Libro N° 8860. Colón Y La Civilización Occidental. Zinn, Howard.
© Libro N° 8860. Colón Y La Civilización Occidental. Zinn, Howard. Emancipación. Julio 24 de 2021.
Título original: ©
Columbus and Western Civilization Autor:
Howard Zinn
Versión Original: © Colón Y La Civilización Occidental. Howard Zinn
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COLÓN Y LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL
Howard
Zinn
Colón Y La Civilización Occidental
Howard Zinn
Colón
y la civilización occidental
por
Howard Zinn
Titulo original: Columbus and Western civilization
Autor: Howard Zinn
Origen: ZNet
Traductor: Déborah Gil, revisado por Josue Pérez – Marzo 2000
Fuente del texto: Archivo Chile
http://www.archivochile.com/America latina/al vg/america latina dg 00002.pdf
Procedencia de la ilustración de la portada:
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Howard Zinn - Colón y la civilización occidental - 2
Howard Zinn
Colón y la civilización occidental *
George Orwell, que era un hombre muy sabio, escribió: "El que
controla el pasado controla el futuro. Y quien controla el presente controla el
pasado". En otras palabras, los que dominan nuestra sociedad tienen
facultad de escribir nuestra historia. Y si pueden hacerlo, pueden decidir
nuestro futuro. Es por esto que es impor-tante contar la historia de Colón.
Permítanme hacer una confesión. Yo sabía muy poquito acerca de Colón
hasta hace aproximadamente 12 años, cuando empecé a escribir mi libro "La
otra historia de los Estados Unidos" (título que se le ha dado en España).
Tenía un doctorado en historia de la Universidad de Columbia, es decir, tenía
la formación apropiada para un historiador. Y todo lo que sabía acerca de Colón
era poco más de lo que había aprendido en la escuela primaria.
Pero cuando empecé a escribir "La otra Historia de los EEUU",
de-cidí que debía instruirme sobre Colón. Ya había llegado a la conclu-sión de
que no quería escribir otra revisión de la historia america-na – sabía que mi
punto de vista tendría que ser diferente. Iba a escribir sobre los Estados
Unidos desde el punto de vista de esa gente largamente olvidada en los libros
de Historia: Los indígenas americanos, los esclavos negros, las mujeres, los
trabajadores, bien nativos o inmigrantes.
Quería contar la historia del progreso industrial de la nación no desde
el punto de vista de Rockefeller, Carnegie y Vanderbilt, sino de la gente que
trabajó en sus minas, en sus campos de petróleo, los que perdieron sus miembros
o sus vidas construyendo el ferro-carril.
Quería escribir la historia de las guerras, no desde el punto de vis-ta
de los generales y presidentes, no desde el punto de vista de aquellos héroes
militares cuyas estatuas se pueden ver a lo largo de este país, sino a través
de los ojos de los soldados, o a través de los ojos del "enemigo".
Sí, ¿por qué no ver la guerra de Méjico, aquel gran triunfo militar de los
Estados Unidos, desde el punto de vista de los mejicanos?.
Por tanto, ¿como debería contar la historia de Colón? Conclusión. Debía
verle a través de los ojos de la gente que estaba aquí cuan-do él llegó, la
gente que él llamó "indios" porque pensó que estaba en Asia.
Bueno, éstos no dejaron memorias, ni historias. Su cultura era una
cultura oral, no escrita. Además , unas décadas después de la lle-gada de Colón
habían sido eliminados. Así que me vi obligado a recurrir a la siguiente mejor
opción. Los españoles que estuvieron en escena en aquella época. Primero el
mismo Colón. El había lle-vado un diario.
Su diario fue revelador. Describió a la gente que le dio la bienveni-da
cuando llegó a las Bahamas. Eran indios Arawak, algunas veces llamados Taínos –
y contó como se tiraron al agua para darle la bienvenida a él y a sus hombres,
que debían parecer y sonar como gente de otro mundo, llevándoles regalos de
varias clases. Los describió como apacibles, amables y dijo: "No llevan
armas ni las conocen, porque les mostré una espada , la tomaron por el filo y
se cortaron".
A través de su diario, durante los meses siguientes, Colón habló de los
nativos americanos con lo que parecía temerosa admiración: "Son la mejor
gente del mundo y sobre todo la mas amable, no conocen el mal –nunca matan ni
roban... aman a sus vecinos como a ellos mismos y tienen la manera más dulce de
hablar del mun-do... siempre riendo".
Y en una carta que escribió a uno de sus patrocinadores españoles, Colón
dijo: "Son muy simples y honestos, y extremadamente libe-rales con sus
posesiones." En su diario, Colón escribe: "Serían buenos
sirvientes... Con cincuenta hombres podríamos subyugar-los y que hicieran lo
que quisiéramos".
Sí, así es como Colón veía a los indios –no como anfitriones
hospi-talarios, sino como "sirvientes" para hacer "lo que
queramos que hagan".
¿Y qué es lo que quería Colón? Esto no es difícil de determinar, en las
dos primeras semanas de anotaciones en el diario, hay una palabra que se repite
setenta y cinco veces: ORO.
En los argumentos habituales sobre Colón, en lo que se hace hin-capié
una y otra vez es en su sentimiento religioso, su deseo de convertir a los
nativos a la Cristiandad, su reverencia hacia la Bi-blia. Sí, estaba interesado
por Dios. Pero mucho más por el Oro. Solo una letra menos, el suyo era un
alfabeto limitado. Sí, tanto él como sus hermanos, sus hombres, erigieron
cruces a lo largo de las islas de la Española, donde pasaban la mayoría del
tiempo. Pero también erigieron horcas –en el año 1500, había 340. Cruces y
horcas, esa mortal yuxtaposición histórica.
En su búsqueda de oro, Colón, viendo que los indios llevaban pe-dacitos
de oro, concluyó que habría grandes cantidades de él. Or-denó a los nativos que
encontraran una cierta cantidad de oro, en un cierto periodo de tiempo, y si no
cumplían con su cupo, les cor-taban los brazos. El resto aprendía la lección y
traía el oro.
