Libro N° 8055. La Niña De La Mirada Perdida. Nuñez Corona, José Rafael.
© Libro N° 8055.
La Niña De La Mirada Perdida. Nuñez
Corona, José Rafael. Emancipación. Diciembre 12 de 2020.
Título
original: ©
La Niña De La Mirada Perdida. José Rafael
Nuñez Corona
Versión Original: © La Niña De La Mirada Perdida. José
Rafael Nuñez Corona
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José Rafael Nuñez Corona
La Niña De La Mirada
Perdida
José Rafael Nuñez Corona
La niña de la mirada perdida
José Rafael NUÑEZ CORONA
Mención honorífica del «Concurso de Cuento Corto
Latinoamericano» convocado por la Agenda
Latinoamericana'2004, otorgado y
publicado en la Agenda
Latinoamericana'2005
Desde antes de la salida del sol, una mujer de
origen haitiano corría velozmente por la calzada de una importante avenida de
Santo Domingo, para colocarse en su puesto de trabajo antes que llegara el
chinero o el vendedor de naranja, quien le estaba disputando ese puesto ubicado
debajo de la escalera de concreto armado de un enorme puente peatonal que
cruzaba la importante autopista Duarte de la ciudad de Santo Domingo, la
haitiana llevaba consigo una niña de piel oscura igual que ella, colgada en un
brazo casi guindando, mientras que en el otro llevaba un amplio cartón
lamparazo y una vieja cartera muy maltratada.
Desde muy temprano procuraba colocarse en su puesto
de trabajo debajo del enorme puente por donde pasaban millares de personas
desde muy temprano, la mujer no era estudiada, con facilidad se podía
determinar, además hablaba un pésimo español el cual nunca había estudiado,
aunque lo hablaba con muchísima dificultad, pero parecía que tenía otros
conocimientos que le eran más útiles, aunque estoy seguro de que tampoco los
había estudiado, eran aspectos de la sociedad dominicana que le ayudaban a
ejercer muy bien su trabajo, tales como: ubicarse en su puesto de trabajo mucho
antes que los transeúntes estuvieran recorriendo las calles con sus recios
pasos, y lo hacía con su única herramienta que tenía para laboral, la cual era
la niña de la mirada perdida, una niña que aunque no era ciega lo aparentaba
perfectamente, engañando así con suma facilidad a los que transitaban por el
lugar, la niñita que no llegaba a los cinco años de edad era de origen haitiano
al igual que la mujer que supuestamente la atendía, aunque parecía que no eran
parientes una de la otra, por la forma abusiva que dicha señora sometía a esa
pobre criatura, donde las duras jornadas de trabajo eran muy crueles, donde la
niñita tenía que permanecer en un lugar fijo hasta más de quince horas corridas
diariamente, que más que una jornada de trabajo yo diría que eran jornadas de
torturas inmisericordes, porque la pobre haitianita tenía que aguantar aire,
sol y sereno, donde tenía que simular muy pacientemente la ceguera que no
existía en su vida, acostada siempre en el rústico suelo, encima de un cartón
sucio y mal oliente, con su carita lánguida y afligida, mostrándola al publico
para que no se escapara de la culpa que tenía que pagar, por haber mirado un
rostro que partía el alma en mil pedazos.
Esa pobre niña se tenía que mantener así en una
misma posición casi por el día entero, como si estuviera frisada o petrificada,
como si fuera una estatua negra hecha en honor a la esclavitud, y se mantenía
así sin importar el fuerte sol que muchas veces hacía en aquel lugar, de
aquellos días calientes de mi país tropical, y no eran pocas las veces que le
rodaban las lágrimas por las mejillas sucias de polvo y humo, cayendo las
lágrimas pintadas de negro en el asqueroso cartón, y todo por lo fuerte que le
llegaban los rayos de sol, rayos que no tenían condolencia de nadie ni de nada,
pero aun así ella se mantenía en su posición tranquilita, sufriendo con valor,
día tras día, obligada claro está por su compatriota tutora que por cierto se
veía fuerte y muy apta para trabajar, con esos músculos bien formados y con una
juventud que aún no se había alejado de su vida, pero ella se sentía mejor,
recolectando algunas monedas que la gente le lanzaba al caminar cuando se veían
con el alma partida por haber observado de reojo a la haitianita que siempre
daba compasión.
