Libro N° 8027. Sobre La Dialéctica (Una Respuesta A Los Compañeros Y A Los Otros). Della Volpe, Galvano.
© Libro N° 8027.
Sobre La Dialéctica (Una Respuesta A Los Compañeros
Y A Los Otros). Della Volpe,
Galvano. Emancipación. Diciembre 5 de 2020.
Título
original: ©
Sobre La Dialéctica (Una Respuesta A Los
Compañeros Y A Los Otros). Galvano Della Volpe
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Los Compañeros Y A Los Otros). Galvano Della Volpe
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(Una Respuesta A Los
Compañeros Y A Los Otros)
Galvano Della Volpe
Sobre La Dialéctica
(Una
Respuesta A Los Compañeros Y A Los Otros)
Galvano Della Volpe
1. Este escrito parte del tercer capítulo, dedicado
al “método de la economía política”, de la Introducción general a los
Elementos de la crítica de la economía política (1857-1858) de Marx
(1) que, si bien incompleta y póstuma, ha sido reconocida
“importantísima” aun por mi principal contradictor, el compañero Luporini. Veamos
a dónde puede conducirnos, si es razonado y justificado este superlativo
(singular por parte de un contradictor de D. V.: véase Lógica come
scienza positiva, 1956, pp. 185 y ss. y “Para una metodología
materialista de la economía y de las disciplinas morales en general”, en Rousseau
y Marx, 1972, pp. 121 ss.). (2)
La introducción de 1857-1858
Si por ejemplo —dice Marx— examinamos
la categoría económica de producción, debemos saber que su carácter general
o común es algo articulado o complejo, que se diversifica en
numerosas determinaciones. Algunos de estos elementos son comunes a todas las
épocas, otros solamente a algunas. Pero así como los idiomas más desarrollados
tienen leyes y caracteres en común con los menos desarrollados, y lo que
constituye su “desarrollo” es precisamente aquello en lo que se apartan del
general común, así también las características económicas “generales” deben ser
“tenidas aparte” o separadas, a fin de que no se olvide en favor de la “unidad”
o uniformidad o generalidad, la “diferencia esencial” o específica. En
semejante “olvido” consiste la supuesta “sabiduría” de los economistas
(burgueses) que se esfuerzan en probar la “eternidad y la armonía de las
condiciones sociales existentes”: y explican por ejemplo el capital como una
“relación general, eterna, natural”: lo que es verdadero si pasamos por alto el
“carácter específico” que hace de un trabajo acumulado un capital en el sentido
“moderno”. Y, en fin, éstos tienden a “confundir y eliminar todas las
diferencias históricas”, esto es, específicas. Pero de esta
forma sucede que (véase por ejemplo John Stuart Mill) al
representarse la “producción […] como sujeta a las leyes
eternas independientes de la historia”, en tal ocasión, “las relaciones
burguesas [de producción! vienen interpoladas muy por debajo,
como inmutables leyes naturales de la sociedad en
abstracto, es decir en general”. Y así éstos caen
continuamente en tautologías no meramente formales sino reales: “Toda producción es
apropiación de la naturaleza por parte del individuo dentro y mediante una
forma determinada de sociedad”. En este sentido, es
una tautología decir que la propiedad [= apropiación] es una
condición de la producción [= apropiación]: pero resulta ridículo saltar de
esto a una forma determinada de propiedad privada [moderna,
burguesa]”. (Esto entiende quien dice: 1) que es una conclusión ridícula porque
es inútil definir esa forma de propiedad determinada,
específica e histórica, que es la propiedad burguesa, diciendo que ésta es
condición de la producción o apropiación en cuanto es propiedad, apropiación,
cayendo así en una tautología de lo real que es lo que se
desea explicar; 2) que tal conclusión es inútil por tautológica, y por lo tanto
cognoscitivamente estéril, no es sino el resultado opuesto de una hipótesis: y
esto por haber sustantificado apriorísticamente, es decir,
haber asumido como realidad, una idea demasiado abstracta como
lo es el concepto más indeterminado de producción como producción de la
naturaleza, de modo que éste incluya en sí la misma producción moderna,
burguesa, trascendiendo así las específicas determinaciones de
ésta: o por haber, en fin, como dice Marx, interpolado, o
sustituido, el sentido específico de las relaciones burguesas de producción con
el concepto más indeterminado posible de producción, del que se habló
anteriormente, preconcebido como ley natural eterna de una sociedad
económica en abstracto; 3) que tal resultado-contrapuesto de
apriorismos e hipóstasis es la prueba del materialismo histórico,
de la objetividad de lo real con sus contradicciones, etc. (ver en Lógica, cit.,
pp. 141 y ss., el postulado gnoseológico, crítico, de la materia).
