Libro N° 7055. Introducción A La Economía Política. Isacovich, Marcelo.
© Libro N° 7055. Introducción A La Economía Política. Isacovich, Marcelo. Emancipación. Marzo 7 de 2020.
Título original: © Introducción
A La Economía Política. Marcelo Isacovich
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A La Economía Política. Marcelo Isacovich
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
INTRODUCCIÓN A LA ECONOMÍA
POLÍTICA
Marcelo Isacovich
INTRODUCCIÓN A LA ECONOMÍA
POLÍTICA
Marcelo Isacovich
MARCELO ISACOVICH
Introducción a la Economía Política
(Primer Nivel)
EDITORIAL CARTAGO
Buenos Aires
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Marcelo Isacovich, Introducción a la economía política |
2 |
Dibujo de
la tapa:
Gino Mainero
Cuidado
de la edición:
Néstor Casiris
© Editorial Cartago
Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723
Printed in Argentina – Impreso en la Argentina
Buenos Aires, 1974
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Marcelo Isacovich, Introducción a la economía política |
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INDICE
PROLOGO DEL AUTOR
Capítulo
Primero
CIENCIA ECONÓMICA E IDEOLOGIA
Leyes de la naturaleza y de la sociedad
Las categorías de la economía politica
La definición de “economía política”
Capítulo
Segundo
TRABAJO, VALOR Y MERCANCÍA
La ley del valor .
El fetichismo de la mercancía . . .
Capítulo
Tercero
EL DINERO
La historia del dinero
El fetichismo del dinero
Capítulo
Cuarto
LA PLUSVALIA
Cómo se convierte el dinero en capital
Plusvalía absoluta y relativa
Capítulo
Quinto
EL SALARIO
Capital constante y capital variable
Cuota de plusvalía y cuota de ganancia
La acumulación del capital
Capítulo
Sexto
TRASFORMACIÓN DE LA PLUSVALfA EN GANANCIA ¿Por qué
compran máquinas los capitalistas?
La tendencia a la disminución de la tasa de
ganancia
Capítulo
Séptimo
EL REPARTO DE LA PLUSVALIA
La ganancia comercial
E1 interés
La renta de la tierra
Capítulo
Octavo
LA
REPRODUCCIÓN DEL CAPITAL SOCIAL . ...
La renta nacional
La reproducción del capital social
Reproducción simple
Reproducción ampliada
La crisis
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Marcelo Isacovich, Introducción a la economía política |
4 |
El interés por conocer las bases
de la economía política marxista se acrecienta constantemente. Un índice de
ello es la sostenida concurrencia que asiste a los nume-rosos cursillos de
Introducción a esa ciencia que vienen dictando en nuestro medio, ante un
público por lo general heterogéneo que, en la mayoría de los casos, acaba de
finalizar una intensa jornada de labor y no posee conocimientos previos del
tema. Ta-les cursos buscan ser útiles incluso para quienes no cuentan con
tiempo para comple-mentarlos con la lectura individual de la bibliografía
recomendada. Además, el objeti-vo debe resolverse en un número limitado de
clases en corta extensión horaria.
Si bien existen en nuestro idioma
numerosos manuales marxistas de economía política, ninguno de ellos satisface
las exigencias expuestas. Por tal motivo, el autor se propuso la publicación
del presente texto, que ha sido utilizado ya como guión en repe-tidos cursos de
Introducción a la Economía Política. Tales cursos se han dictado en dos
niveles. El primero estudia el objeto de la economía política, sus categorías
fundamen-tales y las leyes del capitalismo tal como rigen durante su etapa
pre-monopolista. El segundo nivel estudia la concentración del capital, la
generalización de los monopo-lios, el imperialismo, el capitalismo monopolista
de estado y la crisis general del sis-tema.
La experiencia indica que los
cursos deben ser sintéticos y sencillos. La exposición en cada clase no debe
exceder los cincuenta minutos y girar alrededor de un concepto central (o a lo
sumo de dos), que debe ser anunciado previamente como tema del día. Los
diversos tópicos que se expongan, las digresiones, ejemplos, gráficos, etc.
deben tener como objeto la mejor comprensión del tema básico: deben actuar a
modo de afluentes. Concluida la exposición central, es conveniente la
participación activa de la concurrencia, lo cual puede lograrse proponiendo la
discusión colectiva de un cuestio-nario hecho conocer previamente. Esta tarea
puede abarcar hasta una hora, por lo cual cada clase tendría una duración
aproximada de dos horas. A efecto del debate, se ha ensayado con éxito agrupar
a los asistentes en equipos alrededor de diez integrantes. Ello es posible si
se cuenta con cierto número de auxiliares docentes.
La presente edición cubre el
guión del primer nivel. En una publicación posterior se dará a conocer el texto
del segundo nivel.
Es sabido que, para quien se
inicia en el estudio de la economía política, la etapa más ardua es el
comienzo. El novel estudiante debe elevarse a un plano de alta abstrac-ción,
romper moldes, imágenes y conceptos de la apariencia a los que está habituado,
y penetrar en el mundo de la esencia. Debe asimilar que, en muchos casos, la
verdad es la antítesis de lo que conocía y aceptaba.
La experiencia viva de su
aplicación en cursos ya realizados, ha evidenciado que el texto que ofrecemos
ayuda a resolver estas dificultades. Creemos, por lo tanto, que puede ser útil
para las instituciones que organicen cursos y seminarios de Introducción a la
Economía Política, así como para quienes deseen estudiarla individualmente.
Agosto,
1974
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Marcelo Isacovich, Introducción a la economía política |
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Capítulo Primero:
CIENCIA ECONÓMICA E IDEOLOGÍA
La economía es la ciencia más
discutida, más ligada a la vida cotidiana. Temas como precios, salarios,
ocupación, inflación, crisis, preocupan y afectan a todos. Pero la economía,
pese a su popularidad, no entrega fácilmente sus verdades a la compren-sión del
hombre común.
El objetivo de toda ciencia es
desentrañar las leyes que rigen los fenómenos de la realidad, para lo cual debe
desgarrar los velos que cubren su esencia, abandonar la su-perficie e
investigar lo profundo. Esta tarea es particularmente necesaria y difícil en el
campo de la economía porque, en sus dominios, es frecuente que la apariencia
oculte la esencia de los fenómenos, que aparenten ser lo contrario de lo que
realmente son. De ahí que sea imposible comprender, sin conocimientos previos,
la raíz de los problemas que se discuten a diario. Consideramos que ello
justifica sobradamente nuestro intento de popularizar las bases fundamentales
de la ciencia económica, abrir un sendero que nos interne en lo profundo de ese
ámbito, a la vez tan cotidiano y tan misterioso.
¿Qué significa la palabra
economía? Este término deriva de los vocablos griegos oikos (orden) y nomos
(casa). Literalmente, orden en la casa, o sea, buena administra-ción doméstica.
Cuando la idea se traslada del ámbito familiar al ámbito social, entra-mos al
terreno de la economía política (polis,
ciudad)
La economía política estudiaría, pues, la mejor
administración de la cosa pública, la mejor utilización de los recursos de la
sociedad. Hasta aquí pareciera no existir dificul-tad alguna. ¿Y en la
práctica?
Imaginemos que un importante
grupo financiero, utilizando ampliamente el crédito bancario, instala una
cadena de hoteles de gran lujo. El negocio resulta excelente, los hoteles
trabajan a pleno y la empresa obtiene altos beneficios. He aquí un ejemplo de
utilización de los recursos sociales, recaudados primero por bancos y puestos
luego en acción a través del crédito.
Esta utilización del ahorro
nacional ¿es buena o es mala desde el punto de vista económico? Es buena
—opinarán indudablemente los dueños de esos hoteles y sus acaudalados
clientes—. Pero hagamos igual pregunta a las organizaciones que agrupan a
centenares de miles de habitantes de las villas de emergencia. Ellas nos dirán,
segu-ramente, que los recursos disponibles no deben destinarse a la
financiación de hoteles o departamentos de lujo, sino a la edificación de
viviendas populares. Eso no es posi-ble —responderán a su vez los empresarios
de la construcción—; si los sectores mo-destos no tienen capacidad adquisitiva
¿quién nos compraría esas viviendas?
A esta
altura del debate se oye la voz de los trabajadores:
—lo que
hace falta es un aumento general de salarios, que vigorice el mercado inter-no.
Con un pueblo pobre la industria y el comercio no pueden desarrollarse.
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Marcelo Isacovich, Introducción a la economía política |
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—¡Absurdo! —claman los economistas del
Fondo Monetario Internacional y los altos ejecutivos—. Hay que reducir los salarios para bajar los costos, estabilizar la
moneda y capitalizar las empresas;
sólo así habrá inversión y desarrollo económico.
Hagamos alto. Creíamos que
explicar el significado de “economía política” sería tarea fácil, y he aquí que
nos encontramos metidos en camisa de once varas. ¿Cómo puede una ciencia
determinar “la mejor administración de los recursos de la sociedad” si en ella
conviven intereses contrapuestos? Si lo que es bueno para unos es perjudicial
para otros, cada cual defenderá que su
verdad será la verdad.
La economía, como toda ciencia
social, es ideológica. No hay persona alguna ca-paz de estudiar economía
política prescindiendo de su ideología. Nadie, lo quiera o no, vive en sociedad
sin estar impregnado de unas u otras ideas, conceptos, creencias, sen-timientos,
intereses y “verdades”. No se puede residir en la Tierrra y estudiarla como
habitante de otro planeta.
Si no puedo desprenderme de mi
ideología, ¿cómo ser rigurosamente científico en el estudio de las ciencias
sociales? ¿Cómo lograr una objetividad absoluta? Sólo tengo una posibilidad:
que mi ideología no esté en pugna con la verdad objetiva. Pero, ¿quié-nes gozan
de esta enorme ventaja?
Sabemos que el movimiento, o sea
el cambio constante, es una ley inexorable, que rige tanto en la naturaleza
como en la sociedad. En materia económico-social, esta ley perjudica a quienes
disfrutan de una posición privilegiada dentro del estado de cosas existentes
que no quieren perder.
La ciencia económica, al reflejar
la realidad, recoge en sus leyes el dinamismo social y pone en evidencia la
inevitabilidad de los cambios. Esta verdad objetiva ate-rroriza a las clases
dominantes, que tratan de ignorarla u ocultarla; su ideología, al apartase de
la verdad, se opone a la ciencia.
Los economistas burgueses hacen
la apología del capitalismo y niegan que ese sistema, como todo fenómeno
social, sea transitorio históricamente. Por tal motivo, hace mucho que la
economía burguesa abandonó el terreno de la ciencia. Se dedica, a lo sumo, a
investigar técnicas necesarias para las empresas o el estado capitalista,
útiles para parchear el sistema o para postergar su reemplazo. Navega por la
superficie de los fenómenos sin atreverse a sondear las aguas profundas.
La clase trabajadora, desposeída,
nada tiene que perder ni ocultar. Para ella, el co-nocimiento de las leyes de
la sociedad (y por ende de la economía), constituye una herramienta
indispensable para comprender la realidad social y esforzarse por cambiar-la en
el sentido de los intereses generales.
Leyes de la naturaleza y de la
sociedad
Llamamos ley a una conexión
forzosa de los fenómenos, que surge de sus peculia-ridades fundamentales, es
decir, de su esencia. Es una regularidad; es lo estable, lo idéntico, lo que se
repite siempre y cuando las condiciones sean las mismas. El agua conservará su
estado líquido entre cero y cien grados, a
condición de que la presión sea la normal (760 mm).
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 7
La acción
del hombre no es una condición necesaria para que actúen las leyes de la
naturaleza; la tierra girará alrededor del sol, aunque la Iglesia encarcele a
Galileo. Las ciencias de la Naturaleza descubren y estudian estas leyes
naturales.
En cambio, las leyes de la
sociedad no pueden actuar por sí mismas y operan a través de la actividad
humana. Las Ciencias Sociales estudian las relaciones estables, obligadas, que
se establecen entre los hombres en determinadas condiciones. Si las acciones
del hombre dependen de su conciencia y de su voluntad, ¿cómo pueden surgir de
ellas leyes objetivas, es decir, relaciones humanas necesarias, permanentes,
que existen aunque nadie las conozca? Ello sucede porque, en esencia, las ideas
de los hombres, sus deseos, su voluntad, están condicionados por las
circunstancias en que les toca vivir. Su vida, su realidad, determinarán su
conciencia, sus propósitos, su ac-tuación. Ante una situación que se repita, su
“libre voluntad” lo inducirá a actuar, bási-camente, de la misma manera. Quiere
decir que, mientras se mantengan determinadas condiciones materiales de
existencia, ellas crean respuestas regulares, estables en la conducta de los
hombres. Ello da lugar a que surjan las leyes sociales.
Supongamos que Juan, un leñador,
se ocupa de cortar leña mientras Diego elabora pan. Como ambos son hombres
libres, lo hacen de acuerdo con su voluntad y su con-ciencia. Pero Juan
necesita pan y Diego necesita leña. Juan, en uso de su libre albedrío, venderá
su leña en el mercado y comprará pan; Diego venderá pan y comprará leña. Ambos
querrán siempre vender caro y comprar barato; sus intereses y por tanto sus
deseos entrarán en choque. De estas conductas contrapuestas surgirá un
resultado que no será ni lo que se proponía Juan ni lo que esperaba Diego.
Dicho resultado es, por tanto, independiente de la voluntad de Juan o Diego, y
se repetirá mientras exista la economía mercantil. De los actos contradictorios
y repetidos de una multitud de com-pradores y vendedores surge un resultado
diferente al que se proponían conscientemen-te cada uno de ellos: nace una
importantísima ley de la sociedad mercantil, llamada “ley del valor” que
estudiaremos en el próximo capítulo.
Las leyes de la sociedad son
objetivas, existen y actúan aunque los hombres no las conozcan ni las deseen.
Siendo así, ¿estamos condenados a ser prisioneros de esas le-yes?
La humanidad no puede cambiar las
leyes naturales, pero al descubrirlas, puede utilizarlas en su beneficio, puede
domesticar el fuego, obligar a un río a proporcionar energía eléctrica, etc.
Análogamente, si conoce las leyes
de la sociedad, puede también encauzarlas a fin de lograr los fines que se
propone, en vez de ser juguete de su acción espontánea.
Durante el curso de la historia,
las leyes sociales, desconocidas por los seres humanos, actuaron ciegamente.
“Las
leyes de su propia actividad social, que hasta aquí se alzaban frente al
hom-bre como leyes naturales extrañas, que lo sometían a su imperio, son
aplicadas ahora por él con pleno conocimiento de causa, y por lo tanto,
dominadas por él, sometidas a su poderío. La propia existencia social humana,
que hasta aquí se le enfrentaba impuesta por la naturaleza y la historia es, a
partir de ahora, obra li-bre suya. Los poderes objetivos y extraños que hasta
ahora venían imperando en la historia se colocan bajo el dominio del hombre
mismo. Sólo a partir de este
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 8
momento el hombre comienza a trazarse su historia con plena conciencia
de lo que hace. Y sólo a partir de este momento las causas sociales puestas en
movi-miento por él comienzan a producir predominantemente y cada vez en mayor
me-dida, los efectos apetecidos. Es el salto de la humanidad del reino de la
necesidad al reino de la libertad”
(F.
Engels, Anti Dühring)
Si bien el hombre es producto de
las circunstancias, puede humanizar las circuns-tancias.
Las categorías de la economía política
La economía política, como toda
ciencia, ha formulado una serie de categorías. Son conceptos generales que
reflejan el desarrollo y las propiedades fundamentales de los fenómenos
económicos. Cada categoría es una conquista, una profundización del conocimiento
y la interpretación de la realidad objetiva.
Es
imposible adentrarnos en el estudio de la economía sin esclarecer previamente
el significado de una serie de categorías[∗].
Trataremos de hacerlo.
Si observamos cómo Juan derriba
árboles en el bosque, nos encontramos con dos elementos:
1— El hombre que trabaja
2— El objeto de trabajo (En el ejemplo anterior es un bien de la naturaleza:
árbol). Si posteriormente un carpintero elabora madera aserrada, el objeto de
su trabajo ya no sería el árbol directamente (materia bruta), sino la madera
procedente del árbol (mate-ria prima). Así pues:
El objeto de trabajo es una
materia sobre la que se aplica la actividad del trabaja-dor para transformarla
en otra cosa. El objeto de trabajo puede ser:
—a) la materia bruta, que es la que se encuentra en la naturaleza antes de ser ma-nipulada
(vg. el árbol), o bien
—b) la materia prima, que es la que ya ha sufrido alguna manipulación (vg. la madera del
árbol transformada en tablas para hacer muebles).

![]()
∗ Las categorías económicas son conceptos lógicos,
abstracciones teóricas que representan o expresan la esencia de los fenómenos
económicos. Como ejemplo de categorías pueden citarse: capital, precio, trabajo, demanda…
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 9
Podemos considerar como medios de trabajo todos los
elementos que de modo directo o indirecto se necesitan para realizar la
actividad del trabajo. Podemos considerar dos grupos:
A) Medios directos de trabajo o instrumentos de
trabajo: las herramientas y máquinas.
B) Medios indirectos de trabajo: las
instalaciones, energía, edificios, etc.

4— Medios de producción:
Los objetos de trabajo más los medios de trabajo
forman los medios de produc-ción.

5— Fuerzas productivas:
Están
integradas por: los medios de producción y el hombre que trabaja.

FUERZAS PRODUCTIVAS
MEDIOS
DE PRODUCCIÓN
TRABAJADORES
(Fuerza de trabajo)
Objetos de Medios de
trabajo trabajo
La fuerza productiva principal,
fundamental, es la clase trabajadora (fuerza de tra-bajo). Con su inteligencia
y su esfuerzo la humanidad amplía y mejora constantemente los medios de
producción. A su vez, la creciente complejidad de los instrumentos y del
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 10
proceso de trabajo desarrolla y
cambia al hombre mismo, incrementa su capacidad, sus conocimientos y su
destreza. La actividad humana crea más y mejores máquinas; bien dirigida mejora
la tierra, el ganado, el bosque, etc., crea nuevas y complejas materias primas
y convierte en útiles los más diversos bienes naturales, aunque donde existe la
anarquía en la producción, se perjudica a la vez la naturaleza erosionando y
contami-nando la tierra, el aire, el agua, y dilapidando las riquezas
naturales.
Entre los diversos medios de
producción, los más dinámicos y determinantes son los instrumentos de trabajo (o medios directos de trabajo).
Si bien el contenido del proceso
de trabajo es la relación de los hombres con la naturaleza, su forma es siempre
social. El hombre solitario, que arranca a la naturaleza los medios para
satisfacer sus necesidades, no ha existido nunca. Ciertos economistas vulgares
gustan introducir a Robinsón Crusoe en sus tesis. Pero aún este personaje de
ficción utiliza herramientas y armas salvadas del naufragio que no son sino
productos de toda la historia del trabajo social. También nuestro Juan emplea
hachas y sierras, consume alimentos y viste ropas elaboradas por otros hombres,
y él mismo produce para la sociedad.
