© Libro N° 6222.
Breve Historia De Simon Bolivar. Barletta Villaran, Roberto. Emancipación. Julio 13
de 2019.
Título
original: © Breve Historia De Simon Bolivar. Roberto Barletta Villaran
Versión Original: © Breve Historia De Simon Bolivar. Roberto Barletta
Villaran
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
http://www.librosmaravillosos.com/brevehistoriadesimonbolivar/index.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión
cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a
Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente
educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de Imagen original:
http://www.librosmaravillosos.com/brevehistoriadesimonbolivar/index.html
BREVE HISTORIA DE SIMON BOLIVAR
Roberto Barletta Villaran
CONTENIDO
La
forja de un libertador
Del
amanecer al ocaso
Revolución:
gloria y horrores
Triunfo,
realidades y frustraciones
El
fantasma de Bonaparte
Epílogo.
Bibliografía
A
María Consuelo Villarán Spagnol,
por su fervor por la lectura y su pasión por escribir,
mi amada madre y mi compañera de viaje.
A Irene Mineko, por nuestro querido Angelo Doménico,
un pequeño sabio en un mundo de caminantes.
Capítulo
1
La forja de un libertador
Contenido:
1. Los
Bolívar: historia y raíces
2. Dueño
de sus deseos
3. ¿Aprendiz
de brujo?
4. Fantasías:
metrópoli y vida cortesana
5. Una
sombra llamada María Teresa
6. Alma
y motivaciones
7. En
busca de un destino
§. Los Bolívar: historia y raíces
Esteban
Palacios firma la carta, luego la relee con detenimiento y espolvorea secante
sobre la tinta fresca. La misiva tiene el cometido de informar a su padre, don
Feliciano Palacios, sobre el avance detallado de sus gestiones ante la Corte de
Madrid. Esteban ha recibido un encargo de larga data, incluso su presencia en
la metrópoli española se había justificado por aquella solicitud en beneficio
de sus dos sobrinos, los dos hijos varones de Concepción Palacios y de Juan
Vicente de Bolívar y Ponte.
El encargo dado a Esteban nacía de un deseo imperecedero de los Bolívar:
realizar las gestiones para obtener para los niños Bolívar los títulos de
nobleza que enaltecieran su apellido. Para el primogénito de los Bolívar, Juan
Vicente, como su padre, se estaba gestionando el marquesado de San Luis y para
el pequeño Simón se esperaba tener el título de conde de Casa Palacios. Lo que
jamás hubiera imaginado Esteban Palacios era que estaba tramitando un título de
conde de la más rancia monarquía a quien sería el libertador de medio
continente americano y el autor de una de las guerras más cruentas que haya
conocido la historia.
Al fondo, a la izquierda, fachada de la casa natal de Simón Bolívar, el que
sería el Libertador, en Caracas. A la derecha, el Museo Bolivariano.
Desde
1737, Juan de Bolívar —abuelo de quien sería el Libertador Simón Bolívar— había
decidido obtener títulos de nobleza para su familia. Los Borbones habían puesto
a la venta privilegios nobiliarios que permitirían a los españoles americanos
incrementar su estatus social y su posición en las colonias. Para acceder a
ellos, Juan de Bolívar depositó 22.000 doblones de oro en las arcas de los
frailes de San Benito, orden beneficiaria del marquesado de San Luis. Pero
ahora, ya en 1792, el trámite ha resultado intrincado y penoso, el abuelo y el
padre de Simón han muerto sin ver título nobiliario alguno y Esteban Palacios
tiene a su cargo aquel trámite endemoniado que exige, además de los doblones
pagados para la gracia real, acreditar una pureza de sangre que sus sobrinos no
tienen: y es que en la sangre y abolengo hispanos de los Bolívar había sangre
negra cruzada, sangre que debía ocultarse, que debía disimularse.
Los Bolívar habían ocupado cargos de importancia desde su llegada al Nuevo
Mundo. En la península, en el lejano sigloXIII, la familia feudal de los
Bolívar defendió con tenacidad sus derechos ante las pretensiones de la realeza
castellana. Al final, en el año de 1470, los ejércitos reales redujeron a los
feudatarios rebeldes de Vizcaya y la torre señorial de los Bolívar fue
desmantelada y menoscabado su poder. Uno de los descendientes de esta orgullosa
estirpe localista decide emanciparse y viaja a la recién conquistada América.
Este viajero lleva el mismo nombre de su famoso descendiente: Simón Bolívar
llamado el Viejo, que llega primero a Santo Domingo entre 1550 y 1560, para
llegar luego a Santiago de León de Caracas, provincia de Venezuela.
Desde su llegada, Bolívar el Viejo se hace notar por su ascendencia sobre los
demás colonos, se gana la confianza de los caraqueños y pronto se le envía a
España para llevar peticiones a favor de las colonias americanas. En esas
circunstancias, Bolívar el Viejo aprovecha para obtener el permiso de importar
varias toneladas de esclavos al año y para solicitar información sobre el
linaje de su familia. Entonces, en julio de 1574, Bolívar recibe la respuesta
esperada: su sangre es noble, y desde entonces luce con el orgullo de su
estirpe vasca el apelativo de rigor. Ahora se haría llamar Simón de Bolívar.
En 1593, su hijo, otro que llevó orgulloso el nombre de Simón, recibió la
encomienda de los indios de Quiriquire en el valle de San Mateo y ahí se fundó
la hacienda que sería el lugar preferido de la familia hasta el sigloXVIII.
Pero para ese siglo los Bolívar ya habrán nutrido su sangre vasca con las
sangres oriundas o florecidas en el Nuevo Mundo.
Todo comenzó con Josefa Marín de Narváez, bisabuela del Libertador, quien había
sido la hija natural de un tal Francisco Marín de Narváez y una mujer de quien
casi no se tiene referencia, sólo que era una «doncella principal» —como así la
nombra el propio Marín—, pero cuyo nombre calla «por decencia». ¿Cómo la hija
de esta relación, y en aquel siglo, entró a formar parte de una familia tan
notable como la de los Bolívar?
En 1663, Francisco Marín compró a la Corona las minas de Cocorote y el señorío
de Aroa, lo cual le generó una notable fortuna. En 1668 nació Josefa y cinco
años más tarde, al morir Francisco Marín en Madrid, legó todos sus bienes a la
pequeña. Los sucesos se dieron entonces como consecuencia de la riqueza
heredada inesperadamente por Josefa. Según el testamento dejado por Marín, su
hermana se haría cargo de la tutela de Josefa, sin embargo, el alcalde
ordinario entregó la niña a Pedro Jaspe, alguacil mayor de la Inquisición y
alcalde de Caracas.
El padre del Libertador, don Juan Vicente de Bolívar y Ponte, nació en la
Victoria el 15 de octubre de 1726, y murió el 19 de enero de 1786. El retrato
perteneció a don Gabriel Camacho Clemente.
Apenas
cumplidos los trece años, Pedro Jaspe rápidamente casó a Josefa con su sobrino,
un tal Pedro Ponte.
Ponte
declara sinceramente en su testamento que cuando contrajo matrimonio con Josefa
no tenía «caudal ni bienes algunos», y describió a continuación las varias
haciendas, múltiples esclavos y casas aportados por su acaudalada mujer al
matrimonio.
Pedro Ponte y Josefa Marín fueron los padres de María Petronila de Ponte y
Marín de Narváez, quien sería la esposa de Juan de Bolívar. Esta unión fue el
origen indudable de buena parte de la fortuna familiar de los Bolívar, pero
también del aspecto mestizo y mulato del Libertador, aspecto que daría lugar a
que más de uno lo tratara de «zambo». Juan de Bolívar, quien había soñado y
pagado por títulos nobiliarios para su estirpe, había sembrado con su
matrimonio el mayor obstáculo para lograrlos.
La familia Bolívar era pues paradigma de españoles americanos: celosos de las
tradiciones hispanas, leales al rey y a la fe católica, aristócratas,
enormemente ricos y blancos hasta donde las circunstancias de vivir en las
colonias lo habían permitido. De dicha casa y heredad, de donde sólo podía
esperarse lealtad al rey, nacería paradójicamente quien sería la cabeza de la
rebelión de las colonias americanas.
Juan Vicente de Bolívar y Ponte, nacido en 1726 y futuro padre del Libertador,
vivía en Caracas, en la casa heredada de doña Josefa. Era un hombre de buen
talante, de facciones suaves y profundos ojos oscuros. La fortuna heredada de
los Bolívar y los Ponte le dieron una vida amplia y disipada. A los veintiún
años fue elegido diputado caraqueño en España y se pasó cinco años en la Corte
madrileña. A su regreso a Venezuela, fue gobernador, juez, comandante de la
Compañía de Volantes del río del Yaracuy, coronel del batallón de Milicias de
Voluntarios Blancos de los Valles de Aragua y oficial de la Compañía de Nobles
Aventureros.
Pero Juan Vicente de Bolívar fue también un hombre de su tiempo, época en la
cual los españoles americanos veían a la Corona cada vez más lejana de sus
propios intereses. Juan Vicente y los nobles de Caracas protestaron entonces
contra los ultrajes que decían recibir del intendente y su repulsa iba incluso
contra «todo pícaro godo», y añadían que el procónsul español «sigue tratando a
los americanos, no importa de qué estirpe, rango o circunstancias, como si
fuesen unos esclavos viles».
Entre los aristócratas venezolanos había un resentimiento con la Corona,
animado por el desconocimiento hacia su clase y privilegios, así como por todo
aquello que consideraban como mal gobierno. Desde una visión actual podríamos
llamarlos reformistas que se quejaban por «el lamentable estado de esta
provincia», pero que proclamaban la prudencia y evitar inconcebibles excesos
como los de Túpac Amaru en el Cuzco o los de José Antonio Galán en Santa Fe.
Retrato de María de la Concepción Palacios de Aguirre y Ariztía-Sojo y
Blanco (1758-1792), madre de Simón Bolívar, que recibió una educación esmerada
y al quedar viuda se hizo cargo de la administración de los bienes familiares.
Pero
además de estos asuntos, en la mente de quien sería el padre del Libertador
Simón Bolívar había también otros menesteres mucho más carnales. En el momento
de testar, Juan Vicente deja pagadas nada menos que dos mil misas para poder
gozar de la salvación eterna. Y es que durante su larga soltería prolongada
hasta los cuarenta y seis años, Juan Vicente mereció que el virtuoso obispo
caraqueño, Diego Antonio Díez Madrileño, le abriera un expediente por su
conducta y desmanes pecaminosos. En 1765, el obispo había recibido múltiples
denuncias de mujeres solteras y casadas en contra de Juan Vicente, a quien
acusaban de valerse de su autoridad y poder para obtener sus favores sexuales;
el padre de quien sería el Libertador de América vivía sin desposarse con una y
otra mujer, pero además forzaba bajo amenazas a toda aquella dama con la que se
encaprichaba, fuera ésta casada, virgen o viuda vestida con penas y lutos. El
obispo censuró la conducta de Juan Vicente y lo amonestó en privado, evitando
siempre el escándalo.
El
culpable entonces contrajo nupcias con una dama de nombre Concepción Palacios.
En realidad, una niña de catorce años.
§. Dueño de sus deseos
Simón
José Antonio de la Santísima Trinidad de Bolívar, o Simoncito para sus
allegados, nació el 24 de julio de 1783. Era el cuarto de las dos niñas y dos
niños que tuvo Juan Vicente de Bolívar con Concepción Palacios. Las mayores
eran María Antonia y Juana, los vástagos menores fueron bautizados como Juan
Vicente y Simoncito. Físicamente el pequeño Simón se parecía a la mayor de sus
hermanas; ambos tenían la tez pálida y los cabellos oscuros como el padre. En
cambio, Juana y Juan Vicente eran sonrosados y de cabellos más claros.
La
advocación a la Santísima Trinidad en el nombre de Simoncito era tradicional en
la familia por influencia de don Pedro Ponte; este último había donado una
capilla a la Catedral de Caracas dedicada al Santo Misterio y había construido
una iglesia dedicada a la Trinidad, que se terminaría de construir precisamente
el año en que nació el pequeño Simón. Pareciera que este hecho fortuito fue
auspicioso para la fortuna del pequeño: fue bautizado por su tío y a la vez
sacerdote, Juan Félix Jerez Aristeguieta y Bolívar, dueño de una fortuna
importante, una gran casa en Caracas —entre la catedral y el palacio del
obispo— y de cuatro haciendas que sumaban 125 000 árboles de cacao, con su
respectiva esclavitud.
El
clérigo pone al pequeño Simón delante en la lista de los posibles beneficiarios
a heredar todos sus bienes. De ese modo, Simoncito recibe una gran fortuna
antes de haber cumplido los tres años. Pero era como si esa riqueza inesperada
e inaudita estuviera conspirando contra el futuro señalado por el destino.
El
testamento conlleva una serie de obligaciones: que su beneficiario mantenga y
haga crecer la devoción por el misterio de la Concepción; que se case «con
persona noble e igual»; que le ponga a su hijo «Aristeguieta» como apellido
materno en honor al testador; que no admita en la posesión de la herencia a
ningún clérigo ni a hijo ilegítimo; y que el beneficiario habite la casa en
Caracas que había sido la morada del testador. Todo aquello no era difícil de
cumplir; pero luego establece sanciones: excluye «del goce y posesión de este
vínculo a todo aquel que por su desgracia cayere en el feo y enorme delito de
lesa majestad divina o humana», y si ello ocurriere estando en posesión de la
herencia, ordena sea separado de su goce y haber. En otros términos, Simón
Bolívar, para mantener el goce de la fortuna heredada, debía mantenerse fiel a
Dios y a la suprema majestad del rey de España.
En
cuanto a la madre de Bolívar, una apenas púber Concepción Palacios, era de
familia de abolengo pero de escasa fortuna. Frente a los 258 500 pesos —sin
contar el valor de varias haciendas— aportados por su marido al matrimonio,
ella sólo aportó dos esclavas. Concepción era de tez blanca y a decir de sus
pocos escritos conocidos, era mujer práctica y se llegó a convertir en una
buena administradora de los bienes familiares. Desde que nació Simoncito,
Concepción le solicitó a una amiga íntima, doña Inés Mancebo de Miyares, que
amamantara al pequeño mientras le conseguía ama de cría.
Doña
Inés Mancebo, que era cubana y de una fidelidad absoluta al rey de España,
jamás habría imaginado que muchos años más tarde —en 1813—, ese pequeñuelo que
lactaba entre sus brazos, impediría que todos sus bienes fueran confiscados
durante la independencia por haberse alimentado de su pecho.
El ama de cría de Simoncito fue una esclava negra de nombre Hipólita; ella fue
en realidad quien despertó en el pequeño, en el adolescente y en el hombre, un
verdadero sentimiento filial. Bolívar recordaría siempre los cuidados
prodigados por Hipólita durante su infancia en la hacienda de San Mateo. Así le
escribiría a su hermana María Antonia en 1825:
Te
mando una carta de mi madre Hipólita para que le des todo lo que ella quiere;
para que hagas por ella como si fuera tu madre: su leche ha alimentado mi vida,
y no he conocido otro padre que ella.
Si
bien no puede desconocerse la autenticidad del sentimiento que expresa Bolívar,
sí debe tomarse en cuenta el excesivo brillo que el Libertador le pondrá
siempre a sus palabras y gestos. Y es que el primer biógrafo de Bolívar fue el
mismo Bolívar, él creó y plasmó el mito de Simón Bolívar. Su visión romántica,
hiperbólica e histriónica de sí mismo y de su vida quedaría plasmada en cartas,
discursos, documentos y anécdotas. Todos ellos no nos llevan al Bolívar
histórico, sino a un Bolívar mítico que su propio autor creó; a la imagen de
Bolívar, tal como él deseaba pasar a la posteridad.
Habremos pues de pasar un tamiz sobre la retórica de Bolívar, para tratar de
llegar a su verdadera personalidad y carácter. Deberemos filtrar aquello que el
Libertador subrayó y exageró para acercarnos a sus verdaderas motivaciones. Y
es que si viéramos a Bolívar como a un moderno vendedor de su imagen, habría
que decir que se excedió y que terminó siendo visto como soberbio e
insufriblemente egocéntrico.
Pero por ahora Bolívar es Simoncito y de pronto su mundo cambiará bruscamente.
Su padre había fallecido el 19 de enero de 1786, cuando él contaba menos de
tres años. Desde entonces Concepción se había hecho cargo de la hacienda
familiar y de la administración de la fortuna de cada uno de sus hijos. Pero el
esfuerzo que ello conllevaba se tropezó con su débil salud y era poco el tiempo
que la mujer podía prodigarle a sus cuatro vástagos, por lo que tuvo que
recurrir a la asistencia de su padre y a la de sus dos hermanos, Esteban y
Carlos Palacios.
Concepción organizaba el mundo de Simón y su madre Hipólita se hacía cargo de
brindarle sus preciados afectos. Entonces y, de repente, el 6 de julio de 1792
fallece Concepción y para Simoncito este hecho significó el resquebrajamiento
total de su entorno personal. Don Feliciano Palacios, padre de Concepción, se
convirtió en el cabeza de familia y los Bolívar se vieron sujetos al poder de
los Palacios.
Don Feliciano empezó por dar en rápido matrimonio a sus dos nietas; no
representaba beneficio alguno tenerlas consigo y exigían más bien una
supervisión especial. Así que a María Antonia, de quince años, la casó con
Pablo Clemente Palacios; y a Juana, de sólo trece, con Dionisio de Palacios
Blanco.
El pequeño Simón vio cómo su madre ya no estaba y sus hermanas lo dejaban; su
mundo se desmembraba y su tutoría quedaba en manos de la aridez del abuelo. Más
adelante, ya de adulto, Bolívar se referiría sólo muy vagamente a su madre. Era
como si la culpara de haberlo dejado sin afectos femeninos.
Así, la única «madre» que Simoncito conoció fue su esclava Hipólita. Pero
aquella era una «madre» que a la vez era esclava y por lo tanto estaba
subordinada a los deseos y caprichos del niño de la casa. Era una «madre» que
no podía suplir a una verdadera madre que sabe sumar al afecto, el rigor.
Simoncito se acostumbró al gobierno de su propia voluntad y al predominio de
sus deseos.
Esto, para una sociedad altamente jerarquizada como la caraqueña, era poco
menos que un desgobierno. Era costumbre que por las mañanas al saludar y por
las tardes al acostarse, los niños recibieran hincados de rodillas la bendición
de sus padres y besaran la mano de su progenitor antes de levantarse del suelo.
Los Bolívar mantenían estas tradiciones y eran considerados «mantuanos puros»,
lo cual significaba que las mujeres de la casa tenían el derecho de ir a la
iglesia con el manto típico de la clase más alta. Tanto los Bolívar como los
Palacios gozaban del privilegio de participar del tedeum en la catedral y de
visitar al capitán general en las fechas del besamanos.
Don Feliciano administró los bienes de sus nietos Bolívar, de tal modo que sin
dejar de ser eficiente, permitiera beneficiarlo a él y a sus dos hijos. Esteban
ya estaba en España, gozando de todos sus gastos cubiertos con las rentas de la
herencia de Juan Vicente y gracias a la solicitud de los títulos nobiliarios a
favor de sus sobrinos. De Carlos existen suficientes testimonios que delatan un
uso desmedido y poco probo de la fortuna de Simoncito.
Don Feliciano quería solucionar todo lo referido a los privilegios y abolengos
de los Bolívar y los Palacios. Pero finalmente dice no saber «cómo compondremos
el nudo de la Marín». Se refería a cómo disimular la presencia de Josefa Marín,
con su sangre parda —mezcla de blanco y de negra— metida en la genealogía de
los Bolívar y que impedía mostrar una «limpieza de sangre» ante la Corona. En
medio de esto, a don Feliciano le sobrevino la muerte en octubre de 1793, a un
año del fallecimiento de su hija Concepción.
§. ¿Aprendiz de brujo?
Simoncito
se hizo la fama de independiente, voluntarioso y malcriado demasiado rápido.
Vivía entonces la familia en Caracas, en la alegre mansión de la plaza de San
Jacinto, que habían heredado los Bolívar de «la Marín». Ahí jugaba Simoncito
con sus hermanos mientras alternaban con temporadas en la hacienda de San
Mateo.
Bolívar era un niño disperso, altanero y más dedicado a las distracciones que a
cualquier temática de estudio. De talante altivo e inquieto, a pesar de su
corta edad siempre encontraba una réplica, a veces insolente, a flor de labios.
En cuanto a su educación, el Libertador diría en carta a Santander del 20 de
mayo de 1825:
No
es cierto que mi educación fue muy descuidada, puesto que mi madre y mis
tutores hicieron cuanto era posible porque yo aprendiese; me buscaron maestros
de primer orden en mi país. Robinson, que usted conoce, fue mi maestro de
primeras letras y gramática; de bellas letras y geografía, nuestro famoso
Bello; se puso una academia de matemáticas sólo para mí por el padre Andújar.
Una
vez más deberemos examinar y filtrar las palabras de Bolívar. Don Miguel José
Sanz —abogado y consejero de la familia— fue contratado como maestro de
Simoncito. Concepción pensó que la influencia de aquel académico de carácter
sería positiva para el pequeño díscolo, llevándolo a la lúgubre casa del
licenciado.
Sanz era un hombre hosco y autoritario, demasiado rígido para entender al niño
o generar en él otra cosa que no fuese rechazo. Un día Sanz le dijo a Simoncito
que era un «barrilito de pólvora», y Bolívar le respondió que entonces se
alejara, «que podía quemarlo». Otro día, estando Simoncito a la mesa y
pretendiendo intervenir en el diálogo entre Sanz y unos invitados, el
jurisconsulto le espetó: «Cállese usted y no abra la boca». Como el niño dejara
de comer, Sanz lo inquirió, a lo que el pequeño contestó con pacífica
insolencia: «Porque usted me ha dicho que no abra la boca».
Concepción recibió de vuelta a Simoncito, anonadada por el rostro despavorido
de Sanz, quien sin ambages le auguró al niño el peor de los destinos
imaginables.
Desfilaron entonces, en la frustrada intención de instruir, educar y
disciplinar a Simoncito, el padre Andújar, don Guillermo Pelgrón, el doctor
Vides y don Andrés Bello. En cuanto a la «academia de matemáticas» a la que se
refiere Bolívar y puesta por el padre Andújar, eran en realidad clases
particulares en las que Simoncito era el único alumno. Respecto a las clases
«de bellas letras y geografía» del famoso Bello, debió de ser nada o casi nada
lo que pudo aprender Simoncito. Andrés Bello era sólo tres años mayor que él,
sin embargo ya había estudiado humanidades y filosofía en el seminario de Santa
Rosa, y matemáticas y física en la universidad. Andrés Bello era la antítesis
de Bolívar, si este era en realidad todo impulso y genio espontáneo, aquel era
ordenado, académico y metódico.
La lección de Andrés Bello a Bolívar, de Tito Salas (1930). Óleo. Casa Natal
de Simón Bolívar, Caracas, Venezuela. Andrés Bello fue uno de los maestros que
intentó instruir a Bolívar.
Todos
los maestros vieron en el pequeño Bolívar un caso perdido. Pero para Bello,
quien sería luego un filólogo, poeta y autor de una gramática de lustre
universal, la experiencia con Bolívar no fue mala, fue desastrosa. Andrés Bello
desarrolló tal animadversión hacia Bolívar que ni aún la gloria obtenida por el
Libertador mucho después pudo reconciliarlo con la imagen de aquel infante
insoportable.
Don Andrés Bello, de Raymond Monvoisin. (1844). Sala Consejo de la
Universidad de Chile, Santiago, Chile. Uno de los humanistas más destacados de
América, siendo filólogo, filósofo, poeta, educador y jurista.
Bolívar
escribiría sobre Bello: «Yo conozco la superioridad de este caraqueño,
contemporáneo mío; fue mi maestro, cuando teníamos la misma edad, y yo lo amaba
con respeto». Sea como fuere, es seguro que si en aquellos años tempranos
Bolívar «lo amaba con respeto», dicho sentimiento ni fue percibido ni fue
recíproco en Bello. Bolívar diría también: «Su esquivez nos ha tenido separados
en cierto modo, y, por lo mismo, deseo reconciliarme; es decir, ganarlo para
Colombia».
Al fallecer Concepción, don Feliciano Palacios pensó en nombrar como maestro a
un joven escribiente que le ayudaba en la administración de la fortuna de los
Bolívar. El joven era un tal Simón Carreño Rodríguez, quien se haría llamar de
distintas maneras a lo largo de su larga vida: primero como «Simón Rodríguez»
por rechazo a su hermano mayor, el músico Cayetano Carreño, y luego como
«Samuel Robinson» para perderse en Europa tras un complot revolucionario del
cual formó parte.
Simón Rodríguez, el maestro del Libertador. Retrato hallado en Valencia por
el doctor Víctor M. Ovalles. En Crítica histórica al Diario de Bucaramanga, por
Pinzón Uzcategui. Caracas, 1924.
Finalmente
pasó a la historia como Simón Rodríguez y es a él a quien se refiere Bolívar
cuando dice que «Robinson fue mi maestro de primeras letras y gramática». En
verdad era imposible que lo fuera, primero porque Simón Rodríguez lo tomó bajo
su instrucción cuando Simoncito ya tenía nueve años, y de hecho no le pudo
haber enseñado las primeras letras; segundo porque Rodríguez enseñaría a
Bolívar cualquier otra cosa menos gramática.
De hecho, Simón Rodríguez ha pasado a la historia como el maestro humanista,
republicano y liberal del Libertador, pero lo más probable es que esta versión
sea también una exageración fantástica de ambos, del maestro y del alumno.
Rodríguez tenía veintiún años cuando fue preceptor de Simoncito, había estado
en Europa, era ilustrado, inteligente y carismático, por lo que Don Feliciano
esperaba que el joven aportara un influjo positivo sobre el pequeño rebelde.
Pero Simón Rodríguez era además extravagante y cínico. Había leído a los
filósofos franceses de la Ilustración y sobre todo el Emilio de Rousseau. Para
aplicar en Simoncito los postulados rousselianos, lo llevó a la hacienda de San
Mateo para acercarlo a la naturaleza. Según Rousseau, para obedecer al alma
debía ser vigoroso el cuerpo; por lo tanto, a Simoncito le despertaban al
amanecer y llevado a menudo a largas excursiones a través del campo. En los
descansos, Rodríguez le hablaba de los conceptos de Libertad, de los Derechos
del Hombre y le leía las Vidas Paralelas de Plutarco para que emulara a los
grandes hombres. Con la ayuda de los peones de la hacienda, Rodríguez le enseñó
a Simoncito a montar a caballo, nadar y a manejar el lazo.
Pero ¿fue este temprano contacto con las ideas de la Revolución francesa el que
marcó la vida del Libertador? ¿Cuál fue la verdadera influencia de Rodríguez en
Bolívar tras cinco años de formación? El mismo Bolívar se refiere a Simón
Rodríguez sin guardarse loas ni alabanzas. En 1824, escribe sobre Rodríguez que
«es un genio, un portento de gracia». Luego añade: «Cuando yo lo conocí valía
infinito. Mucho debe de haber cambiado para que yo me engañe». En una carta
dirigida al propio Rodríguez, le dice:
Con
qué avidez habrá seguido usted mis pasos dirigidos muy anticipadamente por
usted mismo. Usted formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo
grande […] no he podido jamás borrar siquiera una coma de las grandes
sentencias que usted me ha regalado. Siempre presentes a mis ojos intelectuales
las he seguido como guías infalibles.
A
tenor de lo que serían los intereses de Bolívar en los años siguientes, apenas
desapareció Rodríguez de su vida, son difíciles de asumir todas las poéticas
afirmaciones del Libertador. No puede desconocerse que para Simoncito, la
educación recibida por aquel maestro —para su tiempo, estrafalario— era la
única que podía haberle generado algún beneficio y provecho. Bolívar era un
niño hiperactivo, por lo tanto el continuo ejercicio físico lo llevó a
descargar sus energías de manera constructiva y provechosa. Sin embargo, de los
conceptos inculcados por Rodríguez, fue el de «libertad» el que más caló en su
naturaleza romántica. El contacto con la naturaleza lo hizo más fogoso en sus
ansias de disfrute y de vida, en sus deseos de belleza y de placer. ¿Pero qué
hay de la «república», la «igualdad», la «justicia» y la «fraternidad»?
Demasiadas abstracciones para un preadolescente Bolívar práctico y creativo,
para aquel jovenzuelo de aspiraciones mucho más egoístas y sensuales.
Simón era entonces un jovencito pequeño, de cuerpo delgado, musculoso y
resistente. Sus ojos grandes, encapotados y oscuros resaltaban penetrantes bajo
la sombra de sus cejas espesas. La boca pequeña, la nariz alargada y los
cabellos ensortijados y revueltos le daban algo del aspecto sensual de su
padre.
Así, a pesar del anecdótico mundo de ideas que había compartido con Simón
Rodríguez, Bolívar fue siguiendo los designios de su clase y estirpe. El 14 de
enero de 1797 ingresa como cadete al batallón de Voluntarios Blancos de los
Valles de Aragua, siguiendo los pasos de su padre, quien había sido coronel. En
su hoja de servicios de diciembre de ese año se aprecia en Bolívar el
rendimiento de un cadete de aplicación normal y promedio. Es calificado por sus
superiores del siguiente y lacónico modo: «Valor, se supone; aplicación: la
demuestra; capacidad: buena; conducta: ídem; estado: soltero».
Así, mientras Bolívar trataba de adornarse de los méritos usuales de la nobleza
de un español americano, Simón Rodríguez llevaba a la práctica sus ideas revolucionarias.
En febrero de 1796, un grupo de españoles de ideas republicanas trataron de
llevar a cabo una revolución contra la Corona. La gesta fue la primera rebelión
igualitaria de Venezuela: estaban implicados oficiales, eclesiásticos, soldados
veteranos, blancos, pardos, hacendados, abogados y comerciantes. La conjura fue
develada y de los dos caudillos de la rebelión, Manuel Gual logró escapar hacía
Europa y José María de España fue ejecutado en la plaza mayor de Caracas.
Simón Rodríguez, quien estaba nítidamente implicado en aquella revolución,
logró escapar apenas descubierta la conspiración, saliendo de Caracas en julio
de 1797.
§. Fantasías: metrópoli y vida cortesana
Carlos Palacios no ocultaba su alarma por la desmesura mostrada por Simón
durante su travesía hacía España:
El
Simón ha gastado infinito en su viaje superfluamente y así es necesario
contenerlo como te he dicho, lo uno porque se enseñará a gastar sin regla ni
economía y lo otro porque no tiene tanto caudal como se imagina él.
Si
bien no deja de sonar cínico que el propio Carlos, quien gastaba plácidamente
la fortuna de Simón, hiciera ahora esta advocación, no era menos cierto que
Simoncito estaba haciendo gala del derroche propio de su clase y estatus.
Don Manuel Francia, suegro de María Antonia —hermana de Simoncito—, había sido
el propulsor de las acciones legales emprendidas para despojar a los Palacios
de la administración del fabuloso patrimonio de los Bolívar. Consiguió que se
acusara a Carlos como reo de Estado, pero Esteban tuvo las suficientes
relaciones en Madrid como para controlar la acusación.
Esteban escribió a Carlos diciéndole que la coyuntura era muy favorable para
que Juan Vicente y Simón fueran a Madrid. La idea era que los jovenzuelos
completasen su instrucción en la península y ganaran posiciones en la Corte. De
hecho, Esteban desconocía la educación poco ortodoxa que estaba recibiendo
Simón.
El 26 de noviembre de 1798, Simón Bolívar asciende a subteniente y ya está
listo para dar el gran salto. Cumplir, en definitiva, su más cara ambición:
viajar a España, sumergirse en la Corte y en su boato, gozar de los placeres
preparados por la península para los jóvenes de su clase y abolengo. En su
ardiente imaginación aparecen fiestas, princesas y la famosa villa de la cual
provino su estirpe. Atrás quedan sus recuerdos, aquellos que muchos años
después lo llenarían de romántica nostalgia.
En enero de 1799, Bolívar zarpó en el buque de guerra San Ildefonso. El viaje
no podía ser directo; había guerra entre la Corona española e Inglaterra así
que debían hacer escala en Veracruz, México.
Al llegar a Veracruz, estando bloqueada La Habana, el almirante del San
Ildefonso no pudo más que esperar semanas enteras antes de reanudar el viaje.
Tan próximo de la famosa Ciudad de México, Bolívar solicitó los permisos para
dirigirse a la capital. En ella tuvo la oportunidad de conocer la que era
entonces una de las ciudades más opulentas del mundo, con su imponente
arquitectura, sus palacios e iglesias. Bellas estatuas, porcelanas, oro, plata
y diamantes, todo era lujo y boato donde quiera que Simón se dirigiera a tenor
de su apellido y relaciones.
Por una carta del propio Bolívar sabemos que se alojó en casa del oidor
Aguirre, para quien traía una carta del tío del mismo, obispo de Caracas. El
oidor seguía al virrey en la escala de gobierno, por lo que Bolívar tuvo
ocasión de alternar con la flor y nata de la aristocracia de Nueva España.
Simón Bolívar en 1798, como debió verse con el uniforme de subteniente del
Batallón de Voluntarios Blancos de los Valles de Aragua, en la provincia de
Venezuela.
Como
resultado, Simón terminó endeudándose con más de uno para sostener su ritmo de
viaje: en México le prestaron 400 pesos y el capitán del San Ildefonso le
prestó otros 3.000 reales.
Bolívar había llegado a Madrid a finales de mayo. Esteban fue más indulgente y
le escribe a su hermano:
Llegó
Simoncito, tan guapo después de haber estado en México y La Habana que aunque
no tiene instrucción alguna tiene disposición para adquirirla, gastó en su
viaje no poco; llegó derrotado y ha sido preciso equiparlo nuevamente.
Estaba
claro que el tío ya tenía un perfil muy definido del sobrino: bien parecido,
desprovisto de una instrucción siquiera aceptable, con buena disposición para
adquirirla y de una frugalidad absoluta para gastar lo que no tenía. Esto
último es lo que menos parece importarle a Esteban: «llegó derrotado y ha sido
preciso equiparlo nuevamente», dice con uso bufón, aludiendo a que ya lo había
proveído de los fondos de rigor.
Respecto a su educación, la primera carta que Bolívar escribe a su tío Carlos
desde Ciudad de México no era mejor que la escrita por un niño de diez años.
Más tarde, Bolívar dirá a su favor y a su estilo:
Me
mandaron a Europa a continuar mis matemáticas en la academia de San Fernando; y
aprendía los idiomas extranjeros, con maestros selectos de Madrid; todo bajo la
dirección del sabio Márquez de Uztaris, en cuya casa vivía.
Si
bien es cierto que Simón finalmente mostró disposición para el estudio, tanta o
más la tuvo para la vida cortesana.
Para entonces, Esteban Palacios vivía bajo la protección y auspicio de Manuel
Mallo, del cual era incluso huésped eterno. Mallo era un caraqueño asentado en
Madrid, que había logrado una plaza como mayordomo de Semana en la Corte, cargo
que decidían los reyes por sí y ante sí. La posición de Mallo no le daba más
que una estabilidad de vida con cierto confort, sin embargo su nivel de ingresos,
su fortuna e influencias en la Corte se incrementaron muy por encima de lo que
su cargo permitía. Por ello, desde entonces, se tejieron los rumores de una
relación de favores amorosos con la reina María Luisa.
El origen de las murmuraciones nacía de la apostura y donaire de Manuel Mallo,
muy cotizados por las féminas, y de que el ministro Godoy fuera el favorito de
la reina. Este escenario novelesco tejido de chismes palaciegos se incrementaba
con que la reina fuera para entonces, y para decirlo con palabras de su época,
«una vieja desdentada».
No se podrá decir, en definitiva, hasta qué punto esta historia de rivalidad
entre Mallo y Godoy, por la predilección de la reina anciana de tez
amarillenta, es falsa o verdadera, pero aquella estancia de Bolívar en la Corte
madrileña —relacionada con los líos de alcoba real— tendría ulteriores
consecuencias. La vida frugal de Simón Bolívar en el Madrid de finales del
XVIII fue consecuencia también de la llegada de su tío Pedro.
Poco después de la llegada de Simón, apareció en Madrid y en la casa de Mallo
el hermano menor de Esteban y Carlos. Era Pedro Palacios, conocido por todos
como Perico, quien estaba a la búsqueda de galones, gloria cortesana y placeres
mundanos. Siendo ya tres en la casa de Mallo, los Palacios y Bolívar se mudaron
inmediatamente a una casa en la calle de Jardines.
Manuel Godoy, duque de Alcudia, príncipe de la Paz, de Francisco de Goya y
Lucientes (1801). Óleo sobre tabla. Real Academia de Bellas Artes de San
Fernando, Madrid. Fue el favorito y primer ministro de Carlos IV.
En
cuanto a sus avances académicos, todo indica que Bolívar debió de ser
consciente de sus carencias y vacíos, mostrando auténtica dedicación. De los
idiomas extranjeros que Bolívar dijo haber estudiado, en realidad el único fue
el francés: «Le despertaba el maestro de esgrima» recordaría su tío Esteban,
«al cual seguía el de la lengua francesa, y por último el de danza: una parte
de la tarde la ocupaba en la clase de matemáticas; a todo se prestó con
docilidad».
Sería distinta la influencia de Perico, quien se convirtió en el maestro de
aventuras de Simón. Juntos se dedicaban con dilección, apenas caía la tarde, a
tertulias y calaveradas de todo calibre: las de salón, con refinamiento y
cortejos elegantes a las jovenzuelas más finas, así como las de fondas,
correrías y galanuras. En todas ellas, destacaba el apuesto criollito de poca
estatura con frac de paño azul, envuelto en una capa de terciopelo negro o
elegante carmesí, causando grata impresión en el sexo opuesto.
Por entonces, Madrid era ciudad hermosa y singular, con vida exultante y vivos
colores. Venía España de la grata prosperidad obtenida por Fernando VI y por el
reinado creativo de Carlos III; coronándose la ciudad en el reinado de Carlos
IV como una ciudad aristocrática a la vez que popular, alegre y solemne, de
danzas andaluzas y refinados conciertos con melodías de Mozart, Haydn y
Boccherini. Ahí, para un par de criollitos atractivos y de magnífica bolsa,
eran pocas las puertas que no se abrían de par en par.
Serían famosos los criollos americanos en Madrid. Las tonadillas de la época
recogen su presencia en el jolgorio y la febril diversión:
De
la América he venido,
entre el ayre y entre el agua
en un barco de madera.
Al punto que salté en tierra
hallé una buena muchacha,
con una mantilla de motas
que el corazón me robaba.
Me dijo que si quería
irme con ella a su casa.
Al
americano se lo percibe como alegre y pícaro, tanto que se prestaba con
frecuencia al doble sentido en cuanto a sus virtudes amatorias: «No me toques /
que llevo peineta / llevo cachirulo / basquiña de flecos / y al lado mi chulo».
En este mundo de diversiones non sanctas, se imbuyeron con deleite un Simoncito
de dieciséis años y su joven tío Perico.
Pero
también, y gracias a la influencia de Mallo, se abrieron para Bolívar los
ambientes de seda y buen vestir, ágapes en medio del oro y el refinamiento
afrancesado de la aristocracia madrileña. Entonces Simón frecuentó bailes y
conciertos, la buena música y las espléndidas reuniones dadas por las grandes
familias de la ciudad.
Todas estas correrías y galanuras tenían que reflejarse en las cuentas y
facturas de Simón. El primer año de su estancia en Madrid, Bolívar gastó un
total de 36 775 reales, de los cuales un tercio, 12.258 reales, no tienen
justificación. La suma, de hecho, es importante: en la fonda de San Sebastián,
una de las mejores de Madrid, un pastel de tres pichones y dos libras de
carnero costaba sólo 12 reales, y una gallina empanada, siete reales y medio.
Carlos
protestó: «Me dices que te quita mucho tiempo por atender a su educación […]
sí
que es preciso hablarle gordo o ponerlo en un colegio si no se porta con aquel
juicio y aplicación que es debido». Esteban, condescendiente con su sobrino y
ahijado, responde: «Le tengo un amor indecible y aunque me tome mucha sujeción
lo hago con gusto mío».
Al
final, Esteban sigue su criterio, Simón Bolívar no sería encerrado en un
internado como siempre pretendió su tío Carlos, quien seguía siendo, a pesar de
todo, el mal administrador de toda su fortuna.
§. Una sombra llamada María Teresa
En
un amplio salón de la Corte juegan dos adolescentes: uno es Simoncito de
Bolívar, quien sería luego el Libertador Simón Bolívar, el otro es el príncipe
de Asturias, quien sería luego el rey Fernando VII. Están jugando, ante la
atenta mirada de la reina María Luisa, una partida de pelota a pala,
divertimento usual de los jóvenes nobles.
De repente, en pleno fragor de la disputa, Bolívar arranca el sombrero de la
cabeza del príncipe. Irritado, el futuro rey de España espera una disculpa de
su oponente, pero el criollito erguido se niega, para él no hubo falta. Bolívar
recordaría mucho este incidente en el futuro: « ¿Quién le hubiera anunciado a
Fernando VII que tal accidente era el presagio de que yo le debía arrancar la
más preciosa joya de su corona?», contaría diciendo, además, que la reina le
dio la razón.
Simón
se había relacionado con el círculo cercano a los reyes y a la flor y nata de
la aristocracia peninsular. De la casa situada en la calle de Jardines se había
mudado con sus tíos a la calle del Príncipe. Ahí los Palacios aprovecharon la
excelente disposición del marqués de Uztaris para hacerse cargo de la formación
de Simón, mudándolo a solicitud del marqués al nº 8 de la calle de Atocha.
Bolívar
calificará al marqués de Uztaris de «sabio» y dirá que viviendo bajo su techo
había estudiado bajo su atenta dirección, pero no habla sobre el encuentro que
tendría lugar en aquella casa, donde hallaría a su amor idílico y su devoción
por toda su vida. Su nombre era María Teresa.
Uztaris
era un hidalgo criollo y caraqueño que había logrado notoriedad en las altas
esferas sociales madrileñas; tenía una apreciable fortuna y se había embebido
de una sólida instrucción filosófica a través de las ideas de la Ilustración.
Con los Bolívar, el marqués tenía amistad familiar y un lejano parentesco, lo
que facilitaba la relación con aquel mozalbete de diecisiete años, a quien
condujo a su biblioteca y a las veladas políticas y literarias que se llevaban
a cabo en su casa.
Matrimonio de Bolívar con doña María Teresa Rodríguez del Toro y Alayza, en
Madrid el 26 de mayo de 1802. Cuadro de Tito Salas. Casa natal de Bolívar,
Caracas Venezuela.
En
la magnífica biblioteca de Uztaris, Bolívar leyó a poetas, historiadores y a
los grandes oradores clásicos y contemporáneos. Ahí formó Simón Bolívar su
apetito voraz por la lectura, así como el estilo hiperbólico de sus cartas y
discursos. Según el propio Bolívar, de los antiguos, fue Plutarco quien más lo
impresionó.
Pero además, en los salones de la casa se llevaba a cabo una enseñanza viva a
través de discusiones que intercalaban la brillantez académica y el fragor de
las ideas. En aquel ambiente conoció Simón a María Teresa Josefa Antonia
Joaquina Rodríguez de Toro y Alayza, hija del noble caraqueño y marqués
Bernardo Rodríguez de Toro.
María Teresa, por todas las descripciones que existen de ella, ni tenía la
dulzura de rasgos de una madona, ni tenía el atractivo exuberante de una maja.
Llama la atención que para un enamorado de la exquisitez femenina como lo fue
Bolívar, aquella jovencita de tez pálida, ojos pequeños y boca delgada lo
encandilase con pasión fanática. Así, muy a su estilo y carácter, Bolívar quiso
casarse de inmediato con ella.