Samuel Eliot Morison, un historiador de Harvard, que fue un admi-rado
biógrafo de Colón, reconoció este punto. Escribió "Quien fuera el que
inventara este espantoso sistema, como único método de producir oro para la
exportación, el responsable del mismo fue solo Colón... aquellos que huyeron a
las montañas fueron cazados con perros, y de los que escaparon se ocuparon el
hambre y la enfer-medad, mientras miles de pobres criaturas, en su
desesperación tomaron veneno de mandioca para acabar con su miseria".
Morison continúa: "Así que la política y los actos de Colón, de los
cuales solo él fue responsable, comenzaron la despoblación del paraíso terrenal
que fue "La Española" en 1492. De los nativos oriundos, estimados por
etnólogos modernos en 300.000, entre 1494 y 1496 un tercio había muerto. En
1508 el censo mostraba sólo 60.000 vivos... en 1548 Oviedo (Morison se refiere
a Fernán-dez de Oviedo, el historiador Español oficial de la Conquista) duda-ba
sobre si quedaban 500 indios.
Pero Colón no obtuvo oro suficiente para mandarlo a casa e impre-sionar
al Rey y la Reina, y a sus financieros españoles, así que decidió mandar a
España otra clase de partida. Esclavos. Rodearon a cerca de 1200 nativos,
seleccionaron a 500, y a esos los manda-ron, encadenados unos junto a otros, en
el viaje a través del Atlántico. En el camino murieron doscientos, de frío y
enfermedad.
En la anotación de Septiembre de 1498 en el diario de Colón se lee:
" Desde aquí uno puede mandar, en el nombre de la Santísima Trinidad,
tantos esclavos como se puedan vender…"
Lo que los españoles hicieron a los indios se cuenta en horrible detalle
por Bartolomé de las Casas, cuya escritura da la cuenta más completa del
encuentro hispano-indio. Las Casas era un sa-cerdote Dominico que llegó al
Nuevo Mundo unos años después de Colón, pasó cuarenta años en "La
Española" e islas adyacentes, y se convirtió en el valedor principal en
España de los derechos de los nativos. Las Casas, en su libro "Brevisima
Relación De La Des-truición De Las Indias", escribe de los Arawaks:
"... de todo el infi-nito universo de la humanidad, esta gente es la más
inocente, la más desprovista de maldad y doblez... y a este redil de ovejas...
vinieron algunos españoles que inmediatamente se comportaron como
bestias furiosas... Su razón para matar y destruir ... es que los cristianos
tenían un único propósito que era el de adquirir oro".
Las crueldades se multiplicaron. Las Casas vio a soldados acuchi-llar
indios por deporte, estrellar las cabezas de bebés contra rocas. Y cuando los
indios se resistían, los españoles los cazaban, equi-pados para la matanza con
caballos, armaduras, lanzas, picas, rifles, ballestas y perros feroces.
Los indios que tomaban cosas pertenecientes a los españoles –no estaban
acostumbrados al concepto de la propiedad privada, y entregaban libremente sus
posesiones– eran decapitados o se les quemaba en la pira.
El testimonio de "Las Casas" fue corroborado por otros
testigos. Un grupo de frailes Dominicos, se dirigieron a la monarquía española,
en 1519, esperando su intercesión, contando atrocidades innom-brables; niños
lanzados a los perros para que los devoraran, recién nacidos de prisioneras
arrojados a la selva para que murieran.
Los trabajos forzados en las minas o en el campo produjeron mu-chas
enfermedades y muerte. Muchos niños murieron, porque sus madres, exhaustas y
hambrientas, no tenían leche para ellos. Las Casas, en Cuba, estimó que en tres
meses murieron 7.000 niños…
La mayor mortandad fue causada por enfermedades, ya que los Europeos
trajeron consigo enfermedades para los que los nativos no estaban inmunizados,
fiebres tifoideas, tifus, difteria, viruela.
Como en cualquier conquista militar, las mujeres recibieron un
tratamiento especialmente brutal. Un noble italiano llamado Cu-neo, documentó
un reciente encuentro sexual. El "Almirante" al que se refiere es
Colón, quien, como parte de su acuerdo con la monarquía española, insistió en
que lo hicieran almirante. Cuneo escribió:
"... Capturé una mujer Caribe muy hermosa, la cual el almirante me
otorgó, y con quien ... concebí el deseo de obtener placer. Quería poner mi
deseo en ejecución pero ella no quiso y me arañó con sus uñas de un modo que
deseé que nunca hubiera empezado. Pero viendo esto, tomé una cuerda y la
castigué bien... finalmente nos pusimos de acuerdo".
Hay otras pruebas que demuestran el panorama de la violación extendida
de mujeres nativas. Samuel Elliot Morison: " En las Ba-hamas, Cuba y La
Española, encontraron hermosas mujeres jóve-nes que estaban siempre desnudas,
en todos los lugares accesibles y supuestamente complacientes". ¿Quién
supone esto? Morison, y otros muchos.
Morision vio la conquista, como muchos otros escritores como él habían
hecho, como una de las grandes aventuras románticas de la historia mundial.
Parecía encantado con lo que creía que era una conquista masculina. Escribió:
"Nunca jamás hombre mortal espe-rará recapturar la emoción, la maravilla,
el encanto de esos días de Octubre en 1492, cuando el nuevo mundo graciosamente
rindió su virginidad a los conquistadores castellanos".
El lenguaje de Cuento ("Nos pusimos de acuerdo"), y el de
Morison ("rendir graciosamente") escrito casi quinientos años
después, seguramente sugiere cuan persistente, a través de la historia
mo-derna, ha sido la mitología que racionaliza la brutalidad sexual, pero
viéndola como "complacencia".
Así que leí el diario de Colón, leí a Las Casas. También leí el traba-jo
pionero para nuestro tiempo de Hans Konings, "Colón, Su Em-presa",
que para el tiempo en que escribía mi "Otra historia" era la única
narración contemporánea que pude encontrar que difería del tratamiento
estándar.
Cuando apareció mi libro, comencé a recibir cartas de todo el país sobre
el mismo. Aquí teníamos un libro de 600 páginas que empe-zaba con Colón, [y
todas las cartas] sobre un único tema: Colón. Pude haber interpretado que ya
que este era el principio del libro, eso es todo lo que la gente había leído.
Pero no, parecía que la historia sobre Colón era simplemente la parte de mi
libro que los lectores encontraron más alarmante. Porque todos los americanos,
desde primaria en adelante, aprenden la historia de Colón, y la aprenden del
mismo modo: "En mil cuatrocientos noventa y dos, Colón surcó la mar
oceana..."
