país y de mí mismo y de los demás; que comprometía las fijaciones que había venido construyendo. Ya lo dije, visiones enfermizas; sueños acechantes.

 

Expresiones en las cuales las imágenes recorrían mis espacios. Imágenes que recorrían mi cuerpo y que ocasionaban estigmas más lacerantes que las posturas religiosas asumidas por mí antes. Imágenes que vertían opciones y que me convocaban a asumirlas. Opciones como latigazos. Opciones que conminaban a no existir más. Opciones que me proponían huir de la casita y abordar el camino del transeúnte sin referentes. Como si me propusieran jugarme la vida en el amplio espectro que permite la inmensidad de la ciudad. Ir ahí, a cualquier sitio sin ningún nexo con los hermanos, las hermanas, el padre, la madre, las abuelas… En fín imágenes que se erigían como mandantes sombríos y que me colocaban en posiciones de profunda angustia. En extravíos que yo no estaba en capacidad de asumir. Porque lo mío era una angustia sobre otra. La mía propia y la heredada de esos sueños absolutamente onerosos.

 

Y era el año que marcaba el inicio de otra década. Quien lo hubiera creído, ya había vivido casi dieciséis años. No era sujeto hábil para realizar inventarios de vida. Sin embargo, estaba ahí en la posición de niño-adolescente que había accedido, otra vez, a la escolaridad en nombre de la necesidad de reconciliación. Más, nunca, en términos de avanzar en el conocimiento. Vale la pena aclarar, ahora, que había innovado en lo que respecta a la justificación para desertar. Una figura, parecida a las imágenes que me atormentan en mis sueños, exhibiendo una postura y una voz que me reta. Algo así como entender la posición como cuestionamiento a la autoridad. ¿Pero sería cierto eso? ¿De cuándo acá había adquirido algún criterio elaborado? Aún ahora no me lo creo. Yo no era, en ese tiempo sujeto de elaboraciones. Era, por el contrario, un bandido que se azuzaba así mismo; vertiendo palabras. Sin poder construir una o dos frases con sentido. Solo, en esos sueños tormentosos, venían a mí interpretaciones de lo cotidiano; de esa exterioridad que no percibía sino en la vigilia del día a día.

 

Así fue, por ejemplo, como accedí a entender todo lo relacionado con la continuación del exterminio. Veía, a ráfagas, lo sucedido con quienes no accedieron al pacto bochornoso. A ese pacto entre los mismos. Pacto que avasallaba a la democracia. Convertía en delito el solo hecho de aspirar a una alternativa diferente. Y, sin saberlo, iba profundizando, todas las noches. Veía a los campesinos y campesinas. Niños y niñas. En las travesías. Solo ahora, después de haber leído al maestro Alfredo Molano, en su trilogía “Siguiendo el corte”, “Aguas arriba” y “Selva adentro”, he podido descifrar esos mensajes de mis sueños. He podido dilucidar el significado de esas imágenes. Los sin

 

tierra; los desarrapados; tratando de arrancarle aliento a la vida. Como si esta estuviera flotando ahí. Y ellos y ellas, tratando de asirla. Mientras tanto los aviones y la tropa de los jerarcas. Apuntándoles. Matándolos. Y los gritos de rabia y las lágrimas y la ternura invitando a resistir. Y los jerarcas riendo en las ciudades. Invitándonos a reconocerlos como voceros válidos. Como convocantes ciertos a la paz. Y, nosotros, en las ciudades sin arriesgar nada. Solo consumiendo los discursos ampulosos. Y llegó el segundo de la lista. El hijo del poeta. El mismo de la sagrada ciudad blanca. Impoluto. Hijo de poeta que no sabe nada de la vida de los y las demás. Que mantuvo la línea de acción. Con los chafarotes a la ofensiva. Limpiando el campo. Siendo, esa limpieza, un concepto asociado a la matanza. Generalizada y selectiva. E inundaban los campos de panfletos. Convocando a la rendición. Expresando que los bandidos eran quienes reclamaban justicia. Bandidos eran quienes no se dejaban acribillar y respondían a los vejámenes, con la fuerza de la dignidad y, porque no, con las armas que habían logrado salvar. Y los niños ahí. Y las niñas también. Muriendo ellos y ellas. Y sus madres. Y sus padres…y todos y todas.

