© Libro N° 6194.
Los Sonámbulos. Arthur Koestler. Emancipación. Julio 6 de 2019.
Título
original: © Los Sonámbulos. Arthur Koestler
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LOS SONÁMBULOS
Arthur Koestler
CONTENIDO
Prefacio
Introducción
Parte 1: La era heroica
Amanecer
La armonía de las esferas
La Tierra a la deriva
Pérdida de empuje
El divorcio de la realidad
Parte 2: Oscuro intermedio
El universo rectangular
El universo amurallado
El universo
Parte 3: El canónigo tímido
La vida de Copérnico
El sistema de Copérnico
Parte 4: La línea divisoria
El joven Kepler
El «Misterio Cósmico»
Trastornos del crecimiento
Tycho Brahe
Tycho Brahe y Kepler
Establecimiento de las leyes
El desánimo de Kepler
Kepler y Galileo
Caos y armonía
Cálculos para elegir esposa
Los últimos años
Parte 5: La encrucijada
El peso de la prueba
El juicio de Galileo
La síntesis newtoniana
Epílogo
Bibliografía
A la memoria de Mamaine
Prefacio
En el índice de las seiscientas y pico páginas de la versión
resumida del Estudio de la Historia de Arnold Toynbee, ni
siquiera aparecen los nombres de Copérnico, Galileo, Descartes y Newton[1]. Este ejemplo,
entre otros muchos, debería ser suficiente para señalar el abismo que continúa
separando a las humanidades de la filosofía de la naturaleza. Utilizo esta
expresión pasada de moda porque el término «ciencia», que ha venido a
reemplazarla en tiempos más recientes, no conlleva las mismas intensas y
universales asociaciones de ideas que comportaba la «filosofía natural» en el
siglo XVII, en los días en que Kepler escribió su Armonía del Mundo y
Galileo su Mensaje de las Estrellas. Esos hombres que crearon
la conmoción que hoy llamamos «revolución científica» le daban un nombre
completamente distinto: la «nueva filosofía». La revolución que sus
descubrimientos desencadenaron en la técnica fue una consecuencia inesperada;
su meta no era la conquista de la naturaleza, sino comprenderla. Sin embargo,
su búsqueda de las leyes del Cosmos destruyó la visión medieval del inmutable
orden jerárquico de un universo cerrado, con su escala invariable de valores
morales, y transformó tan completamente el paisaje, la sociedad, la cultura,
las costumbres y los puntos de vista generales europeos como si hubiese
aparecido una nueva especie en el planeta.
Esta mutación de la mente europea en el siglo XVII es
simplemente el último ejemplo de la repercusión de las «ciencias» sobre las
«humanidades», de la investigación acerca de la esencia de la naturaleza sobre
la investigación acerca de la esencia del hombre. También pone de manifiesto el
error de erigir barreras académicas y sociales entre las dos; un hecho que se
empieza a reconocer ahora, aproximadamente medio milenio después de que el
Renacimiento descubrió al uomo universale.
Otro resultado de esta fragmentación es la existencia de
historias de la ciencia que indican en qué fecha apareció por vez primera el
reloj mecánico o se descubrió la ley de la inercia, e historias de la
astronomía que informan de que Hiparco de Alejandría halló la precesión de los
equinoccios; pero, sorprendentemente, no conozco ninguna moderna historia de la
cosmología, ningún estudio integral de la cambiante visión que el hombre ha
tenido del Universo que lo engloba.
Esto explica la finalidad de este libro y lo que intenta evitar.
No es una historia de la astronomía, aunque la astronomía constituye una parte
fundamental de él, como algo necesario para proporcionar el enfoque adecuado;
y, aunque destinado al lector común, no es un libro de «ciencia popular», sino
una meditada exposición personal acerca de un tema controvertido. Se abre con
los babilonios y termina con Newton, porque continuamos viviendo todavía en un
Universo esencialmente newtoniano; la cosmología de Einstein se halla aún en
estado fluido, y es demasiado pronto para evaluar su influencia en la cultura.
Para mantener esta vasta temática dentro de unos límites razonables, sólo puedo
intentar una manera de perfilarla. Necesariamente, algunas partes de este libro
son esquemáticas y otras, detalladas, porque la selección del material y la
importancia que le he concedido las ha guiado mi interés en algunas cuestiones
específicas, que son los leitmotivs del libro y que voy a
enumerar brevemente aquí.
En primer lugar, están los hilos gemelos de ciencia y religión,
que empiezan con la indistinguible unidad del místico y el sabio en la orden
pitagórica, se separan y vuelven a unirse de nuevo, se enlazan a veces en nudos
inextricables, en otras ocasiones avanzan en direcciones paralelas, y terminan
en la culta y devastadora «casa dividida de la fe y la razón» de nuestros días,
donde, en ambos lados, los símbolos se han endurecido hasta convertirse en
dogmas y se ha perdido de vista la fuente común de la inspiración. Un estudio
de la evolución del conocimiento del Cosmos en el pasado puede ayudar a
descubrir si, por lo menos, es concebible un nuevo punto de partida, y a partir
de qué bases.
En segundo lugar, durante mucho tiempo me ha interesado el
proceso psicológico del descubrimiento[2] como la
más patente manifestación de la facultad creadora del hombre, y por ese proceso
inverso que le ciega con relación a verdades que, una vez percibidas por un
clarividente, se convierten en tan desgarradoramente obvias. Esa oscurecedora
cerrazón actúa no sólo en las mentes de las «masas ignorantes y
supersticiosas», como las llamó Galileo, sino que es evidente también, de
manera impresionante, en el propio Galileo y en otros genios como Aristóteles,
Tolomeo o Kepler. Parece como si, mientras una parte de su espíritu reclamase
más luz, otra parte estuviera anhelando mayor oscuridad. La historia de la
ciencia es un pariente recién llegado a la escena, y los biógrafos de sus
Cromwells y Napoleones se sienten todavía poco preocupados por su psicología; la
mayor parte de las veces sus héroes se representan de una manera que hace ya
mucho tiempo ha sido superada en otras ramas más maduras de la historiografía,
como máquinas de razonar subidas en austeros pedestales de mármol,
probablemente bajo la suposición de que en el caso de un filósofo de la
naturaleza, al revés de lo que ocurre con un hombre de estado o un
conquistador, el carácter y la personalidad son algo irrelevante. Sin embargo,
todos los sistemas cosmológicos, desde los pitagóricos hasta Copérnico,
Descartes y Eddington, reflejan los prejuicios inconscientes, las inclinaciones
filosóficas e incluso políticas de sus autores; y desde la física hasta la
fisiología, ninguna rama de la ciencia, antigua o moderna, puede vanagloriarse
de verse libre de inclinaciones metafísicas de uno u otro tipo. Por lo general
los progresos de la ciencia se consideran como una especie de avance claro y
racional a lo largo de una línea recta ascendente; de hecho, todos ellos han
seguido un curso en zigzag, más sorprendente a veces que la evolución del
pensamiento político. La historia de las teorías cósmicas, en particular, puede
ser considerada sin exageración, una historia de obsesiones colectivas y
esquizofrenias controladas; y el modo como se llegó a algunos de los más importantes
descubrimientos individuales recuerda más la actuación de un sonámbulo que la
de un cerebro electrónico.
Así pues, al apear a Copérnico y Galileo del pedestal en que los
ha situado la mitografía de la ciencia, no he tenido la intención de
desprestigiarlos, sino la de investigar la oscura forma en que actúa la mente
creativa. Pero no lo lamentaré si, como una consecuencia accidental, esta
investigación ayuda a contrarrestar la leyenda de que la ciencia es una
búsqueda puramente racional, que el científico es un hombre más «sensato» y
«desapasionado» que los demás (y, por tanto, hay que atribuirle un papel dirigente
en los asuntos del mundo), o que es capaz de proporcionar, a sí mismo y a sus
contemporáneos, un sustitutivo racional a las motivaciones éticas derivadas de
otras fuentes.vAnhelo hacer asequible al lector corriente un tema difícil, pero
espero que los estudiantes familiarizados con él hallen también en estas
páginas alguna información nueva. Esto se refiere principalmente a Johannes
Kepler, cuya obra, diarios y correspondencia no han sido asequibles hasta ahora
al lector anglosajón, y de quien no existe ningún biógrafo serio en inglés. Y,
sin embargo, Kepler es uno de los pocos genios que permiten seguir, paso a
paso, el tortuoso sendero que le condujo a sus descubrimientos, y conseguir así
un atisbo realmente profundo, como en un filme a cámara lenta, del acto
creador. En consecuencia, ocupa una posición clave en mi exposición.
También la magnum opus de Copérnico, Sobre las
revoluciones de las esferas celestes, hasta 1952 no se tradujo al
inglés, lo cual explica quizá algunos curiosos malentendidos acerca de su obra,
compartidos virtualmente por todos cuantos han escrito sobre dicho tema, y que
he intentado rectificar.
Ruego al lector que posea educación científica que prescinda de las
explicaciones que pueden parecer un insulto a su inteligencia. Esta situación
no puede evitarse mientras en nuestro sistema educativo se mantenga el estado
de guerra fría entre ciencias y humanidades.
El libro Orígenes de la ciencia moderna, del profesor Herbert
Butterfield, publicado por vez primera en 1949, constituyó un paso
significativo hacia el término de esta guerra fría. Aparte la profundidad del
trabajo y la excelencia per se, me impresionó mucho el hecho
de que un profesor de historia moderna de la Universidad de Cambridge se
aventurara de ese modo en la ciencia medieval y emprendiera la tarea de erigir
un puente sobre el abismo. Quizá esta era de especialistas necesite
transgresores de la rutina con capacidad creadora. Esa convicción compartida me
llevó a pedirle al profesor Butterfield el favor de que redactara una corta
introducción para esta otra aventura transgresora.
Doy mis más sinceras gracias al profesor Max Caspar de Munich, y
al Bibliotheksrat doctor Franz Hammer de Stuttgart, por su
ayuda y consejos sobre Johannes Kepler; a la doctora Marjorie Grene, por su
ayuda en las fuentes latinas medievales y otros varios problemas; al profesor
Zdenek Kopal de la Universidad de Manchester, por su lectura crítica del
original; al profesor Alexandre Koyré, de la École des Hautes Études de la
Sorbona, y al profesor Ernst Zinner, de Bamberg, por la información reseñada en
las notas; al profesor Michael Polanyi, por su interés, su buena disposición y
sus ánimos; y, finalmente, a la señorita Cynthia Jefferies, por su paciente
trabajo en el original mecanografiado y las galeradas.
Introducción
Nadie que simplemente mida con una regla puede presentar de
manera adecuada ningún campo del pensamiento. Muchas partes de la historia son
susceptibles de verse transformadas —o, si no transformadas, enormemente
vivificadas— por alguien con imaginación que proceda, barriendo como un faro,
de fuera de la propia profesión de historiador. Entonces, nuevas aplicaciones
de las pruebas o inesperadas correlaciones entre las fuentes confirman las
antiguas corazonadas. Surgen nuevas materias debido a que los acontecimientos
quedan unidos entre sí, lo cual no ocurre si se contemplan yuxtapuestos.
Gracias al distinto giro que toma el razonamiento, se deducen nuevos detalles y
otros se ponen de manifiesto.
Descubrimos constantemente que hemos estado leyendo demasiada
modernidad en un hombre como Copérnico, o bien simplemente hemos estado
seleccionando de Kepler (y despojando de su contexto) algunas afirmaciones que
poseen un eco moderno; o, de manera similar, hemos sido anacrónicos en nuestra
consideración de la mente y vida de Galileo. El autor de este libro lleva su
proceso más allá, recoge muchos cabos sueltos y proporciona a todo el tema
cierto número de inesperadas ramificaciones. Con su observación no sólo de los
logros científicos sino también de los métodos de trabajo que se ocultan tras
ellos, y de una apreciable cantidad de correspondencia privada, ha arrojado
nueva luz a una serie de grandes pensadores, los ha devuelto a su
correspondiente era, sin por ello hacerles perder su significado, no nos ha
dejado con anomalías y fragmentos de pensamiento anticuado sino que ha trazado
una unidad, ha recuperado su consistencia y nos ha mostrado la plausibilidad y
la coherencia de la mente que se oculta tras ellos.
Es particularmente útil a los lectores de habla inglesa que
Koestler se haya centrado en algunos aspectos de la historia que se habían
dejado de lado y haya prestado gran atención a Kepler, el que más exposición
requería y reclamaba mayor imaginación histórica. No se debe juzgar la historia
mediante negativas; y quienes puedan diferir de Koestler respecto a parte del
andamiaje externo de sus ideas o no estén de acuerdo con algunos detalles,
difícilmente podrán dejar de captar por ello la luz que no sólo modifica y da
vida a la imagen sino que conlleva nuevos hechos, o hace que los antiguos
aparezcan ante nuestros ojos.
Resultará sorprendente si incluso aquellos que están
familiarizados con este tema no tienen a menudo la impresión de hallarse bajo
un aguacero en que cada gota de lluvia ha atrapado un destello en su interior.
Herbert Butterfield
Primera Parte
La Era Heroica
Contenido:
§1. Despertar
§2. Fiebre jónica
§1. Despertar
Podemos sumar cosas a nuestros conocimientos, pero no restarlas.
Cuando intento ver el Universo tal como lo veía un babilonio en el año 3000 a.
C. tengo que retroceder hasta mi propia infancia. A la edad de cuatro años,
aproximadamente, tenía lo que consideraba una idea satisfactoria de Dios y del
mundo. Recuerdo cierta ocasión en que mi padre me señaló con su dedo el blanco
techo, que estaba decorado con un friso de figuras danzantes, y me explicó que
Dios estaba allá arriba, observándome. De Inmediato quedé convencido de que los
danzarines eran Dios, y a partir de entonces les dirigí mis plegarias, en que
les pedía su protección contra los terrores del día y los de la noche. Me gusta
imaginar que, más o menos del mismo modo, las figuras luminosas del oscuro
techo del mundo aparecían como divinidades vivientes a los babilonios y
egipcios. Los Gemelos, la Osa, la Serpiente eran tan familiares para ellos como
para mí los danzarines con sus flautas; pensaban que no estaban demasiado lejos
y que poseían el poder de la vida y de la muerte, de la lluvia y de las
cosechas.
El mundo de los babilonios, egipcios y hebreos era una ostra, con agua por
debajo y más agua por encima, sostenida por el sólido firmamento. De
dimensiones moderadas y tan firmemente cerrada por todos lados como una cuna en
la guardería o un niño en el seno materno. La ostra babilónica era redonda; la
llena, una montaña hueca situada en el centro, que flotaba en las aguas de las
profundidades; sobre ella había un sólido domo, cubierto por las aguas
superiores. Las aguas superiores rezumaban a través del domo en forma de
lluvia, y las aguas inferiores brotaban en forma de fuentes y manantiales. El
Sol, la Luna y las estrellas avanzaban en una lenta danza cruzando el domo,
entraban en escena por las puertas del este y desaparecían por otras puertas,
las del oeste.
El universo de los egipcios consistía en una ostra o caja más
rectangular; la Tierra formaba el suelo, el cielo era una vaca cuyas patas
descansaban en las cuatro esquinas de la Tierra o bien una mujer apoyada sobre
codos y rodillas; más tarde, una abovedada tapa de metal. En torno a las
paredes internas de la caja, en una especie de galería elevada, fluía un río
por el que navegaban en sus barcos los dioses Sol y Luna, que entraban y
desaparecían por distintas puertas. Las estrellas fijas eran lámparas, suspendidas
de la bóveda o llevadas por otros dioses. Los planetas navegaban en sus propios
barcos a lo largo de canales que tenían su origen en la Vía Láctea, el gemelo
celeste del Nilo. Hacia el quince de cada mes, una feroz cerda atacaba el dios
Luna y lo devoraba en el transcurso de una quincena de agonía; luego renacía de
nuevo. A veces la cerda lo engullía de golpe y causaba un eclipse lunar; otras,
una serpiente engullía al Sol y producía un eclipse solar. Pero esas tragedias
eran, como las de los sueños, tanto reales como ficticias; dentro de su caja o
seno materno, el durmiente se sentía completamente seguro.
Esta sensación de seguridad derivaba del descubrimiento que, a pesar de las
tumultuosas vidas privadas de los dioses Sol y Luna, sus apariciones y
movimientos continuaban siendo completamente predecibles y de confianza.
Conllevaban el día y la noche, las estaciones y la lluvia, las cosechas y el
tiempo de la siembra en ciclos regulares. La madre que se inclina sobre la cuna
es una diosa impredecible, pero puede confiarse en que su pecho nutricio
aparecerá en el momento en que se necesite. Cabe que la mente soñadora parta
hacia locas aventuras, que viaje por el Olimpo y el Tártaro, pero el pulso del
que sueña posee un latir regular en que puede confiarse. Los babilonios fueron
los primeros en aprender a contar el pulso de las estrellas.
Hace unos seis mil años, cuando la mente humana se hallaba aún medio dormida,
los sacerdotes caldeos permanecían despiertos en sus torres de vigilancia,
donde observaban las estrellas, trazaban mapas y tablas horarias de sus
movimientos. Tabletas de arcilla que datan del reinado de Sargón de Acad, allá
por el año 3800 a. C., muestran una tradición astronómica establecida ya de
tiempo atrás[3]. Las tablas
horarias se convirtieron en calendarios que regulaban la actividad organizada,
desde el crecimiento de las cosechas hasta las ceremonias religiosas. Sus
observaciones resultaron muy precisas: calcularon la longitud del año con una
desviación de menos de una milésima por ciento de su valor correcto[4], y sus cifras
relativas a los movimientos del Sol y de la Luna poseen sólo tres veces el
margen de error de las de los astrónomos del siglo XIX, que disponen de
gigantescos telescopios[5]. A este
respecto, su ciencia era exacta; sus observaciones, al ser verificables, les
permitían efectuar predicciones precisas de acontecimientos astronómicos;
aunque basada en suposiciones mitológicas, la teoría «funcionaba». Así, en el
inicio mismo de ese largo viaje, la ciencia emerge en forma de Jano, el dios de
doble rostro, guardián de las puertas: el rostro delantero se muestra alerta y
observador, mientras que el otro, soñador y de ojos vidriosos, mira en
dirección opuesta.
Los objetos más fascinantes del cielo —desde ambos puntos de vista— eran los
planetas, o estrellas errabundas. Sólo había siete entre los miles de luces
suspendidas del firmamento. Eran el Sol, la Luna, Nebo —Mercurio—, Istar
—Venus—, Nergal —Marte—, Marduk —Júpiter— y Ninib —Saturno—. Todas las demás
estrellas permanecían estacionarias, fijas en el esquema del firmamento,
giraban una vez al día en torno a la montaña de la Tierra paro sin cambiar
nunca sus lugares en el esquema. Las siete estrellas errabundas rotaban con
ellas, pero al mismo tiempo poseían movimiento propio, como moscas correteando
sobre la superficie de un globo que gira. Sin embargo, no se desplazaban por
todo el cielo: sus movimientos estaban confinados a un estrecho sendero, o
cinturón, que rodeaba el firmamento en un ángulo de unos veintitrés grados con
respecto al ecuador. Este cinturón —El Zodíaco— se hallaba dividido en doce
secciones, y cada sección denominaba según una constelación de estrellas fijas
de las inmediaciones. El Zodíaco era el sendero de los amantes en el cielo y
por donde circulaban los planetas. El paso de un planeta por una de las
secciones poseía doble significado: proporcionaba cifras para las tablas
horarias del observador y mensajes simbólicos del drama mitológico que se
representaba entre bastidores. Astrología y astronomía continúan siendo hoy día
campos de visión complementarios de la sabiduría de Jano.
§2. Fiebre jónica
Grecia tomó el relevo en el punto donde abandonaron Babilonia y Egipto. Al
principio, la cosmología griega avanzó, en gran parte, siguiendo las mismas
líneas: el mundo de Homero también es una ostra, pero más coloreada, un disco
flotante rodeado por el Océano. Peto en la época en que se estableció la
versión definitiva de los textos de la Odisea y la Ilíada se inició un nuevo
desarrollo en Jonia, en la costa egea. El siglo VI precristiano —la maravillosa
centuria de Buda, Confucio y Lao-Tsé, de los filósofos jónicos y de Pitágoras—
fue un punto crucial para la especie humana. Una brisa de marzo pareció soplar
en este planeta, desde China hasta Samos, y movió al hombre a que tomara
conciencia de sí mismo como el soplo en el rostro de Adán. En la escuela jónica
de filosofía, el pensamiento racional empezaba a emerger del mitológico mundo
de los sueños. Era el principio de la gran aventura: la búsqueda prometeica de
explicaciones naturales y causas racionales que, en los siguientes dos mil
años, transformaría más radicalmente la especie que lo habían hecho los
anteriores doscientos mil años.
Tales de Mileto, que introdujo la geometría pura en Grecia y predijo un eclipse
de Sol, creía, como Homero, que la Tierra era un disco circular que flotaba en
el agua, pero no se detuvo aquí: descartó las explicaciones de la mitología,
formuló la revolucionaria pregunta de cuál era la materia prima fundamental del
Universo y mediante qué proceso de la naturaleza se había formado. Su respuesta
fue que la materia o elemento fundamental tenía que ser el agua, porque todas
las cosas nacen de la humedad, incluido el aire, que es agua evaporada. Otros
enseñaban que la materia prima no era el agua, sino el aire o el fuego; sin
embargo, sus respuestas eran menos importantes que el hecho de que estaban
aprendiendo a plantear un nuevo tipo de preguntas, no dirigidas a un oráculo
sino a la reticente naturaleza. Se trataba de un juego estimulante en grado
sumo; para apreciarlo, hay que remontarse al pasado por un particular sendero
temporal, hasta las fantasías de la preadolescencia, cuando el cerebro,
embriagado por sus recién descubiertos poderes, deja que la reflexión corra
libremente. «El caso —cuenta Platón— es que Tales, cuando estaba contemplando
las estrellas y mirando hacia arriba, cayó a un pozo, y tuvo que ser rescatado
(o así se dice) por una hábil y encantadora sirvienta de Tracia, porque estaba
ansioso por saber lo que ocurría en los cielos, pero no se dio cuenta de lo que
había frente a él, es decir, ante sus mismos pies.»[6]
El segundo de los filósofos jónicos, Anaximandro, muestra todos los síntomas de
la fiebre intelectual que se difundió por Grecia entera. Su universo ya no es
una caja cerrada, sino infinito en cuanto a extensión y duración. La materia
prima no es ninguna de las formas familiares de la materia, sino una sustancia
sin propiedades definidas excepto el ser indestructible y eterna. De ella se
desarrollan todas las cosas y a ella vuelven; antes de nuestro mundo han
existido infinidad de universos, que después se han disuelto en la masa amorfa.
La Tierra es una columna cilíndrica, rodeada de aire; flota en sentido vertical
en el centro del Universo sin apoyarse en nada, pero no cae debido a que,
siendo el centro, no tiene ninguna dirección preferida hacia la cual dirigirse;
si lo hiciera, alteraría la simetría y el equilibrio del conjunto. Los cielos
esféricos envuelven la atmósfera «como la corteza de un árbol», y hay varias
capas de esa envoltura para acomodar a los distintos objetos estelares. Pero
ésos no son lo que parecen, ni tampoco «objetos» en absoluto. El Sol es
simplemente un agujero en el aro de una enorme rueda. El aro está lleno de
fuego, y el agujero gira en torno de la Tierra al mismo tiempo que él, como un
pinchazo en un gigantesco neumático lleno de llamas. Para la Luna da una
explicación similar; sus fases se deben a las recurrentes retenciones parciales
del pinchazo, y lo mismo puede decirse de los eclipses. Las estrellas son
alfilerazos en una tela oscura a través de la cual entrevemos el fuego cósmico
que llena el espacio entre dos capas de la «corteza».
No resulta fácil ver cómo funciona ese conjunto, pero constituye la primera
aproximación a un modelo mecánico del Universo. El barco del dios Sol ha sido
reemplazado por las ruedas de un mecanismo de relojería. La maquinaria, sin
embargo, parece soñada por un pintor surrealista; las ruedas ígneas llenas de
pinchazos están, evidentemente, más cerca de Picasso que de Newton. A medida
que avancemos por las otras cosmologías, recibiremos esa misma impresión una y
otra vez.
El sistema de Anaxímenes, compañero de Anaximandro, es menos inspirado: Pero,
según parece alumbró la importante idea de que las estrellas se hallan clavadas
«como clavos» en una esfera transparente de materia cristalina, que gira
alrededor de la Tierra «como un sombrero en torno de la cabeza». Parecía tan
plausible y convincente, que las esferas cristalinas dominaron la cosmología
hasta los inicios de la época moderna.
La cuna de los filósofos jónicos era Mileto, en el Asia Menor, pero existían
escuelas rivales en las ciudades griegas del sur de Italia, y teorías
discrepantes en cada una de ellas. El fundador de la escuela eleática fue
Jenófanes de Colofón, escéptico que escribió poesía a la edad de noventa y dos
años, y parece como si hubiera servido de modelo al autor del Eclesiastés:
«De la tierra son todas las cosas y a la tierra regresan todas
las cosas. De la tierra y el agua venimos todos nosotros… Ningún hombre sabe
realmente, ni debe saber realmente, lo que dice acerca de los dioses y acerca
de todas las cosas; porque, por muy perfectos que diga que son, sin embargo no
los conoce; todas las cosas son un asunto opinable… Los hombres imaginan que
los dioses nacen y que llevan ropas y tienen voces y formas como las de ellos…
Así, los dioses de los etíopes son negros y con la nariz aplastada, los dioses
de los tracios tienen el pelo rojo y los ojos azules… Así, si los bueyes y
caballos y leones tuvieran manos, y pudieran modelar con sus manos imágenes del
mismo modo que lo hacen los hombres, los caballos modelarían a sus dioses como caballos,
y los bueyes como bueyes… Homero y Hesíodo han atribuido a los dioses todas las
cosas que son una vergüenza y una desgracia entre los hombres: robo, adulterio,
engaño y otros actos fuera de la ley…»
Y esto:
«Hay un solo Dios… ni en forma ni en pensamiento parecido a los
mortales… Mora siempre inmóvil en el mismo lugar… y sin esfuerzo gobierna todas
las cosas por la fuerza de su mente…»[7]
Los jónicos eran optimistas, hedonísticamente materialistas;
Jenófanes era panteísta del tipo triste, para quien todo cambio era ilusión y
todo esfuerzo vanidad. Su cosmología, radicalmente distinta de la de los
jónicos, refleja su temperamento filosófico. Su Tierra no es un disco flotante
ni una columna, sino que está «arraigada en el infinito». El Sol y las
estrellas no tienen ni sustancia ni permanencia, son simplemente exhalaciones
nubosas de la Tierra que se han incendiado. Las estrellas se consumen al
amanecer, y al anochecer se forma un nuevo conjunto de estrellas a partir de
nuevas exhalaciones. Del mismo modo, todas las mañanas nace un nuevo Sol de la
acumulación de chispas. La Luna es una nube luminosa comprimida, que se
disuelve al cabo de un mes; luego empieza a configurarse una nueva nube. Hay
distintos soles y lunas para las diferentes regiones, de la Tierra, todos ellos
ilusiones nubosas.
Las primitivas teorías racionales del Universo revelaban de este modo las
inclinaciones y temperamento de sus creadores. Se admite, por lo general, que,
con el progreso del método científico, las teorías se volvieron más objetivas y
fidedignas. Más adelante veremos si esa suposición está justificada. Pero à
proposde Jenófanes podemos señalar que, dos mil años más tarde, Galileo
insistiría también en considerar los cometas como ilusiones atmosféricas, por
razones puramente personales y contra la prueba irrefutable de su telescopio.
Ni la cosmología de Anaxágoras ni la de Jenófanes consiguieron muchos
seguidores. Cada filósofo de aquella época parecía poseer su propia teoría
respecto a la naturaleza del universo que lo rodeaba. Citando al profesor
Burnet, «apenas un filósofo jónico aprendía media docena de proposiciones
geométricas y oía que los fenómenos celestes se producían en ciclos
recurrentes, se ponía a trabajar en busca de una ley en cualquier parte de la
naturaleza con el fin de construir con la máxima audacia un sistema para el
Universo».[8] Pero sus
distintas especulaciones tenían un rasgo en común: que se habían descartado las
serpientes devoradoras del Sol y los moradores del Olimpo tirando de sus hilos;
cada teoría, por sorprendente y extraña que fuese, se basaba en causas naturales.
El escenario del siglo VI a. C. recuerda la imagen de una orquesta afinando
expectante, con cada músico absorto exclusivamente en su propio instrumento,
sordo a las estridencias de los demás. De pronto se produce un espectacular
silencio; el director entra en el escenario, golpea tres veces con su batuta, y
del caos emerge la armonía. El maestro es Pitágoras de Samos, cuya influencia
en las ideas y, en consecuencia, en el destino de la raza humana, fue
probablemente mayor que la de cualquier otro hombre anterior o posterior a él.
Capítulo 2
La armonía de las esferas
Contenido:
§1. Pitágoras de Samos
§2. La visión unificadora
§3. «La suave quietud de la noche»
§4. Religión y ciencia se encuentran
§5. Tragedia y grandeza de los pitagóricos
§1. Pitágoras de Samos
Pitágoras nació en los primeros decenios de esa formidable centuria del
despertar, el siglo vi a. C.; y cabe que lo viera transcurrir entero, puesto
que vivió, por lo menos, ochenta —y posiblemente noventa— años. En esa larga
vida acumuló, en palabras de Empédocles, «todas las cosas que se hallan
contenidas en diez, incluso veinte, generaciones de hombres».
Resulta imposible decidir si cada uno de los detalles del universo pitagórico
es obra del maestro o lo realizó alguno de sus discípulos, observación que
puede aplicarse también a Leonardo o a Miguel Ángel. Pero no existe la menor
duda de que los rasgos fundamentales los concibió una sola mente; de que
Pitágoras de Samos fue a la vez el fundador de una nueva doctrina religiosa y
el instaurador de la ciencia tal como la entiende hoy día el mundo.
Parece razonablemente establecido que era hijo de un platero y tallador de
piedras preciosas llamado Mnesarco; que fue discípulo de Anaximandro el ateo,
pero también de Ferécides, el místico que enseñaba la transmigración de las
almas. Debió de viajar ampliamente por el Asia Menor y Egipto, como hacían
muchos ciudadanos cultos de las islas griegas; se dice que Polícrates, el
emprendedor autócrata de Samos, le encargó misiones diplomáticas. Polícrates
fue un tirano ilustrado que favoreció el comercio, la piratería, la ingeniería
y las bellas artes; el mejor poeta de la época, Anacreonte, y el mayor
ingeniero, Eupalino de Megaia, vivieron en su corte. Según un relato de
Heródoto, se volvió tan poderoso que, para aplacar los celos de los dioses,
arrojó su más precioso anillo de sello a las aguas profundas. Unos día más
tarde, su cocinero abrió un gran pez, recién pescado, y encontró el anillo en
su estómago. El predestinado Polícrates tardó en caer en una trampa preparada
por un oscuro gobernante persa y fue crucificado. Pero, por aquel entonces,
Pitágoras, con su familia, había emigrado de Samos, y en el año 530 a. C.,
aproximadamente, se había establecido en Crotona, que, junto con su rival Síbaris,
era la más grande ciudad griega del sur de Italia. La reputación que le
precedía debió de ser enorme, puesto que la orden pitagórica que fundó a su
llegada pronto gobernó la ciudad, y durante un tiempo mantuvo la supremacía
sobre considerable parte de la Magna Grecia. Pero su poder secular tuvo corta
duración; a Pitágoras, al final de su existencia, lo expulsaron de Crotona a
Metaponto; sus discípulos fueron desterrados o pasados por las armas e
incendiados sus lugares de reunión.
Éste es el reducido conjunto de hechos, más o menos establecidos, en torno al
cual empezó a desarrollarse la hiedra de la leyenda, incluso en vida del
maestro. Pronto alcanzó una condición semidivina; según Aristóteles, los
crotoniatas creían que era hijo de Apolo Hiperbóreo, y un dicho afirmaba que
«entre las criaturas racionales hay dioses y hombres y seres como Pitágoras».
Obró milagros, conversó con demonios de los cielos, descendió al Hades y poseyó
tal poder sobre los hombres que, tras su primer sermón a los crotoniatas, seiscientos
se unieron a la vida en común de la orden sin ni siquiera pasar antes por sus
casas a despedirse de sus familias. Su autoridad entre sus discípulos era
absoluta: «lo ha dicho el maestro», era su ley.
§2. La visión unificadora
Los mitos crecen como los cristales, según su propio esquema repetido; pero
tienen que poseer el adecuado núcleo para iniciar su crecimiento. Ni los
mediocres ni los extravagantes poseen el poder de generar mitos; pueden crear
una moda, pero pronto desaparecerá. En cambio, la visión pitagórica del mundo
fue tan duradera que aún empapa nuestro pensamiento, incluso nuestro
vocabulario. El mismo término «filosofía» es de origen pitagórico; también lo
es «armonía» en su sentido más amplio; y cuando llamamos a los números «cifras»,
hablamos con la jerga de la orden.[9]
La esencia y el poder de esa visión residen en su carácter global y unificador;
une religión y ciencia, matemáticas y música, medicina y cosmología, cuerpo,
mente y espíritu, en una inspirada y luminosa síntesis. En la filosofía
pitagórica se interrelacionan entre sí todas las partes componentes; presenta
una superficie homogénea, como una esfera, de modo que resulta difícil decidir
por qué lado penetrar en ella. Pero el más sencillo de los enfoques es mediante
la música. El descubrimiento pitagórico de que la altura de una nota depende de
la longitud de la cuerda que la produce y de que los intervalos concordantes en
la escala obedecen a simples relaciones numéricas (2:1, octava; 3:2, quinta;
4:3, cuarta, etc.) marcó época: fue la primera reducción con éxito de calidad a
cantidad, el primer paso hacia cuantificar la experiencia humana y, en
consecuencia, el inicio de la ciencia.
Pero aquí hay que hacer una importante distinción. El siglo XX europeo
contempla con justificados recelos la «reducción» del mundo que lo rodea, de
sus experiencias y emociones, a un conjunto de fórmulas abstractas,
desprovistas de color, calor, significado y valor. Para los pitagóricos, en
cambio, la cuantificación de la experiencia no significaba un empobrecimiento
sino un enriquecimiento. Los números eran, para ellos, tan sagrados como la más
pura de las ideas, incorpóreos y etéreos; en consecuencia, la unión de la
música con los números sólo podía ennoblecerla. El adepto canalizaba el ekstasis religioso
y emocional derivado de la música hacia el ekstasis intelectual,
la contemplación de la divina danza de los números. Así, las vulgares cuerdas
de la lira adquieren una importancia subordinada; pueden construirse de
distintos materiales, con variados gruesos y longitudes, siempre que se
observen las proporciones: lo que produce la música son las relaciones, los
números, el esquema de la escala. Los números son eternos, mientras que todo lo
demás es perecedero; no pertenecen a la naturaleza de la materia, sino a la de
la mente; permiten operaciones mentales del tipo más sorprendente y delicioso
sin referencia alguna al tosco mundo extremo de los sentidos, y así es como se
supone debe funcionar la mente divina. La contemplación extática de las formas
geométricas y las leyes matemáticas es, pues, el medio más efectivo de purgar
el alma de las pasiones terrenas y el principal vínculo entre el hombre y la
divinidad.
Los filósofos jónicos habían sido materialistas en el sentido de que sus
investigaciones giraban en torno a la materia de que estaba hecho el Universo;
los pitagóricos hacían hincapié en la forma, las proporciones y el esquema; en
el eidos y el schema; en la relación, no en lo
relacionado. Pitágoras es a Tales lo que la filosofía Gestalt al materialismo
en el siglo XIX. El péndulo ha empezado a oscilar; su tictac se oirá a lo largo
de toda la historia, mientras su pesa se mueve entre las posiciones extremas de
«todo es cuerpo», «todo es mente»; mientras la atención pasa de «sustancia» a
«forma», de «estructura» a «función», de «átomos» a «esquemas», de
«corpúsculos» a «ondas», y recomienza.
La línea que une la música con los números se convirtió en el eje del sistema
pitagórico. Este eje se extendió posteriormente en ambas direcciones: hacia las
estrellas, por un lado; hacia el cuerpo y el alma humanos, por el otro. El
punto de apoyo sobre el que giraba el eje y el sistema en sí estaba formado por
los conceptos básicos de armonía: armonía, y katharsis: purga,
purificación.
Los pitagóricos eran, entre otros cometidos, sanadores; se dice que «utilizaban
medicinas para purgar el cuerpo, y música para purgar el alma»[10]. De hecho,
una de las más antiguas formas de psicoterapia consiste en inducir al paciente,
con una alocada música de flauta o tambores, a bailar frenéticamente hasta
alcanzar el agotamiento y el sueño curativo, muy parecido al trance: la versión
ancestral del tratamiento de choque y la terapia de abreacción.
Pero esas medidas violentas eran necesarias tan sólo cuando las cuerdas del
alma del paciente estaban desentonadas: demasiado tensas o excesivamente
flojas. Hay que tomar esto al pie de la letra, puesto que los pitagóricos
consideraban el cuerpo como una especie de instrumento musical en que cada
cuerda tenía que poseer la tensión y el equilibrio correctos entre opuestos
tales como «alto» y «bajo», «caliente» y «frío», «húmedo» y «seco». Las
metáforas tomadas de la música que aún se aplican en medicina: «tono»,
«tónico», «bien templado», «templanza», forman también parte de nuestra
herencia pitagórica.
Sin embargo, el concepto de armonía no tenía en absoluto el
mismo sentido que damos hoy a la «armonía». No se trata del placentero efecto
de una serie de cuerdas sonando concordable y simultáneamente —la «armonía», en
este sentido, estaba ausente de la música clásica griega—, sino de algo más
austero: la armonía es simplemente el afinado de las cuerdas a
los distintos intervalos de la escala y al esquema de ésta. Significa que el
equilibrio y el orden, no el placer, constituyen la ley del mundo.
La dulzura no entra en el universo pitagórico, que, sin embargo, contiene uno
de los tónicos más poderosos jamás administrados al cerebro humano. Un dogma de
los pitagóricos afirma que «la filosofía es la más alta de las músicas», y que
la forma más alta de filosofía se refiere a los números: porque, en definitiva,
«todas las cosas son números». El significado de esta frase, citada muy a
menudo, se puede enunciar también de este modo: «todas las cosas tienen forma,
todas las cosas son formas; y todas las formas pueden ser
definidas por números.» Así, la forma del cuadrado corresponde «al cuadrado de
un número», es decir, 16 = 4 + 4, mientras que 12 es un número apaisado, y 6 un
número triangular:
Los pitagóricos consideraban los números como esquemas de puntos
que forman figuras características, como en las caras de un dado; y aunque
utilizamos símbolos arábigos, que no tienen ningún parecido con esos esquemas
de puntos, en los países anglosajones aún se llama a los números «figures», es
decir, figuras, formas.
Se descubrió que existían inesperadas y maravillosas relaciones entre esos
números-figuras. Por ejemplo, la serie de los «cuadrados de un número» estaba
formada simplemente por la suma de sucesivos números impares:[i]
y así sucesivamente.
La suma de números pares formaba «números apaisados», donde la
relación entre los lados representaba exactamente los intervalos concordantes
de la octava musical: 2 (2:1, octava) + 4 = 6 (3:2, quinta) + 6 = 12 (4:3,
cuarta).
De modo similar se obtenían los números «cúbicos» y los
«piramidales». Mnesarco había sido tallador de gemas, de modo que, en su
juventud, Pitágoras se había familiarizado con los cristales cuyas formas
imitaban las de los números-figuras puros: cuarzo, la pirámide y la doble
pirámide; berilo, el hexágono; granate, el dodecaedro. Todo eso demostraba que
se podía reducir la realidad a series de números y relaciones de números si se
conocían las reglas del juego. Descubrir esas reglas era la tarea principal del philosophos, el
amante de la sabiduría.
Un ejemplo de la magia de los números es el famoso teorema por el cual es hoy
harto conocido Pitágoras, el pico visible del iceberg sumergido[11]. No hay
ninguna relación obvia entre las longitudes de los lados de un triángulo
rectángulo; pero si se construye un cuadrado sobre cada lado, el resultado de
la suma de las áreas de los dos cuadrados más pequeños es exactamente igual que
el área del mayor. Si era posible descubrir por la contemplación de los
números-figuras unas leyes tan maravillosamente ordenadas, ocultas hasta
entonces al ojo humano, ¿no era legítimo esperar que pronto se podrían revelar
mediante ellos todos los secretos del Universo? Los números no habían sido
arrojados al azar al mundo; se alineaban en equilibrados esquemas, como las
figuras de los cristales y los intervalos concordantes de la escala, de acuerdo
con las leyes universales de la armonía.
§3. «La suave quietud de la noche»
Extendida a las estrellas, la doctrina tomó la forma de la «armonía de las
esferas». Los filósofos jónicos habían empezado a abrir la ostra cósmica y a
lanzar a la Tierra a la deriva; en el universo de Anaximandro, el disco de la
Tierra ya no flota en el agua sino que permanece en el centro, sin nada que lo
sostenga y rodeado de aire. En el universo pitagórico, el disco se convierte en
una esfera[12]. El Sol, la
Luna y los planetas giran en torno de ella en círculos concéntricos, unido cada
uno a una esfera o rueda. La rápida revolución de cada uno de esos cuerpos
causa un silbido, o zumbido musical, en el aire. Evidentemente, cada planeta
zumba en distinto tono, que depende de la relación entre sus respectivas
órbitas, del mismo modo que la altura de una cuerda depende de su longitud. De
este modo, el conjunto de las órbitas en que se mueven los planetas constituye
una especie de enorme lira de cuerdas curvadas que forman círculos. Parecía
también evidente que los intervalos entre los acordes orbitales tenían que
estar gobernados por las leyes de la armonía. Según Plinio[13], Pitágoras
creía que el intervalo musical existente entre la Tierra y la Luna era de un
tono; de la Luna a Mercurio, un semitono; de Mercurio a Venus, un semitono; de
Venus al Sol, una tercera menor; del Sol a Marte, un tono; de Marte a Júpiter,
un semitono; de Júpiter a Saturno, un semitono; de Saturno a la esfera de las
estrellas fijas, una tercera menor. La «escala pitagórica» resultante es, pues,
Do, Re, Mi bemol, Sol, La, Si bemol, Si, Re, aunque varía ligeramente la
relación de dicha escala dada por distintos autores. Según la tradición, tan
sólo el maestro poseía el don de escuchar realmente la música de las esferas.
Los mortales corrientes carecen de este don, ya sea porque desde el momento de
su nacimiento se hallan bañados, inconsciente pero constantemente, por este
zumbido celestial, ya sea —como explica Lorenzo a Jessica en El
mercader de Venecia— porque están constituidos demasiado groseramente.
… La suave quietud y la noche
Son las cuerdas de la dulce armonía
Contempla cómo la superficie de los cielos
tachonada está con patenas de reluciente oro;
No hay ni el más pequeño orbe que contemples
que en su movimiento como un ángel no cante…
Tal armonía reside en las almas inmortales;
pero, en tanto esa pobre vestidura de barro
las envuelva, no podremos oírla.[14]
El sueño pitagórico de la
armonía musical que gobierna las estrellas no ha perdido nunca su misterioso
atractivo, su poder de recurrir a respuestas surgidas de las profundidades de
la mente inconsciente. Reverbera a lo largo de los siglos, desde Crotona a la
Inglaterra isabelina; debo citar aquí otras dos versiones de él, con una
finalidad que se hará evidente más adelante. El primero, muy conocido, es de
Dryden:
Desde la armonía, desde la
celeste armonía,
esta estructura universal empieza:
cuando la naturaleza debajo de un montón de discordantes átomos yace
y no puede alzar su cabeza,
oímos la armoniosa voz de las alturas:
levantaos, vosotros más que muertos.
El segundo es de las Arcades, de
Milton:
Pero hundido en la
profundidad de la noche,
cuando la somnolencia me invade mortalmente,
escucho entonces la armonía de las sirenas celestiales…
Tan dulce compulsión musical
arrulla a las hijas de la Necesidad,
y mantiene a la inestable Naturaleza bajo su ley
y al mundo interior arrastra en un medido movimiento
con su melodía celestial, que nadie puede oír
bajo el molde humano con su tosco oído no purificado.
Pero, cabe preguntarse: ¿era
la «armonía de las esferas» una noción poética o un concepto científico? ¿Una
hipótesis de trabajo o un sueño soñado a través de un oído místico? A la luz de
los datos que los astrónomos recopilaron en los siglos siguientes, aparece
ciertamente como un sueño; e incluso Aristóteles se reía: «armonía, celestial
armonía», hiera de los círculos de la seria y exacta ciencia. Sin embargo,
veremos cómo a finales del siglo XVI, tras un inmenso rodeo, un tal Johannes
Kepler se enamoró del sueño pitagórico y, a partir de los fundamentos de la
fantasía y mediante métodos de razonamiento igualmente erróneos, construyó el
sólido edificio de la astronomía moderna. Constituye uno de los más
sorprendentes episodios en la historia del pensamiento, y un antídoto a la
extendida creencia de que la lógica gobierna el progreso de la ciencia.
§4. Religión y ciencia se encuentran
Si el universo de Anaximandro recuerda un cuadro de Picasso, el mundo
pitagórico se asemeja a una caja de música cósmica interpretando el mismo
preludio de Bach durante toda la eternidad. No es sorprendente, pues, que las
creencias religiosas de la orden pitagórica estén muy relacionadas con la
figura de Orfeo, el divino violinista, cuya música no sólo mantenía bajo su
hechizo al príncipe de las tinieblas, sino también a los animales, árboles y
ríos.
Orfeo llega tarde a la escena griega, superpoblada de dioses y semidioses. Lo
poco que conocemos de su culto está empañado por conjeturas y controversias;
pero sabemos, al menos en líneas generales, su trasfondo. En una fecha
desconocida, pero probablemente no mucho antes del siglo vi, el culto de
Dioniso-Baco, el «exuberante» macho cabrío-dios de la fertilidad y del vino, se
extendió desde la bárbara Tracia hasta Grecia. El éxito inicial de la doctrina
báquica se debió probablemente a la sensación general de frustración que tan
elocuentemente expresó Jenófanes. El Panteón Olímpico había llegado a
convertirse en un conjunto de figuras de cera, cuya formalizada adoración ya no
podía satisfacer las auténticas necesidades religiosas en mayor medida que el
panteísmo —ese «ateísmo refinado», como había sido calificado— de los sabios
jónicos. Un vacío espiritual tiende a crear arrebatos emocionales; las bacantes
de Eurípides, frenéticas adoradoras del cornudo dios, aparecen como las
antecesoras de las bailarinas medievales que conjuraban el tarantismo, las
desenfrenadas jóvenes del segundo decenio de este siglo, las ménades de las
juventudes hitlerianas. Esos arrebatos parecen ser esporádicos y de corta vida:
los griegos, por el hecho de serlo, pronto se dieron cuenta de que esos excesos
no conducían ni a una unión mística con Dios ni a una vuelta a la naturaleza,
sino simplemente a la histeria de las masas:
¡Las mujeres tebanas,
abandonando su hilar y su tejer,
caen en el enloquecedor trance
de Dioniso!…
Embrutecidas, con sus ensangrentadas mandíbulas abiertas,
desafiando a los dioses, vulgares y repulsivas,
difamando la forma humana.[15]
Las autoridades parecieron actuar de modo notablemente
razonable: promovieron a Baco-Dioniso al Panteón oficial con igual rango que
Apolo. Así quedó amansado su frenesí, aguado su vino, regulada su adoración y
todo ello utilizado como inofensiva válvula de seguridad.
Pero el anhelo místico debió persistir, al menos en una minoría sensibilizada,
y el péndulo empezó a oscilar ahora en dirección opuesta: del éxtasis carnal a
la otra mundanalidad. En la más difundida variante de la leyenda, Orfeo aparece
como una víctima de la furia báquica: cuando, tras perder finalmente a su
esposa, decide volver la espalda al comercio con las mujeres, y las de Tracia
lo despedazan, y su cabeza flota Evros abajo, aún cantando. Eso suena como un
relato de advertencia; pero el hecho de que el dios viviente sea despedazado y
devorado, y luego vuelva a renacer, es un leitmotiv que se
produce una y otra vez en el orfismo a distinto grado de significado. En la
mitología órfica, Dioniso (o su versión tracia Zagreo) es el hermoso hijo de
Zeus y Perséfone; los malvados titanes lo despedazan y devoran, menos su
corazón, que se entrega a Zeus, y nace una segunda vez. El rayo de Zeus elimina
a los titanes, pero de sus cenizas nace el hombre. Al devorar la carne del
dios, los titanes han adquirido un destello de divinidad, que se transmite al
hombre, junto con la desesperada maldad que albergaban los titanes. Pero el
hombre posee en sus manos el poder de redimir su pecado original, de purgarse
de la parte malvada de su herencia, llevando una vida espiritual y realizando
algunos ritos ascéticos. De este modo puede conseguir la liberación de la
“rueda del renacimiento” —este aprisionamiento en sucesivos cuerpos animales y
vegetales, que son como tumbas camales para su alma inmortal— y recuperar su
perdida condición divina.
El culto órfico era, pues, en casi todos sus aspectos, inverso al dionisíaco;
retenía el nombre del dios y algunos rasgos de su leyenda, pero todo ello con
otro hincapié y distinto significado (proceso que se repetirá en otros puntos
cruciales de la historia de las religiones). Se reemplaza la técnica báquica de
obtener la liberación emocional aferrándose tenazmente al aquí y ahora por la
renunciación, con la mirada puesta en la otra vida. Se sustituye la
intoxicación física por la intoxicación mental; «el jugo que fluye de las viñas
para proporcionamos alegría y olvido» sirve ahora sólo como símbolo
sacramental; finalmente, junto con el simbólico devorar del rey despedazado y
otros elementos del orfismo, lo adoptará el cristianismo. «Muero de sed, dadme
de beber de las aguas de la memoria», dice una estrofa en una tablilla órfica
de oro, aludiendo al origen divino del alma: la meta ya no es el olvido sino el
recuerdo de un conocimiento poseído anteriormente. Incluso las palabras cambian
de significado: «orgía» ya no significa una celebración báquica, ano un éxtasis
religioso conducente a la liberación de la rueda del renacimiento[16]. Constituye un desarrollo similar la transformación de la unión
carnal entre el rey y la sulamita en la unión mística de Cristo y su Iglesia;
y, en tiempos más recientes, el cambio de significado de palabras como
«éxtasis» y «arrebato».
El orfismo fue la primera religión universal en el sentido de que no se la
consideraba como un monopolio tribal o nacional, sino que estaba abierta a
todos cuantos aceptaran sus dogmas; e influyó profundamente en el desarrollo de
todas las religiones posteriores. Sería, sin embargo, un error atribuirle
demasiado refinamiento intelectual y espiritual; los ritos de purificación
órfica, que son el eje de todo el sistema, contienen todavía una serie de
tabúes primitivos: no comer carne ni habas, no tocar un gallo blanco, no mirar
a un espejo al lado de la luz.
Pero éste es precisamente el punto donde Pitágoras dio un nuevo significado al
orfismo, el punto donde la intuición religiosa y la ciencia racional quedaron
unidas en una síntesis de impresionante originalidad. El punto de unión es el
concepto de katharsis. Era un concepto central en el culto
báquico, el orfismo, el culto del Apolo de Delos y en la medicina y la ciencia
pitagóricas; pero poseía distintos significados y acarreó diferentes técnicas
en todos ellos (como sigue haciéndolo en las varias escuelas de la moderna
psicoterapia). ¿Había algo en común entre la frenética bacante y el
individualista matemático, el violín de Orfeo y una píldora laxante? Sí: el
mismo anhelo de liberarse de las distintas formas de esclavitud, de las
pasiones y tensiones del cuerpo y la mente, de la muerte y del vado, del legado
de los titanes en la herencia del hombre —el anhelo de prender de nuevo la
chispa divina. Pero los métodos de conseguir esto tienen que diferir de acuerdo
con la persona. Debe establecerse de acuerdo con las luces del discípulo y su
grado de iniciación. Pitágoras sustituyó las curas universales— de las sectas
rivales— que purgaban el alma por una elaborada jerarquía de técnicas
catárticas; de hecho, purificó el concepto mismo de purificación.
En el fondo de la escala hay simples tabúes, tomados del orfismo, como la
prohibición de comer carne y habas; para los de naturaleza vulgar, la pena de
autorrenuncia es la única purga efectiva. En un grado más alto, se consigue la
catarsis del alma contemplando la esencia de toda la realidad, la armonía de
las formas, la danza de los números. La «ciencia pura» —extraña expresión que
aún continuamos utilizando— es, pues, a la vez un deleite intelectual y una
manera de liberación espiritual; el camino hacia la unión mística entre los
pensamientos del ser creado y el espíritu de su creador. «La función de la
geometría —dice Plutarco de los pitagóricos— es apartamos del mundo de los
sentidos y de la corrupción hacia el mundo de lo intelectual y lo eterno.
Porque la contemplación de lo eterno es el fin de la filosofía, del mismo modo
que la contemplación de los misterios es el fin de la religión.»[17] Pero ambos extremos resultan indistinguibles para el
verdadero pitagórico.
Difícilmente puede exagerarse la importancia histórica de la idea de que la
ciencia desinteresada conduce a la purificación del alma y, en último término,
a su liberación. Los egipcios embalsamaban los cadáveres a fin de que el alma
pudiera regresar a ellos y no necesitara reencarnarse de nuevo; los budistas
practicaban la desvinculación para escapar de la rueda; ambas actitudes eran
negativas y socialmente estériles. El concepto pitagórico de limitar la ciencia
a la contemplación de lo eterno penetró, a través de Platón y Aristóteles, en
el espíritu del cristianismo y se convirtió en un factor decisivo en la
construcción del mundo occidental.
Antes, en este mismo capítulo, he intentado mostrar cómo, relacionando la
música con la astronomía y ambas con las matemáticas, la emoción experimentada
quedaba enriquecida y más ahondada por el discernimiento intelectual. La
maravilla cósmica y el deleite estético ya no viven separados del ejercicio de
la razón; están relacionados entre sí. Ahora se ha dado el paso final: las
intuiciones místicas de la religión se han integrado también en el conjunto.
Acompañan de nuevo este proceso sutiles cambios en el significado de algunas
palabras clave, como theoria, teoría. Esta palabra provenía
de theorio, «mirar, contemplar» (the: espectáculo; theoris: espectador,
audiencia). Pero en el uso órfico, theoria pasó a significar
«un estado de ferviente contemplación religiosa, en el cual el espectador se
identifica con el dios sufriente, muere su misma muerte y resurge con su
renacimiento»[18]. A medida que los pitagóricos canalizaban el fervor religioso
en fervor intelectual, el éxtasis ritual en éxtasis hacia los
descubrimientos, theoria cambiaba gradualmente su significado
a «teoría» en el sentido moderno. Pero aunque el eureka de los nuevos teóricos
reemplazaba el ronco grito de los adoradores rituales los teóricos continuaban
acordándose de la fuente común de la que ambos surgían. Se daban cuenta de que
los símbolos de la mitología y los de la ciencia matemática eran aspectos
distintos de la misma e indivisible realidad[19]. No vivían en una «casa dividida en fe y razón»; ambas estaban
relacionadas, como el plano horizontal y el de alturas en el proyecto de un
arquitecto. Para el hombre del siglo XX, resulta muy difícil imaginar o incluso
creer que eso puede haber existido. Es posible que le ayude, sin embargo,
recordar que algunos grandes sabios presocráticos formularon en verso sus
filosofías; se daba aún por sentado que la fuente de inspiración del profeta,
el poeta y el filósofo era la misma.
No duró mucho tiempo. Al cabo de pocos siglos empezó a debilitarse este sentido
de unidad, se escindieron las especulaciones religiosas de las racionales,
volvieron a unirse parcialmente, luego se divorciaron de nuevo, con resultados
que se harán evidentes a medida que se desarrolle la historia.
La síntesis pitagórica hubiese sido incompleta de no incluir preceptos
relativos a la forma de vida.
Su orden era religiosa, pero al mismo tiempo una academia de ciencia y una
potencia en la política italiana. Parece que sus reglas de vida ascéticas se
anticiparon a las de los esenios, que a su vez sirvieron como modelo de las
primitivas comunidades cristianas. Compartían todas las propiedades, llevaban
una existencia comunitaria y concedían un trato de igualdad a las mujeres.
Observaban ritos y abstinencias, dedicaban mucho tiempo a la contemplación y al
examen de conciencia. Según el grado de purificación que conseguía un hermano,
se le iniciaba gradualmente en los misterios superiores de la theoria musical,
matemática y astronómica. El secreto que los rodeaba se debía parcialmente a la
tradición de los antiguos cultos secretos, cuyos adeptos hablan sabido que los
éxtasis báquicos, e incluso los órficos, podían causar estragos si se ofrecían
a todo el mundo. Pero los pitagóricos también se dieron cuenta de que las
orgías del razonamiento conllevaban similares peligros. Al parecer, intuyeron
el hybris de la ciencia, y lo reconocieron como un medio
potencial tanto de la liberación como de la destrucción del hombre; de ahí su
insistencia en que sólo debían confiar sus secretos a los de cuerpo y espíritu
purificados. En una palabra, creían que los científicos tenían que ser
vegetarianos, del mismo modo que los católicos creen que los sacerdotes tienen
que ser célibes.
Cabe pensar que esta interpretación de la insistencia pitagórica en el secreto
es forzada, o que implica un discernimiento profético por su parte, la
respuesta es que Pitágoras conocía, por propia experiencia, las inmensas
posibilidades técnicas que ofrecía la geometría. He mencionado ya que Imito
Polícrates como los isleños a quienes gobernaba eran aficionados a la
ingeniería. Herodoto, que conocía muy bien la isla, dice:[20]
«He escrito extensamente acerca de los samios, porque son los
autores de tres de las mayores obras que pueden contemplarse en tierras
griegas. La primera de ellas es el túnel de doble boca que horadaron a lo largo
de ciento cincuenta brazas en la base de una alta colina… a través del cual el
agua, procedente de un abundante manantial, se canaliza a la ciudad de Samos.»
Herodoto gustaba de contar historias extraordinarias y su relato
no se tomó muy en serio hasta que, a principios de este siglo, se halló dicho
túnel y lo excavaron. Tiene más de novecientos metros de longitud, completo con
su canal para el agua y su camino lateral de inspección, y su forma indica que
fue empezado por ambos lados. Muestra, además, que los dos grupos de
excavación, el uno trabajando desde el norte, el otro desde el sur, se
encontraron en el centro con sólo una desviación de poco más de medio metro.
Tras observar la realización de esta asombrosa hazaña (obra de Eupalino, que
construyó también la segunda maravilla mencionada por Herodoto, un enorme
espigón para proteger la flota de guerra samia), incluso un genio inferior a
Pitágoras se hubiera dado cuenta de que la ciencia puede convertirse tanto en
un himno al creador como en una caja de Pandora, y que se debía confiar sólo a
los santos. Se dice, incidentalmente, que Pitágoras, como san Francisco de
Asís, predicaba a los animales, lo cual puede parecer un comportamiento más
bien extraño en un matemático moderno; pero no podía ser más natural desde el
punto de vista de Pitágoras.
§5. Tragedia y grandeza de los pitagóricos
A finales de la vida del maestro, o poco después de su muerte, se abatieron dos
infortunios sobre los pitagóricos, los cuales hubiesen significado el fin de
cualquier secta o escuela con una perspectiva menos universal. Sobrevivieron
triunfantes a ambos.
Un golpe fue el descubrimiento de un tipo de números como √2 —la raíz cuadrada
de dos—, que no encaja en ningún diagrama de puntos. Y tales números eran
comunes: se hallan representados, por ejemplo, en la diagonal de cualquier
cuadrado. Sean a el lado del cuadrado, y d la diagonal. Es
posible demostrar que si se asigna a a cualquier valor
numérico exacto, entonces resulta imposible dar un valor numérico exacto a d.
El lado y el cuadrado son «inconmensurables»; su relación a/d no
se puede representar con ningún número real o fracción de él: es un número
«irracional»; es par y non al mismo tiempo[21]. Se puede trazar fácilmente la diagonal de un
cuadrado, pero no expresar su longitud con números, es imposible contar el
número de puntos que contiene. La correspondencia punto por punto entre
aritmética y geometría quedo rota, y con ella el universo de los números-figuras.
Se dice que los pitagóricos mantuvieron en secreto el descubrimiento de los
números irracionales —a los que llamaban arrhétos, inexpresables—,
y que Hipasos, el discípulo que dio a la luz pública tal infortunio, fue
asesinado a causa de ello. Proclo da otra versión de aquel acontecimiento:[22]
«Se dice que los que sacaron de su ocultación los irracionales y
los dieron a la luz pública perecieron en un naufragio, hasta el último hombre.
Porque se debe ocultar lo inexpresable y lo informe. Y quienes lo descubrieron
y tocaron esta imagen de vida fueron instantáneamente destruidos y deben
permanecer expuestos por siempre al juego de las olas eternas.»
Sin embargo, el pitagorismo sobrevivió. Poseía la dúctil
adaptabilidad de todos los sistemas ideológicos auténticamente grandes, que
cuando se les arranca violentamente alguna parte despliegan los poderes
autorregeneradores de un cristal en crecimiento o de un organismo vivo. La
cuantificación del mundo por medio de puntos parecidos a átomos demostró ser un
atajo prematuro; pero en un giro superior de la espiral, las ecuaciones
matemáticas probaron ser de nuevo los símbolos más útiles para representar el
aspecto físico de la realidad. Encontraremos más ejemplos de intuición
profética apoyados por razones erróneas y descubriremos que constituyen más
bien la regla que la excepción.
Nadie antes de los pitagóricos había pensado que las relaciones matemáticas
contuvieran el secreto del Universo. Veinticinco siglos después Europa continúa
siendo bendecida y maldecida por su herencia. Parece que a las civilizaciones
no europeas nunca se les ha ocurrido la idea de que los números son, a la vez,
la clave de la sabiduría y del poder.
El segundo golpe fue la disolución de la orden. Poco sabemos de sus causas;
probablemente tuvo algo que ver con sus principios igualitarios y sus prácticas
comunistas, la emancipación de las mujeres y su doctrina casi monoteísta: la
eterna herejía mesiánica. Pero la persecución se limitó a los pitagóricos como
cuerpo organizado, y probablemente les impidió degenerar en una ortodoxia
sectaria. Los principales discípulos del maestro, que habían partido al exilio,
recibieron pronto la autorización para regresar al sur de Italia y reanudar sus
enseñanzas. Un siglo después, esas enseñanzas se convirtieron en una de las
fuentes del platonismo, con lo cual entraron en la comente principal del
pensamiento europeo.
En palabras de un intelectual moderno, «Pitágoras es el fundador de la cultura
europea en la esfera del Mediterráneo occidental»[23]. Platón y Aristóteles, Euclides y Arquímedes, son mojones en el
camino; pero Pitágoras continúa siendo el punto de partida, donde se decide qué
dirección deberá tomar la carretera. Antes de esa decisión, aún se hallaba por
decidir la orientación futura de la civilización griego-europea: hubiera podido
tomar la dirección de las culturas china, o india, o precolombina, las cuales
se hallaban todavía en un estadio informe e indeciso en la época del gran
amanecer del siglo VI a. C. No quiero decir con esto que si Confucio y
Pitágoras hubieran intercambiado sus lugares de nacimiento China nos hubiera
Aventajado en la revolución científica, y Europa se hubiese convertido en un
país de mandarines bebedores de té. Son tan oscuras las interacciones de clima,
raza y espíritu, la influencia directiva de los personajes sobresalientes en el
curso de la historia, que es imposible efectuar predicciones ni siquiera
retrospectivas; cualquier afirmación de «si…» referida al pasado es Ion dudosa
como pueden serlo las profecías respecto al futuro. Parece bastante plausible
que, si Alejandro o Gengis Khan nunca hubiesen nacido, ningún otro personaje
hubiera ocupado su lugar y llevado a término la expansión helénica o la
mongólica; pero los Alejandros de la filosofía y de la religión, de la ciencia
y del arte, parecen menos sacrificables; dan la impresión de que su repercusión
está determinada por los avatares económicos y las presiones sociales; y
parecen disponer de un abanico mucho más amplio de posibilidades para influir
en la dirección, configuración y estructura de las civilizaciones. Si se
considera a los conquistadores como los conductores del vehículo de la
historia, entonces los conquistadores del pensamiento son quizá los hombres
clave, que, menos evidentes a los ojos del viajero, deciden cuál es la
dirección que debe tomar el viaje.
Capítulo 3
La Tierra a la deriva
Contenido:
§1. Filolao y el fuego central
§2. Heráclides y el universo centrado en el Sol
§3. Aristarco, el Copérnico griego
He intentado dar una breve descripción general de la filosofía
pitagórica, en la cual he incluido aspectos sólo relacionados indirectamente
con el tema de este libro. En los siguientes capítulos apenas mencionaré
algunas importantes escuelas de la filosofía y la ciencia griegas —eleáticos y
estoicos, atomistas e hipocráticos— hasta que lleguemos al siguiente punto
crucial en la cosmología: Platón y Aristóteles. No se puede considerar el
desarrollo de los puntos de vista del hombre respecto al cosmos aislándolo del
entorno filosófico que los moldeó; por otro lado, si no se quiere que la
narración quede engullida por el fondo, sólo hay que esbozarlo en algunos
puntos cruciales del relato, allá donde el clima filosófico general tuvo una
repercusión directa sobre la cosmología y alteró su rumbo. Ése es el caso, por
ejemplo, de las opiniones políticas de Platón, o de las convicciones religiosas
del cardenal Bellarmine, que influyeron profundamente en el desarrollo de la
astronomía a lo largo de siglos y que, en consecuencia, se llenen que examinar,
mientras que hombres como Empédocles y Demócrito, Sócrates y Zenón, que
tuvieron mucho que decir sobre las estrellas, pero nada que sea realmente
relevante para nuestro tema, deben pasarse por alto.
§1. Filolao y el fuego central
Desde finales del siglo VI a. C., avanzó con firmeza la idea de que la Tierra
era una esfera que flotaba libremente en el aire. Herodoto[24] menciona la especie de que existe gente muy arriba, en el
norte, que duerme durante seis meses del año, lo cual demuestra que ya se
habían intuido algunas de las implicaciones de la esfericidad de la Tierra
(como la noche polar). El siguiente y revolucionario paso lo dio un discípulo
de Pitágoras, Filolao, el primer filósofo que atribuyó movimiento a
nuestro globo. La Tierra se convirtió en un móvil aéreo.
Sólo podemos conjeturar los motivos que condujeron a esta radical innovación.
Quizá fue la comprobación de que hay algo ilógico en los movimientos aparentes
de los planetas. Parecía una locura que el Sol y los planetas debieran girar en
torno de la Tierra una vez al día, y al mismo tiempo moverse lentamente a lo
largo del Zodíaco en sus revoluciones anuales. Todo sería mucho más simple si
se suponía que la revolución diaria de todo el cielo era una
ilusión causada por el propio movimiento de la Tierra. Si la Tierra existía
libre y sin ataduras en el espacio, ¿por qué no podía también moverse? Sin
embargo, a Filolao no se le ocurrió la aparentemente obvia idea de dejar que la
Tierra girase sobre su propio eje. En vez de ello la hizo girar, en períodos de
veinticuatro horas, alrededor de un punto externo en el espacio. Describiendo
un círculo completo todos los días, el observador sobre nuestro planeta tendría
la ilusión, como un viajero en un tiovivo, de que toda la feria cósmica giraba
en dirección opuesta.
En el centro de ese tiovivo, Filolao situó la «torre de vigilancia de Zeus»,
llamada también «el corazón del Universo» o el «fuego central». Pero ese «fuego
central» no debe confundirse con el Sol. No podía verse nunca, porque la parte
habitada de la Tierra —Grecia y sus vecinos— se hallaba siempre de espaldas a
él, del mismo modo que el lado oculto de la Luna está siempre vuelto en
dirección opuesta a la Tierra. Más aún, entre la Tierra y el fuego central,
Filolao colocó un planeta invisible: el antichton o Contratierra.
Su función era, aparentemente, proteger a los antípodas de verse abrasados por
el fuego central. La antigua creencia de que las remotas regiones occidentales
de la tierra, más allá del estrecho de Gibraltar, estaban bañadas por un eterno
crepúsculo[25], quedaba ahora explicada por la sombra que la Contratierra
arrojaba sobre esos lugares. Pero también es posible —como observa
desdeñosamente Aristóteles— que se inventara la Contratierra simplemente para
elevar a más de diez —el número sagrado de los pitagóricos[26]— las cosas dotadas de movimiento en el Universo.
En torno del fuego central, pues, giraban en órbitas concéntricas esos nueve
cuerpos: el más interior de todos, el antichton; luego la Tierra,
la Luna, el Sol, y los cinco planetas; luego venía la esfera que contenía todas
las estrellas fijas. Más allá de esa concha exterior había una pared de
ardiente éter que encerraba al mundo por todos lados. Este «fuego exterior» era
la segunda y principal fuente de la que el Universo extraía su luz y su
respiración. El Sol servía únicamente como una especie de ventana transparente
o lente a través de la cual se filtraba y distribuía la luz exterior. La imagen
recuerda uno de los agujeros de Anaximandro en el neumático lleno de llamas.
Pero quizá esas imaginaciones no eran tan fantásticas como la noción de una
bola de fuego que surca libremente el espacio por toda la eternidad, sin
consumirse nunca; una idea ridícula que hace sobrecoger a la mente.
Contemplando el cielo con los ojos limpios de teorías, ¿no resulta más convincente
considerar que el Sol y las estrellas son agujeros en el telón de fondo que
envuelve el mundo?
La Luna era el único objeto celeste considerado similar a la Tierra. Se la
suponía habitada por plantas y animales quince veces más fuertes que nosotros,
puesto que la Luna goza de la luz diurna durante quince días consecutivos.
Otros pitagóricos pensaban que las luces y sombras de la Luna eran el reflejo
de los océanos terrestres. En cuanto a los eclipses, algunos los ocasionaba la
Tierra; otros, la Contratierra, a la que se atribuía también la débil luz
cenicienta que ilumina el disco lunar durante la luna nueva. Al parecer, otros
incluso llegaron a suponer la existencia de varias Contratierras. Debió ser un
agitado debate.
§2. Heráclides y el universo centrado en el sol
El sistema de Filolao, a pesar de sus poéticas extravagancias, abrió una nueva
perspectiva en la cosmología. Rompió con la tradición geocéntrica, el tenaz
convencimiento de que la Tierra ocupa el centro del Universo, de donde, enorme
e inmóvil, no se mueve jamás ni un milímetro.
Pero hubo también otro mojón importante que apuntaba en otra dirección. Separó
claramente dos fenómenos que hasta entonces hablan permanecido unidos: la
sucesión del día y la noche, es decir, la rotación diaria del
cielo como un conjunto, y los movimientos anuales de los siete
planetas errantes.
La siguiente mejora efectuada en el modelo se refirió a los movimientos
diarios. Cayó el fuego central; la Tierra, en vez de girar en torno de él, se
hizo rotar ahora sobre su propio eje, como una peonza. La razón,
presumiblemente[27], fue que en los crecientes contactos de los marineros griegos
con regiones distantes —desde el Ganges hasta el Tajo, desde la isla de Thule
hasta Taprobrana— no se había obtenido ningún signo, ni siquiera una noticia,
de la existencia del fuego central o del antichton, que tenían
que haber sido visibles desde el otro lado de la tierra. Repito que la visión
que del mundo tenían los pitagóricos era dúctil y adaptable. No abandonaron la
idea del fuego central como fuente de calor y energía, sino que la transfirieron
del espacio exterior al núcleo de la Tierra y, simplemente. Identificaron la
Contratierra con la Luna[28].
Heráclides Póntico, el siguiente gran avanzado en la tradición pitagórica,
vivió en el siglo IV a. C., estudió con Platón y, presumiblemente, también con
Aristóteles; en consecuencia, por orden cronológico, tendría que estudiarlo
después de ellos. Pero primero debo seguir el desarrollo de la cosmología
pitagórica, la más atrevida y esperanzadora de la antigüedad, hasta su fin, que
precisamente llegó con la generación de Heráclides.
Heráclides dio por sentada la rotación de la Tierra en torno de su eje. Esto
explicaba la revolución diaria de los cielos, pero dejaba intacto el problema
del movimiento anual de los planetas. En aquel entonces, esos movimientos
anuales se hablan convertido en el problema central de la astronomía y la
cosmología. La multitud de estrellas fijas no presentaban ningún problema.
Nunca alteraban sus posiciones relativas entre sí o con respecto a la Tierra[29]. Eran una garantía permanente de ley, orden y regularidad en el
Universo, y cabía imaginarlas, sin demasiada dificultad, como un esquema de
cabezas de alfiler (o alfilerazos) en el acerico celeste, que o bien giraba
como una unidad alrededor de la Tierra o parecía hacerlo debido a la rotación
de ésta. Pero los planetas, las estrellas errantes, se movían con sorprendente
irregularidad. Su único rasgo tranquilizador consistía en que todos lo hacían a
lo largo de la misma estrecha franja que cruzaba el cielo (el Zodíaco), lo cual
significaba que todas sus órbitas se hallaban muy próximas en el mismo plano.
Para tener una idea de cómo percibían los griegos el Universo, resulta
apropiada la imagen de todo el tráfico transatlántico —submarinos, barcos,
aviones— confinado a una misma ruta comercial. Entonces, las «órbitas» de todos
los vehículos se hallarán a lo largo de círculos concéntricos en torno del
centro de la Tierra, todas en el mismo plano. Si un observador tendido de
espaldas en una cavidad en el centro de la Tierra transparente, observa el
tráfico, tendrá la impresión de que son puntos que se mueven a diferentes
velocidades a lo largo de una sola línea: su cinturón zodiacal. Si se hace
girar la esfera transparente alrededor del observador (el cual permanece
inmóvil), el tráfico rotará con la esfera, pero seguirá limitado a su sendero.
El tráfico se compone de dos submarinos que cruzan las aguas a distintas
velocidades: son los planetas «inferiores», Mercurio y Venus; luego un solo
barco con resplandecientes luces: el Sol; a continuación tres aviones a
distintas alturas: los planetas «superiores». Marte, Júpiter y Saturno, por ese
orden. Saturno estará muy alto en la estratosfera; por encima de él tan sólo
hay la esfera de las estrellas fijas. En cuanto a la Luna, se halla tan cerca
del observador situado en el centro, que se la puede considerar como una esfera
que va rodando en la pared cóncava de su cavidad, pero también en el mismo
plano que todos los demás vehículos. Este es, en líneas generales, el antiguo
modelo del mundo (fig. A).
Pero el modelo A nunca podrá funcionar correctamente. Mirándolo
retrospectivamente, la razón es obvia: los planetas se hallan situados en orden
erróneo; el Sol debería hallarse en el centro y la Tierra ocupar el lugar del
Sol entre los planetas «inferiores» y «superiores», llevándose consigo a la
Luna (fig. D). Este fallo básico del modelo causaba incomprensibles
irregularidades en los movimientos aparentes de los planetas.
En tiempos de Heráclides, esas irregularidades se habían convertido en la
principal preocupación de los filósofos que estudiaban el Universo. Parecía que
el Sol y la Luna se movían de manera más o menos regular a lo largo del sendero
de tráfico, pero los cinco planetas lo hacían muy irregularmente. Un planeta
podía moverse durante un tiempo siguiendo ese sendero prefijado y en la
dirección general del tráfico, de oeste a este; pero a intervalos disminuía su
velocidad, se detenía como si hubiera llegado a una estación en el cielo y
volvía sobre sus pasos; luego cambiaba nuevamente de opinión, daba otra vez
media vuelta y reanudaba su incierto recorrido en la dirección original. Venus
se comportaba más caprichosamente aún. Los notorios cambios periódicos de su
brillo y tamaño parecían indicar que se acercaba y alejaba alternativamente de
la Tierra, y esto sugería que no se movía realmente en un círculo en torno de
ella sino a lo largo de alguna impensable línea ondulada. Más aún, tanto él
como Mercurio, el segundo planeta interior, tan pronto avanzaban por delante
del regular Sol como quedaban detrás, pero sin jamás apartarse demasiado de él,
como delfines jugando alrededor de un barco. En consecuencia, Venus aparecía a
veces como Fósforo, la «estrella matutina», y se alzaba con el Sol como si
fuera su heraldo, mientras que en otras ocasiones era Héspero, la «estrella
vespertina», a la cola del Sol; parece que Pitágoras fue el primero en
reconocer que eran un solo y mismo planeta.
Una vez más, mirándolo retrospectivamente, la solución de Heráclides al
rompecabezas parece bastante simple. Si Venus avanzaba de forma irregular con
relación a la Tierra, el supuesto centro de su órbita, y dedicaba sus
atenciones al Sol, entonces era obvio que se hallaba atado a este astro y no a
la Tierra. Y puesto que Mercurio se comportaba de la misma manera, ambos
planetas interiores tenían que girar en torno del Sol −y con el Sol− alrededor
de la Tierra, como una rueda rotando dentro de otra rueda.
La figura B explica, de una simple ojeada, por qué Venus se acerca y se aleja
alternativamente de la Tierra; por qué a veces se halla delante y otras detrás
del Sol; y también por qué se mueve intermitentemente a la inversa a lo largo
del sendero del Zodíaco.
Todo ello parece hermosamente obvio en el espejo retrovisor. Pero hay
situaciones en que para descubrir lo obvio se necesita gran imaginación
combinada con falta de respeto hacia las corrientes tradicionales de
pensamiento. La escasa información que poseemos sobre la personalidad de
Heráclides muestra que contaba con ambas: originalidad y desprecio hacia la
tradición académica. Sus conocidos lo apodaban el paradoxolog, el
creador de paradojas. Cicerón relata que le encantaba contar «fábulas pueriles»
e «historias maravillosas», y Proclo manifiesta que tuvo la audacia de
contradecir a Platón, que enseñaba la inmovilidad de la Tierra[30].
La idea de que los dos planetas inferiores —y sólo esos dos— fueran satélites
del Sol, mientras éste y los demás planetas seguían girando en torno de la
Tierra, se empezó a conocer más tarde por el inapropiado nombre de «sistema
egipcio» y ganó gran popularidad (fig. B). Evidentemente, se hallaba a medio
camino entre la concepción geocéntrica (centrada en la Tierra) y la
heliocéntrica (centrada en el Sol) del Universo. No sabemos si Heráclides se
detuvo aquí o bien avanzó otro paso: dejar que los tres planetas exteriores
giraran también alrededor del Sol, mientras éste, con sus cinco satélites,
continuaba girando en torno de la Tierra (fig. C). Hubiera sido un paso lógico,
y algunos eruditos modernos piensan que Heráclides llegó hasta estas tres
cuartas partes del camino de la verdad[31]. Algunos llegan a suponer que dio aún el paso definitivo de
hacer que todos los planetas, incluida la Tierra, giraran
alrededor del Sol.
Pero el hecho de si recorrió o no todo el camino hasta la concepción moderna
del sistema solar es meramente una curiosidad histórica. Porque Aristarco, su
sucesor, lo recorrió.
§3. Aristarco, el Copérnico griego
Aristarco, el último en la línea de los astrónomos pitagóricos, procedía, como
el maestro, de Samos; y se supone que, simbólicamente, nació el mismo año en
que murió Heráclides: el 310 a. C.[32] Sólo se ha salvado un corto tratado suyo: Sobre
los tamaños y distancias del Sol y de la
Luna, el cual demuestra que poseía las cualidades básicas exigidas a
un científico moderno: originalidad de pensamiento y meticulosidad de
observación. El elegante método que ideó para calcular la distancia del Sol lo
siguieron los astrónomos durante toda la Edad Media; el que resultaran erróneas
las medidas que obtuvo se debe a que nació dos mil años antes que el
telescopio. Pero aunque estaba separado por la misma distancia de la invención
del reloj de péndulo, mejoró las evaluaciones de la longitud del año solar
añadiendo 1/1623 a la estimación anterior de 365 1/4 días.
Se ha perdido el tratado en que Aristarco proclamaba que el Sol, y no la
Tierra, era el centro de nuestro mundo en torno del cual giran todos los
planetas, este soberbio logro de la cosmología pitagórica, que Copérnico
redescubriría diecisiete siglos después. Pero, afortunadamente, disponemos del
testimonio de autoridades de la talla de Arquímedes y Plutarco, entre otras; y
el hecho de que Aristarco enseñó el sistema heliocéntrico lo aceptan
unánimemente las fuentes antiguas y los modernos eruditos.
Arquímedes, el más célebre de los matemáticos, físicos e inventores de la
antigüedad, fue contemporáneo de Aristarco, algo más joven que él. Una de sus
obras, en extremo curiosa, es un breve tratado titulado El contador de
arena,dedicado al rey Gelón de Siracusa. Contiene la frase crucial: «Porque
él [Aristarco de Samos] suponte que las estrellas fijas y el Sol son
inamovibles, pero que la Tierra se mueve en torno del Sol en un círculo…»[33]
La referencia de Plutarco a Aristarco es también importante. En su tratado
En la cara del disco lunar, uno de los personajes se refiere a
Aristarco «de Samos, el cual piensa que el cielo se halla inmóvil, pero que la
Tierra gira en una órbita oblicua, mientras rota a la vez sobre su propio eje»[34].
De este modo, Aristarco de Samos llevó a su conclusión lógica el desarrollo que
empezó con Pitágoras y continuaron Filolao y Heráclides: el Universo centrado
en el Sol. Pero ese desarrollo llega aquí a un brusco final. Aristarco no tenía
discípulos ni tampoco, encontró seguidores[35]. El sistema heliocéntrico permaneció en el olvido durante cerca
de dos milenios —¿o, debería decirse, dormido en la conciencia?—; hasta que un
oscuro canónigo de Varmia, remoto puesto de avanzada de la cristiandad, recogió
el hilo allá donde el pensador samio lo había dejado.
Esta paradoja sería más fácil de comprender si Aristarco hubiera sido un
chiflado o un aficionado cuyas ideas no se hubieran tomado en serio. Pero su
tratado Sobre los tamaños y distancias del Sol y
de la Luna se convirtió en un clásico de la antigüedad, y lo
muestra como uno de los más sobresalientes astrónomos de su época; fue tan
grande su fama, que casi tres siglos después Vitrubio, el arquitecto romano,
inicia su lista de genios universales del pasado con: «Hombres de este tipo son
raros, hombres como lo fue en tiempos pasados Aristarco de Samos…»[36]
A pesar de ello, se rechazó su correcta hipótesis a favor de un monstruoso
sistema de astronomía que hoy se considera una afrenta a la inteligencia humana
y que reinó con supremacía durante mil quinientos años. Las razones de esta
oscuridad emergerán gradualmente, porque aquí nos enfrentamos con uno de los
más sorprendentes ejemplos de los intrincados y sinuosos caminos que sigue el
«progreso de la ciencia», uno de los principales temas de este libro.
Contenido:
§1. Platón y Aristóteles
§2. Ascensión del dogma de lo circular
§3. El miedo al cambio
§1. Platón y Aristóteles
El período heroico de la ciencia griega termina a finales del siglo III a. C.
De Platón y Aristóteles en adelante, la ciencia natural empieza a caer en el
descrédito y la desintegración, y hasta un milenio y medio después no se
redescubren los logros de los griegos. La aventura prometeica, que había
empezado aproximadamente el año 600 a. C., había perdido todo su empuje al cabo
de tres siglos; la siguió un periodo de hibernación que duró cinco veces ese
lapso de tiempo.
Según la lógica, desde Aristarco hay sólo un paso hasta Copérnico; desde
Hipócrates, sólo uno hasta Paracelso; desde Arquímedes, sólo uno hasta Galileo.
Y, sin embargo, la continuidad quedó rota por un periodo de tiempo casi tan
largo como el que va desde el inicio de la era cristiana hasta nuestros días.
Mirando el camino recorrido por la ciencia humana, uno cree ver la imagen de un
puente destruido con maderos que sobresalen por ambos lados y en el centro no
hay nada.
Sabemos que todo eso ocurrió; si conociéramos exactamente por qué sucedió,
probablemente dispondríamos del remedio para las dolencias de nuestro propio
tiempo. Porque, en algunos aspectos, el colapso de la civilización durante la
Edad Media es el reverso del que se inició, aunque menos espectacularmente, en
el siglo de las luces. Cabe describir, a grandes rasgos, el primero como una
retirada del mundo material, un desprecio hacia el conocimiento, la ciencia y
la técnica; el rechazo del cuerpo y sus placeres a favor de la vida del
espíritu. Para los dogmas de la era del materialismo científico, que se inicia
con Galileo y termina con el estado totalitario y la bomba de hidrógeno, parece
como un escrito visto en un espejo. Sólo tienen un factor en común: el divorcio
de la razón y las creencias.
En la línea divisoria que separa la era heroica de la ciencia de la de su
decadencia se yerguen dos cumbres gemelas: Platón y Aristóteles. Dos citas
pueden ilustrar el contraste del clima filosófico existente en ambos lados de
esa línea divisoria. La primera es un pasaje de un escrito perteneciente a la
escuela hipocrática, y data presumiblemente del siglo IV a. C.: «Creo —dice,
refiriéndose a esa misteriosa afección, la epilepsia— que la enfermedad no es
más “divina” que cualquier otra. Tiene una causa natural, como la tienen otras
enfermedades. Los hombres piensan que es divina simplemente porque no la
comprenden. Pero si llamaran divino a todo aquello que no comprenden, ¡entonces
sería interminable la relación de las cosas divinas!»[37]. La segunda cita es de La República de Platón,
y compendia su actitud respecto a la astronomía. Las estrellas, explica, aunque
hermosas, son simplemente parte del mundo visible, que tan
sólo es una imprecisa y distorsionada sombra o copia del mundo real de
las ideas; en consecuencia, resulta absurdo esforzarse en determinar
exactamente los movimientos de esos cuerpos imperfectos. En vez de ello:
«concentrémonos en problemas (abstractos), digo, en astronomía como en
geometría, y echemos a un lado los cuerpos celestes si deseamos realmente
captar la astronomía»[38].
Platón se muestra igualmente hostil a la primera y preferida rama científica de
los pitagóricos. «Los maestros de la armonía —deja quejarse a Sócrates—
comparan los sonidos y las consonancias que sólo se oyen, y su trabajo, como el
de los astrónomos, es vano».[39]
Probablemente no dijeron nada de esto para que se tomara literalmente, pero lo
fue —por esa escuela extremista del neoplatonismo que dominó la filosofía
occidental durante varios siglos y sofocó todo progreso científico— hasta que,
de hecho, se redescubrió a Aristóteles y revivió el interés por la naturaleza.
Los he llamado dos cumbres gemelas que separan dos épocas de pensamiento; pero
en cuanto a su influencia sobre el futuro, Platón y Aristóteles deberían ser
llamados estrellas gemelas con un solo centro de gravedad, que giran uno en
torno del otro y se alternan en arrojar su luz sobre las generaciones que les
siguen. Hasta finales del siglo XII, como veremos, Platón reinó como soberano
indiscutible; luego fue rescatado Aristóteles y durante doscientos años se
convirtió en elfilósofo, como normalmente se le llamaba; después
volvió Platón, con un aspecto completamente distinto. La famosa observación del
profesor Whitehead: «La característica principal de la tradición filosófica
europea es que consiste en una serie de notas al pie de página a Platón» se
podría cambiar por: «La ciencia, hasta el Renacimiento, consistió en una serie
de notas al pie de página a Aristóteles.»
El secreto de su extraordinario influjo, estimulando y ahogando
intermitentemente el pensamiento europeo durante un período casi
astronómicamente largo, ha sido el motivo de una apasionada e interminable
controversia. No se debe, naturalmente, a una sola razón, sino a la confluencia
de una multitud de causas en un punto de la historia particularmente crítico.
Mencionemos sólo algunas, empezando por la más obvia: son los primeros
filósofos de la antigüedad cuyos escritos sobrevivieron no sólo en unos escasos
fragmentos y en citas de segunda o tercera mano, sino en una obra ingente (tan
sólo los diálogos autenticados de Platón forman un volumen de la extensión de
la Biblia), que abarcan todos los campos del conocimiento y la esencia de las
enseñanzas de quienes vivieron antes que ellos; es como si tras una guerra
atómica se hubiera conservado una Encyclopaedia Britannica completa
entre los escombros retorcidos y chamuscados. Aparte de reunir todos los datos
relevantes de conocimiento disponibles en una síntesis individual, sin duda
fueron, y por derecho propio, pensadores originales de gran aliento creador en
una serie de campos tan variados como la metafísica, la biología, la lógica, la
epistemología y la física. Ambos fundaron «escuelas» de un nuevo tipo: la
primera Academia y el primer Liceo, que sobrevivieron durante siglos como
instituciones organizadas y transformaron las, en su tiempo, fluidas ideas de
los fundadores en rígidas ideologías: las hipótesis de Aristóteles, en dogmas;
las visiones de Platón, en teología. Aquí también fueron auténticas estrellas
gemelas, nacidas para complementarse la una a la otra: Platón, el místico;
Aristóteles, el lógico; Platón, el menospreciador de la ciencia natural;
Aristóteles, el observador de delfines y ballenas; Platón, el hilvanador de
relatos alegóricos; Aristóteles, el dialéctico y casuista; Platón, vago y
ambiguo; Aristóteles, preciso y pedante. Finalmente —porque este catálogo
podría prolongarse de forma indefinida—, hicieron evolucionar sistemas de
filosofía que, aunque diferentes e incluso opuestos en cuanto a los detalles,
tomados conjuntamente parecen proporcionar una respuesta completa a los
problemas de su tiempo.
Esos problemas eran la ruina política, económica y moral de la Grecia clásica,
previa a la conquista macedónica. Un siglo de constantes guerras y rivalidad
civil habían desangrado el país de hombres y dinero; la venalidad y la
corrupción envenenaban la vida pública; hordas de exiliados políticos,
reducidos a la existencia de aventureros sin hogar, vagaban por la campiña; el
aborto legalizado y el infanticidio reducían el número de ciudadanos. La
historia del siglo IV a. C., escribió una moderna autoridad, «es, en algunos de
sus aspectos, la del mayor fracaso de la historia… Platón y Aristóteles… cada
uno intenta de distinto modo (sugiriendo formas de constitución distintas de
aquellas bajo las cuales la raza ha caído en la decadencia política) rescatar
ese mundo griego, que tanto aprecian, del desastre político y social al que se
encamina a pasos agigantados. Pero el mundo griego está ya más allá de toda
salvación.»[40]
Las reformas políticas que ellos sugirieron nos preocupan sólo en cuanto
señalan la inclinación inconsciente que empapa su cosmología; pero en aquellas
circunstancias son relevantes. La Utopía de Platón es más
aterradora que el 1984de Orwell debido a que Platón desea que
suceda lo que Orwell teme que pueda ocurrir. «El que la República de Platón sea
admirada, su vertiente política, por personas honradas, es quizá el más
sorprendente ejemplo de esnobismo literario de toda la historia», observó
Bertrand Russell.[41] En la República de Platón, la aristocracia gobierna por
medio de la «noble mentira», es decir, pretendiendo que Dios ha creado tres
tipos de hombres, hechos, respectivamente, de oro los gobernantes; de plata los
soldados; y de metales corrientes el hombre común. Otra mentira piadosa ayudará
a mejorar la raza: cuando se haya abolido el matrimonio, la gente empezará a
formar grupos de procreación, pero los gobernantes manipularán secretamente a
esos grupos de acuerdo con los principios de la eugenesia. Habrá una rígida
censura; no se permitirá a ningún joven leer a Homero porque difunde el
desacato a los dioses, los goces indecorosos y el temor a la muerte, con lo
cual desanima a la gente de morir en la batalla.
La política de Aristóteles se mueve a lo largo de líneas menos extremadas pero
esencialmente similares. Critica algunas de las más provocativas formulaciones
de Platón, pero no sólo considera la esclavitud como la base natural del orden
social: «el esclavo está totalmente desprovisto de la facultad de razonamiento»[42], sino que incluso deplora la existencia de una clase «media» de
artesanos libres y profesionales, porque su parecido superficial con los
gobernantes arroja descrédito sobre éstos. En consecuencia, en el Estado
Modelo, se debe privar de los derechos de ciudadanía a todos los profesionales.
Es importante comprender el origen del desprecio de Aristóteles hacia
artesanos, arquitectos, ingenieros y otros semejantes, en contraste, por
ejemplo, con la alta estima de que gozó Eupalino, el constructor del túnel, en
Samos. El motivo residía en que Aristóteles creía que ya no eran necesarios,
debido a que las ciencias aplicadas y la técnica
habían cumplido ya su tarea. No se necesitaba ni podía inventarse nada
más para hacer la vida más cómoda y placentera puesto que «se han alcanzado
casi todos los requisitos de comodidad y refinamiento social» y «ya se han
aportado todas las cosas de ese tipo»[43].. Las ciencias puras y la filosofía «que no se
ocupan ni de las necesidades ni del goce de la vida» sólo surgen, desde el
punto de vista de Aristóteles, después de que las ciencias prácticas hayan
realizado todo lo que pueden llegar a efectuar y se ha detenido el progreso
material.
Incluso estas observaciones superficiales pueden señalar el carácter general
subyacente en esas filosofías: el inconsciente anhelo de estabilidad y
permanencia en un mundo que se derrumba, donde el «cambio» sólo puede ser un
cambio a peor y el «progreso» sólo puede significar progreso hacia el desastre.
El «cambio», para Platón, es virtualmente sinónimo de degeneración; su historia
de la creación es la de la sucesiva aparición de cada vez más bajas y menos
valiosas formas de vida: de Dios, que es pura divinidad contenida en sí misma,
al mundo de la realidad, que consiste únicamente en formas o ideas perfectas,
al mundo de la apariencia, que es una sombra y una copia del anterior, y así
descendiendo hasta el hombre. «Aquellos hombres, creados al principio, que
llevaron una vida de cobardía e injusticia renacieron adecuadamente como
mujeres en la segunda generación, y por eso, en esa ocasión en particular los
dioses maquinaron el ansia por la copulación.» Después de las mujeres llegamos
a los animales: «Bestias que andaban sobre sus cuatro patas surgieron de los
hombres que no estaban en absoluto familiarizados con la filosofía y nunca
habían mirado a los cielos»[44]. Éste es el relato de la caída permanente: una teoría de descenso e involución, opuesta
al ascenso y la evolución.
Como ocurre a menudo con Platón, es imposible decir aquí lo que se debe tomar
al pie de la letra o alegóricamente, o como una broma esotérica. Pero no puede
haber la menor duda relativa a la tendencia básica de todo el sistema.
Tendremos que remontamos de nuevo hasta Platón para captar el efluvio de cierto
desarrollo posterior. Por el momento, retengamos esta clave esencial de la
cosmología de Platón: su temor al cambio, su desprecio y odio hacia los
conceptos de evolución y mutabilidad. Es algo que resplandece a lo largo de
toda la Edad Media, junto con su anhelo concomitante de un mundo de eterna e
inmutable perfección:
Luego pienso de nuevo en lo que dijo la naturaleza
de ese mismo tiempo en que ya no se producirá ningún otro cambio,
sino que todas las cosas permanecerán inmóviles, firmemente ancladas
sobre los pilares de la eternidad,
que es lo contrario a mutabilidad.[45]
Esta «fobia a la mutación»
parece ser el principal responsable de los aspectos más repelentes del
platonismo. La síntesis pitagórica de religión y ciencia, del enfoque místico y
empírico, se halla ahora reducida a jirones. Se lleva el misticismo de los pitagóricos
a extremos de esterilidad, mientras se ridiculiza y desanima la ciencia
empírica. La física queda separada de las matemáticas y convertida en un
apartado de la teología. La orden pitagórica queda transformada en la guía de
una utopía totalitaria; consejos de viejas o mentiras edificantes acerca de
cobardes castigados con reencarnaciones femeninas degradan la transmigración de
las almas en su camino a Dios; el ascetismo órfico cuaja en odio al cuerpo y
desprecio de los sentidos. El auténtico conocimiento no puede conseguirse con
el estudio de la naturaleza, porque «si tuviéramos un auténtico conocimiento de
algo, deberíamos habernos liberado del cuerpo… Mientras nos hallemos en
compañía del cuerpo, el alma no puede lograr un auténtico conocimiento»[46].
Todo esto no es una expresión de humildad, ni la humildad del místico buscador
de Dios ni tampoco la de la razón al reconocer sus límites: es la filosofía,
entre asustada y arrogante, del genio de una aristocracia condenada y una
civilización ruinosa. Cuando la realidad se vuelve insoportable, la mente debe
soslayarla y crear un mundo artificial de perfección. Sólo se debe considerar
real el mundo de ideas y formas puras de Platón, mientras que el de la
naturaleza que percibimos es su copia barata comprada en unos grandes
almacenes, es un vuelo al engaño. La verdad intuitiva expresada en la alegoría
de la cueva se lleva aquí al absurdo por exceso de detalles, como si el autor
del verso «este mundo es un valle de lágrimas» tuviese que proceder a un recuento
real de la distribución de las gotas de lágrimas caídas sobre el valle.
Una vez más debemos recordar que en la cosmogonía surrealista del Timeo es
imposible trazar una línea entre filosofía y poesía, entre afirmaciones
metafóricas y factuales; y que largos pasajes del Parménides destruyen
virtualmente la doctrina de que el mundo es una copia de los modelos celestes.
Pero si alguno de mis párrafos anteriores dan la impresión de una visión dura y
unilateral de lo que Platón quería dar a entender, esto es esencialmente lo
que él pretendió para una larga hilera de generaciones futuras, la
sombra unilateral que arrojó. Tenemos que ver también que el segundo renacimiento
platónico, en el siglo XV, iluminó un aspecto completamente distinto de Platón,
y arrojó su sombra en dirección opuesta. Pero ese giro se halla aún muy lejos
de aquí.
§2. Ascensión del dogma de lo circular
Tengo que volver ahora a la contribución de Platón a la astronomía, que es nula
en cuanto a avances evidentes, porque Platón sabía muy poco de astronomía y,
evidentemente, le aburría. Son tan confusos, ambiguos o contradictorios los
pocos pasajes donde se siente tentado a introducir el tema, que todos los
esfuerzos de los eruditos han fracasado al intentar explicar su significado[47].
Sin embargo, por un proceso de razonamiento metafísico y a priori. Platón
alcanzó un cierto número de conclusiones generales relativas a la forma y
movimientos del Universo. Esas conclusiones, de gran importancia para todo lo
que seguirá, fueron que la forma del mundo tiene que ser una esfera
perfecta, y que todo movimiento tiene que producirse en
círculos perfectos y a una velocidad uniforme.
«Y otorgó al Universo la
figura que le es propia y natural. En consecuencia, le hizo dar vueltas como en
un torno y lo modeló redondo y esférico, con sus extremos equidistantes del
centro en todas direcciones, la figura de todas las figuras más perfecta y más
parecida a sí mismo, ya que consideraba que lo que se le parecía era más
hermoso que lo que no se le parecía. Proporcionó a la parte exterior del
conjunto una superficie perfectamente terminada y lisa, por muchas razones. No
necesitaba ojos, porque no quedaba nada visible fuera de él; ni oídos, porque
no había nada audible hiera de él; y no había nada fuera que requiriera ser
inhalado… Le confirió un movimiento que era acorde con su forma corporal, ese
movimiento de los siete movimientos que está más ligado a la comprensión y la
inteligencia. En consecuencia, haciéndolo girar sobre sí mismo en su lugar, le
dio una rotación circular; todos los otros seis movimientos [es decir,
movimiento en línea recta hacia arriba y abajo, hacia delante y atrás, a derecha
e izquierda] los apartó de él y retiró de sus vagabundeos. Y puesto que para
sus revoluciones no tenía necesidad de pies, lo creó sin piernas y sin pies…
Liso e igual y equidistante en todas sus partes del centro, un cuerpo completo
y perfecto, formado a su vez por cuerpos perfectos…»[48]
En consecuencia, la tarea de los matemáticos estribaba ahora en
diseñar un sistema que redujera las irregularidades aparentes de los
movimientos de los planetas a movimientos regulares en círculos perfectamente
regulares. Esta tarea los mantuvo ocupados durante los siguientes dos mil años.
Con su poética e inocente sugestión, Platón lanzó una maldición sobre la
astronomía cuyos efectos perdurarían hasta principios del siglo XVII, cuando
Kepler probó que los planetas se movían en órbitas que no eran circulares, sino
ovaladas. Es posible que en toda la historia del pensamiento no haya otro
ejemplo de tan obstinada y obsesiva persistencia en el error como la falacia de
lo circular que hechizó a la astronomía durante dos milenios.
Pero también aquí, Platón se limitó a recoger, en un lenguaje semialegórico,
una sugerencia que estaba acorde con la mejor tradición pitagórica; Aristóteles
promovió la idea del movimiento circular a dogma de la astronomía.
§3. El miedo al cambio
En el mundo de Platón, los límites entre lo metafórico y lo factual son
Imprecisos; toda esa ambigüedad desaparece cuando Aristóteles toma el mando.
Disecciona con pedante meticulosidad la visión, conserva in vitro su
tejido poético, condensa y congela su espíritu volátil. El resultado es el
modelo aristotélico del Universo.
Los jónicos abrieron el mundo-ostra, los pitagóricos enviaron la esfera de la
Tierra a la deriva en él, los atomistas disolvieron sus límites en el Infinito.
Aristóteles cenó de nuevo la tapa, envió de vuelta la Tierra al centro del
mundo y la privó de movimiento.
Primero debo describir el modelo en sus líneas generales y después llenar los
detalles.
En las cosmologías anteriores, la Hería inmóvil se halla rodeada por nueve
esferas concéntricas y transparentes que se superponen las unas a las otras
como las capas de una cebolla (véase la figura A). La capa más interna es la
esfera de la Luna; las dos más externas corresponden a la esfera de las
estrellas fijas y, más allá de ésa, la esfera del motor primario que mantiene
en movimiento toda la maquinaria: Dios.
El Dios de Aristóteles ya no gobierna el mundo desde el interior, sino desde el
exterior. Ha llegado el fin del luego central pitagórico, el crisol de Zeus,
como fuente divina de energía cósmica; el final de la concepción mística de
Platón del anima mundi, del mundo como un animal vivo poseído
por un alma divina. El Dios de Aristóteles, el motor impasible, que hace girar
al mundo desde el exterior, es el Dios de la teología abstracta. El «Was
wär ein Gott der nur von aussen stiesse» de Goethe parece dirigido
directamente a él. La remoción del hogar de Dios desde el centro hasta la
periferia ha transformado automáticamente la región central, ocupada por la
Tierra y la Luna, en la más alejada de él: la más baja y humilde de todo el
Universo. Ahora, definitivamente, se considera no digno el espacio englobado
por la esfera de la Luna y que contiene a la Tierra —la «región sublunar»—. En
esta región, y sólo en ella, están confinados los horrores del cambio, de la
mutabilidad. Los cielos son eternos e inalterables más allá de la esfera de la
Luna.
Esta escisión del Universo en dos regiones —una inferior y otra exaltada; una
sujeta al cambio y otra inmutable— llegaría a convertirse en otra doctrina
básica de la filosofía y la cosmología medievales. Comporta una serena y
cósmica tranquilidad al asustado mundo al afirmar su estabilidad y permanencia
esenciales, pero sin ir tan lejos como pretender que todo cambio es mera
ilusión, sin negar la realidad del crecimiento y la decadencia, la generación y
la destrucción. No se trata de una reconciliación de lo temporal y lo eterno,
sino simplemente de una confrontación de los dos; pero ser capaces de ver ambas
cosas en una sola mirada es algo confortante.
La división resulta intelectualmente más satisfactoria y fácil de captar
asignando a las dos partes del Universo distintas materias primas y diferentes
movimientos. Toda la materia de la región sublunar consiste en distintas
combinaciones de los cuatro elementos —tierra, agua, aire y fuego—, los cuales
son, a su vez, combinaciones de otro par de opuestos: calor y frío; seco y
húmedo. La naturaleza de esos elementos requiere que se muevan en líneas
rectas: la tierra, hacia abajo; el fuego, hacia arriba; el aire y el agua,
horizontalmente. La atmósfera llena toda la esfera sublunar, aunque sus zonas
superiores no están formadas por aire propiamente dicho, sino por una sustancia
que, puesta en movimiento, arde y produce los cometas y los meteoros. Los
cuatro elementos se transforman constantemente entre ellos, y ahí reside la
esencia de todos los cambios.
Pero nada cambia más allá de la esfera de la Luna y no se halla presente
ninguno de los cuatro elementos terrestres. Los cuerpos celestes están formados
por un «quinto elemento» distinto, puro e inmutable, cada vez más puro cuanto
más alejado está de la Tierra. El movimiento natural del quinto elemento, como
oposición al de los cuatro elementos terrestres, es circular, puesto que la
esfera es la única forma perfecta y el movimiento circular, el único movimiento
perfecto. El movimiento circular no tiene principio ni fin; vuelve a sí mismo y
continúa avanzando eternamente; es el movimiento sin cambio.
El sistema tenía también otra ventaja. Era un compromiso entre dos tendencias
filosóficas opuestas. Por un lado, estaba la tendencia “materialista”, que se
inició con los jónicos y prosiguió con hombres como Anaxágoras, el cual creía
que el homo sapiens debía su superioridad a su destreza en
utilizar las manos; con Heráclito, que consideraba el Universo como un producto
de fuerzas dinámicas en eterno fluir; y culminó con Leucipo y Demócrito, los
primeros atomistas. La tendencia opuesta, que se originó con los eleáticos,
halló su máxima expresión en Parménides, el cual enseñó que todo cambio,
evolución y decadencia aparentes son ilusiones de los sentidos, porque todo lo
que existe no puede surgir de algo inexistente o distinto de ello, y que la
realidad, tras la ilusión, es indivisible, inmutable u se halla en un estado de
perfección estática. Así, mientras para Heráclito en realidad es un proceso
continuo de cambio e inicio, un mundo de fuerzas dinámicas, de tensiones
creadoras entre opuestos, para Parménides la realidad es una esfera sólida,
increada, eterna, inmóvil, inmutable e uniforme[49].
El párrafo precedente es, naturalmente, una deplorable y exagerada
simplificación de los desarrollos existentes en uno de los más intensos
períodos de debate filosófico; pero mi propósito es mostrar cuán limpiamente
resolvió el dilema básico el modelo aristotélico del Universo, ofreciendo la
región sublunar a los materialistas, mientras el resto del Universo, eterno,
inmutable, continuaba bajo el signo del «nunca cambia nada» de Parménides.
Una vez más, no se trataba de una reconciliación, sino simplemente de una
yuxtaposición de dos visiones del mundo o «sensaciones del mundo», que poseen
profundo atractivo para la mente del hombre. Se incrementó la fuerza de este
atractivo cuando, en un estadio posterior, la mera yuxtaposición condujo a
la gradación entre los opuestos; cuando se sustituyó el
universo aristotélico original de dos pisos —todo él sótano y planta baja— por
una estructura elaboradamente graduada de muchos pisos; una jerarquía cósmica
donde cada objeto y criatura tenían asignado su «lugar» exacto, porque su
posición en el espacio de múltiples capas entre la baja tierra y los altos
cielos definía su rango en la escala de valores de la cadena de seres. Veremos
que este concepto de un cosmos encerrado en sí mismo y dividido en grados, como
la administración pública (excepto que no había promociones, sólo
degradaciones), sobrevivió durante casi un milenio y medio. Se trataba
realmente de un universo mandarín. Durante este tiempo, el pensamiento europeo
tuvo más en común con las filosofías china o India que con su propio pasado y
futuro.
Sin embargo, a pesar de que la filosofía europea era tan sólo una serie de
notas al pie de página a Platón e incluso de que Aristóteles tuvo un dominio
milenario sobre la física y la astronomía, una vez dicho todo, su influencia
dependió no tanto de la originalidad de sus enseñanzas como de mi proceso de
selección natural en la evolución de las ideas. Entre un número de mutaciones
ideológicas, determinada sociedad seleccionará la filosofía que
inconscientemente cree que encaja mejor con sus necesidades. En los siglos
siguientes, cada vez que variaba el clima cultural en Europa, las estrellas
gemelas cambiaban también de aspecto y color: Augusto y Tomás de Aquino, Erasmo
y Kepler, Descartes y Newton, cada cual leía en ellas un mensaje distinto. Las
ambigüedades y contradicciones en Platón, los giros dialécticos en Aristóteles
admitían un amplio abanico de interpretaciones y cambios de actitud, y, además,
se podía virtualmente invertir el efecto total tomándolos juntos o alternados,
combinando facetas seleccionadas de cada uno; veremos que el «nuevo platonismo»
del siglo XVI era, en muchos aspectos, lo opuesto al neoplatonismo de
principios de la Edad Media.
En este punto, debo regresar brevemente al odio de Platón al cambio —hacia la
«generación y degeneración»—, que convirtió la esfera sublunar en un vergonzoso
barrio pobre del Universo. Aristóteles no compartía este odio. Como buen
biólogo, consideraba que todo cambio, todo movimiento de la naturaleza, iba
dirigido hacia un fin y un propósito, incluso los movimientos de los cuerpos
inanimados: una piedra caerá al suelo y un caballo galopará a su establo porque
ésos son su «lugar natural» en la jerarquía universal. Tendremos ocasión, más
adelante, de maravillamos ante los desastrosos efectos de esa genial
inspiración aristotélica en el camino de la ciencia europea; por el momento,
tan sólo deseo señalar que la actitud de Aristóteles hacia el cambio, aunque
rechaza la evolución y el progreso, no es en absoluto tan derrotista como la de
Platón[50]. Sin embargo, la tendencia
dominante del neoplatonismo ignora su disensión con Aristóteles en este punto
esencial y consigue extraer lo peor de ambos mundos. Adopta el esquema
aristotélico del Universo pero convierte la esfera sublunar en un platónico valle
de sombras; sigue la doctrina platónica del mundo natural como una imprecisa
copia de las formas ideales —que Aristóteles rechazaba—, pero sigue a
Aristóteles en situar el motor primero fuera de los confines del mundo. Sigue a
ambos en sus ansiosos esfuerzos por edificar un Universo fortificado, protegido
contra las incursiones bárbaras del cambio; un nido de esferas dentro de
esferas, que giran eternamente sobre sí mismas, y sin embargo, se mantienen en
el mismo lugar; oculta así su vergonzoso secreto, ese centro de infección,
seguro y aislado en la cuarentena sublunar.
En la inmortal parábola de la cueva, donde los hombres permanecen encadenados
de espaldas a la luz y sólo perciben el juego de las sombras en la pared, sin
darse cuenta de que únicamente son sombras, sin recibir la luminosa realidad
existente fuera de la cueva… en esta alegoría de la condición humana, Platón
pulsa una cuerda arquetípica tan llena de ecos como la armonía de las esferas
de Pitágoras. Pero si pensamos en el neoplatonismo y el escolasticismo como en
filosofías determinadas y preceptos de vida, es posible que sintamos propensión
a invertir el juego y a pintar un cuadro de los fundadores de la Academia y el
Liceo como dos hombres asustados de pie en la misma cueva, que están mirando a
la pared, encadenados a sus lugares respectivos en una era catastrófica,
vueltos de espaldas a la llama de la era heroica de Grecia y proyectando
grotescas sombras que obsesionarán a la humanidad durante más de un millar de
años.
Capítulo 5
El divorcio de la realidad
Contenido:
§1. Esferas dentro de esferas (Eudoxo)
§2. Ruedas dentro de ruedas (Tolomeo)
§3. La paradoja
§4. Saber y no saber
§5. La nueva mitología
§6. El universo cubista
§1. Esferas dentro de esferas (Eudoxo)
En un Universo cerrado, donde las estrellas fijas todavía no ofrecían problemas
específicos, los planetas constituían la dificultad para llegar a comprenderlo;
la principal tarea de la cosmología consistía en imaginar un sistema que
explicara cómo se movían el Sol, la Luna y los restantes cinco planetas.
Esta tarea resultó más ardua todavía cuando el axioma de Platón —de que todos
los cuerpos celestes se mueven en círculos perfectos— se convirtió en el primer
dogma académico de la primera institución que llevó ese solemne nombre. La
tarea de la astronomía académica estribaba ahora en probar que los
aparentemente irregulares recorridos de los planetas eran el resultado de
alguna combinación de varios movimientos simples, circulares y uniformes.
Eudoxo, brillante matemático al que se debe la mayor parte del quinto libro de
Euclides y discípulo de Platón, emprendió el primer intento serio e ingenioso
de explicarlo y Calipo, su discípulo, lo mejoró. Recordemos que en los anteriores
modelos geocéntricos del Universo cada planeta estaba unido a una esfera
transparente propia, y que todas las esferas giraban en torno a la Tierra.
Puesto que esto no resuelve las irregularidades de sus movimientos, como el
permanecer ocasionalmente inmóviles y a veces ir hacia atrás por un tiempo: sus
«estaciones» y «retrogradaciones», Eudoxo asigna a cada planeta varias esferas.
El planeta está unido a un punto situado en el ecuador de una esfera que gira
en torno de su eje, A. Los dos extremos de este eje se hallan, a su
vez, en la superficie interna de una esfera concéntrica mayor, S2,
que rota alrededor de un eje distinto, A2, y arrastra
consigo a A. El eje de S2 está unido a
la siguiente esfera mayor, S3, que rueda, a su vez, en
torno de un eje distinto, A3: y así sucesivamente. En
consecuencia, el planeta participa en todas las rotaciones independientes de
las distintas esferas que forman su «nido». De este modo, al hacer que cada
esfera girara con su inclinación y velocidad apropiadas, era posible reproducir
aproximadamente —aunque sólo muy aproximadamente— el movimiento real de cada
planeta[51]. El Sol y la Luna
necesitaban un nido de tres esferas cada uno, los otros planetas cuatro esferas
cada uno, lo cual (junto con la modesta esfera única asignada a la multitud de
estrellas fijas) hada un total de veintisiete esferas. Calipo mejoró el sistema
a costa de añadirle siete esferas más, con lo que alcanzó un total de treinta y
cuatro esferas. En este punto apareció Aristóteles.
En el capítulo anterior me concentré en las líneas generales y las
implicaciones metafísicas del universo de Aristóteles, sin entrar en
consideraciones astronómicas. Así, hablé de las clásicas nueve esferas,
desde la esfera de la Luna hasta la del motor primero (que fueron, de hecho,
las únicas recordadas durante la Edad Media), sin mencionar que cada una de
esas nueve esferas era, en realidad, un nido de esferas dentro de esferas. En
la práctica, Aristóteles utilizó nada menos que cincuenta y cuatro esferas para
explicar los movimientos de los siete planetas. La razón de su inversión
adicional en otras veinte esferas es interesante. Eudoxo y Calipo no se
preocuparon en construir un modelo que fuera físicamente posible; no les
importó la maquinaria real de los cielos; se limitaron a establecer un
dispositivo puramente geométrico que, sabían, sólo podía existir sobre el
papel. Aristóteles deseaba hacer algo mejor y lo transformó en un auténtico
modelo físico. La dificultad residía en que todas las esferas adjuntas debían
hallarse mecánicamente conectadas, pero el movimiento individual de cada
planeta no debía transmitirse a los demás. Aristóteles intentó resolver este
problema introduciendo cierto número de esferas «neutralizadoras» entre nidos
adyacentes; de esta manera quedaba eliminado el efecto de los movimientos de,
por ejemplo, Júpiter sobre su vecino y el nido de Marte podía actuar desde
cero. Pero a pesar de ello, el modelo de Aristóteles no ofrecía ninguna mejora
en cuanto a la reproducción de los movimientos planetarios en sí.
Quedaba, además, otra dificultad. Puesto que cada esfera participaba en el
movimiento de la siguiente mayor que la envolvía, necesitaba una fuerza motora
especial que le diera su rotación independiente sobre su eje; lo cual
significaba que tenían que haber, por lo menos, cincuenta y cinco «motores
impasibles», o espíritus, para mantener el sistema en funcionamiento.
Era un sistema en extremo ingenioso y por completo disparatado, incluso con los
estándares contemporáneos, lo cual queda demostrado por el hecho de que, a
pesar del enorme prestigio de Aristóteles, quedó rápidamente olvidado y
enterrado. Fue, sin embargo, el primero de otros sistemas, por igual ingeniosos
y disparatados, que los astrónomos se sacaron de sus torturados cerebros
obedeciendo a la sugestión poshipnótica de Platón de que todos los movimientos
celestes deben ser circulares y estar centrados en torno de la Tierra.
Hubo también cierta falta de honradez en todo ello. Las esferas de Eudoxo
podían justificar —aunque de forma imprecisa— la existencia de «estaciones» y
«retrogradaciones» en el avance de un planeta, pero nunca los cambios del
tamaño y el brillo causadas por las variaciones de la distancia del planeta
respecto a la Tierra. Esas modificaciones eran muy evidentes en Venus y Marte,
y más aún en la Luna: porque los eclipses centrales de Sol son «anulares» o
«totales» según sea la distancia de la Luna a la Tierra en aquel momento. Todo
esto se conocía ya antes de Eudoxo y, en consecuencia, él lo sabía tan bien
como Aristóteles;[52] sin embargo, su
sistema simplemente ignora el hecho: por complicado que sea el movimiento del
planeta, se halla confinado en una esfera centrada en la Tierra y, por tanto,
nunca puede variar su distancia a ésta.
Este insatisfactorio estado de cosas hizo que naciera la heterodoxa rama de la
cosmología desarrollada por Heráclides y Aristarco (véase el capítulo 3). El
sistema de Heráclides eliminaba (aunque sólo para los planetas interiores)
las dosdificultades más notorias: las «estaciones y
retrogradaciones» y la variación de las distancias a la Tierra. Más aún,
explicaba (como muestra una ojeada a la figura B de la página 27) la relación
lógica entre las dos dificultades: por qué Venus era siempre más brillante
cuando se movía como los cangrejos y viceversa. Cuando Heráclides y Aristarco
hicieron que los restantes planetas, incluida la Tierra, se movieran en torno
del Sol, la ciencia griega se halló en el camino que la conduciría en línea
recta hasta el moderno Universo; luego lo abandonó de nuevo. El modelo de
Aristarco, centrado en el Sol, se descartó como si fuera un fenómeno de feria;
y la ciencia académica avanzó triunfante desde Platón, vía Eudoxo y las
cincuenta y cinco esferas de Aristóteles, hacia un más ingenioso e improbable
artefacto: el laberinto de epiciclos ideado por Claudio Tolomeo.
§2. Ruedas dentro de ruedas (Tolomeo)
Si llamamos al mundo de Aristóteles un universo cebolla, podemos denominar muy
bien al de Tolomeo el universo noria. Iniciado por Apolonio de Pérgamo en el
siglo III a. C., desarrollado por Hiparco de Rodas durante el siglo siguiente y
completado por Tolomeo de Alejandría en el siglo II de nuestra era, el sistema
tolemaico se convirtió, con modificaciones menores, en la última palabra en
astronomía hasta Copérnico.
Cualquier movimiento rítmico, incluso el brinco de un pájaro, cabe imaginarlo
causado por un mecanismo de relojería en que gran número de ruedas invisibles
intervienen en producir los movimientos. Desde que los «movimientos circulares
uniformes» se convirtieron en la ley fundamental que gobernaba los cielos, la
tarea de la astronomía quedó reducida a plantear, sobre el papel, qué mecanismo
imaginario de relojería explicaba el movimiento de los planetas como resultado
de los giros de una serie de etéreos componentes perfectamente circulares.
Eudoxo había utilizado esferas como componentes; Tolomeo empleó ruedas.
Quizá resulte más fácil visualizar el universo tolemaico no como un mecanismo
de relojería normal, sino como un sistema de «grandes ruedas» o «norias» como
las existentes en los parques de atracciones: una enorme rueda vertical que
gira lentamente, con una serie de cabinas pequeñas que cuelgan suspendidas de
su borde.
Imaginemos al pasajero bien sujeto a su asiento en la cabina
pequeña, y luego supongamos que la maquinaria se ha descompuesto: la cabina, en
vez de colgar tranquilamente del borde de la gran rueda, gira de forma alocada
sobre el pivote del que se halla suspendida, al tiempo que el pivote en sí gira
lentamente con la noria. El infeliz pasajero —o planeta— no describe ahora un
círculo en el espacio, sino una curva producida por una combinación de
movimientos circulares. Variando el tamaño de la rueda, la longitud del brazo
del que se halla suspendida la cabina y la velocidad de las dos rotaciones,
podremos producir gran variedad de curvas, como la que se muestra en el
diagrama, pero también otras curvas en forma de riñón, guirnaldas, óvalos ¡e
incluso líneas rectas!
Visto desde la Tierra, que constituye el centro de la noria o rueda grande, el
planeta-pasajero en la cabina se moverá en el sentido de las agujas del reloj
hasta que alcance el «punto estacionario» S1, luego retrocederá en sentido
contrario a las agujas de aquél hasta S2, para volver a avanzar en sentido de
las agujas del reloj hasta S3, y así sucesivamente[53]. El borde de la noria o
rueda grande se llama deferente, y el círculo descrito por la
cabina, epiciclo. Eligiendo una relación conveniente entre los
diámetros del epiciclo y el deferente, y unas velocidades apropiadas para
ambos, resultaba posible conseguir una aceptable aproximación a los movimientos
observados del planeta, en cuanto a «estaciones y retrogradaciones» y
distancias a la Tierra.
Sin embargo, ésas no eran las únicas irregularidades en los movimientos
planetarios, pues había también otra dificultad, debida (como sabemos hoy día)
a que sus órbitas no son circulares sino elípticas, es decir, de forma ovalada,
están «hinchadas». Para explicar esa anomalía se introdujo otro dispositivo, la
llamada «excéntrica móvil»: el eje de la rueda grande ya no coincidía con la
Tierra, sino que se movía en un círculo pequeño en las inmediaciones de la
llena; de esta manera se conseguía producir una órbita convenientemente
excéntrica, es decir, «hinchada»[54].
En la figura anterior, el eje de la rueda grande se mueve siguiendo el sentido
de las agujas del reloj en un pequeño círculo, de A a B;
el punto del borde del que se haya suspendido la cabina se mueve en dirección
contraria a las agujas del reloj, en una curva ovoidea, de a a b;
y la cabina gira formando el epiciclo final.
Pero esto no era suficiente; en el caso de algunos planetas recalcitrantes
resultó necesario colgar una segunda cabina de la cabina suspendida en la rueda
grande, con un radio y una velocidad diferentes; y luego una tercera; y después
una cuarta; y, finalmente, una quinta, hasta que el pasajero de la última
cabina describía una trayectoria más o menos conforme con la que se suponía que
debía describir.
Cuando se perfeccionó el sistema de Tolomeo, los siete pasajeros
—el Sol, la Luna y los cinco planetas— necesitaban una maquinaria de, por lo
menos, treinta y nueve ruedas moviéndose en el cielo; la rueda más externa, que
arrastraba consigo las estrellas fijas, hada el número cuarenta. Este sistema
era todavía el único reconocido por la ciencia académica en tiempos de Milton,
quien lo caricaturizó en un famoso pasaje del Paraíso perdido:
De hombre o ángel el gran Arquitecto
sabiamente ocultó, sin divulgarlo,
su secreto para que no fuera captado
por aquellos que debían admirarle; o si se sentían tentados
a conjeturar sobre la urdimbre de los Cielos,
a sus disputas los dejó, riendo quedamente
ante sus atrevidas y peregrinas opiniones
cuando llegaron a modelar los Cielos
y calcular las estrellas, y la forma en que tejieron
la altísima urdimbre, construyendo y destruyendo,
para salvar las apariencias, chirriantes esferas,
pergeñando concéntricas y excéntricas,
ciclos y epiciclos, orbe dentro de orbe.
Alfonso X de Castilla, llamado el Sabio, hombre piadoso y gran
mecenas de la astronomía, planteó el asunto de manera más sucinta, pues cuando
le iniciaron en el sistema de Tolomeo, suspiró: «Si el Altísimo me hubiera
consultado antes de embarcarse en la Creación, le hubiese recomendado algo
mucho más sencillo.»
§3. La paradoja
Hay algo profundamente desagradable en el universo tolemaico: es la obra de un
pedante con mucha paciencia y poca originalidad, que acumula obstinadamente
«orbe dentro de orbe». Todas las ideas básicas del universo epicíclico, así
como las herramientas geométricas para él, las había perfeccionado Hiparco, su
predecesor, quien las aplicó sólo a la construcción de órbitas para el Sol y la
Luna. Tolomeo completó el trabajo inconcluso sin contribuir con ninguna idea de
gran valor teórico[55].Hiparco tuvo su apogeo allá
por el año 125 a. C., más de un siglo después de Aristarco; y Tolomeo alrededor
del 150 de nuestra era, cerca de tres siglos después de Hiparco. En este lapso
de tiempo, casi de igual duración que la época heroica, no se produjo
virtualmente ningún progreso. Los mojones fueron espaciándose y muy pronto se
perdieron en el desierto; Tolomeo fue el último gran astrónomo de la escuela
alejandrina. Recogió los cabos que habían quedado sueltos tras Hiparco, y
completó el esquema de bucles enlazados en bucles. El resultado fue un tapiz
monumental y deprimente, el producto de una filosofía agotada y una ciencia
decadente. Pero no apareció nada para reemplazarlo durante aproximadamente un
milenio y medio. El Almagesto de Tolomeo[56] fue la Biblia de la
astronomía hasta principios del siglo XVII.
Para situar este extraordinario fenómeno en su perspectiva adecuada hay que
guardarse no sólo de considerar los acontecimientos retrospectivos
contrastándolos con los conocimientos actuales sino también de la actitud
opuesta, esa especie de benévola condescendencia que contempla las locuras de
la ciencia del pasado como inevitables consecuencias de la ignorancia o la
superstición: «nuestros antepasados no sabían más». Precisamente intento señalar
que sabían más; y que para explicar el extraordinario callejón sin salida en
que se movió la cosmología debemos buscar musas más específicas.
En primer lugar, difícilmente se puede acusar de ignorancia a los astrónomos
alejandrinos. Para observar las estrellas poseían instrumentos más precisos que
los que tuvo Copérnico. Éste, como veremos, apenas se molestó en observar las
estrellas; confió en las observaciones de Hiparco y Tolomeo. No sabía más
acerca de los movimientos reales en el cielo que lo que ellos sabían. Eran tan
precisos y dignos de confianza el catálogo de estrellas fijas de Hiparco y las
tablas de Tolomeo para calcular los movimientos planetarios, que sirvieron, con
algunas correcciones insignificantes, de guías de navegación para Colón y Vasco
da Gama. Eratóstenes, otro alejandrino, calculó el diámetro de la Tierra y lo
fijó en 12.560 kilómetros, con un error de tan sólo el medio por ciento[57]. Hiparco estimó la
distancia de la Luna y la estableció en 30 1/4 diámetros de la Tierra, con un
error de sólo tres décimas por ciento.[58]
Así pues, en cuanto a conocimientos, Copérnico no era mejor —y en muchos
aspectos era peor— que los astrónomos griegos de Alejandría que vivieron en los
tiempos de Jesucristo. Disponían de los mismos datos procedentes de
observaciones, de los mismos instrumentos y del mismo saber en geometría que
él. Eran unos genios de las «ciencias exactas». Sin embargo, no supieron ver lo
que Copérnico vio más tarde y Heráclides-Aristarco habían visto antes que
ellos: que, obviamente, los movimientos de los planetas estaban gobernados por
el Sol.
He dicho antes que debemos tomar precauciones con el empleo de la palabra
«obvio»; pero en este caso su uso es legítimo. Porque Heráclides y los
pitagóricos no llegaron a la hipótesis heliocéntrica por una afortunada
suposición, sino por haber observado que los planetas interiores se comportaban
como satélites del Sol, y que las retrogradaciones y cambios de los planetas
exteriores respecto a sus distancias a la Tierra también los gobernaba el Sol.
De modo que, a finales del siglo II de nuestra era, los griegos tenían en sus
manos todos los elementos fundamentales del rompecabezas[59] y, sin embargo,
fracasaron en unirlos; o mejor dicho, una vez unidos todos, volvieron a
separarlos en piezas. Sabían que las órbitas, períodos y velocidades de los
cinco planetas estaban conectados con el Sol y dependían de él; a pesar de
ello, consiguieron ignorar completamente ese importantísimo hecho en el sistema
del Universo que llegaron al mundo.
Su ceguera mental es aún más notable puesto que, como filósofos,
sabían el papel dominante que representaba el Sol, lo cual, como astrónomos,
negaban pese a todo.
Unas cuantas citas ilustrarán esta paradoja. Cicerón, por
ejemplo, cuyos conocimientos de astronomía se basan, sin duda, por entero en
fuentes griegas, escribe en La República: «El Sol… gobernante,
príncipe y líder de las demás estrellas, único principio ordenador del
Universo, (es) tan grande que su luz lo ilumina y lo llena todo… Las
órbitas de Mercurio y Venus lo siguen como sus compañeras.»[60]
Un siglo más tarde, Plinio escribe: «El Sol se halla situado en medio de los
planetas, y no sólo dirige el calendario y la Tierra sino también las
propias estrellas y el cielo.»[61]
Plutarco habla de manera similar en su obra En la cara del disco lunar:
«Pero, en general, ¿cómo podemos decir: la Tierra se halla en el
centro de…? ¿En el centro de qué? El Universo es infinito, y el infinito, que
no tiene ni principio ni fin, tampoco tiene centro… El Universo no asigna
ningún centro fijo a la Tierra, que vaga, incierta y desamparada, por el
infinito vacío sin una meta adecuada…»[62]
En el siglo IV de nuestra
era, cuando finalmente se abatió la oscuridad sobre el mundo antiguo, Juliano
el Apóstata escribió acerca del Sol: «Conduce la danza de las estrellas; su
providencia guía toda generación en la naturaleza. En torno a él, su rey, danzan
los planetas; giran a su alrededor en la perfecta armonía de sus distancias que
se hallan exactamente circunscritas, como afirman los sabios que contemplan los
acontecimientos que se producen en los cielos…»[63].
Finalmente, Macrobio, que vivió alrededor del año 400 de nuestra era, comenta
respecto al pasaje de Cicerón que acabo de citar:
«Llama al Sol el gobernante
de las demás estrellas porque el Sol regula su progresión y retrogradación
dentro de los límites espaciales, porque hay límites espaciales que confinan a
los planetas en su avance y retroceso con relación al Sol. Así, la fuerza y la
potencia del Sol regulan el curso de las demás estrellas dentro de límites
fijados.»[64].
Existen, pues, pruebas de que, en las postrimerías del mundo
antiguo, se recordaban bien las enseñanzas de Heráclides y Aristarco; que la
verdad, una vez hallada, se puede ocultar, enterrar bajo la superficie, pero no
destruir. Y, sin embargo, el universo tolemaico centrado en la Tierra, en el
que se ignora el papel específico del Sol, tuvo el monopolio del pensamiento
científico durante quince siglos. ¿Existe alguna explicación para esta notable
paradoja?
A menudo se ha sugerido que la explicación estriba en el miedo a la persecución
religiosa. Pero todas las pruebas citadas en apoyo de esta opinión consisten en
una simple y jocosa observación de un personaje del diálogo de Plutarco En
la cara del disco lunar, que he mencionado antes. Este personaje,
Lucio, es acusado festivamente de «volver el Universo patas arriba» al
pretender que la Luna consiste en materia sólida como la Tierra; luego se le
invita a explicar más detalladamente sus puntos de vista:
«Lucio sonrió y dijo: “Muy bien; pero no lancéis contra mí una
acusación de impiedad como Cleantes, que decía que correspondía a los griegos
acusar a Aristarco de Samos por trasladar de sitio el corazón del Universo, ya
que intentaba explicar los fenómenos mediante la suposición de que los cielos
están Inmóviles, mientras que la Hería gira en una órbita oblicua, al tiempo
que da vueltas sobre su propio eje.”»[65].
Sin embargo, nunca se
formuló tal acusación; ni Aristarco, que era tenido en la máxima estima, ni
Heráclides ni ningún otro partidario del movimiento de la Tierra fueron
perseguidos o acusados. Si Cleantes intentó realmente en alguna ocasión hacer
que alguien fuera perseguido bajo la acusación de «trasladar de sitio el
corazón del Universo», entonces la primera persona acusada de impiedad hubiera
debido de ser el venerado Aristóteles; porque Aristarco simplemente hizo que
dicho corazón se moviera en el espacio junto con la Tierra, mientras que
Aristóteles llevó este corazón hasta la periferia del mundo, privó totalmente a
la Tierra de la divina presencia, y la convirtió en el lugar más bajo del
mundo. En realidad, el «corazón del Universo» era tan sólo una alusión poética
al fuego central pitagórico, y resultaría absurdo considerado como un dogma
religioso. El propio Cleantes, filósofo estoico, más bien acre y de
inclinaciones místicas, escribió un himno a Zeus y despreciaba la ciencia. Su
actitud siendo Aristarco, científico y sabio por añadidura, natural de esa isla
de la que nunca había salido nada bueno, era evidentemente la de: «ese tipo
merece ser colgado». Aparte esa pizca de habladuría académica de Plutarco, en
ninguna de las fuentes conocidas no hay otra mención de ningún tipo de
intolerancia religiosa hacia la ciencia en toda la era helénica.[66]
§4. Saber y no saber
Así pues, ni la ignorancia ni las amenazas de una imaginaria inquisición
alejandrina pueden servir para explicar por qué los astrónomos griegos, después
de haber descubierto el sistema heliocéntrico, le volvieron la espalda.[67] Sin embargo, nunca se la volvieron por completo; como
señalan los pasajes antes citados, desde Cicerón y Plutarco hasta Macrobio,
sabían que el Sol gobernaba los movimientos de los planetas, pero al mismo
tiempo cerraban los ojos a ese hecho. Pero quizá esa misma irracionalidad
proporcione la clave de la solución, y nos saque de golpe de la costumbre de
considerar la historia de la ciencia en términos puramente racionales. ¿Por qué
deberíamos permitir que los artistas, conquistadores y hombres de estado se
guíen por motivos irracionales, pero no lo hagan las grandes figuras de la
ciencia? Los astrónomos postaristotélicos negaban que el Sol gobernara los
planetas y lo afirmaban al mismo tiempo; aunque el razonamiento consciente
rechaza esa paradoja, el inconsciente admite que pueda afirmarse y negarse
simultáneamente algo, contestar si y no a la misma pregunta; en una palabra,
saber y no saber. En la era de la decadencia, la ciencia griega se vio
enfrentada con un conflicto insoluble, que tuvo como resultado la escisión de
la mente; y esta «esquizofrenia controlada» continuó a lo largo de toda la Edad
Media, hasta llegar a darse casi por sentado que ésa era la condición normal
del hombre. No se sostuvo mediante amenazas externas, sino por una especie de
censor plantado dentro de la mente, que la mantenía separada en compartimientos
estrictamente no comunicantes.
Su principal preocupación consistía en «salvar las apariencias». El significado
original de esta ominosa frase era que una teoría debe hacer justicia a los
fenómenos observados o «apariencias»; en palabras llanas, tiene que encajar con
los hechos. Pero, gradualmente, la frase empezó a significar algo distinto. El
astrónomo «salvaba» el fenómeno si conseguía inventar una hipótesis que
resolviera los movimientos irregulares de los planetas a lo largo de órbitas de
formas irregulares transformándolos en movimientos regulares a lo largo de
órbitas circulares, independientemente de si la hipótesis era verdadera
o falsa, es decir, al margen de si era físicamente posible o
imposible. Después de Aristóteles, la astronomía se convierte en una geometría
abstracta del cielo divorciada de la realidad física. Su principal tarea es
explicar el contrasentido de los movimientos no circulares en el cielo. Tiene
un propósito práctico: servir de método para calcular tablas de los movimientos
del Sol, la Luna y los planetas; pero no tiene nada que decir en cuanto a la
naturaleza real del Universo.
El propio Tolomeo es completamente explícito al respecto: «Creemos que el
astrónomo debe esforzarse en conseguir el objetivo siguiente: demostrar que
todos los fenómenos en el cielo los producen movimientos uniformes y
circulares…».[68] Y en otro lugar: «Nos hemos dedicado a la tarea de probar
que todas las irregularidades aparentes de los cinco planetas, el Sol y la
Luna, se pueden representar mediante movimientos circulares uniformes, porque
tan sólo tales movimientos son adecuados a su naturaleza divina… Tenemos el
derecho a considerar la realización de esta tarea como la meta definitiva de la
ciencia matemática basada en la filosofía.»[69] Tolomeo deja muy claro también por qué la astronomía debe
renunciar a todos los intentos de explicar la realidad física que
se esconde tras todo ello: porque los cuerpos celestes, por su naturaleza
divina, obedecen leyes distintas de las que hallamos en la tierra. No existe
ningún lazo común entre las dos; en consecuencia, no podemos saber nada acerca
de la física de los cielos.
Tolomeo era un ferviente platónico; el efecto de las estrellas gemelas en el
transcurso de la ciencia se deja sentir ahora por completo. El divorcio que
crearon entre los cuatro elementos de la región sublunar y los cinco elementos
de los cielos conduce directamente a un divorcio entre la geometría celeste y
la física, entre la astronomía y la realidad. El mundo escindido queda
reflejado en la mente escindida. Sabe que en realidad el Sol
tiene una influencia física sobre los planetas; pero se desentiende de la
realidad.[70]
La situación queda resumida en un impresionante pasaje de Teón de Esmirna,
contemporáneo de Tolomeo. Tras expresar su opinión de que Mercurio y Venus
pueden, a fin de cuentas, estar dando vueltas en torno del Sol, dice que el Sol
debería ser llamado el corazón del Universo, el cual es a la vez «un mundo y un
animal».
«Pero [reflexiona], en los cuerpos animados, el centro del animal es diferente
del centro de su masa. Por ejemplo, para nosotros, que somos a In vez hombres y
animales, el centro de la criatura animada se halla en el corazón, siempre en
movimiento y siempre cálido y, en consecuencia, la fuente de todas las
facultades del alma, el deseo, la imaginación y la inteligencia; pero el centro
de nuestro volumen está en otro lado, a la altura del ombligo. Del mismo modo,
el centro matemático del Universo es donde se encuentra la Tierra, fría e
inamovible, pero el centro del mundo como animal es el Sol, que es, por así
decirlo, el corazón del Universo.»[71]
El pasaje es, a la vez, asombroso y atractivo; pulsa una nota que reverberará a
lo largo de toda la Edad Media. Atrae el anhelo arquetípico de concebir el
mundo como un animal vivo y vibrante, y asombra por su profana mezcla de
afirmaciones alegóricas y físicas, por sus pedantes variaciones de la inspirada
broma platónica. El contraste entre ombligo y corazón es ingenioso pero poco
convincente; no explica por qué dos planetas deben girar en torno del corazón y
otros tres alrededor del ombligo. ¿Creían realmente Teón y sus lectores en este
tipo de afirmaciones? La respuesta es que, aparentemente, un compartimiento de
sus mentes creía en ellas, mientras que el otro, no; casi se había completado
el proceso del divorcio. La astronomía de observación seguía progresando; ¡pero
qué regresión en In filosofía, comparada con la escuela pitagórica, e incluso
la jónica, de siete siglos atrás!
§5. La nueva mitología
Parece como si la rueda hubiera dado un giro completo y regresado a los
primitivos babilonios, buenos observadores y muy competentes constructores de
calendarios, que combinaban su ciencia exacta con un mitológico mundo de
sueños. En el universo de Tolomeo, los canales de círculos perfectos conectados
entre sí han reemplazado a los cursos de agua celestes, a lo largo de los
cuales bogan los dioses-estrellas en sus barcas, siguiendo unos cursos y
horarios perfectamente delimitados. La mitología platónica del cielo era más
abstracta y menos colorista, pero tan irracional y nacida de los sueños como la
antigua.
Los tres conceptos fundamentales de esta nueva mitología eran: el dualismo de
los mundos celeste y sublunar; la imposibilidad de la Tierra en el centro; y la
forma circular de todo movimiento celeste. He intentado mostrar que el común
denominador de los tres —y el secreto de su inconsciente atractivo— era el
miedo al cambio, el anhelo de estabilidad y permanencia de una cultura que se
va desintegrando. Un ápice de escisión mental y de duplicidad de pensamiento
quizá no fuera un precio demasiado alto que pagar a cambio del alivio que
representaba sobre el miedo a lo desconocido.
Pero fuera alto o bajo el precio, tenía que pagarse: el Universo quedó sometido
a congelación profunda; la ciencia, paralizada; y la construcción de satélites
artificiales y cabezas nucleares de combate, retrasada un milenio o más. Es
probable que no sepamos nunca si, subspecie aetemitatis, eso
fue bueno o malo; pero en lo que a nuestro limitado tema se refiere, fue
claramente malo. La visión dualista, circular, centrada en la Tierra, del
cosmos, excluyó todo progreso y todo compromiso por miedo a dañar su principio
más importante: la estabilidad. Así, no podía admitirse siquiera que los dos
planetas interiores trazaban círculos en torno del Sol, porque cuando se deja
vía libre a ese aparentemente inofensivo punto menor, el siguiente paso lógico
será extender la idea a los planetas exteriores y a la misma Tierra, como
demuestra claramente el desarrollo de la desviación de Heráclides. La mente
asustada, siempre a la defensiva, se da cuenta en seguida de los peligros de
ceder un milímetro al demonio.
El complejo de ansiedad de los últimos cosmólogos griegos se hace casi palpable
en un curioso pasaje[72] del propio Tolomeo, en el cual defiende la inmovilidad de
la Tierra. Empieza con el argumento usual de que si la Tierra se moviera,
«todos los animales y todos los pesos separados quedarían atrás flotando en el
aire», lo cual parece bastante plausible, a pesar de que, ya mucho antes de
Tolomeo, los pitagóricos y atomistas se habían dado cuenta de su naturaleza
engañosa. Pero luego continúa diciendo Tolomeo que si la Tierra se moviera
realmente, se encontrarla con que «a su gran velocidad, hubiese caído completamente
fuera del Universo». Esto no es plausible ni siquiera a escala de ingenuidad,
puesto que el único movimiento atribuido a la Tierra era circular en torno del
Sol, lo cual no entrañaba ningún riesgo de caer fuera del Universo, del mismo
modo que el Sol no concurría en ningún riesgo dando vueltas alrededor de la
Tierra. Tolomeo, sin duda, sabía muy bien todo esto, o, para ser más exactos,
un compartimiento de su mente lo sabía, mientras que el otro estaba hipnotizado
por el miedo de que el mundo saltara en pedazos cuando se tambalease la
estabilidad de la tierra.
El mito del círculo perfecto poseía también un poder hechizante y enraizado. Se
trata, en realidad, de un símbolo antiquísimo; el ritual de trazar un círculo
mágico en torno de una persona la protege contra los espíritus hostiles y los
peligros del alma; señala el lugar que limita como un santuario inviolable; se
utilizaba comúnmente para trazar el sulcus primigenius, el primer
surco, cuando se fundaba una nueva ciudad. Además de ser un símbolo de
estabilidad y protección, el círculo, o rueda, poseía grandes posibilidades
técnicas como elemento adecuado para cualquier tipo de máquina. Pero, por otro
lado, las órbitas planetarias no eran evidentemente círculos sino excéntricas,
abultadas, ovaladas u ovoides. Podía hacerse que parecieran el
producto de una combinación de círculos mediante artificios geométricos, pero
sólo a costa de renunciar a cualquier parecido con la realidad física. Existen
algunos restos fragmentarios, que datan del siglo I de nuestra era, de un
planetario griego pequeño, un modelo mecánico ideado para reproducir los
movimientos del Sol, de la Luna y quizá también de los planetas. Pero sus
ruedas, o al menos algunas de ellos, no son circulares sino ovoides.[73] Una ojeada a la órbita de Mercurio en el sistema tolemaico
(página 45) muestra una curva ovoide similar, que mira de frente al lector. Se
ignoraron todos esos indicadores, fueron relegados al limbo como un sacrificio
a la adoración del círculo.
Y, sin embargo, no había nada a priori que causara temor en
las curvas ovaladas o elípticas. También eran curvas «cerradas» que regresaban
a sí mismas y desplegaban tranquilizadoras simetría y armonía matemáticas. Por
una chocante coincidencia, debemos el primer estudio exhaustivo de las
propiedades geométricas de la elipse a Apolonio de Pérgamo, el mismo que, sin
darse nunca cuenta de que había tenido la solución en sus manos. Inició el
desarrollo del monstruoso universo epicíclico. Veremos que, dos mil años después,
el propio Johannes Kepler, que curó a la astronomía de lo obsesión circular,
dudó en adoptar las órbitas elípticas, porque, escribió, si la respuesta fuera
tan simple como eso, «entonces ya Arquímedes y Apolonio hubiesen resuelto el
problema».[74]
§6. El universo cubista
Antes de decir adiós al mundo griego, un imaginario paralelismo puede ayudarnos
a enfocar mejor este asunto.
En 1907, simultáneamente con la exposición conmemorativa de Cézanne en París,
se publicó una recopilación de cartas del maestro. Un párrafo de una de ellas
decía:
«En la naturaleza, todo ha
sido modelado a partir de la esfera, el cono y el cilindro. Hay que aprender a
basar la propia pintura en esas figuras sencillas y a partir de ellas conseguir
todo lo que desee.»
Y más adelante:
«Se debe tratar la
naturaleza reduciendo sus formas a cilindros, esferas y conos, todo ello puesto
en perspectiva, es decir, que cada lado de un objeto, cada plano, debe
dirigirse hacia un plano central.»[75]
Este manifiesto se convirtió en el evangelio de una escuela
pictórica conocida bajo el engañoso nombre de «cubismo». La primera pintura
«cubista» de Picasso estaba construida enteramente a base de cilindros, conos y
círculos, mientras que otros miembros de aquel movimiento veían la naturaleza
en términos de cuerpos angulares, pirámides, paralelepípedos y octaedros.[76]
Pero, pintaran en términos de cubos, cilindros o conos, el objetivo declarado
de los cubistas era reducir cualquier objeto a una configuración de sólidos
geométricos regulares. El rostro humano no está formado por sólidos regulares
en mayor medida que las órbitas de los planetas están constituidas por círculos
regulares; pero en ambos casos es posible «salvar el fenómeno»: en el cuadro de
Picasso Femme au miroir, la reducción de los ojos y el labio
superior de la modelo a un entrecruzado de esferas, pirámides y paralelepípedos
despliega la misma ingeniosidad e inspirada exaltación que las esferas de
Eudoxo girando dentro de otras esferas.
Es desalentador imaginar qué le hubiera ocurrido a la pintura si el manifiesto
cubista de Cézanne se hubiese convertido en un dogma, como le sucedió al
manifiesto «esferista» de Platón. Picasso se hubiese visto condenado a seguir
pintando cuencos cilíndricos cada vez más elaborados hasta sus últimas
consecuencias; y los talentos menores no hubieran tardado en descubrir que es
más fácil salvar el fenómeno con regla y compás sobre papel milimetrado bajo
una luz de neón que enfrentarse con las dificultades de la naturaleza. Afortunadamente,
el cubismo fue sólo una fase pasajera porque los pintores son libres de elegir
su estilo; pero los astrónomos del pasado no lo eran. El estilo en que se
presentaba el Cosmos tenía, como hemos visto, una relación directa con las
cuestiones fundamentales de la filosofía; y más tarde, durante la Edad Media,
adquirió una relación con la teología. Dos mil años duró la maldición del
«estetismo» que el hombre había lanzado sobre la visión del Universo.
Durante los siglos más recientes, desde el 1600 de nuestra era en adelante, los
progresos de la ciencia han sido constantes y sin interrupción; por ello nos
sentimos tentados a prolongar esa curva hacia el pasado y caer en la errónea
creencia de que el avance del conocimiento ha sido siempre un proceso continuo
y acumulativo a lo largo de una carretera que asciende firmemente desde los
inicios de la civilización hasta nuestras actuales alturas vertiginosas. Sin
duda, esto no es así. En el siglo vi a. C., los hombres instruidos sabían que
la Tierra era una esfera; en el siglo VI d. C. pensaban de nuevo que era un
disco, o que tenía una forma parecida a la del sagrado tabernáculo.
Mirando retrospectivamente la parte del camino que hemos recorrido hasta ahora,
quizá nos maravillemos de lo cortos que fueron los tramos en que el progreso de
la ciencia estuvo conducido por el pensamiento racional. Hay túneles en ese
camino, cuya longitud —respecto al tiempo— puede medirse en kilómetros, que
alternan con tramos a plena luz del sol de sólo unos pocos metros. Hasta el siglo
VI a. C., el túnel está lleno de figuras mitológicas; luego, durante tres
siglos, hay una fuerte luz; a continuación nos hundimos en otro túnel, repleto
de sueños distintos.
Cuadro cronológico de la primera parte
Segunda Parte
Oscuro Intermedio
Capítulo 1
El universo rectangular
Contenido:
§1. La ciudad de Dios
§2. El puente a la ciudad
§3. La Tierra como un tabernáculo
§4. La Tierra es redonda de nuevo
§1. La ciudad de Dios
Platón decía que el hombre mortal estaba imposibilitado de oír la armonía de
las esferas debido a la tosquedad de sus sentidos corporales; los platónicos
cristianos afirmaban que había perdido la facultad de ello con la caída.
Cuando las imágenes de Platón pulsan una cuerda arquetípica, continúan
reverberando en inesperados grados de significado, que a veces invierten los
mensajes que originalmente se han pretendido. Así, alguien se aventuraría a
decir que Platón causó esa caída de la filosofía que hizo a sus seguidores
sordos a las armonías de la naturaleza. El pecado que condujo a dicha caída fue
la destrucción de la unión pitagórica entre filosofía natural y religiosa, la
negación de la ciencia como una forma de adoración, la escisión de la
naturaleza misma del Universo en unas bajas tierras inferiores y unas etéreas
tierras superiores, hechas de distintos materiales, gobernadas por leyes
diferentes.
Este «dualismo de la desesperación», como cabría llamarlo, los neoplatónicos lo
llevaron a la filosofía medieval. Fue el legado de una civilización arruinada,
Grecia en la era de la conquista macedónica, a otra civilización hundida: el
mundo latino en la era de su conquista por las tribus germánicas. Desde el
siglo III d. C. hasta el fin del imperio, el neoplatonismo señoreó sin ningún
rival en los tres centros más importantes de la filosofía: Alejandría, Roma y
la Academia ateniense. Mediante ese proceso de selección natural en el campo de
las ideas, que ya hemos visto actuar, la Edad Media hizo suyos precisamente
aquellos elementos del neoplatonismo que despertaban sus aspiraciones místicas
hacia el reino de los cielos, y que creaban ecos de su desesperación por este
mundo, «el elemento más bajo y vil en el esquema de las cosas»[77], mientras se ignoraban los
aspectos más optimistas del neoplatonismo. Del propio Platón, sólo el Timeo,
esa obra maestra de la ambigüedad, se hallaba disponible en su traducción
latina (estaba muriendo el conocimiento del griego); y aunque Plotino, el más
influyente entre los neoplatónicos, afirmaba que el mundo material participaba
en cierta medida de la bondad y belleza de su Creador, se le recordaba
principalmente por su afirmación de que «se sonrojaba porque tenía cuerpo». El
cristianismo absorbió el neoplatonismo en esa distorsionada y extrema forma,
tras el colapso del imperio romano, y se convirtió en el vínculo principal
entre la antigüedad y la Europa medieval.
El símbolo más espectacular de esta fusión es el capítulo de las Confesiones de
san Agustín en que describe cómo Dios «puso en mi camino, por medio de cierto
hombre —increíblemente engreído—, algunos libros de los platónicos traducidos
del griego al latín».[78] Fue tan poderoso el
impacto que le causaron que, «siendo advertido por todo esto para que volviera
en mí mismo, entré en mis propias profundidades»,[79] y emprendió el camino
de la conversión. Aunque tras su conversión se quejara del fracaso de los
neoplatónicos en comprender que la Palabra se hizo Carne en Cristo, esto
demostró no ser ningún obstáculo. La unión mística entre platonismo y cristianismo
quedó consumada en las Confesiones y en la Ciudad de
Dios.
Un traductor moderno de las Confesiones escribió sobre
Agustín:
«En él la Iglesia occidental produjo su primer gran intelecto y,
de hecho, el último en los siguientes seiscientos años. Lo que esto iba a
significar para el futuro es algo que sólo puede suponerse. Todos los hombres
que dirigirían a Europa durante los seis o siete siglos siguientes se
alimentaron de él. Vemos al papa Gregorio el Grande, a finales del siglo VI,
leyendo y releyendo las Confesiones. Encontramos al emperador Carlomagno, en
las postrimerías del siglo VIII, utilizando la Ciudad de Dios como una especie
de Biblia.»[80]
Esta Biblia de la Edad Media, la Ciudad de Dios, la
empezó a escribir en el 413, bajo el choque del saqueo de Roma, y Agustín murió
en el 430, mientras los vándalos asediaban a Hipona, su ciudad episcopal. Eso
sirve de mucho para explicar sus catastróficas visiones de la humanidad como
una massa perditiones,un cúmulo de depravación, sumida en un estado
de muerte moral donde incluso los niños recién nacidos llevan consigo el
estigma del pecado original, donde los niños que han muerto sin recibir el
bautismo comparten el destino de la condenación eterna junto con la enorme
mayoría de la humanidad, tanto pagana como cristiana. Porque la salvación sólo
es posible a través de un acto de gracia que Dios concede a algunos
predestinados a recibirlo por medio de una selección aparentemente arbitraria;
porque «el hombre caído no puede hacer nada que complazca a Dios».[81] Esta terrible doctrina
de la predestinación, recogida de nuevo en distintas formas en el transcurso de
varias épocas por cátaros, albigenses, calvinistas y jansenistas, desempeñó
también un curioso papel en las crisis teológicas de Kepler y Galileo.
De nuevo nos encontramos con incontables aspectos compensadores, ambigüedades y
contradicciones en los escritos de Agustín, como pueden ser su apasionado
alegato contra la pena de muerte y los juicios con torturas, o su repetida
afirmación de que Omnis natura, inquantum natura est, bonum est. Toda
la naturaleza, en cuanto naturaleza, es buena. Podría decirse incluso que
«Agustín no fue un agustino».[82] Pero las generaciones
que le sucedieron ignoraron esos brillantes elementos y la sombra que arrojó
fue oscura y opresiva; borró cualquier pequeño interés por la naturaleza,
cualquier inclinación hacia la ciencia, que aún podía quedar.
Desde que, en la Edad Media, los religiosos se convirtieron en los sucesores de
los filósofos de la antigüedad y, por decirlo de alguna manera, la Iglesia
católica ocupó el lugar de la Academia y el Liceo, su actitud determinó todo el
clima de la cultura y el rumbo de la enseñanza. De ahí la importancia de
Agustín, que fue no sólo el religioso más influyente de principios de la Edad
Media, el principal promotor del papado hacia una autoridad supranacional y el
creador de las reglas de la vida monástica, sino que fue, ante todo, el símbolo
viviente de la continuidad entre la antigua civilización desaparecida y la
nueva que estaba emergiendo. Un filósofo católico moderno ha dicho
justificadamente que Agustín fue, «en mayor grado aún que cualquier emperador o
señor de la guerra bárbaro, un creador de historia y un constructor del puente
que tenía que conducir del mundo antiguo al nuevo».[83]
§2. El puente a la ciudad
La tragedia reside en la naturaleza selectiva del tráfico que cruzó el puente
construido por Agustín. En la puerta del peaje de la Ciudad de Dios, se obligó
a volver por donde habían venido a todos los vehículos que transportaban los
tesoros de las antiguas enseñanzas, la belleza y la esperanza, puesto que toda
virtud pagana se halla «prostituida por la influencia de obscenos y sucios
demonios…[84] Dejemos que Tales
parta con su agua, Anaxímenes con el aire, los estoicos con su fuego, Epicuro
con sus átomos.»[85]
Y partieron. Sólo a Platón y sus discípulos se les dio vía libre, pudieron
cruzar el puente y fueron bienvenidos, porque ellos sabían que el conocimiento
no puede obtenerse mediante los ojos del cuerpo, y proporcionaron un suplemento
alegórico al Génesis: Adán, expulsado del Paraíso, fue obligado a dirigirse
directamente a la cueva de Platón y a llevar allí la existencia de un
troglodita encadenado.
Lo mejor recibido fue el desprecio de los neoplatónicos por todas las ramas de
la ciencia. De ellos dedujo Agustín «la convicción, que transmitió a las
generaciones futuras a lo largo de varios siglos, de que el único tipo de
conocimiento deseable era el conocimiento de Dios y del alma, y que no se
alcanzaba ningún provecho investigando el reino de la naturaleza».[86]
Unas cuantas citas de las Confesiones ilustrarán más
vívidamente la actitud mental hacia el conocimiento en la apertura de la era
cristiana. En el Libro Décimo, donde termina su historia personal, Agustín
describe su estado mental doce años después de su conversión, e implora la
ayuda de Dios para superar varias formas de tentaciones que aún continúan
acechándole: la concupiscencia de la carne, que puede resistir cuando está
despierto pero no dormido; la tentación de gozar de la comida en vez de tomarla
como una medicina necesaria «hasta el día en que Tú destruyas tanto el vientre
como la materia»; la fascinación de los dulces aromas, a la que es completamente
inmune; los placeres del oído derivados de la música en la iglesia, con el
riesgo de sentirse «más emocionado por el canto en sí que por lo que se está
cantando»; el atractivo para los ojos de «las diversas formas de belleza, los
brillantes y agradables colores»; y finalmente, aunque no lo último, la
tentación de «saber por el puro placer de saber»:
«En este mundo menciono otra forma de tentación más variada y peligrosa. Porque
por encima de toda esa concupiscencia de la carne que reside en el deleitarse
en todos nuestros sentidos y placeres —cuyos esclavos son consumidos hasta la
destrucción a medida que se alejan de Ti—, también puede haber en la propia
mente, a través de esos mismos sentidos corporales, cierto deseo vano y
curiosidad, no de tomar los deleites del cuerpo, sino de hacer experimentos con
ayuda del cuerpo, bajo la envoltura del nombre de aprendizaje y conocimiento…
El placer va tras los objetos que son hermosos de ver, oler, gustar, tocar;
pero la curiosidad hacia los experimentos puede dirigirse hacia cosas
completamente contrarias, no a fin de experimentar su disgusto sino por el
simple prurito de experimentar y descubrir… Debido a esta enfermedad de la
curiosidad tenéis los distintos fenómenos que se exhiben en los teatros. Y de
este modo los hombres prosiguen investigando los fenómenos de la naturaleza —la
parte de la naturaleza externa a nosotros—, aunque el conocimiento no sea de
ningún valor para ellos: porque simplemente desean saber por el simple placer
de saber…
»En este inmenso bosque de acechanzas y peligros, he cortado y arrancado de mi
corazón muchos pecados, como Tú me has dicho que hiciera, oh Dios de mi
salvación; ¿pero me atreveré a decir —con tantas cosas de este tipo rondando en
torno de nuestra vida cotidiana desde todas partes—, me atreveré a decir que
nada de ello me arrastrará a mirarlo o a tener la vana curiosidad de desearlo?
Realmente los teatros ya no me atraen, ni me importa saber el curso de las
estrellas…»[87]
Sea como fuere, no consiguió arrancar por completo del corazón humano ese
pecador deseo de conocimiento.
Aunque estuvo peligrosamente cerca de lograrlo.
§3. La tierra como un tabernáculo
Comparado con los demás primeros Padres, Agustín era, en gran medida, el más
ilustrado. Lactancio, que vivió en el siglo anterior al de él, se dedicó, con
resonante éxito, a demoler la noción de la esfericidad de la Tierra El tercer
volumen de sus Diulnae institutiones se titula «Sobre la falsa
sabiduría de los filósofos», y contiene todos los ingenuos argumentos contra la
existencia de los antípodas —la gente no puede caminar con los pies por encima
de la cabeza, la lluvia y la nieve no pueden caer hacia arriba— que,
setecientos años antes, ninguna persona instruida hubiera esgrimido sin ponerse
en ridículo. San Jerónimo, autor de la versión latina de la Biblia conocida
como la Vulgata, libró durante toda su vida una batalla contra la tentación de
leer los clásicos paganos, hasta que finalmente derrotó «la estúpida sabiduría
de los filósofos»: «Señor, si alguna vez entro en posesión de libros mundanos,
o si alguna vez vuelvo a leerlos, entonces te habré negado».[88] Hasta finales del
siglo IX, mil quinientos años después de Pitágoras, no se reinstauraron la
forma esférica de la Tierra y la posible existencia de los antípodas.
La cosmología de este período retrocede en línea recta hasta los babilonios y
los hebreos. La dominan dos ideas principales: que la Tierra tiene la misma
forma que el sagrado tabernáculo, y que el firmamento se halla rodeado por
agua. Esa última idea estaba basada en el Génesis 1, 6-7:
«Y Dios dijo: “Que haya un firmamento en medio de las aguas, y se separen las
aguas de las aguas.” Y Dios creó el firmamento, y dividió las aguas que estaban
debajo del firmamento de las aguas que estaban encima del firmamento.»
De ahí derivó la noción de que las aguas supercelestiales descansaban encima
del firmamento, y que su propósito era —como explicó Basilio el Grande en el
siglo IV—[89] proteger el mundo
contra el fuego celestial. Severiano, su contemporáneo, explicó además que los
cielos inferiores consistían en agua cristalina o «congelada», que impedía que
el mundo se incendiara a causa del Sol y las estrellas; y que se mantenía fría
por el agua líquida que había encima, y que Dios utilizaría el último día para
extinguir todas las luces[90]. Agustín creía también que
Saturno era el planeta más frío debido a que se hallaba más cercano a las aguas
superiores. En respuesta a quienes ponían objeciones a la presencia de pesada
agua en la parte superior de los cielos, señaló que también existen flemas
líquidas en las cabezas de los hombres.[91] La objeción adicional
de que la superficie esférica del firmamento y su movimiento harían que las
aguas se deslizaran o derramaran la contrarrestaron algunos Padres, explicando
que la bóveda celeste podía ser redonda por dentro pero plana por fuera, o
poseer ranuras y canales donde se mantenía el agua[92].
Al mismo tiempo empezaba a difundirse la idea de que el firmamento no es
redondo, sino que tiene la forma de una tienda o tabernáculo. Severiano se
refiere a Isaías, 40, 22, al señalar que Dios «extiende los cielos como un velo
y los despliega como una tienda para que moremos en ellos»[93], y otros siguen esa misma
idea. De cualquier modo, padres y doctores no se mostraron lo suficientemente
interesados en esas materias mundanas como para entrar en detalles. El
famoso Topographica Christiana del monje Cosmas fue el primer
sistema cosmológico amplio de principios de la Edad Media, destinado a
reemplazar las enseñanzas de los astrónomos paganos desde Pitágoras hasta
Tolomeo. Cosmas vivió en el siglo VI, nació en Alejandría y, como mercader y
navegante, viajó muchísimo hasta lejanos lugares por todo el mundo conocido,
incluidas Abisinia, Ceilán y las Indias Occidentales, lo que le mereció el
título de Indicopleustus, el viajero índico. Posteriormente se
hizo monje y escribió su gran obra en un monasterio del Sinaí.
El primero de sus doce libros se titula: «Contra aquellos que, deseando
profesar el cristianismo, piensan e imaginan como los paganos que el cielo es
esférico.» El sagrado tabernáculo, descrito en el Éxodo, era rectangular y dos
veces más largo que ancho; en consecuencia la Tierra tiene esa misma forma, y
está situada longitudinalmente de este a oeste en el fondo del Universo. Se
halla rodeada por el océano, del mismo modo que la tabla del pan de proposición
se encuentra rodeada por su borde ondulado; y el océano está cercado por una segunda
Tierra que era la sede del Paraíso y el hogar del hombre hasta que Noé cruzó el
océano, pero ahora está deshabitada. Desde los bordes de esta desierta Tierra
exterior se alzan cuatro planos verticales, que son las paredes del Universo.
