Libro N° 7047. De Las Celulas A Las Civilizaciones. Coen, Enrico.
© Libro N° 7047.
De Las Celulas A Las Civilizaciones. Coen, Enrico. Emancipación. Febrero 29 de 2020.
Título
original: © De
Las Celulas A Las Civilizaciones. Enrico Coen
Versión Original: © De Las Celulas A Las Civilizaciones.
Enrico Coen
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
http://www.librosmaravillosos.com/de_las_celulas_a_las_civilizaciones/index.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión
cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a
Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente
educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de Imagen original:
http://www.librosmaravillosos.com/de_las_celulas_a_las_civilizaciones/imagenes/portada.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
DE LAS CELULAS A LAS CIVILIZACIONES
Enrico Coen
CONTENIDO
Introducción
1. Bucles y lotería
2. De los genes a los ecosistemas
3. Conversaciones de un embrión
4. Completemos el cuadro
5. Hacer historia
6. Respuestas humildes
7. La sibila neural
8. Aprendizaje mediante acciones
9. Visión por comparación
10. Encuadremos las recetas
11. El crisol de la cultura
12. El gran ciclo
Agradecimientos
Bibliografía
Créditos de las ilustraciones
Láminas
De las celulas a las
civilizaciones
Enrico Coen
Introducción:
Una receta para los cambios
Contenido:
§. Historia y forma
§. Receta creativa para la vida
La vida tiene un poder transformante muy notable: a
lo largo de miles de millones de años de evolución, las formas elementales se
han transformado en las criaturas complejas de hoy en día. Durante nueve meses,
un cigoto indefinido se convierte en un ser humano. Durante unos pocos años, un
bebé de movimientos imprecisos se convierte en un adulto que camina, habla y
razona. Y durante diez mil años, las sociedades humanas han pasado de las
pequeñas comunidades tribales a las ciudades y civilizaciones complejas de hoy
en día.
Resulta tentador pensar que tras esta propiedad transformadora de la vida
existe un solo mecanismo, pero cuando la estudiamos vemos en funcionamiento
cuatro mecanismos muy diferentes. Se cree que todas las criaturas de nuestro
planeta tuvieron su origen en la competencia entre individuos por la
supervivencia y la reproducción durante muchas generaciones, mediante la
selección darwiniana. En el desarrollo de un cigoto interviene un mecanismo
realmente diferente ya que, una vez fecundado, pasa por varios ciclos de
división en los que se van formando patrones en el embrión mediante señales
celulares y las diferentes maneras de responderlos. El desarrollo tiene que ver
más con la formación de patrones dentro de un embrión en crecimiento que con la
competencia por el éxito reproductor. El aprendizaje depende de otro mecanismo:
a medida que un animal interacciona con su entorno, las conexiones neuronales
se modifican en el cerebro. Algunas conexiones se pierden o se debilitan,
mientras que otras se forman o se refuerzan, lo que permite la captura de
nuevas relaciones con el entorno, de manera que el aprendizaje no es más que la
modificación de las interacciones y conexiones neurales. Finalmente llegamos al
cambio cultural: los humanos interaccionan dentro de los grupos sociales, lo
que conduce a avances relacionados con herramientas, utensilios y conocimiento.
La cultura es un fenómeno social que depende de la forma en la que nos
comportamos y en la que interaccionamos con los demás.
No existe ningún punto en común obvio entre el funcionamiento de estos
diferentes procesos, pues todos parecen transcurrir por caminos completamente
diferentes: la evolución mediante diferencias en el éxito reproductor; el
desarrollo mediante la proliferación, el crecimiento y formación de patrones
celulares; el aprendizaje mediante cambios en las conexiones neuronales; y el
cambio cultural a través de las interacciones humanas.
Parece extraño que en la naturaleza hayan adquirido importancia cuatro
mecanismos de transformación totalmente diferentes. Así como los físicos se
afanan por elaborar una «teoría de todo» que reúna sus teorías fundamentales,
se espera que los biólogos busquen una teoría unificada para las
transformaciones que afectan a los seres vivos, una teoría que englobe
evolución, desarrollo, aprendizaje y cambio cultural. En el pasado ya se había
intentado dicha unificación: Ernest Haeckel, un seguidor entusiasta de Darwin
en el siglo XIX, propuso una relación directa entre la evolución y el
desarrollo. Pensaba que a medida que se desarrolla un embrión, se recrea su
historia evolutiva. Así pues, los embriones humanos pasarían por una etapa
pisciforme, otra reptiliana, y así sucesivamente, a medida que crecen en el
vientre. Sin embargo, más tarde se demostró que esta idea estaba desencaminada[1]. Más
recientemente, Gerald Edelman ha intentado integrar la evolución y el
aprendizaje en su teoría del «darwinismo neural»[2]. En la
década de los ochenta del siglo XX, Edelman propuso que las estructuras
neuronales del cerebro se seleccionan durante el aprendizaje, en claro
paralelismo con la selección natural, aunque recibió críticas demoledoras.
Parece que la explicación unificada de diferentes transformaciones que afectan
a los seres vivos está plagada de dificultades.
Quizá la naturaleza tenga realmente cuatro maneras completamente diferentes de
transformarse a sí misma, sin que debamos preocuparnos más, pero creo que se
trata de una perspectiva errónea. En este libro quiero mostrar que los últimos
avances de nuestro conocimiento científico nos han dado acceso a una imagen
unificada de cómo los sistemas vivientes se transforman a sí mismos, desde el
origen de las bacterias hasta la creación de una obra maestra artística. Por
primera vez comenzamos a ver el conjunto común de ingredientes y mecanismos que
son responsables de las transformaciones que afectan a los seres vivos.
¿Por qué debe importarnos el hallazgo de los ingredientes comunes? Después de
todo, los estudios sobre la evolución, el desarrollo, el aprendizaje y la
cultura hasta la fecha parecen haber progresado muy alegremente sin preocuparse
por las similitudes que comparten. ¿Qué ganamos con verlos de forma colectiva?
Supongamos que comparamos el modo en que el hielo se funde con la manera en que
el agua hierve. Ambos procesos difieren en muchos aspectos: el primero se
refiere a un sólido que se vuelve líquido en torno a los 0 °C, mientras que el
segundo afecta a un líquido que se convierte en gas a 100 °C. Se puede ver que
ambas transiciones tienen muchas características en común, puesto que en ambas
interviene un cambio de la fuerza y de la energía de las interacciones entre
las moléculas de agua. Se trata de manifestaciones diferentes del mismo proceso
subyacente. Esta perspectiva unificadora nos ayuda a comprender mejor lo que
está ocurriendo que si nos limitáramos a estudiar simplemente cada transición
por separado. Del mismo modo, el contemplar los elementos comunes que subyacen
en las diferentes transformaciones de lo viviente nos ayuda a conocer la
esencia de cada proceso, a la vez que nos amplía la visión de conjunto de los
sucesos.
Esta estrategia quizá sea razonable para la evolución, para el desarrollo y
para el aprendizaje al ser todos ellos objeto de continuas investigaciones
científicas, pero no parece probable que deba extenderse al cambio cultural.
Tendemos a pensar que la creatividad y la cultura humanas nos resultan tan
complicadas y especiales que la ciencia tiene poco que decir sobre ellas. Pero
cuando nos ponemos a ver las transformaciones de lo viviente en conjunto,
comprobamos que la ciencia desempeña dos funciones. Por una parte, la ciencia
proporciona una fuente de conocimiento sobre el mundo y nuestro lugar en él, y
así enmarca nuestra cultura. Por otra parte, la ciencia es un producto de la
cultura, el resultado de la colaboración entre los humanos durante muchos años
para dar sentido al mundo que nos rodea. Solo cuando estudiemos a la vez todos los
tipos de transformaciones de lo viviente seremos capaces de obtener una
perspectiva clara de este doble aspecto de nuestro punto de vista, de cómo la
ciencia enmarca a nuestra cultura y es enmarcada por ella. Entonces no solo
comprenderemos mejor cómo se produjo el cambio cultural, sino también cómo se
relaciona con nuestro pasado biológico.
¿Por qué ha costado tanto llegar a este punto de vista colectivo?
§. Historia y forma
A primera vista, la guerra y el ajedrez son muy
diferentes: en la guerra hay personas que luchan y se matan entre sí, mientras
que en el ajedrez hay dos personas sentadas pacíficamente frente a un tablero y
que empujan algunas piezas de madera por él. Aun así, a pesar de tan obvias
diferencias, las dos están muy relacionadas. Primero, están conectadas en la
historia: el origen del ajedrez se puede rastrear hasta el juego del shatranj jugado
en Persia entre los siglos V y VI, que a su vez podría proceder del juego
indio chaturanga[3]. Al igual
que el ajedrez moderno, el shatranj era un juego para dos
jugadores con 32 piezas en un tablero de 64 escaques (casillas). Cada jugador
tenía un ejército compuesto por dos elefantes, dos caballos, dos carros de
combate y ocho soldados a pie. Se basaban en las principales unidades de lucha
de la época y eran los predecesores de los alfiles, caballos, torres y peones
del ajedrez moderno. También había un rey y un ministro (equivalente a la reina
moderna). El objetivo era capturar o atrapar al rey del oponente. El juego
ilustraba cómo un ejército podría vencer y flanquear a otro a base de
estrategia y sagacidad. En su época, el shatranj era tan juego
de guerra como hoy en día lo son los de ordenador.
Hay otras maneras de relacionar el ajedrez con la guerra que no dependen del
conocimiento de sus conexiones históricas. Ambos se pueden considerar muy
competitivos, donde un adversario intenta derrotar a otro. Ambos son
territoriales, y cada adversario intenta ocupar o controlar regiones. En ambos
se intenta eliminar o capturar los elementos de la oposición. Y hay una fuerte
componente estratégica de cooperación lateral, con unidades que se apoyan unas
a otras cuando montan un ataque o mantienen una defensa. La guerra y el ajedrez
tienen formas parecidas además de estar conectados por la historia.
Estos dos modos de relacionar el ajedrez con la guerra (por la historia o por
la forma) están a su vez interrelacionados. Las similitudes de forma, como la
competición y la territorialidad, se deben a los orígenes del ajedrez como
juego que simula la guerra. Sin embargo, en el ajedrez no aparecen todas las
peculiaridades de la guerra: no aparecen elementos como la muerte física de
humanos, ni se varía el trazado del terreno ni las condiciones ambientales. El
ajedrez siempre se juega con la misma distribución de escaques y las
condiciones iniciales están perfectamente controladas, sin que participe en el
juego nada que tenga que ver con el tiempo ni con la visibilidad. El ajedrez no
es simplemente una simulación de la guerra, sino que es una abstracción de ella
que captura un conjunto determinado de elementos. Estas características
esenciales son las que proporcionan las similitudes de forma. Las diferentes
transformaciones de lo viviente también pueden estar relacionadas a través de
la historia o de la forma. Se cree que la vida en la Tierra surgió hace unos
3.800 millones de años, y que hace unos 3.500 millones de años nuestro planeta
estaba poblado por una colección heterogénea de organismos unicelulares[4]. En este
punto de la evolución no había organismos pluricelulares complejos, que
evolucionaron más tarde, durante los últimos mil millones de años más o menos,
mediante el desarrollo a partir de huevos fecundados. El desarrollo (la
transformación de los cigotos en organismos pluricelulares) apareció mucho
después de que comenzara la evolución, del mismo modo que el ajedrez surge
muchos años después de que se comenzasen a librar batallas.
De igual forma, el aprendizaje surgió después del desarrollo. Los primeros
organismos pluricelulares que se desarrollaron en nuestro planeta apenas eran
capaces de aprender: no tenían cerebros que pudieran capturar relaciones nuevas
en su entorno. Los sistemas nerviosos complejos comenzaron a evolucionar más
tarde gracias a la aparición de cambios en la manera de desarrollarse de los
embriones. Parte del desarrollo de algunos organismos se dedicó a la formación
de cerebros con vías nerviosas de conexión, con lo que los seres vivos
adquirieron la capacidad de aprender de su entorno, una capacidad que en la
actualidad comparten muchos de nuestros primos, desde las babosas y los perros
hasta los chimpancés. El aprendizaje vino después del desarrollo, al igual que
el desarrollo vino después de la evolución.
El último tipo de transformación de lo viviente que surgió fue el cambio
cultural. A medida que los humanos se diseminaban por la Tierra en grupos
sociales, aprendiendo a domesticar y explotar a otras especies para su propio
beneficio, generaban un excedente de comida que, junto con la capacidad humana
para aprender e innovar, permitió que las sociedades mantuvieran y
desarrollaran un abanico de especializaciones humanas, como por ejemplo
constructores, soldados, artistas, instructores y administradores, lo que
condujo a la formación de sistemas culturales elaborados. Las civilizaciones
comenzaron a surgir tan solo en los últimos diez mil años, mucho después de que
apareciera la capacidad para aprender. Por lo tanto, el cambio cultural es
mucho más reciente que los otros procesos.
Las relaciones históricas parecen claras: primero vino la evolución, luego el
desarrollo, después el aprendizaje y al final el cambio cultural. Esta
secuencia temporal es la consecuencia de que cada proceso dependa de su
predecesor. La capacidad de que los cigotos acaben produciendo organismos
pluricelulares apareció gracias a la evolución. La capacidad de aprender
depende del desarrollo previo de un sistema nervioso complejo dentro de un
embrión. Y el cambio cultural solo resulta posible gracias a la capacidad de
aprendizaje de los humanos. La cadena histórica no es más que el reflejo de una
secuencia de dependencia.
Mientras que las relaciones históricas no parecen complicadas, las cosas son
mucho más espinosas cuando acudimos a las relaciones de forma. ¿Existen
similitudes fundamentales entre las distintas transformaciones, o cada proceso
funciona de acuerdo con principios totalmente diferentes? En el pasado se han
intentado identificar con regularidad las similitudes de forma sin ningún
éxito, en gran parte debido a dos tipos principales de confusiones.
Uno de los errores tiene que ver con confundir lo familiar con lo fundamental.
Como humanos, estamos familiarizados con la idea de diseñar y fabricar cosas,
como ropa, muebles y casas. Por lo tanto, no parece natural utilizar la idea
de fabricar como modelo general de cómo ocurren las
transformaciones de lo viviente. Un árbol o una rana se podrían construir del
mismo modo que un relojero fabrica un reloj, pero en vez de un humano,
necesitaríamos que un hacedor divino más poderoso realizara el trabajo, aunque
el principio de que un agente externo sea responsable del diseño y de la
construcción sería el mismo. Esta idea de un agente externo o hacedor divino
tiene una larga tradición y forma parte intrínseca de muchas religiones.
Gracias a la capacidad retrospectiva de la ciencia podemos ver dónde radica el
problema de esta explicación: la capacidad para diseñar y crear cosas que
tenemos los humanos es un rasgo complejo que apareció mucho más tarde que la evolución.
Utilizar la idea de fabricar como principio explicativo global no es más que
intentar que un resultado complejo se explique a sí mismo. Caemos en esta
trampa porque, como humanos, estamos muy familiarizados con la fabricación y no
nos damos cuenta de que su complejidad descansa en toda una serie de
transformaciones.
A los científicos les costó muchas generaciones derrotar esta equivocación. En
ello resultó clave que Darwin identificara un mecanismo sencillo (la selección
natural) capaz de explicar la diversidad de seres vivos de nuestro planeta. En
vez de requerir un hacedor divino, la evolución de la vida avanza
inexorablemente en respuesta al modo en el que los organismos se reproducen e
interaccionan con su entorno. Su empeño por establecer este punto de vista dejó
un legado duradero. Estableció una importante separación entre nuestros
conceptos sobre las actividades humanas (diseño y creatividad) y el modo en el
que reflexionamos sobre los procesos biológicos como la evolución. Son cosas
muy diferentes que comparamos por nuestra cuenta y riesgo.
Regresemos al ajedrez para ilustrar otro tipo de error en la búsqueda de
similitudes de forma. Fijémonos en la siguiente conversación entre un maestro
de ajedrez y su pupilo principiante:
MAESTRO: Esta pieza se llama «caballo» porque puede saltar por encima de otras
piezas.
PUPILO: Entonces lo hará saltar el jinete, ¿no?
MAESTRO: No lo hace saltar el jinete, sino el jugador.
PUPILO: ¿Cómo lo consigue?
MAESTRO: Cogiendo el caballo y elevándolo por encima de las otras
piezas.
PUPILO: Pero si el jugador lo hace saltar, ¿para qué le hace falta el
jinete?
La equivocación tiene su origen en que el pupilo
está tomando demasiado al pie de la letra la similitud entre la pieza de
ajedrez y un caballo. Los caballos (con o sin jinete) tienen una relación
meramente abstracta o simbólica. De hecho, se pueden aprender las reglas del
ajedrez sin mencionar nunca los caballos, simplemente basta con aprender la
manera en que se mueve. El juego no se vería afectado en absoluto si los
caballos fueran teteras, ya que lo que realmente importa es la naturaleza de
los movimientos que realiza. Las comparaciones entre los caballos con sus
jinetes, si se toma de forma demasiado literal, acabarán distrayendo, llevando
a una analogía errónea que confundirá más de lo que ayuda.
Este tipo de confusión aparece continuamente al comparar diferentes tipos de
transformaciones de lo viviente. Un ejemplo sería la idea de Ernest Haeckel de
que un huevo fecundado recrea su historia evolutiva a medida que se desarrolla.
No hay duda de que la forma en que un huevo se desarrolla está vinculada con la
evolución, pues gracias a esta surgió el desarrollo biológico. Pero al tratar
de llevar esta relación demasiado lejos, esto es, que el desarrollo repita
literalmente las etapas de la evolución, Haeckel acabó errando el tiro: no
alcanzó el nivel de abstracción correcto y se lió haciendo comparaciones falsas
y estériles. Las ideas de Edelman de que el cerebro funciona de acuerdo con los
principios de Darwin han sufrido críticas similares por intentar aproximar
demasiado dos procesos que están muy distantes.
Para determinar los principios comunes necesitamos trabajar en el nivel de
abstracción correcto, que solo se alcanzará si se tiene un conocimiento
razonable de lo que se quiere comparar. La comparación entre la guerra y el
ajedrez solo dará algo con sentido después de que comprendamos lo que entraña
cada uno. No hace falta que seamos expertos ajedrecistas ni que sepamos
comandar un ejército, sino que debemos tener una idea global del funcionamiento
de los juegos de mesa y de las batallas. Así podremos conocer tanto sus
similitudes como sus diferencias. La guerra y el ajedrez son territoriales, si
bien hay que saber que existen numerosas diferencias en el significado de
territorio para cada caso: en la guerra es el terreno, mientras que en el
ajedrez se refiere a una región del tablero.
De igual modo, para extraer los principios comunes que subyacen en las
transformaciones que afectan a lo viviente necesitamos un conocimiento amplio
de cómo funcionan. Esto se conoce desde hace muy poco gracias a los avances del
conocimiento científico, en particular en los campos del desarrollo y del
aprendizaje. Las comparaciones anteriores se habían visto obstaculizadas por la
falta de conocimientos sobre cada proceso, lo que conducía a confundir lo
familiar con lo fundamental, o a realizar abstracciones equivocadas. ¿Cómo
deberíamos abordar ahora este problema?
§. Receta creativa para la vida
El crítico de arte chino del siglo VI Xie He sacó a
relucir los seis ingredientes que pensaba que eran importantes para definir la
calidad de una pintura[5].
Traducidos grosso modo, se trata de vitalidad, pinceladas, forma
natural, colores, composición y copia. Los seis aspectos (que no son
completamente independientes entre sí), con la excepción del color, se ilustran
en Caquis (figura 1), un cuadro del monje del siglo XIII Mu
Qi. La vitalidad de esta pintura procede en parte de la pincelada viva. De
igual forma, la composición depende de la disposición de las frutas que se
copiaron. En lugar de proporcionar un conjunto de características
independientes, Xie He resaltó la interacción de algunos ingredientes clave que
pensaba que ayudarían a apreciar el cuadro. Otros seguramente propondrán una
lista de ingredientes diferente, por lo que las elecciones de Xie He nos gustarán
o no en función de lo que nos ayuden a organizar nuestro conocimiento.
Lo mismo ocurre con la manera en que organizamos nuestras ideas. Existen muchas
formas de presentar nuestro conocimiento de procesos como la evolución, el
desarrollo, el aprendizaje y el cambio cultural. En este libro presentaré un
punto de vista muy particular que pone el énfasis en algunas características
predominantes. Resaltaré siete principios fundamentales que subyacen a los
procesos desde la evolución de las bacterias hasta el funcionamiento de nuestro
cerebro. No piense que hay algo misterioso con el número siete, simplemente que
los principios se han agrupado de forma natural en siete categorías, igual que
Xie He encontró seis categorías para definir la pintura.
Figura 1. Caquis, Mu Qi (activo en 1269). Daitokuji, Kioto.
Mis siete principios, o ingredientes, y la manera
en que funcionan en conjunto definen lo que denomino la receta creativa
para la vida, una receta con la que la vida se transforma a sí misma. La
evolución de los distintos organismos, el desarrollo de un huevo en un adulto,
el aprendizaje por un animal de nuevas relaciones en su entorno, y los logros
de la cultura humana no son más que diferentes manifestaciones de la receta
creativa para la vida. Todos dependen de la manera de mezclar el conjunto común
de ingredientes básicos. Al igual que los criterios de Xie He para la pintura,
los ingredientes de la receta creativa para la vida no son independientes y
veremos cómo interaccionan y se alimentan entre sí. En lugar de consistir en
aspectos completamente independientes, proporcionan una serie de perspectivas
relacionadas que, juntas, nos permitirán percibir una forma común detrás de las
transformaciones vivientes. También veremos cómo comparten partes de su
historia. Al igual que con la guerra y el ajedrez, el relato de la vida implica
la interrelación entre historia y forma.
Me ha costado varios años llegar a este punto de vista. Comencé a pensar en
estos temas cuando escribía un libro anterior,El arte de los génesis[6], que se
centraba en el desarrollo, pero que también daba unas pinceladas sobre otros
procesos, como la evolución y el arte. Relacioné estos procesos con el
desarrollo a través de la historia o de la analogía. Pero había tantas
similitudes que me hizo pensar en la posibilidad de que existieran unas
conexiones más fundamentales. Estas ideas comenzaron a cristalizar en cuanto
acabé de escribir el libro y me familiaricé con el pensamiento informático
guiado por mis investigaciones científicas. Cayó en mis manos un ensayo
revelador escrito en 1990 por el informático Christoph von der Malsburg, en el
que identificaba tres principios básicos que eran comunes para todos los
sistemas autoorganizados[7]. Hacía mucho
hincapié en el funcionamiento del cerebro y su desarrollo, pero también se daba
cuenta de la importancia que tenían estos principios para la evolución. La
lectura de sus ideas me hizo mirar de otra forma los fundamentos del
pensamiento biológico, en particular a la luz de lo que se había descubierto en
los últimos años.
Me puse a reducir al mínimo las teorías de cada campo de la biología hasta
dejar al descubierto los principios esenciales y entonces volví a examinarlos
con aires renovados, buscando lo que podrían tener en común. Por supuesto,
cuando uno busca con suficiente ahínco siempre acaba encontrando trivialidades
comunes entre cualquier conjunto de procesos. Lo sorprendente del resultado
fue, sin embargo, que los puntos de encuentro que aparecieron no eran
superficiales, sino que iban a la esencia de cada proceso. Me sirvieron para
definir las interacciones principales que en cada caso llevan a las
transformaciones. Conseguí ver las transformaciones vivientes de una manera más
profunda y más unificada, como diferentes manifestaciones de una receta
creativa común.
Para dar a conocer el significado de la receta creativa para la vida
necesitamos conocer cómo se aplica a cada tipo de transformación de lo vivo.
Comenzaremos con la evolución (capítulos 1 y 2), que es la madre de todas las
otras transformaciones y nos proporciona nuestra primera visión libre de
obstáculos de cómo funciona la receta creativa para la vida. Entonces echaremos
un vistazo al desarrollo, a cómo un cigoto microscópico se acaba convirtiendo
en un árbol o un niño (capítulos 3 a 5). Hasta los años ochenta del siglo XX no
empezamos a conocer bien cómo ocurría. Al recurrir a este conocimiento, veremos
que a pesar de las muchas diferencias existentes, los principios del desarrollo
muestran algunas similitudes sorprendentes con la evolución: se trata de la
misma receta creativa, pero vestida con otro traje. Entonces pasaremos al
aprendizaje, primero contemplando cómo organismos como las babosas y las
hierbas responden a los cambios de su entorno (capítulo 6). Estos mecanismos de
respuesta básicos nos proporcionarán algunos ingredientes fundamentales para el
aprendizaje. El examen del funcionamiento del aprendizaje nos mostrará que se
basa en la misma receta creativa que la evolución y que el desarrollo (capítulo
7), la misma receta que nos ayuda a entender la forma en que los animales
aprenden a actuar, reconocerse e interpretar su entorno, proporcionándoles la
base de la inteligencia y de la creatividad humanas (capítulos 8 y 9). Todos
los casos de aprendizaje están impregnados de evolución y desarrollo, y nos
muestran la manera en que una forma de la receta creativa para la vida puede
enmarcar a otra (capítulo 10).
Entonces nos dirigiremos al cambio cultural (capítulos 11 y 12). Esta es
posiblemente la transformación viviente más compleja, aunque paradójicamente es
la que nos parece más familiar al ser nosotros mismos participantes activos de
la sociedad. Podríamos identificar muchos factores perfectamente definidos que
intervienen en el cambio cultural, como la creatividad humana, las personas
carismáticas, las luchas de poder, el desarrollo económico y los cambios del
medio ambiente. Es el ámbito de la historia, de la sociología y de la economía,
y podría parecernos que hay poco que aprender de la biología. Pero la receta
creativa para la vida permite contemplar el cambio cultural desde una
perspectiva más amplia: en lugar de verlo como un proceso aislado que separa a
los humanos del resto de los animales mediante un abismo infranqueable, veremos
que está conectado con otros procesos tanto en forma como en historia. El
cambio cultural es la cuarta manifestación de la receta creativa para la vida,
que se fundamenta en las otras tres y las incorpora.
Transmitir este punto de vista requiere que se tengan unas amplias miras al
tiempo que se ofrecen explicaciones científicas rigurosas. Esto significa que
no he eludido dar detalles científicos cuando era necesario, aunque siempre he
procurado que las explicaciones resulten comprensibles para la mayor parte del
público. Animo a los lectores con pocos o ningún conocimiento científico a que
sigan leyendo si encuentran pasajes complicados. Espero que quienes tengan más
formación científica aprendan mucho de este libro al contemplar los campos de
la ciencia tratados desde un punto de vista nuevo y unificador. Algunos
pensarán que los campos que le son familiares están tratados de una forma muy
selectiva, algo inevitable cuando se contemplan muchas disciplinas y las
conexiones entre ellas, por lo que espero que estos lectores me perdonen las
muchas omisiones.
Para ayudar a transmitir mi punto de vista, no mantengo la creatividad humana
lejos de la narración científica, sino que recurro a ella constantemente a lo
largo del libro. En muchas ocasiones utilizo pinturas para ilustrar los
principios, temas o ideas que toco porque nos ofrecen puntos de acceso visuales
y también sirven para recordarnos las muchas perspectivas desde las que podemos
observar las cosas. Los temas científicos y artísticos acaban apareciendo
juntos al final del libro. Veremos entonces que la evolución, el desarrollo, el
aprendizaje y la cultura forman un gran ciclo, una serie de transformaciones
relacionadas mediante las cuales la receta creativa para la vida acaba
volviendo la vista sobre sí misma.
Capítulo 1
Bucles y lotería
Contenido:
§. Principio de la variabilidad en la población
§. Principio de persistencia
§. Principio de refuerzo
§. Principio de competencia
§. Combinación de los principios
Las manzanas que comemos hoy en día no son
exactamente iguales a las silvestres. Se cree que todos los manzanos cultivados
descienden de poblaciones naturales de Malus pumila de la
región Tian Shan en el Asia Central[8], cuya fruta
se comen los grandes mamíferos, como los osos, y dispersan las semillas por las
heces. A lo largo de muchas generaciones de cultivo y selección por los
humanos, los manzanos silvestres se han transformado para producir una fruta
más adaptada a nuestro gusto y a nuestra mesa. Darwin propuso que el origen de
todas las formas de vida residiría en un proceso análogo de descendencia con
modificaciones. Pero mientras que el cultivo de manzanos depende de la
selección artificial ejercida por los humanos, Darwin identificó una forma de
selección sin intervención humana: la selección natural.
Los manzanos producen muchísimas más manzanas y semillas de las que conseguirán
convertirse en árboles frutales maduros. Por lo tanto, las semillas compiten
continuamente entre sí en la naturaleza por llegar al estado adulto. Supongamos
que, entre una población silvestre de manzanos, algunos árboles, digamos que el
1% de la población, producen manzanas más atractivas para los osos. Quizá
contengan algo más de azúcar, por lo que sabrían más dulces. Como a los osos
les gustan más estas manzanas, serán las preferidas de su dieta y las que
dispersarían por el bosque. Por lo tanto, cabría esperar que las semillas de
las manzanas apetitosas acaben dando más manzanos en la generación siguiente.
Si el rasgo apetitoso se hereda, la proporción global de árboles que producen
estas manzanas dulces se incrementará, digamos, un 2%. Al cabo de varias
generaciones, la proporción continuará subiendo hasta que la población esté
repleta de árboles que produzcan las manzanas apetitosas que los osos
diseminarían con más eficacia. Gracias a la selección natural, los manzanos
estarán mejor adaptados que antes a la reproducción en su entorno.
Los escenarios de este tipo proporcionan una visión general del funcionamiento
de la selección natural, pero también plantean muchos interrogantes. El proceso
a menudo se limita a la supervivencia del más apto. Pero ¿qué queremos decir
con el más apto? ¿Nos referimos a los que finalmente sobrevivirán y desplazarán
a los demás, como los árboles con las manzanas más apetitosas? Si es así, ¿se
reduce la selección natural a un razonamiento circular (la supervivencia de los
que sobreviven)? De igual forma, ¿por qué los organismos suelen producir muchas
más semillas o descendencia de la que luego conseguirá sobrevivir? ¿Por qué no
producen la cantidad que sobrevivirá hasta la edad adulta? Finalmente, ¿de
dónde procede la variabilidad de los rasgos, como el buen sabor de las
manzanas? Para responder estas preguntas de un modo satisfactorio debemos
conocer más a fondo el funcionamiento de la evolución.
La descripción tradicional de la evolución mediante la selección natural
recurre a tres principios esenciales[9]. El primero
es que cada individuo de una especie es diferente de los demás. El segundo es
que parte de las diferencias individuales se consiguen heredar y pasan de una
generación a otra. El tercero es que los organismos se multiplican a más
velocidad que la capacidad del entorno, con el resultado inevitable de que
muchos morirán. La selección natural no es más que la consecuencia de la acción
simultánea de estos tres elementos.
La explicación de la selección natural y de la evolución que ofrezco aquí se desvía
un poco de esta descripción basada en tan solo tres elementos. En su lugar,
describo el proceso mediante siete principios, y a veces utilizo términos que
no significan exactamente lo mismo que en su uso tradicional. La razón por la
que adopto este planteamiento tan peculiar es que mi objetivo global no es solo
describir el funcionamiento de la evolución, sino también resaltar los
ingredientes fundamentales que comparte con el desarrollo, el aprendizaje y el
cambio cultural. Cuando queremos comprender la esencia de un proceso, suele
resultar útil identificar los puntos de encuentro. Consideremos las
transiciones del agua mencionadas en el capítulo anterior. Si estudiamos cómo
hierve, podríamos deducir que lo que está pasando es que, a medida que se añade
energía al sistema por calentamiento, las moléculas de agua adquieren más
energía y movimiento hasta que alcanzan un punto en el que se liberan y se
expanden para formar el vapor. La misma explicación se aplicaría a la fusión
del hielo, salvo que el agua no se expande durante esta transición, sino que se
contrae gracias a que sus moléculas en el hielo se mantienen en una
configuración abierta, que se colapsa sobre sí misma cuando se liberan durante
la fusión. Por lo tanto, el hielo flota en el agua al ser menos denso que el
líquido que tiene debajo. Resulta más bien insólito que un líquido sea más
denso que la forma sólida de una sustancia, puesto que la mayoría de los
sólidos se vuelven menos densos cuando se funden. No obstante, este
comportamiento excepcional del agua resulta informativo porque nos dice que la
expansión durante el calentamiento no es fundamental para los cambios de estado
de la materia[10]. Vemos que
lo que realmente cuenta es que las moléculas ganan energía y adquieren más
libertad de movimiento, y estas son las características comunes a las
diferentes transiciones. La identificación de los elementos comunes nos ayudará
a llegar hasta el fondo de lo que está sucediendo, a diferencia de lo que
ocurre con lo que resulta más circunstancial.
Por supuesto, existe el peligro de que este planteamiento pueda conducirnos a
identificar elementos comunes falsos o superficiales. Al comparar la fusión del
hielo con la evaporación del agua podríamos advertir un cambio de aspecto en
ambas transiciones: el agua líquida no se parece en nada al hielo y el vapor es
muy distinto del agua líquida. Pero mientras que ambas transiciones comparten
un cambio de aspecto, sería difícil considerar que esta característica común
constituya un principio explicativo, sino más bien una descripción porque el
cambio de aspecto no nos da ninguna clase de pista sobre el mecanismo de lo que
ocurre. De igual forma, al determinar los principios que aunarían las
transformaciones de lo viviente, es importante no buscar elementos comunes solo
porque nos interese encontrarlos. El objetivo consiste en buscar los elementos
mecánicos y las interacciones que sean similares, si existieran. Desde luego,
no estaría escribiendo esto sin el convencimiento de que tales elementos
existen y de que pueden ayudarnos a conocer más a fondo lo que conllevan las
transformaciones en los seres vivos.
Para presentar los elementos comunes con más claridad utilizo una serie de
términos aplicables a todas las transformaciones de lo viviente. Esto quiere
decir que algunos temas se colocarán bajo epígrafes ligeramente inusuales. Por
ejemplo, en este capítulo, el tema de la transmisión hereditaria entra dentro
del principio de persistencia, y el tema de la multiplicación de los organismos
entra dentro del principio de refuerzo. El nombre de cada uno de estos
principios tiene un significado general y otro específico, al igual que un
concepto como «composición» tiene un significado amplio y otro particular.
Trataremos de la composición con respecto a muchas cosas, como cuadros, música
o poesía. En todas ellas se hará referencia a una organización global, pero lo
que se ordene será específico en cada caso (los colores en un lienzo, las notas
musicales o una serie de palabras). De igual forma, veremos que cada uno de los
principios que encontramos para las transformaciones de lo viviente tiene un
significado general y uno específico.
Al buscar los fundamentos comunes también distingo algunos componentes que
muchas veces se estudian juntos, con lo que aclaro la función de cada uno y
expongo los principios que algunas veces se ignoran o se dan por sabidos. En
este capítulo, por ejemplo, la idea de que los organismos se reproducen a un
ritmo superior a la capacidad del entorno se subdivide en dos principios que se
influyen mutuamente: refuerzo y competencia. En el siguiente capítulo nos
toparemos con principios como la riqueza combinatoria y la recurrencia, que no
se suelen incluir de forma explícita entre los ingredientes de la evolución. El
lector no encontrará en ningún otro sitio esta colección de siete ingredientes
que interaccionan, lo que denomino la receta creativa para la vida, para
explicar las transformaciones de los seres vivos. Esta novedad no implica que
vaya a presentar ninguna nueva teoría explicativa para determinados casos, sino
que los principios e interacciones que describo han surgido al verlos desde una
perspectiva que tiene en cuenta todas las transformaciones a la vez, y no por
separado.
Para apreciar lo general, primero debemos conocer lo específico. Dado que la
evolución es la madre de todas las otras transformaciones de lo viviente,
resulta apropiado comenzar con ella a modo de ejemplo inicial de la receta
creativa para la vida. En este capítulo explico los primeros cuatro principios
de la receta porque proporcionan el núcleo de la selección natural. Los otros
tres principios se tratarán en el capítulo siguiente.
§. Principio de la variabilidad en la población
Nunca estaremos seguros de si ganaremos a la
ruleta. Si apostamos al rojo, cabría esperar que ganemos aproximadamente la
mitad de las veces, pero no podemos predecir el resultado de ninguna apuesta en
concreto. La probabilidad de ganar es en realidad ligeramente inferior a la
mitad porque, además de las 18 casillas rojas y de las 18 negras que tiene el
plato de la ruleta, hay una casilla verde, y si la bola cae en ella, la banca
gana la apuesta (las mesas de ruleta estadounidenses tienen dos casillas verdes,
por lo que la probabilidad de ganar es ligeramente inferior). Al cabo de muchas
jugadas, tenderemos a perder al apostar al rojo porque la probabilidad de ganar
es de tan solo 18/37, que está justo por debajo del 50%. Estos pequeños sesgos
hacen que los casinos sean rentables, porque se basan en la estadística.
El razonamiento estadístico conlleva dos elementos. Uno es el concepto de
variabilidad: existe un abanico de posibilidades para cada jugada de la ruleta
y la variabilidad proporciona la fuerza impulsora del juego. Esta clase de
variabilidad se denomina a veces aleatoria debido a que resulta imposible
predecir cada suceso por separado. Pero esto no significa que pueda pasar
cualquier cosa: las bolas no caerán en ninguna casilla azul ni naranja del plato
de la ruleta porque no existen tales colores. De igual forma, cuando echamos
una moneda al aire hablamos de cara o cruz, no de negro o rojo. La variabilidad
siempre se produce en un contexto determinado.
Además de la variabilidad, el otro elemento del razonamiento estadístico es el
concepto de población. Aunque no seamos capaces de predecir lo que ocurrirá con
cada apuesta a la ruleta, sabemos cuál será la tasa de ganancia o pérdida al
cabo de muchas jugadas. Al considerar muchos sucesos juntos (una población),
las peculiaridades empiezan a aflorar, como la tasa global de ganancias o
pérdidas. La idea de una población supone que muchos sucesos están conectados
de algún modo. Los resultados cuando se hace girar el plato de la ruleta con 38
casillas no pertenecerán a la misma población que los de un plato de 37. Al
calcular probabilidades, tampoco mezclaríamos los números obtenidos de lanzar
dados con los números obtenidos al girar un plato de ruleta. Cada población
está basada en cierta clase de criterios unificadores.
El razonamiento estadístico comporta la relación de dos tipos de unidades: el
individuo y la población. Se puede pensar que representan diferentes escalas o
niveles: cuando nos acercamos, vemos la variabilidad de los sucesos (cada
jugada a la ruleta); cuando nos alejamos, apreciamos el comportamiento de la
población como un todo (la tasa total de pérdidas o ganancias). Gracias a la
estadística relacionaremos los sucesos de un nivel con los del otro. Podemos
observar el comportamiento de la población como el resultado colectivo de
variaciones a nivel individual. De hecho, la estadística proporciona una de las
herramientas más poderosas que tenemos para conectar los diferentes niveles o
escalas, para acercarnos y alejarnos de un problema.
La selección natural también es un proceso estadístico en el que intervienen
los conceptos de variabilidad y población. En este caso, la variabilidad tiene
que ver con diferencias entre individuos. Siguiendo con el marco hipotético
descrito antes, unos árboles proporcionan manzanas más dulces y otros menos
deliciosas. La población es un grupo de individuos, la colección de manzanos
que pueden reproducirse y cruzarse en un bosque. La selección natural nos dice
cómo surgirían los sucesos a nivel de población (un incremento de la frecuencia
de árboles con manzanas apetitosas) gracias al efecto acumulativo de las
variaciones a nivel individual (el éxito reproductor de los diferentes
manzanos). Estudiemos primero el origen de esta variabilidad.
Las variaciones hereditarias se encuentran en el ADN, una molécula larga
formada por dos hebras en espiral. Hay cuatro tipos de unidades, denominadas
bases nitrogenadas, a lo largo de cada hebra del ADN, o cuatro letras en el
alfabeto del ADN, que se escriben habitualmente como A, T, G y C (por adenina,
timina, guanina y citosina). El ADN de una planta o animal se denomina genoma y
comprende miles de millones de tales bases concatenadas una detrás de otra para
dar una secuencia. Igual que un gran trozo de texto se subdivide en palabras,
cada genoma se subdivide en tramos de ADN denominados genes. Los humanos, por
ejemplo, tenemos unos 25.000 genes en el genoma. Cada gen contribuye a
determinadas características de un individuo, como el sabor de las manzanas o
el color de los ojos.
A veces se producen ligeros cambios en la secuencia del ADN, como que una C sea
reemplazada por una T en una posición determinada. Las mutaciones de esta clase
tendrían su origen en la radiación absorbida por el ADN o en los errores que se
producen durante la replicación de esta molécula. Si en el ADN de una célula
que da lugar a los óvulos o a los espermatozoides aparece una mutación, pasará
a la generación siguiente, con lo que se introducirá un gen mutante en la
población. Como las particularidades de los individuos dependen de la secuencia
de su ADN, esto ocasionaría variaciones hereditarias en la población, como la
variabilidad del dulzor de una manzana o del color de los ojos.
No obstante, existen límites al tipo de variabilidad esperable. No existirán
mutaciones que den lugar a manzanas con ojos azules porque la variabilidad
siempre surge en un contexto particular, en relación con una secuencia de ADN o
genoma determinados. Para el genoma de un manzano, las mutaciones podrían hacer
que produzca diferentes tipos de manzanas, pero nunca darán lugar a rasgos
humanos como los ojos. La variabilidad está definida por el genoma y el
organismo de partida, por el contexto.
No se puede predecir si una mutación aparecerá en una posición específica del
ADN en un momento determinado. Sin embargo, en una población de muchas
moléculas de ADN sí hablaremos de la probabilidad de que aparezca una mutación
en una posición determinada. Esta probabilidad suele ser muy baja: alrededor de
una por cada mil millones de divisiones celulares. Incluso así, como el ADN es
tan largo y la población está formada por muchos individuos, siempre surgirán
mutaciones, aunque cada una constituya un suceso infrecuente: surgen
continuamente en las poblaciones y proporcionan la variabilidad genética.
La variabilidad genética se potencia no solo por las mutaciones, sino también
por la reproducción sexual. El genoma no suele estar en una única pieza larga
de ADN, sino que está dividido en fragmentos de diferente longitud denominados
cromosomas. Para los organismos con reproducción sexual, estos cromosomas
forman parejas, cada uno procedente de un progenitor durante la reproducción.
Cualquiera de nosotros, por ejemplo, tiene 23 pares de cromosomas en el genoma:
de nuestro padre heredamos 23 y los otros 23 de nuestra madre. Los pares se
pueden barajar, como los naipes, de una generación a otra cuando se producen
los espermatozoides o los óvulos, de resultas de lo cual los cromosomas se
reúnen en nuevas combinaciones cuando se fertiliza el huevo, y se incrementa la
variabilidad genética de la población. También pueden surgir nuevas
combinaciones genéticas gracias a los intercambios entre los cromosomas porque
pueden romperse y volverse a unir durante la producción de los espermatozoides
o de los óvulos, de tal forma que una porción de un cromosoma se intercambia
con la correspondiente porción de su homólogo. Este intercambio (denominado
recombinación) incrementa aún más la variabilidad de la población.
Por lo tanto, se está generando variabilidad hereditaria continuamente, lo que
constituye una peculiaridad básica de todos los organismos y proporciona el
primer elemento del razonamiento estadístico. Ahora vamos al segundo elemento:
el comportamiento de la población.
La selección natural depende de la variabilidad de una población formada por
muchos individuos. Consideremos el ejemplo de los manzanos, en los que la
proporción que produce manzanas dulces se incrementaba poco a poco porque los
osos dispersaban sus semillas con más eficacia. Es importante aquí considerar
qué le ocurre a la población en conjunto en vez de a cada individuo en
particular. Por ejemplo, un determinado árbol con manzanas amargas puede dejar
más descendencia que otro que las tiene dulces. Quizá el árbol de las amargas
crece en una parcela particularmente fértil del bosque, o quizás se encuentra
cerca de una osera. Sea cual sea la explicación, el éxito de este árbol en
concreto no es capital para la selección natural porque lo que cuenta es su
comportamiento reproductor con respecto a la población completa. En el conjunto
de la población, los árboles con manzanas dulces tienen de media más éxito
reproductor que los de las amargas, lo que conduce a un incremento de la
proporción de árboles con manzanas sabrosas. De igual forma, una determinada
tasa de ganancias o pérdidas a la ruleta surge de un grupo (población) de
apuestas, no de ninguna apuesta en particular. La selección natural actúa sobre
la tasa de supervivencia y de reproducción de una población, y no sobre el
destino de uno o dos individuos. Se trata de un proceso estadístico basado en
la variabilidad de la población.
§. Principio de persistencia
El jueves 12 de septiembre de 1940, cuatro chicos
franceses del pueblo de Montignac estaban explorando el agujero que había
dejado al descubierto un árbol caído en los alrededores. Habían traído una
linterna porque corría el rumor de que el agujero conducía a un pasaje
subterráneo. Después de precipitarse al interior y alumbrar con la linterna,
descubrieron una serie de cuevas subterráneas con las paredes cubiertas de
pinturas de animales. Habían tropezado con una de las decoraciones más bellas
del arte rupestre de la cueva de Lascaux. Las pinturas habían sobrevivido en un
estado increíblemente bueno durante más de diez mil años (figura 2).
La supervivencia durante tanto tiempo de estas pinturas es un reflejo de la
estabilidad de la roca y del pigmento. Se trata de un testimonio de la
resistencia de las fuerzas moleculares que mantuvieron la roca cohesionada y la
pintura adherida a su superficie. Sin embargo, incluso aunque se produjese una
desgracia y la cueva de Lascaux quedase destruida, seguiríamos teniendo una
idea del aspecto de las pinturas porque existe otra forma de persistencia. Los
negativos y positivos fotográficos y las imágenes electrónicas de Lascaux
proporcionan otra manera de conservar cuya persistencia también depende de las
fuerzas moleculares: las que impiden que se disgreguen las moléculas en las
fotografías o en los dispositivos electrónicos. Pero aquí aparece el beneficio
añadido de la seguridad en los números, porque la información se puede copiar y
propagar considerablemente. Por esta razón, millones de personas que nunca han
visitado la cueva pueden, a pesar de todo, apreciar las pinturas gracias a las
muchas fotografías e imágenes que existen.
Figura 2. Pintura rupestre de la cueva de Lascaux, Francia, 15.000-10.000 a.
C.
Estas dos formas de persistencia (cohesión
molecular y copia) también son capitales para la evolución darwiniana. Si los
organismos no se mantuvieran cohesionados mediante las fuerzas moleculares sino
que estuvieran disgregándose continuamente, no podría tener lugar la evolución
porque no habría organismos de los que hablar. Tampoco habría ADN: sus bases
nitrogenadas se mantienen unidas en una secuencia mediante las fuerzas que
mantienen el esqueleto de la cadena molecular. Si no fuera por estas fuerzas,
no podría haber secuencia de ADN ni genes.
La secuencia de ADN también persistirá gracias a la replicación (copia). El ADN
de cada cromosoma está formado por dos hebras que se emparejan entre sí, del
mismo modo que los negativos y positivos fotográficos son complementarios.
Siempre que hay una A en una hebra de ADN tiene que haber con una T en la hebra
opuesta y formarán lo que se denomina un par de bases A-T. De igual forma, G y
C están siempre una frente a la otra y forman el par de bases G-C. De este
modo, la secuencia de bases de una hebra contiene toda la información necesaria
para especificar la secuencia de la complementaria: la secuencia AGCT en una
hebra determina que la otra sea TCGA, al igual que un negativo fotográfico
siempre casa con su positivo. La replicación se lleva a cabo cuando las dos
hebras del ADN se separan y cada una actúa como plantilla para especificar su
complemento, lo que permite fabricar dos moléculas de ADN a partir de una: la
hebra positiva especifica un nuevo homólogo negativo, mientras que la hebra
negativa especifica un nuevo homólogo positivo. Esta copia tiene lugar cada vez
que se produce la división celular para que cada célula hija termine con una
copia del genoma. Con la copia del ADN también se consigue que la información
se propague y pase de una generación a la siguiente.
Tal y como ya hemos aprendido del principio de variabilidad de la población, la
secuencia de ADN no es completamente inalterable, pues se modifica por lesiones
o mediante errores de copia. Si una mutación diera lugar a un organismo menos
capaz de sobrevivir y de reproducirse, lo más probable es que la versión
mutante se elimine de la población mediante la selección natural. Por otra
parte, una mutación puede conducir en ocasiones a un mayor éxito reproductor,
en cuyo caso la selección natural favorecería la diseminación de la versión
mutante por la población. Y todo esto ocurre porque las variaciones son capaces
de persistir gracias a la replicación.
Para que haya evolución tiene que existir un equilibrio entre la variabilidad y
la persistencia. La variabilidad proporciona la materia prima para la selección
natural, mientras que la persistencia permite que la información de una
generación pase a la siguiente. La variabilidad sin la persistencia significaría
que los cambios no se mantendrían ni se consolidarían durante la evolución. La
persistencia sin la variabilidad llevaría al estancamiento de la evolución.
El equilibrio entre la persistencia y la variabilidad no es solo un requisito
para la evolución, sino que es algo que ha evolucionado por sí mismo. La
replicación del ADN, por ejemplo, depende de las proteínas que separan y copian
sus hebras. Si estas proteínas funcionaran con negligencia y cometieran
montones de errores cuando copian el ADN, se introducirían muchas mutaciones,
lo que haría predominar la variabilidad sobre la persistencia. Sin embargo, la
presencia de demasiados errores conduciría a que el ADN se copiase de forma
ineficaz y su secuencia comenzaría a degenerarse, igual que una mala fotocopiadora
va haciendo perder información de una imagen. Este impacto negativo de las
copias negligentes significa que las proteínas responsables tenderían a estar
desfavorecidas por la selección natural, lo que desplazaría el equilibrio a
favor de la persistencia y en contra de la variabilidad. Durante miles de
millones de años de evolución se ha producido una interacción continua entre la
persistencia, la variabilidad y la selección. El equilibrio entre la
variabilidad y la persistencia que vemos hoy en día en las poblaciones que nos
rodean es el resultado de esta larga historia evolutiva.
La interacción entre la persistencia, la variabilidad y la selección
proporciona el primero de los bucles de realimentación que nos encontraremos en
este capítulo. Nos enseña que los diferentes principios que describo no son
completamente independientes entre sí. La variabilidad y la persistencia no son
solo ingredientes de la evolución, sino que se modifican mutuamente gracias a
la evolución.
§. Principio de refuerzo
La variabilidad de la población y la persistencia
hereditaria proporcionan el telón de fondo para la evolución, aunque por sí
solas no proporcionan una fuerza impulsora para el cambio evolutivo. Tal fuerza
emerge cuando consideramos una determinada clase de variabilidad: la que
influye en la capacidad reproductora.
Este proceso se basa en la ley del interés compuesto. Supongamos que tenemos
una población de cien bolas que tienen la capacidad de duplicarse de vez en
cuando, por lo que a veces pueden aparecer dos nuevas bolas a partir de una
sola. Imaginemos que, durante una hora, estas duplicaciones conducen a que el
número de bolas se incremente de media un 10%, lo que significa que,
transcurrida una hora, tendremos unas 110 bolas. Ahora ya tenemos algunas bolas
más con capacidad de duplicación. Por consiguiente, el número de bolas se habrá
incrementado un poco más al cabo de otra hora, unas once bolas de media (el 10%
de 110), lo que dará lugar a un total de 121 bolas. El número continuará
incrementándose de este modo (según las reglas del interés compuesto) y,
después de diez horas, tendremos unas 260 bolas. Después de cien horas, se
habrán convertido en más de un millón.
Ahora supongamos que las bolas son de dos colores diferentes: negras y blancas.
Podemos suponer que el color de la bola se transmite con fidelidad cuando esta
se duplica, de manera que una bola negra las dará negras, y una blanca las dará
blancas. Si comenzamos con el mismo número de bolas negras y blancas, y ambas
se replican a la misma velocidad media, entonces la proporción permanecerá
aproximadamente igual a medida que aumenta el tamaño de la población. Sin
embargo, la situación será diferente si cada color se reproduce a distinto
ritmo. Imaginemos que las bolas negras se incrementan a una velocidad media del
11% por hora mientras que las blancas lo hacen al 10%. Al comenzar con una
población de 100 bolas negras y otras 100 blancas esperaremos terminar con unas
111 negras y otras 110 blancas después de una hora, de manera que las bolas negras
constituirán algo más del 50% de la población (aproximadamente el 50,2%).
Después de diez horas habrá unas 280 bolas negras y 260 blancas, por lo que la
proporción de negras se habrá incrementado al 52%, más o menos. Después de cien
horas, la población habrá crecido hasta dar millones, y la proporción de bolas
negras será de un 70%. La ley del interés compuesto garantiza que la ligera
diferencia del ritmo de reproducción entre las bolas negras y las blancas
conducirá a una diferencia numérica que se refuerza hora tras hora, por lo que
las bolas negras serán cada vez más numerosas que las blancas.
El refuerzo ocupa un lugar central en la selección natural. Los genes, o si
hablamos con más propiedad, las versiones de los genes, que favorecen la
reproducción de un organismo tenderán a estar mejor representados en la
siguiente generación. Al ser solo un poco más abundantes, estas versiones
génicas comienzan con una ventaja que se amplificará en la próxima generación.
Al repetir este proceso una y otra vez, un gen que favorezca la reproducción
reforzará continuamente su cantidad y se incrementará en la población.
Sin embargo, el refuerzo por sí solo no consigue que una versión de un gen
reemplace a otra. Incluso si dejamos que nuestra población de bolas negras y
blancas continúe creciendo durante muchos días, de modo que más del 99% sean
negras, todavía encontraríamos un número inmenso de bolas blancas porque no se
pierde ninguna bola, sino que simplemente tenemos cada vez más. El refuerzo
hará incrementar la proporción, pero nunca sustituirá una versión del gen por
otra. Para ver cómo se produciría el reemplazo, necesito introducir otro
principio: la competencia.
§. Principio de competencia
La idea de la selección natural se le ocurrió a Darwin poco después de que
volviera de sus cinco años de viaje a bordo del HMS Beagle, el
barco en el que trabajó como naturalista. De resultas de este viaje, Darwin
quedó convencido de que las especies no eran inmutables, sino que podían
modificarse con el tiempo. Pero no sabía el mecanismo con el que explicar la
manera en que las especies cambian y se adaptan. Entonces, en octubre de 1838,
a los dos años de su regreso, estaba leyendo un libro de Thomas Malthus sobre
el crecimiento de la población en el que señalaba que si la población humana
seguía aumentando de acuerdo con las leyes del interés compuesto, la población
mundial acabaría agotando los alimentos, a lo que seguirían guerras y hambruna.
Esta idea puso el dedo en la llaga:
Me puse a leer el Primer ensayo sobre población de Malthus
para entretenerme, y al estar bien preparado para apreciar la lucha por la
existencia que domina por doquier gracias a la observación prolongada de las
costumbres de los animales y de las plantas, de pronto fui consciente de que,
bajo estas circunstancias, las variaciones favorables tenderían a conservarse y
se perderían las desfavorables. El resultado sería la formación de especies
nuevas. Al fin tenía una teoría con la que trabajar [11].
Darwin se dio cuenta de que si toda la progenie de las plantas o de los
animales sobrevivía, el tamaño de la población sobrepasaría pronto los límites
de lo que podría mantener el entorno. El resultado sería una continua lucha o
competencia por la existencia, en la que morirían muchos individuos. Los mejor
adaptados tendrían más posibilidades de sobrevivir, lo que daría lugar a una
forma natural de selección. Leer a Malthus fue importante para Darwin porque le
permitió unir dos ideas: las poblaciones tienden a crecer de acuerdo con la ley
del interés compuesto, y este crecimiento se ve finalmente limitado porque los
recursos del entorno son finitos. Tampoco fue por casualidad que Alfred Russel
Wallace estuviera pensando en Malthus cuando le sobrevino la idea de la
selección natural unos 20 años después de Darwin (pero antes de que Darwin lo
publicara). En ambos casos, la confluencia de las ideas sobre el incremento
reproductor y las limitaciones ambientales proporcionó la semilla para formular
la selección natural.
El concepto de competencia suele venir ligado al de refuerzo porque, como
advirtieron Darwin y Wallace, la competencia a menudo surge por la presión de
los grandes números. Pero para entender mejor la selección natural, en primer
lugar conviene separar estos dos conceptos y considerar lo que la competencia
representa por sí misma, sin tener en cuenta el refuerzo. Esto nos ayudará a
entender por qué la teoría de la selección natural no es un argumento circular
sobre la supervivencia de los que sobreviven. Para apreciar los efectos de la
competencia sin el refuerzo, volvamos a nuestro ejemplo de las bolas blancas y
negras.
Imaginemos que un bombo de lotería contiene el mismo número de bolas blancas y
negras, y que están mezclándose continuamente (figura 3, izquierda).
Digamos que hay 500 bolas de cada color, por lo que nuestra población comprende
mil bolas en conjunto. Cada cierto tiempo se extrae una muestra de unas pocas
bolas por la boca del bombo. Después de un tiempo, se cierra la boca y
obtenemos un determinado número de bolas, pongamos 100, a lo que llamaremos
muestra poblacional. Como la muestra es menor que la población entera, podemos
decir que las bolas del bombo de lotería están compitiendo entre sí por
conseguir un lugar en la muestra. Al utilizar la palabra «competencia» aquí, no
quiero decir que las bolas están peleándose entre sí, sino que hay un gran
número de candidatas para un escaso número de sitios.
Figura 3. Muestreo de una población de bolas, reproducción de las bolas y
nuevo muestreo.
Ahora supongamos que las 100 bolas de nuestra
muestra se replican y hacen muchas copias de sí mismas, por lo que acabamos
teniendo 1.000 bolas otra vez. Estas bolas se cargan por la tolva en un bombo
vacío idéntico para extraer una nueva población de 100 bolas. Estaremos más o
menos en el mismo punto de partida después de un ciclo de muestreo y
replicación. Ahora podemos hacer un nuevo ciclo, o generación, si tomamos una
muestra poblacional de 100 bolas del nuevo bombo y lo replicamos para dar otras
1.000 bolas nuevas que se meterán en otro bombo de lotería vacío. La mezcla y
el muestreo se pueden repetir una y otra vez durante muchas generaciones. ¿Qué
le ocurrirá al sistema con el paso del tiempo?
Consideremos en primer lugar una situación en la que las bolas blancas y negras
no muestran ninguna propiedad diferente, o sea, que compiten igual de bien por
un sitio en la muestra (muy parecido a la competencia humana, en la que muchos
candidatos con habilidades similares compiten por un número limitado de puestos).
Si comenzamos con el mismo número de bolas blancas y negras, cabría esperar que
la proporción se mantenga más o menos igual durante las generaciones. Pero
sorprendentemente, después de unas 100 generaciones, la población contendrá,
con mucha probabilidad, solo bolas blancas o solo bolas negras. Este resultado
tiene que ver con la manera en que se acumulan las variaciones aleatorias. En
la primera muestra de bolas, por ejemplo, podríamos no encontrar exactamente 50
bolas blancas y otras 50 negras, sino que podríamos encontrar más de uno de los
colores. Supongamos que encontramos 53 bolas negras y 47 blancas. Después de la
replicación, tendremos unas 530 bolas negras y 470 blancas para el siguiente
bombo de lotería. La fluctuación de nuestra muestra se ha incorporado en la
población de la lotería, lo que significa que la probabilidad de sacar una bola
negra en la siguiente muestra es un poco mayor de un medio (53%). Las
fluctuaciones de la muestra siguiente podrían realzar más o quizá disminuir
esta diferencia. De esta forma, la proporción de bolas blancas y negras subirá
o bajará, y las fluctuaciones se pasarán una y otra vez de un bombo al
siguiente. Después de 100 generaciones de acumulación de fluctuaciones de este
tipo, la población podría acabar derivando a un único color. Cuando esto
ocurre, no hay vuelta atrás y la población se queda monocroma, en este caso,
negra. Decimos entonces que la población ha quedado fijada en
las bolas negras. Precisamente por el efecto de repetir el muestreo (se repite
la competencia por un número limitado de sitios), la población ha evolucionado
desde tener bolas blancas y negras a partes iguales, a acabar fijando un único
color. Esto ocurre incluso aunque cualquier bola en particular, blanca o negra,
tenga exactamente la misma probabilidad de ser muestreada en cada generación
(cada participante en nuestra competición tiene exactamente la misma capacidad
y, por tanto, la misma probabilidad de abrirse paso).
Comparemos este resultado con lo que ocurre si muestreamos una única vez. Si
tuviéramos que muestrear 100 bolas de una mezcla con el mismo número de bolas
blancas y negras, la probabilidad de que todas sean de un color es de
aproximadamente 1 en 1030, o una en un quintillón. Si solo hubiera
que coger muestras únicas, habría que esperar un tiempo superior a la edad del
universo para tener la suerte de sacar todas las bolas del mismo color. En
cambio, con nuestro esquema anterior de repetición de ciclos de muestreo y
replicación, acabar con un color es casi inevitable y se tarda tan solo 100
generaciones (el número de generaciones necesarias es proporcional al tamaño de
la población de la muestra). Al introducir una muestra limitada (competencia
por un escaso número de sitios), y luego dejar que cada generación crezca a partir
de la anterior, hemos cambiado el carácter del proceso, de manera que ahora hay
una tendencia natural al reemplazo. Existe la misma probabilidad de que el
color dominante sea blanco o negro, pero con seguridad, uno acabará
reemplazando al otro.
La vida también es una lotería. Cuando los manzanos silvestres de los bosques
de Tian Shan producen su enorme cantidad de manzanas, solo una pequeña parte de
las semillas acabarán dando árboles maduros que producirán más semillas para la
siguiente generación, simplemente porque la región de Tian Shan tiene un tamaño
finito y solo es capaz de mantener unos pocos manzanos. Los árboles maduros
equivalen a la muestra de población del bombo de lotería. Si imaginamos que
cada árbol produce un millón de semillas por generación, entonces de media solo
una entre un millón de ellas crecerá para dar un árbol. En este caso, la
muestra poblacional sería la millonésima parte de la población del bombo, con
lo que la competencia por los sitios es intensa. Al igual que el ciclo de la
lotería que describimos anteriormente, el proceso se repite generación tras
generación.
Las bolas blancas y negras son equivalentes a las diferentes versiones de un
gen en la población de manzanos. Gracias a la mutación, continuamente se
introduce en las poblaciones una variabilidad genética de este tipo. A medida
que surgen nuevas versiones, algunas tienden a derivar hacia un número mayor
por el repetido muestreo (competencia) que se produce con cada generación. Esta
deriva genética que se debe a los límites en el tamaño de la población se
produce incluso si la versión del gen no altera ni la supervivencia de la
semilla ni su reproducción. Con el tiempo, algunas variaciones se quedan fijas
en la población, lo mismo que vimos con el continuo muestreo de bolas.
La deriva genética ilustra que la introducción de un límite en el tamaño de una
población puede tener un efecto drástico sobre lo que ocurre al cabo de varias
generaciones. En el apartado anterior sobre el principio de refuerzo vimos que
la ley del interés compuesto conlleva un incremento paulatino de la proporción
de una versión de un gen en caso de que tenga una ventaja reproductiva con
respecto a otra. Sin embargo, como la otra versión no se eliminaba, la nueva
nunca llegaba a sustituirla completamente. Al introducir un límite en nuestra
población reproductora, algunas variantes de genes pueden alcanzar la
supremacía total, incluso si las versiones competidoras del gen tienen la misma
tasa reproductora. La competencia por sí sola, sin tener en cuenta los méritos
de cada versión, permite que una población evolucione y cambie con el tiempo.
Ahora podemos ver por qué la teoría de la selección natural no es un argumento
circular. Ya hemos visto que una forma puede sobrevivir y reemplazar a otra en
una población simplemente por el efecto de repetir el muestreo (deriva
genética). La importancia de esto se manifiesta en que una población es capaz
de evolucionar, con el consiguiente cambio de su acervo genético, en ausencia
de selección natural. La evolución y la selección natural no son lo mismo, pues
cuando se trata la selección natural, el más apto no designa a
los que acabarán sobreviviendo en esta población. Si así fuera, equivaldría a
afirmar que la bola negra es más apta que la blanca a pesar de que su abundancia
se deba a la repetición del muestreo, sin ninguna ventaja inherente sobre la
blanca. La eficacia biológica o fitness tiene un significado
completamente diferente, ya que no se refiere a los que finalmente
sobrevivirán, sino a la introducción de un sesgo en la competencia, como
veremos ahora.
§. Combinación de los principios
Hasta ahora hemos supuesto que las bolas blancas y
negras de nuestro bombo de lotería tienen la misma capacidad de reproducirse y
competir por un sitio en la población de muestra, por lo que tienen la misma
probabilidad de acabar invadiendo la población. Veamos lo que pasa cuando
introducimos alguna diferencia entre sus propiedades. Supongamos, por ejemplo,
que las bolas negras se replican más rápido que las blancas. Se trata de la
misma situación que vimos en el principio de refuerzo, pero ahora la combinamos
con la idea de un bombo de lotería con pocos sitios en la muestra
(competencia). Después de tomar la muestra, la mayor capacidad reproductora de
las bolas negras hace que su cantidad se incremente más que la de las blancas.
Por lo tanto, es más probable que contribuyan más a la siguiente generación y
se cree un sesgo a favor de las negras, sesgo que se reforzará con cada
generación. Al cabo de varias rondas de muestreo, es más probable que en la
población se fijen las negras y no las blancas.
Al combinar el refuerzo (mayor tasa reproductora de las bolas negras) con la
competencia, están pasando dos cosas. Primero, ahora es más probable que en la
población se fijen las bolas negras y no las blancas: el sistema se ha vuelto
sesgado hacia el color que se reproduce mejor. Segundo, la proporción de bolas
negras se incrementa más rápido que si los dos colores tuvieran la misma
capacidad reproductora porque su proporción se ve estimulada con cada
generación, lo que hace incrementar el ritmo de crecimiento del porcentaje de
bolas negras. La velocidad a la que se incrementa la proporción de bolas negras
acaba decayendo a medida que se hacen más predominantes en el bombo porque a
medida que la proporción de bolas blancas disminuye, las negras comienzan a
competir cada vez más entre sí por conseguir un sitio en la muestra. A la
larga, el éxito de las bolas negras reduce su tasa de incremento. A pesar de
todo, las bolas negras tardan menos en fijarse que cuando no tenían ninguna
ventaja sobre las blancas. Estas dos consecuencias (resultado sesgado y menor
tiempo de fijación) las suelen utilizar los biólogos evolucionistas para
inferir que en una población se produce selección natural, y no solo una simple
deriva genética.
Hay otra manera de favorecer la suerte de las bolas negras. Supongamos que
pesan un poco más que las blancas y que tienden a estar más cerca del fondo del
bombo, por lo que aumentará su probabilidad de caer en la muestra. Las bolas
negras tendrán ventaja eficaz sobre las blancas a la hora de colocarse en la
población de muestra (de manera parecida a la competencia humana, en la que los
candidatos no son igualmente capaces, sino que algunos son mejores que otros y
tienen una mayor probabilidad de ganar). Que haya más bolas negras en la
muestra significa que contribuyen más a la siguiente generación, incluso aunque
se repliquen al mismo ritmo que las blancas. La ventaja de las negras se
refuerza con cada generación, por lo que es más probable que acaben colonizando
el bombo entero. Un cambio en la capacidad para hacerse sitio en la muestra
tiene un efecto similar que cambiar la tasa reproductiva. Se trata de otra
forma de refuerzo, pero una que aparece durante el propio proceso de
competencia.
A la población de manzanos le afectan los mismos principios: si una versión
génica promueve la capacidad de supervivencia de las semillas para crecer y dar
un árbol maduro, entonces dicha versión tenderá a incrementarse en la
población, puesto que tiene una ventaja selectiva, una fitness más
alta, al igual que la bola más pesada de nuestro bombo de lotería. Otro tipo de
ventaja selectiva tiene lugar cuando la versión génica mejora la capacidad
reproductiva del manzano: una versión que vuelva las flores de las manzanas más
atractivas a las abejas, por ejemplo, podría hacer que se produjeran más
semillas. Esta ventaja reproductiva también se reforzará en cada generación,
aumentando su probabilidad de fijarse.
Estas dos formas de refuerzo, un incremento de la capacidad de sobrevivir y un
incremento de la capacidad de reproducirse, marcan la diferencia entre la
selección y la deriva genética. Con la deriva genética, las versiones de los
genes tienen la misma probabilidad de quedarse fijadas, mientras que será
distinta con la selección (se promueven las que favorecen la reproducción y el
crecimiento). Esta es la manera en que la selección natural ajusta el organismo
a su entorno: favorece las peculiaridades que incrementarán la reproducción y
la supervivencia.
La interacción entre refuerzo y competencia forma el núcleo de la selección
natural y se resume en el diagrama de la figura 4. El bucle de realimentación
positiva representa el refuerzo: si una versión génica ayuda al éxito
reproductor, tiende a reforzarse a sí misma y a aumentar su presencia en cada
generación. El bucle de realimentación negativa representa la competencia y
surge por las limitaciones ambientales que constriñen el tamaño de la
población. Una consecuencia del límite poblacional es que la frecuencia de una
versión génica aumenta a expensas de la otra, lo que finalmente conduce a la
eliminación de la versión rival. Otra consecuencia del límite poblacional es
que una versión génica compite contra sí misma a medida que se hace más
predominante en la población y acaba siendo víctima de su propio éxito: a
medida que prolifera en la población, es más probable que los individuos
rivales tengan la misma versión del gen, por lo que disminuye su ritmo de
aumento. Cuando la versión génica reemplaza por completo a su rival, todos los
individuos tendrán la misma probabilidad de competir porque compartirán las
mismas ventajas. El resultado global es que todos los individuos estarán más
capacitados para sobrevivir y reproducirse. Una adaptación se habrá establecido
en la población.
El doble bucle de realimentación entre refuerzo y competencia ayuda a explicar
por qué los organismos suelen tener más descendencia de la que conseguirá
sobrevivir. Si comenzamos con una población que produce el mismo número de
descendientes que los que puede mantener el entorno, no habrá competencia porque
todos podrán sobrevivir. Pero supongamos que por mutación surge una versión
génica que incrementa el ritmo de reproducción. La versión génica es muy
probable que se extienda por la población mediante el refuerzo (bucle positivo
en la figura 4). A medida que esto ocurre, la población se reproduce con más
eficacia y deja más descendencia que antes, por lo que la cifra total excederá
los límites del entorno y acabará apareciendo la competencia por los recursos
limitados (bucle negativo en la figura 4). El incremento del éxito reproductor
conduce a la competencia que lo limita. Este doble bucle de realimentación no
solo es capaz de impulsar al cambio evolutivo, sino que también lo mantiene. El
doble bucle de realimentación por medio del refuerzo y la competencia es el
motor en el núcleo de la selección natural. Se trata de un motor alimentado por
un equilibrio entre la variabilidad y la persistencia poblacionales. Sin
variabilidad no habría nada que mantuviera el motor en marcha, y sin
persistencia no se conseguiría provocar un cambio. También hemos visto otro
bucle de realimentación entre el motor y su combustible: la exactitud de la
copia del ADN, y por ende el grado de variación, está modulada por la selección
natural.
Figura 4. Interacción entre el refuerzo (bucle positivo) y la competencia
(bucle negativo) en la selección natural.
Aunque estos bucles de realimentación están implícitos en muchas descripciones
de la evolución, hemos podido verlos con más claridad después de apartar los
ingredientes que los forman. Ahora podemos apreciar cómo la selección natural
es impulsada mediante la interacción entre cuatro principios: variación en la
población, persistencia, refuerzo y competencia. En los próximos capítulos
veremos que en el centro de otros tipos de transformaciones de los seres vivos
se encuentran unos principios y bucles de realimentación parecidos que nos
proporcionan una forma común que surge con muy diferentes apariencias (igual
que el ajedrez y la guerra tienen una forma común a pesar de que se diferencian
en otros muchos aspectos). Pero, por ahora, quiero seguir describiendo la
evolución atendiendo a algunas peculiaridades que no hemos tenido en cuenta o a
las que no hemos dado importancia.
A lo largo de este capítulo hemos supuesto que la selección natural opera en un
contexto determinado: una población de individuos. Se puede decir que la
selección natural actúa dentro de la población de manzanos y que favorece a un
tipo de manzanas en lugar de a otras; o que actúa dentro de la población de
osos y favorece a unos osos en lugar de a otros. Pero nunca diremos que la
selección natural favorece a un manzano más que a un oso porque, aunque haya
más manzanos que osos, esto no significa que la selección natural favorezca más
a unos que a otros. La selección natural se ocupa del éxito relativo de los
individuos dentro de una misma población, no de su abundancia absoluta. Esto
hace que nos preguntemos por qué existen individuos para empezar, y por qué se
organizan en poblaciones tan variopintas. ¿Por qué unas poblaciones están
formadas por muchos manzanos y otras solo por osos? Para responder a estas
preguntas examinaremos los otros tres principios que faltan para completar la
receta creativa para la vida.
Capítulo 2
De los genes a los ecosistemas
Contenido:
§. Principio de cooperación
§. Principio de la riqueza combinatoria
§. Nubes errantes
§. Principio de recurrencia
§. El origen de las especies
§. Especies y ecosistemas
§. Una receta para la evolución
De acuerdo con el marchante de arte Ambroise
Vollard, que Cézanne pintara un retrato era una experiencia larga que sacaba de
quicio. Cuando su retrato estaba a punto de concluir, Vollard cometió el error
de comentar que había dos zonas que no le parecían terminadas:
Para alguien que no le ha visto pintar, es difícil
imaginar hasta qué punto, algunos días, sus progresos eran lentos y dolorosos.
En mi retrato hay dos pequeñas manchas en la mano donde el lienzo no quedó
cubierto. Se lo señalé a Cézanne y me replicó: «… Podría encontrar el color
justo para rellenar esas manchas blancas. Pero entienda, Monsieur Vollard, que
si las cubro con uno al azar, me veré forzado a comenzar el cuadro de nuevo a
partir de ese punto.»[12]
Cézanne nunca enmendó estas dos manchas (se pueden
ver todavía como motas blancas en la base del dedo corazón en la figura 5
[lámina 1]), por lo que Vollard se ahorró otra serie de sesiones. Cézanne era
perfectamente consciente de la interconexión entre los colores de un lienzo.
Cada mancha tendría que pintarse en una relación muy precisa con las otras,
como si fuera la armonía del cuadro en conjunto la que emergiera de la
interacción de los colores. Cualquier cambio que no fuera armonioso, como poner
el color inadecuado en la mano, podría conjurar un desastre.
Figura 5. Retrato de Ambroise Vollard, Paul Cézanne, 1899. Véase la lámina
1.
Al igual que los cuadros, los organismos son
unidades espaciales en las que las distintas partes forman un todo integrado.
Nuestra capacidad para respirar depende de la interacción entre el sistema
nervioso, los músculos, el esqueleto y los pulmones. El funcionamiento de los
pulmones depende de la composición de la mucosidad que reviste sus paredes,
composición que depende de las proteínas que transportan los iones cloruro
cargados negativamente. Cualquier cambio en tan solo un elemento de este
sistema integrado puede tener consecuencias desastrosas. Los pacientes con
fibrosis quística respiran con dificultad porque portan una mutación en el gen
necesario para el transporte de los cloruros. Basta un cambio en uno de los
tres mil millones de pares de bases del genoma para que aparezca la enfermedad.
El funcionamiento de cada individuo depende de la integración de muchos
componentes distintos.
En el capítulo anterior dimos por sentado que el mundo viviente está organizado
en unidades espaciales denominadas individuos. Las variaciones entre estos
individuos de una población dan pie a que intervenga la selección natural. Pero
¿por qué la vida está organizada de esta manera?
§. Principio de cooperación
Podríamos pensar que el principio de competencia
conducirá a la selección natural hacia un egoísmo despiadado. Pero cuando nos
enfrentamos a una competencia intensa, a menudo resulta ventajoso combinar las
fuerzas y el trabajo, siempre y cuando esto produzca un beneficio mutuo[13]. Este tipo
de interacción aflora sobre todo cuando los componentes están conectados o
comparten el mismo espacio.
Consideremos un organismo unicelular. Su ADN está formado por una larga
secuencia de pares de bases concatenadas para formar los cromosomas. El ADN se
recombina de una generación a otra gracias a que los cromosomas se rompen al
azar y se vuelven a unir, con un cierto intercambio de piezas de ADN entre
ellos (recombinación). Como estas roturas se producen solo en unas pocas
posiciones durante la reproducción sexual, resulta muy poco probable que se
recombinen las bases cercanas. Por esta misma razón, si estamos guardando una
larga cola, en el caso de que esta se dividiera aleatoriamente en dos es muy
poco probable que nos separemos de los vecinos más cercanos. Así que, en una
molécula de ADN, las bases cercanas tienden a permanecer juntas de una
generación a otra. Por consiguiente, si una base mutada en una posición del
genoma favorece el éxito reproductor, y por ende su propia diseminación por la
población, con toda probabilidad ayudará a que se diseminen junto a ella las
bases que estaban cerca. De igual forma, una base proporcionará beneficio si
alguna de las cercanas resulta que incrementa el éxito reproductor. Existe un
incentivo mutuo de cooperación entre las bases cercanas porque su conexión
física hace que se hereden juntas con mucha probabilidad. Con incentivar la
cooperación no pretendo sugerir que una base piense en la otra, sino que lo que
es beneficioso para una, en términos de éxito reproductor, probablemente
también sea beneficioso para la otra. En tal situación, la selección natural
favorece los casos en los que las bases cercanas colaboran con eficacia para
asegurar el éxito reproductor. Por supuesto, las secuencias de las bases cercanas
también podrían interaccionar negativamente para reducirlo, pero en ese caso es
menos probable que la selección natural las fije y, en consecuencia, no
llegarían a predominar. «Cooperación» se utiliza para referirse a los
resultados colaborativos sin ningún propósito psicológico, del mismo modo que
«competencia» se utilizó en el capítulo anterior para referirse a una situación
donde hay muchas entidades y solo unas pocas logran ocupar un número limitado
de sitios.
Una forma de cooperación entre las bases consiste en codificar una proteína.
Las proteínas son moléculas grandes que en su mayoría sirven para incrementar
la velocidad de determinadas reacciones químicas, tales como la degradación de
la glucosa o la fijación del carbono. Cada proteína está formada por una cadena
de subunidades moleculares denominadas aminoácidos. Hay hasta 20 tipos
diferentes de aminoácidos en una proteína, o 20 letras en el alfabeto proteico.
Las propiedades de una proteína dependen del orden preciso en el que se
encadenan los aminoácidos, lo que a su vez viene determinado por un tramo de la
secuencia del ADN (un gen) en el genoma. Cada tipo de proteína está codificado
por su correspondiente gen. El genoma codifica muchos miles de proteínas, por
lo que cada una de estas secuencias de ADN representa tan solo una fracción
minúscula del ADN total.
Una proteína supone un esfuerzo cooperativo o colectivo porque está codificada
por una cadena de bases cercanas en el ADN. Una única base no puede codificar
una proteína, sino que se requiere una secuencia de ellas en un gen. Existe
otra relación entre el gen y la proteína: ambos residen en la misma célula. La
membrana que envuelve la célula impide que la proteína se aleje demasiado del
gen y garantiza que el destino del gen y de la proteína queden entrelazados.
