© Libro N° 7626. Bienes Comunes Y Contemporaneidad. Releyendo a
Polanyi. Subirats, Joan. Emancipación. Agosto 15 de 2020.
Título original: © Bienes
Comunes Y Contemporaneidad. Releyendo a Polanyi. Joan Subirats
Versión Original: © Bienes
Comunes Y Contemporaneidad. Releyendo a Polanyi. Joan Subirats
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BIENES COMUNES Y
CONTEMPORANEIDAD
Releyendo a Polanyi
Joan Subirats
Bienes Comunes Y
Contemporaneidad
Releyendo a Polanyi
Joan Subirats
Joan Subirats
Universidad Autónoma de Barcelona.
Bienes comunes y contemporaneidad
Releyendo a Polanyi
Fuente:
Ecología Política
(Agosto de 2013)
Biblioteca Virtual
OMEGALFA
2014
Ω
En este texto, queremos explorar hasta qué punto el
debate contempo-ráneo sobre bienes comunes, que se viene desplegando
esencialmente en las esferas económica, medioambiental y digital, puede verse
refor-zada por la relectura contemporánea de los trabajos de Karl Polanyi, y al
mismo tiempo, contribuir al debate que sobre la organización eco-nómica, social
y política se está desarrollando en todo el mundo en momentos especialmente
agitados, de cambio de era o de interregno entre épocas. Un debate que ha permitido
“redescubrir” el tema de los comunes en el Norte, pero que tiene una larga y
sólida tradición en el Sur.
No parece que podamos simplemente denominar como
“crisis” el conjunto de cambios y transformaciones por el que están
atravesando, en mayor o menor medida, las sociedades contemporáneas. Parece más
correcto describir la situación como la de transición o de “inter-regno” entre
dos épocas. Las alteraciones son muy significativas en el escenario económico y
laboral, pero también en las esferas más vitales y cotidianas. Existen
discontinuidades sustantivas. La creciente globa-lización mercantil,
informativa y social, traslada problemas e impactos a una escala desconocida.
Somos más interdependientes en los pro-blemas, y tenemos menos vías abiertas y
fiables para la búsqueda de soluciones colectivas en cada país [1].
¿Internet y bienes comunes?
El gran sustrato que lo altera todo y que, al mismo
tiempo, parece hacerlo todo posible es Internet y la sacudida tecnológica que
conlle-va. Hasta ahora, en muchos casos, se ha operado como si esa
trans-formación tecnológica permitiera simplemente hacer mejor lo que ya
hacíamos pero con nuevos instrumentos. Pero, todo indica que la transformación
es mucho más profunda. Lo que viene aconteciendo en los últimos meses
(decisiones de gran calado económico y social tomadas fuera de los marcos
normativos establecidos; incapacidad de los poderes públicos para afrontar
alteraciones profundas de su cuadro macroeconómico; graves recortes en las
políticas sociales que convier-ten en papel mojado derechos considerados
intocables,…), confirma que los efectos del cambio tecnológico y su
aprovechamiento por par-te de quienes quieren maximizar sus beneficios, van a
ir mucho más allá de sus ya importantes impactos en la producción, en la
movilidad y el transporte, o en la potenciación de la deslocalización. La
financia-rización espectacular del sistema económico, a caballo de la
conecti-vidad global, es determinante para explicar la situación económica
actual. Pero todo ello, siendo importante, no acaba de explicarnos la
profundidad de los cambios en curso.
La transformación tecnológica se ha ido
extendiendo. No hay espacio hoy día en el que Internet no tenga un papel
significativo y esté trans-formando las condiciones en que antes se operaba
(Benkler, 2006). Y ello opera y afecta sobre todo a las instancias de
intermediación que no aportan un valor claro, más allá de su posición de
delegación o intermediación, desde (por poner ejemplos) las agencias de viaje a
las bibliotecas, de la industria de la cultura o las universidades a los
pe-riódicos, desde los partidos políticos a los parlamentos.
Tenemos precedentes bien significativos de lo que
implicaron cambios tecnológicos, productivos y sociales como los que ahora
vemos ini-ciarse y afianzarse. Como bien explica Polanyi, la aparición del
“mo-lino satánico”, contribuyó decisivamente al impulso de la mercantili-zación
del trabajo y de la tierra, obligando además a cambios en la organización
productiva generados por la intensificación comercial (Polanyi, 2003, p. 85).