El hombre es, por su esencia, un
ser social. Satisface sus necesidades como inte-grante de la sociedad y a
través de ella. Las distintas formas en que los hombres se relacionan entre sí
para actuar sobre la naturaleza y repartirse el producto del trabajo social se
denominan relaciones de producción.
6) Relaciones de producción
Volvamos
a nuestro Juan, que está cortando leña. Todavía no sabemos:
1) —si es
dueño del terreno
2) —si tiene
el bosque en arrendamiento y lo trabaja individualmente.
3)
—si es un mediero o aparcero, que
trabaja para el dueño de la tierra percibiendo un tanto por ciento del
producto.
4) —si es un
obrero rural que percibe un salario.
5) —si es
miembro de una cooperativa forestal.
6) —si
trabaja en una empresa socialista.
En la época actual y sin variar
fundamentalmente la escena, Juan podría pertenecer a varias clases o capas
sociales, según cuáles sean, unas u otras, las relaciones de pro-ducción a que
está sujeto. Lo que varía en cada caso son las relaciones de propiedad de los medios de producción.
En el primer caso, el leñador es
dueño tanto del bosque como de sus herramientas; en el segundo y tercero sólo
posee sus instrumentos de trabajo; en el cuarto no posee medio de producción
alguno; en los dos últimos comparte colectivamente el derecho de propiedad, ya
sea con un conjunto de personas o con la sociedad entera.
Vemos así que el rasgo determinante de las distintas
relaciones de producción es la propiedad de los medios de producción.
Si lo
ubicamos en épocas pasadas, nuestro Juan podría ser:
— miembro
de una comunidad primitiva;
— un
esclavo, cuya persona misma pertenece a su dueño;
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 11
— un siervo, obligado por su señor a entregarle gratuitamente la mitad
de su trabajo o del producto.
Pero en cada uno de estos casos los instrumentos de
producción no pueden ser los mismos.
Con herramientas de piedra no se
podían tener esclavos, puesto que en tal caso el rendimiento del trabajo apenas
alcanzaba para el sostenimiento individual. Es por ello que la esclavitud
aparece con el uso de los metales, que permiten mejores herramientas y más
productividad. Cuando la técnica avanza más, el siervo sustituye al esclavo
porque sólo cuando el trabajador es dueño de una parte del producto, tiene
interés en cuidar los instrumentos, el ganado de labor, etc. y en lograr más
alta productividad. En cambio, la servidumbre no sería compatible con la
maquinaria y el tractor, porque en el feudalismo no habría mercado para una
producción en gran escala que tornara econó-mico el uso de tales elementos y
además este tipo de explotación presupone una avan-zada división del trabajo
que requiere una especialización técnica; ello hace imposible distinguir,
dentro del producto, el trabajo individual. El producto final es el resultado
de un trabajo en equipo, que sólo puede realizarse bajo una dirección centralizada,
ya sea la del capitalista, la de la cooperativa o la del Estado.
Pensemos en una moderna fábrica
donde el funcionamiento simultáneo de cientos de máquinas diferentes requiere
un perfecto orden y una férrea organización del traba-jo de numerosas personas.
¿Cómo podría conciliarse esta empresa con el esclavo anal-fabeto, con el siervo
que toma para sí parte del producto o con el trabajador individual? La gran
industria ligada al mercado mundial ha llevado a su grado máximo la
sociali-zación del trabajo. Ello choca, en el capitalismo, con la subsistencia
de la propiedad privada, provocando una contradicción esencial.
Hemos
visto que, cada distinto grado de desarrollo de las fuerzas productivas im-pone
diferentes relaciones de producción.∗ Esta es
una ley fundamental de la economía política, que rige inexorablemente a todo lo
largo de la historia humana.
El conjunto de las relaciones de
producción vigentes constituye la estructura
eco-nómica, o base de la sociedad.

![]()
∗ Las relaciones de producción comprenden:
— Formas de producción de los medios de producción
—Situación de las clases y grupos en la producción
y sus relaciones —Formas de distribución de los productos —n.m.
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 12
7) Estructura económica, o base de la sociedad:
Está constituida por el conjunto
de las relaciones de producción vigentes en una sociedad. Esta estructura o
base sirve de fundamento a la superestructura
de la socie-dad
8) Superestructura de la sociedad
Está constituida por las ideas y
concepciones de las personas, las instituciones que emergen de ellas (el
Estado, la Iglesia, los partidos políticos, etc.), el derecho, la moral, el
arte, la filosofía, etc.
La base y la superestructura se
desarrollan históricamente. Cada formación eco-nómico-social tiene determinada
base y su correspondiente superestructura.
Los conceptos “base” y
“relaciones de producción” tiene el mismo contenido; pero el primero se vincula
con la superestructura, mientras que el segundo se vincula con las fuerzas
productivas.
La relación entre la estructura
económica de la sociedad (base) y su superestructu-ra es dinámica y compleja.
Normalmente, la superestructura consolida la base (estruc-tura económica) y
frena los cambios. Tal es, por ejemplo, la función del Estado bur-gués y su
aparato represivo. Pero, en determinadas etapas, los cambios en la
superes-tructura modifican a su vez la estructura. Esto sucede, por ejemplo,
cuando nuevas clases toman conciencia de sus propios intereses, se apoderan del
poder político y apli-can leyes que modifican total o parcialmente las
relaciones de producción. Ejemplo de ello, entre muchos, lo dan la Revolución
Francesa de 1789, la rusa de 1917 y la cubana de 1959.
En cada época concreta pueden
coexistir distintas relaciones de producción, pero alguna será siempre la
dominante y determinará cual es el modo
de producción que rige en la sociedad.

9) Modo de producción
El modo de producción es la resultante de la
conjunción de las fuerzas productivas (con un grado determinado de desarrollo)
y las relaciones de producción que le corres-ponden.
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 13
Esquema explicativo
de todo lo anterior:

El contenido de todo desarrollo
económico es el crecimiento de las fuerzas produc-tivas o, lo que es lo mismo,
el crecimiento de la productividad del trabajo, pero su forma depende de las
relaciones de producción. Cuando la forma ya no corresponde al contenido, esa
forma ha caducado y su cambio sobrevendrá inexorablemente, más tar-de o más
temprano. Dicho de otra manera, cuando las relaciones de producción ya no
corresponden al grado de desarrollo de las fuerzas productivas sino que, por el
contra-rio, lo frenan y lo distorsionan, se abre una era de revolución social.
La
historia ha conocido diversos modos de producción: comunidad primitiva,
es-clavismo, feudalismo, capitalismo y socialismo∗,
vislumbrándose para el futuro una nueva fase: el comunismo.
Todo demuestra que la humanidad, a medida que
avanza, debe modificarse por sí misma.
La definición de “economía política”
Hemos dicho que en la sociedad
capitalista, la burguesía, por ser clase dominante, no quiere cambios y por eso
sus ideólogos ocultan el carácter dinámico de las relacio-nes sociales.
Intentan eternizar el capitalismo y, para ello, lo embellecen y olvidan las
contradicciones de clases. Pretenden que lo que es bueno para la burguesía, es
bueno para toda la sociedad, hoy y siempre.
Para sostener tales ideas deben
violentar la realidad de los hechos y abandonar el campo de la ciencia. Por
eso, la economía burguesa posterior a los clásicos, al apartar-
![]()
∗ Se discute la inclusión del “modo de producción
asiático”
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 14
se de la verdad, se convirtió en
apologética y vulgar. Como consecuencia, las defini-ciones burguesas de la
economía política no hacen otra cosa que girar en torno del principio hedónico,
afirmando que es la ciencia que investiga la manera de obtener el óptimo
aprovechamiento del trabajo humano y de los recursos disponibles para
satisfa-cer un máximo de necesidades.
Estas definiciones son falsas de
raíz porque ignoran un hecho fundamental. Que la sociedad capitalista está
dividida en clases. Los economistas al servicio de la clase dominante no
estudian la forma de beneficiar a toda la sociedad, sino sólo a la burgue-sía.
El capitalista invertirá su dinero allí donde obtenga mayor ganancia, aunque
ello perjudique al conjunto de la sociedad. Así, por ejemplo, gastará ingentes
sumas para publicitar el mayor consumo de whisky o tabaco.
Toda definición que, en una
sociedad dividida en clases, ligue la economía a la mejor satisfacción de las
necesidades sociales, es falsa. La clase dominante procura, primordialmente,
acrecentar su poder, dado que la satisfacción de sus necesidades está asegurada
por la continuidad de su privilegio; claro ejemplo de ello lo da el magnate que
lucha por controlar un yacimiento más o una industria más, aun cuando posea
sufi-ciente acumulación de riquezas como para cubrir sus necesidades durante un
milenio.
La sociedad de clases derrocha
ingentes recursos en todo tipo de artículos y servi-cios superfluos, mientras
los trabajadores apenas pueden satisfacer sus necesidades básicas y
perentorias. Lo que mueve al capitalismo no es la satisfacción de las necesi-dades
sociales, sino la acumulación de capital.
Paradójicamente, la definición
burguesa es sólo aplicable a una sociedad comunis-ta. En cambio los marxistas,
partidarios del comunismo, son quienes han formulado una definición científica
de la economía política, que dice:
“La
economía política es la ciencia del desarrollo de las relaciones sociales de
pro-ducción, es decir, de las relaciones económicas entre los hombres, y
esclarece las le-yes que gobiernan la producción y distribución de los bienes
materiales en la sociedad humana a lo largo de las diversas fases de su
desarrollo”.
Esta
definición cumple dos condiciones esenciales:
1)
Es clasista, no elude las
relaciones de producción, o sea, las formas de la propiedad de los medios de
producción que dan origen a las diversas clases sociales.
2)
no es estática; la sociedad
cambia y se desarrolla, y por ello cambian las leyes eco-nómicas.
La economía política es una
ciencia dinámica y viva porque la realidad que estudia también lo es. Descubre
las leyes generales que se ocultan tras los diversos fenómenos y pone al
desnudo su esencia. Marx dijo que si el fenómeno coincidiera con su esen-cia,
no haría falta ciencia alguna y que, en el campo de la economía, la apariencia
no sólo encubre la esencia, sino que las cosas se presentan como lo contrario
de lo que realmente son. Esto lo comprobaremos repetidas veces a lo largo de
los próximos capí-tulos.
La economía política no estudia
los problemas de un país determinado, sino las leyes de cada modo de
producción. Si se trata, por ejemplo, de las leyes del capitalis-mo, dichas
leyes rigen en todo lugar donde impere ese sistema. Sin su conocimiento no
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 15
podríamos abordar con éxito el
estudio científico de la economía de ningún país capita-lista.
El fenómeno concreto es, sin
embargo, infinitamente más rico y complejo que su esencia; como dijo Goethe,
toda teoría es gris, pero verde y jugoso el árbol de la vida. El conocimiento
de la teoría económica es indispensable para la comprensión cabal de la
realidad, pero no exime del estudio particular de cada caso.
El economista que pretenda ser
científico ha de apoyarse en la economía política para investigar la realidad
concreta en cada momento. Sin ese apoyo sería, a lo sumo, un técnico en
aspectos parciales de la vida económica. Navegaría a tientas por la super-ficie
sin comprender las leyes profundas que determinan el curso de las aguas.
Aquellos economistas que,
eludiendo las leyes derivadas de las relaciones de pro-ducción, se limitan al
mero estudio de la fluctuación de los precios, de la demanda, la inversión, la
tasa de interés, la emisión, el régimen impositivo, etc., aunque utilicen para
ello la matemática y la econometría más avanzadas, permanecerán prisioneros de
la apariencia. Podrán aplicar medidas de “política económica” capaces de
alterar tem-poralmente y en cierta medida los efectos de las leyes, pero jamás
conocerán y modifi-carán las leyes mismas. Ello sólo sucederá cuando dichas
medidas sean revolucionarias o, lo que es lo mismo, cuando modifiquen las
relaciones de producción, la base de la sociedad.
* * *
Vocabulario del tema primero:
—
Economía
—
Categorías
— Fuerza
de trabajo
— Objeto de trabajo —Materia bruta
— Materia
prima
—
Instrumentos de trabajo
— Medios
de trabajo
— Medios
de producción
— Fuerzas
productivas
—
Relaciones de producción
—
Estructura económica de la sociedad (o base)
—
Superestructura
— Modo de
producción
—
Economía política
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 16
Capítulo Segundo
TRABAJO, VALOR Y MERCANCÍA
Al
finalizar su jornada de trabajo, Juan ha cortado una tonelada de leña∗.
Fatigado, comenta:
—Ayer, la tarea me resultó más fácil; como la
madera estaba más seca, me llevó mu-cho menos tiempo.
Juan ha realizado una labor
concreta: cortar una tonelada de leña. Pero esa tarea hubiera podido insumirle, según las condiciones, más o menos
trabajo.
Vemos así que el trabajo, como
todo fenómeno, tiene dos aspectos: cualitativo
y cuantitativo.
Por su calidad, la labor de Juan, como leñador, es diferente de la de
Diego el pa-nadero, o José el pescador. Pero si los tres han trabajado con la
misma intensidad y durante un período igual de tiempo, la cantidad de trabajo realizado por cada uno habrá sido la misma.
¿Con qué finalidad ha cortado
Juan su leña? Podría haberlo hecho para proteger del frío su propio hogar. Se
trataría entonces de un trabajo para sí, de un trabajo priva-do. Pero si Juan es miembro de una comunidad,
mientras él corta leña para todos, la labor
de los demás asegura los alimentos, vestimentas y demás bienes indispensables
para él. En tal caso, la tarea de Juan es parte de una división de trabajo
colectiva; es un trabajo social.
Juan podría ser también un
productor independiente que vende su leña en el mer-cado y compra a su vez lo
que necesita. También en este caso, Juan realizaría un traba-jo social; una
partícula dentro de la división de trabajo vigente a nivel de toda la socie-dad.
De
pronto, Juan se encuentra con Diego, quien le pregunta: -Trabajas?- Juan res-
ponde:
-Afortunadamente, sí-.
¿A qué tipo de trabajo se
refieren? ¿Al de carpintero, panadero, herrero, etc.,? No. Evidentemente no
aluden a ningún trabajo concreto en
particular. No se refieren a la calidad ni a la cantidad del mismo, sino al trabajo humano en sí, en abstracto; a lo
que tienen en común todas las diferentes tareas que realiza el hombre; al
trabajo en general, considerado como un gasto de energía que pone en acción el
cerebro y los músculos del hombre al servicio de un fin predeterminado.
Nos hemos detenido en diversos
aspectos del trabajo —cualitativo y cuantitativo, privado y social, abstracto y
concreto— porque cada uno de ellos tiene fundamental importancia en economía
política.
![]()
∗ La economía es una ciencia social y sus leyes no
surgen jamás de la acción aislada de un individuo, sino que son un producto de
lo que acontece en el conjunto de la sociedad. Por eso Marx ridiculiza las
“ro-binsonadas” con las cuales algunos autores pretenden fundamentar la ciencia
económica. Si, por razones puramente didácticas, referimos lo que hacen, dicen
o piensan Juan, Pedro, Diego, etc., es sólo una li-cencia para esquematizar, en
forma sencilla, complejos fenómenos de la vida económica de la sociedad
mercantil capitalista.
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Marcelo Isacovich, Introducción a la economía política |
17 |
Retrocedamos en la historia hasta
llegar a una comunidad primitiva. El cacique está reunido con sus consejeros a
fin de planear la distribución del trabajo colectivo. Se decide que sean tantos
los hombres que se dediquen a la caza, muchos menos a cons-truir chozas de
madera, y uno solo a cortar árboles, etc.
Para esa decisión han debido
tomarse en cuenta, conscientemente, los aspectos cualitativos y cuantitativos
del trabajo. Si la experiencia les indica que la caza insume más trabajo que la
construcción de chozas o el corte de madera, se necesitarán más cazadores que
carpinteros, un solo leñador, etc.
En esa comunidad, el trabajo
privado es insignificante. Los medios de trabajo per-tenecen a todos por igual,
la vida es dura y la subsistencia de la colectividad requiere el esfuerzo
máximo de sus miembros. Sólo excepcionalmente disponen de algún tiempo libre
que pueden utilizar para sí (para hacerse un adorno, por ejemplo). Por lo
tanto, la distinción entre trabajo social y trabajo privado no tiene
importancia práctica.
En medio de una terrible lucha
diaria por la supervivencia, la pregunta ¿trabajas? O ¿tienes trabajo? sería
absurda. En la práctica y, por tanto, también en la mente de los hombres, el
trabajo es social y concreto.
Demos ahora un gran salto en el
tiempo. Juan, el leñador, es ahora un productor privado, dueño de sus hachas,
de su sierra y de la madera por él cortada. Para subsistir, Juan vende su
producto en el mercado y compra allí lo que necesita. El trabajo de Juan ha
cristalizado en una mercancía.
Surge así una profunda
contradicción. Juan trabaja en el bosque para sí; su trabajo es privado, puesto
que sólo él es dueño de su mercancía. Pero su trabajo es a la vez social,
puesto que su mercancía está destinada a satisfacer necesidades ajenas, colecti-vas.
Por el mismo mecanismo, otros productores privados elaboran las mercancías que
consume Juan.
Lo que Juan lleva al mercado no
es su trabajo, sino el fruto de su trabajo: su mer-cancía: pero por ser ella un
producto de esa labor, reúne en sí todos los aspectos del trabajo que le dio
origen.
En una sociedad donde imperan la
propiedad privada y, por lo tanto, la producción mercantil, la mercancía es su célula económica. La
riqueza social se presenta “como un inmenso arsenal de mercancías”. Por eso el
estudio de la economía política debe comenzar por la mercancía, que resume
todos los aspectos del trabajo y todas las con-tradicciones de la sociedad
mercantil.
La
mercancía es:
1) un
producto del trabajo humano
2) capaz de
satisfacer una necesidad, brote esta del estómago o de la fantasía
3) destinado
al intercambio.
La
mercancía es entonces, a la vez, un objeto
útil y un valor.
Además de satisfacer una necesidad (objeto útil),
tiene un determinado valor, que se pone en evidencia al ser vendida.
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Marcelo Isacovich, Introducción a la economía política |
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Su calidad es lo que permite que una mercancía pueda satisfacer una
necesidad huma-na; esta cualidad hace posible a su vez que la mercancía sea
apta para el intercambio; si no sirviera para algo, nadie daría nada por ella.
¿De dónde proviene este aspecto
cualitativo? Lo que transforma la madera en bru-to en un objeto útil, por
ejemplo una mesa, es el trabajo.
Aserrar, cortar, encolar, etc., es una tarea concreta, un trabajo de
carpintero, distinto a todos los demás (cualitativo). Si el carpintero ha hecho
la mesa para usarla en su hogar, le interesa que sirva, que dure, que tenga
buen aspecto, etc. Si posee estas cualidades se dirá que “está bien hecha” lo
cual está expresando que el aspecto cualitativo de la mesa deriva del aspecto
cuantitativo del trabajo.