Cuantos de Vds. han oído hablar de Tigard, Oregon? Bueno, yo no, hasta
que hace siete años empecé a recibir, cada semestre, un montón de cartas,
veinte o treinta, de estudiantes de un colegio de enseñanza secundaria en
Tigard, Oregon. Parece que su profesor les había hecho (conociendo los colegios
de enseñanza secundaria, yo diría "obligándoles a") leer mi
"Otra historia de los EEUU". Ha-bía fotocopiado varios de los
capítulos y se los había dado a los estudiantes. Luego les había hecho
escribirme, haciéndome co-mentarios y preguntas. Apenas la mitad de ellos me
dio las gracias por darles los datos que nunca habían considerado antes. Los
otros estaban indignados o se preguntaban cómo conseguí tal informa-ción, y
cómo había llegado a tan indignantes conclusiones.
Una estudiante de secundaria, llamada Bethany me escribió. "De
todos los artículos suyos que he leído considero que -Colón, los indios y el
progreso humano- es el mas impactante."
Otro estudiante de diecisiete años, llamado Brian, me escribió: "un
ejemplo de la confusión que siento después de leer su artículo se refiere a la
llegada de Colón a América...... De acuerdo con Vd.,
parece que vino por mujeres, esclavos y oro. Dice Vd. que consi-guió
gran parte de esta información del propio diario de Colón. Me pregunto si
existe tal diario, y si es así ¿por qué no es parte de nuestra historia? ¿Por
qué nada de lo que Vd. dice aparece en mi libro de historia o en los libros de
historia a los que la gente tiene acceso a diario?.
Sopesé esta carta. Podría interpretarse como el que la escribió estaba
indignado porque otros libros de historia no le contaron lo que yo. O, más
probablemente estaba diciendo "No me creo ni una palabra de lo que Vd.
escribió, se lo ha inventado".
No me sorprenden estas reacciones. Nos dicen algo sobre las
rei-vindicaciones de pluralismo y diversidad en la cultura Americana, del
orgullo de nuestra "sociedad libre", que generación tras gene-ración
ha aprendido exactamente los mismos hechos sobre Colón, y han terminado sus
estudios con las mismas deslumbrantes omi-siones.
Un profesor de colegio en Portland, Oregon, llamado Bill Bigelow , ha
emprendido una cruzada para cambiar la forma de enseñar la historia de Colón en
América. Cuenta como a veces empieza una nueva clase. Se dirige a una chica en
la fila delantera y coge su bolso. Ella exclama "¡Ha cogido mi
bolso!", Bigelow responde: "No, lo he descubierto".
Bill Bigelow realizó un estudio de recientes libros infantiles sobre
Colón. Encontró que eran notablemente parecidos en su repetición del punto de
vista tradicional. La biografía típica de Colón de quin-to grado empieza:
"Había una vez un chico que amaba la mar sa-lada". ¡Bueno!, me puedo
imaginar una biografía infantil de Atila el Huno que empezara con la frase
"Había una vez un chico que amaba los caballos".
Otro libro infantil en el estudio de Bigelow, esta vez para niños de
segundo grado: "El rey y la reina vieron el oro y los indios. Escu-charon
maravillados las historias de aventura de Colón, entonces fueron todos a la
iglesia a rezar y cantar. Lágrimas de júbilo llena-ron los ojos de Colón".
Una vez hablé sobre Colón a un grupo de trabajo de profesores escolares,
uno de ellos sugirió que los niños eran demasiado pe-queños para oír los
horrores relatados por Las Casas y otros. Otros estuvieron en desacuerdo,
dijeron que las historias infantiles inclu-ían mucha violencia, pero los que la
perpetraban eran brujas, monstruos y gente mala, no héroes nacionales con
fiestas naciona-les en su honor.
Algunos profesores sugirieron cómo se podría contar la historia de forma
que no asustara innecesariamente a los niños, pero eso evi-taría que tuviera
lugar la falsificación de la historia.
Los argumentos acerca de que los niños "no están preparados para
oír la verdad" no tienen en cuenta el hecho de que, en la sociedad
americana, cuando el niño crece, tampoco se le dice la verdad. Como dije antes,
en la secundaria no se me presentó (aun cuando estaba haciendo estudios
superiores no se me habia presentado) la información que podría contradecir los
mitos que se me contaron en cursos anteriores. Está claro que mi experiencia es
la típica, a juzgar por las reacciones escandalizadas que ha provocado mi libro
en lectores de todas las edades.
Si buscamos en un libro para adultos, la enciclopedia de Colón (mi edición
se recopiló en 1950, pero la información relevante ya esta-ba disponible para
entonces, incluyendo la biografía de Morison), hay un gran artículo sobre Colón
(unas 1.000 palabras), pero no encontrarán mención alguna de las atrocidades
cometidas por él y sus hombres.
En la edición de 1986 de Historia Mundial, publicada por la Univer-sidad
de Columbia, hay varias menciones a Colón, pero nada acer-ca de lo que les hizo
a los nativos. Hay varias páginas dedicadas a "España y Portugal en
América" en las que el tratamiento a la po-blación nativa se presenta como
una cuestión controvertida, entre los teólogos de la época, y entre los
historiadores actuales. Pode-mos hacernos idea de este "acercamiento
imparcial", que contiene un poquito de realidad, por el siguiente pasaje
de esa historia.
"La determinación de la Corona y la Iglesia de cristianizar a los
indios, la necesidad de mano de obra para explotar las nuevas tie-rras y los
intentos de algunos españoles de proteger a los indios, trajo como resultado un
notable conjunto de costumbres, leyes e instituciones que todavía hoy llevan a
los historiadores a conclu-siones contradictorias acerca del mandato español en
América.....
Los conflictos académicos prosperan en este debate y son en algún
sentido una cuestión de difícil solución, pero no hay duda que la crueldad, el
exceso de trabajo y la enfermedad dieron lugar a una despoblación espantosa.
Según estimaciones recientes, en 1519 había cerca de 25 millones de indios en
Méjico, en 1605 quedaban poco más de 1 millón.