El impacto de la implantación de las máquinas, el
impacto del cambio tecnológico, resultó clave en el establecimiento del mercado
autorre-gulado. Y ello es aún más evidente si se considera el coste de la
ma-quinaria más sofisticada y de las plantas de producción, propias de la
segunda revolución industrial o fordista, que exigía producir una gran cantidad
de bienes, y, consecuentemente, un flujo continuo de mate-rias primas. Todos
los factores involucrados en la producción “deben estar disponibles para cualquiera
que esté dispuesto a pagar por ellos”. El volumen de riesgo acaba siendo tan
significativo que será “la co-munidad en su conjunto que pasará a depender de
la producción continua de ingresos, empleos y provisiones” (Polanyi, 2003, p.
89). Se pasa así de la motivación en la acción de cada quién en razón a la
sub-sistencia, a la motivación por la ganancia, lo que la convierte en
ilimi-tada. En algo “no natural para el hombre” (Aristóteles), al divorciar la
motivación económica de las relaciones sociales en la que se daba la
producción. La conclusión a la que llega Polanyi es clara: “la sociedad humana
se había convertido en un accesorio del sistema económico” (p. 125).
Estamos instalados en pleno proceso de transición o
de interregno entre la segunda y la tercera revolución industrial (The
Economist, 21-04-2012). La revolución digital e Internet están poniendo las
bases de otro modelo de producción, distribución y consumo. Las nuevas
capacidades tecnológicas pueden permitir una menor dependencia de las
estructuras de intermediación fabril. El fordismo, construido sobre la
estructura de la industria doméstica y parroquial que nos describe Polanyi,
puso en pie un gigantesco y costoso (en términos de inversión y de costes
sociales) mecanismo de intermediación productiva, capaz de proveer de bienes de
consumo a grandes masas de población a las que anteriormente les estaba vedado
su acceso. Esa “democratización” del consumo, tenía como objetivo el vincular
“habitación” y “mejora-miento” (en términos de Polanyi), pero acabó comportando
una gran capacidad de intervención por parte de una fuerza de trabajo
concen-trada y organizada, y a la postre, dificultades para mantener la tasa de
ganancia del capital.
En estos momentos, mientras por una parte el
capitalismo ha buscado en Internet el cómo seguir manteniendo altas tasas de
ganancia, des-plazando buena parte de su centro de gravedad de la producción a
la especulación financiera y monetaria (reforzando su capacidad de
eva-sión/elusión fiscal), empiezan también a ser posibles otras alternativas
aprovechando esa misma revolución tecnológica. En efecto, existen ya
posibilidades de construir un sistema distribuido de producción. En la
emergente realidad productiva, el tema de la escala no presenta los mismos
problemas con los que trató de enfrentarse el sistema fordista. Los “fab-labs”,
las impresoras 3-D, experiencias como las de “Open Source Ecology” o las placas
de base de matriz “Arduino”, permiten imaginar sistemas de producción de bienes
vinculados a un territorio concreto, que produzca para ese espacio, sin
necesidad de stocks o de comercio a gran escala. La descentralización en
pequeñas unidades productivas, más flexibles y adaptables, puede generar sistemas
loca-les que aprovechen la fuerza que genera el intercambio de conoci-miento a
gran escala vía Internet, pero centrados más en las necesida-des específicas y
próximas de la comunidad implicada que en proce-sos de comercio a gran escala.
Lo cierto es que el gran desarrollo de los espacios comunes de información y de
conocimiento, ha abierto la posibilidad de desmercantilizar muchas actividades
y de generar nue-vos procesos de creación (Aigrain, 2005; Lessig, 2008).
