Libro N° 8056. Con Nuevos Ojos. Casal, Beatriz.
© Libro N° 8056.
Con Nuevos Ojos. Casal, Beatriz.
Emancipación. Diciembre 12 de 2020.
Título
original: ©
Con Nuevos Ojos. Beatriz Casal
Versión Original: © Con Nuevos Ojos. Beatriz Casal
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
http://servicioskoinonia.org/cuentoscortos/articulo.php?num=089
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de Imagen original:
https://www.vectorportal.com/img_novi/lake-mountains-2-clipart.jpg
https://lh3.googleusercontent.com/proxy/iKkqDNfPDEkoZ5aJ25cC4hGrTBVd8WRepbokunNs-ac9Ldmjb06UldLPL4yNUlHMmiX39TfSwzTMmJGVnXLQVAu6znRjcP_rEMhyLeabXQM-33Vj4recrB4P6A
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Beatriz Casal
Con Nuevos Ojos
Beatriz Casal
- No insistas niña, ya te dije que voy a quedarme
como estoy. Dios quiso que pasara el resto de mi vida sin mirar y así será.
- Pero viejo, si todo el mundo está pasando por esa
operación llamada “milagro”. Fíjate que hasta le han puesto un nombre
religioso. Me han dicho que los médicos cubanos son muy buenos y cariñosos, que
tratan a los ancianos con mucho amor y además, que duele muy poquito lo que
tienen que hacerte.
- Pero mira que eres caprichosa mujer, no oyes que
no, que no quiero saber de eso. Tampoco voy a salir del pueblo, aquí me voy a
morir y que sea como Dios quiere.
- Es que tengo que darle una respuesta a la doctora
Rosalía, ya ha venido varias veces y me da pena con ella. Se preocupa tanto por
nosotros y tú sin querer aprovechar esta suerte. El nuevo gobierno nos da la
bendición de atención medica a los campesinos y además, nos benefician con esa
“operación milagros”.
Facundo se quedó en silencio cuando oyó mencionar
la palabra “gobierno”. Se levantó de la silla y caminó con dificultades hasta
el cuarto, cerrando la cortina tras él. No quería que fuese a decir el nombre
del presidente y tener que mandarla a callar. La mujer quedó parada en la
habitación que servía de cocina y comedor, y moviendo la cabeza con
preocupación volvió a sus quehaceres.
Facundo Izquierdo, estaba viviendo con su hija en
aquel monte, a muchos kilómetros de la Ciudad. Cuando fracasó la operación y
desertó del ejército, fue a esconderse a aquel rincón del país. Con los años se
había quedado casi ciego, como producto de su padecimiento de cataratas. Cuando
llegó al pueblo y su hija lo vio, quedó muy sorprendida del cambio que había
dado su padre; hacía muchísimos años que no sabía de él, desde que se marchó de
la casa dejándolas solas a ella y a su madre. Luego Julia, la madre, murió, y
ella se quedó sola, envejeciendo sin hijos y sin marido.
El viejo, como le decía su madre a Facundo, no dio
muchas explicaciones cundo llegó de repente, y ella, Francisca, era igualita
que su madre, una mujer muy noble y sacrificada. Por eso aceptó a su padre de
vuelta y lo cuidaba con esmero en aquella casa pobre en la que se había criado
con infinidad de trabajos. Ella había tenido que trabajar cocinándoles a
algunos trabajadores del campo, los cuales le pagaban poco, pero le permitía
sobrevivir.
Ya hacía dos meses que habían comenzado por aquella
zona las pesquisas, para conocer las personas con dolencias en la vista. La
médica cubana que laboraba hacía catorce meses en el territorio les había
visitado varias veces, pues Francisca le comentó del padecimiento de su padre.