A pesar de este lenguaje erudito… "conclusiones
contradictorias.....
disputas académicas..... cuestión de difícil solución"—no hay una
discusión real acerca de los hechos de la esclavitud, el trabajo
for-zado, la violación, el asesinato, la toma de rehenes, los estragos de las
enfermedades traídas de Europa, y la desaparición de un gran número de nativos.
La única discusión es acerca de la importancia que se le debe dar a estos
hechos y como se trasladan a la práctica en nuestros tiempos.
Por ejemplo, Samuel Eliot Morison pasa algún tiempo detallando el
tratamiento de Colón y sus hombres a los nativos, y utiliza la pala-bra
"genocidio" para describir el efecto global del
"descubrimien-to". Pero lo esconde en una neblina del largo
tratamiento de admi-ración hacía Colon, y resume su visión en los párrafos
finales de su popular libro, "Cristóbal Colón, Marino", como sigue:
"Tuvo sus faltas y sus defectos, pero fueron en gran manera los
defectos y cualidades que lo hicieron un gran hombre –su indómita voluntad, su
magnífica fe en Dios, y su propia misión como el por-tador de Cristo a las
tierras de allende los mares; su obstinada perseverancia a pesar de la
indolencia, pobreza y desaliento. Pero no había defecto, ninguna cara oscura en
la más excepcional y esencial de todas sus cualidades, su capacidad náutica.
¡Sí, su capacidad náutica!
Déjenme que me explique. No me interesa ni denunciar ni ensalzar a
Colón. Es demasiado tarde para eso. No le estamos escribiendo una carta de
recomendación para decidir si es apto para realizar otro viaje a otro lugar del
universo. Para mí, la historia de Colón es importante por lo que nos dice de
nosotros mismos, de nuestra época, sobre las decisiones que tomamos para
nuestro país para el siglo que viene.
¿Por qué esta gran controversia hoy acerca de Colón y la celebra-ción
del Quinto Centenario?
¿Por qué la indignación de los nativos americanos y otros acerca de la
exaltación de ese conquistador? ¿Por qué otros defienden apasionadamente a
Colón? La intensidad del debate solo puede ser porque no se trata de 1492 sino
de 1992.
Nos podemos hacer una idea al respecto si miramos cien años atrás, a
1892, el año del cuarto centenario. Hubo grandes celebra-ciones en Chicago y en
Nueva York. En Nueva York hubo cinco días de desfiles, fuegos artificiales,
marchas militares, exhibiciones na-vales. La ciudad recibió un millón de
visitantes, se descubrió una estatua conmemorativa en una esquina del Central
Park, ahora conocido como Columbus Circle. Tuvo lugar una reunión de
cele-bración en el Carnegie Hall, dirigida por Chauncey DePew.
No conocerán el nombre de Chauncey DePew a menos que hayan leído
recientemente el trabajo clásico de Gustavus Myer’s, "La his-toria de las
grandes fortunas americanas". En ese libro se describe a Chauncey DePew
como la mano derecha de Cornelius Vanderbilt y su nuevo ferrocarril central de
Nueva York. DePew viajó a Alba-ny, la capital del Estado de Nueva York, con la
cartera llena de dinero y pases gratis de tren para los miembros de la
legislatura del estado de Nueva York, volviendo con subsidios y concesiones de
tierras para el New York Central.
DePew vio en las festividades de Colón la celebración de la riqueza y
prosperidad, se podría decir que "remarca la abundancia y la civilización
de una gran gente.. remarcan las cosas que pertenecen a su comodidad y a su
tranquilidad, a su placer y a sus lujos... y su poder."
Debemos saber, que en el momento en que dijo esto, había mucho
sufrimiento entre los trabajadores pobres de América, amontona-dos en
cuartuchos en la ciudad, sus niños enfermos y desnutridos. Los apuros de la
gente que trabajaba en el campo, que en esta época eran una parte considerable
de la población eran desespera-dos, esto les condujo a la indignación y a las
alianzas de granjeros y al nacimiento del Partido del Pueblo. Y el año
siguiente, 1893, fue un año de crisis económica y de profunda miseria.
DePew debió haber notado, mientras estaba en la plataforma del Carnegie
Hall, algunos murmullos de descontento a la autosufi-ciencia que acompañó aquel
espíritu de investigación histórica que pone todo en duda; ese espíritu moderno
que destruye todas las ilusiones y todos los héroes que han sido la inspiración
del patrio-tismo a lo largo de los siglos.
Así que enaltecer a Colón era patriótico. Dudar de él era
antipatrió-tico, ¿y qué significaba "patriotismo" para DePew?.
Significaba la exaltación de la expansión y la conquista –representada por
Colón y representada por América. Fue solo seis años después de este discurso,
cuando los Estados Unidos, expulsando a los Españoles de Cuba, comenzaron su
larga ocupación (esporádicamente mili-tar, y continuamente política y
económica) de Cuba, tomaron Puerto Rico y Hawaii, y comenzaron la sangrienta
guerra contra los Filipinos para ocupar su país.
Ese "patriotismo" que estaba conectado al enaltecimiento de
Colón y al enaltecimiento de la conquista, fue ratificado en la segunda guerra
mundial por el ascenso de los Estados Unidos como el su-perpoder, ahora que
todos los imperios europeos estaban en decli-ve. En esa época, Henry Luce, el
poderoso fabricante de presiden-tes y multimillonario, dueño de Time, Life y
Fortune (no solo la publicación sino las posesiones¡) escribió que el siglo
veinte se estaba convirtiendo en el "Siglo Americano", en el que los
Estados Unidos tendrían su oportunidad en el mundo.
En, 1988, George Bush, aceptando su nominación presidencial di-jo:
"Este ha sido llamado el Siglo Americano debido a que en él, hemos sido la
fuerza dominante del bien en el mundo.... ahora
estamos a punto de entrar en un nuevo siglo, y cual será el nom-bre del
país que llevará?, yo digo que será otro Siglo Americano".
¡Qué arrogancia!, que el siglo veintiuno, cuando deberíamos con-seguir
alejarnos del patrioterismo homicida del siglo, se deba ya anticipar como el
siglo americano, o como el siglo de cualquier otro país. Bush debe pensar en sí
mismo como en un nuevo Colón, "descubriendo" y plantando la bandera
de su país en un nuevo mundo, porque exigió una colonia americana en la luna
para prin-cipios del siglo que viene. Y pronostica una misión a Marte en el año
2019.