La relación entre esfera digital y bienes comunes
surge esencialmente del cambio que implica Internet en las reglas de propiedad
y en los mecanismos de apropiación y distribución. Muchos de los recursos que
provee Internet no generan rivalidad en el uso de los mismos. No es necesario
“poseer” la enciclopedia Wikipedia, como sí lo era el disponer de los 16
volúmenes de la Enciclopedia Británica, o comprar el acceso a la enciclopedia
digital Encarta de Microsoft. Tampoco hay nadie “propietario” de Wikipedia, ni
tan solo existe una plantilla pro-fesional encargada de la redacción de los
conceptos. A pesar de ello, Wikipedia consiguió hace cinco años que la revista
“Nature” conside-rara que el nivel de errores entre la Enciclopedia Británica y
Wikipe-dia (versión inglesa) era perfectamente comparable. Mientras, la
enci-clopedia de Microsoft, Encarta, dejó de funcionar hace años. Wikipe-dia
es, en este sentido, un ejemplo de “commons”.
Toda la filosofía del P2P parte de la idea de que
compartir no implica poseer, ya que lo significativo es el acceso y el uso. Un
uso y acceso libre (no forzosamente gratuito) que garantiza la mejora constante
del tema o del producto, si se mantiene en código abierto, y por tanto en
proceso y oportunidad de mejora constante. Desde este punto de vista la lógica
P2P resulta contradictoria con la ficción individualista típica de la tradición
liberal (el mito de Robinson Crusoe) en la que el indi-viduo acaba destruyendo
la experiencia comunitaria por sus deseos utilitaristas y maximizadores. De esa
lógica han ido surgiendo y ex-pandiéndose experiencias como “Creative Commons”
(creativecom-mons.org), el Free/Libre and Open Source Software (FLOSS) que
potencia los programas e iniciativas en código abierto como Linux, las
movilizaciones de la gente de Free Culture contra el copyright y las entidades
como SGAE en España que tratan de mantener viejos privilegios en los productos
culturales, o las experiencias de “crowdfun-ding”. En principio, las
experiencias de “crowdfunding” surgieron como traslación al campo financiero de
la lógica colaborativa y abierta antes mencionada. Era una forma fácil y ágil
de usar las facilidades de conexión que ofrece Internet para así financiar
colectivamente proyec-tos o iniciativas artísticas o culturales. La expansión
atrajo la atención del sector financiero convencional que pidió una regulación
sobre el tema en la Unión Europea. En los Estados Unidos, con experiencias tan
potentes como Kickstarter, esa regulación ya se ha producido. Algunas
iniciativas en ese campo (goteo.org) han ido “politizando” su acción,
comprometiéndose solo con proyectos que impliquen código abierto, retorno y
posibilidad de colaboración no monetaria.
¿Bienes comunes y ecología?
Uno de los campos en los que el debate
contemporáneo sobre “com-mons” o bienes comunes ha sido más potente es el de la
tierra, vincu-lándolo a la resiliencia o capacidad de mantenimiento de la
compleji-dad y riqueza ambiental. Las reflexiones de Polanyi en esta esfera son
bien explícitas. “(L)a tierra y la mano de obra no están separadas; el trabajo
forma parte de la vida, la tierra sigue siendo parte de la natura-leza, la vida
y la naturaleza forman un todo articulado” (Polanyi, 2003, p. 238). Y añade,
“la función económica es sólo una de muchas funciones vitales de la tierra.
Inviste de estabilidad a la vida del hom-bre; es el sitio de su hogar; es una
condición de su seguridad física; es el paisaje y son las estaciones… y sin
embargo, la separación de la tierra y el hombre, y la organización de la
sociedad…formaba parte vital del concepto utópico de economía de mercado”
(ibid., p. 238).
Todo el proceso de empobrecimiento masivo que
generaron los cer-camientos de las tierras comunales y el desplazamiento de los
campe-sinos a las ciudades y áreas industriales, fueron justificadas por la
ineficacia “económica” (o sea, desde el punto de vista de la ganancia que
genera el mercado autorregulado). Y esa misma lógica es la que está conllevando
la destrucción de ecosistema en el que vivimos. “La mano de obra y la tierra no
son otra cosa que los seres humanos mis-mos., de los que se compone toda sociedad,
y el ambiente natural en el que existe tal sociedad. Cuando se incluyen tales
elementos en el me-canismo de mercado, se subordina la sustancia de la sociedad
misma a las leyes del mercado” (ibid., p. 122).