Cuando Facundo se enteró de que su hija le había dicho a la doctora que podía
ponerlo en la lista para la operación, formó una discusión tremenda y desde ese
entonces, cada vez que tocaban esa cuestión se enfrascaban en un tremendo
debate. Y siempre las cosas terminaban igual, Facundo para el cuarto y
Francisca a sus quehaceres, sin lograr nada.
El anciano recostado en su camastro con los ojos
abiertos y fijos, no lograba divisar ni las maderas, ni las tejas que cubrían
el techo de aquella humilde y deteriorada vivienda. Sus ojos estaban abiertos
pero no a la existencia que le rodeaba, sino al pasado. Un pasado que lo
atormentaba hacía muchos años y que no lograba eliminar de su conciencia, de su
pensamiento. Imágenes que pasaban unas tras otras por su cerebro y que casi no
lo dejaban dormir, ni descansar, ni vivir.
Muchas veces resonaban en sus oídos aquellos
gritos, aquellas órdenes: para acá traen al hombre apresado, luego se lo
llevarán lejos. Hay que hacerlo desaparecer. Eran voces que venían de la
jefatura y que él las estaba oyendo. Él era uno de de los soldados “del golpe
de estado”. Él era uno más de los que estaban en contra de cualquier gobierno
popular. Sus jefes le habían dicho que aquello sería comunismo y él debía
luchar contra aquellos que no creían en Dios. Le habían dicho que el comunismo
era algo monstruoso, por su carácter antirreligioso.
También sabía de qué hombre se trataba: hablaban
del comandante, del Presidente. Desde las altas esferas militares había
descendido la noticia hasta ellos, los que serían responsables de la custodia
del hombre. Así se le decía, era mejor que mencionar su nombre. Aquella
madrugada no durmió, se sentía nervioso, pero también orgulloso de estar dentro
del grupo de los escogidos, para tan honrosa misión. A las 4 de la mañana
llegaron con la carga, se bajaron unos cuantos militares de una furgoneta,
custodiando al apresado y enseguida lo metieron bien adentro de aquellas
paredes carcelarias.
Lo que más recordaba Facundo, y que no lo dejaba
dormir apenas, fue aquella mirada. Si, porque el hombre había pasado a su lado
y a pesar de que lo custodiaban por delante, por detrás y por los lados, en
aquel preciso momento giró su cabeza hacia la derecha y lo miró. Aquella mirada
“del hombre” fue a parar directamente a sus ojos. Sí, en aquel momento Facundo
veía bien, la catarata todavía no había hecho estragos en sus pupilas. Por eso
pudo observar que “el comandante” tenía una mirada relajada y firme.
Nunca había podido verlo en persona hasta ese
momento y siempre que lo observaba en la televisión, lo hacía imbuido de todos
los calificativos nefastos que le inculcaban sus superiores. Pero aquella
mirada no parecía ser de un hombre como el que le habían descrito: incrédulo y
guerrerista. Aquel hombre tenía una mirada serena, una mirada pacífica. Una
mirada penetrante, firme, clara.
Por mucho tiempo, luego de aquel encuentro y de la
deserción, había pensado que su progresiva ceguera había sido un castigo del
cielo, por haber pensado mal de otro cristiano. El padre Ramón lo había dicho
en la misa, que los malos pensamientos pueden causar un castigo del cielo. Por
eso no podía presentarse a aquella famosa operación “milagros”. En primer
lugar, tenía miedo, temía que lo reconocieran, a pesar del tiempo que había
transcurrido y de la estratagema que usó para escapar del ejército. Y por otra
parte, tenía vergüenza de alcanzar los beneficios de un gobierno, que había
despreciado, de un presidente al que había ayudado a apresar y al que le había
deseado la muerte. No, él no podía permitir que supieran su verdad.
Pasaron algunos días y aquella tarde, Facundo
estaba sentado en la banqueta que siempre ponía en el portón de la entrada,
Siempre iba hasta allí a esa hora porque ya nadie pasaba, ya nadie venía a
visitar a su hija. Tan ensimismado estaba en sus pensamientos mirando sin ver,
sus manos arrugadas y huesudas, que no sintió cuando la mujer alta, delgada y
de piel oscura, llegó a su lado. Casi saltó de la banqueta cuando divisó apenas
su bata blanca y el bolso en su brazo.