Esto significa que si la proteína favorece la supervivencia y la reproducción
de la célula, también incrementará el éxito reproductor del gen que la
codifica; si la proteína tuviera total libertad para alejarse, no aportaría
ningún beneficio directo al gen. Tenemos dos relaciones físicas muy estrechas:
las bases dentro del mismo gen están ligadas, y las proteínas también se
encuentran muy cerca por el confinamiento de la membrana celular. Esta
intimidad espacial conecta el destino de estos componentes tan distintos; lo
que favorece a uno en términos de éxito reproductor también favorece al otro.
Por supuesto, esto también significa que si un componente reduce el éxito
reproductor, también arrastrará al otro con él. Pero tales cambios no estarán
favorecidos por la selección natural (la selección actuará en su contra) puesto
que en las poblaciones tienden a establecerse las variaciones que incrementan
la capacidad reproductora. Al estar en el mismo barco se alienta a que se
ayuden mutuamente y a que se compartan los beneficios.
El razonamiento es el mismo cuando consideramos los demás genes de un organismo
unicelular: todos conviven dentro de la misma célula, por lo que les sale a
cuenta cooperar poniendo sus proteínas a trabajar juntas. Sin embargo, la
intimidad entre los diferentes genes no es realmente tan fuerte como entre las
bases del mismo gen porque las secuencias de ADN que están más distantes en el
genoma tienen más probabilidad de barajarse y recombinarse a medida que
transcurren las generaciones. Por lo tanto, es probable que una versión de un
gen que surgió en un individuo se separe de sus vecinos originales y se junte
con otra versión génica que surgió en otro individuo. La selección natural
valora cada versión génica en relación con el abanico de genes con los que se
topa en la población, y no únicamente con sus vecinos originales. La
cooperación todavía es primordial porque cada gen necesita trabajar de forma
eficaz con otros genes de una célula para favorecer su éxito reproductor, pero
el impulso para la cooperación es menos intenso que para las bases cercanas.
En los organismos pluricelulares, la cooperación se extiende a todas las
células en un individuo. A medida que un huevo fecundado crece y se divide, el
ADN se copia con fidelidad, por lo que, con muy pocas excepciones, todas las
células del adulto contendrán una copia de la misma secuencia de ADN. Se trata
de una organización que favorece la colaboración: si las células de cada
individuo cooperan, la diseminación de sus genes compartidos se favorecerá en
la población mediante la selección natural. De nuevo, la proximidad física se
revela de una importancia capital: si las células se alejaran en diferentes
direcciones después de la fecundación, ya no serían capaces de ayudarse
mutuamente con eficacia ni de compartir los beneficios que pudieran acumular.
Tendemos a dar por hecho el concepto de individuo. Parece obvio que los
organismos existen como paquetes organizados en el espacio. Sin embargo, esta
individualidad no sale de la nada, sino que es el resultado de dos factores
subyacentes. El primero es que las entidades cercanas suelen interaccionar con
más intensidad que las distantes. Se trata de una propiedad fundamental de la
materia como consecuencia de la disminución de la intensidad de las fuerzas
físicas, tal como la atracción o repulsión eléctricas, con la distancia. El
segundo es que, en una situación competitiva, será rentable cooperar si los
destinos están entrelazados. En el contexto de la selección natural se favorece
la cooperación si las entidades se encuentran en el mismo barco, con lo que se
facilita la ayuda mutua y se pueden compartir los beneficios sobre la
reproducción. Esto conduce a que colaboren los componentes que mantienen una
conexión espacial cercana, ya sean bases en el ADN, genes, proteínas o células.
La proximidad ayuda a vincular las actividades y los destinos. Los primeros
organismos vivos pudieron haber establecido colaboraciones relativamente
toscas, pero durante miles de millones de años de evolución se modificaron por
selección natural, lo que dio lugar a los individuos que vemos hoy en día.
Dado que las formas de vida se organizan en unidades cooperativas, solo seremos
capaces de juzgar la importancia de cualquier cambio en un componente si
tenemos en cuenta su manera de interaccionar con los otros. El efecto de un
cambio de base depende de la secuencia de ADN que la rodea. La base por sí sola
no dice prácticamente nada, al igual que una única letra de una palabra
significa muy poco cuando está aislada. Lo mismo vale para los aminoácidos: la
consecuencia de cambiar un aminoácido depende de su interacción con todos los
demás de la proteína. De igual forma, el efecto debido al cambio de una
proteína depende de sus interacciones con el enorme conjunto de proteínas del
individuo. El concepto de que la selección natural actúa sobre una base o sobre
un gen aislado no tiene mucho sentido, porque las bases y los genes solo
ejercen su efecto al interaccionar con otros componentes, interacciones que pueden
suceder a muchos niveles: las bases adyacentes en un gen, los diferentes
componentes dentro de una célula, los grupos de células en un tejido, o los
diferentes órganos de un individuo. Sería equiparable a las interacciones en
muchos niveles entre los colores de las pinturas de Cézanne. Hemos visto que la
cooperación emergió de resultas de la selección natural. Pero la cooperación
también se puede ver como un ingrediente de la selección natural, porque sin
cooperación, la selección natural no tendría individuos ni genes sobre los que
actuar. La competencia y la cooperación se alimentan mutuamente. La competencia
conduce a unidades espaciales cooperativas, que a su vez proporcionan los
conjuntos que impulsan más competencia. Esta realimentación continua entre la
competencia y la cooperación es una característica fundamental de la evolución
por selección natural, incluso aunque a veces no nos demos cuenta. La selección
natural se suele describir como algo más relacionado con la competencia que con
la cooperación; es el camino que también yo seguí cuando la presenté en el
capítulo anterior. A pesar de todo, tales descripciones dan por sentado la
existencia de unidades cooperativas, como los individuos o los genes. Si nos
limitamos a fundamentarla en la competencia, estaremos ignorando el bucle de
realimentación que une la competencia con la cooperación. Por naturaleza, los
lazos de realimentación no tienen un punto de partida claro; dar primacía a la
competencia introduce una ruptura artificial en lo que es realmente un ciclo de
interdependencia. La cooperación es un principio de cambio evolutivo que
resulta tan fundamental como la competencia.
§. Principio de la riqueza combinatoria
En una de las semblanzas de sus pacientes de
neurología, Oliver Sacks describe el caso del señor I, un pintor que padeció
acromatopsia (ceguera a los colores) a los 65 años después de un accidente de
coche. Antes era un artista consumado con una apreciación sutil del color.
Después del accidente, el zumo de tomate parecía negro y su perro pardo parecía
gris. «A medida que transcurrían los meses echó de menos especialmente los
colores brillantes de la primavera: siempre le habían gustado las flores, pero
ahora solo conseguía distinguirlas por su forma u olor. Los arrendajos azules
ya no eran brillantes y su azul, curiosamente, se veía ahora como un gris
pálido[14] ». El
señor I experimentaba un sentimiento de pérdida insufrible y padeció una
depresión que casi le lleva al suicidio a las pocas semanas del accidente.
Damos por sentada la riqueza del mundo y solo apreciamos totalmente su
diversidad cuando desaparece una característica determinada. Por supuesto, el
color es solo un atributo de los muchos que apreciamos. Sin llegar a ver los
colores, el señor I podía seguir percibiendo la llegada de la primavera, la
forma y olor de las flores y el vuelo de un pájaro. Al hacerlo, estaba captando
la complejidad del mundo en una serie de escalas diferentes, de la órbita de la
Tierra alrededor del Sol hasta la forma o movimiento de los objetos cercanos, o
hasta las sustancias químicas que emite una flor.
Pero supongamos que la Tierra fuera solo un terrón monótono y aburrido de
materia sin ninguna variación digna de mención. Independientemente de los
sentidos que poseamos, el mundo parecería sin interés porque no habría nada que
nos embriagara. Las consecuencias, sin embargo, irían mucho más allá: ni
siquiera estaríamos aquí para contemplar un mundo tan tedioso porque la
complejidad de los organismos vivos (lo que nos incluye a nosotros mismos) está
relacionada con la complejidad del mundo en el que viven. La selección natural
solo puede desembocar en adaptaciones si hay peculiaridades ambientales a las
que adaptarse. Nuestra capacidad para contemplar lo que nos rodea solo ha
evolucionado porque hay un entorno que merece la pena contemplar. Si el mundo
fuera realmente aburrido, también nosotros seríamos aburridos.
Por supuesto, nuestro mundo no es tan aburrido: la Tierra contiene muchos
elementos atómicos diferentes que son capaces de combinarse entre sí según las
leyes de la física y de la química. Aunque haya tan solo unos cien tipos
diferentes de átomos, la cantidad de formas en las que consiguen combinarse es
mucho más numerosa. El hidrógeno y el oxígeno se combinan para formar moléculas
de agua (H2O). El sodio y el cloro se asocian para formar la sal.
Además, estas moléculas consiguen combinarse entre sí de varias maneras: las
moléculas del agua se juntan para formar el hielo, nieve, ríos, vapor o nubes,
y la sal se combina con el agua para dar lugar a una solución de cloruro de
sodio. Se puede generar un amplio abanico de ordenamientos simplemente por la
unión de unos pocos elementos de diferentes maneras, en lo que denomino el
principio de la riqueza combinatoria, que es lo que convierte nuestro mundo en
un lugar interesante y rico.
Por consiguiente, los organismos afrontan numerosos retos para lidiar con el
mundo que los rodea, retos que van satisfaciendo gracias a la abundancia
interna de disposiciones moleculares. Esta abundancia de posibilidades surge de
nuevo por el principio de riqueza combinatoria. Para ver cómo, consideremos una
situación más bien irreal en la que podríamos variar a voluntad la longitud del
ADN de un organismo, mientras que el organismo sigue pudiéndose reproducir.
Supongamos que tallamos el ADN al máximo para dejarle una longitud de un solo
par de bases, con lo que solo podrían existir dos tipos de genomas: uno con una
A en una hebra de ADN y T en la opuesta, o bien una G en una cadena y una C en
la opuesta. No importa lo interesante que sea el mundo, tales organismos solo
podrían elegir entre dos posibles configuraciones de ADN.
Si permitimos que los genomas tengan dos pares de bases, tendría más
posibilidades. Por ejemplo, podríamos tener organismos con AA, AG o AC en una
hebra del genoma. Podemos representar todas las posibilidades con un diagrama
en el cual la base de la primera posición variara en el eje horizontal y la
segunda base variara a lo largo del eje vertical (figura 6). El cuadrado
resultante indica 16 organismos posibles (4 × 4, o 4 2).Sin
embargo, dado que cada una de estas secuencias de bases representa solo una de
las dos hebras del ADN, algunas de ellas representan la misma secuencia de
genoma (AA, por ejemplo, es lo mismo que TT visto desde la otra hebra), lo que
significa que tenemos que dividir el número total de combinaciones entre dos,
lo que nos dará ocho genomas diferentes (42/2 = 8). Esto contrasta
con las dos posibilidades para los genomas que miden un solo par de bases. Con
solo añadir el mismo tipo de unidad, otra base, hemos multiplicado las
posibilidades por cuatro.
Figura 6. Secuencias posibles para una hebra de una molécula de ADN de dos
pares de bases de largo.
Figura 7. Secuencias posibles para una hebra de una molécula de ADN de tres
pares de base de largo. Solo se muestran tres superficies externas del cubo,
pero hay más posibilidades en el interior.
En los genomas de cuatro pares de bases
encontraríamos 128 posibilidades (4 4/2) y necesitaríamos
cuatro ejes o dimensiones para ilustrar las posibles combinaciones. Por
desgracia, esta situación en un espacio de cuatro dimensiones va más allá de
los límites de lo que podemos imaginar con facilidad. Sin embargo, podríamos
pensar que este espacio es un cubo embellecido por la inclusión de una
dimensión más. Cada posición en este hipercubo en cuatro dimensiones
representaría una combinación diferente de cuatro bases en una hebra, como AGCT
o AGGT. Entonces, cada genoma corresponde a una de las 128 posiciones posibles
del espacio genético.
¿Qué ocurre con un genoma de cien pares de bases? La representación de todas
las posibilidades requeriría un hipercubo con 100 dimensiones, y no somos
capaces de visualizar tal objeto (incluso Einstein se esforzó para pensar en
cuatro dimensiones, no digamos en cien). La presencia de muchas dimensiones es
una manera cómoda de decir que podemos variar muchas peculiaridades de forma
independiente las unas de las otras. Debido al principio de la riqueza
combinatoria, cuantas más dimensiones tengamos, más inmensamente mayor será el
número de posibilidades. Para un hipercubo de 100 dimensiones con cuatro bases
en cada eje, hay 4100/2genomas diferentes, que son unos 1060 (un
1 con 60 ceros detrás). Se trata de un número astronómicamente grande, mucho
mayor que el número de organismos que han habitado en la Tierra[15]. Basta con
repetir la misma unidad cien veces y dejar que cada unidad varíe entre cuatro
posibles estados para que creemos un espacio enorme de posibilidades. Estamos
ante la manifestación del principio de la riqueza combinatoria, en la que los
componentes variables son los módulos moleculares (en el ADN son las bases
nitrogenadas).
Al igual que el abrumador abanico de posibilidades de variación del ADN, a las
proteínas les corresponde otro igualmente enorme. Dada una proteína de 100
aminoácidos, el abanico de posibilidades también se puede representar con un
hipercubo de 100 dimensiones, pero en este caso en cada eje hay 20 divisiones
en vez de cuatro (que corresponden a los 20 aminoácidos diferentes). Esto
arroja 20100(aproximadamente 10130) posibilidades, mucho
más que el número de átomos del universo observable, que es tan solo de 1078.De
nuevo, el principio de la riqueza combinatoria crea este espacio enorme de
proteínas posibles.
Estos hiperespacios de 100 dimensiones no son más que la punta del iceberg: el
genoma humano contiene unos 25.000 genes que codifican proteínas, cada uno con
varios miles de bases de longitud. Si consideramos el intervalo de
posibilidades con 25.000 dimensiones de genes, cada una de las cuales con su
enorme hipercubo de posibilidades, nos enfrentamos a un hiper hipercubo
colosal. Lo mismo ocurre con las 25.000 proteínas que están codificadas por
estos genes. El intervalo de combinaciones de aminoácidos y proteínas es
verdaderamente abrumador.
Cuando se secuenció por primera vez el genoma humano, muchos científicos
esperaban que contuviera más genes que el de otros organismos, simplemente
porque parecemos mucho más complejos que cualquier otra especie. Las
estimaciones iniciales colocaban el número de genes en los humanos alrededor de
70.000, más que para los otros organismos. Pero a medida que conocíamos mejor
el genoma, este número no hacía más que disminuir. Las estimaciones más
recientes colocan el número de genes que codifican proteínas en el genoma
humano en torno a 25.000, aproximadamente el mismo número de genes que en un
hierbajo llamado Arabidopsis. En un principio esto puede resultar
sorprendente porque los humanos parecemos mucho más complicados que los
hierbajos, pero incluso 25.000 genes contienen muchísimas más posibilidades de
las que podemos concebir. La vida es interesante debido a la enorme riqueza
combinatoria de los organismos y de sus entornos.
§. Nubes errantes
Para hacernos una idea de lo que significa para la
evolución tener a su disposición muchas posibilidades genéticas, conviene
imaginarse el cambio evolutivo. Dado que no es fácil concebir grandes
hiperespacios, una alternativa consiste en imaginar un espacio tridimensional
inmenso. Pensemos en todas las posibilidades genéticas como si fueran un
espacio enorme en el que cada punto corresponde a una secuencia concreta del
genoma. Entonces, el genoma de cualquier individuo correspondería a una
posición en este inmenso espacio genético de posibilidades. La secuencia del
genoma de uno de nosotros, por ejemplo, se encontraría en una posición concreta
del espacio genético. Cada persona tiene una secuencia genómica ligeramente
diferente debido a las mutaciones y a que los cromosomas se están continuamente
barajando y recombinando. Por consiguiente, la población humana en conjunto
correspondería a un conglomerado de puntos, o a una nube, en el espacio
genético. Esta nube sería muy pequeña en relación con todo el espacio porque
cada especie solo representa una fracción insignificante de las posibilidades
de variabilidad genética. Como en el planeta viven muchas especies, habría
muchas nubes como esta, y cada una ocuparía una parte diminuta del espacio
genético.
Ahora podemos pensar que la evolución no es más que desplazamientos de la
posición de las nubes de población, lo que corresponde a cambios de la
composición genética de las especies. Durante la evolución, cada nube de
población explora de hecho determinadas regiones del espacio genético,
avanzando en varias direcciones. Como hay muchas especies, hay muchas nubes en
movimiento por el espacio genético en todo momento. A pesar de todo, al ser tan
inmenso, la vida en la Tierra solo ha explorado una fracción diminuta.
Para hacerse una idea más concreta de lo que esto significa, miremos cómo
podría evolucionar una única proteína. Las plantas son capaces de fijar el
dióxido de carbono de la atmósfera gracias a una proteína llamada
ribulosa-1,5-bisfosfato carboxilasa, o Rubisco de forma abreviada. Esta
proteína se une a moléculas de dióxido de carbono de la atmósfera y las anima a
fijarse a otras moléculas de carbono. A primera vista, la Rubisco parece que
fija el dióxido de carbono con eficacia al ser capaz de fijar cerca de tres
moléculas de carbono cada segundo, lo que da la impresión de rapidez. Pero la
realidad es que es una proteína más bien lenta, ya que otras completan cientos
o miles de reacciones por segundo. Por lo tanto, la Rubisco es más bien
perezosa. La lentitud no es su único defecto, porque también comete errores con
frecuencia, como fijar oxígeno en vez de dióxido de carbono. La fijación del
oxígeno es un derroche para la planta porque acaba conduciendo a la liberación
de dióxido de carbono, lo contrario a la fijación del carbono, de manera que
las plantas pierden hasta un tercio del carbono que fijan debido a este error
molecular. El problema es que la forma de la Rubisco no es lo suficientemente
específica para discriminar siempre entre el dióxido de carbono y las moléculas
de oxígeno.
El problema se vuelve particularmente acuciante en las plantas que viven en
ambientes secos y calurosos, en los que los estomas de las hojas se abren lo
menos posible para impedir la pérdida de agua. Los estomas cerrados hacen caer
la concentración de dióxido de carbono en la hoja porque el carbono se fija
mucho más rápido de lo que se reemplaza desde la atmósfera. Entonces la Rubisco
comete más errores: hay menos moléculas de dióxido de carbono que de oxígeno,
por lo que este último se unirá con más frecuencia que el primero. Varias
especies vegetales han evolucionado para solucionar este problema, de manera
que la Rubisco solo se sintetice en unas células especializadas de las hojas,
mientras que las otras bombean la poca cantidad de dióxido de carbono hacia las
células especiales, lo que hace aumentar su concentración de forma local. De
esta manera, incluso aunque la concentración global de dióxido de carbono de la
hoja sea baja, será elevada en las células especializadas con la proteína
Rubisco, y se reducirá así la probabilidad de error. Así pues, la Rubisco está
lejos de ser óptima. Aunque fije el carbono de forma razonable, quizá exista en
algún lugar del espacio de proteínas posibles otra forma de la proteína que
fijaría el dióxido de carbono con más rapidez y eficacia. La evolución nunca ha
llevado a esta versión de la proteína porque solo se ha explorado una diminuta
fracción de las posibilidades. Pero aunque la Rubisco no sea la óptima, la
selección natural ha dado pie a otras maneras de solventar estas limitaciones.
Una consiste en producir una gran cantidad de la proteína para que haya
suficiente cantidad y se fije el carbono necesario. De hecho, las plantas
producen tanta Rubisco que se piensa que es la proteína más abundante del
planeta. El segundo método, como hemos visto, consiste en bombear el dióxido de
carbono a las células especializadas para elevar su concentración local. Por lo
tanto, en vez de bloquearse por las limitaciones de la Rubisco, la evolución ha
encontrado otras vías y estratagemas con las que solventar el problema.
Podríamos considerar que las soluciones basadas en producir más proteína o en
bombear el dióxido de carbono dentro de la hoja son chapuzas abominables que
ponen de manifiesto la incompetencia de la selección natural para encontrar una
proteína óptima. O del mismo modo podríamos contemplar las soluciones como
hermosas adaptaciones que funcionan dentro de las restricciones del sistema. De
cualquier modo, lo que importa es que los problemas se pueden soslayar de todas
las maneras posibles porque el espacio genético es inmenso y aún le faltan por
explorar muchas posibilidades.
Esta flexibilidad significa que los problemas a menudo se solucionan de
diversas maneras a medida que avanza la evolución. Consideremos la evolución
del vuelo. Las plumas fueron el rasgo crucial que permitió que el vuelo
evolucionara en las aves. Por lo tanto, podría parecer que la falta de plumas
bloquearía la evolución del vuelo en otros grupos, como los mamíferos. Aun así,
el vuelo ha evolucionado en los mamíferos, como los murciélagos, con una
solución diferente para el mismo problema: en vez de plumas, sus alas están
formadas por alerones extendidos de piel, estirados entre sus dedos largos y
delgados. De igual forma podemos comparar las diferentes formas de trinar: las
aves trinan por la vibración de membranas en las vías aéreas, mientras que los
grillos frotan un ala contra la otra. Las diferentes opciones genéticas
posibilitan diferentes soluciones.
Un espacio genético inmenso de posibilidades tiene dos consecuencias. La
primera es que las nubes de población errantes solo han visitado una
pequeñísima parte de este espacio. La segunda es que la alta dimensionalidad
del espacio significa que hay muchas direcciones en las que se pueden mover las
nubes, lo que proporciona una flexibilidad enorme. Lo que la selección natural
pierde al no ser capaz de cubrir todas las posibilidades lo gana en el número
de direcciones que puede tomar.
Las creaciones artísticas humanas se pueden contemplar desde una perspectiva
parecida. Una de las limitaciones de un cuadro es que no puede mostrar el
movimiento directamente. Sin embargo, los artistas han probado distintas
estratagemas para transmitir movimiento a pesar de las cortapisas. Un buen
ejemplo es el cuadro de Miguel Ángel La creación de Adán (figura
8), en el techo de la Capilla Sixtina. El movimiento hacia la izquierda de Dios
se transmite mediante el ropaje ondulante y el cabello azotado por el viento,
además del brazo extendido y la brecha sugerente en la punta del dedo que está
pidiendo que la cierren.
El impresionista Claude Monet utilizó una estrategia diferente para transmitir
el movimiento más de 350 años después. En La calle Montorgueil,
Monet pintó numerosas banderas de un modo impreciso y embrollado (figura 9,
lámina 3). Mediante esta falta de definición, consiguió un sentido notable de
movimiento y vitalidad. Nuestros ojos parecen incapaces de detenerse en nada y
por eso las banderas parecen agitarse ante nosotros. Después de Miguel Ángel
podría pensarse que un cuadro solo conseguiría representar más movimiento
retorciendo más el cuerpo, o encrespando las ropas todavía más. De hecho,
muchos seguidores de Miguel Ángel intentaron capturar el movimiento
precisamente de este modo, con contorsiones corporales cada vez más elaboradas.
Gracias a que siguió una estrategia diferente, Monet transmitió el movimiento
de un modo totalmente nuevo.
Figura 8. La creación de Adán, Miguel Ángel Buonarroti, 1510.
La pintura implica la aplicación de manchas de
color a una superficie fija. El número de combinaciones de colores posibles (el
conjunto de todos los cuadros posibles) es inimaginablemente grande. Los
artistas exploran solo una fracción diminuta de este espacio de posibilidades
y, a pesar de estas limitaciones, consiguen resultados notables gracias al
enorme número de vías que se pueden explorar.
§. Principio de recurrencia
Ya hemos tratado seis principios de la evolución.
En el capítulo anterior hemos visto que cuatro principios (variabilidad de la
población, persistencia, refuerzo y competencia) interaccionan para
proporcionar los fundamentos de la selección natural. En este capítulo han
aflorado dos principios más: uno es el principio de cooperación (la proximidad
permite que los destinos se entrelacen, por lo que la selección natural conduce
a la formación de unidades colaborativas, como genes, proteínas, células e individuos;
estas unidades cooperativas son tanto un resultado como un ingrediente de la
selección natural) y el otro principio es la riqueza combinatoria que conduce a
un mundo de diversidades y a un inmenso espacio de posibilidades genéticas.
Figura 9. La calle Montorgueil, París, celebración del 30 de junio de 1878,
Claude Monet, 1878. Véase la lámina 3.
Sin embargo, hay otra cuestión más que ha estado
acechando en un segundo plano. A lo largo de esta descripción he estado dando
por sentados determinados contextos. En el ejemplo de la selección natural
ofrecida en el capítulo anterior, supuse que una población de manzanos
interaccionaba con una peculiaridad de su entorno, una población de osos.
También supuse que los manzanos tenían un genoma determinado del cual podrían
surgir variaciones, como diferentes grados de dulzor en las manzanas. Nuestros
seis principios de evolución están siempre operando dentro de un contexto
concreto como este. ¿Cómo surge este contexto?
La respuesta implica el modo en el que la selección natural se realimenta a sí
misma. Podría parecer que una vez que el organismo se ha adaptado mejor a su
medio, la selección natural sería menos intensa. Pero no es así. Para ver los
motivos, imaginemos que estamos compitiendo en una carrera automovilística y
que inventamos un artilugio que hace que nuestro coche vaya más rápido que los
otros. Al principio tendremos ventaja y ganaremos, pero una vez que todo el
mundo conozca el artilugio y lo incorporen en todos los coches, perderemos la
ventaja porque todos los automóviles ahora irán más rápido. Lo que fue al
comienzo una ventaja, ahora es simplemente un rasgo estándar de todos los
coches, un nuevo contexto en el cual se pueden realizar otras mejoras. En vez
de reducir la competencia, la difusión del artilugio ha mejorado simplemente el
rendimiento de cada uno, y ha empujado a los inventores a que desarrollen
artilugios aún mejores para que sus coches ganen la carrera.
De igual forma, una vez que una adaptación consigue fijarse por selección
natural, la compartirán todos los individuos de la población. La competencia
será incluso más feroz que antes porque ahora todos los individuos se
reproducen mejor y compiten por los escasos recursos. La selección natural no
se debilita a medida que favorece la diseminación de las adaptaciones, sino que
se estimula a medida que cada adaptación desplaza el contexto y hace que la
competencia sea cada vez más intensa. Nuestras nubes de población imaginarias
se impulsan a sí mismas por el espacio genético, de manera que cada nueva
adaptación crea las condiciones que ayudan a surgir la siguiente. Del mismo
modo que una carrera automovilística no persigue alcanzar una velocidad
determinada, sino ir más rápido que los demás coches, la selección natural no
pretende que se alcance un determinado nivel de adaptación, sino que funciona
de un modo relativo: favorece continuamente las versiones génicas que sirven
para una reproducción más eficaz con respecto al resto de la población. No hay
«tiempo muerto» para la selección natural porque la competencia nunca se para,
sino que se intensifica con cada adaptación que se lleva a cabo.
A esta repetición implacable de un proceso, siempre incitada por lo que había
antes, la denomino el principio de recurrencia. Sin recurrencia, los organismos
representarían tan solo un burdo intento de capturar una única variable
ambiental, el resultado de una única etapa de la selección natural. En cambio,
tenemos un proceso continuo de adaptación que se fundamenta en la adaptación
previa, impulsado por los estándares siempre cambiantes que va creando. En
consecuencia, nuestras nubes de población raramente permanecen quietas, sino
que están en movimiento continuo a medida que los nuevos contextos crean más
desafíos[16].
La evolución se ve propulsada continuamente por el pasado, que siempre modifica
su propio contexto y crea las condiciones para las nuevas etapas. Esta
dependencia del pasado hace que sea un proceso muy constreñido por la historia.
La proteína Rubisco, por ejemplo, comenzó su evolución hace miles de millones
de años cuando había poco oxígeno en la atmósfera, por lo que su incapacidad
para discriminar entre las moléculas de oxígeno y de dióxido de carbono no
tendría mucha importancia para las plantas. Incorporar oxígeno en vez de
dióxido de carbono acabó convirtiéndose en un problema importante más tarde,
cuando la fotosíntesis vegetal incrementó la concentración de oxígeno en la
atmósfera. Pero para entonces podría resultar ya difícil modificar la estructura
de la Rubisco para solucionar este problema debido a que la estructura ya
presentaba determinadas características restrictivas. De igual forma, la
evolución del vuelo de las aves y de los murciélagos estaba constreñida por la
distribución particular de los huesos en las patas delanteras de sus ancestros.
En el caso de las aves, las alas corresponden a brazos completos, mientras que
en los murciélagos corresponden al estiramiento de la mano. No obstante, la
distribución básica de los huesos en las patas delanteras se conserva en ambos
casos y procede de la de sus ancestros. El precio de aprovechar siempre lo que
ya existe son las limitaciones que provocan los primeros sistemas, limitaciones
que no deben impedir que ocurran otros cambios porque, tal y como hemos visto,
la riqueza combinatoria presenta muchas opciones evolutivas. Pero las
limitaciones históricas a menudo dan lugar a trayectorias evolutivas muy
enrevesadas e idiosincrásicas.
Se puede aplicar lo mismo a nuestra analogía artística. Las innovaciones de
Monet dependieron de reacciones a una serie de logros anteriores en la pintura,
entre ellos, los avances de Miguel Ángel y otros durante el Renacimiento. Si
Monet hubiese nacido 400 años antes, no podría haber pintado cuadros de estilo
impresionista. De igual forma, los descubrimientos renacentistas dependieron de
los desarrollos artísticos del periodo bizantino y de la antigüedad clásica.
Incluso aunque el arte se base en los logros anteriores, la historia del arte
no es un camino recto. En algunos aspectos, el estilo impresionista puede
parecer más tosco que el realismo del Renacimiento, y la pintura bizantina con
sus figuras alargadas y aplastadas puede parecer más primitiva que la pintura
de la antigüedad clásica que la precedió. Al igual que con la evolución
biológica, el arte sigue caminos tortuosos porque está en continua construcción
y reacción a lo que había antes, con lo que desplaza su propio contexto.
§. El origen de las especies
Hasta ahora nos hemos fijado en la forma de funcionar de la recurrencia dentro
de una única población. Al fundamentarse constantemente en lo que había antes,
en donde un contexto condiciona la situación para el siguiente, nuestra nube de
población se mueve por el espacio genético para explorar diferentes regiones.
Pero la evolución no afecta tan solo a una única población, sino que al haber
muchas especies, cada una de las cuales se puede considerar una población de
individuos que se cruzan entre sí, habrá muchísimas nubes de población, o de
especies, explorando las distintas direcciones. Además, estas especies pueden
interaccionar con otras, como vimos con las manzanas y los osos, y las
interacciones proporcionan un contexto incluso más amplio para la evolución al
abarcar ecosistemas completos. ¿Cómo surge este contexto más amplio?
Para responder esta cuestión, primero necesitamos conocer lo que mantiene unida
a una población. ¿Qué impide que una nube de población se disperse por el
inmenso espacio genético que la rodea? La respuesta tiene que ver con el sexo.
Si un individuo es muy diferente del resto de su población, podría ser incapaz
de aparearse de manera eficaz. E incluso si lo hiciera, la descendencia podría
ser como un batiburrillo de rasgos diferentes que no tendrían fácil su
supervivencia. Por consiguiente, el cruce continuo de individuos, combinado con
la selección natural, garantiza que la variabilidad de una población esté
confinada dentro de determinados límites. Este confinamiento mantiene en el
espacio genético la cercanía de los miembros de la misma población
reproductora. El sexo frecuente proporciona la cohesión, el pegamento genético
que mantiene unida a la población y la define como una unidad o especie.
Pero esto conlleva un problema, el mismo que le provocó noches de insomnio a
Darwin: si la reproducción sexual mantiene las especies juntas, ¿por qué
tenemos tantas poblaciones diferentes en la Tierra, millones de especies
diferentes? Si imaginamos que todas descienden de un ancestro común, entonces
en algún momento esta especie ancestral debió dividirse en dos o más. Es de
suponer que la sucesión de rondas de división como esta hayan dado lugar a las
muchas especies de hoy en día. Pero ¿cómo puede ser que el pegamento sexual que
mantiene unidas a las especies acabe desapareciendo, de modo que una especie se
convierte en dos? Es difícil ver que la selección natural pueda bastarse por sí
sola para impulsar este proceso de especiación. La selección natural favorece un
incremento de la capacidad reproductora, a pesar de que un rasgo clave de dos
especies es su incapacidad para procrear entre sí. Incluso si se aparearan con
éxito, dos especies diferentes suelen producir una descendencia estéril, como
cuando un burro y una yegua se aparean para producir una mula estéril. No es
fácil ver cómo se podría seleccionar la infertilidad, que es lo contrario al
éxito reproductor. Como he argumentado que la reproducción sexual mantiene
unidas nuestras nubes de población, es difícil ver que puedan acabar
dividiéndose, escindiéndose en dos.
Nos topamos con el mismo problema en los idiomas. Una de las características
más raras del ser humano es que conversa en muchos idiomas diferentes. En aras
de la comunicación, tendría más sentido para todo el mundo hablar el mismo
idioma. La Biblia se detiene a explicar largo y tendido la razón por la que el
Creador tuvo que imponer la diversidad lingüística. Según el libro del Génesis,
al principio todo el mundo hablaba el mismo idioma y las diferentes lenguas
surgieron más tarde como un castigo impuesto por Dios a los habitantes de
Babel. Ocurrió cuando estas personas decidieron celebrar sus logros
construyendo juntos una gran torre (figura 10). Tal acto de vanidad trajo la
desaprobación de Dios, que castigó a los habitantes de Babel haciéndoles hablar
diferentes idiomas, lo que destruyó su capacidad colaboradora y favoreció su
dispersión, dando lugar a los muchos idiomas que se hablan hoy en día. Se trata
de una extraña historia diseñada para explicar una elección extraña: si
tuviéramos que crear humanos, tendría más sentido hacer que todos hablasen un
mismo idioma, no varios diferentes.
Podemos plantear una explicación más prosaica del surgimiento de la diversidad
lingüística. Consideremos los idiomas europeos, como el inglés, el francés o el
italiano. Son tan diferentes que los hablantes de uno no pueden comprender
fácilmente a los del otro. Aun así, todos ellos comparten raíces comunes: se
remontan a una lengua ancestral común, que se cree que hablaban las primeras
tribus fundadoras de Europa[17]. Si
imagináramos todos los idiomas concebibles como un enorme espacio de
posibilidades, entonces es como si una nube ancestral en este espacio
lingüístico hubiera acabado dando lugar poco a poco a muchas nubes diferentes
que constituirían las diferentes lenguas de hoy en día. A lo largo de este
proceso, cada nube lingüística ha permanecido coherente (los individuos que
comparten el mismo idioma siempre han sido capaces de conversar entre sí), y a
pesar de ello, con el tiempo, se han separado tanto que se ha vuelto muy
difícil cualquier conversación entre los individuos de nubes diferentes.
Figura 10. La Torre de Babel, Pieter Brueghel el Viejo, 1563.
Las barreras geográficas probablemente han
desempeñado una función importante a la hora de separar las nubes lingüísticas.
Siempre que las personas conversen con regularidad entre sí, habrá una
tendencia fuerte para que hablen el mismo idioma. Sin embargo, una vez que las
poblaciones estén separadas por montañas o por un mar, los idiomas pueden
comenzar a divergir porque ya no hay ninguna necesidad para mantener la
comunicación entre los dos grupos. Las diferencias en el medio físico no
impulsan los cambios: hablar italiano, en vez de inglés, no permitirá manejarse
con más eficacia en el clima de Italia. En lugar de eso, los idiomas tienden a
separarse por la acumulación de cambios pequeños que por sí mismos apenas
suponen diferencias en uno u otro sentido. A medida que cada generación aprende
a comunicarse, se pueden introducir variaciones casuales en las palabras y en
su pronunciación, y luego se diseminan por la región. Algunas palabras se
establecen a expensas de otras porque hay límites sobre el número de palabras
que pueden mantenerse. Por ejemplo, si hay dos maneras de decir «manzana»,
entonces a lo largo del tiempo podríamos esperar que una de ellas acabe
predominando. No es que una de las formas de decir manzana sea intrínsecamente
mejor que la otra, sino que la limitación está en el número de palabras que
somos capaces de retener, por lo que lo más probable es que al final se
reemplace una de ellas.
Cada cambio por sí solo no altera la comprensión, pero con la acumulación de
muchos, los idiomas pueden evolucionar y volverse muy diferentes unos de otros,
tan diferentes que los hablantes de un idioma ya no conseguirán comprender a
los del otro. En nuestro espacio lingüístico imaginario, cada idioma forma una
nube que se mantiene pequeña porque solo hay variaciones lingüísticas menores
entre las personas que suelen conversar entre sí. Pero cuando surgen barreras
para la conversación interpersonal, con mucha frecuencia porque están distantes
desde el punto de vista geográfico, las nubes lingüísticas pueden separarse y
alejarse con el tiempo. Por supuesto, esta explicación de la divergencia
lingüística está muy simplificada, pero ilustra la división de las nubes
incluso si no hay nada que las incite activamente a separarse.
Puede surgir una divergencia equivalente en el caso de la evolución biológica.
Las barreras físicas abundan en la Tierra porque la materia se agrega en
escalas muy diferentes, y genera un mundo heterogéneo lleno de fronteras: los
ríos, los mares o las montañas dividirán las regiones, y a menor escala, los
estanques estarían divididos por franjas de tierra. Por lo tanto, las
poblaciones verán restringida su capacidad de movimiento a una escala u otra.
De vez en cuando, unos pocos individuos de una población consiguen superar una
barrera e invadir una nueva localidad, al nadar a una isla o al viajar de un
estanque a otro, y con ello crearán una nueva colonia. El resultado son dos
poblaciones separadas en el espacio. Como la reproducción sexual es un acto
cooperativo que depende del contacto físico (la unión de las células sexuales
de cada progenitor), el material genético se intercambiará poco o nada entre
estas dos poblaciones.
En ausencia del contacto, nuestras dos nubes de población comenzarían a
apartarse hacia regiones diferentes del espacio genético. Esta divergencia
puede verse impulsada en parte por las diferencias ambientales entre las dos
localizaciones, que conducirán a adaptaciones diferentes por selección natural.
Pero incluso sin diferencias ambientales importantes, podríamos esperar que las
nubes se separaran, quizá por los compromisos: a menudo se es mejor en un
aspecto a expensas de ser peor en otro. Tener pezuñas, por ejemplo, puede
significar que eres más bueno corriendo por el suelo, pero te puede hacer peor
para trepar a los árboles; se obtiene una ventaja a costa de una desventaja.
Para algunos cambios evolutivos, los beneficios obtenidos de adaptarse en un
cierto aspecto pueden compensarse más o menos con las pérdidas en otro. La
ventaja de ser capaz de correr más rápido puede quedar contrarrestada por la
desventaja de no ser capaz de trepar a los árboles. En tales casos, un cambio
evolutivo quizá no produzca ninguna diferencia importante en la capacidad
global de un organismo para sobrevivir y reproducirse, incluso aunque modifique
su funcionamiento. En términos evolutivos, el cambio es casi neutro,
equivalente en nuestra analogía lingüística a sustituir una manera de decir
manzana por otra igualmente buena. Cuantas más dimensiones tenga nuestro
sistema, más probable es que tales compromisos surjan, porque habrá más
opciones que explorar[18]. Dadas las
muchas dimensiones del espacio genético y el entorno, cabe esperar que haya
muchas trayectorias de esta clase por las que puedan moverse nuestras nubes de
población. Los compromisos son habituales porque la riqueza combinatoria
garantiza que la vida pueda tomar muchas direcciones equivalentes.
Si una población queda dividida por una barrera física, como una cadena
montañosa, resulta probable que las poblaciones separadas comiencen a alejarse
la una de la otra en el espacio genético y a operar de diferentes maneras, del
mismo modo que los idiomas separados divergen con el tiempo. Al apartarse de
esta forma, las poblaciones también podrían dejar de ser compatibles desde el
punto de vista sexual, al igual que la comunicación entre los que hablan lenguajes
divergentes se hace cada vez más difícil. La incompatibilidad sexual no está
empujada por la selección natural, sino que es una consecuencia indirecta de la
barrera reproductora entre las nubes. Para decirlo de otro modo, al igual que
la comunicación, la compatibilidad sexual entre los individuos de una población
se tiene que mantener activa con intercambios regulares; una vez que se
detienen estos intercambios, las incompatibilidades comenzarán a acumularse. He
dado un ejemplo de cómo la separación de las nubes (la división de una especie
en dos) puede tener lugar después del aislamiento geográfico, pero no se debe
pensar que no existen más mecanismos: hay muchos otros escenarios posibles con
varios grados y formas de separación.
§. Especies y ecosistemas
Hemos visto que una especie puede dividirse en dos
después de que se separen por una barrera física. Pero ¿cómo ha conseguido la
evolución conducir a la formación de varias especies en el mismo lugar? Esto
implica que muchas nubes del espacio genético coexisten en la misma región de
espacio físico. Para responder esta pregunta, miremos los posibles resultados
cuando se restablece algún contacto entre poblaciones después de una separación
temporal.
Supongamos que unos pocos individuos de una de nuestras poblaciones cruzan la
barrera separadora y llega al área habitada por otra población. Si los recién
llegados aún pueden aparearse con los de la población que se encuentran, se
podrían integrar totalmente en ella poco a poco a lo largo de varias
generaciones. La nube genética de los recién llegados se absorbe en la de la
población hospedadora.
Otra posibilidad tiene lugar cuando las poblaciones han divergido tanto que ya
no consiguen aparearse, en cuyo caso los recién llegados formarían una cohorte
distinta que coexiste con la población más grande. Si la nueva cohorte vive de
un modo muy similar a sus vecinos y se mezcla libremente con ellos, seguramente
sobrevendrá la competencia por los mismos y escasos recursos. Esto podría
finalmente conducir a la extinción de una de las poblaciones debido bien a que
es menos capaz de competir, o bien a las leyes del azar (si ambas poblaciones
compiten igualmente bien). Sin embargo, si los recién llegados funcionan de
modo diferente a sus vecinos, podrían explotar el entorno de diferentes maneras
y, por lo tanto, ocupar un nicho ligeramente diferente. Es probable que estén
disponibles muchos nichos debido a la riqueza combinatoria de los medios
físicos y de los organismos que están en ellos. Al ocupar nichos ligeramente
diferentes, las poblaciones podrían coexistir de forma más estable porque cada
una podría mantenerse con recursos que le son hasta cierto punto peculiares.
Como resulta beneficioso que no compitan por los mismos recursos, cabría
esperar que la selección natural dentro de cada población incrementara la
especialización, con lo que las poblaciones seguirían divergiendo con el
tiempo. En otras palabras, las dos nubes genéticas se separarían incluso más,
como si se repeliesen entre sí. El resultado es que las dos nubes de población
se distancian cada vez más en el espacio genético, incluso aunque ocupen la
misma región del espacio físico.
Hemos acabado con un pequeño ecosistema que comprende dos especies, donde cada
una explota un nicho diferente. Debo insistir en que estos nichos no son rasgos
absolutos del medio, sino que surgen por las interacciones entre las dos
poblaciones. Si solo hubiera una población, el concepto de nicho sería
innecesario, ya que los nichos solo hay que definirlos cuando consideramos
poblaciones que interaccionan y que se especializan. Un nicho es un concepto
relacional, una peculiaridad que evoluciona junto con la especie, en vez de
existir de forma independiente.
Con poblaciones que continuamente se dividen, separan y vuelven a encontrarse,
pueden evolucionar múltiples especies, cada una de las cuales ocupará un nicho
distintivo en un ecosistema. El resultado es muchos organismos que viven juntos
y cada uno captura aspectos concretos de su entorno. Por supuesto, existe un
límite para esta división de nubes porque los ecosistemas ocupan regiones
finitas y no pueden mantener un número infinito de especies. Al igual que se
forman nuevas especies, otras se acaban extinguiendo. Los ecosistemas de
nuestro mundo son el resultado de este equilibrio entre la producción y la
extinción de las especies[19]. Debido a la
actividad humana, la tasa de extinción de las especies es actualmente mucho más
elevada que la tasa a la que se originan, por lo que su número está
disminuyendo rápidamente.
Como los ecosistemas maduros contienen muchas especies, hay muchas formas
complejas en que nuestras nubes de población pueden interactuar, dividirse y
apartarse. Los compromisos pueden surgir ahora mediante interacciones entre las
especies. Los azúcares que hacen que una manzana sea más dulce para un oso
también pueden hacerla más atractiva para los hongos y las bacterias: un logro
en la dispersión de las semillas se ve comprometido al incrementarse la
susceptibilidad a enfermedades. La selección natural sobre la población de
manzanos actuaría incrementándole la resistencia a las enfermedades, pero al
mismo tiempo la selección natural sobre las poblaciones de hongos y bacterias
actuaría incrementándoles su virulencia. Las poblaciones no evolucionan de
forma aislada, sino que lo hacen continuamente unas respecto a otras. Dentro de
cada ecosistema, las especies y los nichos están en continua reorganización: a
medida que se mueve cada nube de población, influye en las otras nubes, altera
su contexto y las empuja suavemente en nuevas direcciones[20]. El espacio
genético está lleno de nubes de población que se impulsan a sí mismas, al mismo
tiempo que también se empujan entre sí en nuevas direcciones. Este es el
principio de la recurrencia operando a nivel de muchas especies en interacción.
§. Una receta para la evolución
En el capítulo anterior vimos que en el corazón de
la selección natural subyace un doble bucle de realimentación entre el refuerzo
y la competencia. Estos dos bucles interconectados están alimentados por un
equilibrio entre la variabilidad y la persistencia de la población, lo que
conduce a un incremento de la capacidad para sobrevivir y reproducirse.
Pero esta visión de la evolución da por sentado algunas cosas. Supone que
tenemos una población de paquetes espaciales integrados llamados individuos.
Hemos visto que la individualidad depende de la cooperación, que es tanto un
resultado como un ingrediente de la selección natural. Al reunir varios
componentes, la cooperación también les permite combinarse de muchas maneras,
generando muchas posibilidades. Este principio de riqueza combinatoria es lo
que hace que el mundo y sus organismos estén tan preñados de posibilidades.
La interacción entre estos seis principios —variabilidad de la población,
persistencia, refuerzo, competencia, cooperación y riqueza combinatoria—
proporciona el fundamento de la evolución. Pero el motivo por el que se genera
un mundo vivo tan rico y diverso tiene que ver con la recurrencia, nuestro
séptimo principio. Cada adaptación desplaza la posición de los objetivos y
configura el escenario para que aparezcan más adaptaciones. En lugar de
disminuir a medida que las adaptaciones se diseminan en una población, la
competencia se incrementa a medida que aparecen nuevas apuestas, instando a la
población a satisfacer estándares más elevados. A medida que las poblaciones se
dividen, divergen y se reencuentran, el mismo proceso está teniendo lugar entre
muchas especies, cada una rivalizando con las otras por un lugar sostenible en
un ecosistema complejo. El contexto para la evolución no está fijado, sino que
cambia continuamente y se redefine mediante el propio proceso evolutivo. Dado
que la evolución cambia continuamente y redefine su propio contexto, nos
podríamos preguntar cuál fue el primer contexto evolutivo. La vida se originó
hace unos 3800 millones de años, pero no se conocen las circunstancias precisas
que condujeron a las primeras formas vivas. Sin embargo, es poco probable que
hubiera un comienzo claramente definido porque, como hemos visto, la evolución
implica numerosos bucles de realimentación, en cuya naturaleza está no tener un
comienzo claro[21]. Los
agregados moleculares toscos con una capacidad elemental para replicarse
podrían haber sido una forma primitiva de cooperación y persistencia. Estos
agregados podrían entonces haberse reforzado mediante la replicación, lo que
finalmente da lugar a la competencia por los escasos recursos. La variabilidad
que surge durante la reproducción se vería sometida entonces a más refuerzo y
competencia, lo que conlleva un mayor nivel de cooperación. A medida que se
incrementa la cooperación, los componentes reunidos se podrían combinar de
distintas maneras, lo que conduce a una mayor riqueza combinatoria y, por lo
tanto, a una mayor diversidad de posibilidades. A medida que se repite este
proceso, habrían emergido las primeras formas que podríamos reconocer como
seres vivos. Por lo tanto, el contexto de la vida primigenia podría haber
surgido por una serie de bucles de realimentación y de interacciones, y no como
una etapa nítida.
Cualesquiera que fueran los acontecimientos que condujeron a los primeros
atisbos de vida, no se encontrará en ellos la riqueza de la vida, como tampoco
se encontrará la riqueza de la pintura en los primeros garabatos humanos en la
arena. Más bien, el esplendor de la vida reside en el modo en el que se han
transformado profundamente estos atisbos iniciales. A medida que fueron
surgiendo las primeras nubes de población, se incitaron a sí mismas a recorrer
el espacio genético. Algunas se dividieron para crear nuevas nubes, mientras
que otras se extinguieron, pero sus periplos por el inmenso espacio de
posibilidades genéticas fueron incesantes, y gracias a ellos surgió la gran
gama de patrones y formas vivas.
Nuestros siete principios —variabilidad de la población, persistencia,
refuerzo, competencia, cooperación, riqueza combinatoria y recurrencia— y sus
interacciones proporcionan la fuerza impulsora para estos periplos, que
conducen a la notable variedad de organismos que observamos hoy en día. A esta
colección de siete principios y a su forma de trabajar juntos lo he denominado
la receta creativa para la vida, que está cimentada en el mundo
físico, y descansa en la acción de fuerzas físicas y en las limitaciones de un
mundo finito. Por eso la vida es una manifestación importante, pero muy
peculiar, que surgió cuando los ingredientes de la receta creativa para la vida
se reunieron por primera vez hace varios miles de millones de años.
La evolución es un proceso de transformación que ha hecho posible otros tipos
de transformación: que de los huevos se desarrollen adultos, que los recién
nacidos se conviertan en adultos sofisticados y que las sociedades tribales se
transformen en civilizaciones complejas. ¿Qué tienen que ver estas últimas
transformaciones con la evolución? Para responder esta pregunta debemos mirar
cómo funcionan estos otros tipos de transformaciones. Comenzaremos con el
desarrollo, la primera de las transformaciones que apareció en la evolución.
Capítulo 3
Conversaciones de un embrión
Contenido:
§. Principios de Turing
§. Formación de patrones en una célula
§. Encendido y apagado de los genes
§. Una lucha molecular
§. El estudio de los gradientes
§. Una forma común
El cartero llama a su puerta y le tiende un sobre
que contiene una invitación en la que pone: «Tenemos el placer de invitarle a
una merienda en honor de Alan Turing». Usted aloja en su casa a un amigo que se
jacta de su cultura general, por lo que le muestra la invitación. «Ah sí,
Turing. Creo que era uno de los tíos que inventó el ordenador. También ayudó a
descifrar el código secreto utilizado por los alemanes durante la Segunda
Guerra Mundial (creo que se llamaba el código Enigma). Se suicidó cuando era muy
joven en los años cincuenta (mordió una manzana untada de cianuro). Me parece
una invitación interesante. Yo que tú, iría». Llega a un gran edificio en medio
de Manchester. Después de mostrar la invitación en la puerta, le conducen a una
gran habitación y le dan una taza de té. Hay mucha gente dando vueltas sola,
pero finalmente alguien se le acerca.
—Hola, Soy Carlos. ¿Sabe de qué va esto?
—Lo siento. No tengo ni idea. Me llegó esta invitación sin esperarlo.
Alguien más le oye y se une.
— ¿A usted también? Sí que es muy extraño. Soy un matemático y trabajo en el
mismo departamento que Turing cuando estaba aquí en Manchester, pero no tengo
ni idea de lo que pasa hoy.
Unas cuantas personas más se unen a la conversación, pero ahora su grupo se
está haciendo muy grande y no alcanza a oír lo que dice cada persona por encima
del ruido general de la habitación. Por lo tanto, poco a poco se va situando en
el borde y vuelve a quedarse solo. A estas alturas ya se han formado montones
de grupos con personas que conversan animadamente. Se siente demasiado visible,
por lo que acaba uniéndose a otro grupo de personas y entra en la conversación.
La merienda continúa en esta dinámica, con muchos agregados de personas
charlando. A pesar de que los individuos de cada grupo cambian con el tiempo,
el patrón de agregados permanece. Turing se hubiera sentido feliz.
Durante su vida, Turing se interesó por descubrir las relaciones matemáticas
simples que subyacen a los patrones[22]. Sus
primeras investigaciones mostraron que nuestra capacidad para solucionar los
problemas es un tipo de patrón que se puede expresar matemáticamente. Esta idea
le condujo al concepto de máquinas que solucionan problemas, más conocidas como
ordenadores. También trabajó en cómo desenmarañar el patrón de símbolos en los
mensajes codificados durante la guerra. Hacia el final de su carrera, Turing se
fijó en los patrones que surgen durante el desarrollo biológico. Con desarrollo me
estoy refiriendo al proceso mediante el cual una única célula, el huevo
fecundado, es capaz de transformarse en un organismo pluricelular complejo.
Como era típico de Turing, simplificó el problema hasta llegar a la esencia de
esta transformación.
Veamos la figura 11, en la que se muestra un patrón de manchas espaciadas que
no se consiguió dibujándolas cuidadosamente a mano, sino automáticamente con la
aplicación de algunas reglas matemáticas simples. Alan Turing formuló por
primera vez estas reglas en 1952 para demostrar que las moléculas son capaces
de organizarse por sí solas[23]. El tono de
gris del diagrama refleja la concentración de una molécula: el negro para las
regiones muy concentradas (donde abunda la molécula), y el blanco para las
áreas donde la concentración es más baja. Podemos ver que las moléculas se
agrupan en regiones y forman áreas espaciadas de concentración elevada, como
los agregados de conversación en la merienda, en la que a pesar de que nadie
fue informado de dónde formar los grupos, estos afloraron espontáneamente por
la interacción entre las personas. De igual forma, las regiones de
concentración molecular elevada de la figura 11 surgen a partir de una
distribución inicial uniforme de moléculas y su interacción posterior. Al
definir las reglas de interacción, Turing destacó algunos principios clave
gracias a los cuales se pueden transformar los patrones desde distribuciones
inicialmente simples a organizaciones más complicadas. Como estas reglas se
referían a moléculas, Turing pensó que podrían explicar la manera en que una
estructura inicial aparentemente simple, el huevo fecundado, podría
gradualmente convertirse en un adulto más complejo. Vamos a estudiar de más
cerca los componentes principales del sistema de Turing. En el resto del
capítulo utilizo algunos términos con los que también se describe la evolución
con la idea de resaltar los elementos fundamentales que ambos comparten.
Figura 11. Patrón obtenido al aplicar las reglas de Turing.
§. Principios de Turing
Si colocamos una bolsita de té en una taza de agua
caliente, el agua comienza a ponerse marrón a medida que el té se disuelve y se
extiende desde la bolsita al resto de la taza[24]. Este
proceso de difusión implica una progresión suave del color marrón. No obstante,
si pudiéramos acercarnos para observar cada molécula de agua y de té, no
observaríamos un movimiento suave, sino frenesí y caos: las moléculas se agitan
continuamente por la solución y chocan con otras al azar. Este comportamiento
es una consecuencia de la regla física de que las cosas que se encuentran
próximas tienden a interaccionar con más fuerza: cuando dos moléculas en
solución se acercan demasiado, suelen repelerse o rebotar. Tenemos dos niveles
de comportamiento: a escala de la taza de té vemos una progresión suave del
color marrón, mientras que a escala molecular vemos frenesí y caos.
Estos dos niveles de comportamiento se pueden relacionar con las ideas de la
estadística. Tal y como vimos en el capítulo 1, en la estadística intervienen
los conceptos de población y variabilidad. En este caso, la población es la
colección de moléculas de agua y té de la taza. La variabilidad implica que
cada molécula se mueve y choca al azar. Incluso aunque cada molécula siga una
trayectoria aleatoria, las de té tienden, de media, a alejarse de su origen, la
bolsita, porque no hay nada que las retenga cerca de ella. Así pues,
probablemente se alejen después de un rato, incluso si se mueven en direcciones
aleatorias entre las colisiones. Por un motivo parecido, un borracho que camine
al azar después de salir de casa es muy poco probable que permanezca cerca de
ella. El resultado global de los movimientos aleatorios de las numerosas moléculas
de té es que se difunden poco a poco por la taza. Dado que el número de
moléculas y de colisiones es tan enorme, al tomar la población en conjunto
observaremos una progresión suave del color marrón: del caos de los movimientos
de cada molécula emerge la difusión regular. Al igual que con otros procesos
estadísticos, la difusión no es una propiedad de un suceso único tomado de
forma aislada (los movimientos de cada molécula entre las colisiones ocurren en
direcciones aleatorias), sino el resultado colectivo de una población.
Las moléculas de té en difusión tienden a alcanzar una distancia promedio en un
tiempo determinado. Esto significa que podemos convertir la difusión en un tipo
de regla, una medida de la distancia. Pero a diferencia de las reglas que
solemos utilizar para medir, esta es estadística y funciona de acuerdo con el
comportamiento de la población de moléculas.
Además de la difusión, las colisiones moleculares aleatorias acabarán
provocando otro tipo de suceso: una reacción química. Dos moléculas pueden
encontrarse y unirse para formar una nueva molécula, igual que dos personas
pueden tropezarse y comenzar a conversar. Como las reacciones químicas dependen
de las colisiones aleatorias, la velocidad a la que se producen depende de la
abundancia, o concentración, de las moléculas implicadas, dependencia que a
veces recibe el nombre de ley de acción de masas. Surge como el efecto medio de
muchas colisiones al azar dentro de una población de moléculas y, por lo tanto,
se trata de otra propiedad estadística. Estas dos formas de regularidad
estadística (velocidad de reacción química y de difusión) proporcionan los
cimientos del sistema de formación de patrones de Turing, motivo por el cual a
veces se le denomina sistema de reacción-difusión.
El que haya demasiada variación puede volverse un problema si queremos generar
un patrón: en nuestra merienda no se formarán grupos si cada uno corre de un
sitio a otro alocadamente. Por lo tanto, además del movimiento de la población
de moléculas, necesitamos un elemento que dé estabilidad. En el caso del
sistema de Turing, los productos de las reacciones químicas tienen que ser
suficientemente estables para perdurar durante algún tiempo, y las moléculas no
deben agitarse ni mezclarse entre sí con demasiada rapidez. Se necesita que
haya suficiente variabilidad (movimiento aleatorio de las moléculas) para
permitir que empiecen a formarse los patrones, pero no tanta que acabe
disipándolo todo. Además de variabilidad en la población, se necesita
persistencia.
Una característica clave de una merienda es que una vez que dos personas
comienzan a conversar, a las demás les gustará unirse. La conversación fomenta
más conversación y, por lo tanto, se estimula a sí misma de forma local. Turing
propuso que su sistema molecular tendría un tipo equivalente de refuerzo.
Además de participar en las reacciones, algunas moléculas catalizan o favorecen
las reacciones. Turing se fijó en lo que ocurriría si el producto de la
reacción fuera a su vez una molécula catalizadora. En otras palabras,
supongamos que tenemos un catalizador que refuerza una reacción y que el
producto de la reacción incrementa la cantidad de catalizador. La molécula
catalizadora estimularía su propia producción, esencialmente favoreciéndose a
sí misma. Si su concentración fuera ligeramente mayor en un área, tendería a
producirse en aún más cantidad en dicha posición. Se trata de un sistema que
favorece disparidades y que amplifica las diferencias en vez disiparlas.
Si todo lo que tenemos es refuerzo o autopromoción, el sistema en conjunto
simplemente se estimularía a sí mismo para alcanzar concentraciones moleculares
cada vez más altas en vez de producir un patrón ordenado. Esto nos lleva a
nuestro siguiente principio: la competencia. En el caso de la merienda, la
tendencia a que las personas se junten no es constante: a medida que un grupo
se hace más grande, se vuelve más difícil escuchar lo que otros dicen por
encima del ruido de las demás conversaciones, por lo que las personas tenderán
a abandonar los grupos después de que alcancen un determinado tamaño. Cada
grupo es víctima de su propio éxito, y por eso terminaremos con muchos grupos
de conversación independientes en vez de con un gran conglomerado de personas.
En este ejemplo, el aspecto auto limitante del tamaño del grupo surge porque
las personas compiten por escuchar lo que se dice. Otra fuente de competencia
es la lucha por hablar: a medida que un grupo se hace más grande, encontraremos
menos oportunidades para contribuir, con lo que podríamos decidir que lo
abandonamos.
Turing también invocó una forma de competencia a la hora de generar estructuras
moleculares. La competencia surgirá, entre otros motivos, por la limitación
natural de la reacción química: la producción de una molécula en una reacción
implica el consumo de otras moléculas, denominadas sustratos, que están
presentes en la solución. Cada vez que se genera un producto de forma auto
inducida, se consumen moléculas de sustrato. Dado que el suministro de
sustratos no es infinito, el proceso continuará hasta que comiencen a agotarse.
La molécula auto inducida se convierte en una víctima de su propio éxito:
cuanta más se fabrica, menos sustrato queda disponible para su síntesis y
empiezan a competir entre sí por el poco sustrato que va quedando. La competencia
se va intensificando a medida que se consume más sustrato, lo que retrasa
todavía más el incremento de la molécula auto inducida.
El proceso se puede resumir mediante dos bucles de realimentación
interconectados (figura 12). La molécula auto inducida forma un bucle de
realimentación positiva porque estimula su propia síntesis (refuerzo). El bucle
de realimentación negativa indica el efecto estrangulador por la limitación del
sustrato sobre el sistema (competencia). Estos bucles operan en el contexto de
la difusión: tanto las moléculas auto inducidas como las de sustrato están en
continua agitación por la solución, lo que les permite diseminarse y participar
en reacciones químicas. Turing demostró que, según lo rápido que difundan las
moléculas auto inducidas y de sustrato, a veces acabarán formándose regiones
espaciadas de concentración elevada, como en la figura 11. Esto ocurrirá
incluso si comenzamos con una distribución uniforme de moléculas. Al igual que
con las conversaciones en la merienda, la autoinducción puede conducir a un
refuerzo local, mientras que la competencia disgrega las cosas y ayuda a
esparcirlas. Turing había demostrado que con algunas reglas simples se podría
conducir a la transformación de una distribución inicialmente uniforme en un
patrón de manchas más complejo.
Figura 12. Interacción entre el refuerzo (bucle positivo) y la competencia
(bucle negativo) en un sistema de Turing.
Otro modo de conseguir el mismo tipo de resultado
es mediante una forma ligeramente diferente de competencia[25]. Supongamos
que la molécula auto inducida no solo cataliza su propia síntesis, sino también
la de otra molécula, que denominaremos inhibidor. El efecto de la molécula
inhibidora consiste en interferir con la molécula auto inducida para impedir
que catalice su propia formación. De nuevo tenemos dos bucles de realimentación
(uno positivo y otro negativo), pero el negativo ahora representa a un
inhibidor en vez de la limitación del sustrato. A medida que comienza a
incrementarse la cantidad de moléculas auto inducidas, comienzan a catalizar la
producción de más moléculas inhibidoras, que a su vez contrarrestarán el
aumento de las moléculas auto inducidas. La molécula auto inducida ha sido
víctima otra vez de su propio éxito, porque cuanto más se produce, más
inhibidor se genera también. Una vez más, el resultado puede ser un patrón
irregular de concentraciones altas.
En este caso, la limitación del ascenso de la molécula auto inducida viene
provocado por la síntesis de un inhibidor y no por la competencia por una
cantidad escasa de sustrato. No obstante, el principio fundamental de un bucle
de realimentación negativa impulsado por una entidad auto inducida es muy
similar. Utilizo competencia como término general para
describir ambas formas de bucle de realimentación negativa, como limitaciones
ocasionadas por la inhibición o como escasez de un componente.
En la raíz de estos sistemas de formación de patrones encontramos algunas
similitudes formales con lo que describimos para la selección natural en el
capítulo 1. En ambos casos encontramos un doble bucle de realimentación con
refuerzo y competencia, alimentado por un equilibrio entre la persistencia y la
variabilidad de la población. A diferencia de la selección natural, en el
sistema de Turing no intervienen poblaciones de organismos que se reproducen
durante generaciones, sino que afecta a poblaciones de moléculas que
interaccionan durante mucho menos tiempo. En él intervienen un conjunto de
principios parecidos a los de la selección natural, pero bajo una nueva
apariencia. El resultado neto no es la evolución de los organismos, sino la
transformación de los patrones dentro de cada organismo.
En el momento en el que Turing propuso sus ideas, se sabía poco sobre los
mecanismos moleculares que subyacen a la formación de patrones. El modo en el
que trabajan los genes tampoco se conocía bien, y ni tan siquiera se había
descubierto la estructura del ADN. Su esquema fue más bien especulativo, con
muy pocas pruebas directas a favor o en contra. Sin embargo, en las pasadas
décadas hemos aprendido mucho más sobre cómo transcurre realmente el desarrollo[26]. Aunque
estos hallazgos más recientes se describan a veces con términos diferentes a
los que Turing utilizó, veremos que implican la misma clase de principios a los
que apeló.
§. Formación de patrones en una célula
Para ilustrar la imagen que ha aflorado de los
descubrimientos más recientes, comencemos con un caso de formación de patrones
en el mundo unicelular. Cada vez que se reproduce una bacteria de la
especie Escherichia coli, se forma un patrón: se genera un tabique
en el centro de la célula que la divide en dos. ¿Cómo se las apaña E.
coli para trazar una línea por el centro? La posición del tabique
depende de una interacción entre dos proteínas, denominadas MinD y MinE[27]. Estas
proteínas custodian los dos extremos de la célula, e impiden que se forme un
tabique en ellos, con lo que garantizan que solo se formará en el centro. Si
contempláramos a MinD y a MinE durante un tiempo, veríamos que están muy
concentradas en un extremo de la célula y a continuación, unos minutos después,
la concentración se eleva en el otro extremo (figura 13). Se comportan como
policías con un ritmo regular, moviéndose hacia atrás y hacia delante para
garantizar que no se forme ningún tabique cerca de los extremos de la célula.
¿Qué guía este curioso comportamiento de las proteínas Min?
Comencemos con MinD. Si observamos de cerca la ubicación de la proteína MinD,
veremos que, además de difundirse con libertad dentro de la célula, también es
capaz de unirse a la membrana celular, con lo que permanecerá ahí durante
cierto tiempo. Esta unión a la membrana también favorece que otras moléculas
MinD se unan cerca de ella. En otras palabras, MinD refuerza la fijación de sus
semejantes. Podríamos esperar que, al final, todas las moléculas de MinD estén
fijadas a la membrana. Sin embargo, esto no ocurre debido al efecto competidor
de MinE, la otra proteína del equipo: MinE se une a las moléculas de MinD de la
membrana y hace que se desprendan y vuelvan al interior de la célula. Esto
significa que MinD se convierte en una víctima de su propio éxito: cuanto más
se une a la membrana, más MinE acude a esa posición y más MinD se desprende
entonces. Podemos resumir esta relación con nuestro conocido diagrama del doble
bucle de realimentación (figura 14). El bucle positivo representa la fijación
de MinD a la membrana y el fomento de la fijación de más moléculas de MinD. El
bucle negativo representa la atracción que MinD ejerce sobre MinE hacia la
membrana, lo que la hace desprenderse. Tenemos todos los ingredientes
necesarios para que aparezca un patrón. Las simulaciones por ordenador
demuestran que, con las afinidades moleculares y las tasas de difusión
adecuadas, este sistema es capaz de generar el patrón oscilante observado para
las proteínas Min, en el que la concentración elevada avanza y retrocede
continuamente desde un extremo de la célula hasta el otro cada cinco minutos.
Figura 13. Las proteínas Min custodian los extremos de una célula de E.
coli.
Figura 14. Interacción entre el refuerzo (bucle positivo) y la competencia
(bucle negativo) en la formación del tabique en la célula de E. coli.
Este ejemplo demuestra que nuestro ya conocido
doble bucle de realimentación conduce a un patrón dentro del confinamiento de
una única célula, lo que crea distinciones entre una región y otra. En los
organismos pluricelulares tenemos un nivel más de formación de patrones, esta
vez entre las distintas células del mismo individuo. A medida que un huevo
fecundado se divide y se desarrolla, se generan varios tipos de células, como
las células de la hoja y de la raíz de una planta, o las células nerviosas (neuronas)
y las musculares de un animal. Dentro de cada amplia categoría de células hay
más subtipos, como las células que forman tricomas o estomas (células
oclusivas) en una hoja, o los muchos tipos diferentes de neuronas del sistema
nervioso (figura 15). Muchas de estas células están polarizadas, con un extremo
diferente del otro: la punta de un tricoma de la hoja es diferente de su base
redondeada, y cada neurona tiene un extremo que recibe estímulos (dendritas) y
otro que los envía (axón). Al igual que estos patrones internos, la disposición
de los tipos celulares en los tejidos y en el cuerpo también está muy
organizada, pues las células se distribuyen en relaciones espaciales
determinadas. Lo que Turing quería explicar era este proceso de formación de patrones
(el desarrollo de un huevo hasta producir una organización compleja y muy
definida de tipos celulares). Tenemos que estudiar sucesos más elaborados para
comprender cómo funciona esto, que implica que se enciendan o se apaguen genes
completos. Por lo tanto, antes de seguir avanzando, primero tenemos que
proporcionar algunos antecedentes más sobre la manera de trabajar de los genes.
Figura 15. Ejemplos de tipos celulares de los animales (arriba) y de las
plantas (abajo).
§. Encendido y apagado de los genes
Recordemos que un gen es un tramo de ADN. En muchos
casos podemos dividirlo grosso modo en dos partes: una región reguladora y una
región codificante (figura 16). Fijémonos primero en la región codificante,
pues contiene la información necesaria para especificar la secuencia de
aminoácidos de una proteína. La información no se lee directamente del ADN,
sino que primero se copia, o se transcribe, para producir otro tipo de molécula
llamada ARN, cuya estructura es similar al ADN, pero solo tiene una hebra en lugar
de dos. Si pensamos que el ADN del núcleo de una célula es un conjunto de
libros, en el que cada gen es una página, entonces el ARN corresponde a una
fotocopia de parte de una página (la región codificante). Un mismo gen puede
sintetizar muchas moléculas de ARN, al igual que se hacen muchas fotocopias de
la misma página. Tras la copia, las moléculas del ARN salen del núcleo hacia el
líquido celular que lo rodea, o citoplasma, donde su información se traduce en
la secuencia de aminoácidos de una proteína. A continuación, la proteína se
pliega de una forma particular, según su secuencia. El proceso completo se ha
resumido con la expresión «El ADN hace el ARN que hace la proteína».
Figura 16. Gen típico que muestra cómo se transcribe la información
contenida en el ADN para sintetizar el ARN, que a su vez se traduce para
sintetizar una proteína.
Aunque todas las células de un individuo contengan
la misma información en su ADN, los genes que se copian para sintetizar el ARN
pueden variar de una célula a otra. Es como tener una biblioteca con muchas
habitaciones (células), con el mismo conjunto de libros en cada una, aunque
ciertas páginas de los libros se copian en una habitación y en otra habitación
se copian otras páginas. Un gen que se está copiando se dice que está
encendido, y se dice que está apagado si no se realiza ninguna copia. No obstante,
tampoco es un interruptor con tan solo dos posiciones: el ARN se puede copiar a
diferentes velocidades. ¿Qué determina la magnitud de la actividad génica, o
sea, el nivel de encendido o de apagado?
Esta pregunta nos lleva a la región reguladora. La figura 17 nos muestra un
diagrama simplificado de la región reguladora de un gen, donde podemos ver que
tiene varias proteínas unidas a ella, simbolizadas en forma de manzanas y
limones, que se denominan proteínas reguladoras, o proteínas maestras. Las
proteínas reguladoras reconocen pequeños tramos del ADN y se fijan a ellos. La
proteína reguladora con forma de manzana se fija a la secuencia de ADN
simbolizada por tramos gris oscuro, mientras que la proteína reguladora con
forma de limón se fija a las secuencias gris claro. Una vez que se fijan al
ADN, las proteínas reguladoras activan o reprimen la transcripción del gen, con
lo que hacen subir o bajar la actividad del gen. Lo consiguen mediante la
alteración de la maquinaria de copia del ARN que se acopla al gen y lo
transcribe. Imaginemos que la proteína reguladora con forma de manzana favorece
la transcripción del gen cuando se fija, por lo que lo enciende. Entonces, la
proteína manzana sería un activador del gen. Por el contrario, la proteína
reguladora con forma de limón sería un inhibidor, que reprime al gen cuando se
fija a él y tiende a apagarlo. El nivel de encendido o apagado del gen
dependerá del equilibrio entre las proteínas activadora e inhibidora que se
unan a la región reguladora.
Podríamos preguntarnos de dónde vienen las proteínas reguladoras (los limones y
las manzanas): resulta que están a su vez codificadas por otros genes (la
proteína limón por un gen y la proteína manzana por otro diferente). Por lo
tanto, hay genes que codifican proteínas que, a su vez, regulan a otros genes.
Como veremos, una consecuencia de estas interacciones entre los diferentes
genes y proteínas es la generación de los patrones.
Figura 17. Proteínas fijadas a la región reguladora de un gen.
§. Una lucha molecular
Muchos de los casos mejor conocidos de formación de
patrones se encuentran en la mosca del vinagre Drosophila melanogaster.
Esta especie resulta cómoda para estudiar mutaciones y genes porque se
reproduce rápidamente y se mantiene con facilidad en poblaciones grandes en los
laboratorios. Fijémonos en la formación de un tipo determinado de célula,
denominada neuroblasto, en una mosca del vinagre en desarrollo[28]. Los
neuroblastos son las células que finalmente dan lugar al sistema nervioso de la
mosca. El panel superior de la figura 18 muestra una región pequeña del embrión
de la mosca en desarrollo, donde se están formando dos neuroblastos. Podemos
ver que al principio hay dos grupos de células de color gris claro, y que de
cada uno emerge una única célula de neuroblasto (gris oscuro). Esto nos acarrea
un problema de formación de patrones básico: ¿cómo se singulariza una célula
respecto a sus vecinas para convertirse en un neuroblasto?
Figura 18. Formación de patrones neurales en las moscas del vinagre.
En los embriones mutantes en los que se forman mal
los patrones encontraremos una clave. El panel inferior de la figura 18 ilustra
lo que ocurre en un mutante que tiene un defecto en un gen denominado Delta.
En vez de formarse una única célula de neuroblasto, todas las células de color
gris claro se convierten en neuroblastos. Pensemos en las células de color gris
claro que normalmente luchan para ver cuál se convertirá en un neuroblasto: sin
el gen Delta no hay lucha, y por eso todas las células de
color gris claro se convierten en neuroblastos.
Para ver cómo funciona, fijémonos en la parte izquierda de la figura 19, en la
que dos células gris claro interaccionan entre sí. Podemos ver algunas flechas
con signos positivos y negativos. El efecto global de estas interacciones
equivale a nuestros conocidos bucles de realimentación negativa y positiva. En
cada célula, el gen Delta (localizado en el núcleo) se
enciende y produce la proteína Delta (por convención, los nombres de las
proteínas no se escriben en cursiva, para diferenciarlas de los genes que las
codifican). Las moléculas de la proteína Delta, simbolizadas en forma de
piruleta, se dirigen a la membrana celular, en la que se insertan con la cabeza
hacia el exterior de la célula. Como se están zarandeando por la membrana,
pueden acabar colisionando con otra proteína, un receptor, localizada en la
célula vecina. El receptor tiene una forma que encaja con la de la proteína
Delta. Si Delta se fija al receptor, se enciende una cadena de acontecimientos
en la célula portadora de dicho receptor que hace que ciertas moléculas se
difundan al núcleo y apaguen el gen Delta (el signo negativo
en la figura).
Esencialmente, la síntesis de Delta en una célula supone un gran impacto para
su vecina, porque intenta apagar su gen Delta. Si la cantidad de la
proteína está razonablemente equilibrada, ambas células apagan respectivamente
su gen Delta al mismo nivel. Pero si una célula tiene
ligeramente más cantidad de Delta, entonces su concentración se incrementará
más (se refuerza) a medida que apaga con más eficacia la de la célula vecina
competidora. Finalmente, ganará una célula que entonces contendrá gran cantidad
de Delta mientras que las otras expresarán muy poca (figura 19, derecha).
He ilustrado la interacción entre dos células, pero si las mismas reglas se
extendieran a un grupo pequeño, se puede obtener un resultado parecido y al
final una de las células contendrá muchísima más proteína Delta que las otras.
Los principios que intervienen son similares a los que aducía Turing, pero en
vez de tratar con las reacciones químicas simples en una solución, manejamos
cadenas de acontecimientos en las que las células se envían señales unas a
otras y los genes se encienden o se apagan.
Figura 19. Señalización intercelular mediante la proteína Delta y su
receptor.
De la historia de Delta podemos extraer otra
peculiaridad. Observemos que la célula blanca de la derecha de la figura 19 ha
adquirido una asimetría, o polaridad: solo recibe señales de la Delta por su
izquierda. No solo tales acontecimientos de formación de patrones conducen a
que las células se distingan entre sí, sino que también pueden proporcionar un
modo de orientar la organización interna de las células. Tal y como hemos
visto, muchos tipos de células, como las células de los tricomas de una hoja o
las células de las quetas del ala de la mosca, están muy polarizadas y muestran
diferencias entre los extremos de la célula (figura 15). Además, esta polaridad
a menudo está organizada respecto a las otras células: una célula de tricoma de
una hoja apunta hacia afuera, alejándose de las células internas de la hoja, y
las quetas de la mosca apuntan en una dirección definida a lo largo del cuerpo
del animal. Tal polaridad también se remonta a la señalización entre las
células en la que intervienen procesos parecidos a los que ya hemos tratado[29].
§. El estudio de los gradientes
Hemos visto que la interconexión entre bucles de
realimentación conduce a la transformación de los patrones, pero quiero ahora
ocuparme de otro tipo de mecanismo de formación de patrones que, a primera
vista, parece basarse en principios diferentes. La parte superior de la figura
20 muestra una línea de células en la que hay un gradiente de concentración de
una molécula, cuya concentración es máxima en el extremo izquierdo (negro) y
disminuye poco a poco hasta la concentración más baja de la derecha (blanco).
Podríamos imaginar que este gradiente surge porque las moléculas se sintetizan
en las células del extremo izquierdo y se difunden hacia el otro extremo.
Supongamos ahora que estas moléculas modifican la actividad de un gen, de modo
que lo encienden si la concentración de la molécula está por encima de un
umbral. Terminaríamos con dos regiones diferentes: una región izquierda en la
que el gen está encendido (la concentración de la molécula está por encima del
umbral), y una región derecha con el gen apagado (figura 20, panel
inferior). La actividad del gen no la veremos como un gradiente, sino como
un patrón escalonado: elevada en la mitad izquierda y baja en la mitad derecha.
Hemos pasado de un patrón inicial relativamente suave a otro más abrupto.
Parece, no obstante, que aquí no necesitaremos los principios de refuerzo ni de
competencia puesto que para generar un patrón escalonado nos basta con crear el
gradiente por difusión y una concentración umbral que afecte a la actividad del
gen. Pero ¿cómo se miden realmente los umbrales? Nos resulta fácil dibujar una
línea y decir que lo que esté por encima de ella se comporta de modo distinto
de lo que esté por debajo. No obstante, ¿cómo consiguen las células hacer lo
mismo? Para responder a esta pregunta, quiero examinar uno de los ejemplos de
gradiente mejor estudiados.