María Teresa era casi dos años mayor que Simón, era huérfana de madre y había
sido criada por su padre de una manera conservadora y monástica. Era tierna y a
la vez extremadamente madura. Bolívar debió de ver en ella la compensación
afectiva de todas las mujeres que habían faltado en su joven vida, en
particular la figura de su madre ausente. De inmediato dio a conocer al marqués
sus deseos de contraer nupcias con su hija. Este se espantó, por supuesto;
socialmente la unión era perfecta y provechosa, pero lo asustaba la extrema
juventud del precipitado muchacho. Dio su consentimiento, pero sujeto a los
permisos que debía obtener Simón de su familia y del rey; luego planificó un
viaje a Bilbao llevándose a María Teresa, para poner un poco a prueba la
constancia del joven pretendiente.
Simón haría todo lo necesario para consumar sus deseos, pero su primer gran
obstáculo vino de donde menos podía esperarlo.
Su tío y padrino Esteban Palacios había caído en desgracia. Por razones no
claras, fue apresado y conducido al monasterio de Montserrat, al parecer por
algún asunto vinculado al declive de Mallo. Entonces Bolívar tuvo que recurrir
directamente a su familia en Caracas. En carta dirigida a su tío Carlos,
Bolívar evidencia dos cosas: su aprovechamiento en el arte de escribir y una
temprana muestra de astucia política. Le recuerda a la familia Palacios que, de
morir manteniendo bajo su propiedad la herencia de Jerez Aristeguieta, esta
pasaría a favor de la rama familiar de sus tíos. Esta era una manera de
presionar elegantemente a los Palacios de Caracas, quienes autorizaron la boda
de inmediato.
Resuelto esto, Bolívar decidió ir en busca de María Teresa. El 20 de marzo de
1801 el rey y Manuel Mallo les concedieron el permiso para viajar a Bilbao. Del
rey se entiende que extienda su aprobación, pues Simón era aún oficial del
Ejército, pero que Mallo intervenga indica que ante la ausencia obligada de
Esteban, aquel mantenía poder en la Corte y sobre la persona de Bolívar.
Antes de su partida, tuvo lugar un incidente que fue alejando a Bolívar de
aquello que buscaban los jóvenes criollos de su clase, esto es, una carrera
política en la Corte. Ante las sospechas y desconfianzas surgidas contra los
criollos nobles ante la inminente caída de Mallo, se dieron disposiciones que
buscaban la requisa de cualquier documento que pudiera perjudicar a la reina.
En ese contexto, una mañana en que Bolívar transitaba a caballo bajo el arco de
la Puerta de Toledo, una patrulla le ordenó detenerse. Simón vestía su uniforme
y el jefe de la guardia ordenó que se le registrara, por lo que sus hombres
tomaron las bridas del caballo. Bolívar mostró su indignación y exclamó que no
era posible que siendo él oficial, lo registraran oscuros esbirros.
Don Esteban Palacios y Blanco, uno de los tíos carnales maternos de Bolívar,
nació en Caracas en 1767 y murió en 1830. Fue padrino de confirmación del
Libertador. En 1799 era ministro de la Contaduría de Hacienda, en Madrid. En
1810 fue diputado en las Cortes de Cádiz; regresó a Venezuela en 1825.
Reproducción de un grabado de Fourquet.
El
jefe de la guardia le mencionó las Ordenanzas Reales, que prohibían el lujo
excesivo en el uso de diamantes y que el americano era ostentoso hasta en los
encajes de los puños de su chaqueta. Bolívar entonces desenvainó la espada y
embistió contra los gendarmes dando tajos y mandobles en el aire. La patrulla
huyó precipitadamente.
Estaba claro que lo sucedido podía tener consecuencias en el futuro de Bolívar
y en sus expectativas en la Corte, así como en lo inmediato por aquel acto de
desacato y rebeldía. El marqués de Uztaris le recomendó acelerar su viaje a
Bilbao y Bolívar salió raudo al encuentro de María Teresa.
En Bilbao, en compañía de su prometida y de su padre, Simón Bolívar disfrutó
meses apacibles de placer familiar con aquella familia criolla, noble y
caraqueña, en suma, una coincidencia plena con lo que él era y lo que quería
ser. Pasó con ellos la Navidad de 1801.
Entre enero y abril de 1802, Bolívar viajó a Francia y a París, presumiblemente
pensando en negocios futuros y para comprar sus regalos de boda. Ahí tuvo la
oportunidad de admirar la magnificencia de Napoleón en su hora de gloria.
Francia y España habían firmado una suerte de tregua con Inglaterra en Amiens;
por ella, además, Trinidad era cedida por España a favor del reino inglés en
perjuicio de la patria de Bolívar. Pero más allá de la anécdota de este fugaz
encuentro con la Francia napoleónica, no se tiene más noticia de Bolívar en
París que sus cartas a Caracas solicitando dinero adicional para sus gastos.
Pretender que fuera entonces cuando cuajaron en él las ideas republicanas, está
fuera de la realidad. El propio Bolívar diría luego: «mi cabeza sólo estaba
llena con los vapores del más violento amor».
Como oficial de Su Majestad, Bolívar solicitó la licencia necesaria para
contraer nupcias, que le fue concedida el 15 de mayo de 1802. Obviamente esperó
sólo diez días para la consumación final, casándose con María Teresa el 26 de
mayo en la parroquia de San Sebastián. En el buque que salió con los novios del
puerto de La Coruña, un amplio camarote había sido decorado primorosamente para
servir de marco adecuado a la extenuante entrega de los recién casados.
Simón Bolívar había decidido su destino. Ahora, instalado en Caracas y en la
hacienda de San Mateo, hacía la vida de un perfecto criollo rico e hijo de una
de las mejores familias sembradas por la madre patria en el Nuevo Mundo. Su
mujer, su María Teresa, se había convertido en el ancla de su futuro.
Cuando el destino de Bolívar estaba jugado, ocho meses después, en enero de
1803, una fiebre tan tropical como perniciosa se llevó la vida de la amada
esposa. Bolívar nunca se entregaría con más ahínco a sus ensueños románticos:
«quise mucho a mi mujer» diría en el futuro «y a su muerte juré no casarme
jamás. He cumplido mi palabra».
Miniatura de marfil con la imagen de Simón Bolívar a los 17 años
(1800-1801). Fundación John Boulton, Caracas, Venezuela.
Nunca
tendría mayores motivos para pensar en los designios del destino, aunque
finalmente aflorase siempre su ego: «Miren ustedes lo que son las cosas; si no
hubiera enviudado quizá mi vida hubiera sido otra cosa; no sería el general
Bolívar, ni el Libertador, aunque convengo que mi genio no era para ser alcalde
de San Mateo». O su visión poética de su vida: «La muerte de mi mujer me puso
muy temprano sobre el camino de la política; me hizo seguir después el carro de
Marte en lugar del arado de Ceres».
Bolívar tenía entonces diecinueve años y medio, era rico y desafortunado. Había
perdido a su familia natal muy temprano, había formado un hogar aún muy joven y
la vida se lo había arrancado. Simón está ahora a tientas, casi a ciegas y en
la búsqueda de un destino, pero un destino que él considere, pueda
verdaderamente merecerlo.
§. Alma y motivaciones
Para
acercarnos a las profundas motivaciones que convirtieron a don Simón de Bolívar
en el Generalísimo y Libertador Simón Bolívar, debemos acercarnos a los dos
elementos que determinarían su futuro: primero, su carácter, siempre a la
búsqueda de la gloria, lo que hoy entenderíamos como el éxito; segundo, la
influencia recibida del único familiar que lo había guiado, directa o
indirectamente desde su infancia, su tío Esteban Palacios.
El
mito que Bolívar tejió de sí mismo nos lleva a un Bolívar mesías e incluso, al
Bolívar profeta de sí mismo. De acuerdo a dicho mito, Bolívar nació
prácticamente predestinado para ser el Libertador de América; así, su carácter
rebelde y hasta insolente de infante es traducido como un germen contestatario
contra elstatu quo monárquico. Su relación con Simón Rodríguez es
presentada como su formación inicial en las grandes ideas libertarias y
emancipadoras. Su educación, como si hubiera sido la de mayor rigor académico
dentro de América y España. Incluso su relación con Uztaris habría hecho de
Bolívar un enciclopedista, y su temprano viaje a París lo habría llevado a
adoptar —con rapidez inaudita— las ideas republicanas.
Toda
esa lectura de la vida de Bolívar responde a la construcción que él mismo hizo
años más tarde de cómo deseaba pasar a la posteridad. Pero esta construcción de
una perfecta sincronía de causas y efectos no iba acorde con su verdadera
personalidad. Su carácter y temperamento no le permitían seguir una línea
simple, tal como él nos ha hecho creer. Bolívar era del tipo de personas
nacidas para ser líderes; de no haber pasado a la historia como el Libertador
de América, habría sido el mejor alcalde en la historia de San Mateo o el dandi
más díscolo de su tiempo. Jamás habría ocupado un papel secundario, pero
tampoco habría seguido un camino recto para lograrlo.
Bolívar se sentía capaz de proponerse cualquier objetivo y de alcanzarlo, y no
se equivocaba. Su magnetismo personal le permitía involucrar y apasionar a los
demás en todo aquello que se propusiera, así esto fuese algo superficial o
incluso vulgar. Su energía le dio no sólo un permanente aspecto juvenil, sino
además imagen de hombre inteligente, dinámico y exitoso. Pero por debajo de
aquella aparente seguridad, siempre anidó en Bolívar una lejana búsqueda de
reconocimiento y afecto, aquello que en apariencia no podía necesitar.
Por ello le fue tan difícil tolerar la competencia, la veía como una sombra,
como una contracorriente que le traía la amenaza del fracaso. Muchos años
después, en la lejana ciudad americana de Guayaquil, Bolívar se enfrentaría con
otro general, con otro Libertador con quien debía de sumar esfuerzos para la
causa americana y a quien se propondría excluir: un tal José de San Martín.
Bolívar siempre dio la imagen de una fortaleza que no admitía competencia.
En suma, Bolívar fue un líder brillante, pero también un vanidoso empedernido,
ligero aunque profundo, hedonista pero seductor. Todo esto al mismo tiempo y
sin descanso.
Ahora, y a partir de la compleja personalidad de Simón Bolívar, podemos hacer
una lectura adecuada a su reacción ante la muerte de María Teresa. Es verdad
que dicho suceso fatal se convirtió en el disparador de su futuro político,
pero no como se pretende.
De manera convencional, Bolívar dijo a sus biógrafos que estaba ungido con el
germen beatífico de la libertad de América y del sistema republicano, y que la
muerte de María Teresa sólo lo empujó hacia los intereses incubados en él desde
su más tierna edad. Pero esto realmente no concuerda con la esencia de Bolívar.
De haber albergado Bolívar el deseo libertario en aquel entonces, no cabe duda
de que habría abrazado ese proyecto abandonando o posponiendo cualquier unión
sentimental.
En Bolívar no caben las medias tintas; de haber pensado embarcarse en el
proyecto independentista en 1802, se habría casado con él en lugar de casarse
con María Teresa. El hecho de que jamás hubiera contraído nupcias nuevamente
tiene que ver con lo mismo, con su compromiso con alcanzar la gloria y no con
el hecho de cumplir cualquier promesa a la difunta esposa.
¿De qué modo habrá influido entonces la muerte de María Teresa en las
decisiones que adoptará Bolívar en el futuro? Como ya hemos visto, el fracaso
iba en contra de su naturaleza, era el monstruo que le corroía las entrañas. La
muerte de María Teresa fue eso para él, el fracaso de aquel proyecto de
recuperar lo que muy temprano había perdido: una familia y una madre. De hecho,
esto tuvo que generar en él una disconformidad brutal y el firme deseo de
adoptar un destino que le permitiera el éxito y la gloria. Hasta el deceso de
su esposa, nunca pensó en la política como un destino posible. Un Bolívar muy
transparente nos dice: «Volví de Europa para Caracas en el año de 1801, con mi
esposa, y les aseguro que entonces mi cabeza sólo estaba llena de los ensueños
del más violento amor, y no de ideas políticas, porque éstas todavía no habían
golpeado mi imaginación».
El fracaso del Bolívar familiar fue el que nos trajo a un Bolívar en búsqueda
de la revancha, del espacio en el cual pudiera ser notable y glorioso. En ese
sentido, su tío Esteban sería el portador del mensaje definitivo.
Parte de la historiografía de Bolívar ve en la prisión de Esteban un motivo de
resentimiento del sobrino y ahijado para con la monarquía española. Es difícil
aceptar esta interpretación; el propio Esteban jamás se opuso a la Corona
española, ni aún en los peores momentos en los que fue encarcelado en el
monasterio de Montserrat, nada menos que el que había recibido décadas atrás la
donación de los Bolívar para el marquesado de San Luis. En realidad, la
influencia de Esteban sobre Bolívar se daría en la vivencia de un profundo
desengaño, muy distinto al que habitualmente se cree.
Simón tenía una predilección particular hacia Esteban. Una de las pocas veces
en que Bolívar recuerda su infancia es en una carta dirigida a Esteban —años
después— al saber que este vuelve a Caracas:
¡Cuántos
recuerdos se han aglomerado en un instante sobre mi mente! Mi madre, mi buena
madre tan parecida a Ud., resucitó de la tumba, se ofreció a mi imagen. Mi más
tierna niñez, la confirmación y mi padrino, se reunieron en un punto para decir
que Ud. era mi segundo padre. Todos mis tíos, todos mis hermanos, mi abuelo,
mis juegos infantiles, los regalos que Ud. me daba cuando era inocente.
No
pudo serle indiferente a Bolívar el grave altercado que llevó a Esteban a
prisión. Al escribirle a Perico sobre la situación de su tío, le dice: «Mis
oraciones son pocas y poco eficaces por el sujeto que las hace; pero no por eso
dejaré de aplicarlas todas al buen resultado del celoso interés que usted tiene
en este negocio».
Aquella relación con Esteban llevó a Bolívar a tener muy en cuenta las
enseñanzas de aquel y su visión del mundo, creemos que más que la de cualquier
otro. Y la vida de Esteban Palacios no es en verdad otra cosa, que el caminar
frustrado de un criollo de estirpe noble, en medio de la alta nobleza hispana.
Así, Esteban le transmite a Bolívar su progresiva desazón por la carrera
política en la Corte. Ya en 1793 le escribe a su padre sobre «lo inútil que son
los servicios hechos en América y que es un disparate meterse en ellos, que no
hay más recompensa ni merito que adquirir dinero, esto no lo sabe sino el que
sabe lo que es la Corte y la ve por dentro».
Al obtener para Carlos y a su solicitud el título de alférez real, le escribe
escéptico a su hermano sobre esos honores, «que sólo traen consigo gastos y
obligaciones gravosas». Y luego agrega: «Yo estoy sirviendo de guardia de Corps
al rey sin más esperanza que la de cumplir con la obligación que me impuso mi
educación y nacimiento».
En suma, el mensaje de Esteban al jovenzuelo Bolívar fue siempre de
desesperanza y frustración frente a lo que le había de tocar por su nacimiento
y hasta qué limitadas alturas podría llegar; le señalaba a su sobrino los
favores de la Corte, pero también sus límites como español americano. Le dijo
al niño y al joven Simón Bolívar que su nobleza no era nobleza, que era blanco
pero no lo suficiente, y que de ninguna manera podría aspirar a un destino
glorioso como criollo.
La muerte de María Teresa fue para Bolívar un temprano fracaso. Si ahora
buscaba el éxito y la gloria, no podría ser dentro de la Corona española.
§. En busca de un destino
Aquella dama era dueña de una belleza magnética, sus ojos adormilados y sus
cejas pobladas le daban un aire de inocencia y candidez, pero su nariz
perfilada, sus labios acaramelados y su busto erguido la hacían desafiante y
erótica. Siempre estaba sonriendo y jugueteando en medio de sus invitados, los
que disfrutaban de uno de los salones más concurridos de París. Su nombre era
Fanny Dervieu de Villars, confesaba veintiocho años y estaba casada con un
hombre que le doblaba la edad, un hombre que había sido comandante de la ciudad
de Lyon y jefe de su Guardia Nacional, pero que ahora huía de los espacios
sociales y prefería entretenerse lánguidamente con sus estudios de botánica.
De repente se abren las puertas de la estancia, el rumor alegre del grupo de
jóvenes que entra ahoga la música y el murmullo susurrante de la conversación.
En medio de ellos está el criollito, Fanny se gira para saludarlo y de pronto
queda embelesada por su garbo; Simón ha venido con una chaqueta azulina de
dorados botones labrados y un magnífico sobretodo.
El cuerpo pequeño del joven despide las fragancias más caras y ardientes de
Francia, todos los demás varones del salón quedan minimizados, eclipsados.
Bolívar viene acompañado por una corte de jóvenes que le rinden pleitesía para
engalanarlo, entonces el galán se desprende de todos, se inclina ante Fanny y
sus labios aprietan su blanca mano sin dejar de mirarla a los ojos.
Bolívar había dejado Caracas con más sinsabores añadidos a la viudez. Por más
que había tratado de aclarar las cuentas con su tío Carlos respecto a la
administración de su fortuna, todo había sido en balde. Al final le escribe a
su tío:
Si a
mi llegada a esta ciudad vuestra merced hubiese rendido las expresadas cuentas,
yo habría tenido lugar de examinarlas, y a esta fecha, ya estaríamos fuera de
este cuidado; pero puesto que la falta ha sido de vuestra merced, los
perjuicios que de esta demora le resulten no se me deben atribuir a mí; y así
sólo estoy pronto a darle el recibo circunstanciado de las cuentas, efectos y
bienes, que he recibido.
La
vieja situación del manejo de la fortuna de Simoncito seguía vigente, pero
ahora encontraba a un Bolívar de otro nivel, con una instrucción de hecho más
acabada, con experiencia europea e incluso con el dolor de la pérdida. Está
claro que las cuentas no entregadas por Carlos Palacios ocasionaron a este
último una sanción en cuanto a la disposición de fondos futuros.
A finales de 1803 Bolívar desembarcó en Cádiz. En poco tiempo pasó a Madrid y
ahí se reunió con el padre de María Teresa, a quien le llevaba los tristes
recuerdos de su hija. En el futuro, el Libertador recordaría aquella escena de
lágrimas viriles: «Jamás he olvidado esta escena de delicioso tormento, porque
es deliciosa la pena del amor», diría abstrayéndose de sí mismo en tercera
persona tal como sería su costumbre. Bolívar tenía una vanidad profunda, los
rasgos externos —atuendo, lujo y apariencias— eran para él más relevantes y
mucho más estables e inmutables que los conceptos y las ideas. Por ese motivo y
durante toda su vida, Bolívar viviría al margen de sí mismo, como si no viviera
en su cuerpo y se estuviese viendo actuar a sí mismo. Esta característica lo
hará observar sus actos, vida y emociones de manera muy singular.
En Madrid se publicó un bando que requería a los forasteros a que dejaran la
ciudad por causa de una carestía temporal de alimentos. Bolívar usó ese
pretexto para enrumbar hacía París; en el fondo quería alejarse de todos
aquellos amigos que lo habían visto otrora radiante, amante y amado. De
aquellos que lo habían visto triunfante y que hoy lo tenían por fracasado. Dirá
Bolívar:
Muerta
mi mujer y desolado yo con aquella pérdida precoz e inesperada, volví a España,
y de Madrid pasé a Francia, y después a Italia. Ya entonces iba tomando algún
interés por los asuntos públicos. La política me atraía y yo seguía sus
variados movimientos.
Bolívar
llega a París a principios de mayo de 1804. Desde su llegada, se convirtió en
una de las figuras más conocidas de las noches parisinas, embebido en el mejor
vino y entre los brazos de las más hermosas mujeres de la ciudad. Los grandes
lugares de diversión, como las galerías del Paláis Royal, le abrieron sus
puertas de par en par. Las mesas de juego se tragaban su dinero y ante su
rostro frígido y demacrado, las madrugadas se abrían a la luz del día. Entonces
conoció a Fanny Dervieu de Villars.
Fanny gustaba de ver en su salón a gente distinguida, culta y a hombres bellos
o de gran inteligencia; si eran sabios para escucharlos, si eran hermosos para
jugar a la seducción. Bolívar se fascinó con ella y congeniaron rápido, pero
cada uno coqueteaba con otras y otros provocándose e inflamándose aún más de
ardor. Entonces Bolívar se propuso deslumbrar a la dama haciendo gala de sus
mejores atuendos y de su joven ingenio y elocuencia. Ella no se resistió
demasiado; ambos cayeron en la cuenta de que debían de tener algún parentesco
por los «Aristeguieta»; en realidad lo creyeron, lo quisieron creer o
simplemente fue la excusa perfecta para que Bolívar pudiera entrar sin
restricciones a la casa de la familia Dervieu de Villars.
La presencia del apuesto mozo siempre al lado de Fanny se hizo notar con
rapidez. Esto no le fue ajeno al señor de la casa. Dicho acontecimiento será
recordado muchos años después por uno de los hijos de Fanny: «Mi padre habitaba
en Bouhinad, una casa en la cual había un gran jardín. Cuando Bolívar se
paseaba por él, destrozaba todo lo que encontraba: ramas de árboles, ramas de
la viña, flores, frutas, etc.». Viéndolo entonces el maduro dueño de la casa,
le gritó: « ¡Arrancad las flores y las frutas que queráis pero, por Dios, no
arranquéis estas plantas por el solo placer de destruir!». Así, Bolívar dejó
las frutas del jardín en paz y tomó a la señora de la casa, sin mayor
restricción que sus propios deseos.
Bolívar debió de conocer al barón de Humboldt en el salón de Fanny. Sobre dicho
encuentro también se han tejido muchas historias que hablan acerca de un
Humboldt que confirma anonadado el genio de Bolívar y que admira su
determinación por la libertad de América.
Los hechos se produjeron de otro modo. Humboldt había estado disertando sobre
las maravillas naturales de América; él llegaba de un viaje que daría lugar a
su brillante libro intitulado Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo
Continente. Al lado de Humboldt estaba el sabio naturalista Bonpland, cuando de
repente la conversación derivó en un lugar común en aquellos días: el triste
destino de una América agonizante, bajo un dominio español sombrío,
reaccionario y medieval.
Al escuchar esto, Bolívar tomó la palabra y exclamó exultante: «Brillante
destino el del Nuevo Mundo si sus pueblos se vieran libres del yugo y qué
empresa tan sublime». Pero ante la retórica, Humboldt contestó secamente que
«aunque en América las circunstancias eran favorables para tal empresa, allí
faltaban hombres capaces para realizarla».
De hecho, la frase, en medio de un grupo de españoles americanos y en
particular delante de aquel criollito petulante, terminaba siendo procaz y
desafiante. Así, de hecho, la tomó Bonpland, quien para superar la incomodidad
del momento adujo que «las revoluciones producen a sus hombres».
A pesar de situaciones tan claras, parte de la historiografía sobre Bolívar
pretende que Humboldt, en el fondo, quedó admirado por la convicción del joven
criollo. En cambio, el propio Humboldt escribe sobre Bolívar en una carta de
1853: «Jamás lo creí llamado a ser jefe de la cruzada americana. Lo que más me
asombró fue la brillante carrera de Bolívar a poco de habernos separado». E
incluso en carta de Fanny dirigida a Bolívar en 1826, dice: «Ha estado aquí el
barón de Humboldt […] No sé cómo hará el señor barón para llamarse vuestro
amigo; en aquella época en que el éxito de vuestra empresa era dudosa, él y el
señor Delpech eran vuestros detractores más celosos».
No era para menos; si alguien pareciera el menos indicado para ser el Libertador
de América, ese era Simón de Bolívar.
Capítulo 2
Del amanecer al ocaso
Contenido:
1. El
germen de las ideas
2. La
primera edad de la revolución
3. Construyéndose
una imagen
4. Independencia
y tragedia
5. El
calvario de Puerto Cabello
6. De
la admiración a la traición
7. Esperanza
en Nueva Granada
§.
El germen de las ideas
Humboldt
se había sumado a la corte de detractores de aquel criollito de vida frugal y
licenciosa. Era tal la afición de Bolívar por la diversión y la juerga, que
incluso años más adelante, en medio de sus campañas militares y cuando su
cuartel militar se instalaba en algún pueblo o ciudad, casi todas las noches se
bailaría en la guarnición. El Libertador amaba el vals y lo usaría incluso como
fuente de inspiración; podía desprenderse del trabajo y del estudio de
estrategias militares, danzar infatigable y luego retornar al gabinete con
mayor brillo y mejores ideas.
Pero no era sólo por su aspecto libertino por lo que Humboldt tenía una opinión
negativa de Bolívar. Humboldt tenía demasiado clara la situación de las
colonias americanas como para pensar que aquel caraqueño sería el llamado a
llevar a cabo su liberación de España.
En
efecto, el sabio explica en sus escritos cómo había sido posible que un pequeño
número de españoles hubieran controlado América por tantos y tantos siglos:
[…]
en todas las colonias el partido europeo se nutre necesariamente de una gran
masa de nacionales. Intereses de familia, el deseo de una gran tranquilidad no
interrumpida, el temor de lanzarse a una empresa que pudiera fracasar, impiden
a estos abrazar la causa de la independencia, o aspirar a establecer un
Gobierno local y representativo aunque dependiente de la madre patria.
También
señala Humboldt que entre los propios criollos existe un pequeño núcleo de
familias que por herencia o por arraigo ejercen una verdadera aristocracia
municipal, y que aquel grupo prefiere «privarse de ciertos derechos a tenerlos
que compartir con todos […] aborrecen toda Constitución fundada sobre una
igualdad de derechos; temen sobre todo la pérdida de sus condecoraciones y de
esos títulos que tanto trabajo les ha costado adquirir, y que son parte tan
esencial de su dicha doméstica». A esta clase y estrato sociales pertenecía por
supuesto aquel jovenzuelo de Simón Bolívar, a aquellos de mayor raigambre con
España y a los más comprometidos con su Imperio. ¿Qué podría impulsar a ese
criollo de rancia ralea a oponerse a sus hermanos de la península?
Como si fuera poco y para colmo, Bolívar andaba ahora con un sujeto considerado
como un maniático y un estrafalario ante los ojos de Humboldt y de muchos
otros. Se trataba de nuevo de Simón Rodríguez o Carreño, o del ya famoso Samuel
Robinson.
Después de su fuga tras la conspiración de Caracas, Simón Rodríguez había
estado en Jamaica y Baltimore ejerciendo mil oficios disímiles hasta zarpar
hacia Europa. El futuro Libertador había sabido de su presencia en París y
había corrido a buscarle. El antiguo y aún joven maestro se había ganado el
cariño eterno del alumno. Su huida de Caracas debió de dejar en Bolívar un
hondo vacío afectivo y el reencuentro produciría frutos memorables.
Fanny Dervieu du Villars. Miniatura de Meuret. De la colección de doña
Leonor Vargas Cheyne de Vélez. Publicada enCromos, Bogotá, 13 de diciembre de
1930.
Con
Rodríguez, Bolívar volvió a la lectura de los grandes filósofos de su tiempo:
Hume, Espinoza, Hobbes, Rousseau y Voltaire. Pero también de Helvecio y
Holbach, quienes enaltecían el placer y el más absoluto libre albedrío para
gozarlo, lo cual encajaba a la perfección con sumodus vivendi y con
el de otros jóvenes ricos en la península.
En ese sentido Bolívar, llevando la filosofía a la práctica, había llevado su
indisciplina y la vida hedonista hasta su límite. Su apetito carnal era voraz,
como un caldero hirviendo colmado por un torrente de deseo; una lujuria sin
duda heredada de su padre Juan Vicente. Pero ni la gloria en los salones de
juego ni el éxito en la conquista de damiselas lograban complacer su ego.
Su aspecto empezó a deteriorarse, se le veía demacrado y ni siquiera Fanny
lograba calmarlo y encaminarlo. Él la empezó a llamar Teresa en lugar de Fanny,
pues buscaba en el recuerdo de su María Teresa un punto de apoyo en lo único
estable que había tenido en la vida.
Pero el contexto histórico se prestó a la perfección para su rescate, para que
pudiera salir del hoyo en el que andaba. Sólo el anzuelo de la gloria y la fama
pudo hacer el milagro.
El 18 de mayo de 1804, apenas llegado Bolívar a París, Francia adopta la
Constitución imperial por la cual la Corte del primer cónsul se transforma en
Corte imperial. El ambiente es absolutamente político y Bolívar se llena de la
imagen de Napoleón, tanto es así que a veces salía llevando la chaqueta y el
sombrero, puesto al estilo Bonaparte. El propio Humboldt y Gay-Lussac lo
tildaron entonces de orate.
El 2 de diciembre de 1804 Napoleón se corona en Notre Dame. ¿Podía perderse
Bolívar semejante acontecimiento? Creemos que no, que él estuvo ahí. Simón
Rodríguez lo niega: «Aquel día —dirá muchos años después— tan notable y feliz
para los gabachos, Bolívar y yo no salimos del hotel». Pero ¿qué podía sentir
aquel joven criollo ante la coronación de Napoleón Bonaparte? ¿Tuvo algo que
ver la imagen de Napoleón en el destino de Bolívar?
A ese respecto, O’Leary recoge las palabras del Libertador:
Yo
lo adoraba como al héroe de la República, como la brillante estrella de la
gloria, el genio de la libertad […] Se hizo emperador, y desde aquel día lo
miré como un tirano hipócrita […] ¡Qué terribles sensaciones de indignación
produjo en mi alma este melancólico espectáculo, dominado como estaba de un
fanático amor a la libertad y a la gloria! Desde entonces no pude reconciliarme
con Napoleón; su gloria misma me parecía un resplandor del infierno, las
lúgubres llamas de un volcán destructor cerniéndose sobre la prisión del mundo.
Pero
el Bolívar de 1805 estaba vivamente influenciado por Simón Rodríguez. De hecho,
lo que decía y pensaba no era lo que sentía realmente hacia Napoleón. En 1828,
Peru de Lacroix deja registrada la siguiente confidencia del Libertador sobre
Napoleón:
Más
de una vez me ha sucedido llamarlo tirano, déspota, como también el haber
censurado varias de sus grandes medidas políticas y algunas de sus operaciones
militares. Todo esto ha sido y es aún necesario para mí, aunque mi opinión sea
diferente; pero tengo que ocultarla y disfrazarla para evitar que se establezca
la opinión de que mi política es imitada de la de Napoleón, que mis miras y
proyectos son iguales a los suyos, que, como él, quiero hacerme emperador o
rey, dominar la América del Sur como ha dominado él la Europa.
Esta
confesión es absolutamente verosímil, más aún porque en aquellos años no se
hablará más que del supuesto deseo de Bolívar por hacerse emperador vitalicio.
A todo lo dicho y para tener un panorama completo, debemos agregar otras
confidencias que Bolívar le hizo a Peru de Lacroix por aquellos días. En ellas
acepta tácitamente haber estado presente en la coronación de Napoleón:
Vi
en París, en el último mes del año de 1804, la coronación de Napoleón. Aquel
acto magnífico me entusiasmó, pero menos su pompa que los sentimientos de amor
que un inmenso pueblo manifestaba por el héroe. Aquella efusión general de
todos los corazones, aquel libre y espontáneo movimiento popular […] me pareció
ser, para el que recibía aquellas ovaciones, el último grado de las
aspiraciones humanas, el supremo deseo y la suprema ambición del hombre. La
corona que se puso Napoleón sobre la cabeza la miré como una cosa miserable y
de moda gótica; lo que me pareció grande fue la aclamación universal y el
interés que inspiraba su persona. Esto, lo confieso, me hizo pensar en la
esclavitud de mi país y en la gloria que conquistaría el que lo liberase.
En
aquel diciembre de 1804, Simón Bolívar supo perfectamente dónde buscar su
gloria, ahora el problema era cómo y cuándo llevar a cabo su gran deseo. Él
luchará ahora por su gloria y por su éxito, aunque aquella búsqueda de honores
imperecederos desencadenase una brutal guerra civil entre hermanos de sangre.
§. La primera edad de la revolución
«Húmedos
los ojos, palpitante el pecho, enrojecido el rostro, con una animación casi
febril me dijo: juro que no daré descanso a mi brazo ni reposo a mi alma hasta
que no haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español»;
el viento agitaba los cabellos de Simón Rodríguez al recibir conmovido las
palabras alucinadas de su discípulo y amigo Simón Bolívar. El propio Libertador
recordaría el hecho veinte años más tarde: « ¿Se acuerda usted de cuando fuimos
juntos al Monte Sacro en Roma a jurar sobre aquella tierra santa la libertad de
la patria?».
Bolívar había salido con Simón Rodríguez con dirección a Italia en marzo de
1805. El objetivo del viaje era múltiple; apartarse de los excesos que ya
mermaban la salud de alumno recuperado, emular las viejas caminatas de los años
párvulos, distraer la mirada en los paisajes y en las ruinas del gran Imperio
romano, e incluso ver la coronación de Bonaparte en Italia.
Los amigos partieron a caballo y se apuraron en llegar a Milán para ver a
Napoleón coronarse rey. Desde una pequeña loma, Bolívar lo vio colocar sobre su
cabeza la corona de hierro de los reyes de Lombardía y apreció la sencillez del
atuendo de Bonaparte, quien llevaba una casaca larga sin ornamentos y un
sombrero sin galones. Le gustó.
Mientras pasaba revista a sus tropas, el futuro Libertador y Rodríguez
sintieron la mirada de Napoleón observándolos con un pequeño catalejo. Tal vez
el francés pensó que eran espías. Pudieron haberse quedado más tiempo
observando la ceremonia desde aquel punto, pero un eventual percance con la
guardia francesa los hizo retirarse presurosos.
Simón Bolívar en 1802, cuando conoció a Fanny Dervieu en París.
Los
dos hombres visitaron entonces Venecia, Verona, Bolonia, Florencia y finalmente
siguieron a Roma. Ahí, para obtener una vista general de la ciudad antigua,
subieron al Monte Sacro. El lugar tenía también significaciones históricas: a
él habían llegado los plebeyos de Roma, que huían de las exacciones y abusos de
los patricios. Era un lugar inspirador; a las emociones vividas en los últimos
meses y que habían provocado en Bolívar la voluntad de llevar a cabo su gesta
heroica, se sumaba ahora la visión de la ciudad eterna desde la cima de aquel
monte consagrado a la libertad. Entonces juró y aquel juramento fue para
Bolívar un compromiso para con su propia historia; sin embargo, también fue una
forma de coronarse simbólicamente emancipador de toda la América española, una
manera velada de emular al Bonaparte emperador.
No sabremos nunca cuáles fueron las palabras exactas pronunciadas por el futuro
Libertador en el Monte Sacro. De hecho, cuarenta años después, Rodríguez plasmó
toda una teatralización de lo sucedido por escrito; pero el sentido del
juramento debe haber sido el mismo, un juramento profético, como lo habría de
recordar para siempre el caraqueño.
Pero mientras Bolívar juraba en Roma, un hombre más añoso y empedernido venía
trabajando por la liberación de América. Su nombre era Francisco de Miranda y
en 1797 se había autoproclamado primer representante de los sudamericanos en
Gran Bretaña. Era un hombre alto, de contextura recia, tez oscura y de cabellos
grises que llevaba largos, empolvados y atados por detrás. Gustaba de las
patillas largas a la española y nunca parecía estar quieto, aún sentado tenía
un pie o la mano en movimiento.
Miranda, en medio de su obsesión por llevar las ideas libertarias a su patria,
se había encontrado con un testamento singular; el ministro de los Estados
Unidos en Londres, Mr. King, había recibido unos papeles del
jesuita peruano Vizcardo y Guzmán poco antes de la muerte de este. Entre
aquellos documentos se encontraba la «Carta a los Españoles Americanos», texto
que llegaría a ser famoso por la difusión que le daría Miranda desde entonces.
La carta instaba a los americanos a emanciparse de España y sus copias impresas
fueron repartidas desde Trinidad hacia el resto de América.
Vizcardo y Guzmán había muerto sin ver en los ingleses un apoyo a la libertad
de América. Ahora le tocaba a Miranda vivir exactamente lo mismo; Gran Bretaña
le negaba entonces los permisos para embarcarse, usándolo como cebo y señuelo
ante una España rival y enemiga.
Pero toda América era también un bocado de cardenal para los ingleses.
Anunciada la Paz de Amiens en 1801, quedó claro que los ingleses dejarían el
continente —sólo de momento— en manos españolas o francesas.
Por fin Inglaterra pensó que Miranda podía ser parte de una estratagema de
provocación contra España. Cuando en noviembre de 1805 Bolívar alardeaba ante
Fanny y en los salones de París sobre su juramento en Monte Sacro y su futura
liberación de América, Miranda desembarcaba en Nueva York para armar una
verdadera expedición a Venezuela.
Pero Miranda acabó descorazonado; sólo contó con tres barcos pequeños,
mosquetes en desuso, bayonetas sin punta y espadas mohosas. La tripulación era
demasiado joven, inexperta y para colmo tuvo que lidiar con otros dos líderes
puestos por Inglaterra para la expedición. Trataron de desembarcar —el 27 de
abril de 1806— cerca de Puerto Cabello en Venezuela. Dos goletas y 60 hombres
fueron capturados por las defensas del puerto, 10 invasores fueron fusilados,
40 acabaron en prisión y Miranda fue calificado por el Cabildo de Caracas como
«monstruo abominable». Uno de los combatientes en su contra fue nada menos que
Juan Vicente de Bolívar, hermano del futuro Libertador.
Simón Bolívar se inquietó al conocer las noticias. El 23 de junio le escribe a
su amigo Dehollain:
Todas
las noticias que nos dan sobre la expedición de Miranda son algo tristes,
puesto que dicen que tiene el proyecto de alzar el país, lo que pudiera causar
mucho mal a los habitantes de la colonia. Pero a pesar de todo, bien quisiera
estar allá, porque mi presencia en mi país me podría evitar muchos perjuicios:
pero la suerte quiere que me encuentre tan lejos de mi patria, y sin los
menores recursos.
Por
supuesto que dentro de su proyecto de vida y de gloria, la presencia de Miranda
era para Bolívar poco menos que una amenaza. ¿Era acaso un mal para los
habitantes de Venezuela la independencia de la metrópoli? ¿No era ese mismo su
objetivo? En realidad, Bolívar comenzaba a temer que Miranda le arrebatase la
gloria que quería para sí.
Francisco de Miranda logró rehacerse con los pertrechos y las fuerzas navales
inglesas. El 25 de julio de 1806 comandó una escuadrilla de seis buques y dos
cañoneras que, sumando 77 cañones en total, se adentró por el golfo de Paria.
La expedición constaba de tan sólo 400 hombres, número que no garantizaba para
nada su éxito, pero Miranda esperaba sumar a sus paisanos, que debían de
adherirse a la causa.
Los invasores se apoderaron del fuerte de Vela de Coro e izaron la bandera
revolucionaria; luego siguieron a Coro adonde la población, en vez de
unírseles, escapó despavorida. Miranda pudo haber tomado Caracas, que estaba
desprevenida y mal armada, pero dudó, se quedó esperando los refuerzos que
nunca llegaron y en agosto se retiró decepcionado hacia Aruba.
El rebelde fue vencido por sus propios hermanos españoles americanos. Aquellos
a quienes Vizcardo y Guzmán se había dirigido con tanto ahínco.
§. Construyéndose una imagen
A finales de 1806, Simón Bolívar salió de París con dirección a Estados Unidos
y Caracas. Se despidió de Fanny y, por más que ella trató de disuadirlo, fue en
balde. En realidad, ni la mismísima María Teresa lo habría detenido en Europa.
La familia de Carlos IV de Francisco de Goya y Lucientes (1800). Óleo sobre
lienzo. Museo del Prado, Madrid.
Apenas
llegó a Caracas trató de involucrarse con los grupos que buscaban desprenderse,
de uno u otro modo, del yugo español. Para los revolucionarios caraqueños, la
figura de un Simón Bolívar antimonárquico y republicano era inverosímil. Su
imagen de dandi de bolsa ligera, amante de la buena vida europea y seductor de
plebeyas y cortesanas, no conjugaba con su nuevo discurso emancipador. Sin
embargo, la oportunidad se presentaría ideal para sus fines.
El 30 de noviembre de 1806 los ejércitos napoleónicos habían tomado Lisboa y
luego fueron ocupando las plazas militares del norte de España. El pueblo
exigía que Godoy dejara el Gobierno y la opinión popular manifestaba que
Napoleón iba a ir en ese sentido y a poner al príncipe Fernando en el trono.
Pero esto nunca sucedió y al final fue el propio pueblo amotinado en Aranjuez
el que se encargó de obligar a Carlos IV a abdicar a favor de su hijo Fernando
y de sacar del Gobierno a Godoy.
El 24 de marzo de 1808 Fernando VII entró en Madrid pero el 10 de abril huyó ante
la presión francesa. Las intenciones de Bonaparte fueron ineludibles, y tanto
Carlos IV como Fernando VII terminaron abdicando a favor de Napoleón.
En ese contexto, y en diversas ciudades y regiones de España, se crearon Juntas
de Gobierno para oponerse a la invasión napoleónica. Los criollos separatistas
en América vieron en la invasión de Napoleón a España el escenario perfecto;
gracias a ella, el poder español quedó menoscabado y hondamente desprestigiado.
Adicionalmente, Inglaterra declinaría en tomar las colonias americanas, ya que
estaba concentrada en contrarrestar a Napoleón.
Para julio de 1808, Bolívar era parte de un grupo considerado por los mayores
como adicto a lo que denominaban ciertas truhanerías. Las reuniones de dicho
grupo constituían juntas o congresos criollos que propugnaban la guerra de
independencia y hasta —se decía— el asesinato del capitán general de Caracas.
El mismo Perico Palacios, presente primero en aquellas reuniones privadas
celebradas en casa de los Bolívar, se alejaría de ellas discrepando. Y es que
era imposible pensar en una guerra de independencia que no terminase en una
guerra civil; para entonces, los lazos de sangre, amistad y parentesco se
habían extendido en todas las colonias, vinculando a españoles americanos y
españoles europeos. Más aún, los bandos eran confusos, había peninsulares
republicanos que apoyaban la independencia de América, criollos que buscaban
mayor autonomía sin escisión de España, otros que buscaban la independencia
plena y hasta los monárquicos que aspiraban a una independencia que no dejara
de reconocer al rey Fernando VII.
Los movimientos políticos generados por los criollos en América, nacieron
entonces con el pretexto de repeler el imperialismo napoleónico y de
reivindicar a Fernando VII.
Fernando VII con manto real, de Francisco de Goya y Lucientes (1814-1815).
Óleo sobre lienzo. Museo del Prado, Madrid.
Don
Vicente de Emparán fue designado como capitán general de Caracas por deseo de
Napoleón. Su Gobierno, ilustrado y afrancesado, fue derrocado por los criollos
caraqueños el Jueves Santo del 19 de abril de 1810: al grito de « ¡A muerte los
franceses!» y de « ¡Viva la patria, la religión y Fernando VII!». Sin una gota
de sangre derramada, se instaló la denominada Junta Suprema Conservadora de los
Derechos de Fernando VII. Ni Simón Bolívar ni su hermano Juan Vicente
participaron en su asunción al poder. Ambos, ya separatistas radicales, no
creyeron en lo que para ellos era una fórmula tibia de independencia sin
independencia, y una falsa república a la sombra de los republicanos
peninsulares.
Sin embargo, y a pesar de haberse sustraído inicialmente de los
acontecimientos, Bolívar buscó la manera de vincularse con la Junta. Él
consideró que el paso dado era inconsistente y temporal, pero no eran tanto sus
convicciones las que lo movían y como su apetito de figuración personal.
Simón Bolívar en 1810. Este sería su aspecto cuando estuvo en la misión
diplomática en Londres por encargo del novel gobierno caraqueño.
Para
entonces la Junta tenía la necesidad de obtener fondos para equipar y sostener
al ejército y enviar misiones al exterior, lo que era urgente para presentar la
posición del Gobierno venezolano ante las potencias estratégicas de Inglaterra
y los Estados Unidos. Entonces, la familia Bolívar ofreció financiar dichas
misiones diplomáticas. Varios miembros de la Junta se opusieron, eran misiones
delicadas, sobre todo la que iría a Inglaterra. Pero Bolívar no se anduvo con
ambigüedades; Juan Vicente solicitó la jefatura de la misión a los Estados
Unidos y para él la jefatura de la misión a Inglaterra. La Junta finalmente
aceptó, pero trató de organizar el viaje de tal modo que se cumpliesen sus
objetivos sin distorsiones.
