Libro N° 7066. ¿Adonde Va La Ciencia? Planck, Max.
© Libro N° 7066.
¿Adonde Va La Ciencia? Planck, Max. Emancipación. Marzo 7 de 2020.
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Va La Ciencia? Max Planck
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¿ADONDE VA LA CIENCIA?
Max Planck
¿Adonde Va La Ciencia?
Max Planck
CONTENIDO
Prologo
Introducción
I: Cincuenta años de ciencia
II: ¿Es real el mundo externo?
III: La imagen del universo físico en la ciencia
IV: Causalidad y libre albedrío la respuesta de la
ciencia
V: Desde lo relativo a lo absoluto
Epílogo
Autor
Prologo
Por Albert Einstein
Algunos hombres se dedican a la ciencia, pero no
todos lo hacen por amor a la ciencia misma. Hay algunos que entran en su templo
porque se les ofrece la oportunidad de desplegar sus talentos particulares.
Para esta clase de hombres la ciencia es una especie de deporte en cuya
práctica hallan un regocijo, lo mismo que el atleta se regocija con la
ejecución de sus proezas musculares. Y hay otro tipo de hombres que penetran en
el templo para ofrendar su masa cerebral con la esperanza de asegurarse un buen
pago. Estos hombres son científicos tan sólo por una circunstancia fortuita que
se presentó cuando elegían su carrera. Si las circunstancias hubieran sido
diferentes podrían haber sido políticos o magníficos hombres de negocio. Si
descendiera un ángel del Señor y expulsara del Templo de la Ciencia a todos
aquellos que pertenecen a las categorías mencionadas, temo que el templo
apareciera casi vacío. Pocos fieles quedarían, algunos de los viejos tiempos,
algunos de nuestros días. Entre estos últimos se hallaría nuestro Planck. He
aquí por qué siento tanta estima por él.
Me doy cuenta de que esa decisión significa la
expulsión de algunas gentes dignas que han construido una gran parte, quizá la
mayor, del Templo de la Ciencia, pero al mismo tiempo hay que convenir que si
los hombres que se han dedicado a la ciencia pertenecieran tan sólo a esas dos
categorías, el edificio nunca hubiera adquirido las grandiosas proporciones que
exhibe al presente, igual que un bosque jamás podría crecer si sólo se
compusiera de enredaderas.
Pero olvidémonos de ellos. Non ragionam di lor. Y
vamos a dirigir nuestras miradas a aquellos que merecieron el favor del ángel.
En su mayor parte son gentes extrañas, taciturnas, solitarias. Pero a pesar de
su mutua semejanza están muy lejos de ser iguales a los que nuestro hipotético
ángel expulsó.
¿Qué es lo que les ha conducido a dedicar sus vidas
a la persecución de la ciencia? Difícil es responder a esta cuestión, y puede
que jamás sea posible dar una respuesta categórica.
Me inclino a aceptar con Schopenhauer que uno de
los más fuertes motivos que conduce a las gentes a entregar sus vidas al arte o
a la ciencia es la necesidad de huir de la vida cotidiana con su gris y fatal
pesadez, y así desprenderse de las cadenas de los deseos temporales que se van
suplantando en una sucesión interminable, en tanto que la mente se fija sobre
el horizonte del medio que nos rodean día tras día.
Pero a este motivo negativo debe añadirse otro
positivo. La naturaleza humana ha intentado siempre formar por sí misma una
simple y sinóptica imagen del mundo circundante: En consecuencia, ensaya la
construcción de una imagen que proporcione cierta expresión tangible de lo que
la mente humana ve en la naturaleza. Esto es lo que hacen, cada uno en su
propia esfera, el poeta, el pintor y el filósofo especulativo. Dentro de este
cuadro coloca el centro de gravedad de su propia alma, y en él quiere encontrar
el reposo y equilibrio que no puede hallar dentro del estrecho círculo de sus
agitadas reacciones personales frente a la vida cotidiana.
Entre las diversas imágenes del mundo formadas por
el artista, el filósofo y el poeta ¿qué lugar ocupará la imagen del físico
teórico? Su principal cualidad debe ser una exactitud escrupulosa y una
coherencia lógica que sólo el lenguaje de las matemáticas puede expresar. Por
otra parte, el físico tiene que ser severo y abnegado respecto al material que
utiliza. Debe contentarse con reproducir los más simples procesos que se
ofrecen a nuestra experiencia sensorial, pues los procesos más complejos no
pueden ser representados por la mente humana con la sutil exactitud y la
secuencia lógica que son indispensables para el físico teórico.
Incluso a expensas de la amplitud tenemos que
asegurar la pureza, claridad y exacta correspondencia entre la representación y
la cosa representada. Al darnos cuenta de que es muy pequeña la parte de la
naturaleza que así podemos comprender y expresar en una fórmula exacta,
mientras tiene que ser excluido todo lo más sutil y complejo, es natural
preguntarse: ¿qué tipo de atracción puede ejercer esta obra? ¿Merece el pomposo
nombre de imagen del mundo el resultado de una selección tan limitada?
Creo que sí, pues las leyes más generales sobre las
cuales se construye la estructura mental de la física teórica tienen que ser
derivadas estudiando en la naturaleza incluso los fenómenos más sencillos. Si
son bien conocidos, hay que ser capaz de deducir de ellos, mediante el
razonamiento puramente abstracto, la teoría de todos los procesos de la
naturaleza, incluyendo los de la vida misma. He querido decir teóricamente,
pues en la práctica tal proceso de deducción está mucho más allá de la
capacidad del razonamiento humano. Por tanto, el hecho de que en la ciencia
tengamos que contentarnos con una imagen incompleta del universo físico no es
debido a la naturaleza del universo, sino más bien a nosotros mismos.
Así, la labor suprema del físico es el
descubrimiento de las leyes elementales más generales a partir de las cuales
puede ser deducida lógicamente la imagen del mundo.
Pero no existe un camino lógico para el
descubrimiento de esas leyes elementales. Existe únicamente la vía de la
intuición, ayudada por un sentido para el orden que yace tras de las
apariencias, y este Einfuehlung se desarrolla por la experiencia. ¿Es posible,
pues, decir que cualquier sistema de física puede ser igualmente válido y
admisible?
Teóricamente nada hay de ilógico en esta idea. Pero
la .historia del desarrollo científico enseña que de todas las estructuras
teóricas imaginables, una sola demuestra ser superior a las restantes en cada
período por el que atraviesa el progreso de la ciencia.
Todo investigador que tenga experiencia sabe que el
sistema teórico de la física depende del mundo de la percepción sensorial y
está controlado por él, aun que no exista un camino lógico que nos permita
elevarnos desde la percepción a los principios que rigen la estructura teórica.
De todos modos, la síntesis conceptual que es un trasunto de1 mundo empírico
puede ser reducida a unas cuantas leyes fundamentales sobre las cuales se
construye lógicamente toda la síntesis. En cualquier progreso importante, el físico
observa que las leyes fundamentales se simplifican cada vez más a medida que
avanza la investigación experimental. Es asombroso ver cómo de lo que parece
ser el caos surge el más sublime orden. Y esto no puede ser referido al trabajo
mental del físico, sino a una cualidad que es inherente al mundo de la
percepción. Leibniz expresaba adecuadamente esta cualidad denominándola armonía
preestablecida.
Los físicos combaten algunas veces a los filósofos
que se ocupan de las teorías del conocimiento, alegando que estos últimos no
llegan a apreciar completamente este hecho.
Yo creo que ésa fue la base de la controversia
entablada hace pocos años entre Ernst Mach y Max Planck. El último tuvo
probablemente la sensación de que Mach no apreciaba completamente el afán del
físico por la percepción de esta armonía preestablecida. Este afán ha sido la
fuente inagotable de la paciencia y persistencia de que ha hecho gala Planck al
dedicarse a las cuestiones más comunes que surgen en relación con la ciencia
física, cuando hubiera podido intentar otras vías que le condujeran a resultados
más atrayentes.
Muchas veces he oído que sus compañeros tienen la
costumbre de atribuir esa actitud a sus extraordinarios dones personales de
energía y disciplina. Creo que están en un error. El estado mental que
proporciona en este caso el poder impulsor es semejante al del devoto o al del
amante. El esfuerzo largamente prolongado no es inspirado por un plan o
propósito establecido. Su inspiración surge de un hambre del alma.
Estoy seguro de que Max Planck sonreirá ante mi
infantil manera de escudriñar con la linterna de Diógenes. ¡Bueno! Pero ¿para
qué hablar de su grandeza? Su grandeza no necesita mi modesta confirmación. Su
obra ha dado al progreso de la ciencia uno de los más poderosos impulsos. Sus
ideas serán útiles en tanto que persista la ciencia física. Y espero que el
ejemplo que brota de su vida no será menos útil para las próximas generaciones
de científicos.
Albert Einstein
Introducción
Max Planck: Un bosquejo biográfico
Por James Murphy
Un día del mes de junio de 1932 hice una visita a
Albert Einstein en su casa veraniega de Caputh, situada a veinticinco
kilómetros al oeste de Berlín. Después del té, en larga sobremesa, se discutió
acerca de multitud de temas, desde las probabilidades de los diversos partidos
políticos en las próximas elecciones, hasta las probabilidades del
descubrimiento, decisivo de alguna simple fórmula para la unificación de todas
las leyes físicas. La casa, construida sobre una ladera, abría sus ventanas
sobre un hermoso lago, y en el piso superior se extendía una galería comparable
a la espaciosa plataforma de un observatorio astronómico. Allí se hallaba un
telescopio con el que Einstein se divertía contemplando las estrellas. Cuando
llegó el crepúsculo, y el brillante resplandor solar, que durante todo el día
reflejó sobre el lago, se trocó en una suave claridad, paseamos por la galería
para observar la puesta del sol y hacer tiempo hasta que estuviera preparada la
cena. Dentro de la casa, la crisis política había sido el tema central de la
conversación, pero allí, en medio de la armonía natural del lago, del bosque y
del crepúsculo, surgieron problemas más elevados.
El nombre de Max Planck se pronunció en nuestra
charla, y con él surgieron los diversos problemas filosóficos a que la teoría
de los cuantos ha dado lugar. Ante mis arrebatados comentarios Einstein
replicaba casi invariablemente: "Nein, das kann man nicht sagen"
("No, esto no se puede decir"). Pero cuando yo emitía algún concepto
menos exaltado, reflexionaba durante un momento y afirmaba: " Ja, das
können Sie sagen" ("Sí, esto puede Vd. decirlo"). Creo que
llegamos a la conclusión de que aunque la teoría de la relatividad ha apresado
el interés del mundo, la teoría de los cuantos ha sido una fuerza más
fundamental para provocar la revolución moderna del pensamiento científico.
Fué entonces cuando solicité de Einstein me
escribiera una introducción para un libro de ensayos de Planck que iba a ser
publicado en inglés. Einstein puso reparos a mi petición, diciendo que sería
presuntuoso por su parte presentar a Max Planck al público, y que la teoría de
los cuantos no necesita de la luz reflejada de cualquier astro menor para
mostrar su brillo. Ésta era la posición de Einstein respecto a Planck,
expresada con una enfática ingenuidad.
Aclaré que el libro en cuestión estaba dirigido al
gran público, y que aunque el nombre de Planck es familiar en Alemania y entre
los hombres de ciencia de todo el mundo, no es tan popular en los países de
habla inglesa como el del fundador de la teoría de la relatividad.
Einstein no creía que se tratara de una
circunstancia lamentable y le hubiera complacido que las cosas fueran
exactamente lo contrario. El punto de vista por mí mantenido era que es una
buena regla de lógica definir lo menos conocido valiéndose de lo mejor
conocido, sin parar mientes en los méritos objetivos que esto o aquello pudiera
tener. Se sometió ante la fuerza de este argumento y aceptó escribir una breve
introducción, insistiendo, sin embargo, en que sería breve para no parecer
pretencioso.
Este capítulo no es una ampliación a la
introducción de Einstein, es más bien un bosquejo biográfico puramente
objetivo. Mi primer propósito es establecer el lugar que el autor de los
siguientes capítulos ocupa en el desarrollo moderno de la ciencia física. Me
esforzaré, pues, para presentar al lector, del modo más sencillo y vivaz que
pueda, la personalidad de Max Planck, su carrera científica, su posición en lo
que respecta a la física teórica como fuerza intelectual en el mundo de
nuestros días, la filosofía de su vida, sus simultáneas actividades como
ciudadano y maestro, y, finalmente, su situación y prestigio entre su propio
pueblo.
La primera parte de esta tarea puede ser facilitada
recurriendo a la opinión de algunos compañeros de Planck para definir el lugar
que éste ocupa en el desenvolvimiento general del progreso científico moderno.
¿Qué significación tiene el nombre de Max Planck en
la historia de la física? La respuesta a esta pregunta puede formularse
puntualizando la posición que ocuparía el retrato de Max Planck en una
exposición que representase el desarrollo de la ciencia. Al fondo de una larga
galería hallaríase un recodo y un amplio espacio o ángulo en la pared. En este
espacio pendería el retrato de Max Planck con una mano despidiéndose
amablemente del pasado clásico y con la otra señalando un nuevo corredor donde
la pintura apenas se habría secado en los retratos que colgarían de sus
paredes: Einstein, Niels Bohr, Rutherford, Dirac, Eddington, Jeans, Millikan,
Wilson, Compton, Heisenberg, Schrödinger, etcétera., Sir James Jean, en su
popular librito El Universo misterioso, describe así su posición [1]
"A finales del siglo XIX fue por primera vez
posible estudiar el comportamiento de la molécula, del átomo y del electrón. El
siglo se ha prolongado suficientemente para que la ciencia descubriera que
ciertos fenómenos, la radiación y la gravitación en particular, resistían a
todos los ensayos de explicación puramente mecánica. Mientras los filósofos
están aún discutiendo si puede ser construida una máquina para reproducir los
pensamientos de Newton, la sensibilidad de Bach o la inspiración de Miguel
Ángel, el tipo medio de hombre de ciencia se ha convencido rápidamente de que
es imposible construir máquinas que reproduzcan la luz de una bujía o la caída
de una manzana. Entonces, en los últimos meses de la centuria pasada, el
profesor Max Planck, de Berlín, realizó una tentativa para explicar ciertos
fenómenos de radiación que hasta aquel día no habían podido ser interpretados.
Su explicación no sólo era no-mecánica en su naturaleza, sino también parecía
imposible relacionarla con cualquier pensamiento inspirado en el terreno de la
mecánica. Por esta razón fue grandemente criticada, atacada e incluso
ridiculizada. Pero Planck demostró brillantemente su exactitud, y luego la
desarrolló en la moderna teoría de los cuantos, que constituye uno de los
principios dominantes de la física moderna. También, aunque esto no se llegó a
comprender en aquel momento, su hallazgo marca el fin de la era mecánica de la
ciencia y la aparición de una nueva era".
Otro científico inglés, Lord Rutherford, expresa
así su estima por su colega alemán:
"La figura de Planck es familiar entre los
hombres de ciencia de todos los países, quienes están de acuerdo en su
admiración por sus importantes contribuciones a la ciencia física."
"En la actualidad, cuando la teoría de los cuantos ha sido aplicada
triunfalmente a tan diferentes campos de la ciencia, es difícil darse cuenta de
lo extraña y casi fantástica que debió parecer esta nueva concepción de la
radiación a los científicos de hace treinta años"
Al principio se tropezó con dificultades para la
obtención de pruebas exactas acerca de la exactitud de la teoría y de las
deducciones que de ella es posible hacer. A este respecto puedo referirme a los
experimentos hechos por el profesor Geiger y por mí mismo en el año 1908. La
aceptación por mi parte de la deducción de e que hiciera Planck (e es la carga
eléctrica elemental y el valor se expresa en unidades electrostáticas), me
convirtió en uno de los primeros partidarios de la idea general del cuanto de acción.
Fui, en consecuencia, capaz de proceder con ecuanimidad, e incluso de incitar a
la audaz aplicación de la "teoría de los cuantos realizada por el profesor
Bohr" .[2]
La significación del hallazgo de Planck es descrita
del modo siguiente por el famoso físico danés Niels Bohr.
"Pocos son los descubrimientos que en la
historia de la ciencia han producido tan extraordinarios resultados, dentro del
breve plazo de una generación, como aquellos que han surgido directamente del
descubrimiento del cuanto elemental de acción debido a Max Planck. Este
descubrimiento ha sido prolífico, pues, en progresión siempre creciente, ha
proporcionado medios para la interpretación y armonización de los resultados
obtenidos por el estudio de los fenómenos atómicos, estudio que ha hecho maravillosos
progresos en los últimos treinta años. Pero la teoría de los cuantos ha hecho
algo más. Ha provocado una revolución radical en la interpretación científica
de' los fenómenos naturales. Esta revolución es la consecuencia directa de las
teorías y conceptos nacidos de la sorprendente obra llevada a cabo por Max
Planck al estudiar las "radiaciones de cavidad". En el transcurso de
treinta años esas teorías y conceptos se han ampliado y desarrollado, dando
lugar a esa elaboración científica que se denomina teoría de los cuantos. La
imagen del universo formada siguiendo las líneas de la física de los cuantos
debe ser considerada como una generalización independiente de la física clásica
a la cual supera por la belleza de su concepción y por la armonía interna de su
lógica.
Debo también llamar reiteradamente la atención
sobre las consecuencias de este nuevo conocimiento. Ha sacudido los fundamentos
de nuestras ideas, no sólo en el reino de la ciencia clásica, sino también en
nuestras formas cotidianas del pensamiento. A esta emancipación de las
tradiciones heredadas del pensamiento debemos los maravillosos progresos
realizados durante la pasada generación en lo que concierne al conocimiento de
los fenómenos naturales. Tal progreso ha sobrepasado las más optimistas
esperanzas que se abrigaban hace pocos años. Y la mejor definición que quizás
pueda hacerse del estado actual de la ciencia física, es decir que casi todas
las líneas directrices del pensamiento que han conducido a fructíferos
resultados en la investigación experimental se han entremezclado en una armonía
común, sin por ello perder su fecundidad individual. Por haber colocado en
nuestras manos los medios de llegar a estos resultados, el descubridor de la
teoría de los cuantos merece la inmensa gratitud de sus colegas".[3]
Añadiremos un nombre más a esta distinguida lista:
el del profesor Heisenberg, el físico de Leipzig, fundador de la ahora popular
teoría de la indeterminancia. Heisenberg se expresa así:
"En el año 1900 Max Planck publicó el
siguiente juicio: El calor radiante no es una corriente continua e
indefinidamente divisible. Debe ser definido como una masa discontinua
compuesta de unidades, cada una de las cuales es análoga a las restantes. En
aquella época, difícilmente podía el autor haber previsto que en un lapso menor
de treinta años su teoría, que contradecía claramente los principios de física
hasta entonces conocidos, se desarrollase constituyendo una doctrina de la
estructura atómica que por su fácil exposición y por su simplicidad matemática
no es ni un ápice inferior al esquema clásico de la física teórica" 1).
Volvamos ahora a la historia personal de Max
Planck. Nació en Kiel, Alemania, el 23 de abril de 1858. Su padre era profesor
de derecho constitucional en la Universidad, y más tarde fue trasladado a
Göttingen con el mismo cargo. La obra principal, por la que su nombre llegó a
conocerse, es el Código Civil Prusiano, del cual fue colaborador. Dícese muchas
veces que el gran físico ha heredado ciertas cualidades de su padre,
especialmente la capacidad jurídica para establecer pruebas experimentales,
desentrañando lo que posee una significación de aquello que carece de ella, y
descubriendo los valores absolutos ocultos tras los relativos. Planck tiene
también una notable claridad para construir y presentar síntesis matemáticas.
Pero quizá la cualidad más sobresaliente atribuible a sus primeras asociaciones
familiares se muestra en su posición dentro de la ciencia física, a la cual
considera como una rama de la cultura humana, de la que forma parte integrante
con las otras ramas del saber. Su influencia sobre el destino de la humanidad
no sólo se limitaría a lo material, sino que también se ejercería más
profundamente siguiendo un camino espiritual.
Cuando Max Planck tenía diecisiete años ingresó en
la Universidad de Münich, dedicándose principalmente a la física. Tres años más
tarde marchó a Berlín para completar sus estudios en aquella Universidad. Por
esa época, Helmholtz y Kirchhoff eran los conductores del movimiento científico
en la capital prusiana. Kirchhoff era profesor de física en la Universidad, y
el joven Planck recibía sus enseñanzas, concurriendo también a las lecciones de
Helmholtz y Weierstrass. Planck siempre ha afirmado que debe a Kirchhoff su
especial interés por la termodinámica, y particularmente por la famosa segunda
ley.[4] Sobre este tema versaba la memoria que Max Planck escribió para su
doctorado, que presentó en la Universidad de Münich un año más tarde, en 1879,
cuando recibió el título de Doctor Summa cum Laude. La memoria se titulaba : De
secunda lege fundamentale doctrinae mechanicae caloris. Quizá yo debía explicar
aquí que para el otorgamiento de grados todas las Universidades alemanas son
consideradas como una. Un estudiante puede seguir parte de su carrera en una
Universidad y parte en otra; de este modo, si el estudiante desea conocer
especialmente alguna materia de la que exista un eminente profesor en una
determinada Universidad lejos de la ciudad donde él habita, puede seguir aquí
sus estudios y luego asistir a los cursos de los profesores famosos pasando de
una Universidad a otra. La suma total se le acredita como si hubiera estudiado
en una sola Universidad.
Ya doctorado, Max Planck adquirió el título de
Privat Dozent en la Universidad de Münich.
El Privat Dozent es un miembro universitario que
recibe una retribución, unos derechos, pero no un sueldo. En 1885 Planck fue
nombrado profesor de física en la Universidad de Kiel, y en 1889, llamado a
Berlín como profesor extraordinario. En 1892 fue nombrado profesor ordinario en
dicha Universidad, siendo el sucesor de Kirchhoff. En 1912 llegó a ser
Secretario permanente de la Academia Prusiana de Ciencias. En 1919 recibe el
premio Nobel de física, y en 1926, al ser nombrado Profesor Emeritus, Schrödinger
le sucedió en la cátedra de física teórica de Berlín. En 1930 Adolf Harnack
murió, y Max Planck fue elegido Presidente de la Sociedad Emperador Guillermo
para el Progreso de la Ciencia, el puesto académico más elevado que existe en
Alemania. ¿Qué es lo que puso a Planck sobre la huella de los cuantos? Sería
una larga historia, pues su relato implicaría hacer una exposición de los
diversos ensayos realizados hacia el fin del pasado siglo, para resolver el
enigma espectroscópico de la radiación del calor. Como esta expresión no puede
resultar muy clara para el lector tipo medio permítaseme hacer una breve
explicación.
Todos saben que el espectro solar es el resultado
de la descomposición de la luz blanca cuando ésta atraviesa un prisma, y así se
produce un espectro de bandas coloreadas que se extiende sobre la pantalla en
una gradación continua desde el rojo al violeta. Newton fue el primero que se
ocupó del fenómeno de una manera científica, fenómeno que le llevó al gran
problema de la naturaleza de la luz. En el caso de la radiación del calor nos
hallamos ante un caso semejante. Sir William Herschel mostró, por primera vez,
que el espectro solar no se limita a la parte visible desde el rojo hasta el
violeta. Dicho autor, en el año 1800, descubrió que también había rayos solares
infrarrojos. Colocando un termómetro en los colores sucesivos descubrió que el
calor estaba distribuido desigualmente en el espectro solar, y que era mayor en
la zona por debajo del rojo. Esta desigualdad jamás había sido sospechada hasta
entonces.
Ahora es un fenómeno de la experiencia diaria que
un cuerpo moderadamente calentado desprenda una invisible radiación. La
frecuencia de las ondas es demasiado baja para actuar sobre el ojo. Cuando la
temperatura aumenta gradualmente, por ejemplo en un trozo de hierro, podría
esperarse que los rayos violetas fuesen los primeramente perceptibles, ya que
poseen el mínimo de longitud de onda necesaria para impresionar el sentido de
la vista.
Pero no ocurre así. La luz es al principio rojo
suave, luego rojo brillante y finalmente se hace blanca resplandeciente. La
cuestión es saber cómo cambia la intensidad de los rayos de diferente
frecuencia al ascender la temperatura: Esto es lo que se llama problema de la
distribución espectral de la radiación para las diferentes temperaturas: y este
es el problema al cual dedicó Max Planck los primeros veinte años de su carrera
académica. En su conferencia ante la Real Academia Sueca de Ciencias, en Estocolmo,
al recibir el premio Nobel, Planck se expresó así:
"Cuando me remonto veinte años en mi vida,
cuando la idea del cuanto físico de acción y su determinación surgió en forma
definida de un conjunto de hechos experimentales, y cuando vuelvo la mirada
hacia el largo y laberíntico camino que finalmente condujo al descubrimiento,
recuerdo vivamente las palabras de Goethe: "Los hombres cometerán siempre
errores cuando se esfuerzan en perseguir alguna cosa". Durante ese difícil
y largo esfuerzo el investigador intenta repetidas veces abandonar el camino,
por ser vano e infructuoso, hasta que una luz ilumina su senda y le proporciona
la prueba irrefutable de que después de tantos fracasos en los diversos caminos
recorridos da al fin un paso hacia el descubrimiento de la verdad que está
buscando. La continua persecución de un objetivo es indispensable al
investigador, y ese objetivo iluminará siempre su ruta, incluso aunque algunas
veces puede ser oscurecida por los fracasos iniciales.
"El objetivo que durante largo tiempo he
tenido ante mi mente fue la solución de la distribución de la energía en el
espectro normal del calor radiante. Gustav Kirchhoff había demostrado que la
naturaleza de la radiación calorífica es completamente independiente del
carácter de los cuerpos radiantes. Esta demostración indicaba la existencia de
una función universal que debe depender exclusivamente de la temperatura y de
la longitud de onda, pero en modo alguno de las propiedades de las sustancias en
cuestión. Si esta notable función pudiera ser descubierta sería posible
profundizar en el conocimiento de las relaciones entre la energía y la
temperatura, que constituyen et principal problema de la termodinámica y, en
consecuencia, de la física molecular considerada en su conjunto. En aquella
época no había otro camino para descubrir esas funciones que seleccionar entre
los diversos cuerpos naturales ciertos de ellos cuyas capacidades para emitir y
absorber calor fueran conocidas, para luego calcular la radiación del calor
cuando la temperatura quedase estacionaria. De acuerdo a la teoría de
Kirchhoff, aquélla debía ser independiente de la naturaleza del cuerpo mismo.
He mostrado de una forma breve y objetiva el áspero
camino que Planck siguió, sus caídas y extravíos por rutas equivocadas, su
desaliento, pero siempre fiel a su persistente esfuerzo y a la determinación de
triunfar. Finalmente fue alcanzada la meta, después de un largo viaje de veinte
años.
Planck presentó los resultados de su descubrimiento
en una comunicación hecha a la Sociedad Alemana de Física, el 14 de diciembre
de 1900. Su trabajo se titulaba "Sobre la distribución de energía en el
espectro normal". El descubrimiento de la función antes mencionada fue
conseguido expresado en una fórmula para medir la energía radiante. Hizo sus
experiencias con lo que se conoce bajo el nombre de "radiación de
cavidad". Planck calentaba hasta la incandescencia un cuerpo hueco, y dejaba
salir un rayo de radiación a través de una pequeña abertura, rayo que analizaba
en el espectroscopio. De este modo encontró que la energía radiante no es una
corriente continua. Es emitida en cantidades integrales, o cuantos, que pueden
ser expresados con números integrales. En otras palabras, la medida siempre
proporciona múltiples integrales de ħv, donde v es la frecuencia y ħ una
cantidad universal, ahora conocida con el nombre de constante de Planck. Su
gran triunfo de habilidad técnica fue deducir el valor de dicha constante que
es 6.55 × 10-27 ergio-segundo. Ninguna radiación puede ser emitida a no ser que
se trate de esa cantidad o de un múltiplo integral de ella. Es decir, nuestra
estufa no puede proporcionamos calor hasta que haya acumulado al menos esa
cantidad. Entonces no aumentará la radiación de su calor hasta que acumule otra
cantidad integral, que es exactamente el doble de la primera; y así
sucesivamente. Nosotros tendremos 2ħv, 3ħv y 4ħv, pero jamás encontraremos una
fracción de ħv. Esto supone un concepto revolucionario para la radiación del
calor, y ese concepto se extendió luego a todas las radiaciones y, finalmente,
a la estructura interior del átomo mismo.
Pronto pudo comprenderse que el descubrimiento que
Planck había hecho no sólo servía para explicar el espectro del calor radiante,
sino que también tenía una aplicación universal.
Así quedó demostrado a medida que la teoría se fue
aplicando en diversas direcciones.
Pocos años después de haber sido expuesta, Einstein
aplicó la teoría de los cuantos a la explicación de la constitución de la luz,
y demostró que la luz sigue el mismo proceso que la radiación del calor, siendo
emitida en paquetes o cuantos, denominados fotones. Físicos de todos los países
comenzaron a practicar la misma técnica de "cuantizar", obteniendo
notables resultados. H. A. Lorentz, el famoso científico holandés, se expresaba
así en el año 1925.
"Hemos progresado tanto que esta constante (la
constante universal ħ de Planck) no sólo proporciona la base para explicar la
intensidad de la radiación y la longitud de onda, para la cual representa un
máximo, sino que sirve para interpretar las relaciones existentes en otros
varios casos entre las diversas cantidades físicas que ella determina. Haré
mención únicamente de algunos, como son el calor específico de los sólidos, los
efectos fotoquímicos de la luz, las órbitas y electrones en el átomo, la longitud
de onda de las rayas del espectro, la frecuencia de los rayos Roentgen que son
producidos por el impacto de electrones de velocidad determinada, la velocidad
con que las moléculas de los gases pueden girar, en fin, las distancias entre
las partículas de que está compuesto un cristal. No es exageración afirmar que
en nuestra descripción actual de la naturaleza, la condición de los cuantos es
la que mantiene reunida la materia e impide que pierda totalmente su energía a
través de la radiación. Es absolutamente indudable que nos encontramos en
presencia de relaciones reales, pues los valores de h, derivados de diferentes
fenómenos, siempre son válidos, y esos valores apenas difieren de la cifra
hallada por Planck hace veinticinco años, con los datos experimentales de que
entonces podía disponer". [5]
No es este el lugar de ensayar una explicación de
los aspectos científicos de la teoría de los cuantos. El lector podrá encontrar
diversos trabajos de vulgarización -algunos de ellos quizá demasiado vulgares-
de la revolucionaria teoría de Planck en algunos libros sobre la ciencia
moderna. Mi tarea aquí es más bien indicar la fuente de la cual ha surgido este
libro, e intentar explicar por qué Planck ha sentido la imperiosa necesidad de
ocuparse de ciertos aspectos filosóficos de la ciencia contemporánea. La mayor
parte de los ensayos aquí expuestos -las discusiones sobre el positivismo y
sobre el determinismo y el libre albedrío- están fuera de la esfera de la
física pura. ¿Por qué el decano de los físicos germanos se ha sentido obligado
a tomar tan vigorosa posición?
Mucho se ha escrito acerca de las deducciones
filosóficas de la teoría de los cuantos. Algunos de los físicos declaran
categóricamente que el desarrollo de dicha teoría ha conducido al derrumbe del
principio de la causalidad como axioma de la investigación científica. Sir
James Jean puntualizó esta parte de la cuestión del siguiente modo:
"Einstein demostró, en el año 1917, que la
teoría fundada por Planck, al menos a un primer examen, parecía provocar
consecuencias más revolucionarias que las de la simple discontinuidad. Parecía
destronar la ley de la causalidad de la posición que hasta entonces había
mantenido como guía para la evolución del mundo natural. La vieja ciencia había
proclamado, llena de confianza, que la naturaleza sólo podía seguir un camino:
el camino que había sido trazado, desde el comienzo de los tiempos hasta su
fin, por la cadena continua de la causa y el efecto; el estado A tenía que ser
inevitablemente seguido por el estado B. Pero la nueva ciencia sólo ha sido
capaz de decir que el estado A puede ser seguido por el estado B, C, D, o por
otros innumerables estados. Cierto es que puede afirmar que B es más probable
que C, C que D, etc., etc., y es capaz incluso de especificar las
probabilidades relativas de los estados B, C y D. Pero, justamente debido a que
tiene que hablar en términos de probabilidades, no puede predecir seguramente
cuál será el estado que deberá aparecer. Esta es una decisión que está
reservada a los dioses, cualesquiera que éstos sean trabajos de
vulgarización".[6]
Más adelante, Sir James Jean escribe:
O para citar otra analogía: es algo como si las
articulaciones y ensambladuras del universo actuasen en cierto modo flojas,
como si el mecanismo hubiera adquirido cierto "juego", tal como
sucede en los motores muy gastados. Sin embargo, esta analogía es engañosa si
sugiere que el universo se halla deteriorado o es imperfecto. En una máquina
vieja o muy usada el grado de "juego" o de "aflojamiento"
varía de una pieza a otra, pero en el mundo natural se mide por la cantidad misteriosa
conocida con el nombre de constante h de Planck que es absolutamente uniforme
en todos los casos. Su valor; tanto en el laboratorio como en las estrellas,
puede ser medido de innumerables formas, y siempre es el mismo. De todos modos,
el hecho de que el "aflojamiento de las articulaciones", cualquiera
que sea su tipo, se observe en todo el universo, destruye la suposición de la
causalidad absolutamente estricta, que es la característica de las maquinarias
perfectamente ajustadas). [7]
Las comillas son mías. La opinión de Sir James Jean
es típica de una actitud muy común entre los físicos modernos. Pero es una
actitud a la cual Planck se ha opuesto vigorosamente. Científicamente
considerada es prematura, y lógicamente analizada es un salto excesivo hacia
una conclusión demasiado amplia. Planck puede aducir, y así lo hace Einstein,
que no es el principio de la causalidad como tal lo que se derrumba en la
física moderna, sino más bien su fórmula tradicional. El principio de la
causalidad es una cosa, pero la forma como ha sido formulado por Aristóteles y
los escolásticos, por Newton y por Kant, es otra. Aplicada a los
acontecimientos naturales, sea en la esfera de la psiquis, sea en la material,
la fórmula tradicional debe ser considerada como tosca y prematura. En la
discusión con que finaliza este libro, ese último punto es examinado en modo
más riguroso. Lo que interesa principalmente en este lugar es preguntarse por
qué Planck da tanta importancia a la controversia causal, hasta el punto de que
en la actualidad gasta gran parte de su tiempo -y es verdaderamente un hombre
atareado- en pronunciar conferencias y escribir ensayos acerca de este tema. La
respuesta no puede hallarse en que sea un mantenedor de la autoridad de la
tradición, ya que, como sabemos, ha encabezado la mayor revolución en la
ciencia moderna. La respuesta, por tanto, debe ser buscada en otra dirección.
En la actualidad existe, entre el público, gran
interés por la ciencia física. Surgió inmediatamente después de la guerra
anterior y no muestra signos de declinar. Ello es debido a que, indudablemente,
la ciencia física es la expresión más vital de las actividades supremas del
pensamiento humano de nuestros días. Además, el contenido metafísico de las más
altas especulaciones en la física teórica parece ser el sustento favorito
moderno para el hambre del alma que antes se apaciguaba con los ideales del arte
y de la religión. Desde algunos puntos de vista es posible que esto sea una
ventura, pero desde otros puede ser una desventura, especialmente desde el
punto de vista científico. Edwin Schrödinger ha publicado recientemente un
brillante ensayo (Ist die Naturwissenschaft Milieubedingt? Barth, Leipzig,
1932) en el cual sugiere que la ciencia física ha sido una víctima del
Zeitgeist. Actualmente, la Umsturzbedürfnis (la necesidad de algo radicalmente
diferente del orden establecido) es una característica universal de nuestra
civilización. La autoridad de la tradición es una rémora más que una
recomendación en el caso de principios o métodos hasta ahora dominantes en el
arte o en la música, o incluso en la política o en los negocios. Y también
encontramos esa misma influencia despectiva sobre las ideas científicas. Cuando
Einstein enunció su teoría de la relatividad, gran parte del entusiasmo con que
fue acogida debíase a la impresión de que tal teoría derrumbaba completamente
las doctrinas newtonianas mientras que, por el contrario, la relatividad es una
ampliación y refinamiento de la física de Newton. Cuando Heisenberg formuló su
"Principio de la Indeterminación" fue casi, inmediatamente
interpretado, incluso entre los mismos físicos, como una derrota definitiva del
principio de la causalidad. Realmente no disponemos de medios para demostrar ni
para desechar la existencia de la causalidad en el mundo exterior de la
naturaleza, pero el fin que se proponía Heisenberg al formular el principio de
la indeterminación era hallar una pauta que le permitiera trabajar con procesos
minúsculos en los fenómenos naturales, como aquellos que se refieren al cuanto
elemental de acción. En este caso el principio causal no es aplicable. Es
decir, no podemos estimar simultáneamente la velocidad y la posición en el
espacio-tiempo de una partícula, y afirmar dónde podrá hallarse un momento
después. Pero esto no quiere decir que la seriación causal no tenga lugar en
realidad objetivamente. Lo que significa es que no somos capaces de descubrir
su actuación, pues, en el estado actual, los instrumentos de investigación y
nuestros mecanismos mentales no son adecuados para esa tarea. El principio de
la indeterminación es, en verdad, una hipótesis alternativa de trabajo que
viene a substituir al método estrictamente causal en la física de los cuantos.
Pero Heisenberg mismo fue uno de los primeros que
protestó contra la idea de interpretar su principio de la indeterminancia como
equivalente a la negación del principio de la causalidad. ¿Por qué, pues, esta
precipitada conclusión está tan en boga? Probablemente se debe a dos cosas.
Primero, el Zeitgeist. El "espíritu del tiempo" no quiere ser
considerado como el heredero del viejo orden, y desea que se le vea libre de
todas las leyes dictadas por la autoridad de la tradición. En segundo lugar, la
estandarización de la vida moderna, con su producción en masa, Sus grandes
almacenes, sus poderosos medios de transporte, sus empresas de seguros, etc.,
ha dado lugar a un sistema de reglas estadísticas que es cierto cuando se
refiere al conjunto de acontecimientos, aunque no sea aplicable a cada caso
particular. Las gentes lo denominan principio de la estadística. Los físicos
han transportado este principio a su ciencia, y muchas veces hablan de él como
si estuviera en contraposición con la causalidad estricta en el sentido
clásico. Así hablan de causalidad estadística como opuesta a la causalidad
dinámica. Pero, en realidad, la causalidad estadística, e incluso lo que
llamamos leyes de probabilidad, están basadas en la presuposición de la
causalidad estricta en cada caso particular. De acuerdo al principio de
causalidad estadística de las compañías de seguros, algunos millares de
individuos mueren al año a consecuencia de determinadas enfermedades, a ciertas
edades y con ciertas profesiones. Basándose en estas estadísticas se extienden
las pólizas de seguro. Pero tales estadísticas nada tienen que ver con la
verdadera causa de la muerte de cada asegurado, considerado individualmente.
Ahora bien, todo aquel que siente un profundo
interés por su arte o por su ciencia, se esfuerza en protegerla contra la
adulteración originada por la incorporación de principios y métodos que son
ajenos a la disciplina de que se trate. He aquí la posición de Planck con
respecto a la ciencia física. Esto es fundamental en una época en que se han
desechado las viejas tradiciones políticas y sociales, dado que esas viejas
tradiciones no son ya apropiadas al nuevo orden económico, y, por tanto, social
en que vivimos. Pero la investigación científica es algo que está aparte de las
variables circunstancias de la existencia humana. Es natural que las gentes se
dirijan a aquella rama de la cultura espiritual que es la más vital en nuestros
días, la ciencia física, y busque en ella un point d'appui para la imagen'
general del mundo. Pero este hecho por sí solo, aunque muy halagador para el
científico como individuo, pone en peligro la integridad de la ciencia en
cuestión.