Por lo tanto —continúa Marx— es
necesario seguir un método “científico correcto”: es decir, antes que
nada proceder por abstracciones (sin las cuales no es posible
el pensamiento ni el conocimiento) partiendo de lo “concreto”, del
“sujeto real”, que, en este caso, es una sociedad determinada”, histórica. Pero
si bien lo “concreto” es el verdadero punto de partida de la observación y de
la concepción, éste se presenta todavía en nuestro pensamiento cómo
un “proceso de síntesis”, como un “resultado” y “no un punto de partida”: lo
concreto, en efecto, es tal, en cuanto es un “conjunto de muchas
determinaciones (algunas generales o comunes a otras épocas, otras específicas
o propias de la experiencia de la modernidad o del presente: véase
supra) y por lo tanto unidad de lo múltiple”. Si por ejemplo,
para explicar el completo proceso social de producción, partimos de la
población como su base, sin tomar realmente en cuenta las “clases”, los
elementos históricos específicos, presentes, que lo constituyen, como trabajo
asalariado, el capital, etc., sino que comenzamos con una “representación caótica de
la totalidad” y llegamos mediante un análisis gradual, a conceptos cada vez más
simples, actuando de esta forma procedemos de un “concreto imaginario” a una
abstracción siempre sutil o generalidad, hasta llegar a las
abstracciones simplísimas como la división del trabajo, la
moneda, el valor, etc. Este es el método seguido por la metafísica (o
apriorismos) de la economía política, burguesa; “método por el
que la total representación concreta se volatiza en una
definición abstracta (en sentido negativo). (Entiéndase que para Marx el
“volatilizarse” de la representación no significa un aniquilamiento kantiano de
ésta sino el ser “caótico” “imaginario”, indistinto, su
contenido; esto que se volatiliza en la definición abstractísima,
apriorística, es el valor cognoscitivo de la
representación, no el contenido, la materia de ésta: y esta
presencia quand-même o permanencia del contenido o materia en
el concepto a toda costa, aún, lo sabemos, a pesar de estar el contenido
viciado, subrepticio, indigerido, por dichas tautologías
reales, que antes mencionamos, se explica, veremos ahora, con la necesidad del
círculo metodológico concreto-abstracto-concreto: es decir el círculo
metodológico materia-razón revelador del postulado gnoseológico de la materia
en Lógica, cit).
Pero si —continúa Marx— habiendo
arribado a las abstracciones más simples, como la división del trabajo, el
valor de cambio, etc., “rehacemos el camino a la inversa y regresemos
a la población” y “esta vez no como a una caótica noción de un todo, sino como
a una rica totalidad [= unidad] de muchas determinaciones y retaciones”, esto
es (entiende Marx) considerada en su carácter histórico
presente; actuando de esta manera, seguimos al “método correcto”, por
el cual “las definiciones abstractas” [pero no más en el sentido negativo, no
más apriorísticas, fundadas sobre el continuo “retorno” a lo “concreto” como
tal o “unidad múltiple”] conducen a la reproducción de
lo concreto en el curso del pensamiento” (sabemos
que sin definiciones o abstracciones no existe tal pensamiento). Por lo tanto
“ilusión” de Hegel fue “el considerar lo real como resultado
(…) de un pensamiento que se mueve de por sí en sí mismo”, donde “el método
de ir de lo abstracto a lo concreto es el único modo de
pensamiento para adueñarse de lo concreto [o real], de reproducirlo como un
concreto mental”, de tal forma que “las leyes enunciadas por un
razonamiento abstracto que vaya de lo
más simple a. lo más complejo [o concreto] corresponden al
proceso histórico-real”.
Ahora, esta, digamos, puesta a punto histórica
(experimental) de las categorías (económicas en el caso que se trata), en la
que se realiza el método del círculo concreto-abstracto-concreto, no significa
del todo, se entiende, que se deban aceptar las categorías “en la sucesión en
que fueron factores determinantes en el curso histórico”, lo que sería
“inoportuno” y “erróneo” [y por consiguiente el simple “análisis histórico”,
del que habla el amigo Paci a propósito de la “génesis de la
situación presente”, está muy lejos de ser suficiente para la solución
marxista, materialista, del problema, capital para el método, del sentido de la
relación presente-pasado, del que depende el sentido de la
relación práctica presente-futuro], si bien “su orden de secuencia está
determinado sobre todo por la relación que tiene una categoría con la
otra en la sociedad moderna [idest: presente] burguesa: orden que
es exactamente lo contrario de lo que parece ser su curso
natural o de lo que corresponde al orden [cronológico] de su desarrollo
histórico”. Por consiguiente, “no se trata del lugar que ocupan las relaciones
económicas en la sucesión de las diversas formas de sociedad”
y “mucho menos de su orden de secuencia en la idea,
como lo entiende Proudhon”, y más profundamente lo entiende Hegel (ver
la Miseria de la filosofía); sino que se trata de “su
orgánica relación en el seno de la moderna sociedad burguesa”.
