© Libro N° 6223.
El Avion Rojo De Combate. Richthofen, Manfred Von. Emancipación. Julio 13 de
2019.
Título
original: © El Avion Rojo De Combate. Manfred Von Richthofen
Versión Original: © El Avion Rojo De Combate. Manfred Von Richthofen
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL AVIÓN ROJO DE COMBATE
Manfred Von Richthofen
ÍNDICE
·
Nota del editor
·
Mi familia
·
Mi época de cadete
·
Mi ingreso en el Ejército
·
Mis primeros días como oficial
·
Estalla la guerra
·
Cruzamos la frontera
·
Hacia Francia
·
Oigo silbar las primeras balas
·
De patrulla con Loen
·
Aburrimiento en Verdún
·
¡Por fin en el aire!
·
Piloto observador con Mackensen
·
En Rusia con Holck
·
Rusia-Ostende
·
Una gota de sangre por la patria
·
Mi primer combate aéreo
·
En la batalla de Champaña
·
De cómo conocí a Boelcke
·
El primer vuelo en solitario
·
De mis días de entrenamiento en Döberitz
·
Mis primeros tiempos como piloto
·
Holck †
·
Un vuelo en la tormenta
·
Pilotando por primera vez un Fokker
·
Raid de bombardeo sobre Rusia
·
¡Por fin!
·
Mi primer inglés
·
La batalla del Somme
·
Boelcke †
·
El octavo
·
El comandante Hawker
·
Pour le Mérite
·
«Le petit rouge»
·
De cómo luchan franceses e ingleses en el aire
·
Me derriban
·
Piezas de aeroplano
·
Mi primer doblete
·
Un día bien aprovechado
·
Moritz
·
Los ingleses bombardean nuestro aeródromo
·
Schäfer salva el pellejo
·
El escuadrón «anti-Richthofen»
·
Nuestro «viejo» viene a visitarnos
·
De vuelta a casa
·
Mi hermano
·
Lothar, un «tirador» y no un «cazador»
·
A la caza del bisonte
·
Aviadores de infantería, artillería y exploración
·
Nuestros aeroplanos
·
A modo de epílogo
·
Apéndice. «Les petits rouges»
·
Autor
·
Notas
§.
Nota del editor
Yo
sé que mi destino está ya escrito
allá, entre las nubes, en lo alto.
W. B. Yeats
Cuando
estalló la guerra en julio de 1914, los aviones apenas tenían diez años de
existencia y los ejércitos no sabían muy bien cómo usarlos. En un primer
momento los consideraron adecuados para tareas de exploración y reconocimiento,
observar y fotografiar las posiciones enemigas. Luego la propia guerra hizo
avanzar a pasos agigantados la primitiva tecnología de aquellos aparatos y les
otorgó nuevas y letales funciones.
Entre el inicio del siglo XX y el fin de la primera guerra mundial
transcurrieron unos años decisivos para su desarrollo. La producción
industrial, la investigación y la ingeniería inversa hicieron avanzar
mecánicas, combustibles, fuselajes, estructuras alares… Una de las innovaciones
más relevantes fue el sistema de sincronización de hélice y ametralladora
ideado por el constructor holandés Anthony Fokker para el avión de caza Fokker
Eindecker. Los primeros aviones de combate monoplaza, los «cazas», una
terminología que se iba a generalizar una vez acabada la guerra, irrumpieron en
los cielos hacia 1915. Su función: perseguir y destruir al aviador enemigo.
El combate aéreo, también llamado «pelea de perros», era un terreno inexplorado
en el que los pilotos fueron inventando tácticas sobre la marcha. Las hazañas
de aquellos valientes muchachos que volaban en frágiles aeroplanos y disparaban
sus ametralladoras, contra un rival valeroso aún inflaman hoy nuestra
imaginación, pero a pesar de la fascinación que ejercen, lo cierto es que
aquellas luchas tenían poco de romántico o de caballeroso: se trataba
esencialmente de sorprender al enemigo por la espalda y coserlo a balazos.
En
junio de 1915 un periódico francés apodó «as de la aviación» al piloto Adolphe
Pégoud tras haber conseguido derribar cinco aviones alemanes. El término «as»,
en referencia a la primera carta de la baraja francesa, se generalizó para
definir al mejor combatiente aéreo.
Fueron ases del aire pilotos legendarios como Eddie Rickenbacker Oswald
Boelcke, Albert Ball, Werner Voss, Georges Guynemer, Mick Mannock, René Fonck…
Pero por encima de todos estuvo Manfred von Richthofen, el Barón Rojo.
Richthofen, un joven e inexperto capitán de caballería de veintitrés años,
estaba llamado a convertirse en el as de la aviación de la Gran Guerra y en un
mito popular moderno. En su figura se concentran los elementos clave que
forjarían una leyenda, juventud, audacia, sentido del honor y una ruptura total
con el pasado representada por su avión rojo de combate.
Suban
ahora a la cabina de «le petit rouge», sientan el viento helado contra el
rostro, oigan el atronador rugir de su motor de explosión interna y aspiren el
penetrante olor a gasolina a tres mil metros de altura.
El
Barón Rojo vuela de nuevo.
§. Mi familia
A
decir verdad, la familia Richthofen no había destacado mucho en las guerras
anteriores; los Richthofen fueron siempre gente muy apegada a su terruño.
Apenas han existido Richthofen que abandonasen las tierras de sus antepasados,
y si algunos lo hicieron fue para ocupar, en su mayoría, cargos del Estado. Mi
abuelo, al igual que todos sus ascendientes, vivía en sus tierras situadas
entre Breslavia y Striegau. En la generación de mi abuelo únicamente hubo un
primo suyo que fue el primer general Richthofen.
En la familia de mi madre, de nombre Von Schickfuss und Neudorf, ocurrió lo
mismo que en la de los Richthofen: pocos militares y muchos terratenientes. El
hermano de mi bisabuelo Schickfuss cayó muerto en 1806. Durante la revolución
del año 1848 fue incendiado y reducido a cenizas un castillo de los más bonitos
que uno de los Schickfuss poseía. Y por lo demás, los Schickfuss no llegaron
más que a capitanes de caballería en la reserva.
En
la familia Schickfuss, así como en la Falckenhausen —el apellido de soltera de
mi abuela era Falckenhausen— no se cultivaban nada más que dos aficiones: la
caza y la equitación. Los Falckenhausen eran aficionados a los caballos y los
Schickfuss a la caza. Mi tío Alexander Schickfuss, hermano de mi madre, ha
cazado mucho y bien en África, Ceilán, Noruega y Hungría.
Mi
padre ha sido en realidad el primero de nuestra familia que decidió hacer
carrera militar. Ingresó muy joven en el Cuerpo de Cadetes, de donde salió para
entrar en el Regimiento de Ulanos[1] número
12. Fue siempre uno de los militares más íntegros y diligentes que se puedan
imaginar, pero tuvo que pedir el retiro consecuencia de haberse quedado sordo.
La sordera la contrajo al salvar a uno de sus hombres que a punto estuvo de
ahogarse. Tras rescatarlo, mi padre siguió con el estricto cumplimiento de su
servicio, empapado, tal como estaba, sin preocuparse del daño que pudieran
causarle la humedad y el frío.
En
mi generación existen naturalmente muchos más militares. En tiempo de guerra no
hay ningún joven Richthofen fuerte y sano que no se encuentre bajo su bandera.
Por la misma razón perdí al principio de esta guerra a seis primos más o menos
lejanos, todos ellos del arma de Caballería.
Me
pusieron de nombre Manfred en recuerdo de mi tío abuelo, quien desempeñó en
tiempo de paz el cargo de asistente de su majestad y fue comandante de la Gardedukorps[2], y durante la
guerra coronel de un regimiento de Caballería.
Ahora algo sobre mi juventud. Cuando yo vine al mundo, el 2 de mayo de 1892, mi
padre estaba incorporado al Regimiento de Coraceros número 1 de guarnición en
Breslavia. Vivíamos en Kleinburg. Allí recibí clases particulares hasta los
nueve años. Luego fui a la escuela de Swidnica y más tarde ingresé de cadete en
Wahlstatt, pero mis compañeros de Swidnica me siguieron considerando uno de los
suyos. Preparado en el Cuerpo de Cadetes para ingresar en el arma de
Caballería, fui destinado al Regimiento de Ulanos número 1.
Todo
lo que he vivido y experimentado desde entonces está escrito en este libro.
Mi hermano Lothar es el otro Richthofen aviador; ha sido condecorado con la
Orden Pour le Mérite[3] . Mi
hermano menor es aún cadete y espera con impaciencia poder dedicarse también a
pilotar aviones. Mi hermana, como todas las mujeres de mi familia, se ocupa de
cuidar a los heridos.
§. Mi época de cadete
(1903-1909
en Wahlstatt, 1909-1911 en Lichterfelde)
Cuando
terminé el primer año de secundaria ingresé en el Cuerpo de Cadetes. Yo no
tenía demasiado interés en ello, pero era el deseo de mi padre, así que no me
lo consultaron.
La estricta disciplina y el orden se me hicieron muy duros debido a mi corta
edad. Nunca tuve mucha paciencia para los estudios, nunca fui un estudiante
brillante; jamás me apliqué más que lo justo para no repetir curso. Mi sistema
fue siempre no trabajar más de lo estrictamente necesario, y me hubiera
parecido una ambición descarada aspirar a algo más que al aprobado.
Naturalmente, una consecuencia directa fue que mis profesores nunca me tuvieron
gran aprecio.
En
cambio, siempre me gustó mucho todo lo relacionado con el deporte, la gimnasia,
los partidos de fútbol, etcétera. Creo que nunca hubo ejercicio, por difícil
que fuese, que yo no pudiera hacer en el trapecio. Pronto me gané algunos
premios otorgados por mi comandante.
Todo
lo arriesgado me cautivaba. En una ocasión, acompañado de mi amigo Frankenberg,
subí hasta la torre de la iglesia de Wahlstatt, trepé por el pararrayos y até
un pañuelo en su punta. Todavía recuerdo perfectamente lo difícil que me
resultó andar por las escurridizas tejas de pizarra. Diez años después, con
ocasión de una visita a mi hermano pequeño, volví a ver aquel pañuelo atado
todavía a la punta del pararrayos.
Mi amigo Frankenberg fue una de las primeras víctimas de la guerra.
En Lichterfelde lo pasé mucho mejor. No me sentía tan apartado del mundo y
empecé a vivir una vida más intensa.
Mis
mejores recuerdos de Lichterfelde son los grandes juegos deportivos en los que
participé con y contra el príncipe Federico Carlos. El príncipe consiguió
ganarme los primeros premios en carreras pedestres y en fútbol. No me había
entrenado yo tan perfectamente como lo había hecho él.
§. Mi ingreso en el Ejército
(Pascua
de 1911)
Estaba
realmente impaciente por entrar en el Ejército. Obtuve el primer puesto en el
examen de alférez y después me sumé al Regimiento de Ulanos número 1, llamado
«del emperador Alejandro III». Escogí personalmente ese regimiento por estar
acuartelado en mi querida Silesia y también por tener algunos parientes y
amigos que así me lo aconsejaron.
El
servicio en mi regimiento me gustó muchísimo. No hay duda de que lo mejor para
un joven soldado es servir en la Caballería.
Del
tiempo que estuve en la escuela militar tengo bien poco que decir. Me recordaba
demasiado a mi época en el Cuerpo de Cadetes y en consecuencia el recuerdo no
es demasiado agradable.
Me pasó una cosa graciosa estando allí. Uno de mis profesores de la escuela se
compró una buena yegua, algo rechoncha, a decir verdad. La única pega es que
era un poco vieja; se suponía que tenía quince años. Tenía las patas gordas,
pero por lo demás saltaba de forma admirable. La monté muy a menudo. Se
llamaba Biffy.
Un año más tarde, ya en el regimiento, el capitán Von Tr—, un gran aficionado
al deporte, me contó que se había comprado un caballo fortachón que saltaba muy
bien. Todos estábamos entusiasmados por ver a aquel «saltador fortachón» que
respondía al extraño nombre de Biffy. Yo ya no recordaba a la vieja
yegua de mi profesor de la escuela militar.
Cierto día pude ver por fin al portentoso animal, y cuál no sería mi asombro al
reconocer en él a la vieja Biffy descansando ahora en las
cuadras del capitán como si fuera una yegua de ocho años. En el tiempo
transcurrido había cambiado varias veces de dueño y también aumentado mucho de
precio. Mi profesor de la escuela militar la había comprado por mil quinientos
marcos; Von Tr—, un año después, por tres mil quinientos y varios años más
joven.
Biffy ya
no volvió a ganar ningún concurso hípico a pesar de su renovada juventud, pero
encontró aún otro dueño más. Hasta que la mataron al principio de la guerra.
§. Mis primeros días como oficial
Otoño
de 1912)
Finalmente
me dieron. Creo que la satisfacción más grande de mi vida la experimenté la
primera vez que me llamaron «mi teniente».
Mi
padre me compró una yegua muy bonita llamada Santuzza. Era un
animal prodigioso, duro como el acero, muy noble, y que se dejaba guiar como un
cordero. Poco a poco fui descubriendo en ella grandes dotes de saltadora, y en
seguida me decidí a entrenar a mi valiente compañera. Era un portento y montada
por mí llegó a saltar hasta un metro setenta.
Durante
su entrenamiento encontré gran ayuda y aprendí mucho con los consejos de mi
camarada Von Wedel, que con su caballo Fandango había ganados
varios premios. Empezamos a entrenamos juntos para participar en un concurso de
salto y en una carrera campo a través en Breslavia. Fandango estaba
pletórico y Santuzza se esforzaba y cumplía, tanto que yo
guardaba esperanzas de poder ganar algo con ella. El día antes de partir hacia
la carrera no pude renunciar al deseo de volverla a hacer saltar una última vez
por los obstáculos de nuestro circuito de entrenamiento. Dimos un resbalón y
nos caímos; Santuzza se magulló la espalda y yo me rompí la
clavícula.
Tenía esperanzas de que mi querida Santuzza llegara a ser
también una buena corredora, pero me sorprendió mucho el día en que batió al
purasangre de Von Wedel.
En otra ocasión tuve la suerte de montar un precioso caballo alazán en unas
olimpiadas en Breslavia. En la carrera campo a través mi caballo lo estaba
haciendo realmente bien, tanto que yo guardaba esperanzas de ganar. En esto nos
acercábamos al último obstáculo, desde lejos se veía que era algo
extraordinario y alrededor había una multitud expectante. Entonces me dije:
«Valor, Manfred, que la cosa pinta mal», y me lancé a toda marcha hacia el
terraplén sobre el que habían colocado la última valla. El público me gritaba y
me hacía señas para que no entrase en el obstáculo con tanta velocidad, pero yo
ya ni oía ni veía nada. Mi alazán se lanzó desbocado hacia la valla y
sorprendentemente pasó al otro lado… que daba justamente al río Weistritz.
Antes de que pudiera darme cuenta, caballo y jinete estábamos nadando en sus
aguas. Naturalmente, yo salí por orejas; Félix, que así se llamaba el caballo,
acabó por un lado y Manfred por otro. Cuando terminó la carrera nos volvieron a
pesar y, sorpresa, no sólo no había perdido las dos libras habituales, sino
que, por el contrario, pesaba diez libras más que al principio. Gradas a Dios
nadie cayó en la cuenta de que estaba empapado.
También tuve un caballo llamado Blume. El pobre animal tenía que
hacer de todo: carreras de velocidad, pruebas de resistencia, concursos de
salto, servir en el regimiento… En fin, no había ejercicio que no hubiera
aprendido mi buen Blume. Con el logré mis mejores resultados y el
último fue ganar el Gran Premio del Káiser de 1913. Fui el único en acabar esta
carrera campo a través sin una sola falta, pero lo que me sucedió entonces fue
algo que difícilmente se vuelva a repetir: iba galopando por una pradera y de
repente me caí de cabeza al suelo. El caballo había pisado una madriguera y en
la caída yo me rompí la clavícula de nuevo, pero a pesar de todo seguí adelante
setenta kilómetros más, sin cometer ninguna falta y terminando la carrera
dentro del tiempo reglamentario.
§. Estalla la guerra
En
los periódicos no se leía otra cosa que noticias novelescas sobre la guerra.
Desde hacía meses nos habíamos acostumbrado a no escuchar más que rumores.
Habíamos hecho tantas veces el petate que ya nos aburría el asunto y nadie
creía demasiado en la guerra; y los que menos creíamos éramos quienes estábamos
más cerca de la frontera, «el ojo del ejército», nombre con el que nos había
bautizado hacía tiempo mi comandante refiriéndose a las patrullas de
caballería.
En
vísperas de la gran movilización nos encontrábamos con un destacamento de
nuestro escuadrón a diez kilómetros de la frontera, sentados en el salón de
oficiales, comiendo ostras, bebiendo champán y jugando a las cartas. Lo
pasábamos bien. Nadie pensaba en la guerra.
La
madre de Wedel nos había sorprendido algunos días atrás; había venido desde
Pomerania para ver a su hijo una última vez antes de que diesen comienzo las
ofensivas. Al vemos tan contentos se convenció de que no nos preocupaba la
guerra y creyó oportuno invitamos a desayunar como es debido.
Estábamos
de lo más animados cuando de repente se abrió la puerta y apareció el conde
Kospoth, gobernador de Olesnica. En su cara una mueca de estupefacción. Todos
saludamos efusivamente a nuestro viejo amigo. Nos explicó el motivo de su
viaje: quería enterarse de primera mano de lo que había de cierto en los
rumores de guerra mundial, y que mejor lugar para ello que en la frontera.
Pensó, lógicamente que era en la frontera donde antes se confirmarían aquellos
rumores. Por eso se quedó asombrado al contemplar nuestra simpática escena.
Por
el conde nos enteramos de que todos los puentes de Silesia estaban vigilados y
de que ya se pensaba en fortificar ciertas posiciones. Enseguida le convencimos
de que una guerra era imposible, y continuamos con la fiesta.
Al
día siguiente entrábamos en campaña.
§. Cruzamos la frontera
La
palabra guerra nos era familiar a los soldados de caballería
de guarnición en la frontera. Cada cual sabía lo que tenía que hacer y lo que
no, pero ninguno tenía una idea clara de lo que podría estar a punto de
suceder. Cualquier soldado en activo era ya feliz por tener ante sí la
oportunidad de poner de relieve su valor y llevar a la práctica todo lo
aprendido.
Para
nosotros, los jóvenes tenientes de caballería, estaba reservada la misión más
interesante: explorar, introducirse en la retaguardia del enemigo y destruir
sus instalaciones más importantes; tareas para las que se requiere ser todo un
hombre.
Con mis valiosas instrucciones en el bolsillo y consciente de la importancia de
mi misión por tenerla estudiada desde hacía ya un año, una noche, a eso de las
doce, monté a caballo al frente de mi patrulla y me encaminé por primera vez
hacia el enemigo.
La frontera la marcaba un río y era allí justamente donde yo esperaba recibir
mi bautismo de fuego, pero me quedé muy sorprendido al comprobar que lograba
pasar el puente sin ningún contratiempo. A la mañana siguiente, y sin mayor
novedad, pudimos divisar la torre de la iglesia de la aldea de Kielce, conocida
de anteriores exploraciones a caballo al otro lado de la frontera.
Todo
esto sucedió sin haber podido encontrar la más ligera huella del enemigo, y aún
mejor, sin que el enemigo nos descubriese a nosotros. La pregunta entonces era
qué hacer para que no nos descubriesen los aldeanos. Mi primera idea fue coger
y encerrar al sacerdote del pueblo, así que lo sacamos de su casa por sorpresa
y para su total desconcierto. Como primera medida lo encerré en el campanario
de la torre de la iglesia y luego echamos abajo la escalera, dejándolo aislado
allí arriba. Le amenacé con quitarle la vida si los habitantes del pueblo
mostraban el más mínimo comportamiento hostil hacia nosotros. Un centinela
apostado en la torre vigilaba los alrededores.
Cada día tenía que enviar a uno de mis hombres de vuelta a la guarnición con un
informe, de tal manera que poco a poco la patrulla se fue disolviendo, hasta el
punto de que creí verme en el apuro de tener que ir yo mismo a llevar el
último.
Todo estuvo muy tranquilo hasta la noche del quinto día, cuando, andando yo por
las cercanías de la torre de la iglesia, donde descansaban los caballos, vino
corriendo el centinela y me gritó: « ¡Los cosacos están aquí!». Lloviznaba, no
había ni una sola estrella, la noche era negra como la boca de un lobo; no
podíamos ver a un palmo de nuestras narices.
Sacamos los caballos por un boquete que en previsión habíamos abierto en la
tapia del patio de la iglesia y por el que se salía al campo. Avanzando unos
cincuenta metros se podía sentir uno en total seguridad arropado por la
oscuridad reinante. Luego yo mismo me fui con el centinela, carabina en mano,
hacia el lugar donde se suponía debían estar los cosacos.
Me arrastré por la tapia del cementerio y llegué a la calle. Mi impresión
cambió radicalmente al ver las afueras del pueblo llenas de enemigos. Yo
observaba por encima de la tapia, detrás de la cual tenían sus caballos los
cosacos; la mayoría de ellos llevaban linternas sordas y las manejaban
escandalosa e imprudentemente. Calculé que serían unos veinte o treinta
hombres. Uno de ellos desmontó del caballo y se fue hacia el sacerdote, el
mismo al que yo había liberado el día antes. « ¡Traición! ¡Por supuesto!»,
pensé de inmediato. Era necesario doblar las precauciones. No podía arriesgarme
a entrar en combate, pues no disponía más que de dos carabinas. En una palabra:
estábamos jugando al ratón y al gato.
Después de unas horas de descanso nuestros visitantes se largaron.
A la mañana siguiente decidí levantar el campamento.
Siete días después estaba de vuelta en mi guarnición y todo el mundo me miraba
como si fuese un fantasma, y no era porque llevara la barba sin afeitar, sino
porque se había corrido la voz de que a Wedel y a mí nos habían matado en
Kalisz. Se sabía lo ocurrido, el lugar, la hora y demás circunstancias con tal
exactitud, que el rumor se había extendido ya por toda Silesia. Hasta mi madre
había recibido ya las condolencias.
Sólo faltaba mi esquela en los periódicos.
* *
* *
Por
entonces ocurrió también un divertido suceso. A un oficial veterinario le
encargaron ir con diez ulanos a requisar los caballos de una granja. La granja
estaba situada a unos tres kilómetros. Regresó de su misión muy alterado y él
mismo informó de lo siguiente:
«Pasábamos
a caballo por un campo de rastrojos cuando de repente, y a cierta distancia,
creí divisar a la infantería enemiga. Rápidamente desenvainé el sable y grité a
mis ulanos: “¡Lanza en ristre! ¡Al ataque! ¡Marchen! ¡Marchen! ¡Hurra!”. Esto
le hizo gracia a mi gente y empezaron a galopar como locos por los rastrojos.
La infantería enemiga resultó ser una manada de corzos que yo confundí debido a
mi miopía»
.Aquel
caballero tuvo que soportar durante mucho tiempo las bromas sobre su simpática
arremetida.
§. Hacia Francia
Desde el pueblo donde estábamos de guarnición partimos en un tren. ¿Adónde? No
teníamos ni la más remota idea de si al este, al oeste, al norte o al sur.
Conjeturas se hicieron muchas y por lo general equivocadas; pero aquella vez,
sin embargo, estábamos en lo cierto: íbamos al oeste.
Pusieron a nuestra disposición un compartimento de segunda ríase para cada
cuatro. Había que abastecerse de alimentos para un largo viaje. La bebida, por
supuesto, no faltaba. Pero ya el primer día nos convencimos de que un
compartimento de segunda clase era demasiado estrecho para cuatro hombres
jóvenes y fuertes. Así que optamos por distribuimos de manera que pudiésemos ir
más cómodos. Yo me adapté la mitad de un vagón de equipajes para poder viajar y
dormir a gusto, y realmente le saqué buen provecho. Tenía aire fresco, bastante
luz y mucho espacio para mí solo. En una estación me agencié una buena cantidad
de paja y monté encima mi tienda de campaña. Dormí tan bien en mi improvisado
coche-cama como hubiera podido hacerlo en mi cuarto de Ostrovo, en casa de mi
familia.
Viajábamos día y noche. Atravesamos primero toda Silesia, luego Sajonia;
siempre hacia el oeste. Parecía que nos dirigíamos a Metz, pero ni el mismo
maquinista del convoy sabía adónde íbamos en realidad. En todas las estaciones,
incluso en las que no parábamos, había una multitud de gente que nos vitoreaba
y nos lanzaba flores. En el pueblo alemán podía observarse un increíble
entusiasmo por la guerra. Los ulanos muy especialmente, inspiraban gran
admiración. Un tren que paró en la estación antes que el nuestro pudo haber
difundido la noticia de que ya habíamos tenido contacto con el enemigo ¡pero sólo
llevábamos ocho días de guerra! Mi regimiento también había sido mencionado en
el primer parte del Ejército. El Regimiento de Ulanos número 1 y el Regimiento
de Infantería número 155 habían conquistado Kalisz. Éramos pues unos héroes
admirados y como tal nos hacían sentir. Wedel se había encontrado el sable de
un gendarme cosaco y se lo enseñaba a las chicas del lugar, que se quedaban
asombradas. Aquello era todo un golpe de efecto. Nosotros, naturalmente, les
asegurábamos que estaba manchado de sangre y hacíamos del inofensivo juguete un
trofeo de cuento de hadas. Estábamos realmente alegres, hasta que por fin
llegamos a Büsendorf, en las cercanías de Diedenhofen, y dio por finalizado
nuestro viaje en tren. Justo antes de llegar a Büsendorf nos detuvimos dentro
de un largo túnel. He de confesar que si ya es inquietante pararse en mitad de
un túnel en tiempo de paz, mucho más lo es en época de guerra. Por si esto
fuera poco, un gracioso se permitió la broma de pegar un tiro al aire. No pasó
mucho tiempo hasta que se inició un estruendoso tiroteo dentro del túnel. La
causa nunca la supimos, pero fue un verdadero milagro que nadie saliese herido.
En Büsendorf nos bajamos del tren. Hacía tanto calor que temíamos que
reventasen los caballos. Durante los siguientes días marchamos siempre hacia el
norte, en dirección a Luxemburgo. Entretanto me enteré de que mi hermano había
recorrido el mismo camino con una división de caballería ocho días antes. Una
vez más había encontrado su pista, pero verle no lo conseguí hasta un año más
tarde.
Ya en Luxemburgo, nadie sabía qué actitud iba a tomar hacia nosotros el pequeño
Estado. Todavía recuerdo que al ver a lo lejos a un gendarme luxemburgués le
acosé con mi patrulla y le quise hacer prisionero. Él me aseguró que si no le
soltaba de inmediato se quejaría ante el emperador de Alemania; me pareció
justo y puse en libertad al héroe. En esto pasamos por las ciudades de
Luxemburgo y de Esch mientras nos acercábamos peligrosamente a las primeras
ciudades fortificadas de Bélgica.
El avance de nuestra infantería, así como el de toda nuestra división, se hizo
como si se tratase de un ejercicio de maniobras en tiempo de paz. Estábamos
terriblemente emocionados y avanzar de aquella manera funcionaba como un
oportuno sedante para nuestro peligroso entusiasmo. De lo contrario hubiéramos
cometido cualquier locura. Por todas las carreteras, de derecha a izquierda,
por delante y por detrás de nosotros, marchaban tropas de diferentes cuerpos de
ejército. Todo parecía un confuso desorden, pero de pronto el desorden pasó a
ser un despliegue perfectamente concebido y ejecutado.
De lo que nuestros aviadores hacían por entonces no tenía yo ni la más remota
idea. Cada vez que veía un aeroplano me confundía. No podía distinguir los
aviones alemanes de los enemigos, no tenía ni idea de que los alemanes llevaran
cruces pintadas y los del enemigo círculos. Así que abríamos fuego contra todos
por igual. Los viejos aviadores aún relatan la penosa situación de verse
tiroteados a un mismo tiempo por amigos y enemigos.
Marchamos y marchamos hasta que un buen día, las patrullas, bastante
adelantadas, llegamos a Arlon. Un escalofrío me recorrió la espalda al
atravesar por segunda vez la frontera el sordo estampido de las descargas de
los francotiradores había llegado a mis oídos.
* *
* *
En
cierta ocasión me ordenaron establecer contacto con nuestra división de
caballería. Aquel día no hice menos de ciento diez kilómetros a caballo con mi
patrulla. Una brillante actuación la de nuestros animales, ni uno sólo flaqueó.
En Arlon subí a la torre de la iglesia según la táctica aprendida en tiempo de
paz. Naturalmente, no pude ver al enemigo porque aún estaba muy lejos.
En aquel entonces uno era bastante ingenuo. Había dejado a mis hombres en los
alrededores y me adentré en el pueblo yo solo, en bicicleta, pedaleando en
dirección a la iglesia. Cuando bajé de la torre me encontré rodeado por una
pandilla de tipos que gruñían y murmuraban. Como era de esperar, mi bicicleta
había desaparecido y yo tuve que regresar a pie, caminando por lo menos durante
media hora para poder reunirme con mi patrulla. Pero aquello fue divertido. Me
hubiera gustado que acabase en bronca. Estaba muy tranquilo pistola en mano.