He aquí de dónde surge ese interés de Planck por
las controversias de la causalidad. Y es a esta luz a la que debemos examinar
su tendencia hacia la tesis positivista. La excesiva popularización de la
ciencia física ha movido probablemente a algunos físicos a construir
prematuramente una estructura teórica que sirva a las gentes de objeto de
veneración, pudiéramos decir de culto, tal como antaño servían los misterios de
la religión. Así puede ser explicado ese afán de la moderna ciencia teórica que
en ciertos aspectos recuerda la fase sofista en que degeneró la filosofía
griega y que también caracterizó la decadencia del movimiento escolástico. Y
fue la decadencia de este último la que instigó a la fundación de la escuela
empirista inglesa, en la época de Locke, con el fin de reconstruir una base de
pensamientos filosóficos que mereciera confianza. Actualmente tenemos un
movimiento semejante en la ciencia física, con un propósito similar. Hay
algunos filósofos que quieren reducir el objeto de la ciencia física a una
simple descripción de los hechos científicamente descubiertos, tal como ocurren
en la naturaleza, pretendiendo excluir completamente la construcción de teorías
e hipótesis. Planck se da cuenta de que esta restricción es anticientífica y
significa un perjuicio para la física. He aquí por qué se opone tenazmente a
ella. El decano de la física internacional, consciente de sus derechos, rompe
lanzas contra el movimiento renunciador. Estoy convencido de que a este
respecto es el portavoz del pensamiento científico germano. No hace mucho
tiempo asistía a una comida celebrada en Göttingen, donde se reunieron algunos
colegas de Planck. Allí se encontraban Hermann Weyl, Max Born y James Franck.
El nombre de Planck fue mencionado muchas veces, y aunque se entabló una viva
discusión acerca de su intransigencia respecto al principio de la causalidad,
todos estuvieron conformes en alabar su posición frente a la doctrina positiva.
Una vez terminado este breve bosquejo que tiene por
fin presentar ante la mente del lector la personalidad del autor de la teoría
de los cuantos, añadiré, como conclusión, algunas referencias acerca de la
posición personal de Planck entre sus colegas. Se trata, indudablemente, de la
figura más popular en el mundo académico de Alemania, y puede afirmarse, sin
temor a exagerar, que es la más querida. El profesor Sommerfeld, de Münich,
cuyo nombre es también famoso en el reino de la física de los cuantos, se expresaba
así hace algún tiempo:
"Su diploma de doctor, en 1879, llevaba el
sobrescrito Summa Cum Laude. Podemos colocar esa misma inscripción sobre la
obra que ha realizado durante los cincuenta años que han transcurrido desde
entonces, y no sólo para su obra científica, sino también para su ejemplo
humano. Jamás ha escrito una palabra que no sea sincera, y en las polémicas
siempre ha sido caballeroso con su adversario. Cuando se reorganizó la Sociedad
Física Germana hubo disensiones y antagonismos, pero como Planck merecía la confianza
de ambos bandos, pudo actuar de árbitro."
Sommerfeld cuenta un sucedido que nos ilustra
acerca de la modesta y desinteresada manera con que siempre ha estado dispuesto
a colaborar con sus colegas. Sommerfeld estaba realizando investigaciones
acerca de lo que en física atómica se conoce con el término fase-espacio.
Escribió a Planck para que le ayudase, y éste puso inmediatamente a su
disposición los resultados de sus propios experimentos en este campo.
Sommerfeld, sintiéndose con vena poética, envió a Planck un pareado en el cual
le decía que se había limitado a realizar un modesto esfuerzo para recoger unas
escasas flores en el gran nuevo campo de la física de los cuantos que Planck
había transformado desde el estado de erial al de terreno cultivado
Der sorgsam urbar macht das neue Land
Dieweil ich hier und da ein Blumenstraeuschen fand.
A este grato cumplimiento, Planck replicó con una
cuarteta todavía más amable:
Was Du gepflueckt, was ich gepflueckt
Das wollen wir verbinde
Und weil sich eins zum andern schickt
Den schoensten Kranz draus winden.
(Lo que tú recoges, lo que yo recojo queremos unir,
y nos lo enviamos el uno al otro para tejer así la más hermosa guirnalda).
En la modesta y reducida memoria que Planck
presentó ante la Real Academia Sueca, en ocasión de recibir el premio Nobel,
menciona una tragedia que ha afligido su vida familiar: la pérdida de sus dos
hijas, que fallecieron poco después de casarse -una de ellas pudiera decirse
que todavía con el traje de novia- y la de un hijo muy inteligente que murió en
la guerra. Otro hijo fue herido, pero sobrevivió, y fue más tarde ministro en
el gabinete de von Papen.
Cuando se conversa con Planck, aunque sea sobre
temas científicos, se percibe muchas veces que la tragedia de sus hijos ha
causado profunda impresión en su alma. Su recuerdo parece provocarle un ansia,
un anhelo que podría compararse a un arrobamiento místico. En fin, aunque es un
científico, un hombre práctico del mundo, un gentleman en sus modales y
vestimenta, un deportista que hace poco tiempo, para celebrar sus setenta y dos
años, ascendió a la Jungfrau, se asocia su figura, no sé por qué, con la de Beethoven,
y se recuerda que al principio de su carrera hubo la duda de si desarrollaría
su genio hacia el lado musical o hacia el lado científico. Al fin desarrolló
este último.
Pero no lo pudo hacer sin enriquecer también el
otro, pues el cultivo de la ciencia teórica exige, como primer requisito, la
imaginación constructiva del artista. Y es que a la constante busca de la
armonía de la naturaleza responde el anhelo por la expresión musical. De
cualquier modo, es un hecho significativo que los dos más grandes científicos
alemanes, Einstein y Planck, sean también músicos.
Al visitarle en su hogar de la Wangenheimerstrasse,
Berlín, y charlar con él en la espaciosa habitación que le sirve al mismo
tiempo de sala de recibo y de estudio, he pensado muchas veces que su vida
privada se ha sublimado por la tragedia de su país, y ésta, a su vez, se ha
sublimado por la tragedia universal del mundo moderno. Y sobre tal tragedia,
Planck suele meditar mucho más de lo que acostumbran los hombres sumidos en un
trabajo. A la primera nube de depresión acostumbra a oponer su lema favorito: Man
muss optimist sein.
Debemos ser optimistas. Planck dice que la
inscripción que hay que estampar sobre la puerta del templo de la ciencia, y
que indica la sola condición para poder penetrar, es ésta: Debéis tener fe.
Recorriendo su obra y recordando todo lo que ha dicho y dice, se encuentra
siempre el hilo de oro de una viva fe en los fines esenciales de la creación.
JAMES MURPHY.
Capítulo I
Cincuenta años de ciencia
Contenido:
§. Cincuenta años de ciencia
§. La teoría electrónica
§. La teoría de la relatividad
§. La teoría de los cuantos
§. Cincuenta años de ciencia
En este lugar haré un breve esbozo de la ciencia
física en Alemania durante el período de mi actividad en ese campo. Para mayor
claridad parece preferible prescindir del orden cronológico de los
acontecimientos e intentar trazar las principales líneas a lo largo de las
cuales se han desarrollado dos diferentes grupos específicos de ideas. Al mismo
tiempo he de ocuparme también de la obra que en esa disciplina han llevado a
cabo los hombres de ciencia de otros países. Y si hago mención de ciertos
hombres, mientras prescindo de otros no menos eminentes, es debido tan sólo a
que tales nombres son citados simplemente como jalones para indicar un período
particular o un punto decisivo, sin que por ello se intente señalar una
valoración personal de la obra hecha por el científico aludido Tomaremos como
punto de partida el año 1880. En esa época cuatro grandes nombres resplandecían
por encima de los restantes iluminando la dirección del camino por el cual
avanzaban las investigaciones físicas. Tales nombres son: Hermann van
Helmholtz, Gustav Kirchhoff, Rudolf Clausius y Ludwig Boltzmann. Los dos
primeros eran las principales lumbreras en los campos contiguos de la mecánica
y de la electrodinámica, mientras los dos últimos constituían figuras eminentes
en las esferas asociadas de la termodinámica y de la física atómica. Pero, en
realidad, no había una línea divisoria entre esos cuatro precursores.
Representaban un concepto del universo físico común a todos ellos, con respecto
al cual sus posiciones se hallaban en la más completa armonía. Ese concepto
común reposaba sobre un doble fundamento. Una parte de tal fundamento estaba
constituida por el principio de la mínima acción de Hamilton, que incluye el
principio de la conservación de la energía. La segunda parte estaba
representada por la segunda ley de la termodinámica.
En aquella época todos los físicos consideraban
como prácticamente cierto que cualquier subsiguiente desarrollo en la física
teórica tenía que ser necesariamente en el sentido de llevar esos dos
principios universales a sus finales conclusiones y a lograr su aplicación.
Nadie soñaba entonces con que dentro de un breve
período de tiempo, los dos principios que tan orgullosamente se erguían,
sirviendo de sostén a la estructura de la ciencia física, tuvieran que
asociarse con otros principios en un pie de igualdad, El advenimiento de esos
nuevos principios se vislumbraba ya en algunas de las ideas emitidas por los
viejos precursores antes mencionados, así como en las opiniones de aquellos que
entonces representaban la nueva generación. Heinrich Hertz fue el más
sobresaliente entre estos últimos. Apareció en el momento en que la nueva era
se abría, y nunca serán bastante alabados sus servicios a la causa de la física
moderna.
Por desgracia, su obra fue, truncada por una muerte
prematura, a la edad de treinta y cuatro años, cuando desempeñaba activamente
el cargo de profesor de Física teórica en la Universidad de Bonn. A pesar de
que su descubrimiento de la propagación de las ondas electromagnéticas a través
del vacío marca una época, Hertz no fue el fundador de una nueva doctrina
científica. Lo que él hizo fue perfeccionar y completar una teoría de la luz de
Maxwell, desplazando todas las restantes teorías que durante largo tiempo se
habían disputado el puesto en el campo de la electrodinámica. Estos estudios
obligan a reconocer que Hertz dio un importante paso hacia la unificación de la
física teórica, pues llevó a la óptica y a la electrodinámica bajo una y la
misma disciplina doctrinaria.
Su última obra fue la simplificación, hasta un
grado ideal, de la mecánica newtoniana. En la mecánica newtoniana se ha trazado
siempre una distinción entre energías cinética y potencial, que han sido
consideradas como entidades diferentes. Hertz consiguió unificar este concepto
bipartito gracias a la eliminación fundamental de la idea de una fuerza. La
fuerza newtoniana fue identificada por Hertz con el movimiento interno en la
materia, de modo que lo que hasta entonces había sido llamado energía potencial
fue reemplazado por el concepto cinético. Hertz, sin embargo, jamás intentó
explicar la naturaleza de esos movimientos internos en una dirección
particular, por ejemplo, como gravitación. Se contentó con establecer, en
principio, la hipótesis de la unificación.
Si pasamos por alto ciertas teorías que aún se
encuentran en lo que podría llamarse período rudimentario de desarrollo, sería
posible decir que, a finales del último siglo, la ciencia de la física teórica
presentaba en su totalidad el imponente aspecto de una estructura completa y
perfectamente articulada. Un observador perspicaz; sin embargo, no podría
desconocer que en algunas partes de este edificio había grietas que no podían
contemplarse con igual satisfacción. Hertz no pudo menos que verlas y llamar la
atención sobre el hecho de que la integración de la estructura tropezaría, al
menos, con dificultades, si es que no era imposible. Estas grietas pronto
vinieron a ser el objeto del ataque por parte de la crítica científica y este
espíritu crítico dio lugar a un movimiento creador, que finalmente produjo la
más importante expansión que la física teórica ha experimentado desde los
tiempos de Newton.
Ningún sistema de doctrinas en la ciencia física,
ni quizá en ciencia alguna, se pliega espontáneamente a modificar su contenido;
siempre ha sido necesario la presión de circunstancias exteriores. En realidad,
lo más inteligible y comprensivo de un sistema teórico es lo que más
resistencia opone a todos los ensayos para una ampliación o reconstrucción.
Ello es debido a que en una síntesis del pensamiento donde exista una
coherencia lógica de todas sus partes, la alteración de una de ellas lleva
aparejado el derrumbamiento de las restantes. Por ejemplo, la principal
dificultad para la aceptación de la teoría de la relatividad no fue simplemente
la cuestión de sus discutibles excelencias objetivas, sino más bien el hecho de
que podría destruir la estructura newtoniana de la dinámica teórica. La verdad
es que no se puede introducir una modificación en una síntesis bien elaborada
del pensamiento, a no ser que intervenga desde el exterior una fuerte presión.
Esta fuerte presión debe proceder de un cuerpo de teorías perfectamente
construido y firmemente consolidado merced a los estudios experimentales.
Tan sólo así podremos atacar y vencer los dogmas
teóricos hasta entonces universalmente aceptados como correctos, y sólo así
seremos capaces de conseguir una fundamental revisión del conjunto estructural
de las doctrinas. Invariablemente surgen a continuación una serie de nuevos
problemas que la investigación experimental tiene que encarar. Y después de
resolverlos germinan nuevas ideas que han de conducir al planteamiento de otras
teorías o hipótesis.
Este juego alternativo de teorías y experimentos,
de construcciones teóricas por parte de la razón abstracta, y de su
comprobación mediante sus aplicaciones a la realidad objetiva, es una
característica especial de la física moderna. Ese juego alternativo, repetimos,
tiene enorme significación para todo el progreso científico, pues es una
garantía de que así serán obtenidos resultados perdurables dignos de confianza.
Había dos problemas de física teórica que,
pudiéramos decir, absorbieron casi completamente la atención de Hertz hacia el
fin de su vida, pero resistieron a todas las tentativas para hallar su
solución. Y estos problemas han constituido, finalmente, el núcleo alrededor
del cual se ha desarrollado la física de nuestros días. Tales problemas son:
La naturaleza de los rayos catódicos;
El movimiento electrodinámico.
Cada uno de ellos tiene su propia historia, pues
cada uno fue el punto de partida de un desarrollo independiente. El primero
condujo a la teoría de los electrones; el segundo, a la teoría de la
relatividad.
§. La teoría electrónica
Los rayos catódicos fueron descubiertos por von
Plücker en el año 1859. Este descubrimiento planteó el problema referente a la
naturaleza de los rayos mismos. ¿Son los portadores de cargas eléctricas, o son
movimientos ondulatorios, igual que los rayos de luz?
El hecho de que los rayos X no puedan ser desviados
por la acción de un imán parecía indicar su carácter eléctrico. Pero Hertz se
decidió en favor de la opinión contraria. Llegó a esta conclusión después de
numerosos experimentos consistentes en hacer actuar los rayos catódicos sobre
una aguja magnética y observar que en todos los casos la aguja permanecía en su
posición de equilibrio. En consecuencia Hertz se inclinó a identificar los
rayos catódicos con las ondas de luz-éter, que los hombres de ciencia intentaban
vanamente descubrir desde hacía largo tiempo. Si Hertz tenía razón, su teoría
significaba que uno de los principales vacíos de la estructura de la física
teórica podría ser llenado.
Pero, en contra de la sugestión de Hertz, otros
datos conducían a la afirmación de que los rayos catódicos son corpusculares y
portadores de cargas eléctricas. Al progresar los métodos experimentales, los
hombres de ciencia comenzaron a creer con mayor firmeza que los rayos catódicos
podrían ser, en definitiva, los portadores de la electricidad negativa.
En fin, los resultados obtenidos permitieron seguir
esa dirección desde que W. Wien descubrió la carga eléctrica en los rayos, y D.
Wiechert, su velocidad. De este modo quedó fundada la teoría electrónica.
Es interesante observar que en este caso la teoría
y el experimento han actuado una al lado del otro; un día asumía la dirección
la primera, al siguiente el segundo. El experimento que abrió el camino está
representado especialmente por el de Phillipp Lenard. En el año 1892, dicho
autor demostró que los rayos catódicos pueden atravesar delgadas hojas
metálicas, y consiguió obtenerlos fuera del tubo que los había engendrado. El
impulso dado por este experimento produjo un maravilloso e inesperado resultado
cuando W. Roentgen, en el año 1895, trabajando con los rayos catódicos,
descubrió los rayos X y abrió la ruta hacia un nuevo reino para la ciencia
física. Simultáneamente, su descubrimiento planteó una tarea completamente
nueva a la física teórica de aquellos días. Esta labor condujo indirectamente
al descubrimiento de los rayos del uranio, realizado por el físico francés
Henri Becquerel.
El ulterior desarrollo en el mismo campo
experimental finalizó con el descubrimiento de las substancias radioactivas y
con el establecimiento de la teoría de la radioactividad, gracias a los
trabajos de Rutherford y Soddy.
Las investigaciones experimentales acerca de la
naturaleza de los diversos fenómenos relacionados con los rayos catódicos, los
rayos X y la radioactividad progresaron en todas partes. El problema especial
que tenía que ser resuelto era el de su origen y la naturaleza de su actividad.
Pero los rayos Roentgen escaparon por largo tiempo a todos los ensayos de
análisis cuantitativos. En los primeros períodos de la experimentación quedó
pronto establecido que los rayos X eran de naturaleza electromagnética, pues si
se coloca en el interior del tubo una placa metálica opuesta al cátodo -el
llamado anticátodo- son lanzadas desde ella corrientes de electrones. No
obstante, durante largo tiempo fue imposible llegar a resultados satisfactorios
en la medición de la longitud de onda de los rayos X. fue entonces cuando la
obra de un teórico, el profesor von Laue, abrió el camino para el siguiente
paso decisivo.
En el año 1912, von Laue, en colaboración con los
físicos experimentadores W. Friedrich y P. Kipping, consiguió determinar la
longitud de onda de los rayos X al hacerles atravesar medios cristalinos,
provocando así el fenómeno de la interferencia. De esta forma fue posible medir
la longitud de onda, pero el experimento quedaba reservado, como es natural,
para los rayos Roentgen homogéneos, pues en otro caso, al superponerse las
diferentes posiciones de la interferencia, surgía la confusión.
El descubrimiento de von Laue pronto adquirió
importancia, tanto en la esfera de la física atómica como en la esfera de la
óptica. Capacitó a los físicos para clasificar los rayos Roentgen y los rayos
Gamma, así como las substancias radioactivas, en electrodinámica. Por otra
parte, los portadores de los rayos catódicos -esto es, los electrones libres-
con su masa relativamente pequeña, mostraron ser algo completamente nuevo para
la ciencia física. La introducción de estos electrones hizo posible comprender diversos
fenómenos físicos que hasta entonces habían permanecido en la región del
misterio.
Fue ya en el año 1881 cuando Helmholtz puntualizó,
en su famosa " Faraday Lecture" que desde el punto de vista de la
atómica química las leyes deducidas empíricamente de la descomposición química
por la acción galvánica sólo podían ser explicadas atribuyendo una estructura
atómica a la electricidad, como la que posee la materia. El átomo de
electricidad postulado por Helmholtz aparece por primera vez en los rayos
catódicos, libre y desprendido de toda materia, y luego fue localizado en los
rayos Beta de las substancias radioactivas. En contraposición a los átomos
químicos, todos los átomos eléctricos son uniformes y sólo difieren entre sí
por su velocidad. El descubrimiento de los electrones y su introducción en la
descripción científica del Universo arroja nueva luz sobre la naturaleza de la
conducción metálica. Es bien sabido que una corriente eléctrica, cuando pasa a
través de un metal conductor, por ejemplo un trozo de alambre de cobre, no
origina cambios químicos. Una vez que fue conocida la existencia de electrones
parecía natural considerar estos electrones libres como los portadores de la
corriente eléctrica a través del metal. Esta opinión, previamente emitida por
W. Weber, fue reavivada y desarrollada por E. Riecke y P. Drude.
Una vez que los electrones libres fueron admitidos
por la ciencia física como verdaderos factores naturales, se hizo una tentativa
para demostrar que estos electrones también existen "ligados". Este
ensayo puso a los investigadores sobre la pista de toda una nueva serie de
propiedades físicas y químicas de la materia. P. Drude explicó la dispersión
óptica y la valencia química de una substancia refiriéndola a los electrones de
los átomos, y con este objeto estableció una diferencia entre electrones firme
y laxamente ligados. Los primeros causan la dispersión de la luz, los últimos
dan cuenta de la propiedad de la valencia química. Posteriormente, H. A.
Lorentz formuló la teoría electrónica como una síntesis completa e
independiente. Su especial objeto fue averiguar hasta qué punto todas las
constantes materiales de una substancia pueden ser explicadas por la
disposición e interacción de los átomos y electrones contenidos en ella.
Reuniendo los resultados así obtenidos con la obra
realizada en la esfera de la radioactividad, la consecuencia final de las
investigaciones dirigidas hacia el descubrimiento de la constitución interna,
en estos últimos cincuenta años, ha sido el conocimiento de que toda la materia
está constituida por dos elementos primordiales: electricidad negativa y
electricidad positiva. Ambas consisten en partículas uniformes, diminutas, que
contienen cargas uniformes pero opuestas. La partícula positiva, que es la más
pesada, se denomina el protón, y la negativa, la más liviana, se llama el
electrón. La unión de ambas es el neutrón. Todo átomo químico eléctricamente
neutro está compuesto de cierto número de protones mantenidos casi en contacto,
y por un número igual de electrones de los cuales algunos están ligados a los
protones y forman junto con ellos el núcleo del átomo, mientras los otros -esto
es, los electrones libres- se mueven siguiendo órbitas alrededor del núcleo. El
número de estos últimos, llamados electrones libres u orbitarios, originan en
cada caso lo que se denomina número atómico. De este número dependen todas las
propiedades químicas de los diversos elementos.
§. La teoría de la relatividad
He hablado largamente de Heinrich Hertz y de su
obra al ocuparme del movimiento que finalmente condujo al establecimiento de la
teoría electrónica. Ahora llegamos a la segunda gran teoría que, según he
dicho, forma, con la teoría electrónica, uno de los principios básicos en los
que ni siquiera se soñaba hace cincuenta años, y que se cuenta ahora entre los
principales pilares que sostienen la estructura científica. Este segundo
principio es la teoría de la relatividad y Hertz se encuentra también entre los
precursores de tal teoría, pues el último y más fructífero período de su vida
fue dedicado ampliamente al estudio de los fenómenos electrodinámicos en los
cuerpos en movimiento. Para esta labor Hertz eligió como punto de partida el
principio de que todo movimiento es relativo. Aceptando, como base, la teoría
de Maxwell, formuló para los fenómenos del movimiento electrodinámico un
sistema de ecuaciones en el cual la velocidad de los cuerpos es tomada tan sólo
en un sentido relativo. Así queda expresado por el hecho de que las ecuaciones
-como las leyes newtonianas de movimiento- permanezcan invariables si la
velocidad del cuerpo en cuestión es considerada en relación con un sistema de
referencia en movimiento, o, en otras palabras, por un observador en movimiento.
En la teoría hertziana ya no hay necesidad de introducir la idea de un medio
substancial especial de transmisión para las ondas electrodinámicas. Y si
aceptamos el éter como medio substancial de transmisión, tendremos que admitir
que no posee movimiento independiente de la materia, sino que es transportado
hacia delante con ella.
La teoría hertziana era excelente en su coherencia
interna, pero, desde el principio, su autor reconoció que tenía considerables
inconvenientes. Una onda de luz que pasa a través del aire, que también se
halla en movimiento, debe ser considerada conjuntamente con el movimiento del
aire, lo mismo que en el caso de la onda sonora, sin importar para nada el
grado del enrarecimiento en que el aire pueda encontrarse. Esta era una
necesidad de la teoría hertziana, pero se hallaba en contradicción con un decisivo
descubrimiento hecho por Fizeau, quien demostró que la luz pasa a través del
aire en movimiento con la misma velocidad que presenta al atravesar el aire en
reposo. En otras palabras, lo mismo que reine perfecta calma o que la luz vaya
a favor o en contra del viento, la velocidad es igual.
H. Lorentz se esforzó por borrar esta contradicción
entre la teoría hertziana y el descubrimiento de Fizeau, emitiendo la idea de
un éter estacionario que llena todo el espacio, y sugiriendo que aquél es el
portador y transmisor de toda acción electrodinámica.
En este éter los átomos y electrones se mueven como
partículas diferentes. Así, las ventajas de la teoría de Hertz eran conservadas
y, al mismo tiempo, la teoría podía ser armonizada con el hallazgo de Fizeau.
Por otra parte, sin embargo, esto suponía renunciar a la idea de la
relatividad, pues se establecía un objeto de referencia en reposo absoluto. Era
el éter estático, y la hipótesis de su existencia parecía más satisfactoria que
cualquiera otra hasta entonces emitida.
En consecuencia, el principio de la relatividad
daba un paso atrás. Pero pronto surgieron objeciones al aparecer dificultades
que no podían ser subsanadas con la teoría de Hertz.
Todos los intentos para medir la velocidad absoluta
de la Tierra fracasaron. En otras palabras, resultaba imposible medir la
velocidad de la Tierra en relación con el hipotético éter estático. Ni siquiera
el más delicado de los experimentos, el llevado a cabo por Michelson y Morley,
pudo poner de manifiesto el menor indicio de la influencia del movimiento de la
Tierra sobre la velocidad de la luz, a pesar de que, según la doctrina de
Lorentz, no podría menos de observarse.
En estas circunstancias, la física teórica de fines
del siglo pasado se veía ante el dilema de renunciar a la teoría de Lorentz,
que ofrecía tantas ventajas, o a la teoría de la relatividad.
La crisis se hizo notoria en la reunión celebrada
en Düsseldorf, el mes de agosto de 1898, por la Sociedad Alemana de
Naturalistas y Médicos. En esta ocasión la cuestión fue discutida en un debate
centrado alrededor de dos trabajos que allí fueron leídos, uno por W. Wien y
otro por H. A. Lorentz. La controversia permaneció abierta durante siete años.
Entonces, en el año 1905, fue propuesta una
solución por Albert Einstein, con su teoría de la relatividad. La doctrina de
Einstein dejaba en pie la teoría de Lorentz, pero tan sólo a costa de admitir
lo que a primera vista parecía ser una hipótesis completamente discorde, es
decir, que las dimensiones de tiempo y espacio no pueden ser tomadas
independientemente una de otra, sino que deben ser consideradas conjuntamente
cuando se trata de la velocidad de la luz in vacuo. Esta hipótesis era
inexpugnable desde el punto de vista lógico, pues venía expresada en una
fórmula matemática intachable en sí misma. De todos modos, la hipótesis de la
relatividad se hallaba en completa oposición con todas las opiniones hasta
entonces aceptadas.
Pocos años después de que Einstein hiciera pública
su hipótesis de la relatividad, Minkowski consiguió aducir una prueba que
corroboraba la sugestión de aquel autor.
Minkowski demostró que si nosotros consideramos el
tiempo como algo imaginario, y admitimos que la unidad de tiempo es la cantidad
de tiempo que emplea un rayo de luz para atravesar la unidad de longitud, todas
nuestras ecuaciones electrodinámicas en relación al espacio y tiempo son
simétricas; dado que la dimensión concerniente al tiempo y las tres dimensiones
referentes al espacio entran como factores, en un pie de igualdad, en las
fórmulas de cualquier ley de electrodinámica.
Así, el "espacio" tridimensional se
amplía en un "mundo" tetradimensional, y las leyes matemáticas que
gobiernan todo el campo de la electrodinámica permanecen invariables cuando el
sistema de referencia, esto es, el observador, cambia su velocidad, lo mismo
que permanecen invariables cuando el sistema de referencia cambia su movimiento
desde una dirección a otra.
La cuestión que entonces surge es ésta: Si la
hipótesis de la relatividad, en su nuevo modo de ser formulada, tiene
significación y validez para la ciencia física en su conjunto, debe ser
aplicable no sólo a la electrodinámica, sino también a la mecánica. Y si la
teoría de la relatividad es aplicable al campo de la mecánica será necesario
modificar las leyes del movimiento formuladas por Newton: en efecto, las leyes
newtonianas no permanecen constantes cuando cambia el sistema tetradimensional
que sirve de referencia. Aparte de estos problemas surgió lo que se denomina
mecánica relativista, ampliación y refinamiento de la mecánica newtoniana. La
teoría mecánica relativista fue comprobada por la experimentación con
electrones de movimiento rápido, pues tales experimentos mostraron que la masa
no es independiente de la velocidad -en otras palabras, se observó que la masa
de un cuerpo dotado de movimiento rápido crece con el aumento de la velocidad.
Así se obtuvo una nueva corroboración de la hipótesis de Einstein.
Aparte de esta fusión del espacio-tiempo dentro de
las leyes mecánicas del movimiento, la teoría de la relatividad realizó otra y
no menos importante identificación: la de la masa con la energía. La
unificación de estos dos conceptos estableció para todas las ecuaciones de la
ciencia física el mismo tipo de simetría que la cuarta coordinada del continuo
espacio-tiempo, el momento vector correspondiendo al lugar vector y la escala
de la energía a la escala del tiempo. Otra importante consecuencia de la teoría
de la relatividad es que la energía de un cuerpo en reposo da un valor
completamente positivo, que se expresa por la multiplicación de sus masas por
el cuadrado de la velocidad de la luz; en consecuencia, la masa en general debe
ser considerada bajo el concepto de la energía.
Pero Einstein no se contentó con este triunfo de su
teoría. Una vez demostrado que todos los sistemas de referencia, o puntos de
vista de la observación, son igualmente válidos, en tanto que se intercambian
unos con otros a través de una transformación rectangular lineal, Einstein se
planteó la pregunta de hasta qué punto podría considerarse exacta una
equivalencia para un sistema de referencia completamente arbitrario. La
transformación de simples ecuaciones mecánicas en otro sistema de referencia
implica generalmente ciertos factores adicionales, como el de una fuerza
centrífuga cuando se trata de un sistema de referencia en rotación -el caso de
la Tierra-, y estos factores adicionales aparecen como el efecto de la gravedad
en cuanto la masa ponderable se identifica con la masa inercial. Ahora bien, la
hipótesis de que, desde el punto de vista de la ciencia física, el sistema de
referencia no geométrico ofrece desde el principio ventajas sobre cualquier
otro sistema, y el hecho de que la propiedad de la invariabilidad sólo puede
ser explicada sobre la base del tensor fundamental de Riemann —que por su parte
depende de la distribución de la materia en el espacio— condujeron a formular
la teoría general de la relatividad. Esta teoría general de la relatividad
incluye la primera teoría como un caso especial, y tiene la misma relación con
la teoría especial de la relatividad que la que existe entre la geometría de
Riemann y la geometría de Euclides.
La significación práctica de la teoría general de
la relatividad está naturalmente limitada a los campos gravitacionales muy
poderosos, como el del sol, donde el calor y la luz son afectados, o a los
movimientos que tienen períodos seculares, como el del desplazamiento del
perihelio de la órbita de Mercurio. La teoría general de la relatividad
representa el primer gran paso hacia la meta ideal de geometrizar la física en
su conjunto. Einstein se ha dedicado recientemente a la tarea de abrir el
camino para dar el segundo paso, que podría unir la mecánica y la
electrodinámica en un solo sistema de ecuaciones. Para este fin ha emprendido
el trabajo de formular una única teoría del campo basada sobre una geometría
diferente de la de Riemann. Esperamos, de todos modos, el triunfo final de este
intento.
§. La teoría de los cuantos
Aparte de la teoría de la relatividad, y con
completa independencia de ella, la teoría de los cuantos ha dado, durante los
últimos treinta años, una nueva faz a la física teórica. Lo mismo que en el
caso de la teoría de la relatividad, su origen y fundamento débense al hecho de
que hay que abandonar la antigua teoría clásica en vista de que fracasa al
explicar los resultados que han sido establecidos experimentalmente. Estos
resultados, sin embargo, no han sido obtenidos en la esfera de la óptica, sino más
bien en la de la termodinámica, y han surgido al medir la energía radiante en
el espectro de emisión de cuerpos oscuros.
De acuerdo con la ley de Kirchhoff esta energía
radiante es independiente de la naturaleza de la substancia radiante, y; por
tanto, tiene una significación universal. En esta dirección, la teoría clásica
había ya conducido a importantes resultados. En primer lugar, L. Boltzmann
dedujo de los descubrimientos de Maxwell, referentes a la presión ejercida por
la radiación, y de las leyes de la termodinámica, la dependencia en que se
hallan todos los tipos de radiación de la temperatura. W. Wien amplió el mismo principio,
y demostró que la curva de la distribución de la energía en el espectro,
especialmente en su situación e intensidad máxima, se desplaza por los cambios
de temperatura. Esta deducción estaba en completa armonía con las más delicadas
mediciones, pero por lo que se refiere a la forma de la curva existía una
notable discrepancia entre las conclusiones a que se llegaba por la teoría y
las mediciones realizadas por von Lummer y Pringsheim, Rubens y Kurlbaum.
Entonces, Max Planck, tomando las leyes de la
termodinámica como una base sobre la cual pudiera ser obtenida una explicación
de los resultados experimentales, llegó a la revolucionaria hipótesis de que
los diversos aspectos que una imagen oscilante y radiante posee son entidades
en sí mismas, y que la diferencia entre dos cualesquiera de los aspectos de la
imagen se caracteriza por una constante universal definida, el cuanto elemental
de acción.
El establecimiento de esta hipótesis implicaba un
rompimiento fundamental con la opinión hasta entonces mantenida en la ciencia
física, pues hasta ese momento se consideraba como dogma que el estado de una
imagen física podía ser indefinidamente alterado. Pronto quedó demostrado que
la nueva hipótesis era fructífera al observar que conducía a una ley que
explicaba la distribución de la energía en el espectro, y que estaba en
perfecta armonía con las mediciones practicadas. Pero, además, proporcionaba un
medio para determinar los pesos absolutos de moléculas y átomos. Hasta
entonces, y aunque estas determinaciones habían sido realizadas, la ciencia
había tenido que contentarse con valores más o menos groseros. Einstein
demostró de inmediato que la nueva teoría tenía una ulterior consecuencia en
cuanto era aplicable a la energía y calor específico de los cuerpos materiales.
Hasta entonces había sido tan sólo una mera suposición que el calor específico
disminuye ilimitadamente al descender la temperatura, pero luego esa suposición
quedó demostrada por pruebas experimentales. Max Born y Th. von Karmann, por
una parte, y P.
Debye, por otra, comenzaron a estudiar
cuidadosamente, desde el punto de vista de la teoría de los cuantos, el
problema de la dependencia del calor específico de la temperatura, y
consiguieron formular una ley que permite calcular la variación del calor específico
según la temperatura, partiendo de las constantes elásticas de la substancia en
cuestión. De todos modos, la prueba más patente de la universalidad del cuanto
de acción se funda en la circunstancia de que no sólo la teoría del calor
emitida por W. Nernst, en el año 1906, con independencia de la teoría de los
cuantos, está en armonía con ésta, sino también que la constante química
introducida por Nernst depende del cuanto de acción. Esto fue claramente
demostrado por O. Sackur y H. Tetrode.
La solidez de la teoría de los cuantos es
actualmente tan grande e indiscutible que si la determinación de una constante
química no coincide con el cálculo teórico, la discrepancia es atribuida, no a
la teoría de los cuantos como tal, sino a la forma en que ha sido aplicada, y
especialmente a la aceptación de ciertas condiciones atómicas referentes a la
substancia en cuestión. Pero las leyes de termodinámica, por ser de una
naturaleza sumaria y estadística, únicamente pueden dar lugar a resultados
sumarios cuando se aplican a los procesos electrónicos en el átomo.
Ahora bien, si el cuanto de acción tiene la
significación que se le ha atribuido actualmente en termodinámica, se debe
hacer sentir también en cada uno de los procesos dentro del átomo, en todos los
casos de emisión y absorción de radiación y en la libre dispersión de la
radiación luminosa y también fue Einstein quien formuló la hipótesis de que los
cuantos de luz tienen una existencia independiente y ejercen una actividad
independiente.
Esta hipótesis condujo a plantear una larga serie
de nuevos problemas, que sirvieron de punto de partida a nuevas investigaciones
en los campos de la física y de la química. Estas investigaciones se han
ocupado de la emisión de los cuantos de luz, por una parte, y de los
electrones, átomos y moléculas, por otra. La primera medición directa del
cuanto de acción fue obtenida por J. Franck y G. Hertz liberando cantidades de
luz mediante impulsos electrónicos. Niels Bohr consiguió más tarde aclarar la
teoría, y extender su aplicación más allá de la esfera electrodinámica. Sobre
la base del cuanto fue capaz de establecer las leyes que rigen las minúsculas
actividades que tienen lugar en el mundo interior del átomo. Mediante la
construcción de un modelo de átomo demostró matemáticamente que si los
electrones del átomo se mantienen girando a enormes velocidades, el cambio de
energía implicado en el desplazamiento de un electrón desde una órbita a otra
corresponde exactamente a la teoría de los cuantos, según la cual la variación
del estado físico no tiene lugar gradualmente, sino en forma de saltos. Esta
fue la primera vez que la teoría de los cuantos encontró una aplicación fuera
de la esfera de la termodinámica.
El camino de los cuantos para resolver problemas
físicos fue extendido más tarde por A. Sommerfeld, quien de este modo consiguió
solucionar el enigma de las delicadas estructuras espectrales que hasta
entonces no había podido ser aclarado. Independientemente de los fenómenos
espectrales, el modelo de átomo de Bohr mostró su utilidad para la dilucidación
de las leyes químicas, incluso de aquellas que rigen las funciones de elementos
que periódicamente se presentan en las estructuras químicas.
El mismo Profesor Bohr jamás ha afirmado que este
modelo de átomo proporcione la solución definitiva del problema de los cuantos,
pero el principio que dicho autor introdujo en la ciencia ha demostrado ser
fructífero, pues, en combinación con la teoría clásica, señaló la dirección
para el subsiguiente desarrollo de la teoría de los cuantos.
Cierto número de dudas persistió algún tiempo, pues
debido al carácter discontinuo del átomo de Bohr, las llamadas órbitas
electrónicas estacionarias no estaban de acuerdo en sus peculiaridades con las
leyes de la mecánica clásica. El Prof. Heisenberg descubrió un camino para
obviar esta dificultad formulando una detallada descripción del movimiento
electrónico en un sentido completamente diferente de las teorías clásicas.
Dicho autor demostró que únicamente las dimensiones
que en principio son directamente mensurables deben ser tratadas teóricamente;
y así consiguió formular ciertas ecuaciones mediante las cuales ha sido
resuelto el problema de aplicar la teoría de los cuantos con una validez
universal. La íntima relación entre este particular método de cálculo y el de
la computación matriz fue puesta de relieve con la colaboración de Max Born y
P. Jordan, y un nuevo y significativo paso en esa dirección fue dado por W. Pauli
y P. Dirac.
Es notable que caminos indirectos, que algunas
veces parecen incluso marchar en direcciones opuestas, conducen a la misma meta
y abren otros campos que han extendido la base de la teoría de los cuantos. Una
nueva ampliación fue conseguida con el establecimiento de la teoría de las
ondas. La teoría original de Heisenberg reconocía únicamente magnitudes
integrales en las cantidades medidas. Esto es, sus resultados comprobaron la
condición de discontinuidad postulada por la teoría de los cuantos. Pero L. Broglie,
independientemente de Heisenberg, desarrolló otra interpretación que servía de
complemento a la anterior. Los cuantos de luz de Einstein son de doble
naturaleza.