Como se ve ya en la elaboración “correcta”, “científica”, aunque esquemática,
de las categorías económicas burguesas-modernas del trabajo en
general (o sans phrase) y del capital. En cuanto a la
primera, es de notarse que sólo cuando “el trabajo llega a ser el medio, no
sólo en el pensamiento de (Adam Smith) sino en la realidad, de producir la
riqueza en generar y “tal estado de cosas se desarrolló al
máximo en la más moderna sociedad burguesa, en los Estados
Unidos de América”, donde la abstracción que es la categoría trabajo-en-general
“llega a ser por primera vez prácticamente verdadera”, y sólo entonces la
categoría (o teoría) smithiana del “trabajo sans phrase” se
convierte en el “punto de partida de la economía
moderna” y elimina las categorías precedentes o teorías del
trabajo (sobresaliendo, el “trabajo agrícola” fisiocrático y el
“trabajo-comercial manufacturero”) correspondientes en efecto a “las diversas
especies de trabajo, de las que ninguna de ellas predomina más”: esto significa
que el valor de antecedente histórico —y no de simple precedente cronológico—
del moderno capitalismo está constituido únicamente por la capacidad de
“conexión orgánica” de esta categoría smithiana “dentro de la moderna sociedad
burguesa”, es decir, por los problemas (“autocritica de la
sociedad burguesa”) que caracterizan la experiencia o el presente de
ésta; en otros términos, está constituido por la homogeneidad de
la solución smithiana con la problemática más moderna del capitalismo, y por lo
tanto de su funcionalidad para la solución de ésta. (3) Pero
así —concluye Marx— “la abstracción más simple, la
abstracción que constituye la culminación de la doctrina económica moderna, y
que expresa una relación bastante antigua y válida para todas las formas de
sociedad, se muestra, no obstante, solamente por este modo suyo de abstracción
[histórica, específica, determinada] prácticamente verdadera como categoría de
la sociedad más moderna”: es decir, “el ejemplo del ‘trabajo’
nos muestra de modo convincente que aun las categorías más
abstractas, a pesar de su validez, en virtud de su abstracción, son
también por la precisión de su abstracción, igualmente,
para cada época, el producto de las relaciones históricas y
poseen su plena validez solo en relación a estas y en el
ámbito de éstas”. Y así —ejemplifica finalmente Marx a
propósito de la otra categoría fundamental- en la economía del medievo el
capital mismo, exceptuando la moneda, tiene, en su forma de instrumento
tradicional productivo, el carácter de propiedad territorial, mientras “ocurre
lo contrario en la sociedad burguesa”, en la que “la agricultura se transforma
cada vez más en una simple rama de la industria y es dominada completamente por
el capital”: es decir, por el elemento dominante que es “el elemento social, históricamente
creado”, donde “si no se puede comprender la renta
territorial sin el capital, se puede comprender el
capital sin la renta”, pero tal elemento, el capital, “debe constituir el punto
de partida y llegada y debe ser explicado antes que la propiedad
territorial”, pero sólo “después de que ambos hayan sido considerados separadamente, deberá
examinarse su relación recíproca (aquí todavía se puede ver cómo el nexo de la
relación presente-pasado es sugerido por un orden “inverso” o diverso del cronológico de
las categorías económicas en cuestión, porqué el orden escogido por la
moderna o presente necesidad histórica, o necesidad
de la experiencia, de entender, en el problema en cuestión, el
fenómeno del capital para poder explicar la propiedad y todo lo demás: véase el
parágrafo sig., letras c y q 3).
Contradicción objetiva y dialéctica
2. Este es, en sus lineamientos principales, y con el mínimo
indispensable de aclaraciones, el núcleo que constituye la Introducción del
57-58, ¿Cuál es el sentido latente y profundo de este esbozo nada menos que del
método conjunto de El capital y del materialismo histórico? La
extraordinaria importancia de los problemas que éste (y con él la Critica a
la que nos introduce) plantea no escapó a la Gran enciclopedia
soviética, que en la engelsiana palabra Dialéctica dice
que “el método lógico de Marx en su crítica
de la economía política no es otro que el método histórico,
despojado solamente de su forma histórica [pero
léase: cronológica] y de toda accidentalidad perturbadora [léase:
irracionalidad]”. Una explicación completamente inadecuada porque deja en la
obscuridad del sentido y alcancé de “la accidentalidad perturbadora”, es
decir, de lo cronológico-irracional por eliminar en y por un sano método
materialista: ¿debe acaso eliminarse todo elemento cronológico? Evidentemente
no, si se quieren evitar los peligros del método hegeliano, que es un verdadero
despojo (intencional) de “accidentalidad”, perturbadora o no, a pesar de su
pretensión de ser un método de la dialéctica histórica (el defecto de Hegel está
en haber concebido a esta última en los términos de un sistema de conceptos
puros y de sus “opuestos”, en cambio, su mérito, que nunca debe olvidarse, está
en haber planteado el problema de la relación orgánica entre razón, o
conciencia de la contradicción, y curso histórico): Por lo tanto, ¿qué
elementos (o precedentes) cronológicos deben eliminarse y cómo? En
otros términos, ¿cómo conciliar la historicidad sustancial del
método con su no-cronologicidad o idealidad, es decir,
permaneciendo un método lógico? (Cuestiones que suenan
extrañas, es inevitable, a la mentalidad marxista todavía ochocentesca,
hegelianizante cuando no evolucionista, o quizá la una y la otra a la vez: pero
nos parece que de esta manera se ha perdido gran parte de la originalidad
revolucionaria del método materialista-histórico y de la relativa concepción
del mundo).