Si el carpintero lleva su mesa al
mercado, lo que motiva el interés del comprador es su aspecto cualitativo, su
utilidad; desea un producto “de calidad”. Al vendedor, por el contrario, sólo
le interesa realizar su valor (venderla). Lo mismo le sucede al herre-ro, al
panadero, al zapatero, etc., cuando venden sus mercancías. Los distintos
trabajos del carpintero, herrero, panadero, etc., crean diferentes objetos
útiles; pero lo que igua-la todos estos trabajos es que todos sus productos
poseen valor, son valores-mercancías. Desde este punto de vista, por más
diferentes que sean los trabajos de cada uno, producen por igual el mismo
efecto.
Lo que da
valor a las mercancías no es, pues, el trabajo concreto, diferenciado, sino el
trabajo humano puro y simple, el trabajo abstracto, indiferenciado.
¿Cuántas mesas, panes, zapatos,
etc., encontrarán en el mercado los compradores, deseosos de satisfacer sus
necesidades? Ello dependerá de la cantidad de horas de tra-bajo que hayan
realizado los carpinteros, panaderos, zapateros, etc. Pero, ¿de qué de-pende
que el valor de las mercancías vendidas por Juan sea mayor o menor que el
va-lor de las vendidas por Pedro? Ello dependerá de la cantidad de trabajo
considerado en abstracto como trabajo humano en general, cristalizado en las
mercancías.
¿Cómo se mide la cantidad de
trabajo? Ya lo hemos dicho: se mide por el tiempo y la intensidad. A igual
tiempo de labor, tanto más trabajo cuanto más intensidad; a igual intensidad,
tanto más trabajo cuanto más tiempo.
Volvamos a nuestra mesa: como
mercancía, posee un doble carácter: es a la vez objeto útil (valor de uso) y valor de cambio
(llamado también “valor” sin más).
Pero sabemos ahora que este doble carácter de la mercancía es una consecuencia
del doble carácter del trabajo que la origina. Como trabajo concreto crea un
objeto útil (o valor de uso); como trabajo abstracto crea un valor, que se
manifiesta cuando la mercancía es vendida o cambiada por otra. Si averiguamos
que una mesa vale igual que 5 metros de tela, vemos que el valor de la mesa,
hasta entonces indeterminado, se manifiesta ahora como un valor de cambio
expreso y determinado. Esta relación nos indica que la cantidad de trabajo
humano puro y simple (abstracto) cristalizado en una mesa es igual a la cantidad
de trabajo cristalizado en 5 metros de tela.
Sólo en el mercado, al cambiar su
producto, el carpintero puede relacionar y com-parar su trabajo con el trabajo
del sastre, del herrero, panadero, etc. En la tribu primiti-va, cada trabajo
concreto era a la vez directamente social. En la economía mercantil, el
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 19
trabajo se realiza en los
talleres privados, sin saber si esa labor será útil o no para la sociedad, es
decir, si la sociedad necesita o no esos productos y si podrán venderse. Pero
si esos productos son aceptados por el mercado, entonces el trabajo invertido
en ellos toma la forma de un trabajo social, pues participa de la división del
trabajo esta-blecida de hecho y en forma espontánea dentro de la sociedad. Pero
cuando los produc-tores se relacionan entre sí intercambiando sus respectivos
productos en el mercado, es cuando se revela el aspecto social de su trabajo;
lo que cuenta en esta relación social entre productores, lo que la regula, es
la cantidad de trabajo contenido en las mercancí-as de cada uno.
Marx fue el primero en explicar
el doble carácter del trabajo, en descubrir y poner de relieve el papel del
trabajo abstracto como fuente de valor. El
trabajo abstracto es una categoría fundamental, una piedra angular, en la
economía política. Como el mismo
Marx lo indica, muchos pensadores llegaron antes que él a borde mismo de la
explicación científica del valor, pero se estrellaron por su incapacidad para
compren-der el carácter abstracto del trabajo. Esto sucedió porque arrastraban
el fardo ideológi-co de las clases dominantes y no pudieron desprenderse de él.
Aristóteles fue uno de estos pensadores, pero ¿cómo podía él asimilar el
concepto del trabajo humano puro y simple, que iguala todos los oficios y todos
los hombres, si formaba parte de una clase para la cual, el trabajo del esclavo
no era realizado por un ser humano, sino por “bes-tias parlantes”? ¿Cómo podía
el burgués Adam Smith, producto de una sociedad que honraba al banquero y
despreciaba al carbonero, descubrir algo que iguala a todos? Sólo la reflexión
y lucha por una sociedad sin clases, que no admite las desigualdades sociales,
estaba en condiciones de resolver el problema.
Debemos aún dilucidar la
siguiente cuestión: un técnico o un especialista, que rea-liza 8 horas de
trabajo calificado y complejo ¿agrega a la mercancía igual cantidad de valor
que un peón en 8 horas de trabajo simple no calificado? Evidentemente, no:
“El
trabajo complejo encierra el gasto de trabajo de los que han aprendido a
realizar-lo y el de los que les enseñaron y también el costo de los medios
invertidos en la ense-ñanza. Ejemplos de trabajos complejos son el del
mecánico, el del sastre, el del zapa-tero, etc. El trabajo simple es aquel que
no necesita ninguna preparación especial. El trabajo complejo crea, en una
misma unidad de tiempo, más valor que el simple. En el proceso de intercambio
se verifica, a espaldas de los productores, una continua re-ducción de trabajo
complejo a trabajo simple. La magnitud del valor de una mercan-cía se mide por
la cantidad de trabajo simple, socialmente necesario, que compen-dia”[∗]
Sigamos nuevamente los pasos de
nuestro Juan que, luego de trabajar una jornada entera en el bosque, lleva una
tonelada de leña al mercado. Allí le ofrecen 5 Kg. de pan a cambio de su
tonelada de leña. Juan se entera de que, como producto de un día de labor, los
demás leñadores traen, cada uno, dos toneladas de leña que equivalen a 10 kg.
de pan. ¿Qué sucede? ¿Acaso Juan no ha trabajado igual de tiempo que los demás?
![]()
∗ Spiridinova y otros, Curso superior de Economía
Política, México, Edit.Grijalvo, pag.70
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 20
Juan piensa: —Todavía no domino
bien mi oficio; ellos trabajan mejor que yo. Lo que debo hacer es observar cómo
afilan el hacha, cómo dan el golpe, de qué manera cortan los troncos, etc.
Juan no es tonto, y al poco
tiempo alcanza igual destreza que los demás. Así con-sigue cortar dos toneladas
de leña, que equivalen a 10 kg. de pan.
Pero Juan es joven y ambicioso y razona: —Tengo
salud y fuerza. Si trabajara más intensamente podría vender más leña. Juan le
da duro al hacha y cada jornada consi-gue llevar al mercado 3 toneladas de
leña, equivalentes a 15 kg. de pan.
Vemos que tres jornadas de
trabajo de Juan con una misma duración temporal se han cristalizado en tres
valores bien diferentes. ¿Qué nos dicen estos ejemplos? Que el valor es un
fenómeno social.. Que lo que importa no es el tiempo de trabajo individual, sino
el tiempo socialmente necesario en
condiciones normales de intensidad y produc-tividad.
Juan no se entera si su tiempo
individual de trabajo es mayor o menor que el tér-mino medio social, hasta que
concurre al mercado. Es allí donde el aspecto privado, concreto, de su trabajo,
se unifica con su aspecto social y abstracto; donde todas las diferencias
individuales se comparan y confluyen a crear la media social que determina el
valor de las mercancías.
Cierto día, Juan compra un nuevo
tipo de hacha, cuya hoja es de aleación más dura y liviana y permite un afilado
muy superior. Advierte que con ella, en una jornada de labor de intensidad
normal, puede cortar no dos sino cuatro toneladas de leña, equiva-lentes a 20
kg. de pan. Juan vive ahora mucho mejor que los demás leñadores. Pero poco a
poco, ellos también van comprando el hacha nueva.
Como cada uno lleva ahora al
mercado doble cantidad de leña, parte de ella queda sin vender. Todos tratan de
colocar su producto, aun a costa de recibir menos por tone-lada. Llega un
momento en el cual las 4 toneladas de leña se cambian por sólo 10 kg. de pan.
Juan obtiene ahora, por cada día de trabajo, lo mismo que tiempo atrás, cuando
usaba el hacha antigua. Advierte así que, cuando aumenta la productividad del
trabajo, desciende en la misma proporción el valor de cada unidad de producto.
O que, dicho de otra manera, un día de trabajo tiende a cristalizarse en la
misma cantidad de valor, sea cual fuere la cantidad de mercancías que se
produzcan durante ese lapso.
Transcurrido un tiempo, Juan
vuelve a inquietarse. Observa que José, el pescador, trabaja igual tiempo que
él, pero vive mucho mejor: obtiene 15 kg. de pescado por día, equivalentes a
dos jornadas de labor de Juan. Evidentemente, el oficio de pescador es más
conveniente que el suyo. Así que, en sus días de descanso, Juan aprende a
pescar. Al cabo de un tiempo domina ya el nuevo oficio. Juan deja el bosque y
va a trabajar al río. ¡Ahora sí vive mejor! Pero su ejemplo tienta a otros
leñadores de la región y mu-chos siguen los pasos de Juan. Poco a poco la leña
tiende a escasear y comienza a so-brar pescado. Sube el valor de cambio de la
leña y baja el del pescado. Juan comprueba ahora que aquellos leñadores que
continuaron con su oficio viven mejor que él y regre-sa al bosque.
Por un tiempo Juan no se
inquieta: pescadores y leñadores gozan de un nivel de vida similar. Pero la
ambición de Juan no le permite vivir tranquilo: cierto día observa que escasea
la harina y los molineros viven mejor que él… etc.
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 21
Las distintas experiencias de nuestro Juan podrían
resumirse así: Las mercancías tien-den a cambiarse en consonancia con su valor,
o sea representando cantidades iguales de trabajo social. Este es un enunciado
de la ley del valor, que es básica allí donde im-pera la producción mercantil y
la propiedad privada. Como dice Marx, “de
acuerdo con la ley del valor, que rige el intercambio de mercancías, se cambian
equivalentes, cantidades iguales de trabajo materializado”.
Las idas y venidas de Juan
muestran que la ley del valor es ciega e inexorable; que se abre paso a
espaldas de los productores y a través de las innumerables variantes ca-suales
del mercado.
Engels dice que, en una sociedad
de productores privados que intercambian sus mercancías, la competencia pone en
acción la ley del valor, instaurando así la única forma de organización y orden
en la producción social que es posible en tales circuns-tancias. Sólo el
abaratamiento y el encarecimiento excesivo de los productos muestran de un modo
tangible a los diferentes productores qué y cuánto necesita la sociedad y qué
no necesita.

Cuando la producción y el consumo
no están planificados y cada uno produce anárquicamente lo que quiere, sólo en
forma casual y por breve tiempo la oferta coin-cide con la demanda. Por lo
tanto, tampoco las mercancías se venden por su valor, sal-vo casualmente y por
cierto tiempo. Cuando hay exceso de oferta, los vendedores se perjudican y
tienden a dedicarse a otros productos que escasean. De esta manera, la ley
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 22
del valor provoca continuos
desplazamientos de la producción, desde unas ramas a otras. Esto ocasiona,
desde el punto de vista social, una continua dilapidación de recur-sos y de
trabajo humano, pero es la única forma posible de equilibrar una economía espontánea,
donde impera la propiedad privada de los medios de producción y de las
mercancías.
El oxígeno del aire tiene para
nosotros el más alto grado de utilidad, pero no posee valor alguno. Lo mismo
sucede con el agua que bebemos en el río. ¿por qué carecen de valor?, ¿por su
abundancia? Tanto el oxígeno envasado como el agua vendida por un aguador
tienen valor. No son, por lo tanto, ni la escasez ni la utilidad las fuentes
del valor. El agua y el aire adquieren valor cuando llegan hasta nosotros como
un producto del trabajo humano.
La economía burguesa, o bien
omite referirse a la fuente de los precios (que son la expresión monetaria del
valor) o bien los fundamenta en base a la mayor o menor utili-dad y al grado de
escasez. Hemos visto que una mercancía, para tener valor, debe ser a la vez
útil; y que en virtud de las oscilaciones de la oferta y la demanda, el valor
de cambio no coincide normalmente con el valor. Pero de ahí a negar o desechar
la ley del valor, o a sostener que la utilidad o la escasez y no el tiempo
social de trabajo, el fun-damento básico de los preciso, hay un abismo
infranqueable. Es el abismo que separa la economía burguesa de la ciencia
económica.
La teoría burguesa de los precios
se basa, fundamentalmente, en las preferencias y apetencias de cada consumidor.
Su teoría es totalmente subjetiva.
Lo que tal teoría jamás podrá explicar es por qué
habiendo escasez de naranjas, éstas nunca llegarán a costar tanto como un
departamento; o bien por qué, aun habiendo miles de viviendas que no encuentran
comprador, jamás su precio descenderá hasta igualar el de las naranjas. Ello
sólo es explicable porque el trabajo social cristalizado en una vivienda es muy
superior al que se manifiesta en una naranja.
La oferta y la demanda harán
oscilar los precios de una mercancía por encima o por debajo de su valor, pero
como dijo Marx, los límites de este movimiento estarán dados; el límite
superior será el precio que corresponde al tiempo de trabajo realizado en las
peores condiciones (tiempo máximo); el inferior será el precio que corresponde
al tiempo de trabajo realizado en condiciones óptimas (tiempo mínimo). Una
subida mayor sería imposible porque provocaría un aumento correlativo de la
oferta; una baja que superara el límite inferior, haría cesar toda oferta.
Cuando los economistas burgueses
pretenden explicar la esencia —el valor— se estrellan contra los muros que
marcan los extremos hasta los cuales el fenómeno - precio- puede apartarse de
dicha esencia. Una vez más se quedan en la superficie, en la apariencia.
El fetichismo de la mercancía
Juan, el leñador, se alimenta
merced al trabajo de Diego el panadero, quien, a su vez, calienta su horno
merced al trabajo de Juan. La ley del valor, tras una aparente relación entre
cosas, está expresando, en realidad, una relación entre personas. Es una ley
económica, y ya sabemos que la economía,
ciencia social, no se ocupa de relacio-nes entre cosas, sino de relaciones
entre personas.
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 23
Por más
que desmenucemos un pan, no hallaremos su valor; ese valor no es una cualidad
del pan, sino una expresión del trabajo realizado por el panadero. Al concurrir
al mercado, el hombre encuentra que las mercancías tienen un determinado valor
de cambio que sube o baja, mucho o poco, lentamente o a saltos, sin que él se
explique el porqué.
Si Juan lleva su leña al no sabrá
cuál será la retribución que obtendrá por su traba-jo hasta que venda su
mercancía. El valor aparecerá así ante sus ojos como un atributo misterioso de
la leña, que se le impondrá como una fuerza ciega, ajena a su acción y a su
voluntad. Si el precio es más alto, vivirá mejor; si es bajo, sufrirá penurias
y deberá quizá cambiar de oficio. El valor traducido en precio de las mercancía
regula así la vida de los hombres. Como en el cuento del aprendiz de brujo, el
hombre ha perdido el dominio de las fuerzas que él mismo ha creado. Su propia
obra se le opone como un poder extraño e incontrolable. Su trabajo toma una
forma material, externa, que se le enfrenta como un hecho independiente. La relación entre los hombres se expresa
co-mo una propiedad de las cosas. Este fenómeno de la economía mercantil es
lo que Marx llama “el fetichismo de
la mercancía”.
* * *
Vocabulario del capítulo segundo:
—Trabajo
concreto y trabajo abstracto
—Trabajo
privado y trabajo social
—Trabajo
simple y trabajo complejo
—Trabajo
cuantitativo y cualitativo —
— Trabajo
cristalizado
— Fuerza
de trabajo
—
Mercancía
— Valor
de uso de la mercancía
— Valor
de cambio (o simplemente valor) de la mercancía
— Doble
carácter de la mercancía
— Ley del
valor
—
Fetichismo de la mercancía
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 24
Capítulo Tercero
EL DINERO
LA HISTORIA DEL DINERO
Si la pila de leña cortada por
Juan no ha sido llevada aún al mercado, ¿tiene valor? Indudablemente que sí.
Pero, ¿en qué forma podrá expresarse ese valor? Sólo bajo la forma de valor de cambio, es decir, como una
relación entre dos mercancías. Por ejemplo, 1 tonelada de leña = 15 kg. de
azúcar.
El valor de cambio, que sólo
aparece en el mercado, es lo externo, es el fenómeno a través del cual se
manifiesta el valor, que es lo interno, la esencia.
A medida que se desarrolló el
intercambio, fueron variando las formas de expre-sión del valor. La más antigua
y rudimentaria fue la forma simple, aislada o fortuita del valor. Por ejemplo:
1 hacha de piedra = 2 vasijas de barro.
En esta relación, el hacha es la
única mercancía que expresa su valor y lo hace en forma relativa, ya que este
valor se encarna o toma la forma de otra mercancía, en este caso las dos
vasijas de barro, llamada equivalente. Vemos así que dos humildes vasijas se
elevan desde el barro con que han sido creadas, hasta convertirse en la
expresión tangible y concreta de una invisible e inasible relación social entre
los hombres.
De la misma forma si digo:
—¿Cuánta es la belleza de María? — Tanta como la de Beatriz—, resulta que una
persona concreta y corpórea (Beatriz) pasa a convertirse en la unidad de medida
y la representación de algo tan intangible e incorpóreo, como la sensación
estética que produce en mi espíritu la imagen de María. Ello es posible por-que
ambas se relacionan, para mí, con sensaciones cuantitativamente iguales que
exis-ten fuera e independientemente de Beatriz y María. Análogamente, hacha y
vasijas son expresión material de algo incorpóreo y ajeno a ellas: una cierta
cantidad de trabajo humano abstracto.
La fórmula completa sería: La
cantidad de trabajo social realizado por Juan para construir un hacha es igual
a la cantidad de trabajo social realizado por Pedro para construir dos vasijas
de barro. Por lo tanto:
A (1 hacha), cristaliza
o contiene tanto trabajo abstracto como B
(2 vasijas)
Resumiendo:
A = B
Pero los
compradores y vendedores perciben solamente la fórmula abreviada A = B.
O sea, que B, producto de un trabajo
cualitativo y concreto, se constituye en el espejo que refleja la cantidad de trabajo (en abstracto) que
dio origen a la mercancía A, que es
la forma relativa del valor; B es la
forma equivalente.
Pero si decimos B = A los papeles se invierten
totalmente. En tal caso, lo que se mide es el valor de cambio de B y ahora su espejo, su equivalente, es A que, como ob-jeto útil, concreto,
refleja la cantidad de trabajo abstracto que ha dado origen a B.