Considerados desde el punto de vista de la energía,
actúan como partículas distintas y divisibles — esto es, son cuantos
concentrados o fotones; pero si los examinamos desde el punto de vista
electromagnético, todos los experimentos demuestran que son comparables a una
onda esférica o vibración que se extiende en todas direcciones, y que
corresponde exactamente a la teoría ondulatoria de la luz de Maxwell. Este es
uno de los grandes dilemas de la física moderna, y la hipótesis de la mecánica
de las ondas es un ensayo para resolverlo. Schrödinger fue el primero que
presentó una fórmula analítica exacta de la mecánica de las ondas en las
ecuaciones diferenciadas parciales, expuestas por dicho autor. Por una parte, y
en cuanto se refiere a los valores integrales de la energía, tales estudios
condujeron directamente a las reglas que Heisenberg ha establecido. Mientras
que por otra parte extendieron los fundamentos de aplicación de la teoría de
los cuantos a los procesos de desintegración, e incluso a problemas más
embrollados y confusos. En el presente estado de su desarrollo podemos decir,
sin temor a ser discutidos, que la teoría de la mecánica de las ondas ha
quedado definitivamente establecida por sí misma como una generalización y
ampliación de la mecánica corpuscular clásica. La diferencia entre la mecánica
clásica y la ondulatoria descansa principalmente en el hecho de que las leyes
del movimiento, por lo que respecta a una imagen física, no pueden ser
formuladas como lo habían sido en la mecánica clásica, es decir, la imagen no
puede ser fragmentada en fracciones infinitesimalmente pequeñas, siendo el
movimiento de cada fracción independiente del de los restantes. Por el
contrario, según la mecánica ondulatoria, la imagen debe ser mantenida ante los
ojos como un todo, y sus movimientos como surgiendo de los movimientos
integrales individuales y recíprocamente diferenciados. De aquí se deduce que
no es la fuerza local —como en la mecánica newtoniana— sino la fuerza integral,
es decir, la potencial, la que es miembro de la ecuación fundamental. Por otra
parte se deduce también que carece de sentido hablar del estado de una
partícula en cuanto se refiere a su posición y velocidad. A lo sumo este estado
es más bien un cierto espacio fundamental para el desarrollo de la ordenación
dimensional del cuanto de acción.
Por tanto, en principio, cualquier método de
mediciones se comporta como inseguro con respecto a la suma total
correspondiente.
No hay ni que decir que las leyes de la naturaleza
son en, sí mismas independientes de las propiedades de los instrumentos que
sirven para su medición. Sin embargo, en toda observación de los fenómenos
naturales no debemos olvidar que la exactitud del aparato de medición desempeña
siempre importante papel. Por esta razón algunos investigadores dedicados a la
física de los cuantos prefieren prescindir del principio de la causalidad en la
determinación de los fenómenos naturales, y adoptar, en su lugar, el método
estadístico.
Pero yo creo que, con igual justicia, podría ser
sugerida una modificación de la fórmula del principio causal que nos legó la
física clásica, para que así pueda readquirir su validez. Pero la cuestión
acerca de los méritos rivales de los métodos estrictamente causales y
estadísticos depende de hasta qué punto son más fructíferos en resultados unos
u otros.
Capítulo II
¿Es real el mundo externo?
Vivimos en un momento singular de la historia. Es
un momento de crisis, en el sentido literal de la palabra. En todas las ramas
de nuestra civilización espiritual y material vemos que se ha llegado a un
punto crítico. Este momento álgido no sólo se refiere al estado actual de los
problemas públicos, sino también a la posición general que se adopta con
respecto a los valores fundamentales en la vida individual y social.
Algunos dicen que estos síntomas marcan la
iniciación de un gran renacimiento, pero hay otros que ven en ellos el reflejo
de una decadencia a la cual está destinada nuestra civilización. Antaño tan
sólo la religión, especialmente en sus sistemas doctrinal y moral, fue objeto
del ataque de los escépticos. Luego los iconoclastas comenzaron a destrozar los
ideales y principios que hasta entonces se habían aceptado en el terreno del
arte; ahora han invadido el templo de la ciencia. Apenas podría encontrarse un axioma
científico que en la actualidad no haya sido negado por alguien. En fin, casi
podría decirse que cualquier teoría absurda que sea formulada en el mundo de la
ciencia llegará a encontrar en un lugar u otro, partidarios y discípulos.
En medio de esta confusión es natural preguntarse
si la verdad conserva aún alguna trinchera de cuya inexpugnabilidad estemos
seguros, y en la cual podamos resistir firmemente la ola de escepticismo que se
ha desencadenado. La ciencia, en general, se presenta ante nosotros con el
aspecto de una maravillosa estructura teórica, que es uno de los frutos más
espléndidos del razonamiento constructivo. La coherencia lógica de la
estructura científica era hasta ahora objeto de inagotable admiración por parte
de aquellos que criticaban los fundamentos del arte y de la religión.
Pero esta cualidad lógica no nos salva ahora de los
ataques de los escépticos. La lógica en su forma más pura, las matemáticas,
sólo coordina y articula una verdad con otra. Da armonía a la superestructura
de la ciencia, pero no puede proporcionar los cimientos o las piedras
fundamentales.
¿Dónde encontraremos, pues, firmes cimientos sobre
los cuales podamos basar científicamente nuestras ideas acerca de la naturaleza
y del mundo en general?
Inmediatamente viene a nuestra mente la más exacta
de las ciencias naturales, la física.
Pero incluso la ciencia física no ha escapado al
contagio de este momento crítico de la historia, y la confianza que para sí
reclama dicha ciencia no sólo es discutida desde fuera de sus ámbitos; también
dentro de sus confines ha comenzado a actuar el espíritu de la confusión y de
la contradicción. Este espíritu se hace notar especialmente con respecto a
cuestiones tan fundamentales como es la de saber hasta qué punto y a través de
qué camino la mente humana es capaz de llegar al conocimiento de la realidad
externa. Citemos un ejemplo. Hasta ahora el principio de la causalidad era
universalmente aceptado como un postulado indispensable de la investigación
científica, pero ahora algunos físicos nos dicen que debe ser lanzado por la
borda. El hecho de que tan extraordinaria opinión pueda ser expresada en
círculos científicos responsables es ya bien significativo de que por todas
partes cunde la desconfianza en el conocimiento humano. Es una situación muy
grave, y por esa razón siento, como físico, que debo exponer mi propio concepto
acerca de la posición en que se encuentra ahora la ciencia física. Quizá lo que
yo pueda decir arroje alguna luz sobre otros campos de la actividad humana que
la nube de escepticismo también ha ensombrecido.
Examinemos los hechos fundamentales. El comienzo de
cualquier acto de conocimiento, y, por tanto, el punto de partida de toda
ciencia, debe ser nuestras experiencias personales.
Aquí empleo la palabra experiencia en su
connotación técnico-filosófica, o sea, nuestra percepción sensorial directa de
las cosas exteriores. Estos son los datos inmediatos del acto del conocimiento,
y forman el primero y el más eficaz asidero de la cadena del pensamiento
científico. El material que proporciona, las piedras fundamentales de la
ciencia, es recibido directamente a través de nuestra propia percepción de las
cosas externas, o indirectamente a través de la información de los demás, o
sea, de los primeros investigadores, maestros, publicaciones, etc. No existen
otras fuentes para el conocimiento científico. En la ciencia física se trabaja
especial y exclusivamente con ese material, que es el resultado de la
observación de los fenómenos naturales mediante nuestros sentidos, con la ayuda
de instrumentos como el telescopio, etc., etc. Las reacciones así registradas
al observar la naturaleza exterior son comparadas y esquematizadas basándose en
observaciones y cálculos repetidos. Este material de nuestras construcciones
científicas, por ser reacciones inmediatas de lo que vemos, oímos, sentimos y
tocamos, constituye datos inmediatos y en realidad indiscutibles.
Si la ciencia física desempeñase su función
mediante la simple concatenación de estos datos y refiriéndose a ellos, nadie
podría poner en duda la veracidad de sus fundamentos.
Pero el problema es éste: ¿estos fundamentos
satisfacen totalmente las necesidades de la ciencia física? Si nosotros
dijésemos que el único y exclusivo objeto de la ciencia física es describir,
del modo más exacto y sencillo, el orden observado al estudiar los diversos
fenómenos naturales ¿quedaría cumplida satisfactoriamente la tarea de la
ciencia física?
Cierta escuela de filósofos y físicos mantiene que
este es el único objeto de dicha ciencia.
Algunos físicos eminentes han sido inducidos a
aceptar este punto de vista, dada la confusión general y la inseguridad que
surge del espíritu escéptico de la época. Se dan cuenta de que, sea como sea,
aquí existe un baluarte inexpugnable. La escuela que defiende este concepto se
denomina generalmente escuela positivista, y en todo cuanto vamos a decir
emplearemos dicho término. Desde los tiempos de Augusto Comte, el fundador del
positivismo, se ha dado diversas significaciones al vocablo. En consecuencia quiero
declarar, desde un principio, que restrinjo su aplicación al estrecho
significado a que he hecho alusión antes, y que responde al que se admite de
ordinario cuando se emplea la palabra positivismo.
Preguntémonos ahora ¿las bases que el positivismo
ofrece son suficientemente amplias para sentar sobre ellas la total estructura
de la ciencia física? El mejor criterio que puede ser aplicado para encontrar
una respuesta a esta cuestión es preguntarse a dónde podría conducimos el
positivismo si aceptásemos que constituye la única base fundamental de la
ciencia física.
Supongamos, por un momento, que somos positivistas,
y tomémonos la molestia de dominarnos para poder mantenemos estrictamente
dentro de esa línea hasta sus lógicas consecuencias, sin permitimos lugares
comunes o consideraciones sentimentales que nos hagan abandonar la seriación
lógica del pensamiento positivista. Podremos estar seguros de que procediendo
así no nos enfrentaremos con contradicciones lógicas que surjan directamente de
nuestro campo de observación, ya que, como es natural, dos hechos realmente
observados en la naturaleza no pueden hallarse en una contradicción lógica. Por
otra parte, en tanto que nos mantengamos en la línea positivista debemos
ocupamos tan sólo de los diversos tipos de experiencias, y desconocer cualquier
otra fuente de conocimiento humano. Aquí radica la fortaleza de la escuela
positivista. En tanto que la ciencia física se adhiera a la norma positivista
tendrá como problemas aquellos que puedan ser resueltos mediante la observación
inmediata. Todo problema que tenga una importancia bien definida deberá ser
tratado, dentro de los ámbitos de la ciencia física, con arreglo a la norma
positivista. Si nos contentamos con la observación directa de los fenómenos
naturales y con su descripción, no tendremos que resolver enigmas fundamentales
ni nos hallaremos ante cuestiones oscuras. Todas las cosas aparecerán claras
como la luz del día. En este sentido todos los problemas se presentan con
notable sencillez. Pero el asunto se complica cuando pretendemos aplicar ese
principio a los casos individuales. Nuestros comunes hábitos de hablar
dificultan ya la observación de la estricta norma positivista. En la vida
ordinaria, cuando hablamos de un objeto exterior —de una mesa, por ejemplo—
significamos algo diferente de la mesa que la ciencia física realmente observa.
Podemos ver la mesa, tocarla, probar su solidez inclinándonos sobre ella, o su
dureza golpeándola con los nudillos. A la luz de la ciencia positivista la mesa
no es otra cosa que un complejo de esas percepciones sensoriales, y en consecuencia,
tenemos simplemente el hábito de asociar éstas con la palabra mesa. Eliminemos
estas percepciones sensoriales, y no quedaría nada. Dentro de la teoría
positivista debemos desconocer todas aquellas cosas que se hallen más allá de
las que son registradas por los sentidos, y, por tanto, somos inatacables en
este reino claramente definido. Para el positivista no tiene la menor
importancia preguntarse qué es en realidad una mesa, y otro tanto podría
repetirse con los restantes conceptos físicos. Todo el mundo que nos rodea no
es otra cosa que un análogo de las experiencias que hemos recibido. Hablar de
este mundo como de algo que existe independientemente de tales experiencias es
hacer un juicio que carece de significación. Si un problema que se refiere al
mundo exterior no admite ser referido inmediatamente a algún tipo de
experiencia sensorial y no es posible someterlo a la observación, no tiene
significación alguna y debe ser rechazado. Por tanto, dentro del campo del
sistema positivista no hay lugar para ninguna clase de metafísica. Si dirigimos
nuestras miradas hacia las estrellas desparramadas en el cielo veremos
innumerables puntos luminosos que se mueven de una manera más o menos regular
en el firmamento. Podemos medir la intensidad y el color de sus rayos. Según la
teoría positivista estas determinaciones no son tan sólo la materia prima de la
astronomía y de la astrofísica, sino que constituyen el único y exclusivo tema
de estas ciencias. Si partiendo de ellas se realizan algunas deducciones, no
pueden ser consideradas como legítima ciencia. Este es el concepto positivista.
Las construcciones mentales que es posible hacer comparando, relacionando y
sistematizando los supradichos datos, y las teorías que pueden emitirse para
explicar por qué son así y no de otro modo, constituyen una intromisión
injustificada del hombre en la escena. Son simples invenciones arbitrarias de
la razón humana. Pueden ser útiles, lo mismo que el hábito de establecer
símiles y comparaciones es un ejercicio para la mente, pero no tenemos derecho
a ir más allá, y considerar que representan algo de lo que realmente sucede en
la naturaleza.
Todo lo que sabemos es el simple resultado de
determinaciones sensoriales, pero no estamos autorizados a darle una ulterior
significación.
Supongamos, con Ptolomeo, que la Tierra es el
centro fijo del Universo, y que el Sol y todas las estrellas se mueven a su
alrededor, o supongamos, con Copérnico, que la Tierra es una pequeña partícula
de materia, relativamente insignificante en comparación con el conjunto del
Universo, que gira sobre su eje en veinticuatro horas, y que se traslada
alrededor del Sol en el plazo de doce meses. Basados sobre el principio
positivista, considerada desde el punto de vista científico la primera teoría
es tan buena como la segunda. Son simplemente dos formas diferentes de realizar
una construcción mental, más allá de las reacciones sensoriales, de algunos
fenómenos extraños, pero no tienen mayor significación científica que las
construcciones mentales que pueden hacer fuera de sus impresiones sensoriales,
el músico o el poeta, cuando se enfrentan con la naturaleza. Cierto es que la
teoría astronómica de Copérnico es la más aceptada, pero ello es debido a que
se trata de una manera más sencilla de formular una síntesis de las
observaciones sensoriales, y no da lugar a tantas dificultades acerca de las
leyes astronómicas como las que surgen de la aceptación de la teoría de
Ptolomeo. En consecuencia Copérnico no debe ser considerado como un verdadero
descubridor en los reinos de la ciencia, de igual modo que tampoco puede serlo
un poeta cuando proporciona fantasía y expresión a los sentimientos que son
familiares a todos los corazones humanos. Copérnico no descubrió nada; tan sólo
formuló, en una fantástica construcción mental, un conjunto de hechos que eran
ya conocidos, es decir, no añadió nada al conjunto de conocimientos científicos
que ya se tenían. Esa teoría originó una tremenda revolución mental, y en torno
de ella se empeñó una violenta batalla. Y tenía que ser así pues su
consecuencia lógica era dar una explicación completamente diferente del lugar
del hombre en el universo de la que de ordinario se mantenía en aquella época
por la religión y la filosofía de Europa. Pero para el científico positivista,
todas esas luchas en torno a la teoría de Copérnico carecen completamente de
sentido desde el punto de vista científico, sin tener más trascendencia que la
que pueda tener el arrobamiento de quien al contemplar la Vía Láctea reflexiona
sobre el hecho de que cada una de sus estrellas es un Sol igual al nuestro y
cada nebulosa es otra Vía Láctea desde la cual la luz tarda varios millones de
años en alcanzar nuestra Tierra, mientras que ésta a su vez, con sus habitantes
humanos, queda limitada a una insignificante mancha apenas apreciable en el
espacio sin límites.
Incidentalmente debemos recordar que examinar la
naturaleza en esta forma es examinarla desde los puntos de vista estético y
ético. Éstos, como es natural, no tienen relación directa con la ciencia
física, y, por tanto, son excluidos. Pero al excluirlos existe una fundamental
diferencia entre la actitud del físico no-positivista y la del positivista. El
científico que no cree en la posición positivista admite la validez de los
puntos de vista estético y ético, pero los considera como pertenecientes a otra
forma de examinar la naturaleza. Esta forma no cae dentro del campo de la
ciencia física. El positivista, a su vez, no admite como reales esos valores,
incluso cuando se trate de campos diferentes al de la ciencia física. Para él
una bella puesta de sol es simplemente una seriación de impresiones
sensoriales. Por tanto, según queda expresado al principio, en tanto que nos
ajustemos lógicamente a la doctrina positivista, debemos excluir de nuestra
mente toda influencia de carácter sentimental, estético o ético. Tenemos que
atenemos a la senda lógica. Esta es la indispensable garantía de certeza que la
doctrina positivista ofrece.
Y ahora puedo recordar al lector una vez más que
estamos examinando un sistema que ha sido planteado con el propósito, realmente
laudable, de proporcionar una base segura a la veracidad de la ciencia. Por
tanto, la posición de la doctrina en su conjunto debe ser discutida de un modo
puramente objetivo y libre de cualquier sentimiento polémico.
En la forma positivista de examinar la naturaleza,
las impresiones sensoriales son los datos primarios, y, en consecuencia,
significan realidad inmediata. Se deduce de ello que, en principio, será un
error hablar de que los sentidos han sido engañados. Lo que en ciertas
circunstancias pueden ser engañadoras no son las impresiones sensoriales
mismas, sino las conclusiones que muchas veces se obtienen de ellas. Cuando
introducimos oblicuamente un bastón en el agua y observamos la aparente
curvatura en el punto de inmersión, el resultado de la vista no nos engaña
cuando nos muestra que el bastón se curva. Existe realmente una curvatura como
percepción óptica, pero esto no significa, en modo alguno, que el bastón mismo
esté curvado. El positivista no nos permite deducir otras conclusiones. Tenemos
una impresión sensorial de la parte del bastón que está en el agua, y otra
contigua de la parte que se halla en el aire, pero no tenemos derecho a afirmar
nada respecto al bastón mismo. Lo más que el principio positivista puede
permitimos es decir que el bastón aparezca "como si" estuviera
curvado. Si explicamos el fenómeno diciendo que los rayos de luz que se
reflejan en el aire desde el bastón a los ojos pasan a través de un medio menos
denso que el que atraviesan los rayos que proceden de la parte del bastón
sumergida en el agua, y que, por tanto, los últimos se desvían más fuertemente,
la forma de enjuiciar el caso es útil desde algunos puntos de vista, pero no se
acerca más a la realidad que cuando se dice que los sentidos perciben el bastón
"como si" estuviera curvado.
Lo esencial aquí es que, desde el punto de vista
del positivismo, ambas formas de enjuiciar el caso tienen fundamentalmente
igual validez, y carecería de sentido intentar juzgar cuál de las dos tiene
mayor valor acudiendo al sentido del tacto para rectificar la aparente anomalía
de un bastón que era recto en el aire y se curva en el agua. En el sistema
positivista poca significación tiene decidirse en un sentido o en otro, pues
una ciencia positivista estrictamente lógica tiene que contentarse simplemente
con recibir las impresiones sensoriales.
Podemos decir que el bastón se ve "como
si" estuviera curvado. En la práctica, como se comprende, no se ha hecho
ningún ensayo serio de aplicar en términos generales esta teoría del "como
si", que hubiera conducido a consecuencias ridículas. Pero ahora no
estamos analizando la teoría positivista sobre la base de alguno de esos
fundamentos, sino que la estamos considerando desde el punto de vista de su
consistencia lógica, que es el fundamento esencial por ella elegido. Y debe
mantenerse o caer según las consecuencias que pueda tener para la ciencia
física la aplicación lógica de las premisas positivistas.
Lo que he dicho respecto al bastón es igualmente
aplicable a todos los objetos de la naturaleza inanimada. Dentro del concepto
positivista un árbol no es otra cosa que un complejo de sensaciones. Vemos que
crece, oímos el rumor de sus hojas, olemos el perfume de sus brotes. Pero si
prescindimos de estas impresiones sensoriales nada nos queda que corresponda a
lo que podría ser llamado "el árbol en sí mismo".
Lo que es válido para el mundo de la vida vegetal
debe tener igual significación para el mundo animal. Hablamos de este mundo
como de un reino especial e independiente de seres, pero esto es tan sólo
debido a que es una forma convenida de pensar y de hablar. Si pisamos un gusano
éste se retuerce. Tal es lo que podemos ver. Pero carecería de sentido
preguntarse si el gusano sufre un dolor. Un hombre siente únicamente su propio
dolor y le es imposible extender ese mismo sentimiento al mundo animal con la seguridad
de que así sea. Decir que un animal sufre dolores es una afirmación basada
sobre un conjunto de diversas características que corresponden a lo que sucede
en nuestro propio caso en circunstancias similares. En el caso del gusano
observamos que se retuerce y se contrae. En el caso de otro animal vemos que se
producen contracciones en su cuerpo, análogas a las que se originan en nosotros
en iguales condiciones. En fin, en el mundo animal se producen ciertos sonidos
comparables a los gritos que lanzamos al experimentar un dolor.
Cuando pasamos desde el mundo animal al de los
seres humanos encontramos que los científicos positivistas establecen una clara
distinción entre nuestras propias impresiones y las impresiones de los demás.
Nuestras propias impresiones son la sola realidad, y son realidades únicamente
para uno mismo. Las impresiones de las restantes personas sólo nos son
conocidas indirectamente. Como objetos del conocimiento son algo
fundamentalmente diferente de lo que significan nuestras propias impresiones.
Por tanto, cuando hablamos de ellas seguimos el mismo tipo de analogía de que
nos valemos al hablar del dolor de los animales. Pero, en el estricto concepto
positivista, carecemos de un conocimiento absolutamente seguro de lo que son
las impresiones de las restantes personas. Como no son una percepción sensorial
directa no proporcionan una base segura para dar certidumbre a nuestro
conocimiento.
Es indudable que el concepto positivista no puede
ser acusado de inconsistencia lógica.
Cuando profundizamos en sus principios no llegamos
a encontrar contradicción alguna. Este es el punto fuerte de todo el sistema.
Pero cuando lo utilizamos como la exclusiva base sobre la cual pueden ser
realizadas las investigaciones científicas, vemos que el resultado tiene una
expresiva significación para la ciencia física. Si el alcance de la ciencia
física queda limitado simplemente a la descripción de las experiencias
sensoriales, nuestras propias experiencias tendrán que constituir estrictamente
el único objeto de la descripción, pues sólo ellas son datos primarios. Se
comprende que sobre la base de un mero complejo individual de experiencias, el
individuo más inteligente sería incapaz de constituir un sistema científico
comprensivo. Así, nos enfrentaremos ante la alternativa de renunciar a la idea
de una ciencia comprensiva, cosa difícilmente aceptable incluso por los
positivistas más convencidos, o admitir una transacción y permitir que la
experiencia de los demás contribuya a formar los fundamentos del conocimiento
científico. Al hacerlo así se renunciará, estrictamente hablando, a nuestro
primitivo punto de vista, es decir, el de que sólo los datos primarios
constituyen una base indiscutible de la verdad científica. Las impresiones
sensoriales de los demás son secundarias, y sólo constituyen datos para
nosotros a través de los informes que tenemos de ellas. Esto pone en juego un
nuevo factor: el de la veracidad de la información oral y escrita de los
relatos científicos. En consecuencia rompemos, al menos, un eslabón de la
cadena lógica que mantiene coherente al sistema positivista, ya que el
principio fundamental de este sistema es que únicamente la percepción inmediata
puede ser considerada como material veraz para la ciencia.
Permítasenos sin embargo, pasar por alto esta
dificultad y admitir que todos los relatos hechos por los investigadores
científicos son veraces, o, al menos, que están a nuestra disposición medios
infalibles para excluir aquellos que no lo sean. En este caso es natural que
los informes proporcionados por numerosos científicos de otras épocas y del
momento actual que son reconocidos como veraces y dignos de confianza deban ser
tomados en consideración, no habiendo razón alguna para preferir unos a otros. En
este sentido sería erróneo desvalorizar los hallazgos de un investigador por el
solo hecho de que no hayan sido confirmados por otros.
Si nos aferramos a esta idea sería difícil explicar
o justificar la conducta de la ciencia física respecto a ciertos
investigadores. Citemos un ejemplo:
Los llamados rayos N, descubiertos por el físico
francés llamado Blondlot, en el año 1903, y en aquella época, estudiados en
todos los países, se desconocen totalmente en la actualidad. René Blondlot,
profesor en la Universidad de Nancy, era considerado como un inteligente y
veraz investigador. No podemos decir que fuese engañado por sus percepciones
sensoriales; para un físico positivista no puede haber, según hemos visto,
dicho engaño. Hay que considerar, pues, a los rayos N como datos reales
primarios, algo que directamente fue percibido por un hombre. Y si desde los
tiempos de Blondlot y su escuela nadie ha conseguido reproducidos, no existe
razón para negar —al menos desde el punto de vista positivista— que algún día,
bajo alguna especial circunstancia, se hagan nuevamente apreciables.
Siguiendo este criterio positivista tenemos que
convenir en que el número de investigadores cuyos hallazgos son de valor para
la ciencia física, es realmente muy reducido. Debemos admitir tan sólo a
aquellos que se han dedicado especialmente a esta ciencia, pues los
descubrimientos que han sido hechos en dicho campo por los ajenos a tal
disciplina son más o menos insignificantes. Hay que excluir, desde el
principio, a todos los físicos teóricos, ya que sus experiencias se han
limitado esencialmente al uso de la pluma, la tinta, el papel y el razonamiento
abstracto. Sólo quedan los físicos experimentales, y en primer término aquellos
que se han reducido al empleo de instrumentos extraordinariamente sensibles
para alguna investigación especial. Por tanto, en la hipótesis positivista sólo
un pequeño número de físicos especializados entran dentro de la categoría
aludida de hombres cuyas contribuciones han hecho progresar la ciencia física.
Desde este punto de vista ¿cómo explicar la
extraordinaria impresión causada y la revolución producida en el campo de la
ciencia internacional por hallazgos como el de Oersted, quien descubrió la
influencia de una corriente galvánica sobre la aguja imantada, el de Faraday,
que observó el efecto de la inducción electromagnética, o el de Hertz, que pudo
hallar pequeñas chispas eléctricas en el foco de su reflector parabólico por el
empleo de la lente de aumento? ¿Cómo y por qué esas impresiones sensoriales individuales
produjeron tal entusiasmo y condujeron a una verdadera revolución mundial en la
teoría y aplicación de los métodos científicos? A estas preguntas los
defensores del positivismo sólo pueden contestar dando un rodeo y de una forma
que en modo alguno convence. Tienen que recurrir a la teoría de que estas
experiencias individuales, por sí insignificantes, abrieron un camino que
condujo a otros investigadores a realizar otros descubrimientos de mucho mayor
alcance. Es una respuesta defectuosa, pero muestra perfectamente la posición
positivista, pues los defensores del positivismo no quieren admitir otra cosa
que la simple descripción de los resultados experimentados en la investigación;
y si ahora preguntamos por qué ciertos hallazgos de unos cuantos oscuros
individuos obtenidos en condiciones muy primitivas han logrado tan inmediata y
amplia significación para los restantes físicos, esa pregunta carece de sentido
para la ciencia física considerada con el criterio positivista.
La razón para tomar esa sorprendente actitud es
fácil de comprender. Aquellos que se inclinan hacia la doctrina que estoy
exponiendo niegan la idea y la necesidad de una ciencia física objetiva, que es
independiente de la percepción sensorial y de la experiencia del investigador.
Se adhieren a esa proposición debido a que están obligados lógicamente a no
reconocer otra realidad que la de la experiencia de los hechos que el físico
posee. Yo creo que si la ciencia física tiene que aceptar esa posición, como base
exclusiva de sus investigaciones, se encontrará obligada a colocar una enorme
estructura sobre unos cimientos completamente inadecuados. ¿De qué valor son
para el mundo las impresiones sensoriales de un simple individuo? Ese terreno
es demasiado reducido para erigir tal construcción, y tiene que ser ampliado
por la adición de otros. Ninguna ciencia puede descansar sobre la fragilidad de
los hombres considerados individualmente. Y en el momento en que hemos
establecido ese juicio damos un paso que nos aparta de la senda lógica del
sistema positivista, y seguimos el camino llamado sentido común. Es decir,
saltamos al reino de la metafísica, pues aceptamos la hipótesis de que las
percepciones sensoriales no crean por sí mismas el mundo físico que nos rodea,
sino que más bien nos aportan noticias de otro mundo que se halla fuera de
nosotros y que es completamente independiente de nosotros.
En consecuencia prescindimos del positivista als-ob
(como si), y atribuimos un tipo más elevado de realidad que el de la simple
descripción de las impresiones sensoriales inmediatas a los descubrimientos
prácticos que han sido ya mencionados — los de Faraday, etc. Una vez dado este
paso llevamos la meta de la ciencia física a un nivel más elevado. Ya no se
limita a la mera descripción de los simples hechos del descubrimiento
experimental, sino que incluso aspira a proporcionar un mayor conocimiento del mundo
real externo.
En este momento surge una nueva dificultad
epistemológica. [8]. El principio básico de la teoría positivista es que no hay
más fuente de conocimiento que la que proporciona la limitada percepción a
través de los sentidos. Ahora existen dos teoremas que en conjunto forman el
punto cardinal hacia el cual se dirige la total estructura de la ciencia
física. Estos teoremas son:
Hay un mundo real externo que existe
independientemente de nuestro acto de conocer;
El mundo real externo no es directamente
cognoscible.
En cierto sentido estos dos juicios se contradicen
y este hecho revela la presencia de un elemento irracional o místico que se
adhiere a la ciencia física como a cualquier otra rama del conocimiento humano.
Las realidades cognoscibles de la naturaleza no pueden ser totalmente
descubiertas por rama alguna de la ciencia. Esto significa que la ciencia nunca
se halla en situación de explicar en forma concluyente y decisiva los problemas
con que tiene que enfrentarse. En todos los modernos progresos científicos vemos
que la solución de un problema hace aparecer el misterio de otro. Cada cima que
escalamos nos descubre otra que se eleva tras ella. Debemos aceptar esto como
un hecho absolutamente irrefutable, y nos es imposible eliminado intentando
trabajar sobre una base que reduce el alcance de la ciencia a la simple
descripción de las experiencias sensoriales.
El objeto de la ciencia es algo más; es un
incesante esfuerzo hacia una meta que nunca podría ser alcanzada, pues, dada su
naturaleza, es inasequible.
Pero si la ciencia física nunca podrá conseguir el
completo conocimiento de su objeto ¿no queda reducida esta ciencia a una
actividad sin sentido ni significación? En modo alguno, ya que este continuo
esfuerzo pone en nuestras manos los frutos que ya están maduros, signo
infalible de que nos hallamos en buen camino y de que cada vez estamos más
cerca del término de nuestro viaje. Pero este término jamás será alcanzado,
pues siempre habrá cosas que resplandecerán a la distancia y de las cuales no
podremos apoderarnos. No es la posesión de la verdad, sino el triunfo que
espera a quien la busca lo que hace feliz al investigador. Así lo han
reconocido profundos pensadores, incluso antes de que Lessing le diera forma
con su famosa frase.
Capítulo III
La imagen del universo físico en la ciencia
Contenido:
§. La imagen del universo físico en la ciencia
§. Causalidad y albedrío: estado actual del
problema.
§. La imagen del universo físico en la ciencia
La aspiración ideal del físico es comprender el
mundo externo de la realidad. Pero los medios de que dispone para llegar a ese
fin son los que se conocen en ciencia física con el nombre de mediciones, y
éstas no proporcionan información directa acerca de la realidad externa. Son
tan sólo una inscripción o representación de las reacciones a los fenómenos
físicos. Como tales no contienen información explícita, y tienen que ser
interpretadas.
Helmholtz ya dijo que las mediciones proporcionan
al físico signos que él debe interpretar, lo mismo que el especialista en
lenguas interpreta el texto de algún documento prehistórico que pertenezca a
una cultura desconocida. Lo primero que el especialista en lenguas acepta —y
tiene que aceptar si su obra ha de tener alguna significación práctica— es que
el documento en cuestión ha sido redactado de acuerdo con algún sistema de
reglas gramaticales o símbolos. De igual manera el físico debe aceptar que el
universo físico está gobernado por algún sistema de leyes que puede ser
comprendido, incluso aun cuando él no pueda abrigar la esperanza de ser capaz
de comprenderlo en forma simple, o de descubrir, con cierto grado de
certidumbre, su carácter y la manera cómo actúa.
Admitiendo que el mundo exterior de la realidad es
gobernado por un sistema de leyes, el físico elabora una síntesis de conceptos
y teoremas; y esta síntesis es considerada como la imagen científica del
universo físico.
Trátase de una representación del mundo real en
tanto que corresponde, tan exactamente cómo es posible, a la información
proporcionada por las mediciones realizadas. Una vez cumplido este requisito el
investigador puede afirmar, sin temor a que le contradigan los hechos, que ha
descubierto una faceta del mundo externo de la realidad, aunque, como es
natural, no sea capaz de demostrar lógicamente la verdad de la aseveración.
Si consideramos los esfuerzos hechos por los
físicos, desde los tiempos de Aristóteles, para descubrir el universo externo,
creo que hay que expresar la más rendida admiración por el extraordinario grado
de perfección que ha alcanzado a este respecto la inventiva del investigador
científico. Desde ese punto de vista —como puede comprenderse— la idea de
construir una imagen científica del universo físico —ese continuo esfuerzo
hacia un conocimiento de la realidad externa— es algo extraño y sin significación
alguna. Donde no haya objeto externo, no habrá nada que pueda ser representado
o descrito.
La principal cualidad que debe tener la imagen del
mundo obtenida por el físico es que entre el mundo real y el mundo de la
experiencia sensorial exista el acuerdo más perfecto posible.
Lo que se obtiene a través de los sentidos es la
materia prima con que el físico ha de trabajar, y el primer proceso a que tiene
que ser sometido ese material en bruto es el de la eliminación y el
refinamiento. Del complejo de datos sensoriales debe ser eliminado y descartado
todo aquello que pueda haber surgido de las tendencias constructivas subjetivas
de los órganos sensoriales por sí mismos. Y además hay que descartar todas las
cosas que puedan ser atribuidas a la intervención accidental o a circunstancias
especiales. Con respecto a esto último habría que prestar singular atención al
hecho de que los instrumentos destinados a las mediciones pueden influir sobre
el resultado a que se llega durante el proceso de observación. Esta influencia
es más marcada cuando se trata de la observación de pequeños detalles.
Supongamos que se han cumplido todas las condiciones mencionadas; entonces, la
imagen física del universo externo tiene que llenar únicamente otro requisito.
En su composición debe estar libre de todo aquello que constituya una
incoherencia lógica. Por lo demás, el investigador tiene las manos
completamente libres. Puede dar rienda suelta a su espíritu de iniciativa y
permitir que sus facultades imaginativas intervengan sin obstáculo ni
cortapisas. Esto significa, como se comprende, que dispone de un notable grado
de libertad para hacer sus construcciones mentales, pero hay que recordar que
esta libertad es tan para el provecho de un fin específico, y es una aplicación
constructiva de la capacidad imaginativa. No se trata de un simple y arbitrario
vuelo por los reinos de la fantasía. Un físico está obligado, dada la
naturaleza de su labor, a emplear sus facultades imaginativas en el primer paso
que da. Para ese primer paso debe recoger los resultados proporcionados por una
serie de mediciones experimentales, e intentar organizadas, bajo una ley. Es
decir, debe hacer una selección de acuerdo a un plan, que en primer término
será hipotético, y, por tanto, una construcción imaginativa. Y cuando observa que
los resultados hallados no se avienen a ese plan, hay que descartado y ensayar
otro. Esto significa que la capacidad imaginativa debe siempre especular acerca
de la significación de los datos que han sido proporcionados por las mediciones
experimentales. El físico se halla en la misma situación que el matemático
cuando se le propone que una, mediante una curva, una serie de puntos. Cuanto
más juntos se hallen y cuanto más abundantes sean esos puntos, más numerosos
serán los tipos de curvas imaginables. Prácticamente nos hallamos ante una
tarea semejante; seguimos los movimientos de un instrumento registrador
sensible, destinado a marcar tan sólo una curva independiente y bien definida,
por ejemplo la curva térmica; en efecto, observamos que esa curva no está nunca
rigurosamente definida, sino que existe una zona más o menos amplia en la cual
podría dibujarse un infinito número de curvas claramente diferentes.
No se puede establecer una regla que indique cuál
debe ser la decisión en medio de esta incertidumbre. El investigador debe
elegir simplemente una línea mental definida. Y esa línea del pensamiento,
basada en una combinación seleccionada de las ideas, nos lleva al hallazgo de
una hipótesis a cuya luz podremos trazar la curva que buscamos, y trazarla de
una forma perfectamente definida que la distinga de las otras innumerables
curvas que puedan ser propuestas.
En otras palabras, cuando el espectro muestra, por
ejemplo, una imagen múltiple y se busca la causa de uno de los elementos de esa
imagen, tenemos que imaginar cierto número de causas hipotéticas e irlas
examinando hasta que se tropiece con una que esté de acuerdo con algunos de los
resultados obtenidos. La línea del pensamiento que conduce a esas diversas
alternativas tiene su origen fuera del ámbito de la lógica. Para formular estos
tipos de hipótesis el físico tiene que poseer dos características: un conocimiento
práctico de todo el problema en que trabaja, así como una imaginación
constructiva. Esto significa, en primer término, que debe conocer los diversos
tipos de mediciones, aparte de las que en ese momento está usando, y, en
segundo lugar, poseer la habilidad de combinar en un solo punto de vista los
resultados logrados con dos tipos diferentes.
Toda hipótesis fecunda en resultados tiene su
origen en alguna afortunada circunstancia que ha permitido realizar la
observación siguiendo dos caminos distintos. Esta verdad la vemos claramente
ilustrada en los famosos casos históricos que han conducido a descubrimientos
sensacionales que marcaron una época., Cuando Arquímedes observó la pérdida de
peso experimentado por su propio cuerpo en el agua, relacionó este hecho con la
pérdida de peso sufrida por otro cuerpo en las mismas condiciones, y así llegó
a encontrar un medio para determinar el peso específico de los diferentes
metales. Esta idea se formo en su cerebro un día que, estando en el baño,
meditaba acerca de la manera de resolver si la corona del Rey de Siracusa era
de oro puro o si se trataba de una aleación con plata. Aplicando la experiencia
de su propia pérdida de peso en el baño, pensó que el aumento de volumen de la
aleación podría ser descubierto introduciendo separadamente en el agua la
corona y pesos iguales de oro y de plata, determinando luego el volumen de agua
que desalojaban. Newton, al ver el movimiento de una manzana que se desprendía
de un árbol de su huerto, relacionó esa observación con el movimiento de la
Luna con respecto a la Tierra. Einstein observó el estado de un cuerpo sometido
a la gravitación en una caja en reposo, y lo consideró en relación con el
estado de un cuerpo libre de la gravitación en una caja sometida a un proceso
de aceleración ascendente.
Niels Bohr asoció la rotación orbitaria de los
electrones en torno al núcleo de un átomo con el movimiento de los planetas
alrededor del Sol. Todas estas combinaciones han sido extraordinariamente
fructíferas. Sería un interesante ejercicio mental analizar las diferentes
hipótesis que han abierto caminos fecundos, con la intención de descubrir
cuáles fueron las asociaciones de ideas de las cuales surgieron. Pero esa tarea
tropezaría con la dificultad de que las grandes mentalidades creadoras se
resisten a mostrar ante la curiosidad de la gente esos delicados hilos del
pensamiento que les han permitido tejer sus notables hipótesis, así como
aquellos otros que tuvieron que abandonar.