Un esquema de respuesta
Ahora, en los límites de esta oportunidad, un
intento de respuesta a las cuestiones señaladas anteriormente puede ser
esquematizado como sigue:
a) que, asumido para evitar el inconveniente hegeliano de la hipóstasis, el
método del círculo concreto-abstracto-concreto (de inducción-deducción), el
pensamiento abstrayente-reproductor (de lo real), que se expresa en dicho
círculo, se dirige —como todo pensamiento que se precie de serlo— a la
investigación de las razones o causas: de lo concreto de que, en este caso
parte: y siendo este punto-de-partida —o presente— el resultado de
un proceso histórico, la investigación de razones o causas se puntualiza como
una investigación de antecedentes históricos o sea de lo que existe —en este
resultado que es lo concreto o punto de partida presente— de “genérico o común
con otras épocas”, lo cual debe ser preliminarmente “separado” o distinguido
—como precedente— del presente problemático por su
especificidad o peculiaridad (debida a lo económico o material o discreto que
está en la infraestructura);
b) que, no obstante, dado que no todo elemento cronológico precedente puede
ser antecedente-causa o antecedente histórico del presente o específico, sino
sólo puede serlo aquel precedente que no sea accidental para el presente y sus
problemas y sea por lo tanto antecedente lógico del
consecuente-presente (que debe en efecto, veremos, transformarse,
prácticamente, no en crónica sino en historia futura), se deduce que el método
de este pensamiento del presente problemático, que está en la investigación de
antecedentes-causas o razones de éste para resolver la problemática, será un
método lógico adecuado a su fin sólo siendo, sí, un
método histórico despojado de elementos cronológicos
precedentes, no indiscriminadamente sino sólo de aquellos
elementos cronológicos que son en realidad accidentales o
sea in-esenciales e irracionales con
relación al presente y que, en fin, no concurren a explicarlo ni
por lo tanto son homogéneos a la solución de sus problemas
peculiares;
c) que, en consecuencia, este método de pensamiento sobre el presente
problemático es un método de eliminación de los precedentes- irracionales y,
por lo tanto, de elección (u “orden inverso”, diverso) de los
precedentes que son válidos como antecedentes lógicos e históricos del
consecuente-presente, que en cuanto tal los utiliza, es decir, los desarrolla y
cambia su valor al convertirlos en notas de aquellos conceptos o criterios que
son usados para resolver sus problemas peculiares, nuevos;
d) que cuanto precede conlleva: 1. que los criterios usados por semejante
método de pensamiento sobre el presente son abstracciones “determinadas” en
cuanto válidas, lo sabemos, en el ámbito de las “relaciones históricas”
constituidas por lo específico y sus causas (¡no son lo “imaginario” de la sola
Razón!): por lo tanto, son conceptos históricos-ideales (el “trabajo”, etc.),
mas ya científicos en cuanto exentos de la indeterminación o generalidad de los
conceptos metafísicos; 2. que su cientificidad se precisa en su capacidad de
servir (por su origen y, diremos, vocación histórica) como criterios experimentales y
precisamente como criterios modelos de la acción y del
acontecimiento, siempre determinados por definición: de servir, en fin, como
los criterios operativos presentados por Marx en
las Tesis sobre Feuerbach: porque, si es verdad que “es en la
praxis donde el hombre debe probar la verdad” de sus concepciones (segunda
tesis), y si es verdad que lo importante no es, como lo han hecho hasta ahora
los filósofos, “interpretar” el mundo, sino “transformarlo” (undécima tesis),
entonces los criterios o conceptos o abstracciones correspondientes a tal
finalidad, no pueden ser las abstracciones indeterminadas o genéricas o apriori
o (presuntas) metahistóricas, sino sólo las abstracciones adecuadas a la
historicidad o determinación propias de la praxis (la única
que puede transformar el mundo): es decir, las abstracciones practicas u
operativas en cuanto determinadas; 3. que la cientificidad de
tal abstracción se manifiesta toda en su carácter de hipótesis: es decir, en
que su normatividad (de criterios idest de criterios de valor)
no es categórica o relativa en cuanto expresa instancias histórico-racionales:
por lo tanto, en que su validez o verdad es verificable por su
resultado histórico (cfr. Lenin, en Materialismo y
empirocriticismo, II, 6, p. 145: “Pero como el criterio de
la práctica —es decir, el curso del desarrollo de
todos los países capitalistas en los últimos decenios— no hace
sino demostrar la verdad objetiva de toda la
teoría económico-social de Marx en general, y no de ésta o la
otra parte, fórmula, etc., está claro que hablar aquí de ‘dogmatismo’ de los
marxistas es hacer una concesión imperdonable a la economía burguesa”: es
decir, a una economía efectivamente dogmática en cuanto especulativa o
contemplativa) : esto y no otra cosa es el galileismo moral del