La Junta acompañó a Bolívar de las personas idóneas: Luis López Méndez, quien
recibió las instrucciones oficiales, y Andrés Bello, que fue designado como
secretario. Bello tuvo que tolerar como jefe, a quien fuera su gravoso alumno y
quien ahora era el insufrible líder de la misión.
Los tres comisionados desembarcaron en Portsmouth el 10 de junio de 1810. El
marqués de Wellesley, ministro de Estado de Londres, los recibió en su casa
particular y no en el Ministerio. Para Gran Bretaña la Junta no representaba un
Gobierno extranjero reconocido. Inglaterra era en aquel momento aliada de
España contra Napoleón y no haría ahora nada parecido a lo hecho en favor de
Miranda cuatro años atrás.
Las instrucciones de la misión venezolana eran solicitar la mediación del
Gobierno británico para evitar un conflicto directo con España y abrir las
facilidades para el comercio con Inglaterra. Esto último era muy apetecible
para los ingleses, que habían buscado —por las buenas o por las malas— el
comercio con América por cientos de años.
No está claro si Bolívar siquiera leyó las instrucciones dadas por la Junta, si
las obvió adrede, o simplemente pasó por encima de ellas. Primero se explayó en
un discurso en su perfecto francés, describiendo los hechos previos a la
instalación de la Junta el 19 de abril, luego detalló la oposición de Venezuela
al Consejo de Regencia que gobernaba España, y finalmente la decisión que había
tomado Caracas de declarar arbitrarias todas las resoluciones del Gobierno
español.
Wellesley lo miró circunspecto, le dijo que lo escuchado significaba en la
práctica que lo que había decidido la Junta era la emancipación de España y eso
era algo que su Gobierno no podía apoyar, más aún tratándose de un movimiento
dentro del territorio de su aliado español. Entonces Bolívar le entregó sus
credenciales al ministro y, ante el asombro de todos, le entregó también por
descuido las instrucciones elaboradas por la Junta. Wellesley las leyó y lo
miró de nuevo. ¿Acaso la Junta de Caracas no llevaba el nombre de Fernando VII
y proclamaba la defensa de sus derechos? Las instrucciones que tenía a la
vista, ¿no prohibían abordar el tema de la independencia venezolana?
Wellesley dijo que el Consejo de Regencia español era el órgano de mayor fuerza
y representativo de la resistencia española contra Napoleón; el desconocimiento
de sus potestades por parte de la Junta sería romper con España e impulsar la
independencia. Obviamente, una Junta Conservadora de los Derechos de Fernando
VII no podía dejar de reconocer al Consejo de Regencia que buscaba restituir su
autoridad.
Wellesley fue entonces muy claro, era necesaria la firme unión de las partes
libres de la monarquía para repeler a Francia. Esto era de interés prioritario
para Inglaterra y España. Por supuesto, las partes libres de la monarquía no
eran otras que las colonias americanas.
Fernando VII, ante un campamento, de Francisco de Goya y Lucientes. Fue rey
de España entre marzo y mayo de 1808, y tras la expulsión de José Bonaparte
desde diciembre de 1813 hasta su muerte.
En
el informe oficial remitido a la Junta, los comisionados comunicaron que «del
modo más amistoso [Wellesley] nos aconsejó que llegásemos a un acuerdo con la
Regencia, prometiendo al mismo tiempo que se nos daría satisfacción sobre todas
las ofensas, y que se reformarían aquellos abusos locales o temporales en
práctica con nosotros; a cuyo fin ofrecía que la Gran Bretaña intercedería de
la manera más formal».
Al final, el ministro Wellesley les dijo que hablando sólo como un amigo
sincero prevenía a los comisionados de que había en Inglaterra muchos
intrigantes ansiosos de acercárseles, así que debían de tener cuidado ya que la
misión que los había traído exigía una gran circunspección. Por supuesto que la
alusión de Wellesley, era al ya célebre Francisco de Miranda.
§. Independencia y tragedia
Para todos los sectores políticos de Venezuela, el nombre de Fernando VII había
llegado a ser oportuno e indispensable para mantener la comunión de ideas
alrededor de un solo movimiento. Para los republicanos y separatistas, invocar
a un rey sin trono, desterrado y sin capacidad de mando era el pretexto
perfecto para tomar el poder con legitimidad formal y sin romper con la alianza
entre España y Gran Bretaña. Para los monárquicos y los fieles a la Corona, la
figura de Fernando VII se había convertido en una especie de mito, una imagen
deificada del poder en el exilio. Así, a pesar de las puyas permanentes entre
ambos bandos, todos terminaban conformes.
Bolívar había logrado sus objetivos en el viaje a Londres. Conocía hasta dónde
podía llegar Inglaterra en el tema americano y había convencido a Miranda para
que retornara al país. Para el futuro Libertador, las bases de la independencia
ya estaban dadas y le dijo a Miranda que era indispensable su presencia y su
experiencia. En realidad, mucho más que Venezuela, era Simón Bolívar quien
necesitaba de Miranda.
Este en efecto, tenía la imagen pública y la experiencia militar que Bolívar no
tenía, había estado como oficial en las campañas de la Florida y como general
francés en las guerras revolucionarias, amén de haber enarbolado sus consabidas
rebeliones contra España en América. Su presencia en Venezuela no le quitaría a
Bolívar nada, menos aún el protagonismo que en la realidad no tenía. Pensó
entonces que al ir a su lado, él lo impulsaría como líder de la revolución.
La inminente presencia de Miranda en Caracas causó incomodidad y desconcierto
en todos los sectores. Era una suerte de héroe y precursor, pero los propios
criollos mantuanos lo habían vencido y rechazado pocos años atrás y los
aristócratas no lo querían ver. Sólo los más jóvenes y extremistas, Bolívar y
la denominada Sociedad Patriótica de Agricultura y Economía, lo recibieron con
regocijo.
Miranda desembarcó con su uniforme de gala de general revolucionario francés:
frac azul bordado en oro, sombrero de tres picos y botas con espuelas de oro
macizo.
La Junta lo recibió con los honores formales y lo nombró teniente general, pero
Miranda aspiraba al cargo de general y a un sueldo equivalente de acuerdo con
las ordenanzas de España. No estaba contento. El propio nivel de oficiales y
tropas, sin estudios, capacidad ni manejo de estrategias, le pareció demasiado
pobre, más bien paupérrimo. El Congreso nombró un triunvirato para el gobierno
del Ejecutivo, sin elegir a Miranda. Este comentó con sorna: «Me alegro de que
haya en mi tierra personas más aptas que yo para el ejercicio del supremo
poder».
La Junta se desintegró el 28 de marzo de 1811, transfiriendo sus facultades al
triunvirato elegido por el Congreso. Miranda, por su lado y con el apoyo de
Bolívar, logró la presidencia de la Sociedad Patriótica. Esta organización de
carácter civil, conformada por unos doscientos socios y con reuniones exaltadas
y tumultuosas, la integraban jóvenes jacobinos y varios diputados del Congreso
interesados en contrastar en un foro más público y espontáneo, sus ideas y
proyectos rechazados por el Parlamento.
En junio, la creciente influencia de Miranda permitió a Bolívar obtener un
escaño en el Congreso por la provincia venezolana de Barcelona. Entonces se
desencadenaron los hechos: el 3 de julio Miranda sostuvo ante el Congreso la
necesidad de la independencia. Lo hizo, según se expresa en el acta de la
sesión, «con razones muy sólidas, que formaron un enérgico y largo discurso». El
padre Maya —opositor tenaz del separatismo— recordó a todos los congresistas
que habían sido elegidos para «formar el cuerpo conservador de los derechos de
Fernando VII», y recriminó a los miembros de la Sociedad Patriótica —Bolívar
entre ellos— por su actitud beligerante. Desde las tribunas superiores del
Congreso, los bulliciosos radicales trataban de amilanar a los congresistas.
En realidad, las razones para postergar la declaración de la independencia eran
múltiples. En primer lugar, el efecto en Inglaterra y su eventual reacción
contra Venezuela. En segundo lugar, la actitud del Consejo de Regencia en
España que ya había declarado la Junta como un acto de insubordinación. Por
último, estaban las posibles consecuencias de una declaratoria de la independencia
en las provincias leales al rey, lo que daría lugar a la formación de dos
bandos y al peligro de que estallara una guerra civil.
Sin embargo y a pesar de todos los motivos, Miranda, con exultante elocuencia,
conminó al Congreso a correr los riesgos y gozar de las ventajas de la
libertad, lo que le hizo ganar vivas y aplausos.
Horas después, en el ámbito de la Sociedad Patriótica, el orador fue Simón
Bolívar. Su discurso fue una pieza magistral de oratoria:
No
es que haya dos congresos —dijo refutando a los que criticaban la existencia de
la Sociedad Patriótica—. ¿Cómo fomentarán el cisma los que conocen más la
necesidad de la unión? Lo que queremos es que esa unión sea efectiva y para
animarnos a la gloriosa empresa de nuestra libertad. Se discute en el Congreso
Nacional lo que debiera estar decidido y ¿qué dicen? Que debemos comenzar por
una confederación, como si todos no estuviésemos confederados contra la tiranía
extranjera. Que debemos atender a los resultados de la política de España, ¿qué
nos importa que España venda a Bonaparte sus esclavos o que los conserve, si
estamos decididos a ser libres? Estas dudas son tristes efectos de las antiguas
cadenas. Que los grandes proyectos deben prepararse en calma. ¿Trescientos años
de calma no bastan? La Junta Patriótica respeta como debe al Congreso de la
nación, pero el Congreso debe oír a la Junta Patriótica, centro de luces y de
todos los intereses revolucionarios. Pongamos sin temor la piedra fundamental de
la libertad sudamericana.
A la
mañana siguiente, el 4 de julio, el Congreso recibió la iniciativa de la
Sociedad Patriótica elevándola en consulta al Ejecutivo. El mismo día, el
Ejecutivo la devolvió aprobando la propuesta. Esa noche Caracas celebró con
júbilo el aniversario patrio de los Estados Unidos. Al día siguiente la
multitud presente en el Congreso vitoreaba a los republicanos y callaba con
silbidos a los realistas. El presidente del Congreso informó de la aprobación
del Ejecutivo y Miranda exigió que se redactara y firmara de inmediato la
declaratoria de independencia. Sometida a voto la moción, sólo el padre Maya
estuvo en contra. Los aplausos eran atronadores. El documento pasó oficialmente
al Ejecutivo el día 8 intitulado «Declaración de Independencia de la
Confederación Americana de Venezuela».
Pero la nación se constituía sobre bases débiles y quebradizas. Venezuela había
tomado el nombre de Estados Unidos de Venezuela para aplacar formalmente los
intereses de las provincias. De esa manera, Venezuela se articulaba en estados
y con ello aceptaba una potencial descomposición de la nación.
Rápidamente las rentas del país fueron menguando ante el desequilibrio
ocasionado por la presencia de casas inglesas y estadounidenses, que con su
experimentado aparato comercial hacían presa fácil a los productores
venezolanos de cacao, café, carne salada o zurrones de añil. Ante la escasez de
rentas, la única respuesta de Caracas fue producir papel moneda y, en
consecuencia, los productores de las provincias prefirieron no hacer negocios con
la capital para no recibir papeles sin valor.
La arroba de carne que valía cuatro reales de plata subió hasta 48 de papel. El
descontento se generalizaba y pocos días antes de la declaración de la
independencia —el 1 de julio de 1811— el Gobierno dictaba un reglamento para la
Libertad de Prensa que en su artículo 8 prohibía «los escritos subversivos del
sistema adoptado y establecido en Venezuela, el cual consiste principalmente en
su libertad o independencia de cualquier otra potencia o soberanía situada
fuera de su territorio»; y que añadía que «los autores, editores e impresores
que publicaran escritos contrarios al sistema de Venezuela, indicado en el
artículo 8, serán castigados con el último suplicio».
Como era de esperar, con las discusiones para elaborar la Constitución Política
del Estado naciente, se avinieron también las iniciativas separatistas de cada
provincia. El territorio unido bajo el dominio español, bajo el nombre de
Capitanía General de Venezuela, daba lugar ahora a que los odios y rivalidades
entre las ciudades y regiones emergieran de manera violenta, por lo que cada
una quería constituir un Estado soberano e independiente. A esto se sumaba el
descontento por el manejo republicano de las finanzas públicas, ahora en manos
de políticos, filósofos y filántropos, que poco o nada conocían del manejo
económico de un país. Bolívar fue entonces insultado por los delegados del
interior con el calificativo de «caraqueño» y Miranda con el apelativo de
«extranjero».
En la ciudad de Valencia estalló un motín contra el Gobierno republicano.
Españoles, pardos y negros se levantaron al grito de « ¡Viva Fernando VII!
¡Viva la religión católica! ¡Muera la Independencia!».
Ante la ausencia de mandos preparados para la contienda, el Gobierno nombró al
propio Miranda como generalísimo de los ejércitos de la República. Cuando el
famoso general recibió a los ejércitos bajo su mando, no vio otra cosa que un
populacho de hombres mal armados y sin la mínima marcialidad. Entonces preguntó
sin ambages a un funcionario que estaba a su lado dónde estaban los ejércitos
que un general de prestigio podía llevar a la batalla sin comprometer su
dignidad. Por ello la opción de Miranda fue clara y directa, prefirió a
militares extranjeros contratados por el Gobierno, por encima de los patriotas
venezolanos que carecían de capacidades académicas para la guerra. El propio
Bolívar fue rechazado por él para una jefatura, a pesar de ser formalmente
coronel del Regimiento de las Milicias de Aragua, grado que en realidad le venía
por estirpe y no por eminentes méritos.
Miranda logró la recuperación de Valencia; este logro militar lo catapultó en
imagen y liderazgo, pero por primera vez se vio también el derramamiento de
sangre venezolana. Rendidos los rebeldes por falta de víveres y de agua, fueron
acribillados por las tropas republicanas. Doce realistas —fieles al rey de
España— presos en las cárceles de Caracas fueron fusilados, sus cuerpos
decapitados y las cabezas colocadas en jaulas sobre postes en los caminos hacia
la ciudad. Eran escarmientos para asegurar la independencia y la república,
eran ejecuciones de vecinos honestos y notables, era la primera sangre perdida
en una guerra fratricida que apenas despertaba a la luz.
El 21 de diciembre de 1811, el Congreso promulgó una Constitución federalista
que no dejó contenta a ninguna de las facciones en disputa. Las consecuencias
eran previsibles. Ahora —para Bolívar y Miranda— los peligros del federalismo
demandaban rigor contra los conspiradores y la pena de muerte contra los americanos
y españoles realistas, que ahora preparaban la contrarrevolución en Coro y
Maracaibo.
Bolívar alzaba ahora la bandera de la mano dura y la anticipación.
Lamentablemente para Venezuela, Bolívar, Miranda y la Sociedad Patriótica
habían enarbolado primero la bandera de la imprevisión.
§. El calvario de Puerto Cabello
El mundo tembló y la sacudida resquebrajó el país en pocos minutos. Cuando los
supervivientes vieron de nuevo sus calles y plazas, se encontraron con fachadas
derruidas, balcones en el suelo y edificios en ruinas. Entonces apareció una
figura emergida entre los escombros, era un joven ligero en mangas de camisa
que afanosamente trataba de auxiliar a los hombres, mujeres y niños sepultados
bajo el desastre. Era Simón Bolívar con el rostro enrojecido por el esfuerzo y
los cabellos ensortijados cubiertos de polvo. Ahí, en medio de aquel infierno,
lanzó su mirada encendida y, como enajenado, espetó: «Si se opone la
naturaleza, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca». El terremoto se
produjo el 26 de marzo de 1812, pero antes ya se movían incontenibles los
acontecimientos.
A finales de 1811 e inicios de 1812 desembarcó en las costas occidentales de
Venezuela un contingente de soldados españoles y cuatro oficiales de Santo
Domingo para ponerse a las órdenes del general Ceballos. En realidad todo el
occidente del país era contrario a la república. Para las clases populares, el
rey tenía una imagen protectora frente a los oligarcas criollos y para los
propios criollos de aquellas regiones, quienes gobernaban Venezuela imprimían
papel moneda sin valor, generaban desbordamientos populares y controlaban el
orden público con un sistema de terror. Entre aquellos oficiales españoles que
llegaron a Venezuela, estaba Domingo de Monteverde.
La República se hallaba entonces en el más completo desorden y en la lucha de
facciones. La represión a todo aquel que fuera denunciado como traidor iba en
aumento con groseras injusticias contra hombres de bien que terminaban
engrilletados o fusilados. El general Ceballos decidió enviar a Monteverde con
264 hombres en ayuda y defensa de Siquisique, cuya población reclamaba la
presencia del ejército realista.
El 17 de marzo de 1812, Siquisique izó la bandera real y recibió a Monteverde
con vítores de algarabía y redoble de campanas. Lejos de obedecer las órdenes
de Ceballos y de sólo resguardar el pueblo, Monteverde desató la
contrarrevolución española. El oficial español fue incorporando combatientes a
su paso por cada pueblo y ciudad. Una vez tomada Carora, se le permitió a la
soldadesca el saqueo de la ciudad y esta sería una de las razones que aplicaría
Monteverde a lo largo de su campaña, valiéndose del rencor del pueblo llano
contra los criollos terratenientes.
Entonces sucedió el terremoto. La iglesia de La Trinidad, aquella iniciada por
Pedro Ponte y acabada de construir por la familia Bolívar el año que nació
Simoncito, quedó reducida a sus cimientos. El terremoto se produjo el Jueves
Santo de 1812, así como había sido un Jueves Santo de 1810 cuando se instaló la
Junta Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII, que dio lugar a la
independencia y a la República. Ante esta coincidencia, afloraron de inmediato
las creencias del pueblo; el terremoto fue asumido como un castigo divino por
la instauración en Caracas de un Gobierno impío y ateo, que había ido contra el
soberano reconocido por Dios. De hecho, el terremoto le sumó fuerza y mística a
la contrarrevolución de Monteverde.
En abril de 1812 el Gobierno otorgó poderes dictatoriales al Concejo Ejecutivo
de los Tres. La situación se iba haciendo desesperada ante un Monteverde que
avanzaba sin freno. Ante el posible descalabro del Gobierno, la opinión general
se orientaba hacia quien hasta la fecha había conducido oportunamente al
ejército. Así, Francisco Miranda recibió plenos poderes bajo el título de
generalísimo, con la esperanza de recobrar todo el terreno perdido por la
República desde la declaración de la independencia.
Monteverde tomó Barquisimeto y recobró Valencia, la que lo recibió con miles de
aclamaciones. Miranda no tenía cómo defender sus posiciones y se retiró a La
Victoria, a 60 leguas de Caracas. Las fuerzas de Monteverde también habían
menguado por los ataques del ejército republicano. En un acto de arrojo casi
suicida y sin refuerzos, Monteverde se lanzó al ataque de La Victoria para
acabar con los ejércitos de Miranda. En realidad, cualquiera de los dos podía
abandonar su causa o ganarla por un golpe de suerte; era casi un juego de
póquer en el que cada uno fingía tener las mejores cartas.
Fernando VII cautivo. Durante este período, su imagen pública fue utilizada
en América por republicanos y monarquistas por igual.
Y
fue el caraqueño quien se quebró primero. La decisión de capitular y firmar un
armisticio fue cuajándose lentamente en su voluntad. Vió el derramamiento de
sangre de compatriotas y peninsulares, y cómo él mismo había contribuido
directamente a ello. Supo de los abusos de José Félix Ribas, quien confiscó los
bienes de españoles y hasta de mantuanos inocentes como gobernador a cargo de
Caracas y cómo los sometió a todos a los grilletes. Pero otro factor se anidó
en su ánimo: era conocedor de la Constitución liberal de 1812, y tuvo
expectativas en ella para fundar una relación igualitaria entre España y sus
colonias.
Sin embargo, dichas razones no habrían sido suficientes, había en Miranda un
profundo desengaño y hasta un evidente desprecio por sus compatriotas; él se
había convertido en una suerte de estadista inglés o francés, en medio de una
corte de aldeanos americanos. Para él, aquellos criollos no podían gobernarse a
sí mismos, sólo los veía capaces para el caos, la traición y la incontrolable
guerra civil. Ya tenía la decisión tomada, sólo le faltaba el pretexto para
devolverle a España aquella República por la que él mismo había luchado durante
tantos años.
Entonces, encontró el pretexto perfecto en la persona de Bolívar.
Puerto Cabello era una base clave en la defensa del gobierno republicano, era
depósito de municiones y de víveres para la tropa, así como uno de los dos
puertos de conexión con el extranjero. Es más, Monteverde se hallaba encerrado
entre La Victoria y Puerto Cabello, lo cual había puesto a la contrarrevolución
realista en una grave desventaja estratégica.
El 30 de junio de 1812, el castillo de San Felipe en Puerto Cabello disparó un
cañonazo, se enarboló la bandera roja realista y se convocó un cabildo para
apresar a Bolívar. Fueron las propias fuerzas republicanas las que,
conjuntamente con los españoles presos y liberados, retomaron la fidelidad al
rey. Bolívar se confinó entonces en el cuartel de Milicias en la ciudad.
A las tres de la madrugada del primero de julio, la ciudad era bombardeada por
los traidores apertrechados en el castillo. Bolívar informa entonces de los
acontecimientos a Miranda y le solicita que ataque inmediatamente al enemigo
por la retaguardia. Nunca sucedería. Al día siguiente y varios días después,
Bolívar vio cómo desertaban sus hombres, que se pasaban al bando contrario sin
pestañear. El día 6 perdió la plaza, y salvó la vida con su plana mayor,
sintiéndose responsable, aunque no culpable. El día 12 le escribe a Miranda:
¿Con
qué valor me atreveré a tomar la pluma y escribir a usted habiéndose perdido en
mis manos la plaza de Puerto Cabello? Mi corazón se halla destrozado […] Mi
general, mi espíritu se halla de tal modo abatido que no me siento con ánimo de
mandar un solo soldado; mi presunción me hacía creer que mi deseo de acertar y
mi ardiente celo por la patria suplirían en mí los talentos de que carezco para
mandar.
Dos
días después, un Bolívar igual de desgraciado añade:
Después
de haber perdido la última y mejor plaza de estado, ¿cómo no he de estar
apocado, mi general? ¡De gracia no me obligue Ud. a verle la cara! ¡Yo no soy
culpable, pero soy desgraciado y basta!
Miranda
contestó refiriéndose al primer informe sobre la pérdida de Puerto Cabello:
Mi
querido Bolívar: Por su oficio de 1º del corriente me he impuesto del
extraordinario suceso ocurrido en el castillo de San Felipe. Esto hace conocer
a los hombres. Espero con ansia nuevo aviso de usted, y mañana le escribiré con
más extensión.
Pero
Miranda ya estaba en plenas negociaciones para suscribir su capitulación ante
Monteverde. Éste recibió —lleno de satisfacción— la entrega de Venezuela cuando
ya se sentía derrotado. La amnistía se firmó el 25 de julio y se circunscribía
a los territorios aún no ocupados por las fuerzas realistas; Venezuela sacaría
partido de los beneficios aprobados por las Cortes y se respetarían las
personas y los bienes de los miembros de la República derrocada. Miranda se
dirigió a Caracas para informar al ayuntamiento sobre la firma de la
capitulación; no se había hecho pública la noticia, pero iba de boca en boca.
De manera confidencial, Miranda salió hacia el puerto de La Guaira, donde la
corbeta Shapphire que lo llevaría a Curazao lo esperaba con su equipaje de
libros y mapas, lista para zarpar de inmediato. Miranda, con su indolencia
acostumbrada y poniendo su estatus por encima de todo, decidió pasar la noche
en el puerto.
Aquella noche se produjo uno de los hechos más contradictorios de la
independencia americana. Eran las tres de la madrugada, las voces resonaron
junto al lecho de Miranda, tres figuras estaban a su lado, en pie y en la
penumbra. Se le ordenó que se vistiera. Miranda se puso algo encima y levantó
una linterna de mano a la altura de su cabeza. Ahí, en medio del contraste
entre la luz amarilla y la oscuridad de la noche, se dibujaron inconfundibles
los ángulos precisos, las cejas y los bigotes finamente recortados del rostro
de Simón Bolívar.
A Miranda le bastó un segundo para inmortalizar su opinión irreductible sobre
aquellos españoles americanos: «Bochinche, bochinche —dijo con voz lánguida e
indiferente—, esta gente no sabe hacer sino bochinche».
§. De la admiración a la traición
¿Por qué Simón Bolívar entregó a Francisco de Miranda? Desde aquel
acontecimiento se contaron múltiples versiones que lo exculpan, lo justifican o
simplemente lo ponen a la altura de un judas.
Tras la capitulación y la firma del armisticio, Monteverde incumplió sus
términos iniciando una interminable persecución de los republicanos bajo la
premisa antijurídica de que el armisticio no era válido para los traidores al
rey. En medio de aquellos hechos, Monteverde entregó a Bolívar un pasaporte
para su salida hacia países extranjeros, uno de los pocos otorgados por el
nuevo dictador.
No existe ningún motivo para restarle valor a la carta del propio Monteverde
dirigida al Gobierno español. Dicho documento está fechado el mismo 26 de
agosto, día que expide el pasaporte. En ella escribe con prolijidad:
Los
que fueron contagiados, pero de algún modo obraron opuestamente a la maligna
intención de los facciosos, deben ser perdonados de su extravío y aún tenerse
en consideración sus acciones, según la utilidad que haya resultado de ellas al
servicio de S. M. En esta clase se hallan Manuel María de las Casas, Miguel
Peña y Simón Bolívar. Casas y Peña eran los que estaban encargados del gobierno
de La Guaira […] Casas con el consejo de Peña y por medio de Bolívar había
puesto en prisiones a Miranda […] Yo no puedo olvidar los interesantes
servicios de Casas, ni de Bolívar y Peña, y en virtud no se han tocado sus
personas, dando solamente al segundo sus pasaportes para países extranjeros,
pues su influencia y conexiones pueden ser peligrosas en estas circunstancias.
El
último extremo del documento suena a fórmula de rigor; si se hubiera temido
sobre la posterior conducta de Bolívar, jamás se le habrían dado los
pasaportes. Francisco Iturbe realizó las gestiones formales ante Monteverde y
este creyó firmemente que podía contar con un Bolívar traidor y acabado para la
revolución americana. También es verdad que la entrega de Miranda no obedeció a
un acuerdo previo de Bolívar, Casas y Peña con Monteverde. Simplemente los tres
prendieron al héroe de la revolución. ¿Por qué?
Bolívar respondería a esa pregunta a lo largo de su vida, incluso lo haría
espontáneamente desde el fondo de su conciencia. Bedford H. Wilson, su
secretario, diría en 1833 que «hasta la última hora de su vida [Bolívar] se
gozó de aquel suceso, que siempre afirmaba haber sido acto exclusivo suyo para
castigar la conducta traicionera de Miranda al capitular a fuerzas inferiores e
intentar después embarcarse sabiendo que no se respetaría la capitulación».
De acuerdo con aquella versión, se supone entonces que Bolívar quiso castigar
la traición de Miranda por capitular ante fuerzas inferiores. ¿Podemos creer en
esta afirmación? En realidad consideramos que sí quiso castigar a Miranda y lo
consideró un traidor, pero no por capitular ante Monteverde. De hecho, en aquel
entonces nadie habría visto más poderosos a los realistas que el propio
Bolívar, que venía con el ánimo desangrado por perder Puerto Cabello pocos días
atrás. De hecho, en julio de 1812 no podía conocer las reales fuerzas de
Monteverde. Entonces, ¿en qué sentido sería Miranda un traidor?
En realidad el futuro Libertador debió haber visto en Francisco de Miranda a un
traidor a la causa libertaria más radical, aquella que ambos habían defendido
desde la Sociedad Patriótica y hasta la declaración de la independencia.
Miranda había rendido sus propios principios y, con su captura, Bolívar quiso
castigar la cabeza del entreguismo. Esto puede ser cierto, ¿pero es suficiente
para explicar la entrega de Miranda?
El Libertador dice que Miranda quiso embarcarse sabiendo que no se respetaría
la capitulación y por ello lo prendió. Esto no tiene sentido; el mismo barco
que llevaba las pertenencias de Miranda también cargaba con los bienes de
Bolívar; si este podía salir del país, ¿por qué no el otro?
Todo es realmente insuficiente para entender a Bolívar. En verdad el futuro
Libertador habría tenido razones mucho más oscuras. Descartemos que su
actuación buscara gozar de la indulgencia de Monteverde; los pasaportes fueron
obtenidos después con la habilidad de Iturbe valiéndose de su entrega.
Entonces. ¿Qué pasó dentro del alma de Bolívar para que entregara a España a
quien era un símbolo de Venezuela?
Definitivamente Miranda no merecía la captura y el encarcelamiento, y Bolívar
lo sabía. Aún bajo la premisa de que hubiera sido un traidor a la causa
independentista, Miranda ya era un héroe en vida, había luchado por Venezuela y
por la libertad de América. Si alguien estaba moralmente autorizado para cerrar
el capítulo de aquella República inmadura, ese era precisamente Miranda.
Castillo de San Felipe en Puerto Cabello, donde estuvo preso Miranda.
Pero
este había favorecido que Bolívar recordara muchas cosas, había hecho que
afloraran en él emociones perdidas, lo había hecho sentirse americano y criollo
entre los propios americanos. Bolívar, quien se sentía superior por su abolengo
y por su formación europea, que había buscado en América la gloria que las
cortes europeas jamás podrían darle, se había convertido ahora, y por Miranda,
en un pequeño americano sin futuro.
Con él al mando, el futuro Libertador de América supo que jamás se convertiría
en cabeza de la revolución y en el héroe de la nación. Miranda, con su
soberbia, había llegado hasta los cielos de la política venezolana y de los
ejércitos del país; en cambio, Bolívar se había sumido en una derrota que le
marcaría por siempre. Las palabras que Bolívar decía de sí mismo en las cartas
a Miranda tras la pérdida de Puerto Cabello, eran las que en su fuero interno
creía brotaban de la mente del generalísimo.
Como consecuencia, Bolívar, que había convertido el hambre de gloria en el
motivo de su vida, había quedado vacío de esperanzas ante el liderazgo de
Miranda. Él, que lo había traído a Venezuela para crecer a su sombra, había
sido eclipsado bajo la copa de aquel árbol demasiado grande.
Miranda en la carraca, de Arturo Michelena (1896). Galería de Arte Nacional,
Caracas, Venezuela. La imagen lo representa en el calabozo del Penal de las
Cuatro Torres en San Fernando, donde falleció de apoplejía, mientras planeaba
su fuga, el 14 de julio de 1816.
Si
Bolívar —con Puerto Cabello— le dio a Miranda el pretexto para la capitulación,
Miranda —con la capitulación— le dio a Bolívar el pretexto para su traición.
Una traición producto de un deseo desordenado y brutal por abrazar la gloria.
Al fin, Bolívar le ofreció a Monteverde su regreso a Europa para ponerse a los
servicios militares de Wellington, lo cual le serviría de puente para volver a
las órdenes de la Corona española. Esto fue lo que dijo y lo que prometió
¿realmente lo creyó? Puede que sí, es posible que en medio de su desconcierto
interior se fraguase en él esta mentira. Como si por un instante pudiese dar
marcha atrás en su vida y llegar a la gloria tan deseada del brazo de Fernando
VII y del triunfante Monteverde.
Bolívar acabó en Curazao con un grupo de exiliados caraqueños. Con quien nunca
más ya podrá contar será con su hermano Juan Vicente. Un año atrás, cuando este
volvía de sus dilatadas gestiones ante el Gobierno de los Estados Unidos —como
jefe de la representación diplomática de la Junta—, naufragó y perdió la vida.
Nunca sabremos si la conducta de Bolívar respecto a Miranda habría sido otra si
hubiese tenido a alguien de su fuero familiar para ponderar hechos y tomar
decisiones.
Pero con la muerte de Juan Vicente, surgía también el asunto de su herencia.
Simón Bolívar no podía acceder a dicha fortuna —mucho más cuantiosa que la
propia—, pues jurídicamente debía escoger entre dicho vínculo y la fortuna
heredada del padre Aristeguieta, de la que además se había convertido en
ilegítimo poseedor al rebelarse contra la autoridad del rey de España.
En la práctica, Bolívar mantuvo la heredad que ya poseía y tomó la heredad de
su hermano en administración. Este era el comienzo en la vida del Libertador,
de una tensa relación con la Ley y con quien la represente; y de su frustración
al tratar de imponer sus conceptos legislativos.
Monteverde, con mil ardides y sin otra justificación que no fuera la
persecución política y la ambición de riquezas, encarceló a más de setecientas
personas vinculadas con la República y decomisó todos sus bienes. La alarma y
el terror se generalizaron en medio del creciente desprestigio de Monteverde.
Entonces, este confiscó también los bienes y rentas de Bolívar, tanto las
propias como la opulenta herencia de Juan Vicente.
§. Esperanza en Nueva Granada
Yo
soy, granadino, un hijo de la infeliz Caracas, escapado prodigiosamente de en
medio de sus ruinas físicas y políticas, que siempre fiel al sistema liberal y
justo que proclamó mi patria, he venido a seguir aquí los estandartes de la
independencia, que tan gloriosamente tremolan en estos estados […] A este
efecto presento como una medida indispensable para la seguridad de la Nueva
Granada la reconquista de Caracas.
Cartagena
de Indias. Fecha,
15 de diciembre de 1812
Memoria dirigida a los ciudadanos
de la Nueva Granada por un caraqueño
Transcurrieron
sólo cuatro meses desde aquella entrevista en la que Bolívar, con Monteverde e
Iturbe al frente, recibía los pasaportes para su salida de Venezuela. En aquel
momento, el documento conocido ahora como el Manifiesto de Cartagena, habría
sido imposible de imaginar.
El futuro Libertador, afincado en Curazao, no sólo sufrió penurias económicas y
materiales, sino que dejó reposar sus principios ideológicos, maceró sus ideas
políticas y sus convicciones ideológicas. De manera nítida y escrupulosa, revisó
sus días, sus campañas militares, los enormes errores cometidos y sus pocos
aciertos. Entonces, creyó ver clara y limpia la oportunidad que la situación le
ofrecía.
Venezuela había formado parte del Virreinato de Nueva Granada hasta que los
Borbones la separaron y crearon una intendencia independiente en 1776. Nueva
Granada había sufrido un caos similar al de Venezuela y Antonio Nariño había
tomado el poder de manera autocrática, aunque siempre bajo la imagen de
Fernando VII. Las ciudades granadinas estaban divididas a favor de la causa
realista o la causa republicana. Mientras Santa Marta enarbolaba su fidelidad
al rey, Cartagena, en el extremo opuesto, se había declarado independiente de
España y hasta de Nueva Granada.
Los ejércitos realistas de Santa Marta, insuflados de valor por los triunfos de
Monteverde, bloquearon Cartagena. La capacidad de respuesta de los republicanos
era mínima y el escenario era más que propicio para un Bolívar que trataba de
volver a la escena militar y política. Junto con José Félix Ribas, el coronel
español Manuel Cortés Campomares y cinco notables venezolanos más, llegó a
Cartagena para ponerse al servicio de la ciudad.
Fueron bien recibidos por el francés Labatut, quien desempeñaba el cargo de
jefe militar; todos, menos Bolívar. Labatut era amigo de Miranda y lo tenía por
un felón, así que, forzado a acogerlo por el mando político, no dudó en
enviarlo al lejano pueblo de Barrancas. En teoría, el caraqueño quedaba fuera
de las acciones contra Santa Marta, sin embargo él ya tenía un plan
preconcebido.
Antes de partir a lo que sería su primera gran campaña revolucionaria, Bolívar
se consagra como ideólogo y político. Su Manifiesto de Cartagena marcará un
hito en su madurez personal y política, en él expresa la necesidad de romper
las bases realistas como única alternativa de lograr la independencia
americana. La reconquista de Caracas, dice, parecerá «inconducente, costosa y
quizá impracticable […] pero es imposible desconocer su necesidad». Pero su
discurso va más allá: establece un conflicto entre americanos e hispanos,
mencionando como parte de las causas de la debacle venezolana «una entupida
indulgencia para con los ingratos y pérfidos españoles». A partir de ahora, la
guerra ya no sería entre realistas y republicanos; Bolívar estaba creando un
artificio que ha perdurado en España y las Américas hasta el siglo XXI: que la
guerra de independencia fue una guerra entre americanos y españoles, y no una
guerra civil entre americanos contra americanos y españoles contra españoles.
En definitiva, Bolívar trazó en su Manifiesto las líneas maestras de su
pragmatismo político y los cimientos de su pensamiento autocrático. Se refiere
a «ciertos buenos visionarios que, imaginándose repúblicas aéreas, han
procurado alcanzar la perfección política presuponiendo la perfectibilidad del
linaje humano. Por manera que tuvimos filósofos por jefes, filantropía por
legislación, dialéctica por táctica y sofistas por soldados». ¿Qué tipo de
líderes esperaba entonces Bolívar? Estaba claro que bajo sus críticas estaba
también Miranda, quien había elaborado una Constitución Política para
Venezuela, con utópicos incas y curacas al mando. ¿Qué deseaba Bolívar? Sin
duda la escisión de España, pero bajo un liderazgo fuerte y unificado,
patriótico pero autocrático. Un liderazgo único que llenara de gloria a un solo
hombre.
El Libertador hizo entonces del pueblecito de Barrancas su base militar,
entrenó a la población obteniendo un contingente de hombres mal armados y peor
disciplinados, pero eficientes. Desobedeció entonces las órdenes de Labatut, y
con 200 hombres se dirigió a Tenerife para expulsar a los realistas del Alto
Magdalena y tener acceso a las provincias limítrofes con Venezuela.
El 23 de diciembre se dio la batalla. Feroces y sangrientos, los hombres de
Bolívar sitiaron las defensas de la ciudad y tomaron la plaza obteniendo
embarcaciones y piezas de artillería. En Mompox fue recibido con algarabía por
la población y obtuvo refuerzos que elevaban su número de efectivos a casi
quinientos. Cuando se esperaba que consolidara sus posiciones, se internó por
sorpresa por el interior y el primero de enero de 1813 atacó Chiriguano.
Bolívar ya tenía una fuerza respetable. Volviendo al Magdalena y siguiendo su
campaña relámpago, se apoderó de Talamaleque para, finalmente, ser recibido en
Ocaña como un héroe y con la ciudad engalanada. Aquí instaló Bolívar su cuartel
general.
En Cartagena el entusiasmo fue general y absoluto; las protestas de Labatut,
quien bregaba por llevar a Bolívar a consejo de guerra por desobediencia, eran
ignoradas. En treinta días, a Bolívar le había cambiado la fisonomía de la
guerra interna. Pero ¿qué había cambiado? En realidad estaba aplicando la
estrategia veloz, sorpresiva y sangrienta que vio desarrollar a Monteverde en
Venezuela. Pero mientras Monteverde actuó improvisadamente, él atacó con
planificación; y si Monteverde se había desgastado en varios frentes a la vez,
él había actuado focalizando sus fuerzas. Bolívar había resultado ser un alumno
aplicado.
A finales de enero, Bolívar supo de los planes de Monteverde para recuperar
Nueva Granada para el Imperio español. Lejos de resultar una amenaza, esta era
una ocasión inmejorable para obtener la decisión de los granadinos de unirse a
Venezuela para su liberación. Decía Bolívar: «La suerte de Nueva Granada está
íntimamente ligada a la de Venezuela». Como no tenía autorización para ingresar
en territorio venezolano con ejércitos granadinos, esperó la solicitud de
auxilio de alguna provincia granadina.
El 8 de febrero le llegó la autorización para actuar en defensa de Pamplona y
en apoyo del coronel Castillo.
Con 400 hombres, Bolívar atacó a los realistas de San José de Cúcuta. Con su
triunfo militar vino el saqueo, algo más al estilo de Monteverde. En realidad,
ni a Monteverde ni a él les interesaba el ominoso aprovechamiento de los bienes
ajenos, pero se trataba de gratificar a la soldadesca, de evitar deserciones y
de aceptar que la guerra para aquella gente de pueblo era más una forma de
ganarse la vida que un tema de convicciones. Las tiendas, comercios y negocios
fueron tomados sólo por el hecho de pertenecer a españoles, o a quien pareciera
serlo. Bolívar estaba ahora a las puertas de Venezuela.
Bolívar fue nombrado ciudadano de Nueva Granada y brigadier general del
Ejército de la Unión. Ahora tenía un ejército de 1.000 hombres mejor
entrenados, vestidos y con experiencia militar. Escribió al presidente del
Congreso: «Ya tiene Vuestra Excelencia terminada la campaña de Cúcuta y
liberada una bella porción de la Nueva Granada de los tiranos que la asolaban.
Ahora sólo nos resta vencer a los opresores de Venezuela».
Bolívar recibió el 7 de mayo de 1813 la autorización para liberar las
provincias venezolanas de Mérida y Trujillo, bajo el compromiso de jurar
fidelidad a Nueva Granada y de restituir en Venezuela a aquellas autoridades
destituidas por Monteverde. Simón Bolívar se enfrentaba a su reto mayor:
liberar a su patria con un ejército de 700 efectivos. Era una fuerza exigua si
se tienen en cuenta los 6000 hombres con que contaba Monteverde.
Capítulo 3
Revolución: gloria y horrores
Contenido:
1. La
Guerra a Muerte
2. El
flagelo de Boves
3. La
sangre de la nación
4. El
generalísimo
5. Los
hombres del llano
6. Batalla
en el valle de La Puerta
7. El
congreso de Angostura
§.
La Guerra a Muerte
Las calles de Caracas estaban engalanadas de guirnaldas. Coronas de flores,
ramas de laurel y olivo pendían de balcones y portales. En la recepción, doce
bellas doncellas vestidas con túnicas y vestidos con los colores de la
República esperaban al Libertador. Es el 6 de agosto de 1813 y un Simón Bolívar
de treinta años llega a Caracas en su mayor momento de gloria. Las aclamaciones
de miles de personas se mezclan y confunden con el repique de las campanas y
los festivos disparos de artillería. Las cárceles se han abierto y republicanos
presos salen macilentos y enjutos de las mazmorras. Un carro al estilo romano
lleva a Bolívar a la Casa de la Municipalidad para las ceremonias. Ahí las
hermosas caraqueñas coronan al Libertador con laurel, y en ese momento Bolívar
debió de recordar su juramento en Monte Sacro y tal vez la coronación de
Napoleón.
En tres meses Bolívar había doblegado con audacia inaudita las fuerzas de
Monteverde. Su determinación lo hizo pasar por encima de la autorización dada
por el Congreso de Nueva Granada y de la opinión de sus lugartenientes. El
coronel Castillo fue el primero en oponerse altanero a la invasión de
Venezuela. Bolívar no lo olvidó y se volverían a encontrar. El mando recayó
entonces en el joven sargento granadino Francisco de Paula Santander. Este
informó a Bolívar del mal estado de las tropas y de una posible deserción
general, ante lo que el Libertador fue más que directo: «No hay alternativa —le
dijo—, o me fusila usted o lo fusilo yo».
Francisco de Paula Santander (1792-1840), llamado El Hombre de las leyes.
Fue estadista, militar y político; fue prócer de la Independencia de Colombia y
héroe de la batalla de Boyacá.
La
situación se había vuelto ambivalente: la libertad se confundía con anarquía;
la República, con desgobierno, y el respeto a los derechos del individuo, con
el desorden social. Cuando la ciudad de Mérida vio la retirada del coronel
realista Correa, su población se apuró en proclamar su independencia de España
nada menos que bajo el mando de un español. Se trataba de Vicente Campos Elías:
«Yo destruiría a todos los españoles —solía decir— y luego me suicidaría para
que no quedase uno solo de esta maldita raza».
