© Libro N° 6167.
Cleopatra. Schiff, Stacy. Emancipación. Junio 29 de 2019.
Título
original: © Cleopatra. Stacy Schiff
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
CLEOPATRA
Stacy Schiff
CONTENIDO
La
egipcia
Un
cadáver no muerde
Cleopatra
conquista al viejo con sus hechizos
Nunca
la edad de oro fue la edad presente
El
hombre es por naturaleza un animal político
A
menudo hay que girar las velas para llegar a puerto
Objeto
de habladurías en el mundo entero
Amores
Adúlteros, hijos bastardos
La
mujer más perversa de la historia
Agradecimientos
Bibliografía
selecta
Ilustraciones
Nota
capítulo 1
Nota
capítulo 2
Nota
capítulo 3
Nota
capítulo 4
Nota
capítulo 5
Nota
capítulo 6
Nota
capítulo 7
Nota
capítulo 8
Nota
capítulo 9
Al
fin, para Max, Millie y Jo
Capítulo
1
La egipcia
«Y
es que no hay nada, créeme, más útil a los hombres que una prudente
desconfianza».
EURÍPIDES[1]
Cleopatra
VII, una de las mujeres más famosas que jamás vivieron, gobernó Egipto durante
veintidós años. Perdió un reino, lo recuperó, estuvo a punto de volver a
perderlo, levantó un imperio, lo perdió todo. Diosa desde niña y reina a los
dieciocho años, no tardó en convertirse en una celebridad y fue, ya en su
tiempo, objeto de especulaciones e idolatrías, habladurías y leyendas. En el
culmen de su poder, llegó a controlar la práctica totalidad de la costa
oriental del Mediterráneo, el último gran reino de cualquier gobernante
egipcio. Por un breve instante, tuvo en sus manos el destino de Occidente.
Engendró un hijo con un hombre casado, y tres más con otro. Murió a los treinta
y nueve años, una generación antes del nacimiento de Cristo, y como no hay fama
sin tragedia, el fin de Cleopatra fue súbito y formidable. Desde entonces, vive
en nuestra imaginación. Muchos han sido quienes han hablado en su nombre, entre
ellos los más grandes dramaturgos y poetas; en los últimos dos mil años no
hemos hecho otra cosa que poner palabras en su boca. Pocos personajes han
conocido una fama póstuma superior a la suya: hoy en día su nombre evoca
asteroides, videojuegos, clichés, cigarrillos, máquinas tragaperras, locales
de striptease y hasta a Elizabeth Taylor. Ya Shakespeare habló
de la variedad infinita de Cleopatra. Si él supiera.
Pero si el nombre es inmortal, su imagen es menos nítida. Pese a ser una de las
figuras más reconocibles de la historia, sabemos bien poco acerca de su
verdadero aspecto. Los retratos que aparecen en las monedas —acuñadas en vida
suya, y muy probablemente con su beneplácito— son los únicos que pueden
aceptarse como auténticos. Aparte de eso, la recordamos por los motivos
equivocados: soberana lúcida y capaz, supo armar flotas, sofocar insurrecciones,
controlar la moneda y aliviar hambrunas. Cierto eminente general romano dio fe
de su pericia en los asuntos militares. Aunque no eran aquellos tiempos escasos
en mandatarias, Cleopatra destacó como la única mujer del mundo antiguo capaz
de gobernar en solitario y de desempeñar un papel en la política de Occidente.
Fue con mucho la persona más rica de todo el Mediterráneo y gozó de mayor
prestigio que ninguna otra mujer de su época,[2] tal como
se le recordó a un rey rival que, durante su estancia en la corte egipcia,
trató de incitar a su muerte. (Su fama era tal que no resultaba factible).
Cleopatra descendía de una larga saga de asesinos, y, aunque mantuvo bien alto
el pabellón familiar, pude decirse que, considerando los usos del lugar y el
momento, obró con relativa mesura. Con todo, su reputación ha sido siempre de
mujer tentadora y licenciosa. No será la última vez que una mujer poderosa pase
a la historia transmutada en descarada seductora.
Como toda vida que se preste a la poesía, la de Cleopatra abundó en trastornos
y desengaños. Creció rodeada de lujos sin parangón y heredó un reino en
decadencia. Sus antepasados llevaban diez generaciones reinando como faraones,
aunque en verdad los Ptolomeos eran griegos de Macedonia, lo cual significa que
Cleopatra tenía de egipcia casi tanto como Elizabeth Taylor. A los dieciocho
años, ella y su hermano de diez asumieron el mando de un país con un pasado
ilustre y un futuro incierto: mil trescientos años separaban a Cleopatra de
Nefertiti, las pirámides —que Julio César visitó casi sin duda de la mano de
Cleopatra— estaban ya manchadas de garabatos, la esfinge había pasado por una
restauración general mil años antes y la gloria del antaño pujante Imperio
ptolemaico se había atenuado. Cleopatra se hizo adulta en un mundo ensombrecido
por Roma, que durante su infancia había extendido sus dominios hasta las
fronteras de Egipto. Cuando Cleopatra contaba once años, César recordaba a sus
oficiales que, si no iban a la guerra para obtener riquezas y subyugar a otros
pueblos, no merecían el nombre de romanos. Cierto soberano oriental que libró
una batalla épica contra Roma dijo algo que Cleopatra, si bien por otras
razones, podría haber suscrito: los romanos tenían el temperamento de un lobo.
Odiaban a los grandes reyes. Todo cuanto poseían era fruto del saqueo. Su
objetivo era hacerse con todo y para ello «o destruirán todo o sucumbirán».[3]Las
implicaciones para el último país rico en la órbita de Roma eran evidentes.
Egipto, que siempre se había distinguido por su habilidad negociadora, había
logrado conservar buena parte de su autonomía, pero también se había visto
complicado en los asuntos de Roma.
El padre de Cleopatra había obtenido el título de «amigo y aliado del pueblo
romano» a cambio de una suma desorbitada. Su hija descubriría que no bastaba
con ser amiga de ese pueblo y su Senado; era preciso ganarse al romano más
poderoso de su tiempo, tarea nada fácil en los últimos días de una república
fustigada por las guerras intestinas. Éstas estallaron con regularidad durante
la vida de Cleopatra, enfrentando a una sucesión de comandantes romanos entre
sí por motivos sobre todo de ambición personal, y por dos veces se dirimieron
en suelo egipcio. Cada una de estas convulsiones provocaba una conmoción en
todos los países del Mediterráneo, obligados de continuo a corregir sus
lealtades y modificar el destino de sus tributos. El padre de Cleopatra se
había aliado con Pompeyo el Grande, el brillante general romano sobre el que
siempre parecía brillar la buena estrella. Pompeyo se convirtió en valedor de
la familia, pero Cleopatra tuvo la mala suerte de acceder al trono justo cuando
éste, al otro lado del Mediterráneo, se enzarzaba en una guerra civil contra
Julio César. En el verano del año 48 a. C., César aplastó a Pompeyo en la zona
central de Grecia, y Pompeyo huyó a Egipto, en una de cuyas playas sería
apuñalado y decapitado. Cleopatra tenía veintiún años y no tenía más
alternativa que congraciarse con el nuevo amo del mundo romano. Pero lo hizo de
forma distinta a la mayoría de reyes vasallos, cuyos nombres, no por
casualidad, hemos olvidado. A lo largo de los años siguientes, luchó por aprovechar
en beneficio propio el implacable avance de Roma, cambió de valedores tras el
asesinato de César y terminó uniéndose al protegido de éste, Marco Antonio.
Desde la distancia, su reinado parece la crónica de un indulto. Su suerte
estaba echada de buen principio, aunque ella, por supuesto, debía de ver las
cosas de forma muy distinta. A su muerte, Egipto se convirtió en provincia
romana. El país no recuperó la autonomía hasta el siglo XX.
¿Puede decirse algo positivo acerca de una mujer que compartió lecho con dos de
los hombres más poderosos de su tiempo? Tal vez, más no en una época en que era
Roma la que dictaba la historia. Cleopatra se encontraba en una intersección de
lo más peligrosa: la de las mujeres y el poder. Las mujeres inteligentes, como
había advertido Eurípides cientos de años antes, eran peligrosas. Cierto
historiador romano no tiene empacho en decir que la reina de Judea era un
títere y —a las pocas páginas— vilipendiarla por su temeraria ambición y su
modo indecente de abrazar la autoridad.[4] El poder
tenía también otras manifestaciones menos llamativas: en un contrato
matrimonial del siglo I a. C. leemos que la novia se compromete no sólo a ser
fiel y afectuosa, sino también a no verter filtros de amor en la comida ni la
bebida de su esposo.[5] Ignoramos
si Cleopatra amó a Antonio o a César, pero sabemos que los manejó a su antojo.
Desde la perspectiva de Roma, redujo a ambos a un estado de «esclavitud».
Algunas cosas no podían ser compatibles: la autoridad de una mujer auguraba el
engaño de un hombre. Se cuenta que, preguntada acerca de cómo había logrado
influir sobre Augusto, el primer emperador romano, su esposa respondió que
«siendo escrupulosamente casta, accediendo a todo cuanto satisficiera a su
marido, manteniéndose al margen de sus asuntos y, por encima de todo, fingiendo
no ver ni oír a las favoritas que eran objeto de su pasión».[6] No todas
se contentaban con eso. Por lo demás, Cleopatra estaba hecha de otro temple, e
incluso durante una apacible travesía de pesca bajo el lánguido sol alejandrino
se atrevía a sugerir que el más celebrado de los generales romanos atendiera
sus responsabilidades.
Para los romanos, la disolución y la anarquía eran privilegio de los griegos.
Cleopatra resultaba doblemente sospechosa, en primer lugar por proceder de una
cultura reputada por su «capacidad para mentir»,[7] y en
segundo por residir en Alejandría. Roma no hacía distingos entre lo exótico y
lo erótico; Cleopatra encarnaba el Oriente ocultista y alquímico, sus tierras
sensuales y sinuosas, perversas y originales como su formidable río. Se diría
que los hombres que trabaron contacto con ella perdieron la cabeza o, cuando
menos, reconsideraron sus prioridades. Hasta Plutarco le dedica más atención de
la que quisiera en su biografía de Marco Antonio, y lo mismo puede decirse de
un historiador del siglo XIX que la describe, en el momento de conocer a César,
como una «muchacha casquivana de dieciséis años».[8] (Cuando
en realidad era una mujer de veintiuno con las ideas claras). El canto de
sirena de Oriente era muy anterior a Cleopatra, pero daba igual; el caso era
que provenía de aquella embriagadora tierra de excesos y sexo. Se entiende así
que César se convirtiera en historia, y Cleopatra, en leyenda.
Nuestra imagen de ella es tanto más oscura debido al hecho de que los autores
que contaron su vida tenían una fuerte conciencia de su propia historia. Como
Mark Twain, abrumado ante la opulencia del Vaticano, hay quien prefiere las
copias al original. Es lo que les ocurrió a los autores clásicos, que a fuerza
de refundir testimonios y reescribir viejos relatos, cargaron a Cleopatra con
los vicios de otros. La historia existía para ser reescrita, acaso con mejor
estilo, pero no necesariamente con mayor precisión. Los villanos de los textos
antiguos visten siempre púrpuras de lo más vulgar, ingieren cantidades
portentosas de pavo asado, se ungen con ungüentos extraños y derriten perlas.
Inconformistas, reinas egipcias ávidas de poder y piratas despiadados eran
conocidos por su «odiosa ostentación».[9] Iniquidad
y opulencia iban de la mano y, a su alrededor, todo eran dorados y púrpuras.
Tampoco ayudaba la costumbre de fundir historia y mitología, lo humano y lo
divino. El de Cleopatra era un mundo en que todavía era posible contemplar
reliquias como la lira de Orfeo o admirar el huevo del que había nacido Helena.
(Se encontraba en Esparta).
La historia no sólo la escribe la posteridad, sino que se escribe para la
posteridad. Nuestras fuentes más exhaustivas nunca conocieron a Cleopatra.
Plutarco nació setenta y seis años después de su muerte. (Es contemporáneo de
Mateo, Marcos, Lucas y Juan). Apiano escribió a más de un siglo de distancia;
Dión, a más de dos. La historia de Cleopatra difiere de la de la mayoría de
mujeres en que los hombres que la narraron —llevados por unos motivos muy
concretos— magnificaron más que minimizaron su papel. Su relación con Marco
Antonio fue la más larga de su vida, pero la que mantuvo con el rival de éste,
Augusto, sería la de mayores consecuencias. El emperador terminó venciendo a
Antonio y a Cleopatra, y, a fin de ensalzar su propia gloria a ojos de Roma,
describió a la reina egipcia como una mujer insaciable, traicionera,
sanguinaria y obnubilada por el poder. Creó una Cleopatra de dimensiones
hiperbólicas con la intención de hacer lo propio con su victoria y, de paso,
borrar el nombre del que fuera su cuñado, su auténtico enemigo. El resultado
final podría compararse con una vida de Napoleón contada por un británico
decimonónico o con una historia de Estados Unidos narrada por Mao Zedong.
A este grupo de tendenciosos historiadores, súmese una documentación
deficiente. No nos ha llegado ni un solo papiro alejandrino y casi nada de la
ciudad antigua sobrevive por encima de la superficie. Poseemos, y no es segura,
una única palabra escrita por Cleopatra. (En el año 33 a. C. ella o un escriba
suscriben un decreto real con la palabra griega ginesthoi,
«hágase»). Los autores clásicos se muestran indiferentes a las estadísticas y,
en ocasiones, incluso a la lógica; sus relatos se contradicen unos a otros e
incluso a sí mismos. Apiano descuida los detalles, Josefo, la cronología, Dión
prefiere la retórica a la exactitud. Las lagunas son tan regulares que parecen
deliberadas; diríase, casi, una conspiración de silencios. ¿Cómo es posible que
no poseamos un busto fiel de Cleopatra, teniendo en cuenta el realismo y la
perfección de los retratos de la época? Las cartas de Cicerón correspondientes
a los primeros meses del año 44 a. C. —cuando César y Cleopatra se hallaban
juntos en Roma— nunca llegaron a publicarse. La más extensa de las historias
griegas del período pasa por alto el tumulto del momento. Cuesta decidir qué es
lo que más se echa en falta. Apiano promete volver a ocuparse de César y
Cleopatra en sus cuatro libros sobre la historia de Egipto, que no han
sobrevivido. La historia de Tito Livio se interrumpe un siglo antes de
Cleopatra. Conocemos la labor del médico personal de la reina gracias tan sólo
a las referencias de Plutarco. La crónica de Delio se ha esfumado junto con las
lúbricas epístolas que supuestamente le envió Cleopatra. Hasta Lucano calla de
forma abrupta e irritante a mitad de su epopeya, dejando a César atrapado en el
palacio de Cleopatra nada más empezar la guerra de Alejandría. A falta de
hechos, se recurre a los mitos, que cual termitas devoran la historia.
El vacío documental representa un peligro; nuestros constructos en torno a ese
vacío representan otro. Los asuntos de Estado han quedado relegados y se han
privilegiado los del corazón. Pese a ser una soberana versada en política,
diplomacia y artes de gobierno, conocer nueve lenguas y ser una mujer elocuente
y carismática, Cleopatra se nos aparece como un producto a medio camino entre
la propaganda romana y el cine de Hollywood. Su nombre imprime un sello de
distinción a algo que sabemos que ha existido siempre: el poder de la
sexualidad femenina. Vivió en tiempos poco favorables. No sólo fueron sus
enemigos quienes escribieron su historia, sino que tuvo la desgracia de
acaparar la atención general justo cuando la poesía latina alcanzaba su punto
álgido. Su supervivencia literaria se produjo en una lengua que le era hostil.
Desde entonces, las ficciones sólo han hecho que proliferar: George Bernard
Shaw cita a su propia imaginación entre las fuentes de César y
Cleopatra, y no pocos historiadores se remiten a Shakespeare, lo cual, por
más que comprensible, es como basarse en Yul Brynner para estudiar a Ramsés II.
Para restaurar a Cleopatra es preciso retener los pocos hechos probados y, a la
vez, arrancar las astillas del mito y la propaganda antigua. Cleopatra fue una
griega cuya historia cayó en manos de una serie de hombres ligados
indisolublemente a Roma, la mayoría de ellos funcionarios del imperio. Sus
métodos historiográficos nos resultan opacos.[10] Rara
vez mencionan sus fuentes y confían, en buena medida, en la memoria.[11] Según
los cánones actuales no serían más que apologistas, moralistas, fabuladores,
recicladores, plagiarios y gacetilleros. Pese a su fama erudita, el Egipto de
Cleopatra no produjo historiadores de fuste. Esto condiciona nuestra lectura.
Puede que las fuentes sean imperfectas, pero son todo cuanto tenemos. No existe
acuerdo sobre los detalles más básicos de la vida de la reina, no hay consenso
acerca de quién fue su madre, cuánto tiempo vivió en Roma, cuántas veces quedó
encinta, si contrajo o no matrimonio con Marco Antonio, qué ocurrió en la
batalla que decidió su destino, cómo murió.[I] He
procurado tener en cuenta si tal autor era un antiguo bibliotecario o tal otro
un charlatán de prensa rosa, si éste llegó a pisar Egipto, ése despreciaba el
país o aquél había nacido en él, cuál era misógino y cuál escribía con el celo
del romano converso, cuál pretendía anotarse un tanto, complacer al emperador o
pulir sus hexámetros. (Contadas veces recurro a Lucano. Es cierto que holló el
terreno antes que Plutarco, Apiano o Dión, pero no lo es menos que era un poeta
y un sensacionalista). Aun las veces que no se muestran tendenciosos o
enrevesados, sus testimonios resultan a menudo rimbombantes. Como vemos, la
Antigüedad no conoce el relato simple y desprovisto de ornato.[12] Lo
importante es deslumbrar. No ha sido mi voluntad rellenar las lagunas, aunque
en ocasiones lo he intentado. Lo meramente probable se queda aquí como tal,
aunque algunas opiniones difieran de forma radical incluso a la hora de
determinar grados de probabilidad. Tampoco he tratado de hacer verosímil lo
inverosímil. En muchas partes he restaurado el contexto: es cierto que
Cleopatra asesinó a sus hermanos, pero también que Herodes mató a sus hijos (y
luego lamentó ser «un padre muy infeliz»).[13] Como
nos recuerda Plutarco, no era un comportamiento infrecuente entre soberanos.
Cleopatra no tuvo que ser bella por fuerza, pero sus riquezas —y su palacio—
eran tales que podían quitarle el sentido a un romano. Todo se interpreta de
forma distinta a un lado y a otro del Mediterráneo. La investigación de las
últimas décadas acerca de las mujeres en la Antigüedad y el Egipto helenístico
arrojan considerable luz sobre el conjunto. Me he esforzado por rebajar los
tintes melodramáticos de los últimos capítulos de su vida, cuyo recuento
convierte en culebrón la más sobria de las crónicas. En ciertos puntos, no
obstante, se ha conservado el dramatismo. Cleopatra vivió en una era de
personalidades colosales y enigmáticas. Al concluir ésta, los grandes actores de
la época hacen mutis de forma abrupta. Con ellos se hunde todo un mundo.
* *
*
Es
mucho lo que ignoramos de Cleopatra, pero mucho también lo que ella misma
ignoraba. Ignoraba que vivía en el siglo I a. C. o en el período helenístico,
pues ambos son constructos posteriores. (El período helenístico empieza con la
muerte de Alejandro Magno en 323 a. C. y termina en el año 30 a. C., con la
muerte de Cleopatra. Tal vez su mejor definición sea la de una era griega en la
que los griegos no tuvieron protagonismo.)[14] Ni
siquiera supo que era Cleopatra VII, y esto por varios motivos, entre otros
porque en realidad era la sexta. Tampoco conoció a ningún Octaviano, pues el
hombre que la derrotó, la depuso, propició su suicidio y en buena medida la
preparó para la posteridad recibió al nacer el nombre de Gayo Octaviano. Para
cuando empezó a influir de forma efectiva sobre la vida de Cleopatra, se hacía
llamar Gayo Julio César en homenaje a su ilustre tío abuelo, amante de ella,
quien lo adoptó en su testamento. Hoy en día lo conocemos por el nombre de
Augusto, título que asumió apenas tres años después de la muerte de Cleopatra.
Puesto que hemos de ocuparnos aquí también de otro césar —dos fueron siempre
demasiados—, nos referiremos a él como Octaviano.
La mayoría de topónimos han cambiado desde la Edad Antigua. Siguiendo el
sensato ejemplo de Lionel Casson, he preferido la familiaridad al rigor. Así,
Berytus es aquí Beirut y Pelusium —que ya no existe, pero que en la actualidad
se encontraría al este de Port Said, a la entrada del canal de Suez— se ha
convertido en Pelusio. De forma análoga, he preferido las grafías tradicionales
a la transliteración: el rival de César es Pompeyo y no Gnaeus Pompeius Magnus,
y el segundo de César es Marco Antonio, no Marcus Antonius. En muchos aspectos,
la geografía ha cambiado, hay litorales que han desaparecido, marismas que se
han secado, colinas que se han rebajado. Alejandría es una ciudad más llana de
lo que era en tiempos de Cleopatra. Tampoco conserva el antiguo trazado, ni
desprende blancos destellos. El Nilo se encuentra a algo más de tres kilómetros
hacia el este. El polvo, el aire salino del mar, los purpúreos ocasos
alejandrinos, nada de eso ha cambiado. La naturaleza humana sigue siendo
básicamente la misma y la física de la historia se ha mantenido inmutable. Los
testimonios de primera mano siguen divergiendo de manera ostensible.[II] Por más
de dos mil años, el mito ha desplazado y sobrevivido a los hechos. A menos que
se consigne lo contrario, todas las fechas son antes de Cristo.
Capítulo 2
Un cadáver no muerde
«Es
una bendición, una verdadera suerte, tener tan pocos parientes».
MENANDRO [15]
Cleopatra
reunió ese verano a una banda de mercenarios en un campamento del desierto,
bajo el vidrioso sol de Siria. Tenía veintiún años, estaba huérfana y vivía
exiliada. A su edad, conocía ya los excesos de la buena fortuna y a su
extravagante consorte, la adversidad. Acostumbrada a los mayores lujos de su
tiempo, se veía obligada a tener corte a más de trescientos kilómetros de las
puertas de ébano y los suelos de ónice de su hogar. Lo más parecido a un
palacio que había visto en el último año era su tienda levantada entre los
matorrales del desierto. A lo largo de aquellos meses, no había hecho otra cosa
que intentar salvar la vida huyendo a través del Egipto Medio, Palestina y el
sur de Siria. Había dedicado todo un polvoriento verano a formar un ejército.
Las mujeres de su familia tenían buena mano para ello y, por lo visto, también
ella, o así al menos lo creía su enemigo, que había decidido acudir a su
encuentro. A una distancia peligrosamente corta, no muy lejos de la fortaleza
marítima de Pelusio, en la frontera oriental de Egipto, aguardaban veinte mil
soldados veteranos, la mitad de los que habían formado el ejército con el que
Alejandro Magno había cruzado a Asia tres siglos antes. Bandidos, piratas,
forajidos, exiliados y esclavos fugitivos formaban aquella extraordinaria
fuerza unida bajo el teórico mando de su hermano de trece años. Cleopatra y él
habían heredado el trono de Egipto, pero ella lo había apartado del poder, y,
en represalia, su hermano la había desterrado del reino que habrían debido
gobernar juntos, como marido y mujer. El ejército de su hermano controlaba las
rojas murallas de ladrillo de Pelusio y sus mastodónticas torres semicirculares
de seis metros de altura. Ella estaba acampada al este, junto al desolado
litoral, rodeada por un ardiente mar de arena ambarina. La batalla se
avecinaba. Su posición era, en el mejor de los casos, desesperada. Será la
última vez en dos mil años que Cleopatra VII quede relegada al margen. En pocos
días, saltará al primer plano de la historia; enfrentándose a lo inevitable,
conseguirá lo imposible. Corre el año 48 a. C.
Un «extraño furor» cruzaba el Mediterráneo preñado de augurios, prodigios y
rumores extravagantes. El clima general era de gran exasperación. En una misma
tarde se pasaba de la ansiedad a la euforia, de la soberbia al miedo. Algunos
de los rumores que corrían eran ciertos. A comienzos de julio, Cleopatra supo
que la guerra civil de Roma —la disputa que enfrentó al invencible Julio César
con el indomable Pompeyo el Grande— amenazaba con solaparse con la suya. Hasta
donde alcanzaba su memoria, los romanos siempre habían protegido a los monarcas
egipcios; su propia familia debía el trono a aquella potencia disruptora que en
pocas generaciones había conquistado la mayor parte de la cuenca mediterránea.
Hasta donde se le alcanzaba, Pompeyo había sido un buen amigo de su padre.
Brillante general, Pompeyo llevaba años acumulando victorias por tierra y mar,
subyugando naciones sin descanso en África, Asia y Europa. Tanto Cleopatra como
su hermano, Ptolomeo XIII, estaban en deuda con él.
Días más tarde, Cleopatra descubrió que las probabilidades de perecer a manos
de un deudor son tantas como las de morir asesinado por un familiar directo. El
28 de septiembre, Pompeyo se presentó en la costa de Pelusio. Derrotado por
César, buscaba refugio de forma desesperada. Es lógico que pensase en el joven
rey a cuya familia había apoyado y que tanto le debía. Nada de cuanto pidiera
podía serle negado. No obstante, los tres regentes que gobernaban en nombre de
Ptolomeo —Teódoto, el maestro de retórica; Aquilas, el audaz comandante de la
guardia real, y Potino, el taimado eunuco ascendido de preceptor a primer
ministro— no eran del mismo parecer. Aquella aparición inesperada los enfrentó
a un difícil dilema que suscitó acalorados debates. Había divergencia de
opiniones. Rechazar a Pompeyo suponía convertirse en su enemigo; recibirlo,
enemistarse con César. Asesinándolo, en cambio, se aseguraban de que no pudiera
socorrer a Cleopatra, hacia la cual mostraba buena disposición, ni instalarse
en el trono de Egipto. Tras demostrar con un simple silogismo que no podían
permitirse ni auxiliar ni ofender a Pompeyo, Teódoto, el maestro de retórica,
sonrió y formuló su irrefutable consejo: «Un cadáver no muerde». Envió al
romano un mensaje de bienvenida y un «barquichuelo miserable».[16] Apenas
había puesto Pompeyo pie en tierra cuando, en las aguas poco profundas frente a
la costa de Pelusio, a la vista del ejército de Ptolomeo y del pequeño rey con
su toga púrpura, fue apuñalado hasta la muerte y su cabeza separada del cuerpo.[III]
Más tarde César intentaría hallarle un sentido a aquella atrocidad: a menudo
los amigos se tornan enemigos en los momentos de infortunio, admitió. De la
misma manera, podría haber dicho que, ante la desgracia, el enemigo se disfraza
de amigo, pues si los consejeros de Ptolomeo decapitaron a Pompeyo fue, ante
todo, para ganarse el favor de César. ¿Qué mejor modo de hacerse un lugar junto
al señor del mundo mediterráneo? La maniobra tenía consecuencias también para
Cleopatra, que en relación con la guerra civil romana —disputa de tal
virulencia que parecía menos un conflicto armado que una peste, un diluvio, un
incendio— [17] parecía
que había abrazado el bando perdedor.
Tres días después, Julio César, adelantándose al grueso de sus tropas, se
aventuró a desembarcar en la capital egipcia en persecución de su rival.[18]Alejandría
era una vasta metrópoli donde proliferaban la perfidia, el libertinaje y la
delincuencia. Sus habitantes hablaban a gran velocidad, en muchos idiomas y
todos a la vez; era una ciudad nerviosa, de gente impaciente y mente inquieta y
vibrante. En la ciudad se palpaba la excitación, que debió exacerbarse con
aquella llegada de connotaciones imperiales. César puso mucho cuidado en no
mostrarse alegre por la victoria y, cuando Teódoto le ofreció la cabeza de
Pompeyo, degollada tres días antes, se dio la vuelta horrorizado y rompió a
llorar. Quizá sus lágrimas fueran en parte sinceras; en tiempos, Pompeyo no
sólo había sido su aliado, sino también su cuñado. Si los consejeros de
Ptolomeo creían que con aquella macabra bienvenida iban a ganarse a César, iban
muy desencaminados. Si César creía que el asesinato de Pompeyo constituía un
voto a su favor, también se equivocaba, al menos en lo que respecta al pueblo
alejandrino. Nada más llegar a la orilla, estallaron los disturbios; nadie
podía ser menos bienvenido que un romano, máxime uno rodeado de toda la
parafernalia oficial del poder. En el mejor de los casos, César querría
interferir en sus asuntos; en el peor, conquistarlos. Roma ya había restituido
a un rey impopular que —para colmo— había implantado un impuesto destinado a
sufragar su vuelta al trono. Los alejandrinos no estaban dispuestos a pagar tal
precio por un rey al que, para empezar, no deseaban, y tanto menos tolerarían
convertirse en súbditos de Roma.
César se instaló en un pabellón situado en el interior del recinto del palacio
de los Ptolomeos, junto a los astilleros reales, en la zona este de la ciudad.
Fuera seguían las escaramuzas —gritos y golpes resonaban con fuerza por las
calles porticadas—, pero en el palacio se encontraba a salvo de toda molestia.
Mandó buscar refuerzos sin dilación y, acto seguido, convocó a los hermanos
enfrentados. Dado que él y Pompeyo habían apoyado al padre de éstos una década
atrás, César consideraba que le correspondía mediar en la disputa. A Roma le
interesaba la estabilidad de Egipto, entre otras cosas porque el país tenía con
ella una deuda sustancial. Tal y como él mismo le había sugerido poco antes a
su rival, había llegado la hora de que las partes beligerantes debían «poner
fin a su obstinación, dejar las armas y no probar más la fortuna».[19] Cleopatra
y su hermano debían apiadarse el uno del otro y de su país.
La citación obligaba a Cleopatra a dar algunas explicaciones, así como a tomar
ciertas cautelas. Tenía buenos motivos para querer exponer su situación antes
de que los consejeros de su hermano pudieran desacreditarla. El ejército de
Ptolomeo le impedía entrar en Egipto, y aunque César le había pedido que lo
disolviera, el rey no se había molestado en hacerlo. Si Cleopatra desplazaba a
sus hombres hacia el oeste a través de las arenas doradas, en dirección a la
frontera y las altas torres de Pelusio, la batalla era segura. Se dice que al
principio se puso en contacto con César a través de un intermediario y que
luego, convencida de haber sido traicionada (pues no era muy popular entre los
cortesanos de palacio), decidió defender su causa en persona. Para ello tendría
que ingeniárselas y cruzar las líneas enemigas, sortear la vigilancia
fronteriza y burlar la guardia palaciega sin llamar la atención. Cleopatra, que
con el pasar del tiempo había de adquirir fama por su fastuosidad exacerbada,
se enfrentaba, en su primera y mayor apuesta política, al reto del anonimato.
También si se mira con ojos actuales, su situación resulta paradójica: una
mujer que para distinguirse, para hacer historia, se ve obligada a entrar a
hurtadillas en casa.
Primero había que decidir cómo. Señala Plutarco que, a fin de «pasar
desapercibida»,[20] Cleopatra
—o alguien de su entorno; también ella tenía confidentes— ideó un plan
brillante. Para llevarlo a cabo se requería preparación y un gran número de
cómplices, entre ellos un leal criado siciliano llamado Apolodoro. Entre la
península del Sinaí, donde Cleopatra estaba acampada, y el palacio de
Alejandría, donde se había criado, se extendían una serie de traicioneros
marjales infestados de ácaros y mosquitos. Las marismas protegían Egipto de las
invasiones del este y debían su nombre a su capacidad para engullir entre sus
arenas a ejércitos enteros con «malvada premeditación».[21] Las
fuerzas de Ptolomeo controlaban la costa, donde el cuerpo de Pompeyo se pudría
en un sepulcro improvisado. Por entonces, el camino más simple y seguro hacia
el oeste no pasaba ni por las fangosas pozas de Pelusio ni por el Mediterráneo,
donde además de quedar a la vista habría tenido que luchar contra la oposición
de las corrientes. Lo más sensato era desviarse hacia el sur, remontando el
Nilo hasta Menfis, para después regresar navegando a la costa, un viaje de por
lo menos ocho días. La ruta por el río tampoco estaba exenta de peligros; el
tráfico era intenso y los funcionarios de aduanas patrullaban de continuo. Cabe
suponer que Cleopatra zarpó hacia las turbias aguas del Nilo, azotadas por los
mosquitos y el fuerte viento, a mediados de octubre. Entretanto, los consejeros
de Ptolomeo intentaban oponerse a la demanda de César. ¿Cómo osaba un general
romano citar a un rey al parlamento? Era la parte débil la que debía responder
ante la fuerte, como bien sabía César.
Y así fue como Apolodoro, a bordo de un pequeño bote de remos, arribó al puerto
oriental de Alejandría y hasta los muros de palacio poco después del atardecer.
Junto a la orilla, todo estaba oscuro, mientras que, desde la distancia, el
bajo litoral de la ciudad quedaba iluminado por su magnífico faro de más de
ciento veinte metros de altura, una de las maravillas del mundo antiguo. El
pilar luminoso se alzaba a algo más de medio kilómetro de Cleopatra, en la
punta de un arrecife artificial, en la isla de Faros, pero su luz no podía
alcanzarla. En algún momento antes de que Apolodoro amarrase el bote, la reina
se había introducido en un fardo de cáñamo o cuero lo bastante grande para que
cupiera estirada. Apolodoro cerró el fardo con un cordel de cuero y se lo cargó
al hombro. Ésta es la única pista que tenemos acerca de la estatura de
Cleopatra. El criado se introdujo en el recinto de palacio, formado por un
complejo de jardines, villas multicolor y paseos flanqueados por columnas de
más de kilómetro y medio de longitud, o lo que es lo mismo, una cuarta parte de
la ciudad. Apolodoro —quien a buen seguro no llegó remando él solo desde el
desierto, pero que bien pudo haber planeado el retorno de la reina— conocía
bien la zona. A hombros de él, Cleopatra franqueó las puertas de palacio y
entró en las dependencias de César, que, en rigor, le pertenecían a ella. Fue
uno de los regresos más insólitos de la historia. Son muchas las reinas que han
surgido de la oscuridad, pero Cleopatra es la única que salió a la luz
procedente de un fardo de los que de ordinario servían para guardar rollos de
papiro o transportar pequeñas cantidades de oro. Las argucias y los disfraces
se le daban bien; tiempo después, conspiraría con otra mujer en peligro para
ayudarla a escapar en un ataúd.
Ignoramos si el fingimiento terminó antes o después de personarse ante César,
pero en cualquier caso es improbable que Cleopatra tuviera un aspecto muy
«respetable» (como afirma una de las fuentes)[22] o que
llegase cargada de gemas y oro (como asegura otra); seguramente ni siquiera
fuera bien peinada. A diferencia de lo que sugieren la imaginación masculina,
cinco siglos de historia del arte y dos de las mayores obras de teatro de la
literatura inglesa, lo más probable es que fuera vestida con una túnica larga
ceñida y sin mangas. En cuanto a accesorios, no necesitaba más que el que sólo
ella entre todas las mujeres de Egipto tenía potestad para llevar: la diadema o
cinta blanca que distinguía a los gobernantes helenísticos. Cuesta creer que se
presentase ante Julio César sin una ciñéndole la frente y anudada en la nuca.
Por otra parte, abundan las pruebas según las cuales Cleopatra «sabía tratar a
cualquiera con agrado».[23] En
general, parece haber acuerdo en que era imposible conversar con ella sin
sentirse cautivado al instante.[24] La
audacia de la maniobra —la inesperada aparición de la joven reina en los
salones suntuosamente pintados de su propia casa, a los que el propio César
apenas tenía acceso— debió de tener el efecto de un hechizo sobre su
interlocutor. Su sorpresa, a lo que parece, debió de ser tanto política como
personal. Se produjo una conmoción de las que sólo se generan cuando, en un
instante único y sobrecogedor, dos civilizaciones que avanzan en direcciones
distintas se rozan de forma imprevista y definitiva.
Celebrado tanto por su rapidez como por su intuición, Julio César no era un
hombre al que fuera fácil coger por sorpresa. Tenía por costumbre llegar a los
sitios antes de lo esperado y anticipándose a los mensajeros que debían
anunciarlo. (Ese otoño pagaría el precio de haberles tomado la delantera a sus
legiones en Egipto). Buena parte de su éxito puede explicarse «por su rapidez y
lo inesperado de sus movimientos»,[25] pero
aparte de eso era un hombre difícil de impresionar, siempre preparado para
cualquier contingencia y un lúcido estratega. También su impaciencia se ha
hecho proverbial: ¿qué es el veni, vidi, vinci —afirmación que
pronunciaría un año más tarde— si no un peán a su propia eficacia? Tan grande
era su conocimiento de la naturaleza humana que ese verano, durante la batalla
decisiva contra Pompeyo, había ordenado a sus hombres que, en vez de arrojarlas,
clavaran las jabalinas en la cara del enemigo, pues a éste, según aseguraba, le
podía más la vanidad que el valor. Y efectivamente: los hombres de Pompeyo se
protegieron el rostro y salieron corriendo. A lo largo de la década anterior,
César había superado los escollos más imprevisibles y protagonizado las más
portentosas hazañas. Temeroso de la fortuna, sabía, no obstante, aprovecharla
cuando jugaba a su favor; pertenecía a esa clase de oportunistas que no cesan
de asombrarse ante su propia suerte. Al menos en lo que se refiere a ingenio y
atrevimiento, Cleopatra y él eran almas gemelas.
En otros respectos, la joven reina egipcia tenía más bien poco en común con ese
«hombre experimentado y ya no muy joven».[26] (César
tenía cincuenta y dos años). Las conquistas amorosas del romano eran tan
legendarias y variopintas como sus gestas militares. A pie de calle, el
elegante patricio de facciones angulosas, relucientes ojos negros y prominentes
pómulos era conocido como «marido de todas las mujeres y mujer de todos los
maridos»,[27] con
especial énfasis en el segundo elemento de la frase. Cleopatra, en cambio,
llevaba tres años casada con un hermano que no era más que «un niño»[28] y que
—ni que a los trece años hubiera alcanzado la pubertad, cosa improbable en la
época— se había pasado la mayor parte del tiempo intentando deshacerse de ella.
Los comentaristas posteriores acusarían a Cleopatra de ser la «hermana impura
de Ptolomeo», la «sirena sin igual», la «ramera cargada de afeites» por cuya
«incontinencia pagó Roma alto precio», cuando en verdad, si algo no podía tener
la «reina meretriz» en el momento de presentarse ante César en octubre del año
48 era experiencia sexual de ninguna clase.[29]
Por lo demás, para Cleopatra lo primero era la supervivencia y no la seducción.
Los consejeros de su hermano habían dejado bien claro que lo importante era
tener el favor de César. Para ello era preciso que Cleopatra se pusiera de su
parte y se distanciase del benefactor de su familia, cuya campaña había apoyado
y cuyo cuerpo decapitado yacía medio putrefacto a orillas del Mediterráneo.
Dadas las circunstancias, no había motivos para suponer que César se mostrase
especialmente favorable con ella. Desde el punto de vista de Roma, lo más
seguro era apostar por un rey joven con un ejército a su servicio y la
confianza de los alejandrinos. Sin embargo, Ptolomeo tenía las manos manchadas
con la sangre de Pompeyo, y César debió de prever que el precio a pagar en Roma
por aliarse con los asesinos de un compatriota sería mayor que el de socorrer a
una reina depuesta e indefensa. Tiempo atrás había aprendido que «todos los
hombres son más propensos a enfrentarse con sus enemigos que a llevar auxilio a
los de su bando».[30] Al
menos en un principio, Cleopatra debió de atribuir su salvación al descontento
de César con su hermano y su antipatía hacia los consejeros de Ptolomeo —que no
parecían la clase de hombres con quienes uno pudiera tratar cuestiones
financieras con confianza— antes que a ninguno de sus encantos. Además tuvo
suerte. Como señaló cierto cronista, quizá otro se hubiera cobrado su vida en
revancha por la de Pompeyo. Nada le impedía a César hacer que le cortaran la
cabeza.[31]
Por lo común, el líder romano era de natural afable. Era capaz de matar a
decenas de miles de hombres, pero era igualmente famoso por la clemencia que
dispensaba incluso a los enemigos más acérrimos, a algunos de los cuales llegó
a perdonar hasta en dos ocasiones. «Ciertamente —afirma uno de sus generales—,
él no hacía nada más a gusto que perdonar a los que le suplicaban», [32] y en la
lista de éstos, una reina valerosa y educada no podía dejar de ocupar un lugar
preferente. César tenía, además, otros motivos para ser condescendiente: de
joven, también él había sido un fugitivo y había pagado caros sus errores
políticos. Más por lógica que pudiera ser en su momento la decisión de recibir
a Cleopatra, pronto había de revelarse uno de los lances más arriesgados de la
carrera de César: el día de su encuentro, la vida de Cleopatra corría peligro;
a finales de otoño peligraba la de ambos. En los meses siguientes, César se vio
asediado y hostigado por un enemigo artero y decidido a arrastrarlo a una
guerra de guerrillas en una ciudad con la que no estaba familiarizado y en la
que sus fuerzas eran superadas en número. Puede decirse, pues, que Ptolomeo y
el pueblo de Alejandría tuvieron en parte la culpa de que —encerrados durante
seis difíciles meses tras unas barricadas mal levantadas— el veterano general y
la grácil y joven monarca se hicieran aliados íntimos, tan íntimos que a principios
de noviembre Cleopatra cayó en la cuenta de que estaba encinta.
* *
*
Se
dice que detrás de toda gran fortuna se esconde un crimen, y los Ptolomeos eran
fabulosamente ricos. No descendían de los faraones egipcios, cuyo puesto habían
asumido, sino de los rijosos y montaraces macedonios (una tierra dura produce
hombres duros, advertía ya Herodoto), la nación que había engendrado a
Alejandro Magno. A los pocos meses de la muerte de Alejandro, Ptolomeo —el más
intrépido de sus generales, catador oficial, amigo de infancia y, según
algunos, pariente distante— reivindicó Egipto para sí y, en un precoz alarde de
las dotes teatrales de la familia, secuestró el cuerpo de Alejandro Magno, que
iba destino de Macedonia. ¿No sería mejor, razonó el joven Ptolomeo, bloquear
el cortejo fúnebre en Egipto? ¿Qué mejor lugar de descanso que Alejandría, la
ciudad que el gran paladín había fundado apenas una década antes? El cortejo
fue desviado y el cuerpo dispuesto en un sarcófago de oro en el centro de la
ciudad a modo de reliquia, de talismán, de cebo para reclutas, de seguro de
vida. (En la infancia de Cleopatra, el sarcófago era de alabastro o de cristal,
ya que su tío abuelo, acuciado por las deudas, había canjeado el original por
un ejército. El trueque terminó costándole la vida.) [33]
La legitimidad de la dinastía ptolemaica residía en esa vaga conexión con la
figura más historiada del mundo antiguo, aquel con quien se comparaba todo
aspirante, el hombre en cuyo manto se había envuelto Pompeyo, cuyas gestas se
dice que arrancaban a César lágrimas de impotencia. Era el suyo un culto
universal. Alejandro desempeñaba un papel tan activo en el imaginario
ptolemaico como en el romano. En muchos hogares egipcios había estatuas suyas.[34] Tan
grande era su fama —y tan maleable la historia en el siglo primero— que incluso
corría una leyenda según la cual Alejandro habría sido descendiente de un mago
egipcio. No tardó en decirse que mantenía lazos de parentesco con la familia
real; como buenos arribistas, los Ptolomeos sabían amoldar la historia a sus
intereses.[IV]Sin renunciar a
su pasado macedonio, los fundadores de la dinastía compraron un pasado que los
legitimase, de forma parecida a quienes hoy en día se hacen blasones por
encargo. Ptolomeo descendía en realidad de la aristocracia macedonia, muy dada
a los golpes de efecto. Por consiguiente, nadie en Egipto consideraba egipcia a
Cleopatra. Y es que la reina procedía de una saga de rencorosas, entrometidas,
inteligentes y, en ocasiones, lunáticas reinas macedonias, entre ellas Olimpia,
cuya aportación al mundo, de no ser por su hijo Alejandro, no habría sido más
que una retahíla de atrocidades.
Si de puertas afuera los Ptolomeos esgrimían la figura de Alejandro, de puertas
para dentro su legitimidad derivaba de un fingido vínculo con los faraones.
Gracias a él justificaban la costumbre de las uniones entre hermanos, supuesta
tradición egipcia, ya que entre la aristocracia macedonia los hermanos por lo
común se mataban, no se casaban. De hecho, en griego ni siquiera existía una
palabra para «incesto». Los Ptolomeos llevaron esta práctica hasta extremos
nunca vistos: de la quincena de matrimonios que hubo en la familia, al menos
diez fueron entre hermanos de sangre; otros dos Ptolomeos tomaron por esposas a
sobrinas o primas. Tal vez lo hicieran porque no querían complicaciones: los
matrimonios endogámicos minimizaban el riesgo de que surgieran pretendientes al
trono y evitaban conflictos con las familias políticas. Al mismo tiempo, se
ahorraban el problema de buscar una esposa adecuada en un país extranjero y fortalecían,
por un lado, el culto familiar y, por otro, la posición de reverencia y
privilegio de la dinastía. Si las circunstancias hacían de la endogamia una
solución atractiva, la apelación a lo divino —otra falsa prueba de pedigrí— la
convertía en aceptable. Tanto los dioses egipcios como los griegos se habían
desposado con sus hermanas. Claro que, bien pensado, Zeus y Hera no fueron
precisamente una pareja modélica. La costumbre no dio paso a deformidades
físicas pero sí a un árbol genealógico de escaso ramaje. Si los padres de
Cleopatra eran hermanos, y todo apunta a que sí, ella tendría tan sólo una
pareja de abuelos. Y si, como en este caso, la abuela estaba casada con su tío,
su padre era a la vez su cuñado. Puede que la endogamia estabilizase la familia,
pero también tuvo consecuencias paradójicas: las crisis de sucesión de los
Ptolomeos eran permanentes y solían zanjarse con veneno y puñaladas. Los
matrimonios entre hermanos consolidaron las riquezas y el poder, pero
exacerbaron las rivalidades en el seno de la familia, tanto más llamativas
cuanto que sus miembros tenían por costumbre aderezar sus nombres con epítetos
biensonantes. (En la jerga oficial, Cleopatra y el hermano que amenazaba con
acabar con su vida eran los Theoi Neoi Philadelphoio «nuevos dioses
amantes de los hermanos»). Es difícil dar con un miembro de la familia que no
liquidase a uno o dos de sus parientes, incluida Cleopatra VII. Ptolomeo I se
casó con su hermanastra, quien conspiró contra él ayudada por sus hijos, dos de
los cuales murieron a manos de su propio padre. Esta reina fue la primera en
ser reverenciada como diosa en vida y presidió la edad de oro de la historia
ptolemaica. Y he aquí otra de las consecuencias inesperadas de los matrimonios
entre hermanos: para bien o para mal, privilegiaban a las princesas
ptolemaicas. Las predecesoras de Cleopatra eran iguales a sus hermanos en todos
los aspectos y, conscientes de ello, no dudaron en hacerse valer. Los Ptolomeos
tampoco les hicieron ningún favor a los futuros historiadores por lo que se
refiere a la nomenclatura; todas las mujeres de la realeza se llamaban Arsínoe,
Berenice o Cleopatra. Resulta más fácil distinguirlas por sus truculentos
crímenes que por sus nombres, aunque en ambos aspectos se mantuvieron
tradiciones inmutables: fueron varias las Cleopatras, Berenices y Arsínoes que
envenenaron a sus maridos, asesinaron a sus hermanos y proscribieron los
nombres de sus madres para después dedicar espléndidos monumentos a la memoria
de esos mismos familiares.[35]
A lo largo de las generaciones, la familia se entregó a lo que algunos han
llamado una «orgía de pillaje y muerte»[36] digna
de espanto aun para los estrafalarios patrones macedonios. No era un clan en el
que fuera fácil destacar, pero Ptolomeo IV lo logró en el cénit del imperio: a
finales del siglo III asesinó a su tío, su hermano y su madre; en cuanto a su
esposa, los cortesanos evitaron que la matara envenenándola ellos mismos en
cuanto hubo dado a luz a un heredero. Cada dos por tres, las madres enviaban a
las tropas contras sus hijos y las hermanas incitaban a guerra contra sus
hermanos. La bisabuela de Cleopatra llegó a librar una guerra civil contra sus
padres y otra contra sus hijos. La peor parte se la llevaban los grabadores de
monumentos, condenados a lidiar con inauguraciones y magnicidios que acaecían
de forma simultánea y con el controvertido asunto de las fechas, pues el
calendario volvía a empezar con cada cambio de régimen, momento en que
generalmente el gobernante cambiaba también de título. Así, cada vez que
estallaban contiendas dinásticas, los grabadores de jeroglíficos no tenían más
remedio que abandonar las herramientas hasta que el conflicto se resolvía.
Berenice II, una de las primeras reinas de la saga, tuvo que ver cómo su madre
le robaba el marido, aventura que éste pagó con la vida. (Berenice correría la
misma suerte). Notable fue también la tía bisabuela de Cleopatra, Cleopatra
III, que reinó en el siglo II. Esposa y sobrina de Ptolomeo VIII, fue violada
por éste siendo una adolescente. Ptolomeo, a la sazón, estaba casado con la
madre de ella, pero tras una riña el monarca mató a su propio hijo de catorce
años, lo cortó en pedazos y mandó un cofre con sus extremidades mutiladas a las
puertas de palacio en la víspera del cumpleaños de la madre, quien se vengó
exhibiendo en público el cuerpo desmembrado. El pueblo de Alejandría se volvió
loco de furia. Pero lo más asombroso fue lo que ocurrió después: algo más de
una década más tarde, la pareja se reconcilió, y durante ocho años Ptolomeo
VIII gobernó junto a dos reinas enfrentadas, la madre y la hija.[V]
Con el tiempo, las carnicerías empezaron a parecer inevitables. El tío de
Cleopatra asesinó a su esposa, que era a la vez su madrastra (y hermanastra).
Por desgracia, al hacerlo no pensó en que ella era la popular de la pareja y
fue linchado por una multitud furibunda tras dieciocho días en el trono, hecho
que puso punto final, en el año 80 a. C., a la legitimidad de los Ptolomeos
después de revueltos dos siglos. La prosperidad cada vez mayor de Roma obligaba
a encontrar un sucesor a la mayor brevedad posible. Se fue a buscar al padre de
Cleopatra, Ptolomeo XII, a Siria, adonde había sido enviado por razones de
seguridad veintitrés años antes. No está claro que hubiese sido educado para
reinar, pero era la única opción viable. A fin de reforzar su condición divina
y sus vínculos con Alejandro Magno, tomó el título de «Nuevo Dioniso». Entre
los alejandrinos —para quienes, a pesar de los confusos entramados de
genealogías espurias, la cuestión de la legitimidad era importante— era
conocido por otros dos nombres: «el Bastardo» y «Auletes», el flautista, debido
a su afición a tocar cierto instrumento semejante a un oboe.[37] Su
afición por tocar era tan grande como por la política, aunque lamentablemente
sus gustos musicales eran los de una corista de segunda. El gusto por los
certámenes musicales no le impidió continuar la sanguinaria tradición familiar,
si bien cabe decir en su favor que las circunstancias no le dejaron muchas
alternativas. (Al menos no tenía necesidad de asesinar a su madre, por no ser
ésta de cuna real. Lo más probable es que fuera una cortesana macedonia). En
cualquier caso, Auletes habría de enfrentarse a problemas más serios que las
intromisiones familiares.
Como vemos, la joven que se refugiaba con Julio César en el palacio sitiado de
Alejandría no era egipcia ni, en términos históricos, faraona; su parentesco
con Alejandro Magno tampoco era evidente; por no ser, ni siquiera era de pura
sangre ptolemaica, aunque, hasta donde sabemos, no cabe duda de su pertenencia
a la aristocracia macedonia. Su nombre, como su patrimonio, era entera y
orgullosamente macedonio: «Cleopatra» significa en griego «gloria de su
patria».[VI] En
realidad, ni siquiera era Cleopatra VII. Teniendo en cuenta la embrollada
historia de la familia, era lógico que en algún momento se perdieran las
cuentas.
Hay dos puntos que la extraña y terrible historia ptolemaica no debería
eclipsar. Si Berenices y Arsínoes fueron tan crueles como sus maridos y
hermanos, fue en buena medida porque poseían un poder inmenso. (Por lo general
también ocupaban un segundo plano con respecto a sus maridos y hermanos,
tradición que Cleopatra rompió). Aunque su madre no había sido reina, Cleopatra
contaba con numerosos ejemplos de mujeres que antes que ella habían edificado
templos, reunido flotas, iniciado campañas militares y, con la ayuda de sus
consortes, gobernado Egipto. Podemos decir que dispuso de unos modelos de conducta
femenina mucho más poderosos que ninguna otra reina en la historia. No está
claro que, como afirman algunos, esto se debiera a una pérdida de vigor
generalizada por parte de los varones de la familia; de haber sido así, nada
explica por qué esa falta de vigor no afectó también a las mujeres. Sea como
fuere, en las generaciones inmediatamente anteriores a la de Cleopatra, quienes
descollaron —por su visión, su ambición, su intelecto— fueron siempre las
mujeres.
Cleopatra se crio, además, en un país que entendía el papel de la mujer de una
forma singular. Ya tiempo atrás, siglos antes del advenimiento de los
Ptolomeos, las mujeres egipcias tenían derecho a concertar sus propios
matrimonios. Con el tiempo, sus libertades aumentaron hasta niveles sin precedentes
en el mundo antiguo. Heredaban a partes iguales y poseían patrimonio. Las
mujeres casadas no vivían sometidas al control del cónyuge, tenían derecho a
divorciarse y, en tal caso, a una manutención. Cuando esto ocurría, la ex mujer
tenía derecho a alojarse donde quisiera hasta haberse satisfecho la devolución
de la dote.[38] Su
patrimonio seguía siendo suyo y no podía ser dilapidado por un marido
despilfarrador. La justicia también estaba del lado de la mujer y los hijos
cuando un marido obraba en contra de sus intereses. Los romanos se maravillaban
que los egipcios no dejasen morir a las niñas recién nacidas; en Roma, los
padres sólo estaban obligados a cuidar de la primera hija. Las mujeres egipcias
se casaban más tarde que sus vecinas, sólo la mitad de ellas contraían
matrimonio a la edad de Cleopatra. Prestaban dinero y operaban barcos, servían
como sacerdotisas en los templos, ponían pleitos y contrataban a flautistas.
Casadas, viudas o divorciadas, poseían viñedos, bodegas, marismas de papiro,
naves, negocios de perfumería, equipos de molienda, esclavos, casas y camellos.
Se estima que hasta un tercio del Egipto ptolemaico pudo haber estado en manos
de mujeres.[39]
Hasta tal punto estas prácticas invertían el orden natural de las cosas que los
extranjeros se quedaban atónitos. Al mismo tiempo, sus costumbres parecían
adecuadas para un país cuya subsistencia dependía de un río vivificante que
fluía al revés, de sur a norte, razón por la cual el sur era conocido como Alto
Egipto y el norte como Bajo Egipto. El Nilo parecía contravenir las leyes de la
naturaleza por el hecho de crecer en verano y reducir su caudal en invierno;
los egipcios cosechaban los campos en abril y los sembraban en noviembre. Hasta
la siembra se hacía al revés: primero se echaban las semillas y luego se araba
para cubrirlas con tierra suelta. Todo ello no dejaba de tener sentido en un
reino aberrante en el que la gente amasaba la harina con los pies y escribía de
derecha a izquierda. No debe sorprendernos que Herodoto consignase, en un
pasaje que Cleopatra debía de conocer bien, que las mujeres egipcias acudían al
mercado mientras que los hombres se quedaban en casa tejiendo. Tenemos
testimonios sobrados acerca del sentido del humor de Cleopatra y sabemos que
era ingeniosa y bromista, de modo que podemos imaginarnos su cara al leer en
Herodoto que Egipto era un país en que «las mujeres orinan de pie, los hombres
en cuclillas».
En otros aspectos, Herodoto tiene toda la razón: «Comparado con cualquier otro
país, tiene muchísimas maravillas y ofrece obras que superan toda ponderación».[40] Mucho
antes de los Ptolomeos, Egipto ya había hechizado al mundo y podía presumir de
poseer una civilización ancestral, un sinfín de curiosidades naturales,
monumentos de pasmosa grandeza y dos de las siete maravillas del mundo. (Puede
que en tiempos de Cleopatra la gente tuviera más capacidad de asombro, pero
recuérdese también que las pirámides tenían nueve metros y medio más de
altura). En el tiempo libre que les dejaban los derramamientos de sangre,
principalmente en el siglo III y antes de que la dinastía empezara a
tambalearse bajo su propia depravación a finales del II, los Ptolomeos
cumplieron los designios de Alejandro y convirtieron aquel enclave junto al
delta del Nilo en una ciudad milagrosa, una ciudad tan sofisticada como toscos
habían sido sus fundadores. Desde la distancia, Alejandría era una capital
deslumbrante, como una corona de mármol luminoso presidida por un faro
imponente. Su perfil se reproducía en lámparas, mosaicos y azulejos. La
arquitectura de la ciudad anunciaba su espíritu heterogéneo, forjado gracias a
una frenética suma de culturas. En el puerto, el mayor del Mediterráneo, las
frondas de papiros superaban en altura a las columnas jónicas. Colosales
esfinges y halcones jalonaban los caminos que conducían a los templos griegos.
Deidades con apariencia de cocodrilo y ataviadas con ropajes romanos ornaban
las tumbas de estilo dórico. «Siendo la ciudad más grande y mejor situada»,[41] Alejandría
evocaba un territorio lleno de tesoros legendarios y criaturas fantásticas,
rodeado, a ojos de los romanos, de un halo enigmático. A un hombre como Julio
César, quien pese a sus múltiples viajes nunca había recalado en Egipto, pocos
de los prodigios del país podían admirarlo más que aquella joven sagaz surgida
ante sus ojos de una saca de viaje.