marxismo, implicado ya (no olvidarlo) en las Tesis sobre
Feuerbach y aplicado después en El capital, en la
crítica de la economía política; (4)
e) que, no obstante, es obvio que las susodichas abstracciones científicas
no tienen nada de repetible (a diferencia de los conceptos o
leyes o tipos de las ciencias naturales): es obvio, ya que se trata de
abstracciones históricas en su contenido y en su finalidad y
por todos es sabido que lo que es histórico jamás se repite o jamás se
representa idénticamente (alarma muy superflua del compañero Badaloni, a
quien ruego me indique en cuáles de mis escritos se encuentra,
intencionadamente, el término “repetible”): sin embargo, también es necesario
explicar (cosa que tampoco, esta vez, hacen mis vivaces contradictores) lo que
de permanente y de normativo tienen (en el ámbito, ciertamente, de las
determinadas “relaciones históricas” las llamadas abstracciones, y que las
convierte después en criterios modelos o tipos, etc.: lo que se explica con
la continuidad del pasado histórico en función del
presente histórico y de sus problemas, como se vio antes (es previsible que al
menos la sombra de la muy cómoda teoría de una especie de heraclitismo de la
historia, debida a Rickert-Croce y Bergson, etc.,
influyó en las intenciones polémicas de mis críticos, especialmente si son
compañeros);
f) que,
manteniendo cuanto precede, debería también aclararse el sentido de la contemporaneidad materialista
o practica de la historia (sentido ya implícito en b):
como un producir la historia futura mediante la realización de las instancias
de un presente que asume y desarrolla en sí la historia pasada, a cuya
finalidad está bien precisar cuanto sigue: 1. que la estructura de dicha
contemporaneidad histórica está constituida por los llamados criterios-modelos
en cuanto son abstracciones o conceptos o bien géneros históricos o
determinados, operativos e hipotéticos y no repetibles; 2. que esto está
comprobado por una confrontación, aunque rápida, con las concepciones en curso
sobre la contemporaneidad histórica, como la hegeliana-crociana y la supuesta
materialista de Lukács–Sweezy: en cuanto a la primera, debe
notarse que, fundada sobre el concepto metafísico del “eterno presente” de la
autoconciencia de la Idea —o Espíritu—, cierra, con sus
hipóstasis, la historia: Hegel, ayer con la hipóstasis de la
Libertad autoconsciente en el mundo germánico o sistema del Idealismo
absoluto; Croce, todavía hoy, con la hipóstasis de la Idea
liberal (“La idea liberal quiere la libertad para
todos”, pp. 30-1 de La idea liberale, 1944): Croce se
contradice completamente cuando opone a Hegel la conocida
conclusión de la Filosofía de la historia (“Hasta aquí está
unida la conciencia en el propio desarrollo”) diciendo, al final de la Teoria
e storia della storiografia, que Hegel “no tenía
el derecho de decirlo porque su desarrollo, que iba de la inconciencia
de la libertad a la plena conciencia de ésta en el mundo germánico [… ] no
admitía continuación” ( ¡como si la llamada hipostatización o
absolutización crociana de la libertad política o democracia
parlamentaria no vetase también —dada la congénita indiferencia de
esta última a las instancias sustanciales de una democracia social—
toda continuación del desarrollo histórico!): donde los llamados criterios
determinados y operativos, en los que se articula la contemporaneidad
materialista o práctica de la historia, provocan, por
definición, la continuación del desarrollo histórico, la transformación del
mundo, como por ejemplo los criterios de “trabajo”, de “capital”, de “lucha de
clases”, de “dictadura del proletariado”, de “democracia social”, de “legalidad
socialista”, etc. (v. parágrafo g) 3; por lo que respecta a la segunda concepción,
la del “presente como historia” de Lukács y Sweezy, baste
observar que ésta, olvidando el problema de las raíces del presente, peligra de
perderse en un presente abstracto, irreal e impotente;
g) que, finalmente, el problema que pretende resolver cuanto precede —el
problema de la contradicción objetiva y de la dialéctica que la “reproduce” y
domina— puede afrontarse en estos términos: 1. afirmando el concepto de que lo
concreto, por ejemplo una sociedad determinada, se presenta al pensamiento, que
parte de éste, como un proceso de síntesis, como un resultado, en cuanto es un
conjunto de muchas determinaciones, algunas comunes a otras épocas, otras
específicas del presente, y que es por lo tanto “unidad múltiple”:
a cuyo propósito debe advertirse que el concepto se definió —en cuanto lugar de
contradicciones objetivas— no ya como unidad de opuestos, o sea de una genérica diversidad
momentánea, como lo es la Idea hegeliana, unidad originaria indiferenciada, que
parte de ella, como Naturaleza, para regresar a ella misma como Espíritu, si no
(ya que lo concreto o real no es “racional” en este sentido) como la unidad de
una multiplicidad o diverso efectivo (lo discreto que es la materia); 2.