 

Y llegó otra vez el enamoramiento. Ahora estaban allí Rosita y Gudiela. Dos niñas. Y les hablaba. Una a una. Como macho subrepticio. Pero, profundamente, apegado a esos íconos. Me disipaban las angustias y los tormentos. Las esperaba a la salida de la escuela. Yo corría raudo, al salir de mi jornada. Y el Bosque de la Independencia lo atravesaba como flecha veloz. Y llegaba y Rosita ahí y Gudiela también. Un día con una y al otro día con la otra. Y ellas accedían. No sé por qué. Tal vez porque era adolescente alucinado. Con toda la carga emocional de los sueños. Me fui volviendo taciturno; de mirada profunda y triste. Tal vez por eso Rosita, la más cercana, la más tierna y la más conmovida; me acogió. También me acogió su madre. Y Miguel, su hermano. Con él profundicé en amistad.

 

Y Rosita me acompañaba. Aún en mis sueños. Porque la veía, al lado de las imágenes tormentosas. Porque con ella hablaba. Y ella decía “no sufras tanto patico”. Y, esa expresión me transportaba al universo en el que he pensado. Lejos, muy lejos. Yo no sabía nada acerca de los años luz, como ahora. Pero si imaginaba una distancia absoluta. Allí quería estar solo. Pero tenía miedo a la soledad. Por eso, le conté a Rosita. Y, con ella, si quería viajar.

 

Y Gudiela ahí. Tal vez más bella que Rosita. Pero más distante. Más fría. Me daba miedo esa actitud. Hablar con ella no suponía, como con Rosita, disipar la tristeza y la angustia. Pero me hacía falta hablarle.

 

Algo, en mí, decía que ella me entendía. Que estaba conmigo. Pero no lo expresaba. Al contrario de la madre de Rosita, la madre de Gudiela nunca me aceptó. Me consideraba demasiado feo para su niña, tan linda; tan perseguida. “Y ella, con ese personaje tan feo”. Esto me lo contaba Gudiela. Y lloraba al decirlo. Me amaba, pero sufría con las expresiones de su madre.

 

Y así estuve mucho tiempo. Con ellas. Hasta que, un día cualquiera, se fue Gudiela. Su familia se trasladó hacia Envigado. Y yo quedé ahí. Me dejó una nota con Miguel, el hermano de Rosita. Notica que conservé mucho tiempo. La llevaba siempre conmigo: “Patico, me tengo que ir. Sé que no volveré a verte. Mi familia no te quiere; pero yo sí. No puedo hacer nada, porque no soy libre. Adiós”.

 

Y, en verdad, no la volví a ver. Seguí ahí, con Rosita. Con mi Rosita. Crecíamos los dos. Éramos cómplices en todo. Caminar, desde la escuela, hasta el barrio fue una experiencia inolvidable. Ella y yo, de la mano. Conocí que sus amigas, también se burlaban de mi feura. Pero ella, incólume. Conmigo, en contravía de su entorno, de sus amigas.

 

Y se repetían los sueños. Y ella, mi Rosita estaba ahí. Al lado de las imágenes que me atormentaban. “No sufras patico”, me decía. En sueños y en el día. Y nos veíamos los fines de semana; como si no hubiéramos hablado todos los días, al salir de la escuela.

 

Episodio dieciséis

 

Eso, en mí, de verlo y sentirlo como sujeto volátil

 

Y la década corría veloz. Mi escolaridad seguía en veremos. Muy intermitente, casi nula. Y, Rosita, se volvió recuerdo. Como con Norela, no la volví a ver, después de que se produjo otra etapa del peregrinar. Y fuimos a dar a la carrera 46, entre las calles 77 y 78. Y fue creciendo, otra vez, mi deseo de ser un asceta. Fui recibido en la parroquia El Calvario, entre Prado, Campo Valdés. Volví a mis andanzas; a mis ayunos y a mis excoriaciones producidas por mí mismo. Y el grupo familiar se había ido desmantelando. Ya no estaba el hermano mayor. Tampoco dos de las hermanas. Se habían matrimoniado, huyendo de la casita inhóspita.