* *
*
Cleopatra
nació en el año 69 a. C., la segunda de tres hermanas. Siguieron dos hermanos
con los que, de manera sucesiva, contrajo matrimonio por un breve período de
tiempo. Para un Ptolomeo, ninguna época estaba exenta de riesgo, pero el siglo
I debió de ser de los peores períodos. Los cinco hermanos de Cleopatra
fallecieron de forma violenta. Ella es la única que pudo decidir las
circunstancias de su muerte, diferencia importante y, desde la perspectiva
romana, loable. El mero hecho de sobrevivir hasta el momento en que César
arriba al país dice mucho de su carácter. Para entonces llevaba un año o más
conspirando, con mayor ahínco en los últimos meses y sin descanso en las
últimas semanas de verano. Igualmente significativo resulta el hecho de que
sobreviviera en un par de décadas a sus hermanos, ninguno de los cuales pasó de
la adolescencia.
De la madre de Cleopatra no se conocen ni indicios ni noticias; desaparece de
escena siendo Cleopatra una niña y, para cuando ésta cuenta doce años, ya está
muerta. Ignoramos si su hija la conoció mucho mejor que nosotros. Todo indica
que fue una de las pocas mujeres de la saga ptolemaica que prefirió no tomar
parte en el melodrama familiar [VII]. Cleopatra V
Trifena era, en cualquier caso, varias décadas más joven que Auletes, su
hermano o hermanastro; ambos se habían casado poco después de la subida de
Auletes al trono.[42] Conociendo
las dinámicas familiares, no debemos conceder demasiada importancia al hecho de
que la tía del monarca se opusiera a su reinado —llegó a ir a Roma para
presionar en su contra—, aunque puede servirnos para formarnos una idea de su
instinto político.[43] Para
muchos, Auletes parecía más interesado por las artes que por el gobierno, y
aunque su reinado se prolongó veintidós años, con una interrupción, sería
recordado como el faraón que, mientras Egipto se desmoronaba, se dedicaba a
tocar la flauta.
Prácticamente nada se conoce de los primeros años de César, pero en el caso de
Cleopatra el misterio es mayor: no tenemos la menor pista. Aun cuando el
palacio en que pasó la infancia no se encontrara hoy a seis metros por debajo
del nivel del mar o el clima alejandrino hubiera sido más clemente con los
papiros antiguos, es improbable que pudiéramos arrojar más luz. La infancia no
despertaba gran interés en el mundo antiguo, donde a efectos formativos lo
importante eran el destino y los antepasados. Los antiguos tendían a nacer
plenamente formados. Podemos suponer sin muchas reservas que Cleopatra nació en
el palacio de Alejandría, que se crio con una nodriza, que un criado masticaba
su comida antes de introducírsela en su boca sin dientes, que nada tocó sus labios
infantiles sin haber sido antes catado en busca de veneno y que entre sus
compañeros de juegos figuraban varios niños de la aristocracia, a los que se
conocía como «hermanos adoptivos» y cuyo destino era convertirse en su séquito
real. Hasta cuando correteaba por los pasillos de columnas del palacio, junto a
las fuentes y los estanques o por los jardines y el zoológico —en el pasado los
Ptolomeos habían tenido jirafas, rinocerontes, osos y hasta una pitón de trece
metros y medio— [44] lo
hacía rodeada de una comitiva. Desde bien temprana edad, aprendió a tratar con
políticos, embajadores, eruditos y funcionarios de la corte vestidos con la
toga púrpura. Sabemos que jugaba con muñecas y casitas de terracota, juegos de
té y muebles en miniatura, dados, caballitos de madera, huesecillos y ratones
domésticos, pero nunca sabremos qué hacía con esas muñecas ni si, como Indira
Gandhi, organizaba con ellas insurrecciones y batallas. Al igual que su hermana
mayor, Cleopatra fue educada para el trono; un Ptolomeo debía estar preparado
para cualquier eventualidad. Viajaba de forma regular por el Nilo hacia el
palacio de la familia en Menfis, junto al puerto, para tomar parte en las
espectaculares fiestas tradicionales del culto egipcio y en formidables
procesiones en que participaban parientes, consejeros y subalternos. Situada a
trescientos veinte kilómetros río arriba, Menfis era una ciudad sagrada
dirigida por una cúpula sacerdotal, y según se dice la muerte era el gran
negocio del lugar.[45] Vastas
catacumbas de animales se extendían bajo el centro, atrayendo a peregrinos que
acudían a la ciudad para adorar y adquirir pequeños halcones y cocodrilos
momificados en los tenderetes de recuerdos. Una vez en casa, estos animales
servían como objetos de veneración. En ocasiones como ésas, Cleopatra debía de
vestir las ropas ceremoniales, más no todavía la tradicional corona de plumas
con el disco solar y los cuernos de vaca. De bien pequeña disfrutó de la mejor
educación que podía brindar el mundo helenístico de la mano de los sabios más
solventes en el que, sin duda, era el mayor centro cultural del momento: la
biblioteca de Alejandría y el museo anejo se encontraban, literalmente, en el
patio trasero de su casa. Tuvo por mentores a los eruditos de mayor prestigio y
por médicos a grandes hombres de ciencia. Si necesitaba prescripciones médicas,
panegíricos, juguetes mecánicos o mapas, los tenía ahí mismo, al alcance de la
mano.[46]
Es posible que su formación aventajara a la de su padre —criado en el
extranjero, en el noreste de Asia Menor—, pero debió de ser una formación
griega tradicional en todos los sentidos, idéntica casi a la de César, cuyo
mentor había estudiado en Alejandría. La base era sobre todo literaria. Las
letras eran importantes en el mundo griego, donde también se utilizaban como
números y notas musicales. Cleopatra aprendió a leer recitando primero el
alfabeto griego y después imitando los caracteres inscritos por su maestro en
una pequeña tablilla de madera. Los estudiantes practicaban escribiéndolas en
líneas horizontales, luego en columnas, en orden inverso y, por último, por
parejas de cada extremo del alfabeto, tanto en mayúsculas como en cursiva.
Aprender a leer sílabas significaba enfrentarse a una maraña de palabras
abstrusas e impronunciables, cuanto más extravagantes mejor. Las líneas, que
constituían el escalafón siguiente, resultaban igual de esotéricas. Por lo
visto, la idea era que si un estudiante era capaz de habérselas con aquellos
signos, podría con cualquier cosa. A continuación venían los versos y las
máximas procedentes de fábulas y mitos. A los estudiantes podía pedírseles que
refirieran con sus propias palabras una fábula de Esopo, en estilo simple la
primera vez, con grandilocuencia la segunda. Se pasaba después a imitaciones
más complejas: escribir como Aquiles al borde de la muerte o reformular alguna
de las tramas de Eurípides. Las lecciones no eran fáciles ni se pretendía que
lo fueran. La educación se tomaba muy en serio e implicaba infinidad de
ejercicios, miríadas de reglas y largas horas de estudio. Los fines de semana
no existían; se estudiaba todos los días excepto en las festividades, que en
Alejandría acontecían con piadosa regularidad. Dos veces al mes, toda actividad
cesaba en honor a Apolo. La disciplina era severa: «El joven tiene los oídos en
la espalda; sólo escucha cuando lo zurran», se lee en un papiro antiguo, adagio
que Menandro reformula como: «Quien no recibe golpes es imposible que aprenda».[47]Generaciones
de escolares copiaron diligentemente esa máxima en sus tablillas de cera roja
con sus punzones de marfil.
El idilio con Homero comenzó antes de que Cleopatra supiera leer y escribir
frases. Que «Homero no fue hombre, sino dios», era una de las primeras cosas
que se aprendían en clase de caligrafía, junto con los primeros cantos de
la Ilíada. Ninguna otra obra dejó mayor impronta en el mundo de
Cleopatra. Para una época encaprichada con la historia y regida por la gloria,
la obra de Homero era palabra divina. Era el «príncipe de la literatura»;[48]] sus
15.693 versos proporcionaban patrones morales, políticos, históricos y
religiosos; grandes hazañas y principios de gobierno; un atlas intelectual y
una brújula moral. Toda persona educada sabía citarlo, parafrasearlo, aludir a
él. Podemos decir sin miedo a exagerar que niños como Cleopatra eran —como
refiere un contemporáneo suyo— «alimentados con las enseñanzas de Homero, y
amamantados con sus palabras, como si absorbiéramos la leche de sus versos».[49] Se
creía que Alejandro Magno no se acostaba si no era con un ejemplar de Homero
bajo la almohada; todo griego cultivado, incluida Cleopatra, sabía recitar de
memoria fragmentos de la Ilíada y la Odisea. La
primera era la más popular en el Egipto de la época —acaso una obra más
pertinente en tiempos turbulentos—, pero ya de bien joven Cleopatra debió de
aprender por la literatura lo que a los veintiún años sabría por experiencia:
que hay días en que todo incita a la guerra y días en que lo único que se desea
es regresar a casa.
En el nivel más básico, el adoctrinamiento comenzaba con listas de vocabulario
con nombres de dioses, héroes y ríos. Poco a poco se adquirían conocimientos
más sofisticados: ¿Qué canto entonaban las sirenas? ¿Fue casta Penélope? ¿Quién
fue la madre de Héctor? Las laberínticas genealogías divinas eran pan comido
para una princesa ptolemaica; las familias de los dioses palidecían al lado de
la suya propia, con la que a la vez estaban unidas; para Cleopatra, la frontera
entre lo humano y lo divino era de lo más lábil. (Los estudios y la historia
personal se entremezclaban de nuevo al estudiar a Alejandro, el otro gran héroe
de las aulas. Cleopatra debía de saberse su vida del derecho y del revés, lo
mismo que el resto de proezas protagonizadas por los antepasados de la
dinastía). Las preguntas de los antiguos más bien formularias y el aprendizaje
se basaban en la retentiva. La memoria era crucial. ¿Qué dioses ayudaban a
quién? ¿Qué ruta había seguido Ulises? Cleopatra debió de oír mil veces
preguntas como éstas; era lo que en su día se tenía por erudición. No era fácil
sustraerse a esa atmósfera: el séquito real estaba formado por filósofos,
retóricos y matemáticos que ejercían de mentores y sirvientes, así como por
compañeros intelectuales y consejeros de confianza.
Homero era el patrón oro, pero tras él seguía un catálogo ingente de literatos.
Obviamente, las hilarantes comedias domésticas de Menandro eran un clásico
entre los estudiantes, si bien es cierto que con el tiempo sería cada vez menos
leído. Cleopatra conocía las fábulas de Esopo y debió de frecuentar también la
obra de Herodoto y Tucídides. Leía más poesía que prosa y es posible que
conociera los textos a los que hoy llamamos Eclesiastés y Primer
Libro de los Macabeos. Entre los dramaturgos, el preferido era Eurípides,
quien por sus mujeres transgresivas, siempre prontas a afrontar cualquier
situación, parecía especialmente apto para la época. Es probable que la joven
princesa se supiera varias escenas de memoria. Los nombres de Esquilo y
Sófocles, Hesíodo, Píndaro y Safo debían de resultarles familiares a Cleopatra
y la camarilla de jóvenes de buena cuna que la acompañaban. Tanto ella como
César se mostraban más bien desinteresados por todo lo que no fuera griego.
Incluso es posible que aprendiera la historia de Egipto a partir de textos
griegos. La aritmética, la geometría, la música, la astrología y la astronomía
complementaban su formación literaria —conocía la diferencia entre una estrella
y una constelación y, sin duda, era capaz de tañer la lira—, pero se
subordinaban a ésta. Ni siquiera Euclides supo dar respuesta al estudiante que
le preguntó cuál era la verdadera utilidad de la geometría.
Cleopatra no abordó ninguno de estos textos a solas. Los leía en voz alta o se
los leían sus maestros y sirvientes. La lectura silenciosa, en público o en
privado, era poco común. (Un rollo de papiro de la longitud de veinte hojas era
frágil y engorroso. Para leer se requerían las dos manos, la derecha para
equilibrar el rollo y la izquierda para enrollar la parte ya leída). Para
descifrar sus primeras letras necesitaría de la ayuda de uno o varios
gramáticos, ya que los textos se escribían sin separar las palabras, sin
puntuación ni párrafos, y su lectura era una tarea laboriosa. No por nada, la
lectura a vista era tenida por una habilidad singular, tanto más considerando
que debía hacerse con efusión y brío, articulando con cuidado y acompañándose
de gestos eficaces. A los trece o catorce años, Cleopatra se iniciaría en el
estudio de la retórica o el arte de hablar en público, junto con la filosofía,
la más alta y poderosa de las artes, como el mentor de su hermano se había
encargado de demostrar a la llegada de Pompeyo. Es posible que Teódoto fuera
también maestro de Cleopatra en algún momento, pero lo más seguro es que
dispusiera de uno para ella sola, probablemente un eunuco.
El maestro de retórica era como un mago. Aunque menos en el caso de las
féminas, la de Cleopatra era una cultura basada en el discurso, en la que se
valoraban los argumentos bien construidos y el sutil arte de la persuasión y la
refutación. Los oradores declamaban valiéndose de un vocabulario codificado y
un arsenal de gestos, a caballo de las leyes del verso y las del procedimiento
parlamentario. Cleopatra aprendió a ordenar sus pensamientos con precisión, a
exponerlos con arte y a pronunciarlos con gracia. Los contenidos importaban
menos que la forma, «pues al igual que la razón es la gloria del hombre
—señalaba Cicerón—, así, la luz de la razón es la elocuencia».[50] Cabeza
erguida, ojos brillantes, voz cuidadosamente modulada, Cleopatra llegaría a
dominar el panegírico, el denuesto y la comparación. Sirviéndose de un lenguaje
terso y vigoroso, abundante en ejemplos y alusiones, debió de aprender a
disertar acerca de multitud de temas espinosos: ¿Por qué se representa Cupido
como un niño alado con flechas? ¿Es preferible el campo a la ciudad? ¿Está el
mundo gobernado por la Providencia? ¿Qué diría si fuera Medea y estuviese a
punto de asesinar a sus propios hijos? Las preguntas eran siempre las mismas,
pero las respuestas podían cambiar de un lugar a otro. Algunas —« ¿Es lícito
asesinar a la propia madre si ésta ha asesinado antes al padre?», por poner un
ejemplo— podían tener para Cleopatra resonancias distintas que para otros. A
pesar de su naturaleza formularia, la historia se convertía enseguida en asunto
para ejercicios. No pasó mucho tiempo antes de que los estudiantes debatieran
sobre si César debió castigar a Teódoto, el que aseguraba que un cadáver no
muerde. ¿Era en verdad el asesinato de Pompeyo un regalo para César? ¿Y la
cuestión del honor? ¿Debió César asesinar al consejero de Ptolomeo para vengar
a Pompeyo, o habría dado a entender con ello que Pompeyo no merecía
morir? [VIII]¿Convenía
entrar en guerra con Egipto en esos momentos? [51]
Cada razón debía acompañarse de una coreografía concreta y exacta. Cleopatra
sabía cuándo respirar, detenerse, gesticular, ganar velocidad, alzar o moderar
la voz. Debía mantenerse erguida y no juguetear con los pulgares. Suponiendo
que el material de base no fuera defectuoso, dependía de la educación que el
orador se convirtiese en un comunicador vivaz y convincente, así como que
tuviera ocasión de demostrar su sutileza e ingenio ante la sociedad y el foro.
«El arte de hablar —diría un autor posterior— se basa en el trabajo intenso, en
el continuo estudio, en el variado entrenamiento, en numerosísimas
experiencias, en profundísimo conocimiento, en reflexión atentísima». (En otro
lugar se observa que esta penosa disciplina, igual que es útil para el foro predispone
asimismo a la exhibición escénica o al vocerío enloquecido.) [52]
Cleopatra finalizó sus estudios hacia la época en que su padre sucumbió a una
enfermedad fatal, en el año 51. En una ceremonia solemne ante el sumo sacerdote
de Egipto, ella y su hermano ascendieron al trono, probablemente en la
primavera de ese mismo año. Si la ceremonia siguió las pautas de la tradición,
debió de celebrarse en Menfis, la capital espiritual de Egipto, donde una
avenida flanqueada de esfinges conducía a través de las dunas hasta el gran
templo, con sus panteras y leones de caliza y sus capillas griegas y egipcias
pintadas de colores brillantes y tapizadas con luminosos estandartes. Entre
nubes de incienso, un sacerdote ataviado con una larga toga de lino y una piel
de pantera colgada al hombro le ciñó a Cleopatra las coronas de serpientes del
Alto y el Bajo Egipto. Tras prestar juramento en egipcio en el interior del
santuario, se colocó la diadema. La nueva reina contaba sólo dieciocho años;
Ptolomeo XIII era ocho años menor. Su precocidad no era tan inusual: Alejandro
había sido general a los dieciséis y amo del mundo a los veinte. Más tarde
alguien diría, con relación a Cleopatra, que «algunas mujeres son más jóvenes a
los setenta que la mayoría de mujeres a los diecisiete».[53]
Todo indica que fue bien aceptada. La oralidad era la base de la cultura, y
Cleopatra poseía el don de la elocuencia. Incluso sus detractores no podían por
menos de reconocer su habilidad con las palabras, y en ningún lugar se alude al
«brillo de sus ojos» [54] sin
rendir tributo también a su locuacidad y carisma. Era una oradora nata, dotada
de una voz rica y aterciopelada, una presencia mayestática y capacidad para
evaluar a su auditorio sin por ello provocarle incomodidad. En este sentido,
aventajaba a César. Alejandría, pese a formar parte del mundo griego, se
hallaba en África. Al mismo tiempo, se encontraba dentro y al margen de Egipto.
La relación entre una y otro equivaldría a la que existe hoy en día entre
Manhattan y Estados Unidos, con la diferencia de que los alejandrinos no
compartían idioma con el resto del territorio. Cleopatra tuvo que acostumbrarse
de bien joven a tratar con un auditorio mixto. Su familia gobernaba un país
que, ya para los antiguos, poseía una historia abrumadora. Su lengua era la más
antigua de la que se tenía constancia, una lengua, por otro lado, formal y
rígida, con una escritura de lo más dificultosa. (Se escribía en demótico. El
uso de los jeroglíficos era puramente ceremonial, e incluso la población
letrada tenía problemas para descifrarlos. Es poco probable que Cleopatra
pudiera leerlos con soltura.)[55] Aprenderla
requería un esfuerzo mucho mayor que el griego, por entonces la lengua de los
negocios y la burocracia y que muchos egipcios dominaban, por lo que, mientras
que muchos hablantes de egipcio aprendían griego, rara vez ocurría lo
contrario. Cleopatra, no obstante, se aplicó al estudio del egipcio,
convirtiéndose al hacerlo en la primera y única de los Ptolomeos que se molestó
en aprender la lengua de los siete millones de personas a las que gobernaba.[56]
Sus esfuerzos se vieron recompensados. Mientras que los Ptolomeos anteriores
guiaban a sus ejércitos por medio de intérpretes, Cleopatra se comunicaba con
sus tropas de forma directa, lo cual constituía una gran ventaja para alguien
que reclutaba mercenarios en Siria, Media y Tracia, lo mismo que para
cualquiera con ambiciones imperiales. Dentro de casa también facilitaba las
cosas, por ser Alejandría una ciudad viva, cosmopolita y étnicamente diversa a
la que acudían inmigrantes de todos los rincones del Mediterráneo. En un
contrato alejandrino podían constar hasta siete nacionalidades, [57] y no
era infrecuente encontrar monjes budistas por la calles de la ciudad, que a la
vez albergaba a la mayor comunidad judía fuera de Judea, minoría que
representaba casi un cuarto de la población de Alejandría. Egipto mantenía
suculentas relaciones comerciales con la India; sedas de lujo, especias, marfil
y elefantes recorrían el mar Rojo y las rutas de las caravanas. Cleopatra tenía
motivos sobrados para conocer las lenguas de la región costera. Plutarco dice
que hablaba nueve idiomas, entre ellos el hebreo y el troglodita, lengua
etiópica que —si hemos de creer a Herodoto— «no se parece a ninguna otra, ya
que emiten unos chillidos como los de los murciélagos».[58] En boca
de Cleopatra, por supuesto, debía de sonar más meliflua: «Provocaba placer el
simple sonido de su voz —nos informa Plutarco—, y su lengua, como si fuera un
instrumento de múltiples cuerdas, estaba afinada para expresarse en cualquier
idioma en el que ella deseara hablar. En efecto, con pocos pueblos bárbaros
tuvo que servirse de un intérprete, pues ella misma era la que por sus propios
medios daba audiencia».[59]
Plutarco calla en lo relativo a Cleopatra y el latín, la lengua de Roma, poco
hablada en Alejandría. Notables oradores ambos, ella y César se comunicaban
casi seguro en un griego bastante parecido.[60] Pero la
diferencia de lenguas explica en buena medida el aprieto en que Cleopatra se
encontraba en ese momento, así como su legado y su futuro. Una generación
atrás, cualquier romano de pro habría hecho lo posible por evitar recurrir al
griego, llegando al extremo de fingirse ignorante. «A medida que dominan el
griego —se decía—, se vuelven peores.» [61] Era la
lengua del arte excelso y la moral dudosa, el dialecto de los manuales
sexuales, [62] una
lengua que es «como si te palpara».[63] Los
griegos tocaban todos los asuntos, incluidos algunos «que no desearía explicar
en ciertos lugares», [64] como
decía un erudito antiguo.[IX] La
generación de César, que perfeccionó su educación en Grecia o bajo la tutela de
maestros greco parlantes, se manejaba en ambos idiomas con igual soltura, si
bien siempre era el griego —con mucho el más rico, preciso, dulce y refinado—
el que, en un momento dado, proporcionaba le mot juste. A partir
del nacimiento de Cleopatra, todo romano educado dominaba ambas lenguas. Por un
breve instante, parecía posible unir Oriente y Occidente bajo la enseña de la
lengua helena. Dos décadas más tarde, los romanos con los que habría de
negociar Cleopatra apenas podrían defenderse en el idioma de la reina. Su
última comparecencia pública sería en latín, que sin duda pronunciaba con
acento extranjero.
Esteta y patrón de las artes bajo cuyo reinado Alejandría atisbó un renacer
intelectual, Auletes puso mucho cuidado en procurar a su hija una educación de
primer orden. Cleopatra continuaría la tradición al confiar su hija a un
preceptor acreditado. No fue la única. Pese a que la educación entre las
mujeres distaba de ser universal, acudían a la escuela, participaban en
certámenes poéticos y llegaban a convertirse en mujeres de ciencia. Fueron
muchas las muchachas de buena familia —incluidas aquéllas sin aspiraciones
regias— que, en el siglo I, llegaron lejos en sus estudios, aunque no tanto en
su formación retórica. La hija de Pompeyo tuvo un buen preceptor y recitaba a
Homero para su padre. Según su experta opinión, la hija de Cicerón era
«doctísima».[65] La
madre de Bruto estaba tan versada en los poetas latinos como en los griegos.
Alejandría conoció un buen número de mujeres dedicadas a las matemáticas, la
medicina, la pintura y la poesía, lo cual no equivale a decir que estuvieran
libres de sospecha; como siempre, las mujeres educadas eran peligrosas, sólo
que en Egipto molestaban menos que en otros lugares.[X][66] La
bella Cornelia, mujer de Pompeyo —quien gritó de horror al presenciar, a
escasos metros de distancia, cómo decapitaban a su marido en Pelusio—, tuvo una
formación similar a la de Cleopatra. Estaba «muy versada en literatura, en
tocar la lira y en geometría, y acostumbrada a escuchar con provecho los
discursos de los filósofos. A estas cualidades añadía un carácter libre de la
antipatía y afectación que tales conocimientos confieren a las mujeres
jóvenes».[67] Se las
admiraba a regañadientes, pero se las admiraba. De la esposa de un cónsul
romano, poco después de que Cleopatra se presentase ante César aquel mismo
otoño, se admitía que, a pesar de sus peligrosos dones, «poseía cualidades
extraordinarias; sabía escribir versos, hacer chanzas, llevar una conversación
ya seria, ya distendida o procaz; tenía, en fin, mucha sal y mucho encanto».[68]
* *
*
A
ojos de César, pues, Cleopatra resultaba profundamente familiar en determinados
aspectos. Además, era el vínculo viviente con Alejandro Magno, producto
exquisito de una civilización de lo más refinada, heredera de una tradición
intelectual deslumbrante. Los alejandrinos ya estudiaban astronomía cuando Roma
era poco más que un villorrio. Lo que el Renacimiento devolvió a la vida fue en
muchos sentidos la Alejandría levantada por los antepasados de Cleopatra. A
pesar de las carnicerías y el insignificante trasfondo cultural macedonio, los
Ptolomeos habían conseguido establecer en Alejandría el mayor centro cultural
de su tiempo, digno continuador del legado ateniense. Al fundar la biblioteca,
Ptolomeo I se proponía recopilar todos los textos existentes y a punto estuvo
de conseguirlo. Se cuenta que era tal su voracidad libresca que confiscaba
todos los textos que entraban en la ciudad y sólo de vez en cuando devolvía una
copia, más nunca el original. (También premiaba las donaciones, de resultas de
lo cual las colecciones alejandrinas empezaron a acumular textos espurios). Las
fuentes antiguas consignan que la gran biblioteca contenía 500.000 rollos,
cifra a todas luces exagerada; 100.000 parece una cantidad más creíble. En
cualquier caso, la colección eclipsaba a todas las bibliotecas anteriores e
incluía todos los libros escritos en griego hasta la fecha. En ningún lugar
eran tan accesibles los textos ni estaban mejor ordenados —colocados en
casillas individuales por orden alfabético y de materia— que en la gran
biblioteca de Alejandría.
Ni siquiera había peligro de que acumulasen polvo. Aneja a la biblioteca, en
las proximidades o dentro del complejo palaciego, se encontraba el museo, un
centro de investigación sufragado por el Estado.[69] A
diferencia del resto del mundo helenístico, donde los profesores gozaban de
poca estima —«O se ha muerto o es maestro en alguna parte», decía un dicho
popular; [70] los
maestros ganaban poco más que la mano de obra no cualificada—, en Alejandría la
erudición vivía momentos dulces bajo las auspicios del Estado, lo mismo que la
comunidad de estudiosos, quienes vivían exentos de impuestos en los barrios más
lujosos y se alimentaban en grandes comedores comunitarios. (O por lo menos así
fue hasta cien años antes de Cleopatra, momento en que su bisabuelo decidió que
estaba harto de esa clase refractaria al control político y disminuyó su
número, dispersando a los mejores y más brillantes de sus representantes por
distintos puntos del mundo antiguo). Durante siglos, antes y después de
Cleopatra, lo más impresionante que podía decir un médico era que había
estudiado en Alejandría, y los preceptores más buscados eran los que se habían
formado en la ciudad.
La biblioteca era el orgullo del mundo civilizado, una leyenda ya en tiempos de
su existencia, si bien en época de Cleopatra ya no se encontraba en su apogeo y
su labor había dejado de girar en torno al verdadero estudio para centrarse en
esa manía clasificatoria y catalogadora que nos legó las siete maravillas de
mundo. (Cierta obra maestra bibliográfica listaba a las «personalidades
eminentes en todas y cada una de las ramas del saber», con listados alfabéticos
de sus obras, divididas por materias. La obra alcanzó los 120 volúmenes). La
institución, no obstante, seguía atrayendo a las grandes mentes del
Mediterráneo. Su santo patrón era Aristóteles, cuya escuela y biblioteca le
servían como modelo y quien —no por un casual— fue maestro tanto de Alejandro
Magno como de su amigo de infancia, Ptolomeo I. Fue en Alejandría donde se
midió por primera vez la circunferencia de la Tierra, donde se determinó que el
Sol ocupaba el centro del sistema solar, donde se esclarecieron las funciones
del cerebro y el corazón, donde se establecieron los fundamentos de la anatomía
y la fisiología, donde se produjeron las ediciones definitivas de Homero. En
Alejandría fue también donde Euclides codificó la geometría. Si fuera posible
decir que todo el conocimiento del mundo antiguo fue recopilado en un lugar,
ese lugar sería Alejandría. Cleopatra se benefició de ello de forma directa:
sabía que la Luna influía en las mareas, que la Tierra era esférica y giraba
alrededor del Sol. Conocía la existencia del ecuador, el valor de pi, la
latitud de Massalia, el comportamiento de la perspectiva lineal y la utilidad
de los materiales conductores con respecto a los relámpagos. Sabía que era
posible viajar en barco desde Hispania a la India, travesía que nadie había de
intentar hasta mil quinientos años más tarde, pese a que ella misma consideró
la posibilidad de realizarla en sentido inverso.
Para un hombre altamente cultivado como César, subyugado por la figura de
Alejandro y presunto descendiente de Venus, todos los caminos —míticos,
históricos, intelectuales— conducían a Cleopatra. Su formación, como la de
ella, era ejemplar, y su curiosidad, insaciable. Conocía a los poetas, era un
lector omnívoro y, aunque se dice que los romanos no gustaban del lujo, César,
como en tantas otras cosas, constituía la excepción. Incluso cuando estaba en
campaña, coleccionaba incansablemente mosaicos, mármoles y gemas. La invasión
de Britania se atribuía a su afición a las perlas de agua dulce.[71]Seducido por
la opulencia y los linajes de Oriente, ya antes había frecuentado sus cortes,
lo cual pagó con el oprobio constante hasta el fin de su vida: pocos cargos le
ocasionaron tantas tribulaciones como la acusación de haber prolongado su
estancia en lo que hoy es el norte de Turquía a causa de sus relaciones con el
rey de Bitinia. César procedía de ilustre cuna, era un orador con talento y un
gallardo oficial, pero esas distinciones palidecían al lado de una mujer que a
su vinculación —por más que ficticia— con Alejandro añadía su condición ya no
real sino divina. A César casi lo deificaron en los últimos años de su vida,
pero Cleopatra era diosa de nacimiento.
¿Qué sabemos del aspecto de Cleopatra? Los romanos que refieren su historia
destacan sus costumbres licenciosas, sus artimañas de mujer, su ambición
ilimitada y su depravación sexual, pero son pocos los que exaltan su hermosura.
No por carencia de adjetivos, ni porque las mujeres sublimes escaparan a los
anales: la esposa de Herodes figura en ellos, lo mismo que la madre de
Alejandro Magno. La reina de la sexta dinastía a quien se atribuye la
construcción de la tercera pirámide fue, como a buen seguro sabía Cleopatra,
«más valiente que todos los hombres y más bella que todas las mujeres de su tiempo,
dotada de una hermosa piel y de rojas mejillas».[72] Arsínoe
II —la confabuladora del siglo III, tres veces casada— poseía una belleza
arrebatadora. El mundo había sufrido ya antes las sacudidas de la belleza; el
símil con Helena venía como anillo al dedo, aunque un solo poeta latino echó
mano de él, y aun entonces para recalcar el mal comportamiento de
Cleopatra [73]. Plutarco
deja bien claro que «la belleza de Cleopatra no era, en sí misma, excesivamente
exuberante como para subyugar a primera vista». Era más bien «su trato [el que]
tenía un punto irresistible».[74] Su
personalidad y sus maneras, insiste, eran poco menos que hechizadoras. En el
caso de Cleopatra, el tiempo no ha marchitado su atractivo, antes bien lo ha
multiplicado. Sólo con el tiempo empezaría a hablarse de su hermosura. Hacia el
siglo III d. C. su aspecto ya era tan exquisito como el de «la más bella de las
mujeres» [75] y, en
la Edad Media, era «célebre nada más que por su beldad».[76]
Dado
que no ha podido probarse la autenticidad de ninguno de sus retratos, la máxima
de André Malraux sigue siendo parcialmente cierta: «Nefertiti es una cara sin
reina; Cleopatra, una reina sin cara». Con todo, podemos hacer algunas
conjeturas. Es muy probable que fuera menuda y ágil, a diferencia de los
miembros varones de su familia, que tendían al sobrepeso, cuando no a la pura
obesidad. Aun admitiendo su finalidad autoritaria y la baja calidad del
grabado, la efigie de las monedas respalda la afirmación de Plutarco de que la
suya no era ni por asomo una belleza convencional. Su nariz aguileña era una
réplica a pequeña escala de la de su padre (el rasgo era tan común que también
en griego existe una palabra para designarlo), tenía los labios carnosos, el
mentón afilado y prominente y la frente alta. Los ojos, grandes y hundidos. Es
cierto que algunos Ptolomeos eran de piel clara y cabellos rubios, pero es poco
probable que Cleopatra VII se contara entre ellos. Cuesta creer que «la egipcia
esa» hubiera dado que hablar al mundo de haber sido rubia. En las descripciones
de sus familiares hallamos de forma recurrente la expresión «piel de color
miel», que probablemente podría aplicársele también a ella, a pesar de las
sombras que rodean a su madre y a su abuela paterna. Parece seguro que por la
familia corría sangre persa, pero no egipcia, pues los Ptolomeos no solían
tomar por amantes a las mujeres del país. En todo caso, Cleopatra no era de
piel oscura.
Su rostro debía de ir a juego con su irresistible encanto, su sentido del humor
y sus sedosas dotes de persuasión; César tenía sus preferencias en cuanto al
físico, pero también se fijaba en otros aspectos. Desde hacía tiempo era sabido
que para llegar al corazón de Pompeyo había que adularlo, y para alcanzar el de
César, sobornarlo. César gastaba a espuertas y por encima de sus posibilidades.
Una sola perla de una amante suya costaba el equivalente a la paga anual de mil
doscientos soldados profesionales. Después de más de una década de guerra,
tenía que pagar a su ejército, y puesto que el padre de Cleopatra había dejado
una deuda considerable, César contaba con cobrársela a su llegada. Condonó la
mitad, lo que resultó en un astronómico balance de unos tres mil talentos.
César tenía gastos y gustos extravagantes, pero sabía que con el tesoro egipcio
podría satisfacerlos. La joven cautivadora que tenía delante —elocuente,
risueña, hija de una cultura antigua y refinada, criada en un lujo inasequible
a sus compatriotas romanos y, según acababa de demostrar, capaz de burlar a un
ejército entero— era una de las dos personas más ricas del mundo.
A su regreso a palacio, Ptolomeo se horrorizó al descubrir a su hermana junto a
César. Al salir, no pudo sino maldecir su suerte.
Capítulo 3
Cleopatra conquista al viejo con sus hechizos
«Es
digna de alabanza la mujer generosa con su hacienda; no así la que es generosa
con su cuerpo».
QUINTILIANO [77]
El
siglo I a. C. no se recordará precisamente por su originalidad; si por algo se
caracterizó, fue más bien por su compulsiva tendencia a reciclar asuntos ya
conocidos. Tanto es así, que cuando aquella joven menuda e impetuosa se
presentó ante aquel curtido hombre de mundo varios años mayor que ella, nadie
dudó en adjudicar a la muchacha el mérito de haberlo seducido. Encuentros como
ése habían sido siempre, y serían por varios siglos, terreno abonado para
comentarios desdeñosos. En realidad no sabemos quién sedujo a quién, igual que
ignoramos cuánto tardaron César y Cleopatra en caer uno en brazos del otro. Por
ambas partes había mucho en juego. Si hemos de creer a Plutarco, el indomable
general cayó indefenso a los pies de la veinteañera, en un visto y no visto
cayó «prendado» por esa primera artimaña y «cautivado»[78] por su
gracia: Apolodoro llegó, César vio y Cleopatra venció, pero esta sucesión de
los hechos no deja necesariamente bien parada a la egipcia. El testimonio de
Dión —que bien podría derivar de Plutarco, quien lo precedió en más de un
siglo— coincide en atribuir a Cleopatra el poder necesario para seducir a un
hombre que le doblaba la edad. Según su versión, César cae instantánea e
incondicionalmente rendido. Con todo, Dión no deja de reconocer cierta
complicidad por parte del romano, famoso por su afición al sexo opuesto, «pues
era enamoradizo en extremo y mantenía relaciones con muchas otras mujeres, con
todas cuantas en alguna ocasión se cruzaban en su camino», atribuyendo, pues,
cierto albedrío a César en lugar de arrojarlo inerme en manos de esa astuta e
irresistible sirena. Aparte de eso, Dión pone mayor énfasis en la puesta en
escena: en el palacio, a Cleopatra le da tiempo a acicalarse y aparecer ante
César con «el aspecto más respetable y digno de compasión», cosa difícil de
creer. César queda subyugado «en cuanto la vio y la oyó hablar». Cleopatra
debió de abordar al general romano con suma cautela, pues nunca antes se habían
visto e ignoraba qué podía esperar de él. Lo que sí sabía, era que —en el peor
de los casos— más valía ser prisionera de Julio César que serlo de su propio
hermano.[XI][79] Según
todos los cronistas, Cleopatra no tardó en llegar a alguna suerte de acuerdo
con César, quien se convirtió al punto «en defensor de la mujer de quien
previamente había considerado ser un digno juez».[80] La
seducción requirió su tiempo, en cualquier caso algo más que una única noche de
leyenda; no tenemos pruebas de que la relación pasara enseguida al terreno
sexual. Ya a plena luz del día —aunque no necesariamente a la mañana siguiente
de tan heterodoxa y sensacional aparición—, César propuso que los hermanos
hicieran las paces, poniendo como condición «que [Cleopatra] compartiera el
reino con él [Ptolomeo]», [81] dictamen
que poco o nada tenía que ver con lo que los consejeros del joven rey habían
previsto. Éstos creían haber llegado a un pacto con César en las playas de
Pelusio.[82] Tampoco
habían contado con la inexplicable presencia de Cleopatra en el palacio.
El joven Ptolomeo quedó más sorprendido, si cabe, que César de encontrar ahí a
su hermana. Su reacción al ver que había sido burlado demostraba a las claras
que necesitaba una consorte: rompió a llorar y, en un ataque de rabia, salió
por las puertas de palacio y se mezcló con la multitud del exterior. Rodeado de
sus súbditos, se arrancó la diadema blanca de la cabeza y la arrojó al suelo
mientras gritaba que su hermana lo había traicionado. Los hombres de César
fueron por él y lo devolvieron al palacio, donde quedó bajo arresto. Más
difícil fue apaciguar los disturbios que estallaron en las calles, alimentados
en las semanas siguientes por Potino, el eunuco, cerebro de la operación que
había depuesto a Cleopatra. La gloriosa carrera de la monarca habría tocado
bien pronto a su fin de no haberse asegurado el favor de César. Hostigado por
tierra y por mar, también César pudo haber visto entonces el fin de sus días.
Convencido de haber terciado en una venganza entre hermanos, no acertaba a
comprender cómo, con sólo dos legiones desorganizadas y diezmadas, [83] podía
haber provocado una rebelión a gran escala. Tampoco parece que Cleopatra le
dijera la verdad en lo referente a su falta de popularidad entre la población
alejandrina.
Preocupado por lo que pudiera acaecer, César decidió dirigirse al pueblo. Desde
un lugar seguro —acaso el balcón de un piso alto o una de las ventanas de
palacio— prometió a los alejandrinos «hacer todo lo que quisieran».[84] En
momentos como ése sus habilidades retóricas eran más necesarias que nunca.
Puede que César recibiera algún consejo de Cleopatra sobre cómo aplacar los
ánimos de los alejandrinos, pero no necesitaba la ayuda de nadie para hilvanar
frases claras y convincentes, oportunamente subrayadas mediante una
gesticulación vigorosa. En ese terreno César era un genio indiscutido, un
orador con un tono de voz perfecto, amén de un estilista lapidario, inigualable
en su «habilidad para inflamar las mentes de sus oyentes y encaminarlos en la
dirección más conveniente».[85] Más
tarde evitaría toda referencia a sus temores, prefiriendo, en vez de ello,
centrarse en sus negociaciones con Ptolomeo y aseverar que, por su parte,
«ponía su mejor voluntad en arreglar las disputas de los reyes como árbitro y
amigo común».[86] Aparentemente
lo logró: Ptolomeo aceptó la reconciliación, lo cual no debe considerarse como
un gran gesto por su parte, pues sabía que sus consejeros irían a la guerra de
todos modos. De hecho, en ese preciso instante, el ejército ptolemaico marchaba
en secreto en dirección a Alejandría.
Aceptado el acuerdo, César convocó una asamblea formal a la que acudieron ambos
hermanos. Con su tono alto y nasal, leyó el testamento de Auletes, señalando
que lo único que éste había dispuesto era que Cleopatra y su hermano vivieran
juntos y gobernaran codo con codo bajo la tutela de Roma. Dicho esto, les
entregó el reino. Resulta difícil no ver la huella de Cleopatra en lo que
ocurrió a continuación. Para probar su buena voluntad (o, como prefiere Dión,
para calmar a la multitud tumultuosa), César fue aún más lejos: entregó la isla
de Chipre a los otros dos hermanos de Cleopatra, Arsínoe, de diecisiete años, y
Ptolomeo XIV, de doce. Era un gesto significativo. De Chipre, joya de las
posesiones ptolemaicas, dependía la costa de Egipto. De ahí salía la madera que
necesitaban los reyes egipcios y gracias a la isla dirigían el comercio de
cobre en régimen casi de monopolio. Chipre era asimismo una espina clavada en
el honor ptolemaico: el tío de Cleopatra había reinado en la isla hasta una
década antes, cuando Roma le había exigido una suma exorbitante. El tío
prefirió envenenarse a pagar. Sus propiedades fueron requisadas y enviadas a
Roma, donde fueron exhibidas en procesión por las calles. Entretanto, su
hermano, el padre de Cleopatra, se había limitado a contemplar lo sucedido
desde Alejandría y, a causa de su apocada actitud, sus súbditos, furiosos,
terminaron expulsándolo de Egipto. Cleopatra contaba once años por entonces. Es
poco probable que hubiera olvidado ni la humillación ni el motín.
César consiguió calmar al pueblo, pero fracasó a la hora de evitar que Potino
perseverase en la vía de la violencia. El antiguo tutor no perdió tiempo en
incitar a los hombres de Aquilas. La proposición de Roma, aseguraba, era una
farsa. ¿Acaso no acertaban a ver en ella el largo brazo de Cleopatra? Hay algo
perverso en la constatación de que Potino —quien había de conocerla bien, e
incluso íntimamente en caso de que en efecto hubiera sido maestro suyo— temiera
a la joven tanto como al bregado general romano. Potino juraba que César «había
entregado ostensiblemente el poder real a ambos» para acallar al pueblo,[87]pero que
apenas pudiera se lo transferiría íntegro a Cleopatra. Se cernía un segundo
peligro, prueba tanto de la determinación de Cleopatra como de la falta de ésta
por parte de Ptolomeo: ¿y si, aprovechando su común confinamiento en el
palacio, aquella mujer astuta conseguía seducir a su hermano? El pueblo jamás
se opondría a una pareja real, aunque estuviera auspiciada por un impopular
dirigente romano. Si eso ocurría, todo estaría perdido, insistía Potino. Así
las cosas, urdió un plan, pero por lo visto lo compartió con demasiados
conspiradores. Durante el banquete organizado para celebrar la reconciliación,
el barbero de César —por algo las barberías hacían las veces de oficinas de
correos en el Egipto ptolemaico— hizo un inesperado descubrimiento: aquel
hombre que «andaba siempre escrutándolo todo, inquietándose por todo y con el
oído bien alerta» averiguó que Potino y Aquilas tramaban envenenar a César y
acabar, después, con Cleopatra. César no se sorprendió, de hecho llevaba tiempo
durmiendo de forma esporádica y a horas desacostumbradas para evitar posibles
intentos de asesinato. Es probable que, aun a pesar de la vigilancia, también a
Cleopatra le costara pegar ojo por las noches.
César ordenó a un hombre que se deshiciera del eunuco. Aquilas por su parte
puso todo su empeño en la que, según la expresión con frecuencia desatendida de
Plutarco, había de ser una «guerra penosa y de difícil control».[88] César
contaba con cuatro mil hombres agotados y faltos de moral. Las fuerzas de
Aquilas eran cinco veces mayores y ya se encontraban camino de Alejandría. A
pesar del ejemplo de Cleopatra, César no era consciente de hasta qué extremos
podía llegar la astucia ptolemaica. En nombre del rey, César envió a dos
emisarios con una proposición de paz, hombres distinguidos y con experiencia,
antiguos servidores ambos del padre de Cleopatra. Es posible que César los
hubiera conocido en Roma. Aquilas —a quien César consideraba un «hombre de gran
audacia»—[89] interpretó
el gesto como un signo de debilidad y asesinó a los embajadores antes de que
pudieran comunicarle su mensaje.
Con la llegada de las tropas egipcias a la ciudad, Aquilas trató de irrumpir en
las dependencias de César. Al amparo de la oscuridad, los romanos se
apresuraron a fortificar el palacio con atrincheramientos y un muro de tres
metros. César podía quedarse aislado, pero no estaba dispuesto a luchar contra
su voluntad. Sabía que Aquilas estaba reclutando tropas auxiliares en todos los
rincones del país. Mientras, los alejandrinos establecían grandes factorías de
armas en la ciudad; los más ricos equipaban y pagaban a sus esclavos para que
entrasen en liza con los romanos. Pronto empezaron las escaramuzas. La
preocupación principal de César era el agua, cada vez más escasa, y la comida,
que se había terminado. El propio Potino se lo había hecho notar enviándole una
remesa de trigo podrido. Como en anteriores ocasiones, el glorioso general
demostró ser un depurado logista; lo esencial era evitar posibles incursiones a
través del lago Mareotis, al sur de la ciudad y segundo puerto de ésta, y, a la
vez, asegurarse el acceso a él. Aquel reluciente lago de dulces aguas azules
comunicaba Alejandría con el interior de Egipto por medio de una red de canales;
era tan rico e importante como los dos puertos mediterráneos. Aparte, no había
que perder de vista consideraciones de tipo más psicológico. César hizo lo
imposible por ganarse al joven monarca, pues entendía «que la autoridad real
era muy respetada entre los suyos»,[90] y con
frecuencia recordaba a todo aquel que quisiera escucharle que el instigador de
aquella guerra no era Ptolomeo, sino sus pérfidos consejeros. Sus palabras
fueron desoídas.
Mientras César se ocupaba de las líneas de suministro y las fortificaciones, un
segundo complot estalló en palacio, donde el ambiente debía de estar ya
bastante caldeado, al menos por lo que se refiere a los hermanos enfrentados.
También Arsínoe tenía un preceptor astuto, un eunuco que empezó a planear su
evasión. Sus maniobras sugieren que o bien Cleopatra, preocupada como estaba
por su hermano y su propia supervivencia, había actuado con negligencia (cosa
improbable dadas las circunstancias), o bien había sido víctima de una doble
traición. Arsínoe ardía de ambición;[91] no era
la clase de persona que inspirara confianza. Era evidente que no tenía mucha fe
en Cleopatra, pero es posible que las primeras semanas no lo dejara ver.[XII][92] Fuera
de palacio se mostraba más explícita: era una Ptolomeo y como tal no aceptaría
depender de ningún extranjero. Precisamente eso era lo que los alejandrinos
necesitaban oír. La proclamaron reina —ambas hermanas, pues, pasaron por el
trono— y salieron a la calle aclamándola con entusiasmo. Arsínoe se unió a
Aquilas al frente del ejército. Desde sus dependencias de palacio, Cleopatra
creyó que ello era razón de más para depositar su confianza en el romano antes
que en su familia. Tampoco esto era ninguna novedad en el año 48 a. C.: «Cuando
un hombre se identifica con nuestro carácter, aunque sea un extraño, resulta
ser mejor como amigo que diez mil parientes» [93].
* *
*
En
el año del nacimiento de Cleopatra, Mitrídates el Grande, rey del Ponto,
propuso una alianza a su vecino, el rey de Partia.[XIII] Tras
décadas de insultos y ultimátums contra Roma, que a su juicio llevaba años
anexionándose territorios de forma sistemática, Mitrídates advirtió de que
estaban a punto de volverse las tornas[94] y
denunció que a los romanos «ni lo humano ni lo divino les impide devastar o
destruir a aliados, amigos, vecinos o lejanos, débiles o poderosos, y que todo
lo que no es esclavo suyo, y en especial los reinos, lo consideran enemigo».
¿Lo más lógico no era, pues, coaligarse? Mitrídates no estaba dispuesto a
agachar la cerviz como el padre de Cleopatra. Auletes, decía con desprecio,
demoraba «día a día la guerra a costa de dinero»; [95] el rey
egipcio tal vez creyera estar obrando con astucia, pero en realidad lo único
que conseguía era postergar lo inevitable. Los romanos se embolsaban su dinero
sin ofrecerle garantías. No mostraban respeto alguno hacia los reyes.
Traicionaban incluso a sus amigos. Destruirían a la humanidad o perecerían en
el intento. Es cierto que a lo largo de los decenios siguientes procedieron a
desmantelar amplias fracciones del Imperio ptolemaico, proceso que Cleopatra
debió de seguir con atención. Cirene, Creta, Siria y Chipre llevaban tiempo
perdidas. El reino que estaba destinada a heredar era apenas mayor de lo que
había sido al instalarse Ptolomeo I en el trono dos siglos antes. Egipto había
perdido su cinturón de Estados vasallos y los territorios de Roma lo rodeaban
por los cuatro costados.[96]
Mitrídates
no se equivocaba al suponer que Egipto debía su ininterrumpida autonomía más a
las disputas internas de Roma que al oro de Auletes. Paradójicamente, la
riqueza del país era lo que evitaba su anexión, discutida por primera vez en
Roma, a propuesta de Julio César, cuando Cleopatra tenía siete años. Los
intereses encontrados de las diversas partes impidieron que se alcanzara un
acuerdo. Ninguna facción deseaba que la otra se hiciera con el control de tan
fabuloso reino, un punto de partida ideal para derrocar una república. Para
Roma, el país de Cleopatra era una molestia constante; en palabras de un
historiador moderno: «Destruirlo era una lástima; anexionárselo, un riesgo;
gobernarlo, un problema» [97].
Desde un primer momento, Auletes se vio obligado a bailar al son de Roma,
posición indigna que condicionó los primeros años de su hija. Todos los
gobernantes del Mediterráneo veían en Roma la solución a sus aspiraciones
dinásticas y la ciudad se había convertido en puerto de acogida para reyes en
apuros. Un siglo antes, Ptolomeo VI había llegado a ella en condiciones
miserables y se había instalado en una buhardilla. Poco después, su hermano
pequeño y bisabuelo de Cleopatra, realizó el mismo viaje. Mostró las cicatrices
supuestamente infligidas por Ptolomeo VI y apeló a la compasión del Senado.
Roma soportaba con hastío el interminable goteo de solicitantes, agraviados o
no. Escuchaban sus demandas y de vez en cuando tomaban algunas decisiones. En
un momento dado, el Senado estuvo a punto de prohibir esas apelaciones. No
había motivos para adoptar una política exterior coherente.[98] En
cuanto a la espinosa cuestión egipcia, había quien opinaba que lo mejor sería
convertir el país en territorio de protección oficial para los pobres de Roma.
En tiempos más recientes, otro de los tíos abuelos de Cleopatra había ideado un
ingenioso y problemático plan para protegerse de las maquinaciones de su
hermano: en caso de fallecer, Ptolomeo X legaba su reino a Roma. El testamento
pendía cual espada de Damocles sobre la cabeza de Auletes, monarca ilegítimo e
impopular entre los griegos alejandrinos. Viendo que la inestabilidad de su
reinado iba en aumento, no tuvo más remedio que pedir ayuda al otro lado del
Mediterráneo. La súplica le restó crédito a ojos de los romanos, que la
interpretaron como signo de sometimiento, y a los de sus súbditos, quienes
veían con desagrado que su soberano se inclinase a los pies de los extranjeros.
Auletes, no obstante, hizo bueno el dicho del padre de Alejandro Magno: no hay
fortaleza inexpugnable si hasta ella puede llegar un burro cargado de oro, pero
enseguida se vio atrapado en un círculo vicioso: para cargar las alforjas del
burro, el padre de Cleopatra tendría que aumentar los impuestos a sus súbditos,
lo cual despertaba la indignación del mismo pueblo cuya lealtad intentaba
comprar en Roma.
Auletes sabía muy bien lo que César empezaba apenas a vislumbrar en el año 48:
que el pueblo de Alejandría constituía una fuerza en sí mismo. La agudeza de su
ingenio era su característica más sobresaliente. Los alejandrinos tenían un
sentido del humor rápido y corrosivo, les encantaba reír y adoraban el teatro,
como atestiguaban los cuatrocientos escenarios existentes en la ciudad. No
menor era su afición a la insidia. Sus dotes para el entretenimiento
desembocaban en ocasiones en intrigas y disturbios. Según cierto visitante, la
vida alejandrina corría el riesgo «de haberse convertido en una juerga, pero no
agradable y tranquila, sino salvaje y molesta, de gente que baila, chilla y
asesina».[99] Los
súbditos de Cleopatra no tenían empacho alguno en amontonarse a las puertas de
palacio para exponer sus reivindicaciones a voz en grito. Las revueltas
estallaban por menos de nada. A lo largo de dos siglos, el pueblo había
depuesto, desterrado y asesinado a varios Ptolomeos; había obligado a la
bisabuela de Cleopatra a reinar con un hijo pese a que ella prefería gobernar
con el otro; había enviado al exilio al tío abuelo de Cleopatra, y, al saber
que Ptolomeo XI había asesinado a su esposa, había sacado al monarca a rastras
de palacio y le había arrancado los miembros uno a uno. Para Roma, el ejército
egipcio no era mejor. Desde el palacio, observaba César: «Por cierta
inclinación arraigada en el ejército alejandrino, acostumbraban a pedir la
muerte de los amigos del rey, a saquear los bienes de los ricos para aumentar
su estipendio, a sitiar el palacio real y a deponer unos reyes y nombrar
otros».[100] César
y Cleopatra podían oír a la multitud colérica agolpada bajo los muros de
palacio. La reina sabía que no era muy popular, y los sentimientos del pueblo
hacia Roma también eran bien conocidos. Cuando Cleopatra contaba nueve o diez
años, por error, un visitante oficial había matado un gato, animal sagrado en
Egipto.[XIV][101] Al
instante se formó una turba furiosa con la que un representante de Auletes
trató de parlamentar: tratándose de un egipcio, lo ocurrido habría sido un
crimen, pero quizá con un extranjero podía hacerse una excepción. La multitud
estaba tan sedienta de sangre que fue imposible salvar al legado.
La transmisión del poder de Auletes a su hija fue un proceso delicado.
Complacer a unos suponía afrentar a otros. Si Roma no se sentía satisfecha,
intervendría. Y si Egipto no plantaba cara a Roma, se formarían motines.
(Parece que Auletes no despertaba simpatías en nadie a excepción de Cleopatra,
quien siempre se mostró leal a su memoria, a pesar del coste político que esa
lealtad le supuso en su propio país). Los peligros eran muchos. Podía ser que
Roma decidiera deponerla, como había hecho con su tío, el rey de Chipre, o que
su propia familia quisiera eliminarla —apuñalándola, con veneno, desterrándola,
desmembrándola—, o que el pueblo desafecto la defenestrase con una revuelta.
(Estos temas también conocían variaciones: un Ptolomeo podía ser odiado por el
pueblo y adorado en la corte; amado por el pueblo y traicionado por la familia;
o detestado por los griegos alejandrinos y amado por los egipcios nativos, como
ocurre con Cleopatra). Tras veinte años intentando ganarse a Roma, Auletes
descubrió que debía haber invertido ese tiempo en buscar el favor de los suyos.
La decisión de no intervenir en Chipre le costó el acoso de sus súbditos,
quienes le exigían que se enfrentase a Roma o pagase un rescate por su hermano.
Cundió el pánico. ¿Cuántas veces había ocurrido lo mismo antes? Auletes huyó a
Roma, donde pasó buena parte de los tres años siguientes negociando su regreso
al trono. La presente visita de César obedecía en última instancia a lo
ocurrido en aquellos años. Aunque Auletes no era especialmente bienvenido en
Roma, pocos —entre ellos César y Pompeyo— sabían resistirse a los sobornos de
un griego. Fueron muchos los que de buen grado prestaron a Auletes el dinero
necesario para sus sobornos, dinero que éste aceptaba encantado. Cuantos más
fueran sus acreedores, más serían los partidarios de restaurarlo.
A lo largo del año 57 se discutió la delicada cuestión de cómo satisfacer las
solicitudes del rey depuesto. El gran orador Cicerón trabajó con denuedo para
que sus amigos se vieran lo menos perjudicados posible por culpa de ese
espinoso asunto, «corrompido desde hace ya tiempo por ciertos individuos con el
consentimiento del propio rey y de sus consejeros».[102] Durante
un tiempo la cuestión quedó en punto muerto. Puede que Auletes haya pasado a la
historia como un títere manirroto, pero en Roma, para desesperación de sus
anfitriones, se distinguió por su tenacidad y capacidad de negociación.