La utilidad de una hipótesis únicamente puede ser
atestiguada por los resultados lógicos que fluyen de su aplicación, Esa
deducción debe ser puramente lógica —primeramente matemática— y entonces la
hipótesis constituye el punto de partida para desarrollar un sistema teórico
tan completo como sea posible. Una vez que el sistema teórico ha llegado a su
total desarrollo será confrontado con los resultados proporcionados por la
experimentación. Según que el sistema corresponda o no a esos resultados podrá
juzgarse si la hipótesis de que hemos partido fue o no bien elegida.
Siendo este el método adoptado por el físico,
podemos comprender inmediatamente el hecho de que el progreso de la ciencia
física no siga una curva regular en su desarrollo. La curva del progreso
científico sigue más bien un trazado en zig-zag. Puede decirse que el
movimiento de avance es de tipo explosivo, y el retroceso subsiguiente es una
característica de él. Toda hipótesis que al ser aplicada lanza un rayo de luz
sobre un nuevo campo de la ciencia física representa precipitarse en la
oscuridad; pues al principio no podemos someter la nueva visión a un juicio
lógico. Entonces tienen lugar los esfuerzos que finalmente han de dar a luz una
nueva teoría. Una vez que esto ocurre la teoría marcha hacia adelante, bien o
mal, hasta que el sello del destino queda grabado cuando se la somete a la
prueba experimental. Si la hipótesis sobrevive a esta prueba, aumenta su
prestigio, y al ir siendo aceptada se desarrolla y se extiende en una forma
cada vez más comprensiva.
Mas si, por el contrario, las pruebas
experimentales ponen obstáculos a la viabilidad de nuestra hipótesis, surgen
recelos, dudas y críticas. Pero estos son los signos de que se van poniendo en
duda las viejas afirmaciones, y así aparece una nueva hipótesis. La tarea de
esta última es conducir hacia la solución de la crisis de la cual ha nacido, y
construir una nueva teoría que conservará lo que había de cierto en la anterior
y corregirá y descartará lo que había de falso. Durante este período de cambios,
el conocimiento que la ciencia física nos aporta marcha unas veces con pasos
temblorosos y otras de manera firme hacia el descubrimiento del universo real
externo.
Esta evolución periódica es la característica del
desarrollo histórico de la ciencia física.
Recordemos el caso de la teoría del movimiento
electrodinámico de Lorentz. Las luchas y contradicciones que tuvieron lugar en
este caso por la aplicación de las pruebas experimentales son bien conocidas.
Pero sólo aquellos que han seguido paso a paso la espinosa senda de la teoría
lorentziana pueden apreciar exactamente el alivio que se produjo cuando la
hipótesis de la relatividad quedó por primera vez establecida. Otro tanto se ha
observado en la historia de la teoría de los cuantos, pero en este último caso
la crisis no se ha desvanecido aún completamente.
Ya hemos dicho que al plantear cualquier hipótesis,
el autor de ella tiene libertad desde su iniciación. Elige sin cortapisas de
ninguna clase los conceptos y teoremas que empleará en la constitución de sus
síntesis, con tal, claro es, que no haya contradicción lógica entre ellos. No
es cierto, como muchas veces han dicho los físicos, que en la exposición de una
hipótesis el autor deba extraer el material para su idea única y estrictamente
de aquellos primeros datos que le han sido proporcionados por las mediciones
experimentales. Esto significaría que los conceptos formativos que moldean una
hipótesis tienen que ser estrictamente independientes de todo origen teórico:
no es así. Por una parte, toda hipótesis —como factor en la imagen del universo
externo presentada por el físico— es un producto de la libre especulación de la
mente humana; y, por otra parte, no hay fórmulas físicas que sean los
resultados inmediatos de mediciones experimentales. Toda medición únicamente
adquiere una significación para la ciencia física a través del significado que
la teoría le da.
Cualquiera que esté familiarizado con las tareas de
un laboratorio aceptará que incluso las mediciones más finas y más directas
—como las del peso y de la corriente— tienen que ser corregidas una y otra vez
antes de que puedan ser utilizadas para un objeto práctico. Es natural que
estas correcciones no puedan ser sugeridas por el mismo proceso de la medición.
Deben ser ante todo descubiertas a la luz que lanzan sobre el problema alguna o
algunas teorías; es decir, tienen que surgir de una hipótesis.
Lo cierto es que el inventor de una hipótesis tiene
una ilimitada libertad para elegir los medios que considera necesarios para su
propósito. No estará obstaculizado por la tendencia fisiológica hacia la
construcción, que es una característica de la actividad de sus propios órganos
de los sentidos, ni encontrará restricciones en lo que se refiere a la guía que
prestan los instrumentos físicos de trabajo. Con los ojos del espíritu
penetrará en los más delicados procesos que se van desenvolviendo ante él. Seguirá
los movimientos de cada electrón y vigilará la frecuencia y forma de cada onda.
Incluso inventará su propia geometría a medida que precise de ella. Y así, con
esos instrumentos espirituales de trabajo, con esos instrumentos de ideal
exactitud, tomará una parte personal en todos los procesos físicos que se
desarrollan ante su presencia. Esto tiene por objeto eliminar las dificultades,
aunque los experimentos —que son un factor en cualquier proceso de
investigación— tengan que encontrar luego una amplia aplicación para poder
establecer finalmente las conclusiones. Como es natural, tales conclusiones,
cuando se comienza a establecerlas, nada tienen que ver con las verdaderas
mediciones experimentales. Por tanto, una hipótesis jamás podrá ser declarada
exacta o falsa a la luz de dichas mediciones. Todo lo más que podemos
preguntarnos es hasta qué punto son o no útiles para algún fin práctico y ahora
llegamos a la otra faceta de la imagen.
Esa ideal clarividencia de los ojos espirituales,
que ven tras los diversos procesos a la naturaleza física, es debida
exclusivamente al hecho de que en este caso la naturaleza del mundo físico es
algo que ha sido modelado por la mente del mismo observador. En tanto que este
mundo construido intuitivamente sigue siendo un mundo hipotético, el creador
tiene perfecto conocimiento y dominio sobre él, y puede modelarlo de la forma
que quiera, pues por lo que a la realidad se refiere no tiene valor alguno. El
valor se adquiere en el momento en que el sistema teórico, sobre el cual ha
sido planeado ese mundo hipotético, se corporiza con los resultados que se
obtienen mediante las mediciones experimentales.
Ahora bien, un simple proceso físico de medición
nos informa tan escasamente acerca del relato que podamos hacer del mundo
físico como pueda informamos acerca de la realidad de ese mismo universo. En
definitiva, el proceso de la medición representa más bien un suceso en los
órganos sensoriales del investigador que está en relación con lo que sucede en
el aparato que está utilizando. Todo lo que puede decirse acerca de esa
relación con respecto a la realidad externa es que existe cierta conexión entre
ellos. Las mediciones por sí mismas no nos dan resultados inmediatos que tengan
una propia significación. La tarea de la ciencia es intentar el establecimiento
del significado de la conexión antes mencionada, y, al mismo tiempo, la tarea
del explorador científico es llevar a cabo las mediciones físicas necesarias.
La primera labor únicamente puede ser cumplida por la mente especulativa del
investigador.
Las dificultades epistemológicas que han surgido en
la esfera de la física teórica durante el desarrollo de la teoría de los
cuantos parecen ser debidas al hecho de que los ojos materiales del físico
experimentador han sido identificados con los ojos espirituales del especulador
científico. En realidad los ojos materiales, al ser parte del proceso físico de
la naturaleza, son el objeto más bien que el sujeto de la exploración
científica. Y como el acto de la medición tiene una influencia mayor o menor sobre
el proceso que se está observando, es prácticamente imposible separar la ley
que intentamos descubrir tras del suceso mismo, de los métodos que están siendo
utilizados para realizar el descubrimiento.
Cierto es que cuando se trata de fenómenos
naturales en masa, por ejemplo, un grupo de átomos considerados en conjunto, no
es probable que el método de medición influya sobre el curso de los
acontecimientos observados. Por esta razón, en el primer período de la ciencia
física, que ahora se denomina física clásica, la opinión se inclinaba a
considerar que las mediciones por sí mismas proporcionan una visión directa de
los sucesos de la naturaleza. Pero en esta suposición, como ya hemos visto,
existe un error fundamental, que es la contrapartida del error positivista, el
prestar atención únicamente a los resultados proporcionados por las mediciones
experimentales y despreciar completamente la realidad interna del proceso
natural. Mientras por una parte reconocemos que esto es un error, por la otra
debemos damos cuenta de que si abandonamos los métodos experimentales no
disponemos de medios para materializar los acontecimientos reales. Pero cuando
nos enfrentamos con el cuanto indivisible de acción, el límite es llevado, con
matemática exactitud, hasta un grado en el cual la más delicada medición física
es incapaz de dar una respuesta satisfactoria en cuestiones relacionadas con el
comportamiento individual de los procesos más minúsculos. El resultado es que
el problema de esos procesos infinitesimales ya no tiene significación para la
investigación puramente física. Ahora llegamos al punto donde estos problemas
tienen que ser elaborados por la razón especulativa. Y es en esta forma
abstracta como deben ser tomados en consideración cuando intentamos completar
la imagen física del universo y acercarnos al descubrimiento de la realidad
externa.
Lanzando una ojeada hacia el camino por el cual la
ciencia física ha avanzado hasta ahora, hay que admitir que los ulteriores
progresos dependerán esencialmente del desarrollo y amplia aplicación de
nuestros métodos para practicar las mediciones. Podrá, pues, apreciarse lo
lejos que estoy del concepto positivista. La diferencia entre nosotros es que
el positivismo considera las mediciones experimentales, a través de la
percepción sensorial, como el todo y el fin del proceso a lo largo del cual la
ciencia física progresa, mientras que yo creo que el estudioso de las
realidades físicas considera los resultados de las mediciones como un complejo
más o menos intrincado que registra las reacciones que se producen en el mundo
exterior, dependiendo su exactitud no sólo de los instrumentos registradores,
sino también de los órganos sensoriales interpretadores del investigador. El
adecuado análisis y corrección de este complejo dictamen es una de las
principales funciones de la investigación científica. Por tanto, de los
resultados que nos proporcionan las determinaciones experimentales deberán
elegirse aquellos que tengan un alcance práctico para el objeto de nuestra
pesquisa, pues cada particular intento para descubrir la realidad del universo
físico representa una forma especial de una cierta cuestión que planteamos a la
naturaleza.
Ahora bien, no es posible plantear una cuestión
razonable a no ser que dispongamos de una teoría razonable a cuya luz se
establezca. En otras palabras, es necesario construir mentalmente una hipótesis
teórica y someterla a la prueba de las mediciones experimentales. He aquí la
causa de que ciertas investigaciones tengan un significado a la luz de una
teoría, pero no a la que irradia otra. Y así ocurre muchas veces que la
significación de un problema cambia cuando se modifica la teoría a cuya luz se
planteó.
Sirva de ejemplo la transmutación de algunos
metales corrientes, como la plata, el oro. Para quienes vivieron en los días de
la alquimia este problema tenía una enorme significación, e innumerables
investigadores sacrificaron sus recursos y sus vidas con ánimo de resolverlo.
El problema perdió toda significación y fue
considerado como una necedad cuando quedó establecido el dogma de que los
átomos no pueden transmutarse. Pero en la actualidad, desde que Bohr ha emitido
su teoría de que el átomo de oro sólo difiere del de la plata por la pérdida de
un electrón, el problema se ha actualizado, y han sido aplicados los más
modernos métodos con el propósito de llegar a una solución. Se aprecia la
verdad del antiguo adagio de que la experiencia muestra la ruta del estudio
científico. Cuando se examinan inteligentemente incluso los más inútiles
experimentos, éstos pueden abrir el camino hacia los más sensacionales
hallazgos. Y es así cómo aquellos ensayos más o menos arbitrarios para hacer
oro han abierto el camino a la química científica. Desde el problema insoluble
del perpetuum mobile surgió, finalmente, el principio de la conservación de la
energía. La larga serie de vanas tentativas para medir el movimiento de la
Tierra condujo al descubrimiento de la teoría de la relatividad. Los hallazgos
experimentales y teóricos están siempre relacionados, y los unos no pueden
progresar sin los otros.
Se observa muchas veces que cuando un nuevo
progreso en la ciencia teórica ha quedado definitivamente establecido, ciertos
problemas relacionados con él son considerados como insensateces. Es más,
también se ha intentado algunas veces demostrar la falta de significación de
tales problemas sobre fundamentos a priori. Esto es un error. Ni el movimiento
absoluto de la Tierra —es decir, el movimiento de la Tierra en relación con el
éter— ni el absoluto espacio newtoniano, son insensateces, como muchas veces
han declarado los popularizadores de la teoría de la relatividad. El primer
problema carece de sentido sólo cuando se introduce la teoría especial de la
relatividad, y ocurre lo mismo con el segundo cuando se apela a la teoría
general de la relatividad.
Cuando nos remontamos en el curso de los siglos
vemos que las doctrinas de la interpretación de la naturaleza, que eran
consideradas como buenas y sólidas en su época, se han derrumbado al ser
iluminadas por la luz de alguna nueva teoría científica. Cumplen un papel, y
luego pasan. Y aunque fueron sustituidas por dogmas más científicos, hay que
recordar que aquellas viejas teorías tuvieron un sentido y una significación en
su época, igual que otras las han tenido en nuestros días hasta que llegó el
momento en que nuevas doctrinas han tomado su puesto.
La ley de la causalidad era unánimemente aceptada
hasta tiempos muy recientes como un principio fundamental en la investigación
científica. Pero ahora se libra en torno de ella una batalla de opiniones.
¿Debe considerarse —tal como hasta ahora se ha hecho— que el principio de la
causalidad tiene validez y fuerza en todos los fenómenos físicos? ¿O tiene
únicamente una sumaria significación científica cuando se aplica a los átomos?
Esta cuestión no puede ser resuelta refiriéndola a cualquier teoría epistemológica
o sometiéndola a la prueba de las mediciones experimentales. En su tentativa de
construir su imagen hipotética del universo externo, el físico puede o no,
según le plazca, basar su síntesis sobre el principio de una estricta
causalidad dinámica o adoptar tan sólo una causalidad estadística. Lo más
importante de la cuestión es saber hasta qué grado se avanza por uno u otro
camino. Y la única respuesta posible es la elección provisional de uno de los
dos puntos de vista y el estudio de las conclusiones que pueden ser lógicamente
deducidas de la aceptación de ese punto de vista, lo mismo que hicimos al
ocupamos del positivismo.
En principio no hay duda de que de los dos puntos
de vista se elige el primero. En la práctica se elegirá, como es natural, aquel
que prometa ser más satisfactorio en sus resultados lógicos y ahora debo
declarar explícitamente mi creencia de que la causalidad estrictamente dinámica
debe merecer nuestra preferencia, simplemente porque la idea de un Universo
gobernado por leyes dinámicas le da una más amplia y profunda aplicación que la
idea meramente estadística, la cual restringe desde el principio el alcance del
descubrimiento; en efecto, en la física estadística existen tan sólo leyes que
se refieren a grupos de fenómenos. Los acontecimientos particulares, como
tales, son admitidos y reconocidos expresamente, pero la cuestión de su
seriación gobernada por leyes es considerada absurda basándose en fundamentos a
priori. Esta forma de proceder no me parece que sea satisfactoria, y no he sido
capaz de encontrar ni el más leve motivo que obligue a renunciar a la
aceptación de un universo estrictamente gobernado por leyes, si bien sea un
problema a tratar el descubrimiento de la naturaleza de las fuerzas físicas o
espirituales que nos rodean.
Es obvio que de la sucesión de las experiencias
realizadas no pueda deducirse una conexión estrictamente causal, sino tan sólo
una relación estadística. Incluso las más delicadas mediciones están expuestas
a errores accidentales e imposibles de prever.
Una observación experimental presenta, como hemos
visto, un complejo resultado construido por diferentes elementos. E incluso,
aunque todo elemento sea la consecuencia causal directa de otro, no es posible
considerar a ese elemento original como estrictamente causal en el experimento,
independientemente de los otros, ya que puede producir resultados muy variados
según la combinación en la cual se aplique cada factor elemental.
Y ahora surge una cuestión que parece colocar un
límite definitivo e infranqueable al principio de la estricta causalidad, al
menos en la esfera espiritual. Esta cuestión tiene tanto interés para la
humanidad que me parece debe ser tratada antes de finalizar el presente
capítulo. Es la cuestión de la libertad de la voluntad humana. Nuestra propia
conciencia nos informa que nuestra voluntad es libre y la información que esta
conciencia nos proporciona directamente es el definitivo y más elevado
ejercicio de nuestro poder de comprensión.
Permítasenos, por un momento, preguntamos si la
voluntad humana es libre o si está determinada de una forma estrictamente
causal. Estas dos alternativas parecen excluirse recíprocamente. Y como la
primera debe recibir una respuesta afirmativa, la aceptación de una ley de
estricta causalidad que actúa en el Universo, parece quedar reducida a un
absurdo, al menos en este caso. En otras palabras, si aceptamos la ley de
causalidad estrictamente dinámica cual regidora del universo ¿cómo es posible
excluir la voluntad humana?
Se ha realizado ensayos para resolver este dilema.
El propósito que los ha guiado ha sido, en la mayor parte de los casos,
establecer un límite exacto más allá del cual no puede ser aplicada la ley de
la causalidad. Los recientes progresos en la ciencia física han venido a
inmiscuirse en la cuestión., y la libertad de la voluntad humana ha sido
aducida como una base lógica para aceptar que en el Universo físico actúa tan
sólo una causalidad estadística.
Según ya he dicho en otras ocasiones, me niego a
sumarme a esa opinión. Si la aceptásemos, el resultado lógico sería considerar
que la voluntad humana está sometida a los vaivenes de la ciega casualidad. En
mi opinión, el problema de la voluntad humana nada tiene que ver con la
oposición entre la física causal y la estadística. Su importancia es de un
carácter mucho más profundo y completamente independiente de cualquier
hipótesis física o biológica.
Me inclino a creer, como algunos famosos filósofos,
que la solución del problema se encuentra en otra esfera. Cuando se examina
detenidamente, la alternativa antes mencionada — ¿la voluntad humana es libre o
está determinada por una ley de estricta causalidad?— se basa sobre una
disyunción lógica inadmisible. Los dos casos que aquí se oponen no excluyen un
tercero. ¿Qué significa entonces decir que la voluntad humana está causalmente
determinada? Sólo puede tener una significación, la de que cada acto volitivo,
con todos sus motivos, puede ser previsto y predicho, claro es que tan sólo por
quien conoce el ser humano en cuestión, con todas sus características
espirituales y físicas, y que ve clara y directamente a través de su vida
consciente y subconsciente. Pero esto significa, a su vez, que tal persona
estará dotada de poderes espirituales de absoluta clarividencia; en otras
palabras, estará dotada de visión divina.
Ahora bien, a la mirada de Dios todos los hombres
son iguales. Incluso los genios más eminentes, como Goethe y Mozart, son algo
así como seres primitivos, cuyos más íntimos pensamientos y complicados
sentimientos semejan un collar de perlas que se despliega en regular sucesión
ante sus ojos. Esto no empequeñece la grandeza de los hombres geniales, pero
por nuestra parte sería un estúpido sacrilegio si quisiéramos arrogarnos el
poder de ser capaces, basándonos en nuestro propio estudio, de ver con la claridad
con que ven los ojos de Dios, y comprender con la claridad con que el Espíritu
Divino comprende.
La inteligencia ordinaria no puede penetrar en las
grandes profundidades del pensamiento, y cuando decimos que los fenómenos
espirituales están determinados, el juicio elude la posibilidad de la prueba.
Es de un carácter metafísico, lo mismo que el juicio de que existe un mundo
exterior real. Pero el juicio de que los fenómenos espirituales están
determinados es lógicamente inatacable y desempeña un papel importante de
nuestra persecución del conocimiento, dado que forma la base de todas las
tentativas para comprender las conexiones entre los acontecimientos
espirituales. Ningún biógrafo intentará resolver, la cuestión de los motivos
que gobiernan los actos de su héroe, atribuyéndolos al mero azar.
Atribuirá su incapacidad a la falta de datos, o
admitirá que sus poderes de penetración espiritual no llegan a bucear en la
profundidad de esos motivos. En la práctica de la vida cotidiana nuestra
actitud para con el prójimo está basada en la aceptación de que sus palabras y
actos están determinados por diferentes causas que radican en la naturaleza
individual misma o en el medio, incluso aunque se admita que las fuentes de
esas causas no pueden ser descubiertas por nosotros.
¿Qué queremos significar cuando decimos que la
voluntad humana es libre? Tales palabras significan que siempre tenemos la
posibilidad de elegir entre dos alternativas cuando llega el momento de tomar
una decisión. Este juicio no está en contradicción con lo que ya se ha dicho.
Hallaríase en contradicción tan sólo cuando un hombre fuera capaz de ver
perfectamente a través de sí mismo, como los ojos de Dios pueden hacerlo;
entonces, basándose en la ley de causalidad, podría prever todas las acciones
de su voluntad, y, en consecuencia, ya no sería libre. Pero el caso queda
lógicamente excluido, pues los ojos más penetrantes son incapaces de verse, al
igual que un instrumento de trabajo no puede actuar sobre sí mismo. El objeto y
el sujeto de un acto de conocimiento jamás pueden ser identificados. Así, sólo
es posible hablar de acto de conocimiento cuando el objeto que va a ser
conocido no es influido por la acción del sujeto que inicia y realiza dicho
acto. Por tanto, la cuestión de si la ley de causalidad es aplicable en este
caso, o si es un contrasentido aplicarla a la acción de la propia voluntad, es
algo así como si alguien se preguntase si podría elevarse por encima de sí
mismo o correr tras de su sombra. En principio cualquier hombre puede aplicar
la ley de causalidad a los sucesos del mundo que le rodea, tanto en el orden
espiritual como en el físico, de acuerdo a la medida de su propia capacidad
intelectual; pero tan sólo puede hacerlo cuando está seguro de que el acto de
aplicar dicha ley no tiene influencia sobre el suceso mismo. En consecuencia,
no le es posible aplicar la ley de causalidad a sus futuros pensamientos o a
los actos de su propia voluntad. Estos son los únicos objetos que para el
individuo no caen dentro de la fuerza de la ley de causalidad de tal modo que
pueda ejercer su acción sobre ellos. Y estos objetos son sus más queridos e
íntimos tesoros. De su sabio gobierno dependen la paz y felicidad de su vida.
La ley de causalidad no puede dictar la línea de acción y no es capaz de
relevar al individuo de la responsabilidad moral de sus propias acciones. La
sanción de la responsabilidad moral procede de otra ley que nada tiene que ver
con la ley de causalidad.
La propia conciencia es el tribunal que aplicará
esa ley de responsabilidad moral, y oirá sus advertencias y sanciones siempre
que quiera oírlas. Es un peligroso acto de auto engaño intentar desprenderse de
una obligación moral desagradable aduciendo que la acción humana es el
inevitable resultado de una inexorable ley de la naturaleza. El ser humano que
considera su propio futuro como previamente determinado por el destino, o la
nación que cree en una profecía según la cual está llamada a derrumbarse en virtud
de una ley de la naturaleza, únicamente reconoce una falta de voluntad para
esforzarse y vencer.
Y así llegamos al punto donde la ciencia reconoce
unos límites más allá de los cuales no puede pasar, y señala las apartadas
regiones que yacen fuera de la esfera de sus actividades.
El hecho de que la ciencia declare sus propios
límites nos da mayor confianza en sus afirmaciones cuando habla de aquellos
resultados que corresponden a su propio campo.
Pero, por otra parte, no hay que olvidar que las
diferentes esferas de la actividad del espíritu humano jamás se hallan aisladas
unas de otras, ya que existe una íntima y profunda conexión entre todas ellas.
Partimos del territorio de una ciencia especial y
trabajamos en una serie de problemas que son de un carácter puramente físico;
pero esos problemas nos conducen desde el mundo de las simples percepciones
sensoriales al mundo metafísico. Y en este mundo nos enfrentamos con la
imposibilidad de conocerlo directamente. Es una tierra misteriosa. Es un mundo
cuya naturaleza no puede ser comprendida por los humanos poderes de concepción
mental; pero nos es posible percibir su armonía y belleza cuando nos esforzamos
por comprenderla.
Y allí, en el umbral de ese mundo metafísico, nos
colocamos frente a frente a la cuestión suprema, la de la libertad de la
voluntad humana. Es una cuestión en la que cada uno debe meditar por sí mismo
si desea reflexionar seriamente acerca de lo que puede ser la significación de
su vida.
§. Causalidad y libre albedrío: estado actual del
problema
Este es uno de los más antiguos enigmas. ¿Hasta qué
punto puede armonizarse la independencia de la volición humana con el hecho de
que somos partes integrantes de un universo sometido a las rígidas órdenes de
las leyes de la naturaleza?
A primera vista estos dos aspectos de la existencia
humana parecen ser lógicamente inconciliables. Por una parte se presenta el
hecho de que los fenómenos naturales ocurren invariablemente de acuerdo a la
rígida seriación de causa a efecto. Este es un postulado indispensable de toda
investigación científica, no simplemente para el caso de aquellas ciencias que
se ocupan de los aspectos físicos de la naturaleza, sino también para el caso
de las ciencias que se refieren a la mente humana, como la psicología. De todos
modos, la admisión de una indefectible secuencia causal de todos los
acontecimientos es la base sobre la cual se regula nuestra conducta en la vida
cotidiana. Pero, por otra parte, tenemos nuestra más directa e íntima fuente de
conocimiento, que es la conciencia, la cual nos dice que en última instancia
nuestros pensamientos y voliciones no están sometidos a ese orden causal. La
voz interna de la conciencia nos afirma que en un momento dado somos capaces de
elegir entre ésta o aquella alternativa. Y el corolario es que el ser humano
debe ser considerado generalmente responsable de sus propias acciones. Sobre
esta afirmación se basa la dignidad ética de los hombres.
¿Cómo podemos conciliar esa dignidad con el
principio de la causalidad? Cada uno de nosotros es una parte integral del
mundo en que vivimos. Si cualquier otro acontecimiento del universo es un
eslabón en la cadena causal que nosotros llamamos el orden de la naturaleza,
¿hasta qué punto el acto de la volición humana puede ser considerado como
independiente de ese orden? El principio de causalidad es universalmente
aplicable o no lo es: de no serlo ¿dónde debemos trazar la línea divisoria y
por qué una parte de la creación está sometida a una ley que por su naturaleza
parece universal mientras que otra parte queda exceptuada de ella?
En todas las razas civilizadas, los pensadores más
profundos se han planteado este problema y han sugerido innumerables
soluciones. No tengo la intención de añadir una más a la suma total. Mi razón
para colocar el problema en relación con mi propia ciencia es que la
controversia ha penetrado ahora en el campo científico. Partiendo de las
sugestiones que se han hecho acerca de la inaplicabilidad del principio causal
a ciertos tipos de investigación en la ciencia física, han sido deducidas
amplias conclusiones, y la vieja controversia se ha renovado ahora de un modo
todavía más violento que antes.
Después de todos .los pensamientos que han sido
emitidos acerca de esta cuestión, desde que el hombre comenzó a razonar acerca
de su lugar en el universo, puede justificadamente aceptarse que el problema de
la causalidad está ahora más cerca de su solución que lo estuvo antes, aunque
concedamos que es imposible una solución completa y final dada la naturaleza de
la cuestión en sí. Razonablemente podíamos esperar que en este período de la
controversia los litigantes llegaran, al menos, a un acuerdo sobre la naturaleza
de los problemas fundamentales surgidos de la discusión. Pero ha ocurrido lo
contrario. En la actualidad no es simplemente el problema en sí mismo el que se
debate, sino también las ideas básicas involucradas en él han sido tomadas en
consideración —por ejemplo, la significación del concepto causalidad en sí
mismo, cuestiones epistemológicas referentes a los objetos que deben ser
incluidos dentro de los fines legítimos del conocimiento humano, la diferencia
entre objetos que son sensorialmente perceptibles y objetos que se hallan fuera
de esta categoría, etc. Todas estas disputas accesorias han aumentado la
confusión.
Los protagonistas se han dividido principalmente en
dos escuelas. Una de ellas se interesa especialmente en el problema desde el
punto de vista del progreso del conocimiento, manteniendo que el principio de
la estricta causalidad es un postulado indispensable en la investigación
científica, incluso en la esfera de la actividad mental. Como una consecuencia
lógica de esta actitud, sus partidarios declaran que no podemos exceptuar la
actividad humana, en ninguna de sus formas, de la ley universal de la causalidad.
La otra escuela se ocupa más de la conducta de los seres humanos y del sentido
de dignidad humana, sintiendo que se trataría de una degradación inconcebible
que los seres humanos, incluyendo los casos más elevados de mentalidad y de
ética, fueran considerados como autómatas inanimados en las manos de una férrea
ley de causalidad.
Para esta escuela de pensadores, la libertad de la
voluntad es el atributo más elevado del hombre. Por tanto, debemos afirmar,
dicen estos pensadores, que la ley de causalidad no rige para la vida más
elevada del alma o, al menos, no debe ser aplicada a los actos mentales
conscientes de las figuras más señaladas de la humanidad.
Entre estas dos escuelas existe gran número de
pensadores que se hallan más o menos equidistantes de ellas, pues se dan
cuenta, en cierto sentido, de que ambas partes tienen razón. No quieren negar
la validez lógica de una posición ni la validez ética de la otra.
Reconocen que en las ciencias mentales, el
principio de causalidad, como una base de investigación científica, ha sido
ahora llevado con ventajosos resultados más allá de los límites de la
naturaleza inanimada. En consecuencia, no quieren negar el juego de la
causalidad en la esfera mental, aunque ellos podrían igualmente erigir una
barrera en algún punto dentro de esa esfera y atrincherar la libertad de la
volición humana tras de ella.
Entre aquellos que tampoco pertenecen a ninguna de
las dos escuelas extremas, quizá se deba también mencionar a ciertos hombres de
ciencia que están en contra de la aplicación universal del principio de la
causalidad en las ciencias físicas. Estos hombres piensan que es inaplicable a
los fenómenos naturales que son estudiados en la física de los cuantos. Pero la
mayor parte de los científicos que mantienen esto no hacen cuestión de la
validez universal del principio en sí mismo. Sin embargo, esa actitud debe ser
mencionada en este lugar, pues aunque no constituya una escuela de pensamiento,
indica una tendencia. Y en tanto que esta tendencia ha sido explotada por los
divulgadores que hablan de espontaneidad en la labor interna de la naturaleza,
merece ser considerada, aunque sólo sea con el propósito de mantener una clara
línea de comunicación entre la ciencia seria y el público que piensa
seriamente.
Como la controversia general en sí misma nada tiene
que ver con la ciencia física, a los físicos, como tales, no les concierne este
problema. Pero la controversia afecta ahora al método básico sobre el cual las
investigaciones científicas se realizan. Si las bases de la causalidad no son
válidas, ¿cómo podremos considerar exactos los resultados a que se llega sobre
esta base? La controversia afecta, por tanto, al ansia general de merecer
confianza que hace progresar las ciencias naturales. Esta es la razón de por
qué estoy yo discutiendo en este lugar como un físico, con la esperanza de que
lo que yo diga pueda servir para mantener claramente los fundamentos sobre los
cuales la rama de la ciencia a que me dedico basa sus derechos a ser creída.
Consideremos primeramente el problema en su aspecto
general. ¿Qué significa el concepto involucrado en la expresión ley de
causalidad? En la vida cotidiana estamos familiarizados con la idea de una
causa, e imaginamos que, como en todas las cosas de la vida diaria, la
explicación de esta idea es por demás sencilla. El sentido común y la
experiencia cotidiana nos muestran que todas las cosas y sucesos son productos
de otras cosas y sucesos.
Decimos que aquello que sucede ante nuestros ojos
es el efecto de otra cosa, y denominamos causa a esa otra cosa, admitiendo, al
mismo tiempo, que varias causas pueden haber contribuido a producir uno y el
mismo efecto. Por otra parte, nos damos cuenta de que los mismos efectos pueden
ser a su vez la causa de sucesos subsiguientes.
Cuando nos encontramos cara a cara con un suceso
que no nos es posible referir a alguna causa o serie de causas, y que se halla
fuera de todas las causas que nos son familiares ¿qué ocurre? ¿Es cierto y
necesario para el pensamiento humano que cualquier suceso, en cualquier
momento, deba obedecer a una causa correspondiente? ¿Implicaría una
contradicción lógica que en este o aquel caso el suceso hubiera ocurrido
absolutamente por sí y sin relación causal con otro suceso? Como es natural, la
respuesta es negativa, pues es muy fácil pensar que un suceso no reconozca una
causa que lo explique. En tales casos hablamos de milagros, de maravillas y de
magia y el simple hecho de que exista todo un tipo de literatura que se
desenvuelve en países de maravillas prueba por sí mismo que el concepto de
causalidad estricta no es una necesidad inherente al pensamiento humano.
Finalmente, la mente humana encuentra pocas dificultades para pensar que
cualquier cosa del mundo puede, en determinado momento, trastrocarse. Podemos
decirnos, por ejemplo, que mañana el sol saldrá, para cambiar, por Occidente.
Podemos decirnos que puede ocurrir un milagro de la naturaleza contrario a
todas las leyes conocidas. Podemos suponer, por ejemplo, que las cataratas del
Niágara broten hacia arriba, aunque esto sea imposible en el mundo de la
realidad. Puedo pensar que la puerta de la habitación en que estoy escribiendo
se abra espontáneamente, y puedo imaginar que personajes históricos penetran en
la estancia y se acercan a mi mesa. Hablar de tales acontecimientos en el mundo
de la realidad puede ser un contrasentido, y podemos denominarlos imposibles,
al menos en nuestra forma cotidiana de razonar. Pero debemos distinguir este
tipo de imposibilidad de la imposibilidad lógica, como es la idea de un círculo
cuadrado o la de que una parte del todo sea más grande que éste, pues por más
esfuerzos que hagamos para pensar en tales cosas, no podemos concebirlos en
tanto que en-cierran una contradicción interna. Podemos pensar en una parte y
podemos pensar en el todo al cual esa parte pertenece, pero nos es imposible
imaginar que esta parte sea más grande que el todo. Este tipo de imposibilidad
es inherente a la naturaleza del pensamiento humano mismo, mientras que la idea
de que suceda algo fuera de los límites de la causalidad tiene una coherencia
lógica.
Así, desde el primer momento podemos ser
perfectamente claros acerca de un hecho muy importante, el de que la validez de
la ley de causalidad para el mundo de la realidad es una cuestión que no puede
ser decidida basándose sobre razonamientos abstractos. Pero la realidad, no
importa que pueda decirse lo contrario, es sólo una particular y pequeña parte
de esa inmensa esfera hacia la cual puede dirigirse el pensamiento humano. Esto
es cierto incluso aunque nuestro poder imaginativo tenga siempre que tomar su
punto .de apoyo en alguna experiencia real. En definitiva, la experiencia es
para nosotros el punto de partida de todo pensamiento; pero poseemos el don de
ir con el pensamiento más allá de la realidad y para tener esta facultad
imaginativa no hay que ser poeta, ni músico, ni artista. Realmente, uno de los
más elevados y preciosos dones que el hombre posee es este poder de elevarse
con el pensamiento hacia los reinos de la luz cuando el peso de la vida
cotidiana gravita sobre nosotros y se hace intolerable.
Las creaciones del arte son similares a las de la
ciencia, al menos por lo que se refiere a la investigación científica, en el
estricto sentido del término, que jamás puede avanzar sin la fuerza creadora
del talento imaginativo. El hombre que no puede imaginar sucesos y condiciones
de existencia contrarios al principio causal que él conoce, jamás enriquecerá
su ciencia con la adición de una nueva idea. Y este poder de pensar más allá de
los límites de la causalidad es un prerrequisito, no sólo para la construcción
de hipótesis, sino también para la coordinación satisfactoria de los resultados
a que ha llegado la investigación científica. Es la visión imaginativa la que
permite emitir una hipótesis, y luego viene la investigación experimental para
establecer las pruebas de la hipótesis. Los resultados a que inmediatamente se
llega mediante el experimento tienen que ser coordina-dos, y así formar la base
de una teoría con la esperanza de descubrir las leyes naturales que rigen el
fenómeno que ha sido estudiado. Esta obra pone otra vez en juego el poder
imaginativo, y nuevos experimentos proporcionan a las leyes así construidas la
demostración definitiva.
Para demostrar hasta qué punto el espíritu
científico debe necesariamente imaginar alternativamente sucesos que se
encuentran fuera de los verdaderos límites de la causalidad, cuando busca
establecer sus conclusiones, permítasenos citar un ejemplo tomado de las
ciencias naturales. Pensemos en un rayo de luz que llega hasta nosotros desde
una estrella lejana. También podemos pensar que procede de alguna fuente más
cercana como una lámpara eléctrica: y pensemos también que atraviesa varios
medios transparentes de diferentes densidades, como el aire, el cristal, el
agua, etc., antes de alcanzar finalmente nuestros ojos. ¿Qué ruta puede elegir
la luz desde su punto de origen hasta el ojo del observador? Hablando en
términos generales no puede ser una línea recta, pues cuando la luz pasa de un
medio a otro, su dirección se aparta de la dirección de la línea de entrada.
Todos estamos familiarizados con este fenómeno que
puede apreciarse sumergiendo un bastón en el agua.
La línea de luz que marcha desde el bastón hacia
los ojos se dobla en el punto en que cambia de medio. Así, la línea de
transmisión de un rayo de luz que procede de una lejana fuente hasta llegar al
ojo, se desviará en cada uno de los diferentes medios transparentes a través de
los cuales pasa; es decir, su curso será en zig-zag y de acuerdo al número y a
las diferentes densidades de los medios que atraviesa. Incluso en la atmósfera
misma, la línea que sigue un rayo de luz es completamente irregular, debido a
que la atmósfera posee diferente poder de desviación en las diferentes alturas.
Ahora bien ¿podemos hallar alguna fórmula que nos
dé el verdadero camino que sigue nuestro imaginario rayo de luz? Podemos. La
respuesta está bien definida: está contenida en esa notable ley de la
naturaleza según la cual un rayo de luz que procede de una fuente distante
elegirá siempre entre las diversas rutas que están a su disposición, el camino
que le llevará al ojo del observador en el espacio de tiempo más breve,
admitiendo el hecho de que la luz deba pasar a través de los diferentes medios
con distintas velocidades. Este es el principio denominado de la "llegada
más rápida", principio que ha sido muy útil en las investigaciones
científicas. Pero no tendría significación alguna en aquellos casos en que no
estemos en situación de imaginar otros caminos alternativos a través de los
cuales pueda viajar la luz, aunque en realidad no llegue a hacerlo a lo largo
de estas vías y, por tanto, sean causalmente imposibles, en el sentido de que
la luz no pueda realmente venir por otro camino. Todas las rutas alternativas
que podemos imaginar sólo son posibles en el reino abstracto del cerebro,
siendo imposibles en la realidad de la naturaleza. Sería como si la luz
poseyera cierta cantidad de inteligencia y actuara por la necesidad de su
propia naturaleza con el laudable principio de cumplir su tarea en el menor
tiempo posible. Por tanto, no tiene la oportunidad de perder tiempo en intentar
caminos alternativos, pues tiene que decidirse inmediatamente por el camino más
rápido.
Existen otros casos similares en las ciencias
naturales, por ejemplo, en los movimientos virtuales que no obedecen a las
leyes dinámicas, y que, por' tanto, son imposibles en el sentido causal. Todas
estas fantásticas conclusiones desempeñan un importantísimo papel en la ciencia
teórica. Se emplean como instrumentos muy eficaces del pensamiento para el
planteamiento de investigaciones y para la construcción de teorías. En
consecuencia, no implican ciertamente contradicción alguna de las leyes del
pensamiento mismo.