Las investigaciones de Ostrom sobre los ecosistemas
organizados en forma de bienes comunes, muestran de manera empírica la gran
capa-cidad de resiliencia ambiental de esas formas de gestión, y la fuerte
institucionalidad de que se han dotado. Y, en este sentido, dotan de
continuidad histórica a los trabajo de Polanyi, y los ilustra de manera muy
completa, demostrando que han existido y siguen existiendo for-mas de
producción, ligadas a la subsistencia, que incorporan recipro-cidad y
redistribución, y que no por ello acaban en la “tragedia” pre-vista para los
que no aceptan plegarse al mejoramiento y a la moderni-zación auspiciados por
el “mercado autorregulado”.
A pesar de todo ello, conviene recordar qué son y
qué no son los bie-nes comunes. Probablemente lo primero es distinguir “bienes
comu-nes” del bien común. No estamos hablando de una cuestión moral, sino de
sistemas concretos de gestión y de mantenimiento de recursos sociales y
ambientales. No se trata de bienes “universales”, sino de bienes de los que
puede excluir a quienes se considere que deban ser excluidos, y que por tanto
se basan en un conjunto de personas, de implicados, que son “titulares” de esos
bienes, y que, como hemos visto, establecen reglas de apropiación, límites en
el uso, sanciones y exigencias de trabajo o de recursos por parte de los que
tienen vincu-lación con los mismos. Se trata de bienes que pueden ser
privatizados, dados los avances tecnológicos y la rivalidad en su uso, lo que
puede aumentar las posibilidades de exclusión. Todo ello pone de relieve la
significación de vincular “commons” (“bienes comunes”) con el “commoning”, la
movilización social y las prácticas colectivas para su mantenimiento como
tales. Como afirma Bollier, los commons se caracterizan por darse en el marco
de una compleja infraestructura social, compuesta por instituciones culturales,
reglas y tradiciones que restringen su uso para objetivos personales y no mercantiles
por parte de los miembros de la comunidad en que se da la gestión de esos
re-cursos (Bollier, 2002).
Las experiencias que Ostrom y otros han
sistematizado y analizado, demuestran la importancia de las estructuras o
instituciones que pue-dan gestionar los bienes comunes, reforzar las
interdependencias, y disuadir a los que quieran aprovecharse de los mismos de
manera oportunista. El punto clave es la capacidad de los bienes comunes de
reforzar las interdependencias, las ventajas del compartir, de sentirse
implicado (lo cual no siempre ocurre con los bienes públicos o depen-dientes de
los poderes públicos) y reducir las tentaciones a externali-zar los costes (lo
que, en cambio, caracteriza a los bienes privados). Cuanta más articulación y
reforzamiento de las interdependencias, cuanta más conciencia de las ventajas
del compartir, menos fuertes serán las tendencias a segregar, a externalizar
costes.
El debate sobre la propiedad es asimismo central en
el panorama que estamos desplegando. Los bienes comunes, en su sentido
originario, pueden suponer una lógica de “no propiedad” (Rodotá, 2011). La
es-tructura de propiedad, tanto la estatal como la privada, acostumbra a partir
de una visión individualista. En ese sentido, la propiedad es un atributo del
propietario (individual o institucional), que concentra su poder en las
personas u órganos pertinentes. La estructura en ambos casos es similar: la
capacidad de decidir de alguien (una persona, una empresa, una institución
gubernamental), sobre un bien o un objeto.
Existe por tanto una separación entre ambas
esferas, la del propietario y la del objeto. La persona busca su satisfacción
(o su retribución) en el objeto, partiendo pues de la hipótesis que no forma
parte del mismo, lo que permite su mercantilización. Es esa lógica la que nos
ha condu-cido a una visión utilitaria y alienada de la naturaleza, de la que no
formaríamos parte. Permitiéndonos ello servirnos de la misma para nuestras
“necesidades”.
La tradición comunitaria, la tradición de los
“bienes comunes”, no comparte esa visión segmentada, como bien se pone de
manifiesto en la perspectiva adoptada en las nuevas Constituciones de Bolivia o
de Ecuador, incorporando las perspectivas y cosmovisiones de las comu-nidades
originarias. En esa línea, podríamos imaginar no sólo el man-tenimiento de esas
tradiciones, absolutamente necesarias y actuales en la contemporaneidad, sino
también el “vaciamiento” de las estructuras de propiedad privada o estatal, incorporando
formas de gestionar y administrar el recurso o el bien de que se trate, desde
la lógica de los “bienes comunes” a la que antes hacíamos referencia al
referirnos a los principios desarrollados por Ostrom.