 

Y, estando en esas; de las excoriaciones provocadas y en los ayunos, conocí al padre Daniel. Exégeta, pero demócrata. Había logrado construir y posicionar grupos de acción, dentro de los jóvenes cercanos al ideario católico. A través de él llegamos, muchos, a la J.O.C (Juventud Obrera Católica). Y conocimos, desde allí, las huelgas y a quienes las promovían, no como proceso continuo y/o

 

programático y político; sino como respuesta a los atropellos de los patronos. Yo, en ese entonces, ya trabaja. Alternaba mi actividad laboral, periódica e intermitente, con la escolaridad. Y caminábamos las calles solicitando ayuda para los huelguistas. Recaudábamos alimentos y algún dinero. Participábamos en las reuniones con ellos, con los trabajadores.

 

Cuando no había huelgas, nos reuníamos todos los sábados, en la sala de reuniones de la casa cural. Y leíamos los evangelios. Y los comentábamos. Y trazábamos tareas. Íbamos a los hospitales, a visitar a los enfermos y las enfermas sin familia. E intercambiábamos textos. Por esa vía conocí a Ortega Y Gasset; y a Alberto Moravia; y a Sartre; y a Camus; y a Kant; y A Hegel; y a Hobbes; y a Rousseau; y a Homero; y a Sócrates. Fuimos tejiendo la red de los rebeldes. De los que aprendimos, en las huelgas, el sufrimiento profundo en las ciudades. Y fuimos relacionando esto con la tragedia de nuestro país, tragedia de los nómadas forzados; los de las travesías; los bombardeados; los fusilados y decapitados. De los niños y las niñas muertas y muertos, al lado de sus madres y de sus padres.

 

Y, allí, en esos ejercicios bravíos; heréticos, se empezó a desenvolver la actuación como proceso. Como continuidad. Porque accedí a otros y a otras. Porque ya me arriesgué a ir a la universidad, sin matrícula. Solo por ver y palpar el conocimiento. Y lo social fue mi alternativa. Y decanté lo hablado, lo escuchado, lo leído. Y, por esa vía, conocí de Camilo Torres Restrepo. Todo porque el sacerdote Vicente Mejía, comprometido en una lucha acompañando a los desarrapados del basurero. Hoy los llaman recicladores. Y Vicente convocó a Camilo, un día cualquiera de octubre. Y estuvimos con él. Y, al poco tiempo, ya estaba yo en la perspectiva de equilibrar mi religiosidad con la acción de riesgo. Con la propagación del ideario desprendido de la lucha de clases. Empecé a reconocer, en todos los entornos, los objetivos fundamentales por los cuales luchar. Y se hizo gigante y hermosa la espiritualidad; esa tendencia que había estado ahí y que fue resortada y voló a todos los lugares. Empecé a vivir, ya no en sueños, la realidad y a asumirla. Profundamente triste y conmocionado. Y volví a alucinar. Me veía en el universo absoluto cabalgando en las nubes y en el polvo cósmico. Iba y regresaba. De aquí hasta allá

 

Estos cantos me estremecen. Porque grafican lo acontecido conmigo. Porque, en el día a día, sentía morir por todos y por todas. Suplantar a quien estuviera sufriendo. Para sufrir yo, en su reemplazo. Empezó el delirio, el frenesí. Esa ambición de terminar ya con la dominación impuesta a sangre y fuego. Terminar con el hijo del poeta y con quien