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Marcelo Isacovich, Introducción a la economía política |
25 |
Si Juan lleva su leña al mercado,
la puede cambiar, en diversas proporciones, por toda la gama de mercancías
existentes. Así, su tonelada de leña podría equivaler a 199 kg. de harina, 1
par de zapatos, 3 docenas de naranjas, 2 metros de lienzo, etc. La fórmula de
estas relaciones sería:

que es la forma
total o desarrollada del valor, y corresponde históricamente a una etapa en
la cual el intercambio se ha hecho habitual y engloba una diversidad de
pro-ductos. Cuanto más se amplía la división del trabajo, más se desarrolla el
mercado.
Juan necesita una variada gama de
mercancías. Si cada vez que debe adquirir un par de zapatos tuviera que
encontrar un zapatero dispuesto a comprar la leña, y lo mismo le sucediera con
el pan, los vestidos, etc., sería el cuento de nunca acabar. Al generalizarse
el intercambio, ese sistema resultaría cada vez más engorroso; es así co-mo la
propia práctica histórica aportó la solución.
Una de las mercancías, la de uso
más generalizado, se convirtió en intermediaria de todo intercambio; es decir,
en un equivalente general. Todas las
demás pasaron a expresar su valor a través de ella. Si llamamos A a dicha mercancía, la fórmula de esta
nueva relación sería, por ejemplo:

que es la forma
general del valor, y que corresponde a un intercambio desarrollado,
complejo y múltiple. Al colocarse a la derecha de la fórmula, y convertirse en
equiva-lente general, la mercancía A
ha dado un verdadero salto mortal y adquiere un poder casi milagroso. Su valor
de uso se manifiesta como materialización del valor. Como producto de un
trabajo concreto, asume sin embargo la forma universal de manifesta-ción del
trabajo humano abstracto. Todos venden sus mercancías a cambio de A y sólo disponiendo de ella es posible
adquirir las otras mercancías. Pero la única mercancía que queda huérfana de
equivalente es precisamente A, dado
que la expresión A = A carecería de
sentido. Sólo A pierde toda
posibilidad de expresar su valor.
El papel de equivalente general
lo han desempeñado, históricamente, diversas mercancías; el ganado, entre los
antiguos griegos, romanos, árabes, hindúes; el marfil, en algunas tribus de
Africa; la sal en China y Egipto, etcétera.
Supongamos que, en vida de Juan,
la oveja se ha impuesto como equivalente gene-ral. Ahora Juan puede cambiar su
tonelada de leña por una oveja y con ella comprar cualquier otra mercancía.
Pero las dificultades de Juan no han terminado. Llevar su ovejita a rastras no
es cómodo ni práctico; además, le dan por ella tres metros de tela y Juan sólo
necesita un metro y medio; pero no puede partir su oveja.
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 26
Otra vez
el problema se resuelve en la práctica histórica. Poco a poco, los metales
preciosos (oro, plata) se imponen en todas partes como equivalente general.
Tales mer-cancías tienen la ventaja de encerrar mucho valor en poco volumen,
poseen gran dura-ción y son fácilmente divisibles. Al expresar el valor de
todas las mercancías, el oro perdió la posibilidad de tener equivalente, pero
ganó en cambio una aureola mágica y un poder casi ilimitado. A Juan se le
facilitan las cosas. Puede cambiar su leña por pepitas de oro, fáciles de
llevar, conservar, fraccionar, etc. Los zapatos que Juan nece-sita valen cinco
gramos de oro. Si bien va con sus pepitas a la tienda del zapatero, su problema
no está resuelto. Además del oro, necesita una balanza para pesarlo y
herra-mientas para cortar la cantidad justa.
Una vez más, es la práctica
histórica la que resuelve el problema. Basta para ello que la balanza y las
herramientas estén en manos del Rey y que sea él quien corte el oro en discos
uniformes y acuñe en ellos la indicación de su peso. Cada trozo se con-vierte
así en una moneda, en una de cuyas caras la efigie de su augusta majestad,
certi-fica la cantidad y calidad del metal precioso que contiene. De esta
manera nace la for-ma dinero del valor.
Claro que el dinero corrompe al propio Rey, quien no puede elu-dir la tentación
de embolsarse parte del oro, dando a la moneda un peso inferior al in-dicado.
Es así como las monedas se van achicando a la vez que reyes y príncipes se
convierten en expertos falsificadores. Tan remoto es el antecedente de la
pérdida de valor de los signos monetarios.
Juan está contento. Vende su leña
a cambio de un puñado de monedas de todo ta-maño y con ellas puede hacer las
compras que desee y en el momento que le convenga. La venta se separa de la
compra en el espacio y en el tiempo. La fórmula del trueque M
— M (mercancía cambiada por mercancía) se ha transformado en M — D — M’ (mercancía cambiada por
dinero que se cambia a su vez por otra mercancía). Ahora es posible vender sin
comprar y comprar sin vender. Aparece así, en potencia, la posibili-dad de que
se produzcan perturbaciones en el mercado.
El dinero no sólo actúa como
intermediario en la compra-venta, es decir, como medio de circulación, sino que
puede también ser atesorado, M — D,
mercancía por dinero (venta sin compra), o actuar como medio de pago, D — M, (compra sin venta).
Juan tiene nuevas preocupaciones.
Si bien trae cada día en su bolsa el dinero obte-nido con la venta de su leña,
vive en zozobra permanente; salteadores de caminos y ladrones amenazan
quitarle, en cualquier momento, el dinero producto de su trabajo. Pero, por
fortuna, se instala en la ciudad un banquero, quien acepta el dinero en
custo-dia y se hace responsable por él. Contra la entrega del dinero, dicho
banquero otorga recibos que dicen: “El banquero x pagará al portador y a la
vista la suma de ...” Así nació el papel
moneda. A veces, es el Rey mismo quien custodia las monedas. Pero banqueros
y gobernantes, en muchas ocasiones, emitieron recibos por más cantidad que el
oro real depositado en sus arcas…
Con la aparición del dinero, nace
el crédito. El vendedor puede desprenderse de su mercancía sin recibir dinero,
quedando a su favor un crédito, o sea una cantidad a per-cibir en el futuro. El
dinero actúa aquí sólo como dinero aritmético. Las mercancías
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 27
pueden circular en base a simples
registros contables, sin requerir dinero contante y sonante. El dinero puede
ser remplazado por cheques o títulos de crédito endosables. Mediante el dinero
aritmético, deudas y créditos pueden cancelarse por compensación. Con la
generalización del “clearing” o cámara compensadora de cheques, el grueso del
movimiento de mercancías se realiza sin uso del dinero real, que queda relegado
al sector minorista.
De este modo, la fórmula que
expresa la cantidad de dinero necesaria para la circu-lación es la siguiente:

El fetichismo del dinero
El desarrollo de la primitiva
fórmula M — M nos ha ido llevando, a
través de complicaciones sucesivas que reflejan la creciente complejidad
histórica de los meca-nismos de la economía, a un punto donde se pierde de
vista el origen de este proceso. Partiendo del trueque esporádico hemos llegado
a un mundo gobernado por el dinero, que tanto puede asumir la forma real como
ideal. Compras, ventas y pagos pueden realizarse independientemente unas de
otras y con o sin uso de dinero. Los títulos de crédito y cheques circulan con
mayor volumen que el dinero mismo.
Bajo la forma de papel moneda
inconvertible, cuya capacidad adquisitiva disminu-ye constantemente por la
inflación, el dinero aparece con un fenómeno misterioso, cambiante, caprichoso
y violento; como una fuerza ingobernable y anárquica, que se impone a los seres
humanos. Ante la caída del poder adquisitivo del dinero, los asala-riados ven
deteriorarse día a día su nivel de vida. Los ahorristas ven diluirse el
produc-to de su esfuerzo. Todo es zozobra, inestabilidad e incertidumbre.
El dinero, dios omnipotente,
sojuzga todos los espíritus. Se lo desea apasionada-mente, se lo teme y se lo
maldice. Poetas y moralistas lo responsabilizan de todas las corrupciones,
vicios y crímenes.
Sin poder defenderse, el dinero
se ve obligado a desempeñar sin descanso un doble papel: encarnar con su cuerpo
material el trabajo abstracto de los hombres y represen-tar en espíritu todas
las esperanzas, penas y pecados humanos.
El dinero, producto de los actos
del hombre, se le opone en la sociedad no planifi-cada como una fuerza extraña,
tremenda y monstruosa. Este fetichismo del dinero no es sino el desarrollo
ulterior del fetichismo de la mercancía. Las fuerzas que el hombre desató pero
que no comprende ni domina, lo aprisionan y lo alienan. Sólo en una so-ciedad
planificada, donde el hombre conoce la acción de las leyes económicas y las
pone a su servicio, se crean las condiciones para poner fin a esta alienación.
Pero la
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 28
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 29
Capítulo Cuarto
LA PLUSVALIA
Cómo se convierte el dinero en capital
Hasta aquí, la fórmula de la
circulación de mercancías era M — D —M.
(con mercancías se obtiene dinero para conseguir otras mercancías equivalentes)
En caso de que la mercancía fuese
revendida, la misma fórmula se expresaría co-mo M — D — M — D —M —D—M …
Hemos visto que el proceso
comenzaba con la venta de la mercancía y el dinero actuaba sólo como
intermediario, sea como medio de circulación o de pago. De esta manera, la
circulación de mercancías se presentaba como un modo de satisfacer las
necesidades de una sociedad donde imperaba la propiedad privada de los medios
de producción y la división del trabajo. Juan vendía su leña y, con el dinero
obtenido, adquiría los productos que necesitaba.
Imaginemos ahora que Juan vende
su leña a un comerciante. La cosa cambia radi-calmente. Para el comerciante, la
finalidad de la compra es obtener más dinero median-te la venta de la
mercancía.
Desde
este punto de vista, la fórmula del proceso sería la siguiente:
D — M — D
+ d,
(siendo d = incremento de
dinero). (Con dinero compro una mercancía que, al venderla, me retorna mi
dinero más una ganancia d )
Aquí el ciclo comienza por el
dinero, con el que se compra o adquiere una mer-cancía, y finaliza con la venta
de esa mercancía por más de lo que ha costado. El dine-ro empleado en la
operación (D) se convierte en dinero
incrementado (D + d). A este
incremento del dinero ( d ) Marx le
da el nombre de plusvalía.
El dinero no es ya un mero
intermediario. Se ha convertido ahora en la finalidad misma de la circulación
mercantil. Se lanza dinero a la circulación con el fin exclusivo de retirar
luego más dinero. El dinero se ha convertido así en capital y su misión es
producir plusvalía. Pareciera que la circulación sudara constantemente dinero.
Queda planteado un problema fundamental; dilucidar de dónde surge esta
plusvalía; aclarar esta propiedad milagrosa del dinero-capital, que parece
aumentar por sí mismo, como los peces bíblicos.
Surge una evidente contradicción.
Hasta aquí, habíamos dicho que el mercado se rige por la ley del valor, que la
tendencia es al intercambio de equivalentes. Si ello es así, partimos de la
base de que, en la fórmula M — D — M
tanto los productos que se intercambian como las monedas de oro que actúan como
intermediarias, deben poseer
|
Marcelo Isacovich, Introducción a la economía política |
30 |
el mismo valor, es decir,
materializar cantidades iguales de trabajo en su aspecto abs-tracto.
Pero en la fórmula D — M — D’ (donde D’ = D + d) , el capitalista compra una mercancía con oro y al
venderla obtiene más oro del invertido, o sea más valor. Ello aparenta echar
por tierra la veracidad de la ley del valor. O bien demostramos que la
plusvalía no sólo no niega esta ley, sino que se obtiene a través de ella, o
bien todo lo dicho hasta ahora es falso.
Pareciera existir todavía una
posible escapatoria: ¿no será, tal vez, que los posee-dores de dinero, los
capitalistas, compran permanentemente las mercan-cías a menos de su valor? Tal
supuesto es imposible: en tal caso, lo que cada uno gana como com-prador lo
pierde como vendedor. En el proceso, las diferencias se compensan y se
ni-velan. Ello no explica, pues, la plusvalía.
Volvamos
al reino imaginario donde nuestro leñador Juan se dirige al mercado con su
cargamento de leña[∗]. Allí
se encuentra con don Arturo, un capitalista astuto y co-dicioso, quien le
compra su mercancía a menos de su valor y la revende luego a mayor precio. Más
tarde o más temprano, Juan se da cuenta del engaño y prescinde de
inter-mediarios. Don Arturo se queda sin proveedor y aprende así que un negocio
no puede mantenerse permanente-mente sobre bases falsas. Asimilando esa
lección, Don Arturo invierte parte de su capital en la compra del bosque. Juan
ya no tiene dónde cortar leña; apremiado por sus necesidades llega hasta el
límite de vender sus hachas. Lo único que le queda es su oficio de leñador, su
capacidad de trabajo. A su vez, Don Arturo necesi-ta ahora que alguien corte la
leña. Juan llega a un acuerdo con él. En adelante trabajará para el
capitalista, el cual se encargará de proveer sus necesidades básicas
(alimenta-ción, vestimenta, etc.).
Juan corta leña durante 8 horas
al día, pero ya no es dueño de ella, ni la vende en el mercado. Es Don Arturo
ahora el propietario de dicha mercancía, quien la vende cada día por 8 monedas,
que representan su justo valor, dado que en nuestro caso, cristalizan la misma
cantidad de trabajo social que la leña. Don Arturo, que respeta los
compro-misos contraídos, apenas vende el primer lote de leña, adquiere en una
proveiduría todo lo necesario para la subsistencia de Juan, por importe de
cuatro monedas de oro. Las otras cuatro quedan en su bolsillo y constituyen la
plusvalía. Al término de una nueva jornada de labor de 8 horas, Don Arturo le
dice a Juan: —Toma estas cuatro monedas, y en adelante, hazte las compras tú
mismo; yo tengo otras cosas en qué ocu-parme.
Juan es ahora un obrero.
Desposeído de los medios de producción (bosque y hachas) no tiene otra
alternativa que trabajar día tras día para Don Arturo. Cada 8 horas de trabajo
crea una mercancía cuyo valor se expresa en 8 monedas, pero sólo recibe 4 monedas
como retribución. Con las otras cuatro monedas se queda el capita-lista. Si
Juan fuera, como antes, un productor independiente, podría él mismo vender su
mercancía y recibir por ella las 8 monedas. Pero lo único que puede ahora
vender es su capacidad para producir, es decir, su fuerza de trabajo que, bajo el sistema capitalis-ta, se ha
convertido en una mercancía más. Don Arturo compra la fuerza de trabajo,
![]()
∗ Recordamos una vez más que la economía política es
una ciencia social y que estos ejemplos individua-les son puramente didácticos
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 31
esa mercancía tan particular,
pues le proporciona una utilidad
especialísima: puesta en funcionamiento,
crea valor.
Al igual que las otras
mercancías, la fuerza de trabajo mide su valor de acuerdo con el tiempo de trabajo socialmente necesario
para producirla. Para mantener viva su fuerza de trabajo, el obrero necesita
consumir medios de subsistencia que, en conjunto tienen un determinado valor.
Si, en nuestro caso, tales medios de subsistencia equiva-len a cuatro monedas
ello indica que bastan cuatro horas de trabajo social para produ-cir todo lo
que Juan consume. Se emplea el mismo tiempo que para cortar ½ tonelada de leña.
Por lo tanto, el valor de su fuerza de trabajo es también 4 monedas. Si Juan
trabajara sólo cuatro horas, no haría más que reponer la misma cantidad de
trabajo so-cial que el invertido para crear los medios de subsistencia que
consume. Pero Juan en una jornada produce una tonelada y Don Arturo cuidará muy
bien de que la trabaje íntegramente. Esa jornada se divide entonces en dos
partes. La primera —supongamos 4 horas— es la que repone el valor de la fuerza
de trabajo. A la labor realizada en esta primera parte Marx la llama trabajo necesario o bien trabajo
retribuido. En la segunda parte, Juan crea un excedente de valor, del cual se
apropia gratuitamente el capitalista. A la labor realizada en esta segunda
parte Marx la llama trabajo excedente
o trabajo no retribuido. El valor creado merced a este trabajo excedente y no
retribuido lleva el nombre de plusvalía.
Queda así develado el misterio de
la plusvalía, que no sólo no niega la ley del va-lor, sino que es una
consecuencia de ella y rige cuando la economía mercantil simple se ha
trasformado en una economía capitalista.
Plusvalía absoluta y relativa
La plusvalía es posible porque un
ser humano puede mantenerse y mantener a su familia consumiendo menos de lo que
produce. Tal excedente es un resultado del desa-rrollo de la productividad del
trabajo, sin la cual no hubiera tenido lugar la división de la sociedad en
clases ni la aparición de la propiedad privada.
En una primera etapa, las tribus
primitivas mataban a sus prisioneros de guerra porque la productividad era tan
baja que el trabajo de esos prisioneros apenas hubiera sido suficiente para
procurar su propia subsistencia. Pero al desarrollarse la productivi-dad, los
prisioneros pasaron a ser esclavos codiciados: no sólo era posible mantenerlos
con lo que ellos mismos producían sino obtener también un excedente.
En la esclavitud, el esclavo no
recibía en apariencia retribución
alguna ya que todo lo que producía pasaba gratuitamente a ser propiedad de sus
dueños; en realidad buena parte del
producto de su trabajo le era devuelto en forma de medios de subsis-tencia.
En el feudalismo, la distribución
era absolutamente clara y evidente. El siervo sa-bía cuál era la parte de su
tiempo que trabajaba para sí y cuál la que trabajaba gratui-tamente para el
señor; aquí, la apariencia coincidía con la realidad.
En el capitalismo, lo que surge
de la apariencia es que al obrero se le retribuye todo su tiempo de trabajo y
que nada recibe el capitalista en forma gratuita. Esta ilu-sión surge porque
cuando el capitalista compra al obrero su fuerza
de trabajo y la pone
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 32
en acción durante una jornada
completa de labor, se estipula una retribución por cada día u hora de trabajo o
por cada pieza producida. Esta retribución aparenta ser, enton-ces, una
contraprestación de todo el tiempo trabajado. Bajo el capitalismo todo el ex-cedente, o sea la diferencia entre lo
que el obrero produce y lo que consume, se con-vierte en plusvalía para el empresario. Por su forma, el contrato de trabajo
vela la dis-tribución real del producto entre obreros y capitalistas y oculta
las dos partes en que se divide la jornada de labor: trabajo retribuido y no
retribuido (o lo que es lo mismo, trabajo necesario y excedente). Lo que el
capitalista paga al obrero o sea el valor de su fuerza de trabajo, es igual al
valor producido en unaimera parte de la jornada. Lo que llamamos plusvalía es
el valor producido en el resto de la jornada.