El "patriotismo" invocado por Chauncey DePew, durante la
con-memoración de Colón estaba profundamente conectado a la noción de
inferioridad del pueblo conquistado. Los ataques de Colón a los indios estaban
justificados por su estatus de infrahumanos. La to-ma de Texas y gran parte de
Méjico, por los Estados Unidos, justo antes de la Guerra Civil se hizo con la
misma lógica racista. Sam Houston, el primer gobernador de Texas, proclamó:
"La raza an-glosajona debe dominar todo el extremo meridional de todo el con-junto
del extremo meridional de este vasto continente. Los meji-canos no son mejores
que los indios, y no veo la razón por la que no debamos ocupar sus
tierras".
Al principio del siglo veinte, la violencia del nuevo expansionismo
americano en el Caribe y el Pacifico fue aceptada porque estába-mos tratando
con seres inferiores.
En el año 1900, Chauncey DePew para entonces senador de los EEUU, habló
otra vez en el Carnegie Hall, esta vez para apoyar la candidatura de Teodore
Roosevelt para Vicepresidente. Ensalzando la conquista de Filipinas como el
comienzo del avance Americano en China y mas allá, proclamó:
"Las pistolas de Dewery en la bahía de Manila se oyeron a través de
Asia y Africa, hicieron eco a través del palacio de Pekín y traje-ron a las
mentes orientales una potente nueva fuerza entre las naciones occidentales.
Nosotros, igual que los países de Europa, estamos procurando entrar en los
infinitos mercados del este. Esta gente no respeta nada mas que la fuerza. Creo
que las Filipinas serán unos enormes mercados y fuentes de riqueza".
Teodore Roosevelt, que aparece interminablemente en las listas de
nuestros "Grandes presidentes" y cuya cara es una de las cuatro
esculturas colosales de presidentes americanos (junto con Was-hington,
Jefferson, Lincoln) talladas en el monte Rushmore, en Dakota del Sur, fue
"un crimen contra la civilización blanca" En su libro "la vida
tenaz" Roosevelt escribió:
"Por supuesto, toda nuestra historia nacional ha sido una historia
de expansión.... que o los bárbaros retroceden o son conquista-
dos... es solo debido a la supremacía de las poderosas razas
civili-zadas que no han perdido el instinto de lucha".
Un oficial de la marina en las Filipinas lo dijo con muchos menos
rodeos: "no hay necesidad de andarse con pelos en la lengua....
exterminamos a los indios americanos y supongo que la mayoría de
nosotros estamos orgullosos... y si fuera necesario no debemos tener escrúpulos
en la exterminación de esta otra raza que se in-terpone en el camino del
progreso y la ilustración."
El historiador oficial de las Indias a principios del siglo XVI,
Fernández de Oviedo, no negó lo que los conquistadores habían hecho a los
nativos. Describió "innumerables muertes crueles tan incontables como las
estrellas". Pero esto era aceptable ya que "usar la pólvora contra
paganos es como ofrecer incienso al Se-ñor".
(Uno se acuerda de la decisión del Presidente McKinley de enviar a la
marina y el ejercito para tomar las Filipinas, diciendo que era deber de los
Estados Unidos "Cristianizar y civilizar" a los filipinos).
Contra las peticiones de misericordia hacia los indios de Las Casas, el
teólogo Juan Ginés de Sepúlveda declaró: "¿Cómo podemos du-dar que esa
gente, tan incivilizada, tan bárbara, tan contaminada con tantos pecados y
obscenidades ha sido justamente conquista-da?
En el año 1531 Sepúlveda visitó su antigua universidad en España y se
sintió ultrajado al ver que los estudiantes estaban protestando por la guerra
española contra el Turco. Los estudiantes decían "to-da guerra es
contraria a la religión católica".
Esto le hizo escribir una defensa filosófica del tratamiento español
hacia los indios. Citó a Aristóteles, que en su Política escribió que algunas
personas eran "esclavos por naturaleza" que "debían ser
acorralados como bestias salvajes para poder hacerlos volver al sistema de vida
correcto".
Las Casas respondió: "Mandemos Aristóteles a freír espárragos,
porque tenemos en nuestro favor el mandamiento de Cristo. Amarás a tu prójimo
como a ti mismo!".
La deshumanización del enemigo ha sido un aliado necesario en las
guerras de conquista.
Es mas fácil explicar atrocidades si éstas se cometen contra infie-les,
o gente de raza inferior. Así se justificaron la esclavitud y la segregación
racial en los Estados Unidos, y el imperialismo Euro-peo en Asia y Africa.
Los bombardeos de aldeas vietnamitas por los Estados Unidos, las
misiones de búsqueda y destrucción, la masacre de My Lai, todo se hizo
agradable a sus autores mediante la idea de que las víctimas no eran humanas.
Eran "Gooks" (Término despectivo con el que se designaba a los
vietnamitas) o comunistas, y se lo merecían.
En la Guerra del Golfo, la deshumanización de los iraquíes consis-tió en
no reconocer su existencia. No estábamos bombardeando a mujeres, niños, ni
bombardeando o acribillando a jóvenes iraquíes en actos de vuelo y rendición,
estabamos actuando contra un monstruo tipo Hitler, Saddam Hussein, aunque la
gente a la que estábamos matando fueran las víctimas iraquíes de este monstruo.
Cuando se le preguntó al general Colin Powell acerca de las bajas iraquíes,
dijo que: "Realmente no era algo en lo que estuviera te-rriblemente
interesado".
El pueblo americano fue conducido a aceptar la violencia de la gue-rra
en Iraq porque los iraquíes se hicieron invisibles –porque los Estados Unidos
solo utilizaron "bombas inteligentes". La mayoría de la prensa ignoró
el numero de víctimas en Irak, ignoró el infor-me del equipo médico de Harvard
que visitó Irak poco después de la guerra y encontró que decenas de miles de
niños iraquíes esta-ban muriendo debido al bombardeo de los suministros de agua
y las resultantes epidemias de enfermedades.
Las festividades de Colón se divulgan como celebraciones no solo de sus
proezas marítimas sino del "progreso", de su llegada a las Bahamas
(Guanahaní), como el comienzo de los muy alabados quinientos años de
civilización occidental. Pero debemos revisar estos conceptos. Cuando se le
preguntó en una ocasión a Gandhi que qué pensaba sobre la civilización de
occidente, respondió: "Es una buena idea".