Sabía que era ella, la doctora cubana; había oído
su voz desde el cuarto, un día en que hablaba con su hija, cuando intentaba que
ésta lo convenciera para realizarle el primer diagnóstico y llenar sus papeles
para enviarlo a la Ciudad. Pero no había tiempo de nada, no tenía forma de huir
y tampoco podía hacerle un desaire. La joven lo saludó afable y él le respondió
sin mirarle a la cara. Ella no perdió tiempo y le dijo sin titubear.
- Facundo, qué bueno que lo veo, estoy por aquí de
casualidad, vine a ver una parida en el caserío y mire qué suerte poder
encontrarlo...
Él no respondió, pero sabía que venía el momento de
la propuesta.
- Pues sí, Facundo, espero que su hija le haya
hablado de la posibilidad que tiene de volver a ver todo este Valle tan hermoso
–ella sabía que él conocía el asunto, pero tenía que entrar en el tema de
alguna forma-.
- Pues sí, ya Francisca me comentó el asuntico ese
–dijo con voz ronca–, pero fíjese bien joven, yo no quiero que me vuelvan a
hablar de operación, ni de ir a la Ciudad, porque resulta que no quiero, y a mí
me parece que se debe respetar la decisión de la gente, ¿o no?
- Está usted claro Facundo, no le vamos a obligar a
nada –le dijo doctora con respeto–; es que teníamos la idea de que comprendería
lo importante que sería curarse y luego aprender a leer y escribir con la
Campaña “yo sí puedo”.
Facundo se levantó de un salto y muy indignado le
dijo a la doctora:
- Óigame bien lo que le voy a decir, yo sé leer y
escribir, yo no soy un ignorante, así que no se equivoque –y con torpeza,
recogió su banqueta y partió rumbo a la casa, dejando a la doctora intrigada-.
Rosalía vio venir el transporte de la Misión Médica
y se disponía a marcharse, cuando de entre unos arbustos salió un hombre que la
detuvo.
- Doctora, espere un momento, debo decirle algo.
Rosalía le pidió al chofer que la esperara un
momento y se acercó al hombre, mirándolo con atención. Por su expresión parecía
que tenía algo importante que decirle.
- Sabe usted quién es ese hombre –le dijo el
desconocido señalando a Facundo, que ya había entrado en su casa y cerrado la
puerta detrás de él.
- Pues sí, es Facundo Izquierdo, el padre de
Francisca, viven en esa casa –le dijo Rosalía, sabiendo que no era eso lo que
preguntaba el individuo-.
- Doctora, yo sé por qué ese hombre no quiere
recibir los beneficios de nuestro gobierno –la miró y bajando la voz le dijo: –
Ese hombre fue uno de nuestros enemigos. Ese fue un militar traidor al
presidente. Él piensa que nadie en esta zona lo sabe, pero yo sí lo conozco
bien.
- ¿Usted quiere decir que Facundo es desertor del
ejército y por eso no quiere ser operado, para no verse descubierto?
- Sí, pero además, ese hombre fue uno de los del
golpe de Estado. Ese hombre es un traidor y un día, cuando Dios me de valor,
con mis propias manos lo ejecutaré.
- Por favor, yo le ruego que se mantenga tranquilo,
yo informaré de este caso y estoy segura que se hará lo que sea preciso. Pero
no tome la ley por sus manos, no debe hacerlo, ¿me comprende?