Con posterioridad pude saber que aquellas gentes se habían alzado días antes
contra nuestra caballería y habían atacado también nuestro hospital militar.
Así que hubo que arrimar a la pared a algunos de aquellos
caballeros.
Por la tarde llegué al punto de destino y me enteré de que tres días antes
habían matado en la región de Arlon a mi único primo Richthofen. El resto del
día lo pasé con mi división; hicimos una descubierta nocturna y después
regresé, bien entrada ya la noche, a mi regimiento.
Con todo esto vimos y experimentamos más que otros. Habíamos tenido contacto
con el enemigo y habíamos olido el rastro de la guerra. Éramos la envidia de
los compañeros de otras armas. Fue muy divertido; probablemente mi momento
favorito de todo el conflicto. Ojalá pudiese volver a revivir el inicio de la
guerra.
§. Oigo silbar las primeras balas
(21-22de agosto de 1914)
Tenía orden de averiguar el tamaño de la fuerza enemiga establecida en el
bosque de Virton. Salí montando con quince ulanos sabiendo que me las iba a ver
por primera vez con el enemigo. La misión no era fácil porque un bosque así
podía esconder demasiados peligros.
Subí a una loma; a unos cien pasos de mí se hallaba un frondoso bosque de miles
de hectáreas. Era una bonita mañana de agosto. El bosque, tan tranquilo y
silencioso, aplacaba cualquier pensamiento bélico.
Nos fuimos aproximando a la entrada del bosque. Con los prismáticos no se
observaba nada sospechoso, así que seguimos avanzando, conscientes del peligro.
La vanguardia desapareció en la espesura. Yo iba detrás y a mi lado estaba uno
de mis mejores ulanos. A la entrada vimos una garita de guardabosques. Pasamos
por delante de ella. De pronto sonó un disparo desde la ventana y casi de
inmediato otro. Por el estampido supe que no habían sido hechos con un fusil,
sino con una escopeta. Al mismo tiempo observé cierto revuelo en mi patrulla y
enseguida comprendí que aquello era una emboscada de francotiradores. Echar pie
a tierra y rodear la casa fue cuestión de segundos. Apostados en lo oscuro pude
distinguir a cuatro o cinco tipos de mirada hostil; la escopeta, naturalmente,
había desaparecido. En aquel momento sentí una rabia inmensa. Nunca antes en mi
vida había matado a un hombre y debo decir que me vi en un desagradable dilema.
En realidad debí haber matado a aquel francotirador como a un perro. Con sus
disparos había metido una carga de perdigones en la barriga de un caballo y
herido en la mano a uno de mis ulanos.
En mi pésimo francés grité a aquellos hombres y les amenacé con fusilarlos a
todos si no señalaban de inmediato al autor de los disparos. Comprendieron que
la cosa iba en serio y que yo no dudaría ni un instante en convertir mis
palabras en hechos. Lo que ocurrió en realidad no lo sé, pero el caso es que de
repente los francotiradores desaparecieron por una puerta trasera, como si se
los hubiera tragado la tierra; disparé pero no les di. Por suerte, había hecho
rodear la casa y estaba seguro de que era imposible que pudieran escapar con
vida. Enseguida hice registrar el lugar minuciosamente, pero no pude encontrar
a nadie dentro. Mi única explicación ante aquello fue que los centinelas
apostados detrás de la casa no habían vigilado con la debida atención. El caso
es que la casucha estaba vacía. En su interior encontramos la escopeta apoyada
contra la ventana. Tuve que vengarme de otra forma. En cinco minutos la casa
entera estaba ardiendo.
Después de este intermezzo [4] proseguimos
nuestro camino. Por unas pisadas recientes de caballos pude reconocer que,
justo antes que nosotros, había pasado por allí una numerosa fuerza enemiga.
Hice un alto con mi patrulla, les arengué con un par de palabras y sentí que
podía confiar totalmente en cada uno de mis hombres. Sabía que ellos iban a
actuar con dignidad y valor en los siguientes minutos. Como era natural, nadie
pensaba en otra cosa que en el combate. Si en la sangre de los germanos ha
existido siempre el impulso de lanzarse al ataque para arrollar al adversario,
seguro que en aquella ocasión fue aún más vivo por tratarse de la caballería
enemiga. Ya me veía a la cabeza de mi puñado de hombres derrotando a un
escuadrón y estaba loco de impaciencia. Los ojos de mis ulanos relucían. Y así
avanzamos al trote siguiendo el rastro de las huellas. Después de cabalgar
durante una hora a buen paso a través de un increíble desfiladero, el bosque
empezó a clarearse; nos íbamos aproximando a la salida. Estaba convencido de
que me encontraría con el enemigo de frente. ¡Atentos pues! ¡Y sobre todo,
valor y a la carga! Para eso nos sobraban los ánimos. A la derecha del estrecho
sendero había una enorme pared de roca escarpada de varios metros de altura; a
mi izquierda, un arroyuelo; y justo después una pradera de unos cincuenta
metros de anchura rodeada de alambre de espino. De pronto las huellas que
seguíamos desaparecieron sobre un puente hacia los zarzales. Mi vanguardia hizo
un alto: la salida del bosque estaba bloqueada por una barricada.
Inmediatamente quedó claro que habíamos caído en una trampa. Observé algún
movimiento entre los arbustos de detrás de la pradera y pude distinguir la
caballería enemiga pie a tierra. Calculé unos cien hombres. Allí nos era
imposible intentar nada: de frente teníamos cerrado el camino por la barricada,
a la derecha estaba la pared de roca y a la izquierda las alambradas que
rodeaban la pradera. Tampoco había tiempo para desmontar y abrir fuego con las
carabinas. Así que no quedaba otra salida que volver grupas. Yo hubiera podido
exigir cualquier cosa a mis valientes ulanos menos hacerles huir ante el
enemigo. Sabía que no les iba a hacer ninguna gracia. Sólo un segundo después
sonó el primer tiro, al que siguió una nutrida descarga que provenía del
bosque. La distancia era de cincuenta a cien metros. Mis hombres estaban
instruidos para que en el caso de que yo alzase el brazo, vinieran todos
rápidamente a reunirse conmigo. Estaba convencido: la única salida era la
retirada. Entonces hice señas a mi gente con la mano… pero se conoce que lo
entendieron mal: la patrulla que había dejado atrás me creyó en peligro y vino
al galope para sacarme de allí. Todo esto ocurría en un estrechísimo sendero
del bosque, así que es fácil imaginar el lio que se armó. Con el ruido de los
disparos, multiplicado diez veces por la estrechez del desfiladero, se les
desbocaron los caballos a mis dos jinetes de vanguardia y corrieron de golpe a
saltar la barricada. No he vuelto a saber de ellos; seguramente estén
prisioneros.
Yo mismo me di media vuelta y clavé las espuelas en los ijares de mi
buena Antítesis por primera vez en su vida. A mis ulanos, que
venían a todo meter en sentido contrario, casi no logro convencerles de que no
siguieran avanzando. ¡Media vuelta y a correr! A mi lado iba montado mi joven
ordenanza. De pronto su caballo cayó al suelo de un balazo. Yo pude apartarme a
tiempo, pero los que me seguían se arrollaron los unos a los otros. En resumen:
aquello fue un desastre. El chaval estaba tirado bajo su caballo, al parecer
ileso, pero aprisionado bajo el peso del animal. El enemigo nos había
sorprendido y bien; había estado observándonos desde el principio y había
maquinado una vez más la emboscada contra nosotros. ¡Muy propio de los
franceses!
Fue toda una alegría ver aparecer ante mis ojos a mi joven ayudante días
después. El pobre venía medio descalzo porque había perdido una de sus botas
bajo el caballo. Me contó cómo había logrado escapar: por lo menos dos
escuadrones de coraceros franceses habían salido del bosque para saquear a los
muchos caballos y valerosos ulanos caídos. Él se puso en pie de inmediato y,
como estaba ileso, fue gateando por la pared rocosa unos cincuenta metros hasta
que se desplomó, completamente exhausto, entre unos matorrales. Pasadas más de
dos horas, después de que el enemigo se marchara para unirse a su retaguardia,
fue capaz de continuar con su huida. Así consiguió reunirse conmigo dos días
después. Del paradero de los otros camaradas pudo decirme bien poco.
§. De patrulla con Loen
La batalla de Virton había comenzado. Mi compañero Loen y yo teníamos que
descubrir una vez más dónde había quedado el enemigo. Estuvimos siguiéndole el
rastro todo el día, al fin le alcanzamos y pudimos redactar un informe bastante
decente.
La noche era ahora la gran cuestión. ¿Queríamos cabalgar toda la noche para
volver con nuestras tropas, o preferíamos ahorrar energías y descansar hasta el
día siguiente? Eso es precisamente lo bonito de la patrulla de caballería, que
tiene la más amplia libertad de acción. Así que decidimos pasar la noche cerca
del enemigo y volvernos a la mañana siguiente. Según nuestras observaciones
estratégicas, ellos estaban replegándose y nosotros les íbamos apretando;
conque podíamos echarnos dormir con relativa tranquilidad.
No muy lejos de donde estaba el enemigo había un maravilloso monasterio con
grandes establos. Nuestros hombres, Loen y yo fuimos allí a recogernos. No
obstante, al anochecer el enemigo se encontraba tan cerca de nosotros que de
haber querido hubiera podido romper las ventanas a tiros.
Los monjes eran muy amables. Nos dieron de comer y de beber tanto como
quisimos, y estuvimos realmente a gusto. Los caballos fueron desensillados y
pudieron descansar por fin de los ochenta kilos de peso que habían soportado a
sus espaldas durante tres días y tres noches. En otras palabras que nos
acomodamos como si estuviésemos de maniobras y aquel monasterio fuera la casa
de un amigo. Tres días más tarde, dicho sea de paso, tuvimos que colgar de una
farola a algunos de nuestros anfitriones: no habían sido capaces de resistirse
al deseo de tomar parte en la guerra. Pero a decir verdad, aquella noche fueron
realmente amables. Luego no desvestimos, nos metimos en camisón en la cama,
pusimos un centinela y dejamos que Dios velara nuestro sueño.
A media noche la puerta se abrió de repente y oímos la voz del centinela que
nos gritaba: «¡Mi teniente: vienen los franceses!». Yo estaba demasiado dormido
para poder responderle. A Loen le pasaba tres cuartos de lo mismo y sólo acertó
a hacerle una pregunta tonta: « ¿Cuántos vienen?». El centinela, desconcertado,
respondió: «Hemos matado a dos pero no sabemos cuántos son en total, ¡ahí
afuera está oscurísimo!». Entonces le oí decir a Loen todavía medio dormido:
«Vale. Si vienen más, me despiertas». Medio minuto después estábamos roncando.
A la mañana siguiente el sol estaba bien alto cuando despertamos de nuestro
sueño reparador. Después de un abundante desayuno proseguimos nuestro camino.
Efectivamente, los franceses habían pasado por delante de nuestro «castillo»
durante la noche y nuestros centinelas habían abierto fuego contra ellos, pero
como reinaba la más densa oscuridad, no se pudo entablar combate de mayor
importancia.
Pronto atravesamos un hermosísimo valle. Cabalgábamos sobre el campo donde
había librado batalla nuestra división y nos quedamos asombrados al descubrir
que, en lugar de a nuestra gente, no veíamos más que sanitarios, enfermeros y
de vez en cuando algunos soldados franceses. Éstos mostraban la misma cara de
bobo que nosotros; a nadie se le pasó por la cabeza abrir fuego. Nos
escabullimos de allí lo más rápido que pudimos. Resulta que, en lugar de
avanzar como debíamos, nos habíamos desviado hacia un lado. Por fortuna el
enemigo se había movido hacia el lado opuesto. De lo contrario, yo estaría hora
mismo prisionero Dios sabe dónde.
Atravesamos la aldea de Robelmont. Allí habíamos visto tomar posiciones por
última vez a nuestra infantería. Nos encontramos con un aldeano y le pregunté
por el paradero de nuestros soldados. Se le veía muy contento y me aseguró que
los alemanes ya « sont partis»[5] .
Al volver una esquina fuimos testigos de una simpática escena: ante nosotros
había un hervidero de calzones rojos[6], cinco decenas
como poco, muy ocupados en hacer añicos sus fusiles contra un guardacantón.
Cerca de ellos estaban seis granaderos alemanes custodiándoles. Los ayudamos a
trasladar a los prisioneros franceses y supimos por ellos que las fuerzas
alemanas se habían replegado durante la noche.
Por la tarde llegué a mi regimiento muy satisfecho con todo lo que había
ocurrido en aquellas últimas veinticuatro horas.
§. Aburrimiento en Verdún
Para un espíritu tan inquieto como el mío, el servicio en Verdún podría
describirse como aburrido. Al principio estuve en las trincheras en
un lugar donde no ocurría nada. Luego me nombraron oficial de órdenes y pensé
que viviría grandes experiencias, pero en eso sí que me pillé los dedos. Me
apartaron de los combates para degradarme a mero oficinista en la retaguardia.
Bueno, no exactamente en la retaguardia, pero lo más lejos que me dejaban
aventurarme eran mil quinientos metros detrás de la línea de frente. Allí viví
durante semanas en un refugio subterráneo a prueba de bombas, con calefacción y
todo. De vez en cuando acompañaba a los que iban al frente. Era un buen
ejercicio físico: había que subir y bajar montes en zigzag, y cruzar zanjas y
cenagales hasta llegar por fin a la primera línea. Pero con aquellas breves
visitas a los combatientes me acabé sintiendo un estúpido con todos los huesos
sanos.
Por aquel entonces se comenzó a trabajar bajo tierra. Todavía no nos quedaba
claro lo que realmente significaba construir una galería o hacer un trabajo de
zapa. Conocíamos estos términos de la escuela militar, donde aprendimos el arte
de fortificar, pero aquellos eran asuntos propios de gastadores y zapadores en
los que ningún otro mortal se interesaría por gusto. Pero allí, en el frente, a
la altura de Combres, todo el mundo cavaba laboriosamente; todos pico y pala en
ristre, afanados en ahondar lo más posible en la tierra. Nos hacía mucha gracia
tener a los franceses en ciertos lugares a sólo cinco pasos de nosotros. Los
oíamos hablar, los veíamos fumar y de vez en cuando hasta nos tiraban alguna
bolita de papel. Charlábamos con ellos, y no obstante, buscábamos todos los
medios posibles para molestamos mutuamente; hasta con granadas de mano.
Quinientos metros delante y quinientos detrás de las trincheras estaba el denso
bosque de Côte Lorraine, devastado, por las innumerables balas de fusil y por
las granadas de mano que pasaban zumbando por el aire sin descanso. Era
imposible pensar que allí pudiese vivir ningún ser humano. Sin embargo, las
tropas del frente, acostumbradas ya a ello, no experimentaban el malestar que
sentíamos los de retaguardia al visitar la primera línea de fuego.
Después de estos paseos a primerísima hora de la mañana comenzaba para mí la
parte más aburrida del día: estar pendiente del teléfono.
Los días que tenía libres los dedicaba a mi actividad favorita, la caza. El
bosque de La Chaussée me brindó excelentes oportunidades. Durante mis paseos a
caballo descubrí algunas huellas de jabalíes y traté de dar con ellos durante
la noche. Preciosas noches de nieve y luna llena vinieron en mi ayuda. Mi
ordenanza me ayudó a construir unos puestos de observación en los árboles,
donde me subía cada noche. Pasé noches enteras en las ramas y al amanecer
bajaba hecho un témpano, pero mereció la pena.
Lo mejor fue sin duda una hembra de jabalí que todas las noches cruzaba el lago
a nado, entraba a un sembrado de patatas siempre por el mismo sitio, y
regresaba después otra vez nadando. Como es natural, me cautivó la idea de
conocer a aquel animal más de cerca. Así que la esperé a la orilla del lago.
Como si nos hubiésemos citado, mi buena amiga apareció a media noche en busca
de su cena. Le disparé cuando nadaba en la laguna y por poco se me hunde de no
haberla atrapado mientras era arrastrada por la corriente.
En otra ocasión iba yo a caballo por una estrecha vereda acompañado de mi
ayudante, cuando de repente vi cruzar varios jabalíes a lo lejos. Me apeé
rápido del caballo, agarré la carabina del muchacho y avancé a paso ligero
irnos cientos de metros. De pronto vi aparecer un jabalí enorme. Jamás había
visto uno tan grande y me quedé realmente sorprendido de su colosal tamaño.
Ahora cuelga como trofeo en mi habitación. Es un bonito recuerdo.
* *
* *
Así
aguanté varios meses hasta que cierto día hubo algo de movimiento en nuestra
madriguera. Se planeaba una pequeña ofensiva en el frente. Me alegré como
nunca. ¡Por fin iba a poder el oficial de órdenes reunirse con sus ordenados!
¡Pero menudo chasco! Me dieron un destino completamente diferente y aquello ya
pasó de castaño oscuro. Elevé una petición a mi comandante y las malas lenguas
aseguraban que decía así: «Excelencia, yo no he venido a la guerra para recoger
queso y huevos, sino con un propósito bien distinto».
Al principio, creí que no me harían caso, pero mi petición finalmente obtuvo
respuesta y a últimos de mayo de 1915 ingresé en el cuerpo de aviación. De este
modo fueron colmados todos mis deseos.
§. ¡Por fin en el aire!
Por la mañana temprano, a las siete en punto, iba a volar por primera vez en mi
vida. Naturalmente, estaba muy entusiasmando, y aun así, no tenía ni idea de lo
que me esperaba. Preguntaba a todo el mundo y cada cual me respondía entre
bromas una cosa distinta. Por la noche me acosté más temprano que de costumbre
para levantarme descansado y fresco a la mañana siguiente, cuando llegaría por
fin el gran momento.
Nos llevaron al aeródromo y me senté por primera vez en un aeroplano. El aire
producido por la hélice me molestó a más no poder; me era imposible hacerme
entender por el piloto; todo se me volaba; saqué un trozo de papel y
desapareció; el casco se me escurría, la bufanda se me soltaba, la chaqueta no
estaba bien abrochada… En una palabra: un desastre. Aún no me había recuperado
de aquello cuando el piloto aceleró y el aparato salió corriendo a todo meter,
más y más rápido. Me agarré desesperadamente, de pronto el temblor desapareció
y el avión estaba ya en el aire. La tierra pasaba velozmente bajo nosotros.
Me habían dicho adonde tenía que volar, es decir, adonde tenía que dirigir a mi
piloto. Primero volamos un trecho de frente, luego mi piloto viró y volvió a
virar, unas veces a la derecha, otras a la izquierda, y para entonces yo ya
había perdido toda orientación y hasta desconocía la situación del aeródromo.
¡Ni idea de dónde me encontraba! Entonces empecé a fijarme en la región que
sobrevolábamos: las personas eran diminutas, las casas como de muñecas; todo
tan pequeñito y tan frágil. A lo lejos se veía Colonia; su catedral como un
juguete. Era una sensación sublime flotar sobre todas las cosas ¿Quién podría
hacerme daño ahora? ¡Nadie! Ya no me importaba lo más mínimo dónde estuviese,
pero me sentí realmente triste cuando mi piloto dijo que teníamos que
aterrizar.
De haber sido por mí, hubiera vuelto a volar enseguida. No experimenté ni
siquiera las molestias que se pueden sentir en un columpio. En comparación, los
famosos columpios[7] que hay
en América son —dicho sea de paso— un asco. En ellos se siente uno muy
inseguro, pero en un avión se tiene una impresión de total seguridad. Uno se
sienta en la cabina con la misma tranquilidad que en un sillón. El vértigo es
imposible. No ha existido nadie que se haya mareado por ir en aeroplano. Ahora
bien, atravesar el espacio a esas velocidades al principio te provoca un
maldito ataque de nervios, sobre todo cuando el aparato empieza a picar, se
para el motor y sobreviene un indescriptible silencio. Cuando esto ocurrió me
agarré como pude con todas mis fuerzas y pensé: « ¡Ahora sí que nos matamos!».
Pero sucedió todo con tal normalidad, hasta el aterrizaje mismo, y fue todo tan
sencillo, que la sensación de angustia desapareció por completo. Estaba
entusiasmado y de buena gana me hubiera pasado el resto del día volando.
Contaba las horas hasta la siguiente salida.
§. Piloto observador con Mackensen
El 10 de junio de 1915 llegué a Grossenhain para ser trasladado al frente. Como
era natural, quería estar allí cuanto antes, temía llegar tan tarde que la
guerra ya hubiese acabado. Convertirse en piloto exigía tres meses de
aprendizaje, y para entonces la paz podía estar firmada desde hacía tiempo.
Pero para observador tenía yo mucho adelantado gracias a las exploraciones que
había hecho anteriormente en la Caballería. Así debieron pensarlo mis
superiores, porque pasados catorce días me enviaron, para mí alegría, al único
punto donde la guerra todavía era algo movida: a Rusia.
Mackensen iba por aquel entonces de triunfo y en triunfo. El frente se había
roto por Gorlice y yo llegué justamente cuando conquistamos Rawa-Ruska. Pasé un
día en el parque de vuelo del ejército y luego me incorporé a la famosa Unidad
de Aviadores número 69[8], donde me
sentí como un novato y completamente despistado. Mi piloto era un «máquina», el
teniente Zeumer[9] ; ahora
está medio lisiado. Del resto de camaradas de aquella época yo soy el único
superviviente.
Comenzó entonces la que fue sin duda mi época favorita en donde viví unos
tiempos estupendos, muy semejantes a los que pasé en la Caballería. Todos los
días, por la mañana y por la tarde, hacíamos vuelos de reconocimiento. A la
vuelta solía regresar con información de primer orden.
§. En Rusia con Holck
(Verano de 1915)
Durante los meses de junio, julio y agosto de 1915 estuve con Mackensen en el
escuadrón que cooperó en la avanzada de Gorlice hasta Brest-Litovsk. Yo había
llegado allí como observador novato y no entendía ni jota.
Como soldado de caballería mi trabajo había consistido en explorar, por lo que
mi nuevo servicio como observador me cuadraba tan bien que era todo un placer
efectuar casi a diario aquellos larguísimos vuelos de reconocimiento.
Para un observador es de gran importancia encontrar un piloto hábil y decidido.
Un buen día me dijeron que el conde Holck[10] venía
de camino. Inmediatamente pensé: «Manfred, ese es el tipo que necesitas».
Holck no apareció, como era de esperar, ni en un Mercedes 28/60 ni en un
coche-cama de primera clase, sino que llegó a pie. Después de varios días
viajando en tren había llegado por fin a la región de Jaroslau. Allí se apeó
porque le parecía que el viaje no iba a terminar nunca. A su asistente le dijo
que permaneciese con los equipajes en el convoy mientras él continuaba por su
cuenta. Salió andando y después de una hora de caminata volvió la cabeza, pero
el tren no le seguía. Y así, anda que te anda, fue avanzando sin que le
alcanzase ninguno; hasta que, por fin, después cincuenta kilómetros, llegó a
Rawa-Ruska, su destino. Veinticuatro horas más tarde el chico apareció con el
equipaje. Cincuenta kilómetros a pie no eran nada para aquel caballero. Estaba
tan en forma que podría haber encarado otros tantos sin problema.
El conde Holck no sólo era un deportista en tierra firme, sino que, al parecer,
le había tomado igual gusto al deporte aéreo. Era un aviador excepcional y,
sobre todo, implacable con el enemigo.
Hicimos magníficos vuelos de exploración sobre Rusia, sabe Dios hasta dónde.
Nunca me sentí inseguro volando con un piloto tan joven; más aún, era él quien
me alentaba en los momentos críticos. Cuando él se volvía y veía su rostro
lleno de valor y decisión, yo recuperaba el ánimo enseguida.
* *
* *
Mi
último vuelo con él casi acaba mal. En realidad volábamos sin ninguna orden en
concreto, y eso es precisamente lo más bonito: verse libre y dueño absoluto de
sí mismo mientras uno surca el firmamento.
Tuvimos que cambiar nuestro aeródromo habitual y no sabíamos exactamente en qué
base íbamos a aterrizar. Con objeto de no ponernos en peligro innecesariamente,
seguimos volando en dirección Brest-Litovsk. Los rusos en plena retirada,
llamas por todas partes… era un cuadro terriblemente hermoso. Queríamos fijar
la situación de las columnas enemigas y de repente nos vimos sobrevolando la
ciudad de Wisznice, que ardía por los cuatro costados. Una gigantesca nube de
humo que se elevaba casi dos mil metros nos impedía seguir volando de frente,
pues con objeto de tener mejor visión nos manteníamos sólo a mil quinientos
metros de altitud. Holck reflexionó por un instante. Le pregunté qué era lo que
pensaba hacer y le sugerí que diésemos un rodeo, lo cual sólo nos supondría un
retraso de cinco minutos. Pero Holck no se lo planteó ni por asomo. Muy al
contrario: para él, cuanto mayor el riesgo, mayor el atractivo. ¡Pues adelante!
¡A pasar por en medio! A mí también me animaba ir en compañía de un piloto tan
valiente. Pero pronto comprendimos que nuestra imprudencia podía salimos cara,
pues apenas había desaparecido la cola del avión en la humareda cuando comencé
a notar un sospechoso balanceo. No podía ver nada, el humo me mordía los ojos,
el aire se había vuelto abrasador y bajo mis pies sólo lograba ver un mar de fuego.
De pronto el aparato perdió estabilidad y cayó dando vueltas y vueltas, pero
logré de agarrarme con todas mis fuerzas, de lo contrario hubiese salido
despedido del avión. Lo primero que hice fue echar un vistazo a la cara de
Holck. Recobré el valor de inmediato, su aspecto era de férrea seguridad. Y lo
único que pensé fue esto: es estúpido hacerse el héroe arriesgando la vida por
nada.
Más tarde le pregunté a Holck qué se le pasó por la cabeza en aquel momento, y
me respondió que jamás en su vida había experimentado algo tan desagradable.
Fuimos cayendo hasta quedar a quinientos metros sobre la ciudad en llamas.
Fuera por la pericia de mi piloto o por la gran Providencia, o ambas cosas a la
vez, el caso es que pronto nos vimos fuera de la nube de humo y nuestro buen
Albatros[11] se
rehízo y siguió avanzando como si nada hubiese ocurrido.
Habíamos tenido suficiente con todo aquello, y en lugar de ir hacia la nueva
base decidimos volver rápidamente a nuestras líneas; estábamos en plena zona
rusa y sólo a quinientos metros de altitud. Cinco minutos después oí la voz de
Holck que me gritaba de espaldas: «¡El motor se está parando!».
Debo añadir que Holck no tenía una idea muy clara de lo que era un motor y que
yo mismo entendía bien poco de mecánica. Sólo sabía una cosa: que como el motor
no siguiera funcionando tendríamos que aterrizar entre los rusos. En una
palabra: salíamos de un problema para metemos en otro.
Los rusos proseguían rápidos su marcha, pude verlo claramente por la bajísima
altitud a la que los sobrevolábamos. Por otro lado, tampoco era necesario ver
nada: los rusos nos disparaban sus ametralladoras a la desesperada. Aquello
sonaba como si estuvieran asando castañas.
El motor no tardó mucho en pararse completamente. Nos habían dado. Fuimos
descendiendo cada vez más hasta planear rasando un bosque y aterrizar
finalmente en una posición de artillería abandonada que había informado yo la
tarde antes como ocupada por el enemigo.
Le comuniqué a Holck mis sospechas. Saltamos del aparato e intentamos llegar al
pequeño bosque para ponemos a salvo. Yo tenía una pistola y seis balas; Holck,
nada.
Al llegar al lindero del bosque nos detuvimos y entonces pude ver con mis
prismáticos cómo un soldado corría hacia el avión. Para mi espanto, observé que
llevaba gorra en lugar depickelhaube[12], lo que me
pareció señal evidente de que se trataba de un ruso. Cuando el soldado estuvo
más cerca, Holck dio un grito de alegría: era un granadero de la Guardia
Prusiana[13] .
Nuestras tropas de élite habían recuperado aquella posición durante la
madrugada y habían conseguido llegar hasta las baterías enemigas.
* *
* *
Recuerdo
que Holck perdió en aquella ocasión a su mascota[14], su
perrillo. El peludo animalito lo acompañaba en todos los vuelos, iba siempre
echado muy tranquilo al fondo de la cabina. En el bosque aún nos acompañaba.
Poco después, mientras hablábamos con el granadero, comenzaron a pasar las
tropas; pasó luego la plana mayor de la Guardia y el príncipe Eitel Federico
con sus ordenanzas y sus oficiales. El príncipe ordenó que nos diesen caballos,
con lo cual los dos aviadores de Caballería volvieron a montar en unos
oportunos «motores de avena». Desgraciadamente, el perrillo debió de
extraviarse mientras proseguíamos la marcha. Es posible que se fuera tras las
tropas.