La idea no es negar los beneficios del "progreso" y la
"civilización"
– los avances en tecnología, conocimientos, ciencia, salud, educa-ción y
niveles de vida. Pero debemos hacernos una pregunta: pro-greso, sí, pero ¿a qué
coste humano?
¿Debemos medir el progreso simplemente en las estadísticas del cambio
tecnológico e industrial, sin tener en cuenta las consecuen-cias de tal
"progreso" para los seres humanos? ¿Aceptaríamos la justificación
rusa del mandato de Stalin, incluyendo la gran cantidad de sufrimiento humano,
basándose en que transformó a Rusia en un gran poder industrial?.
Recuerdo que en mis clases de Historia americana, en la secunda-ria,
cuando llegamos al periodo después de la Guerra Civil, en el corto intervalo
entre esa guerra y la segunda guerra mundial, al que se llamó la época dorada,
el periodo de la gran revolución in-dustrial, cuando los Estados Unidos se
convirtió en un gigante económico. Recuerdo qué emocionados estábamos al
conocer el crecimiento dramático de las industrias del petróleo y el acero, la
construcción de las grandes fortunas, el entrecruzamiento del país por el
ferrocarril.
No se nos contó el coste humano de este gran proceso industrial. Cómo la
enorme producción de algodón provenía del trabajo de esclavos negros, como la
industria textil se construyó sobre el tra-bajo de jovencitas que entraban en
los telares a los doce años y morían a los veinticinco; cómo los ferrocarriles
fueron construidos por inmigrantes irlandeses y chinos a los que prácticamente
se hacia trabajar hasta la muerte, bajo el calor del verano y el frío del
invierno; cómo los trabajadores, inmigrantes y nativos, tuvieron que ir a la
huelga y ganar el derecho de la jornada de ocho horas, cómo los hijos de la
clase trabajadora, en los barrios bajos de las ciudades tenían que beber agua
contaminada y cómo morían pre-maturamente de malnutrición y enfermedad. Todo
esto en nombre del "progreso".
Y sí, es verdad que se han obtenido enormes beneficios de la
in-dustralización, las ciencias, la tecnología y la medicina. Pero hasta el
momento, en estos 500 años de civilización occidental, de domi-nación del mundo
por parte del occidente, la mayoría de esos be-neficios han recaido en una
parte muy pequeña de la raza huma-na. Ya que millones de personas en el Tercer
Mundo aun se en-frentan al hambre, a la falta de vivienda, a la enfermedad, y a
la muerte prematura de sus hijos.
¿Que la expedición de Colón marcó la transición de la incultura a la
civilización? ¿Y las civilizaciones indias que habían sido construidas unos
cientos de años antes de que llegara Colón.?
Las Casas y otros se maravillaron con el espíritu de participación y
generosidad que caracterizaba a las sociedades indias, los edificios comunales
en los que vivían, sus sensibilidad estética, la igualdad entre hombres y
mujeres.
Los colonos ingleses en Norte América se asombraron de la demo-cracia de
los Iroquíes –las tribus que ocupaban gran parte de Nue-va York y Pennsylvania.
El historiador americano Gary Nash des-cribió la cultura iroquesa: "no hay
leyes ni ordenanzas, alguaciles ni guardias, jueces o jurados, tribunales, o
cárceles – el aparato de autoridad de las sociedades europeas – nada de eso se
podía en-contrar en los bosques del noreste antes de la llegada europea. Aun
así estaban firmemente establecidos los limites aceptables de conducta. Aunque
estaban orgullosos de ser individuos indepen-dientes, los iroquies tenían un
estricto sentido del bien y del mal."
En el transcurso de su expansión hacia el oeste, los Estados Uni-dos, la
nueva nación, robaron las tierras de los indios, los mataron cuando se
resistieron, destruyeron sus fuentes de comida y abrigo, los empujaron hacia
secciones cada vez mas pequeñas del país, se dedicaron a la destrucción
sistemática de la sociedad india. En los tiempos de la guerra de Halcón Negro,
en los años de 1830 – una de las cientos de guerras contra los indios de Norte
América . Le-wis Cas, el gobernador del territorio de Michigan, se refirió a la
toma de millones de acres de los indios como "el progreso de la
civilización." Dijo: "Un pueblo bárbaro no puede vivir en contacto
con una comunidad civilizada".
Ya sabemos cuan bárbaros eran esos indios cuando, en los años de 1880,
el congreso preparó una legislación para parcelar las tierras comunales en las
que aun vivían los indios, en pequeños minifun-dios, lo que hoy en día alguna
gente admirativamente llamaría "privatización".
El Senador Henry Dawes, artífice de esta legislación, "Visitó la
na-ción Cherokee y describió lo que encontró: "....no había una sola
familia en toda la nación que no tuviera casa propia. No había ni un
pobre en la nación, y la nación no debía ni un dólar.....había
construido sus propias escuelas y hospitales. Sin embargo su des-apego
hacia el sistema era aparente. Habían llegado todo lo lejos que pudieron,
porque tenían las tierras en común.....no había ocu-
pación que hiciera que tu casa fuera mejor que la de tus vecinos. No
había egoísmo, lo que está en el escalón mas bajo de la civili-zación".
Ese egoísmo que está en el escalón más bajo de la civilización está
conectado con lo que empujó a Colón, y con lo que causa gran admiración hoy en
día . También está vinculado a lo que dicen los dirigentes políticos americanos
y los medios de comunicación, acerca de cómo Occidente le hará un gran favor a
la Unión Soviéti-ca y Europa del este, introduciendo el afán de lucro.
Por descontado, puede haber algunas veces en las cuales el incen-tivo de
afán de lucro pueda ser de ayuda en el desarrollo económi-co, pero tal
incentivo, en la historia del "libre mercado" del oeste, ha tenido
consecuencias espantosas. Ha llevado, a través de los siglos de la
"civilización occidental" a un imperialismo despiadado.