Esta misma filosofía de muerte la aplicó Bolívar en su campaña. Era plenamente
consciente de lo limitadas que eran sus fuerzas militares, pero pensó que los
pueblos se sumarían a su causa y que la dispersión de los ejércitos de
Monteverde, distribuidos en diversos pueblos, jugaría a su favor. También sabía
que columnas y ejércitos enteros podían pasarse de un lado al otro sólo para ir
con el ganador, y este era un factor que siempre iba en contra de uno de los
bandos. Para Bolívar, este fue el momento de inclinar aquella situación en su
beneficio.
En diversas localidades de Venezuela, los mandos españoles habían actuado de
manera sangrienta contra las familias criollas, tomando y saqueando casas y
haciendas. Hombres y mujeres muertos y cruelmente mutilados habían sido el
resultado de actos criminales no autorizados por los jefes y superiores
peninsulares. Bolívar implementó una política similar justificando su conducta
en el desarrollo de la conciencia americana, y haciendo suyas las ideas del
oficial radical Antonio Briceño respecto del Proyecto de Guerra a Muerte.
El espíritu de dicho proyecto era el de «destruir en Venezuela la raza maldita
de los españoles europeos», pero limitándose a los peninsulares alzados contra
la República. Sin embargo, en la práctica se trataba de una guerra de
exterminio; era obvio que en el fragor de la ocupación de villas y ciudades, el
ataque a los españoles —sólo por el hecho de ser españoles— no diferenciaría a
los alzados en armas de los pacíficos lugareños. El objetivo del decreto de
Trujillo del 15 de junio de 1813 fue doble: el amedrentamiento a los
peninsulares y el apoyo decidido a los criollos. El texto de Bolívar en su
decreto de Guerra a Muerte marcaba para siempre su estrategia ideológica y
militar: zanjar para siempre la diferencia entre España y América, cortar los
vínculos ancestrales entre unos y otros.
Españoles
y canarios —decía— contad con la muerte aun siendo indiferentes si no obráis
activamente en obsequio de la libertad de América. Americanos, contad con la
vida aun cuando seáis culpables […] sabed que vuestros hermanos os perdonan y
lamentan sinceramente vuestros descarríos […] Contad con la inmunidad absoluta
en vuestro honor, vida y propiedades; el solo título de americanos será vuestra
garantía y salvaguardia.
El
propósito era evidente, oficializaba una política injustificable de exterminio.
Monteverde, sorprendido ante el avance de Bolívar, se quedó paralizado en
Caracas para escapar luego hacia Valencia. Don Manuel Fierro, quien estaba al
mando de Caracas, envió una misión de paz para negociar un armisticio con el
Libertador. El propio Francisco Iturbe, quien había apoyado a Bolívar un año
atrás ante Monteverde, fue parte de la comisión española que buscó salvar la
vida y propiedades de los peninsulares residentes en Caracas.
Los abusos de los ejércitos republicanos se multiplicaron excediendo el decreto
de Bolívar. Los subalternos consideraban que aumentaban sus méritos mientras
más españoles asesinaban, fueran o no parte de la conflagración. Ningún
armisticio podía ser confiable y el país estaba dividido. Maracaibo, Puerto
Cabello y Coro seguían siendo realistas; mientras que en el frente oriental
—gracias a sus dotes militares y a su carisma— don Santiago Mariño había
logrado un control republicano sobre Cumaná y Barcelona, que competía con el
liderazgo de Bolívar.
Pero con respecto a Mariño, además de competir en ego y caudillismo, Bolívar
tenía sus propias razones para sentirse contrariado. Él quería establecer un
solo centro de poder para todas las provincias de Venezuela. En cambio, para
Mariño —rico propietario de haciendas en la isla de Margarita y del oriente—,
toda petición militar de Bolívar no era más que un ardid para subyugarlo.
Para Bolívar, Mariño estaba formando una nación distinta cuando su objetivo era
formar una sola integrando a toda Nueva Granada. Para Mariño, Bolívar estaba
formando una nación solo para sí.
Al acercarse Bolívar a Caracas, mientras las familias criollas se engalanaban
para recibirlo, cundió entre la población española la noticia de la llegada de
17.000 hombres al mando del sanguinario líder. Las familias de españoles o de
ascendencia peninsular salieron huyendo ante la muerte que se acercaba a la
capital, los hogares se desintegraban si en ellos convivían españoles y
criollos. Hombres y mujeres salieron dejando sus negocios, comercios y casas;
treparon a pie los cerros bajo el sol ardiente y llegaron desfallecidos a La
Guaira para tratar de embarcarse en el primer transporte y aglutinarse en las
pocas canoas disponibles. Muchos de los que no pudieron huir fueron brutalmente
asesinados o encerrados en cárceles y en bóvedas inhumanas. El gran delito
cometido por ellos era ser españoles y no haber colaborado con la República.
Bajo la sobria arquitectura del convento de San Francisco, las autoridades
municipales y las altas personalidades de Caracas entregaron a Bolívar un acta
profusamente firmada que le confirió la autoridad suprema de la nación, y se le
otorgó el histórico título de Libertador: «Título —dijo Bolívar emocionado— más
glorioso y satisfactorio para mí, que el cetro de todos los Imperios de la
tierra». De nuevo debió de recordar Bolívar en ese momento la gloria de
Napoleón; de otro modo no se comprende que aludiera a «Imperios», cuando él
luchaba con denuedo para abolirlos.
§. El flagelo de Boves
El 14 de agosto de 1813, Bolívar escribió desde Caracas al Congreso de Nueva
Granada, informando de que en las ciudades de Valencia, Guayos, Guácara, San
Joaquín, Maracay, Turmero, San Mateo y La Victoria, todos los europeos y
canarios, casi sin excepción, habían sido pasados por las armas. El decreto de
la Guerra a Muerte había puesto a los soldados republicanos en la categoría de
fieras y carniceros. Como consecuencia, inocentes ancianos españoles eran
decapitados y sus cabezas colocadas en jaulas a la entrada de los pueblos; las
damas hispanas habían sido violadas y masacradas y sus niños, sacrificados. En
ese contexto, apareció la figura de José Tomas Boves.
Boves era natural de Oviedo y de familia humilde. Con grandes esfuerzos de una
madre viuda, Boves se hizo piloto mercante y luego piloto de la Marina Real.
Por aparentes líos de disciplina, terminó a la cabeza de un negocio de caballos
y mulas en la ciudad de Calabozo, en los llanos venezolanos. Ahí nació su fama
de hombre rudo y honesto, reconocido con el apelativo de Taita.
A finales de 1812, el republicano Escalona entró en Calabozo para reclutar
hombres. Los soldados requirieron a Boves para que se alistase, a lo que el
español se negó. Fue engrilletado en una mazmorra y abofeteado por el propio
Escalona, mientras los republicanos incendiaban su negocio y saqueaban las
casas de los españoles. Al fin libre, Boves puso sus servicios y su sed de
venganza a la orden de Monteverde.
Nombrado Boves capitán de caballería, se le encomendó conformar un escuadrón de
lanceros. El fiero español de barba rojiza apeló entonces a los odios
ancestrales. Independencia y república eran palabras sin significado para los
hombres del llano, no así su odio de razas, visceral y concreto, contra los
mantuanos. « ¡Guerra a los blancos explotadores del pardo y del indio! ¡Las
tierras de los blancos para los pardos!», fueron los gritos de guerra que
resonaron en las praderas. Miles de llaneros se sumaron en torno al Taita,
quien decretó la libertad de los esclavos y, por primera vez en América, pardos
y negros recibían cargos en la oficialidad.
El ejército reunido era una hueste infernal de 2.000 jinetes casi salvajes que,
bajo el símbolo de una bandera negra, alzaban al viento sus lanzas hechas con
barras de hierro arrancadas de las ventanas. El coronel Padrón recibió el
encargo de enfrentar a Boves en el cañón de Santa Catalina. El ejército
republicano fue rápidamente vencido y todos los hombres rendidos fueron
lanceados sin piedad bajo la orden de no dejar un solo republicano vivo. Las
fuerzas de Boves tomaron entonces Villa del Cura, iniciando una carnicería
nunca antes vista, despedazando sin misericordia a sus pobladores, por el solo
hecho de ser republicanos y criollos.
Bolívar no imaginaba la amenaza que se cernía contra la República. No había
dejado pasar su hora de gloria sin hacer una conquista femenina. Las damas de
Caracas veían en Bolívar al apuesto Libertador y al héroe venezolano. Una de
las ninfas que lo coronó de laureles se hizo su amante; era Josefina Machado,
joven astuta que logró una rápida influencia en el Libertador. Ante la
arremetida realista en distintas regiones, Bolívar envió contra Boves a Vicente
Campo Elías, que odiaba tanto a los españoles como aquél a los republicanos. El
país estaba dividido y la necesidad de unificar fuerzas era urgente, sin
embargo Mariño se proclamó Libertador y dictador de Oriente. Luego envió a
Bolívar una misión para informarle de que las provincias orientales ya eran
libres, y que era hora de discutir con el Libertador de Occidente sobre la
estructura política de Venezuela.
Bolívar, por el contrario, prácticamente le rogó a Mariño que le enviara
refuerzos para enfrentar las huestes de Boves en los llanos y para bloquear
Puerto Cabello, ocupado por las fuerzas realistas. Bolívar pudo tomar Puerto
Cabello antes, en lugar de entrar a Caracas, pero la posesión de la capital era
el símbolo con el cual él buscaba asegurar su poder y su camino a la gloria.
Ahora Bolívar se encontraba solo ante Puerto Cabello, que había sido fortificado
por Monteverde para su defensa.
Al fin el Libertador tomó la decisión, organizó el sitio y atacó durante la
noche del 31 de agosto de 1813. Bolívar esperaba su revancha ante Puerto
Cabello, pero el desastre fue total; a las cuantiosas pérdidas humanas en la
derrota republicana, se sumó la muerte de oficiales de enorme valor.
Bolívar estaba maltrecho, tenía tres problemas graves: la obcecación de Mariño,
las fuerzas realistas que se rehacían rápidamente y el pueblo, que estaba en su
mayoría a favor del rey de España. Las deserciones republicanas eran el pan de
cada día y el Libertador pensó que la única solución era concentrar en sí mismo
todo el poder. El 6 de septiembre lanzó una proclama que amenazaba de muerte a
todos los americanos que se unieran a los realistas.
Campo Elías encontró a Boves en Mosquiteros y lo derrotó, pero no logró
aniquilar sus fuerzas. Boves escapó y entonces le tocó el turno a Campo Elías e
hizo ejecutar a los ciudadanos de Calabozo que apoyaron a Boves, ensañándose
cruelmente con los americanos capturados en el bando realista.
Simón Bolívar en 1813. En agosto de ese año ingresa en Caracas, en su mayor
hora de gloria.
Las
batallas se sucedían con éxitos y reveses para ambos bandos. Bolívar le envió
múltiples misivas a Mariño para integrar ambas fuerzas, e incluso le manifestó
sus deseos de que aquel fuera designado presidente de Venezuela. Pero a Bolívar
no le creían cuando decía que se desprendía de poder; se lo veía tan ávido de
gloria que ni siendo sincero resultaba creíble.
El 2 de enero de 1814, Simón Bolívar es confirmado Dictador por la Asamblea de
San Francisco. Pero era más que nada un cargo nominal; el Libertador estaba
cercado por las fuerzas españolas y sólo era cuestión de ver quién atacaría
primero, él o Boves. Y el primero fue Boves.
El mes de febrero, Boves y sus 3300 guerreros se pusieron en marcha hacia el
norte; 600 iban con fusiles y los demás con lanzas. Los republicanos al mando
de Campo Elías fueron derrotados en La Puerta por Boves, paradójicamente jefes
eran ambos españoles. Bolívar se hallaba de nuevo tratando de tomar Puerto
Cabello, pero tuvo que dejarlo y avanzó hacia Valencia. El 8 de febrero recibió
una comunicación desde La Guaira que lo informaba de que el número de
prisioneros españoles ya era preocupante y se temía un motín.
Bolívar llevaba el estigma de sus derrotas en Puerto Cabello, sobre todo de
aquella del 2 de julio de 1812 cuando, amotinados, los presos españoles se
habían sumado a sus propios soldados empujándolo a su mayor fracaso y a su
martirio moral ante Miranda. Entonces pensó o quiso creer que la entrega de
Miranda, que la entrega y prisión de aquel paladín de la República habían sido
ocasionadas en realidad por aquellos malditos españoles amotinados. Hoy
aquellos españoles en La Guaira eran una amenaza, pero, sobre todo, ahora tenía
una forma de expiar ante su conciencia la entrega de Miranda.
La orden de ejecución fue dada por Bolívar, una orden que condenaba a muerte a
los 800 españoles cautivos o heridos y enfermos internados en hospitales. Eran
militares y civiles acusados con o sin pruebas de sedición. Entonces, día tras
día, en Caracas se fusiló por la mañana y por la noche, en la plaza pública, en
la de San Pablo, en La Trinidad y hasta en el Matadero, con lo que los lugares
quedaron cubiertos de sangre y de restos humanos. Por economía se mataba
también a machetazos o apuñalando a las víctimas, lo que daba lugar a espectáculos
dantescos de sufrimiento y de horror. En La Guaira, los republicanos insultaban
y humillaban a los españoles antes de cada ejecución, haciendo llevar a cada
preso su haz de leña con el cual sería quemado; otros eran degollados y los más
afortunados recibían una enorme roca sobre el cráneo que terminaba con sus
suplicios.
En aquellos teatros de la muerte, muchachas americanas vestidas con túnicas
blancas, azules y amarillas, bailaban ebrias de júbilo sobre los tristes
despojos humanos.
Mientras tanto, una legión de esclavos negros se lanzó sobre Ocumare bajo el
grito de « ¡Viva Fernando VII!». Los hombres que arrasaron la ciudad eran
realistas sin saber lo que era ser realista. Los más indefensos se refugiaron
en la iglesia, pero hasta ahí llego la turba; destrozaron la puerta, violaron a
las mujeres y las separaron de sus niños. Ni uno quedó vivo, 300 cadáveres de
americanos, todos asesinados por el hecho de ser criollos y blancos.
§. La sangre de la nación
La casa de los Bolívar, la vieja casa-hacienda de San Mateo, se convirtió en el
fortín de Bolívar. Su ubicación y accesos eran perfectos para dificultar el
ataque de las líneas de Boves entre La Victoria y el lago de Valencia. En
febrero de 1814, San Mateo recibió el feroz ataque de las tropas de Boves, pero
fueron rechazadas gracias a la inmolación de dos oficiales españoles que
luchaban del lado republicano: Villapol y Campo Elías.
La casa quedó destrozada y los campos de cultivo, devastados. Boves atacó de
nuevo el 25 de marzo. Bolívar había dejado para la defensa del lugar a 50
patriotas que resguardaban el sitio convertido ahora en polvorín. Al verse
rodeados y perdidos, se divulgó que fue el oficial Ricaurte quien finalmente se
inmoló haciendo volar la casa con grandes bajas para el ejército de Boves.
Entonces, de repente, apareció Mariño como salvador, como si hubiera esperado
el límite de la resistencia de Bolívar para ir en su ayuda. Mariño quería
convertirse en el Libertador del Libertador. Su ejército, sin desgaste alguno,
estaba compuesto por 4000 hombres que en su mayoría iban a caballo. El 31 de
marzo se las vio con las fuerzas de Boves en una tenaz batalla que no tuvo un
triunfador, ya que ambos lados se quedaron sin municiones. La tensión entre
Mariño y Bolívar se mantenía, los hombres del primero empezaron a desertar y
Bolívar lo responsabilizó por ello, aunque a él le pasaba lo mismo y tenía
además espías realistas en sus propias filas. El 16 de mayo, Bolívar lanzó una
proclama que evidenciaba la situación: «La guerra se hace más cruel, y están
disipadas las esperanzas de pronta victoria con que os había excitado. Nuestros
propios hermanos, unidos por siglos de esclavitud a nuestros tiranos, dilatan,
Dios sabe por cuánto tiempo, la época de la libertad».
La única estrategia sensata era la de concentrar todos los efectivos contra
Boves. Sin embargo, Bolívar decidió dividir a los ejércitos en tres grupos,
quedando Mariño a cargo de La Puerta con 1700 soldados, 700 jinetes y siete
cañones. A mediados de junio, apertrechado en la posición más segura de La
Puerta, Mariño vio llegar al mismísimo Bolívar al escenario de la acción. Ambos
hombres esperaban consolidar la República para Venezuela.
Boves en persona lideró el ataque contra el flanco derecho de los republicanos,
pero estos en lugar de dar lucha, salieron huyendo ante la fiereza intimidante
del caudillo español. La infantería republicana bregó con denuedo para remontar
las acciones, pero fue inútil. Bolívar y su plana mayor lograron huir. Boves
escribió en su informe que «los rebeldes, enemigos de la humanidad, han sido
derrotados completamente en La Puerta al mando de los titulados generales
Bolívar y Mariño. Tres mil fusiles, 9 piezas de cañón, entre ellas un obús de 9
pulgadas con todo lo demás de guerra cayó en mi poder».
Venezuela era de Boves. Si los dos líderes y Libertadores se hubiesen puesto de
acuerdo desde un principio para consolidar juntos la República, otros habrían
sido los resultados.
El 9 de julio, Valencia se rindió. Los hombres de Boves asesinaron a sangre
fría a 300 soldados republicanos, 60 oficiales y 90 civiles. El propio Boves
requisó todos los muebles y enseres de valor de las casas y los depositó en
grandes almacenes; luego hizo sacar a los hombres a las afueras, y estos fueron
lanceados como a bestias mientras al restallido de su látigo hacía danzar a las
viudas con bailes de la tierra. Las lágrimas y la sangre se mezclaron en
aquellos espectáculos de orgía y bacanal.
La última reserva de la República era Caracas, pero Bolívar, Ribas y los demás
generales decidieron la huida hacia el oriente y el pánico se generalizó en la
ciudad.
Ante la inminencia del asalto de Boves y la salida de Bolívar, miles de
personas, familias enteras identificadas con la causa republicana, decidieron
la fuga. Hordas salvajes y hambrientas de pillaje se acercaban a Caracas. En
ese momento la emigración se convirtió en una dramática salida de más de 20 000
personas, un mar de hombres, mujeres, ancianos y niños que dejaban todos sus
bienes para tratar de preservar la vida. El hambre, el agotamiento y las
enfermedades fueron haciendo presa en ellos. El calvario era mayor por las
noches, cuando los grupos a punto de desfallecer eran atacados, los hombres
masacrados y las mujeres violentadas.
El 7 de septiembre, Bolívar había publicado el Manifiesto de Carúpano antes de
su partida. En él se exculpa de todo lo sucedido, pero finalmente reconoce que
no hizo otra cosa que enfrentar y matar a sus propios compatriotas, porque no
habían querido renunciar a España.
Entre los que huyeron de Caracas estaba María Antonia, la hermana mayor de
Bolívar, que había sido sacada de su casa casi a rastras. Ella, profundamente
realista, hubiera querido quedarse con las cinco mil personas que tomaron la
tenaz decisión de quedarse en Caracas y si, se diera el caso, morir en sus
hogares.
Bolívar y Mariño, por asegurar cada uno su poder, fueron hacia el oriente
cuando lo razonable hubiera sido una retirada ordenada hacía Nueva Granada.
Ambos Libertadores se embarcaron abandonando el país, mientras Ribas, Manuel
Piar y José Francisco Bermúdez se mantuvieron en la guerra contra Boves y el
lugarteniente de este, Francisco Tomas Morales.
El 5 de diciembre de 1814 los republicanos venezolanos se enfrentaron a los
realistas en Urica. La derrota fue republicana, pero la causa de los llaneros
perdió a su gran líder Boves, quien fue atravesado por una lanza en el corazón.
Morales tomó el mando y Ribas fue capturado y ejecutado. La cabeza putrefacta
de Ribas, con el sombrero republicano colocado, terminó exhibida en el camino a
La Guaira.
Bolívar desembarcó en Cartagena y buscó de inmediato el apoyo del Congreso. El
Libertador estaba en falta grave por haber sobrepasado los límites de la
autorización dada por Nueva Granada para internarse en Venezuela. Sin embargo,
el carisma y la elocuencia de Bolívar se impusieron sobre todos los
cuestionamientos a su Guerra a Muerte y los fatídicos resultados de los que se
tenía noticia. « ¡La América entera está teñida con la sangre americana! ¡Ella
era necesaria para lavar una mancha tan envejecida! Es la primera vez que se
vierte con honor a este desgraciado continente, siempre teatro de desolaciones
pero nunca de libertad» dijo enfático.
Bolívar con treinta años de edad, cuando lanza su Guerra a Muerte contra
España y los españoles.
Al
final el Congreso lo nombró jefe supremo de las Fuerzas Federales, pero el
precio de semejante cargo era anexar al Gobierno republicano nada menos que
Santa Fe de Bogotá. Bolívar tendría entonces que reducir a la capital del
Virreinato de Nueva Granada, tan católica como hispanófila.
En diciembre de 1814 Bolívar cercó la capital para doblegarla. El obispo de
Bogotá excomulgó a Bolívar y a sus oficiales para hacerlos perder arraigo entre
la tropa, pero no logró resultado alguno. Bogotá tenía 2000 hombres armados y
se repartieron puñales a las mujeres. Bolívar insistió en la entrega de la
ciudad, pero no lo escucharon. La resistencia se dio calle por calle, pero sin
agua ni más posibilidades de defensa, la capital se rindió bajo la promesa de
Bolívar de respetar a sus personas y bienes.
Retrato del general Pablo Morillo, de Horace Vernet (1820-1822). Museo
Ermitage, San Petersburgo, Rusia. Destacó en la Guerra de Independencia
española en la batalla de Bailén y en la de Puentesampayo, en la que fue
encargado de dirigir al ejército que derrotó al mariscal Ney.
Las
capitulación firmada por el Libertador se quedó en palabras, el rico barrio de
Santa Bárbara fue saqueado, su famoso Observatorio Astronómico, robado y
destruido, los españoles, asesinados y sus hijas, ultrajadas.
El Gobierno republicano se trasladó de Tunja a Bogotá. Bolívar fue ascendido a
capitán general y recibió entonces el encargo de expulsar a las fuerzas
realistas de Santa Marta. Pero muy cerca, en la ciudad de Cartagena, estaba el
coronel Castillo, aquel oficial que lo había desobedecido en enero de 1813 y
que ahora había publicado un agraviante libelo contra él. El odio era mutuo,
pero ese odio se avivaba con el mutuo deseo de poder.
Ni Bolívar ni Castillo quisieron atacar Santa Marta por temor a que el otro lo
atacase por la retaguardia. Bolívar se decidió finalmente a cambiar todos los
planes y sitiar a Castillo en Cartagena. La campaña encargada a Bolívar contra
Santa Marta tenía como fin ulterior consolidar las defensas del país contra la
llegada de una anunciada pacificación española, pero lo que quería Bolívar era
tomar Cartagena, luego Santa Marta y salir con todos los ejércitos posibles
hacia Venezuela.
Y mientras Castillo y Bolívar se amenazaban mutuamente, llegó a costas
venezolanas, en efecto, el famoso general español Pablo Morillo al mando de 18
barcos de guerra, 42 transportes y 15.000 soldados entre los que figuraban
sendos regimientos famosos en las guerras contra Napoleón.
Ante aquello, una guerra civil en la Nueva Granada era suicida, Cartagena no se
rendiría a Bolívar y Bolívar jamás se sometería a general alguno. Al final el
que tuvo que ceder fue Bolívar; dejó el mando de sus tropas a su primo
Florencio Palacios y el mismo día del acuerdo, el 9 de mayo de 1815, se embarcó
autoexiliado hacia Jamaica. Era la primera vez que Bolívar sentía el fracaso y
el dolor de la derrota, sin haber luchado.
§. El generalísimo
En Europa, Napoleón había sido derrotado y en España Fernando VII había
recuperado el poder. El 4 de mayo de 1814, el rey abolió la Constitución y
anunciaba a sus vasallos americanos que, terminada toda guerra civil en España,
igual debía suceder en las colonias americanas. Además anunciaba que pronto
convocaría unas Cortes para instaurar una monarquía moderada. El rey, tan
deseado y reclamado, había vuelto.
En Los Cayos, en el sur de Haití, la asamblea había sido convocada por Bolívar
aprovechando la presencia de los líderes republicanos en la isla. Bajo una
rústica enramada, las sillas habían sido ordenadas en círculo y se dejó al
frente una banca distinta, como si se tratara de una suerte de trono un tanto
mayor. A la asamblea fueron llegando algunos de los más notables oficiales
republicanos, todos expatriados de una América que era tomada poco a poco por
el general Morillo. Ahí estaban, entre otros, Mariño, Bermúdez, Piar, Briceño y
Mariano Montilla en derredor.
En aquel momento, más de uno se consideraba a sí mismo como el Libertador de
Venezuela, pero el tema a tratar en aquella oportunidad era en verdad
trascendente, el cómo y el cuándo reanudar la revolución. Cuando estuvieron
todos reunidos, Bolívar hizo su ingreso y se sentó en la banca principal,
generando un murmullo de incomodidad entre los concurrentes.
Simón Bolívar había pasado siete interminables meses en Jamaica, despojado por
Monteverde de todo acceso a sus bienes; se había visto reducido a la total
indigencia. Obligado a vivir de la forma más precaria, dormía en hamacas y se
establecía en estrechas posadas; tuvo que recurrir literalmente a la limosna
para sobrevivir. Le escribe al mercader Hyslop: «Si Ud. no me concede la
protección que necesito para conservar mi triste vida, estoy resuelto a no
solicitar la beneficencia de nadie, pues es preferible la muerte a una
existencia tan poco honrosa». Así y aunque a duras penas logró mantenerse, pudo
consolarse siempre con algunos amoríos y encima destinar parte de los préstamos
obtenidos para mantener su febril propaganda política.
Era indispensable para Bolívar que su exilio en Jamaica no significara su tumba
política, por ello no dejó de escribir misivas, publicando en especial su
Contestación de un americano meridional a un caballero de esta isla, que ha
pasado a la posteridad como La Carta de Jamaica. En ella describe con enorme
claridad los problemas políticos de América, planteando la idea de un
continente libre y unido en una sola federación de naciones. Resulta casi
inverosímil que aquel documento reflexivo y de hondo análisis haya nacido en
medio de circunstancias tan adversas para un criollo de costumbres acaudaladas
que vivía en la extrema pobreza. Ese fue en realidad el mayor capital de
Bolívar, su increíble capacidad para rehacerse desde sus cenizas más profundas.
Pero junto con aquel documento descollante, Bolívar escribe también cartas y
documentos de carácter propagandístico, aunque seguro que ni él se creía sus
peroratas y afirmaciones:
No
ha sido solamente una guerra a muerte —dice el propio creador de la Guerra a
Muerte— la que los españoles han declarado contra aquel opulento imperio [de
México] sino una guerra de exterminio. —Y añade entre cientos de líneas de
extravagante factura—: el objeto de España es aniquilar al Nuevo Mundo y hacer
desaparecer a sus habitantes, para que no quede ningún vestigio de
civilización, ni de las artes, y que el resto de Europa sólo encuentre aquí un
desierto, y no pueda ya dar salida a sus manufacturas.
De
hecho, el objetivo de los escritos de Bolívar era lograr el apoyo de Inglaterra
a la causa independentista. Ante la inacción de los propios americanos, él
propuso la idea de importar la revolución e imponer la libertad, ofreciendo a
cambio de esta los territorios de Nicaragua y Panamá. No lo logró: Inglaterra
se negó a participar en cualquier aventura siquiera parecida a la de Miranda.
Sin embargo, había hombres que sí creían en la capacidad de liderazgo del
Libertador a pesar de todos los graves deméritos y sangrientos desaciertos que
llevaba consigo. Uno era el rico almirante Luis Brión, quien consideraba a
Bolívar como el único caudillo capaz de llevar a cabo la tarea de la libertad.
Brión equipó una flota revolucionaria con recursos propios y Bolívar aceptó la
idea de volver a Cartagena.
El 31 de diciembre de 1815, Bolívar llegó primero a Puerto Príncipe. El
presidente de Haití, el general Pétion, ocupaba el mando supremo de la primera
nación independiente del Nuevo Mundo y de inmediato entabló una excelente
relación con aquel caraqueño de tanto magnetismo personal. Pétion ofreció su
apoyo militar y personal a la causa de la independencia americana a cambio de
que Bolívar decretara en el continente la abolición de la esclavitud.
Resultaba irónico que, trescientos años después, un descendiente de aquellos
esclavos importados por Simón de Bolívar brindara ahora su apoyo para la
libertad de aquellos criollos mantuanos.
Bolívar se estableció en Los Cayos, al sur de la isla. Ahí supo de la presencia
de muchos líderes republicanos que habían llegado buscando refugio ante la
llegada del general Morillo. Entonces Bolívar organizó una asamblea buscando
los mecanismos para ser elegido como único líder. Todos en círculo y él a la
cabeza, inició la reunión con un discurso ya preparado que sustentaba la
necesidad de un gobierno y poder concentrados en una sola persona. Bermúdez y
otros opinaron a favor de una jefatura colegiada con tres o cinco miembros.
Pero Brión fue terminante, no pondría su escuadra al mando de un supuesto
desgobierno que llevaría la expedición al fracaso. Los agravios e injurias
proferidas por los líderes republicanos terminaron en desafíos a duelo que no
se concretaron, pero que dañaron gravemente la unidad.
Bolívar fue elegido generalísimo, pero la expedición había sido dañada aún
antes de levar anclas. Bermúdez, líder importante y de arraigo, es dejado en
tierra por desconocer la jefatura de Bolívar. Aury, también por malentendidos
con Bolívar, abandonó la expedición llevándose sus ocho barcos armados, 50
oficiales y 400 marineros.
Retrato de Simón Bolívar en 1816, cuando llevó a cabo la Expedición de Los
Cayos con el apoyo del presidente Pétion de Haití.
Al
fin, el 31 de marzo de 1816, salió desde Los Cayos la nueva expedición para la
liberación de Venezuela. Pero los conflictos personales no terminaron en Los
Cayos. Se había permitido la presencia de las parejas de la oficialidad en los
buques, pero Bolívar se fue al extremo y atrasó cuatro días la expedición para
que pudiese embarcarse su querida Josefina Machado. Esto causó desconcierto e
indignación en los demás caudillos y la burla del grueso de la tripulación.
Como Josefina llegaría a bordo del buque Constitución, los marineros decían que
Bolívar estaba a la espera de la Constitución. No estaban muy lejos de lo
cierto, él no se doblaba ante nada ni nadie, a menos que se tratase de una
mujer hermosa.
El mayor respaldo para aquella campaña libertadora en Venezuela era Juan
Bautista Arismendi en la isla de Margarita. Cuando el general Morillo
desembarcó en ella, lo hizo con órdenes expresas de amnistiar a los criminales
subversivos y ser inflexible con el que después se rebelase contra el rey.
Arismendi, que había sido el líder más sanguinario al matar a civiles
españoles, fue amnistiado en contra de la opinión de Morales, quien había
heredado el odio de Boves contra los republicanos. Al dejar Morillo la isla
partiendo a Nueva Granada, Arismendi pasó a traición y a cuchillo a toda la
guarnición española.
Desde Caracas, el nuevo gobernador envió refuerzos realistas a la isla para
aniquilar a los rebeldes, pero los republicanos alzaron sus exclamaciones de
júbilo al ver llegar la armada de Bolívar el 2 de mayo. Arismendi, que era más
que nada un hombre de acción, encontró en Bolívar el temple del estadista y,
sin dudarlo puso su espada al servicio del Libertador.
Bolívar se hizo de nuevo a la mar para desembarcar en Carúpano. Mariño y Piar
solicitaron permiso con el fin de reclutar tropas para la campaña, pero ninguno
volvió. Cada quien prefería su campaña personal y su gloria individual; ambos
querían ser el Libertador que Venezuela esperaba.
El primero de julio, Bolívar se decide a dejar Carúpano. Su plan era temerario:
acercarse a Caracas desembarcando en Ocumare con mil hombres, tomar la capital
y salir hacia el oriente para enderezar a Mariño y a Piar. La flota llegó a
Puerto Cabello y Ocumare. Un ejército desembarcó, pero como parte de la tropa
estaba compuesta por corsarios extranjeros, estos dejaron los equipos pesados
en la playa y fueron a La Guaira en busca de pillaje y de botín. El descuido y
el desorden fueron fatales. Al llegar la noticia de la llegada de Morales, se
ordenó la retirada, pero ya era tarde; Morales ganó la batalla dejando el campo
regado de cadáveres republicanos.
En ese momento, Bolívar tuvo que dejar un contingente de hombres y pertrechos
de guerra en la costa, bajo su palabra de volver a medianoche. Él sabía que ya
no regresaría y que no había forma de salvar a esos desgraciados. Más tarde,
Brión encaró a Bolívar por utilizar la escuadra para ponerse a salvo y dejar a
sus hombres a merced de Morales. Pero para el Libertador, su propia pérdida
habría significado la pérdida más grande que podrían sufrir la revolución y la
República.
El 16 de agosto, Bolívar finalmente desembarcó en Güiria, en el frente
oriental, donde fue recibido secamente por Mariño y por Piar, quienes ahora se
encontraban en su ambiente y con pleno dominio de la escena. En el lugar estaba
también Bermúdez, humillado por el Libertador en Los Cayos al no ser embarcado
en la campaña a Venezuela. El terreno estaba preparado para cualquier
acontecimiento.
A seis días contados desde su llegada, se produce un motín al grito de « ¡Muera
Bolívar! ¡Arriba Mariño y Bermúdez!». El Libertador estaba desconcertado,
Bermúdez había convencido a Mariño de que era la ocasión de despojar a Bolívar
del poder otorgado en Los Cayos. El gentío se lanzó contra Bolívar y el propio
Bermúdez arremetió contra él. En tan sólo un instante pudo cambiar la historia
de América, pero Bolívar logró huir hacia el tercer exilio de su vida.
En una carta del 7 de septiembre de 1816, el presidente haitiano Pétion
respondió a la carta del Libertador en la que le comunica su derrota. El
presidente de Haití le responde con sabiduría: «Habéis fracasado, esas cosas
suceden en la vida, otra vez triunfaréis». Dichas palabras fueron proféticas.
§. Los hombres del llano
Bolívar pasa revista. Ante su aspecto bien cuidado, su chaqueta azul de botones
dorados y su camisa blanca, aquellos hombres podían parecer un grupo de
mendigos o salvajes. Sus torsos desnudos y su piel curtida por el sol
infatigable del llano eran lo primero que despertaba la atención, pero eran las
miradas felinas de aquellos sujetos de aspecto bruto lo que les daba un aspecto
casi mitológico. Aquellos hombres, acostumbrados a dormir a la intemperie,
habían hecho de sus caballos —como si de unos centauros se tratase— una
prolongación de sus propios cuerpos; sus muelas, gastadas por comer carne
cruda, se retorcían con vida propia en el interior de sus mandíbulas.
Bolívar caminó mirándolos uno a uno. Ante el regimiento, aquel jefe rasurado y
que olía a flores resultaba casi inaudito, sospechoso y hasta deleznable. Y
ante Bolívar, aquellos hombres del llano representaban la contradicción más
intensa de la revolución americana; eran aquellos salvajes que habían seguido a
Boves, hoy la mayor esperanza de la República.
A pesar del fracaso de la expedición libertadora gestada en Los Cayos, se
habían dado frutos positivos. Los líderes que se quedaron en el continente ante
la salida de Bolívar fueron desgastando a las fuerzas realistas e hicieron
frente a Morales. Este último, a pesar de haber sido el lugarteniente de Boves,
perdió toda influencia con los llaneros. Aquellos hombres del llano ya habían
saboreado demasiado la sangre, los abusos y los frutos del saqueo. Ya no tenía
sentido para ellos el discurso del general Morillo en nombre del rey, ya no
cabía volver alstatu quo original de un país gobernado y dominado
por españoles, aristócratas y criollos.
En ese contexto, en el sudeste de Venezuela se eleva la figura de José Antonio
Páez como el caudillo más influyente. Los hombres que otrora habían seguido a
Boves, enarbolaban ahora los estandartes republicanos de aquel hombre robusto,
de cabeza enorme, redonda y de piel tostada por las brasas del llano. Las
banderas eran el pretexto, el móvil real eran la rapiña y el fuego.
En medio de su nuevo destierro, Bolívar había recibido la solicitud de los
líderes de la República para que volviera al continente. Eran muchos los
factores: todos reconocían en Bolívar un nivel de estadista que consideraban
indispensable. Para algunos, Bolívar era un mal necesario, y para otros, el
único capaz de forjar una revolución unificada. Pero además estaba en escena el
general Morillo, quien ya había recuperado Nueva Granada para la Corona y
pronto estaría de regreso en Venezuela con fuerzas renovadas.
El reconocido botánico e intendente general, Francisco Antonio Zea, fue a
buscar a Bolívar en nombre de varios caudillos, entre ellos del sangriento
Arismendi, de Páez, el líder de los llanos, y hasta de su odiado Bermúdez,
quien por poco acaba con su vida. Entonces le encargaron las acciones
militares, con la condición de que no se mezclase en la administración de la
República; y Bolívar aceptó.
Retrato de José Antonio Páez.
Por
su parte, el general Morillo había dado un golpe de timón en su política para
la América española: humillado por el alzamiento de Arismendi en Santa
Margarita, había establecido ahora un consejo de guerra para los crímenes de
guerra y un consejo de purificación. En ellos se juzgaba a los desertores del
ejército español, incluyendo, contradictoriamente, a criollos que habían jurado
en algún momento a favor de la bandera hispana. En seis meses, 102 personas
fueron ejecutadas. La ciudad de Cartagena había caído ante Morillo tras un
sitio de cuatro meses, y sus mujeres y hombres habían terminado reducidos a
esqueletos humanos que se arrastraban en busca de mendrugos. Hombres que habían
sido corpulentos y mujeres que habían sido bellas, al final se lanzaron como
espectros sobre las mochilas de los soldados de Morillo, en busca de galletas y
de pan.
El año de 1816 había terminado con una Nueva Granada pacificada por Morillo.
Ahora que Bolívar estaba de regreso, no tenía sólo al general Morillo como su
mayor adversario; Bolívar tenía como objetivo paralelo y esencial, establecer
finalmente su autoridad.
En aquel momento, Venezuela tenía por lo menos a tres líderes autoproclamadosJefe
Supremo de la República: Mariño en Güira; Piar desde Barcelona hasta
Guyana, y Páez en los llanos del Apure. A la sazón y desde Santa Fe de Bogotá,
el general Morillo lo tenía bastante claro: «Venezuela da a todas las otras
provincias en revolución jefes y oficiales, pues son más osados e instruidos
que los de los demás países».
Cuando Bolívar llegó a Barcelona el 31 de diciembre de 1816, al mando de una
segunda expedición de Los Cayos, lo hizo llevando importantes refuerzos
facilitados de nuevo por el presidente Pétion de Haití: ocho barcos armados,
armas con abundantes municiones y un total de 570 hombres, la mayoría negros
haitianos. Bolívar tenía ahora fuerzas realmente considerables, que unidas a
las del mulato Piar y las de Mariño, podían hacerle frente a Morillo, quien
estaba bajando los Andes con el evidente desgaste físico de la travesía.
Pero Bolívar era Bolívar y su obsesión por Caracas se evidenció otra vez. Él
consideraba que la posesión de la capital creaba una ola de influencia a favor
del bando que la poseyera, esto en gran medida era cierto, pero para Bolívar
era más que eso, era un desafío personal. Esta era una campaña que
absolutamente todos desaconsejaban; disponía para la invasión de sólo 700
hombres, de los cuales 400 eran reclutas.
Fueron 900 indios naturales de las tierras americanas, quienes defendían el
estandarte del rey, los que infringieron una derrota humillante a Bolívar. El
Libertador, el general Arismendi y los demás oficiales tuvieron que huir a
fuerza de galope de la escena de batalla. Bolívar fortificó Barcelona para la
defensa, Mariño no le envió refuerzos y tuvo que apertrecharse en el convento
de San Francisco. El ataque realista no se produjo por un excesivo
conservadurismo de su jefe, pero de haberse producido, habría sido fatal para
el Libertador.
Al fin apareció Mariño con 1.200 hombres, pero Bolívar ya había decidido dejar
la ciudad; aquel lugar resultaba demasiado vulnerable y bien podía ser la tumba
de sus aspiraciones. El Libertador decidió dar alcance a Piar en Angostura,
para obtener de él un ejército sólido y bien organizado.
El mulato Piar, por su parte, era un guerrero frontal y radical, no había
tenido escrúpulo alguno en llamar a Bolívar «cobarde» y había llevado a cabo
tanto acciones militares notables como actos cuestionables. Era el triunfador
de la batalla de El Juncal contra Morales y de la brillante batalla de San
Félix, pero al final hizo ejecutar a los 800 prisioneros tomados, arrojándolos
de dos en dos a las profundidades del río Orinoco. También había tomado las
misiones católicas de Caroní, se apropió de sus riquezas de ganado, grano y
caballos en beneficio de la República, asesinando cobardemente a sus 22 frailes
capuchinos españoles.
Por lo tanto, Bolívar no las tenía todas consigo; sus tres rivales —Mariño,
Piar y Páez— se manejaban a sus espaldas tratando de hacerse cada uno con su
feudo. No estuvo mucho tiempo al lado de Piar, sólo lo suficiente como para
verificar su enorme poder para con los mulatos y negros. Así que Bolívar trató
de ganar terreno con sus otros contendores. A Páez le ofreció el cargo de
general de brigada si se ponía bajo sus órdenes. Páez aceptó y con él llegaron
otros oficiales importantes como Francisco de Paula Santander, hombre de talle
ancho, corto y cuyo carácter encendido ya había destacado en la guerra contra
Monteverde.
Bolívar también logró reconciliarse con su odiado Bermúdez, quien fue
lisonjeado por él comoel libertador del Libertador a causa de una
exitosa acción militar. Con ellos, también puso su espada bajo sus órdenes un
joven oficial cumanés cuyos veintidós años ocultaban su incipiente genio
militar, era Antonio José de Sucre.
Así como Bolívar estaba obsesionado con tomar Caracas, el general Morillo por
su parte estaba obsesionado con recuperar la isla de Margarita; él tenía el
recuerdo del «hipócrita y despreciable Arismendi». En lugar de atacar a Bolívar
y a Piar, que estaban a su alcance, prefirió caer sobre la isla.
En 1813, Antonio José de Sucre (en el retrato) bajo las órdenes del general
Santiago Mariño, integra el grupo de republicanos conocido como los
libertadores de Oriente y participa en las operaciones para la liberación de
aquella parte de Venezuela.
Ahora
la mitad de sus ejércitos eran de origen criollo, los peninsulares llegados con
él habían sucumbido en batalla o habían sido presa de penosas enfermedades. En
mayo ya había recibido refuerzos al mando del general José de Canterac y, el 15
de julio de 1817, desembarcó en la isla de Margarita ocupando el puerto de Juan
Griego. Al no poder tomar la capital de la isla, Morillo tuvo que salir
apresuradamente al saber de las amenazas que se cernían sobre Caracas. El líder
realista se consolidó en la capital venezolana.
Bolívar había incrementado su poder y ahora tenía consigo la fuerza y
combatividad de los hombres del llano, aquellos hombres de Páez que ahora
estaban bajo su mando. Estaba plenamente convencido de que la subordinación
absoluta a su rango y autoridad eran la salvación de la República y la
consolidación de su gloria. Pero, para entonces, la única forma de obtener
poder y legitimidad era a través de la fuerza. Y el propio Piar le dio la
oportunidad de ejercitarla.
El mulato Piar, a pesar de ser uno de los principales caudillos del país,
estaba formalmente bajo el mando de Bolívar. Para librarse de aquella incómoda
sujeción, presentó su dimisión y solicitó pasaporte para salir de Venezuela.
Bolívar trató de impedirlo. Le escribió: «La patria lo necesita a usted hoy
como lo que es y mañana habrá de necesitarlo como lo que por sus servicios
llegare a ser»; pero al fin tuvo que aceptar su renuncia.