 

lo siguió; el otro Lleras. Porque el pacto entre los perdularios seguía vivo. Como viva seguía la acechanza a los trasgresores y trasgresoras del orden establecido. Ya habían aniquilado a cientos de miles. Fue la década de la infamia. La muerte de Camilo; la muerte de Ernesto Guevara; las muertes de todos y todas. Soñadores y soñadoras; intérpretes de la lucha diaria. Aquí, en esta ciudad que seguía creciendo. Ya estaba Andalucía y los barrios Popular 1 y 2. Y había crecido Aranjuez. Ya estaba el barrio obrero, Campoamor; y había crecido San José la Cima; y Santo Domingo y apareció Guadalupe y Loreto se extendió hacia el oriente; y Villa Hermosa se fragmentó. Y sus aristas crecieron. Y se construyó la ciudad universitaria, para agrupar las facultades que estaban diseminadas. Y se hizo visible, otra vez, el movimiento estudiantil Ya había demostrado su poder en los enfrentamientos en Estudios Generales, sección de la Universidad de Antioquia. Y creció la lucha por vivienda digna y por un servicio de transporte eficiente y masivo. Es decir, ahora si se estaba dando lo que preconizaba Castells. Era otra ciudad, sin lugar a dudas. Éramos otros y otras.

 

Y, cualquier día, recordé a Rosita. Porque la vi, allá. En una batalla callejera, izando la bandera de la esperanza. La vi y me vio. Con ella estaba Jesús, conocido dirigente estudiantil. Ella era de él. Y, por esto, volví a alucinar. Volví a la tristeza que rondaba por ahí; como manifestación latente. Como figura dispuesta a aparecer al menor descuido.

 

Y volvieron los sueños tormentosos. Y veía a Rosita llamándome ¡ven patico ¡. Y me negué a seguir viviendo. Y desperté. Y navegué, deambulé por todos los espacios conocidos. Y no estaba en condiciones de ir al tropel. Porque ella, mi Rosita, me hizo acordar de lo tanto que he transitado. Porque ella, sin mí; sin su patico, construyó futuro; arriesgando tanto o más que yo. Y volví a la religiosidad enfermiza. Volvieron los ayunos y las laceraciones.

 

Episodio diecisiete

 

Su dolencia infinita

 

Por fin terminó la crisis. Volví a realizar acciones. En veces, en los barrios. Otras en las huelgas y en las fábricas. Había retomado el proceso. Ya estábamos en 1968. Y supe del Mayo Francés. Y supe de Daniel el Rojo, en Alemania. Y supe de la masacre en la Plaza Tlatelolco, en ciudad Méjico, en plena realización de los Juegos Olímpicos. E interpreté el proyecto político de la tercera cuota del Pacto. Y analicé su propuesta de modernizar el Estado, a partir de un

 

concepto de eficiencia coherente con el concepto de desarrollo capitalista periférico. Y conocí de su propuesta de Pacto Andino; esbozo de mercado común regional. Y recorrí mil caminos, en esa ciudad que seguía creciendo. Y se fue borrando el recuerdo de Rosita. Y recordé que no había sido tocado, en su momento, por la Revolución Cubana. Y, en ejercicio retrovisor, volví a 1959; cuando era lo que ya conté que era. Pero, intentando descifrar una imagen en uno de mis sueños. Imagen de contrastes. Porque, a veces, veía seres jubilosos, posicionados de un territorio que no supe ni pude identificar. Pero, al mismo tiempo, seres en travesía; sufriendo los rigores de los bombardeos. Este último territorio si me era familiar; pues lo había visto desde siempre. Que Tolima, Huila, Sumapaz; Territorios Nacionales;

 

Y, así, fui desenvolviendo el ovillo, similar al nudo de Ariadna. Y reconocí, en esos contextos enunciados, la posición alusiva al desarrollo capitalista tardío. Como el nuestro. Ya no era, simplemente, el modelo de sustitución de importaciones. Ya era, todo un modelo de amplio espectro. Pero no autónomo. Simplemente vinculado a las condiciones que imponía el Imperio. Fue, entonces, cuando conocí las propuestas puntuales de Joaquín Vallejo Arbeláez, a la sazón ministro en el gobierno de la tercera cuota del pacto (Carlos Lleras Restrepo). Y leí, ávidamente, todo el texto sustentatorio de El Pacto Andino. Y lo cotejé con las propuestas de la CEPAL (Comisión económica para América Latina). Y encontré las coincidencias. Algo así como un proyecto en el cual cabían las opciones políticas y económicas, por la vía de entender una forma de la división del trabajo. Obviamente a países como el nuestro, como Venezuela, como Ecuador, como Argentina, Brasil, etc., nos correspondía la parte de lo accesorio. No podíamos acceder a la tecnología necesaria para implementar un proyecto de industria pesada. Solo lo periférico; y eso sí, con limitaciones.