A última hora de la tarde llegábamos por fin a nuestro aeródromo montados un
carro de campesinos. El aeroplano quedó inservible.
§. Rusia-Ostende
(Del biplaza de reconocimiento al avión grande de combate)
Después de que nuestras operaciones en Rusia llegaran gradualmente a su fin,
fui trasladado a Ostende para volar en un avión grande de combate. Allí me
encontré con mi buen amigo Zeumer. Pero además de esta agradable sorpresa, me
sedujo el pomposo nombre de «gran aeroplano de combate»[15]
El 21 de agosto de 1915 llegué a Ostende. En Bruselas vino a recogerme a la
estación mi amigo Zeumer. Empecé a llevar una vida muy agradable, aunque de
belicosa tenía poco. Vivía el inevitable tiempo de aprendizaje para poder
llegar a ser piloto de combate. Volábamos mucho, rara vez tuvimos combates
aéreos, y éstos siempre sin consecuencias. Pero por lo demás la vida era
deliciosa. Vivíamos en un hotel en la playa de Ostende. Todas las tardes nos
bañábamos en el mar. Por desgracia todos los huéspedes éramos soldados. Nos
sentábamos en las terrazas envueltos en nuestros coloridos albornoces y
bebíamos café mientras caía la tarde.
* *
* *
Un
día estábamos sentados como de costumbre tomando nuestro café en la playa. De
pronto escuchamos las sirenas, señal de que una escuadra inglesa estaba a la
vista. Naturalmente, ni nos levantamos ni dejamos el café por una simple
alarma. De pronto alguien gritó: « ¡Allí están!»; y efectivamente, pudimos ver
en el horizonte, aunque no muy claro algunas chimeneas humeantes y más tarde
unos barcos Rápidamente cogimos los prismáticos y observamos. Vimos un número
considerable de buques. Lo que se proponían no estaba claro, pero poco tardaron
en sacamos de dudas.
Nos subimos a una azotea, desde allí podíamos verlo todo mejor. De repente
oímos un silbido, inmediatamente después una gran explosión, y un obús
impactaba en la playa justo donde momentos antes habíamos estado bañándonos.
Nunca he bajado más rápido que entonces a uno de esos refugios para
valientes. La escuadra inglesa nos hizo todavía tres o cuatro disparos más
y luego apuntó contra su objetivo principal, el puerto de Ostende y la estación
de tren. No hicieron blanco, por supuesto, pero consiguieron poner a los belgas
muy nerviosos. Un proyectil pasó zumbando y cayó en mitad del Hotel Palace,
frente a la playa. Ese fue el único daño. Por fortuna era patrimonio inglés lo
que ellos mismos destruían.
* *
* *
Al
atardecer volábamos otra vez como de costumbre. En una de aquellas salidas
fuimos muy lejos, mar adentro, en nuestro gran bombardero. El avión tenía dos
motores y estábamos probando un nuevo timón que nos resolvería el problema de
mantener el vuelo en caso de quedamos con un solo propulsor. Cuando ya
estábamos bien lejos de la costa, vi debajo de nosotros, pero no sobre el agua,
sino —me parecía a mí— bajo ella, un barco navegando. Es muy curioso: con mar
tranquila se puede ver desde arriba hasta el fondo del agua; no cuando hay
cuarenta kilómetros de profundidad, claro está, pero si tan sólo son unos
cientos de metros se ve todo muy bien.
No me había equivocado, el barco navegaba bajo el agua, no sobre ella; y sin
embargo yo lo veía como si flotase por encima. Llamé la atención de Zeumer y
descendimos un poco para observar desde más cerca. Yo no era hombre de mar como
para decir a la primera de qué se trataba aquello, aunque tampoco tan mentecato
como para no comprender que teníamos debajo un submarino. Pero ¿de qué bandera?
Ésta es una difícil pregunta que en mi opinión sólo puede responder un marino,
y no siempre. El color era casi imposible de distinguir, la insignia en
absoluto; y quitando esto, pocas cosas más tiene un submarino para reconocerlo.
Nuestro avión tenía dos bombas y yo una seria duda: ¿debía o no debía tirarlas?
El submarino no nos había visto y seguía bajo el agua. Podíamos seguir
sobrevolándolo tranquilamente, esperar el momento en que emergiera para hacer
provisión de aire y poner entonces los dos huevos. Ese es el
instante crítico para las naves submarinas.
Cuando llevábamos un buen rato rondando a los chicos de abajo, noté de pronto
que de uno de nuestros radiadores se escapaba el agua. Aquello no me hizo
ninguna gracia y se lo dije a mi colega. Él estiró el pescuezo y mirando al
horizonte salió arreando para casa. Estábamos a unos veinte de kilómetros de la
costa y no había más remedio que dar media vuelta.
Al poco rato el motor averiado dejó de funcionar y yo me hice a la idea de tomar
un baño bien frío. ¡Pero mira por dónde! El armatoste se las apañó con la
combinación del otro motor y el nuevo timón. De este modo pudimos regresar a la
costa y aterrizar sin más en nuestro aeródromo.
¡Lo que es la suerte! Si ese día no llegamos aprobar el nuevo timón nos
hubiéramos ahogado sin remedio.
§. Una gota de sangre por la patria
(Ostende)
En realidad nunca he resultado herido. Quizá siempre he podido esconder la
cabeza y meter la barriga en los momentos de mayor peligro. Muchas veces me ha
sorprendido que no me hubiesen cazado. En una ocasión me pasó una bala por
entre el forro de las botas, en otra un proyectil atravesó mi bufanda, y
recuerdo que otra vez una bala cruzó por entre la manga de mi chaqueta de piel;
pero lo cierto es que no me tocaron.
Un día salimos en nuestro gran aeroplano a alegrarles la vida a los ingleses
con unas cuantas bombas, localizamos el blanco y dejamos caer la primera. Como
es natural, resulta muy interesante ver los efectos de la bomba; al menos
siempre deseas ver la explosión. Mi gran aeroplano, que se prestaba muy bien
para llevar bombas, tenía sin embargo la tonta peculiaridad de no dejar ver
bien las explosiones, ya que el avión se alejaba inmediatamente tras descargar
sobre el objetivo y sus enormes alas impedían ver el lugar donde había caído el
proyectil. Eso siempre me fastidió, me privaba de la diversión de ver dónde y
cómo explotaba la cosa. Cuando suena abajo la explosión y ves la parda
nubecilla cerca del objetivo que te proponías alcanzar, es una tremenda
alegría. Así que le hice señas a Zeumer para que virase un poco con el fin de
poder ver dónde habíamos puesto el huevo; y me olvidé de que aquella barcaza
nuestra tenía dos hélices que giraban a derecha y a izquierda de mi puesto de
observador. Extendí el brazo para señalarle dónde había caído la bomba y… ¡zas!
Recibí un golpe en los dedos. Al principio me desconcerté un poco, luego pude
comprobar que me había lastimado bien el dedo meñique. Zeumer no se enteró de
nada.
Se me quitaron las ganas de tirar bombas. Me deshice de las que quedaban y
procuré que volviéramos enseguida a casita Mi amor por el gran aeroplano de
combate, que de por sí era escaso, se resintió mucho tras aquel incidente. Ocho
días tuve la mano en cabestrillo y me prohibieron volar mientras tanto. La
lesión me dejó un pequeño defecto físico sin importancia, pero al menos así
puedo decir con orgullo: «Yo también tengo heridas de guerra».
§. Mi primer combate aéreo
(1 de septiembre de 1915)
Zeumer y yo estábamos ansiosos por tener una lucha en el aire. Por descontado,
seguíamos volando en nuestro gran aeroplano de combate. Sólo el pomposo nombre
del chisme nos infundía tanto coraje que descartábamos la posibilidad de que se
nos pudiera escapar el adversario.
Todos los días volábamos entre cinco y seis horas, y no veíamos ni un sólo
avión inglés. Una mañana de tantas salimos de caza sin demasiadas esperanzas.
De pronto vi un Farman[16] efectuando
tranquilamente un vuelo de exploración. Mi corazón dio un vuelco cuando Zeumer
se fue hacia él. Tenía mucha curiosidad por ver qué iba a ocurrir. Yo nunca
antes había visto una «pelea de perros»[17] y sólo
tenía una idea confusa de aquello; quizá también como tú, apreciado lector.
Antes de poder darme cuenta, ya nos habíamos cruzado a toda velocidad con el
inglés. No había pegado yo ni cuatro tiros cuando de repente el inglés se puso
detrás de nosotros abriendo fuego graneado. Debo decir que entonces no sentí el
peligro, pues en aquel momento no podía imaginar ni remotamente cómo sería el
resultado final de una pelea así. Nos enroscamos dando vueltas un par de veces,
acosándonos el uno al otro, hasta que al final el inglés, para sorpresa
nuestra, viró rápidamente y huyó. Mi piloto y yo no salíamos de nuestro
asombro.
Al poner los pies en casa los dos estábamos de muy mal humor. Él me reprochaba
a mí haber fallado el tiro, yo le reprochaba a él no haberme colocado bien para
poder hacer blanco.
En resumen: nuestra perfecta relación aérea, que tan bien había funcionado
hasta el momento, vivió de repente una crisis.
Observamos nuestro cacharro y descubrimos que había recibido un número muy
decente de disparos.
Ese mismo día emprendimos un segundo vuelo de caza, pero fue, una vez más,
infructuoso. Me sentía realmente triste, pensaba que estar en una sección de
bombarderos iba a ser otra cosa. Creía que si yo disparaba, mi rival tenía que
caer, pero pronto pude convencerme de que un aeroplano de este tipo tiene una
resistencia enorme. Llegué a tener la plena convicción de que yo podía disparar
todo cuanto quisiera, que nunca llegaría a derribar ninguno.
En valor no nos habíamos quedado cortos. Zeumer pilotaba como pocos y yo era un
tirador bastante aceptable. Así que nos quedamos perplejos. No fue sólo a mí a
quién le pasó aquello, a muchos otros les sucede hoy lo mismo. El asunto es que
esto de volar es bastante raro.
§. En la batalla de Champaña
Los buenos tiempos en Ostende no duraron mucho. Pronto estalló la batalla de
Champaña y hacia allí nos dirigimos con nuestro cacharro. No tardamos mucho en
damos cuenta de que nuestro gran aeroplano era un trasto y que nunca daría
resultado como avión de combate.
Una vez volé con Osteroth en un aparato algo más pequeño que aquel armatoste. A
unos cinco kilómetros del frente nos encontramos con un Farman biplaza. El
enemigo no debió divisarnos y dejó que nos acercásemos a él tranquilamente;
entonces pude ver de cerca, por primera vez en el aire, a un adversario.
Osteroth voló alrededor de él con tanta habilidad que pude apuntarle bien, pero
tras lanzarle unas ráfagas se me encasquilló la ametralladora y él francés
empezó a responder a nuestro fuego. Cuando ya había agotado yo todo un cargador
de cien balas, no pude creer lo que veían mis ojos: el aparato enemigo caía de
repente describiendo extrañas espirales. Lo seguí con la mirada y le di a
Osteroth unos golpecitos en el casco para llamar su atención. Caía, caía, y al final
fue a estrellarse en el cráter formado por una bomba; y ahí se quedó, clavado
de cabeza con la cola hacia arriba. Por el mapa me di cuenta de que había caído
cinco kilómetros detrás del frente enemigo. O sea, que lo habíamos derribado en
su territorio. Por entonces no contaban los aparatos derribados al otro lado
del frente. De lo contrario hoy podría sumar uno más a mi lista. Pero yo estaba
muy orgulloso de mi éxito. Después de todo, lo importante es que el tío caiga,
no si cuenta o no para tu lista de victorias.
§. De cómo conocí a Boelcke
Zeumer pasó por entonces a pilotar un Fokker Eindecke[18] y pude
ver cómo se marchaba a surcar los aires en solitario. La batalla de Champaña se
complicaba. Los aviadores franceses se hicieron notar. Nosotros teníamos que
incorporamos a otra unidad de bombarderos y cogimos un tren el 1 de octubre de
1915. En el vagón restaurante tenía sentado en la mesa de al lado a un joven
teniente de tantos. Nada había en él que llamase la atención, excepto una cosa:
que él era Boelcke[19], el único de
todos nosotros que había derribado al enemigo, y no sólo una vez, sino cuatro.
Incluso fue mencionado por su nombre en el parte militar. Me impresionó por su
gran destreza. Yo, sin embargo, a pesar de haber hecho todo lo posible, no
había conseguido derribar a nadie; o si lo había hecho, no contaba como triunfo
Tenía mucho interés en saber cómo el teniente Boelcke conseguía hacerlos caer,
así que se lo pregunté directamente: «Dígame, ¿cómo lo consigue?, ¿cómo logra
derribarlos?». Él se echó reír a pesar de que mi pregunta iba muy en serio.
Luego respondió: «Bueno, es bien sencillo: me acerco todo lo posible a mi
objetivo, le apunto bien y entonces cae». Negué con la cabeza y le comenté
desanimado que yo también hacía lo mismo con la única salvedad de que los míos
no caían. La diferencia sin embargo, era que él pilotaba un Fokker y yo no.
Hice lo posible para entablar amistad y conocer a fondo a aquel hombre sencillo
e inteligente que tanto respeto me infundía. Jugábamos a las cartas a menudo,
dábamos paseos y yo le acosaba a preguntas. Así maduró en mí una firme
decisión: aprender a pilotar un Fokker, con el que seguro obtendría mejores
resultados.
Mi principal objetivo a partir de entonces fue aprender a «llevar la palanca»
yo mismo. Hasta el momento había sido poco más que un observador. Pronto me
surgió la oportunidad de aprender subido a un viejo trasto en Champaña. Me
apliqué con entusiasmo y después de veinticinco vuelos de entrenamiento estaba
listo para volar solo.
§. El primer vuelo en solitario
(10 de octubre de 1915)
Hay pocos momentos en la vida que te provoquen una emoción tan extraña como el
momento del primer vuelo en solitario.
Zeumer, mi instructor, me dijo una tarde: «Bueno, ahora vas a volar tú solo».
He de confesar que de buena gana le hubiera dicho que me moría de miedo, pero
tal palabra nunca debe salir de la boca de un defensor de la patria. Así que me
la tuve que tragar como pude y me metí de una vez en la cabina del avión.
Zeumer me explicó una vez más la función de cada palanca, pero yo no prestaba
atención: estaba plenamente convencido de que se me iba a olvidar la mitad de
lo que me estaba diciendo.
Arranqué el aparato, di gas, la máquina alcanzó velocidad y de pronto ya volaba
solo. No podía creerlo. En realidad no era miedo lo que sentía, sino una
temeraria excitación. Ya todo me daba igual y pasase lo que pasase no me
hubiera asustado de nada. Con una alocada confianza torcí hacia la izquierda
describiendo una gigantesca curva, corté gas al pasar por encima de un árbol —el
punto de referencia que antes me había indicado Zeumer—, y esperé
acontecimientos. Ahora venía lo más difícil, el aterrizaje. Recordaba
perfectamente la maniobra. Actué de forma mecánica, pero el aparato reaccionó
de un modo muy distinto a cuando Zeumer lo pilotaba. Perdí estabilidad, hice
los movimientos al contrario, la máquina se encabritó… y dejó de ser un
avión-escuela. Luego contempla avergonzado los daños. Por fortuna pudieron ser
reparados bien pronto, pero tuve que aguantar un chaparrón de bromas.
Dos días después me volví a subir con rabia y pasión a mi aeroplano y entonces
la cosa fue a las mil maravillas.
Después de catorce días estuve en condiciones de pasar mi primer examen. El
examinador era un tal Herr von T—. Ejecuté varios virajes en forma de ocho,
hice los aterrizajes que me exigieron y al terminar el examen bajé de mi avión
muy orgulloso. Luego supe, para mi asombro, que me habían suspendido. No me
quedó otro remedio que repetir el examen más adelante.
§. De mis días de entrenamiento en Döberitz
Para repetir mi examen tenía que ir a Berlín. Aproveché la ocasión para subirme
en calidad de observador en un avión gigante[20] que iba
en vuelo de pruebas hasta la capital alemana y me dejaría en Döberitz (15 de
noviembre de 1915). Al principio me impresionaron estos colosos. Lo gracioso
fue que, precisamente al volar en uno de ellos, me convencí de que para mis
aspiraciones como piloto de combate sólo me servirían los pequeños aviones de
caza. Estos armatostes son muy poco ágiles en la lucha, y la agilidad es
precisamente lo más importante en este negocio.
La diferencia entre un avión de caza y uno de esos gigantescos aeroplanos es
que este último es muchísimo más grande y largo, más adecuado para transportar
carga y lanzar bombas que para el combate aéreo.
Mis exámenes los hice en Döberitz junto con un buen amigo mío, el teniente Von
Lyncker. Ambos teníamos la misma pasión por la aviación e idéntico punto de
vista sobre nuestro futuro trabajo. Nuestra aspiración era pilotar un Fokker y
formar parte de una escuadrilla de caza en el frente occidental. Un año más
tarde lograríamos colaborar juntos, aunque fuera por poco tiempo: mi amigo
recibió en su tercer vuelo la bala mortal.
Pasamos muchas horas felices en Döberitz. Acordamos por ejemplo, hacer
«aterrizajes libres». Con aquello supe compaginar el deber con el placer. Como
pista de aterrizaje no oficial busqué una buena pradera que conocía en el
distrito de Buchow, donde me habían invitado a cazar jabalíes. El asunto se
conjugaba mal con el servicio porque en las noches claras de luna llena yo
quería tanto volar como dedicarme a mi pasión por la caza. Por eso escogí una
zona de aterrizaje libre desde donde pudiera ir fácilmente al coto de caza.
Solía llevar conmigo a otro piloto como observador que me dejaba por la zona y
luego regresaba con el avión al campamento. Durante toda la noche yo me
dedicaba a la caza del jabalí y a la mañana siguiente él venía a recogerme.
Si algún día él no hubiese aparecido me habría visto en un serio apuro, ya que
hubiera tenido que recorrer a pie más de diez kilómetros. Así que necesitaba a
un hombre decidido que viniera a buscarme hiciese el tiempo que hiciese. No fue
fácil, pero me las arreglé para encontrar un espíritu audaz.
Una mañana, después de haber pasado toda la noche esperando cazar algo, se
desencadenó una gran ventisca. No se podía ver a más de cincuenta metros. Eran
las ocho en punto, la hora justa en que mi piloto debía venir a recogerme, y yo
estaba convencido de que no lo haría. Pero de pronto oí un zumbido entre el
silencio blanco de la nieve y cinco minutos después el hermoso pájaro se
encontraba ante mí, aunque ligeramente lastimado.
§. Mis primeros tiempos como piloto
El día de navidad del año 1915 aprobé por fin el último examen. Después volé
hasta Schwerin y allí visité la fábrica de Fokker. En el puesto de observador
vino mi mecánico y juntos volamos de Berlín a Breslavia, de Breslavia a
Swidnica, de Swidnica a Lubin, y desde allí de vuelta a Berlín; aterrizando en
todos estos sitios para visitar a familiares y amigos. Orientarme en el avión
no me resultó difícil gracias a mi experiencia anterior como observador.
En marzo de 1916 me uní al Ala de Bombarderos número 2, en el frente de Verdún,
y aprendí a luchar en el aire como un aviador; mejor dicho, aprendí a dominar
el aparato durante el combate. Volaba con un biplaza.
* *
* *
En
el parte militar del 26 de abril de 1916 se me mencionó por primera vez. Aunque
no se me nombró personalmente, sí se citó una hazaña mía. Tuve la idea de
instalar sobre las alas de mi aeroplano una ametralladora, inspirado por las
que llevan los Nieuport[21] .
Estaba muy orgulloso, aunque sólo fuera por el hecho de haberla montado yo
mismo. Sin embargo hubo quien se rió de mi artilugio debido a su rudimentario
aspecto. Me importaron un bledo sus opiniones y pronto pude demostrar lo
práctica que resultaba mi idea.
Me encontré con un Nieuport que parecía ir pilotado también por un novato como
yo; sus maniobras eran terriblemente estúpidas. Volé hacia él y huyó; se le
debió de encasquillar el arma. Tuve la sensación de que al final no nos
enfrentaríamos, pero luego pensé: «¿Y qué pasaría si le disparo ahora?». Me
aproximé hasta tenerlo muy, muy cerca, apreté el gatillo de la ametralladora,
disparé unas cuantas ráfagas bien dirigidas, y el Nieuport giró sobre sí mismo
y empezó descender bocarriba.
Al principio mi observador y yo creímos que aquello era otra de las muchas
piruetas que les gusta hacer a los franceses, pero la pirueta no acababa y el
aparato bajaba y bajaba. Franz, mi observador, me dio una palmada en el hombro
y me dijo: «¡Enhorabuena, este cae!». Y efectivamente, cayó en un bosque detrás
del fuerte Douaumont y desapareció entre los árboles. Estaba claro que lo había
derribado, pero del otro lado, ¡donde no contaba!
Volé a casa e informé muy conciso: «Un combate, un Nieuport derribado». Al día
siguiente pude leer mi «heroicidad» en el parte militar. No dejé de sentirme
orgulloso, pero aquel Nieuport no figura entre los cincuenta y dos aviones que
he derribado[22].
INFORME
DEL EJÉRCITO DEL 26 DE ABRIL DE 1916
Dos aeroplanos enemigos han sido derribados en combate aéreo sobre la región de
Fleury, uno al sur y otro al oeste del fuerte Douaumont.
§. Holck †
(10 de abril de 1916)
Cuando todavía era un aviador novato, volé en un caza por encima del fuerte
Douaumont, que aguantaba el fuego intenso de los franceses. Observé cómo un
Fokker alemán atacaba a tres aparatos Caudron[23] . Por
desgracia para él, soplaba un viento fortísimo del oeste; las condiciones le
eran desfavorables. Durante el combate fue arrastrado por las corrientes hasta
la ciudad de Verdún. Se lo hice notar a mi observador y él también opinó que el
piloto del Fokker era sin duda un tipo valiente. Nos preguntamos si no sería
Boelcke y decidimos averiguarlo más tarde. Pero de pronto vi horrorizado que el
cazador se había convertido en presa. El alemán descendió cada vez más, acosado
por los aviones franceses, que entretanto habían aumentado en número hasta diez
por lo menos. Yo no pude acudir en su ayuda. Estaba demasiado lejos de los
combatientes y mi pesada máquina no pudo superar el viento en contra. El Fokker
se defendía a la desesperada. Los enemigos le habían hecho descender hasta sólo
seiscientos metros. Entonces uno de sus perseguidores atacó de nuevo, pero el
Fokker se esfumó en una densa nube. Yo respiré aliviado, pensé que aquello
sería su salvación.
Cuando regresamos al aeródromo conté lo que habíamos presenciado y entonces
supe que el piloto del Fokker era mi amigo Holck, mi viejo camarada en el
frente del este, que desde hacía poco tiempo era piloto de caza en Verdún.
Un balazo en la cabeza había hecho caer al conde Holck. Su muerte me afectó
profundamente[24] . No
sólo era mi amigo sino también un ejemplo de coraje y valor, y un caballero de
los que ya no quedan.
§. Un vuelo en la tormenta
Nuestra actividad en Verdún durante el verano de 1916 se complicó debido a las
frecuentes tormentas. No hay nada más desagradable para un aviador que verse
forzado a atravesar una tormenta. Durante la batalla del Somme, sorprendidos
por una, varios ingleses aterrizaron sus aviones detrás de las líneas alemanas.
Ellos mismos se hicieron prisioneros.
Nunca antes había probado a volar en mitad de una tormenta y no quería dejar
pasar la oportunidad por nada del mundo. El ambiente de aquel día anunciaba que
una estaba próxima. Desde mi aeródromo de Mont había volado hasta Metz para
solucionar unos asuntos. Durante mi vuelo de regreso pasó lo siguiente:
Estaba en el aeródromo de Metz y quería volver al mío. Cuando saqué mi aparato
del hangar se hicieron sentir los primeros signos de la tormenta; el viento
rizaba la arena y un muro de nubes negras como la pez se aproximaba hacia nosotros
desde el norte. Viejos y experimentados pilotos me aconsejaron insistentemente
que no volara, pero yo había dado mi palabra de volver a Mont y me hubiera
parecido de cobardes no presentarme allí a causa de una estúpida tempestad. Así
que arranqué… ¡y a la aventura! En ese mismo instante empezó a llover. Tuve que
tirar mis gafas porque no veía nada en absoluto. Lo peor del caso era que tenía
que pasar por encima de los montes del Mosela, en cuyos valles precisamente
zumbaba con más furia el vendaval. Me dije a mí mismo: «Ánimo, que de ésta
sales», y me fui acercando más y más a la negra nube que cerraba el horizonte.
Volaba todo lo más bajo posible. Parecía que fuese brincando por encima de
árboles y casas. Dónde me encontraba, hacía ya rato que no lo sabía. La
tormenta sacudía mi avión como si fuera un trozo de papel y lo arrastraba hacia
ella. El alma se me cayó a los pies. Aterrizar era imposible en la montaña, así
que tenía que mantenerme firme hasta el final.
A mi alrededor todo era negro, abajo los árboles cimbreados por la tormenta. De
repente apareció ante a mí la cima boscosa de un cerro. Tuve que ir hacia allí
sin más remedio. Mi buen Albatros logró elevarse y pasar por encima. Sólo podía
volar en línea recta y cada obstáculo que se me presentaba tenía que superarlo.
Era un auténtico concurso de salto pasar sobre los árboles, las casas y
especialmente las chimeneas y las torres de las iglesias, pues no podía volar a
más de cinco metros de altura si quería ver algo entre la negrísima nube. Los relámpagos
fulgían a mi alrededor. Entonces no sabía que los rayos no pueden caer sobre un
aeroplano y creía que iba directo hacia la muerte; el vendaval me arrojaría
tarde o temprano sobre algún pueblo o algún bosque. Si el motor hubiese dejado
de funcionar, habría sido el fin.
Inmediatamente vi en el horizonte un punto claro en el cielo. Allí ya no había
tormenta, si conseguía llegar estaba salvado. Reuniendo todas las fuerzas que
puede tener un hombre joven e imprudente, me dirigí hacia allí.
De repente fue como si hubiese sido arrancado de la tormenta. Estaba fuera de
la negra nube y aunque volaba en medio de una lluvia torrencial, sabía que
estaba a salvo.
Aún llovía a cántaros cuando conseguí aterrizar en mi campamento. Allí todos me
esperaban. Desde Metz les habían informado de mi salida con fuerte tempestad y
de que había desaparecido en mitad de un nubarrón.
Jamás vuelvo a volar durante una tormenta salvo que el deber me lo exija. Pero
todo lo hermoso queda grabado en la memoria. Ahora, cuando miro hacia atrás, me
doy cuenta de lo bonito que fue también aquello. A pesar del gran peligro que
corrí durante mi vuelo, viví instantes gloriosos que no me hubiera gustado
perderme.
§. Pilotando por primera vez un Fokker
Desde el inicio de mi carrera de aviador no tuve otra aspiración que la de
llegar a pilotar un avión de caza. Tras insistentes súplicas a mi comandante
por fin me dieron permiso para subirme a un Fokker. Su motor, que gira sobre sí
mismo[25][era
algo totalmente nuevo para mí. También se me hizo extraño verme solo en un
avión tan pequeño.
El Fokker[26] lo
llevábamos a medias entre un viejo amigo que murió hace ya tiempo y yo mismo.
Por las mañanas volaba yo, por las tardes lo hacía él. Cada cual temía que el
otro acabara cargándose el chisme. Al segundo día ya volábamos contra el
enemigo. Cuando yo salí por la mañana no me encontré con ningún aparato
francés. Por la tarde era su turno; no regresó, ningún mensaje, nada.
A última hora de la tarde la infantería informó de una pelea de perros entre
un Nieuport francés y un Fokker.
Al parecer el avión alemán había acabado aterrizando en las líneas enemigas del
Mort-Homme. Sólo podía ser Reimann, puesto que todos los demás pilotos habían
regresado ya al campamento. Compadecíamos a nuestro valiente compañero cuando,
a media noche, avisaron por teléfono de que un oficial alemán de aviación había
aparecido inesperadamente en una trinchera de las avanzadas de infantería en el
Mort-Homme. Y resultó ser Reimann. Le habían destrozado el motor a tiros y se
vio forzado a aterrizar. No pudo llegar a las líneas alemanas y tuvo que tomar
tierra entre las nuestras y las del enemigo. Rápidamente le prendió fuego al
aparato y fue a esconderse unos cientos de metros más allá, en un hoyo de
granada. Durante la noche consiguió escurrirse a rastras hasta nuestras
trincheras. Y así fue como termino nuestra primera «sociedad limitada marca
Fokker».
* *
* *
Un
par de semanas después nos entregaron otro Fokker nuevo. Esta vez me sentí en
la obligación moral de hacerlo pasar a mejor vida yo mismo. Era posiblemente el
tercer vuelo que hacía en aquel ligero y veloz aparato. Al despegar, el motor
falló y me vi forzado a aterrizar como pude sobre un campo de avena. En un
abrir y cerrar de ojos el precioso y flamante aeroplano se había convertido en
un amasijo irreconocible. Fue un verdadero milagro que yo saliera ileso.