En la novela de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, escrita en
1890 después de pasar una temporada en el Congo superior, en Africa, describe
el trabajo que hacían hombres negros encadena-dos para los hombres blancos cuyo
único interés era el marfil. Es-cribe. "La palabra marfil, tañía en el
aire, se susurraba, se suspiraba. Se podría pensar que le rezaban....arrancar
el tesoro de las
entrañas de la tierra era su anhelo, sin que les respaldara otro
propósito moral que el que tienen los ladrones al allanar una pro-piedad".
Este anhelo incontrolado por el afán de lucro ha conducido a un enorme
sufrimiento humano, explotación, esclavitud, crueldad en el trabajo,
condiciones laborales peligrosas, trabajo infantil, la des-trucción de campos y
bosques, el envenenamiento del aire que respiramos, del agua que bebemos, de
nuestros alimentos.
En su biografía, el jefe Luther Oso Plantado, escribió: "Es cierto
que el hombre blanco trajo grandes cambios, pero los frutos varia-dos de su
civilización, aunque muy exagerados e incitadores, son escalofriantes y
mortales. Y si es parte de la civilización el mutilar, robar, y arruinar,
entonces ¿qué es el progreso?. Voy a aventurar que el hombre que se sienta en
el piso de su tipi, meditando acer-ca de la vida y su significado, aceptando la
hermandad de todas las criaturas y reconociendo una unidad en el universo de
las co-sas, tiene imbuido su ser con la verdadera esencia de la
civiliza-ción."
Las amenazas actuales al medio ambiente han hecho que científi-cos y
otros académicos reconsideren el valor del "progreso", tal y como ha
sido definido hasta ahora. En diciembre de 1991 hubo una conferencia de 5 días
en el MIT (Masachussets Institute of Technology) en los que cincuenta
científicos e historiadores discu-tieron la idea del progreso en el pensamiento
occidental. Esta es una parte del informe de esa conferencia aparecida en el
Boston Globe.
"En un mundo, donde los recursos están siendo dilapidados, y el
entorno envenenado, dijeron ayer los participantes de una confe-rencia en el
MIT, ya es hora de que la gente empieza a pensar en términos de sostenibilidad
y estabilidad en vez de en crecimiento y progreso. Las discusiones entre
académicos de economía, religión, medicina, historia y ciencias se
caracterizaron por fuegos artificia-les verbales y acalorados intercambios que
a veces llegaron hasta los gritos".
Uno de los participantes, el historiador Leo Marx, dijo que trabajar
hacia una mayor coexistencia armónica con la naturaleza es en si misma una
clase de progreso, aunque diferente del tradicional en el que la gente trata de
dominar la naturaleza.
Así que mirar hacia el pasado, hacia Colón, de forma critica es
re-plantearse la cuestión del progreso, la civilización, nuestras rela-ciones
con otros, nuestra relación con la naturaleza.
Probablemente hayan oído, muy a menudo, como yo, que es una equivocación
tratar la historia de Colón como lo hacemos. Lo que nos dicen es "Están
sacando a Colón fuera de contexto, mirándolo con los ojos del siglo XX. No
deben superponer los valores de nuestra era en sucesos que tuvieron lugar hace
500 años, eso es antihistórico.
Este argumento me parece extraño. ¿Quiere eso decir que la crueldad, la
explotación, la avaricia, la esclavización, la violencia contra pueblos
indefensos son valores característicos de los siglos quince y dieciséis? ¿Y que
nosotros en el siglo XX estamos por en-cima de eso? ¿Es que no hay ciertos
valores que son comunes a la época de Colon y a la nuestra? Prueba de ello es
que tanto en su época como en la nuestra hubo y hay esclavizadores y
explotado-res; tanto en su época como en la nuestra hubo y hay quienes
protestaron contra esto, en nombre de los derechos humanos.
Es muy alentador que, en este año del Quinto Centenario, hay una ola de
protestas, sin precedentes en todos los años de la celebra-ción de Colón, a lo
largo de los EEUU, y a través de las Américas.
La mayoría de estas protestas están dirigidas por Indios, que están
organizando conferencias y reuniones, que se comprometen en actos de
desobediencia civil, que están tratando de educar al público americano sobre lo
que realmente pasó hace quinientos años, y que nos dice mucho sobre los
problemas de nuestro tiem-po.
Hay una nueva generación de profesores en las escuelas, y la ma-yoría de
ellos insiste en que se cuente la historia de Colón desde el punto de vista de
los Americanos nativos. En el otoño de 1990 me llamó de Los Angeles un locutor
de un programa de debates que quería discutir sobre Colón. En otra línea,
también estaba una es-tudiante de secundaria de esa ciudad, llamada Blake
Lindsey, que había insistido en que el Ayuntamiento de Los Angeles se opusiera
a las celebraciones tradicionales del día de Colón. Ella les contó el genocidio
cometido por los españoles contra los indios Arawak, y el ayuntamiento ni
siquiera respondió.
Alguien llamó al programa presentándose como una mujer que había
emigrado de Haití. Dijo "Esa chica tiene razón –ya no quedan indios- En
nuestra ultima revuelta contra el gobierno el pueblo derribó la estatua de
Colón y ahora esta en el sótano del ayunta-miento de Port-au-Prince". La
que llamaba terminó diciendo. ¿Por qué no erigimos estatuas de los aborígenes?.
A pesar de los libros de texto aún vigentes, cada vez más profeso-res
tienen dudas , más estudiantes tienen dudas.....Bill Begelow
informa sobre las reacciones de sus estudiantes después de que les hace
leer información que contradice la historia tradicional. Un estudiante
escribió: "En 1492 Colón surcó la mar oceana...... esa historia es tan
completa como un queso de gruyere".
Otra escribió una critica de su libro de texto de Historia Americana al
editor, Allyn y Bacon, señalando que había demasiadas omisiones importantes en
el texto. Dijo: "para hacer las cosas fáciles, solo escogeré un tema. ¿Qué
tal Colón?"
Otro estudiante: "Me parecía que los editores solo habían impreso
una historia gloriosa que se suponía que nos haría sentir mas pa-trióticos
hacia nuestro país.......querían hacernos ver nuestro país
como algo grande y poderoso, y siempre del lado de la razón......nos han
estado alimentando con mentiras".
Cuando los estudiantes descubren que en la primera historia que aprenden
–la historia de Colón– no se les ha estado contando toda la verdad, esto les
conduce a un escepticismo muy saludable acer-ca de su educación histórica. Una
de las estudiantes de Begelow, llamada Rebecca, escribió: "¿Qué importa
realmente quien descu-brió América?... solo el pensar que me han mentido toda
la vida acerca de esto, y quien sabe acerca de qué mas, realmente me cabrea.