Pero esos pesos, que muchas veces rodaban por
doquier, eran precisamente el más grande estímulo que tenía la fuerte mujer
haitiana para no trabajar, por lo cual cada día ponía mucho más empeño en su
fácil trabajo y mucho menos condolencia en la niñita que ella arrastraba hasta
debajo del enorme puente peatonal, niña que muchas veces estaba llena de llagas
contaminadas de humo de vehículo y polvo de la calle difícil de sanar, quizás
no sanaba fácilmente por el duro sometimiento a esas jornadas de castigos, que
eran sumamente abusivas, donde primero tenía que aguantar el fuerte frío de las
madrugadas que le hacía temblar cruelmente a la intemperie, luego el fuerte sol
de un país caribeño como el nuestro que le tostaba la tierna piel a muy alto
grado de calor y por último otra jornada de frío en las noches de frías brisas
sin contar todo el humo que tragaba, el polvo que respiraba, la lluvia que la
empapaba y un sin numero de cosas que pasaba la pobre niña de la mirada perdida
sin tener doliente alguno.
Ciertamente que las crisis económicas de los países
subdesarrollados son una calamidad muy triste de ver y más aun de vivir, ya que
los sufrimientos de esos pueblos son inimaginables por los habitantes de los
países desarrollados, por ejemplo, nuestro país desde que yo tengo conocimiento
siempre ha estado muy mal económicamente, pero al momento de yo escribir estas
líneas estaba en una situación que mas que caótica era una situación horrible y
miserable, era un caos por donde quiera, según se decía, era la situación más
difícil jamás vista en todos los tiempos de la historia republicana, no dicho
por mí sino por las personas entendidas en la materia, pero sin embargo nuestro
vecino país de Haití, dicho sea de paso, fue el primer país negro que
supuestamente consiguió su libertad (digo supuestamente porque después de eso,
me parece que han sido más esclavos que nunca), con el cual nosotros
compartimos la isla de Santo Domingo o La Española, ellos en ese momento
estaban mucho peor que nosotros, literalmente se estaban comiendo los unos con
los otros, razón por la cual estaban emigrando en masas a nuestro territorio,
aunque pasaran las mil y una dificultades en un suelo ajeno, por esa y otras
razones que no interesa mencionar, en el país para ese entonces había más de un
millón de haitianos viviendo de manera ilegal en la patria de Juan Pablo
Duarte, representando este número casi el 15% de la población total, (por
cierto, Duarte es el padre de nuestra patria y luchó precisamente contra una
invasión haitiana en el 1844 y en esos años había una invasión mucho menor en
numero de haitianos que en el momento de yo escribir esto, pero aun así nadie
decía nada y como si fuera poco las naciones “generosas” del área haciendo
presiones para que entraran más haitianos, pero ellos no los aceptaban en su
territorio), aunque es justo decir que un número semejante de dominicanos
teníamos en la vecina isla de Puerto Rico que también llegaban allí de una
forma ilegal, yéndose en yolas y en frágiles embarcaciones donde arriesgaban hasta
sus vidas en el peligro de alta mar y en el muy espantoso canal de la mona, y
lo hacían precisamente corriéndole a la difícil situación económica que nos
habían sometidos durante mucho tiempo los políticos sin escrúpulos, sin moral y
sin dignidad que siempre se habían olvidado de la agonía que sufría un pueblo
desesperado.