Hemos dicho en nuestro ejemplo
que, durante las cuatro primeras horas de su jor-nada, Juan reponía un valor
igual al de sus medios de subsistencia. Trascurridas esas cuatro horas, el
trabajo de Juan se convierte en plusvalía
absoluta. Cuanto más larga o más intensa es la jornada, más plusvalía
absoluta. Por tal motivo, el capitalista desea extender hasta el máximo posible
dicha jornada, o bien aumentar la intensidad del tra-bajo.
Allí donde la lucha sindical ha
impuesto un límite legal al horario laboral (por ejemplo 8 horas) y consigue
que ello se respete, la plusvalía absoluta tropieza con un límite
infranqueable. ¿Qué otro camino queda para extraer más plusvalía?: ello sólo sería
posible con un aumento en la productividad
del trabajo. Supongamos que dicha productividad del trabajo crezca de tal
manera que no se necesiten ya cuatro horas, sino sólo tres para producir los
medios de subsistencia del obrero. Dicho de otra mane-ra, si el obrero repone
el valor de su fuerza de trabajo en tres horas, creará plusvalía durante las
cinco horas restantes, o sea durante una hora más que antes. La duración de la
jornada seguiría siendo la misma, pero la plusvalía aumentaría un 25 %. Se
habrá creado así más plusvalía relativa,
llamada de esta manera porque es un resultado de la mayor productividad del
trabajo y no de su mayor duración.
Esta distinción entre plusvalía
absoluta y relativa aparenta desvanecerse, ya que toda la plusvalía es absoluta
desde el punto de vista de que surge de una prolongación de la jornada más allá
del tiempo de trabajo necesario y, a la vez, toda plusvalía es re-lativa, desde
el punto de vista de que es siempre la consecuencia de cierto grado de
desarrollo de la productividad del trabajo. Pero esta identidad desaparece si
tomamos como constante la productividad, lo único que puede variar es la
plusvalía absoluta; si tomamos como constante la duración de la jornada, lo
único que puede variar es la relativa.
Llamamos plusvalía extraordinaria a la que obtiene una empresa capitalista
de-terminada que, por razones técnicas o por superexplotación, produce más que
sus competidoras en el mismo lapso. Generalmente, dicha plusvalía
extraordinaria es ex-cepcional y transitoria.
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 33
Vocabulario
del capítulo cuarto
—
Plusvalía
— Capital
— Tiempo
de trabajo
— Fuerza
de trabajo
— Trabajo
necesario
— Trabajo
excedente
—
Plusvalía absoluta
—
Plusvalía relativa
—
Excedente
—
Plusvalía extraordinaria
|
Marcelo Isacovich, Introducción a la economía política |
34 |
EL SALARIO
Cuando el obrero alquila su
fuerza de trabajo al capitalista se establece de antema-no un precio.
Supongamos que dicho precio haya sido estipulado en ½ moneda por cada hora y
que la jornada dure 8 horas. En apariencia, si al final de la jornada el obre-ro
recibe sus 4 monedas, todo está en regla: las ocho horas de trabajo le han sido
paga-das en su totalidad y el capitalista no le debe nada. Confirmamos así que
el salario oculta la división real de la jornada y aparenta ser la retribución
de todo el trabajo rea-lizado.
El salario, que es en realidad el precio de la
fuerza de trabajo, se disfraza en la
práctica, en la apariencia, como el precio del trabajo mismo.
Sabemos que el precio es el valor
de una mercancía expresado en dinero y que todo valor está dado por la cantidad
de trabajo cristalizado en la mercancía. El valor mide la cantidad de trabajo,
así como el peso mide la gravedad y la temperatura mide el calor. Por lo tanto,
el trabajo mismo no puede tener valor, así como la gravedad no puede tener peso
ni el calor temperatura.
Lo que el obrero alquila no es su trabajo, sino su fuerza de trabajo. Ni aun en el capitalismo el trabajo puede ser una mercancía, puesto que
no es en sí mismo un pro-ducto. Lo que bajo el capitalismo se convierte en una
mercancía muy particular es la fuerza de trabajo, cuyo valor, como sabemos, es
función de la cantidad de trabajo so-cial necesario para mantenerla en
funcionamiento. La expresión “valor del trabajo” o “precio de trabajo” es por
lo tanto falsa e irreal. Pero dada la forma visible en que se presentan los
fenómenos en el capitalismo, este absurdo se instala sólidamente en la
conciencia de los hombres, con la fuerza de una verdad cotidiana y permanente.
El salario encubre también las
peores trasgresiones a la equidad más elemental. Si, por cualquier razón, una
fábrica trabaja sólo cuatro horas, ese día el obrero sólo recibe medio salario.
En apariencia todo sigue en regla: el salario corresponde exactamente a las
horas trabajadas. Pero para mantener en funcionamiento su fuerza de trabajo, el
obrero necesita percibir el salario íntegro. El valor de sus medios de
subsistencia no varía un ápice por el hecho de que el capitalista use la fuerza
de trabajo durante toda la jornada normal o durante parís de ella, así como el
valor de una naranja nada tiene que ver con el hecho de que su comprador
consuma sólo una porción de ella.
La prolongación de la jornada de trabajo oculta
otra injusticia. La fatiga, o sea la in-toxicación del organismo, aumenta con
creciente velocidad una vez transcurridas las ocho primeras horas. La fuerza de
trabajo se desgasta mucho más rápidamente en la novena hora que en la séptima u
octava y más aun en la décima o undécima. Por tal motivo, trabajar doce o
catorce horas significa quemar aceleradamente la salud y la vida misma Eso lo
demostraron fehacientemente las experiencias en vivo realizadas
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 35
por Alfredo L. Palacios, que
midieron la curva de fatiga durante la prolongación de la jornada.
Por todo ello no es lo mismo
pagar 4 por 8 horas de trabajo que 8 por 12 horas, aunque la proporción
matemática no varíe.
En las últimas cuatro horas ya no
hay un alquiler normal de la fuerza de trabajo, sino un abuso y destrucción de
la misma. Tanto las horas extras como el doble trabajo no son sino plusvalía
absoluta arrancada por la clase capitalista a costa de la salud y la vida misma
de los trabajadores.
La jornada total de trabajo se
divide igualmente en trabajo necesario y excedente, así se realice en un solo
establecimiento o en dos empresas distintas.
El llamado trabajo a destajo, o
sea el salario por piezas, oculta aun más el fondo del problema: El tiempo que
tarda el obrero en producir piezas por un valor igual al de su fuerza de
trabajo es el tiempo retribuido; el resto de la jornada es trabajo no retri-buido.
Pero el salario por piezas aparenta, más que el salario por tiempo, ser la
retribu-ción directa del trabajo: cuanto más piezas realizadas, más salario.
Se esfuma
así por completo todo signo de plusvalía, de trabajo no retribuido.
Capital constante y capital variable
Supongamos que, al generalizarse
el uso del gas, el consumo de leña languidece día a día. Don Arturo decide por
ello cambiar de ramo y dedicarse a la fabricación de tejidos de algodón. Donde
hasta entonces sólo existía un bosque, Don Arturo construye un edificio
adecuado y compra las máquinas, motores y demás elementos necesarios para
instalar una moderna tejeduría. Adquiere además hilados de algodón, tinturas,
lubricantes, herramientas para mantenimiento, etc., etc. Todos estos medios de
produc-ción son mercancías que tienen un determinado valor.
Don Arturo piensa: -El negocio de
la leña era más sencillo y más claro: invertía 4 monedas en salario y obtenía 8
con la venta de la mercancía. Pero para fabricar tejidos he tenido que invertir
además mucho capital en medios de producción. ¿Cómo recupe-ro ese capital?
¿Cómo volverá a mis manos el valor de las materias primas consumidas y el
desgaste de las maquinarias y edificios?-.
Don Arturo está muy preocupado.
Pero le basta poner en marcha la nueva fábrica para que su problema quede
automáticamente resuelto. Juan (convertido ahora en obre-ro textil) va
trasformando minuto a minuto el hilado de algodón en metros y metros de lienzo.
Al mismo tiempo que crea un nuevo valor, Juan trasfiere a la tela el valor de
las materias primas y elementos auxiliares que se consumen, así como el
equivalente al desgaste de los edificios, maquinarias, herramientas, etcétera.
¿Qué es lo que hace posible este
doble efecto del trabajo? Lo que lo hace posible es que la labor de Juan, como todo trabajo social, tiene un doble
carácter. Como tra-bajo concreto
de tejedor, cualitativamente distinto de todos los demás, trasfiere a la mercancía el valor de todos aquellos elementos que
se consumen productivamente en el proceso de labor. Pero como trabajo abstracto, como trabajo humano puro y
simple, crea un nuevo valor.
Como vemos, el trabajo de Juan,
como cualquier otro proceso de trabajo, no varía en absoluto el valor del
capital invertido en medios de producción. Lo único que suce-
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 36
de, es que ese valor cambia de
forma, que se trasfiere de unos objetos a otros. Por eso, porque el monto de su
valor no aumenta ni disminuye, Marx lo denomina capital cons-tante. Por el contrario, hemos visto en nuestro
ejemplo que el capital invertido en sala-rios se incrementa. Juan, ya sea como
tejedor o como leñador, ha creado igualmente en una jornada un valor igual al
de 8 monedas, mientras que en ambos casos, la inversión en salarios era sólo de
4 monedas. El capital invertido en salarios crece, varía. Marx lo llama por eso
capital variable.
Completemos nuestro ejemplo. Si
nos informan que el valor de los medios de pro-ducción consumidos en su
totalidad en la jornada, más el
desgaste de edificios, ma-quinarias, etc. es igual a 12 monedas, ¿Cuál sería el
valor del lienzo producido en un día de labor? Veamos:
Valor
creado…………………………………….8 monedas
Valor
trasferido……………………………… 12 monedas
Valor del lienzo……………………………… 20 monedas
Al mismo tiempo que aumenta el capital variable, el trabajo
del obrero conserva el valor del
capital constante, trasfiriéndolo al producto. De este modo, el obrero presta
un doble servicio al capitalista. Tanto cuando la fábrica está en marcha como
cuando está inactiva, los edificios, maquinarias, materias primas y demás
rubros del capital constante se deterioran por el mero transcurso del tiempo.
Es el trabajo vivo del obrero la fuerza que impide que este deterioro
inevitable se traduzca en una disminución de capital. El obrero mantiene vivo
el capital y al mismo tiempo lo hace crecer.
Hemos visto que, respecto a la
forma como se consumen durante el proceso de trabajo, los medios de producción
se dividen en dos categorías. Una parte, como las materias primas y
combustibles, se consumen íntegramente y, por lo tanto, trasfieren todo su valor
al producto. La economía burguesa los incluye en el llamado capital cir-culante. Otros, como las
instalaciones, edificios, maquinarias y herramientas, se van desgastando paulatinamente y por eso
sólo trasfieren una pequeña parte de su valor al producto. Así por ejemplo, si
una herramienta tiene una duración de 1.000 horas, tras-fiere cada hora una
milésima parte de su valor, aunque su aspecto físico no varíe. Co-mo lo señala
Marx, también el hombre muere un día cada día, aunque no lo advierta. Son las compañías
de seguros las que se encargan de recordárselo cuando calculan la prima de los
seguros de vida según la edad del interesado.
Esta categoría de medios de
producción, cuyo valor se amortiza paulatinamente, se llama corrientemente capital fijo. La división del capital en
fijo y circulante es típica de la economía burguesa, la cual incluye los
salarios dentro del capital circulante. Oculta así la diferencia entre capital
constante y variable, que tiene fundamento cientí-fico.
![]()
Capital constante (C)
Composición orgánica del capital = ————————————
Capital variable (V)
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 37
Cuota de plusvalía y cuota de ganancia
Si la jornada de labor de Juan se dividía en dos
partes iguales (4 horas de trabajo nece-sario y 4 de trabajo excedente) o, lo
que es lo mismo, invirtiendo 4 monedas de capital variable se obtenían 4 de
plusvalía, la cuota de plusvalía cuya fórmula es p/v, sería, en este caso, del
100%.
![]()
![]()
![]()
![]()
Fórmula
de la cuota de plusvalía:
Plusvalía
———————
Capital
variable
Recordemos que, durante una jornada, Juan consumía
un capital constante cuyo valor era de 12 monedas. El esquema de dicho proceso
productivo sería el siguiente:
capital constante 12 + capital variable 4 +
plusvalía 4 = 20
(o bien, 12c + 4v + 4p = 20)
La cuota de ganancia es la que resulta de comparar la
plusvalía con la totalidad del
capital. Su fórmula es:
![]()
|
Marcelo Isacovich, Introducción a la economía política |
38 |
Supongamos,
para simplificar, que todo el capital constante se consumiera en un día. En tal
caso, la cuota de ganancia de nuestro capitalista sería del 25%
En
efecto, aplicando la fórmula de la cuota de ganancia:
|
4p |
4 |
|
|
|
|
= |
|
= 25% |
|
12c + 4v |
16 |
|
|
Como vemos, la cuota de ganancia
oculta el grado de explotación de la clase obre-ra. Mientras que la cuota de
plusvalía era de 100 %, la cuota de ganancia es sólo de 25% . Si la parte no
retribuida del trabajo de Juan era igual a la parte retribuida, el gra-do de
explotación, representado por la cuota de plusvalía, ascendía a un 100% .
Pero don Arturo puede no conocer
la cuota de plusvalía y ello no le preocupa. Lo que aparece visiblemente es su
cuota de ganancia, o sea su 25 %. A don Arturo le in-teresa el rendimiento de todo su capital, pues él ama por igual a
cada una de sus mone-das, sean ellas capital constante o variable. Busca el
rendimiento máximo del conjunto de su capital.
En las relaciones capitalistas,
la ganancia pareciera brotar de todo el capital. Pero, en verdad, dicha
ganancia es una forma trasfigurada de la plusvalía, la cual sólo tiene relación
con el capital variable.
La plusvalía, que surge de la
esencia misma del sistema capitalista, no aparece como tal ante los seres
humanos. En la superficie de los fenómenos, la plusvalía se oculta modestamente
bajo el disfraz de ganancia.
La economía científica, a
diferencia de la vulgar y apologética, desgarra el manto de la apariencia y
presenta la plusvalía al desnudo.
La acumulación del capital
Admitamos por un instante que el
capital, tal como lo afirman los economistas burgueses, sea en su origen un
fruto del ahorro, del sacrificio y de la abstinencia del capitalista (salvo,
como dice Marx, "en el año en curso").
Supongamos que nuestro don Arturo
haya invertido en su fábrica un capital de 1.000.000 $, cualquiera fuese la
forma en que lo obtuvo.
Hasta ahora, nuestro ejemplo
abarcaba una sola jornada de trabajo. Pero ya vimos que el capital, para
mantenerse vivo, debe estar en continuo movimiento, o sea incor-porado
constantemente al proceso de trabajo. Inactivo o quieto, el capital languidece
y muere. Supongamos que don Arturo es un hombre austero, que mantiene constante
su nivel de gastos personales y familiares en 200.00 $.
Veamos qué pasa cuando el capital
de don Arturo permanece en movimiento du-rante un período de varios años:
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 39
|
Capital |
Ganancia |
Consumo |
Plusvalía |
||||
|
|
inicial |
anual |
|
personal |
que añade al |
||
|
|
|
(25%) |
|
del capitalista |
capital |
||
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
1 |
1.000.000 $ |
250.000 |
$ |
200.000 |
$ |
50.000 |
$ |
|
2 |
1.050.000 $ |
262.500 |
$ |
200.000 |
$ |
62.500 |
$ |
|
3 |
1.112.500 $ |
278.125 |
$ |
200.000 |
$ |
78.125 |
$ |
|
4 |
1.190.625 $ |
297.656 |
$ |
200.000 |
$ |
97.656 |
$ |
|
5 |
1.288.281 $ |
322.070 |
$ |
200.000 |
$ |
122.070 |
$ |
|
6 |
1.410.356 $ |
352.589 |
$ |
200.000 |
$ |
152.589 |
$ |
|
7 |
1.562.945 $ |
390.664 |
$ |
200.000 |
$ |
190.664 |
$ |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
8 |
1.753.609 $ |
438.402 |
$ |
200.000 |
$ |
238.402 |
$ |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
9 |
1.992.011 $ |
498.002 |
$ |
200.000 |
$ |
298.002 |
$ |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
10 |
2,290.013 $ |
572.503 |
$ |
200.000 |
$ |
372.503 |
$ |
|
|
|
|
|
|
|||
|
|
Totales—> |
3.662.511 $ |
2.000.000 $ |
1.662.511 $ |
|||
Al cabo de diez años, en nuestro
ejemplo, el capitalista que comenzó con 1.000.000 $, ha obtenido en concepto de
plusvalías totales 3,662.000 $. De ellos, ha consumido 2,000.000 $ para sus
gastos personales de todo tipo, es decir, el doble del capital inicial
invertido en el negocio. Además, y por efecto de la acumulación anual de
plusvalía, ha duplicado con exceso su capital inicial.
Como la inversión originaria (1.000.000 $) ha sido
consumida en buena parte, el capi-tal restante es pura y exclusivamente
plusvalía acumulada.
El capital, en cualesquiera de
sus formas, no es otra cosa que trabajo pretérito cris-talizado en medios de
producción, dinero, mercancías, etc. Tales bienes son, como dice Marx,
"cadáveres del trabajo humano de ayer". El trabajo ya realizado por
la clase obrera, trasformado en capital, es lo que permite a su propietario, el
capitalista, obligar al obrero de hoy a trabajar para él.
En el sistema capitalista, el
trabajo acumulado (herencia del ayer) no se utiliza para mejorar la vida de la
sociedad. Sirve principalmente para esclavizar a la mayoría.
Si el fetichismo de la mercancía
y el dinero eran los primeros peldaños de la alie-nación del hombre, el capital
la exacerba. El producto de su propio trabajo se le opone al obrero como una
fuerza extraña y todopoderosa que lo domina. Su labor creadora se trasforma en
una potencia misteriosa del capital.
En apariencia es el capitalista
quien "le da trabajo" al obrero, cuando en realidad es éste quien se
lo cede gratuitamente. Lo que el obrero se priva de consumir, o sea la
plusvalía o ganancia, aparece como ahorro o austeridad del capitalista.
El obrero se parcializa como ser humano; ya no piensa, sólo debe
ejecutar. Proyectar, dirigir, comprender y mejorar el proceso de trabajo es
función exclusiva
del capital. El obrero es sólo un complemento de la
máquina. Pero también el capitalis-ta se aliena. Su misión es acumular y
acumular, cada vez más aceleradamente. No pue-de hacer un alto en su
vertiginosa carrera, sin rezagarse en la lucha por el mercado. Se convierte en
una máquina deshumanizada de acumular capital.
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 40
Capítulo Sexto
TRASFORMACIÓN DE LA PLUSVALÍA EN GANANCIA
Recordemos una vez más a nuestro
Juan, que día a día vendía su leña por 8 mone-das. En rigor de verdad, cuando
decíamos que Juan obtenía por su trabajo una retribu-ción igual a 8 monedas
olvidábamos que, cada tanto, debía reponer su hacha, su piedra de afilar y
demás útiles de labor que se desgastan en el proceso de trabajo. Si tal gasto
de reposición le suponía, como promedio, una moneda diaria, Juan debía vender
su leña en 9 monedas.