En la historia que viene a continuación interviene la interacción entre dos
genes, denominados Bicoid y Hunchback. En aras de
la simplicidad, las proteínas sintetizadas por estos genes las representamos
por dos frutas: manzanas para Bicoid y peras para Hunchback. Empecemos por las
manzanas. Una hembra de la mosca del vinagre produce a lo largo de su vida
muchísimos óvulos, cada uno de una longitud aproximada de un milímetro. Después
de la fecundación, el núcleo de los huevos se somete a varias rondas de
división que le harán contener muchos núcleos. Es poco habitual que los núcleos
se dividan así dentro de una célula, pero solo es de forma temporal; más tarde,
cada núcleo se empaquetará en una célula diferente. A medida que se multiplican
los núcleos, en el embrión se establece una distribución gradual de la proteína
manzana (Bicoid), cuya concentración es elevada en el extremo de la cabeza y
baja en el extremo de la cola (figura 21, por ahora ignoraremos la cuestión de
cómo aparece este gradiente). En algunos núcleos, la proteína manzana enciende
nuestro segundo gen, Hunchback, lo que conduce a la producción de
peras. En otras palabras, las manzanas se unen a la región reguladora del
gen Hunchback y lo encienden. Esto ocurre principalmente en
los núcleos del extremo de la cabeza, donde las manzanas abundan más. El
resultado es que las peras también abundan en este extremo (figura 22). Pero
advertiremos que al encender la producción de peras, el gradiente de manzanas
ha creado un patrón más escalonado de peras: la curva de la concentración de
peras es casi plana en el extremo de la cabeza y luego desciende con más
brusquedad que el gradiente de manzanas (figura 22, panel inferior).
Se trata, pues, de un ejemplo de una distribución gradual de una proteína que
da lugar a una gradación más abrupta de otra proteína durante el desarrollo.
Figura 20. Gradiente y umbral que conducen a una actividad génica con un
patrón escalonado.
Figura 21. Gradiente de concentración de la proteína Bicoid (manzanas) desde
la cabeza a la cola en el embrión de la mosca del vinagre.
Para comprender cómo se genera este descenso
pronunciado, tenemos que investigar más de cerca la región reguladora del
gen Hunchback, donde se localizan varios sitios a los que se fijan
las manzanas (producidas por Bicoid) (figura 23). La clave reside
en el modo en el que estas manzanas interaccionan entre sí: cuando una manzana
se fija a un sitio, favorece la fijación de otra manzana a otro sitio cercano,
con lo que las proteínas con forma de manzana estimulan la anexión de sus
semejantes[30]. Para ver
cómo se genera un patrón de peras de esta forma, comencemos en el extremo de la
cola del embrión, donde hay muy pocas manzanas, por lo que en la región
reguladora de Hunchback habrá pocos sitios ocupados con
manzanas. De esta forma, el gen está principalmente inactivo y produce muy
pocas peras. Pero a medida que nos movemos hacia el otro extremo, sube la
concentración de manzanas hasta que alcanza un punto en el que habrá suficiente
cantidad para que algunas comiencen a fijarse. Como favorecen la adhesión de
sus semejantes, la ayuda mutua entre las manzanas da lugar a un incremento
rápido de la síntesis de peras. Esta es una de las razones principales por las
que se observa un aumento brusco de la concentración de peras en el centro del
embrión[31]. Más hacia
el extremo de la cabeza cabría esperar que aumentara la concentración de peras.
Pero el número de sitios de fijación para las manzanas tiene un límite, por lo
que comienzan a competir por las pocas posiciones que quedan. Al final, todos
los sitios para las manzanas están ocupados y se alcanza el límite superior de
la síntesis de peras, lo que explica que la curva de peras se nivele hacia el
extremo de la cabeza.
Figura 22. Patrón escalonado de la concentración de la proteína Hunchback
(peras) desde la cabeza a la cola del embrión de la mosca del vinagre.
Volvemos a encontrar aquí los mismos ingredientes
para la transformación del patrón que habíamos visto antes. Tenemos una
población de proteínas manzana que se difunden por el embrión y se fijan a sus
dianas. Existe refuerzo porque las manzanas se ayudan mutuamente a fijarse a
varios sitios en la región reguladora. La competencia surge por la escasez de
sitios a los que se pueden unir las proteínas manzana. Los patrones persisten
gracias a la estabilidad de la fijación de las proteínas, y la difusión no es tan
grande que disipe la distribución de peras y manzanas. El resultado global es
una transformación de un patrón en otro: un gradiente de manzanas se transforma
en una curva más marcada de peras.
Figura 23. Las proteínas Bicoid (manzanas) se fijan a la región reguladora
del gen Hunchback, lo que incrementa su actividad y la concentración de la
proteína Hunchback (pera).
§. Una forma común
Todos los ejemplos de formación de patrones que nos
hemos encontrado en este capítulo tienen algunas características básicas en
común. Cada uno se basa en la interconexión de bucles de refuerzo y de
competencia, alimentados por un equilibrio entre la variabilidad de la
población y la persistencia: la formación de grupos de conversación en la
merienda, el sistema de difusión-reacción de Turing, la división de una célula
de E. coli, la lucha molecular por la supremacía de Delta en los
neuroblastos y la construcción del gradiente de Bicoid en las primeras fases
del embrión de la mosca. Todos ellos se fundamentan en la misma receta básica
cuyo resultado global es la refinación de los patrones: mayor agrupamiento de
la actividad o delimitación nítida de la distribución. Si nos fijáramos en
otros ejemplos de formación de patrones en desarrollo, encontraríamos
continuamente los mismos ingredientes básicos. Los genes y moléculas concretos
variarán en cada caso, pero los principios serán los mismos. ¿Por qué encontramos
siempre la misma organización?
Para refinar un patrón molecular es necesario coordinar el incremento de
algunos componentes y la disminución de otros. El refuerzo por sí solo no daría
lugar más que a una auto estimulación de los componentes hacia concentraciones
más y más altas. Por el contrario, la competencia por sí sola provocaría el
consumo general de los componentes (sustratos), o la inhibición que los
disminuiría en cualquier parte. No obstante, la situación es mucho más
interesante cuando van unidos el refuerzo y la competencia: en vez de una
subida o bajada generales, algunos componentes suben a expensas de otros. Si
nosotros también incorporáramos los efectos de la distancia a través de la
señalización o de la difusión moleculares, los componentes se organizarían en
el espacio y ocuparían regiones diferentes. Los componentes se harían más
abundantes en algunos lugares, pero no en otros. De este modo se puede refinar
un patrón, con la delimitación nítida de una frontera o con la activación de un
gen en un subconjunto de células.
La interacción entre la variabilidad de la población, la persistencia, el
refuerzo y la competencia se puede comparar con la que encontramos con la
selección natural en el capítulo 1. En el caso del desarrollo, la variabilidad
de la población implica interacciones estadísticas entre numerosas moléculas o
células de un individuo. En el caso de la evolución, la variabilidad de la
población implica que estén surgiendo mutaciones continuamente, y que se
distribuyan por una población de individuos. En ambos procesos se necesita la
variabilidad de la población para que se produzca el cambio.
Sin embargo, el exceso de variabilidad es un problema. El grado de variación
tiene que permanecer confinado, o si no, los cambios se disiparían en cuanto
hubieran cobrado forma. La persistencia se establece durante el desarrollo
mediante la estabilidad química y los límites a las mezclas moleculares. Las
membranas celulares, por ejemplo, impiden que el contenido de una célula se
mezcle con demasiada rapidez con el de sus vecinas. También ayudan a que el
contenido de las células, que incluye las proteínas reguladoras, no se disperse
y pase a las células hijas, lo que permite que se mantengan los patrones de la
actividad génica. De igual forma, la velocidad de difusión intracelular e
intercelular de las moléculas señalizadoras está confinada entre unos límites
estrictos. En la evolución, la persistencia implica la transmisión fiel de la
información de una generación a otra mediante la reproducción y la replicación
génica. En el desarrollo y en la evolución, se necesita que la persistencia
compense la variabilidad: sin variabilidad no cambiaría nada y sin persistencia
no perdurarían los cambios.
La variabilidad de la población y la persistencia son ingredientes esenciales,
pero cada una por su cuenta no generan resultados interesantes. Para que
aparezca la organización, unos componentes tienen que aumentar a expensas de
otros, lo que ocurre por la interacción entre el refuerzo y la competencia. En
el desarrollo, el refuerzo se manifiesta cuando las moléculas estimulan su
propia síntesis o potencian su actividad. El incremento de estas moléculas se
contrarresta con la activación de inhibidores o con la competencia por factores
limitantes. Esta relación entre el refuerzo y la competencia proporciona la
fuerza impulsora para generar patrones. En la evolución, el refuerzo se basa en
que los genes favorecen su propia replicación gracias a que influyen en la
supervivencia y en la reproducción. Luego el éxito reproductor incrementa la
competencia debido a la escasez de recursos. En ambos casos, lo que conduce a
un cambio organizado es el acoplamiento entre el refuerzo y la competencia.
A pesar de las muchas diferencias entre el desarrollo y la evolución, vemos los
mismos principios e interacciones. No debería sorprendernos tanto que los
principios que utilizo para describir la evolución también se encuentren en mi
explicación del desarrollo. Como mencioné al comienzo del capítulo 1, llegué a
esta colección concreta de principios porque busqué las características que
eran comunes a las diferentes transformaciones de los seres vivos, no solo a
una. Lo que quizá sorprenda más es que los puntos de encuentro que hayamos no
son superficiales, sino que se encuentran en el centro de cada proceso. Definen
las interacciones principales que conducen a las transformaciones en cada caso,
lo que sugiere que la evolución y el desarrollo no operan de forma
completamente diferente, sino que se trata de manifestaciones distintas de un
conjunto común de principios subyacentes a través de los cuales emerge la
organización.
En cualquier caso, debemos tener cuidado de no llevar tales comparaciones
demasiado lejos. Por ejemplo, mientras que las mutaciones desempeñan una
función crucial en la evolución, no existe un equivalente exacto en el
desarrollo[11]. Una
mutación implica un cambio singular heredable en una gran molécula de ADN; no
se parece en nada a las colisiones entre las moléculas de las reacciones y de
la difusión. De igual forma, el refuerzo en la evolución implica la
replicación, mientras que las moléculas pueden reforzar su acción durante el
desarrollo sin copiarse directamente. Las comparaciones pueden dar lugar a
confusión en vez de resultar útiles si se toman muy al pie de la letra, como en
el ejemplo de la introducción sobre un profesor que comparaba un caballo con el
caballo del ajedrez. La guerra y el ajedrez muestran similitudes en la forma y
no una correspondencia pormenorizada. De igual forma, no debemos intentar
emparejar los componentes de la evolución y del desarrollo con demasiada
precisión, pues estamos tratando con una similitud en la forma, no en el
detalle, con principios y bucles de realimentación similares. El desarrollo y
la evolución utilizan la misma receta básica, pero se visten con dos trajes muy
diferentes.
Sin embargo, al dar a conocer los principios básicos del desarrollo, he pasado
por alto muchas cuestiones. Cada una de las transformaciones que he descrito
supone un contexto previo: una región de células que forman neuroblastos, o un
gradiente de la proteína Bicoid en el huevo. Pero ¿cómo se generan estos
contextos a sí mismos? ¿Cómo se relacionan unas pocas transformaciones de
patrones con el desarrollo de organismos pluricelulares complejos, como los
manzanos y los humanos? Para responder a estas preguntas debemos investigar la
manera en que tiene lugar el desarrollo.
Capítulo 4
Completemos el cuadro
Contenido:
§. Un aperitivo embrionario
§. Un esfuerzo cooperativo
§. Riqueza reguladora
§. Se construye sobre el pasado
§. El lienzo en expansión
§. Deformación
§. El lienzo tridimensional
Algunos de los cuadros de Cézanne parecen
inacabados. En El Jardín de Les Lauves (figura 24, lámina 4),
Cézanne dejó de pintar después de bosquejar algunas áreas con color. No sabemos
por qué dejó el cuadro de este modo: quizá llegó un momento en el que ya no
pudo seguir, o quizá le parecía perfecto tal y como estaba. Cualquiera que
fuera la razón, el cuadro revela cómo elaboró la textura y las formas. Parece
que comenzó con un boceto de color que fue elaborando con la aplicación de
otras manchas de color. Cada pincelada de color dependía de los colores que ya
estaban en el lienzo y, a su vez, influían en los siguientes colores que
aplicaba. La descripción que ofrece Cézanne sobre el cuadro del retrato también
da a entender este proceso enormemente interactivo: «Si tejo en torno a tu
expresión la red infinita de pequeños azules y marrones que están ahí, que
casan entre sí, haré que mires desde el lienzo igual que en la vida real… Una
pincelada después de otra, una después de otra».
En el capítulo anterior vimos cómo se transforman los patrones durante el
desarrollo, cómo a partir de una distribución inicial se producían nuevos
patrones de actividad génica, por ejemplo una disposición en manchas o
escalonada. Se parece mucho a la manera en que un artista añadiría unas pocas
pinceladas más de color a un lienzo para transformar su aspecto. Pero unas
pocas pinceladas por sí mismas no son suficientes para crear un patrón
complejo. El cuadro tiene que construirse colocando color tras color, pincelada
tras pincelada. El desarrollo de un embrión no implica tan solo una o dos
transformaciones, sino que en su lugar interviene la acumulación de muchos
cambios, cada uno construido sobre el anterior. ¿Cómo funciona este proceso de
elaboración continua?
Figura 24. El jardín de Les Lauves, Paul Cézanne, 1906. Véase la lámina 4.
§. Un aperitivo embrionario
Pensemos en un embrión en desarrollo como si fuera
un lienzo en el que se habrán de colocar los colores y los patrones. Como vimos
en el capítulo anterior, en las primeras etapas del embrión de la mosca del
vinagre hay un gradiente de proteínas reguladoras desde la cabeza a la cola,
simbolizado por manzanas, lo que equivale a tener una aguada de color inicial
en nuestro lienzo, pongamos verde manzana, que gradualmente se va desvaneciendo
de un extremo al otro (figura 25, arriba). Este gradiente de
manzanas se aprovecha luego para generar un patrón escalonado de peras, que se
produce mediante la fijación de las proteínas manzana a la región reguladora
del gen de la pera, con lo que queda encendido a distinta intensidad a lo largo
del embrión (figura 25, centro). Ahora tenemos dos colores en
nuestro lienzo: un gradiente suave de verde manzana y un patrón más escalonado
de verde pera. Como en el cuadro, el segundo color se ha colocado influido por
el primero.
Figura 25. Refinamiento y elaboración de los patrones en las primeras etapas
de un embrión de la mosca del vinagre.
Podemos seguir añadiendo colores al lienzo[32]. Las
manzanas y las peras son proteínas reguladoras con capacidad para encender y
apagar genes. Una vez que nuestras aguadas de verde manzana y de verde pera
están en el lienzo, se activan otros genes cuyos productos se pueden simbolizar
por otras frutas, como bananas, limones, mangos, kiwis, naranjas, albaricoques
y piñas. Es decir, tenemos un gen que fabrica proteínas banana, otro que
fabrica proteínas limón, etc., que corresponden a lo que se conoce como
genes gap (hueco).
Lo que sigue es una interacción complicada entre los diversos genes de las
frutas, parecida a la de los colores en un lienzo. Al igual que cada pincelada
aplicada por un artista depende de otras pinceladas e influye en las
siguientes, cada gen contribuye y responde a otros genes, porque no solo
codifican una fruta (proteína reguladora), sino que también tienen una región
reguladora a la que se fijan las frutas. El resultado es que algunos genes y
sus proteínas reguladoras tienden a reforzarse mutuamente la actividad,
mientras que otros compiten. Los nuevos patrones comienzan a emerger por una
batalla territorial: las bananas están confinadas en un extremo, y después van
bandas de limones, mangos, etc., hasta las piñas en el otro extremo (figura
25). Los principios que gobiernan este proceso no son diferentes de los que
encontramos en el capítulo anterior: los patrones se transforman poco a poco a
través del zarandeo molecular, la persistencia, el refuerzo y la competencia.
En este punto, sin embargo, se están produciendo muchas interacciones en
paralelo cuyo resultado global es que después de haber comenzado con un mero
gradiente de verde manzana, el patrón de nuestro lienzo se ha ido elaborando
hasta producir diferentes bandas de color. Este proceso no está gobernado por
ningún artista externo, sino que ha emergido gracias a las interacciones
moleculares.
§. Un esfuerzo cooperativo
Por debajo de estos acontecimientos en el embrión
está el modo en el que las distintas proteínas reguladoras (idealizadas aquí
por frutas) interaccionan cuando se fijan a las regiones reguladoras de los
genes. Cada región reguladora puede contener diez o más sitios diferentes a los
que se pueden fijar distintas proteínas reguladoras. En un gen, por ejemplo,
podría tenerlos para manzanas, peras, bananas, limones y mangos, y actuaría
como un imán estadístico que tenderá a juntar estas frutas. Al encontrarse muy
cerca unas de otras, resulta fácil que se empujen e interaccionen unas con
otras, mediante lo cual se determinará si el gen se enciende o se apaga. Al
juntar frutas, las regiones reguladoras alientan las interacciones, con lo que
no podremos predecir lo que hará una proteína reguladora sin tener en cuenta
cómo actúa respecto a otras. Para que el desarrollo continúe de forma ordenada,
el resultado global de estas interacciones es la activación o inhibición
coordinada de los genes a medida que se desarrolla el embrión. Este es el
principio de cooperación que actúa sobre las regiones reguladoras del gen.
La cooperación no solo actúa sobre las regiones reguladoras. Recordemos que a
medida que se desarrolla el embrión de la mosca del vinagre, se dividen los
núcleos en su interior. El huevo fecundado comienza con un único núcleo, pero
cuando se han formado las bandas de bananas, de limones y de otras frutas, el
embrión ya contiene muchos núcleos, cada uno con su propia copia del ADN. La
interacción entre los núcleos se produce al estar unos muy cerca de otros. Las
proteínas reguladoras sintetizadas por un núcleo, pongamos limones, se
trasladan a los núcleos más próximos e influyen en las proteínas reguladoras
que se sintetizarán. Esta conversación entre los núcleos cercanos es otra forma
de cooperación que permite que el desarrollo prosiga de una manera organizada.
Tener varios núcleos, en vez de uno solo, dentro de una célula es una
peculiaridad de las primeras etapas del embrión de la mosca del vinagre. En la
mayoría de los animales y plantas, las células de las primeras etapas del
embrión se dividen, y sus núcleos lo hacen al mismo tiempo para producir varias
células, cada una con una membrana externa y un único núcleo. Estos embriones
pluricelulares presentan patrones con la misma clase de principios que la
mosca, salvo que se necesitan otras moléculas para enviar y recibir señales a
través de las membranas (con un funcionamiento parecido a la señalización Delta
y el sistema receptor descrito en el capítulo anterior. De nuevo encontramos la
cooperación local, pero esta vez son las células cercanas en el embrión las que
interaccionan entre sí. Las interacciones de este tipo entre las células
también tienen lugar en las etapas más tardías de la mosca del vinagre, cuando
los numerosos núcleos de su embrión acaban rodeados por membranas y forman
células independientes. El desarrollo es siempre un esfuerzo cooperativo de
interacciones entre las células cercanas, los núcleos y las moléculas
reguladoras.
§. Riqueza reguladora
Se obtienen diferentes resultados cuando
interaccionan entre sí varios componentes diferentes. El inmenso abanico de
moléculas del universo se forma por distintas combinaciones de tan solo una
centena de átomos, y todos los genomas en la Tierra surgen por combinaciones
diferentes de tan solo cuatro bases: A, G, C y T. Este principio de riqueza
combinatoria también se aplica a la regulación génica. Hasta ahora hemos
tratado con nueve proteínas reguladoras, simbolizadas por manzanas, peras,
bananas, etc. Pero no es más que la punta del iceberg: cada planta o genoma
animal puede codificar cientos, o incluso miles, de proteínas reguladoras. El
genoma humano, por ejemplo, contiene unos 25.000 genes, de los que se piensa
que unos 2.500 codifican proteínas reguladoras que pueden encender o apagar a
otros genes. Es decir, el genoma humano codifica cerca de 2.500 tipos
diferentes de frutas.
Para ver a lo que conduce esto, supongamos que un genoma codifica 1000 tipos
diferentes de proteínas reguladoras. En un momento dado, una célula
determinada, o un núcleo con su citoplasma circundante, sintetiza tan solo una
fracción de estas proteínas, digamos el 10%. Esto significa que cada célula
produce 100 de las 1000 proteínas reguladoras posibles, una selección de 100
frutas de las 1000 posibles. Otra célula podría tener una colección diferente,
una combinación distinta de 100 frutas. ¿Cuántos tipos diferentes de células,
en términos de producción de proteínas reguladoras, podríamos llegar a tener
con este sistema? La respuesta es alrededor de 10 300 (un
uno seguido por 300 ceros), que es un número colosal. Estamos tratando con un
enorme hiperespacio de 100 dimensiones (la selección de frutas), cada uno con
1.000 posibilidades. Este es el principio de la riqueza combinatoria aplicada a
las proteínas reguladoras.
Pero la riqueza combinatoria no se detiene aquí: si tenemos diferentes tipos de
células en cercana proximidad, se abren aún más posibilidades. Podemos disponer
las células de diversas maneras, tal como podemos ordenar las piezas del
ajedrez también de diferentes maneras sobre el tablero. Sin embargo, a
diferencia del ajedrez, que tiene solo doce tipos de piezas (seis negras y seis
blancas), tenemos 10300 posibilidades con las que jugar, y en
vez del tablero con 64 escaques, podemos tener muchos miles o millones de
células, un número de combinaciones posibles que no somos capaces ni de
imaginar. Tenemos un enorme hiper hiperespacio de posibilidades de tipos de
células y de organizaciones. A este gran espacio de posibilidades lo
denomino espacio del desarrollo.
Aunque el espacio del desarrollo es inimaginablemente grande, podemos
visualizarlo como un espacio tridimensional muy grande. Al igual que hemos
representado la evolución como poblaciones que viajan a través de un enorme
espacio genético (capítulo 2), podemos pensar en el desarrollo como un embrión
que viaja por un enorme espacio del desarrollo. Tras la fecundación, el embrión
está formado por una única célula con una combinación concreta de proteínas
reguladoras que ocupan una posición en el espacio del desarrollo. A
continuación se activan determinadas proteínas reguladoras en distintas
regiones del embrión a medida que se dividen el núcleo y las células, lo que
corresponde a un embrión que sigue una ruta concreta por el espacio del
desarrollo. El ejemplo del embrión de la mosca adentrándose en su serie de
patrones afrutados representa el comienzo de este periplo. El embrión de la
mosca está negociando un estrecho sendero a través del enorme espacio de
posibilidades reguladoras, igual que Cézanne pintando un cuadro representa un
peregrinaje por el enorme espacio de posibilidades del color. Hasta el momento
hemos contemplado unas pocas etapas de este recorrido, o unos pocos ejemplos de
la manera en que un patrón de actividades génicas se transforma en un patrón
ligeramente diferente. Para ser más conscientes de lo que conlleva este
recorrido, avancemos un poco más en el episodio de la mosca del vinagre.
§. Se construye sobre el pasado
En la parte superior de la figura 26 podemos
observar el embrión de la mosca del vinagre explicado antes, con las proteínas
banana en el extremo de la cabeza y las piñas en el extremo de la cola. Durante
las siguientes etapas del desarrollo ocurren varias cosas: una es que los
núcleos del embrión se rodean de membrana celular y se forman células
individuales. Otra es que comienza a aparecer un patrón repetitivo de actividad
génica, como se muestra a la derecha de la figura 26. Se sintetizan varias
proteínas reguladoras nuevas, que se simbolizan con tres frutas: fresas,
mandarinas y uvas. Donde antes solo había un color, que representa las bananas,
por ejemplo, ahora hay una tira delgada de fresas, seguida de una tira de
mandarinas, una tira de uvas, luego otra tira de fresas, mandarinas y uvas. El
mismo tema fresa-mandarina-uva se repite una y otra vez a lo largo del embrión.
Estas proteínas las sintetizan otro conjunto de genes (conocidos como genes de
la polaridad de los segmentos). Su patrón repetitivo de actividad se genera al
aprovechar la distribución inicial de bananas, limones, etc., según los
principios que ya hemos encontrado antes. Pero en este caso, los genes se
encienden en posiciones repetidas a lo largo del embrión.
Al mismo tiempo que se establece este tema repetitivo, se produce otro conjunto
de proteínas reguladoras, como se muestra a la izquierda de la figura 26. Este
patrón de proteínas no es tan diferente de nuestro patrón anterior de bananas,
limones, etc. La principal diferencia reside en que los límites entre las
regiones son más nítidos y están mejor definidos. Estas proteínas reguladoras
las sintetiza un nuevo conjunto de genes (denominados genes Hox).
Ahora imaginemos que se superponen los dos patrones, como se muestra en el
embrión de la parte inferior de la figura 26. El resultado es un tema con
variaciones: un patrón repetitivo combinado con modulaciones provocadas por la
progresión de dominios definidos con nitidez desde la cabeza a la cola. Este
patrón de superposiciones proporciona un armazón básico para la mosca. Cada
mosca adulta tiene catorce segmentos, de los que algunos forman la cabeza,
otros la parte central (tórax) y el resto la sección de la cola (abdomen). Los
segmentos varían de uno a otro: un segmento lleva antenas, otro lleva patas,
otro lleva alas, y así sucesivamente. Tenemos un tema repetitivo, el segmento,
y variaciones debidas a que los segmentos son distintos. Esta organización se
remonta al patrón de proteínas reguladoras de las primeras etapas del embrión,
nuestro patrón de solapamiento de frutas. Dicha combinación inicial de
proteínas reguladoras define la distribución modular de la mosca y establece
los patrones de actividad génica que conducen a la organización segmentada del
adulto. Las mutaciones que inactivan los genes que codifican las proteínas
reguladoras dan lugar a moscas que se desarrollan sin algunos segmentos, o con
un tipo de segmento reemplazado por otro[33].
Figura 26. Interacciones entre los temas y las variaciones en un embrión de
la mosca del vinagre.
Todos estos patrones surgen de repetir los procesos
que ya hemos descrito. Sobre cada patrón de proteínas reguladoras se genera un
nuevo patrón, y esto ocurre una y otra vez, transformando así el patrón. El
desarrollo no implica solo una o dos transformaciones, sino toda una serie de
cambios que van elaborando el cuadro de una forma recurrente, siempre
construyendo a partir de lo que ya había antes.
¿Qué impulsa al embrión por su sendero particular en el espacio del desarrollo?
La respuesta tiene que ver con el contexto siempre cambiante que se genera con
la formación de patrones, pues cada etapa no solo depende de lo que ocurrió
antes, sino que también cambia el contexto y, por lo tanto, influye en las
etapas siguientes. Esto ocurre porque los genes reguladores pueden responder a
otras proteínas gracias a su región reguladora, pero también modifican la
actividad de otros genes al sintetizar sus propias proteínas reguladoras. Como
las proteínas reguladoras de un núcleo o de una célula son capaces de influir en
sus vecinos mediante la señalización molecular, este proceso está coordinado en
el espacio y en el tiempo. Las células responden según el contexto particular y
al mismo tiempo lo modifican, lo que impulsa al embrión a seguir
desarrollándose y le obliga a forjar un camino específico en el espacio del
desarrollo. Se trata del principio de la recurrencia, con la constante
redefinición del contexto por la aplicación una y otra vez del mismo proceso
subyacente.
Si cada etapa del desarrollo embrionario es una modificación de su contexto
anterior, entonces podríamos preguntarnos razonablemente de dónde procede el
primer contexto. En el caso del embrión de la mosca, comenzamos nuestra
historia con un gradiente de la proteína Bicoid, simbolizada por un gradiente de
manzanas desde la cabeza a la cola. ¿Cómo surge este gradiente? La respuesta
tiene que ver con la mosca madre: el huevo no se forma de forma aislada en su
interior, sino conectado por un extremo a células que le suministran diversos
componentes, entre ellos copias del ARN del gen Bicoid (recordemos
que el ARN es una molécula intermedia que se necesita para fabricar una
proteína). Estas copias del ARN están ancladas inicialmente en el extremo de la
cabeza del huevo, donde se utilizan para sintetizar la proteína Bicoid
(manzanas). La proteína Bicoid y su ARN se propagan entonces por el huevo,
formando un gradiente desde la cabeza a la cola[34]. Por lo
tanto, el gradiente de manzanas al comienzo del embrión se remonta a un
contexto anterior: el huevo y las células que lo rodean en la madre. Al
remontarnos más en el contexto del embrión, nos encontramos con el contexto de
la madre.
Pero podemos preguntarnos qué es lo que forma el patrón del huevo y de las
células que lo rodean en la madre, y encontraremos que esto depende a su vez de
cómo se desarrolló la mosca madre. El punto de partida del desarrollo de un
organismo también se puede ver como un resultado del desarrollo de la
generación anterior. En vez de tener un comienzo claro, nuestro periplo por el
espacio del desarrollo forma un ciclo que proporciona a cada adulto el contexto
para el periplo de su descendencia. Al igual que la historia narrada en La
Odisea, se trata de un viaje de vuelta a sus orígenes, y por eso se le
suele denominar el problema del huevo y la gallina (¿qué fue primero: el huevo
o la gallina?), que en realidad solo se convierte en un problema cuando
queremos definir el primer punto de partida. Es como decir que un círculo es un
problema porque no podemos definir un comienzo o un final. Pero en realidad no
es un problema; es la naturaleza del círculo. De igual forma, el camino que
sigue el embrión por el espacio del desarrollo forma un bucle, de manera que
cuando terminamos de recorrer el bucle estamos ya en el siguiente. La cuestión
clave aquí no es buscar un comienzo preciso, sino comprender cómo se consigue
llevar al embrión por su camino. Tal y como hemos visto, este sendero del
desarrollo implica la aplicación recurrente del mismo conjunto de principios
subyacentes, en el que el embrión se ve empujado continuamente por su contexto
al mismo tiempo que lo va modificando. Gracias a este proceso, el embrión se va
transformando desde un inicio muy simple en un individuo pluricelular y
complejo. Hemos visto que la recurrencia puede conducir a la elaboración de
patrones dentro de un embrión. Pero ¿cómo podemos describir los patrones a
muchas escalas diferentes, desde la organización global del cuerpo hasta la
organización concreta de las células del ojo o de una hoja? Para responder esta
pregunta tenemos que estudiar más a fondo algo que acontece en un segundo plano
durante nuestro periplo por el desarrollo: el crecimiento.
§. El lienzo en expansión
George Stubbs estaba obsesionado con los caballos[35]. Nació en
Liverpool en 1724 y se formó inicialmente como retratista, pero su interés fue
desplazándose poco a poco de las personas a los caballos. Adquirió una
reputación sin igual que le permitió conseguir muchos encargos para pintarlos
junto sus amos, o juntos en una cacería o en el hipódromo. Por eso no es
extraño que cuando en 1762 llegó a Inglaterra un exótico caballo a rayas
procedente del Cabo de Buena Esperanza, Stubbs se pusiera rápidamente manos a
la obra (figura 27). El retrato de Stubbs constituye la reproducción más exacta
y detallada de una cebra en su época, aunque el animal parezca un poco fuera de
lugar en un bosque inglés.
Para representarla de una forma tan precisa, Stubbs probablemente utilizó
numerosos pinceles. Quizá comenzó con pinceles relativamente gruesos que
definieran la distribución global del cuadro y luego utilizó pinceles cada vez
más finos para introducir mayor detalle. Al variar de esta manera el tamaño de
los pinceles, consiguió capturar diferentes escalas de organización, desde la
composición general a los detalles minúsculos. ¿Cómo podemos comparar este
proceso de perfeccionamiento de las pinceladas con lo que ocurre durante el
desarrollo de una cebra real?
Existen varias especies de cebras con un número diferente de rayas. La cebra
común (Equus burchelli) tiene unas 25 rayas, la cebra de montaña (E.
zebra) unas 40 rayas y la cebra de Grevy o real ( E. grevyi)
cerca de 80 (figura 28). (A juzgar por el número y disposición de las rayas del
animal, Stubbs pintó una cebra de montaña). Jonathan Bard ha propuesto que la
variación entre las diferentes especies de cebras está relacionada con el
momento en el que acaece la formación de patrones en el embrión[36]. Los
patrones en los que se fundamentan las rayas se cree que aparecen por primera
vez en los embriones de cebra de unas pocas semanas, como se muestra a la
izquierda de la figura 28. Bard propuso que, en todas las especies, estas rayas
iniciales se separan a intervalos regulares de unos 0,4 mm desde el centro de
una raya al centro de la siguiente.
Figura 27. Cebra, George Stubbs, 1763.
Si las primeras surgen a los 21 días, cuando el
embrión es relativamente pequeño, su longitud solo deja sitio para unas 25
rayas a intervalos de 0,4 mm, como en la cebra común. Pero si el patrón se
forma más tarde, cuando el embrión es más largo, cabrán más rayas, lo que dará
lugar a los patrones observados en la cebra de montaña o en la de Grevy.
Este ejemplo resalta la interacción entre la formación de patrones de
desarrollo y el crecimiento. A medida que avanza el desarrollo, el número de
células se incrementa rápidamente, lo que a menudo está asociado a un
incremento de tamaño. Sería como si un lienzo estuviera expandiéndose
continuamente mientras el artista trabaja en él. Aunque esto puede sonar más
complicado que pintar en un lienzo fijo, hasta cierto punto hace las cosas más
simples, puesto que en vez de necesitar una serie de pinceles cada vez más
finos para incorporar más detalles, se puede utilizar el mismo pincel todo el
tiempo: el mismo pincel que proporciona distinciones generales cuando el lienzo
es pequeño, permitirá representar detalles mucho más finos cuando el lienzo es
grande. Esto es exactamente lo que ocurre en el ejemplo del desarrollo de la
cebra: en el momento en el que aparecen las rayas por primera vez, siempre
están espaciadas unos 0,4 mm, pero como el tamaño del embrión va variando, si
las rayas aparecen más tarde, cabrán más a lo largo del mismo y darán lugar a
subdivisiones más delgadas en el animal adulto.
Figura 28. Generación de las rayas en las diferentes especies de cebra.
La misma interacción entre el crecimiento y la
formación de patrones vale para muchos otros aspectos del desarrollo. Aunque el
patrón de las proteínas reguladoras se haga más delgado a medida que la mosca
se va desarrollando, el número de núcleos o células crece continuamente, por lo
que la escala de formación de patrones en términos de células no cambia mucho.
Esto significa que entre las células operan recurrentemente principios
similares de interacción local y de señalización, y darán lugar a muchas escalas
de patrones a medida que continúa el desarrollo, al igual que un solo tamaño de
pincel se puede utilizar constantemente para describir distintos niveles de
detalle en el lienzo creciente.
Para conocer mejor esta interacción entre el crecimiento y la formación de
patrones, imaginemos que estamos en el núcleo de un embrión en desarrollo,
intentando decidir si encender o apagar determinados genes. Esta decisión
siempre es relacional y se basa en las conversaciones locales con las células y
núcleos que están más cerca. En las primeras etapas del desarrollo, cuando solo
hay unas pocas células, las células más cercanas conformarán la mayor parte del
embrión, por lo que cualquier célula recibirá información sobre lo que está
ocurriendo en él en su conjunto con bastante eficacia. A partir de esta
información, cada célula sabrá si se encuentra en el extremo de la cabeza, y
entonces encenderá los genes apropiados. Pero a medida que prosigue el
desarrollo y aparecen más células, las cercanas no ocupan más que una fracción
cada vez más pequeña del embrión, de manera que la visión del conjunto cada vez
resulta más difícil. En consecuencia, cada célula embrionaria va tomando
decisiones cada vez con más detalle. Al haber decidido previamente que estaba
en el extremo del embrión donde se formará la cabeza, ahora intentará decidir
en qué parte de la cabeza se encuentra. Quizá resuelva que se encuentra cerca
del frontal de la cabeza, donde se formarán los ojos, por lo que encenderá el
siguiente conjunto de genes, que son los adecuados para esta posición. En cada
etapa, la célula se compromete con una decisión y la pone en práctica mediante
interacciones locales. Como el número de células aumenta continuamente mientras
se forman los patrones en los embriones, no hacen falta más mecanismos para
explicar el incremento del nivel de detalle que va emergiendo.
§. Deformación
Ya hemos tratado muchos de los principios clave del
desarrollo, pero todavía queda otra cuestión que debemos abordar para completar
el cuadro. El desarrollo necesita algo más que la mera formación de patrones y
un cambio de escala. El adulto no es simplemente una versión magnificada del
huevo, en cuyo caso no seríamos más que enormes esferas dando tumbos. No es
así: a medida que se desarrollan, las plantas y los animales expanden o
contraen con preferencia determinadas posiciones en direcciones concretas. Por
ejemplo, una hoja emerge del lado de un tallo, y una pierna nace de un cuerpo.
Así que nuestro lienzo no crece de manera uniforme, sino que se expande o se
contrae de un modo particular.
Para hacerse una idea de lo que esto significa, observemos la figura 29 (lámina
5). En la parte superior se muestra una fotografía de Manzanas y
galletas, de Cézanne, que representa algunas manzanas rojas (gris oscuro en
la fotografía en blanco y negro) y amarillas (pálido) sobre una mesa.
Imaginemos que este lienzo está hecho de un material especial que crece a una
velocidad determinada. Con el tiempo, crece más y más rápidamente según las
reglas del interés compuesto. Algunos colores, como el amarillo, también tienen
la propiedad mágica de que incrementan la tasa local del crecimiento. La parte
inferior de la figura 29 ilustra el resultado cuando se simula por ordenador el
crecimiento de un lienzo de este tipo. Podemos observar que se ha incrementado
su tamaño global y que también se ha deformado por el crecimiento desproporcionado
de las manzanas amarillas (pálidas).
Obsérvese, no obstante, que la manzana amarilla de la izquierda se hizo más
grande que las otras manzanas amarillas. ¿Cuál es el motivo? La respuesta tiene
que ver con el refuerzo y la competencia. Las regiones amarillas del lienzo
intentaron crecer más que las otras. Abandonadas a su propia suerte, las
manzanas amarillas se harían más y más grandes, con lo que reforzarían
continuamente su ventaja de tamaño por la ley del interés compuesto. Pero como
no están solas sino conectadas al resto del lienzo, si una manzana amarilla se
hace más grande y está rodeada por áreas que no son amarillas, intentará
invadir y estrechar sus regiones colindantes, forzándolas a hacerse más grandes
para acomodar su tamaño cada vez mayor. Sin embargo, las regiones colindantes
se resisten a este estrechamiento ya que intentan crecer a su propio ritmo.
Este conflicto entre la manzana amarilla y su entorno crea fuerzas o tensiones
en el lienzo que contrarrestan el crecimiento de la manzana amarilla. Se
produce esencialmente una competencia por el espacio entre la manzana amarilla
y sus vecinos. El resultado es un compromiso en el que las manzanas amarillas
crecen menos de lo que les gustaría, mientras que las regiones cercanas se expanden
más de lo que querrían. La manzana amarilla de la izquierda está menos
constreñida por el material de lento crecimiento porque se encuentra cerca del
borde del lienzo, por lo que crece a un ritmo más cercano al suyo y se agranda
más que las otras manzanas amarillas.
Figura 29. Manzanas y galletas, Paul Cézanne, hacia 1880, y una versión
deformada ocasionada por el mayor crecimiento de las regiones amarillas. Véase
la lámina 5.
El conflicto entre la manzana amarilla y su entorno
se puede resolver en parte por la deformación del lienzo fuera del plano. La
figura 30 (lámina 6) muestra el resultado de las mismas reglas de crecimiento
de antes, pero ahora se permite que el lienzo se combe y se deforme en tres
dimensiones. Las manzanas amarillas forman protuberancias o abultamientos del
lienzo porque, gracias a ellos, pueden crecer más sin invadir tanto su entorno.
Esta protuberancia emergente aparece automáticamente por las fuerzas generadas
por las manzanas amarillas al intentar expandirse más rápido que su entorno.
Al introducir el crecimiento diferencial en el lienzo, hemos provocado una
nueva forma de refuerzo y competencia. El refuerzo surge porque las regiones
que crecen más rápido que otras refuerzan su propio tamaño según la ley del
interés compuesto. Pero este proceso está contrarrestado por las tensiones que
se generan con las regiones vecinas, lo que conduce a la competencia por el
espacio. El resultado global es que el lienzo se deforma de distintas formas.
En nuestra deformación de la obra de Cézanne, los colores del cuadro final
modificaron su crecimiento. Ahora imaginemos que ocurre lo mismo mientras se
está pintando. Una pincelada de amarillo haría que una región creciera con más
rapidez; una mancha de rojo aplicada después sobre el amarillo podría hacer que
creciera más despacio. Las regiones estarían continuamente en un tira y afloja
de diversas maneras a medida que el cuadro progresa, con lo que se reforzarían
constantemente al mismo tiempo que competirían por el espacio. Además de crear
un patrón de colores, tales pinturas mágicas acabarían deformando el lienzo de
todas las maneras posibles. Este proceso a su vez modificaría el contexto del
lienzo, su distribución de colores en el espacio, lo que a su vez influiría en
las siguientes etapas del proceso.
Figura 30. La versión deformada de Manzanas y galletas de Cézanne cuando se
deja que el lienzo se combe en tres dimensiones. Véase la lámina 6
Las proteínas reguladoras actúan como pinturas
mágicas: no solo generan patrones, sino que también influyen en el modo de
crecimiento de la planta o del animal mediante la regulación de los genes
implicados en la construcción física del organismo. Recordemos que el genoma
contiene muchos miles de genes, pero no todos codifican proteínas reguladoras;
muchos otros codifican proteínas que influyen en las propiedades físicas de las
células, como el crecimiento, la forma, la resistencia y la adhesión. Al modificar
la actividad de estos genes, las proteínas reguladoras influyen en el
crecimiento y en la forma del organismo, lo que explica que las mutaciones que
inactivan los genes que codifican estas proteínas reguladoras acaben provocando
cambios del aspecto físico del organismo, como una mosca sin determinados
segmentos o un par de alas de más.
El crecimiento de la flor de la boca de dragón (Antirrhinum) ilustra muy
bien el surgimiento de las deformaciones por la acción de los genes. A la
izquierda de la figura 31 hay un diagrama simplificado de esta flor en una de
las primeras etapas del desarrollo, cuando la yema tiene una anchura de
aproximadamente 1 mm. En esta etapa, los pétalos forman un pequeño tubo
cilíndrico coronado con cinco lóbulos. Imaginémonos que esta es la forma del
lienzo al comienzo de un cuadro, con diferentes regiones representadas por sus
cinco segmentos originados por algunos de los patrones de actividad génica que
se han formado en esta etapa. Por ejemplo, las proteínas reguladoras denominadas
CYC y DICH se sintetizan específicamente en los dos segmentos de color más
oscuro. En un ordenador podemos utilizar las proteínas reguladoras de la yema
de la flor como pinturas mágicas que influyen en el crecimiento del lienzo. A
medida que cada región intenta crecer de un modo concreto, el ordenador simula
el tira y afloja con las otras regiones que acaba deformando el lienzo[37]. Las
pinturas influyen no solo en el ritmo del crecimiento, sino también en la
dirección en la que crecen. Por ejemplo, una gradación del color permitiría que
el crecimiento se orientara con preferencia en la dirección del gradiente.
El resultado de estas diferentes interacciones se ilustra con la flor de la
boca de dragón del centro de la figura 31, que es realmente mucho mayor que el
lienzo de partida de la izquierda (su área es unas 500 veces mayor), pero se ha
dibujado a un tamaño razonable para facilitar la comparación. La forma final de
la flor surge de la interacción entre los genes y de su influencia sobre las
propiedades de crecimiento local del lienzo. No es solamente que la forma final
se parezca a una boca de dragón, sino que su patrón de crecimiento coincide con
la manera en que se sabe que crecen y se desarrollan las diferentes regiones de
la flor. Si retiráramos algunas de las proteínas reguladoras de la yema en
desarrollo, como las de la región negra, crecería una flor con una forma diferente,
como se muestra a la derecha en la figura 31, que se parece a una forma mutante
de la boca de dragón que no puede fabricar las proteínas reguladoras CYC ni
DICH.
Figura 31. Simulación por ordenador del crecimiento de una flor normal (flor
de la izquierda) y una mutante (flor de la derecha) de boca de dragón.
He puesto el énfasis en el crecimiento, pero los
mismos principios también se aplican a su opuesto, el encogimiento. Algunas de
nuestras pinturas mágicas pueden hacer que se mueran las células, el
equivalente a encoger o eliminar partes del lienzo. El crecimiento y la muerte
están muy interconectados y se enfrentan mutuamente de muchas maneras.
Consideremos el patrón de ramificación de un árbol, que a medida que crece
produce nuevas ramas, que a su vez producen más ramas, que a su vez producen
aún más ramas. Este tipo de sistema incrementa constantemente el número de
ramas y vástagos según la ley del interés compuesto, lo que acabará provocando
colisiones entre ellas, o vástagos inútiles en el centro del árbol que
dispondrán de muy poca luz, pero que de todos modos demandan recursos. Una
manera de sortear este problema es que algunos vástagos o ramas se mueran y se
caigan del árbol. Si el árbol se desprende de los que recolectan con menos
eficacia la energía lumínica por las hojas, entonces se estaría podando a sí
mismo para producir una copa más eficaz. En la figura 32 se ilustra un árbol
generado por un programa de ordenador basado en esta idea[38]. Este
programa hace uso del refuerzo mediante la tendencia a proliferar de las ramas.
Pero este crecimiento está contrarrestado por la competencia por los recursos
escasos de luz y espacio, lo que provoca la muerte de algunas ramas. El
resultado global es una forma de árbol que se ajusta a sí mismo para evitar las
colisiones internas entre las ramas al mismo tiempo que se ajusta a su entorno,
ya que solo conserva las ramas que estaban bien iluminadas.
La muerte celular tiene un efecto global parecido en los animales, en los que
el desarrollo del sistema nervioso proporciona un buen ejemplo. En este caso,
la preocupación no es absorber la luz, sino que las neuronas alcancen las
células diana que deben inervar. Durante el desarrollo, nuestro sistema nervioso
prolifera para producir más neuronas de las que se necesitarán en el estado
adulto. Según la región del cerebro, del 20 al 80% de las neuronas que se
producen acabarán degenerándose. Que una neurona sobreviva o no dependerá de la
recepción de determinadas moléculas señalizadoras denominadas neurotrofinas[39], que son
factores de supervivencia que ayudan a mantener las neuronas vivas. Sin un
suministro adecuado de neurotrofinas, una neurona se moriría (mediante un
proceso denominado apoptosis). Las neurotrofinas las sintetizan las células
diana de las neuronas, de manera que si la neurona se las ingenia para ponerse
en contacto eficazmente con una célula diana, recibe una avalancha de
neurotrofinas que le permitirá sobrevivir. Pero si no llega a establecerse un
buen contacto entre ellas, la neurona probablemente muera. Las neuronas
compiten por las neurotrofinas igual que los vástagos de un árbol compiten por
la luz, y el resultado global de esta competencia es la poda de algunas
neuronas para que solo queden las que formaron buenos contactos con su diana.
Figura 32. Árbol generado por un programa de ordenador basándose en el
refuerzo de la ramificación y en la competencia por la luz.
Aparte del crecimiento y la muerte, las
deformaciones durante el desarrollo animal pueden surgir de otro modo: mediante
el movimiento celular y la reorganización (este proceso no es relevante para
las plantas porque sus células se mantienen en posiciones relativas fijas
gracias a su pared). El moho mucilaginoso Dictyostelium ilustra
muy bien dicho proceso: en determinado momento de su ciclo de vida, este
organismo comprende un agregado de células capaces de moverse y deslizarse unas
sobre otras (figura 33, izquierda). La agregación se subdivide en
diferentes regiones, indicadas por diferentes tonalidades de gris, y cada una
contiene células que expresan distintas proteínas reguladoras. Las proteínas
reguladoras influyen en la manera en que las células se envían señales, se
mueven y se adhieren unas a otras. A medida que las células se agitan y se
deslizan, con grupos que se asocian y refuerzan sus movimientos mientras que
también compiten por el espacio, la forma del agregado se transforma al cabo de
unas pocas horas en un tallo con una bola en su punta (figura 33, derecha).
De nuevo intervienen el refuerzo y la competencia, pero ahora en forma de
adhesión celular y movimiento.
Figura 33. Simulación por ordenador de los cambios morfológicos de
Dictyostelium por reorganizaciones y señalización celulares.
§. El lienzo tridimensional
Un lienzo de muchos colores en deformación y en
crecimiento ofrece una perspectiva global de lo que ocurre durante el
desarrollo. Pero el lienzo es bidimensional, mientras que la estructura de las
plantas y de los animales es tridimensional. George Stubbs ilustró la anatomía
tridimensional de los caballos al dibujar su estructura interna. Suspendió un
cadáver de caballo en una granja y despegó varias capas del animal, mes a mes,
dibujando primero los músculos exteriores (figura 34) y finalmente el esqueleto.
Fue un trabajo concienzudo realizado seguramente en medio de un hedor
insoportable. Stubbs publicó sus resultados en un libro monumental, Anatomía
del caballo, la mejor descripción anatómica del animal en su época[40].
Estas anatomías complejas surgen a partir de los diferentes procesos que ya
hemos explicado. Sin embargo, a partir de ahora tenemos que imaginarlas en un
lienzo tridimensional en vez de bidimensional. Para hacernos una idea de lo que
suponen estas deformaciones tridimensionales, observemos la figura 35, en la
que se muestran algunas de las regiones clave de un embrión típico de
vertebrado. En esta etapa, el huevo inicialmente esférico ya se ha transformado
en un embrión curvado y tridimensional. Tal y como vimos para la mosca en
desarrollo, el embrión aparece descrito con una profusión de temas y
variaciones indicados por la regiones sombreadas de diferente forma. Veamos qué
ocurre en algunas de estas regiones.
Figura 34. Dibujo de la Anatomía del caballo, George Stubbs, 1766.
A lo largo del embrión existen una serie de
unidades repetidas denominadas somitas que se forman secuencialmente,
comenzando hacia el extremo de la cabeza, gracias al repetido encendido y
apagado de diferentes genes, de forma muy parecida a lo que vimos para la
repetición de los colores de las frutas durante el desarrollo de la mosca. Las
variaciones también se superponen a este tema repetitivo, lo que hace
intervenir a otras proteínas reguladoras que variarán desde la cabeza a la
cola. Algunas regiones de las somitas expresan proteínas reguladoras que las
hacen proliferar y formar las unidades repetitivas de la columna vertebral (las
vértebras). Otras células que expresan una combinación diferente de proteínas
reguladoras proliferan y migran a las extremidades, y encienden los genes
necesarios para el desarrollo de los músculos. Gran parte de la anatomía
muscular y ósea representada por Stubbs se debe a las somitas.
Otra estructura clave que sigue a lo largo del embrión es un tubo hueco y largo
denominado tubo neural (figura 35), cuya pared está formada por una sola capa
de células. Al igual que las somitas, el tubo neural se subdivide a lo largo
del embrión en regiones distintas. La mayor parte del tubo neural que discurre
por la espalda prolifera para formar distintos elementos de la médula espinal y
del sistema nervioso. La región del tubo neural que está cerca de la cabeza
forma el cerebro, que crece y se hincha para formar un par de hemisferios cuya
pared tiene al principio una sola célula de grosor; a medida que prosiguen el
crecimiento y la división celular, las células comienzan a subirse unas sobre
otras para formar la corteza cerebral, una capa cuyo espesor tiene varios
estratos de células. La corteza en desarrollo también divide su superficie en
regiones que expresan diferentes proteínas reguladoras. Por ejemplo, una
proteína reguladora está presente en mayor cantidad en el extremo posterior y
central de la corteza (figura 36, izquierda[10]). Por el
contrario, otra proteína reguladora se expresa más hacia el lateral y el
extremo frontal (figura 36, centro). Estas proteínas reguladoras,
junto con las moléculas señalizadoras asociadas, conducen a que en la corteza
se formen regiones con distintas funciones, tales como las implicadas en el
movimiento, la sensibilidad, la audición y la visión (figura 36, derecha).
Los ratones que carecen de una o más de estas proteínas reguladoras desarrollan
cerebros en los que ha cambiado el tamaño relativo de estas regiones.
Figura 35. Esquema del embrión de un vertebrado.
La anatomía que Stubbs describe surge por la
recurrencia de la formación de patrones celulares, del crecimiento, de la
muerte y de la reorganización de un lienzo tridimensional basado en los
principios ya descritos.
§. Una receta común
En el capítulo anterior vimos que el desarrollo se
fundamenta en un doble bucle de realimentación entre el refuerzo y la
competencia. Las moléculas, como las proteínas reguladoras, refuerzan su propia
abundancia o actividad al mismo tiempo que ocasionan su propia inhibición. Este
bucle de realimentación está impulsado por colisiones entre un gran número de
moléculas (variabilidad de la población), equilibrado por cierto grado de
estabilidad molecular (persistencia). En este capítulo hemos visto que algunos otros
ingredientes desempeñan una función clave, como la interacción y la cooperación
de las moléculas o de las células más cercanas. Esta cooperación entre
numerosos componentes introduce un enorme abanico de posibilidades
combinatorias, un inmenso espacio de desarrollo de combinaciones moleculares y
celulares. Los embriones viven una odisea por este inmenso espacio mediante la
aplicación recurrente de nuestro doble bucle de realimentación, que modifica
constantemente su propio contexto y, por lo tanto, compone la escena que los
lleva a la siguiente etapa del periplo. Mediante este proceso, el embrión
crece, se deforma y se forman patrones a distintas escalas.
Figura 36. Corteza de cerebro en desarrollo, en la que se muestran las áreas
con proteínas reguladoras clave (izquierda y centro), y las regiones
funcionales resultantes implicadas en el movimiento (M), la sensibilidad
corporal (S), la audición (A) y la visión (V) (derecha).
Este conjunto de ingredientes es muy parecido al
que encontramos para la evolución en los capítulos 1 y 2, donde también nos
topamos con un doble bucle de realimentación entre el refuerzo y la
competencia, impulsado por la variabilidad de la población y la persistencia.
También vimos que la cooperación desempeñaba una función clave que conducía a
unidades integradas, tales como genes o individuos. Al reunir los componentes,
la cooperación también crea un inmenso espacio de posibilidades: el enorme
abanico de combinaciones diferentes de secuencias de ADN. Las poblaciones
entraron en este hiperespacio empujadas por el siempre sediento doble bucle de
realimentación, que de manera recurrente cambiaba el contexto y, por lo tanto,
incitaba a las poblaciones a que continuaran su periplo. Al igual que el
desarrollo, la evolución se ve impulsada hacia delante por su pasado, y no
atraída por su futuro.
Ahora podemos ver que en la evolución y en el desarrollo interviene una
interacción parecida entre nuestros siete principios (variabilidad de la
población, persistencia, refuerzo, competencia, cooperación, riqueza
combinatoria y recurrencia). La evolución y el desarrollo son manifestaciones
diferentes de lo que he llamado la receta creativa para la vida. En la
evolución, la receta implica poblaciones de individuos en un entorno, y conduce
a la aparición de diferentes formas de vida durante muchas generaciones. En el
desarrollo, la receta implica poblaciones de moléculas y de células dentro del
mismo individuo, y conduce a la aparición de un adulto en una sola generación.
Los procesos son muy diferentes, pero podemos reconocer que detrás de esta
apariencia diferente subyace una forma común.
Por supuesto, he presentado la evolución y el desarrollo de un modo que resalta
los puntos de encuentro. La razón por la cual he seguido esta estrategia es
porque nos ayuda a apreciar la esencia de cada proceso. Si consideramos la
evolución y el desarrollo por separado, podríamos definir una colección de
principios en cada caso, pero probablemente no llegaríamos a la formulación que
describo. De hecho, ninguno de estos procesos se suele explicar mediante mi
interpretación de la interacción de mis siete principios. Pero si tomamos
perspectiva y establecemos comparaciones entre estos procesos, conseguimos
conocer lo que es general y lo que es particular de cada caso, lo que nos
ayudará a comprender las bases de cómo se producen. En capítulos posteriores
veremos que esta misma estrategia nos ayudará a observar otras
transformaciones, como el aprendizaje y el cambio cultural.
A pesar de su similitud básica en la forma, también hemos observado una
diferencia notable entre la evolución y el desarrollo. La trayectoria que sigue
un embrión por el espacio del desarrollo forma un bucle repetitivo, y los
embriones van pasando básicamente por las mismas regiones del espacio en cada
generación. Esto constituye una gran diferencia con la evolución, en la que las
trayectorias que toman las especies por el espacio genético son más indefinidas
y no presentan un carácter cíclico. ¿De dónde viene esta diferencia? Para
responder esta pregunta necesitamos conocer cómo aparecen en primer lugar las
trayectorias del desarrollo. Dejaremos las relaciones de forma para estudiar
las relaciones de la historia.
Capítulo 5
Hacer historia
Contenido:
§. Comienzos unicelulares
§. El ascenso por la escala
§. Aumentos y crecimiento
§. Una receta dentro de otra receta
Bashford Dean tenía dos pasiones en la vida[41]: una era
estudiar el desarrollo y la evolución de los peces, gracias a lo cual llegó a
ser en 1904 profesor de zoología de vertebrados en la Universidad de Columbia,
a la edad de 37 años. La otra pasión era una fascinación por las armas y las
armaduras desde su infancia, cuando vio un hermoso yelmo europeo en casa de un
amigo de la familia. Lo dejó tan impresionado que se puso inmediatamente a
estudiarlo por dentro y por fuera durante mucho tiempo, mientras estaba sentado
en el porche de su amigo. Su interés por las armaduras aumentó con los años, y
en 1906 se convirtió en conservador honorario de armas y armaduras del Museo
Metropolitano de Arte de Nueva York. Finalmente, consiguió jubilarse de sus
trabajos de zoología en Columbia para dedicarse en cuerpo y alma a hacer de la
colección de armas y armaduras del Museo Metropolitano una de las más
excelentes del mundo.
Al transferir su interés de los peces a las armaduras, Bashford Dean llevaba a
cuestas su pasado biológico, como ilustran una serie de diagramas donde
describió la historia de diferentes armamentos, como los yelmos o los escudos,
de la misma forma que cualquier otro ilustraría la evolución de los organismos
(figura 37). Su diagrama de los yelmos muestra en la parte baja un casco
redondo ancestral y simple. A partir de esta forma primitiva emergen diferentes
linajes, algunos conducen al yelmo cerrado muy elaborado con visera, y otros
conducen a diferentes innovaciones, callejones sin salida o reversiones a
formas más simples.
Figura 37. Diagrama de la evolución de los yelmos, Bashford Dean, 1915.
Aunque tales diagramas son útiles para organizar
los objetos y comprender sus relaciones, también pueden llevar a error porque
dan la impresión de que un objeto se transforma en otro, como si un casco se
modificase directamente para dar lugar al siguiente de la serie. Pero los
yelmos no cambian así con el tiempo, no se transforman, sino que las personas
que los fabrican son quienes los hacen cambiar. El más antiguo, un casco
relativamente rudimentario, seguramente se fabricó en unas pocas etapas básicas.
Luego, a medida que los fabricantes de cascos iban teniendo más experiencia, y
a medida que las necesidades armamentísticas cambiaban, los yelmos se fueron
haciendo más elaborados y sofisticados. Esta historia de los yelmos forma parte
de una historia sobre la fabricación.
Podemos observar dos procesos entrelazados en la historia de los yelmos. Uno es
su cambio del diseño a lo largo de los siglos, la evolución que describe
Bashford Dean. El otro es la fabricación, que se repite a sí misma muchas veces
cada generación a medida que el fabricante de yelmos va haciendo más copias del
mismo. Estos dos procesos están conectados: las acciones del fabricante de
yelmos dependen del momento histórico, mientras que la historia de los yelmos
depende de cómo los fabricantes modificaron su forma de hacerlos con el tiempo.
Las mismas consideraciones valen para la evolución de los organismos
pluricelulares. Aunque solemos retratar la evolución como un árbol ramificado
en el que un tipo de organismo parece transformarse directamente en otro, no
son los propios organismos los que cambian, sino el modo en el que se
desarrollan a partir de los huevos fertilizados. Los primeros productos del
desarrollo pueden haber sido entes relativamente toscos, simples amalgamas de
células (equivalentes a los cascos más antiguos). Estas estructuras
pluricelulares simples surgieron por primera vez hace unos mil millones de años
o más. Entonces se desarrollaron las formas más elaboradas del desarrollo que
finalmente condujeron a la diversidad de organismos que vemos hoy en día. En
cada especie pluricelular viva observamos un proceso de desarrollo parecido que
se repite a sí mismo en cada generación para producir continuamente un gran
número de organismos de esencialmente la misma clase. Aun así, este proceso
repetitivo no está completamente fijado, sino que cambia con el tiempo,
mediante la evolución. El desarrollo y la evolución están estrechamente
conectados en la historia. La trayectoria del desarrollo depende del pasado
evolutivo, mientras que la trayectoria de la evolución depende de la manera en
que el desarrollo se modifica con el tiempo.
En los capítulos anteriores hemos visto que la evolución y el desarrollo se
basan en la misma receta creativa, y que comparten una forma similar. En este
capítulo quiero estudiar otro tipo de relación: la conexión de la historia de
la evolución y del desarrollo. Como primera etapa, veamos de dónde vienen los
ingredientes básicos para la receta del desarrollo.
§. Comienzos unicelulares
El desarrollo implica la transformación de una
célula en un individuo pluricelular; sin embargo, muchos de los principios que
lo gobiernan se encuentran ya en los parientes unicelulares[42]. Si pensamos
en el comportamiento estadístico de las moléculas, veremos que un organismo
unicelular es capaz de metabolizar las moléculas de su entorno, o de
importarlas, gracias al movimiento continuo y caótico inherente a cada una de
las moléculas. El metabolismo regular y predecible depende de procesos
estadísticos, como la difusión, en los que interviene una gran colección de
sucesos moleculares. Sin el proceso físico de difusión no existiría ninguna
clase de vida. Los organismos unicelulares sacan un gran provecho de la
difusión: cuando dos células de levadura de distinto tipo sexual tienen que
juntarse para la reproducción sexual, cada una produce moléculas señalizadoras
denominadas feromonas que salen de la célula y pasan al entorno, donde se difunden
para estimular a las células del tipo sexual opuesto. Como la difusión implica
una caída de la concentración con la distancia, proporciona a los organismos
información espacial sobre lo cerca o lejos que está la fuente de la feromona:
si la concentración de la feromona pertinente es elevada, lo más probable es
que una célula del otro tipo sexual esté cerca. La reproducción sexual no es
más que un ejemplo de las muchas situaciones en las que los organismos
unicelulares utilizan las moléculas señalizadoras y la difusión para
comunicarse. El principio de la variabilidad de la población aplicado al
desarrollo no es algo que los organismos pluricelulares hayan inventado de la
nada, sino que ya había sido explotado por los ancestros unicelulares hace
mucho tiempo. Lo mismo ocurre con el principio de la persistencia aplicado al
desarrollo, pues demasiada difusión traerá problemas a un organismo unicelular:
si una célula no estuviera rodeada por una membrana que evite que las moléculas
difundan por el entorno, dejaría de existir como individuo. La persistencia
también opera de una generación a otra: a medida que un organismo unicelular se
divide, su ADN se copia y el contenido de la célula se comparte entre las
células hijas. El contenido incluye a las proteínas reguladoras, lo que permite
que las células hijas recreen el patrón de la actividad génica y de las
proteínas de su progenitora. Se trata de algo parecido al modo en el que los
patrones de la actividad génica se transmiten entre las células a medida que se
divide el huevo fecundado de un organismo pluricelular. El mismo proceso de
división celular que proporciona persistencia hereditaria entre las
generaciones de organismos unicelulares ayuda a mantener la continuidad y la
persistencia entre las células dentro del mismo organismo durante el
desarrollo.
En el mundo unicelular también tenemos los mismos antecedentes sobre los
principios de refuerzo, competencia, cooperación y riqueza combinatoria tal y
como se aplicaron al desarrollo. Todos los organismos unicelulares regulan sus
genes en respuesta a los cambios del entorno. Cuando bebemos un vaso de leche,
una bacteria que vive en el intestino, llamada Escherichia coli,
modifica la actividad de sus genes para producir más cantidad de una proteína
necesaria para digerir la lactosa, o sea, se enciende un gen que codifica la
proteína con la que se digiere esta molécula porque la gran cantidad de lactosa
de la leche modifica las proteínas reguladoras de la bacteria. Algunas de estas
proteínas reguladoras activan genes, mientras que otras los inhiben. Además, al
igual que los genes de los organismos pluricelulares, los de los unicelulares
tienen regiones reguladoras a las que se pueden fijar muchas proteínas. La
intensidad del encendido o del apagado depende del modo en el que interaccionan
y cooperan estas diferentes proteínas reguladoras, con lo que se forma un gran
número de combinaciones reguladoras diferentes que permiten que la célula
responda a los desafíos de su entorno de muchas maneras diferentes.
Del mismo modo que gran parte de las herramientas necesarias para fabricar los
yelmos estaban disponibles antes de que aparecieran los primeros, muchos de los
elementos necesarios para el desarrollo ya estaban presentes en los organismos
unicelulares antes de que evolucionaran los organismos pluricelulares. ¿Cómo se
reunieron los diferentes ingredientes en estas formas unicelulares para
proporcionar la receta para el desarrollo? Aunque no anduviéramos por ahí para
ser testigos directos de estos acontecimientos, podemos hacernos una idea de lo
que ocurrió.
§. El ascenso por la escala
La mayor parte del océano está en perpetua
oscuridad, pero cerca de la superficie hay suficiente luz para mantener una
comunidad próspera de plantas microscópicas[43], algas
unicelulares que forman un inmenso prado de plancton marino. Sin embargo, este
modo de vida tiene sus peligros: el plancton se verá arrastrado sin remedio por
las corrientes marinas y sus turbulencias. Si las plantas microscópicas se ven
empujadas a gran profundidad, como la cantidad de luz cae rápidamente, morirán
en la inmensa oscuridad, a menos que sepan nadar o flotar para volver a la
superficie. Más cerca de la costa hay poca profundidad, lo que les impide caer
en la penumbra. Pero no hay garantía de que una planta que viva cerca de la
costa no acabe arrastrada hacia el inmenso océano, a menos que se sujete a una
roca. Algunas especies de algas unicelulares se agarran al lecho marino, lo que
les permite vivir permanentemente cerca de la costa. Estas células suelen tener
dos extremos diferentes: uno está especializado en la sujeción a la roca y el
otro en la recogida de la energía solar. Con esta disposición incorporan un
aspecto de su entorno: la interfase entre el agua marina líquida y transparente,
y una roca sólida y opaca.
Con este modo de vida conseguirán más luz los individuos que sean capaces de
extenderse hacia arriba y de crecer alejándose de la roca. Sus opciones de
supervivencia serán mejores que las de sus vecinos ensombrecidos y, por lo
tanto, se verán favorecidos por la selección natural. Podría crecer de este
modo si sus propias células se hicieran más grandes, pero un organismo
unicelular no puede superar ciertos límites de tamaño: a medida que este
aumenta, se vuelve más difícil la coordinación de los procesos en el gran
volumen de citoplasma. Una solución parcial a esta dificultad consiste en
incluir muchos núcleos en la célula, que es lo que suelen hacer las criaturas
unicelulares más grandes. Aun así, la mezcla continua del citoplasma dificulta
la formación de patrones de actividad génica.
Otra solución a estos problemas consiste en que las células se peguen unas a
otras después de la división, lo que permitiría que el organismo se convierta
en un individuo pluricelular. Con varias células, cada una con su propio
núcleo, surge la posibilidad de encender genes diferentes en células
diferentes. Las células cercanas a la roca podrían encender los genes que
permiten el agarre, mientras que las que están en el extremo expuesto al agua
podrían encender los genes implicados en la fotosíntesis. La evolución de tales
células especializadas no requiere un conjunto completamente nuevo de
mecanismos puesto que podría surgir de la combinación de ingredientes que ya
estaban presentes en los organismos unicelulares. Los principios que se aplican
a las células aisladas se aplican a los conjuntos de células que permanecen en
proximidad. Entonces, la interfase entre la roca y el mar podría abordarse de
otra manera, mediante diferencias entre las células en vez de dentro de cada
una. Al organizarse por tipos de células, el alga ha capturado o incorporado
una peculiaridad espacial de su entorno, la distinción entre la roca y el mar
que la rodea: ha ordenado el mundo al ordenarse a sí misma.
Nuestra alga primitiva es capaz de organizarse siguiendo un sendero tortuoso
relativamente simple en el espacio del desarrollo. La célula inicial del alga
comienza con una combinación particular de proteínas reguladoras que se
corresponden con una posición del espacio del desarrollo. Este contexto
proporciona las condiciones moleculares que conducen a la división de la célula
y a la producción de unos pocos tipos de células más en las primeras etapas del
embrión, algunas mejor adaptadas para agarrarse a la roca y otras para captar
luz. El embrión ha sido impulsado a una nueva posición en el espacio del
desarrollo, lo que a su vez proporciona el contexto que lo impulsa a la
siguiente etapa. Finalmente, las células también se preparan para la formación
de las células reproductoras que dan lugar a la siguiente generación. De este
modo, el alga se labra un sendero recurrente en el espacio del desarrollo,
gobernado por un conjunto de principios moleculares y celulares que ya estaban
en funcionamiento en sus ancestros unicelulares.
Esta situación hipotética demuestra que los ingredientes que ya estaban
presentes en el mundo unicelular pueden haberse reunido durante la evolución
para proporcionar una receta básica para el desarrollo. Una vez que esta receta
estaba en marcha, pudieron evolucionar formas más elaboradas de desarrollo.
Nuestras algas pluricelulares simples pegadas a la roca compiten por la luz,
por lo que las formas capaces de proliferar y hacerse más altas durante su
ciclo de vida se verían favorecidas por la selección natural. Al ser más altas,
aparecerán otros problemas, como la tensión provocada en la planta cuando se
tuerce por las corrientes, o el problema de mantener vivas las células cercanas
a la roca a medida que se van alejando de las células fotosintéticas. Puede
resultar útil la especialización de otras células, como un collar de células
más fuertes para impedir que la planta se desprenda por las corrientes, o un
sistema de transporte para mover los azúcares desde el ápice a la base de la
planta. No se necesita ningún mecanismo fundamentalmente nuevo para que
evolucionen tales especializaciones, puesto que surgirían simplemente por la
repetición del mismo proceso de formación de patrones a medida que el organismo
se desarrolla. La construcción recurrente de patrones sobre patrones a medida
que crece el organismo permite que emerjan de forma organizada un abanico de
especializaciones. El resultado global es que se ha extendido y modificado
nuestro sendero recurrente por el espacio del desarrollo.
He ofrecido un escenario simplificado para ilustrar la posible integración de
nuestros siete principios aplicados al desarrollo durante la evolución de las
plantas pluricelulares. Se puede contar una historia parecida con los animales.
Muchos animales unicelulares viven felizmente consumiendo a otros organismos.
Pero los animales que se hacen más grandes contarán con algunas ventajas, como
la capacidad para comerse a otras criaturas y a su vez evitar ser comido[44]]. El incremento de tamaño
por volverse pluricelular tiene el beneficio añadido de permitir que se
especialicen las diferentes células: algunas se podrían dedicar a comer y otras
a digerir la comida. Como los animales que viven en una escala superior se encuentran
con otros desafíos, tal como desplazarse de un modo eficaz o coordinar las
diferentes partes del cuerpo, podrían surgir más tipos celulares y
organizaciones mediante la repetición de la formación de patrones que se ocupan
de estos desafíos.
El incremento de tamaño y de complejidad no está exento de ciertos costes. Por
ejemplo, retrasa la reproducción porque el organismo necesita más tiempo para
crecer hasta su forma madura. Por lo tanto, los beneficios del tamaño necesitan
contraponerse a los costes del incremento del tiempo de generación. Los
compromisos como este abundan en el mundo de los seres vivos porque la mejora
en una dirección suele producirse a expensas de un peor crecimiento en otra.
Por esta razón, los organismos pluricelulares no han reemplazado a los
unicelulares: estos últimos, como las bacterias, continúan siendo mucho más
numerosos que sus parientes pluricelulares. Tal y como Stephen Jay Gould ha
apuntado, todavía vivimos en la «Edad de las bacterias», un periodo que ha
durado unos 3.500 millones de años[45]. En vez de
que la vida progrese de forma global hacia tamaños y complejidades cada vez
mayores, en los ecosistemas coexisten muchas formas diferentes, y cada una
captura relaciones a diferentes escalas, desde la microscópica a la
macroscópica.
§. Aumentos y crecimiento
Cuando miramos un alga marina de hoy en día, por
ejemplo un sargazo vejigoso (Fucus vesiculosus, figura 38), vemos que se
ha adaptado a su entorno a muchas escalas. Visto el organismo en conjunto, se
bifurca y ramifica a lo largo de decenas de centímetros, una adaptación que le
permite recoger una gran cantidad de energía solar. En la base produce una
estructura que se parece a una raíz y que la ancla a la roca. Este rizoide se
conecta al resto de la planta mediante un fuerte tallo que resiste la continua
sacudida del mar. Si miramos un poco más de cerca, vemos que el cuerpo
principal del alga está aplanado como una hoja, lo que proporciona una gran
superficie para recoger energía luminosa. El nervio principal de la hoja le da
una fuerza adicional para resistir los movimientos del mar. Algunas regiones
también están hinchadas para formar vesículas de aire que le proporcionan
flotabilidad. Si observamos la planta con más aumentos, vemos las células, cada
una de una décima de milímetro. Hay varios tipos que se especializan de
diferentes maneras, como las de la hoja principal, para llevar a cabo la
fotosíntesis, o las del rizoide, para adherir la planta a la roca.
Figura 38. Sargazo vejigoso (Fucus vesiculosus).
Al observar con más aumentos aún, vemos que cada
célula contiene una serie de compartimentos pequeños muy bien organizados, cada
uno de una milésima de milímetro, que incluyen los cloroplastos (especializados
en realizar la fotosíntesis) y las mitocondrias (las centrales eléctricas de
las células). Si aumentamos todavía más el compartimento del cloroplasto, más
allá de los límites del microscopio óptico, veremos numerosos cuerpos diminutos
de muchas formas, que miden cada uno entre una centésima y una milésima de
milímetro. Se trata de las proteínas que favorecen las reacciones químicas de
la célula, como la proteína Rubisco mencionada anteriormente que cataliza la
fijación del dióxido de carbono.
Todos estos niveles de organización representan todas las escalas en las que el
alga marina ha capturado su relación con el entorno. La arquitectura ramificada
de la planta se debe a relaciones tales como el modo en el que la luz solar
incide sobre la planta, y los efectos de las corrientes marinas y de la
gravedad. La forma de la proteína Rubisco se ajusta a las relaciones espaciales
de una molécula de dióxido de carbono, es decir, a la disposición de los átomos
y de las cargas eléctricas por la superficie de la molécula. A cada escala, las
adaptaciones de una planta implican la captura de relaciones espaciales y
temporales del entorno con el cual interacciona.
Lo mismo ocurre con los organismos unicelulares. La forma de la proteína
Rubisco del sargazo vejigoso es similar a la de las algas unicelulares, y en
ambos casos funciona a escala molecular para fijar el dióxido de carbono. Pero
algunos aspectos del entorno están ausentes en los organismos unicelulares,
como por ejemplo los retorcimientos provocados por las corrientes marinas.
Cuando medimos una fracción de milímetro nos podemos agarrar con facilidad a
una roca, sin importar lo poderosas que sean las olas que rompen a nuestro
alrededor. A esta escala, el agua parecería viscosa, lo mismo que la melaza lo
parece a la nuestra. Por lo tanto, incluso aunque la vida unicelular sea rica y
variada, hace caso omiso de algunas de las relaciones del mundo a gran escala.
Los organismos pluricelulares más grandes tienen que funcionar a esta escala
mayor y consiguen capturar muchas de las relaciones que se establecen en este
gracias a su diversidad de tipos de células y a la organización a varias
escalas. Alcanzan esta organización recorriendo las escalas en sentido opuesto
al que antes hemos seguido al acercarnos: mediante el crecimiento y la
proliferación. El sargazo vejigoso comienza como un cigoto fecundado que va a
la deriva hasta que se ancla en el lecho marino. Entonces se divide en dos
células con propiedades diferentes: una de ellas se seguirá dividiendo y
generará patrones para formar las frondas de la planta; la otra crecerá, se
dividirá y se diferenciará para formar el rizoide. La planta va subiendo por
sus distintas escalas de organización mediante la recurrencia del crecimiento y
de los patrones.
§. Una receta dentro de otra receta
Durante uno de sus viajes a Europa, el amante de
las armaduras Bashford Dean se topó con una caja vieja arrumbada en un ático
antiguo. La caja había pertenecido a un armero allá por el año 1600 y contenía
partes de guanteletes sin acabar. Bashford Dean recordaba así el episodio:
Tenía curiosidad por sentir el tacto de estos
objetos antiguos que parecía que su fabricante hubiera puesto ayer en la caja.
Tenía la sensación de que si salía por la vieja puerta que tenía al lado, sería
objeto de un encantamiento como Alicia en el País de las Maravillas y pasaría
al siglo XVI para encontrarme en la otra habitación un verdadero armero en su
mesa cerca de la ventana.[46]
En este capítulo, también nos hemos transportado al
pasado. Hemos visto que la evolución y el desarrollo comparten una conexión
histórica. Muchos elementos del desarrollo ya estaban al acecho en los
ancestros unicelulares que existieron hace miles de millones de años. Estos
ingredientes se acabaron por integrar de un modo concreto durante la evolución
de los organismos pluricelulares. Las primeras formas pluricelulares mostraron
poca recurrencia durante el desarrollo, por lo que mostraban una organización simple
con dos o tres tipos celulares. Estos cambios representaban senderos tortuosos
relativamente simples a través del espacio del desarrollo. Pero a medida que
fueron apareciendo más niveles de recurrencia y que los senderos se hicieron
más complicados y extensos, las criaturas podían explorar y capturar las
relaciones con su entorno a muchas escalas, lo que dio lugar a nuevos modos de
sobrevivir y reproducirse con eficacia.
En vez de permanecer fijos, los senderos tortuosos del desarrollo están en
continua reorientación y deformación en la escala evolutiva del tiempo porque
los periplos por el espacio genético y del desarrollo están conectados[47]. A medida
que las poblaciones se desplazan por el espacio genético durante la evolución,
los genes que influyen sobre las trayectorias del desarrollo pueden cambiar
para permitir que los organismos capturen nuevas relaciones de su entorno.
Desde esta perspectiva más amplia, el desarrollo no siempre sigue con precisión
el mismo sendero ni regresa exactamente al mismo lugar después de una
generación: las trayectorias se van desplazando poco a poco, por lo que durante
el tiempo evolutivo forman una serie de espirales en vez de bucles estrictos.
Si nos remontamos con la gallina y el huevo lo suficientemente atrás en el
tiempo, no encontramos ni gallinas ni huevos, sino sus primeros ancestros,
organismos que estaban constituidos por tan solo unos pocos tipos de células.
Si vamos más atrás incluso en el tiempo, no encontraríamos ninguna trayectoria
del desarrollo, sino simplemente el ciclo reproductor de los organismos
unicelulares.
Al igual que las muñecas rusas, la evolución y el desarrollo muestran una
relación doble. Por una parte, el desarrollo está incrustado históricamente en
la evolución, pues surgió del proceso evolutivo y está contenido en él. Por
otra parte, el desarrollo tiene una forma similar a la de su progenitor
evolutivo, pues se basa en la misma receta creativa. Aunque uno opere en muchos
individuos y generaciones y el otro en un único individuo y generación, en
ambos casos encontramos unos principios fundamentales comunes.
Sin embargo, no hemos llegado al final de la historia. Del mismo modo que la
evolución dio origen al desarrollo, veremos que el desarrollo conducirá a otro
proceso, el aprendizaje, con la misma receta. Para continuar con esta próxima
transición, primero debemos conocer mejor el funcionamiento del aprendizaje. En
vez de intentar conocer inmediatamente la manera en que aprenden los seres
complejos como los perros o los humanos, buscaremos primero los fundamentos en
el comportamiento de los organismos más sencillos.