Una noche de frías brisas en la cual no le había
ido muy bien a la señora que recolectaba el dinero tirado por la gente a la
niña de la mirada perdida, se le acercó un hombre de una forma extraña, pero
ella no se dio cuenta de eso, ya que estaba recogido todo para irse, el cartón
sucio y maloliente, su cartera donde guardaba los pesos de cobre que pesaban
muchísimo y por supuesto a la gallina de los huevos de oro, perdón quise decir
a la niña de la mirada perdida, la haitiana se disponía marchar a la parada de
guagua (bus) para abordar la próxima que saliera, la cual le llevaría hasta el
barrio donde tenía su casucha cobijada de zinc por toda parte, incluso las
paredes eran de zinc, las ventanas selladas, sin baño o sanitario, sin
ventilación alguna y con una sola puerta la cual también era de zinc, en si era
sin comodidad alguna, entonces aquel hombre misterioso la detuvo repentinamente
y totalmente inspirado, colocando una rodilla en el suelo y levantando su mano
izquierda le recito lo siguiente:
Busco en mi trópico, un amor caribe
Tan caribe como la sangre, de mi raza aborigen,
Que tenga piel canela, resistente al fuerte sol,
Y que como en jícara, casabi de mi corazón.
Que coseche en mi conuco, versos de mi Quisqueya,
Y que siembre para siempre, amor de primavera,
Que en mi canoa de caoba, visite a Guanahani,
Y con una flor cacatica en las manos, salude la
bella Haití.
Que se acuerde de Caonabo, junto a su hermosa
Anacaona,
Y se arrope con el pasado, de Enriquillo allá en la
loma,
Que baile mis areitos, tocando sus maracas,
Y dando sus pasitos, observe a la hermosa Habana.
Que conozca los caciques, las tribus y los bohíos,
Porque de lo contrario, no sabrá de lo que digo:
Recuerdos que están volando, como el espíritu
taino,
Y que nunca volverán, a formar sus grandes tribus,
Tribus que desaparecieron, junto con su honor,
Y solo han quedado, tristeza, sangre y dolor,
Dolor que nadie ha sentido, porque su raza se ha
extinguido,
Y el hombre blanco no sabe, porque aún se escucha
el gemido.
La haitiana con la tanta prisa que tenía no puso la
más mínima atención a lo que el hombre totalmente inspirado le había recitado,
además no entendía la mayoría de palabras que él pronunció en un tono muy
varonil y poético, por lo tanto continuó su camino como si nada había pasado,
mientras que el hombre se quedó totalmente desilusionado, con el rostro
demacrado y el corazón hecho pedazos.
Lo cierto es que estos paisitos subdesarrollados
han estado pasando el Niágara en bicicleta y además de eso, para colmo de
males, a mitad del camino se les rompió la cadena y no precisamente la cadena
de la esclavitud que han tenido desde hace mucho tiempo, sino la cadena de la
mencionada bicicleta. Aunque pensándolo bien estos paisitos del tercer mundo no
son de un todo subdesarrollados, creo que son subdesarrollados en algunas cosas
solamente, porque en otras son muy desarrollados, yo diría que demasiado, por
ejemplo: en la corrupción ahí ellos son master y en la corrupción a todos los
niveles, también en la injusticia social y económica ahí es que ellos son
número uno, en defender los intereses de los países poderosos por encima de los
intereses suyos, ahí es que ellos son expertos de verdad y mejor no sigo con
esto, porque creo que me irán a censurar el cuento este.
Volviendo a lo nuestro, la niñita aquella la cual
tenía la mirada perdida, a pesar de todo lo que le he contado, no se sentía mal
ni mucho menos, de lo contrario se sentía muy feliz con su crítico estilo de
vida a la cual estaba siendo sometida, no porque le gustara el sufrimiento,
sino porque su instinto infantil le aseguraba que en su patria natal (Haití)
las cosas estaban mucho peor, pero la verdad era que ella prefería mil veces
seguir haciendo el papel de ciega y no volver a un país que estaba muriendo
poco a poco, aunque estaba consciente de que era muy crítico su estilo de vida
y totalmente abusivo, pero le juro que nunca se quejaba, total no tenía con
quién quejarse, porque para esos asuntos tan sencillos no hay naciones unidas,
ni derechos humanos, ni nada de esas pendejadas (en si las Naciones
Unidas no pueden resolver asuntos tan particulares, ni problemas de naciones
tan sencillos como esos, sino problemas realmente serios, problemas de estados,
por lo tanto yo creo que debería cambiar de nombre y en vez de llamarse
Naciones Unidas, llamarse Estados Unidos y para que no haya confusión con el
generoso país del norte, le quedaría mejor Estados Unidos II, o Estados Unidos
parte atrás.)