§. Raid de bombardeo sobre Rusia
En junio nos subieron a un tren sin previo aviso. Nadie sabía adónde íbamos,
pero nos hacíamos una idea; así que no nos cogió por sorpresa cuando nuestro
comandante anunció que nos dirigíamos a Rusia. Atravesamos toda Alemania en
nuestro tren-vivienda formado por coches-cama y vagones restaurante. Y por fin
llegamos a Kowell. Una vez allí, permanecimos alojados en nuestro convoy. Vivir
en los vagones de un tren ofrece innumerables ventajas, siempre está uno
dispuesto a viajar más lejos y siempre está cómodamente acuartelado en el mismo
sitio.
Pero durante un verano caluroso en Rusia, un coche-cama es la cosa más horrible
que se pueda uno imaginar. Así que les propuse a mis buenos amigos Gerstenberg
y Scheele que nos mudásemos a un bosque de las cercanías, en donde levantamos
nuestras tiendas de campaña y vivíamos como gitanos. Eran buenos tiempos
aquellos.
* *
* *
En
Rusia nuestro escuadrón lanzó una ingente cantidad de bombas. Principalmente
nos encargábamos de amargarle la vida a los rusos dejando caer nuestros huevos sobre
sus bonitas instalaciones ferroviarias. Un día todo nuestro escuadrón al
completo salió para intentar destruir una importante estación de tren. El nido se
llamaba Manevichi y estaba a unos treinta kilómetros del frente, no muy lejos.
Los rusos estaban planeando un ataque y la estación estaba atestada de trenes,
unos pegados a otros ocupando todas las líneas. La escena se podía contemplar
muy bien desde arriba. Sobre cada vía de apartadero había un tren de
mercancías. Era un magnífico objetivo para un raid.
Uno puede llegar a entusiasmarse con cualquier cosa y durante un tiempo yo
estuve entusiasmado con estos raids de bombardeo. Me producía una malsana
diversión poder aplastar a aquellos tíos de allá abajo. A menudo participaba en
dos expediciones en un solo día.
Establecimos así nuestro objetivo en Manevichi. Todo el escuadrón se dirigía
hacia Rusia; las máquinas estaban listas para arrancar y cada piloto comprobaba
una última vez su motor, pues resulta embarazoso tener que aterrizar de
emergencia por una salida en falso, especialmente en Rusia. El ruso es
implacable con el aviador, si consigue atrapar uno lo mata irremisiblemente.
Ese es el único peligro en Rusia, porque aviones enemigos casi no existen. Si
por casualidad aparece alguno, siempre va escaso de suerte y enseguida lo
derriban. La artillería antiaérea es algunas veces muy efectiva, pero existen
pocas baterías. Comparado con occidente, volar allí es un recreo.
Los aeroplanos se sacaban del hangar y se llevaban rodando hasta la zona desde
donde despegábamos. Se cargaban de bombas hasta los dientes. Algunas veces volé
con ciento cincuenta kilos de bombas en un aeroplano «tipo C»[27] llevando
además a un observador bastante pesado al que no se le notaba la «tasa de
carne» y, por si acaso, dos ametralladoras. Nunca tuve oportunidad de probarlas
en Rusia. Es una lástima que no tenga ningún ruso en mi colección, sus
escarapelas resultarían muy decorativas clavadas en la pared de mi cuarto[28] .
Un vuelo con un avión tan excesivamente cargado durante el ardiente mediodía
ruso no es ninguna tontería. El aparato sufre un desagradable balanceo.
Naturalmente, no es posible caerse, para eso llevamos un motor de ciento
cincuenta caballos; pero de todos modos, no deja de resultar incómodo ir
cargado con tantos explosivos y tanta gasolina. Luego se alcanza una capa
atmosférica más tranquila y es entonces cuando se empieza a disfrutar de un
raid de bombardeo. Es maravilloso poder tener un objetivo fijo y volar de
frente hacia un punto concreto. Después de haber lanzado las bombas uno tiene
la sensación de haber hecho algo de provecho, mientras que muchas veces,
después de un vuelo de caza en el que no ha caído ningún enemigo, terminas por
decirte a ti mismo: «¡Ya podías haberte esmerado!». Siempre que he lanzado
bombas he terminado la mar de contento. Mi observador había conseguido que yo
volase con precisión sobre el objetivo, me colocara justo perpendicular a él y,
con la ayuda de la mira telescópica, dejara caer los huevos sobre
el nido en el momento preciso.
El vuelo de Manevichi fue maravilloso. Lo he recordado muchas, muchas veces.
Pasamos por encima de frondosos y gigantescos bosques por donde corrían alces y
linces. Los pueblos, sin embargo, parecían desamparados; en toda la zona el
único de cierta importancia era el mismo Manevichi. Alrededor del pueblo había
innumerables tiendas de campaña y en la misma estación incontables barracones.
No se veía a la Cruz Roja por ninguna parte. Antes que nosotros había pasado
por allí otro escuadrón. Sus efectos aún se podían apreciar en algunas casas y
barracones todavía humeantes. No se habían portado nada mal. La salida de la
estación parecía haber quedado bloqueada por una bomba certera, una locomotora
todavía echaba humo, el maquinista y el fogonero debían haber corrido a un
refugio subterráneo o algo parecido. De repente vi salir del lado opuesto de la
estación otra locomotora. Era toda una tentación en movimiento. Empezamos a
volar sobre aquella cosa y dejamos caer una bomba a unos cien metros delante de
ella. Obtuvimos el resultado esperado, la locomotora se detuvo. Dimos la vuelta
y fuimos lanzando bomba tras bomba sobre la estación, bien dirigidas
ayudándonos con la mirilla. Y nos tomamos nuestro tiempo, nadie nos molestaba.
En las cercanías había un aeródromo enemigo pero sus pilotos no se veían por
ninguna parte. Sonaban las descargas de los cañones antiaéreos, aunque sólo muy
de vez en cuando y en una dirección completamente distinta a la que volábamos. Todavía
nos reservamos una bomba para poder utilizarla de regreso a casa. En esto que
vimos desde arriba cómo un aviador enemigo corría hacia su aeroplano. ¿Tendría
intención de atacamos? Yo no lo creí así, más bien parecía que buscaba ponerse
a salvo, ya que durante un raid sobre un aeródromo lo más práctico para salvar:
la vida es coger y refugiarse en el aire.
Dimos algunos rodeos para descubrir algún campamento de tropas enemigas. Suele
ser muy interesante molestar con las ametralladoras a esos caballeros de
allá abajo. Estas tribus semisalvajes de Asia sienten todavía más miedo que los
civilizados ingleses y resulta especialmente divertido disparar sobre la
caballería enemiga, les genera un pánico terrible, salen de pronto a toda mecha
en todas direcciones. No me agradaría ser el jefe de un escuadrón de cosacos
que se desperdiga así por unos simples aviadores y sus ametralladoras.
Poco a poco fuimos divisando de nuevo las líneas alemanas. Ya era hora de
quitarnos de encima la última bomba. Decidimos dejarla caer sobre un globo
cautivo, «el globo» de observación de los rusos. Podíamos bajar cómodamente a
unos pocos cientos de metros de él y dejar caer la bomba encima. Al vernos, los
rusos empezaron a tirar de las cuerdas para bajarlo a tierra, pero en cuanto
cayó la bomba, el globo dejó de bajar. Deduje que, más que haber dado yo en el
blanco, los cosacos habían huido abandonando a su caudillo en la barquilla del
globo.
Por último llegamos al frente alemán después de sobrevolar nuestras trincheras
y cuando aterrizamos pudimos comprobar extrañados que nos habían disparado
desde tierra. Por lo menos una de nuestras alas había recibido un disparo
certero.
* *
* *
En
otra ocasión, y por la misma zona, salimos al encuentro de unos rusos que
planeaban un ataque cruzando el río Stokhod. Llegamos al lugar señalado
cargados de bombas y con un montón de munición para las ametralladoras, cuando
descubrimos sorprendidos que la caballería enemiga ya había empezado a cruzar
el río por el único puente existente Así que la cosa estaba clara: reventar ese
estrecho puente era reventar los planes del enemigo. Además, las tropas ya
marchaban en masa por él. Descendimos todo lo posible y pudimos ver que la
caballería enemiga pasaba apresurada por el viaducto. La primera bomba cayó no
muy lejos, y la segunda y la tercera las siguieron de inmediato. Abajo se formó
un caos espantoso No alcanzamos el puente, pero la marcha se interrumpió por
completo y todo el que tenía piernas echó a correr a donde pudo. El resultado
fue bueno, pues con sólo tres bombas habíamos conseguido armar aquel barullo y
nuestro escuadrón al completo nos seguía. Todavía pudimos hacer algo más: mi
observador empezó a disparar frenéticamente su ametralladora contra aquellos
tíos, y nos lo pasamos en grande. No sé qué logramos realmente con todo
aquello, los rusos tampoco lo comunicaron, pero me he hecho la ilusión de que
yo solo conseguí rechazar aquel ataque. Si es cierto o no, ya me enteraré por
las crónicas rusas cuando acabe la guerra.
§. ¡Por fin!
El sol de agosto era casi insoportable en el arenoso aeródromo de Kowell. Un
día mientras estábamos de charla, un camarada comentó: «Hoy viene a visitamos
el gran Boelcke; o mejor dicho, viene a visitar a su hermano que está en la
ciudad». Por la tarde apareció el gran hombre y contó cosas muy interesantes de
su viaje a Turquía, de donde había regresado para informar al Cuartel General
del Káiser. También nos dijo que se iba al Somme para continuar allí su trabajo
y que tenía que organizar una escuadrilla de caza al completo. Para ello quería
seleccionar de entre el cuerpo de aviadores a la gente más adecuada. Yo no me
atreví a decirle que me llevara con él. No es que estuviera cansado de luchar
en Rusia —de hecho, allí hacíamos siempre vuelos interesantes—, pero la idea de
combatir en el frente occidental me seducía. Sencillamente, no existe nada
mejor para un joven oficial que volar en un caza.
A la mañana siguiente Boelcke debía partir de nuevo. Era aún muy temprano
cuando alguien llamó a mi puerta… y allí estaba el gran hombre de la Pour
le Mérite [29] .
No sabía muy bien lo que quería de mí y, aunque ya nos conocíamos, ni se me
ocurrió la idea de que me hubiera escogido como alumno suyo. ¡Faltó poco para
que le abrazara cuando me preguntó si quería ir con él al Somme!
Tres días más tarde iba yo sentado en un tren atravesando toda Alemania para
acudir a mi nuevo campo de operaciones. Por fin mi mayor deseo se había hecho
realidad y empecé a vivir los mejores días de mi vida.
Entonces jamás hubiera imaginado que fueran a ser tan felices como lo han sido
hasta ahora. En el momento de mi partida un buen amigo me gritó: «¡Y no vuelvas
sin la cruz Pour le Mérite!».
§. Mi primer inglés
(17 de septiembre de 1916)
Estábamos todos en el campo de tiro disparando cada cual con su ametralladora
hacia donde mejor le parecía. El día anterior nos habían entregado nuestros
nuevos aparatos[30][ y
a la mañana siguiente Boelcke quiso que volásemos con él. Todos éramos novatos,
ninguno de nosotros tenía triunfos que apuntarse, y por eso mismo lo que
Boelcke nos decía era para nosotros el Evangelio. Durante los últimos días,
según él mismo nos contó, había logrado derribar por lo menos un avión inglés
antes del desayuno, y a veces hasta dos.
El día siguiente, 17 de septiembre, amaneció con un sol espléndido. Era de
esperar que hubiese un intenso movimiento de aviadores ingleses. Antes de
despegar, Boelcke nos dio instrucciones precisas. Y la escuadrilla al mando del
respetado hombre en quien confiábamos ciegamente levantaba por primera vez el
vuelo[31] .
Acabábamos de llegar al frente cuando vimos las baterías antiaéreas disparando
a lo lejos y reconocimos una escuadrilla enemiga que volaba en dirección
Cambrai. Boelcke fue, naturalmente, el primero en darse cuenta, pues tenía la
vista más entrenada que nosotros. Pronto pudimos fijar la posición del enemigo.
Todos y cada uno tratábamos de permanecer lo más cerca posible de Boelcke.
Estaba claro que íbamos a sufrir nuestro primer examen ante los ojos del
prestigioso comandante.
Nos acercábamos poco a poco a la escuadrilla enemiga. Ya no les era posible
escapar, estábamos entre ellos y sus líneas; si querían volver a casa tenían
que pasar por donde nosotros volábamos. Contamos los aviones enemigos: eran
siete; nosotros sólo cinco. Ellos volaban en grandes bombarderos de dos plazas
Sólo faltaban segundos para que diese comienzo el baile. Boelcke lanzó una
maldición y se pegó al primer avión inglés, aunque no disparó todavía. Yo le
seguí y cerca venían mis colegas. El inglés que volaba más cerca de mí iba en un
aeroplano grande pintado de color oscuro. No lo pensé dos veces y me lo llevé a
la mirilla.
Le disparé, me disparó, y ninguno atinamos. Comenzó una lucha en la que mi
único objetivo era intentar situarme detrás de mi adversario, puesto que yo
sólo podía disparar de frente. Él no tenía ese problema, su ametralladora
giratoria disparaba en todas direcciones. El tirador no parecía un
principiante, sabía que si yo lograba colocarme detrás de su cola habría
llegado su fin, pero por entonces no tenía yo la seguridad en que el enemigo
«tenía que caer» que sí tengo ahora. Muy al contrario, tenía serias dudas al
respecto. Sólo cuando ya has derribado tres o cuatro aviones alcanza uno la
firme convicción de que «ese tiene que caer».
A todo esto, mi buen inglés se volvía y se revolvía cruzándose a menudo en mi
camino. Entretanto yo ni pensaba en los otros ingleses de la escuadrilla que
podían acudir en auxilio de su apurado colega. Sólo tenía una idea en mi
cabeza: «¡Éste tiene que caer!, ¡tiene que caer haga lo que haga!». Y por fin
llegó el momento propicio: mi adversario debió perderme de vista, porque siguió
volando de frente. En una fracción de segundo ya estaba yo colocado detrás de
él con mi potente máquina. Le disparé unas cuantas ráfagas con mis dos ametralladoras.
Volaba tan cerca de mi enemigo que por un momento temí arrollarle. De pronto
casi grito de alegría al ver que su hélice había dejado de girar. ¡Hurra! ¡Le
di! Le había destrozado el motor a tiros y mi rival tenía que aterrizar
forzosamente en nuestras líneas, porque era evidente que jamás iba a llegar a
las suyas. Entonces pude observar por el extraño balanceo del aparato que algo
raro le ocurría al piloto; tampoco podía ver al tirador, la ametralladora había
quedado abandonada en el aire. Le había dado y su cuerpo tuvo que desplomarse
en el suelo de la cabina.
El inglés aterrizó como pudo al lado del aeródromo de otra de nuestras
escuadrillas. Yo estaba tan emocionado que no pude resistirme a aterrizar
también y al hacerlo casi pongo mi avión boca abajo. Nuestros dos aviones
quedaron a corta distancia. Salí corriendo hacia el aparato enemigo al tiempo
que veía acudir a un gran número de soldados. Una vez allí, me encontré con que
mi suposición era cierta: el motor estaba destrozado y los ocupantes gravemente
heridos. El tirador murió allí mismo y el piloto de camino a un hospital
cercano. En honor a la memoria de estos enemigos caídos hice colocar una lápida
sobre su tumba.
Cuando llegué a casa, Boelcke estaba sentado a la mesa desayunando con mis
compañeros y me preguntó extrañado dónde había estado tanto rato. Muy orgulloso
pude decir por primera vez «¡Un inglés derribado!». Enseguida todos dieron
gritos de alegría, pues no había sido yo el único en despacharme a un inglés.
Además de Boelcke, que como de costumbre se desayunaba con una victoria, todos
nosotros, los novatos, habíamos vencido por primera vez en una pelea de perros.
Debo señalar que, desde entonces, ningún avión inglés se aventuró por Cambrai
mientras rondó por allí la escuadrilla de Boelcke.
§. La batalla del Somme
En toda mi vida no he conocido mejores campos de caza que en los días de la
batalla del Somme. Por la mañana, nada más levantamos, llegaba el primer inglés
y el último no se iba hasta después de ponerse el sol. Aquello era «el paraíso
de los pilotos de caza», como dijo Boelcke una vez. Por aquel entonces,
Boelcke, en sólo dos meses, había doblado de veinte a cuarenta su número de
enemigos derribados. Nosotros los novatos no teníamos la experiencia del
maestro y nos dábamos por satisfechos con no salir escaldados. ¡Era tan
excitante! No había vuelo sin combate; a menudo eran grandes batallas aéreas de
cuarenta o sesenta ingleses contra bastantes menos alemanes. Ellos ponían la
cantidad y nosotros la calidad.
Sin embargo, el inglés es un tipo listo al que siempre hay que considerar. De
vez en cuando se acercaba hasta nuestro campamento volando muy bajo y le hacía
una visita a Boelcke y le obsequiaba con una bomba. Nos desafiaba abiertamente
a la lucha y nunca rechazaba la que nosotros le brindábamos. Apenas me habré
encontrado con un inglés que me haya negado una pelea, mientras que el francés
prefiere evitar cualquier reyerta.
Fueron buenos tiempos aquellos en la escuadrilla de Boelcke. El espíritu de
nuestro comandante nos alentaba a todos sus alumnos. Confiábamos ciegamente en
él, la posibilidad de quedarse en la estacada no existía, la idea era
inconcebible para nosotros; por eso siempre nos enfrentábamos al enemigo
alegres y confiados.
El día en que cayó Boelcke la escuadrilla ya tenía cuarenta derribos en su
haber. Ahora suma más de un centenar. El espíritu de Boelcke sigue vivo entre
sus valientes sucesores.
§. Boelcke †
(28 de octubre de 1916)
Aquel día volábamos contra el enemigo guiados por el gran hombre. Siempre
sentíamos una especial seguridad cuando él estaba con nosotros; por eso jamás
podrá haber otro Boelcke. Hacía un tiempo tormentoso. Había negros nubarrones.
Ningún otro piloto voló aquel día salvo nosotros, los pilotos de caza.
Desde lejos vimos en el horizonte a unos ingleses insolentes a los que al
parecer también les divertía el mal tiempo. Nosotros éramos seis, ellos eran
dos. Si hubieran sido veinte tampoco nos hubiese extrañado que Boelcke diera la
señal de ataque.
Iniciamos el combate como de costumbre. Boelcke tenía enfrente a uno y yo al
otro. De pronto tuve que abandonar porque se me cruzó un compañero. Miré a mi
alrededor y a unos doscientos metros vi a Boelcke acosando a su víctima. Él
derribó al inglés y yo pude verlo. Era lo habitual.
Boelcke volaba muy cerca de un gran amigo suyo. Era una Pelea interesante, los
dos disparaban sobre el mismo avión y el inglés no podía tardar en caer. De
repente observé que sus aviones hacían un extraño movimiento. Sólo pensé una
cosa: colisión. No había visto nunca un choque en el aire y me imaginaba algo
muy diferente. En realidad no hubo colisión, sino que se rozaron. Sin embargo,
a la enorme velocidad a la que vuela un avión, el más leve roce es un choque
violentísimo.
Boelcke abandonó inmediatamente a su presa y comenzó a descender describiendo
grandes círculos. No me parecía que aquello fuese una caída, pero mientras lo
veía planear por debajo de mí pude observar que una de sus alas estaba rota. De
lo que ocurrió después sólo sé que perdió el ala entera entre las nubes. El
aeroplano de Boelcke era ya ingobernable y caía y caía, acompañado siempre por
su buen amigo.
Cuando llegamos al campamento la noticia ya era oficial; «Nuestro Boelcke ha
muerto». ¡No lo podíamos creer! El más afectado fue su gran amigo Böhme[32], el
involuntario causante del fatal accidente.
Es curioso que todo el que conocía a Boelcke se considerase íntimo amigo suyo.
Yo he conocido a unos cuarenta de esos amigos íntimos, y todos y cada uno de
ellos imaginaban ser el único. Hombres cuyos nombres Boelcke nunca supo casi se
creían sus familiares. Es un fenómeno muy curioso que nunca he observado
respecto a ninguna otra persona. Boelcke jamás tuvo un enemigo personal y fue
igualmente amable con todos nosotros, sin distinciones. El único que quizá estuvo
más próximo a él fue el mismo infeliz que por desgracia causó la tragedia.
Nada sucede sin la voluntad de Dios. Este el consuelo que tan a menudo debemos
repetirnos los hombres en la guerra.
§. El octavo
Ocho aviones derribados constituían en tiempo de Boelcke una cifra bastante
decente. Todo el que escuche algo sobre el colosal número de los que hoy se
derriban pensará que esto se ha vuelto mucho más fácil. Yo lo único que puedo
asegurar es que cada día se me va haciendo más difícil. Ahora hay más oportunidades
de disparar, naturalmente, pero las probabilidades de que te disparen también
son mayores. El armamento del enemigo es cada vez mejor y su número cada vez
más grande. Cuando Immelmann[33] derribó
al primero tuvo la suerte de cruzarse con un rival que ni siquiera llevaba
ametralladora. Pajaritosde esos ya sólo se ven por Johanistal[34] .
El 9 de noviembre de 1916 salí de caza con mi joven colega de dieciocho años
Hans Imelmann[35] . Los
dos fuimos compañeros en la escuadrilla de Boelcke; nos conocíamos de antes y
estábamos en buena sintonía. En esta profesión el compañerismo es lo principal.
Partimos pues. Yo acumulaba siete enemigos derribados, Imelmann cinco; en
aquellos tiempos, un buen puñado. Apenas habíamos llegado al frente cuando
vimos un escuadrón de bombarderos. Aparecieron volando con un descaro enorme.
Venían en número gigantesco, como acostumbraban durante la batalla del Somme.
Creo que serían unos cuarenta o cincuenta aparatos, no puedo precisarlo. Habían
elegido un blanco para sus bombas muy cerca de nuestro aeródromo, pero poco
antes de que lo sobrevolasen logré alcanzar al último de sus aviones. Mis
primeros disparos dejaron fuera de combate al artillero y posiblemente también
le hicieran cosquillas al piloto; el caso es que éste decidió aterrizar de
inmediato. Yo seguí cargando y entonces el avión empezó a caer más y más
rápido, hasta que se estrelló en las cercanías de nuestro aeródromo de
Lagnicourt.
Imelmann peleaba al mismo tiempo con otro inglés y también dio cuenta de su
rival por la misma zona donde cayó el mío. Rápidamente volvimos al campamento
para ir en busca de los dos ingleses que nos habíamos llevado al agua. Una vez
allí, fuimos en coche hasta cerca de donde habían caído los aviones y luego
recorrimos a pie un trecho por mitad del campo. Hacía mucho calor, así que me
lo desabroché todo, hasta el cuello de la camisa. Me había quitado la chaqueta,
la gorra ya la había dejado en el coche y había cogido mi recio bastón de
nudos; las botas de barro hasta la rodilla. Ofrecía un aspecto salvaje y de ese
mismo modo llegué hasta nuestras víctimas. A su alrededor, como era natural, se
aglomeraba ya una multitud de curiosos.
Algo apartado había un grupo de oficiales. Me dirigí hacia ellos, les salude y
a la primera de cambio les pregunté qué les había parecido el combate, pues
siempre es interesante conocerlo por boca de los que están abajo. Entonces supe
que aunque los otros ingleses habían dejado caer algunas bombas, el avión que
yo había derribado las llevaba todas encima. El oficial con quien había hablado
me cogió del brazo, se volvió hacia donde estaban los otros y, preguntándome
rápidamente mi nombre, me presentó ante ellos. No fue muy agradable porque,
como he comentado, mi indumentaria era desastrosa y los caballeros que tenía
delante iban todos impecablemente uniformados. Fui presentado a una
personalidad que me causó cierto desconcierto: vestía pantalón de general, del
cuello le colgaba una alta condecoración, pero tenía un rostro relativamente
joven; sus charreteras eran indefinibles. En fin, que empezaba a presentir que
no se trataba de un general al uso. Durante la conversación me fui abrochando
todo lo abrochable y adopté un aire más castrense. Quienquiera que fuese aquel
oficial, yo no lo sabía. Me despedí y me fui a casa. Por la tarde sonó el
teléfono y supe por fin con quién había hablado aquella mañana: era el gran
duque de Sajonia-Coburgo-Gotha; se me ordenaba presentarme ante él. Se había
sabido que aquellos ingleses tenían intención de lanzar bombas sobre donde él
estaba, y yo había ayudado a mantener a raya a los atacantes. Por aquello
recibí la medalla al valor de Sajonia-Coburgo-Gotha.
§. El comandante Hawker
El día que más orgulloso me sentí fue el día en que me dijeron que el aviador
inglés al que había derribado el 23 de noviembre de 1916 era nada menos que el
comandante Hawker[36], «el
Immelmann inglés», como lo llamábamos.
Por el modo en que se desarrolló aquel combate pude imaginar que me las veía
con uno de los grandes.
Aquel día volaba alegremente a la caza del enemigo cuando de pronto vi tres
ingleses que al parecer tenían en mente las mismas intenciones que yo. Me di
cuenta de que me habían echado el ojo, y como yo también tenía ganas de pelea,
me decidí por uno de ellos. Yo volaba a menor altitud que el inglés, por lo que
tenía que esperar a que el tío bajase hasta mi cota. No pasó mucho tiempo hasta
que empezó a descender queriendo sorprenderme por detrás. No había pegado ni
cinco tiros el amigo cuando tuvo que soltar el gatillo porque
ya me había desviado yo a la izquierda con un viraje cerrado.
El inglés intentaba colocarse detrás de mí y yo intentaba colocarme detrás de
él, y empezamos así a girar como locos en círculos, con los motores a toda
marcha, a tres mil metros y pico del suelo. Primero veinte vueltas a la
izquierda, después treinta a la derecha; cada cual tratando de pegarse a la
cola del otro. Enseguida me di cuenta de que no me enfrentaba a ningún
principiante, pues por su imaginación no se cruzó ni por un instante la idea de
abandonar el combate. A pesar de que el inglés volaba en un aparato muy ágil,
el mío sin embargo ascendía con más facilidad, y al final conseguí colocarme
detrás de él.
Después haber bajado hasta los dos mil metros y sin haber conseguido nada
todavía, mi rival debió comprender que había llegado el momento de retirarse,
puesto que el viento me era favorable y nos arrastraba a los dos cada vez más
hacia posiciones alemanas, hasta el punto de hallarnos ya sobre Bapaume, o sea,
a un kilómetro del frente alemán. El muy insolente tuvo aún la desfachatez de
saludarme agitando el brazo cuando todavía estábamos a mil metros de altitud,
como si dijera: « Well, well, how do you do?»[37]
Los círculos que describíamos uno alrededor del otro eran tan pequeños que no
tendrían más de ochenta o cien metros. Tuve tiempo de ver bien a mi rival. Lo
observaba justo desde arriba y podía ver cada uno de sus movimientos en la
cabina. De no haber llevado la cabeza cubierta hubiese podido ver la cara que
ponía.
Poco a poco, el valiente sportman comprendió que llevaba las
de perder y que tenía que decidirse entre aterrizar en las líneas alemanas o
retirarse a las suyas. Como era natural, optó por lo último después de intentar
escabullirse haciendo loopings y demás acrobacias. Entretanto, mis primeras
«peladillas» le rozaban las orejas; hasta entonces ninguno de los dos había
disparado en serio. A cien metros de altitud, mi adversario intentó volar en zigzag
para dificultarme el blanco. Entonces se presentó mi oportunidad. Lo fui
acosando hasta los cincuenta metros, disparándole sin cesar. El inglés iba a
caer sin remedio. Para lograrlo casi tuve que gastar un cargador entero.
Mi enemigo se estrelló al borde de nuestras líneas con un tiro en la cabeza. Su
ametralladora se clavó en la tierra y hoy decora la entrada de mi casa.
§. Pour le Mérite
Había caído el decimosexto. Ya estaba a la cabeza de todos los pilotos de caza
alemanes. Había logrado mi objetivo.
Algo así le había dicho un año antes, medio en serio medio en broma, a mi amigo
Lyncker. Un día, mientras aprendíamos a volar, me preguntó: «¿Cuál es tu
objetivo, tu meta como aviador?». Entonces le respondí bromeando: «Pues no sé;
volar a la cabeza de todos los pilotos de combate alemanes no debe estar mal».
Que esto llegase a ser una realidad, nadie, ni yo mismo, hubiera podido
creerlo; sólo Boelcke. Al parecer, en una en una ocasión le preguntaron quién
de nosotros tenía verdaderas aptitudes para llegar a ser un buen piloto de caza
—aunque esto, por supuesto, no me lo dijo personalmente, sino que después otros
me lo contaron—, y él respondió señalándome a mí: «¡Ese es el hombre!».