Una vez resuelto que la ley de la causalidad no es
en modo alguno un instrumento necesario en el proceso del pensamiento humano,
podemos permitimos abordar el problema de su validez en el mundo de la
realidad. En primer término permítasenos preguntamos ¿qué debe entenderse por
el término causalidad? Podemos entender con este concepto una interrelación
regular entre los efectos que subsiguen uno a otro en el tiempo, pero también
podemos preguntamos simultáneamente si esa relación está fundada en la misma
naturaleza de las cosas o si es total o parcialmente un producto de la facultad
imaginativa. ¿Es posible que la humanidad haya desarrollado originalmente ese
concepto de causalidad para satisfacer las necesidades de una vida práctica,
pero más tarde haya observado que si los hombres estuvieran limitados a una
perspectiva exclusivamente basada sobre este principio, la vida podría resultar
insoportable? No necesitamos demorarnos aquí en la discusión de los diversos
aspectos filosóficos de este problema. ¿No es mucho más interesante, para
nuestro actual propósito, preguntarse si la conexión causal entre los
acontecimientos debe ser considerada como absolutamente completa y siempre
ininterrumpida, o si hay sucesos que no intervienen en la cadena como eslabones
relacionados?
Veamos, en primer término, si esta cuestión puede
ser planteada con una sistemática aplicación de razonamientos deductivos. En
realidad, algunos de los más famosos filósofos de la historia del pensamiento
humano han propuesto soluciones del problema causal que están basadas sobre
fundamentos puramente abstractos. Estas soluciones parten del axioma ex nihilo
nihil fit, nada viene de la nada, o, en otras palabras, ningún suceso en el
mundo tiene en sí mismo una adecuada explicación de su propia existencia. Remontándose
en los razonamientos, los filósofos de la que se ha denominado generalmente la
escuela racionalista, establecieron como una necesidad lógica la existencia de
una Suprema Causa.
Esta Suprema Causa es el Dios de Aristóteles y de
los filósofos escolásticos.
Como una consecuencia lógica del razonamiento así
aceptado era necesario atribuir a esta Divinidad la posesión, en su plenitud,
de todas las perfecciones que se hallan presentes en el mundo. Si existe
realmente una Suprema Causa fuera del mundo, que es el Creador del mundo y el
Creador de todas las cosas en el mundo, sólo podremos deducir la naturaleza de
esta Suprema Causa mediante un estudio de Su obra. Según esto, se puede
fácilmente ver que la naturaleza que hay que atribuir a esa Suprema Causa tiene
que depender necesariamente de la apreciación del hombre respecto a las cosas
creadas. En otras palabras, el concepto de la Divinidad en este caso debe tomar
su matiz del aspecto del mundo, según lo juzga el filósofo en cuestión,
individualmente considerado, o según la base cultural que ese individuo posea.
En el intento que han hecho los escolásticos para armonizar el Jehová de la
cultura judía con el Dios racional de Aristóteles, se ha insistido
enfáticamente sobre el hecho de que no hay una contradicción lógica en la idea
de que el Creador interponga repentinamente Su mano en el orden de Su propia
creación, y así hemos creído en milagros y maravillas establecidos sobre una
base filosófica. Por tanto, en la filosofía de la escuela histórica
racionalista, aunque se admite el orden de la naturaleza como inevitablemente
predeterminado por la Suprema Causa, la cadena causal en el mundo puede, de
tiempo en tiempo, interrumpirse por la intervención de un poder sobrenatural.
Pasemos ahora desde la escolástica griega al
concepto filosófico moderno del mundo.
Generalmente se considera a René Descartes como el
padre de la filosofía moderna. De acuerdo con Descartes, Dios hace todas las
leyes de la naturaleza y todas las leyes que gobiernan el espíritu humano por
un acto de Su propia libre voluntad, y los propósitos son tan recónditos que el
pensamiento humano es incapaz de penetrar en su total significación. Por tanto,
en la filosofía cartesiana la posibilidad de los milagros no está en modo
alguno excluida. De todos modos la consecuencia lógica de la inescrutabilidad
de los designios de Dios en el mundo, es que debemos admitir la posibilidad de
acontecimientos cuya comprensión esté fuera de los límites del interés humano.
Pueden ser llamados misterios más bien que milagros, en el sentido escolástico
del último término. En otras palabras, como nuestras mentes no son capaces de
abarcar las leyes que guían el universo, debemos contentarnos con considerar
ciertos acontecimientos como más allá de nuestro poder de explicación y
referirlos tan sólo a los misteriosos caminos de la Divina Providencia. Para la
ciencia, esto significa que prácticamente hay que admitir la existencia de
interrupciones en la cadena causal.
En contraposición con la divinidad cartesiana, el
Dios de Baruch Spinoza es un Dios de armonía y orden cuya naturaleza compenetra
de tal modo toda la creación que la relación causal universal es en sí misma
divina, y, por tanto, absolutamente perfecta, no permitiendo excepciones. En el
concepto del mundo de Spinoza no hay lugar para la casualidad o el milagro,
esto es, la interrelación causal es absolutamente ininterrumpida.
El siguiente gran nombre que viene a nuestra
memoria al examinar las diversas filosofías que se han fundado sobre una base
racionalista, es el de Gottfried Wilhelm Leibniz. Según Leibniz, el mundo ha
sido hecho en cumplimiento de un plan que corresponde a la suprema sabiduría
del Creador. En todas las cosas creadas Dios implantó la ley de su propio Ser
individual, de modo que cada ser en el mundo es independiente y se desarrolla
independientemente de las restantes cosas, siguiendo tan sólo la ley de su propio
destino individual. Por tanto, según Leibniz, la interrelación causal entre una
cosa y otra es únicamente aparente. Esto significa que debemos excluir el
principio de causalidad.
Podemos concluir, creo, de estos pocos ejemplos,
que las teorías filosóficas racionalmente deducidas de los principios
abstractos que se refieren al lugar del principio causal en el mundo, son casi
tan numerosas como los filósofos. Es obvio que a lo largo de este camino no
podamos hacer progresos hacia una solución del problema general.
Ahora llegamos a una brecha en la tradición
filosófica. Como quiera que sea, puede decirse frente a la escuela empirista
inglesa y sus consecuencias solipsistas [9], que al menos se abre una brecha
con la ingenua arrogancia de la escuela racionalista tradicional y se inicia el
camino para el desarrollo de una perspectiva filosófica que está más en armonía
con él.
John Locke fue el fundador de esta escuela. Su obra
representa el primer ensayo sistemático para estimar desde un punto de vista
crítico la certeza y conformidad del conocimiento humano cuando se compara con
el universo que lo rodea. Según Locke, todas las ideas dependen, en definitiva,
de la experiencia, y este autor entiende por experiencia las percepciones
sensoriales de los cinco sentidos. Más allá de estos cinco sentidos existe
únicamente la conciencia reflexiva, que no es un sentido que tenga algo que ver
con los objetos, sino que, como dice Locke, " puede ser llamada con
propiedad un sentido interno".
Lo que nosotros sentimos como caliente o frío, duro
o blando, lo que vemos como rojo o azul, es lo que conocemos, y ninguna otra
especial definición es necesaria o posible.
Muchas veces se oye hablar de una ilusión de los
sentidos, como puede suceder, por ejemplo, en el caso del espejismo. De todos
modos esto no implica que la sensación misma sea errónea, sino más bien que las
conclusiones que deducimos de la percepción sensorial son incorrectas. Lo que
nos engaña no es el sentido perceptivo sino el intelecto racionalizador.
La percepción sensorial es algo enteramente
subjetivo, y, por tanto, partiendo de ella, podemos deducir la existencia del
objeto. El color verde no es una propiedad de las hojas, sino una sensación que
experimentamos al examinar la hoja, y otro tanto ocurre con los restantes
sentidos. Hagamos caso omiso de las impresiones sensoriales y nada nos queda
del objeto. John Locke parece pensar que el sentido del tacto desempeña un
papel más importante que los restantes sentidos, pues a través de él percibimos
las cualidades mecánicas de los cuerpos, como el espesor, la extensión, la
forma y el movimiento, y Locke parece atribuir estas cualidades a algo que está
en los objetos mismos. Pero los últimos empirista s, especialmente David Hume,
mantienen que todas las cualidades mecánicas de los cuerpos existen únicamente
en los sentidos del sujeto perceptor.
A la luz de esta teoría, el llamado mundo exterior
se resuelve en un complejo de impresiones sensoriales, y el principio de
causalidad no significa otra cosa que cierto orden experimentado en la
seriación de las sensaciones. La idea del orden es, en sí misma, una impresión
sensorial que debe ser considerada como algo que se produce inmediatamente, y
que no permite un análisis ulterior, pues ese orden puede terminar en cualquier
momento.
Por tanto, en este caso no hay causalidad. Se
observa que una cosa sigue a la otra, pero la observación no puede afirmar que
sea "causada" por ella. Si una bola de billar que se mueve
rápidamente choca contra otra y la pone en movimiento, experimentamos dos
impresiones sensoriales independientes una tras otra: la percepción sensorial
de la bola que se mueve y la percepción sensorial de la que ésta pone en
movimiento. Si nos hallamos ante la mesa de billar veremos que estas
observaciones se repiten, y podremos registrar cierta regularidad entre las
impresiones; por ejemplo, somos capaces de percibir que la velocidad de la
segunda bola depende de la velocidad y de la masa de la que choca contra ella.
Podremos descubrir también un orden más amplio entre estos dos fenómenos;
seremos capaces, por ejemplo, de medir el ruido del impacto por su fuerza, y
podremos descubrir el aplastamiento momentáneo de cada bola en el punto de
contacto con la otra bola si manchamos una de ellas con un material coloreado.
Todas estas observaciones, sin embargo, son únicamente percepciones sensoriales
que se acompañan con regularidad o que se desplazan una tras otra regularmente.
Pero en tales casos no existe entre unas y otras un eslabón de conexiones
lógicas. Cuando hablamos de la fuerza que la bola que se mueve ejerce sobre la
que está en reposo, trátase tan sólo de un concepto de analogía que surge de la
sensación muscular que sentimos al mover con la mano la bola que está en reposo
en lugar de hacerlo por intermedio de aquella que se mueve. El concepto de
fuerza ha sido muy útil para formular las leyes del movimiento, pero desde el
punto de vista del conocimiento carece en todos los casos de utilidad. Esto es
debido a que no disponemos de un procedimiento para relacionar, a través de un
lazo causal o un puente lógico, los diferentes fenómenos del movimiento que
hemos experimentado. Las impresiones sensoriales individuales son y
permanecerán diferentes, importando poco que puedan percibirse relaciones entre
ellas.
En este caso, la significación del principio de
causalidad, fundamentalmente considerada, yace simplemente en el juicio de que
a partir del mismo o análogo complejo sensorial como causa, podrá seguir el
mismo o análogo complejo sensorial como un efecto; pero incluso la cuestión de
lo que puede ser considerado como análogo exigirá en cada ocasión una prueba
especial. Formulado de este modo, el principio de causalidad queda privado de
toda significación profunda, lo cual no quiere decir, sin embargo, que la ley
de causalidad carezca de significación práctica para la razón humana. Todo lo
que puede deducirse es que el postulado de la causalidad no nos proporciona los
fundamentos de un conocimiento cierto.
¿Cómo, entonces, puede ser explicado el hecho de
que en la vida diaria consideremos la relación causal de las cosas como algo
objetivo e independiente? ¿Cómo puede ser esto si en realidad no experimentamos
otra cosa que la sucesión ordenada de percepciones individuales sensoriales? La
doctrina del escepticismo empírico responde que esto sucede debido a la enorme
utilidad del concepto causal y a la fuerza de la costumbre. La costumbre
desempeña, ciertamente, un importante papel en la vida. Desde la infancia en
adelante, influye sobre nuestro temperamento, nuestra voluntad y nuestro
pensamiento. Nosotros pensamos, comprendemos una cosa, simplemente porque
estamos habituados a reparar en ella. La primera vez que algo nuevo llama
nuestra atención nos sentimos sorprendidos, pero si la misma cosa sucede por
décima vez, supondremos que se trata de un suceso natural. Si el fenómeno tiene
lugar por centésima vez diremos que es común e incluso llegaremos a considerado
como un hecho que necesariamente tiene que ocurrir así. Hace cien años, poco
más o menos, la humanidad en general no disponía de más fuerza locomotriz que
la muscular del hombre y de las bestias. En consecuencia no se consideraba
posible otra forma de fuerza. La fuerza del aire y de los saltos de agua fue
reconocida y aplicada a los fines mecánicos, pero en estos casos la fuerza
misma estaba estacionaria y no podía trasladarse en un sentido arbitrario. Tan
sólo los hombres y los animales, por su fuerza muscular, eran capaces de
moverse a voluntad desde un lugar a otro. Se dice que cuando los primeros
ferrocarriles atravesaban los campos, los labriegos se preguntaban unos a otros
cuántos caballos estarían ocultos en la máquina. Con las máquinas de vapor y
los motores eléctricos que se encuentran en todas partes, los jóvenes de hoy
día no pueden fácilmente comprender la mentalidad de los labriegos de hace cien
años que sentían la necesidad de atribuir la fuerza locomotriz al poder de los
animales.
Hasta este momento los escépticos tienen derecho a
decir que es la fuerza del hábito, de la costumbre, la que nos hace atribuir
ciertos efectos a ciertas causas. Pero, al mismo tiempo, esta fuerza del hábito
no puede explicar por qué establecemos esa relación. En la narración Rei's Nah
Belligen de Fritz Reuter, los campesinos cometían indudablemente una ridícula
confusión suponiendo que en la máquina de vapor se ocultaban caballos, lo mismo
que el antiguo rústico griego caía en un error al atribuir el trueno a la ira
de Zeus. Pero aquí no se trata de esto. Se trata más bien de responder a la
cuestión de por qué estos sucesos son atribuidos a una causa y cómo es que el
concepto de causalidad surge cuando vemos que un acontecimiento sucede a otro.
La mera sucesión regulada de las impresiones no nos lo explica.
Si profundizamos algo más en la consideración de la
teoría empirista y no preguntamos hasta dónde nos conducirá si las perseguimos
hasta sus lógicas consecuencias, llegaremos a un criterio práctico. En primer
término, debemos retener en la mente el hecho de que cuando se trata de una
cuestión de percepción sensorial, como la única y exclusiva fuente del
conocimiento, se tratará en cada caso de la percepción personal sensorial de
cada observador, y que los demás hombres tengan percepciones similares sólo puede
ser aceptado por analogía. Pero en la teoría empirista no podemos conocer esto
ni puede ser lógicamente demostrado. Por tanto, si nos atenemos a las
consecuencias lógicas de la doctrina empirista y excluimos toda suposición
arbitraria, tendremos que limitamos, cada uno de nosotros, a los fundamentos de
sus propias percepciones sensoriales personales. En consecuencia, el principio
de causalidad es únicamente un armazón para nuestras experiencias, que nos
ayuda a relacionarlas a medida que van penetrando a través de los sentidos, y
siendo completamente incapaces para informarnos de lo que sucederá luego, no
podrán decirnos si quedarán interrumpidas en un momento dado. Esta condición
del problema parece destruir toda línea de distinción entre las percepciones
sensoriales que surgen del mundo de los acontecimientos ordinarios y aquellas
que no encuentran su base en alguna parte de ese mundo. Recordemos, por
ejemplo, el caso de los sueños. Puedo soñar con toda clase de cosas, pero en el
momento en que despierto la realidad de mi ambiente da por tierra con todo lo
soñado. Sin embargo, el empirista' no puede lógicamente admitir esto. Para él
no existe la realidad de la vigilia, debido a que la sensación subjetiva es la
única fuente que informa a la conciencia y la sola base y criterio del
conocimiento. Ahora bien, quien sueña cree automáticamente durante el sueño en
su realidad, y, de acuerdo a los empiristas, la persona que está despierta cree
automáticamente en la realidad de sus percepciones sensoriales. Pero no tiene
más razón que la que tiene el soñador para decir que una serie de percepciones
es falsa y la otra verdadera.
Basándose en la lógica pura, este sistema de
pensamiento, comúnmente denominado solipsismo, es inexpugnable. El solipsista
establece su ego en el centro de la creación, y no considera cualquier
conocimiento como real o sólido, excepto aquello que, en aquel momento, está
recibiendo a través de sus percepciones sensoriales. Toda otra cosa es derivada
y secundaria. Cuando el solipsista duerme, el mundo cesa de existir para él en
el momento en que sus ojos, oídos, sentidos del olfato y del tacto se hacen inactivos.
Al despertar en la mañana todas las cosas son
nuevas para él. Me imagino, como es natural, lo que un ser humano podría ser si
fuera una consecuencia lógica de la doctrina empirista.
No hay ni que decir que todo esto merece el repudio
del sentido común, y así, incluso los escépticos más avanzados de estas
escuelas se encuentran constantemente comprometidos entre las exigencias del
sentido común y las conclusiones puramente lógicas de su propio sistema
filosófico. A este respecto es interesante llamar la atención por un momento
sobre la figura de una de las personalidades más sobresalientes en la escuela
subjetivista, el obispo Berkeley. Siendo estudiante, Berkeley leyó a Locke,
pero como estaba dotado de una naturaleza profundamente religiosa dirigió una
violenta crítica contra la filosofía de este pensador a causa de su
escepticismo. Para Berkeley las cosas existen únicamente en la mente, y el
mundo exterior puede ser explicado tan sólo diciendo que existe en la mente de
Dios. Dicho filósofo llega a la existencia de Dios de esta manera: en nuestra
propia conciencia existen impresiones que son independientes de nuestra propia
voluntad, y algunas veces se presentan incluso en contra de nuestros deseos.
Para esas impresiones debemos buscar una pauta fuera de nosotros, y así
Berkeley es conducido a establecer la existencia de Dios siguiendo
prácticamente la misma línea de razonamiento que la escuela racionalista. Para
él, de todos modos, únicamente existe la mente —la Mente Divina y la mente
humana. El mundo de la realidad que nosotros percibimos existe tan sólo en
nuestra propia mente. Por tanto, siguiendo a Berkeley, no se justifica hablar
de una relación causal entre las cosas en el mundo externo de la realidad.
Resumiendo: el empirismo es inatacable sobre la
base fundamental de una lógica pura, y sus conclusiones son igualmente
inexpugnables. Pero si lo examinamos puramente desde el punto de vista del
conocimiento, llegamos a un callejón sin salida que se denomina solipsismo.
Para escapar de este impasse no queda otro camino que saltar la valla en alguna
parte de él, y preferiblemente en el comienzo. Esto puede ser realizado
únicamente introduciendo, de una vez para todas, una hipótesis metafísica que
no tenga relación alguna con la experiencia inmediata de las percepciones
sensoriales o con las conclusiones lógicas derivadas de ellas.
Immanuel Kant, el fundador de la escuela crítica,
fue el primero que reconoció esta verdad y expuso la manera como debe ser dado
este paso metafísico. Según Kant, las impresiones sensoriales en nuestra
conciencia no son la única fuente del conocimiento. La mente posee ciertamente
conceptos que son independientes de toda experiencia. Son las llamadas
categorías, y en la filosofía de Kant constituyen una condición necesaria de
todo conocimiento.
Kant concluye que la causalidad es una de estas
categorías. Trátase de una de las formas esenciales a priori en la cual la
inteligencia ordena espontáneamente su experiencia — algo que no se deriva de
la experiencia sino que, por el contrario, se precisa para hacer posible la
ordenación de la experiencia misma. Kant formula de este modo el principio de
la causalidad: "Todas las cosas que suceden presuponen un algo, a partir
del cual se originan siguiendo una ley". Kant mantiene que este postulado
es independiente de toda experiencia. Pero la proposición de Kant no puede ser
mantenida diciendo que todas las cosas que regularmente suceden a otra tienen
una relación causal con ésta. Por ejemplo, apenas puede existir una sucesión
más regular que la de la noche siguiendo al día, pero nadie puede afirmar que
el día es la causa de la noche. La sucesión, por tanto, no es por sí misma,
como quieren los empiristas, identificable a una relación causal. En el ejemplo
mencionado del día y la noche, tenemos dos efectos que siguen a la misma causa.
Esta causa es doble: por una parte, la rotación de la Tierra sobre su eje, y
por otra, el hecho de que la Tierra no es transparente para los rayos solares.
En el sistema kantiano, por tanto, se afirma la
validez universal del principio de causalidad.
Al mismo tiempo, sin embargo, no puede negarse que
la doctrina de Kant aunque útil y concluyente en la mayor parte de sus
resultados, es, en cierto sentido, arbitraria debido a su actitud
extraordinariamente dogmática. Esta es la razón de que haya sido objeto de
tantos ataques directos y de que se haya modificado algo en el trascurso del
tiempo.
No es necesario enfrascarnos en una detallada
descripción de la parte filosófica del problema causal desde los tiempos de
Kant. Será suficiente exponer las principales características de este
desarrollo. La más violenta oposición a la doctrina kantiana surgió de aquellos
filósofos que mantenían que se iba demasiado lejos en el campo metafísico.
Ahora se acepta que no podemos prescindir de la metafísica si deseamos salvamos
de caer en el punto muerto del solipsismo. Pero, por otra parte, en tanto que
cualquier sistema intenta prescindir del extremo metafísico de un lado y del
extremo solipsista del otro, debe establecerse algo así como un compromiso con
la lógica y, por tanto, presentará ciertos puntos débiles. Es muy posible, de
todos modos, construir un sistema sobre la base de esta transacción donde los
puntos débiles puedan ser suficientemente fortalecidos para todos los objetos
prácticos.
La doctrina de Kant y con ella el conjunto de la
filosofía trascendental, desde el idealismo al extremo materialismo, está
basada desde sus comienzos sobre fundamentos metafísicos admitidos. En
contraposición a esa doctrina, el sistema positivista, fundado por Augusto
Comte, se ha mantenido, en sus varias formas, tan libre como ha sido posible de
las influencias metafísicas. Llega a este fin considerando la experiencia de
nuestra propia conciencia como la única fuente legítima del conocimiento. De
acuerdo a la doctrina positivista, la causalidad no está fundada en la
naturaleza de las cosas en sí mismas, sino que es, por decirlo brevemente, una
experiencia de la mente humana. Desempeña un importante papel debido
principalmente a que se ha mostrado fructífera y útil. Así, la ley de la
causalidad es la aplicación de esta experiencia. Como nosotros podemos conocer
exactamente lo que hemos descubierto por nuestra propia experiencia, la
significación del concepto causal se presenta claramente ante nosotros. Pero, al
mismo tiempo, permanece la posibilidad de que pueda haber casos en los que
nuestro descubrimiento no es aplicable y que, por tanto, contradice la ley de
causalidad. Mientras Kant enseña que el conocimiento sin causalidad es
imposible desde su iniciación, ya que la categoría del concepto causal existía
ya en la mente humana con anterioridad a cualquier experiencia, el punto de
vista positivista es que la mente creadora del hombre ha modelado el concepto
causal para su propia conveniencia. Por tanto, no es una cualidad primaria
ingénita en la mente. "El hombre es la medida de todas las cosas",
decía Protágoras hace largo tiempo. Nosotros podemos retorcernos y
transformarnos tal como nosotros queramos, pero jamás seremos capaces de salir
de nuestra propia piel. Y cualquiera que sea la tangente por donde podamos
escapar hacia el reino de lo absoluto, siempre nos estaremos moviendo alrededor
de nuestra propia órbita que ha sido prescripta para nosotros por los límites
de la experiencia percibida en nuestra propia conciencia. Hasta cierto punto no
es posible contradecir esta aptitud positivista, aunque desde el punto de vista
de la filosofía trascendental puedan hacerse algunas objeciones. Y así, los
argumentos y contra argumentos se siguen unos a otros en un intercambio
infinito. Para nosotros, el dénouement de la historia es la confirmación de
nuestra previa convicción, o sea, que la naturaleza y validez universal de la
ley de causalidad no pueden ser definitivamente resueltas sobre la base de
cualquier razonamiento puramente abstracto. Los puntos de vista trascendental y
positivista son inconciliables y así permanecerán en tanto que exista la
estirpe de los filósofos. Si al razonamiento puro corresponde la última palabra
para tratar tales casos; pocas esperanzas podrá abrigarse de llegar a un juicio
satisfactorio del problema causal. Pero la filosofía, después de todo, es tan
sólo una rama de la actividad humana en el estudio de los problemas que afectan
a la naturaleza y a la humanidad, y donde la filosofía fracasa está
perfectamente justificado volverse a la ciencia, y preguntarse si ella no
encontrará alguna respuesta satisfactoria.
Ahora, permítasenos preguntamos si las varias ramas
de la ciencia están también divididas acerca de esta cuestión de la causalidad,
lo mismo que está dividida la filosofía. Desde un principio puede ser objetado
que un problema que cae dentro del objeto de la filosofía y que la filosofía es
incapaz de resolver no puede ser resuelto dentro de los límites de una ciencia
aislada, Esta objeción nace del hecho de que la filosofía proporciona los
fundamentos mentales sobre los que la investigación científica reposa. La
filosofía debe preceder a todas las ciencias especiales y nosotros iremos en
contra del espíritu de toda nuestra disciplina mental si una de las ciencias
especiales quisiera abocarse al estudio de las cuestiones filosóficas
generales.
Este argumento ha sido esgrimido muchas veces,
pero, en mi opinión, su debilidad radica en que desestima la colaboración que
realmente existe entre la filosofía y las diferentes ciencias especiales.
Debemos recordar que el punto de partida de toda investigación y el mecanismo
mental utilizado para llevarla a cabo son fundamentalmente los mismos tanto en
el caso de la filosofía como en el caso de la ciencia. El filósofo no opera con
un tipo especial de inteligencia humana que sea especial en sí mismo. La estructura
del pensamiento que construye no tiene más bases que las de la experiencia
diaria y las opiniones que él se ha formado durante el curso de sus estudios
profesionales.
Estos últimos deben corresponder ampliamente a su
talento individual y al grado de su desarrollo filosófico personal. En cierto
sentido, el filósofo se halla en una posición mucho más elevada que el
especialista científico, pues éste limita la observación y la investigación a
un campo mucho más restringido de hechos que son sistemáticamente reunidos y
exigen un tipo profundo y concentrado de pruebas. Por tanto, el filósofo tiene
una mejor visión acerca de las relaciones generales que no interesan de modo inmediato
al especialista científico, y que pueden pasar fácilmente desapercibidas para
el último.
La diferencia entre las perspectivas y las obras de
estos dos tipos de investigación puede ser comparada al caso de dos viajeros
que visitan juntos la misma región. El primer viajero, podríamos decir, está
interesado por las características generales del paisaje, por las ondulaciones
de las colinas y de los valles, los diversos tipos de bosques y praderas. El
segundo viajero se interesa únicamente por la flora y la fauna, o posiblemente
tan sólo por los productos minerales de la región. Sus ojos observan los
diferentes ejemplares de las primeras o puede seleccionar varias muestras del
suelo para examinarlas científicamente con la esperanza de descubrir la
presencia de algún mineral valioso. Ahora bien; el primer viajero adquirirá
seguramente mejor conocimiento del paisaje como conjunto y podrá comparado con
otro. Desde un punto de vista general podrá tener una idea de las cualidades
minerales del terreno y del tipo de vida vegetal o animal que lo caracterice,
pero sus deducciones son muy relativas y para compararlas y establecer juicio
necesita de la opinión de su compañero. Por tanto, la obra de uno es
complementaria de la obra del otro. Podrían citarse innumerables ejemplos en
que la obra del segundo viajero es absolutamente necesaria para la solución de
problemas que han desconcertado al hombre que sólo ha estudiado el aspecto
general.
Esta comparación, como cualquier otra, no es muy
adecuada. Pero, al menos, muestra que en el caso de un problema definido que la
filosofía reconoce como fundamental y cuya solución final es cuestión tan sólo
de la filosofía, cuando ésta no puede llegar a una fórmula decisiva por el uso
de sus métodos, debe buscar información en las ramas especiales de la ciencia a
que se refieran las características particulares del problema en cuestión.
Ahora bien, si la respuesta hallada ha de ser definida y concluyente, debe ser
tratada como tal. Es una característica de toda verdadera ciencia que el
conocimiento general y objetivo a que ella llegue tenga una validez universal.
Por tanto, los resultados definidos que obtenga exigen un reconocimiento
ilimitado, Y deben ser siempre considerados como buenos. Los descubrimientos
progresivos de la ciencia son definidos y no pueden ser ignorados
permanentemente.
Esto aparece con claridad en el desarrollo de las
ciencias naturales. Mediante la telegrafía sin hilos podemos enviar las
noticias que deseemos a las partes más distantes de la Tierra dentro de una
fracción infinitesimal de segundo. El hombre moderno puede elevarse en el aire
en un aeroplano y transportarse desde una parte del globo a otra a través de
valles y montañas, de lagos y océanos. Mediante los rayos X se puede penetrar
en las actividades secretas y en las funciones internas de los organismos vivos,
y es posible descubrir la situación de los átomos en un cristal.
Estas conquistas objetivas que la ciencia ha
conseguido en colaboración con la técnica a que ha dado lugar, deja en la
sombra algunos de los grandes descubrimientos de los filósofos de los pasados
tiempos y tiene un gesto despectivo para las groseras artes de los hechiceros.
Hay quien cierra sus ojos a estos tangibles
resultados y habla del colapso de la ciencia, pero, en general, no hay que
tomarse la molestia de refutar esas ideas.
No es necesario presentar pruebas demostrativas de
la contribución que a los progresos del conocimiento ha prestado la ciencia.
Basta simplemente tener en cuenta los sucesos que se presentan constantemente
ante nuestros ojos. Es suficiente recordar el zumbido del aeroplano que nos
sorprende cuando estamos sentados en un jardín, o pensar que con sólo girar un
disco escucharemos las voces que proceden de una distancia de millares de
kilómetros. La importancia de cualquier esfuerzo humano es y siempre debe ser
medida por los resultados obtenidos.
Volvamos ahora al problema particular que nos ocupa
y permítasenos admitir por un momento la seguridad y eficacia de los métodos
científicos aplicables. Preguntémonos aquí la forma en que la ciencia, en cada
una de sus diferentes ramas, enfoca realmente el problema de la causalidad. Hay
que recordar que estoy hablando de ciencia especializada como tal y no de los
fundamentos filosóficos o epistemológicos sobre los cuales actúa.
¿Debe la ciencia, en efecto, ocuparse
exclusivamente de los datos inmediatamente proporcionados por las impresiones
sensoriales y de su organización sistemática de acuerdo a las leyes de la
razón? ¿O debe, desde el comienzo de sus actividades, ir más allá de .los
conocimientos proporcionados por esta inmediata fuente y dar un salto hacia la
esfera metafísica?
Yo creo que no hay duda respecto a la respuesta. La
primera alternativa es desechada, mientras que la segunda debe ser aceptada en
el caso de toda ciencia especial. En definitiva, puede decirse que cualquier
ciencia individual debe plantear su tarea con la explícita renunciación del
punto de vista egocéntrico y antropocéntrico. En los primeros períodos del
pensamiento, la humanidad dirigía su atención exclusivamente a las impresiones
recibidas a través de los sentidos, y el hombre primitivo hizo de él mismo y de
sus propios intereses el centro de su sistema de razonamientos. Estableciendo
una comparación con los poderes de la naturaleza que le circundaba pensó que se
trataba de seres animados igual que él, y los dividió en dos clases: unos
amistosos, los otros enemigos. Dividió las plantas en las categorías de
venenosas y no venenosas. Clasificó los animales en las categorías de
peligrosos e innocuos. En tanto que permaneció ligado dentro de los límites de
este método de tratar el medio en que vivía, le fue imposible aproximarse al
verdadero conocimiento científico. Los primeros progresos en este conocimiento
tan sólo tuvieron lugar después de que hizo caso omiso de sus intereses
inmediatos borrándolos de su pensamiento. En un período ulterior consiguió abandonar
la idea de que el planeta donde vive es el punto central del universo. Entonces
tomó la posición más modesta de mantenerse en un segundo término, en todo lo
que le fuera posible, para no mezclar sus idiosincrasias y sus ideas personales
con sus observaciones de los fenómenos naturales. fue sólo en este período
cuando el mundo exterior le comenzó a revelar sus misterios, y al mismo tiempo
proporcionó al hombre los medios que él fue capaz de utilizar en su propio
servicio, y que jamás hubiera descubierto de haber continuado buscándolos con
la linterna de sus propios intereses egocéntricos. El progreso de la ciencia es
un excelente ejemplo de la verdad que encierra la paradoja de que el hombre
debe perder su alma antes de que pueda encontrarla. Las fuerzas de la
naturaleza, la electricidad, por ejemplo, no han sido descubiertas por
individuos que se propusieran desde el primer momento adaptarlas a fines
utilitarios. El descubrimiento científico y el conocimiento científico han sido
logrados, tan sólo, por aquellos que se han lanzado en su persecución sin
ningún objetivo práctico. Los pocos ejemplos que he mencionado lo demuestran
claramente. Heinrich Hertz, por ejemplo, jamás soñó con que sus descubrimientos
fueran desarrollados por Marconi y finalmente llegaran a integrar un sistema de
telegrafía sin hilos. Y Roentgen nunca tuvo la visión de los inmensos
beneficios prácticos que en la actualidad se obtienen con la aplicación de los
rayos X.
He dicho que el primer paso que da cualquier rama
especializada de la ciencia consiste en un salto a la región de la metafísica.
AI dar este salto, el científico confía en la firme cualidad del terreno en que
se mueve, aunque ningún sistema de razonamiento práctico pueda asegurarle de
esto. En otras palabras, los principios fundaméntales y los postulados
indispensables de toda ciencia realmente productiva no se basan en la lógica
pura, sino más bien en las hipótesis metafísicas —que ninguna regla de lógica puede
refutar que existen en el mundo exterior, completamente independientes de
nosotros. Tan sólo a través del inmediato dictado de nuestra conciencia
conocemos que este mundo existe. Y esa conciencia puede, hasta cierto punto,
ser denominada un sentido especial. Es posible, incluso, llegar a decir que la
existencia del mundo exterior choca contra la conciencia de cada individuo en
alguna forma particular. Es como si observáramos algún objeto distante a través
de un par de vidrios que tuvieran un tono de color ligeramente diferente. Esto
no debe ser olvidado cuando nos ocupamos científicamente de los fenómenos
naturales. La primera y más importante cualidad de todo razonamiento científico
debe ser la clara distinción entre el objeto externo que se observa y la
naturaleza subjetiva del observador.
Una vez que el hombre de ciencia ha comenzado por
dar su salto hacia lo trascendental, jamás discute acerca de este salto, ni se
preocupa de él. Cuando se trata de la ciencia no puede avanzar tan rápidamente,
y en cualquier caso—y ésta es una consideración de la mayor importancia— tal
línea de conducta no puede ser considerada como inconsistente partiendo de
fundamentos lógicos.
Sin duda, existe la teoría positivista de que el
hombre es la medida de todas las cosas, y esa teoría es irrefutable en tanto
que nadie puede objetar, basado en fundamentos lógicos, la acción de un
individuo que mide todas las cosas con una norma humana, y resuelve, en
definitiva, el conjunto de la creación dentro de un complejo de percepciones
sensoriales.
Pero existe también otra medida, que es más
importante para ciertos problemas, y que es independiente del método particular
y de la naturaleza de la inteligencia que la aplica.
Esta medida es idéntica a la cosa misma. Sin
embargo, no es un dato inmediato de la percepción. Pero la ciencia confía en el
esfuerzo final para conocer la cosa en sí misma, incluso aunque nos demos
cuenta de que esta meta ideal jamás pueda ser alcanzada a pesar de todo nuestro
empeño. Sabemos que en todo nuestro recorrido cada esfuerzo será ricamente
premiado. La historia de la ciencia sirve para confirmar nuestra fe en esta
verdad.
Una vez aceptada la existencia de un mundo exterior
independiente, la ciencia acepta, al mismo tiempo, el principio de la
causalidad como un concepto completamente independiente de las percepciones
sensoriales. Aplicando este principio al estudio de los fenómenos naturales, la
ciencia investiga primeramente hasta qué punto la ley de la relación causal es
aplicable a los diversos acontecimientos en el mundo de la naturaleza y en el
reino del espíritu humano. La ciencia se encuentra aquí exactamente sobre la misma
base que Kant tomó como punto de partida de su teoría del conocimiento. Como en
el caso de la filosofía kantiana, así también en el caso de cada rama especial
de la ciencia el concepto causal es aceptado desde el principio como
correspondiendo a esas categorías sin las cuales no puede realizarse ningún
progreso del conocimiento. Pero debemos establecer cierta diferenciación. Kant
no sólo tenía en cuenta el concepto de la causalidad, sino también, hasta un
cierto grado, la significación de la ley causal por sí misma, como un dato
inmediato del conocimiento y, por tanto, de universal validez. La ciencia
especializada no puede ir tan lejos. Debe más bien limitarse a la cuestión de
averiguar cuál es la significación que la ley de causalidad puede tener en cada
caso particular, y así, a través de la investigación, dar significado práctico
y valor al vacío armazón del concepto causal.
Capítulo IV
Causalidad y libre albedrío la respuesta de la
ciencia
Debemos ahora preguntarnos hasta qué punto la
ciencia nos puede ayudar a salir de la intrincada selva donde la filosofía ha
extraviado su camino. ¿Cuál es la actitud práctica adoptada por las ciencias
especiales con respecto a la universal e invariable validez de la ley de
causalidad? ¿Debe aceptar la ciencia en sus investigaciones cotidianas el
principio de causalidad como un postulado indispensable? ¿Debe actuar
suponiendo que no existen escapatorias en el orden de la naturaleza gobernado
por la causalidad? O aunque utilice el principio como hipótesis de trabajo,
¿debe la ciencia práctica insinuar que existen en la naturaleza ciertos
acontecimientos en que no interviene la ley de causalidad y que hay regiones en
la esfera de la mente donde el dictado causal carece de función? En nuestro
esfuerzo por encontrar una respuesta definida a estas cuestiones debemos
plantearlas para cada una de las varias ramas de la ciencia especializada y en
este sentido tenemos que contentarnos con hacer una serie de preguntas breves.
¿Qué tiene la ciencia física que decir respecto a nuestro problema? ¿Cuál es la
respuesta de las ciencias biológicas? ¿Qué contestarán las ciencias humanistas
como la psicología o la historia?
Comencemos con la más exacta de las ciencias
naturales: la física. En la dinámica clásica, dentro de la cual debemos incluir
no sólo la mecánica y la teoría de la gravitación sino también el concepto de
electrodinámica de Maxwell-Lorentz, la ley de causalidad ha dado una fórmula
que por su exactitud y rigidez debe ser considerada casi como ideal, incluso
aunque pueda ser algo unilateral. Se expresa en un sistema de ecuaciones
matemáticas según las cuales todos los sucesos en cualquier imagen física dada
pueden ser absolutamente predichos si se conocen las condiciones de tiempo y de
espacio. Esto es, si se conoce el estado inicial y las influencias que del
exterior actúan sobre la imagen. Para plantear el problema de un modo más
completo: de acuerdo a la ley de causalidad, tal como se expresa en las
ecuaciones de la dinámica clásica, podemos decir dónde una partícula o sistema
de partículas en movimiento pueden localizarse en un determinado momento
futuro, sabiendo su situación y velocidad actuales y las condiciones bajo las
cuales el movimiento tiene lugar. De este modo era posible a la dinámica
clásica calcular de antemano todos los procesos naturales en su comportamiento
individual, y así predecir el efecto partiendo de la causa. El último progreso
importante que la dinámica clásica realizó en nuestros días tuvo lugar merced a
la teoría general de la relatividad de Einstein. Esta teoría se halla
sólidamente unida a la de la gravitación newtoniana y a la de la ley de inercia
de Galileo.