Capítulo 6
Respuestas humildes
Contenido:
§. Se hacen ajustes
§. El relato de la flora
§. El mordisco de Venus
§. Una babosa de mar sensible
§. Patrones temporales
§. Respuestas humanas
§. La ordenación del mundo
Uno de los cuadros más curiosos del Renacimiento es
una representación meticulosa de un trozo de terreno cubierto de hierbas de
Alberto Durero (figura 39). Durero extrae diseño y harmonía de un conjunto
aparentemente aleatorio de hierbas al que normalmente no prestaríamos atención.
Al elegir un tema tan mundano, es capaz de transmitir su talento artístico de
una forma pura, sin contaminar por distracciones convencionales. De igual
forma, los científicos a menudo eligen estudiar temas sencillos cuando intentan
llegar a la esencia de un problema. Cuando se estudian los sistemas
relativamente simples se evitan complicaciones y distracciones innecesarias, y
se consiguen sacar conocimientos más profundos. Esto es particularmente cierto
cuando intentamos comprender algo tan problemático como nuestra capacidad para
aprender. Las reacciones humanas son tan complejas y están tan entrelazadas con
nuestras emociones que puede ser difícil interpretarlas con objetividad. A
veces ayuda dar un paso atrás y plantearse cómo se enfrentan a los retos los
seres más modestos, como las bacterias, las hierbas o las babosas.
En el capítulo anterior estudiamos la manera en la que los organismos se
enfrentan a los retos espaciales, como distinguir entre la roca y el mar.
Gracias al desarrollo adquieren distinciones anatómicas que les permiten
capturar parte de la heterogeneidad que les rodea. En este capítulo quiero
empezar a analizar la dimensión temporal y la manera en que los organismos
afrontan el cambio. Si el entorno fuera siempre constante, un organismo nunca
tendría que modificar su comportamiento según las circunstancias. En esta
situación, los procesos como el aprendizaje serían mucho menos importantes.
Para llegar a la raíz del aprendizaje, primero tendremos que conocer las respuestas
básicas de los organismos ante los cambios que les rodean. Consideraremos un
abanico de respuestas en los microorganismos, en las plantas y en los animales,
para así comenzar a discernir los elementos comunes y los distintivos. Por
ejemplo, las plantas no tienen neuronas, pero no obstante son capaces de
capturar de su entorno patrones de cambio bastante complejos. Una vez que
hayamos establecido los mecanismos biológicos básicos para afrontar los
cambios, podremos estudiar cómo se integraron estos diferentes mecanismos para
dar lugar al aprendizaje, nuestro tercer ejemplo de la receta creativa para la
vida.
Figura 39. Porción de césped o Estudio de malas hierbas, Alberto Durero,
1503.
§. Se hacen ajustes
Vivimos en un mundo fluctuante en constante cambio.
En vez de ser inflexibles, a los organismos les resulta beneficioso poder
ajustarse a los cambios según las circunstancias. Ya nos hemos encontrado una
manera de responder a los cambios: como se mencionó en el capítulo anterior, la
bacteria Escherichia coli puede ajustar su nivel de actividad
génica según la cantidad de lactosa de su entorno. Tiene proteínas reguladoras
que encienden o apagan genes en respuesta a la concentración de lactosa. Esta
respuesta es una adaptación que permite que la bacteria sintetice proteínas,
tal como la enzima que digiere la lactosa, que le ayudarán a sobrevivir y a
reproducirse. Todos los organismos unicelulares poseen mecanismos de regulación
de esta clase que les permiten responder a muchos factores que podrían cambiar
con el tiempo, desde la prevalencia de determinadas moléculas a la temperatura
o la luz.
En algunos casos, estas respuestas pueden ser casi inmediatas. El alga verde
unicelular Chlamydomonas, que suele encontrarse en las charcas,
siente la luz y se mueve hacia ella gracias a dos filamentos muy delgados
denominados flagelos (figura 40). Las proteínas receptoras sensibles a la luz
que están en la célula de Chlamydomonas se modifican cuando la
luz incide sobre ellas, y esto conduce a la generación de una señal eléctrica
que la recorre rápidamente. La señal cambia el patrón de los movimientos de los
flagelos, por lo que la célula se vuelve hacia la luz, al igual que un nadador
ajusta su brazada para girar. Al nadar hacia la luz, Chlamydomonas se
asegura de que puede permanecer en un medio brillante y continuar sobreviviendo
mediante la fotosíntesis.
Figura 40. Célula de Chlamydomonas.
Estas respuestas —reaccionar a la lactosa o nadar
hacia la luz— son adaptaciones que proporcionan métodos eficaces para afrontar
un entorno variable. Se denominan mecanismos homeostáticos y, gracias a ellos,
un organismo mantiene una buena nutrición y un estado equilibrado a pesar de
las condiciones cambiantes. Al igual que otras adaptaciones, han sido
seleccionadas por la evolución darwiniana. Aquí intervienen dos escalas de
tiempo diferentes. Primero, las variaciones ambientales durante la vida de un individuo
influyen en su manera de reaccionar. Segundo, a una escala de tiempo evolutiva,
se han seleccionado determinadas reacciones. Durante innumerables generaciones,
la selección natural ha favorecido ciertas reacciones sobre otras, por lo que
solo han permanecido las que favorecen la supervivencia y la reproducción. En
consecuencia,Escherichia coli regula sus genes cuando aparece la
lactosa y Chlamydomonas nada hacia la luz. Se trata de
respuestas instintivas que han ayudado a los individuos a vérselas con la
variabilidad de su entorno en generaciones anteriores. Son respuestas
instintivas.
Sin embargo, las respuestas instintivas no tienen por qué ser fijas, sino que
se pueden ir ajustando con el tiempo. Un buen ejemplo es el comportamiento
nadador de la bacteria Escherichia coli[48]. Al igual que Chlamydomonas,
Escherichia coli nada con su flagelo, aunque en este caso el flagelo
actúa como propulsor rotatorio en vez de por flexión. La bacteria nada
instintivamente hacia las áreas ricas en sustancias alimenticias, como los
azúcares, y se aleja de los compuestos nocivos como los ácidos. Lo hace gracias
a las moléculas receptoras que hay en la membrana, que perciben continuamente
la concentración de las sustancias químicas que la rodean. Estos receptores
influyen en el movimiento de la bacteria mediante una estrategia similar a la de
un niño jugando a «frío, frío»: los movimientos se ajustan según la bacteria se
aleja (frío, frío) de la fuente de interés o se acerca (caliente, caliente) a
ella. La bacteria comienza su marcha en una dirección aleatoria, y si percibe
que las condiciones van mejorando (que aumenta la concentración de azúcares),
entonces continúa en la misma dirección. Pero si nota que las condiciones van a
peor, se da la vuelta y nada en otra dirección seleccionada prácticamente al
azar. Después de nadar y girar unas pocas veces, acabará finalmente por
alcanzar la fuente de comida.
La bacteria Escherichia coli se comporta así debido a una
propiedad notable de sus receptores: su sensibilidad se modifica gradualmente
según el nivel de estimulación. Si hay mucho azúcar alrededor de la bacteria,
sus receptores se van haciendo poco a poco menos sensibles al azúcar, por lo
que cuesta más estimularlos. Esto significa que si el azúcar abunda durante
mucho tiempo, la bacteria se habitúa y ya no responderá a la concentración
elevada del mismo. La bacteria solo responde con fuerza cuando cambia la
concentración de la comida. Si está nadando hacia una fuente de azúcar, percibe
el incremento de la concentración y mantiene la marcha; si está alejándose de
dicha fuente, nota que la concentración disminuye y cambia de dirección. La
bacteria no sólo responde a la situación predominante, sino que compara su
percepción con la historia reciente de las percepciones para determinar si la
disponibilidad de comida mejora o no. Captura las relaciones con el tiempo y
las utiliza para determinar su camino en el espacio.
La selección natural ha hecho evolucionar muchas respuestas instintivas como
adaptaciones a entornos variantes. Estas respuestas capturan las relaciones
espaciales y temporales del entorno. Cuando alguien bebe un vaso de leche, esta
avanza por el espacio hasta llegar al intestino, donde inunda el entorno de la
bacteria Escherichia coli con un aporte de lactosa. A medida
que la Tierra rota en el espacio, cambiará el modo en que la luz incide sobre
un charco y también lo hará la dirección en la que Chlamydomonas nadará.
A medida que Escherichia coli se va desplazando, podría
toparse con una fuente rica de alimento y nadar hacia ella. El tiempo y el
espacio están conectados y muchos elementos de esta relación se capturan
gracias a las respuestas instintivas.
Dado su predominio en los organismos unicelulares que viven hoy en día, las
respuestas instintivas deben haber surgido muy pronto en la evolución
biológica, cuando el mundo de los seres vivos comprendía solo organismos
unicelulares. Pero con la llegada de los organismos pluricelulares complejos
hace unos 500 millones de años, estas respuestas se llevaron a una escala
diferente: en lugar de que las células reaccionen por separado, las respuestas
se coordinan entre muchas células de un individuo. El mundo de las plantas
proporciona algunos ejemplos sorprendentes.
§. El relato de la flora
Si el cuadro de Durero de un trozo de césped es una
de las curiosidades del arte renacentista, entonces los cuadros de Giuseppe
Arcimboldo conseguirían el premio a la excentricidad. En El
bibliotecario (figura 41, lámina 7) utiliza libros y papel para
construir un hombre barbudo completo con un brazo y una mano. La yuxtaposición
inusual de los objetos y significados confiere a este cuadro más afinidad con
los cuadros surrealistas del siglo XX que con otras obras renacentistas. Pero
quizá el ejemplo más famoso del trabajo de Arcimboldo es su descripción de las
cuatro estaciones (figura 42, lámina 8), donde compone cabezas humanas a partir
de trozos de plantas de las distintas épocas del año. En Primavera utiliza
flores para componer la cabeza; en Verano utiliza frutas;
en Otoño monta la cabeza con productos de recolección tardía,
como las patatas y las uvas; mientras que para Invierno utiliza
un tocón nudoso. Las plantas proporcionan el material ideal para ilustrar las
estaciones porque sufren cambios importantes en el transcurso del año.
Figura 41. El bibliotecario, Giuseppe Arcimboldo, 1565. Véase la lámina 7.
Además de las transformaciones vegetales, la edad
de las cabezas pintadas por Arcimboldo va desde la juventud en la Primavera a
un anciano marchito en Invierno. Pero aunque existan paralelismos
entre el envejecimiento humano y los cambios estacionales de las plantas,
también hay una diferencia importante: envejecemos con independencia de nuestro
entorno. Por supuesto, nos rodean factores, como la comida que ingerimos o la
exposición a los elementos, que podrían acelerar o retrasar la aparición de
arrugas y flojedades. Pero en conjunto, el envejecimiento se produce
implacablemente sin tener en cuenta nuestras circunstancias. En cambio, muchas
de las transiciones clave de la vida de las plantas, como la floración, tienen
lugar como respuestas específicas al entorno. Las plantas ajustan con
regularidad su forma de acuerdo con el momento del año. ¿Cómo lo hacen?
Figura 42. «Las cuatro estaciones»: Primavera (arriba a la izquierda),
Verano (arriba a la derecha), Otoño (abajo a la izquierda) e Invierno (abajo a
la derecha), Giuseppe Arcimboldo, 1573. Véase la lámina 8.
Uno de los factores ambientales clave que las
plantas detectan es la longitud del día. Algunas plantas responden al
alargamiento de los días después del invierno y solo inician la floración
cuando los días son suficientemente largos. La percepción de la duración del
día implica ser capaz de cronometrar el tiempo entre dos acontecimientos: el
amanecer y el atardecer. Para conseguirlo, las plantas deben ser capaces de
detectar la cantidad de luz y también ser capaces de marcar el tiempo.
La capacidad para percibir la luz es común en las plantas. La luz es una parte
importante de su existencia porque proporciona la entrada de energía que
resulta esencial para la fotosíntesis, por lo que las plantas han desarrollado
numerosas formas de percibir la cantidad y la calidad de la luz. Lo consiguen
mediante una serie de proteínas receptoras que ponen en marcha una serie de
reacciones cuando incide la luz, como son el encendido y apagado de genes. Por
lo tanto, el primer requisito para medir la duración del día (la capacidad para
detectar y responder a la luz) no solo se encuentra en los animales, sino que
también constituye una característica básica de los sistemas vegetales.
Quizá lo más sorprendente es que las plantas también tienen un reloj interno[49]. Lo
descubrió por primera vez el astrónomo francés Jean-Jacques d’Ortous de Mairan
en 1729, al querer conocer el motivo por el que las mimosas pliegan su hojas
por la noche y las abren durante el día. Para ver si estaba relacionado con la
variación de la cantidad de luz a lo largo del día, colocó algunas en la
oscuridad dentro de un armario. Ojeándolas de vez en cuando se dio cuenta de
que las plantas seguían abriendo y cerrando las hojas con el ritmo diario
incluso aunque se mantuvieran continuamente en la oscuridad. La variación de la
intensidad lumínica externa no resultaba esencial para mantener el ritmo, sino
que parecía deberse a cierta clase de proceso interno, como si la planta
tuviera un reloj.
Hace tan solo unas décadas conseguimos conocer el funcionamiento de los relojes
biológicos en las plantas y en los animales. En el caso de las plantas, surgió
gracias al estudio de Arabidopsis thaliana, una mala hierba que no
hubiera estado fuera de lugar en el césped de Durero. Es el equivalente vegetal
de la mosca de la fruta, con una capacidad similar para reproducirse con
rapidez en el laboratorio. Los estudios con Arabidopsis revelaron
que su reloj interno se basa en el aumento y la disminución diarios de
determinadas proteínas reguladoras[50]. Recordemos
que las proteínas reguladoras se fijan a los genes y los activan o inhiben. Las
que intervienen en el reloj suben y bajan su concentración cada 24 horas como
resultado de un circuito de realimentación. A medida que aumenta en una célula
la concentración de una de las proteínas reguladoras activadoras, comienza a
encender la síntesis de una proteína inhibidora. Entonces, la proteína
inhibidora comienza a incrementarse e impide que se sintetice más activador. Si
no hay más activador, el inhibidor ya no se produce y la concentración de la
proteína activadora comienza a incrementarse de nuevo, con lo que se completa
el circuito. Se tardan unas 24 horas en realizar un ciclo completo de este
tipo. El sistema de realimentación es similar a lo que ocurre en el modelo de
Turing descrito en el capítulo 3, salvo que aquí estamos creando patrones
temporales y no espaciales.
Hay otra característica clave en el reloj vegetal: suele ponerse en hora
mediante sucesos externos como la salida del sol, como si se ajustara un reloj
a una hora fija cada día al amanecer. Esto no altera el ritmo del reloj porque
sigue tardando 24 horas en realizar un ciclo. El ciclo se suele desplazar para
coincidir con las fluctuaciones ambientales diarias, lo que no ocurre cuando
las plantas se mantienen artificialmente en la oscuridad continua, con lo que
el reloj continúa funcionando sin tener en cuenta el entorno. El desplazamiento
se produce porque las transiciones entre la oscuridad y la luz influyen en el
ritmo cíclico de las proteínas reguladoras. La aparición de la luz matinal
conduce a un cambio molecular en el ajuste del reloj que persiste al menos
hasta la siguiente salida del sol, cuando el reloj se vuelve a poner en hora.
Por consiguiente, el reloj de la planta no programa los acontecimientos de una
manera fija, sino que lo hace en función de sucesos externos como la salida del
sol.
Regresemos ahora al problema de percibir la duración del día. Las plantas lo
consiguen mediante la integración de su capacidad para percibir la cantidad de
luz con la información de su reloj interno. A medida que los días se alargan en
la primavera, las hojas detectan la luz cada vez más tarde con respecto a la
salida del sol. Estos retrasos corresponden a las fases más tardías del ciclo
interno de las proteínas reguladoras. Finalmente, la detección de la luz en una
fase particularmente tardía del ciclo de la proteína hace que las hojas
sinteticen una molécula señalizadora que viaja hasta los ápices en crecimiento
de la planta. A continuación, la molécula activa los genes que promueven el
desarrollo de las flores, con lo que comienzan a formarse los primordios
florales. Las flores de primavera que vemos cada año dependen de esta
integración entre la percepción de la luz, el ajuste de la hora y la señalización.
Gracias a este proceso, muchas plantas consiguen detectar la separación
temporal relativa de dos sucesos, la salida y la puesta del sol y, por lo
tanto, determinan el momento del año.
Al ajustarse a las estaciones, las plantas consiguen capturar las relaciones
temporales, que a su vez están enclavadas en el espacio. El ajuste del reloj de
la planta está relacionado con la rotación diaria de la Tierra sobre su eje, y
los cambios estacionales de la duración del día son consecuencia de la rotación
anual de la Tierra alrededor del Sol. Las plantas coordinan esencialmente su
desarrollo con los movimientos planetarios, no porque tengan algún interés por
la astronomía, sino porque se benefician de florecer en determinados momentos
del año: florecer en el momento apropiado es una respuesta instintiva que
permite que las plantas se reproduzcan con más eficacia.
Este relato muestra que la floración de las plantas responde a peculiaridades
temporales y espaciales de su entorno, incluso aunque estén formadas por muchos
millones de células. La respuesta de cada célula está coordinada por señales
que viajan entre ellas, por lo que la planta consigue responder como un todo.
He descrito la respuesta de las plantas a la duración del día, pero no es más
que una de las muchas respuestas a su entorno. Las plantas también integran su
reacción a factores como la temperatura y los nutrientes. Cuando entran en
floración, están tomando una decisión basada esencialmente en un enorme abanico
de factores ambientales, y lo mismo ocurre con otras respuestas, tales como la
caída de las hojas o la germinación de la semilla.
Estas respuestas provocan cambios en una planta que perdurarán horas o meses.
La aparición algo más temprana del sol por la mañana alterará el reloj interno
de proteínas reguladoras, alteración que durará al menos hasta la siguiente
salida del sol. Basta con que la planta se exponga a uno o dos días más largos
para que inicie la formación de las flores, y una vez que empiece la floración,
continuará durante muchas semanas, incluso si la planta se vuelve a poner en
condiciones de días cortos. Los días largos condujeron a un cambio permanente
en la actividad génica, lo que a su vez condujo a una modificación duradera de
la organización espacial mediante la producción de flores.
Gracias a la persistencia de los cambios, las plantas son capaces de responder
a una secuencia de sucesos temporales en vez de tan solo sucesos únicos y
aislados. El amanecer desplaza el reloj interno de la planta y, por lo tanto,
modifica su respuesta a la luz el resto del día. Un acontecimiento matinal dura
hasta el atardecer, lo que permite que una respuesta se base en otra, y permite
que una planta detecte si es un día de primavera o de invierno. Esto ocurre
porque las plantas no solo responden a su entorno, sino que algunas respuestas
pueden cambiar la capacidad de respuesta de la propia planta. Esto se parece a
la capacidad de respuesta de la bacteria nadadora Escherichia coli,
que ajusta su sensibilidad según la cantidad de azúcar que acaba de percibir a
su alrededor.
Aunque pueda impresionarnos lo elaborados que son los mecanismos de las
respuestas instintivas de las plantas (como el inicio de la floración), nos
parecerán lentos porque sus efectos pueden tardar semanas o incluso meses en resultar
evidentes. Por eso tendemos a verlos como parte del ciclo anual y no como
reacciones sofisticadas. Nos sorprenden más las respuestas que ocurren a una
escala de tiempo más corta. Las reacciones visibles y rápidas son más raras en
las plantas que en los animales, pero existen algunos ejemplos informativos.
§. El mordisco de Venus
Si un insecto merodea por una hoja de la Venus
atrapamoscas (Dionaea muscipula), la hoja se cierra de golpe[51] (figura
43). El infortunado insecto queda pues atrapado por una jaula de «dientes»
entrelazados en el borde de la hoja y va siendo digerido lentamente por las
secreciones de la superficie interna de misma, lo que permite que la planta
recoja nutrientes muy valiosos. Charles Darwin estaba fascinado por la Venus
atrapamoscas, y la denominó «la planta más maravillosa del mundo»[52]. Había
observado que la respuesta de cierre foliar está activada por unos pelos
sensibles al tacto en su superficie interna que se estimulan cuando se doblan
por el movimiento del insecto. Una vez estimulados, las células de los tricomas
generan un pulso eléctrico que se detectó por primera vez en 1873 gracias a
John Burdon-Sanderson, colaborador de Darwin. Este pulso, conocido como un
potencial de acción, se expande por la hoja y lo perciben sus células, lo que
ocasiona que se cierre de golpe por un mecanismo hidráulico. La respuesta
táctil de la Venus atrapamoscas es muy veloz (0,3 s) para enfrentarse a los
movimientos rápidos de su presa.
Figura 43. La hoja de la Venus atrapamoscas en sus formas abierta
(izquierda) y cerrada (derecha).
La Venus atrapamoscas no solo muestra una respuesta
rápida, sino que las respuestas pueden basarse en otras de varias maneras. Si
se estimulara cada semana un pelo sensor, pero solo con un movimiento ligero,
generaría una respuesta pequeña, que no es suficiente para disparar un pulso
eléctrico por la hoja. Se dice que el estímulo está por debajo del umbral
necesario para generar un potencial de acción. Sin embargo, si se dan varios
estímulos débiles seguidos con rapidez, se suman hasta que alcanzan un nivel
suficiente para poner en marcha un pulso eléctrico. Cada respuesta débil
persiste durante un tiempo suficiente para añadirse a la siguiente, como si el
pelo conservara una memoria de cada acontecimiento. De igual forma,
desencadenar solo un pulso eléctrico en la hoja no basta para poner en marcha
el cierre, sino que hay que iniciar un segundo pulso a menos de 35 segundos del
primero, tanto si se toca el mismo pelo como otro diferente. De nuevo
interviene la persistencia que permite que la información del primer pulso
permanezca hasta la llegada del segundo, lo que realza el efecto del primero.
De esta manera, la planta distingue un insecto merodeando por la hoja, que es
probable que desencadene numerosos estímulos muy seguidos, en comparación con
uno único relacionado con algo que pasa rozando la hoja. Al igual que con la
longitud del día, la planta basa su respuesta en una secuencia, o una historia,
de sucesos en vez de tan solo un incidente aislado.
La Venus atrapamoscas ha desarrollado estructuras que le permiten capturar las
relaciones espaciales y temporales. A partir de la secuencia de estímulos puede
decirse cuándo es probable que un insecto merodee por una hoja. La respuesta
también tiene especificidad espacial: solo se cerrará la hoja estimulada. La
organización espacial de la planta (esto es, las muchas hojas que ha generado
durante el desarrollo) le permite responder según la posición. Esencialmente,
es capaz de saber dónde y cuándo se posó un insecto.
En el caso de la Venus atrapamoscas, los estímulos se refuerzan mutuamente para
incrementar una respuesta, pero también hay casos en los que la repetición de
la estimulación tiene el efecto opuesto y reduce la respuesta. Si tocamos los
folíolos de Mimosa pudica, se plegarán rápidamente entre sí, con lo
que se cerrará la hoja (figura 44) gracias a una señal eléctrica desencadenada
por el movimiento de los folíolos cuando se produce un contacto. En 1960,
cuando un tifón azotó Tokio, la investigadora Hideo Toriyama de la Universidad
de Mujeres notó que después de un tiempo de contactos continuos, las plantas
locales deMimosa pudica dejaban de cerrar sus hojas y las mantenían
abiertas[53]. Era como si
las hojas se hubieran acostumbrado al fuerte viento y entonces ignoraran la
estimulación continua. Toriyama fue capaz de repetir este efecto más tarde en
condiciones controladas al colocar las plantas frente a un ventilador
eléctrico. Demostró que necesitaba unas diez horas para que apareciera la
habituación. En este caso, las respuestas persistieron y se sumaron para
reducir la sensibilidad global, igual que vimos para la habituación de Escherichia
coli a la concentración elevada de azúcar.
Figura 44. Hojas de Mimosa púdica antes (izquierda) y después (derecha) de
la estimulación.
Desde nuestro punto de vista antropocéntrico del
mundo, tendemos a pensar que las plantas son organismos más bien pasivos. Pero
cuando las miramos más de cerca, vemos que responden activamente de todas las
formas posibles a su entorno. Sus respuestas pueden requerir una fracción de
segundo o incluso varios meses, pero los principios son siempre los mismos: las
plantas siempre reaccionan de un modo que probablemente favorecerá la
supervivencia y la reproducción. Además, la respuesta de las muchas células está
coordinada por señales eléctricas o moleculares, por lo que la reacción será
armónica. En muchos casos, la respuesta conduce a cambios persistentes en la
planta, que a su vez cambiarán el modo en el que responderán después. El
amanecer pone en hora los relojes moleculares internos, lo que modifica la
forma de responder de las plantas más adelante, a lo largo del día. La
estimulación de un pelo de la Venus atrapamoscas o el toqueteo continuo de la
hoja de la Mimosa puede cambiar el modo en el que estos sistemas
reaccionan a otros estímulos. De esta forma, las plantas capturan secuencias de
sucesos en el tiempo, como el cambio de estación, el movimiento de un insecto
por una hoja, o la persistencia de una tormenta.
Todas estas respuestas dependen de la organización espacial de las plantas en
un intervalo de escalas. En el control del momento de la floración intervienen
partes de la planta como las hojas, los tallos y los ápices en crecimiento. La
reacción de la Venus atrapamoscas depende de los tricomas sensibles al tacto
incluidos en cada hoja. Como vimos en los capítulos anteriores, la organización
anatómica surge durante el desarrollo: el óvulo fecundado de la planta crece y
se divide para formar raíces, tallos y hojas, con sus numerosos tipos de
células. Estos patrones de desarrollo son adaptaciones que permiten que la
planta sobreviva mejor en un entorno que también presenta patrones espaciales y
temporales.
También vemos que las respuestas al entorno se realimentan para alterar el
desarrollo. El desarrollo de las flores puede depender de una respuesta a un
factor ambiental, como la duración del día. Tendemos a pensar que el desarrollo
es un proceso fijo que ocurre casi sin tener en cuenta su entorno. Quizá
adoptemos este punto de vista porque el comienzo de nuestro propio desarrollo,
en el vientre de nuestra madre, está protegido. Pero la separación entre el
desarrollo y las respuestas al entorno no son tan nítidas: muchas respuestas
instintivas conducen a cambios permanentes en la organización corporal, en el
patrón de las células y en su conexión con el organismo. Estos cambios pueden
producirse mientras el organismo crece y se desarrolla. No existe una división
clara entre el desarrollo y las respuestas al entorno, sino que están muy
entrelazadas. Nos hemos fijado en esta interacción en las plantas, pero veremos
que se aplican principios similares en el caso de los animales.
§. Una babosa de mar sensible
Durante su viaje a bordo del Beagle, a
Charles Darwin le cautivaron las reacciones reflejas de una gran babosa de mar
que observó cuando estuvo en las Islas de Cabo Verde. En su diario anotó lo
siguiente: «Abundan las Aplysia grandes de una longitud de
unos 12,5 cm y un color amarillento sucio jaspeado con púrpura… Cuando se le
molesta, emite un chorrito de líquido rojo purpúreo, que tiñe unos 30 cm del
agua que lo rodea»[54]. Durante
mucho tiempo, la reacción de este animal no fue más que una curiosidad
zoológica. Pero las cosas cambiaron en los años sesenta, cuando Eric Kandel, en
la Universidad de Nueva York, decidió utilizar una variedad californiana de
esta babosa, Aplysia californica (figura 45) como modelo para
estudiar en detalle los mecanismos de las respuestas animales[55]. Al igual
que otros animales, las respuestas reflejas de Aplysia dependen
de células nerviosas, también conocidas como neuronas. La ventaja de la babosa
sobre muchos otros animales para la investigación es que las neuronas son
relativamente grandes, lo que facilita su manipulación. Tampoco hay muchas: el
cerebro de Aplysia comprende unas 20.000 neuronas, mientras
que nuestro cerebro ronda los 100.000 millones o más. Pero antes de entrar en
detalles sobre este sistema, examinemos algunas características generales de
neuronas.
Figura 45. La babosa de mar Aplysia californica.
La figura 46 es un diagrama simplificado de dos
neuronas conectadas entre sí. Podemos ver que cada neurona contiene varias
regiones: un cuerpo central, que contiene el núcleo, del que surgen muchas
ramas cortas, denominadas dendritas. Cada neurona también posee una proyección
larga llamada axón, que acaba en algunas ramas terminales con pequeños botones
o abultamientos en el extremo que se quedan muy cerca de la membrana de otra
neurona. Estas uniones se denominan sinapsis.
Cada neurona puede estar en reposo o activada. Durante la mayor parte del
tiempo, una neurona estará en reposo sin que ocurra gran cosa. Sin embargo, una
neurona puede pasar al estado activado, durante el cual el cuerpo celular
enviará un pulso eléctrico, o potencial de acción, por el axón. El efecto sobre
la siguiente neurona dependerá de lo que ocurra cuando el pulso llegue en las
sinapsis del extremo del axón, pues cada sinapsis actúa como un repetidor que
convierte la señal eléctrica entrante en una señal química que atraviesa la separación
entre una célula y la siguiente. Cuando un impulso eléctrico llega a una
sinapsis, se liberan las moléculas señalizadoras, denominadas
neurotransmisores, y rápidamente se difunden por la separación para estimular
los receptores de la membrana celular del otro lado. Los neurotransmisores
tienen la capacidad de excitar o inhibir. En el caso de excitar, incrementan la
posibilidad de que se active la célula del otro lado de la separación, mientras
que en el caso inhibidor, el neurotransmisor disminuye la posibilidad de
activación de la célula siguiente. Según el tipo de neurotransmisor liberado y
de los receptores del otro lado de la separación, una sinapsis puede ser
estimuladora o inhibidora.
Figura 46. Dos neuronas.
Regresemos ahora a nuestra babosa de mar Aplysia.
Si tocamos con delicadeza su sifón (un pitorro carnoso que expulsa agua), el
animal rápidamente retira sus branquias. Este reflejo de retirada sirve para
proteger su aparato respiratorio de un posible daño. La mayor parte de sus
células nerviosas están aglomeradas en grupos llamados ganglios. El reflejo de
retirada de las branquias está controlado por uno de estos ganglios, el ganglio
abdominal, que contiene aproximadamente 2000 células nerviosas, de las que dos
se ilustran en la figura 47. La neurona mostrada en negro tiene terminaciones
en el sifón que son sensibles al contacto. En su otro extremo, dentro del
ganglio, la neurona negra está conectada mediante sinapsis estimuladoras
(líneas curvadas en la figura 47) con otra neurona que se muestra en gris. La
neurona gris, conocida como neurona motora, tiene un axón que se extiende hacia
los músculos de las branquias. Cuando se toca el sifón, se activa la neurona
sensorial negra y envía un impulso por su axón hacia las sinapsis del ganglio,
lo que provoca la liberación de un neurotransmisor excitante denominado
glutamato, que provoca la activación de la neurona motora gris, lo que conduce
a la retirada de la branquia. La respuesta refleja depende de este conjunto
preciso de conexiones neurales y sinapsis, que comienza en el sifón, y que
conduce al ganglio abdominal y luego a la branquia.
El reflejo de retirada de las branquias es solo una de las tantas maneras de
responder a los cambios de su entorno que tiene la babosa de mar. La figura 48
muestra la organización de su sistema nervioso central completo. Hay nueve
aglomerados o ganglios, y cada uno contiene varios cientos de células
nerviosas. Los diferentes tipos de señales sensoriales tienden a viajar a los diferentes
ganglios. El reflejo de retirada de las branquias, por ejemplo, implica que los
receptores táctiles de la piel envíen sus señales al ganglio abdominal. Las
señales procedentes del ojo se dirigen a otros ganglios, los ganglios
cerebrales, mientras que las de la boca van a los ganglios bucales.
Figura 47. Las neuronas sensoriales (negra) y motoras (gris) conectadas por
sinapsis en el ganglio abdominal de la babosa de mar Aplysia californica.
La organización del cerebro de la babosa de mar en
diferentes conglomerados neurales o ganglios es reflejo de la correlación entre
los acontecimientos en su entorno. Cuando un objeto toca al animal, estimula
los receptores cercanos de la piel, sin que se vean afectados otros receptores
del animal. Así pues, con frecuencia las regiones cercanas de la piel se
estimulan a un mismo tiempo: su actividad tiende a estar muy correlacionada.
Esto queda reflejado en su patrón de conexiones: sus axones convergen en la
misma región del ganglio abdominal donde están conectados mediante sinapsis a
las neuronas motoras cercanas. Por lo tanto, los impulsos estrechamente
asociados procedentes desde las áreas sensoriales tienden a estar muy
relacionados en el sistema nervioso. Esto tiene sentido porque los estímulos
parecidos a menudo requieren respuestas similares, y esto se ve facilitado por
el hecho de que las terminaciones neurales relacionadas están muy cerca y
permiten formar las sinapsis apropiadas.
Figura 48. El cerebro de Aplysia.
Lo mismo ocurre con las demás modalidades
sensoriales: si un objeto entra en el campo visual, se estimulan muchas
neuronas oculares, mientras que otras permanecen mudas. De igual forma, si el
animal come algo, se estimulan una serie de neuronas, mientras que las oculares
no se percatan de ello. La correlación entre las neuronas que pertenecen al
mismo sistema sensorial es más estrecha que entre las de sistemas diferentes.
Este patrón de correlación se ve reflejado en la organización espacial del
sistema nervioso del animal, donde los impulsos salientes se dirigen, por
ejemplo, de las neuronas sensoriales oculares a los ganglios cerebrales, y de
la boca a los ganglios bucales.
Sin embargo, los ganglios no funcionan como si estuvieran aislados. Lo que come
una babosa de mar puede relacionarse con lo que ve: una pieza sabrosa de alga
marina tiene un aspecto diferente a un amasijo de roca insípido porque hay
asociaciones características entre la composición de los objetos y el modo en
el que reflejan la luz. La babosa de mar es capaz de captar tales relaciones e
integrar la información de distintos ganglios, los cerebrales y los bucales en
este caso. Es capaz de aprender, por ejemplo, que el aspecto del alga marina es
un buen predictor de comida comestible, pero no así una roca (retomaremos cómo
ocurre este aprendizaje en el siguiente capítulo). Por lo tanto, discurren
entre los ganglios muchos axones que llevan información de uno a otro y que
posibilitan las respuestas a asociaciones y distinciones más amplias. De este
modo, la anatomía del animal captura las relaciones de su entorno en un amplio
intervalo de escalas. Todas estas relaciones anatómicas se establecen en el
animal gracias al desarrollo. La organización del sistema nervioso de la babosa
de mar, desde el patrón de los ganglios hasta cada neurona sensorial y motora
con sus sensibilidades y conexiones iniciales, surge a medida que se desarrolla
desde el huevo. La organización interna que se desarrolla entonces permite que
la babosa de mar discrimine entre diferentes características de su entorno y
responda en consonancia. Al igual que las plantas, la babosa de mar ordena el
mundo ordenándose primero a sí misma.
§. Patrones temporales
El sistema nervioso de los animales responde a
acontecimientos individuales, pero también puede responder a las secuencias de
sucesos en el tiempo. Si estimulamos repetidamente el sifón de la babosa de
mar, se debilitará progresivamente el reflejo de retirada de las branquias, del
mismo modo que las hojas de la mimosa se habitúan a las sacudidas continuas del
viento. Se trata de un caso de lo que Marcel Proust denominaba el efecto
anestesiante de la costumbre: bajamos el nivel de respuesta a medida que algo
que percibimos como peligroso se va volviendo familiar.
En todas las formas de habituación, el efecto del estímulo tiene que persistir
durante algún tiempo para que debilite la respuesta siguiente. En el caso de la
babosa de mar, esta persistencia tiene dos formas: a corto plazo y a largo
plazo. Cuando estimulamos el sifón 40 veces seguidas, provocaremos una
habituación que dura aproximadamente un día. Es decir, la babosa de mar tendrá
menos capacidad de respuesta al estímulo táctil del sifón durante un día, para
luego regresar a la normalidad. Sin embargo, si estimulamos la babosa de mar
diez veces cada día durante cuatro días, la habituación dura semanas, esto es,
la reducción de la capacidad de respuesta persistirá durante mucho más tiempo.
¿Qué hay detrás de estos cambios a corto y largo plazo?
La habituación a corto plazo conlleva cambios en la intensidad de las sinapsis
en el ganglio (figura 49). La activación continuada de la neurona sensorial
(negra) conduce a un debilitamiento de las sinapsis que la conectan a la
neurona motora (gris), y reduce la eficacia de la señal, lo que se representa
por un menor tamaño de las conexiones sinápticas en el diagrama central de la
figura 49. El debilitamiento de las sinapsis implica un cambio molecular en las
terminaciones de la neurona negra: después de la llegada de un impulso
eléctrico, liberarán menos cantidad de glutamato, el neurotransmisor de
excitación. Después de un tiempo, cada sinapsis vuelve a su intensidad normal,
lo que explica la corta duración del cambio de sensibilidad.
La habituación a largo plazo da lugar a un cambio más duradero en las sinapsis,
que no solo se debilitan permanentemente, sino que también hay menos: cambia la
anatomía además de cambiar el funcionamiento de cada sinapsis. Esta
circunstancia se muestra en el diagrama de la derecha de la figura 49, donde
una única sinapsis conecta las neuronas gris y negra. En estos cambios más
duraderos en las sinapsis intervienen genes que se encienden y se apagan en el
núcleo de la neurona sensorial negra. La estimulación repetida de una sinapsis
da lugar inicialmente a un debilitamiento temporal, al igual que con la
habituación a corto plazo. Esto marca, en cierto modo, que la sinapsis ha
cambiado. Si se repite el patrón de estimulación durante días, las moléculas de
señalización se envían una y otra vez desde la sinapsis debilitada al núcleo de
la neurona sensorial negra, lo que hace que determinados genes se enciendan y
se apaguen, y finalmente conduce a un debilitamiento más permanente de la sinapsis
marcada, y algunas veces a su eliminación. Al igual que con la floración de las
plantas, la regulación génica interviene en la persistencia a más largo plazo.
Figura 49. Efectos de la habituación a corto y largo plazo.
Hasta ahora nos hemos fijado en la reducción de la
sensibilidad de la babosa de mar, pero hay situaciones que tienen el efecto
opuesto. Si en lugar de aplicar un estímulo relativamente inofensivo, como
tocar el sifón, le hacemos algo muy desagradable, como darle una descarga
eléctrica en la cola, le realzaremos su estado de percepción: ahora responderá
más espectacularmente a su entorno, y cuando luego se le toque el sifón,
retirará las branquias de un modo exagerado. Se dice que la babosa de mar se ha
sensibilizado por la descarga anterior. Al igual que en la habituación, en la
sensibilización intervienen cambios persistentes, pero en este caso se
incrementa la capacidad de respuesta, en vez de disminuirla.
El mecanismo de sensibilización es complementario de muchas maneras al de la
habituación. En la sensibilización a corto plazo, se refuerzan temporalmente
determinadas sinapsis, lo que corresponde a un incremento de la liberación de
neurotransmisores cuando llega un impulso eléctrico. En la sensibilización a
largo plazo, no solo se refuerza la permanencia de las sinapsis, sino que se
crean la mayoría de ellas, y se incrementa el número de contactos entre las
células nerviosas. Por ejemplo, en vez de dos sinapsis entre las células
nerviosas negra y gris, el número podría incrementarse a cuatro o cinco. Al
igual que en la habituación a largo plazo, interviene la activación de genes
por las señales emitidas entre las sinapsis y el núcleo.
§. Respuestas humanas
El cerebro humano es mucho más elaborado que los
ganglios de la cabeza de la babosa de mar, pero comparte algunas
características básicas de organización. Al igual que en esta, la principal
función del cerebro humano consiste en integrar la información sensorial y
generar las respuestas apropiadas. Pensemos en cómo respondemos al tacto:
nuestras neuronas cutáneas sensibles al tacto tienen axones que se extienden
hasta la médula espinal, una columna larga de tejido neural alojado dentro de
las vértebras (figura 50). Para los reflejos simples, la médula espinal actúa
como el punto de encuentro para las neuronas sensoriales y motoras, una función
similar a la desempeñada por el ganglio abdominal de la babosa de mar. En el
reflejo rotuliano, al golpear la rodilla se activan las neuronas sensoriales y
estas envían una señal por su axón hacia la médula espinal, donde las
terminaciones axónicas están conectadas mediante sinapsis con las neuronas
motoras, que repiten la señal de vuelta a la rodilla y activan la contracción
muscular y el movimiento de la pierna.
El cerebro solo interviene cuando la respuesta es más complicada y requiere un
mayor nivel de integración. Cuando cogemos una manzana, notamos el tamaño y la
forma del fruto en nuestra mano, lo que, a su vez, influye en la forma de
agarrarla. Sin el flujo de información desde la mano al cerebro y viceversa,
quizá la agarremos con poca fuerza y se caiga. Esto es mucho más complicado que
una simple respuesta refleja. Cuando agarramos la manzana, las señales sensoriales
de la mano llegan a la médula espinal y se transmiten a través de otras
neuronas hasta el cerebro, donde se integran las señales de muchas áreas
diferentes. Una de estas es una franja de la capa externa del cerebro, o
corteza, que recibe el nombre de área somatosensorial primaria (figura
51, arriba).
Figura 50. El sistema nervioso humano.
El área somatosensorial tiene una estructura
asombrosa que fue revelada por el neurocirujano Wilder Penfield y sus
colaboradores, en la Universidad McGill de Montreal, durante los años treinta y
cuarenta del siglo XX[56]. Penfield
operaba pacientes con tumores cerebrales y quería delimitar qué áreas del
cerebro estaban más afectadas, de modo que pudiera determinar el posible
impacto de la retirada del tumor. Encontró que cuando estimulaba eléctricamente
una región del área somatosensorial, el paciente sentía un hormigueo en la
mano, mientras que si estimulaba otra región, la sensación aparecía en la
pierna. El tamaño de estas regiones cerebrales no estaba en proporción directa
con las partes del cuerpo: la región relacionada con la mano, por ejemplo, era
mucho mayor que la de la pierna. Penfield ilustró esto dibujando las partes del
cuerpo a lo largo del área somatosensorial, alargándola o encogiéndola de
acuerdo a la extensión del área ocupada (figura 51, centro). El
resultado fue un homúnculo distorsionado con manos y labios grandes, y piernas
diminutas. La distorsión se debe a que el tamaño de la región del cerebro se
relaciona con el número y la complejidad de los impulsos que recibe: tenemos
una densidad mucho mayor de receptores del tacto en las manos que en las
piernas.
Aunque el mapa somatosensorial sea una distorsión, el orden de sus regiones
refleja en buena parte la del cuerpo. La región que corresponde a la pierna es
la siguiente a la del pie. De igual forma, las regiones que corresponden a los
dedos de la misma mano están cerca unas de otras. Al igual que en la babosa de
mar, esta disposición espacial refleja las correlaciones que existen en el
patrón de las entradas: cuando sostenemos una manzana, los receptores del tacto
repartidos por la mano se estimulan juntos, mientras los otros no se ven
afectados. Si metemos el pie en la bañera, los receptores de las piernas y de
los pies se activan juntos, mientras que otros permanecen mudos. Nuestra
organización neural es el reflejo de las relaciones que encontramos con más
frecuencia a nuestro alrededor.
Figura 51. Áreas somatosensorial y motora de la corteza humana mostrada en
perspectiva lateral (arriba) y como secciones transversales (centro y abajo).
Me he centrado en el tacto, pero los mismos
principios valen para otros sistemas sensoriales. Solemos fijarnos en una
manzana cuando la cogemos. La luz reflejada desde la manzana estimula las
células receptoras de la retina (fotorreceptores) y estas señales se transmiten
al cerebro, donde se integran a varios niveles. El cerebro tiene áreas
específicas que responden a estas entradas visuales. Al igual que con el área
somatosensorial, muchas de ellas están organizadas como mapas que se relacionan
con su patrón de entradas (las diferentes regiones de la retina en este caso).
El principal propósito de integrar toda esta información sensorial consiste en
responder con las acciones apropiadas. Al ver una manzana, podemos extender el
brazo y recogerla con la mano. Luego podemos apretar o aflojar el agarre según
la información que recibimos de la mano. En todos estos actos intervienen
señales de áreas sensoriales de nuestro cerebro que influyen en las neuronas y
modifican lo que hacemos.
Al igual que existen regiones en el cerebro consagradas a la información
sensorial, hay regiones que se encargan de nuestras acciones. Un buen ejemplo
es el área motora primaria. Penfield encontró que cuando estimulaba esta área,
que se encuentra frente al área somatosensorial (figura 51), se activaban
determinadas articulaciones: se podía contraer un dedo o se podía flexionar un
tobillo, porque las señales del área motora estimulada seguían vías
determinadas que las conducían a la parte superior de la médula espinal. A
continuación iban a la médula y activaban las neuronas motoras, que se
excitaban a un determinado nivel, provocando las contracciones musculares
específicas. De nuevo, Penfield encontró que las regiones del área motora
estaban organizadas de un modo que reflejaba las del cuerpo: las regiones que
controlan la mano y los dedos están cerca unas de otras, mientras que las que
controlan el pie están cerca de la de los dedos del pie (figura 51, abajo).
Esto tiene sentido porque nuestras acciones suelen implicar con mucha frecuencia
la coordinación del movimiento de las partes cercanas. Cuando apretamos la
manzana, todos los dedos de la mano se mueven juntos, y esto se refleja en la
organización de las regiones del cerebro que conducen a estos movimientos.
El sistema nervioso humano está organizado en una serie completa de escalas,
desde la arquitectura global de los nervios que van y vienen de la médula
espinal, hasta el cerebro con sus diferentes áreas y subregiones. Gran parte de
esta complejidad anatómica surge por el desarrollo. En el capítulo 4 vimos que
el embrión forma un tubo neural que poco a poco se va subdividiendo y
elaborando para producir la médula espinal y el cerebro. Un ser humano es una
gama de patrones neurales en marcha que debe su origen al proceso de elaboración
que se produjo en el útero.
§. La ordenación del mundo
Todas las respuestas que hemos explicado en este
capítulo permiten que un organismo distinga determinados sucesos, o secuencias
de sucesos, en su entorno. La bacteria Escherichia coli puede distinguir si
está nadando hacia la comida o alejándose de ella, una planta puede distinguir
los días cortos de los largos, una Venus atrapamoscas discrimina entre un
insecto y una ráfaga de viento, una babosa de mar distingue el toque de un
depredador de la sacudida inofensiva del mar, y un humano sabe si su mano agarra
una manzana o un trozo de roca. Estas respuestas permiten que los individuos
categoricen el mundo, que lo ordenen según determinados sucesos. Estas
categorizaciones son posibles porque el mundo no es homogéneo sino que está muy
organizado a muchas escalas. La materia se reúne para formar soles, planetas,
rocas, mares y seres vivos. El movimiento y las interacciones entre distintos
conjuntos de materia conducen a toda una serie de cambios correlacionados. A
medida que nuestro planeta rota, la iluminación del sol en muchos puntos de la
superficie terrestre sube y baja al mismo tiempo, países enteros se hunden en
la oscuridad o vuelven a la luz. Cuando se cae una manzana, todos los átomos
que contiene se mueven hacia abajo al unísono. Nuestro entorno es un contexto
rico en el que intervienen muchos tipos diferentes de cambios correlacionados.
Las respuestas instintivas ayudan a que un organismo discrimine entre algunas
de estas correlaciones, y le permiten responder a los sucesos más importantes
para su supervivencia y reproducción. La Venus atrapamoscas se cierra de golpe
cuando el movimiento colectivo de las moléculas de un insecto estimula los
pelos de la hoja, mientras que no los estimulan otros cambios, como el
movimiento de las moléculas de aire. La planta disocia un tipo de circunstancia
de su entorno (un insecto en movimiento) de otro (aire en movimiento) gracias a
que la fuerza ejercida por las moléculas estrechamente asociadas de un insecto
es más intensa que la del gas. Al responder a una secuencia de sucesos en vez
de a uno, la Venus atrapamoscas distingue además entre un insecto y el impacto
de un poco de arena. La misma capacidad discriminatoria aparece en las
respuestas animales: tocar una babosa de mar provoca su retracción, mientras
que el agua que normalmente circula a su alrededor no tiene ningún efecto. La
colisión con las moléculas estrechamente asociadas en un sólido tiene un
impacto mayor que un líquido, y es más eficaz para activar las terminaciones
sensoriales cutáneas. Al responder a una secuencia de acontecimientos de este
tipo, la babosa es además capaz de discriminar entre lo que probablemente
resulte inofensivo y lo que no. Hasta el más humilde de los organismos
categoriza el mundo espacial y temporalmente.
Pero tal clasificación presenta otro aspecto: la capacidad de los individuos
para responder y discriminar entre los sucesos de su entorno depende de sus
propias subdivisiones o distinciones internas. La respuesta de una planta a la
duración del día está entretejida en su distribución anatómica, en su
organización en una serie de hojas, tallos y yemas. La respuesta de una Venus
atrapamoscas depende de la disposición espacial de los tricomas sensoriales y
de la estructura de la hoja. La respuesta de una babosa de mar o un humano
depende de si tiene células nerviosas especializadas con unas sensibilidades y
conexiones concretas que se organizan a muchas escalas diferentes como reflejo
del abanico de correlaciones que el animal encuentra en su entorno.
En los capítulos anteriores hemos visto que esta organización del individuo va
emergiendo durante el desarrollo. La organización interna resultante permite
que cada individuo responda de maneras específicas. Pero las respuestas de un
organismo también pueden realimentarse para influir en su propia organización.
Así, una hierba podría activar la producción de flores en respuesta a la
duración del día, y la intensidad de las conexiones neurales de la babosa de
mar, o su número, podrían cambiar en respuesta al tacto. En todos estos casos,
la respuesta conduce a un cambio persistente o duradero en el organismo. Estos
cambios de la forma de organizarse pueden ocurrir mientras el organismo todavía
está creciendo y desarrollándose. Una planta produce flores a medida que crece
y una babosa responde a su entorno antes de alcanzar la fase adulta. No hay una
separación nítida entre el desarrollo y las respuestas que engendra porque la
organización interna no está fija, sino que hasta cierto punto puede cambiar en
respuesta a su entorno, incluso mientras está en desarrollo. No es ya que
nuestras respuestas instintivas sean posibles gracias al desarrollo, es que
están entretejidas en el propio desarrollo. Todas las respuestas que hemos
abarcado hasta ahora venían dictadas por el pasado evolutivo del organismo.
Durante muchas generaciones, determinadas respuestas se han visto favorecidas
por la selección natural, como el modo en el que una bacteria responde al
azúcar, una planta a la duración del día, o un animal al contacto. Muchos
animales también exhiben respuestas a elementos ambientales con los que nunca
se habían topado antes en su pasado evolutivo. Un perro puede aprender a
reconocer la voz de su amo, un sonido al que los lobos ancestrales nunca se
habían expuesto. O una rata puede aprender un camino en un laberinto al que
nunca se habían expuesto sus predecesores. En estos procesos intervienen nuevas
relaciones entre los elementos de su entorno, como la relación entre un sonido
y una persona, o entre una serie de vueltas en un laberinto. Las plantas y los microorganismos
no parecen tener esta capacidad para aprender nuevas relaciones. El césped no
puede aprender a agacharse cuando comienza a sonar un cortacésped. No se debe a
que haya restricciones a la hora de percibir o responder a los sonidos, sino a
que las plantas parecen incapaces de aprender relaciones nuevas durante su
vida. Incluso aunque las plantas y los microbios sean capaces de responder de
maneras muy elaboradas y sofisticadas a su entorno, sus respuestas son siempre
instintivas, basándose en la experiencia previa de su pasado evolutivo.
La capacidad de aprender relaciones nuevas es algo peculiar de los animales con
sistemas nerviosos elaborados, como las moscas, las babosas, los perros y los
humanos. ¿Y cómo ocurre? Como veremos, intervienen muchos de los componentes
descritos en este capítulo, pero integrados de un modo particular. Aparece en
nuestro tercer caso de la receta creativa para la vida.
Capítulo 7
La sibila neural
Contenido:
§. El perro profeta
§. Neuronas predictivas
§. Se aprende de las discrepancias
§. Pávlov y los castigos
§. Principios fundamentales
§. Un periplo neural
§. Quedarse en marcha
§. Una receta para el aprendizaje
Entre los cuadros más sorprendentes de Miguel Ángel
se encuentran las cinco sibilas en el techo de la Capilla Sixtina (figura 52).
Las sibilas eran mujeres de la antigüedad con inspiración divina que tenían el
poder legendario de ser capaces de ver el futuro. En las pinturas de Miguel
Ángel podemos ver que las sibilas sostienen libros especiales en los cuales
están escritas las profecías. A las sibilas se les consultaba por lo mismo que
se consulta hoy en día a las pitonisas: para conocer lo que se nos avecina.
Damos un gran valor a ser capaces de predecir el futuro porque si sabemos lo
que está a punto de ocurrir, podemos prepararnos y ajustar nuestras acciones en
consecuencia.
La predicción del futuro no es solo un atributo de sibilas, profetas y
pitonisas, sino que forma parte de la vida cotidiana: predecimos tan a menudo
que apenas somos conscientes de ello. Cuando volvemos una página de este libro,
esperamos encontrarnos otro texto. Si nos encontráramos las páginas en blanco,
nos sorprendería y nos preguntaríamos si hubo algún problema en la impresión
del libro. De igual forma, si soltamos el libro en algún lugar y nos vamos a
tomar un café, esperamos que el libro se encuentre donde lo dejamos a nuestro
regreso. Podría parecer más bien pretencioso llamar predicciones a tales
expectativas modestas, pero eso es lo que son. Cada expectativa que tenemos
sobre el futuro es una predicción, una anticipación de lo que ocurrirá después.
Si no estuviéramos haciendo predicciones continuamente, la vida nos resultaría imposible
porque estaríamos en un estado continuo de ansiedad, sin conocer nunca ni lo
que habrá a la vuelta de la esquina ni lo que debemos esperar[57].
Figura 52. Sibila de Libia, Miguel Ángel Buonarroti, 1511.
Hacer predicciones no es exclusivo de los humanos,
sino que hay muchas otras criaturas con la misma capacidad. Si estamos a punto
de lanzar una pelota a un perro, observaremos en sus ojos y gestos cómo se
anticipa o predice cuándo y cómo se la vamos a tirar. O si el propietario del
perro se pone el abrigo para salir, aumentará la excitación del animal al
anticipar que van a sacarlo de paseo. Un perro se forma continuamente
expectativas sobre lo que se le avecina, igual que nosotros.
La capacidad de predicción de los humanos y de otros animales está muy influida
por el aprendizaje. Un recién nacido no tiene las expectativas elaboradas de un
adulto porque todavía tiene que adquirirlas aprendiendo de la experiencia. De
igual forma, si lanzamos una pelota a un cachorro de perro, ni la mirará ni se
anticipará como lo hace un perro más experimentado. La predicciones empiezan a
mejorar por el aprendizaje inmediatamente después del parto: un recién nacido
aprenderá muy pronto a esperar la comida, y le seguirán rápidamente otras
expectativas. No obstante, algunos sucesos son más predecibles que otros.
Predecimos con facilidad que el sol saldrá mañana o que la primavera llegará en
pocos meses, pero estaremos mucho menos seguros de si mañana lloverá a las tres
de la tarde o del número ganador de la lotería, conocimientos que nos
resultarían muy valiosos, pero que desafían nuestros poderes de predicción. La
magia de las sibilas procede no de su capacidad para predecir, que todos la
compartimos, sino de tener poderes proféticos que sobrepasan lo que solemos
conseguir.
A diferencia de las sibilas, nosotros, al igual que otros animales, adquirimos
la capacidad predictiva no con poderes mágicos ni consultando volúmenes
proféticos, sino mediante libros neurales escritos por nuestra experiencia. ¿Y
cómo se escriben estos libros? En el capítulo anterior, vimos que nuestras
respuestas pueden cambiar por la modificación de las neuronas. La sensibilidad
al tacto que tiene la babosa de mar puede incrementarse o disminuirse con la
modificación de las sinapsis en las primeras experiencias. Se trata de cambios
instintivos en nuestras respuestas, muy constreñidas por el pasado evolutivo.
Pero ¿qué hay del aprendizaje de las cosas nuevas? Nuestros ancestros hace
10.000 años no tenían libros, y a los ancestros lobunos de los perros tampoco
les tiraban pelotas. Aun así, los humanos y los perros mantienen unas
expectativas particulares para cada caso. ¿Cuál es la base neural de este
aprendizaje? Al intentar responder a esta pregunta nos introduciremos de lleno
en nuestra manera de adquirir el conocimiento acerca del mundo. Tal y como
hemos visto en los capítulos anteriores, para abordar las preguntas más
complejas nos resultará útil plantearnos primero ejemplos más simples. Un buen
punto de partida para los fundamentos neurales del aprendizaje es el perro de
Pávlov.
§. El perro profeta
El científico ruso Iván Petróvich Pávlov comenzó
sus estudios sobre el aprendizaje en torno a 1900, cuando rondaba los cincuenta
años. Por entonces ya había realizado trabajos pioneros sobre el aparato
digestivo, durante los cuales había elaborado un procedimiento simple que le
permitió medir la cantidad de saliva producida por un perro vivo. Cuando le
enseñaba comida al perro, Pávlov podía determinar fácilmente la cantidad de
saliva adicional que producía. Observó que se podía desencadenar la salivación
del perro con muchos factores, con tal de que estuvieran asociados a la
presentación de la comida: «Tan solo con ver el recipiente del cual se le ha
dado la comida se consigue evocar un reflejo alimentario completo con todos sus
detalles; y, además, la secreción puede estar provocada incluso cuando ve a la
persona que trajo el recipiente, o por el sonido de sus pisadas»[58]. Pávlov
decidió estudiar esto sistemáticamente. Eligió un estímulo que normalmente no
desencadenaría una mayor salivación, como el sonido de una campana; Pávlov
hacía sonar la campana cada vez que iba a dar de comer al perro. Con el tiempo,
el perro comenzó a salivar más siempre que se hacía sonar la campana, incluso
si no se le daba de comer: su respuesta había quedado condicionada por la
campana. Tal condicionamiento pavloviano a menudo se interpreta como una
demostración de que un perro aprende a asociar el sonido de la campana con la
comida. De hecho, suele hacerse referencia al condicionamiento pavloviano como
ejemplo del aprendizaje asociativo. Pero se puede interpretar de otra manera:
quizá el perro está aprendiendo a predecir, más que aprendiendo una asociación.
Por el sonido de la campana es posible predecir que la comida está de camino, y
quizá por eso la campana desencadena mayor salivación. ¿Cuál es la diferencia
entre la asociación y la predicción?
Cuando se para la rueda de la ruleta y la bola cae en una casilla, el croupier
anuncia el número. Podemos decir que hay una asociación entre el número que
anuncia el croupier y el número de la casilla donde cayó la bola. Los dos van
juntos. Pero no se nos ocurriría decir que el croupier predice la casilla en la
que acabará la bola porque da el resultado después de que la bola se ha
detenido. Si el croupier dijese correctamente el número antes de que la bola se
parase, diríamos que la había predicho correctamente. Por lo tanto, nuestra
idea de lo que es o no una predicción se basa en la secuencia temporal. En
cambio, podemos tratar asociaciones sin ninguna referencia al orden temporal.
Por ejemplo, podemos observar una asociación entre el anuncio del croupier y la
casilla en donde cayó la bola independientemente de si la bola se para antes o
después de que el croupier lo anuncie.
Si el perro de Pávlov está aprendiendo una asociación, entonces no debería
importar si la campana suena antes o después de que se presente la comida. Sin
embargo, resulta que la hay: si la campana suena justo después, en vez de
antes, de darle la comida, la campana no llega a desencadenar una mayor
salivación que cuando suena sola. De hecho, el sonido de la campana más bien
tiende a tener un efecto inhibidor de la salivación. Parece que el valor
predictivo de la campana es lo que importa, y no la simple asociación de la
campana con la comida. Si la campana suena antes de la comida, significa que la
comida está a punto de aparecer y el perro saliva más preparándose para este
acontecimiento. Si la campana suena después de que se haya dado la comida,
significa que la comida desaparecerá aunque se la esté comiendo, por lo que el
perro se prepara para este acontecimiento salivando menos. El perro está
aprendiendo predicciones, no simples asociaciones. La idea de que la respuesta
del perro implica una predicción es coherente con otro tipo de experimento, en
este caso llevado a cabo por Leon Kamin en Princeton en los años sesenta del
siglo XX con ratas, aunque ilustraré los resultados con perros[59]. Supongamos
que, en vez de un sonido de campana, condicionamos al perro con otro tipo de
estímulo, como tocarle la pata. Si siempre se la tocamos antes de darle la
comida, el perro finalmente aprende a salivar más después de tocarle la pata,
no es más que la respuesta pavloviana tradicional que cabría esperar. Podemos
continuar con este condicionamiento hasta que el perro esté completamente
entrenado para responder al toque de la pata. ¿Qué ocurre si le aplicamos
repetidamente dos estímulos simultáneos, tocarle la pata y sonar la campana,
justo antes de darle la comida? Si el perro aprende a asociar
independientemente cada señal con la comida, entonces debería aprender a
responder a la campana y al contacto, porque ambos están ocurriendo a la vez
antes de comer. Pero el perro no aprende a salivar en respuesta únicamente a la
campana, aunque todavía salive en respuesta únicamente al contacto. Esto tiene
sentido si el perro está aprendiendo según el valor predictivo del estímulo. Si
ha aprendido que el toque en la pata significa que la comida está de camino, la
campana no añade más información, ya no tiene valor predictivo, por lo que el
perro no aprende a conectarla con la comida. De nuevo, lo importante es la
secuencia temporal: si en vez de hacer sonar la campana al mismo tiempo que le
tocamos la pata, hacemos sonar la campana antes, entonces el perro aprende a
salivar en respuesta a la campana, incluso si se le ha entrenado antes
tocándole la pata. La campana ahora está proporcionando la información adicional
de que es el primer aviso de que la comida está de camino, por lo que el perro
aprende esta nueva relación. El condicionamiento pavloviano sirve para la
predicción.
Parece que el cerebro del perro hace profecías basadas en su pasado,
aprendiendo de experiencias anteriores para anticipar el futuro. ¿De qué clase
de mecanismo dependerá este aprendizaje? Mientras Pávlov realizaba sus estudios
en Rusia, otros científicos como Santiago Ramón y Cajal en España y Charles
Sherrington en Inglaterra investigaban los detalles del funcionamiento de las
neuronas[60]. Demostraron
que una característica clave de las neuronas reside en el modo en el que se
activan mutuamente mediante las sinapsis. ¿Qué relación tienen estas
investigaciones sobre las neuronas con los resultados de Pávlov? Los primeros
intentos de responder esta pregunta los hicieron dos científicos a finales de
los años cuarenta del siglo XX: el neurofisiólogo polaco Jerzy Konorski y el
psicólogo canadiense Donald Hebb. En su libro Conditioned reflexes and
neuron organisation («Reflejos condicionados y organización neuronal»,
1948), Konorski demostró que los resultados de Pávlov podrían interpretarse por
la intervención de cambios específicos en la formación y en el número de
conexiones sinápticas entre las neuronas[61]. Donald Hebb
llegó de forma independiente a un concepto similar en su libroLa
organización de la conducta (1949, traducido en 1985[62] ). A
pesar de estos estudios pioneros, quedó poco claro cómo aparecían los cambios
sinápticos y cómo podrían conducir a mejorar las predicciones. Tuvieron que
transcurrir 40 años más para que se retomara el tema del condicionamiento,
cuando se identificaron las neuronas implicadas en el aprendizaje predictivo.
§. Neuronas predictivas
A mediados de los años ochenta del siglo XX,
Ranulfo Romo y Wolfram Schultz de la Universidad de Friburgo (Suiza) estaban
registrando la señal eléctrica de ciertas neuronas del cerebro de un mono a
medida que aprendía tareas[63]. Estas
neuronas están localizadas en una región conocida como el mesencéfalo y en sus
terminaciones sintetizan un neurotransmisor denominado dopamina. Recordemos que
los neurotransmisores son sustancias que se liberan desde las terminaciones
axónicas y atraviesan el espacio sináptico para influir en la actividad de la
siguiente neurona. La activación de las neuronas liberadoras de dopamina que
Romo y Schultz estudiaban parecía estar relacionada con las recompensas que
recibía el mono. Se conectó una caja a la jaula del mono que a veces contenía
una recompensa, por ejemplo un trozo de manzana. El mono no podía ver el
contenido de la caja, por lo que en principio desconocía que pudiera contener
algo de comida. Pero si el mono metía la mano en la caja, a veces notaba un
trozo de manzana y lo recogía. Romo y Schultz encontraron que las neuronas que
estaban registrando se activaban con más frecuencia cuando el mono metía la
mano en la caja y encontraba el trozo de manzana (figura 53, panel
superior). Primero sospecharon que la activación podría estar relacionada
con los movimientos del brazo del mono, pero después demostraron que las
neuronas no incrementaban su tasa de activación cuando el mono no encontraba un
trozo de manzana en la caja. Al parecer, la activación de las neuronas
dopaminérgicas estaba relacionada con el contacto de la manzana, y no con los
movimientos del brazo.
Figura 53. Activación de las neuronas dopaminérgicas antes y después del
condicionamiento.
Entonces cambiaron la disposición experimental para
condicionar al mono con el sonido de la apertura de una puerta. Ahora la caja
siempre contiene la manzana, pero se le ha cerrado el acceso al mono con una
pequeña puerta. El mono aprendió pronto que cuando escuchaba el sonido de la
puerta abriéndose, podía meter la mano en la caja y coger un trozo de manzana.
Romo y Schultz hicieron entonces una observación sobresaliente: las neuronas
que habían visto que se activaban cuando tocaba la manzana, ahora se activaban
por el sonido de la apertura de la puerta (figura 53, panel inferior).
Las neuronas habían reorientado su respuesta con el tiempo: se activaban con la
señal predictiva, el sonido de la puerta, en vez de con la propia manzana.
Se entenderá mejor si reformulamos el experimento del mono sobre la base de
tres conceptos: recompensas, expectativas y discrepancias.
Inicialmente, el mono no tenía expectativas de recompensa (el trozo de manzana)
cuando escuchaba el sonido de la puerta. Por consiguiente, cuando se encontraba
la puerta abierta y cogía un trozo de manzana había una discrepancia entre lo
que el mono esperaba (puerta cerrada y sin recompensa) y lo que encontraba
(puerta abierta y recompensa). El efecto del aprendizaje consiste en eliminar
esta discrepancia: el sonido de la puerta lleva al mono a esperar una
recompensa. Sin embargo, el mono todavía no sabe cuándo sonará la puerta porque
no tiene manera de saberlo, así que en este punto todavía cabe un elemento de
sorpresa o una discrepancia en las expectativas. La discrepancia se ha
desplazado en realidad desde el momento en el que el mono recibe la recompensa
hasta un momento anterior, cuando suena la puerta. La actividad neuronal que
Romo y Schultz estaban midiendo parecía relacionada con la cronología de las
discrepancias, con el momento en el que el mono se sorprende. El problema
reside en explicar cómo un desplazamiento cronológico de este tipo puede surgir
por las interacciones neurales.
§. Se aprende de las discrepancias
Unos años después, los neurocientíficos
computacionales Read Montague, Peter Dayan y Terry Sejnowski, en los Estados
Unidos, propusieron una solución ingeniosa que integraba los hallazgos
experimentales de Romo y Schultz con una teoría matemática del aprendizaje
denominada aprendizaje por diferencias temporales (aprendizaje DT[64] ). El
aprendizaje DT había sido formulado por Richard Sutton y Andrew Barto varios
años antes. Merece la pena sumergirse en el mecanismo propuesto por Montague,
Dayan y Sejnowski para conocerlo con más detalle porque sirve para resaltar los
principios clave del aprendizaje.
En la figura 54 se ilustra una versión simplificada de su esquema, donde se ven
dos neuronas que reciben diversos impulsos entrantes. He denominado a la de
arriba neurona de expectativas, pero esto no quiere decir que tenga
propiedades fisiológicas especiales que le permitan esperar una cosa u otra. Se
trata de una neurona como otra cualquiera, con impulsos de entrada y de salida,
cuya función en el esquema, como veremos, es la de reflejar las expectativas
del mono. La neurona de expectativas recibe información de muchas señales
sensoriales (como el sonido de la apertura de la puerta) o estímulos visuales
(como un destello). Estas señales están conectadas a la neurona de expectativas
mediante sinapsis débiles, que se ilustran con pequeños botones en las
terminaciones axónicas. Al principio, estas señales estimulan poco o nada a la
neurona de expectativas.
Figura 54. Esquema del aprendizaje DT que muestra la fuerza de las
conexiones neurales antes del condicionamiento.
La neurona inferior, en gris, se denomina neurona
de discrepancias, que de nuevo es una neurona normal cuyo nombre solo
refleja su función en el esquema. Esta neurona recibe un impulso estimulador
(indicado por un signo positivo) desde una neurona que percibe una recompensa,
como cuando el mono toca la manzana. La señal de recompensa está conectada a la
neurona de discrepancias con una sinapsis fuerte, por lo que el contacto con la
manzana estimula enormemente la activación de la neurona de discrepancias, que
también recibe estímulos desde la neurona de expectativas. Esta señal puede ser
estimuladora o inhibidora, como se indica mediante los signos positivos y
negativos. Que la entrada sea estimuladora o inhibidora depende de si sube o
baja la tasa de activación de la neurona de expectativas: si se incrementa,
entonces estimula a la neurona de discrepancia; pero si decae, entonces la
inhibe. La situación se parece mucho a la que encontramos en la bacteria
nadadora Escherichia coli en el capítulo anterior. Recordemos
que cambiaba su comportamiento nadador según se incrementara o disminuyera la
cantidad de azúcar de su entorno. Lo que importa, como con la concentración de
azúcar, es el cambio relativo de la activación de la neurona de expectativas.
Un punto clave que debemos recordar es que si va subiendo la activación de la
neurona de expectativas, entonces se estimula la neurona de discrepancias,
mientras que se inhibe cuando va cayendo.
El elemento final del esquema es que la activación de la neurona de
discrepancias altera a su vez las señales que le llegan a la neurona de expectativas.
Lo hace de un modo más bien especial: la activación intensa de la neurona de
discrepancias tiende a reforzar las sinapsis de las neuronas que han sido
activadas justo antes de que se activara la neurona de discrepancias. Si la
neurona sensible al sonido de la puerta se ha activado antes de la acción de la
neurona de discrepancias, entonces la fuerza de su sinapsis se incrementa
ligeramente cuando se activa la neurona de discrepancias. Sin embargo, si la
neurona del sonido de la puerta no se hubiera activado antes de la activación
de la neurona de discrepancias, entonces no se incrementan sus sinapsis con la
neurona de expectativas, que podrían incluso perder fuerza.
Ahora estamos en posición de ver cómo funciona el aprendizaje predictivo.
Supongamos que el mono toca la manzana después de escuchar la puerta. Percibir
la manzana hace que la neurona de discrepancias se active a una tasa elevada
(debido a la fuerza de la sinapsis estimuladora). Cualquier impulso que llegue
a la neurona de expectativas que se activó justo antes de esto verá ligeramente
reforzada su sinapsis con la neurona de expectativas. Esta situación también
vale para la neurona del sonido de la puerta, pero no para la neurona del
destello. Incluso aunque las neuronas del sonido de la puerta y del destello
consigan enviar impulsos a la neurona de expectativas, solo se refuerza la
sinapsis con la neurona del sonido de la puerta porque se activa inmediatamente
antes que la neurona de discrepancias (que a su vez fue estimulada por la entrega
de la recompensa). El refuerzo de una sinapsis dependerá de si se ha estimulado
justo antes de que se reciba la recompensa.
Al haberse activado recientemente, la neurona del sonido de la puerta refuerza
con eficacia su propia fuerza con la ayuda de la neurona de discrepancias. Este
auto refuerzo continúa con otras rondas de apertura de puerta y de retirada de
comida, lo que conduce a la formación de una sinapsis cada vez más fuerte entre
la neurona del sonido de la puerta y la neurona de expectativas, lo que se
indica mediante la mayor longitud de la sinapsis en la figura 55. Podríamos
esperar que este auto refuerzo continúe indefinidamente, y que la sinapsis
entre ambas neuronas sea cada vez más fuerte. Sin embargo, esto no ocurre
porque la neurona del sonido de la puerta finalmente sucumbe ante su propio
éxito, como veremos a continuación.
A medida que se incrementa la fuerza de la sinapsis con la neurona del sonido
de la puerta, el patrón de activación de la neurona de discrepancias comienza a
cambiar de dos maneras. Primero, la neurona de discrepancias comienza a
activarse con más intensidad cuando se abre la puerta porque se activa la
neurona del sonido de la puerta y estimula a la neurona de expectativas
mediante una sinapsis más fuerte. El aumento de la activación de la neurona de
expectativas a su vez estimula a la neurona de discrepancias (recordemos que la
neurona de expectativas tiene efecto estimulador cuando aumenta su nivel de
activación). Por lo tanto, la neurona de discrepancias ahora se activa aún más
cuando el mono escucha que se abre la puerta.
En segundo lugar, el patrón de activación de la neurona de discrepancias cambia
en el momento de la entrega de la recompensa. Como antes, tocar la manzana
estimula la activación de la neurona de discrepancias. Pero a medida que ocurre
esto, también hay una caída en el nivel de activación de la neurona de
expectativas porque el mono ya no escucha el sonido de la apertura de la
puerta. Según la regla descrita antes, esta caída de la activación de la
neurona de expectativas conduce a la inhibición de la neurona de discrepancias,
que ahora recibe dos impulsos antagonistas: uno estimulador desde la manzana de
recompensa, y otro inhibidor por la reducción de la activación de la neurona de
expectativas. Este efecto inhibidor de la neurona de expectativas significa que
la neurona de discrepancias se activa menos que la primera vez que recibió la
recompensa, lo que a su vez significa menos refuerzo de la sinapsis con la
neurona del sonido de la puerta, que contrarresta la tendencia de esta neurona
a estimularse a sí misma.
Figura 55. Esquema de aprendizaje DT que muestra el refuerzo de las
conexiones neurales después del condicionamiento. Al compararla con la figura
54, la sinapsis con la neurona del sonido de la puerta es más fuerte, y el
movimiento del brazo del mono ahora está acoplado a la activación de la neurona
de discrepancias.
Tenemos un sistema auto limitante. Con cada
experiencia, la activación de la neurona de expectativas tiende a subir en
cuanto el mono escucha la puerta porque se ha estado reforzando la sinapsis.
Pero una consecuencia de esta primera subida es la caída posterior de la
activación de la neurona de expectativas. Se trata de un ejemplo que ilustra
que todo lo que sube tiene que bajar. La caída posterior de la activación de la
neurona de expectativas inhibe a la neurona de discrepancias y reduce la
intensidad con la que se promueve el refuerzo sináptico. El proceso continúa de
este modo hasta que el efecto inhibidor del descenso de la activación de la
neurona de expectativas contrarresta exactamente el efecto estimulador de la
recompensa. En este momento, ya no sube la activación de la neurona de
discrepancias cuando se toca la manzana, por lo que la fuerza sináptica ya no
cambia más y el sistema se estabiliza, porque el cambio en la activación de la
neurona de expectativas se compensa con la estimulación de la recompensa. El
único momento en el que la neurona de discrepancias se activará a un nivel
elevado es cuando se dé un incremento de la activación de la neurona de
expectativas debido a que el mono escucha el sonido de la puerta.
Este esquema del aprendizaje DT explica cómo puede surgir el desplazamiento
temporal de la activación de las neuronas dopaminérgicas estudiadas por Romo y
Schultz. Estas neuronas se corresponden con la neurona de discrepancias en
nuestro esquema. Inicialmente, la neurona de discrepancias se activa a un nivel
elevado cuando se percibe la recompensa, pero después del aprendizaje, la
subida de la activación se adelanta al momento en el que el mono escucha el
sonido de la apertura de la puerta. Este adelanto es exactamente lo que se
observa en las neuronas dopaminérgicas, lo que sugiere que se están comportando
como las neuronas de discrepancias de nuestro esquema. La consecuencia es que
la liberación de la dopamina desde sus terminaciones debe incrementar la fuerza
de las sinapsis de algún modo. No se sabe cómo ocurre esto exactamente: puede
ser que la liberación de la dopamina actúe directamente sobre los receptores
sinápticos o puede actuar más indirectamente. En cualquier caso, lo que importa
es que la activación de estas neuronas conduce de algún modo a una modificación
de la fuerza de la sinapsis.
¿Le resulta beneficioso este sistema al mono? Para que el aprendizaje sea útil,
tiene que estar relacionado con los actos del mono. Esto se puede conseguir al
conectar el impulso saliente de la neurona de discrepancias y los movimientos
del brazo del mono, lo que se muestra con la flecha de la figura 55.
Inicialmente, los movimientos del brazo del mono no están relacionados con el
sonido de la apertura de la puerta, pero después del condicionamiento, el mono
mueve su brazo cuando lo escucha. Según el esquema de aprendizaje DT, esto
ocurre porque al aumentar la activación de la neurona de discrepancias, se
estimulan las acciones que probablemente incrementen la probabilidad de recoger
una recompensa. Se trata de un proceso que se puede basar en un refuerzo
sináptico parecido al descrito para la neurona de expectativas, con la
excepción de que ahora las conexiones neurales serán las responsables de
determinadas acciones, en vez de que las inicien las señales externas (en el
próximo capítulo retomaremos la manera de reforzar las acciones). El resultado
neto es que la estimulación de la neurona de discrepancias mediante el sonido
de la puerta estimula el movimiento del brazo del mono para recoger la comida.
Antes de terminar esta explicación del aprendizaje DT, debo aclarar algo que he
explicado por encima. He supuesto que la activación de la neurona de
expectativas cae al mismo tiempo que se entrega la recompensa. Esto asegura que
el efecto inhibidor de la neurona de expectativas contrarresta el efecto
estimulador de la recompensa. Pero ¿por qué la activación de la neurona de
expectativas debe caer exactamente cuando se entrega la recompensa? Según los
partidarios del aprendizaje DT, la razón es que el cerebro posee la clave para
discernir entre el momento o la duración de las señales, no solo su intensidad.
Por ejemplo, podríamos imaginar que el sonido de la puerta pone en marcha en el
cerebro una serie de patrones de activación con distinta duración: algunos
duran poco tiempo y otros mucho[65]. Sería como
si el sonido de la puerta reverberara durante un tiempo en el cerebro y
proporcionara un abanico de impulsos entrantes para la neurona de expectativas.
Supongamos que pudiéramos conseguir que solo se refuerce la sinapsis de la
señal de entrada que dura hasta justo antes de que se entregue la recompensa,
por lo que las señales de entrada más cortas o más largas no se verían
fortalecidas por la neurona de discrepancias. Este sistema aseguraría que la
activación de la neurona de expectativas caerá al mismo tiempo que llega la
señal de recompensa, porque solo las señales con esta propiedad se verán
fortalecidas.
Los mecanismos temporizadores de este tipo pueden sonar a elucubraciones, pero
explican una observación neural clave. Supongamos que después del
condicionamiento, al mono se le retira la recompensa. El animal meterá la mano
en la caja, pero le disgustará que no haya una manzana. Schultz y colaboradores
encontraron que, en esta situación, la tasa de activación de las neuronas
dopaminérgicas cae exactamente en el momento en el que el mono suele esperar el
contacto con la manzana. En otras palabras, la activación se inhibía justo
cuando el mono esperaba recibir la recompensa. Este es el resultado que cabría
esperar según el esquema de aprendizaje DT, porque la activación de la neurona
de expectativas cae exactamente en este momento y provoca la inhibición de la
neurona de discrepancias que ahora no estará compensada por una señal de
recompensa (no hay manzana), por lo que la tasa de activación de la neurona de
discrepancias cae por debajo de su valor normal. La reducción de la activación
de la neurona de discrepancias se corresponde con la decepción del mono, al
igual que el incremento de la activación se corresponde con una sorpresa
agradable.