- Si supiera, sólo el temor a Dios me ha detenido,
pero ahora confío en usted, sé que habrá justicia
Era viernes y la doctora Rosalía estaba en la
Dirección, frente al Jefe de la Brigada Médica, debía dar el parte de los casos
que habían sido captados para ser operados. El Dr. Julio Quevedo leyó la lista,
enseguida le señaló por qué Facundo Izquierdo no estaba entre los que se
enviarían, si se había indicado su turno hacía un mes. La doctora Rosalía le
abordó el asunto.
- De ese caso quería hablarte Julio. Resulta que
durante todo este tiempo no hubo forma de convencer a ese anciano de que tenía
la posibilidad de curarse. Ni su hija Francisca, ni yo habíamos podido
convencerlo. Y ayer conocí las razones para esa negativa.
Rosalía le contó a Julio la historia y ambos
deciden comunicar la situación a la Dirección de Salud y ésta a su vez, envía
un comunicado al gobierno. La noticia llega al despacho del presidente y el
propio jefe de despacho le informa al comandante el caso Facundo. El presidente
se queda muy serio y pensativo cuando escucha el relato completo. No hace
comentario y le ordena dejar el informe encima del buró de su despacho.
El yip miliar se detiene en la carretera, son
apenas tres hombres, caminan por la entrada que los dirige a la casa de Facundo
Izquierdo. Francisca mira por la ventana y ve venir aquel grupo de hombres y se
asusta un poco, pero cuando llegan a la puerta se da cuenta que todos tienen
trajes militares. Enseguida los invita a pasar y les busca acomodo en su
humilde sala, les brinda un poco de agua. El más alto de todos le dice:
Francisca, nos han dicho que aquí vive también tu padre, Facundo Izquierdo,
hemos venido con una encomienda, pero necesitamos verlo, ¿el se encuentra?
Facundo no espera a que su hija lo busque, se
siente descubierto y caminando con mucha torpeza, sale del cuarto. El sabe que
son de la guardia militar del presidente y les dice: “aquí estoy”. Francisca se
quedó mirando a su padre sin comprender nada. Los hombres miran a Facundo y le
dicen:
- Puede recoger algunas cosas y también tu
Francisca, quizás quieras acompañar a tu padre, debemos llevarlo a la Ciudad.
Recorrieron la distancia en silencio. Facundo no
cambió ni una sola palabra con su hija y ésta no se atrevió a preguntar nada.
Llegaron a una casa en la Ciudad y allí bajaron a la familia Izquierdo. La casa
era muy espaciosa y tenía varias habitaciones que aparentemente las habían
convertido en salas, con varias camas, en algunas se encontraban acostadas
algunas personas y había enfermeras y médicos por todas partes. A Facundo y
Francisca los llevaron a una habitación, donde había dos camas cómodas; tenía un
baño limpio y les dijeron que podían bañarse y cambiarse de ropa.
Facundo se extrañó que no le hubiesen esposado, ni
llevado directamente a la cárcel, pero no hizo comentarios. Francisca miró a su
padre interrogándolo, pero éste no decía nada, estaba seguro que ésa era una
estrategia para hacerlo hablar, un método para que él confesara. A las cuatro
de la tarde, tocaron a la puerta y Francisca abrió. Facundo estaba sentado en
un sillón con la cabeza pegada al pecho. Los médicos lo llevaron junto con
otros pacientes hacia el quirófano.
Tres horas después Facundo estaba tomándose una
taza de caldo sentado en la cama. Un grupo de médicos entraron en la habitación
y le preguntaron al anciano cómo se sentía. Facundo los miró y comenzó a decir
con voz entrecortada:
- Yo no merezco lo que hacen por mí, porque…
- Tranquilo Facundo -le dijo el médico– sabemos
todo lo que va a decir pero queremos trasmitirle un mensaje de parte del
Presidente. Él sabe que usted fue engañado. Y que además, los beneficios que
esta revolución brinda, son también para usted.
El anciano volvió a recordar aquellos ojos, que
años atrás, lo miraron con serenidad y firmeza. Y dos lágrimas rodaban por sus
mejillas.
Beatriz Casal
Cuba