Empapeló el foro y el Senado con panfletos y regaló literas —asientos con dosel
para pasearse de forma ostentosa por la ciudad— a sus partidarios. La situación
se complicó a causa de las rivalidades entre los políticos que, viendo en su
restauración una oportunidad de lo más jugosa, contendían por lucrarse
prestándole ayuda. En enero del año 56, Cicerón se quejó de que el asunto
estaba alcanzando dimensiones peligrosas. En el Senado hubo gritos, empellones
y hasta escupitajos. La situación se agravaba por momentos, así que para evitar
que Pompeyo o cualquier otro se erigiera en valedor de Auletes, se recurrió al
oráculo. El dictamen fue que, por prohibición expresa de los dioses, el rey no
debía ser restaurado por tropas romanas. Según Cicerón, el Senado aceptó el
subterfugio «no por motivos religiosos, sino por animadversión y por el rechazo
que suscitan las dádivas del rey».[103]
De
la aventura de Auletes en ultramar aprendió la joven Cleopatra otra lección
ejemplar: no bien el rey hubo abandonado el país que la mayor de sus hermanas,
Berenice IV, usurpó el trono; tal era su falta de popularidad, que los
alejandrinos estuvieron encantados de sustituirlo por una adolescente. Berenice
gozaba del favor de la población nativa, pero carecía de consorte, problema al
que también hubo de enfrentarse Cleopatra, aunque lo resolvió de forma
distinta. Berenice necesitaba un corregente con el que poder casarse. La
operación no era fácil, pues los griegos macedonios de buena cuna eran un bien
escaso. (Por alguna razón se decidió que Berenice tuviera preeminencia sobre
sus hermanos menores, sobre quienes debía haber recaído la regencia). El pueblo
eligió por ella, decantándose por un príncipe seléucida al que Berenice detestó
desde el primer momento. A los pocos días del enlace, Berenice mandó
estrangularlo. El siguiente en la lista era un ambicioso sacerdote póntico
poseedor de las únicas credenciales necesarias para el puesto: hostilidad
declarada hacia Roma y supuesta nobleza. Nombrado corregente en la primavera
del año 56, le fue mejor que a su antecesor. Entretanto, los alejandrinos
habían enviado a Roma una delegación de cien embajadores para denunciar los
brutales métodos de Auletes y evitar su retorno. El rey envenenó al líder de la
comitiva y asesinó, sobornó o expulsó al resto antes de que pudieran exponer su
causa. Curiosamente, la masacre —en la que al parecer estuvo implicado Pompeyo—
no fue investigada, sin duda en deferencia a la generosidad de Auletes. Las
legiones romanas devolvieron a Auletes a Egipto en el año 55. La incierta
misión no despertaba muchos entusiasmos, entre otras cosas porque implicaba
marchar a través del fuego del desierto para a continuación vadear las arenas
movedizas y las fétidas lagunas de Pelusio. Aulo Gabinio, gobernador de Siria y
protegido de Pompeyo, aceptó de mala gana ponerse al frente de la misión, ya
fuera por razones legítimas (pues temía un gobierno en manos del nuevo marido
de Berenice), por una prima equivalente a la renta anual de todo Egipto o
movido por los requerimientos de su joven jefe de caballería, parte interesada
en la causa de Auletes. El joven oficial no era otro que el greñudo Marco Antonio,
quien más tarde había de inaugurar un capítulo propio en la historia. Luchó con
valentía y solicitó a Auletes que perdonase la deslealtad de su ejército en la
frontera egipcia. Conduciéndose una vez más como un aficionado incompetente, el
rey, «movido por la cólera y el odio», [104] prefirió
pasar a cuchillo a los soldados. Gabinio, por su parte, respetó
escrupulosamente el oráculo y arregló las cosas de tal modo que, ganada la
batalla, Auletes pudiera seguir su camino sano y salvo sin que por ello pudiera
afirmarse de forma literal que el ejército le había devuelto el trono. Pese a
todo, el rey egipcio llegó a palacio escoltado por las primeras legiones
romanas que jamás hubieran puesto pie en Alejandría.
Del reencuentro con su familia sólo tenemos testimonios parciales. Auletes ejecutó
a Berenice y tomó represalias contra los cortesanos, reduciendo su número y
desposeyéndolos de parte de sus fortunas. Renovó la cúpula del funcionariado y
reorganizó el ejército, que le era contrario.[105] Al
mismo tiempo entregó tierras y estipendios a los hombres de Gabinio, que
transfirieron su lealtad a Egipto. Una vez más se repetía la historia del burro
cargado de oro: salía más a cuenta servir a un rey ptolemaico que a un general
romano. Tal y como César observó más tarde, los soldados «se habían
acostumbrado ya al libertinaje de la vida alejandrina, habían olvidado el
nombre y la disciplina del pueblo romano».[106] No
les costó adaptarse al nuevo país. Justo antes de morir, Pompeyo pudo reconocer
a un veterano romano entre sus asesinos.
El reencuentro de Auletes con su segunda hija fue probablemente de otro tenor.
Gracias a la extralimitación de su hermana, Cleopatra, de trece años, se había
convertido en la primera en la línea de sucesión. Ya entonces poseía grandes
conocimientos, a parte de su formación en declamación, retórica y filosofía.
Podemos decir que su educación política estaba ya completa en el año 56, momento
del que se acordaría una década más tarde. Ser faraón era bueno, pero era mejor
ser amigo y aliado de Roma. La cuestión no era cómo oponerse a su poder, como
Mitrídates, experto en injuriar, desafiar y masacrar a los romanos, sino cómo
manipularlo. Por suerte, en Roma la política era una cuestión muy personal
debido al choque entre las ambiciones de los distintos senadores. Con un poco
de astucia, era relativamente fácil azuzar a unos contra otros. Cleopatra no
sólo estaba acostumbrada a los fastos, también a las intrigas. Se hallaba en
palacio cuando las fuerzas egipcias habían tomado las armas contra su padre. En
el año 48, no hacía más que seguir los pasos de Auletes, encerrada por segunda
vez en un palacio asediado. Su alianza con César derivaba por vía directa de la
de su padre con Pompeyo, con la única salvedad de que ella había logrado en
pocos días lo que a su padre le había costado más de dos décadas.
Cinco años después de su retorno, Auletes falleció de muerte natural. Tenía más
de sesenta años y había tenido tiempo suficiente para preparar la sucesión. Es
posible que, siendo la mayor de las hermanas vivas, Cleopatra ejerciera como
corregente durante los últimos meses, pero lo que es seguro es que —a
diferencia de muchos de sus antepasados, incluido el propio Auletes— fue
educada para el trono. Auletes se apartó de la tradición al dejar el trono a
dos hermanos, lo cual parece sugerir que Cleopatra manifestaba aptitudes
excepcionales desde la más tierna edad, que Auletes creía estar evitando una guerra
por el poder al nombrar a los dos hijos de forma conjunta o, acaso, que creía
que Cleopatra y Ptolomeo XIII eran inseparables, cosa dudosa. Lo más probable
es que padre e hija tuvieran una buena relación. Esa explicaría que ella
añadiera el epíteto Filopátor (la que ama a su padre) a su nombre y que lo
conservara a pesar del cambio de consorte. Uno de sus primeros actos públicos
debió de ser la organización de los funerales de su padre, una ceremonia larga,
perfumada de incienso y ungüentos y abundante en ofrendas y lamentos rituales.
A los dieciocho años, dio sin dudarlo un firme paso adelante y asumió el papel
de reina.[107]
Poco después tuvo la ocasión de seguir imitando el ejemplo de su padre, quien
al llegar a Egipto entendió la importancia de rendir homenaje a los dioses
nativos en las pequeñas poblaciones y los lugares de culto. Era la forma de
ganarse la devoción de la población egipcia, que adoraba al faraón en la misma
medida que los alejandrinos lo ponían a prueba. Un Ptolomeo sagaz dedicaría
templos a los dioses egipcios y suscribiría su culto, y Cleopatra necesitaba el
apoyo y la mano de obra de la población indígena. Poco antes de ser coronada,
había muerto el toro Bujis, uno de los varios toros sagrados, estrechamente
asociado con los dioses del sol y de la guerra, cuyo culto era muy popular en
los alrededores de Tebas, en el Alto Egipto. El toro solía viajar en compañía
de cuidadores, aparecía en actos públicos adornado de oro y lapislázuli y,
cuando se encontraba al aire libre, solía lucir una redecilla en la cara para
que no le molestasen las moscas. Vivía unos veinte años, al término de los
cuales era sustituido por otro animal cuidadosamente elegido entre los que
presentaban las marcas —cuerpo blanco y cabeza negra— del animal sagrado. A las
pocas semanas del fallecimiento de Auletes, Cleopatra aprovechó la ocasión para
asegurarse la fidelidad de aquel importante distrito. Todo indica que, vestida
con sus mejores galas ceremoniales, navegó más de novecientos kilómetros río
arriba con la flota real hasta alcanzar Tebas, donde encabezó una majestuosa
procesión fluvial. Ni uno solo de los sacerdotes de Egipto faltó a la cita,
celebrada durante la luna llena. En medio de aquella congregación de
peregrinos, «la Reina, Señora de las dos tierras, diosa que ama a su padre»
transportó al toro elegido a su nueva morada en la orilla occidental del Nilo,
un gesto de buena voluntad inequívoco a la par que desacostumbrado hacia los
egipcios nativos. Tres días más tarde, dentro del santuario del templo, rodeada
de funcionarios y sacerdotes con blancas túnicas, Cleopatra presidió la
consagración del toro. Tan bueno fue el recibimiento que le dispensaron, que en
el año 49, ya como fugitiva, habría de volver ahí en busca de refugio.
Durante los primeros años de reinado, participó del culto nativo en varias
ocasiones. Una de ellas fue el entierro del más importante de los toros
sagrados, el toro de Menfis.[108] Sufragó
los elevados los gastos del ceremonial y suministró a sus funcionarios
generosas partidas de vino, judías, pan y aceite. No cabe duda de que su
fastuosidad —sumada al aspecto poco común de los Ptolomeos— obró los frutos
deseados: durante el regio trayecto por la avenida flanqueada de esfinges en
dirección al templo ricamente pintado, fue el centro de todas las miradas. La
descripción de la escena nos ha llegado gracias a una línea de jeroglíficos, un
lenguaje ceremonial con clara intención política que, no sin acierto, ha sido
calificado como «vanagloria hecha eternidad».[109] El
primer año de reinado de Cleopatra también da fe de su ambición. El nombre de
su hermano se halla ausente de los documentos oficiales, donde debía haber
figurado en tanto que superior de Cleopatra. Tampoco aparece en las monedas,
que representaban tan sólo la soberana efigie de Cleopatra. La numismática
también es en cierta manera un lenguaje, y es el único que ha llegado hasta
nosotros conservando la voz propia, sin la mediación de Roma. Las monedas eran
la carta de presentación de Cleopatra ante su pueblo.
Menos atención prestó al ejemplo de Berenice. Potino, Aquilas y Teódoto no
veían con buenos ojos tanta independencia y voluntad de mando. Los tres
hallaron en el Nilo un aliado formidable que se negaba a colaborar con la nueva
reina. El bienestar del país dependía por completo de la altura de las
crecidas, y la sequía amenazaba el suministro de alimentos y el orden social.
La crecida del año 51 fue insuficiente, y la del verano siguiente, apenas algo
mejor. Los sacerdotes se quejaban de que la escasez les impedía realizar los
rituales. Los habitantes de las zonas rurales empezaron a abandonarlas para
trasladarse a Alejandría. Los salteadores campaban por sus respetos. Los
precios se incrementaron de forma vertiginosa; la angustia se palpaba en el ambiente.
En octubre del año 50, cuando ya estaba claro que se requerían medidas
drásticas, el hermano de Cleopatra volvió a aparecer en escena. A finales de
ese mes, la pareja real emitió un decreto de emergencia por el que se mandaba
desviar trigo y verduras secas hacia el norte. Era más peligroso matar de
hambre a los alejandrinos que a las gentes de las aldeas; a nadie le interesaba
tenerlos en su contra. El edicto se aplicó de la forma habitual: so pena de
muerte para los infractores. Se fomentó la delación y se recompensó a los
denunciantes. (Los ciudadanos libres recibían una tercera parte del patrimonio
del reo. Los esclavos, una sexta parte más la libertad). Al mismo tiempo,
Ptolomeo XIII y Cleopatra ofrecieron incentivos a quienes siguieran cultivando
la tierra. Cabe sospechar que las presiones y coacciones fueron continuas
durante aquellos meses. Puede que los hermanos decidieran ir a una por el bien
país, pero puede también que Ptolomeo buscara perjudicar a su hermana
quitándoles el pan de la boca a los partidarios de Cleopatra para entregárselo
a los suyos. Sea como fuere, el edicto llevaba la firma de ambos. El nombre de
Cleopatra aparecía en segundo lugar.
Su camino empezaba a llenarse de escollos y, a lo largo del año siguiente, cayó
dos veces en la trampa que había llevado a su padre a la ruina. A finales de
junio del año 50, dos de los hijos del gobernador romano de Siria llegaron a
Alejandría con la misión de recuperar las tropas que habían devuelto el poder a
Auletes. Se las necesitaba en otro lugar, pero los soldados no tenían ningún
interés en salir de Egipto, donde Auletes los había recompensado con creces por
sus servicios y donde habían formado familias. Rechazaron de plano el
requerimiento asesinando a los hijos del gobernador. Cleopatra pudo haber
impartido justicia, pero prefirió asegurarse la benevolencia de Roma con un
golpe de efecto: encadenando a los asesinos y mandándolos a Siria, maniobra que
debió prever le costaría la desafección del ejército. No fue la única de sus
decisiones que hirió sensibilidades. Las solicitudes de asistencia militar por
parte de Roma eran en Alejandría tan habituales como las solicitudes de
intervención dinástica en Roma. La respuesta no siempre era positiva, si bien
Auletes había conseguido ganarse el favor de Pompeyo facilitándole tropas las
primeras veces. En el año 49, el hijo de Pompeyo remitió a Cleopatra una
petición por la cual solicitaba ayuda para la campaña de su padre contra César.
Cleopatra, pese a la carestía, le prometió grano, soldados y una flota.
Seguramente ése fue su Chipre particular. A los pocos meses su nombre
desapareció de todos los documentos y, para salvar la vida, tuvo que huir y
acampar en el desierto sirio con su banda de mercenarios.
* *
*
Poco
después del retorno de Cleopatra en octubre del año 48, César se trasladó de su
villa en el recinto real al palacio propiamente dicho. Generación tras
generación, los Ptolomeos habían ido ampliando el complejo, magnífico tanto en
diseño como en materiales. Faraón significa «la casa más
grande» en egipcio antiguo, y la familia real no había escatimado esfuerzos en
hacer honor al título. El palacio contaba con más de un centenar de cuartos
para invitados. En él, César pudo admirar los frondosos jardines decorados con
fuentes, estatuas y casas para huéspedes; un pasaje abovedado comunicaba el
complejo palaciego con el teatro, edificado sobre terreno más elevado. Ningún
monarca helenístico encarna la opulencia como los Ptolomeos, importadores
preeminentes de alfombras persas, marfil, oro, concha de tortuga y pieles de
pantera. Por regla general, toda superficie susceptible de ser adornada lo
estaba: granates y topacios, encaustes, mosaicos brillantes y oro lucían por
doquier. Los techos artesonados estaban tachonados de ágata y lapislázuli; las
puertas de cedro, ribeteadas con madreperla; las verjas, cubiertas de oro y
plata. Los capiteles corintios centelleaban con marfil y oro. El palacio de
Cleopatra podía presumir de poseer la mayor colección de materiales preciosos
conocidos en su tiempo.
Cleopatra y César vivían holgadamente —en la medida de lo posible en un palacio
sitiado—, pero ni las extravagantes vajillas ni el aparatoso mobiliario de su
escondite servían para negar lo evidente: Cleopatra —sola en la ciudad, como
quien dice— no veía el momento de que Roma tomara cartas en la cuestión
egipcia. El rumor y los abucheos del pueblo, el tumulto en la calle, el silbido
de las piedras, todo indicaba que ésa era la mejor solución. Los combates más
intensos se registraron en el puerto, sometido a un bloqueo por los
alejandrinos, que consiguieron incendiar varios cargueros romanos. Además, la
flota prometida por Cleopatra a Pompeyo había regresado y ambos bandos
contendían por hacerse con el control de sus cincuenta cuatrirremes y
quinquerremes, grandes naves movidas por remos dispuestos en cuatro o cinco
niveles. César, que había solicitado provisiones y refuerzos a varios puertos,
no podía permitir que los barcos cayesen en manos del enemigo, pero no sólo se hallaba
en clara inferioridad numérica, sino que el factor geográfico jugaba en su
contra. En un acto de desesperación, prendió fuego a las naves de guerra
fondeadas en la ciudad. Resulta difícil imaginar la reacción de Cleopatra al
ver las llamas propagándose por las maromas y cubiertas de los buques. Espesas
nubes de humo debían de cubrir los jardines con olor a resina y, por la noche,
el fuego debía de iluminar el palacio entero. Es posible que fuera ese mismo
incendio el que arrasara parte de la biblioteca de Alejandría.[110] Aquella
batalla campal fue el preludio de una conflagración en la que se vio envuelta
la ciudad entera: «Y ciertamente no hubo nadie en Alejandría, ni entre los
nuestros ni entre los nativos, que, ocupado en trabajar o en combatir, no
subiera a las azoteas más altas y que no cogiera sitio para ver el espectáculo
en todo su conjunto, y que no pidiera con súplicas y votos a los dioses la
victoria para los suyos».[111]Aprovechando
los gritos y la confusión, los hombres de César penetraron en la rocosa Faros y
se apoderaron de la torre luminosa. Tras permitir un breve saqueo, César
estableció una guarnición en la isla.
Poco después de la llegada de Cleopatra, César compuso las últimas páginas del
libro que hoy conocemos como Guerra civil. La redacción de los
hechos debió de acontecer casi en tiempo real. Se ha sugerido que interrumpió
el relato en ese punto —con la deserción de Arsínoe y el asesinato de Potino—
por razones literarias o políticas, [112] argumentando
que mal podría haber disertado acerca de una república occidental confinado en
un palacio oriental, o que puso el punto final en un momento en que gozaba de
superioridad. Igual de plausible es que se sintiese sobrepasado y no encontrara
tiempo para escribir. César era famoso por dictar cartas desde su asiento del
estadio, por haber compuesto un escrito sobre la lengua latina durante el viaje
desde las Galias y un largo poema de camino a Hispania. Pero el asesinato del
eunuco Potino había galvanizado a la oposición, a la que se habían sumado
incluso las mujeres y los niños de la ciudad. No necesitaban escudos ni
arietes; se bastaban con hondas y piedras. Nubes de armas arrojadizas
improvisadas sobrevolaban los muros de palacio. Las batallas se sucedían de día
y de noche. Poco a poco, empezaron a llegar refuerzos, torres de asedio y
catapultas de varios tamaños. Alejandría, cruzada de barricadas de piedra de
diez metros, se había convertido en un campo de batalla.
Desde el palacio, César veía al fin qué hacía a Alejandría tan famosa y difícil
de gobernar: sus habitantes eran gente de una ocurrencia formidable. Las tropas
romanas observaban alucinadas —y resentidas; a menudo Roma pecaba de ingenua—
cómo los alejandrinos construían torres de asalto rodadas de diez pisos de
altura, artilugios gigantescos que avanzaban por las rectas avenidas
pavimentadas de la ciudad tirados por animales. Dos cosas sorprendieron
especialmente a los romanos: por un lado, que todo en Alejandría se hiciera más
rápido; por otro, que sus habitantes fueran plagiarios de primer orden. César
parecía irles siempre a la zaga. Según admitiría más tarde un general romano,
los alejandrinos «imitaban con tanta habilidad lo que nos veían hacer que daba
la impresión de que eran los nuestros quienes imitaban su actividad».[113] Por
ambas partes estaba en juego el orgullo nacional. Cuando César batió a los
alejandrinos en batalla naval, todo parecía decidido, pero los alejandrinos se
volcaron en la construcción de una nueva flota. En los astilleros reales se
guardaban varios barcos viejos no aptos ya para la navegación. Se desmantelaron
columnatas y techos de gimnasios, cuyas vigas se trocaron en remos como por
ensalmo. En cuestión de días, se construyeron veintidós cuatrirremes y cinco
quinquerremes, así como varias otras naves de menor tamaño, todas ellas con
tripulación y listas para entrar en combate. Casi de la noche a la mañana, los
egipcios habían reunido una flota dos veces mayor que la de los romanos.[XV][114]
César
sólo podía aspirar a defenderse, y quizá por ese motivo la relación de la
guerra de Alejandría que lleva su nombre la escribiera uno de sus oficiales a
partir de una serie de conversaciones posteriores a la contienda. César poseía
el control efectivo del palacio y el faro, pero Aquilas, el comandante de
Ptolomeo, dominaba el resto de la ciudad y gozaba por lo tanto de ventaja sobre
él. Una y otra vez, sus hombres rompían la línea de suministro de los romanos.
Por suerte para César, el ingenio de los alejandrinos no era menor que su
afición a las luchas internas. El preceptor de Arsínoe discutió con Aquilas, al
que acusó de traición. Las conspiraciones eran continuas, para satisfacción del
ejército, al que ambas facciones sobornaban, a cual con mayor largueza. Al
final, Arsínoe convenció a su preceptor para asesinar al temible Aquilas.
Cleopatra sabía muy bien de qué había sido capaz su hermana Berenice durante la
ausencia de su padre; dejar escapar a Arsínoe había sido un gran error.
Arsínoe y Ganímedes, no obstante, tampoco gozaban de aceptación general entre
el pueblo. Los alejandrinos lo dejaron bien claro a medida que se aproximaban
los refuerzos y César —a pesar de un remojón en el puerto y estragos
considerables entre sus hombres— empezaba a ver que la guerra se volvía a su
favor. A mediados de enero, poco después del vigésimo segundo cumpleaños de
Cleopatra, se presentó en palacio una delegación que solicitaba la liberación
del joven Ptolomeo. Ya antes el pueblo había intentado sin éxito liberar a su
rey, pero ahora aseguraba haber roto con su hermana. Querían la paz, pero
necesitaban a Ptolomeo «para pactar con él los términos en los que se pactaría
la tregua».[115]Durante su
cautiverio había mostrado buen comportamiento. En general, no había dado
muestras ni de fortaleza ni de liderazgo, sólo de su natural petulante. César
creyó que su liberación podía reportarle algunas ventajas. Si los alejandrinos
iban a rendirse, retener al rey era superfluo y podía prescindir de él; una
cosa estaba clara: Ptolomeo y su hermana nunca volverían a reinar juntos.
Deshaciéndose del rey, César tendría una buena justificación para dejar
Alejandría en manos de Cleopatra. En el caso de que Ptolomeo optara por seguir
luchando —no está claro si este razonamiento pasó por la mente de César o si le
ha sido atribuido más tarde—, los romanos afrontarían una guerra tanto más
honorable «luchando contra un rey que contra un hatajo de aventureros y
fugitivos».[116]
Cumpliendo con el protocolo, César se reunió con el hermano de trece años de
Cleopatra y lo exhortó «a que cuidara del reino de su padre, a que respetara su
esclarecidísima patria, vergonzosamente desfigurada por incendios y
destrucciones, y a que a sus súbditos los hiciera entrar primero en razón y
después perseverar en ella, y a que mantuviera su fidelidad al pueblo romano y
a sí mismo, puesto que el propio César confiaba tanto en él que lo enviaba a
sus enemigos puestos en armas». Dicho esto, César despidió al joven. Ptolomeo
no hizo ademán alguno de marcharse y rompió a llorar. Rogó a César que no lo
apartase de su lado, diciendo que su amistad era para él más preciosa aun que
el trono. La efusión del muchacho conmovió a César, quien —con los ojos humedecidos—
le aseguró que volverían a verse en breve. El joven Ptolomeo reaccionó
abrazando la causa bélica con bríos renovados, cosa que confirmaba que «las
lágrimas que había dejado correr en la entrevista con César eran lágrimas de
alegría».[117] A lo
que parece, los únicos que se felicitaron ante este nuevo giro de los
acontecimientos fueron los hombres de César, quienes consideraban absurda tanta
magnanimidad por parte de su comandante. La comedia no habría sorprendido a
Cleopatra, mujer versada en las artes teatrales y acaso cerebro de toda aquella
trama. Cabe pensar que César liberase a Ptolomeo para aumentar el disentimiento
entre las filas de los rebeldes. De haber sido así (interpretación generosa),
Cleopatra podría haber ayudado en la puesta en escena. Por suerte para César y
Cleopatra, un importante ejército de refuerzos avanzaba hacia Alejandría a gran
velocidad. La ayuda más valiosa llegó de manos de un funcionario de alto rango
de Judea, que acudió con un contingente de tres mil judíos armados hasta los
dientes. Ptolomeo mandó aplastar aquella milicia casi al mismo tiempo que César
partía para unirse a ella, lo que provocó el choque con la caballería egipcia.
El resultado fue una feroz batalla al oeste del Nilo, en algún lugar a medio
camino entre Alejandría y el actual El Cairo. Las bajas fueron numerosas en
ambos bandos, pero César, cayendo por sorpresa sobre el campamento egipcio a
primera hora de la mañana, logró hacerse rápidamente con la victoria. Dominados
por el pánico, muchos de los egipcios se arrojaron desde las murallas del
fuerte a las zanjas del perímetro. Hubo algunos supervivientes, pero al parecer
Ptolomeo no se hallaba entre ellos. Seguramente no fue muy llorado, ni siquiera
entre sus consejeros. Como el cuerpo no llegó a aparecer, César puso especial
empeño en mostrar a todo el mundo su armadura de oro, que sí había sido
recuperada. Los mágicos poderes rejuvenecedores del Nilo eran bien conocidos;
de él salían reinas en petates y bebés en canastos. Lo último que deseaba César
era encontrarse con un caso de resurrección, pero a pesar de sus esfuerzos no
pudo evitar la aparición, años más tarde, de un supuesto Ptolomeo con
aspiraciones al trono.
César regresó con la caballería a Alejandría para recibir la bienvenida que sin
duda había esperado encontrar meses antes: «Toda la ciudadanía, arrojadas las
armas y abandonadas las fortificaciones, con el vestido que tenían la costumbre
de usar en las súplicas ante sus señores, y presentando los objetos sagrados
que les servían de amparo a la hora de implorar ante los espíritus ofendidos y
airados de sus reyes, corrieron al encuentro de César y se le entregaron».[118] César
se mostró clemente, aceptó la rendición y confortó al pueblo. Cleopatra debía
de estar exultante, ya que la derrota del romano había supuesto también la
suya. Puede que conociera ya la noticia, pero en cualquier caso no pudo dejar
de oír los ensordecedores vítores que acompañaban a César mientras volvía a
lomos de su caballo. Las legiones lo recibieron en palacio con grandes
aplausos. Era el 27 de marzo, y debió de ser una jornada de alivio. Los hombres
de César llevaban más de una década a su servicio y creían que la llegada a
Alejandría marcaría el fin de la guerra. Nadie había contado con aquella última
e incomprensible hazaña. No eran los únicos a quienes la guerra había causado
tribulaciones. En Roma no se tenían noticias de César desde diciembre. ¿Qué era
lo que lo retenía en Egipto, cuando su país estaba al borde del abismo? Fuera
cual fuera la causa de la demora, aquel silencio era una mala señal. Empezaba a
dar la impresión de que Egipto solicitaba a César como antaño había solicitado
a Pompeyo, sólo que —según algunos— en un sentido muy distinto.
¿Por qué se quedó? No tenemos una explicación política convincente para ese
paréntesis, aventura incomprensible en un hombre conocido por su sensatez.
Sigue resultando desconcertante que el mayor soldado desde Alejandro, «prodigio
de actividad y previsión» [119] en
múltiples ocasiones, se dejase embaucar en África. Lo mejor que puede decirse
de la guerra de Alejandría es que César resolvió de manera brillante una
situación en la que se vio implicado de la forma más absurda.[120] Por
su parte, él intentó culpar a los vientos del norte, «que impiden navegar desde
Alejandría».[121] Es
cierto que ahí el viento sopla con gran fuerza, pero unas frases antes, César
admite haber mandado a Asia por refuerzos, los refuerzos que al final le darían
la victoria, y para ello era necesario hacer zarpar un barco. A las pocas
semanas, además, tenía los vientos a su favor. César no era de los que se
amilanan; aun con un ejército exhausto y desmoralizado, no iba a darle la
espalda al peligro. En ningún momento menciona la cuantiosa deuda de Auletes,
razón suficiente para viajar a Egipto e incluso para quedarse. Como ocurre a
menudo, debió de tratarse en última instancia de una cuestión de amor o de
dinero. Nada impide descartar lo primero.
En primer lugar tenemos el atronador silencio de César. Todo el mundo omite
información a la hora de escribir sus memorias, y César (y sus colaboradores)
ocultaron mucha, sobre todo en lo referente a su personalidad. César escribía
sobre sí mismo en tercera persona y con una frialdad clínica y severa; su
estilo es tan cristalino y desapasionado que sus palabras parecen verdades
incontestables. Y acaso lo sean, por más que, según sus escritos, ni cruzó el
Rubicón ni prendió fuego a la biblioteca de Alejandría. Es muy posible que esto
segundo fuera una exageración. Puede que no se quemasen más que los depósitos
del astillero, lo que habría supuesto tan sólo la destrucción de las reservas
de grano y de un reducido número de textos.[XVI][122] De
forma parecida, uno de los pocos lugares en que Cleopatra no hace una
espectacular entrada en escena es en la Guerra civil de César,
donde sus encantos son sustituidos por los vientos estacionales. Tratándose de
un hombre casado que ya había sido objeto de escarnio por su estancia en una
corte oriental, amén de un genio militar que había cometido un error garrafal
al lado de una reina, cuando no en nombre de ésta, no le interesaba explayarse
sobre el asunto. En la continuación de la obra de César, Cleopatra aparece una
sola vez, concluida la guerra, para recibir el trono de Egipto en atención a
que «se había mantenido fiel y se había quedado en el sector dominado por
César».[123] Si
Cleopatra figura en la historia de César, es, pues, por haber sido buena y
obediente.
Naturalmente, la sospecha de que en todo aquello había algo más que vientos
desfavorables y mujeres obedientes estaba en boca de todos. En Roma, Cicerón no
perdió el tiempo a la hora de lanzar vergonzosas diatribas. Nada más muerto
Julio César, Marco Antonio —curioso mensajero para tal mensaje— protestaría
asegurando que César no se había demorado en Alejandría «por molicie».[124] Un
siglo después, Plutarco se permite diferir: «En cuanto a la guerra allí [en
Egipto] acometida, unos dicen que no era necesaria y que por amor a Cleopatra
se metió en una campaña sin gloria y llena de peligros».[125] (Por
lo visto, el inoportuno oráculo de los tiempos de Auletes, por el cual se
prohibía la restauración de un monarca egipcio por medio del ejército de Roma,
cayó rápidamente en el olvido). Puede argüirse que César no sentía ningún
afecto especial por Cleopatra, sino que ambos se habían encontrado en el mismo
bando en una guerra imprevista, pero sería más fácil aducir que era ella la que
no sentía ningún afecto especial hacia él. Cleopatra no puso nada de su parte
en la empresa. César habría salido ganando entregándola al enemigo, ni que
fuera una tregua temporal, y una vez terminada la guerra, habría estado en su
derecho de anexionarse Egipto. Cleopatra debió de ser muy pero que muy
persuasiva. Potino había intentado impedir la devolución de la deuda egipcia;
Cleopatra no. Cuesta negar que, hasta cierto punto, obrara bajo su influjo.
Para Dión no cabe duda: César entregó Egipto a Cleopatra, «por quien había
promovido esa guerra». Reconoce que la situación lo hacía sentirse incómodo,
por eso, terminado el conflicto, César pone en el trono a Cleopatra junto con
su otro hermano, para aplacar la rabia de los romanos al saber que se acostaba
con ella. Según Dión, todo era pura fachada: Cleopatra «había obtenido el poder
que compartía con su hermano por haberse casado con él, pero la verdad era que
reinaba sola y convivía con César» [126] .
Ambos eran inseparables. Plutarco mantiene una opinión similar, pero se expresa
con mayor sutileza. Si leemos entre líneas, vemos que para él la preocupación
por los asuntos militares no tenía por qué estar reñida con las visitas
nocturnas a la cama de Cleopatra.[127] Además,
está el detalle menor de la fecha de partida: la guerra de Alejandría terminó
el 27 de marzo; César permaneció junto a Cleopatra hasta mediados de junio.
Había motivos de sobra para celebraciones, tanto más tras haber pasado la mayor
parte de los últimos seis meses encerrados tras barricadas, y si algo se les
daba bien a los Ptolomeos, era ejercer de anfitriones, como bien sabían los
visitantes del Egipto helenístico, que siempre salían del país admirados,
saciados y con la saca llena.[128] Salvo
el testimonio de cierto poeta, que se complace en demonizar a César y en cargar
aún más las tintas contra Cleopatra, no disponemos de ninguna descripción de
los festines con que se celebró el fin de la guerra. No sabemos cómo era un
banquete ptolemaico. La contención no era precisamente el fuerte de los
alejandrinos, y en la primavera del año 47 Cleopatra no tenía motivos para
mostrarse moderada, pues había conseguido lo máximo a que podía aspirar: «Como
disfrutaba del favor de César, no había nada que no pudiera hacer».[129] César
había ido más lejos que ningún otro romano por un soberano egipcio. Ptolomeo
XIII, Potino y Aquilas estaban muertos; Teódoto, en el exilio; Arsínoe, bajo
custodia romana. César había barrido a todos los enemigos al trono de
Cleopatra. Por fin reinaría sin oposición, con mucha mayor seguridad que cuatro
años antes y con muchas más garantías que cualquier Ptolomeo en varias
generaciones. Cleopatra se jactaba de ser una gran anfitriona y sabía que su
invitado, también; en cierta ocasión, César había llegado a encarcelar a su
panadero por servir un pan de calidad inferior a la habitual. En cierto modo,
César era el culpable de las excesivas atenciones de la reina de Egipto, quien,
en términos políticos, tenía motivos sobrados para querer impresionarlo y
satisfacerlo: relaciones personales aparte, concurrían en ella orgullo, alivio
y gratitud. Y Cleopatra sabía cómo impresionar. Con la guerra de Alejandría,
Cleopatra obtuvo todo cuanto quería. Todo a cambio de casi nada.
Hasta en el exilio, Cleopatra vivió rodeada por un enjambre de sirvientes que
velaban por su comodidad. En la primavera del año 47, el enjambre se convirtió
en horda con el retorno o el nombramiento de catadores, escribas, faroleros,
arpistas, masajistas, pajes, porteros, notarios, camareros, aceiteros,
engastadores de perlas. Junto a ella había un nuevo consorte. A fin de
satisfacer la preferencia popular por una pareja de soberanos, y acaso para
borrar las huellas de César, Ptolomeo XIV, de doce años, ascendió al trono. La
unión tuvo lugar poco después de la rendición de Alejandría. No sabemos cómo se
celebró. Desde el punto de vista de Cleopatra, el nuevo consorte era igual de
insignificante que el primero. Ptolomeo XIV asumió el mismo título que había
empleado su difunto hermano; su efigie no apareció nunca en las monedas junto a
la de la reina. Si albergaba ambiciones o ideas propias, se cuidó mucho de
expresarlas. En cualquier caso, no tuvo ni voz ni voto en la reorganización
administrativa que su hermana-esposa se proponía llevar a cabo. Considerara o
no anexionarse Egipto, César descubrió que Cleopatra se asemejaba a Egipto en
muchos sentidos: perderla era una lástima; conquistarla, un riesgo; gobernarla,
un quebradero de cabeza. Algunos cortesanos se mantuvieron fieles; en el
cortejo de Cleopatra figuraban muchos de los consejeros de su padre. Los menos
leales se apresuraron a enmendarse. Es de suponer que éste fuera el caso de la
aristocracia griega, que hasta entonces se había mostrado abiertamente
contraria a Cleopatra.
César habría hecho bien en tomar nota de la clase de conflictos que la reina
tuvo que afrontar en el seno de la corte. Y es que, como observaría más tarde
un líder romano: «En lo que concierne a sus amigos, el gobernante se halla en
desventaja, pues puede guardarse del enemigo disponiendo a sus amigos en contra
de ése, mas no hay aliado en quien pueda confiar para guardarse de esos mismos
amigos».[130] En
términos generales, Cleopatra tenía muy claro quiénes podían confabular contra
ella, pero la cuestión se complicaba tratándose de sus cortesanos. Después de
todo, llevaba meses encerrada con un romano luchando contra un pueblo que los
detestaba y que había depuesto a su padre por confraternizar con ellos. Pero
las reglas habían cambiado. Toda corte tiene sus manzanas podridas, y la guerra
es la ocasión propicia para deshacerse de ellas. Quienes se habían opuesto a
Cleopatra lo pagaron caro, lo mismo que aquellos de quienes se rumoreaba que le
eran desfavorables. Reemplazó a los altos cargos de la administración y eliminó
a otros, embolsándose de paso sus fortunas. Envenenamientos, puñaladas…, el
panorama no difería mucho del de los tiempos de la restauración de Auletes.
Sólo el ejército exigió ya una sangrienta ronda de depuraciones. La transición,
en efecto, fue de todo menos pacífica.
En los alrededores del palacio y el puerto, las necesidades eran más prosaicas:
zanjas que rellenar, empalizadas que retirar, escombros por barrer, daños
estructurales que reparar. De la restauración surgió «la primera ciudad del
mundo civilizado, muy por delante de las demás en elegancia, extensión, riqueza
y lujo», según las palabras de un viajero de la época.[131] A los
visitantes les costaba saber si Alejandría imponía más por su tamaño o por su
belleza. Por no hablar de sus bulliciosos habitantes. «Si ponía mis ojos en la
urbe, no creía que una población humana lograse llenarla; mas si contemplaba el
gentío, me preguntaba pasmado si alguna ciudad tendría cabida para él. A tal
extremo llegaba el equilibrio», declara un natural del lugar.[132] Alejandría
poseía una soberbia colección escultórica de abigarrados colores, labrada en
gran parte sobre granito rosa o rojo y pórfido violeta. A cualquiera que
conociera Atenas, la ciudad egipcia le resultaba familiar, llena como estaba de
excelentes réplicas ptolemaicas de piezas griegas. No era el primer ni el
último lugar del mundo donde la decadencia del poder se compensaba con la
grandiosidad de los símbolos; a medida que menguaba la influencia ptolemaica,
la estatuaria se henchía hasta dimensiones hiperbólicas: en el puerto, dos
esculturas de Cleopatra II y Cleopatra III de doce metros hechas en granito
rosa saludaban a los recién llegados; de la muralla del palacio, sobresalía por
lo menos una colosal esfinge con cabeza de halcón, y relucientes esfinges de
nueve metros de longitud custodiaban los templos de la ciudad.
La principal avenida de Alejandría, una vía de veintisiete metros de ancho sin
parangón en todo el mundo antiguo, dejaba sin habla a los viajeros. Para
explorarla de punta a punta se necesitaba el día entero. Flanqueada por
columnas de fina factura, toldos de seda y fachadas ricamente pintadas, la vía
Canópica tenía cabida para una columna de carros de hasta ocho en fondo. Las
calles más importantes de la ciudad medían seis metros de ancho, estaban
adoquinadas, disponían de un buen sistema de alcantarillado y de iluminación
parcial por la noche. De las principales confluencias —a diez minutos a pie de
palacio—, partían bosques de columnatas de piedra caliza que se extendían hasta
donde alcanzaba la vista. En la parte oeste de la ciudad vivía la mayoría de la
población egipcia, formada en gran parte por tejedores de lino, apiñada en
torno a los cien escalones que conducían al Serapeo, el templo del siglo III
que dominaba la ciudad y albergaba su segunda biblioteca. El templo, de planta
rectangular —decorado en buena parte con pan de oro, plata y bronce—, se alzaba
sobre una rocosa loma artificial rodeada de parques y pórticos, y es uno de los
tres únicos monumentos de tiempos de Cleopatra que a día de hoy es posible
situar con precisión. La judería ocupaba la zona noreste, junto al palacio. Los
griegos ocupaban los elegantes edificios de tres plantas del centro de la
ciudad. Los oficios también se dividían por distritos: un barrio se dedicaba a
la producción de perfumes y la manufactura de vasijas de alabastro; otro, al
trabajo del vidrio.
La ciudad, que de este a oeste medía casi seis kilómetros y medio, era un
paraíso de baños, teatros, gimnasios, tribunales, templos, altares y sinagogas.
Una muralla de piedra caliza reforzada con torres rodeaba el perímetro y por
ella patrullaban las prostitutas a ambos extremos de la vía Canópica. Durante
el día, en Alejandría resonaban los cascos de los caballos, los gritos de los
vendedores de gachas y garbanzos, acróbatas, adivinos y prestamistas. De los
puestos de especias emanaban aromas exóticos que se difundían por las calles
con la brisa salina llegada del mar. Los ibis blancos y negros de largas zancas
se acumulaban en los cruces en busca de migajas. Hasta bien entrada la tarde,
cuando el sol de color bermellón se hundía por el puerto, Alejandría era un
remolino de tonalidades rojigualdas, un gran caleidoscopio de música, caos y
color. Se trataba, en conjunto, de una ciudad turbadora, donde convivían la
sensualidad extremada y la más elevada intelectualidad, el París del mundo
antiguo: soberbia por sus maneras, espléndida por su lujo, el lugar ideal para
dilapidar fortunas, escribir poesía, hallar (u olvidar) el amor, recuperar la
salud, reinventarse a uno mismo o reagruparse tras haber conquistado amplias
porciones de tierra en Italia, Hispania y Grecia en el transcurso de una década
hercúlea.
Dada su belleza deslumbrante y sus irresistibles atracciones, Alejandría no
dejaba indiferente. Como señala un visitante: «No es fácil soportar el alboroto
de tanta gente, ni mirar de frente a infinitos millares de hombres sin el apoyo
de una canción y una lira».[133] Los
alejandrinos hacían honor a su fama de frívolos. El final de la guerra trajo
consigo un desfile interminable de hordas de felicitadores y aliados romanos
que cruzaban las enormes puertas del palacio y se acumulaban en el vestíbulo de
paneles de marfil. El complejo, dotado de varias salas de banquetes, tenía
capacidad para acomodar a grupos numerosos; el mayor de estos salones disponía
de una deslumbrante colección de triclinios labrados en bronce con
incrustaciones de marfil y vidrio, cada uno de los cuales era de por sí una
obra de arte. Egipto importaba plata, pero desde hacía tiempo poseía la mayor
reserva de oro del mundo antiguo; es muy posible que las vigas de dicho salón
estuvieran revestidas del metal precioso. Si es fácil sobreestimar el número de
habitantes de la ciudad, menos lo es exagerar su magnificencia. Incluso a las
gentes de la época les costaba describirla con palabras. Muchas de las casas
más poderosas de Alejandría exhibían muebles de cedro libanés con
incrustaciones de marfil y madreperla, sofisticados trampantojos e intrincados
mosaicos de gran realismo. Los exteriores estaban recubiertos con losas de
alabastro de color caramelo, mientras que en las paredes del interior relucían
esmaltes y esmeraldas. Allá donde la decoración daba paso a los murales,
predominaban las escenas de carácter mitológico. La calidad de las obras era en
todos los casos asombrosa.
Los mosaicos del suelo estaban trabajados con una precisión igual de
extraordinaria; primaban los motivos geométricos —a menudo con efecto
tridimensional— y naturalísticos, de un realismo inverosímil. En los banquetes,
estas sutilezas quedaban difuminadas bajo gruesas alfombras de lirios y rosas,
abundantes en Egipto: «En efecto —pondera cierto cronista—, Egipto […] produce
copiosamente y sin interrupción las plantas que en otros lugares crecen con
dificultad y en épocas determinadas, y no es fácil por lo general que falten
jamás ni la rosa, ni el alhelí blanco, ni otras flores».[134] Repartidas
en montones por el suelo, daban la impresión de encontrarse en un prado, o
mejor, un prado sembrado, al final de la cena, de conchas de ostra, pinzas de
langosta y huesos de melocotón. No era raro que con motivo de un banquete se
encargasen trescientas coronas de rosas u otras tantas guirnaldas trenzadas.
(Las rosas eran imprescindibles, debido a la creencia de que su fragancia
contrarrestaba la embriaguez). Los perfumes y los ungüentos eran especialidades
alejandrinas; los sirvientes espolvoreaban canela, cardamomo y bálsamos
perfumados sobre las coronas de los asistentes mientras los músicos tocaban o
los cuentacuentos narraban sus historias. Las fragancias no provenían tan sólo
de la mesa, sino de las joyas, las lámparas perfumadas y las suelas del
calzado; el pesado aroma de los aceites tenía que impregnar por fuerza el gusto
de la comida. Los banquetes también eran la ocasión para desplegar las
creaciones de los otros grandes artesanos de la ciudad: sobre las mesas
brillaban cuencos y jarras de plata y cientos de candelabros. El vidrio soplado
era un invento helenístico sobre el que Alejandría imprimía su magia y doble
pompa habituales; los sopladores de vidrio de la ciudad eran conocidos por
rematar sus piezas con oro. En las mesas, las vasijas policromadas se disponían
junto a fuentes de plata, paneras de marfil trenzado y vasos con incrustaciones
de joyas. La comida propiamente dicha se servía en platos de oro; se cuenta que
en cierto festín ptolemaico, sólo las vasijas pesaban trescientas toneladas.[135] La
vajilla es un buen ejemplo de la competitividad y la capacidad de adaptación de
Cleopatra: cuando el lujo alejandrino empezó a hacerse popular en el mundo
romano, Cleopatra cambió el nombre de su ostentoso servicio de mesa, y sus
elaboradas vajillas de oro y plata pasaron a ser «menaje corriente».[136]
A ojos de un invitado, la cena de palacio tenía más de ostentación que de
comida. Había «una fuente de plata cubierta con una gruesa lámina de oro, lo
bastante grande para contener un gran lechón asado tendido sobre el lomo y con
el vientre hacia arriba, lleno de muchos y muy deliciosos manjares: tordo
asado, pato, así como una cantidad ingente de currucas, yemas de huevo, ostras
y vieiras».[137]La oca era
plato habitual en aquellos opulentos menús, lo mismo que el pavo, las ostras,
los erizos de mar y los salmonetes, las mayores exquisiteces del mundo
mediterráneo. (Las cucharas eran de uso poco habitual y los tenedores ni se
conocían, por lo que todo el mundo comía con los dedos). Los vinos dulces —los
mejores procedían de Siria y Jonia— se condimentaban con miel y granada. No
tenemos ningún indicio acerca del vestuario usado por Cleopatra para presidir
tales ocasiones, aunque sí sabemos que le gustaba lucir perlas, que eran a su
época lo que los diamantes a la nuestra. Se enrollaba largas sartas de perlas
alrededor del cuello, se las prendía en el pelo o se las cosía a las túnicas,
que eran largas hasta el tobillo y de espléndidos colores, tejidas en vaporosa
seda china o en finísimo lino, y, por lo común, ceñidas con un cinturón, un
broche o una cinta. Sobre la túnica solía vestirse un manto transparente a
través del cual podían verse claramente los relucientes pliegues de la tela. En
cuanto al calzado, Cleopatra usaba sandalias enjoyadas con suelas con dibujo.[138] Los
Ptolomeos, que pasarían a la historia por ser de los anfitriones más
espléndidos jamás habidos, tenían por costumbre colmar de regalos a sus
huéspedes: servicios de mesa de plata maciza, esclavos, gacelas, sofás de oro,
caballos con armadura de plata. Los Ptolomeos se habían hecho un lugar en el
mundo gracias a sus excesos, y Cleopatra no estaba dispuesta a permitir que la
fama de la dinastía cediese lo más mínimo. Suyos eran los «banquetes hasta el
amanecer» de que más tarde hablaría Suetonio.[139]
Las victorias bélicas debían de celebrarse sin duda con desfiles triunfales,
presumiblemente por la vía Canópica. Cleopatra necesitaba unir a su pueblo,
reivindicar su supremacía política y hacer valer su causa ante sus detractores.
Alejandría era una ciudad con una larga tradición de desfiles y fastos,
celebraciones en que la riqueza de los Ptolomeos excedía incluso el fervor
festivo de sus súbditos. Siglos antes, durante una marcha dionisíaca, habían
desfilado por las calles de la ciudad carrozas de oro de seis metros de largo,
cada una de las cuales, para moverse, requería del esfuerzo de ciento ochenta
hombres. A éstas, seguía una comitiva de sátiros pintados de púrpura y ninfas
con guirnaldas de oro, acompañada de representaciones alegóricas de reyes,
dioses, ciudades y estaciones.[140] Alejandría
podía presumir también de ser la capital de los ingenios mecánicos; en ella
podían verse puertas automáticas y plataformas hidráulicas, cintas andadoras y
máquinas accionadas por monedas. Mediante el uso de cables invisibles, sifones,
poleas e imanes, los Ptolomeos eran capaces de obrar milagros: hogueras que
ardían y se apagaban, luces que parpadeaban en los ojos de las estatuas,
trompetas que sonaban solas. Para el desfile citado, los hábiles metalúrgicos
de la ciudad se superaron a sí mismos: una estatua de cuatro metros y medio,
vestida con una túnica de lentejuelas amarilla recorrió las calles, se puso en
pie, ofreció leche y, como por arte de magia, volvió a sentarse, haciendo las
delicias del público. Alrededor, todo eran susurros curiosos, murmullos de
admiración y música de flautas. Nubes de incienso —el humo de los ricos—
flotaban sobre los espectadores, ante cuyos ojos proseguía el desfile de
maravillas: antorchas de oro, cofres de incienso y mirra, palmeras, parras,
petos, escudos, estatuas y cuencos dorados, bueyes ornados de oro. En lo alto
de una de las carrozas, sesenta sátiros pisaban uvas cantando al son de las
flautas. Enormes odres vertían vino por las calles; el aire se perfumaba
primero de incienso y luego de aquellos torrentes de fragancias, hasta formar
una combinación embriagadora. Al paso de la procesión, los asistentes liberaban
pichones y palomas con cintas atadas a los pies. Los súbditos de fuera de
Alejandría acampaban en los alrededores y tenían la obligación de aportar
animales al desfile. Durante aquel triunfo pasado se habían exhibido escuadras
de asnos adornados, elefantes calzados con zapatillas bordadas en oro, manadas
de órix, leopardos, pavos, gigantescos leones, un rinoceronte etíope,
avestruces, un oso albino y dos mil cuatrocientos perros. Los camellos iban
cargados de azafrán y canela. Tras éstos, desfilaban doscientos toros de
cuernos dorados, seguidos de arpistas, 57.000 soldados de infantería y 23.000
jinetes con armadura completa. Cleopatra no disponía de tantos efectivos, pero
de todos modos debió de reunir un cortejo extravagante. El objetivo era ganarse
entre los demás monarcas la fama de ser «la más hábil de las reinas en
procurarse dinero, la más espléndida en gastarlo y la más ambiciosa en la ejecución
de grandes obras».[141]Abundancia,
poder y legitimidad iban unidos de forma inextricable. A la vista de las
convulsiones de las últimas décadas, era crucial confirmar su autoridad.
Es muy posible que César se quedara con ese objetivo. La estabilidad de Egipto
era esencial para sus planes tanto como para los de Cleopatra. Egipto era
prácticamente la única región del Mediterráneo que producía más cereales de los
que consumía. Las exportaciones de Cleopatra bastaban para alimentar a toda
Roma. Y a la inversa: si lo deseaba, la reina podía matar de hambre a la
ciudad. Por eso César no se mostraba partidario de imponer un gobernante romano
en Alejandría. Mejor una extranjera, pero de confianza. Es evidente que
Cleopatra inspiraba en César una confianza que no le inspiraba Potino, y asimismo
está claro que el romano confiaba en sus dotes de gobierno. En rigor, el Egipto
de Cleopatra se convirtió en el año 47 en un protectorado con un giro íntimo,
estatuto en absoluto fuera de lo común en un siglo en que la política tenía una
marcada impronta personal. Las alianzas helenísticas solían ratificarse
mediante votos nupciales. En Roma, los matrimonios de interés estaban a la
orden del día, para consternación de los más puristas, que denostaban esa forma
de diplomacia expeditiva y barata. Cuanto mayor era la ambición de un político,
mayor la vistosidad de sus matrimonios. Pompeyo se había casado cinco veces,
siempre por razones políticas. La tumultuosa carrera de César dependió
estrechamente de todas y cada una de sus cuatro esposas. A pesar de una
diferencia de edad comparable a la de César con Cleopatra, Pompeyo había
contraído matrimonio con la hermana de César, que le fue entregada a guisa de
obsequio.[XVII] Las
relaciones entre ambos mandatarios se deterioraron sólo tras la muerte de la
mujer que los unía, situación que se repetiría en breve con consecuencias mucho
más severas.
La de César y Cleopatra fue una relación insólita no sólo por la diferencia de
origen, sino porque Cleopatra entró en ella por voluntad propia. Ningún varón
de su familia la obligó a nada. Para un romano, aquello resultaba de lo más
desconcertante. Si hubiera sido su padre quien, en vida, la hubiera casado con
César (cosa a todas luces imposible), otra habría sido la reputación de la
reina.[142] Lo
que confundía a quienes escribieron su historia fue la independencia de su
pensamiento, la osadía de su espíritu. El poeta Lucano lo deja bien claro:
«Cleopatra ha sido capaz de conquistar a un viejo con sus hechizos», exclama
por boca de Potino, interpretando de forma harto peculiar un acto de libre
voluntad. Dueña ya de Egipto, «hace méritos para serlo de Roma».[143] También
para esta acusación disponemos de paralelismos instructivos: tiempo después se
diría lo mismo de una antigua monarca india, la reina Cleofis, quien, «después
de rendirse a Alejandro, recobró su reino al precio de compartir su lecho con
él, y con sus encantos consiguió lo que no había podido conseguir con sus
armas».[144] Según
cierto historiador romano, aquel degradante comportamiento le valió a Cleofis
el epíteto de «ramera real». La historia podría ser apócrifa, una más de las
morbosas fantasías romanas inspiradas en el hechizo de Oriente, incluso es
posible que esté contaminada por la historia de Cleopatra. En cualquier caso,
nos dice algo acerca de la reina egipcia: como Cleofis, resulta sospechosa,
pero lo que más intrigaba a los romanos —lo que inspiraba sus peculiares
homenajes— era su extraño e invisible poder.
No debe sorprender que entre César y Cleopatra naciera una relación armoniosa,
cuando no una gran pasión. El aplomo de una y la temeridad del otro debieron de
ser determinantes en este sentido, aunque hay que partir de la base de que sus
personalidades encajaban tan bien como sus planes políticos. Ambos eran
personajes afables, carismáticos y agudos, si bien sólo uno de ellos pasaría a
la historia en calidad de temible seductora. Cleopatra tenía un don para
ganarse a la gente. Plutarco, siempre alerta contra la zalamería perniciosa,
decía que Cleopatra dominaba no sólo las cuatro clases de adulación conocidas,
«sino muchas».[145] Nos
han llegado más elogios del ingenio de Cleopatra que del de César, cuya lucidez
se echa de ver menos en sus palabras que en sus innumerables amoríos. César fue
un seductor consumado, especializado en las mujeres de la aristocracia. Tanto
él como Cleopatra manifestaban esa curiosidad intelectual propia de su tiempo,
un desenfado y un humor que los distinguían de sus pares, admitiendo que los
tuvieran. El poder es oficio insociable y solitario, señala Plutarco; [146] en
efecto, las gentes del entorno de César y Cleopatra eran en su mayoría
aduladores o conspiradores. Ambos sabían, como decía César, que el éxito tiene
un precio, y que «todo lo que encumbra a alguien es objeto de envidia y de
celo».[147] A su
privilegiada manera, también ellos conocieron la exclusión social.
Ambos habían corrido riesgos en sus intentos de hacerse con el poder y habían
tentado a la suerte en más de una ocasión. Ambos tenían grandes capacidades
para el trabajo y para el ocio, y rara vez distinguían el uno del otro. César
daba respuesta a cartas y peticiones mientras asistía a los juegos; Cleopatra
tomaba parte en ellos por razones de Estado. Ninguno de los dos rehuía la
simulación; ambos eran actores natos, y estaban tan seguros de sus habilidades
como convencidos de su superioridad. Cleopatra, amante de las sorpresas,
generaba siempre grandes expectativas, confiaba en el grand geste y
tenía un alto concepto de sí misma. César, que ponía el acento más bien en el
estilo y admiraba el talento en todas sus formas, pudo gozar en Alejandría de
la compañía constante de una hábil conversadora, lingüista y negociadora con la
que compartía, además, un raro don para tratar a los recién conocidos como si
fueran amistades añejas. Tenía buenas razones para sentirse interesado por
ella. En Cleopatra halló un oportuno modelo de conducta; César, que el año
anterior había sido declarado dictador, cataba por vez primera el gusto del
poder absoluto. Cleopatra, además, manejaba asuntos que escapaban a las
atribuciones de cualquier otra mujer que hubiera conocido hasta entonces.
Difícilmente hubiera encontrado en Roma a una mujer capaz de formar un
ejército, ceder una flota y controlar la acuñación de moneda. Pese a su volátil
personalidad, Cleopatra era tan capaz como César de actuar con desapasionado
pragmatismo, sólo que lo que en el romano se consideraba estrategia, en ella se
tenía por manipulación. Ambos acababan de salir de guerras con escasa
motivación política y alto contenido personal, y encaraban dificultades
similares en ámbitos parecidos. César no era el favorito de la aristocracia
romana, y Cleopatra distaba de ser la reina ansiada por los griegos de
Alejandría. Su poder emanaba de la gente de a pie. Y como nada estimula la
ambición propia como la ambición ajena, César y Cleopatra se unieron como
pudieran haberse unido los herederos de una gran fortuna, dos personalidades
exultantes, conocedoras de su hacienda, acostumbradas a pensarse en plural y a
escribir sobre sí mismas en tercera persona.