§. Pávlov y los castigos
El aprendizaje DT proporciona un mecanismo general
para el aprendizaje predictivo, en el que interviene la interacción neural
entre las expectativas, las recompensas y las discrepancias. El mismo esquema
puede explicar el comportamiento del perro de Pávlov: al principio, la comida
aparece como caída del cielo, sin que el perro se lo espere. Esta discrepancia
entre la expectativa y la recompensa fortalece las conexiones sinápticas de las
señales que la preceden, como el sonido de la campana. Gracias a este proceso
aumenta la activación de las neuronas de expectativas del perro cuando escucha
la campana, lo que conduce a un desplazamiento de la actividad de la neurona de
discrepancias desde el momento de entrega de la comida al momento en que suena
la campana. La principal diferencia respecto al ejemplo del mono es que esta
neurona de discrepancias estimula el incremento de la salivación en vez de los
movimientos del brazo. En realidad, el perro de Pávlov es más simple que el
caso del mono porque no se tiene que aprender la conexión entre la discrepancia
y la acción porque la respuesta de salivación ya estaba instaurada antes del
condicionamiento. Los casos como el perro de Pávlov en los que la acción ya
existía se denominan condicionamiento clásico. Por el contrario, los casos como
el del mono que recoge la manzana, en los que la acción también se tiene que
aprender, se denominan condicionamiento operante o instrumental[66]. El
aprendizaje DT consigue explicar ambas clases de condicionamiento.
El aprendizaje DT también es capaz de explicar por qué el condicionamiento con
una señal predictiva, como tocar la pata, bloqueará el condicionamiento
posterior con otra señal, como el sonido de la campana. Después de haber
aprendido una señal predictiva, como tocar la pata, ya no se producirán más
discrepancias en el momento de la entrega de la recompensa (la neurona de
discrepancias ya no se estimula en ese momento). Por lo tanto, no habrá ningún
refuerzo de las sinapsis con las señales que se produzcan por el toque de la
pata. El sistema ya ha aprendido lo que ha de esperar y no fortalece las
conexiones con los impulsos que no tienen ningún otro valor predictivo.
Hasta ahora he descrito ejemplos con recompensas como la comida. Pero el mismo
esquema se puede aplicar a los castigos, lo opuesto a los premios. Supongamos
que después de un destello, el mono recibe una descarga eléctrica en vez de un
trozo de manzana si mete la mano en la caja: el mono aprende pronto a no meter
la mano en la caja después de un destello de luz. Podemos aplicar el mismo
esquema de aprendizaje DT que antes para conseguir este resultado, pero con un
tipo diferente de neurona de discrepancias. En vez de recibir impulsos de
recompensa, como una manzana, esta neurona de discrepancias recibiría impulsos
repelentes como la descarga eléctrica. Otra diferencia es que la acción
resultante de la activación de la neurona de discrepancias sería la evasión, no
el compromiso. El aprendizaje proseguiría como antes, salvo que se inhibirían
las acciones que ocurren inmediatamente antes de la activación de la neurona de
discrepancias. Por lo tanto, si hay un destello, el mono aprendería a no meter
la mano en la caja. Aunque en principio este esquema debería funcionar, las
neuronas que intervienen todavía no se han identificado con claridad. Por lo
tanto, conocemos menos detalles neurales del castigo que del aprendizaje con
recompensas[67].
El aprendizaje DT proporciona hoy en día el mejor modelo para explicar las
bases del aprendizaje predictivo mediante las interacciones neurales. Ahora
quiero utilizar este ejemplo para fijarme en los principios básicos que
intervienen en el aprendizaje. A partir de ahora utilizaré términos que también
empleé al describir la evolución y el desarrollo para resaltar los principios
fundamentales comunes, al mismo tiempo que reconoceré que estos procesos
difieren también en muchos aspectos.
§. Principios fundamentales
Los cambios principales en la fuerza de la sinapsis
no ocurren al mismo tiempo durante el aprendizaje DT, sino que dependen del
efecto de la acumulación de muchas experiencias. Estamos tratando con una
población de sucesos, con muchos casos de apertura de puertas y entrega de
premios. Tal y como ya hemos visto, una población siempre se encontrará en un
contexto, al igual que los giros de la ruleta o las moléculas en una taza de
té. En el caso del aprendizaje DT, el contexto consiste en el conjunto de conexiones
neurales del cerebro y el abanico de experiencias vividas. Cada experiencia por
sí sola ocasionaría un único y ligero cambio de la fuerza sináptica, pero un
conjunto de experiencias ocasionará un cambio significativo. Si no fuera así
(si un único suceso fijara la fuerza sináptica), un animal formaría sus
conexiones neurales solo de acuerdo con lo último que hubiera vivido, se re
cablearía según los sucesos más recientes y borraría cualquier experiencia
anterior. Pero la experiencia más reciente no nos da necesariamente el mejor
pronóstico de lo que ocurrirá después, igual que ganar una vez a la ruleta no
significa que ganaremos la siguiente. Hay algunos casos, en particular cuando
recibimos un castigo fuerte, en los que una única experiencia puede bastar para
que aprendamos, lo que se expresa con refranes como «gato escaldado del agua
fría huye» o «la letra con sangre entra». En nuestro mundo complejo e
impredecible suele ser mejor aprender sobre la base de tendencias globales y no
tan solo con el pasado más reciente. Cuanto más inseguros estemos de nuestro
entorno, bien por la falta de experiencia o por la variabilidad del mismo, más
cuesta aprender de esta manera. Esta forma de aprendizaje es precisamente lo
que consigue el aprendizaje DT, que ajusta ligeramente la fuerza de las
sinapsis con cada acontecimiento, lo que permite aprender de tendencias
predictivas en vez de un simple acontecimiento. El aprendizaje DT se construye
sobre el principio de la variabilidad de la población.
El aprendizaje DT también depende de la persistencia. El sistema no funcionaría
si tras cada modificación de la fuerza de una sinapsis se volviera al estado
inicial. Como vimos en el capítulo anterior, los cambios de la fuerza sináptica
pueden persistir durante mucho o poco tiempo. La primera secuencia de
experiencias durante el aprendizaje podría provocar cambios a corto plazo en el
funcionamiento de la sinapsis, haciéndola más o menos eficaz. Estos cambios a
corto plazo se acumularían con otras experiencias para dar lugar a cambios
anatómicos a más largo plazo, como el número de sinapsis[68]. Los cambios
sinápticos a más largo plazo consiguen durar muchos años, como se ilustra en la
siguiente anécdota de Charles Darwin.
En 1836, justo después de regresar de sus cinco años de travesía a bordo
del Beagle, Darwin decidió comprobar la memoria de su perro[69]. Se fue al
establo en el que estaba alojado el perro y lo llamó. El perro se levantó
corriendo y se apresuró, feliz, para dar un paseo con Darwin, con la misma
emoción que si su amo hubiese faltado tan solo media hora. El sonido de la voz
de Darwin seguía estimulando la respuesta del perro después de cinco años de
ausencia. Quizá esta historia también nos dice algo del cerebro de Darwin:
había aprendido literatura clásica en el colegio, donde solía memorizar
cuarenta o cincuenta líneas de Homero antes de rezar por la mañana en la
capilla[70]. En la
historia clásica de Homero, La Odisea, Ulises regresa a su hogar
después de diez años de viaje marítimo. Allí se disfraza de mendigo para
impedir que lo reconozcan, pero no consigue engañar a su viejo perro Argos, que
instantáneamente levanta las orejas y empieza a menear la cola en cuanto suena
la voz de su amo. Darwin pensaba que recitar Homero en el colegio era una total
pérdida de tiempo porque olvidaba cada verso al cabo de dos días. Pero quizá el
relato de Ulises estableció algunas conexiones neurales a largo plazo en el
cerebro de Darwin que le estimularon inconscientemente nada más regresar de su
largo viaje marítimo, y eso quizá le condujo a comprobar la memoria de su
perro. Darwin y su perro quizá se parecían más incluso de lo que él creía.
La variabilidad de la población y la persistencia son ingredientes clave del
aprendizaje: sin variación no habría cambios en la fuerza de las sinapsis, y
sin persistencia, cada cambio sináptico se desvanecería en cuanto hubiera
acabado de formarse.
El refuerzo también desempeña una función vital en el aprendizaje DT. La
activación de la neurona del sonido de la puerta fomenta la fuerza de su propia
sinapsis, con la ayuda de la neurona de discrepancias. Tal refuerzo resulta
esencial para que funcione el sistema, pues gracias a él, a la hora de
estimular la respuesta del mono, la neurona del sonido de la puerta se vuelve
más eficaz que otras posibles señales como un destello. De igual forma, con el
perro de Pávlov, la activación de una neurona para el sonido de la campana
tiende a reforzar sus propias sinapsis. Podemos resumir tal refuerzo con un
bucle de realimentación positiva tal y como se muestra a la izquierda de la
figura 56, donde la activación de una neurona favorece su propio refuerzo
sináptico.
Si se las tuviera que arreglar solo, el refuerzo haría que determinadas
sinapsis fueran cada vez más fuertes a medida que se acumularan las
experiencias. El sistema intensificaría por sí mismo cada vez más la actividad
sináptica, lo que llevaría al cerebro finalmente a un estado de frenesí. Esto
no ocurre porque el auto refuerzo acaba siendo víctima de su éxito: a medida
que la sinapsis con la neurona del sonido de la puerta incrementa su fuerza, la
activación de la neurona de expectativas también aumenta al escuchar el sonido
de la puerta. En consecuencia, la neurona de expectativas se activa mucho menos
cuando se entrega la recompensa, lo que va extinguiendo la actividad de la
neurona discrepante y, por lo tanto, cualquier otro refuerzo se ve reducido. El
refuerzo ha conducido a su propia inhibición o limitación, como se muestra
mediante el bucle negativo a la derecha de la figura 56. Se trata de nuestro
conocido doble bucle de realimentación en el que el refuerzo promueve la
competencia, y en el que la competencia afecta a la acción inhibidora de las
neuronas. El efecto global de esta combinación de bucles negativos y positivos
es que las expectativas se pueden hacer coincidir con los niveles de recompensa
o castigo.
Figura 56. Interacción entre el refuerzo (bucle positivo) y la competencia
(bucle negativo) en el aprendizaje.
Hemos llegado a los mismos principios fundamentales
de la evolución y el desarrollo. En el centro del aprendizaje tenemos un doble
bucle de realimentación de refuerzo y competencia, impulsado por un equilibrio
entre variabilidad y persistencia. La diferencia es que, en este caso, estamos
tratando con una población de experiencias e interacciones neurales en vez de
con una población de individuos, como en la evolución, o una población de
moléculas y células en desarrollo. Los principios son parecidos, pero la
apariencia es diferente.
Por supuesto, hay muchas diferencias entre la evolución, el desarrollo y el
aprendizaje. Las diferentes experiencias no son lo mismo que las variaciones
genéticas en una población ni las colisiones entre moléculas, y el refuerzo de
las sinapsis es muy diferente del éxito reproductor. A pesar de las cuantiosas
diferencias, hay no obstante algunas similitudes de forma a un nivel superior,
a saber, un conjunto parecido de bucles de realimentación e ingredientes
básicos.
No es una casualidad que hayamos llegado a algunos principios comunes. Después
de todo, la estrategia que estamos siguiendo en este libro ha consistido en
fijarnos en lo que podrían compartir las diferentes transformaciones. Así pues,
el objetivo de este ejercicio no ha sido buscar las similitudes porque nos
gusten, sino para ayudarnos a comprender la esencia de las transformaciones de
los seres vivos. Las explicaciones tradicionales del aprendizaje DT no lo
presentan como un doble bucle de realimentación entre el refuerzo y la
competencia, impulsado por un equilibrio de variabilidad y persistencia. Pero
viéndolo desde esta perspectiva, apreciamos con más claridad tanto la lógica
fundamental del aprendizaje DT como su relación con otros procesos.
He presentado el aprendizaje DT como ejemplo para ilustrar que los principios
comunes también valen para un determinado mecanismo de aprendizaje. Pero se
podría decir lo mismo de la mayoría de los mecanismos que se han propuesto para
el aprendizaje[71]. En un
entorno variable e impreciso necesitamos aprender las tendencias de una
población de sucesos y no de ejemplos únicos. Para aprender a obtener efectos
duraderos, tiene que haber cierta forma de persistencia. Para que algunas
conexiones neurales se amplifiquen a sí mismas más que a otras, tiene que haber
refuerzo. Y el refuerzo debe auto limitarse mediante la competencia para hacer
coincidir nuestras experiencias y lo que se aprende. Los detalles pueden variar
de un mecanismo de aprendizaje a otro, pero siempre estarán ahí los mismos
principios fundamentales.
§. Un periplo neural
Para aprender se necesita más de una neurona. En el
caso del aprendizaje DT existen interacciones entre las neuronas de
expectativas y de discrepancias, así como entre las neuronas que perciben
estímulos como el contacto, la luz y el sonido, y las neuronas que intervienen
en las acciones como los movimientos del brazo o la salivación. Estas neuronas
también pueden ayudar a las acciones de las otras. El refuerzo de la sinapsis
entre la neurona del sonido de la puerta y la neurona de expectativas depende no
solo de la activación de la neurona del sonido de la puerta, sino también del
ritmo al que se activa la neurona de discrepancias. Para el refuerzo sináptico
se necesita la concomitancia de ambas activaciones, de manera que los impulsos
que salgan de las neuronas del sonido de la puerta y de discrepancias deben
converger sobre la neurona de expectativas. Tal y como hemos visto antes, la
cooperación también depende de la proximidad física, pues habrán de reunirse
determinadas terminaciones neurales y dendritas. Sin esta clase de proximidad,
cada neurona funcionaría de forma independiente y sería imposible aprender
nada. El principio de cooperación es otro ingrediente clave del aprendizaje.
La reunión de varios componentes abre las puertas a numerosas combinaciones. El
cerebro humano contiene aproximadamente 100.000 millones de neuronas, cada una
de las cuales puede tener miles de sinapsis, por lo que el número total de
conexiones sinápticas es unas mil veces mayor: cien billones. Esto abre un
enorme espacio de posibilidades neurales. Ya nos hemos encontrado grandes
espacios: al describir la evolución nos topamos con el espacio genético, o sea,
el abanico de secuencias de ADN posibles; y para el desarrollo nos encontramos
con el espacio del desarrollo, el abanico de estados celulares posibles y su
organización en un embrión. Todos ellos eran hiperespacios inmensos con
numerosas dimensiones. De igual forma, ahora tenemos espacio neural, el enorme
conjunto de conexiones posibles y de estados de activación de las neuronas del
cerebro. Se trata del principio de la riqueza combinatoria aplicado a las
conexiones neurales.
Anteriormente hemos pensado en la evolución como poblaciones que viajaban por
el espacio genético, y en el desarrollo como un embrión que viajaba por el
espacio del desarrollo. De igual forma podríamos pensar que el aprendizaje es
un cerebro que viaja por el espacio neural. Cada uno hemos nacido con un
cerebro muy estructurado, que corresponde a una posición particular de este
espacio neural imaginario. Esta posición es ligeramente diferente para cada uno
de nosotros, en buena parte debido a las diferencias en la composición
genética, que influyen en el desarrollo del cerebro desde el útero. Después del
parto, comenzamos a interaccionar con fuerza con nuestro entorno, de manera que
cada interacción desplaza nuestra posición en el espacio neural y nos lleva a
emprender un periplo neural muy intrincado. El aprendizaje es en buena parte
responsable de nuestro periplo de desplazamientos al cambiar la fuerza y el
número de las conexiones neurales. Los ejemplos del perro de Pávlov y del mono
que recoge su recompensa ilustran la manera en que las conexiones consiguen
cambiar gracias a unas pocas interacciones entre las neuronas. Pero la misma
clase de cambios ocurrirán en paralelo en numerosas entradas, salidas y
conexiones del cerebro, lo que nos guiará por nuestro elaborado periplo neural.
Una de las principales consecuencias de este periplo neural es que mejora
nuestra capacidad para predecir lo que es probable que suceda. Continuamente
modificamos nuestras expectativas sobre la base de la historia de nuestras
experiencias, gracias a lo cual somos capaces de afrontar mejor nuestro
entorno. Pero ¿qué nos mantiene en movimiento por el espacio neural? ¿Qué nos
proporciona la fuerza impulsora continua para el aprendizaje?
§. Quedarse en marcha
Una de las características clave del aprendizaje DT
es que no elimina las discrepancias, simplemente las desplaza. Para el
experimento del mono, el resultado global es que el sonido de la puerta, y no
el tocar la manzana, viene a estimular la neurona de discrepancias, por lo que
la discrepancia se desplaza a un momento anterior. Mientras que, antes, el mono
se excitaba al tocar la manzana, ahora se excita al escuchar el sonido de la
puerta. Según los defensores del aprendizaje DT, esto no es más que una consecuencia
de que la activación de la neurona de discrepancias excita o da placer al mono.
De hecho, el neurotransmisor dopamina liberado por la neurona de discrepancias
(como estudiaron Romo y Schultz) se piensa que desempeña una función importante
en la toxicomanía. Las drogas como la cocaína y las anfetaminas se cree que
ejercen su efecto al potenciar la acción de la dopamina. Inicialmente, tocar la
manzana estimulaba la neurona de discrepancias y la liberación de dopamina, con
lo que se excitaba el mono. Después del aprendizaje, el sonido de la puerta se
comporta igual que la manzana al principio: estimula la neurona de
discrepancias y la liberación de dopamina. Desde esta perspectiva neural, el
sonido de la puerta se ha convertido en un sustituto de la recompensa, al
estimular la neurona de discrepancias y la liberación de dopamina igual que
hacía la manzana. Si se produce un nuevo estímulo, como un destello luminoso,
antes del sonido de la puerta, entonces el mono trataría esta situación como si
el destello sirviera de pronóstico de la recompensa. Pero en este caso, la
«recompensa» no es el contacto con la manzana, sino su sustituto: el sonido de
la puerta. Si el mono experimenta muchas veces el destello antes del sonido de
la puerta, el aprendizaje DT garantiza que la neurona de discrepancias empieza
a activarse incluso antes, en el momento del destello. Estamos construyendo una
expectativa sobre otra. Al haber aprendido a esperar la recompensa de la
manzana sobre la base del sonido de la puerta, el sistema neural
automáticamente aprende a responder a factores que le permitirían predecir el
sonido de la puerta. El impulso para aprender no se detiene, sino que ha
cambiado a otro estímulo.
La capacidad de aprender para crear así sustitutos de recompensas está tan
extendida que puede ser difícil identificar lo que constituye una recompensa
instintiva frente a una aprendida. En muchos experimentos de Pávlov, el olor o
la visión de la comida se utilizaron para condicionar otras respuestas.
Podríamos pensar que los perros tienen una respuesta de salivación instintiva
ante la presencia de la carne y aprenden las señales que actúan como pronóstico
de esta recompensa, como el sonido de la campana. Pero la respuesta a la carne
resulta que no es instintiva, sino el resultado del condicionamiento[72]. Si un perro
recién nacido se alimenta durante bastante tiempo únicamente con leche,
entonces no saliva la primera vez que huele o ve la carne, un hecho que solo
comenzará a evocar la reacción de salivación después de que el perro se haya
alimentado con carne unas cuantas veces. Ahora el olor y la visión de la carne
predicen la recompensa igual que una comida satisfactoria, y comienzan a
convertirse en recompensas por su propio derecho. Lo que normalmente pensamos
que es una reacción instintiva o no aprendida, como la salivación en respuesta
a la carne, realmente surge a través del condicionamiento, pero esto no
significa que el perro nazca sin ninguna respuesta instintiva. Los modos
innatos de responder a los estímulos que actúan como premios o castigos están
determinados por las conexiones neurales que se establecen durante el
desarrollo del embrión de perro. Pero en cuanto nace y queda expuesto al
entorno, comienza a construir sobre estas reacciones a través del aprendizaje,
y establece otros conjuntos de estímulos que actúan como premios o castigos.
El fenómeno de que una respuesta aprendida constituya el fundamento para otra
se denomina condicionamiento secundario, y surge de forma natural por el
aprendizaje DT porque este mecanismo funciona de manera relacional. A medida
que aparecen discrepancias, las expectativas cambian y desplazan a las
discrepancias con la introducción de sustitutos de las recompensas para la
siguiente ronda de aprendizaje.
Los humanos, con sus cerebros elaborados, son expertos en este juego de ajuste
de expectativas y recompensas. A menudo consideramos que el dinero es una
recompensa, por lo que trabajamos para que nos paguen a final de mes. Pero el
dinero solo tiene valor porque nos permite comprar cosas como la comida u otros
bienes. Podemos, por ejemplo, comprar una manzana en una tienda, y seguramente
no nos la comeremos inmediatamente, sino que retrasamos aún más la recompensa
consumiéndola más tarde. Cada una de estas recompensas (dinero, comprar comida
y comer) está conectada a determinadas expectativas, de las que somos
conscientes gracias a las discrepancias. Si nos pagan menos de lo que
esperamos, notamos la discrepancia y quizá nos quejemos al empresario. O si
entramos en una tienda esperando comprar una manzana, pero encontramos que su
precio ha subido de repente, notamos el encarecimiento. Y si llegamos a casa y
encontramos las manzanas más agrias de lo esperado, notamos otra discrepancia.
Si todo va viento en popa y se satisfacen nuestras expectativas, entonces
apenas reflexionamos sobre estos acontecimientos. El mundo se nos manifiesta
gracias a las discrepancias[73].
Estas discrepancias están relacionadas con la predicción de consecuencias
globales en el futuro. Probablemente nos sentiremos más decepcionados si nos
recortan el salario que si sube el precio de las manzanas: una pérdida de
ingresos probablemente nos resulte más adversa que el encarecimiento de unas
pocas manzanas. Las discrepancias se miden frente a la suma de recompensas
futuras: un cambio de salario se pondera frente a todos los bienes que
podríamos comprar con esa cantidad de dinero, no con una determinada compra.
Esta capacidad de aprendizaje respecto a la suma de las recompensas futuras
constituye también un resultado natural de aprendizaje DT y es reflejo del modo
relacional con el que trabaja. Las discrepancias en cualquier momento se
relacionan con los cambios de expectativas y recompensas que las seguirán, lo
que permite que la suma de los sucesos futuros influya en el aprendizaje.
El aprendizaje implica responder continuamente a las discrepancias y reajustar
las expectativas. Si nos suben el sueldo, inicialmente nos sentimos positivos
porque nuestra recompensa excede a las expectativas. Pero pronto aprendemos a
esperar este nuevo salario y nos sentiríamos decepcionados si volviera a su
nivel anterior. Lo mismo ocurre con los cambios de precio, o con la calidad de
las manzanas que compramos. Se trata de sucesos quizá más sofisticados que la
salivación del perro de Pávlov, o que el dinero alcance para comprar comida,
pero los fundamentos neurales son los mismos: aprendemos de las discrepancias y
reajustamos nuestras expectativas en consonancia, con lo que desplazamos las
discrepancias durante dicho proceso.
Lo que mantiene nuestro periplo neural en constante movimiento es este aspecto
relacional del aprendizaje que induce constantemente el desplazamiento de las
discrepancias. Si pudiéramos eliminar de algún modo todas las discrepancias,
entonces el aprendizaje se detendría completamente. Supongamos que pudiéramos
ver perfectamente en el futuro y anticiparnos exactamente a lo que va a
ocurrir. Ya no tendríamos ninguna sorpresa ni discrepancia de la que
preocuparnos, con lo que no habría nada que aprender. Esto podría sonar a
encontrarse en un estado ideal. Sin embargo, dado el modo en el que trabaja
nuestro cerebro, nos entumecería la mente: sin nada que nos sorprenda, no
habría nada que atrajera nuestra atención, ninguna discrepancia para ejercitar
nuestra mente. Un conocimiento perfecto del futuro actuaría como un anestésico
mental.
En la práctica, el riesgo de alcanzar tal omnisciencia es escaso porque, a
pesar de que nuestro cerebro sea complejo y rico, el mundo que nos rodea es
todavía más rico. Solo podemos aspirar a capturar una mínima fracción de la
complejidad de nuestro entorno, por lo que siempre habrá discrepancias y
problemas con los que tratar, y por eso encuentran trabajo las sibilas, los
profetas y las pitonisas. El aprendizaje nunca eliminará por completo los
desafíos, solo introduce otros nuevos. Las discrepancias nos resultan tan
importantes que incluso las creamos para entretenernos. Las películas o los
libros suelen terminar cuando todo el mundo es feliz, porque como no quedan
discrepancias, ya no hay nada que nos enganche. Es una lástima, porque después
de haber experimentado un episodio dramático, podríamos querer saborear la
felicidad del final. Pero no queda nada que siga reteniendo nuestra atención
una vez que todas las discrepancias de la narración se han resuelto, por lo que
los finales felices tienden a ser mucho más cortos que la historia que los
precede. Tólstoi nos planteó lo mismo al comienzo de su libro Anna Karenina:
«Todas las familias felices se asemejan; cada familia infeliz es infeliz a su
modo». La discordia atrae nuestro interés.
Lo mismo ocurre con la enseñanza: para que un alumno aprenda una nueva idea,
debe haber una discrepancia a la que aferrarse. Si un alumno siente que ya lo
sabe o no ve que haya ningún problema al que enfrentarse, entonces aprenderá
poco. Un buen profesor tiene que ser capaz de estimular las discrepancias del
alumno planteándole un problema o pregunta que le excite o que le enganche. Una
vez que haya aprendido a resolver dicha discrepancia, la siguiente etapa de
aprendizaje consistirá en introducir una nueva discrepancia, otro problema que
resolver.
§. Una receta para el aprendizaje
Cada uno de nosotros va siguiendo un periplo neural
concreto desde el mismo momento del nacimiento. El cerebro de un recién nacido
ya lleva una serie de expectativas implantadas en sus conexiones e
interacciones neurales. También tiene un conjunto de valores neurales, modos de
responder a los estímulos que actúan como premios o castigos, que son el
reflejo de su posición de partida en el espacio neural, posición que depende
del modo intrincado en el que creció y se desarrolló el tejido neural del
embrión, y del modo en el que se formó el cerebro con su compleja estructura. A
medida que los recién nacidos comienzan a experimentar el mundo, se topan con
las discrepancias y estas conducen a un desplazamiento de las expectativas, que
los arrastran a nuevas regiones del espacio neural. Esto a su vez cambia el
contexto neural e introduce nuevas discrepancias y nuevos valores conectados
con los anteriores. Por lo tanto, el proceso continúa gracias a que el propio
periplo neural resulta auto estimulador. El periplo neural para cada persona es
único como resultado de que cada una empezó en una posición diferente del
espacio neural y de que nuestras propias experiencias también difieren. No
obstante, el periplo está impulsado por el mismo conjunto de procesos repetitivos
que en el principio de la recurrencia, pero ahora sobre el dominio del
aprendizaje. En la evolución, la recurrencia surge porque la selección natural
funciona de manera relacional. A medida que las adaptaciones se diseminan y las
comparte la población, todos los individuos son capaces de funcionar mejor, y
esto conduce a la competencia por adaptaciones cada vez más eficaces. En el
desarrollo, la recurrencia implica que los patrones de la actividad génica de
un embrión en crecimiento vayan cambiando continuamente. A medida que se
modifica un patrón, desplaza el contexto molecular y celular, lo que conduce a
otro conjunto de activaciones génicas y transformaciones. En el aprendizaje, la
recurrencia surge de otra manera diferente: a medida que se resuelven algunas
discrepancias neurales, se establecen otras que entonces conducen a nuevas
rondas de aprendizaje. En todos los casos, el principio de la recurrencia es lo
que mantiene el periplo en marcha.
Al igual que la evolución y el desarrollo, el aprendizaje se fundamenta en un
conjunto de principios comunes que interaccionan entre sí, aunque ahora se
hayan disfrazado de neuronas. El núcleo del aprendizaje implica un bucle doble
de realimentación en el que la activación neural se refuerza a sí misma, además
de acarrear sus propios límites debido a la competencia. Estos bucles están
siendo alimentados por la variación de la tasa de activación provocada por un
conjunto de experiencias, lo que conduce a la persistencia de los cambios de
fuerza y del número de las conexiones sinápticas. Esto sucede gracias a las
interacciones cooperativas entre muchas neuronas que crean colectivamente un
enorme espacio de combinaciones posibles. Cada etapa del aprendizaje conduce a
un desplazamiento por el espacio neural, con la construcción recurrente sobre
el contexto neural ya existente, con lo que se modifica el cerebro y se
desplaza el contexto. El mismo conjunto de principios e interacciones
interviene en el núcleo del aprendizaje, como en la evolución y en el
desarrollo. El aprendizaje es nuestra tercera manifestación de la receta
creativa para la vida. Pero en vez de impulsar los organismos por el espacio
genético o del desarrollo, en este caso, la receta acompaña a los organismos
por un periplo a través del espacio neural.
Capítulo 8
Aprendizaje mediante acciones
Contenido:
§. Calibración
§. Ojos saltarines
§. Desplazamientos visuales
§. Aprender a calibrar
§. Bucles de aprendizaje y acción
§. Movimientos suaves
§. Un periplo activo
§. Se aprende con otros
Hemos visto que al igual que la evolución y el
desarrollo, el aprendizaje es una manifestación de la receta creativa para la
vida. Mi explicación del aprendizaje podría detenerse en este punto ya que
hemos estudiado los principios fundamentales que intervienen. Sin embargo, si
acabo aquí, dejaría muchas preguntas sin respuesta: ¿cómo están conectados los
principios que hemos tratado con procesos como la memoria, el movimiento, la
atención, el reconocimiento, el lenguaje, la creatividad y la consciencia? Cada
uno de estos aspectos del conocimiento ha sido objeto de intensa investigación,
pero por desgracia todavía no sabemos muchos detalles neurales sobre la manera
en que el aprendizaje se incorpora en ellos. Incluso así, los principios que
nos hemos encontrado proporcionan un marco de trabajo o unas herramientas
conceptuales para comprender el funcionamiento del aprendizaje en tales casos.
Si vemos la cognición de este modo, podremos explorar algunas otras
ramificaciones del aprendizaje, y también fijar el escenario para centrarnos en
los cambios culturales en los capítulos siguientes.
No me sería posible abarcar todas las áreas del conocimiento, por lo que he
preferido concentrarme en unos pocos aspectos clave para ilustrar algunos de
sus principios fundamentales. En este capítulo veremos que el aprendizaje y las
acciones están entrelazados, mientras que en el capítulo siguiente exploramos
la manera en que aprendemos a ver las cosas de un modo particular. En esta
descripción utilizaré con frecuencia ejemplos de la vista, pero los principios
generales también valdrán para otras modalidades sensoriales. Al estudiar el
conocimiento a través de estos principios, veremos que nuestros periplos
neurales no se mueven por un impulso pasivo, sino que están conectados íntimamente
con nuestras acciones e interpretaciones.
Dada nuestra falta de conocimiento directo en algunas áreas, utilizo algunos
esquemas hipotéticos para ilustrar los posibles mecanismos subyacentes. Aunque
esta estrategia introduzca un cierto nivel de especulación, tiene el mérito de
que, al perseguir ideas concretas, podremos apreciar mejor dichos principios
subyacentes. Sin embargo, algunos lectores quizá prefieran saltarse las
explicaciones más detalladas en estos dos capítulos. Tratemos primero la calibración,
uno de los modos más básicos con que aprenderemos a conectar las acciones con
sus efectos.
§. Calibración
Leonardo da Vinci estaba familiarizado con los
conflictos militares. Durante su vida, Italia estuvo bajo la continua amenaza
de invasión desde Francia, y Florencia, su ciudad natal, entraba en guerra con
su vecina, Pisa, con cierta regularidad. Por lo tanto, no es sorprendente que
Leonardo a menudo pusiera su mente inventiva a trabajar en máquinas de guerra.
Al igual que concibió invenciones militares, como el cañón multibarril,
Leonardo se interesó por la ciencia de los proyectiles, o balística. Se hacía preguntas
sobre la potencia de lanzamiento de una bombarda (un tipo de cañón): «Si con
cuatro libras de pólvora una bombarda lanza a dos millas una bola de cuatro
libras, ¿adónde llegará si se lanza con seis libras de pólvora?»[74]. La
respuesta a esta cuestión no solo tenía un interés teórico, sino también
práctico: si queremos acertar en una diana militar mediante una bombarda,
necesitamos saber cuánta pólvora utilizar.
El problema balístico planteado por Leonardo se puede abordar de varias
maneras. Una estrategia práctica consistiría en anotar la distancia que alcanzó
la bola lanzada por una bombarda alimentada con distintas cantidades de
pólvora. Esto nos daría una tabla de calibración, una lista de distancias para
cada cantidad de polvo que se utilizara. Entonces podríamos determinar cuánta
pólvora se necesitaría para la distancia requerida con tan solo buscar en la
tabla. Una limitación de esta estrategia consiste en que solo podríamos buscar
distancias que ya se hubieran comprobado en los ensayos. Si nuestra distancia
no estuviera recogida en la tabla, no sabríamos cómo seguir. Una mejora sería
construir una curva de calibración, un gráfico de la distancia recorrida frente
a la pólvora utilizada. Entonces podríamos buscar cuánta pólvora necesitamos
para alcanzar cualquier distancia simplemente examinando dónde corta la curva.
Figura 57. Bombardas dibujadas por Leonardo da Vinci, hacia 1504.
La calibración es un ejemplo básico de cómo podemos
determinar la acción necesaria para conseguir un efecto u objetivo deseados:
con una curva de calibración determinaremos cuánta pólvora necesitaremos para
lanzar la bola a la distancia deseada. La conexión de las acciones con los
objetivos también resulta fundamental para el aprendizaje. En el capítulo
anterior he descrito la manera en que un mono aprende a responder al sonido de
una puerta y a recoger un trozo de manzana. Se trata de un caso de condicionamiento
instrumental, en el que el mono no solo aprende que el sonido de la puerta
pronostica la llegada de la comida, sino también que la acción necesaria para
conseguir esa comida pasa por meter la mano en una caja. Una manera de aprender
la acción sería que el sonido de la puerta reforzara las sinapsis que
intervienen en la estimulación de las contracciones musculares que precedieron
la entrega de la comida. De este modo, cada vez que suena la puerta se
estimularían las mismas contracciones musculares y movimientos del brazo que se
produjeron justo antes de que el mono consiguiera la comida. Pero tal sistema
carecería de flexibilidad: si la caja que contiene la manzana de recompensa se
moviese a una posición ligeramente diferente, las mismas contracciones
musculares harían que el mono no encontrara la caja. En la práctica, si el mono
ve que la caja se ha movido, ajusta sus acciones y recupera correctamente la
recompensa cuando escucha el sonido de la puerta. Parece que el mono aprende
las acciones que se refieren a determinadas metas, y no a contracciones
musculares concretas. Si la caja se desplaza, la meta sigue siendo la misma,
conseguir la manzana, y el mono ajusta sus movimientos en consonancia. ¿Cómo
aprenden los animales a realizar las acciones relacionadas con las metas? Un
buen punto de partida para intentar responder a esta pregunta consiste en
considerar la calibración de los movimientos corporales, porque se trata de una
de las formas más básicas de relacionar las acciones con sus efectos. Nuestra
primera etapa consistirá en realizar el equivalente neural de la calibración de
una bombarda.
§. Ojos saltarines
La acción más frecuente que realizamos en la vida
consiste en mover los ojos: cuando miramos una escena, los ojos saltan
continuamente de un lugar a otro. En la figura 58 (lámina 9) se muestran estos
movimientos balísticos de los ojos, o sacudidas oculares, de alguien que
contempla Bodegón con tetera de Cézanne. En muy poco tiempo,
el ojo salta por el cuadro muchas veces, y se posa con mucha frecuencia cerca
de los objetos, como la manzana o el borde de la vasija. Estos movimientos
oculares son más frecuentes que los latidos del corazón porque realizamos unas
tres sacudidas oculares cada segundo, lo que equivale a varios miles de
millones durante la vida. Algunas corresponden a saltos relativamente grandes,
como el desplazamiento desde la manzana a la vasija. En cambio, otras no son
más que pequeñas agitaciones alrededor de un punto (se denominan micro
sacudidas oculares). Apenas somos conscientes de la mayor parte de estas
sacudidas, pues se producen inconscientemente, dirigidas por la actividad del
cerebro. Las sacudidas oculares no son solo una particularidad de la vista
humana, sino que también las presentan muchos otros animales, desde los
calamares a la carpa dorada[75].
Las sacudidas oculares tienen su origen principalmente en una limitación de los
ojos relacionada con la existencia de muchos más fotorreceptores concentrados
en la región central de la retina, conocida como la fóvea, en donde la vista es
mucho más aguda que en la periferia. Con el movimiento continuo del ojo y el
desplazamiento de la mirada, obtendremos una gran definición de las diferentes
áreas de una escena ante nosotros, lo que nos proporciona más información sobre
la escena. Una consecuencia es que la imagen sobre la retina está cambiando
continuamente mientras miramos una escena fija, como un cuadro. En lo que
respecta a la retina, la situación es la misma que si alguien estuviera
continuamente zarandeando el cuadro mientras lo contemplamos con la mirada
fija. Aun así, no percibimos la agitación del cuadro a medida que desplazamos
nuestra mirada sobre él. ¿Por qué?
Figura 58. Movimientos oculares registrados durante veinte segundos mientras
se observa Bodegón con tetera, de Paul Cézanne, hacia 1869. Véase la lámina 9.
Parte de la respuesta reside en que no detectamos
ningún movimiento visual cuando los ojos saltan de una posición a otra[76]. Cuando nos
miramos el ojo izquierdo en el espejo y luego pasamos a mirar el derecho, no
podríamos afirmar que el ojo derecho se haya movido ni una pizca durante el
proceso. Nuestra capacidad para detectar el movimiento parece estar suprimida
mientras que el ojo está dando saltos. Esta supresión explica por qué somos
incapaces de percibir los pequeños movimientos del ojo. Pero para las sacudidas
oculares más grandes, entra en funcionamiento algo más: la calibración. Cuando
iniciamos las sacudidas oculares más grandes, digamos desde la manzana a la
vasija en el cuadro de Cézanne, el cerebro de algún modo sabe lo que se
encontrará cuando se posen los ojos. Si lo que vemos satisface estas
expectativas, entonces no percibiremos ningún movimiento. Pero si alguien
agitara el cuadro mientras los ojos están dando el salto, obtendríamos una
imagen inesperada cuando se posaran y percibiríamos que algo va mal. La
situación se asemejaría a disparar una bombarda que se ha calibrado: si todo
está en orden, entonces podemos anticipar correctamente dónde caerá la bola.
Pero si alguien moviera el paisaje mientras la bola está en el aire,
aterrizaría en un lugar inesperado y sabríamos que había ocurrido algo inusual.
La prueba de que calibramos los ojos mediante el aprendizaje procede del
siguiente experimento[77]: si sentamos
a alguien en una habitación oscura y le pedimos que siga un punto de luz a
medida que salta de una posición a otra, sus ojos lo seguirán. Cada vez que se
desplace la luz, los ojos detectarán el cambio y saldrán disparados de tal
forma que se posarán para que la luz se encuentre en el centro del campo
visual. Estos movimientos oculares se pueden vigilar electrónicamente, lo que
permitirá realizar un truco visual. A medida que los ojos salen disparados para
seguir el objetivo, este se hace retroceder un poco antes de que se posen. Al
principio, como cabría esperar, los ojos no darán en el blanco, pero después de
unos pocos ensayos se adaptan automáticamente y aprenden a dar saltos
ligeramente más pequeños; entonces volverán a posarse sobre el objetivo
correctamente, incluso aunque retroceda. Los ojos se recalibran por sí solos a
la nueva situación.
Tiene sentido aprender a calibrar porque cada uno de nosotros ha nacido con
cuerpos y fuerzas musculares ligeramente diferentes, que a su vez irán cambiando
a medida que crecemos. Por ejemplo, la potencia de los músculos oculares del
lector puede ser ligeramente diferente de la mía. Si nuestras calibraciones
fueran instintivas y fijas, entonces sería difícil verlas funcionar con
fiabilidad cuando se enfrentan con situaciones variables. Del mismo modo, si
cada bombarda funcionara de manera un poco diferente debido a las variaciones
de fabricación, tendría sentido calibrar cada una individualmente según su
rendimiento.
§. Desplazamientos visuales
¿Qué clase de interacciones neurales podrían ser
las responsables de la calibración visual? Comencemos con una escena
estacionaria y veremos que nuestras propias acciones, los movimientos de los
ojos, están relacionadas con los efectos visuales que generan. Imaginemos que
estamos mirando un objeto gris sobre un fondo negro con la cabeza quieta. El
panel superior de la figura 59 representa lo que ocurre en el fondo de un ojo.
Para simplificarlo un poco, he representado todo en una dimensión. La llegada de
la imagen del objeto a la retina está indicada por una línea gris, mientras que
la retina está representada por debajo de esta como una sola fila de
fotorreceptores, o sea, de neuronas que pueden estimularse por la luz. He
colocado la imagen del objeto gris en el centro del campo visual. Podemos
observar que solo se estimulan con fuerza los fotorreceptores que reciben la
luz del objeto, lo que está indicado con las líneas verticales dentro de los
fotorreceptores.
El panel inferior muestra lo que sucede si desplazamos la retina a la derecha
con un movimiento ocular impulsado por una neurona que se muestra en gris
oscuro, y que también estimula la contracción de algunos músculos oculares.
Supondremos que cuanto mayor sea la tasa o la duración de la activación de esta
neurona de movimientos oculares, más se desplaza la retina a la derecha (por
motivos de simplicidad, ignoro la inversión óptica que tiene lugar cuando la
luz entra en el ojo). Cuando la retina se mueve a la derecha, cambia la
actividad de sus fotorreceptores: algunos que estaban antes en la oscuridad
ahora reciben luz del objeto gris, mientras que otros que estaban estimulados
por la luz ahora están en la oscuridad. Nuestro primer paso consiste en
intentar relacionar este cambio de los impulsos visuales con la magnitud del
desplazamiento del ojo. Queremos encontrar neuronas visuales que respondan en
proporción a la magnitud del movimiento ocular.
Fijémonos en un único fotorreceptor en la parte izquierda de la retina,
señalado con una flecha blanca en la figura 59. Este fotorreceptor estaba mudo
al principio, pero se estimuló cuando se desplazó la retina porque el objeto
gris entró en su campo visual. ¿Es la actividad de este fotorreceptor
proporcional al desplazamiento ocular? El problema reside en que este
fotorreceptor se ve estimulado con la misma intensidad por desplazamientos más
grandes que el mostrado. Aunque la alteración de la actividad de este
fotorreceptor nos dice que hay cierta clase de cambio, la actividad no es
proporcional al desplazamiento del ojo. Lo mismo ocurre con cualquier otro
fotorreceptor, porque ningún fotorreceptor por sí solo responderá
proporcionalmente al grado de movimiento del ojo.
Figura 59. Objeto (línea horizontal gris) observado por la retina antes
(panel superior) o después (panel inferior) del desplazamiento hacia la derecha
de la retina impulsado por una neurona de movimientos oculares. La longitud de
las líneas verticales dentro de los fotorreceptores indica el nivel de la
actividad neural.
Para solventar este problema, podemos combinar la
información de varios fotorreceptores, como se muestra en la figura 60. En el
panel superior aparecen tres neuronas, A, B, y C (ABC), cada una de las cuales
recibe señales de varios fotorreceptores. Todas las conexiones consisten en
sinapsis estimulantes (signos positivos). Los impulsos para la neurona A
proceden del tercio izquierdo de la retina, los impulsos para B de la región
central, y para C del tercio derecho. Esto significa que cada neurona esencialmente
mira a través de una ventana (conocida como su campo de recepción). La ventana
de la neurona central, B, se encuentra en la parte central del objeto gris, así
que la estimulan impulsos procedentes de todos los fotorreceptores, por lo que
su actividad global es elevada. Las ventanas para las neuronas a su lado, A y
C, cubren tanto zonas grises como negras de la imagen, por lo que muestran una
actividad global intermedia (indicada por las líneas verticales más pequeñas
dentro de los círculos).
Figura 60. Combinación de información visual procedente de los
fotorreceptores. En el panel inferior, la retina se ha desplazado hacia la
derecha por la activación de una neurona de movimientos oculares. La longitud
de las líneas verticales dentro de los fotorreceptores indica la magnitud de la
actividad neural.
Si la retina se desplaza ligeramente a la derecha,
como se muestra en el panel inferior, la actividad de la neurona A se
incrementa porque su ventana comienza a cubrir más fracción del objeto gris. La
actividad de B permanece sin cambios, mientras que la actividad de C cae porque
en su ventana entra más fondo negro. Cuanto mayor es el desplazamiento de la
retina hacia la derecha, mayor es el incremento de A y la caída de C (para
desplazamientos dentro de determinados límites). Y a la inversa, si la retina se
desplazara a la izquierda, la actividad de A caería mientras que la de C se
incrementaría. Los patrones de activación de las neuronas A y C nos pueden dar
una medida proporcional del desplazamiento del ojo, pues la activación de A se
correlaciona positivamente con los desplazamientos hacia la derecha, mientras
que la activación de C se correlaciona positivamente con los desplazamientos
hacia la izquierda. La detección de los desplazamientos visuales es un esfuerzo
cooperativo que requiere la interacción de muchas neuronas.
Supongamos que nuestro cerebro es capaz de utilizar información como la
proporcionada por las neuronas ABC para estimular lo que denomino una neurona
de desplazamientos visuales, que se muestra en el panel inferior de la figura
60. Podemos disponer las cosas de tal modo que si no hubiera ningún cambio de
los impulsos procedentes de la retina, no se active la neurona de
desplazamientos visuales; y que cuanta más retina se desplaza a la derecha, más
se activa la neurona de desplazamientos visuales. También suponemos que nuestra
neurona de desplazamientos visuales se comporta de este modo independientemente
del tipo de imagen presentada. He ofrecido un ejemplo en el que se contempla un
objeto gris sobre un fondo negro, pero vamos a suponer que la neurona de
desplazamientos visuales responde de forma parecida a muchas otras imágenes. Al
mostrar una determinada imagen, nuestra neurona de desplazamientos visuales se
activa según la cantidad de imagen que se ha movido posteriormente por la retina[78]. La manera
de conseguir exactamente esto no nos debe preocupar aquí, puesto que lo
realmente importante es que la información visual combinada procedente de
neuronas como las ABC se utiliza de alguna forma para generar una señal que se
correlaciona con el movimiento ocular (estrictamente hablando, la señal se
responde con los movimientos angulares, porque la activación de la neurona de
desplazamientos visuales depende del desplazamiento angular ocasionado por la
rotación del ojo).
§. Aprender a calibrar
Ahora tenemos dos cambios correlacionados: la
activación de la neurona de movimientos oculares y la activación de la neurona
de desplazamientos visuales, con lo que conseguimos conectar los mundos de la
acción y de la percepción. Cuantas más neuronas de movimientos oculares se
activen, más se desplaza el ojo a la derecha (acción), lo que a su vez cambia
la entrada visual y conduce a un incremento de la activación de la neurona de
desplazamientos visuales (percepción). Ahora quiero mostrar cómo se podría calibrar
este sistema. En vez de construir tablas y dibujar líneas como en el caso de la
bombarda, la calibración se consigue mediante las interacciones entre las
neuronas.
Miremos la figura 61, en la que se muestra el mismo esquema que antes, pero con
una neurona de discrepancias adicional. Recordemos del capítulo anterior que
las neuronas de discrepancias están implicadas en la detección de discordias o
desfases. Para apreciar que esto podría ayudarnos con los movimientos oculares,
primero miremos a lo que la neurona de movimientos oculares está realizando en
nuestro esquema. Podemos ver que hace dos cosas: envía una señal para impulsar
el movimiento del ojo y envía la misma señal (conocida como la copia eferente)
a la neurona de discrepancias. La señal hacia la neurona de discrepancias se
envía con retraso para que llegue después de que haya ocurrido el movimiento
del ojo, y entonces estimula a la neurona de discrepancias a través de una
sinapsis estimulante fuerte (signo positivo).
La señal desde la neurona de desplazamientos visuales también va a la neurona
de discrepancias, donde llega al mismo tiempo que la señal retrasada desde la
neurona de movimientos oculares. Sin embargo, a diferencia de la neurona de
movimientos oculares, la neurona de desplazamientos visuales está conectada a
la neurona de discrepancias por una sinapsis inhibidora (signo negativo), por
lo que al activarse, silencia a la neurona de discrepancias. Además, la fuerza
de esta sinapsis con la neurona de desplazamientos visuales no está fijada,
sino que puede cambiar según la realimentación desde la neurona de
discrepancias (flecha gris hacia arriba). Si la neurona de discrepancias se
activa por encima de su tasa basal, entonces tenderá a reforzar la sinapsis. Y
a la inversa, si la neurona de discrepancias se activa por debajo de su tasa
basal, debilitará la sinapsis. Tenemos un sistema de realimentación, donde la
señal emitida por la neurona de discrepancias influye en la fuerza del impulso
que recibe desde la sinapsis con la neurona de desplazamientos visuales.
Figura 61. Aprendizaje de la forma de calibrar con una neurona de
discrepancias.
¿Qué ocurre si movemos el ojo a la derecha sobre
una escena fija? Después de que se active la neurona de movimientos oculares,
la neurona de desplazamientos visuales también se activará de manera
proporcional. Supongamos que la sinapsis con la neurona de desplazamientos
visuales es inicialmente débil, o sea, que la neurona de discrepancias apenas
estaría inhibida por la neurona de desplazamientos visuales, pero sí
fuertemente estimulada por la neurona de movimientos oculares. Por lo tanto, la
neurona de discrepancias se activa por encima de su nivel basal y fortalece su
sinapsis con la neurona de desplazamientos visuales. Si el ojo regresa a su
posición original y entonces da otra sacudida ocular hacia la derecha, la
inhibición desde la neurona de desplazamientos visuales ahora es capaz de
contrarrestar mejor la estimulación procedente de la neurona de movimientos
oculares porque la sinapsis es más fuerte. Si la intensidad de la inhibición
sigue siendo demasiado débil para compensar la estimulación, entonces se
refuerza aún más la sinapsis inhibidora. El refuerzo continúa de este modo
hasta que la recepción del impulso inhibidor desde la neurona de
desplazamientos visuales viene a equilibrar el impulso estimulador competidor
procedente de la neurona de movimientos oculares. Una vez que se ha establecido
el equilibrio, la neurona de discrepancias se activa a su tasa basal y la
fuerza de la sinapsis ya no cambiará más. Hemos calibrado el sistema al hacer
coincidir la fuerza del impulso procedente del movimiento ocular con el
desplazamiento visual que genera. Esto tiene lugar gracias a nuestro ya
conocido doble bucle de realimentación entre el refuerzo y la competencia,
alimentado por un equilibrio de variabilidad (movimientos oculares y cambios
visuales) y de persistencia (los cambios perduran en la fuerza sináptica).
Después de haber calibrado así el ojo, el sistema puede decirnos si un
desplazamiento visual está provocado por el movimiento ocular o por un
acontecimiento externo. Si el ojo se mueve a la derecha, la neurona de
discrepancias se activa a su tasa basal debido a la calibración anterior. Pero
supongamos que el mismo cambio visual de nuestra retina venga provocado por un
acontecimiento externo que desplaza la escena, como cuando se mueve el cuadro.
La neurona de discrepancias no recibe ningún impulso desde la neurona de
movimientos oculares (los ojos no se han movido), aunque recibe un impulso
inhibidor desde la neurona de desplazamientos visuales. El resultado global es
una caída de la activación de la neurona de discrepancias por debajo de su tasa
basal. La alteración de la activación de la neurona de discrepancias nos dice
que el acontecimiento no se ha debido al movimiento de nuestro ojo, sino a
alguna otra causa.
Para completar la historia, necesitamos que la neurona de discrepancias influya
en nuestra impresión de si la escena ante nosotros es estacionaria o no. Esto
está indicado por la flecha gris hacia abajo de la figura 61, que conecta la
salida de la neurona de discrepancias con el sentido del desplazamiento visual.
Si la neurona de discrepancias se activa a su tasa basal, entonces no se
percibe ningún desplazamiento visual y la escena parece estacionaria, que es lo
que ocurre cuando realizamos los movimientos oculares. Pero si la escena se
desplaza por causas externas, entonces la neurona de discrepancias se activa de
forma diferenciada por encima de su tasa basal, y percibimos un cambio externo.
He aportado un ejemplo que utiliza los movimientos oculares hacia la derecha,
pero el mismo principio valdría para los movimientos hacia la izquierda, hacia
arriba o hacia abajo. En todos los casos aprendemos a calibrar nuestras
acciones frente a los efectos que ocasionan y utilizamos entonces las
discrepancias para inferir que se han producido acontecimientos externos.
Estos esquemas explican un efecto visual curioso: si a alguien se le paralizan
los movimientos oculares con una dosis pequeña de curare, dirá que la escena
que contempla tiende a agitarse a su alrededor cuando intenta mover los ojos[79]. Los ojos
realmente no se mueven porque están paralizados, y sin embargo el paciente
percibe el desplazamiento de su entorno. En estas situaciones, las neuronas de
movimientos oculares están activadas, pero son incapaces de afectar a los
músculos paralizados del ojo. Por lo tanto, las neuronas de movimientos
oculares se activan sin un cambio en el impulso visual. El desequilibrio
resultante hace que las neuronas de discrepancias se activen de modo
diferencial por encima de su tasa basal, dándonos la sensación de que la escena
se ha desplazado.
He ofrecido un esquema muy simplificado para resaltar que los principios con
los que ya estamos familiarizados se pueden relacionar con el modo en el que se
calibran los movimientos oculares frente a los cambios en el impulso visual que
ocasionan. Todavía se conocen pocos detalles de los mecanismos neurales
mediante los cuales se produce esta calibración. Se sabe que hay regiones del
cerebro que están organizadas como mapas que relacionan los impulsos visuales
con los movimientos del ojo, de modo similar a los mapas sensoriales y motores
descritos en el capítulo 6[80]. Sin
embargo, están menos claros los mecanismos por los que se modifica la fuerza de
las sinapsis o su cantidad mediante la experiencia para asegurar que los
movimientos oculares cuadren con los cambios en los impulsos visuales
recibidos. Cualesquiera que sean los mecanismos, parece probable que estén
basados en una realimentación del tipo descrito, en la cual las conexiones
sinápticas se modifican gracias a las discrepancias entre las acciones y el
efecto que se espera que produzcan.
§. Bucles de aprendizaje y acción
A menudo pensamos que la acción es algo que sigue a
la percepción y el aprendizaje. Percibimos, aprendemos y entonces actuamos en
consecuencia. Pero la calibración visual demuestra que la percepción, el
aprendizaje y la acción están mucho más entrelazados[81]. Cuando
realizamos una acción, como mover los ojos, lo que percibimos puede cambiar
como resultado de esa acción, o sea, la escena vista se desplaza por la retina.
Hay cambios sensoriales parecidos que también pueden deberse a acontecimientos
externos. Una de las primeras cosas que el cerebro tiene que descifrar es la
manera de diferenciar entre los cambios sensoriales ocasionados por nuestras
propias acciones y los ocasionados por procesos externos. Si no lo hiciéramos,
confundiríamos los movimientos de nuestro entorno con los resultados de
nuestros propios movimientos. El problema se puede solucionar aprendiendo a
calibrar nuestras acciones frente a los efectos que producen. Primero podemos
aprender qué esperar de nuestras propias acciones. Si detectamos discrepancias
respecto a las expectativas, podemos inferir que ha tenido lugar un cambio por
causas externas.
Tal y como se ilustró mediante nuestro esquema neural para los movimientos
oculares, los principios implicados en este proceso de calibración no difieren
de los que hemos tratado antes. Tenemos la interconexión del refuerzo y de la
competencia en bucles de realimentación que intervienen en el funcionamiento de
las neuronas de discrepancias. Se trata de bucles alimentados por un equilibrio
de la variabilidad de la población y de la persistencia, ya que varias acciones
y experiencias conducen a modificaciones duraderas en la fuerza de las sinapsis
o en su cantidad. Y para que esto ocurra, los impulsos deben ocurrir muy
próximos de modo que puedan cooperar. El resultado global es que aprenderemos a
emparejar los efectos con las acciones que los generaron, y entonces podremos
discriminar entre acontecimientos ocasionados por nuestra propia actividad y
los que tienen un origen externo.
La calibración presenta otro beneficio: puede ayudar a guiar nuestras acciones.
Tal y como se describió antes, si nos sentáramos en una habitación a oscuras y
un punto luminoso saltara a una nueva posición, seríamos capaces de seguirlo
con los ojos. De acuerdo con nuestro esquema neural, el movimiento inicial de
la diana crea un desplazamiento visual que, a su vez, cambia la activación de
la neurona de discrepancias (los ojos aún no se han movido). Cuanto más se
desplaza la diana, más cambia la tasa de disparo de nuestra neurona de
discrepancias, que de este modo nos informa de cuánto se movió la diana.
Podemos utilizar esta información como auxilio para guiar el movimiento de los
ojos. Para conseguirlo, la señal saliente de las neuronas de discrepancias se
puede realimentar para mover los ojos. Los principios son los mismos que antes,
salvo que ahora estamos utilizando las discrepancias no solo para detectar los
acontecimientos externos sino que también realimentamos la información para
afectar a nuestras acciones. Si la diana retrocediera disimuladamente durante
las sacudidas oculares, el sistema automáticamente se recalibrará y se
modificará en consecuencia el alcance de cada movimiento. La calibración no
solo nos permite diferenciar los acontecimientos internos de los externos, sino
que también ayuda a guiar nuestras acciones en respuesta al cambio externo.
§. Movimientos suaves
Hemos visto que la calibración se puede aplicar a
los movimientos balísticos como las sacudidas oculares. Pero muchas de nuestras
acciones son mucho más suaves que esta: no caminamos vacilantes como los
robots, sino que disponemos de un conjunto de movimientos mucho más fluido.
¿Cómo aprendemos a controlar las acciones suaves?
Las armas modernas son mucho más elaboradas que las de los tiempos de Leonardo.
En vez de disparar un misil y confiar en que caiga donde queremos, podemos
lanzar misiles teledirigidos que darán en la diana porque tienen sistemas
sensoriales, como un radar integrado, que detectan los errores entre su
trayectoria y la posición del objetivo, y ajustan su trayecto convenientemente.
Los sistemas de control de esta clase tienen la ventaja de poder adaptarse si
los misiles se desvían de su trayectoria por factores externos, como el viento;
también tienen la flexibilidad necesaria para perseguir los objetivos en
movimiento[82]. Nuestras
acciones corporales cuentan con sistemas equivalentes. Como antes, quiero
utilizar nuestra visión para ilustrar algunos de los principios involucrados[83].
Si miramos un objeto y giramos la cabeza lentamente, los ojos permanecerán
fijos sobre el objeto por varias razones: una depende de neuronas en los ojos y
en el cerebro que detectan la velocidad a la que se mueven las imágenes sobre
la retina. Al igual que las neuronas de desplazamientos visuales que describí
anteriormente, estas neuronas de la velocidad visual se dedican a comparar las
señales que los diferentes fotorreceptores de la retina reciben a lo largo del
tiempo[84]. Pero
funcionan a una escala del tiempo más pequeña, mientras el ojo está detenido o
se mueve lentamente, no entre saltos. A medida que se mueve la cabeza, las
neuronas de la velocidad visual detectan la velocidad y la dirección con la que
la imagen se mueve sobre la retina. Esta información se utiliza después para
mover los ojos. Si la velocidad de los ojos coincide con la velocidad de la
imagen detectada inicialmente, entonces la imagen vuelve a quedarse quieta
sobre la retina y el objeto se mantiene visible. Pero si hay alguna
discordancia, entonces la imagen comienza a deslizarse un poco por la retina,
estimulando de nuevo a las neuronas de la velocidad visual, lo que provoca otro
reajuste de la velocidad del ojo. De este modo, nuestros ojos utilizan un
sistema de realimentación continua para seguir al objeto, de forma muy parecida
a como los misiles guiados persiguen su objetivo. A diferencia de las sacudidas
oculares, este tipo de movimiento ocular es suave, por lo que se puede fijar la
mirada a medida que giramos la cabeza poco a poco.
Hay otro sistema que ayuda a mantener los ojos sobre el objetivo. Incluso
cuando están cerrados, los ojos tienden a permanecer orientados hacia la misma
posición externa mientras giramos la cabeza. Existe una tendencia natural a que
roten en la dirección opuesta a la cabeza para contrarrestar el movimiento de
la cabeza. Esta respuesta depende de los receptores neurales del oído interno
que detectan el movimiento de la cabeza y envían la información para corregir
el movimiento ocular. Al igual que con las neuronas de la velocidad visual,
este sistema contrarresta el movimiento de la cabeza con un movimiento suave
del ojo e impide que la imagen se deslice demasiado por la retina.
Tenemos dos sistemas que nos mantienen sobre el objetivo, uno percibe la
velocidad visual y el otro percibe el movimiento de la cabeza. ¿Cómo se
integran ambos sistemas? Como veremos, la respuesta es que uno se calibra con
el otro.
En los años noventa del siglo XX, George M. Stratton llevó a cabo lo que
Richard Gregory calificó como el experimento quizá más famoso de la psicología
experimental[85]. Se puso
durante varios días unas gafas que invertían la imagen vertical y lateralmente
para averiguar si su vista se adaptaría a la nueva situación. Estas gafas
invertían los movimientos de la cabeza, porque cuando giraba la cabeza hacia un
lado, el campo visual iba en sentido opuesto a lo que cabría esperar. Cuando se
colocó estas gafas por primera vez, Stratton se sintió muy confuso: cuando
giraba la cabeza tenía la sensación visual opuesta a la que esperaba. Pero
después de llevarlas continuamente durante una semana, encontró que las cosas
volvían a parecer relativamente normales: se había adaptado a la nueva
disposición. Los estudios posteriores demostraron que entre los efectos de tal
adaptación estaba la inversión de la respuesta al movimiento de la cabeza: los
ojos giran en la dirección opuesta a lo que harían normalmente cuando se gira
la cabeza. Y ocurría incluso en la oscuridad. Aunque los ojos se movieran en la
dirección opuesta, el efecto global era el mismo: reducir el deslizamiento de
la imagen por la retina, aunque ahora con las gafas inversoras. ¿Cómo se
produce este reajuste?
A medida que giramos la cabeza de izquierda a derecha, las neuronas de
determinadas regiones del cerebro, como el cerebelo, aprenden a calibrar los
impulsos desde el oído interno y desde la vista. Estas neuronas funcionarían
como las neuronas de discrepancias que tratamos en las sacudidas oculares, y
equilibran un impulso frente a otro. Después de la auto calibración, si giramos
la cabeza con los ojos cerrados, se activan las neuronas de discrepancias en el
cerebelo porque no hay ninguna señal visual que contrarreste el impulso desde
el oído interno. Esta activación de las neuronas de discrepancias haría que los
ojos giraran lo necesario. Después de llevar las gafas inversoras durante un
tiempo, las neuronas de discrepancias se recalibran en la nueva situación al
capturar la relación inversa entre las señales del oído interno y de las
neuronas de la velocidad visual. El resultado es que, cuando se gira la cabeza,
los ojos se impulsan en dirección opuesta a la de antes, lo que ayuda a
mantener la mirada en la nueva situación.
Tal calibración, además de ayudar a mantener los ojos sobre el objetivo, ayuda
a diferenciar entre los efectos de nuestros movimientos y los del entorno.
Cuando George Stratton se puso por primera vez las gafas inversoras, tuvo la
sensación de que se movía el exterior cuando movía la cabeza: «No me sentí como
si estuviera mirando un conjunto de objetos quietos, sino como si todo lo que
veía pasara rápidamente y oscilara ante mis ojos»[86]. La
explicación es que su cerebro se había calibrado antes con la visión normal, y
ahora estaba detectando las discrepancias entre sus acciones y los efectos
visuales esperados. De acuerdo a nuestro esquema, se estaban activando
determinadas neuronas de discrepancias, que estimulaban su sensación de
movimiento externo. Después de llevar las gafas durante unos pocos días, se re
calibraron sus neuronas de discrepancias, por lo que la sensación de movimiento
que seguía a sus acciones había desaparecido.
La ventaja de auto calibrarnos de este modo es que seremos capaces de
discriminar los acontecimientos externos de los movimientos ocasionados por
nuestras propias acciones. Si miramos por la ventanilla de un tren en marcha,
sentimos que el mundo se mueve respecto a nosotros. Las neuronas de
discrepancias se pueden estar activando porque nos llegan señales de las
neuronas de la velocidad visual, mientras que no hay ninguna señal que la
contrarreste que venga de las neuronas que perciben o impulsan los movimientos
de la cabeza[87].
La discrepancia resultante hace que sintamos que se mueve el exterior. Nuestra
sensación de movimiento es relacional y se basa en que los impulsos sensoriales
se desvían respecto a lo que nuestras propias acciones nos hacen esperar.
He puesto el énfasis en la manera en la que calibramos nuestras acciones frente
a los impulsos visuales, pero lo mismo vale para los impulsos de los otros
sentidos. Si permanecemos cerca de un hombre en una habitación a oscuras y nos
estiramos para tocarlo, atribuiremos la percepción de la presión de nuestra
mano a nuestra propia acción. El hombre está quieto y lo hemos tocado.
Alternativamente, si mantenemos un brazo inmóvil y de repente sentimos que el
cuerpo del hombre nos presiona la mano, suponemos que se ha movido él y no
nosotros. La percepción de la mano puede ser exactamente la misma en ambos
casos, pero solo en el segundo caso percibimos movimientos externos porque
hemos aprendido a calibrar nuestras acciones corporales frente a los efectos
que ocasionan. Mediante muchas acciones anteriores, comenzando con nuestros
movimientos aleatorios cuando éramos bebés, determinadas neuronas de
discrepancias pueden haber aprendido a calmarse hasta valores de actividad
basal de acuerdo con los efectos de nuestros movimientos. Solo percibimos el
movimiento externo cuando nuestras sensaciones se desvían de esta expectativa.
Todos estos tipos de calibración entran en funcionamiento cuando caminamos. A
medida que paseamos por un paisaje quieto, sentimos que todo el movimiento
tiene que ver con nuestras propias acciones. Al haber calibrado previamente las
señales procedentes de nuestros pies, piernas, ojos y cabeza entre sí y con las
neuronas que impulsan su actividad, somos conscientes de que andamos por un
mundo fijo. Por el contrario, si nos paramos en un pasillo rodante, percibimos
que nos están llevando. A pesar de que la información visual que recibimos es
similar a la que recibimos al caminar, las neuronas que normalmente se
activarían cuando movemos las piernas permanecen en silencio. Esta desviación
de lo esperado puede estimular determinadas neuronas de discrepancias y dar la
sensación de que el movimiento se impulsa desde el exterior. Si comenzamos a
caminar por el pasillo rodante, entonces comenzamos a sentir que los desplazamientos
visuales que percibimos son consecuencia de nuestras propias acciones. Pero
todavía hay cierta discrepancia, porque los desplazamientos visuales son
mayores de lo que esperaríamos según nuestras experiencias previas al caminar,
y tendríamos la sensación de que andamos mucho más rápido de lo que solemos ir.
Tales calibraciones son importantes porque nos permiten afianzarnos en el mundo
y actuar con más eficacia dentro de él. Si vemos que una manzana cuelga de un
árbol, dirigirnos hacia la manzana y cogerla constituye una acción
relativamente sencilla. Sin embargo, imaginemos que no hemos calibrado
previamente nuestras acciones con sus efectos. A medida que miramos la manzana,
la escena ante nosotros parecería que comienza a saltar a nuestro alrededor con
cada movimiento ocular. Girar la cabeza hacia la manzana haría que el mundo
girase sobre nosotros. Y a medida que intentáramos caminar hacia el árbol,
sentiríamos que el suelo se mueve y que sube hasta encontrarse con el pie. Todo
parecería dar vueltas a nuestro alrededor y cuanto más hiciésemos para
corregirlo, peor lo estaríamos poniendo: en vez de caminar suavemente hacia la
manzana, andaríamos dando traspiés como un borracho desconcertado.
La capacidad para sujetarnos al mundo depende de toda una serie de
calibraciones cruzadas. Gracias a esta riqueza combinatoria, nuestras neuronas
son capaces de integrar muchas acciones y sus efectos sensoriales. Esto nos
permite aprender continuamente de las discrepancias al comparar un componente
con relación a otro. Al aplicar de forma recurrente el mismo sistema
relacional, aprendemos a calibrar muchos sistemas entre sí y a actuar con más
eficacia. Los principios de la riqueza combinatoria y de la recurrencia no son
solo importantes para aprender de nuestro entorno, sino que también son el
centro de nuestras acciones.
§. Un periplo activo
En el capítulo anterior vimos que podíamos concebir
el aprendizaje como un periplo por el espacio neural. Ahora vemos que este
periplo no solo implica que respondamos a los acontecimientos que nos rodean,
sino que actuamos continuamente, y con ello cambiamos lo que experimentamos.
Cuando movemos los ojos o giramos la cabeza, vemos desde nuevas perspectivas.
Podemos aprender del modo en el que nuestras acciones influyen en nuestra
experiencia, y esta información se realimenta para influir en otras acciones y
experiencias. Nuestro periplo por el espacio neural no está empujado
pasivamente por el entorno y las percepciones, sino que interviene
constantemente la realimentación con nuestras acciones.
Al nacer ya contamos con algunas acciones y respuestas instintivas, y para
darnos cuenta nos bastará con ver cómo un recién nacido mueve y tiende los
brazos y las piernas. Estas reacciones instintivas proporcionan la rampa de
lanzamiento para un viaje neural mucho más largo, durante el cual nuestras
acciones y experiencias están de manera continua alimentándose mutuamente. Con
este proceso aprendemos las relaciones entre las acciones y sus efectos, y esto
nos conduce a nuevas regiones del espacio neural. La calibración ilustra cómo
tiene lugar el aprendizaje. Pero este tipo de ejemplos no son más que la punta
del iceberg.
Volvamos a los experimentos de Romo y Schultz del capítulo anterior, en los que
el mono aprendía a responder al sonido de una puerta para luego recoger un
trozo de manzana de una caja. Podemos dividir este proceso en dos tipos de
aprendizaje: el primero consistiría en aprender la acción necesaria para
retirar la recompensa (meter la mano en la caja); el segundo consistiría en
aprender que el sonido de la puerta predice que esta acción será recompensada
(sin el sonido de la puerta, la caja está cerrada e inaccesible para el mono).
Ahora vamos a profundizar en cada una de estas etapas de aprendizaje.
Antes de que al mono se le enseñara a responder al sonido de la puerta, Romo y
Schultz dejaron la puerta de la caja abierta durante un rato para permitir que
el mono aprendiera que al meter la mano en la caja a veces le recompensaba con
un trozo de fruta. Este aprendizaje surge a través del comportamiento
exploratorio iniciado por el propio mono. El mono no necesita esperar una señal
externa para explorar, sino que comienza con sus propios movimientos
exploratorios dentro de un determinado contexto (en este caso, la jaula en la
que está). Este comportamiento podríamos llamarlo curiosidad instintiva.
Entonces, el mono encuentra que el inicio de algunas acciones, como meter la
mano en la caja, a veces va seguido de recompensas. En otras palabras, aprende
una acción relacionada con un objetivo, una expectativa de que se puede obtener
una determinada recompensa después de iniciar una determinada acción. Esto se
parece a lo que encontramos con la calibración visual, en donde se espera un
desplazamiento visual determinado después de iniciar un movimiento ocular. La
principal diferencia es que, para el aprendizaje exploratorio del mono, la
relación entre la acción y el efecto es más complicada: solo algunas de las
muchas acciones posibles obtienen una recompensa, y también varía el retraso
entre el inicio de las acciones y sus efectos. No obstante, los principios
básicos del aprendizaje a través de la interacción de acciones, expectativas y
discrepancias son los mismos.
Al relacionar las acciones con sus efectos, el proceso del aprendizaje
exploratorio no solo es similar a la calibración, sino que se construye sobre
él. El mono es capaz de llevar a cabo movimientos exploratorios porque ya se ha
sujetado al mundo y sabe cómo actuar dentro de él. Esta calibración precoz
también significa que si la caja se mueve ligeramente, el mono sabe cómo
ajustar sus movimientos para conseguir encontrar la recompensa. Es mediante la
interacción entre la calibración y la exploración como se aprenden las acciones
relacionadas con objetivos.
El entrenamiento con el sonido de la puerta introduce otro factor ambiental a
este proceso. Ahora, el acceso a la caja está bloqueado a menos que suene la
puerta. El mono aprende entonces que una determinada experiencia sensorial, que
suene la puerta, significa que la acción de meter la mano en la caja tendrá una
recompensa. Tal comportamiento puede surgir al extender el tipo de esquema de
aprendizaje descrito en el capítulo anterior con la incorporación de acciones
relacionadas con objetivos. En vez de limitarse a fortalecer las conexiones con
determinados movimientos del mono, el impulso sensorial se acaba conectando con
la acción relacionada con el objetivo de coger la recompensa. Esto significa
que si la caja se mueve, el mono seguirá pudiendo realizar la acción apropiada.
Este ejemplo comporta una única acción relacionada con un objetivo, recoger la
manzana de recompensa; pero también se pueden tener varios objetivos, lo que
introduce más niveles de cooperación y de competencia. Supongamos que al mono
se le presentan dos cajas con manzana de recompensa, una a la izquierda y la
otra a la derecha, y que ambas se abren a la vez al sonar la puerta. Después de
muchos intentos, el mono aprende que las recompensas se pueden encontrar en
ambas cajas. Si el mono solo moviera un brazo, entonces tendría que elegir,
cuando escuchara la puerta, entre meter la mano a la izquierda o a la derecha.
Si la recompensa de cada caja es similar, entonces quizá se mueva con la misma
probabilidad a la izquierda o a la derecha. Es importante que el mono tome una
decisión, o de lo contrario se quedaría bloqueado, incapaz de decidir a qué
lado ir y, por lo tanto, no conseguiría ninguna recompensa. Por lo tanto, las
acciones posibles tienen que luchar entre sí en el cerebro para que una gane.
Esta competencia puede transcurrir por caminos similares a los que sigue el
desarrollo, en el que las células luchan por expresar un gen particular (Delta,
como se explicó en el capítulo 3). En aquel caso, las células inhibían la
actividad del gen en otra célula, con el resultado de que si la actividad de
una célula era ligeramente superior a la de la otra, se reforzaba su ventaja y
acababa por reprimir totalmente a la otra. La diferencia respecto a la decisión
del mono es que la pugna tiene lugar a una escala de tiempo mucho más pequeña y
las neuronas son las que inhibirán la activación de las otras. Por supuesto,
los monos y los humanos no son conscientes de que se esté produciendo tal
competencia neural cuando toman una decisión. Sentimos que tomamos decisiones
por nuestra propia voluntad, pero entre bastidores las neuronas luchan hasta
que al final prevalece una acción[88].
También tenemos la situación en la que cada caja contiene una recompensa
diferente. Supongamos que las cajas a veces están vacías, y que quizá la caja
de la izquierda está vacía más a menudo que la derecha. El mono se enfrenta
ahora a una cierta incertidumbre sobre si conseguirá la recompensa o no. Con el
tiempo, aprende a favorecer la caja derecha porque, de media, le recompensa más
veces; pero también comprueba la caja izquierda con cierta frecuencia, por si
acaso ha cambiado la probabilidad de encontrar alguna manzana. Está aprendiendo
no solo a relacionar las recompensas con cada acción, sino también la mejor
estrategia que debe adoptar para verse recompensado cuando se enfrenta a un
abanico de elecciones y situaciones[89]. Tal
aprendizaje de nuevo se conseguirá mediante la interacción entre las acciones,
las expectativas y las discrepancias, aunque los esquemas neurales implicados
sean más elaborados.
Otro factor que influye en tales elecciones es el incentivo, o valor relativo,
asociado a las diferentes recompensas. Estos incentivos pueden a su vez cambiar
según las experiencias del mono. Supongamos, por ejemplo, que el mono se ha
estado alimentando con muchas manzanas y anhela una comida nueva, digamos un
plátano[90]. Si ahora
colocamos el plátano en la caja de la derecha, tras muchos ensayos, el mono
aprende a ir a la derecha más a menudo que a la izquierda. Por el contrario, si
el mono ya hubiera comido montones de plátanos, podría preferir ir a la
izquierda para conseguir la manzana. El concepto de recompensa no es fijo, sino
que también depende de la experiencia previa del mono.
El aprendizaje permite que el mono tome decisiones informadas sobre la mejor
opción en función de su experiencia previa y la situación actual. Estas
decisiones siempre se basan en relaciones, sopesando un conjunto de acciones
frente a otro. Antes de que el plátano entrase en la escena, el mono
seguramente se sentiría feliz al coger la manzana. Al introducir otra opción,
se desplazan las expectativas y el comportamiento. Los principios básicos no
son diferentes de los que nos hemos encontrado antes. En el centro del proceso
se encuentran las neuronas de discrepancias, que funcionan de acuerdo con
nuestros conocidos bucles gemelos de realimentación. Los bucles se alimentan
por un equilibrio entre variabilidad (un abanico de experiencias y acciones) y
persistencia (permanencia de la modificación en la fuerza y número de
sinapsis). La principal diferencia es que hemos introducido más niveles de interacción
entre las acciones y sus efectos, más grados de competencia, cooperación,
riqueza combinatoria y recurrencia[91].
Sin esta profusa interacción entre la acción y la experiencia, nuestros
periplos neurales serían muy diferentes. Supongamos que hubiésemos nacido sin
la capacidad de movernos, pero con todos los sentidos intactos. Seríamos
incapaces de mover los brazos o los ojos, o emitir un sonido, incluso aunque
pudiéramos ver y escuchar lo que nos rodea (he supuesto que las funciones
corporales como la respiración y el bombeo del corazón siguen funcionando para
mantenernos vivos). En esta situación, tengo mis dudas de que fuéramos capaces
de dar sentido a lo que escuchamos y vemos. Si alguien nos mostrara una
manzana, tendríamos poca idea de lo que ha pasado, seríamos incapaces de
seguirla con los ojos, y como nunca la habíamos cogido ni mordido, no
tendríamos ni idea de su tacto ni su sabor. Incluso la noción de manzana como
objeto externo nos resultaría extraña porque nunca habríamos tenido la ocasión
de explorar activamente la relación entre nosotros y cualquier objeto de
nuestro entorno. La imposibilidad de movernos sería una incapacidad mucho mayor
que perder alguno de los sentidos. Un ciego o un sordo pueden todavía formarse
una idea coherente del mundo porque son capaces de moverse por él y explorarlo
con sus propias acciones. El psicólogo Hermann von Helmholtz resaltó la
importancia de ser capaz de actuar para dar sentido al mundo, al escribir en
1866:
Solo conseguimos aprender a estar seguros de
nuestros juicios sobre las causas de nuestras sensaciones cuando reunimos
voluntariamente en diferentes relaciones los órganos sensoriales con los
objetos. Esta clase de experimentación comienza en la más tierna infancia y
continúa durante toda la vida sin interrupción. Si los objetos hubiesen
simplemente pasado revista ante nuestros ojos por alguna fuerza extraña sin que
pudiéramos interaccionar con ellos de ningún modo, probablemente nunca
conseguiríamos orientarnos en tal fantasmagoría óptica.[92]
§. Se aprende con otros
Hasta ahora hemos estudiado que los individuos
consiguen aprender gracias a sus propios esfuerzos. Pero existe otra opción,
sobre todo para los animales sociales como los humanos: aprender de los otros.