Precisando que —si por consiguiente las contradicciones objetivas son
contradicciones diversas, materiales, determinadas,
históricas, y por lo tanto la contradicción objetiva es permanente y no
transitoria y aparente como la hegeliana, que no es, repitámoslo, sino
“momento” de una unidad (la idea) místicamente preconstruida, que así como lo
crea así lo absorbe —la única dialéctica capaz de reproducir, la contradicción
objetiva en el pensamiento no puede ser otra que una dialéctica de
abstracciones determinadas, o científicas (ya Marx habla
sobre la necesidad de una “dialéctica científica” en la Miseria de la
filosofía), en cuanto sólo este tipo de abstracciones es idóneo para
descubrir y dominar las contradicciones materiales y determinadas, y
permanentes, de lo concreto y real (Lenin contradice el
leninismo cuando se le ocurre, en los Cuadernos filosóficos, hegelianizar
al punto de aceptar como “esencia” de la “dialéctica” el “desdoblamiento de lo
uno [¡presupuesto por consiguiente!] y la conciencia de sus partes contradictorias”);
3. concluyendo que la dialéctica científica es el alma de la contemporaneidad
práctica de la historia, cuya estructura está constituida, lo sabemos, por los
criterios-modelos operativos y no-repetibles —o abstracciones determinadas— que
producen una unificación o precisamente, siempre es determinada o histórica, y
por lo tanto producen una unidad progresiva: que es ésta la
dialéctica como ritmo —no imaginario o místico— de negación y
conservación conjunta (la continuidad-revolución histórica): es por
ejemplo el capitalista “trabajo en general” escogido (entre
todos los precedentes tipos de trabajo) y convertido —dentro
de la síntesis histórico-ideal que es el criterio-modelo marxista del trabajo—
en “trabajo social” y “medida del valor”, etc.: y que la dialéctica,
finalmente, es en la y de la abstracción
determinada, que de esta forma descubre, o “reproduce”, y domina
progresivamente las contradicciones objetivas (puede ser interesante, desde el
punto de vista lógico, comprobar —en esta abstracción
determinada íntimamente dialéctica— la presencia de una identidad, o
determinación, tauto-heterológica o sea racional: y comprobar por ende la
confirmación del círculo metodológico de la materia o discreto, es decir de la
instancia radical de la identidad o determinación, y de la razón o continuum, o
de otro modo de la instancia radical de la auto-heterología o sea
pronunciamiento contemporáneo-instantáneo de lo mismo y de lo otro, en fin, de
las oposiciones más generales en su unidad; lo que no debería sino significar
el círculo metodológico marxista de lo concreto-abstracto-concreto —o bien,
conforme una intención engelsiana, de inducción-deducción— explicitado en su
totalidad: cfr. Lógica, cit., II-IV).
Democracia y socialismo
Para concluir verdaderamente el escrito, pasemos
(por un momento) a la aplicación actual del antes citado
principio de la abstracción determinada. Consideremos el problema político
moderno por excelencia: el problema de las posibles relaciones entre democracia
y socialismo en Italia, en Europa, en los países del capitalismo avanzado. ¿Qué
luces puede darnos a este propósito nuestra doctrina clásica? Limitándose
a Lenin, él nos da un concepto de democracia que se identifica
exactamente con el de “dictadura del proletariado”: El Estado y la
revolución, V., 4: (5) “…al llegar a un cierto grado
de desarrollo de la democracia, ésta, en primer lugar,
cohesiona al proletariado, la clase revolucionaria frente al capitalismo, y le
da la posibilidad de […] hacer desaparecer de la faz de la tierra la máquina
del Estado burgués, incluso la del Estado burgués republicano, el ejército permanente,
la policía y la burocracia, y de sustituirlo por una máquina más
democrática […] bajo la forma de las masas obreras
armadas, como el paso hacia la participación de todo el pueblo
en las milicias. Aquí la cantidad se transforma en calidad [nada más
que una de las acostumbradas “coqueterías” dialéctico-hegelianas, como lo
habría dicho Marx, para confrontar de alguna forma con la
todavía más inocua que se encuentra en el pasaje marxista… sobre el valor de
uso y el valor de cambio, citado con grata compunción… contra Hegel por
el compañero Gruppi; mas el hecho es que el mérito de los
resultados en cuestión está, pues, en el rigor del uso de la “dialéctica
científica”]; llegando a este momento, la democracia rebasa
ya el marco de la sociedad burguesa, que comienza a transformarse en una
sociedad socialista”.