* *
*
Lucano
imagina a César consultando al sumo sacerdote de Egipto en el transcurso de uno
de los banquetes de Cleopatra. César es hombre de una curiosidad ilimitada y se
interesa por un sinfín de materias. Su afán exploratorio es equiparable a su
ambición. Siente una gran fascinación por las tradiciones y la cultura
egipcias, y en Alejandría departe con científicos y filósofos. Mas una cosa
anhela por encima de todas: «Nada hay que yo desee conocer más —afirma— que los
orígenes de este río, ocultos a lo largo de tantos siglos, y su ignorada
cabecera».[148] César
está dispuesto a renunciar a la guerra si el sacerdote le revela cuáles son las
fuentes del Nilo. Su curiosidad era comprensible. El mundo antiguo conoció
pocos misterios más acuciantes; preguntarse por las fuentes del Nilo era como
especular sobre la vida en Marte. Lucano, a ciento diez años de distancia, es
el primero que menciona el crucero de César y Cleopatra por el río. Sabemos
que, aparte de escribir en verso, no simpatizaba ni con uno ni con la otra, y
que no sin razón se lo ha calificado de «padre del periodismo amarillo», [149] pero
aun así nos consta que manejó fuentes históricas hoy perdidas. Es improbable
que Lucano fabulara sin más el episodio de la travesía. Tampoco hay motivos
para creer que aquel crucero posbélico tuviera nada que envidiar en cuanto a
lujo y distracciones al inmortalizado por Shakespeare, para el que faltaban
cinco años todavía. Sí existen motivos, en cambio, para suponer que los
historiadores romanos prefirieran recordar el segundo viaje y olvidar el
primero. De hecho, éstos ni siquiera mencionan la estancia de César en Egipto
al término de la guerra.[XVIII][150] Si no
hubieran cerrado filas con tanto hermetismo, Shakespeare podría haber escrito
para Cleopatra una tragedia bien distinta.
El viaje por el Nilo tenía numerosos precedentes. Era costumbre dar la
bienvenida a los dignatarios extranjeros con un crucero, para que tuvieran un
primer contacto con las maravillas de Egipto. Dos generaciones atrás, un alto
funcionario se había tomado toda clase de molestias para garantizar que cierto
senador romano de viaje por el país fuera «recibido con la mayor magnificencia», [151]colmado de
obsequios, encomendado a los mejores guías y provisto de los dulces y carnes
asadas de que se alimentaban los cocodrilos sagrados. Los inabarcables campos
de grano de Egipto por fuerza tenían que causar impresión, y al contemplarlos,
los romanos no podían evitar frotarse las manos. Curiosidad aparte, había
legítimas razones de Estado para aquella excursión. Tradicionalmente, todos los
nuevos gobernantes inauguraban su reinado con un viaje ceremonial al sur. En el
caso de Cleopatra, aquel periplo equivalía a hacer una ronda por sus dominios
personales. Todos los habitantes de Egipto trabajaban para ella; casi todos los
recursos del país —campos, caza, árboles, el Nilo y hasta los cocodrilos— eran
suyos. Desde su punto de vista, el crucero era menos un viaje de placer o una
expedición científica cuanto un deber de Estado; de ese modo exhibía ante sus
vasallos el poderío militar romano y, ante Roma, la opulencia egipcia. El
pueblo de Egipto se había puesto del lado de Cleopatra cuando ésta era vulnerable.
Ahora, con César de su lado, la reina regresaba ante su pueblo cual heroína
invencible.[152]
Viajar de Alejandría al sur significaba abandonar el mundo de habla griega por
el mundo de habla egipcia, trasladarse de una tierra de vino a una tierra de
cerveza. El sur, donde se adoraba a los faraones y se reverenciaba a los
sacerdotes, representaba una cultura considerada inferior por los alejandrinos.
Ahí, la divinidad de Cleopatra no suscitaba controversia. Pese a no tener la
fastuosidad alejandrina, el ágata, el granito rojo y la monumental disposición
del glorioso pasado convertían el paisaje en un territorio de ensueño. Tiempo
después, otro viajero de paso por la región diría: «Me pegué un atracón de
colores, como un asno que se atiborra de avena».[153] Cleopatra
dio a conocer a César el mayor y más espectacular oasis del mundo, el verde
aterciopelado de las riberas, el duro y negro suelo del canal, la tierra de los
ocasos de púrpura y los amaneceres de amatista. No pudieron faltar unas cuantas
paradas obligatorias: las pirámides, erguidas por encima de las palmeras hasta
fundirse con la calina; el santuario y los templos de Menfis, donde el sumo
sacerdote de Egipto debió de recibirlos con parabienes; las tres mil cámaras,
algunas de ellas subterráneas, del laberinto de granito y caliza; el altar
junto al lago de los dioses cocodrilo, donde se adiestraba a los animales para
que abrieran las fauces al oír determinada orden, y donde César debió de
quedarse estupefacto al ver el sistema de diques y esclusas de la tierra ganada
al agua; los colosos de Memnón, milagrosamente blancos en medio de la arena
salmón pálido, que con sus veintiún metros de altura resultaban visibles desde
varios kilómetros a la redonda. Tras éstos, remontando la colina, aguardaban las
tumbas del Valle de los Reyes, excavadas en las profundidades de la roca. Más
al sur, en la isla de File, situada entre los rápidos, se hallaba el formidable
templo de Isis, decorado y en parte edificado por el padre de Cleopatra.[XIX]
Más admirables, si cabe, eran los alojamientos, en los que se notaba también el
gusto por lo colosal. La idea era tanto impresionar como entretener. Cleopatra
y César debieron de partir desde el lago Mareotis, al sur de la ciudad, lugar
de amarre de la flota recreativa de la reina. El puerto tenía cabida para
varias gabarras de noventa metros de eslora; los remos de éstas eran de marfil
y el puente estaba delimitado por una serie de trabajadas columnas de ciprés
labradas con esmero. Las partes metálicas eran de bronce bruñido, y las de
madera lucían incrustaciones de marfil y oro. A bordo, todo estaba pintado de
forma vistosa, incluida la colección de estatuaria regia que decoraba los
niveles destinados a salón y dormitorio. Una de las salas de banquetes estaba
cubierta con un techo artesonado; otra, decorada con columnas de estilo
egipcio, labradas con hojas de acanto y pétalos de loto dispuestos en un patrón
que alternaba blancos y negros; la tercera lucía toldos de color púrpura,
sostenidos en alto mediante vigas arqueadas. No era infrecuente que las
gabarras regias contasen con gimnasio, biblioteca, altares a Dioniso y
Afrodita, jardín, gruta, sala de conferencias, escalera de caracol, bañera de
cobre, establos y acuario.[154]
No fue precisamente una procesión modesta. Los burócratas de nivel medio
viajaban con un séquito de diez personas, pues no sabían pasarse sin
secretarios, contables, panaderos, asistentes de baño, médicos, camareros y
maestros de armas. Cleopatra y César se dirigieron al sur llevando consigo a un
número considerable de soldados romanos y cortesanos egipcios. La hospitalidad
durante su estancia era responsabilidad del pueblo, tarea abrumadora si es
cierto, como refiere Apiano, que tras la pareja iba una flota de cuatrocientas
naves. Sin duda, al buque de la reina lo seguían multitud de navíos de menor
tamaño, esto en un río ya de por sí transitado por cargueros de piedra y vino,
galeras de mercaderes y esquifes con función policial. El pueblo era el encargado
de alimentar y agasajar a su monarca, colmarla de regalos, entretener a su
comitiva y organizar la cuestión logística, lo cual generaba no pocos problemas
en materia de alojamiento, seguridad y avituallamiento. Algunos funcionarios
llegaban a aconsejar a sus subordinados que escondieran las existencias para
evitar que la reina las requisara, [155] medida
de lo más razonable si se tiene en cuenta que un funcionario del tres al cuarto
podía ordenar la confiscación de 372 lechones y 200 ovejas. Los labriegos
trabajaban día y noche para reunir las existencias necesarias, fermentar
cerveza, apilar heno, abastecer las casas de huéspedes y preparar los burros,
pero además, en esa época del año, se hallaban en el punto de álgido de la
época de cosecha. Dos años después, con mejores recursos y en una coyuntura
menos penosa, Cicerón no vería la hora de despedir a César tras la estancia del
general y su séquito en su casa del campo. Debió de ser un alivio para él no
tener que pedirle que no dejara de pasar por su casa cuando volviera a hallarse
de paso por la zona. «Con una vez es bastante», suspiraba Cicerón, con la
sensación de quien ha sido tratado menos como anfitrión que como jefe de
intendencia.[156]
Cleopatra y César remontaron el Nilo en su «palacio flotante» [157] con
viento de popa. En las orillas, los racimos de dátiles arqueaban las ramas de
las palmas, con las hojas algo desvaídas. Más allá del río se extendía un
océano de grano dorado; en las copas de los árboles, relucía el amarillo de los
plátanos; los albaricoques, la uva, los higos y las moras ya casi estaban
maduros. Era tiempo de melocotones, y en las alturas se veía aparearse a las
palomas. Cada detalle del paisaje que se presentaba ante César y Cleopatra no
hacía sino confirmar los mitos sobre la abundancia de Egipto y las facultades
mágicas del río. Famoso hasta el último rincón del mundo antiguo, del Nilo se
decía que por su cauce fluía oro y se le atribuían poderes extraordinarios.
Estaba extendida la creencia de que su agua hervía a la mitad de temperatura
que el resto de aguas y de que las criaturas del río alcanzaban dimensiones
portentosas. Ptolomeo II envió cofres con agua del Nilo a su hija con la
intención de garantizar su fertilidad al unirse ésta en matrimonio a la familia
real siria. (Y aunque contaba ya treinta años, resultó). Las mujeres egipcias
eran conocidas por la mayor eficiencia de sus embarazos, pues les requería
menos tiempo engendrar a sus vástagos, y se decía asimismo que un elevado
porcentaje de ellas daba a luz mellizos y, a menudo, incluso cuatrillizos. De
las cabras, que en el resto del mundo paren dos crías, se decía que en Egipto
parían cinco, y de las palomas, que tenían nidadas de doce y no de diez
polluelos. Circulaba la teoría de que el cráneo masculino era más fuerte en Egipto,
donde la calvicie (o los hombres que, como César, se peinaban intentando
disimularla) era poco común. Se creía que en el Nilo nacía vida por generación
espontánea, aunque ni Cleopatra ni César llegaron a cruzarse con esas criaturas
mitad ratón, mitad tierra, de que hablaban las leyendas, y cabe presumir que
tampoco con serpientes de cuyo lomo brotara la hierba, ni con gentes que
vivieran bajo caparazones de tortuga grandes como barcas. Lo que sí pudieron
ver entre las espigas de papiro y las hojas de loto fueron garzas y cigüeñas,
hipopótamos, cocodrilos de cinco metros y medio e inacabables bancos de peces,
que en Roma constituían una rareza. Los historiadores antiguos erraron en los
detalles, pero acertaron de pleno por lo que se refiere a la fecundidad de
Egipto. El país de Cleopatra era la tierra más productiva del Mediterráneo y el
único en que los cultivos parecían sembrarse y regarse por sí solos.[158]
Así venía siendo desde época inmemorial, expresión que en Egipto adquiría pleno
significado, pues ya en tiempos de Cleopatra se cultivaba una disciplina
llamada historia antigua; en cierto modo, el mundo era entonces más antiguo,
lleno como estaba de leyendas y supersticiones. César, a su lado, debió de
quedarse impresionado contemplando veintiocho siglos de arquitectura. Los
viajeros ya habían saqueado —y pintarrajeado con grafitos— las tumbas del Valle
de los Reyes.[XX][159] Una
de las siete maravillas del mundo se hallaba en ruinas ya en la primavera del
año 47. El país de Cleopatra había sido tierra de acogida para viajeros desde
mucho antes de que el resto del mundo sospechara siquiera que la vida podía ser
algo apacible. Al mismo tiempo, el pasado era percibido como algo mucho más
cercano de lo que lo es para nosotros hoy día. Alejandro Magno distaba de
Cleopatra más de lo que la Declaración de Independencia con respecto a nuestro
siglo, y, sin embargo, Alejandro fue siempre una figura vívida y omnipresente.
A pesar de los 1120 años que separaban a Cleopatra de la historia más
importante de su tiempo, la caída de Troya seguía siendo un punto de referencia
inequívoco. El pasado se hallaba en todo momento al alcance de la mano e
inspiraba un respeto casi religioso. Esto era particularmente cierto en el caso
de Egipto, nación apasionada de la historia y en la que se conservaban los
registros escritos de dos milenios. Durante todos esos años, aquel país aislado
e inaccesible había cambiado bien poco, casi nada a juzgar por su arte. Los
súbditos de Cleopatra tenían motivos sobrados para concebir el tiempo como una
espiral infinita de repeticiones. Los acontecimientos recientes no hacían más
que confirmar esa idea: en varias ocasiones los consejeros ptolemaicos habían
persuadido a jóvenes reyes de que asesinaran a su familia directa. Más de una
reina había huido de Egipto para reunir un ejército. Mucho de lo que podía
decirse de los conquistadores romanos en el año 47 podría haberse dicho
también, tres siglos antes, de los antepasados macedonios de Cleopatra,
paralelismo que ni mucho menos le pasaba inadvertido a la reina.[160]
Vestida de lino blanco y con la diadema ceñida en la frente, Cleopatra
participó a lo largo del viaje en rituales religiosos con varios milenios de
antigüedad. Hasta el último detalle estaba pensado para hacerla pasar por diosa
en vida, y aunque ignoramos cómo se le rendía homenaje, es probable que el
pueblo, en su presencia, hiciera reverencias o levantara la mano a modo de
saludo. Quienes a su paso se alineaban en orillas y caminos no veían en César y
Cleopatra la encarnación de ningún ideal romántico, sino una suerte de
aparición ultraterrena, como si dos dioses vivientes hubieran bajado a visitar
el mundo. El espectáculo tuvo que ser apoteósico: un romano de cabello rubio y
anchas espaldas, fuerte y enjuto, envuelto en su toga púrpura al lado de la oscura
y delicada reina de Egipto. Juntos visitaron los lugares sagrados, los
monumentos de los antiguos reyes y los palacios regios a orillas del río;
juntos fueron recibidos por sacerdotes de blancas túnicas y por multitudes
clamorosas; juntos navegaron entre cultivos y paisajes trufados de torres de
adobe y tejados rojos, entre jardines exuberantes, viñedos y campos dorados,
esfinges medio enterradas en la arena y altas tumbas excavadas en la roca.
Juntos también combatieron a los mosquitos, que tanto abundan cuando las aguas
están bajas. El traqueteo de los remos y el tañido de las arpas anunciaban su
llegada. A su paso, el aroma del incienso impregnaba el aire bochornoso.
El viaje, por supuesto, fue como unas vacaciones comparado con lo vivido las
semanas anteriores, pero si con el tiempo se trastocó en crucero de placeres
ilícitos, en aventura o en luna de miel, fue debido probablemente al boato de
la comitiva. A la mentalidad romana le bastaba con eso para sospechar de
actitudes disolutas. Por definición, la lengua latina sentía aprensión hacia la
palabra lujo, derivada del verbodescolocar y durante
miles de años connotada con el adjetivo lascivo. Si hemos de creer
a Apiano, César navegó Nilo arriba en compañía de Cleopatra «y disfrutando, por
lo demás, de los encantos de la reina».[161]Partiendo
de aquí, hay breve trecho hasta acusar a Cleopatra de incitar al general romano
a embarcarse en tan insensato viaje por el exótico corazón de aquel país
extravagante del que habría de arrancarlo por la fuerza. Cleopatra —o Egipto—
tendían a provocar ese efecto sobre los pobres y vulnerables romanos. El país
en sí era fuente de todo tipo de apetencias e insinuaciones. Cabe suponer que
el itinerario se planeó y consensuó por anticipado, pero los anales dicen otra
cosa. Autores posteriores afirman que César se resistía a marcharse y Cleopatra
a dejarlo marchar: «Ella le habría retenido más tiempo en Egipto, o habría
partido al momento a Roma con él», [162] afirma
Dión. Si sus hombres lo convencieron de que volviera, fue contra su voluntad.
En la versión de Suetonio, César pierde la cabeza de tal forma por la reina
egipcia que, de no ser porque sus soldados amenazan con amotinarse, estaría
dispuesto a seguirla hasta la frontera etíope. Para alivio de las tropas, la
procesión volvió por fin las velas al alcanzar los escarpados peñascos al sur
de la moderna Asuán.
Cuenta Dión que César fue cayendo paulatinamente en la cuenta de que su
estancia en Egipto «no era ni conveniente ni ventajosa para él», [163] pero
omite el contexto en que tiene lugar ese paréntesis de solaz por el río. César
había perdido a su única hija y en ninguno de sus tres matrimonios había
logrado engendrar un hijo varón. Egipto, sin embargo, estaba ahí para confirmar
su legendaria reputación. Haciendo honor a su fecunda tierra, ésa en que la
vegetación florecía de continuo y el trigo se cosechaba solo, Cleopatra entró
esa primavera en los últimos meses de embarazo, lo que venía a refrendar el
mito del poder procreador de su magnífico país. Ella y César pasaron entre tres
y nueve semanas por el río y dieron la vuelta al llegar a la primera catarata
del Nilo. La corriente los devolvió al palacio. Desde Alejandría, César puso
rumbo a Armenia, donde se había desatado una revuelta. A finales de junio,
Cleopatra dio a luz a un hijo medio romano y dos veces divino, en tanto que
Ptolomeo y César. Al fin había algo nuevo bajo el sol.
Capítulo 4
Nunca la edad de oro fue la edad presente
Esclava:
« ¿Y qué diré para estar largo tiempo fuera de casa?».
Andrómaca: «Podrías encontrar muchas artimañas, pues eres mujer».
EURÍPIDES [164]
César
partió de Egipto el 10 de junio, mucho más tarde de lo debido. En Roma no se
sabía de él desde diciembre y en la ciudad reinaba la confusión, como sin duda
sabía, pues los correos funcionaban perfectamente. En un gesto tan personal
como político, César se llevó consigo, en calidad de prisionera de guerra, a la
hermana de Cleopatra, todavía «diosa que ama a sus hermanos», al menos en la
teoría ya que no en la práctica.
Los doce mil legionarios que habían llegado con César permanecieron en Egipto
para proteger a Cleopatra, otro gesto con lectura personal y política. A
ninguno de los dos les interesaba que se produjeran disturbios. De hecho, se
diría que a César no le apetecía lo más mínimo separarse de Cleopatra, aunque
es poco plausible que, como quiere Dión, le propusiera acompañarlo a Roma ese
verano. Esto no significa que no hablaran de volver a reunirse antes de la
partida, pospuesta todo lo posible por César.[165]
A las dos semanas, Cleopatra se ponía de parto. Sabemos tan poco acerca del
alumbramiento de su hijo como del momento de su concepción.[XXI] Dispusiera
o no de un banco de parto, debió de asistirla un equipo entero de comadronas.
Una de ellas se encargaría de envolver al bebé en un paño de tela para
protegerlo, mientras otra cortaba el cordón umbilical con un cuchillo de
obsidiana.[166] Al
recién nacido no podía faltarle leche, y para ello se recurriría a los
servicios de una nodriza. Los requisitos para el puesto no diferían de los de
cualquier canguro actual: ser agradable y limpia, «sin predisposición al
malhumor, ni charlatana ni indiferente para la comida, sino organizada y
prudente».[167] Puestos
a elegir, lo ideal era que fuera griega, lo que equivalía a decir educada. Por
lo común se elegía a la esposa de algún afortunado funcionario de la corte; era
un puesto prestigioso, bien remunerado y duradero. La nodriza era además
portadora de saberes ancestrales: ¿que al bebé le dolían las encías? El remedio
tradicional era alimentarlos con ratón frito. ¿Que lloraba demasiado? Una masa
a base de excremento de mosca y amapolas podía aplacar la llantera más
inconsolable.
De haberlo deseado, Cleopatra pudo haber tenido acceso a multitud de volúmenes
sobre contracepción y aborto, algunos de ellos de pasmosa eficacia [168] .
Nada como la literatura sobre el control de la natalidad para poner de
manifiesto los conflictos y vaivenes entre ciencia y mito, ilustración e
ignorancia, característicos de la época. Por cada teoría acertada sobre el
tema, hallamos otra que roza lo descabellado. Al lado de la receta de
Hipócrates para provocar el aborto —elaborada trescientos años antes y
consistente en saltar arriba y abajo de tal manera que talones y nalgas se
toquen siete veces—, algunas de las medidas del siglo I parecían de lo más
razonable. Un huevo de araña apretado contra el cuerpo con piel de venado
impedía concebir por espacio de doce meses, método no más estrambótico (ni
efectivo) que atarse el hígado de un gato al pie izquierdo. Claro que por
entonces todo el mundo estaba convencido de que estornudar durante el acto
sexual obraba milagros. En tiempos de Cleopatra, los excrementos de cocodrilo
eran conocidos por sus propiedades contraceptivas, lo mismo que las pócimas
hechas con riñón de mulo y orines de eunuco. Por regla general, la literatura
sobre abortivos era más extensa que la dedicada a contraceptivos. El
equivalente a la píldora del día después, por ejemplo, consistía en una mezcla
de sal, heces de ratón, miel y resina, y en épocas muy posteriores a Cleopatra
se creía aún que el olor de una lámpara recién apagada inducía el aborto. Al
lado de esto, ciertos remedios herbáceos de tiempos de Cleopatra sí se han
demostrado efectivos: el álamo blanco, las bayas de enebro y la férula tienen
propiedades contraceptivas demostradas. Otros —vinagre, alumbre y aceite de
oliva— siguieron utilizándose hasta fecha reciente. Incluso existían primitivos
diafragmas hechos de lana humedecida con miel y aceite. Cualquiera de ellos
daba resultados mejores que el método del ritmo, de dudoso beneficio para un
pueblo convencido de que las mujeres eran más fértiles en período de
menstruación.
Considerando la tesitura política, nada podía convenirle más a Cleopatra que
convertirse en madre a los veintidós años. Y nada mejor para asegurarse el futuro
que llevar en su vientre al hijo de Julio César.[169] Existían
algunos inconvenientes, como por ejemplo el hecho de que ambos estaban casados
con otros cónyuges. (Técnicamente hablando, Cleopatra había enviudado y se
había vuelto a casar durante el curso de su embarazo). Desde la óptica egipcia,
César era un padre imperfecto por dos motivos: ni era Ptolomeo, ni tenía sangre
real. Desde la óptica romana, difundir la noticia de su paternidad, lejos de
reportar algún provecho, sólo podía suponer un oprobio. Desde el punto de vista
de Cleopatra, sin embargo, ninguna iniciativa diplomática podría haber sido más
efectiva. Hasta entonces había tenido bastante con intentar sobrevivir como
para pensar en la sucesión, pero al menos ahora podía estar segura de que no
seguiría los pasos de Alejandro Magno, muerto sin herederos. La espléndida
dinastía ptolemaica la sobreviviría. Por si no bastase con eso, el bebé era un
varón. Los egipcios no tenían empacho en aceptar a una mujer faraón, pero la
revuelta historia marital de Berenice IV había dejado bien claro que toda mujer
necesitaba un consorte, aunque su función, como en los pas de deux de
Balanchine, fuera puramente ornamental. Con Cesarión —o pequeño César, que fue
el sobrenombre dado por los alejandrinos a Ptolomeo XV César— en su regazo,
Cleopatra no hallaría impedimentos para reinar siendo mujer. Ya antes de
aprender a hablar, Cesarión había protagonizado un golpe magistral: había
relegado a su tío a una posición irrelevante. Antes de que Ptolomeo XIV pudiera
percatarse de lo que estaba ocurriendo, su hermana mayor se hizo con el control
de la imaginería y el gobierno.
Cleopatra estuvo acertada sobre todo en la elección del momento; o alguien la
ayudó o tuvo la gran suerte de tener al niño precisamente cuando mayor provecho
podía sacar de ello. El nacimiento de Cesarión coincidió casi de pleno con la
primera crecida estival del Nilo, lo cual desde el punto de vista psicológico,
iconográfico y financiero auguraba una época de plenitud. Los augurios dieron
paso a las celebraciones en cuanto el Nilo se enturbió, adquirió un color verde
musgo y, poco a poco, de sur a norte, empezó a incrementar de caudal de forma
paulatina. Las canastas se llenaron de uva, higos y melones. La miel fluía en
torrentes.[170] Por
esas fechas, Cleopatra celebró la fiesta anual de Isis, una de las fechas clave
del calendario egipcio. Se decía que el río aumentaba de nivel gracias a las
lágrimas de aquella diosa omnipotente. Durante la fiesta, los súbditos de
Cleopatra ofrecían (a la fuerza) obsequios, lo cual provocaba feroces
competiciones entre sus cortesanos.[171] Desde
todos los rincones de Egipto llegaban a palacio barcos cargados de fruta y
flores. El nacimiento de Cesarión reafirmó la asociación entre Cleopatra e
Isis, aun cuando para eso a la reina le bastara con el ejemplo de sus más
ilustres antecesoras, quienes por espacio de doscientos cincuenta años se
habían identificado con la ancestral diosa. En aquellos tiempos de nostalgia
generalizada, Isis gozaba de preeminencia entre las deidades y poseía poderes
casi ilimitados: era la inventora del alfabeto (tanto del egipcio como del
griego), artífice de la separación del cielo y la tierra y responsable del
curso del sol y la luna. Sus acciones, temibles y a la vez compasivas,
ordenaban el caos. Dulce y consoladora, era también señora de la guerra, el
rayo y el mar. Sanaba a los enfermos y resucitaba a los muertos. Presidía los
asuntos amorosos, era inventora del matrimonio, regulaba los embarazos,
inspiraba el amor que une a los hijos a sus padres y favorecía la vida
doméstica. Impartía gracia, salvación y redención. Era la sabia madre tierra y
—como la mayoría de las madres— una suerte de hechicera astuta, omnicompetente
y discreta.[172]
Isis conjugaba de forma versátil las dos culturas de Egipto y atraía por igual
a los dos sectores de la población. En un país como ése, donde muchos
habitantes tenían nombres distintos en griego y egipcio, la diosa hacía las
veces de constructora de la nación e icono religioso. En ella se combinaban
Deméter, Atenea, Hera y Afrodita. Sus templos se repartían por toda Alejandría,
y su efigie en terracota presidía la mayoría de hogares. Su porte autoritario y
ligeramente sensual la convertía en una presencia algo incómoda en el
extranjero. Aquella poderosa hechicera había causado ya algún dolor de cabeza
en la marcial Roma, adonde los comerciantes alejandrinos habían exportado su
culto. El propio César había impedido entrar en Roma a los sacerdotes de la diosa,
y ya en el año 80 a. C. se erguía en la colina Capitolina un templo de Isis que
fue derribado y reconstruido en varias ocasiones a intervalos regulares durante
la vida de Cleopatra. Tal era la popularidad de Isis que, cuando en el año 50
se dio la orden de desmantelar sus templos, los obreros se negaron a empuñar
las hachas para hacerlo. Tuvo que ser un cónsul quien se quitara la toga y
asestara los primeros hachazos.[173]
No es fácil determinar si fue Isis quien garantizó la supremacía de las mujeres
en Egipto o si fueron las reinas ptolemaicas las que consolidaron su eminencia.[XXII][174] Sí
sabemos que fue la diosa la que introdujo la igualdad entre sexos; según
ciertas versiones, incluso otorga a las mujeres tanta fuerza como a los
hombres. Sea como fuere, Isis le vino a Cleopatra como anillo al dedo. Para
conmemorar el nacimiento de Cesarión, su madre ordenó acuñar monedas en las que
el niño aparecía representado como Horus, el hijo de Isis. (Se puso mucha
atención en que la imagen fuera bilingüe y pudiera interpretársela asimismo
como Afrodita con Eros). Los acontecimientos futuros no harían sino reforzar la
identificación de Isis con Cleopatra, quien adoptaría el papel de la diosa de
manera mucho más completa y literal que cualquiera de sus antecesoras. En las
ceremonias, por ejemplo, asumía su apariencia vistiéndose con un delicado manto
largo de lino plisado con rayas iridiscentes y una orla en la parte inferior,
fuertemente ceñido desde la cadera derecha al hombro izquierdo y anudado entre
los senos. Debajo, vestía una túnica griega o quitón. El pelo le caía sobre el
cuello en tirabuzones y, en la cabeza, lucía una diadema o, en ceremonias de
tipo religioso, la tradicional corona egipcia formada por las plumas, el disco
solar y los cuernos de vaca.[175]Cuarenta y
siete años más tarde, la proteica Isis le cedería el puesto a otra madre
soltera que, pese a tener bien poco en común con ella, sería modelada a su
imagen y semejanza.
La maternidad no sólo reforzó la autoridad de Cleopatra —en su día, la reina
egipcia tuvo más de madre tierra que de femme fatale—, sino que
solidificó sus vínculos con los sacerdotes nativos, a quienes concedió
importantes privilegios. En este sentido continuó la labor iniciada por su
padre, quien hasta en el exilio se significó como prolífico constructor de
templos y cultivó las relaciones con la clase sacerdotal egipcia, la cual no
sólo ayudaba a mantener a raya al pueblo, sino que participaba de forma directa
en cuestiones de Estado.[176] Como
quiera que los templos ocupaban una posición central tanto en la vida religiosa
como en la comercial, la burocracia griega y la jerarquía egipcia estaban
mutuamente interpenetradas. Así, el ministro de finanzas podía ser el encargado
de supervisar la alimentación de los animales sagrados, y el sacerdote a cargo
de la recaudación del culto podía hacer las veces de vendedor de juncos. Los
altos cargos del templo de Menfis ostentaban cargos igualmente altos en el
mundo del comercio y ocupaban posiciones de privilegio en la corte de
Cleopatra. Se trataba de una relación simbiótica: desde un punto de vista
teológico, los sacerdotes necesitaban tanto al faraón, en tanto que dios sobre
la tierra, como Cleopatra a los sacerdotes en el plano económico y político. El
papel de los sacerdotes era similar al de los abogados y los notarios, y los
templos funcionaban como núcleos de manufactura, instituciones culturales y
centros económicos. Podía acudirse a ellos para redactar un contrato, consultar
con un médico o pedir prestado un costal de grano. El recinto del templo era
asimismo lugar de asilo, derecho que Cleopatra extendió en el año 46 a un altar
de Isis y, hacia el final de su reinado, a una sinagoga del sur del delta.
(Pudo tratarse de una contraprestación, dado que los judíos de la región eran
soldados consumados y por entonces Cleopatra necesitaba un ejército.) [177] En
principio, nadie que hubiera recibido derecho de asilo podía ser llevado a
ninguna parte contra su voluntad, por lo que el templo era el lugar adonde uno
se retiraba tras cometer temeridades tales como convocar una huelga. En
ocasiones, los templos también dejaban dinero en préstamo a los Ptolomeos.
Otra de las responsabilidades de los sacerdotes era controlar el humor del
Nilo, del que dependía el incremento o la mengua de la fortuna de Egipto. El
río podía generar pingües ingresos o desastres considerables. Una crecida de
siete metros podía provocar el delirio, una de seis y medio valía la aclamación
general, pero una de cinco y medio —cuando el lodo grisáceo se aferraba a las
riberas pero se negaba a extenderse por la tierra— auguraba una estación difícil.
Así había ocurrido el año anterior, en que el Nilo se había mostrado tan
díscolo como la situación política. Tal como Cleopatra había podido observar
durante su viaje clandestino a Alejandría, la inundación del año 48 había sido
desastrosa. En su punto máximo, no había pasado de los dos metros y veinte
centímetros, el nivel más bajo jamás registrado. (Con la sequía la economía
egipcia se había quedado estancada, motivo por el cual la oposición anti romana
ganó tanta fuerza en otoño.) [178] El
río ejercía su dictadura sobre las relaciones familiares tanto como sobre la
política nacional. Conocemos el caso de un hijo que firmó con su madre un
acuerdo por el cual se comprometía a proporcionarle determinadas cantidades de
trigo, aceite y sal, siempre y cuando el caudal del río no cayera por debajo de
cierto nivel, en cuyo caso la madre se comprometía a limpiarle la casa. Muchos
templos disponían de columnas para medir el nivel del Nilo, controlado de forma
secreta y obsesiva por los sacerdotes, quienes a diario comparaban las
mediciones con las del año anterior. Gracias a esas mediciones, los
funcionarios de Cleopatra evaluaban las cosechas y calculaban los impuestos. A
la vista de esta manía por las medidas y la comparación de datos, no es de extrañar
que la geometría alcanzase la mayoría de edad en Egipto.
La fijación por el pasado abarcaba también el campo de la historia, si bien el
rigor fue menor en el cultivo de esta disciplina. Tener al pueblo alimentado
era primordial y Cleopatra se lo tomaba en serio: como buena Señora de la
Abundancia, no podía permitir que las hambrunas hicieran mella entre sus
súbditos, que por culpa de los rigores del sistema no alcanzaban a acumular
reservas. Así, en caso de crisis, Cleopatra no tenía más alternativa que
autorizar la apertura de los silos de la corona. «Mi reinado no conoció
hambrunas», era un aserto popular y complaciente que los monarcas gustaban de
inscribir en sus templos.[179] No
obstante, la propaganda servía entonces para los mismos fines que hoy, y todo
indica que esas alegres proclamas no sólo no reflejaban la realidad
alimentaria, sino que con frecuencia eran rotundamente falsas.
* *
*
Mediado
el año 47, Cleopatra había depurado la corte de posibles conspiradores, se
había deshecho de todos los miembros de la familia contrarios a ella y había
reducido los disturbios al mínimo. Aun así, trabajaba sin descanso: «Si la
gente supiera cuán trabajoso era solamente escribir tantas cartas y leerlas, no
querrían recoger su diadema si cayera al suelo», rezongaba cierto monarca
helenístico anterior, [180] y eso
que no había tenido que sufrir la aparatosa burocracia ptolemaica, fruto
natural de una cultura orgullosamente administrativa y rica en papiro, dotada
de una economía planificada y centralizada y de una irrefrenable pasión por los
registros y los censos. El historiador griego Diodoro describe el día a día de
otra soberana del siglo I, equiparable a Cleopatra en más de un aspecto. Nada
más levantarse, despachaba los informes llegados de los cuatro rincones del
reino. Los consejeros la informaban acerca de los asuntos de Estado.
Intercambiaba correspondencia con sumos sacerdotes y otros soberanos. Si todo
les iba bien, si tanto sus asuntos públicos como privados marchaban de forma
satisfactoria, entonces —tal era el saludo según el protocolo— ella estaba
también satisfecha. Transmitía decisiones, dictaba memorándums a varios
escribas y firmaba —a veces con una única y poderosa palabra que significaba
«hágase»— al pie de otros.[181] Sólo
después se bañaba, vestía, perfumaba y maquillaba, hecho lo cual ofrecía
sacrificios a los dioses. Por la tarde, a horas concertadas, recibía visitas
relacionadas con los asuntos del Estado, el templo o la judicatura. Las
audiencias podían llegar a ser soporíferas, y nos consta que cierto Ptolomeo
llegó a quedarse dormido durante una.[182] Las
responsabilidades de Cleopatra rivalizaban casi con las de Isis: no sólo
dispensaba justicia, capitaneaba el ejército y la marina, regulaba la economía,
negociaba con las potencias extranjeras y presidía los templos, sino que
determinaba los precios de las materias primas y supervisaba el calendario de
la siembra, la distribución de semillas, el estado de los canales del país y el
suministro de alimentos. Hacía a un tiempo de magistrada, suma sacerdotisa,
reina y diosa, pero también —a diario y con mayor frecuencia que las
anteriores— de directora general. Ella dirigía la burocracia secular y
religiosa, era la principal comerciante de Egipto y como tal dedicaba buena
parte del día a sacar a flote los negocios del Estado. Como bien había dicho
aquel antiguo rey helenístico, el poder absoluto consume absolutamente.[183]
Ante Cleopatra respondía un amplio y sólido aparato burocrático. A escala
local, obedecían sus órdenes funcionarios y subfuncionarios regionales, jefes
de poblado, escribas, recaudadores de impuestos y policías. A escala nacional,
el jefe de finanzas y ministro de interior, el dioiketes,
supervisaba el funcionamiento del Estado con la ayuda de un equipo de
subordinados. Cleopatra tenía siempre a mano secretarios personales, escribanos
para los memorándums y un pequeño círculo de consejeros, ministros de exteriores
y filósofos. Tanto griegos como egipcios de habla griega ocupaban esos cargos
privilegiados, designados con títulos de lo más rimbombante: si alguien era
especialmente poderoso podía llegar a formar parte de la Orden de los Primeros
Amigos o de la Orden de los Sucesores. Cleopatra conocía y confiaba desde que
era una niña en algunos de esos consejeros, que ya lo habían sido en tiempos de
su padre. Con algunos de ellos —los dioiketes, por ejemplo—
mantenía contacto constante, y ella en persona leía todos los días el diario
oficial que redactaba su secretario.
La administración semejaba un enorme y pesado mecanismo con infinidad de
palancas. Se fundaba sobre dos principios: uno, que Cleopatra tenía derecho a
gravar a su pueblo con impuestos; dos, que su pueblo tenía la obligación de
llenar las arcas de su reina. Para ese fin, sus antepasados habían establecido
controles en todos los niveles de toda industria; ninguna otra nación del mundo
exigía tal número de trámites para cualquier cosa. (César no podía por menos de
quedarse estupefacto, pues Roma a la sazón no empleaba ningún tipo de
burocracia). Las cosechas de Cleopatra eran las más ricas del Mediterráneo. Con
ellas alimentaba a su pueblo y de ellas derivaba su poder. De aquí que sus
funcionarios las controlasen hasta el más mínimo detalle. Ellos distribuían las
semillas, que debían serles restituidas en igual número en el momento de la
cosecha; los labriegos, por su parte, se comprometían solemnemente a destinar
las tierras a los cultivos acordados, y para poder cargar sus remesas a bordo
de los barcos debían jurar que entregaban su mercancía «sin adulteraciones ni
demoras».[184] Durante
el gobierno de Cleopatra, y de resultas de varias décadas de conflictos, los
transportistas viajaban con muestras precintadas y con escolta armada. Los
barcos ptolemaicos de mayor tamaño podían cargar hasta trescientas toneladas de
trigo río abajo, y al menos dos de ellos recorrían el trayecto cada día
—cargados con trigo, cebada y lentejas— sólo para dar de comer a la ciudad de
Alejandría.
Los demás ámbitos de la economía estaban sometidos a una supervisión igual de
escrupulosa. El sistema ptolemaico destaca por ser una de las economías más
estrechamente vigiladas de la historia, e incluso ha sido comparado con la
Rusia soviética. La mayor parte de la tierra, con independencia de quién la
cultivase —campesinos egipcios, colonos griegos, sacerdotes del templo—, era de
propiedad regia, y, como tal, su uso estaba determinado y controlado por los
funcionarios de Cleopatra. Sólo con permiso real se podían talar árboles, criar
cerdos o convertir en olivar un campo de cebada. Todo estaba diseñado para favorecer
la tarea del burócrata más que la comodidad del agricultor o el rendimiento de
los cultivos. Quien osara (como cierta mujer emprendedora) plantar palmeras sin
permiso se exponía a una acción judicial, y los apicultores no podían trasladar
sus colmenas de un distrito administrativo a otro, porque ello confundía a las
autoridades. Durante la temporada agrícola nadie salía de los pueblos, ni
siquiera los animales de granja, y se realizaban inspecciones de tierras e
inventarios de ganado, esto último cuando las crecidas alcanzaban su máximo
nivel y resultaba imposible esconderlo. Se comprobaban los telares para
asegurarse de que nadie permaneciera ocioso y de que el recuento de hilos fuera
el correcto. Nadie podía poseer prensas de aceite ni nada semejante, y los
funcionarios dedicaban buena parte de su tiempo a clausurar explotaciones
clandestinas. (Sólo los templos escapaban a esta norma durante dos meses al
año, al término de los cuales también se veían obligados a cerrar). Las
cerveceras operaban previa obtención de una licencia y recibían la cebada —de
la cual se obligaban a elaborar cerveza— de manos del Estado. Una vez vendida
la producción, el cervecero entregaba los beneficios a la corona, que
descontaba de su sueldo los costos de alquiler y materia prima. Con ello,
Cleopatra se aseguraba un mercado para la cebada y, a la vez, ganancias sobre
las ventas de las cerveceras. Los funcionarios auditaban con rigor todos los
ingresos a fin de verificar que las moreras, los sauces y las acacias hubieran sido
plantados en el momento adecuado y garantizar el mantenimiento de todos los
canales. Durante el proceso, se los exhortaba a menudo a que difundieran por
Egipto el mensaje de que «nadie puede obrar según su deseo, pero todo está
dispuesto con vistas al mejor fin».[185]
El sistema, de una sofisticación sin parangón, resultaba sumamente eficaz y,
para Cleopatra, enormemente lucrativo. Las grandes industrias de Egipto —trigo,
vidrio, papiro, lino, aceites y ungüentos— constituían en esencia monopolios
reales, y Cleopatra sacaba de ellos doble beneficio. Los impuestos sobre la
venta de aceite a la corona alcanzaban casi el 50 por ciento, tras lo cual
Cleopatra revendía el aceite con márgenes de beneficio superiores en ocasiones
al 300 por ciento. Los súbditos de Cleopatra pagaban impuestos por la sal, las
acequias, los pastos y, en general, cualquier cosa susceptible de ser
designada. Los propietarios de los baños, que eran un negocio privado, hacían
entrega al Estado de un tercio de sus ingresos; el colectivo de pescadores
cedía el 25 por ciento de la pesca, y los vendimiadores, el 16 por ciento de la
cosecha. Cleopatra, además, dirigía de forma directa varias plantas de lana y
tejidos en las que se empleaba mano de obra esclava. Muchos debían de creer que
su omnisciencia era casi divina, y es que los Ptolomeos «sabían en todo momento
cuál era el valor de sus súbditos y en qué se ocupaban la mayoría de ellos».[186]
Un sistema como ése no podía dejar de propiciar abusos. La política fiscal de
los Ptolomeos exigía una vasta jerarquización, empezando por los dioiketes hasta
llegar a los gerentes, asistentes de gerencia, tesoreros, secretarios y
contables. Todos ellos se mostraban tan diligentes a la hora de arbitrar
conflictos como a la de llenarse los bolsillos. Las ocasiones para dejarse
corromper eran constantes y su rastro ha sobrevivido a las glorias de la propia
Alejandría, glorias que fueron posibles gracias a la maquinaria ptolemaica. Las
corruptelas de los funcionarios de Cleopatra terminaron por generar un fuerte
resentimiento. Como a menudo éstos eran también labriegos o industriales, lo
público y lo privado se solapaban con facilidad. Los intereses de los gerentes
y la corona rara vez coincidían; los del gobierno y los agentes de aduanas
—siempre prontos a exigir una tasa por una almohada, un tarro de miel o un
traje de baño de piel de cabra—, tampoco, y las discrepancias entre
funcionarios de distintos niveles eran habituales. Raro era quien dejaba
escapar la ocasión de sacar provecho personal de las contradicciones del
sistema burocrático. Una gran estudiosa de los Ptolomeos, Dorothy Thompson, ha
señalado que la familia de Cleopatra puso gran empeño en definir las
características del funcionario ideal: debía ser una persona vigilante, severa
y de buena voluntad. Debía evitar las malas compañías, investigar todas las
quejas, abstenerse de extorsiones y —durante las rondas de inspección— «animar
a todo el mundo para fomentar un buen estado de ánimo» [187] .
Cualquier parecido con la realidad era pura coincidencia: «Podemos concluir que
al mejor de los funcionarios le resultaba imposible mantenerse al margen de la
corrupción», [188] asevera
Thompson tras estudiar diversos testimonios. La tentación era demasiado grande;
el sueldo, poco o ninguno, y el sistema, excesivamente rígido.[XXIII][189]
La variedad de los abusos era impresionante. Los funcionarios reales se
apropiaban de tierras, confiscaban casas, desviaban dinero, requisaban barcos,
ordenaban arrestos arbitrarios y exigían impuestos ilícitos. Para ello,
contaban con grupos de extorsión bien estructurados que lo mismo chantajeaban a
griegos que a egipcios, a los trabajadores de los templos que a los campesinos.[190] A
menudo, Cleopatra se veía obligada a mediar entre el pueblo y el exceso de celo
de algunos funcionarios, contra los cuales se tomaban medidas fuera cual fuera
su jerarquía. En cierto momento, hasta el embalsamador jefe de toros denunció
acosos. En la primavera del año 41, una delegación de agricultores se personó
ante Cleopatra para protestar contra un doble tributo del cual quedaron
eximidos a partir de entonces. Entre las montañas de papiros que llegaban todos
los días —informes, súplicas, instrucciones, órdenes—, figuraban numerosas
protestas y admoniciones. Los escritos de queja fueron frecuentes sobre todo
durante los primeros años del reinado de Cleopatra.[191] Insubordinación,
incompetencia y deshonestidad debieron de ser lacras frecuentes incluso dentro
el propio palacio, entre porteros, cazadores, secretarios, coperos, tejedoras y
camareras.
Hasta las quejas que no conseguían llegar hasta Cleopatra en persona apelaban a
su benevolencia, sabiduría y sentido de la justicia. A semejanza de Isis, la
reina era considerada la benefactora de sus súbditos, tanto en el sentido
terrenal como en el divino, no en vano los egipcios invocaban su nombre cuando
padecían humillaciones o buscaban reparación. Aunque disponía de multitud de
representantes —un funcionario se dedicaba en exclusiva a clasificar las
súplicas—, nada impedía a la parte agraviada acudir ante Cleopatra en persona.
De hecho, acudían en manadas. La reina era lo bastante prudente como para
declarar una amnistía general cada vez que emprendía un viaje por el país con
fines religiosos o de inspección; de lo contrario podía estar segura de
encontrarse con largas filas de suplicantes a su llegada. La consigna general
parecía ser: «En caso de duda, redacta una súplica (o manda redactarla al
escriba del pueblo)». Cleopatra tuvo que lidiar con delitos y dramas de la más
diversa índole: cocineros que se daban a la fuga, trabajadores en huelga,
omisiones en el pago de aranceles, venta de mercancías fraudulentas, guardias
impagados, prostitutas que escupían a un posible cliente, mujeres embarazadas
agredidas por las ex esposas de sus maridos, empleados públicos que robaban
cerdos y requisaban palomares, bandas que se dedicaban a asaltar a recaudadores
de impuestos, profanadores de tumbas, problemas de irrigación, pastores
negligentes, facturas falsificadas, detenciones sin fundamento, clientes
acostumbrados a insultar a los propietarios de los baños y a marcharse con sus
ropas, padres enfermos que acusaban a sus hijas de no cuidarlos, [192] vendedores
de lentejas al día de sus impuestos molestos porque los asadores de calabazas
les arruinaban el negocio —«llegan a primera hora de la mañana, se sientan
cerca de mi puesto de lentejas y venden sus calabazas, privándome de toda
ocasión de vender mi mercancía»—, [193] motivo
por el cual solicitaban una moratoria en el pago del alquiler. Las disputas
relativas a impuestos eran tan frecuentes que, siglos atrás, Ptolomeo II había
prohibido a los abogados representar casos de ese tipo.[194] Todo
el mundo suplicaba: hasta los cuidadores de los gatos sagrados de los templos
querían saber si, exentos como estaban de los trabajos manuales, tenían
obligación de ayudar en la cosecha.
Cleopatra chocaba a menudo con otro problema. Cuando una mujer vaciaba por
accidente su orinal sobre un paseante y, durante la riña subsiguiente, le
dejaba la capa hecha jirones y le escupía en plena cara, era justo suponer que
había una motivación étnica. Lo mismo valía para los casos en que un trabajador
de los baños vaciaba un jarro de agua caliente sobre un cliente, provocándole,
según éste, «quemaduras en el abdomen y el muslo izquierdo hasta la altura de
la rodilla, con el consiguiente riesgo para mi vida».[195] Era
inevitable que en un país administrado sobre todo por griegos y con mano de
obra mayoritariamente egipcia surgieran fricciones ocultas. (La agresora y el
trabajador de los baños eran egipcios; las víctimas, griegas. Es probable que
el número de griegos fuera inferior a 500.000 en todo el país, la mayoría
radicados en Alejandría). Pese a los frenéticos sincretismos y el
cosmopolitismo alejandrino —decir alejandrino era como decir etíope o escita,
libio o cilicio—, seguían existiendo dos culturas paralelas. Esto se reflejaba
sobre todo en el sistema jurídico. Los contratos escritos en griego estaban
sujetos a la ley griega; los contratos en egipcio, a la ley egipcia. De forma
parecida, las mujeres egipcias disfrutaban de derechos inaccesibles a las griegas,
siempre dependientes de sus guardianes. Las regulaciones no se aplicaban
siempre de la misma manera. Si un egipcio intentaba salir de Alejandría sin el
debido pase, perdía un tercio de sus propiedades; si el infractor era griego,
abonaba una multa. Del mismo modo que ciertas costumbres —como Cleopatra y
César pronto descubrirían— se resisten a ser trasplantadas, en determinados
aspectos ambas culturas llevaban existencias independientes. Por alguna razón
inexplicable, las coles griegas cultivadas en suelo egipcio perdían todo el
sabor.
Por si fuera poco, Auletes había legado a su hija una economía hecha pedazos.
«Nuestra generación recibió una república comparable a una pintura
extraordinaria pero ya desvaída por el paso del tiempo», [196] se
había lamentado Cicerón unos años antes. Lo mismo, y con mayor razón, podía
decirse del Egipto de Cleopatra, cuyos días de gloria eran cosa del pasado. La
impopularidad de Auletes se había debido en su mayor parte a los onerosos
tributos que aplicó para costearse los favores de Roma. Cleopatra saldó la
deuda, pero al hacerlo dejó el tesoro bajo mínimos. (Cuando la noticia de la
muerte de su padre se conoció en Roma, la primera duda que se planteó fue quién
iba a mandar a partir de entonces y cómo iba a recuperarse el dinero). Cierto
autor llega a acusar a Auletes de haber dilapidado la fortuna familiar.[197] ¿Cuál
fue la política de Cleopatra? En lo económico adoptó medidas firmes, empezando
por devaluar la moneda en un tercio de su valor. Detuvo la acuñación de monedas
de oro y rebajó el valor de las de plata, como su padre había hecho poco antes
de morir. En buena medida, la suya fue una edad de bronce. Instituyó la
producción a gran escala de dicho metal, que llevaba años parada, e impulsó una
innovación importante: la introducción en Egipto de monedas de distinta
denominación. Por primera vez, el valor de una moneda venía determinado por los
signos inscritos en ella, con independencia de su peso, lo cual le generó a
Cleopatra grandes ganancias [198] .
A partir de ese momento, las opiniones sobre el bienestar financiero de
Cleopatra difieren. Cuando tiempo después Roma le pide ayuda, la reina no pone
a su disposición las arcas del país, prueba para algunos de sus limitaciones
financieras. Sin embargo, pudo tener otros motivos para no mostrarse generosa:
por ejemplo no querer convertirse en títere de Roma. Se había dicho que Auletes
no tenía dinero para reunir un ejército de mercenarios en el año 58, cuando la
caída de Chipre le costó el trono. Cleopatra sí lo tenía una década más tarde,
cuando, tras sólo dos años en el poder, su hermano llevó a cabo el golpe de
palacio. Fue ella quien logró estabilizar la economía y encauzar el país. Del
elevado número de sus pretendientes políticos podemos inferir que su fortuna
privada era significativa. Las poblaciones del Alto Nilo prosperaban, las artes
florecían. Con Cleopatra, los alejandrinos —cuyo apetito cultural recibió
renovado estímulo— crearon tal cantidad de obras maestras y de tal calidad como
no se habían visto en el último siglo. Las espléndidas tallas de alabastro y
los vidrios con hebras de oro que la han sobrevivido no sugieren en ningún caso
que el régimen estuviera en la bancarrota.
¿Es posible cuantificar su riqueza? Sabemos que aproximadamente la mitad de lo
que Egipto producía iba a parar a sus arcas. Sus ingresos anuales debían de
estar entre los 12.000 y los 15.000 talentos de plata, suma astronómica para
cualquier soberano y, en palabras de un historiador moderno, «el equivalente de
todos los fondos de inversión libre del pasado año reunidos».[199]. (La
inflación fue un problema constante a lo largo de todo el siglo, pero afectó
menos a la moneda de plata que a la de bronce). El funeral más ostentoso podía
llegar a costar un talento, el precio de un certamen de bebida en palacio. Una
multa de medio talento suponía poco menos que la ruina para cualquier aldeano
egipcio. Los sacerdotes de tiempos de Cleopatra —uno de los cargos más
codiciados— cobraban quince talentos al año, cifra espléndida si pensamos que
ésa fue la fianza que Ptolomeo III depositó para «tomar en préstamo» de Atenas
las versiones oficiales de Esquilo, Sófocles y Eurípides, fianza que acabó
perdiendo al no devolver esos manuscritos de valor incalculable. Los piratas
que secuestraron a César en sus años jóvenes exigieron la friolera de veinte
talentos por su rescate, a lo que el joven Julio protestó alegando que, siendo
él César, valía por lo menos cincuenta. Puesto a elegir entre una multa de
cincuenta talentos y la cárcel, cualquiera habría optado por la cárcel. Por
doscientos talentos un hombre podía erigir un par de magníficos monumentos en
honor de su amante. Los primeros años de Cleopatra tuvieron que ser duros
teniendo en cuenta sus elevados gastos y la falta de colaboración por parte del
Nilo.[200] Con
todo, a decir de uno de los ciudadanos más acaudalados de Roma, era
fabulosamente rica. Según Craso, la verdadera riqueza se cifraba en la
capacidad para mantener un ejército.[XXIV][201]
Por lo que se refiere a los asuntos internos, Cleopatra se desenvolvió con una
soltura poco frecuente. Resulta evidente que supo gestionar de forma adecuada
las avalanchas de súplicas y que gozaba del favor del pueblo. Su reinado se
distingue por la ausencia de revueltas en el Alto Egipto, donde se registró un
período de calma desconocido durante el siglo y medio anterior. Hacia el verano
del año 46, todo indicaba que el reino se hallaba en situación estable y que la
productividad estaba garantizada. El Nilo creció de forma regular y Cleopatra
dio instrucciones a sus chambelanes de confianza, a sus generales de marina y a
las nodrizas de su hijo. Enseguida se reunieron toallas, vajillas, utensilios
de cocina, lámparas, sábanas, alfombras y cojines. Cleopatra se disponía a
zarpar rumbo a Roma en compañía de su hijo Cesarión, de apenas un año, y un
numeroso séquito: secretarios, copistas, mensajeros, guardaespaldas y hasta su
hermano y marido; ningún Ptolomeo en su sano juicio se habría atrevido a perder
de vista a un pariente de sangre. Desconocemos si emprendió el viaje por
razones de Estado, del corazón o si para presentarle a César al niño que
todavía no conocía. Es posible que aguardara noticias de César, que llevaba
casi tres años fuera de Roma. Su retorno del norte de África tras la rotunda
victoria sobre los últimos pompeyanos coincide, de hecho, con la llegada de
Cleopatra. Dos cosas están meridianamente claras: que la reina no habría podido
partir de Egipto de no haber tenido el país bajo control firme, y que no se
habría atrevido a poner los pies en Roma en contra de la voluntad de Julio
César.[202]
* *
*
Es
improbable que Cleopatra acometiera su primera travesía del Mediterráneo a la
ligera. Se trataba, en el mejor de los casos, de un viaje arriesgado; el propio
Herodes naufragó durante un trayecto similar, y Josefo, el historiador
judeo-romano que con tanta inquina escribió sobre Cleopatra, pasaría años más
tarde una noche entera nadando por el Mediterráneo.[203] Tenemos
indicios de que Cleopatra era una navegante asustadiza. Viajaba a título a la
vez institucional y personal, rodeada de médicos y filósofos, eunucos,
consejeros, costureras, cocineros y un entero regimiento destinado al cuidado
de Cesarión. A bordo con ella, iban regalos de lo más suntuoso: jarros con agua
del Nilo, telas relucientes, canela, tapices, perfumes en jarros de alabastro,
vasos de oro, mosaicos y leopardos. Tenía una reputación que mantener y buenas
razones para querer promocionar la riqueza de Egipto. En otoño, se vio por
primera vez una jirafa desfilando por Roma, para regocijo de sus habitantes.[204] Es
muy posible que Cleopatra la llevara consigo desde África. (La inefable
criatura fue descrita «como un camello en todo» excepto en las manchas, la
altura, las piernas y el cuello.) [205] Cabe
suponer que realizara el viaje a bordo de una galera, probablemente un trirreme
estrecho de vela cuadrada de treinta y seis metros de eslora, de las que su
flota estaba bien provista. Las galeras eran navíos rápidos, con una dotación
de unos ciento setenta remeros y un habitáculo a popa con cabida para un
pequeño grupo de pasajeros. El séquito y los regalos la seguían en otros
barcos.
Al margen de cómo lo presentase de cara a su pueblo, no se trataba en absoluto
de un viaje de placer. Los monarcas helenísticos viajaban al extranjero más por
necesidad que por capricho.[XXV][206] Cleopatra
tampoco abandonó la ciudad de incógnito como había hecho su padre; al
contrario, la imagen de la flotilla aparejada fue lo más extraordinario que se
había visto en Alejandría en al menos una generación. La comitiva no se
distinguía ni por su discreción ni por su comedimiento. La multitud se
aglomeraba en las orillas para admirar el espectáculo y despedir a su reina con
música, vítores y el dulce y picante aroma del incienso. Desde su nave,
Cleopatra no pudo dejar de oír la conmoción hasta que las caras, las espigadas
palmeras, la costa rocosa, los colosos, el tejado de oro del Serapeo y, por
último, el faro se perdieron de vista. Es improbable que Cleopatra hubiera
visto nunca antes aquella torre de caliza con sus cristales reflectantes desde
el lado de barlovento. Tras cuatro horas en el mar, la formidable estatua de
Poseidón que la coronaba se disolvió por fin en la neblina plateada.