 

Y, a partir de ahí fue que conocí la teoría del desarrollo desigual y combinado; lo cual no es otra cosa que la implementación de los modelos precarios, súbditos. Y, por esa misma vía, conocí la teoría de Celso Furtado, expresando la opción clásica del desarrollismo económico. Y conocí, además, las teorías de Samir Amín (en la misma perspectiva del modelo de desarrollo desigual y combinado). Y, de manera apenas obvia, profundicé los textos económicos de Marx, y de Rosa Luxemburgo. Y leí el texto económico de Lenin “El desarrollo del capitalismo en Rusia”. Y conocí las teorías de partido de Lenin, en lucha en contra de las postulaciones socialdemócratas en Rusia (Los

 

Mencheviques) y en Alemania (Rosa Luxemburgo). Y, muy posteriormente, conocí la teoría del Programa de Transición de León Trotsky. Y entendí que yo no había tenido el libreto completo; pero esto fue culpa mía y solo mía. Cuando leí las obras de Mao y su descripción de la Gran Marcha, antecedente de la Revolución China, me embelesé con su visión de Frente Patriótico.

 

Todo lo anterior, en paralelo a mi militancia partidista. Asumiendo opciones de riesgo. Ya, en mí, no contaban tanto las realizaciones inconexas en la ciudad. Ya yo estaba del lado de un proceso y de una posición programática para acceder al poder, por la vía armada. Y, aún hoy, no me arrepiento de ello. Y, seguí en los barrios; difundiendo la doctrina. Y seguí en las huelgas, haciendo lo mismo. Todo, en una perspectiva no de filantropía. Fue el tiempo en que conocí la Declaración de la Habana. El nuevo curso de las revoluciones en América Latina, propuesto por el Partido Comunista en Cuba. Texto de inmenso contenido teórico y práctico.

 

Y, en los barrios, hice mi carrera política fundamental. Estuve trabajando de manera grupal. Con amigos y amigas coincidentes conmigo. Pero también con personas que no compartían mis opciones. Pero, ahí, estuve con ellos y ellas. E hice alfabetización de niños, niñas y adultos (as); teniendo como guía los escritos pedagógicos de José Martí (fundamentalmente “El Siglo de oro”); pero también trabajé con la teoría de Paulo Freyre. Y conocí, derivado de allí, el modelo de investigación-acción. Instrumento metodológico básico, para realizar todo un trabajo de interpretación sociológica del desarrollo urbano y rural. Y, lo que es fundamental, de las tendencias políticas, económicas y culturales; de tal manera que se pudieran construir opciones de intervención revolucionarias. Y, en ese contexto, investigamos acerca de la vivienda urbana y acerca del modelo gubernamental a través del ICT. Y conocí de cerca, a partir de ese modelo de investigación, el significado del desplazamiento campo ciudad. Y, arriesgué mi propia teoría, en el sentido de entender como migraciones ese proceso de desplazamiento y, además, hablé acerca de identificar la diversidad cultural que se estaba asentando en las ciudades, particularmente en la que vivía. Y, por esta vía, propuse la realización de eventos globales, que convocaran, a nivel local y nacional, a quienes, desde diferentes perspectivas y opciones, trabajaban como nosotros y nosotras, en los barrios. Y lo hicimos. Primero en mi ciudad. Y surgió el COBAPO (Comité de barrios populares). Y movilizamos miles de miles de personas, alrededor de problemas como los asociados a los servicios público; la vivienda; el

 

transporte; la cultura; los hogares infantiles.

 

Pero, también, propuse una interpretación acerca del nexo del barrio con las luchas obreras. Particularmente en torno a las familias de los huelguistas. Y fue por esa expresión que se concretó uno de los eventos de masas más plenos, en términos de la relación lucha obrera-lucha barrial. Fue en el Barrio Campoamor, cerca de Guayabal, en el camino hacia Itagüí.