Su techo es un semicilindro que descansa sobre las paredes norte y sur, con lo
cual hace que el Universo tenga el aspecto de un barracón de planchas
prefabricado o un baúl de viaje Victoriano de tapa curvada.
Sin embargo, el suelo, es decir la Tierra en sí, no es plano sino que se
decanta desde el noroeste hacia el sudeste, porque en el Eclesiastés, 1,5, se
dice que «el sol se pone, y tiende hacia el sitio por donde sale». En
consecuencia, ríos como el Eúfrates y el Tigris, que corren hacia el sur,
poseen una corriente más rápida que el Nilo, que fluye «colina arriba»; y los
barcos que van hacia el sur y el este navegan más rápidamente que los que
tienen que «subir» hacia el norte y el oeste; en consecuencia, esos últimos se
llaman «rezagados». Ángeles arrastran las estrellas por el espacio bajo el
techo del Universo, y quedan ocultas cuando pasan detrás de la elevada parte
norte de la Tierra, rematada por una enorme montaña cónica, la cual oculta
también al Sol durante la noche, puesto que el Sol es mucho más pequeño que la
Tierra.
Si bien el propio Cosmas no era una gran autoridad eclesiástica, todas sus
ideas proceden de los Padres de los dos siglos anteriores. Entre ellos había
hombres mucho más ilustrados, como Isidoro de Sevilla (siglo VI a VII) y el
venerable Beda (siglo VII al VIII). Sin embargo, la Topographica Christiana de
Cosmas responde a la visión general del Universo que prevaleció durante el
inicio de la Edad Media. Mucho después de que se hubiese restaurado la forma
esférica de la Tierra y, por supuesto, hasta bien entrado el siglo XIV, los
mapas continuaban representando a la Tierra como rectangular, según la forma
del tabernáculo, o como un disco circular con Jerusalén en su centro, porque
Isaías había hablado del «circuito de la Tierra» y Ezequiel había afirmado que
«Dios había situado a Jerusalén en el centro de las naciones y los países». Un
tercer tipo de mapa daba a la Tierra una forma ovalada, como un compromiso
entre el tabernáculo y la visión circular; el extremo este solía estar ocupado
por el Paraíso.
Una vez más nos sentimos impulsados a preguntamos: ¿Creían realmente en todo
esto? Y de nuevo la respuesta debe ser sí y no a la vez, según el
compartimiento mental implicado. Porque la Edad Media fue la época de la mente
escindida par excellence; consideraremos de nuevo este aspecto
al final del presente capítulo.
§4. La tierra es redonda de nuevo
El monje inglés Beda fue el primer eclesiástico medieval que afirmó
inequívocamente que la Tierra es una esfera. De hecho, redescubrió a Plinio y a
menudo lo citó literalmente; continuó, sin embargo, aferrado a la noción de las
aguas supracelestiales y negó que hubiera gente viviendo en la región de los
antípodas, porque siendo esas regiones inaccesibles debido al enorme océano,
sus supuestos habitantes no podían ni descender de Adán ni haber sido redimidos
por Cristo.
Pocos años después de la muerte de Beda se produjo un curioso incidente. Cierto
eclesiástico irlandés llamado Fergil o Virgil, que vivió como abad en
Salzburgo, se vio envuelto en una disputa con su superior, Bonifacio, quien lo
denunció al papa Zacarías basándose en que el irlandés enseñaba la existencia
«de otro mundo y otra gente debajo de la Tierra», es decir, los antípodas. El
papa replicó que Bonifacio debería convocar un concilio y expulsar a Virgil de
la Iglesia por sus escandalosas enseñanzas. Pero no ocurrió nada, excepto que,
a su debido tiempo, Virgil fue nombrado obispo de Salzburgo y mantuvo ese cargo
hasta su muerte. El episodio recuerda una de las fútiles denuncias a Aristarco por
parte de Oleante; parece indicar también que incluso en ese período de
oscuridad, la ortodoxia en asuntos de filosofía natural (como independientes de
los asuntos teológicos) se mantenía menos por las amenazas que por las
tensiones internas. Al menos no conozco ningún caso documentado de un clérigo o
un seglar que, por sus puntos de vista sobre cosmología, fuera acusado de
hereje en esa era profundamente dominada por las herejías.
Este peligro disminuyó aún más cuando, en el año 999, Gerberto, el más consumado
erudito clásico, geómetra, músico y astrónomo de su época, ascendió al trono
papal con el nombre de Silvestre II. Murió cuatro años después, pero fue tan
poderosa la impresión que el «papa mago» causó en el mundo que pronto se
convirtió en una leyenda. Personalidad excepcional, muy adelantado para su
época, su papado, en la fecha simbólica del año 1000, marca el final del
período más oscuro de la Edad Media y señala un gradual cambio de actitud hacia
la ciencia pagana de la antigüedad. A partir de entonces, se volvieron a
considerar como respetables la forma esférica de la Tierra y su posición en el
centro del espacio, rodeada por las esferas de los planetas. Más aún, varios
manuscritos de aproximadamente el mismo período muestran que se había redescubierto
el sistema «egipcio» de Heráclides (donde Mercurio y Venus son satélites del
Sol) y que entre los iniciados circulaban elaborados dibujos de las órbitas
planetarias. Pero no causaron ninguna impresión apreciable en la filosofía
dominante en aquella época.
Así, en el siglo XI de nuestra era se había conseguido una visión del Universo
que se correspondía aproximadamente con la del siglo V a. C. Los griegos habían
necesitado cerca de doscientos cincuenta años para avanzar desde Pitágoras al
sistema heliocéntrico de Aristarco; Europa requirió más de dos veces ese tiempo
para conseguir el correspondiente progreso desde Gerberto hasta Copérnico. Los
griegos, una vez hubieron reconocido que la Tierra era una esfera que flotaba
en el espacio, pusieron casi inmediatamente esa esfera en movimiento: la Edad
Media se apresuró a congelarla en la más absoluta inmovilidad en el centro de
una rígida jerarquía cósmica. Ni la lógica de la ciencia ni el pensamiento
racional determinaron la configuración del siguiente desarrollo, sino un
concepto mitológico que simbolizaba las necesidades de la época: al universo en
forma de tabernáculo le sucedió el universo de la cadena dorada.
Capítulo 2
El universo amurallado
Contenido:
§1. La escala de seres
§2. La era del doble pensamiento
§1. La escala de seres
Se trata de un universo amurallado como una amurallada ciudad medieval. En su
centro está situada la Tierra, oscura, pesada y corrupta, rodeada por las
esferas concéntricas de la Luna, el Sol, los planetas y las estrellas en un
orden ascendente de perfección, hasta la esfera del primum mobile, y,
más allá, la morada empírea de Dios.
Pero en la jerarquía de valores unida a esta jerarquía en el espacio, la simple
división original en regiones sublunares y supralunares se convierte ahora en
un número infinito de subdivisiones. Se mantiene la diferencia original,
básica, entre la tosca y terrena mutabilidad y la etérea permanencia; pero
ambas regiones están subdivididas de tal modo que el resultado es una escalera
continua, o escala graduada, que se extiende hacia abajo desde Dios hasta la
forma más inferior de existencia. En un pasaje frecuentemente citado a lo largo
de toda la Edad Media, Macrobio resume la idea:
«Puesto que todas las cosas surgen de la suprema mente de Dios, y de ella surgen
la mente y el alma, y puesto que éstas, a su vez, crean todas las cosas
subsiguientes y las llenan de vida… y puesto que todas las cosas siguen en una
sucesión continua y se degeneran en secuencia hasta el fondo de la serie, el
observador atento descubrirá una conexión de las partes, que descienden desde
el Dios supremo hasta las últimas heces de las cosas, todo ello unido entre sí
y sin la menor interrupción. Y ésta es la cadena de oro de Homero, que Dios,
dice, dejó colgar desde el cielo hasta la Tierra.»[94]
Macrobio se hace eco de la «teoría de las emanaciones» neoplatónica, que
retrocede hasta el Timeo de Platón. El único, el ser más
perfecto, «no puede permanecer encerrado en sí mismo»; debe «rebosar» y crear
el mundo de las ideas, el cual, a su vez, crea una copia o imagen de sí mismo
en el alma universal, que genera «las criaturas sensibles y vegetativas», y así
en sumo una serie descendente hasta «las últimas heces de las cosas». Continúa
siendo un proceso de degeneración por descenso, totalmente opuesto a la idea de
evolución; pero ya que todo ser creado es, en definitiva, una emanación de Dios
y por tanto, comparte su esencia en una medida que disminuye con la distancia,
el alma tenderá siempre hacia arriba, hacia su fuente.
La teoría de la emanación fue envuelta en unos ropajes más específicamente
cristianos en La jerarquía celestial y La jerarquía
eclesiástica por el segundo neoplatónico más influyente, conocido como
el Seudo-Dionisio. Vivió probablemente en el siglo V, y cometió el fraude
piadoso más célebre de toda la historia religiosa al pretender que el autor de
sus obras era Dionisio el Aeropagita, el ateniense mencionado en los Hechos de
los Apóstoles. 17.34, como un converso de san Pablo. Traducido al latín en el
siglo IX por Juan Escoto Erígena, desde entonces ejerció una inmensa influencia
en el pensamiento medieval. Proporcionó los peldaños superiores de la escala
con una jerarquía fija de ángeles, que más adelante fueron uncidos a las
esferas estelares para mantenerlas en movimiento: los serafines hacían girar
el primum mobile,[95]; los querubines, la esfera de las estrellas fijas; los
tronos, la esfera de Saturno; las dominaciones, virtudes y potestades, las
esferas de Júpiter, Marte y el Sol; los principados y los arcángeles, las
esferas de Venus y Mercurio; mientras que los ángeles inferiores velaban por la
Luna.[96]
Si la mitad superior de la escala era de origen platónico, los peldaños
inferiores provenían de la biología aristotélica, redescubierta allá por el año
1200. Muy importante fue su «principio de continuidad» entre reinos de la
naturaleza aparentemente separados:
«La naturaleza pasa tan gradualmente de lo inanimado a lo animado que su
continuidad hace indistinguibles los límites entre sus partes; y existe un tipo
intermedio que pertenece a ambos órdenes. Porque las plantas vienen
inmediatamente después de las cosas inanimadas; y las plantas difieren de una a
otra en su grado de participación en la vida. Y las plantas tomadas como un
conjunto parecen, en comparación con otros cuerpos, ser claramente animadas;
pero comparadas con los animales parecen inanimadas. Y la transición de plantas
a animales es continua; ya que cabe preguntarse si algunas formas marinas son
animales o plantas, puesto que muchas se hallan pegadas a las rocas y perecen
si se las separa de ellas.»[97]
El «principio de continuidad» hizo no sólo posible disponer a todos los seres
vivos en una jerarquía acorde con criterios tales como «grados de perfección»,
«poderes anímicos» o «realización de potencialidades» (todo lo cual, por
supuesto, nunca se definió exactamente), sino que también hizo posible
relacionar las dos mitades de la cadena —la sublunar y la celestial— en una
sola y continua, sin renunciar a la diferencia esencial entre ellas. Santo
Tomás de Aquino halló el lazo de unión en la naturaleza dual del hombre. En la
continuidad de todo lo que existe, «el miembro más inferior del género más alto
se halla siempre bordeando al género más superior del género más bajo»; eso es
cierto para los zoófitos, que son mitad planta mitad animal, y lo es igualmente
para el hombre, que «posee en igual grado los caracteres de ambas clases,
puesto que alcanza al miembro más inferior de la clase que se encuentra por
encima de los cuerpos, es decir, el alma humana, que se halla al fondo de la
serie de seres intelectuales, y se dice, en consecuencia, que es el horizonte y
la línea divisoria entre las cosas corpóreas y las incorpóreas.»[98]
La cadena, así unificada, se tendía ahora descendiendo desde el trono de Dios
hasta el más humilde gusano. Donde no podían hallarse indicios que determinaran
el «grado de excelencia» de un objeto, la astrología y la alquimia
proporcionaban la respuesta estableciendo «correspondencias» e «influencias»,
de modo que cada planeta fue asociado con un día de la semana, un metal, un
color, una piedra, una planta, que definía su grado en la jerarquía. Una
posterior extensión hacia abajo condujo a la cavidad cónica de la Tierra,
alrededor de cuyas laderas cada vez más angostas se alineaban en círculo las
nueve jerarquías de demonios, como réplica de las nueve esferas celestes;
Lucifer, asentado en el vértice del cono en el centro exacto de la Tierra,
señalaba el último extremo de la cadena.
El universo medieval, como observó un pensador moderno, no es, pues, realmente
geocéntrico, sino «diablocéntrico»[99]. En su centro, en otro tiempo el hogar de Zeus, se halla
ahora el infierno. A pesar de la naturaleza continua de la cadena, la Tierra,
comparada con los incorruptibles cielos, continúa ocupando el lugar inferior,
descrito por Montaigne como «el más sucio cenagal del mundo, la peor, más baja
y carente de vida parte del Universo, el último sótano de la casa».[100] De un modo similar, su
contemporáneo, Spencer, se lamenta de la influencia de la mutabilidad de la
diosa sobre la Tierra, que le hace
Odiar este estado de vida tan delicioso
y amar cosas tan vanas que deberían ser abandonadas;
cuyo floreciente orgullo, tan evanescente y voluble,
pronto se verá cercenado por la devoradora guadaña.[101]
El extraordinario poder de
esta visión medieval del Universo queda patente por el hecho de que ejerció la
misma y constante fuerza sobre la imaginación de los poetas isabelinos, a
finales del siglo XVI, que la que tuvo sobre la de Dante, en las postrimerías
del XIII; y sus ecos podían oírse aún en el XVII, en un famoso pasaje de Pope.
La última mitad de la cita proporciona una clave para comprender la gran
estabilidad del sistema:
¡Enorme cadena de seres!,
que desde Dios empieza,
naturaleza etérea, humana, ángel, hombre,
animal, pájaro, pez, insecto…
desde el infinito hasta ti,
desde ti hasta la nada…
Sobre poderes superiores presionamos,
los inferiores sobre nosotros lo hacen;
pero si en la creación un vacío se forma,
un escalón se rompe, la gran escala queda destruida;
si de la cadena de la naturaleza cualquier eslabón golpeas,
diez, o diez mil eslabones, siguen inmediatamente su ejemplo.[102]
La consecuencia de tal ruptura sería la desintegración del orden
cósmico. La misma moral, la misma advertencia acerca de las catastróficas
consecuencias de cualquier cambio, incluso pequeño, en la rígida y escalonada
jerarquía, de cualquier alteración en el orden fijo de las cosas, vuelve como
un leitmotiv en las palabras de Ulises en Troilo y Cresida y
en otros incontables lugares. El secreto del universo medieval radica en que es
estático, inmune al cambio; que, en el inventario cósmico, cada elemento posee
su lugar permanente y su rango asignados en un eslabón de la escala. Recuerda
la jerarquía del más fuerte en un gallinero. No hay evolución de las especies
biológicas, ni progreso social alguno; no se produce ningún tránsito ni hacia
arriba ni hacia abajo de la escala. El hombre puede aspirar a una vida superior
o condenarse a una más inferior todavía; pero sólo se moverá arriba y abajo de
la escala después de su muerte; mientras se halle en este mundo, no se pueden
alterar su rango y lugar previamente fijados. Tal bendita inmutabilidad se hace
prevalecer incluso en el mundo inferior de mutabilidad y corrupción. El orden
social constituye una parte de la cadena, la que relaciona la jerarquía de los
ángeles con la de lo animal, vegetal y mineral. Citando a otro isabelino,
Raleigh, esta vez en prosa para variar.
«¿Debemos, pues, valorar honor y riquezas en nada y despreciarlos como
innecesarios y vanos? No, sin duda. Porque la infinita sabiduría de Dios, que
ha distinguido a sus ángeles en grados, que ha dado mayor y menor luz y belleza
a los cuerpos celestes, que ha marcado diferencias entre animales y pájaros,
creado el águila y la mosca, el cedro y el matorral, y entre las piedras dado
el más hermoso color al rubí y la más resplandeciente luz al diamante, también
ha ordenado los reyes, duques o caudillos de los pueblos, magistrados, jueces y
otros grados entre los hombres.»[103]
No sólo reyes y barones, caballeros y terratenientes poseen su lugar fijo en la
jerarquía cósmica, la cadena de seres llega incluso a la cocina:
«¿Quién ocupa el lugar del maestro de cocina en su ausencia: el maestro asador
o el maestro de olla? ¿Por qué los panaderos y los coperos forman el primero y
segundo rangos, por encima de los trinchadores y los cocineros? Porque están a
cargo del pan y del vino, y la santidad del sacramento les proporciona un
carácter sagrado.»[104]
La Edad Media tenía aún mayor horror al cambio y mayor deseo de permanencia que
la época de Platón, cuya-filosofía era llevada a extremos obsesivos. El
cristianismo salvó a Europa de volver a caer en la barbarie; pero las
catastróficas condiciones de aquel tiempo, su clima de desesperación, le
impidieron desarrollar un punto de vista equilibrado, integrado, evolutivo del
Universo y del papel del hombre en él. Las periódicas y aterrorizadas
expectaciones del fin del mundo, la aparición de manías danzantes y flagelantes
eran síntomas de histeria de masas, «nacidas del terror y la desesperación en
medio de poblaciones oprimidas, hambrientas y desdichadas hasta un grado casi
inimaginable hoy día. A las miserias de las constantes guerras, de la
desintegración política y social, se añadía la terrible aflicción de
ineludibles, misteriosas y mortales enfermedades. La humanidad se sentía
impotente, como atrapada en un mundo de terror y peligro contra el que no había
ninguna defensa.»[105]
Ante ese telón de fondo, la visión platónica del universo amurallado se tomó
como protección contra la Peste Negra del Cambio… rígida, estática,
jerarquizada, petrificada. El mundo-ostra babilónico, a tres y cuatro mil años
de distancia en el pasado, estaba lleno de dinamismo e imaginación comparado
con ese pedantemente escalonado universo, envuelto en esferas de celofán y
mantenido por Dios en el congelador para ocultar su eterna vergüenza. Sin
embargo, la disyuntiva era aún peor:
… cuando los planetas
en nociva mezcla al desorden vagan,
qué plagas y qué portentos, qué tumulto,
qué furia del mar, qué agitarse de la tierra,
conmoción en los vientos, espantos, cambios, horrores,
desviada y resquebrajada, desgarrada y desarraigada
la unidad y la desposada calma de los estados
arrancados de su perenne lugar…
Cambia un escalón, desafina esa cuerda,
y escucha la discordancia que sigue. Todo choca entre sí en
mero antagonismo. Las refrenadas aguas
alzan sus senos más alto que las orillas
y empapan todo este sólido planeta.[106]
§2. La era del doble
pensamiento
He dicho ya que el sistema de Heráclides, en que los dos planetas interiores
dan vueltas alrededor del Sol y no de la Tierra, fue redescubierto hacia
finales del primer milenio. Pero sería más correcto decir que nunca se olvidó
por completo el heliocentrismo, ni siquiera en tiempos del universo en forma de
tabernáculo. Al respecto, ya he citado a Macrobio, entre otros (págs. 48-49).
Macrobio, Calcidio y Marciano Capella, tres compiladores enciclopédicos del
período de la decadencia romana (los tres de los siglos IV - V d. C.,), fueron,
junto con Plinio, las principales fuentes de la ciencia natural disponibles
hasta el nuevo auge de la griega, y todos ellos propusieron el sistema de
Heráclides[107]. Tomado de nuevo por Juan Escoto Erígena en el siglo IX, éste
convirtió no sólo a los planetas interiores, sino a todos los demás, excepto el
distante Saturno, en satélites del Sol; y a partir de entonces. Heráclides
quedó firmemente asentado en la escena medieval.[108] En palabras de la mayor autoridad en este tema: «La
mayoría de quienes, desde el siglo IX hasta el XX, han escrito sobre
astronomía, y cuyos libros se han conservado, conocen y adoptan la teoría
planetaria ideada por Heráclides Póntico[109].»
Y. sin embargo, al mismo tiempo, la cosmología revirtió a una ingenua y
primitiva forma de geocentrismo, donde esferas concéntricas de cristal
determinan el orden de los planetas y la acompañante jerarquía de ángeles. Se
olvidaron el altamente ingenioso sistema de cincuenta y cinco esferas de
Aristóteles, los cuarenta epiciclos de Tolomeo, y la compleja maquinaria quedó
reducida a diez girantes esferas, una especie de sistema aristotélico
indigente, que nada tenía en común con ninguno de los movimientos celestes
observados. Los astrónomos alejandrinos intentaron, por lo menos, salvar los
fenómenos; los filósofos medievales los despreciaron.
Pero un completo desprecio de la realidad haría la vida imposible; por tanto,
la mente escindida debe desarrollar dos sistemas de pensamiento distintos para
sus dos compartimientos separados: uno, conforme a la teoría: el otro, para
enfrentarse con los hechos. A finales del primer milenio y más adelante, los
monjes copiaban piadosamente los mapas rectangulares y ovales, inspirados en el
tabernáculo, que proporcionaban una especie de idea «dominguera» de la forma de
la Tierra acorde con la interpretación patrística de las Escrituras. Pero
coexistiendo con ellos había otro tipo de mapas completamente distinto, de
sorprendente exactitud, los portulanos, para uso práctico de los navegantes
mediterráneos. Las formas de los países y mares en los dos tipos de mapas
tienen tan poca relación entre sí como la idea medieval del Cosmos y los
acontecimientos observados en el cielo[110].
Se advierte la misma escisión en los más heterogéneos campos del pensamiento y
del comportamiento medievales. Puesto que va contra la naturaleza humana
sonrojarse porque se posee cuerpo y cerebro, sed de belleza y apetencia de
experimentar, la mitad frustrada tomó su venganza hasta extremos repugnantes y
viles. El sublimado y etéreo amor del trovador o caballero hacia su dama
coexiste con la brutal exhibición del lecho nupcial, que hace que los
matrimonios se parezcan a ejecuciones públicas. La doncella hermosa es
comparada a la diosa de la virtud, pero se le hace llevar un cinturón de
castidad de hierro en su esfera sublunar. Las monjas deben vestir camisa
incluso en la intimidad de sus baños, porque, si no otro. Dios puede verlas
Cuando la mente se escinde, ambas mitades quedan envilecidas la terrenal ama el
pecado a escala animal, la unión mística con Dios adquiere una erótica
ambigüedad. Ante el Antiguo Testamento, los escolásticos salvan los escollos
del Cantar de los Cantares declarando que el rey es Cristo; la sulamita, la
Iglesia, y que las alabanzas a las distintas partes de su cuerpo se refieren a
las correspondientes excelencias del edificio que construyó san Pedro.
Los historiadores medievales también tienen que vivir con un doble sistema de
pensamiento. La cosmología de la época explicaba el desorden de los cielos
mediante movimientos ordenados en círculos perfectos; los cronistas, frente a
desórdenes aún peores, recurrieron a la noción de la caballería perfecta como
la fuerza motora de la historia. Para ellos era «… una especie de llave mágica
con cuya ayuda se explicaban los motivos de la política y la historia… Lo que
veían a su alrededor parecía primordialmente simple violencia y confusión… Pero
necesitaban una forma para sus concepciones políticas, y ahí es donde apareció
la idea de la caballería… Con esa ficción tradicional consiguieron explicarse
con éxito, de la mejor manera posible, los motivos y el rumbo de la historia,
que se vio reducida así a un espectáculo sobre el honor de los príncipes y la
virtud de los caballeros, a un noble juego con reglas edificantes y heroicas.»[111]
La misma dicotomía afecta al comportamiento social. Una grotesca y rígida
etiqueta gobierna toda actividad, ideada para congelar la vida a imagen del
mecanismo de relojería celeste, cuyas esferas de cristal giran sobre sí mismas
y, sin embargo, permanecen en el mismo sitio. Las humildes negativas a pasar
primero por una puerta pueden llevar un cuarto de hora, y, no obstante, se
producen sangrientas luchas por ese mismo derecho de precedencia. En la corte,
las damas matan el tiempo envenenándose entre sí con palabras y filtros, y, a
pesar de ello, la etiqueta «no sólo prescribe qué damas pueden tomarse de la
mano, sino también qué dama tiene derecho a animar a las demás a utilizar esta
señal de intimidad haciéndoles un signo con la cabeza… La apasionada y violenta
alma de la época, siempre vacilante entre la lacrimógena piedad y la fría
crueldad, entre el respeto y la insolencia, entre el desaliento y el
desenfreno, no puede prescindir de las más severas reglas y el más estricto
formalismo. Todas las emociones requerían un rígida sistema de formas
convencionales, porque sin ellas la pasión y la ferocidad hubieran convertido
la vida en una devastación.»[112]
Existen desórdenes mentales cuyas víctimas se sienten impulsadas a caminar por
el centro de las baldosas del suelo y evitan los bordes, o contar las cerillas
que contiene la caja antes de irse a dormir, como un ritual protector contra
sus temores. Los espectaculares estallidos de histeria de masas durante la Edad
Media tienden a desviar nuestra atención de los menos aparatosos pero crónicos
e insolubles conflictos mentales que aquéllos esconden. La vida medieval, en
sus aspectos típicos, parece un ritual compulsivo ideado para proporcionar
protección contra la enfermedad de la patata que acarrea el pecado, la culpa y
la angustia; sin embargo, fue incapaz de proporcionarla en tanto estuvieron
escindidos Dios y naturaleza, creador y creación, fe y razón. El simbólico
prólogo a la Edad Media es Orígenes castrándose ad gloriam Dei, y
el epílogo lo aportan las apagadas voces de los escolásticos: ¿Tenía ombligo el
primer hombre? ¿Por qué Adán comió una manzana y no una pera? ¿Cuál es el sexo
de los ángeles, y cuántos de ellos pueden bailar en la punta de una aguja? Si
un caníbal y todos sus antepasados han vivido de carne humana, de modo que
todas las partes de su cuerpo pertenecen a algún otro congénere y se las
reclamarán sus propietarios el día de la resurrección, ¿cómo puede el caníbal
ser resucitado para afrontar su juicio? Este último problema lo discutió
fervientemente Tomás de Aquino.
Cuando la mente se escinde, los compartimientos que la componen y que deberían
completarse unos a otros, se desarrollan de forma autónoma por endogamia,
completamente aislados de la realidad. Así es la teología medieval, huérfana de
la influencia equilibradora del estudio de la naturaleza; así es la cosmología
medieval, separada de la física; así es la física medieval, cercenada de las
matemáticas. La finalidad de las digresiones de este capítulo, que parecen
habernos conducido tan lejos de nuestro tema, es mostrar que la cosmología de
determinada época no es el resultado de un desarrollo unilineal, «científico»,
sino más bien el más sorprendente e imaginativo símbolo de su mentalidad, la
proyección de sus conflictos, prejuicios y formas específicas de doble
pensamiento hacia los elegantes cielos.
Contenido:
§1. El deshielo
§2. Potencia y acto
§3. Las malas hierbas
§4. Resumen
§1. El deshielo
He comparado a Platón y Aristóteles con dos estrellas gemelas que se alternan
en visibilidad. Hablando en términos generales, desde el siglo V hasta el XII,
el neoplatonismo, en la forma en que san Agustín y el Seudo-Dionisio lo
introdujeron en el cristianismo, mantuvo su dominio. Del XII al XVI fue el tumo
de Aristóteles.
Excepto dos de sus tratados lógicos,[113] hasta el siglo XII se desconoció la obra de Aristóteles,
enterrada y olvidada junto con Arquímedes, Euclides, los atomistas y el resto
de la ciencia griega. Los pocos conocimientos que habían sobrevivido figuraban
en fragmentarias y deformadas versiones ofrecidas por los compiladores y los
neoplatónicos. Respecto a la ciencia, los primeros seiscientos años de
cristiandad fueron un período glacial en cuyas heladas estepas sólo se
reflejaba la pálida luna del neoplatonismo.
El deshielo no se produjo a causa de una repentina aparición del sol, sino por
una culebreante corriente del golfo que serpenteó desde la península arábiga
atravesando Mesopotamia, Egipto y España: los musulmanes. En los siglos VII y
VIII esta corriente recogió los restos del naufragio de la ciencia y la
filosofía griegas en Asia Menor y Alejandría, y la llevó consigo, de manera
deambulante y aleatoria, a Europa. Del siglo XII en adelante, las obras —o
fragmentos de obras— de Arquímedes y Herón de Alejandría, de Euclides,
Aristóteles y Tolomeo, llegaron a la cristiandad flotando como fragmentos de
fosforescentes pecios. Cabe resumir lo tortuoso de este proceso de recuperación
por Europa de su propia herencia en que algunos de los tratados científicos de
Aristóteles, incluida su Física, fueron traducidos del griego
original al siríaco, del siríaco al árabe, del árabe al hebreo, y, finalmente,
del hebreo al latín medieval. El Almagesto de Tolomeo, Se
conoció en varias traducciones árabes durante el imperio de Harun Al Rashid,
desde el Indo hasta el Ebro, antes de que, en 1175, Gerardo de Cremona lo
retradujera del árabe al latín. Europa descubrió de nuevo los Elementos de
Euclides gracias a un monje inglés, Adelardo de Bath, que allá por el 1120
tropezó con una traducción árabe en Córdoba. Con Euclides, Aristóteles.
Arquímedes y Tolomeo redescubiertos, la ciencia pudo empezar de nuevo en el
punto donde se había detenido un milenio antes.
Pero los árabes fueron simplemente los intermediarios, los conservadores y
transmisores de la herencia. Poseían poca originalidad científica y creatividad
propias. Durante los siglos en que fueron los únicos custodios del tesoro, poco
hicieron por utilizarlo. Mejoraron la astronomía relativa a los calendarios y
confeccionaron excelentes tablas planetarias; elaboraron tanto el modelo
aristotélico como el tolemaico del Universo; trajeron a Europa el sistema
numérico indio basado en el símbolo cero, la función seno y la utilización de
métodos algebraicos; pero no avanzaron en la ciencia teórica. La mayoría de los
eruditos que escribieron en lengua arábiga no eran árabes sino persas, judíos y
nestorianos; en el siglo XV, la mayor parte de la herencia científica del islam
la habían recogido los judíos portugueses. Pero también los judíos eran sólo
intermediarios, una rama de la serpenteante comente del golfo que trajo de
vuelta a Europa la herencia griega y alejandrina, enriquecida con añadidos
indios y persas.
Es un hecho curioso que este enorme cuerpo de conocimientos permaneció
infecundo durante los dos o tres siglos que estuvo en manos de árabes y judíos;
porque tan pronto como quedó de nuevo incorporado a la civilización latina, dio
inmediatamente abundantes frutos. La herencia griega no era, obviamente,
beneficiosa para nadie que no tuviera específica receptividad hacia ella. Cómo
surgió en Europa esta receptividad a descubrir su propio pasado y que éste la
fertilizara, es una cuestión que pertenece al campo de la historia general. El
lento aumento de la seguridad, el comercio y las comunicaciones; el crecimiento
de las ciudades y el desarrollo de nuevas habilidades y técnicas artesanas; la
invención de la brújula magnética y el reloj mecánico, que proporcionaron más
concreta sensación de espacio y tiempo; la utilización de la fuerza hidráulica,
e incluso las mejoras en los arceos de los caballos, fueron algunos de los
factores materiales que aceleraron e intensificaron el pulso de la vida y
condujeron a un cambio gradual del clima intelectual, a un deshielo en el
congelado Universo, a una disminución del temor apocalíptico. A medida que los
hombres dejaban de ruborizarse ante el hecho de poseer cuerpo, dejaron también
de sentirse asustados de utilizar sus cerebros. Quedaba aún un largo camino
hasta el cogito ergo sum cartesiano. Pero, por lo menos, había
renacido el coraje de decir: sum, ergo cogito.
El amanecer de este primitivo o «primer» Renacimiento se halla íntimamente
relacionado con el redescubrimiento de Aristóteles, más exactamente, de sus
elementos naturalistas y empíricos, de ese lado de Aristóteles que se desvía de
su estrella gemela. La alianza, nacida de la catástrofe y la desesperación,
entre la cristiandad y el platonismo, fue reemplazada por una nueva alianza
entre el cristianismo y el aristotelismo, concluida bajo los auspicios del
doctor angélico, Tomás de Aquino. Eso significa, esencialmente, un cambio de
frente de la negación a la afirmación de la vida, una nueva y positiva actitud
hacia la naturaleza y el hombre, al esforzarse por comprender la naturaleza.
Quizá el mayor de los logros históricos de Alberto Magno y Tomás de Aquino
estribe en su reconocimiento de la «luz de la razón» como una fuente
independiente de conocimiento, al lado de la «luz de la gracia». La razón,
hasta entonces considerada como ancilla fidei, la sirvienta de
la fe, se la tenía ahora como la esposa de la fe. Una esposa debe obedecer a su
esposo en todas las cuestiones importantes, pero se le reconoce la condición de
ser independiente por derecho propio.
Aristóteles no sólo fue filósofo, sino también enciclopedista, en cuya obra
puede encontrarse un poco de todo; los grandes escolásticos se dedicaron a su
elementos irrefutables, terrenales, no platónicos, con lo cual trajeron de
vuelta a Europa un soplo de la era heroica de Grecia. Propugnaron respeto hacia
los «hechos irreducibles e irrefutables»; enseñaron «Ta inapreciable costumbre
de buscar algo determinado y aferrarse a ello una vez ha sido encontrado.
Galileo le debe a Aristóteles más de lo que parece superficialmente… le debe su
cabeza despejada y su mente analítica.»[114]
Utilizando a Aristóteles como catalizador mental, Alberto y Tomás enseñaron a
los hombres a pensar de nuevo. Platón sostenía que el auténtico conocimiento
sólo podía obtenerse de forma intuitiva, a través de los ojos del alma, no de
los corporales; Aristóteles había destacado la importancia de la
experiencia —empina— y puesto en contra de la intuición —apena:
«Es fácil distinguir entre quienes discuten de hechos y quienes discuten de
nociones… Los principios de cualquier ciencia se derivan de la experiencia:
así, de la observación de los astros derivamos los principios de la ciencia
astronómica.»[115]
La triste verdad es que ni el propio Aristóteles, ni sus discípulos tomistas,
vivieron según sus elevados preceptos, y como resultado de ello el
escolasticismo fue declinando. Pero durante el período de luna de miel de la
nueva alianza todo lo que importaba era que «el filósofo» (título del que
Aristóteles adquirió el monopolio exclusivo entre los escolásticos) había
defendido la racionalidad e inteligibilidad de la naturaleza; que convirtió en
una tarea para el hombre interesarse por el mundo que le rodea, mediante la
observación y el razonamiento; y que esta visión fresca y naturalista liberaba
a la mente humana de su enfermiza infatuación con el Weltschmerz neoplatónico.
El renacimiento de la erudición en el siglo XIII estuvo lleno de promesas: el
agitarse de un paciente que emerge de un largo estado comatoso. Fue el siglo de
Robert Grosseteste, obispo de Lincoln, y Roger Bacon, los primeros que
comprendieron, muy adelantados a su tiempo, los principios y métodos de la
ciencia empírica; de Pedro de Maricourt o Petrus Peregrinus, que escribió el
primer tratado científico sobre la brújula magnética, y de Alberto Magno, el
primer naturalista serio desde los Plinio, que estudió los insectos, las
ballenas y los osos polares, y ofreció una completa descripción de los
mamíferos y aves alemanes. Las jóvenes universidades de Salermo y Bolonia, de
París, Oxford y Cambridge, irradiaron el nuevo fervor por la erudición que
había traído consigo el deshielo.
§2. Potencia y acto
Tras esas grandes y esperanzadoras conmociones, la filosofía de la naturaleza
volvió, sin embargo, a congelarse gradualmente hasta llegar a la rigidez
escolástica, aunque no por completo esta vez. La razón de este corto esplendor
y largo declive puede resumirse en una sola frase: el redescubrimiento de
Aristóteles había cambiado el clima intelectual de Europa al animar al estudio
de la naturaleza; las afirmaciones de la ciencia aristotélica, elevadas a
dogmas, paralizaban el estudio de la naturaleza. Si los escolásticos hubieran
escuchado simplemente el alegre y animoso tono de la voz del Estagirita, todo
hubiera marchado bien; pero cometieron el error de aceptar lo que realmente
decía, y en cuanto a las ciencias físicas, lo que decía era deleznable. Pero
esas inanidades fueron consideradas como verdades evangélicas durante los
siguientes trescientos años.[116]
Tengo que decir ahora unas palabras acerca de la física aristotélica, porque es
una parte esencial del universo medieval. Los pitagóricos demostraron que el
tono de un sonido depende de la longitud de la cuerda que lo emite, con lo cual
señalaron el camino hacia el tratamiento matemático de la física. Aristóteles
separó la ciencia de las matemáticas. Para la mente moderna, la característica
más sorprendente de la ciencia medieval es que ignora número, peso, longitud,
velocidad, duración, cantidad. En vez de recurrir a la observación y la
medición, como hacían los pitagóricos, Aristóteles construyó, con ese método de
razonamiento a priori que tan elocuentemente condenaba, un
peregrino sistema de física «razonado a partir de nociones y no de hechos».
Tomando prestadas las ideas de su ciencia favorita, la biología, atribuyó a
todos los objetos inanimados una clara tendencia hacia un fin, definido por la
naturaleza inherente o esencia de la cosa en particular. Una piedra, por
ejemplo, es de naturaleza terrena, e incrementará su velocidad de descenso
mientras cae hacia el centro de la Tierra, debido a su impaciencia por llegar
«a casa»; y una llama tenderá hacia arriba porque su hogar se halla en el
cielo. De modo que todo movimiento, y todo cambio en general, es la realización
de lo que existe potencialmente en la naturaleza de la cosa en cuestión: es una
transición de «potencia» a «acto». Pero esta transición sólo puede conseguirse
con la ayuda de algún agente que se halle por sí mismo en el «acto»;[117] así, la madera, que es potencialmente caliente, puede
volverse realmente caliente tan sólo con el fuego, que
es realmentecaliente. Del mismo modo, un objeto que se mueva de A a
B, puesto que se halla «en un estado de potencia respecto a B», sólo podrá
alcanzar B con la ayuda de un motor activo: «cualquier cosa que es
movida debe ser movida por otra cosa». Todos estos terribles equilibrios
verbales pueden resumirse en la afirmación de que las cosas sólo se mueven
cuando se las empuja, lo cual es tan simple como inexacto.
De hecho, el omne quod mouetur ab alio movetur —cualquier cosa
que es movida debe ser movida por otra cosa— de Aristóteles se convirtió en el
principal obstáculo para el progreso de la ciencia en la Edad Media. La idea de
que las cosas únicamente se mueven cuando se las empuja parece, como observa un
erudito moderno,[118] haberse originado en el penoso movimiento de las carretas
de bueyes avanzando por las malas carreteras griegas, en que el rozamiento era
tan grande que anulaba el impulso. Pero los griegos también disparaban flechas,
lanzaban el disco y la jabalina, y prefirieron, sin embargo, ignorar que cuando
la flecha ha recibido el impulso inicial continúa su movimiento, sin necesidad
de seguir siendo empujada, hasta que es vencida por la gravedad. Según la
física aristotélica, la flecha, en el momento mismo en que deja de tener
contacto con su motor —la cuerda del arco—, debería caer al suelo. Los
aristotélicos respondían a esto que cuando la flecha empezaba a moverse
mientras aún era empujada por el arco, creaba una alteración en el aire, una
especie de vórtice, que la seguía empujando durante todo su curso. Hasta el
siglo XIV, es decir, hasta mil setecientos años después, no se planteó la
objeción de que el empuje inicial de la flecha no podía ser tan fuerte como
para que prosiguiera su trayectoria contra el viento; y más aún que si un bote,
empujado desde la orilla, continuaba moviéndose simplemente porque seguía
siendo empujado por el movimiento del agua que el propio bote había causado,
entonces el empuje inicial sería suficiente como para permitirle cruzar el océano.
Esta ceguedad al hecho de que los cuerpos que se mueven tienden a persistir en
su movimiento a menos que sean detenidos o desviados, impidió que surgiera una
auténtica ciencia física hasta Galileo.[119] La necesidad de que cada cuerpo en movimiento tuviera que
verse constantemente acompañado y empujado a lo largo de todo su camino por un
motor creó «un universo en el cual tenía que haber manos invisibles en
constante movimiento»[120] En el cielo, era necesario un ejército de cincuenta y
cinco ángeles para mantener girando las esferas planetarias; en la Tierra, cada
piedra que rodara ladera abajo y cada gota que cayera del cielo necesitaba un
agente casi sensitivo actuando como su «motor», para pasar de la «potencia» al
«acto».
Existía también una distinción entre movimiento «natural» y «violento». Los
cuerpos celestes se movían en círculos perfectos debido a su naturaleza
perfecta; el movimiento natural de los cuatro elementos en la Tierra discurría
a lo largo de líneas rectas: tierra y fuego, verticales; agua y aire,
horizontales. El movimiento violento era todo el que se apartaba del natural.
Ambos tipos de movimiento necesitaban motores, espirituales o materiales; pero
los cuerpos celestes eran incapaces de movimientos violentos; de ahí que los
objetos celestes, como los cometas, cuyo movimiento no era circular, tenían que
estar situados en la esfera sublunar, dogma aceptado incluso por el propio
Galileo.
¿Cómo puede explicarse que semejante visión del mundo físico, tan fantástica
para la mentalidad moderna, pudiera sobrevivir incluso a la invención de la
pólvora, hasta una época en que los proyectiles y las balas de cañón volaban de
un lado para otro en evidente desafío a las leyes establecidas de la física?
Parte de la respuesta está contenida en la pregunta: el niño pequeño, cuyo
mundo se halla más cerca de la mentalidad primitiva que de la moderna, es un
aristotélico impenitente al otorgar a los objetos inertes una voluntad, un propósito,
un espíritu animal propio; y todos volvemos a Aristóteles cuando maldecimos a
una herramienta rebelde a nuestros propósitos o a un coche caprichoso.
Aristóteles retrocedió del tratamiento abstracto-matemático de los objetos
físicos a la visión animista, que evoca unas respuestas mucho más profundas y
primordiales en la mente. Pero ya habían pasado los días de la magia primitiva;
Aristóteles es una versión erudita del animismo, con conceptos cuasi
científicos como «potencialidades embriónicas» y «grados de perfección»
procedentes de la biología, con una terminología en extremo complicada y un
impresionante aparato triturador de la lógica. La física aristotélica es, en
realidad, una pseudociencia, de la que no surgió ningún descubrimiento,
invención o nuevo discernimiento en dos mil años; ni hubiera podido surgir… y
ése era su segundo y profundo atractivo. Constituía un sistema estático que
describía un mundo estático, en que el estado natural de las cosas era
permanecer en reposo en el lugar donde les correspondía por naturaleza, a menos
que algo las empujara o tirara de ellas; y este esquema de las cosas era el
mobiliario ideal para el universo amurallado, con su escala de seres
inmutablemente fija.
Hasta tal punto, que la celebrada primera prueba de Tomás de Aquino acerca de
la existencia de Dios se basaba totalmente en la física aristotélica. Todo lo
que se mueve necesita de algo que lo mueva; pero esta afirmación no puede
llegar hasta el infinito; tiene que existir algún límite a ella, un agente que
mueva otras cosas sin tener que moverlo a él; este motor que no necesita ser
movido es Dios. En el siglo siguiente, Guillermo de Occam (1300-1349), el mayor
escolástico franciscano, hizo trizas los principios de la física aristotélica
sobre los que se apoyaba la primera prueba de Tomás de Aquino. Pero, por aquel
entonces, la teología escolástica había caído por completo bajo el dominio del
aristotelismo, y en especial de los elementos más estériles, pedantes y al
mismo tiempo ambiguos del aparato lógico de Aristóteles. Un siglo después,
Erasmo exclamó:
«Me asfixiarán bajo seiscientos dogmas; me llamarán hereje, y, sin embargo, son
sirvientes de la insensatez. Se hallan rodeados por un cuerpo de guardia de
definiciones, conclusiones, corolarios, proposiciones explícitas y
proposiciones implícitas. Aquellos más completamente iniciados explican,
además, si Dios puede convertirse en la sustancia de una mujer, un asno o una
calabaza, y si, de ser así, una calabaza puede obrar milagros o ser
crucificada… Están buscando en una completa oscuridad algo que no tiene ninguna
existencia.»[121]
La unión entre la Iglesia y el Estagirita, que había empezado tan
prometedoramente, se convirtió al final en una alianza desafortunada.
§3. Las malas hierbas
Antes de abandonar el universo medieval tengo que decir unas breves palabras
acerca de la astrología, que volverá a surgir repetidamente en posteriores
capítulos de este libro.
En los días de Babilonia, ciencia y magia, confección de calendarios y
augurios, formaban una unidad indivisible. Los jónicos separaron el trigo de la
cizaña; pasaron por el tamiz la astronomía babilónica y rechazaron la
astrología. Pero tres siglos después, en la ruina espiritual tras la conquista
macedónica, «la astrología se abatió sobre la mente helénica del mismo modo que
una nueva enfermedad se cierne sobre los moradores de alguna remota isla».[122] El fenómeno se repitió después del colapso del imperio
romano. El paisaje medieval está repleto de las malas hierbas de la astrología
y la alquimia, que invaden las ruinas de las abandonadas ciencias. Cuando
recomenzó la edificación, se mezclaron con los materiales y tuvieron que
transcurrir siglos para conseguir librarse de ellas.[123]
Pero la afición medieval a la astrología no es simplemente un signo de «fallo
de los nervios». Según Aristóteles, los movimientos de las esferas celestes
causan y gobiernan todo lo que ocurre en el mundo sublunar. Este postulado
sirvió de contraste racional a los defensores de la astrología, tanto en la
antigüedad como en la Edad Media. Pero la afinidad entre razonamiento
astrológico y metafísica aristotélica va más allá. En ausencia de leyes
cuantitativas y relaciones causales, el aristotélico piensa en términos de
afinidades y correspondencias entre las «formas» o «naturalezas» o «esencias»
de las cosas; las clasifica por categorías y subcategorías: procede por
deducción a partir de analogías, que, a menudo, son metafóricas o alegóricas o
puramente verbales. La astrología y la alquimia empleaban los mismos métodos,
sólo que con más libertad e imaginación, sin el lastre de la pedantería
académica. Si eran malas hierbas, había tantas en la propia ciencia medieval
que resulta difícil trazar una línea de separación entre las dos. Veremos que
Kepler, el fundador de la astronomía moderna, fue reiteradamente incapaz de
hacerlo. No es extraño, pues, que las «influencias», «simpatías» y
«correspondencias» entre planetas y minerales, estados de ánimo y temperamentos,
desempeñaran un papel importante en el universo del medievo, como un
complemento semioficial de la gran cadena de seres.
§4. Resumen
«En 1500, Europa sabía menos que Arquímedes, que murió en el año 212 A C»,
observa Whitehead en las primeras páginas de su clásica obra.[124]
Intentaré resumir brevemente los principales obstáculos que detuvieron el
progreso de la ciencia durante tan largo tiempo. El primero fue la separación
del mundo en dos esferas, y la escisión mental que comportó. El segundo, el
dogma geocéntrico, los ojos ciegos vueltos hacia la prometedora escuela de
pensamiento que se había iniciado con los pitagóricos y se detuvo bruscamente
con Aristarco de Samos. El tercero, el dogma del movimiento uniforme en
círculos perfectos. El cuarto, la separación entre ciencia y matemáticas. El
quinto, la incapacidad de comprender que del mismo modo que un cuerpo en reposo
tiende a permanecer en reposo, un cuerpo en movimiento propende a seguir en
movimiento.
El logro capital de la primera parte de la revolución científica fue la
remoción de estos cinco obstáculos cardinales, conseguida principalmente por
tres hombres: Copérnico, Kepler y Galileo. Tras eso quedó abierto el camino a
la síntesis newtoniana; a partir de ahí, la carrera prosiguió aceleradamente
hacia la era atómica. Fue el punto crucial más importante en la historia del
hombre, que ocasionó el más radical cambio en su forma de existencia, superior
al que hubiera podido producir la adquisición de un tercer ojo o cualquier otra
mutación biológica.
En este punto van a cambiar el método y el estilo de esta exposición. En lugar
de centrar nuestra atención en la evolución de las ideas sobre el Cosmos,
haremos hincapié en las personas que fueron principalmente responsables de
ella. Al mismo tiempo, nos sumergiremos en un nuevo paisaje bajo un clima
distinto: el Renacimiento del siglo XV. La brusca transición dejará algunos
huecos en la línea de continuidad, que llenaremos cuando se presente la
ocasión.
Sin embargo, el precursor de la nueva era no perteneció a ella, sino a la
antigua. Aunque nacido en el Renacimiento, fue un hombre de la Edad Media:
atormentado por sus inquietudes, conducido por sus ideas fijas, fue un clérigo
tímido y conservador que inició la revolución contra su voluntad.
Cuadro cronológico de la
Segunda Parte
Tercera
Parte
El Canónigo Tímido[ii]
Capítulo 1
La vida de Copérnico
Contenido:
§1. El mistificador
§2. Su tío Lucas
§3. El estudiante
§4. El hermano Andreas
§5. El secretario
§6. El canónigo
§7. El «Commentariolus»
§8. Rumor e informe
§9. La llegada de Rheticus
§10. La Narratio Prima
§11. Preparativos para la imprenta
§12. El escándalo del prefacio
§13. La traición de Rheticus
§14. El obispo Dantiscus
§15. Muerte de Copérnico
§16. Muerte de Rheticus
§1. El mistificador
El 24 de mayo de 1543, el canónigo Niklas Koppernigk,[125] de nombre latino Nicolaus Copernicus, se estaba muriendo
de una hemorragia cerebral. Había alcanzado la edad de setenta años, y sólo
había publicado una obra científica, que sabía errónea: De las
revoluciones de los cuerpos celestes.[126]
Había retrasado la
publicación de su teoría durante unos treinta años; el primer ejemplar completo
le llegó de los impresores pocas horas antes de su muerte. Estaba en cama, de
modo que tuvo ocasión de examinarlo. Pero, por aquel entonces, la mente del canónigo
desvariaba, y no pudo comentar nada acerca del anónimo prefacio al libro, que
indicaba al lector que no debía considerar el contenido como cierto, o siquiera
como probable. De este modo, la posteridad nunca supo a ciencia cierta si el
canónigo Koppernigk había autorizado ese prefacio y si realmente creía en su
sistema o dudaba de él.
La habitación donde agonizaba el canónigo estaba situada en la torre
noroccidental del muro fortificado que rodeaba la colina de la catedral de
Frauenburg, en la Prusia oriental, en los límites de la cristiandad civilizada.
Había vivido treinta años en esa torre. Tenía tres pisos de altura: una puerta
pequeña conducía, desde el segundo piso a una plataforma en la parte superior
del muro. Era un lugar triste y ominoso, pero proporcionaba al canónigo Nicolás
una gran vista sobre el mar Báltico hacia el norte y el oeste, una fértil
llanura al sur y las estrellas por la noche.
Entre la ciudad y el mar se extendía un lago de agua dulce, de cinco o seis
kilómetros de ancho por unos ochenta de largo, famoso punto de orientación en
la costa báltica, conocido como el Frisches Haff. Pero en
el Libro de las revoluciones el canónigo insistía en llamarlo
el Vístula. En una de sus digresiones, observaba, con envidia, que los
astrónomos de Alejandría «contaban con la ventaja de un cielo sereno, puesto
que el Nilo, según sus informes, no exhala tantos vapores como lo hace el
Vístula por estos alrededores».[127] En realidad, el Vístula desemboca en el mar en Danzig, a
sesenta y siete kilómetros al este de Frauenburg; y el canónigo, que había
vivido en esas regiones durante casi toda su vida, sabía perfectamente que la
enorme extensión de agua bajo su torre no era el Vístula sino el Frisches
Haff, que en alemán significa «lago fresco». Curioso error para que lo
cometiera un hombre dedicado a la precisión científica, y a quien, casualmente,
le habían encargado realizar un mapa de la región. El mismo error se repite en
otro pasaje del Libro de las revoluciones: en el capítulo
«Sobre los lugares longitudinales y anomalías de la Luna» se dice que «todas
las observaciones precedentes se refieren al meridiano de Cracovia, puesto que
la mayor parte de ellas fueron realizadas desde Frauenburg, en el estuario del
Vístula, que se halla en el mismo meridiano».[128] Pero Frauenburg no está ni en el estuario del Vístula, ni
en el meridiano de Cracovia.
La posteridad tuvo tanta fe en la precisión y confianza de las afirmaciones del
canónigo Koppernigk que cierto número de eruditos trasladaron tranquilamente
Frauenburg hacia abajo hasta el Vístula, e incluso, en 1862, una enciclopedia
alemana hizo lo mismo.[129] El más importante de sus biógrafos, Ludwig Prowe, mostró
su desconcierto en una simple nota a pie de página.[130] Prowe pensaba que el canónigo deseaba ayudar a los
lectores de su libro a localizar Frauenburg desplazándola hasta la orilla de un
conocido río; explicación que aceptaron otros que escribieron sobre el mismo
tema después de él. Pero es errónea. Porque en la casual observación acerca de
los vapores nocivos, el canónigo no sentía, evidentemente, el menor interés en
proporcionar claves de localización; y respecto a la segunda observación, cuya
finalidad es a todas luces ayudar a la localización de su observatorio por
parte de otros astrónomos —asunto que requiere la máxima precisión—, el
desplazamiento de sesenta y tantos kilómetros induce a multitud de errores de
interpretación.
Otro de los caprichos del canónigo Koppernigk fue llamar «Ginópolis» a
Frauenburg. Nadie antes o después de él había helenizado de ese modo el nombre
alemán de la pequeña ciudad; y esto puede proporcionar quizá un indicio de la
mistificación aparentemente sin sentido de llamar al Haff Vístula
y situar ambos lugares en el meridiano de Cracovia. Frauenburg, y con ella toda
la provincia de Ermeland, forman una cuña entre los territorios del rey polaco
y los de la Orden de los Caballeros Teutónicos. Había servido frecuentemente
como campo de batalla antes de la vida del canónigo y durante ella. Dichos
caballeros, dedicados al saqueo, incendio y asesinato de campesinos, y los
vapores del Haff,habían interferido afrentosamente en el trabajo
del canónigo; odiaba a ambos. Resguardado en su torre, suspiraba por la vida
civilizada de su juventud, pasada en las amables orillas del Vístula y en
Cracovia, la brillante capital polaca. Además, el Vístula enviaba un
pequeño y semiseco ramal que desembocaba en el Haff, a unos
treinta kilómetros de Frauenburg, de modo que, con un poco de imaginación,
podía casi pensar que no se hallaba viviendo en Frauenburg, junto al Frisches
Haff, sino en Ginópolis, al lado del Vístula, y así, más o menos, en
el meridiano de la capital polaca.[131]
Esta explicación constituye una mera suposición, pero sea cierta o falsa,
encaja con un curioso rasgo del canónigo Koppernigk: su propensión a engañar a
sus contemporáneos. Medio siglo de amargas experiencias, que alternaban entre
lo trágico y lo sórdido, lo habían convertido en un viejo débil y cansino, dado
a los secretos y al disimulo; sus bien guardados sentimientos asomaban muy
raramente y de forma retorcida. Cuando, dos años antes de morir, su viejo amigo
el obispo Giese y el joven y revolucionario Rheticus le persuadieron,
finalmente, de publicar el Libro de las revoluciones, actuó de
la misma manera secreta y mistificadora. ¿Creía realmente, cuando miraba desde
la pequeña ventana de su torre a la famosa laguna, que sus ojos contemplaban
las aguas del distante Vístula, o simplemente deseaba creerlo? ¿Creía realmente
que los cuarenta y ocho epiciclos de su sistema estaban presentes físicamente
en el cielo, o simplemente los contemplaba como un artificio más conveniente
que el de Tolomeo de salvar el fenómeno? Parece que se debatía entre ambos
extremos; y quizá sus dudas acerca del valor real de su teoría fueron las que
quebraron su espíritu.
En la habitación que conducía a la plataforma en el muro se hallaban los
instrumentos del canónigo para observar el cielo. Eran sencillos, y casi todos
se los había construido él mismo siguiendo las instrucciones dadas por Tolomeo
en el Almagesto, mil trescientos años antes. Pero, de hecho,
eran toscos y menos dignos de confianza que los instrumentos de los antiguos griegos
y los árabes. Uno, el triquetrum o «ballesta», de unos tres
metros y medio de altura, consistía en tres barras de madera de pino. Una barra
se erguía vertical; una segunda barra, con dos puntos de mira, como en el cañón
de una pistola, estaba sujeta con bisagras a la parte superior de la primera,
de modo que se podía apuntar a la Luna o a una estrella; la tercera, un
travesaño señalado con tinta como una regla de medir, en la que se podía leer
el ángulo de la estrella por encima del horizonte. El otro instrumento
principal era un reloj de sol vertical, con su base dirigida al norte y al sur,
que señalaba la altitud del sol al mediodía. También había una «Vara de Jacob»
o Baculus astronomicus, que estaba formada simplemente por una
vara larga con un travesaño más corto y móvil. No se veían lentes o espejos por
ninguna parte; la astronomía aún no había descubierto los usos del cristal.
Sin embargo, el canónigo hubiese podido disponer de instrumentos mejores y más
precisos, cuadrantes y astrolabios y enormes esferas amallares de
resplandeciente cobre y bronce, como las que el gran Regiomontano había
instalado en su observatorio de Nüremberg. El canónigo Koppernigk había gozado
siempre de considerables rentas, y podía muy bien permitirse encargar esos instrumentos
a los talleres de Nüremberg. Su ballesta y ballestilla eran toscas; en cierta
ocasión confesó al joven Rheticus que si fuera capaz de reducir los errores de
sus observaciones a diez minutos de arco, se sentiría tan feliz como Pitágoras
cuando descubrió su famoso teorema.[132] Pero un error de diez minutos de arco representa un tercio
de la anchura aparente de la luna llena en el cielo; los astrónomos
alejandrinos eran mucho mejores en eso. Tras hacer de las estrellas la
principal ocupación de su vida, ¿por qué nunca encargó el próspero canónigo los
instrumentos que le hubiesen hecho más feliz que Pitágoras?
Aparte su tacañería, que fue creciendo a medida que pasaban los años, existía
una razón más profunda y ansiosa para ello: el canónigo Koppernigk no se sentía
particularmente inclinado a la observación de las estrellas. Prefería confiar
en las observaciones de los caldeos, griegos y árabes, preferencia que le
conduciría a algunos resultados embarazosos. El Libro de las
revoluciones sólo contiene veintisiete observaciones hechas por el
propio canónigo; ¡y esas observaciones las efectuó a lo largo de treinta y dos
años! La primera, a los veinticuatro años, siendo estudiante en Bolonia; la
última referida en el libro, un eclipse de Venus, realizada no menos de catorce
años antes de que enviara el manuscrito a los impresores; y aunque durante esos
catorce años siguió efectuando observaciones ocasionales, no se molestó en
incluirlas en el texto. Se limitó, simplemente, a garabatearlas en los márgenes
del libro que estaba leyendo en aquellos momentos, entre otras acotaciones
marginales tales como recetas contra el dolor de muelas y las piedras en el
riñón, para teñir el pelo y para una «píldora imperial» que «puede tomarse en
cualquier momento y posee efectos curativos contra cualquier enfermedad».[133]
El canónigo Koppernigk registró entre sesenta y setenta observaciones en toda
una vida. Se consideraba a sí mismo un filósofo y un matemático de los cielos,
que dejaba a los demás el trabajo de observar físicamente las estrellas y
confiaba en los registros de los antiguos. Incluso en la posición que atribuyó
a su estrella básica, la Espiga, que utilizó como referencia, se equivocó en
unos cuarenta minutos de arco, más que la anchura de la Luna.
Como resultado de ello, el trabajo de toda la vida del canónigo Koppernigk
pareció carecer de toda finalidad útil. Desde el punto de vista de los marinos
y los observadores de las estrellas, las tablas planetarias copernicanas eran
apenas una ligera mejora de las anteriores tablas alfonsinas, y pronto las
abandonaron. Y respecto a la teoría del Universo, el sistema copernicano,
erizado de inconsecuencias, anomalías y construcciones arbitrarias, era
igualmente insatisfactorio, sobre todo para él mismo.
En los intervalos lúcidos entre los largos períodos de sopor, el agonizante
canónigo debió darse cuenta, con dolor, de que había fracasado. Antes de
sumergirse en la confortadora oscuridad, probablemente revivió, como les ocurre
a todos los hombres poco antes de morir, escenas de su frío pasado atemperadas
por el piadoso resplandor del recuerdo. Los viñedos de Torun; la dorada pompa
de los jardines del Vaticano en el año jubilar de 1500; Fenrara, fascinada por
su joven y encantadora duquesa, Lucrecia Borgia: la preciosa carta del muy
reverendo cardenal Schönberg la milagrosa llegada del joven Rheticus. Pero si
la memoria pudo traer algo de engañoso calor y color al pasado del canónigo
Koppernigk, el bálsamo de su gracia no se extendió a la posteridad. Copérnico
es quizá la figura más incolora de las que, por méritos o circunstancias,
moldearon el destino de la humanidad. Aparece en el luminoso cielo del
Renacimiento como una de esas estrellas oscuras cuya existencia la revelan tan
sólo sus poderosas radiaciones.
§2. Su tío Lucas
Nicolás Koppernigk nació en 1473, a medio camino entre la transformación del
viejo mundo gracias al invento de Coster de Haarlem de la prensa de impresión
con tipos móviles de metal y el descubrimiento de Colón de un nuevo mundo más
allá del mar. Su vida se superpone a la de Erasmo de Rotterdam, que «puso el
huevo de la Reforma», y a la de Lutero que lo incubó: a la de Enrique VIII, que
rompió con Roma, y a la de Carlos V. que condujo el Santo Imperio Romano a su
punto culminante; a la de los Borgia y Savonarola, con Miguel Ángel y Leonardo,
Holbein y Durero; a la de Maquiavelo y Paracelso, Ariosto y Rabelais.
Su lugar de nacimiento fue Torun junto al Vístula, antiguamente un puesto
avanzado de los caballeros teutónicos contra los paganos prusianos, más tarde
un miembro de la Liga Hanseática y centro de comercio entre el este y el oeste.
Cuando nació Nicolás Koppernigk, la ciudad estaba ya en decadencia, pues había
perdido definitivamente su emporio comercial a favor de Danzig, que se hallaba
junto al estuario del río. Aún podía, sin embargo, observar a las flotas
mercantes navegando lodoso y amplio río abajo en dirección al mar, cargadas con
maderas y carbón de las minas húngaras, con brea y alquitrán, y miel y cera de
Galiczia, o abriéndose camino río arriba con textiles de Flandes y sedas de
Francia, y arenques y sal y especias; siempre en convoyes, para salvaguardarse
de los piratas y bandoleros.
Pero es poco probable que el muchacho Nicolás pasara mucho tiempo contemplando
bullir la vida en los embarcaderos del río, porque nació dentro de las
protectoras murallas donde, cobijadas tras un foso y un puente levadizo, las
estrechas casas de los patricios se arracimaban entre la iglesia y el
monasterio, la alcaldía y la escuela. Sólo la gente de baja condición vivía
fuera de esos almenados muros, entre los muelles y los almacenes, en medio del
ruido y el hedor del artesanado suburbano: los constructores de ruedas y
carros, los herreros, los trabajadores del cobre y los toneleros, los
refinadores de sal y los salitreros, los cerveceros y los fermentadores de
lúpulo.
Quizá Andreas, el hermano mayor, que era un tanto bribón, disfrutara
vagabundeando por los suburbios, en espera de convertirse algún día en un
pirata; pero Nicolás se sintió, durante toda su vida, temeroso de aventurarse,
en ningún sentido, fuera de las murallas. Debió tener presente, muy pronto, el
hecho de que era hijo de un rico magistrado y patricio de Torun: de uno de esos
prósperos mercaderes cuyas naves, hacía apenas una o dos generaciones, surcaban
los mares hasta tan lejos como Brujas y los puertos escandinavos. Ahora, cuando
menguaban las fortunas de su ciudad, sus poseedores se volvían más vanidosos,
pomposos y archipatricios que nunca. Su padre, Nicolás Koppernigk, había venido
de Cracovia a Torun a finales del decenio de 1450, como mayorista en cobre, el
negocio familiar del que los Koppernigk derivaban su nombre. O, al menos, se
supone eso, puesto que todo lo relacionado con los antepasados del canónigo
Koppernigk se halla envuelto en la misma secreta e incierta penumbra por la que
se movió durante su vida en este mundo. De ninguna personalidad histórica de
las que vivieron en esa época se conoce menos por vía de documentos, cartas o
anécdotas.
Respecto al padre sabemos, por lo menos, de dónde vino, y que era propietario
de unos viñedos en los suburbios, y que murió en 1484, cuando Nicolás tenía
diez años. En cuanto a la madre, Bárbara Watzelrode de soltera, no se conoce
nada excepto su nombre: ni la fecha de su nacimiento, ni la de su matrimonio,
ni la de su muerte se han podido hallar en ningún registro. Esto resulta en
extremo notable, ya que la señora Bárbara procedía de una distinguida familia:
su hermano, Lucas Watzelrode, llego a ser obispo y gobernador de Ermeland. Hay
registros detallados de la vida del tío Lucas, e incluso de la tía Cristina
Watzelrode; sólo Bárbara, la madre, queda en la oscuridad… eclipsada, de hecho,
por la persistente sombra arrojada por el hijo.
De su infancia y adolescencia, hasta los dieciocho años de edad, sólo se conoce
un acontecimiento, que resultó ser decisivo en su vida. A la muerte de su
padre, Nicolás, su hermano y dos hermanas quedaron a cargo de su tío Lucas, el
futuro obispo. No sabemos si por aquel entonces su madre aún vivía; en
cualquier caso, se desvanece del cuadro, sin que nunca hubiese estado muy
presente en él; y desde entonces Lucas Watzelrode representa el papel de padre
y protector, patrono y mecenas de Nicolás Koppernigk. Fue una intensa e íntima
relación que se prolongó hasta el final de la vida del obispo, y de la que un
tal Laurentius Corvinus, escribano de la ciudad y poetastro de Torun, comparó
con Eneas y su fiel Acates.
El obispo, veintiséis años mayor que Nicolás, era una personalidad poderosa e
irascible, orgullosa y sombría; autócrata y batallador, no admitía ser
contradicho, nunca escuchaba las opiniones de los demás, nunca reía ni nadie le
quería. Pero era también un hombre constante e intrépido, sordo a las
calumnias, y justo según su propio modo de pensar. Su mérito histórico es la
incansable lucha que emprendió contra los caballeros teutónicos, con la que
preparó el camino a la disolución final de aquella orden, ese anacronismo
superviviente de las cruzadas, que había degenerado hasta convertirse en una
rapaz y saqueadora horda. Uno de los últimos grandes maestros de la orden llamó
al obispo Lucas «el demonio con forma humana», y su cronista informa de que
todos los días los caballeros rezaban por su muerte. Tuvieron que esperar hasta
que alcanzó sesenta y cinco años; pero cuando se le presentó al vigoroso obispo
la muerte, le llegó a través de una enfermedad tan repentina y sospechosa que
se supuso que lo habían envenenado.
El único rasgo atractivo de ese duro príncipe prusiano de la Iglesia fue su
nepotismo, el amoroso cuidado que dedicó a sus numerosos sobrinos, sobrinas,
parientes políticos y a su hijo bastardo. Procuró a Nicolás y su hermano
Andreas las sustanciosas prebendas de la canonjía de Frauenburg; mediante su
influencia, la mayor de las hermanas Koppernigk se convirtió en la abadesa del
monasterio cisterciense de Kulm, mientras la más joven se casaba con un noble.
Un cronista contemporáneo informa, además, de que «Philip Teschner, por
nacimiento hijo de una prostituta, nacido según Luca el obispo de una piadosa
virgen cuando Luca era aún magistrado en Torun, fue promovido por el obispo al
puesto de alcalde de Braunsberg».[134]
Pero su favorito, su fidus Achates, fue el joven Nicolás. Se
trataba, evidentemente, de un caso de atracción por los opuestos. El obispo era
arrogante: el sobrino, retraído. El obispo era impetuoso e irritable; el
sobrino manso y dócil. El tío era pletórico y de reacciones imprevisibles; el
sobrino, prosaico y pedante. Tanto en su relación privada como a los ojos de su
pequeño mundo provinciano, el obispo Lucas era la estrella, el canónigo
Nicolás, el pálido satélite.
§3. El estudiante
En el invierno de 1491-1492, a la edad de dieciocho años, Nicolás Koppernigk
fue enviado a la famosa Universidad de Cracovia. El único dato de sus cuatro
años de estudio allí es una anotación según la cual «Nicolás, hijo de Nicolás
de Torun», se matriculó y pagó todas las tasas. A su hermano Andreas también lo
aceptaron, pero el registro dice que pagó sólo parte de las tasas. Además,
Andreas se matriculó más tarde: en el registro hay inscritos otros quince
nombres después del de Nicolás antes de que aparezca el de su hermano mayor.
Ninguno de los dos se graduó.
A los veintidós años, Nicolás regresó a Torun a petición del obispo Lucas. Se
estaba muriendo un canónigo de la catedral de Frauenburg, y el obispo se sentía
ansioso de asegurar la prebenda para su sobrino favorito. Tenía buenas razones
para preocuparse, ya que los patricios de Torun albergaban serias dudas
respecto a su futuro económico. Llevaban varios meses recibiendo inquietantes
cartas de sus clientes y de sus representantes en Lisboa, relativas a la
pretendida apertura de una ruta marítima a las Indias por parte de un capitán
genovés, y acerca de los esfuerzos de los marinos portugueses por conseguir el
mismo fin rodeando el Cabo Sur de África. Los rumores se convirtieron en
certeza cuando el informe de que Colón, tras su regreso de la primera travesía,
se había dirigido al canciller Rafael Sánchez, fue impreso en un folleto de
amplia difusión primero en Roma, luego en Milán y, finalmente, en Ulm. Ya no
podía haber ninguna duda: esas nuevas rutas comerciales al oriente eran una
grave amenaza a la prosperidad de Torun y de toda la Liga Hanseática. Para un
joven de buena familia y vocación incierta, lo más seguro era asegurarse una
buena y substanciosa prebenda. Es cierto que sólo tenía veintidós años, pero,
en resumidas cuentas, a Juan de Médicis, el futuro León X, le nombraron
cardenal a los catorce.
Por desgracia, la esperada muerte del canónigo Matthias de Launau, chantre de
la catedral de Frauenburg, se produjo diez días demasiado pronto, el 21 de
septiembre. Si hubiese muerto en octubre, el obispo Lucas hubiera podido
nombrar canónigo a Nicolás sin más requisitos; pero en los meses impares del
año, el privilegio de cubrir las vacantes en el cabildo de Ermeland no
correspondía al obispo, sino al papa. Había otros candidatos y complicadas
intrigas para alcanzar la prebenda; Nicolás fue derrotado, y se quejó de su
desgracia en varias cartas, que existían aún en el siglo XVII, pero que hoy han
desaparecido.
De cualquier modo, dos años más tarde se produjo una nueva vacante en el
cabildo, esta vez en el conveniente mes de agosto, y Nicolás Koppernigk fue
nombrado canónigo de la catedral de Frauenburg; tras lo cual partió de
inmediato hacia Italia, para proseguir sus estudios, obtuvo su canonjía, pero
no recibió las órdenes sagradas, ni se requirió sil presencia física en
Frauenburg en los siguientes quince años. Durante este período, el nombre del
canónigo aparece tan sólo dos veces en los registros de la catedral: la
primera, en 1499, cuando se confirmó oficialmente su nombramiento; la segunda,
en 1501, cuando se prolongó su inicial permiso de ausencia de tres años por
otros tres. Las canonjías de Ermeland parecían ser, en lenguaje sencillo de
nuestros días, un trabajo fácil.
Desde los veintidós hasta los treinta y dos años, el joven canónigo estudió en
la Universidad de Bolonia y en la de Padua; añadido esto a sus cuatro años en
Cracovia, hace un total de catorce años pasados en distintas universidades.
Según el ideal del Renacimiento de l’uomo universale, estudió
un poco de todo: filosofía y leyes, matemáticas y medicina, astronomía y
griego. Se graduó de doctor en Derecho Canónico en Ferrara, en 1503, a la edad
de treinta años. Aparte pagar su matrícula y graduarse, no dejó el menor
rastro, ni de distinción ni de escándalo, en los registros de las distintas
universidades.
Mientras que la mayoría de los jóvenes de Torun acudían a realizar sus estudios
preliminares a la universidad alemana de Leipzig, Koppernigk fue a la polaca de
Cracovia; pero en el siguiente paso, en Bolonia, no se unió a la natío, o
fraternidad estudiantil, polaca, sino a la alemana, en cuya lista de nuevos
miembros enrolados en 1496 figura el nombre de «Nicolaus Koppernigk de Thorri».
La natío Germanorum era la más poderosa en Bolonia, tanto en
las frecuentes algaradas callejeras como dentro del alma mater. Su
lista de miembros contenía los nombres de muchos ilustres eruditos alemanes,
entre ellos Nicolás de Cusa. Su tío Lucas también había estudiado primero en
Cracovia, para unirse luego a la natío alemana en Bolonia; de
modo que no puede culparse al joven Nicolás por seguir sus pasos. Además, el
nacionalismo a través de rígidas divisiones étnicas continuaba siendo una
plaga: así, además de la natío Germanomm, existían natíos independientes
suevas, bávaras, etc. Sin embargo, durante los últimos cuatrocientos años, se
ha desatado una enconada y estúpida disputa entre intelectuales polacos y
alemanes, proclamando ambos bandos que Copérnico fue un auténtico hijo de su
nación.[135] Todo lo que cabe decir es, a la manera de Salomón, que sus
antepasados surgieron de la proverbial estirpe mixta de las provincias
fronterizas entre los pueblos germanos y eslavos; que vivió en un territorio
disputado; que el idioma en que más escribió fue el latín, el vernáculo de su
infancia, el alemán, mientras que sus simpatías políticas estaban del lado del
rey polaco contra la Orden Teutónica, y del lado de su cabildo alemán contra el
rey polaco; finalmente, que su entorno y herencia culturales no eran ni
alemanes ni polacos, sino latinos y griegos.
Otra cuestión muy discutida estribaba en por qué, tras completar sus estudios
en Derecho Canónico en la mundialmente famosa Universidad de Padua. Copérnico
eligió graduarse en la pequeña e insignificante Universidad de Ferrara, donde
nunca había estudiado. No se resolvió este enigma hasta finales del siglo
pasado, cuando un erudito italiano[136] descubrió que allá por el año 1500, los grados podían
conseguirse en Ferrara no sólo más fácilmente, sino a mucho menor precio. Se
esperaba que un recién proclamado doctor en Bolonia o Padua ofreciera una gran
fiesta para celebrar el acontecimiento; al escapar de sus profesores y
compañeros a la oscura Ferrara, el canónigo Nicolás, siguiendo el precedente de
otros miembros de la natío Germanomm, eludió con éxito las
cargas de la hospitalidad.
El diploma de Copérnico revela otro detalle interesante: que el candidato no
sólo era canónigo de la catedral de Frauenburg, sino que también gozaba de una
segunda prebenda, de la que se hallaba igualmente ausente, como «escolástico de
la Colegiata de la Sagrada Cruz de Breslau». Los historiadores no saben decir
qué derechos y deberes, aparte recibir una pingüe renta, comportaba ese
impresionante título. Es dudoso que el canónigo Koppernigk llegara a visitar
alguna vez Breslau; cabe tan sólo suponer que obtuvo este beneficio adicional
mediante alguna relación silesia de negocios de su difunto padre o el amoroso
cuidado del tío Lucas. Mantuvo el asunto característicamente secreto a lo largo
de toda su vida; ni en los registros del cabildo de Frauenburg ni en ningún
otro documento se menciona la segunda función eclesiástica del canónigo
Koppernigk; tan sólo aparece en su documento de graduación. No es difícil
suponer que en esa ocasión en particular el candidato a Derecho Canónico
consideró oportuno revelar el título conseguido.
Entre sus estudios en Bolonia y Padua pasó también un año en Roma, el año del
jubileo de 1500. Allí, según su discípulo Rheticus, Copérnico, «con veintisiete
años de edad, más o menos, dio conferencias sobre matemáticas ante una amplia
audiencia de estudiantes y una multitud de grandes hombres y expertos en esta
rama del conocimiento».[137] Esta afirmación, basada en las escasas observaciones sobre
su vida que hizo el canónigo a Boswell Rheticus, la hicieron suya posteriores
biógrafos. Pero ni los registros de la universidad, ni los de ninguna facultad,
seminario o escuela de Roma mencionan conferencias dadas por Copérnico. En la
actualidad se supone que es posible que diera algunas charlas ocasionales, como
acostumbraban hacer los eruditos y humanistas que estaban de viaje cuando
visitaban un centro de enseñanza. Ni las conferencias ni su presencia de diez
años en Italia dejaron ningún eco ni huella en las incontables cartas, diarios,
crónicas o memorias de aquella vivísima, locuaz y grafómana época, cuando
Italia era como un escenario inundado por la luz de los focos, por el que
ningún erudito extranjero o cualquier personalidad podía pasar sin ser
observado y registrado de una u otra manera.
El único rastro para el biógrafo, durante esos diez años italianos, es una
carta que muestra que, en cierta ocasión, los hermanos Koppernigk (puesto que
Andreas se había reunido con Nicolás como estudiante en Bolonia) se quedaron
sin dinero y tuvieron que pedir prestado un centenar de ducados. Se los entregó
el representante de su cabildo en Roma, un tal Bernardo Sculteti, al que más
tarde se los devolvió su tío Lucas. Es el único episodio con un destello de
interés humano en la juventud carente por completo de incidentes del canónigo
Koppernigk, y sus voraces biógrafos intentaron exprimirlo hasta la última gota.
Pero la carta de Sculteti al obispo Lucas, que es la fuente de la historia,
informa simplemente de los meros hechos de la transacción financiera, y añade
que Andreas ha sido amenazado «con ofrecer sus servicios a Roma»[138] a menos que pueda devolver inmediatamente las deudas que
los hermanos han contraído scholarium more, según la costumbre
de los estudiantes. Informando de la amenaza de chantaje a Andreas, y pasando
en silencio sobre Nicolás, el diplomático Sculteti (que más tarde llegaría a
ser el capellán privado y chambelán de León X) pretendía, obviamente, echar las
culpas del asunto al hermano mayor; de modo que, sea cual fuere el interés que
tenga este episodio, concierne principalmente a Andreas, el libertino.
§4. El hermano Andreas
Puesto que evidentemente ejerció fuerte y perdurable influencia sobre Nicolás,
interesa conocer algo más a Andreas. Cada hecho que se sabe de él confirma el
contraste de caracteres entre los dos hermanos. Andreas es el mayor, pero se
matricula en la Universidad de Cracovia un poco más tarde, y en la de Bolonia,
dos años después de Nicolás; en Cracovia paga sólo una parte de las tasas,
mientras que Nicolás las satisface enteras. El tío Lucas nombra canónigo a
Nicolás en 1497; al hermano mayor, de nuevo dos años más tarde, en 1499. En
1501, ambos solicitan una ampliación de tres años de su permiso de ausencia. A
Nicolás le aceptan rápidamente su petición: puesto que ha prometido estudiar
medicina, se espera «que más tarde pueda ser útil a la respetada cabeza de la
diócesis y a los canónigos del cabildo»; mientras que, en la misma sesión, se
acepta la petición de Andreas con la seca justificación: «porque se le
considera capaz de proseguir sus estudios».
Todo parece indicar que Andreas era el tipo de joven del que, en el respetable
mu ido de los comerciantes de una ciudad pequeña, se profetiza que acabará mal.
Al término de sus estudios en Italia, Andreas regresó a Frauenburg aquejado de
una enfermedad incurable, que los registros del cabildo describen como lepra. Por
aquel entonces, esta expresión se utilizaba en el continente de manera tan
amplia como «sífilis» en Inglaterra, y puede que significara realmente lepra,
aunque lo más probable es que se refiriera a la sífilis, que por aquel tiempo hacía
estragos en Italia, mientras que la lepra se hallaba en retroceso.
De hecho, representaba muy poca diferencia que el canónigo Andreas tuviera la
lepra o la sífilis, pues ambas producían horror y deshonra. Un par de años
después de su regreso, el estado de salud de Andreas empezó a agravarse
rápidamente y solicitó regresar a Italia para buscar tratamiento allí. Le
concedieron el permiso en 1508. Pero cuatro años más tarde, Andreas estaba de
vuelta en Frauenburg, ahora con tan repulsiva apariencia que el aterrado
cabildo decidió librarse de él a toda costa. En septiembre de 1512 se celebró
una reunión plenaria del cabildo, incluido su hermano Nicolás, en la cual
decidió: romper todas las relaciones personales con el canónigo Andreas,
pedirle que rindiera cuentas de la suma de mil doscientos florines húngaros de
oro que se le habían confiado con finalidades eclesiásticas, confiscarle su
canonjía y todas sus demás rentas, y garantizarle una pequeña anualidad a
condición de que se alejara definitivamente de ellos.
Andreas rechazó someterse a esta decisión; luchó contra ella quedándose
simplemente en Frauenburg y exhibiendo su leproso semblante como un memento
morí entre sus farisaicos y amantes de los placeres hermanos en
Cristo. Al final tuvieron que transigir: le levantaron la confiscación y le
garantizaron una anualidad mayor a la espera de la decisión final de la Sede
Apostólica, todo ello condicionado siempre a que «el mortalmente infectado y
contagioso leproso» abandonara la ciudad. Andreas aceptó el arreglo, pero se
entretuvo en Frauenburg durante otros dos o tres meses y apareció dos veces
más, por lo menos, en las sesiones del cabildo, aunque les pesara a sus
colegas, incluido su amado hermano Nicolás. Luego regresó a la más sociable
Roma, que había conocido por vez primera bajo el mandato de los Borgia.
A pesar de su «mortalmente infectado» estado, tomó parte activa en las intrigas
de la corte papal relativas a la sucesión del episcopado de Ermeland. Da idea
de su notable carácter el hecho de que, en determinado momento, cuando
Segismundo de Polonia decidió protestar contra las maquinaciones del cabildo,
no dirigió su carta a sus delegados oficiales en Roma, sino a Andreas, el
exiliado y arrinconado leproso. Murió pocos años más tarde, en circunstancias y
fecha desconocidas.
El canónigo Nicolás nunca mencionó la enfermedad de Andreas, ni sus
escandalosas vida y muerte. Todo lo que Rheticus tiene que decir al respecto es
que el astrónomo «tenía un hermano llamado Andreas, que entró en contacto con
el famoso matemático Georg Hartman en Roma».[139] Sus biógrafos posteriores fueron igualmente discretos en
lo relativo al hermano Andreas. Hasta que en el año 1800, un tal Johan Albrecht
Kries mencionó la enfermedad de Andreas en un oscuro periódico.[140] Pero se arrepintió rápidamente, y tres años después,
cuando Kries editó una biografía anterior de Copérnico, obra de Lichtenberg,
mantuvo absoluto silencio sobre el tema.
Si los Koppernigk hubieran nacido en Italia en vez de en la remota Prusia,
Andreas hubiera sido un temerario condotiero y su tío Lucas, el autocrático
gobernador de una ciudad estado. Confinado entre esos dos poderosos y
testarudos caracteres, intimidado por el primero, menospreciado y desacreditado
por el segundo, Nicolás buscó refugio en el secreto, la cautela, la vaguedad.
Tanto los primeros grabados como los retratos posteriores —de dudosa
autenticidad— muestran un rostro fuerte pero de expresión débil: pómulos altos,
grandes ojos oscuros, mandíbula cuadrada, labios sensuales, aunque la mirada es
insegura y suspicaz, los labios se fruncen en una mueca agria, el semblante
aparece cerrado, a la defensiva.
El sistema heliocéntrico empezó a tomar forma en la mente de Nicolás hacia
finales de sus estudios en Italia. La idea, sin duda, no era nueva y fue muy
discutida entonces en Italia; volveré sobre este punto más adelante. Nicolás se
había sentido muy atraído por la astronomía en la primera época de sus estudios
italianos, se convirtió en el principal solaz de su frustrada vida. Cuando conoció
la idea de Aristarco del Universo centrado en el Sol, la adoptó y nunca renegó
de ella. Durante treinta y seis años, según su propio testimonio, mantuvo esta
teoría apretada contra su ansioso corazón y sólo aceptó, a regañadientes,
divulgar su secreto en el umbral de la muerte.
§5. El secretario
En 1506, a la edad de treinta y tres años, el canónigo Koppernigk, doctor en
Derecho Canónico, terminó sus estudios en Italia y regresó a su hogar en
Prusia. Pasó los siguientes seis años con su tío Lucas, en el castillo de
Heilsberg, la residencia de los obispos de Ermeland.
Habían transcurrido trece años desde que lo eligieron canónigo de la catedral
de Frauenburg, y hasta aquel momento nunca había ejercido todavía sus
funciones, ni efectuado más que dos apresuradas visitas a su cabildo Le
concedieron el nuevo e indefinido permiso de ausencia en los términos oficiales
de que debía actuar como médico particular de su tío Lucas De hecho, el obispo
deseaba a su fidus Achates constantemente a su lado y mantuvo
a Nicolás en su corte hasta el final de su vida.
La designación de Nicolás como médico de la casa no era simplemente un pretexto
oficial Aunque nunca obtuvo el título de médico, había estudiado medicina
—disciplina conveniente en aquellos tiempos para un clérigo distinguido— en la
renombrada Universidad de Padua. Uno de sus maestros fue el famoso Marco
Antonio de la Torre, para el cual dibujó Leonardo sus estudios anatómicos de
caballos y hombres. No hay ningún dato que permita asegurar que Nicolás tuvo
ocasión de actuar alguna vez como médico para su tío Lucas; pero más tarde
trató a los sucesores de Lucas, los obispos Ferber y Dantiscus, de diversas
dolencias, parte en persona y parte por correo; asimismo el duque Alberto de
Prusia le llamó para que asistiera a uno de sus consejeros. De hecho, Copérnico
fue mucho más conocido en Ermeland como médico que como astrónomo.
Cabe deducir la naturaleza de su enfoque de la medicina por las prescripciones
que copió de varios libros de texto. Era tan conservador como su concepto de la
ciencia en general; creía tan ciegamente en las doctrinas de Avicena como en la
física de Aristóteles y en los epiciclos de Tolomeo. Una de las prescripciones
que copió dos veces (una en la contracubierta de los Elementos de
geometría de Euclides, y una segunda vez en el margen de un volumen de
cirugía) contiene estos ingredientes: esponja armenia, canela, madera de cedro,
sanguinaria, díctamo, madera de sándalo rojo, virutas de marfil, azafrán,
espodumena, manzanilla en vinagre, corteza de limón, perlas, esmeralda, jacinto
rojo y zafiros; un corazón de venado reducido a pulpa, un escarabajo, el cuerno
de un unicornio, coral rojo, oro, plata y azúcar.[141] Era una prescripción típica de la época, junto con
lagartos cocidos en aceite de oliva y lombrices lavadas en vino, espolones de
gallo y orina de asno. Pero en aquella época también se produjo la ascensión de
Paracelso, Serveto y Vesalio, el destronamiento de Avicena y la escuela árabe
medieval. Hay un tipo de genios —Bacon y Leonardo, Kepler y Newton— que, como
si estuvieran cargados de electricidad, arrojan una chispa original sobre
cualquier tema que toquen, por remoto que se halle del campo que les es propio;
Copérnico no fue uno de ellos.
Sus principales deberes durante sus seis años en el castillo de Heilberg, no
fueron, sin embargo, de carácter médico sino diplomático. La pequeña Ermeland
—territorio fronterizo— era objeto de constantes fricciones, intrigas y
guerras, como lo iba a ser la vecina Danzig cuatrocientos años más tarde. Las
principales ciudades de Ermeland —Frauenburg, la de la catedral; Heilsberg,
donde residía el obispo; Allenstein, más al interior— se apiñaban junto a un
castillo medieval erigido sobre una colina y estaban fortificadas con muro y
foso. Era la mayor de las cuatro diócesis prusianas y la única que, gracias a
la astucia del obispo Lucas, mantenía con éxito su independencia tanto de la
Orden Teutónica como del rey polaco. Aunque políticamente se decantaba hacia
éste, el obispo Lucas jamás renunció a sus derechos autonómicos y gobernaba su
remoto territorio con el gran estilo de un príncipe del Renacimiento.
Una «Ordenanza del castillo de Heilsberg»[142] del siglo XV describe minuciosamente el personal de la
corte del obispo, su orden de precedencia y la etiqueta en la mesa. Al sonido
de la campana de la comida, todos los residentes y huéspedes tienen que
aguardar en las puertas de sus apartamentos hasta que el obispo entra en el
patio pavimentado, anunciado por el ladrar de sus perros, a los que sueltan en
aquel momento. Cuando el obispo, con mitra, báculo y guantes de color púrpura,
aparece en el patio, se forma una procesión que lo sigue al interior del Salón
de los Caballeros. Los sirvientes tienden redondos lavamanos y toallas, y una
vez pronunciada la acción de gracias, el obispo asciende al estrado elevado
donde se halla la mesa principal, reservada para los dignatarios y huéspedes de
más alto rango. Hay, en total, nueve mesas: la segunda está destinada a los
altos oficiales; la tercera, a los bajos; la cuarta, a los sirvientes
principales; la quinta, a alimentar a los pobres; la sexta, séptima y octava, a
los sirvientes inferiores y los sirvientes de los sirvientes; la novena, a los
juglares, bufones y charlatanes que entretienen a la concurrencia.
No se haya registrado en ningún lugar a cuál de las mesas estaba asignado el
canónigo Nicolás; presumiblemente, a la segunda. Ahora frisaba la cuarentena.
Sus deberes incluían acompañar a su tío Lucas en sus viajes y misiones
diplomáticas a Cracovia y Torun, a las dietas prusiana y polaca, a la
coronación y boda del rey Segismundo; también se encargaba de redactar los
borradores de las cartas y documentos políticos. Presumiblemente ayudó al
obispo en dos de sus últimos proyectos predilectos: librarse de los caballeros
teutónicos enviándolos a una cruzada contra los turcos, y fundar una
universidad prusiana en Elbing; ambos proyectos quedaron en nada.
En Ermeland, sin embargo, el tiempo transcurría con ritmo pausado, y sus
deberes dejaban al canónigo Koppernigk suficiente libertad para proseguir sus
aficiones. Observar el cielo no era una de ellas: durante sus seis años en
Heilsberg no registró ni una sola observación. Pero estaba preparando dos
originales: el primero, una traducción latina; el otro un esbozo general del
sistema copernicano del Universo. Hizo imprimir el primero; el segundo, no.
El manuscrito de astronomía no publicado se conoce como el Commentariolus[143]o Breve esbozo y lo consideraremos más adelante. El otro original,
impreso en Cracovia en 1509, cuando Copérnico tenía treinta y seis años, es,
aparte las Revoluciones, el único libro que publicó en su
vida. Representa también su única incursión al campo de las belles
lettres, y como tal arroja un poco de luz sobre su personalidad y
gustos.
El librito es la traducción copernicana al latín de las epístolas griegas de
Teofilactus Simocatta, historiador bizantino del siglo VII, cuya obra más
conocida es una historia del reinado del emperador Mauricio. De sus méritos
literarios, Gibbon dice que era prolijo en las menudencias, parco en lo
esencial;[144] y Bemhardy observa que
«el estilo de Teofilactus, poco profundo pero hinchado con floridos adornos
carentes de sentido… revela, más pronto y más completamente de lo que hubiera
llegado a imaginar, la vaciedad y la estéril naturaleza de su tiempo».[145] También publicó un
volumen de ochenta y cinco Epístolas en forma de cartas
ficticias intercambiadas con distintos personajes griegos; ésa fue la obra que
Copérnico eligió para traducir al latín, como su contribución a la literatura
del Renacimiento.
Las Epístolas de Simocatta se hallan clasificadas en tres
encabezamientos: «morales», «pastorales» y «amorosas». Los siguientes ejemplos
íntegros de cada uno de los tres géneros son re traducciones
de la versión latina de Copérnico.[146] Son las tres últimas
de la colección:
«83ª epístola - Antinus a Ampelinas (pastoral)»
La cosecha de la vid se acerca y las uvas están llenas de dulce zumo. Guarda,
pues, cuidadosamente el camino, y toma como compañero a un buen perro de Creta.
Porque las manos ociosas están dispuestas a agarrar, y a privar al campesino de
los frutos de su sudor.
»84ª epístola - Crisippa a Sosipater (amorosa)
»Has caído en las redes del amor, Sosipater, amas a Antusia. Merecedores de
alabanza son los ojos que se enamoran de una hermosa doncella. No te quejes de haber
sido conquistado por el amor; porque grande es el deleite que recompensará tus
esfuerzos amorosos. Aunque las lágrimas pertenecen al dolor, las del amor son
dulces, porque se hallan mezcladas con alegría y placer. Los dioses del amor
traen deleite al mismo tiempo que tristeza: Venus se halla engalanada con
múltiples pasiones.
»85ª epístola - Platón a Dionisio (moral)
»Si deseas conseguir dominio sobre tu dolor, pasea entre tumbas. Allá
encontrarás la cura para tu dolencia. Al mismo tiempo te darás cuenta de que
incluso la mayor felicidad del hombre no sobrevive a la tumba.»
¿Qué cosa en la tierra, o en los cielos, impulsó al canónigo
Koppernigk a gastar sus energías en esta colección de pomposas trivialidades?
No era un colegial sino un hombre maduro; ni un rústico provinciano sino un
humanista y un cortesano que había pasado diez años en Italia. Esto es lo que
tiene que decir como explicación de su curiosa elección, en su
prefacio-dedicatoria a su tío Lucas:
«AL MUY REVERENDO OBISPO LUCAS DE ERMELAND, DEDICADO por
Nicolaus COPERNICUS
»MI REVERENDO SEÑOR Y PADRE DE LA PATRIA:
»Con gran excelencia, o así me parece, compiló Teofilactus, el erudito, estas
epístolas morales, pastorales y amorosas. Evidentemente le guio en su trabajo
la consideración de que la variedad es agradable y, en consecuencia, preferida.
Muy diversas son las inclinaciones de los hombres y muy distintas materias les
complacen. A uno le gustan los pensamientos profundos, otro responde a lo ligero;
a uno le gusta la seriedad, a otro le atrae el juego de la imaginación. Puesto
que al público le complacen tan distintas cosas, Teofilactus alterna los temas
ligeros con los profundos, la frivolidad con la seriedad, de modo que el
lector, como si estuviera en un jardín, puede elegir la flor que mejor le
complazca. Pero todo lo que ofrece es de tanto provecho, que sus poemas en
prosa no parecen ser tanto epístolas como reglas y preceptos para la ordenación
útil de la vida humana. Prueba de ello es su fuerza y brevedad. Teofilactus
toma su material de distintos escritores y los compila de manera breve y muy
edificante. El valor de las epístolas morales y pastorales difícilmente puede
negarlo alguien. Las epístolas sobre el amor quizá inviten a un juicio distinto,
puesto que, debido a su tema, pueden parecer más ligeras y frívolas. Pero del
mismo modo que el médico suaviza la amarga medicina con el añadido de
ingredientes dulces para hacerla más agradable al paciente, así han sido
aligeradas esas epístolas; ocasionalmente, sin embargo, se han mantenido tan
puras que igual se hubieran podido llamar epístolas morales. En esas
circunstancias, consideré injusto que las epístolas de Teofilactus sólo se
pudieran leer en griego. Para hacerlas más generalmente accesibles, he
intentado traducirlas, según mis facultades, al latín.
»A vos, muy reverendo Señor, dedico este pequeño ofrecimiento que, a todas
luces, no guarda relación con las mercedes que he recibido de vos. Todo lo que
consiga mediante las facultades de mi mente lo considero como propiedad vuestra
por derecho; porque es cierto, más allá de toda duda, lo que Ovidio escribió en
una ocasión al César Germánico: “Según sea la dirección de tu mirada, cae y se
eleva mi espíritu.”»[147]
Se debe recordar que aquella
fue una época de fermentación espiritual y revolución intelectual. Entristece
comparar el gusto y estilo del canónigo Koppernigk con los de sus ilustres
contemporáneos: Erasmo y Lutero, Melanchthon y Reuchlin, o el obispo Dantiscus
en la propia Ermeland de Copérnico. La labor de traducción no fue, sin embargo,
un capricho al azar; y si consideramos más a fondo el asunto, la elección del
oscuro Teofilactus fue realmente astuta. Porque en aquel tiempo, traducir los
redescubiertos textos griegos de la antigüedad se reputaba como una de las
principales y más nobles tareas de los humanistas. Fue la época en que la
traducción de Erasmo del Nuevo Testamento griego, que revelaba las alteraciones
de la romana Vulgata, «contribuyó más a la liberación de la mente humana de la
servidumbre del clero que toda la rabia y el rugir de los muchos panfletos de
Lutero»;[148] y en que se inició un nuevo tipo de liberación intelectual
mediante el redescubrimiento de los hipocráticos y los pitagóricos.
En la Europa del norte, sin embargo, la minoría más intolerante del clero
estaba luchando aún en una acción de retaguardia contra el resurgimiento de las
antiguas enseñanzas. Durante la juventud de Copérnico, en ninguna universidad
alemana ni polaca se enseñaba el griego; el primer maestro de griego en
Cracovia, Georg Libanius, se quejaba de que los fanáticos religiosos intentaban
que se prohibieran sus disertaciones y se excomulgara a todos cuantos
aprendieran hebreo y griego. Algunos dominicos alemanes eran especialmente
intransigentes al denunciar como heréticas todas las investigaciones sobre
textos griegos y hebreos no expurgados. Uno de ellos, el monje Simón Grunau, se
quejaba en su crónica: «Algunos no han visto a un judío o a un griego en toda
su vida y, sin embargo, pueden leer el hebreo y el griego en los libros… están
obsesionados.»[149]
Este oscuro Grunau y el antes mencionado Libanius se citan a menudo en las
obras sobre Copérnico, a fin de probar que se necesitaba gran valor por parte
del canónigo para publicar una traducción del griego; y que mediante este gesto
simbólico se puso claramente del lado de los humanistas contra los
oscurantistas El gesto fue, ciertamente, calculado, pero en cuanto que
conllevaba tomar partido, Copérnico se decantó hacia los vencedores: cuando
publicó su librito, parecía que Erasmo y los humanistas estaban triunfando. Fue
la época del gran resurgimiento europeo antes de que el mundo occidental se
escindiera en dos campos hostiles, antes de los horrores de la Reforma y la
Contrarreforma, antes de que Roma contrarrestara el avance de la imprenta con
su index librorum prohibitorum. Erasmo continuaba siendo un
mentor intelectual indiscutido, que podía escribir, sin alardes, que entre sus
discípulos se hallaban «el emperador, los reyes de Inglaterra. Francia y
Dinamarca, el príncipe Femando de Alemania, el cardenal de Inglaterra, el
arzobispo de Canterbury, y más príncipes, más obispos, más hombres instruidos y
honorables de los que puedo nombrar, no sólo de Inglaterra. Flandes. Francia y
Alemania, sino incluso de Polonia y Hungría».[150]
Esas consideraciones pueden ayudar a explicar la peculiar elección de tal obra.
Era un texto griego y, en consecuencia, su traducción
resultaba meritoria a los ojos de los humanistas; no era, sin embargo, un texto
griego antiguo, sino escrito por un cristiano bizantino del
siglo VII, con poco espíritu y una devoción tan intachables que ni siquiera el
más fanático de los monjes podría ponerle objeciones. En pocas palabras, las
epístolas de Teofilactus eran, a la vez, carne y pescado, griegas y cristianas
y, hablando en general, seguras a toda prueba. No atrajeron ninguna atención,
ni entre los humanistas ni entre los oscurantistas, y muy pronto fueron
olvidadas.
§6. El canónigo
El obispo Lucas murió de repente en 1512. Se había desplazado a Cracovia para
asistir al matrimonio del rey polaco y participado activamente en las
ceremonias. En el viaje de regreso se le presentaron de repente síntomas de
envenenamiento por alimentos, y murió en su nativa Torun. Su fiel secretario y
médico de la casa, evasivo como siempre, no estaba junto a él en el momento de
su muerte; se desconocen las razones de esta ausencia.
Poco después de la muerte de su tío, Copérnico, ahora un hombre de cuarenta
años, abandonó el castillo de Heilsberg y, con un retraso de quince años,
aceptó sus obligaciones como canónigo de la catedral de Frauenburg, y las
cumplió fielmente hasta el final de su vida.
Esas obligaciones no exigían mucho. Los dieciséis canónigos llevaban una vida
tranquila, mundana y opulenta de nobles provincianos. Portaban armas —excepto
en las reuniones del cabildo—, y se requería que afirmaran su prestigio
manteniendo, por lo menos, dos sirvientes y tres caballos cada uno. Casi todos
procedían de familias patricias de Torun y Danzig, y estaban relacionados entre
sí por matrimonios familiares. A cada uno se le asignaba una casa o curia dentro
de las fortificadas murallas —una de ellas era la torre de Copérnico—, y
también dos allodia adicionales, pequeñas propiedades privadas
en el campo. Aparte todo esto, todos los canónigos gozaban de los beneficios de
una o varias prebendas y sus rentas eran considerables.
Tan sólo uno de los dieciséis canónigos había tomado los votos mayores y podía
celebrar la misa; los restantes, cuando no se hallaban ausentes en alguna
misión oficial, estaban obligados simplemente a asistir y, ocasionalmente, a
colaborar en los servicios matutinos y vespertinos. El resto de sus
obligaciones eran de carácter seglar: la administración de las enormes
propiedades del cabildo, sobre las que ejercían un poder casi absoluto.
Cobraban los impuestos, recogían las rentas y los diezmos, nombraban a los
alcaldes y funcionarios públicos de los pueblos, se sentaban en los tribunales,
promulgaban y hacían cumplir la ley. Esas actividades debieron atraer a la
frugal y metódica naturaleza del canónigo Koppernigk, puesto que durante cuatro
años desempeñó el cargo de administrador de los remotos dominios del cabildo en
Allenstein y Mehlsack, y durante otro lapso de tiempo fue administrador general
de todas las posesiones del cabildo en Ermeland. Llevó un diario y un libro
mayor en que anotaba meticulosamente todas las transacciones con arrendatarios,
siervos y trabajadores.
Mientras tanto, en 1519, estalló de nuevo la encarnizada lucha entre polacos y
caballeros teutónicos. No hubo batallas importantes, pero los pillajes de la
soldadesca de ambos bandos devastaron el campo de Ermeland: mataron campesinos,
violaron a sus mujeres e incendiaron sus granjas, pero no atacaron las ciudades
fortificadas. De los dieciséis canónigos, catorce pasaron ese turbulento año en
Torun o Danzig; Koppernigk prefirió quedarse, en compañía de un anciano
concanónigo, en su torre tras las seguras murallas de Frauenburg, desde donde
cuidó de los asuntos del cabildo. Posteriormente administró, durante otro año,
Allenstein y, según parece, también tomó parte en un fallido intento de
mediación entre las partes hostiles. Cuando finalmente volvió la paz, en 1521,
tenía casi cincuenta años. Pasó casi todos los siguientes veinte en su torre,
sin nada digno de mención.
Tenía mucho tiempo libre. En 1530, aproximadamente,[151] completó el manuscrito del Libro de las
revoluciones y lo guardó bajo llave, y tan sólo hizo ocasionales
correcciones en él. No realizó nada más de mucha importancia. Escribió, a
petición de un amigo, una crítica sobre las teorías de un colega astrónomo[152], que, como los Commentariolus, circuló en
manuscrito; redactó un memorándum de los daños causados por los caballeros
teutónicos durante la guerra; y compuso un tratado acerca de la reforma
monetaria para la dieta prusiana.[153] Jamás ningún gran filósofo o científico publicó menos.
Durante esos años sólo tuvo un amigo íntimo, Tiedemann Giese, concanónigo de
Frauenburg, más tarde obispo de Kulm y de Ermeland. Dicho canónigo era un
hombre apacible e instruido que, si bien siete años más joven que Copérnico,
sintió un interés afectuoso y protector hacia él. Giese, tras años de
esfuerzos, ayudado por el joven Rheticus, consiguió finalmente que su reacio
concanónigo accediese a que se publicara el Libro de las revoluciones: asimismo,
cuando Koppernigk se vio envuelto en un mezquino conflicto con su nuevo obispo,
suavizó la situación gracias a su influencia. Nicolás siempre necesitó de una
personalidad más fuerte que lo guiara; pero así como su tío Lucas y su hermano
Andreas abusaron de él y lo intimidaron. Giese lo guio en el decurso de los
restantes años de su vida con paciencia y gentil persuasión. Fue, antes de la
aparición en escena de Rheticus en el último minuto, el único que supo
reconocer el lento, hosco y envejeciente genio del hombre; que aceptó las
debilidades de carácter de su amigo y comprendió sus tortuosos senderos, sin
dejar que nada de aquello interfiriera en su admiración intelectual. Constituyó
un notable gesto de caridad e imaginación, porque, en aquella época, el intelecto
de un hombre y su carácter se percibían aún como una entidad indivisible. Se
aceptaba o rechazaba a una persona como un todo; y la mayor parte de quienes
entraban en contacto con el canónigo Koppernigk elegían la segunda disyuntiva.
Tiedemann Giese, el firme pero afectuoso protector, guía y acicate, es uno de
los callados héroes de la historia, que allana el camino pero no deja ninguna
huella personal en aquel.
Hay un episodio típico en la relación entre los dos amigos, que se refiere a su
actitud hacia el tema central de discusión de su tiempo: la reforma de la
Iglesia a la que servían.
Copérnico tenía cuarenta y cuatro años cuando, en 1517, Martín Lutero fijó sus
noventa y cinco tesis en la puerta de la iglesia del castillo en Wittenberg.
Habrían de transcurrir apenas cinco años y «vedlo, todo el mundo es arrastrado
a la lucha, lanzado al frenesí y a la carnicería, y todas las iglesias se ven
mancilladas por los abusos, como si Cristo, al volver a los cielos, no nos
hubiera llegado la paz sino la guerra», como escribió, desesperado, el benévolo
Giese.[154] Desde sus mismos inicios, el movimiento luterano se
difundió rápidamente por toda Prusia e incluso por Polonia. El anterior gran
maestre de los caballeros teutónicos, que adoptó el título de Duque de Prusia
cuando la orden fue finalmente disuelta en 1525, abrazó la nueva fe; el rey de
Polonia, por otro lado, permaneció fiel a Roma y sofocó violentamente un
levantamiento luterano en Danzig. Así, la pequeña Ermeland se convirtió, una
vez más, en una tierra de nadie entre dos campos hostiles. El obispo Fabian von
Lossainen, sucesor de Lucas Watzelrode, su tío, pudo observar aún una actitud
de transigente neutralidad hacia Lutero, al que llamó «un monje instruido que
tiene sus propias opiniones relativas a las Escrituras; tiene
que ser un hombre atrevido el que se alce contra él dispuesto a discutirle».
Pero su sucesor, el obispo Mauricio Ferber, apenas instalado, inició una
decidida lucha contra el luteranismo; su primer edicto, difundido en 1524,
amenazaba a todos los que escucharan a los cismáticos: «Serán malditos por toda
la eternidad y castigados con la espada del anatema.» La misma semana en que se
proclamaba este edicto en Ermeland, el obispo de la vecina diócesis de Samland
publicaba también un edicto, en el cual advertía a su clero que leyera diligentemente
los escritos de Lutero y, siguiendo la práctica luterana, predicara y bautizara
en el idioma de la gente común.
Dos años después, el canónigo Giese sacó a luz un librito.[155] Su ostensible propósito era la refutación de un opúsculo
del vecino luterano de la puerta de al lado, el obispo de Samland; de hecho,
era una invitación a la tolerancia y la reconciliación, escrita enteramente en
vena erasmista. En el prefacio, el canónigo Giese decía claramente: «Rechazo la
batalla»; y terminaba el libro con la súplica: «Oh, si tan sólo el espíritu
cristiano inspirara la actitud luterana hacia los romanos, y la romana hacia
los luteranos… entonces, en verdad, nuestras Iglesias podrían ahorrarse esas
tragedias a las cuales no puede verse ningún fin… En verdad, las bestias
salvajes luchan más lealmente las unas contra las otras de lo que los
cristianos luchan con los cristianos.»
Y al principio de su libro Giese, de forma más bien deliberada, incluye el
nombre de Copérnico. El curioso párrafo figura en un prefacio-carta de Giese a
otro canónigo, un tal Félix Reich. Giese suplica a Reich que no permita que los
afectos personales se interfieran en su juicio crítico «como, creo, fue el caso
con Nicolao Copphemico [sic], que me aconsejó hiciera imprimir mi escrito,
siendo como es de un juicio perspicaz». Es seguro que el canónigo Giese obtuvo
el consentimiento de su amigo para mencionar su nombre, como una manera de
indicar que Copérnico respaldaba sus puntos de vista. Sin duda, Giese y
Copérnico —y el resto del cabildo— discutieron interminablemente el gran cisma
y su actitud hacia él; es probable, en vista de la íntima amistad entre los dos
hombres, y el párrafo en el prefacio, que Copérnico colaboró directa o
indirectamente en el libro de Giese. Su contenido era tan irreprochable que
finalmente nombraron obispo a Giese. Había, sin embargo, algunos párrafos en él
—como el de apertura, «Rechazo la batalla», y algunas concesiones relativas a
la corrupción del clero— que, a los ojos de una mente excesivamente cautelosa,
hubieran podido incurrir en el disfavor de sus superiores. La sibilina
referencia en el prefacio era, probablemente, una fórmula de compromiso a la
que se llegó tras largas discusiones entre el pacientemente persuasivo Giese y
su amigo atenazado por la ansiedad.[156]
Pero, aunque el canónigo Giese consiguiera sacar al canónigo Koppernigk una
indirecta afirmación pública de sus puntos de vista religiosos, no logró en los
siguientes quince años persuadirle de que publicara sus propios puntos de vista
sobre astronomía. Y cuando la primera versión del sistema copernicano apareció
en imprenta lo hizo, como la culminación de la sinuosidad copernicana, no
escrita o firmada por él, sino por un discípulo. Jachi Rheticus.
§7. El commentariolus
El primer atisbo del sistema copernicano se hallaba contenido en el corto
tratado que el canónigo Nicolás escribió en el castillo de Heilsberg, o al
principio de su estancia en Frauenburg.[157] Como mencioné antes, circuló sólo en manuscrito y llevaba
el título: «Breve esbozo de las hipótesis de Nicolau Copernicus acerca
de los movimientos celestes.»[158]
El tratado empieza con un análisis histórico, en el cual Copérnico explica que
el sistema tolemaico del Universo no era satisfactorio debido a que no cumplía
con la exigencia básica de los antiguos, de que cada planeta debía moverse a
velocidad uniforme en un círculo perfecto. Los planetas de Tolomeo se mueven en
círculos, pero no a velocidad uniforme.[159] «Al darme cuenta de esos defectos, he considerado a menudo
si tal vez podría hallarse más razonable disposición de círculos… en la cual
todo se moviera uniformemente en torno de su propio centro, como requiere la
regla del movimiento absoluto.» Luego Copérnico afirma que ha ideado un sistema
que resuelve «este muy difícil y casi insoluble problema» de manera mucho más
simple que la de Tolomeo, siempre que se acepten determinadas hipótesis o
axiomas fundamentales en número de siete. Luego, sin más preámbulo, enumera sus
siete Revolucionarios axiomas, que expresados en idioma moderno dicen que:
· No todos los cuerpos celestes se mueven alrededor del mismo
centro.
· La Tierra no es el centro del Universo, sino sólo de la órbita
de la Luna y de la gravedad terrestre.
· El Sol es el centro del sistema planetario y, en consecuencia,
del Universo.
· Comparada con la distancia a las estrellas fijas, la distancia
de la Tierra al Sol es enormemente pequeña.
· La revolución diaria aparente del firmamento se debe a la
rotación de la Tierra sobre su propio eje.
· El movimiento anual aparente del Sol se debe a que la Tierra,
como los demás planetas, gira en torno del Sol.
· Las «estaciones y retrogradaciones» aparentes de los planetas
son achacables a la misma causa.
A continuación, en siete
cortos capítulos, describe en líneas muy generales los nuevos círculos y
epiciclos del Sol, la Luna y los planetas, pero sin pruebas o demostraciones
matemáticas, «que reservo para mi obra más amplia». El último párrafo del tratado
anuncia orgullosamente:
«Así pues, Mercurio se mueve
sobre siete círculos en total; Venus, sobre cinco, la Tierra, sobre tres, y en
torno de ella, la Luna sobre cuatro; finalmente, Marte, Júpiter y Saturno sobre
cinco cada uno. Así pues, en total, son suficientes treinta y cuatro círculos
para explicar toda la estructura del Universo y el movimiento de los planetas.»
En el siguiente capítulo
discutiré la importancia científica del Commetariolus; por ahora
sólo nos interesan sus repercusiones. No se conocen los nombres de los eruditos
a quienes el canónigo Koppernigk envió su manuscrito, así como su número, pero
su aceptación fue decepcionante y su eco virtualmente nulo al principio. Pero
había caído ya el primer guijarro en el estanque y gradualmente, en el
transcurso de los siguientes años, sus ondulaciones fueron extendiéndose por el
rumor y de boca en boca en la república de las letras. Esto condujo al
paradójico resultado de que el canónigo Koppernigk gozó de cierta fama o
notoriedad entre los sabios durante algo así como treinta años sin haber dado
nada a la imprenta, sin enseñar en ninguna universidad ni tener discípulos. Es
un caso único en la historia de la ciencia. El sistema copernicano se difundió,
de hecho, por evaporación u ósmosis.
Así, en 1514 invitaron al canónigo Koppernigk, junto con varios astrónomos y
matemáticos, a participar en el Concilio de Letrán para la reforma del
calendario. Envió tal invitación el canónigo Sculteti, el benefactor que había
arreglado el famoso préstamo para los hermanos Koppernigk, y que por aquel
entonces había llegado a ser el capellán doméstico de León X. Copérnico rehusó
asistir dando la excusa de que no se podría reformar satisfactoriamente el
calendario hasta que no se conocieran con toda precisión los movimientos del
Sol y de la Luna; pero mencionó dicha invitación treinta años después, en la
dedicatoria del Libro de las revoluciones.
La siguiente ondulación registrada en la superficie del estanque es una
petición, en 1522, del docto canónigo Bemhard Wapowsky, de Cracovia, de la
experta opinión de Copérnico respecto al tratado astronómico de Johann
Wemer Sobre el movimiento de las ocho esferas. Copérnico
accedió a ella.
Diez años más tarde, el secretario personal del papa León X pronunció una
conferencia sobre el sistema copernicano a una selecta concurrencia en los
jardines del Vaticano, que fue favorablemente recibida.
Tres años después, el cardenal Schönberg, que gozaba de la confianza especial
del papa, animó urgentemente a Copérnico «a comunicar sus descubrimientos al
mundo culto», de palabra y mediante la letra impresa.
A pesar de esos ánimos, el canónigo Koppernigk dudó otros seis años antes de
entregar su original a los impresores. ¿Por qué?
§8. Rumor e informe
Las noticias viajaban rápidamente y lejos en el siglo XVI. El pulso de toda la
humanidad se aceleraba como si nuestro planeta, en su viaje por el espacio,
después de atravesar alguna soñolienta y absorta zona del Universo, estuviera
emergiendo ahora a una región bañada por rayos vivificadores o llena de
bencedrina cósmica entre el polvo interestelar. Parecía actuar simultáneamente
en todos los componentes del sistema nervioso de la humanidad, tanto en los
centros superiores como en los inferiores, como estimulante y afrodisíaco, que
se manifestaba en forma de sed espiritual, desazón en el cerebro, hambre de los
sentidos, liberación tóxica de las pasiones Parecía que las glándulas humanas
producían una nueva hormona, que causaba la repentina erupción de una flamante
ansia: la curiosidad… la inocente, lozana, creadora, destructiva, voraz
curiosidad de los niños.
Las nuevas máquinas —los tipos de fundición y la prensa de imprimir—
proporcionaban a esta devoradora curiosidad un flujo constante de folletos,
boletines de noticias, almanaques, libellea, pasquines,
panfletos y libros. Difundían las noticias a una velocidad desconocida hasta
entonces, incrementaban el radio de las comunicaciones humanas, rompían el
aislamiento. Los folletos y boletines no los leían, necesariamente, todas las
personas sobre las cuales ejercían su influencia; antes bien, cada palabra
impresa de información actuaba como un guijarro arrojado a un estanque,
extendiendo ondulaciones de rumores que se transmitían de boca en boca. La
prensa de imprimir constituía sólo la fuente última de propagación del
conocimiento y la cultura; el proceso en sí era complejo e indirecto, un
proceso de dilución y difusión y distorsión que afectaba a creciente número de
personas, incluidos los retrasados y los analfabetos. Incluso tres y cuatro
siglos después, las enseñanzas de Marx y Darwin, los descubrimientos de
Einstein y Freud, no llegaron a la enorme mayoría de las personas en su forma
original, el texto impreso, sino gracias a fuentes de segunda y tercera mano,
de boca en boca y en ecos. Las revoluciones del pensamiento que modelan el
panorama fundamental de una época no se difunden mediante los libros de texto, sino,
como epidemias, a través de la contaminación por medio de agentes invisibles e
inocentes portadores de gérmenes, por las más variadas formas de contacto o,
sencillamente, respirando el simple aire.
Hay epidemias de difusión lenta, como la polio, y otras que atacan rápidamente,
como la peste. La revolución darwiniana incidió como el rayo, el marxismo
necesitó tres cuartos de siglo para cuajar. La revolución copernicana, que tan
decisivamente afectó al destino del hombre, se esparció de manera más lenta e
indirecta que todas las demás. No debido a que la imprenta fuera algo nuevo, o
el tema oscuro; las tesis de Lutero crearon inmediata agitación en toda Europa,
aunque eran menos fáciles de comprimir en una sola frase como: «El Sol no gira
en torno de la Tierra, sino la Tierra alrededor del Sol.» Es de distinto orden
la razón de que Roma necesitara tres cuartos de siglo para prohibir el libro
del canónigo Koppernigk, y de que el libro en sí no produjera casi ninguna
repercusión en sus contemporáneos.
Lo que llamamos la revolución copernicana no la realizó el canónigo Koppernigk.
Su libro no pretendía desencadenar ninguna revolución. Sabía que mucho de lo
que se decía en él era erróneo, contrario a la evidencia, y su hipótesis
fundamental imposible de probar. Él mismo sólo creía a medias en ello, a la
manera escindida de la Edad Media. Se le habían negado, además, las cualidades
esenciales del profeta: tener conciencia de una misión, visión original y el
valor de las convicciones.
La relación entre el canónigo Koppernigk como persona y el acontecimiento
conocido como la revolución copernicana se resume en la dedicatoria de su libro
al papa Pablo III. El párrafo más relevante dice:
«Puedo muy bien presumir, Santo Padre, que algunos, al saber que en este libro
mío De la revolución de las esferas celestes adjudico algunos
movimientos a la Tierra, exclamarán que, sosteniendo tales puntos de vista,
deberían sacarme a silbidos del escenario… Por ello he dudado durante largo
tiempo en publicar estas reflexiones escritas para demostrar el movimiento de
la Tierra, pues pensaba que tal vez fuera mejor seguir el ejemplo de los
pitagóricos y otros, que se limitaron a impartir sus misterios filosóficos sólo
a sus íntimos y amigos, sin escribirlos, transmitiéndolos de boca en boca, como
atestigua la carta de Lisis a Hiparco… Al considerar este asunto, el miedo a
las burlas que mi nueva y [aparentemente] absurda opinión arrojaría sobre mí
casi me persuadió de abandonar mi proyecto.»
Luego sigue explicando que sólo los constantes reproches y advertencias de sus
amigos le convencieron, finalmente, de publicar su libro, que había retenido
para sí mismo sin darlo al público «no nueve años, sino cerca de cuatro veces
nueve años».
Esa pasión de Copérnico por el culto pitagórico al secreto se inició pronto, y
surge de las mismas raíces de su personalidad. La carta de Lisis, que menciona
en su dedicatoria, desempeña un curioso papel en ello. Se trataba de una
reciente maquinación apócrifa; el joven Nicolás Koppernigk la había descubierto
en la misma colección de epístolas griegas, publicada en 1499, que contenía la
obra de Simocatta.[160] Se llevó el libro consigo cuando fue a estudiar a Padua, y
más tarde tradujo la carta de Lisis al latín. Parece ser, aparte la de
Simocatta, la única traducción larga del griego que Copérnico realizó en toda
su vida, a pesar de que ya existía una versión latina impresa de la carta y
Copérnico la tenía en su poder figuraba en una obra del cardenal Bessarion,
publicada también por Aldus en Padua;[161] la carta de Lisis se halla especialmente acotada en el
ejemplar de Copérnico (otro fragmento acotado es una alabanza al celibato).
Vale la pena citar algunos párrafos de esa falsificación que causó tan profunda
impresión en Copérnico:
«Lisis saluda a Hiparco.
»Tras la muerte de Pitágoras, no pude creer que se hubieran roto los lazos
entre sus pupilos. Aunque contra todas las expectativas nos hallábamos, como en
un naufragio, a la deriva y dispersos a uno y otro lado, continúa siendo
nuestro sagrado deber recordar la divina enseñanza de nuestro maestro y no
divulgar los tesoros de filosofía a quienes no han emprendido la purificación
preliminar de la mente. Porque no es propio divulgar a todos y por todas partes
lo que hemos adquirido con tan gran esfuerzo, del mismo modo que no está
permitido dejar que los hombres corrientes penetren en los sagrados misterios
de las diosas elíseas… Déjame recordarte cuánto tiempo nos llevó purificar
nuestras mentes de sus manchas hasta que, una vez transcurridos cinco años,
empezamos a ser receptivos a sus enseñanzas… Algunos de sus imitadores
consiguen muchas y grandes cosas, pero de modo impropio y no de la manera en
que se debe enseñar a la juventud; y así animan a su auditorio a la crueldad y
la insolencia, porque manchan los puros dogmas filosóficos con un
comportamiento torpe e impuro. Es como si se echara clara y fresca agua en un
pozo lleno de suciedad… simplemente se agitaría la suciedad, y se malgastaría
el agua. Les ocurre esto a aquellos que enseñan y son enseñados de esta manera.
Densos y oscuros bosques cubren las mentes y corazones de quienes no han sido
iniciados del modo adecuado, y alteran la suave contemplación de las ideas…
Muchos me dicen que enseñas filosofía en público, lo cual fue prohibido por
Pitágoras… Si enmiendas tu camino te amaré; si no, estarás muerto a mis ojos…»[162]
¿Por qué, tras diez años pasados en el hervidero de la Italia
del Renacimiento, adoptó Copérnico esta actitud arrogantemente oscurantista y
antihumanista? ¿Por qué mantuvo durante cuarenta años esa carta apócrifo tan
cerca de su corazón, como un talismán, hasta el punto de traducirla nuevamente
y citársela al papa? ¿Cómo pudo un filósofo del Renacimiento, un contemporáneo
de Erasmo y Reuchlin, Hutten y Lutero, aprobar la ridícula noción de que no se
debía echar la pura agua de la verdad a los sucios pozos de la mente humana?
¿Por qué tenía Copérnico tanto miedo a la revolución copernicana?
La respuesta viene en el texto: porque simplemente se agitaría la
suciedad y se malgastaría el agua. Aquí está el
núcleo de esa ansiedad que paralizó su trabajo y malogró su vida. Esa farsa
acerca de los misterios pitagóricos era una racionalización de su temor de
verse abrumado por la suciedad si publicaba su teoría. Ya era suficiente haber
sido un huérfano a los diez años, con un leproso por hermano y un sombrío
batallador por custodio. ¿Era necesario exponerse ahora a las burlas y al
ridículo de sus contemporáneos, al riesgo de «sacarme a silbidos del
escenario»?
No era, como puede pretender la leyenda, la persecución religiosa lo que tenía
que temer. La leyenda presta poca atención a las fechas; y es esencial recordar
que el Libro de las revoluciones no fue incluido en el índice
hasta setenta y tres años después de su publicación, y que el célebre juicio a
Galileo tuvo lugar noventa años después de la muerte de Copérnico. Por aquel
entonces, debido a la Contrarreforma y la guerra de los Treinta Años, el clima
intelectual de Europa había cambiado radicalmente, casi tanto como entre la
mitad de la era victoriana y la época de Hitler-Stalin. La juventud y la
madurez del canónigo Koppernigk transcurrieron en la edad de oro de la
tolerancia intelectual: la época de León X, patrocinador de la erudición y de
las artes, tiempo en que los más altos dignatarios de la Iglesia admitían
libremente una filosofía liberal, escéptica, revolucionaria. Savonarola fue
quemado y Lutero excomulgado, pero sólo después de que hubieran desafiado
abiertamente al papa y tras agotar todos los intentos de reconciliación.
Intelectuales y filósofos no tenían razón alguna para temer persecución por sus
opiniones mientras se refrenaran de desafiar directa y explícitamente la
autoridad de la Iglesia. Si procedían con un mínimo de discreción al elegir las
palabras, podían decir no sólo muy bien lo que quisieran, sino que incluso el
mecenazgo eclesiástico les animaba a hacerlo; y eso es lo que, en realidad,
ocurrió con el propio Copérnico. La sorprendente prueba de ello es un
documento, incluido por Copérnico en el prefacio del Libro de las
revoluciones,antes de la dedicatoria al papa. Es una carta que ya he
mencionado, escrita a Copérnico por el cardenal Schönberg, el cual ocupó una
posición de especial confianza bajo tres papas sucesivos: León X, Clemente VII
y Pablo III.
«Nicolaus Schönberg, cardenal de Capua, envía sus saludos a
Nicolaus Copernicus.
»Cuando, hace varios años, oí alabada unánimemente vuestra diligencia, empecé a
sentir un creciente interés hacia vos y a considerar a nuestros compatriotas
afortunados a causa de vuestra fama. Me han informado de que vos no sólo
poseéis un exhaustivo conocimiento de las enseñanzas de los antiguos
matemáticos, sino que también habéis creado una nueva teoría del Universo según
la cual la Tierra se mueve y el Sol ocupa la posición básica y, en
consecuencia, central; que la octava esfera [la de las estrellas fijas]
permanece en una posición eternamente inmóvil y fija y que la Luna, junto con
los elementos incluidos en su esfera, situada entre las esferas de Marte y
Venus, gira anualmente en torno del Sol; más aún, que habéis escrito un tratado
sobre esta teoría astronómica enteramente nueva y que también habéis calculado
los movimientos de los planetas y los habéis situado en tablas, para la mayor
admiración de todos. En consecuencia, oh hombre erudito, sin desear ser
inoportuno, os suplico de la forma más vehemente que comuniquéis vuestro
descubrimiento al mundo culto, y me enviéis tan pronto como os sea posible
vuestras teorías sobre el Universo, junto con las tablas y cualquier otra cosa
de que dispongáis relativa al tema. He dado instrucciones a Dietrich von Rheden
[otro canónigo de Frauenburg] para que haga una copia fiel de todo ello a mis
expensas y me lo envíe. Si me hacéis esos favores, descubriréis que estáis
tratando con un hombre que tiene vuestras inquietudes en su corazón y desea
hacer justicia a vuestra excelencia. Mis saludos.
»Roma, 1 de noviembre de 1536.»[163]
Debe señalarse que esta
petición «de la forma más vehemente» (atque etiam oro vehementer) de
que Copérnico publique su teoría, la expresa independientemente de su petición
de una copia fiel: no se trata de ningún examen preliminar o censura.
Más aún, parece poco probable que el cardenal hubiera ido tan lejos como urgir
la publicación del libro enteramente por iniciativa propia; y hay más pruebas
de un anterior y benevolente interés del Vaticano en la teoría copernicana,
pruebas que surgieron a la luz a través de uno de esos extraños azares de la
historia. Existe en la Biblioteca Real de Münich un manuscrito griego, un
tratado de un tal Alexander Afrodisius titulado De los sentidos y las
sensibilidades, que no tiene el menor interés para nadie, excepto que
la página del título contiene la siguiente inscripción:
«Clemente VII, Sumo
Pontífice, me hizo presente de este manuscrito en el año 1533 de Nuestro Señor,
en Roma, después de que yo, en presencia de Fray Urbino, el cardenal Joh.
Salviato, Joh. Petro, obispo de Iturbo y Mattias Curtió, médico, le hubiera
explicado, en los jardines del Vaticano, las enseñanzas de Copérnico acerca del
movimiento de la Tierra. Joh. Albertus Widmanstadius.
»Cognomitatus Lucretius.
»Secretario personal y particular de nuestro sereno Señor.»[164]
En otras palabras, Clemente VII, que había seguido el ejemplo de
León X en su liberal mecenazgo de las artes, entregó el manuscrito griego a su
docto secretario como recompensa por su disertación sobre el sistema
copernicano. Parece completamente plausible suponer que su sucesor, Pablo III,
oyó hablar de Copérnico por boca de Schönberg o Widmanstad y, despertada su
curiosidad, animó al cardenal a que escribiera al astrónomo. En cualquier caso,
el propio Copérnico comprendió perfectamente la importancia de la carta, o de
otro modo no la hubiera publicado en el Libro de las revoluciones.
A pesar de estos ánimos semioficiales que hubieran debido proporcionarle una
completa seguridad, Copérnico, como hemos visto, dudó otros seis años antes de
publicar el libro. Todas las pruebas indican que no era el martirio lo que
temía sino el ridículo, porque se sentía desgarrado por las dudas respecto a su
sistema, pues sabía que no podía ni probarlo a los ignorantes ni defenderlo
contra las críticas de los expertos. De ahí la huida hacia el secreto
pitagórico y la entrega a regañadientes, poco a poco, de su sistema al público.
Sin embargo, pese a todas esas precauciones, las ondulaciones que se extendían
lentamente agitaron algo del lodo, lo que el canónigo Koppernigk tanto temía.
No mucho, sólo unas cuantas salpicaduras, o más exactamente, tres salpicaduras,
puestas cuidadosamente de manifiesto por sus biógrafos. En primer lugar, el
burdo pero inofensivo comentario de sobremesa que hizo Lutero acerca de «ese
nuevo astrólogo que quiere probar que la Tierra gira sobre sí misma»,[165]pronunciado unos diez años
antes de la publicación de las Revoluciones; en segundo lugar, una
sola observación realizada en una vena similar, contenida en una carta
particular de Melanchthon,[166] fechada en 1541; por
último, en 1531 aproximadamente, se representó en la prusiana ciudad de Elbing
una farsa de carnaval, en que se incluía al canónigo observador de las
estrellas en una grotesca procesión que ridiculizaba a monjes, prelados y dignatarios,
según la costumbre de la época. Esta es toda la persecución que el canónigo
Koppernigk tuvo que soportar en vida: un duro comentario de sobremesa, un
párrafo de una carta particular, y una broma de carnaval. Pero incluso esa
inofensiva agitación del temido fondo del pozo fue suficiente para mantener sus
labios sellados, pese a todos los alientos particulares y oficiales. Hasta el
gran y espectacular giro en su vida: la repentina aparición en escena de George
Jachi Rheticus.
§9. La llegada de Rheticus
Rheticus, como Giordano Bruno o Theophrastus Bombastus Paracelsus, fue uno de
los caballeros errantes del Renacimiento, cuyo entusiasmo aventó las chispas
convirtiéndolas en llamas; llevando sus antorchas de un país a otro, actuaron
como bienvenidos incendiarios de la república de las letras. Tenía veinticinco
años cuando llegó a Frauenburg, «en las extremas afueras de la Tierra», con el
decidido propósito de poner en marcha la revolución copernicana que Copérnico
intentaba suprimir, era un enfant terrible y un loco
inspirado, un condottiere de la ciencia, un discípulo
incondicional y, afortunadamente, homosexual o bisexual, según se terciara.
Digo «afortunadamente» porque los así afligidos han demostrado ser siempre los
maestros y discípulos más incondicionales, desde Sócrates hasta nuestros días,
y la historia tiene con ellos una deuda. Era asimismo protestante, protegido de
Melanchthon, el Preceptor Germaniae, y ejercía el oficio más
peligroso que podía tener un hombre en el siglo XVI: profesor de matemáticas y
astronomía.
Nacido en 1514, como Georg Jachi von Lauchen, en el Tirol austríaco, la antigua
Retía, latinizó su nombre a Rheticus. De niño viajó con sus ricos padres por
Italia; de joven estudió en las universidades de Zurich, Wittenberg, Nüremberg
y Gotinga. A la edad de veintidós años, recomendado por Melanchthon, le
concedieron una de las dos plazas de profesor de matemáticas y astronomía en la
igualmente joven Universidad de Wittenberg, cuna y gloria de la enseñanza
protestante. La otra cátedra estaba ocupada por un hombre que sólo tenía tres
años más que él, Erasmus Reinhold.
Los dos jóvenes profesores, Reinhold y Rheticus, eran partidarios de la
cosmología centrada en el Sol, que sólo conocían de oídas, y a la que Lutero y
Melanchthon, las grandes personalidades de Wittenberg, se mostraban opuestos.
Sin embargo, en la primavera de 1539 se autorizó a Rheticus a dejar
temporalmente su puesto con la expresa finalidad de visitar, en la católica
Ermeland, al canónigo Koppernigk, a quien Lutero había llamado «un estúpido que
va contra las Sagradas Escrituras».
Rheticus llegó a Frauenburg en el verano de 1539, cargado de preciosos regalos:
las primeras ediciones impresas de Euclides y Tolomeo en sus originales griegos
y otros libros de matemáticas. Se había propuesto permanecer unas pocas semanas
en Ermeland; se quedó, con interrupciones, dos años, que dejaron su huella en
la historia de la humanidad. Su llegada a Ermeland estuvo magníficamente
medida: coincidió casi con un edicto del nuevo obispo, Dantiscus, en que se
ordenaba a todos los luteranos que abandonaran Ermeland en el término de un
mes, y amenazaba con enajenar sus vidas y posesiones si regresaban. El edicto
fue proclamado en marzo: tres meses después, el profesor luterano, llegado
directamente de la capital de la herejía, presentó sus respetos al cabildo de
Frauenburg, incluido el obispo Dantiscus, al que describió como «famoso por su
sabiduría y elocuencia». Todo ello viene a demostrar que los sabios del
Renacimiento eran una especie de vacas sagradas a las que se permitía
vagabundear, rumiando sin ser molestadas, en medio del ajetreo del bazar.
Un año después, el obispo Dantiscus proclamó un segundo y todavía más feroz
«Edicto contra el luteranismo», en el cual ordenaba que «todos los libros, panfletos…
y cualquier otra cosa que llegue de los ponzoñosos lugares de la herejía, sean
quemados en presencia de los oficiales públicos». Casi al mismo tiempo, el
profesor que vino del más ponzoñoso de todos los lugares de herejía
escribió En alabanza a Prusia:
«Así pues, es posible que los dioses me amen… Todavía no me ha ocurrido entrar
en casa de cualquier hombre distinguido de esta región —porque los prusianos
son las personas más hospitalarias— y no ver de inmediato diagramas en el mismo
umbral o descubrir la geometría presente en sus mentes. De ahí que casi todos
ellos, siendo como son hombres de buena voluntad, concedan a los estudiosos de
esas artes todo posible servicio y beneficio, puesto que el auténtico
conocimiento y la sabiduría nunca se hallan separados de la amabilidad y la
buena voluntad.»[167]
Es una lástima que Rheticus no informara, con su exuberante estilo, de su
primer encuentro con el canónigo Koppernigk. Fue uno de los grandes encuentros
de la historia, y se alinea con los encuentros de Aristóteles y Alejandro,
Cortés y Moctezuma, Kepler y Tycho, Marx y Engels. Por parte del muy sensible y
expectante Rheticus hubo, obviamente, amor a primera vista hacia el Domine
Praeceptor, «mi maestro», como llamaría siempre a Copérnico,
comparándolo con Adas, que carga la Tierra sobre sus hombros. Por su parte, el
solitario y no amado anciano se vio sacudido por aquella violenta embestida, y
se preparó a tolerar al joven loco. Tenía ahora sesenta y seis años y sentía
que sus días se acercaban a su fin. Había conseguido cierta fama en el mundo
intelectual, pero no del tipo usual: era notoriedad más que reputación y se
basaba en rumores, no en certezas; porque el manuscrito de las Revoluciones se
hallaba aún bajo llave en su torre, y nadie sabía exactamente cuál era su
contenido. Tan sólo conocían el Commentariolus los pocos que
lo habían visto, y de ellos una buena parte ya había desaparecido, puesto que
ese esbozo esquemático había sido escrito y circulaba hacia un cuarto de siglo.
El viejo canónigo creía que lo que realmente necesitaba era un joven discípulo
dentro de la tradición pitagórica, que se encargara de instruir a unos pocos
escogidos sin agitar la suciedad del fondo del pozo. Su único amigo, el gentil
Giese, ya no vivía en Frauenburg; lo habían nombrado obispo de la vecina
diócesis prusiana, Kulm. Además, Giese, que por aquel entonces frisaba los
sesenta años, era simplemente un astrónomo aficionado sin ninguna cualificación
como discípulo. El joven y entusiasta profesor de Gotinga sí. Parecía haber
sido enviado por la propia Providencia, aunque ésta fuera luterana. Desde el
lado católico no había mucho que temer, como probaba la carta de Schönberg: el
joven Rheticus, por otro lado, era protegido de Melanchthon; aseguraría el
flanco luterano y llevaría directamente el mensaje a su cuartel general, a
Wittenberg y Gotinga.
De cualquier modo, Copérnico dudó. No podía decidir nada sin Giese. Además, la
presencia de su huésped protestante en Frauenburg constituía un problema,
aunque fuese una vaca sagrada. El canónigo Koppernigk hizo las maletas pocas
semanas después de la llegada de Rheticus, y ambos hombres se dirigieron a
pasar una temporada con el obispo Giese, en su residencia del castillo de
Loebau.
Maestro y discípulo fueron huéspedes del obispo durante algún tiempo. El
triunvirato cosmológico en el castillo medieval debió de discutir
interminablemente respecto al despegue del sistema copernicano durante las
lechosas noches del verano báltico: mientras Rheticus y Giese presionan para
que lo publique, el viejo canónigo mantiene su testaruda oposición, pero se ve
obligado a ceder terreno, paso a paso. Rheticus describe algunas fases del
forcejeo con una especie de embarazada contención, sorprendente en contraste
con su habitual locuacidad. Cita largos pasajes del diálogo entre su Domine
Praeceptor y el obispo Giese, y pasa en modesto silencio sobre su
propia participación en el debate:
«Puesto que mi maestro era sociable por naturaleza y veía que el mundo
científico se hallaba también necesitado de mejoras… se doblegó fácilmente a
las súplicas de su amigo, el reverendo prelado. Prometió que trazaría tablas
astronómicas con nuevas reglas, y que si su trabajo tenía algún valor no lo
escondería del mundo… Pero desde hacía tiempo se daba cuenta de que [la teoría
en la cual se basaban las tablas] podía trastocar las ideas relativas al orden
de los movimientos y las esferas… que normalmente se aceptaban y tomaban como
ciertas; más aún, las hipótesis requeridas contradirían nuestros sentidos.
»Decidió, en consecuencia, que debía… componer tablas con reglas
precisas pero sin pruebas. De ese modo no provocaría disputas entre los
filósofos… y se observaría el principio pitagórico de que la filosofía se debe
ejercer de tal modo que sus más profundos secretos queden reservados a los
hombres ilustrados, preparados en matemáticas, etcétera.
»Entonces, Su Reverencia señaló que tal trabajo sería un regalo incompleto al
mundo a menos que mi maestro indicara las razones de sus tablas e incluyera
también, siguiendo el ejemplo de Tolomeo, el sistema o teoría y los fundamentos
y pruebas en que se basaban… No había lugar en la ciencia, afirmó, para la
práctica frecuentemente adoptada en reinados, conferencias y asuntos públicos,
donde los planes se mantenían en secreto por un tiempo hasta que se veía el
fruto de los resultados… En cuanto a los no instruidos, a quienes los griegos
llaman “esos que no saben de teoría, música, filosofía y geometría”, se debían
ignorar sus gritos…»[168]
En otras palabras, el
taimado canónigo, fuertemente presionado por Rheticus y Giese, propuso publicar
sus tablas planetarias pero guardarse la teoría en que se basaban; no se debía
mencionar el movimiento de la Tierra.
Fracasada esta maniobra de distracción, se reanudó el forcejeo del triunvirato.
El siguiente estadio es un sorprendente compromiso, un triunfo de la sinuosidad
copernicana. A juzgar por los resultados, los términos del acuerdo debieron de
ser como sigue:
No se publicaría el Libro de las revoluciones de Copérnico.
Pero Rheticus escribiría una relación del contenido del manuscrito no impreso y
la publicaría, a condición de que no mencionara en ningún lugar el nombre de
Copérnico. Rheticus llamaría al autor del manuscrito no publicado, simplemente, Domine
Praeceptor, y en la página del título, donde no podía evitarse
mencionar algún nombre, se referiría a Copérnico como «el instruido doctor
Nicolás de Thorn.»[169]
En otras palabras. Rheticus estiraría el cuello y sacaría la cabeza, mientras
el canónigo se retiraba a su concha de tortuga.
§10. La narratio prima
Así nació en forma impresa la Narratio Prima, la Primera
narración de Rheticus acerca de la teoría copernicana. Escrita en
forma de carta de Rheticus a Johannes Schoener, su antiguo maestro en
astronomía y matemáticas en Nüremberg, tiene setenta y seis páginas en cuarto
menor y lleva este engorroso título: «Al muy ilustre doctor Johannes Schoener,
una Primera narración del Libro de las Revoluciones del muy
instruido y muy excelente matemático, el reverendo padre doctor Nicolás de
Torun, canónigo de Ermeland, hecha por un joven estudiante de matemáticas.»
El nombre del propio Rheticus sólo se menciona en el encabezamiento que inicia
el texto de la carta: «Al ilustre Johannes Schoener, como si fuera su
reverenciado padre, Georg Jachi Rheticus envía sus saludos.»
Tras una disculpa por el retraso en enviar su informe, Rheticus explica que
hasta el momento sólo ha dispuesto de diez semanas para estudiar el manuscrito
de su maestro; el manuscrito abarca todo el dominio de la astronomía y se halla
dividido en seis libros, de los cuales se ha impuesto ya en tres, comprendido
la idea general del cuarto, pero sólo ha obtenido una noción general de los dos
últimos. Luego sigue una hábil descripción del sistema copernicano, en la cual
muestra su comprensión del tema y su independencia de criterio al prescindir de
la secuencia de capítulos del manuscrito de Copérnico y sustituirla por un
resumen de lo esencial de su contenido. En medio, Rheticus inserta una
digresión astrológica en la cual tanto la ascensión y caída de los imperios
romano y musulmán como la segunda venida de Cristo se hacen depender
directamente de cambios de la excentricidad de la órbita de la Tierra. También
aporta su estimación de la duración total del mundo en seis mil años, de
acuerdo con una profecía de Elías.
Copérnico, según parece, no creía en la astrología, pero Rheticus sí, del mismo
modo que Melanchthon y Schoener y la mayoría de los sabios de la época; y
puesto que la digresión sobre Elías y la segunda venida estaba calculada para
complacerlos, parece que Copérnico no puso ninguna objeción.
Intercaladas en la narración de Rheticus se hallan las habituales citas de
Aristóteles y Platón, alabanzas a la divina sabiduría de los antiguos, y
protestas de que su maestro nunca había pretendido ir contra su autoridad:
«Si he dicho algo con
juvenil entusiasmo (nosotros los jóvenes siempre estamos dotados, como él dice,
de alto rango antes que de talentos útiles), o si he dejado caer
inadvertidamente cualquier observación que pueda parecer dirigida contra la
venerable y sagrada antigüedad, más atrevidamente quizá de lo que la
importancia y dignidad del tema requerían, no tengo la menor duda de que vos
sabréis comprenderlo y lo achacaréis más a mis sentimientos hacia vos que a una
falta por mi parte. En cuanto a mi docto maestro, me gustaría que supierais y
os convencierais plenamente de que para él no hay nada mejor o más importante
que seguir los pasos de Tolomeo y andar, como hizo Tolomeo, el mismo camino de
los antiguos y de aquellos que vivieron mucho antes que él. Sin embargo, cuando
los fenómenos, que controlan al astrónomo… le impulsaron a efectuar
determinadas suposiciones incluso contra su voluntad, fue suficiente, pensó,
con apuntar sus flechas por el mismo método al mismo blanco que Tolomeo, aunque
empleara un arco y unas flechas de un tipo de material completamente distinto
del de Tolomeo.»[170]
Pero luego Rheticus prosigue con un encantador non
sequitur. «En este punto debemos recordar el dicho: “De mente libre
tiene que ser aquél que desea alcanzar el conocimiento.”»
El tratado está lleno de fervorosas protestas de que su maestro «está muy lejos
de pensar que debe apartarse temerariamente, en un ansia de novedad, de las
firmes opiniones de los antiguos», seguidas por «… excepto por buenas
razones y cuando los propios hechos le obliguen a actuar así».[171] Estas disculpas
estaban probablemente destinadas más a tranquilizar a Copérnico que a
Melanchthon y Lutero, los cuales, demasiado fistos para ser engañados,
persistían en su oposición a la teoría copernicana, aunque seguían favoreciendo
a su joven profeta.
Porque, al cabo de pocas semanas, el discípulo había ascendido, de hecho, a la
categoría de profeta; los pasajes más emotivos de la NarratioPrima, que
no dejan de asomar inesperadamente por entre el texto científico, dan la
impresión de sermones a una todavía inexistente congregación: «Así pues, la
astronomía de mi maestro puede llamarse con todo derecho eterna, como lo
atestiguan las observaciones de pasadas eras y confirmarán indudablemente las
observaciones de la posteridad…[172] Dios ha concedido a mi
docto maestro un reinado eterno en la astronomía. Ojalá la gobierne, custodie e
incremente hasta la restauración total de la verdad astronómica. Amén.»[173]
Rethicus llegó a Frauenburg en el verano de 1539; a finales de septiembre había
completado y despachado la Narratio Prima; unos pocos meses
más tarde aparecía en letra impresa. Pocas veces han sido mejor empleadas diez
semanas. En ese lapso de tiempo trabajó en el voluminoso manuscrito de
las Revoluciones,erizado de tablas astronómicas, hileras de cifras,
diagramas y multitud de errores de cálculo. Destiló su esencia, la puso por
escrito, y por las noches, apoyado por Giese, prosiguió las interminables
negociaciones con el obstinado anciano que siempre maquinaba nuevas evasivas.
El efecto combinado del esfuerzo y la frustración fue al parecer demasiado
incluso para el joven e irascible profeta, porque se dice que en determinado
momento —mientras estaba forcejeando con la intrincada teoría de la órbita de
Marte—, su mente pareció salirse temporalmente de sus casillas. Dos
generaciones más tarde, cuando los sucesos del castillo de Loebau se estaban
convirtiendo ya en una especie de saga homérica entre los sabios, Johannes
Kepler escribió en la dedicatoria de su Astronomía Nueva al
emperador Rodolfo:
«En relación con Georg Jachi Rheticus, el muy famoso discípulo de Copérnico en
los días de nuestros antepasados… se cuenta la siguiente historia: Cuando en
cierta ocasión se sintió perplejo y se encalló en la teoría de Marte y ya no
pudo ver el camino de salida, apeló como último recurso a su ángel de la guarda
como oráculo. A lo cual el poco afable personaje agarró a Rheticus por el pelo
y repetidamente golpeó su cabeza contra el techo, luego lo dejó caer y lo estrelló
contra el suelo; a cuyo tratamiento añadió el siguiente anuncio de oráculo:
“Éstos son los movimientos de Marte.” Los rumores tienen afilada lengua… Puede
creerse muy bien, sin embargo, que Rheticus, con la mente extraviada por
especulaciones sin salida, bullera de rabia y él mismo estrellara su cabeza
contra la pared.»[174] El episodio debió ser
muy conocido en tiempos de Kepler y Galileo, como muestra el siguiente párrafo
de una carta de Kepler a un colega:[175] «Me atosigas con el
ejemplo de Rheticus. Me río contigo. He visto lo miserablemente que la Luna te
ha torturado a ti y a veces también a mí, lo recuerdo muy bien. Si las cosas
están yendo mal ahora conmigo respecto a Marte, creo que tú, que has sufrido
vejaciones similares, deberías sentir lástima por mí.»
El propio Rheticus describe en su Narratio Prima su tormento
mental, el suplicio de un científico en el punto de unión entre la Edad Media y
el Renacimiento, que siente intuitivamente que tiene que existir una solución
bella y luminosa al misterio cósmico, pero que no puede escapar a la pesadilla
de los girantes epiciclos:
«El astrónomo que estudia el movimiento de las estrellas es, a
buen seguro, como un hombre ciego que, con sólo un báculo [las matemáticas]
para guiarle, debe emprender un grande, peligroso e interminable viaje que
serpentea por entre innumerables lugares desolados. ¿Cuál será el resultado?
Tras caminar ansiosamente cierto tiempo y tantear la ruta con su bastón,
llegará un momento en que se reclinará en él y lanzará su grito de
desesperación a los cielos, a la tierra y a todos los dioses, para pedir que le
ayuden en su miseria.»[176]
Como anexo a la Narratio, Rheticus
escribió, siguiendo una costumbre de aquellos tiempos, un panegírico del país y
de la gente que tan hospitalariamente lo habían recibido: Encomium
Borussiae, «Encomio a Borusia», es una entusiasta efusión en el peor
estilo retórico de los humanistas, prolífica en dioses griegos y forzadas
alegorías. Empieza con un floreo: “Píndaro celebra en una oda —que se supone
escrita en letras de oro en una tablilla y exhibida en el templo de Minerva—
las proezas de Diágoras de Rodas, que venció en las competiciones de pugilato
de los juegos olímpicos. La oda llama a la isla de Rodas hija de Venus y
bendecida esposa del Sol. Júpiter, dice, derramó gran cantidad de lluvia dorada
sobre Rodas porque sus moradores adoraban a su hija Minerva. Por la misma
razón, la propia Minerva hizo famosos a los habitantes de Rodas por su dedicada
sabiduría y educación. No sé de ningún país en nuestros días más adecuado para
heredar la antigua fama de los rodios que Prusia”, y así sucesivamente.[177]
Todo este panegírico sólo tiene interés por su descripción de los forcejeos de
Giese con Copérnico, y por sus reveladoras omisiones. Incluye una apología de
Giese, en que se invoca al apóstol Pablo, y otra apología del alcalde de
Danzig, a quien se compara con Aquiles; también figura una descripción de los
instrumentos astronómicos de Giese: una esfera armillar de bronce, y «un gnomon [reloj
de sol] realmente principesco que se había traído de Inglaterra y que
contemplaba con el mayor deleite.»[178] Pero no hay la menor mención de los instrumentos de
Copérnico. Ni de su observatorio; ni de dónde o cómo vive; ni de cuál es su
aspecto.
Para apreciar lo paradójico de este silencio hay que recordar que el libro
representa el relato que hace Rheticus de su peregrinaje hasta Copérnico en una
carta dirigida a su ex maestro de Nüremberg. Casi se puede oír la indignada
exclamación del destinatario: «¿Pero dónde vive este nuevo maestro tuyo?
¿Qué edad tiene? ¿Cómo es? ¿Qué instrumentos usa? Dices que su obispo posee un
gnomon y una esfera armillar, pero ¿qué tiene él?»
La razón de estas ostensibles omisiones fue probablemente la misma que impulsó
a Rheticus a no mencionar a «mi docto maestro» por su nombre: la obsesión de
Copérnico hacia el secreto. No puede explicarse por una simple precaución,
porque si alguien hubiese deseado perseguir al anónimo astrónomo de Ermeland,
no hubiera tenido ninguna dificultad en identificar al canónigo Nicolau de
Torun.
§11. Preparativos para la imprenta
Rheticus escribió la Narratio Prima bajo los atentos ojos de
Copérnico. Maestro y discípulo regresaron del castillo de Loebau a Fauenburg,
donde está fechada la Narratio. 23 de septiembre del año del
Señor 1539. Cuando estuvo terminado el manuscrito, Rheticus fue a Danzig, donde
se hallaba la imprenta más próxima, para proceder a su publicación.
Los primeros ejemplares de la primera narración impresa del sistema de
Copérnico salieron de Danzig en febrero de 1540. Melanchthon recibió uno; envió
otro ejemplar, por mediación de Giese, al duque protestante Alberto de Prusia,
que desde aquel momento hizo mucho por ayudar a la difusión del sistema
copernicano. Rheticus mandó también un ejemplar a un erudito amigo suyo, de
nombre Achilles Perminius Gassarus, que inmediatamente se sintió inflamado y
arregló las cosas de modo que se efectuara otra impresión de dicho libro en
Basilea, apenas unas semanas después de que la edición de Danzig saliera de las
prensas. Así, la Narratio Prima se abrió camino
simultáneamente por el norte y por el sur, y causó cierta agitación en el mundo
culto. E benévolo Giese ya no estuvo solo en suplicarte a su obstinado amigo,
pues al canónigo Koppernigk le urgieron de todas partes que publicara su libio.
Lo retuvo durante otros seis meses. Probablemente pensó en más subterfugios y
evasivas. Pero tras haber permitido que otra mano publicara un resumen de su
manuscrito, su continuada negativa a dejar que se imprimiera dicho manuscrito
lo expondría a un riesgo de ridículo mayor que el que podía conllevarte la
publicación.
Tan pronto como estuvo completada la impresión de la Narratio, Rheticus
marchó apresuradamente de Danzig a Wittenberg, para reanudar sus clases en la
universidad. Al término del verano volvió de nuevo a toda prisa a Frauenburg,
en el extremo opuesto de Alemania, ostensiblemente con la finalidad de añadir
una «Segunda Narración» a la «Primera». De hecho, estaba preparando la
embestida final contra Copérnico, con la cual arrancaría
las Revoluciones de sus temblorosas manos. Esta vez tuvo
éxito. Algo después de la segunda llegada de Rheticus a Frauenburg, finalmente
cedió la resistencia del canónigo Koppernigk.
Rheticus permaneció con él desde el verano de 1540 hasta septiembre de 1541.
Pasó este tiempo copiando personalmente todo el manuscrito de las Revoluciones, comprobando
y corrigiendo las cifras dudosas y efectuando algunas alteraciones menores.[179] También realizó otros trabajos para su maestro. Hacía más
de diez años, el anterior obispo de Ermeland había pedido a los canónigos
Koppernigk y Sculteti que trazaran un mapa de Prusia.[180] Copérnico había iniciado la tarea, pero nunca la terminó.
Rheticus lo hizo por él; y puesto que era un entusiasta incorregible, no sólo
trazó el mapa, sino que le añadió un diccionario onomástico y un tratado sobre
el arte de hacer mapas. Envió todo esto al duque Alberto de Prusia, acompañado
de una carta dedicatoria, en la cual puso mucho cuidado en referirse a la
inmediata publicación de la magnum opusde su maestro.
También construyó Rheticus para el duque «un pequeño Instrumento —ein
Instrumentlein— que indicaba la duración del día a lo largo de todo el año»
El duque le dio calurosamente las gracias y le envió un ducado portugués como
regalo, pero más tarde se quejó de no poder descubrir la cabeza ni la cola
del Instrumentlein y añadió que «en mi opinión, el maestro
orfebre que lo construyó no demostró mucha sagacidad». Le pidió a Rheticus que
transmitiera su afecto a Lutero, Melanchthon y todos los demás protestantes
alemanes de Wittenberg. Con todos esos amables trámites Rheticus perseguía
testarudamente un fin: conseguir el apoyo del duque para la publicación de
las Revoluciones. Pocos días después de enviar el mapa y
el Instrumentlein, reveló sus intenciones: pidió al duque
cartas para el elector protestante de Sajonia y para la Universidad de
Wittenberg, en las cuales se recomendaba que se permitiese a Rheticus imprimir
el libro del canónigo Koppernigk. La razón de esta petición estribaba en que
Rheticus deseaba que las Revoluciones se imprimieran en la
famosa imprenta de Preteius, especializada en trabajos de astronomía, en la
luterana Nüremberg. Dado que Lutero y Melanchthon se mostraban contrarios a la
teoría copernicana, y puesto que el duque de Prusia tenía mucho peso en el
mundo protestante, sería magnífico contar con su apoyo por escrito. El duque
aceptó de buen grado; pero debido a algún error de interpretación en la
cancillería ducal, las dos cartas, idénticas, a Juan Federico de Sajonia y a la
Universidad de Wittenberg recomendaban que se concediera permiso y ayuda a
Rheticus para imprimir su «admirable libro sobre astronomía». Quizá el
escribano de la cancillería pensó que había entendido mal las instrucciones,
puesto que ningún astrónomo sería tan loco como para desear publicar el libro
de otro astrónomo. De cualquier modo, el error fue explicado y las cartas
surtieron su efecto.
En agosto de 1541, unos quince meses después del regreso de Rheticus a
Frauenburg, quedó completada la copia de las 424 páginas en letra pequeña. Con
el precioso texto en su bolsa, el fiel discípulo cruzó una vez más a toda prisa
Alemania, de vuelta a Wittenberg, para llegar a tiempo al inicio del curso de
invierno. Hubiera preferido ir directamente a Nüremberg y empezar la impresión,
que no podía efectuarse sin su supervisión personal. Pero había estado
demasiado tiempo ausente de sus obligaciones; además, apenas regresó fue
elegido decano de su facultad, una prueba más de la amplitud de miras de una
época que, por desgracia, estaba aproximándose a su fin.
Para llenar el tiempo de espera, hizo imprimir por separado dos capítulos de
las Revoluciones[181] en Wittenberg. Se trataba de capítulos relativos a la
trigonometría en general y sin ninguna relación directa con la teoría
copernicana: pero, probablemente, Rheticus pensó que la publicación de este
breve tratado podría ayudar a atraer la atención hacia su maestro y allanar el
camino para su magnum opus. En la dedicatoria, felicitaba al
siglo XVI por el privilegio de contar a Copérnico entre los vivos.
En primavera quedó finalmente libre. El 2 de mayo de 1542, Rheticus partió
hacia Nüremberg, provisto de varias cartas de recomendación de Melanchthon a
los principales patricios y clérigos protestantes de aquella ciudad.
Unos cuantos días después, Petreius, el impresor, empezó a trabajar en el
libro Sobre las revoluciones de las esferas celestes.
§12. El escándalo del prefacio
La impresión avanzó rápidamente. El 29 de junio, menos de dos meses después de
la llegada de Rheticus a Nüremberg, un tal T. Forsther, ciudadano de Nüremberg,
escribió a su amigo J. Schrad, de Reutlingen:
«Prusia nos ha dado un nuevo
y maravilloso astrónomo, cuyo sistema se está imprimiendo aquí, un trabajo de
casi un centenar de pliegos de extensión, en el cual afirma y prueba que la
Tierra se mueve y las estrellas permanecen quietas. Hace un mes vi
impresos dos de esos pliegos: supervisa la impresión cierto Magister
de Wittenberg [Rheticus].»[182]
He puesto en cursiva algunas
palabras de esta cita porque proporcionan un indicio de lo que tal vez se
convirtió en el mayor escándalo de la historia de la ciencia. Si los pliegos
impresos circularon entre personas interesadas como Forsther tan pronto salían
de las prensas, cabe entonces suponer razonablemente que también los enviaron
al autor, y que así Copérnico pudo seguir los progresos de la impresión. Si
admitimos esta hipótesis (que la apoya, como veremos, el testimonio de
Rheticus), entonces se deduce que Copérnico conoció el prefacio redactado por
otra mano que se añadió a su libro, y que constituye la causa del escándalo.
Escándalo que nunca hubiera surgido si Rheticus hubiera podido terminar el
trabajo que había iniciado con tanto entusiasmo y afecto. Pero, por desgracia,
tuvo que abandonar Nüremberg antes de que se concluyera la impresión. En
primavera, lo habían destinado a un nuevo puesto: la importante cátedra de
matemáticas de la Universidad de Leipzig. Melanchthon fue de nuevo el promotor
de ese destino, y una carta particular de Melanchthon a un amigo da a entender
oscuramente la razón por la que Rheticus necesitaba un cambio de universidades:
corrían en Wittenberg rumores (fabulae) acerca de él «que no
se pueden mencionar por escrito».[183] Los rumores se referían, evidentemente, a su
homosexualidad.
El nombramiento prosperó y Rheticus tuvo que abandonar Nüremberg en noviembre
para hacerse cargo de su nuevo puesto en Leipzig. Dejó la supervisión de la
impresión de las Revoluciones en manos de un hombre sobre
quien tenía todas las razones para depositar su confianza: el principal teólogo
y predicador de Nüremberg, Andreas Osiander, un cofundador del credo luterano.
Al contrario de Lutero y Melanchthon, Osiander se mostró siempre no sólo
favorablemente dispuesto hacia Copérnico, sino que se interesó activamente en
su obra y había mantenido correspondencia con él durante los últimos dos años.
Rheticus marchó hacia Leipzig en la creencia de que todo quedaba arreglado de
la mejor manera posible; entonces Osiander, ahora a cargo de la impresión, se
apresuró a escribir un prefacio anónimo a las Revoluciones y
lo insertó en el libro. El prefacio iba dirigido AL LECTOR, CON RELACIÓN A LA
HIPÓTESIS DE ESTA OBRA.[184] (Su texto completo se reproduce en la nota 60.) Empezaba
explicando que las hipótesis del libro no se debían tomar excesivamente en
serio: «Porque estas hipótesis no necesitan ser ciertas o siquiera probables»;
bastaba con que salvaran las apariencias. Luego el prefacio pasaba a demostrar
la improbabilidad «de las hipótesis contenidas en esta obra», al señalar que la
órbita adscrita a Venus haría que el planeta apareciera dieciséis veces mayor
cuanto estuviese más cerca de la Tierra que lo que se veía cuando estaba más
lejos, «resultado que se contradice con la experiencia de todas las épocas». El
libro, además, contenía «absurdos no menos importantes, que no es necesario
destacar por el momento». Por otro lado, merecía la pena conocer esas nuevas
hipótesis «junto con las hipótesis antiguas, que no son más probables», debido
a que eran «admirables y también sencillas, y conllevaban un gran tesoro de muy
hábiles observaciones». Pero, por su misma naturaleza, «en cuanto a las
hipótesis, nadie puede esperar nada cierto de la astronomía, que no puede
proporcionarlo, a menos que se acepten como verdad ideas concebidas con otro
propósito [es decir, como meros instrumentos de cálculo], y salga de su estudio
como un idiota mucho mayor que cuando entró en él. Adiós.»
No es sorprendente que el golpe causado por la lectura de este prefacio
(presumiendo que realmente lo leyese) acelerara supuestamente
el final de Copérnico. No hay la menor duda, sin embargo, de que Osiander actuó
con la mejor de las intenciones. Dos años antes, cuando Copérnico titubeaba aún
acerca de si publicar el libro, escribió a Osiander para contarle sus
ansiedades y pedirle su consejo.[185] Osiander respondió:
«Por mi parte, acerca de las
hipótesis siempre he pensado que no son artículos de fe sino bases de cálculo,
de modo que aunque sean falsas, no importa, siempre que representen exactamente
los fenómenos… De cualquier modo sería bueno que dijerais algo sobre este tema
en vuestro prefacio, puesto que así aplacarías a los aristotélicos y a los
teólogos cuyas contradicciones teméis.»[186]
El mismo día, Osiander
escribió en iguales términos a Rheticus, que se hallaba por aquel entonces en
Frauenburg:
«Se aplacará fácilmente a
los aristotélicos y los teólogos si se les dice que pueden utilizarse varias
hipótesis para explicar los mismos movimientos aparentes; y que las hipótesis
actuales no se proponen porque sean en realidad ciertas, sino porque son las
más convenientes para calcular los movimientos aparentemente compuestos.»