Tenía por delante un viaje de más de tres mil kilómetros. En el mejor de los
casos, la travesía podía durar un mes; en el peor, hasta diez semanas. Roma
quedaba en línea recta hacia el noroeste desde Alejandría, por lo que habría
que luchar de continuo contra el viento preponderante. En vez de aventurarse
por en medio del Mediterráneo, las galeras se dirigían al este y al norte antes
de poner proa hacia el oeste. Cada noche se recalaba en un puerto. El espacio
para las provisiones era limitado y la tripulación no podía dormir ni comer a
bordo. La llegada de la flota se anunciaba por anticipado en cada población, y las
gentes del lugar acudían al puerto en tropel con agua y comida. Siguiendo este
pesado sistema, Cleopatra remontó la costa oriental del Mediterráneo, avanzó
por la ribera meridional de Asia Menor y, dejando al sur Rodas y Creta, cruzó
el mar Jónico. Pasada Sicilia, el horizonte se extendió hasta convertirse en la
península Itálica. A partir de ahí, debió de reseguir la costa occidental a
través del sereno mar Tirreno, frente a un litoral trufado de nuevas y
flamantes villas de piedra. A lo largo de la década siguiente, construcciones
como ésas se multiplicarían a tal velocidad que alguien diría que hasta los
peces tenían que apretarse. Pasada Pompeya, se abrió ante ella el bullicioso
puerto de Puteoli (la actual Pozzuoli), lugar de atraque de los enormes cargueros
egipcios que transportaban grano. Una vez en el puerto, hizo ofrendas de humo a
los dioses en agradecimiento por haber llegado sana y salva; si la imagen de
Isis no estaba labrada en la proa del barco de Cleopatra, sin duda la diosa de
la navegación ocupaba alguna parte de la cubierta. Ya sólo la pasarela se
interponía entre la reina y Europa. Desde Puteoli, a bordo de un carro o una
litera, viajó por tierra durante tres días hasta Roma, un trayecto difícil por
polvorientas carreteras de arena o gravilla y bajo un intenso calor. La
comitiva debía de ser digna de verse. Durante una ruta por Asia Menor, cierto
funcionario romano viajó con «dos calesas y un carro con caballos uncidos, una
litera y un gran número de siervos […]. También había un babuino en una calesa
y no faltaban onagros».[207] Y
conste que era un desconocido. En Oriente, no era insólito ver caravanas
compuestas por doscientos vehículos y varios miles de cortesanos.
En las afueras de Roma, el aire estaba impregnado de una fragancia de
grosellas, mirra y canela. Tumbas modestas y colosales mausoleos flanqueaban
ambos lados de la carretera, lo mismo que los altares a Mercurio, patrón de los
viajeros. Si no se habían reunido con ella todavía, los representantes de César
debieron de recibir a Cleopatra frente a las murallas de la ciudad para
acompañarla, pasado un puente de madera, hasta la gran casa de campo que éste
tenía en la orilla oeste del Tíber. Cleopatra se instaló en la ladera sureste
del Janículo, un emplazamiento cómodo, aunque no tan prestigioso como las
villas de la ciudad, en la colina opuesta. En casa de César se encontró rodeada
por una rica colección de pintura y escultura, un patio porticado y un frondoso
jardín de un kilómetro y medio de largo, espléndido para los patrones romanos,
pero insignificante para una reina egipcia. A cambio, disponía de unas buenas
vistas de la ciudad. Cleopatra miraba entre los pinos y los cipreses por encima
del amarillento Tíber en dirección a las lomas más alejadas y los rojos tejados
de Roma, una metrópoli formada en su mayor parte por cúmulos de callejuelas
tortuosas y edificios donde la gente vivía hacinada. Desde hacía un tiempo,
Roma superaba a Alejandría en número de habitantes, y en el año 46 albergaba a
casi un millón de personas. Aparte de eso, no era mejor que un villorrio de provincias.
Seguía siendo la clase de lugar donde un perro abandonado podía depositar una
mano humana sobre la mesa del desayuno y un buey podía irrumpir en el comedor
en cualquier momento. Para Cleopatra, aquello debió de ser como zarpar de la
corte de Versalles a la Filadelfia del siglo XVIII. En Alejandría, el pasado
glorioso estaba a la vista de cualquiera, mientras que desde su nueva
residencia la reina no podía ver nada que presagiase el futuro esplendor de
Roma. Todavía no estaba muy claro cuál era el Viejo Mundo y cuál el Nuevo.[208]
Todo indica que Cleopatra intentó pasar desapercibida, o lo más desapercibida
posible dadas sus inusuales circunstancias: «Ella había llegado, en efecto, con
su marido y se había alojado en la propia casa de César, de modo que también él
era tenido en mal concepto por causa de ambos», lamenta Dión. Como todo el
mundo sabía, César vivía en el centro de la ciudad, cerca del foro, con su
esposa Calpurnia, pero a pesar de ello la influencia de Cleopatra y la de su
país se dejaron sentir tanto directa como indirectamente. A su retorno, César
había empezado a adoptar diversas reformas inspiradas en su estancia en Egipto,
durante la cual había estudiado con atención tanto las innovaciones como las
tradiciones del país. Su principal proyecto fue la mejora del calendario
romano, que en el año [209] llevaba
tres meses de adelanto con respecto a la estación. Durante un tiempo, el año
romano se había compuesto de 355 días, a los que las autoridades añadían un mes
extra cuando más les convenía. En palabras de Plutarco, «los sacerdotes, los
únicos que conocían el asunto, de repente y sin que nadie se lo esperase,
añadían el mes intercalar». El resultado era un auténtico desbarajuste, y en
cierta ocasión, ni aun el mismo Cicerón sabía en qué año vivía. César adoptó el
calendario egipcio de doce meses de treinta días, con un período adicional de
cinco días al término del año, considerado por ello «el único calendario
inteligente que ha existido en la historia humana».[210] Asimismo,
adoptó la división de doce horas entre día y noche de los alejandrinos. En
términos generales, el tiempo era un concepto más vago y elástico en Roma,
donde se hallaba sujeto a debates constantes.[XXVI][211] Los
astrónomos y matemáticos de Cleopatra ayudaron a César con el proyecto. El
resultado fue la introducción de notables correcciones al año 46, «el último
año de enrevesados cómputos», que con la inserción de varias semanas
adicionales entre los meses de noviembre y diciembre acabó constando de 445
días.
El episodio egipcio de César había ejercido una honda influencia sobre su
persona; los dieciocho meses siguientes nos obligan a plantearnos cuán profunda
llegó a ser esta influencia. Su admiración por el reino de Cleopatra queda
patente en sus reformas. Así, sentó las bases para una biblioteca pública desde
la cual difundir las obras literarias de Grecia y Roma, y con vistas a reunir
la colección, contrató los servicios de un eminente erudito al que había
perdonado la vida en el campo de batalla no una sino dos veces. La obsesión
alejandrina por la contabilidad se reveló contagiosa y César encargó la
elaboración de un censo oficial. (El censo pondría en evidencia que su
rivalidad con Pompeyo había hecho estragos en la ciudad, cuyo número de
habitantes había descendido de forma sustancial a consecuencia de la guerra
civil). La sofisticación de las esclusas y los diques de Egipto también causó
impresión, y César propuso drenar las insalubres marismas de Italia central con
el objeto de ganar tierras de labranza de primera calidad. Y ya puestos, ¿por
qué no planificar un canal desde el Adriático hasta el Tíber para favorecer el
comercio? Otro proyecto fue la remodelación del puerto de Ostia, que por
entonces era todavía un atracadero menor obstruido por rocas y bancos de arena.
Una gran avenida al estilo alejandrino atraería grandes flotas a la ciudad. En
otros ámbitos, César concedió la ciudadanía romana a todo aquel que se dedicase
a la enseñanza de las artes liberales o al ejercicio de la medicina, «para que
no sólo ellos habitaran la ciudad de mejor grado, sino que también a otros les
fuera apetecible».[212]
Propuso asimismo retirar de la ciudad algunas de las esculturas de menor valor,
que en comparación con Alejandría le concedían un aspecto decididamente
decadente; como se ve, no era fácil para quien hubiera entrado en contacto con
el Egipto ptolemaico mantenerse ajeno a ciertas extravagancias. Como en el caso
de Cleopatra, no todas las importaciones de César fueron bien recibidas ni
obedecieron a los dictados de la lógica. Recién arribada la reina, César
reconoció el culto de Dioniso, un griego de ascendencia más dudosa y hábitos
más cuestionables que los de la opulenta monarca egipcia. En casi todos los
frentes, César hizo gala de una laboriosidad prodigiosa, una monomaníaca
capacidad de trabajo que durante años lo había distinguido de sus rivales.
En nada se dejó sentir tanto la influencia oriental como en los triunfos
celebrados por César en las postrimerías de septiembre [213] .
Para los generales romanos no existía mayor gloria que la de esas elaboradas
ceremonias concebidas para su lucimiento personal. César tenía motivos para
querer que las celebraciones fueran especialmente espléndidas. Roma vivía desde
hacía tiempo un período agitado y convulso debido a la larga guerra y a su
dilatada ausencia. ¿Qué mejor modo de zanjarlo que con once días de
extraordinarios festejos? En ocasiones como ésas, los generales se convertían
en directores de escena, y hay que decir que cuando llegó el momento de
celebrar sus conquistas en las Galias, Alejandría, el Ponto, África e Hispania,
César se superó a sí mismo, compitiendo, consciente o inconscientemente, con
los desfiles vistos en Alejandría. Después de intensos preparativos y algunos
frustrantes retrasos, las celebraciones dieron comienzo el 21 de septiembre del
año 46 y se prolongaron hasta los primeros días de octubre. Roma se llenó de
ruido y espectadores, de los cuales sólo fue posible acomodar a una pequeña
parte. Muchos levantaron tiendas en las calles y carreteras de la ciudad. La
multitud se amontonaba para asistir a los banquetes, desfiles y espectáculos, y
hubo gente que murió aplastada en medio de la confusión. Se decoraron templos y
calles, se construyeron estadios provisionales y se ampliaron las pistas de
carreras. Roma había vivido momentos de gloria, pero nunca antes se había visto
en la ciudad que un general regresara a casa tras un día de festejos escoltado
por cuarenta elefantes con antorchas en la trompa, seguidos de una recua de
músicos y gente celebrando. Tampoco nunca antes se habían servido en Roma
banquetes con manjares y buen vino para 66.000 personas.
Es posible que Cleopatra se hubiera instalado ya en la villa de César hacia
finales de verano, cuando éste celebró su triunfo egipcio. Aquella mañana las
trompetas anunciaron su llegada; envuelto en su túnica púrpura y con una corona
de laurel sobre su calva coronilla, César franqueó las puertas de la ciudad
montado en un carro tirado por cuatro caballos blancos. El público lo recibió
con aplausos y pétalos de rosa. Exultantes, sus hombres marchaban a su lado
ataviados con cotas de malla y entonando odas triunfales y obscenidades sobre
sus conquistas amorosas en tierras extranjeras. Entre sus gritos, se oyó varias
veces el nombre de Cleopatra, cuya relación con él César no negó en ningún
momento. De acuerdo con la tradición, el desfile incluía el botín de la campaña
y representaciones de los vencidos; desde el Campo de Marte, en el norte, hasta
la vía Sacra, pasando por el Circo Máximo y la colina Capitolina, desfilaron
las efigies de Aquilas y Potino junto a gigantescas pinturas del Nilo y una
maqueta del faro de Alejandría. La multitud manifestaba a gritos su aprobación.
La flota egipcia se representó con brillantes caparazones de tortuga, un
material desconocido en Roma y que explicaba la jactancia de César sobre las
riquezas adquiridas durante la campaña. Todos los triunfos incluían banquetes y
espectáculos públicos; por todas partes había competiciones atléticas, obras
teatrales, carreras de caballos, certámenes musicales, exhibiciones de animales
salvajes, números circenses y luchas de gladiadores. Durante tres semanas Roma
fue el paraíso de los ladrones, ya que las casas se quedaban vacías para ir a
ver los espectáculos. Tras el triunfo egipcio se organizó una batalla naval
para la que se creó un lago artificial. En ella participaron cuatro mil remeros
y algunas de las naves egipcias sometidas, que según Suetonio cruzaron el
Mediterráneo con César para la ocasión.
César no tuvo ninguna necesidad de exhibir a Cleopatra para convencer al pueblo
de la ganancia que Roma podía recibir del exterior, una explicación tan buena
como cualquier otra para su interludio egipcio. El pueblo se regocijaba en la
munificencia de César, que en rigor era la de Cleopatra. Los soldados de César
fueron premiados, y también los ciudadanos, a cada uno de los cuales se hizo
entrega de 400 sestercios —el equivalente a más de tres meses de sueldo—,
además de cierta cantidad de trigo y aceite de oliva. Por lo demás, es poco
probable que Cleopatra desease tomar parte en el triunfo egipcio, en el que ya
figuraba una Ptolomeo. Todas las procesiones concluían con una marcha de
prisioneros. (Su presencia era tan crucial que en un triunfo anterior Pompeyo
se había hecho con prisioneros que no le pertenecían, pues en el número de
éstos se cifraba el éxito de un general). Cuanto más exóticos, mejor. Así, en
su procesión africana —la última del año 46—, César exhibió a un príncipe
africano de cinco años que, por azares de la vida, terminaría casándose con la
hermana de Cleopatra.[XXVII][214] César
incluyó otra novedad en la procesión egipcia, si bien los romanos no se
refocilaron con ella como con el pequeño príncipe africano o el exótico
«camellopardo»: se trataba de Arsínoe, la joven hermana de Cleopatra, que
desfiló por la ciudad presa con grilletes de oro, seguida por los despojos y
prisioneros de la campaña de Egipto. Lejos de causar impresión, el inusitado
botín desasosegó al público. La de Arsínoe fue una imagen excesiva para aquella
multitud, poco acostumbrada, según nos informa Dión, a ver a una mujer,
«considerada reina una vez, encadenada, cosa que nunca antes había sucedido, al
menos en Roma».[215] La
angustia de los presentes se trocó en compasión. Los ojos se llenaron de
lágrimas. Arsínoe encarnaba el coste humano de la guerra, del que muy pocas
familias se habían librado. Aun cuando Cleopatra no mostrase atisbo alguno de
piedad hacia su hermana y prefiriese interpretar el triunfo de César como una
victoria sobre un gobierno anterior, difícilmente pudo disfrutar con aquella
brutal prueba del sometimiento de Egipto. Por no hablar de lo poco que le había
faltado para correr la misma suerte.
Curiosamente, los invitados ilustres resultaron tan problemáticos como los
prisioneros insignes. Se hace difícil decir qué Ptolomeo incomodó más a los
romanos, si la prisionera real a la que César había humillado en la calle o la
reina extranjera con la que se holgaba en su villa. Arsínoe fue enviada poco
después hacia el Egeo, al templo de Ártemis en Éfeso, considerado por su
reluciente estructura de mármol blanco como una de las maravillas del mundo,
mientras que su hermana mayor pasó el invierno en la orilla menos exclusiva del
Tíber. Con el fin de la estación navegable, que no volvería a empezar hasta
marzo, dejaron de llegar noticias de Alejandría. Durante un tiempo, Cleopatra
tuvo que pasarse sin César, que a principios de noviembre partió de forma
repentina hacia Hispania para dirigir una última campaña contra los pompeyanos.
Cleopatra había morado en lugares inhóspitos —el desierto del Sinaí occidental,
por nombrar uno—, pero el Janículo, pese a las comodidades de la villa y las
vistas panorámicas, resultó ser uno de los menos acogedores: su llegada no era
vista con buenos ojos por todo el mundo, Roma era fría y húmeda, y le costaba
manejarse en latín, lo que suponía una desventaja en el plano lingüístico. Esto
sumado a que la vida era muy distinta en una ciudad donde las mujeres gozaban
de los mismos derechos que un niño o una gallina.[216] Así
las cosas, hay motivos para creer que el año 46 fue para Cleopatra el más largo
de su vida, como por lo demás lo fue para el resto del mundo debido a la
rectificación del calendario.
* *
*
Cleopatra
tuvo en Roma los mismos problemas que cualquier famoso en tierra extraña:
conocía a poca gente pero todo el mundo la conocía a ella. Su presencia
resultaba incómoda, y no sólo a causa de Calpurnia, que ya estaba acostumbrada
a esa clase de afrentas. César se había casado con su tercera mujer en el año
59 y desde entonces no había dejado de serle infiel, tanto en Roma como en el
extranjero. Se había acostado con las mujeres de la mayor parte de sus colegas
y, en una ocasión, incluso con una atractiva madre y la joven hija de ésta,
aunque por lo menos tuvo el decoro de seducir primero a una y después a la
otra. Entre la partida de Alejandría y el retorno a Roma hasta había tenido
tiempo para un escarceo con la esposa del rey de Mauritania, aventura a la que
algunos —llevados por una lógica más bien romántica— atribuyen la visita de
Cleopatra. Competir con una esposa era una cosa; competir con otra soberana
oriental, ni que fuera de inferior rango, otra muy distinta. (Aparte, esto
daría un giro emocional al asunto que mal encaja ni con la época ni con las
pruebas). Más problemático resulta el marcado afecto de César hacia una mujer
tan alejada, y en muchos respectos contraria, a las costumbres de Roma.
A pesar de que Cleopatra despertaba pocos entusiasmos en el extranjero, todo en
ella provocaba curiosidad, lo cual debió de imponer serias restricciones a sus
movimientos. Cuesta creer que se dejara ver a menudo por la rústica Roma. Es
más probable que fuera César quien se reuniera con ella en su villa, visitas
que difícilmente podían pasar desapercibidas. No era la primera vez que Roma
hospedaba a un Ptolomeo —Auletes había tenido como anfitrión a Pompeyo—, pero
esta vez la situación era distinta. Era poco menos que imposible que César o
Cleopatra pudieran dar un paso sin llamar la atención: pasearse en una litera
con cortinas acarreada por un pelotón de fornidos esclavos sirios podía ser
todo menos discreto. (Auletes solía pasearse a hombros de ocho hombres y con
una escolta de cien hombres armados con espadas).[217] Nada
hace pensar que su hija empleara menor pompa, y de hecho sabemos que en sus
desplazamientos por Roma nunca faltaban guardaespaldas, consejeros y
ayudantes). Los grandes hombres no viajaban nunca sin su capa escarlata y su
séquito, pero además, hacia finales del año 45, César había adquirido la
costumbre de desfilar con unas botas rojas que le cubrían la pantorrilla.
Aparte, de todos era sabido que Roma era una ciudad en la que hasta las paredes
tenían oídos. Juvenal nos recuerda que ningún potentado romano podía ser tan
ingenuo como para creer que sus secretos podían mantenerse a salvo: «Si los
esclavos se lo callan, lo dirán los jumentos, y los perros, y las puertas, y
los mármoles». Por más molestias que se tome, y «mal que te pese, lo que el
rico haga al segundo canto del gallo, antes de que amanezca lo sabrá el
tabernero de al lado, y escuchará lo que imaginaron a un tiempo el pastelero,
los cocineros y los que trinchan las carnes».[218] Por
suerte para ella, Cleopatra tenía pocos motivos para esconderse. Las fugas a
medianoche en sacos de cáñamo habían dejado de ser necesarias.
César intentó al menos en una ocasión introducir a la reina de Egipto en la
vida pública de Roma. En septiembre dedicó uno de los templos ornamentados del
foro a Venus Genetrix, diosa de la que se decía descendiente y a la que
atribuía sus victorias, divina madre asimismo del pueblo romano. Se dice que
César «se consagraba en todo por completo» a Venus para persuadir a sus colegas
«de que había recibido de ella una flor de juventud», [219] devoción
que no hacía sino incrementar a medida que se le hundían las mejillas, le
crecían las bolsas de los ojos y se le acentuaban las entradas. En ése su
templo favorito, que terminaría convirtiéndose casi en su lugar de trabajo,
mandó instalar junto a la de Venus una estatua de Cleopatra en oro a escala
real. El tributo era tanto mayor cuanto que César no había erigido todavía
ninguna estatua de sí mismo. El gesto tenía cierta lógica: para la mentalidad
romana, Isis y Venus estaban en estrecha relación en virtud de su rol maternal,
pero resultaba algo excesivo y chocante, amén de insólito e innecesario, si,
como afirma Dión, el objeto del viaje de Cleopatra a Roma era hallar
reconocimiento oficial «entre los amigos y aliados de los romanos».[220] No es
que dicho reconocimiento no fuera importante —a Auletes le había costado su
peso en oro—, pero nunca antes había conllevado la erección de estatuas a
monarcas extranjeros en los recintos sagrados del corazón de Roma. En una
ciudad tradicionalmente poco dada a mezclar a los humanos con las imágenes del
culto, decisiones como ésa no podían sino despertar recelo.
Cleopatra no tenía por qué ser consciente de lo insólito del tributo de César,
pues no era la primera vez que se veía representada en oro, aunque sin duda se
daba cuenta de que la situación era algo extraña. Roma era distinta incluso en
los colores. Cleopatra estaba acostumbrada a contemplar el océano, a la
vivificante brisa marina, a las paredes de color blanco reluciente y al cielo
despejado de Alejandría, pero desde su ventana no podía ver ni los destellos
turquesas del Mediterráneo ni la luz purpúrea del ocaso. La ciudad tampoco
sobresalía en el plano arquitectónico. La monocromía de Roma era el reverso de
los estallidos de color de Alejandría. Allí todo era madera y yeso. En
Alejandría, la música impregnaba todos los aspectos de la vida de la ciudad,
donde flautas y liras, matracas y tambores, sonaban a cada paso. La cultura
romana, en cambio, admitía con reticencia tales frivolidades, y la gente se
disculpaba por saber bailar o tocar la flauta. «Nadie baila, por lo general, si
no ha bebido —sentencia Cicerón, el mayor aguafiestas de Roma—, a no ser que
esté loco .» [XXVIII][221][222][223]
A poco que Cleopatra hubiera puesto los pies en la ciudad, se habría visto
perdida en un sombrío enjambre de vías retorcidas y congestionadas, sin avenida
principal ni plan rector, rodeada de cerdos sucios de lodo, vendedores de sopa
y artesanos trabajando en plena calle. Ciudad a todos los efectos menos
saludable que Alejandría, Roma estaba formada por una miserable e informe
maraña de callejuelas de estilo oriental, estrechas y mal ventiladas, sumidas a
todas horas en un alboroto ensordecedor, umbrías y, en verano, sofocantemente
calientes. Pese al aislamiento de la colina, el domicilio de César también
tenía ventajas. Allí Cleopatra estaba a salvo del incesante vocerío de la
ciudad, el repique de la fragua y el martillo del picapedrero, el arrastre de las
cadenas y el chirrido de los cabrestantes. Dado que las casas se venían abajo o
eran derruidas de forma regular, Roma era una ciudad en construcción
permanente. A fin de reducir el ruido, César había restringido el tráfico
diurno en las calles, con resultados previsibles: «En Roma dormir cuesta un ojo
de la cara», aseguraba Juvenal, quien se quejaba del ruido de los carros y las
bestias y sentía peligrar su vida cada vez que ponía el pie en la calle.
Encontrarse con el paso cortado por las literas o volver a casa salpicado de
barro constituían peligros menores. La gente de a pie tropezaba cada dos por
tres en socavones escondidos y no había ventana que no constituyera un peligro
en potencia. Dada la frecuencia con que las macetas caían de las repisas, ninguna
persona sensata, advierte Juvenal, debía salir de casa sin hacer testamento.[224] Cleopatra
tenía motivos sobrados para añorar su país, ese que un poeta latino calificaría
más tarde de «bárbaro».[225]
En el momento de su visita, Roma acababa de descubrir la planificación
urbanística, importada de Oriente como tantas otras cosas. En vano hemos de
buscar en ella los grandes monumentos que hoy conocemos: el Coliseo, «el último
grito en anfiteatros», [226] todavía
no estaba construido, como tampoco el Panteón o las termas de Caracalla. El
teatro de Pompeyo era la única estructura distinguida de Roma, y en ella se
había inspirado César para el foro, que ahora lo eclipsaba. Roma seguía siendo
provinciana, aunque cada vez era más consciente de sus carencias. Grecia era
todavía sinónimo de cultura, elegancia y arte. Para encontrar a un buen
secretario, médico, adiestrador de animales o artesano había que recurrir a los
griegos, lo mismo que para encontrar un buen libro había que ir a Alejandría.
Resultaba difícil encontrar un ejemplar decente de cualquier texto en Roma, que
como consecuencia de ello arrastraba un saludable complejo de inferioridad.
Éste se manifestaba de la forma habitual: ensalzando la propia superioridad. La
romana no fue la primera cultura empeñada en impugnar la civilización en que
aspiraba a convertirse. Para ella, las pirámides —prodigios de ingeniería y
exactitud, edificadas con herramientas y cálculos aritméticos rudimentarios— no
eran más que «necias y vanas exhibiciones de la fortuna real».[227] Ofendido
más que admirado, el romano que viajaba por Egipto se tragaba su propia envidia
entre aspavientos despectivos y censuraba toda extravagancia por dañina para el
cuerpo y el espíritu, en un gesto que recuerda a la renuencia de Mark Twain respecto
al canto de sirena de Europa. Al mirar a una gran civilización directamente a
la cara, el romano la tachaba de bárbara o decadente y se refugiaba en la
rigidez y rectitud de su propia lengua, aun cuando —rebufando con menosprecio—
reconocía su inferioridad en comparación con la sinuosa, maleable y receptiva
lengua griega. El latín mantenía a sus hablantes en el dominio del laconismo y
la precisión, [228] y si
bien era de lamentar que no existiera en esa lengua palabra alguna para
designar la «carencia de bienes» [229], tampoco
la había, a Dios gracias, para referirse a «utensilios con incrustaciones de
oro» o «cristal grabado del templado Nilo».[230]
Gracias a las campañas de César en ultramar y al creciente poder y fortuna de
Roma, los esplendores del mundo heleno empezaron a abrirse paso en la península
Itálica.[231] No
sería exagerado atribuir algunas de esas importaciones a Cleopatra. Pompeyo tan
sólo había introducido en Roma el ébano. Mirra, canela, jengibre y pimienta
eran productos de aparición reciente. Sólo una casa en toda Roma podía presumir
de tener las paredes decoradas con paneles de mármol, aunque en pocos años
cientos de otras rivalizarían con ella. La gastronomía floreció con la
introducción en las mesas romanas del rodaballo, la cigüeña y el pavo. Durante
la estancia de Cleopatra, se debatía con acaloramiento acerca de las
propiedades de la mantis marina frente al caracol africano. La reina asistió a
una Roma en transición, en la que los espectáculos lujosos convivían con los
ladrones de pañuelos de lino.[232] La
literatura latina iba todavía en pañales, mientras que la literatura griega
pronto sería desacreditada y tachada —metáfora no podía venir más al caso— de
ser una hermosa vasija llena de serpientes venenosas.[233] La
belleza de la toga —aquella prenda de lana tan incómoda como poco práctica—,
como la de la propia lengua latina, residía en las restricciones que imponía.
César corría cortinas de seda para no ver a quienes se paraban a observarlo en
la vía Sacra de camino a la colina Capitolina. Como quiera que fueran de
importación alejandrina, enseguida hubo quien calificó esas cortinas de «lujo
bárbaro».
Al mismo tiempo que el lujo oriental desembarcaba en Roma, surgieron quienes
veían en cada importación el fin del mundo civilizado y el camino hacia la
degeneración. La situación llevó a César a reinstaurar las largamente olvidadas
leyes suntuarias, diseñadas para poner freno al gasto privado. Se aplicó a ello
con el celo propio de un aficionado al mayor boato; no por nada se dice de él
que fue el primer anfitrión en la historia que ofreció a sus invitados una
selección de cuatro vinos. Encargó a sus agentes que confiscasen los productos
de lujo de los mercados y las vajillas ornamentadas de las casas particulares,
aunque tuvieran que llevárselas a media comida. Con contadas excepciones, vetó
las literas, las prendas de color escarlata y las perlas. Para cualquiera que
hubiera visitado Alejandría, la capital mundial de la moda, la idea de que la
Roma de César necesitara leyes suntuarias movía a risa. No obstante, era de
suponer que una mujer obligada a comer con una vajilla sencilla se mostrara más
recatada también a la hora de vestirse, y hasta la misma Cleopatra debió de
mostrarse más contenida en lo que se refiere a su vestuario. Las matronas
romanas se vestían de blanco, en tanto que las mujeres alejandrinas preferían
los colores, pero una mujer que supiera adaptar su humor en función de sus
interlocutores sabía que no valía la pena ser la nota discordante en una cena
que en nada podía competir con los ágapes de su país. Como sabemos desde hace
milenios, es más fácil denunciar el lujo que renunciar a él, de aquí que el
edicto de César cayera mejor entre unos que entre otros. A Cicerón, por
ejemplo, no le sentó muy bien tener que pasarse ese invierno sin pavo, ostras
gigantes ni anguilas. (La carne de pavo era especialmente correosa, pero la
cuestión no era ésa). Las ostras y las anguilas, se quejaba Cicerón, nunca le
habían hecho daño al sistema digestivo; los nabos, sí.
No sabemos qué opinión le merecían a Cleopatra los puritanos —reales o
fingidos— que la rodeaban, pero sabemos muy bien cuál era la de éstos acerca de
ella. El matrimonio, y las mujeres, se regían según patrones distintos en Roma,
donde el concepto de autoridad femenina era inexistente. (Del mismo modo, para
un hombre no había insulto peor que el que lo llamasen afeminado). Para los
romanos, una mujer virtuosa era una mujer discreta, cosa para la que Cleopatra
no había sido educada. En Alejandría lo necesario era destacar. En Roma, todo
lo contrario. Las mujeres romanas no sólo carecían de derechos políticos y
jurídicos, sino que ni siquiera poseían nombre propio, de aquí que llevaran uno
derivado del padre. César tenía dos hermanas, ambas llamadas Julia. En público,
las mujeres romanas bajaban la vista, guardaban silencio y procuraban no llamar
la atención. No invitaban a la gente a cenar, no participaban en la vida
intelectual y aparecían representadas en obras artísticas con menor frecuencia
que en Egipto, en cuyas pinturas, esculturas, escenas funerarias y capillas
encontramos a trabajadoras y a faraonas cazando pájaros, vendiendo mercancías o
haciendo ofrendas a los dioses.[234] Si
bien es cierto que leyes como las suntuarias no siempre se aplicaban a los
soberanos de otros países, es de creer que Cleopatra no se sintiera del todo
cómoda.[XXIX][235] Como
siempre, la pureza de una mujer dependía de que llevara una vida de esclava.
(En Juvenal encontramos sus atributos ideales: «El trabajo, la brevedad del
sueño, las manos duras y encallecidas».) [236] En
tanto que rompedora de matrimonios que de alguna manera se las había ingeniado
para compartir altar con la mismísima Venus, la presencia de Cleopatra en Roma
incomodaba por más de un concepto: era mujer, extranjera, reina oriental de
paso por una república teóricamente hostil a toda monarquía y representante de
Isis, cuyo culto resultaba sospechoso y subversivo, y cuyos templos eran por
todos conocidos como lugar de citas. Cleopatra subvertía las categorías y
desafiaba las convenciones. Incluso con los patrones actuales, plantearía
problemas de protocolo. ¿Ser la amante del dictador de Roma la convertía
también en la amante del mundo romano? Daba igual lo que hiciera —por lo visto
puso gran cuidado en mantener las apariencias—; las reglas no estaban hechas a
su medida. Aunque en su país fuera una reina, en Roma era una vulgar cortesana.
O lo que es peor: una cortesana con medios. Cleopatra no sólo era independiente
desde el punto de vista económico, sino más rica que cualquier hombre de Roma.
Su propia riqueza —la misma riqueza que había dado de comer a Roma durante los
triunfos— la desacreditaba moralmente. Ponderar en exceso la plata repujada,
las suntuosas alfombras y la estatuaria de mármol de alguien equivalía a
censurarlo, sobre todo si pertenecía al sexo débil: «Todo se lo permite la
mujer y nada reputa vergonzoso si ha rodeado su cuello de esmeraldas y cuelgan
de sus tensas orejas unos grandes pendientes»; [237] ése
era el sentir general. En ese sentido, el tamaño de las orejas de Cleopatra
habría sido más importante que su nariz a la hora de sellar su destino.[XXX] Aun
suponiendo que hubiera dejado sus mejores joyas en Alejandría, su nombre era en
Roma sinónimo de la «alocada extravagancia» de aquel mundo. Era algo
consustancial a ella. (Una romana de verdad, en cambio, consideraba que sus
joyas eran sus hijos). Claro que para los patrones romanos hasta los eunucos de
Cleopatra eran ricos.[238] Ella
era la portadora de todos los males imperdonables de su libertina familia. Ya
antes de convertirse en una hechicera de leyenda —una insensata y negligente
devoradora de hombres—, resultaba sospechosa por sus extravagancias orientales,
por su insensata y negligente manera de devorar riquezas. Si la bajeza moral
empezaba con la afición al marisco y eclosionaba en forma de togas de color
púrpura y escarlata, su culmen se hallaba en las perlas, que en Roma
representaban el no va más de la extravagancia. Suetonio las cita cuando quiere
probar la debilidad de César frente al lujo. La anécdota del libertino que
sacrifica una perla para salirse con la suya era conocida ya antes del año 46,
y por muchos años seguiría figurando en los libros como ejemplo de conducta
censurable. No obstante, se diría hecha a la medida de una audaz reina egipcia.
(Se trata de una historia que presenta indicios de refundición, pero también de
manipulación. Pocos años después, se diría que Cleopatra había lucido «las dos
perlas más grandes de todos los tiempos». Plinio valoraba cada una en 420
talentos, lo que equivale a decir que la reina llevaba en cada oreja el
equivalente a una finca con vistas al Mediterráneo. Cleopatra había aportado
una suma equivalente para el entierro del toro de Menfis). ¿Quién, si no ella,
podía mostrarse tan frívola, tan desvergonzada, tan dispuesta a cautivar a un
hombre como para quitarse una perla de la oreja, disolverla en vinagre y
tragársela? ¿Quién capaz de seducir a un hombre mediante brujería y excesos? [XXXI][239] Ése
sería el tenor de las historias que más tarde circularían sobre Cleopatra.[240]
Nada hace pensar que magia ni excesos fueran habituales durante aquel invierno
del año 46. Sabemos que Cleopatra frecuentó algunos lugares de moda, aunque lo
más probable es que pasara buena parte del tiempo en la villa de César, rodeada
tan sólo por sus consejeros y criados. Algunos de esos cortesanos conocían Roma
por haberla visitado intentando ganar adeptos para la famosa restauración de
Auletes. Durante todos aquellos meses tuvo que manejarse en latín; fuera cual
fuera su nivel de conocimiento de la lengua, descubrió que resultaba imposible
traducir determinados conceptos. Hasta el sentido del humor era distinto, burdo
y salaz en Roma; irónico y alusivo en Alejandría. Los romanos, de mentalidad
más cuadriculada, se tomaban a sí mismos muy en serio, sin rastro apenas de la
irreverencia y la exuberancia de los alejandrinos.
Es posible que, con la llegada de la primavera y la estación navegable,
Cleopatra volviera a casa y que regresase a Roma más tarde ese mismo año. Dos
visitas consecutivas parecen más plausibles que una sola visita de larga
duración; por confiada que estuviera de su autoridad en Egipto, difícilmente
habría podido justificar una ausencia de dieciocho meses. Esto implica una
serie de viajes agotadores, si bien la ruta hacia el sur resultaba menos
complicada. Suponiendo que regresara a Alejandría en el año 45, debió de zarpar
a finales de marzo o principios de abril, las borrascas del noreste ya habían
remitido y, con ellas, los rayos y truenos de la costa de Egipto. En invierno
nadie osaba desafiar los vendavales; sólo en primavera —y no sin miedo—,
«cuando el hombre vea las hojas en la punta de la higuera como la huella que
deja la corneja al posarse».[241] Si es
cierto que Cleopatra zarpó a comienzos del año 45, debió de volver a Roma hacia
el otoño. Sólo un regreso temporal a Alejandría explica que Suetonio describa a
César viendo a Cleopatra partir de Roma. No tendría una segunda oportunidad de
hacerlo.
Según Suetonio, que trabajó a partir de un nutrido conjunto de fuentes más de
siglo y medio más tarde, aquélla fue una separación tan poco deseada como la
finalización del crucero por el Nilo. El comandante romano «no la dejó partir
hasta que la hubo colmado con los mayores honores y presentes», reconoció a
Cesarión como hijo propio y permitió «que le pusiera su nombre al hijo que
había tenido».[242] No
tenía motivos para no hacerlo. Por lo menos en el año 45, los designios de
César no podían cumplirse más que a través de un heredero y un vínculo viviente
con Alejandro Magno. Por lo demás, no hacía más que reconocer lo que era obvio.
Cesarión, de dos años, pronto empezaría a manifestar el aspecto y carácter de
su padre, si es que éstos no eran patentes todavía. Es posible que el motivo
del viaje fuera el reconocimiento del niño, causa que sin duda valía cuantas
travesías fueran precisas. En palabras de un historiador —y tal como muchos han
señalado en circunstancias similares antes y después—, el niño «era su mejor
baza en caso de querer obligar a César a atenerse a promesas o pactos previos».[243] La
naturaleza de dichas promesas se nos escapa, como no sea el reconocimiento
oficial de la amistad con Roma, por el que el padre de Cleopatra había pagado
la astronómica cifra de 6.000 talentos.
¿Cómo explicar, si no, esa dilatada estancia (o estancias) en Roma? Había
demasiadas cosas en juego como para anteponer los sentimientos a la política.
César ya había convocado a Cleopatra anteriormente, pero sus motivos para
retenerla a su lado durante aquellos dieciocho meses constituyen uno de los
puntos más investigados, y menos comprendidos, de la historia. Es plausible que
ambos tuvieran proyectos de futuro juntos, como muchos han concluido para
descrédito de César. Al final de su vida, Cleopatra tenía en su posesión un
puñado de apasionadas y elogiosas cartas escritas por César, algunas de las
cuales debieron de serle enviadas entre los años 48 y 46.[244] He
aquí la versión histórica de la vasija llena de serpientes venenosas. Es
posible que Cleopatra sintiera la necesidad de defender en persona su causa
ante los colegas de César y confirmar que, bajo su reinado, Egipto seguiría
siendo amigo y aliado de Roma.[245] El
Senado distaba de ser un órgano cohesionado, estaba contaminado por los
intereses privados y no era ni mucho menos partidario unánime de César.
Cleopatra conocía muy bien las distintas facciones y sabía que ampliando el
número de sus partidarios en el extranjero conseguiría estabilidad para su
trono. (La imagen de la Roma oficial según Cicerón era menos complaciente:
«Gente de lo más irresponsable y depravada», decía criticando a un jurado de
iguales suyos.) [246] La
segunda visita de Cleopatra habría coincidido con el regreso de César desde
Hispania en otoño del año 45, cuando éste se disponía a reorganizar los
territorios de Oriente.[247] Cleopatra
no podía permitirse quedar al margen de ese proyecto, ni que fuera por Chipre,
que formalmente pertenecía a su hermano y tendía a no acatar su autoridad como
reina. A día de hoy resulta imposible saber si Cleopatra tenía planes más
ambiciosos, aunque desde luego resulta fácil atribuirle intrigas y grandes
aspiraciones; Roma estaba acostumbrada a las maquinaciones de los Ptolomeos. Lo
que sí sabemos es cuál fue el precio que Cleopatra pagó por aquella reunión con
César. Le costó la ruina. La que pudo haber pasado sus días de forma tan
apacible como la Penélope de Homero terminó convirtiéndose, cual Helena de
Troya, en causante de toda suerte de calamidades. Su aventura terminaría
revelándose un despropósito.
Capítulo 5
El hombre es por naturaleza un animal político
«¡Nunca
debería haber nacido en lugar alguno la raza de las mujeres, si no son para mí,
claro!».
EURÍPIDES [248]
«
¿Quién hay que tenga algún entendimiento que pueda ser feliz ahora mismo?», se
lamentaba Cicerón poco antes del desembarco de Cleopatra en Roma.[249]Después de
una aflictiva década de guerras, Roma atravesaba días amargos, que lo eran
tanto más para Cicerón, su ciudadano más prominente y el más elocuente entre
sus detractores. Durante unos meses la ciudad había pasado por un estado de
«conmoción y postración», [250] y
Cleopatra, mujer sagaz, no pudo dejar de notarlo. Ella y sus cortesanos tenían
contactos en las altas esferas sociales y no podían permitirse pasar por alto
ningún detalle del panorama político. La ciudad entera miraba expectante hacia
el futuro. Las reformas civiles de César eran prometedoras, pero ¿cómo y cuándo
iba a devolverle la estabilidad a la República? Durante los años de guerra, el
país había vivido momentos de gran agitación, la constitución había sido
pisoteada y los cargos otorgados a dedo, vulnerando toda ley. César dio algunos
pasos hacia la restauración de los derechos y regulaciones tradicionales.
Entretanto, su poder iba en aumento: decidía la mayoría de las elecciones,
dirimía los más de los pleitos y dedicaba buena parte de su tiempo a ajustar
cuentas pendientes, recompensar a sus partidarios y subastar las propiedades de
sus oponentes. El papel del Senado era cada día más irrelevante. Algunas voces
denunciaban por lo bajo que se había instaurado una monarquía disfrazada de
república. De cara al futuro se presentaban tres posibilidades, según las
predicciones de un exasperado Cicerón: «Que interminables combates acosen a la
República, que, depuestas las armas, renazca algún día o que desaparezca de
raíz».[251]
César regresó de Hispania en otoño tras aplastar a los últimos pompeyanos y
anunció que la guerra civil al fin había terminado. Se estableció en Roma
durante la que sería su más larga estancia en catorce años y, con mayor o menor
cautela, él y Cleopatra retomaron su relación. Las razones de ésta para
permanecer en Roma resultaban para muchos tan opacas como para nosotros. Sabía
lo que era ser impopular, experiencia útil en aquellas circunstancias. Tampoco
vivía en el distrito más exclusivo, y, aunque su comportamiento debía de ser
entre altivo y desdeñoso, cuesta creer que su presencia no despertara
curiosidad, cuando no auténtica admiración. Cabe suponer que hiciera honor a la
generosa fama de su padre, quien sobornó con largueza e incurrió en grandes deudas,
buenas razones ambas para buscar la compañía de la hija. Ella, además, poseía
una mente despierta, cosa que siempre impresionaba a los romanos.
Su presencia se dejó sentir también en el terreno de la moda; Cleopatra inspiró
por un tiempo la afición a los peinados elaborados, con trenzas cosidas
recogidas en un moño en la parte posterior de la cabeza.[252] Roma
era una sociedad estratificada y obsesionada con la posición social. Categoría,
formación y hacienda eran atributos decisivos. Como miembro de una élite,
Cleopatra conocía las convenciones sociales. En cuanto a los temas de
conversación, las cenas sofisticadas de Roma no diferían mucho de las de
Alejandría. Una invitada inteligente y aguda como Cleopatra debía de ser una
buena contertulia tanto a la hora de comentar chismorreos políticos como
durante las charlas pausadas de sesgo más intelectual, tan apreciadas en Roma,
la clase de conversaciones que solían acompañarse con vino. Según la opinión de
un intelectual de la época, el compañero ideal para una cena no debía ser «ni
mudo ni charlatán», [253] sino
capaz de departir fluidamente, durante las largas horas de la tarde, sobre
multitud de asuntos de tipo político, científico y artístico, algunos de ellos
devenidos clásicos: ¿qué fue antes, el huevo o la gallina? ¿Por qué la vista de
lejos mejora con la edad? ¿Por qué los judíos no comen cerdo? [254] Cleopatra
gozaba del favor de César; cuesta creer que no hiciera amistades. (César, por
su parte, hacía caso omiso de las lenguas que le reprobaban la presencia de la
egipcia: «No le importaba en absoluto», nos asegura Dión.) [255] En la
villa de César, Cleopatra disfrutaba de la compañía de intelectuales
distinguidos y curtidos diplomáticos. Era refinada, generosa y carismática, y
en más de uno debió de dejar una impresión favorable. Sin embargo, el único
testimonio que tenemos es el del más locuaz y a la vez vitriólico de los
romanos, un hombre siempre pronto a «dar sonoros ladridos».[256] «Detesto
a la reina», clamaba Cicerón. Y ya se sabe que la historia pertenece a los
elocuentes.
En el momento de la visita de Cleopatra, el gran orador era un venerable hombre
de sesenta años de carácter quejicoso, pelo entrecano y cierta apostura, a
pesar de que sus armónicas facciones empezaban a formarle pliegues bajo la
mandíbula. Cicerón atravesaba por entonces una etapa de productividad
desaforada durante la cual compuso un buen número de obras filosóficas en las
que se ocupaba de una amplia variedad de temas. El año anterior se había
divorciado de la que por treinta años había sido su esposa para casarse con una
rica joven de la que él mismo era tutor, intercambio que justificó con
argumentos equiparables a los que habían llevado a Cleopatra a Roma: «Yo veía
que no había seguridad dentro de las paredes de mi casa, ni estaba libre de
amenazas debido a la actitud criminal de aquellos que habrían debido considerar
muy valiosas mi seguridad personal y mi fortuna». Según él, la solución era
obvia: «He pensado que he de protegerme con la fidelidad de los nuevos vínculos
frente a la deslealtad de los antiguos».[257] En
otras palabras, Cicerón —hombre hecho a sí mismo que, pese a provenir de una
familia de provincias, había sabido adquirir prestigio gracias a sus
portentosas facultades intelectuales y su incesante quehacer político— volvió a
casarse por dinero.
El hecho de que fuese Cicerón quien buscara en un primer momento la compañía de
Cleopatra no resulta menos sorprendente que el que su veloz y cruel pluma
trasladase a la posteridad una imagen tan negativa de ella. El gran Cicerón
solía moverse entre dos registros: el encomiástico y el recriminatorio. Sabía
aplicar ambos con igual destreza a una misma persona, a la que podía
vilipendiar un día y jurarle devoción eterna al siguiente. Fue un gran
escritor, es decir, un escritor ensimismado, con un ego sin mesura y
susceptible en extremo hacia los desdenes, ya fueran reales o imaginados.
Hombre fuerte de la República, vivió siempre con un ojo puesto en la
posteridad, confiado plenamente en que sus libros seguirían leyéndose dos mil
años más tarde. Entrometido a la par que elocuente, Cicerón hizo suya la misión
de conocer al detalle qué tierras poseía cada romano eminente, así como su
lugar de residencia y qué compañías frecuentaba. Después de treinta años en el
centro de la política romana, se negaba a dejar que lo relegasen al margen.
Sentía un apetito irresistible por el poder y la fama. Ningún famoso estaba
libre de sus pullas, y mucho menos una mujer cultivada, distinguida, famosa en
el mundo entero, rica hasta el extremo de poder mantener un ejército y dotada de
una elocuencia que ponía al límite los recursos de la lengua latina. Dada su
conocida afición al lujo, no era de extrañar que el mero olor de los nabos lo
pusiera enfermo. La fama de Cleopatra en Roma parece deberse en gran parte a un
malentendido. Por lo visto, la reina había prometido a Cicerón un libro o un
manuscrito, acaso procedente de la biblioteca de Alejandría. Por la razón que
fuese, nunca llegó a entregárselo, cosa que puso en evidencia la poca
consideración de que gozaba por parte de Cleopatra. Cicerón se sintió
doblemente ofendido el día que un emisario de la reina se presentó en su casa
preguntando no por él, sino por su mejor amigo. En este punto el relato no
resulta del todo claro —dos mil años después todavía no sabemos cómo
interpretar los silencios del gran orador—, pero a juzgar por las elipsis de
Cicerón y alguna que otra oscura indirecta, podemos deducir que el hecho
produjo en él menos rabia que vergüenza. A partir de entonces pasa a la
defensiva y se muestra disgustado, aunque no sabemos si por haberle pedido un
favor a Cleopatra o por haber intentado socializar con ella de buen comienzo.
Por su tono se diría que también él se había dejado llevar por su encanto. Ante
el amigo antes aludido, se esfuerza por poner en claro que su relación con la
reina fue «erudita y adecuada a mi dignidad, de forma que incluso podía
atreverme a mencionarla en asamblea popular».[258] Pese
a que nunca trascendió nada que pudiera perjudicar su honor —y en este punto
podía contar con la ayuda de los representantes de Cleopatra—, Cicerón sintió
que su dignidad estaba en entredicho. De ello resultó un virulento rencor.
Nunca más quiso tener trato con la egipcia. ¿Qué se habían creído ella y sus
representantes? Pocas personas han pagado un precio tan alto por olvidar un
libro; el descuido de Cleopatra le valió la eterna enemistad de Cicerón, quien,
eso sí, sólo dio rienda suelta a su indignación cuando la reina hubo partido de
Roma, a buen seguro para no volver. Es decir, que a pesar de su disgusto,
Cicerón frecuentó a la reina egipcia en sociedad, cuando no en la misma villa
de César. Sobran las palabras.
Desdenes bibliográficos aparte, Cicerón tenía motivos sobrados para no ver con
buenos ojos a Cleopatra. Pompeyano acérrimo, no sentía la menor simpatía por
César, quien lo trataba con condescendencia y minusvaloraba su saber. Cicerón
había dedicado palabras duras al padre de Cleopatra. El filósofo, en efecto,
conoció a Auletes y, considerándolo indigno de ser rey, llegó a decir que su
majestad alejandrina «ni es de linaje real ni tiene carácter de rey».[259]
Republicano hasta la médula, Cicerón dedicó a los asuntos de Egipto más tiempo
del que hubiera querido. Todo lo relacionado con el país parecía rodeado de un
halo de deshonra.[260] Cuando
Cleopatra era joven, Cicerón había deseado que lo designasen enviado ante la
corte de su padre, aunque le preocupaba la opinión que dicho nombramiento
pudiera merecer a ojos de la historia y de la respetable Roma. Cicerón tenía
también un controvertido historial mujeriego. Tiempo atrás se había quejado de
que su primera esposa demostraba demasiada inclinación por la política y
demasiado poca por las labores domésticas. En cuanto se libró de aquella mujer
resuelta y tenaz, se le quitaron las ganas de tomar otra. Sentía, en cambio, un
profundo amor hacia su hija, a la que facilitó una educación privilegiada. La
muchacha murió de sobreparto en febrero del año 45. No tenía ni treinta años.
Cicerón pasó los meses siguientes transido de un dolor casi físico. A menudo le
entraban ataques de llanto que sus amigos intentaban mitigar.[XXXII]Aquella
muerte hacía difícil que pudiera ver con buenos ojos a esa otra joven culta e
inteligente que, aparte de ser de la misma generación de su hija, tenía toda la
vida por delante. A los pocos meses de tomar a su segunda y joven esposa,
Cicerón la repudió con el pretexto de que no se mostraba lo bastante afligida
por su pérdida.
«En cuanto a la soberbia de la propia reina cuando estaba en sus jardines del
otro lado del Tíber, no puedo recordarla sin sufrimiento», mascullaba Cicerón a
mediados del año 44.[261] En
ese sentido había dado con la horma de su zapato: él mismo admitía tener un
punto de «vanidoso».[262] Años
más tarde, Plutarco sería más explícito al respecto.[263] Pese
a ser un hombre brillante y haber dejado no pocas frases para el recuerdo, la
propensión de Cicerón a la autoalabanza podía llegar a ser estomagante. Sus
obras están trufadas de impúdicos elogios dirigidos a sí mismo. Dión no se
muerde la lengua al hablar de él y de sus «pretensiones de ser el más grande de
los hombres».[264] Su
vanidad se extendía sobre todo a su biblioteca, acaso el gran amor de su vida.
No es fácil encontrar algo que le reportara mayor placer, aparte quizá de
contravenir las leyes suntuarias. Cicerón disfrutaba sabiéndose rico y se
enorgullecía de sus libros. En ese sentido, el que Cleopatra fuera una mujer
inteligente y que su biblioteca excediera la suya era de por sí motivo de
ofensa.
Cicerón denunció a Cleopatra por su insolencia, aunque por lo visto ésa era su
palabra favorita: César era insolente; Pompeyo lo había sido; el hombre de
confianza de César, Marco Antonio —a quien Cicerón dedicó adjetivos mucho menos
amables—, lo era también; y los alejandrinos; hasta ganar una guerra civil era
insolencia. Cicerón estaba acostumbrado a ser el ingenioso de las reuniones y
le molestaba que Cleopatra compartiera su sorna. Por lo demás, ¿tenía que
comportarse siempre como una reina? Cicerón deploraba sus maneras de soberana,
que sentía como un insulto a su sensibilidad republicana, por no decir a sus
mediocres raíces. En eso hay que darle la razón. No fue el único que notó la
prepotencia de Cleopatra, más dotada para la estrategia que para la diplomacia.
Puede ser que actuara con poco tacto; la megalomanía le venía de familia. A
cada ocasión, aprovechaba para recordar a quien tuviera delante que —como
reafirmaría más adelante— durante años había gobernado a solas un gran reino.[265] El
desdén es inherente a quien ha sufrido el exilio, y Cleopatra tenía buenos
motivos para creer que provenía de un mundo superior. Nadie en Roma poseía un
linaje comparable al suyo. Y a Cicerón le molestaba que la egipcia fuera
consciente de ello.[266]
A todo eso, la situación política que rodeaba a la orgullosa reina y al
desconsolado filósofo adquiría tintes cada vez más sombríos. César estaba
obsesionado con los asuntos militares y apenas si prestaba atención a otras
cuestiones largamente descuidadas, tal como le pedían algunos. La lista de
asuntos pendientes no dejaba de crecer. Era preciso rehabilitar las cortes,
recortar el gasto, restaurar el crédito, resucitar la ética del trabajo, dar la
bienvenida a nuevos ciudadanos, fomentar la moralidad pública, valorizar la
libertad por encima de la gloria, en definitiva: rescatar «Esta ciudad de
nombre tan grande y de imperio tan inmenso del ocaso del que anda ya cerca».[267]Como tantos
otros, Cicerón trató de averiguar las razones que movían a César, tarea tan
desagradecida en el año 45 como habría de serlo en el futuro. A finales de ese
año, César recibió una serie de honores destinados a deificarlo a la manera de
los monarcas helenísticos. Durante los meses siguientes, se erigieron estatuas
suyas en los templos. Una imagen suya en marfil desfilaba en las procesiones,
como si fuera la de un dios. Sus poderes empezaron a adquirir proporciones
molestas. (Cicerón se recrearía más tarde catalogando los agravios de César.
Por el momento, le bastaba con presumir de sus reuniones con el gran general).
Sus maneras suscitaban no pocas quejas. Durante la estancia de Cleopatra, César
se había comportado como correspondía a un hombre que había obtenido la
victoria en 302 batallas y combatido a los galos en no menos de treinta
ocasiones, un hombre que «no se dejaba intimidar y, al final, quedó victorioso
en cada una de las guerras».[268] Pero
eso también tenía inconvenientes, entre ellos un talante poco dialogante y
falta de apego a la tradición. El comportamiento de César se acercaba demasiado
al de un comandante militar y demasiado poco al de un político. La llama de la
discordia prendía a intervalos regulares, hábilmente alimentada por Cicerón y
otros antiguos miembros de la facción pompeyana.
En febrero del año 44, César fue nombrado dictador vitalicio y recibió, con
ello, un nuevo aluvión de privilegios. Se le reconocía el derecho a vestir la
indumentaria triunfal, a ocupar una silla elevada de marfil y oro
sospechosamente similar a un trono y a que su imagen apareciera en las monedas,
honor nunca antes conquistado por un romano vivo. El resentimiento hacia él
crecía en la misma medida que su poder, pero no hay que olvidar que fueron los
mismos senadores «que le habían animado en sus nuevos y excesivos honores y le
habían hecho envanecerse los que después le censuraron por aquellos mismos
actos y difundieron rumores acerca del placer con que los había recibido y de
lo altivamente que se comportaba desde que se le habían otorgado».[269] César
se equivocó quizá al aceptar todos aquellos honores, aunque hay que reconocer
que se hallaba en una posición comprometida: su rechazo podría haberse
interpretado como una ofensa. No es fácil saber qué vino antes, si su ego
insaciable o aquellos honores sobrehumanos, bajo cuyo peso terminaría
aplastado. Para complicar aún más las cosas, César se enfrascó ese invierno en
una nueva campaña sumamente ambiciosa que podía poner en peligro el futuro de
Roma. Dedicó todos sus esfuerzos a la conquista de Partia, nación situada en la
frontera oriental de Roma y que por mucho tiempo se había resistido a su
hegemonía. Las intenciones de César debieron de hacer temblar a Cleopatra. Pese
a su salud precaria y su frágil estado de ánimo, César planeaba abrirse paso
hasta la India. Tenía cincuenta y tres años y estaba a punto de embarcarse en
una empresa en la que consumiría por los menos otros tres. Alejandro Magno
había estado a punto de triunfar en el intento. Cicerón dudaba de que César
pudiera salir vivo de ésa.
En la primavera del año 44, el dictador envió dieciséis legiones y un nutrido
grupo de jinetes a Partia en calidad de avanzadilla, y anunció su partida para
el día 18 de marzo. Dejó todo dispuesto para ausentarse —puede que también
Cleopatra estuviese preparando el equipaje—, pero en la ciudad todo eran
temores y dudas. ¿Cuándo se resolverían los problemas internos? ¿Cómo
sobreviviría Roma sin César? La preocupación era legítima teniendo en cuenta la
discreta actuación de Marco Antonio durante la estancia de César en Egipto. El
lugarteniente de César se había revelado ineficaz y poco fiable, por no hablar
de su fama de libertino. En invierno se conoció un oráculo que resultó
especialmente nefasto para aquellos cuyo mayor afán era saber cuándo
restauraría César la república: empezó a rumorearse que Partia sólo podría ser
conquistada por un rey. Por todas partes se decía que la coronación de César
era inminente. Quizá no fueran más que habladurías —los oráculos siempre eran
interesados—, pero a la luz de ellas cobraba sentido la controvertida estancia
de Cleopatra en la villa de César. Puede que César albergara o no ambiciones
monárquicas. En cualquier caso, quedaba claro su desinterés por los problemas
internos de Roma y su propensión a actuar de forma autocrática cuando lo mejor
habría sido mostrar solicitud. Si uno no quiere que lo vean como un rey, lo
último que debe hacer es dedicar su tiempo a confraternizar con una reina.