 

Pero había un gran vacío en mí. Por más amplia y apasionada que fuera mí actividad; seguía en esa soledad interna. Los sueños me seguían atormentado. Identifiqué mi esquizofrenia. Estaba partido. De un lado, una individualidad y una internalidad, profundamente afectadas. Sin sosiego. Aquí y allá, busca salidas, sin encontrarlas. De otro lado mi profundo convencimiento de la necesidad de revolucionarizar la vida política, económica y cultural del país. Y eso tenía que hacerse efectivo con el combate directo, armado. Por eso yo definí la teoría que habla de lograr en la ciudad un apoyo absoluto; para articularlo con la lucha armada en el campo. Inclusive alcancé a plantear una figura de guerrilla urbana, como la propuesta y realizada por Carlos Mariguella en Brasil. Y es que ya había leído algunos escritos de José Carlos Mariátegui, el esplendoroso líder y teórico ecuatoriano. Y es que ya había leído a los nihilistas rusos y había conocido la teoría de Bakunin en Rusia. Empecé a navegar entre la opción guerra de guerrillas y la teoría de la insurrección, tan cerca al trotskismo.

 

Y vuelvo, entonces, al momento en que descifré mi esquizofrenia. Y ahí estaba yo, partido. Mi interioridad seguía deteriorándose. Esos eternos sueños conmigo. Y empecé a buscar alternativas para alcanzar el equilibrio necesario; sin lograrlo. Me acerqué a la tesis freudiana del malestar espiritual, individual; por la vía de leer “El malestar en la cultura”. Pero, también leí, en esa perspectiva, las interpretaciones de sociedad y desasosiego, de Hebert Marcuse (en “Eros y Civilización” y en “El hombre unidimensional”). Y empecé a asociar mi fragmentada interioridad, con el condicionamiento ideológico que está en la base de la dominación capitalista. Y, por esto mismo, leí a Lukács, tratando de descifrar el contenido de los códigos ideológicos. Pero, simultáneamente, estaba leyendo a Kafka, sobre todo, sus obras “El Proceso” y “La metamorfosis”. Y me iba perdiendo, cada vez más. Llegando casi al delirio. Y, esos sueños ahí. Y seguía viendo a Rosita. Y trataba de dilucidar esos sueños con la madre azotada por el padre. Y, en ese momento, reconocía que nunca había tenido en cuenta los asuntos relacionados con la inequidad de género.

 

Ni en el Partido; ni en nuestros trabajos y acciones cotidianos, valorábamos, de manera acertada, la participación de nuestras compañeras mujeres.

 

Y, eso, me atormentaba. Y volví a analizar al grupo familiar. Seguía ahí, cada vez más reducido. No solo en número; sino también en su vertebración fraternal. Una figura parecida a esos conglomerados que están, pero que ninguno o ninguna de sus integrantes se reconocen el. Estar con alguien, pero estar solo. Así lo sentía y así lo vivía.

 