Ahora bien amigo lector, que usted cree que esa
niña la cual no tenía culpa de haber nacido en una nación tan pobre como Haití
estaba siendo sometida a ese maldito estilo de vida sencillamente por la cruel
mujer haitiana que supuestamente la atendía y que estoy seguro no era familia
de ella, claro que no, sino por un mundo lleno de injusticias, un mundo lleno
de entupidas fronteras que sólo existen para someter a los paisitos
subdesarrollados a perpetuas esclavitudes, donde los amos (entiéndase
los países desarrollados) se desplazan sin ningún problema de aquí
para allá y de allá para acá, para donde ellos quieran, sin ningunas
restricciones, mientras que los esclavos (entiéndase los países
subdesarrollados) no pueden moverse ni de aquí allí, ni a una esquina
de su casa, quizás por las horribles cadenas que le arrastran desde hace mucho
tiempo, sin encontrar formar de zafarse de ellas y que le aprietan fuertemente
los pies para que estos países se sostengan por si solos. Porque en sí la
esclavitud nunca ha dejado de existir, sino que le cambiaron el nombre por otro
que sonara más lindo y que no estuviera muy pronunciado, pues la esclavitud
ahora no es como era antes dos siglos atrás, cuando se llamaba abiertamente
esclavitud, sino que su nombre ahora es mucho más sofisticado y mucho más
democrático (subdesarrollo), ahora el sistema de esclavitud es mejor para los
amos, porque los esclavos están bien lejos de las casas de los amos, para que
no le hiedan a ellos, sí amigo lector, bien lejos, o mejor dicho botado en una
finca personal de los queridos y muy generosos amos, donde allí ellos ponen un
cruel capataz que en el inicio de su gestión como capataz es muy querido por
los esclavos quienes democráticamente lo escogen entre ellos mismos, pero en sí
solo es un títere del querido amo y un hombre por supuesto de su plena
confianza (entiendas cualquier presidente de un país subdesarrollado) quien
esta comprometido a mandarles sin ningún problema casi todos los frutos que
producen los malditos esclavos (así nos llaman los queridos amos) y
el capataz, que casi siempre al poco tiempo se convierte en un indeseable para
los esclavos que en sí lo eligieron, siempre recibe algunos beneficios que los
amos por su indudable generosidad le permiten coger, pero que los incrédulos
esclavos casi siempre dicen que es producto de la corrupción.
La niña aparentemente estaba dispuesta a quedarse
estática, justamente debajo del enorme puente peatonal donde la atendía la
mujer haitiana, consciente de su horrible miseria que día a día aumentaba a
pesar de las moneditas que le lanzaban los amigos muy generosos que la veían
sufrir, ciertamente habían muchos de los que pasaban por su lado que podían
tomarla de la mano y brindarle la oportunidad de que ella estudiara, creciera y
adquiriera conciencia plena del futuro que tenía que enfrentar, pero no era así,
y la niña que aún tenía la mirada perdida seguía padeciendo de frío, hambre y
dolor, esa niña aún estaba rodando debajo de ese enorme puente peatonal, en sí
mi amigo lector, esa no era, ni tampoco es una niña cualquiera, porque no es de
carne y hueso como usted puede pensar, porque no es humana, porque en sí, sólo
es un retrato de un pueblo hermano, de un país vecino, de una patria
descuartizada por las diferentes potencias que devastaron todo lo que había en
sus pechos bien formados y que ahora esta pidiendo una mano amiga en medio un
continente tan generoso y tan bueno como el nuestro, América para los
americanos, esa niña lleva por nombre Haití la infeliz.