Las observaciones
introductorias de este tipo moverían a los oponentes a adoptar un talante más
benévolo y conciliador; su antagonismo desaparecería, «y finalmente aceptarán
la opinión del autor».[187]
No se han conservado ni la respuesta de Copérnico ni la de Rheticus a las
sugerencias de Osiander. Según Kepler, que vio parte de la correspondencia
antes de que fuera destruida, Copérnico rechazó la proposición de Osiander:
«Reforzado por una estoica firmeza mental, Copérnico creía que debía publicar
abiertamente sus convicciones.»[188] Pero Kepler no cita el texto de la respuesta de Copérnico,
y su observación, que surge en medio de un texto polémico, no tiene mucho peso
(véase un poco más adelante). Kepler luchó fanáticamente por la teoría
heliocéntrica, adoraba a Copérnico y le adjudicó una «estoica firmeza» que no
poseía.
La fraseología del prefacio era ciertamente muy desafortunada. Por un lado, no
dejaba suficientemente claro que no lo había escrito el propio Copérnico. Es
cierto que en una frase se refería al autor del libro en tercera persona y de
manera laudatoria, pero los sabios de aquella época no pecaban de falsa
modestia, y se requiere un atento examen del texto para descubrir que lo ha
escrito otra mano distinta. Hasta tal punto que, si bien la autoría de Osiander
la descubrió y reveló Kepler en 1609 y Gassendi la mencionó en su biografía en
1647, las ediciones posteriores de las Revoluciones (Basilea.
1566: Amsterdam, 1617) incluyeron el prefacio de Osiander sin ningún comentario
y dejaron al lector la impresión de que era de Copérnico. Sólo la edición de
Varsovia de 1854 mencionó a Osiander como autor de él.
El misterio del prefacio, que duró tres siglos, entra de lleno en el sinuoso
modo de actuar del canónigo Koppernigk, su culto al secreto pitagórico y el
esotérico lema de su libro: Sólo para matemáticos. La leyenda
asegura que Copérnico fue víctima de un pérfido ardid por parte de Osiander;
pero la prueba interna y también las afirmaciones de Rheticus, a las cuales
llegamos ahora, dicen lo contrario. Puesto que Osiander sabía de las
vacilaciones de Copérnico a publicar su manuscrito durante «cuatro veces nueve
años»,[189] de su insistencia en que su calidad de autor permaneciera
en el anonimato en la Narratio Prima, de su intento de
publicar sólo sus tablas planetarias sin la teoría que las respaldaba, debió de
suponer que Copérnico estaría de acuerdo con su enfoque cauteloso y
conciliador, que únicamente reiteraba la doctrina clásica de que la física y la
geometría del cielo son materias separadas. No tenemos ninguna razón para dudar
de que Osiander actuó de buena fe, con la intención de tranquilizar al ansioso
canónigo y, a la vez, allanar el camino a su obra.
La siguiente cuestión es si Copérnico leyó realmente el prefacio y cuál fue su
reacción tras ello. Sobre este punto disponemos de dos afirmaciones
contradictorias: una de Rheticus, la otra de Kepler. El texto de Kepler dice:
«Admito que es una ficción
muy absurda el que los fenómenos de la naturaleza se puedan explicar por causas
falsas. Pero en Copérnico no hay esta ficción. Pensaba que sus hipótesis eran
ciertas, del mismo modo que lo pensaban esos astrónomos antiguos de los que
habláis. Y no solamente lo piensa, sino que prueba que son ciertas. Como
testimonio ofrezco su obra.
»¿Deseáis saber el autor de esta ficción, que despierta en vos tan gran ira?
Andreas Osiander se llama en el ejemplar que obra en mi poder, escrito de puño
y letra por Jerome Schreiber de Nüremberg. Andreas, que supervisó la impresión
de la obra de Copérnico, consideraba el prefacio, que vos declaráis ser en
extremo absurdo, muy prudente (como puede deducirse de su carta a Copérnico), y
lo colocó en las primeras páginas del libro cuando Copérnico estaba ya muerto o
ciertamente inconsciente [de lo que Osiander estaba haciendo].»[190]
La prueba de Rheticus figura en una carta del profesor de
matemáticas Johannes Praetorius a un corresponsal. Praetorius fue un íntimo
amigo de Rheticus y un erudito de confianza. Su carta dice:
«En relación con el prefacio del libro de Copérnico, hay dudas respecto a su
autor. Sin embargo, fue Andreas Osiander… quien escribió el prefacio. Porque
bajo su supervisión se imprimió por vez primera en Nüremberg el libro de
Copérnico. Y algunas de las primeras páginas se enviaron a Copérnico, pero un
poco más tarde Copérnico murió, antes de que pudiera ver la obra completa.
Rheticus acostumbraba decir seriamente que este prefacio de Osiander había
disgustado claramente a Copérnico, y que se había sentido algo más que un poco
irritado. Esto parece lógico, puesto que su intención era distinta, y lo que le
hubiera gustado que dijera el prefacio queda claro por el contenido de su
dedicatoria [a Pablo III]… También cambiaron el título más allá de las
intenciones del autor, porque hubiera debido ser: De revolutionibus orbium
mundi, mientras que Osiander puso: Orbium coelestium.»[191]
Praetorius escribió esta carta en 1609. La Astronomia Nova de
Kepler, en que aparece el párrafo antes citado, fue publicada el mismo año.
Todo ello ocurrió sesenta y seis años después del suceso. ¿En cuál de las dos
versiones podemos creer?
Para resolver el rompecabezas debemos comparar (a) el
contenido, (b) la fuente y (c) el motivo, de cada una de las dos
afirmaciones. El contenido de la de Kepler es vago: Copérnico estaba «ya muerto
o ciertamente inconsciente» del prefacio de Osiander. Se basa en rumores: la
fuente de Kepler es su viejo maestro Michael Maestlin, cuyo conocimiento de los
hechos era de tercera mano.[192] La afirmación de
Praetorius es precisa, el detalle incidental acerca del cambio de título es
convincente y su información procede directamente de buena fuente: el propio
Rheticus, del que había sido huésped en dos ocasiones, en 1569 y 1571.[193] En cuanto al motivo,
la afirmación de Kepler de que comulga con las creencias de Copérnico aparece
como un lema al principio de la Astronomia Nova(que se basa en la
hipótesis copernicana) y sirve para motivos propagandísticos;[194] mientras que la
versión de Praetorius figura en una carta personal, sin ningún motivo aparente
en absoluto.
La balanza se inclina, pues, claramente a favor de Praetorius, y la conclusión
parece ser que, contrariamente a la opinión aceptada, Copérnico llegó a conocer
el prefacio de Osiander. Sorprende que el documento de Praetorius, por lo que
sé, escapara a la atención de todos sus biógrafos, excepto al mis reciente y
más competente, el astrónomo alemán Ernst Zinner. Puesto que sentía dudas sobre
mis propias conclusiones, escribí al profesor Zinner y recibí la siguiente
respuesta:
«No comparto sus dudas Podemos considerar como cierto que
Copérnico conoció el prefacio de Osiander, al que estaba preparado por las
anteriores cartas de Osiander de 1540-1541 Las afirmaciones de Praetorius son
dignas de confianza porque se basan en comunicaciones directas de Rheticus, que
era quien mejor lo sabía. Praetorius… fue un estudioso consciente y nos dejó
importante información y obras. En cualquier caso, su testimonio es más
importante que el vago testimonio de Kepler, que derivaba su información de
Maestlin, el cual, a su vez, estaba demasiado alejado de todo el asunto ¿No es
por sí mismo evidente que Rheticus, que tuvo que arrancarle el manuscrito a
Copérnico casi por la fuerza, le envió las galeradas al autor? Imagino que se
enviaron todas las galeradas a Copérnico a su debido tiempo, y teniendo en
cuenta que en el momento de su muerte todo el libro estaba ya impreso, como
afirma Giese…»[195]
El canónigo Koppernigk
tenía, por supuesto, todas las razones para sentirse furioso acerca de las
desafortunadas observaciones de Osiander, de que su órbita de Venus «se
contradice con la experiencia de todas las épocas», que el libro contenía otros
«absurdos», etc. Eso, evidentemente, era llevar la diplomacia del
apaciguamiento demasiado lejos. Pero en el punto más fundamental de Osiander,
de que su sistema era meramente una hipótesis de cálculo, no tenía base alguna
para quejarse. Copérnico creía que la Tierra se movía
realmente; pero le resultaba imposible creer que la Tierra y los planetas se
movieran de la formadescrita en su sistema de epiciclos y
deferentes, que eran ficciones geométricas. Y mientras los porqués y los cómos
de los movimientos celestes descansaran sobre bases puramente ficticias, con
ruedas dentro de ruedas que el astrónomo manejaba con total despreocupación de
la realidad física, no podía ponerle objeciones a la correcta afirmación de
Osiander acerca de la naturaleza puramente formal de su hipótesis.[196]
No sabemos si Copérnico protestó realmente contra el prefacio; pero resulta
difícil de creer que Osiander se hubiera negado a alterar su fraseología
desafiando así la voluntad del autor si éste se lo hubiera pedido. Quizá todo
ocurrió demasiado tarde; el prefacio se escribió aproximadamente en noviembre
de 1542 y en aquel último invierno de su vida, el canónigo Koppernigk era ya un
hombre muy enfermo. Tal vez consideraciones parecidas a las mencionadas en el
párrafo anterior le hicieran darse cuenta de que realmente no tenía motivos
para protestar; lo más probable es que aplazara el asunto, como había hecho
durante toda su vida.[197]
Existe un paralelismo extrañamente consecuente entre el carácter de Copérnico y
la humilde y tortuosa forma en que la revolución copernicana entró por la
puerta de atrás de la historia, precedida por la disculpa: «Por favor, no la
toméis en serio: todo cuanto pretende es distraer un poco, es sólo para
matemáticos y, qué duda cabe, es muy improbable.»
§13. La traición de Rheticus
Hubo un segundo y más personal escándalo referente a la publicación del libro,
que implicó a Rheticus.
La muerte del maestro es el gran momento en la vida del discípulo. Es el
momento en que éste alcanza toda su talla y adquiere una nueva dignidad como el
mantenedor de la tradición, el conservador de la leyenda. En este caso, la
muerte del maestro coincidió, además, con la tan ansiada publicación de su
libro. Cabría esperar que Rheticus, el primer motor de este acontecimiento, se
volviera ahora más activo que nunca como profeta y propagador. ¡Con la
oportunidad de recrearse en reminiscencias personales y detalles íntimos, sin
verse ya refrenado por la manía al secreto del Domine Preceptor!
Durante su última estancia en Frauenburg, Rheticus había escrito realmente una
biografía del maestro, que era completamente necesaria puesto que en el mundo
culto no se sabía virtualmente nada de la persona ni de la carrera del canónigo
Koppernigk. Rheticus era el heredero y depositario legítimo de la doctrina
copernicana… destinado, o así lo parecía, a convertirse con respecto al difunto
en lo que Platón había sido para Sócrates, Boswell para el doctor Johnson o Max
Brod para Kafka.
Ante la sorpresa de sus contemporáneos y el enojo de la posteridad, en el
momento en que Rheticus abandonó Nüremberg y cedió la dirección de las tareas
editoriales a Osiander, perdió repentina y completamente todo su interés por
Copérnico y sus enseñanzas. Jamás publicó su biografía de Copérnico y su
manuscrito se perdió. El mismo destino corrió un panfleto que escribió para
probar que la teoría copernicana no se apartaba de las Sagradas Escrituras. El
profesor Rheticus vivió otros treinta y tantos años; pero el apóstol Rheticus
murió antes incluso que su maestro. Murió exactamente a la edad de veintiocho
años, en algún momento del verano de 1542, mientras se estaba imprimiendo
el Libro de las revoluciones.
¿Qué causó esta repentina extinción de la llama? De nuevo sólo podemos
conjeturar, pero hay a mano una suposición plausible. La introducción del
propio Copérnico al libro, en forma de dedicatoria a Pablo III, escrita en
junio de 1542,[198] y enviada a Rheticus en Nüremberg, mientras estaba aún a
cargo de la impresión. Probablemente, el texto de esta dedicatoria mató al
apóstol Rheticus. Explicaba cómo había escrito el libro; cómo Copérnico dudó en
publicarlo, por miedo de ser ridiculizado, y pensó incluso en abandonar todo el
proyecto. Luego la dedicatoria proseguía:
«Pero mis recelos y
protestas se vieron abrumados por mis amigos. Entre ellos, el más importante de
todos fue Nicolaus Schönberg, cardenal de Capua, distinguido en todos los
apartados de la erudición. A continuación estaba alguien que me apreciaba
enormemente, Tiedemann Giese, obispo de Kulm, devoto estudioso de la literatura
sagrada y de toda la demás buena literatura, que a menudo me urgió e incluso me
importunó para que publicara mi obra… La misma petición me hicieron otros
muchos eminentes e instruidos hombres… Cediendo pues a su persuasión, he
permitido finalmente a mis amigos que publiquen esta obra que durante tanto
tiempo me han venido pidiendo…»
Aquí, la dedicatoria
derivaba hacia otros asuntos. No se mencionaba en ella el nombre de Rheticus,
ni en ninguna otra parte del libro.
Debió de ser un amargo golpe. La omisión era tan enorme y ridícula que el
cortés Giese escribió, tras la muerte de Copérnico, una azarada apología de
Rheticus, en la cual se refería a «la desagradable comprobación de que tu
maestro omitió mencionarte en el prefacio de su libro. Ciertamente no se debió
a indiferencia hacia ti sino a su torpeza y desatención; porque su mente estaba
ya bastante embotada y, como tú bien sabes, prestaba escasa atención a nada que
no perteneciera a la filosofía. Sé muy bien en la alta estima en que tenía tu
constante dedicación y sacrificio… Le ayudaste como un Teseo en sus pesadas
labores… Lo mucho que te debemos por tu incansable fervor está tan claro como
la luz del día.»[199]
Pero esas bienintencionadas excusas carecían de convicción, porque la
dedicatoria de Copérnico al papa no translucía ni «torpeza» ni «escasa atención
mental». Se trata de un documento agudo y muy calculado. Sólo se puede explicar
la deliberada omisión del nombre de Rheticus por el miedo a que la mención de
un protestante pudiera crear mala impresión en Pablo III. Pero si así era,
Copérnico hubiese podido mencionar perfectamente a Rheticus en algún otro
lugar, en la introducción o en el propio texto. Pasar por alto su nombre era un
acto tan mezquino como inútil, puesto que el nombre de Copérnico estaba ya
públicamente unido al de Rheticus por la Narratio Prima y por
el hecho de que el libro se estaba imprimiendo en la protestante Nüremberg bajo
la supervisión de Rheticus.
La dedicatoria de Copérnico debió de llegar a Rheticus en algún momento entre
junio y julio. Petreius publicó, el 15 de agosto, un breve librito del propio
Rheticus, que contenía dos de sus disertaciones sobre astronomía y física.[200] En el prefacio, Rheticus recuerda su primer contacto con
el maestro:
«Cuando supe de la gran
reputación del doctor Nicolau Copernicus en la Alemania del Norte, yo acababa
de ser nombrado profesor de esas ciencias en la Universidad de Nüremberg, pero
pensé que no debía aceptar este puesto hasta que no hubiera adquirido algún
conocimiento adicional de sus enseñanzas. Ningún obstáculo pudo impedir que me
pusiera en camino, ni el dinero, ni el itinerario, ni otros inconvenientes.[201] Consideré un gran honor ver su obra, porque allí había un
hombre adelantado en años a su tiempo, movido por una joven audacia a comunicar
sus maduras ideas sobre su ciencia a todo el mundo. Y todas las demás personas
cultas juzgarán del mismo modo que yo lo hice entonces cuando se publique el
libro que tenemos ahora en prensa en Nüremberg.»
¡Qué deprimente resulta que esta última afirmación de la lealtad
del discípulo coincidiera con la traición del maestro!
§14. El obispo Dantiscus
Todos estos últimos apartados han estado dedicados a los prolongados dolores de
parto y alumbramiento mediante cesárea de las Revoluciones que
tuvo lugar en Nüremberg. Ahora debemos volver de nuevo a la catedral-fortaleza
de Frauenburg, en el Báltico, para completar la historia de los últimos años
del canónigo Koppernigk.
Fueron incluso menos felices que los anteriores. Además de las dudas y
preocupaciones relativas a la publicación del libro, el canónigo se vio
envuelto en un absurdo conflicto con su nuevo obispo. Este obispo, Johannes
Dantiscus, pesó tanto al final de la vida del canónigo Nicolás como el obispo
Lucas había pesado al principio. En todos los demás aspectos, el radiante
Dantiscus era un contraste tan completo con el sombrío Lucas como jamás puede
llegarse a inventar.
Era un sobresaliente diplomático del Renacimiento, un poeta laureado, que había
compuesto versos eróticos en su juventud e himnos religiosos en su vejez;[202]viajero, humanista,
magnífico conversador y, en general, un carácter de gran atractivo y
complejidad. El obispo Lucas tenía veintiséis años más que Nicolás. El obispo
Dantiscus era doce años más joven, pero Nicolás se mostró tan sumiso al segundo
como lo había sido al primero. Su sumisión a la autoridad —de Lucas y
Dantiscus, por un lado, de Tolomeo y Aristóteles, por el otro— es quizá el
principal indicio de la personalidad de Copérnico. Minó su independencia de
carácter y su independencia de pensamiento, lo mantuvo en un servilismo
voluntario, y lo hizo destacar como una austera reliquia de la Edad Media entre
los humanistas del Renacimiento.
La vejez parece, en algunos casos, repetir los esquemas de la juventud, o más
bien traer de nuevo a la superficie esos esquemas, que habían quedado empañados
durante los años de actividad. Si Dantiscus constituía una especie de espectro
reaparecido que ocupaba el lugar de su tío Lucas, ¿acaso no fue Rheticus, el
aventurero revolucionario, la reencarnación —en algunos aspectos— del hermano
Andreas? Andreas había sido la oveja negra de la familia, Rheticus era un
hereje; Andreas era un leproso, Rheticus era un sodomita. Su intrepidez y
temeridad fascinaban y asustaban a la vez al tímido canónigo; y esta actitud
ambivalente puede explicar su traición a ambos.
Johannes Flachsbinder, destinado a convertirse en la aflicción de la vejez del
canónigo Koppernigk, era hijo de un cervecero de Danzig, de ahí su nombre,
Dantiscus. A la edad de veinte años luchó en las campañas contra los turcos y
los tártaros, estudió en la Universidad de Cracovia, viajó por Grecia, Italia,
Arabia y Tierra Santa. A su regreso, se convirtió en el secretario particular
del rey de Polonia, y a la edad de veintitrés años, en el enviado especial del
rey a varias dietas prusianas. En ese período conoció por vez primera al
canónigo Koppernigk, por aquel entonces secretario del obispo Lucas en misiones
similares. Pero sus órbitas se separaron pronto:
Copérnico se quedó en Ermeland para el resto de su vida mientras que Dantiscus,
durante los siguientes diecisiete años, viajaba por toda Europa romo embajador
polaco ante los emperadores Maximiliano y Carlos V. Llegó a ser uno de los
favoritos de ambos emperadores tanto como de su propio rey; Maximiliano lo
nombró poeta laureado y lo hizo caballero, Carlos le dio un título español, y
ambos lo emplearon ocasionalmente para misiones propias, como enviado especial
de Maximiliano a Venecia y de Carlos V a Francisco I en París. Sin embargo,
este hijo de un cervecero de los confines del mundo civilizado, que tuvo éxito
en las más delicadas misiones diplomáticas, no fue un advenedizo ni nunca se
mostró particularmente ambicioso. A la edad de cuarenta y cinco años, en el
punto más alto de su carrera, se retiró, a petición propia, a su tierra
provinciana de nacimiento, y pasó el resto de su vida allí, primero como obispo
de Kulm, luego de Ermeland.
Durante sus años de embajador, las principales aficiones de Dantiscus fueron la
poesía, las mujeres y la compañía de hombres instruidos, aparentemente por este
orden. Su correspondencia, de dimensiones erasmianas, se extendió incluso al
nuevo continente de América: intercambió cartas con Cortés en México. Sus
relaciones amorosas fueron igualmente cosmopolitas. Desde su «Grinea» tirolesa
en Innsbruck hasta Ysope de Galda en Toledo, que le dio una hermosa hija. Su
celebrado poema ad Grineam era una encantadora elegía sobre
los esplendores y la decadencia de la virilidad, pero se mostró igualmente
devoto a su amor toledano y a su hija, Dantisca: tras su regreso a Ermeland les
envió regularmente una pensión por las bancas de los Fugger y Welser de
Augsburgo, y recibió un retrato de Dantisca gracias a los buenos oficios del
embajador del emperador español Siguió leal a sus anteriores amigos y amantes
incluso después de convertirse en un devoto católico, y su afectuosa amistad
hacia Melanchthon, el dirigente luterano, no se vio empañada tampoco por su
conversión. En enero de 1533, cuando Dantiscus era ya obispo de Kulm,
Melanchthon le escribió, cruzando por así decirlo las primeras líneas del
frente, y afirmaba que durante toda su vida se sentiría en deuda con Dantiscus;
más que los brillantes dones de Dantiscus lo que más admiraba de él era su
profunda humanidad, añadió[203]. Otro contemporáneo resumió
la opinión generalizada que prevalecía entre los estudiosos luteranos respecto
al obispo católico de Kulm: Dantiscus ipsam humanitatem esse, Dantiscus
es la humanidad personificada[204]. El posterior conflicto
entre Dantiscus y Copérnico se debe juzgar a partir de estas premisas.
En 1532, pues, Dantiscus se estableció en el obispado de Kulm, aproximadamente
a un día de distancia a caballo de Frauenburg. Más aún, había sido nombrado
canónigo del cabildo de Frauenburg, y así era concanónigo de Nicolás Cabría
pensar que la llegada de un humanista tan ilustre a las apartadas provincias
ocultas por los «vapores del Vístula» sería recibida como un gozoso
acontecimiento en la solitaria vida de Copérnico. Difícilmente podía
encontrarse una persona en Ermeland, y no digamos en Frauenburg, con quien
hablar de ciencia y astronomía, excepto Giese, el cual no era muy entendido en
estas materias. Dantiscus, por otro lado, aparte sus demás atractivos, se
sentía profundamente interesado en la ciencia, mantenía correspondencia con
diversos eruditos (incluido el gran matemático Gemma Frisius), poseía varias
esferas terrestres e instrumentos astronómicos, un mapa de América e incluso
tres relojes, de los cuales siempre llevaba uno colgado de una cadena alrededor
de su cuello.
Inmediatamente después de instalarse en Kulm, Dantiscus efectuó varias
tentativas de aproximarse a Copérnico, las cuales, por alguna insondable razón,
éste rechazó de plano. De las dieciséis cartas de índole personal de Copérnico
que se conservan, diez están dirigidas a Dantiscus.[205] Constituyen una
lectura deprimente. La primera, fechada el 11 de abril de 1533, es decir, unos
pocos meses después de que Dantiscus se instalara en su obispado, es un
rechazo, alegando ocupaciones oficiales, a la invitación de Dantiscus de que lo
visite en el castillo de Loebau.[206]
«Reuerendissime in Christo Pater et Domine!
»He recibido la carta de vuestra Reverendísima Señoría y comprendo muy bien la
gracia y buena volunta de Vuestra Señoría hacia mi persona, que habéis
condescendido a extender no sólo a mí, sino a otros hombres de gran excelencia.
Creo que esto evidentemente no es atribuible a mis méritos, sino a la bien
conocida magnanimidad de vuestra Rev. Señoría. Espero en algún tiempo futuro
ser capaz de merecer esas cosas. Me alegro profundamente, más de lo que puedo
decir, de haber hallado a un tal señor y patrono. Sin embargo, con referencia a
la invitación de vuestra Rev. Señoría para que me reúna con vos el 20 de este
mes (y me encantaría poder cumplir, teniendo tan pocas ocasiones de visitar a
tan gran amigo y patrono), la desgracia me impide hacerlo, puesto que en ese
tiempo algunos asuntos oficiales y necesidades del momento nos obligan tanto al
maestro Félix como a mí a permanecer en este lugar. En consecuencia, solicito
de vuestra Rev. Señoría disculpe mi ausencia en esa ocasión. Estoy en otros
aspectos completamente dispuesto, siempre que me sea posible, a complacer a
vuestra Rev. Señoría, aunque estoy ligado a innumerables otras ocupaciones, en
cualquier cosa que vuestra Rev. Señoría me indique en otro momento que sea de
vuestro interés. Aunque en estos momentos no puedo garantizar el poder cumplir
con vuestras peticiones, sabéis que obedeceré vuestras órdenes en la medida de
lo posible.»
Puesto que Dantiscus sabía exactamente la naturaleza y número de
los «asuntos oficiales» que se tramitaban en el cabildo de Frauenburg, del que
también era miembro, la excusa no resultaba convincente. La segunda carta,
fechada tres años después, el 8 de junio de 1536, es asimismo un rechazo a una
invitación de Dantiscus a asistir a las celebraciones de la boda de una mujer
de la familia del obispo. La excusa es, de nuevo, «asuntos oficiales»:[207]
«Reverendissime in Christo Pater et Domine Domine Clementissime!
»He recibido la carta de vuestra Rev. Señoría, llena de humanidad y favor, en
la cual me recordáis esa familiaridad y favor con vuestra Rev. Señoría que
contraje en mi juventud; (recordemos que Copérnico es doce años mayor que
Dantiscus que sé ha permanecido fuerte y vigorosa hasta ahora Y que puesto que
me hallo entre el número de vuestros íntimos, os habéis dignado invitarme al
matrimonio de esta familiar vuestra. Ciertamente vuestra Rev. Señoría, debo
obedecer a vuestra Señoría y presentarme de tanto en tanto a tan gran señor y
patrono. Pero hallándome en estos momentos ocupado en asuntos que la
Reverendísima Señoría de Ermeland ha impuesto sobre mí me veo incapaz de
ausentarme de ellos. En consecuencia, permitidme suplicaros que aceptéis mi
ausencia con buena voluntad, y conservéis esa antigua opinión de mí, aunque
esté ausente; puesto que la unión de las almas cuenta más que la de los
cuerpos. Permitidme felicitaros, vuestra Rev. Señoría, a quien encomiendo mis
humildes deberes, y a quien deseo perpetua buena salud.»
El tono de éstas y de todas las cartas siguientes, comparado con
la correspondencia entre los humanistas contemporáneos, y particularmente con
la del propio Dantiscus es sorprendente y patético. El hombre que arrancó la
Tierra del centro del Universo escribe al poeta laureado y ex embajador con el
estilo de un obsequioso amanuense, sumiso pero hosco, aguijoneado por oscuros
celos, o resentimiento, o mera incapacidad de prescindir de ello y establecer
una relación humana.
La tercera carta, fechada un año después, el 9 de agosto de 1537, entra en una
vena distinta pero no más brillante. Escrita tras la muerte del obispo de
Ermeland, Mauritius Ferber, cuando la conclusión inevitable era que Dantiscus
iba a ser elegido su sucesor, contiene algunas insignificantes habladurías
políticas que habían llegado a Copérnico en cartas procedentes de Breslau hacía
dos buenos meses; entre otras, un rumor acerca de un armisticio entre el
emperador y Francisco I, que resultó ser infundado. Es difícil de adivinar qué
razón tuvo el canónigo Koppernigk para enviar esta información caducada y de
segunda mano a Dantiscus, que mantenía correspondencia con las cuatro esquinas
del mundo, excepto la de que Dantiscus estaba a punto de convertirse en su
inmediato superior.
Los canónigos del cabildo de Frauenburg se reunieron solemnemente en la
catedral, el 20 de septiembre de 1537, para elegir a su nuevo obispo. El
privilegio de nombrar a los candidatos correspondía, según los intrincados
procedimientos eclesiásticos de Ermeland, al rey polaco, mientras que la
elección en sí era privilegio del cabildo. Pero, de hecho, los candidatos de la
lista real habían sido acordados anteriormente entre el cabildo y la
cancillería, con Dantiscus como mediador. La lista comprendía al propio
Dantiscus (sobre cuya elección se habían puesto de acuerdo previamente todas
las partes), y otros tres candidatos: los canónigos Zimmerman y Von der Trank,
que no nos conciernen, y el canónigo Heinrich Snellenburg.
El canónigo Snellenburg había contraído, unos veinte años antes, una deuda de
un centenar de marcos con el canónigo Koppernigk y sólo le había devuelto
noventa. A raíz de lo cual el canónigo Koppernigk había escrito una vaga
epístola (una de las dieciséis preciosas cartas que se conservan) al obispo de
aquel entonces, en la cual le pedía que obligara a Snellenburg a pagarle los
diez marcos restantes. Se ignora el final del asunto; habían pasado los años y
ahora el despreocupado deudor Snellenburg había sido designado candidato para
la sede episcopal. Se trataba de un nombramiento puramente de circunstancias,
puesto que el elegido iba a ser Dantiscus, pero originó un pequeño episodio
grotesco. Teidemann Giese, el fervoroso, angelical Giese, escribió una carta a
Dantiscus, en la cual le pedía que borrara a Snellenburg de la lista de
candidatos porque «expondría al cabildo al ridículo», y pusiera el nombre del
canónigo Koppernigk en su lugar. Dantiscus, a quien a todas luces le tenía
completamente sin cuidado el asunto, aceptó. Copérnico tuvo así la satisfacción
de ser candidato al obispado y Dantiscus fue elegido por unanimidad, incluido
el voto de Copérnico.
Así que ahora el obispo Dantiscus se había instalado en el castillo de
Eilsberg, donde Copérnico había pasado seis años de su vida como secretario de
su tío Lucas. En otoño de 1538 efectuó una visita oficial a las ciudades de su
nuevo obispado, acompañado por los canónigos Reich y Koppernigk. Este, dice
Prowe, «fue el último encuentro amistoso entre los antiguos amigos Dantiscus y
Copérnico»,[208] aunque no hay pruebas
de que nunca hubiesen sido amigos.
En el transcurso de esta visita oficial, o quizá un poco más tarde, Dantiscus
debió abordar un tema embarazoso. Se refería a una tal Anna Schillings, que era
una parienta lejana del canónigo Koppernigk y su focarla. Según
los biógrafos de Copérnico, «focarla» significa ama de llaves.
Según el Diccionario de latín medieval de Baxter y Johnson,[209] significa «ama de
llaves o concubina». Sabemos de otro canónigo de Frauenburg, Alexander
Sculteti,[210] que tenía también
una focarla y varios hijos de ella. Dantiscus no era ningún
mojigato, enviaba dinero a sus antiguas amantes e idolatraba los retratos de su
preciosa hija. Pero una cosa era tener aventuras amorosas en la juventud
mientras se viajaba por distantes países, y otra vivir abiertamente con
una focarla en su propia diócesis. Además, no sólo habían
envejecido los dos hombres, sino también su país; la Contrarreforma estaba
decidida a restablecer la vida honesta entre el clero, cuya corrupción había
fomentado a los Lutero y Savonarola. El canónigo Koppernigk tenía sesenta y
tres años; ya era tiempo, tanto para su reloj personal como para el histórico,
de decir vale a su focarla.
No resulta fácil, sin embargo, cambiar de ama de llaves y de hábitos a los
sesenta y tres años. El canónigo Koppernigk, comprensiblemente, dudó y lo fue
retrasando, tal vez esperando que Dantiscus olvidara el asunto. En noviembre,
Dantiscus recordó a Copérnico su promesa. Esta carta no se conserva, pero la
respuesta de Copérnico es:
«Reverendissime in Christo Pater et Domine Domine Clementissime
mihique et omnibus observande!
»La advertencia de vuestra Reverendísima Señoría es paternal y más que
paternal, lo admito; la he recibido en lo más profundo de mi corazón. En cuanto
a la anterior indicación de vuestra Rev. Señoría sobre el mismo tema, lejos
estoy de haberla olvidado. Pretendí actuar de acuerdo con ella; aunque no es
fácil de encontrar una persona adecuada de mi propia familia, intenté pese a
todo dejar resuelto el asunto antes de Pascua. De cualquier modo, como no deseo
que vuestra Rev. Señoría piense que estoy dando pretextos dilatorios, he
reducido el período a un mes, esto es, hasta Navidades: no puede ser más corto,
como vuestra Rev. Señoría comprenderá. Deseo hacer todo lo posible por evitar
ofender a las buenas costumbres, y mucho menos a vuestra Rev. Señoría, que
merece ser reverenciada, honrada y sobre todo querida por mí y a la que me
dedico con todas mis fuerzas.
»ex Ginópolis, 2 de diciembre de 1538.
»El más obediente servidor de vuestra Rev. Señoría, Nicolás Copérnico.»
Incluso el convencido Prowe observa que la carta es «repelente de leer», y que
«aún admitiendo los devotos modales del estilo curial… continúa siendo bastante
humillante».[211]
Seis semanas después.
Copérnico escribió a Dantiscus una especie de consummatum est.
«Reverendissime in Christo
Pater et Domine Domine Clementissime!
»He hecho lo que no hubiera querido ni podido dejar por hacer, con lo cual
espero haber dado satisfacción a la advertencia de vuestra. Rev. Señoría. En
cuanto a la información que me habéis solicitado de cuánto tiempo vivió el
predecesor de vuestra Rev. Señoría, mi tío Lucas Waczelrodt, de bendita
memoria, os diré: vivió sesenta y cuatro años y cinco meses; fue obispo durante
veintitrés años; murió en el penúltimo día de marzo del anno Christi 1522.
Con él llegó a su término una familia cuya insignia puede hallarse en antiguos
monumentos y muchas obras [públicas] en Tornó. Presento mi obediencia a vuestra
Rev. Señoría.
»ex Frauenburg, 11 de enero del año 1539.
»El más devoto servidor de vuestra Rev. Señoría, Nicolás Copérnico.»
Pero no resultaba tan fácil
desembarazarse de las focarlas. El ama de llaves de Sculteti,
y madre de sus hijos, «amenazó y prometió acaloradamente hacer todo el daño
posible al obediente siervo del cabildo, y sin rubor alguno utilizó las más
vergonzosas y ultrajantes palabras».[212] En cuanto a la Anna de Copérnico, parece que se negó
categóricamente a marcharse de Frauenburg, y se mostró decidida a poner las
cosas tan difíciles como fuera posible a todo el mundo implicado en el asunto.
Más de dos meses después de la última carta de Copérnico a Dantiscus, otro
canónigo, Plotowski, escribió lo que sigue al obispo:
«En cuanto a las mujeres de
Frauenburg, la de Alexander se ocultó durante unos días en su casa. Prometió
que se marcharía junto con su hijo. Alexander [Sculteti] regresó de Loebau con
aspecto alegre; ignoro qué noticias trajo. Permanece en su curia con Niederoff
y con su focarla, que tiene el aspecto de una cervecera teñida con todos los
males. La mujer del doctor Nicolás envió sus cosas por delante a Danzig, pero
ella sigue aún en Frauenburg…»[213]
Seis meses completos después el asunto aún no había terminado.
Al parecer. Dantiscus se cansó de enviar paternales advertencias a Copérnico y
recibir en respuesta cartas chorreantes de adulación; de modo que pidió
particularmente a Giese (ahora obispo de Kulm) que utilizara su influencia con
Copérnico para poner fin a los encuentros secretos del viejo con Anna y evitar
más escándalos.
El 12 de septiembre de 1539, Giese respondió como sigue:
«… He hablado seriamente con el doctor Nicolás sobre el asunto,
de acuerdo con los deseos de vuestra Rev. Señoría, y he puesto claramente los
hechos ante sus ojos. No pareció alterado en absoluto [de saber] que aunque
había obedecido sin vacilar la voluntad de vuestra Rev. Señoría, la gente
maliciosa seguía aún murmurando acusaciones de encuentros secretos y cosas así.
Niega haber visto a esa mujer desde que la despidió, excepto en un viaje al
mercado de Königsberg, en que habló con ella unos momentos de pasada. He
comprobado que no se siente tan afectado como piensan muchos. Además, su
avanzada edad y sus interminables estudios me convencen fácilmente de la
veracidad de ello, así como la valía y respetabilidad del hombre; de cualquier
modo le he indicado que debe huir incluso de la apariencia del diablo, y esto
creo que lo hará. Pero de nuevo pienso que no debería vuestra Rev. Señoría
depositar demasiada fe en vuestro informador, teniendo en cuenta que la envidia
aferra fácilmente incluso a los hombres de valía y no le importa trastornar
siquiera a vuestra Rev. Señoría. Me despido, etc.»[214]
La última observación de Giese entra de lleno en las amistosas
pullas que solían lanzarse los obispos entre sí. Aunque un tiempo antes habían
sido rivales por la sede de Ermeland, habían llegado a un compromiso
concediendo a Giese el obispado de Kulm y estaban en muy buenas relaciones.
Esto hizo posible que Dantiscus pidiera a Giese, en repetidas ocasiones, que
intercediese con Copérnico, a fin de ahorrarle al viejo canónigo mayores
humillaciones.
Junto con el desagradable asunto relativo a Anna, hubo también problemas
políticos en el cabildo. Sus causas son muy complicadas (para un breve resumen
general, véase nota 91); pero el personaje principal fue de nuevo el intrépido
canónigo Sculteti, que no sólo vivía abiertamente con su «cervecera» y criaba a
sus hijos, sino que oponía resistencia a los esfuerzos de Dantiscus de liberar
a la Prusia oriental de la corona polaca. Se trataba de una lucha con altas
metas políticas que, un año después, condujo a la proscripción y al destierro
de Sculteti, y varios años después a la excomunión temporal de la mayor parte
del cabildo de Ermeland. Puesto que el canónigo Koppernigk estaba en buenas
relaciones con Sculteti y se hallaba en el mismo barco que él por el escándalo
de las focarlas,Dantiscus se mostraba ansioso por mantener al
anciano apartado de todo aquello. El 4 de julio de 1539 escribió a Giese:
«Me han dicho que el doctor Nic. Copernicus, al que como sabéis
quiero como a un hermano, permanece con vos como huésped. Mantiene una estrecha
amistad con Sculteti. Eso es malo. Advertidle que tales relaciones y amistades
son dañinas para él, pero no le digáis que la advertencia procede de mí. Estoy
seguro de que sabéis que Sculteti ha tomado esposa y que es sospechoso de
ateísmo.»[215]
Recuérdese que Dantiscus era el inmediato superior del canónigo
Koppernigk y que Giese regía ahora otra diócesis. La carta prueba que Dantiscus
se apartaba de la norma general para salvar a Copérnico de problemas, hasta el
punto de mantener su advertencia en el anonimato, puesto que una advertencia
drecta de su superior eclesiástico hubiera sido humillante para el anciano
canónigo. La leyenda copernicana dice, sin embargo, que Dantiscus «le ordenó
bruscamente que rompiera sus relaciones con su amigo Sculteti», y que persiguió
a Copérnico para impedirle finalizar su libro.[216]
La verdad es que cuando, en 1541, Dantiscus supo la decisión de Copérnico de
publicar finalmente sus Revoluciones, escribió inmediatamente
una calurosa y muy amistosa carta a Copérnico, a la que adjuntaba un epigrama
poético para que sirviera como lema para el libro. El canónigo Koppernigk
respondió:[217]
«Reverendissime in Christo Pater et Domine Domine Clementissime.
»He recibido la muy humana y profundamente íntima carta de vuestra Rev.
Señoría, en la cual condescendéis a enviarme un epigrama dirigido a los
lectores de mi libro, soberbiamente elegante y acorde, no a mis merecimientos,
sino a la extraordinaria benevolencia con la cual vuestra Rev. Señoría tiene
habituados a los eruditos. En consecuencia, debería situarlo en la página del
título de mi obra, si la obra fuera merecedora de ser adornada de tan gran
manera por vuestra Rev. Señoría, aunque algunos hombres cultos, cuyas opiniones
hay que acatar, declaran que no dejo de poseer algún mérito. Por supuesto,
deseo en la medida de mis posibilidades ganarme este honor, y daros las gracias
por la extraordinaria benevolencia y paternal afecto hacia mí con las que
vuestra Rev. Señoría no deja de honrarme; y serviros, como es mi deber, en
todas las cosas que sea capaz.
»Frauenburg. 27 de junio de 1541.
»El más obediente siervo de vuestra Rev. Señoría,
»NICOLAUS COPERNICUS.»
Ésta es la última carta de Copérnico a Dantiscus que se
conserva, y probablemente la última que realmente le escribió. La contribución
del laureado poeta no apareció en el libro, ni en el manuscrito de Copérnico, y
se ha perdido. Tras dar las gracias a Dantiscus por su «extraordinaria
benevolencia», Copérnico arrojó tranquilamente su epigrama al cesto de los
papeles, como había hecho con las anteriores invitaciones del obispo. Era,
ciertamente, un viejo aguafiestas.
§15. Muerte de Copérnico
Los últimos meses de su vida debieron ser realmente muy solitarios. Había
olvidado a Rheticus y Rheticus le había olvidado a él. Giese vivía ahora lejos
de Frauenburg; Sculteti estaba exiliado. Los canónigos de su generación habían
ido muriendo uno tras otro. Sus contemporáneos no lo habían querido mucho; para
la generación que estaba ocupando ahora su lugar tenía aún menos atractivo. Ni
siquiera podían contemplar al anciano en su torre con el respetuoso
aburrimiento que provoca la decrepitud, porque el escándalo con Anna añadía a
su reputación de avaro la de libertino; y su pasada asociación con el loco
luterano de Wittenberg tampoco ayudaba. Estaba reducido virtualmente al
ostracismo.
Puede vislumbrarse una muestra de su soledad en una carta que, al principio de
la última enfermedad de Copérnico, escribió Giese desde el castillo de Loebau a
uno de los canónigos de Frauenburg, George Donner[218]:
«… Puesto que le gustaba [a Copérnico] la soledad incluso en sus
días de salud, pienso que tiene pocos amigos que le ayuden en sus trastornos
ahora que está enfermo, aunque todos estamos en deuda con él por su integridad
personal y sus excelentes enseñanzas. Sé que siempre os ha tenido a vos entre
los más fieles. Os suplico, en consecuencia, puesto que así es su naturaleza,
que os convirtáis en su guardián y ejerzáis protección sobre el hombre al que
ambos hemos querido, para que no le falte la ayuda fraterna en su actual
necesidad, y para que no aparezcamos como unos ingratos a sus ojos, mereciendo
como merece nuestra ayuda. Adiós.
»Loebau, 8 de diciembre de 1542.»
Hacia finales de 1542, el canónigo Koppernigk sufrió una
hemorragia cerebral seguida de parálisis parcial, y tuvo que permanecer
constantemente en cama. A principios de 1543, Dantiscus escribió al astrónomo
Gemma Frisius, de Lovaina, que Copérnico se estaba muriendo. Pero aún tardó
varios meses en llegar el fin, el 24 de mayo. En una carta a Rheticus, escrita
pocas semanas después, Giese registraba el acontecimiento con una sola y
trágica frase:
«Durante muchos días estuvo privado de su memoria y de su vigor mental; sólo
vio su libro completo en el último momento, el mismo día en que murió.»[219]
Sabemos que la mente tiene el poder de aferrarse a la vida y, dentro de ciertos
límites, posponer la muerte del cuerpo. La mente de Copérnico había estado
vagando, aunque quizá le quedara todavía la suficiente determinación para
resistir hasta el último momento, cuando sus manos pudieron acariciar, por fin,
la cubierta de su libro.
Su estado mental en este último período queda expresado en una reflexión
escrita en un texto de Tomás de Aquino, y que anotó con letra pequeña y
temblorosa en un marcador:[220]
«Vita brevis, sensus ebes, negligentiae torpor et inútiles
occupationes nos paucula scire permittent. Et aliquotients scita excutit ab
animo per temporum lapsum fraudatrix scientiae et inimica memoriae praeceps
oblivio.»
«La brevedad de la vida, la opacidad de los sentidos, el sopor de la
indiferencia y las ocupaciones inútiles nos permiten conocer muy poco. Y una y
otra vez el rápido olvido, la malversación del conocimiento y el enemigo de la
memoria sacuden de la mente, con el transcurso del tiempo, incluso todo aquello
que sabíamos.»
El primer monumento erigido a Copérnico, en la iglesia de San
Juan de su nativa Torun, posee una curiosa inscripción que se supone fue
copiada de una nota hallada entre sus pertenencias.[221] Es un poema de Eneas
Silvio:
«Non parem Pauli gratiam requiro,
Veniam Petri ñeque Poseo,
sed quam in crucis ligno
dederas latroni, sedulus oro.»
«Imploro no la gracia prestada a Pablo,
ni la remisión garantizada a Pedro,
sólo ruego fervientemente que me perdones
como perdonaste a los ladrones crucificados.»
Un epitafio más profano apareció en un medallón de cobre,
acuñado en el siglo XVII por un tal Christian Wermuth, de Gotha. El anverso
muestra un busto con la inscripción: «Nicolaus Copernicus mathematicus
natus 1473, D. 1543.» En el reverso hay una cuarteta en alemán:[222]
«Der Himmel nicht die Erd umgeht
Wie die Gelehrten meynen
Ein jeder ist seines
Wurms gewiss
Copernicus des seinen.»
[«El cielo no camina en torno de la tierra
como concluyeron los doctores;
cada hombre está seguro de hallar su gusano,
incluido Copérnico.»]
En el dialecto local franconiano, «koeppemeksch»
significa todavía una proposición improbable, disparatada.
§16. Muerte de Rheticus
Rheticus sobrevivió más de treinta años a su maestro. Llevó una vida
incansable, intensa, agitada, pero su finalidad había desaparecido, el muelle
real se había roto y sus actividades fueron haciéndose progresivamente
extravagantes y fantásticas. Conservó su nuevo puesto en la Universidad de
Leipzig menos de tres años; en 1545 partió hacia Italia y, pese a dos
peticiones de la universidad, se negó a regresar alegando mala salud. Al
parecer, estudió medicina un tiempo en Suiza, pero nadie sabía qué había sido
de él; de modo que un alumno de Wittenberg, llamado Gauricus, escribió bajo el
horóscopo de Rheticus: «Vuelto de Italia, se volvió loco y murió en abril del
47»[223], lo cual recuerda una de
las descripciones de Kepler sobre Rheticus, en que perdía la cabeza en el
castillo de Loebau.
En el 1548, sin embargo, regresó a Leipzig e intentó volver una nueva página.
En los siguientes tres años se publicaron dos obras suyas, un anuario
astronómico para 1550 y una obra de trigonometría con extensas tablas. En ellos
se refería a Copérnico como su maestro, mencionaba que había supervisado la
publicación de su obra, y decía que «nada de ella se debe alterar»[224] Esto último lo dijo,
probablemente, como defensa propia, puesto que a Rheticus le urgían por todas
partes que corrigiera los errores de cálculo en las Revoluciones y
siguiera exponiendo la doctrina de su maestro. No lo hizo. ¡En vez de ello, su
prefacio a la obra de trigonometría contiene la asombrosa sugerencia de que los
Comentarios de Proclo al sistema tolemaico deberían ser enseñados en las
universidades alemanas! Respecto a las enseñanzas del sistema copernicano no
dice ni una palabra. Y la ambiciosa lista de futuras publicaciones, que anuncia
en el mismo prefacio, no contiene tampoco la menor mención de su biografía de
Copérnico, que tenía completa en manuscrito.[225]
Dos años después de su regreso a Leipzig, Rheticus tuvo que marcharse de nuevo,
esta vez en circunstancias más dramáticas. Una inscripción en un libro de un
tal Jakob Kroeger proporciona una explicación: «El [Rheticus] era un matemático
destacado, que durante un tiempo vivió y ejerció la labor docente en Leipzig,
pero que tuvo que marcharse de su ciudad allá por el 1550 a causa de delitos
sexuales (sodomía y la perversión italiana); lo conocí personalmente.»[226] Se trataba de una
repetición de los hechos que, ocho años antes, habían causado su marcha de
Wittenberg a Leipzig, y que pusieron en manos de Osiander el control de la
impresión de las Revoluciones.
Durante los siete años siguientes, los movimientos de Rheticus son oscuros.
Parece que partió de Alemania por miedo de ser anestado. En 1557 apareció en
Cracovia. Le remordía la conciencia, puesto que anunció que, cumpliendo con los
deseos de su difunto maestro, que había insistido en más y mejores observaciones
de las estrellas, él, Rheticus, había erigido un obelisco de quince metros de
altura: «porque ningún dispositivo puede compararse en excelencia al obelisco;
esferas armillares, báculos de Jacob, astrolabios y cuadrantes son invenciones
humanas, pero el obelisco, erigido según consejo de Dios, los rebasa a todos».
Había elegido Cracovia para sus observaciones «porque se halla en el mismo
meridiano que Frauenburg.»[227]
Pero parece que la empresa no prosperó. Seis años después, varios estudiosos le
presionaban de nuevo a continuar y ampliar el trabajo de Copérnico. Acarició la
idea, pidió ayuda a un colega; luego dejó de nuevo a un lado el asunto.
En 1567 escribió a un amigo, y le decía que le gustaban la astronomía y la
química, pero que se ganaba la vida como médico,[228] y que se sentía
inclinado hacia las enseñanzas de Paracelso. Un año después escribió acerca de
sus planes a Pierre Ramus, el gran matemático francés, y le explicaba que se
debía reemplazar la tambaleante teoría de Tolomeo por un auténtico sistema basado
en la observación, y más especialmente en el uso que los egipcios habían hecho
del obelisco. Así crearía una «astronomía alemana para mis alemanes».[229] También mencionó otros
numerosos proyectos: la terminación de su monumental obra de trigonometría a la
que había dedicado doce años, una obra de astronomía en nueve libros, varios
libros sobre astrología y siete libros de química, cuyo borrador ya tenía
pergeñado.
De todos esos proyectos, sólo las tablas trigonométricas tenían valor
científico; las publicó póstumamente su discípulo Otho y aseguraron a Rheticus
un lugar honorable en la historia de las matemáticas. Representaban una enorme
cantidad de monótono trabajo y fueron, evidentemente, la terapia ocupacional
que lo mantuvo dentro de los límites de la cordura.
Ahora contaba sus cincuenta años y aún no podía echar raíces. Fue médico de la
casa de un príncipe polaco, luego emigró a Kosice, en Hungría, donde algunos
nobles magiares se ocuparon de él. Murió allí en 1576, a la edad de sesenta y
dos años.[230]
En ese último año de su vida, el joven matemático Valentine Otho fue desde
Wittenberg a Kosice, en las últimas estribaciones de las montañas Tatra, para
convertirse en su discípulo, y para publicar, veinte años después, el resultado
de la obra de toda su vida de Rheticus: el Opus Palatinum de
Triangulis. El prefacio de Otho al libro contiene este epitafio sobre
Georg Joachim Rheticus:
«… Cuando regresé a la Universidad de Wittenberg, la fortuna quiso que leyera
un diálogo de Rheticus, que había estado unido al canónigo. Me sentí tan
entusiasmado e ilusionado por esto que no pude aguardar, sino que me dispuse a
viajar a la primera oportunidad que tuve para encontrar al autor y aprender
personalmente de él acerca de todas estas materias. Fui, pues, a Hungría, donde
Rheticus estaba enseñando por aquel entonces, y me recibió de la más amable de
las maneras. Apenas habíamos intercambiado unas cuantas palabras sobre esto y
aquello cuando, al saber la causa de mi visita, prorrumpió en estas palabras:
“Habéis venido a verme a la misma edad en que fui a ver a Copérnico. Si yo no
hubiera ido a visitarlo, ninguna de estas obras hubiese visto la luz.”»[231]
Capítulo 2
El sistema de Copérnico
Contenido:
§1. El libro que nadie leyó
§2. Los argumentos para el movimiento de la Tierra
§3. El último de los aristotélicos
§4. La génesis del sistema copernicano
§5. Las primeras repercusiones
§6. El efecto retardado
§1. El libro que nadie leyó
El Libro de las revoluciones de las esferas celestes fue y
continúa siendo uno de los libros menos vendidos de todos los tiempos.
Su primera edición, la de Nüremberg de 1543, constaba de un millar de
ejemplares, que nunca llegaron a venderse todos. Se hicieron cuatro reediciones
a lo largo de cuatrocientos años: la de Basilea de 1566, la de Amsterdam de
1617, la de Varsovia de 1854, y la de Torun de 1873.[232]
Es una notable marca negativa y completamente única entre los libros que han
hecho historia. Para apreciar el significado de ésta, se debe comparar con la
circulación de otros libros de astronomía contemporáneos de aquél El más
popular de ellos era el libro de texto de un ciudadano de Yorkshire, John
Hollywood (muerto en 1256), conocido como Sacrobosco, que
alcanzó no menos de cincuenta y nueve ediciones.[233] El Tratado
sobre la esfera del jesuita padre Christophe Clavius, publicado en
1570, se reimprimió diecinueve veces durante los siguientes cincuenta años. El
libro de texto de Melanchton, Doctrinas de física,publicado seis
años después del libro de Copérnico y en el cual intentaba refutar las teorías
de éste, se reeditó en nueve ocasiones antes de que las Revolucionesse
reimprimieran por vez primera (1566); y alcanzó otras seis ediciones después.
El libro de texto de Kaspar Peucer sobre astronomía, publicado en 1551, se
reimprimió seis veces en el transcurso de los siguientes cuarenta años. Los
libros mencionados, más el Almagesto de Tolomeo y la Teoría
planetaria de Peurbach, consiguieron en conjunto un centenar de
reediciones en Alemania hasta finales del siglo XVI, mientras que el Libro
de las revoluciones sólo una[234].
La principal razón de este desinterés radica en que este libro es totalmente
ilegible. Es curioso observar que incluso los más reputados estudiosos
modernos, cuando escriben acerca de Copérnico, dejan translucir
inconscientemente de que no lo han leído. Los traiciona el número de epiciclos
del sistema copernicano. Al final de su Commentariolus, Copérnico
había anunciado (véase la página 109 y siguiente): «Así pues, en total son
suficientes treinta y cuatro círculos para explicar toda la estructura del Universo
y el movimiento de los planetas». Pero el Commentariolus era
simplemente un optimista anuncio preliminar, cuando Copérnico entró en detalles
en las Revoluciones, se vio obligado a añadir más y más ruedas
a su maquinaria, y su número creció hasta casi cincuenta. Pero puesto que no
las añadió en ningún lugar determinado y no hay ningún resumen de su libio,
este hecho escapa a la atención. Incluso Harold Spencer Jones, ex astrónomo
real, cayó en la trampa al afirmar, en la Enciclopedia Chambers, que
Copérnico redujo el número de epiciclos «de ochenta a treinta y cuatro». La
misma proposición errónea puede hallarse en la comunicación de homenaje a
Copérnico del profesor Dingle a la Real Sociedad Astronómica en 1943,[235] y en cierto número de
excelentes obras de historia de la ciencia.[236] Obviamente, todos
ellos tomaron el frecuentemente citado anuncio de la última frase del Commentariolus al
pie de la letra.
Copérnico utiliza, de hecho, nada menos que cuarenta y ocho epiciclos en total…
si los he contado correctamente (véase la tabla de la nota 114)[237].
Además, Copérnico había exagerado el número de epiciclos del sistema tolemaico.[238] Puesto al día por
Peurbach en el siglo XV, el número de círculos requerido en el sistema
tolemaico no era ochenta, como decía Copérnico, sino cuarenta.[239]
En otras palabras, contrariamente a la creencia popular, e incluso académica.
Copérnico no redujo el número de círculos, sino que lo aumentó (de
cuarenta a cuarenta y ocho).[240] ¿Cómo pudo persistir
tanto tiempo este error y verse repetido por tan eminentes autoridades? La
respuesta es que muy pocas personas, incluso entre los historiadores de la
ciencia, han leído el libro de Copérnico, debido a que el sistema copernicano
(como opuesto a la idea geocéntrica) es algo de lo que no merece la pena
preocuparse. Parece que ni siquiera Galileo lo leyó, como veremos.
El manuscrito de las Revoluciones consta de 212 hojas en folio
menor. No contiene ni el nombre del autor ni nada de la parte introductoria.[241]
La primera edición impresa empieza con el prefacio de Osiander, seguido de la
carta del cardenal Schönberg y a continuación la dedicatoria de Copérnico a
Pablo III.
La obra, propiamente dicha, está dividida en seis libros.
El primero contiene un amplio esbozo de la teoría, más dos capítulos de
trigonometría esférica; el segundo está dedicado enteramente a los principios
matemáticos de la astronomía; el tercero se refiere a los movimientos de la
Tierra; el cuarto trata de los movimientos de la Luna; el quinto y el sexto
estudian los movimientos de los planetas.
Los principios básicos y el programa de la obra se exponen en los once
capítulos iniciales del libro primero. Se pueden resumir como sigue: El
Universo ocupa un espacio finito delimitado por la esfera de las estrellas
fijas. En el centro se halla el Sol. Tanto la esfera de las estrellas como el
Sol están inmóviles. En torno del Sol giran los planetas Mercurio, Venus, la
Tierra, Marte, Júpiter y Saturno, por este orden. La Luna rota alrededor de la
Tierra. La revolución diaria aparente de todo el firmamento se debe a la
rotación de la Tierra en torno de su propio eje. El movimiento anual aparente
del Sol en la eclíptica lo produce la revolución anual de la Tierra en su
órbita. Las estaciones y retrogradaciones de los planetas obedecen a la misma
causa. Las pequeñas irregularidades de las estaciones y otras anormalidades
menores provienen de las libraciones (oscilaciones, bamboleos) del eje de la
Tierra.
Esta sinopsis de la teoría ocupa menos de veinte páginas al principio del
libro, o sea, aproximadamente el cinco por ciento del total. El noventa y cinco
por ciento restante se dedica a su aplicación. Y cuando se ha completado esta
aplicación, apenas queda nada de la doctrina original. Se ha destruido a sí
misma, por decirlo así, durante el proceso. Puede que ésta sea la razón de que
no haya ningún resumen, conclusión o epílogo de ninguna clase al final del
libro, aunque se prometa repetidamente en el texto.
Al principio (libro I, capítulo 10), Copérnico afirma: «en medio de todo mora
el Sol… Sentado en el trono real, gobierna la familia de planetas que giran
alrededor de él… Así encontramos en esta disposición una admirable armonía del
mundo.» Pero en el libro III, cuando empieza a conciliar la doctrina con la
observación real, la Tierra ya no gira en torno del Sol, sino de un punto en el
espacio separado del Sol por una distancia de, aproximadamente, tres veces el
diámetro del astro. Y los planetas no ruedan tampoco alrededor del Sol, como
cualquier escolar cree que enseñaba Copérnico. Los planetas se mueven en
epiciclos de epiciclos, que no tienen como centro el Sol, sino el de la órbita
de la Tierra. Tenemos así dos «tronos reales»: el Sol y ese punto
imaginario en el espacio, en torno del cual se mueve la Tierra. El año, es
decir, la duración de una revolución completa de la Tierra alrededor del Sol,
tiene decisiva influencia en los movimientos de todos los demás planetas. En
pocas palabras, se concede igual importancia a la Tierra y al propio Sol en el
gobierno del sistema solar y, de hecho, se le otorga tanta primacía como en los
sistemas aristotélico y tolemaico.
La principal ventaja del sistema copernicano sobre el tolemaico estriba en su
mayor simplicidad geométrica en un aspecto esencial. Al transferir el eje del
Universo desde la Tierra hasta un lugar situado en las inmediaciones del Sol,
desaparecen los movimientos retrógrados de los planetas, que tanto habían
preocupado a los antiguos. Recordemos que durante su procesión anual a lo largo
del sendero del Zodíaco, los planetas se detienen ocasionalmente, invierten por
un tiempo su dirección y luego reanudan su avance. Mientras la Tierra era el
eje del Universo, este fenómeno se podía «salvar» añadiendo más epiciclos al
mecanismo de relojería, pero no había ninguna razón natural por la que los
planetas tuvieran que comportarse como lo hacían. Pero si el eje está cerca del
Sol, y la Tierra gira en torno de él junto con los demás planetas, es obvio que
cada vez que la Tierra «alcanza» uno de los planetas exteriores (que giran a
más lento ritmo), parecerá que ese planeta retrocede cierto tiempo; y cada vez
que los planetas interiores, que se mueven más aprisa, alcanzan la Tierra, el
resultado es una aparente inversión de la dirección de éstos.
Esto representaba un enorme progreso en simplicidad y elegancia. Pero, además,
el cambio del centro del Universo a un lugar situado en las inmediaciones del
Sol conllevaba casi igual pérdida de credibilidad. Anteriormente, el Universo
había poseído un sólido eje, la Tierra, de hecho, un eje muy sólido y tangible;
ahora todo el mundo estaba sujeto a un punto en el espacio vacío. Además, ese
punto imaginario lo definía aún la órbita de la Tierra, y los movimientos de
todo el sistema dependían aún de los movimientos de la Tierra. Ni siquiera
los planos de las órbitas planetarias cruzaban el Sol;
oscilaban en el espacio, acordes de nuevo con la posición de la Tierra. El
sistema copernicano no era realmente heliocéntrico; era un sistema
vacuocéntrico, por decirlo de alguna manera.
Si sólo se tenía que considerar como geometría celeste, sin referencia a la
realidad física —como afirmaba el prefacio de Osiander—, esto no importaba
demasiado. Pero Copérnico afirmaba repetidamente, en el texto, que la Tierra se
movía realmente, y, en consecuencia, sometía todo su sistema a
juicio basándose en consideraciones reales y físicas. Y, desde este punto de
vista, el sistema era insostenible. Las cuarenta ruedas cristalinas de Tolomeo
ya habían sido bastante malas, pero al menos toda la maquinaria se apoyaba en
la Tierra; la de Copérnico tenía más ruedas todavía, pero no se apoyaban ni en
la Tierra ni en el Sol; carecían de centro físico. Además, el centro de la
órbita de Saturno se hallaba fuera de la esfera de Venus, y el de la órbita de
Júpiter, cerca de la esfera de Mercurio. ¿Cómo podían moverse esas esferas sin
colisionar ni interferirse las unas a las otras? A Mercurio, el más
recalcitrante de todos los planetas, había que concederle de nuevo un
movimiento oscilante a lo largo de una línea recta. Pero tanto Aristóteles como
Copérnico consideraron imposible el movimiento en línea recta para un cuerpo
celeste; en consecuencia, se tenía que resolver con un movimiento combinado de
dos esferas más, la primera girando dentro de la segunda; y se tenía que
recurrir al mismo artificio para «salvar» el movimiento de balanceo del eje de
la Tierra y todos sus movimientos latitudinales. A esas alturas, la Tierra
tenía ya, por lo menos, nueve movimientos circulares independientes. El
desconcertado lector de Copérnico se preguntaba: si el movimiento de la Tierra
era real, las nueve ruedas sobre las que ésta giraba tenían
también que ser reales, pero, ¿dónde estaban?
En vez de la armoniosa simplicidad que prometía el capítulo inicial de
las Revoluciones, el sistema se había convertido en una
confusa pesadilla. Citamos aquí a un historiador moderno, que se pasó a la
ciencia con ojos libres de prejuicios: «Cuando volváis de nuevo a ello, por así
decirlo, por tercera vez, mucho después de que hayáis olvidado todo lo demás de
esta lectura, aún flotará ante vuestros ojos esa nebulosa visión, esa fantasía
de círculos y esferas que es la marca de fábrica de Copérnico.»[242]
§2. Los argumentos para el movimiento de la tierra
Copérnico llevó la ortodoxia respecto a círculos y esferas más lejos aún que
Aristóteles y Tolomeo. Esto resulta evidente cuando intenta probar el
movimiento de la Tierra con argumentos físicos. Puede objetarse —dice— que
todos los cuerpos celestes gravitan hacia el centro del Universo; pero si la
Tierra se mueve ya no se halla en el centro. Responde así a esta objeción:[243]
«Me parece que la gravedad es una inclinación natural, aplicada
sobre las partes de los cuerpos por el Creador, a fin de combinar las partes en
la forma de una esfera y contribuir así a su unidad e integridad. Y podemos
creer que esta propiedad se halla presente incluso en el Sol, la Luna y los
planetas, de tal modo que retienen su forma esférica a pesar de sus diversas
trayectorias.»
Así, las partes de un palo se mantienen unidas debido a su deseo
de crear una forma perfecta; la gravedad, para Copérnico, es la nostalgia que
sienten las cosas de convertirse en esferas.
Las otras objeciones clásicas eran, principalmente, el que un cuerpo que cayera
lo «dejaría atrás» la Tierra en movimiento; que la atmósfera también se
quedaría atrás; y que la propia Tierra se fragmentaría a causa de la fuerza
disruptiva de su rotación. Copérnico contraataca estas objeciones aristotélicas
con una interpretación aún más ortodoxa de Aristóteles, que distinguía entre
movimiento «natural» y «forzado». El movimiento natural, dice Copérnico, no
puede conducir a resultados forzados. El movimiento natural de la Tierra es
girar; puesto que su forma es esférica, simplemente, no puede dejar de hacerlo.
Su rotación es una consecuencia natural de su esfericidad, del mismo modo que
la gravedad es la tendencia natural hacia la esfericidad.
«Pero si uno sostiene que la Tierra se mueve, deberá decir
también que su movimiento es natural, no forzado. Las cosas que ocurren de
acuerdo con la naturaleza producen los efectos opuestos a aquellas debidas a la
fuerza. Las cosas sometidas a violencia o fuerza se desintegrarán y no podrán
subsistir por mucho tiempo. Pero todo lo que ocurre de manera natural se
produce apropiadamente y conserva las cosas en sus mejores condiciones. Vano
es, en consecuencia, el temor de Tolomeo de que la Tierra y todo lo que hay en
ella se desintegre por la rotación, que es un acto de la naturaleza, enteramente
distinto de un acto artificial o de cualquier cosa imaginada por la
ingeniosidad humana…»[244]
En pocas palabras, la rotación de la Tierra no engendra fuerzas centrífugas.
Tras este acto escolástico de prestidigitación, Copérnico retuerce el
argumento: si el Universo girara en torno de la Tierra, a una velocidad
incomparablemente mayor, ¿no correría aún mayor peligro de fragmentarse? Pero
evidentemente, según el argumento del propio Copérnico, esa rotación tampoco es
disruptiva, por lo que el Universo estaría igualmente a salvo en este caso, y
así la pregunta queda sin respuesta.
Luego se vuelve a la objeción de que los cuerpos que caen y el aire serian
dejados atrás por el movimiento de la Tierra. Su respuesta es de nuevo
totalmente aristotélica: puesto que la atmósfera más cercana a nosotros
contiene una mezcla de materia terrestre y acuosa, sigue la misma ley natural
que la Tierra: dos cuerpos que caen debido a su peso deben participar
indudablemente, a causa de su máximo de terrenidad, de la naturaleza del
conjunto al que pertenecen * En otras palabras, nubes y piedras cayendo siguen
el paso de la Tierra no porque compartan su impulso físico —concepto totalmente
extraño a Copérnico— sino porque comparten el atributo metafísico de
«terrenidad» y, en consecuencia, el movimiento circular es para ellas
«natural». Siguen a la Tierra por afinidad o simpatía.
Finalmente, «concebimos que la inmovilidad es más noble y más divina que la
mutabilidad y la inestabilidad, por lo que estas últimas son más apropiadas a
la Tierra que al Universo. Añadiré a esto que parece completamente absurdo
atribuir movimiento a lo que contiene y sitúa, antes que a lo que es contenido
y situado, es decir, la Tierra.»
Aparte la mayor sencillez geométrica de su sistema como un medio de salvar el
fenómeno, esto es todo lo que Copérnico tiene que decir, respecto a
argumentos físicos, en apoyo del movimiento de la Tierra.
§3. El último de los aristotélicos
Hemos visto que las ideas de Copérnico en física eran puramente aristotélicas,
y que sus métodos de deducción seguían totalmente caminos escolásticos. En el
tiempo en que se escribió las Revoluciones, la autoridad de
Aristóteles era aún muy considerable en el conservador mundo académico, pero la
rechazaban los estudiosos más progresistas. En la Sorbona, en 1536, ovacionaron
a Peter Ramus cuando presentó como tesis «Todo lo que hay en Aristóteles es
falso.» Erasmo llamó a la ciencia aristotélica pedantería estéril, «que mira en
la completa oscuridad lo que no tiene existencia en absoluto», Paracelso
comparó la educación académica a «un perro enseñado a correr dando vueltas», y
Vives, a «la ortodoxia defendiendo la ciudadela de la ignorancia».[245]
En las universidades italianas donde estudió, Copérnico entró en contacto con
una nueva estirpe de estudiosos postaristotélicos: los nuevos platónicos.
Porque el ocaso de Aristóteles coincidió con un nuevo resurgimiento platónico.
He llamado a esa perenne pareja las estrellas gemelas; séame permitido, ahora,
cambiar una vez más la metáfora y compararlos con esa pareja familiar en los
juguetes barométricos Victorianos: un caballero con un sobretodo y un paraguas
abierto y una dama con un alegre traje de verano que, girando sobre un eje
común, emergen alternativamente de sus compartimientos para anunciar lluvia o
sol. La última vez fue el tumo de Aristóteles, ahora vuelve a salir Platón,
pero un Platón completamente distinto de la pálida figura de otro mundo de los
primeros siglos cristianos. Tras este primer período de reinado de Platón,
cuando naturaleza y ciencia estuvieron sometidas a un absoluto desprecio, se
recibió con alivio la reaparición de Aristóteles, el cronista de delfines y
ballenas, el acróbata de premisas y síntesis, el incansable triturador de la
lógica. Pero a largo plazo no podía existir un sano progreso del pensamiento
sobre la cuerda floja dialéctica; justo en la época de la juventud de
Copérnico, Platón emergió de nuevo de su compartimiento y lo saludaron con más
alegría aún los humanistas progresistas.
Pero este platonismo, que vino de Italia en la segunda mitad del siglo XV, era
en todos sus aspectos casi lo opuesto al neoplatonismo de los primeros siglos,
y tenía en común con él poco más que un nombre sagrado. El primero había
extraído el lado parmenidiano de Platón; el segundo, el lado pitagórico. El
primero había separado el espíritu de la materia en su «dualismo de la
desesperanza»; el segundo unió el ecstasy de los pitagóricos
con el deleite del hombre del Renacimiento en la naturaleza, el arte y la
artesanía. Los jóvenes de brillantes ojos de la generación de Leonardo eran
personas de muchas aptitudes, con múltiples aficiones y una curiosidad devoradora,
con dedos y mentes ágiles; impetuosos, inquietos, escépticos acerca de la
autoridad… lo radicalmente opuesto a los aburridos, intolerantes, ortodoxos y
pedantes escolásticos, de mentes estrechas, del ocaso aristotélico.
Copérnico era veinte años más joven que Leonardo. Durante sus diez años en
Italia vivió entre esta nueva estirpe de hombres, pero no se convirtió en uno
de ellos. Volvió a su torre medieval y a su medieval perspectiva de la vida.
Sólo se llevó consigo una idea que el resurgimiento pitagórico había puesto de
moda: el movimiento de la Tierra, y pasó el resto de su vida intentando
encajarla en un marco medieval basado en la física aristotélica y las ruedas
tolemaicas. Era como intentar encajar un motor de turbopropulsión en una vieja
y destartalada diligencia.
De las grandes figuras de la ciencia, Copérnico fue el último aristotélico. En
su actitud hacia la naturaleza, hombres como Roger Bacon, Nicolás de Cusa,
Guillermo de Occam y Juan Buridan, que lo precedieron en un siglo o dos, fueron
«modernos» comparados con él. La escuela occamista de París, que floreció en el
siglo XIV, y a la que me he referido brevemente antes, avanzó considerablemente
en el estudio del movimiento, impulso, aceleración y la teoría de los cuerpos
que caen, problemas fundamentales del universo copernicano. Mostraron que la
física aristotélica, con sus «motores impasibles», su movimiento «natural» y
«forzado», et cetera, era verbosea vacía, y llegaron muy cerca
de formular la ley de la inercia de Newton. En 1337, Nicolás de Oresme escribió
un comentario del De coelo de Aristóteles —de hecho, una
refutación— en el cual atribuía la rotación diaria de los cielos a la rotación
de la Tierra, y basaba su teoría en fundamentos físicos mucho más firmes que
los que Copérnico, como aristotélico, podía utilizar. Copérnico no estaba al
corriente de los descubrimientos sobre dinámica de la escuela de París (que,
según parece, no se conocían en Alemania); pero lo cierto es que en el Merton
College y en la Sorbona, siglo y medio antes que él, varias personalidades de menos
fama que Copérnico habían arrancado la física de la autoridad aristotélica, a
la que había permanecido esclavizada toda una vida.
Esta casi hipnótica sumisión a la autoridad causó la ruina de Copérnico, como
hombre y como científico. Como observaría Kepler más tarde, «Copérnico intentó
interpretar a Tolomeo antes que a la naturaleza». Esta absoluta confianza no
sólo en los dogmas físicos, sino en las observaciones astronómicas de los
antiguos, fue la principal razón de los errores y absurdos del sistema
copernicano. Cuando el matemático de Nüremberg Johannes Wemer publicó un
tratado Sobre d movimiento de la octava esfera, en que se
permitía poner en tela de juicio la fiabilidad de algunas observaciones de
Tolomeo y Timocaris. Copérnico lo atacó duramente:
«… Es correcto que nosotros [escribió] sigamos fielmente los
métodos y los antiguos y nos atengamos a sus observaciones, que se nos han
leído como un testamento. Y para él, que piensa que no puede confiarse
ciegamente en ellas en este aspecto, las puertas de la ciencia están a buen
seguro cerradas. Yacerá ante esas puertas y dará vueltas en su cabeza a
los sueños de los trastornados acerca del movimiento de la
octava esfera; y —recibirá lo que merece por creer que puede sostener sus
propias alucinaciones calumniando a los antiguos.»[246]
No era el impulso de un joven fanático: Copérnico escribió esto
en 1524, cuando había cumplido ya los cincuenta años. Apartándose de su
habitual cautela y comedimiento, esta inesperada vehemencia de lenguaje pone de
manifiesto una desesperada necesidad de aferrarse a su fe en los antiguos, que
se había visto sacudida. Diez años después confiaría a Rheticus que los
antiguos le habían engañado, que «no se habían mostrado desinteresados, sino
que habían amañado muchas observaciones para que encajaran con sus teorías
personales acerca de los movimientos de los planetas.»[247]
Excepto sus veintisiete observaciones propias, todo el sistema copernicano se
basa en los datos de las observaciones de Tolomeo, Hiparco y otros astrónomos
griegos y árabes, cuyas afirmaciones había aceptado sin la menor crítica como
verdades evangélicas, sin pararse nunca a considerar la posibilidad de errores
cometidos por descuidados escribanos y traductores en aquellos llamativamente
corrompidos textos, ni los errores y manipulaciones de las cifras por los
propios observadores antiguos. Cuando, finalmente, se dio cuenta de la poca fiabilidad
de los datos sobre los que había estado trabajando, debió sentir que el suelo
de su sistema se abría bajo sus pies. Pero, por aquel entonces, ya era
demasiado tarde para hacer nada al respecto.[248] Aparte su miedo al
ridículo, debió de ser la comprobación de esta inexactitud básica la que le
volvió tan reacio a publicar el libro. Creía que la Tierra se movía realmente.
Pero ya no podía creer que la Tierra, o los demás planetas, se movieran realmente
del modo, y a lo largo de las órbitas, que su libro les asignaba.
La tragedia de su fe ciega en la autoridad antigua, que conviene a Copérnico en
una figura tan patética, queda ilustrada por un curioso ejemplo. El tema es muy
técnico y debo simplificarlo. Confiando en unos muy precarios datos de
pretendidas observaciones de Hiparco, Menelao, Tolomeo y Al Battani, dispersas
a lo largo de dos mil años, Copérnico llegó a creer en un fenómeno que no
existe: un cambio periódico en el índice de oscilación del eje de la Tierra.[249] Esta oscilación se
produce realmente pero siempre de manera fija y constante: sencillamente, las
cifras de los antiguos eran erróneas. Como resultado de ello, Copérnico se
sintió obligado a formular una teoría increíblemente laboriosa, que atribuía
dos movimientos oscilatorios independientes al eje de la Tierra. Pero las
oscilaciones a lo largo de una línea recta son movimientos «forzados»,
prohibidos por la física aristotélica; en consecuencia, Copérnico dedica todo
un capítulo[250]a demostrar cómo se puede
producir este movimiento en línea recta por una combinación de dos movimientos
«naturales», es decir, circulares. El colofón de este quimérico caso es que
tuvo que atribuir a la Tierra otros cuatro movimientos circulares, además de
los cinco ya existentes.
Hacia el final de este doloroso capítulo, donde la obsesión de Copérnico hacia
los círculos alcanza su punto culminante, el manuscrito contiene lo que sigue:
«Incidentalmente, hay que observar que, si los dos círculos poseen diámetros
distintos, mientras las demás condiciones siguen sin cambiar, entonces el
movimiento resultante no será una línea recta sino… una elipse» (la
cursiva es mía). Esto no es realmente cierto, puesto que la curva resultante
será un cicloide parecido simplemente a una elipse, pero lo sorprendente es que
Copérnico había tropezado con la elipse, que es la forma de todas las órbitas
planetarias —había llegado a ella a través de razones erróneas y por
deducciones falsas—, y apenas hecho esto se apresuró a dejarlo correr: el
párrafo está tachado en el manuscrito y no aparece en la edición impresa de
las Revoluciones. La historia del pensamiento humano está
llena de tropiezos afortunados y triunfantes eurekas—, es raro
tener una prueba documental de un momento aciago, la oportunidad perdida que
normalmente no deja ningún rastro.
§4. La génesis del sistema copernicano
La figura de Copérnico, vista a distancia, es la de un intrépido y
revolucionario héroe del pensamiento. A medida que nos acercamos, cambia
gradualmente a la de un pomposo pedante, sin la instintiva y sonámbula
intuición del genio original; alguien que, tras tropezar con una buena idea, la
desarrolló en un mal sistema, en que trabajó laboriosamente, apilando más y más
epiciclos y deferentes en el libro más pesado e ilegible de toda la historia.
Negar que Copérnico fue un pensador original puede parecer paradójico e
injusto. Pero intentemos seguir el proceso de razonamiento que condujo a
Nicolás Koppernigk al sistema copernicano. Problema muy debatido, que posee
cierto interés tanto para la psicología del descubrimiento como para la
historia del pensamiento humano.
Nuestro punto de partida es su primer tratado astronómico, el Commentariolus.De
manera característica, se abre con:
«Nuestros antepasados supusieron la existencia de gran número de
esferas celestes por una razón especial: explicar el movimiento aparente de los
planetas por el principio de regularidad. Ya que pensaban que es enteramente
absurdo que un cuerpo celeste no deba moverse siempre a una velocidad uniforme
en un círculo perfecto.»
Una vez afirmado este credo, Copérnico se
vuelve hacia Tolomeo, cuyo sistema, dice, es consecuente con los hechos
observados, pero… y ahí sigue un pasaje revelador que explica
la razón que movió a Copérnico a iniciar su búsqueda. Es su sorprendente
comprensión de que, en el universo de Tolomeo, un planeta se mueve en círculos
perfectos, pero no realmente a velocidad uniforme. De manera
más precisa, el planeta no recorre distancias iguales en tiempos iguales cuando
se ve desde el centro de su círculo: sólo parece hacerlo
cuando se observa desde un punto distinto especialmente elegido para tal fin.
Este punto se llama el punctum equans, o ecuante, para
simplificar. Tolomeo inventó este ardid para salvar el principio del movimiento
uniforme: este punctum equans le permitía decir que existe, a
pesar de todo, un punto en el espacio desde el que un observador podía gozar de
la ilusión de que el movimiento de un planeta es constante. Pero, observa
indignado Copérnico, «un sistema de este tipo no parecía ni suficientemente
absoluto ni suficientemente agradable a la mente».[251]
Era un agravio para un perfeccionista que no podía tolerar la ofensa contra su
ideal del movimiento uniforme circular. Era un agravio imaginario, puesto que,
en realidad, los planetas no se movían en absoluto en círculos, sino en
epiciclos de epiciclos, produciendo curvas ovaladas; y aunque la uniformidad
quedaba «salvada» con relación al centro del epiciclo imaginario, o al
igualmente imaginario ecuante, esto apenas constituía ninguna diferencia
excepto para una mente obsesionada. Sin embargo, como explica el propio
Copérnico, este agravio desencadenó toda la reacción en cadena:
«Tras aceptar estos defectos, a menudo consideré si tal vez pudiera hallarse
una disposición en círculos más razonable… en que todo se moviera uniformemente
en torno de su propio centro, como requiere la regla del movimiento absoluto.»[252]
Así, el primer impulso de Copérnico de reformar el sistema tolemaico partió de
su necesidad de extirpar de él una imperfección menor, un rasgo que no encajaba
por completo con los conservadores principios aristotélicos. Su deseo de
conservado le impulsó a dar la vuelta al sistema tolemaico, como el maníaco
que, afligido por un lunar en su querida mejilla, se corta la cabeza para
restablecer su perfección. Pero no era la primera vez en la historia que un
reformador puritano empezaba atacando una imperfección menor y terminaba
dándose cuenta de que era un síntoma de una enfermedad más enraizada e
irremediable. Los ecuantes de Tolomeo no eran nada que suscitara entusiasmo,
pero constituían síntomas de la discordante artificialidad del sistema.
Cuando hubo empezado a desmontar el mecanismo de relojería tolemaico, había de
hallar algún indicio útil de cómo reordenar las ruedas en distinto orden. No
tuvo que buscar mucho:
«En consecuencia, emprendí la tarea de volver a leer los libros de todos los
filósofos que pude conseguir, a fin de descubrir si alguno de ellos sostenía la
opinión de que existían otros movimientos de los cuerpos celestes aparte los
supuestos por aquellos que enseñaban las ciencias matemáticas en las escuelas.
Y así descubrí, primero, en Cicerón que Hicetas había apoyado la creencia de
que la Tierra se mueve. Después hallé en Plutarco[253] que otros defendían
también esta opinión. Aquí está, en sus propias palabras, para que todo el
mundo pueda leerlas:
»Pero otros proclaman que la Tierra se mueve; así, Filolao el pitagórico,
afirma que gira en torno del fuego en un círculo oblicuo, como el Sol y la
Luna. Heráclides Póntico y Ecfanto el pitagórico suponen también que la Tierra
se mueve, aunque no con un movimiento progresivo, sino a la manera de una
rueda, girando sobre un eje sobre su propio centro de oeste a este.
»Y así, de acuerdo con esto, empecé a pensar en la movilidad de la Tierra. Y
aunque parecía una opinión absurda, puesto que sabía que a otros antes que a mí
se les había concedido la libertad de imaginar las órbitas de su elección a fin
de demostrar los fenómenos de las estrellas, consideré que a mí también podía
permitírseme intentar ver si, suponiéndole algún movimiento a la Tierra, podía
conseguir una resonante demostración de la revolución de las esferas celestes.»[254]
Hay más referencias[255] a «los pitagóricos
Heráclides y Ecfanto», y a «Hicetas de Siracusa, que permitió que la Tierra
girase en el centro del mundo». Luego, en el libro I, capítulo 10,
titulado Acerca del orden en las órbitas celestes, Copérnico
nos da su propia versión del origen de su sistema:
«En consecuencia, me pareció que sería erróneo ignorar algunos hechos bien
conocidos por Marciano Capela, que escribió una enciclopedia, y algunos otros
latinos. Él creía que Venus y Mercurio no giraban en torno de la Tierra como
los demás planetas, sino que lo hacían alrededor del Sol, que era su centro, y,
por tanto, sólo podían alejarse del Sol lo que el tamaño de sus órbitas les
permitía. ¿Qué significa esto sino que el Sol es el centro de sus órbitas y que
giran alrededor de él? Así, la esfera de Mercurio estaría envuelta por la de
Venus, que es dos veces mayor, y encontraría suficiente espacio dentro de ella.
Si aprovechamos la oportunidad para unir Saturno, Júpiter y Marte al mismo
centro [es decir, el Sol]… entonces sus movimientos se situarán en un orden
regular y explicable… Y como ahora todos ellos se hallan dispuestos en torno
del mismo centro, se hace necesario, pues, que el espacio que queda entre la
superficie convexa de la esfera de Venus y la esfera cóncava de Marte lo llenen
la Tierra y la Luna que la acompaña y toda la materia que hay en la esfera
sublunar… En consecuencia, no dudamos en afirmar que la Luna y la Tierra
describen anualmente una órbita circular, situada entre los planetas exteriores
y los interiores, en torno del Sol, que permanece inmóvil en el centro del
mundo; y que todo lo que parece como un movimiento del Sol es, en realidad, un
movimiento de la Tierra.»
Todo esto nos resulta familiar. Copérnico se refiere, primero, al llamado
sistema «egipcio» de Heráclides (véase la primera parte, capitulo 3,
«Heráclides y el Universo centrado en el Sol»), esa «casa a medio camino» en
que los dos planetas interiores giran alrededor del Sol, mientras que el mismo
Sol, y los planetas exteriores, continúan rotando en torno de la Tierra. Luego
da el segundo paso (dejar que los planetas exteriores giren también alrededor
del Sol), que en la antigüedad lo aceptaron Heráclides y Aristarco; y,
finalmente, el tercero hasta el sistema heliocéntrico completo, donde todos los
planetas, incluida la Tierra, giran en torno del Sol, como sugirió Aristarco de
Samos.
No puede haber ninguna duda de que Copérnico conocía las ideas de Aristarco y
que estaba siguiendo sus huellas. Podemos hallar la prueba de ello en el propio
manuscrito de las Revoluciones de Copérnico, donde se refiere
a Aristarco… pero, de una manera característica en él, esa referencia está
tachada con tinta. Así pues, a los precursores de Aristarco se les da en el
libro el crédito que les corresponde, pero no al propio Aristarco, del mismo
modo que también omite los nombres de Rheticus, Brudzewski y Novara, los
maestros a quienes más debe Copérnico. No hay ninguna mención de que la idea
heliocéntrica ya la conocían los antiguos, con lo cual probaría su
respetabilidad, tal como correspondería; en vez de ello confunde el rastro,
como era su costumbre, y deja fuera a los más importantes.[256]
Es muy poco probable, sin embargo, que Copérnico diera con su idea simplemente
hojeando las obras de los filósofos antiguos. Hablar de una Tierra en
movimiento, de la Tierra como un planeta o una estrella, era algo cada vez más
frecuente en los días de su juventud. Hemos visto que, en las postrimerías de
la Edad Media, la mayoría de las personas cultas que sentían cierto interés
hacia la astronomía preferían el sistema de Heráclides. Desde el siglo XIII en
adelante, la influencia de Tolomeo se afirmó, simplemente porque no existía
ninguna otra teoría planetaria tan global y detallada como el Almagesto;
pero muy pronto brotaría una fuerte corriente de crítica y oposición. Al cabo
de poco tiempo, Averroes, el mayor filósofo árabe en Europa (1126-1198),
comentaría: «La astronomía tolemaica no es nada en lo que a la existencia se
refiere; pero es útil para calcular lo no existente.»[257] No tenía ninguna otra
disyuntiva mejor que ofrecer; pero su epigrama puede servir como lema para el
creciente descontento con la doble forma de pensar que prevalecía en
cosmología.
Esta malaise metafísica estalló en una revuelta abierta en la
primera mitad del siglo en que nació Copérnico. Nicolás de Cusa (1401-1464),
eclesiástico alemán, hijo de un barquero del Mosela, que llegó a cardenal, fue
el primero en dar un puntapié a la tapa del universo medieval. En su Ignorancia
ilustrada,[258] escrito en 1440 e
impreso en 1514, veinte años antes de las Revoluciones, afirmó
que el mundo no tenía límites y, por tanto, ni periferia ni centro. No era
infinito, simplemente «ilimitado», es decir, sin límites, y todo en él estaba
en constante cambio:
«En consecuencia, pues, la Tierra no puede ser el centro, no puede estar
enteramente desprovista de movimiento… Nos resulta claro que la Tierra se halla
en realidad en movimiento, aunque puede que esto no nos parezca evidente,
puesto que no percibimos el movimiento excepto en comparación con algo fijo.»[259]
La Tierra, la Luna y los planetas se mueven todos ellos en torno de un centro,
que no queda definido; pero Nicolás de Cusa niega también expresamente que se
muevan en círculos perfectos o a velocidad uniforme:
«Además, ni el Sol, ni la Luna, ni ninguna otra esfera —aunque parezca lo
contrario— pueden en [su] movimiento describir un auténtico círculo, puesto que
no se mueven en torno de una base fija. No existe en ningún lugar un auténtico
círculo puesto que no es posible ninguno, ni ha existido alguna vez [ninguno
exactamente] igual que otro, ni se mueve [de modo] exactamente igual, ni
describe un círculo igualmente perfecto, aunque nosotros no nos demos cuenta de
ello.»[260]
Al negar que el Universo tenga un centro o una periferia, Nicolás de Cusa
negaba también su estructura jerárquica, negaba la situación inferior de la
posición de la Tierra en la cadena de seres, negaba la mutabilidad como un mal
confinado en la esfera sublunar. «La Tierra es una esfera noble —proclamaba
triunfante—, no es posible para el conocimiento humano determinar si la región
de la Tierra se halla en un grado de mayor perfección o imperfección respecto a
las regiones de las demás estrellas…»[261]
Finalmente, Nicolás de Cusa estaba convencido de que las estrellas eran de la
misma materia que la Tierra, y de que las habitaban seres que no eran ni
mejores ni peores que el hombre, sino simplemente distintos:
«… No puede decirse que su lugar en el mundo [sea menos perfecto
puesto que es] el lugar de morada del hombre y de animales y vegetales que son
menos perfectos que los habitantes de la región del Sol y de las otras
estrellas… No parece que, de acuerdo con el orden de la naturaleza, pueda
existir una naturaleza más noble o más perfecta que la intelectual que mora
aquí en esta Tierra como en su región, aunque haya en las otras estrellas
habitantes pertenecientes a otro género: el hombre no desea, por descontado,
otra naturaleza, sino sólo la perfección de la suya propia.»[262]
Nicolás de Cusa no era un astrónomo profesional, y no elaboró
ningún sistema; pero sus enseñanzas muestran que mucho antes de Copérnico no
sólo los franciscanos de Oxford y los occamistas de París se habían liberado de
Aristóteles y del universo amurallado, sino que también en Alemania había
hombres con una visión mucho más moderna que la del canónigo de Frauenburg.
Nicolás de Cusa murió siete años antes del nacimiento de Copérnico; ambos
fueron miembros de la natío alemana en Bolonia, y Copérnico
conoció las enseñanzas de Nicolás de Cusa.
También estaba familiarizado con el trabajo de sus inmediatos predecesores: el
astrónomo alemán Peurbach y su discípulo Regiomontano. Ambos habían acaudillado
en Europa el resurgimiento de la astronomía como ciencia exacta, tras un
milenio de estancamiento. George Peurbach (1423-1461) procedía de una pequeña
ciudad de la frontera bávara, estudió en Austria e Italia, donde conoció a
Nicolás de Cusa, y más tarde fue profesor de la Universidad de Viena y
astrónomo de la corte del rey de Bohemia. Escribió un excelente libro de texto
sobre el sistema tolemaico, que alcanzaría cincuenta y seis ediciones y sería
traducido al italiano, español, francés y hebreo.[263] Durante su época de
profesor en Viena presidió un debate público a favor y en contra del movimiento
de la Tierra;[264] y aunque Peurbach, en
su libro de texto, mantuvo una actitud conservadora, subrayó el hecho de que
los movimientos de todos los planetas estaban gobernados por el Sol. Mencionó
también que el planeta Mercurio recorre un epiciclo cuyo centro no se mueve en
una órbita circular, sino en una oval u ovoide. Otros astrónomos, desde Nicolás
de Cusa hasta el primer maestro de Copérnico, Brudzewski, hablaron tímidamente
también de órbitas ovales.[265]
El trabajo de Peurbach lo prosiguió Johann Mueller, de Königsberg, llamado
Regiomontano (1436-1476), genio del Renacimiento y niño prodigio que, a la edad
de doce años, publicó el mejor anuario astronómico para 1448, y a los quince
recibió del emperador Federico III el encargo de redactar un horóscopo para su
imperial prometida. Acudió a la Universidad de Leipzig cuando tenía once años,
y a los dieciséis se convirtió en el discípulo y colaborador de Peurbach en
Viena. Más tarde fue a Italia con el cardenal Bessarion, para aprender griego y
estudiar a Tolomeo en su idioma original. Tras la muerte de Peurbach, editó el
libro de su maestro sobre los movimientos planetarios, luego publicó su propio
tratado de trigonometría esférica, del que se supone que Copérnico tomó mucho
prestado, sin indicarlo, en sus propios capítulos de trigonometría.[266]
Los años posteriores de Regiomontano reflejan su creciente descontento hacia la
astronomía tradicional. Una carta, escrita en 1464, contiene este típico
impulso:
«… No puedo librarme de mi sorpresa ante la inercia mental de
nuestros astrónomos, los cuales, como crédulas mujeres, imaginan que leen en
los libros, tablillas y comentarios como si fueran la divina e inalterable
verdad; creen a los autores y olvidan la verdad.»[267]
Y en otra parte dice:
«Es necesario mantener obstinadamente las estrellas ante
nuestros ojos, y librar a la posteridad de la tradición antigua.»[268]
Parece una crítica al programa de Copérnico, que aún no había
nacido, de «es correcto que nosotros sigamos fielmente los métodos de los
antiguos y nos atengamos a sus observaciones, que se nos han legado como un
testamento».
Mediados sus treinta años, Regiomontano gozó de una ventajosa posición en
Hungría, en la corte del rey Matías, llamado Corvino. Convenció a su real
patrocinador que ya no se podía seguir confiando en Tolomeo, y que era
necesario poner nuevos cimientos a la astronomía mediante pacientes observaciones,
utilizando inventos tan recientes como el reloj de sol corregido y el reloj
mecánico. Matías aceptó y, en 1471, Regiomontano fue a Nüremberg, donde, con la
ayuda de un rico patricio, Johann Walther, instaló el primer observatorio
europeo, para el que inventó parte de los instrumentos.
Se han perdido los manuscritos y las notas de los últimos años de Regiomontano,
y tan sólo se conservan algunas escasas indicaciones de la reforma de la
astronomía que había planeado. Pero se sabe que había prestado especial
atención al sistema heliocéntrico de Aristarco, como demuestra una nota en uno
de sus manuscritos.[269] Y mucho antes, también
él había observado que el Sol regía los movimientos de los planetas. Hacia el
final de su vida, escribió en un trozo de papel incluido en una carta las
palabras: «Es necesario alterar un poco el movimiento de las estrellas a causa
del movimiento de la Tierra.» La construcción de la frase, como ha señalado
Zinner, parece indicar que el «movimiento de la Tierra» no se refiere aquí a su
rotación diaria sino a su revolución anual en torno del Sol;[270] en otras palabras, que
Regiomontano había llegado a las mismas conclusiones que Aristarco y Copérnico.
Pero su inoportuna muerte le impidió ir más lejos. Murió a los cuarenta años,
tres después del nacimiento de Copérnico.
Las enseñanzas de Nicolás de Cusa y de Regiomontano estaban muy vivas en las
universidades donde estudió Copérnico. Sus principales maestros de astronomía,
Brudzewsky en Cracovia y María Novara en Bolonia, se proclamaban discípulos de
Regiomontano. Finalmente, en Ferrara, Copérnico conoció al joven Celio
Calcagnini, poeta y filósofo, que más tarde publicó un librito con un título
significativo: Quomodo coelum stet, terra moueatur, uel de perenni motu
terrae Commentario: «Tratado relativo a cómo los cielos permanecen
inmóviles, la Tierra se mueve, o sobre los perennes movimientos de la Tierra».[271] Calcagnini, que había
escrito un hermoso poema para saludar la llegada de Lucrecia Borgia a Ferrara,
no poseía un intelecto muy profundo; su tesis de que los cielos permanecen
inmóviles y la Tierra en eterno movimiento estaba inspirada en Nicolás de Cusa
y, sencillamente se hacía eco de una idea que, como hemos visto, estaba en el
aire. Probablemente debió su inspiración a su amigo y contemporáneo de Ferrara,
Jacob Ziegler, astrónomo de cierto mérito, que escribió un comentario sobre
Plinio que contiene la lapidaria afirmación: «Los movimientos de todos los
planetas dependen del Sol.»
Podrían citarse más ejemplos de índole similar, pero ya he dicho suficiente
para demostrar que las ideas de una Tierra en movimiento y del Sol como
auténtico soberano del sistema planetario pertenecían también a la antigua
tradición de la cosmología y fueron muy discutidas en tiempos de Copérnico. De
cualquier modo, el canónigo Koppernigk fue indudablemente el primero en
desarrollar la idea en un sistema global. Éste es su perenne mérito, al margen
de las inconsecuencias y deficiencias de su sistema. No era un pensador
original, sino un cristalizador del pensamiento; y a veces los cristalizadores
consiguen más duradera fama y mayor influencia en la historia que los
iniciadores de nuevas ideas.
Existe en química un proceso muy conocido, que ilustrará lo que quiero dar a
entender por cristalizador. Si colocamos sal común en un vaso de agua hasta que
el agua esté saturada y ya no disuelva más sal, y a continuación suspendemos en
la solución una cuerda con un nudo en su extremo, al cabo de poco se formará un
cristal en torno del nudo. La forma y contextura del nudo no tienen
importancia; lo que importa es que el líquido haya alcanzado el punto de
saturación, y que se le proporcione un núcleo alrededor del cual pueda empezar
a cristalizar. A finales de la Edad Media, la cosmología estaba saturada con
vagas nociones de una Tierra que giraba y se movía, con ecos de los
pitagóricos, de Aristarcos y Heráclides, de Macrobio y Plinio, con las
interesantes sugerencias lanzadas por Nicolás de Cusa y Regiomontano. El
canónigo Koppernigk fue el paciente nudo, suspendido en la solución, que
permitió que el conjunto cristalizara.
He intentado reconstruir el proceso desde su punto de partida —el descontento
de Copérnico con los ecuantes de Tolomeo, que consideraba como una
imperfección— hasta su remodelación del sistema tolemaico con la ayuda de una
antigua idea que había revivido durante sus días de estudiante. Pero si la
cuestión era tan simple como eso, surge la igualmente simple pregunta de por
qué nadie antes que él elaboró un sistema heliocéntrico. Podría ser
significativo preguntarse por qué nadie antes de Shakespeare escribió Hamlet; pero
si Copérnico era realmente tan carente de originalidad e imaginación como he
intentado presentarlo, entonces resulta legítimo preguntar por qué la tarea de
«cristalización» recayó sobre él, mientras que, por ejemplo, Regiomontano,
intelectualmente más flexible y «moderno», dejó unos cuantos indicios, pero
nunca desarrolló una teoría sistemática centrada en el Sol.
La clave de la respuesta quizá sea la observación de Kepler, ya citada, de que
Copérnico estaba interpretando a Tolomeo (y a Aristóteles) antes que a la
naturaleza. Para una mente «moderna» del siglo XV, tal empresa parecería, por
un lado, imposible y, por otro, una pérdida de tiempo. Tan sólo una persona de
mente conservadora como Copérnico se dedicaría a la tarea de reconciliar las
irreconciliables doctrinas de la física aristotélica y la geometría de las
ruedas de Tolomeo en una mano, con un universo centrado en el Sol en la otra.
Para llegar a un sistema heliocéntrico consecuente por sí mismo y físicamente
creíble, era necesario, primero, liberar la mente del cepo de la física
aristotélica, arrojar fuera la obsesión de los círculos y las esferas, aplastar
toda la chimante maquinaria de ficticias ruedas sobre ruedas. A menudo, los
grandes descubrimientos de la ciencia consisten, como hemos visto, en el
descubrimiento de una verdad enterrada bajo los cascotes de los prejuicios
tradicionales, en salir de los cul-de-sacs a los que conduce
el razonamiento formal separado de la realidad; en liberar la mente atrapada
entre los dientes de acero del dogma. El sistema copernicano no es, en este
sentido, un descubrimiento, sino un último intento de remendar una maquinaria
pasada de moda invirtiendo la disposición de sus ruedas. Como lo planteó un
moderno historiador, el que la Tierra se mueva es «casi un asunto accidental en
el sistema de Copérnico, que, considerado desde su aspecto geométrico, es tan
sólo el viejo esquema tolemaico de los cielos, con una o dos ruedas
intercambiadas y una o dos eliminadas».[272] Una conocida frase
dice que Marx «le dio la vuelta a Hegel». Copérnico hizo lo mismo con Tolomeo;
en ambos casos, la autoridad a la que se ha dado la vuelta continúa siendo la
desesperación del discípulo.
Desde Roger Bacon, en el siglo XIII, hasta Peter Ramus, en el XVI, hubo
importantes personalidades y escuelas que se dieron cuenta, más o menos
conscientemente, de manera más o menos clara, que se tenían que apartar la
física aristotélica y la astronomía tolemaica del paso antes de poder iniciar
un nuevo camino. Puede que por esta razón, Regiomontano construyó un
observatorio en vez de elaborar un sistema. Cuando hubo completado los
comentarios sobre Tolomeo que Peurbach había iniciado, se dio cuenta de la
necesidad de sentar unas nuevas bases para la astronomía, «liberando a la
posteridad de la antigua tradición». A los ojos de Copérnico, esta actitud
rayaba en injuria. Si Aristóteles hubiera afirmado que Dios creó sólo pájaros,
el canónigo Koppernigk hubiera descrito al homo sapiens como
un pájaro sin plumas ni alas que incuba sus huevos antes de ponerlos.
El sistema copernicano es precisamente de aquel tipo. Aparte las
inconsecuencias que he mencionado antes, ni siquiera tuvo éxito en remediar los
fallos específicos de Tolomeo que se suponía debía remediar. Cierto, se
suprimieron los ecuantes, pero en su lugar tuvo que importarse el movimiento
rectilíneo, que Copérnico llamó «peor que una enfermedad». En su dedicatoria
mencionó como razón principal de su empresa, aparte los ecuantes, la
incertidumbre de los métodos existentes para determinar la duración del año;
pero las Revoluciones no muestran ningún progreso en este
aspecto específico. La órbita de Marte de Tolomeo difería llamativamente de los
datos observados, pero en el sistema copernicano era igualmente distinta, hasta
tal punto que, más tarde, Galileo expresó su admiración por el valor de
Copérnico al defender su sistema a pesar de que se veía tan evidentemente
contradicho por los movimientos observados de Marte.
Surge una última objeción contra el sistema, y quizá la más poderosa de todas,
aunque no sea culpa de su autor. Si la Tierra se mueve en torno del Sol en un
gran círculo, con un diámetro de dieciséis millones de kilómetros,[273] entonces el esquema de
las estrellas fijas tendría que cambiar continuamente de acuerdo con las
distintas posiciones que ocupa la Tierra en su recorrido. Así, cuando nos
acercamos a determinado grupo de estrellas, éstas deberían «abrirse», puesto que
las distancias entre los miembros de ese grupo parecerían crecer al aproximamos
a ellas, y disminuir cuando nos alejáramos prosiguiendo nuestro viaje. Estos
desplazamientos aparentes de los objetos, debidos a un cambio de la posición
del observador se llaman paralaje.
Pero las estrellas desmintieron estas esperanzas. No mostraban ningún paralaje:
su esquema permanecía fijo e inmutable.[274] De ello se deducía que
o la teoría del movimiento de la Tierra era errónea, o la distancia de las
estrellas fijas era tan inmensa que, comparado con ella, el círculo descrito
por la Tierra quedaba reducido a nada, y no producía ningún efecto apreciable.
Ésta fue, en realidad, la respuesta de Copérnico.[275] Pero era algo difícil
de admitir, sobre todo añadido a la improbabilidad inherente del sistema. Como
observa Burtt: «Los empíricos contemporáneos, si hubiesen vivido en el siglo
XVI, hubieran sido los primeros en burlarse, sin limitación alguna, de la nueva
teoría del Universo.»[276]
§5. Las primeras repercusiones
No es extraño, pues, que la publicación de las Revoluciones atrajera
muy poca atención. Suscitó menor conmoción que la Primera narración de
Rheticus sobre la obra. Rheticus había prometido que el libro sería una
revelación pero resultó ser una decepción. Durante más de cincuenta años, hasta
principios del siglo XVII, no levantó ninguna controversia especial ni entre el
público ni entre los astrónomos profesionales. Fueran cuales fuesen sus
convicciones filosóficas acerca de la estructura del Universo, se dieron cuenta
de que el libro de Copérnico no resistía un escrutinio científico.
Si a pesar de todo su nombre gozó de cierta reputación entre la generación que
le sucedió inmediatamente, no se debió a su teoría del Universo, sino a las
tablas astronómicas que había compilado. Las publicó en 1551 Erasmus Reinhold,
el anterior colaborador de Rheticus en Wittenberg, y fueron recibidas con
alborozo por los astrónomos, que hacía mucho tiempo las esperaban para
sustituir las Tablas Alfonsinas, que databan del siglo XIII. Reinhold, tras
revisar todas las cifras y eliminar los frecuentes errores, concedió en su
prefacio un generoso tributo a la labor de Copérnico como astrónomo práctico,
sin mencionar en absoluto su teoría del Universo. La siguiente generación de
astrónomos se refirió a dichas tablas como Calculatio Copernicano, y
esto ayudó a mantener viva la reputación del canónigo, pero tuvo poco que ver
con el sistema copernicano. Dejando por el momento a un lado a personalidades
tales como Thomas Digges, William Gilbert y Giordano Bruno, que no eran
astrónomos, la teoría copernicana fue virtualmente ignorada hasta inicios del
siglo XVII, cuando Kepler y Galileo entran en escena. Entonces, y sólo
entonces, saltó a la palestra el sistema heliocéntrico, como una conflagración
causada por una bomba de acción retardada.
La reacción de las Iglesias durante el medio siglo siguiente a la muerte de
Copérnico fue también de indiferencia. Del lado protestante, Lutero dejó
escapar algunos exabruptos descorteses, mientras que Melanchton probaba
elegantemente que la Tierra permanecía inmóvil; pero no retiró su patronazgo a
Rheticus. Del lado católico, la reacción inicial, como hemos visto, fue de
ánimo, y las Revoluciones no se incluyeron en el índice hasta
1616, sesenta y tres años después de su publicación. Hubo discusiones
ocasionales respecto a si el movimiento de la Tienra era compatible o
incompatible con las Sagradas Escrituras, pero hasta el decreto de 1616 la
cuestión quedó sin decidir.
La actitud clerical de indiferencia irónica hacia el nuevo sistema queda
reflejada en el Ignacio: su cónclave de John Donne. Allí
Copérnico aparece como uno de los cuatro pretendientes al lugar principal cerca
del trono de Lucifer, mientras que los otros contendientes son Ignacio de
Loyola, Maquiavelo y Paracelso. Copérnico afirma su derecho declarando que había
elevado al demonio y su prisión, la Tierra, hasta los cielos, mientras relegaba
al Sol, la energía del demonio, a la parte inferior del Universo: «¿Deben
cerrarse estas puertas contra mí, que he girado todo el esquema del mundo, y
soy, en consecuencia, casi un nuevo creador?»
El celoso Ignacio, que desea el lugar de honor del infierno para sí,
desprestigia a Copérnico:
«Pero tú, ¿qué has inventado de nuevo, para que nuestro Luáfer te
conceda nada? ¿A quién le importa si la Tierra se mueve o permanece inmóvil?
¿Has alzado la Tierra hasta los cielos trayendo con ello a los hombres tanta
confianza que hayan edificado nuevas torres o hayan amenazado de nuevo a Dios?
¿O han deducido de este movimiento de la Tierra que no hay infierno, o han
negado el castigo del pecado? ¿Ya no creen los hombres? ¿No viven como justos,
como hacían antes? Además, rebaja la dignidad de tus enseñanzas y deroga tu
derecho y título de acudir a este lugar, el hecho de que esas opiniones tuyas
pueden muy bien ser ciertas… Pero tus invenciones difícilmente se pueden
considerar tuyas, puesto que, mucho antes que tú, Heráclides, Ecfanto y
Aristarco las lanzaron al mundo: los cuales, a pesar de ello, se
contentan con permanecer en las estancias inferiores entre los demás filósofos
y no aspiran a este lugar, reservado únicamente para los héroes anticristianos…
Hagamos pues, temible emperador, que este insignificante matemático vuelva
con su propia compañía.»
Ignacio se publicó en 1611. Refleja, en términos generales, la
actitud de dos generaciones entre Copérnico y Donne. Pero esas dos generaciones
que ignoraron a Copérnico estaban equivocadas: el «insignificante matemático»,
esa pálida, hosca y borrosa figura, ignorada por sus contemporáneos y por
aquellos que les sucedieron, iba a proyectar una sombra gigantesca sobre la
historia de la humanidad.
¿Cómo puede explicarse esta última paradoja en una historia paradójica? ¿Cómo
era posible que la imperfecta y contradictoria por sí misma teoría copernicana,
contenida en un libro ilegible y no leído, rechazada en su tiempo, originaría,
un siglo después, una nueva filosofía que transformó el mundo? La respuesta es
que los detalles no importan, y que no era necesario leer el libro para captar
su esencia. Las ideas que tienen el poder de modificar los hábitos del
pensamiento humano no actúan tan sólo sobre la mente consciente; se infiltran
por esos profundos estratos que son indiferentes a las contradicciones lógicas.
No influyen en algún concepto específico, sino en la perspectiva total de la
mente.
La idea heliocéntrica del Universo, cristalizada en un sistema por Copérnico y
expuesta de nuevo en forma moderna por Kepler, alteró el clima del pensamiento
no por lo que afirmaba explícitamente, sino por lo que implicaba. Esas
implicaciones no eran, a todas luces, conscientes en la mente de Copérnico y
actuaron en sus sucesores por canales igualmente insidiosos, subterráneos.
Todas ellas eran negativas, todas destructivas para el sólido edificio de la
filosofía medieval pues minaban los cimientos sobre los cuales descansaba.
§6. El efecto retardado
El universo cristiano medieval tenía duros y firmes límites en el espacio,
tiempo y conocimiento. Su extensión temporal estaba limitada al relativamente
corto lapso entre la creación del mundo, situada a unos cinco mil años atrás, y
la segunda venida de Cristo, que se abría en el futuro y se esperaba que
ocurriera en un tiempo previsible. Así, la historia del Universo se creía
limitada a doscientas o trescientas generaciones, del principio al fin. Dios
había modelado su mundo en la forma artística de la narración corta.
En cuanto al espacio, el mundo estaba igualmente limitado por la novena esfera,
más allá de la cual se extendía el cielo empíreo. No era necesario que el
hombre mundano creyera estrictamente en todo lo que se decía acerca de cielo e
infierno; pero la existencia de sólidos límites de tiempo y espacio eran un
hábito de pensamiento tan evidente por sí mismo como las paredes y el techo de
su habitación, como sus propios nacimiento y muerte.
En tercer lugar, había límites igualmente firmes al progreso del conocimiento,
técnica, ciencia y organización social, todo lo cual se había completado hacía
ya tiempo. Existía una verdad definitiva para todos los temas, tan finita y
limitada como el propio Universo. La verdad acerca de la religión estaba
revelada en las Escrituras; la verdad acerca de la geometría se hallaba en
Euclides; la verdad acerca de la física se encontraba en Aristóteles. Se
aceptaba la ciencia de los antiguos como la verdad del Evangelio, no debido a
algún respeto especial hacia los paganos griegos, sino a que era obvio, porque
habían llegado tan pronto, habían cosechado todo cuanto había que cosechar en
esos campos y no habían dejado nada, excepto algunas espigas dispersas que se
recogían al hacer la limpieza final. Puesto que sólo había una respuesta a cada
pregunta, el edificio del conocimiento estaba completo. Si la respuesta no
encajaba con los hechos, la culpa se echaba a los amanuenses que habían copiado
el viejo manuscrito. La autoridad de los antiguos no descansaba en una
veneración ilimitada, sino en la creencia de la naturaleza finita del
conocimiento.
A partir del siglo XIII, humanistas, escépticos y reformadores habían empezado
a perforar las paredes de este Universo estable y estático. Arrancaban
fragmentos aquí y allá, dejaban entrar soplos de aire y debilitaban la
estructura. Pero seguía manteniéndose. El «insignificante matemático» de Donne
no se golpeó la cabeza contra las puertas, no realizó ningún ataque frontal, ni
siquiera se apercibía de estar atacando. Fue un conservador que se sentía como
en su casa en el edificio medieval y, sin embargo, minó sus cimientos más
efectivamente que el tronante Lutero. Dejó penetrar las nociones destructivas
del infinito y del cambio eterno, que destruyeron el mundo familiar como un
ácido corrosivo.
No afirmó que el Universo es infinito en el espacio. Prefirió, con su cautela
habitual, «dejar la cuestión a los filósofos».[277] Pero sin quererlo
alteró un hábito inconsciente de pensamiento al hacer que la Tierra girara en
vez de ser el cielo quien lo hiciera. Mientras la rotación se atribuyó al
cielo, la mente asumió de manera automática que tenía que ser una esfera sólida
y finita, porque ¿qué otra cosa podía girar como una unidad cada veinticuatro
horas? Pero cuando quedó explicado el giro diario aparente por el movimiento de
la Tierra, las estrellas pudieron retroceder a cualquier distancia; situarlas
en una esfera sólida era ahora un acto arbitrario y discutible. El cielo ya no
tenía límites, el infinito abría sus enormes fauces, y el «libertino» Pascal,
atrapado por la agorafobia cósmica, exclamaría un siglo después: Le
silence éternel de ces espaces infinis m’effraie!:«¡Me aterra el silencio
eterno de estos espacios infinitos!»
El espacio infinito no forma parte del sistema copernicano. Pero se halla
implícito en él; tendía irresistiblemente a empujar el pensamiento en esa
dirección. Esta distinción entre lo explícito y las consecuencias
inconscientemente implícitas se hace aún más evidente en la repercusión de
Copérnico en la metafísica del Universo. La física aristotélica se hallaba ya,
como hemos visto, parcialmente desacreditada, y Copérnico fue uno de sus
últimos defensores ortodoxos. Pero en un aspecto fundamental gobernaba aún la
mente del hombre como una proposición evidente por sí misma o un acto de fe:
cabe llamar a esto la gran topografía del Universo. Copérnico, el defensor de
Aristóteles, destruyó, sin pretenderlo, este esquema fundamental.
El universo aristotélico estaba centralizado. Poseía un centro de gravedad, un
núcleo duro, al que se refería todo movimiento. Todo lo que tenía peso caía
hacia el centro, todo lo ascensional, como el fuego y el aire, intentaba
alejarse de él; mientras que las estrellas, ni pesadas ni ascensionales y de
una materia completamente distinta, se movían en círculos a su alrededor. Los
detalles del esquema podían ser correctos o erróneos, pero se trataba de un
esquema sencillo, creíble, tranquilizadoramente ordenado.
El universo copernicano no está sólo expandido hacia el
infinito, sino que al mismo tiempo es descentralizado, desconcertante,
anárquico. No posee ningún centro natural de orientación al cual pueda
referirse todo. Las direcciones «arriba» y «abajo» ya no son absolutas, como
tampoco lo son el peso y el empuje ascensional. Antes, el «peso» de una piedra
significaba su tendencia a caer hacia el centro de la Tierra: ése era el
significado de «gravedad». Ahora, el Sol y la Luna se convierten en centros
propios de gravedad. Ya no hay ninguna dirección absoluta en el espacio. El
Universo ha perdido su núcleo. Ya no tiene un corazón, sino un millar de
corazones.
Ha desaparecido la tranquilizadora sensación de estabilidad, inmovilidad y
orden. La propia Tierra gira, oscila, se agita en ocho o nueve movimientos
diferentes y simultáneos. Más aún, si la Tierra es un planeta, desaparece la
distinción entre la región sublunar del cambio y los cielos etéreos. Si la
Tierra está formada por cuatro elementos, los planetas y estrellas pueden ser
de la misma naturaleza terrestre, acuosa, ígnea y aérea. Incluso cabe que estén
habitados por otros tipos de hombres, como afirmaban Nicolás de Cusa y Giordano
Bruno. ¿Se habría encamado, en este caso, Dios en cada estrella? ¿Podía haber
creado Dios toda esta colosal multitud de mundos en beneficio de los habitantes
de una sola estrella entre millones?
Ninguna de estas preguntas se plantea en el Libro de las revoluciones[278]. Pero todas ellas se
hallan implícitas en él. Todas, sin escapatoria posible, se las formularon,
tarde o temprano, los copernicanos.
De todos los diagramas precopernicanos del Universo surge siempre, con
variaciones menores, la misma imagen tranquilizadora y familiar: la Tierra en
el centro, rodeada por las conchas concéntricas de la jerarquía de esferas en
el espacio, y la jerarquía de valores asociada a ella en la gran escala de
seres. Aquíhay tigres y aquí hay serafines; cada
elemento tenía su lugar asignado en el inventario cósmico. Pero en un universo
ilimitado, sin centro o circunferencia, ninguna región o esfera se alineaba
«más alta» o «más baja» que otra ni en el espacio ni en la escala de valores.
Esa escala ya no existía. Se había retorcido la cadena de oro y esparcido sus
eslabones por todo el mundo; el espacio homogéneo comportaba una democracia
cósmica.
La noción de ausencia de límites o infinito, que conllevaba el sistema
copernicano, estaba destinada a ocupar el espacio reservado a Dios en los mapas
de los astrónomos medievales. Éstos habían dado por sentado que los ámbitos de
la astronomía y la teología eran contiguos, separados tan sólo por el espesor
de la novena esfera de cristal. En adelante, el continuo del espacio-tiempo
reemplazaría el continuo del espacio-espíritu. Eso significa, entre otras
cosas, el fin de la intimidad entre el hombre y Dios. El Homo sapiens había
morado en un Universo envuelto por la divinidad como en un seno; ahora estaba
siendo expulsado del seno. De ahí el grito de horror de Pascal.
Pero ese grito fue lanzado un centenar de años después. En su torre de
Frauenburg, el canónigo Koppernigk nunca hubiese comprendido por qué el
reverendo John Donne hizo de él un pretendiente al asiento contiguo al trono de
Lucifer. Con su bendita falta de humor, no previó ninguna de esas consecuencias
cuando publicó su libro con el lema: «Sólo para matemáticos.» Como tampoco lo
hicieron sus contemporáneos. Durante el resto del siglo XVI, el nuevo sistema
del Universo pasó, como una enfermedad infecciosa, por un período de
incubación. Tan sólo a principios del XVII estalló en la superficie y causó la
mayor revolución en el pensamiento humano desde la era heroica de Grecia.
El año 1600 es, probablemente, el punto crucial más importante en el destino
humano desde el año 600 a. C. A horcajadas sobre este mojón, nacido casi
exactamente cien años después que Copérnico, con un pie en el siglo XVI y otro
en el XVII, se yergue el fundador de la astronomía moderna, un genio torturado
en que parecen encamarse todas las contradicciones de su era: Johannes Kepler.
Cuadro cronológico de la
Tercera Parte
Cuarta Parte
La Línea Divisoria[iii]
Contenido:
§1. La decadencia de una
familia
§2. Job
§3. Purgación mística
§4. Nombramiento
§5. Astrología
§1. La decadencia de una
familia
Johannes Kepler, Keppler, Khepler, Kheppler, o Keplerus, fue concebido el 16 de
mayo del año 1571, a las 4.37 de la madrugada, y nació el 27 de diciembre a las
2.30 de la tarde, tras un embarazo que duró 224 días, 9 horas y 53 minutos. Las
cinco formas distintas de escribir su nombre son de él mismo y también son
suyas las cifras relativas a la concepción, embarazo y nacimiento, registradas
en un horóscopo que elaboró para sí mismo.[279] El contraste entre la poca importancia que da a su
apellido y su extrema precisión acerca de las fechas refleja, desde el
principio, una mente para quien el lenguaje de los números contenía la realidad
definitiva, la senda de la religión, la verdad y la belleza.
Nació en el municipio de Weil, en la alegre Suabia vinícola, hermoso rincón del
sudoeste de Alemania, entre la Selva Negra, el Neckar y el Rin. Weil-der-Stadt
—caprichoso nombre que significa Weil-la-Ciudad, pero utilizando el masculino
«der» en vez del femenino «die»— ha conseguido afortunadamente preservar su
carácter medieval hasta nuestros días (al menos, para ser preciso, hasta mayo
de 1955, cuando visité el lugar de nacimiento de Kepler). Asentada en la cima
de un monte largo y estrecho como el casco de una nave de guerra, rodeada por
enormes y almenadas murallas ocres, y esbeltas atalayas coronadas por pináculos
y veletas. Las fachadas de sus casas, adornadas con gabletes, con sus
irregulares perfiles de ventanitas cuadradas, están estucadas de color verde
brillante, azul topacio y amarillo limón; donde se desconcha el estuco, aparece
el barro y el entramado de listones, como la curtida piel de un campesino a
través de un agujero de su camisa. Si, tras llamar infructuosamente, abres la
puerta de alguna casa, es muy probable que sea un becerro o una cabra quien te
dé la bienvenida, porque las plantas bajas de algunas viejas casas sirven aún
como establos, con una escalera interior que conduce hacia los aposentos
superiores, donde vive la familia. El desagradable olor a estiércol flota por
todas partes, pero las adoquinadas calles permanecen escrupulosamente limpias
de una manera teutónica. La gente habla un viejo dialecto suabo y a menudo
tutean incluso a los desconocidos: son rústicos y gemuetlich, pero
también despiertos e inteligentes. Hay lugares fuera de las murallas llamados
todavía «Camposanto» y «Colina de la horca»; y los nombres de los viejos
linajes, empezando por el del alcalde, HerrOberdorfer, y terminando
con el del relojero, Herr Speidel, son los mismos que aparecen
en documentos de la época de Kepler, cuando Weil contaba tan sólo con
doscientos ciudadanos. Aunque allí nacieron otros hombres célebres —entre ellos
el frenólogo Gall, que asignó a cada una de las facultades mentales sus
correspondientes circunvoluciones cerebrales—, el héroe de la ciudad es
Johannes Kepler, venerado como un santo patrón[280].
Una de las anotaciones de los libros municipales, fechada en 1554, se refiere
al arrendamiento de un campo de coles al abuelo de Johannes, Sebaldus Kepler:
«Daniel Datter y Sebold
Kepler, peletero, deberán pagar diecisiete pfennigs a Martinmas por su campo de
coles en el camino de Klingelbrunner entre los campos de Joerg Rechten y los de
los hijos de Hans Rieger. En el momento en que renuncien al campo de coles,
deberán echar seis carretadas de estiércol en él o enterrarlas.»
A partir de este bucólico
preludio podría esperarse una infancia feliz para el pequeño Johannes, pero fue
espantosa.
Del abuelo Sebaldus, el peletero del campo de coles, se decía que procedía de
una noble familia[281], y llegó a ser alcalde de Weil; pero después de él, los
respetables Kepler empezaron a declinar. La mayor parte de su descendencia
estuvo compuesta por degenerados y psicópatas, que elegían cónyuge dentro de la
misma familia. El padre de Johannes Kepler fue un aventurero mercenario que
escapó a duras penas de la horca. Su madre, Katherine, hija de un posadero, fue
criada por una tía que acabó siendo quemada viva por bruja, y la propia
Katherine, acusada en su vejez de tener tratos con el diablo, escapó tan a
duras penas de la hoguera como su padre de la horca.
La casa del abuelo Sebaldus (incendiada en 1648 pero reconstruida más tarde del
mismo estilo) se alzaba en un rincón de la plaza del mercado. Frente a la casa
se halla una herniosa fuente renacentista, con cuatro largos y aflautados
surtidores de cobre, que brotan de otros tantos rostros humanos tallados en la
piedra. Tres rostros son máscaras estilizadas; el cuarto, vuelto hacia el
ayuntamiento y la casa de los Kepler, parece el retrato, de gran realismo, de
un hombre abotagado y de rasgos toscos. Hay una tradición en Weil según la cual
éste se parece mucho al viejo Sebaldus, el alcalde. Puede que eso sea cierto o
falso, pero encaja con la descripción que de él hizo el propio Kepler en su
horóscopo:
«Mi abuelo Sebald, alcalde de la ciudad imperial de Weil, nacido en el año 1521
por los alrededores del día de san Jaime… tiene ahora setenta y cinco años… Es
muy arrogante y siempre va soberbiamente vestido… Tiene mal genio y es
obstinado, y su rostro traiciona su pasado licencioso. Es un rostro enrojecido
y carnoso, y su barba le da mucha autoridad. Era elocuente, al menos hasta el
punto en que puede serlo un hombre ignorante… A partir del año 1578 su
reputación empezó a declinar, al mismo tiempo que su fortuna…»[282]
Este pequeño bosquejo y los que le siguen forman parte de una especie de
horóscopo genealógico que abarcaba a todos los miembros de su familia (incluido
él mismo), y que Kepler trazó cuando tenía veintiséis años. No es tan sólo un
notable documento, sino también una preciosa contribución al estudio de los
antecedentes hereditarios del genio, puesto que muy raramente ocurre que el
historiador tenga a su disposición tan amplio material[283].
Cuando el abuelo Sebald tenía veintinueve años, se casó con Katherine Mueller,
del cercano pueblo de Marbach. Kepler la describe como «inquieta, lista y
mentirosa, pero dedicada a la religión; delgada y de naturaleza ardiente; vivaz
e incansable alborotadora; celosa, extrema en sus odios, violenta, acumuladora
de inquinas… Y todos sus hijos tienen algo de ella…»[284]
También acusa a su abuela de afirmar que se había casado a los dieciocho años,
cuando en realidad tenía veintidós. Fuera como fuese, dio a Sebaldus doce hijos
en veintiún años. Los tres primeros, llamados, respectivamente, Sebaldus, Johan
y Sebaldus, murieron siendo aún niños. El cuarto era el padre de Kepler,
Heinrich, al que dejaremos de lado por el momento. Respecto a sus tíos y tías,
numerados del 5 al 9, Kepler informa:[285]
«5. Kunigund, nacida el 23 de mayo de 1549. La Luna no podía estar peor
situada. Tras haber dado a luz muchos hijos, murió envenenada, según piensan,
en el año 1581. [Añadido más tarde: “Por lo demás, era piadosa y llena de buen
juicio.”][286]
»6. Katherine, nacida el 30 de julio de 1551. También está muerta.
»7. Sebaldus, nacido el 13 de noviembre de 1552.[287] Astrólogo y jesuita, recibió las órdenes menores y mayores
para el sacerdocio; aunque católico, imitó a los luteranos y llevó una vida
completamente impura. Al final murió de hidropesía tras muchas enfermedades
anteriores. Se casó con una mujer rica y de familia noble, aunque numerosa.
Contrajo el mal francés. Era vicioso y detestado por sus conciudadanos. El 16
de agosto de 1576, cambió Weil por Speyr, donde llegó el 18; el 22 de diciembre
abandonó Speyr contra la voluntad de su superior y vagó en medio de una extrema
pobreza por Francia e Italia. [Estaba considerado como una persona bondadosa y
un buen amigo.]
»8. Katherine, nacida el 5 de agosto de 1554. Era inteligente y habilidosa,
pero se casó muy infelizmente, vivió con suntuosidad, derrochó su fortuna,
ahora es una mendiga. [Murió en 1619 ó 1620.]
»9. María, nacida el 25 de agosto de 1556. También está muerta.»
De los números 10 y 11 no tiene nada que decir; el número 12, el último de sus
tíos y tías en nacer, también murió en la infancia.[288]
Toda esta desventurada progenie —excepto aquellos que murieron prematuramente—
vivió con el viejo y colérico Sebaldus y su gruñona esposa, apiñada en la
reducida casa familiar que, en realidad, era una cabaña. Heinrich, aunque había
nacido el cuarto, era el mayor de los supervivientes, por lo que heredó la
casa, y tuvo a su vez siete hijos. Kepler lo describe así: «4. Heinrich, mi
padre, nacido el 19 de enero de 1547… Hombre vicioso, inflexible y pendenciero,
condenado a acabar mal. Venus y Marte incrementaban su malicia. Júpiter [muy
cerca del Sol] le hizo pobre, pero le dio una esposa rica. Saturno, en séptima,
le hizo un estudioso de la utilización de las armas de fuego; muchos enemigos,
un matrimonio lleno de peleas… un vano amor a los honores y vanas esperanzas
acerca de ellos; un indeciso. 1577: corrió el riesgo de ser colgado. Vendió su
casa y puso una taberna. 1578: un barril de pólvora estalló e hirió a mi padre
en el rostro… 1589: trató extremadamente mal a mi madre, marchó finalmente al
exilio y murió.»
Ni siquiera hay el habitual añadido compasivo al final. Tras esas palabras, la
historia es, a grandes rasgos, la siguiente:
Heinrich Kepler se casó a la edad de veinticuatro años. Parece que no estudió
ningún oficio o arte, excepto las «armas», que se refieren a sus posteriores
aventuras militares. Siete meses y dos semanas después de su matrimonio con
Katherine Guldenmann nació Johannes Kepler. Tres años más tarde, tras el
nacimiento de su segundo hijo, Heinrich se enroló en las tropas del emperador y
partió a luchar contra los protestantes insurgentes de los Países Bajos, acto
en extremo ignominioso, puesto que los Kepler se hallaban entre las más
antiguas familias protestantes de Weil. Katherine se reunió con su esposo al
año siguiente y dejó sus hijos al cuidado de los abuelos. Un año después
regresaron los dos, pero no a Weil, donde habían caído en desgracia; Heinrich
compró una casa en las inmediaciones de Leonberg; pero al cabo de poco tiempo
partieron de nuevo hacia Holanda, para unirse a las hordas mercenarias del
duque de Alba. Al parecer, durante este viaje «corrió el riesgo de ser colgado»
por algún delito del que no se sabe nada. Regresó una vez más, vendió la casa
de Leonberg, regentó una taberna en Ellmendingen, volvió de nuevo a Leonberg y
en 1588 desapareció definitivamente. Se rumoreaba que se había alistado en la
flota napolitana.
Su esposa Katherine, la hija del posadero, poseía un carácter igualmente
inestable. En el horóscopo de la familia, Kepler la describe como: «pequeña,
delgada, morena, charlatana y pendenciera, con mala disposición». No había
muchas diferencias entre las dos Katherine, la madre y la abuela; y, sin
embargo, la madre era la más temible de las dos, con un aura de magia y
brujería en torno de ella. Recolectaba hierbas y preparaba pociones en cuyos
poderes creía; he mencionado ya que la tía que la crio había terminado sus días
en la hoguera y que Katherine estuvo a punto de compartir el mismo destino,
como veremos.
Para completar la visión de esta idílica familia, debo mencionar a los hermanos
y hermanas de nuestro Johannes. Eran seis: tres también murieron en la infancia
y dos se convirtieron en ciudadanos normales y cumplidores de la ley (Gretchen,
que se casó con un vicario, y Christopher, que llegó a ser peltrero). Pero
Heinrich, el siguiente a Johannes en edad, era epiléptico, víctima del rasgo
psicopático que dominaba a toda la familia. Niño exasperadamente problemático,
su juventud fue, al parecer, una larga sucesión de desventuras, palizas y
enfermedades. Lo mordieron animales, casi se ahogó y estuvo a punto de arder
vivo. Aprendiz de pañero, luego panadero, finalmente se escapó de casa cuando
su amante padre amenazó con venderlo. En los años siguientes estuvo como
vivandero con el ejército húngaro en las guerras contra los turcos; también fue
cantante callejero, panadero, criado de un noble, mendigo, tambor de un
regimiento y alabardero. A lo largo de tan variada carrera sufrió una
desventura tras otra —siempre enfermo, expulsado de todos los trabajos, robado
por los ladrones, apaleado por los salteadores de caminos— hasta que,
finalmente, renunció, volvió mendigando a casa junto a su madre y vivió pegado
a sus faldas hasta que murió, a los cuarenta y dos años. En su infancia y
juventud, Johannes compartió de forma notoria algunos de los atributos de su
hermano más joven, particularmente su ridícula propensión a sufrir accidentes y
su constante falta de salud, combinada con su hipocondría.
§2. Job
Johannes fue un niño enfermizo, de débiles piernas y largo y pálido rostro
rodeado por un oscuro cabello rizado. Nació con la vista defectuosa, pues
padecía de miopía y de poliopía monocular (visión múltiple). El estómago y la
vesícula biliar le causaban constantes trastornos; sufría de furúnculos,
sarpullidos y probablemente de hemorroides, pues cuenta que nunca podía estar
sentado durante mucho rato, sino que necesitaba levantarse con frecuencia y
caminar.
La casa con gabletes de la plaza del mercado de Weil, con sus torcidas vigas y
sus ventanas de casa de muñecas, debió de ser una olla de grillos. El
pendenciero y viejo Sebaldus, con su rostro siempre enrojecido; las ruidosas
peleas de las dos Katherine, la madre y la abuela; la brutalidad del padre,
fanfarrón y estúpido; los ataques epilépticos del hermano Heinrich; la docena
larga de andrajosos tíos y tías, padres y abuelos, todos apiñados en aquella
miserable casucha.
Johannes tenía cuatro años de edad cuando su madre siguió a su padre a la
guerra; cinco, cuando los padres regresaron y la familia inició su incansable
vagabundear por Leonberg, Ellmendingen y de vuelta a Leonberg. Pudo acudir a la
escuela tan sólo de manera irregular, y desde los nueve a los once años no
asistió a ella en absoluto, sino que «le pusieron a trabajar duramente en el
campo». Como resultado de ello, y a pesar de su inteligencia precoz, necesitó
el doble del tiempo empleado por un chico normal para completar los tres cursos
de la escuela elemental. A los trece años pudo, por fin, ingresar en el
seminario teológico de Adelberg.
Las notas acerca de su propia infancia y juventud, en el horóscopo familiar,
parecen el diario de Job:
«Acerca del nacimiento de Johann Kepler. He investigado el asunto de mi
concepción, que se produjo el 16 de mayo del año 1571, a las 4.37 de la
madrugada… Mi debilidad al nacer descarta la sospecha de que mi madre estuviera
ya embarazada cuando se casó, que fue el 15 de mayo… En efecto, nací
prematuramente, a las treinta y dos semanas, después de 224 días y diez horas…
1575 [a la edad de cuatro años]: casi morí de viruela, salí muy quebrantado de
salud y mis manos quedaron paralizadas… 1577 [a la edad de seis años]: durante
mi cumpleaños perdí un diente, al rompérmelo con un cordel del que tiré con mis
propias manos… 1585-1586 [catorce-quince]: durante esos dos años sufrí
constantemente de dolencias en la piel, a menudo de grandes llagas, y a menudo
de las costras de las heridas crónicas purulentas en los pies, que se curaban
mal y volvían a abrirse de nuevo. En el dedo medio de mi mano derecha se me
produjo una helmintiasis y en la izquierda, una enorme llaga… 1587 [dieciséis]:
el 4 de abril fui atacado por unas fiebres… 1589 [diecinueve]: empecé a sufrir
de terribles dolores de cabeza y trastornos en los miembros. La sama se apoderó
de mí… Luego fue una enfermedad seca… 1591 [veinte]: el frío conllevó la
continuación de la sama… Tuve trastornos mentales y corporales debido a la
excitación de la obra de carnaval, en la cual yo interpretaba el papel de
Marianne… 1592 [veintiuno]: volví a Weil y perdí un cuarto de florín en el
juego… En Cupinga se me ofreció la unión con una virgen; la efectué la víspera
del año nuevo con la más terrible dificultad y experimenté dolores agudísimos
en la vesícula…»
Tan sólo dos breves recuerdos mitigan el desaliento y la sordidez de su
infancia. A la edad de seis años: «Oí hablar mucho del cometa de aquel año,
1577, y mi madre me llevó a un lugar alto para verlo.» Y a los nueve años: «Mis
padres me llevaron fuera para ver el eclipse de Luna. Apareció completamente
roja.»
Esto es todo respecto al lado risueño de la vida.
Sin duda, algunas de estas miserias y dolencias sólo existieron en su
imaginación, mientras que otras —todas esas llagas, la helmintiasis en el dedo,
las costras y la sama— parecen como el estigma del desprecio por sí mismo,
proyecciones físicas de la imagen que se había formado de él: el retrato de un
niño como un perro sarnoso. Y lo pensaba literalmente, como veremos.
§3. Purgación mística
Siempre hay compensaciones. En el caso de Kepler, las compensaciones ofrecidas
por el destino fueron las excepcionales facilidades para estudiar existentes en
su país natal.
Los duques de Württemberg, tras abrazar el credo luterano, habían creado un
moderno sistema educativo. Necesitaban pastores eruditos que supieran
defenderse en la controversia religiosa que estaba haciendo furor por todo el
país, así como una eficaz organización administrativa. Las universidades
protestantes de Wittenberg y Tubinga eran los arsenales intelectuales del nuevo
credo; los monasterios y conventos confiscados proporcionaban un acomodo ideal
a toda una red de escuelas elementales y secundarías, que suministraban a las
universidades y cancillerías brillantes jóvenes. Un sistema de subvenciones y
becas para «los hijos de los pobres y fieles que se hallen en una disposición
diligente, cristiana y temerosa de Dios» garantizaba una efectiva selección de
los candidatos. En este aspecto, antes de la guerra de los Treinta Años,
Württemberg era un moderno y próspero estado en pequeño. Los padres de Kepler,
salta a la vista, no se hubiesen preocupado de su educación; la precoz
inteligencia del niño garantizó de manera automática su progresión de la
escuela al seminario y de éste a la universidad, como si se hallara en una
cinta transportadora.
Los estudios en el seminario eran en latín, y se obligaba rigurosamente a los
alumnos a utilizar esta lengua incluso entre ellos. En la escuela elemental ya
se les hacían leer las comedias de Plauto y de Terencio, para añadir fluencia
coloquial a la precisión gramatical. El alemán vernáculo, aunque había
adquirido cierta dignidad gracias a la traducción de la Biblia por Lutero,
todavía no se consideraba un medio de expresión valioso para los escolares. Por
fortuna, y a consecuencia de esto, el estilo de Kepler en los panfletos y
cartas que escribió en alemán posee una encantadora e ingenua vulgaridad que,
en contraste con el reseco latín medieval, suena como el alegre estrépito de
una feria campesina que se cuela por las austeras ventanas de una biblioteca.
El alemán del canónigo Koppernigk fue modelado según el ampuloso y retorcido
«estilo cancillería» de la burocracia; el alemán de Kepler parece responder a
este consejo de Lutero: «No se debe imitar a esos asnos que preguntan a la
lengua latina cómo se debe hablar el alemán; preguntádselo a la madre en el
hogar, a los niños en las calles, al hombre común en la feria; observad sus
enormes bocas mientras hablan y actuad de la misma manera.»
Cuando hubo superado la escuela elemental, la inteligencia de Johannes, su
quebrantada salud y su interés por la religión señalaban hacia la carrera de
clérigo como la elección obvia. El seminario teológico al que asistió desde los
trece a los dieciséis años estaba dividido en un curso medio (Adelberg) y otro
superior (Maulbronn). El programa de estudios era amplio y completo, se añadía
el griego al latín y abarcaba, además de la teología, el estudio de los
clásicos paganos, retórica y dialéctica, matemáticas y música. La disciplina
era estricta: las clases empezaban en verano a las cuatro y en invierno, a las
cinco de la madrugada; los seminaristas tenían que llevar una capa informe sin
mangas que les llegaba hasta un poco más abajo de las rodillas, y muy pocas
veces se les dejaba salir de vacaciones. Dos de las más atrevidas y paradójicas
afirmaciones del joven Kepler las escribió referidas precisamente a sus días de
seminarista: que el estudio de la filosofía era un síntoma de la decadencia
alemana; y que el idioma francés era más digno de ser estudiado que el griego.
No es extraño que sus compañeros le consideraran un sabihondo insoportable y
que lo apalearan a la menor oportunidad.
Naturalmente, fue tan impopular entre sus compañeros de colegio como querido
por sus amigos años después. En el horóscopo que se hizo, los detalles
relativos a sus padecimientos físicos se alternan con otros que revelan su
miseria y su soledad morales:
«Febrero de 1586: sufrí horriblemente y casi estuve a punto de morir a causa de
mis preocupaciones. El motivo fue mi deshonor y el odio de mis compañeros de
escuela a los que por miedo me vi impulsado a denunciar… 1587: el 4 de abril
fui atacado por una fiebre de la que me recuperé a tiempo, pero seguí sufriendo
a causa de las iras de mis compañeros de escuela, con uno de los cuales me
había liado a golpes un mes antes. Koellin se hizo amigo mío; fui molido a
palos en una pelea de borrachos por Rebstock; varias disputas con Koellin…
1590: fui promovido al grado de bachiller. Tuve al más inicuo de los testigos,
Mueller, y muchos enemigos entre mis camaradas…»
La redacción de su horóscopo la prosiguió el mismo año (Kepler tenía
veintiséis) en otro notable documento: un autoanálisis más despiadado que el de
Rousseau[289]. Escrito el año en que fue publicado su primer libro, cuando se
había sometido ya a su purgación mística y encontrado su vocación final, es
quizás el escrito más introspectivo del Renacimiento. Varias de sus páginas
describen las relaciones de Kepler con colegas y maestros en el seminario y más
tarde en la Universidad de Tubinga. Refiriéndose a sí mismo en tercera persona,
como hace muchas veces en este documento, comienza así: «Desde el momento de su
llegada [al seminario], algunos hombres fueron sus adversarios.» Enumera a
cinco de ellos, y luego continúa: «Relaciono a los enemigos más
recalcitrantes.» Nombra a otros diecisiete «y muchos otros como ellos». Explica
su hostilidad, principalmente en el sentido de que «eran siempre rivales en
riqueza, honores y éxito». Luego sigue una monótona y deprimente relación de
esas enemistades y peleas. He aquí algunos ejemplos:
«Kolinus no me odiaba, más bien lo odiaba yo. Inició una amistad conmigo, pero
constantemente se me oponía… Mi amor a los placeres y otros hábitos
transformaron a Braunbaum de amigo en gran enemigo… Incurrí voluntariamente en
el odio hacia Seiffer debido a que los demás le odiaban también, y le provocaba
a pesar de que él no me había hecho ningún daño. Ortholphus me odiaba del mismo
modo que yo odiaba a Kolinus, aunque, por el contrario, a mí me gustaba
Ortholphus, pero la rivalidad entre nosotros era polifacética… A menudo he
encolerizado a otros contra mí a través de mis propias faltas: en Adelberg
ocurrió mi traición [denunciando a sus compañeros de escuela]; en Maulbronn, mi
defensa de Graeter; en Tubinga, mi violenta petición de silencio. Volví loco a
Lendlinus con escritos estúpidos, a Spangenburg con mi temeridad de corregirle
cuando era mi maestro; Kleberus me odiaba como a un rival… La reputación de mi
talento irritaba a Rebstock, al igual que mi frivolidad… Husalius se oponía a
mis progresos… Con Dauber había una secreta rivalidad y celos… Mi amigo Jaeger
traicionó mi confianza: me mintió y malgastó buena parte de mi dinero. Odié
mucho y di rienda suelta a mi odio en furiosas cartas durante el transcurso de
dos años.»
Y así prosigue. La lista de amigos convertidos en enemigos termina con una
patética observación:
«Finalmente, la religión separó a Crellius de mí, pero él también faltó a su
palabra; a partir de entonces me sentí irritado con él. Dios decretó que él
fuera el último. Y así la culpa fue parcialmente mía y parcialmente del
destino. Por mi parte, la ira, la intolerancia hacia las molestias, una
excesiva inclinación a irritar y a incordiar, en pocas palabras, a demostrar
mis presunciones…»
Más patética aún es una excepción en la lista: «Lorhard nunca se trató conmigo.
Yo le admiraba, pero él nunca se enteró de ello, ni él ni nadie.»
A renglón seguido de tan deprimente narración, Kepler esboza, con mordaz
delectación, este retrato de sí mismo, donde el pasado se combina de manera
reveladora con el presente:[290]
«Ese hombre [es decir, Kepler] posee en todos los sentidos una naturaleza
perruna. Tiene la apariencia de un perrito faldero. Su cuerpo es ágil, nervudo
y bien proporcionado. Incluso sus apetitos eran parecidos: le gustaba roer
huesos y trozos secos de pan, y lo hacía tan ávidamente que agarraba todo lo
que sus ojos veían; sin embargo, como un perro, bebe poco y se contenta con la
comida más sencilla. Sus hábitos eran similares. Continuamente buscaba la
benevolencia de los demás, dependía para todo de los demás, atendía a sus
deseos, nunca se irritaba cuando le reprendían y se mostraba ansioso por
recuperar sus favores. Estaba siempre en movimiento, hurgando entre las
ciencias, la política y los asuntos privados, incluidos los de más baja estofa;
siguiendo siempre a alguien e imitando sus pensamientos y acciones. Le aburre
la conversación, pero recibe a las visitas exactamente igual que un perrito;
sin embargo, cuando se le arrebata la cosa más insignificante se encoleriza y
gruñe. Persigue tenazmente a los que obran mal —es decir, les ladra. Es
malicioso y muerde a la gente con sus sarcasmos. Odia profundamente a muchas
personas, que le evitan, pero sus maestros le aprecian mucho. Tiene un horror
perruno a los baños, tintes y lociones. Su atolondramiento no conoce límites,
lo cual se debe seguramente a Marte en cuadratura con Mercurio, y en trígono
con la Luna; sin embargo, cuida bien de su vida… [Posee] un enorme apetito
hacia las cosas grandiosas. Sus profesores le alababan por sus buenas
disposiciones, aunque moralmente era el peor de sus contemporáneos… Era
religioso hasta el punto de la superstición. Cuando, siendo un muchacho de diez
años, leyó por primera vez las Sagradas Escrituras… se afligió ante el hecho de
que la impureza de su vida le negara el honor de ser un profeta. Cuando cometía
alguna mala acción, realizaba un rito expiatorio, que consistía en proclamar
sus faltas en público…
»En este hombre hay dos
tendencias opuestas: lamentar siempre cualquier tiempo perdido y perderlo
siempre voluntariamente. Porque Mercurio le hace inclinado a las diversiones,
juegos y otros placeres ligeros… Puesto que su prudencia con el dinero le mantenía
alejado del jugar, a menudo jugaba en solitario. [La palabra empleada para
jugar, lusu, puede referirse aquí tanto a los juegos de azar como al trato
sexual.] Hay que señalar que su mezquindad no iba dirigida a adquirir riquezas,
sino a extirpar su miedo a la pobreza…, aunque quizá la avaricia sea el
resultado de un excesivo miedo de este tipo…»
Del amor no hay ninguna
mención, con dos escasas excepciones: el doloroso episodio con la virgen en la
víspera de año nuevo, y una aislada y oscura anotación, referida a cuando tenía
veinte años:
«1591. El frío conllevó la
continuación de la sama. Cuando Venus pasó por la Séptima Casa, me reconcilié
con Ortholphus: cuando ella regresó, se la presenté a él; cuando ella volvió
por tercera vez, me debatí de nuevo, herido por el amor. El inicio del amor: el
26 de abril.»
Eso es todo. No vuelve a
hablarse nunca más de «ella».
Recordemos que Kepler escribió esto a la edad de veintiséis años. Sería un duro
autorretrato incluso para un joven moderno, educado en la época de la
psiquiatría, la ansiedad, el masoquismo y todo lo demás; es un documento
sorprendente viniendo de un joven alemán de finales del siglo XVI, producto de
una ruda, brutal e inexperta civilización. Muestra la despiadada honradez
intelectual de un hombre que pasó su infancia en el infierno y que había tenido
que luchar mucho para salir de él.
Con todas sus divagadoras incoherencias, su barroca mezcla de perversión e
ingenuidad, desarrolla la eterna historia clínica del hijo neurótico de una
familia problemática, cubierto de furúnculos y costras, que tiene la sensación
de que cualquier cosa que hace es un daño a los demás y una desgracia para sí
mismo. Qué familiar resulta todo esto: la actitud altanera, desafiante,
agresiva, para ocultar la terrible vulnerabilidad propia; la falta de seguridad
en sí mismo, la dependencia de los demás, la desesperada necesidad de
aprobación, que conduce a una incómoda mezcla de servilismo y arrogancia; la
patética ansia de diversión, de buscar una salida a la soledad que arrastra
consigo como un fardo; el círculo vicioso de acusaciones y autoacusaciones; las
exageradas normas aplicadas a la propia conducta moral, que convierten la vida
en una larga serie de caídas en el infierno de la culpabilidad.
Kepler pertenecía a la raza de los hemofílicos, las víctimas de la hemofilia
emocional, para quienes cualquier herida representa un gran peligro y que, sin
embargo, deben seguir exponiéndose constantemente a cortes y cuchilladas. Pero
uno de sus rasgos característicos se halla llamativamente ausente de sus
escritos: la droga sedante de la autocompasión, que vuelve al sufridor
espiritualmente impotente e impide que sus sufrimientos den fruto. Kepler fue
un Job que avergonzaba a su Señor haciendo brotar árboles de sus heridas. En
otras palabras, poseía la misteriosa habilidad de encontrar salidas originales
a sus conflictos íntimos; de transformar sus tormentos en logros creadores, del
mismo modo que una turbina extrae corriente eléctrica de un turbulento curso de
agua. Su defecto visual parece la treta más pérfida que el destino haya podido
jugar a un astrónomo; pero ¿cómo se puede adivinar si un defecto congénito
paralizará o estimulará a quien lo sufre? El niño miope, que a veces veía el
mundo doblado o cuadruplicado, se convirtió en el fundador de la óptica moderna
(la palabra «dioptría», que los oculistas utilizan en sus recetas, se deriva
del título de uno de los libros de Kepler); el hombre que tan sólo podía ver
claramente a corta distancia inventó el moderno telescopio astronómico.
Tendremos ocasión de considerar el trabajo de esta dinamo mágica que transforma
el dolor en logros y las maldiciones en bendiciones.
§4. Nombramiento
Kepler se graduó en la Facultad de Artes de la Universidad de Tubinga a la edad
de veinte años. Luego, siguiendo el camino elegido de su vocación, se matriculó
en la Facultad de Teología. Estudió allí durante cerca de cuatro años, pero
antes de que pudiese realizar el examen final intervino el destino. Al
candidato al ministerio divino se le ofreció inesperadamente el puesto de
profesor de matemáticas y astronomía en Gratz, capital de la provincia
austríaca de Estiria.
La región de Estiria estaba gobernada por un príncipe católico de los
Habsburgo, aunque sus estados eran predominantemente protestantes. En
consecuencia, Gratz tenía una universidad católica y una escuela protestante.
En 1593, cuando falleció el profesor de matemáticas de esta última, las
autoridades pidieron, como hacían a menudo, a la universidad protestante de
Tubinga que propusiera un candidato. La junta directiva de Tubinga recomendó a
Kepler. Quizá deseaban verse libres del joven alborotador, que había profesado
puntos de vista calvinistas y había defendido a Copérnico en un debate público.
Sería un mal sacerdote pero un buen profesor de matemáticas.
A Kepler le sorprendió la oferta y al principio se sintió inclinado a
rechazarla, «no a causa de que me preocupara la gran distancia del lugar
(preocupación que condenó en los demás), sino debido a la inesperada y humilde
naturaleza de la posición, y a mis escasos conocimientos en esta rama de la filosofía»[291]. Nunca había pensado en ser astrónomo. No tenía especial
interés por Copérnico ni por la astronomía propiamente dicha, sino por las
implicaciones místicas de la teoría heliocéntrica del Universo.
Tras algunas vacilaciones aceptó la oferta; principalmente, al parecer, porque
significaba independencia económica y debido a su innato amor a la aventura. Lo
hizo, sin embargo, a condición de que se le permitiera reanudar sus estudios de
teología en fecha posterior… lo cual nunca ocurrió.
El nuevo profesor de astronomía y «matemático de la Provincia» (tal era el
título que comportaba el cargo) llegó a Gratz en abril de 1594, a la edad de
veintitrés años. Un año después encontró la idea que se enseñorearía del resto
de su vida y de la cual nacerían sus revolucionarios descubrimientos.
Hasta ahora me he concentrado en la vida afectiva de la infancia y adolescencia
de Kepler. Debo hablar ahora brevemente de su desarrollo intelectual. Aquí
también disponemos de su autorretrato para guiamos:
«Este hombre nació destinado a perder mucho tiempo en difíciles tareas ante las
que otros retrocedían. Siendo un muchacho, intentó precozmente la ciencia de la
versificación. Quiso escribir comedias y eligió los poemas más largos para
aprendérselos de memoria… Al principio se esforzó con los acrósticos y
anagramas. Más tarde, enfrentándose con varias de las más difíciles formas de
la poesía lírica, escribió una oda pindárica, poemas ditirámbicos y
composiciones sobre temas poco usuales, tales como el lugar donde descansa el
Sol, las fuentes de los ríos, la visión de la Atlántida a través de las nubes.
Se sentía atraído por los acertijos y las agudezas sutiles, y jugó mucho con
las alegorías, que trabajaba hasta sus más mínimos detalles, extrayendo las más
forzadas comparaciones. Le gustaba componer paradojas y… amaba las matemáticas
por encima de todos los demás estudios.
»En filosofía, leía los textos de Aristóteles en su versión original… En
teología, empezó inmediatamente con la predestinación y estuvo de acuerdo con
la opinión luterana sobre la falta de libre albedrío… Pero más tarde se opuso a
ella… Inspirado por su visión de la divina bondad, no creía que ninguna nación
estuviera destinada a la condenación… Exploró varios campos de las matemáticas
como si fuera el primer hombre en hacerlo [y efectuó cierto número de
descubrimientos], para más tarde darse cuenta de que ya habían sido
descubiertos. Arguyó con hombres de todas las profesiones, a fin de enriquecer
su espíritu. Conservó celosamente todos sus escritos y guardó todos los libros
que caían en sus manos, con la idea de que podrían serle útiles alguna vez en
el futuro. Era semejante a Crusius [uno de sus maestros] en su atención al
detalle, muy inferior a Crusius en laboriosidad, pero muy superior en juicio.
Crusius reunía hechos, él los analizaba; Crusius era una azada, él una cuña…»
Anota más tarde en su horóscopo que durante su primer año en la universidad
escribió ensayos sobre «los cielos, los espíritus, los genios, los elementos,
la naturaleza del fuego, las mareas, la forma de los continentes y otras cosas
de la misma clase». En la última observación acerca de sus días de estudiante
dice:
«En Tubinga defendí a menudo las opiniones de Copérnico en los debates de
graduación, y compuse una cuidadosa disertación sobre el primer movimiento, que
consiste en la rotación de la Tierra; luego le fui añadiendo el movimiento de
la Tierra en torno del Sol mediante razones físicas o, si prefieren,
metafísicas.
»Si existen criaturas vivientes en la Luna (asunto sobre el cual me complací en
especular a la manera de Pitágoras y Plutarco en una disertación escrita en
Tubinga en 1593), hay que suponer que habrán tenido que adaptarse al carácter
de su entorno particular.»
Ninguno de estos puntos señala aún hacia una dirección definida. Por
descontado, la principal queja contra sí mismo, que repite una y otra vez, es
su «inconstancia, irreflexión, falta de disciplina e imprudencia»; su «falta de
persistencia en sus empeños, causada por la rapidez de su espíritu»; su
«empezar muchas tareas nuevas antes de haber terminado la anterior»; sus
«repentinos entusiasmos que nunca duran demasiado, porque, por eficaz que pueda
ser, a pesar de todo detesta el trabajo»; se lamenta, en fin, de su
«incapacidad para concluir las cosas que ha empezado».
De nuevo vemos actuar esa mágica dinamo que es la psique. La herencia de
irresponsabilidad y desasosiego, que convirtió a su padre, hermano y tíos en
vagabundos incapaces de asentarse durante demasiado tiempo en cualquier lugar o
perseverar en una profesión, condujo a Kepler a sus heterodoxas y a menudo
extravagantes empresas, e hizo de él el más temerario e irregular aventurero
espiritual de la revolución científica.
Las clases de este nuevo profesor debieron de ser una auténtica experiencia. Se
consideraba a sí mismo un mal pedagogo porque, como cuenta en su autoanálisis,
siempre que se excitaba —y así ocurría la mayor parte del tiempo— «se lanzaba a
una larga perorata sin tener tiempo de sopesar si lo que estaba diciendo era lo
correcto». Su «entusiasmo y vehemencia son perjudiciales, y un obstáculo para
él», porque le llevan a hacer continuas digresiones y siempre piensa en «nuevas
palabras y nuevos temas, nuevas formas de expresar o probar sus puntos de
vista, o incluso de alterar el plan de su clase o no decir lo que había pensado
decir». El fallo, explica, reside en su peculiar tipo de memoria que le hace
olvidar al instante aquello en que no está interesado, pero que es
absolutamente admirable a la hora de relacionar una idea con otra. «Ésta es la
causa de los muchos paréntesis en sus clases: se le ocurren de pronto todo tipo
de cosas y, debido al torbellino que esas figuraciones del pensamiento crean en
su memoria, debe exteriorizarlas en sus palabras. En este sentido, sus clases
son agotadoras, o en cualquier caso desconcertantes y no muy inteligibles.»
No es extraño que durante el primer año tuviera tan sólo un grupito de alumnos
en su clase y absolutamente ninguno durante el segundo. Apenas doce meses
después de su llegada a Gratz escribió a su ex profesor de astronomía en
Tubinga, Michael Maestlin, para manifestarle que no esperaba poder quedarse
otro año y rogarle que le encontrara algún trabajo en dicha universidad. Se
sentía desgraciado, un exiliado de su refinada alma mater entre
los provincianos habitantes de Estiria. A su llegada se había visto
inmediatamente atacado por la «fiebre húngara». Además, estaba creciendo la
tensión religiosa en la ciudad…
De todas maneras, los directores de la escuela se mostraron más optimistas. En
su informe sobre el nuevo profesor[292], explicaron que él no tenía la culpa de la ausencia de
estudiantes, «ya que el estudio de las matemáticas no está al alcance de todos
los hombres». Le hicieron dar algunas clases adicionales sobre Virgilio y sobre
retórica, «a fin de no tener que pagarle por nada, hasta que el público se
encuentre preparado para sacar provecho también de sus matemáticas». Lo más
notable de este informe es la absoluta aprobación no sólo del intelecto de
Kepler, sino también de su carácter. Kepler había «primero perorando, luego docendo, y
finalmente también disputando dado tales pruebas de su valía,
que no podemos juzgarle, pese a su juventud, más que como un hombre muy culto e
in moribus un modesto, y para esta escuela de una respetada
provincia un adecuado maestro y profesor». Estas alabanzas contradicen la
afirmación del propio Kepler de que el director de la escuela era un «peligroso
enemigo» para él, debido a que «no le respeto lo suficiente como superior y
hago caso omiso de sus órdenes»[293]. Pero el joven Kepler era tan hipocondríaco en sus relaciones
con los demás como respecto a su salud.
§5. Astrología
Otra onerosa tarea, con la que secretamente disfrutó durante sus cuatro años en
Gratz, fue la publicación de un calendario anual de predicciones astrológicas.
Se trataba de una obligación tradicionalmente impuesta al matemático oficial de
Estiria, y comportaba una remuneración adicional de veinte florines por
calendario, que Kepler necesitaba de manera perentoria para poder completar su
miserable sueldo de ciento cincuenta florines per annum.
Kepler tuvo un gran éxito con su primer calendario. Había predicho, entre otras
cosas, una temporada de frío y una invasión de los turcos. Seis meses más tarde
manifestó con orgullo a Michael Maestlin: «Por cierto, hasta el momento las
predicciones del calendario están resultando correctas. Una ola de frío sin
precedentes se ha abatido sobre nuestro país. En las granjas alpinas la gente
muere de frío. Se dice de forma fehaciente que cuando llegan a sus casas y se
suenan, la nariz se les cae… En cuanto a los turcos, el 1 de enero devastaron
todo el país desde Viena hasta Neustadt, lo incendiaron todo y se llevaron
hombres y botín.»[294]
El éxito de los vaticinios del primer calendario contribuyó más a la
popularidad del nuevo matemático que sus entusiastas y embrolladas clases en un
aula vacía. Como suele ocurrir en tiempos de crisis, la creencia en la
astrología se incrementó de nuevo en el siglo XVI, no sólo entre los
ignorantes, sino también entre eminentes intelectuales. La astrología desempeñó
un importante papel, a veces incluso dominante, en la vida de Kepler y su
actitud hacia ella explica claramente las contradicciones de su carácter y las
dificultades de una época de transición.
Inició su carrera con la publicación de calendarios astrológicos y la terminó
como astrólogo del duque de Wallenstein. Lo hizo para ganarse la vida, se lo
tomó con filosofía, y llamó a la astrología «la hermanastra de la astronomía» y
a las profecías populares «una asombrosa superstición» y «una imitación de
sortilegios y hechicerías»[295]. En uno de sus típicos arrebatos, escribió: «Una mente
acostumbrada a la deducción matemática, cuando afronta los imperfectos
fundamentos [de la astrología] resiste durante mucho tiempo, muchísimo, como
una obstinada muía, hasta que, obligada por los palos y las maldiciones, no
tiene más remedio que meter su pata en ese sucio charco.»[296]
Pero mientras abominaba de esas burdas prácticas y se despreciaba a sí mismo
por tener que recurrir a ellas, al mismo tiempo creía en la posibilidad de una
nueva y auténtica astrología como una ciencia experimental exacta. Escribió
cierto número de juiciosos tratados sobre astrología tal como la entendía, y
esto se inmiscuye constantemente incluso en sus trabajos científicos más
clásicos. Uno de esos tratados lleva como lema «advertencia a algunos teólogos,
físicos y filósofos… de que, aunque rechacen Mistamente las supersticiones de
los astrólogos, no olviden que no deben tirar al niño junto con el agua del
baño»[297]. Porque «nada existe ni ocurre en el cielo visible que no sea
sentido de alguna manera oculta por las facultades de la Tierra y la
naturaleza: [así pues] esas facultades del espíritu aquí en la Tierra se hallan
tan afectadas como en el propio cielo»[298]. Y de nuevo: «Que el cielo influye al hombre es bastante obvio;
pero de qué forma lo hace es algo que aún permanece oculto.»[299]. En otras palabras, Kepler consideraba las prácticas
astrológicas de su tiempo como charlatanería, pero tan sólo hasta el mismo
punto en que un médico moderno desconfía de una dieta para adelgazar no
comprobada, sin dudar ni por un momento de la influencia de la dieta en la
salud y la silueta. «La creencia en el efecto de las constelaciones proviene,
en primer lugar, de la experiencia, que es tan convincente que sólo puede
negarla la gente que no la ha examinado.»[300]
Hemos visto que en su autoanálisis, a pesar de sus sorprendentemente modernos
párrafos introspectivos y la aguda caracterización de su familia, iodos los
acontecimientos principales y atributos de carácter los hace derivar de las
constelaciones planetarias. Pero, reflexionando sobre ello, ¿qué otra
explicación podía encontrarse en aquella época? Para una mente inquisitiva,
desconocedora del proceso por el cual la herencia y el ambiente modelan el
carácter de un hombre, la astrología, en una u otra forma, era el medio obvio
de relacionar el individuo con el Universo, de manera que reflejara toda la
constelación del mundo y estableciendo así una íntima simpatía y
correspondencia entre el microcosmos y el macrocosmos: «El alma natural del
hombre no es mayor en tamaño que un simple punto, y en este punto se halla
potencialmente grabada la forma y carácter de todo el cielo, como si fuera un
centenar de veces mayor.»[301] A menos que la predestinación pudiera explicarlo todo por
sí misma, haciendo con ello que cualquier posterior investigación en el libro
de la naturaleza careciera por completo de sentido, era lógico suponer que la
condición y el destino del hombre estaban fijados por los mismos movimientos
celestes que determinan el clima y las estaciones, la calidad de las cosechas,
la fertilidad de los animales y de las plantas. Para una mentalidad científica
como la de Kepler, el determinismo astrológico era el precursor del
determinismo biológico y psicológico.