Como era previsible, Piar se fue a los territorios que le eran afines, pero
esta vez para propalar la idea de una revolución de negros y mulatos,
rechazando las armas de «cuatro mantuanos» con ambición «de mandarlo todo». Era
un discurso al estilo de la guerra de castas a lo Monteverde y de la guerra de
razas a lo Boves. ¿Hasta qué punto tales ideas eran viables o no en el contexto
de la revolución, con la libertad de los esclavos decretada por Bolívar por
doquier? ¿Era realmente Piar una amenaza?
Bolívar le dio órdenes a Bermúdez para que convocara de nuevo a Piar al cuartel
general. Sabía que se negaría, y así fue; se negó y fue detenido.
El 16 de octubre, en Angostura y ante el pelotón de fusilamiento, Piar solicitó
mandar a la escolta, pero no se lo permitieron; luego quiso quitarse la venda
del rostro y lo obligaron a llevarla. Entonces se abrió la esclavina y, con el
pecho descubierto, recibió la descarga de muerte.
§. Batalla en el valle de La Puerta
El general Morillo recibió el papel, las palabras estaban escritas con
pulcritud y corrección, pero, en contraste, la lectura del documento lo
enrojeció de ira. La firma era de aquel bandido de Bolívar y no podía creer la
osadía de aquel insolente rebelde. Indignado, releyó:
Nuestra
humanidad contra toda justicia ha suspendido muchas veces la sanguinaria guerra
a muerte que los españoles nos hacen. Por última vez ofrezco la cesación de tan
horrible calamidad y empiezo mi oferta por devolver todos los prisioneros que
hemos tomado ayer en el campo de batalla. ¡Que ese ejemplo de generosidad sea
el mayor ultraje de nuestros enemigos! Usted y toda la miserable guarnición de
Calabozo caerán bien pronto en manos de sus vencedores […] Yo los indulto en
nombre de la República de Venezuela, y al mismo Fernando VII perdonaría si
estuviese como Ud. reducido a Calabozo.
Caer
en manos del desalmado y sanguinario Bolívar era impensable para Morillo, era
preferible la muerte a semejante deshonor. ¡Era además infame que aquel bandido
pretendiese que España había lanzado la Guerra a Muerte! ¿Y además era capaz de
ponerse por encima del rey? Después de tantos meses, por fin tenía enfrente a
ese bandido —cara a cara—, pero también en las peores circunstancias. Bolívar
había unido sus fuerzas con las de Páez, Morillo lo supo en San Carlos y
entonces decidió pasar a Calabozo. El mismo día de su llegada, el 12 de febrero
de 1818, Bolívar lo atacó con 2500 jinetes y una infantería de 1600 hombres.
Morillo trató de quebrar las alas del ejército republicano empleando a sus
mejores efectivos para impedir el cierre de la plaza donde estaba su cuartel
general. Fue inútil, los regimientos realistas fueron destrozados por las
caballerías de Páez y Cedeño. Los 2000 hombres de Morillo no podían ser
suficientes contra las fuerzas de Bolívar.
Bolívar no cumplió con «devolver todos los prisioneros» como había ofrecido;
sólo entregó a tres asistentes de campo, y pasó a cuchillo a toda la compañía
de cazadores de Navarra que tenía como prisioneros. Morillo, el líder español,
el orgulloso militar de las guerras contra Napoleón, estaba cercado y sin escapatoria.
La libertad de Venezuela estaba a un paso de consumarse.
Pero ocurrió lo inesperado. Morillo logró escabullirse con sus tropas de
infantería. Inmediatamente, los llaneros de Páez salieron raudos a su alcance,
pero el general español se internó en el follaje donde su infantería tenía el
control, y derrotó a los republicanos en El Sombrero. Al final Morillo llegó
hasta Villa de Cura, al recaudo de sus guarniciones del norte.
Grabado que representa al Páez llanero. Litografía de 1867 de Fritz George
Melbye.
Páez
se desmoralizó por esta derrota, él y sus llaneros preferían las praderas para
hacer frente a sus adversarios, ahí sus equinos daban todas las ventajas.
Entonces Páez se retiró con sus tropas, a pesar de la insistencia de Bolívar
para aprovechar la dispersión de los ejércitos realistas y atacar Caracas.
Morillo llegó a Valencia y Bolívar entró en Villa de Cura; ahí supo que los
ejércitos de Morillo no se habían concentrado aún. Entendió que era el momento
de atacar para dar un golpe mortal y definitivo a los realistas con la
recuperación final de la capital.
Bolívar ideó su plan de ataque. Situó a sus oficiales Monagas y Zaraza
alrededor de Maracay para evitar el desplazamiento de Morillo y, con el grueso
de sus contingentes, preparó el asalto a Caracas. Bolívar estaba prescindiendo
del apoyo de Páez; sea como fuere, las fuerzas realistas que habían quedado en
Caracas eran débiles.
Vuelvan caras, de Arturo Michelena (1890). Óleo sobre tela. Círculo Militar
de las Fuerzas Armadas, Caracas, Venezuela.
El
13 de marzo Bolívar llegó hasta el pueblo de Consejo y pudo sentir a Caracas al
alcance de la mano. Entonces, al día siguiente se enteró de que el realista
Calzada, burlando a los patriotas, se había reunido con Morillo y de que los
ejércitos de Morales habían liquidado las fuerzas de Monagas y Zaraza. Bolívar
sintió entonces que el reflejo de su imprudencia le golpeaba la cara, había
caído en una celada. Una terrible tempestad con lluvias torrenciales se desató
en la región; aun así Bolívar se movilizó para escapar hacia los llanos, ahí
donde le quedaba la esperanza de ser aún auxiliado por Páez.
Bolívar y sus tropas tomaron el camino conocido como la Cuesta de la Muerte,
que era el más accidentado y peligroso, pero a la vez el más corto. Una
emboscada en aquellos caminos no dejaría un republicano vivo, así que los
ejércitos avanzaron acelerados, viéndose obligados a dejar a los rezagados. Los
truenos se estrellaban contra el cielo y los relámpagos iluminaban la noche.
Bolívar, recubierto por su capa de campaña, iba de un lado a otro ordenando la
marcha, llevando a cuestas aquel sueño de victoria tan rápidamente esfumado.
Los ejércitos realistas de Morales alcanzaron al Libertador en el sitio de La
Puerta. Para Bolívar significaba por fin el momento de la reconciliación con su
honor y con la historia; aquel lugar era el mismo en el cual, tiempo atrás,
había sido fatalmente derrotado por Boves. Ahora por fin tendría la revancha
necesaria y precisamente contra Morales, el lugarteniente y heredero de Boves.
Bolívar dispuso que sus ejércitos se atrincherasen aprovechando las
ondulaciones del terreno y la presencia del riachuelo del Semen. Morales se
lanzó al ataque con lo mejor de su infantería, buscando los puntos flacos en la
defensa de Bolívar. La batalla se dilató por seis horas y, tras heroica
resistencia, la feliz victoria comenzó a dibujarse del lado republicano. ¡Era
la venganza de La Puerta! Entonces se escuchó un enorme barullo, disparos al
aire y el tronar del galope de caballos. Ambos bandos se quedaron en silencio
un segundo, como si trataran de adivinar para qué lado se inclinaría la fortuna
con la llegada de refuerzos. Era nada menos que el general Morillo, que llegaba
al mando de sus ejércitos.
Las fuerzas de Bolívar no se amilanaron y mantuvieron a raya a los realistas,
pero no contaban con la fuerza de un gran militar. Morillo tomó la conducción
de la tropa personalmente y al grito feroz de « ¡Viva España!» y « ¡Viva el
rey!» se lanzó en carga de caballería sobre las trincheras enemigas. Una descarga
republicana derribó al general español, pero el impulso de aquella sangre
aguerrida fue incontenible; inflamados de coraje y de venganza, los soldados
realistas destrozaron sin piedad las divisiones republicanas. Bolívar emprendió
la retirada mientras sus hombres, heridos o rezagados, caían abatidos y sus
cuerpos eran despedazados en medio de una cruel carnicería. Al final de la
batalla de La Puerta, el saldo fue de 800 republicanos muertos y 400 hechos
prisioneros en manos de Morillo.
De manera milagrosa, Bolívar logró escapar nuevamente y ponerse a salvo con su
oficialidad. Mientras, Morillo, convaleciente de sus heridas, recibía del rey
el título de marqués de La Puerta como premio por la importante victoria y su
acción valerosa.
Durante el resto del año de 1818, la situación se mantuvo estancada. Bolívar
calculaba en no más de 5000 a los soldados españoles en Venezuela, sin contar a
los criollos de aquel lado. Los españoles no tenían caballería, «pero su
infantería era excelentísima», como reconocía Bolívar. En los llanos
prevalecían siempre los republicanos, pero en las alturas y en Caracas no había
forma de derrotar a la infantería española. Ante la brutal matanza de civiles
ocasionada en las poblaciones de Venezuela y Nueva Granada, buques enteros de
soldados y mercenarios ingleses e irlandeses habían llegado a las costas
americanas parahacer la América.
El caos y la competencia entre los mandos republicanos se mantenían. En julio,
Mariño lanzó una proclama en la que aceptaba la plena autoridad de Bolívar,
pero se habían desatado ahora conflictos entre Bermúdez y él.
En cuanto a Bolívar, se encontró a sí mismo mucho mejor ubicado en su gabinete
que en el frente de batalla; su dominio de las acciones políticas y
diplomáticas le valió una preponderancia reconocida por todos. Cartas,
proclamas y documentos fluían de su pluma con genio y notable comprensión de la
situación. Llegó al extremo de obtener no sólo soldados ingleses jubilados,
sino también ex combatientes españoles que dejaron la península para sumarse a
Bolívar por la independencia americana. Ante semejante contradicción, Bolívar
proclamó —aún enredado— la «paz a la nación española y guerra de exterminio a
su Gobierno actual».
Pero Bolívar también soñaba con una América unida y como un solo cuerpo
político. En ese sentido, Bolívar dice que «la América así unida, si el cielo
nos concede ese deseado voto, podrá llamarse la reina de las naciones y la
madre de las repúblicas».
Pero aquellareina de las naciones merecía sin duda un rey. Bolívar
se enteró del triunfo en Maipú del general argentino José de San Martín, el 5
de abril de 1818. Chile estaba en manos republicanas. Para Bolívar, un triunfo
emancipador en el Perú —sin el amparo de su espada— sería una verdadera
catástrofe. El Virreinato del Perú y el de Nueva España —ahora México— eran los
más importantes enclaves españoles en América. La riqueza del Perú, en plata y
oro, había sostenido las arcas reales por trescientos años y su importancia era
absoluta.
Bolívar debía acercarse a Lima, capital del Virreinato peruano, pero la
situación de Venezuela seguía siendo precaria y Nueva Granada seguía en manos
de España. Para llegar al Perú había que pasar por Santa Fe de Bogotá, así que
Bolívar organizó su liberación y se la encomendó a Santander. Lareina de las
naciones merecía un rey, un rey que sin duda debía ser él.
§. El congreso de Angostura
El 15 de febrero de 1819, la ciudad de Angostura lucía engalanada con
pabellones republicanos; en la plaza central estaban concentrados numerosos
contingentes militares y varias piezas de artillería habían sido instaladas
para dar relieve a la ocasión. En aquel momento, la ciudad fungía como la
capital de Venezuela para el bando republicano y por ello sería el escenario de
la instalación del Primer Congreso de la República.
Bolívar había atendido la recomendación de sus lugartenientes, y vio en la
realización de aquel Congreso una ocasión excelsa para consolidar su poder. Y
es que los líderes y militares venezolanos veían con desconfianza cómo Bolívar
iba asumiendo más y más poderes absolutos. Formalmente, Bolívar sólo era el
jefe supremo del Concejo de Estado, pero la creciente concentración de su
poder, no legitimado, hacía posible que se alzara en su contra cualquiera de
los mismos líderes que lo habían colocado en el poder.
Bolívar poseía un manejo político que ninguno de sus adversarios tenía. Se
presentó a la cabeza de su Estado Mayor con sus mejores galas, aunque la
majestad de su porte no ocultaba las marcas en el rostro de aquel hombre de
treinta y cinco años, de aspecto enjuto y desteñido. Todo estaba pulcramente
organizado, el toque de clarines y las salvas de artillería resonaron a su
llegada.
El cuerpo de diputados elegidos por cada localidad salió a recibir al
Libertador, aunque nunca aquel título había sonado tan incierto. Bolívar no
lograba salir del equilibrio de fuerzas frente a los ejércitos de Morillo, no
había recuperado Caracas y todos recordaban su terrible derrota en La Puerta.
Sin embargo, era el momento de consolidar su poder o de perderlo del todo.
El Libertador entró al salón de la gran casa que fungía como Palacio de
Gobierno. Ocupó la tribuna preparada para su presentación y, con la venia del
presidente del Congreso, inició su discurso. Sus palabras resonaron en el
recinto, cada sílaba parecía esculpida en mármol con dilección:
Señores
—comenzó el Bolívar épico y de oratoria redonda—, dichoso el ciudadano que,
bajo el escudo de las armas de su mando, ha convocado la soberanía nacional
para que ejerza su voluntad absoluta. Yo, pues, me cuento entre los seres más
favorecidos por la Divina Providencia.
Luego
continúa dando explicaciones del estado de la República:
¿Queréis
conocer a los autores de los acontecimientos pasados y del orden actual?
Consultad los anales de España, de América, de Venezuela; examinad las Leyes de
Indias, el régimen de los antiguos mandatarios, la influencia de la religión y
del dominio extranjero: observad los primeros actos del Gobierno republicano y
la ferocidad de nuestros enemigos y del carácter nacional.
Hasta
aquí el Bolívar demagógico; en realidad, las familias de los criollos ahí
presentes habían participado del dominio de América por decenios.
Después agrega que «ninguna forma de gobierno es tan débil como la democrática,
su estructura debe ser de la mayor solidez; y sus instituciones consultarse
para la estabilidad». Es ahora el Bolívar político y visionario, no se deja
llevar por las tendencias europeizantes y teme que la democracia conlleve a
tener una «sociedad díscola, tumultuaria y anárquica».
Entonces Bolívar expresa la idea de «la reunión de la Nueva Granada y Venezuela
en un gran Estado». Y así, finalmente y ante todos, aparece el Bolívar
estadista, ese hombre capaz de ver mucho más allá de coyunturas y sinsabores.
Esta era la característica que lo llevaba inexorablemente a la cima respecto de
sus coterráneos y contemporáneos: a pesar de todos sus errores y miserias
personales, Bolívar era capaz de ver una nación donde sólo existía
desintegración, horror y desastre.
Pero incluso sus ideas iban mucho más allá. Bolívar plantea al Congreso sus
conceptos fundamentales para la Constitución Política del país. Afirma que las
leyes que deben adoptarse no deben ser copia de las de Washington y propone un
Senado compuesto por senadores vitalicios y con cargos que debían ser
hereditarios.
Con respecto al Ejecutivo, planteó un presidente vitalicio, una suerte de
monarca sin corona: «En las Repúblicas —dice— el Ejecutivo debe ser el más
fuerte, porque todo conspira contra él; en tanto que en las monarquías el más
fuerte debe ser el Legislativo, porque todo conspira a favor del monarca».
Bolívar tenía razón en sus argumentos, pero no en la aplicación de los mismos,
pues proponía un sistema republicano con un monarca vitalicio. Esto significaba
tener un rey y un presidente, los dos en uno solo y con un Parlamento débil. El
deseo de Bolívar de una Presidencia vitalicia —que ocuparía él, por supuesto—
conspiraría en el futuro y para siempre en su contra, mucho más que cualquier
enemigo.
Finalmente afloró ante la asamblea el Bolívar políticamente histriónico:
«Devuelvo a la República el bastón de general que me confió», dijo
solemnemente. El presidente del Congreso, el botánico Francisco Antonio Zea, le
suplicó que se quedara al mando de la nación, poniéndolo a la altura de los
«benéficos emperadores Vespasiano, Tito, Trajano y Marco Aurelio». El Congreso
no se esperaba aquella situación casi teatral; Bolívar se negó iracundo a
aceptar una autoridad a la que había renunciado «para siempre».
Al final, Bolívar presentó su dimisión igualmente, pero el Congreso la rechazó
nombrándolo —en medio de ruegos— presidente de la República y a Zea como
vicepresidente. A esas alturas, Bolívar manejaba como nadie los hilos de la
política. Jamás habría renunciado al poder si no hubiera sabido que le sería
devuelto legitimado y multiplicado. Años después, Bolívar confesaría que el
Congreso de Angostura contribuyó al «entierro» en vida de todos sus enemigos
políticos.
Gracias a las destrezas de Páez, Bolívar logró un triunfo rutilante en las
Queseras del Medio. Con enorme sagacidad, alabó y condecoró hasta el extremo a
Páez y a los 150 hombres de aquella jornada. Pero se acercaba el invierno y con
él se diluían las posibilidades de obtener avances reales en la guerra
emancipadora. Bolívar seguía anhelando la toma de Caracas o el occidente de
Caracas al menos.
Llegaron entonces grandes noticias de los avances de Santander en la Nueva
Granada. Bolívar supo que Santander había integrado fuerzas republicanas
dispersas, reuniéndolas en un respetable ejército de 1200 soldados de a pie y
una caballería de 600 hombres y bestias. El virrey Samano había aplicado una
política de represión antipopular, pero y contaba con más de 10 000 hombres
dispersos en todo el territorio.
Bolívar concibió un plan a su medida, ambicioso y casi delirante. Como todas
sus estrategias, pecaba de asumir demasiados riesgos y su ejecución era
precipitada, empujada por su insostenible impaciencia. Bolívar ideó la invasión
de Nueva Granada mediante la toma por sorpresa de los ejércitos realistas, pero
la única forma de lograr su cometido era nada menos que atravesar la cordillera
de los Andes.
El 27 de mayo de 1819, un ejército de 2500 hombres al mando de Bolívar inició
la increíble campaña, atravesando con los cuerpos sumergidos hasta la cintura
los ríos que bajaban torrentosos desde los Andes. El terror se reflejaba en los
rostros de los soldados cuando sentían entre sus piernas a los voraces peces
caribe, que buscaban el menor rastro de sangre humana para devorarlos. Para
complicar más la situación, los hombres eran en su mayoría llaneros
acostumbrados al sol abrasador, pero no a las gélidas cumbres y al mal de
altura de las montañas.
Bolívar había pensado en acceder al punto menos defendido por las guarniciones
españolas al otro lado de la cordillera, lo que equivalía a cruzar la ciclópea
mole de roca por el paso de Pisba, a 4.000 metros de altitud. Esa ruta se
considera intransitable en invierno, pero el 22 de junio iniciaron la subida.
El terreno era rocoso y quebrado, pelado de vegetación en medio de enormes
bloques de granito y profundos abismos que se abrían como gargantas ante ellos.
La brisa helada, el sol y la bruma afectaron y se llevaron la vida de muchos de
aquellos hombres indómitos, casi desnudos y mal alimentados. Las mujeres, que
acompañaban a sus amantes o esposos, atendían a los enfermos; una de ellas
incluso dio a luz y se sumó al día siguiente a la expedición con el recién
nacido en sus brazos.
Bolívar cruza los Andes en lo que se considera el inicio de una de las
campañas determinantes en la Independencia de América.
El 6
de julio, el contingente principal llegó a Socha, provincia de Tunja en el lado
granadino. Los hombres se tumbaron al sol y recibieron alimento caliente y
agua; cuando se giraron para ver las cumbres nevadas que habían atravesado,
todos prefirieron morir en aquellas tierras antes que tener que repetir la
travesía de vuelta.
El jefe realista de la plaza era el general Barreiro. Todo aconsejaba quedarse
quieto y a la defensiva, esperando los refuerzos de la caballería inglesa que
venía en la retaguardia. Pero Bolívar era Bolívar.
Capítulo 4
Triunfo, realidades y frustraciones
Contenido:
1. Boyacá,
a las puertas de Nueva Granada
2. De
la República de Colón al armisticio
3. San
Martín, el Libertador del sur
4. El
triunfo: Carabobo y Pichincha
5. La
entrevista en Guayaquil
6. Una
libertad no deseada
7. Junín,
en la puerta de la Gloria
§.
Boyacá, a las puertas de Nueva Granada
Bolívar tenía a la vista al ejército de José María Barreiro, nada menos que 600
jinetes perfectamente armados en el llano y 1400 soldados que bloqueaban el
camino. El Libertador tenía solamente una caballería de 250 llaneros con lanzas
y picas, y una infantería apenas recuperada de la terrible travesía sobre las
crestas de los Andes. Si la osadía militar de Bolívar le había hecho caer de
golpe en el corazón realista, también le había llevado a una encrucijada mortal.
El lugar denominado Pantano de Vargas fue el escenario de la batalla el 25 de
julio de 1819. A Bolívar no le quedó otra posibilidad que lanzar a sus
ejércitos contra las líneas enemigas por el frente. La avanzada republicana fue
recibida por descargas mortales. Los cuadros realistas, en rápida maniobra de
franqueo, encerraron a las fuerzas de Bolívar. El ejército republicano,
prácticamente envuelto, recibía fuego de todos lados sin posibilidad de salida.
Entonces, ante la visión inminente de la derrota, Bolívar vio a su jefe de
caballería, el venezolano Juan José Rondón, y le gritó: « ¡Coronel, salve usted
la patria!».
Catorce llaneros espolearon a sus bestias, y siguieron heroicos a Rondón contra
el ejército realista; el resto de la legión se les unió de inmediato y sus
lanzas quebraron el fuego español. El ejército de Barreiro se amilanó
sorprendido ante el coraje suicida del adversario. Al final, las acciones
quedaron divididas para uno y otro bando; sin embargo, Barreiro había perdido
su posición estratégica y decidió retornar a Santa Fe de Bogotá para consolidar
la defensa de la capital.
Ahora sería Bolívar, ya con la caballería inglesa, quien trataría de impedir el
avance de Barreiro. Tras una habilísima maniobra y una inadvertida marcha
nocturna, Bolívar ocupó Tunja. Al general realista le quedaban dos opciones, el
accidentado camino de Chiquinquirá o el camino por el puente de Boyacá.
Al llegar al puente alrededor de las dos de la tarde del 7 de agosto, Barreiro
divisó un escuadrón de caballería republicana y dedujo que se trataba de un
cuerpo de observación. Para que no le estorbara, envió un destacamento de
cazadores a su encuentro, mientras el grueso de su ejército seguía
desplazándose sin advertir el peligro. Entonces, agudizando la vista, Barreiro
divisó, en una altura que dominaba el puente de Boyacá, la presencia de toda la
infantería republicana dividida en columnas. Era una emboscada del bandido
Bolívar. De inmediato ordenó descargar toda la artillería contra los
republicanos, pero las maniobras contrarias eran rápidas, envolventes y el
ataque de los llaneros, inatajable. La compañía de Granaderos a Caballo —toda
de peninsulares— abandonó el campo de batalla, y el cuerpo de reserva realista
fue alcanzado por las lanzas republicanas, lo que dejó decenas de soldados
hispanos destrozados. Por el franco izquierdo, Santander coronaba la victoria.
Las consecuencias fueron desastrosas para el bando español; el resto del
ejército realista fue capturado: 1600 soldados, todo el armamento, municiones,
caballos y el propio general Barreiro con toda su plana de oficiales cayeron
prisioneros.
Rápidamente se supo en Bogotá de la victoria de Bolívar en Boyacá y su
inminente toma de la ciudad. Todos los vinculados a la causa realista, desde el
virrey Samano hasta las familias peninsulares, huyeron presa del pánico ante la
llegada de aquel cruel creador de la Guerra a Muerte. Las casas y comercios
tuvieron que ser abandonados por aquellas familias que no habían participado en
la guerra en ningún sentido, que habían hecho sus vidas en una América
española, una tierra que ahora debían abandonar llevando sólo sus vestidos
puestos.
Cuando Bolívar entró a la capital, se había quedado sin camisas; llevaba
entonces la chaqueta militar sobre su pecho tostado y desnudo, lo cual le daba
un aspecto fiero y atrevido. Sólo lo recibieron unos cuantos «vivas» y las
guirnaldas de algunos entusiastas o temerosos ciudadanos. Pero Bolívar
impresionó a todos, se movía con rapidez y recordaba con memoria prodigiosa a
los personajes que conoció en 1814, cuando tomó la ciudad por disposición del
Gobierno de Tunja. Sus preguntas y respuestas eran rápidas, concisas y lógicas.
Cuando escuchaba a alguien, cruzaba los brazos, y cuando hablaba o preguntaba,
se cogía las solapas.
Había sido tan pobre el recibimiento a Bolívar, que para el 18 de septiembre se
mandó organizar de nuevo su entrada oficial en Bogotá; celebrándose un tedeum
en la catedral que el Libertador escuchó de rodillas. Luego, con una multitud
de pobladores como marco apropiado, se realizó la ceremonia en la Plaza Mayor y
se cantó un himno en su honor ante seis estatuas que simbolizaban las virtudes
atribuidas a Bolívar. Veinte doncellas llevaron en cestas de plata la corona
para el Libertador y condecoraciones para él y sus generales. Una de aquellas
ninfas, Bernardina Ibáñez, tomó rápidamente el lugar que había dejado libre
Josefina Machado.
Se organizaron fiestas y celebraciones casi diarias en homenaje a Bolívar o
dadas por él, pero el valor de la toma de Santa Fe de Bogotá era mucho mayor
que los actos simbólicos que la rodeaban.
Batalla de Boyacá, de José María Espinosa (1840). Óleo sobre tela. Casa
Museo Quinta de Bolívar, Bogotá, Colombia.
Primero,
tenía un impacto militar. Los pobladores de Nueva Granada se mantenían en una
crisis de lealtades, por un lado su fidelidad histórica al rey y por otro la
causa independentista que ofrecía la autonomía del suelo patrio. Al final, la
población no hacía más que plegarse al bando triunfador. Esto lo había
discernido muy bien Bolívar, tan buen estadista y estratega como cuestionado
militar. Por ello, tras la batalla de Boyacá, la mayor parte de los ejércitos
capturados por Bolívar pasaron inmediatamente al bando republicano. Lo
reconoció el general Morillo desde su ocupación de Caracas, y dijo de los
ejércitos de Barreiro que «como la mayor parte de ellos son americanos, estarán
aumentando las fuerzas con que el general rebelde Bolívar penetró en el reino».
El segundo impacto logrado era económico, Venezuela había quedado desangrada y
diezmada económicamente por la guerra civil, contrariamente a Nueva Granada que
tuvo acciones menos sangrientas y se había visto mucho menos afectada. En
palabras del mismo Morillo: «El sedicioso Bolívar ha ocupado Santa Fe y el
fatal éxito de esta batalla ha puesto a su disposición todo el reino y los
inmensos recursos de un país muy poblado, rico y abundante, de dónde sacará
cuanto necesite para continuar la guerra en estas provincias».
En tercer lugar estaba el plano geopolítico; nadie lo expresa mejor,
nuevamente, que el propio Morillo:
Esta
desgraciada acción entrega a los rebeldes, además del Nuevo Reino de Granada,
muchos puertos en el mar del Sur, donde se acogerán sus piratas; Popayán,
Quito, Pasto y todo el interior de este continente hasta el Perú queda a la
merced del que domina a Santa Fe, a quien al mismo tiempo se abren las casas de
moneda, arsenales, fábricas de armas, talleres y cuanto poseía el rey nuestro
señor en el virreinato. Bolívar en un solo día acaba con el fruto de cinco años
de campaña, y en una sola batalla reconquista lo que las tropas del rey ganaron
en muchos combates.
El
triunfo de Boyacá significó finalmente la consolidación de la autoridad de
Bolívar. Mariño había aprovechado la ausencia del Libertador en Angostura para
deponer a Zea y proclamar vicepresidente y jefe de gobierno a Arismendi. El
propio Mariño tomó para sí el cargo de general en jefe. Ante ello, Bolívar
regresó a Venezuela dejando a Santander como vicepresidente en Bogotá.
Bolívar llegó a la Casa de Gobierno de Angostura cuando Arismendi estaba
ausente. Cuando éste llegó a la ciudad, se encontró de pronto con un
amabilísimo Bolívar. « ¡Mi querido general!», le dijo Bolívar con una ironía y
un gracejo muy a su estilo, abrazándolo y besándolo en la mejilla. Las bandas
de música tocaron melodías patrióticas y el ambiente se animó con invitados
ilustres y buen vino. A la mañana siguiente, Arismendi fue enviado como jefe de
la Región Oriental —donde su arraigo era nulo— en reemplazo de Mariño, el
otroraLibertador del Oriente, quien se quedó sin cargo alguno.
Todo quedó bajo el control absoluto del Libertador Bolívar. Para entonces, ya
nadie más osó irrogarse ese título.
§. De la República de Colón al armisticio
El general español Barreiro era muy reconocido en Santa Fe de Bogotá. A sus
dotes militares se les sumaba un atractivo físico que lo hacía muy popular. Lo
llamabanel Adonis de las mujeres y estaba desposado con una joven
criolla, hermana de un oficial republicano. Bolívar estaba negociando un canje
de prisioneros con el virrey Samano respecto de Barreiro y los otros 37
oficiales realistas capturados en Boyacá.
La noche del 10 de octubre de 1819, Santander, subido en la grupa de su
caballo, encabezó la escena: Barreiro entregó el retrato de su prometida que
llevaba en el pecho para que le fuera devuelto, se hincó de rodillas dando la
espalda al pelotón de fusilamiento y recibió la descarga fatal. Todos y cada
uno de los oficiales realistas corrieron la misma suerte. Santander diría
luego: «Encuentro interiormente un placer en hacer matar a todos los godos». Lo
había demostrado. Bolívar se indignó, más que por el hecho, por lo inoportuno
de la ejecución, pues quedaba pendiente una negociación de canje. Sin embargo,
su amistad con Santander no se afectó; sólo a este lo hacía participe de sus
pensamientos más íntimos y era uno de los pocos de quien aceptaba un tono
igualitario.
Lo que más ocupaba entonces la mente de Bolívar era cristalizar su idea cumbre
esgrimida desde el Congreso de Angostura. Se trataba de crear una gran nación
bajo el nombre del descubridor de América, una nación que uniría íntegramente a
los actuales territorios de Venezuela, Colombia, Panamá y Ecuador. Así, vestido
con uniforme de oficial francés y engalanado con finos ornamentos, Bolívar se
presentó el 14 de diciembre ante el Congreso de Angostura para proclamar la
creación de la República de Colombia.
Fue saludado solemnemente por veintiún cañonazos, y los miembros del Congreso
salieron al pórtico a recibir al Libertador; la multitud vitoreaba con fervor.
Bolívar exhibió la más bella y recargada oratoria de la que era capaz. La
capital de Colombia sería Las Casas, en honor al clérigo y cronista Bartolomé
de Las Casas, defensor de los aborígenes americanos durante la conquista de
América. El presidente de la República de Colombia sería —por supuesto— el
propio Bolívar, quien nombró vicepresidente a Zea. Santander ocupó la
Vicepresidencia de Cundinamarca —ex Nueva Granada— y el doctor Roscio la
Vicepresidencia de Venezuela. La creación de Colombia tenía también fines
políticos, buscaba generar impacto en los Gobiernos extranjeros para facilitar
el reconocimiento de los nacientes países de América. El 17 de diciembre fue
aprobada la Carta Fundamental de la República de Colombia, que sentaba las
bases para la unión.
Por su parte, y cuatro meses atrás, el Congreso de Angostura ya había
proclamado la Constitución de Venezuela, estableciendo un Senado vitalicio no
hereditario y un presidente que sería elegido cada cuatro años. No coincidía
para nada con la propuesta de Bolívar. Pero la discusión parecía baladí;
Caracas y gran parte de Venezuela seguían ocupadas por el general Morillo y sus
fuerzas realistas. Mientras no se consolidara la expulsión de los españoles, la
recién creada República de Colombia y la Constitución de Venezuela existirían
sólo en el papel.
Bolívar se vio sumido en una obligada inactividad. Impaciente, trató de
persuadir a Páez para salir cuanto antes a la toma de Caracas. Páez se
resistió; siempre tenía un pretexto para mantenerse en los llanos y no exponer
a su caballería, pero esa vez era verdad que una epidemia había debilitado a su
ganado caballar.
El Libertador temía que llegaran refuerzos a favor de Morillo. Si las fuerzas
republicanas habían necesitado una década para equilibrar su poderío con los
realistas en Venezuela y tomar el corazón de Nueva Granada, un solo
contraataque de la Corona española podía generar un enorme desnivel. La
capacidad de Fernando VII de lanzar una reconquista era mucho mayor que la de
las desangradas y nacientes repúblicas para contrarrestarla. Y aquello fue
exactamente lo que sucedió.
Congreso de Angostura, de Tito Salas. Bolívar proclama la creación de la
República de Colombia en el Congreso de Angostura, el 14 de diciembre de 1819.
Ante
las comunicaciones de Morillo y las solicitudes del virrey del Perú, Fernando
VII organizó la pacificación de América. Estaba claro que las fuerzas realistas
que se hallaban en los virreinatos españoles eran insuficientes para
contrarrestar a los rebeldes, así que el rey de España recurrió a la Santa
Alianza y al zar de Rusia. Todos los navíos y fuerzas militares se fueron
acantonando en el puerto de Cádiz. Al final, se reunió una colosal escuadra de
ataque como jamás se había visto en América: 35 barcos de guerra, 29 cañoneras,
40 transportes para llevar a los 20 000 soldados ya firmemente equipados, 3000
jinetes con sus bestias y más de cien piezas de artillería de gran calibre.
Cuando el despliegue militar era inminente, aconteció lo inaudito. El 1 de
enero de 1820, el comandante Rafael Riego, jefe de los puestos de
acantonamiento del ejército que iba a zarpar hacia América, se levantó en armas
contra Fernando VII para compelerlo a sujetarse a la Constitución de Cádiz. El
rey no tuvo más opción que someterse a la voluntad popular y la política
militar en América cambió radicalmente.
Se les ofreció ahora a los rebeldes de las colonias americanas la posibilidad
de sujetarse a la Constitución de Cádiz y por ende la de abrir su participación
en las Cortes de España. Esto significaba un cambio total para las Américas, de
ser consideradas colonias, sus Administraciones pasarían al estatus de Reinos
de Ultramar, con una mayor autonomía en el Gobierno, con representantes ante el
Parlamento de la metrópoli y niveles de autogestión económica.
La orden para Morillo era que solicitara a los revolucionarios su adhesión a la
Constitución de Cádiz y que se negociaran armisticios con ellos. Exclamó
Morillo: «Están locos, ignoran lo que mandan, no conocen el país, ni los
enemigos, ni los acontecimientos». Bolívar lo recibió a su manera y, en
comunicación a Santander, exclama: «Las noticias de España no pueden ser
mejores. Ellos han decidido nuestra suerte, porque ya está decidido que no
vengan más tropas a América».
La situación se había tornado de lo más favorable para Bolívar y la manejó
políticamente, para lo que tenía un arte impecable. El general La Torre, por
encargo de Morillo, le propuso un armisticio de un mes. Bolívar lo rechazó en
la medida que no contenía una oferta para el reconocimiento de Venezuela. Esto
no estaba en manos de Morillo y Bolívar lo sabía, pero el armisticio fue
incorporado como parte de su estrategia de guerra. Primero, en una operación
relámpago, ocupó Trujillo y otros puntos estratégicos, de modo que al
celebrarse el armisticio quedaran en manos republicanas.
Una vez ocupados aquellos territorios, Bolívar accedió a celebrar el armisticio
con el objeto de reglamentar la guerra de horrores y crímenes.
Morillo solicitó a Bolívar el abandono de las posiciones obtenidas militarmente
en las últimas semanas, pero Bolívar, socarrón y sabiéndose ganador, respondió
que «él [Morillo] se retirará a sus posiciones de Cádiz antes que yo a Cúcuta».
Morillo tuvo que aceptar.
El encuentro entre los dos grandes líderes y encarnizados rivales generó enorme
expectativa. Se daría en Trujillo, en el mismo escenario en que Bolívar dio el
decreto de la Guerra a Muerte. Morillo llegó con una comitiva de oficiales y un
cuerpo de húsares, pero cuando supo que Bolívar iría aún menos resguardado,
ordenó a los húsares que se retiraran.
El general español vio llegar entonces a la comitiva revolucionaria y preguntó
intrigado cuál de aquellos jinetes era el famosísimo Bolívar. Cuando se lo
señalaron, exclamó: « ¿Cómo? ¿Aquel hombre pequeño, de levita azul, con gorra
de campaña y montado en una mula?». Bolívar había querido llegar a lo Napoleón
en Italia, sin ornamentos. Su atuendo hacía más ostensible su poca talla y su
cuerpo delgado. Todo lo contrario, Morillo exhibía sus merecidas
condecoraciones de guerra sobre su robusto pecho y su aspecto imponente.
El Libertador desmontó y aquellos enemigos a muerte se estrecharon en un
profuso abrazo. El 26 de noviembre de 1820 se firmó el armisticio. A partir de
entonces, los militares capturados heridos o enfermos no serían considerados
prisioneros; también se abolía la pena de muerte a los desertores, ya que era
muy común que un hombre hubiese guerreado para ambos bandos. Morillo ofreció un
espléndido banquete; se libó el mejor vino y ambos bandos ofrecieron los
brindis más imaginativos y expresivos. La Torre levantó su copa con aires
liberales: «Por los colombianos y españoles que unidos marchan hasta los
infiernos si es necesario contra los déspotas y los tiranos». Morillo brindó «por
los héroes que han muerto combatiendo por la causa de su patria y de su
libertad».
El ambiente se fue haciendo fraterno y alegre, para Morillo aquel no era el
Bolívar bruto y bárbaro que había esperado encontrar. Quien tenía enfrente era
un hombre ilustrado, de mundo, de buenos modales y de gracia exquisita. Le dijo
que con la Constitución de Cádiz, los mantuanos tendrían todos los privilegios
por los cuales se habían alzado. Bolívar le contestó que sólo la libertad
podía, en el mundo moderno, unir América y España. Morillo estaba impresionado;
aquel Bolívar era idéntico a un español de la península, aquellos mantuanos
hijos de los viejos conquistadores eran hijos legítimos de la estirpe española.
Bolívar, por su parte, calificó a Morillo como un hombrede intenciones
buenas.
Apenas concluido el encuentro, Morillo se embarcó hacía España dejando al
general La Torre al mando. « ¡Defended a Puerto Cabello a toda costa!», dijo al
final Morillo, pensando en dejar siempre una puerta de salida para las huestes
hispanas. Pero entonces Bolívar demostró que al contrario de Morillo, él no
había tenidointenciones buenas, violó el armisticio tomando la ciudad de
Maracaibo en pleno corazón del lado realista. El Libertador preparaba ahora la
batalla final.
§. San Martín, el Libertador del sur
José de San Martín había nacido para convertirse en la antítesis perfecta de
Simón Bolívar. Nacido en el Virreinato de Buenos Aires en 1778, era hijo de un
oficial español y una criolla. Enviado a la península a los ocho años, tuvo una
educación prolija en el Seminario de Nobles de Madrid. A los once años entró en
el ejército y curiosamente fue compañero de armas de Morillo en la batalla de
Bailén, en la que obtuvo una medalla de oro por su valor.
A pesar de haberse criado en España, San Martín se convenció de que el camino
para la América española era el separatismo y su independencia de la península.
A diferencia de Bolívar, era callado, medido y de modos introspectivos. Pero
algo mayor lo contraponía a Bolívar: San Martín era un ferviente y convencido monarquista.
San Martín se convirtió en uno de los líderes militares en la lucha por la
independencia de las provincias del Río de la Plata. Era reconocido como gran
militar, estratega y político. Renunció al mando de las Provincias Unidas
—actuales Argentina, Uruguay y Paraguay— para encargarse de la gobernación de
Cuyo. Así, en Mendoza y desde 1814, fue formando un ejército con férrea
disciplina y cuidó hasta el más mínimo detalle; desde sus propias fundiciones
para armamentos y fábricas para confeccionar uniformes, hasta el doble
juramento que hizo realizar a sus tropas ante la Virgen del Carmen.
El plan concebido por San Martín es guardado como un secreto sólo compartido
con sus íntimos. Su idea era pasar con sus batallones —quienes serían los
famosos Granaderos Argentinos— al otro lado de los Andes y consolidar la
independencia de Chile; luego, con las fuerzas que se sumaran en ese país, iría
por mar a Lima a libertar el Perú. Bolívar y San Martín consideraban que
mientras no se lograra la independencia del Perú, la independencia de América
siempre estaría inacabada. Y no les faltaba razón.
Desde la conquista del Tahuantinsuyu inca por las huestes españolas de
Francisco Pizarro, se estableció en el Perú el virreinato más poderoso y
opulento de Sudamérica. La ciudad de Lima, con su puerto, el Callao,
representaba la riqueza de la metrópoli en la América española, y gozaba de un
continente entero que administraba y usufructuaba a su placer. Para muchas
regiones del propio Perú, lo más atractivo de la causa de la independencia
sería desligarse de Lima y de su yugo económico y administrativo.
A lo largo de los siglos se fue descentralizando el poder de Lima, y se crearon
el Virreinato de Nueva Granada y el Virreinato de Río de la Plata y la
Capitanía de Chile estaba relacionada y la actual Bolivia era entonces el Alto
Perú, es decir, parte plena del país. En cambio, la ciudad de Guayaquil se
encontraba en una situación ambigua, dependía en lo administrativo de Nueva
Granada y en lo militar del Perú.
El poderoso virreinato peruano, gema preciada del rey de España, se encargó en
numerosas oportunidades de sofocar rebeliones en Chile, en el Alto Perú o en el
Río de la Plata. Si no se ganaba al Perú a la causa de la independencia
americana, los nacientes países independientes jamás tendrían la seguridad de
que su estatus sería mantenido en el tiempo.
José Francisco de San Martín (1778-1850) fue un militar argentino cuyas
campañas fueron decisivas para las independencias de la Argentina, Chile y el
Perú.
Llevando
a cabo su estrategia con una paciencia infinita, San Martín cruzó los Andes y
se enfrentó con los ejércitos realistas en Chile, a los que venció el 12 de
febrero en la batalla de Chacabuco. Cuando se esperaba que San Martín culminara
con la liberación de Chile, se desentendió del país, ya que su objetivo era el
corazón del Perú. Los ejércitos realistas aprovecharon entonces para rehacerse,
lo que obligó a San Martín a posponer sus proyectos, logrando finalmente en
Maipú un gran triunfo para Chile y el continente.
A pesar de su triunfo militar, San Martín no contó con el apoyo de la clase
dirigente chilena, así que tuvo que aplazar otra vez su proyecto peruano.
Retornó a Buenos Aires y se encontró con una situación anárquica: las
provincias buscaban autonomía frente al centralismo de Buenos Aires. Esto
afianzó aún más en él la idea de la instauración de una monarquía unificadora e
integradora en América.
En enero de 1820, San Martín logra el apoyo de O’Higgins —padre de la
incipiente nación chilena— para invadir el Virreinato del Perú. Recibió de
Chile una flota de ocho buques de guerra y 16 transportes que llevaban 4300
hombres y 625 jinetes al mando del marino ingles Cochrane. Pero la situación de
San Martín era compleja; el primero de febrero, en el Río de la Plata, la
República se atomizó en pequeños estados soberanos, dejando apátrida al
Ejército de los Andes creado por San Martín.
Entonces, el 20 de agosto y mientras Bolívar negociaba el armisticio con
Morillo en el norte, San Martín se hizo a la mar. Lo lógico era atacar y ocupar
Lima, pero San Martín se movía políticamente. Contra la opinión de Cochrane,
desembarcó en Pisco, al sur de la capital. Desde ahí hizo los contactos
diplomáticos que llevaron a la entrevista de Miraflores, donde los delegados
del virrey Pezuela recibieron una propuesta que de plano les pareció inaudita:
la idea de San Martín era —bajo la premisa de la independencia del Perú—
coronar en América a un príncipe de la casa reinante de España.