Es evidente que una concepción semejante de la
democracia (no obstante sus méritos históricos y teoréticos bajo otros
aspectos) no puede ser criterio teórico-práctico para quien hoy luche por la
democracia y el socialismo en los países capitalistas fuertes —como no lo fue
ayer para nuestros dirigentes políticos, quienes, con notables méritos,
supieron, por otra parte, salir con honor, de un impasse como
el constituido por la susodicha concepción revolucionaria, pero nada funcional
de la democracia, por un lado, y del reformismo social-democrático alienado del
Estado-de-derecho, por el otro (añádase que la llamada concepción de la
democracia ha sido superada hoy, en la URSS, por la legalidad
socialista. Sobre esto ver el cit. Rousseau y Marx). Es
verdad que la democracia no sale del marco de la sociedad burguesa solo
con la dictadura del proletariado, sino que sale de los límites
históricamente rigurosos del marco institucional burgués cuando se establece
una sociedad en la que el criterio de los derechos del trabajo contrasta
dinámicamente —tramita reformas de estructura—, como criterio del orden social,
con el criterio de los derechos de la propiedad, y es
así restaurado el principio de los méritos personales, y
por lo tanto, también el valor creativo de la persona humana en
general, sobre el que se edificó, sí, la misma sociedad burguesa,
pero reduciéndola históricamente a privilegio de una clase: a
los méritos-derechos de los poseedores. Una democracia social
post-burguesa, por consiguiente, que no es ya una democracia
puramente política, burguesa histórica, y que está ciertamente
muy lejos de la democracia propia de un Estado de legalidad socialista, cuyo
presupuesto es la destrucción de las relaciones burguesas (de producción), pero
que tiene en sí, ni más ni menos, la virtualidad de una democracia socialista,
porque lucha (con los medios permitidos por una difícil situación de tránsito)
por el principio (igualitario) de la catolicidad o
universalidad de los méritos personales que, bajo la
forma de una igualdad universal antiniveladora, es
decir, mediadora de personas, triunfara, ni más ni menos,
solamente en la sociedad comunista (ver el cit. Rousseau y Marx).
La formulación funcional del
criterio de tal democracia social presupone la elección y
la conversión del antecedente histórico democrático-burgués
del igualitarismo russoniano de los méritos personales (6) —y
no del exhausto precedente burgués-kantiano antiigualitario— por parte
de y según la exigencia problemática clasista-proletaria actual
(y dentro de tal proceso teórico-práctico bien definido podrá articularse el
criterio gramsciniano de la “hegemonía”).
Precisamente, a propósito de la presente
constitución italiana (a la que antes me referí indirectamente en “Mondo
nuovo” del 22 de abril del presente año), nuestro serio compromiso de
luchar por su aplicación hasta el final implica también (si no particularmente)
una clara conciencia no sólo de lo que significa el Estado-de-derecho en el
que se inscribe esta constitución (es decir: la negación de
toda discriminación política y confesional entre los ciudadanos: lo que,
ciertamente, también nos interesa en general: aunque es necesario evitar
confusiones y equívocos); sino también lo que significa tal
inscripción —de desarrollos de motivos democráticos
igualitarios o sociales (que es de particular y
directo interés para nosotros) en el cuerpo de la democracia
política. Porque es obvio que si por defender el Estado-de-derecho —no con la
ley-engaño anti-sufragio universal del ’53, et sinmilia, sino
incluso con la supresión de las diferencias ideológicas entre Rousseau y Kant (reduciendo
el primero al segundo, que es el teórico máximo del Estado-de derecho)— nos
respetan nuestros enemigos, por defender el aspecto de democracia social, que
por mérito principal de nuestro partido se incluyó en la actual constitución,
debemos nosotros mismos respetarnos y lograremos mucho más si tenemos claras
las razones especificas, histórico-ideales, por
las que debe distinguirse una democracia que tienda hoy al socialismo, de la
democracia parlamentaria o política. Todavía es necesario pensar mediante
abstracciones determinadas, específicas. Se regresa a la Introducción del
57-58, a las densas sugerencias de su problemática.
NOTAS
1. Sigo para las fechas, y el título de la obra a
la que pertenece la Introducción (1857-1858 en vez de 1859,
y Elementos [Grundrisse] de la crítica; etc., en vez
de Para la crítica, etc.) el texto crítico del
Instituto Marx-Engels-Lenin de Moscú (1939), reimpreso en 1953 en Berlín,
en la Dietz Verlag. (Véase el Prefacio de los editores rusos). Se entiende
que también la fecha de la Introducción cambia: 1857-1858 en vez de 1857.