¿Economía social?
Como sabemos, cuando hablamos de economía social y
solidaria, nos referimos a una manera distinta a la del mercado competitivo y
la del mercado redistribuido o administrado por una autoridad central. Un
modelo económico y de empresa que se basa en la reciprocidad entre grupos y
personas para satisfacer sus necesidades, definiendo, gene-rando y
administrando recursos para ello (Laville, mimeo; Coraggio, 2003). Lo que
distingue a ese sistema de reciprocidad es que es indi-sociable de las
relaciones entre personas, que se reconocen y que jun-tas gobiernan y gestionan
la procura de sus necesidades. El reconoci-miento genera la reciprocidad
igualitaria, lo que a su vez puede gene-rar espacios más institucionalizados y
amplios de solidaridad demo-crática. La existencia de esos espacios de economía
social y solidaria puede coexistir e hibridarse con otros espacios regidos por
las lógicas de mercado o de la economía dirigida.
Si aceptamos que la economía social es una forma de
emprender que integra valores como la primacía de las personas sobre el
capital, cuya organización tiene una vocación de gestión participativa y
democráti-ca, que trata de conjugar los intereses de sus miembros con el
interés general, que es autónoma de los poderes públicos y que dedica buena
parte de sus excedentes a los intereses de sus participantes y del con-junto de
la sociedad en que se integra, entenderemos que pretendamos relacionar su
existencia con la perspectiva más arriba esbozada propia de los bienes comunes.
Como ha afirmado Coraggio (2009, p. 148), el
programa de la econo-mía social y solidaria supone reconocer el principio de
producción humana para el autoconsumo, expandiendo (complejizándolas) las
prácticas cooperativas, comunitarias y solidarias, avanzando en la
redistribución de recursos públicos y bienes públicos, impulsando formas
democráticas de gestión, asumiendo como objetivo estratégico la reproducción
ampliada de la vida de todos y todas. Siendo ese crite-rio, el de la vida, la
base de evaluación y reinstitucionalización de las actividades económicas y
productivas, colectivizando las responsabi-lidades de garantizar las
condiciones de que ello sea posible. “A la noción éticamente codificada y
democráticamente discutida de vida vivible en condiciones de universalidad e
igualdad en la diversidad podríamos llamarla buen vivir” (Orozco, 2012, p. 16).
La pregunta a plantearse es qué estructuras
socioeconómicas nos po-demos dotar para articular la responsabilidad colectiva
en el sosteni-miento de esa vida digna de vivirse, entendiendo que ello exige
la aceptación de la interdependencia social y la aceptación de la
ecode-pendencia. ¿Pueden dejarse aspectos vitales como los cuidados o los
fundamentos materiales de la vida en manos de entidades cuyo fin es el lucro?
¿Pueden asumir esas funciones entes institucionales embebi-dos de lógica
jerárquica? ¿Podemos ir más allá de la tríada mercado-estado-hogares y vincular
en el debate a la economía social y solidaria con la autogestión, las redes
comunitarias, y la tradición renovada de los bienes comunes?
Como señala Laville (Laville, 2009, p.65), la
economía social y soli-daria, subraya la necesidad de que las experiencias
asociativas, coope-rativas y mutualistas influyan en las lógicas
institucionales, evitando convertir al ciudadano en un usuario, sometido a la
lógica jerárquica. La perspectiva horizontal, solidaria y autoregulativa que
hemos ya analizado ya antes en las propuestas o principios de Ostrom, apuntan a
miradas mucho más integradas entre tipo de bienes (vinculados a las necesidades
vitales) y formas de gestión, apropiación, configuración de los recursos. Las
instituciones propias de los bienes comunes, exis-tían, existen y se
reconfiguran en los nuevos espacios tecnológicos y digitales, y ello ofrece
nuevas perspectivas tanto para la esfera de la economía social y solidaria como
para la articulación escalar de las experiencias de procomún.