Pezuela no pudo aceptar. A pesar de que la salida era por lo demás atractiva,
él no tenía facultades para reconocer la independencia del Perú. San Martín, en
lugar de atacar, respetó otra vez a la gran capital e hizo pequeños desembarcos
al norte de Lima, lo que desconcertó otra vez a los realistas. Al otro lado de
la línea ecuatorial, los oficiales colombianos se preguntaban qué clase de
juego era aquel de no tomar la ciudad de una vez. Pero la estrategia de San
Martín dio magníficos frutos, se ganó la adhesión de gran parte de la opinión pública
de Lima y al marqués de Torre Tagle, con quien se le sumaba toda la costa norte
peruana.
La llegada de San Martín al Perú no le podía ser ajena a Bolívar. Así, el
venezolano le escribe ansioso al Libertador del Sur: «Al saber que V. E. ha
hollado las riveras del Perú, ya les he creído libres; y con anticipación me
apresuro a congratular a V. E. por esta tercera patria que le debe su
existencia. Me hallo en marcha para ir a cumplir mis ofertas de reunir el
imperio de los incas al imperio de la Libertad».
El 23 de enero de 1821 se produjo un hecho inédito, los generales españoles
Canterac y Valdés exigieron al virrey Pezuela su renuncia al cargo. Los
conspiradores eran del grupo constitucionalista, es decir, estaban
a favor de la Constitución Liberal aceptada a la fuerza por Fernando VII. El
general La Serna, elegido virrey por sus propios oficiales, reanudó las
conversaciones con San Martín. Entonces se produjo otro hecho inimaginable: los
españoles se encontraron con que el famoso general San Martín era más
monárquico que Fernando VII. La Serna propuso que la mejor solución era que los
americanos acataran la Constitución de Cádiz que garantizaba la unidad de
España, pero San Martín no transigió; estaba convencido de que debía coronarse
un príncipe español en el Perú.
Al fin, los dos bandos se retaron mutuamente a iniciar hostilidades. Los
delegados de La Serna amenazaron con «proclamar el imperio de los incas y
ayudar a los indios a sostenerlo, antes de consentir que lo ocupasen los
súbditos rebeldes que no tenían más derechos que los que habían adquirido de
sus antepasados los españoles».
Para Bolívar, aquella situación era de caricatura. Había proclamado e impuesto
el sistema republicano para las naciones del norte y a pesar de las intentonas
federalistas y los interminables caudillismos, no podía concebir otro sistema
que no fuera el aprendido de los filósofos franceses. El Libertador venezolano
ya iba ideando la consumación de su gloria en el Perú.
Hacia el sur de Bogotá estaba la ciudad de Pasto, cuyos pobladores eran
realistas a ultranza y bloqueaban el camino de los ejércitos colombianos hacia
el sur y a la importante ciudad de Quito. Hacia la costa estaba Guayaquil, que
el 9 de octubre de 1820 se había proclamado independiente respecto de todos los
bandos, pero cuya clase política era muy afecta a formar parte de la futura
monarquía del Perú.
Bolívar, si quería hacerse con el Perú, tenía que doblegar a Pasto, Quito y
anexarse Guayaquil. Las cartas estaban sobre la mesa; Bolívar envió a Sucre a
Guayaquil.
§. El triunfo: Carabobo y Pichincha
Antonio José de Sucre era oriundo de Cumaná, de familia de criollos ricos y de
refinada educación. Había estudiado para ingeniero civil, pero se alistó
finalmente en las tropas republicanas y batalló al servicio de Francisco de
Miranda.
José de la Serna e Hinojosa, conde de los Andes y virrey del Perú
(1770-1832).Litografía de Evaristo San Cristóbal (1890).
Era
un militar destacado, especialmente carismático y dotado de virtudes
diplomáticas, lo que le había llevado con Bolívar a la Jefatura del Estado
Mayor del Ejército Oriental con el rango de general. Por mucho, se había
convertido en el más fiel oficial del Libertador.
Sucre era uno de los pocos que no buscaba aprovecharse económicamente del
poder. Este rasgo lo compartía con Bolívar, de quien ni sus más acérrimos
detractores podían decir que se valió del poder para un beneficio personal,
antes bien, empleaba su peculio y lo que le quedaba de fortuna para cubrir los
costes de la guerra y los sueldos de los soldados. Bolívar una vez había dicho
que Sucre era uno de los mejores oficiales de su ejército y que estaba decidido
a sacarlo a la luz, lo cual indica que Bolívar confiaba plenamente en su
lealtad.
Sucre sugirió no tomar Quito a través de Pasto, aconsejando más bien ir por el
camino de Guayaquil, lo que representaba menos obstáculos y dejaba aislados a
los pastusos. Para dichos fines, Sucre obtuvo que la Junta de Gobierno de
Guayaquil se sometiera a la autoridad y a la protección de la República de
Colombia, otorgando a Bolívar los poderes para defender la ciudad y hasta para
negociar y suscribir tratados en su nombre.
En Venezuela, ya roto el armisticio, el general español La Torre fue derrotado
en Tinaquillo y obligado a retirarse al cerro de Buenavista que dominaba el
camino a Carabobo. Esta vez Bolívar no fue temerario y se abstuvo de atacar, a
pesar de la ansiedad que sentía por completar la independencia de Venezuela y
salir hacia el Perú. Ninguna gloria estaría completa si no era la gloria de
coronar la independencia americana en el virreinato peruano.
Bolívar buscó la mejor ubicación. El 24 de junio de 1821 vio a una legua de
distancia al ejército español en la llanura de Carabobo. La artillería de La
Torre cubría el valle que el ejército de Bolívar tenía que atravesar, pero
había un camino al oeste a través de las colinas por el que era imposible el
paso de la caballería. Como siempre, todo lo que sonaba imposible era posible
para Bolívar. Ordenó a Páez y sus llaneros, los denominados Bravos de Apure,
tomar aquel sendero aplicando toda su pericia, y a Plaza le encomendó atacar
por el centro al mando del ejército principal.
Pero Páez se adelantó sin considerar lo abrupto del terreno. El ejército
realista reaccionó y empezó a diezmar a los llaneros. Cuando todo parecía
perdido, el regimiento Cazadores Británicos salvó a Páez a costa de la vida del
coronel Farrier. Páez rehízo sus fuerzas al amparo de las balas británicas y
logró penetrar por las espaldas del ejército de La Torre. Ante el ataque
inesperado y el embate de los ejércitos de Bolívar por el frente, los ejércitos
realistas se desbandaron en retirada.
Dos factores influyeron decididamente para la victoria republicana: la moral
deteriorada de los oficiales españoles y que la mitad del ejército de La Torre
estuviera integrada por soldados venezolanos prestos a una eventual deserción.
La batalla de Carabobo significó la consolidación de la independencia de
Venezuela. Bolívar pudo al fin hacer su entrada triunfal en Caracas, sólo que
no fue como él la había soñado. Era la ciudad que él había abandonado ante el
ataque de Boves. Ahora las calles estaban vacías y sólo unas cuantas personas
lo recibieron con entusiasmo. A lo largo de los días siguientes, Bolívar
ofreció y organizó de todo para ganarse a la población caraqueña: bailes y
banquetes, corridas de toros, obras de teatro y alegorías que representaban a
Bolívar como al dios de la guerra.
En el Perú, como parecía definitivo el rompimiento de las negociaciones, los
jefes de ambos bandos concertaron la reunión. San Martín y el virrey La Serna
se reunieron el 2 de junio en la hacienda de Punchauca. La propuesta del
general argentino era más que atractiva: crear una regencia para el Gobierno
independiente del Perú, con La Serna como presidente y dos corregentes, uno
designado por los realistas y otro por los libertadores. El propio San Martín
se ofreció como delegado para ponerse de acuerdo con la metrópoli y traer al
Perú al príncipe que fuera designado para su coronación.
Grabado de la Batalla de Carabobo (1821), de Martín Tovar y Tovar. Salón
Elíptico del Palacio Federal Legislativo, Caracas, Venezuela. La batalla de
Carabobo conllevó la Independencia de Venezuela. La guerra en el territorio
seguiría hasta 1823, contra los realistas que lograron escapar del campo de
batalla y que lanzarían varias campañas contra el Occidente de Venezuela.
En
realidad la propuesta de San Martín no era descabellada. En el caso del Perú,
el monarquismo tenía raíces ancestrales: la figura del inca como Hijo del Sol,
representado por el Curaca o Cacique en cada región, había sido reemplazada por
la figura del rey representado por el virrey. Para los peruanos, más que para
cualquier otro pueblo americano, laRepública era un concepto
incomprensible e ilegítimo; el poder debía de estar encarnado en un inca o en
un monarca, pero encarnado al fin.
Pero La Serna no aceptó, sus órdenes —que no recogían la realidad americana— le
impedían un acuerdo de la naturaleza propuesta. Dejó Lima y se instaló en la
sierra poniendo su base de gobierno en el Cuzco, antigua capital incaica.
Entonces, la noche del 12 de julio, San Martín ingresó de incógnito en Lima. No
quería las ovaciones, coronaciones y doncellas a las que era tan afecto
Bolívar, sólo le importaba incorporar a la aristocracia limeña a su gran
proyecto de monarquía independiente.
El 28 de julio de 1821, José de San Martín proclama en la Plaza Mayor de Lima
la independencia del Perú. Era un duro golpe para las aspiraciones de Bolívar;
no se había derramado una gota de sangre, ni permitido a las tropas el saqueo
de los tesoros civiles y eclesiásticos que albergaba Lima. Sin embargo, la
verdadera independencia del Perú y de América estaba lejana, la llegada del
virrey a la sierra peruana había tenido todas las características de una marcha
triunfal, las poblaciones eran firmemente realistas y los ejércitos de Canterac
se instalaron en el valle de Jauja.
Batalla de Carabobo (1887), de Martín Tovar y Tovar. Con la batalla de
Carabobo el poder de España en Venezuela fue eliminado y Simón Bolívar pudo
iniciar las campañas del sur.
Bolívar
escribió a Santander solicitándole 4.000 o 5.000 hombres para que el Perú le
dé:
[…]
dos hermanas de Boyacá y Carabobo. No iré —le dice refiriéndose al Perú— si la
gloria no me ha de seguir, porque ya estoy en el camino de perder el camino de
la vida, o de seguir siempre el de la gloria. El fruto de once años no lo
quiero perder con una afrenta, ni quiero que San Martín me vea, si no es como
corresponde al hijo predilecto.
Bolívar
le recordaba a Santander que le había llamadoel hijo predilecto de la gloria y
no esperaba otro reconocimiento por parte de San Martín.
Pero Bolívar tenía que pensar aún en Pasto. A pesar de las ideas de Sucre,
continuó con su plan militar. Un ataque frontal a los pastusos era arriesgado,
era gente aguerrida y habituada a lo fragoso del terreno de aquella zona.
Bolívar lo sabía, pero decidió emprenderlo porrabia y despecho ante
aquellas poblaciones tan opuestas a la causa de la independencia. Procedió
entonces con mayor temeridad que en la batalla de Boyacá.
La batalla de Bombona —7 de abril de 1822— significó para el Libertador una
masacre que tuvo como resultado 115 muertos y 343 heridos republicanos. Para
los realistas, las pérdidas fueron de 250 efectivos entre muertos y heridos,
pero habían evitado la toma de Pasto. Para Bolívar fue una de sus peores
derrotas, pero los realistas también perdieron al no poder enviar tropas para
la defensa de Quito. Un Bolívar fatigado, profundamente deprimido y afiebrado,
tuvo que ser trasladado en camilla.
Al mismo tiempo y por su parte, Sucre había quedado cercado por las fuerzas
realistas en Guayaquil. Con un despliegue de arte político, le ofreció a San
Martín apoyo militar, logrando que éste, más bien, le enviara los refuerzos
necesarios. Como consecuencia de esta maniobra, sumó un total de 9.000 hombres
bien armados y disciplinados.
El 24 de mayo, Sucre logra un triunfo resonante en las laderas del volcán de
Pichincha, y al día siguiente ocupa la ciudad de Quito. Este triunfo de Sucre,
a pesar de que salvaba la campaña del sur y determinaba la independencia del
actual Ecuador, podía generar los celos y el encono de Bolívar. Es más, gracias
a la victoria de Sucre en Pichincha y a la capitulación de Quito, Pasto firmó
finalmente su capitulación a favor de los ejércitos de Bolívar.
Pero el Libertador reaccionó con su ego habitual:
No
quiero que atribuyan a Sucre el suceso de mi capitulación —escribe a
Santander—, primero, porque bastante gloria le queda y segundo, porque es
verdad, muy verdad que estaban resueltos a capitular sin saber nada de Sucre; y
me parece que será muy oportuno el que se haga un preámbulo en la Gaceta de
nuestras glorias respectivas. Sucre tenía mayor número de tropas que yo, y
menor número de enemigos; el país le era muy favorable por sus habitantes y por
la naturaleza del terreno, y nosotros, por el contrario, estábamos en el
infierno lidiando con los demonios.
Retrato de Simón Bolívar en 1821, tras el triunfo en Carabobo.
Bolívar
sabía fehacientemente que no se habría producido la capitulación de Pasto sin
la previa capitulación de Quito, pero todas sus demás afirmaciones son ciertas.
Quito era muy afín a las ideas republicanas, tanto que quiso desbordarse en los
hombros de Sucre. Este rehusó, a la espera de la llegada del Libertador.
Conjuntamente con el Cabildo de Quito, hizo instalar una pirámide recordatoria
en lo alto del Pichincha con la leyenda siguiente: «Los hijos del Ecuador a
Simón Bolívar, el ángel de la paz y de la libertad americana».
Bolívar supo corresponder a los gestos más que amables de Sucre. En la Plaza
Mayor de Quito, ante los miles de felices ciudadanos presentes en su homenaje y
bienvenida, Bolívar se despojó de la corona de laureles y diamantes que había
recibido y la puso sobre la cabeza de Sucre. «Esta corona corresponde al
vencedor en Pichincha», dijo con paternal cariño.
§. La entrevista en Guayaquil
La ola expansiva colombiana continuaba su recorrido de norte a sur y seguía
siendo implacable. El nuevo departamento de la República Colombiana se llamó
Ecuador, y comprendía las provincias de Quito, Loja y Cuenca.
Grabado de la batalla de Pichincha (24 de mayo de 1882), triunfo de Sucre
que consolidó la Independencia de la actual República del Ecuador.
Guayaquil
mantenía su situación de ambigüedad, aunque sus autoridades sabían
perfectamente de las ambiciones de Bolívar sobre la ciudad. Incluso eran
conocidas las intenciones del Libertador de llegar hasta Buenos Aires. En un
ágape ofrecido por las autoridades de Quito a los héroes de Pichincha, Bolívar
elevó un brindis diciendo: «No tardará mucho el día en que pasearé al pabellón
triunfante de Colombia hasta el suelo argentino». A lo que un jefe argentino
ahí presente le contestó, cortándole los ánimos, que la Argentina era ya un
país independiente.
La batalla de Pichincha abrió las puertas a las acciones de Bolívar en el
sur de la Gran Colombia.
San
Martín, por su parte, no estaba dispuesto a que el Perú perdiese Guayaquil.
Para garantizar la inclusión de la ciudad al suelo peruano, hizo adelantar su
escuadra naval con el pretexto de recoger a los ejércitos cedidos a favor de
Sucre. Con sus buques anclados en la bahía de Guayaquil, sus tropas acantonadas
en la ciudad y la opinión pública mayoritariamente a su favor, San Martín
estaba seguro de tener los votos de la Junta de Gobierno a favor de la causa
peruana. El 13 de julio de 1822, San Martín escribe a Bolívar anticipándole su
viaje a Quito para encontrarse con él. Su plan era poseer previamente
Guayaquil.
Pero aquel día 13, Bolívar ya estaba en Guayaquil manifestándole a la Junta su
decisión de hacerse cargo de la autoridad civil y militar de la ciudad. Dos
días antes, Bolívar había entrado en la ciudad, acto que más que una escena
triunfal había sido una ocupación militar. El escenario político quedó
reflejado en las ventanas y balcones, unos con la bandera tricolor colombiana,
otros con el rojo y blanco del Perú, y un gran número con el azul y blanco de
los que propugnaban la independencia de Guayaquil.
Bolívar actuó de la manera más napoleónica posible. Había recibido una carta de
San Martín en la que le instaba a no inmiscuirse en los destinos de Guayaquil y
le urgía a dejarla escoger libremente su destino; él hizo caso omiso y cambió a
la Junta de Gobierno de la ciudad por miembros afines a Colombia.
Cuando San Martín arribó al puerto, ya todo estaba consumado. Bolívar le envió
un delegado con una carta que le expresaba, muy a su manera, su satisfacción
por su inesperada visita, pero a la vez su turbación al no haber tenido el
tiempo de ofrecerle una recepción digna.
San Martín quedó sorprendido por la rápida acción de Bolívar y porque no le era
afín ese doble lenguaje, que decía todo lo que parecía no decir. Le escribió a
Bolívar, diciéndole que prefería una entrevista a bordo de su buque para no
excitar al pueblo. Pero otra vez Bolívar hizo gala de aquel ajedrez que
manejaba demasiado bien y le escribió: «Tan sensible me será que no venga a
esta ciudad como si fuéramos vencidos en muchas batallas, pero no, no dejará
burlada la ansia que tengo de estrechar en el suelo de Colombia al primer amigo
de mi corazón y de mi patria».
San Martín estaba impresionado por la cínica política de Bolívar: de la manera
más fraterna y cordial, le había dicho que Guayaquil era suelo colombiano y no
peruano. San Martín perdía Guayaquil para el Perú por un golpe de mano. Lo que
faltaba ahora por definir eran los términos del apoyo de Bolívar a la
independencia peruana, la cual significaba en definitiva la independencia
americana.
Entrevista de Guayaquil entre Bolívar y San Martín. Los dos grandes hombres
estaban destinados a no entenderse.
El
24 de julio, Simón Bolívar cumplió treinta y nueve años en posesión de
Guayaquil y a la espera de la entrevista con el gran Libertador del Sur y
Protector del Perú. El 26 por la mañana, Bolívar fue en su busca haciendo gala
de buen anfitrión.
San Martín fue recibido por Bolívar y por las autoridades nombradas por él en
la casa preparada para su estancia en Guayaquil. Se llevó a cabo la ceremonia
tradicional y una bella joven colocó una corona de oro y laureles en la cabeza
del argentino. Este se sonrojó y se despojó del artefacto sin saber qué decir.
Luego tuvo que enfrentarse a los halagos de la multitud, que lo obligaron a
salir al balcón a saludar y recibir sus ovaciones una y otra vez. Luego, la
tarde dio lugar a fiestas y bailes dados en honor a un San Martín que no hacía
más que observar todo con distancia y frialdad.
Al día siguiente se reunieron por fin y en privado los dos grandes líderes de
la independencia americana. Se esperaba la conjunción de aquellos dos hombres.
Pero la realidad era más compleja. San Martín no contaba con las fuerzas
necesarias para librar batalla contra los ejércitos de La Serna, Bolívar lo
sabía y estaba en posición de imponer sus condiciones. Ante ello, San Martín
tenía dos frentes que defender, el militar y el político.
El argentino inició la reunión de la peor manera posible, subestimando a
Bolívar. Primero le dijo que las fuerzas españolas acantonadas en el Perú no
eran de mayor envergadura, cuando Bolívar sabía perfectamente que todo el Perú
hacia el sur de Lima estaba ocupado por La Serna. Luego le solicitó el apoyo
del ejército colombiano, como antes lo había obtenido de Chile —sin comprometer
la independencia de su causa— y como él mismo se lo había facilitado a Sucre.
Como respuesta, Bolívar ofreció apoyar la causa argentino chilena con los 1500
hombres que ya tenía en Guayaquil. San Martín se quedó sin argumentos ya que la
oferta coincidía con sus propias afirmaciones, pero aquel número era
absolutamente insuficiente para completar la campaña del Perú.
San Martín comprendió que Bolívar no aceptaría a nadie con quien pudiera
competir por la gloria. Le aseguró entonces que se retiraría a Mendoza
renunciando al Protectorado del Perú, con lo cual le dejaría el camino libre.
Sin embargo, y en cuanto a lo político, San Martín le dijo a Bolívar que el
Gobierno en el Perú no podía ser republicano sino monárquico, régimen que sería
exclusivo en América para aquel Estado y se instalaría un príncipe europeo en
ese país.
Bolívar comenzó a pasearse de un lado a otro de la habitación. Comenzó a
parecer nervioso y sus dichos, enfáticos. Le dijo a San Martín que no le
convenía a la América ni a Colombia la presencia de príncipes europeos, ya que
no eran parte del pueblo americano. Dijo que incluso aceptaría la presencia de
un Iturbide —que se había coronado en México— antes que se instalasen dinastías
europeas en esa parte del mundo.
Retrato del general San Martín de uniforme.
Para
San Martín, el alma del Libertador era plenamente visible; diría luego:
«Bolívar y yo no cabemos en el Perú, he penetrado sus miras arrojadas, he
comprendido su desabrimiento por la gloria que pudiera caberme en la
prosecución de la campaña». Para San Martín eran también evidentes los posibles
hechos futuros y sus consecuencias: «Él no excusará medios por audaces que
fuesen para penetrar en esta República seguido de sus tropas, y quizá entonces
no me sería dado evitar un conflicto al que la fatalidad pudiera llevarnos,
dando así al mundo un humillante escándalo».
Bolívar, por su parte, jamás creyó a San Martín sincero en sus ofrecimientos de
dejar el Protectorado del Perú. Antes bien, estaba seguro de que San Martín
buscaba coronarse como rey del Perú o algo parecido. Pero ¿hasta qué punto
Bolívar repudiaba las ideas monárquicas para América? Sus ideas
constitucionales estaban orientadas a un presidencialismo absoluto y vitalicio
ejercido por él mismo; ¿no era eso lo más parecido a unmonarca bajo
la nomenclatura depresidente?
Al fin y al cabo, San Martín y Bolívar coincidían en la instauración en América
de un Gobierno con poderes absolutos y dictatoriales, pero mientras San Martín
lo proponía al abrigo de un monarca extranjero que no despertara las rencillas
locales, Bolívar lo iba tejiendo de manera encubierta, haciéndose él mismo
una corona constitucional. Mientras San Martín proponía mantener
las estructuras aristocráticas vigentes y evitar interminables guerras civiles,
Bolívar perseguía su gloria a través de una monarquía revestida de formas
republicanas.
Al final de la entrevista de Guayaquil y perdidos el apoyo militar esperado por
San Martín y la instalación de una monarquía en el Perú, el argentino ofreció
su espada a Bolívar para luchar bajo su mando. El Libertador no le creyó una
palabra, un hombre que había libertado a la Argentina, a Chile y a la capital
del Perú, no podía ser tan humilde, y si lo era, esa humildad no era digna de
confianza. Rechazó la oferta y concluyó la reunión. Habían transcurrido cuatro
horas sin otro acuerdo que la salida de San Martín del Perú.
Bolívar se entregó con frenesí al baile aquella noche de homenaje y despedida
al Protector del Perú. Avanzada la noche, San Martín se retiró discretamente de
la escena y se embarcó con destino a Lima. El 20 de septiembre, San Martín hizo
entrega de los poderes recibidos del Congreso Peruano y, tras las ceremonias y
homenajes, partió hacia Chile al autoexilio de la vida privada.
Bolívar por su parte anhelaba ser convocado por el Perú. Pero entonces nacería
en él su larga relación de odio y deseo con el antiguo virreinato peruano.
§. Una libertad no deseada
«Estoy esperando de una hora a otra alguna misión del Perú en que me llamen» le
escribía Bolívar a Santander en febrero de 1823, pero nada. En marzo ya estaba
indignado por la indiferencia de las autoridades peruanas: «Su Gobierno es tan
infame que aún no me ha escrito una palabra; sin duda resuelto a hacer una
infamia con aquel miserable pueblo».
Por su parte, el Congreso peruano pensaba muy diferente, temía que con la
presencia de Bolívar se instaurara una tiranía del Libertador. Los aristócratas
y criollos que dominaban el Congreso tenían una imagen de Bolívar como poco
menos que la de un salvaje al mando de una horda de mestizos y negros desnudos.
El Perú aspiraba, entonces, a levantar una fuerza armada independiente capaz de
expulsar a las huestes españolas.
El 27 de febrero de 1823, José de la Riva Agüero, hijo de una de las más
opulentas familias peruanas, fue nombrado primer presidente del Perú. El nuevo
Gobierno veía dos amenazas inminentes, un ataque realista por el sur y un
auxilio de Bolívar por el norte. Al fin, Riva Agüero buscó el apoyo de Bolívar,
pero a su modo. Le solicitó 4000 soldados que llevaran pertrechos de guerra,
prometiendo que el Perú lo pagaría todo. Bolívar le respondió a Riva Agüero
también a su estilo:
Mi
marcha a Lima puede ser mirada por mis enemigos con muy mal ojo. Hubo un
Bonaparte, y nuestra propia América ha tenido tres césares. Estos perniciosos
ejemplos perjudican a mi opinión actual, pues nadie se persuade de que,
habiendo seguido la carrera militar como aquellos, no me halle animado de su
odiosa ambición. Ya mis tres colegas: San Martín, O’Higgins e Iturbide, han
probado su mala suerte por no haber amado la libertad.
Alguien
que conozca sólo a medias la profunda admiración de Bolívar por Napoleón y la
manera en que había desplazado a San Martín, podía dar nulo crédito a esas
líneas. En realidad Bolívar no quería ingresar en el Perú sin plenos poderes, y
Riva Agüero estaba dispuesto a cualquier cosa menos a concedérselos.
Bolívar jugó su mejor carta; necesitaba un buen diplomático con muñeca
política, bueno en relaciones públicas y mejor militar. Nadie mejor que Sucre
para la misión de preparar el terreno para su ingreso triunfal. Sucre se
presentó en Lima y, con sus mejores artes, logró que el 14 de mayo el Congreso
peruano invitara formalmente al Libertador.
Cuando todo parecía propicio para Bolívar, Pasto se alzó de nuevo contra el
Gobierno colombiano. El Libertador, harto de aquel pueblo convertido en el
principal escollo para la prosecución de su gloria, no escatimó en represalias.
La represión de Pasto fue una masacre de homicidios contra civiles inocentes,
incendio de haciendas y de barrios enteros. Las familias fueron deportadas a
Guayaquil y los hombres que se negaron a ir fueron fusilados sin dilación.
Cuando el triunfo parecía coronar la barbarie de los republicanos, la guerra
continuó, pero entonces contra los niños pastusos de nueve o diez años
convertidos en soldados realistas. Niños encarcelados y muertos, en defensa y
gloria de aquel lejano Fernando VII, rey de España.
En el Perú, la situación se seguía deteriorando para los republicanos. El 18 de
junio, Canterac y un gran ejército de 7000 soldados recuperó Lima. Sucre y el
Congreso se trasladaron al puerto del Callao, y Riva Agüero instaló su
Presidencia en la ciudad peruana de Trujillo, al norte del país. El Congreso
organizó sus últimas fuerzas en una ambiciosa y arriesgada misión en la sierra
sur. El general Santa Cruz, quien estaba al mando, amenazó a La Serna y obligó
a Canterac a dejar la capital peruana para ir en auxilio del virrey. La
expedición de Santa Cruz fue providencial para Lima, pero terminó en un
completo desastre.
La acción política premeditada por Sucre siguió abriéndole el camino al
Libertador. Los conflictos desencadenaron que el Congreso destituyera al
presidente Riva Agüero y que este disolviera el Congreso. Para agravar la
situación, Sucre le otorgó poderes nominales al marqués de Torre Tagle hasta
que retornase Riva Agüero. En la práctica, Torre Tagle se hizo con el poder, y
al protestar Riva Agüero, el Congreso lo declaró traidor a la patria y nombró
al primero como nuevo presidente de la República.
El primero de septiembre de 1823, Bolívar desembarcó en el Callao en medio de
una gran expectativa. El desgobierno había generado un clima de inseguridad
tal, que se esperó con ansias la presencia del famoso Libertador. Al puerto del
Callao fueron a recibirlo el propio Torre Tagle y sus ministros. Pero esta vez
Bolívar estaba tan dolido con el Perú que olvidó por completo su lisonjera
diplomacia. Aseguró a los presentes que el Congreso podría contar con sus
refuerzos con tal de que se «destruyeran los abusos y se introdujeran reformas
radicales en todos los ramos de la Administración, que hasta entonces había
sido viciosa y corrompida».
Retrato de José de la Riva Agüero (1783-1858), presidente del Perú en 1823 y
el primero en ostentar el título de presidente de la República y en lucir la
banda presidencial bicolor como símbolo del poder que ejercía. Estuvo en España
durante la invasión napoleónica afiliándose a las logias que estaban a favor de
la Independencia de América.
Obviamente, el aristocrático presidente peruano se sintió profundamente
ofendido por aquellas palabras. ¿No era acaso ese Bolívar un invitado en casa
ajena, como para proferir semejantes insultos? Torre Tagle era un noble de
alcurnia, alguien que no podía pasar por alto un vejamen de esa laya.
En cuanto a Lima, la ciudad no desengañó al Libertador.
Lima
es una ciudad agradable y que fue rica —le escribe a Santander—; las damas son
muy agradables y buenas mozas. Hoy tenemos un baile en que las veré a todas. La
mesa es excelente, el teatro regular, muy adornado de lindos ojos y de un porte
hechicero; coches, caballos, paseos, toros, tedeum, nada falta; sino plata para
el que no la tiene, que a mí me sobra con mis ahorros pasados.
El
Congreso peruano otorgó a Bolívar —de lo que ya el Libertador se había
asegurado— la suprema autoridad militar en todo el territorio y poderes
dictatoriales. En el banquete dado en su recibimiento, Bolívar brindó en honor
de José de San Martín. Los caballeros estaban impresionados por aquel hombre
que no tenía nada de salvaje, y las damas se desvivían encantadas por su
galanura.
Pero Bolívar no había percibido que en realidad toda aquella parafernalia no
era más que una política de salón típica de Lima. Poco a poco se iría
enfrentando a la realidad.
Rápidamente Bolívar se puso del lado del Congreso peruano y del presidente
Torre Tagle contra Riva Agüero, quien era acusado de ponerse de acuerdo con el
virrey La Serna. En persona salió hacia Trujillo para bloquear a Riva Agüero,
pero en el camino le fue anunciada su captura. Este era un consuelo mínimo
frente a lo que tenía ante sí: el poder de los españoles en la sierra era de no
menos de 16 000 hombres perfectamente armados, entrenados y con arraigo en la población.
El ejército aliado era de 5000 soldados y todos estaban divididos: los
colombianos se sentían superiores por sus victorias militares y por representar
a Bolívar; los argentinos se creían más que los chilenos al haberlos libertado
y por tener mejor talante; los chilenos odiaban a los argentinos y los acusaban
de inmorales, y los peruanos se sentían superiores a todos los anteriores por
haber nacido en el mayor virreinato de Sudamérica.
José Bernardo de Tagle y Portocarrero (1779-1825) conocido como el marqués
de Torre Tagle, viajó a España y fue nombrado por el virrey Pezuela como
intendente de Trujillo, desde donde se sumó a la causa patriota proclamando la
independencia en dicha ciudad del norte peruano.
Ni
en el optimismo más extremo de Bolívar, aquella situación podía ser manejable.
Le escribe al vicepresidente colombiano Santander: «Todo esto se reduce a
pedirle a usted 12 000 hombres. Me parece verlo saltar, como si 12 000 hombres
fueran muchos para contener a los vencedores de la América meridional; pues no
son y acuérdese usted. Si Colombia no quiere hacer ese nuevo sacrificio hará
otro mucho mayor al perder su libertad y su fortuna».
Pero no sólo era un problema de fuerzas militares. En todo el continente, pero
sobre todo en el Perú, las clases dominantes jamás aceptarían la independencia
si no se garantizaba la intangibilidad de las relaciones de clase
tradicionales. Esta aspiración coincidía más con el discurso de San Martín que
con las propuestas republicanas de Bolívar. Así, desde febrero de 1824, Torre
Tagle comenzó a urdir una conspiración que reunía a la alta sociedad peruana, a
los argentinos y a todos los españoles para expulsar al «enemigo común, al
zambo y sus colombianos», es decir, al «monstruo Bolívar» y sus soldados.
Bolívar —ignorante de sus ardides— encargó a Torre Tagle la negociación con el
general Canterac para un armisticio. La idea era ganar tiempo; de Colombia no
recibía más que excusas para no enviar más tropas y, si dejaba el Perú, era más
que seguro que éste se convertiría en el foco de la reconquista española contra
las repúblicas independientes. Bolívar se jugaba una carta que manejaba a la
perfección, un armisticio que él mismo rompería y en el momento más oportuno.
Pero no contaba con la traición de Torre Tagle.
El presidente peruano aprovechó la ocasión para entablar negociaciones con
Canterac. Bolívar regresaba del norte cuando se enteró de la entrega del puerto
y de la fortaleza del Callao —hasta entonces en poder de las tropas argentinas—
a las fuerzas españolas. Bolívar se acantonó en el pequeño pueblo de Pativilca
y, el 27 de febrero, el general español Monet ocuparon Lima. Monet recibió la
gentil escolta del regimiento de Granaderos Argentinos, aquel gran ejército
formado por San Martín.
La acogida de la sociedad limeña y del Congreso al general Monet fue de una
algarabía tal, que empequeñeció los recibimientos tributados a San Martín y a
Bolívar. El Congreso se puso al servicio del rey de España y Torre Tagle coronó
la situación con una proclama:
Peruanos,
el tirano Bolívar y sus indecentes satélites han deseado encovar el Perú, a
este país opulento bajo el dominio de Colombia; pero se ha engañado […] Bolívar
me había invitado privadamente a abrir negociaciones con los españoles en el
Perú, a fin de ganar tiempo para traer nuevas fuerzas, destruirlos y envolver a
los peruanos en sus cadenas.
En
aquel momento todo parecía perdido para los republicanos: en manos españolas
estaban Lima, la opinión pública, el control político, el Callao y su
fortaleza.
Simón Bolívar y don Joaquín Mosquera en Pativilca. Composición de Tito Salas
El
control del Callao hacía imposible un desembarco colombiano que jamás llegaba,
y se frustraba la posibilidad de un armisticio. Sumado a todo ello, el propio
Bolívar enfermó gravemente detabardillo y estuvo al borde de la
muerte. Poco a poco y anulado por la fiebre, se recuperó a duras penas en su
pequeño bastión en Pativilca.
Hasta ahí llegó Joaquín Mosquera, hombre de confianza de Bolívar. Él refiere
que encontró al Libertador «flaco y extenuado, sentado en una pobre silla de
vaqueta, recostado contra la pared de un pequeño huerto, atada la cabeza con un
pañuelo blanco y sus pantalones de jinete, que me dejaban ver sus dos rodillas
puntiagudas, sus piernas descarnadas, su voz hueca y débil y su semblante
cadavérico».
Mosquera nos dice que casi se le saltaron las lágrimas al ver a Bolívar en
semejante estado. Se contuvo y, casi por inercia, le preguntó qué pensaba hacer
ante semejantes circunstancias. Entonces Bolívar avivó sus ojos cóncavos:
«Triunfar, —dijo con tono decidido—, tengo dadas las órdenes para levantar una
fuerte caballería en el Departamento de Trujillo; he ordenado tomar a servicio
militar todos los caballos buenos del país, y he embargado todos los alfalfales
para mantenerlos gordos».
A estas disposiciones, Bolívar les sumó la destrucción de todos los bienes que
no pudieran ser enviados al campamento republicano, aunque esto significara
generar escasez y hambruna en las poblaciones. «Debemos poner un desierto entre
los godos y nosotros», dijo Bolívar. Así como en su momento el Libertador ideó
la Guerra a Muerte, ahora imponía una política detierra arrasada.
§. Junín, en la puerta de la Gloria
Manuelita Sáenz era la hija extramatrimonial del rico comerciante español don
Simón Sáenz y la bella quiteña María Aizpuru. De espíritu ardiente, Manuelita
fue internada como alumna en el Convento de Santa Catalina, pero no fue
suficiente resguardo para la jovencita, quien se escapó en los brazos de un
oficial español. El idilio no duró demasiado y Manuelita volvió al hogar
materno, para desposarse finalmente con el flemático medico inglés Jaime
Thorne.
Manuelita se trasladó con su esposo a Lima, donde la quiteña conoció a la
guayaquileña Rosita Campuzano, otra mujer enamorada de la revolución y que se
convertiría en la única mujer que le robaría el corazón a José de San Martín.
Ambas formaron parte de un círculo de conspiradores republicanos, y vivieron al
límite del peligro y el poder.
Manuelita Sáenz recibió de San Martín la Cruz de las Caballeresas del Sol. Pero
ni ella veía más futuro en Lima ni su esposo toleró más su conducta, así que
fue enviada sola a Quito, al encuentro que marcaría toda su vida.
Fue aquel día en que Bolívar, en la Plaza Mayor de Quito, cedió la corona de
laureles y diamantes a favor de Sucre como héroe de Pichincha. Bolívar asistió
al tedeum de rigor e hizo su paseo triunfante por la ciudad, mientras paseaba
su vista por los balcones adornados con las féminas más bellas del lugar. Fue
entonces cuando sus ojos se encontraron con los ojos profundos de Manuelita
Sáenz.
La pasión entre el Libertador y Manuelita fue instantánea y brutal. «Me has
hecho idólatra de la humanidad hermosa», le diría Bolívar un día. La pasión de
Manuelita por la república y la libertad de América la hacían deslumbrar aún
más ante el Libertador. Le escribe a ella: «Tú quieres verme siquiera con los
ojos. Yo también quiero verte y reverte, y tocarte y sentirte y saborearte y
unirte a mí por todos los contactos. ¿A que tú no me quieres tanto como yo?».
La distancia entre ambos fue inevitable cuando Bolívar salió hacia el Perú,
pero ya instalado Bolívar en Lima, Manuelita no tardó en reunirse con él. Eran
demasiadas las tentaciones limeñas como para que la quiteña lo dejara más
tiempo solo y a placer.
Pero en el calvario de Pativilca no estaba Manuelita ni había placer alguno. A
pesar de la política de tierra arrasada, ni aun los más fervientes discípulos
de Bolívar creían ya en la victoria. «Hemos llegado a la crisis más terrible de
la revolución. Pienso que debemos ser menos tercos que los españoles para
conservar la más preciosa parte de nuestros sacrificios, ya que los destinos no
quieren dejarnos el todo», le escribe Sucre a Bolívar.
El Libertador se mantuvo inflexible, tenía una visión preclara de la situación,
su mente reconocía siempre oportunidades ahí donde los demás sólo percibían
oscuridad y vacío. Al reflexionar sobre los acontecimientos peruanos, entendió
mejor que nadie la simbiosis existente entre las clases dominantes del sur del
continente y la monarquía española. En el Perú, los criollos no habían constituido
una clase capaz de enarbolar su independencia, antes bien se habían sumado a la
aristocracia y a los españoles para mantener sustatu quo. Pero existía
otro factor identificado perfectamente por Bolívar y que había sido decisivo en
la campaña. Las fuerzas españolas ya no eran para nada un bloque sólido y
homogéneo. Aquella guerra —realmente una guerra civil— se manifestó nuevamente
en aquel momento final de la independencia americana.
En el Alto Perú, el general realista Pedro Antonio Olañeta contaba con 4.000
efectivos, que se sumaban a los 3.000 que tenía Valdés en Arequipa, 1.000 el
virrey La Serna en el Cuzco y 8.000 Canterac en el centro. Pero Olañeta era
absolutista a ultranza, detestaba la Constitución Liberal de 1812 y cuando supo
que Fernando VII la había abolido el primero de octubre de 1823 y que había
restaurado el absolutismo, alzó su voz y sus armas «contra los liberales,
judíos y herejes» Canterac y Valdés.
Miniatura con el retrato de José de Sucre. Perteneció a Simón Bolívar y lo
conservó Manuelita Sáenz.
Olañeta
desconoció la autoridad de La Serna y de todos sus actos desde el derrocamiento
del virrey Pezuela. La Serna, quien había solicitado de Olañeta efectivos
militares y recursos contra los ejércitos de Bolívar, tuvo ahora más bien que
enviar a Valdés para apaciguar al rebelde. Aquel resquebrajamiento interno era
suicida.
Valdés abolió el régimen constitucional en la región de Oruro en el Alto Perú,
pero La Serna sabía perfectamente que no sería suficiente. El virrey se
encontró entre dos frentes, libertarios y separatistas por un lado, y
conservadores y absolutistas por el otro. A pesar de su ingente poderío
militar, La Serna estaba políticamente aislado.
Retrato de Manuelita Sáenz. Ella refiere que cuando Bolívar entró triunfal
en Quito, ella le lanzó una corona de rosas y laureles; la coronacayó justo en
el pecho del Libertador, por lo que él levantó la vista y le sonrió.
Para
ganarse adeptos, el virrey La Serna abolió el régimen constitucional para todo
el virreinato y se firmó el Tratado de Tarapaya, que le daba cierta autonomía a
Olañeta en el Alto Perú a cambio de su fidelidad al virrey. No fue suficiente.
En abril de 1824, Bolívar se enteró de la rebelión e identificó la inmejorable
oportunidad. Le escribe a Sucre:
Todo
esto indica que hay división en el ejército español, y que pronto van a verse
despedazados por los partidos y aun los combates. El resultado final es:
primero, que Olañeta está con su división más allá de Oruro […]; segundo, que
Valdés está más allá de Oruro; tercero, que estos cuerpos no pueden batirse con
nosotros el mes de mayo; cuarto, que el rey se ha de poner de parte de Olañeta;
y quinto, que Laserna, Valdés y Canterac deben variar de sistema para no ser
perseguidos por el Gobierno de España.
El
Libertador se resolvió a emprender una campaña sorpresiva y emuló su propia
gesta, que terminó con el triunfo en Boyacá. Planeó con milimétrica exactitud
un ataque a las fuerzas españolas acantonadas en Jauja, en la sierra central al
mando de Canterac. Aquel plan se parecía también al de Boyacá en que
significaba el cruce de las moles de la cordillera andina, esta vez del lado
peruano. Las opiniones de los oficiales republicanos estaban divididas. El
cruce de los Andes significaría duras penurias e inevitables pérdidas humanas,
y de las tantas solicitudes formuladas, sólo se habían recibido 2.500 hombres
de Colombia, mientras Canterac podría recibir refuerzos realistas de las zonas
aledañas.
Bolívar tomó la decisión final. En Consejo de Oficiales celebrado en
Huamachuco, el Libertador se impuso. El propio Bolívar describe sus planes:
Este
medio mes debemos emplearlo en preparativos. El mes de mayo en marchar y el mes
de junio en combatir. Si los enemigos no han recibido el refuerzo de las tropas
de Valdés, necesariamente deben dejarnos el Valle de Jauja sin combatir, porque
son inferiores a nosotros; y si viene Valdés con sus tropas, entonces los
esperamos en una buena posición y los convidamos a un combate estando cerca de
ellos.
Bolívar
soñaba con que la campaña fuese decisiva para la independencia americana.
Haciendo gala de sus dotes políticas y con calculado cinismo, le escribe a
Olañeta:
Si
La Serna lograre por un milagro del cielo, un suceso en el Perú, la España no
sería beneficiada por el producto de este suelo. Una independencia absoluta
pero constitucional, sería el fruto de esta ventaja. Y esta Constitución, tan
viciosa por su naturaleza, sería de tal modo opuesta a los intereses de todos,
que ni la América, ni la España, ni la libertad, ni la religión, lograrían la
menor mejora.
Mientras
Bolívar cruzaba los Andes, superando montañas y lagunas congeladas, La Serna y
Valdés continuaban bregando por una salida a la rebelión de Olañeta. Bolívar,
brioso y radiante, organizaba la travesía. Había nombrado a Sucre como general
en jefe del Ejército Aliado, y colocado en el pináculo militar más alto a quien
verdaderamente podía llegar a hacerle sombra. «Él es el venezolano de más
mérito que yo conozco y como Dios le dé una victoria será mi rival en sucesos
militares, porque del Ecuador para el Sur lo habrá hecho todo hasta Potosí», le
escribe a Santander sobre Sucre.