Recientemente se han hecho algunas tentativas para
demostrar que la teoría de la relatividad corrobora la actitud positivista, y
en cierto sentido es incompatible con la filosofía trascendental. Estos ensayos
han fracasado totalmente. Los fundamentos de la teoría de la relatividad no
están basados sobre la norma de que todas las dimensiones, tiempo y espacio
tienen únicamente una significación relativa determinada por el sistema de
referencia del observador. El fundamento de la teoría de la relatividad yace en
el hecho de que en cualquier espacio-tiempo tetradimensional existe una medida,
la distancia entre dos puntos que se aproximan hasta el máximo posible. Este es
el llamado Tensor o Massbestimmung, que para todos los observadores y para
todos los sistemas de referencia, tiene el mismo valor autónomo y, por tanto,
es de un carácter trascendental completamente independiente de cualquier acción
arbitraria de la voluntad humana.
Sin embargo, dentro de este sistema armonizado de
física clásico-relativista, la hipótesis de los cuantos ha originado
recientemente cierta confusión, y no es posible decir definitivamente qué
influencia podrá tener el subsiguiente desarrollo de la hipótesis sobre el
enunciado de leyes físicas fundamentales. Algunas modificaciones esenciales
parecen ser inevitables, pero creo firmemente, en unión con la mayor parte de
los físicos, que la hipótesis de los cuantos encontrará por fin su exacta
expresión en ciertas ecuaciones que constituirán una fórmula más exacta de la
ley de causalidad.
Aparte de las leyes dinámicas aplicadas a los casos
individuales, la ciencia física reconoce también otras leyes, las llamadas
estadísticas. Estas últimas expresan con cierto grado de exactitud la
probabilidad de que ocurran ciertos hechos, y, por tanto, permiten excepciones
en los casos particulares. Un ejemplo clásico es la conducción del calor: si
dos cuerpos de diferentes temperaturas se ponen en contacto, de acuerdo a las
dos leyes de la termodinámica, la energía calórica pasa siempre desde el más caliente
al más frío, Actualmente conocemos, gracias a los experimentos, que esta ley es
tan sólo una probabilidad; pues especialmente cuando la diferencia de
temperatura entre los dos cuerpos es excepcionalmente pequeña, puede ocurrir
que en éste o aquel punto particular de la zona de contacto, y en un momento
dado de tiempo, la propagación del calor tenga lugar en el sentido opuesto, es
decir, desde el más frío al más caliente. La segunda ley de la termodinámica,
como en el caso de toda ley estadística, tiene una significación exacta
únicamente para los valores medios correspondientes a gran número de
acontecimientos similares, y no para el suceso en sí mismo. Si consideramos el
hecho individual podemos hablar tan sólo de un determinado grado de
probabilidad. Este caso es análogo al de un cubo no simétrico que fuera
utilizado en el juego de los dados. Supongamos que el centro de gravedad del
cubo no se halla en su centro geométrico, sino desviado hacia una de las caras;
entonces, es probable, aunque no seguro, que cuando se lance el dado repose
sobre la misma cara. Cuanto más pequeña sea la distancia entre el centro de
gravedad y el centro simétrico del cubo, tanto más variable será el resultado.
Ahora, si nosotros lanzamos el dado gran número de veces y observamos lo que
sucede en cada caso, llegaremos a una ley que nos indicará cuántas veces sobre
mil, por ejemplo, cae el dado sobre determinada cara.
Volvamos al ejemplo de la conducción del calor, y
preguntémonos si la estricta validez de la ley causal, se mantiene para los
casos individuales. La respuesta es que así ocurre, pues métodos más minuciosos
de investigación han demostrado que lo que nosotros llamamos propagación del
calor de un cuerpo a otro, es un proceso muy complicado que tiene lugar
mediante innumerables series de procesos particulares que son independientes
unos de otros, y que denominamos movimientos moleculares. La investigación ha
demostrado también que si presuponemos la validez de las leyes dinámicas para
cada uno de estos fenómenos particulares —esto es, la ley de estricta
causalidad— podremos llegar al resultado causal mediante este tipo de
observación. En efecto, las leyes estadísticas dependen de la aceptación de la
estricta ley de causalidad aplicada en cada caso particular. El hecho de que no
se cumpla la regla estadística en los casos particulares no es, pues, debido a
que no se cumpla la ley de causalidad, sino más bien a que nuestras
observaciones no son suficientemente delicadas y exactas para poder aplicar
directamente la ley de causalidad en cada caso. Si nos fuera posible seguir el
movimiento de cada molécula en este intrincadísimo laberinto de proceso,
veríamos que en todos los casos se cumplen exactamente las leyes dinámicas.
Al hablar de la ciencia física en este aspecto
debemos distinguir siempre dos métodos diferentes de investigación: uno es el
método macroscópico, que se ocupa del objeto de la investigación de un modo
general. El otro es el método microscópico que es más delicado y detallado en
sus procedimientos. Sólo para el observador del fenómeno macroscópico —es
decir, para el hombre que trabaja con cantidades enormes— esas probabilidades
existen en cuanto se refieren a los diversos elementos que constituyen el objeto
que el individuo manipula. La amplitud e importancia de los elementos
accidentales depende, como es natural, del grado de conocimiento y de la
habilidad del observador. Por otra parte, para el observador del fenómeno
microscópico sólo existe una exacta y estricta causalidad. Su subsistencia
depende de la cualidad de cada individuo, así como de que trabaje con una
cantidad mínima. El investigador que trabaja en gran escala calcula tan sólo
valores masas y conoce únicamente leyes estadísticas. El investigador del
fenómeno microscópico estima valores individuales y aplica a ellos las leyes
dinámicas en su completo significado.
Volvamos al ejemplo del dado a que antes me referí,
y supongamos que el fenómeno se considera microscópicamente. Esto significa que
junto con la naturaleza del dado mismo —su carácter no simétrico y la exacta
situación de su centro de gravedad— consideramos también su posición y
velocidad iniciales, la influencia de la mesa sobre su movimiento, la
resistencia del aire y cualquier otra peculiaridad que pueda intervenir. Si
suponemos que todas estas particularidades pueden ser examinadas
minuciosamente, ya no podrá hablarse de azar, pues cada vez podremos calcular
el lugar donde el dado se detendrá y conocer la posición en que ha de quedar.
Sin entrar en mayores detalles podemos decir que la
ciencia física aplica el método microscópico de la investigación a todos los
fenómenos que se refieren a las moléculas y a los átomos. Pero, naturalmente,
hay una tendencia a refinar el tratamiento hacia el grado microscópico, y
siempre se busca reducir las leyes estadísticas a un sistema dinámico y
estrictamente causal. En consecuencia, puede decirse que la ciencia física, así
como la astronomía, la química y la mineralogía, están basadas en la estricta y
universal validez del principio de causalidad. En una palabra, ésta es la
respuesta que la ciencia física tiene que dar a la pregunta formulada al
comienzo de este capítulo.
Dirijámonos ahora a la biología. Aquí las
condiciones son mucho más complicadas, pues la biología se ocupa de los seres
vivos y la vida ha presentado siempre grandes dificultades para la
investigación científica. Como es natural no puedo hablar con especial
autoridad en esta rama de la ciencia. Sin embargo, no dudo en afirmar que
incluso en problema tan oscuro, como es el problema de la herencia, la biología
se aproxima más y más a la explícita aceptación de la validez universal de las
relaciones causales. De igual modo que el físico se niega a reconocer en última
instancia la intervención del azar en la naturaleza inanimada, así ningún
fisiólogo admitirá esa intervención en absoluto sentido, aunque, como es
natural, el método microscópico de investigación es mucho más difícil de
realizar en la fisiología que en la física. Por esta última razón las leyes
fisiológicas; en su mayoría, son de carácter estadístico y se denominan reglas.
Cuando se presenta una excepción en la aplicación de estas reglas empíricamente
establecidas, no se atribuye a una falla en la relación causal, sino más bien a
la carencia de conocimiento y habilidad en la forma en que es aplicada la
regla. La biología se resiste a admitir la existencia de las excepciones como
tales, y las que parecen serlo son cuidadosamente comparadas y estudiadas hasta
que se hace la luz de las relaciones causal es. Sucede muchas veces que el
ulterior estudio de las excepciones muestra interrelaciones hasta entonces
desconocidas que arrojan nueva luz sobre las reglas que originalmente
presentaban excepciones. Se observa frecuentemente que la relación causal
universal es confirmada desde un nuevo punto de vista, y así ha podido hacerse
algunos importantes descubrimientos.
¿Cómo puede establecerse una distinción entre lo
que es una verdadera relación causal y lo que es una mera coincidencia o
sucesión externa entre dos sucesos? La respuesta es que no disponemos de una
norma sólida para establecer tal distinción. La ciencia sólo puede aceptar la
validez universal de la ley de causalidad, que nos capacita definitivamente
para predecir los efectos que siguen a una determinada causa, y en el caso de
que el hecho predicho no se produzca, reconoceremos que han intervenido algunos
otros factores que no han sido tenidos en cuenta en nuestros cálculos. Una
pequeña historia ilustrará lo que acabo de decir. Se refiere a la eficacia de
los abonos artificiales en la agricultura.
Si no estoy confundido, esta historia se atribuye a
Benjamín Franklin, que no era tan sólo un hombre de estado de primera clase,
sino también un investigador muy capaz que realizó descubrimientos en las
ciencias naturales. En cierta época se dedicó con gran interés al problema de
los abonos artificiales, y demostró claramente la importancia de su desarrollo
para la economía práctica. Llevó sus teorías a la experiencia y consiguió
resultados prácticos que estaban de acuerdo con sus ideas científicas. Pero tropezó
con grandes dificultades para convencer a sus descreídos vecinos de que la
opima cosecha de forraje que veían crecer en el campo de Franklin, era debida
al uso de los abonos artificiales. Para el campesino, el forraje era forraje y
la tierra, tierra, y sólo había tierras buenas y tierras malas, y buenas y
malas condiciones climáticas; éstos eran los únicos factores que ellos
consideraban como causa de una buena o de una miserable cosecha. Franklin
resolvió convencer a los campesinos de que la mano del hombre puede influir
directamente sobre la calidad de las cosechas. En la época de la siembra hizo
cavar una serie de pequeños surcos que formaban letras. Llenó estos pequeños
surcos con adecuadas cantidades de abonos artificiales, y el resto del campo lo
dejó abandonado a la mano de la naturaleza. Cuando creció el forraje, la parte
que correspondía a los surcos abonados mostró un desarrollo mucho mayor que el
del resto del campo, de modo que quien pasaba podía leer esta frase: "Esta
parte ha sido abonada con yeso". La historia no dice si los obstinados
campesinos quedaron o no convencidos, pero de cualquier forma nadie puede ser
forzado sobre fundamentos puramente lógicos a reconocer la relación causal, ya
que esta relación no es lógicamente demostrable. En el caso particular referido
introducimos una causa de la cual "fluye" de modo natural el
resultado, como los escolásticos acostumbran a decir, y si el resultado está en
completo acuerdo con lo que se ha predicho, podemos estar seguros de la
relación causal. En el ejemplo del campo de Franklin no es posible otra
explicación que la del abono, y esta explicación, como causa, tiene una
conexión natural y exclusiva con el resultado.
Como es natural, puede decirse que la ley de
causalidad es, ante todo, una hipótesis. Pero aunque sea una hipótesis no es,
al menos, comparable a las restantes, sino que se trata de una hipótesis
fundamental, ya que representa el postulado necesario para dar sentido y
significación a la aplicación de todas las hipótesis en la investigación
científica. Por tanto, cualquier hipótesis que indica una regla definida
presupone la validez del principio de causalidad.
Dirijámonos ahora a aquellas ciencias que se ocupan
de los fenómenos humanos. En este caso el método que el científico sigue no
puede tener la misma exactitud que el utilizado en la física.
El objeto de su estudio es la mente humana y su
influencia sobre el curso de los acontecimientos. Su gran dificultad es la
escasa cantidad del material de que se dispone.
Mientras el historiador o el sociólogo se esfuerzan
por aplicar métodos puramente objetivos a sus líneas de investigación, en el
caso referido el investigador se encuentra entorpecido por la carencia de datos
con los que sea posible determinar las causas que han conducido a las
condiciones generales en el pasado, y que conducen a las condiciones del mundo
actual.
Pero, al mismo tiempo tiene, al menos, una ventaja
de que el físico carece. El historiador o el sociólogo se ocupan del mismo tipo
de actividades que encuentran en sí mismo. La observación subjetiva de su
propia naturaleza humana les suministra, al menos, un tosco medio de
apreciación, al ocuparse de otras personalidades o de grupos de personalidades.
Pueden "sentirse dentro" de ellas, y
pueden así obtener cierta visión de las características de sus motivos y de sus
pensamientos.
Preguntémonos ahora cuál es la actitud del
científico humanista para este problema de la causalidad. En las actividades de
la mente humana, en el juego de las emociones humanas y en la conducta exterior
que deriva de aquéllas ¿existe en todos los casos una rígida interrelación
causal? Toda conducta, en última instancia, ¿debe ser atribuida a la actividad
causal de las circunstancias, como los acontecimientos pasados o el medio
circundante presente, sin dejar lugar a una acción espontánea y absoluta de la
voluntad humana? ¿O disponemos, al menos, en oposición a la naturaleza, de
cierto grado de libertad o de volición arbitrario en todos los casos en que se
desea hacer una elección? Desde tiempo inmemorial esta cuestión ha sido fuente
de controversias. Quienes mantienen que la voluntad humana es absolutamente
libre en su acto de volición, aceptan que cuanto más nos elevamos en la escala
de los seres naturales, tanto menos perceptible es la intervención de la
necesidad, y tanto mayor la intervención de la libertad creadora, hasta que
finalmente se llega al caso de los seres humanos que gozan de la completa
autonomía de la voluntad.
Tal opinión no puede ser considerada como correcta
o incorrecta excepto cuando se somete a la prueba de la investigación histórica
y psicológica. Y entonces, el problema aparece exactamente en la misma posición
que en el caso de las ciencias físicas. En otras palabras, no podemos conocer
hasta qué punto es válido el principio de causalidad de no someterlo a la
prueba de la realidad externa. Como es natural, se emplea una diferente
terminología cuando los métodos causales son aplicados a las ciencias humanistas.
En la ciencia natural, el objeto de la investigación es una determinada imagen
física con determinadas características. En la psicología hay que estudiar una
personalidad individual definida. Esa personalidad individual ha heredado
cualidades como son la conformación corporal, la inteligencia, la capacidad
imaginativa, el temperamento, el gusto personal, etc.
Actuando sobre esta personalidad nos encontramos
con las influencias psíquicas y físicas del medio, como son el clima, la
alimentación, las amistades, la vida familiar, la educación, la lectura, etc.
Ahora la cuestión es saber si todos estos factores determinan la conducta de
esa personalidad en todas sus particularidades y de acuerdo a leyes definidas;
en otras palabras, si nosotros dispusiéramos, cosa imposible en la práctica, de
un completo y detallado conocimiento de todos esos factores ¿seríamos capaces
de decir con certeza, partiendo de una base causal, cómo la libertad individual
actuará un momento más tarde?
Buscando una sólida, lógica y adecuada respuesta a
esta pregunta, nos encontraremos en una posición totalmente diferente de
aquella en que nos hallamos cuando se trata de las ciencias naturales. Como se
comprende, es extraordinariamente difícil dar una respuesta definida a
cuestiones como la planteada anteriormente. Se puede tener opiniones y
establecer suposiciones y afirmaciones, pero no todas ellas proporcionan
fundamentos lógicos para una respuesta. Sin embargo, pienso que puede afirmarse
que la dirección en la cual las ciencias humanistas, como la psicología y la
historia, se desarrollan actualmente, proporciona ciertas bases para presumir
que a la mencionada cuestión debe responderse afirmativamente. El papel que la
fuerza desempeña en la naturaleza, como causa del movimiento, tiene su
contrapartida, en la esfera mental, en el motivo como causa de la conducta. Del
mismo modo que en todo instante, el movimiento de un cuerpo material resulta
necesariamente de la acción combinada de diversas fuerzas, así también la
conducta humana es la resultante obligada del juego de motivos recíprocamente
reforzados o contradictorios, que en parte en la conciencia y en parte también
en la esfera inconsciente desenvuelven su acción conduciendo a un resultado.
Cierto es que algunos actos realizados por los
seres humanos parecen ser inexplicables. A veces, constituye un enigma
extraordinariamente difícil encontrar fundamentos razonables para ciertos
actos, en tanto que otros parecen ser completamente disparatados y sin causa.
Más consideremos, por un momento, lo que piensan de
esos actos un psicólogo capacitado y el hombre vulgar de la calle. Lo que es
completamente enigmático para el último es muchas veces absolutamente claro
para el primero. Por tanto, si nosotros podemos estudiar los actos de los seres
humanos de un modo íntimo, encontraremos que pueden ser explicados por causas
que yacen en el carácter, en la tensión emocional momentánea, o en el medio
exterior específico. En aquellos casos en que es extraordinariamente difícil
descubrir estas causas aclaratorias, al menos tendremos fundamentos para
aceptar que si no encontramos un motivo que nos dé la explicación, ello debe
atribuirse no a la ausencia de éste sino más bien a la insuficiente naturaleza
de nuestro conocimiento acerca de la peculiaridad de la situación. Nos
encontramos ante un caso igual al del dado asimétrico.
Conocemos que la posición en que el dado cae es el
resultado de todos los factores que actúan al arrojado, pero cuando esta
operación se realiza una sola vez, no alcanzamos a descubrir la estricta
función de la causalidad. Y así, incluso aunque el motivo de una cierta línea
de la conducta humana pueda muchas veces yacer oculto, la conducta totalmente
inmotivada es científicamente incompatible con los principios sobre los que se
basa la ciencia mental, lo mismo que la aceptación del azar absoluto en la naturaleza
inorgánica es incompatible con el principio de las ciencias físicas.
Sin embargo, la conducta no está simplemente
condicionada por los motivos que conducen a ella. Cada acto tiene también una
influencia causal sobre el comportamiento subsiguiente.
Así, en el intercambio de motivos y conducta
tenemos una cadena sin fin de acontecimientos que siguen uno a otro en la vida
espiritual, y en esa cadena cada eslabón está ligado por una relación
estrictamente causal no sólo con el eslabón precedente, sino también con el que
le sigue.
Se ha realizado ensayos para encontrar la forma de
liberar esos eslabones de la cadena causal. Hermann Lotze, en abierta
contradicción con Kant, sugiere que tal cadena causal puede no tener fin aunque
tenga un comienzo. En otras palabras, que se presentan circunstancias en las
cuales los motivos aparecen completamente independientes, no originados por una
influencia anterior, de modo que la conducta a la cual esos motivos llevan será
el primer eslabón de una nueva cadena. Tal interpretación, mantiene Lotze, debe
ser dada especialmente a los actos de aquellos espíritus selectos que son
denominados genios creadores.
Incluso aunque no hagamos cuestión de la
posibilidad de que tales casos ocurran en el mundo de la realidad, podemos
razonablemente responder que la investigación científica que ha sido realizada
en la región de la psicología podría haber puntualizado tal posibilidad.
Pero, en tanto que la investigación psicológica no
lo demuestre, no habrá signo alguno que pueda servir de punto de partida para
la teoría del llamado comienzo libre. Por el contrario, cuanto más
profundamente han penetrado las investigaciones científicas en las
peculiaridades que han caracterizado incluso los grandes movimientos
espirituales de la historia del mundo, tanto más claramente ha surgido la
relación causal.
La dependencia de cada suceso del hecho precedente
y los factores preparatorios graduales comienzan a aparecer bajo la poderosa
luz de la investigación científica, y garantizan la opinión de que actualmente
el procedimiento científico en psicología está fundado prácticamente de un modo
exclusivo sobre el principio de las interrelaciones causales y la aceptación de
una ley activa de causalidad que no permite excepciones. Esto significa que el
postulado del determinismo total es aceptado como una condición necesaria para
el progreso de la investigación psicológica.
En estas circunstancias es natural que no podamos
trazar unos límites definidos, y decir: hasta aquí se llega y nada más que
hasta aquí. El principio de causalidad debe extenderse incluso a las más
elevadas conquistas del alma humana. Debemos admitir que la mente de nuestros
más grandes genios —Aristóteles, Kant o Leonardo, Goethe o Beethoven, Dante o
Shakespeare— incluso en el momento de sus más elevados vuelos del pensamiento o
en las más profundas e internas meditaciones de su alma, ha estado sometida al
fiat causal, y ha sido un instrumento en las manos de una ley todopoderosa que
gobierna el mundo.
El lector medio quedará sorprendido por tales
juicios. Puede parecer depresivo hablar así de las proezas creadoras de los más
elevados y más nobles pensadores de la humanidad. Pero, por otra parte, hay que
recordar que tan sólo somos comunes mortales, y que jamás podemos esperar
hallarnos en una situación que nos permita perseguir el delicado juego de causa
y circunstancia en el alma del genio. No hay nada depresivo al decir que están
sometidas a la ley de causa y efecto, aunque podría serlo, como es natural, si
ello fuera interpretado en el sentido de que el mortal ordinario es capaz de
perseguir la actuación de esa ley en el caso de almas supremamente dotadas.
Nadie podría considerar irreverente a quien dijera que algunas inteligencias
sobrehumanas pueden comprender a Goethe o a Shakespeare. Todo el problema yace
en la imperfección o en la insuficiencia del observador. Del mismo modo, el
físico macroscópico es completamente incapaz de descubrir los mecanismos
microscópicos en los fenómenos naturales; pero, como hemos visto, esto no
significa que la ley de causalidad no sea válida para esos fenómenos
microscópicos.
Podríamos ahora preguntamos: ¿qué sentido tiene
hablar de relaciones causales definidas que se refieren a casos donde nadie en
el mundo es capaz de trazar su función?
La respuesta a esta pregunta es bastante fácil.
Como hemos dicho repetidas veces, el concepto de causalidad es algo
trascendental, completamente independiente de la naturaleza del investigador, e
incluso puede ser válido cuando no exista sujeto perceptor.
Teniendo en cuenta cuanto vamos a decir aparecerá
más claramente la significación interna del concepto causal.
En el momento actual de tiempo y espacio, es muy
posible que la inteligencia humana que nosotros conocemos no sea el tipo más
elevado que existe. Más elevadas inteligencias pueden existir en otros lugares
o aparecer en otras épocas. Y el nivel intelectual de esos seres puede estar
tan por encima de nosotros como nosotros lo estamos de los protozoos.
Puede, pues, ocurrir que ante los penetrantes ojos
de tales inteligencias, incluso los momentos más fluctuantes del pensamiento
mortal, así como las más delicadas vibraciones de las células del cerebro
humano, puedan ser seguidas en cada caso, y que la labor creadora de nuestros
genios mortales sea considerada por dichos seres como inteligencia sometida a
leyes inalterables, lo mismo que el telescopio del astrónomo sigue los
trayectos de los diversos movimientos de los cuerpos celestes. Aquí, como en cualquier
otro caso, debemos diferenciar entre la validez del principio causal y la
posibilidad de su aplicación. En todas las circunstancias la ley de causalidad
es válida debido a su carácter trascendental. Pero así como su aplicación
únicamente puede ser realizada detalladamente por el observador de los
fenómenos microscópicos de las ciencias naturales, así también en la región de
la mente humana, la ley únicamente puede ser aplicada por una inteligencia que
sea muy superior al objeto de la investigación. Cuanto más pequeña sea la
distancia entre el investigador y el objeto, tanto más incierto y falible será
el tratamiento causal científico.
Todo el problema yace en la dificultad, en la
imposibilidad con que nos enfrentamos al intentar comprender la conducta de un
genio desde el punto de vista de la causalidad.
Incluso un espíritu gemelo tendrá que contentarse,
en tales casos, con presunciones y analogías, pero para los cerebros tipo medio
el genio permanecerá siempre como un libro cerrado bajo siete llaves.
La conclusión, por tanto, es que los tipos más
elevados de inteligencia humana están sometidos a la ley causal en el proceso
que se plasma en sus más grandes conquistas. Esta es la primera parte de
nuestra conclusión. La segunda parte es que, en principio, debemos tener en
cuenta la posibilidad de que llegue un día en que el más profundo y refinado
desarrollo de la investigación científica sea capaz de comprender el trabajo
mental en sus relaciones causales no sólo de los mortales ordinarios, sino
también de los genios humanos más elevados. Como el pensamiento científico es
idéntico al pensamiento causal, la meta definitiva de toda ciencia es la
completa aplicación del principio causal al objeto de la investigación. De todo
cuanto hemos dicho, ¿qué conclusión podemos deducir respecto al libre albedrío?
En medio de un mundo donde el principio de la
causalidad prevalece universalmente, ¿qué espacio queda para la autonomía de la
volición humana? Esta es una cuestión muy importante, especialmente en la
actualidad, debido a la difundida e injustificada tendencia de extender los
dogmas del determinismo científico a la conducta humana, y así descargar la
responsabilidad de los hombros del individuo. Tenemos un ejemplo de esto en
algunos modernos intérpretes del desarrollo histórico quienes mantienen que el
destino de un grupo de individuos que forman una nación o una civilización está
determinado por la ciega suerte. Por tanto, en último análisis, la
responsabilidad de tal destino no debe gravitar sobre el individuo. Esta
actitud ¿es una deducción legítima de lo que yo he dicho? En otras palabras,
entre la seriación causal que se observa en los fenómenos naturales ¿hay algún
espacio para el libre y responsable acto de la voluntad del individuo?
Antes de responder a esta pregunta debo puntualizar
una notable característica de la vida cotidiana que nos ayudará a tomar una
decisión. Aunque el azar y el milagro, en absoluto sentido, están excluidos de
la ciencia, ésta se enfrenta ahora, quizá aún más que antes, con una extendida
creencia en el milagro y en la magia. Tal creencia, que ha sido tan universal
en las primeras épocas, se ha repetido en innumerables formas al trascurrir los
siglos. Esto significa que la ciencia ha sido llamada muchas veces a dar la
explicación causal científica de hechos que son popularmente interpretados a la
luz de alguna creencia.
La creencia en el milagro es un elemento muy
importante en la historia de la cultura de la especie humana. Ha dado lugar a
innumerables beneficios y ha impulsado a nobles hombres a realizar las hazañas
más heroicas, pero cuando ha degenerado en fanatismos ha sido la causa de
múltiples males.
Ante los notables progresos de la ciencia física
durante nuestra época, y ante la universal extensión de sus beneficios entre
las naciones civilizadas, podemos naturalmente aceptar que una de las más
grandes conquistas de la ciencia ha sido limitar la creencia en el milagro; sin
embargo, no parece que haya sido así. La tendencia a creer en el poder de los
agentes misteriosos es una sobresaliente característica de nuestros días. Así
lo demuestra la popularidad del ocultismo y del espiritismo con sus innumerables
variantes. Aunque los extraordinarios resultados de la ciencia son tan patentes
que no pueden escapar a los ojos del individuo menos observador, las gentes
educadas, lo mismo que las ineducadas, se dirigen muchas veces a la oscura
región del misterio para explicar los problemas ordinarios de la vida. Puede
esperarse que al fin vuelvan los ojos a la ciencia; probablemente las que así
hagan estarán más intensamente interesadas por ella y serán en mayor número que
las que en épocas anteriores pensaban de esa forma; pero aun se observa que el
poder de atracción de sistemas basados en lo irracional es al menos tan fuerte
y está tan extendido como antes, si es que no lo está más. La liga monista que
se formó hace algunos años con tanto éclat y tantas promesas, con el objeto de
establecer un esquema del mundo basado sobre fundamentos puramente científicos,
no ha conseguido ciertamente el triunfo que han logrado los sistemas rivales.
¿Cómo puede ser explicado este hecho tan peculiar?
¿Existe, en último análisis, alguna base sólidamente establecida para esta
creencia en el milagro sin que importe las disparata-das e ilógicas formas
externas que pueda tomar? ¿Existe alguna cosa en la naturaleza del hombre,
algún reino interno que la ciencia no llega a alcanzar? ¿Es que cuando nos
aproximamos a las fuentes internas de la acción humana la ciencia no puede
decir la última palabra? O, para hablar más concretamente, ¿existe un punto en
el cual la línea causal del pensamiento cesa siéndole imposible a la ciencia ir
más allá?
Esto nos lleva al núcleo del problema referente al
libre albedrío, y pienso que la respuesta se encontrará automáticamente a la
luz de las preguntas que he planteado.
El hecho es que aquí hay un punto, un solo punto en
el inconmensurable mundo de la mente y la materia, donde la ciencia y, por
tanto, todo método causal de investigación es inaplicable no sólo sobre bases
prácticas sino también sobre bases lógicas, y permanecerá siempre inaplicable.
Este punto es el ego individual. Es un pequeño punto en el reino universal del
ser; pero en sí mismo es un mundo completo que abraza nuestra vida emocional,
nuestra voluntad y nuestro pensamiento. Este reino del ego es la fuente de
nuestro más profundo sufrimiento y, al mismo tiempo, de nuestra más elevada
felicidad. Sobre este reino ningún poder externo del destino puede tener
dominio, Y solamente cuando damos de lado a la vida misma perdemos nuestro
propio control y la responsabilidad de nosotros mismos.
Sin embargo, existe un camino para poder aplicar el
método causal dentro de los límites de este reino interno. En principio no hay
razón alguna para que el individuo no se haga a sí mismo observador de lo que
sucede dentro de él. En otras palabras, puede remontarse a las experiencias por
las cuales ha pasado, y esforzarse en unirlas en sus relaciones causales. No
hay razón, finalmente, al menos en principio, para que no analice cada
experiencia —con lo cual quiero significar las decisiones y línea de conducta
que ha tomado— y la estudie con el objeto de descubrir la causa de la cual es
el resultado. Como se comprende, esto es una tarea extraordinariamente difícil,
pero es el único camino verdaderamente científico de examinar nuestra propia
vida. Al llevar a la práctica este plan, los hechos de nuestras propias vidas,
que ahora van a ser sometidos al examen, pueden estar tan distanciados en el
pasado que nuestro complejo presente de emociones e inclinaciones no intervenga
como factor en la observación. Si fuera posible llevar a cabo dicho plan, cada
experiencia por la que hemos pasado nos haría mucho más inteligentes de lo que
éramos antes, tan inteligentes que, en relación a nuestra primitiva condición,
nos elevaríamos al nivel de la super inteligencia postulada por Laplace. Se
recordará que Laplace mantenía que si hubiera una super inteligencia situada
completamente fuera de los hechos que ocurren en el universo, esa inteligencia
sería capaz de ver las relaciones causales en todos los fenómenos del mundo del
hombre y de la naturaleza, por muy intrincados y microscópicos que fueran.
Únicamente aspirando a ese tipo de distanciamiento,
el individuo podría establecer la separación necesaria entre el sujeto
perceptor y el objeto de su investigación, que nosotros hemos considerado como
condición indispensable para la aplicación del método causal en la
investigación. Cuanto más cercanos nos hallamos a los sucesos de nuestra
personal experiencia, tanto más difícil nos será el estudio de nosotros mismos
a la luz de esos sucesos. Como las actividades del observador son parcialmente
el objeto de la investigación, resulta prácticamente imposible establecer la
conexión causal. No estoy pronunciando un sermón moral ni sugiriendo cuáles
deben ser las aspiraciones para elevar moralmente nuestro propio ser. Me limito
a tratar el caso de la libertad individual desde el punto de vista de su
coherencia lógica con el principio de causalidad, y estoy diciendo que en
principio no hay razón que nos impida descubrir las conexiones causales en
nuestra propia conducta personal, aunque en la práctica jamás lo logremos, ya
que esto significaría que el sujeto observador podría ser también el objeto de
la investigación. Esto es imposible, pues no hay ojos que puedan verse a sí
mismos. Pero en tanto que ningún hombre es actualmente lo que era hace algunos
años, puede ser objeto en cierto grado de su propia experiencia en el
escudriñamiento de las causas. Hago mención de esto como un hecho ilustrativo
del principio general.
Podrá ocurrir que algunos lectores se pregunten si
en relación con la cadena de la causalidad, la libertad de la voluntad
individual es tan sólo aparente y se debe a los defectos de nuestra propia
comprensión. Esta forma de plantear el caso es, estoy convencido de ello,
completamente errónea. Podemos explicar este error diciendo que es comparable
al que se cometería si afirmáramos que la incapacidad de un corredor para
alcanzar su propia sombra es debida a su falta de velocidad. El hecho de que el
individuo no pueda ser sometido a la ley de causalidad con respecto a sus
propios actos de la vida presente, es una verdad que está basada sobre un
fundamento perfectamente lógico de tipo apriorístico, como el axioma que dice
que la parte nunca es mayor que el todo.
La imposibilidad de que el individuo contemple sus
propias actividades a la luz del principio causal debe admitirse aun en el caso
de la super inteligencia de que nos habla Laplace. Aunque esta super
inteligencia fuera capaz de analizar la estructura causal en las conquistas de
los genios más eminentes de la especie humana, esa misma super inteligencia
tendría que renunciar a la idea de estudiar las actividades de su propio ego en
el momento que contempla las actividades de nuestro ego mortal. Si existe una
Suprema Sabiduría cuya celestial naturaleza está infinitamente por encima de
nosotros, y que puede ver todos los repliegues de nuestro cerebro y oír los
latidos del humano corazón, es natural que esa Suprema Sabiduría podría ver la
sucesión de causa a efecto en todo lo que hacemos. Pero, en último término,
esto no debe invalidar el sentido de responsabilidad para nuestras propias
acciones. Desde este punto de vista estamos en un pie de igualdad con los
santos y confesores de las más sublimes religiones. Posiblemente no podemos
estudiamos en el momento de los preparativos de una determinada actividad. Este
es el lugar donde la libertad de la voluntad llega y se establece sin usurpar
el derecho de cualquier rival. Al emanciparse así, estamos en libertad para
construir un fundamento milagroso, que nos satisfaga, en el misterioso reino de
nuestro propio ser interno, incluso aunque en el mundo podamos ser los más
estrictos científicos y los más estrictos defensores del principio del
determinismo causal.
De esta autarquía del ego surge la creencia en los
milagros, y a ella se debe la extendida creencia en las explicaciones
irracionales de la vida. La existencia de esa creencia frente al progreso
científico es una prueba de la inviolabilidad del ego por la ley de causalidad,
en el sentido que he mencionado. El problema puede plantearse de otro modo, y
decir que la libertad del ego en todos los casos, y su independencia de la
cadena causal, es una verdad que surge del inmediato dictado de la conciencia
humana.
Y lo que se considera admisible para el momento
actual de nuestro ser, lo será también para nuestra futura conducta, en la cual
las influencias de nuestro presente ego desempeñan una parte. El camino del
futuro parte siempre del presente. Es, en todo caso, parte y parcela del ego.
Por esta razón el individuo jamás puede considerar su propio futuro pura y
exclusivamente desde el punto de vista causal. He aquí por qué la fantasía
desempeña gran papel en la construcción del futuro. El reconocimiento de esta
profunda verdad lo vemos en el hecho de que las gentes recurran al quiromántico
o al vidente para satisfacer la curiosidad individual acerca de su futuro.
Sobre este hecho se basan también sueños e ideales, y en él encuentra el ser
humano una de las más ricas fuentes de inspiración.
De pasada mencionaré que la imposibilidad práctica
de aplicar la ley de causalidad se extiende más allá de lo individual. Se
extiende a nuestras relaciones con el prójimo.
Formamos demasiada parte de su vida para hallarnos
en situación de estudiarlo desde el punto de vista de los motivos, o sea, desde
el punto de vista causal. Ningún ser humano ordinario puede colocarse en la
posición de la super inteligencia imaginada por Laplace, y considerarse a sí
mismo capaz de descubrir todas las fuentes internas de acción de las cuales se
origina la conducta de los semejantes. Por otra parte, sin embargo, mencionaré
nuevamente una fase de la aplicación causal que corresponde a aquella de que he
hablado antes en relación a la capacidad del individuo para observar
científicamente su propia experiencia pasada. Hasta cierto grado es posible
estudiar los motivos que mueven a actuar a las otras gentes, lo mismo que son
estudiados por el psicólogo o el alienista. En todos estos casos existe, hasta
cierto punto, la distancia requerida entre el investigador y el objeto de su
investigación. Por tanto, al realizar esta extensión, no hay una incoherencia
lógica en la idea de una persona que estudia las actividades de su prójimo. En
realidad; todo el que desea influir sobre otros, obra así en la vida cotidiana,
y éste es el secreto del triunfo de los políticos. Es también el secreto de la
capacidad para impulsar al bien que algunas gentes poseen en relación a sus
semejantes. La mayor parte de nosotros recordamos desde la infancia personas de
las que hemos huido debido a una especie de sentimiento innato de inseguridad
en su presencia, y, por otra parte, muchos de nosotros creemos recordar a
algunos parientes ante cuya presencia éramos dóciles, pues sentíamos cierta
reverencia para ellos. Y a todo el mundo le es más o menos familiar el
sentimiento de repulsa que se experimenta ante la presencia de una persona de
la cual se sospecha que ve con extraordinaria claridad dentro de las vidas
internas de los demás. Todas estas reacciones inmediatas son testigos de una
especie de instintivo reconocimiento de que nuestras propias vidas están, en
último análisis, sometidas a la causalidad, aunque el ego, en lo que se refiere
a su inmediato destino, no puede estar sujeto a dicha ley.
La ciencia nos conduce así al umbral del ego, y
allí nos abandona a nuestros propios recursos; es decir, nos entrega a los
cuidados de otras manos. En la conducta de nuestra propia vida, el principio
causal es de pequeña ayuda, pues por la férrea ley de consecuencia lógica
quedamos excluidos de poder establecer los fundamentos causales de nuestro
propio futuro o prever ese futuro como resultado definido del presente.
Pero la humanidad necesita postulados fundamentales
para la conducta de la existencia cotidiana, y esta necesidad es mucho más
imperiosa que el hambre de conocimientos científicos. Un simple hecho, muchas
voces tiene más significación para un ser humano del que pueda tener toda la
sabiduría del mundo. Por tanto, debe haber otra fuente de conducta que el
simple apresto intelectual. La ley de causalidad es la que proporciona la norma
de conducta de la ciencia, pero el Imperativo Categórico —esto es, el dictado
del deber—es la norma de conducta de la vida. Aquí la inteligencia tiene que
dejar lugar al carácter, y el conocimiento científico a la creencia religiosa.
Y cuando digo creencia religiosa tomo la palabra en su sentido fundamental.
Esto nos lleva al discutido problema de las relaciones entre la religión y la
ciencia. No es éste el lugar ni entra dentro de mi competencia ocuparme de esta
cuestión. La religión pertenece a ese reino que es inviolable para la ley de
causalidad, y, por tanto, cerrado para la ciencia. El científico, como tal,
debe reconocer el valor de la religión como tal, sin importarle cuáles puedan
ser sus formas en tanto que no cometa el error de oponer sus propios dogmas a
la ley fundamental sobre la que la investigación científica está basada: la
secuencia de causa a afecto en todos los fenómenos externos. Por lo que se
refiere al problema de las relaciones entre la religión y la ciencia, puedo
decir también que aquellas formas de religión que toman una actitud nihilista
para la vida están en desarmonía con los conceptos de la ciencia y en
contradicción con sus principios. Toda negativa del valor de la vida por sí
misma y para su propio provecho es una negativa del mundo del pensamiento
humano, y, por tanto, en último análisis, una negativa de los verdaderos
fundamentos no sólo de la ciencia, sino también de la religión. Pienso que la
mayor parte de los científicos estarán conformes y alzarán sus manos contra el
nihilismo religioso destructor de la ciencia misma.