Este nuevo pensamiento critico en los colegios e universidades parece
asustar a los que han glorificado lo que se ha llamado "Civi-lización
occidental". El Secretario de Educación de Reagan, William Bennet, en su
"Informe sobre humanidades en la Educación Supe-rior" habla acerca de
la civilización occidental como "nuestra cultu-ra común.... sus más altas
ideas y aspiraciones"
Uno de los defensores más feroces de la civilización occidental es el
filosofo Allan Bloom, que escribió "El final de la mentalidad
ame-ricana" con un sentimiento de pánico con respecto a lo que los
movimientos sociales de los sesenta habían hecho para cambiar la atmósfera
educativa de las universidades Americanas. Estaba es-pantado con las
manifestaciones de estudiantes de las que fue testigo en Cornell, que
consideraba una terrible interferencia con la educación.
La idea de educación de Bloom era un pequeño grupo de estudiantes muy
inteligentes, en una universidad de élite, estudiando a Platón y Aristóteles, y
rechazando ser molestados en su contem-plación por el ruido exterior causado
por estudiantes manifestán-dose contra el racismo o protestando contra la
guerra de Vietnam.
Mientras lo leía, me recordó a algunos colegas míos, de cuando enseñaba
en una universidad para estudiantes de raza negra en Atlanta, Georgia, que
movían su cabeza con desaprobación cuando nuestros estudiantes dejaron sus
clases para una sentada, para ser arrestados, en protesta en contra de la
segregación racial. De-cían que estos estudiantes estaban descuidando su
educación. De hecho, estos estudiantes aprendieron más en unas cuantas sema-nas
de participación en lucha social de lo que podrían haber aprendido en un año de
asistencia a clase.
¡Vaya entendimiento limitado y atrofiado de la educación! Se
co-rresponde perfectamente con la visión de la historia que insiste en que la
civilización occidental es el cenit del logro humano. Como escribió Bloom en su
libro...".....solo en las naciones occidentales,
es decir, las que recibieron la influencia de la filosofía griega, hay
alguna voluntad en dudar la identificación del bien con las actitu-des
personales". Bueno, si esta voluntad de poner en duda es el sello de la
filosofía griega, entonces Bloom y sus compañeros, idó-latras de la
civilización occidental, no tienen ni idea de tal filosofía.
Si la civilización occidental es la cúspide del progreso humano, los
EEUU son el mejor exponente de esta civilización. Aquí tenemos otra vez a Allen
Bloom: "Este es el momento de EEUU en la histo-ria mundial....América nos
cuenta una historia, el continuo, inevi-
table progreso de la libertad y la igualdad. De sus primeros
coloni-zadores y de sus comienzos políticos en adelante, es indiscutible que la
libertad y la igualdad son la esencia de la justicia para noso-tros.." Sí,
dile a los negros y a los americanos nativos, a los vagabundos, a los que no
tienen Seguro de Enfermedad, y a todas las víctimas de la política exterior
americana, que América "nos cuenta una historia.... de libertad e
igualdad".
La civilización occidental es muy compleja. Representa muchas cosas,
algunas decentes, otras espantosas. Tendríamos que dete-nernos a pensar antes
de ensalzarla sin criticas cuando advertimos que David Duke, un miembro del Ku
Klux Klan de Louisiana, y ex Nazi, dice que lo malinterpretaron. "El
fundamento más fuerte de mi pensamiento" le dijo a un periodista "es
mi amor por la civiliza-ción occidental".
Los que insistimos en considerar críticamente la historia de Colón, e
igualmente todo aquello de nuestra historia tradicional, somos habitualmente
acusados de insistir en la corrección política, en perjuicio de la libertad de
expresión. A mi esto me parece raro. Es el guardián de las viejas historias,
las historias ortodoxas, el que rechaza abrir el espectro de las ideas,
exponerlas en libros nuevos, nuevos enfoques, nueva información, nuevas
visiones de la histo-ria. Los que reivindican creer en el "libre mercado"
ya no creen en un libre mercado de ideas, creen en un libre mercado de bienes y
servicios. En ambos casos, bienes materiales e ideas, quieren un mercado
dominado por aquellos que siempre han detentado el poder y la riqueza. Les
preocupa que si hay nuevas ideas en el mercado, la gente pueda empezar a
reflexionar sobre los planes sociales que nos han causado tantos sufrimientos,
tanta violencia, tantas guerras durante estos últimos quinientos años de
"civiliza-ción".
Por supuesto que ya nos pasaba eso antes de que Colón llegara a este
hemisferio, pero los recursos eran insignificantes, la gente estaba aislada
unos de otros, y las posibilidades eran muy limita-das. En los siglos
recientes, sin embargo, el mundo se ha converti-
do en un lugar sorprendentemente pequeño, nuestras posibilida-des de
crear una sociedad decente se han incrementado enorme-mente, así que ya no
existen excusas para el hambre, el analfabe-tismo, la violencia y el racismo.
Revisando nuestra historia, no solo estamos mirando al pasado, sino al
presente, y tratando de observarlo desde el punto de vista de aquellos que han
sido excluidos de los beneficios de las llama-das civilizaciones. Lo que
estamos intentando realizar es una cosa muy sencilla pero profundamente
importante, mirar el mundo des-de otros puntos de vista. Necesitamos hacerlo
empezando este nuevo siglo, si queremos que este siglo sea diferente, si
queremos que sea, no un siglo Americano, o un siglo occidental, o un siglo
blanco o un siglo masculino, o el siglo de alguna nación o algún grupo, sino el
siglo de la raza humana. ■
Howard Zinn - Colón y la civilización occidental - 29
(*)Titulo original: Columbus and Western civilization
Autor: Howard Zinn
Origen: ZNet
Traductor: Déborah Gil,
revisado por Josue Pérez
Marzo 2000
Maquetación actual
Demófilo, 2010-08-28
Fuente del texto:
Archivo Chile
http://www.archivochile.com/America_latina/al_vg/america_latina_dg_00
002.pdf
Procedencia de la ilustración de la portada:
http://blogs.ua.es/descubridores/colon/
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