2. Galvano Della Volpe, Lógica come sienza
positiva, Messina, D’anna, 1956. Id. Rousseau y Marx, Ed.
Martínez Roca, S. A., Barcelona, 1972.
3. “Es importante advertir —observa Sweezy— que la
reducción de todo trabajo a un común denominador, de modo que las unidades
de trabajo puedan ser comparadas entre sí y sustituidas una por otra,
sumadas o restadas, y finalmente agrupadas para formar un conjunto social,
no es una abstracción arbitraria […] sino más bien, como lo observa
correctamente Lukács, es una abstracción que pertenece a la esencia del
capitalismo”. (The theory of capitalist development, 1949, p. 31.
En español: Teoría del desarrollo capitalista, FCE, México, 1972,
p. 41.) Véase también más adelante el parágrafo 2 letra g 3.
4. Pero no basta. Y para persuadir —sobre este
punto en el que se concentra significativamente el descontento de mis
críticos hegelianizantes— que el galileismo moral de Marx es algo muy
diverso a un ingenioso traslado, debo remitir al lector a lo siguiente: a)
al nuevo encuadramiento del marxismo en la historia general del
pensamiento, de lo que se deduce (me siento obligado a autocitarme): “Hoy,
una lógica no dogmática, debe partir de la critica materialista marxista a
las ‘mixtificaciones* de la dialéctica apriorista moderna (hegeliana): o, mejor
dicho, de la generalización de tal crítica, una vez aseguradas sus consonancias
sustanciales con las precedentes críticas capitales: I) la de Aristóteles,
dirigida a la “clasificación” platónica puramente dialéctica, o sea
‘tautoheterológica’ de los géñeros ‘inferiores’ o empíricos, y 2) la de
Galileo, contra la ‘física* escolástica de su tiempo. De ahí que la
crítica marxista al moderno apriorismo dialéctico sería la recapitulación de
todo aquel movimiento del pensamiento antidogmático que recorre con
intervalos la historia de la lógica filosófica. Esto es verdad”, etc. (Rousseau
y Marx, p. 169.) Véase la demostración en las páginas siguientes
(de Rousseau y Marx) y en Lógica, en especial el
Apéndice I, pp. 223 y ss. (¡Todo lo contrario a un “empobrecimiento” del
marxismo!); b) a los corolarios que se deducen: “…todo saber digno de ser
tal es ciencia y, por lo tanto, no mero saber o contemplación…de ahí que,
de la ley física a la economía, y a la moral, por cierto que varían las
técnicas que las constituyen, tanto como varían la experiencia y
la realidad; las matemáticas, por ejemplo, entran como elemento
constitutivo esencial en la elaboración formal de las leyes físicas en
general, pero no pueden ser empleadas sino como instrumento auxiliar en la
elaboración de las leyes económicas, sociales, etc. Lo que no varia es el
método, la lógica, simbolizado por el círculo anotado con anterioridad [de
lo concreto-abstracto-concreto]… y decimos justamente galileísmo [moral] para
diferenciar al materialismo histórico y su método, no sólo del idealismo y
su hipótesis, sino también y no menos del positwimo y su idolatría por los
‘hechos”, con inclusión de la repugnancia baconiana por las hipótesis o
ideas.” (Rousseau y Marx, pp. 157-158; véase Lógica IV.
Estas son las premisas del método de la filosofia como historia-ciencia
(véase más arriba sobre la investigación de los antecedentes-causas del
presente, etc.): que esto es solamente “puro método” —y que no implique y
conlleve toda una teoría de los valores y, por lo tanto, una concepción
bien definida del mundo— lo puede sostener un crítico muy distraído y
apresurado. En cuanto a los descontentoss digamos marginales, de mis
contradictores, remito, en lo que respecta al positivismo lógico, al Apéndice
III de la Lógica, y a Rousseau y Marx 3
pp. 113-118. Sobre los idealistas Bruno y Vico, remito a la Lógica,
p. 143n. y a la Critica del gusto, I. Sobre lo que pienso de
la fenomenología —además de la precisión anteriormente señalada, opuesta a
mi crítico “indirecto”, el amigo fenomenólogo-marxista Paci — remito a la
intervención de Gerratana, sobre el conocido artículo de G. Pretí en Paese
sera, de hace algunos meses, y a un artículo de Tucaret en Mondo del 4 de
septiembre: II truco coi morti.
5. Lenin, El estado y la revolución, Progreso,
Moscú, p. 94 (N.T.)
6. Por ejemplo, ya en la Epitre a Bordes del
joven Rousseau (1870) se lee “J’honore le mérite aux rangs les plus
abjects”; y cfr. el acento burgués, al contrario, de esta máxima de la
Bruyere: “Une grande fortune annonce le mérite”. Ver para la problemática
sobre el igualitarismo roussouniano y sobre la confrontación
Rousseau-Kant, y sobre la relación Rousseau-Marx-Engels-Lenin. el cit. Rousseau
y Marx.