Cuando era todavía un niño ya se sentía fascinado por el problema de saber por
qué lo que era había llegado a ser. Recordemos el párrafo de su autoanálisis:
«En teología, empecé inmediatamente con la predestinación y estuve de acuerdo
con la opinión luterana sobre la falta de libre albedrío.» Pero rápidamente la
repudió. Cuenta en sus Memorias que cuando tenía trece años,
«escribí a Tubinga para pedir que me enviaran cierto tratado teológico, y uno
de mis camaradas me recriminó: “Bachiller, ¿no tendrás dudas acerca de la
predestinación?”». El misterio de «por qué soy lo que soy» debió de
experimentarlo con especial intensidad aquel adolescente precoz y desgraciado
durante aquel siglo de lucidez, en que la conciencia individual estaba
emergiendo de la conciencia colectiva de la Edad Media, de su jerarquía de
colmena, donde reinas y guerreros, obreros y zánganos habitaban todos en las
celdillas destinadas para su existencia. Pero si no existía la predestinación,
¿cómo podían explicarse las diferencias de carácter y personalidad, talento y
valía entre miembros de la misma raza, todos ellos descendientes de Adán; o
entre el mismo joven Johannes, el niño prodigio, y su hermano epiléptico? El
hombre moderno tiene una explicación de estas variaciones en términos de
cromosomas y genes, respuestas de adaptación y acontecimientos traumatizantes;
el hombre del siglo XVI únicamente podía buscar la explicación en el estado del
conjunto del Universo en el momento de su concepción o nacimiento, expresado
por las posiciones de la Tierra, los planetas y las estrellas.
La dificultad estribaba en descubrir cómo se ejercía exactamente esta
influencia. El hecho de que «el cielo le hace algo al hombre» era evidente por
sí mismo; pero, ¿qué, específicamente? «En realidad, con todo mi conocimiento
de la astrología, no sé con certeza lo suficiente como para atreverme a
predecir con la necesaria confianza nada concreto.»[302] Pero nunca perdió las esperanzas:
«Ningún hombre debería afirmar que es increíble / que de las estupideces y
blasfemias de la astrología / no pueda surgir algún conocimiento útil y sagrado
/ que del sucio barro / no pueda surgir un pequeño caracol / o un mejillón / o
una ostra o una anguila, todos alimentos útiles / que de un gran montón de
vulgares gusanos / no pueda surgir un gusano de seda / y finalmente / que en el
maloliente estiércol / una gallina diligente no pueda encontrar un grano de
trigo / incluso una perla o una pepita de oro / si busca y escarba lo
suficiente.»[303]
No hay casi ninguna página de los escritos de Kepler —unos veinte apretados
volúmenes in folio— en que no esté viva y despierte la imaginación.
Y, gradualmente, entre toda esa confusión emerge una visión. A los veinticuatro
años, escribió a uno de sus corresponsales: «¿De qué modo la configuración del
cielo, en el momento del nacimiento de un hombre, determina su carácter? Actúa
sobre la persona durante toda su vida del mismo modo que los lazos que el
campesino ata al azar en torno a sus calabazas en su campo: no hacen que la
calabaza crezca pero determinan su forma. Lo mismo puede decirse del cielo: no
da al hombre sus hábitos, historia, felicidad, hijos, riquezas o una esposa,
pero modela su condición…»[304]
Así pues, tan sólo el esquema queda determinado cósmicamente, no ningún
acontecimiento en particular; dentro de este esquema, el hombre es libre. En
sus últimos años, su concepto de una Gestalt del destino
cósmico se hizo más abstracto y purificado de escorias. El alma individual, que
contiene la huella potencial de todo el cielo, reacciona ante la luz procedente
de los planetas según los ángulos que éstos forman entre sí y las armonías o
disonancias geométricas resultantes, del mismo modo que el oído reacciona ante
las armonías matemáticas de la música, y el ojo frente a las armonías del
color. Esta capacidad del alma para actuar como una caja de resonancia cósmica
posee un aspecto místico y otro causal: por un lado, afirma la afinidad del
alma con el anima mundi, y por otro, la sujeta a unas leyes
estrictamente matemáticas. En este punto, la astrología de Kepler se mezcla con
la visión pitagórica, exhaustiva y unificadora, de la armonía de las esferas.
Capítulo 2
El Misterio Cósmico
Contenido:
§1. Los sólidos perfectos
§2. El contenido del «Mysterium»
§3. Regreso a Pitágoras
§1. Los sólidos perfectos
Para contrarrestar las frustraciones de su primer año en Gratz, Kepler se
refugió en las especulaciones cosmológicas que le habían interesado y con las
que había entretenido sus días de Tubinga. Pero ahora esas especulaciones
habían llegado a ser, a la vez, más intensas y más netamente matemáticas. Un
año después de su llegada —más exactamente el 9 de julio de 1595, fecha
registrada cuidadosamente por Kepler—, estaba dibujando una figura en la
pizarra para sus alumnos, cuando se le ocurrió repentinamente una idea, con tal
fuerza que creyó que tenía la llave del secreto de la creación en su mano. «El
deleite que me proporcionó mi descubrimiento —escribiría más tarde— es algo que
jamás seré capaz de describir con palabras.»[305] Este descubrimiento determinó el curso de su vida y fue su
principal inspirador a lo largo de toda ella.
La idea era que el Universo está construido en torno de ciertas figuras
simétricas —triángulo, cuadrado, pentágono, etc.—, que forman su esqueleto
invisible. Antes de entrar en detalles, será mejor explicar ante todo que la
idea en sí era completamente falsa, pero condujo finalmente a las leyes de
Kepler, a la demolición de la antigua concepción del Universo y al nacimiento
de la moderna cosmología. El seudodescubrimiento que inició todo esto se halla
expuesto en el primer libro de Kepler, el Mysterium Cosmographicum[306], que publicó a la edad de veinticinco años.
Kepler contaba, en el prefacio de la obra, cómo había llegado a este
«descubrimiento». Mientras era todavía estudiante en Tubinga, había oído a su
profesor de astronomía, Michael Maestlin, hablar de Copérnico y había aceptado
que el Sol podía hallarse en el centro del Universo «por razones físicas o, si
lo prefieren, metafísicas». Había empezado a preguntarse por qué sólo existían
seis planetas «en vez de veinte o un centenar», y por qué las distancias y
velocidades de los planetas eran precisamente aquellas. Así comenzó su búsqueda
de las leyes de los movimientos planetarios.
Al principio intentó averiguar si por casualidad una órbita no sería dos, tres
o cuatro veces más amplia que otra. «Perdí mucho tiempo en esta tarea, en este
juego con los números; pero no pude descubrir ningún orden ni en las
proporciones numéricas ni en las desviaciones de tales proporciones.» Advierte
al lector que el relato de sus repetidos y fútiles esfuerzos «le llevará
ansiosamente de aquí para allá como las olas del mar». Puesto que con ello no
llegó a ningún lado, probó con «una solución sorprendentemente atrevida»;
introdujo un planeta auxiliar entre Mercurio y Venus, y otro entre Júpiter y
Marte, ambos supuestamente demasiado pequeños como para ser vistos, con lo cual
esperaba conseguir alguna secuencia significativa de relaciones. Pero este
ardid tampoco resultó; como tampoco sirvieron de nada otros diversos artificios
empleados.
«Perdí casi todo el verano en ese tremendo trabajo. Finalmente llegué cerca de
los auténticos hechos en una ocasión más bien intrascendente. Creo que la
Divina Providencia arregló las cosas de tal modo que lo que no había podido
lograr con mis esfuerzos lo obtuviera por medio de la casualidad; creo firmemente
que fue así porque siempre he rogado a Dios que hiciera que mi plan se viera
coronado por el éxito, si lo que Copérnico había dicho era la verdad.»[307]
La ocasión de este decisivo acontecimiento fue la ya mencionada clase, en la
cual había dibujado, con una finalidad completamente distinta, una figura
geométrica en la pizarra.
La figura mostraba (debo describirla de una forma simplificada) un triángulo
enmarcado entre un círculo circunscrito y otro inscrito.
Mientras miraba los dos círculos se le ocurrió de pronto que sus relaciones
eran las mismas que las de las órbitas de Saturno y Júpiter. El resto de la
inspiración llegó como un relámpago. Saturno y Júpiter eran los «primeros» (es
decir, los dos más externos) planetas, y «el triángulo es la primera figura en
geometría. Inmediatamente intenté inscribir en el siguiente intervalo entre
Júpiter y Marte un cuadrado, entre Marte y la Tierra un pentágono, entre la
Tierra y Venus un hexágono…»
No resultó… todavía no, pero tuvo la sensación de que estaba muy cerca del
secreto. «Y entonces continué avanzando. ¿Por qué buscar formas bidimensionales
que encajaran sus órbitas en el espacio? Había que buscar formas
tridimensionales… ¡y he aquí, querido lector, que ahora tienes mi
descubrimiento en tus manos…!»
El meollo del asunto es el siguiente: pueden trazarse tantos polígonos
regulares como se deseen en un plano bidimensional. Pero tan sólo puede
construirse un número limitado de sólidos regulares en un espacio
tridimensional. De ahí esos «sólidos perfectos», cuyas caras son todas
idénticas: 1) el tetraedro (pirámide), formado por cuatro triángulos
equiláteros; 2) el cubo; 3) el octaedro (ocho triángulos equiláteros); 4) el
dodecaedro (doce pentágonos), y 5) el icosaedro (veinte triángulos
equiláteros).
Estas figuras, llamadas
también sólidos «pitagóricos» o «platónicos», son perfectamente simétricos, por
lo cual cada uno se puede inscribir dentro de una esfera, de
tal modo que todos sus vértices (esquinas) se apoyen en la superficie de
aquélla. De igual suerte, cada uno de ellos se puede circunscribir alrededor de
una esfera, de manera que ésta toque el centro de cada una de sus caras. Es un
hecho curioso, inherente a la naturaleza del espacio tridimensional, que —como
probó Euclides— el número de sólidos regulares esté limitado a estas cinco
figuras. Cualquiera que sea la forma que se elija como cara, no puede
construirse ningún otro sólido perfectamente simétrico excepto esos cinco.
Otras combinaciones, simplemente, no encajan.
Así que existían tan sólo cinco sólidos perfectos ¡y cinco intervalos entre los
planetas! Era imposible creer que esto fuera fruto del azar y no de la
disposición divina. Proporcionaba la respuesta completa a la pregunta de por
qué sólo había seis planetas «y no veinte o un centenar». Permitía asimismo
comprender el porqué de las distancias entre las órbitas, las cuales tenían que
hallarse espaciadas de tal modo que los cinco sólidos pudieran encajar
exactamente en los intervalos, como un esqueleto o armazón invisible. Y
encajaban. O al menos parecían encajar aproximadamente. Dentro de la órbita, o
esfera, de Saturno, Kepler inscribió un cubo; y dentro del cubo otra esfera,
que era la de Júpiter. Inscrita en ésta se hallaba el tetraedro, e inscrita en
él la esfera de Marte. Entre las esferas de Marte y la Tierra estaba el
dodecaedro; entre la Tierra y Venus el icosaedro; entre Venus y Mercurio el
octaedro. ¡Eureka! El joven Kepler, profesor de la escuela protestante de
Gratz, había resuelto el misterio del Universo.
Modelo del Universo; la esfera más exterior es Saturno. Ilustración del
Mysterium Cosmographicum de Kepler.
«¡Es sorprendente! [confiesa
Kepler a sus lectores]. Aunque aún no sabía claramente el orden en que se
debían disponer los sólidos perfectos, lo conseguí… colocándolos con tanto
acierto que, cuando después hice las pertinentes comprobaciones, no tuve que
cambiar nada.
Ahora ya no lamentaba el tiempo perdido; ya no me hastiaba mi trabajo; ya no
temía los cálculos, por difíciles que fueran. Pasé día y noche efectuándolos
para ver si la proposición que había formulado encajaba con las órbitas
copernicanas o si mi alegría se la llevaban los vientos… Al cabo de pocos días
todo encajaba en su lugar. Vi cómo, uno tras otro, los sólidos simétricos
encajaban tan perfectamente en las órbitas adecuadas que si un campesino
preguntara de qué tipo de gancho están colgados los cielos para que no se
caigan, resultaría muy fácil explicárselo. ¡Adiós!»[308]
Detalle del modelo anterior, en que aparecen las esteras de Marte, la
Tierra, Venus y Mercurio con el Sol en el centro.
Hemos tenido el privilegio
de ser testigos de uno de los raros casos documentados de falsa inspiración,
uno de los supremos engaños del daimonsocrático, la voz interior
que habla con una certeza intuitivamente infalible a la mente calenturienta.
Ese inolvidable momento ante la figura de la pizarra conllevaba el mismo
convencimiento interior que el Eureka de Arquímedes o la
instantánea intuición de Newton sobre la caída de la manzana. Pero son contadas
las ocasiones en que el engaño de la mente conduce a instantáneos y auténticos
descubrimientos científicos y revela nuevas leyes de la naturaleza. Esto es lo
más fascinante de Kepler, considerado tanto como individuo así como ejemplo
histórico. Porque la errónea creencia de Kepler en los cinco cuerpos perfectos
no fue una ilusión pasajera, sino que la mantuvo, en una versión modificada,
hasta el fin de su vida; y aunque presenta todos los síntomas de una ilusión
paranoide fue, sin embargo, el vigor motrix, el acicate de sus
inmortales logros. Kepler escribió su Mysterium Cosmographicum cuando
tenía veinticinco años, pero publicó una segunda edición del libro un cuarto de
siglo después, hacia el final de sus días, cuando ya había realizado todo el
trabajo de su vida, descubierto sus tres leyes, demolido el universo tolemaico
y sentado los fundamentos de la moderna cosmología. La dedicatoria de esta
segunda edición, escrita a la edad de cincuenta años, revela la persistencia de
la idée fixe:
«Cerca de veinticinco años han pasado desde que publiqué este librito… Aunque
entonces era muy joven y esta publicación era mi primer trabajo sobre
astronomía, su éxito en el transcurso de los siguientes años proclama
rotundamente que nunca nadie ha publicado antes un primer libro más
significativo, acertado y valioso, teniendo en cuenta su tema. Sería un error
considerarlo como una pura invención de mi mente (descartemos toda presunción
en mi intento, así como excesiva admiración por parte de los lectores, cuando
tocamos el arpa de siete cuerdas de la sabiduría del Creador). Porque como si
un oráculo celeste me lo hubiera dictado, el librito, tras su publicación, fue
inmediatamente reconocido como excelente y veraz en todas sus partes (y
totalmente de acuerdo con los actos manifiestos de Dios).»
El estilo de Kepler es a menudo exuberante y a veces incluso ampuloso, pero
raramente hasta tal extremo. La aparente presunción es, en realidad, el
resplandor de la idée fixe, una emanación de la inmensa carga
emotiva que tal idea arrastra consigo. Cuando un loco declara que es el
portavoz del Espíritu Santo, no lo dice como un alarde, sino como la simple
afirmación de un hecho.
Tenemos, pues, a un joven de veinticuatro años, estudiante de teología, sabedor
de unos rudimentarios conocimientos de astrología, que tropieza con una idea
extravagante y está convencido de que ha resuelto el «misterio cósmico». Como
dice Séneca, «no existe un gran talento sin una pizca de locura», pero, por lo
general, la locura acaba devorando el talento. La historia de Kepler nos
mostrará cómo, a veces, se producen excepciones a dicha regla.
§2. El contenido del Mysterium
Dejando a un lado este extravagante leitmotiv, el primer libro de Kepler
contiene las semillas de sus principales descubrimientos futuros. Considero, en
consecuencia, necesario describir brevemente su contenido.
El Mysterium posee una obertura, un primero y un segundo
movimientos. La obertura está formada por el Prefacio al lector, del
que ya he hablado, y el primer capítulo, que es una encendida y lúcida
profesión de fe en Copérnico.[309] Era el primer reconocimiento público e inequívoco hecho
por un astrónomo que aparecía en letras de molde en los cinco años siguientes a
la muerte del canónigo Koppernigk, y suponía el inicio del triunfo póstumo de
éste.[310] Galileo, seis años mayor que Kepler, y algunos astrónomos,
como Maestlin, guardaban silencio o sólo se mostraban de acuerdo con Copérnico
en privado. Kepler pretendió añadir a este capítulo una prueba de que no había
contradicción alguna entre las enseñanzas de Copérnico y las Sagradas
Escrituras; pero el director de la Facultad de Teología de Tubinga, cuyo
consentimiento oficial era indispensable para poder publicar el libro, le
indicó que abandonara cualquier reflexión teológica y —en la tradición del famoso
prefacio de Osiander— tratara de las hipótesis de Copérnico como algo puramente
formal y matemático.[311] De acuerdo con ello, Kepler pospuso su apología teológica
para una obra posterior, pero, por otro lado, hizo exactamente lo contrario de
lo que le habían aconsejado, y manifestó que el sistema de Copérnico era
literal, física e incontrovertiblemente exacto, «un tesoro inagotable de
intuición auténticamente divina acerca del maravilloso orden del mundo y todos
los cuerpos que se hallan en él». Sonaba como una fanfarria en honor del
heroico nuevo mundo heliocéntrico. La mayor parte de los argumentos aducidos
por Kepler pueden hallarse en la Narratio Prima de Rheticus,
que Kepler reprodujo como un apéndice al Mysterium para
ahorrar a sus lectores el trabajo de rastrear en el ilegible libro de
Copérnico.
Tras esta obertura, Kepler aborda su «prueba principal» de que las esferas
planetarias se hallan separadas las unas de las otras, o enmarcadas, por
decirlo de otro modo, por cinco sólidos perfectos. (No quiere decir, por
descontado, que los sólidos se hallen realmente presentes en el espacio, ni que
crea en la existencia de las esferas en sí, como veremos.) La «prueba»
consiste, en líneas generales, en la deducción de que Dios sólo pudo crear un
mundo perfecto, y puesto que sólo existen cinco sólidos simétricos, éstos
fueron colocados obviamente entre las seis órbitas planetarias, «donde encajan
a la perfección». Pero, en realidad, no encajan en absoluto, como Kepler
descubriría pronto para su desdicha. Además, no hay seis planetas sino nueve
(sin mencionar la pequeña franja de asteroides entre Júpiter y Marte), pero al
menos a Kepler se le ahorró durante su vida el descubrimiento de los otros
tres: Urano, Neptuno y Plutón.
En los siguientes seis capítulos (del III al VIII) explica por qué hay tres
planetas fuera y dos dentro de la órbita de la Tierra; por qué esa órbita se
halla situada exactamente donde está; por qué el cubo se encuentra entre los
dos planetas más exteriores y el octaedro entre los dos más interiores; qué
afinidades y simpatías existen entre los distintos planetas y los distintos
sólidos, y todo ello mediante deducciones a priori derivadas
directamente de los pensamientos secretos del Creador y apoyadas por razones
tan fantásticas que difícilmente puede creerse que pertenezcan a uno de los
fundadores de la ciencia moderna. Así, por ejemplo, «los sólidos regulares del
primer orden [es decir, aquellos que se hallan fuera de la órbita de la
Tierra], por naturaleza, permanecen rectos mientras que los del segundo orden
flotan. Porque si los últimos hubieran sido hechos para permanecer sobre uno de
sus lados y los primeros sobre uno de sus vértices, en ambos casos el ojo
desconfiaría de la fealdad de semejante visión.»
Con este tipo de argumentaciones consigue el joven Kepler probar todo lo que
cree y creer todo lo que prueba. El capítulo noveno trata de astrología, el
décimo de numerología, el undécimo del simbolismo geométrico del Zodíaco; en el
duodécimo alude a la armonía pitagórica de las esferas al buscar correlaciones
entre sus sólidos perfectos y los intervalos armónicos de la música, pero esto
es tan sólo otro arabesco de soñador. Con esta nota termina la primera parte
del libro.
La segunda parte es diferente. He hablado de una obra en dos movimientos,
debido a que están escritos en distinto modo y con claves diferentes, unidos
entre sí únicamente por su leitmotiv común. El primero es
medieval, apriorístico y místico; el segundo, moderno y empírico. El Mysterium
es el perfecto símbolo de la gran línea divisoria entre dos edades.
El párrafo inicial de la segunda parte debió de suponer un auténtico choque
para sus lectores: «Lo que hemos dicho hasta ahora servía sólo para apoyar
nuestra tesis con argumentos de probabilidad. Ahora vamos a proceder a la
determinación astronómica de las órbitas y a consideraciones geométricas. Si
éstas no confirman la tesis, entonces todos nuestros esfuerzos previos habrán
sido indudablemente en vano.»[312]
De modo que toda la divina inspiración y la certeza a priori eran
meras «probabilidades», y su verdad o falsedad tenían que decidirla los hechos
observados. Sin transición, de un solo salto, hemos atravesado la frontera
entre la especulación metafísica y la ciencia empírica.
Ahora Kepler se pone decididamente manos a la obra: la comprobación de las
proporciones de su modelo del Universo con los datos observados. Puesto que los
planetas no giran en torno del Sol en círculos sino en órbitas ovaladas (que la
primera ley de Kepler, años más tarde, identificó como elipses), la distancia
de cada planeta al Sol varía dentro de ciertos límites. Esta variación (o
excentricidad) la resolvió otorgando a cada planeta una envoltura esférica del
espesor suficiente como para acomodarse a la órbita ovalada entre sus paredes
(véase el modelo en la página 192). La pared interior representa la distancia
mínima del planeta al Sol, la pared exterior su distancia máxima. Como ya se ha
mencionado, no considera las esferas como físicamente reales, sino simplemente
como los límites del espacio otorgado a cada órbita. El espesor de cada
envoltura y los intervalos entre ellas los extrajo de los cálculos de
Copérnico. ¿Estaban espaciadas de tal modo que los cinco sólidos encajaran exactamente
entre ellas? Kepler, en el prefacio, había afirmado confiadamente que era
posible. Ahora descubría que no lo era. Había una buena correlación para las
órbitas de Marte, la Tierra y Venus, pero no para Júpiter y Mercurio. Kepler
eliminó el problema respecto a Júpiter con la cautivadora observación de que
«nadie pensará mucho en ello, teniendo en cuenta la gran distancia». En cuanto
a Mercurio, recurrió directamente al engaño.[313] Era una especie de croquet en el País de
las Maravillas a través de aros móviles celestes.
En los siguientes capítulos, Kepler intentó varios métodos para explicar las
incoherencias que aún quedaban. El fallo debía residir o bien en su modelo o en
los datos de Copérnico; y Kepler prefería, naturalmente, echarle la culpa al
otro. Descubrió, en primer lugar, que Copérnico no había situado el Sol en el
centro del mundo, sino en el centro de la órbita de la Tierra, «a fin de
ahorrarse problemas y no confundir a sus diligentes lectores disintiendo
demasiado de Tolomeo».[314]Kepler intentó remediar este inconveniente esperando obtener así
un Lebensraum—un espacio vital— más favorable para sus cinco
sólidos. Sus conocimientos matemáticos eran aún insuficientes para esta tarea,
de modo que recurrió a la ayuda de su ex profesor, Maestlin, que se prestó
voluntariamente a colaborar. Las nuevas cifras no ayudaron en absoluto a
Kepler; pero consiguió de golpe, y casi inadvertidamente, mover el centro del
Sistema Solar hasta el lugar que realmente le correspondía. Fue el primer
resultado importante de la «caza de fantasmas».
Su siguiente intento para corregir las discrepancias entre su sueño y los
hechos observados se refería a la Luna. ¿Tenía que incluir su órbita en el
espesor de la esfera de la Tierra o prescindir de aquélla? Explicó con
franqueza a sus queridos lectores que elegiría la hipótesis que mejor encajara
con su plan; incluiría a la Luna dentro de la envoltura de la Tierra, o la
haría desvanecerse en las tinieblas exteriores, o dejaría su órbita a medio
camino entre una y otra solución, puesto que no había razones a priori a
favor de ninguna de ellas. (La mayor parte de las pruebas a priori de
Kepler fueron confirmadas a posteriori.) Pero juguetear con la
Luna tampoco le ayudó, de modo que el joven Kepler procedió a un ataque frontal
contra los datos de Copérnico. Afirmó, con admirable insolencia, que eran tan
poco fiables que las propias cifras de Kepler podían ser extremadamente
sospechosas si coincidían con las de Copérnico, el cual no sólo era inexacto en
sus observaciones, como había señalado Rheticus (del que Kepler cita largos
pasajes condenatorios), sino que el viejo canónigo también había hecho trampas:
«Cuán humano era el propio Copérnico al adoptar cifras que dentro de ciertos
límites encajaban con sus deseos y servían a sus propósitos; esto es algo que
el diligente lector de Copérnico puede comprobar por sí mismo… Selecciona
observaciones de Tolomeo, Walter y otros, a fin de hacer más sencillos sus
cálculos, y no tiene escrúpulos en dejar de lado o alterar los datos sobre las
horas del tiempo observado y cuartos de grado de ángulos.»[315]
Veinticinco años después, el propio Kepler comentaría divertido este primer
enfrentamiento con Copérnico: «Después de todo, es admirable que un niño de
tres años, que apenas ha comenzado a andar, decida luchar contra un gigante.»[316]
Kepler había estado preocupado por hallar razones para el número y distribución
espacial de los planetas, en los primeros veinte capítulos de su libro.
Habiéndose convencido a sí mismo (y quizás a sus lectores) de que los cinco
sólidos proporcionaban todas las respuestas y de que las discrepancias
existentes se debían a las cifras erróneas de Copérnico, se enfrentó ahora con
un problema distinto y más prometedor, que ningún astrónomo anterior había
planteado. Empezó a buscar una relación matemática entre la distancia de un
planeta al Sol y la longitud de su «año», es decir, el tiempo que necesitaba
para completar una revolución.
Esos períodos se conocían desde la antigüedad con notable precisión. En números
redondos, Mercurio necesita tres meses para completar una revolución; Venus,
siete meses y medio; la Tierra, un año; Marte, dos años; Júpiter, doce años, y
Saturno, treinta años. Cuanto mayor es la distancia del planeta al Sol, más
tiempo necesita para completar una revolución; pero esto es cierto sólo en
líneas generales: falta una relación matemática exacta. Saturno, por ejemplo,
se halla dos veces más lejos en el espacio que Júpiter y, en consecuencia,
debería necesitar el doble de tiempo para completar su circuito, o sea,
veinticuatro años; pero, en realidad, Saturno necesita treinta. Lo mismo puede
decirse de los demás planetas. A medida que nos alejamos del Sol, el movimiento
de los planetas a lo largo de sus órbitas se hace cada vez más lento. (Para
dejar bien claro este extremo: no sólo tienen que recorrer mayor distancia para
completar una revolución, sino que también se desplazan más despacio por ella.
Si lo hicieran a la misma velocidad, Saturno, con una revolución dos veces más
larga que la de Júpiter, necesitaría dos veces su tiempo para completarla; pero
necesita dos veces y media.)
Nadie antes de Kepler se había hecho la pregunta de por qué esto
era así, ni nadie se había preguntado por qué solamente había seis planetas. Se
demostró que la última pregunta era científicamente estéril,[317] la primera, inmensamente fértil. La respuesta de Kepler
fue que tiene que existir una fuerza que emana del Sol y que
hace posible que los planetas se muevan en sus órbitas. Los planetas exteriores
se mueven más lentamente debido a que esta fuerza conductora les llega
disminuida en proporción a su distancia «del mismo modo que lo hace la fuerza
de la luz».
Sería difícil no conceder demasiada importancia al significado revolucionario
de esta proposición. Por primera vez desde la antigüedad, se hacía un intento
no sólo de describir los movimientos celestes en términos
geométricos, sino de asignarles una causa física. Llegamos al
punto en que la astronomía y la física se encuentran de nuevo, tras una
separación que ha durado dos mil años. Esta reunión de las dos mitades de la
mente escindida produjo unos resultados asombrosos: las tres leyes de Kepler,
pilares sobre los cuales Newton edificó el universo moderno.
Nos hallamos de nuevo en una privilegiada posición para poder observar, como en
un filme a cámara lenta, de qué modo Kepler llegó a dar ese paso decisivo. En
el siguiente pasaje clave del Mysterium Cosmographicum, los
números entre paréntesis son del propio Kepler y se refieren a sus notas en la
segunda edición:
«Si deseamos acercamos a la verdad y establecer alguna correspondencia en las
proporciones [entre las distancias y las velocidades de los planetas], entonces
debemos elegir entre estos dos supuestos: o las almas (2) que mueven los
planetas son menos activas cuanto más lejos se halla el planeta del Sol, o
existe tan sólo un alma motora (3) en el centro de todas las órbitas, es decir,
el Sol, que dirige a los planetas más vigorosamente cuanto más cerca está, pero
cuya fuerza se halla casi exhausta cuando actúa sobre los planetas exteriores
debido a la larga distancia y a la debilitación de la fuerza que lo vincula.»[318]
Kepler añadió, en la segunda edición, las siguientes notas a este párrafo:
«(2) Tales almas no existen, como he probado en mi Astronomia Nova.
»(3) Si sustituimos la palabra “alma” por la palabra “fuerza”, entonces
llegamos exactamente al principio que sostiene mi física de los cielos en
la Astronomia Nova… Hubo un tiempo en que creía que la fuerza
motora de un planeta era un alma… Tras reflexionar sobre el hecho de que esta
fuerza motriz disminuye en proporción a la distancia, del mismo modo que la luz
del Sol disminuye en proporción a la distancia del Sol, he llegado a la
conclusión, sin embargo, de que esta fuerza debe ser algo sustancial,
“sustancial” no en sentido literal, sino del mismo modo en que decimos que la
luz es algo sustancial, dando a entender con ello una entidad insustancial que
emana de un cuerpo sustancial.»[319]
Nos encontramos ante la vacilante aparición de los modernos conceptos de
«fuerza» y de «energía radiante», que son a la vez materiales e inmateriales y,
virtualmente, tan ambiguos y desconcertantes como los conceptos místicos a los
que han reemplazado. Mientras observamos la forma en que trabaja la mente de
Kepler (o la de Paracelso, de Gilbert, de Descartes), comprendemos el error de
creer que en algún momento, entre el Renacimiento y la Ilustración, el hombre
se sacudió de encima las «supersticiones de la religión medieval» del mismo
modo que un cachorrillo se sacude el agua, y emprendió el nuevo y
resplandeciente camino de la ciencia. Dentro de estas mentes no hallamos
ninguna ruptura brusca con el pasado, sino una gradual transformación de los
símbolos de su experiencia cósmica —del anima motrix a
la ais motrix, del alma motriz a la fuerza motriz; de la
imaginería mitológica a los jeroglíficos matemáticos—, transformación que
todavía no se ha completado y es probable que nunca finalice.
Los detalles de la teoría de Kepler eran de nuevo por completo erróneos. La
fuerza motriz que atribuía al Sol no se parece en nada a la gravedad, semeja
más una especie de látigo que flagela a los indolentes planetas para que sigan
su curso. Como resultado de ello, el primer intento de Kepler de formular la
ley que relaciona las distancias planetarias con los períodos era tan
claramente errónea, que tuvo que admitirlo.[320] Añadió, con más deseos que esperanzas: «Aunque pude haber
previsto esto desde el principio, no quería negarle al lector el acicate de
mayores esfuerzos. ¡Oh, que vivamos para ver el día en que ambos juegos de
cifras concuerden…! Mi única finalidad es que otros puedan sentirse estimulados
a buscar esa solución hacia la cual he abierto el camino.»[321]
Pero el propio Kepler encontró la solución correcta, hacia el final de su vida,
en su tercera ley. En la segunda edición del Mysterium, añadió
la siguiente nota a la frase «¡Oh, que vivamos para ver el día…!»: «Hemos
vivido para ver este día después de veintidós años y me he regocijado en ello,
al fin lo conseguí; espero que Maestlin y muchos otros hombres… compartan mi
alegría.»[322]
El capítulo que cierra el Mysterium es un regreso a la orilla
medieval del río del pensamiento kepleriano. Ofrecido como «el postre tras la
comida principal», se refiere a las constelaciones del cielo en los primeros y
últimos días del mundo. Se nos ofrece un horóscopo prometedor para la creación
—que empezó el sábado 27 de abril del 4977 antes de Cristo—, pero acerca de los
últimos días, Kepler confiesa modestamente: «No me parece posible deducir un
final de los movimientos por razones intrínsecas.»
Con esta nota infantil se cierra el primer libro de Kepler, el sueño de cinco
sólidos perfectos que configuran el esquema del Universo. En la historia del
pensamiento abundan las verdades estériles y los errores fértiles. El error de
Kepler resultó ser de inmensa fertilidad. «Este librito determinó la dirección
de toda mi vida, de mis estudios y trabajos», escribiría un cuarto de siglo
después.[323] «Porque casi todos los libros de astronomía que he
publicado desde entonces están relacionados con uno u otro de los principales
capítulos de este librito, y son, en realidad, exposiciones más detalladas o
ampliaciones de él.»[324] Pero tuvo también un atisbo de la naturaleza paradójica de
todo ello, puesto que añadió: «Los caminos por los cuales los hombres llegan a
comprender los asuntos celestes me parecen casi tan maravillosos como esos
mismos asuntos.»[325]
§3. Regreso a Pitágoras
En los capítulos anteriores ha quedado sin aclarar una pregunta crucial: ¿Qué
atrajo tan fuertemente a Kepler, cuando era aún un estudiante de teología,
hacia el universo copernicano? En su autoanálisis afirmó rotundamente que no le
interesaba la astronomía por sí misma sino que llegó a ella por «razones
físicas o, si lo prefieren, metafísicas»; y repite esta afirmación casi al pie
de la letra en el prefacio del Mysterium. Esas «razones
físicas o metafísicas» las explica de distinto modo en diferentes pasajes; pero
lo esencial de ellas es que el Sol tiene que hallarse en el centro del mundo
porque es el símbolo de Dios Padre, la fuente de luz y calor, el generador de
la fuerza que conduce a los planetas en sus órbitas; y porque un universo con
el Sol en su centro es más simple y más satisfactorio desde el punto de vista
geométrico. Parecen cuatro razones distintas, pero indudablemente llegan a
constituir un todo único e indivisible en la mente de Kepler, una nueva
síntesis pitagórica de misticismo y ciencia.
Recordemos que, para los pitagóricos y Platón, las fuerzas vivificantes de la
deidad irradiaban del centro del mundo hacia fuera, hasta que Aristóteles
desterró al primer motor a la periferia del Universo. En el sistema
copernicano, el Sol ocupaba de nuevo el lugar del fuego central pitagórico,
pero Dios permanecía fuera y el Sol no tenía ni atributos divinos ni ninguna
influencia física sobre los movimientos de los planetas. En el universo de
Kepler, todos los atributos místicos y poderes físicos se hallan centralizados
en el Sol, y el primer motor ocupa de nuevo la posición focal que le
corresponde. El universo visible es el símbolo y la «firma» de la Santísima
Trinidad: el Sol representa al Padre; la esfera de las estrellas fijas, al
Hijo; las fuerzas invisibles que, emanando del Padre, actúan sobre el espacio
interestelar, al Espíritu Santo:
«El Sol, en el centro de las astros móviles, inmóvil en sí mismo y sin embargo
la fuente de todo movimiento, es la imagen de Dios Padre y Creador… Distribuye
su fuerza motriz a través de un medio que contiene los cuerpos en movimiento,
del mismo modo que el Padre sigue creando a través del Espíritu Santo.»[326]
El hecho de que el espacio tenga tres dimensiones es, en sí mismo, un reflejo,
una «firma» de la Trinidad mística: «Y así aparecen las cosas corpóreas, así
aparece la materia corpórea representada en tertia
quantatis specie trium dimensionum.»[327]
La verdad unificadora entre la mente de Dios y la mente del hombre está
representada para Kepler, del mismo modo que lo estaba para la orden
pitagórica, por la eterna y definitiva verdad de la «divina geometría». «¿Por
qué malgastar palabras? La geometría existía antes de la creación, es coeterna
con la mente de Dios, es el propio Dios (lo que existe en
Dios, ¿no es el propio Dios?); la geometría le proporcionó a Dios un modelo
para la creación y la implantó en el hombre, junto con la propia semejanza con Dios,
y no tan sólo llevada a su mente a través de la vista.»[328]
Pero si Dios creó el mundo según un modelo geométrico y dotó al hombre de modo
que pudiese comprender la geometría, entonces tiene que ser perfectamente
posible, pensó el joven Kepler, deducir todo el esquema del universo a través
de un puro razonamiento a priori, leyendo la mente del
Creador. Los astrónomos son «los sacerdotes de Dios, llamados a interpretar el
libro de la naturaleza», y, sin duda, los sacerdotes tienen derecho a conocer
las respuestas.
Si Kepler se hubiese detenido aquí, hubiera sido tan sólo un iluminado. Pero ya
he señalado el contraste entre las deducciones a priori de la
primera parte del libro y el enfoque científico moderno de la segunda. Esta
coexistencia de lo místico y lo empírico, de alocados vuelos de la imaginación
y obstinada y rigurosa investigación, fueron, como vamos a ver, la
característica principal de Kepler desde su primera juventud hasta su vejez.
Otros hombres que vivieron en su misma época mostraron idéntico dualismo, pero
en Kepler aparece de manera más notable y paradójica, llevado a extremos que
bordean la locura. Esto es lo que explica la increíble mezcla de temeridad y
pedante cautela que existe en sus obras, su irritabilidad y su paciencia, su
ingenuidad y su profundidad filosófica; y también lo que le animó a formular
preguntas que nadie se había atrevido a hacer sin temblar por su audacia, o sin
ruborizarse ante su estupidez aparente. Algunas nos parecen hoy carentes de
sentido. Las demás conducen a la reconciliación de la física de la Tierra con
la geometría del espacio, y fueron el principio de la moderna cosmología. No
importa que algunas respuestas de Kepler fueran erróneas. Como en el caso de
los filósofos jónicos de la época heroica, los filósofos del Renacimiento
fueron quizá más importantes por la naturaleza revolucionaria de las preguntas
que formulaban que por las respuestas que proponían. Paracelso y Bruno, Gilbert
y Brahe, Kepler y Galileo dieron algunas respuestas que aún continúan siendo
válidas; pero antes que nada fueron hombres que plantearon grandes
preguntas. Post factum, sin embargo, siempre es difícil
apreciar la originalidad e imaginación necesaria para proponer una pregunta que
nunca se había planteado. También en este aspecto la marca corresponde a
Kepler.
Algunas de sus preguntas se inspiraron en una rama medieval del misticismo y,
sin embargo, demostraron ser sorprendentemente fértiles. El cambio del primer
motor de la periferia del universo al cuerpo físico del Sol, símbolo de la
esencia de Dios, preparó el camino al concepto de fuerza gravitatoria, símbolo
del Espíritu Santo, que controla los planetas. Así, una inspiración puramente
mística sentó las bases a partir de las cuales se desarrolló la primera teoría
racional de la dinámica del Universo, basada en la secular trinidad de las leyes
de Kepler.
También sorprendente era la fertilidad de los errores de Kepler, que empezaban
con un universo construido en torno a los cinco sólidos y terminaban con un
universo gobernado por armonías musicales. Este proceso —el del error que
engendra la verdad— lo aclaró el propio Kepler en sus comentarios al Mysterium
Cosmographicum, que aparecen en sus notas a la segunda edición —y a
las cuales me he referido repetidamente—, escritas veinticinco años después. En
absoluto contraste con su afirmación de que el libro estaba escrito como bajo
el dictado de un «oráculo de los cielos» y representaba «un obvio acto de
Dios», las notas de Kepler denuncian sus errores con mordaz sarcasmo. El libro
se inicia, como ya indicamos, con un «Esbozo de mi prueba principal», y el
comentario de Kepler empieza con «Pobre de mí, me he equivocado». El capítulo 9
trata de las «simpatías» entre los cinco sólidos y los planetas individuales;
en las notas lo considera como un mero «capricho astrológico». El capítulo 10,
«Sobre el origen de los números privilegiados», lo describe en las notas como
«una charla hueca»; el capítulo 11, «Relativo a las posiciones de los sólidos
regulares y el origen del Zodíaco», lo califica en las notas de «irrelevante,
falso, y basado en suposiciones ilegítimas». Acerca del capítulo 17, relativo a
la órbita de Mercurio, los comentarios de Kepler son: «Esto no es cierto en
absoluto», «el razonamiento de todo el capítulo es falso». El importante
capítulo 20, «Sobre la relación entre movimientos y órbitas», en el cual se
halla anunciada la tercera ley, lo rechaza por incompleto «debido a que utilicé
palabras ambiguas e inciertas en vez del método aritmético». El capítulo 21,
que analiza las discrepancias entre teoría y observación, lo ataca en las notas
con un rigor rayano en la injusticia: «Esta cuestión es superflua… Si aquí no
hay discrepancia, ¿por qué tengo que inventarme una?»
Las notas a este capítulo contienen, sin embargo, dos observaciones de tono muy
distinto: «Si mis falsas cifras se acercan a los hechos, es únicamente por
casualidad… Esos comentarios no merecen ser impresos. Pero me proporciona
placer recordar cuántos rodeos tuve que dar, cuántas paredes tuve que tantear
en la oscuridad de mi ignorancia, hasta que encontré la puerta que conduce a la
luz de la verdad… Así es como soñé con la verdad.»[329]
Cuando hubo terminado con sus notas a la segunda edición (que ocupan casi la
misma extensión que la obra original), el viejo Kepler había demolido
virtualmente todos los puntos del libro del joven Kepler, excepto su valor
subjetivo como punto de partida de su largo viaje, visión que, aunque
imperfecta en todos sus detalles, era un «sueño de verdad», «inspirada por un
amistoso Dios». El libro contenía, en realidad, los sueños, o los gérmenes, de
la mayor parte de sus descubrimientos posteriores como derivados de su errónea
idea central. Pero en años sucesivos, como muestran las notas, esta idée
fixe quedó neutralizada intelectualmente por tantas matizaciones y
reservas, que no pudo causar ningún daño al funcionamiento de su mente,
mientras que su irracional creencia en la verdad fundamental de esa idea
continuaba siendo, emocionalmente, la fuerza motriz subyacente a todos sus
logros. Utilizar para una búsqueda racional las inmensas energías derivadas de
una obsesión irracional parece ser otro secreto del genio, al menos de cierto
tipo de genio. Puede que también explique la distorsionada visión que de sus
propios logros suelen tener los genios. Así, en las notas al Mysterium, Kepler
se refiere orgullosamente a algunos descubrimientos menores de sus últimos
trabajos, pero no hay ni una sola mención de la primera y segunda de sus
inmortales leyes, que cualquier estudiante asocia con su nombre. Las notas se
ocupan principalmente de las órbitas planetarias, pero el que sean elípticas
(primera ley de Kepler) no se cita en ninguna parte; era como si Einstein, en
su vejez, estuviese discutiendo su trabajo sin nombrar la relatividad. Kepler
afirmaba haber probado que el Sistema Solar estaba construido como un perfecto
cristal en torno de los cinco sólidos divinos, y había descubierto, a su pesar,
que estaba dominado por curvas asimétricas e indiferenciables, de ahí su
rechazo inconsciente de la palabra «elipse», su ceguera para percibir su mayor
logro y su obstinación en permanecer a la sombra de la idée fixe[330]. Era demasiado cuerdo para ignorar la realidad, pero demasiado
loco para valorarla.
Un estudioso moderno —Burtt— observó, al referirse a la revolución científica:
«Uno de los rasgos más curiosos y exasperantes del conjunto de este magnífico
movimiento es que ninguno de sus grandes representantes parece haber sabido con
satisfactoria claridad lo que estaba haciendo exactamente o cómo lo estaba
haciendo.»[331] También Kepler descubrió su América creyendo que eran las
Indias.
Pero el afán que le animaba no estaba dirigido hacia ningún beneficio práctico.
En el laberinto de la mente de Kepler, el hilo de Ariadna es su misticismo
pitagórico, su búsqueda religioso-científica de un universo armonioso gobernado
por perfectas formas cristalinas o perfectos acordes. Este hilo le condujo,
mediante giros bruscos y vertiginosas rotaciones, a través de un laberinto, a
las primeras leyes exactas de la naturaleza, a la cicatrización de la milenaria
hendidura qué separaba astronomía y física, a la expresión matemática de la
ciencia. Kepler rezaba sus oraciones en el lenguaje de las matemáticas y
destilaba su fe mística en una especie de Cantar de los Cantares matemático:
«De modo que el propio Dios / era demasiado benévolo para permanecer ocioso / y
empezó a jugar al juego de las rúbricas / rubricando su propia imagen en el
mundo: así que me arriesgo a pensar / que toda la naturaleza y el elegante
cielo / están simbolizados en el arte de la geometría… / Y mientras Dios el
creador jugaba, / enseñó el juego a la naturaleza / que había creado a su
imagen: / le enseñó el mismo juego / al que había jugado con ella…»[332]
Aquí estaba, al fin, la jubilosa refutación de la cueva de Platón. El mundo
viviente ya no es una confusa sombra de realidad, sino la danza de la
naturaleza al son de la canción de Dios. La gloria del hombre estriba en
comprender la armonía y el ritmo de la danza, lo cual es posible gracias al don
divino de pensar en números: «… Esas cifras me complacían porque son
cantidades, es decir, algo que existía antes que los cielos. Porque las
cantidades fueron creadas al principio, junto con la sustancia; pero el cielo
no fue creado hasta el segundo día… Las ideas de cantidades han estado y están
en Dios desde la eternidad, son el propio Dios; se hallan también presentes
como arquetipos en todas las mentes creadas a semejanza de Dios. En este punto
están de acuerdo tanto los filósofos paganos como los doctores de la Iglesia.»[333]
Cuando Kepler escribió este credo, el joven peregrino ya había completado la
primera etapa de su camino. Sus dudas e incertidumbres religiosas se habían
transformado en la mística inocencia madura, la Santa Trinidad se había
convertido en un símbolo universal, su anhelo por el don de la profecía dejaba
paso a la búsqueda de las causas últimas. Los sufrimientos de una caótica
infancia carcomida por la sama le habían dejado una sed intensa de orden y
armonía universales; los recuerdos de un padre brutal pudieron haber influido
en su visión de un Dios abstracto, sin rasgos humanos, obligado por reglas
matemáticas que no admitían actos arbitrarios.
Su apariencia física había sufrido un cambio igualmente radical; el adolescente
de abotagado rostro y larguiruchos miembros había crecido hasta convertirse en
una delgada, triste y resistente figura, enérgica y nerviosa, con rasgos como
esculpidos con cincel y un perfil en cierto modo mefistofélico, que contrastaba
con la melancolía de sus blandos ojos miopes. El inquieto estudiante que nunca
había sido capaz de terminar lo que empezaba había llegado a ser un estudioso
con una prodigiosa capacidad para el trabajo, para los esfuerzos físicos y
mentales, y con una obstinada paciencia, inigualada en los anales de la ciencia.
Desde el punto de vista freudiano, la juventud de Kepler es la historia de una
cura de la neurosis conseguida a través de la sublimación; según Adler, un
complejo de inferioridad compensado con éxito; según Marx, la respuesta de la
historia a la necesidad de tablas de navegación más perfectas; para los
genetistas, se trata de una sorprendente combinación de genes. Pero si toda la
historia se redujera a esto, cualquier tartamudo podría convertirse en un
Demóstenes y se debería premiar a los padres crueles. Quizá la conjunción de
Mercurio con Marte, interpretada con un poco de humor cósmico, sea una
explicación tan buena como cualquier otra.
Capítulo 3
Trastornos del crecimiento
Contenido:
§1. El cáliz cósmico
§2. Matrimonio
§3. Preparativos
§4. Esperando a Tycho Brahe
§1. El cáliz cósmico
La inspiración acerca de los cinco sólidos perfectos le vino a Kepler cuando
tenía veinticuatro años, en julio de 1595. Durante los siguientes seis meses
trabajó febrilmente en el Mysterium. Informó de cada paso de
sus progresos a Maestlin, vertiendo sus ideas en largas cartas y pidió ayuda a
su ex profesor, el cual se la concedió de manera arisca pero generosa.
Michael Maestlin era para Kepler una especie de Rheticus al revés. Tenía veinte
años más que Kepler y, sin embargo, llegaría a sobrevivirle. Un grabado
contemporáneo lo muestra como un hombre barbudo, de rostro jovial y, en cierto
modo, distraído. Había ocupado la cátedra de matemáticas y astronomía de
Heidelberg, después en su Tubinga natal, y era un competente maestro, de sólida
reputación académica. Había publicado un libro de texto de astronomía
tradicional, basado en el sistema tolemaico, aunque en sus clases hablaba con
admiración de Copérnico, y así había prendido la chispa en la inflamable mente
del joven Kepler. Al modo de las naturalezas mediocres que conocen y aceptan
sus propias limitaciones, sentía ingenua admiración hacia el genio de su ex
alumno y afrontó numerosos problemas por ayudarle, sin dejar de refunfuñar
ocasionalmente ante las incesantes demandas de Kepler. Cuando el libro estuvo
terminado y las autoridades académicas de Tubinga pidieron la experta opinión
de Maestlin, éste recomendó con gran entusiasmo su publicación; concedido el
permiso, supervisó personalmente las pruebas. En aquel tiempo, esta tarea
suponía dedicarle toda la jornada; como resultado de ello, Maestlin recibió una
reprimenda de las autoridades de la universidad por descuidar su propio
trabajo. Se quejó de ello a Kepler en un tono comprensiblemente irritado;
Kepler respondió, entre sus habituales efusiones de gratitud, que Maestlin no
tenía que preocuparse por la reprimenda puesto que, cuando estuviera impreso
el Mysterium, ganaría inmortal fama…
En febrero de 1596 estaba completo el borrador general del libro, y Kepler
pidió permiso a sus superiores de Gratz para desplazarse a su nativo
Württemberg y concertar los tratos necesarios para publicarlo. Pidió dos meses
pero permaneció fuera siete; se aventuró, además, en una de sus típicas
quimeras. Había persuadido a Federico, duque de Württemberg, para que construyera
un modelo del Universo en que estuviesen incorporados los cinco sólidos
perfectos, en forma de un cáliz. «Un capricho infantil o funesto de lograr el
favor de los príncipes» —como confesó más tarde— le llevó a Stuttgart, a la
corte de Federico, al que le había contado su proyecto en una carta:
«Puesto que el Altísimo me concedió el pasado verano un importante inventumen
astronomía, tras largas y duras penas y trabajos; inventum que
he explicado en un librito especial que voy a publicar en breve, y cuyo trabajo
y demostraciones pueden ser graciosa y adecuadamente representados por un cáliz
de un ana de diámetro que se convertirá en una auténtica y genuina
representación del mundo y en un modelo de la creación hasta donde pueda
representarla la razón humana, representación de la que nunca antes ha visto ni
oído hablar ningún hombre; de todas maneras, he pospuesto la preparación de tal
modelo y no se lo mostraré a ningún hombre hasta mi llegada a Estiria, con la
pretensión de poner este verdadero y correcto modelo del mundo ante los ojos de
vuestra gracia, como mi soberano natural, para que él sea el primer hombre de
la Tierra que lo vea.»[334]
Kepler llegó a sugerir que las distintas partes del cáliz debían construirlas
diferentes plateros y luego unirlas, a fin de asegurarse de que no se
difundiera antes de tiempo el secreto cósmico. Los signos de los planetas
podían ser de piedras preciosas… Saturno, de diamante; Júpiter, de jacinto; la
Luna, una perla, y así los demás. El cáliz serviría siete tipos distintos de
bebidas, llevadas por ocultas conducciones de cada esfera planetaria a siete
espitas colocadas en el borde. El Sol proporcionaría una deliciosa aqua
vitae; Mercurio, coñac; Venus, aguamiel; la Luna, agua; Marte, vermut
fuerte; Júpiter, «un delicioso vino blanco nuevo», y Saturno, «un vino rancio
fuerte o cerveza», «con lo cual los ignorantes en asuntos astronómicos se verán
expuestos a la vergüenza y el ridículo». Aseguró a Federico que si mandaba
construir el cáliz haría un favor a las artes y un servicio al altísimo Dios,
y, al mismo tiempo, Kepler se declaraba su más obediente servidor y se ponía a
su disposición.
El duque escribió al margen de la carta de Kepler: «Dejemos que haga primero un
modelo de cobre y cuando lo veamos, ya decidiremos si vale la pena hacerlo de
plata.» La carta de Kepler estaba fechada el 17 de febrero y le transmitieron
la respuesta del duque al día siguiente; la imaginación de Federico se había
sentido cautivada. Pero Kepler no tenía dinero para que le construyeran el
modelo de cobre, como le comunicó resentidamente al duque en su siguiente
carta; en vez de ello, se dedicó a la ímproba tarea de construir un modelo de
papel de todas las órbitas planetarias con los cinco sólidos perfectos entre
ellas. Trabajó día y noche durante una semana; años más tarde observaría,
melancólicamente, que era una maqueta realmente hermosa, hecha de papel de
diferentes colores, con todas las órbitas de color azul.
Cuando hubo terminado el monstruo de papel, lo envió al duque, al tiempo que se
disculpaba de su torpe ejecución y sus enormes dimensiones. Al día siguiente,
el duque ordenó a su cancillería que solicitara la experta opinión del profesor
Maestlin. El buen Maestlin escribió a Federico que el cáliz de Kepler podía
representar «un glorioso trabajo de erudición», y el duque anotó al margen:
«Puesto que es así, nos sentiremos contentos de que se ejecute este trabajo.»
Pero aparentemente le había resultado más fácil a Dios construir el mundo en
torno de los cinco poliedros que a los plateros ejecutar una copia de él.
Además, Federico no deseaba el misterio cósmico en forma de un cáliz del que se
pudiese beber, sino encajado en un globo celeste. Kepler confeccionó otro
modelo de papel, lo dejó a los plateros, y en septiembre regresó a Gratz, tras
haber perdido casi seis meses en la corte de Federico. Pero el duque no
abandonó el proyecto, que siguió su marcha durante varios años. En enero de
1598, Kepler escribió al pobre Maestlin (que ahora servía de intermediario):
«Si el duque está de acuerdo, sería mejor echar a un lado todo eso, fundir la
plata y devolvérsela… Realmente, el resultado no vale nada… fui demasiado
ambicioso desde un principio.»[335]Pero seis meses después, por conducto de Maestlin, propuso un
nuevo proyecto. El cáliz, que se había convertido en un globo, iba a
transformarse ahora en un planetario móvil, accionado por un mecanismo de
relojería. Su descripción ocupaba diez largas páginas impresas. Kepler informó
al duque de que un matemático de Frankfurt, Jacob Cuno, había propuesto
construir un planetario que reprodujera los movimientos celestes «con un error
inferior a un grado para los próximos seis o diez mil años»; pero —explicaba Kepler—
una máquina así sería demasiado grande y costosa, y ofrecía otra más modesta,
garantizada tan sólo por un siglo. «Porque no es de esperar (aparte el juicio
final) que una obra así permanezca sin moverse en un mismo sitio durante más de
un centenar de años. Suelen producirse demasiadas guerras, incendios y otros
cambios.»[336]
La correspondencia prosiguió durante otros dos años; luego, felizmente, el tema
fue olvidado. Pero esta quijotesca salida recuerda inevitablemente los
desafortunados vagabundeos de sus padre, tío y hermano. Kepler superó sus
ansiedades innatas mediante una osada imaginación y con fatigosos trabajos;
pero, de vez en cuando, algún resto de veneno en la sangre le hacía estallar en
arranques irreflexivos y convertía momentáneamente al sabio en un payaso. Este
hecho resulta dolorosamente evidente en la tragicomedia de su primer
matrimonio.
§2. Matrimonio
Antes de su viaje a Württemberg, los amigos de Kepler en Gratz habían
encontrado una presunta novia para el joven matemático: Bárbara Muehleck, hija
del rico propietario de un molino, de veintitrés años y dos veces viuda.
Bárbara se había casado a los dieciséis años, contra su voluntad, con un
ebanista de mediana edad, que había muerto al cabo de dos años; luego, con un
viejo pagador viudo, que aportó al matrimonio varios hijos deformes, una
enfermedad crónica y que murió oportunamente poco antes de que se descubriera
que había defraudado dinero de los caudales administrados. Bárbara, descrita
por Kepler como «de mente simple y cuerpo grueso», vivía ahora con sus padres,
que no podían tener muchas esperanzas acerca de su futuro. Pero cuando Kepler
presentó su petición por medio de dos respetables intermediarios (un inspector
de escuela y un diácono), el orgulloso molinero lo rechazó con el pretexto de
que no podía confiar a Bárbara y su dote a un hombre de tan baja posición y tan
miserable paga. Esto fue el principio de largas y sórdidas negociaciones
conducidas con la familia por los amigos de Kepler.
Cuando Kepler partió para Stuttgart aún no se había decidido nada, pero en
primavera sus amigos le escribieron para decirle que su petición había sido
aceptada, le aconsejaron que se apresurara a volver y que trajera consigo de
Ulm «alguna buena tela de seda, o al menos del mejor tafetán doble, suficiente
para hacer los trajes para él y para la novia». Pero Kepler estaba demasiado
atareado con su cáliz cósmico de plata, retrasó su regreso y cuando volvió a
Gratz el padre de Bárbara había cambiado nuevamente de opinión. Kepler pareció
no inmutarse demasiado, pero los incansables amigos prosiguieron con sus
esfuerzos; el decano de la escuela e incluso las autoridades de la Iglesia se
unieron al empeño, «y así rivalizaron los unos con los otros tratando de
convencer ora a la viuda, ora a su padre, los tomaron por asalto, y arreglaron
una nueva fecha para las nupcias. Así, de un solo golpe, todos mis planes de
empezar otra vida se derrumbaron.»[337]
El matrimonio se celebró el 27 de abril de 1597, «bajo un cielo calamitoso»,
como indicaba el horóscopo. Se sintió algo confortado por la llegada de los
primeros ejemplares impresos del Mysterium Cosmographicum, pero
no lo suficiente como para que este acontecimiento fuese una alegría perfecta:
tuvo que comprar doscientos ejemplares del libro y pagarlos en efectivo para
compensar al impresor por el riesgo; además, el nombre del autor en el catálogo
de la Feria del Libro de Frankfurt se transformó, por un error de imprenta, de
Keplerus en Repleus.
La actitud de Kepler hacia el matrimonio, y particularmente hacia su propia
esposa, se halla expresada, con una franqueza impresionante, en varias cartas.
La primera está dirigida a Maestlin y fechada una semana antes de la boda.
Ocupa seis largas páginas, de las cuales sólo la última habla del gran e
inminente acontecimiento:
«Os pido sólo un favor: que estéis cerca de mí en vuestras plegarias en el día
de mi boda. Mi situación financiera es tal, que si muriera dentro del próximo
año difícilmente alguien dejaría tras sí una situación peor que la mía. Me veo
obligado a gastar una gran suma de mi dinero porque aquí es costumbre celebrar
espléndidamente los casamientos. Si, de todas maneras, Dios prolonga mi vida,
me veré atado y constreñido a este lugar… Porque mi esposa posee aquí
propiedades, amigos y un padre próspero; parece que al cabo de unos pocos años
no necesitaré ya más mi salario… Así que no voy a poder abandonar esta
provincia a no ser que ocurra alguna desgracia pública o privada. Una desgracia
pública podría ser que el país dejara de resultar seguro para los luteranos, o
que los turcos, que han formado ya una tropa de seiscientos mil hombres, lo
invadieran. Una desgracia privada podría ser que mi esposa muriera.»[338] dice ni una sola palabra acerca de la persona de su
prometida ni de sus sentimientos hacia ella. Pero en otra carta, escrita dos
años después, culpa al horóscopo de ella por su «destino más bien triste y
desgraciado… Se muestra confusa e inhibida en todos sus comportamientos.
También da a luz con enorme dificultad. Y todo lo demás suele ser por el
estilo.»[339]
Tras su muerte, la describe en términos aún más desmoralizadores. Sabía cómo
producir una impresión favorable a los desconocidos, pero en casa era muy
distinta. Se quejaba de la baja posición de su esposo como astrónomo y no
comprendía nada de su trabajo. No leía nada, ni siquiera historias, tan sólo su
libro de oraciones, que devoraba día y noche. Poseía «un carácter estúpido,
malhumorado, solitario y melancólico». Siempre estaba enferma y abrumada por la
melancolía. Cuando a Kepler le retuvieron el salario, Barbara se negó a que
tocara su dote, empeñara nada o metiera la mano en su bolso particular.
«Y puesto que, debido a su constante enfermedad, había perdido la memoria, yo
la ponía furiosa con mis recordatorios y advertencias, porque no quería que
nadie la dominara y, sin embargo, a menudo era incapaz de valerse por sí misma.
A menudo me sentía más impotente aún que ella, pero en mi ignorancia persistía
en la disputa. En pocas palabras, su naturaleza era colérica y manifestaba
todos sus deseos con voz colérica; esto me incitaba a provocarla, lamento
decirlo, porque a veces mis estudios me hacían irreflexivo; pero aprendí mi
lección, aprendí a tener paciencia con ella. Cuando veía que se tomaba a mal
mis palabras, prefería morderme mi propio dedo antes que seguir discutiendo…»[340]
Su avaricia le hizo descuidar su apariencia; pero lo quería todo para los
niños, debido a que era una mujer «enteramente aprisionada por el amor
materno»; en cuanto a su esposo, «no me manifestaba mucho amor». Le regañaba
constantemente, así como a los sirvientes, y «nunca podía tener una criada
mucho tiempo». Cuando Kepler estaba trabajando, le interrumpía a menudo para
discutir sus problemas domésticos. «Puede que me mostrara impaciente cuando
ella no comprendía y continuaba haciéndome preguntas, pero nunca la llamé
estúpida, aunque ella pudo pensar que la consideraba una estúpida, porque era
muy susceptible.»[341] No hay mucho más que añadir a este retrato de la eterna
Jantipa.
Nueve meses después de la boda nació su primer hijo, un pobre niño, con los
genitales tan deformados que más bien parecía «una tórtola hervida dentro de su
cascarón»[342], lo cual, explica Kepler, se debía a que las tórtolas eran el
plato favorito de su esposa. A los dos meses, el niño murió de meningitis, y el
siguiente, una niña, murió al mes de la misma enfermedad. Bárbara dio a luz
otros tres hijos, de los cuales sobrevivieron un niño y una niña.
Fuera como fuese, su matrimonio duró catorce años: Bárbara murió a la edad de
treinta y siete años, con la mente perturbada. El horóscopo matrimonial había
señalado un coelo calamitoso, y en predecir desastres, los
horóscopos de Kepler eran casi siempre correctos.
§3. Preparativos
Cuando, en la primavera de 1597, apareció finalmente impreso el Mysterium, el
joven y orgulloso autor envió ejemplares a todos los estudiosos más importantes
en que pudo pensar, incluidos Galileo y Tycho Brahe. Todavía no existían
revistas científicas, ni —felices días— críticos de libros; había, por otro
lado, un intenso intercambio de correspondencia entre estudiosos y una
exuberante red académica internacional. A través de estos medios, el libro del
desconocido joven creó cierto revuelo; si bien no produjo el terremoto que su
autor esperaba, fue bastante notable, si tenemos en cuenta que el promedio de
libros científicos (y seudocientíficos) publicados en Alemania en un solo año
rebasaba el millar.[343]
Pero la respuesta no era sorprendente. La astronomía, desde Tolomeo hasta
Kepler, había sido una geografía puramente descriptiva del cielo. Se limitaba a
proporcionar mapas de las estrellas fijas, horarios de los movimientos del Sol,
la Luna y los planetas, y acontecimientos especiales, tales como eclipses,
oposiciones, conjunciones, solsticios, equinoccios, etc. Las causas físicas de
los movimientos, las fuerzas de la naturaleza que los producían, no eran asunto
de los astrónomos. Siempre que se necesitaba se añadían unos cuantos epiciclos
a la maquinaria de ruedas ya existente, lo cual no importaba mucho puesto que,
de todas maneras, eran ficticias y nadie creía en su realidad física. La
jerarquía de querubines y serafines que se suponía mantenían las ruedas en
movimiento se consideraba, desde finales de la Edad Media, como otra culta y
poética ficción. De este modo, la física del cielo se había convertido en un
vacío total. Existían acontecimientos pero no causas, movimientos pero no
fuerzas motoras. La tarea del astrónomo era observar, describir y predecir, no
buscar las causas, porque «no hay ninguna razón para ello». La física
aristotélica, que hacía impensable cualquier aproximación racional y causal a
los fenómenos celestes, estaba en decadencia, pero sólo había dejado un vacío.
En los oídos resonaban aún los ecos de la mortecina cantinela de los ángeles
que hacían girar las estrellas, pero todo lo demás era silencio. En ese
silencio propicio, la voz aún no formada y balbuceante del joven teólogo que se
había convertido en astrónomo obtuvo un eco inmediato.
Las opiniones estaban divididas, según el punto de vista filosófico de los
estudiosos. Los espíritus modernos y de mente empírica, tales como Galileo en
Padua y Praetorius en Altdorf, rechazaron las especulaciones místicas a
priori de Kepler y con ellas el conjunto del libro, sin darse cuenta
de las explosivas ideas nuevas ocultas entre la hojarasca. Galileo,
especialmente, parece que mostró prejuicios contra Kepler desde un principio,
como veremos más adelante.
Pero los que vivían al otro lado de la línea divisoria, que creían en el sueño
inmemorial de una deducción a priori del orden cósmico, se
sintieron entusiasmados y encantados. El primero de ellos, por supuesto, fue el
querido Maestlin, que escribió a las autoridades académicas de Tubinga: «El
tema es nuevo y nunca antes se le había ocurrido a nadie. Es enormemente
ingenioso y merece, en el más alto grado, ser dado a conocer al mundo de la
ciencia. ¿Quién se había atrevido nunca antes a pensar, y mucho menos a
intentar exponer y explicar a priori y, por decirlo así, a
excepción del conocimiento oculto del Creador, el número, orden, magnitud y
movimiento de las esferas? Pero Kepler ha emprendido y conseguido con éxito
hacer precisamente esto… A partir de ahora, [los astrónomos] se verán liberados
de la necesidad de explorar las dimensiones de las esferas a posteriori, es
decir, por el método de las observaciones (muchas de las cuales son inexactas
por no decir dudosas) a la manera de Tolomeo y Copérnico, porque ahora las
dimensiones se han establecido o priori… Con lo cual el cálculo de los
movimientos será mucho más seguro.»[344]
De forma similar mostró su entusiasmo Limneus, en Jena, que felicitó a Kepler,
y se congratuló con todos los estudiantes de astronomía y el conjunto del mundo
científico porque «finalmente se había resucitado el viejo y venerable método
[platónico] de filosofía».[345]
En una palabra, el libro que contenía las semillas de la nueva cosmología fue
bien recibido por los «reaccionarios», que no veían sus repercusiones y
desechado por los «modernos», que tampoco las veían. Tan sólo un hombre tomó el
camino de en medio y, aunque rechazó las alocadas especulaciones de Kepler, se
dio cuenta inmediatamente de su genio: era Tycho Brahe, el más sobresaliente
astrónomo de aquellos días.
Pero Kepler tuvo que esperar tres años hasta conocer a Tycho Brahe, convertirse
en su ayudante e iniciar la auténtica labor de su vida. Durante esos tres años
(1597-1599) se dedicó a estudiar seriamente las matemáticas que, aunque parezca
increíble, continuaban siendo una materia poco familiar para él cuando escribió
el Mysterium, y emprendió una heterogénea variedad de
investigaciones científicas y seudocientíficas. Fue una especie de preparativos
antes de la gran contienda.
Primero emprendió la búsqueda de la confirmación directa del movimiento de la
Tierra en torno del Sol probando la existencia del paralaje estelar, es decir,
una variación de la posición aparente de las estrellas fijas según la posición
de la Tierra en su desplazamiento anual. Importunó en vano a todos sus
corresponsales para que le ayudaran con observaciones y al final decidió hacerlas
personalmente; pero su «observatorio» consistía en un aparato que él mismo
había construido y suspendido del techo con una cuerda: «procede de un taller
que se parece a las cabañas de nuestros antepasados… Contened vuestras risas,
amigos que habéis sido admitidos a este espectáculo»[346] Aun así, debía de ser lo suficientemente preciso como para
mostrar una variación de medio grado, que era lo que Kepler esperaba, de las
posiciones de la estrella polar vista desde los puntos más extremos del
recorrido de la Tierra. Pero no hubo ninguna variación; el estrellado cielo
permanecía inmutable, inescrutable. Eso significaba o bien que la Tierra estaba
inmóvil, o que el tamaño del Universo (es decir, el radio de la esfera de
estrellas fijas) era mucho mayor que el supuesto. Para ser precisos, su radio
tenía que ser, por lo menos, quinientas veces la distancia de la Tierra al Sol.
Esto representa 3.800 millones de kilómetros, una bagatela para nuestras
medidas, pero tampoco demasiado para las de Kepler; tan sólo unas cinco veces
más que lo que él esperaba.[347] Suponiendo, sin embargo, que incluso instrumentos mucho
más potentes fracasaran en mostrar un paralaje, lo cual daría a entender que
las estrellas se hallan inconcebiblemente distantes, a los ojos de Dios, el
Universo continuaría teniendo un tamaño razonable; tan sólo se empequeñecería
la estatura física del hombre. Pero esto no haría disminuir su estatura moral,
«o de otro modo, el cocodrilo o el elefante estarían más cerca de su corazón
que el hombre, puesto que son mayores. Con la ayuda de ésta y otras píldoras
intelectuales parecidas, quizá podamos ser capaces de digerir tan monstruoso
bocado.»[348] En realidad, desde entonces no se ha descubierto píldora
alguna que nos permita digerir esa enorme cantidad de infinito.
En esta época efectuó Kepler sus primeras investigaciones en óptica, de las
cuales saldría, finalmente, una nueva ciencia; realizó también investigaciones
sobre: la órbita de la Luna, el magnetismo, la meteorología (empezó un diario
del tiempo meteorológico que llevó durante veinte o treinta años), la
cronología del Antiguo Testamento y otros asuntos semejantes. Pero, por encima
de todos ellos, estaba su búsqueda de una ley matemática de la armonía de las
esferas, un nuevo desarrollo de su idée fixe.
Kepler había intentado en el Mysterium construir su universo
en torno de los cinco sólidos pitagóricos. Puesto que la teoría no encajaba
completamente con los hechos, intentó ahora construirlo a partir de las
armonías musicales de la escala pitagórica. La combinación de esas dos ideas condujo,
veinte años después, a su gran obra Harmonice Mundi, que
contiene la tercera de las leyes de Kepler; pero el trabajo subyacente a todo
aquello lo realizó durante estos últimos años en Gratz.
En el momento en que se le ocurrió esta nueva idea, sus cartas resonaron con
jubilosos eurekas: «Llena los cielos con aire, y producirán
auténtica música.» Pero tropezó con crecientes dificultades cuando empezó a
calcular los detalles de su caja de música cósmica. Nunca le faltó una excusa
para atribuir a cada par de planetas el intervalo musical que aproximadamente
parecía encajarle; cuando las cosas se ponían demasiado espinosas, pedía ayuda
a la sombra de Pitágoras («a menos que el alma de Pitágoras haya emigrado a la
mía»). Se las arregló para construir un sistema de clasificación, pero sus
inexactitudes resultaban obvias incluso para él. El principal problema era que
un planeta no se mueve a una velocidad uniforme, sino más rápidamente cuando se
halla más cerca del Sol y más lentamente cuando está lejos de él. Según esto no
«suena» en un tono estable, sino que alterna entre una nota más baja y otra más
alta. El intervalo entre las dos notas depende de la asimetría o excentricidad
de la órbita del planeta. Pero las excentricidades se conocían de manera muy
deficiente. Era la misma dificultad con que se había enfrentado cuando había
intentado definir el espesor de los cascarones esféricos entre sus sólidos
perfectos, que dependía también de las excentricidades. ¿Cómo se puede
construir una serie de cristales, o un instrumento de música, sin conocer las
medidas? Sólo había un hombre en el mundo que poseyera los datos exactos que
Kepler necesitaba: Tycho Brahe.
Puso ahora todas sus esperanzas en Tycho Brahe y en su observatorio de
Uraniborg, la nueva maravilla del mundo:
«Dejemos que todo guarde silencio y escuchemos a Tycho, que ha dedicado treinta
y cinco años a sus observaciones… Sólo por Tycho espero; él me explicará el
orden y disposición de las órbitas… Así espero, si Dios me mantiene con vida,
llegar a levantar algún día un maravilloso edificio.»[349]
Sabemos que la construcción de ese edificio se hallaba todavía muy remota,
aunque en sus momentos eufóricos Kepler afirmase tenerlo ya completo. Durante
sus períodos maniacos, las discrepancias entre teoría y hechos le parecían
detalles sin importancia, que se podían salvar haciendo un poco de trampa; la
otra mitad de su dividido yo, sin embargo, reconocía humildemente la necesidad
de una exactitud completa y una paciente observación. Con un ojo estaba leyendo
los pensamientos de Dios; con el otro miraba de soslayo, con envidia, las
brillantes esferas armilares de Tycho Brahe.
Pero Tycho Brahe se negaba a publicar sus observaciones hasta haber completado
su propia teoría. Guardaba celosamente su tesoro, volúmenes de cifras, el
resultado de toda una vida de trabajo.
«Cualquier simple instrumento suyo [escribió amargamente el joven Kepler]
cuesta más que mi fortuna y la de toda mi familia juntas… De ahí mi opinión de
Tycho Brahe: es superlativamente rico, pero no sabe cómo hacer un uso adecuado
de su riqueza, como le ocurre a la mayor parte de la gente adinerada. En
consecuencia, uno tiene que intentar aprovecharse de esa riqueza.»[350]
Kepler revelaba, con esta protesta, sus intenciones respecto a Tycho Brahe un
año antes de que se encontraran por vez primera.
§4. Esperando a Tycho Brahe
Kepler nunca habría descubierto sus leyes del movimiento planetario si no
hubiera tenido la fortuna de poder contar con el tesoro de Tycho Brahe.
Newton nació tan sólo doce años después de la muerte de Kepler y no hubiese
podido llegar a su síntesis sin las leyes del movimiento planetario. Sin duda
alguna, otra persona lo hubiera hecho, pero, como mínimo, la revolución
científica habría seguido otras tendencias metafísicas diferentes en caso de
ser conducida no por un empirista inglés, sino, verbigracia, por un francés con
inclinaciones tomistas o un místico alemán.
La idea básica de esta especulación en apariencia vana es, simplemente,
introducir aquí y allá una cuestión crucial contra la supuesta inevitabilidad
lógica y el férreo determinismo de la evolución del pensamiento científico. La
forma de la nariz de Cleopatra influye no sólo en las guerras, sino también en
las ideologías. Las matemáticas del universo newtoniano hubiesen sido las
mismas quienquiera que fuese el que las hubiera planteado, pero su clima
metafísico hubiese sido completamente distinto.[351]
Faltó poco, sin embargo, para que Newton no pudiera disponer de las leyes de
Kepler.[352] Sólo se podían descubrir con la ayuda de Tycho Brahe; y
cuando Kepler lo conoció, a Tycho Brahe sólo le quedaban dieciocho meses de
vida. Si fue la Divina Providencia la que programó su encuentro, eligió un
método más bien complicado: Kepler fue expulsado de Gratz y cayó en brazos de
Tycho Brahe gracias a la persecución religiosa. Aunque siempre se había
esforzado en leer los pensamientos de Dios, nunca le dio las gracias por esa
maquiavélica estratagema.
Su último año en Gratz —el postrero del siglo— le resultó difícil de soportar.
El joven archiduque Femando de Habsburgo (más tarde, emperador Femando II)
estaba decidido a limpiar las provincias austríacas de la herejía luterana. En
el verano de 1598, cerraron la escuela de Kepler, y en septiembre se ordenó a
todos los predicadores y maestros luteranos que abandonaran la provincia en el
término de ocho días bajo pena de muerte. Sólo uno de todos ellos recibió
permiso para volver: Kepler. Su primer exilio duró apenas un mes.
Las razones por las cuales se hizo una excepción con él son interesantes. Él
mismo dice[353] que el archiduque se sentía «complacido con mis
descubrimientos», y que ésta fue la razón de que le concediera su ayuda en su
corte; además, como matemático, ocupaba una «posición neutral» que le situaba
aparte de los demás maestros. Pero las cosas no eran tan sencillas. Kepler
tenía un poderoso aliado entre bastidores: la Compañía de Jesús.
Dos años antes, el canciller católico de Baviera, Herwart von Hohenburg,
aficionado a la filosofía y mecenas de las artes, había pedido a Kepler, entre
otros astrónomos, su opinión acerca de algunos problemas cronológicos. Fue el
inicio de una correspondencia y una amistad entre los dos hombres que duraron
mientras vivieron. Herwart hizo notar con tacto su especial interés hacia el
matemático protestante enviando sus cartas a Kepler por conducto del
representante diplomático bávaro en la corte del emperador en Praga, el cual
las hacía llegar a un padre capuchino de la corte de Femando en Gratz; y dio
instrucciones a Kepler para que utilizara los mismos canales. En su primera
carta a Herwart,[354] Kepler escribió con júbilo: «Vuestra carta ha impresionado
tanto a algunos hombres de nuestro gobierno que nada más favorable a mi
reputación podía haber ocurrido.»
Todo esto se llevó a cabo con gran sutileza; sin embargo, en posteriores
ocasiones, algunas influencias católicas y en especial de los jesuitas se
mostraron más abiertamente activas en pro del bienestar de Kepler. Parece que
hubo tres razones para esta intriga favorable. Primera, al estudioso se le
consideraba todavía, en cierta medida, como intocable en medio del torbellino
de la controversia religiosa (recordemos cómo Rheticus fue agasajado en la
católica Ermland en la época en que el obispo Dantiscus proclamaba un edicto
contra la herejía luterana). Segunda, los jesuitas, siguiendo los pasos de los
dominicos y los franciscanos, estaban empezando a desempeñar un importante
papel en la ciencia y de manera especial en la astronomía —al margen de que
esto permitía a sus misioneros residentes en países lejanos causar gran
impresión prediciendo eclipses y otros acontecimientos celestes—. Y tercera, el
propio Kepler discrepaba de algunos puntos de la doctrina luterana, lo cual
hacía que sus amigos católicos abrigasen esperanzas —aunque en vano— de que se
convirtiera. Se sentía rechazado por los clérigos de ambas Iglesias
enfrentadas, quienes, desde sus púlpitos, se increpaban unos a otros como
verduleras, o como los padres y demás familia de Kepler en la vieja casa de
Sebaldus. Su actitud era la misma que la del moderado obispo Giese: «Rehúso la
batalla»; y, como él, también se mantuvo a horcajadas en la valla que separaba
a los dos bandos. Se negó, sin embargo, a pasarse de lado, ni siquiera cuando
fue excomulgado por su propia Iglesia, como veremos; y cuando sospechó que
Herwart von Hohenburg contaba con su conversión, Kepler le escribió: «Soy un
cristiano, mis padres me enseñaron el credo luterano, lo acepté tras repetidas
reflexiones sobre sus fundamentos, tras diarias inquisiciones, y me mantengo
firme en él. No he aprendido a ser hipócrita. Soy un devoto de la fe, no juego
con ella.»[355]
Era la vehemente confesión de un hombre íntegro, obligado a nadar en las
turbulentas aguas de su tiempo. Era tan sincero en asuntos de religión como se
lo permitían las circunstancias; en cualquier caso, sus desviaciones del camino
recto eran, sin duda, menores que las de sus órbitas de los cinco sólidos
perfectos de Dios.
Kepler, pues, fue una excepción y se le permitió regresar del exilio en octubre
de 1599. Puesto que habían cerrado su escuela, podía dedicar la mayor parte del
tiempo a sus especulaciones sobre la armonía de las esferas; sabía, sin
embargo, que el respiro era sólo momentáneo, y que estaban contados sus días en
Gratz. Se hundió en una profunda depresión, agudizada por la muerte de su
segundo hijo; en una desesperada carta pidió a Maestlin, en agosto de 1599, que
le ayudara a encontrar trabajo en el protestante Württemberg.
«La hora no podía haber sido más propicia; pero también en este caso Dios
concedió su fruto sólo para tomarlo de nuevo. La niña murió de meningitis
(exactamente igual que su hermano hace un año), al cabo de treinta y cinco
días… Si su padre la sigue pronto, su destino no podrá considerarse inesperado.
Porque por toda Hungría han aparecido cruces de sangre en los cuerpos de los
hombres, y signos similares de sangre en las puertas de las casas, en los
bancos y en las paredes, hechos que la historia muestra como síntoma de
pestilencia general. Soy, según creo, la primera persona de nuestra ciudad que
ha visto una crucecita en mi pie izquierdo, cuyo color pasa del rojo sangre al
amarillo. Localizada en el pie, en la parte de atrás, allá donde el pie se
curva en el empeine, a medio camino entre los dedos y el extremo del hueso de
la tibia. Creo que es exactamente el lugar donde fue martilleado el clavo en el
pie de Cristo. He oído decir que algunos tienen marcas en forma de gotas de
sangre en el hueco de la mano. Pero hasta ahora dicha forma no ha aparecido en
mí…
»Los estragos de la disentería están matando aquí a la gente de todas las
edades, pero particularmente a los niños. Los árboles tienen secas las hojas de
sus copas, como si un fuerte viento los hubiera sacudido. Pero no es el calor
lo que los ha desfigurado, sino los gusanos…»[356]
Sentía los más terribles temores. Se hablaba de torturas a los herejes, incluso
de quemar a algunos de ellos. Tuvo que pagar una multa de diez táleros para
poder enterrar a su hija según los ritos luteranos: «Me perdonaron la mitad a
petición mía, pero la otra mitad tuve que pagarla antes de que se me permitiera
llevar a mi hijita a su tumba.» Si Maestlin no podía proporcionarle un trabajo
inmediatamente, ¿podría decirle, al menos, cómo estaba el coste de la vida
actualmente en Württemberg? «¿Cuánto cuesta el vino y cuánto cuesta el trigo, y
cómo están las cosas en relación con los productos de charcutería (porque mi
esposa no tiene la costumbre de vivir a base de judías)?»
Pero Maestlin sabía que su universidad nunca proporcionaría un trabajo al
indócil Kepler, y empezaba a estar cansado de sus incesantes peticiones y
molestias, sobre todo teniendo en cuenta que Kepler había rematado su petición
de socorro con una estúpida observación: «Naturalmente, nadie me expulsaría de
aquí; los miembros más inteligentes de la Dieta están muy encariñados conmigo,
y mi conversación es solicitadísima en las comidas.»[357]
No sorprende, por tanto, que Maestlin no apreciara la urgencia de la situación
y dejara pasar cinco meses antes de contestar con una evasiva y malhumorada
epístola: «Si hubieses hecho caso de los consejos de los hombres más sabios y
más experimentados en política que yo, que soy, lo confieso, tan inexperto en
esos asuntos como un niño.»[358]
Tan sólo quedaba una esperanza: Tycho Brahe. El año anterior, Brahe, en una
carta, había expresado su esperanza de que Kepler pudiese visitarle «algún
día». Aunque Kepler anhelaba ansiosamente el «tesoro de Tycho», la invitación
estaba formulada en términos muy generales, y el viaje era demasiado largo y
costoso. Ahora, sin embargo, ya no se trataba de un asunto de curiosidad
científica para Kepler, sino de la urgente necesidad de hallar un nuevo hogar y
un nuevo medio de vida.
Mientras tanto, Tycho Brahe, nombrado matemático imperial por Rodolfo II, había
establecido su residencia cerca de Praga. La tan largamente esperada
oportunidad de Kepler se presentó cuando un tal barón Hoffmann, canciller del
emperador, tuvo que regresar de Gratz a Praga, y aceptó llevarle en su séquito.
La fecha de la partida de Kepler para su encuentro con Tycho Brahe es, por
gentileza de la historia, fácil de recordar: el 1 de enero del anno
domini de 1600.
Contenido:
§1. La búsqueda de la
precisión
§2. La nueva estrella
§3. La isla de los brujos
§4. Exilio
§5. Preludio del encuentro
§1. La búsqueda de la
precisión
Johannes Kepler era un indigente que procedía de una familia de inadaptados;
Tycho Brahe, un grand seigneur del país de Hamlet,
descendiente de truculentos y quijotescos nobles de la más pura ascendencia
danesa. Su padre había sido gobernador del Castillo de Helsingborg, situado
frente a Elsinor, al otro lado del Sund; su tío Joergen, un poderoso terrateniente
y vicealmirante.
Joergen, al no tener descendencia, había arrancado a su hermano, el gobernador,
la promesa de que, si este último tenía un hijo, podría adoptarlo y educarlo
como si fuera suyo. Pareció que la naturaleza sancionaba este acuerdo, ya que,
en 1546, la esposa del gobernador dio a luz gemelos; pero, desgraciadamente,
uno de ellos nació muerto y el padre se retractó de su promesa. Joergen, un
auténtico y testarudo Brahe, aguardó hasta que a su hermano le nació otro hijo,
y entonces secuestró al primogénito, Tyge-Tycho. El gobernador, también al
auténtico estilo Brahe, lo amenazó de muerte, pero en seguida se calmó y
admitió generosamente el fait accompli, pues sabía que el niño
estaría bien atendido y heredaría la fortuna de Joergen. Así ocurrió realmente
y mucho antes de lo que se esperaba, pues, mientras Tyge era todavía
estudiante, a su padre adoptivo le llegó un prematuro y glorioso final. Acababa
de regresar de una batalla naval contra los suecos y mientras cabalgaba en el
cortejo de su rey por el puente que une Copenhague con el castillo real, el
buen rey Federico II cayó al agua. Joergen, el vicealmirante, saltó tras él,
salvó a su rey y murió de pulmonía.
Si Tyge sufrió o no algún choque traumatizante al ser secuestrado en su
infancia es algo que no podemos saber; pero la sangre de los Brahe y su
educación bajo la tutela del irascible vicealmirante fue suficiente para
convertirle en un excéntrico en toda regla. Esto saltaba a la vista incluso en
su apariencia física: no todo el mundo posee una nariz de plata y oro. En la
época que Tyge estudiaba se enfrentó en duelo con otro noble joven danés, en el
transcurso del cual perdió parte de la nariz. Según una crónica de la época,[359] la pelea se originó a causa de una disputa acerca de quién
de los dos nobles daneses era mejor matemático. Le reemplazaron la parte
arrebatada, que al parecer fue el puente de la nariz, por una aleación de oro y
plata, y se dice que Tycho llevaba siempre consigo una especie de caja de rapé
«que contenía un ungüento o composición glutinosa con la que frecuentemente se
frotaba la nariz».[360] En sus retratos, la nariz aparece como demasiado
rectilínea, un trazo cubista bajo las curvas de una ancha y calva cabeza en
forma de huevo, entre los fríos y altaneros ojos y sobre el enroscado bigote.
Se suponía que, siguiendo la tradición familiar, el joven Tyge debía emprender
la carrera de hombre de estado y, en consecuencia, a los trece años lo enviaron
a estudiar retórica y filosofía en la Universidad de Copenhague. Pero al final
de su primer año fue testigo presencial de un acontecimiento que le impresionó
de modo extraordinario y decidió el futuro curso de su vida. Fue un eclipse
parcial de Sol que, por descontado, había sido anunciado con la correspondiente
antelación y al muchacho se le ocurrió que «sería algo divino que los hombres
pudieran conocer los movimientos de las estrellas tan exactamente que fueran
capaces de predecir con mucha antelación sus lugares y posiciones relativas».[361] En seguida empezó a comprar libros de astronomía, entre
ellos las obras completas de Tolomeo por la considerable suma de dos táleros. A
partir de entonces quedó establecido su rumbo y nunca se apartó de él.
¿Por qué ese eclipse parcial, que nada tenía de extraordinario, produjo tan
decisiva impresión al muchacho? Según cuenta Gassendi, la gran revelación para
Tyge fue la posibilidad de predecir los acontecimientos
astronómicos, en claro contraste, podemos pensar, con los imprevisibles
caprichos de la vida de un niño perteneciente a la temperamental familia Brahe.
No es una explicación muy plausible desde el punto de vista psicológico, pero
vale la pena señalar que el interés de Brahe por las estrellas tomó desde un
principio una dirección completamente distinta, en realidad casi opuesta, a la
de Copérnico y la de Kepler. No se trataba de un mero afán de especular, sino
una pasión por la observación exacta. Empezando con Tolomeo a los catorce años,
y tras realizar su primera observación a los diecisiete, Brahe se dedicó a la
astronomía a una edad mucho más temprana que ellos. El tímido canónigo encontró
un refugio en la secreta elaboración de su sistema para sobrellevar una vida
llena de frustraciones; Kepler enterró los insoportables sufrimientos de su
juventud en su mística armonía de las esferas. Brahe no se sentía ni fracasado
ni infeliz, tan sólo hastiado e irritado por la futilidad de la existencia de
la nobleza danesa, cuya vida transcurría, según sus propias palabras, entre
«caballos, perros y lujo»; y se admiraba, con maravillosa ingenuidad, ante el
contraste de la solidez y fiabilidad de las predicciones de los astrónomos. La
astronomía no era para él una escapatoria ni un salvavidas metafísico, sino más
bien la apasionada afición de un aristócrata que se rebelaba contra su medio.
Su vida posterior parece confirmar esta interpretación, porque si bien se
relacionó con reyes en su magnífica isla, su mujer, de la que tuvo numerosos
hijos, era de clase baja, y ni siquiera estaba casado con ella por la Iglesia.
Después de tres años en Copenhague, el vicealmirante pensó que ya era hora de
que Tyge fuera a una universidad extranjera, y lo envió a Leipzig, acompañado
por un tutor: Anders Sørensen Vedel, que más adelante sería conocido como el
primer gran historiador danés, traductor de la Saxo Grammaticus y
recopilador de sagas nórdicas. Vedel tenía por aquel entonces veinte años, sólo
cuatro años más que su pupilo; había recibido instrucciones de librar al joven
Tyge de su inconveniente afición por la astronomía y orientarle hacia estudios
más adecuados para un noble. Tyge se había comprado un globo celeste pequeño
para aprenderse los nombres de las constelaciones, pero había tenido que
ocultarlo bajo las mantas; y cuando le añadió una ballestilla, sólo podía utilizarlo
cuando su tutor dormía. Al cabo de un año, sin embargo, Vedel se dio cuenta de
que la pasión de Tyge por las estrellas era incontenible, cedió, y los dos
siguieron siendo amigos mientras vivieron.
Después de Leipzig, Brahe prosiguió sus estudios en Wittenberg, Rostock,
Basilea y Augsburgo, hasta los veintiséis años, y durante todo este tiempo
coleccionó, y más tarde ideó, mayores y mejores instrumentos para observar los
planetas. Entre ellos había un enorme cuadrante de latón y madera de once metros
de diámetro, que se accionaba por medio de cuatro manubrios; era el primero de
una serie de fabulosos instrumentos que iban a admirar al mundo. Pero Brahe no
hizo ningún descubrimiento decisivo, excepto uno: que la astronomía necesitaba
datos de observaciones de manera precisa y constante, el
cual le convirtió en el padre de la moderna observación astronómica; ese
descubrimiento, sin embargo, se ha convertido en algo tan trivial para la mente
moderna que resulta difícil comprender su importancia.
Recordemos que el canónigo Koppernigk sólo registró veintisiete observaciones
propias en todo su Libro de las Revoluciones, y se atuvo, en
lo demás, a los datos de Hiparco, Tolomeo y otros. Éste fue el proceder general
hasta Tycho Brahe. Se daba por sentado que las tablas planetarias tenían que
ser tan exactas como fuera posible para confeccionar el calendario y de cara a
la navegación, pero, aparte los limitados datos exigidos por tales razones
prácticas, la necesidad de precisión no se había conseguido en absoluto. Esta
actitud, totalmente incomprensible para el pensamiento moderno, se debía, en
parte, a la tradición aristotélica y a su hincapié en las medidas cualitativas
frente a las cuantitativas; dentro de ese esquema mental tan sólo un excéntrico
podría mostrarse interesado en la precisión por sí misma. Además, y más
específicamente, una geometría de los cielos formada por ciclos y epiciclos no
requería muchos, ni siquiera muy precisos, datos de observación, por la simple
razón de que un círculo queda definido con sólo conocer su centro y un punto de
su circunferencia, o bien, si se desconoce el centro, por tan sólo tres puntos
de su circunferencia. Bastaba con esto para determinar las posiciones de un
planeta a partir de unos cuantos puntos característicos de su órbita, y luego
arreglar sus epiciclos y sus deferentes de la manera más favorable para
«salvaguardar los fenómenos». Si se mira hacia atrás, hacia el otro lado de la
línea divisoria entre la Edad Media y la Moderna, la obsesión de Tycho Brahe
por las medidas, por las fracciones de minutos de arco, aparece como algo
altamente original. No es extraño que Kepler le llamara el Fénix de la
Astronomía.
Por otro lado, si bien Brahe se adelantó a su tiempo, marchaba a tan sólo un
paso por delante de Kepler. Hemos visto cómo Kepler anhelaba conocer las
observaciones de Tycho Brahe para buscar datos precisos sobre distancias y
excentricidades. Un siglo antes, probablemente Kepler se hubiese quedado con
los laureles de su solución del misterio cósmico sin preocuparse por las
pequeñas discrepancias con los hechos observados; pero este desentenderse de
los hechos estaba remitiendo entre las mentes más adelantadas de la época. La
navegación oceánica, la creciente precisión de las brújulas magnéticas y de los
relojes, y los progresos generales de la técnica creaban un nuevo clima de
respeto hacia los hechos en sí y las medidas exactas. Así, por ejemplo, el
debate entre los sistemas copernicano y tolemaico ya no se desarrollaba
únicamente a partir de argumentos teóricos; tanto Kepler como Tycho Brahe, por
separado, decidieron dejar que los experimentos fueran el árbitro e intentaron
determinar por medio de las medidas si el paralaje estelar existía o no.
Una de las razones de la búsqueda de la precisión por parte de Tycho Brahe era,
de hecho, su deseo de comprobar la validez del sistema copernicano. Pero esta
actitud quizá respondía a la racionalización de un impulso más profundo. Su
meticulosa paciencia, su preocupación por la precisión, constituían para él una
forma de adoración. Su primera gran experiencia había consistido en darse
cuenta, con gran sorpresa, de que los acontecimientos astronómicos se podían
predecir con total exactitud; la segunda fue de tipo opuesto. El 17 de agosto
de 1563, a la edad de diecisiete años, mientras Vedel dormía, observó que Saturno
y Júpiter estaban tan cerca el uno del otro que casi era imposible
diferenciarlos. Consultó sus tablas planetarias y descubrió que las tablas
alfonsinas tenían un error de todo un mes con relación a este acontecimiento, y
las tablas copernicanas, de varios días. Aquello era un asunto tan
impresionante como intolerable. Si los astrónomos, cuya mala compañía tanto
desaprobaba su familia, no podían hacer nada mejor, era preciso que un noble
danés les enseñara a trabajar con mayor rigor.
Y les enseñó, con métodos e instrumentos que el mundo nunca había visto antes.
§2. La nueva estrella
A la edad de veintiséis años, Tycho Brahe consideró que su educación era
completa y regresó a Dinamarca. Durante los siguientes nueve años, hasta 1575,
vivió primero en las propiedades de su familia en Knudstrup, luego con un tío,
Steen Bille, el único de sus parientes que aprobaba su perversa afición. Steen,
que había fundado el primer molino para la fabricación de papel y la primera
fábrica de vidrio de Dinamarca, se interesaba mucho, aunque de manera
superficial, por la alquimia, y Tycho Brahe le ayudaba.
Como Kepler, Brahe permanecía con un pie en el pasado y se dedicaba tanto a la
alquimia como a la astrología. Como Kepler, se convirtió en un astrólogo de la
corte y tuvo que perder buena parte de su tiempo en la realización de
horóscopos para protectores y amigos; como Kepler, se lo tomaba con filosofía,
despreciaba a todos los demás astrólogos como farsantes y, sin embargo, estaba
profundamente convencido de que las estrellas influían en el carácter y el
destino del hombre de un modo que nadie sabía aún. No obstante, al contrario de
Kepler, su creencia en la astrología no provenía del misticismo —que no se
compaginaba con su talante orgulloso— sino de la mera superstición.
El gran acontecimiento de esos años —que todo el mundo discutió y que convirtió
súbitamente a Tycho Brahe en el principal y más conocido astrónomo de su
tiempo— fue la nueva estrella de 1572. Todos los puntos culminantes de la vida
de Tycho Brahe se hallan señalados por el cielo: el eclipse de Sol que, cuando
tenía catorce años, le condujo a la astronomía; la conjunción de Júpiter y
Saturno, cuando tenía diecisiete, que le hizo darse cuenta de sus
insuficiencias; la nueva estrella, cuando tenía veintiséis; y el cometa de
1577, cinco años después. La nueva estrella fue el más importante de todos
ellos.
En la noche del 11 de noviembre de 1572, Tycho Brahe volvía a pie desde el
laboratorio de alquimista de Steen Bille para cenar, cuando al mirar hacia el cielo
vio una estrella más brillante que Venus en sus momentos de mayor brillo, en un
lugar donde antes no había ninguna estrella, situada un poco al noroeste de la
conocida «W», la constelación de Casiopea, que por aquel entonces se hallaba
cerca del cénit. La visión era tan increíble que literalmente no dio crédito a
sus ojos; al principio llamó a algunos sirvientes, y luego a varios campesinos,
para cerciorarse de que realmente había una estrella allá donde no tenía que
haber ninguna. Estaba allí y tan brillante, que más tarde algunas personas con
buena vista pudieron verla incluso en pleno día. Y permaneció en el mismo sitio
durante dieciocho meses.
Otros astrónomos, además de Tycho Brahe, vieron la nueva estrella en los
primeros días de noviembre. Se hallaba entonces en su máximo esplendor; en
diciembre empezó a menguar lentamente, pero sólo dejó de ser visible dos años
después, a finales de marzo. El mundo nunca había visto ni oído hablar de nada
semejante desde el año 125 a. C., cuando Hiparco, según relata el segundo libro
de la Historia Natural de Plinio, vio aparecer una nueva
estrella en el cielo.
La extraordinaria importancia de aquel acontecimiento estribaba en que
contradecía la doctrina fundamental —aristotélica, platónica y cristiana— de
que todo cambio, toda generación y degeneración, estaba limitado a las
proximidades inmediatas de la Tierra, la esfera sublunar; mientras que la
distante octava esfera, en la cual se hallaban localizadas las estrellas fijas,
permanecía inmutable desde el día de la creación hasta la eternidad. La única
excepción conocida en la historia era la aparición de la nueva estrella de
Hiparco antes mencionada; pero eso había ocurrido hacía mucho tiempo y el
acontecimiento podía explicarse pensando que Hiparco había visto simplemente un
cometa (que por aquel entonces se consideraba como un fenómeno atmosférico de
la región sublunar).
Lo que distingue una estrella fija de un planeta, o un cometa, o un meteorito,
es el hecho de que está «fija»: al margen de su participación en la rotación
diaria del firmamento como un todo, no se mueve. Tan pronto como aquel nuevo y
brillante huevo de cuclillo apareció en el extremo de la «W» celestial,
eclipsando a las estrellas legítimas en su nido, los astrónomos de toda Europa
intentaron determinar febrilmente si se movía o permanecía inmóvil. Si se
movía, no era una auténtica estrella, y la ciencia académica estaba salvada; si
estaba quieta, había que reconsiderar la visión del mundo.
En Tubinga, Maestlin, que si bien era uno de los principales astrónomos de su
época parece que no poseía ningún tipo de instrumentos, situó un hilo al
extremo de sus brazos tendidos ante sus ojos, de tal modo que unía la nueva
estrella y otras dos estrellas fijas. Cuando, al cabo de algunas horas, las
tres seguían estando dentro de la misma línea recta, llegó a la conclusión de
que la nueva estrella no se movía.[362] Thomas Digges, en Inglaterra, utilizó un método similar y
llegó al mismo resultado; otros encontraron un desplazamiento, pero muy
pequeño, debido lógicamente a los errores de sus burdos instrumentos. Ésta fue
la gran oportunidad de Tycho Brahe, y la aprovechó a fondo. Acababa de terminar
un nuevo instrumento: un sextante con cinco brazos de quince centímetros de
longitud, unido a una manivela de bronce, provisto de un escala metálica de
arco graduada en minutos y, como novedad, una tabla de cifras ideada para
corregir los errores. Era como un pesado cañón comparado con las hondas y las
catapultas de sus colegas. El resultado de las observaciones de Tycho Brahe fue
inequívoco: la nueva estrella permanecía inmóvil en el cielo.
Toda Europa se sentía ansiosa, tanto por las implicaciones cosmológicas como
por las astrológicas del descubrimiento. La nueva estrella había aparecido unos
tres meses después de la masacre de protestantes franceses en la noche de san
Bartolomé: no es extraño que en muchos de los panfletos y tratados escritos
sobre la estrella se la considerara principalmente como un siniestro presagio.
El pintor alemán George Busch, por ejemplo, explicó que en realidad era un
cometa, condensación de los vapores ascendentes de los pecados humanos, que se
había incendiado a causa de la cólera de Dios. Había emitido una especie de
polvo venenoso (algo así como la lluvia radiactiva de una bomba de hidrógeno)
que estaba cayendo sobre la cabeza de la gente y causaba todo tipo de males,
tales como «mal tiempo, pestilencia y franceses». Los astrónomos más sesudos,
con pocas excepciones, intentaron explicar la estrella como algo alejado del
octavo cielo, la calificaron de cometa sin cola, le adscribieron un movimiento
muy lento y utilizaron otros subterfugios, que hicieron que Tycho Brahe hablara
despectivamente de O caecos coeli spectatores (oh, ciegos
observadores del cielo).
Al año siguiente apareció su primer libro: De Nova Stella. Dudó
algún tiempo antes de publicarlo, porque aún no había superado la idea de que
escribir un libro era una ocupación indigna de un noble. El libro es una
mezcolanza de tediosas cartas introductorias, almanaques y diarios
meteorológicos, predicciones astrológicas y efusiones en verso, incluida una
«Elegía a Urania», de ocho páginas; pero contenía una exacta descripción (en
veintisiete páginas) de sus observaciones de la nueva estrella y del
instrumento mediante el cual las había realizado; veintisiete páginas de
«firmes y pertinaces hechos», que por sí solos bastaron para establecer perennemente
su fama.
Cinco años después, dio a la cosmología aristotélica el coup de gráce, al
probar que el gran cometa de 1577 tampoco era un fenómeno sublunar, como se
habían considerado los cometas hasta entonces, sino que debía hallarse «al
menos seis veces» más alejado de la Tierra que la Luna.
Respecto a la naturaleza física de la nueva estrella y cómo había sido creada,
Tycho declaraba sabiamente su ignorancia. La astronomía contemporánea llama a
las «nuevas estrellas» novae, y explica que el repentino
incremento de su brillo se debe a una serie de explosiones. Hubo,
indudablemente, otras novae entre 125 a. C. y 1572; pero el
nuevo conocimiento del cielo por parte del hombre y la nueva actitud hacia
observaciones más precisas dieron a la estrella de 1572 un significado
especial: la explosión que ocasionó su repentino llamear desmontó el estable y
cerrado universo de los antiguos.
§3. La isla de los brujos
El rey Federico II de Dinamarca, cuya vida había sido salvada por el padre
adoptivo de Tycho Brahe, el difunto vicealmirante, era un mecenas de la
filosofía y de las artes. Cuando Tyge era todavía un estudiante de veinticuatro
años, el rey se había fijado en aquel brillante joven y le había prometido,
como una sinecura, la prebenda de la primera canonjía que quedase vacante. En
1575, cuando su reputación había quedado ya establecida, Tycho Brahe, a quien
le gustaba viajar y lo hacía, como todo lo demás, a lo grande, efectuó una gira
por Europa en la cual visitó a algunos amigos, en su mayor parte astrónomos, en
Frankfurt, Basilea, Augsburgo, Wittenberg y Venecia, entre ellos al landgrave
Guillermo IV de Cassel. El landgrave era más que un aristócrata aficionado; se
había construido personalmente un observatorio en una torre en Cassel, y era
tan entusiasta de la astronomía que, cuando le dijeron que su casa se había
incendiado mientras estaba observando una nueva estrella, terminó
tranquilamente su observación antes de prestar atención a las llamas.
Él y Tycho Brahe se entendieron tan bien que, después de la visita, el
landgrave animó al rey Federico a que proporcionara a Tycho Brahe los medios
necesarios para que se construyese su propio observatorio. Cuando Tycho Brahe
regresó a Dinamarca, Federico II le ofreció varios castillos para que eligiera;
pero él declinó el ofrecimiento porque había decidido fijar su residencia en
Basilea, la vieja, encantadora y civilizada ciudad que había suscitado la
admiración de Erasmo de Rotterdam, Paracelso y otros ilustres humanistas.
Entonces Federico II se sintió realmente deseoso de que Tycho Brahe
permaneciese en Dinamarca, y en febrero de 1576 envió a un mensajero —un joven
de noble cuna, con instrucciones de viajar día y noche— con una orden real para
que Tycho Brahe se presentara inmediatamente al rey. Brahe obedeció, y el rey
le hizo una oferta que parecía de cuento de hadas: una isla en el Sund, entre
Copenhague y el Castillo de Elsinor, de cinco kilómetros de largo, una planicie
de más de quinientas hectáreas de extensión, que se alzaba sobre escarpados
acantilados junto al mar. Allí Tycho Brahe debería construir su casa y
observatorio a expensas del estado danés, y además recibiría una renta anual,
más varias sinecuras, que harían que sus ingresos figuraran entre los más altos
de Dinamarca. Tras una semana entera de vacilaciones, Tycho Brahe aceptó de
buen grado la isla de Hveen y la fortuna que la acompañaba.
En consecuencia, un documento real, firmado el 23 de mayo de 1576, decretaba
que: «Nos, Federico el Segundo de su nombre, hacemos saber a todos los hombres
que por nuestro especial favor y gracia hemos conferido y garantizado en feudo,
y ahora por esta nuestra carta abierta conferimos y garantizamos en feudo, a
nuestro bienamado Tyge Brahe, hijo de Otto, de Knudstrup, hombre y servidor
nuestro, nuestras tierras de Hveen, con todos los arrendatarios nuestros y de
la corona que viven en ellas, con todas las rentas y deberes que se deriven de
ellas, y que por voluntad nuestra y de la corona las tenga, use y conserve de
manera completa y libre, sin ninguna renta, durante todos los días de su vida,
y durante tanto tiempo como viva y continúe y prosiga sus studia
mathematices…».[363]
Así surgió el fabuloso Uraniborg (Palacio del Cielo) en la isla de Hveen, donde
Tycho Brahe vivió durante veinte años y enseñó al mundo los métodos de la
observación exacta.
Los nuevos dominios de Tycho Brahe, que él llamó «la isla de Venus, vulgarmente
denominada Hveen», tenían su propia y antigua tradición. A menudo se la
denominaba la «Isla Escarlata», por razones que un viajero inglés del siglo XVI
explica en su relato: «Los daneses creen que esta isla de Hveen tiene gran
importancia, pues según cuenta una leyenda, un rey de Inglaterra ofreció por
ella tanta tela escarlata como se necesitase para cubrirla, con una rosa noble
bordada en la esquina de cada pieza.»[364]
También había algunas ruinas del siglo XIII, relacionadas, según el folklore
danés, con una peculiar saga nibelunga. Sus habitantes, distribuidos en unas
cuarenta granjas agrupadas en torno a un pequeño poblado, se convirtieron en
súbditos de Tycho Brahe, quien los gobernó como un déspota oriental.
El observatorio de Tycho Brahe, el Uraniborg, construido por un arquitecto
alemán bajo la supervisión del astrónomo, era un símbolo de su carácter, y en
este edificio se combinaba la meticulosa precisión con una fantástica
extravagancia. Era una especie de gigantesca fortaleza, de la que se dijo que
«hizo época en la historia de la arquitectura escandinava», pero por los
grabados en madera que de ella se conservan, parece más bien un cruce entre el
Palazzo Vecchio y el Kremlin, con una fachada renacentista coronada por un domo
en forma de cebolla, flanqueado por torres cilíndricas, cada una con un techo
móvil, que albergaban los instrumentos de Tycho Brahe, y rodeadas por galerías
con relojes, cuadrantes solares, globos y figuras alegóricas. En el sótano se
hallaba la prensa de imprimir de Tycho Brahe, abastecida por su propio molino
de papel, su homo de alquimista y una prisión particular para arrendatarios
rebeldes. También contaba con su propia farmacia, su reserva de caza y
estanques artificiales para la pesca; lo único que le faltaba era su alce
domesticado. Se lo habían enviado desde sus propiedades, pero nunca llegó a la
isla. Una noche, durante el viaje, cuando se encontraba en el Castillo de
Landskroner, el alce se escapó escaleras arriba hasta una estancia vacía, y
allí bebió tanta cerveza que en su camino escaleras abajo tropezó, cayó, se
rompió una pata y murió.
En la biblioteca se alzaba un gran globo celeste de latón, de metro y medio de
diámetro, en el cual, durante veinticinco años, se grabaron las estrellas fijas
una por una, después de que Tycho Brahe y sus ayudantes hubiesen determinado de
nuevo sus posiciones correctas durante el proceso de trazar un nuevo mapa del
cielo; costó cinco mil táleros, equivalente a ocho años de salario de Kepler.
En el estudio del sudoeste, el arco de latón del mayor cuadrante de Tycho Brahe
—cuatro metros de diámetro— estaba clavado a la pared; en el espacio interior
del arco había un mural representando al propio Tycho Brahe rodeado por sus
instrumentos. Más adelante, Tycho Brahe añadió al Uraniborg un segundo
observatorio, el Stjemeborg (Castillo de las Estrellas), construido enteramente
bajo tierra para proteger los instrumentos de las vibraciones y del viento, con
tan sólo los techos, en forma de domo, situados por encima del nivel del suelo,
de tal modo que «incluso desde las entrañas de la Tierra podía mostrar el
camino de las estrellas y de la gloria de Dios».[365] Ambos edificios estaban llenos de aparatos y autómatas,
incluidas algunas estatuas movidas por ocultos mecanismos, y un sistema de
comunicaciones que le permitían hacer sonar una campanilla en la habitación de
cualquiera de sus ayudantes, lo cual motivaba que sus invitados creyesen que
los convocaba por medio de magia. Los invitados llegaban en incesante desfile:
sabios, cortesanos, príncipes y miembros de la realeza, incluido el propio rey
Jacobo VI de Escocia.
La vida en Uraniborg no era exactamente la que cabría esperar que llevara una
comunidad intelectual, sino más bien la propia de una corte del Renacimiento.
Se sucedían continuamente los banquetes para visitantes distinguidos,
presididos por el infatigable, bebedor y pantagruélico anfitrión, que peroraba
sobre las variaciones de la excentricidad de Marte, se aplicaba el ungüento en
la nariz de plata y arrojaba de vez en cuando golosinas a su bufón Jepp, que se
sentaba a los pies de su dueño bajo la mesa y no cesaba de hablar en medio del
ruido general. El tal Jepp era un enano que pasaba por tener dotes de
clarividente, de las que, al parecer, dio pruebas espectaculares en varias
ocasiones.
Tycho Brahe es, ciertamente, una agradable excepción entre los sombríos,
melancólicos y neuróticos genios de la ciencia. No fue un genio creativo, sino
tan sólo un gigante de la observación metódica. Desplegó, sin embargo, toda la
vanidad del genio en sus interminables efusiones poéticas. Su poesía es aún más
asombrosa que la del canónigo Koppernigk y más abundante, ya que Tycho Brahe
nunca tuvo que buscar quien se la publicara, puesto que tenía su propio molino
de papel y prensas de imprimir. Incluso así, sus versos y epigramas desbordaban
las paredes y los adornos de Uranienborg y Stjemeborg, repletos todos de máximas,
inscripciones y figuras alegóricas. La más impresionante de estas últimas,
colocada en la pared de su estudio principal, representaba a los ocho
astrónomos más importantes de la historia, desde Timocaris hasta el propio
Tycho Brahe, seguido por «Tychónides», un descendiente aún no nacido, bajo el
cual figuraba un epígrafe, en que se expresaba la esperanza de que fuese digno
descendiente de su gran antepasado.
§4. Exilio
Tycho Brahe permaneció en su isla Escarlata durante veinte años; luego, a los
cincuenta y un años, reemprendió sus vagabundeos. Pero, por aquel entonces, ya
había hecho lo más importante del trabajo de su vida.
Al analizar sus observaciones las dividió en «infantiles y dudosas» (durante
sus días de estudiante en Leipzig), «juveniles y habitualmente mediocres»
(hasta su llegada a Hveen) y «viriles, precisas y absolutamente exactas»
(hechas en Uraniborg).[366] La revolucionaria aportación de Tycho Brahe al método
astronómico consiste en la precisión y continuidad de sus observaciones, hasta
entonces inigualadas. El segundo punto es quizá más importante aún que el
primero: casi se puede afirmar que el trabajo de Tycho Brahe guarda con el de
los astrónomos anteriores una relación similar a la de una película
cinematográfica respecto a una colección de fotografías.
Además de su notable examen del Sistema Solar, su nuevo mapa del firmamento
comprendía un millar de estrellas fijas (de las cuales, había determinado con
toda exactitud la posición de 777 y colocó apresuradamente las restantes 223
para llegar a una cifra redonda, poco antes de que abandonara Uraniborg). Sus
pruebas de que la nova de 1572 era una auténtica estrella y de
que el cometa de 1577 se movía en una órbita mucho más alejada que la de la
Luna ponían fin a la tambaleante fe en la inmutabilidad de los cielos y la
solidez de las esferas celestes. Más adelante, su sistema del mundo, que
ofreció como una solución de recambio al copernicano, aunque sin mucho valor
científico, desempeñó, como veremos, un importante papel histórico.[367]
Las razones que hicieron a Tycho Brahe abandonar su reino insular fueron más
bien viles. Brahe, el hacendado escandinavo, era de trato tan altanero con los
hombres como humilde en relación con los hechos científicos; tan arrogante
hacia sus semejantes como delicado y afectuoso en el manejo de sus
instrumentos. Trataba a sus arrendatarios de manera execrable, les exigía
trabajos y bienes a los cuales no tenía derecho, y los encarcelaba cuando
ponían reparos. Su comportamiento era brutal hacia todo el que le desagradaba,
incluido el joven rey Cristián IV. El buen rey Federico había muerto en 1588 (a
causa de beber demasiado, como señaló claramente Vedel en su oración fúnebre),
y su sucesor, aunque bien dispuesto hacia Tycho Brahe, en cuya isla embrujada
había pasado un día delicioso cuando era un muchacho, no estaba dispuesto a
cerrar los ojos ante la manera escandalosa en que el astrónomo gobernaba Hveen.
Por aquel entonces, la arrogancia de Tycho Brahe bordeaba la megalomanía. Dejó
sin contestar varias cartas del joven rey, se burló de las decisiones de las
cortes provinciales, e incluso de las del Tribunal Supremo de Justicia,
manteniendo encarcelados a un arrendatario y a toda su familia. Como resultado
de todo esto, el gran hombre que había sido la gloria de Dinamarca se convirtió
en un personaje que causaba el más profundo desagrado en todo el país. No se
tomaron medidas directas contra él, pero sus fantásticas sinecuras se redujeron
a proporciones más razonables, y esto dio a Tycho Brahe, que estaba empezando a
sentirse cada vez más aburrido e inquieto en su isla Escarlata, el pretexto que
necesitaba para reanudar sus vagabundeos.
Llevaba varios años preparando su partida y cuando abandonó Hveen, en la Pascua
de 1597, lo hizo a su habitual manera grandiosa, con un cortejo de veinte
personas —familia, ayudantes, sirvientes y el enano Jepp— y un equipaje que
comprendía sus libros impresos, su biblioteca, sus muebles y todos sus
instrumentos (excepto los cuatro más voluminosos, que se los mandaron después).
Desde que, siendo estudiante, encargó su primer cuadrante en Augsburgo, había
tenido extremo cuidado en que le construyeran todos sus instrumentos de modo
que se pudieran desmontar y transportar. «Un astrónomo —declaró— debe ser
cosmopolita, ya que no puede esperarse que los ignorantes hombres de estado
valoren sus servicios.»[368]
La primera parada de la caravana de Tycho Brahe fue Copenhague; la siguiente,
Rostock, desde donde, abandonado ya el territorio danés, Tycho escribió una
carta más bien impertinente al rey Cristián, en la cual se quejaba del trato
que había recibido en su ingrato país y manifestaba su intención «de buscar
ayuda y asistencia de otros príncipes y potentados», pero expresaba asimismo
que estaría dispuesto a volver «si era en condiciones justas y sin ningún daño
a mi persona». Cristián IV contestó con una notable carta, en la cual refutaba
sobriamente y punto por punto las quejas de Tycho Brahe, y dejaba bien claro
que las condiciones de su regreso a Dinamarca pasaban por «ser respetado por
vos de forma distinta, si queréis encontrar en nos a un benevolente señor y
rey».[369]
Por una vez, Tycho Brahe había encontrado la horma de su zapato. Hubo tan sólo
dos hombres en su vida que le pudieron: el rey Cristián de Dinamarca, y
Johannes Keppler, de Weil-der-Stadt.
Quemados sus puentes, Tycho Brahe y su circo particular prosiguieron su
vagabundeo durante otros dos años por Alemania: del Castillo de Wandsbeck,
cerca de Hamburgo, a Dresde, a Wittenberg. Finalmente, en junio de 1599,
llegaron a —o, mejor dicho, hicieron su entrada en— Praga, residencia del
emperador Rodolfo II, de quien, por la gracia de Dios, Tycho Brahe había sido
nombrado matemático imperial. Dispondría de nuevo de un castillo elegido por él
y de un sueldo de tres mil florines al año (Kepler, en Gratz, ganaba
doscientos), además de algunos «ingresos inciertos que pueden ascender a varios
miles».[370][371]
Si Tycho Brahe se hubiera quedado en Dinamarca, resulta poco probable que
Kepler hubiese podido permitirse el gasto de visitarlo durante el poco tiempo
que a aquél le quedaba de vida. Las circunstancias que los convirtieron a ambos
en exiliados e hicieron posible su encuentro se pueden atribuir a la
coincidencia o a la Providencia, según los gustos, a no ser que se acepte la
existencia de una secreta ley de la gravedad en la historia. En definitiva, la
gravedad, en su sentido físico, es también simplemente una palabra para
designar una fuerza desconocida que actúa a distancia.
§5. Preludio del encuentro
Antes de conocerse personalmente en el Castillo de Benatek, cerca de Praga,
Kepler y Tycho Brahe llevaban dos años escribiéndose.
La relación había empezado con mal pie, debido a un inocente y craso error
cometido por el joven Kepler. El episodio implicaba a Ursus, el peor enemigo de
toda la vida de Tycho Brahe, y hace aparecer a los padres de la astronomía como
actores de una opera buffo.
Reymers Bear (Oso, en alemán, de ahí su nombre latinizado, Ursus)
procedía de Ditmar; había empezado como porquerizo y llegó a ser matemático
imperial, puesto en que le sucedió Tycho Brahe, del mismo modo que Kepler
sucedería a éste. Realizar, en el siglo XVI, semejante carrera requería, sin
duda, considerables dotes, que en Ursus se combinaban con un carácter obstinado
y brutal, siempre dispuesto a triturar los huesos de sus víctimas con un abrazo
de oso. En su juventud había publicado una gramática latina y un libro sobre agrimensura,
luego entró al servicio de un noble danés llamado Erik Lange. En 1584, Lange
visitó a Tycho Brahe en Uraniborg, y llevó a Ursus con él. Debió de ser un
encuentro tormentoso, por lo que veremos a continuación.
Cuatro años después de esta visita, Ursus publicó sus Fundamentos de
Astronomía,[372] obra en que explicaba su sistema del Universo. Era, a
excepción de algunos detalles, el mismo sistema que Tycho Brahe había estado
elaborando en secreto, pero que aún no había publicado, puesto que deseaba
reunir más datos para perfilarlo. En ambos sistemas se devolvía la Tierra al
centro del mundo, pero los cinco planetas giraban ahora en torno del Sol y, con
él, alrededor de la Tierra.[373] Se trataba, obviamente, de un renacimiento del sistema
intermedio entre los de Heráclides y Aristarco de Samos.
El sistema de Tycho Brahe no era, pues, en absoluto original; pero poseía la
ventaja de ofrecer una solución intermedia entre el universo copernicano y el
tradicional. Se recomendaba automáticamente por sí mismo a todos aquellos que
se sentían reacios a enfrentarse con la ciencia académica pero a la vez estaban
deseosos de «salvar los fenómenos», y habría de representar un papel importante
en la controversia con Galileo. En realidad, el sistema de Tycho Brahe lo
«descubrió» de manera por completo independiente un tercer estudioso, Helisaeus
Roeslin, como ocurre tan a menudo con los inventos que «flotan en el aire».
Pero Tycho Brahe, que se sentía tan orgulloso de su sistema como Kepler de sus
cinco sólidos perfectos, estaba convencido de que Ursus se lo había robado
hurgando entre sus manuscritos durante aquella visita de 1584. Recopiló pruebas
para demostrar que Ursus había estado revolviendo en sus papeles: tomó la
precaución de que su alumno Andreas compartiese la habitación con Ursus y
mientras éste estaba dormido, el fiel alumno «había tomado un puñado de papeles
de uno de los bolsillos de los pantalones de Ursus, pero no se atrevió a buscar
en el otro bolsillo por miedo a despertarlo»; y Ursus, al descubrir lo que
había ocurrido, «se comportó como un maniaco», a pesar de que le devolvieron
todos los papeles que nada tenían que ver con Tycho Brahe.
Pero según Ursus, Tycho Brahe se había mostrado altanero y arrogante con él;
había intentado mantenerlo confinado diciendo que «todos esos tipos alemanes
están medio chiflados»; y se había mostrado tan receloso acerca de sus
observaciones, «que él había captado con sólo echarles un vistazo, sin necesidad
de otras investigaciones», que incluso había mandado registrar minuciosamente
los papeles de Ursus la noche antes de su partida.
El resumen de todo esto es que, probablemente, Ursus estuvo fisgoneando en las
observaciones de Tycho, pero, en realidad, no hay ninguna prueba evidente de
que le robara su «sistema», ni de que tuviese necesidad de hacerlo.
En medio de este avispero se metió el joven Kepler cuando se le ocurrió la idea
del Mysterium y sintió la urgente necesidad de compartir su
alegría con todo el mundo de la cultura. Ursus era, por aquel entonces, el
matemático imperial de Praga, y Kepler se apresuró a escribirle una carta de
admiración, que empezaba con la típica frase: «Existen hombres curiosos que
escriben a personas a las que no conocen en lejanas tierras»; y, a
continuación, decía con kepleriana efusión que estaba familiarizado «con la
radiante gloría de vuestra fama, que os hace brillar entre los mathematici de
nuestro tiempo como el Sol entre las estrellas menores».[374]
Escribió esto en noviembre de 1595. El Oso nunca respondió a la entusiasta
carta del joven desconocido; pero dos años después, cuando Kepler ya era
conocido, Ursus publicó la carta, sin pedir permiso a Kepler, en un libro[375] en el cual proclamaba su anticipación al sistema de Tycho
Brahe, y le atacaba con el más feroz de los lenguajes. El libro llevaba el
lema: «Os asaltaré [refiriéndose a Tycho Brahe y compañía] cual osa privada de
sus crías… Oseas, 13.» Naturalmente, Tycho Brahe tuvo la
impresión de que Kepler estaba a favor del Oso, lo cual era precisamente lo que
éste había pretendido. La situación fue muy embarazosa para el pobre Kepler,
puesto que en ese intervalo había escrito también una carta de admiración a
Tycho Brahe, en la cual le llamaba «príncipe de las matemáticas, no sólo de
nuestro tiempo sino de todos los tiempos».[376] Más aún: desconocedor de la homérica lucha que existía
entre los dos, ¡había pedido a Ursus, entre todas las personas del mundo, que
hiciera llegar un ejemplar del Mysterium a Tycho Brahe!
Tycho Brahe reaccionó con insólita diplomacia y contención. Acusó recibo de la
carta y del libro de Kepler con gran cortesía, le alabó por la ingeniosidad
del Mysterium, aunque mostró algunas reservas, y expresó la
esperanza de que Kepler se esforzara ahora en aplicar su teoría de los cinco
sólidos al sistema del universo de Tycho Brahe. (Kepler escribió al margen:
«Todo el mundo se ama a sí mismo, pero puede apreciarse su alta opinión de mi
método»[377].) Tan sólo en un post-scriptum se quejó Tycho
Brahe de las alabanzas de Kepler a Ursus. Un poco más tarde, Tycho Brahe
escribió otra carta Maestlin,[378] en la cual criticaba el libro de Kepler mucho más
severamente y repelía su queja. Su verdadera intención estaba clara: Tycho
Brahe había reconocido inmediatamente las excepcionales dotes de Kepler,
deseaba ganárselo para su causa y esperaba que Maestlin pudiera influir en su
ex discípulo en este sentido. Maestlin transmitió puntualmente la queja de
Tycho Brahe a Kepler, y éste se dio cuenta entonces del terrible lío en que se
había metido, y precisamente con Brahe, que era su única esperanza. De modo que
se sentó y le escribió una larga y atormentada epístola en el más puro y
característico estilo kepleriano, con efusiva sinceridad, falseando un poco con
los hechos, patético, brillante y un poco farragoso, todo al mismo tiempo:
«¿Cómo es eso? ¿Por qué él [Ursus] concede tanto valor a mis halagos…? Si fuese
un hombre, los despreciaría; si fuera sabio, no los exhibiría públicamente. La
nulidad que yo era entonces buscaba a un hombre famoso que pudiese alabar mi
descubrimiento. Le supliqué que me regalara unas palabras de ánimo y, por el
contrario, extrajo un halago de mis súplicas… Mi espíritu estaba remontándose y
fundiéndose con la alegría del descubrimiento que acababa de hacer. Si, en el
egoísta deseo de alabarlo, expresé palabras que rebasaban mi opinión de él, se
debió a la impulsividad de la juventud.»[379]
Y así el resto. Pero en la carta hay una desconcertante confesión: cuando
Kepler leyó los Fundamentos de Astronomía de Ursus, creyó que
las reglas trigonométricas del libro eran descubrimientos originales de Ursus,
y no se dio cuenta de que la mayor parte de ellas podían encontrarse en
Euclides.[380] Uno siente el palpitar de la verdad en esta confesión de
la abismal ignorancia del joven Kepler en cuanto a las matemáticas en el
momento en que, guiado tan sólo por la intuición, trazó en el Mysterium el
mapa del curso de sus posteriores logros.
Tycho Brahe respondió brevemente y con amable condescendencia —que debió de
resultar más bien mortificante para Kepler—, que no había pedido tantas
disculpas. Así quedó cerrado el incidente, aunque no se honró de la mente de
Tycho Brahe, el cual, algún tiempo después, cuando Kepler ya se había
convertido en su ayudante, le obligó a escribir un panfleto En defensa
de Tycho contra Ursus, tarea que Kepler detestó.
Pero a partir de entonces, Tycho Brahe estuvo dispuesto a olvidar el
desafortunado episodio y deseoso de conseguir la colaboración de Kepler. Le
resultaba difícil poner en marcha el nuevo observatorio en el Castillo de
Benatek, y sus antiguos ayudantes no demostraban tener mucha prisa en reunirse
con el ex déspota de Hveen. De modo que, en diciembre de 1599, escribió a
Kepler: «Sin duda sabréis ya que he sido llamado graciosamente aquí por su
Majestad Imperial y que he sido recibido de la forma más amistosa y benévola.
Me gustaría que pudierais venir aquí, no obligado por las adversidades del
destino, sino más bien por vuestra propia voluntad y por el deseo de trabajar
conmigo. Pero fueren cuales fuesen vuestras razones, encontraréis en mí a un
amigo que no os negará su consejo y ayuda en la adversidad, y estará dispuesto
a auxiliaros. Y si venís pronto, quizá podamos encontrar formas y medios para
que vos y vuestra familia seáis mejor considerados en el futuro. Vale.
»Dado en Benatek, la Venecia de Bohemia, el 9 de diciembre de 1599, por la
propia mano de vuestro afectuoso amigo, Tycho Brahe.»[381]
Pero cuando aquella carta llegó a Gratz, Kepler ya estaba en camino al
encuentro de Tycho Brahe.
Capítulo 5
Tycho Brahe y Kepler
Contenido:
§1. La gravedad del destino
§2. El heredero
§1. La gravedad del destino
La ciudad y el Castillo de Benatek estaban situados a treinta y cinco
kilómetros —unas seis horas de viaje— al nordeste de Praga. Dominaban el río
Iser, que a menudo inundaba los campos circundantes, de ahí el nombre de «la
Venecia de Bohemia». Tycho Brahe había elegido Benatek entre los tres castillos
que el emperador le había ofrecido quizás a causa de que los acuosos
alrededores le recordaban Hveen. Había tomado posesión del castillo en agosto
de 1599 —seis meses antes de la llegada de Kepler—, de inmediato hizo derribar
paredes y levantar otras nuevas, con la intención de construir un nuevo
Uraniborg y anunció sus planes en altisonantes versos, que fueron grabados
sobre la entrada del futuro observatorio. Tenía que haber también una puerta
privada para el emperador, que había reservado un edificio anexo para sus
visitas.
Pero todo pareció ir mal desde el principio. El sueldo de tres mil florines que
el emperador había garantizado a Tycho Brahe batía todas las marcas anteriores:
«No había nadie en la corte, ni siquiera entre los condes y barones de más
dilatado servicio, que gozara de tales ingresos.»[382] Tanto la mente como las finanzas de Rodolfo II se hallaban
muy desordenadas, y los oficiales de su corte entorpecieron con gran eficacia
la ejecución de sus extravagantes promesas reales. Tycho Brahe tuvo que luchar
por su sueldo y contentarse con poder arrancar la mitad de él al erario; cuando
Kepler le sucedió, tan sólo pudo conseguir algunas migajas de lo que le
correspondía.
Al llegar Kepler a Benatek, Tycho Brahe se había peleado ya con el
administrador de los bienes de la corona, que mantenía cercados los cordones de
la bolsa, se había quejado al emperador y había amenazado con abandonar Bohemia
y explicar públicamente las razones. Además, algunos de los ayudantes de Tycho
Brahe, que habían prometido reunirse con él en el nuevo Uraniborg, no se habían
presentado y los instrumentos más voluminosos no acababan de llegar de su largo
viaje desde Hveen. Hacia Anales del año se había desencadenado la peste, lo
cual obligó a Tycho Brahe a trasladarse a la residencia imperial de Girsitz,
junto al emperador Rodolfo, al cual tuvo que administrar un elixir secreto
contra la epidemia. Para aumentar las preocupaciones de Tycho Brahe, Ursus, que
se había marchado de Praga a la llegada de aquél, regresó de nuevo e intentó
crearle problemas; y la segunda hija de Tycho Brahe, Elisabeth, mantenía
relaciones ilícitas con uno de sus ayudantes, el junker Tengnagel.
El joven Kepler, en la lejana provincia de Gratz, había imaginado que Benatek
era como un apacible templo de Urania pero llegó a una casa de locos. El
castillo estaba atestado de operarios, inspectores, visitantes, unidos al
temible clan de Tycho Brahe, incluido el siniestro enano Jepp, quien, de
cuclillas bajo la mesa durante las interminables y tumultuosas comidas,
encontraba un fácil blanco para sus burlas en aquel tímido espantajo de
matemático provinciano.
Kepler había llegado a Praga a mediados de enero. En seguida escribió a Benatek
y pocos días después recibió respuesta de Tycho Brahe, en que éste se lamentaba
de no poder darle personalmente la bienvenida debido a una inminente oposición
de Marte y Júpiter, a la que seguiría un eclipse lunar, y le invitaba a Benatek
«no como un huésped, sino como un amigo y colega en la contemplación de los
cielos». Los portadores de la carta eran el hijo mayor de Tycho Brahe y
el junkerTengnagel, quienes se mostraron celosos de Kepler desde un
principio y le fueron hostiles hasta el final. En su compañía completó Kepler
la última etapa de su viaje hasta Tycho Brahe, pero tan sólo después de otra
demora de nueve días. Tengnagel y el joven Brahe lo pasaban probablemente muy
bien en Praga y no tenían ninguna prisa por volver.
Por fin, el 4 de febrero de 1600, Tycho Brahe y Johannes Keplerus, cofundadores
de un nuevo universo, se encontraron frente a frente, nariz de plata contra
costrosa mejilla. Tycho Brahe tenía cincuenta y tres años; Kepler, veintinueve.
Tycho Brahe era un aristócrata; Kepler, un plebeyo. Tycho Brahe era un creso;
Kepler, un ratón de iglesia. Tycho Brahe se asemejaba a un gran danés; Kepler,
a un perro sarnoso. Eran opuestos en todos los aspectos excepto en uno: ambos
tenían el mismo carácter irritable y colérico. En consecuencia, se produjo
entre ellos una constante fricción, que estallaba en acaloradas disputas,
seguidas por forzadas reconciliaciones.
Pero todo esto era superficial. Daba la impresión de que era un encuentro de
dos hábiles estudiosos, cada cual decidido a utilizar al otro para sus propios
fines. Pero bajo las apariencias, los dos sabían, con la certeza de los
sonámbulos, que habían nacido para completarse el uno al otro, que la fuerza de
gravedad del destino los había unido. Su relación consistía en una continua
alternancia entre esos dos estados: en tanto que sonámbulos, avanzaban cogidos
del brazo por espacios no reflejados en ningún mapa; despiertos, extraían lo
peor del carácter del otro, como por inducción mutua.
La llegada de Kepler originó una reorganización del trabajo en Benatek. Antes,
el hijo menor de Tycho Brahe, Joergen, se encargaba del laboratorio;
Longomontanus se aplicaba al estudio de la órbita de Marte; Tycho Brahe tenía
la intención de encomendar a Kepler el siguiente planeta que se eligiese para
una observación sistemática. Pero la impaciencia de éste y el que Longomontanus
tuviera dificultades en su estudio de Marte, condujo a una redistribución del
reino planetario entre los tychónidas: a Kepler le
encomendaron Marte, a todas luces el planeta más difícil, mientras a
Longomontanus le asignaron la Luna. Esta decisión tuvo enorme importancia.
Kepler, orgulloso de que se le confiase Marte, alardeó de que resolvería el
problema de su órbita en ocho días e incluso hizo una apuesta acerca de ello.
Los ocho días se convirtieron en casi ocho años, pero de la lucha de esos años
con el recalcitrante planeta salió su Nueva Astronomía o Física de los
Cielos.
Kepler, por descontado, no sabía nada de lo que le esperaba. Había acudido a
Tycho Brahe para arrancarle las cifras exactas de las excentricidades y
distancias medias, a fin de mejorar su modelo del universo construido en torno
de los cinco sólidos y las armonías musicales. Pero, aunque nunca desechó
su idée fixe, ésta quedó relegada ahora a un segundo término.
Los nuevos problemas que brotaron de los datos de Tycho Brahe «me apasionaron
tanto que casi me volví loco».[383]Al ser tan sólo un observador aficionado con instrumentos muy
burdos, un astrónomo de sillón con la intuición del genio pero carente de una
disciplina intelectual, quedó abrumado por la riqueza y precisión de las
observaciones de Tycho Brahe, y tan sólo entonces empezó a darse cuenta de lo
que significaba realmente la astronomía. Los hechos desnudos, reflejados en los
datos de Tycho Brahe y la minuciosidad de su método actuaron como una muela de
afilar en el intelecto de Kepler, propenso a la fantasía. Pero aunque Brahe
hizo girar la muela de afilar, y el proceso pareció ser más doloroso para
Kepler que para él, al final fue la muela la que se desgastó, mientras que la
hoja salía de ella afilada y brillante.
Poco después de su llegada a Benatek, Kepler escribió: «Tycho posee las mejores
observaciones, y así, por decirlo de algún modo, dispone del mejor material
para la construcción del nuevo edificio; también tiene colaboradores y todo lo
que pueda desear. Únicamente le falta el arquitecto que pueda poner todo esto
en marcha según su propio diseño Pero aunque está bien dispuesto y posee
verdadero talento arquitectónico, se halla, sin embargo, estancado en sus
progresos por la multitud de los fenómenos y por el hecho de que la verdad se
halla profundamente oculta en ellos. Ahora, la vejez empieza a apoderarse
lentamente de él y debilita su espíritu y sus fuerzas.»[384]
No había ninguna duda respecto a la identidad del arquitecto en la mente de
Kepler. Y tampoco debió de resultarle difícil a Tycho Brahe adivinar la
auténtica opinión que Kepler tenía de él. Había amasado un tesoro de datos con
que nadie había contado antes de él, pero se estaba haciendo viejo y le faltaba
la osadía y la imaginación necesarias para construir, a partir de aquella
riqueza de material en bruto, el nuevo modelo del Universo. Sus leyes estaban
allí, en sus columnas de cifras, pero «demasiado profundamente ocultas» en
ellas para que pudiera descifrarlas. También debió de darse cuenta de que sólo
Kepler era capaz de realizar con éxito aquella tarea, y que nada podría
impedírselo; que sería aquel advenedizo, y no el propio Tycho Brahe ni el
esperado Tychónides del mural de Uraniborg, quien recogería los frutos del
trabajo de toda su vida. Entre resignado y abrumado por su propio destino,
deseaba, al menos, ponerle a Kepler las cosas tan difíciles como fuese posible.
Siempre se había mostrado muy reacio a revelar el tesoro de sus observaciones;
si Kepler pensó que podría obtenerlo fácilmente, estaba completamente
equivocado, como lo demuestra la indignada queja de su carta: «Tycho no me daba
ninguna oportunidad de compartir sus experiencias. Lo único que conseguía era
que en el transcurso de una comida, y mientras hablábamos de otros asuntos,
mencionara, como de pasada, hoy la cifra del apogeo de un planeta, mañana los
nodos de otro.»[385] En suma: como si estuviese arrojando huesos a Jepp debajo
de la mesa. Tampoco le permitía copiar sus cifras. Kepler, exasperado, llegó a
proponer a Magini, el rival italiano de Tycho Brahe, intercambiar sus propios
datos por algunos de los de éste. Brahe sólo cedió gradualmente, paso a paso; y
cuando encargó a Kepler el estudio de Marte, se vio obligado a darle todos sus
datos sobre dicho planeta.
Kepler llevaba apenas un mes en Benatek cuando Tycho Brahe, en una carta,
aludió por vez primera a las dificultades que habían surgido entre ellos; un
mes más tarde, el 5 de abril, la tensión acumulada estalló en una explosión que
pudo hacer añicos el futuro de la cosmología.
La causa inmediata de la disputa fue un documento cuyo borrador había redactado
Kepler, en que se especificaban puntillosamente las condiciones de su futura
colaboración con Tycho Brahe. Si él y su familia tenían que vivir
permanentemente en Benatek, Tycho Brahe debería facilitarles una morada
independiente, debido a que el ruido y el desorden de la casa estaban causando
un efecto terrible en el temperamento de Kepler y le provocaban violentos
estallidos de irritación. Luego, Tycho Brahe tenía que conseguir del emperador
un sueldo para Kepler, y mientras tanto pagarle cincuenta florines al trimestre.
También debía proporcionar a los Kepler determinadas cantidades de leña, carne,
pescado, cerveza, pan y vino. En cuanto a su colaboración, Tycho Brahe tenía
que otorgar libertad a Kepler para escoger el tiempo y tema de su trabajo, y
pedirle tan sólo que emprendiese investigaciones directamente relacionadas con
él; y puesto que Kepler «no necesitaba acicates, sino más bien un freno para
impedir que la tisis galopante acabara con él por exceso de trabajo»,[386] debía permitírsele descansar durante todo el día si había
estado trabajando hasta muy tarde por la noche. Y continuaba en estos términos
por espacio de varias páginas.
Este documento no estaba pensado para que Tycho Brahe lo leyese. Kepler se lo
mostró a un invitado, un tal Jessenius, profesor de medicina en Wittenberg, que
tenía que servir de intermediario en las negociaciones entre Tycho Brahe y él.
Pero ya fuera por casualidad o a causa de las intrigas, Tycho Brahe leyó este
documento, que difícilmente podía considerar halagador para su persona. De
todas maneras, lo aceptó con la bienintencionada magnanimidad que, en su
carácter de grand seigneur danés, se codeaba con la
irascibilidad y los celos. Continuaba siendo un déspota benévolo mientras nadie
desafiara su autoridad, y Kepler era socialmente tan inferior a él que sus
capciosas y porfiantes demandas no afectaban a Tycho como un desafío. Una de
las razones de la amargura de Kepler era, entre otras, que le habían asignado
una posición inferior en la mesa.
Pero, por encima de todo, Tycho Brahe necesitaba a Kepler, ya que era el único
que podía dar forma al trabajo de toda su vida. Así pues, se sentó a negociar
con Kepler en presencia de Jessenius, mientras se aplicaba pacientemente el
ungüento en la nariz, como si fuese un dechado de moderación paternal. Su
actitud exacerbó aún más el complejo de inferioridad de Kepler, y atacó a Tycho
Brahe, según palabras de éste, «con la vehemencia de un perro loco, animal al
que el propio Kepler suele compararse en cuanto a irritabilidad».[387]
Inmediatamente después de la tormentosa sesión, Tycho Brahe, que siempre tenía
los ojos puestos en la posteridad, puso por escrito todo lo que se había dicho
y pidió a Jessenius que lo avalara como testigo. Sin embargo, cuando se calmó
lo suficiente, suplicó a Kepler que se quedara al menos durante unos cuantos
días más, hasta que llegase una respuesta del emperador, al que Tycho Brahe
había escrito en relación con el empleo de Kepler. Pero éste se negó a
escucharle, y al día siguiente partió en compañía de Jessenius hacia Praga,
donde se alojó en casa del barón Hoffman. Poco antes de su partida, Kepler tuvo
otro de sus estallidos de cólera; en el momento de decir adiós, abrumado por
los remordimientos, pidió disculpas; mientras, Tycho Brahe susurraba al oído de
Jessenius que debía intentar que el enfant terrible volviera a
la razón. Pero tan pronto como llegaron a Praga, Kepler escribió otra ofensiva
carta a Tycho Brahe.
Probablemente atravesaba un terrible estado de histeria. Sufría de uno de sus
periódicos accesos de fiebre; su familia se hallaba lejos, en Gratz; la
persecución de los protestantes en Estilla y la hecatombe de Benatek estaban
arruinando su futuro; y los datos sobre Marte permanecían inaccesibles en manos
de Tycho Brahe. Al cabo de una semana, el péndulo osciló hacia el otro extremo:
Kepler le escribió una carta de disculpa, que recuerda los desvaríos de un
masoquista contra la propia culpabilidad de su «yo»:
«La mano criminal que, el otro día, fue más rápida que el viento en infligir
heridas, apenas sabe cómo actuar para enmendarse. ¿Qué debo mencionar primero?
¿Mi falta de autodominio, que tan sólo puedo recordar con el mayor de los
dolores, o vuestras benevolencias, oh noble Tycho, que no se pueden enumerar ni
valorar en su auténtico mérito? Durante dos meses habéis proveído con la máxima
generosidad a mis necesidades… Me habéis ofrecido toda vuestra amistad, me
habéis permitido compartir vuestras más queridas posesiones… En conjunto, ni
vuestros hijos, ni vuestra esposa, ni vos mismo os habéis dedicado a vos más
que a mí… Sin embargo, pienso con el más profundo de los desánimos que Dios y
el Espíritu Santo me abrumaron de tal manera con impetuosos ataques de mi mente
enferma que en vez de mostrar moderación, me sumí con los ojos cerrados durante
tres semanas en un terco y absurdo ataque contra vos y vuestra familia; que en
vez de agradeceros todos vuestros favores, mostré una ciega rabia; que en vez
de comportarme con respeto mostré la mayor insolencia contra vuestra persona,
la cual, por su noble linaje, profunda erudición y gran fama merece todos los
respetos; que en vez de daros mis más efusivas gracias, me dejé llevar por la
suspicacia y las insinuaciones, sumido en la amargura… Nunca tomé en
consideración cuán cruelmente debió de heriros este despreciable
comportamiento… Vengo a vos como un suplicante para pediros, en nombre de la
divina piedad, que perdonéis mis terribles ofensas. Lo que he dicho o escrito
contra vuestra persona, vuestra fama, vuestro honor y vuestro rango científico…
Me retracto de ello en todas sus partes y lo declaro voluntaria y libremente
como algo inválido, falso y erróneo… Prometo también sinceramente que a partir
de ahora y esté donde esté, no sólo me contendré de realizar tales actos,
palabras, hechos y escritos estúpidos, sino que nunca más os ofenderé de manera
tan injusta y deliberada… Pero, puesto que los caminos de los hombres son
resbaladizos, os pido que apenas notéis en mí cualquier tendencia hacia tan
poco juicioso comportamiento, me lo recordéis; me encontraréis siempre bien
dispuesto a ello. Prometo también… someterme a vos en todo tipo de servicios y…
probaros así con mis actos que mi actitud hacia vuestra persona es distinta, y
siempre fue distinta, de la que uno puede llegar a suponer por la temeraria
condición de mi corazón y mi cuerpo durante esas últimas tres semanas. Ruego a
Dios para que me ayude a cumplir esta promesa.»[388]
Cito esta carta con cierta extensión porque revela el trágico fondo de la
personalidad de Kepler. Esos giros de las frases no parecen proceder de un
reputado estudioso, sino de un adolescente acongojado que suplica ser perdonado
por su padre al que odia y ama al mismo tiempo. Tycho Brahe había reemplazado a
Maestlin. En lo más profundo de su cambiante y complejo carácter, Kepler fue
siempre un ser abandonado y desamparado.
Pero Tycho Brahe no dependía menos de Kepler que lo que Kepler dependía de
Tycho Brahe. En sus relaciones sociales, Tycho Brahe era el viejo jefe del
clan, y Kepler, el adolescente de malos modales que siempre incordiaba. Pero en
otro aspecto, las reglas se invertían: Kepler era el mago del que Tycho Brahe
esperaba la solución de sus problemas, la respuesta a sus desengaños, la
salvación de la derrota definitiva; y por estúpidamente que ambos se
comportaran, como sonámbulos que eran, ambos lo sabían.
En consecuencia, tres semanas después de la pelea, Tycho Brahe marchó a Praga y
llevó a Kepler de vuelta a Benatek en su carruaje… No resulta difícil de
imaginar el enorme y grueso brazo de Tycho Brahe apretando en un afectuoso
abrazo los delgados huesos de Kepler…
§2. El heredero
La colaboración entre Kepler y Tycho Brahe duró, en conjunto, dieciocho meses,
hasta la muerte de éste. Afortunadamente para ambos, y para la posteridad, tan
sólo se hallaron en contacto personal durante parte de ese tiempo, puesto que
Kepler regresó dos veces a Gratz y allí pasó ocho meses en total, arreglando
sus asuntos y los referentes a las propiedades de su esposa.
Partió hacia Gratz por vez primera poco después de su reconciliación con Tycho
Brahe, en junio de 1600. Aunque se había restablecido la paz entre ellos, no
habían acordado nada concreto respecto a su colaboración futura,[389] y Kepler tenía sus dudas acerca de si debía regresar a
Benatek o no hacerlo. Esperaba todavía salvar su posición y su sueldo en Gratz
tras su larga ausencia, u obtener un puesto en su Württemberg natal —la
ambición de toda su vida—. Escribió a Maestlin y Herwart, sus primero y segundo
padres adoptivos, y les insinuó que el tercero le había supuesto más bien una
decepción; pero aquello no condujo a nada. Envió al archiduque Femando un
tratado sobre un eclipse solar, sin obtener tampoco resultado; pero en ese
tratado dio con algo en que no había pensado antes: había «una fuerza en la
Tierra» que influía en el movimiento de la Luna, una fuerza que disminuía en
proporción a la distancia. Del mismo modo que había atribuido una fuerza física
al Sol para explicar los movimientos de los planetas, la dependencia de la Luna
de una fuerza similar de la Tierra era el siguiente paso importante hacia el
concepto de la gravitación universal.
Pero tales ardides no disuadirían al archiduque de su plan de extirpar la
herejía de sus tierras. A lo largo del 31 de julio y los días siguientes todos
los ciudadanos luteranos de Gratz, poco más de un millar, tuvieron que
comparecer, uno por uno, ante una comisión eclesiástica para declarar su
voluntad de regresar a la fe romana o exiliarse. Esta vez no se hizo ninguna
excepción, ni siquiera con Kepler, aunque se le dispensó de pagar la mitad del
impuesto de salida y se le garantizaron otros privilegios financieros. El día
anterior a la comparecencia ante la comisión, corrió por todo Gratz el rumor de
que Kepler había cambiado de opinión y declarado su voluntad de convertirse al
catolicismo. Resulta imposible de saber si realmente dudó, pero, en cualquier
caso, venció la tentación y aceptó el exilio con todas sus consecuencias.
Envió una última petición de socorro a Maestlin,[390] que empieza con una disertación sobre el eclipse de Sol
del 10 de julio, que había observado mediante una camera obscura de
construcción propia, levantada en medio de la plaza del mercado de Gratz, con
el doble resultado de que un ladrón le robó la bolsa con treinta florines, al
tiempo que Kepler descubría, a su vez, una nueva e importante ley de óptica. La
carta continúa con la amenazadora noticia de que Kepler y su familia se
desplazarán Danubio abajo hasta los brazos de Maestlin, el cual, sin duda, podrá
proporcionarle un puesto de profesor (por humilde que sea); y termina con la
petición de que Maestlin rece por él. Maestlin respondió que rezaría de buen
grado, pero que no podía hacer ninguna otra cosa por Kepler, «el constante y
valiente mártir de Dios».[391] Después de esto, no contestó a ninguna de las cartas de
Kepler durante cuatro años. Probablemente pensó que ya había cumplido su papel
y que ahora correspondía a Tycho Brahe ocuparse del niño prodigio.
El propio Tycho Brahe se sintió encantado con las tristes noticias. Había
dudado de que Kepler regresase, y aún le agradó más el retorno de Kepler porque
Longomontanus, su ayudante más joven, se había marchado. Cuando Kepler le
informó de su próxima expulsión, le contestó que debía regresar junto a él
inmediatamente; «no dudéis, hacedlo aprisa, y tened confianza».[392] Añadió que durante una reciente audiencia con el emperador
había solicitado que Kepler fuese asignado oficialmente a su observatorio, y
que el emperador había dado su consentimiento. Pero en un post-scriptum a
la larga y afectuosa carta, Tycho Brahe no pudo por menos que aludir a un tema
que había sido una de las razones principales de la desdicha de Kepler en
Benatek. Tycho Brahe le había impuesto la fastidiosa tarea de escribir un
opúsculo en que se refutaran las afirmaciones de Ursus, y aunque Ursus había
muerto en el ínterin, Tycho Brahe continuaba insistiendo en perseguirlo más
allá de la tumba. A mayor abundamiento, Kepler tenía que escribir también una
refutación a un opúsculo de John Craig, médico de Jacobo de Escocia, en que el
autor se había atrevido a dudar de las teorías de Tycho Brahe respecto a los
cometas. No era una alegre perspectiva para Kepler malgastar su tiempo en esos
trabajos inútiles, al servicio exclusivo de la vanidad de Tycho Brahe; pero
ahora no tenía otra posibilidad.
En octubre estaba de vuelta en Praga con su esposa, pero sin sus muebles y
pertenencias, que había dejado en Linz, ya que no tenía dinero para pagar el
transporte. Se hallaba otra vez sometido a su intermitente fiebre y de nuevo se
sentía amenazado por la tisis. El consentimiento imperial a su empleo no se
materializó en nada efectivo, de modo que Kepler y su esposa tuvieron que vivir
enteramente de la bondad de Tycho Brahe. A petición del emperador, que deseaba
tener a su matemático a mano, Tycho Brahe tuvo que renunciar a los esplendores
de Benatek y se trasladó a una casa de Praga, donde los Kepler, al carecer de
dinero para alquilar otra vivienda, tuvieron que ocupar unas habitaciones.
Kepler dispuso de poco tiempo para dedicarse a la astronomía durante los siguientes
seis meses, pues estuvo enteramente ocupado escribiendo las odiosas polémicas
contra Ursus y Craig, y alimentando sus dolencias reales e imaginarias.
Bárbara, su esposa, que ni siquiera en sus mejores días había sido una persona
alegre, odiaba las extrañas costumbres y las estrechas y retorcidas calles de
Praga, cuyo hedor era lo suficientemente fuerte como para «hacer retroceder a
los turcos», en expresión de un viajero inglés de la época.[393] Los Kepler bebieron la amarga copa del exilio hasta las
heces.
En la primavera de 1601, el acaudalado padre de Bárbara murió en Estiria: había
pagado con la conversión el poder morir en su patria. Esto dio a Kepler el
oportuno pretexto para dejar a su familia a cargo de Tycho Brahe y regresar a
Gratz a fin de hacerse cargo de la herencia. Aunque en esto último no tuvo
éxito, se quedó en Gratz durante otros cuatro meses —y, al parecer, fue para él
un período maravilloso— en los cuales cenó en las casas de los nobles
estirianos, que le acogían como a una especie de distinguido exiliado de vuelta
por un breve tiempo a su hogar, subió a las montañas para medir la curvatura de
la Tierra, escribió enfurecidas cartas a Tycho Brahe, al que reprochaba no dar
suficiente dinero a Bárbara, y preguntaba inquisitivamente a ésta si Elisabeth
Brahe, que finalmente había podido casarse con el junker Tengnagel,
«mostraba signos de la criatura», que nació tres meses después de la boda.
Regresó a Praga en agosto, sin haber cumplido con su misión, pero con su salud
por completo restablecida y espíritu radiante. Faltaban sólo dos meses para que
se produjera el giro más decisivo de su vida.
El 13 de octubre de 1601, Tycho Brahe estaba invitado a cenar a la mesa del
barón Rosenberg, en Praga. Entre los invitados había un canciller imperial, de
modo que se encontraría en ilustre compañía. Pero, puesto que Tycho Brahe tenía
ya la costumbre de codearse con la realeza y estaba habituado a beber
copiosamente, resulta difícil de comprender por qué fue incapaz de salirse de
la desagradable situación en que él mismo se metió. Kepler registró
meticulosamente lo ocurrido en el Diario de Observaciones, especie
de cuaderno de bitácora donde se anotaban todos los acontecimientos importantes
de la casa de los Brahe:
«El 13 de octubre, Tycho Brahe, en compañía del maestro Minkowitz, acudió a
cenar en casa del ilustre Rosenberg, y retuvo sus aguas más allá de lo que
exige la cortesía. Al beber más, sintió que la tensión de su vejiga se
incrementaba, pero puso la educación por delante de su salud. Cuando regresó a
casa, apenas fue capaz de orinar.
»Al principio de su
enfermedad, la Luna se hallaba en oposición con Saturno… [sigue el horóscopo
del día].
»Tras cinco noches sin dormir, continuaba sin poder soltar su agua sin
experimentar grandes dolores, e incluso así la evacuación era difícil. El
insomnio prosiguió, con fiebre interna que desembocó gradualmente en delirio; y
la comida que comía, y que no podía retener, exacerbaba el mal. El 24 de
octubre cesó su delirio durante varias horas; la naturaleza venció y expiró
pacíficamente entre los consuelos, plegarias y lágrimas de sus allegados.
»De este modo, a partir de esta fecha, quedó interrumpida la serie de
observaciones celestes, y sus propias observaciones de treinta y ocho años
llegaron a su fin.
»En esta última noche, en su apacible delirio, repitió una y otra vez estas
palabras, como alguien que está componiendo un poema: "Que no parezca que
he vivido en vano."
»Deseaba, sin duda, que se añadieran estas palabras a la primera página de sus
obras, con lo cual las dedicaba a la memoria y uso de la posteridad.»[394]
Durante sus últimos días,
cada vez que el dolor remitía, el gran danés se negaba a seguir una dieta y
mandaba cocinar y comía vorazmente todos los platos que pasaban por su
imaginación. Cuando el delirio lo postraba de nuevo, continuaba repitiendo
levemente que esperaba que su vida no hubiese sido en vano (ne frusta
vixisse videar). El significado de esas palabras resulta claro gracias a su
última voluntad dirigida a Kepler.[395] Era la misma voluntad que le había expresado en la primera
carta que le escribió: que debía erigir el nuevo Universo, no sobre el sistema
copernicano, sino a partir del de Tycho Brahe. Pero sabía, sin duda, como lo
demuestran sus quejas durante el delirio, que Kepler haría precisamente todo lo
contrario y que utilizaría a su manera el legado de Tycho Brahe.
Enterraron con gran pompa a Tycho Brahe en Praga: su ataúd, llevado por doce
caballeros imperiales, iba precedido por su escudo de armas, sus espuelas de
oro y su caballo favorito.
Dos días después, el 6 de noviembre de 1601, Barwitz, consejero particular del
emperador, llamó a Kepler para nombrarle sucesor de Tycho Brahe en el puesto de
matemático imperial.
Capítulo 6
Establecimiento de las leyes
Contenido:
§1. «Astronomia Nova»
§2. Primeros tanteos
§3. El primer asalto
§4. Ocho minutos de arco
§5. La ley errónea
§6. La segunda ley
§7. La primera ley
§8. Algunas conclusiones
§9. Los ocultos escollos de la gravedad
§10. Materia y mente
§1. Astronomia Nova
Kepler permaneció en Praga como matemático imperial de 1601 a 1612, hasta la
muerte de Rodolfo II.
Fue el período más fructífero de su vida y en él le cupo el incomparable mérito
de fundar dos nuevas ciencias: la óptica instrumental, de la que no nos
ocuparemos aquí, y la astronomía física. Su magnum opus, publicada
en 1609, lleva el significativo título:
Nueva Astronomía basada en
la causalidad
o Física del cielo
derivada de las investigaciones de los
MOVIMIENTOS DE LA ESTRELLA MARTE
Fundada en las observaciones del noble TYCHO BRAHE[396].
Kepler trabajó en ella, sin
interrupciones, desde su llegada a Benatek, en 1600, hasta 1606. Contiene las
dos primeras de sus tres leyes del movimiento planetario: primera, los planetas
se mueven alrededor del Sol no en círculos, sino en órbitas elípticas, uno de
cuyos focos lo ocupa el Sol; segundo, los planetas no se desplazan por sus
órbitas a velocidad uniforme, sino de tal manera que una línea trazada desde el
planeta hasta el Sol barre siempre igual área en igual tiempo. La tercera ley,
publicada más tarde, no nos interesa en este momento.
A primera vista, las leyes de Kepler parecen tan inocentes como el E=mc2,
que tampoco revela lo que entraña para las explosiones atómicas. Pero la
moderna visión del Universo está configurada, más que por otro descubrimiento
aislado, por la ley de la gravitación universal de Newton, que a su vez se
deriva de las tres leyes de Kepler. Aunque, debido a las peculiaridades de
nuestro sistema educativo, es posible que una persona nunca haya oído hablar de
las leyes de Kepler, su pensamiento ha sido modelado inconscientemente por
ellas: son los cimientos invisibles de todo un edificio intelectual.
Así pues, el establecimiento de las leyes de Kepler es un hito histórico.
Fueron las primeras «leyes naturales» en el sentido moderno: afirmaciones
precisas y verificables acerca de las relaciones universales que gobiernan
fenómenos particulares, expresadas en términos matemáticos. Separaron la
astronomía de la teología y la unieron con la física. Pusieron, por último, fin
a la pesadilla que atormentaba a la cosmología durante los últimos dos
milenios: la obsesión de esferas girando encima de otras esferas, y la
sustituyeron por una visión de cuerpos materiales, similares a la Tierra, que
flotan libremente en el espacio, movidos por fuerzas físicas que actúan en
ellos.
La manera como Kepler llegó a su nueva cosmología es fascinante: intentaré
seguir el curso zigzagueante de su razonamiento. Por fortuna, no borró sus
huellas, como hicieron Copérnico, Galileo y Newton, quienes nos enfrentaron con
el resultado de su trabajo sin damos a conocer las etapas del proceso. Kepler
era incapaz de exponer sus ideas metódicamente, al modo de un libro de texto;
tenía que describirlas en el orden en que se le ocurrían, incluidos todos los
errores, desviaciones y trampas en que había caído. La Nueva Astronomía está
escrita en un estilo poco académico, bulliciosamente barroco, personal, íntimo
y a menudo exasperante. Pero es una extraordinaria revelación de la manera como
trabaja una mente creadora.
«Lo que me importa [explicaba Kepler en su Prefacio] no es simplemente
comunicar al lector lo que tengo que decir, sino por encima de todo
transmitirle las razones, subterfugios y afortunadas casualidades que me
condujeron a mis descubrimientos. Cuando Cristóbal Colón, Magallanes y los
portugueses relatan cómo se perdieron más de una vez en sus viajes, no sólo
debemos perdonarles, sino agradecerles que nos hayan dejado su narración,
porque sin ella no hubiéramos tenido lo más fundamental e interesante. Así que
espero que no se me culpe si, movido por idéntica consideración hacia el
lector, sigo el mismo método.»[397]
Antes de embarcamos en relatar este proceso, será prudente añadir mis propias
disculpas a las de Kepler. Animado por idéntica «consideración hacia el
lector», he procurado simplificar lo más posible un tema difícil: con todo, el
presente capítulo tiene que ser necesariamente algo más técnico que el resto de
este libro. Aunque algunos pasajes agoten la paciencia del lector, incluso si
ocasionalmente no logra comprender algún extremo o pierde el hilo, espero que
al menos capte una idea general de la aventura del pensamiento de Kepler, que
sentó las bases del moderno entendimiento del Universo.
§2. Primeros tanteos
Recordemos que en la distribución del Cosmos que siguió a la llegada del joven
Kepler al Castillo de Benatek, le encargaron el estudio de los movimientos de
Marte, que habían agotado la paciencia de Longomontanus, el más antiguo
colaborador de Tycho Brahe y del propio astrónomo danés.
«Creo que fue una decisión de la Divina Providencia [comentaría después] el que
yo llegara precisamente en el momento en que Longomontanus estaba ocupado con
Marte. Porque sólo Marte nos permite penetrar en los secretos de la astronomía
que de otro modo permanecerían para siempre ocultos.»[398]
La razón de esta posición clave de Marte estriba en que, entre los planetas
exteriores, su órbita se desvía respecto al círculo más que la de los demás; es
la más notoriamente elíptica. Justo por esta razón, que Marte había vencido a
Tycho Brahe y a su ayudante: puesto que ambos esperaban que los planetas se
moviesen en círculos, resultaba imposible reconciliar la teoría con la
observación:
«[Marte] es el gran vencedor de la curiosidad humana, se burló de todas las
estratagemas de los astrónomos, les hizo romper sus instrumentos, derrotó sus
ejércitos; mantuvo el secreto de sus reglas a salvo durante todos los siglos
pasados y prosiguió su camino con una libertad sin restricciones; por ello, el
más famoso de los latinos, el sacerdote de la naturaleza, Plinio, lo acusó
especialmente: Marte es una estrella que pone a prueba la observación.»[399]
Así se expresa Kepler en su dedicatoria de la Nueva Astronomía al
emperador Rodolfo II. La dedicatoria está escrita en forma de alegoría de la
guerra de Kepler contra Marte, iniciada bajo «el mando supremo de Tycho»,
pacientemente proseguida a pesar de la advertencia del ejemplo de Rheticus, que
perdió la cabeza con Marte, y de otros muchos peligros y terribles
inconvenientes, tales como una falta de medios debida al fallo del emperador
Rodolfo en pagarle el sueldo convenido, y así hasta llegar al triunfo final,
cuando el matemático imperial arrastra en su carro al enemigo cautivo hasta el
trono del emperador.