Jamás puede haber una verdadera oposición entre la
religión y la ciencia, pues una es el complemento de la otra. Toda persona
seria y reflexiva se da cuenta, por lo menos así lo creo, de que el elemento
religioso en su naturaleza debe ser reconocido y cultivado, y todos los poderes
del alma humana tienen que actuar conjuntamente en perfecto equilibrio y
armonía. No fue precisamente por el azar que los grandes pensadores de todas
las edades hayan sido también almas profundamente religiosas, aun cuando no hayan
hecho pública confesión de sus sentimientos religiosos. De la cooperación, de
la comprensión con la voluntad ha surgido el fruto más delicado de la
filosofía, el fruto ético. La ciencia enaltece los valores morales de la vida,
pues es, además, amor a la verdad y respeto. Amor a la verdad que se despliega
en el constante esfuerzo por llegar a un más exacto conocimiento del mundo del
espíritu y de la materia que nos rodea, y respeto, pues todo avance en nuestros
conocimientos nos pone cara a cara como el misterio de nuestro propio ser.
Capítulo V
Desde lo relativo a lo absoluto
Espero que el lector no se alarmará por la
sonoridad de este título. Podría haber usado otra terminología si hubiera
encontrado una más adecuada para mi propósito. Pero el título mencionado es el
más expresivo que he podido hallar para indicar un rasgo sobresaliente del
desarrollo científico que deseo describir en este lugar. Este rasgo ha sido
notable característica de la ciencia física durante el pasado siglo. La línea
del progreso ha ido desde lo relativo a lo absoluto. No tenemos por qué
detenemos a discutir aquí las diversas significaciones que se ha dado a esas
palabras en las discusiones científicas y semi científicas. Las empleo aquí con
la misma significación con que las usa el hombre vulgar en la vida cotidiana. Y
esa significación resultará más claramente corporizándola con hechos en los que
tales expresiones sean aplicables.
Comencemos por la descripción de uno de los
conceptos más elementales de la química: los pesos atómicos. La idea del átomo
data de la época de los filósofos griegos, y, realmente, la palabra misma en
griego significa lo que no puede ser dividido. El arte de determinar los pesos
atómicos, sin embargo, data del descubrimiento de un principio fundamental en
estequiometría. Esta palabra es también griega: es el nombre que se da a la
ciencia de determinar los elementos químicos. Ahora el principio estequiométrico
al cual yo me he referido, es que todos los compuestos resultan de relaciones
definidas entre el peso de los elementos que forman un cuerpo compuesto. Por
ejemplo, un gramo de hidrógeno se une con 8 gramos de oxígeno para formar agua.
Y si un gramo de hidrógeno se une con 35.5 gramos de cloro, el compuesto
resultante será ácido clorhídrico. Si consideramos al gramo de hidrógeno como
la unidad de medida, diremos que 8 gramos es el peso equivalente del oxígeno y
35.5 el peso equivalente del cloro y así, para cualquier elemento químico en
cualquier compuesto que pueda formar con otro elemento, podemos hallar su peso
equivalente. Como es natural, la medida está basada en la elección del
hidrógeno como unidad, y en ese sentido tal unidad es arbitraria. Sin embargo,
este principio no es siempre verdadero. Su validez está limitada a aquellos
elementos especiales con que se combina el hidrógeno para formar un compuesto.
El peso equivalente de oxígeno 8 es válido únicamente en su relación con el
agua. Si en lugar de agua se trata de peróxido de hidrógeno (agua oxigenada),
el peso equivalente del oxígeno será 16. En principio, no hay razón alguna para
preferir una u otra de esas cifras. Hablando en términos generales, todo
elemento posee un peso equivalente variable. En principio tiene tantos pesos
equivalentes como combinaciones pueda formar. Si hubiera un elemento que no
interviniera en ninguna combinación conocida, no habría un término de
referencia para conocer su peso equivalente. Ahora bien, el hecho más interesante
es que en las diferentes combinaciones en que se une un elemento con otro para
formar un compuesto, tal elemento se hallará siempre en relación con los
restantes de acuerdo a su peso equivalente o al simple múltiplo de él. Este
hecho, que se denomina ley de las proporciones múltiples, se enuncia diciendo
que cuando dos elementos se combinan en diferentes proporciones, las cantidades
de A, que se combinan con una cantidad definida de B, son múltiplos unas de las
otras. Así, una cantidad de cloro que tenga el peso equivalente de 35,5 no sólo
se combina con un gramo de hidrógeno, para formar ácido clorhídrico, sino
también con 8 gramos de oxígeno para formar óxido de cloro. Por tanto, existen
números claves que pueden ser usados siempre para señalar las proporciones de
los diversos elementos presentes en los distintos compuestos. Para decido
claramente: en todo compuesto, el peso proporcional de cada elemento puede ser
representado por un número fijo o por este número multiplicado por 2, 3, 4, 5,
etcétera. A no ser que atribuyamos a alguna ley inconcebible del azar este
extraordinariamente simple y regular esquema, en el que se disponen los
diferentes compuestos, tenemos que admitir que la idea del peso equivalente
debe ser considerada como teniendo una significación independiente, sin
considerar el tipo de compuesto que el elemento puede formar con otros
elementos. Por tanto, en cierto sentido, este peso equivalente debe ser
considerado como algo absoluto.
Tal es lo que sucede en el mundo real de los
hechos. Pero una dificultad que permaneció largo tiempo sin solución en la
química, surgió del hecho de que algunos elementos no son constantes en su
valencia, sino que pueden combinarse con otros elementos en diferentes
relaciones, tal como ocurre con el hidrógeno y el oxígeno, de tal modo que es
posible considerar las cifras 8 y 16 como indicadoras del peso equivalente del
oxígeno. La dificultad no podía ser vencida hasta que se introdujera una nueva
idea extraña a la estequiometría. Esta idea está contenida en la ley de
Avogadro, que se funda sobre el hecho descubierto por Gay Lussac de que dos
elementos en estado gaseoso se combinan entre sí no sólo en definida relación
de pesos, sino también en definida relación de volúmenes, a igualdad de
condiciones de presión y temperatura. La ley de Avogadro dice que a volúmenes
iguales, los diferentes gases, a las mismas temperatura y presión, contienen el
mismo número de moléculas. Es decir, el volumen de una molécula gramo es
constante para todos los gases. Por tanto, de los diferentes pesos equivalentes
que pueden ser asignados para cada elemento, es posible elegir un peso definido
que se denomina el peso molecular, pues el peso molecular de dos gases se sabe
que se halla en relación constante a sus densidades. Aquí ya no interviene una
reacción química sino únicamente una substancia química. Por tanto, la regla
podrá ser aplicada a elementos que sean gases perfectos, los cuales es difícil
o imposible que se combinen con otras substancias.
De acuerdo a la ley de Avogadro las moléculas de
los elementos químicos forman muchas veces parte de las moléculas de la
combinación no con su peso completo sino sólo con una fracción de él. Por
ejemplo, la molécula de vapor de agua está compuesta de una molécula de
hidrógeno y de media molécula de oxígeno, mientras que la molécula de ácido
clorhídrico está compuesta por media molécula de hidrógeno y media molécula de
cloro. Por tanto, partiendo del peso molecular llegamos al peso atómico de un
cuerpo como la más pequeña fracción que se encuentra en una combinación del
elemento. Este peso atómico expresa los pesos relativos de cada elemento.
Aunque en la ley de Avogadro el concepto de peso
atómico tiene cierta significación absoluta, posee al mismo tiempo una
connotación relativa. El peso atómico de Avogadro es únicamente un número
relativo. Por tanto, no puede ser determinado si no es refiriéndolo
arbitrariamente al peso atómico de algún otro elemento especial, como el
hidrógeno = 1 ó el oxígeno = 16. De no establecer esa diferencia, el número que
expresa el peso atómico carece de significación. De aquí que durante largo
tiempo haya sido una aspiración de los químicos liberar el concepto de peso
atómico de esta restricción, e intentar darle una más amplia y absoluta
significación. Este problema, sin embargo, no es muy importante para el químico
práctico, ya que en los análisis químicos de las substancias existe siempre el
problema de las proporciones relativas entre los elementos que se combinan.
En todas las ciencias suele suceder que surja un
conflicto entre dos tipos de individuos que yo podría designar con los nombres
de puristas y pragmáticos. Los primeros afirman siempre que hay una perfecta
coordinación entre los axiomas aceptados de su ciencia, sometiéndolos a un
análisis cada vez más rígido con el propósito de eliminar todo elemento
accidental y extraño. Por su parte, los pragmáticos intentan ampliar los
principios originariamente aceptados mediante la introducción de nuevas ideas,
y así envían tentáculos en todas direcciones con el propósito de realizar
progresos. No paran mientes en que el mestizo se aparee con el pura sangre, con
tal de que algo pueda surgir de la combinación.
En la ciencia de la química hay también puristas
que se enfrentan contra cualquier intento de hacer del concepto de peso atómico
algo más que un simple número relativo. Pero hay también químicos eminentes que
al menos consideran práctico tratar la idea atómica como se trata la física
mecánica, es decir, considerar los átomos como partículas diminutas e
independientes con dimensiones definidas y medibles en la molécula y que están
divididos o reagrupados de acuerdo con los cambios químicos que sufra aquélla.
Durante mi época de Münich, en el comienzo del año 1880, recuerdo haber quedado
muy impresionado por la polémica que por aquel entonces se desencadenó en la
Universidad. Entre los químicos puritanos el leader era Rermann Kolbe, de
Leipzig, que lanzaba su sagrado anatema contra la interpretación atómico
mecánica que llevaba envuelta la construcción de las fórmulas químicas en la
constitución de diversas substancias. Cuando los resultados obtenidos por ese
proceso eran algo lentos, sus imprecaciones contra el principio adoptado se
hacían más violentas. En esas circunstancias, von Bayer hizo la cosa más sabia
que podía hacerse, mantuvo su silencio y esperó los resultados hasta que
finalmente el triunfo coronó sus esfuerzos.
Algo similar se reprodujo recientemente cuando
surgió la controversia acerca del modelo de átomo sugerido por Niels Bohr, que
en realidad exige mucho mayores concesiones por parte de los teóricos ortodoxos
que las primeras hipótesis de la estructura atómica de los elementos químicos.
Del lado de los filósofos existen también puristas
que han mantenido largo tiempo una actitud de oposición contra la teoría
atómica. Ernst Mach fue el más notable leader de esta escuela. Durante su vida
esgrimió constantemente el arma del análisis conceptual, y algunas veces
también la ironía con el propósito de desacreditar las más bien ingenuas y
rudimentarias ideas de aquellos que por entonces defendían el principio
atómico. Creía que el renacimiento de la vieja doctrina atómica, vestida en una
forma moderna, significaba un retroceso que dificultaba, más que favorecía, el
desarrollo filosófico de la física moderna.
Ludwig Boltzmann, como representante significado de
los físicos atómicos, se esforzó audazmente para mantener sus fundamentos
frente a Mach, pero la pugna no le era favorable, ya que el purista esgrimía
las armas de la lógica. El purista basa su posición sobre las deducciones
lógicas de los principios aceptados de las ciencias, mientras que el científico
pragmático pisa nuevos terrenos, y para abrirse nuevos caminos debe apartarse
de la línea lógica de las viejas ideas.
El pragmático debe enfrentarse con fracasos y más
fracasos, y siempre está expuesto a la clásica réplica de los ortodoxos:
"Esto es así". Los puritanos se oponen a la introducción de nuevas
ideas y teoremas tomados de fuentes extrañas, especialmente cuando todavía
están en un período en que no han producido resultados en la práctica. Ahora
bien, ningún teorema ni hipótesis de trabajo puede surgir en su forma
definitiva como Palas Atenea surgió de la cabeza de Zeus. Todas las hipótesis
que finalmente han resultado útiles y han conducido a descubrimientos
importantes se presentaron al principio en forma vaga en la mente de su
inventor. Cuando Arquímedes saltó de su baño una mañana gritando ¡Eureka! no
había aún descubierto, como es natural, todos los detalles del principio
gracias al cual puede ser determinado el peso específico de los diversos
cuerpos, e indudablemente hubo muchas gentes que se rieron ante sus primeros
ensayos. He aquí quizá la causa de que la mayor parte de los precursores
científicos demoran anunciar la naturaleza de sus primeras intuiciones, aun
cuando en su fuero interno creen hallarse sobre la huella de un nuevo
descubrimiento.
Tendrían que enfrentar las bien provistas baterías
de los puristas, y esa posición no es muy aconsejable para quien, dolorosa y
pacientemente, se deja llevar por su propio instinto Y no quiere ser
desalentado cuando sus ensayos terminan por un fracaso. Todas las hipótesis de
la ciencia física tienen que pasar por un período de difícil gestación antes de
que puedan ver la luz del día y pasar a las manos de los otros investigadores
en forma científica.
Incluso cuando una teoría científica ha demostrado
su derecho a la existencia, en razón a los resultados que ha producido, el
purista suele tardar largo tiempo en convencerse. El triunfo de la nueva teoría
física no se debe a su consistencia lógica con respecto a las ideas aceptadas,
sino más bien a que explica y coordina ciertos hechos ya conocidos pero que no
podían .ser explicados sino merced a la nueva hipótesis. Como es natural, los
puristas tienen siempre el conocido recurso de atacarla por la espalda. Apelan
a la intervención del azar. Algunos de ellos permanecen en esa posición,
mientras que otros toman una postura intermedia de cierto escepticismo. En
cambio, el pragmático encuentra que la hipótesis en cuestión da una solución
clara a ciertos enigmas, y, en consecuencia, la acepta. En lugar de mirar hacia
atrás, comienza a mirar hacia adelante con el deseo de averiguar si la
hipótesis puede ser aplicada también en otras direcciones. Así ocurrió, por
ejemplo, con la hipótesis de los cuantos. Originariamente fue formulada para
aclarar un enigma de la radiación que existía desde hacía largo tiempo, pero en
las manos de Einstein fue pronto aplicada para explicar la constitución de la
luz, y en las manos de Niels Bohr sirvió para explicar la estructura del átomo.
Siguiendo esta vía quedó establecida finalmente la
existencia de un peso atómico absoluto.
No necesito entrar en detalles referentes a las
investigaciones que condujeron al descubrimiento del peso atómico absoluto.
Entre las diferentes líneas de trabajo puedo mencionar el desarrollo de la
teoría cinética de los gases y fluidos, las leyes que gobiernan las radiaciones
del calor y de la luz, el descubrimiento de los rayos catódicos y la
radioactividad, y la medición del cuanto eléctrico elemental. En la actualidad
ningún físico puede discutir el hecho de que el peso del átomo de hidrógeno,
dejando aparte los inevitables errores de la medición, se eleva a 1.649
cuadrillonésima de gramo. El valor de este número es completamente
independiente del peso atómico de otros elementos químicos, y en este sentido
puede ser denominado cantidad absoluta.
Todo esto, como es natural, es ya un problema de
conocimiento común, y si hago mención de ello es para ilustrar un rasgo
característico del desarrollo de la investigación científica.
Este fenómeno se muestra también bajo las más
variadas circunstancias. Los axiomas son instrumentos que han sido usados en
todas las ramas de la ciencia, y en todas esas ramas hay puristas que se
inclinan a oponerse con todo su poder a cualquier ampliación de los axiomas
aceptados más allá de los límites de su aplicación lógica. Expondré también a
la consideración del lector otro caso que no es, en modo alguno, tan simple
como el que antecede. En efecto es aún el centro del debate.
Comencemos con un concepto de la energía. El
término "energía" representa el trabajo que puede ser hecho por
fuerzas que actúan sobre la materia. Y el principio de la conservación de la
energía, formulado a mediados del último siglo, fue un desarrollo del concepto
de fuerza de la mecánica newtoniana. Según el principio de conservación de la
energía, en todo proceso mecánico, la cantidad de energía con que la fuerza
impulsora actúa sobre el cuerpo que se mueve es compensada por una pérdida de energía
potencial de la fuerza actuante. Dos tipos de energía quedan así reconocidos,
la energía potencial y la energía cinética, siendo la primera la energía
poseída por los cuerpos en reposo y la segunda la energía de los cuerpos en
movimiento. No hay, pues, una absoluta pérdida de energía, sino tan sólo un
cambio de un tipo de energía en otro. La pérdida sufrida por un tipo de
energía, la potencial, es compensada por la ganancia del otro tipo, la
cinética. En este sentido los puristas pueden, con razón, mantener que el
principio de la conservación de la energía es únicamente válido para una
diferencia de ésta, y que el concepto de energía no puede referirse al estado
de un cuerpo, o, como se dice en lenguaje científico, al estado de un sistema
físico, sino más bien a un cambio de este estado. Por tanto, el valor energía
sigue siendo un factor sobreañadido indefinido. Entonces el problema de su
medición carecerá de significación en la ciencia física, y podrá tener la misma
relación para el físico que la que pueda tener para el arquitecto, que
construye una casa, la altura a que se halla sobre el nivel 197 del mar. El
arquitecto tiene que limitarse a considerar la altura de la casa y la de los
diferentes pisos de que está compuesta. Tal es la objeción que un purista puede
hacer.
Este punto de vista podría ser perfectamente sólido
si el principio de la conservación de la energía fuera el único axioma
considerado en ciencia física, pero no es éste el caso. Por tanto, no es
posible rechazar inmediatamente la sugestión de que puede ser conveniente
introducir dentro del concepto de energía otro axioma, si el resultado obtenido
permite determinar perfectamente el estado de una imagen física. De ser así, es
obvio que el concepto de la energía podrá ser muy simplificado por la adición de
alguna otra cosa que no sea solamente el principio de la conservación. En
efecto, esto es lo que se ha hecho actualmente. Para cualquier sistema físico,
en un estado dado, podremos encontrar una expresión definida para la magnitud
de su energía sin que intervengan factores sobreañadidos.
Consideremos, en primer término, la energía
electromagnética en el vacío. Existe un axioma que establece el valor absoluto
de esa energía, y que dice que la energía de un campo electromagnético neutro
es igual a cero. Esta ley no se comprueba por sí misma ni se deduce del
principio de la conservación de la energía. Hace pocos años, Nernst formuló la
hipótesis de que en el llamado campo neutral existe cierta energía de radiación
estacionaria de enorme magnitud, que se denomina la radiación del punto cero.
No puede ser descubierta por la observación de los procesos ordinarios, pues
fluye a través de todos los cuerpos igualmente, lo mismo que la presión de la
atmósfera representa un importante factor que no toma parte en la mayoría de
los movimientos que observamos, debido a que la presión es igual en todas
direcciones. Tal hipótesis de la radiación es perfectamente razonable, y su
validez se deduce únicamente de los resultados que se derivan de su aplicación.
Para su aplicación, sin embargo, es absolutamente necesario encontrar un
sistema especial de referencia que sea inmóvil; aquel en el cual la radiación
cero es igual en todas direcciones. Mediante la energía absoluta del campo
neutro puede establecerse la energía absoluta de cualquier otro campo
electromagnético.
Ocupémonos ahora de la energía de la materia, para
la cual podemos también obtener un valor definido absoluto. Pero la energía de
un cuerpo en reposo no es igual a cero, como probablemente podría pensarse
teniendo en cuenta la analogía con el campo electromagnético neutro. La energía
de un cuerpo en reposo es igual a su masa multiplicada por el cuadrado de la
velocidad de la luz. Esta es la llamada energía de un cuerpo en reposo, y está
causada por su constitución mecánica y su temperatura. Si el cuerpo se pone en
movimiento en virtud de alguna fuerza, este valor de energía, que es enorme, no
se hace sentir por sí mismo, ya que el fenómeno de movimiento surge allí de una
diferencia de energía. Tal concepción jamás puede haber nacido del principio de
la energía. En efecto, surge de la teoría especial de la relatividad, siendo
una notable coincidencia que sea justamente la teoría de la relatividad la que
ha conducido a la determinación de un valor absoluto para la energía de un
sistema físico. Esta aparente paradoja se explica por el simple hecho de que en
la teoría de la relatividad hay una relación de dependencia con el sistema de
referencia elegido, mientras que en este caso la dependencia tiene lugar
respecto al estado físico del cuerpo observado.
"¿No parece, en realidad, un completo
contrasentido decir que la energía de un átomo de oxígeno es dieciséis veces
mayor que la de un átomo de hidrógeno?", podría preguntarse el purista. Es
posible responder que ese juicio carecería de sentido si no pudiéramos hablar
de la hipotética transformación del oxígeno en hidrógeno sin involucrar una
contradicción lógica en el pensamiento mismo. Pero la idea de que el oxígeno se
cambie un buen día en hidrógeno no implica una contradicción lógica. Ahora
bien, es un error decir, cuando se trata de estos problemas, que alguna cosa es
un contrasentido, a no ser que pueda demostrarse que es lógicamente
incoherente, y, por tanto, parecerá más aconsejable esperar el día en que el
problema de esta transformación del oxígeno en hidrógeno pueda adquirir una
significación razonable. Existen ya signos de que ese tiempo está llegando.
De igual modo que en el caso de la energía
electromagnética y cinética, en todas las ramas de la física, tanto mecánicas
como electrodinámicas, el movimiento ya no se considera como diferenciales de
energía, sino que se tiende hacia los valores absolutos. Y esta dirección ha
conducido invariablemente a importantes resultados. Cuando se trataba del
fenómeno de la radiación del calor, por ejemplo, nos ateníamos a la estricta
regla de operar únicamente con la diferencia entre la radiación absorbida y la
emitida, pues todos los rayos calóricos que un cuerpo absorbe pueden ser
también cedidos. Pero en la teoría de Prevost estos dos procesos se han
separado, teniendo una significación independiente. En el galvanismo sólo se
medía la diferencia de potencial; pero el valor absoluto del potencial era
también reconocido dado que la energía potencial de toda carga eléctrica a
infinitas distancias se consideraba igual a cero. Para la emisión de la
radiación monocromática, en el caso de un átomo, la medida de la frecuencia
emitida daba sólo una diferencia de la energía atómica antes y después de la
emisión. Pero cuando se separaron los dos factores de esta diferencia —los
llamados términos— y se examinaron separadamente, Niels Bohr y Arnold
Sommerfeld fueron capaces de descubrir una clave para la solución del misterio;
Niels Bohr para el caso de las radiaciones visibles y Arnold Sommerfeld para
los rayos X.
El progreso desde lo diferencial a lo integral, en
la ciencia física, no es una simple característica del problema de la energía,
pues también lo encontramos en cualquier otra rama de la investigación física.
Así, la antigua teoría de la elasticidad de los cuerpos debe referirse ahora a
los fenómenos de superficie. En electrodinámica, las fuerzas eléctricas y
magnéticas se resuelven en la llamada tensión maxwelliana. Las mediciones
termodinámicas de temperatura y presión se resuelven en el potencial termodinámico.
En cada uno de estos casos, el progreso significa un nuevo período en la
evolución de la física teórica.
Pero en este esfuerzo evolutivo hay algo que merece
más detenida atención, pues se está aún en una fase indecisa. Es el problema de
encontrar un valor absoluto para la entropía. En la definición original de la
entropía, expuesta por Rudolf Clausius, cuando medimos la entropía de un cuerpo
debe haber un proceso reversible de algún tipo que nos capacite para determinar
la diferencia de entropía entre los estados inicial y final del proceso. A la
luz de esta teoría, el concepto de entropía se refería originariamente no a un
estado, sino más bien a un cambio de estado, exactamente como en el caso del
peso atómico y de la energía. En realidad, la primera noción científica era que
el concepto de entropía tenía significación física únicamente donde podía ser
un proceso reversible. Y no transcurrió mucho tiempo, de todos modos, cuando se
abrió camino un concepto más amplio, y la entropía comenzó a ser considerada
como una característica o cualidad inherente al estado de un cuerpo. En este
nuevo camino se conservaba aún una constante adicional indefinida, pues sólo se
podía medir la diferencia de entropía. Debemos seguir el camino sugerido por
los experimentos de Einstein y basar el concepto de entropía sobre las leyes
estadísticas que gobiernan las oscilaciones de una imagen física en relación a
su estado termodinámico de equilibrio, aun cuando sólo lleguemos a una medición
de diferencias involucradas en un cambio de entropía, y jamás alcancemos el
valor absoluto de la entropía misma.
¿Habrá entonces algún camino por el que podamos
esperar hallar un valor absoluto para la entropía, como ha sido encontrado para
la energía? No creo que la cuestión pueda encontrar una respuesta basándose en
la analogía entre estos dos casos. Ante tales sugestiones siempre estoy
inclinado a colocarme al lado de los puristas, quienes mantienen que es un
contrasentido pretender llegar a los valores de ambos términos partiendo del
valor de la diferencia. Si queremos mantener claras nuestras perspectivas hay
que ser siempre muy cuidadoso en lo que se puede o no se puede deducir de una
definición. A este respecto, el criterio de los puristas es indispensable.
Debemos decir en su honor que son los guardianes concienzudos del orden y de la
pureza en los métodos científicos. No hay nada en el trabajo científico tan
seductoramente peligroso como la introducción de analogías extrañas en el
problema en cuestión. Es una advertencia que necesita repetirse actualmente con
más insistencia que en otras épocas. Pero al mismo tiempo no hay que olvidar el
hecho de que la física no es una ciencia deductiva, y que su cuerpo de
principios fundamentales no es en modo alguno fijo e inalterable. Si se sugiere
que un nuevo axioma puede ser introducido, en lugar de rechazado de inmediato
debe ponerse en cuarentena, podríamos decir, para examinar sus méritos antes de
darle patente de salud.
Esa patente de salud que dará un derecho de
ciudadanía en la ciencia física, debe ser extendida, completamente libre de
prejuicios. La pretensión del nuevo axioma debe ser atendida basándose en su
capacidad para servir a la causa de la ciencia en alguna dirección que necesite
de sus servicios, y cuando los axiomas primitivos sean incapaces de desempeñar
ese papel. Una vez que el nuevo axioma ha demostrado que puede resolver
problemas hasta entonces insolubles, o al menos dar lugar a una hipótesis de
trabajo para su explicación, tendrá perfecto derecho a ser admitido.
Antes de indicar una línea definida acerca de la
respuesta que finalmente debe darse, llamaré la atención sobre la diferencia
entre procesos reversibles e irreversibles, y después de esto comprenderemos la
hipótesis de Boltzmann que nos puede sugerir la respuesta.
Supongamos que sumergimos en un recipiente con agua
fría un trozo de hierro calentado a muy elevada temperatura. El calor del
hierro se transmitirá al agua hasta que ésta y aquél tengan igual temperatura.
Esto es lo que se denomina equilibrio térmico, que tiene lugar en todos los
casos si no existe nada que impida la conducción del calor.
Tomemos ahora dos tubos verticales de vidrio,
abiertos en las extremidades superiores y que tienen las extremidades
inferiores unidas por un trozo de goma. Si introducimos un líquido pesado, como
el mercurio, en el interior de uno de los tubos, el líquido pasa a través de la
acodadura de goma hacia el segundo tubo, y se eleva en él hasta que el nivel de
las superficies en ambos es el mismo. Supongamos ahora que elevamos uno de los
tubos; entonces el nivel se modifica, pero el líquido vuelve a descender inmediatamente
cuando colocamos los tubos en la posición primitiva. Entre este ejemplo y el
del trozo de hierro sumergido en el agua hay innegable analogía. En ambos casos
cierta diferencia provoca un cambio. En el caso del tubo que elevamos con
respecto al otro se produce un cambio de nivel, y en el caso del hierro y el
agua existe, en el momento de la inmersión, una diferencia entre las
temperaturas. Si en ambos casos permitimos que la masa total lleve un tiempo
suficientemente largo en reposo, las diferencias desaparecerán, y se obtendrá
una condición de equilibrio.
Pero, en realidad, la analogía entre estos dos
casos tan sólo es aparente. Todos los experimentos que han sido hechos nos
permiten afirmar que la acción del líquido en los tubos sigue una ley dinámica,
mientras que la energía de la temperatura sigue una ley estadística.
Para comprender esta aparente paradoja, debemos
recordar que la caída del líquido pesado es una consecuencia necesaria del
principio de la conservación de la energía. Si el líquido que está a más alto
nivel ascendiera aún más sin influencia de ningún agente externo, y el líquido
del nivel más bajo descendiera en mayor grado, la energía podría ser creada de
la nada. Es decir, podría aparecer nueva energía, lo que es completamente
contrario al principio. El caso de la temperatura es diferente. El calor podría
seguir el proceso inverso desde el agua fría al hierro caliente, y, sin
embargo, el principio de la conservación de la energía sería respetado, pues el
calor mismo es una forma de energía, y el principio únicamente exige que la
cantidad de calor cedida por el agua sea igual a la absorbida por el hierro.
Ahora bien, las dos operaciones muestran la
siguiente diferencia de características: el líquido que desciende se mueve más
rápidamente a medida que cae. Cuando el nivel en un tubo corresponde al nivel
en el otro, el líquido no queda en reposo, sino que sobrepasa el punto de
equilibrio debido a la inercia, así que el líquido que originariamente estaba
en un nivel más elevado está ahora a un nivel más bajo que el que tenía antes
de ascender. La velocidad del líquido que cae descenderá gradualmente a cero en
el tubo número uno, y entonces se produce el proceso inverso, es decir, el
descenso del nivel en el tubo número dos. Si pudiera ser eliminada la pérdida
de energía cinética en la superficie del aire, que es debida a la fricción en
las paredes del tubo, el líquido oscilaría hacia arriba y hacia abajo
indefinidamente en torno a su posición de equilibrio. Este proceso se denomina
reversible.
En el caso del calor, las condiciones son
completamente diferentes. Cuanto más pequeña sea la diferencia de temperaturas
entre el hierro caliente y el agua, tanto más lenta será la transmisión del
calor desde el uno a la otra, y el cálculo muestra que transcurre un tiempo
infinitamente largo antes de que se alcance la igualdad de temperatura. Esto
significa que existe siempre cierta diferencia de temperatura
independientemente del tiempo transcurrido. En este caso no hay oscilación del
calor entre los dos cuerpos; la corriente es siempre en una dirección, y, por
tanto, representa un proceso irreversible.
Esta diferencia entre procesos reversibles e
irreversibles es fundamental en la ciencia física.
La gravitación, las oscilaciones mecánicas y
eléctricas, las ondas sonoras y electromagnéticas son procesos reversibles; en
tanto que la conducción del calor y la electricidad, las radiaciones y todas
las reacciones químicas cuya velocidad es conocida, son procesos irreversibles.
Para explicar este caso, Clausius formuló su segunda ley de termodinámica. La
importancia de la ley radica en que atribuye una dirección a todo proceso
irreversible. De todos modos, L. Boltzmann fue quien introdujo en este caso la teoría
atómica; así explicó la significación de la segunda ley y al mismo tiempo la de
todos los procesos irreversibles cuya explicación había presentado dificultades
dentro de la dinámica clásica.
Según esta teoría atómica, la energía térmica de un
cuerpo es la suma total de un pequeño, rápido e irregular movimiento de sus
moléculas. La temperatura corresponde a la energía cinética media de las
moléculas, y la transmisión del calor desde un cuerpo más caliente a otro más
frío depende de que las energías cinéticas de cada molécula constituyan un
promedio en virtud de la frecuente colisión que entre ellas tiene lugar. De
todos modos no debe suponerse que cuando dos moléculas chocan, la que tenga mayor
energía cinética sea frenada y la otra acelerada, pues si —por citar un
ejemplo— una molécula de un sistema que se mueve rápidamente choca oblicuamente
con otra que lo hace con mayor lentitud, su velocidad aumenta, mientras que la
molécula de movimiento más lento disminuye aún su velocidad. Pero considerado
el conjunto, a no ser que las circunstancias sean completamente excepcionales,
las energías cinéticas deben asociarse en una cierta cantidad, y esta
asociación es la que aparece igualando la temperatura de los cuerpos.
Boltzmann, de todos modos, no se esforzó mucho para
imponer su hipótesis a los hombres de ciencia, quienes presentaron gran
resistencia a su aceptación, pero en la actualidad ha sido completamente
admitida. En general se admite ahora que el movimiento calórico de las
moléculas y la conducción del calor, como los restantes fenómenos
irreversibles, no obedecen a leyes dinámicas, sino a leyes estadísticas; estas
últimas son las leyes de probabilidad.
Ahora bien, en el caso que consideramos no hay
dificultad para decir que la idea perseguida es la de hallar un valor absoluto
para la entropía. Y si un nuevo axioma puede ser de utilidad para esa idea,
debemos admitirlo. Por lo que se refiere a la idea del valor absoluto de la
entropía, si siguiendo a Boltzmann consideramos a aquélla como una medida para
la probabilidad termodinámica, observaremos que cuando un estado físico, como
un volumen de gas, con diversos grados de libertad y dotado con una energía definida,
ha alcanzado una condición de equilibrio termodinámico, la entropía no será
otra cosa que el número de estados multiformes que un sistema puede adquirir en
condiciones dadas. Y si la entropía así considerada posee un valor absoluto, no
hay duda de que el número de estados posibles, en las condiciones dadas, es
completamente definido y finito.
En la época de Clausius, de Helmholtz y de
Boltzmann, tal afirmación hubiera sido considerada completamente fuera del
problema. Las ecuaciones diferenciales de la dinámica clásica eran consideradas
entonces como las únicas fundamentales de la ciencia física. En consecuencia,
era necesario considerar los estados físicos como continuos, y todas las
posibilidades de cambio como cantidades infinitas. Desde que se planteó la
hipótesis de los cuantos el problema es diferente, y creo que no habrá que
esperar mucho tiempo para que sea posible hablar de un número definido de
posibles estados y de medidas absolutas de entropía correspondientes a ellos,
sin acometer de modo excesivamente violento contra las ideas físicas del tiempo
que son aceptadas. En realidad, el nuevo axioma de los cuantos ha producido ya
resultados que pueden compararse, sin desmedro, con las más fructíferas teorías
del pasado. En el caso del calor radiante ha conducido a formular leyes de la
energía que explican el espectro normal. En las leyes termodinámicas ha
encontrado su expresión en la teoría establecida por W. Nernst, que ha sido
confirmada por diversos autores. El fundamento de la hipótesis de los cuantos
ha sido tan ampliado que gracias a él se puede deducir no sólo la existencia,
sino también los valores numéricos de las llamadas constantes químicas. Por lo
que se refiere a la constitución del átomo, las ideas de Niels Bohr han sido el
punto de partida para el establecimiento de las denominadas órbitas
electrónicas estacionarias, y así se ha preparado el terreno para resolver el
enigma de los fenómenos espectroscópicos. En fin, a no ser que todos estos
resultados sean engañosos, parece que se está desarrollando un proceso que
podría ser llamado la reducción de todas las teorías físicas a términos
aritméticos, pues gran número de dimensiones físicas que hasta ahora habían
sido consideradas como continuas, al ser sometidas al examen microscópico y a
un análisis más agudo, han resultado discontinuas y numerables. Dentro de estos
conceptos, las mediciones que han sido efectuadas por L. S. Ornstein, el
director del Instituto Físico de Utrecht, son significativas. Estas mediciones
muestran que la relación de intensidad de los componentes de la multiplicidad
del espectro puede ser dada en simples números integrales. Y el interesante
ensayo de Max Born para sustituir el cálculo diferencial de la mecánica física
por ecuaciones de diferencias finitas, sigue la misma dirección.
Los notables casos que aquí he mencionado muestran
un definido Drang o impulso fundamental que parece caracterizar el progreso de
la ciencia física. En estos casos, el movimiento ha sido indudablemente desde
lo relativo a lo absoluto. Ahora se plantea esta cuestión: ¿Hasta qué punto
puede decirse que este avance es característico del progreso de la ciencia
física en su conjunto? Quizá sería demasiado aventurado si respondo a esta
pregunta con una afirmación resuelta. Puedo imaginarme fácilmente que algunos de
mis lectores sustentan el punto de vista opuesto, y piensan que este capítulo
podría ser escrito en sentido inverso titulándolo "Desde lo absoluto a lo
relativo". Tendrían a mano, en verdad, razones para justificar, al menos
superficialmente, su posición. El lector podría, por ejemplo, aducir que el
concepto del peso atómico indica más bien una dirección opuesta a la que yo he
sugerido. Mi contradictor imaginario podría afirmar que la cifra que yo he
considerado como representante del peso absoluto del átomo no es en modo alguno
absoluta. Teniendo presente que un elemento posee de ordinario diversos
isótopos con diferente peso atómico, el peso atómico medido representa una
cifra compleja que es una especie de valor medio, que depende de la relación de
los varios isótopos en el compuesto que se analiza. Incluso si consideramos
únicamente un solo isótopo, sería anticientífico, desde el punto de vista de
nuestros conocimientos, aceptarlo como algo absoluto. La opinión más moderna,
respaldada por el experimento de Rutherford de bombardear el núcleo del átomo,
parecería revivir la hipótesis de Proust, que refiere la constitución de todos
los elementos químicos al átomo básico de hidrógeno. En consecuencia el
concepto de peso atómico sería fundamentalmente una cifra relativa. Con esta
primera victoria, mi opositor podría jugar su carta de triunfo, y lanzar sobre
la mesa la teoría general de la relatividad de Einstein. Podría muy bien aducir
que hablar de los conceptos de espacio y tiempo como algo absoluto pertenece al
pasado, y significa un retroceso más que un avance. En otras palabras, uno de
los más señalados progresos en la física moderna se asocia con la idea de lo
relativo más que con la idea de lo absoluto.
La primera y más clara réplica a esta crítica es
llamar la atención hacia el peligro de aplicar términos científicos a hechos y
acepciones para los cuales no han sido creados. Ya he mostrado cómo la teoría
de la relatividad nos ha conducido realmente al descubrimiento de una medida
absoluta, mediante la cual puede ser formulada la energía de un cuerpo en
reposo. Por tanto, es evidente que el término relatividad no debe referirse a
la física en su conjunto, ni debe tomarse con otro alcance que no sea su especial
contenido científico.
Sería muy superficial considerar la relatividad del
tiempo y del espacio, y mantenerla firmemente dentro de los límites de ese
concepto sin preguntar a dónde conduce. Realmente el concepto de relatividad se
basa sobre un absoluto más fundamental que aquel absoluto erróneamente admitido
al cual ahora ha sustituido. En la historia de la ciencia se ha observado
repetidas veces que conceptos que en una época fueron considerados como
absolutos han resultado más tarde de un valor relativo, y esto es exactamente lo
que ha sucedido con los primeros conceptos de espacio y tiempo. Pero cuando un
concepto absoluto ha llegado a relativizarse, esto no significa que la pesquisa
de lo absoluto quede eliminada del progreso científico. Significa más bien que
un concepto más fundamental ha tomado su lugar, habiéndose logrado un progreso
más importante. Si admitimos el concepto de relatividad en todo, debemos
admitir la posibilidad de lo absoluto, pues partiendo de éste es como ha
surgido el concepto de lo relativo. Supongamos, por ejemplo, un investigador
científico que trabaje años y años en el problema de descubrir la causa de
cierto fenómeno especial que se presenta en la naturaleza y que encuentra que
todos sus esfuerzos son vanos. Podría justificadamente declarar que el fenómeno
no reconoce causa alguna. El hecho es que nosotros no podemos relativizar todas
las cosas, como tampoco somos capaces de definir y explicar todas las cosas.
Hay hechos fundamentales que no pueden ser definidos o explicados, pues forman
la base de todos nuestros conocimientos. Toda definición debe reposar
necesariamente sobre algún concepto que no sea necesario definir. Y otro tanto
puede decirse de cualquier forma de prueba demostrativa. No podemos definir una
cosa si no es con términos que han sido ya conocidos y aceptados, y nos es
imposible demostrar nada si no es partiendo de algo que está ya admitido. Si
deseamos establecer una verdad por el método inductivo debemos hacerlo sobre la
base de hechos aceptados. Y si pretendemos establecer una verdad por el proceso
del razonamiento deductivo, el principio de que procede la deducción debe ser
aceptado como absoluto. En consecuencia, el concepto relativista tiene que
poseer como fundamento necesario el concepto de lo absoluto. Si eliminamos lo
absoluto, toda la teoría relativista cae por su base, lo mismo que caería un
traje si desapareciera la percha que lo sostiene. Creo que estas
consideraciones son suficientes para sugerir la réplica que pudiera darse a los
contraargumentos de mi imaginario impugnador.