A su vez, Diego vendía
diariamente su pan y quería obtener una retribución nor-mal por su labor, o sea
8 monedas. Además, debía reponer el gasto de harina, levadura, combustible,
etc. y el consabido desgaste de sus implementos de trabajo. Si todo ello le
insumía un promedio de otras 8 monedas diarias, Diego debía vender su pan en 16
monedas. Lo mismo le sucedía al tejedor, al herrero, etc.
Por lo
tanto, el valor de toda mercancía se integra con dos componentes:
1)
el valor preexistente,
cristalización de un trabajo anterior, que se trasfiere al produc-to, sea el
valor total de las materias primas, combustibles, etc. consumidos, o la parte
de valor que corresponde al desgaste de edificios, maquinarias, herramientas,
etc.
2) el nuevo
valor creado por la acción de la fuerza de trabajo viva.
Tomemos
como ejemplo la composición de valor de tres mercancías distintas:
|
|
Valor transferido |
Nuevo valor creado |
Valor total |
|
Pan…………………. |
8 |
8 |
16 |
|
Tela………………… |
12 |
8 |
20 |
|
Cuchillo……………. |
16 |
8 |
24 |
Si las tres mercancías se
vendiesen por su valor, los tres artesanos obtendrían igual retribución por su
trabajo. Pero, en tal caso, tanto el tejedor como el herrero estarían
disconformes puesto que, obteniendo lo mismo que el panadero, invertían mucho más
que él en la reposición de sus insumos (materias primas, etc.).
El herrero pensaría: ¿por qué
gano lo mismo que el panadero, si invierto más dine-ro que él? Y estaría
tentado a vender su herrería e instalarse como panadero a fin de ahorrarse una
inversión de 8 monedas y colocarlas a interés...
Por lo tanto, tenderían a
instalarse más panaderos que herreros. Esta tendencia cesaría cuando el herrero
obtuviese una retribución suplementaria por su mayor inver-sión. Pero esto
implicaría que ante una menor oferta, el cuchillo tendería a venderse por
encima de su valor y el pan, por su mayor oferta, tendería a venderse por
debajo de su valor...
¿Qué sucede en el capitalismo?
Sabemos que las máquinas y materias primas, que trasfieren su valor al producto
sin que dicho valor aumente un ápice por ello, constitu-yen el capital
constante; sabemos también que lo que crece es el capital variable, inver-
|
Marcelo Isacovich, Introducción a la economía política |
41 |
tido en la compra de fuerza de
trabajo creadora de nuevo valor. Pero, como hemos vis-to, esta distinción entre
capital constante y variable no tiene interés alguno para el capi-talista. Él
necesita que todo su capital, sea
cual fuere la forma en que se invierta (mate-rias primas, salarios, máquinas,
etc.) le rinda la consabida ganancia. Lo que conoce es su tasa de ganancia, que se le presenta visible y clara, y no la
plusvalía, sumergida en las profundidades de la esencia. Para acrecentar su
capital, el burgués no necesita estu-diar economía política; le basta realizar
la praxis donde se originan las leyes de la cien-cia. económica. Nada cambia
para él si un profesor de economía política le explica que la tasa de ganancia
(TG) no es otra cosa que la comparación de la plusvalía con el capi-tal total:
plusvalía
Tasa de ganancia = ---------------
capital total
o sea una
deformación de la tasa de plusvalía
plusvalía
Tasa de plusvalía = -----------------
capital variable
que sí expresa científicamente
el fondo del problema, dado que sólo el capital variable produce plusvalía. De
todos modos, para el capitalista la ganancia será siempre la sim-ple diferencia
entre lo invertido (costo) y el precio de venta de sus productos[∗].
Admitamos por un instante que
tres industrias —del pan, textil y metalúrgica— empleen igual número de obreros
y paguen igual monto de salarios. Si el capital varia-ble fuera así en todas el
mismo, el capital constante sería, sin lugar a dudas, diferente, dado que las
ramas más pesadas utilizan más volumen de maquinarias por obrero ocu-pado que
las ramas livianas. En cada una de esas tres ramas la relación entre el capital
constante y el variable (que expresada en lenguaje técnico se denomina "composición orgánica") sería
distinta.
Si la ley del valor se
manifestara en forma directa, los precios de las mercancías resultarían iguales
a sus respectivos valores, tal como sucede en el cuadro siguiente:
|
|
|
Capital |
Capital |
Capital |
Plusvalía |
Precios |
Tasa de |
||||
|
Industria |
|
constante |
variable |
total (costo) |
(tasa 100%) |
= valor |
ganancia |
||||
|
|
|
(1) |
(2) |
(3) |
(4) |
( 5 ) |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
||
|
Del pan . . . . . . 8.000 |
4.000 |
12.000 |
4.000 |
16.000 |
|
33,3% |
|
|
|||
|
Textil. . . . . . . .12.000 |
4.000 |
16.000 |
4.000 |
20.000 |
|
25 |
% |
|
|
||
|
Metalúrgica.. |
16.000 |
4.000 |
20.000 |
4.000 |
24.000 |
|
20 |
% |
|||
![]()
∗ Por razones didácticas, hacemos de cuenta que la inversión del capitalista y su costo de
producción de la mercancía son iguales. Ello no sucede en la practica
porque 1) la inversión en maquinarias y equipos es superior a su desgaste (amortización); 2) en cambio, si la tasa de ganancia fuera anual, cuanto más
rápi-da es la rotación del capital, menor es el monto de la inversión global.
Si bien simplificamos artificial-mente el problema, ello no altera su esencia.
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 42
Si las
mercaderías se vendieran por sus respectivos valores, las empresas
metalúr-gicas obtendrían una menor tasa de ganancia que las textiles o del pan.
Pero si las ra-mas más pesadas obtuvieran permanentemente una tasa de ganancia
inferior, los capi-tales tenderían a huir de esas ramas (por ejemplo, de la
metalúrgica), para instalar nue-vas fábricas livianas (por ejemplo,
panaderías). En nuestro caso los capitalistas meta-lúrgicos no se resignarían a
ganar un 20 %, viendo que los textiles obtenían un 25 % y los de la industria
del pan un 33,3 %. De este modo, el traslado de capitales de una rama a la otra
iría provocando una restricción de la oferta de productos metalúrgicos (lo que
provocaría la subida de sus precios con el consiguiente aumento de la ganan-cia)
y una mayor oferta de pan, cuyo precio tendería a bajar, reduciendo la cuota de
ganancia de los panaderos. ¿Cuándo cesaría teóricamente ese vaivén? Cuando se
nive-lara la tasa de ganancia en todas las ramas.
En conclusión, los
desplazamientos de capitales en busca de una mayor tasa de ganancia dan como
consecuencia que la ley sea la tendencia a la uniformidad de la tasa. En
nuestro ejemplo, todas las ramas tenderían a obtener un 25 %, y el cuadro
an-terior quedaría transformado de la siguiente manera:
|
Industria |
Capital |
|
Valor de las |
Ganancia (25%) |
Precio de |
Diferencia entre |
|||
|
total (costo) |
Plusvalía |
mercancías |
s/capital |
venta |
valor y precio |
||||
|
|
(1) |
(2) |
(3) |
(4) |
(5) |
(5—3) |
|
||
|
Del pan |
12.000 |
4.000 |
16.000 |
3.000 |
15.000 |
— 1.000 |
|||
|
Textil |
16.000 |
4.000 |
20.000 |
4.000 |
20.000 |
0 |
|
|
|
|
Metalúrgica |
20.000 |
4.000 |
24.000 |
5.000 |
25.000 |
+ 1.000 |
|
|
|
|
Totales: |
48.000 |
12.000 |
60.000 |
12.000 |
60.000 |
0 |
|
|
|
Vemos así que los productores de
las ramas más livianas venden permanentemente sus productos a menos a menos de
su valor y las ramas más pesadas, por el contrario, venden sus mercancías a un
precio superior a su valor.
De este modo, las empresas de
menor composición orgánica ceden constantemente plusvalía a las que poseen
mayor proporción de capital constante.
Cabe preguntarse: ¿por qué se ha
uniformado la tasa de ganancia en un 25 % y no en cualquier otro porcentaje? Si
imaginamos al conjunto de todos los capitalistas del ejemplo como a una sola
empresa cuyo capital total fuera de 48.000 y la plusvalía total obtenida
12.000, dado que plusvalía total y ganancia total es una misma cosa, resulta
evidente que, para el conjunto de los capitalistas, la tasa de ganancia no
puede ser otra que un 25 %, que es el resultado de la siguiente fórmula:
![]()
Es así como, en el capitalismo de
libre concurrencia, la plusvalía tiende a
trans-formarse en ganancia media. La utilidad de cada capitalista no es
igual a la plusvalía que producen sus
obreros. En cada empresa, los trabajadores crean una parte determi-nada, de la
plusvalía total, pero sus patrones se apoderan para sí de una porción dife-
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 43
rente. Sólo tomada en su
conjunto, la plusvalía y la ganancia son la misma cosa. Dicho de otra manera, la ganancia no es sino la forma en que se
reparte la plusvalía en el capitalismo.
En cada empresa capitalista, la
plusvalía se crea en proporción a la cantidad de trabajo vivo desplegado por
sus obreros, pero se reparte en proporción al capital (traba-jo pretérito
cristalizado) que posee cada capitalista. El trabajo pretérito, bajo la forma
de capital, determina el modo de apropiarse del trabajo vivo. Para su reparto,
la plusva-lía se presenta como cuota de ganancia.
Esto sucede a espaldas de
capitalistas y obreros, que sólo pueden ver lo que ocurre en la superficie. La
forma externa del fenómeno, o sea la ganancia, oculta su esencia, o sea la
plusvalía. En virtud de que el reparto social de la plusvalía toma la forma de
ganancia media, las mercancías no se venden por su valor, sino que tienden a
venderse por su precio de producción,
formado por el costo más la ganancia media.
¿Se altera por ello la ley del
valor? Por el contrario; es la única
forma en que la ley del valor puede manifestarse en las condiciones del
capitalismo. Es el valor lo que, en apariencia,
se presenta bajo el disfraz capitalista de costo más ganancia (precio de ven-ta
capitalista).
La masa total de valor que se
intercambia no varía, cualquiera que sea el mecanis-mo de los precios a través
del cual se concrete el intercambio. De la misma manera, la plusvalía total no
varía, cualquiera que sea la parte de ella que consiga apropiarse cada
capitalista, a través del mecanismo de los precios del mercado. De este modo, y
aunque ellos no lo sepan, el conjunto de los capitalistas constituye una
gigantesca corporación que explota globalmente al conjunto de la clase
trabajadora. Cada trabajador rinde plusvalía, no sólo a su propio patrón sino
al conjunto de la burguesía, ya que la plusva-lía se reparte en proporción al
capital que posee cada capitalista, así como en una so-ciedad anónima las
utilidades se reparten en proporción a la cantidad de acciones que posee cada
uno de sus integrantes. El capital, trabajo pretérito cristalizado, se engulle
al trabajo vivo. Eso crea la ilusión de que es el capital y no el trabajo
gratuito la fuente de toda ganancia.
![]()
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 44
¿Por qué compran máquinas los capitalistas?
Si el capital constante no crea
valor ni produce plusvalía; si el capital variable es el único que se
incrementa, toda inversión en máquinas sería improductiva y estéril para el
capitalista. ¿Por qué entonces los capitalistas compran máquinas que remplazan
obreros? ¿Por qué trasforman capital variable en capital constante? ¿Por qué
prefieren el trabajo pretérito, muerto, al trabajo vivo?
Recordemos una vez más que el
capitalista, aunque no conozca las categorías de la economía política, es un
hombre práctico que gana dinero manejándose con toda soltu-ra con los fenómenos
tal cual se presentan, y no con la esencia de los mismos. Lo que preocupa al
capitalista es disminuir sus costos, a fin de obtener más ganancias y más
rendimiento de su capital.
Si don Arturo, nuestro
capitalista, tiene noticias de una nueva máquina que, a un costo de $ 1.200
puede ahorrarle en un año salarios por $ 300, es casi seguro que que-rrá
adquirirla de inmediato. Porque, si bien la amortización de esa máquina (10 %
anual) subiría sus costos en 120 anuales, al ahorrar por otro lado 300 en
salarios, ob-tendría una ganancia suplementaria de 180. Si su capital era
anteriormente de 3.000 y al 20 % de ganancia le rendía 600, al poner en marcha
la nueva máquina su capital subiría a 4.200, pero le rendirá una ganancia de
980 o sea un 23 %.
Don Arturo instala su reciente
adquisición y está contento: ha logrado una plusva-lía
extraordinaria y ahora la tasa de ganancia es más tentadora; lo que no sabe
es que otros competidores están
también instalando máquinas iguales que la suya, no sólo por su deseo de ganar
más, sino por temor a que los menores costos de don Arturo puedan desalojarlos
del mercado. Después de que varios de ellos han instalado nuevas máqui-nas,
cada uno trata de vender más y la competencia los obliga a ir rebajando los
pre-cios. ¿Hasta qué límite? Hasta que la ganancia vuelva a su nivel normal, o
sea, en nuestro caso, el 20 %.
Es así como, a través de estos
vaivenes, la ganancia de don Arturo es ahora un 20% sobre su capital de 4.200,
o sea igual a 840, en lugar de los 600 que representaba su ganancia anterior.
La nueva máquina no le produce plusvalía pero en virtud de la ley de la
ganancia media, le permite retirar otras 240 unidades del pozo común ( es
decir, la plusvalía total) del cual bebe su ganancia el conjunto de los
capitalistas. Esto sucederá, aunque don Arturo no sepa el porqué.
Más adelante veremos que con el
progreso técnico la tasa media de beneficio tien-de a descender. Pero aunque en
nuestro ejemplo la tasa descendiera,
por ejemplo, del 20 % al 18 %, la masa
de ganancia sería igualmente mayor.
En tanto la tecnificación de unas u otras empresas aumenta la
productividad del trabajo, ello beneficia, en un mercado competitivo, al
conjunto de la clase capitalista.
En una jornada de labor de igual
duración, el obrero produce mayor cantidad de mercancías. El valor global
incorporado se mantiene igual, pues la cantidad de trabajo es la misma, pero
aumenta la cantidad de mercaderías y disminuye el valor de cada una de ellas.
Se acorta a la vez el tiempo necesario para crear los medios de subsistencia, o
sea, que en cada jornada de trabajo disminuye el tiempo necesario y aumenta el
tiempo excedente. Se crea así plusvalía
relativa y crece la masa total de la plusvalía.
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 45
La
tecnificación aumenta la explotación de los trabajadores y las ganancias de los
capitalistas. Pero una vez más, la apariencia oculta el fondo del proceso,
pues, en la práctica, este aumento de la masa
de la ganancia obtenida por los capitalistas tiende a unirse con un descenso de
la tasa de ganancia, creando la
ilusión de que el capital rin-de cada vez menos beneficios.
La tendencia a la disminución de la tasa de ganancia
Supongamos, como ejemplo, que en
determinado país, la relación entre el capital total (trabajo pretérito) y el
nuevo valor creado por el trabajo vivo fuese de 2:1 y que el trabajo necesario
insumiera la mitad de la jornada.
Dicho en números: Capital
global = 80 Salarios
= 20 Plusvalía
= 20
Tasa de plusvalía = 20/20 = 100 %
Tasa de ganancia = 20/80 = 25 %
¿,Qué sucede si, un siglo más
tarde, el capital y la plusvalía han variado en la for-ma siguiente?
Capital global = 400 Salarios
= 30 Plusvalía
= 60
Tasa de plusvalía = 60/30 = 200 %
Tasa de ganancia = 60/400 = 15 %
Este modelo simplificado de
desarrollo capitalista basta para mostrar que pueden darse, en forma
simultánea, los siguientes fenómenos:
|
-
aumento de la tasa de plusvalía |
(en
n/ej. de 100 a 200%) |
||
|
-
aumento de la masa de plusvalía |
(en
n/ej. de |
20 a |
60%) |
|
-
aumento de la masa de ganancia |
(en
n/ej. de |
20 a |
60%) |
|
-
disminución de la tasa de ganancia (en n/ej. de |
25 a |
15%) |
|
Si se hubiera mantenido estable
el grado de explotación, o sea la tasa de plusvalía, la caída de la tasa de
ganancia hubiera sido más contundente, puesto que en tal caso tendríamos:
Capital global = 400 Salarios = 45 plusvalía = 45
tasa de plusvalía = 45/45 = 100 %
tasa de ganancia = 45/400 = 11 % aprox.
Está comprobado que en el curso
del desarrollo capitalista la productividad del trabajo aumenta más velozmente
que los salarios y, por ende, se intensifica la explota-ción. El crecimiento de
la tasa de plusvalía ha contrarrestado en parte la tendencia a la baja de la
tasa media de beneficio. Otros factores contrarrestan parcialmente dicha ten-
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 46
dencia, entre ellos la
disminución del valor de los medios de producción que compo-nen el capital
constante y de las mercancías que consume la clase trabajadora, los
su-perbeneficios que obtienen los capitales invertidos en los países
dependientes y otros.
* * *
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 47
Capítulo Séptimo
EL REPARTO DE LA PLUSVALIA
Hasta ahora, al referirnos a la
plusvalía y a la ganancia, hemos procedido como si los capitalistas fueran
exclusivamente aquellos que emplean obreros.
Queda por aclarar aún cuál es la
fuente de la ganancia que obtienen los comercian-tes, los banqueros y
propietarios de la tierra; es decir, el origen de la ganancia comer-cial, del
interés y de la renta agraria.
Recordemos una vez más, que la
ganancia no es otra cosa que la forma concreta bajo la cual se distribuye la
plusvalía.
La ganancia comercial
Supongamos que el proceso
productivo de una mercancía determinada requiere un mes de duración y que su
precio de producción se conforma de la siguiente manera: costo 100 + ganancia
20 = precio de producción 120.
Pero una vez elaborada dicha
mercancía, el capitalista necesita otro mes para el proceso de circulación, o
sea, para llevarla al mercado y convertirla en dinero.
Como vemos, el ciclo del capital
engloba el proceso de producción y el de circula-ción, que constituyen una
unidad; el tiempo total es la suma del tiempo de producción y el de
circulación.
Si nuestro capitalista se
encargara por sí mismo de realizar todo el proceso, su fá-brica quedaría
inactiva un mes de cada dos, aguardando la realización de las mercancí-as
elaboradas. En tal caso su cuota mensual de ganancia se reduciría a un 5 %,
dado que, para obtener el 10 %, necesitaría un lapso de dos meses.