* *
*
Hasta
el año 44 a. C., los idus de marzo habían sido una fiesta primaveral durante la
cual se aprovechaba, como en tantas otras del calendario romano, para beber de
forma inmoderada. Celebración de la antigua diosa de los principios y los
fines, los idus representaban una suerte de fiesta de fin de año marcada por la
fiesta y el desenfreno. La gente pasaba la noche comiendo a orillas del Tíber,
donde acampaban en chozas provisionales a la luz de la luna llena. A menudo,
las celebraciones seguían recordándose nueve meses más tarde. En el año 44, el
día amaneció cubierto; hacia última hora de aquella mañana nubosa, César salió
en litera hacia el Senado para dejarlo todo listo de cara a su viaje. El joven
y distinguido Publio Cornelio Dolabela aspiraba a ser nombrado cónsul en su
lugar, lo mismo que Marco Antonio, rival de Dolabela en los afectos de César.
El Senado se reunía ese día en una de las espaciosas cámaras anejas al teatro
de Pompeyo. Los senadores se pusieron en pie al ver entrar a César con su corona
de laurel; hacia las once en punto, éste tomó asiento en su nueva silla de oro.
Al momento fue rodeado por algunos de los presentes, entre ellos muchos amigos
fieles. Uno de ellos le entregó una petición, lo que ocasionó un inoportuno
besamanos. César hizo un gesto para desestimar la solicitud, a lo que el
peticionario —interrumpiéndolo a media frase— alargó la mano para arrancarle la
toga del hombro. Era la señal acordada. Acto seguido, el grupo se cerró sobre
él con las dagas desenfundadas. César consiguió evitar la primera puñalada, que
sólo le provocó un rasguño, pero se encontró impotente frente a la avalancha de
golpes que siguió. Los conspiradores habían acordado participar todos en el
ataque y así lo hicieron: acuchillaron a César sin piedad en rostro, caderas y
pecho, lastimándose incluso entre sí en algunos casos. César intentó resistirse
y, retorciendo su vigoroso cuello, «con ira y con gritos, como un animal
salvaje, daba vueltas para enfrentarse a cada uno de ellos».[270] Finalmente,
logró emitir un grito y ocultar su rostro bajo la toga —igual que había hecho
Pompeyo en la costa de Egipto— antes de caer al suelo.
Para cuando sus atacantes salieron corriendo hacia las puertas de la cámara,
César yacía en el suelo hecho un ovillo de color púrpura, con veintitrés
puñaladas en el cuerpo y la ropa «ensangrentada y desgarrada por los golpes».[271] Con
las togas y los zapatos senatoriales manchados de sangre, los magnicidas
huyeron en distintas direcciones proclamando a gritos que acababan de asesinar
a un rey y a un tirano. Eso originó pánico y confusión. En medio de aquel
revuelo, hubo quien entendió que el Senado al completo estaba involucrado. El
pueblo, que aquel día asistía a las luchas de gladiadores, ocupó las calles;
corrió el rumor de que los gladiadores estaban matando a los senadores. Otros
creyeron que el ejército se disponía a saquear la ciudad. « ¡Corre! ¡Cierra!
¡Cierra!», gritaba la gente cerrando a cal y canto las puertas y ventanas de
casas y talleres.[272] De
pronto, el caos dio paso a la quietud: en un momento dado «la ciudad entera
estaba llena de gente que gritaba y corría», y al siguiente, «parecía como si
hubiese sido ocupada por el enemigo».[273] Empapado
en sangre, el cuerpo de César quedó abandonado a solas durante varias horas en
la sala de asambleas. Nadie se atrevía a tocarlo. No fue hasta última hora de
la tarde que tres jóvenes esclavos lo retiraron entre llantos y gritos
histéricos procedentes de puertas y tejados.
Con la posible excepción de Calpurnia, a quien se hizo entrega del cuerpo
mutilado, es poco probable que la noticia afectase a nadie tan profundamente
como a Cleopatra. Consideraciones personales aparte, la muerte de César representaba
un golpe político de proporciones catastróficas. Había perdido a su valedor. Su
situación era, en el mejor de los casos, insegura. Todo era motivo de temor.
¿Serían asesinados también sus amigos y familiares? Marco Antonio —por rango,
el segundo al mando— así lo creía. Disfrazado de sirviente, optó por esconderse
y sólo salió de su escondrijo con una coraza bajo la túnica. Los participantes
en el atentado se cambiaron de ropa y desaparecieron de escena, lo mismo que
sus partidarios. (Cicerón, que había dado su visto bueno al asesinato, no tomó
parte en él, pero huyó de todos modos). Dada la inminente partida de César, es
posible que a mediados de marzo Cleopatra también estuviera lista para
abandonar Roma, pero en ningún caso pudo prever semejante desenlace. Durante
años, mucho antes de la llegada de Cleopatra a Roma, habían circulado rumores
acerca de conspiraciones contra César. En cuanto a los augurios, sólo resultan
evidentes al echar la vista atrás. En su momento, podían haber vaticinado cualquier
cosa; la historia antigua no anda escasa de auspicios erróneos. Sólo más tarde
los signos fueron interpretados de forma inconfundible por la pluma de hombres
convencidos de que el asesinato de César no sólo estaba justificado, sino que
era voluntad del destino.
Con el tiempo, fueron apareciendo explicaciones de lo ocurrido, como si la
historia fuera una suerte de profecía a la inversa. Entretanto, Cleopatra
empezó a asumir un papel en el asesinato. Quizá aquello explicaba al fin su
presencia en Roma. Acusándola a ella se resolvían ciertos misterios y se ataban
algunos cabos sueltos de la vida de César. Para empezar estaba la insoluble
incógnita de la estancia en Alejandría. ¿Se había debido a la influencia de
Cleopatra o a sus ambiciones? ¿Y qué significado tenía su imagen de oro en el
foro, al lado de Venus? No faltaron malas lenguas ni plumas ociosas después del
15 de marzo, cuando ya estaba claro que los magnicidas de César no tenían
ningún plan de futuro y que Roma había sufrido una terrible pérdida. Es significativo
que la persona que más motivos tenía para incriminar a Cleopatra no lo hiciera:
Cicerón no la nombra en la larga lista de los errores y agravios cometidos por
César. Al dirigirse al afligido pueblo de Roma, Cicerón evocó la destrucción
causada por Helena de Troya, pero en alusión a Antonio, no a Cleopatra.[274]
En los últimos meses, César había manifestado un gusto exacerbado por los
honores extravagantes e inauditos. Había llegado a ceñirse la cabeza con una
diadema, adorno que cualquier romano de pro habría rechazado. No sabemos a
ciencia cierta si dichos honores fueron exigidos por César o si no tuvo más
remedio que sufrirlos. Todo indica que los primeros en ofrecérselos fueron
también los primeros en condenarlo, y que cada homenaje de los colegas de César
escondía en el fondo una emboscada, pues la mayoría «hacían esto con la
pretensión de que se hiciera acreedor del odio y la envidia a toda prisa, para
poder matarlo cuanto antes». César se mostraba soberbio; al menos en
retrospectiva, parecía lógico que quisiera ser una divinidad en su país del
mismo modo que Cleopatra lo era en el suyo. Circulaba la voz de que se estaba
preparando una ley por la que se le permitiese «estar con cuantas mujeres
quisiera».[275] (Suetonio
puso en claro este extremo al puntualizar que César podría desposarse con
varias mujeres «a fin de procurarse descendencia».) [276]No sólo se
le permitiría tomar varias esposas, sino también casarse con su amante
extranjera, cosa imposible según las leyes del momento, que únicamente
reconocían los matrimonios entre romanos. Se dijo asimismo que César pretendía
transferir la capitalidad del imperio a Alejandría y que estaba resuelto a
llevarse «consigo las riquezas del Estado, agostando a Italia a base de levas y
confiando la administración de Roma a sus amigos».[277] Rumores
como ésos no sólo explicaban sus vínculos con Cleopatra, sino el insulto
implícito que algunos veían en las ambiciones arquitectónicas de César, esa
manía por remodelar Roma. Los dos Césares —el que había ido a Egipto y el que
había vuelto de Hispania— eran incompatibles y nadie sabía explicarse los
motivos del cambio. Cleopatra era el único nexo claro entre ambos. Ella podía
explicar su obsesión con el poder y los títulos durante los últimos cinco meses
de su vida, la parafernalia regia y las ansias divinas, los caprichos en forma
de corona y las conductas extrañamente autocráticas. Ya en nuestro siglo,
Cleopatra se había convertido en la causante de que César se hubiera ceñido la
diadema. Ella había excitado el afán absolutista en la mente de César con la
intención de convertirse en emperatriz de Roma. Su corrupta influencia sobre el
líder romano había sido decisiva. Además, había dado a luz a un nuevo César en
Egipto y reunía méritos suficientes para considerarla fundadora del Imperio
romano.[278]
Es innegable que Cleopatra contribuyó a la ruina de César, pero no existen
pruebas de que ninguno de los dos albergara designios imperiales, ni de
traición, ni tan siquiera de ninguna pasión cegadora y fatal. Su papel en todo
este asunto es discutible. A pesar de su capacidad de persuasión, no es
probable que interviniera de forma sustancial en cuestiones de política
interna. ¿Planeaban ella y César inaugurar una monarquía conjunta? Quizá, pero
no tenemos pruebas de ello. A veces, un viaje de trabajo no es más que eso.
Suetonio reconoce que la culpa, en parte, la tienen los lacónicos escritos
históricos de César, material condenado a caer en manos de «los ineptos, que
querrán adornarlo con falsos ornamentos literarios».[279] El
polígrafo Nicolás de Damasco, preceptor de los hijos de Cleopatra, fue el
primero en implicar a la reina. Un siglo después, Lucano recogió el testigo y
resumió la mala influencia de Cleopatra sobre César en un solo verso: «Ella
encendió su avaricia». Afirmaciones como ésa tenían más peso narrativo que el
mero hecho de que César tuviera multitud de enemigos por mil razones que poco o
nada tenían que ver ni con reinas egipcias ni con la constitución de Roma.
César se había ganado enemigos hasta con la reforma del calendario, ya que con
ella reducía el número de personas en el poder. A quienes tenían motivos para
estarle agradecido les molestaba estar en deuda con él. Otros se quejaban de lo
que habían perdido en la guerra. Otros aspiraban tan sólo a desequilibrar el
sistema. «Por eso —asevera un contemporáneo— se unieron contra él hombres de
todo tipo: grandes y pequeños, amigos y enemigos, militares y políticos, cada
cual con un pretexto particular; y como todos tenían sus propias quejas,
prestaban oídos con atención a las acusaciones de los otros.» [280]
El 17 de marzo, el testamento de César fue abierto y leído en voz alta en casa
de Marco Antonio, una espaciosa finca que en otros tiempos había pertenecido a
Pompeyo. Aunque Cleopatra se hallaba en Roma a mediados de septiembre, fecha en
que César redactó el documento, su nombre no aparecía en él. Si se molestó por
ello, no fue la única: lejos de confirmar los repugnantes ultrajes
supuestamente cometidos por César, el testamento era más bien un gran mentís a
sus asesinos. César dejaba la villa y el terreno en que Cleopatra había vivido
al pueblo de Roma y legaba 75 dracmas a cada varón romano adulto de la ciudad.
La ley le prohibía legar dinero a una forastera, de aquí que su nombre no
aparezca; al final resultó que César no había vivido tan ajeno a la realidad
como parecía en los últimos meses. El documento tampoco reconocía a Cesarión ni
estipulaba nada con respecto a él. Mayor fue la sorpresa al saberse que tampoco
le había dejado nada a Marco Antonio, cosa que cogió a éste totalmente
desprevenido. En su lugar, César nombraba heredero a Gayo Octavio, su
sobrino-nieto de dieciocho años, al que adoptaba de forma oficial, legaba tres
cuartas partes de su fortuna y —lo que es más importante— su nombre. Antonio
quedaba designado protector de Octaviano, junto con varios colaboradores
íntimos de César, los mismos que lo habían asesinado.
Hubo quien creyó que las cosas en Roma seguirían como si nada después de los
idus. No contaban con las dotes escénicas de Antonio. Tres días después, los
funerales de César acabaron derivando en una salvaje cacería contra los
magnicidas y estallaron disturbios por toda la ciudad. Antonio pronunció un
conmovedor discurso sobre el cuerpo de César, dispuesto con las heridas
abiertas sobre un lecho de marfil. Iba sin afeitar, en señal de luto, y, cuando
subió a la tarima de los oradores del Senado, se arremangó la toga para tener
ambas manos libres. «Con rostro grave y sombrío», Antonio elogió a César,
enumeró sus victorias y lo defendió de quienes lo acusaban de haberse demorado
en Egipto llevado por la voluptuosidad. A continuación, cambiando «la sonoridad
de su voz por un tono más lastimero», [281] Antonio
dirigió al público unas palabras llenas de piedad e indignación y, dejándose
llevar por el entusiasmo, exhibió la cabeza ensangrentada de César. Luego, en
un gesto más bien gratuito, arrancó del cuerpo los jirones de ropa manchada de
sangre seca y los colocó en la punta de una lanza. La multitud enloqueció y, en
un arrebato repentino, destrozó la sala donde César había sido asesinado.
Siguió una terrible espiral de muerte e incendios durante la cual, como dijo
Cicerón, «faltó poco para que ardiera toda la ciudad y de nuevo fueron
asesinados gran cantidad de hombres».[282] Roma
se había convertido en un lugar inseguro para Cleopatra, y en general para
cualquiera. Los romanos hicieron gala de todas aquellas cualidades que
atribuían a los alejandrinos, aquellos bárbaros fanáticos, desenfrenados y
sanguinarios.[283] En el
mercado, sin ir más lejos, un hombre falsamente acusado de ser uno de los
magnicidas fue descuartizado miembro por miembro.
En algo sí tuvo suerte Cleopatra. Los agresores de César habían pospuesto su
acción en repetidas ocasiones, «como si le tuvieran un temor reverencial», y,
pese al odio que le profesaban, «dejaban pasar el tiempo».[284] De
haber actuado según el plan original, tal vez no habría tenido más remedio que
quedarse en la convulsa Roma. La reina se encontraba en la ciudad durante la
borrasca que siguió al funeral y pudo ver el cometa que cada noche surcó el
cielo aquella semana. Desde su ventana contemplaba aquella ciudad hasta
entonces oscura por las noches y salpicada ahora de hogueras alimentadas hasta
el alba en nombre del orden público. Poco después, partió: cargó su equipaje en
carromatos y descendió la colina del Janículo por una tortuosa carretera que la
llevó primero hasta el río y luego hasta la costa. Principiaba la estación
navegable, y podemos suponer que, con la ayuda de los partidarios de César,
procedió a una partida apresurada. Al mes de los idus, ya había zarpado. El
viaje fue seguido con interés por Cicerón y generó muchos comentarios en Roma.
Los rumores cesaron hacia mediados de mayo. Cicerón esperó todavía unas semanas
—hasta asegurarse de que Cleopatra había llegado por fin a Alejandría y que el
peligro había pasado— para desahogarse: «Odio a la reina», exclamó entonces con
la sangre hirviendo, sin dignarse ni siquiera a mentarla por el nombre,
distinción reservada a sus enemigos y ex mujeres. El hecho de haber solicitado
o insinuado un favor de Cleopatra y haber quedado expuesto al ridículo aún lo
corroía. Viendo el giro que tomaban los acontecimientos, ahora, a diferencia de
antes, difamarla convenía a sus propósitos. No se salvaron de sus iras ni los
representantes de Cleopatra, a quienes tilda de «abominables» e «insolentes».
¿Quién le mandaba tener trato con gentes de esa ralea? «Piensan que yo apenas
tengo tanto coraje como irritación», comentaba furioso.[285]
Para Cleopatra la partida debió de resultar especialmente angustiosa. Había
logrado con éxito que la identificasen con Venus e Isis, y en marzo volvía a
estar encinta, tal vez de varios meses, ya que la noticia era de dominio
público. Cicerón tenía motivos sobrados para no querer perderle la pista.
Estando embarazada, Cleopatra se convertía en la pieza clave que, en un momento
dado, podía complicar el futuro de Roma. A diferencia de Cesarión, aquel
segundo vástago había sido concebido en suelo romano. Roma entera sabía que era
de César. ¿Qué ocurriría si Cleopatra daba a luz a un varón y decidía hacer
valer sus derechos? Cicerón temía que aquello pudiera hacer descarrilar la
sucesión. A simple vista, parecía tenerlo todo a su favor, pero enseguida
empezaron las desgracias y la reina sufrió un aborto durante el viaje o perdió
al bebé poco después. Cicerón, en Roma, exhalaba un profundo suspiro.
Cleopatra tuvo más suerte en otros aspectos. Todas las partes se mostraron de
acuerdo en «no revocar las leyes ni los favores otorgados por César».[286] Chipre
estaba asegurado. Cleopatra seguiría siendo amiga y aliada de Roma. La ciudad,
por su parte, se preparaba para una orgía de «saqueos, incendios y
asesinatos», [287] así
como para una nueva guerra civil. Después de los idus, la ciudad se llenó de
difamadores y apologistas. Algunos se felicitaban por lo que habían hecho. Los
conspiradores creían haber hecho honor a la reputación de Roma como derrocadora
de reyes aquella gris mañana de primavera. Las facciones neutrales también
contribuyeron a las hostilidades. Como dice Dión: «En efecto, existe un enorme
deseo de que todos los que tienen algún poder tengan diferencias entre sí, y de
ahí el regocijo que produce la enemistad entre ellos y el hecho de que
conspiren unos contra otros».[288]
Cleopatra, a quien desde la más tierna infancia le habían inculcado el miedo a
que Roma pudiera desmantelar su país, veía cómo ésta se entregaba a su propia
aniquilación. La ciudad vivió un año frío, oscuro y tenebroso durante el cual
apenas pudo verse el sol, que «se mostró pálido y carente de brillo, y de él
emanaba un calor débil y escaso».[289] (La
razón más probable fue la erupción del Etna en Sicilia, aunque en Roma —para
adecuarlo a las circunstancias— prefirieron atribuirlo a las discordias
políticas). Para Cleopatra debió de ser un alivio poner tierra de por medio. Es
posible que zarpara desde Puteoli, en la costa itálica, y que cruzase el
agreste e inhóspito estrecho de Messina antes de salir a mar abierto en abril.
Soplaba viento de popa, por lo que la travesía hacia el sur no debió de
entrañar grandes dificultades; un capitán intrépido podía realizar un viaje
como ése en menos de dos semanas. En apenas unos días, Cleopatra cambió la
penumbra y el frío aire de Europa por el opulento calor egipcio. Ya en la
soleada Alejandría, volvió a la rutina de los negocios públicos y las
audiencias privadas, amén de la obligatoria ronda de rituales y ceremonias.
Nunca volvería a pisar Roma, pero tampoco la perdería de vista. Había jugado
sus cartas de forma astuta, sensata y mucho más efectiva que cualquiera de sus
antepasados; ahora tocaba volver a empezar. Los actores eran otros, y las
reglas habían cambiado. Como diría poco después cierto autor, « ¿quién podría
sorprenderse de los cambios de la fortuna y de las incertidumbres de la
condición humana?».[290]Cleopatra,
a la sazón, contaba veintiséis años.
* *
*
El
regreso a Alejandría del año 44 marca un hito en esa vida pródiga en
experiencias difíciles y emocionantes, un acontecimiento digno casi de una
ópera. Si ningún libretista lo ha aprovechado, quizá es porque no se relata en
ningún texto. Resulta curioso que fueran sobre todo los historiadores romanos
quienes se ocuparan de la vida de una mujer que había de hacerse célebre por
manipular Roma a su antojo. De hecho, si su memoria pervive, es gracias a
ellos. Sin embargo, ninguno estaba a su lado aquella primavera, mientras
navegaba rumbo a los rojos tejados de Alejandría, viraba frente al faro y las
colosales estatuas de sus predecesoras y penetraba entre las rocas del
rompeolas en la calma de su espléndido puerto. Era costumbre que la flota
egipcia acudiera a saludar a los soberanos de visita en el país, [291] por
lo que hemos de pensar que el despliegue era aún mayor a la llegada de la
reina. Con independencia de cómo justificara aquel viaje entre los suyos o del
verdadero propósito de la visita a Roma, Cleopatra no debió prever en ningún
momento tan sombrío desenlace. Había tenido unas pocas semanas para asimilar
los acontecimientos y pensar en el futuro; fueran cuales fueran sus
sentimientos personales, tenía motivos para estar preocupada. No sólo no se
había quedado sin valedores en Roma, sino que se había involucrado de forma
peligrosa en el sanguinario juego de la política romana. Cesarión, en tanto que
único hijo varón de César, era su gran baza, pero también un lastre en
potencia. La reina corría mayor peligro incluso que en el año 48, la primera
vez que se vio atrapada entre dos ambiciosos forasteros entregados a una lucha
a muerte.
Si Cleopatra llegó a conocer la irritante punzada de la duda, no tenemos
constancia de ello. Sí sabemos, por Plutarco, que poseía una gran confianza en
sí misma y unas dotes de persuasión superlativas. Años después, lograría
convencer a todo el mundo que lo que había sido un gran fiasco era en realidad
un éxito rotundo. Cuesta creer que, tras hacer sus aromáticas ofrendas en
cubierta, no desembarcase en Alejandría —nuevamente soberana, sana y salva al
fin entre sus serviciales súbditos— sin cierto triunfalismo.[292] Se
había librado de la rústica Roma, del embate de las olas y del tumulto de
tierras extrañas, y había vuelto a un país que la reconocía como diosa
viviente, igual a Venus, a una ciudad donde la monarquía era debidamente
respetada, donde una reina podía andar con la cabeza bien alta sin ser tildada
de arrogante, donde la gente no ponía el grito en el cielo por un trono de oro
ni temblaba ante una diadema. En pocas palabras, había vuelto a la
civilización. Por suerte pronto sería verano, época de celebraciones en Egipto.
El reino de Cleopatra invertía el orden romano incluso en las fiestas. Con los
campos anegados, Egipto se entregaba al canto, la danza y los banquetes. «En
ningún sitio como en casa», decía un dicho griego, y eso mismo debió de pensar
Cleopatra al volver de aquella tierra donde se la tenía en tan bajo concepto:
«Alejandría —había clamado Cicerón años antes— es cuna de toda suerte de engaño
y falsedad».[293]
No se sabe a ciencia cierta quién quedó a cargo de los asuntos egipcios en
ausencia de Cleopatra —lo normal era encomendar las riendas del país al
ministro de finanzas—, pero quienquiera que fuera lo hizo de forma magistral. A
su regreso, el reino vivía una época de paz y prosperidad, cosa nada
despreciable dadas las circunstancias. No constan protestas contra la
recaudación de impuestos, ni pruebas de ninguna revuelta semejante a la que
había estallado a la vuelta de su padre. Los templos seguían floreciendo. Poco
a poco, Cleopatra volvió a sus ocupaciones. Las únicas noticias preocupantes
llegaban del extranjero: Arsínoe, la hermana pequeña de Cleopatra, perseveraba
desde el exilio en sus aspiraciones al trono. Emulando su propio golpe de
cuatro años antes, Arsínoe logró reunir en Éfeso a suficientes partidarios como
para proclamarse reina de Egipto. Su hazaña dice tanto de su tesón como de la
frágil posición de Cleopatra fuera de su país. El templo de Ártemis contenía
incalculables tesoros, pero además parece que Arsínoe contaba con la
complicidad de algunos romanos, así como de un familiar, o de alguien que decía
ser tal. En efecto, aparece entonces alguien que afirma ser Ptolomeo XIII,
resucitado de forma milagrosa tras morir ahogado en el Nilo tres años antes.
Ambas hermanas se profesaban un odio evidente. Es posible que Arsínoe llegara
incluso a sobornar al comandante de Cleopatra en Chipre, cuya lealtad empezó a
flaquear. El viaje de Chipre a Éfeso no entrañaba grandes complicaciones, y el
comandante de Chipre era por lo común un oficial de alto rango. Para complicar
todavía más las cosas, con Cleopatra vivía otro hermano, el prescindible, y
posiblemente desleal, Ptolomeo XIV. «El defecto de “dos veces en la misma
piedra” es castigado con el proverbio popular», observa Cicerón, [294] pero
Cleopatra —vulnerable otra vez en dos frentes— se acordaba muy bien de su
primer tropiezo y, en algún momento de ese verano, mandó asesinar a Ptolomeo
XIV, se supone que con veneno.[295]
Tanto si el muchacho estaba coaligado con su hermana exiliada como si no, su
presencia era innecesaria y un insulto a la autonomía de Cleopatra. Su
asesinato permitió a la reina proclamar corregente a Cesarión, cosa que hizo
ese mismo verano. En algún momento pasado julio —nuevo mes epónimo introducido
ese mismo año 44, para tormento de Cicerón—, Cesarión fue nombrado faraón. Con
su proclamación daba comienzo la tercera corregencia de Cleopatra. La solución
era original e inteligente: Cesarión se convertía en «Rey Ptolomeo Dios y César
que Ama a su Padre y a su Madre», y Cleopatra obtenía su preceptivo consorte
varón. Un romano dos veces divino pasaba a ocupar el trono de Egipto. Por lo
demás, era poco probable que un niño de tres años pudiera interferir en los
planes de su madre.
Aquélla no fue tan sólo una brillante medida estratégica —Cleopatra envolvía
simbólicamente a Egipto en el manto de César, por el cual se gestaba ahora una
violenta pugna—, sino también una hábil maniobra iconográfica. Si César había
vuelto de Alejandría envuelto en una aureola regia, Cleopatra volvió de Roma
reforzada como diosa. Se entregó a conciencia a su papel como Isis, subrayando
en especial su autoridad materna, en un intento de sacar provecho de su
condición de madre. En las festividades aparecía ataviada con las vistosas
ropas de Isis.[296] Los
acontecimientos recientes le fueron de gran ayuda; el asesinato de César
arruinó tal vez los planes que Cleopatra llevaba tantos años perfilando, pero
resultó rentable en el plano simbólico. Según la leyenda, Osiris, compañero
terrenal de Isis y suprema deidad masculina, termina desmembrado a manos de sus
enemigos, dejando tras de sí a un joven heredero varón y a una astuta y devota
consorte. Isis, transida de dolor, recoge sus miembros descuartizados para así
resucitarlo. Los idus de marzo reforzaban el mito, y Cleopatra, en tanto que
ilustre esposa del dios martirizado, salía fortalecida con su pérdida. Por si
todo eso fuera poco, el primer día del año 42 —tras una solemne ceremonia
religiosa— César era declarado dios en Roma.
En público, Cleopatra desempeñaba el rol de Isis como señora de la sabiduría y
del sustento material y espiritual, representando a la vez a la figura de
Cesarión, la trinidad familiar y el renacimiento espiritual.[297] Emprendió
un ambicioso programa edificatorio, para el cual no dudó en explotar el mito.
Cesarión pervive en un relieve de los muros del templo de Dendera, un proyecto
titánico heredado ya por el padre de Cleopatra.[298] La
reina, con la probable intención de celebrar la ascensión de su hijo, mandó
representarlo de pie frente a ella, tocado con las coronas del Alto y el Bajo
Egipto y en actitud de ofrendar incienso a Isis, Horus y Osiris. El relieve
muestra una eficaz mezcla de motivos: Cleopatra sigue a su hijo como faraona y
madre, portando, en una de las escenas, el sistro de Isis y, en la cabeza, la
doble corona. En la leyenda al pie, su nombre aparece el primero, lo que hace
suponer que ella misma inauguró el relieve. Terminó las obras que su padre
había emprendido en Edfú, en el Alto Egipto, adonde seguramente trasladó las
brigadas de obreros de Dendera. En Coptos, algo más al norte, estableció un
altar flotante; y en Hermontis, cerca de Luxor, edificó tras el templo
principal un pequeño santuario en conmemoración del nacimiento de los hijos
divinos. En él, Cesarión aparece en estrecha relación con Horus, quien —acaso
no por casualidad— debe vengar la muerte de su padre. Es posible que fuera
también Cleopatra quien diera comienzo a la mastodóntica estructura dedicada a
César junto al puerto de Alejandría, más tarde conocida como Cesareo. El
recinto, dotado de pórticos, bibliotecas, cámaras, jardines, portaladas,
paseos, patios y decorado con exquisitas obras de arte, terminaría adquiriendo
entidad por sí mismo.[299]Su proyecto
más monumental sería un templo dedicado a Isis en Alejandría, hoy perdido.
Cleopatra aplicó sus dotes resucitadoras también en otros terrenos. Bajo su
gobierno, Alejandría experimentó un robusto renacimiento intelectual.[300] Tras
rodearse de un círculo de pensadores, Cleopatra restableció una clase
intelectual griega en la ciudad, que no tardó en atraer a los estudiosos. Entre
sus colaboradores más próximos hay que citar a Filóstrato, orador célebre por
sus cautivadores y espontáneos discursos, quien quizá ejerciera también como su
tutor privado. Con Cleopatra floreció la única escuela filosófica autóctona de
la ciudad; el escéptico Enesidemo de Cnosos defendió la relatividad de la
percepción humana y la imposibilidad del conocimiento. El estudio de la
gramática y la historia vivió una época de prosperidad, si bien este renacer no
siempre se tradujo en grandes saltos teóricos como en siglos anteriores. La
medicina y la farmacología fueron las únicas excepciones. Los médicos formaban
parte desde antiguo de la corte ptolemaica, donde ejercían una fuerte
influencia política y civil, y donde, durante el reinado de Cleopatra, sus más
eminentes representantes escribieron con profusión sobre medicina, enfermedades
y dolencias oculares y pulmonares, tanto desde el punto de vista teórico como
práctico. Sus aportaciones fueron especialmente valiosas en el campo de la
cirugía, dentro del cual elaboraron un conjunto de nuevas técnicas. Exceptuando
la medicina, la labor de los eruditos fue más bien derivativa, algo estéril y
tendente a la clasificación por encima de la creatividad. Aparecieron por
entonces los primeros sabios nacidos en Alejandría. Cuatro años menor que
Cleopatra e hijo de un vendedor de salazones de la ciudad, Dídimo destacó en la
corte por su afilado ingenio y su portentosa productividad. Era capaz de
disertar con agudeza sobre léxico, Homero, Demóstenes, historia, teatro y
poesía. En varios de sus volúmenes se permite incluso alguna que otra pulla
contra Cicerón. Lo sorprendente es que encontrara tiempo para su reina: fecundo
hasta la obsesión, Dídimo escribió más de tres mil quinientos tratados y
comentarios, lo cual explica acaso que no fuera capaz de recordar sus propios
textos y que a menudo lo acusaran de contradecirse a sí mismo.[301] Con
hombres como él Cleopatra cenaba, vivía y discutía los asuntos de Estado. Los
filósofos privados servían «de estímulo intelectual o como confesor y
conciencia».[302] Eran
a un tiempo mentores y sirvientes.
En su conjunto, los primeros años de la década de los cuarenta demuestran que
Cleopatra fue algo más que la suma de sus supuestas seducciones. Dio los
primeros pasos hacia la restauración de la gloria ptolemaica, tras las huellas
una vez más de su padre, aunque con resultados más cuantificables. Apoyó y
participó en empresas intelectuales, como correspondía a su origen. Los
soberanos helenísticos eran por definición patrones de las artes y el estudio;
entre los antepasados de Cleopatra se contaban multitud de asesinos, pero
también un historiador, un zoólogo y un autor teatral. Ptolomeo I escribió una
celebrada biografía de Alejandro Magno. Al volver la vista atrás, vemos que la
reputación de Cleopatra se debe a una serie de hechos que le han sido
atribuidos sin razón. Sin embargo, en su día también gozó de fama notable por
otros motivos. Mientras en el extranjero la tachaban de decadente, entre los
suyos se la consideraba una intelectual competente. En varios lugares se la
cita como autoridad en temas de magia y medicina —que por entonces todavía iban
unidos—, peluquería y cosmética, pesos y medidas. Cleopatra se ocupó de todos
estos temas ni que fuera en charlas de sobremesa. Por lo que respecta a la
medicina, fue una gran mecenas del templo de Hathor, dedicado a la salud de las
mujeres. Con todo, hay que admitir que antes habría escrito un tratado sobre la
leche de burra que sobre la aspirina.
A Cleopatra se atribuye un curioso remedio contra la calvicie, consistente en
un ungüento hecho a base de ratón quemado, tejido quemado, diente quemado de
caballo, grasa de oso, médula de ciervo y corteza de junco. Tras mezclarlo todo
a partes iguales y añadirle miel, la crema se aplicaba al cuero cabelludo y «se
frota hasta que brota».[303] Plutarco
asegura que la reina preparaba «todo tipo de poderosos bebedizos mortales» que
hacía probar a sus prisioneros. Al comprobar «que unos ocasionaban una muerte
rápida, pero a través de un intenso dolor», se lanzó a investigar con animales
venenosos, a los que estudiaba a diario «para ver personalmente cómo afectaban
a distintas personas los diversos tipos de veneno».[304] El
Talmud aplaude su «gran curiosidad intelectual» y su «vivo interés por los
experimentos de médicos y cirujanos». Teniendo en cuenta la presencia de
profesionales de la medicina en la corte, los avances de la disciplina y el
notable interés que las ciencias naturales despertaron en otros reyes
orientales —muchos de los cuales también realizaron experimentos y escribieron
sobre biología y botánica—, es muy posible que la afirmación sea cierta. El
resto del pasaje talmúdico es más discutible. En él se le atribuyen varios
experimentos con prisioneras «destinados a averiguar en qué momento el feto se
convierte en un auténtico embrión».[305] De
forma parecida, no cabe duda sobre el carácter apócrifo de una Gynaecia
Cleopatrae medieval, donde se hallan las instrucciones de uso de un
supositorio vaginal «que yo siempre he utilizado y que mi hermana Arsínoe
también probó».[306] Dejando
a un lado la cuestión de si Cleopatra y su insidiosa hermana menor llegaron a
intercambiar consejos contraceptivos en lugar de amenazas, el texto presenta el
problema de base de estar escrito en latín. De la misma manera, corría el rumor
de que Cleopatra era una iniciada en las ciencias ocultas, aunque la única
alquimia que se le conoce es el haber convertido en oro los cultivos de Egipto.
Las fuentes acerca de la supuesta sabiduría de Cleopatra proceden del mundo
árabe, donde la propaganda romana no logró penetrar. Allí se labró una
reputación como filósofa, médica, científica y estudiosa. Su nombre llegó a ser
bien conocido, sobre todo por su asociación con la milagrosa Isis, relacionada
con las artes farmacológicas. Por creíbles que parezcan algunas de las
acusaciones que contra ella se dirigen, no es fácil determinar cuántas de ellas
son ciertas, cuántas derivan de comentarios de Plutarco sobre la mujer con
apetitos intelectuales, amiga de filósofos y médicos en un ambiente ilustrado,
o en qué medida son sólo el típico ataque a una mujer ecuánime y capaz,
sospechosa por cumplir demasiado bien con sus obligaciones y por poseer unas
aptitudes sólo atribuibles a la «mágica fascinación» [307] que
despertaba. El genio de Cleopatra era grande, pero la fértil imaginación de los
hombres sin duda era mayor.
Su valía fue puesta a prueba en los años que siguieron a su regreso, durante
los cuales los desastres no hicieron más que sucederse. En la primavera del año
43, el Nilo no anegó las tierras, y en verano ni siquiera aumentó de nivel. La
situación se repitió al año siguiente. Los cultivos sufrieron pérdidas nunca
vistas. La desgracia se dejó sentir con fuerza en todo Egipto, pero Cleopatra,
impasible, sostuvo las riendas del reino durante la larga crisis, poniendo
especial cuidado en no tropezar con las mismas piedras que en la pasada
hambruna, que por poco la había llevado al desastre. Puede que declarara el
estado de emergencia. Su pueblo se moría de hambre. No tenía más alternativa
que abrir los graneros reales y distribuir el trigo de forma gratuita.[XXXIII] La
inflación experimentó un ascenso vertiginoso y Cleopatra devaluó aún más la
moneda. De los dos distritos del país empezaron a llegar suplicantes que
solicitaban amparo frente a recaudadores corruptos. A la vista del «malestar
general» e «inspirada por el desprecio de la maldad», [308] los
exoneró y mandó anunciar la medida por todo el territorio. A todo esto,
empezaban a llegar noticias de extrañas hinchazones glandulares y nauseabundas
pústulas purulentas; una epidemia había estallado en Egipto o muy cerca de sus
fronteras. Gracias a ella, el prolífico Dioscórides, experto en plantas
medicinales, recabó material abundante para un innovador tratado sobre la peste
bubónica.
El momento era particularmente desfavorable, ya que en el año 43 la guerra
civil romana volvía a estrellarse contra las costas de Egipto. La península
Itálica era incapaz de contener el conflicto, prueba brutal de que, en palabras
de Plutarco, «no existe animal más salvaje que el hombre cuando une el poder a
la pasión».[309] Para
Cleopatra aquella guerra intestina era como un perverso cuento de hadas: sabía
que todas las partes terminarían llamando a su puerta (lo que confirmaría que
su fortuna no había sufrido merma). Cleopatra sabía también que respaldar a la
facción equivocada era una invitación al desastre. La reina rendía cuentas ante
Roma, pero en esos momentos resultaba difícil saber quién era el verdadero
representante de la ciudad. Secundase a quien secundase, aquella guerra tendría
para ella un coste desorbitado. Y si no, ahí estaba el precedente de su padre,
a quien, durante sus negociaciones en Roma, alguien intentó hacer ver «cuánta
felicidad dejaba atrás y a cuántas servidumbres y fatigas se iba a someter por
la venalidad y la codicia de los poderosos de Roma, a quienes a duras penas
podría saciar Egipto ni aunque todo el país se convirtiera en dinero».[310][
Para
Cleopatra, lo más sensato habría sido mantenerse al margen, opción que pronto
se reveló imposible. Finalmente, decidió obrar siguiendo su inclinación natural
y aceptar lo que viniera. Dolabela había gozado del favor de César, había
capitaneado su flota y había sido su primer candidato al consulado en el año
44. Era un hombre disoluto y temperamental, algo robusto, buen orador y querido
entre la plebe. No había cumplido aún la treintena, pero se postulaba ya como
el heredero político de César, de modo que, cuando Dolabela le pidió ayuda,
Cleopatra le envió las cuatro legiones cedidas por César, más una flota. A
cambio, le hizo prometer que Cesarión sería reconocido como rey de Egipto,
punto fundamental para Cleopatra. La flota, por desgracia, fue interceptada en
alta mar y desertó sin oponer resistencia al bando de Casio, rival de Dolabela
y uno de los líderes de los magnicidas. Casio también solicitó ayuda a
Cleopatra, pero ésta se disculpó alegando que su país se hallaba asolado por la
hambruna y la peste y que no disponía de recursos. Al mismo tiempo, preparó una
segunda expedición para Dolabela, pero los vientos poco propicios confinaron a
la flota en el puerto. Por si no bastase con eso, algunos de sus subordinados
se declararon en rebeldía y, gracias a una contraorden de su comandante militar
en Chipre, Casio recibió una escuadra de naves egipcias. Más tarde Cleopatra
sería llamada a responder ante él por desacato.
La reina se había involucrado en un peligroso juego cuyos riesgos no hacían más
que ir en aumento. En julio del año 43, el ejército de Casio rodeó y aplastó al
de Dolabela, quien murió por su propia mano. Tras esa derrota, tal vez incluso
antes, Cleopatra recibió una solicitud de ayuda de Octaviano y Antonio,
enemigos de Casio. A finales del año 43, ambos estaban coaligados con el fin de
tomar venganza de los magnicidas, liderados por Bruto y Casio. Cleopatra
aparejó con todo tipo de material bélico una poderosa flota destinada a
Octaviano, hijo adoptivo de César y antiguo consejero de éste. La reina en
persona estaba dispuesta a conducirla hasta Grecia. Entretanto, llegaron las
primeras amenazas de Casio, pero ella no se dejó amedrentar. Casio reiteró sus
amenazas. Había acudido a la reina solicitando su colaboración y ella, a
cambio, se había puesto del lado del enemigo. En nada recordaba aquella mujer a
la obediente reina de la que había hablado César. Enfurecido, Casio dispuso
todo para proceder a invadir Egipto. El momento no podía ser más adecuado; la
población estaba diezmada por la hambruna y, en ausencia de las legiones
romanas, Cleopatra era vulnerable. Más tarde insistiría en «que no le había
temido a Casio», [311] pero
sólo un loco habría sido capaz de no sentir miedo. Casio era un personaje
siniestro, cruel y avaricioso a partes iguales. Gozaba de fama de «hombre
sumamente belicoso» [312] y
había sido uno de los principales instigadores de la muerte de César. Tenía a
su mando doce legiones de primera orden, así como una experimentada tropa de
arqueros a caballo, y no había mostrado piedad alguna en las ciudades sobre las
que había marchado. Avezado general y antiguo almirante pompeyano, ya antes
había combatido en Oriente. Ahora, tras hacerse con el control de Siria, se
encontraba ya al otro lado de la frontera egipcia.
Una vez más, Cleopatra se salvó en el último momento gracias a los choques de
intereses de los romanos. Nada más iniciar su marcha hacia Egipto, Casio
recibió noticias urgentes. Antonio y Octaviano acababan de cruzar el Adriático
y se dirigían hacia el este a su encuentro. Casio vaciló. Egipto era una presa
atractiva y se hallaba al alcance de la mano. Bruto le recordó con severidad
que su cometido no consistía en aumentar su poder personal, sino en ganar la
libertad de su patria.[313] Decepcionado,
Casio cambió de rumbo y se reunió con Bruto en Grecia. Para Cleopatra, aquella
retirada coincidió con una serie de hechos infaustos. Había zarpado con su
flota para reunirse con Antonio y Octaviano. Ella misma iba a bordo del buque
insignia. Una vez más, sin embargo, intervino el mal tiempo, contra el cual
nada podían sus imponentes buques de guerra de velamen cuadrado, que en un
abrir y cerrar de ojos fueron engullidos por el temporal. Cleopatra regresó a
Alejandría con los restos de su maltrecha flota. Según explicaría más tarde, la
tormenta «quebrantó las naves y ella misma cayó enferma, razón por la que no
pudo después hacerse a la mar de nuevo».[314]Algunos han
puesto en duda su sinceridad y han interpretado que la reina prefirió guardarse
las espaldas. (Resulta admirable comprobar que, cuando no se la acusa de ser
demasiado audaz y masculina, se le reprochan comportamientos en exceso frágiles
y femeniles). No obstante, todo indica que hizo honor a la palabra dada. Sabía
que no podía negar su ayuda a los vengadores de la muerte de su amante. Uno de
los aliados de Casio aguardaba a la flota egipcia para tenderle una emboscada
—con una flota de sesenta naves, una legión de los hombres de Casio y una gran
reserva de flechas incendiarias—, y, al saber del desastre, avanzó hasta la
costa meridional de Grecia. Enferma, Cleopatra se retiró como pudo y volvió a
casa. Pese al dinero y los esfuerzos invertidos, no consiguió ganarse la
lealtad de ningún bando.
Al no haber podido ofrecerles ayuda efectiva, Cleopatra sabía que los
vencedores no tardarían en exigirle explicaciones. Poco después, probablemente
a comienzos del año 41, un emisario se personó en Alejandría. Se trataba de un
negociador cordial aunque de lengua afilada. Quinto Delio era asimismo un
malabarista de la lealtad; había cambiado de bando tres veces durante la guerra
civil, pasando del entorno de Dolabela al de Casio para aterrizar, al menos de
forma temporal, en el de Marco Antonio.[315] Su
visita a Alejandría tenía por objeto interrogar a la reina de Egipto acerca de
su extraña falta de colaboración: ¿por qué había respaldado a Casio? ¿Cómo
explicaba su tibio apoyo a los cesarianos? ¿A quién era leal? Se supone que
Delio hubiera sido advertido acerca de las maravillas de Alejandría y de su
palacio incrustado de joyas. En cualquier caso, el encuentro con Cleopatra lo
cogió desprevenido: «En cuanto vio el aspecto de Cleopatra e intuyó su astucia
y la fuerza de convicción de sus palabras», supo que tendría que cambiar de
estrategia. Las fuentes coinciden de forma unánime a la hora de describir los
desarmantes efectos de Cleopatra. El propio Plutarco queda hasta tal punto
fascinado por su encanto póstumo que —a partir de la llegada de Delio— traslada
a ella el protagonismo de su relato sobre Marco Antonio.
Delio comprendió al instante que la reina no iba a mostrarse contrita y
sometida. La que tenía enfrente no era una mujer que aceptara rendir cuentas
ante nadie así como así. Oportunista consumado, debió de entrever el
extraordinario potencial de la situación. Era un hombre altamente susceptible a
la belleza, y, gracias a sus correrías juntos, conocía bien los gustos de su
comandante. Delio se derritió en los brazos de Cleopatra o intuyó que eso sería
lo que le ocurriría a Marco Antonio; acaso ambas cosas. Por suerte, la
inconsistencia de Delio terminó jugando a favor de la reina y las posiciones se
invirtieron de forma radical. Tales fueron las alabanzas y lisonjas del
emisario que se hace difícil decir en nombre de quién había ido a negociar. Su
consejo —y aquí Delio se revela un competente director de escena— era hacer un
poco de comedia, y para ello Cleopatra debía lucir sus mejores galas, como Hera
en la Ilíada, quien lava su piel hasta dejarla reluciente, se unge
con exquisitos aceites, se compone la cabellera lustrosa y, tras envolverse en
una toga perfumada de ambrosía, la sujeta a la cintura mediante un ceñidor con
borlas y —adornándose con fíbulas de oro el pecho y con gemas las orejas— acude
al encuentro de Zeus.[316] Cleopatra
debía partir con él sin tardanza. Según Delio, nada tenía que temer: Marco
Antonio era «el más benévolo y el más generoso de los generales».[317]
* *
*
Tres
años antes, durante su apresurada huida de Roma bajo el pálido cielo de abril,
Cleopatra se había cruzado con otro viajero precavido. Aunque viajaba a Roma en
calidad de privado, Octaviano se vio rodeado por el camino de «una multitud
notable, que, como un torrente, crecía más y más a cada día» [318] y le
expresaba sus buenos deseos. Su llegada —al menos así se nos ha referido—,
estuvo acompañada de un efecto de lo más cinematográfico: al aproximarse a la
vía Apia, la niebla escampó y «un enorme y coloreado arco iris rodeó por
completo el sol», [319] que
llevaba semanas sin brillar. El heredero de César resultaba tan desconocido
para sus seguidores como éstos para él; sus partidarios —a destacar entre ellos
los veteranos de las campañas cesarianas— acudían a él con la esperanza de que
aquel muchacho de dieciocho años «se ocuparía del Senado en la forma
conveniente». Por el momento, él prefería no pronunciarse y, siguiendo las
recomendaciones maternas, obrar con «maña y resignación», [320] por
lo menos hasta hallarse en presencia de Antonio. Nada se sabía de aquel
muchacho cetrino, provinciano, cejijunto y de rubia cabellera rizada. Apenas
había residido en Roma, no tenía experiencia militar ni autoridad política y
era de constitución endeble y de aspecto poco agraciado. No obstante, llegaba a
Roma decidido a reclamar la más codiciada herencia de su tiempo: el nombre de
su tío abuelo.
A primera hora de la mañana siguiente, Octaviano se presentó en el foro para
aceptar su adopción por parte de César. Lo siguiente fue visitar a Marco
Antonio en el jardín de su lujosa finca, donde fue recibido tras una larga y
humillante espera. Al margen del nombre que usase para anunciarse —sus
seguidores ya le llamaban César—, su visita no auguraba nada bueno. Si para
Cleopatra la aparición de Octaviano en Roma era incómoda, para Marco Antonio
resultaba insultante. Siguió una conversación tirante entre ambos hombres —o,
según la opinión de Marco Antonio, que por entonces contaba cuarenta años,
entre un hombre y un crío—, ambos, según sus propios puntos de vista, herederos
legítimos de César. Octaviano habló de forma concreta y deliberativa, con
cierta obsesión por hacerse con las riendas de la negociación; sin duda había
ensayado previamente. (Hasta para tratar con su esposa, prefería escribir sus
pensamientos y leerlos luego en voz alta). Su tono debió de ser franco y
confiado: ¿por qué no había perseguido Marco Antonio a los asesinos? (En aras
del orden, todas las voces habían aconsejado declarar una amnistía, aprobada
por el Senado bajo la presidencia de Antonio). Los instigadores del magnicidio
no sólo seguían vivos, sino que habían sido recompensados con gobiernos de
provincia y cargos militares. Octaviano emplazó a Antonio a que «me asistas y
cooperes conmigo en tomar venganza sobre los asesinos». Si prefería no hacerlo,
le rogaba que, al menos, no se interpusiera en su camino. Después de todo, el
propio Antonio podría haber sido el heredero político de César si hubiera
obrado con mayor prudencia. En cuanto a la herencia, solicitaba de Antonio que
entregase el oro de César para proceder así a distribuirlo según la voluntad
del dictador. Octaviano agregó que Antonio podía quedarse con todas aquellas
cosas «que constituyan un recuerdo y con cualquier otro objeto de
adorno», [321]palabras en
las se leía menos una oferta que una acusación.
Marco Antonio le doblaba la edad a Octaviano. «Gozaba de absoluto prestigio por
haber sido compañero de armas de César» [322] y a
lo largo de los dos años anteriores había ejercido una autoridad férrea, aunque
no siempre decorosa. En cuanto a la herencia de Octaviano, se la había gastado
entera reformando la antigua casa de Pompeyo y regalando magníficos tapices y
muebles a sus amigos. Por lo demás, no necesitaba que nadie le recordase que
podía haber sido adoptado por el hombre al que más había admirado por encima de
cualquier otro, y tanto menos que un gusano arribista y con ínfulas viniera a
darle lecciones. Con voz potente y áspera, le recordó al joven que tenía
delante que el liderazgo político de Roma no estaba sujeto a herencia.
Pretender que sí era lo que había conducido al asesinato de César. Antonio
había corrido grandes riesgos para garantizar que César fuera sepultado de
forma honrosa, y muchos más para asegurar que su memoria fuera respetada. Con
gran irritación, Antonio informó a Octaviano que si éste gozaba de «todos tus
actuales honores como heredero de César, su linaje, su nombre, su dignidad y su
hacienda», era enteramente gracias a él. Antonio no tenía por qué dar
explicaciones. Si algo se merecía, era gratitud y no reproches. Incapaz de
contenerse, como le ocurría a menudo, Antonio pasó al ataque, recriminándole al
muchacho su falta de respeto y recordándole que era «un hombre joven» en
presencia de «uno de mayor edad». Octaviano, aparte, se engañaba si creía que
Antonio ansiaba poder político o albergaba resentimiento hacia el recién
llegado. «Me basta el linaje de los heraclidas», espetó Antonio, [323] quien
por su aspecto —anchos hombros, cuello de toro, pasmosa apostura, densa
cabellera rizada y rasgos aguileños— hacía honor a su estirpe. En cuanto al
dinero, no lo tenía. El ilustre padre de Octaviano había dejado las arcas del
tesoro sin un solo talento.
Pese a lo acalorado de la entrevista, la noticia de la reunión fue recibida con
alivio en el Senado, para el cual sólo existía un peligro mayor que la
enemistad pública entre los dos cesarianos. Antonio ostentaba el poder
político. Octaviano era un joven respetado y sorprendentemente popular. Sus
desplazamientos siempre iban acompañados de entusiásticos recibimientos. Para
los senadores, era preferible que ambos rivalizaran y contendieran a que
uniesen sus fuerzas. Antonio era consciente de ello aquella mañana de primavera
en el jardín, y Octaviano, que recién había terminado sus estudios, sabía que
la plebe siempre se había creído en el deber de prolongar las discordias,
ensalzar a los demagogos por el mero placer de derribarlos e incitarlos a la destrucción
mutua.[324] Por
supuesto, estaba en lo cierto. Y tratándose de sembrar cizaña, nadie como
Cicerón, dispuesto siempre, según un contemporáneo suyo, a vilipendiar al
distinguido, chantajear al poderoso y calumniar al prócer.[325]
Para Cicerón, aquella pugna era una perniciosa lucha entre la debilidad y la
villanía. En realidad, había muchas otras opciones. Entre los asesinos de
César, Bruto y Casio ocupaban un lugar destacado. El hijo de Pompeyo, un joven
impetuoso capaz de reunir ejércitos, se encontraba en Hispania con la mayor
parte de la flota romana. Sexto Pompeyo tenía a su favor la todavía intachable
reputación de su padre; aparte, también él aguardaba la ocasión de tomar
venganza y recuperar su herencia. (Seguramente nadie tenía más derecho a
vengarse que él, que había visto decapitar a su padre frente a la costa de
Egipto). El cónsul Marco Emilio Lépido, sucesor de Antonio como segundo al
mando de César e invitado de éste en su última cena, soñaba también con suceder
al dictador. Lépido controlaba una facción del ejército cesariano. Cada cónsul
disponía asimismo de sus legiones. Bruto había logrado reunir un ejército en un
tiempo récord.[XXXIV] Octaviano,
por lo visto, era el único que no poseía uno.
Cicerón, que después de los idus se había convertido en el hombre más
influyente de Roma, se encontraba en una tesitura similar a la de Cleopatra.
¿Con quién debía aliarse? Saltaba a la vista que en esa ocasión —la quinta
guerra civil en vida suya— no podría declararse neutral. Al mismo tiempo,
conocía a todas las partes en disputa, pero ninguna lo seducía. A sus ojos, en
el año 44 Octaviano todavía era un mocoso que planteaba más problemas que ventajas.
«No confío en su edad, ignoro sus intenciones», declaraba Cicerón.[326] Cuesta
imaginar a Octaviano —un adolescente macilento en una ciudad que prefería a las
gentes de rostro rubicundo— como comandante en jefe. ¡Pretendía erigirse en
líder y era tan ingenuo que creía que Roma podía guardar un secreto! (Vale la
pena señalar aquí cuán pocos se dignaron a tomar en serio a Octaviano a los
dieciocho años, edad a la que Cleopatra era ya reina de Egipto).
Hacia mayo del año 44, viendo que Roma había dejado de ser segura para él,
Cicerón se alineó, no sin recelo, con Dolabela, que durante cuatro años había
sido yerno suyo. El gallardo general y la hija de Cicerón se habían divorciado
estando ésta embarazada, tras lo cual Dolabela había pospuesto más de la cuenta
la restitución de la dote, a la que por ley estaba obligado. Otrora ferviente
cesariano, Dolabela se volvió tras los idus en contra de su antiguo benefactor,
afirmando incluso haber sido uno de los conspiradores, a los que aplaudió
públicamente. Cicerón lo aclamó desde la barrera y el 1 de mayo ya se refería a
su ex yerno como «mi maravilloso Dolabela».[327] El
discurso de Dolabela, hombre fornido y de larga cabellera, fue toda una lección
de oratoria y el propio Cicerón se quedó boquiabierto de admiración. Dolabela
defendió a los magnicidas con tanta elocuencia que cualquiera habría dicho que
Bruto merecía portar corona. Cicerón le manifestó en cuán alta estima lo tenía,
cosa que no pudo por menos de sorprender a Dolabela, que más bien habría creído
lo contrario. Poco después, Dolabela destruyó una columna erigida en recuerdo
de César y suprimió las manifestaciones de los pro cesarianos, cosa que lo hizo
aún más caro a los ojos de Cicerón. «Nunca ha habido un afecto más ardiente»,
aseguraba éste.[328]La
República descansaba sobre los hombros de Dolabela.
Una semana más tarde, Cicerón rompía con su ex yerno. « ¡Qué
sinvergüenza!», [329] exclamaba,
declarándose en abierta enemistad con él. ¿Qué había ocurrido? Resultó que, a
pesar de los elogios recibidos, Dolabela seguía sin saldar su deuda.
Posteriormente hubo algún acercamiento; Cicerón no pudo por menos de felicitar
a Dolabela por sus invectivas contra Antonio, a quien Cicerón no podía sufrir.
Las animosidades personales solían tener un gran peso sobre las relaciones
políticas. Dolabela y Marco Antonio, hombres de confianza ambos de César,
habían estado enfrentados durante años de resultas de cierta indiscreción por
parte de la por entonces esposa de Marco Antonio. (La misma razón, de hecho,
por la que de repente se convirtió en su ex esposa). Desde luego, a veces
parecía que en Roma no hubiera más de media docena de mujeres, y Cicerón estaba
convencido de que Marco Antonio se había acostado con todas.
Tiempo atrás, alguien definió la política como «la organización sistemática de
los odios», [330] y, en
efecto, no hay mejor manera de describir el estado de Roma en los años
posteriores a los idus, años en que la animadversión personal, más que el
disenso político, dividió tanto a los asesinos de César como a sus herederos y
hasta a los pompeyanos, todos y cada uno de los cuales parecían poseer
ejércitos, programas y ambiciones propias. De toda aquella nutrida nómina de
venganzas personales, ninguna fue tan cruel como la de Cicerón y Marco Antonio.
La mala sangre entre ambos se remontaba a décadas atrás. El padre de Antonio
había fallecido cuando éste contaba diez años, dejando tal cantidad de deudas
que Antonio prefirió renunciar a la herencia. Más tarde, su padre adoptivo,
célebre orador, fue sentenciado a muerte por orden de Cicerón. De su padre heredó
Marco Antonio el carácter alegre y caprichoso, propenso a los cambios bruscos;
de su madre —según todas las opiniones, una fuerza de la naturaleza— parece
proceder el gusto por las mujeres competentes y resueltas, sin las cuales Marco
Antonio se habría autodestruido mucho antes de marzo del año 44. Para entonces
su vida lindaba la catástrofe. Ya de adolescente, había hecho buena la
reputación de insolvente de la familia, y su incuestionable valía como militar
cedía tan sólo ante la fama de sus juergas, sufridas incluso por sus
tutores [331] .