Puesto que Marte contenía el secreto de todos los movimientos planetarios,
asignaron al joven Kepler la tarea de resolverlo. Primero afrontó el problema
por los caminos tradicionales; cuando fracasó, empezó a arrojar lastre y
continuó intentándolo hasta que, poco a poco, se liberó de todo el peso de las
antiguas creencias acerca de la naturaleza del Universo y las reemplazó por una
ciencia nueva.
A modo de entrenamiento, hizo tres innovaciones revolucionarias a fin de ganar
espacio, valga la expresión, para codearse con el verdadero problema.
Recordemos que el centro del sistema de Copérnico no era el Sol, sino el centro
de la órbita de la Tierra, y que ya en el Mysterium Cosmographicum, Kepler
había puesto objeciones a esta suposición por considerarla absurda desde el
punto de vista de la física. Puesto que la fuerza que movía los planetas
procedía del Sol, el conjunto del sistema tenía que hallarse centrado en el
cuerpo del propio Sol.[400]
Pero en realidad no era así. El Sol no ocupa el centro, C, exacto de la órbita,
sino S, un foco de la elipse.
Kepler no sabía aún que la órbita era una elipse; todavía creía que era una
circunferencia. Pero incluso así, para conseguir unos resultados
aproximadamente correctos era menester situar el centro de la circunferencia en
C y no en el Sol. En consecuencia, se formuló esta pregunta: ¿Por qué insisten
los planetas en girar en torno de C si la fuerza que los mueve
procede de S? Kepler respondió a la pregunta suponiendo que cada planeta estaba
sujeto a dos influencias contradictorias: la fuerza del Sol y una
segunda fuerza localizada en el propio planeta. Esta concurrencia de
las dos fuerzas ocasionaba que unas veces se acercara al Sol y otras se alejara
de él.
Estas dos fuerzas son, como sabemos, la gravedad y la inercia. Kepler, como
veremos, nunca llegó a formular tales conceptos. Pero preparó el camino para
Newton estableciendo dos fuerzas dinámicas para explicar la excentricidad de
las órbitas. Antes de Kepler no se había sentido la necesidad de una
explicación en términos físicos; el fenómeno de la excentricidad se «salvaba»
simplemente con la introducción de un epiciclo o excentro, que hacía girar a.
C. en torno de S. Kepler reemplazó las ruedas ficticias por fuerzas reales.
Insistió, por la misma razón, en tratar al Sol como el centro de su sistema, no
sólo en sentido físico sino también geométrico, haciendo de las distancias y
posiciones de los planetas respecto al Sol (y no respecto a la Tierra o al
centro C) la base de sus cálculos. Este cambio, que era más instintivo que
lógico, constituyó un importante factor de su éxito.
Su segunda innovación es más fácil de explicar. Las órbitas de todos los
planetas se hallan de manera aproximada, pero no exacta, en el mismo plano;
forman ángulos muy pequeños las unas con las otras, casi como las páginas
adyacentes de un libro que esté casi, pero no por completo, cerrado. Los planos
de todos los planetas pasan, por descontado, a través del Sol, hecho que
resulta evidente por sí mismo para nosotros, pero no para la astronomía
prekepleriana. Copérnico, equivocado una vez más por su ciega adhesión a
Tolomeo, había sostenido que el plano de la órbita de Marte oscila en
el espacio, e hizo depender esta oscilación de la posición de la
Tierra, la cual, como indica Kepler, «no es asunto de Marte». Juzgó
«monstruosa» esta idea copernicana (aunque sólo se debía a la completa
indiferencia de Copérnico hacia la realidad física), y se dedicó a probar que
el plano en que se mueve Marte pasa a través del Sol, y no oscila, sino que
forma un ángulo fijo con el plano de la órbita de la Tierra. Aquí, por una vez,
obtuvo un éxito inmediato. Probó, mediante varios métodos distintos, basados
todos en las observaciones de Tycho Brahe, que el ángulo entre los planos de
Marte y la Tierra era siempre el mismo: 1º 50’. Esto le encantó, y anotó que
«la observación se puso del lado de mis ideas preconcebidas, como me ha
ocurrido muchas veces antes».[401]
La tercera innovación fue la más radical. Para conseguir más espacio vital,
tenía que liberarse de la camisa de fuerza del «movimiento uniforme en círculos
perfectos», axioma fundamental de la cosmología desde Platón hasta Copérnico y
Tycho Brahe. Dejó, por el momento, lo del movimiento circular, pero eliminó por
completo la velocidad uniforme. De nuevo se guio principalmente por
consideraciones físicas: si el Sol regía los movimientos, entonces tenía que
ejercer más poderosamente su fuerza sobre el planeta cuando éste se halla más
cerca de la fuente, y menos cuando se halla más lejos de ella; en consecuencia,
el planeta se moverá más rápidamente o más lentamente, de una manera
relacionada en algún modo con su distancia al Sol.
Esta idea no era tan sólo un ataque a la antigua tradición, sino que trastocaba
también el propósito original de Copérnico. Recordemos que el motivo original
de Copérnico para embarcarse en una reforma del sistema tolemaico era su
descontento con el hecho de que, según Tolomeo, un planeta no se mueve a
velocidad uniforme en torno del centro de su órbita, sino sólo alrededor de un
punto situado a determinada distancia del centro. Este punto, llamado punctum
equans, era aquél en el espacio desde el cual el planeta ofrecía la
ilusión de un «movimiento uniforme». El canónigo Koppernigk consideraba esta
convención como una «desobediencia» a la orden de movimiento uniforme, abolió
los ecuantes de Tolomeo y añadió, en su lugar, más epiciclos a su sistema. Esto
no hizo que el movimiento real de los planetas fuese ni
circular ni uniforme, pero cada rueda del imaginario reloj que se suponía lo
hacía mover todo giraba uniformemente, aunque sólo fuera en la mente del
astrónomo.
Cuando Kepler renunció al postulado del movimiento uniforme, pudo suprimir los
epiciclos que Copérnico había introducido para salvar las apariencias. Y, en su
lugar, aprovechó el ecuante como un valioso instrumento de cálculo.
Supongamos que el círculo es la vía de un tren de juguete que marcha alrededor
de una habitación. Cuando llega cerca de la ventana avanza un poco más aprisa;
cerca de la puerta, algo más lentamente.
Contando con que esos
periódicos cambios de velocidad sigan alguna regla simple y definida, es
posible hallar el punctum equans, E, desde el cual el
tren parecemoverse a velocidad uniforme. Cuanto más cerca nos
hallamos de un tren en movimiento, más rápido parece moverse; en consecuencia,
el punctum equansestará en algún lugar entre el centro, C, de la
vía y la puerta, de modo que la distancia elimine el exceso de velocidad del
tren cuando pasa junto a la ventana, y la proximidad compense su pérdida de
velocidad junto a la puerta. La ventaja conseguida con la introducción
del punctum equans imaginario estriba en que, visto
desde E el tren parece moverse de manera uniforme, es decir, barre
ángulos iguales en tiempos iguales, lo cual permite calcular sus diferentes
posiciones, 1, 2, 3, etc., en cualquier momento.
Mediante esos tres pasos preliminares: cambiar el centro del sistema al
interior del Sol; demostrar que los planos orbitales no «oscilan» en el
espacio, y suprimir el movimiento uniforme, Kepler apartó de su camino una
considerable cantidad de obstáculos que habían obstruido el progreso desde
Tolomeo y convertido el sistema copernicano en algo arbitrario y poco
convincente. En ese sistema, Marte se movía en cinco círculos; tras la
limpieza, bastaba con un solo círculo excéntrico, si la órbita era realmente un
círculo. Kepler presentía que la victoria estaba al caer, y antes del ataque
final escribió en su Nueva Astronomía una especie de nota
necrológica de la cosmología clásica:
«Oh, dadme suficiente caudal de lágrimas para que pueda llorar sobre el
patético celo de Apianus [autor de un libro de texto muy popular], el cual,
confiando en Tolomeo, perdió su valioso tiempo y su ingenio en la construcción
de espirales, lazos, hélices, vórtices y todo un laberinto de circunvoluciones,
a fin de representar lo que existe tan sólo en la mente, y que la naturaleza
entera se niega a aceptar como imagen suya. Y, sin embargo, ese hombre nos
mostró que con su penetrante inteligencia hubiese podido dominar a la naturaleza.»[402]
§3. El primer asalto
Kepler describe, con gran lujo de detalles, su primer ataque al problema en el
capítulo decimosexto de la Nueva Astronomía.
Se le presentaba la tarea de definir la órbita de Marte determinando el radio
del círculo, la dirección (respecto a las estrellas fijas) del eje que
relaciona
Eligió del tesoro de Tycho Brahe cuatro posiciones de Marte, observadas en las
fechas convenientes, cuando el planeta estaba en oposición al Sol.[404] Tenía, por tanto, que resolver el problema geométrico de
determinar, a partir de esas cuatro posiciones, el radio de la órbita, la
dirección del eje y la posición de los tres puntos centrales en dicho eje. Este
problema no se podía resolver con un método matemático riguroso, sino sólo por
aproximación, es decir, por una especie de procedimiento de tanteo que se tenía
que proseguir hasta que todas las piezas del rompecabezas encajaran
aceptablemente. El increíble trabajo que esto implicaba puede estimarse por el
dato de que el borrador de los cálculos de Kepler (conservado en el manuscrito)
ocupa novecientos folios escritos con letra pequeña.
A veces se sentía desesperanzado. Tenía la impresión, como Rheticus, de que un
demonio estaba golpeando su cabeza contra el techo mientras le gritaba: «¡Ésos
son los movimientos de Marte!» En otras ocasiones, apelaba a la ayuda de
Maestlin (que hacía oídos sordos), al astrónomo italiano Magini (que procedía
de igual manera), y pensaba en enviar una petición de socorro a François Viète,
el padre del álgebra moderna: «Ven, oh Apolonio galo, trae tus cilindros y
esferas y todos los demás utensilios de geómetra que tengas…»[405] Pero al final tuvo que arreglarse solo e inventar sus
herramientas matemáticas a medida que avanzaba en su trabajo.
A la mitad de ese espectacular capítulo decimosexto, estalla: «Si tú [querido
lector] te sientes aburrido con ese tedioso método de cálculo, ten piedad de mí
que tuve que recorrerlo totalmente con, al menos, setenta repeticiones, con
gran pérdida de tiempo; y no te sorprendas al saber que en estos momentos está
a punto de transcurrir el quinto año desde que emprendí mi trabajo sobre
Marte…»
Al principio de los espeluznantes cálculos del capítulo decimosexto, con todo,
Kepler, distraído, se equivoca en las cifras de tres longitudes fundamentales
de Marte y continúa alegremente, sin darse cuenta en ningún momento de su
error. Delambre, historiador francés de la astronomía, repitió más adelante
todos estos cálculos, pero, sorprendentemente, sus resultados correctos
diferían muy poco de los falsos de Kepler. La razón estriba en que, hacia el
final del capítulo, Kepler cometió varios errores de simple aritmética —errores
en divisiones que acarrearían un suspenso a cualquier estudiante—, y que anulan
casi por completo los anteriores. En seguida veremos cómo Kepler, en el punto
más crucial del descubrimiento de su segunda ley, cometió de nuevo una serie de
«pecados» matemáticos que se compensaron mutuamente y, «como por milagro»
(según sus propias palabras), le condujeron al resultado correcto.
Kepler parece haber conseguido triunfalmente su objetivo al final de ese
asombroso capítulo. Como resultado de sus más de setenta tanteos, obtuvo para
el radio de la órbita y para los tres puntos centrales valores que daban, con
un permisible error de menos de 2’, las posiciones conectas de
Marte en las diez oposiciones registradas por Tycho Brahe. El invencible Marte
parecía haber sido finalmente conquistado. Kepler proclamó su victoria con una
inusitada modestia: «Verás ahora, diligente lector, que la hipótesis basada en
este método no sólo satisface las cuatro posiciones en las cuales se basa, sino
que también representa correctamente, dentro de un margen de dos minutos, todas
las demás observaciones…»[406]
Después siguen tres páginas de tablas para probar lo conecto de su afirmación;
y luego, sin más transición, el siguiente capítulo empieza con estas palabras:
«¿Quién hubiera pensado que fuese posible? Esta hipótesis, que tan exactamente
concuerda con las oposiciones observadas, es, sin embargo, falsa…»
§4. Ocho minutos de arco
En los dos siguientes capítulos, Kepler explica, con gran cuidado y un deleite
casi masoquista, cómo descubrió que la hipótesis era falsa y por qué se debía
rechazar. A fin de verificarla con una nueva prueba, seleccionó dos datos
especialmente raros del tesoro de observaciones de Tycho Brahe, ¡y no
encajaban! Y fue aún peor cuando intentó ajustar su modelo a ellos: las
posiciones observadas de Marte diferían en más de ocho minutos de arco de las
que su teoría exigía.
Era una catástrofe. Tolomeo, e incluso Copérnico, podían permitirse despreciar
una diferencia de ocho minutos, debido a que sus observaciones eran exactas tan
sólo con un margen de diez minutos. «Pero [concluye el capítulo decimonoveno]
nosotros, que por la divina bondad hemos dispuesto de un observador tan exacto
como Tycho Brahe, estamos obligados a reconocer este divino don y utilizarlo…
En consecuencia, voy a tener que seguir el camino hacia esa meta según mis
propias ideas. Porque si creyera que podía ignorar esos ocho minutos, hubiese
elaborado mi hipótesis de acuerdo con ello. Pero puesto que no me resulta
permisible ignorarlos, esos ocho minutos indican el camino hacia una completa
reforma de la astronomía: se han convertido en el material fundamental para
realizar una gran parte de este trabajo…»[407]
Era la capitulación final de una mente emprendedora ante los «irreducibles y
obstinados hechos». En una época anterior, si un detalle menor no encajaba con
una hipótesis importante, se hacía un poco de trampa o se dejaba a un lado.
Ahora ya no era permisible esta indulgencia aceptada durante algún tiempo. Se
había iniciado una nueva era en la historia del pensamiento: una de mesura y
rigor. Como dijo Whitehead: «Por todo el mundo, en todas partes y en todos los
tiempos, ha habido hombres prácticos, absortos en “irreducibles y obstinados
hechos”: por todo el mundo, en todas partes y en todos los tiempos, ha habido
hombres de temperamento filosófico absortos en el entretejer de los principios
generales. Esta unión de un apasionado interés por los pequeños detalles con
idéntica pasión por la generalización abstracta constituye la novedad de
nuestra sociedad actual.»[408]
Este nuevo rumbo determinó el clima del pensamiento europeo en los últimos tres
siglos, distinguió a la Europa moderna de todas las demás civilizaciones del
pasado y del presente y le permitió transformar su entorno natural y social tan
completamente como si una nueva especie hubiese surgido en este planeta.
El momento crucial de este cambio se encuentra expresado de manera espectacular
en la obra de Kepler. En el Mysterium Cosmographicum se
fuerzan los hechos para encajarlos en la teoría. En la Astronomia Nova, una
teoría, edificada sobre años de labor y congojas, se rechaza inmediatamente
debido a una discrepancia de ocho miserables minutos. En vez de maldecir esos
ocho minutos como una roca contra la que había tropezado, Kepler los transformó
en la piedra angular de una nueva ciencia.
¿A qué se debió este cambio de actitud? He mencionado ya algunas de las causas
generales que contribuyeron a su nacimiento: la necesidad que tenían los
navegantes y los incipientes ingenieros de mayor precisión en instrumentos y teorías;
los estimulantes efectos que la expansión del comercio y de la industria
tuvieron en el desarrollo de la ciencia. Pero lo que convirtió a Kepler en el
primer legislador de leyes de la naturaleza fue algo distinto y más específico.
Fue su introducción de la causalidad física en la geometría formal de
los cielos lo que le imposibilitó ignorar los ocho minutos de arco.
Mientras la cosmología estuvo guiada por reglas puramente geométricas,
independientemente de las causas físicas, se podían superar las discrepancias
entre teoría y hechos introduciendo otra rueda en el sistema. En un universo
movido por fuerzas reales, físicas, eso ya no era posible. La revolución que
liberó al pensamiento de la asfixia a que le sometían los antiguos postulados
creó inmediatamente su propia y rigurosa disciplina.
El libro segundo de la Nueva Astronomía se cierra con estas
palabras: «Y así, el edificio que habíamos erigido sobre los cimientos de las
observaciones de Tycho Brahe lo hemos destruido de nuevo… Éste fue nuestro castigo
por haber seguido algunos plausibles, pero en realidad falsos, axiomas de los
grandes hombres del pasado.»
§5. La ley errónea
El siguiente acto del drama empieza en el libro tercero. Al alzarse el telón,
vemos a Kepler preparándose para soltar más lastre. Ya había arrojado por la
borda el axioma del movimiento uniforme; Kepler presiente, e
insinúa,[409] que el del movimiento circular, aún más
sagrado, deberá seguir el mismo camino. La imposibilidad de construir una
órbita circular que satisfaga todas las observaciones existentes, le sugiere la
necesidad de reemplazar el círculo por alguna otra curva geométrica.
Pero tiene que dar un enorme rodeo antes de poder hacer eso. Porque si la
órbita de Marte no es circular, sólo se puede descubrir su auténtica forma
definiendo el suficiente número de puntos de la desconocida curva. Basta con
tres puntos para definir una circunferencia; para cualquier otra curva se
necesitan más. La tarea que se presentaba ante Kepler consistía en construir la
órbita de Marte sin ninguna idea preconcebida respecto a su forma; en realidad,
empezar desde cero.
Para conseguir eso, en primer lugar era necesario examinar de nuevo el
movimiento de la propia Tierra. Porque, ante todo, la Tierra es nuestro punto
de referencia; y si existe algún error en relación con su movimiento, todas las
conclusiones acerca de los movimientos de los demás cuerpos estarán
equivocadas. Copérnico había supuesto que la Tierra se movía a velocidad
uniforme, pero no como los demás planetas, sólo «casi uniforme» con relación a
algún ecuante o epiciclo, sino realmente uniforme. Y puesto
que la observación contradecía el axioma, la desigualdad del movimiento de la
Tierra se explicaba sugiriendo que su órbita se expandía y contraía
periódicamente, como una especie de palpitante medusa.[410] Era una de aquellas típicas improvisaciones que los
astrónomos podían permitirse mientras se creyesen libres para manipular el
Universo a su gusto sobre sus tableros de dibujo. No era menos típico que
Kepler lo rechazara como algo «fantástico»,[411] basándose de nuevo en que no existía ninguna causa física
para semejante cambio.
Su próxima tarea consistía, por tanto, en determinar, de manera más precisa que
Copérnico, el movimiento de la Tierra alrededor del Sol. Para ello ideó un
método propio muy original. Era relativamente simple, pero a nadie se le había
ocurrido antes. Consistía, en esencia, en transferir la posición del observador
de la Tierra a Marte y calcular los movimientos de la Tierra exactamente del
mismo modo que lo haría un astrónomo situado en Marte.[412]
El resultado fue precisamente el que había esperado: la Tierra, como los demás
planetas, no giraba a velocidad uniforme, sino más aprisa o más despacio de
acuerdo con su distancia al Sol. Más aún, en los dos puntos extremos de la
órbita, el afelio y el perihelio (véase figura de la página 251), la velocidad
de la Tierra mostraba ser, de manera sencilla y maravillosa, inversamente
proporcional a la distancia.
En este decisivo punto,[413] Kepler se sale por la tangente y echa a volar, valga la
expresión. Hasta aquí había estado preparando, con concienzuda paciencia, su
segundo asalto a la órbita de Marte. Ahora se enfrasca en otro tema
completamente distinto. «Físicos, aguzad vuestras orejas —advierte—, porque
ahora vamos a invadir vuestro territorio.»[414] Los seis capítulos siguientes son un informe de esta
invasión a la física de los cielos, que había permanecido fuera de los límites
de la astronomía desde Platón.
Parece que una frase ha estado zumbando en los oídos de Kepler como una
cantinela de la que resulta imposible librarse; figura en sus escritos una y
otra vez: hay una fuerza en el Sol que mueve al planeta, hay una fuerza en el
Sol, hay una fuerza en el Sol. Y puesto que hay una fuerza en el Sol, tiene que
existir alguna relación maravillosamente simple entre la distancia del planeta
al Sol y su velocidad. Una luz es más brillante cuanto más cerca se está de su
fuente, y esta misma comprobación debe aplicarse a la fuerza del Sol: cuanto
más cerca de él esté el planeta, más rápido se moverá. Se trata de una
convicción instintiva, expresada ya en el Mysterium Cosmographicum;
pero ahora, al fin, ha conseguido demostrarla.
En realidad, no es así. Ha demostrado la relación inversa de la velocidad con
la distancia tan sólo para los dos puntos extremos de la
órbita; y la aplicación de esta «ley» a toda la órbita
constituye una generalización claramente incorrecta. Más aún, Kepler lo sabía,
y lo admitió al final del capítulo trigésimo segundo,[415]antes de echar a volar; pero inmediatamente después lo olvidó a
sabiendas. Éste es el primer error de aquellos que, «como por milagro», se
anularon entre sí y le condujeron al descubrimiento de su segunda ley. Parece
como si sus facultades críticas conscientes quedasen adormecidas por el impulso
creador, por su impaciencia para enfrentarse con las fuerzas físicas del
Sistema Solar.
Al no tener ninguna noción del impulso que hace que el planeta
persista en su movimiento, y tan sólo una vaga intuición de la gravedad que
ciñe ese movimiento a una órbita cerrada, tenía que descubrir, o inventar, una
fuerza que, como una escoba, barriera al planeta a lo largo de su recorrido. Y
puesto que el Sol es la causa de todos los movimientos, dejó que el Sol
manejara la escoba. Esto requería que el Sol girase en torno de su propio eje
—hipótesis confirmada mucho más tarde—; la fuerza que emitía giraba con él,
como los radios de una rueda, y barría a los planetas a lo largo de sus
órbitas. Pero si esa era la única fuerza que actuaba sobre ellos, los planetas
tendrían todos la misma velocidad angular, todos completarían sus revoluciones
en el mismo período de tiempo, y eso no era así. La razón, pensaba Kepler, era
la pereza o «inercia» de los planetas, que desean permanecer en el mismo lugar
y oponen resistencia a la fuerza que los barre. Los «rayos» de esa fuerza no
son rígidos; permiten al planeta retrasarse; la fuerza actúa más bien como un
vórtice o remolino.[416] La energía del remolino disminuye con la distancia, de tal
modo que cuanto más lejos se halla el planeta, menos potencia tiene el Sol para
vencer su tendencia a la pereza y más lento es el movimiento.
Quedaba aún por explicar, sin embargo, por qué los planetas se movían en
órbitas excéntricas en vez de permanecer siempre a la misma distancia del
centro del vórtice. Kepler supuso al principio que, aparte ser perezosos,
realizaban un movimiento epicíclico en dirección opuesta por propia iniciativa,
por así decirlo; aparentemente, por simple terquedad. Pero no le satisfacía esa
explicación; más tarde supuso que los planetas eran «enormes imanes redondos»
cuyo eje magnético apuntaba siempre en la misma dirección, como el eje de una
peonza; así, el Sol periódicamente atraería cerca al planeta y lo repelería
lejos según que uno u otro de sus polos magnéticos se encontrase orientado
hacia él.
Los papeles desempeñados por la gravedad y la inercia se hallan invertidos en
la física del universo de Kepler. Es más, suponía que el poder del Sol
disminuye en relación directa con la distancia. Advertía que allí había algún
error, pues sabía que la intensidad de la luz disminuye según el cuadrado de
la distancia, pero tenía que aferrarse a ello para obedecer a su teorema de la
relación velocidad-distancia, que era también falso.
§6. La segunda ley
Fortalecido por su excursión a la Himmelsphysik, nuestro héroe
regresó a la tarea más inmediata que tenía entre manos. Si la Tierra ya no se
movía a velocidad uniforme, ¿cómo se podía predecir su posición en determinado
momento? (Se había puesto de manifiesto, finalmente, que el método basado en
el punctum equans no servía.) Puesto que creía haber probado
que su velocidad dependía directamente de su distancia respecto al Sol, el
tiempo que necesitaba para recorrer una pequeña fracción de la órbita era
siempre proporcional a esa distancia. Por ello, Kepler dividió la órbita (que,
olvidando su anterior resolución, seguía considerando como un círculo) en 360
partes y calculó la distancia de cada fracción de arco respecto al Sol. La suma
de todas las distancias entre, por ejemplo, 0º y 85º era una medida del tiempo
que el planeta necesitaba para llegar allí.
Pero este procedimiento era, como observó con una modestia poco habitual,
«mecánico y tedioso», por lo cual buscó algo más simple: «Puesto que sabía que
existe un número infinito de puntos en la órbita y, en consecuencia, un número
infinito de distancias [al Sol], se me ocurrió la idea de que la suma de esas
distancias se halla contenida en el área de la órbita. Recordé
que Arquímedes había dividido también de la misma manera el área de un círculo
en un número infinito de triángulos.»[417]
De acuerdo con ello, llegó a la conclusión de que el área barrida por la línea
que liga el planeta con el Sol, AS-BS, es una medida del tiempo requerido para
que el planeta avance de A a B; en consecuencia, la línea barrerá áreas
iguales en tiempos iguales. Ésta es su inmortal segunda ley (que
descubrió antes que la primera), de sorprendente simplicidad y la salida de un
laberinto terriblemente confuso.
Pero el último paso que le
había permitido salir del laberinto había sido, una vez más, un paso en falso.
Porque no se puede igualar un área a la suma de un número infinito de líneas
contiguas, como hizo Kepler. Más aún, él lo sabía muy bien, y explicó detalladamente
por qué no se podía.[418] Añadió que había cometido un segundo error al suponer que
la órbita era circular. Y concluyó: «Pero esos dos errores —es como un milagro—
se anulan entre sí del modo más preciso, como probaré más adelante.»[419]
El resultado correcto es aún más milagroso que lo que Kepler creía, porque su
explicación de las razones por las cuales sus errores se
anulaban entre sí constituía un nuevo error, y en realidad eran tan
absolutamente confusas que es virtualmente imposible seguir la argumentación,
como él mismo admitió. Pero gracias a tres pasos incorrectos y a su aún más
incorrecta defensa, Kepler dio con la ley correcta.[420] Éste es quizás el más sorprendente logro de un sonámbulo
en la historia de la ciencia, si exceptuamos la manera en que el propio Kepler
halló su primera ley, a la que vamos a dedicamos ahora.
§7. La primera ley
La segunda ley determinaba las variaciones de la velocidad de los planetas a lo
largo de su órbita, pero no la forma de la órbita en sí.
Al final del libro segundo, Kepler había reconocido la derrota en sus intentos
de definir la órbita de Marte a causa de una diferencia de ocho minutos de
arco. Entonces se embarcó en un enorme rodeo, que empezaba con la revisión del
movimiento de la Tierra, continuaba con diversas especulaciones físicas y
concluía en el descubrimiento de la segunda ley. En el libro cuarto retomó su
investigación sobre la órbita marciana en el punto donde la había dejado.
Entonces, cuatro años después de sus primeros y frustrados intentos, se había
vuelto más escéptico aún acerca del axioma ortodoxo, y había adquirido
incomparable habilidad en geometría gracias a la invención de métodos propios.
El asalto final, que duró unos dos años, ocupa los capítulos 41 al 60 de
la Nueva Astronomía. En los primeros cuatro (41-44), Kepler
intentó por última vez, con obstinada minuciosidad, atribuir una órbita
circular a Marte y fracasó: esta sección termina con estas palabras: «La
conclusión es simplemente que el curso del planeta no constituye un círculo: se
curva hacia dentro en ambos lados y hacia fuera en los extremos opuestos. Una
curva así se llama óvalo. La órbita no es un círculo, sino una figura oval.»
Pero entonces ocurrió algo asombroso, y los siguientes seis capítulos (45-50)
son un angustioso viaje por otro laberinto. La órbita ovalada le marcó un
nuevo, estremecedor y terrible rumbo. Tratar con ciclos y epiciclos, burlarse
de los serviles imitadores de Aristóteles es una cosa; asignar un recorrido
completamente nuevo, asimétrico y poco plausible a los cuerpos celestes es algo
completamente distinto.
¿Por qué un óvalo? Hay algo en la perfecta simetría de las esferas y círculos
que ejerce profunda y tranquilizadora atracción en el subconsciente, de otro
modo no hubiese sobrevivido dos milenios. El óvalo no tiene este arquetípico
poder de seducción. Posee una forma arbitraria. Distorsiona ese sueño eterno de
la armonía de las esferas, que se halla en el origen de toda la búsqueda.
¿Quién eres tú, Johann Kepler, para destruir la divina simetría? Todo lo que él
puede decir en su defensa es que, después de haber limpiado el establo de la
astronomía de círculos y espirales, dejó tras de sí «sólo una carreta llena de
estiércol»: su óvalo.[421]
En este punto le falla al sonámbulo la intuición, parece sentirse abrumado por
el aturdimiento y se aterra a la primera proposición que encuentra. Tiene que
hallar una causa física, una raison d’être cósmica para este
óvalo cósmico, y cae de nuevo en el antiguo remedio de curanderos del que acaba
de abjurar: ¡el conjuro de un epiciclo! Se trata, en realidad, de un epiciclo
que no es como los demás: tiene una causa física. Ya nos ha dicho antes que
mientras la fuerza del Sol barre al planeta haciéndole recorrer un círculo, una
segunda fuerza antagónica, «asentada en el propio planeta», le hace describir
un pequeño epiciclo en dirección opuesta. Todo esto le parece «maravillosamente
plausible»,[422] puesto que el resultado del movimiento combinado es, en
efecto, un óvalo. Pero un óvalo muy especial: tiene la forma de un huevo, con
el extremo puntiagudo hacia el perihelio y el más aplanado hacia el afelio.
Ningún filósofo había puesto antes un huevo tan monstruoso. O, en palabras
nostálgicamente retrospectivas del propio Kepler: «Lo que me ocurrió confirma
el viejo proverbio: una perra apurada pare cachorros ciegos… Pero no se me
ocurre ningún otro medio de imponer un recorrido ovalado a los planetas. Cuando
concebí esas ideas, ya había celebrado mi nuevo triunfo sobre Marte sin
preocuparme por la cuestión de si las cifras encajaban o no… Y así me metí en
un nuevo laberinto… El lector tendrá que ser tolerante con mi credulidad.»[423]
La batalla continúa durante seis capítulos, todo un año de la vida de Kepler.
Fue un año difícil; no tenía dinero y se encontraba profundamente aquejado por
«una fiebre vesicular». Una nueva y amenazadora estrella, la nova de
1604, había aparecido en el cielo; Bárbara también estaba enferma, y además por
ese tiempo dio a luz un hijo, circunstancia que proporcionó a Kepler la
oportunidad para uno de sus desagradables chistes: «Justo cuando estaba
atareado buscando la cuadratura de mi óvalo, un huésped inoportuno entró en mi
casa por una puerta secreta para molestarme.»[424]
Para hallar el área de su óvalo, calculó de nuevo series de ciento ochenta
distancias Sol-Marte y las sumó; y repitió toda aquella operación cuarenta
veces, por lo menos. Para que la inservible hipótesis tuviese verosimilitud,
repudió temporalmente su propia e inmortal segunda ley, pero fue en vano.
Finalmente, una especie de deslumbramiento, como el producido por la nieve,
pareció afectarle: tenía la solución ante sus ojos y no podía verla. El 4 de
julio de 1603 escribió a un amigo que era incapaz de resolver los problemas
geométricos de su huevo; pero «si la forma fuera simplemente una elipse
perfecta, podrían encontrarse todas las respuestas en los trabajos de
Arquímedes y Apolonio».[425]Dieciocho meses después escribió de nuevo al mismo corresponsal,
y le decía que la verdad debía residir en algún lugar a medio camino entre la
forma oval y la circular, «exactamente como si la órbita de Marte fuese una
elipse perfecta. Pero respecto a eso aún no he investigado nada».[426] Lo más sorprendente es que Kepler utilizaba constantemente
elipses en sus cálculos, aunque sólo como un elemento auxiliar para
determinar, por aproximación, el área de su curva ovoide, la cual por aquel
entonces se había convertido en una auténtica obsesión para él. ¿Ocultaba esta
actitud una inclinación biológica inconsciente? Aparte la asociación entre la
cuadratura del huevo y el nacimiento de su hijo, no hay nada que sustente esa
atractiva hipótesis.[427]
Pero esos años de peregrinaje por el desierto no resultaron completamente
inútiles. Los capítulos de la Nueva Astronomía dedicados a la
hipótesis del huevo, que en principio parecen estériles, representan un
importante paso hacia la invención del cálculo infinitesimal. Además, la mente
de Kepler estaba en aquel tiempo tan saturada con los datos numéricos de la
órbita de Marte, que al primer golpe oportuno del azar respondió tan
rápidamente como una nube cargada ante una chispa.
Este azar —tal vez el incidente más increíble de esta increíble historia— se
presentó bajo la forma de un número que se grabó en la memoria de Kepler: el
número 0,00429.
Cuando finalmente se dio cuenta de que su huevo se había «convertido en humo»[428] y que Marte, al que había considerado un prisionero
conquistado, «firmemente encadenado por mis ecuaciones, emparedado por mis
tablas», se había vuelto a escapar, Kepler decidió empezar una vez más desde
cero.
Calculó muy cuidadosamente una muestra de distancias Marte-Sol en varios puntos
de la órbita. Los resultados mostraban de nuevo que la órbita era una especie
de óvalo, semejante a un círculo aplastado por dos lados opuestos, de tal modo
que se formaban dos estrechas hoces o “lúnulas” entre el círculo y la órbita de
Marte. La anchura de la hoz, en su lado más grueso, era un 0,00429 del radio:
Al llegar aquí, Kepler, sin
ninguna razón especial, se sintió interesado por el ángulo en M: el ángulo
formado entre el Sol y el centro de la órbita visto desde Marte, y lo llamó
«ecuación óptica». Varía, por supuesto, a medida que Marte se mueve a lo largo
de su órbita; su valor máximo es 5º 18’. Y he aquí lo que ocurrió a
continuación, según las propias palabras de Kepler:[429] «… Estaba preguntándome por qué y cómo había surgido una
hoz precisamente de ese espesor (0,00429). Este pensamiento no dejaba de dar
vueltas en mi cabeza, y consideraba una y otra vez que… mi aparente triunfo
sobre Marte había sido en vano; tropecé completamente por azar con la secante[430] del ángulo 5º 18’, que es la medida de la mayor ecuación
óptica. Cuando me di cuenta de que esta secante es igual a 1,00429, sentí como
si me despertase de un sueño…»
Había sido una auténtica proeza de sonámbulo. En un primer momento, la
reaparición del número 0,00429 en este contexto inesperado debió de parecerle
un milagro. Pero Kepler se dio cuenta súbitamente de que el aparente milagro
tenía que deberse a una relación fija entre el ángulo en M y la distancia a S,
relación que debía repetirse en cualquier punto de la órbita; tan sólo la
circunstancia por la cual había tropezado con aquella relación se debía al
azar. «Los caminos que conducen al hombre al conocimiento son tan admirables
como el propio conocimiento.»
Tras seis años de increíble trabajo, por fin tenía en sus manos el secreto de
la órbita de Marte. Era capaz de expresar cómo la distancia del planeta al Sol
variaba con su posición según una simple fórmula, una ley matemática de la
naturaleza. Pero aún no se daba cuenta de que esta fórmula definía
específicamente la órbita como una elipse[431]. Hoy día, cualquier estudiante con un ligero conocimiento de
geometría analítica se daría cuenta de eso a la primera ojeada; pero la
geometría analítica nació después de Kepler, que descubrió empíricamente su
ecuación mágica, pero no pudo identificarla como el signo taquigráfico de una
elipse, del mismo modo que tampoco puede hacerlo el lector medio de este libro;
para él era algo que carecía por completo de significado. Había alcanzado su
meta, pero no se daba cuenta de que la había alcanzado.
Se lanzó por ello a otra persecución, la última y más alocada. Intentó
construir la órbita correspondiente a su recién descubierta ecuación, pero no
sabía cómo; cometió un error geométrico y obtuvo una curva que era demasiado
abultada: la órbita era una via buccosa, un rostro regordete,
anotó con disgusto.
¿Y ahora qué? Hemos alcanzado el clímax de la comedia. Desesperado, Kepler
desechó su fórmula (que mostraba una órbita elíptica), porque deseaba probar
una hipótesis enteramente nueva: una órbita elíptica. Su actitud era como la
del turista que tras estudiar el menú le dice al camarero: «No quiero côtelettes
d’agneau, sean lo que sean; tráigame chuletas de cordero.»
Kepler estaba convencido de que la órbita tenía que ser una elipse, porque
numerosas posiciones de Marte observadas, que se sabía casi de memoria,
apuntaban claramente hacia esa curva; pero aún seguía sin darse cuenta de que
su ecuación, descubierta tanto por suerte como por intuición, era una elipse.
Descartó, pues, esa ecuación y construyó una elipse por un método geométrico
distinto. Y sólo al final se dio cuenta de que los dos métodos daban el mismo
resultado.
Confesó, con su cautivadora franqueza habitual, lo que había ocurrido: «¿Para
qué voy a andarme con rodeos? La verdad de la naturaleza, que había rechazado y
apartado de mí, regresó a hurtadillas por la puerta trasera, disfrazada a fin
de que la aceptara. Es decir, la dejé [la ecuación original] de lado y me
dediqué a las elipses, por creer que se trataba de una hipótesis completamente
distinta, cuando ambas, como probaré en el siguiente capítulo, son una y la
misma… Pensé y busqué, hasta casi volverme loco, una razón del porqué el
planeta prefería una órbita elíptica [a la mía]… ¡Oh, que estúpido he sido!»[432]
Pero en la lista de materias, en que ofrece un breve compendio de todo el
trabajo, Kepler resume el asunto en una sola frase: «Mostraré [en este
capítulo] cómo reparé inconscientemente mi error.»
El resto del libro consiste en una operación de limpieza del campo de batalla
tras la victoria final.
§8. Algunas conclusiones
Fue, por descontado, una gran victoria. La enorme noria de la ilusión humana,
con sus angostos pasadizos celestes para los planetas errantes, esa
fantasmagoría que obstaculizó la aproximación del hombre a la naturaleza
durante dos mil años, había sido destruida, «arrojada al cuarto trastero».
Algunos de los descubrimientos más importantes, como acabamos de ver, consisten
principalmente en apartar del camino los enormes escollos psicológicos que
dificultan la aproximación a la realidad; por eso, post factum, aparecen
tan obvios. En una carta a Longomontano,[433] Kepler calificó su propio logro como la «limpieza de los
establos de Augias».
Pero Kepler no sólo derribó el viejo edificio, sino que erigió otro nuevo en su
lugar. Sus leyes no pertenecen al tipo de las que parecen evidentes por sí
mismas, ni siquiera vistas retrospectivamente (como, por ejemplo, la ley de la
inercia); las órbitas elípticas y las ecuaciones que gobiernan las velocidades
de los planetas nos sorprenden como «construcciones» antes que como
«descubrimientos». En realidad, tan sólo tienen sentido a la luz de la mecánica
newtoniana, no desde el punto de vista de Kepler, quien no veía ninguna razón
lógica por la cual la órbita tuviese que ser una elipse en vez de un huevo. Se
sentía, por tanto, más orgulloso de sus cinco sólidos perfectos que de sus
leyes; y sus contemporáneos, incluido Galileo, eran igualmente incapaces de
reconocer su significado. Los descubrimientos keplerianos no eran de ésos que
están «en el aire» en determinado período y que suelen realizarlos varias
personas por separado; eran logros individuales de naturaleza absolutamente
excepcional. Por eso resulta en extremo interesante el proceso por el cual
Kepler llegó a ellos.
He intentado rastrear el tortuoso avance de su pensamiento. Quizá lo más
asombroso sea la mezcla de torpeza y genialidad de su método. Por un lado,
desecha una valiosa teoría, resultado de varios años de trabajo, debido a esos
miserables ocho minutos de arco. Por otro, hace generalizaciones intolerables,
sabe que son intolerables, pero no le importa. Y tiene una justificación
filosófica para ambas actitudes. Le hemos oído disertar acerca de la necesidad
de atenerse rigurosamente a los hechos observados. Pero, en otro momento, dice
que Copérnico «constituye un ejemplo para otros por su desprecio hacia las
pequeñas imperfecciones en el enunciado de sus maravillosos descubrimientos. Si
esto no hubiera sido siempre lo habitual, Tolomeo nunca hubiese podido publicar
su Almagesto, Copérnico sus Revoluciones, ni
Reinhold sus Tablas prusianas… No es sorprendente que, al diseccionar
el Universo con una lanceta, aborde algunas cuestiones sólo por encima.»[434]
Ambas reglas tienen, qué duda cabe, su utilidad. El problema es saber cuándo
seguir una y cuándo la otra. Copérnico poseía una mente unilateral, nunca se
desviaba por una tangente, incluso sus trampas eran torpes. Tycho Brahe era un
gigante como observador, pero nada más; sus aficiones por la alquimia y la
astrología nunca se mezclaron, como en Kepler, con su ciencia. La intensidad de
las contradicciones de Kepler y el uso que hizo de ellas dan la medida de su
genio. Lo hemos visto caminar trabajosamente, con infinita paciencia, a lo
largo de monótonos procesos de tanteo, y luego alzar repentinamente el vuelo
cuando una afortunada suposición o el azar le ofrecían ocasión propicia. Esto
le permitió reconocer al instante sus posibilidades cuando el número 0,00429
apareció en un lugar inesperado, fue que tanto su despierta mente como su
sonámbulo inconsciente estaban saturados con todos los aspectos concebibles de
aquel problema, no sólo con los datos numéricos y las relaciones, sino también
con una intuitiva «sensación» de las fuerzas físicas y de las
configuraciones Gestalt que implicaban. Un cerrajero que abre
una complicada cerradura con un burdo trozo de cable doblado no se guía por la
lógica, sino por el residuo inconsciente de innumerables actuaciones anteriores
que confieren a su tacto una sabiduría que su razón no posee. Quizás ese
intermitente parpadeo de una visión general sea el responsable de la naturaleza
recíprocamente compensatoria de los errores de Kepler, como si algún reflejo
equilibrador o mecanismo de «retroalimentación» estuviese trabajando en su
inconsciente.
Así, por ejemplo, sabía que su «ley» de la relación inversa
(entre la velocidad de un planeta y su distancia al Sol) era incorrecta. Al
final del capítulo 32 lo admite de manera breve y como de pasada. Pero
—argumenta— la desviación es tan insignificante que casi puede prescindirse de
ella. Esto es cierto para la Tierra, cuya excentricidad es pequeña, pero no lo
es en absoluto para Marte, que tiene gran excentricidad. Incluso hacia el final
del libro (en el capítulo 60), mucho después de haber descubierto la ley
correcta, Kepler habla del postulado de la relación inversa como si fuera
cierto no sólo para la Tierra, sino también para Marte. No podía negar que la
hipótesis fuese incorrecta; lo único que podía hacer era olvidarlo. Y eso fue
lo que hizo de forma inmediata. ¿Por qué? Porque si bien sabía que el postulado
era falso considerado geométricamente, desde el punto de vista de la física le
resultaba válido y, por tanto, tenía que ser cierto. El problema de las órbitas
planetarias se había hundido sin solución en la ciénaga de su esquema de
referencias puramente geométrico, y cuando Kepler se dio cuenta de que no podía
volverlo a la superficie, se limitó a arrancarlo de ese esquema y lo trasladó
al campo de la física. Esta operación de sacar un problema de su lugar
tradicional y situarlo en otro nuevo, mirándolo con unas gafas de diferente
color, valga la expresión, me ha parecido siempre la auténtica esencia del
proceso creador.[435] Conduce no sólo a un replanteamiento del problema en sí,
sino también, con frecuencia, a una síntesis de consecuencias mucho más
amplias, nacida de una fusión de los dos esquemas de referencia previamente no
relacionados. En el caso que nos ocupa, la órbita de Marte se convirtió en el
vínculo unificador entre los dos reinos hasta entonces separados de la física y
la cosmología.
Puede objetarse que las ideas de Kepler en física eran tan primitivas que sólo
se deberían considerar como un estímulo subjetivo a su trabajo (como los cinco
sólidos perfectos), sin valor objetivo alguno. Pero, en realidad, su trabajo
fue el primer intento serio de explicar el mecanismo del Sistema Solar en
términos de fuerzas físicas, y una vez establecido el ejemplo, física y cosmología
no pudieron volver a separarse. Además, aunque los cinco sólidos sólo fuesen un
mero acicate psicológico, su física referente a los cielos ejerció, como hemos
visto, directa influencia en el descubrimiento de sus leyes.
Porque si bien las funciones de la gravedad y la inercia pasan invertidas en el
Cosmos kepleriano, su intuición de que existen dos fuerzas antagónicas que
actúan en los planetas le guio en la dirección conecta. Una sola fuerza, como
anteriormente se suponía (la del primer motor o espíritus afines), nunca podría
producir órbitas ovaladas ni cambios periódicos de velocidad. Tales resultados
sólo podían producirlos fuerzas dinámicas contrapuestas existentes en el cielo,
como ocurre efectivamente, aunque las ideas de Kepler acerca de la naturaleza
de la «fuerza del Sol» y la «pereza» de los planetas o el «magnetismo» eran
prenewtonianas.
§9. Los ocultos escollos de la gravedad
He intentado mostrar que sin esta incursión en el territorio de la física
Kepler no hubiese podido triunfar. Ahora debo discutir brevemente las
peculiaridades de la física de Kepler. Se trata, como cabe esperar, de una
física situada en la línea divisoria entre dos edades, a medio camino entre
Aristóteles y Newton. Le falta el concepto esencial de ímpetu o impulso, que
hace que un cuerpo móvil persista en su movimiento sin la ayuda de una fuerza
externa; los planetas tienen que continuar siendo arrastrados por el éter como
la carreta de bueyes griega por el lodo. A este respecto, Kepler no había
avanzado más que Copérnico; ambos ignoraban los progresos realizados por los
occamistas en París.
Kepler, además, estuvo muy cerca de descubrir la gravitación universal; las
razones de su fracaso no tienen tan sólo un interés histórico, sino que también
atañen al asunto que aquí abordamos. Una y otra vez parece mantenerse en un
difícil equilibrio al borde de la idea y, sin embargo, como si lo empujase
hacia atrás alguna resistencia inconsciente, se acobarda ante el paso final.
Uno de los más sorprendentes pasajes a este respecto se halla en la
introducción de la Astronomia Nova. Kepler empieza demoliendo
la doctrina aristotélica de que los cuerpos que son por naturaleza «pesados» se
dirigen hacia el centro del mundo, mientras que los «ligeros» van hacia la
periferia. Sus conclusiones son las siguientes:
«Resulta claro, por tanto, que la doctrina tradicional acerca de la gravedad es
errónea… La gravedad es la mutua tendencia corporal [material] entre cuerpos de
la misma naturaleza hacia la unidad o el contacto (la fuerza magnética es
también de esta clase), de tal modo que la Tierra atrae una piedra mucho más
que lo que la piedra atrae a la Tierra…
»Suponiendo que la Tierra se
halle en el centro del mundo, atraerá los cuerpos pesados hacia ella, no porque
esté en el centro, sino debido a que es un cuerpo de la misma naturaleza
[material]. De ello se deduce que, con independencia de donde situemos la
Tierra… los cuerpos pesados siempre la buscarán…» Si dos piedras se
hallan situadas en un lugar cualquiera del espacio, la una cerca de la otra, y
fuera del alcance de la fuerza de un tercer cuerpo de la misma naturaleza,
entonces se unirán entre sí, a la manera de los cuerpos magnéticos, en un punto
intermedio, aproximándose cada una a la otra en proporción a la masa de esta
última. [cursiva de A. K.].
»Si una fuerza espiritual o de alguna otra naturaleza equivalente no mantuviera
a la Tierra y la Luna en sus respectivas órbitas, la Tierra ascendería hacia la
Luna 1/54 parte de la distancia, y la Luna descendería las restantes 53 partes
del intervalo, y así se unirían. Pero este cálculo presupone que ambos cuerpos
poseen la misma densidad.
»Si la Tierra dejara de atraer las aguas del mar, los mares se elevarían y
fluirían hacia la Luna…
»Si la fuerza de atracción de la Luna llega hasta la Tierra, se deduce que, del
mismo modo, la fuerza de atracción de la Tierra se extiende hasta la Luna y aún
más lejos…
»Nada hecho de una sustancia terrestre es absolutamente ligero; pero la materia
que es menos densa, ya sea por su naturaleza o por el calor, es relativamente
más ligera…
»De la definición de ligereza se deduce su movimiento; porque no se debe creer
que una sustancia ligera, cuando se alza, escapa a la periferia del mundo, o
que la Tierra no la atrae. Es, simplemente, menos atraída que la materia más
pesada, y resulta desplazada por la naturaleza más pesada, hasta que termina
deteniéndose y la Tierra la mantiene en su lugar…»[436]
Kepler ofrece, en el mismo
párrafo, la primera explicación correcta de las mareas como un movimiento de
las aguas «hacia las regiones donde la Luna permanece en el cénit». En una obra
posterior (Somnium) explicó las mareas por la atracción de la Luna
y del Sol combinadas. ¡Así pues, había comprendido que la atracción del Sol
llegaba también hasta la Tierra!
Pese a esto, el Sol no es, en su cosmología, una fuerza de atracción, sino que
actúa como una escoba barredora. En el texto de la Nueva Astronomía, Kepler
parece haber olvidado todo lo que ha dicho en el prefacio acerca de la
atracción mutua entre dos cuerpos en un espacio vacío y su asombrosa correcta
definición de la gravedad como algo proporcional a las masas en atracción.
Estas definiciones del prefacio son, por descontado, tan sorprendentes que
Delambre exclama:[437] «He aquí algo nuevo y realmente hermoso, y que sólo
necesitaba algunos desarrollos y algunas explicaciones. He aquí los fundamentos
de la física moderna, celeste y terrestre.»[438]
Pero cuando Kepler intentó elaborar la mecánica del Sistema Solar, esos nuevos
y maravillosos discernimientos se perdieron de nuevo en la confusión. ¿Es tal
vez alguna paradoja similar la responsable de la crisis de la moderna física,
algún bloqueo inconsciente que nos impide ver lo «obvio» y nos impulsa a
persistir en nuestra propia versión del doble pensamiento de la mecánica
ondulatoria?
En cualquier caso, la mayor parte de los físicos del siglo XX sentirán una
escondida simpatía hacia el hombre que mordisqueó el concepto de la gravedad
pero fue incapaz de engullirlo. Porque el concepto de Newton de la «fuerza
gravitatoria» ha permanecido siempre como un grumo indigesto en el estómago de
la ciencia; y la operación quirúrgica de Einstein, aunque consiguió aliviar los
síntomas, no ha comportado un auténtico remedio. El primero en simpatizar con
Kepler debió de ser el propio Newton quien, en una famosa carta a Bentley,
escribió: «Es inconcebible que la materia bruta inanimada, sin la mediación de
alguna otra cosa que no sea material, actúe en otra materia y la afecte sin
ningún contacto mutuo, como debería ocurrir si la gravitación, en el sentido de
Epicuro, es algo esencial e inherente a ella. Y ésta es una de las razones por
las que desearía que no me atribuyerais a mí la gravedad innata. El hecho que
ésta deba ser innata, inherente y esencial a la materia, de tal modo que un
cuerpo pueda actuar en otro, a distancia, a través del vacío, sin ninguna
mediación que permita que su acción y fuerza se pueda trasladar de uno a otro,
es para mí un absurdo tan grande, que no creo que ningún hombre dotado de la
apropiada facultad de pensamiento para asuntos filosóficos pueda caer nunca en
él.»[439]
Newton, en realidad, sólo podía superar el «absurdo» de su propio concepto
acudiendo a un ubicuo éter (cuyos atributos eran igualmente paradójicos) o a
Dios en persona. La noción de una «fuerza» que actúa instantáneamente a cierta
distancia sin un agente intermediario, que atraviesa enormes distancias en cero
segundos, e impulsa inmensos objetos estelares con ubicuos dedos
fantasmagóricos, semejante idea es tan mística y «acientífica» que espíritus
«modernos» como Kepler, Galileo y Descartes, que luchaban por liberarse del
animismo aristotélico, tendían instintivamente a rechazarla como un retroceso
al pasado.[440] La idea de la «gravitación universal» les parecía
semejante al anima mundi de los antiguos. Lo que impulsó a
Newton a sostener pese a todo, una moderna ley de la naturaleza fue su
formulación matemática de la misteriosa entidad a la que se refería. Y Newton
dedujo esa formulación de los descubrimientos de Kepler, que intuitivamente
había entrevisto la gravedad y había huido asustado. De forma tan retorcida
crece el árbol de la ciencia.
§10. Materia y mente
En una carta a Herwart,[441] que escribió cuando el libro estaba ya casi completo,
Kepler definió su programa: «Mi objetivo es mostrar que la máquina celeste no
es ningún tipo de ser divino vivo, sino una especie de mecanismo de relojería
(y quien cree que un reloj tiene un alma atribuye a la obra la gloria del
artífice), en cuanto que casi todos los múltiples movimientos los ocasiona una
fuerza magnética y material muy simple, del mismo modo que todos los
movimientos del reloj los ocasiona un simple peso. Y muestro también cómo esas causas
físicas necesitan una expresión numérica y geométrica.»
Había definido la esencia de la revolución científica. Pero Kepler nunca dio el
paso de un universo animado por una voluntad inteligente a uno movido por
fuerzas inanimadas, «ciegas». El concepto mismo de fuerza «física» desprovista
de finalidad, que hoy parece tan obvio, apenas estaba emergiendo del seno del
animismo, y el nombre que le asignaron —virtus o vis— traiciona
su origen. Era (y es), por descontado, mucho más fácil hablar de una «fuerza
magnética, material, simple» que hacerse una idea concreta de su
funcionamiento. El siguiente párrafo ilustrará la enorme dificultad que la
noción de «fuerza motora» emanada del Sol presenta a la mente de Kepler:
«Aunque la luz del Sol no
puede ser en sí misma la fuerza motora… puede tal vez representar un tipo de
vehículo, o instrumento, que la fuerza motora utilice. Pero las siguientes
consideraciones parecen contradecirlo. En primer lugar, la luz queda interrumpida
en lugares que permanecen en las sombras. Si la fuerza motora utilizara la luz
como un vehículo, entonces la oscuridad haría que los planetas se detuvieran…
»Puesto que esta fuerza se halla presente tanto en las órbitas más amplias y
distantes como en las más cercanas y estrechas, se deduce que nada de esa
fuerza se pierde en el viaje desde su fuente, nada se dispersa entre la fuente
y la estrella. Esta emanación es, sin embargo, tan insustancial como la luz, y
no va acompañada por una pérdida de sustancia, como ocurre con la emanación de
los olores, o del calor que se desprende de una estufa encendida, o cosas así,
cuando el espacio intermedio está lleno [por las emanaciones]. En consecuencia,
tenemos que concluir que, del mismo modo que la luz que lo ilumina todo en la
Tierra es una variedad sin sustancia del fuego del cuerpo solar, igualmente
esta fuerza que sujeta y arrastra los cuerpos planetarios es una variedad sin
sustancia de la fuerza que reside en el propio Sol; y que, al poseer una fuerza
inconmensurable, proporciona el primer impulso a todos los movimientos en el
mundo…
»Este tipo de fuerza, al igual que ese tipo de fuerza que es la luz… no se
puede considerar como algo que se expande en el espacio entre su fuente y el
cuerpo móvil, sino como algo que el cuerpo móvil recibe desde fuera del espacio
que ocupa…[442] Se propaga a través del Universo… pero no la reciben en
ningún lugar excepto donde se encuentra un cuerpo móvil, tal como un planeta.
La respuesta es ésta: aunque la fuerza motora no posee sustancia, tiende hacia
la sustancia, por ejemplo, un cuerpo planetario que hay que mover…
»¿Quién, pregunto, pretenderá que la luz posee sustancia? Sin embargo, se mueve
y es movida en el espacio, es refractada y reflejada, y posee cantidad, de tal
modo que puede ser densa o tenue, y se puede observar como un plano cuando la
recibe algo capaz de ser iluminado por ella. Porque, como dije en mi Optica, ocurre
lo mismo con la luz que con nuestra fuerza motora: no está presente en el
espacio entre la fuente y el objeto iluminado, aunque pasó por ese espacio; no
“es”, sino que “fue”, por así decirlo.»[443]
Los físicos contemporáneos
que tratan de resolver las paradojas de la relatividad y la mecánica cuántica
hallarán aquí un eco de sus dubitaciones. Al final, Kepler consiguió
arreglárselas con su «fuerza motora» visualizándola como un vórtice, «una
comente violenta que arrastra todos los planetas, y quizá todo el éter
celestial, del oeste hacia el este».[444] Pero, a pesar de ello, se sentía impulsado a adscribir a
cada planeta una especie de mente que le permite reconocer su posición en el
espacio y ajustar sus reacciones de acuerdo con ella. Quien leyera
apresuradamente la Astronomia Nova podría pensar que eso
significa que los espíritus animales habían logrado ser readmitidos en un
modelo que pretendía ser un puro mecanismo de relojería, como fantasmas que no
se resignaran a desaparecer definitivamente del mundo de los vivos. Pero las
mentes planetarias de Kepler no tienen, en realidad, ningún parecido con
aquellos ángeles y espíritus medievales que movían los planetas. No tienen
«almas», sólo «mentes»; no poseen órganos de los sentidos, ni voluntad propia;
son más bien como los computadores de los misiles teledirigidos:
«Oh, Kepler, ¿deseas, por
tanto, dotar de dos ojos a cada planeta? En absoluto. Porque no es necesario
tampoco atribuirles pies o alas para permitirles moverse… Nuestras
especulaciones no han agotado todavía todos los tesoros de la naturaleza, ni
nos permiten conocer cuántos sentidos existen…
»Las sutiles reflexiones de algunas personas respecto a la naturaleza,
movimientos, lugares y actividades de los benditos ángeles y espíritus, no nos
conciernen aquí. Estamos discutiendo asuntos naturales de un rango muy
inferior: fuerzas que no ejercen el libre albedrío cuando cambian sus
actividades, inteligencias que no se hallan en absoluto separadas, sino unidas
a los cuerpos estelares que se deben mover, y que forman una unidad con ellos.»[445]
Así, la función de la mente
planetaria estriba en responder de manera lícita, ordenada y, en consecuencia,
«inteligente», a las distintas fuerzas que actúan en ella. Se trata realmente
de una clase superior de cerebro electrónico, con una orientación aristotélica.
La ambigüedad de Kepler, en último término, es sólo un reflejo del dilema
espíritu-materia, que llega a ser muy agudo en períodos de transición, incluido
el nuestro. En palabras de Max Caspar, el gran biógrafo de Kepler:
«Las exposiciones de física
de Kepler poseen un mensaje especial para quienes sienten la necesidad de
investigar los balbuceos de la explicación mecanicista de la naturaleza. Se
adentra, por descontado, en las más profundas cuestiones de la filosofía de la
naturaleza cuando afronta, con su estilo sutil, los conceptos
de mens y natura, compara sus valores pragmáticos y
delimita sus campos de aplicación. ¿Hemos superado ya esta antítesis en
nuestros días? Sólo lo creerán así quienes no perciban la naturaleza metafísica
de nuestro concepto de fuerza física… En cualquier caso, las explicaciones de
Kepler pueden servir para estimular la consideración sin prejuicios de los
axiomas y límites de la filosofía mecanicista en nuestra época, de extendido y
desastroso dogmatismo científico.»[446]
Aunque Kepler fue incapaz de
resolver el dilema, clarificó y pulió sus aristas, valga la expresión. Barrió
de la cosmología los ángeles, espíritus y motores inmóviles; sublimó y destiló
el problema hasta el misterio último. Aunque siempre se sintió atraído, con una
mezcla de disgusto y fascinación, por las disputas teológicas, rechazó de modo
inflexible y vehemente la intromisión de los teólogos en la ciencia. A este
respecto dejó muy clara su posición en una afirmación —o, mejor dicho, en un
grito de batalla— de la introducción a la Nueva Astronomía:
«Hasta aquí en cuanto a la autoridad de las Sagradas Escrituras. En relación
con las opiniones de los santos acerca de esos asuntos de la naturaleza,
responderé sencillamente que en teología sólo es válido el peso de la
autoridad, pero en filosofía sólo cuenta el peso de la razón. Pues, en efecto,
santo fue Agustín, que admitió la redondez de la Tierra pero negó que
existieran los antípodas. Sacro es el Santo Oficio de nuestros días, que admite
la pequeñez de la Tierra pero niega su movimiento: pero, para mí, más sagrado
que todo eso es la verdad, cuando yo, con todo el respeto hacia los doctores de
la Iglesia, demuestro a partir de la filosofía que la Tierra es redonda,
habitada en toda su redondez por antípodas, de una pequeñez casi insignificante
y que se mueve velozmente entre las estrellas.»
Capítulo 7
El desánimo de Kepler
Contenido:
§1. Dificultades para la
publicación
§2. Acogida de la «Astronomia Nova»
§3. Anticlimax
§4. La gran noticia
§1. Dificultades para la
publicación
La redacción de la Nueva Astronomía constituyó una carrera de
obstáculos que duró seis años. Al principio fueron las peleas con Tycho Brahe,
las largas estancias en Gratz, la enfermedad y el fastidioso trabajo de los
opúsculos contra Ursus y Craig. Cuando murió el gran danés, nombraron a Kepler
su sucesor y, sin duda, esperaba poder trabajar en paz; en vez de ello, su vida
resultó aún más desorganizada. Sus obligaciones, oficiales o no, incluían la
publicación de calendarios anuales con predicciones astrológicas; la
elaboración de horóscopos para distinguidos visitantes de la corte; la
publicación de comentarios sobre eclipses, cometas y la nueva estrella;
extensas respuestas a las preguntas acerca de cualquier tema imaginable,
planteadas por los diferentes mecenas con los que mantenía correspondencia; y,
sobre todo, era preciso realizar peticiones, soportar antesalas e intrigas para
conseguir, al menos, parte de los sueldos o gastos de imprenta que le
correspondían. Había descubierto su segunda ley en 1602, un año después de la
muerte de Tycho Brahe; pero al año siguiente estuvo por completo ocupado con
otros trabajos, entre ellos su gran obra sobre óptica, publicada en 1604;
durante el año siguiente se dedicó de manera intensa a su órbita ovalada,
después cayó enfermo, y de nuevo pensó que se estaba muriendo; y hasta la
Pascua de 1605 no quedó completa en líneas generales la Nueva
Astronomía.
Pero necesitó otros cuatro años para que apareciera publicada. La causa de este
retraso fue la falta de dinero para pagar al impresor, así como un embarazoso
litigio con los herederos de Tycho Brahe, dirigidos por el jactancioso
Tengnagel. Recordemos que este personaje se había casado con la hija de Tycho
Brahe, Elisabeth, tras dejarla embarazada, y éste era el único mérito para
justificar su reclamación de la herencia de su suegro. Estaba decidido a
aprovecharse de las circunstancias y vendió al emperador las observaciones e
instrumentos de Tycho Brahe por la suma de veinte mil táleros. Pero el tesoro
imperial nunca pagó al junker, tuvo que contentarse con un
interés anual de un cinco por ciento sobre la deuda, lo cual suponía, pese a
todo, dos veces el importe del sueldo de Kepler. Como resultado de todo ello,
Tengnagel guardó bajo llave los instrumentos de Tycho, el asombro del mundo; al
cabo de unos pocos años se habían convertido en un inservible montón de
chatarra. Similar destino hubiese tenido, sin duda, el tesoro de las
observaciones de Tycho Brahe, si Kepler no las hubiera robado apresuradamente,
en beneficio de la posteridad. En una carta a uno de sus admiradores ingleses,[447] informó tranquilamente:
«Confieso que cuando Tycho
murió, me aproveché rápidamente de la ausencia o de la falta de cautela de los
herederos, para tomar a mi cuidado las observaciones, o quizá para usurparlas…»
Kepler nunca había ocultado
su intención de tomar posesión del tesoro de Tycho Brahe, y lo consiguió.
Naturalmente, los «tychónidas» se enfurecieron; Kepler, el introspectivo
saqueador de tumbas, se daba cuenta de su punto de vista: «La causa de sus demandas
reside en la naturaleza suspicaz y los malos modales de la familia Brahe, pero,
por otro lado, también en mi propio carácter apasionado y burlón. Debo admitir
que Tengnagel tenía importantes razones para sospechar de mí. Yo estaba en
posesión de las observaciones y me negaba a entregárselas a los herederos…»[448]
Las negociaciones duraron varios años. El junker, ambicioso,
estúpido y vanidoso, propuso un trato sucio: haría las paces si todos los
futuros trabajos de Kepler se publicaban con el nombre de los dos. Aunque
sorprenda, Kepler aceptó: siempre se mostró extrañamente despreocupado respecto
al destino de sus obras publicadas. Pero exigió que, a cambio, el junker le
entregase una cuarta parte de los mil táleros anuales que recibía del tesoro.
Tengnagel se negó a esto, pues consideró que doscientos cincuenta táleros al
año era un precio demasiado alto por la inmortalidad. De esta manera privó a
los eruditos del futuro de un delicioso tema de controversia acerca de cuál de
los dos socios era realmente el descubridor de las leyes Tengnagel-Kepler.
En el ínterin, el junker había abrazado la fe católica y le
habían nombrado consejero del tribunal. Esto le permitía imponer sus
condiciones a Kepler, ya que éste no podía publicar su libro sin el
consentimiento de Tengnagel. Kepler se encontró «atado de pies y manos», mientras
que el junker «se sienta como el perro del hortelano, incapaz
de utilizar el tesoro, pero impidiendo que otros lo hagan».[449] Finalmente se llegó a un compromiso: Tengnagel dio su
consentimiento a la impresión de la Nueva Astronomía, a
condición de que llevase un prefacio escrito por él.[450] Si el prefacio de Osiander al Libro de las
Revoluciones mostraba la prudencia de una amable serpiente, en el
prefacio de Tengnagel a la Nueva Astronomía sólo se «oye» a un
asno ampuloso cuyos rebuznos resuenan en el transcurso de los siglos.
Finalmente, en 1608, pudo iniciarse la impresión del libro; quedó terminada en
el verano de 1609, en Heidelberg, bajo la supervisión de Kepler. Era un
volumen in folio hermosamente impreso, del que tan sólo quedan
pocos ejemplares. El emperador reclamó toda la edición como propiedad suya, y
prohibió a Kepler vender o regalar ningún ejemplar «sin nuestro conocimiento
previo y nuestro consentimiento». Pero puesto que se había retrasado mucho en
el pago de su sueldo, Kepler consideró que podía actuar libremente y vendió
toda la edición a los impresores. Así, la historia de la Nueva
Astronomía empieza y termina con dos actos de latrocinio
cometidos ad majorem Dei gloriam.
§2. Acogida de la Astronomia Nova
Es posible comprender hasta qué punto Kepler marchaba por delante de su tiempo
—no sólo en cuanto a sus descubrimientos, sino en toda su forma de pensar— por
las reacciones negativas de sus amigos y corresponsales. No recibió ninguna
ayuda, ningún ánimo; tenía mecenas y admiradores, pero carecía de amigos que
estuvieran a su altura.
El viejo Maestlin guardaba silencio desde hacía cinco años, a pesar del
torrente de cartas que Kepler no cesaba de enviarle para mantener informado a
su viejo maestro de todos los acontecimientos importantes de su vida e
investigaciones. Justo antes de terminar la Nueva Astronomía, Maestlin
rompió su silencio con una carta muy emocionante que, sin embargo, echaba por
tierra todas las esperanzas que Kepler pudiese tener de encontrar un guía, o al
menos alguien cualificado que se interesara por sus trabajos.
«Tubinga, 28 de enero de
1605.
»Aunque durante algunos años no te he escrito, tu constante lealtad, gratitud y
sincero afecto no se han debilitado, sino que se han hecho aún más fuertes,
pese al hecho de que hayas alcanzado un alto puesto y una distinguida posición
que te permitiría, si quisieras, mirarme desde arriba… No deseo seguir
disculpándome, sino sólo decir esto: No tengo nada del mismo valor que ofrecer
por escrito a un matemático tan brillante… Es más, debo confesar que tus
preguntas son a veces demasiado sutiles para mis conocimientos y dotes, que no
son de tu misma talla. Así pues, lo único que puedo hacer es permanecer en
silencio… No esperes la opinión que me pides con tanta insistencia acerca de tu
libro sobre óptica; contiene materias demasiado elevadas como para que yo me
permita juzgarlas… Te felicito. La frecuente y halagadora mención de mi nombre
[en ese libro] es una prueba especial de tu afecto. Pero me temo que me
concedes demasiado crédito. Ojalá fuese como tus alabanzas me hacen parecer.
Pero sólo domino mi modesto oficio.»[451]
Ése fue el final de sus
relaciones, aunque Kepler insistió en su correspondencia unilateral, y también
en sus variadas peticiones: Maestlin debería hacer indagaciones acerca del
pretendiente de la hermana de Kepler; Maestlin debería buscarle un ayudante…,
peticiones que el viejo ignoró sistemáticamente.
Kepler escribió a David Fabricius, clérigo y astrónomo aficionado de Frisia,
las cartas más detalladas acerca de los progresos de la Nueva
Astronomía. Algunas de éstas ocupan veinte y hasta cuarenta páginas.
Pero nunca pudo persuadirlo de que aceptase el punto de vista copernicano; y
cuando Kepler le informó de su descubrimiento de la primera ley, la reacción de
Fabricius fue ésta: «Con vuestra elipse abolís el carácter circular y la
uniformidad de los movimientos, lo cual me parece tanto más absurdo cuanto más
profundamente pienso en ello… Si al menos pudierais conservar la órbita
circular perfecta, y justificar vuestra órbita elíptica mediante otro pequeño
epiciclo, sería mucho mejor.»[452]
Los mecenas y admiradores intentaron animarle, pero eran incapaces de
comprender su empresa. El más ilustrado de ellos, el físico Johannes Brengger,
cuya opinión Kepler valoraba mucho, escribió: «Cuando decís que vuestro
objetivo es enseñar a la vez una nueva física de los cielos y un nuevo tipo de
matemáticas, basadas no en círculos sino en fuerzas magnéticas e inteligentes,
me regocijo con vos, aunque debo confesar francamente que me siento incapaz de
imaginar, y más aún de comprender, semejante proceso matemático.»[453]
Ésta fue la reacción general de los contemporáneos de Kepler en Alemania. Uno
la resumió así: «Al intentar probar la hipótesis copernicana a partir de causas
físicas, Kepler introduce extrañas especulaciones que pertenecen no al reino de
la astronomía, sino al de la física.»[454] Pero unos cuantos años después, esta misma persona
confesada: «Ya no rechazo la forma elíptica de las órbitas planetarias, y me
han persuadido las pruebas del trabajo de Kepler sobre Marte.»[455]
Los primeros en darse cuenta del significado y las repercusiones de los
descubrimientos de Kepler no fueron ni sus compatriotas alemanes, ni Galileo en
Italia, sino los británicos: el viajero Edmund Bruce, el matemático Thomas
Harriot, preceptor de sir Walter Raleigh, el reverendo John
Donne, el genial astrónomo Jeremiah Horrocks, que murió a los veintiún años, y,
finalmente, Newton.
§3. Anticlimax
Liberado de su gigantesco trabajo, volvieron de nuevo a Kepler sus habituales
preocupaciones.
Volvió a su persistente sueño —la armonía de las esferas—, convencido de que
toda la Nueva Astronomía era, sencillamente, un nuevo hito
hacia el objetivo último en su «sudorosa y jadeante persecución de las huellas
del Creador».[456]Publicó dos polémicas obras sobre astrología, un opúsculo sobre
cometas, otro acerca de la forma de los cristales de nieve y mantuvo una
voluminosa correspondencia respecto a la auténtica fecha del nacimiento de
Cristo. Continuó con sus calendarios y predicciones meteorológicas: en una
ocasión, cuando una violenta tormenta oscureció el cielo al mediodía, tal como
él había predicho quince días antes, la gente gritó por las calles de Praga,
señalando hacia las nubes: «¡Ahí viene Kepler!»
Por entonces ya era un estudioso famoso internacionalmente, un miembro de la
Accademia dei Lincei (antecesora italiana de la Royal Society), pero más
considerado aún por la distinguida sociedad de Praga en medio de la cual se
movía.
«El consejero imperial y primer secretario, Johann Polz, me aprecia mucho. [Su
esposa y] toda su familia son muy conocidos aquí en Praga por su elegancia
austríaca y sus distinguidos y nobles modales; por tanto, si en el futuro hago
algún progreso en este aspecto, se deberá a su influencia. Aunque me hallo muy
lejos de ello… Pese a la humildad de mi casa y mi bajo rango (porque a ellos se
les considera como pertenecientes a la nobleza), soy libre de entrar y salir de
su casa siempre que me plazca.»[457]
Su ascenso social queda reflejado por la personalidad de los padrinos de los
dos hijos que tuvo en Praga: las esposas de unos alabarderos para el primero;
condes del Palatinado y embajadores para el segundo. Hay una cautivadora
cualidad chaplinesca en los esfuerzos de Kepler por
comportarse adecuadamente en sociedad: «¡Qué trabajo, qué trastorno invitar a
quince o dieciséis mujeres a visitar a mi esposa en su lecho de parturienta,
actuar como anfitrión de todas ellas, cumplimentarlas en la puerta!»[458] Aunque vestía ropas finas y encajes españoles, su sueldo
siempre llegaba con retraso: «Mi estómago hambriento es como un perrillo que
mira al dueño que acostumbraba alimentarle.»[459]
Los visitantes que acudían a Praga se mostraban siempre impresionados por su
activa personalidad y su ágil mente; seguía, con todo, sufriendo de falta de
confianza en sí mismo: era una enfermedad crónica, sobre la que sus éxitos
actuaban como un sedante temporal, pero sin llegar a curarla nunca por
completo. Los conflictos políticos de la época incrementaban su sensación de
inseguridad; vivía con un miedo constante a la falta de dinero, a morir de
hambre, todo ello agravado por su hipocondría obsesiva:
«¿Preguntáis acerca de mi enfermedad? Fue una insidiosa fiebre de origen
biliar, y me atacó cuatro veces debido a que dejé de cumplir mi dieta en
repetidas ocasiones. El 29 de mayo mi esposa me obligó, con sus
recriminaciones, a lavarme por una vez todo el cuerpo. Me sumergió en una
bañera (porque tiene horror a los baños públicos) llena con agua muy caliente;
el calor me afectó y encogió mis intestinos. El 31 de mayo tomé un ligero
laxante, como de costumbre. El 1 de junio me hice una sangría, también como de
costumbre: ninguna enfermedad urgente, ni siquiera la sospecha de padecerla, me
obligaban a hacerlo, ni ninguna consideración astrológica… Tras perder sangre,
me sentí bien durante algunas horas; pero por la tarde un terrible sueño me
obligó a tumbarme en mi catre y retorció mis intestinos. Seguramente la bilis
subió de inmediato a mi cabeza, en lugar de pasar por mi vientre… Creo que soy
una de esas personas cuya vesícula biliar está comunicada directamente con el
estómago; tales personas, por lo general, no llegan a viejas.»[460]
Incluso sin hipocondría, Kepler tenía suficientes razones para estar
angustiado. Su mecenas imperial se sentaba en un trono tambaleante, aunque, a
decir verdad, el emperador Rodolfo rara vez se sentaba en él, pues prefería
desentenderse de sus odiosos semejantes refugiándose entre sus relojes y sus
juguetes mecánicos, sus piedras preciosas y sus monedas, sus retortas y sus
alambiques. Había guerras y rebeliones en Moravia y Hungría, y las arcas del
tesoro estaban vacías. Y mientras Rodolfo pasaba de la excentricidad a la
apatía y la melancolía, su hermano le estaba despojando poco a poco de sus
dominios; en una palabra: la abdicación de Rodolfo era tan sólo cuestión de
tiempo. El pobre Kepler, expulsado ya de su hogar de Gratz, veía angustiado
como un segundo exilio se presentaba ante él, y tenía que empezar de nuevo a
mover los hilos, extender tentáculos y agarrarse a tablas de salvación. Pero
los próceres luteranos de su querida Württemberg no querían saber nada de
su enfant terrible, y Maximiliano de Baviera, al igual que los
demás príncipes a los que tanteó, daba cortésmente la callada por respuesta. El
año siguiente al de la publicación de la Nueva Astronomía fue
el de mayor desánimo para Kepler, incapaz de emprender ningún trabajo serio,
«mi mente postrada por una lastimosa congelación».
Entonces se produjo un acontecimiento que no sólo desheló su espíritu, sino que
le hizo burbujear y hervir.
§4. La gran noticia
Un día de marzo de 1610, un tal Johannes Matthaeus Wackher von Wackenfels,
consejero particular de su Majestad Imperial, caballero del Toisón de Oro y de
la orden de San Pedro, filósofo aficionado y poeta, llegó en su carruaje a la
casa de Kepler y llamó a la puerta, presa de una gran agitación. Cuando Kepler
bajó, Wackher le contó la noticia que acababa de llegar a la corte: un
matemático llamado Galileo, de Padua, había observado el cielo con un catalejo
holandés y descubierto cuatro nuevos planetas además de los cinco conocidos
desde siempre.
«Experimenté una maravillosa emoción mientras escuchaba aquel curioso relato.
Me sentí emocionado en lo más profundo… [Wackher] estaba lleno de alegría y de
una febril excitación; en un momento determinado ambos nos echamos a reír ante
nuestra confusión, él prosiguió en seguida su narración y yo escuché atentamente…
y así una y otra vez…»[461]
Wackher von Wackenfels, veinte años mayor que Kepler, era uno de sus más
rendidos admiradores. Kepler le sirvió un excelente vino y le dedicó su tratado
sobre los cristales de nieve como regalo de año nuevo. Wackher, aunque católico
converso, creía en la pluralidad de los mundos; en consecuencia, pensaba que
los descubrimientos de Galileo eran planetas pertenecientes a otras estrellas,
fuera de nuestro Sistema Solar. Kepler rechazó esta idea; pero igualmente se
negó a admitir que los nuevos cuerpos celestes pudiesen estar girando alrededor
del Sol, puesto que si únicamente había cinco sólidos perfectos, tan sólo
podían existir seis planetas, como él había demostrado en su Misterio
Cósmico. En consecuencia, dedujo a priori que lo que
Galileo había visto en el cielo tan sólo podían ser satélites secundarios que
giraban en torno de Venus, Marte, Júpiter y Saturno, del mismo modo que la Luna
giraba alrededor de la Tierra. Una vez más había acertado, pero mediante razonamientos
equivocados: los descubrimientos de Galileo eran, por descontado, lunas, pero
las cuatro eran satélites de Júpiter.
Unos cuantos días después, la auténtica noticia llegó en el breve pero
memorable librito de Galileo, Sidereus Nuncius (El mensaje de las
estrellas).[462] Era el heraldo del asalto al Universo con una nueva arma,
un ariete óptico: el telescopio.
Contenido:
§1. Digresión sobre
mitografía
§2. La juventud de Galileo
§3. La Iglesia y el sistema copernicano
§4. Primeras peleas
§5. El impacto del telescopio
§6. La batalla de los satélites
§7. El escudero
§8. La separación de las órbitas
§1. Digresión sobre
mitografía
Se trataba del nacimiento de una nueva era. El alcance y poder del principal
órgano sensorial del homo sapiens empezó a crecer
repentinamente multiplicando, en saltos sucesivos, treinta veces, cien veces,
mil veces su capacidad natural. Saltos y progresos paralelos en el desarrollo
de otros órganos transformarían pronto la especie en una raza de poderosos gigantes,
sin aumentar ni un centímetro su talla moral. Era una mutación monstruosamente
unilateral, como si los topos creciesen hasta alcanzar el tamaño de las
ballenas, pero conservando sus instintos de topos. Los creadores de la
revolución científica desempeñaron en esta transformación de la raza el papel
de los genes mutantes. Tales genes son, ipso facto desequilibrados
e inestables. Las personalidades de esos «mutantes» presagiaban ya la
incoherencia del desarrollo posterior del hombre: los gigantes intelectuales de
la revolución científica eran enanos morales.
Pero no eran ni mejores ni peores que el común de sus contemporáneos. Eran
enanos morales únicamente en proporción a su grandeza intelectual. Puede
parecer injusto juzgar el carácter de un hombre por el baremo de sus logros
intelectuales, pero las grandes civilizaciones del pasado hicieron precisamente
eso; la separación entre los valores morales y los intelectuales es una
característica de los últimos siglos. Puede adivinarse ya en la doctrina de
Galileo, y quedó completamente explícito en la neutralidad ética del
determinismo moderno. La indulgencia con que los historiadores de la ciencia
tratan a los padres fundadores se basa precisamente en la tradición que éstos
introdujeron: diferenciar estrictamente el intelecto y el carácter, del mismo
modo que Galileo nos enseñó a separar las cualidades «primarias» y «secundarias»
de los objetos. Así, se admite que las contribuciones morales son esenciales en
el caso de Cromwell o Danton, pero carecen de importancia en el caso de
Galileo, Descartes o Newton. La revolución científica no sólo produjo
descubrimientos, sino una nueva actitud hacia la vida, un nuevo clima
filosófico. Y en ese nuevo clima, las personalidades y creencias de quienes lo
iniciaron tuvieron una influencia perdurable. De estas influencias, las más
importantes, en sus diferentes campos, fueron la de Galileo y la de Descartes.
La personalidad de Galileo, tal como suele aparecer en las obras de divulgación
científica, tiene incluso menos relación con la verdad histórica que la del
canónigo Koppernigk. En este caso, sin embargo, no se debe a una benevolente
indiferencia hacia la persona como algo distinto de sus logros, sino a motivos
partidistas. En trabajos de carácter teológico aparece como el culpable de
haber encendido la hoguera; en la mitografía racionalista, como la Doncella de
Orleans de la ciencia, el san Jorge que hiere al dragón de la Inquisición. No
sorprende, pues, que su fama se apoye principalmente en descubrimientos que
nunca efectuó y en proezas que jamás realizó. Al contrario de las afirmaciones
vertidas en numerosos manuales científicos, incluso modernos, Galileo no
inventó el telescopio, ni el microscopio, ni el termómetro, ni el reloj de
péndulo. No descubrió la ley de la inercia, ni el paralelogramo de fuerzas o
movimientos, ni las manchas solares. No aportó ninguna contribución a la astronomía
teórica; ni arrojó pesos desde la torre inclinada de Pisa, ni demostró la
verdad del sistema copernicano. No lo torturó la Inquisición, ni languideció en
sus mazmorras, ni dijo «eppur si muove», ni fue un mártir de la
ciencia.
Lo que hizo fue fundar la moderna ciencia de la dinámica,
logro suficiente para colocarlo entre los hombres que modelaron el destino
humano. Proporcionó a las leyes de Kepler el complemento indispensable para el
universo de Newton: «Si he sido capaz de ver más lejos —dijo Newton— fue porque
me subí a hombros de gigantes.» Los gigantes eran, principalmente, Kepler,
Galileo y Descartes.
§2. La juventud de Galileo
Galileo Galilei nació en 1564 y murió en 1642, el año en que nació Newton. Su
padre, Vincento Galilei, empobrecido vástago de la baja nobleza, era un hombre
de notable cultura, conocido por sus considerables logros como compositor y
tratadista de música, así como por su desprecio hacia la autoridad y sus
tendencias radicales. En un estudio sobre el contrapunto escribió: «Me parece
que quienes intentan probar una afirmación confiando simplemente en el peso de
la autoridad actúan de manera realmente absurda.»[463]
El contraste entre la infancia de Galileo y las de nuestros anteriores héroes
salta a la vista. Copérnico, Tycho y Kepler nunca cortaron por completo el
cordón umbilical por el que recibieron la abundante y mística savia de la Edad
Media. Galileo es un intelectual de la segunda generación, un rebelde de la
segunda generación; en el siglo XIX, hubiese sido el hijo socialista de un
padre liberal.
Sus primeros retratos muestran a un joven de pelo rebelde, corto cuello y
aspecto bovino, con rasgos más bien ordinarios, gruesa nariz y altiva mirada.
Se educó en la excelente escuela jesuítica del monasterio de Vallombrosa, cerca
de Florencia; pero su padre deseaba que fuese mercader (actividad que se
consideraba degradante para un patricio de la Toscana), y se llevó al muchacho
a su casa de Pisa; luego, reconociendo sus innegables dotes, cambió de opinión
y a los diecisiete años lo envió a la universidad local para que estudiara
medicina. Pero Vincento tenía cinco hijos de los que ocuparse (un hijo más
joven, Michelangelo, y tres hijas), y los costes de la universidad eran
elevados; de modo que intentó conseguir una beca para Galileo. Aunque en Pisa
había, al menos, cuarenta becas para estudiantes pobres, Galileo no pudo
conseguir ninguna, y se vio obligado a abandonar la universidad sin graduarse.
Este fracaso resulta sorprendente, pues ya había dado indudables pruebas de su
talento: en 1582, durante su segundo curso universitario, descubrió el fenómeno
de que un péndulo de una longitud dada oscila a una frecuencia constante, con
independencia de su amplitud.[464] Su invento del «pulsilogium», especie de metrónomo para
controlar el pulso de los pacientes, data probablemente de esa misma época. En
vista de estas y otras pruebas del genio mecánico del joven estudiante, sus
primeros biógrafos explicaron que no le concedieron la beca por la animosidad
despertada por sus opiniones heterodoxas y antiaristotélicas. En realidad, los
primeros enfoques de Galileo sobre física no tienen nada de revolucionarios.[465]Es más probable que no le dieran la beca por su persona, por
aquella fría y sarcástica presunción que estropeó tantas cosas a lo largo de su
vida, y no tanto por la impopularidad de sus puntos de vista.
De vuelta a casa prosiguió sus estudios, principalmente de mecánica aplicada,
materia que le atraía cada vez más, y perfeccionó su destreza para construir
instrumentos y artilugios mecánicos. Inventó una balanza hidrostática, escribió
sobre el asunto un tratado que circuló en manuscrito, y empezó a llamar la
atención de los estudiosos. Uno de éstos, el marqués Guidobaldo del Monte,
recomendó Galileo a su cuñado, el cardenal del Monte, el cual, a su vez, lo
recomendó a Femando de Medici, duque de Toscana; como resultado de todo ello,
nombraron a Galileo catedrático de matemáticas de la Universidad de Pisa,
cuatro años después de que la misma universidad le negara una beca. Así, a la
edad de veinticinco años, comenzó su carrera académica. Tres años después, en
1592, lo designaban para ocupar la cátedra vacante de matemáticas de la famosa
Universidad de Padua, de nuevo gracias a la intervención de su protector, Del
Monte.
Galileo permaneció en Padua durante dieciocho años, los más creativos y
fecundos de su vida. Allí sentó las bases de la moderna dinámica, la ciencia de
los cuerpos en movimiento. Pero no publicó los resultados de sus
investigaciones hasta casi el final de su vida. A la edad de cuarenta y seis
años, cuando salió el Mensajero de las estrellas, Galileo no
había publicado ninguna obra científica.[466]Su creciente fama en este período, antes de los descubrimientos
que hizo con el telescopio, se debía, por una parte, a sus tratados y
conferencias que circulaban en manuscritos; por otra, a sus inventos mecánicos
(entre ellos el termoscopio, precursor del termómetro), y también a los
numerosos instrumentos que manufacturaba con la ayuda de hábiles artesanos en
su propio taller. Pero sus descubrimientos verdaderamente importantes —tales
como la ley de la caída libre de los cuerpos y la de la trayectoria parabólica
de los proyectiles de artillería— y sus ideas sobre cosmología los guardó
celosamente para sí y para sus corresponsales particulares. Entre éstos se
hallaba Johannes Kepler.
§3. La Iglesia y el sistema copernicano
El primer contacto entre los dos fundadores de la revolución científica ocurrió
en 1597. Kepler tenía entonces veintiséis años y era profesor de matemáticas en
Gratz; Galileo contaba treinta y tres y era profesor de matemáticas en Padua.
Kepler acababa de completar su Misterio cósmico y, aprovechando
el viaje de un amigo a Italia, había enviado ejemplares de la obra a, entre
otros, «un matemático llamado Galileus Galileus, como él mismo se firma»[467].
Galileo acusó recibo del obsequio con la siguiente carta: «He recibido vuestro
libro, mi erudito doctor, que me enviasteis por mediación de Paulus Amberger,
hace no unos días, sino apenas una horas; puesto que el mismo Paulus me informó
de su inminente regreso a Alemania, hubiese sido ingrato no daros
inmediatamente las gracias; acepto vuestro libro con todo mi agradecimiento
puesto que lo considero como una prueba de que soy digno de vuestra amistad.
Por el momento sólo he leído el prefacio de vuestra obra, pero por él ya he
podido hacerme una idea de su contenido,[468] y naturalmente me congratulo de tener un colega en el
estudio de la verdad que es un amigo de la verdad. Porque es una lástima que
existan tan pocos que persigan la verdad y no la perviertan con razones
filosóficas. De todas maneras, éste no es el momento apropiado para deplorar
las miserias de nuestro siglo, sino para felicitaros por los ingeniosos
argumentos que habéis hallado como prueba de la verdad. Sólo añadiré que
prometo leer vuestro libro con tranquilidad, seguro de hallar en él las cosas
más admirables, y lo haré con gran alegría, puesto que adopté las enseñanzas de
Copérnico hace muchos años, y su punto de vista me permite explicar muchos
fenómenos de la naturaleza que, evidentemente, resultan inexplicables de
acuerdo con las hipótesis más corrientes. He escrito [conscripsi] muchos
argumentos apoyándolo y refutando los puntos de vista opuestos, que, sin
embargo, no me he atrevido hasta ahora a dar a la luz pública asustado por el
destino del propio Copérnico, nuestro maestro, que, aunque adquirió fama
inmortal para algunos, una infinita multitud (porque tal es el número de los
estúpidos) lo consideran objeto de burla y escarnio. Seguro que me atrevería a
publicar inmediatamente mis reflexiones si existiera más gente como vos; puesto
que no es así, tengo que abstenerme de hacerlo.»
Siguen algunas expresiones corteses de estima, la firma «Galileus Galileus», y
la fecha: 4 de agosto de 1597.[469]
La carta es importante por varias razones. En primer lugar, proporciona una
prueba concluyente de que Galileo era un copernicano convencido en sus primeros
años. Tenía treinta y tres cuando escribió la carta, y la frase «hace muchos
años» indica que su conversión se produjo alrededor de los veinte. Sin embargo,
su primera declaración explícita a favor del sistema copernicano no se produjo
hasta 1613, dieciséis años después de su carta a Kepler, cuando Galileo contaba
cuarenta y nueve años de edad. A lo largo de todos esos años no sólo enseñó en
sus clases la antigua astronomía de Tolomeo, sino que repudió expresamente a
Copérnico. En un tratado que escribió para que circulara entre sus alumnos y
amigos, y del cual se conserva una copia manuscrita fechada en 1606,[470] aduce todos los argumentos tradicionales contra el
movimiento de la Tierra: que su rotación la haría desintegrarse, que las nubes
quedarían atrás, etcétera, etcétera, argumentos que, si creemos lo que dice en
la carta, él mismo había refutado muchos años antes.
Pero la carta es interesante también por otras razones. De un tirón, Galileo
cita cuatro veces la verdad: estudio de la verdad, amigo de la verdad,
perseguir la verdad, probar la verdad; luego, sin darse cuenta aparentemente de
la paradoja, anuncia tranquilamente su intención de suprimir la verdad. Esto
puede explicarse, en parte, por las mores de la Italia de
finales del Renacimiento («esa época desprovista de super-yo», como la definió
un psiquiatra); pero, incluso teniendo eso en cuenta, hay que preguntarse por
los motivos de su reserva.
¿Por qué, en contraste con Kepler, tenía Galileo tanto miedo a publicar sus
opiniones? En aquel momento, no tenía más razones para temer la persecución
religiosa que las que había tenido Copérnico. Los luteranos, no los católicos,
habían sido los primeros en atacar el sistema copernicano, lo cual no impidió
ni a Rheticus ni a Kepler defenderlo en público. A los católicos, además, les
tenía sin cuidado. En tiempos de Copérnico se habían mostrado favorablemente
inclinados hacia él: recordemos que el cardenal Schönberg y el obispo Giese le
habían animado a publicar su libro. Veinte años después de haber salido a la
luz, el Concilio de Trento redefinió la doctrina y la política de la Iglesia en
todos sus aspectos, pero no dijo nada contra el sistema heliocéntrico del
Universo. El propio Galileo, como veremos, gozó del apoyo de muchísimos
cardenales, incluido el futuro Urbano VIII, así como del de los principales
astrónomos jesuitas. Hasta el fatídico año 1616, no sólo permitían las
discusiones sobre el sistema copernicano, sino que las alentaban, con la única
condición de que se atuvieran al lenguaje de la ciencia y no se inmiscuyeran en
asuntos teológicos. La situación aparece claramente resumida en una carta del
cardenal Dini a Galileo, en 1615: «Cualquiera puede escribir libremente siempre
que se mantenga fuera de la sacristía.»[471]. Esto fue precisamente
lo que no hicieron los disputantes, y ahí se inició el conflicto. Pero nadie
podía prever ese giro de los acontecimientos veinte años antes, cuando Galileo
escribió a Kepler.
Así, la leyenda se mezcló con un error de perspectiva para deformar la
historia, y surgió la errónea creencia de que defender el sistema copernicano
era una hipótesis de trabajo que entrañaba el riesgo de la desaprobación
eclesiástica o la persecución. Tal peligro no existió durante los primeros
cincuenta años de la vida de Galileo, y éste nunca pensó en él. Lo que temía se
halla claramente expuesto en la carta: compartir el destino de Copérnico, verse
sometido al desprecio y a las burlas; ridendus et explodendum: «ser
objeto de risas y silbidos», son sus palabras exactas. Como Copérnico, tenía
miedo al sarcasmo tanto de los asnos poco ilustrados como de los ilustrados,
pero particularmente de éstos: sus colegas de Pisa y Padua, los ampulosos
maestros de la escuela peripatética, que aún consideraban a Aristóteles y
Tolomeo como autoridades absolutas. Y este miedo, como veremos, estaba
plenamente justificado.
§4. Primeras peleas
El joven Kepler se sintió encantado con la carta de Galileo. En la primera
ocasión en que alguien fue de Gratz a Italia, respondió con su habitual forma
impulsiva:
«Gratz, 13 de octubre de 1597.
»Vuestra carta, mi más excelente humanista, que escribisteis el 4 de agosto, me
ha llegado el 1 de septiembre; me regocijó por partida doble: primera, porque
significaba el inicio de una amistad con un italiano; segunda, debido a
coincidir respecto a la cosmografía copernicana… Supongo que si el tiempo os lo
ha permitido, estaréis ahora más familiarizado con mi librito, y deseo
ardientemente conocer vuestra opinión acerca de él; porque mi naturaleza me
impulsa a dar a la imprenta todo lo que escribo para saber la opinión que
merece; y, creedme, prefiero mucho más la crítica más acerba de un solo hombre
ilustrado que el irrazonable aplauso de la vulgar multitud.
»Hubiese deseado, sin embargo, que vos, poseedor de una mente tan excelsa,
adoptarais otra actitud. Con esa reservada actitud subrayáis, con vuestro
ejemplo, la advertencia de que uno debe retirarse ante la ignorancia del mundo,
y no debe provocar a la ligera la furia de los profesores ignorantes; en este
aspecto seguís a Platón y a Pitágoras, nuestros auténticos maestros. Pero
considerando que en nuestra época, primero el propio Copérnico y después de él
una multitud de doctos matemáticos han puesto en marcha esta inmensa empresa,
de tal modo que el movimiento de la Tierra ya no es una novedad, sería
preferible que ayudáramos con nuestro común esfuerzo a conducir hasta su
destino este carruaje que ya se halla en marcha… Podéis ayudar a vuestros
colegas, que trabajan sometidos a tan injustas críticas, proporcionándoles el
consuelo de vuestra aprobación y la protección de vuestra autoridad. Pues no
sólo vuestros compatriotas italianos rehúsan creer que se hallan en movimiento
porque no lo notan; aquí, en Alemania, tampoco consigue uno hacerse popular
sosteniendo tales opiniones. Pero existen argumentos que nos protegen frente a
esas dificultades… ¡Tened fe, Galilei, y seguid adelante! Si mi suposición es
correcta, hay muy pocos matemáticos notorios en Europa que deseen separarse de
nosotros; tal es la fuerza de la verdad. Si en vuestra Italia os parece que
tenéis menos ventajas para publicar [vuestras obras], y si el hecho de que
viváis ahí es un obstáculo, quizá nuestra Alemania os pueda facilitar hacerlo.
Pero ya es suficiente respecto a esto. Dejadme saber, al menos en privado, si
no deseáis hacerlo en público, lo que habéis descubierto en apoyo de
Copérnico…»
Kepler confesaba a continuación que no disponía de instrumentos, y preguntaba a
Galileo si poseía un cuadrante lo suficientemente preciso como para leer
cuartos de minuto de arco; si era así, ¿tendría Galileo la bondad de efectuar
una serie de observaciones para probar que las estrellas fijas muestran
pequeños desplazamientos estacionales, lo cual proporcionaría una prueba
directa del movimiento de la Tierra? «Incluso aunque no logremos registrar
ningún desplazamiento, podríamos, sin embargo, compartir los laureles de haber
investigado uno de los más notables problemas que nadie ha afrontado antes que
nosotros. Sat Sapienti… Adiós, y contestadme con una larga
carta.»[472]
¡Pobre, ingenuo Kepler! No se le ocurrió que Galileo podía ofenderse por sus
exhortaciones y considerarlas como un reproche implícito de cobardía. Aguardó
en vano una respuesta a sus pretenciosas proposiciones. Galileo cortó la
correspondencia; durante los siguientes doce años Kepler no supo nada de él.
Pero de vez en cuando le llegaban habladurías desagradables desde Italia. Entre
los admiradores de Kepler había un tal Edmund Bruce, sentimental viajero inglés
que recorría Italia, filósofo y científico aficionado, que gustaba de codearse
con los intelectuales y difundir los rumores relativos a ellos. En agosto de
1602, cinco años después de que Galileo interrumpiese su correspondencia, Bruce
escribió a Kepler desde Florencia, que Magini (el profesor de astronomía de
Bolonia) le había asegurado su afecto y admiración por Kepler, mientras que
Galileo había admitido ante el propio Bruce que había recibido el Mysterium de
Kepler, pero lo había negado ante Magini.
«Le reproché a Galileo que os elogiara tan parcamente puesto que sé que en sus
clases cita a menudo vuestros descubrimientos y los suyos tanto a sus alumnos
como a otras personas. De todas maneras, yo actúo y actuaré siempre de modo que
la fama revierta sobre vos y no sobre él.»[473]
Kepler no se molestó en contestar a este chismoso, pero un año después —el 21
de agosto de 1603— Bruce le escribió de nuevo, esta vez desde Padua: «Si
supierais cuánto y cuán a menudo hablo de vos con todos los sabios de Italia,
me consideraríais no sólo un admirador sino un amigo.
»Hablo con ellos de vuestros admirables descubrimientos en música, de vuestros
estudios sobre Marte y les explico vuestro Mysterium, que
todos alaban. Aguardan impacientemente vuestras futuras obras… Galileo tiene
vuestro libro, y enseña vuestros descubrimientos como si fuesen suyos.»[474]
Esta vez, Kepler le contestó. Tras disculparse por el retraso y declararse
encantado con la amistad de Bruce, continuó: «Pero hay algo al respecto de lo
que deseo advertiros. No os forméis una opinión demasiado alta de mí, y no
induzcáis a otros a hacerlo… porque comprenderéis con facilidad que las
expectativas que luego no se cumplen conducen finalmente al desdén. Tampoco
deseo de ninguna manera impedir que Galileo proclame como suyo lo que es mío.
Mis testigos son la radiante luz del día y el tiempo.»[475]
La carta termina con «mis saludos a Magini y Galileo».
No se deben tomar en serio las acusaciones de Bruce. En realidad, lo cierto es
lo contrario: el problema con Galileo no consistía en que se apropiase de los
descubrimientos de Kepler, antes bien, los ignoraba. Pero el episodio
contribuye a iluminar más las relaciones entre los dos hombres. Aunque no puede
confiarse enteramente en Bruce, la actitud hostil de Galileo hacia Kepler
aparece de manera innegable en las cartas de Bruce. Encaja con el hecho de que
interrumpiese su correspondencia y con acontecimientos posteriores.
Kepler, por otra parte, tenía buenas razones para estar ofendido por el
silencio de Galileo y podría haberse sentido fácilmente impulsado, a causa de
las mezquinas y escandalosas noticias de Bruce, a iniciar una de esas
memorables peleas entre estudiosos, tan frecuentes en aquella época. Era,
además, bastante suspicaz e irritable, como lo han demostrado sus relaciones
con Tycho Brahe. Pero con Galileo se comportó siempre de un modo extrañamente
generoso. Es cierto que vivían en diferentes países y nunca se conocieron
personalmente; pero el odio, como la gravedad, es capaz de actuar a distancia.
La razón de esta actitud tolerante de Kepler tal vez se deba a que no tuvo
ocasión de desarrollar un complejo de inferioridad respecto a Galileo.
Al año siguiente del episodio con Bruce, en octubre de 1604, apareció una
hermosa estrella nueva en la constelación del Serpentario. Ocasionó todavía más
expectación que la famosa nova de Tycho Brahe de 1572, debido
a que su aparición coincidió con la denominada gran conjunción de Júpiter,
Saturno y Marte en el «triángulo de fuego», excepcional situación que ocurre
sólo una vez cada ochocientos años. El libro de Kepler De Stella Nova (1606)
estuvo dedicado principalmente a desentrañar su significado astrológico; pero
demostró que esa nova, como la anterior, se hallaba en la
«inmutable» región de las estrellas fijas, y con esto martilleó otro clavo en
el ataúd del universo aristotélico. La estrella de 1604 es llamada todavía la
«noua de Kepler».[476]
Galileo también observó la nueva estrella, pero no publicó nada al respecto.
Dio tres conferencias sobre ella, de las cuales sólo se conservan fragmentos;
al parecer, también negó la opinión de los aristotélicos de que se trataba de
un meteorito o de algún otro fenómeno sublunar, pero no debió de ir mucho más
lejos, puesto que sus conferencias en defensa de Tolomeo y de su sistema
universal circulaban todavía dos años después.[477]
Kepler publicó su Optica (1604), la Nueva Astronomía y
algunas obras menores entre 1600 y 1610. En el mismo periodo, Galileo trabajó
en sus investigaciones fundamentales sobre la caída libre de los cuerpos, el
movimiento de los proyectiles y las leyes del péndulo, pero no publicó nada
excepto un folleto con instrucciones para el uso del denominado compás militar
o de proporción. Se trataba de un invento efectuado en Alemania unos cincuenta
años antes,[478] que Galileo había perfeccionado, al igual que había hecho
con algunos otros utensilios conocidos desde hacía tiempo. A partir de esta
publicación menor,[479] Galileo empezó la primera de las fútiles y perniciosas
disputas que mantendría durante su vida.
Se inició cuando un matemático llamado Balthasar Capra publicó, en Padua, un
año después de Galileo, otro folleto de instrucciones para la utilización del
compás de proporción.[480] Las Instrucciones de Galileo estaban en
italiano; las de Capra, en latín, pero ambas se referían al mismo asunto, que
interesaba tan sólo a los ingenieros y técnicos militares. Es muy probable que
Capra hubiese tomado prestadas las Instrucciones de Galileo
sin mencionarle; Capra demostró, además, que algunas de las explicaciones de
Galileo eran matemáticamente erróneas, pero tampoco citó a su autor. Galileo
montó en cólera. Publicó un opúsculo. Contra las calumnias e imposturas
de Balthasar Capra, etc. (Venecia, 1607), en el cual describía al
infortunado hombre y a su maestro[481] como «ese malévolo enemigo del honor y de toda la
humanidad», «un basilisco de salivazos venenosos», «un educador que alimentó al
joven fruto de su envenenada alma con hedionda basura», «un codicioso buitre,
que se cierne sobre los aún no nacidos para amanear sus tiernos miembros a
picotazos», etc. También consiguió que los tribunales venecianos confiscaran
las Instrucciones de Capra bajo la acusación de plagio. Ni
siquiera Tycho Brahe y Ursus habían caído en tan bajo lenguaje, a pesar de que
luchaban por la autoría de un sistema del Universo, no por un artilugio para
uso de ingenieros militares.
En sus posteriores escritos polémicos, el estilo de Galileo evolucionó de la
burda invectiva hacia un tono satírico, a veces fácil, a veces sutil, siempre
efectivo. Cambió el garrote por el estoque y consiguió manejarlo con rara
maestría, al tiempo que, en los párrafos puramente expositivos, su lucidez le
situaba en un lugar destacado del desarrollo de la prosa didáctica italiana.
Pero detrás de la pulida fachada bullían las mismas pasiones que habían
estallado en el asunto del compás de proporción: una mezcla de vanidad, celos e
hipocondría unida a una fuerza demoniaca que le condujo al borde de la
autodestrucción. Carecía por completo de inclinaciones místicas o contemplativas,
a través de las cuales es a veces posible sublimar las más amargas pasiones;
era incapaz de trascender de sí mismo y hallar refugio, como hacia Kepler en
sus horas más sombrías, en el misterio cósmico. No tenía nada de medieval.
Galileo es total y tremendamente moderno.
§5. El impacto del telescopio
La invención del telescopio produjo la más cercana conjunción de Kepler y
Galileo, marchando cada uno por su propia órbita. Prosiguiendo con esta
metáfora, la órbita de Kepler recuerda esas parábolas de los cometas que
aparecen desde el infinito y vuelven a él; Galileo es una elipse excéntrica,
cerrada sobre sí misma.
El telescopio, como ya he indicado, no lo inventó Galileo. En septiembre de
1608, en la feria anual de Francfort, alguien puso a la venta un telescopio que
poseía una lente convexa y otra cóncava y aumentaba siete veces la imagen. El 2
de octubre de 1608, el fabricante de lentes Johann Lippershey, de Middleburg,
solicitó al gobierno de Holanda una licencia por treinta años para manufacturar
telescopios con lentes simples y dobles. Durante el siguiente mes vendió varios
de ellos por trescientos y seiscientos florines, pero no le concedieron la
licencia en exclusiva debido a que en el ínterin otras dos personas habían
presentado el mismo invento. El gobierno holandés mandó, como obsequio, dos instrumentos
de Lippershey al rey de Francia. En abril de 1609 podían comprarse telescopios
en las tiendas de los fabricantes de lentes en París. En el verano de 1609,
Thomas Hamot efectuó en Inglaterra observaciones de la Luna con un telescopio y
trazó mapas de su superficie. El mismo año llegaron a Italia varios telescopios
holandeses, donde los copiaron.
El propio Galileo afirmó en el Mensajero de las estrellas que
había leído informes del invento holandés, y que éstos le habían animado a
construir un instrumento basado en el mismo principio, cosa que consiguió «tras
un profundo estudio de la teoría de la refracción». Carece de importancia si
realmente vio y manejó alguno de los instrumentos holandeses que llegaron a
Italia, puesto que una vez conocido el principio, mentes menos capacitadas que
la de Galileo podían construir, y en realidad construyeron, instrumentos
similares. El 8 de agosto de 1609, Galileo invitó al Senado veneciano a probar
su catalejo desde la torre de San Marcos, con un éxito espectacular; tres días
después, lo regaló al Senado, con una carta en la cual explicaba que el
instrumento, al aumentar los objetos nueve veces, podía tener gran importancia
en caso de guerra. Permitía ver «velas y naves situadas tan lejos que
transcurrirían dos horas antes de que pudieran ser divisadas a simple vista,
navegando a toda velocidad hacia el puerto»,[482] con lo cual se revelaba valiosísimo contra las invasiones
por mar. No era la primera vez, ni sería la última, que la investigación pura,
ese hambriento perro sarnoso, arrancaba un hueso del banquete de los señores de
la guerra.
El agradecido Senado de Venecia dobló rápidamente el salario de Galileo a mil
escudos al año y le nombró profesor vitalicio de Padua, ciudad perteneciente a
la República de Venecia. Los fabricantes locales de lentes no tardaron mucho en
producir telescopios con la misma potencia de aumento y en vender por las
calles por unos cuantos escudos un artículo que Galileo había vendido al Senado
por mil escudos anuales, con gran regocijo de todos los venecianos. Galileo
debió de sentir amenazada su reputación, como en el asunto del compás militar;
pero, por fortuna, esta vez su pasión se desvió por cauces más creadores.
Empezó a mejorar febrilmente su telescopio y a apuntarlo hacia la Luna y las
estrellas, que antes no le habían atraído demasiado. En el transcurso de los
ocho meses siguientes consiguió, según sus propias palabras, «sin ahorrar ni
trabajo ni gastos, construir por mí mismo un instrumento tan superior, que los
objetos vistos a través de él aparecían aumentados casi un millar de veces, y
parecían estar más de treinta veces más cerca que vistos tan sólo con el poder
natural de los ojos».
Esta cita pertenece al Sidereus Nuncius, el Mensajero
de las estrellas, publicado en Venecia en marzo de 1610. Fue la
primera publicación científica de Galileo, y, con ella, sus descubrimientos
acerca del telescopio cayeron como una bomba sobre el escenario del mundo de
los sabios. No sólo contenía noticias de los cuerpos celestes «que ningún
mortal ha visto hasta ahora», sino que estaba escrito en un estilo nuevo, claro
y conciso, que ningún estudioso había empleado antes. Era tan nuevo este
lenguaje, que el refinado embajador imperial en Venecia describió el Mensajero
de las estrellas como un «árido discurso o un hinchado alarde,
desprovisto de toda filosofía».[483] En contraste con el exuberante y barroco estilo de Kepler,
algunos párrafos del Sidereus Nunciuspueden casi compararse con las
sobrias páginas de las publicaciones contemporáneas dedicadas a temas de
física.
El librito tiene tan sólo veinticuatro hojas en octavo. Tras los párrafos
introductorios, Galileo describe sus observaciones de la Luna, que le llevan a
concluir «que la superficie de la Luna no es perfectamente lisa, sin accidentes
y perfectamente esférica, tal como una amplia escuela de filósofos considera a
la Luna y los demás cuerpos celestes, sino que, por el contrario, está llena de
irregularidades, es desigual, está repleta de huecos y protuberancias, lo mismo
que la superficie de la propia Tierra, cruzada por todas partes por altas
montañas y profundos valles».
Luego se vuelve hacia las estrellas fijas, y describe cómo el telescopio añade
al moderado número de las que pueden verse a simple vista «otras estrellas, en
miríadas, que nunca antes habían sido vistas, y que rebasan en más de diez
veces el número de las viejas estrellas ya conocidas». Así, por ejemplo, a las
nueve estrellas del cinturón y la espada de Orión fue capaz de añadir otras
ochenta descubiertas en sus inmediaciones; y a las siete de las Pléyades, otras
treinta y seis. La Vía Láctea se «disolvió» ante el telescopio en «una masa de
innumerables estrellas unidas en densos racimos»; y lo mismo ocurría cuando
miraba las brillantes nebulosas.
Pero la gran revelación aparece al final: «Queda pendiente el asunto que, en mi
opinión, merece considerarse como el más importante de este trabajo; a saber,
que debo revelar y comunicar al mundo la ocasión del descubrimiento y
observación de cuatro planetas nunca vistos desde el principio de los tiempos
hasta nuestra época.»
Los cuatro nuevos planetas eran las cuatro lunas de Júpiter; la razón por la
que Galileo atribuía a su descubrimiento tan capital importancia la explica de
manera indirecta en un aparte: «Además, tenemos un argumento excelente y
sumamente claro para desechar los escrúpulos de aquellos que pueden aceptar la
revolución de los planetas alrededor del Sol en el sistema copernicano, pero
les altera tanto la revolución de una simple Luna alrededor de la Tierra
mientras ambas describen una órbita anual en torno del Sol, que consideran imposible
esta teoría del Universo.»
En otras palabras, Galileo pensaba que el principal argumento de los
anticopernicanos tenía que basarse en la imposibilidad del movimiento compuesto
de la Luna en torno de la Tierra, y con la Tierra alrededor del Sol; y creía
que este argumento quedaría rebatido por el movimiento compuesto de las cuatro
lunas de Júpiter. Era la única referencia a Copérnico en todo el librito, y no
contenía ningún compromiso explícito. Más aún, ignoraba el hecho de que en el
sistema de Tycho Brahe todos los planetas describen un
movimiento compuesto en torno del Sol y con el Sol alrededor de la Tierra; y
que incluso en el más limitado sistema «egipcio», al menos los dos planetas
interiores hacían lo mismo.
Las observaciones de Galileo con el telescopio no aportaron, pues, importantes
argumentos a favor de Copérnico, ni ningún compromiso por su parte. Además, los
descubrimientos anunciados en el Mensajero de las estrellas no
eran en absoluto tan originales como pretendía su autor. No era el primero, ni
el único científico, que había dirigido su telescopio hacia el cielo y
descubierto nuevas maravillas con él. Thomas Harriot efectuó sistemáticas
observaciones y mapas de la Luna en el verano de 1609, antes de Galileo, pero
no los publicó. Incluso el emperador Rodolfo había observado la Luna con un
telescopio antes de haber oído hablar de Galileo. Los mapas estelares de
Galileo eran tan inexactos que, en ellos, el grupo de las Pléyades sólo puede
reconocerse con dificultad, el grupo de Orión no puede reconocerse en absoluto,
y la enorme mancha oscura bajo el ecuador lunar, rodeado por montañas, que
Galileo comparó con Bohemia, sencillamente no existe.
Sin embargo, dicho esto y señalados todos los defectos existentes en el primer
texto publicado por Galileo, su repercusión y significado continúan siendo muy
grandes. Otros habían visto lo que Galileo vio y ni siquiera puede afirmarse de
manera taxativa que fuera el primero en descubrir las lunas de Júpiter;[484] pero fue el primero en publicar lo que vio y en
describirlo con un lenguaje que lo hacía inteligible para todo el mundo. El
efecto acumulativo causó el impacto; el lector, pese a que no estaban
explícitamente detalladas, captó instintivamente las enormes repercusiones
filosóficas de esta apertura al Universo. Las montañas y valles de la Luna
confirmaban la similitud entre la materia celeste y la terrestre, la naturaleza
homogénea de la materia constitutiva del Universo. El insospechado número de invisibles
estrellas hacía absurda la idea de que habían sido creadas para deleite del
hombre, pues sólo podían verse con ayuda de un artilugio. Las lunas de Júpiter
no probaban que Copérnico tuviese razón, pero contribuían a desacreditar la
antigua creencia de que la Tierra era el centro del mundo y que en torno de
ella giraba todo. No era este o aquel otro detalle particular, sino el
contenido global del Mensajero de las estrellas lo que
producía tan espectacular efecto.
El librito despertó una inmediata y apasionada controversia. Es curioso
observar que el Libro de las Revoluciones de Copérnico apenas
había suscitado expectación durante medio siglo, y las leyes de Kepler aún
menos en su tiempo, mientras que el Mensajero de las estrellas, que
poseía tan sólo una relación indirecta con todo ello, causó un enorme estallido
de emociones. La principal razón estribaba, sin duda, en la inmensa facilidad
de su lectura. Digerir la magnum opus de Kepler requería, como
observó uno de sus colegas, «casi toda una vida»; pero el Mensajero de
las estrellas podía leerse en una hora, y su efecto era como el de un
puñetazo en el plexo solar para quienes habían crecido en la visión tradicional
del universo limitado. Porque esa visión, aunque un poco tambaleante,
conservaba todavía una inmensa y tranquilizadora coherencia. Incluso Kepler se
asustó por las inusitadas perspectivas abiertas por el telescopio de Galileo:
«Lo infinito es impensable», exclamó repetidamente, lleno de angustia.
Los efectos del mensaje de Galileo llegaron inmediatamente a Inglaterra. El
librito se publicó en marzo de 1610; la primera edición del Ignatius de
Donne apareció apenas diez meses después,[485] pero ya menciona repetidas veces a Galileo (y a Kepler).
Escribiré [dijo Lucifer] al obispo de Roma:
Deberá llamar a Galileo el florentino a su presencia…
Pero pronto el enfoque satírico dejó paso al metafísico, a una plena
comprensión de la nueva perspectiva cósmica:
El hombre ha tejido una red
y la ha arrojado a los cielos, y ahora los cielos son suyos…
Milton era aún un niño en 1610; creció con las nuevas maravillas. Su darse
cuenta de las «enormes profundidades sin límites» reveladas por el telescopio
reflejan el final del amurallado universo medieval:
Ante [sus] ojos aparecen de pronto los secretos del viejo abismo… un oscuro e
ilimitado océano, sin final, sin dimensión…[486]
§6. La batalla de los satélites
Tal fue el impacto objetivo que tuvieron en todo el mundo los descubrimientos
de Galileo y de su «tubo óptico». Pero para comprender las
reacciones del reducido mundo académico de su propio país debemos tener en
cuenta también el efecto subjetivo de la personalidad de Galileo. El canónigo
Koppernigk había sido una especie de hombre invisible durante toda su vida;
nadie que conociese al cautivador Kepler en persona o por correspondencia podía
sentir animosidad contra él. Pero Galileo poseía el curioso don de provocar
enemistades; no la mezcla de afecto e irritación que despertaba Tycho Brahe,
sino la fría e inflexible hostilidad que el genio arrogante suscita en los
mediocres.
Sin esta aura personal sería incomprensible la controversia que siguió a la
publicación del Sidereus Nuncius. Porque el tema de la disputa
no era el significado de los satélites de Júpiter, sino su existencia, que
algunos de los más ilustres estudiosos de Italia negaban de plano. El principal
rival académico de Galileo era Magini, de Bolonia. Durante el mes siguiente a
la publicación del Mensajero de las estrellas, en las noches
del 24 y 25 de abril de 1610, se celebró una memorable fiesta en una casa de
Bolonia, a la cual invitaron a Galileo para mostrar las
lunas de Júpiter a través de su telescopio. Ninguno de los muchos e ilustres
huéspedes se declaró convencido de su existencia. El padre Clavius, el
principal matemático de Roma, tampoco consiguió verlas; Cremonini, profesor de
filosofía de Padua, se negó incluso a mirar por el telescopio; lo mismo hizo su
colega Libri. Este último, además, murió poco después, y con ello proporcionó a
Galileo una oportunidad de crearse más enemigos a causa de su muy citado
sarcasmo: «Libri no quiso ver mis menudencias celestes cuando estaba en la
Tierra; quizá lo haga ahora que ha subido a los cielos.»
Puede que esos hombres estuviesen un tanto cegados por la pasión y los
prejuicios, pero no eran en absoluto tan estúpidos como podría parecer. Si bien
el telescopio de Galileo era el mejor disponible continuaba siendo un tosco
instrumento sin montura fija y con un campo visual tan pequeño que, como ha
dicho alguien, «la maravilla no es que pudiese descubrir las lunas de Júpiter,
sino que fuera capaz de encontrar al propio Júpiter». Para manejarlo se
necesitaba una habilidad y una experiencia que sólo Galileo poseía. A veces,
una estrella fija aparecía duplicada. Más aún, el propio Galileo era incapaz de
explicar por qué y cómo funcionaba el instrumento, y el Sidereus
Nuncius guardaba un llamativo silencio sobre este punto esencial. Así
pues, no es por completo disparatado sospechar que los desenfocados puntos que
aparecían ante el cansado y lacrimoso ojo apretado contra la lente pudieran ser
ilusiones ópticas en la atmósfera, o algo producido por el propio aparato
misterioso. En realidad, esto afirmó un opúsculo sensacionalista, Refutación
del mensajero de las estrellaspublicado por el ayudante de Magini, un joven
estúpido llamado Martin Horky. Toda la controversia acerca de ilusiones
ópticas, halos, reflejos de nubes luminosas, y la poca fiabilidad de los
testimonios, recuerdan inevitablemente otra polémica similar trescientos años
después: la de los platillos volantes. También aquí, las emociones y los
prejuicios se combinaban con las dificultades técnicas que impiden obtener
conclusiones claras. Y también aquí, no era disparatado que el amor propio de
los estudiosos les hiciera negarse a contemplar las «pruebas» fotográficas por
temor a mostrarse como unos estúpidos. Parecidas consideraciones pueden
aplicarse a la negativa de intelectuales de espíritu abierto a verse mezclados
en el ambiguo fenómeno de las sesiones de ocultismo. Las lunas de Júpiter no
eran menos amenazadoras en un mundo de probos estudiosos en 1610 que, por ejemplo,
la percepción extrasensorial en 1950.
Así pues, mientras los poetas celebraban los descubrimientos de Galileo, que se
habían convertido en un asunto del que hablaba todo el mundo, los estudiosos de
su propio país se mostraban, con muy pocas excepciones, hostiles o escépticos.
La primera y, durante algún tiempo, única voz autorizada que se alzó en pública
defensa de Galileo fue la de Johannes Kepler.
§7. El escudero
Fue también la voz de más peso, puesto que a Kepler se le consideraba, sin
discusión, el primer astrónomo de Europa, no a causa de sus dos Leyes, sino en
virtud de su posición como matemático imperial y sucesor de Tycho Brahe. John
Donne, que sentía una animosa admiración hacia él, resumía la reputación de
Kepler diciendo «que (como él atestigua de sí mismo), desde que la muerte de
Tycho Brahe depositó las cosas en sus manos, nada nuevo puede ocurrir en los
cielos sin su conocimiento».[487]
Las primeras noticias del descubrimiento de Galileo llegaron a Kepler cuando
Wackher von Wackenfels acudió a visitarle hacia el 15 de marzo de 1610. Pasó
las semanas siguientes esperando febrilmente noticias más concretas. Durante
los primeros días de abril, el emperador recibió un ejemplar del Mensajero
de las estrellas, recién publicado en Venecia, y permitió
graciosamente a Kepler «echarle una rápida ojeada». El 8 de abril, por fin,
recibió un ejemplar que le enviaba el propio Galileo, el cual le rogaba que le
diese su opinión.
Galileo no contestó cuando Kepler le pidió con insistencia su opinión sobre
el Mysterium, y había también guardado silencio acerca de
la Nueva Astronomía.Tampoco se molestó ahora en solicitar la
opinión de Kepler sobre el Mensajero de las estrellas en una
carta personal, sino que hizo que se la pidiera verbalmente el embajador
toscano en Praga, Julián de Medici. Aunque Kepler no se hallaba en situación de
verificar los controvertidos descubrimientos de Galileo porque no poseía telescopio,
dio por verdaderas sus afirmaciones. Lo hizo con entusiasmo y sin la menor
vacilación, y se ofreció públicamente a servir en la batalla como «asistente» o
«escudero» de Galileo; Kepler, el matemático imperial, se ponía al servicio del
hasta hacía muy poco desconocido estudioso italiano. Hay pocos gestos tan
generosos en los tan a menudo mezquinos anales de la ciencia.
El conreo para Italia tenía que partir el 19 de abril; en los once días de que
disponía, Kepler escribió el opúsculo Conversación con el mensajero de
las estrellas en forma de carta abierta a Galileo. Lo imprimieron el
mes siguiente en Praga, y poco después apareció una traducción pirata italiana
en Florencia.
Era precisamente el apoyo que necesitaba Galileo en aquel momento. El peso de
la autoridad de Kepler representaba un importante papel para cambiar la suerte
de la batalla a su favor, como se demuestra en la correspondencia de Galileo.
Estaba ansioso por abandonar Padua y ser nombrado matemático de la corte de
Cosimo de Medici, gran duque de Toscana, en cuyo honor había llamado a los
planetas de Júpiter «las estrellas mediceas». En su solicitud a Vinta,
secretario de estado del duque, el apoyo de Kepler aparece de manera destacada:
«Vuestra excelencia, y su Alteza a través de vos, sabrá que he recibido una
carta —o más bien un tratado de ocho páginas— del matemático imperial, escrita
como aprobación de cada uno de los detalles contenidos en mi libro, sin la
menor duda ni la más pequeña contradicción. Y podéis creer que ésta es la manera
en que hubiesen hablado desde un principio los hombres de letras más
importantes de Italia si yo me hallara en Alemania o en algún otro lugar
lejano.»[488]
Escribió en casi idénticos términos a otros corresponsales, entre ellos a
Matteo Carosio, de París: «Estábamos preparados para el hecho de que
veinticinco personas desearan refutarme; pero hasta este momento tan sólo he
visto una aseveración de Kepler, el matemático imperial, que confirma todo lo
que he escrito, sin rechazar siquiera una coma; esta declaración está siendo
ahora reimpresa en Venecia, y pronto podréis verla.»[489]
Pero mientras Galileo alardeaba de la carta de Kepler ante el gran duque y sus
corresponsales, ni siquiera dio las gracias a su autor ni acusó recibo de su
misiva.
Aparte su importancia estratégica en la batalla de la cosmología, la Conversación
con el mensajero de las estrellas carece de valor científico; se lee
como un recargado arabesco, un conjunto de divertidos garabatos en torno del
núcleo del tratado de Galileo. Kepler comienza proclamando su esperanza de que
Galileo, cuya opinión tiene para él más importancia que la de cualquier otro,
comente la Astronomia Nova, y así renueve una correspondencia
«que quedó interrumpida hace doce años». Relata, complacido, cómo recibió las
primeras noticias de los descubrimientos por Wackher, y cómo se planteó si las
lunas de Júpiter podrían encajar en el universo construido alrededor de los
cinco sólidos pitagóricos. Pero tan pronto como hubo ojeado el Mensajero
de las estrellas, se dio cuenta de que «ofrecía tan importante y
maravilloso espectáculo a astrónomos y filósofos, que invitó a todos los amigos
de la auténtica filosofía a considerar este asunto de la más alta importancia…
¿Quién puede permanecer callado ante un mensaje así? ¿Quién puede no sentirse
abrumado por el amor hacia la Divinidad que tan abundantemente se manifiesta
aquí?» Luego viene su oferta de apoyo «en la batalla contra los gruñones
reaccionarios, que rechazan como increíble todo lo desconocido, y consideran
una profanación todo lo que se aparta de los trillados caminos de Aristóteles…
Quizá se me repute de temerario debido a que acepto vuestras afirmaciones como
ciertas sin ser capaz de añadir a ellas mis propias observaciones. Pero, ¿cómo
puedo no creer a un matemático de confianza cuyo solo arte del lenguaje
demuestra ya la rectitud de su juicio…?»
Kepler había captado instintivamente el tono de la verdad en el Mensajero
de las estrellas, y esto era suficiente para él. Por mucho que le
hubiese dolido el anterior comportamiento de Galileo, se sentía impulsado a
«lanzarse al combate» por la verdad, por Copérnico y por los cinco sólidos
perfectos. Porque, tras concluir el trabajo prometeico de la Nueva
Astronomía, se había sumido de nuevo en el místico crepúsculo de un
universo pitagórico construido en torno de cubos, tetraedros, dodecaedros,
etcétera. Este es el leitmotiv de su diálogo con el Mensajero
de las estrellas; no menciona siquiera una sola vez ni las órbitas
elípticas, ni la primera ni la segunda ley. Sus descubrimientos le parecían
sólo un tedioso desvío en la persecución de su idée fixe.
El breve tratado es una obra digresiva, escrita por una pluma apresurada, con
saltos de un tema a otro: astrología, óptica, las manchas de la Luna, la
naturaleza del éter, Copérnico, la habitabilidad de otros mundos, el viaje
interplanetario: «Seguro que no faltarán pioneros cuando hayamos dominado el
arte de volar. ¿Quién hubiese pensado que la navegación por el inmenso océano
es menos peligrosa y más tranquila que por los angostos y amenazadores golfos
del Adriático, del Báltico, o los estrechos británicos? Creemos navíos y velas
adaptadas al éter celeste, y habrá muchísima gente que no tema a los espacios
vacíos. Mientras tanto, deberemos preparar, para los valientes viajeros por el
espacio, mapas de los cuerpos celestes… Yo haré los de la Luna y vos. Galileo,
los de Júpiter.»
Al vivir en una atmósfera saturada de malicia, los profesores Magini, Horky, e
incluso Maestlin, no podían dar crédito a sus oídos cuando oyeron a Kepler
cantar las alabanzas de Galileo, e intentaron descubrir la espina escondida
entre tantas rosas. Con maliciosa satisfacción se detuvieron en un párrafo en
el cual Kepler mostraba que el principio del telescopio lo había establecido ya
veinte años antes un compatriota de Galileo, Giovanni Della Porta, y el propio
Kepler en su obra de óptica, en 1604. Pero puesto que Galileo no reclamaba para
sí la invención del telescopio, el recorrido histórico de Kepler no le podía
causar resentimiento, además, Kepler hacía hincapié en que las anticipaciones
de Della Porta y de él mismo eran de naturaleza puramente teórica, «y no pueden
disminuir la fama del inventor, sea quien sea. Porque sé que existe un largo
camino desde el concepto teórico hasta el logro práctico, desde la mención de
los antípodas de Tolomeo hasta el descubrimiento del Nuevo Mundo por Colón, y
mucho más desde los instrumentos de dos lentes utilizados en este país hasta el
instrumento con el cual vos, oh Galileo, escudriñasteis los auténticos cielos».
A pesar de esto, el enviado alemán a Venecia, George Fugger, escribió
complacido que Kepler había «arrancado la máscara del rostro de Galileo»,[490] y Francis Stelluti
(miembro de la Academia linceana) escribió a su hermano: «Según Kepler, Galileo
pasa por ser el inventor del instrumento, pero hace más de treinta años que
Della Porta lo describió en su Magia natural… Y así el pobre
Galileo queda como un estúpido.»[491] Horky citó también a
Kepler en su conocido opúsculo contra Galileo, tras lo cual Kepler informó
inmediatamente a Horky que «puesto que las exigencias de la honradez se han
vuelto incompatibles con mi amistad hacia vos, por la presente termino con ésta»,[492] y ofreció a Galileo
publicar esta repulsa; pero el joven Horky se arrepintió y Kepler olvidó el
incidente.
Esas reacciones señalan la amplitud de la repulsa hacia Galileo en Italia. Pero
fuera cual fuese la oculta ironía que los estudiosos imputaron a la Dissertatio de
Kepler, el hecho innegable era que el matemático imperial había respaldado
expresamente las afirmaciones de Galileo. Esto persuadió a algunos de los
adversarios del matemático de Padua, que antes se habían negado a tomarle en
serio, a mirar por sí mismos con telescopios mejorados, que ahora empezaban a
hallarse disponibles. El primero en convencerse fue el importante astrónomo de
Roma, el jesuita padre Clavius. A consecuencia de ello, los estudiosos jesuitas
no sólo confirmaron las observaciones de Galileo, sino que las mejoraron
considerablemente.
§8. La separación de las órbitas
La reacción de Galileo ante el servicio que Kepler le había prestado fue como
hemos visto, el más absoluto silencio. El embajador toscano en la corte
imperial le aconsejó urgentemente que enviase a Kepler un telescopio que le
permitiera verificar, al menos post factum, los
descubrimientos que había aceptado fiado sólo en la palabra de Galileo. Pero
éste no hizo nada de eso. Regalaba los telescopios que fabricaba su taller a
diversos mecenas aristócratas.
Así pasaron cuatro meses; apareció el opúsculo de Horky, la controversia
alcanzaba su momento culminante y todavía ni un solo astrónomo conocido había
afirmado públicamente haber visto las lunas de Júpiter. Los amigos de Kepler
empezaron a reprocharle su testimonio a favor de algo que no había visto
personalmente; era una situación insostenible.[493] El 9 de agosto, Kepler
escribió de nuevo a Galileo: «… Habéis despertado en mí un gran deseo de ver
vuestro instrumento, a fin de poder gozar finalmente yo también, como vos, del
espectáculo de los cielos. Porque entre los instrumentos que tenemos a nuestra
disposición aquí, el mejor aumenta sólo diez veces, los otros apenas tres…»[494]
Habla acerca de sus propias observaciones de Marte y de la Luna, expresa su
indignación por la jugarreta de Horky, y luego continúa: «La ley exige que todo
el mundo deba ser creído a menos que se demuestre lo contrario. Y mucho más en
este caso en que las circunstancias garantizan la credibilidad. Estamos, en
realidad, enfrentándonos no con un problema filosófico sino con un problema
legal: ¿Ha engañado deliberadamente Galileo al mundo mediante un fraude…?
»No pretendo ocultaros que han llegado a Praga cartas de varios italianos que
niegan que esos planetas puedan verse con vuestro telescopio.
»Me pregunto cómo es posible que tantos lo nieguen [su existencia], incluidos
quienes poseen un telescopio… En consecuencia, os pido, mi querido Galileo, que
me deis los nombres de algunos testigos tan pronto como os sea posible. Por
varias cartas escritas por vos a terceras personas he sabido que no os faltan
tales testigos. Pero yo no puedo citar ningún testimonio aparte el vuestro…»[495]
Esta vez, Galileo se apresuró a contestar, asustado, sin duda, ante la
perspectiva de perder a su más poderoso aliado:
«Padua, 19 de agosto de 1610.
»He recibido vuestras dos cartas, mi docto Kepler. La primera, que habéis
publicado ya, os la contestaré en la segunda edición de mis observaciones.
Mientras tanto, deseo daros las gracias por ser la primera, y casi única,
persona que ha aceptado completamente mis afirmaciones, a pesar de que no
teníais pruebas, por lo que debo agradeceros vuestra franqueza y vuestra
nobleza de espíritu.»[496]
Galileo comunicaba a Kepler que no podía enviarle su telescopio, que ampliaba
un millar de veces, debido a que se lo había entregado al gran duque, el cual
deseaba «exhibirlo en su galería como un recuerdo eterno entre sus más
preciados tesoros». Daba varias excusas acerca de la dificultad de construir
instrumentos de semejante perfección y terminaba con la vaga promesa de que,
tan pronto como fuera posible, construiría más, «y los enviaré a mis amigos».
Kepler jamás recibió ninguno.
En el siguiente párrafo, Horky y la gente vulgar eran objeto de ciertas
invectivas, «pero Júpiter desafía tanto a gigantes como a pigmeos; Júpiter está
ahí en los cielos, y los sicofantes pueden ladrar todo lo que quieran». En
cuanto a los posibles testigos solicitados por Kepler, continuaba sin poder
nombrar a un solo astrónomo. «En Pisa. Florencia, Bolonia, Venecia y Padua hay
muchos que las han visto [las estrellas mediceas], pero todos callan y dudan.»
En su lugar, citaba a su nuevo mecenas, el gran duque, y a otro miembro de la
familia de los Medici (de los que difícilmente podía esperarse que negaran la
existencia de unas estrellas que llevaban su nombre). Y proseguía: «Como otro
testigo me ofrezco a mí mismo, que he sido distinguido por nuestra universidad
con un salario vitalicio de un millar de florines, del cual ningún otro
matemático ha gozado, y que seguiré recibiendo siempre, aunque las lunas de
Júpiter nos engañaran y desaparecieran.»
Tras quejarse amargamente de sus colegas, «la mayor parte de los cuales son
incapaces de reconocer ni a Júpiter ni a Marte, y apenas a la Luna», Galileo
concluía: «¿Qué debemos hacer? Riámonos de la estupidez de la gente, mi querido
Kepler… Desearía disponer de más tiempo para poder reírme con vos. Cómo
estallaríais en carcajadas, mi queridísimo Kepler, si oyerais lo que los
principales filósofos de Pisa le dicen contra mí al gran duque… Pero ya se ha
hecho de noche y no puedo seguir conversando con vos…»
Ésta es la segunda, y última, carta que Galileo escribió a lo largo de toda su
vida a Kepler.[497] La primera,
recordemos, la escribió trece años antes, y su cantinela había sido la
perversidad de los filósofos y la estupidez de la gente, para terminar con la
melancólica observación: «Si sólo existiese gente como Kepler.» Ahora, al
escribirle de nuevo después de trece años, volvía a señalar a Kepler como un
aliado único para reírse con él de la estupidez del mundo. Pero respecto a la
disyuntiva en que se encontraba Kepler, la carta no aportaba ninguna ayuda. No
contenía ni una palabra acerca de los progresos de las observaciones de
Galileo, de las cuales Kepler ardía en deseos de saber algo más; y no hacía
ninguna mención de un nuevo descubrimiento importante que Galileo acababa de
hacer, y que había comunicado unos quince días antes al embajador toscano en
Praga.[498] El texto en cuestión
decía:
SMAISMRMILMEPOETALEUMIBUNENUGTTAURIAS
Esa ininteligible secuencia de letras componía un anagrama hecho
con las palabras que describían el nuevo descubrimiento. Tenía la finalidad de
salvaguardar la prioridad del descubrimiento sin revelar su contenido, a fin de
que nadie pudiese reclamarlo como suyo. Desde el asunto del compás de
proporción, Galileo había tomado grandes precauciones para asegurarse la
paternidad de sus observaciones, incluso, como veremos, cuando tal paternidad
no le correspondía. Pero fueran cuales fuesen, en general, sus motivos,
difícilmente podían eximirle de pedir al embajador toscano que colocara el
rompecabezas ante los desconcertados ojos de Kepler, de quien no podía
sospechar que fuese capaz de robarle su descubrimiento.
El pobre Kepler intentó resolver el anagrama, y pacientemente lo transformó en
lo que llamó «un bárbaro verso latino»: «Salve umbistineum geminatum Martia
proles»… «Salve, ardientes gemelos, progenie de Marte».[499] De esta manera, creyó
que Galileo había descubierto también lunas en torno de Marte. Sólo tres meses
después, el 13 de noviembre, Galileo accedió a revelar la solución, pero,
naturalmente, no a Kepler, sino a Rodolfo, debido a que Julián de Medid le
había dicho que el asunto había despertado la curiosidad del emperador.
La solución era: «Altissimum planetam tergeminum observavi»… «He
observado el planeta más alto [Saturno] en triple forma.» El telescopio de
Galileo carecía de la suficiente potencia para que se pudiesen distinguir los
anillos de Saturno (los descubrió Huygens medio siglo después); creyó que
Saturno tenía dos lunas pequeñas en sus lados opuestos y muy cercanas al
planeta.
Un mes después envió otro anagrama a Julián de Medici: «Haec immatura a me
jam frustra legunturoy»… «Esas cosas prematuras las estoy buscando por
ahora en vano.» Kepler intentó, una vez más, varias soluciones, entre
ellas: «Macula rufa in Jove est gyratur mathem, etc.» («Hay
una mancha roja en Júpiter que gira matemáticamente»); luego escribió
exasperado a Galileo: «Os suplico que no retengáis por más tiempo la solución.
Tenéis que saber que estáis tratando con honrados alemanes… considerad las
dificultades que vuestro silencio me causa.»[500]
Galileo reveló su secreto un mes después —de nuevo no directamente a Kepler,
sino a Julián de Medici—: «Cpnthiae figuras aemulatur amorum»… «La
madre del amor [Venus] emula la forma de Cynthia [la Luna].» Galileo había
descubierto que Venus, como la Luna, mostraba fases —de una hoz a un disco
completo, y a la inversa—, lo cual constituía una prueba de que giraba en torno
del Sol. También consideraba esto como una prueba del sistema copernicano, lo
cual no era cierto, ya que también encajaba con el sistema egipcio y el de
Tycho Brahe.
Mientras tanto, se cumplió finalmente el más anhelado deseo de Kepler: ver por
sí mismo las nuevas maravillas. Un mecenas de Kepler, el elector Emest de
Colonia, duque de Baviera, se hallaba entre los privilegiados a quienes Galileo
había honrado con el obsequio de un telescopio. En el verano de 1610, Emest
estaba en Praga por asuntos de estado y durante un corto período prestó su
telescopio al matemático imperial. Así, desde el 3 de agosto hasta el 9 de
septiembre, Kepler pudo observar las lunas de Júpiter con sus propios ojos. El
resultado fue otro corto opúsculo, Informe de las observaciones de los
cuatro satélites errantes de Júpiter[501] en el cual Kepler
confirmaba, esta vez mediante su propia experiencia, los descubrimientos de
Galileo. El tratado se reimprimió inmediatamente en Florencia, y fue el primer
testimonio público de una observación directa e independiente de la existencia
de las lunas de Júpiter. Supuso también la aparición por vez primera en la
historia del término «satélite», que Kepler había acuñado en una carta anterior
a Galileo.[502]
El contacto personal entre Galileo y Kepler concluye aquí. Galileo interrumpió,
por segunda vez, la correspondencia entre ambos. Kepler le escribió varias
cartas más en los meses siguientes, que Galileo dejó sin respuesta, o contestó
indirectamente con mensajes enviados por medio del embajador toscano. Galileo
escribió a Kepler una sola vez durante todo el período en que «sus órbitas se
encontraron»: la carta del 19 de agosto de 1610, ya citada. En su obra
raramente menciona el nombre de Kepler y cuando lo hace casi siempre es con la
intención de refutarlo. Galileo, que defendió firmemente hasta el final de su
vida los círculos y los epiciclos como las únicas formas concebibles de
movimientos celestes, ignoró las tres leyes de Kepler, sus descubrimientos en
óptica y el telescopio kepleriano.
Contenido:
§1. «Dioptrice»
§2. Desastre
§3. Excomunión
§4. El juicio por brujería
§5. «Harmonice Mundi»
§6. La tercera ley
§7. La paradoja definitiva
§1. Dioptrice
A partir de ahora debemos olvidamos de Galileo para completar la historia de la
vida y la obra de Kepler.
Galileo había transformado el catalejo holandés: de un juguete había hecho un
instrumento científico, pero sin poder decir nada acerca de cómo y por qué
funcionaba. Kepler lo realizó. En agosto y septiembre de 1610, mientras
utilizaba el telescopio prestado por el duque Ernest de Colonia, escribió en
pocas semanas un tratado teórico en el cual fundaba una nueva ciencia y acuñaba
un nombre para ella: dióptrica, la ciencia de la refracción por medio de
lentes. Su Dioptrice[503] es un libro escrito en
un estilo sorprendentemente ajeno al de Kepler, y formado por ciento cuarenta y
un sobrios parágrafos: «definiciones», «axiomas», «problemas» y
«proposiciones», sin ningún arabesco, adorno ni vuelos místicos.[504] Aunque no halló la
exacta formulación de la ley de la refracción, fue capaz de desarrollar su
sistema de óptica geométrica e instrumental, y de deducir de él los principios
del llamado telescopio astronómico o kepleriano.
En su anterior libro de óptica, publicado en 1604, Kepler había mostrado que la
intensidad de la luz disminuye con el cuadrado de la distancia; había explicado
el principio de la camera obscura, la precursora de la cámara
fotográfica, y la forma en que actuaban los anteojos para ver de cerca y de
lejos. Los anteojos se habían utilizado desde la antigüedad, pero no existía
ninguna teoría precisa para ellos. Ni había tampoco ninguna explicación
satisfactoria para el proceso de la visión —la refracción de la luz que
atraviesa las lentes del ojo, y la proyección de una imagen invertida en la
retina— hasta el primer libro de Kepler sobre óptica, que, modestamente, lo
había llamado «un suplemento a Vitelio».[505] Vitelio, estudioso del
siglo XIII, había escrito un compendio de óptica basado principalmente en
Tolomeo y Alhazén, y era el libro más moderno acerca de este asunto hasta la
aparición del de Kepler. Es necesario recordar constantemente esta falta de
continuidad en el desarrollo de la ciencia, las vastas y oscuras llanuras que
se extienden entre las cumbres de la antigüedad y las del siglo XVII, para
apreciar los logros de Kepler y Galileo.
La Dioptrice es la obra más sobria de Kepler, tan sobria como
la geometría de Euclides. La escribió el mismo año que su sorprendente Conversación
con el mensajero de las estrellas. Fue uno de los años más activos de
la vida de Kepler, al que siguieron los más melancólicos y deprimentes.
§2. Desastre
El año 1611 conllevó la guerra civil y la epidemia a Praga; la abdicación de su
mecenas y proveedor imperial; la muerte de su esposa y la de su hijo
predilecto.
Hombres menos propensos a la astrología hubieran echado la culpa de tal serie
de catástrofes a la influencia maligna de las estrellas. Pero, por extraño que
parezca, Kepler no lo hizo. Sus creencias astrológicas se habían vuelto
demasiado refinadas: aún creía que las constelaciones influían en la formación
del carácter y que ejercían también una especie de efecto catalizador en los
acontecimientos, pero rechazaba, como una superstición, la forma más burda de
causalidad astrológica directa.
Esto hizo aún más difícil su posición en la corte. Rodolfo, que se hundía de la
apatía a la locura, era ahora un virtual prisionero en su ciudadela. Su primo
Leopoldo había formado un ejército y ocupado parte de Praga. Los estados de la
Bohemia pedían ayuda a su hermano Matías, que había despojado ya a Rodolfo de
Austria, Hungría y Moravia, y estaba preparándose para tomar el resto. Rodolfo
imploraba esperanza de las estrellas, pero Kepler era demasiado honrado para
proporcionársela. En una carta confidencial a uno de los consejeros más íntimos
de Rodolfo, explicaba: «La astrología puede causar un daño enorme a un monarca
si un astrólogo astuto explota su credulidad humana. Debo vigilar que esto no
le ocurra a nuestro emperador… Sostengo que no sólo se debe eliminar la
astrología del Senado, sino también de las cabezas de todos aquellos que desean
aconsejar al emperador acerca de sus mejores intereses; hay que mantenerla por
completo fuera de su vista.»[506]
Continuaba diciendo que, consultado por los enemigos del emperador, había
afirmado que las estrellas eran favorables a Rodolfo y adversas a Matías; pero
que nunca le había dicho esto al emperador en persona, a fin de evitar que se
confiara demasiado y desaprovechase cualquier oportunidad que le quedara de
conservar el trono. A Kepler no le importaba escribir calendarios astrológicos
por dinero, pero cuando su conciencia se veía implicada en el asunto, actuaba
con una escrupulosidad completamente insólita en las costumbres de su época.
El 23 de mayo, Rodolfo se vio obligado a renunciar a la corona de Bohemia y en
enero del año siguiente murió. Durante este lapso de tiempo, la mujer de
Kepler, Bárbara, contrajo la fiebre húngara, a la que siguieron ataques de
epilepsia y síntomas de desórdenes mentales. Cuando se recuperó, sus tres hijos
enfermaron de viruela, propagada por la soldadesca. El mayor y el más pequeño
se recobraron, pero murió el preferido de Kepler, Friedrich, de seis años.
Luego, Bárbara empeoró de nuevo: «Aturdida por los horrores cometidos por los
soldados y por las sangrientas luchas de la ciudad, consumida por la
desesperación hacia el futuro y por un inextinguible dolor por la pérdida de su
querido hijo…, en medio de un melancólico desánimo, el más triste de los
estados de la mente, entregó finalmente su alma.»[507]
Fue el primero de una serie de desastres que pesaron sobre los últimos veinte
años de la vida de Kepler. Para seguir adelante, publicó su correspondencia con
varios estudiosos sobre cuestiones de cronología referentes a la edad de
Cristo. La cronología había sido siempre una de sus distracciones favoritas; su
teoría de que Jesús había nacido realmente el año 4 ó 5 «después de Cristo» es
hoy comúnmente aceptada. Así pasaba el tiempo antes de poder trasladarse a
Linz, donde había obtenido un modesto empleo. Pero para eso, era preciso que
Rodolfo muriese.
Esta muerte se produjo el 20 de enero de 1612 y significó también el final del
período más fecundo y glorioso de la vida de Kepler.
§3. Excomunión
El nuevo trabajo era el de matemático provincial en Linz, capital de la Alta
Austria, cargo similar al que había ocupado en su juventud en Gratz. Ahora
tenía cuarenta y un años; permaneció en Linz durante catorce, hasta los
cincuenta y cinco.
Parecía poco afortunado el cambio de situación tras las glorias de Praga, pero
no era tan malo como parecía. Por un lado, el sucesor de Rodolfo había
confirmado a Kepler en su título de matemático imperial, cargo que conservó
durante el resto de su vida. Matías, al contrario que Rodolfo, disponía de poco
tiempo para el astrónomo de su corte, pero deseaba que no estuviese muy lejos,
y Linz, en sus dominios austríacos, era una solución satisfactoria. El propio
Kepler se sintió feliz de hallarse lejos del torbellino de Praga, y de recibir
de los austríacos un sueldo que, por lo menos, estaba seguro de que iba a
cobrar. También disponía de influyentes mecenas entre la aristocracia local:
los Starhemberg y los Licchtenstein; en realidad, el puesto había sido creado
especialmente para él, requería tan sólo obligaciones teóricas y le dejaba todo
el tiempo libre que necesitaba para su trabajo. Cuando empezó la guerra de los
Treinta Años con la defenestración de Praga, lo único que pudo hacer es dar las
gracias por haber sido apartado del foco de los acontecimientos. Y cuando se le
ofreció la sucesión de Magini en la cátedra de matemáticas de Bolonia,
sabiamente la rechazó.
Sin embargo, pese a todo, era un descenso de situación. «Linz», para los
austríacos, continúa siendo hoy día sinónimo de provincianismo. Bárbara, cuya
añoranza de Austria había sido una de las razones por las que Kepler había
elegido Linz, había muerto. La desolación arrancó de él una de sus torturadas
protestas autoanalíticas: «… Mi exagerada confianza, mi despliegue de piedad,
un aferrarse a la fama por medio de sorprendentes proyectos y acciones
insólitas, la incansable búsqueda de una interpretación de las causas, la
angustia espiritual hacia la gracia…»[508]
No tenía a nadie con quién hablar, ni siquiera con quién pelearse.
Esta última necesidad, sin embargo, la cubrió al cabo de un tiempo el párroco
local, un tal Daniel Hitzler. También procedía de Württemberg, y lo sabía todo
acerca de las escandalosas desviaciones criptocalvinistas de Kepler.
Discutieron en la primera ocasión en que éste fue a comulgar. Kepler negó, como
siempre había hecho, la doctrina luterana de la ubicuidad, la omnipresencia en
el mundo, no sólo del espíritu, sino del cuerpo de Cristo. Hitzler insistía en
una declaración escrita de conformidad a la doctrina (que, más tarde, fue
retirada de la teología luterana); Kepler no aceptó hacerla, por lo cual
Hitzler le negó la comunión. Kepler se quejó en una ferviente petición al
Consejo de la Iglesia de Württemberg, y éste le respondió con una larga,
paciente y paternal carta de amonestación, en la cual le decía que debía
dedicarse a las matemáticas y dejar la teología a los teólogos. Kepler, para
recibir la comunión, se vio obligado a acudir a una parroquia fuera de Linz,
cuyo párroco era, al parecer, de mentalidad más abierta. El Consejo de la
Iglesia, por su parte, aunque respaldaba al pastor Hitzler, no hizo nada por
impedir a su colega que administrara la comunión a la oveja descarriada. Kepler
continuó protestando contra la coartación de su libertad de conciencia y
quejándose de que las habladurías le calificaban de ateo y traidor, de que
estaba intentando conseguir el favor de los católicos mientras procuraba
agradar a los calvinistas. Sin embargo, su constante deambular entre las tres
confesiones distintas parecía concordar con su más profunda naturaleza: «Hiere
mi corazón el que las tres fracciones hayan desgarrado miserablemente la verdad
haciéndola pedazos, de tal modo que he tenido que recoger los fragmentos allá
donde he podido encontrarlos y ponerlos juntos de nuevo… Me preocupo por
reconciliar las partes unas con otras allá donde puedo hacerlo con sinceridad,
de modo que pueda vivir con todas ellas… Vedlo, me siento atraído por las tres
partes, o al menos por dos de ellas contra la tercera, y deposito mis
esperanzas en un acuerdo; pero mis oponentes están atraídos sólo por una parte,
pues imaginan que tiene que haber una irreconciliable división y rivalidad. Mi
actitud, con la ayuda de Dios, es cristiana; la suya, no sé lo que es.»[509]
Era el lenguaje de Erasmo y de Tiedemann Giese, de la edad de oro de la
tolerancia, pero estaba por completo fuera de lugar y tiempo en la Alemania
inmediatamente anterior a la guerra de los Treinta Años.
Sumergido en ese desastre europeo, Kepler tuvo que soportar una prueba más: una
especie de horrible epiciclo particular girando en la gran rueda. Habían
acusado de brujería a su anciana madre y corría el peligro de que la quemaran
viva. Los procesos duraron seis años, de 1615 a 1621; comparado con esto, la
virtual excomunión del propio Kepler parece tan sólo una pequeña molestia.
§4. El juicio por brujería
La manía de la caza de brujas, cuyo furor había aumentado en el transcurso del
siglo XVI, alcanzó su punto culminante en la primera mitad del XVII, tanto en
las zonas católicas como en las protestantes de Alemania. En Weil-der-Stadt, el
idílico lugar de nacimiento de Kepler, con una población de doscientas
familias, quemaron treinta y ocho brujas entre 1615 y 1629. En el cercano
Leonberg, donde vivía ahora la madre de Kepler, lugar igualmente pequeño,
quemaron seis brujas tan sólo en el invierno de 1615. Fue uno de esos huracanes
de locura que sacuden al mundo de vez en cuando y que parecen formar parte de
la condición humana.
La madre de Kepler era ahora una viejecilla de aspecto horrible, cuyo
entrometimiento y afilada lengua, junto con sus sospechosos antecedentes, la
predestinaban como víctima. Era, como vimos, hija de un posadero, educada por
una tía que se decía había perecido en la hoguera; y su esposo había sido un
mercenario que desapareció tras haber estado a punto de subir a la horca. En
aquel mismo año, 1615, cuando la histeria de la brujería sacudió a Leonberg,
Katherine sostenía una disputa con otra vieja que había sido su mejor amiga, la
esposa del vidriero Jacob Reinhold. Ésa sería su ruina. La esposa del vidriero
acusó a Katherine de haberle administrado una poción mágica que le había
producido una enfermedad crónica (sus males se debían, en realidad, a un
aborto). Entonces se recordó que varios vecinos de Leonberg se habían puesto
enfermos en diversas ocasiones después de que Katherine les hubiera ofrecido
beber de una jarra de estaño que tenía siempre hospitalariamente dispuesta para
sus visitantes. La esposa de Bastían Meyer había muerto a causa de ello, y el
maestro de escuela Beutelspacher había quedado inválido. Se comentó en seguida
que, en una ocasión, Katherine había pedido al sacristán el cráneo de su padre,
pues deseaba reproducirlo en plata para regalárselo como copa a su hijo, ese
astrólogo de la corte, que era, a su vez, un practicante de la nigromancia.
Había echado el mal de ojo a los hijos del sastre Daniel Schmidt, que habían
muerto prematuramente; se sabía que había entrado en casas a través de puertas
cerradas, y había cabalgado en un ternero hasta matarlo, tras lo cual había
ofrecido una costilla a su otro hijo, Heinrich, el vagabundo.
La principal enemiga de Katherine, la esposa del vidriero, tenía un hermano,
que era barbero en la corte del duque de Württemberg. En aquel desdichado año
de 1615, el hijo del duque, el príncipe Aquiles, llegó a Leonberg para cazar,
con el barbero formando parte de su comitiva. El barbero y el preboste de la
ciudad se emborracharon juntos, e hicieron que llevaran a Katherine al
ayuntamiento. Allí, el barbero puso la punta de su espada en el pecho de la
anciana y le exigió que curara a su hermana de la dolencia que le había causado
con su brujería. Katherine tuvo el buen sentido de negarse, ya que de otro modo
se hubiese condenado a sí misma, y su familia puso inmediatamente una demanda
por difamación para protegerla. Pero el preboste de la ciudad obstaculizó la
demanda por difamación e inició un proceso formal contra Katherine por
brujería. El incidente que le proporcionó la oportunidad de hacerlo involucraba
a una niña de doce años que estaba transportando ladrillos al homo de cochura.
Al pasar Katherine por la carretera, la niña sintió un repentino dolor en el
brazo que le ocasionó una parálisis temporal. Esos repentinos dolores como
puñaladas en hombros, brazos o caderas desempeñaron un importante papel en el
juicio de Katherine y de otras; incluso hoy día, los dolores de lumbago y la
tortícolis se llaman en Alemania hexenschuss, «golpes de
bruja».
Los procesos fueron largos, atroces y sórdidos. En varias ocasiones, el hermano
menor de Kepler, Christoph, instructor de las milicias de Leonberg, y su
cuñado, el vicario, se separaron de la anciana, discutieron respecto al coste
de la defensa, y aparentemente se habrían sentido felices de ver a su madre
arder sin hacer nada por impedirlo, de no ser por el temor a la mancha que
semejante hecho arrojaría sobre su respetabilidad burguesa. Kepler estuvo
siempre condenado a luchar sin aliados y por causas impopulares. Empezó con un
contraataque, acusando a los perseguidores de su madre de estar inspirados por
el demonio, y aconsejó perentoriamente al concejo de la ciudad de Leonberg que
cuidara sus pasos, que recordase que él era el matemático de la corte de su
Majestad Imperial Romana, y que le enviaran copias de todos los documentos
relativos al caso de su madre. Este estallido tuvo inicialmente el efecto
deseado, pues consiguió que el preboste de la ciudad, el barbero y su camarilla
actuaran más cautelosamente y buscaran más pruebas antes de lanzar una acusación
formal. Katherine se las proporcionó al ofrecer al preboste un tazón de plata
como soborno si consentía en retirar el informe de la niña con los ladrillos.
Después de eso, su hijo, hija y yerno decidieron que la única solución era
huir, y enviaron a Katherine a Johannes, en Linz, donde la mujer llegó en
diciembre de 1616. Una vez hecho esto, Christoph y el vicario escribieron a la
cancillería ducal para decirle que había que probar aún si las acusaciones del
preboste eran justificadas, se desentendieron de la vieja Katherine y dejaron
que la justicia siguiera su curso.
La anciana permaneció nueve meses en Linz; luego se puso enferma y regresó para
vivir con Margaret y el vicario, hubiera o no hoguera. Kepler la acompañó, y
durante el viaje leyó El diálogo de la antigua y la
moderna música del padre de Galileo. Permaneció en Württemberg dos
meses, escribió peticiones e intentó lograr que prosiguiera la demanda por
difamación, pero sin resultado. Tan sólo consiguió permiso para volver a
llevarse a su madre consigo a Linz. Pero la testaruda mujer se negó, no le
gustaba Austria, y Kepler tuvo que regresar sin ella.
Luego siguió un extraño lapso de dos años —los primeros de la guerra de los
Treinta Años—, durante los cuales Kepler escribió más peticiones y los
tribunales recopilaron más pruebas, que ya llenaban varios volúmenes.
Finalmente, en la noche del 7 de agosto de 1620, arrestaron a la vieja
Katherine en la vicaría de su yerno. Para evitar el escándalo, la sacaron de la
casa oculta en un baúl de roble y la transportaron así hasta la prisión de
Leonberg. La interrogó el preboste y negó ser una bruja; después la sometieron
a un segundo y último interrogatorio antes de torturarla.
Margaret envió otra urgente petición de socorro a Linz, y Kepler partió una vez
más hacia Württemberg. El resultado inmediato de su llegada fue que el tribunal
supremo concedió a la acusada seis semanas para preparar su defensa. Permanecía
encadenada en una estancia de la Puerta de la Ciudad, con dos guardias
permanentes cuyo salario, además de las exorbitantes cantidades de leña que
quemaban, tenía que pagarlos la defensa. Kepler, que había edificado una nueva
astronomía sobre algo tan insignificante como ocho minutos de arco, no olvidó
tales detalles en sus peticiones; señaló que un guardia hubiera sido suficiente
precaución y seguridad para su encadenada madre, de setenta y tres años de
edad, y que el coste de la leña debería ser más equitativamente compartido. Era
su irreprimible, infatigable, apasionado y preciso yo. La situación, desde el
punto de vista de las autoridades, quedó resumida en una breve anotación del
escribano del tribunal: «La acusada compareció ante el tribunal acompañada, ay,
por su hijo, Johannes Kepler, matemático.»[510]
El proceso duró otro año. La acusación comprendía cuarenta y nueve puntos, más
cierto número de cargos suplementarios: por ejemplo, que la acusada no se había
echado a llorar cuando la exhortaron con textos de las Sagradas Escrituras
(esta «prueba de las lágrimas» era un testimonio importante en los juicios por
brujería), a lo cual, la anciana respondió irritadamente que había derramado
tantas lágrimas a lo largo de su vida que ya no le quedaba ninguna.
El acta de acusación, leída en septiembre, Kepler y los abogados la contestaron
pocas semanas después con una de recusación; la refutó un acta de aceptación
del fiscal en diciembre; en mayo del año siguiente, la defensa presentó un acta
de excepción y defensa; en agosto, el fiscal respondió con un acta de deducción
y confutación. La última palabra fue el acta de conclusión de la defensa, de
ciento veintiocho páginas de extensión, y escrita en su mayor parte de puño y
letra de Kepler. Después de eso mandaron el caso, por orden del duque, a la
facultad de leyes de Tubinga, la universidad de Kepler. La facultad acordó que
debían interrogar a Katherine bajo tortura, pero recomendó que el procedimiento
se detuviera en el estadio de territio o interrogatorio bajo
amenaza de tortura.
De acuerdo con el procedimiento usual en tales casos, condujeron a la anciana a
la sala de torturas y enfrentada con el ejecutor, le mostraron los instrumentos
y le describieron detalladamente su uso y sus efectos en el cuerpo; luego le
dieron una última oportunidad de confesar su culpabilidad. Era tal el terror
que inspiraba aquel lugar, que gran número de víctimas se derrumbaba y
confesaba en ese momento.[511] Las reacciones de la
madre de Kepler están descritas en el informe del preboste al duque, como
sigue: «Habiendo intentado, en presencia de tres miembros del Tribunal y del
escribano de la ciudad, una amistosa persuasión de la acusada, y habiéndonos
encontrado con contradicciones y negativas, la conduje al lugar habitual de
tortura y le mostré al ejecutor y sus instrumentos, y le recordé seriamente la
necesidad de decir la verdad, y el gran dolor y sufrimiento que le aguardaban.
Sin hacer caso de estas serias advertencias y admoniciones, se negó a admitir y
confesar la acusación de brujería, y dijo que aunque le retorcieran las
arterias de su cuerpo una tras otra, no tendría nada que confesar; después cayó
de rodillas y rezó un pater noster, y pidió que Dios mandase
una señal si ella era una bruja o un monstruo o había tenido algo que ver con
la brujería. Estaba dispuesta a morir, dijo; Dios revelaría la verdad después
de su muerte, y la injusticia y violencias a que la sometían; lo dejaba todo en
manos de Dios, que no retiraría de ella al Espíritu Santo, sino que sería su
apoyo… Habiendo persistido en sus contradicciones y negativas referentes a la
brujería, y habiéndose mantenido firme en su actitud, la hice conducir de nuevo
a su lugar de reclusión.»[512]
Una semana después, pusieron en libertad a la madre de Kepler, tras catorce
meses de prisión. No pudo, sin embargo, volver a Leonberg, porque la población
amenazaba con lincharla. Seis meses después murió.
En estas condiciones, Kepler escribió la Armonía del Mundo,[513] obra en que ofrecía a
sus contemporáneos la tercera ley del movimiento de los planetas.
§5. Harmonice mundi
Kepler acabó esta obra en 1618, tres meses después de la muerte de su hija
Katherine, y tres días después de la defenestración de Fraga. No había ninguna
ironía en el título; la única que se permitió se halla en una nota a pie de
página (en el capítulo sexto del libro primero), donde se discuten los sonidos
emitidos por los distintos planetas mientras zumban a lo largo de sus órbitas:
«La Tierra canta Mi-Fa-Mi, de lo cual podemos deducir que la Miseria y la Famine (hambre)
reinan aún en nuestro mundo.»