¿Qué sucedería si, al cabo del
primer mes, el industrial vendiera su producto al precio de $ 105 a un
comerciante, el cual, al cabo del segundo mes, lo revendiera al consumidor a $
110? En tal caso, el fabricante obtiene igualmente su tasa del 5% men-sual,
mientras que el comerciante también gana $ 5 en igual tiempo. Las ventajas de
tal división del trabajo son evidentes. El industrial evita paralizar su
producción ahorrando los perjuicios y gastos consiguientes. Aumenta la
eficiencia en ambos sectores (pro-ducción y circulación), porque cada
capitalista se especializa en lo suyo. El valor mismo de las mercancías
disminuye, como resultado de una mayor productividad del trabajo y de un ahorro
de capital constante. Un mismo fabricante puede vender su pro-ducto a muchos
comerciantes, instalados en los más diversos puntos geográficos. A su vez, cada
comerciante puede adquirir un surtido completo de tipos, modelos, etc.,
recu-rriendo a todos y a cada uno de los fabricantes del ramo.
Si, por ejemplo, cada productor
de calzado tuviera que instalar un comercio para vender sus productos, el costo
social sería desmesurado. Pero si cada zapatería reúne los más diversos
modelos, no sólo se abarata el costo y la eficiencia de la comerciali-zación,
sino que, además, el consumidor encuentra rápidamente lo que necesita, con el
|
Marcelo Isacovich, Introducción a la economía política |
48 |
consiguiente ahorro de tiempo,
esfuerzo y gastos. La intermediación normal tiene, pues, su justificación
económica.
El conjunto de comerciantes e
industriales actúan como socios de un único proceso (producción—circulación)
que finaliza con la realización de la mercancía, es decir, con su ingreso en la
órbita del consumo. Sólo en apariencia, el productor realiza su mer-cancía
cuando la vende al comerciante. En realidad, como en la carrera de postas, se
la entrega en un punto del camino para que la conduzca a su meta final. Ambos
capitalis-tas (comerciantes e industriales) se reparten la plusvalía generada
por la clase trabaja-dora en proporción a la cuantía de sus respectivos
capitales, por acción de la ley de la ganancia media.
La ganancia no es otra cosa que
una proción de la plusvalía. Pero si en la industria esa plusvalía se oculta
bajo el disfraz de ganancia, en la esfera de la circulación parece esfumarse.
La ganancia parece brotar aquí de la habilidad del comerciante, de su inge-nio
para adquirir las mercancías a los precios más bajos posibles y revenderlas a
mayor precio. La práctica confirma esta apariencia: cuanto más mercancías logra
vender, cuanto mayor es la diferencia de precios, cuanto más veloz es el
proceso, mayor es la ganancia del comerciante. Efectivamente, su utilidad
depende del monto de su capital y de la
velocidad con que consigue hacerlo rotar. Ello crea la ilusión de que el
benefi-cio es función exclusiva del capital que posee y que nada lo vincula con
lo que haya sucedido en la esfera de la producción.
El interés
Al comenzar este capítulo, Don
Arturo recurría al crédito bancario para financiar la compra de nuevas
máquinas. Si, como suponíamos en ese caso, la tasa de ganancia media era de un
20 %, a nuestro capitalista le convenía tomar dicho préstamo, siempre que la
tasa de interés fuera menor que la tasa de utilidad que esperaba obtener de ese
dinero, es decir, que fuera inferior al 20 %.
Si con una inversión adicional de
$ 300.000 un capitalista espera ganar $ 60.000, tomará gustoso un préstamo, si
la tasa de interés es, por ejemplo, del 10 %. Ello le permitirá ganar un
adicional de $ 30.000.
El prestamista es un socio
virtual del capitalista, aunque la forma jurídica del con-trato lo disimule. Al
cederle dinero en préstamo, comparte con él la plusvalía generada por el
trabajo humano movilizado por ese capital.
¿Por qué los bancos se conforman con una tasa de
interés inferior a la tasa de ga-nancia media vigente? El banco es una empresa
capitalista. Como todas las demás, lo que interesa es el rendimiento de su propio capital, representado
generalmente por edificios, máquinas de contabilidad, útiles de oficina y
dinero para pago de sueldos y gastos. Lo que el banco presta es dinero ajeno. En la sociedad capitalista
siempre exis-te una gran masa de dinero inerte, cuyos poseedores, accidental o
permanentemente, están incapacitados para invertirlo por sí mismos en el
proceso industrial o comercial. Tales fondos provienen de diversas fuentes.
Entre ellas…
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 49
a)
De los propios capitalistas, dado
que, luego de vender sus mercancías y hasta tanto compran otras, una parte del
capital asume temporariamente la forma dinero y queda depositado en los bancos.
Ello se advierte con más claridad en las ramas que trabajan por temporada
(agricultura, producción de azúcar, vinos, vestimenta de estación, etc.).
Además, si las máquinas y equipos se amortizan en varios años, el valor de su
desgaste se convierte durante ese lapso en fondos de reposición que permanecen
bajo la forma de dinero hasta tanto dichas máquinas cesan su vida útil y deben
ser remplazadas.
b)
De los ahorros o disponibilidades
temporales de otros sectores de la sociedad. Siempre existen grandes masas de
ingresos que no se gastan totalmente en el momento en que se perciben y
permanecen por tiempos variable en las cajas de ahorros.
c)
Las compañías de seguros, de
ahorro, etc., deben dejar inactiva una parte de sus in-gresos para afrontar sus
prestaciones y cubrir riesgos o siniestros. Lo mismo las cajas de jubilaciones,
etc. etc.
Mediante el crédito bancario,
esas masas de dinero formalmente pasivas pasan a manos de los capitalistas y
funcionan así como capital activo, que busca plusvalía. Ello demuestra que todo
aquel que percibe intereses está participando indirectamente en la explotación
de la clase trabajadora; ese interés no es sino una cuota-parte en la
apro-piación de la plusvalía total generada por el trabajo asalariado. Pero al
adoptar la forma de interés, la plusvalía se torna irreconocible a simple
vista. Aquí el beneficio no surge ni siquiera del capital activo. Todo sucede
como si la simple tenencia de dinero, aun inactivo, fuera condición suficiente
para percibir constantemente más dinero, que bro-tara de sí mismo. Al cobrar
intereses, los prestamistas no creen en modo alguno apode-rarse de una parte
del trabajo gratuito arrancado a otros seres humanos, sino que están seguros de
disfrutar, con pleno derecho, de una cualidad natural del dinero.
La lucha por obtener dinero, que
en la sociedad capitalista permite disfrutar de ese milagro constantemente
renovado, ya que el dinero para dinero, lleva la alienación del hombre a sus
más altos niveles.
La renta de la tierra
En el capítulo anterior hemos visto que, en un
mercado de libre competencia, los capi-talistas tienden a obtener ganancias
iguales por capitales iguales. Y ello sucede, no porque los capitalistas tengan
conocimiento de la vigencia de la ley que rige la forma-ción de la ganancia
media, sino porque su constante búsqueda de la mayor ganancia posible hace que
transfieran continuamente sus capitales de una rama a otra. De este modo, los
capitales escapan de aquellas ramas donde el exceso de oferta no permite vender
los productos con una ganancia normal e ingresan en aquellas otras ramas don-de
una insuficiencia temporaria de oferta eleva los precios de venta y permite
obtener altos beneficios. Pero estos movimientos de capitales provocan la baja
de la oferta allí donde es alta y la suba de la oferta allí donde es baja. Como
resultado de este proceso, los precios de venta de las mercancías tienden a
coincidir con sus precios de produc-ción (costo más ganancia media) y la tasa
de ganancia tiende a ser igual en todas las diversas ramas.
Imaginemos que don Arturo está
inquieto porque han surgido muchos fabricantes de telas similares a la suya y
la gran competencia ha provocado una baja de precios.
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 50
Como consecuencia, su ganancia ha
descendido hasta sólo un 10% sobre el capital invertido. Don Arturo estudia el
mercado y descubre que hay demanda de linternas y que los fabricantes de ese
producto están realizando ganancias superiores al 20 %.
Don Arturo vende su fábrica textil y, con el dinero
resultante, piensa comprar las má-quinas, materias primas y elementos
necesarios para fabricar linternas, amén de em-plear los obreros que hagan
falta para ello. Pero en ese momento lo visita su pariente don Nemesio, experto
hombre de campo, quien le hace ver que en estos momentos es un buen negocio
dedicarse al cultivo de maíz, ya que, deduciendo los gastos de semi-llas,
aperos, productos químicos, etc. más los consabidos jornales, queda un margen
de ganancia superior al 40 % sobre el capital invertido.
Don Arturo se entusiasma; no hay
dificultad alguna para adquirir en el mercado todos los elementos necesarios
para montar una chacra maicera pero.. . ¿y la tierra? Toda la tierra ya está
repartida y tiene dueño. Sin don Arturo quiere dedicarse a la agricultura
deberá forzosamente comprar o arrendar la tierra.
Don Arturo decide arrendar un
campo. ¿Qué precio máximo estará dispuesto a pagar en carácter de
arrendamiento? Lógicamente, buscará pagar lo menos posible, pero en último
caso, el precio mayor que estaría dispuesto a aceptar sería una suma que,
deducida de sus utilidades brutas, le permita sin embargo obtener una utilidad
neta final no inferior a la que conseguiría fabricando linternas o cualquier
otro producto. Lo que don Arturo busca, como cualquier otro capitalista, es
obtener por lo menos la ga-nancia media normal.
Resulta que, si don Arturo
quisiera instalar una industria, sólo necesitaría disponer del capital
suficiente para adquirir los medios de producción necesarios que, en este caso,
son reproducibles a voluntad. Pero no es posible "fabricar" más tierra
que la que existe: Es un medio de producción escaso por naturaleza (monopolio
natural) y que, además, tiene dueño. Por lo tanto, de la plusvalía que logre
arrancar a sus obreros agrí-colas, don Arturo deberá ceder una parte al
terrateniente, en forma de renta del suelo. Resulta así que la renta de la
tierra es una resultante de determinadas relaciones de producción en las cuales
intervienen tres clases: los capitalistas, los obreros y los terra-tenientes.
Pero cabe aquí una reflexión
fundamental. Si don Arturo, como capitalista indus-trial, no debe repartir la
plusvalía con ningún terrateniente, ¿por qué iría a instalarse en el campo,
donde debería soportar un socio obligado? Para que eso le convenga, es ob-vio
que los capitales invertidos en actividades agropecuarias deben proporcionar no
menos utilidades que los invertidos en la industria, pese al pago de la renta.
De lo con-trario, ningún capitalista estaría dispuesto a arrendar tierras. Pero
aún no sabemos por qué es así.
En el capítulo anterior hemos
visto que, en virtud de la ley de ganancia media, las empresas con menor
composición orgánica ceden plusvalía a las que emplean una ma-yor proporción de
capital constante.
Supongamos que, en la industria
en su conjunto, la composición del capital sea 80% constante y 20 % variable, y
que la plusvalía ascienda al 100%.
Sabemos también que la producción
agropecuaria, por sus características, requiere una menor proporción de capital
constante (edificios, máquinas, materias primas, etc.) que la industria. Por
eso, la composición orgánica del capital invertido en el campo
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 51
será
menor; por ejemplo, 60% constante y 40% variable. ¿Cuál sería el valor de un
producto industrial obtenido con 100 unidades de capital y cuál el de un
producto del agro si la tasa de plusvalía vigente fuera del 100%?[∗]
|
. |
Capital
= 100 |
+ |
plusvalía
(100%) |
= |
valor total |
|
Industria
…………………. |
80c +
20v |
+ |
20p |
= |
120 |
|
Agricultura……………..… |
70c +
30v |
+ |
30p |
= |
130 |
La tasa de ganancia será, en este
caso, del 20% en la industria y del 30% en la agricultura. Esto incitaría a que
los empresarios trasladaran sus capitales al agro. Pero, tal como le ocurrió a
nuestro don Arturo, se encuentran con que toda la tierra disponi-ble tiene
dueño y que, para utilizarla, están obligados a pagar renta. En nuestro
ejem-plo, por un campo en el cual la producción alcance un valor igual a 130,
sería conve-niente pagar una renta de hasta 10 unidades, o sea, la diferencia
entre la tasa de ganan-cia que se obtiene en el agro y la tasa media que rige
en la industria. Tal diferencia es un subproducto del monopolio de la tierra,
que impide que el sector agropecuario par-ticipe en la formación de la ganancia
media. Tal tipo de renta es la que se denomina “renta absoluta”.
No todas las tierras son iguales.
Las más fértiles permiten obtener mayor cantidad de productos con una misma
inversión de capital. En otras tierras, por estar más cerca de los mercados de
consumo, el capital rinde mayor ganancia debido al ahorro de gas-tos de
transporte.
Veamos
qué es lo que sucede cuando una tierra es más fértil que lo normal:
|
Capital |
Plusvalía |
Plusvalía |
Precio |
Ganancia |
Renta |
Renta |
|
|
o |
normal |
extraordi- |
del |
media |
abso- |
diferen- |
|
|
costo |
(100%) |
naria |
producto |
(20%) |
luta |
cial . |
|
|
TIERRA A normal 70c +
30v |
30 |
— |
130 |
20 |
10 |
— |
|
|
TIERRA B superior 70c + 30v |
30 |
10 |
140 |
20 |
10 |
10 |
|
_________________________________________________________________________________
En este ejemplo, la tierra A
permite una ganancia del 30%. Como la ganancia me-dia social es de un 20%, da
lugar a una renta absoluta de 10.
La tierra B, por ser más fértil,
ha rendido una cantidad mayor de productos, por ejemplo, más quintales de
trigo. ¿Cuál será, en tal caso, el valor del quintal de trigo? ¿El que resulte
del tiempo de trabajo necesario en las tierras mejores, en las peores o en las
de calidad media?
Si recordamos lo dicho respecto a
los productos de la industria, el valor de una misma calidad de tela fabricada
en diversas condiciones de eficiencia, estaría dado por el tiempo de trabajo
necesario en condiciones medias (normales) de eficiencia. ¿Por qué? Porque si
el precio del mercado fuera lo suficientemente elevado como para que hasta las
empresas más deficientes obtuvieran la ganancia media, las demás empresas
![]()
∗
Para
simplificar el análisis procedemos como si el capital fijo transfiriera la
totalidad de su valor y la rotación del capital fuera la misma en todas las
ramas.
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 52
del ramo tendrían una utilidad
superior a la normal. Atraídos por los altos beneficios, irían afluyendo a esas
industrias más y más capitales, con lo cual aumentaría la pro-ducción y la
oferta, con la consiguiente baja de los precios y de la tasa de ganancia. Si,
por el contrario, sólo las empresas muy eficientes obtendrían una ganancia
normal, las otras se irían retirando de esa actividad y la menor oferta
provocaría una suba de los precios y de la cuota de ganancia. De este modo, el
valor de la tela giraría alrededor del tiempo necesario en condiciones
normales.
En cambio, si la demanda de trigo
fuera suficiente como para que un precio alto permitiera que la producción de
la peor tierra rindiera una ganancia normal, en las tie-rras mejores se
obtendrían ganancias extraordinarias. Pero, a diferencia de lo que suce-de en
la industria, el monopolio de la tierra pondrían obstáculos a los capitales que
desearan volcarse hacia la producción de trigo. Por tal motivo, no se
produciría una tendencia a la baja de precios, sino que los terratenientes
estarían en condiciones de exigir una mayor renta por las tierras mejores,
hasta apropiarse de la ganancia extraor-dinaria que se obtiene en ellas. Esa
ganancia extraordinaria que se trasforma en mayor renta es lo que se denomina "renta diferencial" y que,
como vemos en el cuadro, no es otra cosa que la apropiación, por parte del
terrateniente, de la plusvalía extraordinaria.
En resumen, tanto la renta
absoluta como la diferencial son porciones de plusvalía, es decir, de trabajo
no retribuido del obrero rural, que no ingresan al bolsillo del em-presario
capitalista, sino que se trasfieren al terrateniente. Cuando el capitalista
agrario es a la vez el dueño de la tierra, entonces sí puede apropiarse de la
totalidad de la plus-valía, tanto de la que toma la forma de ganancia media
como de la que da lugar a los diversos tipos de renta.
Los economistas vulgares, con su
conocida fórmula trinitaria (trabajo-salario;
capital-interés y tierra-renta) sostienen que la fuente de
la renta es la tierra. Pero nadie conoce
campos donde brote espontáneamente el trigo o donde el ganado se críe sin
intervención del hombre. No es la tierra, sino el trabajo humano, la fuente del
valor de los productos agropecuarios y, por lo tanto, de la parte de ese valor
que ingresa como ganancia del capitalista o como renta de los terratenientes.
Si sólo el trabajo humano crea
valor, cómo se explica la existencia del llamado "valor de la tierra"
que es en sí un bien natural y no un fruto del trabajo del hombre? Y si la
tierra careciera de valor, por qué tiene precio?
Recordemos a don Arturo, que andaba en busca de un
campo para instalarse. Le ofre-cen una fracción en alquiler ó venta, cuya renta
(arrendamiento) es de 100.000 $ anua-les. Don Arturo analiza: —¿Conviene
comprar o arrendar?-. Y razona así: —Tengo en la Caja de Ahorros un dinero por
el cual me pagan un interés del 10 % anual. Me con-vendría adquirir ese campo,
siempre y cuando su precio no supere un máximo de un millón de pesos; hasta esa
suma, el ahorro en arrendamiento no sería inferior al interés que obtengo por
el mismo capital-. Dicho de otra manera, para don Arturo esa tierra
"vale" hasta $ 1.000.000.
Vemos así que el llamado
"valor de la tierra" no es tal. Su precio no es otra cosa que una
suma tal, que puesta a préstamo, devengaría un interés no menor a la renta que
esa tierra proporciona.
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 53
En tiempos de inflación es
corriente escuchar frases tales como "el único valor firme es la
tierra". Es que cuando, a causa de la inflación, sube el precio nominal de
los productos, crece al unísono la expresión monetaria de la renta. Como consecuencia,
sube el precio de la tierra.
El
supuesto "valor" de la tierra es otro de los espejismos de la
apariencia.
* * *
|
Marcelo Isacovich, Introducción a la economía política |
54 |
LA REPRODUCCION DEL CAPITAL SOCIAL
LA RENTA NACIONAL
Ya sabemos que el valor de un
producto cualquiera, está formado por el valor del capital constante, que existía antes de comenzar el proceso
productivo bajo la forma de maquinarias, materias primas, etc., y el nuevo valor creado por la fuerza humana
de trabajo puesta en acción. En el capitalismo, ese nuevo valor creado se
divide a su vez en salarios y plusvalía. Así por ejemplo, el esquema de valor
de una mercancía produ-cida en una
jornada de trabajo sería el siguiente:
Jornada
de trabajo (valor agregado)
a) Capital
constante cuyo valor se transfiere…..............., 60
b) Jornada
de trabajo (valor agregado)
a) Valor
retribuido ………………...40
b) No retribuido (Plusvalía)….....