Si en definitiva fuera posible referir los pesos
atómicos de todos los elementos al peso atómico del hidrógeno, habríamos
obtenido uno de los más fundamentales resultados en la historia de la
investigación científica sobre la materia. A la luz de esta explicación
quedaría demostrado que la materia tiene un origen simple. Entonces, los dos
factores del átomo de hidrógeno, el núcleo cargado positivamente (el llamado
protón) y el electrón, cargado negativamente, en unión con el cuanto elemental
de acción, representarían los cimientos sobre los que se construiría la
estructura del mundo físico. Ahora bien, estas cantidades serán consideradas
como absolutas en tanto que no dependan de otras o de algo que esté fuera de
ellas. Es decir, tendremos una vez más lo absoluto, aunque a un nivel más
elevado y en una forma más simple. Si todavía deseamos desenvolver el hilo de
este pensamiento, podemos preguntamos: ¿cuál es el fundamento sobre el que está
constituida la gran teoría relativista? Einstein explica que nuestros conceptos
de espacio y tiempo, que eran reconocidos por Newton y Kant como formas
absolutas de todo conocimiento, poseen realmente un significado relativo, en
cuanto dependen de una selección arbitraria del sistema de referencia y de los
medios para la medición. Es un hecho familiar que no podemos observar el
movimiento de algún cuerpo sin referirlo a otro, y fue para salvar esta
dificultad que Newton aceptó la hipótesis del espacio absoluto. Las estrellas
"fijas" fueron utilizadas para definir el espacio absoluto, pero, sin
embargo, no son fijas, ni siquiera consideradas en relación a las restantes. De
aquí que el concepto de espacio absoluto y los puntos de referencia de acuerdo
a los cuales era "fijado", son completamente arbitrarios.
Esta explicación toca quizá a las raíces más
profundas de nuestro pensamiento científico. Si desde .el espacio y tiempo no
puede deducirse el concepto de lo absoluto, esto no significa que lo absoluto
deba ser desterrado de la realidad, sino más bien que hay que referirlo a al-go
más fundamental. En efecto, este algo más fundamental es el complejo
tetradimensional constituido por la fusión del tiempo y del espacio en un
continuo único. Aquí el estándar de referencia y de medición es independiente
de la selección arbitraria, y es absoluto. Basta una ligera reflexión para
darse cuenta de que la teoría de la relatividad no se desembaraza, en modo
alguno, de lo absoluto, sino que, por el contrario, hace de éste una definición
más aguda, en tanto que indica hasta qué punto la ciencia física está basada
sobre la existencia de un absoluto en el mundo exterior. Si decimos, como
algunos epistemologistas, que el absoluto se encuentra únicamente en los datos
de percepción sensorial del individuo, tendrían que haber tantos tipos de
ciencia física como físicos hay, y seríamos manifiestamente incapaces para
explicar hasta qué punto cada descubrimiento de la ciencia física ha podido
relacionarse con los hallazgos y trabajos que le han precedido. En realidad,
tan sólo sobre la base del trabajo cooperativo y de la aceptación por los demás
de los hallazgos de los diversos investigadores, podemos explicar la estructura
de la ciencia física actual. No construimos el mundo externo para que sirva
nuestras propias necesidades en la marcha de la ciencia, sino que, por el
contrario, es el mundo externo el que por sí mismo nos obliga a que lo
reconozcamos con su propio poder elemental, afirmación que categóricamente hay
que hacer en estos tiempos positivistas. Dado que al estudiar los fenómenos de
la naturaleza nos esforzamos por eliminar lo contingente y lo accidental para
llegar finalmente a lo que es esencial y necesario, resulta evidente que
siempre tratamos de ver lo básico tras lo dependiente, lo absoluto tras lo
relativo, la realidad tras de la apariencia, lo permanente tras lo transitorio.
En mi opinión esto es una característica, no sólo de la ciencia física, sino de
todas las ciencias. Además, no es simplemente una característica de todos los
tipos de esfuerzo humano por alcanzar el conocimiento de cualquier problema,
sino que es también característico de aquella rama de la actividad humana que
intenta formular ideas acerca del bien y de la belleza.
Con esto me he excedido de mi propósito, pues el
plan que me proponía al comienzo de este ensayo no era establecer afirmaciones
y luego probarlas, sino más bien llamar la atención sobre ciertos cambios que
tienen lugar en el curso del desarrollo científico, y, presentando los hechos,
provocar una impresión en la mente del lector.
Antes de concluir deseo plantear la cuestión más
difícil. Es ésta: ¿cómo podemos decir que un concepto científico al cual
adscribimos ahora un carácter absoluto no pueda, en una fecha futura, poseer
tan sólo cierto significado relativo que nos ponga sobre la huella de un
ulterior absoluto? A esta cuestión sólo puede darse una respuesta. Después de
lo dicho y teniendo en cuenta las contingencias por las que ha atravesado el
progreso científico debemos admitir que en ningún caso puede darse como seguro
que lo que es absoluto en la ciencia de hoy lo sea en toda época. Y también hay
que admitir como irrefutable la verdad de que lo absoluto jamás podrá ser
alcanzada por el investigador. Lo absoluto representa una meta ideal que está
siempre delante de nosotros y que nunca podremos lograr. Podrá ser un
pensamiento desalentador, pero debemos aceptarlo. Estamos en una situación
análoga a la de un alpinista que asciende por regiones desconocidas, y que
ja-más sabrá si tras la cima que se halla frente a él no se alza otra aun más
elevada. El valor de la jornada no está en su fin sino en la jornada misma. Es
decir, en el esfuerzo por alcanzar la meta a la que nosotros siempre aspiramos,
nos alienta el hecho de que siempre estemos más cerca de ella. Acercarse cada
vez más a la verdad, he aquí el afán y el desea de toda ciencia.
Podemos aplicar la frase de Gotthold Ephraim
Lessing:
"No es la posesión de la verdad, sino el
esfuerzo por alcanzarla, lo que produce el goce al investigador".
No podemos sentarnos a descansar sin miedo a
enmohecernos y decaer. La salud únicamente se mantiene con el trabajo. Esto que
es cierto para toda la vida, lo es también para la ciencia.
Siempre forcejeamos para ir desde lo relativo a lo
absoluto.
Epílogo
Un dialogo socrático
Interlocutores: Einstein - Planck – Murphy [10]
MURPHY: He colaborado con nuestro amigo Planck en
un libro que se ocupa principalmente del problema de la causalidad y de la
libertad de la voluntad humana.
EINSTEIN: Honradamente no puedo comprender lo que
las gentes quieren decir cuando hablan de la libertad de la voluntad humana.
Tengo la sensación, por ejemplo, de que quiero esto o aquello, pero no puedo
comprender, en modo alguno, qué relación tiene este sentimiento con la
libertad. Siento que quiero encender mi pipa, y así lo hago. Pero ¿Cómo puedo
relacionar esto con la idea de la libertad? ¿Qué hay tras el acto de querer
encender la pipa? ¿Otro acto de voluntad? Schopenhauer ha dicho: Der Mensch kann
was er will; er kann aber nicht wollen was er will, (El hombre puede lo que él
quiere; pero no puede querer lo que él quiere).
MURPHY: Pero ahora la moda en la ciencia física es
atribuir a algo semejante a la libre voluntad incluso los rutinarios procesos
de la naturaleza inorgánica.
EINSTEIN: Esta falta de sentido no es simplemente
una falta de sentido. Es una falta de sentido objetable.
MURPHY: Perfectamente, los científicos le dan el
nombre de indeterminismo. EINSTEIN: Así es, pero el indeterminismo es un
concepto completamente ilógico. ¿Qué es lo que se quiere significar con
indeterminismo? Si yo digo que la duración vital media de un átomo radioactivo
es tal y cual, se trata de un juicio que expresa un cierto orden,
Gesetzlichkeit. Pero esta idea no envuelve en sí la idea de la causalidad.
Nosotros la llamamos ley de promedios; pero no toda ley de ese tipo necesita
tener una significación causal. Al mismo tiempo, si yo digo que la duración
media de la vida de tal átomo es indeterminada, en el sentido de no ser
causada, estoy diciendo una falta de sentido. Puedo decir que yo me encontraré
con Vd. en el día de mañana en algún tiempo indeterminado.
Pero esto no significa que el tiempo no esté
determinado. Llegue yo o no, el tiempo llegará.
Aquí existe una confusión del mundo subjetivo con
el objetivo. El indeterminismo que pertenece a la física de los cuantos es un
indeterminismo subjetivo. Debe estar relacionado con algo, otro indeterminismo
carece de significación y está relacionado con nuestra propia incapacidad para
seguir el curso de los átomos individuales y prever sus actividades. Decir que
la llegada de un tren a Berlín es indeterminada, es afirmar un contrasentido, a
no ser que Vd. lo diga refiriéndose a lo que está indeterminado. Si llega, está
determinado por algo y otro tanto ocurre cuando se trata del curso de los
átomos.
MURPHY: ¿En qué sentido puede Vd. aplicar el
determinismo a la naturaleza? ¿En el sentido de que todo suceso en la
naturaleza procede de otro suceso que denominamos causa?
EINSTEIN: Difícilmente lo plantearé de ese modo. En
primer lugar pienso que muchas de las confusiones producidas en esta cuestión
de la causalidad son debidas a la fórmula más bien rudimentaria del principio
de la causalidad que ha estado en boga hasta ahora. Cuando Aristóteles y los
escolásticos definían lo que ellos entendían por causa, la idea del experimento
objetivo en el sentido científico no había aún surgido. Por tanto, se
contentaban con definir el concepto metafísico de causa, y lo mismo puede decirse
de Kant. Newton mismo parece que se había dado cuenta de que esta fórmula
pre-científica del principio causal sería insuficiente para los físicos
modernos. Y Newton se contentaba con describir el orden regular en que se
producían los fenómenos en la naturaleza, y construir sus síntesis sobre la
base de leyes matemáticas. Pero yo creo que los sucesos en la naturaleza son
regidos por una ley mucho más estricta y que los liga más íntimamente de lo que
sospechamos en la actualidad cuando hablamos de que un suceso es la causa de
otro. Nuestro concepto se limita aquí a un suceso dentro de un lapso de tiempo.
Y se encuentra separado del proceso en su conjunto. La cruda forma con que hoy
se aplica el principio de la causalidad es muy superficial. Nos comportamos
como un niño que juzga un poema por el ritmo, y no conoce nada de la pauta
rítmica. Podemos decir también que nos comportamos como un joven estudiante de
piano que justamente relaciona una nota con la que inmediatamente la precede o
la sigue. Esto puede ser cierto cuando se trata de composiciones muy simples o
primitivas, pero no lo será en el caso de la interpretación de una fuga de
Bach. La física de los cuantos presenta ante nosotros procesos muy complejos, y
para comprenderlos debemos ampliar y refinar nuestro concepto de la causalidad.
MURPHY: Difícil tarea será para usted, pues se
encontrará pasado de moda. Si usted me permite haré una breve disertación, pero
no sólo para sentir el placer de escucharme — ¿qué irlandés no lo haría?— sino
más bien para sorprender las reacciones que mi charla produce en usted.
EINSTEIN: Gewiss (ciertamente).
MURPHY: Los griegos hicieron del designio o del
destino la base de su drama; y el drama en aquellos días era una expresión
litúrgica de la conciencia percibida de un modo perfectamente irracional. No se
trataba de una simple discusión. Recuerde Vd. la tragedia de Atreus, donde el
destino o la secuencia ineluctable de causa y efecto es el único y simple hilo
del cual el drama pende.
EINSTEIN: El designio o el destino y el principio
de la causalidad no son la misma cosa.
MURPHY: Bien lo sé. Pero los científicos viven en
el mundo lo mismo que las demás gentes. Algunos asisten a reuniones políticas y
al teatro, y la mayor parte de los que conozco, al menos en Alemania, son
lectores de la literatura corriente. No pueden escapar de la influencia del
medio en que viven. Y ese medio en la época presente se caracteriza por un
esfuerzo por librarse de la cadena causal en la que el mundo está enredado.
EINSTEIN: Pero ¿no se ha esforzado siempre la
humanidad por zafarse de esa cadena causal?
MURPHY: Sí, pero no en el grado en que lo hace
ahora. En cualquier caso dudo que el político, incluso cuando contempla las
consecuencias de la seriación causal, quede detenido por su necedad. Es
demasiado listo y puede desprenderse de las cadenas. Macbeth no era un
político, y por esto fracasó: Se dio cuenta de que el asesinato no podría
escapar de la consecuencia. Pero no pensó cómo sería posible huir de sus
grilletes hasta que era demasiado tarde. Esto fue debido a que no era un
político. Mi opinión es que existe un reconocimiento universal en el momento de
esta consecuencia inexorable. Las gentes se dan cuenta de lo que Bernard Shaw
les dijo hace largo tiempo —aunque, como es natural, había sido ya dicho antes
en innumerables ocasiones— cuando escribió César y Cleopatra. Usted recordará
las palabras de César a la Reina de Egipto después que ella ordenó matar a
Fotinus, aunque César había garantizado su vida.
"¿Escucháis?" decía César. "Esos
aldabonazos en vuestra puerta son también de los creyentes en la venganza y en
la muerte. Habéis matado a su Jefe; es justo que ellos os maten. Si dudáis
preguntadlo a los cuatro consejeros aquí presentes; y entonces, en nombre del
derecho ¿no podré yo matarlos por asesinar a su reina, y ser muerto a mi vez
por sus compatriotas como invasor de su patria? ¿Puede Roma hacer menos que
matar a esos asesinos para mostrar al mundo cómo Roma venga a sus hijos y a su
honor? Y así, al final de la historia, el crimen perdurará al crimen siempre en
nombre del derecho, del honor y de la paz, hasta que los dioses fatigados de
sangre creen una raza que pueda comprender".
Las gentes se dan cuenta ahora de esta terrible
verdad, no porque vean que la sangre reclama sangre, sino porque ven que al
robar a sus vecinos se roban a sí mismos, ya que el robo reclama el robo lo
mismo que la sangre reclama sangre. Los llamados vencedores en la guerra
mundial saquearon a los vencidos, y ellos reconocen que al obrar así se han
saqueado a ellos mismos; así, ahora tenemos miseria por doquier. Los pueblos, a
la larga, lo ven, pero no tienen el valor de enfrentarse ante el hecho y corren
igual que Macbeth hacia las hechicerías de las brujas. En este caso,
desgraciadamente, la ciencia es uno de los ingredientes utilizados para
resolver lo que están contemplando. En lugar de admitir gallardamente la
confusión, la tragedia y el crimen, todos intentan encontrar la prueba de su
inocencia, y buscan la coartada que les libre de las consecuencias de sus
propios actos. Así contemplan las filas de gentes hambrientas que todos los
días llaman a sus puertas pidiendo pan. Ciudadanos fornidos que necesitan ejercer
el privilegio del hombre. Podrá observados también paseando por las calles de
Londres, con las medallas que atestiguan su conducta sobre sus pechos,
reclamando pan. Y usted podrá ver lo mismo en Nueva York, en Chicago, en Roma,
en Turín. Las personas que viven cómodamente desempeñando sus confortables
cargos dicen "esto nada tiene que ver con nosotros". Entonces acuden
a los autores populares de física y muestran su satisfacción al informarse de
que la naturaleza sólo conoce la ley de las consecuencias. ¿Qué más necesita
Vd.? Ahí está la ciencia, y la ciencia es la contrapartida moderna de la
religión. Usted es un acaudalado burgués que ha fundado instituciones
científicas y laboratorios. Y, diga usted lo que quiera, los hombres de ciencia
no serían humanos si no estuvieran animados, al menos inconscientemente, del
mismo espíritu.
EINSTEIN: Ach das kann man nicht sagen. (Oh, esto
no puede decirse).
MURPHY: Sí, claro que se puede decir. Recuerde
usted su descripción respecto a los que ofician en el templo de la ciencia para
beneficio propio, de esos hombres que, a pesar de haber construido gran parte
del edificio, usted reconoce no serían bien vistos por el Ángel del Señor. Me
inclino a pensar que el esfuerzo de la ciencia, en el momento presente, se
dirige a mantener su esquema del pensamiento lejos de la confusión que puede
engendrar el espíritu popular. Es poco más o menos el mismo esfuerzo que el de
los antiguos teólogos. Durante el Renacimiento fueron vencidos, sin embargo,
por la moda de la época, e introdujeron en la ciencia ideas y métodos extraños
que finalmente dieron lugar al desconcierto de la escolástica.
La decadencia del escolasticismo data del tiempo en
que el populacho corría tras los filósofos y teólogos. Recuerde cómo se
hacinaba para oír a Abelardo, en París, aunque, como es natural, era incapaz de
comprender sus sutilezas. La adulación de la plebe contribuyó más a su derrumbe
que las simples influencias privadas. No hubiera sido humano si no se hubiera
sentido tentado a pensar por encima de su ciencia, y sucumbió a la tentación.
No estoy seguro de que algunos hombres de ciencia no ocupen hoy en día su
lugar. Algunas de las brillantes fantasías que hoy tejen parecen muy afines a
las sutilezas sofísticas de la decadencia escolástica.
Los filósofos y teólogos más antiguos se dieron
cuenta de este peligro y se dieron maña para soslayarlo. Tenían sus doctrinas
esotéricas que solamente eran descubiertas a los iniciados. Ahora tenemos el
mismo tipo de protección en otras ramas de la cultura. La Iglesia Católica ha
mantenido sabiamente su ritual y sus dogmas dentro de formas y fórmulas de un
lenguaje que las gentes no pueden comprender. Los sociólogos y técnicos
financieros hablan en una jerga propia que les pone a cubierto de quienes les
rodean. La majestad de la ley se manifiesta de igual modo, y el arte médico no
podría sobrevivir si prescribiera sus medicinas y describiera las enfermedades
en el lenguaje vernáculo. Pero todo esto poco importa, pues ninguna de dichas
ciencias o artes son vitales. La ciencia física en el momento actual es
orgánicamente vital y por esa razón se resiente a causa de esos vicios.
EINSTEIN: En mi concepto, nada es más objetable que
la idea de la ciencia para el científico. Es casi tan malo como cuando se dice
que el arte es para los artistas y la religión para los sacerdotes. Esto es
ciertamente lo que usted dice. Yo creo que la moda actual de aplicar los
axiomas de la ciencia física a la vida humana, no es sólo un completo error
sino que también es reprobable. Me parece que el problema de causalidad, que
actualmente está en discusión en la física, no es un nuevo fenómeno en el campo
de la ciencia. El método que está siendo usado en la física de los cuantos
había sido ya aplicado en biología, pues los procesos biológicos en la
naturaleza no pueden ser seguidos hasta su origen en forma que sus reacciones
se manifiesten de modo evidente, y por esa razón las reglas biológicas han sido
siempre de carácter estadístico. Por esto yo no llego a comprender por qué se
ha hecho tanto alboroto acerca de si el principio de causalidad sufre una
restricción en la física moderna, pues en modo alguno se trata de una nueva
situación.
MURPHY: Ciertamente no se ha producido ninguna
nueva situación, pero las ciencias biológicas no son vitales en el grado que lo
es actualmente la ciencia física. Las gentes ya se interesan poco de si
descendemos o no de los monos, y ya no existe el entusiasmo por la biología que
caracterizaba la época de Darwin y Huxley. El centro de gravedad del interés
público se ha desplazado hacia la física. He aquí por qué el público reacciona
de modo especial a cualquier nueva fórmula física.
EINSTEIN: Estoy completamente de acuerdo con
nuestro amigo Planck en lo que se refiere a la posición que ha tomado acerca de
ese principio, pero usted debe recordar lo que Planck ha dicho y escrito.
Admite que en el estado actual de las cosas es imposible aplicar el principio
causal a los procesos internos de la física atómica, pero se ha manifestado en
contra de que, a causa de esta Unbrauchbarkeit o imposibilidad de aplicación,
tengamos que concluir que el proceso de la causalidad no existe en la realidad
externa. Planck no ha tomado realmente un punto de vista definido en esta
cuestión. Tan sólo se ha expresado en contra de las enfáticas afirmaciones de
algunos teorizantes de los cuantos, y yo estoy completamente de acuerdo con él
y cuando usted hace mención de gentes que hablan de algo así como del libre
albedrío en la naturaleza, me es difícil encontrar una réplica aceptable. La
idea, como es natural, es descabellada.
MURPHY: Usted aceptará entonces, yo así lo creo,
que la física no da fundamento para esa extraordinaria aplicación de lo que por
conveniencia denominamos principio de la indeterminación de Heisenberg.
EINSTEIN: Es natural que así lo acepte.
MURPHY: Entonces conocerá también que ciertos
físicos ingleses de alta alcurnia, y al mismo tiempo, muy populares, han
proclamado enfáticamente lo que usted y Planck, y con usted otros autores,
denominan conclusiones sin garantías.
EINSTEIN: Es necesario distinguir entre el físico y
el littérateur cuando ambas profesiones se funden en una sola persona. En
Inglaterra existe una gran literatura inglesa y una gran disciplina de estilo.
MURPHY: La literatura aborrece ese amor
intellectualis por la verdad lógica que es la pasión del científico. Es posible
que los científicos ingleses cambien su color según la literatura de que se
nutren, y así pueden escapar de ser descubiertos como la oruga en la hoja.
EINSTEIN: Lo que yo quiero decir es que hay
escritores científicos en Inglaterra que son ilógicos y románticos en sus
libros populares pero razonadores de una aguda lógica en sus trabajos
científicos.
Lo que el científico se propone es asegurar una
transcripción lógicamente consistente de la naturaleza. La lógica es para él lo
que las leyes de la proporción y la perspectiva son para el pintor, y creo con
Henri Poincaré que la ciencia es digna de ser cultivada porque revela la
hermosura de la naturaleza. En este sentido quiero decir que el científico
encuentra su premio en lo que Henri Poincaré denomina el goce de la comprensión
y no en las posibilidades de aplicación a que un descubrimiento pueda conducir.
El científico, así lo creo, se contenta con construir una imagen perfectamente
armónica sobre una pauta matemática, y se satisface completamente con
relacionar las diversas partes de la imagen mediante fórmulas matemáticas sin
preguntarse hasta qué punto constituye esto una prueba de que la ley de
causalidad interviene en el mundo exterior.
MURPHY: Permítame, profesor, llamar su atención
hacia un fenómeno que sucede algunas veces allá en el lago cuando usted navega
con su yate. Claro es que no se presenta frecuentemente en las plácidas aguas
de Caputh, pues como están rodeadas de llanuras no se producen repentinos
vendavales. Pero si usted navegara por alguno de nuestros lagos del Norte,
correría el peligro de caer bajo la acción de repentinas y furiosas corrientes
de aire.
Quiero decir con esto que el positivista puede
surgir con facilidad y tomarle de improviso.
Si usted dice que el científico se contenta con
asegurar la lógica matemática en su construcción mental, sería usted
inmediatamente considerado como partidario del idealismo subjetivo defendido
por algunos científicos modernos, como Sir Arthur Eddington.
EINSTEIN: Eso sería ridículo.
MURPHY: Claro es que sería una conclusión
injustificada, pero usted ya ha sido muchas veces mencionado en la prensa
británica como partidario de la teoría de que el mundo exterior es un derivado
de la conciencia. Sobre esto he tenido que llamar la atención a un amigo mío
inglés, Mister Joad, quien ha escrito un excelente libro titulado Aspectos
filosóficos de la ciencia. El libro es una crítica de la posición tomada por
Sir Arthur Eddington y Sir James Jeans, y el nombre de usted es mencionado como
partidario de sus teorías.
EINSTEIN: Ningún físico puede creer eso. De ser así
no podría ser físico. Debe usted distinguir entre lo que es una moda literaria
y lo que es una exposición científica. Esos hombres son científicos genuinos, y
sus fórmulas literarias no deben ser tomadas como expresión de sus convicciones
científicas. ¿Quién se tomaría el trabajo de contemplar las estrellas si no
creyera que existen realmente? En esto estoy completamente de acuerdo con
Planck. Nosotros no podemos lógicamente demostrar la existencia del mundo
exterior, como tampoco podemos probar lógicamente que yo estoy hablando con
usted y que me encuentro aquí: pero usted sabe perfectamente que estoy aquí, y
ningún idealista subjetivo podrá convencerlo de lo contrario.
MURPHY: Ese punto fue completamente dilucidado hace
mucho tiempo por los escolásticos, y no puedo abandonar el pensamiento de que
gran parte de la confusión reinante en el siglo XIX y que reina ahora podría
haber sido evitada si la ruptura con la tradición filosófica no hubiera sido
tan profunda en el siglo XVII. Los escolásticos plantearon muy claramente el
caso para los físicos modernos considerando las imágenes mentales de la
realidad externa como existiendo fundamentaliter in re, formaliter in mente.
He olvidado cómo se interrumpió la discusión sobre
este tema particular. En los apuntes taquigráficos el siguiente párrafo lo
inicia Planck. Yo le decía que recientemente la prensa había discutido mucho
acerca de la llamada bancarrota de la ciencia. ¿Es que el público en general se
daba cuenta de un modo o de otro que los grandes perfeccionamientos científicos
de Alemania, parecían que no habían servido para asegurar el prestigio de la
nación en el extranjero? Es lógico que, en el fondo, haya que contar también
con el escepticismo general, que es un rasgo universal del mundo en que
vivimos. Ahora se ataca a la religión, al arte y a la literatura lo mismo que a
la ciencia.
PLANCK: Las iglesias parecen ser incapaces de
proporcionar ese áncora espiritual de salvación que algunas gentes buscan, y
por ello éstas se dirigen en otras direcciones. La dificultad que la religión
organizada encuentra para atraer actualmente a las gentes es que su apelación
exige necesariamente el espíritu creyente, o sea lo que de ordinario se
denomina fe. Dado el escepticismo reinante, su llamada recibe sólo una mezquina
respuesta. De aquí que usted encontrará gran número de profetas que ofrecen algunos
substitutivos.
MURPHY: ¿Piensa usted que la ciencia en este
particular puede ser un substituto de la religión?
PLANCK: Para una mente escéptica en modo alguno,
pues la ciencia exige también espíritus creyentes. Cualquiera que se haya
dedicado seriamente a tareas científicas de cualquier clase se da cuenta de que
en la puerta del templo de la ciencia están escritas estas palabras: Hay que
tener fe. Ésta es una cualidad de la que los científicos no pueden prescindir.
El hombre que tiene ante sí una serie de resultados
obtenidos mediante un proceso experimental, debe forjarse una imagen de la ley
que persigue, y debe estructurarla en una hipótesis imaginativa. Las facultades
razonadoras por sí solas no le ayudan a dar un paso hacia adelante, pues el
orden no puede surgir del caos de los elementos a no ser que la cualidad
constructiva de la mente construya el orden mediante un proceso de eliminación
y selección. Una y otra vez, se derrumba el plan imaginario sobre el que se
intenta edificar ese orden, y entonces hay que intentar otro. Esta visión
imaginativa y esa fe en el triunfo son indispensables. El racionalista puro
está aquí de más.
MURPHY: ¿Hasta qué punto se ha comprobado esto en
la vida de los grandes hombres de ciencia? Tomemos el caso de Kepler, cuyo
tercer centenario estamos celebrando, y recordemos aquella tarde en que
Einstein pronunciaba su conferencia en la Academia de Ciencias. ¿No se decía
que Kepler había realizado ciertos descubrimientos, no porque hubiera llegado a
ellos por su imaginación constructiva, sino más bien porque al observar las
dimensiones de los toneles se sorprendía de que sus formas fueran las que con mayor
capacidad ocupan menor espacio?
PLANCK: Esas historias circulan casi siempre cuando
se trata de nombres familiares para el público. Realmente, Kepler es un ejemplo
magnífico de lo que acabo de decir. fue siempre un hombre inflexible, tuvo que
sufrir desilusión tras desilusión, e incluso se vió en la necesidad de mendigar
el pago de los atrasos de su sueldo al Reichstag de Regensburgo En fin, sufrió
el tormento de tener que defender a su propia madre, que había sido acusada
públicamente de brujería. Pero estudiando su vida es posible darse cuenta de
que la fuente de sus energías inagotables y de su capacidad productiva se
encontraba en la profunda fe que tenía en su propia ciencia, y no en la
creencia de que eventualmente lograse llegar a una síntesis aritmética de sus
observaciones astronómicas; es decir, su fe inextinguible en la existencia de
un plan definido oculto tras el conjunto de la creación. La creencia en ese
plan le aseguraba que su tarea era digna de ser continuada, y la fe
indestructible en su labor iluminó y alentó su árida vida. Comparémoslo con
Tycho de Brahe. Brahe tenía entre sus manos .el mismo material que Kepler e
incluso mejores oportunidades, pero se limitó a ser un investigador, pues no
poseía la misma fe en la existencia de las leyes eternas de la creación. Brahe,
repito, fue sólo un investigador, mientras Kepler fue el creador de la nueva
astronomía.
Otro nombre que se me ocurre a este respecto es el
de Julius Robert Mayer. Sus descubrimientos fueron difícilmente conocidos, ya
que a mediados del último siglo había una gran dosis de escepticismo, incluso
entre las gentes educadas, acerca de las teorías de la filosofía natural. Mayer
se mantuvo firme, no por lo que había descubierto o podía probar, sino gracias
a sus férreas creencias. fue tan sólo en 1869 cuando la Sociedad de Físicos y
Médicos Germanos, con Helmholtz a la cabeza, reconoció la obra de Mayer.
MURPHY: Muchas veces ha visto usted que el progreso
de la ciencia consiste en el descubrimiento de un nuevo misterio, en el momento
en que se supone que alguna cosa fundamental ha sido resuelta. La teoría de los
cuantos nos ha enfrentado con el enorme problema de la causalidad, y,
realmente, no me atrevo a pensar que la respuesta pueda ser muy categórica.
Como es natural, es fácil observar que quienes se colocan en una posición
definida, y afirman que no hay otra cosa que causalidad, son ilógicos, en el
sentido de que no es posible demostrar ese juicio por los experimentos ni
acudiendo para su defensa a los dictados directos de la conciencia y del
sentido común. Pero en cualquier caso me parece que la tarea más difícil de los
deterministas es la de indicar la forma en que debe ser revisada la vieja
fórmula de la causalidad para que pueda responder a las exigencias de la
ciencia moderna.
PLANCK: Por lo que se refiere al descubrimiento de
nuevos misterios, esto. es indudablemente exacto. La ciencia no puede resolver
los misterios esenciales de la naturaleza, y ello es debido, en último
análisis, a que formamos parte de ella y, por tanto, del misterio que
intentamos resolver. Hasta cierto punto, la música y el arte son también
ensayos para resolver, o al menos para expresar el misterio. Pero, en mi
opinión, cuanto más progresamos, mayor es la armonía en que nos ponemos con
toda la naturaleza. Y éste es uno de los más grandes servicios que la ciencia
ha prestado al individuo.
MURPHY: Goethe decía que el más alto
perfeccionamiento que la mente humana puede alcanzar es la aptitud para poder
admirar los fenómenos elementales de la naturaleza.
PLANCK: Sí, nosotros siempre nos enfrentamos con lo
irracional. Además, no podemos tener fe. Y si no tuviéramos fe, pero pudiéramos
resolver todos los enigmas de la vida por la aplicación del razonamiento
humano, la vida sería una insoportable carga. No tendríamos arte ni música ni
cosas maravillosas, y tampoco tendríamos ciencia. No sólo porque la ciencia
perdería su principal atracción para sus propios cultores —la persecución de lo
incognoscible— sino también porque la ciencia perdería la piedra angular de su
propia estructura, que es la percepción directa por la conciencia de la
existencia de la realidad externa. Como Einstein ha dicho, no puede existir un
hombre de ciencia si no conoce que el mundo externo existe en realidad; pero
ese conocimiento no es obtenido por ningún proceso de razonamiento. Es una
percepción directa, y, por tanto, afín en su naturaleza a lo que denominamos
fe. Es una creencia metafísica. El escepticismo se refiere a la religión, pero
también existe con respecto a la ciencia. De todos modos, puede decirse en
favor de la física teórica que es una ciencia muy activa que excita la
imaginación de los profanos. En ese sentido es capaz, en cierto grado, de
satisfacer el hambre metafísica que en la actualidad ya no es capaz de
satisfacer la religión, pero es posible que así se estimule indirectamente la
reacción religiosa. La ciencia, como tal, jamás podrá ocupar el lugar de la
religión: hecho ya explicado en el penúltimo capítulo de esta obra.
MURPHY: Y ahora ocupémonos de la segunda parte del
problema, o sea el sentido en que hay que revisar la fórmula tradicional del
principio de causalidad. Einstein nos habla acerca del desarrollo de nuestra
facultad de perfección a medida que la ciencia avanza.
PLANCK: ¿Qué es, en realidad, lo que ha querido
decir con estas palabras?
MURPHY: Es posible que yo pueda explicarlo mejor a
mi modo. Sírvanos de ejemplo el moderno fenómeno de la velocidad. Hace
cincuenta años la velocidad media de locomoción era la de un caballo al trote.
Ahora es incluso mayor que la del ferrocarril. Tomando como cifra la media
aritmética entre las velocidades que desarrollan el ferrocarril, el automóvil y
el aeroplano, podemos decir que es la de 100 kilómetros por hora, en lugar de
diez como era en los días de la locomoción a sangre.
Recordará usted la época en que las bicicletas
comenzaron a popularizarse. Toda clase de gente, niños y mujeres, circulaban
por las carreteras día tras día. Ahora no podría usted correr con una bicicleta
tras de alguna persona, pues rápidamente quedaría rezagado.
Recordará usted que cuando los automóviles
comenzaron a transitar por las carreteras, los caballos temblaban de espanto.
Ahora incluso los caballos han desarrollado sus facultades para armonizar sus
percepciones con la idea de la nueva velocidad. No hay, pues, duda de que la
humanidad moderna ha desenvuelto alguna facultad respecto a este nuevo fenómeno
de la velocidad. Creo que una cosa semejante es lo que ha querido decir
Einstein, y que los científicos del futuro tendrán percepciones más agudas que
los de hoy día. Por otra parte, dispondrán también de más delicados
instrumentos. Pero lo que nosotros necesitamos desarrollar son las facultades
perceptivas mismas. Puede ser que una estirpe de hombres de ciencia educados en
el laboratorio sea capaz finalmente de percibir en la naturaleza las profundas
y diversas operaciones de la causalidad, lo mismo que el gran genio musical
percibe armonías internas en las que el profano ni siquiera sueña, y lo mismo
que el melómano percibe más agudamente la belleza de una estructura sinfónica
de Beethoven de lo que puede hacerlo el campesino, habituado tan sólo a sus
sencillas melodías populares. El desarrollo de los poderes de percepción, por
tanto, es una de las principales tareas que tenemos que acometer. Esta parece
ser la idea de Einstein.
PLANCK: Seguramente es así. No hay duda de que el
estado en que ahora se halla la física teórica está más allá de las facultades
medias humanas, e incluso más allá aún de las facultades de los grandes
descubridores. Lo que sin embargo debe usted recordar es que, aunque
progresemos rápidamente en el desarrollo de nuestros poderes de percepción,
seremos incapaces finalmente de descifrar el misterio de la naturaleza.
Podremos ver quizá la operación de la causalidad en las más finas actividades
de los átomos, lo mismo que, sobre la antigua base de la fórmula causal de la
mecánica clásica, podemos percibir y construir imágenes materiales de cuanto
sucede en la naturaleza.
En la actualidad la discrepancia no radica entre la
naturaleza y el principio de causalidad, sino más bien entre la imagen que
hemos formado de la naturaleza y la realidad de la naturaleza misma. Nuestra
imagen no está en perfecto acuerdo con los resultados de la observación, y,
como ya he dicho repetidas veces, el problema del progreso de la ciencia es
lograr un acuerdo más exacto. Estoy convencido de que podremos llegar a este
acuerdo, no rechazando la causalidad, sino ampliando la fórmula y refinándola para
que pueda acomodarse a los modernos descubrimientos.
Autor
Max Planck
(Ernst Karl Ludwig Planck; Kiel, actual Alemania,
1858) Físico alemán. Dotado de una extraordinaria capacidad para disciplinas
tan dispares como las artes, las ciencias y las letras, se decantó finalmente
por las ciencias puras, y siguió estudios de física en las universidades de
Münich y Berlín.Max_Planck.jpg
Tras doctorarse por la Universidad de Münich con
una tesis acerca del segundo principio de la termodinámica (1879), fue profesor
en las universidades de Münich, Kiel (1885) y Berlín (1889. Enunció la ley de
Wien (1896) y aplicó el segundo principio de la termodinámica, formulando a su
vez la ley de la radiación (ley de Planck, 1900). Durante ese año, logró
deducir dicha ley de los principios fundamentales de la termodinámica, para lo
cual partió de dos suposiciones: por un lado, la teoría de Ludwig Boltzmann,
según la cual el segundo principio de la termodinámica tiene carácter
estadístico, y por otro, que el cuerpo negro absorbe la energía
electromagnética en cantidades indivisibles elementales, a las que dio el
nombre de quanta (cuantos). El valor de dichos cuantos debía ser igual a la
frecuencia de las ondas multiplicada por una constante universal, la llamada
constante de Planck. Este descubrimiento le permitió, además, deducir los
valores de constantes como la de Boltzmann y el número de Avogadro.
La hipótesis cuántica de Planck supuso una
revolución en la física del siglo XX, e influyó tanto en Albert Einstein
(efecto fotoeléctrico) como en Niels Bohr (modelo de átomo de Bohr). El primero
concluyó, en 1905, que la única explicación válida para el llamado efecto
fotoeléctrico consiste en suponer que en una radiación de frecuencia
determinada la energía se concentra en corpúsculos (cuantos de luz, conocidos
en la actualidad como fotones) cuyo valor es igual al producto de la constante
de Planck por dicha frecuencia. A pesar de ello, tanto Planck como el propio
Einstein fueron reacios a aceptar la interpretación probabilística de la
mecánica cuántica (escuela de Copenhague). Sus trabajos fueron reconocidos en
1918 con la concesión del Premio Nobel de Física por la formulación de la
hipótesis de los cuantos y de la ley de la radiación.
Falleció en Gotinga, Alemania, en 1947
F I N
Notas:
[1] The Mysterious Universe, 1932, págs. 16 y 17.
[2] Die Naturwissenschaften, Vol. 26, pág. 483.
[3] Die Naturwissenschaften, Vol. 26, pág. 483.
[4] Loc. cit., pág. 490.
[5] Die Naturwissenschaften, Vol. 35, 1925, pág.
1008
[6] The Mysterious Universe, 1932, págs. 17 y 18.
[7] Loc. cit., pág. 24.
[8] La epistemología es la ciencia de la naturaleza
del conocimiento metafísico, y como tal siempre se halla más allá de todas
nuestras conquistas.
[9] Solipsismo es la teoría de que el único ser
consciente es uno mismo del concepto científico del mundo. La característica
sobresaliente en la doctrina de la escuela empirista inglesa es que no existe
otra cosa que ciertos conocimientos o ideas innatas, que fueron presumidas por
algunos de los primeros filósofos racionalistas. La mente humana, tal como
viene al mundo, está absolutamente en blanco, y sobre ella se graban
automáticamente las impresiones dadas por los sentidos sin ninguna acción por
parte de la mente misma.
[10] Las páginas siguientes son un resumen de las
notas taquigráficas tomadas por un secretario durante diversas conversaciones.