La Armonía del Mundo es una especie de Cantar de los
Cantares matemático dedicado «al gran armonizador de la creación»; es
el ensueño de Job de un universo perfecto. Si se lee el libro al mismo tiempo
que las cartas relativas al juicio por brujería, la excomunión de Kepler, la
guerra y la muerte de su hijo, se tiene la impresión de asistir a la
representación de dos obras diferentes de su contemporáneo de Stratford. Las
cartas parecen un eco del monólogo del rey Lear:
¡Soplad, vientos, que estallen vuestras mejillas! ¡Enfureceos!
¡Soplad! ¡Cataratas y huracanes, escupid
hasta anegar nuestros campanarios y ahogar nuestras veletas!…
Y tú, trueno que todo lo haces temblar, aplasta de un golpe la densa redondez
del mundo…
Pero el lema del libro podría ser:
Sentémonos aquí, y dejemos que los sonidos de la música se
deslicen en nuestros oídos; la suave quietud y la noche se convierten en las
teclas de una dulce armonía…
Ni siquiera el más pequeño orbe puedes contemplar, pero en su movimiento canta
como un ángel…
Es la armonía de las almas inmortales…
La Armonía del Mundo es la continuación
del Misterio Cósmico, y el clímax de la obsesión de toda su
vida. Lo que Kepler intentó fue, sencillamente, desvelar el secreto definitivo
del Universo en una síntesis global de geometría, música, astrología,
astronomía y epistemología. Fue el primer intento de esta clase desde Platón, y
el último hasta nuestros días. Después de Kepler se produjo de nuevo la
fragmentación de la experiencia, la ciencia se apartó de la religión, la
religión del arte, la sustancia de la forma, la materia de la mente.
La obra está dividida en cinco libros. Los dos primeros tratan del concepto de
armonía en matemáticas; los tres siguientes, de las aplicaciones de este
concepto a la música, a la astrología y a la astronomía, por este orden.
¿Qué entiende exactamente Kepler por «armonía»? Algunas proporciones
geométricas que encuentra reflejadas por todas partes, los arquetipos del orden
universal de las que derivan las leyes planetarias, las armonías de la música y
la fortuna de los hombres. Esas relaciones geométricas son las armonías puras que
guiaron a Dios en el trabajo de la creación; la armonía sensorial que
percibimos al escuchar las consonancias musicales es simplemente un eco de
ellas. Pero este instinto innato del hombre, que hace que su alma vibre con la
música, le proporciona un indicio de la naturaleza de las armonías matemáticas
que se hallan en su fuente. Los pitagóricos habían descubierto que la octava se
origina en la relación 1:2 entre la longitud de dos cuerdas vibrando; la
quinta, en la relación de 2:3; la cuarta en 3:4, y así sucesivamente. Pero se
equivocaron, dice Kepler, cuando buscaron una explicación de este hecho
maravilloso en la enseñanza de los números. La explicación de por qué la
relación 3:5, por ejemplo, da una concordancia, pero la 3:7 una discordancia,
debe buscarse no en consideraciones aritméticas, sino geométricas. Imaginemos
la cuerda, cuyas vibraciones producen el sonido, curvada en un círculo, con los
dos extremos unidos. Se puede dividir perfectamente un círculo inscribiéndole
figuras simétricas de un número variable de lados. Así, el lado de un pentágono
inscrito dividirá la circunferencia en partes que son con respecto al círculo
completo 1/5 y 4/5, respectivamente, ambos acordes concordantes.
Pero un heptágono producirá relaciones de 1/7 y 6/7, ambas discordantes. ¿Por
qué? La respuesta, según Kepler, es: porque el pentágono se puede
construir con una regla y un compás, pero el heptágono no. La
regla y el compás son los únicos instrumentos permitidos en la geometría
clásica. Pero la geometría es el único lenguaje que posibilita al hombre
comprender el trabajo de la mente divina. En consecuencia, las figuras que no
se pueden construir con la regla y el compás —tales como el heptágono y los
polígonos de once, trece o diecisiete lados— son, en cierto modo, impuras,
puesto que desafían al intelecto. Son inscibilis,incognoscibles,[514]inefabilis, inexpresables, non-entia, inexistentes.
«Ahí reside la razón —explica Kepler— de por qué Dios no empleó el heptágono ni
otras figuras en sus especies para embellecer el mundo.»
Así, las puras armonías arquetípicas y sus ecos, las consonancias musicales, se
generan dividiendo el círculo por medio de polígonos que se pueden construir,
regulares; por eso, los polígonos «inexpresables» producen sonidos discordantes
y son inútiles en el esquema del Universo. A la obsesión por los cinco sólidos
perfectos se añadía ahora la obsesión gemela por los polígonos perfectos. Los
primeros son cuerpos tridimensionales inscritos en la esfera; los últimos,
formas bidimensionales inscritas en el círculo. Hay una relación íntima,
mística, entre ambos: la esfera, recordemos, es para Kepler el símbolo de la
Santísima Trinidad; el plano bidimensional simboliza el mundo material; la
intersección de la esfera y el plano —el círculo— pertenece a ambos y simboliza
la naturaleza dual del hombre como cuerpo y espíritu.
Pero, de nuevo, los hechos no encajaban con el esquema y se tenían que explicar
mediante un ingenioso razonamiento. El polígono de quince lados, por ejemplo,
se puede construir, pero no produce una consonancia musical. Es más, el número
de polígonos que pueden construirse es infinito, pero Kepler sólo necesitaba
siete relaciones armónicas para su escala (octava, sexta mayor y menor, quinta,
cuarta y tercera mayor y menor). Así pues, las armonías se debían disponer
jerárquicamente según los grados de «cognoscibilidad» o perfección. Kepler
dedicó tanto trabajo a su fantástica empresa como a la determinación de la
órbita de Marte. Al final, para su propia satisfacción, tuvo éxito y consiguió,
mediante algunas complicadas reglas del juego, derivar sus siete armonías de
sus polígonos perfectos. Había rastreado retrospectivamente las leyes de la
música hasta la mente del Geómetra Supremo.
En los capítulos siguientes, Kepler aplicó sus relaciones armónicas a todos los
campos imaginables: metafísica y epistemología; política, psicología y
fisiognomía; arquitectura y poesía; meteorología y astrología. Luego, en el
quinto y último libro, volvió a la cosmología para completar su vertiginoso
edificio. El universo que había construido en su juventud en torno de los cinco
sólidos perfectos no encajaba por completo con los hechos observados. Entonces
recurrió al fantasmagórico ejército de los polígonos bidimensionales para
rescatar a los acosados sólidos. Las relaciones armónicas tenían que ajustarse
de alguna manera entre los sólidos para llenar los huecos y explicar las
irregularidades.
Pero, ¿cómo podía conseguir esto? ¿Cómo encajar las armonías en el esquema de
un universo lleno de órbitas elípticas y movimientos no uniformes, del cual, en
realidad, parecía estar ausente toda armonía y simetría? Como de costumbre,
Kepler confió todo esto al lector, y en su beneficio recapituló el proceso
mediante el cual llegó a la solución. Al principio, intentó asignar relaciones
armónicas a los períodos de revolución de los distintos
planetas. No le condujo a nada: «Llegamos a la conclusión de que el Dios
Creador no deseó introducir proporciones armónicas en la duración de los años
planetarios.»[515]
Se preguntó después si los tamaños o volúmenes de los
distintos planetas formaban una serie armónica. No la constituyen. En tercer
lugar, intentó encajar las distancias solares mayores y
menores de cada planeta en una escala armónica. De nuevo, nada. En cuarto
lugar, trató de relacionar las velocidades extremas de cada
planeta. Nada, tampoco. A continuación, las variaciones de tiempo necesarias
para que un planeta recorra una unidad de longitud de su
órbita. Sin resultado. Finalmente, se le ocurrió la idea de transferir la
posición del observador al centro del mundo y examinar las variaciones de la
velocidad angular con independencia de la distancia, tal como se ven
desde el Sol. ¡Y, por fin, eso funcionó!
Los resultados fueron aún más satisfactorios que los esperados. Saturno, por
ejemplo, cuando está más alejado del Sol, en su afelio, se mueve a una
velocidad de 106 segundos de arco por día; cuando se halla más cerca del Sol y
su velocidad es la máxima, lo hace a 135 segundos de arco por día. La relación
entre las dos velocidades extremas es de 106 a 135, lo cual difiere sólo en dos
segundos de la relación 4:5, la tercera mayor. Con similares y muy pequeñas
desviaciones (que están perfectamente explicadas al final), la relación entre
el movimiento más lento y más rápido de Júpiter es una tercera menor; la de
Marte, una quinta; y así sucesivamente. Esto respecto a cada planeta
considerado por sí mismo. Pero cuando comparó las velocidades angulares
extremas de pares de distintos planetas, los resultados fueron
aún más maravillosos: «A la primera ojeada, el sol de la armonía apareció en
todo su esplendor por entre las nubes.»[516]
Los valores extremos muestran, en realidad, los intervalos de toda la escala.
Pero más aún: si se empieza con el planeta más externo, Saturno, en el afelio,
la escala estará en clave mayor; si se comienza con Saturno en el perihelio,
estará en clave menor. Finalmente, si varios planetas se hallan simultáneamente
en los puntos extremos de sus respectivas órbitas, el resultado es un motete
donde Saturno y Júpiter representan el bajo; Marte, el tenor; la Tierra y
Venus, la contralto; Mercurio, el barítono. En algunas ocasiones se puede oír a
los seis al unísono: «Los movimientos celestes son tan sólo una inacabable
canción para varias voces (percibida por el intelecto, no por el oído); una
música que, con discordantes tensiones, con síncopas y cadencias, por decirlo
así (del mismo modo que las emplea el hombre en su imitación de esas
discordancias naturales), avanza hacia un final ideado de antemano, casi a seis
voces, y de esta manera deja señales en el inconmensurable fluir del tiempo. No
ha de sorprender, pues, que el hombre, a imitación de su Creador, haya
descubierto finalmente el arte de la música cifrada, que los antiguos no
conocieron. El hombre deseaba reproducir la continuidad del tiempo cósmico en
un tiempo breve, por medio de una hábil sinfonía para varias voces, a fin de
obtener una muestra del gozo del divino Creador en su obra, y compartir su
alegría creando música a la imitación de Dios.»[517]
El edificio estaba completo. Kepler terminó el libro el 27 de mayo de 1618, en
una de las más fatídicas semanas de la historia europea: «En vano el dios de la
guerra gruñe, rezonga, ruge e intenta interrumpimos con bombardeos, trompetas y
toda su parafernalia…[518] Despreciemos los
bárbaros relinchos que resuenan por esas nobles tierras y despertemos nuestro
conocimiento y nuestra nostalgia de las armonías.»[519]
Surgió del lóbrego abismo y se elevó hacia alturas de místico éxtasis: «Esta es
la inspiración que tuve hace veinticinco años, antes de descubrir los cinco
cuerpos regulares entre las órbitas celestes…; lo que hace dieciséis años
proclamé como el objetivo último de toda investigación; lo que me hizo dedicar
los mejores años de mi vida a los estudios astronómicos, unirme a Tycho Brahe y
elegir Praga como residencia… Esto es lo que, con la ayuda de Dios, encendió mi
entusiasmo y me suscitó un irreprimible deseo, lo que mantuvo mi vida e
inteligencia alertas y proveyó también a mis necesidades gracias a la
generosidad de dos emperadores y los estados de mi país, la Alta Austria… Esto
es lo que ahora, tras descargar mis deberes astronómicos ad satietatum, ha
salido finalmente a la luz… Habiendo percibido el primer atisbo del alba hace
dieciocho meses, la luz del día hace tres meses, pero el pleno sol de la más
maravillosa visión hace tan sólo unos cuantos días…, nada puede detenerme
ahora. Sí, me he dejado arrastrar por un desvarío sagrado. Desafío burlonamente
a todos los mortales con esta confesión abierta: he robado las doradas naves de
los egipcios para construir con ellas un tabernáculo para mi Dios, muy lejos de
las fronteras de Egipto. Si me perdonáis, me alegraré. Si os irritáis, lo
soportaré. Ved, he arrojado los dados, y estoy escribiendo un libro, ya sea
para mis contemporáneos, ya sea para la posteridad. No me importa. Puedo
aguardar un centenar de años hasta encontrar un lector, puesto que Dios ha esperado
seis mil años para tener un testigo…»[520]
§6. La tercera ley
Esta última cita pertenece al prefacio al libro quinto de Harmonice
Mundi, que contiene, casi oculta entre la exuberante fronda de
fantasía, la tercera ley de Kepler de los movimientos de los planetas.
Dice, expresada en palabras modernas, que los cuadrados de los períodos de
revolución de dos planetas cualesquiera son proporcionales a los cubos de sus
distancias medias al Sol.[521] He aquí un ejemplo de
ello. Supongamos que la distancia de la Tierra al Sol es nuestra unidad de
distancia y el año terrestre nuestra unidad de período. Entonces, la distancia
de Saturno al Sol será ligeramente superior a nueve unidades. El cubo de 1 es
1; el cubo de 9 es 729. La raíz cuadrada de 1 es 1, la raíz cuadrada de 729 es
27. Así pues, un año de Saturno será algo más de veintisiete años terrestres;
en realidad, treinta años. Disculpas por tan burdo ejemplo, pero es del propio
Kepler.[522]
Al contrario de la primera y segunda leyes, que halló gracias a esa peculiar
mezcla de sonámbula intuición y despierta atención hacia los indicios —proceso
mental a dos estadios, que le permitió extraer extraños y misteriosos
beneficios de sus aparentes palos de ciego—, la tercera ley fue el fruto
exclusivo de una serie de pacientes y constantes intentos. Cuando, tras
interminables pruebas, llegó por fin a la relación cuadrado-cubo, halló
rápidamente una razón por la cual debía ser precisamente así y no de otra
manera; ya he dicho antes que las pruebas a priori de Kepler
las inventaba a menudo a posteriori.
Las circunstancias exactas del descubrimiento de la tercera ley aparecen de
nuevo fielmente registradas por Kepler: «El 8 de marzo del presente año de
1618, si se desean las fechas exactas, [la solución] acudió a mi mente. Pero mi
mano no estuvo afortunada y cuando la comprobé mediante los cálculos la rechacé
como falsa. Finalmente acudió a mí de nuevo el 15 de mayo, y en un nuevo ataque
conquistó las oscuridades de mi mente; encajó tan perfectamente con los datos
acumulados durante diecisiete años de trabajo con las observaciones de Tycho,
que pensé que estaba soñando, o que había cometido una petitio
principi…»[523]
Celebró su nuevo descubrimiento, como había celebrado su primera ley, con una
cita de las Eglogas de Virgilio; en ambos casos la verdad
aparece bajo la forma de una incordiante y desvergonzada mujer que se rinde
inesperadamente a su perseguidor cuando éste ya ha perdido toda esperanza. Y en
ambos casos también, Kepler rechazó la auténtica solución cuando se le ocurrió
por primera vez, y tan sólo la aceptó cuando entró por segunda vez, «por la
puerta de atrás de la mente».
Había estado buscando esta tercera ley —es decir, una correlación entre período y distancia de
un planeta— desde su juventud. Sin tal correlación, el Universo no tenía
sentido para él; sería una estructura arbitraria. Si el Sol tenía el poder de
gobernar los movimientos de los planetas, esos movimientos debían depender de
alguna forma de su distancia al Sol, pero ¿cómo? Kepler fue el primero en
captar el problema, al margen de que hallase la solución tras veintidós años de
trabajo. La razón de que nadie antes de él hubiese formulado tal pregunta
estriba en que nadie se había planteado problemas cosmológicos en términos de
fuerzas físicas reales. Durante el largo tiempo que la cosmología permaneció en
las mentes separada de sus causas físicas, la pregunta correcta no se
le podía ocurrir a ninguna de esas mentes. De nuevo se impone un
paralelismo con la situación actual: al parecer, existe una fragmentación de la
mente en nuestro siglo que nos impide formular las preguntas correctas. El
hallazgo de una nueva síntesis no es una solución preparada y a punto, sino un
saludable problema que exige imperiosamente una respuesta. Y viceversa: una
filosofía unilateral, ya sea el escolasticismo o el mecanicismo del siglo XIX,
crea problemas estériles del siguiente tipo: «¿Cuál es el sexo de los ángeles?»
o «¿Es el hombre una máquina?»
§7. La paradoja definitiva
La importancia objetiva de la tercera ley radica en que proporcionó la clave
decisiva para Newton, pues oculta en ella se halla la esencia de la ley de la
gravitación. Pero, para Kepler, su importancia subjetiva estribaba
tan sólo en que le permitía llevar más lejos su quimérica búsqueda. Esta ley
aparece por vez primera como «Proposición n.º 8» en un capítulo titulado de
manera característica «Las principales proposiciones de la astronomía
necesarias para la investigación de las armonías celestes». En el mismo
capítulo (el único del libro que trata propiamente de astronomía), la primera
ley se menciona simplemente de paso, casi vergonzosamente, y la segunda ley ni
siquiera se cita. En su lugar, Kepler trae de nuevo a colación su defectuosa
propuesta de la relación inversa, cuya falsedad había comprobado una vez para
después olvidarla. Uno de los grandes logros de Newton fue descubrir las tres
leyes en los escritos de Kepler, ocultas como estaban, a manera de humildes
florecillas, en medio de una floresta tropical.
Cambiando una vez más de metáforas: las tres leyes son los pilares sobre los
cuales descansa el edificio de la moderna cosmología; para Kepler, sin embargo,
sólo significaban unos ladrillos entre otros muchos para la construcción de su
barroco templo, diseñado por un arquitecto lunático. Nunca se dio cuenta de su
auténtica importancia. En su primer libro había observado que «Copérnico no
sabía lo rico que era»; puede aplicarse la misma observación al propio Kepler.
He destacado esta paradoja una y otra vez; ahora ya es tiempo de intentar
resolverla. En primer lugar, la obsesión de Kepler por un cosmos edificado en
torno de los sólidos pitagóricos y de las armonías musicales no era en absoluto
tan extravagante como nos parece ahora. Estaba en consonancia con las
tradiciones del neoplatonismo, con el renacimiento del pitagorismo, con las
enseñanzas de los paracelsianos, rosacruces, astrólogos, alquimistas,
cabalistas y herméticos, que ocupaban todavía un importante lugar en los
comienzos del siglo XVII. Cuando hablamos de «la era de Kepler y Galileo»,
estamos dispuestos a olvidar que fueron individuos aislados, que iban una
generación por delante de los hombres más ilustrados de su tiempo. Si bien la
«armonía del mundo» fue un sueño fantástico, toda una cultura soñadora ha
compartido sus símbolos. Aunque se trataba de una idée fixe, no
es menos cierto que procedía de una obsesión colectiva, sólo que más elaborada
y precisa, ampliada a una escala grandiosa, más hábil y consecuente consigo
misma, llevada hasta su última perfección matemática. El cosmos kepleriano es
la cúspide de un tipo de arquitectura cósmica que empezó con los babilonios y
termina con el propio Kepler.
La paradoja, pues, no reside en la naturaleza mística del edificio de Kepler,
sino en los modernos elementos arquitectónicos que empleó, en su combinación de
dispares materiales de construcción. Los arquitectos de sueños no se preocupan
por imprecisiones de una fracción decimal; no pasan veinte años con fastidiosos
y descorazonadores cálculos para edificar sus torres de fantasía. Tan sólo
algunas formas de demencia muestran en su locura este riguroso método. Leyendo
algunos capítulos de la Harmonice, acuden de inmediato a la
mente las explosivas pero sorprendentemente elaboradas pinturas de los
esquizofrénicos, que podrían pasar como un legítimo arte si las hubiesen
pintado un salvaje o un niño, pero que se juzgan a partir de criterios médicos
al saber que son obra de un perito mercantil de mediana edad. La esquizofrenia
kepleriana se hace evidente tan sólo cuando se juzga a la luz de sus logros en
óptica, como pionero del cálculo diferencial y como descubridor de las tres
leyes. Su mente escindida se revela en la imagen que tenía de sí mismo en sus
momentos no obsesivos: como un ecuánime científico «moderno», libre de
cualquier tendencia mística. Así, escribe acerca del rosacruz escocés Robert
Fludd: «Resulta obvio que obtiene su principal placer de ininteligibles
acertijos acerca del mundo real, mientras que mi propósito es, por el
contrario, sacar los oscuros hechos de la naturaleza a la brillante luz del
conocimiento. Su método es asunto de alquimistas, herméticos y paracelsianos;
el mío es la tarea de un matemático.»[524]
Estas palabras se hallan impresas en Harmonice Mundi, obra que
rezuma ideas astrológicas y paracelsianas.
Hay un segundo punto también relevante en la paradoja kepleriana. La razón
principal de su incapacidad para darse cuenta de lo rico que era —o sea, de
comprender el significado de sus propias leyes— es de tipo técnico: lo
inadecuado de los útiles matemáticos de su tiempo. Sin el cálculo diferencial y
la geometría analítica, las tres leyes no muestran ninguna relación aparente
entre sí; son elementos de información separados que no tienen mucho sentido.
¿Por qué debería querer Dios que los planetas se movieran en elipses? ¿Por qué
debería estar gobernada su velocidad por el área barrida por el vector radio, y
no por algún otro factor más obvio? ¿Por qué debería mezclarse con cubos y
cuadrados la relación entre distancia y período? Cuando se conoce la ley del
inverso del cuadrado de la gravedad y las ecuaciones matemáticas de Newton,
todo esto se vuelve maravillosamente evidente por sí mismo. Pero sin el techo
que las cobija a todas juntas, las leyes de Kepler no parecen tener una
particular raison d’être. De la primera se sintió casi
avergonzado: suponía un alejamiento del sagrado círculo de los antiguos,
sagrado incluso para Galileo y, por distintas razones, para el mismo Kepler. La
elipse no tenía nada que la hiciera atractiva a los ojos de Dios ni del hombre;
Kepler traicionó el remordimiento que esto le causaba cuando comparó la elipse
con una carreta de estiércol que había tenido que traer a su sistema para
librarlo de aún mayor cantidad de estiércol. Consideró la segunda ley como un
mero instrumento de cálculo y la repudió constantemente a favor de una
imperfecta aproximación; la tercera era tan sólo un vínculo necesario en el
sistema de armonías. Pero, sin una noción de gravedad y el método de cálculo,
no podía ser nada más.
Johannes Kepler partió a descubrir las Indias y se encontró con América. Se
trata de un acontecimiento repetido una y otra vez en la búsqueda del
conocimiento. Pero el resultado no depende del motivo. Un hecho, una vez
descubierto, tiene una existencia por sí mismo y se relaciona con otros hechos
jamás sospechados por quien lo ha descubierto. Apolonio de Pérgamo descubrió
las leyes de las inútiles curvas que surgen cuando un plano corta un cono en
distintos ángulos; siglos después, se halló que esas curvas representan los
senderos seguidos por los planetas, cometas, cohetes y satélites.
«Uno no puede escapar —escribió Heinrich Herz— a la sensación de que esas
fórmulas matemáticas poseen una existencia independiente y una inteligencia
propia, que son más listas que nosotros, más listas incluso que sus
descubridores, que podemos obtener de ellas más de lo que originalmente se
había puesto en ellas.»
Esta confesión del descubridor de las ondas de radio resuena, de manera
sospechosa como un eco de Kepler, haciendo eco a Platón, haciendo eco a
Pitágoras: «Me parece que toda la naturaleza y el maravilloso cielo están
puestos en símbolos in geometriam.»
Capítulo 10
Cálculos para elegir esposa
Tan sólo un acontecimiento, pero un acontecimiento capital,
alivió la tristeza de los últimos años de Kepler: su segundo matrimonio con
Susanna Reuttinger, en 1613. Él tenía cuarenta y un años, ella, veinticuatro, y
era hija de un ebanista. Los padres de Susanna habían muerto cuando ella era
niña, por lo que la habían educado en casa de la baronesa Starhemberg. No
sabemos la posición que ocupaba en la casa, pero a juzgar por las
escandalizadas reacciones de los corresponsales de Kepler, debió de ser más bien
humilde, entre criada y doncella de compañía.
El primer matrimonio de Kepler lo habían amañado sus benevolentes amigos cuando
era un joven maestro inexperto y sin recursos. Ante su segundo matrimonio,
amigos e intermediarios desempeñaron también un papel importante, pero esta vez
Kepler tuvo que elegir, como mínimo, entre once candidatas. En una carta a un
noble desconocido, que ocupa ocho folios, Kepler describió con meticuloso lujo
de detalles el proceso de eliminación y selección que siguió. Se trata de un
curioso documento y se cuenta entre los más reveladores de sus voluminosos
escritos. Dice que resolvió el problema de elegir la correcta esposa entre las
once candidatas siguiendo, en buena parte, el mismo método con que había
encontrado la órbita de Marte: cometió una serie de errores que hubieran podido
ser fatales, pero que se anularon entre sí; y hasta el último momento no se dio
cuenta de que tenía la solución correcta en sus manos.
La carta está fechada el 23 de octubre de 1613 en Linz:[525]
«Aunque todos los cristianos inician su invitación de boda
declarando solemnemente que su matrimonio se debe a una especial intercesión
divina, a mí, como filósofo, me gustaría discutir más detalladamente todo esto
con vos, oh sabio entre los hombres. ¿Fue la Divina Providencia o mi propia
culpa moral la que, durante dos años o más, me atrajo hacia tantas direcciones
distintas y me hizo considerar las posibilidades de tantas uniones diferentes?
Si fue la Divina Providencia, ¿con qué finalidad utilizó todas esas personas y
acontecimientos distintos? Porque no hay nada que desee investigar más
concienzudamente y que con más ahínco anhele saber que esto: ¿puedo hallar a
Dios, al que casi puedo tocar con mis manos cuando contemplo el Universo,
también en mi propio yo? Si, por una parte, la culpa es mía, ¿en qué consistió?
¿Concupiscencia, falta de juicio, ignorancia? ¿Y por qué, por otra parte,
ninguno de mis consejeros aprobó mi decisión final? ¿Por qué estoy perdiendo su
anterior estima, o me parece estar perdiéndola?
»¿No habría parecido más razonable que yo, un filósofo, pasada la cúspide de la
virilidad, a una edad en que la pasión ya se ha extinguido, con el cuerpo seco
y ablandado por la naturaleza, me hubiera casado con una viuda que se ocupase
de la casa, que me hubiese conocido a mí y a mi primera esposa, y que me la
hubiera recomendado claramente ella? Y si es así, ¿por qué no lo hice…?»
Las razones por las que este primer proyecto no llegó a buen
término fueron, entre otras, que la esposa en perspectiva tenía dos hijas
casaderas, que su fortuna estaba en manos de un fiduciario y, como se le
ocurrió luego, «también una consideración de salud, puesto que, aunque su
cuerpo era fuerte, se sospechaba que padecía de alguna enfermedad a causa de su
mal aliento; a todo esto había que añadir mi dudosa reputación en asuntos
religiosos. Además de eso, cuando conocí a la mujer después de que lo hubiesen
arreglado todo (no la había visto desde hacía seis años), no encontré en ella
nada que me complaciera. Queda pues lo suficientemente claro que el asunto no
podía llegar a buen término. Pero, ¿por qué Dios permitió que me ocupase de
este proyecto que estaba condenado al fracaso? ¿Quizá para impedir que me viera
involucrado en otras perplejidades mientras mis pensamientos estaban en esta
persona…? Creo que cosas como ésta les ocurren también a otros, no sólo una vez
sino a menudo; pero la diferencia estriba en que los demás no se preocupan
tanto por ello como yo, que olvidan más fácilmente y pasan por encima de las
cosas con mucha más rapidez que yo; o que ellos poseen mayor dominio de sí
mismos y son menos crédulos que yo… Y ahora las otras.
»Junto con la madre me ofrecieron también las dos hijas, bajo un augurio
desfavorable, si una ofensa a la integridad se puede interpretar como tal:
porque los casamenteros de las damas me presentaron el proyecto de forma
inconveniente. La fealdad de este proyecto me trastornó mucho; pero empecé,
pese a todo, a investigar respecto a las condiciones. Así transferí mi interés
de viudas a vírgenes, y mientras continuaba pensando en la ausente [la madre],
a la que hasta aquel momento aún no había visto, me sentí cautivado por la
apariencia y agradables rasgos de la que estaba presente [la hija]. Su
educación había sido, como quedó suficientemente claro, más espléndida que lo
que me sería útil. La habían educado en un lujo que se hallaba por encima de su
condición y además no tenía la edad suficiente para gobernar una casa. Decidí
someter las razones que hablaban en contra del matrimonio al juicio de la
madre, que era mujer juiciosa y amaba a su hija. Pero habría sido mejor no
hacerlo, porque la madre no pareció sentirse complacida. Ésta era la segunda, y
ahora paso a la tercera».
La tercera era una doncella de Bohemia, que a Kepler le pareció atractiva, la
cual se prendó de sus hijos huérfanos. Los dejó por un tiempo a su cuidado, «lo
cual fue un acto temerario, puesto que más tarde tuve que ir a buscarlos a mis
propias expensas». Estaba dispuesta a casarse con él, pero un año antes había
dado su palabra a otro hombre. Ese, mientras tanto, había tenido un hijo con
una prostituta, de modo que la doncella se consideraba libre; pero creía que de
todos modos era necesario obtener el permiso del patrón de su ex prometido.
Este patrón había enviado hacía tiempo a Kepler una carta de recomendación, y a
través de un misterioso non-sequitur, Kepler afirma que esto
impidió el matrimonio. Maravillémonos.
Con la cuarta se habría casado alegremente, a pesar de que era «de alta
estatura y constitución atlética», si mientras tanto no hubiera entrado en
escena la quinta. La quinta era Susanna, su futura esposa: «Comparándola con la
cuarta, la ventaja era para esta última en lo relativo a la reputación de la
familia, seriedad de expresión, atributos y dote; pero la quinta tenía la
ventaja de su amor y su promesa de ser modesta, ahorradora, diligente y amar a
sus hijastros… Mientras estaba librando mi larga y dura batalla con este
problema, aguardaba la visita de la señora Helmhard y me preguntaba si ella me
aconsejaría que me casara con la tercera, con lo cual ésta ganaría ventaja
sobre las otras dos antes mencionadas. Habiendo oído finalmente lo que esta
mujer tenía que decir, empecé a decidir a favor de la cuarta, irritado por
tener que dejar marcharse a la quinta. Mientras estaba rumiando sobre todo
ello, y a punto ya de tomar una decisión, intervino el destino: la cuarta se
cansó de mis vacilaciones y dio su palabra a otro pretendiente. Del mismo modo
que me había sentido antes irritado por tener que rechazar a la quinta, me
sentí ahora tan dolido por la pérdida de la cuarta, que la quinta empezó a
perder su atractivo para mí. En este caso, a buen seguro, la culpa residía en
mis sentimientos.
»Con relación a la quinta, hay también la cuestión de por qué, si estaba
destinada para mí, permitió Dios que en el transcurso de un año tuviese que
tener otras seis rivales. ¿Acaso mi intranquilo corazón no podía contentarse
con su destino más que dándose cuenta de la imposibilidad de la realización de
tantos deseos?»
Y así vino la sexta, que se la recomendó a Kepler su hijastra: «Cierta nobleza
y algunas posesiones la hacían deseable; por otra parte, no era lo
suficientemente mayor y yo temía los gastos de una boda suntuosa; y su noble
rango la hacía sospechosa de orgullo. Además, sentía lástima por la quinta, que
ya lo había dado todo por sentado y estaba decidida. El estar dividido entre mi
buena y mi mala voluntad tenía, por una parte, la ventaja de que me disculpaba
a los ojos de mis consejeros, pero, por otra, la desventaja de que hacía
sentirme tan dolido como si me hubiesen rechazado… Pero en este caso también la
Divina Providencia actuó bien, porque esa mujer no me habría convenido en
absoluto, no hubiera encajado ni con mis costumbres ni con mi casa.
»Mientras la quinta reinaba, con gran alegría por mi parte, sola en mi corazón,
hecho que le expresé también con palabras, surgió de pronto una nueva rival para
ella, a la que llamaré la séptima, porque algunas personas, a las que vos
conocéis, sospechaban de la humildad de la quinta y me recomendaron el noble
rango de la séptima. Tenía también una apariencia que merecía ser amada. De
nuevo me preparé a abandonar a la quinta, y a elegir a la séptima, siempre y
cuando fuese cierto lo que se decía de ella…»
Pero de nuevo se equivocó, «¿y qué otra cosa podía haber ocurrido excepto una
ruptura, que yo casi provoqué?»
Las lenguas estaban empezando a murmurar por todo Linz; para evitar más
habladurías y el ridículo, Kepler dirigió ahora su atención a una candidata de
origen plebeyo, «que, sin embargo, aspiraba a la nobleza. Aunque su apariencia
no tenía nada que la recomendara, su madre era una persona muy valiosa». Pero
ella era tan voluble como él indeciso, y tras darle alternativamente su palabra
y luego retractarse en siete ocasiones sucesivas, Kepler dio las gracias a la
Divina Providencia y la dejó marchar.
Sus métodos se volvieron ahora más cautelosos y discretos. Cuando le
presentaron la novena, que aparte una enfermedad pulmonar tenía muchas
cualidades que la hacían recomendable, Kepler fingió estar enamorado de otra,
en espera de que las reacciones de la candidata traicionaran sus sentimientos.
Su reacción fue contárselo en seguida a su madre, que estaba dispuesta a darle
sus bendiciones, pero Kepler creyó equivocadamente que le había rechazado, y
luego ya fue demasiado tarde para aclarar las cosas.
La décima era también de familia noble, de posición desahogada y ahorradora.
«Pero sus rasgos eran en extremo detestables, y su figura fea incluso para un
hombre de gustos sencillos. El contraste entre nuestros cuerpos era muy
llamativo: yo, delgado, enjuto y más bien apergaminado; ella, bajita y gruesa,
y procedente de una familia que se distinguía por una notable obesidad. No
valía ni siquiera la pena compararla con la quinta, pero esto no reavivó el
amor por la última.»
La undécima y última era también «de noble rango, opulenta y ahorradora»; pero
tras aguardar cuatro meses una respuesta, le contestaron a Kepler que la
doncella no era aún lo suficientemente mayor.
«Habiendo agotado así los consejos de todos mis amigos, yo, en el último
momento antes de partir hacia Ratisbona, volví a la quinta, le di mi palabra, y
recibí la suya.
»Ahora tenéis ya mi comentario sobre mi observación al principio de esta
invitación. Ahora veis cómo la Divina Providencia me condujo a esas
perplejidades que tal vez me hayan enseñado a burlarme del noble rango, la
riqueza y el parentesco, de cuyas cosas ella no tiene nada, e ir a buscar con
ecuanimidad otras virtudes más sencillas…»
La carta termina con la súplica que Kepler dirige a su aristocrático amigo para
que acuda al banquete de bodas y le ayude con su presencia a enfrentarse con la
adversa opinión pública.
Susanna pareció justificar la elección de Kepler y se comportó según sus
expectativas. Apenas hay alguna mención de ella en sus cartas posteriores, y
respecto a la vida doméstica de Kepler, ninguna noticia es una buena noticia.
Le dio siete hijos, de los cuales tres murieron en la infancia.
He dicho al principio de este capítulo que el sistema que Kepler utilizó para
descubrir la esposa apropiada para él recuerda curiosamente el método de sus
descubrimientos científicos. Quizás, al final de esta peripecia matrimonial,
esto parezca menos forzado o extravagante. Hay ahí la misma característica
escisión de la personalidad entre, por una parte, la patéticamente ansiosa
figura chaplinesca que, de tropiezo en tropiezo, va de una hipótesis equivocada
a otra, y de una candidata a la siguiente, órbitas ovaladas, órbitas en forma
de huevo, órbitas de redondas caras; que procede por el método del tanteo, cae
en grotescas trampas, analiza con pedantesca seriedad cada error y descubre en
cada uno de ellos una señal de la Divina Providencia; difícilmente puede
imaginarse más penosa actuación. Pero, por otra parte, descubrió sus
Leyes y eligió acertadamente entre las once candidatas, guiado
por esa intuición sonámbula que hacía que los errores que cometía cuando estaba
despierto se anularan entre sí y le condujeran siempre por el camino correcto
en el momento crítico. El rango social y las consideraciones financieras
predominan en su conciencia despierta, pero al final se casó con la única
candidata que no tenía ni rango, ni dinero, ni familia; y aunque escucha
ansiosamente el consejo de todo el mundo y parece fácilmente influenciable y
sin voluntad propia, se decide por la persona que todos habían rechazado
unánimemente.
Es la misma dicotomía que observamos en todas sus actividades y actitudes. En
sus peleas con Tycho Brahe y sus constantes quejas contra él desplegó una
molesta mezquindad. Pero no albergaba celos ni resentimientos duraderos. Estaba
orgulloso de sus descubrimientos y a menudo alardeaba de ellos (en particular
de aquellos que resultaban carecer de todo valor), pero no mostraba ningún
sentimiento de propiedad hacia ellos; estaba dispuesto a compartir el copyright de
las tres leyes con el junker Tengnagel y, contrariamente a las
costumbres de la época, concedió en todos sus libros el más generoso crédito a
los demás: a Maestlin, Brahe, Gilbert y Galileo. Incluso concedía crédito a
quien no lo merecía, por ejemplo, a Fabricius, al que casi llegó a atribuir el
honor de haber descubierto las órbitas elípticas. Informó sin tasa a sus
corresponsales de sus últimas investigaciones, y esperó ingenuamente que los
otros astrónomos compartieran con él sus observaciones celosamente guardadas;
cuando éstos se negaron, como hicieron Tycho Brahe y sus herederos, simplemente
tomó el material sin ningún cargo de conciencia. No tenía, en realidad, el
menor sentido de la propiedad privada con relación a la investigación
científica. Semejante actitud es muy poco habitual en los intelectuales de
nuestros días; en tiempos de Kepler parecía una locura. Pero fue la más
atractiva extravagancia de su discordante y fantástico yo.
Contenido:
§1. «Tabulae Rudolphinae»
§2. Los mordiscos de la tensión
§3. Wallenstein
§4. Pesadilla lunar
§5. El final
§1. Tabulae Rudolphinae
Harmonice Mundi quedó completada en 1618 y la publicó al año siguiente, cuando
Kepler tenía cuarenta y ocho años. Había terminado su trabajo de pionero, pero
durante los siguientes once años de su vida continuó dando a luz libros y
opúsculos, almanaques y efemérides astronómicas, un libro sobre los cometas,
otro acerca del nuevo invento de los logaritmos, y dos libros más importantes:
el Epitome Astronomiae Copernicanae y las Tablas
Rudolfinas.
El título del primero es engañoso, pues el Epitome no es un
resumen del sistema copernicano, sino un libro de texto sobre el sistema
kepleriano. Las leyes que originalmente se referían tan sólo a Marte las aplica
en él a todos los planetas, así como a la Luna y los satélites de Júpiter. Han
desaparecido por completo los epiciclos y el Sistema Solar emerge esencialmente
con la misma forma en que aparece en los modernos libros de texto. Constituye
la obra más voluminosa de Kepler y la más importante exposición sistemática de
astronomía desde el Almagesto de Tolomeo. El que sus
descubrimientos se hallen aquí, más que en otros lugares, mezclados con sus
fantasías no le resta nada de su valor. Precisamente esta superposición de dos
universos de pensamiento da al Epitome,como a toda la vida y la
obra de Kepler, su valor único en la historia de las ideas.
Para darse cuenta de lo avanzado que se hallaba Kepler respecto a sus colegas,
pese al residuo de medievalismo que aún mostraba, basta con comparar el Epitome con
otros tratados de su época. Ninguno de ellos había adoptado el heliocentrismo,
ni lo haría en la siguiente generación. Maestlin publicó una reedición de su
libro de texto basado en Tolomeo en 1624, tres años después del Epitome, y
el famoso Diálogo sobre los grandes sistemas del mundo, de
Galileo, publicado seis años más tarde, continúa aferrándose a los ciclos y
epiciclos como únicas formas concebibles de movimientos celestes.
La segunda obra más importante de los últimos años de Kepler fue su mayor logro
en astronomía práctica: las tan esperadas Tablas Rudolfinas, basadas
en el trabajo realizado por Tycho Brahe a lo largo de toda su vida. Su
conclusión se había retrasado cerca de treinta años desde la muerte de Tycho
Brahe, debido, en parte, al litigio con sus herederos y a las caóticas
condiciones creadas por la guerra, pero principalmente por la reluctancia de
Kepler hacia lo que podría llamarse un trabajo hercúleo. Astrónomos y
navegantes, autores de calendarios y horóscopos, aguardaban impacientes las
prometidas Tablas, y constantemente llegaban furiosas quejas
desde lugares tan lejanos como la India y de los misioneros jesuitas de China.
Cuando un corresponsal veneciano se unió al coro, Kepler respondió con un cri
de coeur. «Uno no puede hacerlo todo, como suele decirse. Soy incapaz
de trabajar de manera ordenada, de atenerme a un esquema de tiempo y a unas
reglas. Si publico algo que parece ordenado, es porque lo he revisado más de
diez veces. A menudo me he retrasado mucho tiempo a causa de un error de
cálculo cometido por las prisas. Pero puedo sacar una infinitud de ideas… Os
suplico, amigos míos, que no me condenéis definitivamente a la rutina de los
cálculos matemáticos y me concedáis tiempo para las especulaciones filosóficas
que son mi único deleite.»[526]
Finalmente, cuando ya había rebasado la cincuentena, se dedicó de lleno a la
tarea que sólo había abordado ocasionalmente desde la muerte de Tycho Brahe. En
diciembre de 1623 informó, triunfante, a un corresponsal inglés: «Video portum» («Veo
el puerto»); y seis meses más tarde a un amigo: «Las Tablas Rudolfinas, creadas
por Tycho Brahe… las he llevado en mí durante veintidós años, como la semilla
que se desarrolla gradualmente en el seno de la madre. Ahora estoy agobiado por
los trabajos del parto.»[527]
Pero debido a la falta de dinero y al caos de la guerra de los Treinta Años,
tardó aún cuatro años en imprimirlas, y consumió la mitad de las energías y de
la vida que le quedaban.
Puesto que las Tablas tenían que llevar el nombre de Rodolfo,
Kepler consideró adecuado que se sufragara la impresión con el pago de los
sueldos que le adeudaban, que ascendían a seis mil doscientos noventa y nueve
florines. Fue a Viena, la nueva sede de la corte imperial, donde tuvo que
perder cuatro meses para obtener satisfacción a su demanda. Pero la
satisfacción fue de naturaleza más bien abstracta. De acuerdo con el complicado
método empleado para resolver los asuntos financieros de la corona, el tesoro
transfirió la deuda a las tres ciudades de Nürenberg, Memmingen y Kempten.
Kepler tuvo que ir de ciudad en ciudad, a veces a caballo, otras a pie debido a
sus hemorroides, y suplicar, halagar y amenazar, hasta que finalmente obtuvo un
total de dos mil florines. Los utilizó para comprar el papel para el libro, y
decidió pagar la impresión de su propio bolsillo, «sin atormentarse por el
futuro mantenimiento de su esposa y de sus seis hijos», e incluso se vio
obligado «a echar mano del dinero puesto en fideicomiso para los hijos de mi
primer matrimonio». Había perdido todo un año en esos viajes.
Pero esto era sólo el comienzo de sus problemas; la historia de la impresión de
las Tablas Rudolfinas recuerda las diez plagas de Egipto. Para
empezar, Linz no tenía una imprenta adecuada para una obra de tal envergadura,
así que Kepler tuvo que desplazarse de nuevo para encontrar hábiles impresores
en otras ciudades. Cuando finalmente se inició el trabajo, descendió la
siguiente plaga, esta vez familiar: todos los protestantes de Linz recibieron
la orden de abrazar la fe católica o, en caso contrario, abandonar la ciudad en
un plazo de seis meses. Kepler quedó de nuevo eximido de esta obligación, así
como su maestro impresor, que era luterano, y su personal; pero le pidieron que
entregara a las autoridades todos los libros sospechosos de herejía. Por
fortuna, dejaron a su propio juicio la elección de dichos libros (lo cual le
hizo sentir «como si a una perra le pidieran que entregara a uno de sus
cachorros») y, gracias a la intervención del jesuita padre Guldin, logró
conservarlos todos. Cuando la guerra se estaba acercando a Linz, las
autoridades pidieron consejo a Kepler acerca de cómo proteger los libros de la
Biblioteca Provincial contra el riesgo de incendio; les recomendó que los
colocaran apretadamente en barriles de vino a fin de que se pudieran sacar
rápidamente rodando de cualquier lugar peligroso. A pesar de su excomunión
(ahora definitiva), Kepler siguió visitando con regularidad a su amada Tubinga,
la fortaleza luterana, y pasando agradables momentos con el viejo Maestlin,
todo lo cual viene a demostrar que las «vacas sagradas» de esa desaparecida era
del humanismo continuaron siendo respetadas durante la guerra de los Treinta
Años tanto en Alemania como en Italia, como mostrará el caso de Galileo.
La tercera plaga fue la conversión de Linz en una plaza de guarnición para la
soldadesca bávara. Los soldados se alojaron en todas partes, incluso en la
imprenta de Kepler. Eso generó el rumor, que se propagó por la república de las
letras, y llegó incluso hasta Danzig, de que los soldados habían fundido el
plomo de los tipos de Kepler para hacer balas, y reducido a pulpa sus
manuscritos para utilizarlos como cartuchos; por suerte, nada de eso era
cierto.
A continuación, el campesinado luterano se alzó en una sangrienta revuelta,
quemó monasterios y castillos, ocupó el municipio de Wels y sitió a Linz. El
asedio duró dos meses, de junio a agosto de 1626. Hubo las habituales epidemias
y la población tuvo que vivir de carne de caballo, pero Kepler, «con la ayuda
de Dios y la protección de mis ángeles», pudo liberarse de este destino.
«Me preguntáis —escribió al padre Guldin— qué hice durante el largo sitio.
Deberíais preguntar qué puede hacer uno en medio de la soldadesca. En las demás
casas sólo había unos cuantos soldados alojados. La nuestra está en las
murallas de la ciudad. Durante todo el tiempo los soldados se hallaban en las
murallas, había una cohorte entera en nuestro edificio. Los oídos estaban
constantemente asaltados por el ruido de los cañones; las narices, por las
malolientes humaredas; los ojos, por las llamas. Todas las puertas tenían que
permanecer abiertas para los soldados que, con sus idas y venidas, alteraban el
sueño por la noche y el trabajo durante el día. De todas maneras, consideré
como una gran bendición que el jefe de los estados me hubiese dejado las
habitaciones con vistas a los fosos y los suburbios donde se desarrollaban las
luchas.»[528]
Cuando no estaba contemplando las luchas, Kepler, en su ruidoso estudio, se
dedicaba a su vieja terapia ocupacional: la redacción de una obra cronológica.
El 30 de junio, los campesinos consiguieron incendiar parte de la ciudad. El
incendio destruyó setenta casas; entre ellas se hallaba la imprenta. Se
quemaron todas las hojas que se habían impreso hasta entonces, pero los ángeles
intervinieron de nuevo y el manuscrito de Kepler escapó incólume. Aquello le
proporcionó la ocasión para una de sus cautivadoras afirmaciones: «Es un
extraño destino el que causa estos retrasos constantes. No dejan de ocurrir
nuevos incidentes que no son, en absoluto, culpa mía.»[529]
En realidad, no le apenó mucho la destrucción de la imprenta, porque ya estaba
más que harto de Linz y tan sólo aguardaba un pretexto para trasladarse a otro
lugar. Conocía una buena imprenta en Ulm, en el tramo superior del Danubio, que
pertenecía a su región natal suaba, y estaba a menos de ochenta kilómetros de
Tubinga, ese polo magnético que nunca dejó de atraerle. Cuando levantaron el
sitio y obtuvo el consentimiento del emperador, Kepler consiguió, tras catorce
largos años, abandonar Linz, lugar al que nunca había querido y donde tampoco
nunca le habían querido.
Pero la imprenta en Ulm resultó decepcionante. Hubo peleas desde un principio,
y más tarde amenazas de un proceso judicial. En determinado momento, Kepler
incluso abandonó Ulm en un repentino arranque de cólera para buscar una
imprenta mejor, en Tubinga, por descontado. Viajó a pie, porque de nuevo sufría
de hemorroides, que convertían el hecho de cabalgar en algo demasiado doloroso.
Era en febrero; Kepler tenía cincuenta y seis años. En el pueblo de Blaubeuren,
tras haber caminado veinticuatro kilómetros, volvió atrás e hizo las paces con
el impresor (cuyo nombre era Jonas Saur, que significa «agrio»).
Siete meses después, en septiembre de 1627, el trabajo quedaba terminado, justo
a tiempo para el anual mercado del libro de la Feria de Frankfurt. Kepler, que
había comprado el papel, preparado algunos de los tipos, actuado como regente
de la imprenta y pagado por todo el proceso, marchó ahora a Frankfurt, con
parte de la primera edición de mil ejemplares, para negociar personalmente su
venta. Se trataba realmente de una empresa individual.
La última de las plagas con que tuvo que enfrentarse fue la de los herederos de
Tycho Brahe, que reaparecieron ahora en escena. El junker Tengnagel
había muerto hacía cinco años, pero George de Brahe, el fracasado «Tychónides»,
había proseguido la guerra de guerrillas contra Kepler durante todos aquellos
años. No comprendía nada del contenido de la obra, pero ponía objeciones al
hecho de que el prefacio de Kepler ocupara más espacio que el suyo, y a la
afirmación de Kepler de que había mejorado las observaciones de Tycho Brahe, lo
que consideraba un descrédito para el honor de su padre. Puesto que la obra no
se podía publicar sin el consentimiento de los herederos, el primer pliego y el
segundo, en que auguraban las dedicatorias y los prefacios, se tuvieron que
imprimir de nuevo dos veces; como resultado de ello, existen tres versiones
diferentes entre los ejemplares del libro que han llegado hasta nosotros.
Las Tabulae Rudolphinae fueron, durante más de un siglo, un
instrumento indispensable para el estudio de los cielos, tanto de los planetas
como de las estrellas fijas. La parte central de la obra consiste en las tablas
y reglas para predecir las posiciones de los planetas, y el catálogo de Tycho
Brahe de la situación de setecientas setenta y siete estrellas, ampliado por
Kepler a mil cinco. Hay también tablas de refracción y logaritmos,[530] empleados por primera
vez en asuntos astronómicos; y un diccionario geográfico de las ciudades del
mundo y sus longitudes referidas al Greenwich de Tycho Brahe, el meridiano de
Uraniborg, en Hveen.
La portada, diseñada por el propio Kepler, muestra un templo griego, bajo cuyas
columnas cinco astrónomos están empeñados en una vivaz disputa: un antiguo
babilonio, Hiparco, Tolomeo, el canónigo Koppernigk, y Tyge de Brahe. En una
pared, en la base del templo, bajo los pies de los cinco inmortales, hay un
pequeño nicho en el cual permanece Kepler, agachado ante una mesa de trabajo de
madera toscamente desbastada, desde donde mira tristemente al lector —y con
todo el aspecto de uno de los siete enanitos de Blancanieves—. El mantel de la
mesa está cubierto de números escritos con una pluma de ave que se halla al
alcance de su mano, con lo cual indica que no tiene dinero para comprar papel.
Sobre el extremo superior del techo, en forma de cúpula, planea el águila
imperial, que deja caer ducados de oro de su pico, como un símbolo de la
generosidad imperial. Dos de los ducados han caído en el mantel de Kepler y
otros dos están aún en el aire: un signo de esperanza.
§2. Los mordiscos de la tensión
Los últimos tres años de la vida de Kepler tienen visos de la leyenda del Judío
Errante. «Quis locus eligendus, vastatus an vastandus?» («¿Qué
lugar debo elegir, uno que ha sido destruido o uno que va a ser destruido?»)
Había abandonado Linz para siempre y se hallaba sin domicilio fijo. Ulm era tan
sólo una parada temporal, mientras durara la impresión del libro. Residía en
una casa que un amigo había puesto a su disposición, y aunque la habían
acondicionado especialmente para acomodar a la familia de Kepler, éste no las
tenía todas consigo. En el viaje Danubio arriba desde Linz, el río había
empezado a helarse y tuvo que continuar en carruaje y dejar a Susanna y a sus
hijos a medio camino, en Ratisbona. Al menos ésta es la explicación que dio en
una carta a un corresponsal,[531] pero permaneció en Ulm
casi diez meses y no mandó a buscarlos.
Este episodio es característico de ciertas extravagancias de su comportamiento
hacia el final de sus días. Parece como si la herencia de su padre y su tío
vagabundos estuviese apoderándose de él en la madurez. Su innata inquietud
había hallado una salida en los logros de la creación; cuando terminó las Tablas
Rudolfinas, la tensión empezó a mordisquearle, se cortó la corriente y
pareció empezar a girar libremente en círculos insensatos, movido por una
creciente y abrumadora ansiedad. Le asaltaron de nuevo nerviosismos y
ansiedades, tenía miedo de morir antes de terminar la impresión de las Tablas y
el futuro se le aparecía como un páramo de hambre y desesperación.
Y, sin embargo, a pesar de la guerra, la mayor parte de sus apuros eran
imaginarios. Le habían ofrecido la más codiciada cátedra de Italia, y el
enviado de lord Bacon, sir Henry Wotton, le había invitado a
Inglaterra (Kepler había dedicado la Harmonice Mundi a Jacobo
1). Pero había rechazado la invitación: «¿Tengo que ir a ultramar, allá donde
Wotton me invita? ¿Yo, un alemán? ¿Yo que amo el continente firme y me
estremezco ante la idea de una isla con angostos límites en los cuales siento
los peligros por anticipado?»[532]
Tras rechazar esas tentadoras ofertas, pidió desesperadamente a su amigo
Bemegger, de Estrasburgo, que le consiguiera un modesto cargo de lector en
aquella universidad. Para atraer al público, estaba dispuesto a hacer el
horóscopo de cada uno de sus oyentes, porque «la amenazadora actitud del
emperador, que es evidente en todas sus palabras y acciones», apenas le dejaba
otra esperanza. Bemegger le contestó que su ciudad y su universidad darían a
Kepler la bienvenida con los brazos abiertos si les honraba con su presencia, y
le ofreció su ilimitada hospitalidad personal en su espaciosa casa con su «muy
hermoso jardín». Pero Kepler rechazó la oferta «porque no podía permitirse los
gastos del viaje»; y cuando Bemegger intentó alentarle con la noticia de que había
un retrato de Kepler colgado en la pared de la biblioteca de la universidad
(«todo el mundo que visita la biblioteca lo ve. ¡Si tan sólo pudiera veros en
persona!»), la reacción de Kepler fue contestar que el retrato «deberían
retirarlo de ese lugar público, más aún si, como supongo, se parece muy poco a
mi persona».[533]
§3. Wallenstein
La hostilidad del emperador sólo existía en la imaginación de Kepler. En
diciembre de 1627, Kepler abandonó Ulm y marchó a Praga —había estado casi
constantemente trasladándose de un sitio a otro desde la Feria de Francfort— y
lo recibieron, con gran sorpresa por su parte, como persona grata. La
corte había regresado a Praga para la coronación del hijo del emperador como
rey de Bohemia. Todo el mundo estaba muy animado: Wallenstein, el nuevo Aníbal,
había expulsado a los invasores daneses de Prusia, había invadido a Holstein,
Schleswig y Jutlandia, y los enemigos del imperio se estaban retirando por
todas partes. El propio Wallenstein, que había llegado a Praga pocas semanas
antes que Kepler, fue recompensado, además de con el ducado de Friedland, que
ya poseía, con el ducado de Sagan, en Silesia.
Los caminos del generalísimo del emperador y de su matemático ya se habían
cruzado anteriormente. Wallenstein era aficionado a la astrología. Veinte años
antes, en Praga, un intermediario había pedido a Kepler que trazara la carta
natal de un joven noble que deseaba permanecer en el anonimato. Kepler escribió
un brillante análisis del carácter del futuro jefe guerrero, que tenía por
aquel entonces veinticinco años, lo cual atestigua su perspicacia psicológica,
porque Kepler había sospechado la identidad de su anónimo cliente.[534] Dieciséis años después
le pidieron, también por un intermediario, que ampliara el horóscopo —que el
propio Wallenstein había anotado profusamente al margen—, esta vez sin la
pretensión del anonimato. Kepler accedió de nuevo, pero salvó las apariencias
con las habituales advertencias contra los abusos de la astrología. Este
segundo horóscopo, que data de 1624, se detiene en 1634 con la profecía de que
marzo traerá «terribles desórdenes por todo el país»: asesinaron a Wallenstein
el 25 de febrero de ese año.[535]
Así pues, estaba preparado el terreno para su encuentro en medio de las
celebraciones de Praga. El encuentro terminó, tras largas negociaciones, con la
contratación de Kepler como matemático particular en su recién adquirido ducado
de Sagan. El emperador no puso ninguna objeción, y permitió a Kepler continuar
ostentando su título de matemático imperial, lo que no significaba demasiado en
dinero contante y sonante, pues las deudas de la corona con Kepler, en concepto
de atrasos de sueldos y gratificaciones, ascendían en aquellos momentos a once
mil ochocientos diecisiete florines. El emperador informó educadamente a
Wallenstein que esperaba que se hiciera cargo de esa suma, lo cual, por
descontado, Wallenstein nunca hizo.
Concluido el trato con Wallenstein, ambos hombres partieron de Praga en mayo de
1628: Wallenstein para sitiar, sin éxito, Strahlsund, lo cual fue el inicio de
su caída; Kepler, para visitar a su esposa e hijos, que permanecían aún en
Ratisbona. Siguió camino a Linz, para liquidar sus asuntos, regresó después a
Praga, donde se reunió con su familia, y en julio llegó con ella a Sagan. Pero
dejó almacenada tras de sí parte considerable de sus pertenencias, incluidos
los libros e instrumentos necesarios para su trabajo. Fue el traslado a regañadientes
de un hombre ya hundido, cuyo comportamiento se hacía cada vez más irregular y
desencaminado.
Comparado con Sagan, Linz había sido un paraíso: «Aquí soy un huésped y un
extranjero, casi completamente desconocido, y apenas comprendo el dialecto de
la gente del lugar, la cual, a su vez, me considera como un bárbaro.»[536]
«Me siento confinado por la soledad, muy lejos de las grandes ciudades del
imperio; en un lugar en que las cartas vienen y van lentamente, y con grandes
gastos. Añadamos a esto las agitaciones de la [contra—] reforma que, aunque no
me alcanza personalmente, no por ello deja de afectarme. Tengo ante mí, o ante
los ojos de mi mente, los tristes ejemplos de conocidos, amigos, gente de mi
vecindad, que queda de pronto arruinada, y las conversaciones con esa gente
dominada por el terror las corta constantemente el miedo…
»Una pequeña profetisa de once años, de Kottbuss, que se halla entre este lugar
y Frankfurt del Oder, amenaza con el fin del mundo. Su edad, su ignorancia
infantil y el gran número de personas que acuden a escucharla hacen que la
gente crea en ella.»[537]
Era la misma historia que en Gratz y Linz: se obligaba a la gente a convertirse
al catolicismo o a abandonar la región. Ni siquiera se les permitía seguir a un
coche fúnebre luterano hasta el cementerio. La privilegiada posición de que
gozaba Kepler intensificaba aún más su soledad. Era un prisionero de constantes
y devoradoras ansiedades acerca de asuntos grandes y pequeños: «Me parece que
flota en el aire un desastre. Mi agente Eckebrecht, de Nürenberg, que lleva
todos mis asuntos, no me ha escrito desde hace dos meses. Estoy preocupado por
todo, por mis cuentas en Linz, por la distribución de las Tablas, por
la carta náutica para la que he enviado ciento veinte florines a mi agente, por
mi hija, por vos, por los amigos de Ulm.»[538]
En Sagan no había imprenta, de modo que tuvo que emprender de nuevo una serie
de viajes para procurarse tipos, maquinaria e impresores. Esto le llevó cerca
de dieciocho meses, aparte los dos años, los últimos de su vida, que pasó en
Sagan: «En medio del colapso de las ciudades, provincias y países, de viejas y
nuevas generaciones, con el temor de incursiones bárbaras, de la violenta
destrucción de mi casa y mi hogar, me veo obligado, como un discípulo de Marte,
aunque ya no joven, a contratar impresores sin traicionar mi miedo. Con la
ayuda de Dios conseguiré, por descontado, llevar este trabajo hasta el final, a
la manera de los soldados, dando mis órdenes con valiente confianza y dejando
para mañana las preocupaciones acerca de mi funeral.»[539]
§4. Pesadilla lunar
Cuando la nueva imprenta quedó instalada, en diciembre de 1629, en el
alojamiento de Kepler, éste se embarcó (junto con su ayudante Bartsch, al que
había casi obligado a casarse con su hija Susanna) en una empresa remunerativa:
la publicación de efemérides[540] para los años 1629-36.
Desde la aparición de las Tablas Rudolfinas, los astrónomos de
toda Europa estaban compitiendo en la publicación de efemérides, y Kepler se
sentía ansioso por «unirse a la cairera», como decía, a lo largo del camino que
él mismo había trazado. Pero mientras tanto, empezó también a imprimir un viejo
y querido hijo de su mente: el Somnium, el sueño de un viaje a la Luna. Lo
había escrito unos veinte años antes, y de vez en cuando le había ido añadiendo
notas, hasta el punto de que éstas eran más extensas que el texto original.
El Somnium continuó siendo un fragmento; Kepler murió antes de
terminarlo y lo publicaron póstumamente en 1634. Es el primer libro de ciencia
ficción en el sentido moderno, opuesto al tipo usual de fantasías utópicas de
Luciano y Campanella. Su influencia en posteriores escritores de viajes
interplanetarios fue considerable, desde el Descubrimiento de un nuevo
mundo de John Wilkins, pasando por Henry More, hasta Samuel Butler,
Julio Veme y H. G. Wells.[541]
El Somnium empieza con un preludio lleno de alusiones autobiográficas. El
muchacho Duracotus vivía con su madre Fiolxhilda en Islandia, «que los antiguos
llamaban Thule».[542] El padre había sido un
pescador, que había muerto a la edad de ciento cincuenta años cuando el
muchacho tan sólo tenía tres. Fiolxhilda vendía hierbas en bolsitas de piel de
camero a los marinos y conversaba con los demonios. A los catorce años, el
muchacho, curioso, abrió una de las bolsitas, a raíz de lo cual su madre, en un
acceso de irritación, lo vendió al capitán de un barco. El capitán lo dejó en
la isla de Hveen, donde durante los siguientes cinco años Duracotus estudió la
ciencia de la astronomía con Tycho Brahe. Cuando regresó a su hogar, su
dolorida madre, cumpliendo con un trato, conjuró a uno de los demonios amigos
de Lavania —la Luna, «Lavanah», en hebreo—, en cuya compañía los mortales
elegidos podían ir a ese planeta.
«Tras completar algunas ceremonias, mi madre ordenó silencio con la mano
extendida y se sentó a mi lado. Apenas habíamos cubierto nuestras cabezas con
un paño, como estaba dispuesto, cuando una voz ronca y sobrenatural empezó a
susurrar, en el idioma islandés, lo que sigue…»
Así termina el preludio. El viaje en sí, explica el demonio, es posible sólo
durante un eclipse lunar y, por tanto, se debe completar en cuatro horas. El
viajero es impulsado por los espíritus, pero se halla sujeto a las leyes de la
física; en este punto la ciencia domina a la fantasía:
«El choque inicial [de la aceleración] es lo peor de todo, porque le arrojan a
uno hacia arriba como por una explosión de pólvora… Por eso tienen que
adormilarlo previamente con opiáceos;[543] se deben proteger
cuidadosamente sus miembros, de modo que no se los arranquen, y el retroceso
afecta a todas las partes de su cuerpo. Luego se enfrentará con nuevas
dificultades: un frío inmenso y dificultad para respirar… Cuando se completa la
primera parte del viaje, éste se vuelve más fácil debido a que en un viaje tan
largo el cuerpo escapa, sin duda, de la fuerza magnética de la Tierra y entra
en la de la Luna, de tal modo que esta última vence a la primera. En este punto
se deja libres a los viajeros y se los abandona a sus propios recursos: se
tensarán y se contraerán como arañas, y se impulsarán por sí mismos hacia
delante con sus propias fuerzas… puesto que, como las fuerzas magnéticas de la
Tierra y la Luna atraen ambas al cuerpo y lo mantienen suspendido, el efecto es
como si ninguna de las dos lo estuviese atrayendo… de modo que, al final, su
masa se volverá por sí misma hacia la Luna.»
En la Astronomia Nova, Kepler había estado tan cerca del
concepto de la gravitación universal, que es preciso suponer la existencia de
un bloqueo psicológico que le obligara a rechazarla. En el párrafo antes citado
no sólo la da por sentada, sino que, con una intuición realmente asombrosa,
sostiene la existencia de «zonas de gravedad cero», esa pesadilla de la ciencia
ficción. Más tarde, en el Somnium, avanza un paso más en la
misma dirección al suponer que hay vivas mareas en la Luna, debidas a la
atracción conjunta del Sol y de la Tierra.
Completado el viaje, Kepler procede a describir las condiciones en la Luna. Un
día lunar, de la salida a la puesta del Sol, dura casi una quincena, y lo mismo
la noche, porque la Luna tarda un mes en dar una vuelta en torno de su eje, el
mismo tiempo que invierte en dar una vuelta completa alrededor de la Tierra. En
consecuencia, siempre presenta la misma cara a la Tierra, a la que las
criaturas lunares llaman su «volva» (de revolvere, girar).
Denominan a esta cara de la Luna la mitad subvolvana, mientras que la otra es
la mitad prevolvana. Esas dos mitades tienen en común que su año consta de doce
días y doce noches, y los terribles contrastes resultantes de temperatura: días
tórridos, noches heladas. Comunes a ambas son también los extraños movimientos
del cielo estrellado: el Sol y los planetas se mueven incesantemente hacia delante
y hacia atrás, como resultado de la rotación de la Luna en torno de la volva.
Esta astronomía «lunática» —en el doble sentido de la palabra—, que Kepler
desarrolla con su habitual precisión, es una auténtica delicia; nadie antes (ni
después, según se me alcanza) intentó algo parecido. Pero cuando llega a las
condiciones de la Luna en sí, el cuadro se vuelve más siniestro.
Los prevolvanos llevan la peor parte. Sus largas noches resultan intolerables
debido a la ausencia de la enorme volva, que da calor al otro hemisferio,
porque los prevolvanos nunca ven la Tierra. Sus noches son «quebradizas, con
hielo y nieve, sometidos a unos vientos fuertes y helados». El día que les
sigue no es mejor: el Sol no abandona nunca el cielo durante una quincena,
abrasa el aire a una temperatura «quince veces más cálida que la de nuestra
África».
Los subvolvanos se hallan un poco mejor debido a que la enorme volva suaviza
sus noches reflejando parte de la luz y el calor[544] del Sol. La superficie
de la volva es quince veces la de nuestra Luna, y permanece siempre en el mismo
lugar del cielo «como clavada allí», pero creciendo y disminuyendo de volva
llena a volva nueva, como nuestra Luna. Con volva llena, África aparece como
una cabeza humana cortada por los hombros; Europa, una muchacha envuelta en una
larga túnica, se inclina para besarla mientras su largo brazo, vuelto a la
espalda, atrae hacia ella un gato a punto de saltar.[545]
Las montañas de Lavania son mucho más altas que las de la Tierra; también lo
son las plantas y las criaturas que la pueblan. «El crecimiento es rápido todo
tiene una vida corta debido a que desarrolla una masa corporal enorme… El
crecimiento y la decadencia ocurren en el lapso de un solo día.» La mayor parte
de las criaturas son como gigantescas serpientes. «Los prevolvanos no poseen
habitaciones fijas y seguras; atraviesan en hordas, en un solo día, todo su
mundo, siguiendo las cada vez más escasas aguas, con sus piernas, más largas
que las de nuestros camellos, o con sus alas, o en naves.» Algunos son
buceadores y respiran muy lentamente, de tal modo que pueden resguardarse del
ardiente sol en el fondo de las profundas aguas. «Aquellos que permanecen en la
superficie quedan asados al mediodía y sirven de alimento a las hordas nómadas
que se aproximan… Otros, que no pueden vivir sin respirar, se retiran a
cavernas abastecidas de agua mediante estrechos canales, de modo que el agua se
enfría en su largo recorrido y así pueden beberla; pero cuando se acerca la
noche, salen fuera para rezar.» Su piel es esponjosa y muy porosa, pero cuando
el calor del día toma por sorpresa una criatura, se le endurece la piel, se le
abrasa y le cae al anochecer. Y, sin embargo, sienten una extraña afición a
tomar el sol al mediodía, aunque sólo cerca de sus hendiduras, a fin de poder
efectuar una rápida y segura retirada…
En un corto apéndice, a los subvolvanos se les conceden ciudades rodeadas por
muros circulares: los cráteres de la Luna. Pero Kepler sólo está interesado en
los problemas técnicos de su construcción. El libro termina cuando un chaparrón
despierta a Duracotus de su sueño, o mejor dicho, de su pesadilla de
gigantescos reptiles prehistóricos, de los cuales, por descontado, Kepler no
tenía ni la menor idea. No es extraño que el Somnium inspirara
a Henry More para escribir un poema titulado Insomnium Philosophicum. Pero
más divertida aún es la paráfrasis de Kepler que realiza Samuel Butler en su
poema «El elefante en la Luna»:
Y dijo:
«Oh, los habitantes de la Luna,
que cuando el Sol brilla ardiente al mediodía,
viven en refugios bajo el suelo,
de doce kilómetros de hondo y ciento veinte de ancho
(en los cuales se fortifican a la vez
contra el Sol y el Enemigo),
debido a ese otro pueblo incivilizado,
esos rudos campesinos que han sido descubiertos
viviendo en el suelo superior
y llamados prevolvanos, con los que están
en una permanente guerra abierta.»
Aunque la mayor parte del Somnium la escribió
mucho antes, se comprende fácilmente por qué fue el último libro en que Kepler
trabajó y por qué deseaba verlo impreso. Todos los dragones que habían acosado
su vida, desde la bruja Fiolxhilda y su desaparecido esposo, hasta las pobres criaturas
reptiles en perpetua lucha, que mudan su enfermiza piel y, sin embargo, tan
ansiosas de tostarse bajo un sol inhumano, todos están ahí, proyectados en un
escenario cósmico de precisión científica y de una rara y original belleza.
Todos los trabajos de Kepler y todos sus descubrimientos fueron actos de
catarsis; era lógico que el último de ellos terminase con una fantástica
rúbrica.
§5. El final
A Wallenstein no le importaba en absoluto lo que hacía Kepler. El arreglo había
sido una decepción mutua desde el principio. Al contrario de los aristócratas
aficionados que habían patrocinado a Tycho Brahe, Galileo y al propio Kepler en
el pasado, el general Wallenstein no sentía un genuino interés por la ciencia.
Le producía cierta satisfacción pedante tener a un hombre de renombre europeo
como su matemático, pero lo que en realidad deseaba de Kepler era su consejo
astrológico sobre las decisiones políticas y militares que tenía que tomar. La
respuesta de Kepler a tales preguntas concretas era siempre evasiva, debido a
su honradez, o a su cautela, o a ambas. Wallenstein utilizaba principalmente a
Kepler para obtener algunos datos exactos de los movimientos planetarios, que
luego enviaba a sus astrólogos más dispuestos —como el desprestigiado Seni—
como base para sus augurios. El propio Kepler raramente hablaba de sus
contactos personales con Wallenstein. Aunque en una ocasión le llama «un
segundo Hércules»,[546] sus sentimientos están
más sinceramente expuestos en una de sus últimas cartas: «He regresado
recientemente de Gitschin [la residencia de Wallenstein], donde mi mecenas me
mantuvo esperando durante tres semanas; eso significó una considerable pérdida
de tiempo para ambos.»[547]
Tres meses después, las presiones de los rivales de Wallenstein indujeron al
emperador a apartar de su lado a su generalísimo. Fue sólo un revés temporal en
la espectacular carrera de Wallenstein, pero Kepler creyó que era el final. Una
vez más, y ahora por última vez, volvió a los caminos.
En octubre partió de Sagan. Dejó allí a su familia, pero se llevó carretas
llenas de libros y documentos, que envió por anticipado a Leipzig. Su yerno
escribió más tarde: «Kepler abandonó Sagan inesperadamente, y su condición era
tal que su mujer, sus hijos y sus amigos esperaban ver el juicio final antes
que su regreso.»[548]
Su propósito era buscar otro trabajo e intentar conseguir algo del dinero que
le debían el emperador y los estados austríacos. En su autoanálisis, cincuenta
y cinco años antes, había escrito que su constante preocupación por el dinero
«no se debía al deseo de riquezas, sino al miedo a la pobreza». Esto continúa
siendo esencialmente cierto. Tenía depositado dinero en varios lugares, pero
era incapaz de cobrar ni siquiera los intereses que le debían por él. Cuando
emprendió este último viaje por la media Europa desgarrada por la guerra, se
llevó todo el dinero que poseía y dejó a Susanna y a sus hijos sin un céntimo.
Incluso así tuvo que pedir prestados cincuenta florines a un comerciante de
Leipzig, donde se detuvo durante la última etapa de su viaje.
Parece como si le hubiese asaltado una de sus curiosas premoniciones. Durante
toda su vida había tenido la costumbre de trazar sus horóscopos en sus
cumpleaños. Los horóscopos de los años anteriores y posteriores a sus sesenta
años muestran simplemente las posiciones de los planetas, sin ningún
comentario. El de su sexagésimo cumpleaños, el último, es una excepción: anotó
en él que las posiciones de los planetas eran casi las mismas que en su
nacimiento.
Su última carta, fechada en Leipzig, el 31 de octubre, está dirigida a su amigo
Bemegger, de Estrasburgo. Había recordado la anterior invitación de Bemegger y
de pronto decidió aceptarla; pero parece olvidarla de nuevo un momento después,
ya que en el resto de la carta habla de sus planes de viaje sin ninguna referencia
a ello: «Acepto vuestra hospitalidad con gran alegría. Quiera Dios conservaros
y apiadarse de la miseria de mi país. En la presente inseguridad general uno no
debe rechazar ninguna oferta de refugio, por lejana que esté situada… Saludos
para vos, vuestra esposa e hijos. Ataos conmigo a vuestra única ancla de
salvación, la Iglesia, y rogad a Dios por ella y por mí.»[549]
Siguió adelante desde Leipzig, montado en un miserable caballo viejo, hasta
Nürenberg, donde visitó a un impresor. Luego a Ratisbona, sede de la Dieta con
toda su pompa, presidida por el emperador que le debía doce mil florines.
Llegó a Ratisbona el 2 de noviembre. Tres días después cayó en cama con fiebre.
Un testigo ocular informó que «no hablaba, pero señalaba con su dedo índice ora
su cabeza, ora el cielo sobre él».[550] Otro testigo, el
predicador luterano Jacob Fischer, escribió en una carta a un amigo[551]: «Durante la reciente
sesión de la Dieta, nuestro Kepler llegó a esta ciudad en un viejo jamelgo (que
luego vendió por dos florines). Llevaba sólo tres días aquí cuando cayó enfermo
con fiebre. Al principio pensó que sufría de sacer ignis, pústulas
febriles, y no le prestó atención. Cuando su condición febril empeoró, lo
sangraron, sin ningún resultado. Pronto su mente apareció nublada por una
creciente fiebre. No hablaba como alguien en posesión de sus facultades. Varios
predicadores le visitaron y le confortaron con las vivificantes aguas de su
simpatía.[552] En su postrer agonía,
mientras entregaba su alma a Dios, un clérigo protestante de Ratisbona,
Sigismund Christopher Donavarus, pariente mío, le consoló animosamente, como
corresponde a un siervo de Dios. Esto ocurrió el 15 de noviembre de 1630. El 19
fue enterrado en el cementerio de San Pedro, fuera de la ciudad.»
El cementerio fue destruido durante la guerra de los Treinta Años, y los huesos
de Kepler fueron esparcidos; pero se conserva el epitafio que escribió para sí
mismo:
Mensus eram coelos, nunc terrae metior umbras
Mens coelestis erat, corporis umbra iacet.
(Medí los cielos, ahora mido las sombras
del cielo era la mente, en la tierra descansa el cuerpo.)
Hay también un párrafo en una de sus últimas cartas que acude
ahora a mi memoria; está fechado en «Sagan, en Silesia, en mi propia imprenta,
6 de noviembre de 1629:
»Cuando ruge la tormenta y el estado se ve amenazado por el naufragio, no
podemos hacer nada más noble que echar el ancla de nuestros pacíficos estudios
en los territorios de la eternidad.»[553]
Capítulo 1
El peso de la prueba
Contenido:
§1. El triunfo de Galileo
§2. Las manchas solares
§3. El desplazamiento de la carga
§4. La denuncia
§5. El rechazo del compromiso
§6. El «arma secreta»
§7. El decreto del Santo Oficio
§8. La amonestación
§1. El triunfo de Galileo
Ahora deben cambiar, una vez más, el ambiente y el carácter de este relato.
Personalidades, intrigas, procedimientos judiciales, dominarán la escena
mientras fijamos nuestra atención en el trágico conflicto entre la nueva
cosmología y la Iglesia.
Pocos episodios de la historia han originado tantas obras como el juicio de
Galileo. Inevitablemente, la mayor parte de ellas presenta un carácter
partidista, y cabe clasificarla, en ligero grado descendente, desde la cruda
distorsión hasta intentos de imparcialidad teñidos de inconscientes
inclinaciones. La objetividad es un ideal abstracto en una era que se ha
convertido en «una casa dividida entre la fe y la razón»; y más especialmente
cuando el episodio en cuestión es una de las causas históricas de esa división.
Puesto que sería una estupidez proclamar hallarme libre de esta regla, quizá lo
mejor sea afirmar mis propias inclinaciones antes que pedir al lector que
acepte mis manifestaciones de objetividad. Entre mis primeras y más vividas
impresiones de la historia se halla la descomunal quema de herejes vivos por la
Inquisición española, que difícilmente puede producir sentimientos cariñosos
hacia esa institución. Por otro lado, encuentro la personalidad de Galileo
igualmente poco atractiva, sobre todo basándome en su comportamiento con
Kepler. Sus enfrentamientos con Urbano VIII y el Santo Oficio se pueden juzgar
de diversas maneras, puesto que, en algunos puntos vitales, las pruebas se
fundamentan en rumores y conjeturas; pero de sus relaciones con su colega
alemán, reducidas a unas pocas cartas, poseemos demostraciones inequívocas.
Como resultado de ello, la mayoría de los biógrafos de Kepler muestran la misma
aversión hacia Galileo, mientras que los admiradores de Galileo despliegan hacia
Kepler una especie de culpable sensibilidad, que traiciona su azoramiento.
Así pues, tengo la impresión de que cualquier inclinación que influya en el
relato no se fundará en el afecto hacia cualquiera de las dos partes en este
conflicto, sino en el resentimiento de que estallase el conflicto. Uno de los
puntos que he considerado en este libro es la fuente común de los modos de
experiencia místicos y científicos, y los desastrosos resultados de su
separación. Estoy convencido de que el conflicto entre la Iglesia y Galileo (o
Copérnico) no fue inevitable; que no se trató de una fatal colisión entre
teorías opuestas de la existencia, destinada a ocurrir tarde o temprano, sino
más bien de un choque de temperamentos individuales agravado por aciagas coincidencias.
En otras palabras, creo en la idea de que el juicio de Galileo fue una especie
de tragedia griega, una confrontación forzosa entre «fe ciega» y «razón
iluminada». Esa convicción —o inclinación— preside el siguiente relato.
Retomaré el hilo de la vida de Galileo en el punto en que su nombre brotó
bruscamente a la fama mundial gracias a haber descubierto el planeta Júpiter.
El Mensajero de las estrellas se publicó en marzo de 1610; en
septiembre ocupó su nuevo puesto como «matemático principal y filósofo» junto a
los Medici, en Florencia; pasó la primavera siguiente en Roma.
La visita fue un triunfo. El cardenal del Monte escribió en una carta: «Si aún
estuviéramos viviendo en la antigua República de Roma, creo realmente que
habría una columna en la capital erigida en honor de Galileo».[554]La selecta Accademia
dei Lincei (los ojos de lince), presidida por el príncipe Federico
Cesi, lo eligió miembro y le ofreció un banquete, durante el cual se aplicó por
vez primera la palabra «telescopio» al nuevo invento.[555] El papa Paulo V lo
recibió en una amistosa audiencia; el Colegio Romano de los jesuitas le honró
con varias ceremonias que duraron un día entero. El matemático y astrónomo
director del Colegio, el venerable padre Clavius, principal autor de la reforma
gregoriana del calendario, que al principio se había reído del Mensajero
de las estrellas estaba ahora completamente convencido, al igual que
los demás astrónomos del Colegio, los padres Grienberger, Van Maelcote y Lembo.
No sólo aceptaron los descubrimientos de Galileo, sino que mejoraron sus
observaciones, en particular de Saturno y de las fases de Venus. Cuando el
superior del Colegio, el cardenal Belarmino, les pidió su opinión oficial
respecto a los nuevos descubrimientos, los ratificaron unánimemente.
Esto tuvo gran importancia. Las fases de Venus, confirmadas por el decano de
los astrónomos jesuitas, eran una prueba incontrovertible de que, al menos, ese
planeta giraba en torno del Sol, de que el sistema tolemaico resultaba
insostenible y de que la elección se hallaba ahora entre Copérnico y Tycho
Brahe. La Compañía de Jesús era la punta de lanza intelectual de la Iglesia
católica. Los astrónomos jesuitas de toda Europa —especialmente Scheiner, en
Ingoldstadt; Lanz, el amigo de Kepler, en Múnich; Guldin, en Viena; y el
Colegio Romano como cuerpo— empezaron a apoyar al sistema ticónico como una
casa a medio camino del copernicano. El sistema copernicano en sí se podía
discutir libremente y defender como una hipótesis de trabajo, pero era mal
visto presentarlo como una verdad establecida debido a que parecía contrario a
la interpretación habitual de las Escrituras, al menos y hasta que pudieran
aducirse pruebas definitivas a su favor. Tendremos que volver más de una vez a
este punto crucial.
En un breve período, los astrónomos jesuitas demostraron también la naturaleza
«terrestre» de la Luna, la existencia de manchas en el Sol y el que los cometas
se movían en el espacio exterior, más allá de la Luna. Esto significaba
abandonar la doctrina aristotélica de la naturaleza perfecta e inmutable de las
esferas celestes. De este modo, el más influyente instituto religioso, desde el
punto de vista intelectual, de la Iglesia católica, se hallaba por aquel
entonces en plena retirada de Aristóteles y Tolomeo y adoptaba una posición
intermedia en cuanto a Copérnico. Alabaron y festejaron a Galileo, del que
sabían que era copernicano, y mantuvieron a Kepler, el principal exponente del
copernicanismo, bajo su protección durante toda su vida.
Pero existía un grupo de hombres cuya hostilidad hacia Galileo nunca cesó: los
aristotélicos y las universidades. La inercia de la mente humana y su
resistencia a la innovación quedaban claramente demostradas, no como cabría
esperar por la masa ignorante —que se arrastra fácilmente una vez se ha
prendido su imaginación—, sino por los profesionales con intereses creados en
la tradición y el monopolio de la enseñanza. La innovación es una doble amenaza
para las mediocridades académicas: pone en peligro su autoridad de oráculo y
conlleva el más profundo temor de que todo su edificio intelectual,
laboriosamente construido, pueda derrumbarse. Los académicos insignificantes
han sido la maldición de los genios, desde Aristarco hasta Darwin y Freud; se
multiplican como una sólida y hostil falange de pedantes mediocridades en el
transcurso de los siglos. Su amenaza —y no el obispo Dantiscus ni el papa Paulo
III— intimidó al canónigo Koppernigk y lo mantuvo en silencio durante toda su
vida. En el caso de Galileo, la falange se parecía más a una retaguardia, pero
firmemente aposentada aún a sus sillones académicos y a sus púlpitos de
predicadores.
«… Quedan aún opuestos a mi trabajo algunos férreos defensores de cada diminuto
argumento de los peripatéticos. Por todo lo que puedo ver, su educación
consistió en ser alimentados desde su infancia con la opinión de que filosofar
es y no puede ser otra cosa más que efectuar un examen global de los textos de
Aristóteles, y que a partir de distintos pasajes de ellos pueden recoger y unir
rápidamente gran número de soluciones a cualquier problema propuesto. No desean
alzar nunca los ojos de esas páginas, como si este gran libro del Universo lo
hubieran escrito para que lo leyera exclusivamente Aristóteles, y sus ojos
estuviesen destinados a ver por toda la posteridad.»[556]
Tras su regreso a Florencia, en el verano de 1611, de su triunfo romano,
Galileo se vio envuelto inmediatamente en varias disputas. Había publicado un
tratado sobre «Los cosas que flotan en el agua», título que
parece bastante inofensivo. Pero en esta avanzada obra de hidrostática moderna,
Galileo había adoptado el punto de vista de Arquímedes de que los cuerpos
flotan o se hunden según su gravedad específica, contra el juicio aristotélico
de que esta cualidad depende de su forma. Los académicos mediocres inmediatamente
pusieron el grito en el cielo, y blandieron sus hachas de piedra. Se
enfurecieron aún más cuando Galileo, en vez de dejar que los hechos hablaran
por sí mismos, empleó su ardid favorito de anticipar los argumentos
peripatéticos, erigiéndolos primero de una manera entre seria y burlona para
luego impugnarlos alegremente. Su capitoste era un tal Lodovico delle Colombe,
que significa paloma; de ahí el nombre de «Liga de los palomos» con que Galileo
y sus amigos llamaron a sus oponentes. Los aristotélicos publicaron cuatro
libros en seis meses para refutar el Discurso sobre las cosas que
flotan en el agua, y la polémica prosiguió durante cerca de tres años.
Terminó con una completa derrota de los atacantes, tanto espiritual como
física. Los profesores Palmerini y Di Grazia murieron mientras Galileo estaba
preparando su respuesta. Giorgio Coressio perdió su cátedra de Pisa debido a
que se descubrió que se había adherido secretamente a la Iglesia griega, y se
volvió loco; al monje Francesco Sizzi, joven fanático que atacó los
descubrimientos telescópicos de Galileo pero defendió sus cuerpos flotantes, lo
descoyuntaron en la rueda, en París, por escribir un panfleto contra el rey de
Francia.
Incidentalmente, el famoso experimento de dejar caer balas de cañón desde la
torre inclinada de Pisa no lo efectuó Galileo sino su oponente, el antes
mencionado Coressio, y no como refutación, sino como confirmación del punto de
vista aristotélico de que los cuerpos grandes caen más rápidamente que los
pequeños.[557]
§2. Las manchas solares
En el siguiente año (1612) se inició una nueva polémica, de consecuencias más
graves, acerca de las manchas solares.
El asunto empezó en Ingoldstadt (Baviera), donde el padre Scheiner, astrónomo
jesuita de gran reputación, y su joven ayudante Cysat, aprovechando una densa
niebla, dirigieron su telescopio directamente al Sol. Primero fue el tumo de
Cysat, que ante su sorpresa descubrió «varias gotas negras» en la cara del Sol.
Exclamó: «O bien el Sol ha llorado, o está lleno de manchas.»[558] Luego pasó el
instrumento a su maestro.
Tras continuadas observaciones, el padre Scheiner informó de su sensacional
descubrimiento en varias cartas dirigidas a Marcus Welser, de Augsburgo,
mecenas de la ciencia que había patrocinado también a Kepler. Welser mandó
imprimir rápidamente las cartas, bajo el seudónimo de «Apeles», tal como
Scheiner había pedido. Luego, Welser envió el librito a Kepler y a Galileo y
les pidió su opinión.
Kepler respondió de inmediato. Recordó haber observado él también una mancha
solar en 1607, “del tamaño de una pulga flaca”, que había supuesto erróneamente
que era Mercurio pasando frente al Sol.[559] Se echó a reír ante su
error, luego citó informes de observaciones similares que databan de tiempos
tan remotos como los días de Carlomagno; después dio su opinión de que las
manchas eran una especie de escoria, debida al enfriamiento de algunos puntos
del Sol.
Galileo retrasó su respuesta más de tres meses, y luego reclamó para sí la
prioridad del descubrimiento. Alegó haber observado manchas solares desde hacía
más de dieciocho meses, y haberlas mostrado un año antes a «varios prelados y
caballeros de Roma»; pero no nombró a ninguno de esos testigos.
En realidad, Johannes Fabricius, de Wittenberg, Thomas Harriot, de Oxford,
Scheiner-Cysat y el propio Galileo descubrieron, de manera independiente y casi
al mismo tiempo, las manchas solares. Parece que Harriot fue el primero en
observarlas, pero Fabricius el primero en publicarlas y Scheiner, el segundo.
Ni Harriot, ni Fabricius, ni Scheiner supieron nada del descubrimiento que casi
al mismo tiempo habían realizado los demás, ni exigieron ningún tipo de prioridad.
La petición de Galileo era, por tanto, insostenible, primero, porque Fabricius
y Scheiner se le habían anticipado publicando el descubrimiento y, segundo,
porque no podía citar ningún testigo o corresponsal que confirmara sus
palabras, sin olvidar aquí lo escrupuloso que se mostró en proteger sus
afirmaciones de prioridad en anteriores ocasiones, enviando en seguida mensajes
en forma de anagramas. Pero Galileo había llegado a considerar los
descubrimientos telescópicos como algo de su exclusivo monopolio, y más
adelante llegó incluso a afirmar: «No podéis evitar, señor Sarsi, que yo y
nadie más que yo tenga derecho a descubrir todos los nuevos fenómenos del
cielo. Esta es una verdad que ni la malicia ni la envidia pueden suprimir.»[560]
Con esta ostentosa afirmación de prioridad respecto a las manchas solares,
seguida por encubiertos ataques contra el padre Scheiner, Galileo se creó su
primer enemigo entre los astrónomos jesuitas e inició el fatal proceso que,
finalmente, volvería a toda la Compañía contra él.
El asunto en sí fue en extremo desafortunado, puesto que, aparte eso, la
respuesta de Galileo a Marcus Welser era un modelo de claridad y método
científico. La siguieron otras dos Cartas sobre las manchas solares, publicadas
al año siguiente con ese título. Mostraban de manera convincente, que las
manchas no eran planetas pequeños que giraban en torno del Sol, como Scheiner
había supuesto al principio, sino que estaban localizadas en la misma
superficie del Sol, o muy cerca de ella; que giraban con el Sol y cambiaban
constantemente de forma, y que su naturaleza eran «vapores, o exhalaciones, o
nubes o fumarolas».[561] Así se probaba que no
sólo la Luna, sino también el Sol, estaban sometidos a los avatares del
surgimiento y la decadencia.
El librito contenía también la primera tentativa de formulación del principio
de la inercia por Galileo,[562] y su primera
declaración impresa a favor del sistema copernicano. Hasta aquel momento —nos
hallamos ahora en 1613, y tiene casi cincuenta años— había defendido a
Copérnico en conversaciones durante cenas con amigos, pero nunca en letra
impresa. El párrafo en cuestión se halla en la última página de las Cartas
sobre las manchas solares; empieza con una referencia a las pretendidas
lunas de Saturno y prosigue: «Y quizás este planeta también, no menos que el
cornudo Venus, armonice admirablemente con el gran sistema copernicano, con la
revelación universal hacia la que nos empujan ahora, a todas luces, los vientos
favorables, sin apenas temor de nubes o rachas cruzadas.»[563]
Aquí estaba, por fin, su primer compromiso público, aunque de manera vaga, un
buen cuarto de siglo después de que Kepler hiciese sonar las trompetas
copernicanas en el Mysterium.
El libro obtuvo de inmediato gran aceptación popular. En cuanto a la Iglesia,
no sólo no se alzó ninguna voz en contra, sino que los cardenales Borromeo y
Barberini —el futuro Urbano VIII— escribieron cartas a Galileo en las cuales le
expresaban su sincera admiración.
No ocurrió lo mismo con los académicos mediocres. Cuando al discípulo favorito
de Galileo, el padre benedictino Castelli (fundador de la hidrodinámica
moderna) le otorgaron una cátedra de la Universidad de Pisa, el rector de ésta
le prohibió expresamente enseñar el movimiento de la Tierra. Dicho rector era
Arturo d’Elci, aristotélico fanático y miembro de la «Liga de palomos», que
había publicado un opúsculo contra Las cosas que flotan en el agua.
El primer ataque serio sobre bases religiosas contra el
copernicanismo se produjo no sólo desde los bastiones clericales sino también
desde los laicos, nada menos que de manos del propio Delle Colombe, el
capitoste de la «Liga». Su tratado Contra el movimiento de la Tierra contenía
cierto número de citas de las Sagradas Escrituras para demostrar que la Tierra
se hallaba en el centro del mundo. Circuló en manuscrito en 1610 ó 1611, antes
de que Galileo adoptase su actitud, y no menciona el nombre de éste. El propio
Galileo se hallaba aún tan poco preocupado por un posible conflicto teológico
que dejó transcurrir casi un año antes de pedir la opinión de su amigo, el
cardenal Conti, sobre aquel asunto. El cardenal respondió que, respecto a la
«inmutabilidad» de los cielos, las Sagradas Escrituras parecían inclinarse a
favor del punto de vista de Galileo antes que del de Aristóteles. En cuanto a
Copérnico, el movimiento «progresivo» (es decir, anual) era admisible, pero la
rotación diaria no parecía encajar con las Escrituras, a menos
que se aceptara que algunos pasajes no se debían tomar literalmente; pero tal
interpretación era permisible «sólo en caso de la mayor de las necesidades».[564]
La palabra «necesidad», en este contexto, significa de nuevo: si y cuando se
aporte una prueba convincente de la realidad del movimiento de la Tierra. Pero
todo esto no afectó a la libre discusión de las ventajas relativas de los
sistemas tolemaico, ticónico o copernicano como hipótesis matemáticas.
Aquí hubiera podido quedar el asunto, y probablemente hubiera quedado, a no ser
por la hipersensibilidad de Galileo a las críticas y su irreprimible ansia de
meterse en discusiones. Hacia finales de 1612 estaba residiendo en la villa,
cerca de Florencia, de su amigo Filippo Salviati (al que inmortalizó en sus dos
grandes Diálogos), cuando le llegaron algunas habladurías acerca de que un
padre dominico, Niccolo Lorini, había atacado sus puntos de vista en una conversación
privada. Galileo escribió de inmediato a Lorini y le pidió una explicación.
Lorini era un anciano de setenta años, profesor de historia eclesiástica en
Florencia. Respondió:
«Nunca soñé en verme implicado en tales asuntos… Ignoro qué fundamentos pueden
existir para tal sospecha, puesto que esto es algo que nunca se me ha ocurrido.
Es cierto, sin duda, que, no por deseos de discutir sino, sencillamente, para
evitar dar la impresión de ser un zoquete, cuando otros iniciaron la discusión,
dije unas pocas palabras, simplemente para demostrar que estaba allí. Dije,
como sigo diciendo ahora, que esta opinión de Ipemicus —o como sea su nombre—
se me figura hostil a las divinas Escrituras. Pero esto tiene muy poca
importancia para mí, puesto que tengo otras cosas que hacer…»[565]
En el año siguiente, 1613, se publicaron las «Manchas solares», con la
aceptación general del público, incluido, como he mencionado ya, la del futuro
papa. Todo resultaba esplendoroso. Pero entonces llegó a oídos de Galileo otra
habladuría, esta vez procedente de Pisa. Se refería a una conversación de
sobremesa en una comida del duque Cosimo. Este incidente trivial constituyó el
inicio de lo que se convertiría en «el mayor escándalo de la cristiandad».
§3. El desplazamiento de la carga
Al fiel padre Castelli, ahora profesor de matemáticas en Pisa, el puesto desde
el que Galileo inició su carrera, lo habían invitado a una cena en la corte.
Estaba presente una ilustre concurrencia, incluida la madre del duque, la
duquesa viuda Christina de Lorraine, su esposa Madeleine de Austria y otros
invitados, entre ellos el doctor Boscaglia, profesor de filosofía. Llevó la
conversación madameChristina, que, al parecer, había adoptado el
papel de una dominante, habladora y casquivana viuda. Tras la cena sintió la
repentina necesidad de «aprenderlo todo» acerca de aquellos planetas medíceos.
Primero quiso saber sus posiciones, luego si eran reales o simplemente
ilusiones. Tanto Castelli como Boscaglia confirmaron solemnemente que eran
reales. Poco después de eso terminó la velada, y el padre Castelli se fue.
«Pero apenas había salido del lugar cuando el portero de madame Christina
me llamó y me dijo que ella deseaba que volviera [prosigue el informe de
Castelli a Galileo]. Ahora, antes de deciros lo que ocurrió a continuación,
debéis saber que mientras estábamos en la mesa, el doctor Boscaglia mantuvo la
atención de madame durante algún tiempo, y que, si bien
concedía que todas las cosas nuevas que vos habéis descubierto en el cielo eran
ciertas, dijo que el movimiento de la Tierra no dejaba de tener algo increíble
en sí, y que no podía producirse, en particular porque las Sagradas Escrituras
estaban obviamente en contradicción con ese enfoque.»
Cuando Castelli regresó al salón, «madame empezó, tras algunas
preguntas respecto a mi persona, a discutir conmigo las Sagradas Escrituras.
Sobre lo cual, tras haber hecho las protestas pertinentes, empecé a actuar como
teólogo y… llevé adelante las cosas como un paladín». Todo el mundo se puso de
lado de Castelli y Galileo, «tan sólo madame Christina siguió
contra mí, pero por su actitud juzgué que lo hacía sólo para oír mis
respuestas. El profesor Boscaglia no dijo ni una sola palabra.»[566]
En cartas posteriores, Castelli informó que habían denotado, una vez más, a
Boscaglia en el debate, que incluso habían vencido a la irascible viuda, y que
habían abandonado la discusión.
Éste fue, pues, el incidente que desencadenó el drama.
Como en la ocasión anterior, cuando Lorini hizo su observación acerca de
«Ipemicus —o como sea su nombre—», Galileo se alzó inmediatamente en armas. Su
contraataque a los chismoneos de sobremesa del oscuro doctor Boscaglia (del que
nunca más volvió a saberse) fue una especie de bomba atómica teológica, cuya
lluvia radiactiva aún continúa notándose. Tomó la forma de una Carta a
Castelli, ampliada un año después a una Carta a la gran
duquesa Christina. Su intención era que circulara ampliamente, tal
como así ocurrió; su propósito, refutar todas las objeciones teológicas a
Copérnico. Su resultado fue exactamente el opuesto: se convirtió en la
principal causa de la prohibición de Copérnico y de la caída de Galileo.
Como obra de literatura polémica, la Carta es una obra maestra.
Empieza:[567]
«Hace algunos años, como Vuestra Serena Alteza bien sabe, descubrí en los
cielos muchas cosas que nunca se habían visto antes de nuestra época. La
novedad de estas cosas, así como algunas consecuencias que se deducían de ellas
en contradicción con las nociones físicas comúnmente sostenidas entre los
filósofos académicos, concitaron contra mí a gran número de profesores, como si
yo hubiese colocado con mis propias manos esas cosas en el cielo a fin de
trastocar la naturaleza y derribar la ciencia…
»Mostrando mayor inclinación hacia sus propias opiniones que hacia la verdad,
intentaron negar y desautorizar las nuevas cosas que, si se hubieran molestado
en comprobar por sí mismos, hubiesen visto que sus propios sentidos les
demostraban. Con este fin lanzaron varias acusaciones y publicaron numerosos
escritos llenos de vanos argumentos, y cometieron el grave error de salpicarlos
con pasajes tomados de lugares de la Biblia que no supieron comprender
correctamente…»[568]
Galileo desarrollaba luego el argumento que Kepler había utilizado también
constantemente: que algunas afirmaciones de la Biblia no se debían tomar
literalmente porque estaban expresadas en un lenguaje «adecuado a la capacidad
de la gente común, que es tosca e iletrada»:
«Así, al explicar la Biblia, si tuviéramos que limitamos siempre al —estricto
sentido gramatical, caeríamos fácilmente en el error. Siguiendo este método no
sólo haríamos aparecer en la Biblia contradicciones y proposiciones alejadas de
la verdad, sino incluso graves herejías y locuras. Así, sería necesario
asignarle a Dios pies, manos y ojos, así como inclinaciones corpóreas y
humanas, tales como ira, pesar, odio, e incluso a veces el olvido de cosas
pasadas y la ignorancia de cosas por venir… Por esa razón, parece que ninguna
cosa física que la experiencia de los sentidos ponga ante nuestros ojos, o que
nos demuestren las pruebas necesarias, se pueda cuestionar (y mucho menos
condenar) a causa del testimonio de pasajes bíblicos que pueden poseer algún
significado distinto debajo de sus palabras.»[569]
En apoyo de su tesis, Galileo cita ampliamente como testigo a san Agustín, sin
darse cuenta de que, teológicamente, caminaba por hielo extremadamente delgado
(véase más adelante, pág. 354). Luego viene un asombroso pasaje,
donde casi se puede oír el hielo crujir bajo sus pies:
«… Cuestiono si no será algún error no señalar las virtudes que confieren a la
sagrada teología el título de “reina”. Puede que merezca ese nombre debido a
incluir todo lo que se aprende de las demás ciencias y establecerlo todo mediante
mejores métodos y más profundo conocimiento… O tal vez la teología sea reina
porque se ocupa de una materia que supera en dignidad a todas las demás que
componen las otras ciencias, y debido a que sus enseñanzas se divulgan de modo
más sublime.
»Creo que el título y autoridad de reina no se puede asignar a la teología, en
el primer sentido, por teólogos que no poseen ninguna pericia en otras
ciencias. Creo que ninguno de ellos dirá que la geometría, la astronomía, la
música y la medicina están mejor situadas en la Biblia que en los libros de
Arquímedes, Tolomeo, Boecio y Galeno. En consecuencia, parece probable que la
preeminencia real se conceda a la teología en el segundo sentido; es decir, por
su materia y la milagrosa comunicación, por medio de la revelación divina, de
conclusiones que los hombres no pueden concebir en ningún otro sentido,
relativas principalmente a alcanzar la bendición eterna.
»Admitamos, pues, que la teología está familiarizada con la más encumbrada
comunicación divina y ocupa el trono real entre las ciencias por su dignidad.
Pero adquiriendo la más alta autoridad de esta manera, si no desciende a las
más bajas y humildes especulaciones de las ciencias subordinadas y no las toma
en consideración porque no se preocupan por la bendición eterna, sus profesores
no deben, pues, arrogarse la autoridad de decidir en controversias en
profesiones que no han ni estudiado ni practicado. Porque esto sería como si un
déspota absoluto, sin ser ni médico ni arquitecto, pero sabiéndose libre de mandar,
se dedicara a administrar medicinas y levantar edificios de acuerdo con sus
deseos, con grave peligro para las vidas de sus propios pacientes y la
posibilidad de que se derrumben sus edificios…»[570]
Leyendo este soberbio manifiesto de la libertad del pensamiento, uno tiende a
olvidar los fallos humanos de Galileo. Ésos, sin embargo, vuelven a hacerse muy
patentes en el alegato especial que sigue al pasaje que acabo de citar, y que
tendría desastrosas consecuencias.
Tras invocar una vez más la autoridad de Agustín, Galileo traza una distinción
entre las proposiciones científicas que son «firmemente demostradas» (es decir,
probadas) y las otras que son «simplemente afirmadas». Si las proposiciones del
primer tipo contradicen el significado aparente de pasajes de la Biblia,
entonces, según la práctica teológica, el significado de esos pasajes se debe
interpretar de nuevo, tal como se hizo, por ejemplo, respecto a la forma
esférica de la Tierra. Hasta ahora ha establecido correctamente la actitud de
la Iglesia; pero prosigue: «Y en cuanto a las proposiciones que se afirman pero
no se demuestran rigurosamente, cualquier cosa contraria a la Biblia que
impliquen se debe considerar como indudablemente falsa y se debe probar por
cualquier medio posible.»[571]
Esta, demostrablemente, no era la actitud de la Iglesia. «Las proposiciones que
se afirman pero no se demuestran rigurosamente», como el propio sistema
de Copérnico, no se condenaban radicalmente si parecían contradecir
las Sagradas Escrituras; se relegaban, simplemente, al rango de «hipótesis de
trabajo» (donde por derecho correspondían), con un implícito: «espera y
observa; si consigues pruebas, entonces, pero sólo entonces, deberemos
reinterpretar las Escrituras a la luz de esta necesidad». Pero Galileo no
deseaba argüir con el peso de las pruebas; porque el meollo del asunto es, como
veremos, que carecía de pruebas. En consecuencia, pues, conjuró primero una
disyuntiva artificial de blanco o negro, con la cual pretendía que una
proposición se tenía que aceptar o condenar de plano. La finalidad de este
juego de manos resulta evidente en la siguiente frase:
«Si las conclusiones físicas realmente demostradas no necesitan verse
subordinadas a los pasajes bíblicos, pero las últimas tienen que mostrarse de
modo que no interfieran con las primeras, entonces, antes de condenar
una proposición física debe mostrarse que no se ha demostrado rigurosamente, y
eso no deben hacerlo los que sostienen que la proposición es cierta, sino
aquellos que juzgan que es falsa. Esto parece muy razonable y natural, porque
aquellos que creen que un argumento es falso pueden hallar mucho más fácilmente
en él las falacias que los hombres que lo consideran cierto y definitivo…»[572]
Había desplazado el peso de la prueba. Las palabras cruciales son las que he
señalado en cursiva. No compete a Galileo probar el sistema copernicano, sino a
los teólogos refutarlo. Si no lo hacen, perderán su caso por defecto y se
deberán interpretar de nuevo las Escrituras.
En realidad, nunca se había planteado la cuestión de condenar el sistema
copernicano como una hipótesis de trabajo. Las objeciones en cuanto a la Biblia
se formulaban sólo contra la afirmación de que era más que una
hipótesis, que se había probado rigurosamente, que equivalía realmente a la
verdad evangélica. La sutileza de la maniobra de Galileo estriba en que en
ningún momento proclama explícitamente esa afirmación. No puede hacerla, porque
no ha presentado ni un solo argumento para apoyarla. Ahora comprendemos para
qué necesitaba como primer movimiento su disyuntiva del blanco o negro: para
distraer la atención de la auténtica situación del sistema copernicano como una
mera hipótesis de trabajo, tolerada oficialmente a la espera de pruebas. En vez
de ello, deslizando las ambiguas palabras «proposición física» al inicio de lo
señalado en cursiva, seguidas por la petición «debe mostrarse que no se ha
demostrado rigurosamente», implicaba (aunque no se atreviera a afirmarlo
explícitamente) que la verdad del sistema estaba demostrada
con rigurosidad. Todo ello está realizado de tan sutil manera que el lector
apenas lo percibe y, por todo lo que sé, ha escapado a la atención de los
estudiosos hasta nuestros días. Decidió, sin embargo, la estrategia que
seguiría en los próximos años.
A todo lo largo del documento, Galileo eludió por completo cualquier discusión
astronómica o física del sistema copernicano; dio, simplemente, la impresión de
que era algo probado más allá de toda duda. Si se hubiera centrado en el tema,
en vez de girar a su alrededor, hubiese tenido que admitir que los cuarenta y
tantos epiciclos y excéntricas de Copérnico no sólo no estaban probados sino
que constituían algo imposible físicamente, un dispositivo geométrico y nada más;
que la ausencia de un paralaje anual, es decir, de una desviación aparente de
la posición de las estrellas fijas, a pesar de la nueva precisión telescópica,
pesaba fuertemente contra Copérnico; que las fases de Venus refutaban a
Tolomeo, pero no a Heráclides o a Tycho Brahe; y que todo cuanto podía afirmar
respecto a la hipótesis copernicana era que describía algunos fenómenos (la
retrogradación) más ajustadamente que Tolomeo; contra esa única ventaja, las
objeciones físicas recién mencionadas hubieran vencido con facilidad.
Porque debe recordarse que Galileo defendía el sistema copernicano ortodoxo,
ideado por el propio canónigo casi un siglo antes de que Kepler echara a un
lado los epiciclos y transformara la abstrusa construcción sobre el papel en un
modelo mecánico manejable. Incapaz de aceptar que cualquiera de sus
contemporáneos tenía su parte en el progreso de la astronomía, Galileo ignoró
de modo ciego y suicida el trabajo de Kepler hasta el final, y persistió en el
fútil intento de forzar al mundo a que aceptara un tiovivo con cuarenta y ocho
epiciclos como una realidad física «rigurosamente demostrada».
¿Qué motivo había detrás de todo ello? Durante casi cincuenta años de su vida
contuvo su lengua acerca de Copérnico, no por miedo de morir en la hoguera,
sino para evitar la impopularidad académica. Cuando, arrastrado por la
repentina fama, se decidió por fin, el asunto se convirtió al punto en un
motivo de prestigio para él. Había dicho que Copérnico tenía razón, y
quienquiera que dijese otra cosa menospreciaba su autoridad como el principal
estudioso de su tiempo. Cada vez resulta más evidente que ésta fue la principal
motivación de la lucha de Galileo. Eso no exonera a sus oponentes; pero es
relevante para el problema, fuera históricamente inevitable o eludible.
La última sección de la Carta a la gran duquesa está dedicada
al milagro de Josué. Galileo explica primero que la rotación del Sol en torno
de su eje es la causa de todos los movimientos planetarios. «Y del mismo modo
que si el movimiento del corazón cesara en un animal, todos los demás
movimientos de sus miembros cesarían también, si la rotación del Sol se
detuviera, las rotaciones de todos los planetas se detendrían del mismo modo.»[573] Así que no sólo
suponía, con Kepler, que la revolución anual de los planetas
la ocasionaba el Sol, sino también su rotación diaria en torno
de sus ejes: hipótesis ad hoc sin otra «prueba rigurosa» que
la analogía con el corazón del animal. Luego concluye que, cuando Josué
exclamó: «¡Detente, Sol!», el Sol dejó de girar sobre sí mismo y, en
consecuencia, se paralizó tanto el movimiento anual de la Tierra como el diario.
Pero Galileo, que tan cerca estuvo de descubrir la ley de la inercia, sabía
mucho mejor que nadie que si la Tierra se parara brusca y repentinamente,
montañas y ciudades se derrumbarían como cajas de cerillas; e incluso el más
ignorante de los monjes, que nada sabía de ímpetu, conocía lo que ocurría
cuando los caballos se encabritaban y la diligencia se detenía de sopetón, o
cuando un barco chocaba contra una roca. Si se interpretaba la Biblia de
acuerdo con Tolomeo, la repentina detención del Sol no tendría ningún efecto
físico apreciable, y el milagro continuaría siendo creíble como lo son los
milagros; si se interpretaba según Galileo, Josué no sólo hubiese destruido a
los filisteos, sino a toda la Tierra. El que Galileo siguiera adelante con este
tipo de dolorosas contradicciones demuestra su desprecio hacia la inteligencia
de sus oponentes.
En la Carta a la gran duquesa Christina queda compendiada toda
la tragedia de Galileo. Pasajes de prosa didáctica que son clásicos, soberbias
formulaciones en defensa de la libertad de pensamiento, todo ello alternado con
sofistería, evasivas y poca honradez.
§4. La denuncia
Durante casi un año después de la Carta a Castelli no ocurrió
nada espectacular. Pero el daño ya estaba hecho. En el proceso circularon las
copias de la Carta y fueron deformadas, luego fueron más
deformadas aún por los rumores. Personas como el viejo padre Lorini, que un año
antes ni siquiera había oído el nombre «Ipernicus», tuvieron la impresión de
que había surgido un nuevo Lutero que negaba los milagros de la Biblia y
desafiaba la autoridad de la Iglesia mediante algunos sofismas matemáticos.
Típica fue la reacción del obispo de Fiesole, que quiso ver inmediatamente
encarcelado a Copérnico, y se sorprendió al saber que llevaba muerto setenta
años.
En diciembre (estamos en 1614) hubo un escándalo público en menor escala. Un
fraile dominico, el padre Thommaso Caccini, que anteriormente había sido
censurado en Bolonia por demagogo y agitador, predicó un sermón en la iglesia
de Santa Maria Novella, de Florencia. Eligió como texto de partida: «Vosotros
hombres de Galilea, ¿por qué alzáis la vista hacia los cielos?», para atacar a
los matemáticos, en general, y a Copérnico, en particular. Galileo no tardó en
quejarse a los superiores de Caccini dentro de la jerarquía eclesiástica. Como
resultado de ello, el padre Luigi Maraffi, predicador general de la orden
dominicana, le respondió con una sincera disculpa. «Desgraciadamente —escribió
Maraffi—, soy yo quien debe responder de todas las idioteces que treinta o
cuarenta mil hermanos pueden cometer o en realidad cometen.»[574] La carta ilustra el
contraste de actitud entre los más altos dignatarios de la Iglesia y los
ignorantes fanáticos de los escalones inferiores.
Cuando Caccini pronunció dicho sermón, el padre Lorini estaba de visita en
Pisa. El 31 de diciembre, Castelli informó a Galileo: «Por lo que he oído, al
padre Lorini (que está aquí) le apenó mucho que vuestro canónigo hiera tan
lejos.»[575] Pero pocos días
después, Lorini tuvo ocasión de examinar un ejemplar de la Carta a
Castelli. Quedó profundamente impresionado, y lo copió. Tras regresar
a su convento —San Marcos, de Florencia—, discutió su contenido con los demás
miembros de su orden. Por aquel entonces, la atmósfera se había vuelto tan
tensa, que decidieron enviar la Carta al Santo Oficio. El 7 de
febrero de 1615, Lorini escribió al cardenal Síondrati:
«Todos los padres de este devoto convento de San Marcos opinan que la carta
contiene muchas proposiciones que parecen sospechosas o atrevidas, como cuando
afirma que el lenguaje de las Sagradas Escrituras no significa lo que parece
significar; que en discusiones sobre fenómenos naturales se debe dar el último
y más bajo lugar a la autoridad del texto sagrado; que sus comentaristas yerran
muy a menudo en su interpretación; que no se deberían mezclar las Sagradas
Escrituras con nada excepto con asuntos de religión… Siempre atento a nuestro
voto de ser los “sabuesos Illancos y negros” del Santo Oficio… cuando vi que
ellos [los “galileístas”] interpretaban las Sagradas Escrituras de acuerdo con
sus luces particulares y de manera distinta de la interpretación común de los
Padres de la Iglesia; que se esfuerzan en defender una opinión que parece completamente
contraria al texto sagrado; que hablan en términos despectivos de los antiguos
padres y de santo Tomás de Aquino; que manejan a su antojo toda la filosofía de
Aristóteles, que tanto servicio ha hecho a la teología escolástica; y en
resumen, que para mostrar su ingenio e inteligencia no dudan en airear y
difundir en nuestra inmutable ciudad católica atrevidas e irreverentes
conjeturas; cuando, como digo, me di cuenta de todo esto, tomé la decisión de
comunicar a vuestra Señoría el estado de las cosas, a fin de que vos, en
vuestro sagrado celo por la fe, podáis, conjuntamente con vuestros muy ilustres
colegas, proveer los remedios que os parezcan aconsejables… Yo, que sostengo
que ésos que se llaman a sí mismos galileístas son gente de orden y todos ellos
buenos cristianos, pero un poco pagados de sus propias opiniones, declaro que
no actúo en este caso más que movido por mi estricto celo hacia la sagrada
causa.»[576]
La carta era, evidentemente, resultado de una decisión colectiva de los
dominicos de San Marcos. No mencionaba a Galileo por su nombre, se refería
únicamente a los «galileístas». También parece que el anciano padre Lorini aún
no estaba seguro de si el autor de la Carta a Castelli era
Galileo o Copérnico.[577] Pero la copia de
la Carta a Castelli que incluyó contenía dos deliberados
errores de transcripción. Galileo escribió que había pasajes en las Escrituras
que, «tomados en sentido estrictamente literal, parece como si difirieran de la
verdad». En la copia de Lorini, eso se convierte en: «… que son falsos en
sentido literal». Galileo escribió que a veces las Escrituras «oscurecen» su
propio significado; en la copia de Lorini, «oscurecen» se convierte en
«pervierten».
Se suele culpar a Lorini de tal falseamiento. Por todo lo que se sabe del
carácter del anciano y por otras pruebas internas, parece mucho más probable
que lo cometiese otra mano. Como veremos, ello no representó ninguna diferencia
en el efecto, pero se ha de tener en cuenta esta primera adulteración debido a
la sospecha de una segunda y más importante en un estadio posterior.
Para alguien que no recuerde la reverencia que sentían los más altos
dignatarios de la Iglesia hacia la ciencia y los científicos, el resultado de
la denuncia del padre Lorini le parecerá sorprendente. Trasladaron debidamente
la Carta a Castelli al consultor del Santo Oficio para que
diera su opinión; éste se pronunció diciendo que «palabras tales como “falso” y
“pervertir” sonaban muy mal», pero que, consideradas en el contexto general, no
eran de una naturaleza que pudiera calificarse como una desviación de la
doctrina católica; y, en cuanto al resto del contenido de la Carta, no
tenía ninguna objeción que hacerle. El caso podía archivarse.
La denuncia de Lorini fue desestimada, pero un mes después, Caccini apareció en
Roma, impertérrito ante la desaprobación de su superior. Se dirigió al Santo
Oficio, «suplicando testificar acerca de los errores de Galileo para la
exoneración de su conciencia».
Caccini encaja perfectamente en la imagen satírica de un ignorante,
entremetido, mentiroso e intrigante monje del Renacimiento. Su testimonio ante
la Inquisición fue un tejido de rumores, insinuaciones y deliberadas
falsedades. Nombró como testigo a un sacerdote español, el padre Ximenes, y a
un joven llamado Atavante. No se pudo llamar a Ximenes hasta el 13 de
noviembre, puesto que en aquellos momentos estaba viajando a bordo de un barco,
y Atavante lo fue al día siguiente. Las contradicciones de sus testimonios
convencieron a los inquisidores de que las acusaciones de herejía y subversión
de Caccini eran pura invención, y el caso contra Galileo fue archivado de
nuevo.
Esto ocurría en noviembre de 1615. Durante los dieciocho años siguientes,
Galileo vivió entre honores y sin que le molestasen, y gozó de la amistad del
papa Urbano VIII y de una impresionante cohorte de cardenales.
Pero las cartas a Castelli y a la gran duquesa permanecieron
en los archivos de la Inquisición y en las mentes de los teólogos. El texto
estaba tan cuidadosamente redactado que no podía acusársele de herejía, pero su
intención era inconfundible; constituía un ataque que tarde o temprano se tenía
que contestar. El ataque consistía en la afirmación implícita de que el sistema
copernicano pertenecía a la categoría de las verdades físicas «rigurosamente
demostradas» a las que debía adaptarse el significado de la Biblia; y que a
menos que se refutara y condenase explícitamente, las objeciones teológicas
carecerían de importancia y se vencería el caso por defecto.
Tres meses después de que Galileo quedase libre de todas las acusaciones contra
su persona, el libro de Copérnico fue incluido en el índice, «pendiente de
correcciones». Es necesario describir con todo detalle los acontecimientos que
condujeron hasta esto.
§5. El rechazo del compromiso
El principal oponente de Galileo en la controversia histórica era, a la vez, un
azote de herejes y un santo. En Inglaterra se le consideraba como la mente
ejecutora tras la Conspiración de la Pólvora, «un jebuseo furioso y diabólico»;
durante un tiempo, las jarras de vino con la forma de una cabeza barbuda se
llamaron belarminas. Fue beatificado en 1923 y canonizado en 1930.
En la época de la controversia, el cardenal Roberto Francesco Romolo Belarmino
tenía setenta y tres años, era general de la Compañía de Jesús, consultor del
Santo Oficio y el teólogo más respetado de la cristiandad, cuya opinión tenía
mayor autoridad espiritual que la del papa Paulo V. Fue el autor del catecismo
en su forma moderna y el coeditor de la edición clementina de la Vulgata. Pero
ha perdurado su fama de ser uno de los mayores controversistas de todos los
tiempos. Sus polémicas contra el luteranismo, el anglicanismo y las tendencias
particularistas de los países católicos como Francia y la República Veneciana,
se inspiraron en una abrumadora visión: la de la Iglesia universal como un
superestado. Esto implicaba el rechazo no sólo de la herejía protestante, sino
también de las nuevas tendencias nacionalistas derivadas del principio de la
monarquía absoluta. La idea de la Iglesia universal exigía un Santo Padre con
una autoridad universal que pasara por encima de la de cualquier soberano
nacional.
Belarmino era, sin embargo, lo bastante realista como para moderar sus
exigencias de poder temporal para el papado. En consecuencia, por un lado, tuvo
que luchar contra otro gran controversista, Jacobo I, en una larga serie de
opúsculos y contraopúsculos que fueron el escándalo y la delicia de la
cristiandad occidental; pero también incurrió en el desagrado de Paulo V por no
exigir una autoridad temporal absoluta para el papa. En una controversia
posterior entre jesuitas y dominicos acerca de la predestinación, Belarmino
tomó de nuevo el camino de en medio; aquí nos interesa que los argumentos de
los dominicos (como más tarde los de los jansenistas) se basaban principalmente
en los de Agustín, de tal modo que las opiniones del santo africano se
convirtieron en un asunto muy controvertido. La ingenua confianza de Galileo en
la autoridad de Agustín muestra lo poco juicioso que resultaba para un laico
aventurarse en el rarificado y excesivamente cargado aire de la teología.
Belamnino era, como persona, lo opuesto a lo que cabría esperar de un
formidable teólogo que desafiaba a papas y reyes. Aficionado a la música y las
artes, había disertado sobre astronomía en su juventud. De modales sencillos,
llevaba una vida sobria y ascética, en contrastre con otros príncipes de la
Iglesia; pero, por encima de todo, poseía un «algo pueril que lo notaban
cuantos entraban en relación con él». En la época de la controversia de
Galileo, estaba escribiendo un devocionario titulado Lamento de la
paloma, que su más virulento oponente, Jacobo I, llevaría
constantemente consigo en sus últimos años, y describiría como una maravillosa
ayuda para el consuelo espiritual.
Una de las funciones oficiales de Belarmino era la de «maestro en cuestiones de
controversia» en el Colegio Romano. Allí estaba en contacto constante con los
principales astrónomos de la capital, el padre Clavius y Grienberger, que se
contaban entre los primeros entusiastas de los descubrimientos de Galileo con
el telescopio y lo habían aclamado en su primera visita a Roma. De modo que
difícilmente puede decirse que el contrincante de Galileo en aquel drama fuera
un fanático ignorante. La independencia de juicio de Belarmino queda aún más
ilustrada por el hecho de que en 1890 incluyeron temporalmente en el índice de
libros prohibidos su magnum opus, las Disputationes.
Dieciséis años antes de que lo involucraran con Galileo, Belarmino había sido
uno de los nueve cardenales inquisidores que intervinieron en el juicio de
Giordano Bruno, y algunos escritores han intentado ver una siniestra relación
entre los dos acontecimientos. No hay, en realidad, ninguna. Bruno fue quemado
vivo el 16 de febrero de 1600, en las más terribles circunstancias, en la plaza
de las Flores de Roma, como un apóstata impenitente que durante siete años de
prisión se negó a abjurar de sus herejías teológicas y persistió en su negativa
hasta el último momento.[578] Parece que Giordano
Bruno y Miguel Servet (quemado en 1553 por los calvinistas, en Ginebra) fueron
los únicos estudiosos reputados que perecieron víctimas de la intolerancia
religiosa en los siglos XVI y XVII, no debido por descontado, a sus opiniones
científicas sino a las religiosas. La observación de Coleridge: «Si alguna vez
un pobre fanático se arrojó él mismo a las llamas, fue Miguel Servet», puede
aplicarse también al irascible y tempestuoso Bruno. Sus enseñanzas de la
infinitud del Universo y la pluralidad de los mundos habitados, su panteísmo y
su ética universal, ejercieron considerable influencia en las siguientes
generaciones; pero era un poeta y un metafísico, no un escritor científico, y
por ello no se puede incluirlo aquí.[579]
Hemos seguido los acontecimientos de 1615, desde la denuncia de Lorini de
la Carta de Galileo y la denuncia de Caccini de sus
actividades personales hasta el desenlace del caso contra él en noviembre.
Condujeron en secreto el proceso y Galileo no tomó parte en él; pero sus amigos
de Roma sabían que estaba ocurriendo algo, y lo mantuvieron informado de todos
los rumores y del desarrollo de los acontecimientos. Entre sus informadores
había el cardenal Piero Dini, arzobispo de Fermo, y monseñor Giovanni Ciàmpoli.
Las cartas intercambiadas durante 1615 entre ellos dos en Roma y Galileo en
Florencia son importantes para comprender los acontecimientos que condujeron a
la prohibición de Copérnico.
El 16 de febrero, Galileo envió una copia de su Carta a Castelli a
Dini, con la petición de que la mostrara al padre Grienberger y, si era
posible, al cardenal Belarmino. En la carta que la acompañaba figuraban las
habituales quejas relativas a la hostilidad que le rodeaba. Hacía la
observación de que la Carta a Castelli la había escrito
apresuradamente y que se disponía a mejorarla y ampliarla; la versión ampliada,
como sabemos, se convirtió en la Carta a la gran duquesa Christina.
Antes de que Dini le contestase, Ciàmpoli le escribió, a finales de febrero (la
cursiva es mía):
«El cardenal Barberini [el futuro papa Urbano VIII], que como sabéis por
experiencia siempre ha admirado vuestra valía, me dijo ayer por la noche que
respecto a esas opiniones le gustaría mayor cautela en no avanzar más
allá de los argumentos utilizados por Tolomeo y Copérnico[580], en último término, no
rebasar las limitaciones de la física y las matemáticas. Porque explicar las
Escrituras es un campo que los teólogos reclaman como suyo, y si se aportan
nuevas cosas, aunque procedan de una mente admirable, no todo el mundo posee la
desapasionada facultad de tomarlas tal como se enuncian…»[581]
Pocos días después, el 3 de marzo, llegó la contestación de Dini (la cursiva
también es mía):
«Hablé largamente con Belarmino de las cosas que habéis escrito… Y dijo que
como con Copérnico, no hay cuestión de que este libro sea prohibido; lo peor
que puede ocurrir, según él, sería la adición de algún material al margen en el
sentido de que Copérnico introdujo su teoría a fin de salvar las apariencias, o
algo parecido, del mismo modo que otros introdujeron los epiciclos sin por ello
creer en su existencia. Y con similar precaución podéis en cualquier
momento tratar esos asuntos. Si las cosas se establecen de acuerdo con
el sistema copernicano [dijo], no parece en estos momentos que encuentren
ningún gran obstáculo en la Biblia más que el pasaje: “[el Sol] gózase cual
atleta corriendo su carrera”, etc., que todos los comentaristas hasta el
presente han interpretado como atribuirle movimiento al Sol. Y aunque le
respondí que esto se podía explicar también como una concesión a nuestras
formas habituales de expresamos, me respondió que eso no era asunto que debiera
hacerse apresuradamente, del mismo modo que la condena de ninguna de esas
opiniones se hacía apresuradamente… No puedo hacer nada más que regocijarme por
vos…»[582]
El mismo día —el 7 de marzo—, el príncipe Cesi, presidente de la Academia
Linceiana, escribió también a Galileo. Su carta contenía la sensacional noticia
de que un religioso carmelita de Nápoles, provincial de su orden, había
publicado un libro en defensa de Galileo y Copérnico.[583] Foscarini estaba ahora
predicando en Roma y se había ofrecido a todos los interesados en una discusión
pública. Había enviado un ejemplar de su libro a Belarmino.
El 21 de marzo, Ciàmpoli transmitió nuevas noticias tranquilizadoras de los
cardenales Belarmino y Del Monte, referentes a que Galileo no tenía nada que
temer siempre que se mantuviese limitado a la competencia de la física y las
matemáticas, y se refrenara de interpretaciones teológicas de las Escrituras.[584]Añadió que había el peligro
de que prohibieran el libro de Foscarini, pero tan sólo debido a que se
mezclaba con las Sagradas Escrituras. A Ciàmpoli le habían dicho también que
varios astrónomos jesuitas eran copernicanos, pero que se guardaban de manifestarlo,
y que era esencial seguir trabajando hasta que todo se apaciguara y evitar así
nuevas ocasiones para los promotores de escándalos.[585]
Dini advertía también, en el mismo tono: «Uno puede escribir libremente en
tanto se mantenga fuera de la sacristía.»[586]
Galileo contestó a esas advertencias en una carta a Dini, fechada el 23 de
marzo. Su respuesta fue rechazar todo compromiso acerca del sistema
copernicano. No se debía comprender a Copérnico como una mera hipótesis: se
tenía que aceptar o rechazar totalmente. Admitió que se debía dejar a los
teólogos la reinterpretación de las Sagradas Escrituras a la luz de Copérnico,
pero que se encontraba con las manos atadas si se veía forzado en los asuntos
teológicos, y puesto que Belarmino había citado el salmo 19 a Dini, el pasaje
en el cual el Sol «gózase cual atleta corriendo su carrera», Galileo emprendió
«con toda humildad» la tarea de refutar la interpretación de Belarmino del
salmo. La «carrera» se refiere a la luz y al calor del Sol, no al Sol en sí,
etc., etc.[587] Dini tuvo,
probablemente, el buen juicio de no mostrarle esto al más experto de los
teólogos vivos.
La siguiente declaración procedió del propio Belarmino. Fue una precisa y
autoritaria afirmación de su actitud, y en vista de su posición como consultor
del Santo Oficio, maestro en cuestiones de controversia, etcétera, tenía el
peso de una definición no oficial de la actitud de la Iglesia respecto a
Copérnico. Motivó esta afirmación el libro del padre Foscarini en que abogaba
por el sistema copernicano, y estaba redactada en forma de una carta de acuse
de recibo; pero claramente iba dirigida también a Galileo, cuyo nombre se
menciona expresamente. La carta está fechada el 4 de abril de 1615; la cursiva
es mía.
«Mi muy reverendo Padre,
»Ha sido un placer para mí leer la carta en italiano y el texto en latín que me
habéis enviado. Os doy las gracias por ambas cosas, y puedo deciros que he
encontrado a las dos llenas de sabiduría y entendimiento. Puesto que me pedís
mi opinión, os la daré tan brevemente como sea posible puesto que, en estos
momentos, dispongo de muy poco tiempo para escribir.
»En primer lugar, digo que me parece que vuestra reverencia y el señor Galileo
actuáis prudentemente cuando os contentáis con hablar de manera hipotética y no
absoluta, tal como tengo entendido que habló siempre Copérnico. Porque
decir que la suposición de que la Tierra se mueve y el Sol
permanece inmóvil salva todas las apariencias celestes mejor que las
excéntricas y los epiciclos[588]es hablar con excelente buen
sentido y no correr ningún riesgo. Este modo de hablar es
suficiente para un matemático. Pero querer afirmar, como verdad
absoluta, que el Sol se halla en el centro del Universo y sólo gira sobre su
eje sin ir de este a oeste, y que la Tierra se halla situada en la tercera
esfera y gira muy rápidamente en torno del Sol, es una actitud
muy peligrosa y calculada no sólo para soliviantar a todos los filósofos
escolásticos y teólogos sino también para injuriar nuestra sagrada fe contradiciendo
las Escrituras…
»En segundo lugar, digo que, como sabéis, el Concilio de Trento prohíbe la
interpretación de las Escrituras de manera contraria a la acordada comúnmente
por los Santos Padres. Si vuestra reverencia leéis no sólo a los Padres, sino
también a los modernos comentaristas del Génesis, los Salmos, el Eclesiastés y
Josué, descubriréis que todos concuerdan en interpretarlos literalmente como
una enseñanza de que el Sol se halla en los cielos y gira alrededor de la
Tierra a enorme velocidad y que la Tierra está muy distante de los cielos, en
el centro del Universo, e inmóvil. Considerad, pues, en vuestra prudencia, si
la Iglesia puede apoyar que las Escrituras se deben interpretar de manera
contraria a la de los Santos Padres y de todos los comentaristas modernos,
tanto latinos como griegos…
»En tercer lugar, digo que, si hubiera alguna prueba real de
que el Sol se halla en el centro del Universo, de que la Tierra ocupa la
tercera esfera, y de que el Sol no gira en torno de la Tierra sino la Tierra en
torno del Sol, entonces nos veríamos obligados a proceder con gran
circunspección en explicar los pasajes de las Escrituras que parecen enseñar lo
contrario, y deberíamos decir que no los comprendemos antes que declarar falsa
una opinión que se ha demostrado que es verdadera. Pero no creo que exista tal
prueba puesto que no se me ha mostrado ninguna. Demostrar que
se salvan las apariencias suponiendo al Sol en el centro y la Tierra en los
cielos no es lo mismo que demostrar que realmente el Sol se
halla en el centro y la Tierra en los cielos. Creo que puede existir la
primera demostración, pero tengo graves dudas acerca de la segunda; y
en caso de duda uno no puede abandonar las Sagradas Escrituras tal como las
interpretan los Santos Padres…»[589]
La frase en cursiva del primer párrafo afirma claramente que es
permisible no sólo difundir el sistema copernicano, sino también decir
que como hipótesis es superior al tolemaico. Esto es «hablar
con excelente buen sentido» siempre que uno se mantenga en el dominio de las
hipótesis. En el segundo párrafo recuerda la decisión legislativa del Concilio
de Trento contra interpretar las Escrituras de manera contraria a la tradición
(dirigida, por descontado, contra Lutero y no contra Copérnico). En el tercer
párrafo se afirma la condición que podría justificar una excepción a esta
regla: que la nueva cosmología sea «realmente probada» (o «auténticamente
demostrada»). Puesto que no se le ha mostrado ninguna prueba, tiene «graves
dudas» de que tal prueba exista; y en caso de duda, se debe rechazar la
petición de interpretar de nuevo la Biblia. Había consultado a Grienberger,
quien debió haberle informado verazmente de que no se había aducido ninguna
prueba física del movimiento de la Tierra. Hubiese podido añadir que la
ausencia de paralaje estelar y los nueve epiciclos concedidos sólo a la Tierra
entraban más bien en la naturaleza de una prueba contraria.
Belarmino había devuelto el peso de la prueba para el sistema copernicano al
lugar que le correspondía: sobre los hombros de quienes abogaban por el
sistema. A Galileo sólo le quedaban dos posibilidades: o proporcionar la prueba
requerida, o admitir que el sistema copernicano se debía considerar, a partir
de entonces, como una hipótesis de trabajo. Con mucho tacto, Belarmino había
vuelto a abrir la puerta a ese compromiso en la frase inicial de su carta,
donde pretendía que Galileo —y el destinatario de la misma— «os contentáis con
hablar de manera hipotética y no absoluta», alababa su prudencia, y actuaba
como si no existieran las Cartas a Castelli y la Gran Duquesa, que se hallaban
ante la Inquisición.
Pero Galileo no estaba, por aquel entonces, dispuesto a escuchar la voz de la
razón. Porque, si aceptaba el compromiso, revelaría al mundo que no tenía
ninguna prueba, y «se reirían de él a mandíbula batiente». En consecuencia,
tenía que rechazarlo. No era suficiente que se le permitiera, e incluso se le
animase a ello, enseñar la superioridad de la hipótesis copernicana sobre la
tolemaica. Debía insistir en que la Iglesia la refrendara, o la rechazara, de
modo absoluto, aun a riesgo de la segunda posibilidad, que tanto la carta de
Belarmino como las advertencias de Dini y Ciàmpoli le habían mostrado muy
claramente.
Pero, ¿cómo podía justificar su rechazo del compromiso? ¿Cómo podía negarse a
presentar ninguna prueba y al mismo tiempo exigir que se tratara el asunto como
si hubiese sido probado? La solución del dilema era pretender que tenía la
prueba, pero negarse a presentarla, arguyendo de que sus oponentes eran demasiado
estúpidos para comprenderla. Su respuesta a Belarmino se halla contenida en una
carta escrita, algún día de mayo, al cardenal Dini (la cursiva es mía):
«Para mí, la manera más segura y rápida de probar que la posición de Copérnico
no es contraria a las Escrituras sería proporcionar un conjunto de pruebas de
que es cierta y de que lo contrario no puede mantenerse en absoluto; así,
puesto que las verdades no pueden contradecirse las unas a las otras, ésta y la
Biblia deben ser perfectamente armoniosas. ¿Pero cómo puedo hacer esto,
y no perder simplemente el tiempo, cuando esos peripatéticos que debo convencer
se muestran incapaces de seguir ni siquiera la más simple y
fácil de las argumentaciones?…»[590]Lo más asombroso de este
párrafo no es su despectiva arrogancia, sino que cuando habla de los
«peripatéticos» apunta en realidad a Belarmino; porque de él y no de los
vulgares estudiosos depende la decisión, y, además, Belarmino lo había
desafiado a que presentara su prueba.
Un poco más arriba, en la misma carta al cardenal Dini, había escrito:
«Hace ocho días escribí a vuestra reverencia en contestación a la vuestra del 2
de mayo. Mi respuesta fue muy breve, porque por aquel entonces me hallaba (como
me hallo ahora) entre médicos y medicinas, y muy alterado de cuerpo y mente
acerca de muchas cosas, en especial por no ver un final a esos rumores puestos
en circulación contra mí sin culpa alguna por mi parte, y al parecer aceptados
por aquellos más altos que yo, como si yo fuese el originador de tales cosas.
Y, sin embargo, por todo lo que a mí respecta, cualquier discusión sobre las
Sagradas Escrituras puede permanecer durmiendo eternamente; ningún astrónomo o
científico que sepa mantenerse en sus límites nunca se ha metido en tales
cosas. Pero pese a ello, aunque yo sigo las enseñanzas de un libro aceptado por
la Iglesia (sic), se levantan contra mí filósofos completamente ignorantes de
tales enseñanzas, los cuales me dicen que contienen proposiciones contrarias a
la fe. Hasta donde sea posible, me gustaría mostrarles que están equivocados,
pero se me cierra la boca y se me ordena que no penetre en las Escrituras. Esto
equivale a decir que el libro de Copérnico, aceptado por la Iglesia, contiene
herejías y puede ser atacado por quien le plazca (sic), mientras se prohíbe a
cualquiera que quiera intervenir en la controversia y demostrar que no es
contrario a las Escrituras…»
El estilo de Galileo resulta de nuevo tan convincente que uno llega a olvidar
los hechos: que el libro de Copérnico fue «aceptado por la Iglesia» sólo en las
condiciones que ya sabemos; que Caccini, el cual había predicado contra él, fue
censurado por el predicador general de su orden; y que, de acuerdo con las
reglas del juego aceptadas, las objeciones bíblicas no se podían refutar sobre
bases bíblicas, sino únicamente por las pruebas científicas que Belarmino
exigía y que Galileo era incapaz de proporcionar.
Tras el párrafo que ya he citado relativo a la estupidez de sus oponentes,
Galileo proseguía:
«No desesperaría, sin embargo, de superar incluso esta dificultad, si me
hallara en un lugar donde pudiese usar mi lengua en vez de mi pluma; y si
vuelvo a ponerme bien de modo que pueda acudir a Roma, lo haré, con la
esperanza de mostrar, al menos, mi afecto a la santa Iglesia. Mi más urgente
deseo en este punto es que no se tome ninguna decisión que no sea enteramente
buena, como lo sería declarar, bajo las presiones de un ejército de hombres
malignos que no comprenden nada de este asunto, que Copérnico no sostuvo el
movimiento de la Tierra como un hecho de la naturaleza, sino como una hipótesis
conveniente adoptada por un astrónomo a fin de explicar las apariencias…»
El «ejército de hombres malignos que no comprenden nada de este asunto» incluía
de nuevo, obviamente, a Belarmino, que había escrito que siempre había
comprendido que Copérnico hablaba «de manera hipotética y no absoluta».
Quizá el único sentimiento genuino de la carta era el deseo de Galileo de ir a
Roma, donde —dice— podría usar «mi lengua en vez de mi pluma». A primeros de
diciembre llegó a Roma; había empezado la fase final de la batalla.
§6. El «arma secreta»
Esta vez no hubo recepción triunfal en el Colegio Romano. El padre Grienberger
había señalado que sería mejor que Galileo trajera una prueba científica
convincente en apoyo de Copérnico antes que intentar ajustar las Escrituras a
él.[591] El embajador toscano
en Roma, Guicciardini, había prevenido al duque Cosme contra la llegada de
Galileo a Roma, y Belarmino, que preveía las consecuencias, también le había
avisado contra ella.[592] Pero el duque se había
rendido a Galileo, y siguiendo sus instrucciones, éste ocupó habitaciones en la
Villa Medici —entonces embajada toscana— «con alojamiento para sí mismo, un
secretario, un sirviente y una muía pequeña».[593]
He citado algunos ejemplos de la perfección técnica de Galileo en sus polémicas
escritas. Según sus contemporáneos, era más efectivo aún cuando utilizaba
—según él mismo afirmaba— «mi lengua en vez de mi pluma». Su método era
convertir a su oponente en la irrisión de todos, en lo cual siempre conseguía
éxito, tuviera o no razón. Un testigo romano, monseñor Querengo, describe a
Galileo en acción:
«Tenemos aquí al Signor Galileo que, en reuniones de hombres
de mente curiosa, deja perplejos a muchos respecto a las opiniones de
Copérnico, que él da por ciertas… Debate a menudo con quince o veinte invitados
que lanzan acalorados asaltos contra él, ora en una casa, ora en otra. Pero
está tan bien apoyado que se ríe de ellos; y aunque la novedad de sus opiniones
no llega a persuadir a la gente, tacha de vanos a la mayor parte de los
argumentos con los que sus oponentes intentan vencerlo. El lunes, en
particular, en la casa de Federico Ghiliseri, realizó memorables hazañas; y lo
que más me gustó fue que, antes de contestar a las razones que se le oponían,
las amplió y las fortificó él mismo con nuevas bases que parecían invencibles,
realizado lo cual procedió a derribarlas, haciendo que sus oponentes
aparecieran más ridículos aún.»[594]
Era un método excelente para conseguir un triunfo momentáneo y crearse un
enemigo para toda la vida. No establecía su propio punto de vista, pero
destruía el de su oponente. Pero, por la fuerza de las circunstancias, ésa era
la única táctica que podía adoptar: demostrar lo absurdo de los epiciclos de
Tolomeo y silenciar lo absurdo de los epiciclos de Copérnico. El embajador
toscano informó:
«… Se halla apasionadamente enzarzado en su disputa, como si fuera un asunto
propio, y no ve ni capta que debería reportarse; que atraerá las burlas sobre
sí y, al mismo tiempo, se pondrá en peligro, junto con cualquiera que le
secunde… Porque es vehemente y obcecado y se muestra apasionado por este
asunto, de tal modo que te resulta imposible, si lo llenes a tu alrededor,
escapar de sus manos. Y este asunto no es ninguna broma sino que puede reportar
grandes consecuencias, y este hombre está aquí bajo nuestra protección y
responsabilidad…»[595]
Pero era imposible persuadir a Galileo de que desistiera. Había maniobrado
hasta situarse en una posición desde la que no podía retirarse sin perder
crédito. Se había comprometido con una opinión y debía probar que era
verdadera; el sistema heliocéntrico se había convertido en un asunto de
prestigio personal para él.
Un agravante del drama era la personalidad de Paulo V Borghese, «que aborrece
las artes liberales y su tipo [el de Galileo] de mentalidad, y no puede
soportar esas novedades y sutilezas», como lo describió Guicciardini.[596] «Aquellos que
comprenden algo y son de mente curiosa, si son juiciosos, intentan mostrarse
completamente opuestos a fin de no despertar sospechas y verse en apuros.»
Incluso Belarmino había incurrido en el desagrado de Paulo. Él y otros
importantes dignatarios —los cardenales Barberini, Dini y Del Monte,
Piccolomini y Maraffi— sabían cómo tratarlo. Deseaban evitar el implicar a la
Iglesia en cualquier decisión oficial acerca del sistema copernicano hasta que
los astrónomos fueran capaces de arrojar algo más de luz sobre él, y mantener
el status quo tal como lo había definido Belarmino en su
carta, ignorando la «incursión en la sacristía» de Galileo. Pero sabían que si
el Papa se enteraba del escándalo, la confrontación sería inevitable. Por eso,
probablemente, se había mostrado Belarmino contrario a la visita de Galileo a
Roma.
Llegamos al último episodio antes de que le asestaran el golpe. Galileo había
insinuado repetidamente haber descubierto una prueba física decisiva de la
teoría copernicana, pero hasta el momento se había negado a revelarla. Cuando
empezó a darse cuenta de que ya no servía argumentar sobre el milagro de Josué
y lo absurdo de Tolomeo, y de que su posición se hacía insostenible, extrajo,
como última carta, su «prueba física concluyente». Era su teoría de las mareas.
Siete años antes, en la Astronomia Nova, Kepler había
publicado su correcta explicación de las mareas como un efecto de la atracción
de la Luna. Galileo desechó la teoría de Kepler como una superstición
astrológica,[597] y declaró que las
mareas eran una consecuencia directa de los movimientos combinados de la
Tierra, que causan que el mar se mueva a distinta velocidad que la tierra
firme. Examinaremos esta teoría con todo detalle en el capítulo siguiente,
página 371. Contradecía las propias investigaciones de Galileo sobre el
movimiento, era una vuelta a la pura física aristotélica y sostenía que tenía
que haber sólo una marea alta al día, exactamente al mediodía,
cuando todo el mundo sabía que eran dos y que variaban siguiendo las manecillas
del reloj.[598] La idea en sí era una
contradicción tan flagrante de los hechos y tan absurda como teoría mecánica
—el campo de los más inmortales logros de Galileo—, que su concepción sólo se
puede explicar en términos psicológicos. Se halla completamente fuera de lugar
con su talla intelectual y con el método y tendencias de su pensamiento; no era
un error, sino una ilusión.
Pertrechado con su nueva «arma secreta» (como ha llamado un intelectual moderno
a la teoría de las mareas de Galileo[599]), decidió efectuar un
asalto frontal ante el Papa. Parece que todos los amigos de Galileo que tenían
acceso al Papa —los cardenales Dini, Barberini, Del Monte, etc.— se negaron a
actuar de intermediarios, por lo que la misión fue confiada, finalmente, al
cardenal Alessandro Orsini, joven de veintidós años. Galileo escribió para él
su idea de las mareas; el capítulo final está descrito como sigue en el informe
del embajador Guicciardini al duque Cosme II de Toscana:
«Galileo ha confiado más en su propio consejo que en el de sus amigos. El señor
cardenal Del Monte y yo mismo, y también varios cardenales del Santo Oficio,
intentamos persuadirle de que se mantuviera quieto y no causase imitación con
este asunto. Si deseaba sostener su opinión copernicana, se le dijo, podía
hacerlo tranquilamente y no gastar tantos esfuerzos en intentar conseguir que
otros la compartieran. Todo el mundo teme que su llegada aquí pueda ser
perjudicial y que, en vez de justificarse a sí mismo y tener éxito, pueda
terminar viéndose afrentado.
»Al notar a la gente poco receptiva a sus intenciones, tras acosar y asediar a
varios cardenales, consiguió el favor del cardenal Orsini, y logró sacarle con
este fin una afectuosa recomendación para Su Santidad. Luego, el cardenal, en
el consistorio de este último miércoles, no sé con qué circunspección y
prudencia, habló al Papa a favor de lo que decía Galileo. El Papa le respondió
que todo estaría bien si le persuadía de que abandonara aquella opinión. A lo
que Orsini replicó algo, urgiendo la causa, y el Papa le cortó en seco y le
dijo que trasladaría el asunto al Santo Oficio.
»Tan pronto como Orsini se hubo ido, Su Santidad llamó a Belarmino; y, tras una
breve discusión, decidieron que la opinión era errónea y herética; y anteayer,
he oído, han tenido una congregación sobre el asunto, que ha llegado a la misma
conclusión. Copérnico, y los demás autores que han escrito acerca del tema,
deberán ser censurados o corregidos o prohibidos; creo que Galileo no sufrirá
personalmente por ello, porque es prudente y siente y desea lo mismo que la
Santa Iglesia. [4 de marzo.][600]
El embajador toscano estaba, evidentemente, preocupado por su huésped y ex
pupilo, y su informe no es enteramente de confianza, porque «el consistorio de
este último miércoles» sitúa el episodio el 2 de marzo, mientras que el decreto
papal de pedir a los teólogos del Santo Oficio que dieran una opinión formal
sobre la teoría copernicana está fechado el 19 de febrero. Pero la confusión
respecto a las fechas puede tener alguna explicación trivial; no se discute el
que Orsini, armado con la «prueba final» de Galileo, intercedió ante el Papa;
ni tiene demasiada importancia si fue este incidente en particular, o algún
otro parecido, el que desencadenó el proceso.[601] Galileo había hecho
todo lo posible por provocar el enfrentamiento.
§7. El decreto del Santo Oficio
Así ocurrió que el 23 de febrero del año del señor de 1616, cuatro días después
de haber sido convocados, los calificadores (es decir, los expertos teólogos)
del Santo Oficio se reunieron para dar su opinión acerca de las dos siguientes
proposiciones que les habían sometido:
·
El Sol es el centro del
mundo y completamente inamovible.
·
La Tierra no es el centro
del mundo ni inamovible, sino que se mueve como un conjunto, también con un
movimiento diario.
Los calificadores declararon unánimemente que la primera
proposición era «estúpida y absurda, filosófica y formalmente herética, puesto
que contradice expresamente la doctrina de las Sagradas Escrituras en muchos
pasajes, tanto en su sentido literal como de acuerdo con la interpretación
general de los padres y doctores».
Declaraban a la segunda proposición «merecedora de la misma censura en
filosofía, y en lo referente a la verdad teológica, al menos errónea en la fe».[602]
Pero el veredicto de los calificadores fue invalidado casi inmediatamente bajo
la presión de los más doctos cardenales; no se publicaría hasta diecisiete años
después. En vez de ello, el 5 de marzo, la congregación general del índice
emitió un decreto más moderado, en que no aparece la palabra fatal, «herejía».
«… Y puesto que ha llegado también al conocimiento de la llamada congregación
que la doctrina pitagórica —que es falsa y además opuesta a la Sagrada
Escritura— del movimiento de la Tierra y la inmovilidad del Sol, que es
enseñada también por Nicolaus Copernicus en De revolutionibus orbium
coelestium, y por Diego de Zúñiga [en su libro] sobre Job, está siendo
difundida y aceptada por muchos, como puede verse por una tal carta de un padre
carmelita, titulada Carta al reverendo padre Paolo Antonio Foscarini,
carmelita, sobre la opinión de los pitagóricos y de Copérnico
relativa al movimiento de la Tierra, y la estabilidad del Sol, y el
nuevo sistema pitagórico del mundo, en Nápoles, impreso por Lazzaro Scoriggio, 1615:
en que el mencionado padre intenta mostrar que la antedicha doctrina de la
inmovilidad del Sol en el centro del mundo, y del movimiento de la Tierra, es
consonante con la verdad y no se opone a las Sagradas Escrituras. En
consecuencia, a fin de que esta opinión no pueda insinuarse más en perjuicio de
la verdad católica, la santa congregación ha decretado que el dicho De
revolutionibus orbium de Nicolaus Copernicus, y Sobre Job de
Diego de Zúñiga, sean suspendidos hasta que sean corregidos; pero que el libro
del padre carmelita, Paolo Antonio Foscarini, sea totalmente prohibido y
condenado, y que todas las demás obras parecidas, en las cuales se enseña lo
mismo, sean prohibidas, como por este presente decreto se prohíbe, condena y
suspende a todas ellas respectivamente. Para lo cual el presente decreto ha
sido firmado y sellado ante testigos con las manos y con el sello del eminente
y reverendo señor cardenal de Santa Cecilia, el obispo de Albano, el quinto día
del mes de marzo de 1616.»[603]
El documento tuvo consecuencias que aún pueden sentirse hoy día. Representa, de
hecho, la grieta en la pared que condujo a la separación de ciencia y fe. Por
tanto, es importante examinar su exacto significado e intención, como distintos
de su efecto psicológico y sus repercusiones históricas.
En primer lugar, hay que repetir que los calificadores hablaban de herejía, el
decreto, no. La opinión de los calificadores no se dio a conocer al público
hasta 1633, cuando Galileo forzó un segundo enfrentamiento, y se citó dicha
opinión en el veredicto de su juicio. Incluso entonces, no pasó de ser una
opinión judicial, sin ser refrendada por la autoridad del Papa y, en
consecuencia, sin obligar a los miembros de la Iglesia. De este modo, la
inmovilidad de la Tierra nunca llegó a ser un artículo de fe, ni la inmovilidad
del Sol una herejía.
Similares consideraciones de naturaleza judicial se aplican al decreto en sí.
Emitido por la Congregación del índice, no lo confirmó ninguna declaración
papal ex cathedra ni ningún concilio ecuménico y, por tanto,
su contenido nunca llegó a ser dogma de fe. Todo esto era una política
deliberada; es sabido incluso que los cardenales Barberini y Gaetani le
impusieron al papa Paulo V, a quien le hubiera gustado convertir a Copérnico en
un hereje. Los apologistas católicos han subrayado una y otra vez estos
detalles, pero tales sutilezas se perdieron para el hombre de la calle; se
convirtiera en dogma o no, la condena del sistema copernicano como «opuesto a
las Sagradas Escrituras» en 1616, y como «formalmente herético» en 1633, fue
suficiente para tener efectos desastrosos.
Una cuestión completamente distinta es cómo el decreto afectó a la libertad de
la discusión científica. Primero, debemos observar que aunque Galileo es el
principal inculpado, su nombre no se menciona en los procedimientos, y sus
obras no se incluyen en el índice. Sorprendente también la distinción hecha en
el tratamiento de las Revoluciones de Copérnico y el libro de
Foscarini. El libro de Copérnico —junto con el de Zúñiga— son «suspendidos
hasta que sean corregidos»; pero el libro de Foscarini es «prohibido y
condenado». La razón se da en la frase anterior del decreto: Foscarini intenta
mostrar que la doctrina copernicana «es consonante con la verdad y no se opone a
las Sagradas Escrituras», mientras que a Copérnico no se le acusa de ello. El
propio Galileo comentó, días después del decreto, que la Iglesia «no ha ido más
lejos que decidir que la opinión [copernicana] no concuerda con la Biblia. En
consecuencia, sólo ha prohibido los libros que intentan sostenerla
profesionalmente como no discordante con la Biblia… Del libro de Copérnico se
han suprimido diez líneas del prefacio dirigido al papa Paulo III, donde el
autor dice que su doctrina no le parece contraria a la Biblia, y he oído que es
posible que hayan suprimido una palabra aquí y otra allá, donde se llama a la
Tierra una estrella.»[604]
Las Cartas sobre las manchas solares fueron la única obra
impresa de Galileo[605]que contenía una referencia
favorable al sistema copernicano; pero puesto que esa referencia lo trataba
meramente como una hipótesis, escapó a la censura.
Así, el efecto del decreto en la discusión y la investigación científicas fue
dejar las cosas casi exactamente tal como estaban. Los astrónomos podían
explicar a Copérnico y calcular el curso de los planetas como si estuvieran
moviéndose en torno del Sol, siempre que hablaran en hipótesis. Galileo se
había negado a un compromiso, pero se lo habían impuesto por decreto. El
decreto significaba para los simples hijos de la Iglesia que hablar del
movimiento de la Tierra era una cosa mala y contraria a la fe; y para los
escépticos significaba que la Iglesia había declarado la guerra a la rienda.
El libro del canónigo Koppernigk permaneció en el índice exactamente cuatro
años. En 1620 se publicaron las «correcciones», y resultaron ser de la
naturaleza insignificante predicha por Galileo.[606] Las estableció el
mismo cardenal Gaetani que, junto con el futuro Urbano VIII, había triunfado
contra el colérico Paulo V. A partir de entonces, cualquier editor católico fue
libre de imprimir el Libro de las revoluciones, pero ningún
editor católico, ni protestante, se sintió inclinado a hacerlo durante los
siguientes trescientos años. Los ejemplares que quedaron de la primera edición
de 1543 se convirtieron en buscadas piezas de colección. El libro en sí se
había convertido, aparte el hecho de ser ilegible, en una mera curiosidad y
estaba completamente desfasado a causa de las observaciones de Tycho Brahe, los
descubrimientos de Kepler y las revelaciones del telescopio. El copernicanismo
era un grito de combate, pero no un sistema astronómico sostenible.
Para resumir: la suspensión temporal del libro de Copérnico no tuvo efectos
perjudiciales para el progreso de la ciencia, pero inyectó en el ambiente de
nuestra cultura un veneno que se halla aún entre nosotros.
Sería ingenuo, sin duda, creer que la Iglesia puso objeciones tan sólo, o
incluso principalmente, al sistema copernicano, debido a que parecía estar en
desacuerdo con el milagro de Josué u otros pasajes de las Escrituras. El
Concilio de Trento había decretado que «las mentes quisquillosas se deben
refrenar de interpretar las Escrituras contra la autoridad de la tradición en
asuntos que pertenecen a la fe y a la moral»; pero las «mentes quisquillosas» a
las que iba dirigido esto eran las luteranas, y no las matemáticas como
Copérnico, cuyo libro se había publicado dos años antes de que se reuniera el
concilio, y veinte años antes de que terminara. El auténtico peligro de sacar a
la Tierra del centro del Universo era mucho más profundo: socavaba toda la
estructura de la cosmología medieval.
Belarmino había dicho una vez, en un sermón: «Los hombres son muy parecidos a
las ranas. Avanzan con la boca abierta con el ansia de cosas que no les
conciernen, y ese taimado pescador, el demonio, sabe cómo capturar a multitud
de ellos.»[607] En realidad, la gente
de Roma empezaba a discutir cuestiones tales como si los demás planetas estaban
habitados, y si así era, si sus habitantes podían descender de Adán. Y si la
Tierra es un planeta, necesita, como los demás planetas, un ángel que la mueva;
¿pero dónde está? Interpretaban los mensajes de la ciencia con el mismo
fundamentalismo y con la boca tan abierta como los teólogos interpretaban la
fe. Pero la cristiandad había superado en el pasado crisis similares: había
digerido la redondez de la Tierra y la existencia de los antípodas como
sustitutivo del universo tabernacular cubierto por las aguas superiores. La
visión cristiana del mundo había progresado desde Lactancio y Agustín hasta el
cosmos medieval de Tomás de Aquino y Alberto Magno; y más allá de eso, a las
primeras insinuaciones de infinitud del obispo Nicolás de Cusa, a la física
postaristotélica de los franciscanos y a la astronomía postolemaica de los
jesuitas.
Pero había sido un progreso constante y gradual. El universo amurallado, la
jerarquía de la gran cadena de seres, no se podía tomar a la ligera antes de
que alguna visión por igual consecuente del mundo pudiese ocupar su lugar. Y
esa visión no existía aún; sólo pudo tomar forma cuando la síntesis newtoniana
proporcionó un nuevo enfoque a los ojos. Por las circunstancias, la única
política posible era una retirada ordenada; abandonar las posiciones cuando se
volvían insostenibles: tales como la inmutabilidad del cielo, refutada por
las novae, los cometas y las manchas solares, y la Tierra como
el centro de todos los movimientos celestes, refutada por las lunas de Júpiter.
En todas esas «peligrosas innovaciones» habían representado un papel primordial
los astrónomos de la Compañía de Jesús, de la que Belarmino era general. Habían
abandonado discretamente a Tolomeo, y avanzado hasta el sistema ticónico: los
planetas giran en torno del Sol, y con éste la Tierra (exactamente del mismo
modo que las cuatro «estrellas mediceas» giran alrededor de Júpiter, y con éste
en torno del Sol). Esto es lo más lejos que la prudencia metafísica y la
cautela científica les permitían avanzar, aunque algunos jesuitas fuesen
copernicanos de corazón. Las razones de esta prudencia metafísica eran
teológicas; las razones de la cautela científica, empíricas: en tanto no
existiera un paralaje estelar observable, un desplazamiento aparente de la
posición de las estrellas fijas causado por el movimiento de la Tierra por el
espacio, ese movimiento permanecía sin probar. En esas circunstancias, el
sistema del Universo que parecía concordar más de cerca con los hechos
observados era el ticónico. Tenía también la ventaja de un compromiso; al
convertir al Sol en el centro del movimiento planetario, preparaba el camino
para un sistema heliocéntrico completo, a la espera de hallar un paralaje
estelar o algún otro descubrimiento que inclinase la balanza a su favor. Pero
eso, como veremos, era otro compromiso que Galileo rechazó.
Los seguidores de Galileo, captados por la brillantez de sus argumentaciones,
apenas tenían (aparte algunas excepciones) una nebulosa idea de astronomía.
Pero Belarmino estaba en constante relación con los astrónomos del Colegio
Romano. Su mente era lo bastante abierta como para saber —y decirlo así en su
carta a Foscarini— que la cristiandad podía reconciliarse con el movimiento de
la Tierra, del mismo modo que se había reconciliado con su redondez. Pero
también sabía que éste iba a ser un ajuste difícil, una reorientación
metafísica en una escala importante, que sólo se debía emprender en caso de absoluta
necesidad. Y esa necesidad, por ahora, no existía.
La situación está resumida en un pasaje del profesor Burtt, del cual ya he
citado parte:
«Puede decirse con seguridad que, aunque no hubo ningún tipo de escrúpulos
religiosos contra la astronomía copernicana, los hombres sensatos de toda
Europa, en especial los más inclinados al empirismo, hubieran considerado
arriesgado aceptar los frutos prematuros de una imaginación incontrolada, con
preferencia a las sólidas inducciones, edificadas gradualmente en el transcurso
del tiempo, de la confirmada experiencia de los sentidos del hombre. En las
fuertes tensiones del empirismo, tan características de la filosofía de hoy
día, es bueno recordar este hecho. Los empiristas contemporáneos, si hubiesen
vivido en el siglo XVI, hubieran sido los primeros en reírse a mandíbula
batiente de la nueva teoría del Universo.»[608]
No sorprende, pues, que el decreto del 5 de marzo, por fatídicas que
demostraran ser sus consecuencias y a pesar del gran desánimo que causó a los
partidarios de Galileo, fuese recibido con un suspiro de alivio por muchos, y
no sólo por los fanáticos y los intelectuales mediocres. Todo ello queda
reflejado en una carta de Monseñor Querengo, ese perspicaz observador al que he
citado ya antes:
«Las disputas del Signor Galileo se han disuelto en humo al
químico, puesto que el Santo Oficio ha declarado que mantener esta opinión es
disentir manifiestamente de los dogmas infalibles de la Iglesia. Así que, ahí
estamos de nuevo al fin, de vuelta a la sólida Tierra, y no tenemos que estar
volando como hormigas arrastrándose en la superficie de un globo…»[609]
§8. La amonestación
El nombre de Galileo no se había mencionado en público. Inmediatamente después
de que se publicara el decreto, escribió imperturbable al secretario de estado
toscano:
«Como puede verse por la naturaleza misma de este asunto, no estoy en absoluto
preocupado, ni me hubiera visto envuelto en él de no ser por mis enemigos, como
ya dije antes.»[610]
Seis días después del decreto, el Papa a Galileo recibió en una audiencia que
duró tres cuartos de hora. Pero aunque se hizo todo lo posible por ahorrarle
cualquier humillación pública, se le emplazó confidencial pero firmemente a
mantenerse dentro de los límites prescritos. Esto ocurrió entre la sesión de
los calificadores del 23 de febrero y la publicación del decreto. El jueves 25
de febrero hay la siguiente anotación en los archivos de la Inquisición (la
cursiva es mía):
«Jueves, 25 de febrero de 1616. El señor cardenal Mellini notificó a los
reverendos padres, al asesor y al comisario del Santo Oficio que la censura
establecida por los teólogos a las proposiciones de Galileo —relativas a que el
Sol es el centro del mundo y se halla inmóvil en su lugar, y que la Tierra se
mueve, también con un movimiento diario— ha sido informada; y Su Santidad ha
dado órdenes al señor cardenal Belarmino para que haga acudir ante su presencia
al dicho Galileo y le advierta que debe abandonar la dicha opinión; y en caso
de negativa por su parte a obedecer, que el comisario dicte contra él,
ante un notario y testigos, una orden para que se abstenga absolutamente de
enseñar o defender esta opinión y doctrina e incluso de discutirla;[611] y que, si ni siquiera
entonces obedece, sea encarcelado.»