Tanto Boelcke como Immelmann recibieron la Orden Pour le Mérite al
derribar el octavo. Yo ya tenía el doble. ¿Qué harían conmigo? Sentía mucha
curiosidad. Se murmuraba que iba a ser puesto al mando de una escuadrilla de
caza. En esto que llegó un día un telegrama: «Teniente v. R. nombrado jefe
Escuadrilla de Caza nº 11». A decir verdad, al principio no me hizo ninguna
gracia. Había funcionado muy bien con mis camaradas de la Jasta Boelcke[38]y ahora
tendría que empezarlo todo de nuevo, con otras gentes y en otros lugares; todo
muy aburrido. Además, hubiera preferido la Pour le Mérite.
Pasaron dos días. Los miembros de la escuadrilla estábamos reunidos celebrando
mi partida inmediata, cuando llegó un telegrama del Cuartel General donde se me
informaba de que su majestad tenía la gentileza de concederme la
condecoración Pour le Mérite. Estallé de alegría; aquello lo
arreglaba todo.
Nunca imaginé que fuera a ser tan apasionante, como en realidad lo es, liderar
una escuadrilla de aviones de caza. Tampoco pude soñar que algún día llegase a
existir una Jasta Richthofen[39] .
§.
«Le petit rouge»[40]
No sé por qué razón se me ocurrió un buen día la idea de pintar mi aeroplano de
color rojo vivo. El resultado fue que mi pájaro escarlata llamaba
la atención de todo el mundo; un detalle que, al parecer, tampoco se le escapó
al enemigo.
Durante un combate que tuvo lugar en otro punto del frente tuve la suerte de
derribar un Vickers[41] biplaza
que sacaba fotos de nuestras posiciones de artillería, tan tranquilamente. A mi
enemigo no le dio tiempo a defenderse y tuvo que darse prisa en llegar a
tierra, su avión empezaba a mostrar signos sospechosos de acabar ardiendo. A
esto lo llamamos nosotros «estar apestado». Como más tarde pude comprobar, el
inglés tuvo el tiempo justo para aterrizar antes de que su avión empezara a
arder en llamas.
Por compasión con mi adversario decidí no abatirlo y sólo obligarlo a
aterrizar, sobre todo porque tenía la impresión de que el enemigo estaba herido
y porque no había podido dispararme ni un solo tiro.
A unos quinientos metros de altitud una avería en el motor me obligó a ir
planeando hacia tierra con cuidado y en línea recta, sin hacer ni siquiera un
pequeño viraje, hasta que conseguí aterrizar. Lo que pasó fue muy gracioso: mi
enemigo aterrizó sin problemas su aparato incendiado, mientras que yo, el
vencedor del combate, acabé volcando cerca de él contra las alambradas de
nuestras trincheras.
A continuación recibí una deportiva y cortés bienvenida por parte de los dosenglishmen[42], quienes
se sorprendieron de mi accidente, pues, como ya he dicho, ni me habían
disparado ni imaginaban el motivo de mi forzoso aterrizaje. Eran los primeros
ingleses que había conseguido derribar con vida y me divertía poder estar ahí
conversando con ellos. Les pregunté entre otras cosas si habían visto
anteriormente mi avión. « Oh, yes —me respondió uno de ellos—;
a éste lo conocemos muy bien, lo llamamos “ le petit rouge”».
Y ahora viene —en mi opinión— una canallada bien británica: me pregunta el
inglés que por qué había sido yo tan imprudente en mi aterrizaje. La razón era
que no pude evitarlo. Y el muy miserable va y me dice que de no habérsele
«encasquillado el arma» habría probado a dispararme en los últimos trescientos
metros.
Yo le pedí disculpas por haberle derribado, él las aceptó y así fue como le
devolví su deslealtad.
Desde entonces se me quitaron las ganas de hablar con ningún otro adversario,
por razones obvias.
§. De cómo luchan franceses e ingleses en el aire
(Febrero de 1917)
Hemos estado intentando hacerle la competencia a la Jasta Boelcke. Todas las
noches comparábamos nuestros botines, pero esos chicos son endiabladamente
buenos. Nunca conseguimos superarles. Como mucho puede uno igualarlos. Cuenta
con cien aviones derribados de ventaja, y hay que reconocer que eso es mucha
ventaja. Naturalmente, depende del enemigo al que uno se enfrenta, si a los
burlones franceses o con los gallardos ingleses. Yo prefiero a los ingleses. El
francés escurre el bulto, el inglés raramente; a veces su audacia sólo puede
describirse como estupidez, aunque probablemente ellos lo llamen bravura.
Pero así debe ser el piloto de caza. El factor decisivo no reside en las
acrobacias, sino en tener decisión y agallas. Uno puede ser extraordinario
haciendo loopings y otras cabriolas, y sin embargo no servir para derribar
aviones. A mi entender, el espíritu ofensivo lo es todo y ese espíritu es
natural en los alemanes. Por esta razón siempre ejerceremos el dominio en el
aire.
Los franceses están ahí, acechando unas veces y preparando emboscadas otras
tantas, algo difícil de hacer allá arriba. Hoy sólo se dejan sorprender los
principiantes. Las emboscadas son imposibles mientras no se inventen aeroplanos
invisibles. Aunque, de vez en cuando, aún les hierve a los franceses la sangre
gálica. Entonces se deciden al ataque directo, pero su espíritu es comparable a
la gaseosa: pierde fuerza al instante. Les falta aguante, tenacidad.
Al inglés, por el contrario, se le nota algo su sangre germana. Al sportman le
gusta mucho volar, aunque se pierde demasiado en lo deportivo. Le encanta hacer
loopings, caer en picado, volar cabeza abajo y hacer otras martingalas
similares por encima de nuestras trincheras. Todo esto está muy bien para el
público de un concurso de acrobacias, pero la gente de nuestras trincheras no
es tan impresionable. Ellos exigen algo más: que lluevan continuamente
aviadores ingleses.
§. Me derriban
(Mediados de marzo de 1917)
Derribado no es en realidad el término más correcto para describir lo que me
pasó a mí. En general, entiendo por derribado sólo aquel que
cae a plomo a tierra, pero yo me las compuse y logré descender sano y salvo.
Iba con mi escuadrilla cuando divisé a lo lejos otra unidad enemiga Se
acercaban a nuestras posiciones de artillería en la región de Lens. Yo aún
tenía que volar un trecho hasta llegar allí. Ese es realmente el momento más
emocionante, cuando se ha divisado al enemigo y se dirige uno hacia él para
iniciar la lucha. Creo que siempre palidezco durante esos tensos minutos, pero
lamentablemente nunca llevo un espejo encima para comprobarlo. Es un estímulo
delicioso, sientes el extraño cosquilleo y todas esas cosas que me gustan.
Divisas al enemigo a lo lejos, constatas que es una escuadrilla hostil, cuentas
los aparatos que la forman, evalúas los factores a favor y en contra… Una de
las cosas que hay que tener muy presente es si el viento nos arrastra hacia el
frente o nos aparta de él. Por ejemplo, una vez le pegué a un inglés el tiro de
gracia bastante más allá de las líneas enemigas, y su aparato se desplomó, sin
embargo, al lado de uno de nuestros globos de observación, de tan lejos como lo
había arrastrado el viento.
En fin, aquel día nosotros éramos cinco, ellos tres veces más. Los ingleses
venían volando como una nube de avispas. Dispersar un enjambre de máquinas tan
bien organizado no es cosa fácil; hacerlo uno solo, imposible; y entre varios,
dificilísimo; especialmente cuando la diferencia en número es tan desfavorable
como en aquel caso. Y sin embargo, se siente uno tan superior al enemigo que no
duda ni un instante de que todo saldrá bien. El espíritu de ataque, la
ofensiva, es lo principal en toda lucha, incluida la aérea. Así debió
entenderlo también nuestro enemigo, y lo pude comprobar enseguida.
Apenas nos vio, viró hacia nosotros y se lanzó al ataque. ¡Oído al parche! En
aquel instante supimos que el baile daba comienzo Nos juntamos
los cinco y dejamos que aquellos caballeros se nos acercaran. Yo vigilaba para
ver si alguno de ellos se separaba del grupo y, efectivamente, hubo uno tan
estúpido que así lo hizo « ¡Te has jugado la vida, chaval!», le grité, y me fui
hacia él. Ya me faltaba poco para alcanzarle cuando el tío empezó a disparar:
estaba nervioso. « ¡Venga, dispara! ¡A ver si me das!», pensé. Una de sus balas
trazadoras[43] me pasó
tan cerquísima que me sentí como debajo de una lluvia de chispas. No es
agradable, pero los ingleses tiran casi exclusivamente de esta odiosa munición
y tienes que acostúmbrate a ello. Pero el ser humano es sin duda un animal de
costumbres, y en aquel instante creo que me reía. Aunque pronto iba a recibir
un buen escarmiento.
Estaba ya muy cerca de él, a unos cien metros. Quité el seguro a las
ametralladoras, le apunté más o menos y pegué unos cuantos tiros a modo de
prueba; funcionaban perfectamente. Nuestro encuentro no podía retrasarse mucho
más, en mi mente ya veía a caer a mi adversario. La excitación de antes había
desaparecido y ahora sólo pensaba con calma y objetividad en las probabilidades
que tenía de derribarle o de ser derribado. En general, el combate en si es lo
menos emocionante en la mayoría de los casos, y el que se exalte con ello está
cometiendo un error y nunca conseguirá derribar a nadie. Es cuestión de
acostumbrarse. Sea como sea, estoy seguro de que ese día yo no cometí ningún
error. Estaba a tan sólo cincuenta metros de mi rival, unos buenos tiros y el
éxito estaba asegurado. Eso iba yo pensando mientras empezaba a disparar,
cuando de pronto oí un fuerte estampido y acto seguido otra gran explosión
proveniente del motor. La cosa estaba clara: me habían dado. O mejor dicho, le
habían dado a mi aeroplano; yo estaba ileso. Enseguida empezó a apestar a
gasolina y noté que mi motor se paraba. El inglés lo supo y comenzó a disparar
con más ahínco. Me vi obligado a abandonar en el acto.
Iba cayendo a plomo. Desconecté el motor instintivamente en el momento justo.
Cuando el depósito de combustible está perforado y la gasolina se derrama sobre
tus piernas, existe un gran peligro de acabar envuelto en llamas. Delante
llevas un motor de más de ciento cincuenta caballos funcionando al rojo vivo.
Una gota de gasolina y el aparato arde como la yesca. Mientras caía iba dejando
una estela blanca en el aire. Sabía lo que significaba por haberla visto antes
en mis enemigos: era la señal que anunciaba la explosión. Aún estaba a tres mil
metros de altitud y me quedaba un buen trecho para llegar al suelo. Gracias a
Dios, el motor se paró por completo. La velocidad a la que caía el avión no
supe calcularla, aunque tenía que ser muy grande porque no podía asomar la
cabeza sin ser repelido hacia atrás por la fuerza del aire.
Pronto me separé de mi adversario, y mientras caía a tierra aún tuve tiempo de
mirar a mis cuatro hombres, que seguían luchando. Se oía el continuo chasquido
de nuestras ametralladoras y las del enemigo. De pronto vi brillar una luz como
la de un cohete. ¿Una señal del enemigo? No podía ser era demasiado grande, y
crecía. Era un avión en llamas, pero ¿de quién? A todas luces parecía uno de
los nuestros… pero gracias a Dios resultó ser el de un rival. ¿Quién lo había
derribado? Enseguida vi caer un segundo aeroplano casi a plomo, como yo,
girando y girando; pero de pronto pudo recuperar la estabilidad y comenzó a
volar en mi dirección. Era también un Albatros y debía de haberle sucedido igual
que a mí.
Estaba ya a unos cien metros de altura y tenía que preocuparme de dónde iba a
aterrizar. En aquellas condiciones, de no encontrar un buen lugar para hacerlo,
podría acabar partido en dos, ¡conque precaución! Entonces descubrí una
pradera, no muy grande, pero lo suficiente como para poder aterrizar si ponía
cuidado; además, estaba muy bien situada junto a la carretera de Hénin-Liétard.
Decidí intentarlo allí. Todo salió a pedir de boca. Mi primer pensamiento fue
dónde se había quedado el otro avión que caía a la par mía, cuando de repente
vi que aterrizaba unos kilómetros más allá.
Tuve tiempo de examinar los daños. Varios proyectiles habían alcanzado mi
avión, pero lo que me obligó a abandonarla pelea fue la bala que atravesó los
dos depósitos de combustible; no había ni gota de gasolina dentro. También el
motor estaba dañado por los disparos. Una lástima, funcionaba muy bien.
Me quedé sentado con las piernas colgando por fuera de la cabina y
probablemente con cara de bobo. En un momento me vi rodeado por cantidad de
soldados. De pronto apareció un oficial. Venía sofocadísimo, muy alterado; sin
duda, algo serio había ocurrido. Se abalanzó hacia mí y jadeando me preguntó: «
¡¿No le ha pasado a usted nada?! ¡Lo he visto todo y estoy asustadísimo! ¡Santo
Dios, ha sido horrible!». Le aseguré que no tenía nada, salté del avión y me
presenté. Él estaba tan nervioso que ni escuchó mi nombre, pero se ofreció a
llevarme en su coche hasta Hénin-Liétard, donde estaba acuartelado. Era oficial
de Ingenieros.
Íbamos ya en el coche y mi anfitrión aún no estaba tranquilo. De repente me
preguntó asustado: « ¡Dios mío! ¿Y dónde está el que conduce?». Al
principio no entendí lo que quería decir y le miré extrañado. Después comprendí
que me había tomado por el observador de un biplaza y que me preguntaba por mi
piloto. «Vuelo solo», le contesté secamente.
Eso de «el que conduce» está muy mal visto entre aviadores.
Un aviador no conduce, vuela. Obviamente, a ojos de aquel buen caballero fue
una decepción descubrir que yo sólo era el que «conducía» el aparato. La
conversación se tornó desde aquel momento aún más parca. Hasta que llegamos a
su campamento.
Yo todavía llevaba puesta mi sucia y grasienta chaqueta de piel y alrededor del
cuello una gruesa bufanda. Durante el trayecto, el de ingenieros me había
estado mareando con su interminable lista de preguntas. En general el caballero
se hallaba en un estado de agitación muy superior al mío. Cuando llegamos me
obligó a echarme en un sofá, o al menos lo intentó, argumentando que debía de
estar sobrecogido por el combate. Le aseguré que ya había luchado otras veces
en el aire, pero no le entraba en la cabeza. Se conoce que mi apariencia no
debe ser muy belicosa.
Después de aquella cháchara vino a hacerme la pregunta de marras: « ¿Y qué, ha
tenido usted ya oportunidad de derribar algún avión?». Como dije antes, mi
nombre ni lo había oído siquiera. «Pues sí —le conteste—, de vez en cuando». «
¿De veras? Entonces supongo que ya habrá derribado al menos un par de ellos».
«Un par no: veinticuatro». Él sonrió, volvió a repetir la pregunta, y me aclaró
que él entendía por derribado sólo aquel a quien se ha hecho
caer a tierra para que allí se quede. Le aseguré que yo era de la misma
opinión. Entonces fue cuando me tomó por un fanfarrón de marca mayor. Me dejó
allí sentado y me dijo que almorzarían en un hora y que si quería, podía
acompañarlos. Acepté su invitación y me eché a dormir un rato.
Luego fuimos al salón de oficiales. Allí me quité la pelliza. Por suerte
llevaba puesta mi cruz Pour le Mérite a pesar de no vestir mi
guerrera, sino sólo un chaleco. Pedí disculpas por no ir mejor uniformado, y en
esto que mi buen anfitrión se fijó en la condecoración. Se quedó mudo de
asombro y me aseguró que no sabía quién era. Le dije mi nombre otra vez. Ahora
empezaba a enterarse de algo y me confesó que le sonaba mi nombre. Me
ofrecieron ostras y champán, y pasé un rato estupendo hasta que mi camarada
Schäfer[44] vino a
recogerme en mi coche. Por él supe que Lambert había hecho otra vez honor a su
apodo. Entre nosotros lo llamábamos el Parabalas, porque en todos
los combates acababa con el avión acribillado. En una ocasión pudimos contarle
hasta setenta y cuatro balazos sin que él resultase herido. Pero esta vez un
proyectil le había pasado de refilón por el pecho y ahora estaba en la cama de
un hospital. Por desgracia, este excelente oficial, que tenía todo lo que se
necesita para ser un Boelcke, murió por la patria como un héroe semanas más
tarde.
Al anochecer supe por mi propio anfitrión en Hénin-Liétard que mis victorias
habían aumentado a veinticinco.
§. Piezas de aeroplano
(Finales de marzo de 1917)
Todo joven alemán conoce bien el nombre de «Línea Siegfried»[45] .
Durante los días en que nos retiramos a aquellas posiciones hubo una intensa
actividad en el aire. Aunque el enemigo ya había ido ocupando el territorio que
nosotros íbamos abandonando, el espacio aéreo no se lo cedimos tan pronto a los
ingleses, y de ello se encargaba la Jasta Boelcke. Sólo con mucha cautela se
atrevían los ingleses a abandonar su guerra de posiciones en el aire.
Por entonces fue cuando nuestro querido príncipe Federico Carlos dio su vida
por la patria.
Durante un vuelo de caza, el teniente Voss[46] de
la Jasta Boelcke derrotó a un rival inglés obligándolo a
aterrizar en terreno, llamémosle, neutral, en tierra de nadie:
nosotros ya lo habíamos abandonado pero los ingleses no lo habían ocupado
todavía. Por allí sólo rondaban algunas pocas patrullas de ambos bandos.
El aparato británico aterrizo entre los dos frentes. El bueno del inglés creyó
que aquella zona ya estaba ocupada por los suyos y que por lo tanto tenía
derecho sobre ella. Pero Voss no pensó lo mismo y decidió aterrizar al lado de
su víctima. Rápidamente desmontó las ametralladoras del avión de su rival y
algunas otras piezas aprovechables y las cargó en su aeroplano. Encendió
entonces una cerilla y prendió fuego al aparato enemigo. En pocos segundos
ardía como una hoguera.
Un minuto después, desde su victorioso aeroplano, Voss saludaba sonriente a los
ingleses, que acudían de todas partes.
§. Mi primer doblete
El 2 de abril de 1917 fue otro día movido para mi escuadrilla. Desde donde yo
estaba se podía oír bastante bien el continuo cañoneo de la artillería
antiaérea, particularmente violento aquel día[47]. Todavía
estaba en la cama cuando de pronto entró mi ayudante gritando: « ¡Mi teniente!
¡Los ingleses ya están aquí!». Medio dormido saqué la cabeza por la ventana y,
efectivamente, allí estaban mis queridos amigos revoloteando
por encima de nuestro campamento. Salté de la cama y me vestí en un periquete.
Mi pájaro escarlata estaba listo para el trabajo matutino; mis
mecánicos sabían de antemano que yo no iba a desperdiciar una oportunidad tan
buena. Todo estaba a punto. Me puse mi pelliza y despegué.
Había salido el último. Mis muchachos se encontraban mucho más cerca del
enemigo. Temía que se me fuera a escapar mi presa y tuviese que conformarme con
presenciar desde lo lejos cómo los demás luchaban. En eso pensaba yo cuando de
pronto uno de aquellos descarados sujetos arremetió contra mí; dejé que se me
pegara y dio comienzo un divertido baile entre los dos. Mi adversario lo mismo
volaba cabeza abajo que empezaba a hacer esto o lo otro. Iba en un avión de dos
plazas Logré situarme por encima de él y enseguida supe que no lograría escapar
de mí. Durante un fugaz respiro me di cuenta de que estábamos solos frente a
frente. Quien mejor disparase, más calma tuviese y mejor afrontase el peligro,
ganaría el combate.
No pasó mucho tiempo hasta que, sin haber disparado realmente en serio, le
obligué a descender a unos dos kilómetros del frente. Entonces pensé: «Este
quiere aterrizar»; pero me equivoqué de medio a medio: de pronto, cuando estuvo
a pocos metros del suelo, siguió volando recto y buscó escapar. Aquello ya fue
demasiado. Entonces volví a atacar, pero volábamos tan bajo que temí tocar las
casas del pueblo que tenía a mis pies. El inglés peleó hasta el último segundo.
Ya casi al final noté que un disparo había hecho blanco en mi avión, aunque no
por eso iba yo a dejarlo en paz; él tenía que caer, y cayó, por supuesto, a
toda velocidad contra un grupo de casas.
No se podía pedir más. El tipo le echó coraje y se defendió hasta el último
instante; pero, a mi modo de ver, fue una estupidez más por su parte. En situaciones
como estas debes trazar una línea divisoria entre valor y necedad. Caer, iba a
caer de todos modos, pero pagó con la vida su insensatez.
* *
* *
Regresé
al campamento muy satisfecho con el funcionamiento de mi pájaro rojo[48] durante
aquel trabajo mañanero. Mis camaradas aún estaban en el aire y se quedaron
impresionados cuando, durante el desayuno, les conté la peripecia con el que
sumaba mi número treinta y dos.
Un teniente muy joven había derribado además a su primer enemigo, y todos
estábamos contentos y preparándonos ya para nuevos combates.
Mientras me aseaba vino a visitarme mi buen amigo el teniente Voss. Estuvimos
charlando un rato, el día anterior él había derribado su número veintitrés.
Voss me seguía de cerca y era por entonces mi más fiero contrincante.
Me dijo que iba a regresar a su campamento en su avión y quise acompañarlo
durante un rato. Dimos un pequeño rodeo sobrevolando el frente. El tiempo se
había puesto bastante feo, así que no esperábamos tener buena caza.
Las nubes se cerraban densas bajo nosotros. Voss desconocía la región y empezó
a inquietarse. Llegando a Arrás me crucé con mi hermano Lothar, que servía en
mi escuadrilla. Se había separado de sus compañeros y al vernos se unió también
a nosotros. Me había reconocido perfectamente por el color de mi avión.
De pronto vimos venir de frente una escuadrilla enemiga. Un único pensamiento
cruzó mi mente: « ¡El número treinta y tres!». Sin embargo, aunque los ingleses
eran nueve y volaban por su territorio, prefirieron esquivar el encuentro (al
final tendré que pintar mi avión de otro color). A pesar de todo, aún pudimos
darles alcance. Y es que en este negocio lo principal es tener aviones rápidos.
Yo era quien más cerca estaba del enemigo. Empecé a acosar al más rezagado de
ellos viendo entusiasmado cómo se prestaba para el combate, y mucho más cuando
observé que sus colegas lo dejaban en la estacada. Ahora él y yo estábamos
frente a frente. Parecía la misma clase de adversario que el de por la mañana.
No me lo puso fácil; sabía lo que se hacía y tenía, sobre todo, una gran
puntería (esto lo comprobé más tarde, muy a mi pesar). Un viento a favor vino
en mi ayuda arrastrándonos a los dos hacia las líneas alemanas. Entonces mi
rival empezó a comprender que la cosa no era tan fácil como él la había
imaginado, y se dejó caer en picado sobre una espesa nube y desapareció en
ella.
Casi fue su salvación. Me dejé caer detrás de él, yendo a salir por debajo de
la nube —no puede uno andarse con miramientos—; y lo que es la suerte: me
encontré como por arte de magia justo detrás de mi adversario. Yo disparé y él
disparó, aunque si ningún resultado. Pero al final le di. Me di cuenta por la
estela de humo blanco que iba dejando su avión. Su motor se paró por completo y
ya no le quedaba otra que aterrizar.
Pero aquel tipo era obstinado. Le costaba reconocer que había perdido la
partida y, aunque dejó de disparar porque sabía que si seguía haciéndolo yo
podría matarle fácilmente por la diferencia de altura, se defendió de todos
modos. Igual que su compatriota de por la mañana. Hasta que pudo aterrizar.
Di un rodeo y luego volé sobre él, apenas a diez metros de altura, para
enterarme de si lo había matado o seguía vivo.
¿Y qué dirían ustedes que hizo entonces aquel tío? Pues agarró su ametralladora
y me recibió con una ducha de plomo, agujereándome todo el avión.
Más tarde, Voss me dijo que si a él le hubiese ocurrido algo parecido habría
matado a tiros al inglés aun estando ya en tierra. Y en realidad así tenía que
haberlo hecho yo, porque mi rival todavía no se había rendido. Fue, por cierto,
uno de los pocos afortunados que han logrado escapar de mí con vida. Luego volé
feliz a casa y celebré mi victoria número treinta y tres.
§. Un día bien aprovechado
Estábamos en el aeródromo, hacía un tiempo magnífico. Había venido a visitarme
un caballero que jamás había visto un combate aéreo ni nada que se le pareciese
y que, según me dijo, le interesaba muchísimo llegar a presenciar una pelea
de perros.
Nos montamos en nuestros aparatos riéndonos de lo lindo mientras Schäfer decía:
« ¡Vamos a ver si le podemos dar ese gusto!». Le prestamos al caballero unos
prismáticos y arrancamos los motores.
El día empezó bien. Estábamos apenas a dos mil metros de altura cuando una
primera escuadrilla inglesa de cinco aviones vino a cruzarse con nosotros.
Atacamos como una carga de caballería y la escuadrilla enemiga cayó destruida a
tierra. Entre los nuestros no hubo ni siquiera heridos. Los adversarios, dos
incendiados y tres derribados, se estrellaron del lado de las líneas alemanas.
Al aterrizar nos encontramos al buen hombre con los prismáticos en la mano y
preso del más profundo desconcierto. Se había imaginado todo aquello de una
forma muy distinta, mucho más dramática. Nos dijo que la cosa se había visto de
lo más inofensiva hasta que algunos aviones cayeron ardiendo como cohetes. Yo
me he ido acostumbrando a ver caer al enemigo, pero he de confesar que es algo
que impacta; tanto que a veces aún sueño con el instante en que vi a mi primer
inglés precipitarse al vacío. Sin embargo, si hoy volviera a presenciar
aquello, creo que no me parecería tan terrible como me pareció entonces.
Conforme avanzó la mañana nos sentamos a disfrutar de un abundante desayuno.
Teníamos un hambre canina. Entretanto, nuestros aeroplanos eran puestos a punto
y se les reponía munición. Después volvimos a salir.
Al atardecer pudimos redactar con orgullo el siguiente informe: «Trece aparatos
enemigos destruidos por seis aviones alemanes».
La Jasta Boelcke sólo pudo redactar un informe similar en una
ocasión y entonces sólo fueron ocho los aviones derribados. Ahora uno solo de
nosotros se había llevado a cuatro enemigos por delante. Fue el teniente
Wolff [49], que aunque
delgaducho y de aspecto débil, por su apariencia nadie podría creer que fuese
tan valiente campeón. Mi hermano había derribado dos; Schäfer, dos;
Festner [50], dos; y yo,
tres.
Por la noche nos metimos en nuestros camastros, henchidos de orgullo, pero
también terriblemente cansados.
Al día siguiente leímos con gran regocijo nuestra hazaña en el parte militar.
Pues bien: durante esa jornada derribamos ocho más.
* *
* *
Un
día ocurrió una cosa muy graciosa: pudimos hablar con un inglés al que
derribamos e hicimos prisionero. Naturalmente, el inglés preguntó por el
aeroplano rojo. Incluso a las tropas de las trincheras no les resulta
desconocido; lo llaman « le diable rouge»[51] . En la
escuadrilla del inglés circulaba la historia de que el avión rojo iba pilotado
por una muchacha, una especie de Juana de Arco. Cuando le dije al amigo que
la supuesta chica-piloto estaba justo delante de él, se quedó de una pieza. Al
parecer no había tenido intención de gastarme ninguna broma. En realidad estaba
convencido de que sólo una muchacha podía volar en aquel extravagante avión
pintado de rojo.
§. Moritz
El animal más bonito del mundo es mi perro Moritz, un dogo alemán.
Se lo compré a un belga por cinco marcos en Ostende. Su madre era un animal
precioso, y aunque su padre no era de la misma casta, era, a fin de cuentas, un
perro de raza; estoy convencido. Pude escoger entre varios cuando lo compré y
escogí al más bonito. Zeumer se compró otro y le puso por nombre Max. Maxtuvo
un repentino final bajo las ruedas de un coche, pero Moritz goza
de una salud inmejorable. Duerme conmigo en mi cama y está muy bien educado.
Desde Ostende me ha seguido paso a paso por todos los lugares que he recorrido
y le he cogido mucho cariño. De un mes para otro, Moritz ha
ido creciendo más y más, y ha pasado de ser un perrillo faldero a convertirse
en un animal grandísimo.
Una vez hasta lo llevé conmigo en mi aeroplano, él fue mi primer «observador».
Durante el vuelo se portó muy sensatamente y miraba embelesado el mundo desde
arriba. Mis mecánicos fueron los únicos que gruñeron después por haber tenido
que limpiar alguna cosa desagradable del interior del avión.
Pero a Moritzse le veía muy contento.
Ya tiene más de un año y sigue siendo tan juguetón como un cachorro de meses.
Juega incluso al billar… destrozando bolas y paños, claro está. Tiene también
gran pasión por la caza, para contento de mis mecánicos, a los que les suele
traer con frecuencia alguna liebre que otra.