Disfrutaba con la buena vida, las grandes fiestas y las malas mujeres. Era
generoso hasta extremos innecesarios, cosa fácil cuando lo que se regala
pertenece a otros. A Antonio podía aplicársele, y aun con mayor razón, lo que
se decía de cierto tribuno anterior: que era «pródigo de la fortuna y también
de la vergüenza propia y ajena».[332] Distinguido
oficial de caballería, Antonio poseía toda la gracia de César, pero ni el más
leve asomo de su templanza. De hecho, si los conspiradores habían concluido que
no representaba ningún peligro para ellos, había sido precisamente por razón de
su inconstante carácter.
Tras los idus, Marco Antonio vivió su momento de gloria: era el gran hombre del
momento, al menos hasta la llegada de Octaviano. Cleopatra todavía no había
llegado aún a Alejandría cuando afloraron los primeros signos de tensión, por
lo demás bien poco discretos: «Y por todas partes de la ciudad —declara
Apiano—, subiéndose a un lugar elevado, [Octaviano] gritaba contra Antonio».
Antonio podía humillarlo todo lo que quisiera, podía condenarlo a la pobreza,
clamaba Octaviano, pero debía detener «el saqueo de su hacienda hasta que los
ciudadanos se lleven su parte de la herencia».[333] Una
vez distribuida ésta, podría quedarse con todo lo demás. Aquello sulfuraba a
Antonio, que aprovechaba la menor ocasión para estorbarlo y cubrirlo de
insultos. El Senado no movió un dedo por refrenarlos, antes bien, como dice
Dión y predijo el propio Antonio, «trató de enfrentarlos».[334] Viendo
que los magnicidas se hacían cada vez más fuertes, los hombres de Antonio
intentaron reconciliarlos. Finalmente, Antonio se disculpó y prometió contener
su temperamento, siempre y cuando Octaviano se comprometiera a hacer lo mismo.[335] Se
sucedieron una serie de treguas precarias. Antonio rompió la segunda con
imputaciones gravísimas: en octubre, acusó a Octaviano de haber sobornado a sus
guardaespaldas para que lo asesinaran. (En realidad, Octaviano sólo había
intentado sobornarlos para que defeccionaran, práctica que con él se
convertiría en habitual. En cuanto a la seguridad de Marco Antonio, Octaviano
en persona se ofreció para montar guardia junto a su cama). Para la mayoría, la
acusación era ridícula, pero algunos le dieron crédito. Eso hizo que Octaviano
perdiera los papeles y que, para limpiar su nombre, se rebajara en cierta
ocasión hasta el punto de aporrear la puerta de Marco Antonio lanzando
imprecaciones contra sus sirvientes y la puerta de la casa.[336]
Mientras, Cicerón, a quien Octaviano trataba de cortejar escribiéndole a
diario, procuraba ganar tiempo. La coyuntura era delicada: si Octaviano se
hacía con el poder, los magnicidas estarían perdidos; Octaviano, además, pese a
ser muy influenciable, se mostraba impermeable al consejo de los mayores. Pero
lo que por encima de todo incomodaba a Cicerón eran los floridos encomios que
el muchacho dedicaba a César. «Por otra parte —razonaba Cicerón—, si Octaviano
resulta vencido, Antonio será insoportable, de aquí que uno no sepa a quién
desear.» [337] Antonio
estaba obsesionado con saquearlo todo; Octaviano, con tomar venganza. Tras
muchos titubeos y vacilaciones, Cicerón alcanzó una conclusión, que a partir de
entonces repitió como un mantra: «Quien logre vencer a Antonio, éste acabará
con la guerra más cruel y la más peligrosa de todas».[338] En
otoño del año 44, la defensa de la república, o lo que de ella quedaba, se
convirtió para Cicerón en sinónimo de mortificar a Antonio, al cual no dejó de
denigrar a lo largo de los seis meses siguientes. Fue en el curso de aquellas
angustiosas semanas que Cleopatra se vio involucrada con los verdaderos
enemigos de Antonio y Octaviano, al colaborar con Dolabela y Casio.
Con las virulentas invectivas conocidas como Filípicas, Cicerón se
proponía acabar con el antiguo lugarteniente de César. Antonio era en el mejor
de los casos un «granuja desvergonzado»; en el peor, un loco imprevisible,
borracho, indecente, insolente, depravado, licencioso y cleptómano. «No debemos
pensar en él como en un hombre cualquiera —declara Cicerón—, sino como en una
bestia de lo más cruel.» [339] Antonio
proporcionaba a Cicerón todo tipo de motivos de censura: malversaba fondos,
provocaba escándalos, se apropiaba de lo ajeno y llamaba la atención, llegando
en cierta ocasión, según se dice, a pasearse por Roma en un carro tirado por
leones. En él se personificaban la fiesta y el desenfreno. Su popularidad se
debía en buena medida a sus espectaculares proezas, sus hombres lo adoraban y,
aunque le gustaba divertirse, Cicerón exagera cuando lo conmina a «dormir la
borrachera». Claro que Cicerón disfrutaba exagerando y pregonando las
ignominias de Antonio. El orador no olvidaría nunca la mañana en que Antonio,
momentos antes de intervenir ante el Senado, vomitó los asquerosos restos de un
banquete de boda sobre su propio regazo. A partir de entonces se convirtió en
«ese bruto que eructa» y que «no habla, sino que vomita».[340] Todas
sus ambiciones se cifraban en mantener a los actores, jugadores y proxenetas de
Roma, punto sobre el cual Cicerón era capaz de disertar hasta la saciedad. En
este sentido, había dicho tiempo atrás: «Es fácil lanzar acusaciones contra las
malas costumbres. A mí hasta el día se me haría corto si intentara expresar lo
que, en este sentido, puede decirse. Hablar de las seducciones, de los
adulterios, de la desvergüenza, del despilfarro, sería un discurso
interminable».[XXXV][341][342] Tal
resultó en el caso de Marco Antonio.
Mientras se producían estos ataques, entraron en juego otros dos factores.
Octaviano, por un lado, pasó de ser el «muchacho» a convertirse en «mi joven
amigo», «este joven extraordinario» y, más tarde, «ese joven enviado del
cielo», en cuyos hombros descansaban las esperanzas de Roma. Por otro, se
descubrió a una cómplice de los crímenes de Antonio. Haciéndose eco de toda
clase de pruebas, rumores e infundios, Cicerón incluyó en sus diatribas a
Fulvia, esposa de Antonio desde hacía tres años. Según Cicerón, Fulvia también
había participado en las elecciones de cargos, las subastas de provincias y las
malversaciones de fondos públicos, y denunciaba su codicia, ambición, crueldad
y malicia. Antonio era culpable del peor crimen de que pudiera acusarse al
antiguo lugarteniente de César: Marco Antonio, aseguraba, había «obedecido con
más rapidez a una mujer en extremo avara que al Senado y al pueblo romano».[343] Los
embates de Cicerón en pro de la decencia le fueron como anillo al dedo a
Octaviano, que habría de hacerlos suyos sin reconocer nunca su deuda con el
gran orador.
* *
*
En
noviembre del año 43, a Octaviano y Antonio no les quedaba más opción que unir
sus fuerzas. Ese mismo invierno, Bruto y Casio se reunieron en el Egeo
oriental, después de que Casio renunciase a marchar contra Cleopatra. Los
magnicidas disponían de armas y dinero, de modo que, obligados por la
necesidad, Antonio y Octaviano se tragaron su mutuo desprecio y pactaron una
alianza formal. La alianza incluía a Lépido, que capitaneaba un ejército
especialmente valeroso. Más tarde ese mismo mes, los tres tuvieron concilio en
una pequeña isla en las cercanías de la actual Bolonia con el fin de crear «una
nueva magistratura por la ley para dar salida a los conflictos civiles».[344] Se
registraron mutuamente en busca de armas ocultas y se sentaron a parlamentar a
la vista de sus ejércitos. Así pasaron dos días, discutiendo del alba al ocaso,
cosa lógica teniendo en cuenta lo conflictivo de sus intereses. Más tarde, el
historiador romano Floro resumiría la reunión en estos términos: «A Lépido lo
espoleaba la ambición de riquezas por las transformaciones políticas del
Estado, a Antonio el deseo de venganza sobre aquellos que lo habían declarado
enemigo público, a César [Octaviano], que su padre todavía no estaba vengado y
que Casio y Bruto fueran una ofensa para los manes de aquél».[345] Transcurridos
dos días, los tres sellaron un acuerdo en virtud del cual básicamente se
declaraban dictadores por un período de cinco años y se dividían los
territorios del imperio. Los tres juraron respetar el pacto y se estrecharon
las manos. En tierra firme, sus ejércitos se saludaron exultantes unos a otros.
El acuerdo —que sería conocido como Segundo Triunvirato— entraría en vigencia
en enero del año 42. Cleopatra suspiraba aliviada. Juntos, Octaviano y Antonio
tenían posibilidades. Ella no habría podido resistir a las fuerzas combinadas
de Bruto y Casio, quienes no mostrarían clemencia alguna hacia una aliada de
César, y mucho menos hacia la corregente de su hijo.
Los nuevos triunviros estudiaron también la acuciante cuestión de las finanzas.
El dinero estaba en Asia, de donde fluía sin obstáculos hacia las arcas de los
asesinos. En Roma, el tesoro seguía vacío. La tesitura obligaba a considerar la
cuestión de las enemistades personales. En privado, los tres líderes redactaron
una lista conjunta. Para ello, como quien intercambia caballos, canjearon «a
sus amigos más fieles a cambio de sus más odiados enemigos».[346][ Antonio
sacrificó a un tío muy querido por Cicerón. Lépido renunció a un hermano. Las
posibilidades de sobrevivir eran escasas sobre todo para quienes poseían
riquezas. «Añadieron a la lista unos nombres tras otros, unos por enemistad,
otros simplemente por rencor o porque eran amigos de sus enemigos o de sus
amigos o porque destacaban por su riqueza», nos informa Apiano [347] .Luego,
cada cual por su parte, los triunviros regresaron con sus hombres a Roma, donde
provocaron un baño de sangre. «La ciudad entera —señala Dión— se llenó de
cadáveres», [348] que
en muchos casos eran abandonados en plena calle, donde los devoraban los perros
y los pájaros, o arrojados al río. Algunos de los condenados buscaban refugio
en pozos y cloacas. Otros intentaban esconderse en las chimeneas [XXXVI] .
El 7 de diciembre del año 43, tras desechar varios planes de evasión, Cicerón
se hallaba en su casa de campo al sur de Roma. Se había echado para descansar
cuando un cuervo entró por la ventana y empezó a picotear la colcha. Sus
criados vieron en ello presagios de un peligro inminente y rogaron a Cicerón
que les permitiera llevárselo a la costa. El camino pasaba por un tupido bosque
que les daría protección. Reticente, subió a su litera con un ejemplar de
Eurípides en la mano. A los pocos minutos, se presentó un centurión en la
puerta de la casa. Tras conseguir la información necesaria, partió a toda prisa
para interceptar la litera. Cicerón ordenó a sus aterrorizados criados que lo
depositaran entre los árboles; quería mirar a su asesino a los ojos. El gran
hombre estaba sucio y demacrado, «agotado por la congoja».[349] Descorrió
la cortina y estiró el cuello todo lo que pudo para facilitar el corte.
Sospechaba que estaba en manos de un aficionado y no se equivocaba. Con un
golpe sin mucha traza, la cabeza de Cicerón quedó separada del cuerpo.
Siguiendo las órdenes de Antonio, las manos del autor de las Filípicas fueron
también cercenadas para exponerlas en el Senado. Se dice que Fulvia —antigua
enemiga de Cicerón por motivos personales— escupió sobre su cabeza y que, tras
hacer que le abrieran la boca, le atravesó la lengua con una horquilla.[350] En
total, dos mil romanos prominentes perdieron la vida, entre ellos una tercera
parte del Senado. Los triunviros habían barrido a la oposición en Roma y se
encontraban al mando de cuarenta y tres legiones, pero las proscripciones
habían resultado menos provechosas de lo esperado: seguían sin un talento en
las arcas.
Diez meses después, los ejércitos de Casio y Bruto chocaron con los de Antonio
y Octaviano en las proximidades de Filipos, en una vasta llanura del este de
Macedonia. Se libraron dos batallas sin precedentes en cuanto a escala o
devastación. Uno de los bandos pretendía conducir a Roma hacia la autocracia.
El otro luchaba aún por la república. Ambos se componían de guerreros veteranos
y con un adiestramiento similar; sería difícil prevalecer sobre un enemigo que
hablaba el mismo idioma, formado en las mismas tácticas y sometido a un
entrenamiento idéntico. Ambos ejércitos, de más de cien mil hombres, se
enzarzaron en un feroz combate cuerpo a cuerpo y, rodeados de sofocantes nubes
de tierra, intercambiaron estocadas y golpes a mano desnuda, entrechocaron los
escudos, gritaron de agotamiento, lanzaron penosos gemidos y sufrieron
numerosas bajas. Fue necesaria una segunda batalla para que Octaviano y Antonio
—con sus hombres al borde de la inanición— vencieran a los republicanos. Casio
se suicidó con la misma daga que le había clavado a César. Bruto se atravesó
con su propia espada. Los vencedores reaccionaron de forma distinta al hallar
su cuerpo. Antonio se despojó de su delicada capa púrpura y cubrió el cadáver
para que su antiguo compañero fuera enterrado con ella. Poco después, llegó
Octaviano, que mandó separar la cabeza del cuerpo de Bruto para exhibirla en
Roma.[XXXVII][351]
Filipos fue todavía una batalla de ideales; a su conclusión, fue posible decir
que la libertad y la democracia habían fracasado y que la muerte de César había
sido vengada. Antonio se afeitó la barba que se había dejado crecer en señal de
luto. Marco Antonio y Octaviano se habían quedado sin motivos de discordia, así
que tendrían que inventárselos; todo pretexto sería bueno. Al otro lado del
Mediterráneo, Cleopatra —ocupada con su propia crisis nacional— habría tenido
derecho a preguntarse por qué los romanos no adoptaban de una vez el modelo
monárquico, con el que se habrían ahorrado la orgía de sangre que sus
ambiciones personales les habían costado en los últimos años. Tiempo después,
Dión observaría que la palabra democracia tiene un sonido agradable, «pero en
sus hechos se pone de manifiesto que no coincide en absoluto con su nombre. La
palabra monarquía, por el contrario, resulta muy molesta al oído, pero es la
forma de gobierno que tiene más ventajas. Porque es más fácil encontrar un
hombre bueno que muchos».[352]
En el año 42, Antonio y Octaviano volvieron a repartirse el Mediterráneo, en
esta ocasión relegando a Lépido al margen. Tras firmar el acuerdo, se partieron
cada cual por su lado. Antonio alcanzó gran gloria y podría decirse que fue la
parte más favorecida. Su nombre quedó ligado a la victoria de Filipos, cosa que
le reportaría fama de invencible e inspiraría terror a sus enemigos en lo
venidero.[353] Partió
hacia Oriente, con el fin de restablecer el orden y recaudar fondos. Octaviano
había pasado buena parte del último mes enfermo y abandonó el lugar de la
batalla en litera. Se dirigió hacia Occidente, donde esperaba restablecerse. Su
intención era desmovilizar el ejército y distribuir tierras entre sus
veteranos, a quienes se pagaba sólo una vez concluida la campaña. El mundo se
hallaba en manos de dos hombres con intereses diametralmente opuestos y
caracteres radicalmente distintos: el uno, implacable, calculador y paciente;
el otro, sentimental, simple e impulsivo. Eso significaba que la guerra civil
continuaría durante el resto de la vida de Cleopatra. De no haber sido así, es
probable que ni siquiera hubiéramos oído hablar de la última reina de Egipto,
quien encarnó un papel que —gracias en parte a Cicerón— parecía escrito a su
medida.
Capítulo 6
A menudo hay que girar las velas para llegar a puerto
«Por
lo demás, ¿en qué difiere que gobiernen las mujeres o que los gobernantes sean
gobernados por las mujeres? El resultado es el mismo».
ARISTÓTELES[354]
Después
de la visita de Delio, después de escuchar lo específico de sus instrucciones,
Cleopatra se quedó paralizada. Motivos no le faltaban: la situación era
volátil, y los riesgos, inmensos. Tras tantos años sorteando las luchas
internas y las traiciones que acaecían en Roma, lo último que quería era dar un
paso en falso. Delio no le había exigido explicaciones, pero se las debía de
todos modos. Cuando los cesarianos la habían necesitado, se había mantenido al
margen. Ni siquiera había emitido una declaración de neutralidad.
Intencionadamente o no, había respaldado a los asesinos de su amante. No tenía
otra opción que rendir cuentas. En tanto que reina vasalla, y en tanto que
amiga y aliada de Roma, lo único que podía hacer era reunirse con Marco Antonio
y tratar de calmarlo. Seguramente habría preferido no tener tratos con él —pues
sabía muy bien lo que se proponía el romano—, pero Antonio tenía el mando de
Oriente, y Egipto caía dentro de su jurisdicción. Además, era el celebrado
héroe de Filipos, donde se decía que había estado en todas partes y lo había
hecho todo a la vez.[355]Durante el
avance de sus legiones por Asia, las multitudes extasiadas lo habían saludado
en Atenas y lo habían recibido como a un dios en Éfeso. A sus cuarenta y dos
años, su pelo ensortijado, su rotunda mandíbula, su fino perfil y sus anchos
hombros todavía destilaban salud y vigor. Se instaló en Tarso, la floreciente
capital administrativa de Cilicia, cerca de la costa sureste de la actual
Turquía. Desde aquella vasta llanura circundada de montañas escarpadas, convocó
a Cleopatra. Las solicitudes llegaban una tras otra, y ella dejaba que fueran
acumulándose.
¿Trataba así de ganar tiempo o quizá estaba ocupada en algún gran preparativo?
No puede acusársela de titubear, pero en más de una ocasión prefirió dejar que
las aguas volvieran a la calma antes de actuar. Ésta, al parecer, fue una de
ellas. Plutarco asegura que no actuó así por miedo —aunque habría estado
justificado: otros fueron castigados por su falta de colaboración—, sino que
atribuye su tardanza a motivos estratégicos. Cleopatra confiaba en las tranquilizadoras
palabras de Delio, pero aún más en sus propios poderes, que por entonces se
hallaban en plenitud. César «la había conocido en su juventud, cuando aún era
una chiquilla sin experiencia del mundo —afirma Plutarco—, pero ahora ella iba
a encontrarse con él [Antonio] en ese momento en el que las mujeres
resplandecen en su belleza y su inteligencia está en su apogeo».[356] (De
acuerdo con un astuto comentarista, «reconforta ver que Plutarco sitúa el
culmen de la belleza en edad tan tardía, a la vez que desazona verlo situar el
apogeo intelectual en edad tan temprana».[357] Recordemos
que Cleopatra no contaba aún treinta años). «Depositando sus esperanzas en la
mágica fascinación que le proporcionaban sus bien aderezados encantos
personales», partió al fin, mas no porque estuviera lista o porque no pudiera
dilatar más la partida, sino por desdén hacia el triunviro. Antonio y sus
colaboradores le habían remitido numerosas misivas, pero ella «se lo tomaba
todo a la ligera». Si al fin zarpó, concluye Plutarco, fue en señal de
desprecio a los requerimientos del romano.[358] Corría
el final del verano.
Por mucha confianza y desdén que hubiera en su ánimo, Cleopatra no dejó nada al
azar. Era como si supiera que el destinatario de su actuación no iba a ser sólo
Marco Antonio, sino también la posteridad. Cleopatra había oído hablar sin duda
de los ostentosos recibimientos que en otros lugares se le habían dedicado a
Antonio. Por todo el continente quedaba a su paso una estela de incienso y
festejos. En Éfeso, las mujeres de la ciudad le habían dado la bienvenida
vestidas de bacantes, y los hombres, de faunos y sátiros. Entonando cantos
dionisíacos, lo habían escoltado hasta el interior de la ciudad, decorada toda
con hiedra y resonante de caramillos, flautas, harpas y gritos de aclamación.
Empezaron a llegarle invitaciones; Asia entera le rendía homenaje y buscaba su
favor. Por Delio y por otros, Cleopatra sabía que estaba entrando en una reñida
competición por ganarse la atención de Antonio, pero parecía decidida a
protagonizar un despliegue digno de elevar a Plutarco a la altura de
Shakespeare y de inspirar a éste sus mejores versos. Y lo consiguió. De todas
las entradas memorables registradas en los anales —la del caballo de madera en
Troya; la de Cristo en Jerusalén; la de Benjamin Franklin en Filadelfia; la de
Enrique IV, Charles Lindbergh y Charles de Gaulle en París; la de Howard Carter
en la tumba de Tutankamón; la de los Beatles en el programa de Ed Sullivan—, la
de Cleopatra es la única que exhala un aura iridiscente y, entre densas nubes
de incienso, toma por asalto los cinco sentidos de forma simultánea. Lo más
probable es que recorriera los mil doscientos kilómetros que la separaban de
Éfeso por mar, a bordo de una galera, atracando por las noches en las costas de
Oriente Próximo, como en viajes anteriores.[359] En la
desembocadura del Cidno se abría una laguna, donde es posible que Cleopatra
hiciera pasar a su séquito a una gabarra ricamente guarnecida para continuar el
viaje río arriba, trayecto que en la Antigüedad no debía de superar los quince
kilómetros. Una galera con dotación completa se componía de ciento setenta
remeros, pero puede que Cleopatra se viera obligada a prescindir hasta de una
tercera parte de ellos. Tras ella, iría una escolta de naves de suministro. El
barco de la reina debía de dar la impresión de un vistoso escenario. Vida y
leyenda rara vez coinciden en la historia de Cleopatra, pero la llegada a Tarso
debió de ser una de esas raras ocasiones en que ambas concuerdan.
La presencia de la reina de Egipto siempre era un acontecimiento, pero
Cleopatra se encargó de que aquél fuera un evento de veras único. En un mundo
semianalfabeto, la imagen lo era todo. Cleopatra remontó las relucientes y
cristalinas aguas del río cruzando la llanura entre explosiones de color,
sonido y olores. Su gabarra de popa dorada y velas de color púrpura hacía
innecesario recurrir a magias o ensalmos; no era así como viajaban los romanos.
Los remos de plata entraban y salían del agua despidiendo destellos bajo la luz
del sol. Su regular chapoteo hacía las veces de sección rítmica para la
orquesta de flautas, caramillos y liras que sonaban en la cubierta. Por si a
alguien le cabía duda, Cleopatra confirmó ese día que era una gran directora de
escena: «Ella misma reposaba a la sombra de un baldaquín bordado en oro, adornada
de la misma forma que Afrodita en las pinturas, mientras dispuestos a ambos
lados unos niños, vestidos también como esos Amores de los cuadros, le daban
aire; asimismo, las doncellas de más destacado porte de su séquito iban
vestidas de Nereidas y Gracias, algunas manejando el timón y otras los cabos; y
sugerentes aromas, que exhalaban de ricos perfumes, se fueron vertiendo por las
orillas». Ni Homero habría podido ingeniar semejante estampa.
La noticia corrió rauda, más aún que aquella extravagante visión exhaladora de
mil fragancias, pero ésa debía de ser la intención. Desde el comienzo del
viaje, la multitud se había congregado a lo largo de la orilla del río turquesa
para no perderse el desfile de Cleopatra. Al aproximarse a Tarso, los
habitantes de la ciudad salieron a esperar su gloriosa aparición. La ciudad
acabó por vaciarse, y Antonio, que en ese momento atendía sus negocios bajo el
agobiante calor de la plaza del mercado, terminó quedándose solo en la tribuna.
Cleopatra mandó anunciarle —en una maniobra tan hábil desde un punto de vista
diplomático como teatral— que «Afrodita acudía ante Dioniso por el bien de
Asia».[360]
Nada que ver con aquella muchacha salida de un saco de cáñamo, aunque los
resultados fueran parecidos. No hay mejor prueba de que Cleopatra tenía
facilidad para las lenguas y que las manejaba con fluidez. Como señala
Plutarco, se movía con especial soltura en el registro de la adulación, cuyas
reglas dominaba a las mil maravillas: «Fingiendo semejanza de gustos,
ocupaciones y costumbres, el adulador se aproxima de forma gradual a su víctima
y acomoda su color al de ésta, hasta que se apodera de ella y la torna dócil a
sus caricias».[361]Su
estrategia no habría sido mejor si hubiera tenido un profundo conocimiento de
su interlocutor. Es posible que ella y Antonio se hubieran conocido años atrás,
hallándose él en Alejandría con la misión de restaurar a Auletes. (Cleopatra
tenía trece años por entonces). Durante la estancia de César en Egipto, Marco
Antonio había enviado a Alejandría a un agente para tratar un negocio personal.
Tenía intención de comprarle a César una finca agrícola, transacción que quizá
llegara también a oídos de Cleopatra. Puede que también coincidieran en Roma,
donde tenían negocios en común. Comoquiera que fuese, la reina estaba al
corriente de la reputación del triunviro. Sabía que era aficionado al teatro,
cuando no al melodrama, y que en política tan pronto podía mostrarse astuto
como totalmente inepto, lo mismo sagaz que imprudente, audaz y al mismo tiempo
temerario. El espectáculo de aquella llegada confirma sin lugar a dudas que
Cleopatra conocía sus gustos. Ella era una de las pocas personas en el mundo
capaz de satisfacerlos. Y es que a pesar de las dificultades de los años
anteriores, seguía siendo la persona más rica del Mediterráneo.
Antonio correspondió al saludo de Cleopatra invitándola a cenar. Lo que ocurrió
a continuación es revelador del carácter de ambos, así como de la clase de
comportamientos que Cicerón deploraba. Antonio pecó de dócil, y Cleopatra, sin
duda, de petulante. Como ofrecer la primera cena era un signo de prestigio, la
reina insistió en que fuera él quien aceptara su invitación y acudiera con
cuantos amigos desease. Prerrogativas de su rango. Todo apunta a que se
proponía marcar las reglas del juego de buen principio: la reina no aceptaba
convocatorias; las emitía. «Queriendo pues tener un gesto de cortesía y
caballerosidad con la soberana, [Antonio] cedió y fue a verla», escribe
Plutarco, [362] antes
de enfrentarse a una estampa asombrosa para la cual —ni aun en griego— no halló
palabras. Los preparativos de Cleopatra desafiaban toda descripción. Lo que más
sorprendió a Antonio fue el elaborado entramado de luces suspendidas entre las
ramas de los árboles, desde las que se derramaba una reluciente filigrana de
rectángulos y círculos que iluminaba la calurosa noche de verano, creando «un
espectáculo digno de ver por su belleza».[363] La
escena es tan impresionante que el propio Shakespeare delega en Plutarco, que
ya había desbrozado el camino. Sin duda, algo curioso ocurre cuando el mayor de
los poetas isabelinos se conforma con plagiar a un sobrio historiador.
Aquella noche, o alguna de las siguientes, Cleopatra preparó doce salones de
banquetes, en los que colocó treinta y seis triclinios forrados con ricas
telas. Detrás de éstos, colgaban varios tapices de color púrpura bordados con
hilo brillante. Ordenó que se sirviera la mesa con vasijas de oro ricamente
trabajadas y con incrustaciones de piedras preciosas. Dadas las circunstancias,
hemos de creer que también ella quisiera estar a la altura de la ocasión y se
adornase con joyas. Además de por las perlas, los egipcios tenían debilidad por
las piedras semipreciosas —ágatas, lapislázulis, amatistas, cornalinas,
granates, malaquitas, topacios— incrustadas en colgantes de oro, brazaletes de
fina factura y largos pendientes.[364] Antonio,
al llegar, no pudo por menos de quedar estupefacto al ver tan magnífico
despliegue. Cleopatra esbozó una sonrisa modesta. Se había hecho todo con
prisa. La próxima vez saldría mejor. Luego «le dijo que le ofrecía todo aquello
como regalo, y lo invitó a que fuera a cenar con ella de nuevo al día
siguiente, junto con sus amigos y oficiales».[365] Al
final de la comida, despidió a sus invitados regalándoles todo lo que habían
admirado: las telas, la vajilla con incrustaciones de gemas e incluso los
triclinios.
La suntuosidad del siguiente banquete dejó el primero a la altura de un
refrigerio espartano. Al volver cuatro noches más tarde, Antonio se encontró
con un lecho de rosas que le cubría hasta las rodillas. Sólo las flores habían
costado un talento, el equivalente al estipendio de seis médicos en un año. El
aroma de los perfumes debía de ser embriagador bajo el tórrido calor de
Cilicia. Al final de la velada, no quedaban más que las rosas pisoteadas. Como
la vez anterior, Cleopatra repartió los muebles entre sus invitados; al final
de la semana, los hombres de Antonio tenían la casa llena de triclinios,
muebles aparadores, tapices y otros obsequios muy apropiados para combatir el
agobio de aquellas noches estivas: para los de mayor rango, «literas junto con
los porteadores, aunque a la mayoría los proveyó de caballos adornados con
jaeces de plata».[366] Para
facilitarles el camino de vuelta, Cleopatra envió con cada uno de sus invitados
a un esclavo etíope provisto de una antorcha. Aunque admiten que las palabras
no hacen justicia al esplendor del campamento, [367] los
autores antiguos no dudan en describirlo, aunque pocos sin duda logran plasmar
de forma fiel las maravillas que ahí se vieron. No es que Antonio no fuera
espléndido: los reyes llamaban de continuo a su puerta, «y sus esposas,
rivalizando unas con otras por recibir sus regalos y mostrarse bellas,
aceptaron incluso prostituirse con él»; [368] pero
Cleopatra superaba a cualquiera en pompa y fantasía. Cesarión, que por entonces
tenía seis años, no acompañó a su madre en ese viaje.
Plutarco admite que Cleopatra tenía «un punto irresistible» y poseía «el don de
la palabra», [369] pero
Apiano es el único que intenta recrear las conversaciones que tuvieron lugar
durante aquellas primeras reuniones en Tarso. ¿Cómo justificó Cleopatra su
comportamiento? No sólo no había hecho nada por vengar la muerte de César, sino
que había auxiliado a Dolabela, aspirante a magnicida y hombre por cuya causa
Antonio se había divorciado de su esposa. Su falta de colaboración resultaba
desconcertante. Cleopatra, en lugar de mostrarse contrita o extenderse en
disculpas, se limitó a enumerar todo lo que había hecho por Antonio y
Octaviano.[370] Cierto,
había ayudado a Dolabela, y habría sido aún más generosa con él de haberlo
permitido el tiempo, pues ella en persona había intentado hacerle llegar una
flota y abastecimiento. Pero, pese a sus continuas amenazas, también había
rechazado las demandas de Casio, ante el cual no había cedido ni siquiera al
enterarse de que le tendía una emboscada. Después de que la tempestad hundiera
su flota, lo único que le había impedido volver a zarpar había sido su precario
estado de salud. Para cuando se hubo repuesto, Marco Antonio era ya el héroe de
Filipos. Hablaba con seguridad, con gracia y —como Antonio debía de deducir al
verla caracterizada como Afrodita— convencida de su inocencia.
En un momento dado, salió a colación la cuestión dineraria, que en buena medida
explicaba los alardes de lujo de Cleopatra. Era una manera de demostrarle su
utilidad a un hombre que buscaba fondos. Las arcas de Roma seguían vacías. Los
triunviros habían prometido 500 dracmas —una vigésima parte del talento— a cada
soldado y tenían a más de treinta legiones a su servicio. Aparte, el sucesor de
César —e incluso el vencedor de Filipos— estaba en cierto modo obligado a
emprender una campaña contra Partia. Los partos habían hecho causa común con
los magnicidas y eran una nación inquieta y ávida de territorios. Antonio,
además, debía vengar la humillante derrota romana del año 53. El último general
que se había aventurado más allá del Tigris no había regresado: se sabía que le
habían cortado la cabeza para usarla de decorado en una obra de Eurípides y que
sus once legiones habían sido masacradas. Si conseguía una espectacular
victoria militar, Antonio se aseguraría de una vez por todas la supremacía en
Roma. Y cuando los romanos pensaban en Partia, sus pensamientos se deslizaban
inevitablemente hacia Cleopatra, la única monarca capaz de financiar una
operación de tales dimensiones.
Marco Antonio pudo por fin corresponder a las invitaciones de Cleopatra
ofreciéndole un banquete. No es de extrañar que se sintiera «obligado a
honrarla superándola en elegancia e ingenio»; tampoco lo es que no consiguiera
ni una cosa ni la otra. La posteridad acusaría a Cleopatra de turbarle el
entendimiento a Antonio, y hay que admitir que quizá en este caso concreto sea
cierto; la mayoría de los romanos se habrían cuidado mucho de intentar
aventajar en opulencia a un Ptolomeo. Una vez más, Cleopatra dio pruebas de su
capacidad de adaptación y demostró mayor habilidad que Antonio a la hora de
jugar según reglas ajenas. Viendo que Antonio bromeaba sobre la inferior
calidad de su comida y «la sobriedad y rusticidad de su recibimiento», [371] Cleopatra
le siguió la corriente y se burló de él, demostrando con ello ser buena
compañía para un hombre capaz de reírse de sí mismo tan a gusto como si se
riera de otro. La reina, en efecto, se sumó encantada a las bromas de Antonio:
«Advirtió que había, en su trato, mucho de esa rudeza propia del guerrero, por
lo que se sirvió también de ese mismo tono atrevido y socarrón».[372] Probada
su condición de soberana y exhibida su riqueza, Cleopatra podía permitirse
adoptar el papel de amiga. Es improbable que nadie en su séquito hubiera visto
esa faceta suya con anterioridad.
* *
*
Su
capacidad para amoldarse al instante a las necesidades de la situación, sus
habilidades dialécticas y su irresistible encanto estaban más allá de toda
duda, pero además se vio favorecida por las circunstancias. Fuera cual fuera su
grado de conocimiento mutuo, Cleopatra y Marco Antonio tenían mucho en común.
Nadie tenía tantos motivos como ellos para sentirse contrariado por el
testamento de César o la aparición de su heredero adoptivo. Ambos se aferraban
con todas sus fuerzas a los restos de la toga cesariana. Antonio había
defendido la divinidad de Cesarión ante el Senado y empezaba a reclamar
dignidades celestiales para su propia persona; Cleopatra, pues, no era la única
que se arropaba con las prendas de la divinidad. A diferencia de la mayoría de
romanos, Antonio tenía experiencia en el trato con mujeres de carácter y
talento. Su propia madre lo había desafiado a matarla con ocasión de cierto
desencuentro de carácter político. Antonio sabía cómo dirigirse a una mujer en
una cumbre política o en una conferencia financiera, y no otra cosa era la
reunión de Tarso, pese a los intentos de Cleopatra por convertirla en un
espectáculo de culto. Fulvia era rica, estaba bien relacionada y su astucia y
coraje no eran inferiores a su propia belleza. Por ella había renunciado
Antonio a la actriz más popular de Roma, amante suya de muchos años. No era
Fulvia de las que se quedaban hilando en casa, sino más bien de las que
deseaban «gobernar a quien gobierna y comandar a quien comanda».[373] A lo
largo de aquel invierno, no sólo representó los intereses de Antonio en Roma,
sino que tomó parte activa en la cosa pública «a fin de que ni el Senado ni el
pueblo llevaran a cabo iniciativas contrarias a su arbitrio».[374]Había ido
de puerta en puerta por las casas de los senadores para saldar las deudas de su
marido y en breve reuniría para él ocho legiones. Durante la ausencia de
Antonio el año anterior, Fulvia había sido su valedora en lo político y lo
militar, llegando incluso a ceñirse la armadura.
Las pretensiones divinas de Cleopatra no incomodaban lo más mínimo a Marco
Antonio, quien de camino a Tarso había sido aclamado —como Cleopatra bien
sabía— como el nuevo Dioniso. También el dios había hecho una gira triunfal por
Asia. En este sentido, las pretensiones de Antonio no sólo coincidían con las
de Cleopatra, sino que encajaban con la tradición ptolemaica. Su familia se
reclamaba descendiente del dios del vino y el éxtasis y estaba iniciada en su
místico culto. El padre de Cleopatra había añadido el título de «Nuevo Dioniso»
a su nombre, lo mismo que su hermano por un corto período, y en Alejandría,
junto al palacio, se erigía un teatro dedicado a Dioniso en el cual César había
establecido su puesto de mando en el año 48. Puede que para Marco Antonio la
identificación con el dios fuera todavía más fuerte. Aunque su culto fuera uno
de los más extendidos y él fuera la deidad griega más importante de la época,
Dioniso era un recién llegado en el panteón olímpico, donde se lo consideraba
un advenedizo. Era un dios bromista, travieso y alegre, pero —con sus
brillantes y perfumados rizos— arrastraba consigo cierta fama de afeminado,
cosa que le confería un carácter decididamente extranjero, aun siendo el más
benevolente de los dioses. Uno de los antepasados de Cleopatra había llegado a
invocar su ascendencia dionisíaca para disculpar su desaparición en el campo de
batalla. Pero lo peor era que Dioniso embotaba los sentidos a los hombres y
fortalecía a las mujeres. Si después de Filipos Oriente hubiese quedado en las
manos de Octaviano en lugar de las de Antonio, no cabe duda de que Cleopatra se
habría adaptado, pero se habría encontrado en franca desventaja. Cierto es que
dominaba muchas lenguas, pero algunas mejores que otras.
El escenario no podía ser más adecuado. Tarso estaba rodeada por los cuatro
costados de escarpadas montañas boscosas alfombradas de flores silvestres. Sede
administrativa a la vez que centro de estudio, se trataba —como señalaría una
generación más tarde el apóstol Pablo, nacido en ella— de una ciudad «no
insignificante».[375] Tarso
era famosa por sus escuelas de filosofía y oratoria, y podía presumir de
lujosas fuentes y baños, además de una espléndida biblioteca. Recorría la
ciudad un río de rápidas y frías aguas de color azul verdoso que tenían de
cristalinas todo lo que el Nilo tenía de turbio. Al llegar a Tarso tres siglos
antes, Alejandro Magno había arrojado las armas al suelo y se había zambullido
en sus gélidas aguas para lavarse el sudor y el polvo. (De resultas, a punto
estuvo de perder el conocimiento y tuvieron que sacarlo y llevárselo a la
tienda. Tardó tres días en recuperarse). Rodeada de ubérrimas tierras de
cultivo y célebre por sus viñedos, Tarso adoraba a los dioses de la fertilidad.
Era el lugar ideal para que dos deidades, consolidada la una, neófita la otra,
pudieran sentirse como en casa y acrecentar su prestigio. Tarso apreciaba y
promovía el espectáculo; era, como hemos visto, una ciudad en la que uno podía
comprar flores por valor de un talento, lo que es como decir que aunque sus
habitantes fueran romanos de nuevo cuño, su cultura seguía siendo
inequívocamente griega. Enfrentados a los mismos dilemas que Cleopatra, también
los tarsos habían vitoreado a Casio y Dolabela, sin ganar con ello más que
brutales atropellos tanto de uno como de otro. Casio invadió la ciudad, exigió
grandes sumas de dinero, obligó a fundir los tesoros de los templos y a vender
a mujeres, niños e incluso ancianos en calidad de esclavos. Aun sin flores ni
espectáculos divinos, la ciudad habría acogido a los enemigos de Casio con los
brazos abiertos. Antonio había salvado la ciudad de la desgracia.[376]
Cleopatra sólo pasó en Tarso unas pocas semanas, pero no necesitaba más. Su
efecto sobre Antonio fue inmediato y electrizante.[XXXVIII][377] El
primero en relatar lo ocurrido es Plutarco, quien describe el éxito cosechado
por la reina en Cilicia y le concede un ascenso: mientras que en el año 48,
ante César, no pasaba de ser una «descarada», [378] en el
año 41 es ya una mujer formada en las grandes artes de la seducción, una mujer
de conversación amena, deslumbrante presencia y voz deliciosa. Antonio cayó
rendido en un abrir y cerrar de ojos. Incluso, Apiano, siempre mesurado,
conviene en que la victoria fue instantánea: «Quedó prendado de ella con una
pasión propia de una muchacho, aunque contaba, a la sazón, cuarenta [sic] años
de edad», escribe extrañado.[379] Es
comprensible que la literatura empañe aquí la historia; no es fácil pisar con
pie firme sobre un tupido lecho de rosas, como no lo es espigar la verdad
—máxime la verdad política— entre tamaña sobrecarga de calificativos. Si
sabemos más de la conquista de Antonio que de la de César, es sólo porque a los
cronistas les interesaba tanto denigrar a uno como callar sobre el otro.
Obstinados en convencernos de la debilidad de Antonio, agrandan el poder de
Cleopatra. Su actuación del año 41 no sólo tiene lugar ante otro público, sino
ante otro coro.
¿Desembocó en romance esa confluencia de necesidades? Por lo menos sirvió para
asegurar una buena comprensión mutua. Como dijo Plutarco de otra relación que
marcó la historia, actuó «movido por amor», pero «no por ello dejó de parecer
una decisión conforme con sus intenciones».[380] Entre
todos los romanos de todas las ciudades del imperio, lo mejor para los
intereses de Cleopatra era acudir a ése. Lo mismo cabe decir de Antonio. Es
verdad que a Cleopatra le convenía enamorarse o amoldarse a aquel hombre, al
que acudía ante todo por obligación, pero también que a Antonio le venía como
anillo al dedo enamorarse de la única mujer capaz de sufragar sus ambiciones
militares. La obsesión de Antonio con los partos fue para ella un golpe de
suerte inesperado.
Sabemos que, meses después, Antonio añoraría mucho a Cleopatra, pero por lo
general se le atribuye a ella sola el inicio de la relación. Como dice uno de
sus más enconados enemigos, la reina no estaba enamorada de Antonio pero «lo
subyugó, y quedó transido de amor por ella».[381] Por
lo visto, los antiguos también creían que ciertas cosas eran fruto de la
malicia o del genio según las hiciera una mujer o un hombre; en materia de
lances amorosos, mediaba entre unos y otros un abismo primordial y eterno. Y es
que una cosa era la virilidad y otra la promiscuidad: cuando César dejó a
Cleopatra en Alejandría, no tardó en acostarse con la esposa del rey de
Mauritania, y Antonio llegó a Tarso recién salido de una aventura con la reina
de Capadocia. Llamó, pues, la atención que, habiendo sido la consorte de dos
hombres de voraz apetito y protagonistas de innumerables conquistas sexuales,
sea Cleopatra quien haya pasado a la historia como la embustera, la falsa y la
seductora. Evidentemente, era más cómodo hablar de sus habilidades eróticas que
reconocer sus dotes intelectuales, de la misma manera que resultaba más fácil
atribuir su poder a la magia que al amor. No hay pruebas ni de una cosa ni de
otra, pero la primera permite hallar respuestas; al hablar de magia, todo
encaja mejor. Por eso se dice que Cleopatra tiene a Antonio comiendo de su mano
«no sólo por la intimidad que entre ellos había —como dice Flavio Josefo—, mas
por hallarse él bajo la influencia de ciertas drogas».[382] Afirmaciones
como ésta confirman su poder, pero minimizan su inteligencia.
Perdieran o no la cabeza el uno por el otro, cuesta creer que el factor sexual
no fuera determinante desde un primer momento. Antonio y Cleopatra se hallaban
en el ápice de su poder, rodeados por el humo embriagador de los perfumes, la
dulce música, las luces calidoscópicas, el calor de las noches de verano y
multitud de mesas colmadas con los mejores manjares y vinos de Asia. Es dudoso
que Cleopatra lo redujera a esclavitud, como asegura más de un cronista; [383] sí
sabemos, en cambio, que Marco Antonio despertaba el deseo allá por donde pasaba
y que había tenido devaneos durante algún viaje anterior por Asia; además, poco
antes había tenido un romance con otra reina vasalla. Plutarco afirma que «era
bien conocida su afición a las mujeres ajenas» [384] y
sitúa el inicio de la relación con Cleopatra en aquel tórrido verano de Tarso.
Los efectos inmediatos de la reunión fueron de carácter práctico; en pocas
semanas, Cleopatra consiguió gran número de cosas. Para cuando regresó a
Alejandría, Antonio conocía todas sus reivindicaciones. Considerando la
actuación posterior de Antonio, parece que no eran descabelladas. Sí revelan
que Cleopatra no se sentía tan segura como aparentaba. Sabía, por ejemplo, que
otra mujer ansiaba entre bambalinas convertirse en reina de Egipto. Antonio no
dudó en intervenir ordenando que Arsínoe fuera expulsada a la fuerza del templo
de Ártemis.[385] La
hermana de Cleopatra murió en los peldaños de mármol del recinto, frente a las
puertas de marfil labrado donadas por su padre años antes. Era la última de los
cuatro hermanos; por esa parte se habían terminado los problemas. Cleopatra dio
muerte a toda su familia, lamenta un cronista, «hasta el punto de no dejar con
vida a nadie de su propia sangre».[386] La
afirmación es cierta, pero también lo es que Arsínoe no le había dejado muchas
opciones a su hermana. César le había perdonado la vida tras humillarla
públicamente en Roma, y desde entonces ella no había dejado de conspirar contra
Cleopatra.[387](También
Isis es misericordiosa y, a la vez, justa: se limita a poner a los malvados en
manos de aquellos contra quienes conspiran). Cleopatra sabía mostrar clemencia.
Antonio convocó al sumo sacerdote del templo, el mismo que había proclamado
reina a Arsínoe. Consternados, los efesios hicieron un llamamiento para que
Cleopatra suplicara el indulto del sacerdote, que finalmente fue puesto en
libertad por Antonio. Dado que no quedaban Ptolomeos exiliados, el sacerdote no
representaba ya ningún obstáculo. Antonio no se mostró igual de clemente con el
pretendiente que llevaba un tiempo viajando por Asia haciéndose pasar por
Ptolomeo XIII, posibilidad que algunos han aceptado como cierta. (Después de
todo su cuerpo nunca fue recuperado al término de la guerra de Alejandría).
Mandó ejecutarlo. Por lo que respecta al pérfido comandante de flota de Chipre
que había auxiliado a Casio contraviniendo las órdenes de Cleopatra —y acaso en
alianza con Arsínoe—, huyó a Siria, donde buscó refugio en un templo. Ahí fue capturado
y ejecutado.
Comportamientos como ése hacen pensar que un hombre puede estar perdidamente
enamorado. «La atención que Antonio había prestado a todas las tareas hasta
entonces empezó a debilitarse, toda ella, de inmediato. Se hacía lo que
Cleopatra ordenaba, sin el menor respeto hacia las leyes divinas y humanas»,
concluye Apiano.[388] Todo
ello sugiere también que, entre banquete y banquete, Cleopatra debió de hacer
alguna promesa de tipo material. En realidad, el comportamiento de Antonio no
era tan heterodoxo. Al separarse de Cleopatra en el año 47, también César se
había dedicado a solventar los asuntos de las provincias «distribuyendo
recompensas personales y colectivas a quienes se las han merecido,
interesándose por las viejas disputas y resolviéndolas».[389]Antonio
tomó bajo su protección a los reyes que así se lo pidieron, convirtiéndolos en
valiosos aliados; instituyó cadenas de mando; aumentó los impuestos. La
diferencia fue lo que ocurrió a continuación. A finales de otoño, Antonio envió
su ejército a los cuarteles de invierno y, a pesar de que las provincias
seguían registrando disturbios, a pesar incluso de que los partos se acercaban
al Éufrates y se cernían amenazantes sobre Siria, zarpó hacia el sur para
reunirse con Cleopatra en Egipto.[390]
* *
*
Desconocemos
si la mujer de veintiocho años que lo recibió en Alejandría se hallaba o no en
el culmen de su belleza —las mujeres siempre lo sitúan en algún momento del
pasado—; lo que sí sabemos es que aquella Cleopatra era una mujer
manifiestamente más segura de sí misma que la que se había presentado ante
Julio César siete años atrás. Había viajado por el extranjero y sido madre.
Reinaba en solitario y en solitario había capeado fuertes tormentas políticas y
económicas. Era una diosa viviente y tenía un consorte irreprochable que la
eximía de la obligación de volver a casarse. Gozaba del apoyo de su pueblo,
puede que incluso de su admiración entusiasta, y se había involucrado en la
vida religiosa de los egipcios nativos mucho más profundamente que ninguno de
los Ptolomeos anteriores. No es casual que su voz se deje oír por primera vez
en este momento, en Alejandría, al lado de su defensor y compañero. Cleopatra
es ahora una mujer segura, autoritaria y atrevida.
A la luz de los hechos posteriores, se ha supuesto que la visita de Marco
Antonio fue idea de Cleopatra, quien valiéndose del ingenio, la seducción o la
magia, atrajo al romano hacia sí: «Se dejó arrastrar por ella a Alejandría»,
como escribe Plutarco.[391] Por
supuesto, también es muy posible que Antonio se autoinvitase. Al fin y al cabo,
no hacía más que cumplir con su deber: reorganizar Oriente y recaudar fondos.
Sin el dinero de Egipto, no podía sacar adelante sus planes contra los partos.
Tal vez creyera que aquélla era la mejor manera de asegurarse los fondos que
aquella astuta reina le había prometido pero no le había entregado todavía.
Asia había resultado ser más pobre de lo esperado. La riqueza estaba en Egipto.
Tenía razones legítimas para querer vigilar de cerca un reino vasallo, máxime
cuando éste podía convertirse en una base ideal para una futura campaña en
Oriente; para ello, Antonio necesitaría una potente flota, y Cleopatra podía
suministrársela. La alternativa era dedicar el tiempo a resolver las
inacabables disputas provinciales, asuntos que no despertaban en Antonio el más
mínimo interés. Los pormenores administrativos habían aburrido incluso al
propio Cicerón. Las delegaciones llegaban una tras otra, por eso no es de
extrañar que Antonio deseara partir hacia uno de los pocos países mediterráneos
ajenos a su mando directo. En sus años, había sido un buen estudiante, y en
muchos sentidos seguía siéndolo. También era un estratega valiente y
capacitado. Suponiendo que Cleopatra no lo buscara a él, Antonio tenía buenas
razones para buscarla a ella, o cuando menos profesarle un trato agradable y
diplomático que la hiciera sentirse dueña de la situación, como en Tarso. El
triunviro conocía Alejandría, ciudad que ningún visitante olvidaba con facilidad
y que parecía haber absorbido a grandes tragos la cultura griega en su
integridad. Nadie en su sano juicio habría deseado pasar el invierno en otro
lugar que bajo su luz satinada, a pesar de las lluvias de enero, sobre todo en
el siglo I a. C. y en calidad de huésped de un Ptolomeo.
Quizá como deferencia hacia Cleopatra, quizá para no incurrir en el mismo error
que César, Marco Antonio viajó a Egipto sin escolta militar y «sin las
insignias de su cargo, con la apariencia y el régimen de vida de un privado».[392] Sus
privilegios, sin embargo, no eran de privado. Cleopatra le dedicó una acogida
magnífica y, con la esperanza de que hallase la vida alejandrina a la altura de
su reputación, le dio todo tipo de facilidades para que dedicase su tiempo a
«ociosidades y niñerías».[393] Hay
ciudades ideales para dilapidar fortunas y ciudades ideales para amasarlas,
pero sólo en aquella urbe extraordinaria eran posibles ambas cosas. Tal era la
Alejandría de Cleopatra, un paraíso para el erudito, con un comercio palpitante
y una cultura de la vida acomodada, donde el instinto mercantil de los griegos
se fundía con la hospitalidad egipcia, una ciudad de frescos amaneceres color
frambuesa y ocasos de nácar, bulliciosa y heterodoxa, olorosa del aroma de las
grandes oportunidades. Un espectáculo sin parangón.
La vida de Antonio y Cleopatra consistía en una sucesión de pasatiempos
eufóricos y banquetes pantagruélicos que tenían lugar en el seno de una especie
de sociedad que ambos habían fundado y a la que denominaron de la Vida
Inimitable. Sus miembros, explica Plutarco, «celebraban banquetes en honor de
uno y otro, siendo increíble y desmesurada la cantidad que se gastaron».[394]Gracias a
cierta amistad casual conocemos con detalle cuál debía de ser el ambiente en la
cocina de Cleopatra durante aquel invierno: el cocinero real promete a su amigo
Filotas introducirlo secretamente en palacio para que pueda contemplar los
preparativos de una cena; Filotas se queda admirado. En la cocina, llena de
cocineros, camareros y coperos, retumban los gritos y las blasfemias; la gente
va y viene en torno a una gran montaña de alimentos. En los espetones dan
vueltas ocho jabalíes. Un pequeño ejército de sirvientes va de un lado para
otro.[395] Filotas,
joven estudiante de medicina, se maravilla al imaginar el gran número de gente
invitada a la cena. Su amigo no puede reprimir la risa ante su ingenuidad. Muy
al contrario, le dice. El operativo culinario es tremendamente minucioso y
decididamente precario: «Dijo que no eran muchos los que cenaban, sino que eran
en torno a unos doce, pero que era necesario que cada cosa que se sirviera
estuviera en ese punto en el que es poco lo que falta para que se pase. Y, en
efecto, podía darse el caso de que Antonio pidiera la cena y poco después, por
un casual, le diera por pedir una copa o se entretuviera en una conversación;
“por lo que”, concluyó, “no se prepara una, sino muchas cenas, pues el momento
de servirlas es imprevisible”».[396] Superada
la sorpresa, y tras terminar su formación, el asombrado Filotas llegaría a
convertirse en un médico prestigioso y referiría su historia a un amigo, quien
a su vez se la contaría a su nieto, que resultaría ser Plutarco.
Según todas las fuentes, Marco Antonio era un invitado caro y agotador. De más
joven, había partido en campaña militar seguido por una comitiva de músicos,
concubinas y actores; y por obra suya —al menos según Cicerón—, la antigua
residencia de Pompeyo se había convertido en un templo de placeres lleno de
acróbatas, bailarinas, bufones y borrachos. Era un hombre de gustos exquisitos,
y Cleopatra no daba abasto. «Es difícil aunar voluntades cuando hay diversidad
de intereses, de conveniencias y casi de naturaleza», [397] había
observado Cicerón años antes, y, ciertamente, entre la reina y Antonio existían
diferencias flagrantes. Pese a trabajar a jornada completa y a la multitud de
asuntos que reclamaban su atención, Cleopatra se desvivía por contentarlo. Él,
por su parte, visitaba los dorados templos de Alejandría, frecuentaba el
gimnasio y asistía a las discusiones eruditas, sin mostrar, no obstante, gran
interés por las tradiciones egipcias ni por los logros arquitectónicos,
culturales o científicos de esa civilización superior. No pudo dejar de visitar
la tumba de Alejandro, una de las atracciones favoritas de los romanos. También
salió de cacería por el desierto, tal vez en compañía de Cleopatra, quien
seguramente sabía montar y organizaba o patrocinaba carreras de caballos.[398] Aparte
de eso, nada indica que Antonio saliera del Bajo Egipto ni que visitase otros
lugares de interés. En eso se diferenciaba de Julio César. Prefería, en vez de
ello, perder el tiempo embromando como un adolescente entre las resonantes
columnatas y las esfinges relucientes, por las calles consagradas a los
ilustres antepasados de su amante y entre las paredes de caliza de las casas,
consagrándose a ello como quien se entrega a un arte excelso. Cleopatra estaba
siempre dispuesta a complacerlo, «ya estuviera en plenos asuntos de Estado, ya
estuviera ocupado en otros menesteres». Si los días eran intensos, las noches
lo eran todavía más. Antonio era todo un experto a la hora de organizar juergas
nocturnas, fastuosas comidas al aire libre y reuniones de disfraces. Hasta
sabía cómo hundir matrimonios. Cleopatra no se separaba de él. En cierto modo,
también era una manera de hacer política; su reino bien valía alguna que otra
locura: «Jugaba con él a los dados —nos cuenta Plutarco—, bebía con él, cazaba
con él, asistía como espectadora a sus entrenamientos; y, por la noche, cuando
él acudía a las puertas y ventanas del populacho y se entretenía bromeando con
los de dentro, ella estaba a su lado, acompañándolo en sus vagabundeos vestida
de criada».[399] Durante
aquellas excursiones, Antonio se disfrazaba de sirviente y hasta que no se
armaba jaleo de algún tipo —peleas las más de las veces— no regresaba a palacio
satisfecho.
Sus gamberradas fueron bien recibidas en Alejandría, ciudad que se adaptaba en
todos los sentidos a las inclinaciones de Antonio y ante el cual no dudó en
rendirse. Sus habitantes eran gente alegre y amante del lujo, y Antonio
rezumaba fuerza y alegría. Nada le gustaba más que hacer reír a una mujer. Ya
de joven, durante sus años de formación militar y oratoria en el extranjero, se
había convertido en admirador de todo lo griego. Solía hablar en florido estilo
asianista, con menos pompa que lirismo. Años después, un romano les reprocharía
a los alejandrinos su carácter bufonesco. Les bastaba un tañido de arpa para
empezar una fiesta: «Pasáis el tiempo jugando siempre y descuidados, y nunca os
falta, por así decirlo, entretenimiento, diversión ni motivo de risa».[400] Esto
no era ningún problema para Antonio, que se hallaba en su salsa en los
espectáculos populares, en compañía de músicos ambulantes, en la calle o en el
estadio.
Lo avalaba su reputación. Cuando, a su retorno, el padre de Cleopatra condenó a
muerte a las tropas desleales, fue Antonio, por entonces un joven oficial,
quien le pidió clemencia e intercedió para obtener el indulto. Era igualmente
el responsable de que el marido de Berenice hubiera sido enterrado con honores
reales, también en contra de los deseos de Auletes. Su benevolencia no cayó en
el olvido. Los alejandrinos acogieron a Antonio con los brazos abiertos y no
dudaron en danzar para él vestidos con disfraces. Al igual que su reina, se
divertían con sus «payasadas» y se sumaban de buen grado a sus bromas; al mismo
tiempo, se sentían agradecidos porque, decían, «usaba la careta trágica con los
romanos», y con ellos, la cómica.[401] Supo
domar al mismo pueblo que sólo siete años antes había recibido a César con
hondas y jabalinas, lo cual decía mucho tanto de la firme autoridad de
Cleopatra como del carisma de Antonio. Sin duda era más fácil aceptar a un
romano cuando éste —a diferencia de tantos occidentales antes y después de él—
no se comportaba con altanería. No sólo eso, sino que Antonio aparecía en
público vestido a la manera griega en vez de con la toga romana, y calzaba las
mismas zapatillas de cuero blanco que los sacerdotes egipcios. Su imagen nada
tenía que ver con la de su antiguo comandante, siempre envuelto en su manto
rojo, aunque la influencia de este último se dejaba sentir todavía y realzaba
el atractivo de la reina. Al lado de Cleopatra, César se sentía más cerca de
Alejandro Magno —y jamás romano alguno marchó hacia Oriente sin la imagen de
Alejandro al frente—, y Antonio, en comunión con César.