Y es que mi individualidad no tenía referentes. Como cuando se siente que no te encuentras contigo mismo. Cuando, por ejemplo, la imaginación se desenvuelve en un territorio enfermizo; lleno de imágenes que no logras identificar. Como cuando no percibes ninguna ilusión. Y es que, estando así, no logras asir nada diferente a tu propia angustia. Es una laceración mucho más profunda y dolorosa que los azotes que yo mismo me infringía; cuando aspiraba a la santidad. Cuando pretendía evadir la realidad, por la vía de inventarme un universo que tenía como centro la divinidad. Esa que deviene de una concepción de dios y de sus efectos colaterales. Pues si que esos sueños; en los cuales cabalgaba en un ser deforme. Parecido al caballo alado, pero con los ojos desorbitados y con las orejas de conejo y con unos dientes afilados, acezando. Buscándome; y yo encima de él. Vertiendo un líquido rojo, alusivo a la sangre que derramaban miles de seres que estaban a lado y lado del camino. Y, despertaba sudoroso, llamando al Sol y a Júpiter; y a la luna. Totalmente perdido. Y, volvía a empezar el sueño. Y, ahí estaban Rosita, Norela y Gudiela; envejecidas; con enormes cadenas al cuello. Y me llamaban. Y me decían “patico, vuelve por nosotras. No nos dejes al garete, por favor “. Y yo gritando y anhelando despertar pronto. Pero me pesaban los párpados. Como paralizado todo. Sin mover ningún músculo. Y, entonces, veía al hijo de poeta, llamándome. Mostrándome sus manos, ensangrentados. Y veía al divino Laureano, como poseído, blandiendo un hacha; similar a la que se utilizó para dar muerte a Rafael Uribe Uribe. Y, también, veía al primero de la lista elaborada para el Gran Pacto. Y me mostraba un inmenso lienzo blanco. Allí estaban dibujadas las manos de todos los súbditos muertos. Allí estaban graficados todos los caminos de la Travesía. Y veía a las abuelas y a los abuelos, con sus miradas perdidas, absortos y absortas. Y, los niños y las niñas, estaban también ahí dibujados y dibujadas, con inmensos ojos tristes. Y, también estaban las mujeres detrás de los hombres de la Travesía. Y, el padre y la madre, cuando niños. Oteaban todos los territorios. Y la casita estaba dibujada, sin

 

nada adentro. Y, yo estaba dibujado, con la mirada al cielo; y con una aureola inmensa. Y me flagelaba y quemaba mis dedos. Y estaba las piedras en los zapatos y corría como enajenado.

 

Y veía a María Cano y a Torres Giraldo. Este último gritaba. Y María Cano obedecía. Y la vi trajinando mil caminos. Y la escuchaba en sus discursos. Sus manos izadas y repetía lo de la masacre las bananeras. Y me decía que eso iba a volver a ocurrir; aquí y allá. Y me decía que, como en Iquique, habría muertos y muertas. Que los obreros y las obreras. Que los campesinos y campesinas. Que los niños y las niñas. Y me decía que leyera los poemas de Gabriela Mistral y que recordara siempre a Picasso y su Guernica. Y que volviera a leer el Canto General de Neruda. Y que, leyera las Venas Abiertas de América Latina y que entendiera el mensaje de Galeano.

 

Casi siempre, al despertar, sentía un inmenso cansancio. Como de no querer levantarme. Y volvía a dormir. Y veía los hospitales. Y yo estaba ahí, amarrado y gritaba, alucinando. Y no reconocía a nadie; como perdido; con la mirada en vacío; sin nada en ella. Creo que así debe ser la locura profunda. Creo que así fue la locura de Van Gogh y la Nietzsche y la de Kafka. Y, ahí, estaba Giordano Bruno, en la hoguera; sacrificado por buscar opciones diferentes, conceptos diferentes, vidas diferentes. Y me trepé a los semáforos de cada esquina. Con una mano me asía para no caer y con la otra le daba fuerza a mis palabras. Y me bajan de allí, los gendarmes. Y, otra vez, el hospital y sus cadenas. Y estaba atado a la cama. Y me inyectaban un líquido que me enmudecía. Y, así, no podía gritar ni defenderme.

 

 

 

 

 

 

 

Notes

 

[←1]

 

Castells, Manuel; “Movimientos sociales urbanos”. Siglo XXI Editores, segunda edición en español, 1976, página 5

 

[←2]

 

Dolleans, Eduard. “Historia del movimiento obrero, primer tomo; sexta edición, 1957.

 

[←3]

 

Palabras del presidente del Tribunal de Valenciennes. Citado en la obra citada de Eduard Dolleans, página 71.

 

[←4]

 

“Las mujeres y el periodismo en Colombia”, investigación compartida.

 

[←5]

 

Del diario de Francisca Caraballo, encontrado en su casa, en La Perseverancia, barrio bogotano.

 

[←6]

 

Castells, Manuel; “Movimientos sociales urbanos”. Siglo XXI Editores, segunda edición en español, 1976, página 5

 

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