Uno de los principales puntos de controversia acerca del juicio de Galileo en
1630 gravita sobre la cuestión de si el procedimiento decidido «en caso de
negativa por su parte a obedecer» llegó a producirse o no ocurrió. Si tuvo
lugar, Galileo fue sometido a una prohibición incondicional y absoluta no sólo
de defender, sino de discutir siquiera la doctrina
copernicana. Si no sucedió, la obligación que le habían impuesto podía
interpretarse elásticamente.
Existen tres documentos relativos a este punto, y se contradicen entre sí. Uno
fue hallado entre los Decreta de la Congregación. Son las
actas de una reunión del 3 de marzo, en que el párrafo más relevante dice:
«Habiendo informado el señor cardenal Belarmino que Galileo Galilei,
matemático, fue advertido en debida forma por la Santa Congregación de que
abandonara la opinión que hasta entonces sostenía, que el Sol es el centro de
las esferas y se halla inmóvil y que la Tierra se mueve, y habiendo aceptado…»
Esto parece indicar que la prohibición absoluta prevista «en caso de negativa
por su parte a obedecer» no se llevó a término. El segundo documento parece
apuntar hacia la misma conclusión. Para contrarrestar los rumores de que había
sido humillado y castigado, Galileo pidió a Belarmino un certificado de los
procedimientos que habían desarrollado, y Belarmino escribió lo que sigue:
«Nos, Roberto cardenal Belarmino, habiendo oído que ha sido informado
calumniosamente que el Signor Galileo Galilei ha abjurado de
nuestra mano y ha sido castigado también con una saludable condena, y
habiéndosenos pedido que afirmáramos la veracidad de ello, declaramos que el
dicho Galileo no ha abjurado, ni de nuestra mano ni de la mano de ninguna otra
persona aquí en Roma, ni en ningún otro lugar, por todo lo que sabemos, de
ninguna opinión o doctrina sostenida por él; ni le ha sido impuesta ninguna
saludable condena; sino que tan sólo le ha sido notificada la declaración hecha
por el Santo Padre y publicada por la Sagrada Congregación del índice, donde se
establece que la doctrina atribuida a Copérnico, que la Tierra se mueve en
torno del Sol, y que el Sol permanece estacionario en el centro del mundo y no
se mueve de este a oeste, es contraria a las Sagradas Escrituras y, por tanto,
no se puede defender ni mantener. En consecuencia, escribimos y firmamos ante
testigos la presente, de nuestra propia mano, en el día veintiséis del mes de
mayo de 1616.»
No se menciona aquí ninguna prohibición en debida forma, y las palabras clave
residen en que la doctrina copernicana no se puede defender ni mantener[612]. No hay ninguna prohibición
de discutirla.
El tercer documento es un acta de los archivos del Vaticano, que parece
contradecir los dos documentos anteriores, el cual señala que a Galileo le
prohibieron expresamente «sostener, enseñar o defender de ninguna forma en
absoluto, verbalmente o por escrito»[613] la doctrina
copernicana. Esta acta, de dudosa credibilidad, originó una de las más amargas
controversias de la historia de la ciencia, que se prolongó durante más de un
siglo. Puede pensarse que atribuir tal importancia a la diferencia entre una prohibición
absoluta y una amonestación es hilar delgado. Pero, en realidad, hay una
diferencia abismal entre la advertencia de no «defender ni mantener» una
doctrina, y la orden de no enseñar o discutir «de ninguna forma en absoluto».
En el primer caso, se puede discutir acerca de ella como antes, en términos de
hipótesis matemática; en el segundo caso, no (véase nota 61[614]).
El certificado de Belarmino y el acta del 3 de marzo parecen indicar que
Galileo no se vio sometido a una prohibición absoluta. Durante los siguientes
dos años, sin embargo, tuvo que actuar de manera mucho más cautelosa que antes.
Capítulo 2
El juicio de Galileo
Contenido:
§1. Las mareas
§2. Los cometas
§3. Adulación perniciosa
§4. «Diálogo sobre los grandes sistemas del mundo»
§5. El «Imprimatur»
§6. El juicio
§1. Las mareas
Después de que se hubiera resuelto formalmente el problema por el decreto del 5
de marzo, Galileo permaneció en Roma tres meses más. «Se muestra de un
sorprendente humor —informó el embajador toscano—, habla abiertamente con los
frailes y discute con personalidades a las que uno no puede atacar sin buscarse
su propia ruina. Tarde o temprano oiréis en Florencia que se ha precipitado
alocadamente en algún insospechado abismo».[615] Finalmente, el
alarmado duque ordenó a Galileo que volviera a Florencia.
Durante los siguientes siete años no publicó nada. Pero su obsesión le
devoraba. Y resultaba mucho más autodestructiva por la imposibilidad de darle
salida. Podía murmurar acerca de «la ignorancia, malicia e impiedad de mis
oponentes que han vencido por ahora», pero debía saber, aún sin admitírselo,
que su derrota se debía realmente a no haber sido capaz de presentar la prueba
requerida.
Esto, sugiero, explica cómo la ilusión sobre las mareas llegó a adquirir tanta
fuerza en su mente. Había improvisado su arma secreta en un momento de
desesperación; cabía esperar que una vez volviese a la normalidad mental se
diera cuenta de su falacia y renunciara a ella. En vez de eso, se convirtió en
una idée fixe, como los sólidos perfectos de Kepler. Pero la
de Kepler era una obsesión creadora: una quimera mística cuya persecución trajo
consigo una rica e inesperada cosecha; la manía de Galileo era estéril. Las
mareas, como intentaré demostrar, fueron un sustitutivo indirecto del paralaje
estelar que no había conseguido encontrar, un sustitutivo no sólo en sentido
psicológico, puesto que existe una relación matemática entre los dos fenómenos,
que hasta el presente parece haber escapado a la atención general.
La teoría de las mareas de Galileo puede presentarse, de forma muy
simplificada, como sigue.[616] Tomemos un punto de la
superficie de la Tierra, Venecia, por ejemplo. Tiene doble movimiento: la
rotación diaria alrededor del eje de la Tierra, y su revolución anual en torno
del Sol. Por la noche, cuando Venecia está en N, los dos movimientos se suman;
durante el día se contraponen en D:
En consecuencia, Venecia, y con ella toda la tierra firme, se
mueve más rápidamente por la noche y más lentamente durante el día; como
resultado de ello, el agua se «deja atrás» de noche, y avanza por delante de la
tierra firme durante el día. Esto hace que se empuje el agua hacia una marea
alta cada veinticuatro horas, siempre cerca del mediodía. El hecho de que haya
dos mareas altas diarias en Venecia en vez de una, y que sigan un movimiento de
avance en torno de la esfera del reloj, Galileo lo desechó por achacarlo a
diversas causas secundarias, como la forma del mar, su profundidad, etcétera.
La falacia del argumento reside en lo siguiente. Sólo se puede definir el
movimiento en relación con algún punto de referencia. Si el movimiento se
refiere al eje de la Tierra, entonces cualquier parte de su superficie, líquida
o sólida, se mueve a velocidad uniforme de día y de noche, y no habrá mareas.
Si el movimiento se refiere a las estrellas fijas, entonces encontramos cambios
periódicos en el diagrama, que son los mismos para tierra y mar, y tampoco
pueden producir diferencia de impulso entre tierra y mar. Una diferencia de
este impulso, que hiciese que el mar se «elevara», sólo podría aparecer si la
Tierra recibiera un empuje de una fuerza externa, por ejemplo una colisión con
otro cuerpo. Pero tanto la rotación de la Tierra como su revolución anual son
inerciales,[617] es decir, se perpetúan
por sí mismas, y, en consecuencia, producen el mismo movimiento en agua y
tierra; y una combinación de los dos movimientos continúa dando como resultado
el mismo impulso. La falacia del razonamiento de Galileo estriba en que
relaciona el movimiento del agua con el eje de la Tierra, pero el movimiento de
la tierra firme con las estrellas fijas. En otras palabras, pasa
inadvertidamente de matute por la puerta trasera el ausente paralaje. No podía
hallarse ningún efecto de las estrellas fijas en relación con el movimiento
anual. Galileo lo encuentra en las mareas, trayendo las estrellas fijas hasta
el lugar que no les corresponde. Las mareas se convirtieron en un Ersatzpara
el paralaje.
Puede juzgarse la fuerza de la obsesión por el hecho de que, si bien fue un
precursor en el campo de la relatividad del movimiento, nunca descubrió el
error elemental en su razonamiento; diecisiete años después de haber hallado su
arma secreta, continuaba creyendo con firmeza que era la prueba concluyente del
movimiento de la Tierra, y como tal la presentó en su Diálogo de los
grandes sistemas del mundo. Incluso pretendió titular su libra Diálogo
del flujo y reflujo de las mareas.
§2. Los cometas
Pasó enfermo la mayor parte de los dos años siguientes, aunque realizó algunos
trabajos menores, como la construcción de un telescopio naval, y también un
intento, que fracasó, de utilizar los períodos de las lunas de Júpiter como
ayuda para determinar la longitud geográfica. Al parecer, fue la última vez que
se tomó interés en la investigación astronómica.
Tras dos años, en 1618, ya no pudo contenerse más y envió su tratado sobre las
mareas al arzobispo Leopoldo de Austria; en la carta que lo acompañaba
describía su obra como «una idea fantástica o sueño poético», escrito en la
época en que creía que el sistema copernicano era cierto, y antes de que le
enseñase mejor la decisión de las autoridades, que estaban «guiadas por una
visión superior de la que mi humilde mente puede alcanzar». Esperaba, sin duda,
que el tratado se imprimiese en Austria sin la debida autorización por su
parte, pero no lo consiguió.
Aquel mismo año aparecieron tres cometas en el cielo. Anunciaron el inicio
tanto de la guerra de los Treinta Años como de la más desastrosa de las
controversias en las cuales se vio envuelto Galileo.
La originó una disertación, posteriormente publicada, del padre jesuita Horatio
Grassi en el Collegium Romanun. Expresaba el punto de vista
correcto de que los cometas se mueven en órbitas regulares como los planetas, a
muchísima más distancia que la de la Luna. En apoyo de su punto de vista,
Grassi citaba, con aprobación, las conclusiones de Tycho Brahe relativas al
famoso cometa de 1577. El tratado era un paso más en el apartamiento de los
jesuitas de Aristóteles, el cual había sostenido que los cometas eran
exhalaciones terrestres en la esfera sublunar, y un signo más del respaldo
implícito de la Compañía al sistema ticónico.
Cuando Galileo leyó el tratado, estalló de furia. Cubrió sus márgenes con
exclamaciones como «pedazo de estúpido», «torpe», «bufón», «maldito cobarde» y
«villano ingrato». La ingratitud consistía en que el tratado no mencionaba el
nombre de Galileo, cuya única contribución a la teoría de los cometas había
sido un apoyo casual al punto de vista de Tycho Brahe en las Cartas
sobre las manchas solares.[618]
Pero ahora la situación había cambiado: se debía rechazar el compromiso
ticónico, de modo que la elección quedase limitada al desacreditado Tolomeo y a
Copérnico. Galileo dio la vuelta bruscamente a sus propios argumentos: decidió
que los cometas no eran, en absoluto, objetos reales, sino ilusiones ópticas
como las auroras boreales o los falsos soles, causados por los reflejos de los
vapores terrestres, que ascienden al cielo hasta más allá de la Luna. Si fueran
reales, deberían aparecer mayores a medida que se acercaban a la Tierra y más
pequeños a medida que se alejaban, mientras que, según Galileo, los cometas
aparecen a pleno tamaño y luego desaparecen repentinamente.
Aparte el deseo de probar que Tycho Brahe y Grassi no comprendían nada de
astronomía, Galileo tenía otro motivo para negar que los cometas existen: sus
trayectorias eran tan marcadamente elípticas que no se podían reconciliar con
las órbitas circulares por las que debían moverse todos los cuerpos celestes en
torno del Sol.
Galileo no atacó directamente con su propio nombre a Grassi, sino que dejó que
su ex discípulo Mario Guiducci firmara un Discurso sobre los cometas, cuyo
manuscrito, del cual se ha conservado la mayor parte, está escrito de puño y
letra por Galileo. Al final del tratado se censura a Grassi por no mencionar
los descubrimientos de Galileo, y el padre Scheiner por «apropiarse
indebidamente de los descubrimientos de otros».
Puesto que Galileo no había firmado con su propio nombre, Grassi replicó bajo
el transparente anagrama de «Lothario Sarsi Sigensano» (por Horatio Grassi
Salonensi). Ignoró a Guiducci, y atacó a Galileo con vehemencia. Mostró que
Galileo reclamaba la prioridad de descubrimientos que no eran suyos, y aceptó
el desafío respecto al sistema ticónico: puesto que Galileo refutaba a Tolomeo
y rechazaba a Tycho Brahe, ¿significaba esto que Grassi debía apoyar a
Copérnico, condenado y aborrecido por todo buen católico?
El opúsculo de Grassi se publicó en 1619 con el título de El equilibrio
astronómicoy filosófico. La respuesta de Galileo fue el
famoso II Saggiatore: El aquilatador,que mide las cosas con la
precisa balanza ideada para los metales preciosos. Le llevó dos años
escribirlo, y lo publicó en 1623, sólo cuatro años después del contraataque de
Grassi.
Escribió El aquilatador en forma de carta a un amigo, monseñor
Cesarini, chambelán del Papa. Empieza con una retahíla de improperios contra
todos los que intentaban despojar a Galileo «de la gloria de sus
descubrimientos», a cuyas filas añadía ahora a Marius von Gunzenhausen, el
descubridor de la nebulosa en espiral en Andrómeda (la primera nebulosa
observada). En este contexto se halla el pasaje que ya he citado: «No podéis
evitar, señor Sarsi, que yo y nadie más que yo tenga derecho a descubrir todos
los nuevos fenómenos del cielo. Ésta es una verdad que ni la malicia ni la
envidia pueden suprimir.»
El aquilatador se dedica a demoler la reputación de Tycho Brahe
hablando de sus «pretendidas observaciones» y llamando a los cometas «los
planetas de imitación de Tycho». Explica también la razón que le obligó a
romper su anterior resolución de no publicar nada más: los enemigos de Galileo,
tras intentar sin éxito robarle sus descubrimientos, pretendían ahora
atribuirle «el trabajo de otros», es decir, el tratado de Guiducci. Niega
indignado haber tomado parte en ese librito más allá de discutir el tema con
Guiducci; pero ahora tiene que romper su silencio «para desanimar a quienes se
niegan a dejar tranquila a la buena gente, y que causan trastornos a los
hombres que están en paz».
La mayor parte de la obra consiste en refutaciones sarcásticas de todo lo que
Grassi había dicho, al margen de si el pobre hombre había rozado la verdad —lo
cual había ocurrido a menudo— o acertado. Así, Grassi había sostenido que los
proyectiles se calientan por la fricción del aire; Galileo respondió que no se
calientan sino que se enfrían: «intentar pulverizar el aire es una pérdida de
tiempo tan grande como moler el agua en el mortero proverbial».[619] Como ocurre tan a
menudo, Grassi había intentado probar un bien casi con un mal argumento: citaba
a Suidas (lexicógrafo griego del siglo X) respecto a que los babilonios cocían
los huevos haciéndolos girar rápidamente en el aire con una honda. Esto le dio
a Galileo la oportunidad de hacer trizas a su oponente en un hilarante párrafo
que se cita a menudo (pero la mayor parte de las veces sin mencionar su
contexto):
«Si Sarsi quiere que yo crea con Suidas que los babilonios cocían sus huevos
haciéndolos girar en hondas, lo creeré; pero debo decir que la causa de este
efecto era muy distinta de la que él sugiere. Para descubrir la auténtica causa
razono como sigue: “Si no conseguimos el efecto que otros alcanzaron antes que
nosotros, entonces esto tiene que deberse a que en nuestras operaciones hemos
dejado de lado algo que produjo su éxito. Y si esto que hemos dejado de lado
fuera una sola cosa, entonces ésa precisamente sería la auténtica causa. No
carecemos de huevos, ni de hondas, ni de gente fuerte para hacerlas girar; y,
sin embargo, nuestros huevos no se cuecen, sino que simplemente se enfrían más
aprisa que no se calientan. Y puesto que no nos falta nada excepto el ser
babilonios, hay que deducir que el ser babilonio es la causa del endurecimiento
de los huevos, y no la fricción del aire.”»[620].
Pero en medio de esas brillantes insustancialidades y sofisterías, nos
encontramos de nuevo con algunos párrafos dispersos que se han convertido en
clásicos de la literatura didáctica. Se refieren a los principios del
razonamiento científico, del proceso experimental, del deber de los filósofos a
mostrarse escépticos acerca de autoridades y principios que se dan por
sentados. Por encima de todo, Galileo subraya un principio que se convertiría
en algo de gran importancia en la historia del pensamiento: la distinción entre
las cualidades primarias de la naturaleza, tales como la posición, número,
forma y movimiento de los cuerpos, y las cualidades secundarias, como colores,
olores y sabores, que se dice existen solamente en la mente del observador.[621]
«Para excitar en nosotros los sabores, olores y sonidos, creo que no se
requiere nada en los cuerpos externos excepto formas, números y movimientos
lentos y rápidos. Creo que si nos extirparan las orejas, la lengua y la nariz,
formas y números y movimientos permanecerían, pero no los olores o los sabores
o los sonidos. Estos últimos, creo, son tan sólo nombres cuando se separan de
los seres vivos…»
Aunque anticipada por los atomistas griegos, se hace aquí por vez primera en la
era moderna esta distinción en términos tan concisos, la primera formulación de
la visión mecanicista del Universo. Pero para la mayor parte de los lectores
contemporáneos de El aquilatador se perdió el significado de
este párrafo. Sólo supieron ver a Galileo en el papel del toreador, y la
opinión generalizada fue que el padre Grassi iba a tener que ser arrastrado
fuera de la arena tumbado de espaldas y despatarrado.
Grassi era un eminente y docto jesuita, y en absoluto el tonto que Galileo
hacía aparecer. Había trazado los planos de la iglesia de San Ignacio de Roma,
e ideado un submarino, basándose en una sugerencia de Leonardo. El tratamiento
a que fue sometido, además de los no provocados ataques contra Scheiner,
convirtieron a esos dos influyentes miembros de la Compañía de Jesús en
implacables enemigos de Galileo. Un tercer jesuita, al que atacó sin necesidad
(nada menos que sobre una cuestión de ingeniería militar), fue el padre
Firenzuola, que construyó las fortificaciones del Castillo de Sant Angelo.
Veinticinco años después, Firenzuola era el comisario general de la Inquisición
en el juicio contra Galileo. El resultado de todo esto fue que los jesuitas se
volvieron corporativamente contra Galileo. El padre Grienberger, que sucedió a
Clavius como cabeza del Colegio Romano, observaría más tarde que «si Galileo no
hubiera incurrido en el desagrado de la Compañía, hubiese podido seguir
escribiendo libremente acerca del movimiento de la Tierra hasta el fin de sus
días».[622]
El choque con los aristotélicos era inevitable. El choque con los jesuitas, no.
Esto no pretende ser una justificación de la actitud vindicativa con que Grassi
y Scheiner reaccionaron cuando fueron provocados, ni de la deplorable manera en
que la Compañía desplegó su esprit de corps. Hay que
establecer el punto que la actitud del Collegium Romanun y de
los jesuitas en general cambió de la amistad a la hostilidad, no debido a los
enfoques copernicanos sustentados por Galileo, sino a causa de sus ataques personales
contra autoridades importantes de la Compañía.
Otros grandes científicos, incluido Newton, se vieron mezclados en amargas
polémicas. Pero ésas fueron algo accidental a su trabajo, escaramuzas respecto
a una posición sólidamente establecida. La tragedia de Galileo estriba en que
sus dos obras más importantes no se publicaron hasta después de haber cumplido
él los setenta años. Hasta entonces, toda su producción consistió en opúsculos,
folletos, manuscritos que circularon privadamente y persuasión oral: todo ello
(excepto el Mensajero de las estrellas) polémico, irónicamente
agresivo, especiado con argumentos ad hominem. La mayor parte
de su vida la pasó en esas escaramuzas. Hasta el final no se fortaleció en
forma de una considerable y sólida magnum opus sobre la cual
descansar. La nueva concepción de la ciencia y la filosofía que trajo al mundo
se halla difusa en párrafos aquí y allá entre las polémicas de las Cartas
sobre las manchas solares o El aquilatador, oculta entre marañas de
alambre espinoso, del mismo modo que las leyes de Kepler estaban entre sus
laberintos armónicos.
§3. Adulación perniciosa
Mientras estaba escribiendo Il saggiatore murió Cosme II, el
leal patrocinador de Galileo, y la formidable viuda Christina se convirtió en
regente. Belarmino, que había ejercido una influencia restrictiva en la cabeza
de la Compañía de Jesús, murió en el mismo año. Pero contra esas pérdidas, el
destino arrojó en la balanza del aquilatador al más poderoso e inesperado
aliado: Maffeo Barberini fue elegido Papa en 1623, justo a tiempo para que
Galileo le dedicase Il saggiatore.
Maffeo Barberini era, en cierto modo, un anacronismo: un Papa del Renacimiento
trasplantado a la era de la guerra de los Treinta Años; un literato que
traducía pasajes de la Biblia a hexámetros; cínico, vanaglorioso y anhelante
del poder secular. Conspiró con Gustavo Adolfo, el hereje protestante, contra
el Santo Imperio Romano; y al conocer la muerte de Richelieu setenció: «Si
existe Dios, el cardenal Richelieu tendrá mucho de qué responder ante él; si
no, ha obrado muy bien.» Fortificó el Castillo de Sant’ Angelo, mandó instalar
cañones de bronce sobre el techo del Panteón, lo cual dio pie al epigrama: «Lo
que los bárbaros no hicieron, lo ha hecho Barberini.» Fundó el Colegio de Propaganda
Fide (para la formación de misioneros), construyó el Palacio Barberini, y fue
el primer Papa que permitió que le erigieran un monumento en vida. Su vanidad
era realmente descomunal, y llamativa incluso en una época en que poco podía
ejercitar la virtud de la modestia. Su famosa afirmación de que «sabía más que
todos los cardenales juntos» sólo fue igualada por la de Galileo, de que sólo
él había descubierto todo lo nuevo que había en el cielo. Ambos se consideraban
a sí mismos hombres excepcionales, e iniciaron su relación a partir de la
adulación mutua, tipo de relación que, como regla, suele terminar mal.
En 1616, Barberini se había opuesto al decreto de la Congregación y había
intervenido a favor de Galileo, hecho del que luego alardearía a menudo. En
1620 escribió una oda en honor de Galileo, con el título Adulado
perniciosa. Incluso llegó a rendir homenaje a la memoria de Copérnico
—en una audiencia con el cardenal Hohenzollem, en 1624, después de haber sido
elegido Papa—, y añadió la observación de que «la Iglesia ni ha condenado ni
condenará nunca su doctrina como herética, sino sólo como temeraria».[623]
Cuando Urbano estuvo instalado, se inició una especie de segunda luna de miel
entre el depositario de la fe y el mayor representante de la ciencia en Italia.
Renuncini, hermano del cardenal Dini, escribió a Galileo:
«Os juro que nada complació tanto a Su Santidad como la mención de vuestro
nombre. Después de que hablara de vos durante cierto tiempo, le dije que vos,
estimado señor, sentíais el ardiente deseo de venir y besar sus pies, si Su
Santidad lo permitía, a lo que el Papa respondió que eso le proporcionaría gran
placer, si no era inconveniente para vos… porque los grandes hombres como vos
deben cuidarse, a fin de que puedan vivir tanto como sea posible.»[624]
Galileo estaba enfermo, de modo que no pudo ir a Roma hasta la primavera del
año siguiente. Celebró seis largas audiencias con Urbano en el transcurso de
seis semanas. El Papa derramó una lluvia de favores sobre él: una pensión para
el hijo de Galileo, una preciosa pintura, una medalla de oro y plata. También
le proporcionó un entusiasta certificado, dirigido al nuevo Gran Duque, en que
exaltaba las virtudes y la piedad «de este gran hombre, cuya fama brilla en los
cielos y se extiende amplia y hasta muy lejos sobre la Tierra».
Lo que se dijo exactamente durante esas seis audiencias se ha convertido en
otro tema de conjeturas y controversias. Tan sólo se han establecido con
certeza algunos puntos: primero, que pese a los intentos de Galileo para
persuadirle, Urbano se negó a revocar el decreto de 1616; segundo, que la
impresión que sacó Galileo de las seis largas audiencias fue que virtualmente
podía escribir todo lo que quisiera en apoyo de Copérnico, siempre que eludiera
los argumentos teológicos y se limitara a hablar ex hypothesi. Tercero,
el propio Urbano hizo una sugerencia respecto a cómo soslayar la dificultad de
argumentar a favor del sistema copernicano sin afirmar que era cierto. La
sugerencia era ésta: aun suponiendo que una hipótesis explique
satisfactoriamente ciertos problemas, eso no quiere decir necesariamente que
sea cierta, puesto que Dios es todopoderoso y puede haber producido esos
fenómenos por medios enteramente distintos que no comprende la mente humana.
Esta sugerencia de Urbano, a la que Galileo dio gran importancia, desempeñada
un papel crucial a continuación.
Así animado, y en pleno auge del favor papal, Galileo, que había rebasado ahora
los sesenta años, sintió finalmente que tenía el camino libre para embarcarse
en su gran apología de Copérnico, que, como hemos visto, pensaba titular Diálogo
del flujo y reflujo de las mareas. Necesitó, sin
embargo, cuatro años para escribirla;[625] durante cerca de tres,
de 1626 a 1629, parece que la dejó de lado, con diversas excusas y contra las
presiones de sus amigos. Probablemente sintió que el favor de los príncipes es
de tan corta vida como las propias mareas, y que sus poderosos enemigos estaban
trabajando contra él. Cabe sospechar también que le obstaculizaba un recurrente
bloqueo psicológico, una duda reprimida sobre la solidez de su «prueba
concluyente».
Pero, una vez más, no podía retractarse. En enero de 1630, quedaba completado
el Diálogo.
§4. Diálogo sobre los grandes sistemas del mundo
Sostienen el Diálogo tres personajes: Salviati, el brillante sabio, es la boca
y la voz de Galileo; Sagredo, aficionado inteligente, desempeña para él el
papel de segundo violín bajo el disfraz de la neutralidad; y Simplicio, el
tonto bonachón, defensor de Aristóteles y Tolomeo, representa el papel del
payaso que recibe las patadas en las posaderas. Salviati y Sagredo habían sido
amigos de Galileo y ambos habían muerto; Simplicio, explicaba Galileo, derivaba
su nombre de Simplicius, el comentarista del siglo VI de Aristóteles, pero el
doble significado es evidente. Simplicio, tras ser presentado como un asno una
y otra vez, saca a relucir al final el argumento del papa Urbano como
procedente «de una persona muy eminente e ilustrada, y ante la cual uno debe
permanecer en silencio», ante lo cual los otros dos declaran guardar silencio
ante «su admirable y angélica doctrina», y deciden «ir a gozar de una hora de
distracción en la góndola que nos aguarda». Y así termina el Diálogo con
lo que sólo puede ser descrito como una descortés alusión al Papa, con las
consecuencias que cabe esperar.
El Diálogo está dividido en cuatro días. El primero se dedica
a la refutación de la visión aristotélica del Cosmos en general. Pasajes de
ingenioso periodismo se alternan con otros que repentinamente ascienden hasta
una reservada y mayestática visión, y el lenguaje adquiere impresionante
belleza. Al atacar el dualismo de la corrupción terrestre y la perfección
celeste de los platónicos, Sagredo explica:
«No puedo, sin gran maravilla, por no decir incredulidad, oír que se atribuyen
a los cuerpos naturales tan grandes perfección y honor que lleguen a ser
impasibles, inmutables, inalterables, etc.: del mismo modo, oigo que se
adjudica gran imperfección a todo lo alterable, generable y mutable. Opino que
la Tierra es muy noble y admirable debido a las muchas y diferentes
alteraciones, mutaciones y generaciones que ocurren incesantemente en ella. Y
si, sin verse sujeta a ninguna alteración, hubiera sido toda ella una enorme
mole de arena, o una masa de jade, o si, desde los tiempos del diluvio, las
aguas se hubiesen congelado y cubierto por completo, si hubiera continuado
siendo siempre un inmenso globo de cristal donde nada hubiese crecido nunca, ni
nada se hubiera alterado ni cambiado, la hubiese estimado como una masa inútil
sin ningún beneficio para el Universo, una masa ociosa y, en una palabra,
superflua, exactamente como si nunca hubiera estado en la naturaleza. La
diferencia sería para mí la misma que hay entre una criatura viva y otra
muerta. Digo lo mismo con relación a la Luna, Júpiter y todas las demás esferas
del Universo. Cuanto más ahondo en la consideración de la vanidad de los
discursos populares, más vacíos y simples los encuentro. ¿Puede imaginarse
mayor estupidez que llamar nobles a las gemas, plata y oro, y bajos a la tierra
y el polvo? ¿Por qué esas personas no consideran que, si hubiera tan gran
escasez de tierra como la hay de joyas y metales preciosos, no habría rey que
no estuviese dispuesto a dar gozosamente puñados de diamantes y rubíes y muchos
lingotes de oro para adquirir sólo la tierra necesaria para plantar un jazmín
en una maceta pequeña o cultivar en ella un mandarino, a fin de poderlos ver
brotar, crecer y desarrollar maravillosas hojas, fragantes flores y delicados
frutos?
»La escasez y la abundancia hacen que el vulgo estime y desprecie las cosas, el
cual dirá que un diamante es muy hermoso porque se asemeja al agua clara, y,
sin embargo, no lo cambiará nunca por diez toneladas de agua. Esos hombres que
ensalzan así la incorruptibilidad, la inalterabilidad y todo eso, creo que
hablan como fruto del gran deseo que sienten de vivir y por miedo a la muerte,
sin tener en cuenta que, si los hombres hubieran sido hechos inmortales, no
hubiesen tenido que venir al mundo. Esas personas merecen encontrarse con una
cabeza de Medusa que las transforme en estatuas de diamante y jade, de modo que
puedan convertirse en algo más perfecto que lo que son.»[626]
La batalla por y contra Copérnico se plantea realmente en el segundo día, en el
cual se refutan, en términos de física terrestre, las objeciones contra el
movimiento de la Tierra. La parte central del argumento se refiere a la
relatividad del movimiento. Todas las objeciones clásicas eran variaciones del
mismo tema: que si la Tierra giraba, todo aquello que no estuviera firmemente
unido a ella sería dejado atrás: balas de cañón, piedras cayendo, pájaros,
nubes, etc. En su refutación, Galileo llega muy cerca de una correcta teoría
del ímpetu y de la primera ley de Newton. Muestra que una piedra que caiga
desde la parte superior de un barco en movimiento no se queda atrás porque la
piedra comparte el impulso del barco; y, por analogía, que una piedra dejada
caer desde una torre, o una bala de cañón en pleno movimiento, comparten el
impulso de la Tierra.
Pero no puede liberarse por entero del axioma aristotélico acerca del
movimiento circular. Sostiene que si se abandona un cuerpo a sus propios
medios, continuará moviéndose, por su impulso inicial, no en línea recta, sino
en una órbita circular por toda la eternidad. La razón de ello la explica
Galileo en la parte de apertura del primer día, y la repite una y otra vez:
«… siendo el movimiento rectilíneo infinito (debido a que una línea recta es
infinita e indeterminada), resulta imposible que nada pueda poseer por
naturaleza el principio de moverse en línea recta; o, en otras palabras, hacia
un lugar donde no le es posible llegar, puesto que no tiene un final definido.
Porque la naturaleza, como dice muy bien el propio Aristóteles, nunca emprende
lo que no puede hacerse, ni alienta movimientos hacia donde es imposible
llegar.»[627]
Esta creencia contradice el conocimiento íntimo de Galileo de las fuerzas
centrífugas, la tendencia de un objeto que se mueve en un círculo de salirse
por una tangente en línea recta. En el segundo día, otra objeción clásica
contra la rotación de la Tierra, la de que los cuerpos no unidos a la l Tierra
volarían hacia el espacio, Galileo la admite como válida en teoría, pero
desdeñable en la práctica, porque la fuerza centrífuga es infinitamente mucho
más pequeña que la atracción de la Tierra.[628] Así, en un pasaje
afirma que una piedra depositada en un campo tiene la tendencia natural a
persistir en su movimiento circular, y en otro, que tiene la tendencia natural
al marchar en línea recta. Creía, del mismo modo, que los cuerpos que caen libremente
describen una trayectoria circular.[629] Así pues, ni siquiera
el más decidido adversario del aristotelismo podía librarse de la vieja
objeción de lo circular, lo cual explica parcialmente el rechazo de las leyes
de Kepler por Galileo.
El segundo día termina, según propia admisión de Galileo, en tablas. Ha
refutado la objeción de que en una Tierra que gire los cuerpos no unidos a ella
quedarán atrás, etc.; pero no ha probado que la Tierra gire. En cualquiera de
las dos hipótesis, se mueva o permanezca inmóvil, las piedras continuarán
cayendo y los pájaros volando como lo hacen ahora.
El tercer día está dedicado a los argumentos astronómicos a favor y en contra
de Copérnico, y aquí Galileo es absolutamente despreciable. Primero muestra que
el sistema copernicano es superior al tolemaico mediante los argumentos
familiares de las lunas de Júpiter y las fases de Venus. Luego explica que para
«salvar» las estaciones y retrogradaciones aparentes de los planetas, Tolomeo
tuvo que introducir «epiciclos muy grandes», que Copérnico fue capaz de
suprimir «con un solo movimiento de la Tierra». Pero no dice ni una palabra
acerca de que Copérnico también necesita de todo un taller lleno de epiciclos;
silencia la excentricidad de las órbitas, las distintas oscilaciones y
libraciones, el que el Sol tampoco se halla en el centro de los movimientos ni
está situado en su plano; en una palabra, elude deliberadamente los auténticos
problemas astronómicos que lanzaron a Tycho Brahe y a Kepler a su búsqueda.
Todos los planetas se mueven en círculos perfectos con velocidades
uniformemente lineales en torno del Sol (lo cual, por ejemplo, haría que el
período de Saturno fuera de veinticuatro años en vez de treinta).[630] Todos los problemas
parecen resueltos «con admirable facilidad», porque «en la hipótesis tolemaica
están las enfermedades, y en la copernicana su cura».[631]
Es cierto que Galileo escribía para unos lectores profanos en la materia, y en
italiano; su relato, sin embargo, no era una simplificación sino una distorsión
de los hechos, no ciencia popular sino propaganda engañosa. Incluso su más
reciente y entusiasta biógrafo se siente impulsado a observar:
«Puede que una tajante simplificación de Copérnico le pareciera una herramienta
didáctica sencilla. Esta es, al menos, la hipótesis caritativa. Pero subsiste
el problema de cómo Galileo pudo cometer el error capital, contra el cual había
advertido tantas veces a tantos otros, de construir teorías que contradicen los
mejores resultados de la observación.»[632]
Incluso así, los argumentos continúan siendo no concluyentes, pues todo lo que
consigue probar Salviati contra Simplicio es que el sistema heliocéntrico salva
más elegantemente los fenómenos que el geocéntrico, pero no que sea cierto.
Calla, además, que el sistema ticónico también encaja perfectamente con los
fenómenos.
Para romper las tablas, en el cuarto día se trae a colación la famosa teoría de
las mareas. Pero antes de eso, a finales del tercero, aparece un nuevo e
inesperado argumento. Deriva de las manchas solares, y lo introduce con un
alarde:
«Prestad atención a esta gran y nueva maravilla. El primer descubridor de las
manchas solares, como también de todas las otras novedades celestiales, fue
nuestro académico linceano, y las descubrió en el anno 1610…»[633].
El «académico linceano» es la expresión con que Galileo se refiere a sí mismo
en el Diálogo.
Tras hacer esta falsa afirmación, procede a reclamar otro descubrimiento de
Scheiner: que el Sol, y con él las manchas, giran en un eje que se halla
inclinado respecto al plano de la eclíptica. Como resultado de ello, las
manchas se mueven también en torno del Sol en círculos «inclinados» (vistas
desde la Tierra); y sus curvas cambian según la posición de la Tierra, del
mismo modo que la curvatura de la punta de un huso de hilar inclinado varía a
nuestros ojos a medida que caminamos a su alrededor. Ergo, concluye Galileo, el
cambio de las curvas a lo largo de las cuales se mueven las manchas solares
prueban, de una manera «más sólida y racional que nunca antes», que la Tierra
se mueve en torno del Sol.[634]
En este punto el pobre Simplicio se convierte en un relativista y observa, con
acierto, que las curvas de las manchas tendrían exactamente la misma apariencia
tanto si el Sol se movía en torno de la Tierra como si era la Tierra la que se
movía alrededor del Sol. Salviati refuta esta objeción: si suponemos que el Sol
se mueve en torno de la Tierra, las manchas tendrán el mismo aspecto sólo si
presumimos que el eje del Sol permanece siempre paralelo a sí mismo; y esto es
algo que considera «muy difícil y casi imposible de
creer»[635] Simplicio, intimidado,
se calla; Sagredo exclama «que entre todas las ingeniosas sutilezas que nunca
haya oído, jamás he encontrado ninguna que haya suscitado más grande admiración
a mi intelecto o que haya cautivado más absolutamente mi juicio».[636]
Uno se queda, sencillamente, con la boca abierta. Salviati vence este caso
pretendiendo que es virtualmente posible que un cuerpo celeste se mueva en
torno de otro mientras su eje permanece paralelo a sí mismo. Pero esto es
precisamente lo que hace la Tierra mientras gira alrededor del Sol: su eje
permanece paralelo a sí mismo con una inclinación constante de veintitrés
grados y medio. Si fuera imposible creer que el Sol podía moverse así, entonces
sería igualmente imposible que lo hiciera la Tierra. Sin embargo, en una
sección posterior, Galileo expone detalladamente las razones por las
que la Tierra se mueve así, y explica que la conservación de la
inclinación constante de su eje «está lejos de producir ninguna repugnancia o
dificultad».[637]
El aspecto cambiante de los caminos de las manchas solares era, obviamente, una
consecuencia de la inclinación del eje solar, del mismo modo que la sucesión de
las estaciones era una consecuencia de la inclinación del eje de la Tierra. Era
algo tan simple como eso. Pero las dos páginas en que Galileo expone el
argumento contra Simplicio[638] se hallan entre las
más oscuras e incomprensibles del libro. Emplea su táctica habitual de refutar
la tesis de su oponente sin probar la suya propia; en este caso no por
sarcasmo, sino para confundir el resultado.
No puede haber ninguna duda de que la teoría de las mareas de Galileo se basaba
en un engañarse a sí mismo no deliberado; pero a la luz de lo citado antes
caben pocas dudas de que el argumento de las manchas solares fue un intento
preconcebido de confundir y engañar. Representar la inclinación constante del
eje de un cuerpo que gira sobre sí mismo como una hipótesis nueva e
inconcebible, cuando cualquier estudiante, desde Pitágoras, sabía que por esta
razón el verano sucede al invierno, oscurecer esta explicación sencilla con la
novedad de las curvadas manchas solares, mientras se hacía que las
complejidades de Copérnico aparecieran engañosamente simples, formaba parte de
una premeditada estrategia, basada en el desdén de Galileo hacia la
inteligencia de sus contemporáneos. Hemos visto que los intelectuales han sido
siempre propensos a manías y obsesiones e inclinados a engañar en los detalles;
pero imposturas como la de Galileo son raras en los anales de la ciencia.
El cuarto y último día del Diálogo lo ocupa casi enteramente
la teoría de las mareas, que se presenta con todo detalle. Explica las
variaciones anuales de las mareas por la inclinación del eje de la Tierra; las
variaciones mensuales, por los cambios mensuales de la velocidad orbital.[639] Rechaza la explicación
de Kepler de que las mareas se deben a la atracción lunar con la observación de
que, «pese a su mente abierta y penetrante… prestó oído y atención al dominio
de la Luna sobre las aguas, para ocultar propiedades |la gravedad] y otros
pequeños fenómenos parecidos.»[640]
Otro extremo sorprendente respecto al Diálogo es que Galileo
no sólo representó mal el sistema copernicano como algo hermosamente simple,
sino que parecía no darse cuenta de sus complejidades. Nunca había mostrado
excesivo interés por los aburridos detalles de la teoría planetaria, y no había
ninguna auténtica razón para enfrascarse en los capítulos técnicos de las Revoluciones desde
la primera hasta la última página. Si lo hubiera hecho, no hubiese podido creer
que todos los planetas se mueven con la misma velocidad angular, ni atribuir a
Copérnico la idea de que la Luna o bien brilla con luz propia o es transparente
a la luz del Sol.[641] Acerca de las
insolubles dificultades del sistema copernicano, sólo aprendemos de manera
marginal que «… el cómo cada planeta se gobierna a sí mismo en sus particulares
revoluciones, y cuán exactamente está enmarcada la estructura de su círculo, es
decir, lo que llamamos comúnmente la teoría de los planetas, es algo que
indudablemente aún no podemos resolver. Marte, que tanto ha desconcertado a
nuestros modernos astrónomos, es una prueba de ello.»[642]
Escribió esto unos veinte años después de la afirmación de Kepler de que la
órbita marciana sentaba un nuevo fundamento a la teoría de los planetas.[643] Lo cierto es que,
después de sus sensacionales descubrimientos en 1610, Galileo ignoró tanto la
investigación mediante las observaciones como la teoría astronómica, a favor de
su cruzada propagandística. En la época en que escribió el Diálogo, había
perdido la relación con los nuevos progresos en ese campo e incluso olvidado lo
que había dicho Copérnico.
§5. El imprimatur
El manuscrito quedó completado en enero de 1630.
Galileo tenía intención de supervisar la impresión del libro en Roma, pero no
pudo ir inmediatamente. Sus amigos le aseguraron que no habría ninguna
dificultad y que todo marcharía sobre ruedas. El fiel padre Castelli, que vivía
ahora en Roma, escribió que Urbano VIH había asegurado a Campanella en una
audiencia que «si hubiera dependido de mí, la prohibición de 1616 nunca hubiese
prosperado».[644]Otro viejo de la valedor,
monseñor Ciàmpoli, que ahora era secretario papal, escribió que en el Vaticano
«suspiraban más por Galileo que por cualquier querida damisela».[645]
Llegó a Roma a principios de mayo y lo recibió Urbano III en una larga
audiencia. El Papa confirmó de nuevo que no había ninguna objeción a discutir
los méritos del sistema copernicano, siempre que se tratara estrictamente como
una hipótesis. Puso objeciones, sin embargo, al título previsto, Diálogo
sobre el flujo y reflujo de las mareas, que concedía
demasiada importancia a la prueba física, y sugirió que lo titulara Diálogo
sobre los grandes sistemas del mundo. Por descontado, estaba demasiado
ocupado para leer personalmente el libro y delegó esa tarea a los censores.
La función de jefe censor y expendedor de las licencias la ejercía el «Maestro
de Palacio», el padre Niccolo Riccardi, asimismo florentino, miembro de la
camarilla Castellar-Ciàmpoli y, en consecuencia, partidario de Galileo, aunque
creía que los sistemas tolemaico y copernicano eran simples pasatiempos, puesto
que la verdad definitiva era que los ángeles movían las estrellas. Pero esto no
le impedía admirar la ingeniosidad de hombres como Galileo que estaban
conspirando contra las carreras de esos gimnastas angélicos. Debido a su enorme
corpulencia, el rey de España había llamado a Riccardi II Padre Mostro, el
Padre Monstruo, y todos sus amigos se referían a él con este afectuoso apodo.
Por un aciago giro de la historia, este hombre encantador y de corazón puro,
con su desmaña, se convirtió en la causa principal de la tragedia.
El Padre Monstruo leyó el manuscrito del Diálogo y llegó a la
conclusión de que rebosaba sus facultades de comprensión. Sabía que Su Santidad
había aprobado la idea del libro, había mostrado sus favores a Galileo y lo
había animado a que siguiera adelante. Pero también tenía la impresión, aunque
fuera incapaz de seguir detalladamente las argumentaciones, que el libro era
propaganda copernicana apenas disimulada y que contradecía, en letra y
espíritu, el decreto de 1616. Para huir de esta disyuntiva, dio instrucciones a
su ayudante, el padre Visconti, para que revisara el texto e hiciera las
modificaciones adecuadas.
Visconti tampoco era apto para esta tarea. Efectuó algunas correcciones menores
que apuntaban a lograr que los argumentos a favor de Copérnico parecieran más
«hipotéticos» y luego devolvió el texto a su superior.
Riccardi se sintió más impotente aún que antes. Dudó durante un tiempo y
finalmente decidió que debía cargar con su responsabilidad y revisar
personalmente el texto. Pero se encontró con las presiones concertadas de
Galileo y sus aliados: el secretario papal Ciàmpoli, que indirectamente
representaba la voluntad de Su Santidad, y el nuevo embajador toscano,
Niccolini, que se había casado con la prima preferida del Padre Monstruo,
Caterina.
El resultado de estas presiones fue que Riccardi aceptó un trato muy poco
usual: para ganar tiempo, concedió por anticipado el imprimatur al
libro, a condición de revisarlo personalmente y luego pasar cada hoja revisada
al impresor. Le ayudaría en esta tarea el universalmente respetado presidente
de la Academia Linceana, el príncipe Cesi.
Tan pronto como se hubo llegado a este acuerdo, Galileo regresó a Florencia
para huir del calor de Roma, con el acuerdo de volver en otoño. Pero poco
después de su partida murió el príncipe Cesi. Pocas semanas más tarde sobrevino
la peste, y la rígida cuarentena dificultó las comunicaciones entre Roma y
Florencia. Esto proporcionó una excelente oportunidad a Galileo para
escabullirse de las condiciones en que le habían concedido el imprimatur, pidió
que el libro se imprimiera en Florencia, lejos del control de Riccardi. El
entusiasta Castelli representó de nuevo un papel predestinado en esta maniobra,
alimentando las sospechas de Galileo con sombrías alusiones acerca de «razones
de mucho más peso que no quería confiar al papel»,[646] igual que había hecho
años atrás con la exagerada importancia que había dado a la charla de sobremesa
con la gran duquesa Christina.
Al principio, Riccardi se negó de plano a conceder el permiso para imprimir el
libro en Florencia sin revisarlo; exigió que Galileo enviara el manuscrito a
Roma con esta finalidad. Galileo respondió que las regulaciones de la
cuarentena imposibilitaban el envío del manuscrito con seguridad, e insistió en
que la revisión final debía hacerla un censor florentino. Consiguió el apoyo
del Gran Duque (al que Riccardi, como florentino, debía obediencia). El
embajador toscano, Niccolini, y el secretario papal, Ciàmpoli, renovaron
también sus presiones. El Padre Monstruo era un asiduo invitado en casa de los
Niccolini; fue, finalmente, su hermosa prima Caterina quien consiguió que
cediera, con una botella de chianti, en la mesa de la cena. Aceptó que la obra
se revisara e imprimiese en Florencia, excepto el prefacio y los párrafos
finales, que le debían someter a él.
Tenía que efectuar la revisión el inquisidor florentino, el padre Clemente
Egidii. Pero no era del gusto de Galileo, quien propuso al padre Stefani en
lugar de Egidii. De nuevo aceptó Riccardi. El pacte Stefani se hallaba,
evidentemente, por completo bajo la influencia de Galileo, porque «se sintió
emocionado hasta las lágrimas ante muchos párrafos por la humildad y reverenda
obediencia» del libro. Stefani efectuó pocas correcciones, por puro formulismo,
y se inició la impresión a principios de 1631. Riccardo, a quien asaltaban
oscuras premoniciones, intentó de nuevo ganar tiempo reteniendo el prefacio y
las secciones finales del libro. Una vez más se recurrió a la ayuda de los
Niccolini. Consiguieron arrancar de las manos del primo el prefacio y la
conclusión revisados, aunque éste sólo consintió en entregárselos «tirado de
los pelos», como lo describió el propio Niccolini. Y así, en febrero de 1632
salieron de las prensas los primeros ejemplares del Diálogo.
Urbano y el Santo Oficio necesitaron tan sólo pocas semanas para descubrir que
habían sido burlados. En agosto confiscaron el libro y en octubre emplazaron a
Galileo a resentarse ante la Inquisición en Roma. Consiguió retrasar su viaje
alegando su estado de salud y otros pretextos durante cuatro meses; pero en
febrero de 1633 tuvo que acudir. Ocupó habitaciones en la embajada toscana,
como las otras veces; pero durante otros tres meses no ocurrió nada. El Santo
Oficio no procedió al primer interrogatorio hasta el 12 de abril.
Existen pocas dudas de que la decisión de promover los procedimientos fue de
Urbano VIII, que tenía la sensación de que Galileo había abusado de su
confianza. Existen igualmente pocas dudas de que los jesuitas utilizaron su
influencia para hacer retirar el libro y para mover al Papa en contra de su autor.
Aparte la solidaridad con los padres Grassi y Scheiner, probablemente les
impulsó la consideración de que el rechazo de Galileo del compromiso ticónico
entorpecería la evolución gradual de la Iglesia hacia la nueva cosmología, y
que esta apuesta del todo o nada, basada en los falsos argumentos acerca de las
manchas solares y las mareas, podía ser un elemento de presión en manos de las
fuerzas reaccionarias dentro de la Iglesia, y alterar su cuidadosa estrategia
respecto a este asunto.
Pero los jesuitas no necesitaron mucha habilidad para volver la perniciosa
adulación de Urbano en la furia de un amante traicionado. Galileo no sólo había
ido, en letra y espíritu, contra el acuerdo de tratar a Copérnico estrictamente
como una hipótesis, no sólo había conseguido el imprimatur por
métodos que parecían prácticas ilícitas, sino que el argumento favorito de
Urbano se citaba tan sólo brevemente al final mismo del libro y se ponía en
boca del bobalicón, cuyos demás argumentos habían demostrado ser, todos sin
excepción, erróneos. Urbano sospechó incluso que Simplicio pretendía ser una
caricatura de su propia persona. Esto, naturalmente, no era cierto; pero las
sospechas de Urbano persistieron hasta mucho después de que su furia se hubiera
calmado:
«He oído de Roma [escribió Galileo tres años después de su juicio] que su
eminencia el cardenal Antonio Barberini y el embajador francés han visto a Su
Santidad y han intentado convencerle de que yo nunca tuve ni la más remota idea
de perpetrar acto tan sacrilego como burlarme de Su Santidad, como algunos
enemigos maliciosos le han persuadido, y cuya cosa fue la causa primera de
todos mis problemas.»[647]
Si se necesitara alguna corroboración, ésta podría hallarse en los informes de
Niccolini. Subrayan que Urbano «estaba tan exasperado que trató este asunto
como algo personal»,[648] y cita la «amarga
observación» de Urbano de que Galileo le había engañado.
§6. El juicio
Los procedimientos contra Galileo se iniciaron con la convocatoria de una
comisión especial para investigar todo el asunto. Las conclusiones de la
comisión fueron que Galileo había transgredido las órdenes al desviarse de
tratar las teorías de Copérnico como hipótesis y sostener de manera absoluta el
movimiento de la Tierra; que le había adscrito erróneamente el fenómeno de las
mareas; y en tercer lugar, que había guardado engañosamente silencio acerca de
la orden recibida, en 1616, del Santo Oficio de «renunciar absolutamente de la
dicha opinión… absteniéndose de ahora en adelante de sostenerla, enseñarla o
defenderla de ninguna de las maneras, ni verbalmente ni por escrito». Este
tercer punto se refería a la controvertida acta acerca de plantear una
prohibición absoluta (véase página 367), que la comisión había descubierto en
los archivos.
La comisión no recomendaba que se emprendiera ninguna acción contra Galileo; en
cuanto a su libro, su contenido era censurable en ocho aspectos, pero la comisión
sugería que todos esos aspectos se podían corregir si se consideraba que el
libro tenía algún valor. Trasladaron entonces el informe a la Inquisición para
que tomara las acciones correspondientes, y ésta emitió sus conclusiones en
octubre de 1632, y el 12 de abril del año siguiente efectuó el primer
interrogatorio a Galileo.
Según la regla fundamental del procedimiento inquisitorial, no se comunicaban
al acusado las acusaciones; al contrario, le preguntaban si sabía o sospechaba
por qué le habían convocado[649]. Galileo contestó que creía
que estaba relacionado con su último libro. El comisario, Firenzuola, le
interrogó entonces con todo detalle sobre los acontecimientos de 1616. Galileo
afirmó que el señor cardenal Belarmino le había dicho que «la opinión de Copérnico,
si se adoptaba absolutamente, era contraria a las Sagradas Escrituras y no se
debía ni sostener ni defender, pero que se podía tomar y utilizar como
hipótesis». Afirmó que «no había desobedecido de ningún modo esta orden, es
decir, que de ninguna manera había sostenido o defendido dicha opinión».
Entonces, el inquisidor le leyó la pretendida prohibición absoluta de 1616 de
que Galileo no debía «sostenerla, enseñarla o defenderla de ninguna de
las maneras». Galileo no negó de una forma directa la prohibición absoluta,
pero dijo que no podía recordar las palabras «no enseñar» y «de ninguna de las
maneras»; se refirió al certificado de Belarmino, que no contenía esas
palabras. El inquisidor se centró entonces en la historia de las negociaciones
relativas al mprimatur. Preguntó si, cuando solicitó el
permiso para imprimir el Diálogo, Galileo había informado al
padre Riccardi acerca de la orden que le habían dado. Galileo respondió que no
había creído necesario hacerlo, «porque en ese libro no mantengo ni defiendo la
opinión de que la Tierra se mueve y el Sol permanece estacionario, sino que más
bien he demostrado lo opuesto a la opinión copernicana, y mostrado que los
argumentos de Copérnico son débiles y no concluyentes.»[650]
Con lo cual terminó la primera vista.
Cinco días después, tres expertos de la Inquisición, encargados de examinar el
contenido del libro, entregaron sus informes que, según consenso de los
historiadores, eran honrados y exactos. Mediante una larga lista de citas
demostraban, más allá de toda duda, que Galileo no sólo había discutido el
punto de vista copernicano como una hipótesis, sino que lo había enseñado,
defendido y sostenido, y que había llamado a quienes no lo compartían «pigmeos
mentales», «torpes idiotas» y «escasamente merecedores de ser llamados seres
humanos».
Pretender, en las mismas fauces de la evidencia de las páginas impresas de su
libro, que decía lo opuesto de lo que todos juzgaban que decía, era una
estupidez suicida. Pero Galileo había tenido varios meses de respiro en los que
preparar su defensa. La explicación sólo puede hallarse en el desdén casi
patológico que sentía Galileo por sus contemporáneos. La pretensión de que
el Diálogo estaba escrito como refutación a Copérnico era tan
patentemente infame que el caso se hubiera perdido en cualquier tribunal.
El siguiente e inesperado giro de los acontecimientos se halla perfectamente
descrito en las palabras de uno de los principales personajes del drama,
Firenzuola, el comisario de la Inquisición. En una carta al hermano de Urbano,
el cardenal Francesco Barberini, un juez del juicio, informaba:[651]
«En cumplimiento de las órdenes de Su Santidad, ayer informé a
los eminentes señores de la Santa Congregación del caso de Galileo, cuya
posición expliqué brevemente. Sus eminencias aprobaron lo que se ha hecho hasta
ahora y tomaron en consideración, por otra parte, algunas dificultades en
relación con la forma de proseguir el caso y conducirlo hasta su final. Muy
especialmente puesto que Galileo, en su interrogatorio, negó lo que es
claramente evidente en el libro escrito por él, y que como consecuencia de esta
negativa puede producirse la necesidad de mayor rigor de procedimiento y menor
atención a otras consideraciones relativas a este asunto. Finalmente, sugerí un
camino, a saber, que la Santa Congregación me concediera permiso para tratar al
margen del juicio con Galileo, a fin de que caiga en la cuenta de su error y
conducirlo, si lo reconoce, a que lo confiese. Esta proposición pareció al
principio muy osada y sin grandes esperanzas de conseguir el objetivo adoptando
meramente el método de discutir con él; pero, tras indicar los puntos en que
fundamentaba mi sugerencia, me concedieron el permiso. Puesto que no convenía
perder tiempo, ayer por la tarde entré en discusión con Galileo, y tras mucha y
mucha argumentación y recuerdos de lo que había ocurrido entre nosotros, por la
gracia de Dios, alcancé mi objetivo, puesto que le llevé al reconocimiento de
su error, de modo que vio claramente que se había equivocado y había ido
demasiado lejos con su libro.[652]
Y a todo esto mostró con palabras gran expresión de sus
sentimientos, como aquel que experimenta un gran consuelo en el reconocimiento
de su error, y se mostró dispuesto también a confesarlo judicialmente. Pidió,
sin embargo, un poco de tiempo a fin de considerar la manera en que podía
efectuar más adecuadamente su confesión, la cual, en lo que a su sustancia se
refiere, espero siga de la forma indicada.
»Consideré mi deber comunicar inmediatamente todo esto a Vuestra
Eminencia, cosa que no he hecho con nadie más; porque confío que Su Santidad y
Vuestra Eminencia os sintáis satisfechos de que de esta forma se lleve el
asunto hasta un punto desde donde se pueda resolver sin dificultad. El tribunal
mantendrá su reputación; será posible mostramos clementes con el culpable; y,
sea cual fuere la decisión a la que se llegue, reconocerá el favor que se le
demuestra, con todas las demás consecuencias satisfactorias deseadas. Hoy tengo
intención de interrogarlo a fin de obtener la dicha confesión; y una vez
recibida, como espero, sólo me quedará interrogarlo respecto a sus intenciones
y recibir su alegato de defensa; hecho eso, podemos asignarle su propia casa
como prisión, tal como Vuestra Eminencia, a quien ofrezco mis más humildes
reverencias, apuntasteis.
»Vuestro más humilde y obediente servidor,
»Fra Vinº, da Firenzuola.
»Roma, 28 de abril de 1633.»
La carta habla por sí misma: la tradición de las vacas sagradas
aún estaba viva, pese a todo.
Dos días después de la entrevista del 30 de abril, llamaron a Galileo para
interrogarle por segunda vez, y le preguntaron si tenía algo que decir. Hizo la
siguiente declaración:
«Tras algunos días de constante y atenta reflexión sobre el
interrogatorio al que me sometieron el veinte del presente mes, y en particular
a si, hace dieciséis años, fui sometido a una orden del Santo Oficio que me
prohibía sostener, defender o enseñar “de ninguna de las maneras” la opinión
que acababa de ser condenada —la del movimiento de la Tierra y la estabilidad
del Sol—, se me ocurrió revisar un ejemplar de mi Diálogo, que no
había visto desde hacía tres años, a fin de anotar con mucho cuidado si, contrariamente
a mi sincera intención, había brotado inadvertidamente de mi pluma algo por lo
que un lector, o las autoridades, pudieran inferir no sólo algún atisbo de
desobediencia por mi parte, sino también otros particulares que pudieran
inducir a la creencia de que había contravenido las órdenes de la Santa
Iglesia.
»Estando, por amable permiso de las autoridades, en libertad de enviar a mi
sirviente, conseguí procurarme un ejemplar de mi libro y, una vez éste en mi
poder, me apliqué con la mayor diligencia a su revisión y a la más atenta
consideración de todas sus palabras. Y, debido a no haberlo visto desde hacía
tanto tiempo, se me presentó como si fuera un nuevo libro escrito por otro
autor, y confieso libremente que en algunos lugares me pareció redactado de tal
manera que un lector ignorante de mis auténticos propósitos podría tener razón
en suponer que los argumentos se inclinaban hacia el lado falso, y que mi
intención era refutar, y que estaban expresados de tal modo como si los hubiese
calculado para impulsar a la convicción por su fuerza antes que por lo claro de
su solución.
»Dos argumentos destacan en particular —el uno tomado de las manchas solares,
el otro de la subida y bajada de las mareas— que, en verdad, llegan a los oídos
del lector con mayor despliegue de fuerza y energía del que debería brotar de
ellos de parte de alguien que los considera como poco concluyentes, y que
pretendía refutarlos, como en realidad creía veraz y sinceramente haberlo
hecho, puesto que los considero poco concluyentes y propensos a la refutación.
Y, como disculpa hacia mí mismo por haber caído en un error tan alejado de mis
intenciones, no contento enteramente con decir que cuando un hombre recita los
argumentos del lado opuesto con el objetivo de refutarlos, debe, especialmente
si están escritos en forma de diálogo, plantearlos en su más estricta forma y
no envolverlos para desventaja de su oponente, no contento, digo, con esta
excusa, recurrí a la complacencia natural que todo hombre siente respecto a su
propia sutileza y a mostrarse más hábil que la generalidad de los hombres en
plantear, incluso a favor de falsas proposiciones, ingeniosos y plausibles
argumentos. Con todo esto, aunque con Cicerón avidior sim gloriae quam sat
est, si tuviera que plantear ahora los mismos razonamientos, sin duda los
debilitaría de tal modo que no fuera posible que mostraran esa fuerza de la que
están real y esencialmente desprovistos. Mi error, pues, fue —y lo confieso—
uno de vanagloriosa ambición y de pura ignorancia e inadvertencia.
»Esto es lo que se me ocurre decir con referencia a este particular, y que me
vino a la mente durante la revisión de mi libro.»[653]
Tras finalizar esta declaración, se terminó la vista; pero
Galileo, tras ser despedido, regresó y añadió voluntariamente la siguiente
declaración suplementaria:
«Y confirmando mi afirmación de que no he sostenido ni sostengo
como cierta la opinión que ha sido condenada, del movimiento de la Tierra y la
estabilidad del Sol, si se me conceden, como deseo, medios y tiempo para
efectuar una demostración más clara de ello, estoy dispuesto a hacerla; y ésta
es la oportunidad más favorable para ello, viendo que en el trabajo ya
publicado los interlocutores aceptan volver a encontrarse de nuevo tras cierto
tiempo para discutir algunos problemas distintos de la naturaleza no reía con
el asunto discutido en estas reuniones. Puesto que esto me da la oportunidad de
añadir uno o dos “días” más, prometo retomar los argumentos ya planteados a
favor de la mencionada opinión, que es falsa y ha sido condenada, y refutarlos
de la manera más efectiva, como si por bendición de Dios me hubiera sido
concedida. En consecuencia, ruego a este Santo Tribunal me ayude en esta buena
resolución y me permita llevarla a efecto.»[654]
He criticado libremente a Galileo, pero no me siento con
suficiente libertad para criticar el cambio de su comportamiento ante la
Inquisición. Tenía setenta años y estaba asustado. El que sus temores fueran
exagerados, y el que su oferta de inmolarse (que los inquisidores dejaron
discretamente de lado, como si nunca la hubiera hecho) fuese totalmente
innecesaria, es algo secundario. Su pánico se debía a causas psicológicas: era
la inevitable reacción de alguien que se creía capaz de ser más listo que todo
el mundo y burlarse incluso del Papa, y de repente descubre que lo han
«descubierto». Su creencia en sí mismo como un hombre excepcional quedó hecha
trizas, el elevado concepto de sí mismo, pinchado y deshinchado. Regresó a la
embajada toscana, en palabras de Niccolini, «más muerto que vivo». A partir de
entonces fue un hombre acabado.
Lo llamaron de nuevo diez días más tarde, el 10 de mayo, para una vista de
trámite, en la cual entregó su defensa escrita.[655] En la primera parte
argumentaba —«a fin de demostrar la pureza de mis intenciones, siempre
alejadas de las prácticas del engaño y el disimulo en cualquier empresa que
emprenda»— que no tenía noticia de ninguna prohibición específica y
absoluta en 1616, y convertía este aspecto en un caso convincente. El punto
principal de su defensa era que «esos fallos que se han apreciado dispersos
en mi libro no los he introducido arteramente con ninguna intención oculta sino
con la más sincera de ella, y han brotado inadvertidamente de mi pluma debido a
una vanagloriosa ambición y complacencia por desear aparecer más sutil que la
generalidad de los escritores populares, como he confesado ya en otro
testimonio; falta que estoy dispuesto a corregir con toda mi industria posible
en el momento en que sus muy eminentes señorías me lo ordenéis o permitáis.»
Y concluye, con un tono de humilde súplica:
«Finalmente, me queda suplicaros que toméis en consideración el
lamentable estado de mi indisposición corporal, a la que, a la edad de setenta
años, me he visto reducido tras diez meses de constante ansiedad mental y la
fatiga de un largo y agotador viaje en la más inclemente de las estaciones,
junto con la pérdida de la mayor parte de los años a la cual, por mis
anteriores condiciones de salud, he debido someterme. Estoy persuadido y me
siento animado a ello por la fe que tengo en la clemencia y bondad de los muy
eminentes señores, mis jueces; con la esperanza de que os dignéis, en respuesta
a mi súplica, ser clementes en lo que en su entera justicia crean adecuado
añadir a lo que ya he sufrido como justo castigo de mis culpas, sin tomar en
consideración mi avanzada edad, la cual os encomiendo también humildemente. Y
desearía encomendaros también a vuestra consideración mi honor y mi reputación,
contra las calumnias de los malevolentes, cuya persistencia en detractar mi
buen nombre puede inferirse de la necesidad que me obligó a procurarme del
señor cardenal Belarmino el certificado que acompaña a ésta.»
A partir de aquí cabía esperar que el juicio se convirtiera en
una mera formalidad. A lo largo de todos los procedimientos trataron a Galileo
con gran consideración y cortesía. Contra todo precedente, no fue confinado a
las mazmorras de la Inquisición, sino que se le permitió permanecer como
huésped del embajador toscano en la Villa Medici, hasta después de su primer
interrogatorio. En aquel momento tuvo que entregarse formalmente a la
Inquisición, pero en vez de encerrarlo en una celda, le asignaron una planta de
cinco habitaciones en las dependencias del propio Santo Oficio, que dominaba
San Pedro y los jardines del Vaticano, con su propio sirviente personal y el
mayordomo de los Niccolini para procurarle comida y vino. Allí permaneció desde
el 12 de abril hasta su tercer interrogatorio el 10 de mayo. Luego, antes de
que terminara su juicio, se le permitió regresar a la embajada toscana, acto
sin precedentes no sólo en los anales de la Inquisición sino de cualquier otro
proceso judicial. Contrariamente a la leyenda, Galileo no pasó ni un solo día
de su vida en la celda de una prisión.
La sentencia no llegó hasta seis semanas después. El 16 de junio, se incluyó en
las actas la siguiente decisión:
«… Sanctissimus decretó que se interrogue al dicho Galileo
respecto a sus intenciones [en escribir el Diálogo] bajo amenaza de
tortura; y si se mantiene firme se le llame a abjurar ante una asamblea
plenaria de la Congregación del Santo Oficio, y se le condene a prisión según
la voluntad de la Santa Congregación, y se le ordene no tratar en lo sucesivo,
de ninguna de las maneras, ni de palabra ni por escrito, de la movilidad de la
Tierra y de la estabilidad del Sol; de otro modo incurrirá en las penas de reincidencia.
Se prohíbe el libro titulado Dialogo di Galileo Galilei
Linceo. Además, a fin de que estas cosas las sepan todos, ordenó que se
enviaran copias de la sentencia a todos los nuncios apostólicos, a todos los
inquisidores contra la depravación herética y especialmente al inquisidor de
Florencia, que deberá leer la sentencia en asamblea plenaria y en presencia del
mayor número posible de aquellos que profesan las artes matemáticas.»[656]
Dos días después de tomada esta decisión, el Papa recibió a
Niccolini en audiencia, aludió a la inminente sentencia y añadió:
«De todas maneras, tras la publicación de la sentencia, Nos
veremos de nuevo y estudiaremos juntos la forma en que sufra lo menos posible,
porque el asunto no puede dejarse pasar sin alguna demostración contra su
persona.»
Tres días más tarde, llamaron a Galileo para su tercero y último
interrogatorio. Tras haber prestado el juramento, le preguntaron acerca de su
auténtico pensamiento sobre los dos sistemas cosmológicos. Respondió que antes
del decreto de 1616 había considerado que tanto Tolomeo como Copérnico podían
estar en lo cierto, «pero después de la antedicha decisión, reforzado por la
sabiduría de las autoridades, dejé de tener ninguna duda; y sostuve, del mismo
modo que sigo sosteniendo, como más cierta e indiscutible la opinión de
Tolomeo, es decir, la estabilidad de la Tierra.»[657]
Entonces se le indicó que por la forma en que se trataba el tema
en el Diálogo, y por el hecho en sí de que hubiera escrito
dicho libro, se suponía que había abrazado la opinión copernicana, y se le
pidió, por segunda vez, que afirmase libremente la verdad. Respondió que había
escrito el libro para conseguir un beneficio común divulgando los argumentos de
ambos lados, y repitió de nuevo: «No sostengo ahora la opinión condenada, ni la
he sostenido desde la decisión de las autoridades.»[658]
Le advirtieron por tercera vez de que por el contenido del libro se suponía que
apoyaba el punto de vista copernicano, o al menos así lo había hecho cuando lo
escribió, y que, en consecuencia, «a menos que lo pensara mejor y confesase la
verdad, se tomarían medidas contra él con los medios apropiados de la ley», a
lo que Galileo respondió: «No sostengo, ni he sostenido, la opinión de
Copérnico desde que recibí la orden de que debía abandonarla; en cuanto al
resto, estoy aquí en vuestras manos… haced de mí lo que os plazca». Cuando le
emplazaron por última vez a decir la verdad, bajo amenaza de tortura, Galileo
repitió: «Estoy aquí para obedecer y no he sostenido esta opinión desde que fue
hecha pública la decisión, como ya he afirmado.»[659]
Si la Inquisición hubiese tenido intención de acabar con Galileo, éste era
obviamente el momento de enfrentarle con los copiosos extractos de su libro
—que se hallaban en los archivos delante del juez—, citándole lo que había
dicho acerca de los «pigmeos mentales» y «torpes idiotas» que se oponían a
Copérnico, y acusarle de perjurio. En cambio, inmediatamente después de la
última respuesta de Galileo, las actas del juicio dicen:
«Y como no podía hacerse nada más en ejecución del decreto, se obtuvo su firma
a su declaración y lo sacaron de la sala.»[660]
Tanto los jueces como el acusado sabían que estaba mintiendo; tanto los jueces
como él sabían que la amenaza de tortura (tenitio uerbalis)[661]era mera fórmula ritual, que
no se podía poner en práctica; y que la vista era una pura formalidad. Galileo
fue conducido de vuelta a su apartamento de cinco habitaciones, y al día
siguiente le leyeron la sentencia (véase el texto completo en la nota 109[662]). Estaba firmada por sólo
siete de los diez jueces. Entre los tres que se abstuvieron se hallaba el
cardenal Francesco Barberini, hermano de Urbano. Prohibieron el Diálogo; Galileo
tuvo que abjurar de la opinión copernicana, fue condenado a «prisión formal
durante la voluntad del Santo Oficio», y durante los tres siguientes años
tendría que repetir una vez a la semana los siete salmos penitenciales. Luego
le presentaron la fórmula de abjuración (véase el texto completo en la nota 110[663]), que leyó en voz alta. Y
aquí terminó el proceso.
La «prisión formal» tomó la forma de una estancia en la villa del Gran Duque en
Trinitá del Monte, seguida por una estancia en el palacio del arzobispo
Piccolomini en Siena, donde, según un visitante francés, Galileo trabajaba «en
un apartamento cubierto de sedas y amueblado con todo lujo».[664] Luego regresó a su
granja de Arcetri, y más tarde a su casa de Florencia, donde pasó los restantes
años de su vida. La recitación de los salmos penitenciales la delegó, con
consentimiento eclesiástico, a su hija, la hermana Marie Celeste, monja carmelita.[665]
Desde el punto de vista puramente legal, la sentencia fue a todas luces un
error judicial. Si uno escarba en todo el laberinto de palabrería, aparece que
lo hallaron culpable de dos delitos: primero, de haber contravenido la
advertencia de Belarmino y la alegada prohibición formal de 1616, y de haber
«conseguido arteramente y con engaños la licencia de impresión no notificando
al censor de la orden impuesta sobre él»; segundo, de haberse hecho
«vehementemente sospechoso de herejía, en particular de haber creído y
sostenido la doctrina que es contraria a las Sagradas Escrituras de que el Sol
es el centro del mundo». Con relación al primer cargo, no es necesario decir
más acerca del carácter dudoso del documento referente a la alegada prohibición
absoluta; en cuanto al segundo, el Universo centrado en el Sol nunca lo
declararon oficialmente una herejía, puesto que ni la opinión de los
calificadores, ni el decreto de la Congregación de 1616, fueron confirmados por
el infalible pronunciamiento ex cathedra o por el concilio
ecuménico. ¿No había dicho el propio Urbano que la opinión copernicana «no era
herética, sino simplemente atrevida»?
Por otra parte, el juicio deja de lado el contenido acriminador del libro, al
afirmar que Galileo ha presentado el sistema copernicano como meramente
«probable», lo cual es subestimar mucho la realidad. También deja de lado el
hecho que Galileo ha mentido y cometido perjurio ante sus jueces al pretender
que había escrito el libro como refutación de Copérnico, que «no había mantenido
ni defendido la opinión de que la Tierra se mueve», etc. La esencia del asunto
es que no se podía legalmente condenar a Galileo sin aniquilarlo por completo,
y ésa no era la intención ni del Papa ni del Santo Oficio. En vez de ello,
recurrieron a una maquinación sin ningún crédito legal. La intención era clara:
tratar al afamado estudioso con consideración e indulgencia, pero al mismo
tiempo herir su orgullo, para demostrar que ni siquiera a un Galileo se le
permitía burlarse de los jesuitas, de los dominicos, del Papa y del Santo
Oficio; y, finalmente, probar que, a pesar de su actitud de cruzado sin miedo,
no estaba hecho de la misma materia que los mártires.
La única pena real infligida a Galileo fue que tuvo que abjurar de su
convicción. Por otra parte, desde los cincuenta años, Galileo había estado
ocultando esa convicción, y en su juicio ofreció por dos veces añadir un
capítulo al Diálogorefutando a Copérnico. Retractarse en público en
la basílica del convento de Minerva, cuando todo el mundo sabía que se trataba
de una ceremonia obligada, era, por descontado, mucho menos deshonroso para un
estudioso que publicar una obra científica contraria a sus convicciones. Una de
las paradojas de esta perversa historia es que la Inquisición salvó, en
realidad, el honor de Galileo a los ojos de la posteridad, sin proponérselo,
qué duda cabe.
Poco después de la conclusión del juicio, entregaron bajo mano un ejemplar del
prohibido Diálogo al viejo amigo de Kepler, el fiel Bemegger,
de Estrasburgo, quien dispuso una traducción latina, que publicada en 1635
circuló ampliamente por Europa. Un año más tarde, Bemegger preparó también
versiones italianas y latinas de la Carta a la gran duquesa Christina,
que se publicaron en Estrasburgo.
El propio Galileo pasó el año siguiente al juicio escribiendo el libro sobre el
cual descansa su auténtica e inmortal fama: los Diálogos relativos a
dos nuevas ciencias. Finalmente, a sus setenta años cumplidos, redescubrió
su auténtica vocación: la ciencia de la dinámica. La había abandonado hacía un
cuarto de siglo, cuando se embarcó en su cruzada propagandística de la
astronomía heliocéntrica, de la que sólo poseía un conocimiento sumario. La
cruzada había terminado con un fracaso; y de sus jirones nació la física
moderna.
El libro quedó completado en 1636, cuando Galileo tenía setenta y dos años.
Como no podía esperar un imprimatur en Italia, se envió bajo
mano el manuscrito a Leiden y lo publicaron por los Elzevir; pero también
hubieran podido imprimirlo en Viena, donde lo autorizó, probablemente con
consentimiento imperial, el padre jesuita Paulus.
Al año siguiente quedó ciego de un ojo por una inflamación, y al terminar el
año había perdido ambos ojos.
«Ay de mí [escribió a su amigo Diodati], vuestro amigo y servidor Galileo se ha
visto este último mes irremediablemente ciego; de modo que estos cielos, esta
Tierra, este Universo, que yo, mediante maravillosos descubrimientos y claras
demostraciones, he ampliado un centenar de miles de veces más allá de las
creencias de los hombres ilustrados de las pasadas eras, se me ha visto
reducido de ahora en adelante a un espacio tan pequeño que queda lleno con mis
propias sensaciones corporales.»[666]
Pese a todo siguió dictando capítulos adicionales para las Dos nuevas
ciencias, y recibiendo una constante afluencia de distinguidos
visitantes, entre ellos Milton, en 1638.
Murió a la edad de setenta y ocho años, en 1642, el mismo año en que nacía
Newton, rodeado por sus amigos y discípulos: Castelli, Torricelli, Viviani.
Sus huesos, al contrario que los de Kepler, no fueron esparcidos al viento:
descansan en el Panteón de los Florentinos, en la iglesia de la Santa Croce,
cerca de los restos de Miguel Ángel y Maquiavelo. Su epitafio lo escribió la
posteridad: eppur si muove, las famosas palabras que nunca
pronunció en su juicio. Cuando sus amigos quisieron erigir un monumento sobre
su tumba, Urbano manifestó al embajador toscano que sería un mal ejemplo para
el mundo, puesto que el fallecido «había originado ya el mayor escándalo de
toda la cristiandad». Éste fue el fin de la «adulación perniciosa», y el final
de uno de los más desastrosos episodios de la historia de las ideas; porque la
mal concebida cruzada de Galileo desacreditó el sistema heliocéntrico y
precipitó el divorcio de la ciencia y la fe.[667]
Capítulo 3
La síntesis newtoniana
Contenido:
§1. Todo está fragmentado
§2. ¿Qué es el «peso»?
§3. La confusión magnética
§4. Entra la gravedad
§5. La síntesis final
§1. Todo está fragmentado
En las primeras páginas de este libro, dos mil trescientos años antes en esta
historia, comparé la situación intelectual de Grecia en el siglo VI
precristiano a una orquesta que está afinando, con cada ejecutante absorto en
su propio instrumento, mientras aguarda la entrada del director. La situación
se repitió en el siglo XVII después de Jesucristo, la segunda era heroica de la
ciencia. Isaac Newton, nacido el día de Navidad de 1642, once meses después de
la muerte de Galileo, fue el director que unió la orquesta y creó una nueva
armonía a partir de las estridencias discordantes.
Resulta adecuado que esta revisión de las ideas del hombre respecto al Universo
termine con Newton, porque, a pesar de que han transcurrido más de dos siglos
desde su muerte, nuestra visión del mundo es todavía, en líneas generales,
newtoniana. Es tan pequeña la corrección de Einstein a la fórmula de la
gravedad de Newton que, por ahora, sólo afecta al especialista. Las dos ramas
más importantes de la física moderna, la relatividad y la mecánica cuántica,
todavía no han sido integradas en una nueva síntesis universal; y las
repercusiones de la teoría de Einstein en la cosmología aún son cambiantes y
objeto de controversia. Hasta que surja un nuevo maestro, o quizá hasta que los
viajes espaciales proporcionen nuevos datos de observación respecto a nuestro
entorno cósmico, el plano general del Universo continúa siendo, en esencial, el
que Newton trazó, pese a todas las inquietantes suposiciones acerca de la curvatura
del espacio, la relatividad del tiempo y las nebulosas fugitivas. Aquí, tras el
largo viaje de los dioses estrellas babilónicos, las esferas de cristal
griegas, el universo amurallado medieval, nuestra imaginación alcanza, sólo
temporalmente, un período de reposo.
Durante el último cuarto de milenio, en que el hombre ha cambiado de una manera
sin precedentes, Newton ha gozado de una influencia y una autoridad sólo
comparables a la de Aristóteles en los dos milenios anteriores. Si se tuviera
que resumir la historia de las ideas científicas sobre el Universo en una sola
frase, cabría decir únicamente que nuestra visión fue aristotélica hasta el
siglo XVII, y después, newtoniana. Copérnico y Tycho Brahe, Kepler y Galileo,
Gilbert y Descartes, vivieron en una tierra de nadie entre los dos, en una
especie de altiplanicie entre dos grandes llanuras; recuerdan a esos
turbulentos arroyos de montaña, cuya confluencia da nacimiento finalmente al
amplio y mayestático río del pensamiento newtoniano.
Sabemos muy poco, por desgracia, de la forma íntima de trabajar de la mente de
Newton y del método con que consiguió su síntesis monumental. No voy a entrar
en su vida; cualquier intento de contribuir al cuantioso número de libros que
se han escrito sobre Newton debe constituir una empresa aparte. En vez de ello,
describiré brevemente el esparcido rompecabezas cosmológico tal como se le
presentó al joven Newton, pero no sabemos la manera como consiguió percibir que
los irregulares fragmentos eran piezas de un mismo rompecabezas ni cómo logró
encajarlas. Lo que consiguió puede calificarse más bien como una explosión a la
inversa. Cuando estalla un proyectil, su cuerpo brillante, liso, simétrico, se
despedaza en cortantes fragmentos irregulares. Newton encontró esos fragmentos
y los hizo encajar de nuevo en un cuerpo sencillo, compacto, sin fisuras, tan
simple que parece evidente por sí mismo, tan compacto que cualquier alumno de
la escuela elemental puede manejarlo.
Lo que sigue, pues, son las partes del rompecabezas que encontró Newton en
1660, treinta años después de la muerte de Kepler, veinte años después de la de
Galileo. Las piezas clave eran las leyes de Kepler del movimiento de los
cuerpos celestes y las leyes de Galileo de los movimientos de los cuerpos en la
Tierra. Pero los dos fragmentos no encajaban (no mucho más que la relatividad y
la mecánica cuántica hoy día). Las fuerzas que empujaban a los planetas en el
modelo kepleriano no resistían el escrutinio de un físico. Y, viceversa, las
leyes de Galileo de los cuerpos que caen y los proyectiles no tenían ninguna
relación aparente con los movimientos de los planetas o cometas. Según Kepler,
los planetas se movían en elipses; según Galileo, en círculos. Según Kepler,
los impulsaban «radios» de una fuerza que brotaba de la rotación del Sol; según
Galileo, nada en absoluto los impulsaba, porque el movimiento circular se
perpetuaba a sí mismo. Según Kepler, la indolencia o inercia de los planetas
hacía que tendieran a retrasarse; según Galileo, el principio mismo de la inercia
hacía que persistieran en seguir girando en círculos. «Todo estaba fragmentado,
había desaparecido toda cohesión.»
La confusión empeoró con el último de los gigantes prenewtonianos, Descartes.
Según él, la inercia hacía que los cuerpos no persistieran en el movimiento
circular sino en el rectilíneo. Éste era el enfoque más sorprendente de todos,
puesto que los cuerpos celestes pueden moverse en círculos o elipses, pero
evidentemente no se mueven en líneas rectas. En consecuencia, Descartes suponía
que los planetas giraban en círculos obligados por vórtices en un éter que lo
ocupaba todo, una elaboración de las girantes y barredoras escobas de Kepler.[668]
Había, pues, completo desacuerdo, primero, en la naturaleza de la fuerza que
empuja a los planetas en círculos y los mantiene en sus órbitas; y, segundo, en
la cuestión de que un cuerpo en la vastedad del espacio continuaría moviéndose
por sí mismo aunque lo abandonaran a sus propios medios, es decir, sin agentes
externos que actuaran en él. Esas cuestiones estaban inextricablemente
mezcladas con el problema de lo que significaba realmente el «peso», con el
misterioso fenómeno del magnetismo, y con las perplejidades que suscitaban los
conceptos de «fuerzas» y «energías» físicas que estaban apareciendo.
§2. ¿Qué es el «peso»?
El telescopio había mostrado que la Luna poseía una superficie irregular muy
parecida a la de la Tierra, y que el Sol era capaz de rasgarse en manchas; esto
condujo al creciente convencimiento de que los cuerpos celestes eran de
naturaleza terrena y tendían a comportarse del mismo modo las cosas en la
Tierra. Ahora bien, la cualidad más evidente que presentaban todos los cuerpos
terrestres era el peso, la tendencia a presionar o caer hacia abajo (a menos
que se les forzara hacia arriba por la presión de sustancias más pesadas). En
la doctrina antigua, esto se explicaba satisfactoriamente diciendo de que todo
objeto terrestre tendía a moverse hacia el centro del mundo o alejarse de él,
mientras que los objetos celestes obedecían a leyes distintas. La nueva teoría
negaba este dualismo, así como que la Tierra ocupase el centro del mundo. Pero
aunque minaba las viejas creencias del sentido común, la nueva hipótesis no
aportaba respuestas a los problemas que planteaba. Si la Luna, los planetas y
los cometas eran de la misma naturaleza que los cuerpos terrestres, entonces
también éstos tenían que poseer «peso»; ¿pero qué significa exactamente «el
peso» de un planeta, contra qué presiona o hacia dónde tiende a caer? Y si el
porqué una piedra cae al suelo no es la posición de la Tierra en el centro del
Universo, entonces ¿por qué cae la piedra?
Podemos anotar de pasada que algunos de nuestros positivistas lógicos,
transferidos al siglo XVII, hubiesen desechado con un simple gesto de la mano,
por carente de significado, la cuestión de que un planeta «pesa»; y si hubiera
prevalecido su actitud no se habría producido la revolución científica. Tal como
ocurrieron las cosas, los guías del movimiento intentaron soltarse de entre los
cuernos del dilema, cada cual a su propia manera, sin preocuparse mucho de la
pureza semántica. Copérnico sugirió, como hipótesis, que los objetos en el Sol
y la Luna poseían peso como los cuerpos terrestres, y que «peso» significaba la
tendencia de toda materia a adoptar una forma esférica en torno de un centro.
Galileo creía que «peso» era una cualidad absoluta de toda la materia
terrestre, que no requería una causa que, en realidad, no se distinguía de su
inercia; mientras que en los cuerpos celestes, el «peso» se convertía en algo
idéntico a su persistencia en moverse a lo largo de un sendero circular. Kepler
fue el primero en explicar el «peso» como la atracción mutua entre
dos cuerpos; incluso sostuvo que dos cuerpos en el espacio, no expuestos a
ninguna otra influencia, se aproximarían el uno al otro y se encontrarían en un
punto intermedio, de tal modo que las distancias recorridas por cada uno
estarían en razón inversa a sus masas, y atribuyó correctamente las mareas a la
atracción del Sol y de la Luna; sin embargo, como vimos, en el momento decisivo
se echó atrás de la fantástica noción de un anima mundi gravitatoria.
§3. La confusión magnética
Incrementó aún más esta confusión la sensacional teoría de William Gilbert de
que la Tierra era una gigantesca piedra imán, lo cual indujo a Kepler a
identificar la acción del Sol en los planetas como una fuerza «magnética». Era
completamente natural, y por ello lógico, que surgiera esta confusión entre
magnetismo y gravedad, puesto que la piedra imán era la única demostración
sólida y tangible de la misteriosa tendencia de la materia a unirse con la
materia por la influencia de una «fuerza» que actuaba a distancia sin contacto ni
intermediarios. De ahí que el magnetismo se convirtiera en el arquetipo de la
acción a distancia y allanase el camino a la gravitación universal. Sin el
doctor Gilbert, el hombre hubiera estado mucho menos preparado para cambiar el
conocido y tradicional enfoque de que «peso» significaba la tendencia natural
de los cuerpos a caer hacia el centro, por la aventurada noción de que
significaba la atracción mutua de los cuerpos en medio de un espacio vacío. El
magnetismo demostraba que esta atracción, ejercida por dedos fantasmales, era
un hecho, que las limaduras de hierro obedecían a un imán como sometidas a una
orden secreta, del mismo modo que las piedras caían hacia el suelo; y durante
casi medio siglo se identificaron ambos fenómenos, o, como mínimo, se consideraron
gemelos siameses. Además, la palabra «magnetismo» se utilizaba en un sentido
mucho más amplio y metafórico; poseía una ambigüedad profundamente atractiva
como otro agente con rostro de Jano, que pertenecía a la vez al mundo del
espíritu y al de la materia. Por una parte, el imán emitía su energía, como
exigían las ciencias exactas, «sin ningún error… rápido,
definido, constante, dirigido, motivado, imperante, armonioso»; por otra, era
algo animado y vivo, «imita a un alma», aún más, era la auténtica «alma de la
Tierra», su «instinto de autoconservación». «El efluvio magnético de la Tierra
brota hacia fuera como un brazo rodeando y sujetando el cuerpo atraído y
tirando de él hacia sí». Este brazo «necesita ser ligero y espiritual para
poder entrar dentro del hierro», pero al mismo tiempo tiene que ser también
material, un diáfano y raro éter.[669]
Podemos anotar, de nuevo de pasada, que esta cualidad con rostro de Jano se
halla presente también, aunque expresada en lenguaje menos poético, en las
teorías contemporáneas de la materia como un corpúsculo y una onda a la vez,
según el rostro que presente. El magnetismo, la gravedad y la acción a
distancia no han perdido ni una iota de su desconcertante misterio desde
Gilbert.
Kepler no fue la única víctima de esta inevitable confusión; también Galileo
creyó que Gilbert había aportado la explicación del porqué el eje de la Tierra
apunta siempre en la misma dirección del espacio: el eje era, simplemente, una
especie de aguja magnética. Incluso Robert Boyle, el padre de la química
moderna y una de las principales influencias que tuvo Newton, pensó que la gravedad
se podía deber a «vapores magnéticos» que brotaban de la Tierra.
Tan sólo el cerebro más implacablemente lógico y escéptico de todos ellos,
Descartes, repudió el magnetismo, la gravedad y cualquier tipo de acción a
distancia. Descartes hizo avanzar decisivamente el asunto al dejar que los
cuerpos persistieran en su movimiento, no en un círculo galileano, sino en una
línea recta.[670] Al mismo tiempo, sin
embargo, retrocedió significativamente al explicar el magnetismo y la gravedad
como torbellinos en el éter. Una medida de la osadía de Newton es que incluso
Descartes, que prometió reconstruir todo el Universo utilizando tan sólo
materia y extensión, que inventó el útil más hermoso del razonamiento
matemático, la geometría analítica, que fue más despiadado en sus métodos de
pensamiento que ninguno de sus predecesores, que incluso Descartes, este
Robespierre de la revolución científica, rechazó la atracción a distancia al
precio de llenar todo el espacio con monstruosos vórtices y torbellinos. Como
Kepler, que dio con el concepto de la gravedad y luego lo apartó a un lado de
un puntapié, como Galileo, que rechazó incluso la influencia de la Luna en las
mareas, la abierta mente de Descartes se sobrecogió de horror ante la idea de
brazos fantasmales que lo agarraban todo a través del vacío, como hacían todas
las inteligencias sin prejuicios hasta que «gravedad universal» o «campo electromagnético»
se convirtieron en fetiches verbales que hipnotizaban hasta la adquiescencia,
disfrazando que se trataba de conceptos metafísicos arropados con el lenguaje
matemático de la física.
§4. Entra la gravedad
Ésas, pues, eran las piezas del rompecabezas caóticamente disperso con que se
enfrentó Newton. Teorías contradictorias del comportamiento de los objetos en
el espacio en ausencia de fuerzas que se interfirieran; teorías contradictorias
de las fuerzas que hacen girar los planetas; fragmentos confusos de
comunicaciones sobre inercia e impulso, peso y caída libre, gravedad y
magnetismo; dudas acerca de la localización del centro del Universo y si tenía
un centro; y dominándolo todo, la cuestión de dónde encajaba el Dios de las
Escrituras en todo ello.
Había habido algunas vagas conjeturas en la dirección correcta, pero sin estar
apoyadas por ningún argumento sólido. El matemático francés Giles Perón de
Roberval, por ejemplo, sugirió al año siguiente de la muerte de Galileo que, en
el Universo, toda la materia se atraía entre sí, y que la Luna caería en la
Tierra si el éter no actuara como un cojín sustentador entre ellas. Giovanni
Borelli, que ocupó la antigua cátedra de Galileo en Pisa, recuperó la antigua
idea griega de que la Luna se comportaba «como una piedra en una honda», cuya
fuerza de escape le impedía caer en la Tierra. Pero se contradijo a sí mismo al
creer, con Kepler, que la Luna necesitaba que una invisible escoba la empujara
en su círculo, es decir, que la Luna no poseía impulso propio; entonces, ¿por
qué tendería a escapar de sus giros?
Newton tenía veinticuatro años cuando, en 1666, encontró la llave de la
solución; pero luego se interesó por otros asuntos, y no fue hasta veinte años
más tarde que completó la síntesis. Resulta imposible, por desgracia,
reconstruir su forcejeo en los travesaños de la escala de Jacob con el ángel
que guarda los secretos del Cosmos, como hemos podido hacer en el caso de
Kepler; porque Newton no era comunicativo acerca de la génesis de sus
descubrimientos, y los escasos datos que proporciona parecen racionalizaciones
posteriores al hecho. Además, parte del proceso del desarrollo de este
pensamiento lo efectuó colectivamente el círculo que se aglutinaba en torno de
la Royal Society —Hooke, Halley, Christopher Wren—, y estaba influido por
mentes afines, como la de Huygens, de Holanda; es imposible, por tanto, saber
exactamente qué paso intermedio se dio primero y quién lo emprendió.
Es igualmente imposible descubrir cuándo y en qué circunstancias exactas se
colocó la piedra angular de la teoría: la ley de la gravedad, que afirma que la
fuerza de atracción es proporcional a las masas que se atraen y disminuye con
el cuadrado de la distancia. Se ha sugerido, pero sin ninguna prueba concreta,
incluso a Boulliau, tan atrás como en 1645. Quizá se derivó por analogía de la
difusión de la luz, que, como Kepler sabía muy bien, su intensidad disminuye
con el cuadrado de la distancia. Otra sugerencia es que se dedujo de la tercera
ley de Kepler; el propio Newton dice que encontró la fórmula al calcular la
fuerza necesaria para equilibrar la fuerza centrífuga de la Luna, pero esto no
parece demasiado convincente.
Si bien los detalles son oscuros, las líneas generales son pasmosamente claras.
Con el auténtico paso firme de los sonámbulos, Newton evitó las trampas
diseminadas por todo el campo: magnetismo, inercia circular, las mareas de
Galileo, las barredoras escobas de Kepler, los vórtices de Descartes, mientras
caminaba decidido hacia lo que parecía la trampa más mortal: la acción a
distancia, la ubicuidad, impregnando todo el Universo como la presencia del
Espíritu Santo. La enormidad de este paso puede ilustrarse vívidamente con el
hecho de que un cable de acero de igual espesor que el diámetro de la Tierra no
sería lo bastante fuerte para mantenerla en su órbita. Sin embargo, la fuerza
gravitatoria que mantiene a la Tierra en su órbita se transmite desde el Sol y
cruza ciento cincuenta millones de kilómetros de espacio sin ningún medio
material que la transmita.[671] Esta paradoja queda
más ampliamente ilustrada por las propias palabras de Newton, que ya he citado
antes, pero que quiero repetir:
«Es inconcebible que la materia bruta inanimada, sin la mediación de alguna
otra cosa que no sea material, actúe en otra materia y la afecte sin ningún
contacto mutuo… Y por esta razón desearía que no me atribuyerais a mí la
gravedad innata. El que la gravedad deba ser innata, inherente y esencial a la
materia, de tal modo que un cuerpo pueda actuar en otro, a distancia, a través
del vacío, sin ninguna mediación que permita que su acción y fuerza se puedan
trasladar de uno a otro, es para mí un absurdo tan grande, que no creo que
ningún hombre dotado de una facultad de pensamiento apta para asuntos
filosóficos pueda caer nunca en él. La gravedad tiene que causarla un agente
que actúe constantemente de acuerdo con ciertas leyes; pero el que si este
agente es material o inmaterial lo dejo a la consideración de mis lectores.»
El «agente» al que se refiere es el éter interestelar, que se suponía
transmitía de alguna manera la fuerza de la gravedad. Pero cómo se produce esto
era algo que continúa sin explicación; y si el éter era algo material o no
continúa siendo una pregunta sin respuesta, no sólo en la mente de los lectores
sino también, evidentemente, en la de Newton. A veces lo llamaba un medio, pero
en otras ocasiones utilizaba el término «espíritu». Del mismo modo, la
ambigüedad que hemos notado en el empleo que Kepler hacía del término «fuerza»
como un concepto medio animista, medio mecánico, se halla presente también
(aunque expresado de una forma menos explícita) en el concepto de Newton de la
gravedad.
Otra sorprendente dificultad de este concepto es que un Universo repleto de
gravedad debería colapsarse, es decir, todas las estrellas fijas deberían
lanzarse unas contra otras y reunirse en una especie de magna explosión cósmica
final.[672] La dificultad era, en
realidad, insuperable, y Newton no encontró otra solución que asignar a Dios la
función de contrarrestar la gravedad y mantener las estrellas en su sitio:
«Y, sin embargo, la materia estaba dividida al principio en varios sistemas, y
cada sistema constituido por un divino poder a la manera del nuestro; pero
debido a ello, los sistemas exteriores descenderían hacia los del centro, así
que esta situación no podría subsistir siempre sin un divino poder que lo
conservara…»[673]
Tan sólo exponiendo las contradicciones inherentes y las implicaciones
metafísicas de la gravedad newtoniana, es uno capaz de darse cuenta del enorme
valor —o seguridad sonámbula— necesario para utilizar esto como concepto básico
de cosmología. En una de las más temerarias y amplias generalizaciones en la
historia del pensamiento, Newton llenó todo el espacio del Universo con fuerzas
de atracción relacionadas entre sí que brotaban de todas las partículas de
materia y actuaban en todas las partículas de materia a través de los
ilimitados abismos de oscuridad.
Pero esta sustitución del anima mundi por una grauitatio
mundi continuaba siendo, en sí misma, una idea extravagante o el sueño
cósmico de un poeta; el logro crucial fue expresarla en términos matemáticos
precisos y demostrar que la teoría cuadraba con el comportamiento observado de
la maquinaria cósmica, el movimiento de la Luna en torno de la Tierra y el
movimiento de los planetas alrededor del Sol.
§5. La síntesis final
Su primer paso consistió en hacer con la imaginación lo que la historia había
fracasado en conseguir: reunir a Kepler y Galileo. Más exactamente: reunir una
mitad de Kepler con una mitad de Galileo, y descartar las otras dos mitades
superfluas.
El lugar de encuentro fue la Luna. El joven Jeremiah Horrocks —el prodigio
inglés que murió a los veintiún años— había aplicado las leyes de Kepler a la
órbita de la Luna. Esto proporcionó a Newton una mitad de la síntesis. La
segunda mitad la encontró en las leyes de Galileo del movimiento de los
proyectiles en la proximidad inmediata de la Tierra. Newton identificó
la órbita kepleriana de la Luna con la órbita galileana de un proyectil,
que estaba cayendo constantemente hacia el suelo pero era incapaz de alcanzarlo
debido a su rápido movimiento hacia delante. En su Sistema del mundo describe
así el proceso de este razonamiento:
Si se dispara un proyectil desde la cima de una montaña, la
atracción de la Tierra lo desviará de su camino en línea recta. Según la
velocidad inicial que se le dé, seguirá las curvas A, B, C, D o E; y si la
velocidad inicial rebasa cierto valor crítico, el proyectil describirá un
círculo o una elipse «y regresará a la montaña desde la que se lanzó». Más aún,
de acuerdo con la segunda ley de Kepler, «su velocidad cuando regrese a la
montaña no será menor que la que tenía al principio: y conservando la misma
velocidad, describirá la misma curva una y otra vez a causa de la misma ley, y
continuará girando en el cielo del mismo modo que lo hacen los planetas en sus
órbitas». En otras palabras, Newton, con el pensamiento, creó un satélite
artificial casi trescientos años antes de que la técnica fuera capaz de
llevarlo a la práctica.
Así, la idea básica de la mecánica celeste de Newton es la interacción de dos
fuerzas: la fuerza de la gravedad, que empuja al planeta hacia el Sol, y la
fuerza centrífuga, que la contrarresta. La forma usual de demostrar la idea es
hacer girar una piedra en el extremo de una cuerda. La fuerza que mantiene
tensa la cuerda es la fuerza centrífuga de la piedra; la cohesión de la cuerda
que retiene sujeta la piedra en su órbita representa la atracción gravitatoria.
¿Pero por qué tiene que seguir el planeta un camino elíptico, en lugar de
circular? Para decirlo de una manera sencilla, porque cuando se hace girar
circularmente una piedra, la longitud de la cuerda es fija y no se estira, mientras
que la fuerza de atracción del Sol varía según la distancia. En consecuencia,
la piedra gira en un círculo perfecto, mientras que el planeta giraría en un
círculo perfecto tan sólo si su velocidad tangencial y la fuerza centrífuga
resultante contrarrestaran exactamente la atracción del Sol. Si su velocidad es
mayor o más pequeña que la requerida, el planeta no se moverá en un círculo,
sino en una elipse. Si su velocidad fuera muy pequeña, la órbita del planeta
cortaría la superficie del Sol y se estrellaría contra él, del mismo modo que
los meteoritos, frenados por la fricción de la atmósfera, caen en la Tierra.
Por otra parte, cuanto mayor sea la velocidad tangencial respecto a la fuerza
gravitatoria, más alargada será la elipse; hasta que uno de sus extremos, por
decirlo así, se tense hasta el infinito y la elipse se convierta en una
parábola, la supuesta trayectoria de algunos cometas que aparecen desde las
profundidades del espacio, y el Sol los desvía de su curso pero no lo
suficiente para captarlos y retroceden de vuelta al infinito.
El porqué los planetas deben moverse en elipses resulta fácil de demostrar en
términos matemáticos; dejando las matemáticas a un lado, se puede visualizar el
mecanismo como una competición en que la gravedad y la fuerza centrífuga tiran
en dirección opuesta de los dos extremos de una misma cuerda. Si la cuerda a la
que se ha atado la piedra es de material elástico, cabe imaginarla estirándose
y contrayéndose alternativamente, haciendo así que la órbita de la piedra sea ovalada.[674] O se puede visualizar
el proceso como sigue: a medida que el planeta se acerca al Sol se incrementa
su velocidad. Pasa a toda velocidad junto al Sol, pero, al hacerlo, la
agarradora mano de la gravedad lo hace girar circularmente, del mismo modo que
un niño corriendo se agarra a un poste gira en torno de él y así prosigue su
camino en dirección opuesta. Si la velocidad al acercarse ha sido exactamente
la necesaria para impedirle caer hacia el Sol, proseguirá su camino trazando un
círculo. Pero si es algo superior, el Sol, que está a sus espaldas, lo obligará
a una trayectoria alargada, que el planeta proseguirá a velocidad decreciente,
agarrado por los dientes de la atracción solar y girando gradualmente de vuelta
hacia él; hasta que, rebasado el afelio, la curva vuelva a acercarse al Sol y
se inicie de nuevo el ciclo.
La «excentricidad» de la elipse es la proporción en que ésta se desvía del
círculo. Las excentricidades de los planetas son pequeñas, debido al origen
común del sistema solar, que hace que sus velocidades tangenciales se
equilibren casi exactamente con la gravedad.
Pero todo esto era aún mera conjetura por aquel entonces y habían pasado los
días de las hipótesis puramente especulativas. Era una loca conjetura sostener
que la Luna estaba «cayendo» constantemente hacia la Tierra, como un proyectil,
o como la famosa manzana en el jardín de Woolsthorpe, en otras palabras, que la
atracción de la Tierra llegaba hasta tan lejos como la Luna, la atracción del
Sol hasta tan lejos como los planetas, y que el espacio interestelar estaba, en
realidad, «repleto» o «cargado» de gravedad. Para transformar una atrevida
suposición en una teoría científica, Newton tenía que aportar pruebas
rigurosamente matemáticas.
Esto significaba que tenía que: primero, calcular la fuerza centrífuga de la
Luna;[675] segundo, la fuerza
gravitatoria que se suponía que la Tierra ejercía en la Luna; y, por último,
demostrar que la interacción de estas dos fuerzas producían una órbita teórica
que concordaba con la órbita observada de la Luna.
Para efectuar esta operación le interesaba saber, ante todo, en qué proporción
disminuía la gravedad de la Tierra con la distancia. La manzana cae del árbol
con una aceleración conocida de unos diez metros de incremento de velocidad por
segundo; ¿pero cuál podía ser la aceleración de la distante Luna hacia la
Tierra? En otras palabras, necesitaba descubrir la ley de la gravedad: que la
fuerza disminuye con el cuadrado de la distancia. A continuación, le resultaba
imprescindible el valor exacto de la distancia de la Luna. Finalmente, tenía
que decidir si era legítimo considerar a dos enormes globos, como la Tierra y
la Luna, de manera abstracta, como si toda su masa estuviera concentrada en un
punto central único. Y como colofón, para reducir las dificultades matemáticas
se debía tratar la órbita lunar como si fuese un círculo en lugar de una
elipse.
Como resultado de todas esas dificultades, los primeros cálculos de Newton sólo
se aproximaron a los hechos, lo cual no era suficiente. Durante casi veinte
años dejó de lado todo el asunto.
Durante esos veinte años, la expedición de Jean Picard a Cayena proporcionó
muchos y mejores datos del diámetro de la Tierra y de su distancia a la Luna;
el mismo Newton desarrolló sus propios cálculos infinitesimales, el útil
matemático indispensable para abordar el problema; y el trío Halley-Hooke-Wren
continuó encajando entre sí nuevos elementos del rompecabezas. La orquesta
había alcanzado ahora el estadio donde podían captarse ya grupos completos de
instrumentos interpretando algunos pasajes; tan sólo se necesitaban los
golpecitos de la batuta del director para que todo se situara en su lugar.
En 1686, apremiado por Halley, Newton llegó a su síntesis definitiva. Calculó
la fuerza de la atracción de la Tierra en la Luna, y mostró que ésta, combinada
con la propia fuerza centrífuga de la Luna, satisfacía los movimientos
observados del satélite. Luego calculó la atracción del Sol en los planetas, y
demostró que la órbita producida por una fuerza de atracción que disminuía con
el cuadrado de la distancia era una elipse kepleriana con el Sol en uno de sus
focos; e inversamente, que una órbita elíptica requería una fuerza gravitatoria
que cumpliera la relación del cuadrado de la distancia. La tercera ley de
Newton, que relacionaba la duración de los períodos de los planetas con sus
distancias medias al Sol, se convirtió en una piedra angular del sistema; y la
segunda ley —áreas iguales barridas en tiempos iguales— mostraba ahora que
encajaba en cualquier órbita central. Quedaba demostrado que los cometas se movían
en elipses muy alargadas o en parábolas que se perdían en el infinito del
espacio. Newton probó, además, que cualquier objeto en la superficie de la
Tierra se comportaba como si toda la masa de la Tierra estuviese concentrada en
su centro; lo cual hizo posible tratar a todos los cuerpos celestes como si
fueran puntos matemáticos. Finalmente, todo movimiento observable en el
Universo se regía por cuatro leyes básicas: la ley de la inercia; la ley de la
aceleración bajo una fuerza aplicada; la ley de la acción y reacción
recíprocas; y la ley de la gravedad.
Se había cumplido el milagro; los fragmentos habían vuelto a unirse por su
explosión inversa y se habían fundido en un cuerpo liso, compacto, de
apariencia inocente; y si Donne viviera todavía, habría exclamado: «Todos los
fragmentos se han unido en una pieza, ahora todo es coherencia.»
Los movimientos del Sol, de la Luna y de las cinco estrellas errantes habían
sido el principal problema de la cosmología desde los días de los babilonios.
Ahora que se había demostrado que todos seguían las mismas leyes simples, se
consideraba el sistema solar como una unidad integrada. El rápido progreso de
la astronomía y la astrofísica condujo pronto a la posterior concepción de que
esta unidad era sólo una subdivisión de otra unidad mayor: nuestra galaxia de
millones de estrellas, de aparentemente la misma naturaleza que nuestro Sol,
algunas, sin duda, rodeadas también de planetas; y que nuestra galaxia era,
asimismo, tan sólo una entre otras galaxias y nebulosas en distintos estadios
de evolución, pero regidas todas por el mismo conjunto universal de leyes.
Pero esto ya no nos concierne. Con la publicación de los Principia de
Newton, en 1687, la cosmología se convirtió en una ciencia disciplinada; y en
este punto debe terminar nuestro relato de la cambiante visión que del Universo
ha tenido el hombre. La loca danza de las sombras arrojadas por las estrellas
en la pared de la cueva de Platón se estaba asentando en un decoroso y
tranquilo vals Victoriano. Parecía que se hubiesen revelado todos los misterios
del Universo, y la divinidad hubiese quedado reducida al papel de un monarca
constitucional, cuya existencia se tolera por razones de dignidad, pero sin
ninguna necesidad real y sin la menor influencia en los acontecimientos.
Quedan por examinar algunas implicaciones de la historia.
Cuadro cronológico de las Partes Cuarta y Quinta
Me parece que no existen suficientes imposibilidades
en la religión para una fe activa.
Thomas Browne
Contenido:
§1. Los escollos de la evolución mental
§2. Separaciones y reconstituciones
§3. Algunos esquemas de descubrimiento
§4. Místico y sabio
§5. El distanciamiento fatal
§6. El acto de prestidigitación
§7. El conservadurismo de la ciencia moderna
§8. De la jerarquía al continuo
§9. La decisión fundamental
§1. Los escollos de la evolución mental
Tenemos la costumbre de representamos mentalmente la historia política y social
del hombre como un alocado y alternativo zigzag entre progreso y desastre, pero
la historia de la ciencia como un firme proceso acumulativo, expresado por una
curva constantemente ascendente, en que cada época añade algún nuevo elemento
de conocimiento al legado del pasado, haciendo que el templo de la ciencia
crezca ladrillo tras ladrillo a alturas cada vez mayores. O pensamos en ella en
términos de un crecimiento «orgánico», a partir de una infancia conducida por
la magia y seguidora de los mitos de la civilización, y pasando por los
distintos estadios de la adolescencia, hasta una imparcial y racional madurez.
Hemos visto que, en realidad, este progreso no fue ni «continuo» ni «orgánico».
La filosofía de la naturaleza evolucionó por medio de saltos y avances
ocasionales alternados con persecuciones ilusorias, callejones sin salida,
regresiones, períodos de ceguera y amnesia. Los grandes descubrimientos que
determinaron su curso fueron a veces los inesperados resultados de una
persecución de metas completamente distintas. En otras épocas, el proceso del
descubrimiento consistió simplemente en limpiar los escombros que
obstaculizaban el camino, o en disponer en otro orden los elementos de
conocimiento ya existentes. El loco reloj de los epiciclos continuó funcionando
durante dos mil años; y en Europa se sabía menos geometría en el siglo XV que
en tiempos de Arquímedes.
Si el progreso hubiera sido constante y orgánico, todo lo que sabemos, por
ejemplo, acerca de la teoría de los números, o de la geometría analítica, se
hubiese debido descubrir pocas generaciones después de Euclides. Porque este
desarrollo no depende de los avances de la técnica o de la domesticación de la
naturaleza: el cuerpo en sí de las matemáticas está potencialmente en los diez
mil millones de neuronas del computador que el hombre tiene dentro del cráneo.
Y se supone que el cerebro ha permanecido anatómicamente estable durante algo
así como cien mil años. El progreso a saltos y sobre todo irracional del
conocimiento se halla relacionado con que la evolución ha dotado al homo
sapiensde un órgano que era incapaz de utilizar correctamente. Los
neurólogos han estimado que incluso en nuestro estadio actual utilizamos sólo
un 2 ó un 3% de las posibilidades de sus «circuitos» integrados. La historia de
los descubrimientos es, desde este punto de vista, una historia de incursiones
al azar en los inexplorados territorios de las circunvoluciones del cerebro
humano.
Se trata, realmente, de una curiosa paradoja. Los sentidos y órganos de todas
las especies evolucionan (por mutación y selección, conjeturamos) de acuerdo
con las necesidades de adaptación, las cuales determinan, en general, las
novedades de la estructura anatómica. La naturaleza subviene las necesidades de
los individuos proporcionando cuellos más largos para alcanzar las hojas
superiores de los árboles, cascos y dientes más duros para enfrentarse con la
hierba dura y con las secas estepas, o reduciendo el cerebro olfativo y
ampliando la corteza visual de los pájaros, animales arborícolas y bípedos a
medida que alzan lentamente sus cabezas por encima del suelo. Pero es algo sin
precedentes que la naturaleza dote a una especie con un órgano de lujo en
extremo complejo, que rebasa muchísimo sus necesidades actuales e inmediatas,
órgano que la especie necesitará milenios para aprender a utilizar
correctamente, si lo consigue alguna vez. Se supone que la evolución actúa en
las necesidades de adaptación; en este caso, los bienes entregados se anticipan
a la demanda en un tiempo de magnitud geológica. Los hábitos y posibilidades de
aprendizaje de todas las especies se hallan fijados dentro de los estrechos
límites que permite la estructura de su sistema nervioso y órganos; los
del homo sapiens parecen ilimitados precisamente debido a que
los viables usos de esa novedad evolutiva en su cráneo son por completo
desproporcionados a las exigencias de su entorno natural.
Puesto que la genética evolutiva es incapaz de explicar el que una raza más o
menos estable desde el punto de vista biológico deba evolucionar mentalmente
del cavernícola al hombre del espacio, sólo podemos llegar a la conclusión de
que el término «evolución mental» es algo más que una metáfora, y que se
refiere a un proceso en que algunos elementos actúan de una manera que aún no
hemos conseguido dilucidar. Todo cuanto sabemos es que no se puede comprender
la evolución mental ni como un proceso acumulativo o lineal, ni como un caso de
«crecimiento orgánico» comparable a la maduración del individuo, y que quizá
sea mejor considerarlo a la luz de la evolución biológica, de la que es una
continuación.
Parece más apropiado estudiar la historia del pensamiento en términos tomados
de la biología (aunque sólo den de sí analogías) que en términos de una
progresión aritmética. El «progreso intelectual» posee asociaciones lineales:
una curva continua, un nivel del agua que asciende firmemente; mientras que es
harto sabido que la «evolución» es un proceso antieconómico caracterizado por
repentinas mutaciones debidas a causas desconocidas, por el lento diezmar de la
selección y por los callejones sin salida de la extrema especialización y la
rígida inadaptabilidad. El «progreso», por definición, nunca puede equivocarse;
la evolución lo hace constantemente; y también lo hace la evolución de las
ideas, incluidas las de las «ciencias exactas». Las nuevas ideas aparecen
espontáneamente como mutaciones; la inmensa mayoría de ellas son disparatadas
teorías inútiles, el equivalente a los fenómenos biológicos sin ningún valor
para la supervivencia. Hay un forcejeo constante para la supervivencia entre
teorías competitivas en cada rama de la historia del pensamiento. El proceso de
la «selección natural» tiene también su equivalente en la evolución mental:
entre la multitud de nuevos conceptos que emergen, sólo sobreviven los bien
adaptados al milieu intelectual del período. Un nuevo concepto
teórico vivirá o morirá según pueda llegar a un acuerdo con su entorno; su
valor de supervivencia depende de su capacidad de ofrecer resultados. Cuando
llamamos a las ideas «fecundas» o «estériles» nos guiamos, sin damos cuenta,
por la analogía biológica. El debate entre los sistemas tolemaico, ticónico y
copernicano, o entre los enfoques cartesiano y newtoniano de la gravedad, se
decidió según esos criterios. Más aún, hallamos en la historia de las ideas
mutaciones que no parecen encajar con ninguna necesidad obvia, y a primera
vista parecen meros caprichos, como la obra de Apolonio sobre las secciones
cónicas, o las geometrías no euclidianas, cuyo valor práctico no resultó
evidente hasta más adelante. Inversamente, hay órganos que han perdido su
finalidad y, sin embargo, continúan estando presentes como un legado evolutivo:
la ciencia moderna está llena de apéndices y rudimentarias colas prensiles.
En la evolución biológica se producen períodos de crisis y transición donde hay
un rápido, casi explosivo brotar de ramas en todas direcciones, que a menudo
ocasiona un cambio radical de la tendencia dominante del desarrollo. Lo mismo
parece haber ocurrido en la evolución del pensamiento en períodos críticos,
como el siglo VI a. C. o el XVII d. C. Tras esos estadios de «radiaciones de
adaptación» en que la especie es plástica y maleable, suelen seguir períodos de
estabilización y especialización a lo largo de las nuevas líneas, que a menudo
conducen de nuevo a callejones sin salida de rígida y extrema especialización.
Cuando miramos hacia atrás, a la grotesca decadencia del escolasticismo
aristotélico o a la intermitente obcecación de la astronomía tolemaica, nos
sentimos inclinados a recordar el destino de los marsupiales «ortodoxos», como
el koala, que cambiaron de trepar a los árboles por sujetarse a ellos. Sus
manos y pies se convirtieron en garfios, sus dedos ya no les servían para pelar
las frutas y explorar objetos sino que degeneraron en curvadas ganas, cuya única
finalidad era sujetar al animal a la corteza del árbol, de la que colgaba como
para salvar su vida.
Citando una última analogía, encontramos en la evolución «uniones desgraciadas»
que nos recuerdan algunas de las mésalliances ideológicas.
El cordón nervioso central de los invertebrados, como la langosta, discurre por
debajo de su canal alimentario, mientras que la porción principal de su
rudimentario cerebro está situada encima de él, en la parte anterior de su
cabeza. En otras palabras, el esófago de la langosta, desde la boca hasta el
estómago, tiene que cruzar la parte media de sus ganglios cerebrales. Si su
cerebro tuviese que expandirse —y tendría que hacerlo si la langosta quisiera
tener más inteligencia—, su esófago quedaría estrangulado y el animal se
moriría de hambre. En las arañas y escorpiones ocurre realmente algo de esto:
su masa cerebral ha comprimido de tal modo sus conductos alimentarios que por
ellos sólo puede pasar comida líquida: han tenido que convertirse en chupadores
de sangre. Mutatis mutandis, algo parecido ocurrió cuando la
fortaleza del neoplatonismo impidió al hombre absorber ningún alimento empírico
sólido para su pensamiento, y le obligó a alimentarse durante toda la Edad
Media de una dieta líquida sobrenatural. ¿Y acaso la fortaleza del materialismo
mecanicista en el siglo XIX no produjo el efecto contrario, la desaforada
hambre espiritual? En el primer caso, la religión entró en mésalliance con
una ideología que rechazaba la naturaleza; en el segundo, la ciencia se
convirtió en la aliada de una árida filosofía. Del mismo modo, la fortaleza del
dogma del movimiento uniforme en círculos perfectos convirtió el sistema
copernicano en una especie de ideología de crustáceo. Las analogías pueden
parecer extremas, y lo son, pero todas sirven para demostrar que tales uniones
desparejas, condenadas al fracaso por su misma naturaleza, ocurrieron tanto en
los reinos de la evolución biológica como en los de la mental.
§2. Separaciones y reconstituciones
El proceso de la evolución puede describirse como una diferenciación de la
estructura e integración de las funciones. Cuanto más diferenciadas y
especializadas sean las partes, más se requiere una coordinación elaborada para
conseguir un conjunto equilibrado. El criterio definitivo del valor de un
conjunto funcional es el grado de su armonía interna o integración, tanto si el
«conjunto funcional» es una especie biológica o una civilización o un
individuo. Un conjunto se define por el esquema de las relaciones entre sus
partes, no por la suma de esas partes; y una civilización no se caracteriza por
la suma de su ciencia, técnica, arte y organización social, sino por el esquema
conjunto que forman todas ellas, y el grado de integración armoniosa de ese
conjunto. Un físico ha dicho recientemente que «el organismo en conjunto es tan
esencial para la explicación de sus elementos como lo son sus elementos para
una explicación del organismo». Esto es tan cierto cuando hablamos de la
glándula suprarrenal como cuando tratamos de los elementos de una cultura, ya
sea el arte bizantino, la cosmología medieval o la ética utilitaria.
Inversamente, la situación de enfermedad de un organismo, una sociedad o una
cultura se caracteriza por el debilitamiento de los controles de integración y
por la tendencia de sus partes a comportarse de manera independiente y
agresiva, ignorando el interés superior del conjunto o intentando imponerle sus
propias leyes. Tales estados de desequilibrio pueden causarlos la debilitación
de los poderes de coordinación del conjunto más allá de un límite crítico, por
senectud, etcétera, o por una estimulación excesiva de un órgano o parte, o por
su aislamiento del centro integrador. El aislamiento del órgano del control
central conduce, según las circunstancias, a su hiperactividad o a su degeneración.
En el reino de la mente, la «escisión» de pensamientos y emociones, de algún
aspecto de la personalidad, conduce a resultados similares. El término
esquizofrenia deriva directamente de este proceso de escisión; los complejos
«reprimidos» y «autónomos» apuntan en la misma dirección. En las neurosis
obsesivas, en las «ideas fijas» y los «esquemas fijos de comportamiento», vemos
cómo partes de la personalidad se disocian por sí mismas del conjunto.
En una sociedad o cultura, el grado de integración entre sus partes, o campos
de estudio, es igualmente decisivo. Pero aquí, el diagnóstico de los síntomas
desintegradores resulta enormemente más difícil y siempre controvertido, debido
a que no existe un criterio de normalidad. Creo, sin embargo, que la historia
destacada en este libro se reconocerá como una historia de la escisión, y
consecuente desarrollo aislado, de varias ramas del saber y del conocimiento
—geometría celeste, física terrestre, teología platónica y escolástica—,
conducente cada una de ellas a ortodoxias rígidas, especializaciones
unilaterales, obsesiones colectivas, cuya incompatibilidad mutua queda
reflejada en los síntomas del doble pensamiento y la «esquizofrenia
controlada». Pero es también una historia de inesperadas reconciliaciones y
nuevas síntesis emergiendo de lo que parecían fragmentaciones definitivas.
¿Podemos colegir algunos indicios positivos de las condiciones en que se
produjeron esas aparentes remisiones espontáneas?
§3. Algunos esquemas de descubrimiento
En primer lugar, una nueva síntesis nunca es el resultado de una mera suma de
dos ramas completamente desarrolladas de la evolución biológica o mental. Cada
nuevo punto de partida, cada composición de lo que se había separado, comporta
la destrucción de los rígidos y osificados esquemas de comportamiento y
pensamiento anteriores. Copérnico lo intentó y fracasó; quiso unir la tradición
heliocéntrica con la doctrina aristotélica ortodoxa y no tuvo éxito. Newton lo
consiguió porque Kepler ya había destruido la astronomía ortodoxa y Galileo la
física ortodoxa; leyó un nuevo esquema en los fragmentos y los unió en un nuevo
marco conceptual. Del mismo modo, la química y la física sólo pudieron unirse
después de que la física hubiera renunciado al axioma de la indivisibilidad e impermeabilidad
del átomo, con lo cual destruyó su propio concepto clásico de la materia, y la
química hubiese renunciado a su doctrina de los elementos últimos inmutables.
Un nuevo punto de partida evolutivo sólo es posible después de cierta labor de
ensamblar lo diverso, un cuarteado y fundido de las heladas estructuras
resultantes del desarrollo aislado y en extremo especializado.
La mayor parte de los genios responsables de las principales mutaciones
acaecidas en la historia del pensamiento parecen tener ciertos rasgos en común:
por una parte, escepticismo, llevado a menudo hasta el punto de la destrucción,
en su actitud hacia las ideas, axiomas y dogmas tradicionales, hacia todo lo
que se ha dado por sentado; por otra, apertura mental que roza la credulidad
ingenua hacia nuevos conceptos que parecen ofrecer alguna promesa en su
instintivo escudriñar. De esta combinación resulta la capacidad crucial de
percibir un objeto familiar, una situación, un problema o una colección de
datos, desde una luz o una situación repentinamente nuevas: de ver una rama no
como parte de un árbol, sino como un arma o una herramienta potenciales; de no
asociar la caída de una manzana con el que ya esté madura, sino con el
movimiento de la Luna. El descubridor percibe esquemas de analogías funcionales
que lo relacionan con otras cosas allá donde nadie antes los había visto, del
mismo modo que el poeta percibe la imagen del camello en una nube que cruza el
cielo.
Este acto de arrancar un objeto o concepto de su habitual marco asociativo y
verlo desde uno nuevo es, como he intentado mostrar, parte esencial del proceso
creador.
[676] Es un acto tanto de
destrucción como de creación, puesto que exige destruir un hábito mental,
fundir, con el soplete de la duda cartesiana, la congelada estructura de la
teoría aceptada a fin de permitir una nueva fusión. Esto quizás explique la extraña
combinación de escepticismo y credulidad en el genio creador.[677] Cada acto creador —en
ciencia, arte o religión— conlleva una regresión a un estadio más primitivo,
una nueva inocencia de la percepción liberada de la catarata de las creencias
aceptadas. Es un proceso de reculer pour mieux sauter,de
desintegración que precede a la nueva síntesis, comparable a la oscura noche
del alma por la que debe pasar el místico.
Otra condición previa para que se produzcan los descubrimientos fundamentales y
para que se acepten, es lo que podemos llamar la «madurez» de la época. Es una
cualidad elusiva, porque la «madurez» de una ciencia para que se produzca un
cambio decisivo no la determina la situación aislada de esa ciencia en
particular, sino el clima general de la época. El clima filosófico de Grecia
después de la conquista macedónica cortó el brote del concepto heliocéntrico
del universo de Aristarco; y la astronomía se hundió alegremente en sus
imposibles epiciclos porque ese tipo de ciencia favorecía el clima medieval.
Aún más, marchaba. Esta osificada disciplina, escindida de la
realidad, era capaz de predecir eclipses y conjunciones con considerable
precisión, y proporcionar tablas que eran completamente adecuadas a lo que se
pedía.
Por otra parte, un talante general de transición y advertencia de crisis, que
envolvió todo el abanico humano de actividades, organización social, creencias
religiosas, arte, ciencia y moda, propició la «madurez» del siglo XVII para
Newton, o del siglo XX para Einstein y Freud.
El síntoma de que determinada rama de la ciencia o el arte se halla madura para
el cambio es una sensación de inquietud y frustración, no causada
necesariamente por una grave crisis en esa rama específica —que puede seguir
desenvolviéndose completamente bien en sus términos tradicionales de
referencia— sino por una sensación de que la tradición en sí se halla de algún
modo desfasada, desgajada de la corriente principal, que lo criterios
tradicionales se han vuelto carentes de sentido, separados de la realidad viva,
aislados del conjunto integrador. Éste es el punto en que la presunción del
especialista cede ante la búsqueda anímica filosófica, ante la dolorosa
revaluación de sus axiomas básicos y del significado de términos que se han
dado por sentados; en una palabra, ante el deshielo del dogma. Ésta es la
situación que proporciona al genio la oportunidad de su zambullida creativa
bajo la rota superficie.
§4. Místico y sabio
El aspecto más inquietante de esta historia de separaciones y reconstituciones,
éste que he estado tocando constantemente, se refiere al místico y al sabio.
Al principio de este largo viaje, cité el comentario de Plutarco respecto a los
pitagóricos: «La contemplación de lo eterno es el objetivo de la filosofía, del
mismo modo que la contemplación de los misterios es el objetivo de la
religión.» Para Pitágoras, al igual que para Kepler, los dos tipos de
contemplación eran gemelos; para ellos, filosofía y religión estaban motivadas
por el mismo anhelo: captar atisbos de eternidad a través de la ventana del
tiempo. El místico y el sabio satisfacían conjuntamente el anhelo dual de
aliviar la ansiedad cósmica del yo y trascender sus limitaciones; su necesidad
dual de protección y liberación. Proporcionaban tranquilidad mediante la
explicación, reduciendo los acontecimientos incomprensibles y amenazadores a
principios familiares a la experiencia: los rayos y truenos, a estallidos
temperamentales de dioses parecidos a los hombres; los eclipses, a la gula de
cerdos comedores de lunas; afirmaban que existían rima y razón, una ley y un
orden ocultos tras la aparente arbitrariedad y el flujo caótico, incluso tras
la muerte de un niño y la erupción de un volcán. Satisfacían, a la vez, la
necesidad básica del hombre y proclamaban su intuición fundamental: que el
Universo posee un significado, es algo racional y ordenado y está gobernado por
alguna forma de justicia, aunque sus leyes no nos resulten evidentes.
Aparte tranquilizar la mente consciente invistiendo al Universo con significado
y valor, la religión actuaba de una manera más directa en el inconsciente, en
las capas prerracionales del yo, proporcionándole técnicas intuitivas para
trascender sus limitaciones de tiempo y espacio mediante un cortocircuito
místico, valga la expresión. La misma dualidad del enfoque —racional e
intuitivo— caracteriza, como vimos, la búsqueda científica. En consecuencia, es
un error notorio identificar la necesidad religiosa únicamente con intuición y
emoción, la ciencia únicamente con lo lógico y lo racional. Profetas y
descubridores, pintores y poetas, todos ellos comparten esta cualidad anfibia
de vivir a la vez en la limitada tierra firme y en el ilimitado océano. Tanto
en la historia de la raza como en la del individuo, ambas ramas de la búsqueda
cósmica se originan en la misma fuente. Los sacerdotes fueron los primeros
astrónomos; los curanderos fueron, al mismo tiempo, profetas y médicos; las
técnicas de la caza, la pesca, la siembra y la cosecha estuvieron imbuidas de
magia y rituales religiosos. Había división del trabajo y diversidad de métodos
en los símbolos y técnicas, pero unidad de motivos y finalidades.
La primera separación, según nuestros conocimientos de la historia, ocurrió
entre la religión del Olimpo y la filosofía jónica. El civilizado ateísmo de
los jónicos reflejaba la degeneración de la religión del Estado en un ritual
elaborado y especializado, su pérdida de conciencia cósmica. Fue posible la
síntesis pitagórica gracias a la relajación de esa rígida estructura teológica
por medio del renacimiento místico que trajo en su estela el Similar situación
se produjo en el siglo XVI, cuando la crisis religiosa sacudió la teología
medieval y permitió a Kepler edificar su nuevo modelo del Universo ad
majorem gloriam Dei, esa unión neopitagórica de inspiración mística y
hechos empíricos de tan corta vida.
Durante la Edad Media, los monasterios fueron oasis de erudición en un desierto
de ignorancia, y los monjes se convirtieron en los guardianes de los pozos
ahora secos. Había escasez, pero no disputas entre teología y filosofía; ambas
admitían que la naturaleza vulgar no era un objeto digno de conocimiento. Fue
una era de doble pensamiento, de una cultura escindida de la realidad, pero la
partición no se había producido entre teólogo y científico, porque este último
no existía.
La cosmología de la gran cadena de seres a finales de la Edad Media era una
cosmología muy integrada. Es cierto que el «Venus cabalgando el tercer
epiciclo» de la Diuina Comedia no se podía representar
mediante un modelo mecánico; pero aquí también la línea divisoria no se hallaba
entre filosofía religiosa y natural, sino entre matemáticas y física, física y
astronomía, como exigía la doctrina aristotélica. También es cierto que la
Iglesia era parcialmente responsable de este estado de cosas debido a que se
había aliado con Aristóteles, como lo había hecho antes con Platón; pero no era
una alianza absoluta, como prueba el ejemplo de la escuela franciscana y la
occamista.
Huelga recapitular la rehabilitación efectuada por Tomás de Aquino de la luz de
la razón como partícipe activo de la luz de la gracia; ni la parte preeminente
que tuvieron en el renacimiento del saber dominicos y franciscanos,
eclesiásticos como los obispos Nicolás de Oresme, Nicolás de Cusa o Giese;
también detenemos de nuevo en el impacto conjunto de la recuperación de los
textos griegos de la versión de los setenta de la Biblia y de Euclides. La
reforma de la religión y el renacimiento de la ciencia fueron procesos
relacionados de ruptura de los petrificados esquemas del desarrollo y de vuelta
a los orígenes para descubrir qué era lo que había ido mal. Erasmo y Reuchlin,
Lutero y Melanchthon, volvieron a los textos griegos y hebreos del mismo modo
que Copérnico y sus sucesores volvieron a Pitágoras y Arquímedes, impulsados
por la misma ansia de reculer pour mieux sauter, de conseguir
una visión unificadora perdida por culpa de la extrema especialización
doctrinaria. Durante la edad de oro del humanismo, e incluso en la edad de la
pólvora de la Contrarreforma, los científicos continuaron siendo las vacas
sagradas de cardenales y papas, desde Paulo III hasta Urbano VIII; al mismo
tiempo, el Colegio Romano y la Compañía de Jesús ocuparon la delantera en
matemáticas y astronomía.
El primer conflicto declarado entre Iglesia y ciencia fue el escándalo de
Galileo. He intentado demostrar que, a menos que uno crea en el axioma de la
inevitabilidad histórica —esta forma de fatalismo en marcha atrás—, hay que
considerarlo como un escándalo que se hubiera podido evitar; y no es difícil
imaginar a la Iglesia católica adoptando, tras una transición ticónica, la cosmología
copernicana unos doscientos años antes de cuando lo hizo. El caso de Galileo
fue un episodio aislado, y en realidad completamente atípico, en la historia de
las relaciones entre ciencia y teología, casi tan atípico como lo fue el remedo
de juicio de Dayton. Pero sus circunstancias dramáticas, aumentadas más allá de
toda proporción, originaron la creencia popular de que la ciencia propugnaba la
libertad, y la Iglesia la opresión del pensamiento. Eso es cierto tan sólo en
un sentido limitado y por un reducido período de transición. Algunos
historiadores, por ejemplo, desean hacemos creer que la decadencia de la
ciencia en Italia se debió al «terror» causado por el juicio de Galileo. Pero
la generación siguiente asistió a la ascensión de Torricelli, Cavallieri y
Borelli, cuyas contribuciones a la ciencia fueron más considerables que las de
cualquier otra generación antes de la vida de Galileo o durante ella; el
desplazamiento del centro de la actividad científica a Inglaterra y Francia y
la gradual decadencia de la ciencia italiana, del mismo modo que de la pintura
italiana, se debió a otras causas históricas. Nunca, desde la guerra de los
Treinta Años, oprimió la Iglesia la libertad de pensamiento y expresión tanto
como lo hizo el terror basado en las ideologías «científicas» de la Alemania
nazi o la Rusia soviética.
La separación contemporánea entre fe y razón no proviene de una disputa por el
poder o el monopolio intelectual, sino de un progresivo alejamiento sin
hostilidad ni dramatismo, y por ello mucho más devastador. Esto se hace
evidente si desplazamos nuestra atención de Italia a los países protestantes de
Europa y a Francia. Kepler, Descartes, Banow, Leibniz, Gilbert, Boyle y el
propio Newton, la generación de adalides contemporáneos y sucesores de Galileo,
fueron todos ellos profundos y genuinos pensadores religiosos. Pero había
cambiado sutil y gradualmente su imagen de la divinidad. Se había liberado de
su rígido marco escolástico, había retrocedido más allá del dualismo de Platón
hasta la mística inspiración pitagórica de Dios, el matemático principal. Los
fundadores de la nueva cosmología, de Kepler a Newton y más allá, basaron su
búsqueda en la naturaleza, en la convicción mística de que tienen que existir
leyes detrás de los fenómenos desconcertantes; de que el mundo era una creación
completamente racional, ordenada, armónica. En palabras de un historiador
moderno, «la aspiración a demostrar que el Universo funcionaba como un
mecanismo de relojería… era inicialmente en sí misma una aspiración religiosa.
Se tenía la sensación de que era menester que hubiera algo defectuoso en la
propia creación —algo que no era merecedor del nombre de Dios—, a menos que se
pudiese mostrar todo el sistema del Universo como algo intercomunicado, de modo
que presentara un esquema razonable y ordenado. Kepler, inaugurando la búsqueda
científica de un universo mecanicista en el siglo XVII, es significativo aquí:
su misticismo, su música de las esferas, su deidad racional, exigen un sistema
que posea la belleza de una pieza matemática.»[678]
En vez de pedir milagros explícitos como prueba de la existencia de Dios,
Kepler descubrió el milagro supremo en la armonía de las esferas.
§5. El distanciamiento fatal
Y, sin embargo, esta nueva unidad pitagórica duró muy poco tiempo, y la siguió
un nuevo distanciamiento que nos parece más irrevocable que ningún otro
anterior. Los primeros síntomas de este distanciamiento aparecen ya en los
escritos de Kepler:
«¿Qué otra cosa puede albergar la mente humana aparte números y magnitudes?
Sólo eso captamos correctamente, y si la piedad nos permite decirlo, nuestra
comprensión es, en este caso, del mismo tipo que la de Dios, al menos mientras
seamos capaces de comprenderlo en esta vida mortal.»[679]
«La geometría es única y eterna, un reflejo de la mente de Dios. El que los
hombres sean capaces de participar en ella es una de las razones por las que el
hombre es una imagen de Dios.»[680]
«En consecuencia, se me ocurre pensar que toda la naturaleza y los elegantes
cielos se hallan simbolizados en el arte de la geometría… Y mientras Dios, el
hacedor, jugaba, enseñó el juego a la naturaleza, a la que había creado a su
imagen; le enseñó idéntico juego al que Él jugó con ella.»[681]
Todo esto era completamente admirable e indiscutible desde el punto de vista
teológico. Pero en posteriores escritos de Kepler empieza a advertirse una
nueva nota. Leemos que «la geometría le proporcionó al Creador un modelo para
la decoración de todo el mundo»,[682] que de algún modo la
geometría precedió a la creación del mundo, y que «las cantidades son los
arquetipos del mundo».[683]
Hay aquí un sutil desplazamiento de la atención, que produce la impresión de
que Dios copió el Universo de arquetipos geométricos que coexistían con Él
desde la eternidad, y que en el acto de la creación estuvo obligado, de algún
modo, a seguir unos planos ya existentes. Paracelso expresó la misma idea de
una forma menos delicada: «Dios puede crear un asno con tres colas, pero no un
triángulo con cuatro lados.»[684]
También para Galileo, «el libro de la naturaleza está escrito en lenguaje
matemático… sin su ayuda es imposible comprender ni una sola palabra de él».[685] Pero el «principal
matemático» de Galileo se llama «naturaleza», no Dios, y sus referencias a este
último suenan como alabanzas de boca para fuera. Galileo hace avanzar
decisivamente la supervaloración de las matemáticas reduciendo toda la naturaleza
a «tamaño, figura, número y movimiento lento o rápido», y relegando al limbo de
las cualidades «subjetivas» o «secundarias» todo lo que no se pueda reducir a
esos elementos, incluidos, por insinuación, los valores éticos y los fenómenos
de la mente.
Descartes completó la división del mundo en cualidades «primarias» y
«secundarias», y redujo, además, las cualidades primarias a «extensión» y
«movimiento», que forman el «reino de la extensión» —res extensa—, y
juntó todo lo demás en la res cognitans, el reino de la mente,
alojado de modo un tanto cicatero en la pequeña glándula pituitaria. Los
animales, para Descartes, eran mecanismos robot, y lo mismo el cuerpo humano; y
el Universo (con la excepción de unos pocos millones de glándulas pituitarias
del tamaño de guisantes) estaba ahora tan completamente mecanizado que
exclamaría: «Dadme materia y movimiento y construiré el mundo.» Y, sin embargo,
Descartes también era un pensador profundamente religioso, que dedujo su ley de
la inmutabilidad de la cantidad total de movimiento en el Universo[686] de la inmutabilidad de
Dios. Pero puesto que, dados materia y movimiento, él hubiera creado el mismo
universo gobernado por las mismas leyes, ¿se necesitaba realmente la deducción
de la mente de Dios? La respuesta se halla en el aforismo de Bertrand Russell
sobre Descartes: «Sin Dios no hay geometría; pero la geometría es deliciosa, en
consecuencia tiene que existir Dios.»
En cuanto a Newton, que fue mejor científico y, por tanto, más torpe metafísico
que Galileo o Descartes, asignó a Dios una doble función: como creador del
mecanismo de relojería universal, y como supervisor de su mantenimiento y
reparación. Creía que el hecho de situar todas las órbitas planetarias en un
mismo plano y de tan ordenada manera, y el que en el sistema hubiese un solo y
suficiente Sol para proporcionar a todo el conjunto luz y calor, en lugar de
varios soles o ninguno en absoluto, constituían la prueba de que la creación
era la obra de un «agente inteligente… no ciego o fortuito, sino muy hábil en
mecánica y geometría».[687] Creía, además, que,
por la presión de la gravedad, el Universo se colapsaría «sin un divino poder
que lo sostuviera»;[688] y, asimismo, que las
pequeñas irregularidades de los movimientos planetarios se acumularían y
sacarían de sus goznes a todo el sistema si Dios no los ajustara de vez en
cuando.
Newton era un teólogo excéntrico como Kepler y, como éste, aficionado a la
cronología; fechó la creación en el año 4004 a. C., según el obispo Usher, y
sostuvo que el décimo cuerno de la cuarta bestia del Apocalipsis representaba a
la Iglesia romana. Intentó desesperadamente hallar un hueco para Dios en algún
lugar entre las ruedas del reloj mecánico, del mismo modo que Jeans y otros
intentaron más tarde encontrárselo en el principio de incertidumbre de
Heisenberg. Pero, como hemos visto, estos añadidos mecánicos de dos disciplinas
especializadas y por completo desarrolladas nunca tuvieron éxito. La teoría de
Kant-Laplace del origen del Sistema Solar mostró que esta disposición ordenada
se puede explicar a partir de bases puramente físicas, sin recurrir a la
inteligencia divina; y los pretendidos deberes de Dios como ingeniero de mantenimiento,
los consideraron despectivamente absurdos los propios contemporáneos de Newton,
entre ellos Leibniz:
«Según su doctrina [la de Newton y sus seguidores], el Altísimo desea darle
cuerda a su reloj de vez en cuando, o de otro modo dejaría de funcionar. Parece
que no previó dotarlo de un movimiento perpetuo. Vaya, la máquina de Dios es
tan imperfecta, según esos caballeros, que se ve obligado a limpiarla
periódicamente con notable trabajo, e incluso a repararla del mismo modo que un
relojero recompone su obra… Sostengo que cuando Dios obra milagros, no lo hace
a fin de subvenir los deseos de la naturaleza, sino los de la gracia.
Quienquiera que piense de otro modo demuestra tener muy pobre noción de la
sabiduría y el poder de Dios.»[689]
En una palabra, los ateos eran la excepción entre los adalides de la revolución
científica. Todos eran hombres piadosos que no deseaban eliminar a la deidad de
su Universo, pero no podían hallar ningún lugar para ella, del mismo modo que,
literalmente, eran incapaces de encontrar un sitio para el paraíso y el
infierno. El matemático principal se convirtió en algo superfluo, una
civilizada ficción que se absorbió gradualmente en los tejidos de la ley
natural. El universo mecánico no podía acomodar ningún factor trascendental. La
teología y la física separaron sus caminos sin irritación sino lamentándolo, no
a causa del Signor Galileo sino de que se sentían hastiadas y
no tenían ya nada más que decirse la una a la otra.
La separación condujo a consecuencias que nos son familiares de parecidas
ocasiones en el pasado. Desgajada de lo que antiguamente se llamaba filosofía
de la naturaleza y ahora ciencia exacta, la teología continuó su propia y
especializada línea doctrinal. Habían pasado las respectivas eras de la
preponderancia benedictina, franciscana, tomista, jesuita en la investigación.
Para el intelecto inquisitivo, las Iglesias establecidas se convirtieron en
venerables anacronismos, pero capaces todavía de proporcionar esporádica
influencia edificante a cada vez menor número de personas a costa de escindir
su mente en mitades incompatibles. El admirable —resumen de Whitehead de la
situación, redactado en 1926, es cierto aún hoy día, una generación después de
haberlo escrito:
«Ha habido reacciones y renacimientos. Pero, en general, se ha producido la
gradual desintegración de la influencia religiosa en la civilización europea
durante muchas generaciones. Cada renacimiento alcanza un estadio más bajo que
su predecesor, y cada período de decadencia una sima más profunda. La curva
media señala un firme descenso del tono religioso… La religión tiende a
degenerar en una fórmula decente para embellecer una vida confortable.
»… La religión ha estado a la defensiva, débil defensiva, durante más de dos
siglos. Este período ha sido de progreso intelectual sin precedentes. De esta
suerte se han producido situaciones nuevas para el pensamiento. Cada una de
tales ocasiones ha encontrado desprevenidos a los pensadores religiosos. Algo
que se ha proclamado como vital, tras forcejeos, apuros y anatemas se ha
modificado e interpretado de otro modo. Luego, la siguiente generación de
apologistas religiosos felicita al mundo religioso por el profundo
discernimiento que ha conseguido. La constante repetición de esta indigna retirada,
en el transcurso de muchas generaciones, ha destruido finalmente casi por
entero la autoridad intelectual de los pensadores religiosos. Consideremos este
contraste: cuando Darwin o Einstein formulan teorías que modifican nuestras
ideas es un triunfo para la ciencia. No pregonamos que es otra derrota para la
ciencia, porque se han abandonado las viejas ideas. Sabemos que se ha avanzado
hacia la percepción científica.
»La religión no recuperará su antiguo poder hasta que pueda afrontar el cambio
con el mismo espíritu con que lo hace la ciencia. Sus principios pueden ser
eternos, pero la expresión de esos principios requiere un constante desarrollo…
»Las controversias religiosas de los siglos XVI y XVII situaron a los teólogos
en un desdichado estado mental. Siempre estaban atacando y defendiendo. Se
imaginaban a sí mismos como la guarnición de una fortaleza rodeada por fuerzas
hostiles. Todas esas imágenes expresaban medias verdades. Por eso son tan
populares pero peligrosas. Esta imagen en particular fomentaba un beligerante
espíritu partidista, que realmente expresa una definitiva falta de fe. No se
atrevían a modificar, porque eludían la tarea de desprender de su mensaje
espiritual las asociaciones de cierta imaginería…
»… Tenemos que saber lo que entendemos por religión. Las Iglesias, en la
presentación de sus respuestas a esa pregunta, han puesto de manifiesto
aspectos de la religión que se expresan en términos que o bien encajan con las
reacciones emocionales de tiempos ya pasados o van dirigidos a excitar
reacciones emocionales modernas de carácter no religioso…
»La religión es la visión de algo que se halla más allá, detrás y dentro del
fluir de las cosas inmediatas; algo que es real y, sin embargo, aguarda ser
realizado; algo que es una remota posibilidad y, no obstante, el mayor de los
hechos presentes; algo que confiere significado a todo lo que pasa pero elude
ser aprehendido; algo cuya posesión es el bien supremo y, a pesar de ello, se
encuentra más allá de todo alcance; algo que es el ideal definitivo y la
búsqueda sin esperanzas.[690]
§6. El acto de prestidigitación
Para la otra parte separada, la ciencia, la línea divisoria pareció ser algo
excelente al principio. Libre del lastre místico, la ciencia pudo largar todas
sus velas y avanzar a gran velocidad a la conquista de nuevas tierras tras cada
sueño. Al cabo de dos siglos transformó la perspectiva mental del homo
sapiens y transformó también la faz de su planeta. Pero el precio
pagado fue proporcional: llevó a la especie al borde de la autodestrucción
física, y a un callejón sin salida espiritual sin precedentes. Navegando sin
lastre, la realidad se disolvió gradualmente entre las manos de los físicos; la
propia materia se evaporó del universo materialista.
Este arriesgado acto de prestidigitación empezó, como hemos visto, con Galileo
y Descartes. En su famoso pasaje de El aquilatador (véase la
página 375), Galileo trasladó las cualidades que son la esencia misma del mundo
de los sentidos —color y sonido, calor, olor y sabor— del reino de la física al
de la ilusión subjetiva. Descartes condujo el proceso adelante, mondando la realidad
del mundo exterior hasta reducirla a partículas cuya única cualidad era la
extensión en el espacio y el movimiento en el espacio y el tiempo. Al
principio, este enfoque revolucionario de la naturaleza parecía tan prometedor
que Descartes creyó que sería capaz de completar todo el edificio de la nueva
física por sí mismo. Sus contemporáneos, menos optimistas, pensaron que podía
llevarle tanto como dos generaciones arrancarle sus últimos secretos a la
naturaleza. «Los fenómenos particulares de las artes y las ciencias son, en
realidad, pocos —dijo Francis Bacon—. La invención de todas las causas y
ciencias puede ser labor de algunos años.»[691]
Pero el acto de prestidigitación prosiguió en los dos siglos siguientes. Cada
una de las cualidades primarias «últimas» e «irreducibles» del mundo de la
física demostró ser, a su vez, una ilusión. Los duros átomos de materia
estallaron en fuegos artificiales; los conceptos de sustancia, fuerza, efectos
determinados por causas y, finalmente, el esquema mismo de espacio y tiempo,
resultaron ser tan ilusorios como los «sabores, olores y colores» que Galileo
había tratado tan despectivamente. Cada avance en teoría física, que constituye
una rica cosecha en la técnica, conllevó una pérdida de inteligibilidad. En el
balance intelectual, sin embargo, esas pérdidas fueron mucho menos evidentes
que los espectaculares logros; estas pérdidas se aceptaron de buen grado como
nubes pasajeras que el próximo avance disolvería. La gravedad del callejón sin
salida resultó evidente tan sólo en el segundo cuarto de nuestro siglo y
únicamente para los científicos de mente más filosófica, que habían conservado
cierta inmunidad contra lo que cabría llamar el nuevo escolasticismo de la
física teórica.
Comparado con la imagen del mundo del físico moderno, el universo tolemaico de
epiciclos y esferas de cristal era un modelo de cordura. La silla en que me
siento parece un hecho real y sólido, pero sé que estoy sentado en un vacío
casi perfecto. La madera de la silla se compone de fibras, que a su vez se
componen de moléculas, que a su vez se componen de átomos, que a su vez son
minúsculos sistemas solares con un núcleo central y electrones por planetas.
Todo esto parece magnífico, pero las dimensiones son lo que cuenta. El espacio
que ocupa un electrón tiene un diámetro de sólo unas cincuenta milésimas de su
distancia al núcleo; el resto del interior del átomo está vacío. Si se ampliara
el núcleo al tamaño de un guisante seco, el electrón más próximo giraría en
torno de él a una distancia de aproximadamente ciento setenta y cinco metros.
Una habitación con unas cuantas motas de polvo flotando en su aire se halla
atestada si la comparamos con el vacío que llamo una silla y en el cual
descansan mis posaderas.
Pero incluso es dudoso que resulte permisible decir que el electrón «ocupa un
espacio». Los átomos poseen la capacidad de absorber energía y emitirla, en
forma de rayos de luz, por ejemplo. Cuando un átomo de hidrógeno, el más simple
de todos, con un único planeta-electrón, absorbe energía, el planeta salta de
su órbita a otra mayor, por ejemplo, de la órbita de la Tierra a la órbita de
Marte; cuando emite energía, salta de nuevo de vuelta a la órbita más pequeña.
Pero el planeta realiza esos saltos sin cruzar el espacio que separa las dos
órbitas. De alguna manera pierde materia en la órbita A y la recupera en la
órbita B. Más aún, puesto que la cantidad de «acción» realizada por el electrón
del hidrógeno en recorrer una vez su órbita es la cantidad más pequeña e
indivisible de acción (constante básica «h» de Planck), carece de significado
preguntar en qué punto exacto de su órbita se halla el electrón en determinado
momento dado. Se encuentra en todas partes a la vez.[692]
Podríamos proseguir indefinidamente la lista de estas paradojas; en realidad,
la nueva mecánica cuántica consiste sólo en paradojas, porque se ha convertido
en un axioma aceptado por los físicos que la estructura subatómica de cualquier
objeto, incluida la silla donde me siento, no puede encajar en un marco de
espacio y tiempo. Palabras como «sustancia» o «materia» se han vuelto vacías de
significado, o se les han asignado significados simultáneos y contradictorios.
Así, los rayos de electrones, que son partículas supuestamente elementales de
materia, se comportan en determinado experimento como proyectiles pequeños,
pero en otro tipo de experiencia actúan como ondas; inversamente, los rayos de
luz proceden a veces como ondas y en otras ocasiones, como proyectiles. En
consecuencia, los constituyentes últimos de la materia son, al mismo tiempo,
sustancia y no sustancia, proyectiles y ondas. Pero, ¿ondas dónde, en qué? Una
onda es movimiento, ondulación; pero, ¿qué se mueve, ondula y produce mi silla?
La mente no puede concebirlo, ni tampoco imaginar el espacio vacío, porque,
para coexistir, cada electrón requiere un espacio tridimensional para él; dos
electrones, seis dimensiones; tres electrones, nueve dimensiones. Esas ondas
son reales en cierto sentido: podemos fotografiar el famoso esquema de
trayectorias que producen cuando atraviesan una puerta de difracción; son como
la sonrisa del gato de Cheshire.
«Porque debemos saber [dice Bertrand Russell] que es posible que el átomo
consista enteramente en las radiaciones que surgen de él. Es inútil argumentar
que las radiaciones no pueden surgir de la nada… La idea de que hay una pequeña
masa allí, que es electrón o protón, es una intrusión ilegítima de nociones de
sentido común derivadas del tacto… “Materia” es una fórmula conveniente para
describir lo que ocurre allá donde no hay nada.»[693]
Esas ondas, pues, sobre las que me siento, que surgen de la nada y se desplazan
por un no medio en un no espacio multidimensional, son la respuesta definitiva
que ofrece la moderna física a las preguntas del hombre sobre la naturaleza de
la realidad. Algunos físicos interpretan las ondas que parecen constituir la
materia como «ondas de probabilidad» completamente inmateriales y señalan
«zonas de alteración» donde es probable que «ocurra» un electrón. «Son tan
inmateriales como las ondas de depresión, lealtad, suicidio, etc., que barren
un país.»[694] A partir de aquí sólo
hay un paso en llamarlas ondas abstractas, mentales o cerebrales de la mente
universal, sin ironía. Científicos imaginativos de persuasión tan distinta como
Bertrand Russell, por un lado, Eddington y Jeans, por otro, han llegado muy
cerca de dar este paso. Así, Eddington escribió:
«La materia que compone el mundo es materia mental. La materia mental no se
halla esparcida por el espacio y el tiempo; ésos forman parte del esquema
cíclico derivado en último término de ella. Pero debemos suponer que en alguna
otra forma o aspecto se puede diferenciar en partes. Sólo aquí y allí se eleva
al grado de la conciencia, pero de tales islas surge todo conocimiento. Además
del conocimiento directo contenido en cada unidad conocedora de sí misma, hay
el conocimiento deducido. Este último incluye nuestro conocimiento del mundo
físico.»[695]
Jeans fue más lejos aún:
«Los conceptos que ahora demuestran ser fundamentales para comprender la
naturaleza —un espacio que es finito; un espacio que está vacío, de tal modo
que un punto [que nos parece que está ocupado por un cuerpo material] difiere
de otro principalmente en las propiedades del espacio en sí; espacios
tetradimensionales, incluso de siete y más dimensiones; un espacio que se
expande eternamente; una secuencia de acontecimientos que siguen las leyes de
probabilidad en vez de las leyes de causalidad— o bien, una secuencia de
acontecimientos que sólo se pueden describir completa y consecuentemente
saliendo fuera del espacio y del tiempo, todos esos conceptos parecen a mi
mente estructuras de pensamiento puro, incapaces de realizarse en ningún
sentido que se pueda describir adecuadamente como material.»[696]
Y luego:
«Existe hoy un gran consenso, que en el aspecto físico de la ciencia se acerca
casi a la unanimidad, de que el fluir del conocimiento se encamina hacia una
realidad no mecánica; el Universo empieza a parecerse más a un gran pensamiento
que a una gran máquina. La mente ya no parece un intruso accidental en el reino
de la materia; estamos comenzando a sospechar que deberíamos saludarla como la
creadora y gobernadora del reino de la materia…»[697]
Así, se ha reemplazado el fortificado universo medieval, con su jerarquía de
materia, mente y espíritu, por un universo en expansión de espacio vacío curvo
y multidimensional, donde las estrellas, los planetas y sus poblaciones quedan
absorbidos en los pliegues espaciales del continuo abstracto, burbuja estallada
de «un espacio vacío soldado a un tiempo vacío».[698]
¿Cómo se llegó a esta situación? Ya en 1925, antes de que naciera la nueva
mecánica cuántica, Whitehead escribió que «la doctrina física del átomo ha
llegado a un estado que sugiere enormemente los epiciclos de la astronomía
anterior a Copérnico».[699] El rasgo común entre
la astronomía prekepleriana y la moderna física es que ambas se han
desarrollado en un aislamiento relativo como «sistemas cerrados», utilizando un
conjunto de símbolos acordes con ciertas reglas del juego. Ambos sistemas «marcharon»;
la física moderna preparó el camino a la energía nuclear, y la astronomía de
Tolomeo propició predicciones cuya precisión asombró a Tycho Brahe. Los
astrónomos medievales usaron sus símbolos de epiciclos del mismo modo que los
físicos modernos emplean las ecuaciones ondulatorias de Schrödinger o las
matrices de Dirac, y se avanzó, aunque no supieran nada de gravedad y órbitas
elípticas, creyeran en el dogma del movimiento circular y no tuvieran ni la más
remota idea de por quémarchaba. Eso nos hace recordar el famoso
argumento de Urbano VIH, que Galileo trató con desdén: que una hipótesis útil
no tiene que tener necesariamente algo que ver con la realidad, porque pueden
existir otras posibles explicaciones a cómo el Altísimo produce los fenómenos
en cuestión. Si de nuestra historia puede deducirse alguna lección, ésta es que
la utilización, según reglas estrictamente consecuentes en sí mismas, de un
conjunto de símbolos que representan un aspecto único del fenómeno puede
producir predicciones correctas y verificables, pese a ignorar completamente
todos los demás aspectos de ese fenómeno que constituyen su realidad:
«… La ciencia trata de un aspecto parcial de la realidad, y… no hay la menor
razón para suponer que todo lo que la ciencia ignora es menos real que lo que
acepta… ¿Por qué la ciencia forma un sistema cerrado? ¿Por qué los elementos de
la realidad que ignora nunca vienen a alterar el resto? La razón estriba en que
todos los términos de la física se definen en términos el uno del otro. Las
abstracciones con que se inicia la física constituyen todo con lo que se tiene
que tratar…»[700]
La física moderna no se preocupa realmente por las «cosas», sino por las
relaciones matemáticas entre ciertas abstracciones que son el residuo de las
cosas desaparecidas. En el universo aristotélico, la cantidad era simplemente
un atributo de las cosas —y uno de los menos importantes. La frase de Galileo
«el libro de la naturaleza está escrito en el lenguaje de las matemáticas», sus
contemporáneos la consideraron una paradoja; hoy se ha convertido en un axioma,
y, por tanto, no admite discusión. Durante mucho tiempo, la reducción de
cualidad a cantidad —de color, sonido, radiación, frecuencias de vibraciones—
tuvo tanto éxito que pareció responder a todas las preguntas. Pero cuando los
físicos se acercaron a los últimos constituyentes de la materia, la cualidad se
tomó su venganza: el método de reducción a cantidades continuó sirviendo, pero
ya no sabemos exactamente qué estamos reduciendo. En realidad, todo lo que
sabemos al respecto es que leemos nuestros instrumentos —el número de clics
emitidos por el contador de Geiger, o la posición de una aguja en un dial—, e
interpretamos los signos de acuerdo con las reglas del juego:
«Y así, en sus procesos actuales, la física no estudia esas inescrutables
cualidades [del mundo material], sino los indicadores de los instrumentos que
puede observar. Las lecturas, si son ciertas, reflejan las fluctuaciones de las
cualidades del mundo; pero nuestro conocimiento exacto es de las lecturas, no
de las cualidades. Las primeras se parecen tanto a las últimas como un número
de teléfono a su abonado.»[701]
Bertrand Russell expresó este estado de cosas de una forma aún más sucinta:
«La física es matemática no debido a que sepamos tanto sobre el mundo físico,
sino debido a que sabemos tan poco; sólo podemos descubrir sus propiedades
matemáticas.»[702]
§7. El conservadurismo de la ciencia moderna
Hay dos maneras de interpretar la situación.
Tal vez la estructura del Universo sea, en realidad, de tal naturaleza que no
se pueda aprehender en términos de espacio y tiempo humanos, razón humana e
imaginación humana. En este caso, la ciencia exacta ha dejado de ser la
filosofía de la naturaleza, y ya no tiene mucha inspiración que ofrecer en la
búsqueda de la mente humana. En este caso, sería legítimo que el científico se
retirara a su sistema cerrado, para manejar sus símbolos puramente formales y
para eludir las cuestiones relativas al «auténtico significado» de esos
símbolos como algo «carente de significado», como se ha puesto de moda. Pero
entonces tiene que aceptar su papel como simple técnico cuya tarea es producir,
por un lado, mejores bombas y fibras plásticas, y, por otro, sistemas de
epiciclos más elegantes para salvar los fenómenos.
La segunda posibilidad es considerar la actual crisis de la física como un
fenómeno temporal, el resultado de un desarrollo unilateral y en exceso
especializado, como puede ser el cuello de la jirafa: uno de esos culs-de-sac de
la evolución mental que hemos observado tan a menudo en el pasado. Pero si es
así, ¿dónde, en la andadura de tres siglos de la «filosofía natural» a la
«ciencia exacta», empieza el distanciamiento de la realidad? ¿En qué punto se
pronunció la nueva versión de la maldición platónica: «Deberéis pensar en
círculos»? Si conociéramos la respuesta, podríamos, por descontado, saber
también el remedio; y una vez sabida la respuesta, aparecería de nuevo como
algo tan sorprendentemente obvio como la posición central del Sol en el Sistema
Solar. «Somos, ciertamente, una raza ciega —escribió un científico
contemporáneo—, y la siguiente generación, ciega a su propia ceguera, se
sorprenderá de la nuestra.»[703]
Citaré dos ejemplos que considero ilustrativos de esta ceguera. La filosofía
materialista, a partir de la cual se han educado la mitad de los científicos
modernos, ha continuado ejerciendo su dogmatismo en su mente, aunque la materia
en sí se haya evaporado; y el científico reacciona a los fenómenos que no
encajan con ella del mismo modo que reaccionaban sus antepasados escolásticos a
la sugerencia de que podían aparecer nuevas estrellas en la inmutable octava
esfera. Así, durante los últimos treinta años, se ha reunido un impresionante
volumen de pruebas en estrictas condiciones de laboratorio que sugieren que la
mente puede percibir estímulos emanados por personas u objetos sin intervención
de los órganos sensoriales; y que en experimentos controlados, esos fenómenos
ocurren con una frecuencia estadística que invita a la investigación
científica. Pese a ello, la ciencia académica reacciona ante los fenómenos de
«percepción extrasensorial» del mismo modo que la Liga de los Pichones
reaccionó ante las estrellas mediceas; y, tengo la impresión, no por mejores
razones. Si tenemos que aceptar que un electrón puede saltar de una órbita a
otra sin atravesar el espacio intermedio, ¿por qué tenemos que rechazar de
plano la posibilidad de que una señal de la naturaleza, no menos desconcertante
que los electrones-onda de Schrödinger, se pueda emitir y recibir sin
intervención sensorial? Si la moderna cosmología tiene una lección global que
damos, ésa es que los acontecimientos fundamentales del mundo físico no se pueden
representar en un espacio y un tiempo tridimensionales. Sin embargo, la versión
moderna del escolasticismo niega dimensiones adicionales a la mente, o al
cerebro, mientras se las concede con toda libertad a las partículas de un trozo
de plomo. No estoy jugando con la palabra «dimensión» como una analogía
mecánica, a la manera de la «cuarta dimensión» de los ocultistas y curanderos
farsantes. Estoy diciendo simplemente que, puesto que el esquema del
espacio-tiempo, los conceptos de materia y causalidad tal como los entiende
tanto la física clásica como la experiencia del sentido común, la física
moderna los ha abandonado, parece no haber ninguna justificación en rechazar la
investigación de fenómenos empíricos simplemente porque no concuerden con esa
teoría ya abandonada.