Sólo tiene una mala costumbre: le encanta perseguir aviones mientras despegan.
Lo natural es que perro que se dedique a semejante deporte, muera destrozado
por una hélice. En cierta ocasión el muy majadero salió corriendo directo hacia
un avión que arrancaba. La hélice lo alcanzó y ésta quedó inservible. Moritz aullaba
terriblemente, pero así se cumplió una tradición que hasta entonces yo había
dejado pasar. Siempre fui reacio a eso de cortarle las orejas al perro; bueno,
pues de una de ellas ya se había encargado la hélice.
La belleza nunca fue algo extraordinario en mi Moritz, pero ahora,
con una oreja cortada y la otra gacha, tampoco está tan mal. Si no tuviera el
rabo enroscado, aún podría pasar por un genuino dogo alemán.
Moritz se ha dado perfecta cuenta de que estamos en guerra mundial
y de quiénes son nuestros enemigos. Cuando en el verano de 1916 vio a los
primeros rusos —nuestro tren había parado y bajé con Moritz a
dar un paseo— empezó a ladrarles y a correr tras ellos. Tampoco quiere mucho a
los franceses, a pesar de ser belga. En una ocasión, mientras nos instalábamos
en Francia, ordené que limpiaran y arreglaran nuestro nuevo alojamiento. Cuando
volví por la noche los franceses encargados de la limpieza no habían hecho
nada; los llamé muy enfadado. Apenas se aceraron a la puerta, Moritz les
saludó de un modo muy poco cariñoso. Entonces supe por qué no habían
arreglado le château[52] .
§. Los ingleses bombardean nuestro aeródromo
Las noches de luna llena son ideales para volar. Nuestros queridos
inglesesestuvieron especialmente atareados durante las noches de luna llena
del mes de abril; preparaban la ofensiva de Arrás. Debieron descubrir que
teníamos un amplio y bonito aeródromo en Douai y que nos habíamos instalado
allí en plan casero.
Una noche estábamos en el salón de oficiales y el teléfono empezó a sonar: «
¡Vienen los ingleses!», nos comunicaron. Naturalmente, se formó un gran jaleo.
Teníamos donde refugiarnos, nuestro eficiente Simon ya lo había previsto (Simon
es el jefe de construcciones de campaña); así que bajamos todos de golpe al
refugio y empezamos a oír, al principio muy apagado y después más potente, el
ruido de los aviones enemigos. Los reflectores de la artillería antiaérea
comenzaron lucir y a barrer el cielo. El primer aparato estaba aún demasiado
lejos como para dispararle. Todo aquello nos divertía muchísimo. Nuestro único
temor era que al final los ingleses no encontrasen el aeródromo; no resulta
sencillo durante la noche, especialmente cuando un campamento no está situado
en las proximidades de ninguna carretera, río o línea de ferrocarril, puntos de
referencia básicos para orientarse a oscuras.
En fin, aquel inglés debía de volar muy alto. Primero dio un rodeo por la zona,
y cuando ya todos pensábamos que habría elegido otro objetivo, comprendimos de
repente que en realidad había parado el motor y empezaba a descender « ¡Ahora
sí que va en serio!», exclamó Wolff. Nosotros llevábamos encima dos carabinas y
empezamos a dispararle. No podíamos verlo, pero al menos pegar tiros nos
calmaba los nervios. En esto que uno de nuestros focos lo alcanzó de lleno y
entonces todos en el campamento nos quedamos boquiabiertos: era un aparato
viejísimo; reconocimos el modelo perfectamente[53] .
Estaba apenas a un kilómetro de distancia. Volaba directo hacia nosotros, cada
vez más bajo, hasta que no estuvo a más de cien metros del suelo. Entonces el
inglés arrancó otra vez el motor y vino flechado hacia nosotros. « ¡Gracias a
Dios que ha elegido el otro lado del campamento!», exclamó Wolff; y no había
terminado de decir esto cuando cayó la primera bomba, a la que siguió todo un
reguero.
Eran bonitos los fuegos artificiales que el tío aquel nos regalaba, pero sólo
un gallina podría asustarse con aquello. En mi opinión, lanzar bombas durante
la noche sólo tiene efecto en la moral de la tropa, y para uno que se caga de
miedo somos muchos los que nos quedamos tan tranquilos.
Nos lo pasamos muy bien con aquella visita y opinamos que los ingleses deberían
repetirla más a menudo. Nuestro amigo de cola enrejada había soltado las bombas
desde unos cincuenta metros de altura, una auténtica desfachatez. A cincuenta
metros me apuesto yo a que no fallo un tiro ni contra un jabalí, incluso en una
noche de luna llena. ¿Por qué iba a fallar entonces contra un inglés? Hubiese
sido toda una novedad derribar a un adversario desde abajo. Desde arriba ya
había tenido el honor muchas veces, pero nunca lo había intentado desde el
suelo.
Cuando el inglés se marchó volvimos al cuartel y planeamos cómo recibir a
aquellos caraduras la próxima noche que se presentasen. Al día siguiente
nuestros muchachos trabajaron con gran diligencia. Estuvieron ocupados clavando
unos postes en las inmediaciones del cuartel y del barracón de oficiales.
Aquellos postes iban a servir para instalar unas ametralladoras procedentes de
aviones enemigos derribados. En realidad estábamos impacientes por saber qué
sucedería la siguiente noche. No quiero desvelar el número de ametralladoras
que improvisamos, sólo diré que eran suficientes; cada uno de mis
hombres iba a estar armado con uno de esos artilugios.
Estábamos de vuelta en el salón. Hablábamos sobre los raids nocturnos. De
repente alguien entró gritando: « ¡Ya vienen!, ¡ya vienen!», y desapareció al
instante tal y como vino, a medio vestir. Todos corrimos enseguida hacia las
ametralladoras. Algunos soldados que eran buenos tiradores nos acompañaron. Los
demás iban con carabinas. Sea como fuere, nuestra escuadrilla estaba armada
hasta los dientes y preparada para darle la bienvenida a aquellos caballeros.
El primero de ellos llegó de la misma forma que la noche anterior, volando a
gran altitud para luego descender hasta los cincuenta metros. Entonces vimos
con enorme satisfacción que se dirigía sin titubear hacia nuestros barracones.
Un reflector consiguió enfocarlo; estaba a escasos trescientos metros de
nosotros. Uno de los nuestros abrió fuego y al momento todos le seguimos.
Ninguna ofensiva podía estar mejor contrarrestada que aquella: el enemigo
volaba ahora a cincuenta metros de altura y era recibido con fuego nutrido. Él
no podía oír el restallar de nuestras ametralladoras porque se lo impedía el
ruido de su motor, pero en cambio sí que veía los fogonazos de cada arma que
disparábamos contra él. Así que pensé que ese tipo era un valiente por no
tratar de esquivamos y seguir, adelante con su plan. Volaba impasible hacia
nosotros. Justo en el momento en que pasaba sobre nuestras cabezas bajamos de
un salto a los refugios, porque terminar aplastado por una simple bomba resulta
una muerte un tanto bochornosa para un aviador. Apenas hubo pasado, nos
lanzamos de nuevo a las ametralladoras y seguimos cargando contra él. Schäfer
gritó muy convencido: « ¡Le he dado!». Schäfer dispara muy bien pero aquella
vez no le creí, todos teníamos las mismas probabilidades de haberle dado.
Al inglés conseguimos incordiarle lo suficiente como para que soltara las
bombas de mala manera y sin ton ni son. Y aunque uno de los proyectiles cayó
cerca de mi « petit rouge», no le causó ningún daño. Este jaleo se
repitió varias veces más en la misma noche.
Luego, mientras dormía profundamente, creí oír en sueños el cañoneo de la
artillería antiaérea. Me desperté y descubrí que el sueño era realidad. Un
enemigo pasó sobre mi cuarto, tan bajo, tan bajo, que de puro miedo metí la
cabeza bajo las sábanas. Enseguida oí una terrible explosión muy cerca de mi
ventana y al instante los cristales saltaron en mil pedazos. Salí corriendo en
camisón para coger mi ametralladora y ponerme a disparar, pero cuando llegué
los demás ya lo estaban friendo a tiros. Fue una lástima que me hubiera quedado
dormido.
A la mañana siguiente nos quedamos sorprendidos, y encantados, cuando supimos
que habíamos derribado nada menos que a tres ingleses desde tierra. Aterrizaron
no muy lejos de nuestro aeródromo y fueron hechos prisioneros. Sus motores
estaban destrozados y se vieron obligados a aterrizar en líneas alemanas, así
que tal vez Schäfer no estuviera del todo equivocado. Nosotros estábamos muy
satisfechos de nuestro éxito, pero los ingleses parecían no estarlo tanto,
porque optaron por no volver a atacar nuestro campamento en los días
siguientes. Un pena; nos habíamos divertido mucho gracias a ellos. ¡Tal vez
vuelvan el mes que viene!
§. Schäfer salva el pellejo
Durante la tarde del 20 de abril efectuamos un vuelo de caza rutinario.
Regresamos muy tarde al campamento y Schäfer se descarrió por el camino. Todo
el mundo quería llegar al aeródromo antes de que oscureciera. Dieron las nueve,
dieron las diez y Schäfer no aparecía. Era imposible que aún le quedase
gasolina y por lo tanto tenía que haber aterrizado forzosamente en algún sitio.
Nadie quería creer que pudiera haber sido derribado, pero en nuestro interior
todos lo temíamos. La red telefónica funcionaba sin cesar preguntando si se
sabía dónde había aterrizado un aviador. Nadie pudo damos información al
respecto. Ninguna división ni ninguna brigada lo había visto. Pasamos por
momentos de penosa incertidumbre. Al final nos fuimos todos a dormir con la
esperanza de que lo encontrarían. A las dos de la madrugada me despertaron
inesperadamente y el telefonista me dijo muy contento: «Schäfer está bien y
pide que vayan a recogerlo».
A la mañana siguiente, en el desayuno, la puerta se abrió de repente y allí
estaba mi valiente piloto, tan sucio y andrajoso como podría estarlo un soldado
de infantería tras catorce días combatiendo en Arrás. Lo recibimos con hurras y
abrazos. Schäfer estaba eufórico y se moría por contarnos su aventura. Traía un
hambre canina y después de desayunar nos refirió, más o menos, lo siguiente:
«Iba yo hacia el campamento siguiendo la línea del frente cuando vi un avión
enemigo volando a muy baja altura; le ataco, lo derribo y pienso enseguida en
darme la vuelta porque desde las trincheras los ingleses parecían querer
reventarme. Mi salvación fue la velocidad de mi aeroplano, claro; esos tíos
olvidaban que si querían darme debían apuntar antes de que yo pasara. Me
encontraba a unos doscientos metros de altura y os aseguro que se me descompuso
el cuerpo por razones obvias: de repente algo impacto contra mi avión y el
motor se detuvo. Tenía que aterrizar como fuera, pero ¿seguía aún sobre las
líneas enemigas? Esa era la cuestión. Entretanto los ingleses se habían
percatado del asunto y comenzaron a dispararme frenéticamente. Podía oír cada
tiro porque mi motor no funcionaba y la hélice había dejado de girar. En fin,
la situación era embarazosa. Ya casi estaba abajo. Aterricé. Mi avión aún
seguía rodando cuando, desde las afueras de Monchy, un pueblo cerca de Arrás,
empezaron a dispararme con ametralladoras. Las balas impactaban contra el
aeroplano. Saltar del avión y arrastrarme hasta un hoyo de granada fue todo uno
Allí tirado traté de situarme, a ver dónde estaba. Poco a poco me di cuenta de
que había rebasado la maldita línea de avance enemiga, pero que aún estaba
demasiado cerca de ella. Gracias a Dios, la noche se echaba encima. Eso iba a
ser mi salvación.
»No pasó mucho hasta que comenzaron a caer las primeras granadas. Naturalmente,
eran granadas de gas, y como os podéis figurar yo no llevaba máscara alguna. Me
lloraban los ojos de un modo atroz. Los ingleses seguían disparando en la
penumbra, apuntándome con sus ametralladoras, una hacia donde había aterrizado
el avión y otra al hoyo donde estaba metido. Las balas pasaban sobre mi cabeza.
Con idea de calmar los nervios me encendí un pitillo; luego me quite la pelliza
y me preparé para dar el salto y escapar de allí. ¡Cada minuto parecía un
siglo!
«Lentamente se hizo de noche. A mi alrededor correteaban las perdices. Como
cazador, supe enseguida que si ellas estaban ahí tan tranquilas era porque no
había peligro de ser sorprendido en mi escondrijo. Eso pensaba yo cuando de
repente vi que un par de ellas salían volando y luego las demás las seguían. El
peligro estaba cerca. Al parecer se trataba de una patrulla que quería darme
las buenas noches. Era hora de poner pies en polvorosa. Me fui arrastrando
como pude por entre hoyos y socavones. Tras hora y media con el pecho contra el
suelo, llegué a donde estaban los primeros hombres. ¿Eran ingleses o alemanes?
Se fueron acercando y casi abrazo a uno de ellos al reconocerlo como uno de los
nuestros. Eran de una patrulla clandestina que rondaba de un lado a otro en
tierra de nadie. Uno de los hombres me llevó hasta su jefe y allí me enteré de
que esa tarde había aterrizado yo a sólo cincuenta pasos de la primera línea
enemiga, y que nuestra infantería me había dado por perdido. Lo primero que
hice fue cenar abundantemente y luego proseguí mi marcha hacia la retaguardia.
»Por allí el fuego enemigo era mucho más nutrido que en la primera línea del
frente. Cada camino, cada trinchera, cada galería, cada arbusto, cada barranco…
Todo estaba bajo fuego enemigo. A la mañana siguiente atacaron los ingleses, o
sea, que durante la tarde de mi accidente habían comenzado preparar la
artillería. En fin, mal día había elegido yo para meterme en aventuras. A las
dos de la madrugada logré encontrar un teléfono y lo demás ya lo sabéis».
Todos nos sentíamos felices de tener de nuevo entre nosotros a nuestro querido
amigo. Schäfer se fue a la cama sin más. Cualquier otro habría renunciado al
placer de volar en misión de caza por lo menos durante veinticuatro horas, pero
aquella misma tarde Schäfer se subió a su avión y derribo un aparato enemigo
que volaba a poca altura sobre Monchy.
§. El escuadrón «anti-Richthofen»
(25 de abril de 1917)
Bien, a los ingleses se les había ocurrido una genial idea: o capturarme, o
derribarme. Con ese propósito habían organizado un escuadrón especial que
volaba exclusivamente en el área donde nosotros operábamos[54]. Todo esto
lo supimos por el hecho de que atacaban especialmente a nuestros aviones rojos.
Debo aclarar que habíamos pintado del mismo rojo chillón todos los aparatos de
nuestra escuadrilla, pues para nuestros amigos no era ningún
secreto que yo volaba en un avión rojo de combate. Pero ahora todos nosotros
volábamos en el mismo avión y me imaginé la cara que pondrían esos ingleses al
reconocer a lo lejos, no sólo un aeroplano rojo, sino toda una docena. Aunque esto
no les impidió intentar atacamos. A mí me pareció perfecto: es preferible que
los clientes vengan a uno, a que uno tenga que ir a buscarlos.
Volábamos por el frente con la esperanza de encontramos con nuestros enemigos.
Unos veinte minutos después llegaron los primeros y, efectivamente, nos
atacaron de lleno. Era algo que hacía mucho que no nos pasaba. Los ingleses
habían contenido en parte su célebre espíritu ofensivo, quizás porque les salía
demasiado caro. Venían en tres cazas SPAD[55]],
unas máquinas excelentes; pero el hábito no hace al monje. Juntos volábamos
Wolff, mi hermano y yo. Tres contra tres, era lo justo.
De inmediato el espíritu ofensivo del enemigo se volvió defensivo; ya teníamos
la sartén por el mango. Me fui directo hacia mi rival y aún pude ver muy
rápidamente como Wolff y mi hermano hacían lo mismo, cada cual con uno de los
otros dos tipos. Arrancó entonces el baile de costumbre,
volando en círculos unos detrás de otros. Un viento a favor nos ayudaba
arrastrándonos más allá del frente, rumbo a Alemania.
El mío fue el primero en caer; acerté de lleno en su motor, creo. En todo caso,
mi rival decidió aterrizar al instante. Pero como ya no perdono, lo ataqué por
segunda vez y entonces su avión se hizo añicos. Las alas se desprendieron como
hojas de papel, cada una por un lado, y el fuselaje cayó silbando a tierra como
un meteorito en llamas. Fue a hundirse en un pantano de donde no se le pudo
sacar. Nunca supe el nombre del adversario contra el que luché, desapareció
para siempre. Los restos incendiados de la cola de su avión indicaban dónde fue
a enterrarse por sí mismo.
Mientras tanto, Wolff y mi hermano acosaban a sus rivales y los obligaban a
aterrizar no muy lejos de donde había caído el mío.
Volvimos a casa muy satisfechos y deseando que el escuadrón «anti-Richthofen»
nos visitase más a menudo.
§. Nuestro «viejo» viene a visitarnos
El 29 de abril era el día en que nuestro viejo iba a venir a
visitar a sus dos hijos. Mi padre es gobernador militar de un pequeño pueblo
cerca de Lille, así que estábamos relativamente cerca. Durante mis vuelos he
pasado muchas veces sobre su casa. Mi padre tenía intención de llegar con el
tren de las nueve. A las nueve y media estaba ya en nuestro aeródromo.
Acabábamos de regresar de un vuelo de caza y mi hermano fue el primero en
saltar del avión y saludar al viejotal que así: « ¡Buenos días,
padre! ¡Acabo de derribar a un inglés!». Al instante bajé yo del mío y le solté
más o menos lo mismo: « ¡Hola, papá! ¡Acabo de derribar a un inglés!». A
nuestro viejo aquel recibimiento le pareció muy divertido, se
sentía feliz, sólo había que verlo. Además, no es uno de esos padres que andan
siempre temiendo por sus hijos. Él mismo se metería de buena gana en un chisme
de estos y se pondría a pegar tiros, o al menos eso creo. Tomamos el desayuno
con él y luego salimos a hacer otro vuelo.
Mientras desayunábamos tuvo lugar un combate aéreo sobre nuestro campamento. Mi
padre lo observaba con interés. Se trataba de una sección inglesa que había
irrumpido en nuestra zona y estaba siendo perseguida por algunos aviones de
reconocimiento alemanes. De pronto uno de los aeroplanos cayó dando vueltas y
luego recuperó la estabilidad y comenzó a descender planeando sin más.
Lamentablemente, se trataba de un avión alemán. Los ingleses pasaron de largo.
El aparato alemán parecía estar averiado, pero bajo control, e intentó
aterrizar en nuestro aeródromo. El sitio era pequeño para un armatoste tan
grande y al piloto no le era familiar él terreno. El aterrizaje no fue
precisamente suave. Corrimos todos hacia el avión y descubrimos con tristeza
que uno de los ocupantes el tirador, había muerto. Aquel espectáculo era algo
nuevo para mi padre y le causó una gran impresión.
* *
* *
El
día se nos presentaba favorable, el tiempo era radiante y se oía el constante
retumbar de las baterías antiaéreas, indicio de que la actividad en los cielos
debía ser frenética. A mediodía despegamos de nuevo. Esa vez también tuve
suerte y derribé a mi segundo inglés de la jornada. Esto le devolvió a
nuestro viejo el buen humor. Después de almorzar nos echamos
una siestecita que nos sentó de maravilla. Entretanto, Wolff y su grupo habían
estado ocupados con el enemigo. Él mismo se había despachado a uno y Schäfer a
otro. Por la tarde mi hermano y yo nos lanzamos a los aires otras dos veces
más, junto a Schäfer, Festner y Allmenröder[56] .
El primer vuelo resultó infructuoso, pero en el segundo nos fue mejor. No
llevábamos mucho tiempo sobrevolando el frente cuando vimos venir una
escuadrilla enemiga. Por desgracia volaban a mayor altura que nosotros, así que
no podíamos hacer nada. Intentamos alcanzar su cota sin éxito y tuvimos que
desistir[57] .
Volábamos a lo largo del frente, mi hermano pegado a mí y los dos delante del
resto de la patrulla. A lo lejos vi dibujados dos aviones del servicio de
infantería enemiga; volaban con total descaro, muy cerca de nuestras líneas.
Hice una señal a mi hermano y enseguida nos entendimos. Aumentamos la velocidad
a la vez. Nos sentíamos seguros a pesar de la presencia enemiga y, ante todo,
confiábamos plenamente el uno en el otro; eso era lo más importante. Mi hermano
fue el primero en acercarse a ellos, se pegó al que tenía más cerca y yo me fui
hacia el otro. Todavía me pude volver rápidamente para asegurarme de que no
existía un tercer adversario rondando por las cercanías. Estábamos solos. Cara
a cara. Pronto le busqué el punto débil a mi rival, disparé algunas ráfagas y
el aparato cayó abatido. Nunca tuve un combate más breve.
Cuando todavía estaba ocupado en observar dónde caían los restos de su avión,
eché un vistazo a mi hermano: él seguía en plena lucha apenas a quinientos
metros de mí.
Tuve tiempo de observar con atención el espectáculo y he de confesar que yo no
lo hubiera hecho mejor. Mi hermano también había sorprendido a su enemigo y
volaban ya el uno tras el otro. De repente el aparato inglés se encabritó
—señal de que le había acertado de lleno, de que el piloto había recibido un
balazo en la cabeza o algo parecido—, las alas se le desprendieron y cayó a
plomo a tierra, muy cerca de donde mi víctima. Me dirigí hacia donde estaba mi
hermano y le felicité con un gesto; mejor dicho, nos felicitamos mutuamente.
Estábamos satisfechos y proseguimos nuestro vuelo. Es bonito poder volar así
con un hermano.
Mientras tanto, el resto de nuestra patrulla había ido llegando al escenario
del combate y contemplaban el espectáculo que ofrecíamos los dos hermanos.
Nuestros colegas no debían ayudamos, pues un aviador tiene que enfrentarse por
sí solo a su adversario; los demás han de limitarse a estar atentos y a
cubrirte las espaldas para que no te sorprendan por la retaguardia.
Seguimos volando y ascendimos a mayor altitud, ya que se habían reunido por
allí algunos miembros del «club anti-Richthofen». Les era fácil reconocernos,
el sol de poniente relucía en nuestros aviones y realzaba su color rojo vivo.
Cerramos filas sabiendo que nuestros amigos veían a lo mismo
que nosotros. Volvían a estar a mayor altitud una vez más, así que teníamos que
esperar a que ellos nos atacasen. Volaban en sus célebres triplanos y SPAD,
máquinas muy modernas, pero la clave no está en el avión, sino en el tipo que
va dentro; y aquellos ingleses ladraban pero no mordían. Los retamos a luchar,
lo mismo sobre sus posiciones que sobre las nuestras, pero no aceptaron. ¿Para
qué diantres alardean de tener una escuadrilla especial para acabar conmigo si
después se acobardan?[58]
Por
fin uno de ellos le echó coraje y se lanzó de pronto sobre el último de nuestro
grupo. El reto fue aceptado, por supuesto, aun siendo desfavorable para
nosotros, pues quien vuela más alto lleva ventaja. Pero negocios son negocios y
el cliente manda.
Dimos todos la vuelta y el inglés, al ver la maniobra, intentó abandonar de
inmediato, pero el combate ya había empezado. Otro inglés intentó el mismo
truco de caer sobre mí y entonces lo saludé con una salva de mis dos
ametralladoras. Al parecer no le gustó. Intentó esquivarme dejándose caer en
picado y aquello fue su perdición, porque ahora era yo quien estaba arriba.
Avión que vuele por debajo de mí, especialmente en líneas alemanas, puede darse
por vencido; y más si es un caza, que no puede disparar hacia atrás. Mi rival
pilotaba una máquina excelente y muy rápida, pero no iba a conseguir llegar a
sus líneas. Comencé a dispararle cuando sobrevolábamos Lens, pero todavía
estaba a demasiada distancia como para darle; era una artimaña para agobiarlo.
Picó el anzuelo y empezó a hacer curvas intentando escapar, pero eso me dio
ventaja porque se redujo un poco la distancia entre nosotros. Volví a hacer lo
mismo dos y hasta tres veces más, y en cada ocasión mi amigo entraba
al trapo. Poco a poco fui acercándome más y más, casi podía dispararle a
bocajarro. Estaba a menos de cincuenta metros. Apunté con precisión, esperé un
instante… y entonces apreté el gatillo. Escuché el ruido de las balas al
penetrar en su depósito de gasolina, luego saltó una llamarada y mi buen lord desapareció
en el abismo.
Este fue para mí el cuarto inglés del día. Mi hermano había derribado dos. Al
parecer le habíamos brindado un buen espectáculo a nuestro viejo, y
nuestra alegría era inmensa.
Por la noche tuve el gusto de convidar a algunos caballeros, entre ellos a mi
buen amigo Wedel, que casualmente también andaba por allí. En fin, que todo
había salido a pedir de boca. Dos hermanos habíamos derribado juntos seis
aviones ingleses en un solo día. Nada menos que una sección enemiga completa.
Creo que a los ingleses no les caemos muy simpáticos.
§. De vuelta a casa
Cincuenta aviones derribados está bien, pero cincuenta y dos está mejor; así
que aquel día me apunté los dos que aún no me habían reconocido, aunque fuera
contra las normas.
En realidad me habían dicho que como mucho llegaría a derribar cuarenta y uno.
¿Que por qué cuarenta y uno? Porque cuarenta fueron los derribados por Boelcke,
era el récord a batir; pero precisamente por eso quería evitar esa cifra a toda
costa. Yo no vuelo para cazar récords, y en el cuerpo de aviación a
nadie se le pasa por la cabeza esa palabra. Aquí no hacemos otra cosa que
cumplir con nuestra obligación. Boelcke habría derribado un centenar de aviones
de no haber sido por aquel fatal accidente, y como él muchos otros camaradas
también habrían logrado más victorias si la muerte no se hubiera interpuesto de
repente en sus caminos.
De todas formas, pensar en medio centenar de victorias confirmadas le devuelve
a uno la sonrisa. Había conseguido que al menos me reconocieran cincuenta
aparatos derribados antes de que me dieran vacaciones[59] .
Esperemos que aún pueda celebrar otros cincuenta.
Aquella misma noche sonó el teléfono. La llamada era nada menos que del Cuartel
General del Káiser; querían hablar conmigo. Me pareció muy gracioso andar ya
tan relacionado con el «gran barracón» del Ejército. Entre otras cosas me
dieron la noticia de que su majestad había expresado el deseo de conocerme
personalmente y cuándo iba a ser el día de la entrevista: el 2 de mayo. Pero
esto sucedía el 30 de abril a las nueve de la noche. En tren me hubiera
resultado imposible llegar a tiempo[60] para
satisfacer el deseo del Comandante supremo del Ejército, así que decidí hacer
el viaje en avión (cosa, por otra parte, mucho más interesante). Partimos a la
mañana siguiente, pero no en « le petit rouge», sino en un avión
grande de dos plazas.
Yo me senté atrás. Llevaba los mandos el teniente Krefft[61], uno de los
muchachos de mi escuadrilla. A él también le habían dado unos días de permiso y
le vino de maravilla ser mi piloto, así llegaba antes a su casa.
La partida fue algo precipitada. Lo único que cogí antes de subirme al avión
fue mi cepillo de dientes, así que me iba a tener que presentar en el Cuartel
General con el mismo uniforme que llevaba puesto. Pero en la guerra un soldado
no tiene ropa bonita ni uniformes lujosos, y menos yo, que no había salido del
frente hasta ese momento.
Del mando de la escuadrilla se quedó a cargo mi hermano. Mi despedida fue breve
porque esperaba retomar pronto la actividad con mis queridos amigos.
La ruta que íbamos a seguir era la siguiente; Lieja, Namur, Aquisgrán y
Colonia. Fue maravilloso navegar por el aire, al menos una vez, sin
pensamientos destructivos. El tiempo era magnífico, hacía mucho que no teníamos
un día tan bueno. Pronto dejamos de ver globos cautivos. El rudo fragor de la
batalla de Arrás se oía cada vez más lejos. Bajo nosotros todo era paz y
tranquilidad. Buques de vapor navegando, un tren expreso al que dimos alcance,
el viento a nuestro favor, la tierra perfecta y llana como un edredón hecho de
retales… Las hermosas montañas del Mosa parecían no existir, el sol caía a
plomo sobre ellas y ni siquiera veíamos sus sombras; sólo sabíamos que
existían… pero con un poco de imaginación, uno podía hasta sentir la frescura
de sus desfiladeros.
Era casi mediodía y se nos había hecho un poco tarde. Un manto de nubes se
extendía ahora bajo nosotros ocultando completamente el suelo. Nos tuvimos que
orientar con ayuda del sol y de una brújula. Nos íbamos acercando a Holanda,
pero no nos gustaba aquel rumbo. Optamos por dar la vuelta y bajar a tierra.