Podemos aprender a copiar las acciones de alguien o aprender de lo que hacen o
dicen. Podría parecer que esta forma de aprendizaje es bastante diferente de lo
que hemos descrito hasta ahora porque la información parece venir simplemente
de fuentes externas. Sin embargo, incluso aquí, el aprendizaje puede estar
cimentado en nuestras propias acciones.
En los años noventa del siglo XX, Vittorio Gallese, Giacomo Rizzolatti y sus
colaboradores en la Universidad de Parma estaban registrando las señales
eléctricas de las neuronas cerebrales de los macacos[93].
Identificaron un conjunto determinado de neuronas que se activaban cuando un
mono realizaba determinadas acciones relacionadas con objetivos, como coger
fruta de una mesa. Cabe destacar que hallaron que estas mismas neuronas también
se activaban cuando el mono observaba al experimentador u otro mono realizar la
misma acción. Aquí, el objetivo es importante: si un mono observa que alguien
agarra algo sin que haya ninguna fruta en la mesa, entonces no se activan las
neuronas. Se las denomina neuronas especulares porque responden a las acciones
externas de un modo que replica las acciones impulsadas por el propio animal.
Las neuronas especulares indican que nuestra respuesta a los otros estaría
estrechamente conectada con nuestras propias acciones. A medida que aprendemos
acciones relacionadas con objetivos, podemos fortalecer las conexiones neurales
entre determinadas acciones y sus efectos. El mono es testigo de los
movimientos de su brazo a medida que lo extiende para alcanzar la fruta, y los
asocia con la obtención de una recompensa. Cuando el mono ve que otro individuo
realiza el mismo tipo de acción, entonces se podrían estimular algunas de estas
mismas neuronas. El resultado global es que las acciones de otros individuos se
conectan a las acciones del propio mono, conexión que le permitiría interpretar
lo que otros individuos están haciendo y, por lo tanto, aprender de ellos. El
aprendizaje relacionado con conocer o imitar a los otros no es un fenómeno
unidireccional, sino que está cimentado en el modo en el que aprendemos de
nuestras propias acciones y en el que utilizamos los conocimientos para ayudar
a forjar relaciones con los otros. Del mismo modo que una persona inmovilizada
no comprendería que tiene una manzana ante sí, tampoco se harían una idea de lo
que significa que alguien agarre dicha manzana: al no haber realizado nunca tal
movimiento por sí mismos, la acción les resultaría absolutamente misteriosa.
Esta interacción entre nuestros movimientos y los de otros da cabida a otro
tipo de cooperación. Si estamos hablando con alguien, realizamos toda clase de
acciones: además de hablar una parte del tiempo, movemos los ojos, cambiamos la
expresión de la cara y corregimos la postura. El interlocutor percibe estas
acciones y le estimulan determinadas reacciones: sus ojos podrían seguir a los
nuestros y su expresión facial podría cambiar según lo que digamos y hagamos. A
su vez, nosotros percibimos estas reacciones, por lo que nuestras acciones nos
vuelven por mediación del interlocutor. Por supuesto, al interlocutor también
le ocurre lo mismo: ve reflejadas sus acciones a través de nosotros. Tenemos
dos bucles de realimentación engarzados en los cuales nuestros movimientos y
los de nuestro interlocutor están entrelazados. Esta cooperación mutua permite
que nuestro cerebro se comunique con eficacia con el suyo. Lo vemos más claro
cuando se rompe uno de los bucles de realimentación: si los ojos del
interlocutor pierden brillo, o si responde de un modo que demuestra que no ha
escuchado lo que decíamos, sentimos que la comunicación se ha bloqueado.
Nuestras acciones ya no reciben la realimentación esperada del interlocutor y
se pierde la intimidad. Como dijo el neurocientífico Chris Frith: «Cuando dos
personas interaccionan cara a cara, intercambian los significados mediante un
proyecto cooperativo»[94].
Los senderos neurales que tomamos al llegar al mundo no son independientes de
los tomados por otros. Nuestros periplos influyen y responden continuamente a
los senderos que nos rodean. Los principios básicos mediante los cuales esto
acaba sucediendo pueden no ser muy diferentes de los que ya hemos descrito. En
el centro de este proceso se encuentra la detección y el aprendizaje a partir
de discrepancias mediante nuestro ya conocido doble bucle de realimentación. La
única diferencia que ahora afecta a la interacción entre nuestras acciones y
experiencias, y las de otros, es que hay más niveles de cooperación, de riqueza
combinatoria y de recurrencia.
Hemos visto que la receta creativa para la vida proporciona un marco de trabajo
conceptual para conocer nuestra capacidad de aprendizaje a partir de nuestras
propias acciones y de las de otros. Incluso así, coger una fruta o tener una
conversación podría parecer muy alejado de la aparición de una nueva idea o de
la creación de un cuadro hermoso. ¿Qué hay detrás de esa inteligencia y
creatividad, y cómo se relaciona con los procesos que hemos tratado? Para
responder esta pregunta, estudiaremos cómo aprendemos a ver las cosas de
determinada manera.
Capítulo 9
Visión por comparación
Contenido:
§. El ojo neural
§. Varios ojos
§. Vemos mediante modelos
§. Aprendizaje a muchos niveles
§. Ascendente y descendente
§. Interpretaciones en pugna
§. Una cuestión de estilo
§. Actos creativos
Diez años después de que Cézanne pintara el retrato
del marchante de arte Ambroise Vollard (lámina 1), Pablo Picasso pintó su
propia versión del mismo tema (figura 62, lámina 2). De estilo cubista, el
retrato de Picasso es muy diferente del de Cézanne: mientras que este último
retrata su modelo como una forma sólida con bloques de color, Picasso utiliza
elementos angulares y una estrategia más abstracta. Al explorar de diferente
manera cómo ven lo mismo, cada artista captura diferentes aspectos y destaca cada
relación a su manera.
Apreciar las relaciones desde perspectivas nuevas no es solo una característica
del arte, sino que reside en el centro de todas las formas de creatividad
humana. Wordsworth vio sus propias andanzas solitarias en las de una nube.
Newton relacionó la caída de una manzana con la órbita de los planetas
alrededor del sol. Beethoven exploró nuevas relaciones tonales cuando compuso
sus sinfonías. A una escala más modesta, realizamos actos creativos
equivalentes cada día, mediante actividades como ordenar las flores en un
jarrón o construir una nueva frase cuando hablamos[95]. En todos
estos casos, las relaciones se exploran de nuevas maneras, sin importar que se
trate de objetos, movimientos, sonidos o palabras.
En los dos capítulos anteriores examinamos cómo aprendemos a predecir y a
actuar. Ahora quiero estudiar cómo aprendemos a interpretar o a ver las cosas
que nos rodean de un modo particular. Veremos que estos tres procesos
(predicción, acción e interpretación) están íntimamente conectados, gracias a
lo cual llegaremos a las raíces de la creatividad humana. Tal y como nos
podríamos imaginar, estas raíces no necesitan ningún principio fundamentalmente
nuevo, sino que encontraremos otra aplicación de nuestra conocida receta
creativa. Pero en la receta intervendrán otras ramificaciones relacionadas con
el modo en el que las neuronas interaccionan y compiten unas con otras.
Figura 62. Retrato de Ambroise Vollard, Pablo Picasso, 1909. Véase la lámina
2.
La ambigüedad será un buen comienzo. Fijémonos en
el cuadro del centro de la figura 63, en el que podemos ver o bien una anciana
ojerosa de perfil o bien una joven volviéndose de espaldas. Estas dos
interpretaciones son más claras en los cuadros que la enmarcan, en los que he
introducido algunas modificaciones para presentar a la anciana (izquierda)
o a la joven (derecha). Cuando miramos el cuadro central podremos ver
una de las dos mujeres, aunque el impulso sensorial sea exactamente el mismo.
Nos topamos con situaciones parecidas en los cuadros de Arcimboldo (láminas 7 y
8), que se pueden ver como montones de libros y verduras, o como caras. Tales
ejemplos muestran que la percepción no es tan solo lo que detectan nuestros
sentidos, sino que también depende de lo que interpretemos. Nuestras
percepciones tienen un fuerte componente que procede de nosotros mismos.
Nuestras percepciones también adolecen de ciertas constricciones. Cuando
contemplamos cuadros ambiguos como el del centro de la figura 63, solo hacemos
una interpretación de cada vez (o vemos una anciana de perfil o una joven dando
la espalda), pero nunca ambas al mismo tiempo. Nuestro cerebro parece obligado
a resolver el cuadro de un modo o del otro. De igual forma, lo que vemos puede
estar influido por lo que ya tenemos en mente. Si miramos primero el cuadro de
la izquierda de la figura 63 y luego pasamos a mirar el central, es más
probable que veamos a la anciana. Por el contrario, si miramos la imagen
central después de haber contemplado la de la derecha, es más probable que
veamos a la joven. Lo que vemos podría depender de lo que hayamos visto antes o
de lo que esperamos ver. Estas expectativas están enraizadas en experiencias
aún más antiguas. Si nunca hubiéramos visto una anciana o una joven, veríamos
el panel central de la figura 63 con una luz diferente. Quizá lo veríamos como
un patrón abstracto en blanco y negro, que sería otra interpretación válida.
Nuestras interpretaciones no vienen dadas, sino que están constreñidas por la
historia de nuestras experiencias.
Figura 63. Dibujo central: Mi mujer y mi suegra. Edwin Boring, 1930. El
dibujo se ha modificado para resaltar a la anciana (izquierda) y a la joven
(derecha).
¿Cuál es la base neural de las interpretaciones y
por qué están constreñidas de esta manera? Se sabe que algunas regiones del
cerebro intervienen en la respuesta a determinados objetos. Por ejemplo, hay
una región conocida como el área fusiforme facial que está implicada en el
reconocimiento de objetos complejos, como las caras[96]. Las
personas con lesiones en esta zona tienen dificultades para interpretar o
reconocer caras, una enfermedad conocida como prosopagnosia[97]. Sin
embargo, todavía desconocemos la manera en que tales regiones del cerebro, ni
las neuronas que están en ellas, adquieren su capacidad interpretativa, por lo
que todavía no se puede dar una respuesta detallada a la manera en la que
conseguimos aprender a ver las cosas de un modo determinado. No obstante,
podemos utilizar los principios e interacciones que hemos estudiado como una
caja de herramientas conceptual para explorar algunos de sus aspectos.
Cuando intentamos atravesar un territorio prácticamente desconocido, una
estrategia consiste en encaminarse en una dirección determinada para hacerse
una idea de su configuración. La dirección elegida quizá no sea la mejor, pero
al seguirla se nos revelarán algunos de los problemas a los que nos enfrentaremos.
Esta es la estrategia que voy a seguir en este capítulo: quiero presentar una
manera concreta de considerar la base neural de las interpretaciones. Mi
objetivo no consiste en proporcionar una explicación definitiva porque, sin
duda, muchos de los detalles que aparecerán serán incorrectos, sino que deseo
seguir este camino para resaltar algunos principios fundamentales y los
problemas que le afectan. El camino puede resultar arduo a veces, pero
recordemos que lo importante no son los pormenores del viaje, sino lo que
aprendemos durante el camino.
Los ejemplos se basarán principalmente en la interpretación de las imágenes
visuales, aunque los principios que se tratarán valdrían igualmente para otras
modalidades sensoriales, como el oído o el tacto. Como siempre, la
simplificación inicial del problema nos ayudará a abordarlo: en vez de tratar
con la interpretación de imágenes complejas, como una cara, quiero comenzar con
algunos casos unidimensionales más simples.
Supongamos que vivimos en un mundo que contiene personas lineales. Cada persona
estará formada por una línea gris clara con una región oscura dentro. La figura
64 muestra dos tipos de personas que podríamos encontrarnos. Una de ellas es
María, reconocible porque la región oscura está centrada. La otra es Juan, cuya
región oscura está ligeramente descentrada. Cuando miramos la figura 64, vemos
que Juan es como María, pero con la región oscura desplazada ligeramente a la
derecha. Somos capaces de ver esta relación porque estamos muy acostumbrados a
mirar e interpretar los objetos que nos rodean. El problema consiste en
concebir un sistema neural que consiga el mismo resultado, o sea, un sistema
que vea a Juan y a María como la misma clase de entidad, al mismo tiempo que
también detecte que son diferentes. Para ayudar con este problema, voy a
introducir lo que denomino ojos neurales, que aunque en principio
parezcan más bien teóricos, finalmente veremos que se corresponden con
diferentes niveles de procesamiento en el cerebro.
Figura 64. Representación unidimensional de Juan y María.
§. El ojo neural
Cuando movemos los ojos, el cambio de su posición
produce el cambio correspondiente de los impulsos neurales que llegan a nuestro
cerebro. Pero se puede conseguir lo mismo sin mover el ojo, solo con los
elementos básicos que se ilustran en la figura 65. A la izquierda de esta
figura se ve una neurona (la neurona receptora) que recibe los impulsos
estimuladores de una neurona situada a su izquierda (I) y de otra situada a su
derecha (D). La misma disposición se repite a la derecha de la figura, pero
añadiendo una neurona más que denomino neurona de selecciones. La activación de
la neurona de selecciones bloquea en la neurona I su capacidad para enviar
señales a la neurona receptora, como si el cable de conexión se hubiese roto.
Esto puede ocurrir mediante un proceso denominado inhibición pre sináptica, en
el cual la activación de una neurona interfiere con la capacidad de otra para
liberar neurotransmisores desde su terminación[98]. El
resultado es que la neurona receptora solo tiene una conexión viva con la
neurona D, mientras que la conexión con la neurona I está muerta (se muestra en
gris). La neurona de selecciones ha hecho cambiar lo que el receptor está
escuchando. Este cambio es reversible: si la neurona de selecciones deja de
estar activada, entonces la conexión a la neurona I revive y el receptor vuelve
a escuchar a las neuronas I y D.
En este ejemplo, la activación de la neurona de selecciones simplemente bloquea
la transmisión de una línea de comunicación. Se pueden concebir esquemas
ligeramente más complicados, en los que la activación de una neurona de
selecciones puede desplazar la conexión viva de una neurona a otra. Por
ejemplo, supongamos inicialmente que la conexión de la izquierda está viva y la
de la derecha inhibida, y que la activación de una neurona de selecciones
destruye la conexión izquierda al mismo tiempo que se libera la de la derecha.
En este caso, la activación de la neurona de selecciones traslada con eficacia
la atención del receptor desde una neurona a la otra. De nuevo, el cambio es
reversible: si la neurona de selecciones deja de estar activada, la conexión
viva vuelve a ser la del impulso desde la izquierda.
Si aplicamos esta idea a muchas neuronas, llegaremos a la situación ilustrada
en la figura 66: el panel superior muestra la imagen de María sobre algunos
fotorreceptores retinianos. Estas neuronas envían su señal a otro conjunto de
neuronas, que funcionan en lo que denomino el nivel 1. He mostrado dos
conexiones entre cada neurona de nivel 1 y los fotorreceptores de la retina,
una de la cuales está viva (en negro) mientras que la otra está muerta (en
gris). Las conexiones vivas apuntan directamente a la retina. Debido a la
disposición ordenada de estas conexiones, el nivel 1 replica esencialmente el
patrón de actividad de la retina, que forma lo que se conoce como un mapa
retino tópico. Las conexiones grises están ordenadas de un modo parecido, pero
están desfasadas y forman conexiones diagonales con los fotorreceptores
retinianos. Aunque muestre conexiones directas entre el nivel 1 y la retina,
las conexiones pueden ser mucho más indirectas y combinarse en diferentes
niveles intermedios (más tarde veremos que el nivel 1 puede corresponder a una
región de nivel superior en la corteza visual del cerebro). Lo realmente
importante para lo que vendrá después es que las diferentes conexiones con el
nivel 1 están dispuestas de manera retino tópica, en fiel reflejo de la
organización del ojo.
Figura 65. Selección de los impulsos que llegan a una neurona
Quiero introducir el concepto de movimiento del ojo
neural, equivalente a un movimiento físico de un ojo. Observemos el panel
inferior de la figura 66, en donde muestro lo que denomino una neurona de
movimientos del ojo neural. Esta neurona determina qué conexiones entre la
retina y el nivel 1 estarán funcionales. Lo he distribuido de tal modo que el
incremento de la activación de la neurona de movimientos del ojo desplace todas
las conexiones funcionales hacia la derecha. No se produce ningún movimiento físico
de las neuronas; lo que cambia es cuáles de ellas transmitirán señales neurales
desde los fotorreceptores. Las conexiones que antes eran grises se vuelven
negras, mientras que las negras se vuelven grises. Tras este desplazamiento,
cada neurona del nivel 1 recibe su señal desde una región más avanzada de la
retina. Por ejemplo, la neurona señalada con la flecha blanca, que antes no
recibía ninguna señal, ahora recibe el impulso desde María. El resultado global
es equivalente a lo que ocurriría si hubiéramos conservado las conexiones
originales y movido la retina hacia la derecha. La neurona de movimientos del
ojo neural está haciendo algo similar a la neurona de movimientos del ojo en
los esquemas del capítulo anterior (figura 59), solo que ahora estamos
desplazando internamente las conexiones funcionales, en vez de mover
físicamente la retina.
Figura 66. Observación de María con las conexiones verticales vivas de nivel
1 (panel superior), o después de un movimiento del ojo neural tras el cual las
conexiones diagonales vuelven a estar en funcionamiento (panel inferior). La
longitud de las líneas verticales dentro de las neuronas indica el nivel de
actividad neural.
En el ejemplo, los impulsos se desplazaron una
neurona hacia la derecha, pero también hubiera valido cualquier otro
desplazamiento. Para ello necesitaríamos más conexiones inactivas entre cada
neurona de nivel 1 y la retina, que se extenderían más a la izquierda y a la
derecha de la retina. En un momento dado solo sería funcional una de las muchas
posibles conexiones con cada neurona de nivel 1. Supongamos que cuanto más se
activa la neurona de movimientos del ojo neural, más conexiones funcionales se
desplazan hacia la derecha. De igual forma, la activación de otra neurona de
movimientos del ojo neural podría desplazar las conexiones funcionales hacia la
izquierda. De este modo moveremos el ojo neural igual que moveríamos un ojo
normal, pero sin que haya ningún movimiento físico del ojo, solo cambios en las
conexiones que están activas. Por comodidad, a menudo diré que los
desplazamientos respecto a lo que recibe el nivel 1 son movimientos de un ojo
neural, ya que tienen un efecto parecido a los movimientos oculares. Pero
conviene tener muy presente que un movimiento del ojo neural no implica ningún
movimiento físico, sino tan solo que cambien las conexiones funcionales. El
movimiento de un ojo neural sigue siendo un proceso físico, pero implica
cambios de la capacidad de señalización de las neuronas del cerebro (p. ej.,
por inhibición pre sináptica) en lugar de contracciones de los músculos
oculares.
Supongamos que ahora aprendemos a seguir a María con nuestro ojo neural a
medida que se mueve respecto a nosotros, a la izquierda o a la derecha sobre la
línea negra de fondo (este movimiento también se puede generar cuando nos
movemos respecto a ella). Esto implicaría una forma de calibración similar a lo
que encontramos en el capítulo anterior: detectaríamos discrepancias cuando se
mueve respecto a nosotros y, entonces, ajustaríamos nuestros ojos neurales para
reducirlas. Sin embargo, ahora estamos calibrando nuestros movimientos del ojo
neural en vez de los movimientos físicos. Calibramos de acuerdo con una perspectiva
particular de María: cuando está en el centro. Nuestro ojo neural siempre
intenta conservar esta imagen original a medida que María se traslada.
Esta calibración requiere que nuestro sistema neural sea capaz de detectar
desplazamientos de la posición de María. Recordemos que ser capaz de detectar
los desplazamientos visuales o el movimiento requiere combinar la información
de varios fotorreceptores. En la figura 67 se muestra un posible esquema de la
manera en que nuestro ojo neural podría hacerlo, en el cual he introducido un
nivel más (nivel 2) que contiene tres neuronas, A, B y C (ABC), que reciben los
impulsos desde el nivel 1. La neurona A mira el tercio izquierdo del campo
visual, la neurona B el tercio central y la neurona C el tercio derecho. Para
simplificar las cosas, he mostrado solo las conexiones funcionales entre la
retina y el nivel 1, no las muchas conexiones inactivas (grises) que también
están presentes. A medida que María se traslada ligeramente de izquierda a
derecha sobre el fondo, podemos aprender a seguir su movimiento mediante los
movimientos del ojo neural, que siempre intenta mantener la perspectiva
original que tenemos de ella. Los cambios detectados por las neuronas ABC
regresarían a la neurona de movimientos del ojo neural para que este le siga la
pista. El resultado neto es que si María se mueve respecto a nosotros, el ojo
neural la seguirá para mantenerla a la vista, lo que tiene el efecto de
estabilizar la imagen de María, al menos para las regiones del cerebro que funcionan
de este modo.
Figura 67. Conexión de los movimientos del ojo neural con las señales
visuales recibidas por las neuronas ABC.
§. Varios ojos
Hasta ahora, el movimiento de un ojo neural no ha
conseguido nada que no pudiéramos hacer ya físicamente moviendo un ojo real.
Pero los ojos neurales tienen una gran ventaja sobre los normales: podemos
tener más de dos. Tal y como apuntaron David Van Essen y colaboradores en
Caltech en 1993, la interpretación visual se conseguiría gracias a la
existencia de muchos ojos neurales[99]. Para
hacernos una idea de cómo podría funcionar esto, tenemos que añadir otro nivel
a nuestro esquema.
Figura 68. Ojos neurales con un nivel más.
La figura 68 muestra el mismo esquema que antes,
pero con la inserción de un nivel más: en vez de un conjunto de neuronas ABC en
el nivel 2, tenemos ahora tres conjuntos, a saber a, b, y c (abc), cada uno de
los cuales es como el conjunto ABC, excepto que abarca una parte más pequeña
del campo visual. Mientras que la información de las neuronas ABC (ahora nivel
3) en conjunto abarca todo el campo, cada conjunto abc solo se ciñe a un tercio
del campo. Del mismo modo que las neuronas ABC descritas antes podían
concebirse como un ojo neural que se podía mover mediante el control de las
conexiones entrantes funcionales, las neuronas abc del nivel 2 también se
pueden concebir como ojos neurales que se pueden mover controlando qué impulsos
entrantes están en funcionamiento. Es como si tuviéramos cuatro ojos neurales
móviles, un ojo neural grande (el óvalo grande ABC, nivel 3) para captar toda
la escena, y tres ojos neurales pequeños (los óvalos pequeños abc, nivel 2),
cada uno de los cuales captaría solo una parte. Cada uno de estos ojos neurales
tiene sus propias neuronas de movimientos del ojo neural para controlar las
conexiones entrantes que están en funcionamiento y, en consecuencia, moverlo
(para simplificar el diagrama, no he mostrado estas neuronas de forma
individual). La activación de las neuronas de movimientos del ojo neural que
controlan el ojo grande desplaza hacia delante todas las conexiones funcionales
entre los fotorreceptores y el nivel 1. La activación de las neuronas de
movimientos del ojo neural que controlan el ojo neural pequeño de la izquierda
desplaza hacia delante las conexiones funcionales entre los fotorreceptores y
el nivel 1 del tercio izquierdo del campo visual. De igual forma, las neuronas
de movimientos del ojo neural para los otros dos ojos pequeños desplazan hacia
delante las conexiones funcionales relevantes. A medida que María se traslada,
cada ojo neural puede entonces aprender a seguir lo que ve, aferrándose y
siguiendo la característica visual que cubre, siempre intentando mantener la
perspectiva original de María. Las señales neurales procedentes de esta
posición original de María en el centro forman una referencia estándar que el
sistema neural recordará y con la que siempre intentará encontrar las
coincidencias[100].
A medida que nuestros ojos neurales siguen los movimientos de María, emergen
ciertas tendencias. Los tres ojos pequeños, por ejemplo, siempre tienden a
moverse juntos. Si María se mueve a la derecha, los tres ojos neurales también
lo hacen y muestran correlaciones en los patrones de su movimiento. Nuestro
sistema neural podría aprender estas tendencias mediante la alimentación de los
impulsos desde las neuronas de movimientos del ojo neural a lo que yo
llamo neuronas de correlaciones, que pueden capturar las
principales maneras en que los impulsos tienden a activarse juntos. No
necesitamos entrar en los detalles del mecanismo porque intervienen bucles
neurales de aprendizaje y principios similares a los encontrados antes para las
neuronas de discrepancias[101]. A medida
que nuestros ojos neurales siguen a María, la fuerza de las sinapsis entre las
neuronas de movimientos del ojo neural y las neuronas de correlaciones se
modifican poco a poco, por lo que las neuronas de correlaciones comienzan a
responder de una manera que es consecuencia de que los ojos neurales tiendan a
moverse juntos. A través de este aprendizaje, nuestro sistema neural espera
este patrón de movimientos del ojo neural, y cualquier desviación de él se
registraría como una discrepancia. Habiendo entrenado nuestro sistema neural
sobre María, ¿qué ocurre cuando miramos a Juan? Ya que los ojos neurales han
aprendido a mantener una perspectiva particular de María, intentarán hacer lo
mismo con Juan. En la figura 69 se muestra un posible resultado. El ojo grande
y los ojos pequeños de la izquierda y de la derecha están en las mismas
posiciones que antes, pero el ojo pequeño central ha desplazado su punto de
vista hacia la derecha para conseguir que la región oscura esté a la vista. Al
desplazar su mirada, el ojo neural central ahora recibe la misma entrada que si
estuviera mirando a María, por lo que la señal visual que entra en cada ojo
neural es exactamente la misma que cuando los ojos neurales estaban mirando a
María. Estamos mirando a Juan, pero lo vemos como veríamos normalmente a María.
Estamos viendo a Juan como María.
Figura 69. Cómo se mira a Juan después de haber entrenado los ojos neurales
sobre María
En lo referente a los impulsos visuales que llegan
a los ojos neurales, no hay diferencia al mirar a distintas personas. Pero se
detecta una diferencia mediante las neuronas de correlaciones porque detectan
una discrepancia cuando miramos a Juan, ya que al haber capturado la tendencia
de que los tres ojos pequeños se mueven juntos (a través del aprendizaje neural
basado en María), ahora encontramos que el ojo pequeño central se ha movido de
modo diferente a los otros. La misma discrepancia se detectará cuando miremos a
Juan, siempre y cuando esté sobre el fondo. Este desplazamiento distintivo del
ojo pequeño central respecto a los otros ojos pequeños neurales se convierte en
un distintivo de Juan, un modo por el que nuestro sistema del ojo neural sabe
que estamos mirando a Juan y no a María.
El sistema neural ha logrado hacer lo que nos habíamos propuesto que hiciera.
Los ojos neurales nos dicen que Juan y María son la misma clase de cosa (vemos
a Juan como María), pero nuestras neuronas de correlaciones también nos dicen
que hay una diferencia entre ellos; Juan y María desencadenan diferentes
patrones de activación en las neuronas de correlaciones. He explicado este
ejemplo en detalle para resaltar algunas características generales de cómo
aprendemos a interpretar lo que vemos. Veamos ahora algunas de las
peculiaridades.
§. Vemos mediante modelos
Cuando miramos a María, nuestro sistema neural
construye una expectativa, o un modelo, de lo que ve, lo que implica que el
sistema aprende lo que cada ojo neural detecta normalmente y adónde tienden a
ir los diferentes ojos neurales. He presentado un ejemplo unidimensional
simple, pero lo mismo valdría para los objetos más complejos que vemos a
nuestro alrededor. Cuando miramos a alguien, su apariencia puede cambiar de
todas las maneras posibles: puede girar la cabeza, mover la boca o cambiar de
expresión. Estas alteraciones son mucho más complicadas que el movimiento de
María de izquierda a derecha. Sin embargo, al igual que con los movimientos de
María, hay elementos que vemos que se mueven de manera correlacionada. Cuando
giramos la cabeza, los ojos se mueven con ella; cuando alguien sonríe, la
izquierda y la derecha de la boca se mueven al unísono. De algún modo nuestro
cerebro hace un seguimiento de estos acontecimientos, lo que nos permite
desarrollar expectativas o modelos de la manera en que los diferentes elementos
de la cara tienden a moverse al unísono.
Para formar un modelo de esta manera, aprovechamos algo que se suele dar por
sentado: la continuidad física. Suponemos que frente a nosotros siempre está la
misma persona mientras la observamos. Cuando miramos continuamente a María
durante un tiempo, confiamos en que no nos la han cambiado por otra en dicho
intervalo. Esta suposición nos permite construir un modelo para esa persona,
una representación de cómo se organizan sus diferentes elementos. Si los
objetos saltaran continuamente de una identidad a otra, sería muy difícil que
estableciéramos expectativas o modelos. Si un objeto cambiara de parecerse a
una manzana a parecerse a un plátano, o a una cara, y luego a un árbol, nos
resultaría muy difícil formarnos una imagen de él. En la práctica, los objetos
no muestran tal comportamiento errático, por lo que somos capaces de aprender
lo que se denominan representaciones invariables, o sea, modelos que nos
permiten percibir una identidad invariable cuando estamos mirando algo[102]. Conservamos
este concepto sin referencia a las variaciones ocasionadas por los cambios en
una pose o expresión, del mismo modo que retenemos la misma imagen neural de
María a medida que se traslada. Al hacerlo, podemos también aprender la manera
en que los diferentes elementos de nuestro objeto se comportan unos respecto a
otros. Aprendemos las correlaciones que intervienen cuando una cara se vuelve o
sonríe. Se mantiene la identidad a pesar de que cambien algunos elementos.
Una vez que hemos establecido un modelo o expectativa para un objeto, podríamos
ser capaces de ver objetos relacionados a través del mismo modelo. Veremos a
Juan a través del modelo que nos formamos cuando observamos a María, lo que nos
permite ver una cosa como versión de otra: vemos a Juan como María. Pero de
todas formas somos conscientes de que no tenemos exactamente lo mismo frente a
nosotros debido a las discrepancias con el modelo que nos habíamos construido.
Hay un aspecto doble en relación con la visión por comparación. Tenemos un
modelo neural común a través del cual vemos los objetos relacionados, pero
nuestro sistema neural también registra las discrepancias con el modelo, lo que
nos permite saber que dos objetos son diferentes.
A medida que vemos el objeto nuevo durante un rato, podemos comenzar a aprender
el patrón de las discrepancias neurales que detectamos. Lo que distingue a
Juan, lo que se vio inicialmente como una discrepancia, se convierte en una
expectativa si comenzamos a ver a Juan con regularidad. Podemos capturar esta
expectativa mediante los circuitos de aprendizaje en los que intervienen otras
neuronas de correlaciones, y llegar a un modelo más amplio que incluye a Juan y
a María. A este modelo más amplio podríamos llamarlo un modelo de
persona. Cuando miramos a Juan o María mediante el modelo de persona, cada
uno desencadena un patrón concreto de activación de neuronas de discrepancias y
de correlaciones, lo que nos permite identificar de quién se trata. Si vemos
una tercera persona que no se parece a Juan ni a María, detectaríamos
discrepancias con nuestro modelo de persona, lo que nos conduce a otras
identificaciones y elaboraciones. Estamos continuamente construyendo
correlación tras correlación para establecer modelos más generales y
elaborados, aprendiendo cada vez del patrón de discrepancias.
Este proceso de construcción de modelo sobre modelo forma parte del periplo
neural que cada uno de nosotros sigue desde el momento en que nacemos. Todos
comenzamos al nacer con determinadas expectativas (modelos) incorporadas en las
conexiones neurales y en su distinta fuerza. También nacemos con unas
disposiciones neurales estructuradas que permiten que elaboremos y construyamos
estos modelos mediante el aprendizaje. Para nuestro esquema neural, estas
disposiciones estructuradas serían los diferentes ojos neurales y el modo en el
que se comportan juntos. En consecuencia, modificamos nuestros modelos con la
experiencia, y aprendemos las diferentes correlaciones a partir del modo en el
que el mundo cambia a medida que lo vemos y, entonces, utilizamos esta
información para elaborar aún más nuestros modelos. Se trata del principio de
recurrencia aplicado a los modelos neurales.
En el centro de este proceso de construcción de modelos se encuentra el
aprendizaje a través de las discrepancias y de las correlaciones. Como vimos
con los esquemas neurales para las neuronas de discrepancias en los dos
capítulos anteriores, este aprendizaje se basa en nuestros conocidos bucles
dobles de realimentación entre el refuerzo y la competencia, alimentado por un
equilibrio entre variación y persistencia. Basándose en una población de
experiencias (variación), determinadas neuronas potencian su propia fuerza
sináptica (refuerzo) de un modo que también genera sus propias limitaciones
(competencia), y esto conduce a cambios duraderos de la fuerza de las sinapsis
(persistencia). Los mismos principios se aplican a los esquemas de aprendizaje
para las neuronas de correlaciones, aunque no hayamos entrado en detalles. Los
bucles de realimentación son más complicados porque ahora tenemos un número
mayor de neuronas de discrepancias y de correlaciones que funcionan en
combinación, pero los principios centrales son exactamente los que hemos
tratado antes.
§. Aprendizaje a muchos niveles
Otra característica clave de nuestro esquema neural
es que en él intervienen interacciones entre varios niveles. No teníamos un
solo ojo neural, sino varios, cada uno a un nivel concreto. Estos ojos neurales
nos permitían ir más allá de lo que conseguirían los ojos normales. Mientras
que un ojo normal solo puede apuntar en una única dirección en un momento dado,
nuestros muchos ojos neurales pueden apuntar en varias direcciones al mismo
tiempo, lo que nos permite aprender sobre muchos aspectos de un objeto al mismo
tiempo. Esto es lo que nos permitía ver a Juan como María, pues el ojo pequeño
neural del centro podía mirar a la derecha mientras los otros ojos miraban de
frente.
Los diferentes niveles de nuestro esquema no trabajan por separado, sino de una
manera muy cooperativa. Lo que ve el ojo neural grande depende de hacia dónde
estén mirando los ojos pequeños neurales, porque la señal visual tiene que
atravesarlos para alcanzar el ojo neural grande. Y a la inversa, lo que ven los
ojos pequeños neurales depende del ojo neural grande porque su movimiento hace
que todos los impulsos también se desplacen. Esta relación recíproca permite
que los ojos se ayuden mutuamente. Por ejemplo, una limitación de los ojos
pequeños es que de forma individual no consiguen detectar grandes cambios
debido a que su campo visual es pequeño. Un gran desplazamiento podría sacar el
objeto de su margen, y sería un movimiento que capturaría con más facilidad el
ojo grande, al tener un alcance más amplio porque capta toda la escena. Al
seguir un gran movimiento, el ojo grande devolvería con eficacia el objeto a la
vista de los ojos pequeños, quienes entonces detectarán cualquier otro cambio
más pequeño. Y a la inversa, el ojo grande no tiene flexibilidad para seguir
los detalles de la imagen, mientras que los ojos pequeños sí pueden y, por lo
tanto, ayudarán a ofrecer una imagen más coherente al ojo grande. La
cooperación dentro de los niveles y entre ellos resulta decisiva en tales
sistemas.
En nuestro esquema simplificado teníamos una retina con unos 30 fotorreceptores
y tres niveles, pero podríamos imaginarnos una retina con muchos más
fotorreceptores y más niveles. La retina humana, por ejemplo, tiene cerca de
100 millones de fotorreceptores, por lo que hay muchas señales que podrían
penetrar en muchos niveles de integración. Si añadimos otro nivel a nuestro
esquema, cada uno de nuestros tres ojos pequeños neurales tendría sus propios
tres ojos neurales que lo alimentan, por lo que nuestro objeto acabaría
recibiendo las miradas de trece (9 + 3 + 1) ojos neurales. Con dos niveles más
tendríamos 121 (81 + 27 + 9 + 3 + 1) ojos neurales, es decir, podríamos mirar
en 121 diferentes direcciones al mismo tiempo, y cada una captaría aspectos de
un objeto a una escala concreta.
Realmente, en el cerebro humano la información visual se trata a muchos niveles[103] ,
algunos de los cuales se muestran en la figura 70. Las señales procedentes de
los fotorreceptores de la retina pasan primero a las neuronas del interior del
ojo, denominadas células del ganglio retiniano. Las señales emitidas por los
ganglios retinianos van a una región del cerebro denominada cuerpo geniculado
lateral o CGL, que envía impulsos a la región V1, que a su vez envía
impulsos a una región denominada V2. Esta a su vez está conectada a
otras regiones, como V 3 y V4. Todas estas
regiones (los ganglios retinianos, el CGL y las V1, V2, V3 y
V 4) están organizadas de manera retinotópica: todas tienen un
patrón espacial de sensibilidades que es reflejo del de los fotorreceptores del
ojo. Su información visual también se combina de diferente forma. Los campos
receptivos de las neuronas de V4 tienden a ser más grandes que
los de V2, que a su vez tienden a ser más grandes que los de V1.
Estas regiones cerebrales se sabe que interaccionan de diferentes maneras entre
sí y con otras áreas que intervienen en la visión. Sin embargo, todavía está
poco claro cómo, gracias a estas interacciones, se aprende de las
interpretaciones visuales concretas. El esquema que he presentado basado en los
movimientos de los ojos neurales es un modo de concebir lo que podría ocurrir.
El nivel 1 de mi esquema está relacionado con una de las áreas visuales del
cerebro. Los movimientos del ojo neural podrían corresponder a desplazamientos
en los impulsos que alcanzan esta región visual. Los requisitos clave son que
el área que corresponda al nivel 1 esté organizada retinotópicamente y que haya
más niveles por encima de ella que integren las señales que emite y devuelva
información para modificar sus impulsos de entrada. Tanto si en la formación de
modelos visuales interviene algo similar al esquema que he presentado de los
ojos neurales o algún otro mecanismo, tener varios niveles que cooperen
resultará probablemente decisivo. Imaginemos lo que ocurriría si miráramos las
cosas a través de un único nivel. Si únicamente pudiéramos captar la imagen muy
detallada, adquiriríamos muchísima información, pero no sabríamos cómo
integrarla. Algo así les ocurre a las personas que padecen agnosia
visual de formas[104]: cuando se
les presenta un objeto, pueden ver muchos detalles visuales, pero no son
capaces de reconocer el propio objeto. Por el contrario, si solo pudiéramos
captar la información visual en el nivel más amplio, obtendríamos una
perspectiva global, pero al carecer de información detallada, solo tendríamos
una idea vaga de lo que estaríamos viendo. Gracias a que vemos a través de
varios niveles de cooperación conseguimos llegar a interpretaciones y
reconocimientos concretos.
Figura 70. Algunas áreas del cerebro implicadas en el procesamiento visual.
Varios niveles en la vista no significa que
necesitemos un mecanismo fundamentalmente diferente para cada nivel. Los ojos
pequeños neurales, por ejemplo, funcionaban prácticamente igual que el ojo
grande. En los primeros intervenían las neuronas abc que contemplaban un tercio
del campo visual, mientras que en los segundos intervenían las neuronas ABC que
observan todo el campo. Se activaban con impulsos procedentes de ventanas
diferentes, pero el modo en el que funcionaban los ojos pequeños y el ojo grande
era el mismo. De igual forma, no necesitamos invocar procesos neurales
especiales para cada nivel de integración en el cerebro, pues los mismos
elementos básicos se pueden utilizar una y otra vez para capturar las
relaciones en una serie de escalas interconectadas. Esto se parece a la manera
en que se podría utilizar el mismo tipo de interacciones celulares para
establecer características generales o más detalladas de un embrión en
crecimiento (capítulo 4).
§. Ascendente y descendente
Cuando miramos a nuestro alrededor, es tentador
pensar que lo que vemos se basa en una cadena de eventos de procesamiento.
Recibimos información por los ojos, y la procesamos mediante una serie de
etapas en el cerebro para que nos informe de lo que estamos mirando. Esto a
veces se llama una perspectiva ascendente de la percepción porque comienza con
los simples sentidos y termina con las funciones superiores del cerebro. En
cambio, la perspectiva descendente consiste en acercarse al mundo a través de
modelos concretos que obtenemos de nosotros mismos y no de nuestros sentidos,
lo que nos permite ver e interpretar la información sensorial que recibimos.
Nuestro esquema neural ilustra de qué modo estas dos perspectivas, ascendente y
descendente, no son realmente excluyentes, sino que están entrelazadas. Cuando
vemos a María, los impulsos visuales viajan desde los fotorreceptores de la
retina a los diferentes ojos neurales de nivel superior, así que las señales
van viajando en sentido ascendente. Los cambios detectados en los ojos neurales
de los niveles 2 y 3 sirven para realimentar las conexiones con el nivel 1, lo
que influye en la dirección en la que miran los ojos neurales[105]. Tenemos un
flujo de información descendente que, a su vez, cambia las señales que llegan a
los ojos neurales de nivel superior desde el nivel 1. Tenemos una
realimentación continua entre los diferentes niveles, y no un flujo de
información unidireccional.
De igual forma, cuando miramos a Juan, el modelo que hemos aprendido al
observar a María se utiliza para dirigir los ojos neurales. Se trata de un
proceso descendente porque vemos a Juan a través del modelo de María que
llevamos implantado. Pero a medida que miramos a Juan durante un rato, nuestras
neuronas de correlaciones aprenden las discrepancias concretas y elaboran un
modelo de persona más amplio. Este proceso implica el aprendizaje ascendente
porque las señales sensoriales influyen ahora en el modelo. De nuevo se da una
realimentación continua entre los modelos y la información sensorial que
detectan. La interpretación no depende únicamente de nosotros, ni únicamente de
nuestras entradas sensoriales, sino de la continua competencia entre las dos en
el tiempo.
En el capítulo anterior vimos que nuestro periplo neural implica un diálogo
continuo bidireccional entre lo que hacemos y lo que experimentamos. Las
interpretaciones también se pueden explicar con una interacción bidireccional
parecida. Al igual que aprendemos sobre la forma en que nuestras acciones
físicas se relacionan con las experiencias, aprendemos que las acciones
internas, simbolizadas como movimientos del ojo neural, se relacionan con los
objetos que detectan. A través de la realimentación continua entre la actividad
neural interna y la información sensorial llegamos a modelos o interpretaciones
concretos que, a su vez, guían otras interacciones y experiencias, y a una
reelaboración de nuestros modelos. Nuestro periplo por el espacio neural no es
ni ascendente ni descendente, sino una mezcla inseparable de los dos.
§. Interpretaciones en pugna
Volvamos sobre el problema de por qué alternamos la
interpretación de los cuadros ambiguos, como el de la anciana y la joven.
Supongamos que después de haber aprendido un modelo de persona para María y
Juan, nos presentan una imagen que combina las características de ambos, tal y
como se muestra en la parte inferior de la figura 71. El extremo izquierdo de
la región oscura se alinea con María, pero el derecho lo hace con Juan.
Nuestros ojos neurales y las neuronas de correlaciones pueden estar repartidas
entre dos opciones: verlo como María o como Juan. El ojo pequeño neural del
centro, por ejemplo, podría dibujarse hacia la derecha o hacia el centro, o
quizá hacia un punto entre ambos. ¿Qué ocurre en esta situación? Una
posibilidad es que nuestro sistema neural no tome partido: no ve el objeto ni
como María ni como Juan. Otra opción es que se decante por uno de ellos, y
decida que quizá sea María. Puede mantenerse fiel a su decisión, o cambiar de
vez en cuando, con lo que a veces lo verá como María y otras veces como Juan.
En cualquier caso se toma alguna decisión en lugar de deambular continuamente
por tierra de nadie.
Figura 71. Los unidimensionales María y Juan, y una persona ambigua.
Parece que nuestros sistemas neurales están
estructurados de modo que se resuelvan las situaciones en vez de nadar entre
dos aguas. Tendemos a interpretar cuadros ambiguos de un modo u otro, pero no
solemos titubear en el medio. Un modo de resolver consiste en la competencia
neural. Supongamos que, mientras aprendemos nuestro modelo de persona para
María y Juan, introducimos una competencia entre las diferentes
interpretaciones. Las neuronas de correlaciones que se ven estimuladas
específicamente por María tienden a inhibir las estimuladas por Juan y
viceversa. Acabaremos con dos situaciones mutuamente excluyentes: tenderemos a
ver a María o bien a Juan, pero no a una entidad intermedia. Entonces otros
factores podrían sesgarnos hacia un estado u otro. Si hemos visto a María,
tendremos más posibilidades de ver un objeto como ella porque las neuronas
implicadas en esta interpretación ya estaban activadas. Escuchar la voz de
María también podría inclinar la balanza a su favor si previamente hemos
aprendido a conectar estos sonidos con el aspecto de María. El camino a seguir
dependerá de toda clase de factores, pero nuestro sistema neural está
organizado para ir por un lado o por otro. Tenemos un nuevo nivel de
competencia: una competencia entre interpretaciones.
¿Por qué están estructurados nuestros sistemas neurales para resolver asuntos
en vez de merodear por los estados intermedios? La respuesta se basa, en primer
lugar, en el motivo por el que realizamos interpretaciones. Supongamos que
María es una buena amiga, mientras que Juan a menudo nos resulta desagradable.
Las expectativas sobre la persona que vemos dependerá entonces de si pensamos
que es María o Juan. Si se trata de María, podríamos predecir una conversación
agradable, mientras que si se trata de Juan, podríamos anticipar que el
encuentro nos resultará menos agradable. Esto, a su vez, influye en nuestras
acciones, pues resultará más probable que nos paremos a hablar con María,
mientras que evitaremos a Juan en la medida de lo posible. Al final tendremos
que decidir qué acción tomar, hablar o evitar, por lo que es importante
resolver de qué persona se trata. Por lo tanto, tiene sentido que nuestros
sistemas neurales estén estructurados para suministrar determinadas
interpretaciones en vez de titubear continuamente sin ofrecer ninguna
resolución. La razón fundamental por la que hacemos interpretaciones es ayudar
a guiar nuestras acciones, por lo que es importante que podamos resolverlas.
Para ver lo críticas que resultan tales resoluciones, imaginemos que vamos por
la vida sin ser capaces de realizar interpretaciones decisivas. Podríamos dudar
si debemos sentarnos en lo que parece una silla porque en otros aspectos se
parece también a una mesa. Nos preguntaríamos si deberíamos dar un mordisco a
una manzana, porque también se parece en cierto modo a una pelota de tenis. O
quizá dudemos si abrir una puerta, porque también se parece a una ventana. La
vida sería imposible si dejáramos sin resolver nuestras interpretaciones de un
modo u otro. Sin estas resoluciones, seríamos incapaces de actuar, quedaríamos
atrapados en un mar de dudas. Este problema se soluciona haciendo que las
interpretaciones compitan entre sí: mediante la inhibición neural cruzada, las
interpretaciones se pueden volver mutuamente excluyentes, por lo que tenderemos
a clasificar o separar nuestras experiencias de un modo u otro. Tal
clasificación nos ayuda a actuar de un modo particular, a decidir que nos
comeremos una manzana porque no se presta a confusión con una pelota de tenis,
o a atravesar una puerta porque es diferente de una ventana. Nuestras
categorías no permanecen inalterables, sino que las modificamos mediante el
aprendizaje. Sin embargo, al crear cierto tipo de clasificación, seremos
capaces de ordenar nuestro entorno con eficacia. Tal y como vimos al considerar
el desarrollo biológico, ordenamos el mundo ordenándonos a nosotros mismos.
Pero en vez de ordenarnos mediante las interacciones intercelulares inhibidoras
que definen las regiones del embrión, ahora lo hacemos mediante neuronas que se
inhiben unas a otras según nuestras experiencias después de nacer.
Nuestras interpretaciones dependen de los mismos principios que nos hemos ido
encontrando en este libro. El doble bucle de realimentación de refuerzo y
competencia anda detrás del aprendizaje mediante discrepancias y correlaciones,
como se ilustró con los esquemas neurales para las neuronas de discrepancias en
los dos capítulos anteriores. Estos bucles gemelos son alimentados por nuestra
colección de experiencias y acciones, y conducen a cambios persistentes en la
fuerza de las sinapsis y en su cantidad. Los bucles también están impregnados
con diferentes formas de cooperación, competencia, riqueza combinatoria y
recurrencia neurales. Existe cooperación entre varios niveles, simbolizados por
los ojos neurales que actúan en combinación para producir numerosos modelos o
interpretaciones de lo que vemos. Las interpretaciones también compiten entre
sí para que veamos un objeto de un modo u otro. Todo esto ocurre al desplazar
recurrentemente las discrepancias y las expectativas. La complejidad de
nuestras interpretaciones no surge de la introducción de nuevos principios,
sino de proporcionar más ramificaciones al modo en el que funcionan nuestros
bien conocidos principios.
§. Una cuestión de estilo
Para demostrar que los mismos principios pueden
conducir a interpretaciones muy elaboradas, quiero continuar perfeccionando
nuestro esquema de ojos neurales y aplicarlo a imágenes más complejas. La meta
consiste en capturar una de nuestras interpretaciones más escurridizas, a
saber, el estilo de un artista.
En nuestro ejemplo simplificado de personas unidimensionales teníamos tres
niveles de ojos neurales que aprendían a seguir aspectos concretos de una
persona, como la región oscura central. Ahora imaginemos que se extiende este
esquema a imágenes bidimensionales y a varios niveles neurales, quizá con
cientos o miles de ojos neurales en el equivalente del nivel 2. A medida que
vemos objetos complejos, como una cara, durante cierto tiempo, nuestros ojos neurales
aprenden a seguir algunos aspectos a distinta escala. Un ojo neural grande
podría seguir la cara en su conjunto, mientras que un ojo neural pequeño que
mire hacia el centro podría seguir la punta de la nariz, o uno que mire más
abajo podría seguir la barbilla. Esta idea está ilustrada en la figura 72, que
muestra dónde están mirando algunos de estos ojos neurales pequeños cuando
observamos los retratos de Rembrandt ( izquierda) o Modigliani (derecha).
He indicado las posiciones observadas por los ojos neurales con puntos sobre
las peculiaridades, como el centro de la barbilla, el extremo izquierdo de la
boca, etc. Cada punto está colocado en una relación fija respecto a los otros
(punto blanco en el ojo izquierdo, negro en el ojo derecho, etc.). Fui capaz de
colocar los puntos de esta manera porque ya sabía cómo había que mirar e
interpretar las imágenes de rostros en dos dimensiones. Encontré con facilidad
las peculiaridades correspondientes, como la barbilla o el ojo izquierdo, en
ambos retratos. Pero imaginemos que estas posiciones fueran localizables
automáticamente por cada ojo neural debido al modo en el que han sido
entrenados gracias a la exposición a muchas caras en el pasado. De hecho, he
conseguido identificar las peculiaridades, como los ojos y la nariz, con tanta
eficacia porque mi propio cerebro ya se había expuesto antes a este
entrenamiento.
Figura 72. Posiciones en las que se fijan siete ojos neurales en sendos
cuadros de Rembrandt y de Modigliani. Izquierda: detalle de Retrato de Maria
Trip, Rembrandt van Rijn, 1639.Derecha: detalle de Retrato de una joven, Amedeo
Modigliani, 1917-1918.
Si miráramos muchos retratos de este modo, hay una
posición media a la que tenderá a ir cada ojo neural. En la figura 73
encontraremos una indicación de esta media. Esta imagen se generó al colocar
mis posiciones para los ojos neurales en 179 retratos de artistas como
Rembrandt, Modigliani y Leonardo[106]. Además de
las siete posiciones ilustradas en la figura 72, también se observaron otras
posiciones, que corresponden a otros ojos neurales. A continuación se determinó
la posición media de estos ojos neurales sobre los retratos (en la figura
73, izquierda, solo se muestran las posiciones medias para los
siete ojos neurales). Los retratos se alinearon entonces y se transformaron
por morphing según estas posiciones medias, y se superpusieron
para crear un retrato medio que, por lo tanto, representa una media basada en
una población de 179 retratos.
El retrato medio representa una expectativa, o modelo, de las posiciones a las
que tenderán a acudir nuestros ojos neurales. Cuando miramos cualquier retrato,
los ojos neurales no van precisamente a estas posiciones medias, sino que se
desvían un poco. Los ojos neurales en los retratos de Rembrandt y Modigliani de
la figura 72, por ejemplo, no están exactamente en las mismas posiciones que en
el retrato promediado. Cada retrato, por lo tanto, representa una desviación de
nuestra media, una discrepancia de nuestras expectativas. Las discrepancias no
son aleatorias, sino que muestran ciertas tendencias. En un retrato de alguien
con la cabeza girada hacia la izquierda, muchos de nuestros ojos neurales se
desplazarán juntos en la misma dirección. O si el retrato es de alguien que
sonríe, los ojos neurales que rodean la boca se mueven hacia arriba de un modo
coordinado, y capturamos estas tendencias con las neuronas de correlaciones.
Gracias al refuerzo, a la competencia y a la cooperación, estas neuronas
destilan las diferentes tendencias, la manera en la que nuestros ojos neurales
tienden a desviarse de su posición media, tal y como la vemos en la población
de 179 retratos.
Figura 73. Retrato promediado, en el que se superponen las posiciones medias
en las que se fijan los ojos neurales (izquierda). Los 179 retratos utilizados
para construir las medias son de Rembrandt, Modigliani, Leonardo, Velázquez,
Soutine, Giotto, Duccio, Freud y una selección de retratos funerarios romanos.
Este proceso de correlación y destilación neurales
se puede simular con un ordenador[107]. Los
detalles no deben preocuparnos, ya que lo realmente importante es que el
ordenador calcula las tendencias que podrían capturarse mediante determinadas
neuronas de correlaciones. El resultado de dos de estas neuronas se muestra en
la figura 74 (lámina 10). El cuadro central de cada panel muestra el retrato
promediado, mientras que los cuadros de los lados ilustran las tendencias
capturadas por la neurona de correlaciones. La neurona del panel superior ha
aprendido esencialmente a responder de acuerdo a la variación de la forma del
cuello y de la cara entre la población de retratos, activándose con rapidez
ante retratos de cuello largo, gran nariz, cabeza estrecha y labios estrechos,
pero poco ante retratos con las características opuestas. La he denominado neurona
de cabezas estrechilargas, por lo que la activa con más frecuencia, sin que
esto quiera decir necesariamente que tengamos una neurona así en nuestro
cerebro. Las propiedades de la neurona de cabezas estrechilargas son una
consecuencia de la artificialidad de la tarea que le hemos asignado: encontrar
las tendencias en el modo en que las correspondientes posiciones varían sobre
una determinada colección de 179 retratos. Aunque es muy probable que existan
en el cerebro neuronas de correlaciones, es muy poco probable que entre ellas
haya una con esta respuesta concreta. Lo que la neurona de cabezas
estrechilargas ilustra es la manera de destilar las tendencias a partir de una
población de imágenes mediante las interacciones neurales, una vez que tenemos
un modo de identificar las posiciones correspondientes (p. ej., mediante los
ojos neurales).
La neurona de correlaciones del panel inferior de la figura 74 responde de un
modo diferente porque se activa con frecuencia ante retratos con una gran nariz
y un cuello largo que no llevan sombrero, pero lo hace muy poco frente a
retratos con las características opuestas. La he denominado neurona de
cabezas largas y destocadas. En nuestra colección de retratos también los
hay con nariz y cuello más largos (como los de Modigliani) que no llevan
sombrero. Esta correlación la captura la neurona de cabezas largas y
destocadas.
Cuando vemos un determinado retrato, nuestras neuronas de correlaciones se
activarán a un ritmo determinado. Un retrato de Modigliani con una cabeza
delgada larga y sin sombrero, por ejemplo, haría que tanto las neuronas de
cabeza estrechilarga como las de cabeza alargada larga y destocada se activaran
con bastante frecuencia. He mostrado los patrones de activación que
desencadenan algunos retratos de Rembrandt y Modigliani en la figura 75. En
este diagrama, la tasa de activación de la neurona de cabezas estrechilargas
forma el eje horizontal, mientras que la tasa de activación de la neurona de
cabeza alargada y destocada forma el eje vertical. La combinación particular de
niveles de activación desencadenada por cada retrato se puede entonces
representar mediante el punto en el que se cortan los niveles de activación.
Estas posiciones (calculadas por el ordenador) se muestran como puntos gris claro
en los retratos de Rembrandt y gris oscuro en los retratos de Modigliani.
Observemos que los de Modigliani tienden a concentrarse alrededor de la parte
superior derecha del diagrama, porque la mayoría de ellos tienen cabezas
estrechilargas sin sombrero. Por lo tanto, desencadenan una fuerte activación
de la neurona de cabezas estrechilargas y de la neurona de cabeza alargada y
destocada. El Retrato de Jeanne Hébuterne de Modigliani, por
ejemplo, activa con frecuencia tanto la neurona de cabezas estrechilargas como
la neurona de cabeza alargada y destocada, colocándola en el extremo superior a
la derecha. No obstante, se dan excepciones: el retrato de Oscar
Miestchaninoff de Modigliani, por ejemplo, está ubicado cerca del
centro en vez de en la parte superior derecha porque no todos los retratos de
Modigliani tienen cabezas estrechilargas: sus retratos de hombres, en
particular, tienden a tener caras mucho más redondeadas y cuellos más cortos,
colocándolos entre los de Rembrandt.
Figura 74. Dos de las tendencias capturadas por las neuronas de
correlaciones de la colección de 179 retratos. Véase la lámina 10.
Al marcar los retratos de Rembrandt con puntos
grises claros y los de Modigliani con puntos grises oscuros, utilicé la
información que tenía sobre los cuadros, puesto que sabía qué artista lo
pintaba gracias a que estaban rotulados con su correspondiente nombre. De igual
forma, cuando vemos un retrato, además de la señal visual del cuadro, podemos
obtener más información relacionada con el artista que lo pintó. Puede que nos
encontremos con un rótulo que indique el nombre del pintor, o que alguien nos lo
diga. En tales situaciones, las neuronas implicadas en el reconocimiento del
nombre del pintor se activarían al ver un retrato pintado por Modigliani,
además de que se activen las neuronas de cabezas alargadas y destocadas y de
cabezas estrechilargas. Esta correlación se puede aprender, lo que nos
permitirá llegar a lo que denominaríamos una neurona de Modigliani. La neurona
de Modigliani captura la tendencia principal para las imágenes que sabemos que
son de Modigliani, ilustradas con una flecha que atraviesa el grupo de retratos
de Modigliani de la figura 76.
Figura 75. Patrones de activación de las neuronas de correlaciones
desencadenadas por los retratos de Rembrandt (puntos gris claro) y de
Modigliani (puntos gris oscuro). El cruce en el centro muestra la posición del
retrato promediado. Se muestran dos retratos distintos: derecha: Retrato de
Jeanne Hébuterne, de Amedeo Modigliani, 1919. Arriba: Oscar Miestchaninoff, de
Amedeo Modigliani, 1917.
Figura 76. Tendencia capturada por la neurona de Modigliani.
La imagen del retrato colocada en el gráfico en la
figura 76 muestra la desviación, respecto al retrato promediado, que
corresponde a los niveles de activación de la neurona de Modigliani. Hay
aspectos de esta imagen que son típicos de muchos retratos de Modigliani, como
una cabeza estrechilarga y destocada. Los niveles de activación de la neurona
de Modigliani se incrementan aún más con imágenes como la mostrada a la derecha
de la figura 77. En este caso, solo he perfilado la imagen, que parece más bien
una caricatura del estilo de Modigliani. El parecido con una caricatura no es
accidental, pues el éxito de estas radica en que estimulan con particular
eficacia las neuronas, como nuestra neurona de Modigliani, que suelen
intervenir en el reconocimiento del tema. Los caricaturistas son expertos
manipuladores de nuestras neuronas[108].
Figura 77. Esbozos que corresponden a la activación frecuente de la neurona
de Modigliani (derecha) en comparación con el esquema del retrato promediado
(izquierda).
Ahora podemos utilizar la neurona de Modigliani
para que nos ayude a determinar si un retrato que no hemos visto nunca puede
ser de Modigliani. Si nuestra neurona de Modigliani se activara con mucha
frecuencia cuando vemos el retrato, estaríamos razonablemente seguros de que
estamos mirando a un Modigliani y no a un Rembrandt. Hemos aprendido algunos
elementos del estilo de Modigliani. Un experto aprenderá a reconocer un estilo
de un modo similar: al contemplar muchos ejemplos conocidos, formará modelos
neurales, o expectativas, sobre el estilo de un artista. Una vez que se han
establecido los modelos adecuados, una obra de un artista puede estimular las
neuronas relevantes en el cerebro del experto, lo que le permitirá identificar
al artista, aunque no esté rotulado. Los expertos nunca aprenden en el vacío,
sino que utilizan su conocimiento previo sobre los objetos de procedencia
conocida para desarrollar modelos con los que evaluar los objetos desconocidos
que se encontrarán en el futuro.
El ejemplo que he ofrecido sobre la extracción de tendencias de una selección
de retratos a través de las interacciones neurales es muy artificial y
simplificado. Solo he descrito unas pocas tendencias de una pequeña colección
de retratos. De igual forma, solo he tenido en cuenta unos pocos ojos neurales
y he ignorado algunos aspectos de los cuadros, como el contraste o el color. En
la práctica, podemos aprender de muchos más patrones neurales de los que he
indicado, lo que nos permitirá ser mucho más eficaces a la hora de discernir el
estilo. Esta es la razón por la que nos damos cuenta de que el cuadro de
Modigliani Oscar Miestchaninoff es diferente de los retratos
de Rembrandt, aunque se solape con el agrupamiento de Rembrandt en nuestro
gráfico. En cualquier caso, los elementos básicos del reconocimiento
estilístico no serían diferentes de lo que he descrito para la neurona de Modigliani.
Para llegar a la neurona de Modigliani no me ha hecho falta introducir ningún
principio fundamental nuevo, solo más grados de interacción en nuestro esquema
neural. La neurona de Modigliani no es diferente de las otras, sino que
adquiere sus propiedades por meras interacciones con otras neuronas y no por la
adición de algún otro ingrediente. El aspecto del estilo capturado por la
neurona Modigliani no es una peculiaridad de la neurona aislada, sino el
resultado del efecto combinado de un gran número de interacciones neurales
ascendentes y descendentes. Además, la señal emitida por la neurona de
Modigliani puede a su vez volver a influir en estas interacciones. Después de
que gracias al aprendizaje se haya consolidado una neurona de Modigliani, se
verá estimulada cuando observemos a una mujer con una cara y un cuello largos,
que nos recordará a un retrato de Modigliani. Hasta cierto punto, vemos a la
persona como un cuadro de Modigliani, mientras que también somos conscientes de
que estamos viendo a una persona y no un cuadro. La estimulación de la neurona
de Modigliani no es solo un resultado, sino que realimenta nuestro sistema
neural e influye en cómo vemos las cosas.
Aunque resulte difícil definir un estilo artístico, los mecanismos neurales
subyacentes no necesitan ser tan especiales: simplemente son el reflejo de que
nuestra conocida receta creativa actúa a medida que interaccionan entre sí
muchos niveles neurales, modelos y experiencias.
§. Actos creativos
Imaginemos a Cézanne pintando sobre un lienzo.
Después de colocar algunas áreas iniciales de color, puede sentir que algunas
cumplen sus expectativas, mientras que otras no son realmente correctas o crean
efectos asombrosos. Podría entonces reaccionar a esta mezcolanza de
expectativas y discrepancias añadiendo más pinceladas, elaborando el cuadro e
incitando nuevas valoraciones y comparaciones. El cuadro progresa así como si
fuera un diálogo crítico entre Cézanne y lo que ve ante sí. A veces quizá sea consciente
de este diálogo, pero las más de las veces este se producirá de forma
inconsciente: se sentirá impulsado instintivamente a añadir algo de color aquí
o allí, o sentirá que una pincelada es la correcta o que no pega[109]. Este
diálogo creativo implica una interacción compleja entre todos los procesos que
hemos ido tratando (predicciones, acciones e interpretaciones). Cézanne no se
limitaba a mezclar y colocar colores al azar, sino que basándose en su
experiencia como pintor, predecía la clase de efecto que probablemente
tendrían, y utilizaba este conocimiento para guiar sus actos. Entonces
interpretaba los colores que había colocado en el lienzo, exploraba sus
relaciones y las comparaba con el motivo que estaba pintando. Las concordancias
y las discrepancias que iba encontrando le conducirían a más predicciones y
acciones, con lo que el proceso continuaba avanzando. El cuadro surgía gracias
al diálogo neural que entrelazaba las predicciones, las acciones y las
interpretaciones a muchos niveles. Cada vez que pintaba un cuadro, Cézanne
también seguramente incrementaba su habilidad, modificaba sus modelos neurales
de tal modo que la próxima vez que se planteaba un cuadro, lo pintaba de un
modo ligeramente diferente. El resultado no era solo un cuadro, era la
propulsión del cerebro de Cézanne a través del espacio neural.
Lo mismo se puede decir de cualquier acto creativo: cuando un poeta compone un
poema, hay un diálogo neural continuo en su cerebro en el que siguen
interviniendo secuencias verbales. A diferencia de la pintura, no hay que
realizar ninguna acción física explícita, pues el poeta no necesita poner nada
por escrito ni hablar en voz alta mientras compone. Pero tal como vimos al
tratar de los ojos neurales, hay una delgada línea entre las acciones físicas y
las internas. Un movimiento de los ojos neurales puede tener las mismas
consecuencias sobre la percepción que un movimiento físico del ojo, aun cuando
el primero implique un ajuste interno de la actividad neural (cuyas conexiones
están en funcionamiento), mientras que en el segundo interviene un movimiento
físico explícito. La única diferencia entre el poeta y el pintor es que la obra
del primero puede restringirse a algo meramente interno, sin que implique
necesariamente acciones físicas ni efectos sensoriales. Esto no significa que
el poeta trabaje en un vacío sensorial, puesto que el lenguaje que ha utilizado
lo aprendió mediante interacciones anteriores con otros y con el entorno.
Incluso si compone un poema a oscuras en una habitación silenciosa, lo
construye sobre un periplo neural de gran alcance durante el cual el poeta
aprendió muchas relaciones entre las predicciones sensoriales, las acciones y
las interpretaciones.
Lo mismo ocurre con la creatividad de un científico: su cerebro también juega
con las expectativas y las discrepancias, basándose en el aprendizaje y
experiencia. Gracias a este diálogo podrá resolver determinadas discrepancias,
que le conducirán a nuevos modelos o modos de conocimiento. A su vez, estos
pueden conducir a acciones concretas, como la realización de un experimento
para evaluar un modelo. A continuación, los resultados experimentales pueden
realimentarse para influir en las siguientes etapas del periplo neural, lo que
conducirá a otros refinamientos del modelo. Al igual que con los pintores y con
los poetas, una gran parte de la creatividad de un científico se produce de
forma inconsciente, sin que tenga conciencia plena de lo que está pasando. Al
científico se le puede ocurrir de repente una nueva explicación, igual que un
poeta puede pensar inesperadamente un verso[110]. Darwin dejó
constancia del placer que sintió cuando de repente se dio cuenta de que la
divergencia de las especies estaba relacionada con la diversidad del entorno:
«Puedo recordar el punto exacto del camino, mientras iba en el carruaje, en el
que, para mi gozo, se me ocurrió la solución»[111]. No cabe
duda de que este problema le preocupó durante mucho tiempo, en el que las
discrepancias iban y venían por su cerebro, lo que finalmente provocó una
modificación de sus modelos neurales que redujo determinadas discrepancias y
dio lugar a la repentina comprensión que sintió en el carruaje.
Los actos creativos de artistas, poetas y científicos, o de alguien que
simplemente dispone unas flores en un jarrón, se pueden ver como producto de
los procesos que ya hemos tratado, o sea, implican una interacción recurrente
entre predicción, acción e interpretación. Hemos visto que cada uno de estos
procesos depende del aprendizaje mediante discrepancias y correlaciones, los
cuales, a su vez, están dando vueltas en nuestro doble bucle de realimentación
de refuerzo y competencia, impulsado por un equilibrio entre la variabilidad de
la población y la persistencia. Los actos creativos no requieren ningún nuevo
ingrediente ni principio especiales, sino tan solo más niveles de cooperación,
interacción combinatoria y recurrencia. Se pueden ver como una manifestación de
la receta creativa para la vida.
Esto puede parecer una visión algo empobrecida de la creatividad. ¿Cómo es que
algo tan maravilloso como nuestra propia capacidad para crear puede reducirse a
una receta de interacciones cuyos fundamentos no difieren de los que
encontramos en otras transformaciones de los seres vivos? Con seguridad, la
creatividad humana presenta cualidades diferentes a las de un perro que está
aprendiendo a salivar con el sonido de una campana, o a las de un mono que mete
la mano para conseguir la manzana de recompensa. Creo que tal juicio
cualitativo no es más válido que decir que un sapo es cualitativamente
diferente del huevo del que procede, o que la bacteria nadadora E. coli es
cualitativamente diferente de los primeros organismos vivos que aparecieron
hace unos pocos miles de millones de años. Estas diferencias que nos parecen
cualitativas no surgieron gracias a ningún elemento misterioso nuevo, sino a
consecuencia del modo en el que funcionan e interaccionan los ingredientes de
la receta creativa para la vida.
Desde Darwin, los científicos han intentado trazar una línea clara entre la
creatividad y las transformaciones del mundo biológico para conseguir derrumbar
la falacia de que los procesos vivos se explican mediante un principio rector
externo o creador. Pero esta separación ha tenido el triste efecto de
desconectar la creatividad humana de los otros procesos vivos, al colocarla en
una categoría especial que nos separa de nuestros parientes animales. Aunque
esta separación pueda resultarles cómoda a algunos, creo que es un punto de
vista equivocado y empobrecedor. En mi opinión, si apreciamos las similitudes
formales entre nuestros actos creativos y los otros procesos de los seres vivos,
obtendremos una perspectiva más enriquecedora de la vida en su conjunto, y un
punto de vista más apropiado del lugar que ocupamos en ella. Esto no disminuye
lo maravillosa que es la creatividad humana, sino que la coloca en un contexto
biológico más amplio.
Hasta ahora, he resaltado las similitudes entre el aprendizaje, la evolución y
el desarrollo, que se pueden ver como manifestaciones de la misma receta
creativa. Pero hay otra conexión entre ellas: del mismo modo que vimos que el
desarrollo se cimienta en la evolución (capítulo 5), el aprendizaje está
impregnado de la evolución y del desarrollo. Nuestros tres ejemplos de la
receta creativa para la vida están conectados por la historia y por la forma.
Ahora quiero estudiar más de cerca esta relación histórica.
Capítulo 10
Encuadremos las recetas
Contenido:
§. Desarrollo del aprendizaje
§. Instintos básicos
§. Flexibilidad frente a rigidez
La historia de Simbad el Marino comienza en una
calle estrecha y concurrida de Bagdad. Un día, cuando un porteador caminaba por
la calle llevando una pesada carga sobre la cabeza, decidió sentarse para
descansar en el exterior de una de las casas. El porteador escuchó cantar y
olió una comida deliciosa que venía de la casa y del jardín, lo que le hizo
exclamar lo injusto que era que alguna gente disfrutara tanto con tan poco
esfuerzo, mientras que él sufría llevando cargas pesadas a cambio de una pequeña
remuneración. Apenas había acabado de decir esto, cuando un criado salió de la
casa y le dijo al porteador que su amo quería hablar con él. El amo, Simbad, se
dirigió al porteador con amabilidad, le hizo sitio en el banquete, y comenzó a
relatar al porteador y a los otros invitados la historia de sus muchas
aventuras y largos viajes.
Esta introducción a Simbad el Marino se conoce como un marco
narrativo. Presenta el contexto para los cuentos que contará Simbad, y
proporciona una narración que enmarca a otras narraciones que se cuentan en
ella. El marco narrativo del porteador está a su vez enmarcado por otra
historia, pues Simbad el Marino es uno de los cuentos de Las
mil y una noches, un libro que contiene los muchos cuentos que la joven
Sherezade contó a un rey al que tenía que entretener con una historia cada
noche para impedir que la ejecutara. Uno de los cuentos es el del porteador y
Simbad.
Estas historias contadas en distintos niveles comparten algunas similitudes.
Todas se cuentan para entretener a una determinada audiencia: Las mil y
una noches está escrito para entretener a sus lectores, Sherezade
entretiene al rey y Simbad entretiene a sus huéspedes. Las historias también se
rematan al final con un final feliz. Las mil y una noches termina
con la boda del rey con Sherezade, al final de la historia de Simbad, el
porteador se da cuenta de que Simbad realmente se había ganado su situación, y
la historia de Simbad termina con su regreso final a Bagdad. Las diferentes
historias tienen una forma común además de que unas enmarcan a las otras.
Un tipo similar de relación se aplica a la evolución, al desarrollo y al
aprendizaje. Su forma común es que se basan en la receta creativa para la vida.
En sus relaciones de encuadre intervienen sus orígenes históricos. La evolución
encuadra al desarrollo porque mediante la evolución surge el desarrollo. Y
tanto la evolución como el desarrollo enmarcan al aprendizaje, porque gracias a
estas transformaciones previas se hace posible el aprendizaje. Ya hemos
estudiado la relación entre la evolución y el desarrollo (capítulo 5). En este
capítulo quiero estudiar la forma en que la evolución y el desarrollo enmarcan
al aprendizaje.
§. Desarrollo del aprendizaje
El aprendizaje no comienza con una pizarra en
blanco, sino que siempre está basado en un contexto neural concreto. El
aprendizaje DT descrito en el capítulo 7, por ejemplo, requiere determinadas
conexiones entre las neuronas que se dedican a detectar recompensas,
discrepancias, expectativas e impulsos sensoriales. De igual forma, la
calibración y la capacidad para formar determinadas interpretaciones dependen
de las organizaciones neurales que ya existan. Estas conexiones y relaciones
iniciales se remontan al proceso del desarrollo. A través del desarrollo de los
embriones, los animales nacen con cerebros, cuerpos y sistemas sensoriales muy
estructurados que van a necesitar para el aprendizaje.
No obstante, la transición entre el desarrollo y el aprendizaje no es neta: a
diferencia de la narración de Simbad, que comienza con una frase concreta, la
transición entre el desarrollo y el aprendizaje es mucho más difusa. La
activación de las neuronas no comienza con el nacimiento, sino que ya tiene
lugar durante el desarrollo embrionario. El desarrollo no se detiene al nacer,
sino que continúa a medida que el recién nacido crece y madura. Una buena
ilustración de la interacción sutil entre el desarrollo y el aprendizaje
procede de algunos estudios sobre la vista.
En el capítulo anterior vimos que en la parte posterior del cerebro había una
región relacionada con la vista, que se denomina corteza visual primaria o V1.
Si apuntamos con un haz de luz sobre una pantalla enfrente de un gato o mono
anestesiados, solo una pequeña región de V1 mostrará una fuerte actividad
eléctrica. A medida que movemos la luz de un lugar a otro en el campo visual
para estimular una parte diferente de la retina, también se mueve la región de
actividad eléctrica en V1. Es como si hubiera un mapa en V1 conectado con un
mapa correspondiente en la retina. Se dice que la región V1 del cerebro está
organizada como un mapa retinotópico.
Los animales suelen tener dos ojos, por lo que hay dos posibles mapas
retinotópicos en V1, uno para cada ojo. ¿Cómo están integrados estos mapas? En
los años sesenta del siglo XX, David Hubel y Torsten Wiesel, que trabajaban en
la Harvard Medical School de Boston, comenzaron a tratar esta cuestión mediante
una serie de registros detallados de la corteza visual de gatos y monos[112]. Al igual
que nosotros, en estos animales se solapan los campos visuales del ojo
izquierdo y del derecho. Hubel y Wiesel encontraron que cuando se muestra una
pequeña barra de luz en una posición sobre una pantalla, primero a un ojo y
luego al otro, se activa una región similar de V1 en ambos casos. Al mover la
barra a una nueva posición se desplaza la región activada en V1 para ambos ojos
en paralelo. Por lo tanto, las conexiones procedentes de ambos ojos están, en
líneas generales, alineadas entre sí en V1.
Sin embargo, también encontraron un patrón más fino: dentro de una región
concreta de V1 observaron que algunas neuronas respondían principalmente a la
luz que incidía en el ojo izquierdo, mientras que otras reaccionaban
principalmente a la luz que incidía en el derecho. Los impulsos procedentes de
los dos ojos se mantenían en cierta medida separados, aunque se mapearan sobre
la misma región de V1. Por fin se dieron cuenta de que en realidad se trataba
de dos mapas estrechamente entrelazados en V1, una versión izquierda y una
versión derecha. La relación entre estos mapas de V1 del mono macaco se muestra
en la figura 78. Las regiones negras muestran dónde domina un ojo, digamos el
derecho, mientras que las regiones blancas muestran dónde domina el otro, el
izquierdo. Es como si hubiera dos copias del mapa visual, uno para cada ojo,
que se intercalan ligeramente entre sí, produciendo un mosaico de impulsos
alternados de izquierda y derecha, conocido como patrón de dominancia ocular.
¿Cómo se establece este patrón?
Hubel y Wiesel decidieron estudiar lo que ocurriría si se privaba a los
animales de la visión con uno de los ojos o con ambos mientras crecían. Los
gatitos abren los ojos por primera vez de diez a doce días después de nacer.
Para impedir que pudiera ver con un ojo, digamos el ojo izquierdo, Hubel y
Wiesel cosieron quirúrgicamente los párpados de ese ojo de un gatito recién
nacido, lo que le impedía recibir por él cualquier impulso visual. Cuando
abrieron quirúrgicamente el ojo izquierdo unos pocos meses después, encontraron
que el gatito había perdido irreversiblemente la vista en ese ojo. En vez de
responder a ambos ojos, la V1 solo tenía fuertes conexiones con el ojo derecho,
el único que había permanecido abierto. La primera hipótesis fue que las
conexiones sinápticas del ojo cerrado se debilitaron simplemente a consecuencia
de la falta de uso. Para comprobar esta idea, repitieron el experimento, pero
ahora cerraron quirúrgicamente ambos ojos después del nacimiento, esperando que
la vista de ambos ojos quedaría intensamente atrofiada. Sorprendentemente,
encontraron que las conexiones no estaban tan mal, como si cerrar un segundo
ojo hubiera ayudado al primero. No era tan solo la falta de uso lo que
ocasionaba una ceguera después de privar temporalmente la vista, sino que había
cierta clase de interacción entre ambos ojos. La interacción se describe mejor
si volvemos al patrón de dominancia ocular de la figura 78: cuando se cierra
quirúrgicamente un ojo, en vez de tener un patrón de dominancia ocular con
bandas alternantes de la misma anchura, las bandas del ojo activo se hacen
mucho más anchas. Un conjunto de bandas, digamos las bandas negras de la figura
78, se expanden y dejan solo tiras blancas muy finas que corresponden al ojo
cerrado. Esto significa que el gato mantiene muchas conexiones neurales con el
ojo abierto y relativamente pocas con el cerrado. Cuando se cierran ambos ojos,
ninguno toma el control, por lo que el patrón de bandas final sigue teniendo
unas anchuras similares para ambos ojos, como en un gato normal. Parece que la
anchura de las bandas depende de una competencia entre los ojos: si uno es más
activo, toma el control del espacio que normalmente formaría conexiones con el
otro. Si ambos son igualmente activos o igualmente inactivos, las conexiones se
comparten con más equidad.
Figura 78. Patrones de dominancia ocular en la corteza visual primaria del
mono macaco.