Un segundo ejemplo del engreimiento de la ciencia contemporánea es la rigurosa
eliminación de la palabra «finalidad» de su vocabulario. Probablemente se trate
de una secuela de la reacción contra el animismo de la física aristotélica,
cuyas piedras aceleraban su caída debido a su impaciencia por llegar a casa, y
contra la visión teológica universal en la cual la finalidad de las estrellas
era servir de cronómetros en beneficio del hombre. Desde Galileo en adelante,
las «causas finales» (o «finalidad», para abreviar) quedaron relegadas al reino
de la superstición, y la causalidad mecánica reinó como supremo soberano. En el
universo mecánico de pequeños átomos indivisibles, la causalidad trabajaba por
impacto, como en una mesa de billar; el empuje mecánico del pasado, no ningún
«empuje» del futuro, ocasionaba los acontecimientos. Por esa razón, la gravedad
y otras formas de acción a distancia no encajaban con el esquema y se miraban
con suspicacia; por qué se tenían que inventar los éteres y los vórtices para
reemplazar el oculto tirón de un empuje mecánico. El universo mecánico se
desintegró gradualmente, pero la noción mecanicista de la causalidad sobrevivió
hasta que el principio de incertidumbre de Heisenberg demostró que aquélla era
insostenible. Hoy día sabemos que en escala subatómica, el destino de un
electrón o de todo un átomo no lo determina su pasado. Pero este descubrimiento
no ha conducido a ningún nuevo punto de partida en la filosofía de la
naturaleza, sólo a un estado de asombrado azoramiento y mayor retraimiento de
la física a un lenguaje de simbolismo aún más abstracto. De cualquier modo, si
la causalidad ha fracasado y los acontecimientos ya no los gobiernan
rígidamente los empujes y presiones del pasado, puede que estén influidos de
algún modo por el «tirón» del futuro, lo cual es un modo de decir que la
«finalidad» puede ser un factor físico concreto en la evolución del Universo,
tanto en lo orgánico como en lo inorgánico. En el cosmos relativista, la
gravitación es un resultado de las curvaturas y los pliegues del espacio, que
tienden constantemente a enderezarse, lo cual, como observó Whittaker,[704] «es una afirmación tan
absolutamente teológica que, sin duda, hubiese regocijado los corazones de los
escolásticos». Si en la física moderna se trata el tiempo como una dimensión
casi a la par con las dimensiones del espacio, ¿por qué deberíamos excluir a
priori la posibilidad de que estuviéramos siendo tirados a la vez que
empujados a lo largo de su eje? Con todo, el futuro posee tanta o tan poca
realidad como el pasado, y no existe nada lógicamente inconcebible en
introducir, como hipótesis de trabajo, un elemento de finalidad, suplementario
al elemento de causalidad, en nuestras ecuaciones. Pone de manifiesto gran
falta de imaginación creer que el concepto de «finalidad» se tiene que asociar
necesariamente con alguna deidad antropomórfica.
Ésos son temas de especulación y posiblemente alejados por completo de lo que
tratamos aquí; pero hemos aprendido del pasado que, en la evolución, los
callejones sin salida se pueden superar únicamente con un nuevo enfoque en
alguna dirección inesperada. Cada vez que una rama del conocimiento queda
aislada de la corriente principal, se tiene que romper y fundir su congelada
superficie antes de poder unirla a la realidad viva.
§8. De la jerarquía al continuo
Como resultado de su separación, ni fe ni ciencia son capaces de satisfacer los
anhelos intelectuales del hombre. En la casa dividida, ambos tipos de
habitantes llevan una existencia infructuosa.
La ciencia posgalileana afirmaba ser un sustitutivo de la religión, o su
legítimo sucesor; por ello, su fracaso en proporcionar las respuestas
fundamentales produjo no sólo un desencanto intelectual, sino gran hambre
espiritual. Una breve recapitulación de la visión que del mundo tenía el hombre
europeo antes y después de la revolución científica, puede ayudar a considerar
la situación de manera más detallada. Tomando el año 1600 como nuestra línea
divisoria, descubrimos virtualmente a todos los ríos del pensamiento y comentes
de sentimientos fluyendo en direcciones opuestas. El europeo «precientífico»
vivía en un universo cerrado con firmes fronteras de espacio y tiempo, que
tenían unos pocos millones de kilómetros de diámetro y unos pocos miles de años
de duración. El espacio, como tal, no existía como un concepto abstracto, sino
simplemente como un atributo de los cuerpos materiales: longitud, anchura y
profundidad; en consecuencia, el espacio vacío era algo impensable, una
contradicción absoluta, y el espacio infinito, más aún. Del mismo modo, el
tiempo era simplemente la duración de un suceso. Nadie en sus cabales hubiese
dicho nunca que las cosas se mueven por o en el espacio o el tiempo: ¿cómo
puede una cosa moverse en o por lo que constituye un atributo en sí mismo, cómo
puede lo concreto moverse por lo abstracto?
En este mundo tranquilizadoramente limitado de confortables dimensiones, un
bien dispuesto drama estaba emprendiendo su preordenado camino. El escenario
permaneció estático de principio a fin; no hubo cambio alguno en las especies
de animales y plantas, ningún cambio en la naturaleza, orden social y
mentalidad del hombre. Tampoco hubo progreso ni decadencia en las jerarquías
natural y espiritual. El posible cuerpo total de conocimientos era tan limitado
como el Universo en sí; todo lo que podía saberse acerca del Creador y su
creación lo habían revelado las Sagradas Escrituras y los escritos de los
sabios antiguos. No existían límites definidos entre lo natural y lo
sobrenatural: la materia estaba empapada de espíritus animales, la ley natural
estaba embebida de una finalidad divina; no había ningún acontecimiento sin
causa final. La justicia trascendental y los valores morales eran inseparables
del orden natural; ningún acontecimiento o hecho era éticamente neutro; ninguna
planta o metal, ningún insecto o ángel estaba exento de juicio moral; ningún
fenómeno se hallaba fuera de la jerarquía de valores. Cada sufrimiento tenía su
recompensa; cada desastre, su significado; el argumento del drama tenía un
esquema sencillo, un claro principio y un claro final.
En pocas palabras, nuestros antepasados, hace menos de quince generaciones,
tenían esta visión del mundo. Luego, de manera aproximada, durante las cinco
generaciones que transcurrieron desde el canónigo Koppernigk hasta Isaac
Newton, el homo sapiens emprendió el cambio más decisivo de su
historia:
«El glorioso universo romántico de Dante y Milton, que no ponía límites a la
imaginación del hombre mientras jugaba con el espacio y el tiempo, había
quedado barrido ahora. El espacio se identificaba con el reino de la geometría;
el tiempo, con la continuidad de los números. El mundo donde la gente creía
vivir —un mundo rico en colores y sonidos, perfumado con fragancias, lleno de
alegría, amor y belleza, hablando por todas partes de deliberada armonía y
fecundos ideales— estaba ahora atestado en las diminutas esquinas de los
cerebros de los dispersos seres orgánicos. El mundo realmente importante del
exterior era un mundo duro, frío, incoloro, silencioso y muerto; un mundo de
cantidades, un mundo de nociones matemáticas calculables con regularidad
mecánica. El mundo de cualidades como elementos inmediatamente percibidos por
el hombre se convirtió tan sólo en un efecto curioso y de escasa importancia de
esa máquina infinita que había más allá.»[705]
El uomo uniuersale del Renacimiento, que era arista y
artesano, filósofo e inventor, humanista y científico, astrónomo y monje, todo
en uno, se escindió en sus partes componentes. El arte perdió su mística; la
ciencia, su inspiración mística; el hombre se volvió de nuevo sordo a la
armonía de las esferas. La filosofía de la naturaleza se volvió éticamente
neutra, y «ciego» se convirtió en el adjetivo favorito para la elaboración de
la ley natural. El continuo del espacio-tiempo sustituyó la jerarquía de espíritus
espaciales.
Como resultado de todo ello, el destino del hombre ya no estaba determinado
desde «arriba» por una sabiduría y una voluntad sobrehumanas, sino desde
«abajo» por las inferiores acciones humanas de glándulas, genes, átomos u ondas
de probabilidad. Este desplazamiento de la ubicación del destino fue decisivo.
Mientras el destino actuó desde un rango de jerarquía superior al del hombre,
no sólo modeló su destino, sino que también guio su conciencia e impregnó su
mundo de significado y valor. Los nuevos dueños del destino quedaron situados
más abajo en la escala que los seres que controlaban; podían determinar su
destino, pero no proporcionarle una guía moral, como tampoco valores y
significado. Una marioneta de los dioses es una figura trágica; una marioneta
suspendida de sus cromosomas es, simplemente, grotesca.
«Antes del desplazamiento, las distintas religiones habían proporcionado al
hombre tal tipo de explicaciones que daban significado, en el sentido amplio de
la causalidad trascendental y la justicia trascendental, a todo lo que le
ocurra. Pero las explicaciones de la nueva filosofía carecían de significado en
su sentido más amplio. Las respuestas del pasado habían sido variadas,
contradictorias, primitivas, supersticiosas, o como quiera que se desee
llamarlas; pero habían sido firmes, definidas, imperativas. Satisfacieran al
hombre, al menos por determinado tiempo y cultura, las necesidades de seguridad
y protección en un mundo insondablemente cruel, y le proporcionaron cierta guía
en sus perplejidades. Las nuevas respuestas, citando a William James, “hicieron
imposible descubrir en el derivar de los átomos cósmicos si trabajaban en
escala universal o particular, nada excepto una especie de supervivencia sin
objetivo, haciendo y deshaciendo, sin trenzar una historia propia, sin dejar
ningún resultado”. En una palabra, las viejas explicaciones, con todas sus
arbitrariedades y remiendos, respondían a la cuestión del “significado de la
vida”, mientras que las nuevas explicaciones, con toda su precisión, convertían
la explicación misma del significado en algo carente de significado. A medida
que la ciencia humana se hacía más abstracta, su arte se fue haciendo más
esotérico y sus placeres más químicos. Al final no le quedó nada excepto “un cielo
abstracto sobre una roca desnuda”.
»El hombre entró en una era glacial del espíritu; las Iglesias establecidas
sólo podían proporcionarle iglúes esquimales donde se apiñaban sus temblorosas
multitudes, mientras los fuegos de campaña de las ideologías rivales lanzaban a
las masas en salvajes e impetuosas huidas por el hielo.»[706]
§9. La decisión fundamental
Coincidiendo con este progresivo marchitamiento del espíritu, los siglos
posteriores al Renacimiento comportaron una ascensión sin precedentes de la
potencia tanto constructiva como destructiva. Aquí, la expresión fundamental es
«sin precedecentes». Toda comparación con épocas pasadas se desmorona ante el
hecho de que nuestra especie ha adquirido los medios de aniquilarse a sí misma
y convertir a la Tierra en un planeta inhabitable; y eso puede ocurrir en un
futuro previsible, posee el poder de convertir este planeta en una nova, un
sol rival en el Sistema Solar. Cada era ha tenido sus Casandras, y uno tiende a
consolarse al ver que la humanidad, sin embargo, ha conseguido sobrevivir con
independencia de sus pesimistas profecías. Pero estas analogías ya no son
válidas, porque ninguna época pasada, por convulsa que haya sido, disponía de
los medios reales de acometer el suicidio de la raza interfiriendo con el orden
del Sistema Solar.
La principal novedad de nuestra era es la combinación de su repentino y único
incremento de poder físico con una marea menguante del espíritu, también sin
precedentes. Para apreciar esta novedad se tiene que abandonar la limitada
perspectiva de la historia europea, y pensar en términos de historia de la
especie. En otra parte he sugerido que el proceso que condujo a nuestra
situación actual se podía representar mediante dos curvas similares a los
gráficos de temperaturas: una que mostrase el creciente poder físico de la
raza; la otra, su discernimiento espiritual, conciencia moral, caridad y
valores relacionados con todo ello. A lo largo de varios centenares de miles de
años, desde el hombre de Cro-Magnon hasta aproximadamente el año 5000 a. C., la
primera curva se separa muy poco de la horizontal. Con la invención de la
polea, la palanca y otros dispositivos mecánicos sencillos, la fuerza muscular
del hombre se amplió, supongamos, unas cinco veces; tras lo cual la curva
volvió a adoptar la horizontal durante otros cinco o seis mil años. Pero en el
transcurso de los últimos doscientos años —un espacio inferior a una milésima
parte del total del gráfico— la curva, por vez primera en la historia de la
especie, se alza repentinamente en un salto gigantesco; y en los últimos
cincuenta años —aproximadamente una cienmilésima parte del total—, la curva
asciende tan empinada que en la actualidad es casi una línea vertical. Un
simple ejemplo ilustrará eso: después de la primera guerra mundial, menos de
una generación antes de Hiroshima, los estadísticos calculaban que para matar a
un soldado enemigo se necesitaba una media de diez mil balas de rifle, o diez
proyectiles de artillería.
Comparada con la primera, la segunda curva mostrará muy lenta ascensión durante
los primeros y casi llanos kilómetros prehistóricos; luego ondulará indecisa en
subidas y bajadas a lo largo de la historia civilizada; finalmente, en la
última y espectacular fracción del gráfico, donde la curva del poder sale
disparada hacia arriba como una cobra que intenta morder el cielo, la curva
espiritual inicia un notorio descenso.
Puede que el diagrama esté excesivamente simplificado, pero puedo afirmar que
no está excesivamente pintado recargando las tintas. Para atenemos exactamente
a la escala, necesitaríamos utilizar un papel de unos cien metros de largo,
pero incluso así la porción relevante ocuparía tan sólo algo más de un par de
centímetros. Nos veríamos obligados a utilizar unidades de tiempo de cien mil
años al principio, luego de mil años, mientras, a medida que nos acercábamos al
presente, la ascensión vertical de la curva de poder físico se hacía mayor en
un solo año que lo que había sido en los diez mil años anteriores.
Así pues, en un futuro predecible, el hombre puede o bien destruirse a sí mismo
o partir hacia las estrellas. Es dudoso decidir qué argumento razonado
desempeñará un papel determinante en la decisión definitiva, pero en ese
momento puede tener algún valor una visión más clara de la evolución de las
ideas que han conducido a la situación actual. El amasijo de inspiración y engaño,
de discernimiento visionario y ceguera dogmática, de obsesiones milenarias y
disciplinado doble pensamiento, que este relato ha intentado rastrear, pueden
servir de aviso contra el engreimiento de la ciencia, o más bien contra el
desenlace filosófico basado en ella. Los diales de los paneles de nuestro
laboratorio se están convirtiendo en otra versión de las sombras en la cueva.
Nuestra esclavitud hipnótica a los aspectos numéricos de la realidad ha
embotado nuestra percepción de los valores morales no cuantificables; la ética
resultante de «el fin justifica los medios» puede constituir un elemento
importante de nuestra ruina. Inversamente, el ejemplo de la obsesión de Platón
por las esferas perfectas, de la flecha de Aristóteles impulsada por el aire
que la rodea, de los cuarenta y ocho epiciclos del canónigo Koppernigk y su
cobardía moral, de la manía de grandezas de Tycho Brahe, de los radios solares
de Kepler, de los trucos confiados de Galileo, y del alma en la pituitaria de
Descartes, puede que tengan un efecto desembriagador en los adoradores del
nuevo Baal, que domina en el vacío moral con su cerebro electrónico
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ZINNHR, E.,Enstehung und
Ausbreitung der Copernicanischen Lehre (Erlangen, 1943).
Notas al pie de página:
[i] Aunque en el original
español de la Colección Científica Salvat se puede leer números primos lo
hemos corregido por números impares. Se ha cotejado esta corrección
con la edición original en inglés, donde se indica odd y con
la edición mejicana traducida por Alberto Luis Bixio donde pone números
impares. (N. del E. D.).
[ii] La biografía tipo de
Copérnico continúa siendo la de Leopold Prowe Nicolaus Copernicus (Berlín,
1883-1884).
El trabajo reciente más importante sobre la teoría copernicana, sus orígenes y
repercusiones, es Entstehung und Ausbreitung der Copernicanischen Lehre de Emst
Zinner (Sitzungsberichte der Physikalisch-medizinischen Sozietaet zu Erlangen,
74 Band, Erlangen, 1943). Pueden hallarse breves resúmenes del sistema
copernicano en Copernicus the Founder of Modem Astronomy de Angus Armitage
(Londres, 1938) y en Dreyer, op. cit. La obra de Prowe se publicó en dos
volúmenes, el primero de los cuales consiste en dos partes numéricamente
separadas. Las referencias al volumen 1 se indican, en consecuencia, Prowe, I,
1 y Prowe, I, 2. El primer volumen contiene la biografía; el segundo,
documentos en latín, griego y alemán medieval. Todas las referencias a Prowe,
II se refieren a los originales latinos.
[iii] Aunque en el original
español de la Colección Científica Salvat se puede leer números
primos lo hemos corregido por números impares. Se ha cotejado esta
corrección con la edición original en inglés, donde se indica odd y
con la edición mejicana traducida por Alberto Luis Bixio donde
pone números impares. (N. del E. D.)
Notas al fin del libro:
[1]A Study of History, Abridgement of Vols. I-VI por d. C. Somerwell (Oxford,
1947). En la edición completa, diez volúmenes, hay tres breves referencias a
Copérnico, dos a Galileo, tres a Newton y ninguna a Kepler. Todas las
referencias son indirectas.
[2]Véase Insight and Outlook,An Inquiry into the Common Foundations of
Science,Art and Social Ethics, (Londres y Nueva York, 1949).
[3]Ency. Brit., ed 1955, I-582.
[4]Ibid., II-582d.
[5] F. Sherwood
Taylor, Science Past and Present (Londres, 1949), p. 13.
«Desde el principio del reinado de Nabonassar, el 747 a. C. —informó Tolomeo
unos novecientos años después—, poseemos las antiguas observaciones continuadas
virtualmente hasta el día de hoy.» (Th. L. Healh, Greek Astronomy [Londres,
1932), pp. XIV y ss.) Las observaciones babilónicas, incorporadas por Hiparco y
Tolomeo al cuerpo principal de los datos griegos, constituyeron también una
ayuda indispensable para Copérnico.
[6] Platón, Thaetetus, 174
A, citado por Heath, op. cit., p. 1.
[7] Resumido de los
Fragmentos, citado i. a. por John Bumet, Early Greek Phylosophy (Londres,
1908), pp. 126 y ss.
[8]Ibid., p. 29.
[9] Cf. John Bumet, Greek
Philosophy Parte I, Thales to Plato (Londres, 1914),
páginas 42, 54.
[10] Aristoxeno de
Tarento, Elementos de armonía, citado por Bumet, op.
cit., p. 41. Aristoxeno, peripatético del siglo IV, estudió con los
pitagóricos y Aristóteles. Para una evaluación critica de las fuentes de
Pitágoras, véase Early Greek Philosopha de Bumet, p. 91 y ss.;
y A. Delatte, Études sur la littérature pythagoricienne (Paris,
1915). Para la astronomía de los pitagóricos, J. L. E. Dreyer, History
of the Planetary Systems from Thaïes to Kepler (Cambridge, 1906), y
Pierre Duhem, Le Système du Monde - Histoire des Doctrines
Cosmologiques de Plato à Copernic, vol. I (Paris, 1913).
[11] Irónicamente, parece
que Pitágoras no tenía ninguna prueba completa del teorema pitagórico.
[12] El descubrimiento de
la esfericidad de la Tierra se atribuye indistintamente a Pitágoras y
Parménides.
[13]Hist. nat., II, p. 84, citado por Dreyer, op. cit., p.
179
[14] El mercader de Venecia, V. 1.
[15] Eurípides, Las
bacantes, nueva traducción de Philip Vellacott (Londres, 1954).
[16]Bumet, Early Greek Phil., p. 88.
[17] Citado por B.
Farrington, Greek Science (Londres, 1953), p. 45.
[18] F. M. Comford, From
Religion to Philosophy (Londres, 1912), p. 198.
[19] De ahí los atajos, u
omisiones, entre distintos conjuntos de símbolos en la enseñanza mística
pitagórica de los números, como el de si la correlación de números impares y
pares era macho y hembra, derecha e izquierda, o la calidad mágica atribuida al
pentagrama.
[20] Libro III, cap. 13.
Citado por Ch. Seltman, «Pitágoras», en History Today, agosto
de 1956.
[21] La manera más sencilla
de demostrar esto es la siguiente: representemos a d con la
fracción m/n,en la cual m y n son
desconocidos. Supongamos que a = 1; luego, d2 =
12 + 12 y d = √2. Luego, m2/n2 =
2. Si m y n tienen un factor común, dividamos
por él, luego m ó n debe ser un número impar.
Ahora bien, m2 = 2n2; por
tanto m2 es par; luego m es par;
por tanto n es impar. Supongamos m = 2p;
entonces 4p2 = 2n2; luego n2 =
2p2; y por tanto n es impar, contra
hyp. De manera que ninguna fracción m/n puede
medir la diagonal.
[22] Citado por T.
Danzig, Number, The Language of Science (Londres, 1942), p.
101.
[23] Farrington, op.
cit., p. 43.
[24] Hist., IV,
25, 42; citado por Dreyer, op. cit., p. 39.
[25] Duhem (op. cit., p.
17) se inclina a creer que la contratierra se hallaba siempre en oposición a la
Tierra, al otro lado del fuego central. Pero desde su punto de vista (deducido
a partir de un ambiguo párrafo del Seudo-Plutarco), el antictón no tendría
ninguna función práctica. Si la Tierra debía completar una revolución en
veinticuatro horas en torno del punto central, su velocidad angular seria
prohibitiva a menos que el fuego central estuviera completamente inmóvil; en
cuyo caso, parece realmente necesaria la contratierra para impedir que se
convierta en humo.
[26] La enseñanza de los
números era, de hecho, el talón de Aquiles de los pitagóricos; pero aun a
riesgo de mostramos demasiado farisaicos respecto de las antiguas
supersticiones, ¿qué hay de la ley de Bode? En 1772, Johannes Daniel Titius de
Wittenberg anunció que había descubierto una ley numérica sencilla (pero
completamente arbitraria), según la cual las distancias relativas de todos los
planetas al Sol podían expresarse por medio de la serie 0, 3, 6, 12, 24, etc.,
añadiendo 4 a cada expresión. El resultado es la serie 4, 7, 10, 16, 28, 52,
100, 196. Esto se correspondía de manera sorprendentemente aproximada con las
distancias relativas de los siete planetas conocidas en el año 1800; pero el
octavo planeta, a una distancia de 28, no existía. En consecuencia, ese mismo
año, un grupo de seis astrónomos alemanes se dedicaron a buscar el planeta
perdido. Encontraron el planetoide Ceres(*); desde entonces se han descubierto
más de quinientos planetoides en las inmediaciones, de los cuales se supone que
son los fragmentos de un antiguo planeta completo situado en el lugar predicho.
Pero para la pregunta por qué esa arbitraria secuencia de números debía
coincidir tan aproximadamente con los hechos no ha podido hallarse hasta ahora
ninguna respuesta satisfactoria.
|
Ley de Bode |
Distancia observada |
|
|
Mercurio |
4 |
3,9 |
|
Venus |
7 |
7,2 |
|
Tierra |
10 |
10 |
|
Marte |
16 |
15,2 |
|
? |
28 |
? |
|
Júpiter |
52 |
52 |
|
Saturno |
100 |
95 |
|
Urano |
196 |
192 |
La tabla recuerda, curiosamente, la tabla periódica de Mendeleyev, anterior al
descubrimiento de los isótopos.
(*) En realidad, el planetoide Ceres fue descubierto por Giuseppe Piazzi,
profesor de astronomía y matemática en Palermo, Sicilia, quien no integraba el
grupo de astrónomos mencionado. (N. del revisor).
[27] La explicación es de
Schiaparelli. Cf. Duhem, op. cit., I, 12.
[28] No se sabe a quién se
debe la hipótesis de la rotación de la Tierra sobre su eje. Se citan dos
pitagóricos como responsables de ello; Hicetas (algunas fuentes lo llaman
Nicetas) y Ecfanto, ambos supuestamente de Siracusa; pero permanecen en la penumbra,
y ni siquiera conocemos las fechas. Cf. Dreyer, p. 49 y ss.; y Duhem, I, p. 21
y ss.
[29] No se descubrió la
precesión de los equinoccios, o al menos no se consideró seriamente, hasta
Hiparco, que floreció c. del 125 a. C.
[30] Sin embargo, según
Saidas, cuando Platón marchó a Sicilia, dejó la Academia a cargo de
Heráclides. Ency. Brit., XI-454d.
[31] Schiaparelli, Paul
Tannery y Piene Duhem; véase Duhem, op. cit., I, p. 410. Pero
no existe prueba alguna en apoyo de su hipótesis. El sistema «tycónico» hubiese
sido un escalón lógico de Heráclides a Aristarco; pero si alguien abogó por él,
hubiera debido quedar alguna huella. Parece más probable, como argumenta Dreyer
(pp. 145 y ss.), que Aristarco efectuara alguna especie de salto mental de la
figura B a la D.
[32] Estas fechas son meras
conjeturas. Pero los astrónomos poseen un don para sincronizar las órbitas de
sus vidas: Galileo murió el año en que nació Newton; y Newton nació exactamente
cien años después de la muerte de Copérnico.
[33] Traducción de
Dreyer, op. cit., p. 137
[34] Defacie in orbe lunae, cap.
6. Citado por Heath, Greek Astronomy, p. 169.
[35] Excepto por un
astrónomo babilónico llamado Seleukos, que vivió un siglo completo después de
Aristarco y desarrolló una teoría de las mareas basada en la rotación de la
Tierra.
[36] Heath, The
Copernicus of Antiquity (Londres, 1920), p. 38.
[37] Citado por
Farrington, op. cit., p. 81.
[38] La República de
Platón, traducción de Thomas Taylor, Libro VII.
[39] Loc. cit.
[40] Artículo de G. B.
Grundy sobre «Grecia». Ency. Brit., X-780c.
[41] Bertrand
Russell, Unpopular Essays (Londres, 1950), p. 16.
[42] Política, citado
por K. R. Popper, The Open Society and its Enemies (Londres,
1945), vol. II, p. 2.
[43] Metafísica, citado
por Farrington, op. cit., p. 131.
[44] Timeo, 90,
91.
[45] Spenser, The Faerie Queene.
[46] Fedón, citado por Bertrand Russell, A
History of Western Philosophy (Londres, 1946), p. 159.
[47] Ha habido una interminable controversia acerca de una sola
palabra ειλομένην o ιλλομένην, en una frase del Timeo, 40B,
que dice, en la traducción de Dreyer: «Pero la Tierra, nuestra nodriza, apiñada
en torno del eje que se extiende a través del universo, fue formada del mismo
modo que el guardián y artificiero de la noche y el día, el primero y más
antiguo de los dioses que se han generado dentro del universo» (op. cit., p.
71 y ss.). Bumet interpreta, en vez de «apiñada»: «yendo de aquí para allá» o
«hacia atrás y hacia delante» (Greek Philosophy, p. 348); el
profesor A. E. Taylor (citado por Heath, Greek Astronomy, p.
XII) sugiere que la frase se debe tomar como queriendo indicar que la Tierra
«se desliza arriba y abajo por el eje del Universo», y que Platón se limitaba a
citar una teoría pitagórica (que evidentemente le llegó confusa), sin
suscribirla. Aparte esta nebulosa frase, Platón no alude en ningún otro lugar
al menor movimiento de la Tierra. Plutarco, al discutir el sistema de Filolao
con su fuego central, informa que «Se dice que Platón sostuvo esas ideas
incluso en su vejez; porque él también pensaba que la Tiena se hallaba en una
posición subordinada, y que el centro del Universo estaba ocupado por algún
cuerpo más noble.» (Plutarco, Vida de Numa, cap. 11, citado
por Dreyer, p. 82). Aunque es posible que el anciano Platón jugueteara con la
ida del «fuego central» desde un punto de vista casi mitológico, no vuelve a
referirse a él en ninguno de sus escritos.
[48] Timeo, 33B-34B,
citado por Heath, op. cit., p. 49 y s.
[49] Para un resumen
conciso de las distintas actitudes al cambio de Aristóteles y Platón, véase
Popper, op. cit., vol. II, pp. 4-6, y particularmente la nota
11, p. 271 y s.
[50] Eudoxo emprende el
primer intento serio de situar la astronomía en unas bases geométricas exactas.
Su modelo no puede pretender representar la realidad física, pero por su
absoluta elegancia geométrica no tiene rival en la astronomía prekepleriana y
es superior al de Tolomeo. Brevemente, funcionaba así: La más exterior (S4)
de las cuatro esferas que forman el «nido» de un planeta reproducía la rotación
diurna aparente; el eje (A3) de S3 era
perpendicular a la eclíptica, de modo que su ecuador giraba en el plano de
aquélla, en el periodo zodiacal en los planetas exteriores, y en un año en los
interiores. Las dos esferas más internas servían para explicar el movimiento
latitudinal, y para las estaciones y retrogradaciones. S2 tenía
su polo en el ecuador de S3, es decir, en el círculo
zodiacal; S2 giraba en el período sinódico del
planeta. S1 rotaba en el mismo periodo pero en
dirección opuesta; y A1 estaba inclinado con
respecto a A2 en un ángulo distinto para cada
planeta. El planeta descansaba en el ecuador de S1. Las
rotaciones combinadas de S1 y S2 hacían
que el planeta describiera una lemniscata (es decir, una figura semejante a un
ocho alargada) apoyada a lo largo del Zodíaco. Para más detalles, véase
Dreyer, op. cit., cap. 4; y Duhem, op. cit., I,
pp. 111-123.
[51] En este punto puede
pensar el lector que estoy repitiéndome, porque el diagrama incluido aquí
parece expresar la misma idea que la figura B de la página 66, la idea de
Heráclides. Pero hay una diferencia: en el esquema de Heráclides, el epiciclo
del planeta está centrado en el Sol. En el de Tolomeo, no está centrado en
nada. Es una construcción puramente geométrica.
[52] De hecho, la
«excéntrica móvil» es tan sólo una especie de epiciclo a la inversa; y puesto
que los dos son geométricamente intercambiables, usaré el término «epiciclo»
para ambos.
[53] Es quizá significativo
que sólo Tolomeo, entre los astrónomos famosos, fuera también un celebrado
cartógrafo. El redescubrimiento de su Geografía, que fue traducida al latín en
1410, marcó el inicio de la geografía científica en Europa. Copérnico y Kepler,
que también se dedicaron a la cartografía, la consideraban una tarea tediosa
que procuraban eludir. Incluso Hiparco y Tycho Brahe, los grandes cartógrafos
estelares, evitaron la geografía terrestre. Hiparco esbozó los principios de la
cartografía matemática por la proyección regular, que adoptó Tolomeo. Tanto el
universo epicíclico como la geografía de Tolomeo son sorprendentes ejecuciones
de los dibujos originales de Hiparco.
[54] De Al-majisty, corrupción
árabe del griego Megisty Syntaxis.
[55] Dreyer, op.
cit., p. 175.
[56] Ibid., p.
184. La distancia al Sol no se pudo calcular, ni siquiera aproximadamente,
antes de la invención del telescopio: Tolomeo la fijó en 610 diámetros de la
Tierra (el auténtico valor es 11.500); pero Copérnico tampoco acertó más: su
estimación fue 571 diámetros de la Tierra (Dreyer, pp. 185 y 339). En cuanto a
las estrellas fijas, Tolomeo sabía que la distancia a que se hallaban era
enorme comparada con el Sistema Solar; dice que comparada a la esfera de las
estrellas, «la Tierra es como un punto».
[57] Excepto, por supuesto,
la elipticidad de las órbitas; pero véase, más adelante, la nota 65.
[58] Citado por Emst
Zinner, Entstehung und Ausbreitung der Copernicanischen Lehre (Erlangen,
1943), p. 49.
[59] Loc. cit.
[60] op. cit., p.
52 y s.
[61] Ibid., p.
50.
[62] Loc. cit.
[63] Defacie orbe lunae, cap. 6, citado por
Heath, op. cit., p. 169.
[64] Los filósofos jónicos
fueron sospechosos de ateísmo y transmitieron a la astronomía cierta mala fama;
pero eso fue siglos antes y ni siquiera ellos sufrieron daño alguno. Plutarco
informa, en la vida de Nicias, el general griego del siglo VI, que temía los
eclipses, que la gente era igualmente supersticiosa, y que «en esos días no
había tolerancia para los filósofos de la naturaleza o “charlatanes de las
cosas en el cielo”, como se les llamaba. Se les acusó de desechar lo divino y
sustituirlo por causas irracionales, fuerzas ciegas y la influencia de la
necesidad. Así, a Protágoras lo deportaron; a Anaxágoras lo encarcelaron y
necesitó de toda la influencia de Pericles para salirse con bien de ello; y a
Sócrates, aunque no tenía nada en absoluto que ver con el asunto, lo mataron
por ser un filósofo. Hasta mucho más tarde, gracias a la brillante reputación
de Platón, no se retiraron los reproches a los estudios astronómicos y todo el
mundo pudo acceder a ellos. Esto se debió al respeto que merecía su vida y porque
subordinó las leyes naturales a la autoridad de los principios divinos.»
(Citado por Farrington, op. cit., p. 98 y s.).
Sin embargo, ni Sócrates ni Protágoras tenían nada que ver con la astronomía, y
el único caso de persecución en toda la antigüedad es el encarcelamiento de
Anaxágoras en el siglo VI a. C., aunque, según otra fuente, sólo lo multaron y
exiliaron temporalmente; murió a los setenta y dos años.
A la luz de todo ello, difícilmente se puede estar de acuerdo con el comentario
de Duhem: «Los obstáculos con que, en el siglo XVII, la Iglesia protestante, y
más tarde la católica, obstaculizaron el progreso de la doctrina copernicana,
sólo puede damos una débil idea de las acusaciones de impiedad en que
incurrieron, en la antigüedad pagana, los mortales que se atrevieron a sacudir
la perpetua inmovilidad del Corazón de la Divinidad (sic), y situar a esos
incorruptibles y divinos seres, las estrellas, al mismo nivel que la Tierra,
humilde dominio de la generación y la degeneración.» (Op. cit.,I, p.
425).
Lo único que apoya esta afirmación es, de nuevo, la anecdótica observación de
Plutarco acerca de Cleantes. Interesa señalar que, en la versión de Duhem, se
trata la metafísica de Aristóteles como si se hubiera convertido en el
equivalente pagano del dogma cristiano; al mismo tiempo, se convierte al propio
Aristóteles en un herético, porque también él había puesto las manos en el
Corazón de la Divinidad. Las razones de este error y de la desorbitada
importancia dada a la historia de Cleantes, se hace evidente cuando Duhem
continúa citando, con la aprobación de Paul Tannery (cuyas convicciones
religiosas comparte), que aunque Galileo fue condenado erróneamente por la
Inquisición, «probablemente hubiese incurrido en peligros mucho más serios si
hubiera tenido que luchar contra las supersticiones adoradoras de las estrellas
de la antigüedad». Debido a la autoridad de Duhem, la leyenda de Cleantes
encontró su camino en la mayor parte de las historias populares de la ciencia
(como un gemelo del igualmente apócrifo «eppur si muoue»); y se cita en apoyo
del punto de vista (que no estaba, evidentemente, en las intenciones de Duhen)
de que siempre había existido una innata e irreconciliable hostilidad, y
siempre debía existir, entre religión, en cualquier forma, y ciencia. Una
notable excepción es Dreyer (cf. op. cit., p. 148), el cual
simplemente comenta que en los días de Aristarco «había pasado hacía ya mucho
el tiempo en que un filósofo podía ser llamado a declarar ante un tribunal por
proponer sorprendentes teorías astronómicas», y que «la acusación de
“impiedad”, si realmente se hubiera llevado adelante, difícilmente hubiese
podido hacerle mucho daño a la teoría».
[65] Debemos discutir brevemente otro intento de explicación.
Dreyer ve la razón para abandonar el sistema heliocéntrico en el aumento de la
observación astronómica en Alejandría. Aristarco podía explicar los movimientos
retrógrados de los planetas y su cambio de brillo, pero no las anomalías
surgidas de la elipticidad de sus órbitas; y «la imposibilidad de intentar
explicarlas con la hermosamente simple idea de Aristarco debió darle el golpe
de muerte a su sistema» (p. 148). La explicación de Duhem es la misma (pp.
425-426). Pero esto parece dar por sentado lo que queda por probar, puesto que
la llamada «segunda anomalía» se puede salvar exactamente igual por los
epiciclos en el sistema heliocéntrico que en el geocéntrico; y esto es, por
descontado, lo que hizo Copérnico. En otras palabras, cualquier sistema puede
servir como punto de partida para construir un «tiovivo»; pero con Aristarco
como punto de arranque la tarea hubiera sido incomparablemente más sencilla,
puesto que la «primera anomalía» estaba ya eliminada. Tras pensárselo, Dreyer
parece haberse dado cuenta de ello, ya que posteriormente (pp. 201 y s.) dice:
«Para la mente moderna, acostumbrada a la idea heliocéntrica, resulta difícil
de comprender por qué no se le ocurrió a un matemático como Tolomeo retirar a
todos los planetas exteriores sus epiciclos, que tan sólo eran reproducciones
de la órbita anual de la Tierra trasladadas a cada uno de ellos, y quitar
también a Mercurio y Venus sus deferentes y situar el centro de sus epiciclos
en el Sol, como había hecho Heráclides. Es realmente posible reproducir los
valores de Tolomeo de las relaciones de los radios de epiciclo y deferente del
semieje mayor de cada planeta expresado en unidades con el de la Tierra…
Obviamente, la idea heliocéntrica de Aristarco hubiese podido surgir tanto de
la teoría de los epiciclos como de las excéntricas móviles…»
Señala, además, que el sistema tolemaico fracasó más rotundamente aún que el de
Aristarco en salvar los fenómenos en el caso de la Luna, cuyo diámetro aparente
variaba, según Tolomeo, en una magnitud contradicha por la más simple
observación (p. 201).
[66] Debemos discutir brevemente otro intento de explicación.
Dreyer ve la razón para abandonar el sistema heliocéntrico en el aumento de la
observación astronómica en Alejandría. Aristarco podía explicar los movimientos
retrógrados de los planetas y su cambio de brillo, pero no las anomalías
surgidas de la elipticidad de sus órbitas; y «la imposibilidad de intentar
explicarlas con la hermosamente simple idea de Aristarco debió darle el golpe
de muerte a su sistema» (p. 148). La explicación de Duhem es la misma (pp.
425-426). Pero esto parece dar por sentado lo que queda por probar, puesto que
la llamada «segunda anomalía» se puede salvar exactamente igual por los
epiciclos en el sistema heliocéntrico que en el geocéntrico; y esto es, por
descontado, lo que hizo Copérnico. En otras palabras, cualquier sistema puede
servir como punto de partida para construir un «tiovivo»; pero con Aristarco
como punto de arranque la tarea hubiera sido incomparablemente más sencilla,
puesto que la «primera anomalía» estaba ya eliminada. Tras pensárselo, Dreyer
parece haberse dado cuenta de ello, ya que posteriormente (pp. 201 y s.) dice:
«Para la mente moderna, acostumbrada a la idea heliocéntrica, resulta difícil
de comprender por qué no se le ocurrió a un matemático como Tolomeo retirar a
todos los planetas exteriores sus epiciclos, que tan sólo eran reproducciones
de la órbita anual de la Tierra trasladadas a cada uno de ellos, y quitar
también a Mercurio y Venus sus deferentes y situar el centro de sus epiciclos
en el Sol, como había hecho Heráclides. Es realmente posible reproducir los
valores de Tolomeo de las relaciones de los radios de epiciclo y deferente del
semieje mayor de cada planeta expresado en unidades con el de la Tierra…
Obviamente, la idea heliocéntrica de Aristarco hubiese podido surgir tanto de
la teoría de los epiciclos como de las excéntricas móviles…»
Señala, además, que el sistema tolemaico fracasó más rotundamente aún que el de
Aristarco en salvar los fenómenos en el caso de la Luna, cuyo diámetro aparente
variaba, según Tolomeo, en una magnitud contradicha por la más simple
observación (p. 201).
[67] Debemos discutir brevemente otro intento de explicación.
Dreyer ve la razón para abandonar el sistema heliocéntrico en el aumento de la
observación astronómica en Alejandría. Aristarco podía explicar los movimientos
retrógrados de los planetas y su cambio de brillo, pero no las anomalías
surgidas de la elipticidad de sus órbitas; y «la imposibilidad de intentar
explicarlas con la hermosamente simple idea de Aristarco debió darle el golpe
de muerte a su sistema» (p. 148). La explicación de Duhem es la misma (pp.
425-426). Pero esto parece dar por sentado lo que queda por probar, puesto que
la llamada «segunda anomalía» se puede salvar exactamente igual por los
epiciclos en el sistema heliocéntrico que en el geocéntrico; y esto es, por
descontado, lo que hizo Copérnico. En otras palabras, cualquier sistema puede
servir como punto de partida para construir un «tiovivo»; pero con Aristarco
como punto de arranque la tarea hubiera sido incomparablemente más sencilla,
puesto que la «primera anomalía» estaba ya eliminada. Tras pensárselo, Dreyer
parece haberse dado cuenta de ello, ya que posteriormente (pp. 201 y s.) dice:
«Para la mente moderna, acostumbrada a la idea heliocéntrica, resulta difícil
de comprender por qué no se le ocurrió a un matemático como Tolomeo retirar a
todos los planetas exteriores sus epiciclos, que tan sólo eran reproducciones
de la órbita anual de la Tierra trasladadas a cada uno de ellos, y quitar
también a Mercurio y Venus sus deferentes y situar el centro de sus epiciclos
en el Sol, como había hecho Heráclides. Es realmente posible reproducir los
valores de Tolomeo de las relaciones de los radios de epiciclo y deferente del
semieje mayor de cada planeta expresado en unidades con el de la Tierra…
Obviamente, la idea heliocéntrica de Aristarco hubiese podido surgir tanto de
la teoría de los epiciclos como de las excéntricas móviles…»
Señala, además, que el sistema tolemaico fracasó más rotundamente aún que el de
Aristarco en salvar los fenómenos en el caso de la Luna, cuyo diámetro aparente
variaba, según Tolomeo, en una magnitud contradicha por la más simple
observación (p. 201).
[68] Almagesto, III, cap. 2, citado por Duhem, p.
487
[69] Ibid., II, citado por Zinner, p. 35.
[70] En una obra posterior y más corta, Hipótesis relativa a
los planetas. Tolomeo realizó un débil intento de dar a su sistema un parecido
con la realidad física, representando cada epiciclo con una esfera o disco que
se desliza entre una superficie esférica cóncava y otra convexa, a la manera de
un rodamiento de bolas. Pero no tuvo éxito. Cf. Duhem, II, pp. 86-99.
[71] Citado por Dreyer, p. 168.
[72] Almagesto, I.
[73] Cf. Zinner, op. cit., p. 48.
[74] Joh. Kepler, carta a D. Fabricius, 4-7-1603, Gesammelte
Werke, vol. XIV, pp. 409 y s.
[75] Citado por R. H.
Wilenski, Modern French Painters (Londres, 1940), p. 202.
[76] El nombre del
movimiento proviene de una observación despectiva de Matisse, que dijo de un
paisaje de Braque que estaba «enteramente construido con cubos pequeños», Ibid., p.
221.
[77] Edmund
Whittaker, Space and Spirit (Londres, 1946), p. 11.
[78] Las confesiones de
San Agustín, traducción de F. J. Sheed (Londres, 1944), p. 111.
[79] Ibid., p.
113.
[80]Ibid., p. s.
[81] Dr. Th. A. Lacey,
sobre «Agustín», Ency. Brit., II-685c.
[82]Ibid., II-684a.
[83] Christopher Dawson,
citado en el prefacio a Las confesiones, p. V.
[84] La ciudad de Dios, citado
por Russell, A History of Western Philosophy, p. 381.
[85]Ibid., VIII, 5.
[86] Whittaker, op.
cit., p. 12.
[87] Las confesiones, pp.
197 y s.
[88] Citado por
Russell, op. cit., p. 362.
[89] Dreyer, op.
cit., p. 210.
[90]Ibid., p. 211.
[91]Ibid., p. 213.
[92]Ibid., p. 212; Duhem II, pp. 488 y s.
[93] Dreyer, p. 211.
[94]Comment in Somnium
Scipionis, I, 14, 15. Citado por A. O. Lovejoy, The Great
Chain of Being(Cambridge, Mass., 1936), p. 63.
[95] El Primum
Mobile ya no era un motor inmóvil, puesto que Hiparco descubrió la
precesión de los equinoccios. Su tarea era ahora explicar ese movimiento, cuya
lentitud —una revolución cada 26.000 años— se achacaba a su deseo de compartir
la perfecta inmovilidad de la contigua décima esfera, la empírea.
[96] Dante, Convito, II.
6; citado por Dreyer, p. 237.
[97]De animalibus historia, VIII, I, 588b; citado por Lovejoy, op. cit., p.
56.
[98] Summa contra gentiles, II,
68.
[99] Lovejoy, op.
cit., 102.
[100]Essays, II, 2.
[101] The Faerie Queene.
[102] An Essay on Man.
[103]History of the World, citado por E. M. W. Tillyard, The Elizabethan
World Picture (Londres, 1943), p. 9.
[104] Olivier de la
Marche, L’État de la Maison du Duc Charles de Burgogne, citado
por J. Huizinga, The Waming of the Middle Ages (Londres,
1955), pp. 42 y s.
[105] H. Zinsser,
Rats, Lice and History (1937), citado por Popper, II, p. 23.
[106] Troilo y Cresida.
[107] Cf. Duhem, op. cit., III, pp. 47-52.
[108] Existen dos manuscritos escritos con el nombre del
Venerable Beda, pero claramente después de su muerte, en que se enuncia el
sistema de Heráclides. El primero se conoce como el «Seudo-Beda», y data del
siglo IX o más tarde; el segundo se atribuye hoy al normando Guillermo de
Conches, que vivió en el siglo XII. Cf. Dreyer, pp. 227-230; Duhem III, pp. 76
y s.
[109] Duhem III, p. 110.
[110] Los portulanos más antiguos conservados datan del siglo
XIII, pero muestran una tradición largo tiempo establecida, considerando el
mapa circular Hereford (c. 1280); los mapas «T y O» del siglo XV muestran que
los mapas «teóricos» y «prácticos» del mundo debieron convivir durante varios
siglos.
[111] Huizinga, op. cit., p. 68.
[112]Ibid., pp. 45, 50.
[113] Categories y De Interpretatione.
[114] Whitehead, Science and the Modem World (Cambridge,
1953), p. 15.
[115] De Caelo: De Generatione et Corruptione, citado
por Whittaker, op. cit., p. 27.
[116] Hubo, por supuesto, notables excepciones: Bacon, la
escuela franciscana y la escuela parisina del siglo XIV. Pero la física
antiaristotélica de Occam, Buridan y Nicolás de Oresme no dio frutos
inmediatos; Copérnico y Kepler, por ejemplo, no sabían nada de su
revolucionaria teoría del ímpetu (aunque Leonardo sí); y su triunfo sobre
Aristóteles no llegó hasta tres siglos después, por medio de Galileo, que nunca
reconoció la deuda que había contraído con ellos.
[117] Porque una cosa no puede hallarse en acto yen potencia al
mismo tiempo y al mismo respecto. Pero, aplicados a un cuerpo en movimiento,
«potencia» y «acto» son términos carentes de significado. Para una exposición
científica de la controversia aristotélico-occamista acerca del movimiento,
véase Whittaker, op. cit., apéndice.
[118] H. Butterfield, The Origins of Modem Science (Londres,
1949), p. 14.
[119] Véase la anterior nota 40. Pero, incluso en la antigüedad,
esta ofuscación no era total. Así, Plutarco argumenta en Sobre la cara del
disco lunar que la Luna es de una materia sólida, terrestre, y que, no
obstante, su peso no cae a la Tierra porque «… la Luna posee una protección
contra la caída en su propio movimiento y el giro de su revolución, del mismo
modo que los objetos colocados en una honda no pueden caer debido al movimiento
circular de ésta; porque cualquier cosa es arrastrada por su movimiento natural
si no la desvía algún otro agente. Así, la Luna no es arrastrada hacia abajo
por su peso porque su tendencia natural queda dominada por la revolución.»
(Heath, op. cit., p. 170; la cursiva es mía). La traducción es
de Heath, que comenta: «Ésta es virtualmente la primera ley del movimiento de
Newton.» (Heath, op. cit., p. 170). Es curioso que este pasaje
haya suscitado tan pocos comentarios. El contexto deja bien claro que Plutarco
no dio con la idea del impulso por una feliz casualidad, sino que, en realidad,
la «sentía». Como debía sentirla todo el que arrojaba una lanza (y su víctima).
[120] Butterfield, op. cit., p. 7.
[121] Morias Enkognion, Basilieae, 1780, pp. 218 y s.
[122] Gilbert Murray, Five Stages of Greek Religión (Londres,
1935), p. 144.
[123] Incluso hoy, cuando el médico de cabecera diagnostica
influenza, imputa de manera inconsciente su causa a la influencia maligna de
las estrellas, de la que se derivan todas las plagas y pestilencias.
[124] Science and the Modem World, p. 7.
[125] El apellido figura de distintas maneras en los documentos:
Coppernic, Koppernieck, Koppernik, Koppernigk, Kopperlingk, Cupernick y
Kupernick. El más usual es Koppernigk (grafía que también adoptó Prowe). Él
mismo firmó su nombre en distintas ocasiones como Copernic, Coppernig,
Coppernik, Copphernic y, en los últimos años, principalmente Copernicus.
[126]De revolutionibus orbium coelestium, Libri VI (Nürenberg, 1543). En
el texto se cita la obra como Libro de las revoluciones o
las Revoluciones, para simplificar.
[127]De revolutionibus, Lib. V, cap. 30.
[128]Ibid., Lib. IV, cap. 7.
[129] El Wagneris Staats Lexikon (1862), vol.
II, describe a Frauenburg «como una pequeña ciudad junto al Vístula».
[130] Prowe, I, 2, p. 4 n.
[131] Sólo hay otro caso conocido de similar desplazamiento
geográfico de Frauenburg por uno de sus ciudadanos; Tiedmann Giese, en 1536,
fechó una carta a Erasmo de Rotterdam así: «Desde las orillas del Vístula»… y
el canónigo Giese era el más íntimo amigo del canónigo Koppernigk. Cf. Prowe,
I, 2, p. 4.
[132] Rheticus, Ephemerides novae (Leipzig,
1550), p. 6, citado por Prowe, I, 2, p. 58.
[133] Prowe, I, 2, p. 314.
[134] Prowe, I, 1, p. 111.
[135] Así, por ejemplo, en 1943, el «Comité de Celebración del
Cuarto Centenario de Copérnico, Londres» publicó una monografía, Nicolás
Copérnico (Mikolaj Kopernik) del doctor Jozef Rudnicki, el
cual, al describir los estudios de Copérnico en Italia, omite el hecho de que
aparece en el registro de la natío alemana en Bolonia, y luego dice acerca de
la siguiente universidad de Copérnico, Padua: «… la “nación” polaca era una de
las mayores de la universidad. Allí, según el historiador de Padua, N. C.
Papadopoli, “Copérnico se dedicó al estudio de la filosofía y medicina durante
cuatro años, como se sabe por las entradas en el registro de estudiantes
polacos.”»
Copérnico pudo muy bien ser capaz de unirse a la natio alemana
en Bolonia y a la natio polaca en Padua, pero existen pruebas
documentales de lo primero, pero ninguna de lo último; además, ha quedado
demostrado que el Papadopoli presentado como fuente era un fraude para sus
compatriotas italianos, que no entraban ni salían en la disputa polaco-alemana
(Cf. Prowe, I, 1, p. 297). La enemistad aparece también en la grafía de los
nombres; así, Rudnicki convierte al tirolés Georg Joachim von Lauchen en eslavo
al traducir su nom de plume latino de Rheticus a Retyk (p. 9).
Debe señalarse, sin embargo, que este librito se escribió durante la guerra.
Véanse también notas 29 y 93.
[136]Cario Malagola, Della Vita e delle Opere di
Antonio Urceo detto Codro (Bolonia, 1878).
[137] Rheticus, Narrado Prima, traducción de
Edward Rosen, Three Copernican Treatises (Columbia, 1939), p.
111.
[138] Prowe, I, 1, p. 266.
[139] Prowe, I, 1, p. 89.
[140] Zach, Monatliche Korrespondenz, vol. II,
p. 285, citado por Prowe, loc. cit.
[141] Prowe, I, 2, p. 313.
[142] Prowe, I, 1, p. 359.
[143] Véase la nota 34.
[144] Ency. Brit., XX-696d.
[145] Bemhardy, Grundriss
der Grieschischen Litteratur, I, p. 583, citado por Prowe, I, 1, p.
393.
[146] Prowe, II, pp.
124-127, que contienen también el original griego.
[147] Prowe, II, p. 51.
[148]Ency. Brit., IX-732b, 13.ª edición,
1926 (todas las demás referencias son de la edición de 1955).
[149] Citado por Prowe, I, 1, p. 402.
[150] H. R. Trevor-Roper, «Desiderius Erasmus» (Encounter,
Londres, mayo de 1955).
[151] Véase más adelante la nota 125.
[152] Conocida como la Carta contra Werner. Véase la
página 150.
[153] El tratado, escrito originalmente en alemán, fue sometido
a la Dieta prusiana en 1522, y luego reescrito en latín para el Landtag, en
1528. Tenía por finalidad remediar la devaluación de la moneda prusiana (que se
había visto agravada por la guerra) mediante el monopolio del estado en la
acuñación de monedas, el control del número de monedas en circulación y la
cantidad de metal principal en la aleación. En determinadas ocasiones se afirma
que Copérnico anticipó la ley de Gresham de que «la mala moneda desplaza a la
buena»; parece que, en realidad, este principio lo enunció Nicolás de Oresme
por vez primera dos siglos antes, y sus enseñanzas sobre economía constituyeron
la base de la reforma monetaria de Carlos V. Ambas versiones del tratado de
Copérnico se reproducen en Prowe, II, pp. 21 a 29, y se analizan en Prowe, I,
1, pp. 139-152 y 193-201. Sorprende observar que incluso este tema formó parte
de la controversia polaco-alemana. Así Rudnicki (op. cit., p. 24),
a pesar del estudio exhaustivo de Prowe del asunto, afirma llanamente; «Es
digno de señalar que los alemanes silenciaron los tratados económicos de
Copérnico», y considera el tratado como una prueba más de que Copérnico «es
polaco hasta la médula» (p. 26), puesto que sugirió que las nuevas monedas de
la Prusia polaca llevaran como timbre la corona real de Polonia; pero no
menciona que el tratado estaba escrito en alemán.
Por otro lado, Zinner tampoco menciona que uno de los primeros maestros de
Copérnico fue, según parece, uno con el nombre indudablemente polaco de Mikolaj
Vodka, que más tarde latinizó su nombre a Abstemius… Cf. L. A.
Birkenmajer, Mikolaj Wodka Kwidzyna zwany Abstemius lekarz i astronom
polski XV-go stuleda (Torun, 1926). Véanse también las notas 11 y 93.
[154] Citado por Prowe, I, 2, p. 177.
[155]Flosculorum Lutheranorum de fide et operibus ανδηλογιχον (Cracovia), citado por
Prowe, I, 2, p. 172.
[156] Compárese con la igualmente complicada fórmula de
compromiso para la publicación de la Narratio Prima de
Rheticus.
[157] La fecha del Commentariolus es incierta, pero pruebas
internas apuntan los años 1510-1514. Véanse Zinner, op. cit., p.
185, y A. Koyré, Nicolás Copernic Des Revolutions des Orbes Célestes(Parts,
1934), p. 140.
[158]Nicolai Copernici de hypothesibus motuum coelestium a se
constitutis commentariolus. He traducido Commentariolus como Breve
esbozo. Copias a mano de esta obra circulaban aún entre los eruditos a
finales del siglo. Luego el tratado desapareció de la vista hasta que se
hallaron, independientemente, dos ejemplares en 1878 y 1881 en Viena y
Estocolmo, respectivamente. Prowe publicó el texto completo por vez primera,
junto con una traducción alemana de la sección introductoria. Asimismo, Edward
Rosen publicó una traducción inglesa completa (op. cit.).
[159] Es decir, la velocidad angular del planeta no es uniforme
con relación al centro de su epiciclo; sólo es uniforme respecto a otro punto,
el punctum equans, situado en el eje mayor de su órbita. Véanse además las pp.
151 y ss.
[160] Epistolae diuersorum philosophorum, oratorum, rhetorum sex
et uiginti (Padua, 1499).
[161] Bessarionis Cardinalis Niceni et Patriarchae
Constantinopolitani in calumniatorem Platonis libri quatuor (Padua,
1503).
[162] Citado por Prowe, II,
pp. 132-137.
[163] De reuolutionibus, introducción.
[164] Citado por Prowe, I,
2, p. 274.
[165] «Se habla de un nuevo
astrólogo que quiere probar que la Tierra se mueve y gira sobre si misma en vez
de ser el cielo, el Sol y la Luna quienes lo hacen, como si alguien que
estuviera moviéndose en un carruaje o en un buque pudiera sostener que estaba
sentado inmóvil mientras el suelo y los árboles caminaban y se movían. Pero así
es como son las cosas hoy día: cuando un hombre desea ser listo necesita
inventar algo especial, y la forma en que lo haga tiene que ser la mejor. El
estúpido desea volver del revés todo el arte de la astronomía. Sin embargo, tal
como nos cuentan las Sagradas Escrituras, Josué hizo detenerse al Sol y no a la
Tierra». (Lutero, Tischreden, ed. Walch, p. 2260, citado por
Prowe, I, 2, p. 232).
[166] Citado por Prowe, I,
2, p. 233.
[167] Georg Joachim
Rheticus, Narratio Prima - Encomium Borussiae (Danzig, 1540),
trad. Rosen, op. cit., p. 191. En las siguientes citas de
la Narratio Prima he seguido la traducción de E. Rosen excepto
algún ligero cambio sintáctico.
[168]op. cit. trad. Rosen, pp.
192-195.
[169] Cf. nota 32.
[170]op. cit., trad. Rosen, p. 186 y s.
[171]Ibid., pág. 187.
[172]Ibid., pág. 126.
[173]Ibid., pág. 131.
[174] Johannes Kepler, Gesammelte
Werke, vol. III (Munich, 1937).
[175] Kepler a Longomontano,
primavera de 1605, Gesammelte Werke, vol. XV, Munich 1951,
págs. 134 y sig.
[176]Rético, op. cit., págs. 163 y sig.
[177]Ibid., pág. 188.
[178]Ibid., traducción de Rosen,
pág. 195.
[179] Véase supra, nota 13 del cap. 2.
[180] El canónigo Alessandro Sculteti, véase infra.
No debe confundirse con Bernardo Sculteti; véase supra, págs.
131 y 146.
[181] De Letteribug et Ang ulis Triangulorum, Wittenberg
1542.
[182] Zinner, op. cit., pág. 243.
[183]Ibid., pág. 244.
[184] El texto completo del prefacio de Osiander es el siguiente
(según la traducción de Rosen, op. cit.,págs. 24 y sig.):
»AL LECTOR SOBRE LAS
HIPÓTESIS DE ESTA OBRA
»Puesto que la novedad de las hipótesis de esta obra es cosa que ya se ha
difundido ampliamente, no abrigo dudas de que algunos hombres ilustrados se
sientan seriamente ofendidos porque el libro declara que la Tierra se mueve, y
que el Sol se halla quieto, en el centro del universo; esos hombres,
indudablemente, creen que no debería introducirse la confusión en las artes
liberales establecidas desde hace mucho sobre bases correctas; pero, si están
dispuestos a examinar el asunto más atentamente, comprobarán que el autor de
esta obra no ha hecho nada que merezca censura, pues es deber de un astrónomo
componer la historia de los movimientos celestes a través de cuidadosas y
diestras observaciones. Luego, al examinar las causas de esos movimientos o
hipótesis sobre ellos debe concebir e inventar (puesto que de ninguna manera
puede alcanzar las causas verdaderas) hipótesis tales que, siendo supuestas,
permitan calcular correctamente los movimientos, de acuerdo con los principios
de la geometría, tanto en el futuro como en el pasado. Este autor ha cumplido
esos deberes de manera excelente. Porque, en efecto, estas hipótesis no son por
fuerza verdaderas, y ni siquiera probables; si ofrecen un cálculo que esté de
acuerdo con las observaciones, eso basta. Acaso haya quien ignore la geometría
y la óptica hasta el punto de que considere el epiciclo de Venus como probable
o piense que ésa es la razón por la cual Venus a veces precede y a veces sigue
al Sol en 40º y aún más. ¿Hay alguien que no se dé cuenta de que de este
supuesto se sigue necesariamente que el diámetro del planeta en perigeo
aparezca cuatro veces, y el cuerpo del planeta más de dieciséis veces más
grande que en el apogeo, un resultado que contradice la experiencia de todas
las edades? En este estudio hay otros absurdos no menos importantes, a los que
no necesitamos referirnos por el momento. Pues es bien claro que este arte
desconoce completa y sencillamente las causas de los movimientos aparentemente
desiguales. Y si todas las causas son inventadas por la imaginación, como en
efecto muchas lo son, no se las expone para convencer a nadie de que sean
verdaderas, sino tan solo para que suministren una base correcta de cálculo.
Ahora bien, cuando de tiempo en tiempo se proponen para uno y el mismo
movimiento diferentes hipótesis (como la de la excentricidad y la de los
epiciclos para el movimiento del Sol) el astrónomo deberá aceptar sobre todas
las otras aquella que sea más fácil de entender; el filósofo buscará, tal vez,
en cambio, la apariencia de la verdad. Pero ninguno de los dos podrá comprender
o afirmar algo como cierto, a menos que se le haya revelado por vía divina. Por
eso, permitamos que sean conocidas, junto con las hipótesis antiguas, que no
son más probables, estas nuevas. Hagámoslo especialmente porque las nuevas
hipótesis son admirables, y también sencillas, y aportan consigo un inmenso
tesoro de observaciones muy sagaces. Pero, en la medida en que son hipótesis,
que nadie espere nada seguro de la astronomía, la cual no puede ofrecer nada
seguro, a menos que acepte como verdad ideas concebidas para otro fin y salga
de la lectura de este estudio siendo más necio de lo que era cuando la abordó.
Adiós.»
[185] La carta de Copérnico fechada el 1º de julio de 1540 se ha
perdido.
[186] Respuesta de Osiander, fechada el 20 de abril de 1541. Se
cita en la Apologia Tychonis contra Ursum, de Kepler,
publicada en Opera Omnia, de Kepler, ed. Frisch, I, págs.
236-276.
[187] La misma fuente, loc. cit.
[188]Ibid.
[189]De revolutionibus, dedicatoria a Pablo
III.
[190] Johannes Kepler, Astronomia
Nova, prefacio, Gesammelte Werke, vol. III. En este
pasaje me he valido de la traducción inglesa de Rosen.
[191] Johannes Pretorio a
Herwart von Hohenburg. La carta fue publicada por primera vez por Zinner, op.
cit., pág. 454.
[192]Ibid., pág. 453.
[193]Ibid., pág. 424.
[194] Es igualmente
sospechoso el hecho de que Kepler, habiendo leído toda la correspondencia
Osiander-Copérnico, cite verba tium las cartas de Osiander a Copérnico y a
Rético, pero resuma la mucho más importante réplica de Copérnico a Osiander, en
una sola frase sobre «la estoica firmeza de espíritu» de Copérnico. La
Astronomia Nova procura bases físicas al sistema copernicano y Kepler no podía
admitir que Copérnico tuviera alguna duda sobre la realidad física de su
sistema, o que estuviera dispuesto a una conciliación sobre ese punto
[195] Comunicación privada del 5 de agosto de 1955.
[196] Una lectura cuidadosa del prefacio de Osiander demostrará
que los cargos que formula éste de «improbabilidad» y «absurdo» se refieren a
los detalles geométricos del sistema copernicano, pero no al concepto básico
del movimiento de la Tierra. Sobre este punto central Osiander compartía las
creencias de Copérnico, como lo demuestran sus cartas a Copérnico y Rético y su
devoción por el proyecto. El hecho de que cargara el acento sobre la naturaleza
formal o ficticia del sistema obedecía en parte a su sentido diplomático, pero,
en parte también, a una genuina incredulidad respecto de la realidad del
mecanismo de los epiciclos. La actitud de Copérnico era esencialmente la misma.
La prolongada y acalorada controversia sobre este punto se funda,
principalmente, en que no se distinguió entre la idea heliocéntrica y los
detalles epicíclicos del sistema. Respecto de la primera, el texto de la
dedicatoria a Pablo III, es por sí solo prueba suficiente de que Copérnico
estaba convencido de la verdad física de su sistema. Respecto de los detalles
epicíclicos, una serie de pasajes del texto demuestra que Copérnico consideraba
los epiciclos y los excéntricos tan solo como recursos de cálculo. De ahí que
Copérnico no fuera ni un «realista» (para emplear los términos de Duhem) ni un
«imaginativo», sino un realista en lo relativo a la inmovilidad del Sol y las
estrellas fijas y un imaginativo en lo concerniente a los movimientos de los
planetas. Resulta particularmente evidente la actitud imaginativa en el
tratamiento de los movimientos oscilatorios y rectilíneos de todos los planetas
en la latitud, de Mercurio en la longitud, y del eje de la Tierra, cosas que no
podrían representarse mediante ningún modelo, ni siquiera con una remota
apariencia de realidad.
En Armitage, op. cit., pág. 84-87, se encontrará una breve y
sensata discusión de este asunto, con una lista de algunos pasajes importantes
de las Revoluciones.
[197] La única protesta consignada procedió del leal Giese,
quien vio el libro impreso solo después de la muerte de Copérnico. Copérnico
murió en mayo de 1643, cuando Giese se hallaba ausente, en Cracovia, para
asistir al casamiento del rey de Polonia. Al volver a Prusia, en julio,
encontró dos ejemplares de las Revoluciones, que Rético le había mandado desde
Nürenberg con una dedicatoria personal. Solo entonces vio Giese el prefacio de
Osiander y lo consideró una profanación de la memoria de su amigo muerto. El 26
de julio escribió a Rético para quejarse de Osiander y del editor Petreio y
para sugerir que las páginas iniciales del libro fueran reimpresas, el prefacio
de Osiander eliminado e insertadas en su lugar la biografía de Copérnico que
había escrito Rético, así como su defensa teológica del sistema copernicano.
También pedía a Rético que interviniera ante los Padres de la ciudad de
Nürenberg (a quienes Giese se había dirigido directamente) para que obligaran a
Petreio a acceder. Rético hizo lo que se le pedía, pero la corporación de
Nürenberg, después de investigar el asunto, resolvió el 29 de agosto, «enviar
al obispo Tiedemann de Kulm la respuesta escrita de Johan Petreio a su carta
(después de eliminar sus asperezas y suavizar el tonoi) con el comentario de
que, en vista del contenido de la respuesta, no podía emprenderse ninguna
acción contra él» (cotéjese Prowe, I, 2, págs. 535 y sig. y Zinner, págs. 255 y
sig.).
Se ha perdido la respuesta de Petreio, pero es evidente que en ella se defendía
bien contra la acusación de Giese de que había obrado contra los deseos del
autor. Es igualmente evidente que si Copérnico hubiera dado su consentimiento
explícito o tácito a la fórmula de conciliación sugerida por Osiander se lo
habría ocultado a Giese, quien, a la luz de las pasadas discusiones que había
mantenido con Copérnico, seguramente lo habría desaprobado.
[198] Zinner, op. cit., pág. 246
[199] Prowe II, págs. 419-421.
[200]Oraciones de Astronomia Geographiea et Physica, Nürenberg, 1542,
reproducido en Prowe II, págs. 382-386.
[201] Probablemente una
alusión al hecho de que corría el riesgo de caer en desgracia ante Melanchthon
y Lutero si visitaba a Copérnico, y que, por otro lado, se dirigía a una región
católica cuyo obispo acababa de publicar un edicto contra el luteranismo.
[202] La Enciclopedia
Británica incluye su última obra entre «la mejor poesía latina de la
Europa moderna», XVIII-162c.
[203] Prowe I, 2, pág. 334.
[204] Loc. cit.
[205] Los textos latinos
completos están publicados por Prowe II, páginas 157-168.
[206] Prowe II, pág. 157.
[207] Prowe II, págs. 158-9.
[208] Prowe I, 2, pág. 325.
[209] Oxford, 1934. The
Oxford Glossary of Later Latin, 1949 contiene «Soldier’s concubine».
[210] Véase n. 56.
[211] Prowe I, 2, pág. 364.
[212]Ibid., pág. 360.
[213] Zinner, op. cit., pág. 222 y sig.
[214] Prowe I, 2, págs. 366 y sig.
[215] Poco después de tomar posesión de la sede de Ermland, en
enero de 1538, Dantiseo obtuvo una canonjía para uno de sus favoritos. Era éste
el futuro cardenal Stanislaw Hosio (1504-79), espíritu animador de la
Contrarreforma en Polonia, el hombre que introdujo la orden de los jesuitas en
Prusia y que desempeñó un papel decisivo en someter a gobierno católico y
polaco las partes semiautónomas de Prusia. Se lo llamaba «la maza de los
herejes» y «la muerte de Lutero»; la reina polaca dijo de él que era una persona
en quien se unía la inocencia de una paloma a la astucia de una serpiente.
Hosio era el símbolo de la nueva edad de fanatismo, y de matanzas hechas en
nombre de Dios, que siguió a la edad del humanismo y de la tolerancia de Erasmo
y Melanchton. Dantisco, amigo de Melanchton, era un hijo de la época primera y
él mismo jamás llegó a ser fanático; pero, como experto diplomático, conocía
las fuerzas que estaban obrando en Europa y se dio cuenta de que la provincia
prusiana limítrofe que él gobernaba tenía que convertirse en protestante y
alemana o en católico y polaca. No solo su adhesión religiosa y su adhesión
nacional, sino toda su filosofía lo hicieron optar por la continuidad y las
tradiciones de la Iglesia Romana, y por la influencia civilizadora que ejercía
Polonia en la edad de oro de los jagellones. En consecuencia, cuando aceptó el
episcopado de Kulm sus esfuerzos ya se enderezaban hacia Ermland; pues Kulm,
que pertenecía a la «Prusia Real», pertenecía seguramente a Polonia en tanto
que Ermland era la clave estratégica y política de toda la Prusia Oriental, el
antiguo dominio de los Caballeros Teutónicos. El obispo de Ermland gozaba, de
fado, de la condición de príncipe reinante; tenía gran influencia en la Dieta
Prusiana que él presidía y el capítulo del obispo cumplía las funciones de
gobierno y administración.
Al disponer una canonjía para Hosio, Dantisco introdujo una especie de caballo
de Troya en el capítulo. Unos pocos meses después se nombró a Hosio candidato
para ocupar el cargo de chantre, que había quedado vacante. El capítulo, celoso
de su condición casi autónoma respecto de la corona polaca, trabó ese paso al
elegir para el cargo a otro miembro: Alexander Sculteti. A pesar de la gran
presión que sobre él ejerció Dantisco, Sculteti se negó a ceder. Éste fue el
comienzo de una prolongada y enconada pugna, aparentemente entre dos
individuos, Hosio y Sculteti, pero, en realidad, entre la corona polaca por un
lado y ciertas fuerzas de la corte papal, por el otro, que respaldaban a
Sculteti en un intento de coartar las ambiciones polacas y de mantener a
Ermland bajo la influencia directa de Roma. Aunque Sculteti tenía varios hijos
con su ama de llaves, las acusaciones que se formularon contra él, en el
sentido de que llevaba una vida impropia y sustentaba opiniones heréticas,
deben considerarse dentro de este marco político. En 1540, por edicto real, fue
expulsado del capítulo y desterrado de todos los territorios que se hallaban
bajo soberanía polaca. Durante los seis o siete años siguientes, Sculteti vivió
en Roma, empeñado en varias acciones legales que terminaron con su
reivindicación, otorgada por la corte papal Pero el capítulo de Ermland, bajo
la presión polaca, pe negó a reconocerlo, lo cual determinó que todos sus
miembros con residencia en Frauenburg quedaran excomulgados. Toda esta
complicada intriga terminó con la victoria de Hosio, quien, en 1551, llegó a
ser obispo de Ermland y aseguró Ermland para la corona polaca.
[216] Prowe, I, 2, p. 361.
[217] De este modo explica Zinner, por otro lado tan erudito y
digno de confianza, la petición de Dantiscus de que Copérnico rompa con su ama
de llaves, a causa de su «odio y su deseo de oprimir a su superior intelectual
y privarle del tiempo libre necesario para completar su obra. Dantiscus
consiguió su objetivo: Jamás terminó la obra», (p. 224).
Al describir las relaciones entre Copérnico y Dantiscus, Zinner no menciona que
Dantiscus envió a Copérnico una colaboración (véase más adelante) para que la
incluyera en las Revoluciones. Se refiere a la colaboración de Dantiscus sólo
como algo marginal, en un contexto distinto (p. 239). La animadversión de
Zinner hacia Dantiscus parece tener de nuevo una motivación política. Lo
describe como un oportunista (p. 224) que «entró al servicio del rey polaco y
apoyó las pretensiones polacas contra su propio país, Prusia» (p. 221). Repite
también la leyenda según la cual Copérnico se negó a obedecer la «orden» de
Dantiscus de romper sus relaciones con Sculteti, y declaró que «tenía en mejor
consideración a Sculteti que a los demás canónigos». Esto parece difícil de
creer a la luz de las cartas de Copérnico a Dantiscus. La fuente de esta
versión es un autor polaco llamado Szulc, citado por Prowe (I, 2, p. 361),
quien, sin embargo, señala en una nota a pie de página que Szulc no da su
fuente de la pretendida afirmación sobre Copérnico «aunque en otras partes
siempre lo hace». El propio Prowe se muestra escrupulosamente honrado con
Dantiscus, y hace gala de una actitud imparcial respecto a la controversia
nacionalista.
[218] Prowe, II, p. 168.
[219] Prowe, II, pp. 418 y s.
[220] Prowe, I, 2, p. 554.
[221] Zinner, op. cit., p. 244.
[222]Ibid., p. 245.
[223] Citado por Zinner, p. 466.
[224]Ibid., p. 259.
[225] Loc. cit.
[226] En su carta a Rheticus del 26 de julio de 1543 (véase la
nota 73), Giese dice que la «elegante» biografía de Copérnico que había escrito
Rheticus sólo necesita añadirle los hechos acerca de la muerte del maestro para
quedar completa. En la misma carta se refiere también al tratado que había
escrito Rheticus para probar que la doctrina del movimiento de la Tierra no
contradice las Sagradas Escrituras.
[227] Zinner, op. cit., p. 259.
[228]Ibid., p. 261.
[229] Loc. cit.
[230]Ibid., p. 262.
[231] Prowe, II, p. 389, y Ency. Brit. XIX-246d.
Zinner (p. 262) da el año 1574 como el de la muerte de Rheticus.
[232] Prowe I, 2, págs. 387 y sig.
[233] La primera traducción completa al inglés fue publicada en
1952 en la serie «Great Books of the Western World», vol. 16, Chicago,
traducción de Charles Glenn Wallis.
[234] Ency. Brit., II-584ª.
[235] Zinner, op. cit., pp. 273-278.
[236] H. Dingle, The Scientific Adventure (Londres, 1951), p.
74.
[237] Entre ellos, Brutt, The Metaphysical Foundations
of Modem Science (Londres, 1932, p. 26), Herbert Butterfield, The
Origins of Modem Science (Londres, 1949, pp. 26-27), H. T.
Pledge, Science since 1500 (Londres, 1939, p. 38) y Ch.
Singer, A Short History of Science (Oxford, 1941, p. 182).
[238] Tierra
[*]Copérnico creía, con los antiguos que el eje de la tierra
estaba casi mecánicamente fijado al anillo de la órbita (de acuerdo con la
analogía de la Luna, que siempre vuelve la misma cara a la tierra), y por eso
tuvo que introducir un movimiento especial para mantener el eje paralelo a si
mismo en el espacio.
[**] Vease infra págs. 201 y sig.
Las cifras se refieren a círculos en general, es decir, excéntricas, epiciclos,
deferentes y cicloides, para explicar las oscilaciones rectilíneas.
Excepto la errónea referencia a treinta y cuatro epiciclos, no he visto en
ninguna parte que nadie hubiese efectuado la cuenta del número de círculos en
De revolutionibus.
Incidentalmente, como señala Zinner (op. cit., p. 187), incluso está equivocada
la famosa cuenta al final del Commentariolus, puesto que Copérnico olvidó
considerar la precesión, los movimientos del afelio y los nodos lunares.
Teniendo todo esto en cuenta, el Commentariolus utiliza treinta y ocho y no
treinta y cuatro círculos. (Véase más adelante, p. 201 y s)
[239]Esto lo señaló A. Koyré, Nicolás Copernic Des Revolutions des Orbes Célestes (París,
1934), p. 18.
[240] Peurbach, Epitomae. En este Theoricae, que es una
exposición popular simplificada del sistema, Peurbach indica sólo veintisiete
epiciclos. Citado por el profesor Koyré (en una comunicación personal al autor,
20 de diciembre de 1957).
[241] Copérnico tuvo que aumentar el número de sus círculos por
estas razones:
a) compensar la supresión de los ecuantes de Tolomeo;
b) explicar la imaginaria variación del índice de precesión y del valor de la
oblicuidad;
c) explicar el ángulo constante del eje de la Tierra;
d) la insistencia en resolver las oscilaciones rectilíneas en movimientos
circulares, cosa que Tolomeo, que no era menos exigente, no se molestó en
hacer.
Esto dio un total de veintiún epiciclos adicionales frente a un ahorro de trece
(cinco del movimiento anual y ocho del diurno de la Tierra).
[242] La editio princeps y las tres ediciones posteriores
(Nürenberg, Basilea, Amsterdam y Varsovia) no se basaron en el manuscrito
original de Copérnico, sino en la copia de éste efectuada por Rheticus, la cual
difería del original en numerosos detalles. Hasta 1830 no se descubrió el
manuscrito de Copérnico en la biblioteca del conde Nostitz, en Praga. La
edición de Varsovia de 1854, sin embargo, sigue las anteriores; tan sólo la
edición de Torun de 1837 tiene en cuenta el descubrimiento del original.
[243] Butterfield, op. cit., p. 30.
[244] De reuolutionibus, lib. I, cap. 9.
[245]Ibid., lib. I, cap. 8.
[246] H. M. Pachter, Magic into Science (Nueva
York, 1951), pp. 26, 30.
[247] Carta contra Wemer, Prowe, II, p. 176 y s. Rosen publicó
una traducción inglesa, op. cit.
[248] Rheticus, Ephemerides Novae (Leipzig,
1950), citado por Prowe, II, p. 391.
[249] La última observación propia (un eclipse de Venus por la
Luna), que utilizó en las Reuolutiones,la realizó en marzo de 1529.
Se entregó el original del libro a la imprenta en 1542. Durante ese lapso de
trece años, Copérnico continuó efectuando observaciones y anotó veintidós
resultados, pero no los empleó en las Reuolutiones.
Esto permite determinar la fecha de terminación del manuscrito con razonable
certeza. Debió quedar completado después de 1529, puesto que la observación de
Venus antes mencionada figura en el cuerpo principal del texto. Es poco
probable que lo terminara después de 1532, ya que las observaciones efectuadas
en ese año no constan en el texto, sino en una hoja aparte.
Continuó haciendo correcciones y alteraciones en años posteriores, pero todas
de poca importancia.
No se puede tomar literalmente la afirmación, hecha en la dedicatoria a Pablo
III, de que retuvo su obra durante «cuatro veces nueve años». (Es, en realidad,
una alusión a la Epístola ad Pisones de Horacio). Evidentemente, se trajo la
idea heliocéntrica de vuelta de Italia, cuando regresó a Ermeland en 1506, lo
cual es casi exactamente cuatro veces nueve años antes de que publicara
las Revolutiones, los detalles del sistema debieron de tomar
forma gradualmente entre esta primera fecha y 1529. Frisaba entonces los
sesenta años y desde aquel momento no efectuó ningún intento serio de revisar
su teoría.
[250]De reuolutionibus, lib. III, caps. 1-4. Confundido por esos datos, Copérnico
concluyó erróneamente que el índice de precesión de los equinoccios no era
uniforme, y buscó explicar sus imaginarias variaciones, así como las igualmente
imaginarias variaciones de la oblicuidad de la eclíptica, mediante dos
movimientos oscilatorios independientes del eje de la Tierra.
[251]De reuolutionibus, lib. III, cap. 4.
[252]Commentariolus, trad.
Rosen, p. 57.
[253]Ibid., pp. 57 y s. Da la
misma razón en el prefacio dedicatoria a las Reuolutiones. El
sistema de Tolomeo, explica ahí, encaja perfectamente bien con los fenómenos,
pero no cumple «el primer principio de uniformidad del movimiento». También
Rheticus, en la Narratio Prima, toca el mismo tema: «Veréis
que aquí, en el caso de la Luna, nos liberamos de un ecuante con la adopción de
esta teoría… Mi maestro suprime también los ecuantes de los otros planetas…»
(Trad. Rosen, p. 135). «… Mi maestro vio que tan sólo en su teoría (es decir,
la de Copérnico) podía conseguirse que evolucionaran satisfactoriamente, de
modo uniforme y regular sobre sus propios centros y no sobre otros centros,
todos los círculos del universo, propiedad esencial del movimiento circular.» (Ibid., p.
137). (El movimiento circular no uniforme en torno a un centro es) «una
relación que la naturaleza aborrece». (Ibid., p. 166).
[254] Se refiere, de hecho, a la obra del Seudo-Plutarco De
Placiti Philosophorum, III, 13.
[255]De reuolutionibus, dedicatoria al papa Pablo III.
[256]Ibid., lib. I, cap. 5.
[257] El De placiti philosophorum del
Seudo-Plutarco, del que Copérnico citó el párrafo sobre Filolao, Heráclides,
etc., dice, unas pocas páginas antes (II, 24, citado por Armitage, p. 88):
«Aristarco sitúa al Sol entre las estrellas fijas y sostiene que la Tierra gira
en torno del Sol.» Copérnico, en el manuscrito de las Reuoluáones, lo traduce
así: «Filolao percibió la movilidad de la Tierra, y algunos dicen que Aristarco
de Samos sustentaba la misma opinión.» (Prowe, II, p. 129).
Pero incluso este aguado tributo está tachado en el manuscrito. El nombre de
Aristarco aparece tres veces en las Revoluciones (en el libro III, caps. 2, 6 y
13), pero esos párrafos se refieren únicamente a sus observaciones acerca de la
oblicuidad de la eclíptica y la duración del año tropical. No se menciona en
ninguna parte el que Aristarco fuese el padre de la teoría heliocéntrica, sobre
la que Copérnico erigió su sistema.
Aparte la breve referencia en el Seudo-Plutarco, Copérnico conocía la teoría de
Aristarco del célebre párrafo en El contador de arena de
Arquímedes (véase primera parte, nota 24), que Regiomontano había señalado
también especialmente (cf. Zinner, p. 178).
[258]Averroes, Comentario
sobre la metafísica de Aristóteles, citado por Rosen, op.
cit., pp. 194 y s.
[259] De docta ignorantia (Basilea, 1514).
[260]op. cit., II,
11, 12, citado por Armitage, pp. 89 y s.
[261]Ibid., pp. 102 y s., citado
por Koyré, From the Closed World to the Infinite Universe (Baltimore,
1957), pp. 14 y s.
[262]Ibid., pp. 105 y s., citado
por Koyré, pp. 20, 22.
[263] Loc. cit.
[264] Zinner, op. cit., p. 97.
[265]Ibid., p. 100.
[266]Ibid., p. 97.
[267] Cf. Prowe, I, 2, pp. 480 y ss.
[268] Zinner, op. cit., p. 133.
[269]Ibid., p. 132.
[270] Loc. cit.
[271]Ibid., p. 135. La rotación
diaria no modifica los movimientos aparentes del firmamento; la revolución
anual debe provocar un pequeño paralaje estelar.
[272] No hay prueba directa de que Copérnico conociera a
Calcagnini, pero había contemporáneos de él en la pequeña Universidad de
Ferrara, y el profesor Antonius Leutus, que el 31 de mayo de 1503 entregó a
Copérnico la insignia de su título de doctor, era el padrino de Calcagnini.
[273] Butterfield, op. cit., p. 29.
[274] Se sabía que el semidiámetro de la Tierra era
aproximadamente de 6.000 kilómetros, y Copérnico creía que la distancia de la
Tierra al Sol era aproximadamente de 1.200 semidiámetros (De revolutionibus, lib.
IV, cap. 21). En consecuencia, el diámetro de la órbita de la Tierra se
calculaba en 1.500.000.000 de kilómetros.
[275] Bessel demostró, en 1838, la existencia del paralaje
anual.
[276]De revolutionibus, lib. I, cap. 10.
[277] Burtt, op. cit., p. 25.
[278] De revolutionibus, lib. I, cap. 8
[279] O. O., vol. VIII, p. 670 y s., en adelante referido
como Horóscopo.
[280] En 1945, una unidad francesa avanzaba hacia la ciudad y
empezó a bombardearla en la creencia errónea de que el ejército alemán en
retirada había dejado una retaguardia entre sus murallas. En el momento crítico
un oficial francés —cuyo nombre me transmitieron como el coronel de Chastigny—
llegó a la escena, la reconoció como el lugar de nacimiento de Kepler, detuvo
el bombardeo y salvó Weil de la destrucción.
[281] «Uno de mis antepasados, Heinrich, y su hermano,
Friedrich, fueron armados caballeros… en 1430, por el emperador [Segismundo],
en el puente sobre el Tíber, en Roma.» (Carta de Kepler a Vincento Bianchi, 17
de febrero de 1619; G. W., vol. XVII, p. 321). La patente de nobleza existe
todavía, pero los dos Kepler armados caballeros en 1430 se llamaban Friedrich y
Konrad, no Friedrich y Heinrich.
[282] Horóscopo.
[283] Al ser el documento un horóscopo, los acontecimientos y
los rasgos de carácter se derivan de las constelaciones planetarias. Aquí he
prescindido de estos datos.
[284] Horóscopo.
[285] Horóscopo.
[286] En años posteriores, Kepler añadió algunas observaciones a
este texto, que suavizan, y a veces contradicen, los incisivos estudios de
carácter de su juventud. He puesto esos añadidos entre corchetes.
[287] Tercera y última tentativa de los abuelos de producir un
Sebaldus que sobreviviera.
[288] Dice Kretschmer: «Uno se siente tentado de afirmar que el
genio surge en el proceso hereditario particularmente en ese punto donde una
familia con altos dones empieza a degenerar… Esta degeneración se anuncia en la
misma generación a la cual pertenece el genio, o incluso en la precedente, y en
general en forma de condiciones psicóticas o psicopáticas.» The
Psychology of Men of Genius (Londres, 1931.)
[289] O. O., vol. V, pp. 476 y s.; en adelante nos referiremos a
él como Memorias.
[290]Memorias. Cf. también carta a Herwart von Hohenburg, 9-10 de abril de
1599, G. W., vol. XIII, pp. 305 y ss.
[291] Horóscopo.
[292]Johannes Kepler in seinen Briefen, recop. Caspar y v.
Dyck (Munich y Berlín, 1930), vol. I, p. 36.
[293]Memorias.
[294] G. W., vol. XIII, pp. 19 y s.
[295]Tertius Interveniens, G. W., vol. IV, pp. 145 y s.
[296] De Stella nova in pede Serpentarii, G. W., vol. I,
pp. 147 y s.
[297] Tertius Interveniens.
[298] De Stella nova, cap. 28.
[299]Antwort auf Röslini Diskurs, G. W., vol. IV, pp. 99
y s.
[300] Ca. 108.
[301] Tertius Interveniens.
[302] Antwort auf Roslini Diskurs, p. 127.
[303] Tertius Interveniens.
[304] A Herwart, G. W., vol. XIII, pp. 305 y ss.
[305]Mysterium Cosmographicum (G. W., vol. I).
Prefacio al lector.
[306] El título completo es: Un avance (prodromus) de un Tratado
Cosmográfico, que contiene el Misterio Cósmico de las admirables proporciones
entre las Órbitas Celestes y las auténticas y distintivas razones para sus
Números, Magnitudes, y Movimientos Periódicos, por Johannes Kepler, matemático
del ilustre Estado de Estiria, Tubinga, anno 1596.
[307]Mysterium Cosmographicum (G. W., vol. I).
Prefacio al lector.
[308] Ibid., loc. cit.
[309] Sorprende especialmente la avanzada posición relativista
de Kepler en el primer capítulo del Mysterium. Por razones
«metafísicas y físicas», dice, el Sol tiene que hallarse en el centro del
mundo, pero esto no es necesario para una conecta descripción formal de los
hechos. En cuanto a los puntos de vista tolemaico y copernicano del movimiento
aparente de las estrellas fijas, dice: «Es suficiente que ambos digan (lo cual
dicen realmente) que este fenómeno se deriva del movimiento contrastado entre
la Tierra y el cielo.» Respecto a la revolución anual, dice que el universo de
Tycho Brahe (en que cinco planetas giran en torno del Sol y el Sol gira
alrededor de la Tierra), es en la práctica tan legítimo como el copernicano.
«Por supuesto, la proposición “el Sol descansa en el centro” es demasiado
precisa, va demasiado lejos. Es suficiente afirmar, de manera más general: el
Sol se halla en el centro de los cinco planetas.»
[310] La importancia de Copérnico se reconoció antes en
Inglaterra que en el resto de Europa, sobre todo debido a dos obras: en primer
lugar, a A Perfit Description of the Caelestiall Orbes according to the
most aunciente doctrine of the Pythagorians, latelye reuiued by Copernicus and
by Geometricall Demonstrations approued, de Thomas Digges, quien la
añadió, en 1576, a una nueva edición de Prognostication euerlasting de
su padre Leonard Digges; y en segundo lugar, a La cena dele ceneri,que
Giordano Bruno escribió durante su estancia en Inglaterra, y que Carlewood
publicó en Londres en 1584.
[311] Fue, como sabemos, el propio Kepler quien, años después,
descubrió que el prefacio a las Revoluciones lo había escrito
Osiander y no Copérnico.
[312] Cap. 13.
[313] Inscribiendo la esfera de Mercurio no en las caras del
octaedro, como hubiera debido hacerse, sino en el cuadrado formado por los
cuatro bordes intermedios. Cap. 13, nota 4.
[314] Cap. 15.
[315] Cap. 18.
[316]Ibid., nota 8.
[317] Al menos, nuestros instrumentos matemáticos son aún
inadecuados para abordar la génesis y la morfología del Sistema Solar. Lo
importante es formular la pregunta adecuada en el momento apropiado.
[318] Cap. 20.
[319]Ibid., notas 2 y 3.
[320] La ley resultante de su primer intento fue: R1:R2=P1:(P1+P2)/2,
donde P1 y P2 son el
periodo, y R1 y R2 las
distancias solares medias de los dos planetas. La ley correcta (la tercera ley
de Kepler) es: R1:R2=P12/3:P22/3.
[321] Cap. 21.
[322]Ibid., nota 7.
[323] Cap. 78.
[324]Mysterium Cosmographicum, dedicatoria de la
segunda edición.
[325]Astronomia Nova, resumen del cap. 45.
[326] Carta a Maestlin, 3 de octubre de 1595. G. W., vol. XIII,
pp. 33 y ss.
[327] Tertius Interveniens.
[328]Harmonice Mundi, lib. IV, cap. I. G. W., vol. VI.
[329]Mysterium Cosmographicum, cap. XXI, notas 8 y
11.
[330] Es curioso observar que ninguno de los estudiosos que han
escrito sobre Kepler parece haberse dado cuenta de su testaruda omisión de la
palabra «elipse»; quizá se deba a que los historiadores de la ciencia
retroceden ante la irracionalidad de sus héroes, del mismo modo que Kepler
retrocedía ante la aparente irracionalidad de las órbitas elípticas que había
descubierto.
[331] Burtt, The Metaphysical Foundalions of Modem
Physical Science (Londres, 1932, ed. rev.), p. 203. Burtt es una
notable excepción respecto a la actitud citada en la nota anterior.
[332] Tertius Interveniens.
[333]Mysterium Cosmographicum, Prefacio al lector y
nota 8.
[334] Carta a Federico, duque de Württemberg, 27 de febrero de
1596. G. W., vol. XIII, pp. 50 y ss.
[335] G. W., vol. XIII, pp. 162 y ss.
[336] Carta a Maestlin, 11 de junio de 1598. G. W., vol. XIII,
pp. 218 y s.
[337]Horóscopo. Véase también carta a Maestlin, 10 de febrero de 1597, G. W.,
vol. XIII, pp. 104 y s.
[338] Carta a Maestlin, 9 de abril de 1597, G. W., vol. XIII,
pp. 113 y s.
[339] Carta a Herwart, 9-10 de abril de 1599, G. W., vol. XIII,
pp. 305 y s.
[340] Carta a una mujer anónima, c. 1612, G. W., vol. XVII, pp.
39 y s.
[341]Ibid.
[342] Carta a Maestlin, 15 de marzo de 1598, G. W., vol. XIII,
p. 185.
[343]E. Reicke, Der Gelehrte, Monographien zur deutschen Kulturgeschichte, vol.
VIl (Leipzig, 1900), p. 120.
[344] G. W., vol. XIII, pp. 84 y s.
[345] G. W., vol. XIII, p. 207.
[346] Carta a Herwart, 16 de diciembre de 1598, G. W., vol.
XIII, pp. 264 y s. Kepler parafrasea un verso de la Epístola a los
Pisones, de Horacio.
[347] Del fracaso de sus esfuerzos, Kepler llegó a la conclusión
de que el paralaje de la estrella polar tenía que ser más pequeño que ocho
minutos, «debido a que mi instrumento no me permite medir ángulos inferiores a
éste. De ahí que el semidiámetro de la órbita de la Tierra tenga que ser
inferior a 1/500 del semidiámetro de la esfera de las estellas fijas». (Carta a
Herwart, G. W., vol. XIII, pp. 267 y s.) Copérnico supuso la distancia media de
la Tierra al Sol = 1.142 radios de la Tierra (De reuolutionibus, lib.
IV, cap. 21). En cifras redondas, el radio de la órbita de la Tierra supone,
pues, 1.142 × 6.378 = 7,3 millones de kilómetros; y el radio mínimo del
Universo 7,3 × 500 = 3.650 millones de kilómetros. Más tarde, sin embargo, en
el Epitome, amplió el radio del Universo a sesenta millones de
radios de la Tierra, es decir, 38,3 × 1010 kilómetros. Llegó a
esta cifra suponiendo que el radio de la órbita de Saturno era la media
geométrica entre el radio del Sol y el radio de la esfera de las estrellas
fijas; y que el radio del Sol era quince veces el radio de la Tierra. (Epitome, IV,
1, O. O., VI, p. 332).
[348] Carta a Herwart, 16 de diciembre de 1598, loc.
cit. El propio Kepler nunca aceptó el infinito. Creía que todas las
estrellas fijas se hallaban situadas exactamente a la misma distancia del Sol,
de tal modo que su «esfera» (la cual, por descontado, no consideraba como algo
real) tenía tan sólo «dos millas alemanas» de espesor. (Epitome, IV,
1, O. O., VI, p. 334).
[349] Carta a Maestlin, 16 de febrero de 1599, G. W. vol. XIII,
p. 289.
[350]Ibid.
[351] Para un profundo análisis de los elementos subjetivos en
la cosmología de Newton, véase Burtt, op. cit.
[352] Los descubrimientos de Kepler no eran de la clase de los
que «flotan en el aire»; las tres leyes fueron el resultado de un
fatigoso tour de force, y representan un excepcional «logro
individual», por decirlo así. Ni siquiera Galileo supo ver eso.
[353] Carta a Maestlin, 8 de diciembre de 1598, G. W., vol.
XIII, pp. 249 y s.
[354] 12 de septiembre de 1597, G. W., vol. XIII, pp. 131 y s.
[355] Carta a Herwart, 16 de diciembre de 1598, G. W., vol.
XIII, pp. 264 y s.
[356] Carta a Maestlin, 29 de agosto de 1599, G. W., vol. XIV,
pp. 43 y s.
[357] Carta a Maestlin, 22 de noviembre de 1599, G. W., vol.
XIV, pp. 86 y s.
[358] Maestlin a Kepler, 25 de enero de 1600, G. W., vol. XIV,
pp. 105 y s.
[359] J. L. E. Dreyer, Tycho Brahe (Edimburgo,
1890), p. 27. Esta biografía es la actualmente estándar de Tycho Brahe. Dreyer
editó también la Opera Omnia de Tycho Brahe.
[360] Loc. cit.
[361] op. cit., p. 14.
[362] Para ser exactos, utilizó dos hilos, pasando por dos pares
de estrellas y cruzando la nova.
[363]op. cit., pp. 86 y s.
[364]An Itineraiy written by Fynes Morison, etc. (Londres, 1617),
p. 60, citado por Dreyer, p. 89.
[365] Dreyer, op. cit., p. 105.
[366]Ibid., p. 262 n.
[367] Sus principales logros restantes fueron: mejora de las
aproximaciones de las órbitas del Sol y la Luna; descubrimiento de la «ecuación
de la Luna» (independientemente de Kepler); refutación de la creencia
copernicana en una desigualdad periódica en la precesión de los equinoccios.
[368]Ibid., p. 261.
[369]Ibid., pp. 249 y s.
[370]Ibid., p. 279.
[371] Nicolai Raimari Ursi Dithmarsi Fundamentum astronomicum (Estrasburgo,
1588).
[372] Las únicas diferencias entre el sistema de Ursus y el de
Tycho Brahe consistían en que, en el primero, se atribuía la rotación diaria a
la Tierra; en el segundo, a las estrellas fijas; y que a Marte se le asignaban
órbitas distintas.
[373] A Ursus, 15 de noviembre de 1595, G. W., vol. XIII, pp. 48
y s.
[374] Nicolai Raiman Ursi Dithmarsi de astronomicis
Hypothesibus, etc. (Praga, 1597).
[375] A Tycho, 13 de diciembre de 1597, G. W., vol. XIII, p.
154.
[376] Tycho a Kepler, 1 de abril de 1598, G. W., vol. XIII, pp.
197 y s.
[377] 21 de abril de 1598, G. W., vol. XIII, pp. 204 y s.
[378] 19 de febrero de 1599, G. W., vol. XIII, pp. 286 y s.
[379] El párrafo dice: «Cierto doctor se detuvo en Gratz en su
viaje de regreso de Italia y me mostró un libro suyo [de Ursus], que leí
apresuradamente en tres días, que eran los que podía disponer de él. En él
encontré… algunas reglas de oro que, según recordaba, Maestlin había utilizado
frecuentemente en Tubinga, y también la ciencia de los senos y del cálculo de
los triángulos…, temas que, aunque generalmente conocidos, eran nuevos para mí…
porque luego descubrí en Euclides y Regiomontano la mayor parte de lo que yo
había adjudicado a Ursus.»
[380] G. W., vol. XIV, pp. 89 y s.
[381] Dreyer, op. cit., p. 279.
[382] Carta a Herwart, 12 de julio de 1600, G. W., vol. XIV, pp.
128 y s.
[383] Cap. 117.
[384] A Herwart, 12 de julio de 1600, G. W., vol. XIV, pp. 128 y
s.
[385] Cap. 119.
[386] Tycho a Jessenius, 8 de abril de 1600, G. W., vol. XIV,
pp. 112 y s.
[387] Abril de 1600, G. W., vol. XIV, pp. 114 y s.
[388] Kepler había firmado, sin embargo, un compromiso de
mantener toda la información que obtuviera de Tycho Brahe «en el más absoluto
secreto»; es decir, no podía publicar nada sin el consentimiento de Tycho
Brahe.
[389] 9 de septiembre de 1600, G. W., vol. XIV, pp. 150 y s.
[390] 9 de octubre de 1600, G. W., vol. XIV, pp. 115 y s.
[391] 28 de agosto de 1600, G. W., vol. XIV, pp. 145 y s.
[392] F. Morison, op. cit.
[393] Dreyer, op. cit., p. 386 y s.
[394] Citado por Kepler en Astronomia Nova, I,
cap. 6.
[395] ASTRONOMIA NOVA ΑΙΤΙΟΛΟΓΗΤΟΣ, sev PHYSICA CŒLESTIS,
tradita commentariis DE MOTIBUS STELLÆ MARTIS, Ex observationibus, G. V.
TYCHONIS BRAHE.
[396]Astronomia Nova, G. W., vol. III, preámbulo al índice de materias.
[397]Ibid., II, cap. 7.
[398]Ibid., dedicatoria.
[399] «Es inconcebible que una fuerza no material deba estar
presente en un no cuerpo y deba avanzar por el espacio y el tiempo.» Ibid., I.
cap. 2.
[400]Ibid., II, cap. 14.
[401]Ibid., II, cap. 14.
[402] En un estadio posterior, sin embargo, adoptó de nuevo la
hipótesis tolemaica.
[403] En conjunto, Tycho Brahe había observado diez oposiciones,
y el propio Kepler dos (1602 y 1604). Los datos de Tycho Brahe que utilizó
fueron los de 1587, 1591-1593-1595.
[404] Carta a Herwart, 12 de julio de 1600, G. W., vol. XIV, pp.
132 y s.
[405] Astronomia Nova, II, cap. 18.
[406]Ibid., II, cap. 19.
[407]Science and the Modem World (Cambridge, 1953
[reedición), p. 3).
[408]Astronomia Nova, II, cap. 20; III, cap. 24.
[409]Ibid., III, cap. 22.
[410] Loc. cit.
[411] El observador situado en Marte entraba en acción cada vez
que Marte regresaba a determinada posición de su órbita, es decir, cada vez que
tenía la misma longitud heliocéntrica. Puesto que se conocía el periodo sideral
de Marte, se podían determinar los momentos en que ocurría esto, así como las
distintas posiciones que ocupaba la Tierra en tales momentos. El método
producía una serie de triángulos Marte-Sol-Tierra: MST1, MST2,
MST3, de los que se conocían los ángulos en S y T (por los datos de
Tycho Brahe o por el método de aproximación previamente establecido de Kepler).
Se obtenían así las relaciones ST1/SM, ST2/SM, ST3/SM;
y ya sólo se tenía que resolver un sencillo problema de geometría para
determinar la órbita de la Tierra (aún supuestamente circular), su
excentricidad, y la posición del punctum equans. El mismo método permitió más
tarde, a Kepler, determinar las distancias relativas Marte-Sol para cualquier
longitud geocéntrica observada de Marte.
[412] Al principio del III, cap. 33.
[413] Índice de materias, resumen del cap. 32.
[414] «En otros lugares [no en las inmediaciones del afelio y
del perihelio), hay una desviación muy pequeña…» El párrafo implica que la
desviación es insignificante. Esto es cierto en la órbita de la Tierra, debido
a su pequeña excentricidad, pero falso en la de Marte, por su gran
excentricidad.
[415] Es probable que Descartes derivara de Kepler su teoría de
los tourbillons, pero no está probado.
[416] Astronomia Nova, III, cap. 40.
[417] Loc. cit.
[418] Loc. cit.
[419] Resumiendo, las tres suposiciones incorrectas son: a) que
la velocidad del planeta varía en relación inversa con su distancia al Sol; b)
la órbita circular, y c) que la suma de los vectores de los radios excéntricos
es igual al área. La hipótesis física errónea desempeñaba tan sólo un papel
indirecto en el proceso.
[420] Carta a Longomontanus, 1605, G. W., vol. XV, pp. 134 y s.
[421] Astronomia Nova, IV, cap. 45.
[422] Loc. cit.
[423] Carta a D. Fabricius, 18 de diciembre de 1604, G. W., vol.
XV, pp. 78 y s.
[424] Carta a D. Fabricius, 4 de julio de 1603, G. W., vol. XIV,
pp. 409 y s.
[425] Carta a D. Fabricius, 18 de diciembre de 1604.
[426] Recordemos que Copérnico también consideró la elipse y la
desechó; pero Copérnico, que creta firmemente en los círculos, tenía muchas
menos razones para prestarle atención que Kepler, que había avanzado hasta el
óvalo.
[427] Astronomia Nova, IV, cap. 55.
[428]Ibid., IV, cap. 56.
[429] La «secante» del ángulo en M es la relación MC:MS.
[430] En la terminología actual, la fórmula es: R = l + e cos p, donde R es
la distancia al Sol, p la longitud referida al centro de la
órbita, y e, la excentricidad.
[431] Astronomia Nova, IV, cap. 58.
[432] 1605; G. W., vol. XV, pp. 134 y s.
[433] Mysterium Cosmographicum, cap. 18.
[434] Cf. Koestler, Insight and Outlook (Londres
y Nueva York, 1949).
[435] Astronomia Nova, introducción.
[436] Delambre, Histoire de l’Astronomie Moderne (París,
1891), vol. I, p. 394.
[437] Había algo nuevo y verdaderamente maravilloso, que sólo
necesitó un pequeño desarrollo y explicación. Se fundaron las físicas modernas:
la del cielo y la de la Tierra.
[438] Tercera carta a Bentley, Opera Omnia (Londres,
1779-1785), IV, 380. Citado por Burtt, op. cit.,pp. 265 y s.
[439] Así, por ejemplo, en el Diálogo sobre los sistemas
del gran mundo, de Galileo, es Simplicius, el ingenuo aristotélico,
quien dice: «La causa [de que los cuerpos caigan] es manifiesta, y todo el
mundo sabe que es la gravedad.» Pero inmediatamente lo refutan: «Estás
equivocado, Simplicius; dices que todo el mundo sabe que eso se llama gravedad,
y no te cuestiono acerca del nombre, sino acerca de la esencia de ello.
Respecto a este asunto no sabes más de lo que sabes acerca de la esencia del
motor que mueve a las estrellas en sus giros.» (Salusbury, trad., ed.
Santillana, (Chicago 1953), p. 250.)
[440] 10 de febrero de 1605; G. W., vol. XV, pp. 145 y s.
[441] Obsérvese que esta descripción está más cerca de la
moderna noción de campo gravitatorio o electromagnético que del clásico
concepto newtoniano de fuerza.
[442] Astronomia Nova, III, cap. 33.
[443]Ibid., III, cap. 38.
[444]Ibid., I, cap. 6.
[445] Introducción de Max Caspar a su traducción alemana de
la Astronomia Nova (Munich y Berlín, 1929), p. 54.
[446] Carta a Heydon, octubre de 1605, G. W., vol. XV, pp. 231 y
s.
[447] Carta a D. Fabricius, 1 de octubre de 1602, G. W., vol.
XIV, pp. 263 y s.
[448] Carta a D. Fabricius, febrero de 1604, G. W., vol. XV, pp.
17 y s.
[449] He aquí el texto del prefacio de Tengnagel: «¡Saludos al
lector! Tenía intención de dirigirme a ti, lector, con un largo prefacio. Pero
el gran número de asuntos políticos que me mantienen más ocupado que lo
habitual durante estos días, y la apresurada partida de nuestro Kepler, que
quiere marchar inmediatamente para Frankfurt, sólo me dejan un momento de
tiempo para escribir. Pero creo, sin embargo, que debo dirigirte unas cuantas
palabras, no sea que te sientas confundido por las libertades que se toma Kepler
al desviarse de Brahe en algunas de sus exposiciones, particularmente en las de
naturaleza física. Tales libertades pueden encontrarse en todos los filósofos
desde que el mundo existe; y de ninguna manera afectan a las Tablas Rudolfinas.
[Esto se refiere a las tablas planetarias dedicadas a Rodolfo, que Tengnagel
había prometido mostrar, pero nunca lo hizo.] Podrás comprobar que este libro
se ha edificado sobre los cimientos de Brahe… y que todos sus materiales
(quiero decir, las observaciones) los recogió Brahe. Mientras tanto, considera
el excelente trabajo de Kepler… como preludio de las Tablas y
de las Observaciones que seguirán y que, por las razones
explicadas, se tendrán que publicar lentamente. Ruega conmigo al altísimo y
sapientísimo Señor por el rápido progreso de este trabajo tan deseado y por
unos días más felices.
»Franz Gransneb Tengnagel, «Consejero in Campp. de su Majestad Imperial.»
[450] G. W., vol. XV, pp. 131 y s
[451] D. Fabricius a Kepler, 20 de enero de 1607, G. W., vol.
XV. p. 376 y s.
[452] 30 de octubre de 1607, G. W., vol. XVI, p. 71.
[453] El autor es el astrónomo de Danzig P. Crueger, citado por
W. v. Dyck y M. Caspar en Nova Kepleriana 4, Abhandlungen der
Bayrischen Ak. d. Wiss, XXXI, pp. 105 y s.
[454] Loc. cit.
[455]Astronomiae Pars Optica, Dedicatoria a Rodolfo
II, G. W., vol. II.
[456] Carta a Besold, 18 de junio de 1607, G. W., vol. XV, p.
492.
[457] Carta a Herwart, 10 de diciembre de 1604, G. W., vol. XV,
pp. 68 y s.
[458] Carta a Herwart, 24 de noviembre de 1607, G. W., vol. XVI,
pp. 78 y ss.
[459] Carta a D. Fabricius, 11 de octubre de 1605, G. W., vol.
XV, pp. 240 y s.
[460]Dissertatio cum Nuncio Sidero, G. W., vol. IV, pp.
281 y s.
[461] Ha habido cierta controversia acerca de la cuestión de si
el título significaba «mensajero» o «mensaje». Cf. Stillman Drake, Discoveries
and Opinions of Galileo (Nueva York, 1957), p. 19. Stillman Drake
traduce el título como El mensajero estelar, De Santillana
como Mensaje (Diálogo) sidéreo o Mensaje estelar (El
crimen de Galileo). Propongo usar El mensajero de las estrellas.
(De esta obra existe traducción castellana: El mensaje y el mensajero
sideral, Madrid, Alianza, 1984. Para más datos sobre Galileo puede
consultarse su biografía escrita por Johannes Memblebau, Barcelona, Salvat,
1985. [N. del. E.]
[462] F. Sherwood Taylor, Galileo and the Freedom of
Thought (Londres, 1938), p. 1.
[463] Esto sólo es estrictamente cierto para ángulos pequeños,
pero suficiente en la práctica para la medición del tiempo. Huygens descubrió
la ley correcta del péndulo. El candelabro que aún puede verse en la Catedral
de Pisa, y cuyas oscilaciones se pretende que dieron a Galileo su idea, no lo
instalaron hasta algunos años después de este descubrimiento.
[464] Su tratado De Motu, escrito alrededor de
1590, y que circuló privadamente en manuscrito, se desvía evidentemente de la
física aristotélica, pero suscribe por completo la respetable teoría del ímpetus que
había sido enseñada en la escuela de París en el siglo XV y por varios de los
predecesores y contemporáneos de Galileo. Cf. A. Koyré, Études
Galiléennes, París, 1939. (De esta última obra existe trad.
castellana: Estudios Galileanos, Madrid, Siglo XXI, 1980. [N.
del E.])
[465] Acerca de un tratado técnico sobre el compás de
proporción. Véase más adelante.
[466] Carta a Maestlin, septiembre de 1597, G. W., vol. XIII,
pp. 140 y s.
[467] El prefacio (y el primer capítulo) proclaman la creencia
de Kepler en el sistema copernicano y señalan sus argumentos a favor de él.
[468] G. W., vol. XIII, pp. 130 y s.
[469]Trattato della Sfera, Opere, Ristampa della Ediz. Nazionale (Florencia,
1929-1939), vol. II, págs. 203-255. En adelante, Opere se
refiere a esta edición, excepto cuando está señalada «Ed. F. Flora», que se
refiere a la más manejable selección de obras y cartas en un volumen, publicada
en 1953.
[470] Citado por Sherwood Taylor, op. cit., p.
85.
[471] G. W., vol. XIII, pp. 144 y ss.
[472] G. W., vol. XIV, p. 256.
[473]Ibid. p. 441.
[474] Ibid, pp. 144 y ss.
[475] John Donne se refirió a la nova de Kepler cuando escribió
(A la condesa de Huntingdon):
Quien alcanza a uer un cometa errante se maravilla, porque son raros; pero una
nueva estrella cuyo movimiento encaja con el firmamento, es un milagro, porque
es algo totalmente nuevo.
[476] Sorprende leer que el profesor Charles Singer considera
que el descubrimiento de la nova de 1604 no tuvo relación con el paralaje de
Galileo, y, además, pasando por alto el libro clásico de Tycho Brahe sobre la
nova de 1572, escribe: «Las nuevas estrellas anteriormente anunciadas se había
establecido que pertenecían a las zonas inferiores y menos perfectas de la
Tierra. Galileo tuvo así que atacar los incorruptibles e intercambiables cielos
y asestar un golpe al esquema aristotélico, casi tan serio como el experimento
de la torre de Pisa (sic).» (Ch. Singer, Short History of Science to
the Nineteenth Century, Oxford, 1941, p. 206.) Desde que este
experimento es legendario, la comparación del profesor Singer contiene una
irónica verdad; pero esta inexacta tripe relación es característica del poder
que el mito de Galileo ejerce en eminentes historiadores de la ciencia. El
profesor Singer también admite que el invento del telescopio corresponde a
Galileo (op. cit., p. 217), que en el sistema de Tycho Brahe «el Sol
se mueve alrededor de la Tierra en veinticuatro horas llevando consigo todos
los planetas» (Ibid., p. 183), que la tercera ley de Kepler «está
enunciada en el Epitome Astronomiae» (Ibid., p. 205),
etcétera.
[477] Cf. Zinner, op. cit., p. 514.
[478] Le Operazioni delle Compasso Geometrico e Militare (Padua,
1606); Opere, II, pp. 362-405.
[479] Usus et Fabrica Circiui Cuiusdam Proporziones (Padua,
1607), Opere, II, pp. 425-511.
[480] El maestro de Capra fue el distinguido astrónomo Simón
Marius (1573-1624), descubridor de la nebulosa de Andrómeda, con quien Galileo
se enzarzó más tarde en otra disputa sobre prioridades.
[481] Carta a B. Landucci, citada por Gebler, Galileo
Galilei and the Roman Curia (Londres, 1879), p. 19.
[482] George Fugger (miembro de la famosa familia de banqueros),
en una carta a Kepler, el 16 de abril de 1610, G. W., vol. XVI, p. 302.
[483] Cf. Zinner, op. cit., pp. 345 y s.
[484] Se refiere a la primera edición latina.
[485] El paraíso perdido, libro segundo, verso 890.
[486] Peregrinatio contra Nuncium Sydereum (Mantua,
1610).
[487] Ignatius his Conclave.
[488]Opere, ed. F. Flora
(Milán-Nápoles, 1953), pp. 887 y s.
[489]Ibid., pp. 894 y ss.
[490] 28 de mayo de 1610, G. W., vol. XVI, p. 314.
[491] Citado por E. Rosen, The Naming of the Telescope (Nueva
York, 1947).
[492] Carta a Horky, 9 de agosto de 1610, G. W., vol. XVI, p.
323.
[493] El pobre Kepler es incapaz de mostrar opiniones contrarias
a su excelencia, para Magini ha escrito tres cartas, que veinticuatro hombres
doctos de Bolonia han confirmado, y que testimoniaron que se habían presentado
cuando intentaste demostrar tus descubrimientos… pero falló al ver que
pretendías enseñárselos. (M. Hasdale a Galileo, 15 y 28 de abril de 1610, G.
W., vol. XVI, pp. 300 y s., 308.)
[494] G. W., vol. XVI, pp. 319 y ss.
[495] Probablemente, su carta condujo al profesor Dr. Santillana
a sus erróneas afirmaciones: «Al igual que Kepler, siempre generoso e
imparcial, pasó cinco meses razonando la causa del telescopio… Su primera Dissertatio
cum Nuncio Sidereo, de abril de 1610, está llena de reservas» (Diálogo
sobre los grandes sistemas del mundo [Chicago, 1937, p. 98 n.]). Las
reservas de Kepler se refieren, según vimos, a la prioridad de la invención del
telescopio, que Galileo no lo descubrió.
[496] G. W., vol. XVI, pp. 327 y s.
[497] Salvo una breve nota de presentación para Kepler, que
Galileo dio a un viajero diecisiete años más tarde, en 1627. Opere, XIII, pp.
347 y s.
[498] Gebler, op. cit., p. 24.
[499] Al menos, ese parece ser el significado. La palabra umbistineum no
existe, y puede derivarse o bien de ambustus, «enfurecido», o
de umbo, «protuberancia», «proyección».
[500] 9 de enero de 1611, G. W., vol. XVI, pp. 356 y s.
[501] Narratio de Observatis a se quatuor Iouis sattelitibus
erronibus.
[502] 25 de octubre de 1610, G. W., vol XVI, p. 431.
[503] El libro debería titularse realmente «Dióptrica y
catóptrica», puesto que trata de refracción y de reflexión.
[504] Excepto el prefacio.
[505] Ad Vitellionem Paralipomena, quibus Astronomiae Pars
Optica.
[506] 3 de abril de 1611, G. W., vol. XVI, pp. 373 y s.
[507] Dedicatoria de la Eclogae Chronicae, 13
de abril de 1612, citado en Johannes Kepler in seinen Briefen, vol.
I, pp. 391 y s.
[508] Ca., p. 243.
[509] Ca., pp. 252 y s.
[510] Ca., p. 300.
[511] Galileo fue sometido a una forma mucho más suave de territio
uerbalis, sin llegar a conducirle a la cámara de torturas.
[512]Citado en Johannes
Kepler in seinen Briefen, vol. II, pp. 183 y s.
[513]Harmonices Mundi, Libri
V (Linz, 1619). A veces se cita erróneamente este libro como Harmonices, como
si la s correspondiera al plural, cuando realmente corresponde
al genitivo.
[514]Unwissbar, en la traducción
de Kepler.
[515]Harmonice Mundi, libro
V, cap. 4.
[516] Loc. cit.
[517]Ibid., cap. 7.
[518] Dedicatoria de la Ephemerides para 1620 a
lord Napier.
[519]Ibid.
[520]Harmonice Mundi, introducción
al libro V.
[521] «Sed res est certissima exactissimaque, quod proportio,
quae est inter binorum quorumeonque planetarum tempora periodica, sit praecise
sesquialtero proportionis mediarum distantiarum, id est orbium ipsorum.» (Ibid.,
V, cap. 3, proposición 8).
[522] Loc. cit.
[523] Loc. cit.
[524]Ibid., apéndice del libro V.
[525] G. W., vol. XVII, pp. 79 y ss. Se ofrece una versión
resumida.
[526] A Bianchi, 17 de febrero de 1619, G. W., vol. XVII, pp.
321 y ss.
[527] A Bemegger, 20 de mayo de 1624, Johannes Kepler in
seinen Briefen, II, p. 205 y s.
[528] 1 de octubre de 1626, Ibid, II, pp. 222 y ss.
[529] Loc. cit.
[530] Kepler tuvo conocimiento de los logaritmos de Napier en
1617: «Ha aparecido en escena un barón escocés (he olvidado su nombre) que ha
hecho algo excelente transformando todas las multiplicaciones y divisiones en
sumas y restas…» (Ibid., II, p. 101). Puesto que Napier no explicó
al primer momento el principio en que se basaban, el asunto parecía como magia
negra y se acogió con escepticismo. El viejo Maestlin observó: «No es adecuado
que un profesor de matemáticas manifieste una alegría infantil sólo porque los
cálculos resulten más fáciles.» (Ca., p. 368).
[531] A Bemegger, 20 de mayo de 1624; véase la nota 249.
[532] Ca., p. 302.
[533] A Bemegger, 6 de abril de 1627. Johannes Kepler in
seinen Briefen, II, pp. 236 y ss.
[534] El nombre de Wallenstein se halla escrito con la clave
secreta de Kepler en el borrador original del Horóscopo, que
aún se conserva.
[535] Pero diez años hicieron una figura redondeada, al igual
que un bien pagado horóscopo pudo razonablemente detener.
[536] A Bemegger, 22 de julio de 1629. Johannes Kepler
in seinen Briefen, II, p. 292.
[537] A Bemegger, 2 de marzo de 1629, Ibid., pp.
284 y s.
[538] A Bemegger, 29 de abril de 1629, Ibid., pp.
286 y s.
[539] A Ph. Muelter, 27 de octubre de 1629, Ibid., p.
297.
[540] Las Efemérides proporcionan detallada
información respecto a los movimientos de los planetas para determinado año,
mientras que las Tablas sólo dan las lineas generales en que se basan los
cálculos.
[541] Cf. el ensayo de Marjorie Nicolson «Kepler, the Somnium,
and John Donne», en su Science and Imagination (Oxford, 1956).
[542] Kepler eligió el nombre de Duracotus debido a que parecía
escocés, «y Escocia se halla en el océano Islándico»; «Fiolx» era el nombre de
Islandia que vio en un viejo mapa.
[543] Recientemente se ha sugerido que se debería anestesiar a
los tripulantes de las naves espaciales durante la aceleración inicial.
[544] Kepler añadió la siguiente nota a este párrafo: «Podemos
captar el calor de la luz lunar con la ayuda de un aparato. Porque si se reúnen
los rayos de la luna llena en un espejo cóncavo parabólico o esférico, entonces
se percibe en su foco, donde los rayos se juntan, un aliento cálido, por así
decirlo. Observé eso en Linz cuando estaba enfrascado en otros experimentos con
espejos, sin pensar en el calor; me volví involuntariamente para ver si alguien
estaba lanzando su aliento sobre mi mano.» Como señaló Ludwig Gunther, que
publicó y tradujo el Somnium (el Traum uom Mond, de
Kepler, Leipzig, 1898), este párrafo establece la prioridad de Kepler en
descubrir que la Luna refleja no sólo la luz, sino también algo del calor del
Sol, hecho que no era en absoluto obvio y que (según Gunther, p. 131) no lo
estableció hasta el decenio de 1890 C. V. Boyse. Los antiguos creían que la luz
del Sol perdía todo su calor cuando la reflejaba la Luna (Cf. Plutarco, En
la cara del disco lunar).
[545] La parte de atrás de la cabeza es el Sudán; su barbilla,
Argelia; la cabeza de la muchacha, España; la boca abierta, Málaga; su
barbilla, Murcia; sus brazos son Italia y las islas británicas, estas últimas
atrayendo al gato escandinavo.
[546] Carta a Bartsch, 6 de noviembre de 1629, Johannes
Kepler in se inen Briefen, II, p. 303.
[547] A Ph. Mueller, 22 de abril de 1630, Ibid., p.
316.
[548] Bartsch a Ph. Mueller, 3 de enero de 1631, Ibid., II,
p. 329.
[549]Ibid. II, p. 325.
[550] Cap. 431.
[551] Citado por S. Lansius a un anónimo, 24 de enero de
1631, Johannes Kepler in seinen Briefen, II, p. 333.
[552] De esta expresión puede deducirse que le negaron los
últimos sacramentos.
[553]A Bartsch, Johannes
Kepler in seinen Briefen, II, p. 308.
[554] A Cosme II, 3 de mayo de 1611, citado por Gebler, op cit.,
p. 36.
[555] El término, inventado por un miembro de los Lincei,
Demisiani, fue anunciado en el banquete del 14 de abril de 1611. Véase E.
Rosen, The Naming of the Telescope (Nueva York, 1947).
[556] Cartas sobre las manchas solares, tercera carta, 1612,
trad. de Stillman Drake, op. cit., pp. 126 y s.
[557] Sobre este hilarante capítulo de ciencia-mitología, véase
Lane Cooper, Aristotle, Galileo and the Tower of Pisa (Itaca,
1935).
[558] Zinner, op. cit., p. 346.
[559] Este episodio fue una típica comedia de errores
kepleriana. El 28 de mayo de 1607, Kepler observó el Sol mediante una especie
de improvisada camera obscura, que consistía en estrechas rendijas entre las
tablas del techo de su casa en Praga. Esas rendijas dejaban pasar la lluvia al
desván, pero cada rendija hacía los efectos de una cámara (sin lentes);
sujetando una hoja de papel bajo la rendija, Kepler conseguía una imagen
proyectada del Sol. En ese día en particular, observó en el proyectado disco
del Sol «una pequeña mancha, casi negra, aproximadamente como una pulga flaca».
Cuando alejó el papel de la abertura, ampliando así el disco al tamaño de su
palma, la mancha creció hasta el tamaño «de un ratón pequeño». Kepler estaba
convencido de que la mancha era la sombra de Mercurio, y que observaba el paso
de ese planeta ante el disco solar. Corrió desde el Hradshin al palacio del
emperador, y transmitió la noticia a Rodolfo por medio de un lacayo; regresó a
su casa, convocó a varias personas para que se convencieran de la existencia de
la mancha negra y firmaran un documento en que lo atestiguasen, y en 1609
publicó un tratado sobre el hecho: Mercurius in Sole.
[560]Il Saggiatore, citado
por Zinner, p. 362.
[561] Cartas sobre las manchas solares, trad. de Stillman
Drake, op. cit., p. 100.
[562]Ibid., pp. 113 y s.
[563]Ibid., p. 144.
[564] Conti a Galileo, 7 de julio de 1612. Citado por G. de
Santillana, The Crime of Galileo (Chicago, 1955), pp. 27 y s.
[565]Opere, XI, 427, citado por
Stillman Drake, pp. 146 y s. Algunos historiadores (incluido, recientemente, el
profesor De Santillana) han intentado dar más peso a este incidente afirmando
que Lorini predicó en público un sermón contra Galileo. Pero si lo hubiese
hecho («en el Día de Difuntos», como dice Santillana), sería fantasioso suponer
que hubiera negado el hecho por escrito; además, el propio Galileo dice que el
incidente ocurrió «en discusión privada». (Opere, V, 291, citado
por Drake, p. 147).
[566]Opere, XI, pp. 605 y s.;
citado por Drake, pp. 151 y s.
[567] Seguiré la versión final del documento, es decir, la
aparecida en la Carta a la gran duquesa.
[568] Trad. de Drake, op. cit., p. 175.
[569]Ibid., pp. 181-183.
[570]Ibid., pp. 192 y s.
[571]Ibid., p. 194.
[572]Ibid., pp. 194 y s.
[573]Ibid., p. 213.
[574] 10 de enero de 1615. Citado por Gebler, op. cit., p.
52.
[575]Opere, XII, p. 123. Citado
por Drake, p. 115.
[576] Trad. Santillana, op. cit., pp. 45 y s.
[577] Gebler, op. cit., p. 53.
[578] Mantuvo, por ejemplo, «que Cristo no era Dios, sino
simplemente un mago sorprendentemente hábil… y que el Diablo será salvado». (Enciclopedia
Católica: «Giordano Bruno»).
[579] Sorprende notar la indiferencia con que los intelectuales
reaccionaron al martirio de Bruno, al menos en Alemania. Corrobora esto la
voluminosa correspondencia de Kepler, en que se examinan todos los temas
existentes bajo el cielo, pero apenas se menciona a Bruno. Uno de los amigos
corresponsales preferidos de Kepler durante su período de Praga fue el físico
Brengger, de Kaltbeuren, hombre de gran erudición y que se interesaba por
muchas disciplinas. En una carta fechada el 1 de septiembre de 1607, Brengger
mencionó de pasada la teoría de «Jordano Bruno de Nola» sobre la pluralidad de
mundos. Esto fue aproximadamente ocho años después de que hubiesen ejecutado a
Bruno, pero, evidentemente, Brengger desconocía el hecho. Kepler respondió (el
30 de noviembre de 1607) que «no sólo el infortunado Bruno, que fue asado sobre
carbones en Roma, sino mi venerado Tycho creía también que las estrellas están
habitadas». (En realidad hizo de ello uno de sus horribles juegos de
palabras: «… infelix ille Prunus prunis tostus Romae».) En su carta
siguiente (7 de marzo de 1608), Brengger escribió: «Decís que Jordano Bruno fue
asado sobre carbones, de lo que infiero que fue quemado en la hoguera», e
inquirió por qué había ocurrido esto: «Siento lástima por el hombre.» Kepler
respondió (el 5 de abril): «Supe que Bruno había sido quemado en Roma por
mediación del maestro Wackher; sufrió animosamente su destino. Había sostenido
la vanidad de todas las religiones y sustituido a Dios por círculos y puntos.»
Brengger llegó a la conclusión de que Bruno debía estar loco y se preguntó si
su fortaleza no habría venido del hecho de haber negado a Dios (25 de mayo de
1608). Éste, pues, fue el comentario de dos intelectuales contemporáneos sobre
el que Giordano Bruno fuera quemado vivo. (G. W., vol. XVI, pp. 39, 116, 142 y
166).
[580] Es decir, que se tienen que considerar solamente como
hipótesis matemáticas, en el sentido del prefacio de Osiander.
[581]Opere, XII, pp. 145-147,
citado por Drake, p. 158.
[582]Opere, XII, p. 151, citado
por Drake, p. 159.
[583] Lettera del R. P. Maestro Paolo Antonio Foscarini,
Carmelitano, sopra l’opinione de i Pittagorici e del Copérnico della mobilità
della Terra e stabilità del Sole, e il nuovo Sisteme del Mondo (Nápoles,
1615).
[584] Gebler, op. cit., p. 61.
[585] Santillana, op. cit., p. 91.
[586] Sherwood Taylor, op. cit., p. 85.
[587]Opere (ed. F. Flora), pp.
999-1007.
[588] Aquí se refiere, evidentemente, a los epiciclos que se
necesitan en el sistema tolemaico para explicar la retrogradación aparente de
los planetas y que Copérnico eliminó.
[589]Opere, XII, pp. 171 y s.
Trad. de Drake, pp. 162-164 y Santillana, pp. 98-100.
[590]Opere, XII, pp. 183-185.
Trad. de Drake, pp. 165-167.
[591] Santillana, op. cit., p. 118.
[592] Drake, p. 170.
[593] Santillana, op. cit., p. 110.
[594] Carta al cardenal Allessandro d’Este, 20 de enero de 1616,
trad. de Santillana, pp. 112 y s.
[595]Ibid., p. 117.
[596]Ibid., p. 116.
[597]Diálogo de los grandes sistemas del mundo, trad. de Salusbury, ed. Santillana (Chicago, 1953), p.
469; referido en adelante como Diálogo. El título italiano, Dialogo…
sopra i due Massime Sistemi del Mondo, menciona expresamente dos
grandes sistemas del mundo, el tolemaico y el copernicano; pero puesto que he
seguido la edición de Santillana con la traducción de Salusbury, debo referirme
a él por el título que le dio el editor.
[598] Explicó esto como debido a causas secundarias actuando en
mares interiores como el Mediterráneo y el Adriático. Véase más adelante, pp.
372 y 383.
[599] H. Butterfield, op. cit., p. 63.
[600] Trad. de Santillana, op. cit., p. 119.
[601] Algunos biógrafos de Galileo se muestran ansiosos por dar
la impresión de que el decreto del 5 de marzo no se debió a las persistentes
provocaciones de Galileo, sino al resultado de una campaña inquisitorial
fríamente planeada para ahogar la voz de la ciencia. Para demostrar esto,
sostienen que la convocatoria de los calificadores no fue una decisión ad
hoc, provocada por la démarche de Orsini con el Papa o por el
comportamiento general de Galileo en Roma, sino la conclusión de un continuado
procedimiento inquisitorial, que se inició con las denuncias de Lorini y
Caccini, o incluso antes. El «incluso antes» se refiere a una reunión de la
Congregación del Santo Oficio en 1611, en que Belarmino introdujo «un pequeño
asunto en la agenda»: «Averiguar si, en los procedimientos contra el doctor
Cesare Cremonini, hubo alguna mención de Galileo, profesor de filosofía y
matemáticas.» Cremonini era un aristotélico enemigo de Galileo en la
Universidad de Padua; nunca lo sometieron a juicio. Este dato se remonta a los
días de la triunfal visita de Galileo a Roma, y el asunto jamás se vuelve a
mencionar en los archivos. No hay nada en esos archivos durante cinco años,
hasta las acusaciones de Lorini contra la «Carta a Castelli», que se
desecharon, el testimonio de Caccini en febrero, y los testimonios de Ximenes y
Atavante en noviembre, y condujeron a cerrar los procedimientos.
Pero Caccini había mencionado las «Cartas sobre las manchas solares», y el 25
de noviembre hay una nota en los archivos referida a una instrucción de la
Congregación: «Véanse las “Cartas sobre las manchas solares” del citado
Galileo.» Luego nada hasta el 23 de febrero del siguiente año, cuando se
convoca a los calificadores para pronunciarse respecto a las dos proposiciones
que les han sometido, pero sin mencionar ni las «Manchas solares» ni el nombre
de Galileo. De todas maneras, la entrada del 25 de noviembre, antes mencionada,
indica que nunca se cerraron los procedimientos, sino, simplemente se
retrasaron, y que la convocatoria de los calificadores fue el resultado final e
inevitable de la «fatalidad histórica».
La realidad es que no se pidió a los calificadores examinar o censurar las
«Cartas sobre las manchas solares»; que quienquiera que hubiera examinado el
libro se dio cuenta inmediatamente de que contenía una única e inobjetable
referencia al sistema copernicano como una hipótesis; y que se desechó el
asunto como antes se habían desechado las denuncias de Cremonini y Caccini y
Lorini.
La ausencia de ningún plan preconcebido queda corroborada también por la carta
de Belarmino a Foscarini, y por el torpe redactado de la segunda pregunta a los
calificadores: que la Tierra se mueve «toda ella, también con movimiento
diurno» (ma si move secondo sè tutta, etiam di moto diurno).
Santillana ha demostrado (op. cit., p. 139) que las palabras, que
realmente no tienen sentido, las tomaron de la confusa versión de Caccini del
copernicanismo. Si se hubiera planeado anticipadamente la convocatoria de los
calificadores, y no hubiese sido una medida ad hoc de un Papa
irritado, el inquisidor encargado de formular la preguntas hubiera podido
preparar, con toda seguridad, algo más concreto que la frase que escogió tras
un apresurado examen de los archivos.
De las más recientes obras serias sobre Galileo, la de Stillman Drake mantiene
que fue la insistencia de Orsini urgiendo al Papa que dictaminara a favor de
los puntos de vista de Galileo lo que ocasionó su prohibición (op. cit., p.
152), mientras que Santillana opina que la historia de Orsini fue
deliberadamente «filtrada» por la Inquisición al embajador toscano para
despistarlo, «mientras que ya se había tomado en secreto la decisión varios
días antes. De esta manera se acalló a los informadores; se hizo que las cosas
parecieran como si fueran tan sólo la impaciencia y la indiscreción de Galileo
las que hubiesen decidido que, finalmente, las sufrientes autoridades pasaran a
la acción; y con la cooperación de Guicciardini se había hallado la mejor forma
de desacreditar a Galileo con el gran duque» (op. cit., p. 120).
Pero la referencia a «acallar a los informadores» no tiene sentido en ese
contexto, y la intención de desacreditar a Galileo con el gran duque
difícilmente es compatible con el hecho de que una semana después de hacer
público el decreto, el papa Paulo V recibiera a Galileo en amable audiencia, y
Belarmino redactase un certificado en que le exculpaba. La confrontación
provocada por Galileo se había vuelto inevitable; cuando todo hubo terminado,
se ofrecieron tenientes honores al matemático del gran duque.
[602] Trad. de Santillana, p. 121.
[603]Ibid., p. 123.
[604] A Picchena, 6 de marzo de 1616, citado por Drake, pp. 218
y s.
[605] La Carta a Castelli y la Carta a la gran duquesa no
aparecieron impresas.
[606] «Nueve frases, en que se hallaba representado como cierto
el sistema heliocéntrico, se tuvieron que omitir o cambiar.» (Enciclopedia
Católica, artículo sobre Galileo.) Como observa Santillana, «la
impresión habitual en Roma era que el índice era sólo una especie de desgracia
administrativa que le ocurría tarde o temprano a cualquiera que escribiera
sobre temas serios, y que era asunto de esperar hasta que la línea oficial
cambiara de nuevo. De los tres teólogos de la Inquisición que participaron como
expertos en el juicio de Galileo, dos incurrieron posteriormente en
prohibición… y uno de ellos era un cardenal, Oregius.» (Santillana, op.
cit., p. 90 n.).
[607]Ibid, p. 88.
[608] Burtt, op. cit., p. 25.
[609] Santillana, op. cit., p. 124.
[610] A Picchena, 6 de marzo de 1616.
[611] Ut omnino abstineat… docere aut defendere sue de ea
tractare (L’Épinois, Les Pièces du Procès de Galilée [Roma,
París, 1877, p. 40]).
[612] Non si possa difendere, ne tenere (ibld., pp. 72,
75).
[613] Quovis modo teneat, doceat, aut defendat, verbo aut
scriptis. (ibid., pp. 40 y s.).
[614] La más reciente contribución a la controversia es The
Crime of Galileo, de Santillana, que he citado frecuentemente y con el
que es evidente mi deuda. De todas maneras, es lamentable que en el punto más
crucial omita mencionar algunos hechos relevantes, que enturbian mucho sus
conclusiones sobre el juicio de Galileo. En la página 128 dice acerca de la
controvertida acta del 26 de febrero que «fue un historiador muy católico y muy
distinguido, el profesor Franz Reusch, quien en los años 1870 llamó la atención»
acerca de ciertas sospechas relativas a la forma en que fue escrita el acta del
26 de febrero. En la página 131 repite: «Hemos dicho antes, y debemos insistir
aquí, que el primer historiador católico, que sepamos, en descubrir que había
algo extraño en el documento fue el profesor Reusch.» En realidad, las primeras
sospechas acerca del documento no corresponden a Reusch, sino a Emil Wohlwill
en Der Inquisitionsprozess des Galileo Galilei, publicado en
1870. Esto se podría considerar como un lapsus menor (aunque en toda la
controversia sobre Galileo resuena el nombre de Wohlwill, que fue quien alió
esta liebre en particular); pero puesto que Santillana profesa tanto respeto
hacia Reusch, es incomprensible que omita decir que fue, en realidad, Reusch
quien, pese a sus sospechas iniciales sobre el documento, adujo algunos
argumentos importantes a favor de su autenticidad. El principal argumento de
Wohlwill y sus seguidores (Gebler, Cantor, Scartazzini y otros) contra la
autenticidad del acta se basaba en tres palabras: «successiue ac
incontinenti». El acta decía que después de que Belarmino hubiera advertido
a Galileo de que abandonase sus opiniones copernicanas, el comisario de la
Inquisición, successiue ac incontinenti, “ordenó e impuso” a
Galileo la prohibición absoluta. Pero, prosigue la argumentación, el Santo
Oficio había decretado que la prohibición absoluta se aplicara sólo en caso de
que Galileo se negara a someterse, y las palabras successiue ac
incontinenti indican que la prohibición se planteó después de la
advertencia sin dar a Galileo la oportunidad de retractarse; en otras palabras,
que el procedimiento descrito en el acta del 26 de febrero contradecía el
procedimiento ordenado por el decreto del día anterior.
Contra esta argumentación, Reusch probó que las palabras «successiue ac
incontinenti» significaban, en el uso del Vaticano de aquel entonces,
no «inmediatamente después» o «sin ninguna pausa», sino simplemente «como
consecuencia» o «más tarde» (F. H. Reusch, Der Process Galilei’s und
die Jesuten(Bonn. 1879), p. 136 y s.). Es imposible de dejar de lado este
párrafo, puesto que se halla señalado especialmente en la lista de contenidos
del libro de Reusch (pág. ix), y dejaba sentada definitivamente esa discusión.
H. Grisar, jesuita, acabó de remachar el clavo probando que la expresión en
cuestión se usaba incluso para referirse a acontecimientos separados por varios
días de intervalo (H. Grisar, S. J., Galileistudien, Regensburg
(Nueva York y Cincinnati, 1882], pp. 50-51). Sin embargo, Santillana (p. 26),
ignorando todo esto (en el mismo capítulo en que cita dos veces a Reusch),
traduce las palabras «successiue ac incontinenti» por
«inmediatamente después».
Los argumentos auxiliares acerca de la forma del acta, la ausencia de la firma
del notario, etc., considerados también exhaustivamente por Reusch y otros,
Santillana los indica como si no se diera cuenta de la larga y complicada
controversia sobre el tema. No menciona que el acta de la reunión del 25 de
febrero y el acta del procedimiento del 26 de febrero fueron escritas por la
mano del mismo notario. Y no es precisamente la menor omisión de Santillana el
que no cite el extremo de que los términos de la prohibición, tal como estaban
planteados en el acta del 26 de febrero, eran mucho menos duros que los
previstos en la reunión del 25 de febrero. El 25 de febrero, el Santo Oficio
había ordenado que en caso de negativa de Galileo a obedecer fuera condenado «a
abstenerse de enseñar o defender esta opinión o doctrina e incluso de
discutirla». Pero la prohibición, según el acta del 26 de febrero, sólo le
prohibía «sostener, enseñar o defender de cualquiera de las maneras,
verbalmente o por escrito», la doctrina copernicana; las palabras «e incluso
discutirla» se omitían en el acta del 26 de febrero. Si esa acta hubiera sido
una maquinación destinada a incriminar a Galileo, ¿por qué hubiese omitido el
maquinador precisamente aquellas palabras que le hubieran proporcionado una
razón indiscutible para acusarlo? Este último punto convenció a Reusch de que la
acusación de una maquinación era insostenible desde el punto de vista de la
lógica (op. cit., pp. 144-145).
¿Qué debemos concluir de todo ello? Primero, la posibilidad de una
falsificación técnica se ha eliminado con un cuidadoso análisis del papel y la
tinta (cf. Gebler, op. cit., pp 90,334 y ss.). Segundo, la
posibilidad de una maquinación con malafide, en que el notario escribiera el
acta bajo instrucciones de algún enemigo o enemigos de Galileo bien situado en
el Santo Oficio es insostenible desde el punto de vista de la lógica a partir
de los argumentos recién explicados, y por un número de otras razones. Tercero,
pese a algunas discrepancias entre las actas de la decisión del 25 de febrero y
el procedimiento del 26 de febrero, queda el certificado de Belarmino. El hecho
de que el notario no registrara la negativa de Galileo a aceptar la advertencia
de Belarmino da que pensar; pero la brevedad y la naturaleza del resumen del
acta (veinte líneas en total en las Pièces du Procès de
L’Épinois) pueden explicarlo; además, probablemente Galileo no se negara
formalmente a obedecer, sino que simplemente argumentara, como era su
costumbre. La suavización del texto de la prohibición, y el aspecto testimonial
para guardar las apariencias que Belarmino le entregó a Galileo a petición
suya, se pueden tal vez explicar, de nuevo con Reusch, por la diplomacia de
Belarmino, el cual, por una parte, deseaba poner fin a la agitación galileana
y, por otra, deseaba ahorrarse problemas él mismo y al duque Cosme. Ésta parece
ser, al menos, la suposición más plausible, particularmente si recordamos la
carta de Belarmino a Foscarini, en la cual alababa a Galileo por actuar «con
prudencia» tratando a Copérnico simplemente como una hipótesis de trabajo,
cuando Belarmino sabía muy bien que el caso era precisamente lo contrario. Pero
la ratificación de todo esto sólo será posible cuando todos los archivos del
Vaticano sean finalmente accesibles a los estudiosos.
[615] Santillana, op. cit., p. 136.
[616] Diálogo sobre los grandes sistemas del mundo, pp.
425 y ss.
[617] Aparte la gravedad, por descontado, que no entra en el
esquema de Galileo.
[618] Segunda carta a Mark Welser, trad. de Drake, pp. 118 y s.
[619] Trad. de Drake, p. 266.
[620]Ibid., p. 272.
[621] Ibid, p. 276 y s.
[622] Santillana, p. 233.
[623]Ibid., pp. 162 y s.
[624] Gebler, op. cit., p. 115.
[625] Algunas partes del Diálogo se escribieron
realmente tan atrás como en 1610.
[626]Diálogo, pp. 68 y s.
[627]Ibid., p. 24.
[628]Ibid., pp. 200 y s.
[629]Ibid., pp. 178 y s.
[630] Esto no está afirmado expresamente, pero claramente
implícito en las páginas 458-460.
[631]Ibid., p. 350.
[632] Santillana, en una nota a pie de página al Diálogo, p.
349.
[633]Ibid., p. 354.
[634]Ibid., p. 357.
[635]Ibid., p. 364.
[636]Ibid., p. 365.
[637]Ibid., p. 407.
[638]Ibid., pp. 362-364.
[639] Debido a las revoluciones de la Luna en torno de la
Tierra, el centro de gravedad de esos dos cuerpos se desplaza en una órbita más
pequeña o mayor, y por analogía con un péndulo isócrono, su velocidad debe
variar también. Diálogo, pp. 458-460. Por la misma analogía,
la velocidad tangencial de todos los planetas tiene que ser la misma (véase la
nota 77).
[640]Ibid., p. 469. La palabra
(que Salusbury traduce como «bagatelas») es fanciullezze.
[641]Ibid., pp. 342 y s.
[642]Ibid., p. 462.
[643] Recordemos que el subtítulo de la Nueua astronomia es Estudios
sobre Marte.
[644] Santillana, op. cit., p. 183.
[645] Loc. cit.
[646]Ibid., p. 184.
[647] Gebler, op. cit, p. 161.
[648]Ibid., p. 183.
[649] Éste se ha convertido también en el procedimiento usual en
los juicios de la Policía del Estado soviética. El carácter «inquisitorial» de
los métodos de la OGPU es más que una figura de la jerga política. El absoluto
secreto en que se mantiene al acusado con relación a los procedimientos e
incluso al hecho de que se halla sometido a investigación; la ausencia de
abogados defensores y la suposición de que es culpable a menos que demuestre su
inocencia; los métodos de presión psicológica, la alternancia entre amenazas y
paternal confianza, y por encima de todo el axioma metafísico de que la «unión
de voluntades» entre Iglesia y penitente, son sólo los rasgos más
sobresalientes que la OGPU copió tras profundo estudio de los métodos y
procedimientos de la Inquisición.
[650] Santillana, p. 241.
[651]Ibid., pp. 252 y ss.
[652] Me divirtió y complació descubrir que Santillana comenta,
respecto a la visita privada por sorpresa del comisario al acusado Galileo:
«Era Ivanov yendo a visitar a Rubashov».
[653]Ibid., pp. 255 y s.
[654]Ibid., p. 256.
[655]Ibid., pp. 258-260.
[656]Ibid., pp. 292 y s.
[657]Ibid., p. 302.
[658]Ibid., p. 303.
[659] Loc. cit.
[660] Loc. cit.
[661] Como opuesta a la territio realis, en que
se muestran los instrumentos de tortura al acusado, como en el caso de la madre
de Kepler.
[662] «Por cuanto que vos, Galileo, hijo del difunto Vincenzo
Galilei, florentino, de setenta años de edad, fuisteis denunciado en el año
1615 a este Santo Oficio por sostener como cierta la falsa doctrina enseñada
por algunos de que el Sol es el centro del mundo y permanece inmóvil y que la
Tierra se mueve, y también con movimiento diurno; por mantener correspondencia
con algunos matemáticos de Alemania relativa a lo mismo; por haber impreso
algunas cartas, tituladas “Sobre las manchas solares”, en que desarrollabais
como cierta la misma doctrina; y por enfrentaros con las objeciones de las
Sagradas Escrituras, que de vez en cuando se os habían comunicado, glosando las
dichas Escrituras de acuerdo con vuestro propio significado: y por cuanto que
además se produjo la copia de un documento en forma de una carta, dando a
entender que era escrita por vos a un ex discípulo vuestro, y en ella se
establecen diversas proposiciones, siguiendo la posición de Copérnico, que son
contrarias al auténtico sentido y autoridad de las Sagradas Escrituras:
»Siendo la intención de este Santo Tribunal proceder contra el desorden y el
daño ocasionado por ello, que se había ido incrementando con perjuicio de la
santa fe, por orden de Su Santidad y de los muy eminentes cardenales de esta
suprema y universal Inquisición, las dos proposiciones de la estabilidad del
Sol y el movimiento de la Tierra fueron calificadas por los calificadores
teológicos como sigue:
»La proposición de que el Sol es el centro del mundo y no se mueve de su lugar
es absurda y falsa filosóficamente y formalmente herética, debido a que es
expresamente contraria a las Sagradas Escrituras.
»La proposición de que la Tierra no es el centro del mundo y está inmóvil sino
que se mueve, y también con un movimiento diurno, es igualmente absurda y falsa
filosóficamente, y teológicamente considerada al menos errónea en la fe.
»Pero por cuanto que el deseo era ser lenientes con vos, fue decretado en la
Santa Congregación mantenida ante Su Santidad el 25 de febrero de 1616, que su
eminencia el señor cardenal Belarmino os ordenara abandonar completamente la
dicha falsa doctrina y, en el caso de vuestra negativa, que os fuese impuesta
una prohibición por el comisario del Santo Oficio para que abandonaseis la
dicha doctrina y no la enseñarais a otros, ni la defendierais, ni siquiera la
discutierais; y si os negabais a dar vuestro consentimiento a esta prohibición,
que fuerais encarcelado. Y en ejecución de este decreto, al siguiente día, en
el Palacio, y en presencia de su eminencia el dicho señor cardenal Belarmino,
tras ser gentilmente amonestado por el dicho señor cardenal, os fue dada la
orden por el padre comisario del Santo Oficio en aquel mismo momento, ante un
notario y testigos, de que abandonarais la dicha falsa opinión y en el futuro
no la sostuvierais ni defendierais ni enseñarais de ninguna forma en absoluto,
ni verbalmente ni por escrito; y, habiendo prometido obedecer, fuisteis
despedido.
»Y, a fin de que una tal doctrina tan perniciosa pudiera ser completamente
desarraigada y no volviese a insinuarse con grave perjuicio de la verdad
católica, fue emitido un decreto por la Santa Congregación del Indice que
prohibía los libros que tratasen de esta doctrina y declaraba la doctrina en sí
falsa y completamente contraria a las sagradas y divinas Escrituras.
»Y por cuanto que apareció recientemente un libro, impreso el año pasado en
Florencia, cuyo título muestra que vos erais el autor, siendo ese título:
“Diálogo de Galileo Galilei sobre los grandes sistemas del mundo”, y por cuanto
que la Santa Congregación fue informada con posterioridad de que a través de la
publicación del dicho libro la falsa opinión del movimiento de la Tierra y la
estabilidad del Sol estaba ganando diariamente terreno, se tomó cuidadosamente
en consideración el dicho libro, y en él se descubrió una patente violación de
la antes mencionada prohibición que os había sido impuesta, porque en este
libro habéis defendido la dicha opinión previamente condenada y ante vos
declarada como tal, aunque en el dicho libro conseguís mediante varios
artificios producir la impresión de que la dejáis sin decidir, y con términos
expresos como probable: lo cual, sin embargo, es un muy grave error, puesto que
una opinión no puede juiciosamente ser probable cuando ha sido declarada y
definida como contraria a las divinas Escrituras.
»En consecuencia fuisteis citado por orden nuestra ante este Santo Oficio,
donde, habiendo sido examinado acerca de vuestro juramento, admitisteis que el
libro había sido escrito y publicado por vos. Confesasteis haber empezado a
escribir el dicho libro hará unos diez o doce años, después de que os fuera
impuesta la orden citada más arriba; que pedisteis la licencia para imprimirlo
sin señalar, sin embargo, a aquellos que os concedieron dicha licencia, que se
os había ordenado no mantener, defender o enseñar la doctrina en cuestión de
ninguna forma en absoluto.
»Confesasteis también que la redacción del dicho libro está hecha en muchos
lugares de tal forma que el lector puede imaginar que los argumentos presentados
a favor del lado falso son calculados por su eficacia a impulsar la convicción
antes que a facilitar la refutación, excusándoos vos mismo por haber caído en
un error, como admitisteis, tan lejano a vuestras intenciones, por el hecho de
que lo habíais escrito en forma de diálogo y por la natural complacencia que
siente todo hombre respecto a sus propias sutilezas y a mostrarse a sí mismo
más listo que la generalidad de los hombres en plantear, incluso en beneficio
de falsas proposiciones, argumentos ingeniosos y plausibles.
»Y, habiéndoseos concedido un plazo adecuado para que prepararais vuestra
defensa, presentasteis un certificado de puño y letra de su eminencia el señor
cardenal Belarmino, solicitado por vos, según vuestra propia afirmación, a fin
de defenderos contra las calumnias de vuestros enemigos, que os acusaban de
haber abjurado y haber sido castigado por el Santo Oficio, en cuyo certificado
se declara que no habéis abjurado y no habéis sido castigado sino solamente que
os fue anunciada la declaración hecha por Su Santidad y publicada por la Santa
Congregación del índice, donde se declara que la doctrina del movimiento de la
Tierra y la estabilidad del Sol es contraria a las Sagradas Escrituras y, en
consecuencia, no se puede sostener ni defender. Y, como en este certificado no
hay mención de los dos artículos de la prohibición, es decir, la orden de “no
enseñar” y el “de ninguna manera”, alegasteis que debíamos creer que en el
transcurso de catorce o dieciséis años habíais perdido todo recuerdo de ellos y
por eso no dijisteis nada de la prohibición cuando solicitasteis permiso para
imprimir vuestro libro. Y con todo esto argumentasteis como vía de excusa por
vuestro error que había sido producto de una vanagloriosa ambición antes que de
malicia. Pero este certificado presentado por vos en vuestra defensa únicamente
agravó vuestro delito, puesto que, aunque en él está afirmado que dicha opinión
es contraria a las Sagradas Escrituras, os atrevisteis, no obstante, a
discutirla y defenderla y a argumentar su probabilidad; ni la licencia obtenida
por vos arteramente y por engaño os sirve de ningún beneficio, puesto que no
notificasteis la orden impuesta sobre vos.
»Y por cuanto que se nos apareció que no habíais declarado la completa verdad
respecto a vuestras intenciones, consideramos necesario someteros a un riguroso
examen en el cual (sin perjuicio, no obstante, de los asuntos confesados por
vos y establecidos como está expresado más arriba respecto a vuestras dichas
intenciones) respondisteis como un buen católico. En consecuencia, habiendo
visto y maduramente considerado los méritos de este vuestro caso, junto con
vuestras confesiones y excusas arriba mencionadas, y todo ello justamente visto
y examinado, hemos llegado a la sentencia final contra vos que transcribimos a
continuación:
»En consecuencia, invocando el muy sagrado nombre de Nuestro Señor Jesucristo y
el de su muy gloriosa Madre, la siempre Virgen María, por ésta nuestra final
sentencia, que tomamos en juicio, con el consejo y consideración de los
reverendos maestros de sagrada teología y doctores en ambos derechos, nuestros
asesores, y ponemos por escrito, en la causa y causas presentadas ante nos
entre el magnífico Cario Sinceri, doctor en ambos derechos, procurador fiscal
de este Santo Oficio, por una parte, y vos, Galileo Galilei, el acusado, aquí
presente, examinado, juzgado y confesado como se dice más arriba, por la otra
parte.
»Decimos, pronunciamos, sentenciamos y declaramos que vos, el dicho Galileo,
por razón de los asuntos aducidos en el juicio y por vos confesados como más
arriba se dice, habéis acudido a juicio de este Santo Oficio vehementemente
sospechoso de herejía, es decir, de haber creído y sostenido la doctrina —que
es falsa y contraria a las sagradas y divinas Escrituras— que el Sol es el
centro del mundo y no se mueve de este a oeste y que la Tierra se mueve y no es
el centro del mundo, y que una opinión puede ser sostenida y defendida como
probable después de haber sido declarada y definida como contraria a las Sagradas
Escrituras; y que en consecuencia habéis incurrido en todas las censuras y
penas impuestas y promulgadas en los sagrados cánones y otras constituciones,
generales y particulares, contra tales delitos. De lo cual nos sentimos
contentos que hayáis sido absuelto, siempre que, primero, con un sincero
corazón y una fe no fingida, abjuréis, maldigáis y detestéis ante nos de los
antedichos errores y herejías y de cualquier otro error y herejía contrario a
la Iglesia Católica y Apostólica Romana en la forma que os sea indicado por
nos.
»Y, a fin de que vuestro grave y pernicioso error y transgresión no pueda
quedar completamente sin castigo y que podáis ser más cauteloso en el futuro y
un ejemplo a los otros a fin de que se abstengan de similares delincuencias,
ordenamos que el libro del “Diálogo de Galileo Galilei” sea prohibido por
edicto público.
»Os condenamos a la prisión formal de este Santo Oficio durante nuestra
voluntad, y como saludable pena os emplazamos a que durante los tres próximos
años repitáis una vez a la semana los siete salmos penitenciales. Reservándonos
la libertad de moderar, conmutar o retirar, en su totalidad o en parte, las
antedichas penas y castigos.
»Y así lo decimos, pronunciamos, sentenciamos, declaramos, ordenamos y
reservamos en ésta y en cualquier otra forma mejor que podamos y creamos
conveniente emplear.» (Ibid., pp. 306-310).
[663] «Yo, Galileo, hijo del difunto Vincenzo Galilei,
florentino, de setenta años de edad, emplazado en persona ante este tribunal y
arrodillado ante vos, eminentísimos y reverendos señores cardenales
inquisidores generales contra la depravación herética en la entera comunidad
cristiana, teniendo ante mis ojos y tocando con mis manos el Santo Evangelio,
juro que siempre he creído, creo, y con la ayuda de Dios creeré en el futuro
todo lo que es sostenido, predicado y enseñado por la Santa Católica y Apostólica
Iglesia. Pero en tanto que —tras la prohibición que me ha sido impuesta
judicialmente por este Santo Oficio al efecto de que debo abandonar
completamente la falsa opinión de que el Sol es el centro del mundo y está
inmóvil y que la Tierra no es el centro del mundo y se mueve y que no debo
sostener, defender o enseñar de ninguna de las maneras, verbalmente o por
escrito, la dicha falsa doctrina, y después de haberme sido notificado que la
dicha doctrina era contraria a las Sagradas Escrituras— escribí e imprimí un
libro en el cual examino esta nueva doctrina ya condenada y aduzco argumentos
de gran eficacia en su favor sin presentar ninguna solución a ellos, he sido
conceptuado por el Santo Oficio como vehementemente sospechoso de herejía, es
decir, de haber sostenido y creído que el Sol es el centro del mundo y
permanece inmóvil y que la Tierra no es el centro y se mueve:
»En consecuencia, deseando extirpar de las mentes de vuestras eminencias, y de
todos los fieles cristianos, esta vehemente sospecha justamente concebida
contra mí, con sincero corazón y no fingida fe abjuro, maldigo y detesto los
antes mencionados errores y herejías y en general cualquier otro error, herejía
y secta, sea cual fuere, contraria a la Santa Iglesia, y juro que en el futuro
nunca diré o afirmaré de nuevo, verbalmente o por escrito, nada que pueda
proporcionar ocasión para similares sospechas relativas a mí; sino que, caso de
conocer a algún hereje o persona sospechosa de herejía, la denunciaré a este
Santo Oficio o al inquisidor u ordinario del lugar donde me halle. Además, juro
y prometo cumplir y observar en su integridad todas las penas que me haya
impuesto o pueda imponerme este Santo Oficio. Y en el caso de que contraviniera
(¡Dios no lo quiera!) algunas de estas mis promesas y juramentos, me someto
voluntariamente a todas las penas y dolores impuestos y promulgados en los
sagrados cánones y otras constituciones, generales y particulares, contra tales
delitos. Que Dios y éstos sus Santos Evangelios, que toco con mis manos, me ayuden.»
(Ibid., p. 312).
[664]Ibid., p. 325.
[665] Durante sus días de Padua, Galileo había vivido con una
mujer veneciana, Marina Gamba, que le dio dos hijas y un hijo. Se separó de
ella cuando se trasladó a la corte de los Medici, en Florencia.
[666]Opere, XVII, p. 247.
[667] Una inesperada confirmación del punto de vista expresado
en las anteriores secciones que llegó más tarde, cuando el texto se hallaba ya
compaginado, por lo que sólo puedo mencionarla brevemente. Es un hecho harto
conocido que los misioneros jesuitas en China, durante los siglos XVI y XVII,
debían su influencia en la corte de Pekín sobre todo a sus servicios como
astrónomos; pero me sorprendió descubrir que el tipo de astronomía que
enseñaban, desde finales del siglo XVII en adelante, era el sistema copernicano
del mundo; y que la rápida difusión por toda China y todo el Japón de la
doctrina del movimiento de la Tierra se debió primariamente a la Compañía de
Jesús, que trabajaba bajo la supervisión de la Sagrada Congregación de
Propaganda Fide, de Roma. Véanse B. Szczesniak, The Penetration of the
Copernican Theory into Feudal Japan, Diario de la Real Sociedad Asiática, 1944,
partes I y II; y C. R. Boxer, Jan Compagnie in Japan, La Haya,
1936, pp. 52 y ss.
[668] Sin embargo, no hay ninguna prueba directa de que
Descartes dedujera sus vórtices de Kepler.
[669] William Gilbert, On the Loadstone and Magnetic
Bodies, trad. de Mottelay (Nueva York, 1893), citado por Burtt, op.
cit., pp. 157 y s.
[670] La primera ley del movimiento de Newton la formuló, en
realidad, Descartes.
[671] Esta ilustración es de D. Bohm, Causality and
Chance in Modem Physics (Londres, 1957), pp. 43 y s.
[672] La razón de que no ocurra esto es las enormes distancias y
las velocidades relativas de las estrellas, galaxias y nebulosas, que Newton
desconocía.
[673] Tercera carta a Bentley, Opere, IV.
[674] La analogía entre resistencia elástica y fuerza
gravitatoria es, por descontado, completamente errónea, pero puede ayudar a
captar la «sensación» de una órbita elíptica.
[675] Huygens, en su Horologium Oscillatorium (1673),
halló la fórmula para la fuerza centrífuga.
[676] Véase Insight and Outlook (Londres y
Nueva York, 1949).
[677] Cf. Ernest Jones, «The Nature of Genius», British
Medical Journal, 4 de agosto de 1956.
[678] H. Butterfield, op. cit., p. 105.
[679] A Herwart, 9-10 de abril de 1599.
[680] Ca., pp. 105 y s.
[681] Tertius Interveniens
[682] Ca., p. 314.
[683]Ibid., p. 320.
[684] Citado por Pachter, op. cit., p. 225.
[685] Il Saggiatore, Opere, VI, p. 232
[686] Predecesora de la ley de la conservación de la energía.
[687] Primera carta a Bentley, Opere, IV.
[688] Tercera carta a Bentley, Ibid.
[689] Citado por Burtt, p. 289.
[690]op. cit., pp. 233-238.
[691] Citado por Butterfield, p. 90.
[692] La teoría de Bohr, a la que se refiere esto, fue la única
que, pese a sus paradojas, proporcionó una especie de modelo imaginable del
átomo. En la actualidad se ha abandonado a favor de un tratamiento puramente
matemático, que suprime de la física atómica la idea misma de un «modelo», con
la inflexibilidad del segundo mandamiento («No tomarás el nombre de Dios en
vano»).
[693] An Outline of Philosophy, pp. 163 y 165.
[694] J. W. N. Sullivan, The Limitations of Science (Nueva
York, 1949), p. 68.
[695] Citado por Sullivan, p. 146.
[696]The Mysterious Universe (Cambridge,
1937), pp. 122 y s.
[697]Ibid., p. 137.
[698]Ibid., p. 100.
[699]op. cit., p. 164.
[700] Sullivan, op. cit., p. 147.
[701] Eddington, The Domain of Physical Science, citado
por Sullivan, p. 141.
[702] An Outline of Philosophy, p. 163.
[703] L. L. Whyte, Accent on Form (Londres,
1955), p. 33.
[704]Space and Spirit (Londres,
1946), p. 103.
[705] Burtt, op. cit., pp. 236 y s.
[706]The Trail of the Dinosaur (Londres
y Nueva York, 1955), pp. 245 y s. He tomado prestados algunos pasajes más de
ese ensayo, sin entrecomillar la cita.

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