Atravesamos las nubes y pudimos ver que estábamos justo sobre Namur, así que
seguimos volando hacia Aquisgrán. Luego dejamos Aquisgrán a la izquierda y
llegamos a Colonia para la hora de comer. El buen humor reinaba en nuestro
aeroplano. Ante nosotros teníamos unas largas vacaciones y un tiempo estupendo,
y habíamos conseguido nuestro objetivo: llegar al menos a Colonia. Con esto
teníamos la seguridad de que, aunque ocurriese algún pequeño contratiempo,
podríamos estar en el Cuartel General con puntualidad.
Habían dado aviso por telégrafo de nuestra llegada a Colonia y allí nos
brindaron un caluroso recibimiento. El día anterior se había publicado en los
periódicos la noticia de mi victoria número cincuenta y dos.
Volar durante tres horas seguidas le acaba machacando a uno la cabeza, así que
después de comer me eché un sueñecito. Luego proseguimos nuestro viaje hacia el
Cuartel General del Káiser.
Salimos de Colonia volando durante un buen rato sobre el Rin. Conocía el
trayecto por haberlo recorrido antes en barco, en coche y en tren; ahora me
tocaba hacerlo en aeroplano. ¿Cuál es la mejor forma? Es difícil de decir. Es
cierto que los detalles del paisaje se contemplan mejor desde el vapor, pero la
perspectiva general desde un avión no es tan mala. El Rin también tiene un
encanto especial desde arriba. No volábamos muy alto para no perder por
completo la vista de los montes, porque eso es posiblemente lo más bonito a
orillas del Rin, la enormes colinas boscosas, los castillos, etcétera.
Naturalmente, las casas familiares no las podíamos ver bien. Es una lástima que
no se pueda volar despacio, pues de poderse lo hubiéramos hecho a la menor
velocidad posible.
Por desgracia, esos hermosos paisajes desaparecían de nuestra vista muy
deprisa. Cuando vuelas a mucha altitud no tienes la impresión de avanzar tan
rápido. En coche o en tren parece que vayas a velocidades enormes y, sin
embargo, en aeroplano siempre parece que vas lento, hasta que bajas a cierta
altura. Entonces puedes apreciar la velocidad a la que te mueves cuando dejas
de mirar a tierra por cinco minutos y después quieres volver a orientarte; de
pronto la imagen que tenías en la cabeza ha cambiado totalmente. Lo que estaba
antes a tus pies aparece ahora en un rincón y es imposible reconocerlo. Por eso
es tan fácil desorientarse si deja uno de prestar atención aunque sólo sea por
un momento.
Al atardecer llegamos por fin al Cuartel General del Káiser, donde nos
recibieron afectuosamente algunos conocidos míos que trabajaban allí, en el
«gran barracón». En realidad esos chupatintas me dan lástima, se pierden casi
toda la diversión de la guerra.
Primero me presenté ante el comandante general de la Fuerza Aérea[62] . A la
mañana siguiente llegó el gran momento, cuando debería presentarme ante
Hindenburg y Ludendorff. Tuve que esperar un buen rato, y la verdad es que
ahora me resulta difícil precisar cómo fue el encuentro. Primero me presenté
ante Hindenburg y después ante Ludendorff.
Resultó emocionante estar en el lugar donde se decide el destino del mundo. Me
sentí muy satisfecho de haber cumplido con el «gran barracón» una vez acabó
todo. A mediodía estaba invitado a almorzar con su majestad; ese día era además
mi cumpleaños. No sé quién pudo contárselo a su majestad, el caso es que me
felicitó personalmente, una vez por mis victorias y otra por mis veinticinco
años. Incluso me sorprendió con un pequeño regalo.
Nunca pude imaginar que celebraría mi veinticinco cumpleaños sentado a la
derecha de Hindenburg y siendo mencionado en el brindis por el Gran Mariscal.
FELICITACIÓN
DEL KÁISER
30 de abril de 1917
Al
capitán de Caballería, Barón von Richthofen.
Escuadrilla de aviones de caza «Richthofen»
Por A. O. K. G.
Acaba
de anunciárseme que hoy fuisteis vencedor por quincuagésima vez en la lucha
aérea.
Por tan brillante resultado he de expresaros mi más cordial felicitación y mi
más sincero agradecimiento.
La Patria, de quien merecisteis gratitud, admira a su valiente aviador.
Dios guíe siempre vuestros pasos en lo porvenir.
Guillermo
I. R.
* *
* *
Al
día siguiente fui invitado a almorzar en Homburg con su majestad la Emperatriz.
Mientras almorzábamos, su majestad me obsequió con otro regalo de cumpleaños, y
más tarde tuve el placer de demostrarle cómo se arrancaba un aeroplano. Por la
noche me invitaron a cenar de nuevo con el mariscal Von Hindenburg.
Al día siguiente fui volando a Friburgo para una cacería. En Friburgo me subí a
un avión que iba a Berlín. En Núremberg paramos a repostar gasolina y allí se
desencadenó una tormenta. A mí me corría prisa llegar pronto, un montón de
asuntos más o menos interesantes me esperaban en Berlín, así que mi piloto y yo
decidimos volar a pesar de la tormenta. Me lo pasé bien atravesando nubes con
aquel cochino tiempo; el agua caía a cántaros y de vez en cuando hasta
granizaba, tanto, que la hélice tenía después el aspecto de una sierra[63] .
Desafortunadamente, me distrajo tanto el mal tiempo que olvidé por completo ir
mirando por dónde iba. Cuando quise volver a orientarme no tenía ni idea de
dónde estaba. ¡Maldita la gracia! ¡Perderme en mi país natal! Me tenía que
pasar precisamente a mí… ¡Lo que iban a disfrutar en casa cuando lo supieran!
La cosa ya no tenía remedio y yo seguía sin saber dónde diantres estaba. Había
volado a baja altura, había sido arrastrado por un fuerte vendaval y hasta me
había salido del mapa. Ahora tendría que ingeniármelas con el sol y la brújula
para improvisar un rumbo hacia Berlín. Ciudades, pueblos, ríos, bosques… todo
pasaba corriendo bajo mis pies y yo no reconocía nada. Comparaba la carta de
ruta con el paraje, pero en balde. Todo era distinto y no había manera posible
de reconocer la región. Como más tarde pude comprobar, era imposible que
reconociese nada en el mapa porque volaba a cien kilómetros de donde miraba.
Después de dos horas de vuelo, mi piloto y yo decidimos hacer un aterrizaje de
emergencia. Esto es siempre algo desagradable, porque no hay aeródromo que
valga, no sabes cómo es la superficie del terreno y si una rueda entrase en un
agujero, adiós aeroplano. Antes que nada, tratamos de leer el cartel de la
estación de ferrocarril que sobrevolábamos, pero el nombre estaba escrito en
letra tan pequeña que no hubo manera. Así que, sintiéndolo en el alma, no nos
quedó más remedio que intentar aterrizar. Para ello escogimos una pradera que
desde lejos tenía muy buen aspecto… ¡y a la aventura! Pero por desgracia
la praderita no resultó ser tan bonita de cerca, lo pudimos
comprobar cuando las ruedas del avión salieron volando. ¡Menudo exitazo!
¡Primero nos perdíamos y luego rompíamos el tren de aterrizaje! En definitiva,
tuvimos que continuar el viaje a casa utilizando un medio de transporte más
ordinario: el tren. Más lentos, pero más seguros, llegamos de esta forma a
Berlín. Resultó que habíamos «aterrizado» en las cercanías de Leipzig, y si no
hubiéramos hecho aquella tontería, habríamos llegado a la capital
perfectamente. Pero cuanto mejor lo quiere hacer uno, peor le sale.
Días después llegué en tren a Swidnica, la ciudad donde crecí. A pesar de que
eran las siete de la mañana había mucha gente esperándome en la estación y me
recibieron con entusiasmo. Por la tarde me hicieron varios homenajes, uno
incluso por parte de los jóvenes alemanes de la Jugendwehr[64] y pude
sentir que a mi ciudad le importaba el destino de sus hijos en la guerra.
§. Mi hermano
No llevaba ni ocho días de permiso cuando recibí el siguiente telegrama:
«Lothar herido. No es grave». Eso era todo. Informes posteriores revelaron que
lo que le ocurrió fue debido a otra imprudencia de las suyas. Iba volando con
Allmenröder cuando divisó bastante lejos y a muy poca altura a un
solitario englishman[65]. Era uno de
esos aviadores de infantería que se arrastran sobre nuestras tropas
molestándolas cuanto pueden (ahora bien, está por ver si consiguen algo
práctico con ese mariposeo). Mi hermano estaría a unos dos mil metros de
altitud y el inglés a unos mil. Entonces Lothar se dejó caer en picado y en
pocos segundos ya estaba pegado a él, pero el inglés prefirió evitar la pelea y
desapareció en lo profundo haciendo exactamente lo mismo. Mi hermano, sin
pensárselo dos veces, se tiró detrás; le importaba un diablo si estaba en campo
enemigo o no. Sólo pensaba en una cosa: derribar a aquel tipo. Y esa es la
actitud correcta, sin duda. Yo también actúo así de vez en cuando, pero a mi
hermano no le divierte el asunto si no consigue al menos una victoria en cada vuelo.
En fin, estaban luchando muy cerca del suelo, Lothar logró pillar bien a su
adversario y lo cosió a tiros. El inglés cayó a plomo a tierra y la cosa, al
parecer, había terminado.
Después un combate así, especialmente a tan baja altitud, en donde has volado
de frente, a la derecha, a la izquierda y a la vez en todas direcciones, los
simples mortales no tenemos la más remota idea de dónde estamos. Además, aquel
día estaba brumoso y hacía un tiempo especialmente desfavorable. Al final mi
hermano se reorientó y descubrió se había adentrado un buen trecho en el frente
enemigo. Estaba detrás de las crestas de Vimy, que se elevan cien metros sobre
el resto de la región. Mi hermano desapareció tras aquellas cumbres, o por lo
menos así lo aseguraban quienes lo vieron desde tierra.
Volver a casa sobrevolando territorio enemigo no es desde luego de las
experiencias más placenteras que se puedan imaginar. Es imposible hacer nada
para evitar que lo tiroteen a uno desde tierra, aunque rara vez aciertan. Sin
embargo, mi hermano se iba aproximando a nuestras líneas volando a tan escasa
altura que podía escuchar cada tiro que le hacían. Cuando disparan los soldados
de infantería, el ruido que se oye es parecido al que hacen las castañas en el
fuego.
De pronto sintió el mordisco de una bala. Lothar es de esas personas que no
pueden ver la sangre, y menos aún la suya propia; la de otro no le causa tanta
impresión. Mi hermano sintió un dolor agudo en la cadera y empezó a notar cómo
le corría un líquido caliente por la pierna derecha. Desde abajo siguieron
cargando contra él durante un rato, hasta que poco a poco fue dejando de oír
disparos. Volaba ya sobre nuestro frente, pero tenía que darse prisa porque las
fuerzas lo abandonaban. Entonces vio a sus pies un bosque y cerca una pradera,
y decidió aterrizar en ella. Cortó el encendido, el motor se detuvo y en ese
mismo instante perdió el conocimiento.
Mi hermano volaba en un avión monoplaza, nadie podía ayudarle a aterrizar. Cómo
llegó a tierra es sencillamente un milagro. Ningún avión puede despegar y
aterrizar por sí solo. No obstante, una vez me contaron que en Colonia un viejo
Taube[66] fue
arrancado por el mecánico y despegó por si sólo justo cuando iba a subirse el
piloto, dio una vuelta por el aire y después de cinco minutos, aterrizó. Muchas
personas aseguran haberlo visto tal cual. Yo no lo he visto, pero estoy
firmemente convencido de que es cierto. Mi hermano no volaba en un Taube de
esos, pero el caso es que, a pesar de todo, consiguió aterrizar y no se hizo
nada. Fue trasladado al hospital de Douai y una vez allí recuperó el
conocimiento.
Es una sensación muy extraña la que se experimenta al ver a un hermano en
plena pelea de perros. Una vez vi cómo Lothar, yendo algo rezagado
de nuestra escuadrilla, fue sorprendido por un inglés. Le hubiera sido fácil
evitar la lucha, no tenía más que dejarse caer… ¡Pero mi hermano es incapaz de
hacer algo así! Yo creo que ni se le pasa por la imaginación el escapar.
Por fortuna estuve a la expectativa y lo vi todo. El inglés se abalanzó sobre
él y le empujaba hacia abajo cargando sin parar.
Mi hermano trató de alcanzar su misma altitud sin importarle si el enemigo le
disparaba o no. De repente vi que el avión amarillo y rojo de Lothar picaba
dando vueltas hacia abajo, y no parecía que fuese a posta, sino que se trataba
de una caída en toda regla. No fue una escena agradable de presenciar para un
hermano, pero me he tenido que ir acostumbrando a ello porque Lothar emplea muy
a menudo esta estratagema. Efectivamente, aquella vez, cuando mi hermano
comprendió que el inglés se mantenía siempre a mayor altura, decidió simular
haber sido derribado. El inglés se tiró tras él, mi hermano recuperó la estabilidad
de pronto y en un abrir y cerrar de ojos estaba por encima de su rival. El
inglés no consiguió rehacerse tan rápido y mi hermano tuvo tiempo de dispararle
a placer. Un segundo más tarde las llamas salían del aparato enemigo y el avión
caía incendiado sin salvación posible.
Una vez estuve cerca de un tanque de gasolina que ardía después de haber
explotado. Desprendía un calor tan sofocante que era imposible situarse a menos
de diez pasos de él. Puede uno imaginarse entonces lo que debe ser estar a unos
pocos centímetros de un depósito con cien litros de gasolina que explota y
cuyas llamas son repelidas por la hélice hacia la cara del piloto. Creo que
tienes que perder el conocimiento al instante, y cuanto antes mejor.
Aunque de vez en cuando suceden cosas realmente increíbles. Por ejemplo, una
vez vi un avión inglés caer al suelo envuelto en llamas. El aparato empezó a
arder cuando estaba a unos quinientos metros. Al llegar a nuestro campamento
nos enteramos de que uno de los ocupantes había saltado del avión justo antes
de estrellarse, desde unos cincuenta metros de altura. Se trataba del
observador. ¡Cincuenta metros de altura! Hay que pensar despacio lo que esto
significa[67] . La
torre de la iglesia más alta de Berlín mide más o menos eso, y si alguien
saltase desde ella, puede uno imaginarse cómo llegaría abajo. La mayoría nos
desnucaríamos con sólo tirarnos desde la primera planta de un edificio. Bueno,
pues este valiente saltó de su avión incendiado desde cincuenta metros de
altura cuando aquel llevaba por lo menos un minuto ardiendo, y no se rompió
nada más que una pierna, y después hasta relataba la peripecia porque tampoco
perdió el sentido.
Otra vez derribé un biplaza inglés cuyo pilotó había recibió un balazo mortal
en la cabeza. El aparato caía sin gobierno, aplomo, desde tres mil metros y sin
ninguna posibilidad de recuperar la estabilidad. Un rato después descendí
planeando sobre el lugar y no vi más que un montón de escombros. Luego me quedé
asombrado al saber que el observador sólo había sufrido un traumatismo en la
cabeza, y no grave. ¡Un poco de suerte es lo que hay que tener!
Boelcke derribó en una ocasión un Nieuport y el avión cayó a tierra como una
piedra. Yo mismo lo vi. Luego fuimos a husmear y lo encontramos clavado hasta
la mitad en el barro. El ocupante, un piloto de combate, había recibido un
balazo en el estómago, pero como consecuencia del choque contra el suelo sólo
se había dislocado un brazo. Ese tampoco murió.
Aunque del otro lado tenemos lo que le ocurrió a un amigo mío cuando una de las
ruedas de su aeroplano se le metió en una madriguera mientras aterrizaba. El
avión ya no llevaba velocidad apenas, pero entonces se encabritó, se rehízo,
vaciló, no se supo de qué forma iba a caer. Al final terminó boca abajo y el
pobre muchacho se rompió el cuello.
* *
* *
Mi
hermano Lothar es teniente de Dragones[68] . Antes
de la guerra estuvo en la escuela militar, ascendió a oficial al estallar la
contienda y la empezó, como yo, sirviendo en la Caballería. Es poco amigo de
hablar de sí mismo y yo apenas sé nada de sus heroicidades. Tan sólo he podido
conocer la siguiente historia: Era el invierno de 1914, su regimiento se
hallaba en una de las orillas del Varta y los rusos al otro lado del río. Nadie
sabía si el enemigo avanzaba o se retiraba. Las aguas estaban heladas por las
orillas, el paso era difícil y los puentes habían sido destruidos de antemano
por los rusos. Entonces mi hermano se tiró al agua, nadó hasta el otro lado,
comprobó la posición de los rusos y cruzó el río de vuelta. Todo esto en mitad
del crudísimo invierno ruso y a varios grados bajo cero. Su ropa se congeló a
los pocos minutos pero, según él, dentro de ella se estaba caliente. En esas
condiciones montó a caballo el resto del día hasta que por la noche llegó a su
campamento. Ni siquiera agarró un constipado.
Durante el invierno de 1915 le insistí en que se pasara a la aviación. Empezó
de observador, como yo. Un año después ya era piloto. Ser observador es una
buena escuela para convertirse en piloto de combate. En marzo de 1917 aprobó su
tercer examen y enseguida fue destinado a mi escuadrilla.
Lothar era todavía un piloto muy joven e inexperto que ni en sueños pensaba en
hacer esos loopings ni demás acrobacias, y que se daba por
satisfecho con sólo despegar y aterrizar correctamente. Después de catorce días
me lo llevé a volar contra el enemigo y le ordené que fuese pegado a mí para
que se fijara bien cómo se hacían las cosas. Al tercer vuelo juntos, de repente
se separó de mí, se lanzó contra un aviador inglés y lo mató. Mi corazón saltó
de alegría. Pero aquello fue una prueba más del poco arte que hace falta para
derribar aviones. Después de la técnica el elemento clave es la personalidad, o
mejor dicho, la actitud de la persona ante lo que se hace. Yo no soy ningún
Pégoud[69], ni quiero
serlo. Soy sólo un soldado que cumple con su deber.
Cuatro semanas más tarde mi hermano había derribado veintiún ingleses. Este
debe haber sido el único caso en la aviación militar en que un piloto derribe a
su primer adversario a los catorce días de haber salido de la escuela de vuelo,
y cuatro semanas después haya sumado otros veinte.
Su vigésimo segundo oponente fue el famoso capitán Ball[70], el mejor
aviador inglés del momento, con diferencia. Al célebre comandante Hawker le
había dado yo pasaporte algunos meses antes. Me hizo muy feliz que fuera
precisamente mi hermano quien despachase al segundo campeón de Inglaterra.
El capitán Ball pilotaba un triplano[71] cuando
se cruzó con Lothar, que volaba solo por el frente. Cada uno intentaba atrapar
al otro, pero ninguno de los dos se dejaba; ocurrió durante un brevísimo
encuentro, se revolvían constantemente procurando sin éxito colocarse detrás
del contrario. De pronto cruzaron unas buenas ráfagas, volaban muy rápido y de
frente, y se dispararon apuntando a los motores. Las probabilidades hacer
blanco eran escasas, iban al doble de la velocidad normal. Era improbable que
cualquiera de los dos acertara. Mi hermano, que volaba un poco más bajo,
levantó demasiado su avión y perdió estabilidad, dando la voltereta hacia
atrás. Su aeroplano estuvo unos instantes sin gobierno. Pronto recuperó el
control y descubrió que los disparos de su adversario le habían perforado los
dos tanques de gasolina. ¡A cortar encendido o el chisme saldría ardiendo! No
le quedaba otra que aterrizar. Lo siguiente en que pensó fue dónde chantres
estaba su rival. En el momento en que su avión daba la voltereta pudo ver como
el del inglés se encabritaba y hacia lo mismo. Así que no podía andar muy
lejos. Echó un vistazo: por encima de él no estaba, pero al mirar abajo vio
cómo el triplano caía y caía dando vueltas hacia el suelo. Luego se estrelló.
Era territorio nuestro.
Ambos contrincantes se habían dado mutuamente durante el brevísimo instante en
que sus ametralladoras se cruzaron. En el mismo segundo en que las balas le
perforaban los depósitos a mi hermano, una bala entraba en la cabeza del
capitán Ball. El inglés llevaba consigo varias fotografías y algunos recortes
de prensa de su país en los que hablaban de él encomiándole. Al parecer, hacía
poco que había estado allí de permiso. En tiempos de Boelcke, el capitán Ball
ya había destruido treinta y seis aparatos alemanes. Él también era uno de los
grandes y no fue casualidad que encontrase una muerte tan heroica.
El capitán Ball debió ser sin duda el líder del escuadrón «anti-Richthofen».
Después de esto me temo que se les hayan quitado las ganas de perseguirme.
Sería una lástima, porque íbamos a perder unas oportunidades preciosas de cazar
ingleses.
Si mi hermano no hubiese sido herido el 13 de mayo, creo que a mi regreso
también le hubieran dado vacaciones por haber llegado a
derribar cincuenta y dos[72], como yo.
§. Lothar, un «tirador» y no un «cazador»
Mi padre distingue entre el «cazador» y el «tirador», a quien sólo le divierte
disparar.
Yo soy un cazador; cuando he abatido a un inglés mi pasión por la caza se calma
por lo menos durante un cuarto de hora. Por esta razón no derribo generalmente
dos aviones enemigos seguidos; cuando cae uno, ya me siento satisfecho. No fue
hasta mucho después cuando logré acostumbrarme a actuar como un tirador.
Mi hermano es diferente. Tuve ocasión de comprobarlo cuando derribó a su cuarto
y quinto rival. Atacábamos a una escuadrilla enemiga. Yo me lancé primero y
acabé pronto con mi adversario. Me volví y vi a mi hermano cargando contra un
avión inglés del que al instante surgió una llamarada y le explotó el motor. Al
lado de aquel volaba otro enemigo. Lothar hizo con éste segundo lo mismo que
con el primero, que aún no había llegado al suelo: le apuntó con sus
ametralladoras y empezó a dispararle sin tregua. Esta también fue una pelea
corta.
Ya en casa me preguntó orgulloso: «¿Cuántos has derribado tú?». Le contesté que
uno. Él se dio media vuelta y mientras se alejaba me dijo: «Yo dos». Le mandé a
buscarlos para que averiguara los nombres de aquellos tíos y demás detalles. A
última hora de la tarde regresó con el nombre y el paradero de uno sólo de
ellos.
Sus pesquisas fueron infructuosas, cosa normal en los tiradores de su clase.
Hasta el día siguiente no nos confirmaron las tropas dónde había caído el otro.
Que habían sido dos, todos lo habíamos visto.
§. A la caza del bisonte
Durante mi visita al Cuartel General del Káiser me encontré con el príncipe de
Pless[73] y me
invitó a ir a cazar un bisonte en sus tierras. Al bisonte europeo también se le
conoce popularmente como uro, un toro salvaje. El uro se extinguió
y el bisonte va por el mismo camino. En todo el mundo hay sólo dos lugares
donde se pueden encontrar bisontes: uno está en Pless y otro en el bosque de
Bialowieza, la reserva de caza del que hasta hace poco fuera zar de Rusia[74] . El
bosque de Bialowieza también ha sufrido las terribles consecuencias la guerra.
Muchos bravos bisontes que en otra situación hubieran muerto dignamente por un
disparo del zar, han acabado devorados por los soldados.
La gentileza del príncipe me iba a dar la oportunidad de cazar un animal tan
raro; en una generación estos animales se habrán extinguido.
Llegué a la estación de Pless la tarde del 26 de mayo. Nada más bajarme del
tren salí corriendo para poder ir a cazar un bisonte antes de que cayera la noche.
Recorrimos la carretera que cruza la gigante reserva natural del príncipe y
pudimos ver algunos ciervos asomando sus hermosas cornamentas. Casi una hora
después me bajé del coche para seguir media hora más a pie hasta llegar a mi
puesto de caza. La gente estaba ya en su sitio y esperaban que sonase la señal
para comenzar la batida. Me aposté en un lugar elevado desde donde su majestad,
según me dijo el guardabosques, había cazado en otras ocasiones más de un
bisonte. Esperamos mucho, mucho rato. De repente vi moverse entre los árboles
un monstruo negro y gigantesco. Lo vi antes incluso que el guardabosques. Él
venía hacia mí y yo estaba listo para disparar. Sentía la emoción de la caza.
Era un toro magnífico. De pronto, a unos doscientos metros, se detuvo. Estaba
demasiado lejos. Hubiera podido darle, por supuesto, es casi imposible no
acertar a una cosa tan grande; pero cobrarse la pieza resultaría luego muy
engorroso. Además, de haber fallado, habría hecho el ridículo. Así que decidí
esperar hasta que se acercara un poco más. Luego pareció que el animal hubiese
sentido algún ruido extraño y de repente se volvió y salió corriendo a una
velocidad que uno nunca hubiera imaginado en un bicho de esos. En un instante
había desaparecido entre los densos abetos del bosque. Le oí resoplar y piafar
el suelo. Lo perdí de vista. No tengo ni idea de si me había olido o no. En
cualquier caso, se había ido. Luego lo vi otra vez muy a lo lejos. Se me había
escapado.
No sé si fue el extraño aspecto del animal, o Dios sabe qué. El caso es que en
el momento en que el toro se aproximaba, sentí la misma excitación, la misma
sensación febril ante la presa, que se apodera de mí cuando estoy en mi avión,
veo a un inglés y aún tengo que volar cinco minutos hasta darle alcance. La
única diferencia es que el inglés se defiende. Si no me hubiera apostado en ese
lugar elevado del suelo, quién sabe si no habría experimentado otros
sentimientos.
No pasó mucho tiempo hasta que apareció un segundo bisonte. Era también un
bicho imponente y eso me ponía las cosas más fáciles. Esperé hasta que estuvo a
unos cien metros y se mostró en toda su enormidad. Le disparé y le di un tiro
en el lomo. Hindenburg me había dicho un mes antes: «Hay que llevar bastantes
cartuchos encima. Yo he llegado a gastar media docena, estos bichos no mueren
así como así. Su corazón se encuentra tan profundo que la mayoría de las veces
ni lo rozas». Y era cierto. Su corazón, a pesar de que yo sabía exactamente
donde estaba, no lo había tocado. Tuve que repetir. Un segundo disparo, un
tercero y la bestia cayó herida a cincuenta pasos de mí.
Cinco minutos después el monstruo estaba muerto. La cometa sonó indicando el
fin de la batida. Las tres balas le habían entrado justo por encima del
corazón. Tres buenos tiros.
* *
* *
Cuando
nos marchamos, vimos a nuestro paso por la reserva el maravilloso pabellón de
caza del príncipe donde todos los años sus invitados acuden a cazar ciervos en
la época de celo. Luego visitamos el palacio de los Promnitz. Está situado como
en una península, en un paraje hermosísimo a cinco kilómetros de cualquier
signo de presencia humana.
Uno no tiene la sensación de pisar un coto de caza ordinario cuando visita los
dominios del príncipe de Pless. Cuatrocientas mil hectáreas son una reserva
natural entera. Allí viven magníficos ciervos que jamás se dejan ver, ni
siquiera por el guardabosques, y que son cazados de cuando en cuando durante la
época de apareamiento. Se podría rastrear durante semanas sin conseguir ver un
solo bisonte. Durante ciertas épocas del año es imposible encontrar uno. Viven
en secreto y pueden esconderse en lo más recóndito de esa inmensa selva de
bosque y matorral. Nosotros aún pudimos ver algún que otro ciervo de gran
cornamenta y algún que otro magnífico muflón.
Después de dos horas estábamos de vuelta en Pless, justo antes de que cayera la
noche.
§. Aviadores de infantería, artillería y exploración
De no haberme hecho piloto de caza, creo que hubiera elegido ser piloto de
Infantería. Se experimenta una gran satisfacción prestando ayuda directa a las
tropas en apuros. El piloto de infantería realiza una labor muy meritoria.
Durante la batalla de Arrás pude observar cómo estos competentes colegas,
hiciera el tiempo que hiciera, volaban a poquísima altura sobre el enemigo,
facilitando los movimientos de nuestras tropas que tan duramente luchaban.
Entiendo perfectamente que uno pueda apasionarse y hasta gritar ¡ hurra!,
al ver a nuestros soldados desde arriba saltar de las trincheras y lanzarse
cuerpo a cuerpo contra las masas enemigas. Algunas veces, después de un vuelo
de caza, he terminado disparando los cargadores que me quedaban contra las
trincheras enemigas. No es una gran ayuda, pero sé que levanta la moral de los
nuestros.
También he volado como aviador de artillería. Para mí fue algo nuevo lo de
dirigir nuestros cañones usando la telegrafía sin hilos, pero para eso se
necesita un talento especial que yo no tengo. Prefiero combatir. Para volar en
la Artillería lo suyo es pertenecer a esta misma arma y poseer los
conocimientos especiales oportunos.
En Rusia hice vuelos regulares de exploración durante nuestros avances. Allí
fui otra vez de la Caballería y me sentía como si echara a volar en un Pegaso de
acero. Aquellos días con Holck en el frente oriental están entre mis mejores
recuerdos. Pero parece ser que ya no se realizarán por ese lado más avances.