En el Alto Perú se dio lo inevitable. De acuerdo a lo predicho por Bolívar, las
fuerzas realistas se enfrentaron entre sí el 4 de junio. A pesar de su triunfo,
Valdés tuvo que hacer concesiones a Olañeta para salir apurado a la defensa del
Cuzco.
A finales de junio, después de cruzar montañas escarpadas, senderos angostos y
abismos interminables, Bolívar y buena parte de su ejército llegaron a Cerro de
Pasco. Muy a su estilo, impregnó de mística a sus batallones. Decía en su
proclama:
¡Soldados!
Vais a contemplar la obra más grande que el cielo ha podido encargar a los
hombres: la de salvar a un mundo entero de la esclavitud. ¡Soldados! Los
enemigos que vais a destruir se jactan de catorce años de triunfos; ellos,
pues, serán dignos de medir sus armas con las vuestras, que han brillado en mil
combates. ¡Soldados! El Perú y la América entera aguardan de vosotros la paz,
hija de la victoria; y aún la Europa liberal os contempla con encanto; porque
la libertad del Nuevo Mundo es la esperanza del universo.
Canterac
se sorprendió con la presencia de Bolívar en la sierra central. En su parte de
guerra explica:
Para
cerciorarme de si era efectivo que el general Bolívar empezaba sus operaciones,
me dirigí rápidamente con el ejército de mi mando sobre Pasco y, habiendo
averiguado que marchaba por la orilla derecha de la laguna, retrocedí para
dirigirme a atacarlo por la retaguardia, a fin de interponerme entre él y este
valle.
Pero
el Libertador no permitió a Canterac corregir su rumbo. Eran las dos de la
tarde del 6 de agosto de 1824, el ejército de Canterac retrocedió para tener la
mejor posición de ataque y Bolívar dio la orden de avanzar con la mayor rapidez
para interponerse entre el ejército realista y el valle de Jauja. Cada ejército
se desplazó uno al frente del otro por los senderos oriental y occidental que
desembocan en la planicie de Junín.
Bolívar vio que la infantería de Canterac, por su conocimiento del terreno, tomaba
ventaja sobre sus ejércitos. La posición de Bolívar no era ventajosa, pero
ordenó a la caballería bloquear el paso realista a la pampa de Junín. El acceso
era a través de un sendero y sus regimientos no lograron reagruparse a tiempo.
Ya no había marcha atrás. Si Bolívar no hacía frente a la batalla, era seguro
que sería atacado y diezmado por Canterac. Entonces ordenó a Necochea,
comandante de la caballería, hacerle frente a las fuerzas realistas.
Los Granaderos de Colombia y los Granaderos de los Andes chocaron con la
caballería de Canterac. Ninguno de los dos ejércitos hizo uso de su infantería
ni artillería. El impacto entre ambos bandos fue a sable y espada, fiero y
brutal. La caballería española era superior en número y destreza, eran 1300
hombres a caballo sobre 900 republicanos. El propio Canterac conducía valeroso
a su ejército y minaba poco a poco la caballería de Bolívar. Los Granaderos de
Colombia penetraron en las filas enemigas hasta la retaguardia de Canterac,
pero al mismo tiempo Necochea caía prisionero y sus filas eran diezmadas y se
desbandaban. Cuando la batalla parecía ganada por el bando realista,
irrumpieron en escena los Húsares del Perú con el comandante Manuel Isidoro
Suárez a la cabeza, que se encontraba en la reserva, y tomaron por la
retaguardia a la caballería realista. Los Granaderos de Colombia se rehicieron
al mando de Laurencio Silva y restablecieron el equilibrio de fuerzas. En la
arremetida, los pechos españoles y americanos que defendían la causa realista
fueron atravesados sin misericordia por las estacas independentistas.
Las acciones habían favorecido de manera alternada a ambos bandos y el propio
Bolívar pensó haber sido derrotado hasta casi el final. A las seis y media de
la tarde se anunció el triunfo republicano en Junín. Canterac se retiró hacia
el Cuzco a toda prisa, dejando en su camino todo tipo de valiosos pertrechos
militares. Si hubiese podido contar con el ejército de Valdés, el final podía
haber sido otro. Ahora las fuerzas españolas se reagrupaban en la antigua
capital del Tahuantinsuyu.
Capítulo 5
El fantasma de Bonaparte
Contenido:
1. El
abrazo final
2. El
proyecto del Libertador
3. Una
Constitución a la medida
4. Entrevista
de dos titanes
5. Entre
dos fuegos: Páez y Santander
6. De
la convención a la dictadura
7. La
corona del Libertador
§.
El abrazo final
Es la mañana del 9 de diciembre de 1824 y 50 hombres se reúnen amistosamente en
el centro del campo de batalla. De manera inédita, los generales Monet y
Córdova —del lado realista y republicano respectivamente— han autorizado a sus
bandos a tomar contacto con los amigos y familiares que puedan tener en el
frente contrario. El sol es tibio y seco, y como si este clima quisiera dibujar
las contradicciones que habitan en aquellos hombres, la brisa es fresca y
helada.
Entonces dos españoles se encuentran, son el general de brigadier realista
Antonio Tur y el teniente coronel republicano Vicente Tur. «Ay, cuánto siento
verte cubierto de ignominia», dijo el primero. «Yo no he venido a que me
insultes, y si es así, me voy» contestó el segundo. Ahí, delante de las armas
que escarnecerán sus cuerpos en la batalla, ambos hombres lloran abrazados. Es
el llanto de una América partida, de realistas americanos y de republicanos
españoles, es la amargura del desencuentro, de la identidad perdida y de una guerra
civil que ya ha costado demasiada sangre.
Después de Junín, el Libertador había decidido volver a Lima. Recibió numerosos
informes de importancia sobre la llegada de 3000 hombres de Colombia y del
empréstito por tres millones de pesos dado por Londres al Estado peruano y que
podían ser malversados. Pero en realidad Bolívar se había puesto a buen recaudo
tras los riesgos vividos en el triunfo de Junín.
Bolívar no era un cobarde, es más, tal vez consideraba la muerte en el campo de
batalla como la mayor consagración a su gloria. Sin embargo, tenía el pleno
convencimiento de la importancia que su propia integridad suponía para la causa
de la República y de la independencia americana. Su frágil figura y su enorme
carácter eran lo único que daba estabilidad y solidez a los países recién
libertados.
El Libertador salió de Sañayca el 7 de octubre, dejando a Sucre en el mando con
órdenes expresas: «No dar batalla a La Serna hasta recibir refuerzos
suficientes y adecuados». El virrey había movilizado sus ejércitos hasta
Ayacucho y su posición no era gratuita; Ayacucho representaba el eje comercial
entre Cuzco y Arequipa y era baluarte de la causa realista en el Perú. Con las
fuerzas de Canterac y Valdés, el ejército de La Serna sumaba más de nueve mil
efectivos.
Bolívar no ocultaba ni su preocupación ni su sentimiento de culpa por dejar
solo a Sucre; desde Jauja le escribió aconsejándole que actuara con la mayor
cautela hasta que le llegaran refuerzos. Era como un padre que temía por su
hijo. A través de aquella guerra brutal e inevitablemente sangrienta, llena de
intereses mezquinos y traiciones, había surgido en el Libertador un sentimiento
inédito, el cariño hacia el hijo que jamás había tenido, verse prolongado en
aquel hombre noble y gran soldado, al que sentía como hechura suya.
Pero sus preocupaciones y sentimientos se vieron interrumpidos por la ira y el
desengaño. El Congreso de Colombia decidió retirarle sus poderes
extraordinarios como presidente de la República en campaña, el mando de los
ejércitos del sur y el derecho de conceder ascensos. Era inaudito que, con el
ejército libertador en el momento decisivo, que marcaría en uno u otro sentido
la suerte del continente, se menoscabaran el poder y la autoridad de su
Libertador. Pero la ley y su reglamento emanados del Congreso eran
perfectamente previsibles.
El genio militar de Sucre en la batalla de Junín, paso previo a la
emancipación americana.
En
la Gran Colombia se veían con celos y nada disimuladas envidias las meteóricas
carreras militares de Sucre, Córdova y tantos otros oficiales que ganaban
ascensos y privilegios, gracias a sus triunfos en el campo de batalla. A esto
obedecía también que el vicepresidente Santander bloquease las constantes
peticiones de Bolívar de refuerzos militares. La reacción de Bolívar no se hizo
esperar, escribió a Santander comunicándole su dimisión del cargo: «En lugar de
darme las gracias por mis servicios —le dice—, se quejan de mis facultades».
Luego delega en Sucre el mando del ejército colombiano, pero este —que ya
conocía las argucias políticas de su jefe— reunió a sus generales, quienes
finalmente suscriben una carta al Libertador para desagraviarlo de la «atroz
injuria» cometida por el Gobierno colombiano y para rogarle que continúe al
mando de las tropas. Junto a esta carta, Sucre le ofrece a Bolívar enviar otra
al Congreso para transmitir la petición de los oficiales republicanos.
Batalla de Ayacucho. Se desarrolló el 9 de diciembre de 1824. En castellano
Ayacucho significa «Rincón de los muertos», lo que le añade simbolismo a la
batalla que selló la independencia americana.
En
cualquier caso, era imposible que el Libertador dejase el poder, el poder era
él. Le hubiera bastado hacerse presente en la Gran Colombia para tenerlos a
todos a sus pies.
Bolívar tenía previsto organizar un ejército en la costa, al que denominó
Ejército del Norte; para ello volvió a una Lima que era ahora tierra de nadie,
tomada por guerrilleros, saqueada por ladrones, desabastecida y presa de
hambrunas. Los limeños recibieron al Libertador con algarabía, lo izaron en
hombros y la multitud lo tomó como a su salvador; él representaba el orden
frente a la anarquía provocada por el presidente Torre Tagle, el vicepresidente
y todas las autoridades aunadas al lado realista y que habían ejercido su poder
sólo en el papel.
La clase política peruana se refugió en la fortaleza del Callao y Bolívar
organizó su Gobierno en el Perú. Como si no hubiera dimitido, volvió a
solicitar soldados y pertrechos a Colombia. Luego le escribe a Santander: «He
vuelto de mi campaña con demasiada fortuna, pero sin un suceso decisivo por
falta de un número suficiente de tropas». Luego le refiere que «el general
Sucre ha quedado mandando al ejército con orden de observar al enemigo de
cerca, y de aprovechar las ventajas que le ofrezcan; está autorizado para todo,
aunque muy recomendado de tener prudencia hasta que yo [Bolívar] lleve los
refuerzos que nos vienen de Colombia».
Pero a Sucre le era muy difícil quedarse quieto. Escribe a Bolívar y le explica
su aversión por la guerra defensiva, la considera desventajosa y desesperante
sobre todo al tener en cuenta que sus tropas son de obrar a la ofensiva. Sucre
respiraba su deseo de revancha; el 3 de diciembre, la mitad del batallón de
Rifles había sido diezmado en una emboscada realista en la quebrada de Matará,
y no estaba dispuesto a que le sucediera de nuevo.
Es el 9 de diciembre, en el campo y antes de la batalla, los soldados,
oficiales, amigos y familiares de ambos bandos se reúnen; los generales Monet y
Córdova siguen conferenciando. El general español propone un acuerdo de paz sin
derramamiento de sangre; Córdova acepta, pero a cambio de la independencia del
Perú. Finalmente no hubo acuerdo o pareció no haberlo.
El ejército realista era superior en todo: estaba formado por 7.000 hombres
frente a 5700; estaba hasta siete veces mejor equipado en cañones y pertrechos
militares; su ejército tenía mayor experiencia de campo y disciplina. Pero el
virrey y sus destacados generales Valdés y Canterac ya no tenían por qué ni
para quién luchar.
En dos horas se produce la victoria de Ayacucho. Sobre el desarrollo de la
batalla y el final de la misma, se han tejido un sinnúmero de especulaciones.
El propio informe oficial de Sucre dirigido a Bolívar es vago y escueto, lo más
destacado es la lealtad a ultranza del primero: «Está concluida la guerra y
completada la libertad del Perú. Por premio para mí, pido que usted me reserve
su amistad».
Son demasiados los hechos poco claros sobre esta batalla, su trascendencia nos
hace examinarlos. En primer lugar, que la diferencia de fuerzas —muy superiores
respecto al frente realista— haya concluido con una rendición de 2000 soldados
hábiles del lado español; que la última batalla por la independencia americana
se haya definido en apenas dos horas; que el virrey La Serna tomara las armas
como un simple soldado y fuera hecho prisionero, como si quisiera justificar su
entrega del país; que el propio informe de Canterac sólo estuviera pensado para
justificar la capitulación sin dar detalles de la batalla; y que la
capitulación sea tan increíblemente generosa con los vencidos.
En conclusión, lo más probable es que la batalla se desarrollara bajo el
arreglo previo de concluirla al cabo de alguna señal de ambos mandos. Sucre
declara en su informe la pérdida de 1.800 hombres y 700 heridos realistas, y de
310 muertos y 709 heridos republicanos, cifras realmente inverosímiles si se
considera el balance en contra de sus fuerzas. También declara que tiene bajo
su poder al virrey La Serna, al teniente general Canterac, a cuatro mariscales,
10 generales de brigada, 16 coroneles, 78 tenientes coroneles, 484 mayores y
oficiales, más de 2000 soldados de tropa, inmensa cantidad de fusiles,
municiones y elementos de guerra. Todos rendidos. Pero ¿para qué luchaba y a
quién defendían La Serna y sus generales? ¿A favor de quién blandían sus
espadas? En realidad, para aquellos españoles de ideas constitucionalistas, la
defensa de la América española había terminado. ¿No estaba el rey mucho más
cerca de las ideas de Olañeta que de la causa que ellos representaban?
El valor y heroísmo de los generales españoles era reconocido por todos. El
propio Valdés era muy admirado por Sucre, quien no dudó en invitar al general
vencido a almorzar y agasajarlo en un brindis: «Bebo —dijo— por el que, si
hubiera nacido en América, habría sido el mejor defensor de su independencia».
En cuanto a Sucre, en su informe al Libertador sólo pide su amistad; seguro que
temía sus celos, aquellos que una vez casi se desbordan tras su triunfo en
Pichincha.
Pero los planes del Libertador para con Sucre son absolutamente distintos. La
guerra de la independencia había concluido, pero quedaban muchas otras guerras
por delante.
§. El proyecto del Libertador
Bolívar había alcanzado el pináculo de la gloria; era el Libertador de América,
el hombre que ya había ganado su lugar en la historia del mundo y emancipado a
medio continente de España. Finalmente no eran relevantes los ríos de sangre
que había costado su gesta, no importaban los catorce años de muerte y
desolación, él sabía que todo se olvidaría, que la historia y el desdén de las
generaciones se encargarían de olvidar el dolor de aquellos miles de españoles
y americanos que sufrieron una de las guerras más crueles que ha concebido la
humanidad.
Las noticias tardaron un poco en llegar de Ayacucho a Lima; el primer emisario
enviado por Sucre fue atacado y muerto a pedradas por los indígenas de la zona,
siempre fieles al rey. La misma noche del 21 de diciembre en que supo Bolívar
del triunfo y de la capitulación de Ayacucho, lanzó una proclama que describe
perfectamente sus sentimientos para con Sucre: «Esta gloriosa batalla se debe
exclusivamente a la habilidad, valor y heroísmo del general en jefe Antonio
José Sucre y demás generales, jefes, oficiales, tropas […] El ejército
libertador a las órdenes del intrépido y experto general Sucre ha terminado la
guerra del Perú y aún del continente americano por la más gloriosa victoria de
cuantas han obtenido las armas en el Nuevo Mundo».
Sucre fue nombrado gran mariscal y recibió nada menos que el título de
Libertador del Perú. Para alguien como Bolívar, que no aceptaba sombras ni
menos aún el título deLibertador para otro que no fuese él mismo,
aquel desprendimiento para con Sucre era inaudito. Y es que Bolívar acababa de
iniciar su proyecto más querido, el que se había forjado desde sus ideas y
ambiciones a lo largo de los años, en cada exilio, en cada discurso y en el
recuerdo inmenso de Napoleón. Y en ese proyecto tan querido, Antonio José de
Sucre tenía un espacio fundamental.
No era pues la gloria de la espada la que había movido a Bolívar a lo largo de
su vida, era la gloria del estadista, del unificador y del monarca. No deseaba
la fama del general, quería la gloria del rey. Lo que tenía el Libertador ante
sí ya no era la guerra de independencia, era su propia epopeya por obtener la
gloria, y para ganarla tenía que vencer en tres frentes: la unificación
política del continente, la desintegración de las estructuras coloniales y la
legitimidad constitucional de su poder.
Para su primer objetivo convoca una asamblea dirigida a integrar a la América
hispana. Era obvio que la mayor oposición para su proyecto unificador nacería
de las clases dominantes de cada una de las naciones, así que era necesario
apoyarse en la clase política de cada una en tanto estuvieran sujetas a su
mando. Por ese motivo, Bolívar no dejó el Perú; sabía que era el eje natural de
América, lo había sido con los incas y con los españoles, y su situación
geopolítica era determinante.
El Libertador formuló entonces la convocatoria a un congreso en Panamá, y
delegó en Santander como vicepresidente de Colombia las gestiones a nivel de
cancillerías. El objetivo político de Bolívar se diluiría si la asamblea
tuviese una dimensión panamericana: su interés por unificar la América hispana
para sí sería imposible con la presencia de los estados del norte. Por ello fue
más que claro en sus instrucciones a Santander: «No nos conviene admitir en la
Liga al Río de la Plata; segunda, a los Estados Unidos de América, y tercera no
libertar a La Habana».
Aviso de la Gaceta del Gobierno que informa del triunfo del ejército
libertador de Ayacucho.
El
objetivo de Bolívar era que el Congreso de Panamá diera lugar a una Liga o
Federación de Naciones integrada por Colombia, Perú, el Alto Perú, Chile,
Guatemala y México. Si se debatía la libertad para La Habana, nunca lograría
consensos, y descartó de plano a los países sobre los que no tenía injerencia,
la futura República Argentina, los Estados Unidos y Haití, ya que sabía que
jamás podría integrarlos bajo su dominio.
Para la desintegración de las estructuras coloniales, Bolívar entendió que la
base de cualquier contrarrevolución que pudiera atentar contra la independencia
era la poca identificación del pueblo con la causa emancipadora. Los criollos y
aristócratas podían ser republicanos por conveniencia; sin embargo, el pueblo
seguiría reclamando al rey de España si la República no reconocía sus derechos.
El Libertador parte en consecuencia con dirección al Cuzco —corazón de los
Andes históricos— para resolver el denominado «problema del indio».
En el camino hace escala en Arequipa, donde recibe abundante correspondencia de
Sucre. ElLibertador del Perú no se había quedado quieto desde su
victoria en Ayacucho y, sin descanso, partió hacia el Alto Perú para enfrentar
a Olañeta. Ahí el problema era múltiple; el Alto Perú tenía la vocación de
constituir una república independiente; históricamente era parte del Virreinato
del Perú, pero desde finales del sigloXVIIIhabía transitado al Virreinato del
Río de la Plata y luego la provincia de Puno de vuelta al Perú. Por ello, el
Congreso de Buenos Aires y el de Lima consideraban al Alto Perú como parte de
su territorio y desconocían las pretensiones autonómicas de sus líderes.
Simón Bolívar representado por el célebre artista José Gil de Castro en
1825.
Sucre
vivió en carne propia el repudio de los pobladores del Alto Perú contra el
Gobierno de La Plata, el respaldo a Olañeta y vio en estas circunstancias la
necesidad de apoyar la causa de su independencia como fórmula para ganarse a la
población a favor de la República.
Sucre convocó la Asamblea del Alto Perú para decidir su organización política.
Bolívar se opuso radicalmente, consideraba que Sucre se estaba entrometiendo en
un tema delicado de política exterior entre Lima y Buenos Aires, y si él tomaba
partido por uno u otro, podía menoscabar su poder. Bolívar le escribe a Sucre y
le dice que el derecho público americano determina que los nuevos países se
funden sobre sus límites coloniales, por lo que si se consideraba al Alto Perú
como parte del Río de la Plata, él estaría afectando su condición de jefe del
Gobierno del Perú.
Sucre logró la incorporación de La Paz y Potosí a la República y derrotó a
Olañeta el 1 de abril de 1825 en la batalla de Tumusla. La Serna y Canterac no
se equivocaron, el rey Fernando VII nombró a Olañeta virrey del Río de la
Plata, pero este ya había fallecido al día siguiente de la batalla.
Bolívar recibió las buenas nuevas sobre Olañeta junto con las noticias de una
delegación argentina que había aceptado respetar los deseos de autonomía de los
altoperuanos. Sólo así el Libertador accedió a las peticiones de Sucre, y
promulgó el 15 de mayo de 1825 el Decreto de Arequipa que autorizó la Asamblea
del Alto Perú. Según Bolívar: «Por no dejar mal puesta la conducta de Ud., por
complacer al Alto Perú, por acceder al Río de la Plata, por mostrar la
liberalidad del Congreso del Perú y por poner a cubierto mi reputación de
amante de la soberanía popular y a las instituciones más libres». ¿Eran esas
sus verdaderas motivaciones? ¿No estaba lo suficientemente partida América como
para concebir un nuevo país? La respuesta la da el propio Bolívar en carta
dirigida a Sucre el 30 de mayo y en la que ve en la inminente nación un
respaldo para su Federación de Naciones. Aquel nuevo país le sería más fiel que
cualquiera, habría nacido de sus manos.
El Libertador no olvidaba el problema del indio. Al llegar al Cuzco el 25 de
junio de 1825, tuvo una recepción apoteósica, las calles estaban adornadas con
brocados de oro y plata, las coronas de rosas y laureles volaban de las
ventanas en homenaje al Libertador. Los ricos lanzaban monedas de oro y la
ciudad le regaló un caballo enjaezado de oro y las llaves de la ciudad. Las
damas del Cuzco le ofrendaron una corona engarzada de perlas y diamantes, y
durante un mes Bolívar se quedó en la ciudad gozando de fiestas y recepciones,
pero ocupándose del indio de manera concreta y directa.
Bolívar empezó aboliendo la institución del cacique indígena, la misma que
había perdurado a lo largo de la colonia y del virreinato como una clase
privilegiada por España, y que había servido de puente con la maza indígena
para beneficio de la hegemonía hispana. Con su propósito de atender a la base
social del país, se ocupó de todos y cada uno de los temas de fondo, dando
orden de que:
Los
jornales de los trabajadores de minas, obrajes y haciendas deberán satisfacerse
según el precio que contrataren en dinero contante sin obligarles a recibir
especies contra su voluntad y a precios que no sean los corrientes de plaza […]
Nadie puede exigir un servicio personal sin que preceda un libre contrato del
precio de su trabajo.
Y
las reformas, verdadera revolución social de la época, no terminan ahí. Bolívar
enfrenta también el problema crucial de la tierra. Con espíritu liberal y
democrático, decreta el 4 de julio de 1825 que los indios sean propietarios de
los terrenos que posean, trabajen y donde estén asentados, con pleno dominio
para vender y enajenar. Protege además la propiedad de la tierra contra los
caciques y los recaudadores fiscales y se establece el repartimiento de las
tierras otorgando más terrenos a los cabeza de familia.
Representación de la batalla de Tumusla, que se desarrolló el 1 de abril de
1825
Al
final, el Libertador hizo el mayor honor a su nombre. Ya en Chuquisaca el 22 de
diciembre de 1825, Bolívar abolió el tristemente célebre Tributo Real por el
cual los indios debían pagar a la Corona un tributo, por el solo hecho de ser
indios y súbditos del rey de España.
§. Una Constitución a la medida
El altiplano andino, el aire enrarecido por estar situado a más de 4000 metros
de altitud y un lago tan extenso que parece más un pequeño mar, el Titicaca. La
ciudad de La Paz recibió a Bolívar con júbilo, era el 19 de agosto de 1825,
trece días antes, la asamblea había votado por la independencia del país y él
era su emblema. La comisión de la Asamblea Constituyente altoperuana comunicó
al Libertador que la nueva nación llevaría su nombre. ¿Qué hay más grato para
el ego de Simón Bolívar que un país con el nombre deRepública Bolívar?
La Asamblea Constituyente solicitó al Libertador un proyecto de Constitución
para la nueva República y nada podía ser más oportuno, cuando era indispensable
para él legitimar su gobierno del continente. El Congreso de Panamá avanzaba a
toda marcha en su organización y una Constitución era el instrumento jurídico
ideal para legalizar y armonizar su presidencia de Colombia, su dictadura del
Perú y su presencia en la que sería finalmente Bolivia.
Entonces Bolívar sintió, al mismo tiempo, que se iba tejiendo y destejiendo la
gran obra de su vida. Por un lado había recibido la solicitud de Buenos Aires
de apoyar al Gobierno de La Plata ante la amenaza del Brasil, y por el otro
supo de una corriente política en Venezuela orientada a separarse de la Gran
Colombia. Por un lado se abría la posibilidad de hacer mayor la Federación
americana bajo su imperio, y al mismo tiempo trataban de fraccionar lo único
que él creía sólido.
El Libertador llegó a Potosí el 5 de octubre y los delegados del Congreso
argentino, el general Alvear y el doctor Díaz Vélez, lo hicieron el 8. Bolívar
no podía disponer sobre la guerra y la paz fuera del territorio peruano
facultades que reposaban en los Congresos de Colombia y del Perú. Sin embargo,
jamás rechazaría la oportunidad de extender su poder del Orinoco hasta el Río
de la Plata. El Libertador recibió a los delegados argentinos en el Palacio de
Gobierno y le escribe luego a Santander: «Ellos me han repetido fuerte y
enérgicamente que la guerra con el Brasil es inevitable […] Me han dicho,
terminantemente, que yo debo ejercer el protectorado de la América, como medio
de salvarla de los males que la amenazan».
Santander, por supuesto, consideró poco menos que una locura la posibilidad de
una guerra contra el Brasil. Bolívar le escribe indignado: «Yo no mando ahora
sino pueblos peruanos y no represento un grano de arena de Colombia. Si los
brasileños nos buscan más pleitos, me batiré como boliviano, nombre que me
pertenece antes de nacer». Santander trata de hacer entrar en razón a un
Bolívar que ya comenzaba a parecerse demasiado a Napoleón: «Usted no puede
batirse con los brasileños sin comprometer en cierto modo a Colombia, pues ni
puede ni debe prescindir del carácter de presidente de la República de Colombia».
Santander tenía razón y es probable que Bolívar fuese directo a su Waterloo.
El conflicto se resolvió con la independencia de la banda oriental del Río de
la Plata, por exigencia del Imperio del Brasil y bajo el auspicio de
Inglaterra. Para un sector de la opinión pública argentina, el desmembramiento
de la nación y la creación de Uruguay era mejor que tener a Simón Bolívar en su
territorio. Por el lado de Bolívar, la situación dada y abortada despertó aún
más su sed de grandeza.
En cuanto a los deseos de Venezuela de separarse de la Gran Colombia, Bolívar
escribe a Santander: «Los porteños y los caraqueños que se encuentran en los
extremos de la América meridional son por desgracia los más turbulentos y
sediciosos de cuantos hombres tiene la América entera». En el alma de Bolívar
empieza a anidar el cansancio, su gesta le ha tomado la vida y su lucha lo
comienza a dejar sin fuerzas. Las enfermedades lo agobian más a menudo y se
afeita el bigote por eliminar el aspecto de decadencia que ya le daba el mostacho
a su rostro. Tiene una meta y es la gloria, a ella le dedicará lo que le quede
de vida.
Pero dentro de su alma también están las dudas y contradicciones. Mira hacia
atrás y ahora ve a su patria en contra de su gesta, esto le duele y
desconcierta. Su tío Estaban había vuelto y quién sino él para expresarle sus
dudas; se refiere primero al desastre provocado y luego lo justifica:
Usted
se encontrará en Caracas como un duende que viene de la otra vida y observará
que nada es lo que fue. Los vivientes han desaparecido: las obras de los
hombres, las casas de Dios y hasta los campos han sentido el estrago formidable
del estremecimiento de la naturaleza […] ¿Dónde está Caracas?, se preguntará
usted. Caracas no existe; pero sus cenizas, sus monumentos, la tierra que la
tuvo, han quedado resplandecientes de libertad y están cubiertos de la gloria
del martirio.
Pero
Bolívar debía centrarse en su proyecto mayor y retorna a Lima. El 7 de febrero
de 1826 llega a Chorrillos y se aloja en la residencia de La Magdalena. Ahí
supo que días atrás había caído el último foco realista en el Perú. Era el
general José Ramón Rodil, quien junto con Torre Tagle y el Gobierno peruano
aliado de Canterac había terminado recluyéndose en la fortaleza del Callao
desde diciembre de 1824. De manera estoica, Rodil había esperado los refuerzos
realistas por mar, pero, abandonado por España, se mantuvo heroico: cientos de
sus hombres murieron de hambre y enfermedades —entre ellos Torre Tagle— hasta
que logró una rendición honrosa y dejó el Perú con honores de guerra.
Las fuerzas mentales y espirituales de Bolívar estaban ahora en su proyecto de
Constitución de Bolivia, aunque en realidad la estaba ideando para su
Federación de Naciones. Mientras la construía mentalmente, su espíritu estaba
puesto en el Congreso que se gestaba en Panamá y sus sentidos se complacían con
cuanta limeña hermosa podía tener en su alcoba. Era como en sus tiempos de
campaña, pensaba mejor cuando de pronto lo dejaba todo por la cintura de una
dama. Sus amoríos en Lima fueron legendarios, también sus escándalos, pues
tenía consigo una vez más a Manuelita Sáenz, su pareja eterna que soportaba sus
infidelidades, siempre y cuando no las viera. Si hallaba al Libertador in
fraganti, podía arrancarle los cabellos o arañarle la cara desfigurándolo, a
pesar que la propia Manuelita se hizo también famosa por llevar a su alcoba al hombre
que le gustara.
La Constitución de Bolívar consagraba tres instituciones fundamentales: la
Igualdad Social, el Poder Electoral y la Presidencia Vitalicia. De hecho,
Bolívar toma como punto de partida su proyecto de Constitución presentado al
Congreso de Angostura siete años atrás y que no fue acogido. Ahora consideraba
que su nuevo proyecto era perfecto, como ideal el momento para imponerlo. La
Igualdad Social desintegraría las estructuras coloniales de dominación, y
aboliría privilegios y establecería la igualdad de razas, oficios, religión y
riqueza. El Poder Electoral se sumaba a la división clásica de poderes de
Montesquieu; se crearían Colegios Electorales que designarían y nombrarían a
los legisladores, diputados, jueces y sacerdotes, y se convertiría en el origen
de la Administración pública. La Presidencia Vitalicia creaba un elemento
estable y permanente en el Estado, un Ejecutivo que actuara como representante
del bien público. Explica Bolívar: «Para que un pueblo sea libre debe tomar un Gobierno
fuerte, que posea medios suficientes para librarlo de la anarquía popular y el
abuso de los grandes».
Batalla de Ayacucho. En esta batalla se consagró la gloria de Antonio José
de Sucre.
El
Libertador sabe que está en terreno pantanoso. Es natural que su proyecto sea
tildado de monárquico. Bolívar aclara que una monarquía estaba descartada
porque era una institución extraña a la realidad americana, pero en la realidad
su presidente vitalicio era al final, inevitablemente, un rey sin corona.
Santander le escribe que la Constitución tendría amigos y enemigos, y que «la
vitalidad del presidente y el nombramiento del vicepresidente sufrirán censuras
severas, y quizá también la invención de dividir la administración entre estos
dos empleados». Pero si estas eran dudas para Santander, se convirtieron en
certezas cuando supo que la Constitución boliviana estaba destinada no sólo a
Bolivia, sino a la Federación de Naciones andinas y, sobre todo, cuando se
enteró de que el vicepresidente y sucesor de Bolívar no sería otro que el héroe
de Ayacucho.
§. Entrevista de dos titanes
Los dos hombres se encontraban después de largos enfrentamientos y disputas.
Era el encuentro de dos personalidades que se guardaban tanto admiración como
encono, que habían sido amigos y se habían enfrentado a lo largo de los últimos
cinco años. Aunque esta vez, Bolívar y Santander —en la pequeña ciudad de
Tocaima— tenían que definir el rumbo de la Gran Colombia.
El Libertador continuaba con su relación de amor y odio con el Perú. Por una
parte era tratado a cuerpo de rey, con sus gastos y los de Manuelita Sáenz
cubiertos en todos sus excesos, pero era cuestionado por lo mismo y por los
costos de su ejército en tierra peruana. Sólo en agua de colonia para Bolívar
se gastaron 8000 pesos, la Sáenz recibía 2000 pesos al mes y en total los
gastos del Libertador cubiertos por el Tesoro peruano —en los cuatro años como
dictador del Perú— llegaron a 300 000 pesos, aparte de los regalos que recibió
por otros 200 000.
La presencia de Bolívar en el Perú era tan cuestionada por unos como requerida
por otros. Los diputados en su mayoría opinaban que las tropas colombianas
debían abandonar el Perú. Pero el Libertador no hacía caso, estaba hechizado
por Lima, era lo más parecido a una metrópoli y geopolíticamente se encontraba
equidistante de Chile, Buenos Aires, Potosí, La Paz, Quito, Bogotá y Caracas.
En el Congreso de Panamá, los delegados del Perú fueron los primeros en llegar,
nada menos que un año antes.
Santander, desoyendo las instrucciones del Libertador, convocó una asamblea
panamericana que despertó las suspicacias de todo el continente. Estados Unidos
fue invitado y sus delegados llegaron tarde. Inglaterra envió un delegado con
instrucciones de ver, oír y sólo hablar sobre el respeto a los principios de su
derecho marítimo, el freno a la influencia norteamericana y a un acuerdo con
España; Chile estaba en medio de la anarquía política y no podía posicionarse
respecto del Congreso; y Buenos Aires fue invitado, pero no envió delegados por
desconfiar de Bolívar.
El deseo del Libertador era que el Congreso de Panamá diese lugar a una
federación permanente que contuviera una alianza ofensiva y defensiva en
materia militar, una calidad de árbitro entre las nuevas naciones, y un
creciente carácter soberano de carácter supranacional. Propuso poner al Imperio
británico a la cabeza de la Federación de los Andes, pero era un ardid; al
final esperaba que la asamblea rechazara una cabeza extranjera y lo pusiera a
él al frente.
El Congreso de Panamá se inauguró el 22 de junio y se clausuró el 15 de julio
de 1826. Fue un fracaso, los acuerdos sólo fueron generalidades y buenos
deseos, y ni siquiera por eso fueron ratificados rápidamente por los Estados. Fue
una frustración para el Libertador y en ese sentido le escribe a Páez: «El
Congreso de Panamá, institución que debiera ser admirable si tuviera más
eficacia, no es otra cosa que aquel loco griego que pretendía dirigir desde una
roca los buques que navegaban. Su poder será una sombra y sus decretos,
consejos; nada más».
La Constitución se había quedado sin federación donde aplicarse. Bolívar
entendió que tendría que hacer el camino a la inversa, imponer su Constitución
a las naciones bajo su mando y hacer que de ello fluyera la estructura política
y su organización institucional. Entonces, le escribe a Sucre:
El
plan parece que debe ser este: en cada estado un vicepresidente según la
Constitución boliviana; el presidente general debe tener un vicepresidente y
sus ministros también generales. Para llenar este fin creo indispensable
nombrar a Santa Cruz para Bolivia y que usted sea el vicepresidente general.
Para el Perú no faltará un hombre de mérito. Si usted rehúsa a este servicio,
también lo haré yo y todos perecerán en medio de una confusión espantosa.
Pero
la idea de la Presidencia Vitalicia generó conflictos agudos en el Perú. La
opinión pública entendió que esta era una fórmula para ser subyugados por
Colombia; si la Gran Colombia integraba los territorios de la mitad norte del
continente, ¿no era más que evidente que Bolívar quisiera ahora hacerse dueño
del Perú ya que tenía también el Alto Perú? El 6 de julio, dos escuadrones de
húsares se amotinaron contra los colombianos y se develó una conspiración para
asesinar a Bolívar el 28 de julio, aniversario de la independencia proclamada
por San Martín. Contra la opinión pública y el propio Congreso, el Libertador
llevó a cabo la consulta de su Constitución de manera ilegal ante los colegios
electorales. Él estaba convencido de que el voto popular no le sería favorable
y no se equivocó, mediante una campaña de terror —incluidos fusilamientos y
deportaciones— hizo que los colegios electorales aprobaran la Constitución
boliviana como carta magna.
Simón Bolívar se sabía el eje de la América hispana y se sentía destinado a ser
el rey de las Américas. Pero ¿todos compartían su idea de unificar América y
hacerlo bajo su trono? El Libertador se dirige a Sucre, que se había quedado al
mando del Gobierno altiplánico, solicitando que Bolivia jure su Constitución.
Sostiene que «todos recibirán esta Constitución como el arca de la alianza y
como la transacción de la Europa con la América, del ejército con el pueblo, de
la democracia con la aristocracia y del imperio con la república. Todos me
dicen que mi Constitución va a ser el gran móvil de nuestra reforma social».
¿Estaba Bolívar realmente convencido de lo que decía? Decididamente no, él
sabía perfectamente que tendría que imponer su Constitución a los pueblos, así
como había tratado de imponer su Federación de los Andes.
Santander no estaba de acuerdo con la Presidencia Vitalicia de Bolívar, peor
aún con la figura del vicepresidente, que terminaba siendo en la práctica un
príncipe heredero. Ciertamente Bolívar había nombrado a su sucesor y lo había
aleccionado a través de los años como si se tratara de su hijo biológico.
San Martín proclama la Independencia de Perú en 1821 (1904), de Juan
Lepiani. Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú, Lima,
Perú. Fue más un acto simbólico. Los ejércitos del virrey La Serna se mantenían
en la sierra centro y al sur del país.
Un
año antes, el 26 de abril, le escribe a Sucre las mejores líneas que han salido
de su pluma para nadie: «Usted está llamado a los más altos destinos, y yo
preveo que usted es el rival de mi gloria, habiéndome ya quitado dos magníficas
campañas, excediéndome en la amabilidad y en actividad, como en celo por la
causa común». Así Sucre estaba llamado a suceder a Bolívar o a superarlo;
Bolívar estaba obsesionado con su monarquía americana y con el liderazgo de
ambos; pero Santander estaba dispuesto a impedirlo.
Bolívar se entera de la insurrección de Páez en Venezuela y del rechazo de
Santander a que la Constitución boliviana reemplace a la Constitución de
Cúcuta. Al Libertador no le queda más que dejar Lima el 3 de septiembre de
1826, e ir en busca de Santander, quien ya había enarbolado toda una campaña en
contra de Bolívar, su Constitución y la Presidencia Vitalicia. Bolívar le
escribe: «Si usted y su Administración se atreven a continuar la marcha de la
República bajo la dirección de sus leyes, desde ahora renuncio al mando para
siempre en Colombia, a fin de que lo conserven los que saben hacer este
milagro».
Santander se alarmó y consideró prudente anticiparse a la llegada de Bolívar a
Bogotá; le dio alcance en Tocaima.
La entrevista fue tensa; Santander enarboló la ilegalidad de la rebelión de
Páez contra la Gran Colombia y la usó para defender la Constitución de Cúcuta
vigente; además cualquier cambio o enmienda sólo podía darse desde 1831.
Santander, con habilidad diplomática, fue suavizando los términos de la disputa
hasta decirle a Bolívar que ni él ni el pueblo colombiano podían aceptar la
modificación de la Constitución de Cúcuta, a menos que el Libertador
restableciera el orden constitucional y develara la revuelta de Páez.
Bolívar no podía oponerse a la sensatez de estos argumentos, sobre todo con que
iban a favor de la estabilidad de la Gran Colombia. Santander finalmente fue al
tema de fondo; le dice a Bolívar que eran aceptables la Constitución de Bolivia
y la Presidencia Vitalicia, pero de ninguna manera la Vicepresidencia
Hereditaria. Sólo con esta sugerencia, Santander y su partido darían todo su
apoyo para el establecimiento de una confederación integrada por la Gran
Colombia, el Perú y Bolivia, bajo el vínculo de la Constitución boliviana.
Bolívar se invistió de las facultades extraordinarias que le confería la
Constitución de Cúcuta para los casos de conmoción interior, y salió hacia
Venezuela en busca de Páez.
Este podía ser el comienzo de una sangrienta guerra civil. Páez enarbolaba los
viejos estandartes de razas de Boves y Piar, y congregaba a los llaneros en
contra de Bolívar y Santander. Páez difundió entre el pueblo la idea de que el
Libertador —por ser caraqueño, blanco y mantuano— pretendía implantar una
monarquía que oprimiría a los desposeídos, mucho más que los 400 años de
dominación española.
§. Entre dos fuegos: Páez y Santander
Las calles de Caracas están vestidas de fiesta. Es el 10 de enero de 1827 y
desde un carruaje, Bolívar y Páez saludan hermanados a la multitud. Las casas están
vestidas con las banderas multicolores de las naciones americanas, incluso la
bandera de los Estados Unidos flamea en homenaje al Libertador. Entre los
vítores y aclamaciones, y confundida entre la multitud, una negra anciana
contempla la escena. Apenas la vio Bolívar, ante el asombro de todos, saltó del
carromato de honor y corrió en busca de la mujer para arrojarse a sus brazos;
era un abrazo con su pasado, con sus juegos de infante y con aquella época en
que ya era el dueño de sus deseos: era un abrazo con su esclava y nodriza
Hipólita, la negra que recibía ahora a su Simoncito, con lágrimas de felicidad
en los ojos.
En qué momento se dio cuenta Bolívar de que había hecho una mala elección al
respaldar a Santander? En aquellos momentos de fuerzas encontradas y
caudillismos, el vicepresidente se había puesto en contra de los ascensos
militares de los oficiales en campaña, ¿tendría el Libertador el apoyo de sus
generales ahora que se trataba de sofocar una insubordinación en Venezuela y en
respaldo de Santander? Tal vez recibió el informe de sus oficiales de
confianza, que le hicieron ver la inconveniencia de una guerra civil y nada
menos que contra un héroe de la independencia como lo era Páez.
Retrato de Simón Bolívar en 1827.
El
general Páez se había propuesto levantar a toda Venezuela en contra de Bolívar
y del Gobierno de Bogotá. En abierta rebeldía, convocó un congreso nacional de
Venezuela con el objetivo directo de lograr su separación de Colombia. Bolívar
le escribió:
Contra
mí el general Labatut se perdió; el general Castillo se perdió; contra mí el
general Piar se perdió; contra mí el general Mariño se perdió; contra mí el
general Riva Agüero se perdió y contra mí se perdió el general Torre Tagle.
Parece que la Providencia condena a la perdición a mis enemigos personales,
sean americanos o españoles; y vea usted hasta dónde se han elevado los
generales Sucre, Santander y Santa Cruz.
Bolívar
pudo haber enumerado a muchos otros enemigos personales como a San Martín y al
famoso Morillo. Pero junto con aquella admonición, el Libertador entendió que
debía buscar el apoyo de Venezuela y tender un puente hacia Páez. El 19 de
diciembre de 1826 dictó un decreto en el que ofrecía la convocatoria a los
colegios electorales para la realización de una Convención Constituyente.
Retrato de don José de la Riva Agüero y Sánchez Boquete. Dibujo original de
David Lozano. Trató de independizar el Perú sin la intervención de fuerzas
extranjeras. Fracasó en el intento y Bolívar fue invitado a Lima.
Este
era un triunfo para Páez, Bolívar había pasado por encima del Congreso de
Bogotá para la convocatoria. Como respuesta, Páez dejó sin efecto su
convocatoria para el congreso nacional. El Libertador había roto el hielo y de
inmediato se apuró en celebrar la reconciliación con el rebelde. Le escribe:
«Si usted quiere venir a verme, venga, Morillo no desconfió de mi lealtad, y
desde entonces somos amigos». Bolívar llegó a Puerto Cabello y dictó un decreto
en contra de todo lo acordado con Santander. Dio amnistía total a los rebeldes
y otorgó a Páez la suprema autoridad civil y militar de Venezuela.