Más tarde, estudios computacionales demostraron que
las observaciones experimentales de Hubel y Wiesel podían describirse mediante
mecanismos parecidos a los presentados por Alan Turing para explicar los
patrones moteados o a rayas (capítulo 3)[113]. Sin
embargo, en el caso de la dominancia ocular, el refuerzo y la competencia no
solo implican la señalización molecular local, sino también el grado de
activación de las neuronas. Para una región determinada del campo visual, los
impulsos cercanos del mismo ojo tienden a activarse de un modo mucho más
correlacionado que los de ojos diferentes porque cada ojo ve los objetos desde
un ángulo ligeramente diferente y, por lo tanto, existen ligeras discrepancias
en lo que ven. Las simulaciones por ordenador muestran que si la mayor
correlación de las activaciones conlleva al refuerzo de las sinapsis, y si
también se da una inhibición entre las neuronas cercanas, entonces se puede
explicar el patrón alternante de las conexiones con el ojo izquierdo y el
derecho. Cuando un ojo se cierra quirúrgicamente, solo se refuerzan las
conexiones del que permanece activo, mientras que las del inactivo se debilitan
y eliminan. Esto explica la ampliación observada de las bandas de dominación
ocular para el ojo activo y el declive de las del otro.
No obstante, el patrón de bandas no depende únicamente de la experiencia
visual. Como se mencionó anteriormente, si ambos ojos se mantienen cerrados
desde el nacimiento, se sigue formando un patrón de dominancia ocular en la
corteza visual, aunque comienza a desaparecer después de unas cuatro semanas.
Esta tendencia instintiva a formar un patrón de bandas depende del proceso de
desarrollo, y en ella intervendría la actividad neural espontánea en
determinadas regiones del cerebro. En vez de existir una línea nítida entre el
desarrollo y los cambios neurales ocasionados por las experiencias sensoriales,
existe una interacción estrecha entre los dos: el desarrollo conduce a patrones
concretos de organización neural; entonces, las experiencias modulan estos
patrones y construyen sobre ellos, lo que permite que las relaciones entre las
neuronas queden vinculadas de una forma más precisa con lo que experimenta el
animal.
Esta transición difusa entre el desarrollo y el aprendizaje se debe a que los
dos procesos comparten muchos mecanismos celulares y moleculares. Tal y como
vimos en el capítulo 6, los cambios a corto y largo plazo en la fuerza
sináptica implican la señalización molecular, el crecimiento o la muerte de las
sinapsis, y el encendido o apagado de determinados genes. Los componentes
moleculares del aprendizaje no son diferentes de los que intervienen en el
desarrollo. Sin embargo, con el aprendizaje se integran de un modo concreto que
les permite capturar las interacciones con el entorno a través de la
modificación de rutas neuronales. Mediante este proceso de modificación, los
periplos neurales que comienzan en el útero son empujados hacia nuevas
direcciones, de acuerdo con lo que se aprende con las acciones y con las
experiencias.
Pero los periplos neurales no están solo enmarcados por el desarrollo, sino
también lo están por la historia más amplia de la evolución. Para comprender
este nuevo nivel de encuadramiento, tenemos que estudiar en primer lugar por
qué aprendemos.
§. Instintos básicos
La vida de San Jerónimo, un monje del siglo V, se
ha elegido a menudo como tema de cuadros religiosos. Los episodios de su vida
han sido descritos por artistas como Durero, El Bosco, Leonardo, Caravaggio y
Rubens. Pero quizá el retrato más entrañable sea el de Vittore Carpaccio San
Jerónimo y el león (figura 79, lámina 11). Según la leyenda, un león
llegó cojeando al monasterio de San Jerónimo una tarde, lo que provocó la
dispersión de los monjes. Sin embargo, Jerónimo se mantuvo firme y se dio
cuenta de que el león sufría porque tenía clavada una espina en una pata. Se la
retiró y el león agradecido se convirtió en su amigo, y más tarde le ayudó a
proteger a su burro de los peligros.
La historia de San Jerónimo es un juego de instintos. Nuestra tendencia natural
es huir de un león, aunque Jerónimo supera este instinto al permanecer firme y
ayudar al animal. Desde el punto de vista del león, el instinto natural es
atacar a los humanos, aunque aprende a reprimir su agresividad y se hace amigo
de Jerónimo. Los instintos a menudo se presentan de este modo, como algo
negativo que conviene vencer. Pero los instintos en el sentido más amplio se
encuentran en el centro de todas nuestras acciones, incluidas las más nobles,
porque incluso cuando pensamos que hemos aprendido a vencerlos, dicho
aprendizaje está cimentado en nuestras reacciones instintivas. Para ver el
porqué, debemos mirar a los orígenes evolutivos del aprendizaje.
La evolución darwiniana se basa en el éxito reproductor. Si las respuestas
particulares a los cambios del entorno conducen a un incremento de la
supervivencia y de la reproducción, estas respuestas tenderán a diseminarse por
la población gracias a la selección natural. Esto explica la prevalencia de las
respuestas instintivas tales como la natación de la bacteria Escherichia
coli hacia el azúcar, la floración de las plantas en determinados
momentos del año, o la respuesta retráctil de las babosas al tocarlas. Todas
estas respuestas incrementan el éxito reproductor porque han sido probadas y
comprobadas durante muchas generaciones. Pero ¿cuál es la ventaja evolutiva de
aprender a responder a retos que quizá nunca antes habíamos encontrado? ¿Por
qué la selección natural favorece que un perro aprenda a responder al sonido de
una campana, o que un mono responda al sonido de la apertura de una puerta?
Figura 79. San Jerónimo y el león en el monasterio, Vittore Carpaccio,
1501-1509. Véase la lámina 11.
Desde un punto de vista evolutivo resultaría más
ventajoso que los organismos pudieran aprender a modificar sus acciones de
acuerdo con lo que es probable que incremente su éxito reproductor. Sin
embargo, el problema es que en el momento en el que somos capaces de juzgar
nuestra capacidad para sobrevivir y reproducirnos, ya suele ser demasiado tarde
para tomar alguna medida al respecto. Si, por ejemplo, pudiéramos experimentar
varias veces el ser comido por un león, aprenderíamos que ponerse a salvo de los
leones constituye una buena estrategia para seguir con vida. Pero claro, tal
aprendizaje no es posible porque una vez que nos ha comido un león, se acabó la
historia. De igual forma, si quisiéramos aprender cuál de las posibles parejas
tiene el mejor potencial reproductor, podríamos intentar tener y criar hijos
con cada una de ellas. Pero cuando pudiéramos predecir cuál es la mejor,
nosotros y nuestras posibles parejas ya habremos pasado nuestros mejores años
para reproducirnos. Es intrínsecamente difícil aprender acerca de las tasas de
supervivencia y de reproducción para obrar en consecuencia porque hacen falta
muchas generaciones e individuos para que la medición resulte eficaz.
Para que el aprendizaje durante la vida resulte útil para la evolución
darwiniana, tiene que establecer predicciones más indirectas sobre el éxito
reproductor, algo que consigue gracias a que está ligado a respuestas
instintivas. Supongamos, por ejemplo, que tenemos un temor innato a los
animales grandes de dientes afilados, una respuesta instintiva que podría
haberse reforzado durante muchas generaciones por selección natural. Cuando
vemos que un león enseña sus dientes, instintivamente sentimos miedo y echamos
a correr. Si ahora aprendiéramos los factores que nos ayudarán a predecir si un
león está a punto de enseñarnos los dientes, tal como ver una melena desgreñada
o escuchar un gruñido fuerte, podríamos huir sin esperar a ver lo que hace el
león, y esa acción incrementará nuestra supervivencia. De igual forma, nuestras
posibilidades de supervivencia se incrementarían si pudiéramos aprender que los
leones abundan en determinadas áreas, lo que nos permitiría evitarlas o ser
cautelosos cuando entremos en ellas.
Tal aprendizaje va a nuestro favor porque el temor instintivo ha sido
implantado por la selección natural. Si naciéramos con miedo a las manzanas,
aprenderíamos a asustarnos de las peculiaridades que predicen su aparición,
como la visión de los manzanos. Pero esto no nos ayudaría a sobrevivir ni a
reproducirnos, porque tener miedo de las manzanas no aporta ninguna ventaja
selectiva. El aprendizaje aporta ventajas evolutivas cuando está conectado a
instintos que la selección natural ha puesto a punto con anterioridad.
Esta relación entre el aprendizaje y el instinto resulta bastante sutil. Los
macacos rhesus no nacen con miedo a las serpientes, pero pronto aprenden a
tenerlo en cuanto ven que su madre les tiene miedo. Esto parecería sugerir que
el miedo a las serpientes no es instintivo, sino que se aprende. Los psicólogos
Michael Cook de la Universidad de Wisconsin y Susan Mineka de la Universidad
del Noroeste lo exploraron un poco más al mostrar a unos monos lactantes
fragmentos de películas de adultos atemorizados y a continuación fragmentos de
películas con diferentes objetos[114]. Algunos de
estos objetos eran inofensivos, como las flores o un conejo de juguete,
mientras que otros eran más cercanos a lo que les resulta potencialmente mortal
en la naturaleza, como serpientes o cocodrilos de juguete. Cuando se mostraron
estas películas a los monos con menos de dos años, adquirieron un temor a los
objetos potencialmente peligrosos, como las serpientes, pero no a las flores ni
a los conejos. Evidentemente, estos monos jóvenes ya tienen un marco neural que
los predispone a tener miedo de los animales que resultaron peligrosos en el
pasado evolutivo de la especie.
Aunque haya ofrecido ejemplos de peligros ambientales que más vale evitar, lo
mismo valdrá para los aspectos deseables de nuestro entorno. Instintivamente,
preferimos el sabor de determinados tipos de comida, como las manzanas. Si
aprendemos que otras peculiaridades, como el color o el olor, son buenos
predictores del sabor de las manzanas, entonces podremos utilizar esta
información para mejorar nuestra capacidad para conseguirlos. De igual forma,
podríamos sentirnos instintivamente atraídos por determinados rasgos del sexo
opuesto, como la forma del cuerpo. Si somos capaces de aprender otros rasgos
que ayudan a predecir tales formas, como el tipo de ropas que visten o el modo de
caminar, entonces nos podrían ayudar a encontrar una posible pareja.
Ayudar a los otros también es un instinto valioso con una base evolutiva. La
acción de ayudar a la descendencia o a los familiares podría verse favorecida
por la selección natural porque incrementaría el éxito reproductor de los genes
compartidos. Ayudar a otros también puede comportar un beneficio cuando se
devuelve el favor. En la leyenda, San Jerónimo se beneficia de la ayuda al león
porque obtiene un amigo de confianza que le ayuda a proteger su burro. Esto no
significa que Jerónimo estuviera pensando en su propio beneficio cuando ayudó
al león, sino que el resultado global de ayudar a otro puede resultar
ventajoso. Desde un punto de vista evolutivo, el deseo de ayudar a los demás puede
plantearse como un instinto más que a veces se verá favorecido por la selección
natural. Esto significa que aprender a reconocer a la familia o a los que nos
ayudaron en el pasado nos aportará ciertas ventajas.
Todos estos ejemplos se pueden resumir diciendo que nacemos con un conjunto de
valores, experiencias que consideramos premios o castigos y que, por lo tanto,
desencadenan acciones de compromiso o evasión, valores innatos que nos implantó
la selección natural. Los valores iniciales forman parte del patrón de
conexiones neurales con las que nacemos y surgen a través del desarrollo. Así
pues, el aprendizaje permite que estas conexiones se modifiquen con la
experiencia, por lo que incrementamos nuestras posibilidades para obtener lo
deseable y evitar lo indeseable.
Nuestros valores iniciales son solo el comienzo de la historia. Tal y como
hemos visto, procesos como el aprendizaje DT hacen cambiar las expectativas e
introducen nuevos valores (capítulo 7). Para los humanos, el dinero pronostica
la capacidad para obtener comida y otros objetos deseables y, por lo tanto, se
vuelve valioso por derecho propio. Simbad estaba exultante cuando encontró los
diamantes durante uno de sus viajes debido al valor que les atribuye. Los
valores también podrían competir entre sí y cambiar según las condiciones.
Supongamos que estamos indecisos entre comernos las manzanas de un árbol y huir
porque merodea una serpiente. Nuestra decisión estará influida por factores
tales como la cantidad de comida que hemos ingerido recientemente. Si tenemos
mucha hambre, el valor relativo de las manzanas sube de manera impresionante y
es más probable que nos quedemos. Los valores también pueden cambiar con el
desarrollo: el interés por las parejas sexuales se incrementa durante la
pubertad debido a los cambios hormonales del cuerpo. Existe una interacción
compleja entre las condiciones, el desarrollo y el aprendizaje que hace que
cambien los valores en todos los sentidos durante nuestros periplos neurales.
No obstante, todos estos cambios se fundamentan en ciertos valores iniciales,
unos cimientos que se han ido perfeccionando gracias a la selección natural,
porque dichos cimientos proporcionan las razones evolutivas para nuestra
capacidad de aprender. Las posibilidades de supervivencia y reproducción se
incrementan mediante el aprendizaje para satisfacer los valores instintivos,
como la conveniencia de comer cuando se tiene hambre y la inconveniencia del
dolor. Si un animal hubiese nacido con el conjunto de valores contrario,
deseando el dolor y evitando la comida cuando tenga hambre, el aprendizaje
resultaría desventajoso porque el animal aprendería con más eficacia a sortear
la comida y a exponerse por sí solo al dolor, lo que rápidamente lo desnutriría
o haría que se desangrara hasta la muerte. La selección actuaría en contra de
los animales con este comportamiento. Los valores con los que hemos nacido los
ha implantado la selección natural y proporcionan los fundamentos del
aprendizaje.
§. Flexibilidad frente a rigidez
Hemos visto que el aprendizaje puede ser ventajoso
desde un punto de vista evolutivo, aunque también tenga algunos inconvenientes.
Primero, el aprendizaje está ligado solo indirectamente al éxito reproductor.
Esto significa que podemos comportarnos de forma que no se incremente el éxito
reproductor, como decidir no tener niños porque cuesta demasiado. Segundo, el
aprendizaje es un proceso mucho más elaborado que las respuestas instintivas, y
requiere mayor complejidad de las rutas e interacciones neurales. ¿Por qué
evoluciona el aprendizaje cuando ya existen respuestas instintivas más simples
y directas?
La respuesta está relacionada con el compromiso entre la flexibilidad y la
rigidez. Una de las limitaciones de la evolución por selección natural es que
solo puede capturar las tendencias del entorno que persisten durante varias
generaciones. Pero muchas peculiaridades ambientales cambian en mucho menos
tiempo, a menudo de una manera difícil de predecir. Si todas nuestras acciones
fueran completamente innatas y no tuvieran en cuenta esta variación del
entorno, entonces resultaría difícil alcanzar muchos comportamientos
adaptativos. Imaginemos, por ejemplo, que la Venus atrapamoscas tuviese que
predecir, sin información de su entorno, cuándo cerrar su hoja sobre un
insecto. Necesitaría un modelo complejo del mundo que le dijera con precisión
cuándo va a aterrizar un insecto, una predicción que es casi imposible
realizar. En vez de prescribir todas las acciones que probablemente incrementen
el éxito reproductor, la selección natural ha favorecido estrategias más
indirectas.
Un primer paso hacia la vía indirecta consiste en emplear respuestas
instintivas, ya que, desde la perspectiva evolutiva, son menos directas que
tener todas las acciones predeterminadas desde el nacimiento. La Venus
atrapamoscas ajusta sus acciones de acuerdo con el entorno: los movimientos del
insecto estimulan el cierre de las hojas. Las respuestas instintivas como esta
proporcionan una forma básica de negociar entre la rigidez y la flexibilidad.
Al ser instintivas las respuestas, en vez de las acciones, podemos actuar con
más flexibilidad ante los cambios de las condiciones. Esta estrategia subyace a
un amplio abanico de acciones, como que la bacteria Escherichia coli produzca
enzimas que digieren la lactosa cuando están rodeadas de leche, o que nade
hacia regiones ricas en azúcares. Estas acciones concretas no están
especificadas de antemano, sino que dependen de lo que la bacteria encuentra en
el entorno.
Sin embargo, las reacciones instintivas también tienen sus limitaciones, que
resultan particularmente evidentes cuando andan dando vueltas por el mundo
macroscópico. Un animal pluricelular recién nacido experimenta toda clase de
sucesos complejos provocados por sus propios movimientos. Al girar la cabeza,
los estímulos visuales cambian de un modo complicado de acuerdo con lo que está
a su alrededor. A medida que comienza a caminar, se encuentra con muchos
obstáculos por el camino, algunos de los cuales más le valdrá evitarlos y otros
le resultarán más beneficiosos. Y para obtener comida, necesita saber dónde
encontrarla y cómo manejarse en su complejo entorno para llegar hasta ella.
Cada individuo se topa con su propio conjunto de experiencias, de acuerdo con
sus contextos y movimientos particulares. Habérselas con toda esta complejidad
solo con reacciones instintivas sería muy difícil: el animal tendría que haber
nacido con un conocimiento instintivo de todos los tipos de objetos que se
podría encontrar, del aspecto que tendrían desde cada ángulo y de cómo ajustar
sus movimientos en cada contexto particular. En vez de prescribir todos estos
comportamientos mediante respuestas instintivas, la estrategia alternativa
consiste en capturar parte de la complejidad a través del aprendizaje, lo que
permite que el animal ajuste sus acciones corporales al entorno con mucha más
flexibilidad. El animal no necesita tener un conocimiento innato de cómo
responder exactamente a los obstáculos y sucesos, sino que modifica
gradualmente sus acciones de acuerdo con lo que tiende a ocasionar resultados
deseables o indeseables. Aprende a moverse y a ordenar el mundo de determinada
manera, de acuerdo con sus experiencias y valores. Las acciones aprendidas es
probable que le ayuden al éxito reproductor porque los valores están de por sí
enraizados en respuestas instintivas, perfeccionadas por la selección natural.
Aunque sea más indirecto que las respuestas instintivas, el aprendizaje
proporciona una mayor flexibilidad para manejar la complejidad y las
contingencias de lo que se encontrará el animal[115]]. Tener tal flexibilidad incrementará el éxito
reproductor y, por lo tanto, ha sido favorecido por la selección natural. Por
esta razón han evolucionado nuestra capacidad de aprender y nuestros patrones
de aprendizaje.
Al igual que los cuentos de Simbad, el aprendizaje está enmarcado por dos
historias más grandes: el desarrollo y la evolución. Pero también hay otra
historia más que contar. Nuestros tres cuentos anidados de evolución,
desarrollo y aprendizaje enmarcan otro cuento más. Este trata de cómo los
humanos, juntos, han provocado otro tipo de transformación: el cambio cultural.
Capítulo 11
El crisol de la cultura
Contenido:
§. El aprendiz
§. Poblaciones fructíferas
§. Cambio duradero
§. Refuerzo cultural
§. La fuerza de la competencia
§. Esfuerzos cooperativos
§. Una mezcla cultural
§. Impulsados por el pasado
§. Una receta cultural
Las sociedades de hoy en día son muy diferentes de
las de hace 10.000 años, no porque haya diferencias importantes entre las
propiedades biológicas (si hubiéramos nacido entonces, probablemente
encajaríamos perfectamente bien), sino por los espectaculares cambios en la
cultura y en las perspectivas. Si pudiéramos viajar en el tiempo como adultos
para encontrarnos con nuestros ancestros que vivieron hace diez mil años, nos
hallaríamos ante innumerables discrepancias culturales. Los ancestros se
sorprenderían inmediatamente de nuestras extrañas ropas, desde los zapatos
hasta la camiseta ajustada al cuerpo. Si intentásemos saludarlos con un apretón
de manos, probablemente los alarmaríamos y se preguntarían qué estábamos a
punto de hacer. A medida que los fuéramos conociendo mejor, quizá aprendiendo
algo de su lenguaje, podríamos intentar transmitirles nuestro estilo de vida.
Podríamos hablarles de que vivimos en casas con hojas transparentes de un
material que deja pasar la luz, de que tomamos la comida con instrumentos que
pinchan, y que no solemos recoger nuestra comida, sino que la intercambiamos
por trozos de papel. O podríamos describirles que nos movemos muy rápido en
cajas con ruedas o volamos por el aire dentro de máquinas aladas, y que
hablamos y enviamos mensajes a personas que están muy lejos aunque no podamos
verlas. También podríamos intentar explicar que todos vivimos en una enorme
masa esférica en rotación y que las estaciones cambian a medida que la esfera
va rodeando al sol. Después de escucharnos con incredulidad, quizá nuestros
ancestros decidirían mostrarnos algunas pinturas rupestres. Entonces podríamos
intentar explicarles que es posible retratar las cosas de otra manera, con el
uso de la perspectiva o del color en pinceladas impresionistas. Si cantan para
entretenernos, podríamos desplegar un reproductor de música y observar su
reacción de curiosidad al escuchar una canción pop, algo de jazz o una
sinfonía.
Todos estos contrastes en la ropa, los modales, el estilo de vida, la economía,
el transporte, la comunicación, la ciencia y el arte nos indican que las
sociedades humanas se han transformado a lo largo de los siglos. Hay muchas
maneras de describir la aparición de estos cambios culturales. Podríamos
resaltar la importancia de las luchas por el poder, las fuerzas del comercio,
el liderazgo de individuos carismáticos, la importancia de la innovación y de
la imitación, y que nos resultan cruciales el lenguaje o los medios de
transporte y comunicación. Quiero estudiar este problema desde una perspectiva
diferente.
Hemos visto la forma de llegar a algunos principios centrales al alejar nuestro
punto de vista y examinar lo que es común en un abanico de transformaciones
vivientes (evolución, desarrollo y aprendizaje). Ahora quiero incorporar el
cambio cultural al equipo. Ya se había propuesto que algunos de los principios
que hemos explicado tienen una importancia fundamental en las transformaciones
culturales. Los historiadores J. R. y William McNeill, por ejemplo, han
insistido en que la competencia y la cooperación fueron decisivas para impulsar
el cambio cultural de los humanos[116]. Sin
embargo, hasta ahora no se había utilizado la colección completa de
ingredientes e interacciones de la receta creativa para la vida para explicar
el cambio cultural. Esto se debe a que hay tantos elementos del comportamiento
humano entre los que escoger que no es fácil que nos venga a la cabeza el
conjunto de los siete principios y sus interacciones. Este cambio cultural solo
comienza a cristalizarse cuando optamos por una perspectiva más amplia que
abarque todas las transformaciones que afectan a los seres vivos. En tal caso,
creo que no solo ganamos un conocimiento más fundamental de la forma en que se
introdujo el cambio cultural, sino también una perspectiva más clara de cómo se
relaciona con nuestro pasado biológico.
Para transmitir este punto de vista, nos ayudará un ejemplo cultural
particular. Podríamos elegir muchas cosas, desde la guerra y la moda a la
ciencia y el arte. He elegido un episodio de la vida de Leonardo da Vinci
porque quiero demostrar que incluso un ejemplo tan representativo de logro
cultural se puede ver a través de los principios que venimos estudiando.
§. El aprendiz
A mediados del siglo XV existía una competencia
terrible entre los orfebres Andrea Verrocchio y Antonio Pollaiuolo en Florencia[117] , que
por entonces era una ciudad próspera, famosa por sus tejidos y morada de los
Medici, la poderosa familia de banqueros. Por lo tanto, los ciudadanos
prósperos solicitaban constantemente a los orfebres que fabricaran ornamentos y
joyas. Verrocchio y Pollaiuolo compitieron por los mejores encargos en este
contexto tan lucrativo. Pero no les bastó con ser los mejores orfebres, sino
que ambos querían incrementar sus ingresos y su reputación abarcando nuevas
ramas artísticas. Verrocchio decidió captar lo relacionado con las esculturas,
mientras que Pollaiuolo se formó como pintor. La primera pintura importante de
este último fue una serie de tres grandes lienzos que describen los Trabajos
de Hércules, completada hacia 1460 para el palacio de los Medici. Fue una
obra a gran escala, que requirió la ayuda del hermano más joven de Antonio,
Piero Pollaiuolo. Aunque los lienzos originales se han perdido, una pequeña
versión de Hércules y la Hidra, de Antonio Pollaiuolo (figura 80,
lámina 12), nos da una idea de su aspecto. Los cuadros de los hermanos
Pollaiuolo se consideraron un gran éxito y les reportaron más encargos
lucrativos, convirtiéndose en pintores florentinos de renombre.
Andrea Verrocchio también tuvo éxito en su nueva profesión como escultor, pero,
quizá estimulado por el éxito de su rival, también decidió dedicarse a la
pintura al final de la década de 1460. Al no tener un hermano que lo ayudase,
reclutó para ello a algunos asistentes y aprendices. Con los años, entre los
asistentes formados se encontraban pintores como Sandro Botticelli, Domenico
Ghirlandaio y Pietro Perugino, que se convertirían en artistas famosos por
propio mérito. Dos de los aprendices eran Lorenzo di Credi y, el más famoso,
Leonardo da Vinci. Leonardo nació en 1452 en la ciudad de Vinci en las
montañas, a 32 km de Florencia, hijo ilegítimo del jurista Ser Piero da Vinci y
una campesina llamada Caterina, y se educó en la casa de su abuelo paterno.
Leonardo tenía talento para dibujar desde su más tierna infancia, por lo que su
padre decidió colocarlo como aprendiz con Verrocchio cuando Leonardo todavía
era adolescente, más o menos cuando Verrocchio se inició en la pintura.
Figura 80. Hércules y la Hidra, Antonio Pollaiuolo, hacia 1475. Véase la
lámina 12.
El primer cuadro que salió del taller de Verrocchio
en el cual se puede identificar de modo fiable la mano de Leonardo es una
representación de Tobías y el ángel (figura 81, izquierda;
lámina 13). Se cree que Leonardo contribuyó con detalles como el perro y la
figura de Tobías. Los hermanos Pollaiuolo también habían pintado el mismo tema
años antes (figura 81, derecha; lámina 13). La similitud de la
composición y de los detalles, como la posición de los brazos izquierdos y del
perro a los pies del ángel, demuestran que la pintura de Verrocchio y Leonardo
estaba enormemente influida por la obra de los Pollaiuolo. Al hacer tal
referencia directa a la pintura de sus predecesores, Verrocchio no estaba
realizando un acto de homenaje, sino que estaba utilizando la comparación para
resaltar su mayor habilidad para producir formas esculturales más fuertes y una
composición más íntima. No era más que un rival intentando demostrar que podía
superar al otro.
Figura 81. Izquierda: Tobías y el ángel, Andrea del Verrocchio y Leonardo da
Vinci, 1470-1480.Derecha: Tobías y el ángel, Antonio Pollaiuolo y Piero
Pollaiuolo, 1460. Véase la lámina 13.
Examinemos ahora esta historia mediante los
principios de la receta creativa para la vida. Comenzaremos con el principio de
la variación de la población.
§. Poblaciones fructíferas
Leonardo y Verrocchio fueron capaces de hacer lo
que hicieron gracias a que pertenecían a un contexto social particular, a una
población de individuos. En la época de Leonardo, en Florencia vivían unas
50.000 personas. Esta población y sus ciudades cercanas produjeron algunos de
los grandes artistas del Renacimiento, entre ellos, Leonardo, Miguel Ángel y
Botticelli[118]. Es poco
probable que por entonces circulasen por Florencia un conjunto especial de
genes «artísticos», sino que más bien la población florentina del siglo XV
representaba una clase social particular que permitió el florecimiento del
talento de las personas de diferentes maneras. Quizá hay miles de personas
vivas hoy en día con un potencial genético equivalente al de Leonardo o al de
Miguel Ángel (la población mundial actual es aproximadamente cien mil veces
mayor que la de Florencia en el siglo XV). Estos equivalentes modernos no
producen obras maestras como La Gioconda o La creación
de Adán porque nacieron y se educaron en un contexto muy diferente[119]. Tal y como
hemos visto antes, cada población adopta un contexto determinado, ya sea el
juego de la ruleta, un bosque de manzanos, una taza de moléculas de té o el
cerebro de una persona. En la historia de Leonardo, el contexto era Florencia y
su entorno el siglo XV.
La población florentina no estaba formada por individuos idénticos, sino que
todos eran diferentes debido a la variación de nacimiento y las circunstancias.
Leonardo, Miguel Ángel y Botticelli tenían cada uno unas características
genéticas distintas, por lo que cada uno comenzó su vida desde una posición
diferente en el espacio neural. Los periplos neurales empezaron también a
depender de cada encuentro y cada experiencia acaecidos durante su infancia y
después. Su interacción con los familiares, con los compañeros artistas, y con
otros ciudadanos, influyeron en los intereses particulares y en las
aspiraciones de cada persona. Estas experiencias e interacciones incluyeron
sucesos fortuitos, como que Leonardo pidiera trabajo en el estudio de Verrocchio
cuando este acababa de iniciarse en la pintura. Como escribió el historiador
David Brown: «si Verrocchio no se hubiese puesto a pintar en esa época,
seguramente Leonardo nunca hubiera llegado a ser pintor». La población
florentina era muy diversa gracias a las complejas maneras en que personas
genéticamente diferentes interaccionaban entre sí y con su entorno.
La diversidad humana da opción a muchas posibilidades. Si todo el mundo fuese
genéticamente idéntico y se expusiera a exactamente las mismas experiencias,
entonces los intercambios entre los individuos serían mucho menos interesantes
y fructíferos. Pero como todo el mundo es diferente, podemos aprender y
beneficiarnos continuamente del conocimiento y capacidades de los otros. Estos
intercambios también influyen en las actividades creativas de cada persona.
Como vimos en el capítulo 9, la creatividad se incorpora en el modo en el que
los humanos aprendemos del mundo e interaccionamos con él. Los intercambios
entre las personas suelen hacer surgir constantemente un amplio abanico de
actos creativos. Los logros creativos excepcionales, tal como un cuadro o una
idea particulares, comienzan a sobresalir entre la población y se vuelven más
evidentes que los demás. Esto permitiría identificar a los individuos que
fueran muy creativos. Pero tales individuos nunca operan completamente
aislados, pues los avances culturales dependen de poblaciones de personas
heterogéneas y creativas que interaccionan entre sí. Al igual que ocurre con
las otras transformaciones, el principio de la variabilidad de la población
proporciona un ingrediente crítico para el intercambio cultural.
He ofrecido la población de Florencia a modo de ejemplo, pero resulta obvio que
esta ciudad no estaba aislada: sus habitantes seguro que viajaban. Leonardo
pasó gran parte del final de su vida en Milán y Miguel Ángel viajó a Roma para
pintar la Capilla Sixtina. También era posible viajar muy lejos, aunque se
tardaran muchos meses. El explorador Américo Vespucio, que nació en Florencia
dos años después que Leonardo, hizo varias expediciones a América, que recibió
este nombre en su honor. El mundo estaba formado por muchos mundos
interconectados y no por poblaciones aisladas[120]. La
variabilidad de la población también resulta aplicable a este contexto más
amplio en el que se incluyen las diferentes poblaciones mundiales en
interacción. Mientras se estaban produciendo algunos avances en Florencia,
otros podrían estar ocurriendo en Samarcanda o Pekín. Gracias a la comunicación
mundial, estas diferentes poblaciones también pudieron interaccionar e
influirse mutuamente. Las pinturas al óleo que usaba Leonardo habían sido
inventadas pocos años antes por el artista flamenco Jan van Eyck, y el papel en
el que escribía Leonardo era una invención que se remonta a China muchos siglos
antes. La población florentina no estaba aislada, sino que era parte de una
población más amplia que abarcaba todo el mundo, unos 350 millones de personas
en el siglo XV. El Renacimiento en Florencia no habría sido posible sin este
enorme telón de fondo de la variabilidad.
§. Cambio duradero
No obstante, por sí solas las variaciones no son
suficientes; también se necesita que persistan. El contacto personal y la
tradición contribuyen a la persistencia cultural. Verrocchio pudo transmitir su
conocimiento al joven Leonardo a través de sus conversaciones y de las
enseñanzas prácticas, con lo que le trasladó al pupilo lo que llevaba aprendido
en sus años de experiencia. De igual forma, el matemático Isaac Barrow inspiró
a su estudiante, Isaac Newton, y el botánico John Henslow enseñó al joven Charles
Darwin. Cada pupilo puede a su vez transferir lo que ha aprendido, con lo que
el conocimiento y las tradiciones se transmitirán continuamente de generación
en generación. El aprender de los demás no se limita, por supuesto, a las
clases particulares típicas, sino que ocurre cada vez que interaccionamos y
conversamos unos con otros.
En la persistencia cultural también pueden intervenir los artefactos.
Independientemente de lo original que fuera Leonardo, hubiera tenido poco
impacto si sus pinturas, dibujos y escritos se hubieran evaporado en cuanto los
hubiera acabado. La producción de utensilios estables desde el punto de vista
material proporciona un medio muy eficaz para la transmisión a largo plazo del
conocimiento a los otros. Verrocchio y Leonardo pudieron inspeccionar y
aprender del Tobías y el ángel de los Pollaiuolo porque los
cuadros eran duraderos. Por el mismo motivo, las obras del Renacimiento
seguirán inspirando a los artistas en los siglos venideros. Joshua Reynolds,
que viajó a Italia para ver tales obras, recomendó en 1769 a los que aspiraban
a ser artistas: «reflexiona sobre la manera en que Miguel Ángel o Rafael
habrían tratado este tema y actúa con el convencimiento de que ambos artistas
verán y criticarán tu cuadro en cuanto lo completes»[121]. De igual
forma, Paul Cézanne se inspiró en los viejos maestros con sus regulares visitas
vespertinas al Museo del Louvre para observar y bosquejar sus obras. Si
retrocedemos aún más, seremos capaces de apreciar el arte rupestre que las
sociedades magdalenienses realizaron hace más de 10.000 años (figura 2). Todo
esto ocurre gracias a la persistencia del material. Lo mismo ocurre con otros
utensilios como la ropa, la escritura o la escultura. Como los productos
perduran en el tiempo, las personas pueden aprender de sus predecesores y
aprovecharse de sus avances.
La persistencia también se puede potenciar con copias. Hasta la época de
Leonardo, la mayoría de las copias se seguían haciendo a mano o con bloques de
madera. Pero hacia 1430, después de que Johannes Gutenberg inventara la prensa
de impresión de tipos móviles, las copias se fabricaban con mucha más eficacia.
Hacia 1500, las prensas de Gutenberg ya estaban en 236 ciudades de Europa y
habían impreso unos 20 millones de libros en diferentes idiomas[122]. Leonardo se
benefició de esta bonanza impresora: adquirió más de cien libros impresos sobre
temas que iban desde las matemáticas, filosofía e historia natural, hasta la
poesía. Por lo tanto, la impresión tuvo una importancia decisiva al permitir
que las ideas persistieran y se diseminaran. Se siguen desarrollando nuevos
métodos de copia, como la fotografía y la distribución electrónica por
Internet. Nosotros también podemos generar copias por repetición que se
sumarían a las formas de propagación anteriores. La producción en masa de ropa,
cubiertos y coches depende de las máquinas que llevan a cabo acciones
particulares de forma repetitiva. A diferencia de la imprenta, un coche no
actúa como modelo directo de otro, sino que surgen de la repetición continua
del mismo proceso de fabricación.
Todas estas formas de persistencia (instrucción personal, utensilios
resistentes y copiados) consiguen que los logros culturales tengan efectos
duraderos. Sin la persistencia, cada avance individual, independientemente de
lo maravilloso que sea, se iría a la tumba con su inventor y tendría poca
repercusión en la cultura.
La persistencia cultural y la variabilidad están muy conectadas: ambas giran
alrededor de la capacidad de comunicación de los humanos, sobre todo gracias al
lenguaje. La comunicación es importante para generar variabilidad mediante los
intercambios entre las personas, pero también para la retención y el
mantenimiento del conocimiento. La variabilidad por sí sola crearía un frenesí
de ideas y acciones efímeras, mientras que si solo existiera la persistencia,
conduciría al estancamiento. La cultura consigue cambiarse con eficacia gracias
al equilibrio entre la variabilidad y la persistencia.
§. Refuerzo cultural
La variación de la población y la persistencia
proporcionan los ingredientes clave para el cambio cultural, pero el impulso
para que haya cambios dentro de una población procede de otro ingrediente: el
refuerzo. A medida que sus cuadros se exponían en Florencia, la reputación de
artistas como los Pollaiuolo, Verrocchio o Leonardo se diseminaba por la
población. Si cada persona a la que le gusta un cuadro se lo dice a otras, el
mensaje se multiplica como una infección, y a medida que se expande su reputación,
los artistas consiguen más encargos lucrativos que les acaban reforzando la
fama. El éxito engendra éxito. Incluso los logros de Vincent van Gogh o Paul
Cézanne, que no tuvieron mucho éxito durante su vida, se vieron reforzados más
tarde por quienes reconocieron y defendieron su obra.
Algunos logros se consiguen reforzar en las poblaciones humanas porque las
personas tenemos valores comunes: nos suele gustar y disgustar lo mismo. Tal y
como vimos en los capítulos anteriores, lo que aprendemos y lo que hacemos
depende de lo que valoramos. Podemos valorar muchas cosas (la comida, el sexo,
la comodidad, los bienes, los terrenos, el dinero, la categoría social, el
conocimiento y la belleza), y como la mayor parte de la población comparte
estos valores, los logros que los satisfacen tienden a reforzarse y a
diseminarse.
Sin embargo, no todos los individuos de una población comparten exactamente los
mismos valores debido a las variaciones de nacimiento y a la educación. Algunas
personas darán más valor que otras a determinadas cosas, como a los bienes, al
dinero o al conocimiento. Los especialistas también valorarán cosas que para
otros son menos evidentes: cuando miran los cuadros de los hermanos Pollaiuolo,
de Leonardo y de Verrocchio, sin ninguna duda verán y valorarán
particularidades que la mayoría no apreciaremos. Las poblaciones humanas poseen
una colección de valores heterogéneos. Sin embargo, dado que muchos son comunes
en determinados grupos sociales, los logros que satisfacen esos valores se
diseminan a través del refuerzo, al menos dentro de estos grupos.
Lo que valoramos también depende enormemente del contexto cultural. Cuando
Leonardo tenía 30 años se mudó a la ciudad de Milán, gobernada por la familia
Sforza. A diferencia de los Medici de Florencia que eran banqueros, los Sforza
eran militares que obtuvieron su poder gracias a acciones de armas. Cuando
Leonardo escribió su carta de presentación al duque de Milán, Ludovico Sforza,
la elaboró con los intereses militares del duque en mente:
Mi Ilustrísimo Señor: habiendo visto y examinado
cumplidamente las invenciones de todos los que se consideran a sí mismos
fabricantes y maestros de dispositivos de guerra, he encontrado que el diseño y
el funcionamiento de sus máquinas no son en absoluto diferentes de lo que se
usa habitualmente. Por lo tanto, y sin querer ofender a nadie, me atrevo a
ofrecerle mis conocimientos a Su Excelencia y a hacerle partícipe de mis
secretos, y estaré encantado de demostrarle su eficacia en el momento en el que
estime conveniente.[123]
A continuación, Leonardo pasó a enumerar las
invenciones que había ideado que pondrían a los Sforza a la cabeza de las
tácticas militares. Entre ellas se encontraban puentes militares portátiles,
métodos para extraer agua de las trincheras durante los asedios, métodos para
destruir fortalezas, nuevos tipos de cañones y diseños para carros armados. La
lista mostraba lo que Leonardo pensó que Ludovico Sforza encontraría
particularmente valioso. Los intereses de los Sforza a su vez se reflejaban en
un conflicto militar que prevalecía entre familias y estados rivales de la
Italia en la época. El propio Leonardo fue testigo de la expulsión militar de
los Sforza por los franceses varios años después de haberse mudado a Milán.
Se trata de un ejemplo que muestra que los valores culturales no están fijos,
sino que dependen del contexto, de las agrupaciones sociales y de los problemas
dominantes en la época. Sin embargo, dado que los pueden compartir muchos
individuos de una población o grupo social, conducen al refuerzo de ideas y
logros que satisfacen dichos valores comunes. El refuerzo es un ingrediente
clave del cambio cultural porque, gracias a él, se favorece el ascenso de
determinados logros en una población.
§. La fuerza de la competencia
El éxito a menudo conduce a la competencia: a
medida que se difunde una idea o logro y la van conociendo todos, la novedad se
disipa. El logro comienza esencialmente a competir contra sí mismo porque a
medida que la mayoría de una población ya está familiarizada con él, disminuye
la velocidad a la que se disemina. Los logros exitosos también estimulan la
competencia de los otros. Cuando Verrocchio fue consciente de lo bien que lo
estaban haciendo los hermanos Pollaiuolo, se dedicó a la pintura para poder también
llevarse una parte de ese lucrativo mercado. Es más, el éxito de los Pollaiuolo
ayudó a la competencia, pues al observar detenidamente Tobías y el
ángel de los Pollaiuolo, Verrocchio y Leonardo se beneficiaron de sus
avances y pintaron una versión mejorada. Para los Pollaiuolo, que sus logros
llamaran la atención de otros fue un arma de doble filo: la atención era una
medida de su éxito, pero también provocó y promovió la competencia. De igual
forma, el éxito y la fama que Leonardo conseguiría más tarde estimuló los
logros de sus competidores, como Miguel Ángel[124]. Se trata de
otro ejemplo de nuestro doble bucle de realimentación, en el que el refuerzo
mejora la competencia (figura 82). Un logro valioso se disemina mediante la
comunicación, pero este éxito es auto limitante porque la novedad desaparece a
medida que la población comparte el conocimiento, y se estimula la competencia.
La competencia cultural surge por las distintas limitaciones: hay límites para
el tamaño de las poblaciones humanas, para el número de logros que estas
valoran mucho, y para las recompensas que de ellos se pueden obtener. La
sociedad florentina reconoció que eran realmente destacables solo unos pocos
artistas, y las familias ricas, como los Medici, encargaron un número limitado
de obras, limitaciones que inevitablemente provocaron la competencia. Si la
población fuese infinita, entonces la novedad de un logro nunca desaparecería
porque podría diseminarse continuamente a nuevos oídos. Y si los encargos
fueran ilimitados y el reconocimiento inagotable, entonces apenas habría
motivos para que compitieran Verrocchio y los Pollaiuolo.
Incluso cuando pensamos que un individuo está trabajando movido simplemente por
la curiosidad o por la búsqueda de satisfacción personal, la competencia se
deja ver cuándo se encuentra en peligro el éxito o el reconocimiento. Darwin se
pasó muchos años desarrollando su teoría de la evolución por medio de la
selección natural sin publicar sus ideas. Pero se alarmó cuando recibió una
carta de Alfred Russel Wallace en la que le presentaba la misma teoría, y temió
que Wallace pudiera llevarse todo el crédito. Darwin encontró una solución
amistosa y publicaron sus hallazgos juntos, pero la historia resalta que la
competencia puede acechar detrás de cualquier escenario. De igual forma, cuando
Leonardo mencionó sus conocimientos secretos sobre máquinas de guerra en su
carta al duque de Milán, era claramente consciente de que los competidores
podrían robarle sus ideas y, por lo tanto, privarles a él y al duque de su
ventaja.
Figura 82. Interacción entre el refuerzo (bucle positivo) y la competición
(bucle negativo) en la cultura humana.
La competencia a veces se considera un aspecto
negativo o indeseable de la humanidad. Sigue desempeñando una función vital
para alentar el cambio cultural. Si Verrocchio no hubiera competido con los
Pollaiuolo, no se habría puesto a pintar y Leonardo no se habría desarrollado
como lo hizo. Si Leonardo no hubiese aspirado a pergeñar invenciones o ideas
que fueran mejores que las de otros, quizá no hubiera llegado tan alto. El
refuerzo y la competencia van de la mano: el refuerzo permite la diseminación de
los logros valiosos, lo que los hace competir; dicha competencia, a su vez,
incita a alcanzar nuevos logros. Sin cierta forma de competencia, la cultura se
quedaría estancada.
§. Esfuerzos cooperativos
Que Leonardo entrara a trabajar en el taller de
Verrocchio resultó beneficioso para ambas partes. Leonardo adquirió los
importantes conocimientos de su profesor, mientras que Verrocchio se aprovechó
de la ayuda de su aprendiz. El cuadro Tobías y el ángel, en el que
ambos artistas pintaron su parte, constituye un claro exponente de esta
cooperación. Que se encontraran en el mismo lugar fue algo determinante para su
relación. Como con otros casos de cooperación, la proximidad física proporciona
condiciones que alientan la ayuda mutua y a compartir los beneficios. La
cooperación desempeña una función clave en el cambio cultural a muchos niveles.
Nuestra capacidad para hablar y comunicarnos procede de la cooperación entre
los humanos. Si nos educaran completamente aislados, entonces no aprenderíamos
ningún lenguaje elaborado ni tendríamos la capacidad de comunicarnos con
eficacia con los demás. Sin la capacidad para comunicarnos, seríamos incapaces
de sacar ningún beneficio de los otros, además de que sería poco probable que
nuestros logros persistieran y se diseminaran[125]. La
existencia del lenguaje y de la comunicación, cuya intervención es crucial para
el cambio cultural, se debe a que los humanos hablamos e interaccionamos entre
nosotros en grupos. De igual forma, nuestra predisposición a intercambiar
dinero y bienes es un riesgo cooperativo[126]. Leonardo se
mantenía gracias a los encargos y pagos de familias como los Medici o los
Sforza. Y a la inversa, los que adquirieron sus obras se beneficiaron de poseer
cuadros prestigiosos de gran calidad. Sin un contexto económico así de
intercambio y cooperación, Leonardo no habría sido capaz de mantenerse ni de
conseguir todo lo que le ha hecho famoso.
También se producen otros niveles de cooperación. Además de formar parte del
taller de Verrocchio, Leonardo era miembro del gremio de los artistas florentinos.
Se trataba de uno de los muchos gremios de la época, como los vendedores de
telas, banqueros y médicos, que velaban por los intereses de sus miembros.
Leonardo también era un ciudadano de Florencia, otro grupo definido por
intereses comunes. Estos diferentes grupos se desarrollaron mediante la
interacción entre la cooperación y la competencia. La cooperación entre
Leonardo y Verrocchio estaba promovida por la competencia: Verrocchio
necesitaba aprendices para producir obras que rivalizarían con las de los
hermanos Pollaiuolo. Y otras agrupaciones, como los gremios o las ciudades,
también se mantenían gracias a la rivalidad. Al ser principalmente un pintor,
Leonardo no se avergonzaba de promocionar su propio medio en comparación con
los otros: «La escultura revela lo que es con poco esfuerzo; la pintura parece
algo milagroso que hace que las cosas intangibles parezcan tangibles, las
presenta en relieve aunque sean planas, y acerca a la mano lo distante»[127]. Por
supuesto, los expertos en otras áreas podrían despreciar la pintura tal y como
Leonardo despreció la escultura. El poeta Lord Byron expresó su punto de vista
sobre la pintura: «Sin duda, de todas las artes, es la más artificial y
antinatural, y aquella por la cual más se impone el sinsentido del género
humano»[128]. Tal
menosprecio de los grupos competidores no se limita a las artes. El físico
experimental Ernest Rutherford, descubridor del núcleo atómico, tendía a
minimizar la contribución de los colegas que tenían inclinaciones más teóricas.
Se suele citar textualmente que dijo que los teóricos «enredan con sus
símbolos, pero los que estamos en el Cavendish sacamos los hechos reales de la
naturaleza»[129]. Tal y como
hemos visto en los capítulos anteriores, la cooperación puede engendrar
competencia y verse mantenida por ella.
Está muy claro que Leonardo apreciaba la interacción entre la cooperación y la
competencia. En sus escritos sobre pintura consideró las diferentes ventajas de
trabajar junto a otros:
Digo y estoy preparado para demostrar que, cuando
dibujamos, es mucho mejor estar en compañía de otros que en soledad, por muchas
razones. La primera es que nos avergonzaremos de estar entre los ilustradores
si estos nos superan, y esta sensación de vergüenza nos hará progresar en el
estudio. En segundo lugar, una envidia sana nos estimulará para que nos unamos
a quienes son más elogiados que nosotros, porque sus alabanzas nos servirán de
acicate. Además, adquiriremos algunas costumbres de aquellos cuya obra es mejor
que la nuestra, mientras que si fuéramos mejores que los demás, nos
aprovecharíamos de ver cómo evitar sus errores, y los elogios de los otros
tenderán a mejorar nuestra posición.[130]
Para Leonardo, que los artistas trabajen juntos
dará lugar a una mezcla creativa de interacciones competitivas y cooperativas,
y resultará claramente más eficaz que cuando están cada uno por su lado.
La cooperación y la competencia hacen pareja en el cambio cultural. La
cooperación permite que los humanos aprendan de los demás y se beneficien de
ellos a diferentes niveles, desde la capacidad de comunicación de las personas
hasta una mayor cooperación. Si se promocionan los valores y aspiraciones
compartidos, se ayuda a reforzar los logros. La competencia desempeña una
función clave a la hora de mantener la cooperación, además de incitar
continuamente a la consecución de mayores logros.
§. Una mezcla cultural
Al reunir a las personas, la cooperación también
alienta la combinación de ideas y habilidades de nuevas maneras. No inventamos
desde cero, sino que combinamos y nos fundamentamos en lo que ya conocemos.
Cuando Leonardo trabajó en el taller de Verrocchio, siempre integraba sus ideas
y observaciones con lo que aprendía de su maestro y de los otros discípulos que
trabajaron a su alrededor. Sus logros representaron una combinación original de
habilidades y conocimiento, y no algo completamente nuevo. Para Joshua
Reynolds, «la invención, estrictamente hablando, es poco más que una nueva
combinación de las imágenes que se han reunido y depositado previamente en la
memoria»[131]. Este es el
principio de la riqueza combinatoria, pero ahora en forma de personas, de sus
ideas y de sus logros.
La intervención de la riqueza combinatoria resulta más evidente cuando miramos
al medio por el que se propagan los logros culturales. El abecedario escrito
tan solo consta de 26 letras, pero esto no nos impide expresar ideas nuevas y
complicadas en la poesía, en la literatura y en la ciencia. Cuando llegamos a
un conocimiento nuevo, no sentimos la necesidad de inventar letras nuevas
porque el número de combinaciones posibles con lo que ya tenemos es casi
ilimitado. Lo mismo ocurre con las palabras: de vez en cuando se acaban
necesitando algunas nuevas, como el término gen, acuñado por
Wilhelm Johannsen en 1909. Pero suele bastar con las palabras que ya tenemos:
combinándolas de determinadas maneras se expresan y comunican las ideas nuevas.
Y lo mismo vale para las notaciones musicales o matemáticas. El dibujo es
también una actividad combinatoria: los artistas mezclan unos pocos colores en
su paleta y los distribuyen en diferentes combinaciones para conseguir un
efecto maravilloso. La riqueza combinatoria es evidente en muchos planos de la
cultura, desde la disposición de las letras y de las palabras de un idioma
hasta la yuxtaposición de ideas o materiales, o los encuentros entre diferentes
personas.
En los capítulos anteriores, el gran número de posibilidades que surge mediante
la riqueza combinatoria se transmitía a través de espacios multidimensionales.
En la evolución, las poblaciones viajaban por el espacio genético, un embrión
en desarrollo vivía una odisea por el espacio del desarrollo, y durante el
aprendizaje, el cerebro viajaba por el espacio neural. Ahora estamos en
condiciones de pensar que la especie humana viaja a través del espacio cultural,
que representa el enorme abanico de posibilidades culturales. En algún momento
podemos pensar que la especie humana (todas las personas de la Tierra con sus
diferentes intereses y logros) representa una posición en este gran espacio
cultural inimaginablemente grande. Con el paso del tiempo, nuestra especie ha
viajado por el espacio cultural y ha tomado un camino determinado a medida que
las costumbres y esfuerzos humanos se han ido modificando por todo el mundo[132].
Cuando vemos el periplo de nuestra especie por el espacio cultural, resulta
tentador verlo como una progresión que nos ha conducido a la cultura actual.
Sin embargo, que veamos un cambio como progreso o no depende de nuestros
valores concretos, que pueden a su vez cambiar con el tiempo. Además, el
periplo de nuestra especie no ha tomado un camino lineal sencillo, sino
tortuoso con muchas vueltas y revueltas. Por lo tanto, resulta engañoso pensar
en el periplo humano como algo que inevitablemente se veía atraído hacia el
presente. Aun así, podemos resumir brevemente algunas de las etapas clave que
tuvieron lugar por el camino.
Incluso antes de que nuestra especie Homo sapiens se embarcase
en este periplo cultural, las especies relacionadas con la humana se embarcaron
en algunos viajes preliminares. Los primeros utensilios humanos, los cantos
tallados de África, datan de hace unos dos millones de años[133]. Se cree que
están construidos por el Homo habilis, una especie con un cráneo
más pequeño (casi la mitad de volumen) que el nuestro. Las herramientas que
dejaron detrás sugieren que estos humanos ya eran capaces de pensar en el
futuro, ya que cualquier herramienta de piedra está fabricada con un propósito
ulterior en mente; o sea, tiene valor a través de la recompensa demorada que
ofrecerá: la carne que su usuario podrá cortar de una presa. Este valor lo
habrían compartido los individuos de la especie, y suponiendo que también
tuviesen cierta capacidad de comunicación, las herramientas y su fabricación se
podrían haber extendido por las primeras poblaciones humanas mediante el
refuerzo. La necesidad de producir mejores herramientas puede haber conducido también
a la competencia, y la cooperación podría verse incrementada cuando un
fabricante de herramientas aprende de otro. En los años siguientes, los humanos
fueron fabricando mejores herramientas y produjeron un abanico de hachas
manuales muy eficaces, en parte debido a los cambios evolutivos de la capacidad
encefálica, pero también por las mejoras de la fabricación que se transmitieron
por vía cultural. La primera especie humana ya estaba realizando su periplo por
el espacio cultural.
Los humanos modernos, la especie Homo sapiens, se cree que han
evolucionado hace unos 200.000 años en África, desde donde comenzaron a
extenderse como una mala hierba por todo el globo, desplazando a otros
parientes, como el Homo neanderthalensis. No está claro por qué la
dominación del Homo sapiens comenzó a afirmarse durante este
periodo. Sin duda alguna, intervinieron en el desarrollo del lenguaje y de la
comunicación, pero todavía no hay acuerdo sobre la manera exacta en la que
el Homo sapiens se convirtió en la especie humana dominante[134]. Además,
como el cambio cultural conlleva la interacción entre muchos ingredientes,
probablemente sea un error basarlo en una única causa. Cualesquiera que sean
las razones, hace unos 10.000 años, el Homo sapiens era la
única especie humana que quedaba en el planeta. A continuación, nuestra especie
colonizó todos los continentes excepto la Antártida, y formó una población
mundial de unos pocos millones. Fue aproximadamente entonces cuando los humanos
aprendieron a cultivar las plantas y a domesticar los animales. Las semillas y
el ganado se volvieron valiosos debido a que eran una promesa de comida para el
futuro, y comenzaron a desarrollarse y a diseminarse las habilidades
relacionadas con la producción agrícola. El desarrollo de la agricultura
representa una etapa clave en el periplo de nuestra especie por el espacio
cultural porque proporcionó estabilidad y un excedente de comida que permitió
innovar más para desarrollarse y extenderse. Con la mejora del transporte y de
las técnicas de cultivo, los humanos comenzaron a formar grupos organizados más
grandes, o civilizaciones, hace unos 5.000 años por los valles fértiles de
ríos, como el Nilo en Egipto, el Tigris y el Éufrates en Mesopotamia (Iraq
moderno), el Indo en Pakistán y el Huang He (río Amarillo) en China. A medida
que las civilizaciones cooperaban y competían, y emergían otras nuevas,
continuó el periplo por el espacio cultural con la exploración de nuevas
direcciones ayudados por innovaciones como la escritura y el dinero. A medida
que los humanos iban mejorando su capacidad para cultivar comida y explotar los
recursos, también iban incrementando en número: hace 2.000 años, la población
mundial había alcanzado aproximadamente los 200 millones. La expansión de la
población ha continuado hasta hoy en día, espoleada en el siglo XIX por nuestra
mayor capacidad para explotar la energía de los combustibles fósiles, y en el
siglo XX por el desarrollo de medicinas, de la higiene y de la agricultura
intensiva. Nuestra posición en el espacio cultural actual es producto de las
costumbres, aspiraciones y logros de 7.000 millones de personas. Por supuesto,
nuestra especie sigue desplazándose por el espacio cultural.
La especie humana ha tomado una senda concreta en un espacio cultural
inimaginablemente inmenso. ¿Qué es lo que nos impulsa continuamente?
§. Impulsados por el pasado
Todos los principios que hemos tratado/abarcado
hasta ahora en este capítulo funcionan dentro de un contexto social
determinado. El tipo de variación de las poblaciones humanas, su persistencia,
los valores que la refuerzan, el modo en que las personas compiten, cooperan y
combinan sus esfuerzos, todos ellos se aplican a entornos sociales concretos.
Uno de ellos fue la población de Florencia en el siglo XV. Pero estos
contextos, o entornos sociales, no están fijos, sino que cambian mediante los
mismos procesos que ya hemos tratado. Al responder al cuadro de los
Pollaiuolo Tobías y el ángel, Verrocchio y Leonardo modificaron el
contexto artístico al crear su propia versión: su cuadro proporcionó un nuevo
estándar al que tenían que reaccionar los otros. La misma historia se aplicará
a otros artistas en el futuro, desde Miguel Ángel hasta Monet. Incluso cuando
alguien reacciona negativamente ante sus precursores, como cuando los cubistas
se rebelaron contra las normas de la perspectiva, las obras anteriores tienen
una importancia fundamental a la hora de engendrar esa reacción. Cada contexto
proporciona semillas para el siguiente.
Se pueden explicar del mismo modo los logros militares. Dado que los cañones ya
se habían inventado y su uso estaba generalizado, Leonardo fue capaz de idear
determinadas mejoras que todos los ejércitos comenzaron a utilizar en cuanto
las conocieron, con lo que se necesitaron, a su vez, otras mejoras para ser más
competitivos. Por este motivo, Leonardo recalcó la confidencialidad en su carta
al duque de Milán. Cada nueva invención militar no solo se basó en las
anteriores, sino que también impulsó el proceso al cambiar el contexto. De
igual forma, en cuanto se establece una teoría científica, proporciona los
fundamentos para más investigaciones y desarrollos científicos, lo que llevará
a mejorar la teoría o a sustituirla por otra nueva y mejor. Los contextos
proporcionan semillas para su propio cambio porque no solo conducen a
respuestas concretas, sino que esas mismas respuestas cambian a su vez el
contexto.
Los desplazamientos culturales son relacionales, siempre modifican lo que ya
existía, y en cada etapa cambian el contexto y los estándares, y por lo tanto,
proporcionan el impulso necesario para el siguiente. Esto no ocurre en un único
lugar o disciplina, sino que sucede una y otra vez por todo el mundo en muchas
áreas de actividad cultural, entre ellas las artes, la tecnología, la ciencia,
la moda o el comercio. Es nuestro conocido principio de recurrencia aplicado a
las iniciativas humanas.
Estos cambios autopropulsados en el espacio cultural no solo implican la
diseminación de los nuevos logros, sino también cambios en algunos de los
valores que refuerzan dichos logros. Leonardo tenía varios criterios para
juzgar el éxito de la obra de un pintor: «Primero hay que considerar si las
figuras tienen el relieve que requiere su posición… Segundo, hay que considerar
si la distribución o disposición de las figuras está concebida de acuerdo con
las condiciones que se desean representar. Tercero, si las figuras se muestran
entregadas a su propósito»[135]. Aunque
fueran apropiados para el arte del Renacimiento, con su énfasis por capturar la
realidad y la perspectiva, estos valores prácticamente no se aplican a los
pintores impresionistas o cubistas que vinieron después. Lo que valoramos,
nuestros criterios de éxito, cambian a medida que respondemos a lo que había
antes y construimos sobre ello.
Esto no significa que todos los valores estén cambiando continuamente: a lo
largo de las diferentes épocas, los pintores compartieron sin ninguna duda
algunos valores, como el amor a la pintura y a la observación. Podemos ofrecer
una historia coherente de la pintura gracias a tales coincidencias en los
puntos básicos. Cada artista reaccionará ante sus colaboradores y predecesores,
e introducirá nuevos elementos en el campo. El impresionismo no apareció como
caído del cielo, sino que apareció fundamentado en lo que ya había. No
obstante, decir que un cuadro de un impresionista como Monet es mejor que el de
un artista del Renacimiento, como Leonardo, se consideraría un juicio subjetivo
porque no hay un criterio fijo o común que nos permita emitirlo: los valores
con los que evaluamos un cuadro han ido variando. Incluso podemos emplear
varios valores al mismo tiempo y decidir que tanto Monet como Leonardo son
grandes artistas, cada uno en su propio estilo. Las modas en la forma de vestir
son otro ejemplo de variación de algunos valores. El valor básico de tener buen
aspecto puede no cambiar, pero el tipo concreto de ropa que valoramos variará
de un año a otro. Algunos valores son más resbaladizos que otros y se alteran
con más rapidez, impulsados por el propio cambio cultural. La ciencia se basa
en un conjunto relativamente fijo de valores centrales que se basan en lo bien
que las teorías explican las observaciones, o lo simples que son. Estos valores
no siempre han estado presentes. Leonardo siempre insistió en la importancia de
la observación para formarse opiniones científicas, en vez de basarse en las
creencias tradicionales y en los rumores. De hecho, durante el Renacimiento
comenzaron a emerger los valores científicos modernos. Una vez que estos
valores comenzaron a establecerse y a impregnar con firmeza la cultura,
permitieron juzgar los logros científicos mediante un conjunto relativamente
fijo de criterios. Somos capaces de explicar el progreso en la ciencia porque
nos preguntamos qué teoría proporciona la mejor y más sencilla explicación de
lo que observamos, lo que conduce a que la teoría y las observaciones casen
mejor. De igual forma, podemos explicar las mejoras de la tecnología, como la
comunicación, porque hemos aceptado las medidas a las que nos podemos referir,
como la velocidad a la que viaja la información. En la medida en que poseen un
amplio conjunto de criterios fijos con los que juzgar las cosas, la ciencia y
la tecnología son similares a procesos como la evolución y el aprendizaje
predictivo. En la evolución, los organismos o genes se «juzgan» según los
criterios de éxito reproductivo, mientras que en el aprendizaje predictivo, los
cambios neurales se «juzgan» según los criterios de obtención de recompensas.
Otra peculiaridad de los desplazamientos culturales recurrentes es que se
realimentan para alterar la eficacia de los principios en los que se
fundamentan. Una de las tendencias principales de nuestro periplo cultural ha
sido el incremento de la velocidad y el alcance de las comunicaciones y el
transporte. Nuestra capacidad para explotar los caballos y los camellos nos
permitió expandir el alcance y la interacción entre las primeras civilizaciones
sobre la tierra. De igual forma, las innovaciones en el transporte marítimo y
en la navegación fueron clave para permitir el transporte de bienes e ideas
entre diversos países. Estos desarrollos están movidos por el valor que los
humanos dieron a su tierra y a los bienes. Pero al conectar con más eficacia
las diversas poblaciones, estos desarrollos también dieron lugar a que los
ingredientes del cambio cultural fueran más eficaces: incrementaron la
variabilidad al incrementar el tamaño de la población que es capaz de
interaccionar; permitieron que los logros se extendieran cada vez más lejos
mediante la persistencia y el refuerzo; incrementaron el margen de competencia
y de cooperación; y promocionaron más niveles de riqueza combinatoria al poner
en contacto a personas diferentes entre sí. El efecto colectivo fue acelerar
nuevos desarrollos técnicos para el transporte y la comunicación, lo que
finalmente condujo a trenes, coches, aviones, teléfonos y a Internet. Cada una
de estas innovaciones se basó en lo que ya existía: el primer nombre para el
automóvil fue coche sin caballos, y una radio se conoció como un inalámbrico,
todos ellos nombres extraños a menos que conozcamos su historia. El efecto neto
de estas mejoras en las comunicaciones y en el transporte fue que el mundo se
encogió con la expansión de la población de humanos, lo que aceleró por
realimentación el cambio cultural y a su vez mejoró la eficacia de los
principios en los que se basa. El ritmo siempre creciente del cambio cultural
del que somos testigos hoy en día es el resultado de tal realimentación.
§. Una receta cultural
Hemos visto que el cambio cultural funciona de
acuerdo con la misma receta que nos hemos ido encontrando a lo largo de este
libro. La fuerza impulsora para el cambio es el doble bucle de realimentación
entre el refuerzo y la competencia, de manera que el éxito se favorece a sí
mismo y provoca sus propias limitaciones. Estos bucles están alimentados por un
equilibrio entre la variabilidad de la población (que genera continuamente
nuevas ideas y yuxtaposiciones) y la persistencia (permite que los logros se mantengan
y diseminen a través de la población). La cooperación también resulta esencial
al permitir que las personas se beneficien de las habilidades de los demás, lo
que favorece los logros dentro de los grupos y también produce nuevos niveles
de competencia entre ellos. Al reunir a las personas con las ideas, la
cooperación también conduce a un número enorme de posibilidades combinatorias,
lo que crea un inmenso espacio cultural a través del cual se desplaza nuestra
especie. Este movimiento está auto impulsado, lo que redefine continuamente su
propio contexto mediante el principio de recurrencia.
Se trata de los mismos principios e interacciones que encontramos en los
fundamentos de la evolución, del desarrollo y del aprendizaje. En la evolución,
afectan a poblaciones de individuos que se reproducen en un entorno. En el
desarrollo, los principios actúan sobre poblaciones de moléculas o de células
dentro de un embrión en crecimiento. En el aprendizaje, actúan sobre
poblaciones de activaciones neurales en el cerebro. Con el cambio cultural,
nuestra receta se aplica a poblaciones de seres humanos en interacción. En cada
sistema vemos poblaciones que se impulsan a sí mismas por los inmensos espacios
combinatorios: genético, del desarrollo, neural y cultural. El cambio cultural
es nuestro cuarto ejemplo de receta creativa para la vida.
Debemos ser cuidadosos y no intentar llevar estas similitudes demasiado lejos.
El cambio cultural es diferente en muchos aspectos a los otros procesos: un
acto creativo es muy diferente a una mutación o a una colisión molecular, y los
patrones de la transmisión cultural debidos al lenguaje, a los utensilios y al
copiado no son lo mismo que las leyes de la herencia genética o que la
modificación sináptica. Ha habido intentos de conectar con más precisión la
cultura y los procesos biológicos relacionados. Por ejemplo, se ha propuesto
que una unidad de transmisión denominada meme desempeña en la cultura una
función parecida a la del gen en la evolución[136]. Un meme es
una idea o actividad que se replica y se transmite de un humano a otro, igual
que un gen puede pasar de un padre a su hijo. Mientras que el concepto de meme
puede ser útil para resaltar ciertos paralelismos entre la evolución y el
cambio cultural, también invita a la confusión. Por ejemplo, ¿cuál es el
equivalente preciso de la selección natural que hace que un meme se incremente
a expensas de otro? La respuesta dista mucho de estar clara, lo que condujo al
genetista Jerry Coyne a concluir que el problema con la memética es que «parece
completamente tautológica, incapaz de explicar por qué se extiende un meme,
excepto al afirmar, a posteriori, que tenía cualidades que le permitían
extenderse»[137].
Es importante detenerse a reflexionar para ver la relación entre la cultura y
los otros procesos con un nivel adecuado de abstracción. Gracias a los
principios comunes globales de la receta creativa para la vida veremos su
similitud en la forma. Pero que seamos conscientes de las similitudes formales
no significa que debamos buscar una correspondencia recíproca entre los
componentes. Reconoceremos que el ajedrez y la guerra son contiendas
territoriales sin que se nos ocurra hacer coincidir los escaques del tablero
con las unidades de superficie en una batalla. De hecho, ponernos a buscar la
correspondencia entre las unidades de superficie sería un intento descaminado
que nos distraería en vez de ayudarnos a comprender estos procesos.
Al resaltar las similitudes en la forma en que se aplican a los diferentes
tipos de transformaciones de los seres vivos, he intentado mostrar que la
receta creativa para la vida proporciona un nivel útil y apropiado de
abstracción. Así pues, ya somos capaces de ver que hay un conjunto común de
principios e interacciones en el centro de cada proceso. También sabemos
apreciar que, como humanos, hemos tenido el privilegio de formar parte de
cuatro periplos extraordinarios: el periplo por el espacio genético que condujo
a la especie humana; el periplo por el espacio del desarrollo que condujo a
nuestro nacimiento y crecimiento; el periplo por el espacio neural que condujo
a nuestros pensamientos y acciones; y el periplo por el espacio cultural que
nos permite disfrutar de las ideas y de los logros de los demás. Somos tanto
pasajeros como participantes de estos cuatro grandes viajes de la vida. Además
de tener una forma parecida, estos periplos también están conectados de otra
manera. Los ingredientes básicos del cambio cultural surgieron de los primeros
procesos de la evolución, del desarrollo y del aprendizaje: nuestro periplo
cultural sigue a los otros tres. Pero también hay una relación que va en otra
dirección: nuestra comprensión científica de la evolución, del desarrollo y del
aprendizaje en sí misma es un producto cultural, y gracias a la cultura vemos
todas las transformaciones de los seres vivos. Para conocer mejor esta relación
recíproca entre la cultura y las otras transformaciones, necesitamos mirar más
de cerca cómo están conectados los cuatro periplos.
Capítulo 12
El gran ciclo
Contenido:
§. Orígenes culturales
§. Mundos posibles
§. Autorretrato de la naturaleza
Los humanos somos magníficos contadores de cuentos.
Gracias a las narraciones solemos comunicar nuestra sabiduría y nuestros
conocimientos. Nos gusta que nuestras narraciones tengan diferentes
estructuras, con comienzos y finales claros, y nos suele gustar que las cosas
ocurran por razones concretas que podamos disponer en una secuencia. Estas
consideraciones también serían válidas para una historia sobre nosotros mismos.
Si seguimos la historia de la humanidad, nos solemos preguntar de forma natural
cuándo comenzó y qué nos hace únicos. A menudo buscamos respuestas que nos
definan cualidades como el lenguaje, la imitación, la capacidad para
planificar, el alma humana o la creatividad. Pero a lo largo de este libro,
cuando hemos estudiado el origen de las transformaciones de lo viviente, no
hemos encontrado puntos de partida claros ni esencias que lo definan. No hay
ningún inicio obvio ni cualidades únicas que expliquen la evolución ni el
desarrollo ni el aprendizaje, sino que surgen mediante una colección de
ingredientes que se reúnen e interaccionan entre sí. En vez de puntos de
partida claros, hemos encontrado bucles e interacciones.
Lo mismo le ocurre al cambio cultural: nuestro panorama actual no se puede
rastrear para llegar a una causa última, sino que depende de una receta con
muchos ingredientes en constante interacción. En vez de una fecha concreta de
inicio o de una esencia que lo defina, el origen de la cultura humana se
encuentra en la manera en que surgen y se reúnen sus distintos componentes. Echemos
un vistazo a la procedencia de cada uno de los principios que hay detrás de las
transformaciones culturales.
§. Orígenes culturales
La variabilidad de los humanos surge de las
diferencias al nacer y al educarnos. El cerebro con el que nacemos está
influido por los genes que heredamos y por la manera en que modifican nuestro
desarrollo en el útero. Después de nacer se adquieren más características
individuales a medida que nos encontramos en distintas situaciones y aprendemos
de ellas. Mediante estos encuentros, nuestro cerebro se va construyendo sobre
expectativas y discrepancias, lo que nos convierte en individuos con una
determinada manera de ver y hacer las cosas. La variabilidad que permite el
cambio cultural en las poblaciones humanas se puede seguir hasta la naturaleza
del cerebro y de sus interacciones, lo que a su vez es reflejo de la
interacción entre la evolución, el desarrollo y el aprendizaje.
Lo mismo vale para la persistencia cultural. La transmisión del conocimiento y
la experiencia de una persona a otra depende de nuestra capacidad para
comunicarnos. Esta habilidad, a su vez, se fundamenta en el desarrollo y el
aprendizaje de cada uno de nosotros. El cerebro nos permite aprender idiomas,
ademanes y acciones, y de esta forma establecer una comunicación eficaz con los
demás. También podemos aprender a fabricar herramientas u otros utensilios
duraderos, y ayudar a transmitir el conocimiento entre las personas. La
persistencia cultural está anclada en el modo en el que nuestro cerebro
evolucionó, se desarrolla y aprende, lo que nos permite comunicarnos
satisfactoriamente y con consecuencias duraderas.
Nuestra capacidad de comunicación también desempeña una función esencial en el
refuerzo cultural. Gracias a ella, determinadas ideas y logros se diseminan por
una población. Pero lo que se disemina también depende de lo que valoramos:
nacemos con unos valores determinados, impregnados en las conexiones neurales
de nuestro cerebro, que están enraizados en nuestro pasado evolutivo. Nuestros
deseos básicos de comodidad, de comida y de pareja surgen porque tienden a
promover la supervivencia y la reproducción. Gracias al aprendizaje, estos y
otros valores innatos se elaboran y amplifican de distintas maneras. Podemos
llegar a valorar el dinero, la fama, el conocimiento o un cuadro bonito, pero
cualesquiera que sean los valores que adquiramos, están enraizados en nuestra
herencia biológica y luego modificados mediante el aprendizaje. Al igual que
con los principios anteriores, el refuerzo cultural está asentado en la
evolución, en el desarrollo y en el aprendizaje. Los principios de la
competencia y la cooperación culturales tienen raíces biológicas similares. Al
haber evolucionado como animales sociales, los humanos están dotados de un
equilibrio sutil entre impulsos competitivos y cooperativos. Nuestra naturaleza
competitiva es el resultado de la necesidad de favorecer nuestra propia supervivencia
y reproducción. Al competir por la comida, por la comodidad o por la atención,
incrementaremos la probabilidad de sobrevivir y de dejar descendencia. La
cooperación dentro de un grupo social también es importante, por lo que nos
podemos beneficiar de la asistencia mutua: si cooperamos con nuestro compañero,
veremos incrementadas las opciones de supervivencia y de prosperidad de
nuestros hijos. La competencia y la cooperación interaccionan de todas las
maneras posibles durante el cambio cultural, pero siempre estarán enraizadas en
nuestro pasado biológico.
Lo mismo vale para el principio de la riqueza combinatoria: el cerebro está
estructurado para operar de un modo combinatorio para integrar la información
que llega de muchos impulsos. En el caso de los humanos, estos impulsos
incluirían información procedente de otras personas, de lo que dicen y de lo
que hacen. Como nuestras redes neurales se pasan información unas a otras,
estos impulsos sociales refuerzan algunas conexiones neurales mientras debilitan
a otras. Gracias a este proceso, el cerebro se modifica, lo que nos permite
beneficiarnos de los logros de los demás y llegar a nuevas combinaciones en
forma de lenguaje, utensilios o ideas. El inmenso espacio cultural por el que
transita la especie humana está arraigado en el modo combinatorio con el que
nuestro cerebro se desarrolla, funciona e interacciona.
Finalmente, el principio de la recurrencia también está asentado en nuestras
características biológicas. Desde un punto de vista evolutivo, no es rentable
estar satisfecho, sino que sería mejor buscar continuamente acciones que
incrementen la probabilidad de supervivencia y reproducción. Como en muchos
otros animales, nuestro cerebro está estructurado para buscar la mejor manera
de actuar entre las opciones disponibles. Aunque mejoren las condiciones, la
complacencia nunca conviene: se podrían desaprovechar oportunidades y correr el
riesgo de que a otros les vaya mejor que a nosotros. En un conjunto determinado
de opciones, tendemos a buscar la que concuerda mejor con nuestros valores: la
mejor comida, la mejor pareja, el mejor utensilio, la mejor manera de
comunicarse, el mejor modo de sortear problemas o la mejor explicación[138]. Las
opciones disponibles y lo que valoramos pueden cambiar con el tiempo, pero no
nuestra búsqueda de lo mejor. Incluso un monje de clausura puede buscar el
mejor lugar para meditar o el mejor modo de vida. Una falta de interés por
buscar lo mejor, sin preocuparse de lo que suceda, se considera una enfermedad,
un signo de desconexión o de depresión.
Tal y como vimos con el aprendizaje DT (capítulo 7), aprendemos de una manera
relacional, siempre ajustando nuestras expectativas al aprender de las
discrepancias, por lo que a medida que algunas opciones o valores se fortalecen
y afianzan, aparecen otros nuevos que conducen a nuevas rondas de refuerzo y
competencia. Este desplazamiento continuo de las expectativas y de los valores
es lo que mantiene la cultura en constante movimiento. Si alcanzásemos un punto
en el que todo el mundo estuviera completamente satisfecho, entonces sería
probable que se detuviera la cultura. Pero esto es muy poco probable porque
tenemos una tendencia natural a estar cada vez más insatisfechos con algunos
aspectos de la vida: nuestro cerebro busca continuamente discrepancias y las
acciones que ayudarán a resolverlas. Además, si apareciese un reducto estancado
de cultura humana, sería vulnerable a una invasión de un grupo competidor de
personas menos satisfechas que buscan nuevos territorios o recursos. El
principio de recurrencia, el contexto siempre cambiante del espacio cultural,
está fundamentado en nuestra biología, en ese impulso continuo que nos lleva a
encontrar la mejor manera de actuar entre las opciones disponibles.
Todos los ingredientes para el cambio cultural están fundamentados en nuestro
pasado biológico y nos los encontraremos en otros animales sociales, desde las
termitas a los perros. Pero con la evolución del Homo sapiens, los
ingredientes se juntaron e interaccionaron con una fuerza particular. Nuestra
capacidad para aprender, comunicarnos e interaccionar es mucho mayor que la de
cualquier otro ser vivo. Un termitero constituye un esfuerzo colectivo
magnífico, pero su forma básica solo cambiaría a escala evolutiva mediante las
alteraciones en las reacciones instintivas de sus constructores. En cambio,
nuestras casas y ciudades son muy diferentes de las moradas de nuestros
ancestros, hace 10.000 años. No se debe a que haya cambiado algún gen, sino a
las transformaciones culturales que surgen de nuestra capacidad para aprender,
comunicarnos e interaccionar. A medida que avanza nuestro periplo cultural,
nuestros progresos también han servido de realimentación para mejorar los
diferentes ingredientes en los que se basan. El desarrollo de medios de
comunicación y de transporte más eficaces, por ejemplo, impulsó la variabilidad
de la población, la persistencia, el refuerzo, la competencia, la cooperación y
la riqueza combinatoria, además de catalizar nuestro movimiento recurrente por
el espacio cultural.
Hemos visto que la evolución, el desarrollo y el aprendizaje son tres ejemplos
de la receta creativa para la vida que se enmarcan unos a otros. Los tres
procesos tienen una forma parecida y también están conectados por la historia,
de manera que el desarrollo se engasta en la evolución y el aprendizaje en
ambos procesos. Ahora podemos ver el cambio cultural como un cuarto ejemplo de
la receta enmarcado por sus predecesores. No solo se parece a las otras
transformaciones al tener una receta creativa común, sino que está engastado en
ellas.
Pero démosle una vuelta de tuerca más a la historia. Nuestros conocimientos
sobre evolución, desarrollo y aprendizaje son producto de la cultura. Las
teorías de Darwin o de Turing son resultado de nuestra herencia cultural
durante siglos. Nuestro cuarto ejemplo de la receta es especial por algo muy
concreto: la cultura humana no solo está enmarcada por los otros tres procesos,
sino que gracias a ella conseguimos verlos a todos. Enmarca y está enmarcado
por todos ellos. Sería como si Simbad, al contar su historia a los invitados,
comenzase a leer en voz alta el libro Las mil y una noches que
contiene su propia historia.
La cultura como sistema de encuadre no solo se aplica a la biología, sino a
toda la ciencia. Las teorías de Newton y de Einstein son también un producto
cultural, como las de Darwin o Turing. ¿Cómo podemos compaginar este doble
aspecto de la cultura? ¿Qué debemos considerar que es más importante, el marco
de la cultura para la ciencia, o el marco de la ciencia para la cultura? Para
responder esta pregunta, quiero estudiar de dónde vienen algunas de nuestras
ideas más básicas sobre el mundo.