40
TOTAL DEL
VALOR DE LA MERCANCÍA………….140
Valor anterior 60 + nuevo valor creado 80 = valor total del
producto 140.
Consideremos ahora el valor total
del conjunto de las mercancías creadas por la sociedad capitalista. El trabajo
social de millones de seres, a la vez que trasfiere al va-lor total de la
producción el de los medios de producción consumidos, crea un nuevo valor del
cuál sólo una parte es devuelto a la clase trabajadora. Con el resto se quedan
para sí los capitalistas.
El valor global de las mercancías
creadas por el trabajo social durante el lapso de un año, recibe el nombre de Producto Social Global, cuya fórmula es:
Producto social global = Valor transferido por el capital constante preexistente +
sala-rios + plusvalía
Una parte del producto está formada por el valor
del capital constante preexistente consumido. La parte restante o sea el nuevo valor creado es lo que
denominamos renta nacional, cuya
fórmula es:
Renta nacional =
capital variable + plusvalía
Sabemos ya que el capital
variable constituye a la vez el ingreso de la clase traba-jadora. La plusvalía
es la fuente de los ingresos de las clases explotadoras, repartida como:
a) ganancias
de los industriales y comerciantes,
b) intereses
y
c) renta de
la tierra.
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 55
Un
esquema de lo expuesto sería el siguiente:
![]()
Desde el punto de vista de la
producción de bienes para satisfacer
las necesidades humanas, formarían parte del producto social global (y, por
ende, de la renta nacional) todos los productos del trabajo, aún los que no se
destinan al mercado, como pueden ser: alimentos elaborados por las amas de
casa, productos agropecuarios consumidos "in situ", prendas de vestir
y artículos para el hogar destinados a uso propio. En cam-bio, desde el punto
de vista capitalista, sólo se
contabilizan, los valores o sea las mer-cancías. Para comodidad de la
exposición, y dado que estudiamos aquí las leyes eco-nómicas del capitalismo,
procederemos como si toda la producción se convirtiera en valores.
Hemos dicho que la renta nacional
es el nuevo valor creado (salarios más plusva-lía) o sea trabajo vivo, y que el producto social global es igual a renta
nacional más valor anterior transferido (trabajo pretérito). Que en el sistema
capitalista el trabajo pretérito cristalizado sea propiedad de una clase
determinada, que una parte del valor creado se distribuya como salarios y que p (plusvalía) se convierta en
ingresos de in-dustriales, comerciantes, terratenientes, banqueros, etc., sólo
indica cómo se distribuye el valor creado (y los bienes en los cuales se
encarna), pero tal cosa nada tiene que ver con la fuente de dicho valor que, como sabemos, es el trabajo. Esto
demuestra la in-consistencia de la economía burguesa, según la cual el valor
tiene su origen en la suma de la ganancia, la renta de la tierra y los
salarios. Consciente o inconscientemente, con-funden el reparto del valor con
su creación.
Es la propiedad privada de los
medios de producción lo que determina que la ma-yor parte de ese valor no
revierta en beneficios para los trabajadores que crean las mer-
|
Marcelo Isacovich, Introducción a la economía política |
56 |
cancías, y que se apoderen gratuitamente de ella
las clases parasitarias y explotadoras.
Es esta
injusticia lo que ocultan los economistas al servicio de la burguesía.
En cualquier tipo de sociedad,
una parte de la renta nacional no puede ser distri-buída como ingresos, pues es
necesario realizar obras públicas (caminos, puertos, etc.) y prestar servicios
sociales (educación, sanidad, etc.). Ello impone una redistribución forzosa de
la renta a favor del Estado, que se realiza fundamentalmente a través de los
impuestos. Pero en la sociedad clasista, el Estado es a la vez un aparato
represivo des-tinado a servir los intereses de las clases poseedoras y a
asegurar su dominación. Por medio de los impuestos al consumo, se hace recaer
el peso fundamental de los gastos del Estado sobre las espaldas de la clase
trabajadora. Otra parte del presupuesto estatal capitalista se cubre con la
inflación, que es un impuesto encubierto, ya que reduce in-cesantemente el
poder adquisitivo de los salarios.
Cuando la economía burguesa toma
como índice de la riqueza de una nación la cifra del ingreso medio per capita, está ocultando que, por obra de las
relaciones de producción y distribución vigentes, un aumento de “la riqueza
nacional” puede muy bien coincidir con una agravación de la “miseria popular”.
El producto del trabajo social
puede destinarse al consumo o a la acumulación. Pero el trabajo humano sólo
puede acumularse cuando se cristaliza en bienes durables, cuya utilidad se
prolonga en el tiempo. El capital, que es trabajo acumulado, debe obli-gatoriamente
tomar la forma de valor perdurable; por lo tanto, cuanta mayor duración tiene
una mercancía, más se presta para funcionar como capital.
Los ingresos que se destinan a
elevar el capital, constituyen el llamado “fondo de inversión o de
acumulación”. El resto forma el llamado “fondo de consumo”.
La clase trabajadora se ve
obligada a consumir de inmediato la casi totalidad de su salario. Sólo las
clases dominantes están en condiciones de acumular.
Dicha acumulación puede tomar la
forma de ahorro o inversión. Es ahorro cuando su titular no lo emplea en un
proceso industrial o comercial. Pero la mayor parte del ahorro se deposita en
los çBancos e instituciones financieras y, a través de los présta-mos es cedido
a las empresas capitalistas; de esta manera, la burguesía utiliza para sí hasta
los ahorros de la clase trabajadora.
La reproducción del capital social
La humanidad, como condición de
existencia, necesita reproducir constantemente lo que consume. Debe reponer
tanto los medios de producción corno los medios de vida
En la sociedad capitalista, este
proceso toma la forma de "reproducción del capi-tal". Debe
remplazarse tanto el capital constante (materias primas, maquinarias,
ele-mentos de trasporte) como el capital variable, o sea el que adquiere, bajo
la forma de salarios, los productos de consumo para la subsistencia de la clase
trabajadora.
Un parte de las mercancías, por su forma material,
sólo es apta para el consumo pro-ductivo: son los medios de producción. Otra
parte, como los medios de subsistencia,
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 57
sólo es apta para el consumo final. El conjunto de las mercancías, o sea
el producto social global, puede clasificarse por su forma material en
— medios
de producción
— bienes
de consumo
En
consecuencia, podemos dividir la producción en dos grandes sectores:
sector I,
que produce medios de producción
sector
II, que produce bienes de consumo.
El capital social es la suma de capitales
individuales que se emplean en las más diver-sas actividades. Por lo tanto, la
reproducción del capital social debe poder realizarse a través del continuo y
vertiginoso fluir de las mercancías.
Reproducción simple
Se llama así cuando el monto del
capital social se mantiene invariable, lo que equivale a decir que todo el
nuevo valor creado es destinado al consumo. Si la renta nacional se consume
totalmente, es obvio que no podrá haber acumulación a nivel so-cial. ¿Qué
condiciones son necesarias para que tal reproducción simple pueda realizar-se?
Supongamos que el valor del
conjunto del capital social ascienda a 7.500 unidades, dividido en la siguiente
forma:
|
Sector 1: |
|
4000 constante |
+ |
1.000 |
variable
= |
5.000 |
|
||||
|
Sector 11: |
|
2.000 constante |
+ |
500 |
variable = |
2.500 |
|
||||
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
6.000 |
|
+ |
1.500 |
= |
7.500 |
|||||
Procedamos nuevamente como si todo el capital
constante transfiriera íntegramente su valor y todos los capitales rotaran al
unísono.
Si la cuota de plusvalía vigente fuera del 100%, el
valor del producto social global (PSG) sería:
|
Sector
I: |
4.000c |
+ |
1.000v |
+ |
1.000p
= 6.000 |
|
|
Sector
II: |
2.000c |
+ |
500v |
+ |
500p
= 3.000 |
|
|
|
6.000c + 1.500v
+ 1.500p =
9.000 |
|||||
|
|
Capital
social |
|
P.S.G. |
|||
Para que la reproducción se lleve
a cabo, todo el producto social global debe reali-zarse. Tanto los capitalistas
del sector I como los del sector II deben:
1)
actuando ambos como vendedores, encontrar colocación para sus mercancías
2 ) actuando ambos como
compradores, hallar en el mercado las máquinas, mate-rias primas, etc., que
necesitan para reponer su capital constante y los bienes de con-sumo que desean
adquirir con el producto de la plusvalía.
A la vez, la clase trabajadora de
ambos sectores debe encontrar en oferta una masa de medios de vida cuyo valor
sea igual al conjunto del capital variable, o sea, igual a los salarios
percibidos.
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 58
En primer
lugar, es evidente que el capital constante del sector I, sea cual fuere su
monto, se repone siempre con productos de su mismo sector, dado que tanto el
capital constante como el producto final de dicho sector son, por su forma
material, medios de producción.
Lo mismo sucede con el capital
variable y la plusvalía del sector II, con cuyo valor se adquieren medios de
consumo producidos dentro del mismo sector.
Por el contrario, cualquiera que
sea el valor del capital variable y la plusvalía del sector I, ambos se han
materializado en forma de medios de producción y deben cam-biarse por bienes de
consumo, Cualquiera que sea el valor del capital constante del sector II, se ha
materializado en forma de bienes de consumo y debe cambiarse por medios de
producción.
En resumen, si dejamos a un lado Ic, IIv y llp, que se cambian en sus
mismos sec-tores, el intercambio intersectorial queda reducido a I(v+ p) que debe cambiarse por IIc. Por lo tanto, para que el producto
social global pueda realizarse en su totalidad, permitiendo así la reproducción simple del capital social, sin
disminución ni aumento del mismo, es condición
indispensable que el valor del capital variable más la plusva-lía del sector I
sea igual al valor del capital constante del sector II. O sea:
I (v + p) = II c
En nuestro ejemplo numérico, Ic = 4.000; y II(v + p) = 500 + 500 = 1.000 se cam-bian en su mismo sector.
Quedan por venderse:
bienes de
producción en el sector I por 2.000, valor de 1(v+pl)
bienes de
consumo en el sector II por 2.000, valor de llc.
Los sectores I y II intercambian bienes por igual valor y la
reproducción simple queda concluida. Pero en nuestro ejemplo numérico,
comprobamos a la vez que:
—los medios de producción elaborados por I = 6.000, equivalen al capital
constante de ambos sectores: Ic 4.000 +
IIc 2.000 = 6.000 y por lo tanto lo reponen
—los bienes de consumo producidos por el sector II = 3.000 equivalen al
capital varia-ble más la plusvalía de ambos sectores:
I(v + p)
2.000 + II(v .+ p) 1.000 = 3.000.
Por lo tanto satisfacen la demanda global de los capitalistas y obreros
de ambos secto-res.
Reproducción ampliada
¿Qué pasaría si no se diera la condición necesaria para la reproducción
simple, o sea que I(v+p) fuese mayor
o menor que llc?
Si fuera
menor, por ejemplo, I(v+p) =
2.000; Ilc = 2.500.
En este caso, una parte del capital constante del sector II no se podría
reponer y, al año siguiente, la producción descendería inevitablemente.
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 59
Queda por
analizar qué sucedería si fuera mayor, por ejemplo:
I(v + p) = 2.000, y IIc = 1.500.
Recurramos
para ello al siguiente modelo:
I)
4.000c + 1.000v + 1.000p = 6.000
II) 1.500c + 750v + 750p = 3.000 III) 5.500c + 1.750 v + 1.750p = 9.000
Capital social P.S.G.
Aquí; I( v+ p ) = 2.000 es mayor que IIc
= 1.500. A la vez, el valor global de los bienes de producción (sector I =
6.000) es superior al total del capital constante de la sociedad (Ic + IIc = 5.500). En cambio, el valor
global de los bienes de consumo (sec-tor II = 3.000) es menor que el conjunto
de los salarios y la plusvalía [ I( v
+ p ) + II(v
+ p) = 3.500 ]. Por lo tanto, una parte de la plusvalía no podrá ser
cambiada por bienes de consumo, sino que, forzosamente, deberá ser utilizada
para la adquisición de medios de producción.
Veamos
cómo funciona la reproducción en nuestro modelo:
Ic = 4.000 se repone dentro de su
mismo sector.
Iv = 1.000 más una parte de Ip = 500 se cambian para reponer IIc = 1.500 IIv = 750 se repone dentro de su mismo sector.
Quedan aún por realizar el resto
de Ip = 500, que por su forma
material son medios de producción, y IIp
= 750 que por su forma material son bienes de consumo.
Si el total de la plusvalía
sobrante es de 1.250, no puede entonces cambiarse ínte-gramente por artículos
de consumo, ya que de ellos sólo hay disponibles 750. Por lo tanto, es
inevitable que una parte de dicha plusvalía, en nuestro caso 500, se cambie por
medios de producción y se incorpore al capital social, desarrollando así las
fuerzas productivas. Resta saber, con respecto a los 500 sobrantes del sector
I, qué proporción de esos medios de producción es apta para ser utilizada en su
mismo sector (por ejem-plo acero o máquinas para hacer máquinas) y qué parte
sólo puede ser utilizada en el sector II (por ejemplo, telares u hornos para
panaderías).
Supongamos que, en nuestro
modelo, sólo 100 son aptos para incrementar el capi-tal constante del sector
II. El resto, o sea 400, sólo es apto para incorporarse al capital constante
del sector I. En tal supuesto, los capitalistas del sector I podrán comprar
bie-nes de consumo por 100; a su pez, los capitalistas del sector II se verán
obligados a destinar el sobrante de su plusvalía, o sea 650, a la compra de
bienes de consumo de su mismo sector. De este modo, la reproducción queda
finalizada. El nuevo ciclo comen-zará con un aparato productivo expandido como
consecuencia del crecimiento del ca-pital constante. Ello arrojará mayor
plusvalía relativa. La cuota de plusvalía, que en nuestro ejemplo era de 100%,
se elevará.
Veamos finalmente cómo queda
transformado el modelo original en virtud de la reproducción ampliada,
admitiendo que la nueva cuota de plusvalía sea del 110% :
|
Marcelo Isacovich, Introducción a la economía política |
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I) 4.400c + 1.000v + 1.100p = 6.500
II) 1.600c + 750v + 825p = 3.175 6.000c + 1.750v + 1.925p = 9.675
Capital social P.S.G.
Las crisis
Los cuadros de la reproducción
simple y ampliada muestran que en el capitalismo, la realización del producto
social global es posible. Que puede
compensarse el bajo poder adquisitivo de la clase trabajadora invirtiendo la
plusvalía sobrante en la compra de medios de producción. Durante cierto tiempo
el capitalismo puede sostener su acti-vidad a costa de un crecimiento sostenido
del sector I. Es como si la mayor plusvalía obtenida en las acerías, se
destinara a la construcción de más altos hornos para obtener más y más acero…
Esto no es sorprendente; la parte
de la renta nacional que no se consume, puede
destinarse a la acumulación de capital.
Hemos dicho que la reproducción
capitalista es posible, pero, ¿se
realiza efectiva-mente sin tropiezos? La práctica histórica ha demostrado que,
pese a la anarquía de la producción, lo
normal en el capitalismo es que la reproducción ampliada se cumpla. Pero no
es un proceso idílico ni ininterrumpido. Por causas que veremos más adelante,
el desarrollo capitalista es desigual en los diversos países y son muy
diferentes las condiciones en que se realiza. Por otra parte, la historia ha
demostrado también que lo normal en la producción capitalista son sus
constantes oscilaciones. Tras algunos años de crecimiento, sobrevienen siempre
períodos de caída.
La reproducción capitalista se
realiza en forma cíclica, ya que las crisis de super-producción se presentan de
tiempo en tiempo como enfermedad crónica del sistema. Los períodos comprendidos
desde el comienzo de una crisis hasta el comienzo de la siguiente reciben el
nombre de ciclos, y constan de cuatro
fases consecutivas: crisis, depresión, reanimación y auge.
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Marcelo Isacovich, Introducción a la economía política |
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¿Cuál es la causa fundamental de las crisis?
En el capítulo II, Juan cortaba leña y él mismo la
llevaba al mercado cercano. Pero esa pequeña producción individual, local, fue
casi totalmente barrida por el capitalismo. El taller artesanal fue desplazado
por la manufactura y ésta por la gran industria. Los pe-queños mercados
dispersos se fueron unificando en un gran mercado único, nacional, que se
integró a su vez al mercado mundial. La producción individual se trasformó en
producción enteramente social, concatenada enteramente con multitud de otras activi-dades,
dentro de una división global del trabajo.
Pero la propiedad de las fábricas
y demás empresas continuó siendo privada. La pequeña propiedad del artesano o
campesino no se trasformó, a su vez, en propiedad social, sino en gran
propiedad capitalista detentada por una minoría. Es así como la creciente
producción social de grandes masas de mercancías no tiene por finalidad
satisfacer las necesidades de la población, sino acrecentar las ganancias
capitalistas.
"Surge una contradicción antagónica entre la índole de la
producción y la forma de la apropiación de sus resultados, que refleja la
discordancia de las relaciones capitalistas de producción con el carácter
social de las fuerzas productivas.
Al
concentrar en fábricas millones de obreros y socializar el proceso del trabajo,
el capitalis-mo da a la producción un carácter social, pero del resultado del
trabajo se apropian los capi-talistas. Esta contradicción fundamental del
capitalismo —la contradicción entre el carácter social de la producción y la
forma capitalista privada de la apropiación— se manifiesta en la anarquía de la
producción y en el retraso entre la demanda solvente de la sociedad y la
am-pliación de la producción y conduce a destructoras crisis económicas”∗.
¿Cómo vuelven a concordar la
oferta y la demanda cuando se alejan demasiado una de otra? ¿Cómo se corrige la
hipertrofia de una rama determinada? ¿Cómo se abre paso la ley del valor a
través de la maraña del mercado capitalista? Ello sucede más tarde o más
temprano en forma involuntaria y violenta: estallan las crisis periódicas de
superproducción. Esta superproducción es siempre "relativa", dado que
existen a la vez millones de hombres deseosos de adquirir las mercaderías
"invendibles", pero no cuen-tan con medios para hacerlo. Es la
propiedad privada capitalista lo que impide que esa disponibilidad inútil de
bienes se trasforme en un mayor bienestar para el pueblo. Las crisis ponen al
desnudo las lacras internas del sistema.
Marx dijo: “La razón última de toda crisis es siempre
la pobreza y la capacidad restringida de consumo de las masas, con las que
contrasta la tendencia de la producción capitalista a desarrollar las fuerzas
productivas como si no tuvieran más límite que la capacidad absoluta
de
consumo de la sociedad∗∗. Pero en
la sociedad capitalista el consumo de la mayoría o sea de las clases
trabajadoras, está limitado férreamente por la insuficiencia de los sala-rios.
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∗ Spiridinova y otros. Curso superior de economía
política, Ed. Cit, pág. 29 ∗∗ C. Marx y
F. Engels, Obras escogidas /edición especial), Moscú, 1952
Marcelo
Isacovich, Introducción
a la economía política 62
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