Bolívar supo que Páez se hallaba acantonado en Valencia. Le escribe entonces
sin dilación: «Voy a darle a usted un bofetón en la cara yéndome yo mismo a
Valencia a abrazar a usted. Morillo me fue a encontrar con un escuadrón y yo
fui solo, porque la traición es demasiado vil para que entre en el corazón de
un grande hombre». El 4 de enero se dio el gran encuentro de ambos, los hombres
se abrazaron emocionados y sus espadas se enmarañaron, trataron de separarse y
Bolívar, divertido, le dijo que aquello era un buen presagio.
Fue entonces que ambos entraron juntos a Caracas en medio de ovaciones. El
Libertador llenó de regalos a Páez: dos hermosos caballos chilenos, una lanza y
una botonadura de oro, y hasta la espada de oro y piedras preciosas que había
recibido de Lima por el triunfo de Ayacucho. Bolívar respiraba su triunfo
político, mientras en el Perú y en el segundo aniversario de Ayacucho, sus
autoridades habían jurado la Constitución boliviana y declarado a Simón Bolívar
como presidente vitalicio, bajo el título de Padre y Salvador del Perú.
Pero Bolívar no estaba tranquilo, sabía la reacción que provocaría en Colombia
por el tema de Páez. Le escribió a Santander diciéndole que su objetivo había
sido evitar la guerra civil; sin embargo, nada pudo evitar la indignación del
vicepresidente, que se sumó al partido anti bolivariano y a las manifestaciones
públicas contra el Libertador. Luego entendió que la única forma de
contrarrestar a Bolívar y recuperar su menoscabado poder era hacerlo a través
de la instalación del Congreso; y al final terminó respaldando una rebelión
peruana en contra de Bolívar, protagonizada por el coronel Bustamante.
En el Perú, la división militar estaba al mando del general Lara —incondicional
de Bolívar—, pero la mayoría de oficiales eran colombianos y dirigidos por
Bustamante. Manipulado por Santa Cruz y quizá por Santander, Bustamante depuso
a los jefes venezolanos y se manifestó en contra de todo tipo de dictadura.
Reunido el Cabildo de Lima, adoptó poderes constitucionales y declaró abrogada
la Constitución boliviana y terminados los poderes de Bolívar. La división
colombiana fue enviada a Guayaquil, conjuntamente con todos aquellos personajes
considerados indeseables para el nuevo Gobierno, como el general Córdova y la
misma Manuelita Sáenz, quien no se había detenido en sus maniobras políticas a
favor del Libertador.
Bolívar estaba indignado, explotó de furia. La traición de Santander, de Santa
Cruz, de Bustamante. Le escribe al vicepresidente masticando su furia, le dice
que le ahorre en el futuro la molestia de recibir nuevas cartas suyas. Luego le
escribe a Urdaneta: «Santander es un pérfido, según se ve por la carta que ha
escrito usted, y no puedo seguir más con él; no tengo confianza ni en su moral
ni en su corazón».
Lo que no calibraba Bolívar es que Santander tenía sus propias y quizá
legítimas demandas. De ningún modo se habría opuesto a los planes de Bolívar si
él hubiera sido el elegido para ocupar la Vicepresidencia reservada para Sucre.
Santander era un héroe de la independencia, de la batalla de Boyacá, con gran
historial militar y experiencia de gobierno. Además, ¿no era él como
vicepresidente de Colombia el llamado a ocupar la Vicepresidencia de la
Federación de Naciones? A pesar de que se había opuesto a muchas de las
decisiones del Libertador, ¿no habían sido más de una vez sus opiniones las
acertadas? En suma, consideraba que poco o nada se le podía reprochar.
En cuanto al héroe de Ayacucho, no sólo habría entendido la designación de
Santander, sino que la hubiera agradecido. En realidad, Sucre —que permanecía
en La Paz por obediencia a Bolívar— deseaba retirarse a Quito para hacerse con
la mujer de sus sueños; carecía totalmente de aquella ambición por el poder y
por las riquezas que movían las voluntades de sus coetáneos. Santa Cruz escribe
sobre él: «Es preciso precavernos con mil ojos sobre Sucre que en nada se
parece al Libertador, siempre franco y siempre justo».
El 12 de junio de 1827 se reunió el Congreso de Colombia convocado por
Santander. Primero se ratificó la amnistía para los actos subversivos, lo cual
fue un triunfo para Páez, pero luego se abrogaron los poderes especiales dados
al Ejecutivo, con lo cual quedaban sin efecto los poderes dados por Bolívar al
mismo Páez. Bustamante había sido apresado un mes atrás, pero persistía un
movimiento separatista de los departamentos del sur. Bolívar movilizó un gran
contingente de tropas para develarlo, e informó oportunamente al Congreso, pero
su presencia militar y su poder jugaban en un doble sentido, amedrentaban a los
legisladores en su beneficio.
Las discusiones del Congreso se focalizaron entonces en la pertinencia o no de
una Convención Constituyente, tal como lo había decretado el Libertador en
Venezuela. Los partidarios de Santander pregonaron que dicha convocatoria era
anticonstitucional y los de Bolívar trataron de imponerse apoyados en la
inminente cercanía de las tropas del Libertador, quien había desembarcado en
Cartagena con 800 veteranos. El Congreso, entonces, por ley del 25 de julio de
1827, convocó una convención que debía reunirse en Ocaña el 2 de marzo del
siguiente año.
Santander estaba desesperado ante la presencia de Bolívar en Colombia. Declaró
que habría preferido la llegada de Morillo a la de Bolívar y que el Libertador
traía el humor de Bonaparte al regreso de Egipto. Bolívar no se quedó atrás, a
pesar de las leyes aprobadas por el Congreso, ejercía poderes dictatoriales,
movilizaba tropas y nombraba y ascendía a funcionarios y oficiales a su libre
decisión.
El 10 de septiembre, Bolívar hizo su entrada a una Bogotá que lo esperó con sus
calles llenas de fría curiosidad, se encaminó hacia el Congreso y prestó
juramento. De inmediato informó al vicepresidente Santander de que había
prestado juramento y de que, por tanto, desde ese momento se hacía cargo del
poder en toda Colombia. El Libertador se encaminó entonces a la Casa de
Gobierno donde le esperaba Santander.
El vicepresidente ofreció su mesa a Bolívar y este la aceptó. Bolívar sabía
manejarse a la perfección en estos casos: si hubiera estado ante un problema
menor, habría descargado su furia; pero ante un enemigo mayor como lo era
Santander, su conducta sabía ser cordial y marcada por una amable superioridad.
A la mañana siguiente fue Santander quien visitó a Bolívar en su quinta, lo
encontró aún en su alcoba y se excusó formalmente por el asunto de Bustamante.
Al final —muy al estilo de Bolívar— terminaron compartiendo viejas anécdotas de
su vieja amistad.
El Libertador logró que el Congreso ratificara sus decretos dictatoriales, se
enfrascó en la organización del estado colombiano, y aprovechó para nombrar a
empleados de su plena confianza. Gobernó con total respeto a la ley, lo cual
sirvió para calmar las inquietudes de todos los bandos políticos en Bogotá,
aunque no servía de nada para afrontar las conspiraciones en Lima, las
insurrecciones en Bolivia y Guayaquil, y las permanentes revueltas en Colombia
y Venezuela contra la Constitución boliviana.
§. De la convención a la dictadura
La frustración de Bolívar iba en aumento, en la misma medida que su salud se
iba desmoronando. Sufría permanentemente del estómago y las enfermedades
contraídas en quince años de campaña militar lo hacían parecer más viejo y
enjuto. Si se lo veía a lo lejos, parecía un pequeño don Quijote sin barbas,
pero bastaba con tenerlo cerca y sentir el fuego de su mirada para saber que se
estaba ante un hombre superior al común denominador. Sin embargo, la muralla
que la historia iba levantando entre él y la gloria producía en su ánimo
accesos depresivos, de los que salía por momentos y de pronto con raptos
eufóricos.
Para evitar estos vaivenes del alma, Bolívar recurre a su más seguro remedio.
Expulsada de Lima y tras fracasar en todos sus intentos por seducir al general
Córdova, Manuelita Sáenz recibe la carta del Libertador. En ella Bolívar le
dice:
El
hielo de mis años se reanima con tus bondades y gracias. Tu amor da una vida
que está expirando. Yo no puedo estar sin ti, no puedo privarme voluntariamente
de mi Manuela. No tengo tanta fuerza como tú para no verte; apenas basta una
inmensa distancia. Te veo aunque lejos de ti. Ven, ven, ven. Tuyo de alma.
Manuelita
llegó y se alojó cerca de palacio. Por las mañanas vestía una fina bata que
mostraba a los visitantes sus brazos desnudos, evidenciaba sus firmes muslos y
la fuerte redondez de sus caderas; así recibía noticias, daba recados y enviaba
mensajes. Por la tarde se vestía de oficial, andrógina y llamativa; y de noche
se ponía colorete, se peinaba con elegancia y se paseaba con brillo y
coquetería por los mejores salones de Bogotá.
Bolívar había triunfado con la convocatoria al Congreso Constituyente de Ocaña.
Nadie mejor que él sabía mover esos hilos. Todos sus triunfos políticos habían
sido fruto de asambleas, congresos y convenciones, en ellos se movía como pez
en el agua. También sabía amedrentar, deportar y hasta ejecutar opositores de
ser necesario, como la elección manipulada en los colegios electorales del
Perú. Sin embargo, ahora se enfrentaba a un hombre que lo conocía demasiado
bien y que había consolidado su poder y la adhesión del pueblo colombiano
mientras él estaba en el Perú. Bolívar se enfrentaba a un oponente de talla
mayor.
Santander realizó una gran campaña proselitista en la elección de diputados
para el Congreso Constituyente de Ocaña. Colombia votó a favor del
vicepresidente y el Libertador escribe: «La Nueva Granada se ha confederado
contra mí y ha buscado a mis enemigos para que triunfen sobre mi opinión y
sobre mi nombre. Santander es el ídolo de este pueblo».
Finalmente, en teoría había ganado Bolívar, pero muchos de sus diputados
elegidos eran proclives al federalismo y opuestos al centralismo de la
Constitución boliviana. El Congreso de Ocaña se instaló el 9 de abril de 1828.
El Libertador midió sus fuerzas y supo que la ratificación de la Constitución
boliviana era utópica, así que decidió enviar una propuesta constitucional intermedia;
al mismo tiempo, instalaba con mil pretextos sus poderosas tropas en
Bucaramanga —muy cerca de Ocaña— para dejar caer su sombra.
Bolívar planteó una modificación gradual de la Constitución de Cúcuta, sobre
todo para llenar los vacíos identificados a lo largo de sus años de vigencia.
Nadie se esperaba ese viraje político del Libertador, pero Santander replicó.
El proyecto de Bolívar se consideraba de todos modos un régimen presidencial
fuerte, así que en sentido contrario, Santander propuso dividir el país en 20
departamentos, cada uno con su asamblea legislativa, y la creación de un
consejo de Estado, cuyas decisiones debían ser acatadas por el presidente.
Bolívar vio y meditó todas y cada una de las actitudes de sus diputados, muchos
de ellos ahora partidarios del federalismo y de Santander. Entonces tomó la
decisión: ¿podía aquel que llevase el título emérito de Libertador subyugar la
voluntad del pueblo como un simple tirano? Pero si no quería una derrota
estrepitosa —que desintegraría Colombia y menguaría su poder— debía prevalecer
por la fuerza y hacer que apareciera como el producto de la voluntad popular.
El 10 de junio, 20 representantes fieles a Bolívar dejaron la asamblea para
privarla del quórum necesario para deliberar y decidir. Casi al mismo tiempo,
se produjeron en el interior del país múltiples manifestaciones orientadas a
imponer una contradicción, la dictadura del Libertador.
Con el uso de un poder absoluto, Bolívar abrogó la figura de la Vicepresidencia
y con ello —con muy poca etiqueta—, Santander fue relevado de todo cargo
público. En su proclama al asumir la dictadura, Bolívar evidencia que
subestimaba el intelecto del pueblo de Colombia. De manera burda juega con
sofismas:
¡Colombianos!
No os hablaré nada de libertad, porque si cumplo mis promesas seréis más que
libres, seréis respetados; además, bajo la dictadura, ¿quién puede hablar de
libertad? ¡Compadezcámonos mutuamente del pueblo que obedece y del hombre que
manda solo!
Simón Bolívar representado en un grabado de 1828.
Lo
que no había medido el Libertador es que toda tiranía genera por sí misma el
germen de la rebelión. El general La Mar había tomado el poder en el Perú, con
la convicción de que debía rehacer la dignidad del país recuperando el Alto
Perú y Guayaquil. Gamarra y Santa Cruz, quienes rivalizaban entre ellos en
ambición de poder, secundaban al presidente en contra de Bolívar. Aunque para
Gamarra el asunto era más personal, el Libertador había sumado entre sus
interminables conquistas una escandalosa aventura con su fogosa y enérgica
esposa.
El 13 de abril de 1828, en Chuquisaca-Bolivia, se amotinaron unos regimientos
bolivianos bajo el grito de « ¡Viva Gamarra!» y « ¡Mulatos no!», contra la
presencia del ejército colombiano. Sucre —de cuya probidad nadie dudaba—
enfrentó la situación con coraje, apareciéndose a caballo, de uniforme y
sombrero de pico ante la guarnición.
Agustín Gamarra comenzó la carrera religiosa que abandonó para alistarse en
las filas realistas desde 1809. Llegó a teniente coronel, pero se involucró en
conspiraciones republicanas y se sumó a la causa de la Independencia al lado
del ejército libertador de José San Martín.
Al
llegar al patio central del cuartel, un disparo le quemó el brazo. Lo que no le
había ocurrido a Sucre en toda la guerra de independencia, le sucedía con sus
propios soldados.
Gamarra invadió Bolivia bajo el cínico pretexto de resguardar la vida del héroe
de Ayacucho, e hizo que las tropas colombianas abandonaran el país. Sucre se
embarcó amargado hacia Guayaquil el 3 de agosto de 1828, la movilidad de su
brazo y de su mano derecha estaba afectada y su ejército había sido despedido
con el grito humillante de « ¡Fuera mulatos!». Sucre tenía otra motivación,
había contraído nupcias por procuración y ansiaba estar con su esposa, la
marquesa de Solanda.
Miniatura de Simón Bolívar, 1828.
El 3
de julio, Bolívar lanza una proclama en la que da rienda suelta a sus
sentimientos para con los peruanos:
Os
convido solamente a alarmaros contra esos miserables que ya han violado el
suelo de nuestra hija, y que intentan aún profanar el seno de la madre de los
héroes. Armaos colombianos del Sur. Volad a las fronteras del Perú y esperad
allí la hora vindicta.
Era
la respuesta que La Mar esperaba. El presidente peruano movilizó su escuadra
para bloquear los puertos de Colombia y hacerse con Guayaquil.
A finales de julio, mientras Bolívar sólo pensaba en cómo destruir a La Mar;
Manuelita —en medio de una reunión subida de copas— tuvo la ocurrencia de
disfrazar un muñeco como si fuera Santander y hacerlo fusilar por un
destacamento de granaderos para regocijo de los concurrentes. Esto ofendió a
Santander, quien cuando supo que se gestaba un atentado contra el Libertador,
no movió un dedo por salvarle la vida.
Bolívar quería a Santander lo más lejos de la escena política y lo propone como
ministro plenipotenciario en Washington. Santander aceptó, pero conocedor de la
conspiración, se opuso a cualquier acto de violencia mientras él se encontrara
en Colombia. El asesinato del Libertador se iba a ejecutar en una fiesta de
disfraces, pero Bolívar se enfadó por celos provocados por Manuelita y
providencialmente se retiró de la escena. Todo estaba ahora planeado para
octubre, pero uno de los conspiradores hizo un torpe comentario público que
evidenció sus planes. Los atacantes no tenían otra salida: procedían de
inmediato o abortaban el proyectado magnicidio.
La conspiración había nacido dentro de un grupo oscuro autodenominado Sociedad
Filológica, cuyos miembros estaban imbuidos de los modelos franceses y romanos
como Bruto y Casio. La Sociedad tenía una vinculación con la masonería, lo cual
hace el ataque a Bolívar mucho más extraño, ya que el Libertador —e incluso
José de San Martín— eran miembros de la Logia Masónica.
A la medianoche del 25 de setiembre de 1828, diez hombres al mando del francés
Horment irrumpieron en palacio dando gritos de « ¡Viva la Libertad!» y «
¡Muerte al tirano!». Tres guardianes murieron y uno quedó herido. Era el
reflejo de lo acontecido en 1541, cuando de idéntica forma fue asesinado
Francisco Pizarro, el conquistador del Perú. ¿Se dio cuenta el Libertador de
que su situación de tirano era vista igual que la del conquistador español?
Bolívar trató de abrir la puerta de su alcoba, pero Manuelita lo atajó, lo
obligó a que se vistiera y lo hizo saltar por la ventana salvándole la vida.
Cuando llegaron los conspiradores preguntaron por Bolívar, Manuela los despistó
diciéndoles que se encontraba en el Consejo. El Libertador estaba escondido
debajo del puente que cubre el río de San Agustín, empapado de fango y
esperando el momento de salir. Tiritando de frío, Bolívar llegó al final a la
Plaza Mayor, donde fue recibido por los vecinos con vítores y entusiasmo: «
¿Queréis matarme de gozo cuando estoy próximo a morir de dolor?», dijo a punto
de desmayarse.
§. La corona del Libertador
Muy por encima de la amenaza sufrida, Bolívar sentía profundamente la mancha
que el atentado dejaba en la historia. Se le había tratado como un tirano y su
gloria había sido mancillada. De cualquier modo podía alcanzarlo la muerte
menos de aquel modo infame.
Catorce personas fueron ejecutadas por haber conspirado contra el Libertador,
aunque el mayor acusado —Santander— fue indultado y enviado a prisión a
Cartagena. El ex vicepresidente, por lo menos, había encubierto la
conspiración, pero era demasiado poderoso como para aplicar la pena capital con
él.
El general La Mar continuaba con sus maniobras militares al sur de Colombia. El
4 de octubre de 1828, O’Leary comunica a Bolívar que la flota peruana bloqueaba
Guayaquil y que el propio La Mar se movilizaba con 4000 efectivos. Entonces el
Libertador encomienda las acciones de guerra y de paz a su hijo político y
militar. Por eso, cuando Sucre llega a Guayaquil, Bolívar es más que efusivo:
«Todos
mis poderes, buenos y malos, los delego en usted. Haga usted la guerra, haga
usted la paz; salve o pierda al sur, usted es el árbitro de sus destinos, y en
usted he confiado todas mis esperanzas». En otra carta añade: «Que sepan que yo
le he dado a usted el ser de Simón Bolívar. Sí, mi querido Sucre, usted es uno
conmigo excepto en su bondad y en mi fortuna».
Las
insurrecciones brotaban a lo largo del país. En Popayán el comandante José
María Obando se rebeló en nombre del rey de España y la religión católica. El
Libertador envió a Córdova al mando de 1000 hombres, y postergó su ambicionado
proyecto de construir el Canal de Panamá. Ahora la gran preocupación de Bolívar
era que Obando se sumase al ejército de La Mar, aunque él mismo usaba la guerra
para justificar sus planes de invadir el Perú.
En Tarqui, el 27 de febrero de 1829, Sucre logró una sonada victoria contra los
ejércitos de La Mar; con sus 4500 soldados vencía a 5000 improvisados efectivos
peruanos. Sin embargo, Sucre no quiso humillar al vencido, así que le requirió
las mismas condiciones ofrecidas antes de la batalla. El Tratado de Girón fijó
las fronteras entre Colombia y el Perú, de acuerdo a como estuvieron definidas
por el Virreinato de Nueva Granada y el Virreinato del Perú en 1810, sin
embargo La Mar no desocupó Guayaquil aduciendo que en la placa recordatoria de
la batalla se vejaba al Perú.
Representación de Simón Bolívar en 1829.
Por
su parte, Obando le había cerrado al Libertador las tres salidas hacia el sur y
hacia el Perú, así que a Bolívar no le quedó más que negociar haciendo
múltiples concesiones al rebelde, nombrándolo general y eximiendo a los
pastusos del servicio militar por un año. El Libertador había transigido por
conveniencia, pero demostró valentía y temeridad entrando en Pasto el 8 de
marzo de 1829, sin seguridad personal y al lado de Obando. Ahí recibió la
noticia del triunfo de Sucre ante La Mar y el convenio de paz.
El Libertador montó en cólera, la guerra con el Perú era su pretexto para
invadir aquel país. Que Sucre hiciera la guerra estaba bien, pero que otorgara
una paz tan benévola le restaba posibilidades para valerse del conflicto. Pero
Bolívar no dejó de mover los hilos del poder. Logró voltear a Gamarra a su
favor y escribe en mayo de 1829: «Hay mil probabilidades de que estalle una
revolución en el Perú contra La Mar y su gobierno. Tal es la intención de
Gamarra, que tiene gran confianza en el éxito». Y luego —facilitándole el
camino— el mismo La Mar desconoció el Convenio de Girón dándole a Bolívar la
oportunidad para reconquistar Guayaquil y satisfacer su sed de poder y
revancha.
El 5 de junio, La Mar es derrocado, tal como Bolívar había previsto. El poder
en el Perú es asumido por un triunvirato integrado por La Fuente, Gamarra y
Santa Cruz, todos ellos afines a Bolívar, aunque actuando todos por
conveniencias personales. El día 10 se reintegra Guayaquil a Colombia y el 21
de julio el Libertador ocupa la ciudad.
En el alma del Libertador se ha instalado el fantasma de Napoleón. Sólo con
poderes absolutos, Bolívar podía enfrentar el impulso federalista de los
pueblos y el afán de sus caudillos de fundar pequeñas repúblicas. ¿Qué pasaría
cuando él desapareciera? Lo único seguro era dejar estructuras políticas que
permitiesen mantener la unidad de Colombia. Si la Constitución boliviana creaba
una figura presidencial cercana a los poderes de un rey, ahora el Libertador
sin ambages pensó en una monarquía.
Sin embargo y de manera fatal, se dio al mismo tiempo en la vida de Bolívar un
fenómeno que nunca se había dado: dudó.
Si el fin de vida para el Libertador era alcanzar la gloria, la opinión pública
jugaba un rol preponderante en su toma de decisiones. Pensaba que la historia
de su vida sería recordada tal como era vista por sus coetáneos, que estos
serían los jueces de su paso por la historia de la humanidad. Por ello intentó
siempre legitimar su poder, y por ello no se decidía a fundar una monarquía en
América, de hecho pensaba que sería visto como una traición a sus ideales
republicanos y demócratas.
Como estrategia, Bolívar había sabido negarse, renunciar y rechazar, para luego
ser aprobado, ratificado y admitido, ese era parte importante de su juego
político; pero actuando siempre con un objetivo político definido. Ahora
dudaba, y dudaba, y esta duda lo fue desprestigiando rápidamente.
Primero hizo que la idea se filtrara en el Congreso y en la población todos
sabían que Bolívar ya tenía poderes omnímodos y sólo le faltaba la corona para
proclamarse rey. Pero ¿quién le sucedería? Para superar el obstáculo generado
por la Vicepresidencia Hereditaria y por los celos a Sucre, se llevaron
adelante gestiones diplomáticas para instalar como sucesor de Bolívar a un
príncipe inglés o francés. También se especuló con que Bolívar se casaría con
una princesa francesa y se habla de «Simón I emperador del Perú». Nada de esto
es confirmado ni negado oficialmente por el Libertador. De manera privada sí
confirmó su compromiso con los planes monárquicos, pero cuando las legaciones y
sus seguidores le pidieron definiciones y actos concretos, Bolívar dio marcha
atrás. Tras rechazar la corona, aunque hubiera debido ceñírsela, se quedó
inmóvil ante un editorial o un pasquín.
Sus expresiones más sinceras nos hablan empero de su convicción interna.
Escribe suMirada a la América en la que dice que «No hay buena fe
en América, ni entre los hombres ni entre las naciones. Los Tratados son
papeles; las constituciones, libros; las elecciones combates; la libertad,
anarquía, y la vida, un tormento». En septiembre de 1829 escribe a Mosquera:
«No quieren monarquías ni vitalicios, menos aún aristocracia; ¿por qué no se
ahogan de una vez en el estrepitoso y alegre océano de la anarquía?».
Simón Bolívar como estadista y creador de la Constitución Boliviana.
En
definitiva, Simón Bolívar debía tomar decisiones, aplicarlas con su energía
habitual e imponerlas con su fuerza militar, con su fuerza política o con
ambas. Pero esa energía de antes ya no le acompañaba. Sufría cada vez más a
menudo de bilis negra y su rostro se hacía cadavérico y su cuerpo se achicaba.
Pero toda acción o inacción genera una reacción. El general Córdova se sublevó
en nombre de la constitución y la ley, aunque en realidad era en nombre de su
apetito personal. Este hecho obliga al Libertador a instalarse en Quito y a
posponer su invasión a Lima.
La sangre americana se sigue derramando sin la presencia de España. O’Leary es
enviado con 800 hombres para develar la insurrección de Córdova en una batalla
es desigual. El 17 de octubre, el general Córdova vencido, herido y en su
hospital de campaña, es asesinado por orden de O’Leary.
En Venezuela no se hizo esperar el oportunismo de Páez. Bajo el pretexto de
defender el régimen republicano contra los planes monárquicos del Libertador,
Páez dio la orden de que se votaran actas pidiendo al Congreso Constitucional
convocado por Bolívar que decretara la separación de Venezuela. Arismendi
reunió una asamblea de 500 vecinos de Caracas, que decidió desconocer la
autoridad de Bolívar y preparar una convención que fundara el Gobierno de
Venezuela como una república independiente de Colombia. Entretanto, Páez recibe
de la asamblea poderes militares y civiles ilimitados. El 13 de enero de 1830,
Páez declara a Venezuela como independiente y soberana.
Simón Bolívar representado por José Gil de Castro en 1830.
El
día 15, la majestuosa recepción preparada en Bogotá para Bolívar se apaga de
pronto. Las calles y los balcones, el repique de las campanas, las mujeres, los
niños, los enemigos y los amigos presencian la figura pálida y enjuta, la voz
ronca, apagada y los ojos cóncavos de Bolívar. Todos sintieron estar
presenciando los funerales de la Gran Colombia y las exequias del Libertador.
El Congreso Constitucional se instaló el 20 de enero. Como presidente del
Congreso, fue elegido Sucre y como vicepresidente, el obispo de Santa Marta.
Bolívar dio su discurso y en él incurrió en un error propio de su salud endeble
y del cansancio, que tendría insospechadas consecuencias: «Me retiro —dijo— con
la mayor confianza en el acierto de un Congreso presidido por el gran mariscal
de Ayacucho, el más digno de los generales de Colombia». Cuando se publica el
discurso, Bolívar cambia el texto y escribe «uno de los más dignos».
El Libertador se había sometido a un tratamiento con vomitivos que lo dejó
devastado y que lo obligó a dimitir de la Presidencia por razones de salud. Un
ataque de bilis le impidió toda gestión pública. Estaba extenuado, su rostro,
amarillo y su cuerpo se acababa a pasos agigantados. A pesar de lo evidente,
todos pensaron que se trataba de una nueva maniobra política y el Congreso
prefirió declararse incompetente para recibir la renuncia de Bolívar. Este tuvo
que nombrar al general Domingo Caicedo, como presidente de la República.
El Libertador se recluyó en una casa de campo en Fucha para intentar recuperar
sus fuerzas. Ahí, gastado y enflaquecido, recibió la visita de Posada
Gutiérrez. Este relata cómo Bolívar se detuvo a observar una corriente de agua.
¿Cuánto
tiempo tardará esta agua en confundirse con la del inmenso océano, como se
confunde el hombre en la podredumbre del sepulcro con la tierra de donde salió?
Una gran parte se evapora y se utiliza, como la gloria humana, como la fama.
¡Mi gloria! ¡Mi gloria! ¿Por qué me la arrebatan? ¿Por qué me calumnian? ¡Páez,
Páez!
Bolívar
se había decidido públicamente a confinarse a su vida privada. Pero aún con el
cuerpo a rastras, su vida privada no era más que el ejercicio público del
poder.
A
pesar de su precario estado de salud, Simón Bolívar logró en Bogotá un Gobierno
que le era afín. En realidad, de haberse decidido a consagrar una monarquía con
él a la cabeza, lo habría logrado al menos en Nueva Granada. Pero su temor al
juicio de la historia y la bilis negra que lo corroía, le impidieron hacerse
con el poder absoluto cuando ya lo tenía al alcance de la mano. El Congreso
había elegido finalmente a Mosquera como presidente y a Caicedo como
vicepresidente, ambos manejables incluso en la posibilidad de hacerlos dimitir
a su favor en el momento oportuno.
El Libertador también dejo en Bogotá a su querida Manuelita. No era más que una
de las tantas separaciones que hacían posible la relación de aquellos
temperamentos ardientes. Aunque puede que Bolívar pensara que sería mejor para
su recuperación tener lejos, por el momento, a la fogosa quiteña. También dejo
en Bogotá una opinión pública que ya no le quería y que era cada día más
cercana a Santander.
El 8 de mayo de 1830 se despidió de sus amigos sin imaginar que no volvería
jamás. El fiel Caicedo le presentó un mensaje de despedida que venía suscrito
por los más importantes hombres de la ciudad. El Libertador abrazó emocionado a
Caicedo y con los ojos húmedos se despidió de los presentes —hombres
distinguidos, mujeres y personal diplomático— y se montó en su caballo.
Pero en aquella despedida de Bogotá hubo un gran ausente, Antonio José de
Sucre. Este llegó días antes a la ciudad, pero esa mañana se retrasó y se apenó
enormemente por no haber despedido a su amigo, jefe y mentor. Muchos pensaban
—y entre ellos estaba Sucre— que Bolívar estaba demasiado enfermo como para
verlo de nuevo.
Alegoría de la muerte de Simón Bolívar, autor anónimo. Museo de Arqueología
Antropología e Historia del Perú. Lima, Perú.
Entonces
el héroe de Ayacucho escribe al Libertador las palabras más emotivas y sinceras
que nadie le había expresado:
Ahora
mismo, comprimido mi corazón, no sé qué decir a usted. Mas, no son las palabras
las que pueden fácilmente explicar los sentimientos de mi alma respecto a
usted; usted los conoce, pues me conoce mucho tiempo y sabe que no es su poder,
sino su amistad, la que me ha inspirado el más tierno afecto a su persona. Lo
conservaré cualquiera que sea la suerte que nos quepa, y me lisonjeo de que
usted me conservara el aprecio que me ha dispensado. Sabré en todas las
circunstancias merecerlo […] Sea usted feliz y en todas partes cuente con los
servicios y la gratitud de su más fiel amigo,Antonio José de Sucre.
Contra
lo que Bolívar y todos hubieran esperado, Mosquera aceptó el cargo de
presidente. Aquellos hombres que el Libertador había colocado para mantener su
poder en la sombra eran también manipulados por los enemigos de Bolívar. La
prensa mostraba una actitud hostil hacia el Libertador: lo insultaban, lo
vejaban y se quejaban de que el atentado contra su vida hubiera sido fallido.
La situación se hacía más tensa para los partidarios de Bolívar presentes en
Bogotá.
Sucre había sido mentado por el propio Bolívar como «el más digno de los
generales de Colombia» y era considerado como el heredero del Libertador en el
continente. Una junta de adversarios del Libertador tomó la decisión de
asesinarlo cuando saliese de la ciudad con dirección a su casa en Quito. Todo
fue planeado según el camino que tomara. El 4 de junio, Sucre cruzaba un
barranco en Berruecos cuando fue emboscado a balazos por unos asesinos puestos
por Obando y José Hilario López. El héroe de Ayacucho fue fulminado y su cuerpo
cayó muerto.
Para la fiesta del Corpus Christi, el pueblo fabricó dos figuras enormes que
representaban el despotismo y la tiranía bajo las formas caricaturizadas del
Libertador y de Manuela. Esto era insoportable para la fémina, quien se puso su
varonil uniforme militar y, pistola en mano y con la ayuda de tres soldados,
embistió contra las grotescas alegorías. La prensa facciosa que dijo que ella
había actuado con «insolencia» y «descaro», era la misma que publicara días
atrás que «puede ser que Obando haga con Sucre lo que no hicimos con Bolívar».
Pero el fuego de aquella mujer no se amilanaba con nada y ese fuego seguiría
vivo hasta 1856, cuando una epidemia de difteria en el puerto peruano de Paita
acabaría con su vida.
El 24 de junio, Bolívar llegaba a Cartagena, donde fue recibido como en sus
mejores días de gloria y poder. El Libertador había solicitado al Gobierno un
pasaporte para salir del país hacia el exilio, pero era un pretexto y esperaba
que en cualquier momento se le rogase volver al mando de Colombia. Entonces sí,
tal vez, podría imponer su Constitución boliviana o más bien una monárquica.
Quizá podría entenderse de nuevo con Páez, como siempre lo había logrado, y
evitar la secesión de Colombia. ¿Qué había ahora con el coronel Juan José
Flores? Le habían llegado noticias de que este había agregado los departamentos
del sur para formar un nuevo país bajo el nombre de Ecuador. Bolívar escribe
que «La situación de América es tan singular y tan horrible que no es posible
que ningún hombre se lisonjee de conservar el orden largo tiempo ni siquiera en
una ciudad».
El héroe dicta su última proclama a los colombianos, 10 de diciembre de
1830. Bolívar en su lecho de muerte, de F. Puchi. Casa Natal de Bolívar,
Caracas, Venezuela.
Estaba
el Libertador una noche en una tienda de campaña y sólo acompañado por su
sobrino Fernando, cuando llegaron el general Montilla, Juan Marín y otros
amigos suyos. Bolívar les inquirió sobre su repentina presencia. «General, han
asesinado a Sucre en los montes de Berruecos» dijo Montilla. El Libertador se
dio una fuerte palmada en la frente, solicitó que se le dieran todos los
detalles y pidió que lo dejaran solo.
Toda la noche estuvo meditando Bolívar. Se acostó muy tarde y se levantó con el
alba para seguir paseándose de un lado a otro, sumergido en lo más profundo de
sus pensamientos, en los sentimientos de un padre que pierde a un hijo. Pensaba
en el corazón de una América filicida que mataba al mejor fruto de sus
entrañas, que destruía al hombre que hubiera podido hacer de ella una gran
nación. Era la madre que abortaba al más inocente de sus hijos, aquel que no
era movido ni por la oscura ambición ni por la gloria luminosa. La guerra de
independencia había terminado seis años atrás; la república había generado
pequeñas repúblicas y, en su afán de alcanzar la gloria y por hacer de Colombia
una gran nación, había terminado como un dictador y quizá hasta terminaría
ciñéndose una corona al estilo de Napoleón. ¿Qué clase de raza tenían los
americanos como para devorarse unos a otros? ¿No era él mismo parte de aquella
raza?
El Libertador tuvo fiebre y esta se le hizo recurrente. Nunca podría curarse
del todo del enfriamiento cogido aquella noche. Pero su espíritu era
brutalmente fuerte, siempre vencía a su cuerpo y le insuflaba entusiasmo y
vigor. No se dejaba vencer, ni siquiera ahora que ya no estaba el héroe de
Pichincha, de Ayacucho y de tantas jornadas gloriosas. Trató de reponerse; en
una carta a Leandro Palacios le dice: «La opinión pública se ha pronunciado
abiertamente en mi favor en las tres secciones de Colombia. En el sur es
universal y sin oposición; en Venezuela combaten por mí en una manera heroica.
En la Nueva Granada la inmensa mayoría del pueblo, la Iglesia y sobre todo los
militares son afectos a mí».
Entonces, si con el asesinato de Sucre Bolívar había sufrido el más duro golpe
en sus afectos, el Congreso de Venezuela le dará el mayor golpe moral. Estando
el cubano Yáñez como presidente del Congreso revolucionario de Venezuela, tomó
contacto con el Gobierno colombiano para entrar en relaciones y transacciones,
pero poniendo énfasis en que Venezuela había visto en Bolívar el origen de
todos sus males, y que el riesgo se mantendría en la medida en que este
permaneciera en el territorio de Colombia.
El Libertador escribe entonces que «esos canallas del Congreso de Venezuela han
cometido, por miedo, la abominación de proscribirme». Desde octubre el médico
francés Alexandre Prosper Révérend se encarga de su salud y diagnostica catarro
pulmonar crónico, es decir, tuberculosis pulmonar. Pero aún en noviembre el
Libertador sigue más atormentado por la decisión del Congreso venezolano que
por su enfermedad, y escribe que «es el suceso que me ha afectado más en toda
mi vida».
La muerte del Libertador, Antonio Herrera Toro (1889). Óleo sobre tela.
Museo Bolivariano de Caracas, Venezuela.
Bolívar sufría también de dolores reumáticos, así que evitó el frío helado de
las alturas; tampoco toleraba el calor de las costas por aquello que él llamaba
«nervios» y que tenía que ver con la angustia propia de la tisis y de la
fiebre. Urdaneta y Manuelita estaban conspirando a su favor en Bogotá. Le
escribe al primero que «Los jóvenes demagogos van a imitar la conducta
sanguinaria de los godos o de los jacobinos para hacerse temer y seguir por
toda la canalla […] guerra a muerte será su grito, y, como nosotros hicimos con
los españoles, nos exterminarán».
Estatua de Simón Bolívar en su mausoleo de Caracas.
El
Libertador comía muy poco, dormía sólo tres horas al día y tenía fiebres altas.
El español don Joaquín de Mier ofreció su estancia de San Pedro Alejandrino en
el campo, cerca de Santa Marta, así que el 5 de diciembre el enfermo se
embarcó. Por aquellos días se sintió algo mejor y entonces su espíritu no lo
dejaba en paz, haciéndole dictar cartas y articular estrategias. Si se
escribiera una historia de las paradojas de la Historia, una de las primeras
sería sin duda la del Libertador de las colonias americanas de España,
agonizando en la estancia de uno de los pocos españoles que quedaron vivos en
América.
Révérend tuvo entonces la mala idea de administrarle cantáridas a Bolívar, ya
que «la materia morbífica por un movimiento metastático del pecho subía a la
cabeza». Los insectos, secos y molidos, fueron aplicados como emplastos
marrones sobre la nuca del Libertador. La idea era eliminar los líquidos
perniciosos de la bilis negra. El Libertador empeoró gravemente, y tenía tanta
fiebre que deliraba. Para distraerlo, llamaron a un grupo de música, aunque lo
más probable es que la petición naciera de los oficiales que jugaban a las
cartas y charlaban de política en la habitación contigua a la del enfermo.
Montilla llamó al obispo para que le diera los sacramentos a Bolívar. Le tocó
al obispo encontrarlo momentáneamente restablecido y despierto. El Libertador
se indignó, llamó a su sobrino Fernando y al marido de su sobrina que estaban
presentes. Él no podía creer que estuviese tan mal, consideraba inaudito morirse
por lo que él llamaba debilidad. Preguntó a sus familiares si pensaban que
merecía el auxilio de la religión y le dijeron que sí. Bolívar dejó la hamaca y
caminó sostenido por la fuerza de espíritu que lo había sostenido toda su vida.
Al fin el Libertador aceptó recibir la extremaunción por parte de un párroco
indio.
En su último mensaje, Bolívar deja su testamento político y su expresión más
autentica y sincera de su visión para América. El notario Catalino Noguera se
hizo cargo de su lectura ante los oficiales presentes:
Al
desaparecer del medio de vosotros, mi cariño me dice que debo hacer la
manifestación de mis últimos deseos. No aspiro a otra gloria que a la
consolidación de Colombia. Todos debéis trabajar por el bien inestimable de la
unión: los pueblos obedeciendo al actual Gobierno para libertarse de la
anarquía; los ministros dirigiendo sus oraciones al Cielo; y los militares
empleando su espada en defender las garantías sociales. Colombianos, mis
últimos votos son por la felicidad de la patria. Si mi muerte contribuye para
que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al
sepulcro.
En
ese momento, en cuanto el notario terminó de leer la última línea, Bolívar
arrancó su voz desde el fondo de sus entrañas: «Sí, al sepulcro…», dijo en
medio de las lágrimas de los hombres.
Retrato de Simón Bolívar en 1820.
La
fiebre siguió consumiendo al Libertador hasta ser incontrolable. En su último
delirio decía frases inconexas: «Vámonos, vámonos, esta gente no nos quiere en
esta tierra… vamos muchachos… lleven mi equipaje a bordo de la fragata». Lo
había alcanzado la muerte y él había alcanzado la gloria, una gloria que ya
nadie podía arrancarle. Fue héroe y tirano, libertador y opresor. De alguna
manera, la América española había dado a la luz al héroe más humano, al icono
más realista, al demócrata y al dictador, al genio político, al estratega y al
mismo tiempo, al autor de la dolorosa guerra civil que la emancipó de España.
Don Simón José Antonio de la Santísima Trinidad de Bolívar y Palacios Ponte y
Blanco, o El Libertador para la historia, falleció a los 47 años a la una de la
tarde del día 17 de diciembre de 1830.
·
BASADRE, Jorge.Historia de la República del Perú. Lima:
El Comercio, 2005.
·
BLANCO-FOMBONA, Rufino.Mocedades de Bolívar. Caracas:
Monte Ávila, 1987; El espíritu de Bolívar. Caracas: Ministerio de
Educación, 1970.
·
BOLÍVAR, Simón.Cartas del Libertador. Caracas: Fundación
John Boulton, 1959; Discusiones, proclamas y epistolario. Madrid:
Editora Nacional, 1981.
·
BONILLA, Heraclio y SPALDING, Karen.La Independencia en el
Perú: las palabras y los hechos. Lima: Instituto de Estudios Peruanos,
1971.
·
BULNES, Gonzalo.Bolívar en el Perú. Madrid: Editorial
América, 1919.
·
DEMADARIAGA, Salvador. Bolívar. Madrid: Lumen, 1951.
·
HISPANO, Cornelio.Colombia en la Guerra de Independencia.
Bogotá: Kelly, 1972; Historia secreta de Bolívar. París/Madrid:
Ediciones Literarias, 1924.
·
LECUNA, Vicente.La entrevista de Guayaquil. Caracas:
Fundación Vicente Lecuna, 1962; Prólogo. En: Bolívar y su época: cartas
y testimonios de extranjeros notables. 2 vols. Col. Historia, 11. Caracas:
Publicaciones de la Secretaría General de la X Conferencia Interamericana,
1953; Liberación del Perú, Campañas de Junín y Ayacucho. Caracas:
Litografía del Comercio, 1941.
·
LIÉVANOAGUIRRE, Indalecio. Bolívar. México D. F.:
EDIAPSA, 1956.
·
LYNCH, John.Simón Bolívar. Barcelona: Editorial Crítica,
2006.
·
O’ LEARY, Simón.Bolívar en el Perú. Caracas: Archivo
General de la Nación, 1971.
·
O’ LEARY, Daniel Florencio.Historia de la Independencia
americana. Madrid: Editorial América, 1919.
·
PERU DELACROIX, Luis. Diario de Bucaramanga. Lima:
Nuevo Mundo, 1965.
·
PONTE, Andrés.Bolívar y otros ensayos. Caracas: Cosmos,
1919.
·
RESTREPO, José Manuel.Historia de la Revolución de la
República de Colombia en la América meridional. Besanzon: Imprenta de José
Jacquin, 1858.
·
RIVASVICUÑA, Francisco. Las guerras de Bolívar.
Santiago de Chile: El Esfuerzo, 1940.
·
ROELPINEDA, Virgilio. Grandezas y miserias de la
Independencia. Lima: Editorial Alfa, 1977.
·
VARGASUGARTE, Rubén. Historia general del Perú.
Lima: Editorial Carlos Milla, 1966.

No hay comentarios:
Publicar un comentario