§. Mundos posibles
Solemos decir que el espacio tiene tres
dimensiones, que contiene objetos materiales con longitud, anchura y
profundidad. Podemos imaginar objetos que tengan menos dimensiones, pero no
tendrían una existencia material: un objeto bidimensional sería infinitamente
delgado y, por lo tanto, insustancial. Pero no es tan fácil pensar en objetos
que tengan más de tres dimensiones. No nos resulta fácil imaginar objetos
cuatridimensionales[139]. ¿Esta
limitación es una característica de nuestra perspectiva o del mundo físico que
nos rodea?
Miremos en primer lugar las diferentes maneras que usamos para evaluar los
objetos. Cuando tenemos una manzana en la mano, podemos apreciar muchos de sus
aspectos, como el color, el olor y la forma. Si se apaga la luz, dejaremos de
verla, pero su aroma y la forma seguirían resultando evidentes a los sentidos
del olfato y del tacto. Diríamos que la manzana todavía está ahí, pero que no
podemos verla. De igual forma, si ya no pudiéramos oler la manzana por alguna
razón, no diríamos que la manzana se esfumó porque seguiríamos viéndola y
sintiéndola. Sin embargo, la situación es muy diferente si imaginamos que la
manzana ya no resiste la prensión: si viéramos que los dedos la atraviesan
cuando intentamos agarrarla, entonces concluiríamos que se habría convertido en
un fantasma y que en realidad ya no existe. El modo en el que entramos en
contacto con una manzana y la sentimos parece ser algo intrínseco a ella, mientras
que los atributos como el aspecto visual y el olor son más circunstanciales.
Desde un punto de vista biológico, que atribuyamos más importancia a unos
aspectos de los objetos que a otros está relacionado con lo que más importa
para nuestra supervivencia y reproducción. Lo más importante para nosotros es
el tipo de contactos que establecemos con los objetos que nos rodean. Comemos
en contacto con la comida, nos reproducimos en contacto con otros humanos
semejantes, y prolongamos nuestra vida al evitar el contacto con las cosas que
podrían matarnos. El sentido del tacto nos proporciona el acceso más inmediato
al contacto. Cuando tocamos algo, sentimos que es real porque el contacto nos
causará un daño real o será bueno. Los sentidos como la vista son más indirectos,
ya que no podemos comer ni reproducirnos con la vista; esta es solo importante
en la medida en que nos ayuda a favorecer o evitar determinados contactos. La
vista nos ayudará a entrar en contacto con la comida o con la pareja, y a
evitarlo si se trata depredador. Tendemos a pensar que el tacto es el árbitro
principal de la realidad, un juez de lo realmente importante, mientras la vista
tiene una importancia secundaria. Si viviéramos como las plantas sería de otro
modo, porque la exposición a la luz tendría consecuencias muy directas para la
supervivencia, ya que dependeríamos de ella directamente para alimentarnos
mediante la fotosíntesis; las cualidades visuales parecerían por tanto más
fundamentales.
Algunos aspectos de la vista, como la forma de un objeto, están muy
correlacionados con el tacto: podemos ver y sentir que una manzana es esférica.
Estos aspectos compartidos contribuyen a nuestra visión tridimensional de los
objetos. La vista y el tacto colaboran diciéndonos que no necesitamos más que
tres dimensiones para describir la extensión de un objeto. Los aspectos
visuales que no se correlacionan con el tacto no forman parte de esta
descripción. El color de una manzana no es directamente relevante para lo que
se siente, por lo que nuestras tres dimensiones son incoloras (y son inodoras y
silenciosas por motivos parecidos).
Una buena manera de transmitir cuatro dimensiones es incorporar una cualidad
adicional en el modo en el que experimentamos los contactos. Voy a utilizar el
color como ejemplo. Empezaré por presentar el mundo del arcoíris. Se trata de
un mundo como el nuestro, salvo que cada objeto tiene un único color
(estrictamente hablando, un intervalo de color), que se encuentra en algún
tramo del espectro visible. Algunos objetos son rojos, otros amarillos, etc. La
peculiaridad más extraña del mundo del arcoíris es que los objetos solo chocan
entre sí cuando tienen el mismo color. Por lo tanto, una persona roja puede
chocarse con una mesa roja, pero puede atravesar una de color naranja. Mediante
el tacto, la persona roja siente solo cosas rojas, aun cuando pueda ver objetos
de otros colores. Esto ocurrirá tanto si la luz está encendida como apagada:
una persona roja seguirá chocándose con una mesa roja en la oscuridad aunque no
sea capaz de ver que era roja. Una característica más del mundo del arcoíris es
que los humanos y otros animales pueden cambiar de color. Si una persona roja
quiere dejar de tropezar con una mesa roja, pueden decidir que la rodeará o que
la atravesará cambiando su propio color a naranja.
Si hubiésemos evolucionado en el mundo del arcoíris, podríamos pensar de forma
natural que los objetos tienen cuatro dimensiones: las tres dimensiones
espaciales y la cuarta del color. Estaríamos acostumbrados a los
desplazamientos por el espacio y por los colores para encontrar comida y
pareja. Para comer una manzana, no solo necesitaríamos movernos hacia ella,
sino también cambiar nuestro color para que coincidiéramos, y si quisiésemos
evitar a un depredador, tendríamos las opciones de cambiar de color o salir
corriendo. Por supuesto, el depredador podría a su vez cambiar de color para
coincidir con el nuestro, con lo que nos perseguiría en la dimensión del color
igual que nos podría perseguir por el espacio. El cerebro sería un experto
pensador cuatridimensional.
Podríamos pensar que el color actúa aquí más bien como el tiempo, al igual que
algunas veces tratamos el tiempo como una dimensión más. Pero el tiempo es
diferente porque no podemos alterarlo con nuestros propios esfuerzos y sentir
las consecuencias. Por supuesto, podemos retroceder en el tiempo con los
recuerdos, pero cuando lo hacemos, no chocamos con los objetos que recordamos:
si sabemos que alguien se sentó en donde estamos sentados ahora, el recuerdo de
ese suceso no nos hace chocar con dicha persona. En cambio, el mundo del
arcoíris es genuinamente cuatridimensional porque podemos cambiar el color y
sentir las consecuencias, tal y como podemos cambiar nuestra posición espacial
para provocar o evitar un contacto.
Ejemplos como el mundo del arcoíris indican que la incapacidad para pensar en
cuatro dimensiones no se debe a una limitación intrínseca del cerebro, sino al
modo en el que interaccionamos con el mundo que nos rodea. Si nuestro mundo
funcionase de acuerdo a las reglas del mundo del arcoíris, entonces habríamos
evolucionado, desarrollado y aprendido a pensar en cuatro dimensiones en vez de
en tres. Por supuesto, no vivimos en el mundo del arcoíris porque los objetos
con colores diferentes no tienen la costumbre de atravesarse unos a otros.
Vivimos en un mundo en el que nuestro patrón de contactos puede ser explicado
con tres dimensiones. El origen de nuestro punto de vista no se encuentra
simplemente en nuestro cerebro ni en el mundo que nos rodea, sino en el mundo
con el que interaccionamos.
Vamos a llegar a la misma conclusión de otra manera. La teoría de la gravedad
de Newton tiene algunas limitaciones. Como advirtió Einstein, la teoría
comienza a fallar cuando los cuerpos se acercan a la velocidad de la luz y no
consigue explicar correctamente el efecto de la gravedad sobre la propia luz[140]. Einstein
trató estos problemas con sus teorías especial y general de la relatividad, que
desafían algunas de nuestras suposiciones más preciadas sobre el espacio y el
tiempo. Lo normal es que pensemos que el espacio y el tiempo son independientes
entre sí, de manera que el tiempo pasa del mismo modo con independencia de lo
rápido que nos movamos por el espacio. De acuerdo con la relatividad especial,
el tiempo y el espacio están íntimamente conectados por lo que el tiempo
transcurrirá de un modo distinto en los objetos que se están moviendo unos
respecto a otros. Esto solo se consigue percibir cuando los objetos se acercan
a la velocidad de la luz, por lo que en nuestra escala normal de existencia
podemos ignorar dichos efectos relativistas. De igual forma, los efectos de la
gravedad sobre la luz, como se describe mediante la relatividad general, se
hacen más evidentes cuando las masas son muy grandes, como en un agujero negro
donde la gravedad es tan fuerte que la luz no se puede escapar.
La relatividad y su concepto de espacio y tiempo nos resultan más abstractos y
difíciles de entender que la teoría de Newton, lo que se debe a la manera en la
que interaccionamos con el mundo y no a ninguna capacidad de abstracción
inherente. Nuestro cerebro está organizado para hacer frente a los objetos que
nos rodean, que no suelen acercarse a la velocidad de la luz cuando se mueven
respecto a nosotros (la luz viaja a aproximadamente mil millones de kilómetros
por hora) y, por lo tanto, los percibimos en una muy buena aproximación como si
el espacio y el tiempo fueran independientes. Pero esto no funcionaría si
trabajáramos de forma habitual a una escala diferente. Como escribe el
astrónomo Martin Rees, «una inteligencia que pudiera transitar rápidamente por
el universo —constreñida por las leyes físicas básicas, pero no por la
tecnología actual— ampliaría sus intuiciones sobre el espacio y el tiempo para
que incorporasen las consecuencias peculiares y aparentemente extravagantes de
la relatividad»[141]. A esa
inteligencia que habitaría en una escala muy superior a la nuestra, la teoría
de la relatividad le resultaría más sencilla que nuestra percepción de
independencia del espacio y del tiempo.
Necesitaremos una gimnasia imaginativa similar para el mundo de lo minúsculo.
La materia está compuesta por muchísimos átomos. Solemos pensar que los átomos
son como los objetos cotidianos, salvo que son extremadamente pequeños, como
pelotas de ping-pong pequeñísimas. Sin embargo, esta visión fue derrocada por
los descubrimientos de la mecánica cuántica: a escala atómica y de las
partículas que la forman, como los electrones, ya no valen las suposiciones
sobre los objetos cotidianos. No podemos, por ejemplo, saber exactamente dónde
está un electrón si también queremos saber lo rápido que se mueve, simplemente
porque resulta imposible detener un electrón en su camino y decir «aquí está».
Cuanto más seguros estemos de la posición del electrón, más inseguros estaremos
de lo rápido que se mueve. Comenzaremos a hablar en términos de probabilidad en
vez de certeza, y la materia adquiere un aspecto entre difuso y borroso. La
borrosidad disminuye a medida que se incrementa la masa del objeto, por lo que
en el momento en que obtenemos objetos visibles, como las manzanas, compuestos
por una cantidad ingente de átomos, el grado de incertidumbre se vuelve
insignificante. Podemos apuntar a una manzana que reposa en un lugar concreto
de una mesa porque el nivel de incertidumbre para algo con la masa de una
manzana es tan diminuto que resulta imperceptible. Los efectos cuánticos siguen
existiendo en la manzana, pero serán despreciables a menos que ampliemos la
escala hasta la de los átomos que la forman. Al igual que nuestros conceptos de
espacio y tiempo se desmontaban debido a los efectos relativistas cuando la
velocidad o la masa se vuelven enormes, nuestro concepto habitual de los
objetos y de la materia se desmorona por los efectos cuánticos cuando nos
adentramos en la escala atómica.
Esto no significa que haya tres tipos fundamentales de realidad física, cada
uno para las escalas pequeña, mediana y grande, sino que es una consecuencia
del modo en el que normalmente interaccionamos con el mundo. Como humanos,
adquirimos conceptos que nos permiten ocuparnos de los objetos que podemos ver
y tocar con facilidad, como las manzanas o las montañas. Nuestro concepto de
objetos con una posición definida en el espacio y en el tiempo es un marco de
referencia extremadamente eficaz para hacer frente al mundo a esta escala. Sin
embargo, los conceptos cotidianos empiezan a resultarnos menos apropiados
cuando nos movemos a escalas muy alejadas de nuestra norma, tanto por grande
como por pequeña. Para manejarnos con estas escalas, necesitaremos expandir
nuestros conceptos de siempre, a menudo de un modo que nos resultará incómodo o
desconcertante. Como nuestras ideas se basan en las interacciones con el mundo
a una escala concreta, nos veremos forzados a pensar de un modo que parece más
abstracto a medida que intentamos abarcar escalas más amplias.
Los ejemplos como el mundo del arcoíris, la relatividad y la mecánica cuántica
resaltan lo que muchos filósofos ya habían apuntado[142]: no podemos
acceder directamente a nuestro mundo, sino que siempre nos veremos forzados a
mirarlo a través de marcos de referencia concretos que no son arbitrarios, sino
que proceden del mundo y de nuestra interacción con él. La idea de espacio
tridimensional tiene que ver con el modo en que interaccionamos con el mundo
concreto en el que nos encontramos, de manera que si fuera diferente, también
lo contemplaríamos de un modo distinto. Las teorías de la relatividad y de la
mecánica cuántica también constituyen marcos de referencia para estudiar el
mundo, y nos revelan que no es tan sencillo como nuestras interacciones
cotidianas con él podrían hacernos pensar. No obstante, estos marcos de
referencia se basan en nuestra interacción con el mundo, porque los científicos
idearon estas teorías mediante la experimentación y la observación. No podemos
separar con nitidez nuestra visión del mundo físico y el modo en el que
interaccionamos con él.
Lo mismo valdrá para nuestras explicaciones científicas de la evolución, del
desarrollo y del aprendizaje. No podemos describir estos procesos si no es
mediante los marcos de referencia culturales que se basan en ellos. Esto no
significa que nuestros puntos de vista científicos sean arbitrarios, sino que
son el reflejo de la estructura del mundo y de nuestras interacciones con él.
La relación entre nuestros cuatro ejemplos de la receta creativa para la vida
no es una simple cadena unidireccional desde la ciencia a la cultura, o desde
la cultura a la ciencia, sino que implica una interacción bidireccional entre
nuestros puntos de vista y los procesos que los originaron.
§. Autorretrato de la naturaleza
Cézanne era un hombre obsesionado, y algunas de sus
obsesiones eran más bien desafortunadas. Le aterrorizaba que lo tocaran, como
comprobó Émile Bernard cuando un día cometió el error de intentar ayudarlo
después de que se cayera[143]. Pero su
obsesión con las manzanas es algo a lo que le estaremos eternamente
agradecidos: pintó más de 30 bodegones con manzanas (véase la figura 83, lámina
14, por ejemplo). De acuerdo con el crítico Gustave Geffroy, Cézanne proclamó
«Asombraré a París con una manzana»[144]. Su objetivo
no era simplemente copiar manzanas, sino utilizar estos humildes objetos para
explorar las relaciones con el color, la tonalidad y la forma. «Pintar la
naturaleza», se le atribuye que dijo, «es dejar libre la esencia del modelo. La
pintura no significa la copia sumisa de un objeto. El artista debe percibir y
capturar la armonía existente en medio de otras muchas relaciones[145] ». Cada
artista capturará estas armonías y relaciones a su modo. Basta con comparar la
pintura de Cézanne con la manera en la que Renoir trató un objeto parecido
(figura 84, lámina 15), hecha más o menos en la misma época. Las manzanas de
Renoir parecen más suaves que las de Cézanne y carecen de su intensa calidad
escultural, porque las vio y las pintó a su manera.
Figura 83. Bodegón con membrillo, manzanas y peras, Paul Cézanne, hacia
1885-1887. Véase la lámina 14.
Los científicos también retratan las manzanas de
varias maneras. Las manzanas de la física se presentan en diferentes
variedades. Está la manzana de Newton, que cae de acuerdo con la ley de la
gravedad, y la versión relativista de Einstein impregnada del espacio-tiempo.
También está la manzana de la mecánica cuántica, que comprende muchas
partículas que se comportan de una manera extravagante y difusa cuando las
miramos de cerca. Luego están las distintas manzanas que surgen de la receta
creativa para la vida: la manzana que se ha perfeccionado durante muchas
generaciones de selección natural, el manzano que se desarrolla a partir de una
pequeña pepita, y la manzana que aprendemos a apreciar a través de nuestros
marcos de referencia neurales.
Figura 84. Manzanas y peras, Pierre-Auguste Renoir, hacia 1885-1887. Véase
la lámina 15.
Todas estas manzanas están conectadas entre sí. La
manzana evolutiva se fundamenta en la física: los organismos y su entorno están
hechos de materia sujeta a las leyes físicas. La manzana en desarrollo está
arraigada en la evolución porque, gracias a la historia del éxito reproductor
diferencial, las pepitas consiguen desarrollarse en manzanos. La manzana que
vemos se basa también en todos estos predecesores al igual que nuestra
interpretación surge del modo en que nuestro cerebro evolucionó, se desarrolla y
aprende. Finalmente, tenemos la manzana de Cézanne, un producto de la cultura
impregnada de las otras.
Pero las conexiones también se establecen en la dirección opuesta, desde la
manzana cultural hacia las otras. Nuestra cultura, que incluye nuestra
perspectiva científica, proporciona el marco de referencia a través del cual
vemos el mundo. Esto significa que no podemos fundamentar nuestra visión del
mundo simplemente en la física, porque tan pronto como describimos el mundo
físico, lo estaremos haciendo a través de un marco de referencia cultural
concreto. Ni tampoco podemos cimentar nuestra visión del mundo meramente en la
cultura, porque nuestros puntos de vista no flotan aislados, sino que están
impregnados del modo en el que evolucionamos, nos desarrollamos y aprendemos.
En vez de un argumento lineal con un comienzo simple, tenemos una interacción
bidireccional cuyos marcos de referencia enmarcan y se enmarcan mutuamente.
Puede parecer poco satisfactorio el que no seamos capaces de identificar un punto
de partida absoluto, pero quizá se deba a la otra peculiaridad de nuestra
herencia cultural: nos gusta que las historias tengan un comienzo, un nudo y un
desenlace. Pero este no es el modo en que se estructura el mundo ni nuestro
lugar dentro de él.
La interdependencia entre los marcos de referencia y lo que enmarcan no comenzó
con los humanos: hemos de pensar que cada microorganismo constituye un marco de
referencia que captura las relaciones con su entorno. El alga unicelular Chlamydomonas tiene
proteínas Rubisco que encajan con la forma de las moléculas de dióxido de
carbono, lo que les permite fijar carbono. También tiene flagelos de tipo
látigo y una capacidad de respuesta que le permite nadar hacia la luz. Estas
adaptaciones permiten que el microorganismo esté preparado para determinados
aspectos de su mundo. Esta preparación se produjo gracias a una interacción
bidireccional continua entre el organismo y el entorno. Los organismos enmarcan
su entorno de maneras concretas, y el entorno entonces sirve de realimentación
para seleccionar los marcos de referencia que se verán favorecidos por la
selección natural. El periplo de las poblaciones por el espacio genético está
íntimamente conectado con el entorno que las rodea. Gracias a este proceso,
cada especie ha evolucionado con su propio y profuso grupo de peculiaridades,
que constituye un modo peculiar de capturar las relaciones con su entorno, del
mismo modo que cada artista tiene su propia perspectiva del mundo. Este
emparejamiento entre el organismo y el entorno, entre el marco de referencia y
lo enmarcado, surge gracias a la evolución, que fue nuestro primer ejemplo de
la receta creativa para la vida.
Los otros marcos de referencia aparecen cuando la evolución da vida al
desarrollo, la segunda versión de la receta creativa para la vida. A medida que
los organismos pluricelulares evolucionaron, consiguieron capturar aspectos de
su entorno cada vez más complejos. El sargazo vejigoso captura el movimiento
del mar, la gravedad y el modo en el que incide la luz al crecer de una forma
particular con distintos tipos celulares: ordena el mundo ordenándose a sí
mismo. Los organismos capturan las relaciones espaciales del mismo modo que
capturan los patrones temporales. La maleza florece según la duración del día,
la hoja de la Venus atrapamoscas se cierra cuando un insecto deambula por ella,
y una babosa de mar acaba por ignorar que se le está tocando continuamente. Los
periplos de los embriones por el espacio del desarrollo, engendrado por la
evolución, están conectados íntimamente con su entorno. Cada planta y animal
pluricelulares proporcionan un retrato determinado del mundo que ha surgido
mediante la evolución y el desarrollo.
Las respuestas al entorno se han vuelto particularmente elaboradas en los
animales, y alteran constantemente lo que estos experimentan mediante sus
propios movimientos. Muchos de estos organismos desarrollan un sistema nervioso
y un cerebro que les permite aprender a través de la secuencia de
acontecimientos que se van encontrando. Son capaces de predecir lo que es
probable que les recompense o les castigue, y luego modificar su acción en
consecuencia. Aprenden a calibrar sus acciones frente a sus efectos y a
manejarse con más eficacia en el mundo que les rodea. Con la exploración y el
sondeo del mundo, se anclan a sí mismos en él, enmarcándose al mismo tiempo a
sí mismos y a su entorno. Como están continuamente resolviendo discrepancias y
construyendo sobre las mismas, verán el mundo bajo una nueva perspectiva, y
hallarán nuevos marcos de referencia que capturarán lo que les rodea. El
aprendizaje representa otro modo de dividir el mundo a través de marcos de
referencia neurales que se modifican según la experiencia.
La interdependencia entre el marco de referencia y lo enmarcado no es única de
la cultura, sino que se encuentra en todos los casos de la receta creativa para
la vida. La evolución, el desarrollo y el aprendizaje conducen a una
organización de la materia, el organismo, que capta las relaciones con la
materia de su entorno (incluidos otros organismos). Los organismos son materia
que se enmarca a sí misma. La receta creativa para la vida proporciona los
principios generales mediante los que surge tal auto enmarcación. Se trata de
una receta para la auto descripción, una receta mediante la cual el mundo se
retrata a sí mismo de distintas maneras. En la sociedad de los humanos, el
autorretrato ha alcanzado un nuevo nivel: el modo en el que los organismos
conciben su propio origen y su lugar en la naturaleza. Este autorretrato
muestra algunas de nuestras propias peculiaridades como seres humanos. Pero el
cuadro que aparece no es arbitrario, del mismo modo que un autorretrato de
Rembrandt no es una colección arbitraria de pinceladas. Más bien la situación
se parece a la litografía de M. C. Escher que muestra a un hombre que mira un
cuadro del que forma parte (figura 85). Al igual que el hombre de Escher, nunca
podemos salir de nuestro cuadro, pero esto no significa que no podamos
contemplarlo e intentar comprender el mundo fascinante del cual somos una parte
inseparable.
Figura 85. Galería de grabados, M. C. Escher, 1956.
Agradecimientos
El tronco de un árbol no empieza desnudo, sino que
va desprendiéndose de muchas ramas. Esto podría parecer un despilfarro: ¿por
qué formar ramas para luego perderlas? Estas ramas desempeñan una función
crítica en el arbolito joven al permitirle recoger energía y crecer. Cuando el
árbol alcanza una cierta altura, las ramas inferiores comenzarán entonces a
perder importancia y se volverán prescindibles. Del mismo modo, he tenido que
desprenderme de muchas palabras y páginas para producir este libro. Queda muy
poco de los primeros borradores que fueron vitales al permitirme poner a prueba
las ideas, explorarlas y retomarlas como punto de partida. Estoy agradecido a
muchas personas por haberme ayudado en este proceso, podando por aquí o
animando el crecimiento por allá, y por ayudarme a formular las ideas que
acabaron creciendo para formar este libro.
En particular, quisiera agradecerle a mi colega Andrew Bangham su ánimo y los
estimulantes debates desde las primeras etapas del libro. Sus conocimientos de
programación junto con los de Andy Hanna también resultaron decisivos para
desarrollar las ideas del reconocimiento y los programas de análisis de
retratos utilizados en el capítulo 9. También estoy profundamente en deuda con
Peter Dyan por ser generoso con su ayuda y consejos en los capítulos sobre el
aprendizaje, y a mis padres, Doris y Ernesto Coen, por su apoyo infatigable y
la lectura crítica de los muchos borradores que les he enviado.
Me gustaría agradecerle a Graeme Mitchison sus utilísimos comentarios y su
ánimo, a Roger Carpenter su guía crítica sobre la ciencia de los movimientos
oculares, a Chris Frith los comentarios útiles sobre la cognición, a Alicia
Hidalgo su ayuda general y sus consejos sobre la neurobiología del desarrollo,
a Jonathan Miller sus conversaciones estimulantes sobre el reconocimiento y el
cambio cultural, y a Przemyslaw Prusinkiewicz las muchas conversaciones útiles
y divertidas. Le estoy agradecido a Richard Kennaway por pasar a ordenador el
Cézanne deformado y a Ellen Poliakoff por los datos sobre el seguimiento del
ojo. Gracias también por sus útiles aportes a Katie Abley, Dennis Bray, Antonio
Cuadrado-Fernández, Veronica Grieneisen, Martin Howard, Stan Marée, Marie
Mirouze y David Stern. También me gustaría agradecerle a mi agente Peter
Tallack su ayuda para dar forma al argumento del libro, a mi editor en PUP,
Alison Kallet, su sabiduría y su capacidad para reencauzarme con tacto cuando
fue necesario, y a la correctora Sheila Dean y a la editora Beth Clevenger por
sus útiles comentarios. Por supuesto, me responsabilizo de cualquier error o
interpretación errónea de este libro.
Gracias también a los miembros de mi laboratorio y a mi ayudante personal,
Georgina van-Aswegen, por su apoyo durante el tiempo que estuve escribiendo el
libro. Finalmente, no podría haber escrito este libro sin el apoyo continuo y
la comprensión de mi esposa Lucinda y de mis hijos Pip, Timmy y Susie.
Bibliografía
-Acker, W. B. R. Some T’ang andPre-T’angTexts
on Chinese Paintings. Dover, Nueva York, 1954.
-Allis, C. D. Epigenetics. Cold Spring Harbor Laboratory Press, Cold Spring
Harbor, Nueva York, 2009.
-Bahrami, B., K. Olsen, et al. «Optimally Interacting Minds».Science 329
(5995): pp. 1081-1085, 2010.
-Ball, P. H2O: A Biography of Water. Phoenix Press, Londres, 2000.
-Balleine, B. W. y A. Dickinson. «Goal-Directed Instrumental Action:
Contingency and Incentive Learning and Their Cortical Structures».Neuropharmacology
37, 1998, pp. 407-419.
-Bard, J. «A Unity Underlying the Different Zebra Striping Patterns». Journal
of Zoology183, 1977, pp. 527-539.
-Barton, N. H., D. E. G. Briggs, et al. Evolution. Cold Spring Harbor
Laboratory Press, Cold Spring Harbor, Nueva York, 2007.
-Bell, P. R., A. R. Hemsley. Green Plants: Their Origin and Diversity.
Cambridge University Press, Cambridge, 1992.
-Berns, G. Satisfaction: The Science of Finding True Fulfillment. Henry Holt,
Nueva York, 2005.
-Blackett, P. M. S. «Rutherford Memorial Lecture 1954».Physical Society
Yearbook, 1955, pp. 13-22.
-Blackmore, S. The Meme Machine. Oxford University Press, Oxford, 1999.
-Bonner, J. T. Why Size Matters: From Bacteria to Blue Whales. Princeton
University Press, Princeton, N. J., 2006.
-Boring, E. G. «A New Ambiguous Figure». American Journal of Psychology 42,
1930, pp. 444-445.
-Bray, D. Wetware: A Computer in Every Living Cell. Yale University Press, New
Haven, Conn., 2009.
-Bridgeman, B., D. Hendry, et al. «Failure to Detect Displacement of the Visual
World During Saccadic Eye Movements». Vision Research15, 1975, pp. 719-722.
-Brown, D. A. Leonardo da Vinci: Origins of a Genius. Yale University Press,
New Haven, Conn., 1998.
-Bruce, V. y A. Young. In the Eye of the Beholder: The Science of Face
Perception. Oxford University Press, Oxford, 2000.
-Carpenter, R. H. S. Movements of the Eyes. Pion, Londres, 1988.
—. Neurophysiology. Edward Arnold, Londres, 2003.
-Carroll, S. B. Endless Forms Most Beautiful: The New Science of Evo Devo and
the Making of the Animal Kingdom. W. W. Norton, Nueva York, 2005.
-Carroll, S. B., J. K. Grenier, y S. Weatherbee. From DNA to Diversity:
Molecular Genetics and the Evolution of Animal Design. Blackwell Science,
Malden, Mass., 2001.
-Coen, E. The Art of Genes. Oxford University Press, Oxford, 1999 (hay trad.
cast.: El arte de los genes, Biblioteca Budirán, Barcelona, 2007).
-Cook, M. y S. Mineka. «Observational Conditioning of Fear to Fear-Relevant
-Versus Fear-Irrelevant Stimuli in Rhesus Monkeys». Journal of Abnormal
Psychology 98 (4), 1989, pp. 448-459.
-Cootes, T. F., C. J. Taylor, et al. «Active Shape Models: Their Training and
Application».Computer Vision and Image Understanding 61 (1), 1995, pp. 38-59.
-Corner, E. H. The Life of Plants. Weidenfeld and Nicolson, Londres, 1964.
-Coyne, J. A. «The Self-Centred Meme». Nature 398, 1999, pp. 767-768.
-Crick, F. «Neural Edelmanism».Trends in Neurosciences 12, 1989, pp. 240-248.
-Darwin, C. A Journal of Researches into the Natural History and Geology of the
Countries Visited during the Voyage ofH. M. S. «Beagle» Round the
World. Ward Lock, Londres, 1890.
—. The Autobiography of Charles Darwin and Selected Letters, ed. Francis
Darwin. Dover, Nueva York, 1958.
—. The Descent of Man and Selection in Relation to Sex. John Murray, Londres,
19012.
-Daw, N. D., Y. Niv y P. Dayan. «Uncertainty-Based Competition Between
Prefrontal and Dorsolateral Striatal Systems for Behavioral Control». Nature
Neuroscience8 (12), 2005, pp. 1704-1711.
-Dawkins, R. The Selfish Gene. Oxford University Press, Oxford 1976 (hay trad.
cast.:El gen egoísta, Salvat, Barcelona, 1993).
—. The Blind Watchmaker. Penguin, Londres y Nueva York, 1986 (hay trad. cast.:
El relojero ciego, RBA coleccionables S.A., Barcelona, 2004).
-Dayan, P. y L. F. Abbott.Theoretical Neuroscience: Computational and
Mathematical Modeling of Neural Systems. MIT Press, Cambridge, Mass., 2005.
-Dean, B. «An Explanatory Label for Helmets». Bulletin of the
Metropolitan Museum of Art10, 1915, pp. 173-177.
—. «The Hobby of Collecting Ancient Armor». American Society of Arms
Collectors Bulletin 70, 1994, pp. 24-28.
-Dennett, D. C. Darwin’s Dangerous Idea: Evolution and the Meanings of
Life. Penguin, Londres, 1996.
-Diamantaras, K. I. y S. Y. Kung. Principal Component Neural Networks:
Theory and Applications. Wiley, Nueva York, 1996.
-Diamond, J. Guns, Germs and Steel: A Short History of Everybody for
the Last 13,000 Years . Vintage, Londres, 1998.
-Doran, M. Conversations with Cézanne. University of California
Press, Berkeley, California, 2001.
-Eagleman, D. Incognito: The Secret Lives of the Brain. Cannongate,
Edimburgo, 2011.
-Edelman, G. Bright Air, Brilliant Fire: On the Matter of Mind.
Penguin, Londres, 1994.
-Eisenstein, E. L. The Printing Revolution in Early Modern Europe.
Cambridge University Press, Cambridge, 1983.
-Eriksson, M. E. y A. J. Millar. «The Circadian Clock. A Plant’s Best Friend in
a Spinning World».Plant Physiology 132, 2003, pp. 732-738.
-Etcoff, N. L., R. Freeman y K. R. Cave. «Can We Lose Memories of Faces?
Content Specificity and Awareness in a Prosopagnosic». Journal of
Cognitive Neuroscience 3, 1991, pp. 25-41.
-Euler, T., P. B. Detwiler y W. Denk. «Directionally Selective Calcium Signals
in Dendrites of Starburst Amacrine Cells».Nature 418 (6900), 2002,
pp. 845-852.
-Fitch, W. T. The Evolution of Language. Cambridge University
Press, Cambridge, 2010.
-Forssell, D. C., ed. Perceptual Control Theory: Science and
Applications —A Book of Readings . Living Control Systems Publishing:
www.livingcontrolssystems.com, 2009.
-Foster, R. y L. Kreitzman. Seasons of Life: The Biological Rhythms
That Enable Living Things to Thrive and Survive . Profile Books,
Londres, 2010.
-Foster, R. G. y L. Kreitzman. Rhythms of Life: The Biological Clocks
that Control the Daily Lives of Every Living Thing . Profile Books,
Londres, 2005.
-Frith, C. Making up the Mind: How the Brain Creates our MentalWorld.
Blackwell, Malden, Mass., 2007.
-Gallese, V., L. Fadiga, et al. «Action Recognition in the Premotor
Cortex». Brain 119, 1996, pp. 593-609.
-Gavrilets, S. Fitness Landscapes and the Origin of Species.
Princeton University Press, Princeton, N. J., 2004.
-Gayford, M. Man with a Blue Scarf: On Sitting for a Portrait by Lucian
Freud. Thames and Hudson, Londres, 2010.
-Gladwell, M. Outliers: The Story of Success. Penguin, Londres y
Nueva York, 2009.
-Gogolla, N., I. Galimberti y P. Coroni (2007). «Structural Plasticity of Axon
Terminals in the Adult». Current Opinion in Neurobiology 17
(5), 2007, pp. 516-524.
-Gould, S. J. Ontogeny and Phylogeny. Harvard University Press,
Cambridge Mass., 1977 (hay trad. cast.: Ontogenia y filogenia: la ley
fundamental biogenética, Crítica, Barcelona, 2010).
—. Life’s Grandeur: The Spread of Excellence from Plato to Darwin.
Jonathan Cape, Londres, 1996 (hay trad. cast.: La grandeza de la vida.
La expansión de la excelencia de Platón a Darwin , Crítica, Barcelona,
1997).
-Green, A. A., J. R. Kennaway, et al. «Genetic Control of Organ
Shape and Tissue Polarity».PLoS Biology 8(11), 2010, p. e1000537.
-Greene, B. The Fabric of the Cosmos. Alfred A. Knopf, Nueva York,
2004.
-Gregory, R. Mirrors in Mind. W. H. Freeman Spektrum, Oxford, 1997.
-Haldane, J. B. S. Possible Worlds and Other Essays. Chatto and
Windus, Londres, 1927 (hay trad. cast.: Mundos posibles, José
Janés, Barcelona, 1947).
-Hawkins, J. y S. Blakeslee. On Intelligence. Henry Holt, Nueva
York, 2004.
-Haykin, S. Neural Networks and Learning Machines. Pearson Prentice
Hall, Upper Saddle River, N. J., 2009.
-Hebb, D. O. The Organisation of Behaviour: a Neuropsychological Theory.
Wiley, Nueva York, 1949 (hay trad. cast.: La organización de la conducta,
Debate, Barcelona, 1985).
-Heidegger, M. Being and Time. Traducción al inglés de J.
Macquarrie y E. Robinson. Basil Blackwell, Oxford, 1962 (hay trad. cast.:Ser
y tiempo, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 2005 4).
-Helmholtz, H. Helmholtz’s Treatise on Physiological Optics. Vol.
3. Traducción al inglés J. P. C. Southall. Optical Society of America, Nueva
York, 1924. Publicado por primera vez en 1866 como Handbuch der
Physiologischen Optik.
-Hinton, G. E. y S. J. Nowlan. «How Learning Can Guide Evolution». Complex
Systems1, 1987, pp. 495-502.
-Hodges, A. Alan Turing: The Enigma. Vintage, Londres, 1992.
-Howard, J. Darwin. Oxford University Press, Oxford, 1982.
-Hubbell, S. P. The Unified Neutral Theory of Biodiversity and
Biogeography. Princeton University Press, Princeton, N. J., 2001.
-Hubel, D. H. y T. N. Wiesel. Brain and Visual Perception: The Story of
a 25-YearCollaboration. Oxford University Press, Oxford, 2005.
-Irwin, D. E. «Information Integration Across Saccadic Eye Movements». Cognitive
Psychology 23, 1991, pp. 420-456.
-Jones, F. M. «The Most Wonderful Plant in the World». Natural History 23
(6), 1923, pp. 589-596.
-Jones, J. The Lost Battles: Leonardo, Michelangelo and the Artistic
Duel that Defined the Renaissance . Simon and Schuster, Londres, 2010.
-Juniper, B. E. y D. J. Mabberley.The Story of the Apple. Timber Press,
Portland, Oregón, 2006.
-Juniper, B. E., R. J. Robins y D. M. Joel. The Carnivorous Plants.
Academic Press, Londres, 1989.
-Kamin, L. J. «Predictability, Surprise, Attention and Conditioning». En Punishment
and Aversive Behavior, ed. B. A. Campbell y R. M. Church.
Appleton-Century-Crofts, Nueva York, 1969, pp. 279-296.
-Kandel, E. R. In Search of Memory: The Emergence of a New Science of
Mind. W.W. Norton, Nueva York, 2006.
-Kant, I. Critique of Pure Reason, 1986. Traducción al inglés en
1986 por J. M. D. Meiklejohn. Dent, Londres y Melbourne. Publicada por primera
vez en 1781 (hay trad. cast.: Crítica de la razón pura, Taurus,
Madrid, 2005).
-Kemp, M. Leonardo. Oxford University Press, Oxford, 2004 (hay
trad. cast: Leonardo, Fondo de Cultura Económica, México, 2006).
-Knoll, A. H. Life on a Young Planet: The First Three Billion Years of
Evolution on Earth . Princeton University Press, Princeton, N. J,
2003.
-Koch, C. Biophysics of Computation. Oxford University Press, Nueva
York, 1999.
Kondo, S. y T. Miura. «Reaction-Diffusion Model as a Framework for
Understanding Biological Pattern Formation».Science 329 (5999),
2010, pp. 1616-1620.
-Konorski, J. Conditioned Reflexes and Neuron Organisation.
Cambridge University Press, Cambridge, 1948.
-Kruse, K., M. Howard y W. Margolin. «An Experimentalist’s Guide to
Computational Modelling of the Min System». Molecular Microbiology 63
(5), 2007, pp. 1279-1284.
-Lakoff, G. y M. Johnson.Metaphors We Live By. University of Chicago
Press, Chicago, Illinois, 1980.
-Land, M. F. «Motion and Vision: Why Animals Move Their Eyes». Journal
of Comparative Physiology A 185, 1999, pp. 341-352.
-Lane, N. Life Ascending: The Ten Great Inventions of Evolution.
Profile, Londres, 2010.
-Lebrecht, D., M. Foehr, et al. «Bicoid Cooperative DNA Binding is
Critical for Embryonic Patterning in Drosophila». Proceedings of the
National Academy of Sciences of the United States of America 102 (37),
2005, pp. 13 176-13 181.
-Leroi, A. M. Mutants: On the Form, Varieties and Errors of the Human
Body. Harper Collins, Londres, 2003.
-Levi-Montalcini, R. «Nerve Growth Factor 35 Years Later».Science 237,
2009, pp. 1154-1162.
-Li, N. y J. J. DiCarlo. «Unsupervised Natural Experience Rapidly Alters
Invariant Object Representation in Visual Cortex». Science 321
(5895), 2008, pp. 1502-1507.
-Llinás, R. R. I of the Vortex. MIT Press, Cambridge, Mass., 2001.
MacCurdy, E. The Notebooks of Leonardo da Vinci. Reprint Society,
Londres, 1938.
-MacGregor, N. A History of the World in 100 Objects. Allen Lane,
Londres, 2010.
-Mayr, E. What Evolution Is. Phoenix Press, Londres, 2002.
-McNeill, J. R. y W. H. McNeill. The Human Web: A Bird’s-EyeView of
World History. W.W. Norton, Nueva York y Londres, 2003.
-Meinhardt, H. The Algorithmic Beauty of Sea Shells.
Springer-Verlag, Berlín, 1998.
-Miller, K. D., J. B. Keller y M. P. Stryker. «Ocular Dominance Column
Development: Analysis and Simulation». Science 245, 1989, pp.
605-615.
-Milner, A. D. y M. A. Goodale.The Visual Brain in Action. Oxford
University Press, Oxford, 1996.
-Montague, P. R., P. Dayan, y T. J. Sejnowski. «A Framework for Mesencephalic
Dopamine Systems Based on Predictive Hebbian Learning». Journal of
Neuroscience 16 (5), 1996, pp. 1936-1947.
-Montague, R. Your Brain Is (Almost) Perfect: How we Make Decisions.
Plume, Nueva York, 2007.
-Morrison,V. The Art of George Stubbs. Grange Books, Londres, 1997.
-Mukamel, R., A. D. Ekstrom, et al. «Single-Neuron Responses in Humans
during Execution and Observation of Actions».Current Biology 20,
2010, pp. 750-756.
-Murray, H. J. R. A History of Chess. Oxford University Press,
Oxford, 1913.
Neisser, U. Cognition and Reality. W. H. Freeman, San Francisco,
California, 1976.
-Nicholl, C. Leonardo da Vinci: The Flights of the Mind. Penguin,
Londres, 2004.
Noble, D. The Music of Life: Biology beyond the Genome. Oxford
University Press, Oxford, 2006.
-Nüsslein-Volhard, C. Coming to Life: How Genes Drive Development.
Yale University Press, New Haven, Conn., 2006.
-Olshausen, B. A., C. H. Anderson y D. C. Van Essen. «A Neurobiological Model
of Visual Attention and Invariant Pattern Recognition Based on Dynamic Routing
of Information». Journal of Neuroscience 13 (11), 1993, pp.
4700-4719.
-Palmer, D. Origins: Human Evolution Revealed. Mitchell Beazley,
Londres, 2010.
-Palubicki, W., K. Horel, et al. «Self-Organizing Tree Models for
Image Synthesis». ACM Transactions on Graphics 28 (3), 2009,
pp. 1-58.
-Pávlov, I. P. Conditioned Reflexes: An Investigation of the
Physiological Activity of the Cerebral Cortex . Traducción y edición
en inglés de G. V. Anrep. Oxford University Press, Oxford, 1927.
-Penfield, W. y T. Rasmussen. The Cerebral Cortex of Man.
MacMillan, Nueva York, 1950.
-Pinker, S. The Language Instinct. Penguin, Londres, 1994.
-Prothero, R. E., ed. The Works of Lord Byron. Letters and Journals.
Octagon Books, Nueva York, 1966.
-Ptashne, M. y A. Gann. Genes and Signals. Cold Spring Harbor
Laboratory Press, Cold Spring Harbor, Nueva York, 2001.
-Purves, D., G. L. Augustine, et al. Neuroscience. Sinauer,
Sunderland, Mass., 2008.
-Ramachnandran, V. S. The Tell-Tale Brain: Unlocking the Mystery of
Human Nature. William Heinemann, Londres, 2011.
-Rapport, R. Nerve Endings: The Discovery of the Synapse. W. W.
Norton, Nueva York, 2005.
-Rees, M. Just Six Numbers: The Deep Forces that Shape the Universe.
Phoenix Press, Londres, 1999.
-Reichardt, W. «Autocorrelation, a Principle for the Evaluation of Sensory
Information by the Central Nervous System». En Principles of Sensory
Communication, W. A. Rosenblith ed. John Wiley, Nueva York, 1961, pp.
303-317.
-Reynolds, J. Discourses. Penguin, Londres, 1992. Publicado por
primera vez en 1769.
-Ridley, M. The Red Queen: Sex and the Evolution of Human Nature.
Viking, Londres, 1993.
—. The Rational Optimist: How Prosperity Evolves. Fourth Estate,
Londres, 2010 (hay trad. cast.: El optimista racional, Taurus,
Madrid, 2010).
-Robinson, A. Sudden Genius? The Gradual Path to Creative Breakthroughs.
Oxford University Press, Oxford, 2010.
-Romo, R. y W. Schultz. «Dopamine Neurons of the Monkey Midbrain: Contingencies
of Responses to Active Touch During Self-Initiated Arm Movements». Journal
of Neurophysiology 63 (3), 1990, pp. 592-606.
-Rooke, J. E. y T. Xu. «Positive and Negative Signals Between Interacting Cells
for Establishing Neural Fate».Bioessays 20 (3), 1998, pp. 209-214.
-Sachs, J. Lectures on the Physiology of Plants. Oxford University
Press, Oxford, 1887.
Sacks, O. The Man Who Mistook his Wife for a Hat. Picador, Londres,
1986 (hay trad. cast.: El hombre que confundió a su mujer con un
sombrero, Anagrama, Barcelona, 2004).
—. An Anthropologist on Mars. Picador, Londres, 1995.
-Sanes, D. H., T. A. Reh y W. A. Harris. Development of the Nervous
System. Elsevier, Burlington, Mass., 2006.
-Schultz, W. (2010). «Dopamine Signals for Reward Value and Risk: Basic and
Recent Data».Behavioral and Brain Functions 6: artículo 24, 2010,
pp. 1-9 (en línea).
-Seugnet, L., P. Simpson, et al. «Transcriptional Regulation of
Notch and Delta: Requirement for Neuroblast Segregation in Drosophila».
Development 124 (10), 1997, pp. 2015-2025.
-Shenk, D. The Immortal Game: A History of Chess or How 32 Carved
Pieces on a Board Illuminated Our Understanding of War, Art, Science, and the
Human Brain . Souvenir Press, Londres, 2007.
-Sherrington, C. Man on His Nature. Cambridge University Press,
Cambridge, 1951.
-Simons, P. The Action Plant. Blackwell, Oxford y Cambridge, 1992.
-Skinner, B. F. Science and Human Behavior. Macmillan, Nueva York,
1953.
Smith, J. M. y E. Szathmáry. The Major Transitions in Evolution. W.
H. Freeman, Oxford, 1995.
-Smith, P. Interpreting Cézanne. Tate Publishing, Londres, 1996.
-Spirov, A., K. Fahmy, et al. «Formation of the Bicoid Morphogen
Gradient: An RNA Gradient Dictates the Protein Gradient».Development 136
(4), 2009, pp. 605-614.
-Stern, D. Evolution, Development, and the Predictable Genome.
Roberts, Greenwood Village, Colo., 2011.
-Stevens, J. K., R. C. Emerson, et al. «Paralysis of the Awake
Human: Visual Perceptions».Vision Research 16, 1976, pp. 93-98.
-Stratton, G. M. «Vision without Inversion of the Retinal Image». Psychological
Review 4, 1897, pp. 341-60.
-Straube, A., A. F. Fuchs, et al. «Characteristics of Saccadic Gain
Adaptation in Rhesus Macaques». Journal of Neurophysiology 77,
1997, pp. 874-895.
-Stubbs, G. The Anatomy of the Horse. G. Heywood Hill, Londres,
1938. Originalmente impreso para el autor por J. Purser en 1766.
-Suri, R. E. y W. Schultz. «A Neural Network Model with Dopamine-Like
Reinforcement Signal That Learns a Spatial Delayed Response Task». Neuroscience 91
(3), 1999, pp. 871-890.
-Sutton, R. «Learning to Predict by the Methods of Temporal Differences». Machine
Learning 3, 1988, pp. 9-44.
-Sutton, R. S. y A. G. Barto. «Toward a Modern Theory of Adaptive Networks:
Expectation and Prediction».Psychological Review 88, 1981, pp.
135-171.
-Swindale, N. V. «A Model for the Formation of Ocular Dominance Stripes». Proceedings
of the Royal Society of London. Series B. 208, 1980, pp. 243-264.
-Toriyama, H. «The Behaviour of the Sensitive Plant in a Typhoon». Botanical
Magazine79, 1966, pp. 427-428.
-Turing, A. «The Chemical Basis of Morphogenesis». Philosophical
Transactions of the Royal Society of London. Series B. 237, 1952, pp.
37-72.
-Vetter, T. y T. Poggio. «Linear Object Classes and Image Synthesis From a
Single Example Image». IEEE Transactions on Pattern Analysis and Machine
Intelligence 19 (7), 1997, pp. 733-742.
-Von der Malsburg, C. «Development of Ocularity Domains and Growth Behaviour of
Axon Terminals».Biological Cybernetics 32, 1979, pp. 49-62.
—. «Network Self-Organisation». En An Introduction to Neural and
Electronic Networks, ed. S. F. Zornetzer, J. L. Davis y C. Lau. Academic
Press, San Diego, California, 1990, pp. 421-432.
-Wallman, J. y A. Fuchs. «Saccadic Gain Modification: Visual Error Drives Motor
Adaptation».Journal of Neurophysiology80, 1998, pp. 2405-2416.
-Wiskott, L. y T. J. Sejnowski. «Slow Feature Analysis: Unsupervised Learning
of Invariances». Neural Computation 14, 2002, pp. 715-770.
-Wolpert, L. y C. Tickle. Principles of Development. Oxford
University Press, Oxford, 2011.
-Zallen, J. A. «Planar Polarity and Tissue Morphogenesis». Cell129
(6), 2007, pp. 1051-1063.
-Zeki, S. A Vision of the Brain. Blackwell Scientific, Oxford,
1993.
Créditos de las ilustraciones
Figura 5/lámina 1. Retrato de Ambroise Vollard, 1899 (óleo sobre tela), de
Paul Cézanne (1839-1906). Museo de la Ville de Paris, Museo del Petit Palais,
París, Francia/Giraudon/The Bridgeman Art Library.
Figura 8. La creación de Adán, 1510, de Miguel Ángel
Buonarroti. Capilla Sixtina, Vaticano, Roma.
Figura 9/lámina 3. La calle Montorgueil, París, Celebración del
30 de junio de 1878 (óleo sobre tela), 1878, de Claude Monet
(1840-1926). Museo de Orsay, París, Francia/Giraudon/The Bridgeman Art Library.
Figura 10. La torre de Babel, 1563, de Pieter Brueghel el
Viejo. Museo Kunsthistorisches, Viena.
Figura 11. Patrón obtenido al aplicar las reglas de Turing. Cortesía de
Stan Marée.
Figura 24/lámina 4. El jardín de Les Lauves, 1906, de Paul
Cézanne. La Colección Phillips, Washington DC.
Figura 26. Interacciones entre los temas y las variaciones en un embrión
de la mosca del vinagre. Según Coen 1999, p. 300, figura 15.18.
Figura 27. Cebra, 1763, de George Stubbs (1724-1806). Centro
Yale de arte británico, Colección de Paul Mellon.
Figura 28. Generación de las rayas en las diferentes especies de cebra.
Carroll (2005), figura 9.8, 241. Cortesía de Sean Carroll.
Figura 29/lámina 5. Manzanas y galletas, hacia 1880, de Paul
Cézanne. Museo Nacional de la Orangerie, París. Colección de Jean Walter y Paul
Guillaume. Versión deformada por cortesía de Richard Kennaway.
Figura 30/lámina 6. Versión deformada de las Manzanas y galletas de
Cézanne, por cortesía de Richard Kennaway.
Figura 32. Árbol generado por un programa de ordenador. De Palubicki,
W., K. Horel, et al. (2009).
Figura 33. Simulación por ordenador de los cambios morfológicos de Dictyostelium.
Cortesía de Stan Marée.
Figura 34. Anatomía del caballo, 1766, de George Stubbs.
Decimotercera tabla anatómica. Real Academia de las Artes, Londres.
Figura 36. Corteza de cerebro en desarrollo. Según Sanes et al.,
2006, p. 53.
Figura 37. Evolución de los yelmos. Según Dean 1915. Museo Metropolitano
del Arte. Diagrama de Bashford Dean, Departamento de Armas y Armaduras. Tiene
los derechos el Museo Metropolitano del Arte.
Figura 38. Sargazo vejigoso (Fucus vesiculosus). Según Bell,
1992, p. 92, figura 4.19.
Figura 39. Porción de césped, 1503, de Alberto Durero.
Albertina, Viena.
Figura 41/lámina 7. El bibliotecario, 1565, de Giuseppe
Arcimboldo. Colección de Eva Hökenberg, Estocolmo.
Figura 42/lámina 8. «Las cuatro estaciones», de Giuseppe Arcimboldo
(1527-1593): Primavera, Verano, Otoño e Invierno,
1573 (óleo sobre tela). Louvre, París, Francia/Giraudon/The Bridgeman Art
Library.
Figura 43. La hoja de la Venus atrapamoscas. De Juniper et al.,
1989, p. 52.
Figura 44. Hojas de Mimosa pudica. De Sachs, 1887, p. 645,
figura 373.
Figura 46. Dos neuronas. Según Rains, 2001, p. 32.
Figura 47. Neuronas en el ganglio abdominal de la babosa de mar Aplysia
californica. Según Kandel, 2006, p. 224.
Figura 48. El cerebro de Aplysia. Según Kandel, 2006, p.
147.
Figura 50. El sistema nervioso humano. De Purves et al.,
2008, p. 15, figura 1.1.
Figura 51. Áreas somatosensorial y motora. Según Penfield y Rasmussen,
1950.
Figura 52. Sibila de Libia, 1511, de Miguel Ángel
Buonarroti. Capilla Sixtina, Vaticano, Roma.
Figura 57. Dibujo de bombardas en el folio 33.º del Códice Atlántico de
Leonardo da Vinci, hacia 1504. Tienen los derechos la Veneranda Biblioteca
Ambrosiana de Milán y la De Agostini Picture Library.
Figura 58/lámina 9. Bodegón con tetera, hacia 1869 (óleo
sobre tela), de Paul Cézanne. Museo de Orsay, París, Francia. Crédito de la
fotografía: Réunion des Musées Nationaux/Art Resource, NY. El seguimiento del
ojo es cortesía de Ellen Poliakoff y Andrew Bangham.
Figura 62/lámina 2. Retrato de Ambroise Vollard (1868-1939),
1909 (óleo sobre tela), de Pablo Picasso (1881-1973). Museo Pushkin, Moscú,
Rusia/Giraudon/The Bridgeman Art Library. Tienen los derechos en 2011 los herederos
de Pablo Picasso/Artists Rights Society (ARS), Nueva York.
Figura 63. Mi mujer y mi suegra. De Boring, 1930.
Figura 70. Algunas áreas del cerebro implicadas en el procesamiento
visual. Adaptado de Scientific American, nov. de 1999, p. 48.
Figura 72. Retrato de Maria Trip, 1639, de Rembrandt van
Rijn, Rijksmuseum, Amsterdam. Retrato de una joven, 1917-1918, de
Amedeo Modigliani. Colección privada.
Figura 75. Retrato de Jeanne Hébuterne, 1919, de Amedeo
Modigliani. Art & Fragances S.A. Cham/Suiza. Oscar Miestchaninoff,
1917, de Amedeo Modigliani. Colección privada.
Figura 78. Patrones de dominancia ocular en la corteza visual primaria
del mono macaco. De D. H. Hubel y T. N. Wiesel, Conferencia Ferrier. Proc.
R. Soc. Lond. B 198, 1977, pp. 1-59, figura 24(a).
Figura 79/lámina 11. San Jerónimo y el león en el monasterio,
15011509 (óleo sobre tela), de Vittore Carpaccio (hacia 1460/5-1523/6). Escuela
de San Giorgio degli Schiavoni, Venecia, Italia/Giraudon/The Bridgeman Art
Library.
Figura 80/lámina 12. Hércules y la Hidra, hacia 1475
(pintura al temple sobre madera), de Antonio Pollaiuolo (1432/3-1498). Galería
de los Uffizi, Florencia, Italia/Alinari/The Bridgeman Art Library.
Figura 81/lámina 13. Tobías y el ángel, 1470-1480, de Andrea
del Verrocchio (1436-1488) y Leonardo da Vinci (1452-1519). National Gallery,
Londres. Tienen los derechos National Gallery, Londres/Art Resource, NY. Tobías
y el ángel (pintura al temple sobre madera), de Antonio Pollaiuolo y
Piero Pollaiuolo. Galería Sabauda, Turín, Italia/Alinari/The Bridgeman Art
Library.
Figura 83/lámina 14. Bodegón con membrillo, manzanas y peras,
hacia 1885-1887 (óleo sobre tela), de Paul Cézanne (1839-1906). Legado de
Charles A. Loeser, 1952. Asociación histórica de la Casa Blanca (Colección de
la Casa Blanca): 523.
Figura 84/lámina 15. Manzanas y peras, hacia 1885-1887, de
Pierre-Auguste Renoir (1841-1919). Museo de la Orangerie, París. Colección de
Jean Walter y Paul Guillaume. Crédito de la fotografía: Réunion des Musées
Nationaux/Art Resource, NY.
Figura 85. Galería de grabados, 1956, de M. C. Escher. Tiene
los derechos The M. C. Escher Company-Holland. Todos los derechos reservados.
www.mcescher.com.
Láminas
LÁMINA 1. Retrato de Ambroise Vollard, Paul
Cézanne, 1899.
LÁMINA 2. Retrato de Ambroise Vollard, Pablo
Picasso, 1909.
LÁMINA 3. La calle Montorgueil, París, celebración
del 30 de junio de 1878, Claude Monet, 1878.
LÁMINA 4. El jardín de Les Lauves, Paul Cézanne,
1906.
LÁMINA 5. Manzanas y galletas, Paul Cézanne, hacia
1880, y una versión deformada ocasionada por el mayor crecimiento de las
regiones amarillas.
LÁMINA 6. La versión deformada de Manzanas y
galletas de Cézanne cuando se deja que el lienzo se combe en tres dimensiones.
LÁMINA 7. El bibliotecario, Giuseppe Arcimboldo,
1565.
LÁMINA 8. «Las cuatro estaciones»: Primavera
(arriba a la izquierda), Verano (arriba a la derecha), Otoño(abajo a la
izquierda) e Invierno (abajo a la derecha), Giuseppe Arcimboldo, 1573.
LÁMINA 9. Movimientos oculares registrados durante
veinte segundos mientras se observa Bodegón con tetera, de Paul Cézanne, hacia
1869.
LÁMINA 10. Dos de las tendencias capturadas por las
neuronas de correlaciones de la colección de 179 retratos (véanse las pp.
265-267).
LÁMINA 11. San Jerónimo y el león en el monasterio,
Vittore Carpaccio, 1501-1509.
LÁMINA 12. Hércules y la Hidra, Antonio Pollaiuolo,
hacia 1475.
LÁMINA 13. Arriba: Tobías y el ángel, Andrea del
Verrochio y Leonardo da Vinci, 1470-1480. Abajo: Tobías y el ángel, Antonio
Pollaiuolo y Piero Pollaiuolo, 1460.
LÁMINA 14. Bodegón con membrillo, manzanas y peras,
Paul Cézanne, hacia 1885-1887.
LÁMINA 15. Manzanas y peras, Pierre-Auguste Renoir,
hacia 1885-1887
Notas: Dado el amplio alcance de este
libro, solo es posible proporcionar un conjunto selecto de referencias. He
diferenciado entre las referencias a las que podrá acceder cualquier lector
general y la bibliografía técnica más especializada.
[1] Stephen
Jay Gould nos proporciona una descripción exhaustiva y razonable de las ideas
de Haeckel (Gould 1977).
[2] Para
una descripción asequible del darwinismo neural, véase Edelman, 1994. Francis
Crick nos proporciona una crítica técnica de la idea de Edelman (Crick 1989).
[3] El
libro clásico sobre la historia del ajedrez es de Murray 1913, pero véase el de
Shenk 2007 para una descripción más reciente y asequible.
[4] Para
unas descripciones asequibles, véanse Knoll 2003 y Lane 2010.
[5] Para
más información sobre Xie He y su relación con la pintura china, véase Acker
1954.
[6] (Coen
1999)
[7] Estos
principios son: 1) las fluctuaciones se auto amplifican; 2) la limitación de
los recursos condujo a que las fluctuaciones compitieran entre sí, y 3) las
fluctuaciones cooperan (Von der Malsburg 1990).
[8] Para
una descripción asequible de la historia de las manzanas, véase Juniper y
Mabberley 2006.
[9] Para
conocer algunos ejemplos, véanse Howard 1982 y Gould 1996. Ernst Mayr nos
ofrece una descripción asequible y completa de la evolución (Mayr 2002); para
un manual sobre el tema, véase Barton, Briggs et al. 2007.
[10] Para
una explicación exhaustiva del agua y de sus propiedades tan peculiares, puede
consultar el contenido asequible del libro H2O, de
Philip Ball (Ball 2000).
[11] Cita de
Darwin 1958, pp. 42-43.
[12] Cita de
Vollard sobre Cézanne en Smith 1996, p. 56.
[13] Smith y
Szathmáry 1995 nos ofrecen una descripción buena, pero un poco técnica, de las
transiciones clave de la evolución que implican la cooperación a distintos
niveles.
[14] Cita de
Sacks (Sacks 1995), p. 108.
[15] Para
otras explicaciones comprensibles sobre el enorme número de posibilidades
genéticas, véanse las descripciones de Richard Dawkins, Daniel Dennett y Denis
Noble (Dawkins 1986, Dennett 1996, Noble 2006).
[16] Hay
casos en los que algunos rasgos de una especie, como la forma y el aspecto de
sus individuos, podrían no cambiar durante mucho tiempo a escala evolutiva. Sin
embargo, incluso en tales casos de estasis, podrían producirse muchos cambios
en los procesos subyacentes que no nos resultarían visibles, como la
resistencia a enfermedades.
[17] Steven
Pinker nos ofrece una descripción asequible del lenguaje y sus orígenes (Pinker
1994).
[18] Sergey
Gavrilets ha resaltado que la elevada dimensionalidad sirve para favorecer la
divergencia de las especies (Gavrilets 2004).
[19] Stephen
Hubbell nos ofrece una explicación de la manera en que la competencia entre
especies podría estar relacionada con la diversidad de los ecosistemas (Hubbell
2001).
[20] Este
desplazamiento continuo de las posiciones buscadas a nivel ecológico se
denomina a veces el efecto de la reina roja y lo explica bastante bien Matt
Ridley (Ridley 1993).
[21] Andrew
Knoll y Nick Lane nos ofrecen descripciones asequibles del origen de la vida
(Knoll 2003, Lane 2010).
[22] Para
una biografía buena y comprensible de Alan Turing, véase Hodges 1992.
[23] El
artículo clásico de Turing sobre la formación de patrones de desarrollo es el
de 1952. Una revisión más reciente de la relevancia que sus ideas tienen hoy en
día se encuentra en Kondo y Miura 2010.
[24] El
ejemplo de difusión en una taza de té también lo explica John Tyler Bonner en
un librito comprensible sobre la importancia del tamaño (Bonner 2006).
[25] La idea
de formación de patrones a través de los activadores y de los inhibidores la
describe bastante bien Hans Meinhardt en su libro sobre los patrones de las
conchas (Meinhardt 1998).
[26] Algunas
descripciones asequibles del desarrollo se pueden encontrar en Coen 1999,
Carroll 2005 y Nüsslein-Volhard 2006. Un manual útil sobre el desarrollo es el
de Wolpert y Tickle 2011
[27] En
Kruse, Howard y Margolin 2007 se puede encontrar una revisión técnica del
sistema Min en el contexto de la división celular.
[28] He
ofrecido una versión simplificada de la historia de Delta. Se pueden encontrar
más detalles técnicos en Seugnet, Simpson et al. 1997 y en Rooke y
Xu 1998.
[29] Para
una descripción técnica de cómo se pueden coordinar las distintas polaridades,
véase Zallen 2007.
[30] Esta
asistencia mutua se denomina fijación cooperativa, y se describe para la
proteína Bicoid en Lebrecht, Foehr et al. 2005
[31] Otro
factor que contribuye a la distribución de Hunchback es una proteína denominada
Nanos en el extremo de la cola del embrión, y se encarga de impedir que las
primeras copias del ARN de Hunchback de la madre se traduzcan
en proteínas. Para más detalles, véase el libro excelente y claro de Sean
Carroll sobre la diversidad del desarrollo (Carroll, Grenier y Weatherbee
2001).
[32] Existen
varias explicaciones asequibles para las diferentes etapas de la formación de
patrones en el embrión de la mosca del vinagre (Coen 1999, Carroll 2005,
Nüsslein-Volhard 2006).
[33] Armand
Leroi nos ofrece una descripción entendible del efecto de las mutaciones
equivalentes en los humanos (Leroi 2003).
[34] Los
primeros estudios sobre el gradiente de Bicoid concluyeron que se formaba
simplemente por la difusión de la proteína desde la cabeza al extremo de la
cola. Sin embargo, los estudios más recientes muestran que también interviene
el movimiento del ARN (Spirov, Fahmy et al. 2009).
[35] Para
una biografía ilustrada de Stubbs, véase Morrison 1997.
[36] Véase
Bard 1977.
[37] El
artículo que describe el modelo de ordenador para el desarrollo de la flor de
la boca de dragón es Green, Kennaway et al. 2010.
[38] El
artículo que describe este programa es Palubicki, Horel et al.
2009.
[39] La
historia de las neurotrofinas la cuenta uno de sus descubridores, Rita
Levi-Montalcini (Levi-Montalcini 2009).
[40] El
libro de Stubbs es Stubbs 1776 (reimpreso en 1938).
[41] Para
una autobiografía breve, véase Dean 1994. Sus diagramas de yelmos se describen
en Dean 1915.
[42] Se
pueden encontrar buenas descripciones de los principios de la biología
unicelular en un libro asequible de Dennis Bray (Bray 2009), y en otro más
técnico, aunque claro, de Mark Ptashne y Alexander Gann (Ptashne y Gann 2001).
[43] Para
una descripción asequible de la evolución de las plantas, véase Corner 1964.
Para un manual descriptivo, véase Bell 1992.
[44] John
Tyler Bonner nos ofrece una explicación popular para justificar que el tamaño
es importante en la biología (Bonner 2006).
[45] Véase
Gould 1996, p. 176.
[46] Cita de
Dean 1994, p. 28.
[47] Para
obtener descripciones más completas de la relación entre la evolución y el
desarrollo, véanse Carroll, Grenier y Weatherbee 2001, y Stern 2011.
[48] Se
puede encontrar una descripción exhaustiva y comprensible de cómo se controlan
los movimientos nadadores o la quimiotaxia de los microorganismos en Bray 2009.
[49] Para
una descripción asequible de los relojes biológicos, véase Foster y Kreitzman
2005.
[50] Para
más detalles sobre la manera de funcionar de los relojes de las plantas y la
forma de determinar la duración del día, véanse Eriksson y Millar 2003, y
Foster y Kreitzman 2010.
[51] Un
libro bueno y comprensible sobre los movimientos de las plantas es el de Simons
1992
[52] La cita
de Darwin sobre la Venus atrapamoscas procede de su correspondencia con William
Canby y se explica en Jones 1923.
[53] Estos
hallazgos se describen en Toriyama 1966.
[54] Tomado
de Darwin 1890, p. 28.
[55] Los
descubrimientos y la vida de Eric Kandel se incluyen en su muy asequible
biografía (Kandel 2006).
[56] Véase
Penfield y Rasmussen 1950.
[57] La
importancia de la predicción en el funcionamiento del cerebro se debate
exhaustivamente en un libro muy asequible de Jeff Hawkins y S. Blakeslee
(Hawkins y Blakeslee 2004) y en Llinás 2001.
[58] Pávlov
1927, p. 13.
[59] Los
hallazgos de Kamin se describen en Kamin 1969.
[60] Para
una descripción comprensible del trabajo de Cajal, véase Rapport 2005. La
estrategia y la filosofía de Sherrington se describen en Sherrington 1951.
[61] Véase
Konorski 1948.
[62] Véase
Hebb 1949.
[63] Véase
Romo y Schultz 1990. Read Montague nos ofrece una descripción más popular
(Montague 2006).
[64] La
teoría del aprendizaje DT se describe en Sutton y Barto 1981, y en Sutton 1988;
su aplicación neural se explica en Montague, Dayan y Sejnowski 1996. Para una
descripción más popular del aprendizaje DT, véase Montague 2006, y como manual
descriptivo, véase Dayan y Abbott 2005.
[65] Este
modo de representar el tiempo, a veces denominado representación en sombrero de
copa, se describe en Suri y Schultz 1999.
[66] Este
tipo de condicionamiento lo demostraron por primera vez y con claridad Jerzy
Konorski y Stefan Miller en 1928, que bautizaron tales respuestas como reflejos
condicionados del segundo tipo (el condicionamiento clásico era el primer
tipo); véase Konorski 1948. El psicólogo estadounidense B. F. Skinner descubrió
independientemente un tipo parecido de condicionamiento, y lo consideró un
condicionamiento operante (Skinner 1953).
[67] Las
neuronas dopaminérgicas, por ejemplo, se estimulan mucho más mediante
recompensas que con tratamientos repelentes (Schultz 2010).
[68] Los
cambios anatómicos de esta clase también se denominan plasticidad estructural
(Gogolla, Galimberti y Coroni 2007).
[69] Esta
historia se vuelve a relatar en Darwin 1901, p. 112.
[70] Véase
Darwin 1958.
[71] Para
una descripción técnica de los principios generales que intervienen en los
mecanismos de aprendizaje, véase Haykin 2009, pp. 396-400. Haykin identifica
cuatro principios para la autoorganización de las redes neurales: la
autoamplificación (refuerzo), la competencia, la cooperación y la información
estructural (variabilidad de la población). El principio de la persistencia no
se menciona explícitamente, pero se da por hecho.
[72] Este
experimento, realizado por I. S. Cytovich en 1911, se describe en Konorski
1948.
[73] La
importancia de las discrepancias para nuestro concepto del mundo la resaltó el
filósofo Martin Heidegger (Heidegger 1927, traducción al inglés en 1962).
[74] Cita de
MacCurdy 1938, vol. 2, p. 194.
[75] Véase
Land 1999.
[76] Este
fenómeno, denominado supresión sacádica, se describe en Bridgeman, Hendry et
al. 1975.
[77] Los
experimentos sobre la adaptación de las sacudidas oculares se describen en
Straube, Fuchs et al. 1997, y en Wallman y Fuchs 1998.
[78] Este
sistema depende de su capacidad para comparar las imágenes antes y después de
una sacudida ocular, lo que requiere que la información visual persista en el
cerebro desde que se posan los ojos hasta el siguiente salto, conocido como
memoria transacádica (Irwin 1991).
[79] Véase
Stevens, Emerson et al. 1976.
[80] Algunas
regiones clave se encuentran en el campo ocular frontal y en el colículo
superior (Purves, Augustine et al. 2008).
[81] El
psicólogo Ulrich Neisser nos ofrece una descripción asequible que resalta la
realimentación entre la acción y la percepción (Neisser 1976).
[82] William
Powers ha explicado exhaustivamente los sistemas de control y su relevancia
para los sistemas vivientes (Forssell 2009).
[83] Para
una descripción clara de las bases de los movimientos oculares, véase Carpenter
2003; para detalles más técnicos, véase Carpenter 1988.
[84] En
Reichardt 1961 se ofrece un modelo clásico de cómo podría detectarse la
velocidad visual, mientras que en Euler, Detwiler y Denk 2002 se describe un
estudio más reciente sobre determinadas neuronas, llamadas células amacrinas en
estallido de estrella, que intervienen en la detección del movimiento de la
imagen en la retina.
[85] Véanse
Stratton 1897 y Gregory 1997.
[86] Cita de
Stratton 1897, p. 344.
[87] Los
ojos vuelven continuamente a su punto de partida después de seguir una escena
en movimiento durante muy poco tiempo, un proceso denominado nistagmo. Véase
Carpenter 2003.
[88] Para
una explicación atractiva de la importancia de la competencia neural a la hora
de guiar nuestras acciones, véase Eagleman 2011.
[89] Para
una explicación de las estrategias y de cómo se pueden aprender, véanse Daw,
Niv y Dayan 2005, y Dayan y Abbott 2005.
[90] La
interacción entre incentivos y recompensas en el aprendizaje instrumental se
explica en Balleine y Dickinson 1998.
[91] Para
una descripción poco técnica de la toma de decisiones, véase Montague 2006; una
explicación más técnica se encontrará en los últimos capítulos de Dayan y
Abbott 2005.
[92] Helmholtz
1866, pp. 30-31
[93] Véase
Gallese, Fadiga et al. 1996. Para una descripción de las neuronas
especulares en los humanos, véase Mukamel, Ekstrom et al. 2010, y
para una discusión más general de su posible importancia para las interacciones
humanas, véase Ramachnandran 2011.
[94] Cita de
Chris Frith de su libro asequible y claro (Frith 2007, p. 175).
[95] George
Lakoff y Mark Johnson nos explican de forma convincente que todas nuestras
afirmaciones se fundamentan en la forma que tenemos de ver las cosas (Lakoff y
Johnson 1980).
[96] Para un
libro asequible sobre el reconocimiento de las caras, véase Bruce y Young 2000.
[97] Para
algunos ejemplos de personas con prosopagnosia, véase la agradable descripción
de Oliver Sacks en El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (Sacks
1985); véase también Etcoff, Freeman et al. 1991.
[98] Aunque
utilizo la inhibición presináptica para ilustrar los desplazamientos de
atención, se podría emplear para lo mismo cualquier mecanismo que bloquee o
favorezca preferentemente la señalización de una neurona. Para una descripción
técnica de los principios biofísicos de la computación neural, véase Koch 1999.
[99] Véase
Olshausen, Anderson y Van Essen 1993
[100] El
aprendizaje de las señales neurales asociadas al punto de vista original o
promediado de María podrían establecerse mediante neuronas de discrepancias
similares a las descritas en la figura 61. Las neuronas de discrepancias
vendrían a equilibrar las señales de los ojos neurales frente a un impulso
neural uniforme y fijo. Si María ya no estuviera a la vista, entonces las
neuronas de discrepancias se activan en un patrón compensatorio que coincide
con las señales de María, lo que proporciona una memoria o referencia para su
aspecto.
[101] Los
principios del aprendizaje por correlaciones mediante el uso de las redes
neurales de Hebb (nombradas en honor al psicólogo Donald Hebb) se describen en
varios tratados técnicos (Diamantaras y Kung 1996, y Haykin 2009).
[102] La
construcción de las representaciones invariables basadas en la lentitud con la
que los objetos cambian cuando se les observa continuamente podría conseguirse
mediante diferentes mecanismos de aprendizaje neural, como el análisis lento de
peculiaridades (Wiskott y Sejnowski 2002); esto ha conseguido recientemente el
respaldo experimental (Li y DiCarlo 2008).
[103] Para
una descripción buena y comprensible de los diferentes niveles de análisis en
la corteza visual, véase Zeki 1993.
[104] Véase
Milner y Goodale 1996.
[105] Las
conexiones cerebrales que van de los niveles superiores a los inferiores de la
corteza visual están bien documentadas y se conocen como «reentrantes» (Zeki
1993
[106] El
programa informático utilizado para generar este promedio fue desarrollado por
mis colaboradores Andrew Bangham, Barry Theobald y Andy Hanna mediante el
alineamiento de imágenes y métodos de distorsión.
[107] El
procedimiento utilizado para identificar las diferentes tendencias se llama
análisis de componentes principales, que se ha demostrado que equivale al
aprendizaje mediante redes neurales de Hebb (Diamantaras y Kung 1996, y Haykin
2009). La aplicación utilizada aquí emplea la síntesis de imágenes y modelos de
formas activas (Cootes, Taylor et al. 1995; Vetter y Poggio 1997)
mediante el programa informático desarrollado por mis colegas Andreq Bangham,
Barry Theobald y Andy Hanna.
[108] Para
conocer mejor las caricaturas, véase el libro comprensible de Bruce y Young
2000.
[109] Una
buena ilustración del diálogo instintivo entre el artista y el lienzo procede
de los comentarios que el artista Lucien Freud realizaba mientras pintaba un
retrato. Según uno de sus retratados, Martin Gayford: «Cuando está realmente
concentrado, murmura constantemente, dándose instrucciones a sí mismo: “Sí,
quizá, un poco”, “¡Basta!”, “No, me parece que no”, “Un poco más amarillo”»
(Gayford 2010, p. 43).
[110] Para
explicar la cuestión de cómo surgen los descubrimientos importantes, véase
Robinson 2010. Véase también la descripción clara y muy comprensible de David
Eagleman sobre la importancia del inconsciente en nuestros pensamientos y
acciones (Eagleman 2011).
[111] Darwin
1958, p. 43.
[112] Estos
experimentos se describen en una recopilación de sus artículos (Hubel y Wiesel
2005).
[113] Véanse
Von der Malsburg 1979; Swindale 1980; y Miller, Keller y Stryker 1989.
[114] Véase
Cook y Mineka 1989.
[115] El
argumento basado en la flexibilidad puede aplicarse incluso a los factores
predecibles del entorno debido a que, gracias al aprendizaje, se consiguen
soluciones adaptativas con más eficacia, como insistía Geoff Hinton (Hinton y
Nowlan 1987).
[116] Véase
McNeill y McNeill 2003.
[117] Para
una buena descripción, véase Brown 1998. Véanse las biografías comprensibles de
Leonardo de Nicholl 2004 y Kemp 2004.
[118] Miguel
Ángel nació en 1475 en Caprese, a unos 65 km de Florencia.
[119] Para
una descripción asequible y entretenida de la importancia del contexto en los
logros, véase Gladwell 2009.
[120] Estas
poblaciones forman lo que se ha denominado el entramado del mundo antiguo,
bastante bien descrito de forma asequible por J. R. y William McNeill (McNeill
y McNeill 2003).
[121] Reynolds
1992 (publicado por primera vez en 1769), p. 94.
[122] Cifras
tomadas de McNeill y McNeill 2003; véase también Eisenstein 1983.
[123] La cita
procede de Nicholl 2004, p. 180.
[124] Para
una descripción popular de la competición entre Leonardo y Miguel Ángel, véase
Jones 2010.
[125] ara un
estudio del modo en el que las personas se benefician mutuamente al tomar
decisiones, véase Bahrami, Olsen et al. 2010.
[126] La
importancia que tienen el intercambio y el comercio para el cambio cultural ha
sido señalada por Matt Ridley en su libro El optimista racional (Ridley
2010).
[127] Cita
tomada de McCurdy 1938, vol. 2, p. 214.
[128] Cita
procedente de Prothero, ed. 1966, vol. 4, p. 107.
[129] Cita de
Blackett 1955, p. 19.
[130] Cita
tomada de MacCurdy 1938, vol. 2, p. 241
[131] Reynolds
1992 (publicado por primera vez en 1769), p. 91.
[132] Para
encontrar descripciones comprensibles de las fuerzas que influyen en el
transcurso de la cultura humana, véanse los libros de Jared Diamond (Diamond
1998) y de Neil MacGregor (MacGregor 2010).
[133] Para
encontrar descripciones bastante bien ilustradas de la evolución humana y de
las primeras herramientas, véanse Palmer 2010 y MacGregor 2010.
[134] Para
una revisión exhaustiva de la plausible evolución del lenguaje humano, véase
Fitch 2010, y para una explicación de la base neural de la adquisición del
lenguaje, véase Ramachnandran 2011.
[135] MacCurdy
1938, p. 265.
[136] Los
memes los definió por primera vez Richard Dawkins, en Dawkins 1976. Otra
descripción de los memes y de su aplicación se encuentra en Blackmore 1999.
[137] Coyne
1999, p. 768.
[138] Para
encontrar una descripción de cómo nos vemos continuamente empujados a buscar
premios, véase Berns 2005.
[139] El
biólogo evolutivo J. B. S. Haldane también explora las dimensiones adicionales
y los mundos diferentes en su ensayo Mundos posibles (Haldane
1927). Haldane intenta concebir una cuarta dimensión a través de la geometría
en vez del color.
[140] Brian
Greene nos ofrece una buena explicación de la relatividad y su relación con la
mecánica cuántica (Greene 2004).
[141] Rees
1999, p. 37.
[142] Quizá,
el filósofo más conocido por explorar esta cuestión en profundidad sea Immanuel
Kant (Kant 1781).
[143] Esta
historia se cuenta en Doran 2001, p. 70.
[144] Doran
2001, p. 6.
[145] Doran
2001, p. 18.