Entiendo que hay una convergencia, nada desdeñable,
entre los valo-res y principios que han inspirado e inspiran a la dinámica de
la eco-nomía social y solidaria, los que históricamente han propiciado el
surgimiento y mantenimiento de los bienes comunes de base ambien-tal y
territorial, y las nuevas dinámicas que van emergiendo y cristali-zando en
torno a los escenarios tecnológicos y digitales. Como ha señalado Escobar
(Escobar, 2010), “categorías elaboradas, tales como autoorganización,
no-linealidad, no-jerarquía” son útiles para describir los nuevos procesos,
descubriendo y poniendo en valor un principio poco explorado hasta ahora, el de
las redes.
Hemos de convenir que en la era contemporánea, la
vida económica y social se ha ido organizando desde principios muy basados en
elemen-tos como jerarquía, orden, distribución de competencias y de
especia-lización, y centralización. Y ello no sólo ha estado presente en el
desa-rrollo del capitalismo contemporáneo, sino también en las propuestas
alternativas que se fueron concretando en el socialismo de corte
esta-tocéntrico. En las nuevas dinámicas impulsadas por el cambio tecno-lógico,
la interactividad es fundamental, y ella se produce de forma autónoma, no
centralizada. De alguna manera, supone nuevas bases para la interacción social
y económica, basada en la cooperación, el pluralismo (basado tanto en la
igualdad como en la diversidad) y el aprendizaje colectivo.
En definitiva, y tal como hemos ido viendo a lo
largo de estas notas, apostamos por avanzar en vías de fertilización cruzada
entre las tradi-ciones y dinámicas propias de la economía social y solidaria, y
las oportunidades que pueden surgir de los procesos de revitalización de las
trayectorias históricas y actuales de los llamados bienes comunes.
Comentarios finales
Decía Castoriadis que “el capitalismo vive agotando
las reservas an-tropológicas constituidas durante los milenios precedentes”
(2006). En estas páginas hemos tratado de contribuir al debate de cómo
construir alternativas que no pasen por caminos ya probados. El procomún, los
commons, pueden constituir una alternativa que ponga en valor lo ya existente
en muchos campos y que nos permita explorar nuevas articu-laciones. Parece
claro que la política, en su capacidad de gestionar de manera pacífica y consensuada
la toma de decisiones que afectan a una comunidad, padece de manera directa el
gran impacto que genera el proceso de cambio de época en el que estamos
inmersos. Necesita-mos un cambio profundo en la concepción de la democracia.
Vincu-lándola a las dinámicas económicas, ambientales y sociales. Incorpo-rando
las potencialidades del nuevo escenario que genera Internet, e incorporando a
la ciudadanía de manera directa, comunitaria y autó-noma a la tarea de
organizar las nuevas coordenadas vitales Y ello nos obliga, evidentemente a
hablar, discutir y experimentar nuevas formas de producción, de subsistencia,
de vida.
El problema esencial sigue siendo el cómo producir
y distribuir lo necesario para vivir. Las aportaciones de Polanyi y el análisis
de los bienes comunes aquí esbozados, nos parecen caminos significativos a
recorrer. No parece que ni el mercado, en su configuración global y financiera,
ni el estado, en su vertiente más jerárquica y autista, sean capaces de
afrontar esa tarea con posibilidades de éxito. Lo común, aparece como una
alternativa viable desde las diferentes perspectivas (social, económica, cultural
y ecológica), para asumir los nuevos retos, desde la corresponsabilidad social
y la articulación medioambiental. La perspectiva de los bienes comunes abre la
puerta a una concepción económica que combine producción, consumo y gobernanza
en un sistema basado en las necesidades humanas. Y, al mismo tiempo, que no
distinga entre producción y reproducción de los seres humanos. En esa línea
queda mucho por discutir y debatir, pero las aportaciones de Polanyi ofrecen
una perspectiva absolutamente significativa en esa labor. Necesitamos avanzar
en otra perspectiva democrática, y la pro-puesta de democracia de lo común van
ganando terreno y está crecien-temente presente en la movilización social en
todo el mundo. No hay duda que seguiremos hablando de ello, y mejor aún, que
seguiremos experimentando acerca de ello.
Referencias:
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entre bien com-mun et proprieté, Fayard, Paris.
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Biblioteca Virtual
OMEGALFA
2014
Ω

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