En occidente el piloto de reconocimiento ve algo totalmente distinto a lo que
está acostumbrado a ver «el ojo de la Caballería». Los pueblos y las ciudades,
las líneas de ferrocarril y las carreteras, ofrecen desde el aire un aspecto
tan desolado que parece como si nadie anduviera por aquellos lugares, aunque
existe un enorme tráfico oculto con gran habilidad a los ojos del aviador. Sólo
una vista muy, muy entrenada puede llegar a observar algo desde las
vertiginosas alturas. Yo tengo buena vista, pero dudo que exista alguien que
pueda reconocer claramente alguna cosa en una carretera desde cinco mil metros
de altura. Uno necesita entonces de algo más que los ojos, y ese algo es la
cámara fotográfica. Entonces sacas fotos de todo lo que crees que puede ser
importante, además de lo que te han ordenado fotografiar, claro. Pero luego
llegas al campamento y si la película se ha velado o las fotos no han salido
bien, has hecho el vuelo en balde.
Algunas veces el piloto de reconocimiento se ve arrastrado al combate; sin
embargo, su misión está antes que cualquier pelea. Hay ocasiones en que una
foto es más importante que derribar una escuadrilla entera, por lo que en la
mayoría de los casos estos aviadores no toman parte en la lucha.
Actualmente resulta una tarea difícil realizar buenas exploraciones en el
frente occidental.
§. Nuestros aeroplanos
Como todo el mundo supondrá, nuestros aviones han ido evolucionando en el
transcurso de la guerra. La mayor diferencia que existe es la que hay entre el
aeroplano gigante y el avión de caza.
El avión de caza es pequeño, rápido, ágil; tan ligero que no lleva nada
consigo, sólo las ametralladoras y sus cargadores.
El avión gigante es un coloso creado para llevar todo el peso que pueda
mientras surca grandes distancias. Vale la pena fijarse en un modelo inglés que
capturamos después de que aterrizara en nuestro territorio[75] .
Arrastra una barbaridad de peso, tres mil o cinco mil kilos no son nada para
él. Sus tanques de gasolina son como vagones de tren mismamente. En una cosa
tan grande uno no tiene ya la sensación de estar volando, más bien parece como
que se mueve por tierra; y el vuelo tampoco depende ya del
instinto del aviador, sino de los instrumentos técnicos.
Estas aeronaves tienen un montón de caballos. El número no lo sé exactamente,
pero deben ser varios miles. Cuantos más, mejor. No es imposible que algún día
podamos llevar a divisiones enteras en cosas de estas. Hasta puedes pasear por
dentro de su fuselaje. En una esquina lleva algo increíble: un aparato de
radiotelegrafía con el que pueden comunicar perfectamente con tierra durante el
vuelo. En la otra esquina cuelgan los famosos «salamis», las bombas que tanto
temen los de abajo. Bocas de ametralladoras salen apuntado por todas partes. Es
una fortaleza aérea en toda regla. Las alas están unidas por enormes tirantes y
parecen como galerías de columnas.
No es que me entusiasmen mucho estos gigantes precisamente. Los veo espantosos,
nada deportivos, aburridos y terriblemente torpes. Para mí tiene mucho más
atractivo un avión como « le petit rouge». Con uno así da igual que
vueles de espaldas, de cabeza o de lado; cualquiera que sea la tontería, se
vuela igual que un pájaro. La única diferencia es que no vuelas impulsado por
unas alas como lo hace el halcón, sino por un motor de combustión interna. Creo
que vamos a llegar tan lejos que algún día podremos comprar por dos marcos
trajes de vuelo en los que nos meteremos y subiremos al espacio. En un extremo
tendrán un motorcillo con una pequeña hélice, los brazos los meteremos donde
las alas y las piernas donde la cola; luego daremos un salto para despegar… y a
surcar los aires como pájaros.
Sí, seguro que te ríes, apreciado lector, y yo también me río; pero que se rían
nuestros hijos, eso aún está por ver. También nos hubiéramos reído si alguien
hubiese dicho hace cincuenta años que íbamos a poder cruzar Berlín por el aire.
Todavía recuerdo la expectación que causo el zepelín cuando sobrevoló por
primera vez la ciudad en 1910, y ya ningún berlinés alza la vista cuando una de
esas cosas pasa rugiendo por el cielo.
Además de estas gigantescas aeronaves y de los pequeños aviones de combate,
existen también otros muchos tipos de todos los tamaños. Estamos muy, muy lejos
del fin de las invenciones. ¡Quién sabe qué emplearemos dentro de poco para
adentramos en el azulado éter!
A
MODO DE EPÍLOGO
Hasta aquí el relato que el Barón Rojo hizo de sus hazañas.
Tras
dos meses de permiso Richthofen pudo volver al frente. El 6 de julio de 1917,
mientras perseguía desde cierta distancia a un avión de reconocimiento enemigo,
una bala perdida fue a rebotar contra su cabeza. La bala lo paralizó y lo dejó
ciego durante unos segundos, pero aún pudo aterrizar antes de perder el
conocimiento.
Richthofen terminó de escribir estas crónicas durante los veinte días que duró
su convalecencia en el hospital militar nº 76 en Courtrai, Bélgica. Por
entonces el joven Manfred era ya un toda una celebridad, alguien similar a una
estrella actual del rock o del deporte (El avión rojo de combate se
publicó en vida del autor y pocos días antes de su muerte salía de imprenta
otro texto suyo, un cuaderno de tácticas de combate para pilotos). No había
casa en Alemania que no tuviera una foto de él, ni soldado que no guardase en
el bolsillo de su guerrera una de las estampas que la sección de propaganda
repartía entre las tropas. Los pilotos de combate eran los nuevos héroes, una
insólita raza de jóvenes que luchaban en el cielo a bordo de máquinas antes
nunca vistas; y Richthofen el mejor de todos ellos. El Albatros D.III fue su
arma principal y durante los últimos y sombríos meses de su vida, el triplano
Fokker Dr. I, él avión con el que se convirtió en leyenda.
Tras el accidente el carácter de Richthofen cambió. En tierra se volvió
taciturno y distante, y en el aire, temerario. Era un Richthofen muy distinto
al que escribió estas páginas. Después de cada combate se sentía mal y se
encerraba sin querer ver a nadie. Nunca se recuperaría por completo de la
herida en la cabeza, pero seguiría volando y acumulando victorias.
Un informe del doctor Henning Allmers publicado en 1999 en la revista médica
The Lancet, hablaba de la relación existente entre las secuelas de su herida de
bala y ese brusco cambio de conducta que le arrastraría a la muerte. También el
neuropsicólogo Thomas L. Hyatt afirmaba en un estudio publicado en 2004 en la
revista Humans Factors and Aerospace Safety, que Richthofen sufría «una
“fijación” por la osadía típica de una lesión del lóbulo cerebral delantero».
Manfred se convirtió en un aviador melancólico y temerario que ya ni siquiera
respetaba las reglas fundamentales del combate aéreo. En una ocasión había
escrito a su madre y le hablaba de una muerte «luchando y volando hasta la
última gota de sangre, la última gota de combustible, el último latido del
corazón y el último rugido del motor. Una muerte gloriosa a la salud de [sus]
colegas, amigos y enemigos».
El 21 de abril de 1918, un agotado Richthofen con ochenta victorias a sus
espaldas perseguía a un adversario inexperto sobre las líneas enemigas. El as
alemán comenzó a volar a muy baja altura, situándose peligrosamente al alcance
de la artillería de tierra.
En dos semanas hubiera cumplido veintiséis años.
Sus adversarios lo iban a enterrar con todos los honores.
Una bala le atravesó el corazón y lo hizo inmortal.
APÉNDICE
«Les petits rouges»
(Los aviones del Barón Rojo)
§.
Autor
MANFRED VON RICHTHOFEN, nació el 2 de mayo de 1892 en Breslavia, capital de
Silesia, (hoy Wroclaw, en Polonia). Fue el mayor de tres hermanos y gran
aficionado a los deportes, especialmente la caza y la equitación y estaba
especialmente dotado para los deportes.
Acabo convirtiéndose en un héroe y dirigiendo su propia jasta hasta
que el 21 de abril de 1918, sobrevolando el frente del Somme, entablo combate
con un Sopwith Camel y fue derribado no se sabe muy bien por quién.
Los aliados, a pesar de ser uno de los mejores pilotos alemanes, le dieron un
completo funeral militar incluso con salvas de honor.
Se le confirmaron 80 derribos y a pesar de las controversias con dicho número,
desatadas en estudios posteriores a la guerra sigue siendo el piloto de ambos
bandos con mayor número de victorias.
Notas:
[1] Soldados
de caballería ligera armados de lanza. (Todas las notas son del editor).
[2] Tropas
de caballería al servicio de la casa real.
[3] La
máxima condecoración militar durante el Imperio Alemán, una Cruz de Malta de
color azul con águilas entre los brazos y las palabras « Pour le Mérite»
en la cruz. Tenía carácter elitista y aristocrático, y origen civil, al mérito
en artes y ciencias. Fue abolida en 1918 tras la abdicación del káiser
Guillermo II.
[4] Intermedio.
En italiano en el original.
[5] «Se
fueron». En francés en el original.
[6] Richthofen
se burla de los soldados franceses, cuyo llamativo uniforme, azul y rojo, les
resultó fatídico durante los primeros meses de la guerra.
[7] Se
refiere a los primeros parques de atracciones de Estados Unidos, como el Luna
Park o el Dreamland, abiertos en Coney Island a principios del siglo XX.
[8] La
Fuerza Aérea alemana se estructuró inicialmente en varias unidades de
aviadores. La número 69, en la que se inició Richthofen, operaba en el frente
oriental, y en el occidental, en la número 62, estuvieron los ases Oswald
Boelcke y Max Immelmann.
[9] Georg
Zeumer fue el hombre que enseñó a volar al Barón Rojo. Era dos años mayor que
Richthofen y fue también su primer piloto como observador. En noviembre de 1914
había sido condecorado con la Orden Militar de San Enrique. A Zeumer lo
hirieron en 1916. Mientras lo trasladaban al hospital el vehículo se estrelló y
en el accidente él se rompió el fémur. La fractura no soldó bien y le dejó una
mala cojera de por vida. Zeumer derribó cuatro aviones enemigos y murió en
combate en 1917.
[10] Erich
Graf Holck era un joven capitán de Caballería que además había logrado algunos
éxitos en carreras de automovilismo antes de la guerra. Richthofen y él harían
buenas migas.
[11] Richthofen
vivió sus primeras experiencias como observador-tirador a bordo del biplano de
reconocimiento alemán Albatros C.I, introducido en 1915. Tenía un motor de seis
cilindros Mercedes D.III de 160 cv refrigerado por agua y alcanzaba una velocidad
de 140 km/h, con un techo de servicio de tres mil metros. Iba armado con una
ametralladora Parabellum de 7,92 mm.
[12] El
célebre casco prusiano rematado en pincho.
[13] La
Guardia Prusiana estaba formada por combatientes elegidos entre los mejores
soldados alemanes.
[14] Era
costumbre entre los pilotos de la primera guerra mundial tener una mascota que
los acompañaba a todas partes. El Barón Rojo también tuvo una, Moritz, un dogo
alemán del que nos habla más adelante.
[15] Literalmente, Grosskampfftugzeug.
Los primeros aviones alemanes tipo G, es decir, de observación y bombardeo.
Eran muy grandes —más de 20 metros de envergadura—, poco veloces y torpes de
maniobrar. En desarrollos posteriores sólo serían utilizados en raids
nocturnos.
[16] Posiblemente
un Farman MF.11 biplaza, aeroplano de reconocimiento y bombardero ligero
fabricado por los hermanos Farman. Henri y Maurice Farman fueron pioneros en el
diseño de aviones y motores, y construyeron más de doscientos aparatos entre
1908 y 1941, entre ellos el avión de pasajeros Goliat, ideado en 1919
originalmente como bombardero.
[17] Se
le llama así al combate aéreo entre dos aviones porque parecen dos perros
persiguiéndose el uno al otro. Se trata de alcanzar una posición de ventaja
colocándose lo más cerca de la cola del adversario para tenerlo en el punto
mira y abrir fuego contra él. La mayoría de los aviones de caza iban armados
por la parte delantera y los pilotos apuntaban a la parte trasera del avión
enemigo; aunque en este caso, volando Richthofen en un bombardero de dos plazas
como observador-tirador, la técnica era distinta.
[18] Estos
cazas se hicieron célebres por ser los primeros aviones alemanes en incorporar
la tecnología que permitía al piloto ser también el tirador y disparar una
ametralladora frontal de forma sincronizada con el paso de la hélice. Se
evitaba así destrozar las palas o que alguna bala rebotara contra el piloto
hiriéndolo (el punto flaco del sistema de hélice blindada ideado meses antes
por el aviador francés Roland Garros). Esta innovación de 1915 supuso para
Alemania una gran ventaja en el aire.
[19] Oswald
Boelcke fue uno de los más importantes pilotos, líderes y estrategas de los
primeros años del combate aéreo. Formuló ocho reglas básicas sobre el combate
conocidas como la « Dicta Boelcke». Fue el mentor de Richthofen,
quien siempre le profesó una gran admiración. Logró cuarenta victorias
confirmadas. Se le considera el padre de la Fuerza Aérea alemana
[20] Literalmente, Riesenflugzeug,
aviones tipo R. El modelo original alemán fue el Zeppelin-Staaken VGO I, que
voló por primera vez en abril de 1915 y recibió modificaciones en otoño de ese
mismo año. Tenía más de 40 metros de envergadura, tres motores Maybach de 235
cv —uno en el morro, dos entre las alas—, dos góndolas para artilleros y
capacidad para siete tripulantes.
[21] Richthofen
volaba entonces con un Albatros C.III de una sola ametralladora (la del
observador-tirador) al que le instala por su cuenta otra sobre el ala superior,
a la manera del Nieuport 11 francés. Fuera resultado o no de su experimento, al
Albatros C.III pronto se le equipó con dos ametralladoras, la delantera
sincronizada con la hélice.
[22] Cuando
Richthofen terminó de escribir estas crónicas en el verano de 1917 tenía
veinticinco años y cincuenta y dos victorias en su haber. El día en que cayó
derribado, 21 de abril de 1918, había sumado un total de ochenta.
[23] Posiblemente
el Caudron G.4, un bombardero francés de cola enrejada capaz de alabear las
alas para inclinarse. Fue diseñado por los hermanos Caudron en 1915. Estaba
propulsado por dos motores rotativos Le Rhône de nueve cilindros, o Anzani de
diez, y era capaz de transportar hasta cien kilos de bombas.
[24] «Cayó
desde tres mil metros de altura con una bala en la cabeza. Una muerte
gloriosa», le confesaba Richthofen a su madre en una carta.
[25] En
el motor rotativo, con los cilindros dispuestos de forma radial, el cigüeñal
permanece fijo y el motor entero gira a su alrededor. Fue un diseño muy
utilizado antes y durante la guerra para propulsar aviones (y algunos coches y
extrañas motos). Su mayor ventaja estaba en la relación peso-potencia, por lo
que en principio fue destinado a los aviones de caza.
[26] El
Fokker Eindecker se convirtió en el azote de las fuerzas aéreas aliadas a
mediados de 1915. Este monoplano tuvo cuatro variantes. La última, el E.IV,
incorporaba un motor rotativo Oberursel U.III de 14 cilindros y 160 cv de
potencia, e iba armado con hasta tres ametralladoras sincronizadas con la
hélice. El Eindecker, junto con el Fokker D.II y el Halberstadt D.II, fueron
utilizados por las escuadrillas de caza alemanas hasta la llegada de los
superiores Albatros, en el verano de 1916.
[27] Los
aviones alemanes tipo C eran biplazas de reconocimiento; los tipo G, grandes
bombarderos; los tipo D, cazas de un solo asiento.
[28] Richthofen
coleccionaba como trofeo las insignias aéreas de los aviones que derribaba.
Además, tenía la costumbre de encargar una copa de plata por cada victoria, con
la fecha y todos los detalles grabados en ella.
[29] Boelcke
fue el primer piloto alemán, junto con Max Immelmann, que recibió la medalla
Pour le Mérite, en enero de 1916.
[30] El
biplano inicial de la escuadrilla de Oswald Boelcke fue el Albatros D.II,
introducido en agosto de 1916; era el mejor caza alemán del momento. Entre sus
características destacaban una mayor amplitud de la cabina y alas
reposicionadas para mejorar la maniobrabilidad y la visibilidad. Montaba un
motor Mercedes D.III a de 6 cilindros en línea refrigerado por agua, que
desarrollaba 160 cv. Iba armado con dos ametralladoras de 7,92 mm.
[31] La
célebre escuadrilla de caza Jagdstaffel nº 2, o Jasta2.
[32] Al
desesperado Erwin Böhme el sentimiento de culpa casi lo empuja al suicidio. Lo
encontraron poco después en el campamento, pistola en mano contra la sien. El
accidente lo marcó para siempre. El teniente Böhme consiguió veinticuatro
victorias y la cruz Pour le Mérite. Murió en combate en noviembre de 1917.
[33] Max
Immelmann, El Águila de Lille, sumó quince victorias y fue
condecorado con la cruz Pour le Mérite, que en su honor comenzó a
ser conocida popularmente como la Blauer Max o Max Azul. Dio
nombre a una táctica de combate aéreo y a una maniobra acrobática.
[34] El
de Johanistal, cerca de Berlín, fue el primer aeropuerto civil de Alemania.
Inaugurado en 1909.
[35] Hans
Imelmann logró seis victorias antes de pasar a la historia como el primer as
del aire alemán derribado. Tenía entonces diecinueve años.
[36] El
comandante Lanoe Hawker era por entonces el aviador inglés con más aparatos
alemanes derribados (siete) y había recibido por ello la Cruz Victoria, la
máxima condecoración británica. Era un piloto sobresaliente, pero acabó
convertido en el undécimo trofeo de Richthofen. Fue abatido tras un ardoroso
combate donde peleó con valentía pese a volar en un anticuado De Havilland DH.2
de cola enrejada y hélice trasera, inferior a todas luces al Albatros D.II del
Barón Rojo.
[37] Ésta
y siguientes, en inglés en el original.
[38] La Jasta 2
fue renombrada Jasta Boelcke en diciembre de 1916 en honor de
su comandante original. La escuadrilla continuó en activo hasta su disolución
en 1918.
[39] En
enero de 1917 Richthofen iba a estar al frente de su propia escuadrilla,
la Jasta 11, y pocos meses después sería comandante del Jagdgeschwader 1
(JG 1), el primer ala de caza de la historia. El JG 1 fue creado en junio de
1917 agrupando las Jastas 4, 6, 10 y 11. Sería conocido como
el «Circo Volador», y no sólo por los vivos esquemas de colores de sus
aeroplanos: la unidad, como si se tratase de un circo ambulante, se trasladaba
en ferrocarril de un punto a otro del frente, allí donde fueran necesarios,
funcionando con total independencia.
[40] «El
pequeño escarlata». En francés en el original.
[41] Probablemente
un biplano Vickers F.B.14, modelo que durante un tiempo sufrió las limitaciones
del motor Beardmore 160, un seis cilindros de refrigeración líquida. Más tarde
se le montaron otros alternativos, como los potentes y fiables Rolls-Royce Eagle
Mk IV de doce cilindros en uve y 250 cv.
[42] Ésta
y siguientes, tal cual en el original.
[43] Las
balas trazadoras llevan una pequeña carga pirotécnica en su base que se
enciende al ser disparada y las hace visibles, lo que permite al tirador seguir
la trayectoria del proyectil y afinar la puntería.
[44] El
teniente Karl Emil Schäfer fue miembro de la Jasta 11 de
Richthofen y sumó treinta victorias confirmadas, la mayoría logradas durante el
Abril Sangriento, y por las que recibió la Max Azul. Murió en combate el 5 de
junio de 1917 a manos de los ases británicos Harold Satchell y Thomas Lewis.
Tenía veinticinco años. Dejó escrito un librito autobiográfico, Vom
Jäger zum Flieger ( De soldado a piloto)
[45] La
Línea Siegfried o Línea Hindenburg, como fue conocida por los aliados, era un
vasto sistema de trincheras y fortificaciones construido al noroeste de Francia
por los soldados alemanes, durante el invierno de 1916-1917. La idea de
construir la Línea partió del mariscal Paul von Hindenburg y del general Erich
Ludendorff, los dos hombres a la cabeza del Estado Mayor.
[46] Werner
Voss fue otro de los grandes ases del aire alemanes. Con cuarenta y ocho
victorias confirmadas fue el cuarto piloto alemán más exitoso de la guerra. En
la Jasta Boelcke voló como escolta de Richthofen y
posteriormente fue comandante de la Jasta 10. Recibió la
Orden Pour le Mériteen abril de 1917 y murió en combate con tan
sólo veinte años, a manos del escuadrón «anti-Richthofen».
[47] Lo
que acontece a partir de este capítulo se encuadra dentro del llamado Abril
Sangriento, durante la batalla de Arrás (del 9 de abril al 16 de mayo de 1917).
En aquellas pocas semanas la escuadrilla de Richthofen causó estragos entre los
aviones aliados. La Jasta 11 estaba por entonces en su mejor
momento, más experimentada y mejor equipada; la superioridad aérea alemana era
aplastante y las bajas aliadas aumentaron drásticamente.
[48] Por
entonces Richthofen había recibido ya el nuevo Albatros D.III, el sesquiplano
—un ala significativamente más estrecha que la otra— que iba a dominar el Abril
Sangriento. Diseñado por Robert Hielen, el D.III ofrecía mejor ascenso,
maniobrabilidad y visibilidad que el D.II, pero tenía un defecto en su
estructura que generaba una problemática tensión en el ala inferior (el mismo
Richthofen sufrió una fractura del ala en enero de 1917, sin consecuencias
personales). Como en el Albatros D.II, el fuselaje era de madera contrachapada.
Equipaba un motor Mercedes de seis cilindros en línea y refrigeración líquida,
de 170 cv, capaz de alcanzar los 175 km/h; y montaba dos ametralladoras Spandau
de 7,92 mm.
[49] Kurt
Wolff, treinta y tres victorias y la Max Azul en su haber. Wolff era muy
supersticioso —como la mayoría de los pilotos— y jamás volaba sin su gorro de
dormir de la suerte. Murió en combate el 15 de septiembre de 1917, tenía
veintidós años. Aquel día no llevaba consigo su talismán.
[50] El
sargento Sebastian Festner logró sumar doce victorias y recibió la Cruz de
Hierro y la Orden de Honhenzollern al mérito militar.
[51] En
francés en el original
[52] En
francés en el original
[53] Richthofen
lo define más adelante como «de cola enrejada». Es muy probable que se tratara
de un obsoleto RAF F.E.2, un biplano de hélice trasera fabricado por la Royal
Aircraft Factory en 1911 y modificado para la guerra años después.
[54] El
escuadrón nº 56 de la Real Fuerza Aérea británica fue destinado a Francia en
abril de 1917 y pronto corrió el rumor, suscitado por las novísimas máquinas
que utilizaban sus muy experimentados pilotos, de que se trataba de una unidad
de élite creada para acabar con Richthofen.
[55] El
SPAD S.VII, un monoplaza muy robusto y maniobrable, fue el primer avión militar
de éxito de la compañía francesa. Las primeras unidades volaron en manos de
pilotos aliados en septiembre de 1916. Su ligero fuselaje estaba revestido de
tela casi por completo. Equipaba un fiable motor Hispano-Suiza de ocho
cilindros y 180 cv, capaz de alcanzar los 200 km/h. Iba armado con una sola
ametralladora, una Vickers del calibre .303.
[56] El
teniente Karl Allmenröder logró treinta victorias antes de ser derribado el 27
de junio de 1917, a la edad de 21 años. Karlchen, como lo llamaban
sus compañeros de la Jasta 11, era estudiante de medicina y
había sido artillero en las trincheras antes de pasarse al cuerpo aéreo. Fue
condecorado con la Cruz de Hierro y con la Orden Pour le Mérite.
[57] Por
entonces habían hecho aparición los nuevos triplanos Sopwith. Los ingleses
habían construido un avión más ligero, rápido y con mayor techo de servido que
el Albatros D.III. Los fabricantes alemanes quedaron tan impresionados con el
triplano inglés que inmediatamente iniciaron el desarrollo de prototipos. De
aquel trabajo de ingeniería iba a nacer el avión que quedaría ligado para
siempre al Barón Rojo en la imaginación colectiva: el Fokker Dr. I.
[58] Richthofen
no atacaba a quienes rechazaban su reto y hasta cierto punto, permitía que los
adversarios heridos se retirasen.
[59] Richthofen
tuvo que marcharse con un «permiso» obligatorio indefinido. Con cincuenta y dos
victorias hasta el momento, había apurado su suerte al máximo —sólo en el Abril
Sangriento había derribado veintiún enemigos—, o al menos así lo creía el mando
militar, que prefería la propaganda de un héroe alemán vivo a la de uno muerto
Richthofen no regresaría al frente hasta mediados de junio de 1917.
[60] El
cuartel general de Guillermo II estaba en Kreuznach, Renania (Alemania) a unos
650 km de Douai, Paso de Calais (Francia).
[61] Konstantin
Krefft fue oficial técnico en la Jasta 11 y después en el JG1.
Derribó dos aviones y murió poco después de la guerra.
[62] Ernst
von Hoeppner, general de Caballería al mando de la Fuerza Aérea alemana de 1916
a 1919. La Caballería había quedado obsoleta a finales del siglo XIX, tras la
aparición de la ametralladora. Con el estallido de la guerra, la mayoría de los
oficiales del arma encontraron un nuevo destino en la recién creada Fuerza
Aérea.
[63] Las
hélices de los aviones estaban construidas de madera laminada, una solución
ideada hacia 1909 por el ingeniero francés Lucien Chauvière. La primera
hélice Intégrale, como se le denominó, impulsó el histórico vuelo
del Blériot XI a través del canal de la Mancha.
[64] Las
Milicias Juveniles surgieron en el Imperio Alemán en 1890 como organizaciones
de formación militar y experimentaron un gran auge durante la guerra.
[65] En
inglés en el original.
[66] El
Taube fue uno de los más populares aviones de antes de la guerra, inconfundible
por su aspecto de pájaro. Lo diseñó el inventor austríaco Igo Etrich y fue
construido en masa por multitud de fabricantes. Su forma alar remite a la de
las aves planeadoras o a la de algunas sámaras, y su cola era como de paloma.
Voló entre 1910 y 1914. Fue utilizado como avión-escuela y rudimentario
caza-bombardero, cuyas únicas armas eran las que pudieran llevar encima el
observador-tirador y el piloto mismo (pistolas, fusiles y bombas de mano).
[67] Durante
la guerra los mandos prohibieron el uso del paracaídas para evitar que los
pilotos saltaran a las primeras de cambio evitando el combate. Un piloto debía
permanecer en su avión. El uso del paracaídas era considerado una salida fácil
y poco valerosa para salvar el pellejo.
[68] Soldados
que hacían el servicio alternativamente a pie o a caballo.
[69] El
francés Adolphe Pégoud fue el primer as de la historia y el primer aviador en
hacer el looping y otras piruetas. Antes de la guerra fue
piloto de prototipos para Louis Blériot y más tarde ejerció como observador,
piloto de combate e instructor de vuelo.
[70] Albert
Ball fue uno de los más grandes pilotos de caza británicos, con cuarenta y
cuatro victorias reconocidas. De carácter tímido y reservado, estudiante de
ingeniería y amante del violín y de las plantas, Ball destacó por su valor y
pericia a los mandos del Nieuport 11, apodado Bebé por su
pequeño tamaño. Fue un combatiente nato y recibió la Cruz Victoria de manera
póstuma. Murió en combate con apenas veinte años.
[71] Existe
cierta controversia respeto a esta afirmación, porque según los historiadores
Ball no volaba en un triplano el día de su muerte, sino en un caza biplano SE5.
De hecho, hay toda una teoría sobre la «verdad» del encuentro entre Lothar y
Albert Ball.
[72] Lothar
sumaría un total de cuarenta victorias y sobreviviría a la guerra, pero por
poco tiempo. En 1922 moría en un accidente de avión comercial.
[73] Hans
Heinrich XV, tercer príncipe de Pless, gran amigo y ayudante del Káiser durante
la guerra.
[74] La
Revolución de Febrero había conseguido que Nicolás II, el último zar de Rusia,
renunciase al trono en marzo de 1917, poniendo fin a la dinastía Romanov y
abriendo el camino hacia una república.
[75] Un
Handley Page O/400 que aterrizó de emergencia en las cercanías de Luxeuil,
Francia, a principios de 1917. El HP fue el mayor bombardero construido en el
Reino Unido y uno de los aviones más grandes del mundo. Frederick Handley Page
diseñó un biplano con una superficie alar de 153 m2, propulsado por
dos motores Rolls-Royce Eagle VIII de 360 cv cada uno, capaz de volar durante
ocho horas y con capacidad para hasta cinco tripulantes. Iba armado con cinco
ametralladoras Lewis de 7.7 mm y podía llevar hasta 750 kg de bombas.

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