Apiano asegura que Antonio no se separaba de Cleopatra, «a quien, ciertamente,
consagró por entero su estancia allí», [402] y ve
en ella una mala influencia. La reina «con sus encantos lo convencía para que
dejara de acometer con sus manos grandes empresas y abandonara las necesidades
de su ejército y la siguiera para yacer juntos rozagantes en las bahías de
Cánopo y Tafosiris».[403] Probablemente
lo cierto sea lo contrario. Aunque Cleopatra dedicase todo su tiempo y atención
a su invitado, en ningún momento renunció a su espíritu competitivo, su sentido
del humor ni sus obligaciones. Imaginemos una reposada tarde alejandrina en que
los dos, rodeados de sus asistentes, han salido a pescar en barca al río o al
lago Mareotis. Marco Antonio parece contrariado. Ejércitos enteros acatan sus
órdenes, pero por alguna razón ese día no consigue clavarle el anzuelo a uno
solo de los peces que abarrotan las fértiles aguas egipcias. Lo que más lo
mortifica es que Cleopatra esté a su lado. Haya o no haya amor entre ellos,
mostrarse tan incompetente en su presencia resulta bochornoso. Al fin, opta por
hacer lo que haría cualquier pescador con un poco de amor propio: da órdenes
secretas a sus sirvientes para que se sumerjan y claven en al anzuelo peces
pescados previamente. A partir de ese momento, saca, triunfante, un pez tras
otro, pero tanta eficacia despierta sospechosas; Antonio es un hombre impulsivo,
necesita demostrar lo que vale y jamás claudica cuando halla impedimentos.
Cleopatra, a quien rara vez le pasa desapercibida una artimaña, no deja de
comprender lo que ocurre, pero se finge admirada. ¡Portentosa habilidad la de
su amante! Esa misma tarde, relata la hazaña a sus amigos y los invita a
presenciar la proeza con sus propios ojos.
Al día siguiente zarpa una gran flota. Poco después, Cleopatra ordena algo de
forma disimulada. Antonio arroja el sedal y al momento pican. Nota un gran peso
y, al tirar para sacar la presa a la superficie, empiezan a oírse carcajadas:
del Nilo acaba de salir un arenque del mar Negro. La jugada le sirve a
Cleopatra para demostrar la superioridad de su ingenio —Antonio no es el único
al que pretende impresionar—, pero también para recordarle a su amante —con
habilidad, firmeza y dulzura— que tiene deberes más importantes. Cleopatra no
necesita regañar, porque posee esa virtud tan anhelada por padres, maestros y
ejecutivos: es ambiciosa y sabe contagiar su ambición a los demás. « ¡Mi
general! ¡La caña para los de Faros y los de Cánopo —lo amonesta delante de los
presentes—, que tu caza —le recuerda— debe ser de ciudades, reinos y
continentes!» [404] Y es
que las lisonjas, debidamente mezcladas y agitadas, obran aquel efecto del que
hablaba Plutarco: «Una franqueza tal es como los mordiscos de las mujeres
lascivas, que despiertan el placer y hacen cosquillas, bajo la apariencia de
causar pena».[405]
Cleopatra trataba a Antonio como si fuera un escolar en vacaciones, que era
precisamente la imagen que de él se tenía en Roma, a la cual volvió la espalda
durante aquellos meses felices. Antonio celebró su cuadragésimo tercer
cumpleaños en Alejandría, pero, pese a la edad, su carácter seguía siendo
inmaduro y caprichoso, lo cual resulta irónico si pensamos que era él quien
acusaba a Octaviano de no ser más que un crío. (Pocas acusaciones podían herir
más a un romano. A Octaviano lo martirizaba tanto que terminó promulgando una
ley por la cual prohibía que nadie se refiriera a él como tal). Si no fue
Cleopatra quien convenció a Antonio de que atendiera sus responsabilidades
públicas, debieron de ser los nefastos despachos llegados a finales de
invierno. De Oriente llegaban noticias de que los partos estaban
desestabilizando la región. Acababan de invadir Siria, donde habían asesinado
al gobernador recién designado por Antonio. Las noticias de Occidente eran
igual de preocupantes. Por lo visto, Fulvia había hallado un peligroso
pasatiempo: con la ayuda del hermano de Antonio, había promovido una guerra
contra Octaviano, en parte para alejar a su marido de Cleopatra. Tras ser
derrotada, había huido a Grecia.
En abril, o pocos días antes, Antonio pasó a la acción y marchó por tierra al
encuentro de los partos. No pasó del norte de Siria, donde recibió una terrible
carta de Fulvia. Después de leerla no tuvo más opción que renunciar a la
ofensiva y —con una flota de doscientas naves recién armadas— poner rumbo a Grecia.
Antonio no ignoraba las maniobras de su esposa, sobre las cuales le habían
escrito repetidamente ambas partes y cuyos detalles había conocido en invierno
gracias a una delegación, pero parecían no interesarle; tenía tan pocas ganas
de reprender a su mujer como de romper con Octaviano. Las intrigas de Fulvia
eran para su esposo una razón tan buena como las atenciones de Cleopatra para
quedarse en Alejandría. Antonio tardó en reaccionar, cosa que más tarde le
valdría severas críticas. «Yo no pude encontrar, aunque la busqué, cualquier
respuesta clara de Antonio a ellos», [406] comenta
con mordacidad Apiano acerca de los constantes y cada vez más apremiantes
comunicados. Fulvia creía hallarse en peligro y temía incluso por sus hijos,
acaso no sin razón. Un siglo después, nadie se acuerda de ella y se conviene en
que lo más adecuado es acusar al Antonio de Alejandría de abandonarse «de tal
modo a la merced de las pasiones y la ebriedad que ni por un momento se acordó
de sus aliados ni de sus enemigos».[407]
* *
*
El
encuentro en Grecia fue tormentoso. Antonio fue muy duro con su esposa. Se
había extralimitado y se le había ido la situación de las manos. Según
Plutarco, Cleopatra estaba en deuda con Fulvia, ya que gracias a ésta Antonio
«estaba amansado y medianamente instruido en obedecer a las mujeres».[408] Puede
que Fulvia enseñara a su marido a obedecer a las mujeres, pero no supo
persuadirlo ni para que se enfrentase a Octaviano ni para que aspirase a algo
más que a la mitad del imperio. En repetidas ocasiones lo exhortó a aliarse con
Sexto, el hijo de Pompeyo. Juntos habrían podido eliminar sin problemas a
Octaviano. Pero Antonio se negaba de forma rotunda. Había firmado un acuerdo y
no era de los que quebrantan un compromiso. (Semanas más tarde, en alta mar,
Antonio se encontró con uno de los asesinos de César. Había sido proscrito y
había luchado contra Antonio en Filipos, pero ahora navegaba ligero a la cabeza
de toda una flota. Temeroso, uno de los asesores de Antonio aconsejó cambiar de
rumbo, pero éste se negó, asegurando que «prefería morir por una violación del
tratado, a salvarse bajo la impresión de ser tomado por un cobarde».[409] Siguieron,
pues adelante). Antonio se marchó sin despedirse para arreglar las cosas con
Octaviano. Cuando partió, Fulvia estaba enferma. Es posible que muchas de las
acusaciones que se le imputan sean falsas; los historiadores de Roma eran
especialistas en descalificar a las mujeres de mentalidad independiente.
Fulvia, por lo demás, había tenido multitud de cómplices y el mismo procurador
de Antonio la había incitado repitiéndole con malicia que «mientas Italia
estuviera en paz, Antonio permanecería con Cleopatra, pero que si estallaba la
guerra, acudiría allí rápidamente».[410]
Antonio se encaminó hacia el Adriático con su nueva flota. En su ausencia,
Fulvia, cayó en una profunda depresión y murió. Las causas no están claras,
pero Apiano supone que pudo quitarse la vida por despecho, «a causa de la
cólera de Antonio, quien la había dejado cuando estaba enferma».[411] Puede
que sencillamente muriera exhausta de tantas intrigas. En Alejandría nadie
debió de llorarla mucho, pero Antonio quedó afectado en lo más hondo por su
muerte, de la cual se culpaba por no haber regresado siquiera a visitar a su
esposa al saber que estaba convaleciente. Otros también lo culparon, achacando
—como Dión— su negligencia a «su pasión por Cleopatra y su lascivia».[412] Fulvia
había sido una mujer hermosa, grave y devota; había aportado al matrimonio
dinero, amigos influyentes y un agudo instinto político, y le había dado dos
hijos a Antonio. Si, como se ha dicho, es cierto que era una virago, «era una
virago de una lealtad infinita», [413] y a
su lado, Antonio prosperó.
Podría decirse que la muerte de Fulvia fue en sí misma un acto de mediación.
Con ella se abría la vía de la reconciliación entre Octaviano y Antonio, libres
ahora «de una mujer tan entrometida que había suscitado una guerra tan grande
por su envidia de Cleopatra».[414] De la
misma manera que resultaba cómodo atribuir una guerra onerosa y absurda a las
maquinaciones de una mujer, también lo era atribuir un nuevo pacto a su
fallecimiento, tanto más teniendo en cuenta que nadie estaba dispuesto a
luchar. Sexto Pompeyo seguía activo por mar y bloqueaba con éxito el suministro
de grano destinado a Roma. Las continuas guerras habían devastado las tierras
de cultivo de la península. Roma era una ciudad hambrienta, sumida en el
desgobierno, al borde del desastre. En las zonas rurales se declaraban
levantamientos, los soldados reclamaban los impuestos que Antonio debía haber
obtenido en el extranjero, pero que todavía no había distribuido, y los amigos
ejercían de intermediarios en un intento de reconciliar a los dos triunviros,
que una vez más dividieron el mundo entre ellos. Esta vez, la parte de
Octaviano fue mucho más jugosa que la obtenida dos años antes.
El reparto, sellado a comienzos de octubre del año 40, se conoció como el pacto
de Brundisio. Sus cláusulas establecían que Antonio debía enfrentarse a los
partos, mientras que a Octaviano correspondía deshacerse de Sexto Pompeyo o
llegar a un acuerdo con él. Unos ocho meses después, los tres firmarían un
nuevo trato en Miseno, en el lado opuesto de la bahía respecto a Nápoles, con
Pompeya visible al fondo. No bien se hubieron redactado los pactos y se
hubieron abrazado los signatarios, «un fuerte y poderoso clamor se alzó a la
vez en las naves y en tierra firme». La alegría resonó hasta en las montañas.
En el puerto se desató el caos y muchos murieron aplastados, asfixiados o
ahogados mientras la multitud «se abrazaba nadando y rodeaba con los brazos el
cuello del vecino para arrojarse al agua con él».[415] El
peligro de un conflicto armado quedaba conjurado una vez más. Las celebraciones
de Brundisio fueron un reflejo fiel del propio tratado: junto a la costa, cada
campamento festejó la paz por su cuenta durante todo el día y toda la noche.
(Octaviano a la manera romana; Antonio al estilo asiático y egipcio. Nadie hizo
comentarios al respecto). Algo parecido ocurrió en Miseno: «Sus barcos estaban
anclados junto a la orilla y los rodeaban sus guardias personales, y los
asistentes al banquete estaban ceñidos, a ocultas, con puñales».[416] En
cada uno de aquellos banquetes, moría un complot y se engendraba una nueva
conspiración.
A fin de reforzar el pacto de Brundisio, Octaviano ofreció su adorada
hermanastra a Antonio. He aquí el único terreno en que la mujer romana ocupaba
una posición protagonista: representaba una garantía personal de incalculable
valor, sobre todo a la hora de cerrar un trato político. Sobria y circunspecta,
Octavia reunía a sus veintinueve años las cualidades ideales de toda abnegada
mujer política. Era inteligente pero no independiente, intercesora más que
manipuladora. Había estudiado filosofía, pero no abrigaba ambiciones políticas.
«Portentosa mujer», era conocida por su belleza, gracia, finura de rasgos y
cabellera reluciente. Curiosamente, había enviudado meses antes. Ella era justo
lo que la situación requería, un contrapeso ilustre contra Cleopatra, de cuya
influencia debía alejar a Antonio. Éste admitía que tenía una relación con la
reina, pero seguía debatiéndose «entre el amor y la sensatez», como dice Plutarco
y como bien sabían los hombres de Antonio, que lo mortificaban burlándose de
él. Por ley, toda mujer viuda debía esperar diez meses antes de volver a
casarse, por si en el ínterin daba a luz a progenie, pero tan grandes eran las
esperanzas de que Octavia fuese «garantía de una armonía y una salvación
general» [417] que
el Senado trabajó a marchas forzadas para exonerarla. A finales de diciembre
del año 40, los festejos por la paz de Brundisio continuaron en Roma, donde
Antonio y Octavia celebraron su matrimonio.
Roma —hambrienta, saqueada, agotada— no estaba para muchos festejos, pero la
noticia debió de caer especialmente mal en Alejandría. Es imposible que los
pactos de los años 40 y 39 cogieran por sorpresa a Cleopatra, aunque debieron
de ponerla en guardia. Que Antonio contrajera matrimonio era una cosa, pero que
renovara su alianza con su cuñado era otra. Una suma de fuerzas entre Antonio y
Octaviano no favorecía para nada los intereses de Cleopatra. Octaviano era
enemigo declarado suyo, su mera existencia representaba una afrenta hacia su
hijo. No obstante, la reina conocía a su hombre. Sabía que Antonio volvería. Ni
siquiera tenía necesidad de mover ficha, los partos lo harían por ella. Puede
que sintiera cierta gratitud perversa hacia los partos por mantener la atención
de Roma alejada de Egipto. La guerra contra Partia, además, magnificaba la
importancia de Cleopatra; sin ella, Antonio no podría cumplir con su parte del
pacto de Brundisio. Tenía buenos motivos para creer que la reconciliación era
frágil, si no huera. Antonio y Octaviano podían reconciliarse todas las veces
que quisieran, pero su enemistad —como Fulvia había demostrado meses antes—
nunca desaparecería. Por si su intuición no fuera suficiente, tenía confidentes
en el campamento de Antonio, por medio de los cuales todas las noticias —tramas
y contratramas, escaramuzas y banquetes— llegaban a Alejandría.
Al menos de forma indirecta, mantuvo el contacto con Marco Antonio, a quien
hizo llegar un emisario ese mismo invierno. Los partos atravesaron Fenicia,
Palestina y Siria y saquearon Jerusalén a finales de año. Herodes, tetrarca —o
príncipe: Roma no lo coronaría rey hasta el año siguiente— de Judea, que por
entonces contaba treinta y dos años, logró escapar no sin grandes vicisitudes
y, tras dejar a su familia en la fortaleza de Masada, solicitó asilo. No fue
fácil obtenerlo; sus vecinos temían contrariar al invasor. Herodes terminó
llegando a Alejandría, donde Cleopatra lo recibió por todo lo alto. Lo conocía
ante todo por ser un hombre excitable, amigo de Antonio y vasallo de Roma, pero
tenía otros motivos para mostrarse favorablemente dispuesta hacia él: el padre
de Herodes había ayudado a dos Ptolomeos a recuperar el trono: a su padre y a
ella misma. En el año 47, él en persona había lanzado una astuta ofensiva
contra la frontera oriental y había ganado a los judíos de Egipto para la causa
de César. Como sus padres, Cleopatra y Herodes eran antiguos pompeyanos y
conversos recientes al cesarismo. Además, tenían en los partos a un enemigo
común.
Herodes era un hombre ameno, fanático en sus lealtades, ladino a la hora de
mostrar deferencia. Salta a la vista que Cleopatra pretendía que el gallardo
príncipe la acompañara a una expedición a Etiopía o que secundara a Antonio
contra Partia. No debe extrañarnos que le ofreciera ocupar posiciones de mando,
pues los judíos habían servido en los ejércitos ptolemaicos desde antiguo y
Herodes era un hombre especialmente distinguido. Experto jinete, era capaz de
lanzar la jabalina con precisión milimétrica. Herodes declinó la oferta.
Cleopatra terminó cediéndole una galera —ya hemos visto que sus naves eran
requeridas sin cesar— para realizar la peligrosa travesía invernal hacia Roma,
dudoso favor cuyo resultado fue el naufragio del tetrarca frente a las costas
de Chipre. (Semanas más tarde llegó a Roma, donde recibió una cálida bienvenida
por parte de Octaviano y Antonio). Los más suspicaces vieron en la oferta de
Cleopatra una maniobra de distracción. Y es que por mucha gratitud que sintiera
hacia la familia de Herodes, no le interesaba fomentar la amistad de su vecino
con Antonio.
Ignoramos cómo divulgó Cleopatra —si es que la divulgó— otra noticia que
seguramente precedió a la travesía mediterránea de Herodes. A finales de año
dio a luz a mellizos. Aunque el padre se hallase ausente —por entonces ya se
había casado con Octavia o estaba a punto de hacerlo—, los retoños, por linaje,
no carecían de gloria. Cleopatra no hizo concesiones al legado paterno a la
hora de ponerles nombre; al contrario, omitiendo cualquier referencia a Roma,
llamó a los hijos de Antonio Alejandro Helios y Cleopatra Selene, evocando a un
tiempo al Sol, la Luna, a su tía abuela —la gran reina ptolemaica del siglo II—
y al mayor comandante de su tiempo, aquél que había logrado domeñar incluso a
los partos y con el cual sólo ella entre todos los soberanos reinantes mantenía
algún tipo de vínculo. A juzgar por esa nómina de antecesores, podría decirse
que Cleopatra estaba haciendo más por unir Oriente y Occidente que nadie desde
Alejandro Magno. El Sol y la Luna formaban parte de los títulos del rey de
Partia; quién sabe si con ello Cleopatra pretendía hacerle llegar un mensaje.
Por lo demás, qué mejor manera de inaugurar una edad dorada que con una deidad
solar. No sabemos cuál fue la reacción de Antonio a la noticia, pero la más
interesante debió de ser la de Octaviano. Cleopatra acababa de lograr, por
medio de sus hijos, que de alguna manera ambos hombres quedaran emparentados.
No fue preciso proclamar a bombo y platillo la nueva de aquel fabuloso
alumbramiento. La noticia de que la intrépida reina egipcia había parido a un
hijo llamado Alejandro —cuyo padre era Marco Antonio y cuyo hermanastro era
hijo de César— era de por sí un gran titular en el año 39 a. C. Bastaba con eso
para, en palabras de un autor posterior, convertir a Cleopatra en objeto de
habladurías en el mundo entero.[418]
* *
*
Entre
los años 40 y 37, la vida de Cleopatra fue como un drama griego: toda la
violencia ocurría fuera del escenario. De tierras lejanas no dejaban de llegar
noticias que ella analizaba hasta el último detalle. Con el pacto de Brundisio,
la cuenca mediterránea volvía a respirar tranquila, pero su hálito erizaba el
vello de la nuca de Egipto. El enlace de Antonio había sido una solución
efectista para complacer al castigado y abatido pueblo de Roma. Él y Octaviano
fueron aclamados en toda Italia, donde «se produjo al punto una explosión de
júbilo total ante la llegada de la paz, y la liberación de una guerra
intestina, del alistamiento de los hijos, del ultraje de los guardianes, de la
deserción de los esclavos, del saqueo de los campos, del abandono de la agricultura
y, por encima de todas las cosas, del hambre, que les oprimía ya hasta el
extremo». En las zonas rurales «les fueron ofrecidos sacrificios» cual si
fueran dioses salvadores, [419] papel
que tanto uno como otro abrazaron sin hacerse de rogar. Para conmemorar aquella
paz se erigieron estatuas y se acuñaron monedas. Las celebraciones dieron paso
a sueños nostálgicos y extravagantes profecías. Nacía de pronto una feliz era
de fraternidad y prosperidad. Virgilio compuso por entonces la tan traída y
llevada égloga cuarta, tal vez para celebrar la boda de Antonio y Octavia; en
cualquier caso, para invocar la llegada de una edad de oro. En ella, el poeta
deposita sus esperanzas mesiánicas en un niño aún por nacer, un salvador que
será el preludio de un nuevo amanecer y que reinará en un mundo de piedad, paz
y plenitud.
El mundo tuvo que esperar algo más a que se cumplieran esas ansiadas profecías.
En la primavera del año 38, Octavia cumplió y dio a luz, pero fue una niña, no
el varón de los presagios. En cuanto a los partos, continuaban su avance hacia
el oeste, sacando ventaja de la distracción de los romanos. Cleopatra no
apartaba la vista de los invasores, cada vez más próximos a su frontera. Partia
estaba decidida a expandirse, y Egipto había formado parte del imperio de sus
predecesores persas. Antonio mandó a uno de sus generales de confianza a
plantar cara a los partos, y para desesperación de Antonio obtuvo tal éxito que
se hizo merecedor de la gloria tanto tiempo ambicionada por su comandante.
Roma, hambrienta, volvió a ser escenario de revueltas. El malestar era tal que
Octaviano llegó a verse rodeado en el foro por una muchedumbre colérica que lo
acusaba de haber dilapidado los fondos públicos. Sus excusas fueron recibidas
con adoquines. Viendo que la lluvia de piedras no cesaba ni siquiera tras el
primer derramamiento de sangre, Antonio, en una difícil y espectacular acción
de rescate, se vio obligado arrebatar a Octaviano de entre las manos y los
gritos de sus asaltantes. Luego escoltó al triunviro hasta su casa. Poco tenía
que ver aquella visita con su primer encuentro en ese mismo lugar.[420]
A todo eso, el cuñado de Antonio no estaba resultando ser un aliado leal, como
Fulvia había advertido tiempo atrás y Cleopatra —pese a los miles de kilómetros
de separación— sostenía todavía. Prevalecía entre uno y otro un espíritu
amistoso basado en la cordialidad y las buenas maneras, pero Marco Antonio —el
héroe de guerra, el veterano hombre de gobierno, el favorito del pueblo— tenía
la sensación de que su terco y enfermizo cuñado aprovechaba cualquier
oportunidad para dejarlo en evidencia. El hecho mismo de que siguiera vivo
—pues más de una vez había yacido postrado en el lecho de muerte— resultaba de
por sí sorprendente. Octaviano, que pasaba el tiempo tosiendo y estornudando,
guardándose del sol y evitando entrar en combate, no parecía capaz de rivalizar
con el vigor y la corpulencia de Marco Antonio. Octaviano era taciturno,
paranoico, maniático y, por si fuera poco, usaba alzas. Y aun así, a cada
momento se las arreglaba para sorprender a Antonio. Víctima de su confiado
talante y seguro de hallarse en posición aventajada, Antonio era objeto de
manipulaciones constantes. Sin proponérselo siquiera, se había encontrado
compitiendo contra un chiquillo impetuoso salido de la nada.[421] Antonio
carecía de astucia, pero a menudo lo olvidaba. A Octaviano le faltaba carisma,
pero tampoco se daba por enterado. No hay que olvidar que sería él quien con el
tiempo se jactaría de todos los triunfos que había dejado de celebrar, pese a
haberle sido ofrecidos, lo cual equivalía a hacer alarde de humildad. A
Antonio, en cambio, jamás se le habría pasado por la cabeza rechazar semejantes
honores y él mismo era el primero en admitirlo.
De alguna manera, Octaviano se las arreglaba para vencer a Antonio incluso en
juegos de habilidad y de azar. Cada vez que apostaban a las peleas de gallos o
jugaban a cartas, cada vez que echaban a suertes la decisión de un asunto
político, inevitablemente Antonio salía perdiendo. (No es difícil entender por
qué: fuera cual fuera el resultado, Octaviano barría siempre para casa y, si
perdía grandes sumas en la mesa de juego, lo achacaba a ser, «como acostumbro
las más de las veces, ampliamente liberal en el juego».) [422] Cleopatra
había designado un augur para que estuviera en todo momento al lado de Antonio;
para muchos en Roma, los astrólogos podían prever la fortuna con la misma
precisión que un eclipse de sol. Antonio hablaba de sus frustraciones con el
adivino, quien le leyó el horóscopo y, quizá siguiendo instrucciones de su ama,
quizá con franqueza, le dijo a Antonio que le aguardaba un porvenir espléndido,
pero que Octaviano estaba destinado a eclipsarlo. El problema, decía el
adivino, era que el genio de Antonio temía al de Octaviano «y aunque es
orgulloso y altivo, cuando se encuentra con él, en cambio, se convierte bajo su
influencia en el más humilde y rastrero». Debía, pues, mantenerse alejado de su
joven compañero. La advertencia le pareció perfectamente razonable a Antonio,
que renovó su estima por el astrólogo y empezó a tratar a su cuñado con mayor
cautela. El adivino le aconsejaba «que se mantuviera bien lejos del
joven», [423]lo cual
podía interpretarse como una velada invitación a Alejandría.
No pasó de Atenas, donde se aprestó a pasar el invierno y donde tendría su
cuartel general a lo largo de los dos años siguientes. El invierno del año 39
transcurrió más o menos como el del año anterior: en una ciudad culta, repleta
de edificios soberbios y exquisita estatuaria. Dejó a algunos subordinados
sobre el terreno, pero apenas leía sus informes y rehuía su compañía. Acudía a
lecturas y festivales con unos pocos amigos y ayudantes o con Octavia, a cuyo
lado parecía enormemente feliz. Una vez más, cambió la púrpura de comandante
por el atuendo oriental, se hizo pasar por Dioniso, su favorito entre los
dioses, y permitió que Octavia —que enseguida le dio una segunda hija— fuera
identificada con Atenea. Podemos imaginarnos cómo cayeron esos homenajes en
Alejandría, desde donde Cleopatra se informaba con todo lujo de detalles. La
noticia resultaba tanto más mortificante dadas sus vinculaciones sagradas e
imperiales. Vale la pena hacer notar aquí lo distintas que son las cosas en
función del lugar donde ocurran —o de la consorte que se tenga—: nadie en Roma
afiló las garras pese a los excesos de Antonio a lo largo del invierno del año
39. En Atenas vestía y se divertía como un griego, sólo que bajo la mirada
vigilante de la virtuosa Octavia. Además, se hacía difícil censurar sus
pretensiones divinas cuando Octaviano también las tenía y hasta organizaba
fiestas de disfraces en las que aparecía vestido como Apolo. De todos modos,
Antonio era el único que construyó un cobertizo con ramas y mandó decorarlo con
tambores, panderos, plantas, pieles de animal y demás ornamentos dionisíacos, y
«se emborrachaba reclinado desde la mañana en compañía de sus amigos». Incluso
hizo venir músicos desde Italia para que amenizaran su choza campestre y, a
veces, la trasladaba hasta la Acrópolis «al tiempo que la ciudad entera de
Atenas se iluminaba con lámparas situadas sobre los tejados».[424]
Antonio seguía quedándose perplejo ante la habilidad de su cuñado para hacerse
con el control de las situaciones. Pese a su reputación de persona íntegra e
imperturbable, en el año 38, el mismo día que su esposa daba a luz, Octaviano
pidió el divorcio para casarse con Livia, embarazada de seis meses de su
anterior marido. El matrimonio catapultó a Octaviano a los puestos más altos de
la sociedad romana y lo convirtió en un par de Antonio. (Pese al parentesco con
César, no era de linaje noble). Una y otra vez logró marginar y confundir a su
cuñado: prometía una cosa y hacía la contraria. Si Antonio se dirigía al este,
Octaviano lo convocaba desde el oeste para, al final, no hacer ni siquiera acto
de presencia. Permitió que Antonio reclutara soldados en suelo italiano, cosa
poco menos que imposible dado que era Octaviano quien gobernaba el territorio.
El equilibrio era precario, pero Antonio estaba dispuesto a mantenerlo, aun
cuando se le estuviese agotando la paciencia.
La situación llegó al límite en la primavera del año 37, en el curso de una
asamblea que ambos mantuvieron a orillas de un río en el sur de la península
Itálica con intención de poner fin a una serie de agravios. Octavia ayudó que
hubiera paz con un apasionado discurso al más puro estilo Helena de Troya. Lo
último que deseaba era ver a su marido y a su hermano aniquilándose mutuamente.
La reunión resultó en el pacto de Tarento, una prórroga del anterior
triunvirato. Antonio fue nombrado dictador de Oriente hasta diciembre del año
33, cosa que pareció satisfacerle: «Casi todo —señala Dión— estaba saliendo
según lo deseado». Al fin, empezó a preparar su campaña y se dirigió hacia
Oriente, a Siria. Octavia y las dos pequeñas lo acompañaron hasta el oeste de
Grecia, donde Antonio les ordenó dar media vuelta. Octavia estaba de nuevo
encinta y si continuaba viajando, alegaba Antonio, su salud podía resentirse.
Tenía seis hijos a su cargo —incluidos los de matrimonios anteriores— y, según
Antonio, era mejor «no exponerla a los peligros que hubiera de correr él en su
ofensiva contras los partos».[425] Hasta
aquí no hay por qué dudar de sus intenciones.
En tanto que Octaviano era un maestro del disimulo, capaz de fingir amistad sin
profesarla en absoluto, Antonio era un artista del viraje repentino, alguien
propenso a dar los golpes de timón más inesperados. En Atenas, podía pasarse un
día entero sin hacer nada, asistiendo a espectáculos con Octavia y ajeno a todo
asunto público, y al siguiente trabajar de forma compulsiva rodeado de su
séquito, vestido de forma totalmente distinta y afectando aires marciales, como
si nunca hubiera dejado ser un gran diplomático y un astuto militar. En
cualquier caso, algo cambió en los últimos meses del año 37. Quizá estaba harto
de aquella larga lista de insultos, desilusiones y engaños. Quizá tanta
frustración reprimida acabó por estallar. A fin de cuentas, era un soldado cuya
gloriosa campaña no dejaba de posponerse. Por si fuera poco, un lugarteniente
suyo había cosechado en Oriente una serie de victorias que, en rigor, le
pertenecían. Tal vez Antonio tuviera la impresión de que, entre una y otro, su
esposa y su cuñado le estaban cortando las alas, que se estaba poniendo en
ridículo, que la colaboración entre ambos era cada día menos posible. Su
autoridad en Roma dependía de una arrolladora victoria en Oriente. Vencer a los
partos significaba eliminar a Octaviano, silogismo de extraña asimetría, pero
no muy distinto de los cálculos de Auletes en Roma dos décadas antes.
Plutarco tiene otra explicación para el giro del año 37. Reconoce la obsesión
de Antonio con los partos, pero alude también a «la sombra de esa desgracia que
se creía por tanto tiempo conjurada». En opinión de los amigos de Antonio, el
anhelo contenido durante los últimos tres años y medio gracias a Octavia, o por
lo menos «adormecido y sometido a la fuerza de la razón», [426] había
vuelto a quedar libre. Según Plutarco, los rescoldos del deseo se avivaron y se
hicieron más y más ardientes a medida que Antonio se aproximaba a Oriente,
donde al fin prendieron con una gran llamarada. No hay que olvidar aquí que el
texto de Plutarco aspira a ser un cuento ejemplar. El Antonio que retrata es un
hombre de valía al que sus propias pasiones conducen a la ruina; en este
sentido, importa más la moraleja que los detalles. Sea como fuere, Antonio
arribó a Siria sano y salvo y, desoyendo el consejo ajeno y su propio instinto,
mandó un mensajero a Alejandría. Cleopatra debía reunirse con él en Antioquía,
la tercera mayor ciudad de la cuenca mediterránea. Esta vez la reina partió sin
dilación. Poco después de la llegada de la pareja a la capital siria, empezaron
a circular monedas con el retrato de ambos. No queda claro quién ocupa el
anverso y quién el reverso, lo cual no deja de parecer adecuado a la luz de los
tumultuosos vaivenes de los siete años siguientes. Antonio nunca volvió a ver a
Octavia.[427]
Capítulo 7
Objeto de habladurías en el mundo entero
«Será
grande la reputación de aquellas mujeres cuyas virtudes o defectos anden lo
menos posible en boca de los hombres».
TUCÍDIDES [428]
Esta
vez no necesitó grandes dramaturgias. Antes de zarpar, Cleopatra sabía ya que
Marco Antonio iba camino de Oriente, dispuesto al fin a ajustar cuentas con los
partos, una campaña que llevaba cuatro años posponiendo. Cleopatra conocía las
preocupaciones de Marco Antonio porque éste se las había confesado durante el
desenfrenado invierno que habían pasado juntos, y por César conocía los
detalles del plan original de la expedición. Durante su avance hacia Antioquía,
Antonio reorganizó el territorio de Asia Menor en varios reinos que dejó en
manos de sus aliados y hombres de confianza. Estableció una frontera estable;
era vital asegurar la retaguardia antes de continuar hacia Oriente. Con ese
mismo propósito, Antonio y Octaviano habían nombrado rey a Herodes al recalar
éste en Roma el invierno anterior. Herodes, de ascendencia idumea y árabe, no
era ni mucho menos el candidato más apto al trono de Judea. Si se hizo con la
corona, fue más por tenacidad que por linaje. Ningún dinasta logró explicar
mejor que él por qué le había sido fiel a Casio; con razón podía decirse que
Herodes alcanzó el poder «con gran sigilo».[429] Antonio
había conocido a su padre, también amigo de Roma, y había tenido trato con
Herodes desde joven. Su relación personal era una buena garantía.
Oportunista sin paliativos, Herodes era un hombre temerario, experto en el arte
de las huidas milagrosas. Las pruebas apuntan a que en Roma tanto Octaviano
como Antonio estaban fascinados por él. No es casual que Herodes fuera igual de
audaz a la hora de buscar fondos que a la de empuñar la jabalina; poseía el don
de encontrar dinero debajo de las piedras. (Sus métodos eran bien conocidos
entre sus súbditos). El Senado confirmó su nombramiento por unanimidad, tras lo
cual Octaviano y Antonio lo escoltaron hasta el Capitolio en señal de
deferencia. Los cónsules y los magistrados abrían el camino. Antonio comentó
que el nombramiento redundaría en beneficio de la campaña de Oriente y, tras la
subida al Capitolio, organizó un banquete en honor del nuevo monarca. Según
algunos autores, Herodes fue rey en parte gracias a Cleopatra, ya que el Senado
habría actuado movido tanto por su miedo a la egipcia como por su admiración
hacia el rey. Era preferible que la región tuviera dos monarcas en lugar de
sólo uno. Había motivos para temer a una reina vasalla al frente de un país
rico, sobre todo cuando de ella dependía el suministro de grano de Roma.[430]
El miedo jugó también a favor de Cleopatra. Antonio no podía arriesgarse a un
levantamiento en Egipto, y ella era la única capaz de hacer valer su autoridad
en el reino. Pocos podían gobernar el país mejor que ella. Cleopatra zarpó de
Alejandría con la seguridad de que Roma jamás podría vencer a Partia —un
imperio rico, inmenso y bien defendido— sin su ayuda económica. En otras
palabras, cuando aquel otoño Cleopatra remontó la rocosa costa del Mediterráneo
oriental, sabía que el equilibrio de poderes había cambiado. Pese al coraje de
Antonio y la potencia de su ejército, la victoria estaba en manos de Egipto.
Como la vanidad es la misma en todas las épocas, parece razonable suponer que
tanto la reina como sus ayudantes pusieran mucho esmero en su aspecto.
Cleopatra no había visto a Marco Antonio en tres años y medio, y, como toda
mujer, querría disimular los signos del paso del tiempo. Había oído hablar de
Octavia, de su rostro redondo y su refulgente cabellera. Sin embargo, esta vez
no habría necesidad de togas perfumadas con ambrosía, ni de obsequios con
piedras preciosas, ni de suelos alfombrados con rosas. Cleopatra tenía algo
mejor. Sus hijos viajaban con ella.
En Antioquía —una réplica en miniatura, y algo más recatada, de Alejandría—,
Alejandro Helios y Cleopatra Selene vieron por primera vez a su padre y él los
reconoció como hijos suyos. Sin duda fue un reencuentro feliz. Antonio tenía
pretensiones helenísticas. Él mismo se había insinuado como continuador de la
dinastía ptolemaica, y ahora sus hijos encabezaban la línea de sucesión al
trono de Egipto. Además, tenía un nuevo hijo varón, cosa que Octavia, ejemplar
en otros aspectos, no había podido darle. (Antonio tenía dos hijos mayores de
Fulvia). Algunos incluso han llegado a sugerir que fue precisamente su
incapacidad para concebir un varón —el varón que hiciera realidad la profecía
de Virgilio e inaugurara aquella edad de oro tan esperada— lo que arrojó a
Antonio a los brazos de Cleopatra. A Antonio le gustaban los niños y creía que
nunca eran demasiados. Solía decir que «un buen linaje se propagaba con
numerosos vástagos y el nacimiento de numerosos reyes» [431] . No
era la clase de hombre capaz de resistirse a un pequeño dios de habla griega
que, a sus tres años, vestía al uso regio y usaba el apelativo de «padre» con
Antonio, al cual se asemejaba —si es lícito juzgar a partir de una escultura—
por sus rizos y cara carnosa. Antonio llevaba años alimentando ambiciones
divinas, en concreto desde Filipos, siguiendo el ejemplo de su ilustre mentor.
Gracias a sus hijos ilegítimos, Antonio —en palabras de un historiador moderno—
podía calzar con toda legitimidad «las zapatillas de su predecesor».[432] Antioquía
resultaba especialmente apropiada para ello por ser una ciudad fluvial,
pintoresca y bien abastecida, situada al pie de una majestuosa montaña, con un
centro urbano lleno de columnatas dispuestas en forma de cuadrícula y numerosos
estadios y jardines, fuentes monumentales y manantiales naturales. Tocada por
las brisas occidentales de mayo a octubre, Antioquía era en invierno una ciudad
soleada y sin viento, con apacibles baños y un bullicioso mercado. Favorable a
César, que había mandado erigir en ella una estatua en su honor tras despedirse
de Cleopatra en el año 47, la capital Siria ofreció una cálida bienvenida a su
célebre protegido.
En lo personal, Cleopatra tenía motivos para estar satisfecha del resultado de
aquella tardía reunión familiar, pero el rédito político fue si cabe mayor.
Antonio había aprendido la lección de la pesca y hacía lo que, según Cleopatra
—o al menos según lo que ésta le había hecho creer—, se le daba mejor. Se
dedicó a enrollar en su sedal «ciudades, reinos y continentes». No sería
exagerado decir que «reinos e islas caían de sus bolsillos como monedas de
plata», [433] según
se diría más tarde; las acciones de Antonio siguieron, por lo general, un
patrón lógico. Acometió por entonces la tan necesaria y tantas veces inacabada
reorganización política de Oriente. En una región compuesta por múltiples
etnias y culturas, y caracterizada por la inestabilidad de las alianzas —y que
por treinta años había resistido los intentos de reorganización por parte de
Roma—, Antonio creyó que lo mejor era reconocer el talento y premiar la
competencia y la lealtad. Tal como le gustaba decir a Antonio, «la grandeza del
poder de Roma no residía en los métodos que se usaban para someter a los
pueblos, sino en las concesiones que hacían para agradar a sus súbditos».[434] Antonio
consolidó reinos, fusionó territorios, asignó tierras y redibujó, en
definitiva, el mapa de la región.
Se hallaba en su elemento y nada parecía poder detenerlo. Nadie ponía en duda
su inminente victoria contra los temibles partos. Pocas veces había sido
reunido «un ejército tan maravilloso como aquél ni en arrojo, ni en
resistencia, ni en vigor».[435] Antonio
había «asolado toda Asia».[436] Jamás
había tenido bajo su mando un ejército tan grande, y sus hombres estaban
encantados de acatar las órdenes de tan intrépido y magnánimo general. Hasta el
último de ellos anteponía la opinión de Antonio a su propia vida, una devoción,
según Plutarco, nacida de «su nobleza de casta, la fuerza de convicción de su
discurso, su sencillez, la afabilidad que mostraba en sus bromas y en sus
conversaciones».[437] Antonio
tenía un carácter contagioso; la tropa entera rezumaba optimismo. Los regalos
siempre ayudan a levantar los ánimos, y la munificencia de Antonio era bien
conocida. Una especie de corolario a su afición a las familias numerosas. En la
soleada Antioquía —es probable que se alojaran en el palacio de la isla, en un
recodo del plácido río—, Cleopatra encontró motivos para felicitarse y creer
que, tras cinco años de caos y confusión, había apostado por el caballo
ganador.
A su llegada en el mes de septiembre, Antonio le hizo un regalo extraordinario.
No sólo reconoció a los gemelos, sino que colmó a la madre de nuevos
territorios. Confirmó su autoridad sobre la isla de Chipre, cosa que ni
siquiera César le había concedido de manera oficial. Las consecuencias de
aquella terrible pérdida todavía debían de estar bien vivas en su recuerdo. A
los territorios de Cleopatra, añadió los bosques de Celesiria (parte de la cual
se encuentra en el actual Líbano); la exuberante y remota Cirene (en la actual
Libia); una generosa franja de Cilicia, abundante en cedros (en la costa este
de Turquía); porciones de Creta y todo el territorio, a excepción de dos
ciudades, de la próspera costa fenicia. En muchos casos, Antonio apartó al
soberano de turno —si no encontraba motivos de agravio, siempre podía
inventárselos— para que Cleopatra pudiera tomar posesión de sus territorios. En
el año 37, Cleopatra tenía bajo su gobierno la práctica totalidad de la costa
mediterránea oriental, desde el este de la actual Libia, en África, pasando por
Israel, Líbano y Siria hasta el sur de Turquía, exceptuando tan sólo una
pequeña parte de Judea.
El tamaño y la composición de las tierras otorgadas obedecía tanto a las
necesidades militares de Antonio como al sentido romano de la justicia y a la
opinión de Antonio sobre Cleopatra, mujer competente, fiable y con recursos.
Roma valoraba esos atributos en sus gobernantes vasallos, que ofrecían
múltiples ventajas en comparación con los gobernantes designados por la propia
Roma, por ejemplo, que no había que pagarles. Además, Antonio necesitaba una
flota. Tras el pacto de Tarento había hecho entrega a Octaviano de cien galeras
con espolones de bronce y diez trirremes. Si algo se le daba bien a Cleopatra,
era construir barcos. No es casual que Antonio le hubiera asignado las
provincias madereras a una soberana que disponía de los comerciantes y los
recursos necesarios para armar con ellas una valiosa flota; en ese aspecto, no
había en todo el Mediterráneo nadie que pudiera resultarle tan útil a Antonio como
Cleopatra [438] .
Según Plutarco, los regalos de la reina son sólo algunos de los muchos
distribuidos entre los soberanos de la zona.[439] Al
mismo tiempo, ella fue uno de los pocos monarcas que conservaron el cargo, ya
que Antonio no siempre tuvo en cuenta a las dinastías establecidas a la hora de
hacer nombramientos. Por lo demás, los territorios otorgados a Cleopatra
superaban con creces a los obtenidos por cualquier otro gobernante. En
septiembre del año 37, casi había restituido al Imperio ptolemaico su gloria
del siglo III.
He ahí un buen motivo para que Cleopatra declarase que Egipto entraba en una
nueva era. Su decimosexto año de reinado se convirtió en el año primero,
inaugurando así una doble datación que se prolongó durante el resto de su
reinado.[440] Tenía
treinta y dos años y había llegado el momento de reinventarse y arrogarse un
nuevo título. Entre los muchos y peculiares privilegios de que disfrutaba
Cleopatra, cambiarse de nombre figuraba a buen seguro entre los más
significativos, junto con la posibilidad de elegir consorte o regular sus
propios ingresos. Se nombró «Reina Cleopatra, Joven Diosa que Ama a su Padre y
a su Patria». Cleopatra manipulaba la nomenclatura con tanta astucia como el
resto de cosas, y ese título ha dado mucho que hablar. Con él, Cleopatra
anunciaba no sólo una nueva época, sino un cambio de rumbo general en materia
política. La introducción del último término tal vez tenía como fin salir al
paso de los rumores que aseguraban que estaba vendiéndose a Roma; con él,
Cleopatra recordaba a sus súbditos que ella era en primer lugar y por encima de
todo su faraón.[XXXIX]Por supuesto,
las imágenes de las monedas eran de una tranquilizadora coherencia con respecto
a las de los Ptolomeos anteriores. Se había convertido en una de las figuras
más poderosas fuera de territorio romano. Cuando Antonio hubiera vencido a los
partos, sería emperadora de Oriente. Conscientes de ello, varias ciudades
costeras emitieron monedas en honor de Antonio y Cleopatra. La reina tenía
motivos para estar feliz. El futuro se presentaba despejado frente a ella.
Cleopatra debía de estar impaciente por celebrar aquel nuevo amanecer en
Alejandría. Después de haberlo sacrificado todo a consecuencia de los idus de
marzo, no sólo había recuperado la estabilidad, sino que había salido
reforzada. Claro que, dejando a un lado su orgullo por el renacimiento del
imperio, ¿cómo tomaron sus súbditos que su reina volviera a estrechar lazos con
un romano? Nada indica que provocase ningún escándalo. El pueblo parecía dar
prioridad a las implicaciones prácticas de la política de Cleopatra. «En mi
opinión —sugiere un reconocido estudioso—, vieron en los amores y los vástagos
de aquella faraona una señal divina y no cuestionaron a su reina hasta que los
recaudadores de impuestos empezaron a cebarse con ellos.» [441] Cleopatra
había resuelto un rompecabezas político. La falta de oposición en su país puede
ser indicativa de que no pecaba de generosa con Marco Antonio. Podría haber
aceptado pagar a sus legiones, pero para ello habría tenido que gravar con
fuertes impuestos a su pueblo. Tampoco hay motivos para creer que las
disposiciones territoriales de Antonio despertaran alarmas en Roma. Formaban
parte de un sólido plan de política exterior. Engrosaban las arcas y aseguraban
las fronteras. En Egipto, la popularidad de Cleopatra debía de rozar máximos
históricos.
A la vista de tal regalo, muchos autores han concluido que Marco Antonio y
Cleopatra debieron de contraer matrimonio en Antioquía ese otoño, hipótesis
poco probable teniendo en cuenta que Marco Antonio ya tenía una esposa. Tanta
dadivosidad por su parte, ha dado pie a suponer que Cleopatra pudo exigir
aquellos territorios con ocasión de la boda, y que Antonio se los habría
concedido. De ser cierta dicha transacción, ningún cronista habría dejado de
mencionarla; sin embargo, Plutarco, la única fuente que relata el encuentro, no
ofrece pruebas ni en un sentido ni en el otro. Admite tan sólo que Antonio
reconoció a sus hijos, lo cual no equivale a decir que se casó. Antonio, por
supuesto, tenía tanto o más que ganar que Cleopatra; ni siquiera Plutarco se
atreve a calificar de error el que el triunviro se aliase con la mujer más rica
del mundo.[442] Las
necesidades inmediatas de Antonio encajaban perfectamente con las aspiraciones
imperiales a largo plazo de Cleopatra. Las pruebas apuntan menos a una boda que
a la sed de territorios de la reina, manifestada entonces por primera vez. Hay
quien apunta que en el año 37 o al siguiente empezó a reclamarle a Antonio la
mayor parte de Judea. Él, por lo visto, se negó. (Se ha dicho que el que
Antonio se mostrara inamovible en ese punto demuestra que no era un títere sin
voluntad. Si no cedió, será porque no estaba totalmente cegado de amor. Igual
de posible es que Cleopatra supiera hasta dónde podía llegar y nunca reclamara
Judea, lo cual deja en el aire la cuestión del estado emocional de Antonio). Es
poco probable que Cleopatra tuviera que andar regateando territorios, a pesar
de que la situación se prestaba a ello. Antonio necesitaba financiar su
campaña, pagar un ejército y armar una flota. Cleopatra, que no necesitaba
nada, se encontraba en mejor posición para negociar.
Al margen de lo que hubiera ente ambos, la percepción entre los demás reyes
vasallos de la región fue que Antonio se encontraba profunda y firmemente unido
a Cleopatra.[443] Resulta
más difícil saber qué había en el corazón de ella, al menos en el año 37,
aunque tenemos algunas pistas. Antes o después de que Egipto recuperara la
extensión que había tenido en el siglo III, antes o después de la puesta a cero
del calendario, Antonio y Cleopatra retomaron el aspecto sexual de su relación
allí donde lo habían dejado en Tarso. Es evidente que para Cleopatra la
presencia de Antonio significaba tanto como su patrocinio. En marzo o abril del
año 36 recorrieron juntos el camino que separaba Antioquía de los límites del
Imperio romano, un viaje por tierra que la desvió varios cientos de kilómetros
de su camino. Un viaje innecesario y menos cómodo de lo que habría sido en
otras circunstancias, sobre todo teniendo en cuenta que volvía a estar encinta.
Antonio y Cleopatra se despidieron en las riberas del Éufrates, allá donde el
río se estrecha hasta convertirse en apenas un canal, en lo que a día de hoy es
el este de Turquía. Antonio cruzó el puente de madera hacia territorio parto
con la intención de marchar hacia el norte con su flamante ejército, a través
de las estepas y las escarpadas montañas que se extendían del otro lado del
río. Cleopatra puso rumbo hacia el sur.
* *
*
Volvió
a casa por el camino más largo, como si pretendiera realizar una gira triunfal
por los territorios recién adquiridos. En muchos lugares fue recibida con
alegría; algunos de los déspotas a los que Antonio había depuesto por ella
habían resultado ser gobernantes nefastos. En las proximidades de Damasco, por
ejemplo, Cleopatra dominaba ahora un territorio previamente controlado por una
tribu de bandidos muy aficionados al latrocinio y al tiro con arco. Acompañada
de su séquito, atravesó las ondulantes colinas y los abruptos precipicios de lo
que hoy son Siria y Líbano, y tras dejar atrás estrechos desfiladeros y hondas
quebradas alcanzó la cima de una cadena montañosa, entre dos lomas majestuosas,
en Jerusalén. Rodeada de murallas fortificadas y una serie de torres de planta
cuadrangular de nueve metros de altura, Jerusalén era un importante centro
comercial, conocido por sus obras de arte. Cleopatra tenía asuntos que tratar
con Herodes, quien —pese a ser un negociante infatigable— no debía de arder en
deseos precisamente de entrevistarse con la reina.
Cuando al fin se reunieron, Herodes ya había sido fugitivo y suplicante y
ocupaba, no sin oposición, el trono de Judea como rey de un pueblo al que había
tenido que conquistar antes de poder gobernar.[XL] Hemos
de suponer que Cleopatra y su comitiva se alojaron con el soberano recién
designado, dueño de varias residencias y aficionado a los lujos de proporciones
ptolemaicas, si bien su suntuoso y legendario palacio del sur de la ciudad
todavía no estaba construido. Lo más probable es que Cleopatra fuera la
invitada de Herodes en su residencia de la Ciudad Alta de Jerusalén, que a ojos
de la reina debía de parecer más una fortaleza que un palacio. Durante la
visita, tuvo ocasión de conocer a la extensa y turbulenta familia de Herodes,
con la que pronto mantendría una subversiva correspondencia. Herodes tenía la
mala suerte de compartir techo con varios enemigos implacables, el principal de
los cuales era su desdeñosa suegra Alejandra, señora de buena cuna, cuya
presencia entre las muchas mujeres de la casa de Herodes constituía de por sí
un agravio. El rey vivía también con su astuta madre, una hermana leal para la
que todo era motivo de queja y Mariamne, la agradable y bellísima esposa con la
que se había casado siendo ésta una adolescente y quien, para frustración de
Herodes, jamás llegó a asimilar el hecho de que su marido hubiera asesinado a
la mitad de la familia de ella. A pesar de que Cleopatra lo había auxiliado
tres años antes, a pesar de que respondían ante un mismo señor y de que juntos
navegaban por las procelosas aguas de Roma —ambos hacían cuanto podían por
mantener sus volátiles países a la sombra de aquella creciente superpotencia—,
lo último que Herodes necesitaba era otra mujer dominadora. Y es que Cleopatra,
a diferencia de las demás, aspiraba incluso a su fortuna.
Sabemos de la visita de Cleopatra por una sola fuente, un autor hostil a su
Oriente natal, enamorado de Roma y cuyo texto bebe, al menos en parte, del
testimonio del propio Herodes. El historiador judío Flavio Josefo ensombrece
aunque no logra camuflar del todo la cuestión de fondo: que Herodes y Cleopatra
pasaron juntos una temporada intensa durante la cual se dedicaron en buena
parte a negociar los detalles de sus obligaciones. Antonio había concedido a
Cleopatra derechos exclusivos sobre el betún del mar Muerto, que afluía a la
superficie del lago en forma de manchas glutinosas. El betún era esencial para
obtener mortero, incienso e insecticidas, así como para embalsamar y calafatear.
Tómese una cesta de juncos, embadúrnese con betún y se verá que repele el agua.
Usado para recubrir el casco de un barco, lo vuelve impermeable. La concesión
era de lo más lucrativa. A Cleopatra pertenecían asimismo los productos
procedentes de Jericó, abundante en palmerales de palma datilera y jardines de
bálsamo.[444] Es
muy posible que cruzara a caballo el abrasador desierto para inspeccionar las
ochenta hectáreas en el valle del Jordán donde Herodes poseía un segundo
palacio. No había aroma que no palideciera al lado del dulce bálsamo, que
crecía exclusivamente en Judea. El fragrante aceite, las semillas y la corteza
de aquel arbusto se consideraban bienes preciosos y constituían la más rentable
de las exportaciones de la región. En cuanto a los dátiles de Jericó, eran los
más deliciosos de todo el mundo antiguo y con ellos se elaboraba el fuerte vino
de la zona. Dicho en términos actuales: era como si Cleopatra hubiera obtenido
la concesión de los campos de petróleo de Kuwait, pese a no ser dueña de un
solo palmo de su territorio.
Para Herodes la transacción resultaba especialmente dolorosa, ya que Judea era
un país pobre, seco y pedregoso, con pocas zonas fértiles, carente de puerto y
con una población en rápida expansión. Sus ingresos eran risibles al lado de
los de Cleopatra. Al mismo tiempo, sus ambiciones excedían su territorio, ya
que no deseaba ser «rey de un desierto».[445] Parece
ser que no fue fácil llegar a un acuerdo y que Cleopatra estaba más interesada
en las remesas de betún que en seducirlo. Se mostró implacable y despiadada, y
el resultado final le fue muy favorable. Herodes se comprometía a arrendarle
las tierras de Jericó a cambio de 200 talentos anuales. Igualmente, aceptaba
garantizar y recaudar los impuestos sobre el monopolio del betún de su vecino,
el rey de los nabateos. Comprometiéndose a ello, Herodes se ahorraba la
presencia de los agentes o los soldados de Cleopatra. En todo lo demás, el
trato jugaba a favor de la reina y dejaba a los otros dos monarcas en una
posición frágil. Herodes quedaba a obligado a obtener fondos de un soberano que
le había negado asilo durante la invasión parta y que no pagaba sino bajo
coacción. Cleopatra se habría propuesto enfrentar a dos hombres que la
despreciaban, un judío y un árabe, y lo había conseguido. (Malco, el rey
nabateo, se tomaría la venganza más tarde). Contra todo pronóstico, Herodes
hizo honor a la palabra dada. Sabía que «era imprudencia darle motivos para
odiarlo».[446]
En cualquier otro respecto, la visita se reveló infructuosa. Pese a ser ambos
seductores experimentados, no lograron granjearse la simpatía del otro. Es
probable que Cleopatra tratase a Herodes con condescendencia, pues éste, a fin
de cuentas, era un plebeyo, tal como su suegra le recordaba cada vez que tenía
ocasión. A causa de la religión de su madre, tampoco era un judío puro; a ojos
de los judíos, era un gentil, mientras que a ojos de los demás, era judío. La
consecuencia de esto era su permanente inseguridad en el trono, situación que
Cleopatra conocía bien y que tal vez se encargase de agravar. Es posible que
ésta dominase el arameo mejor que Herodes el griego. Y es que pese a ser varios
años mayor que ella, Herodes era un hombre de formación escasa, profundamente
ignorante en arte y cultura, cosa de la que se avergonzaba. (Valga decir que
años después, cuando decidió poner remedio a la situación, contrató al mejor
maestro que conocía, alguien que —además de sus méritos literarios y musicales—
tenía en su haber las mejores credenciales imaginables: haber sido el preceptor
de los hijos de Cleopatra). Comparado con la sedosa presencia de Cleopatra,
Herodes era un hombre de modales toscos, y eso no debió de beneficiarle.
Cuando de grandes pasiones se trata, se invierte el gran axioma de toda
política exterior: los amigos de los amigos son enemigos. Quizá Herodes
sintiera hacia Cleopatra lo mismo que sentiría cualquiera hacia alguien para
quien la propia fortuna no es más que morralla. Puede que la reina de Egipto
llegase demasiado envalentonada por sus éxitos en Antioquía como para mostrarse
conciliadora; incluso es posible que insinuara codiciar las tierras de Herodes.
No es fácil reconocer una deuda, y ambos eran deudores el uno del otro.
Cleopatra había financiado la huida de Herodes a Roma, mientras que el padre de
éste había socorrido sin dudar a César en Alejandría. Sea como fuere, el
encantador Herodes reaccionó con violencia a la visita de la reina. Por un
lado, le dedicó banquetes reales; por otro, recomendó a los miembros de su
consejo de Estado que buscaran la manera de matarla, alegando que con ello
prestarían un enorme favor a la comunidad. No sería difícil hacerlo mientras
Cleopatra estuviera a su merced en Jerusalén. Su fin supondría la desaparición
de un vecino codicioso y conspirador, pero su muerte beneficiaría además a
todas las partes, Antonio el primero. Su muerte, decía Herodes lleno de
convicción, «evitaría no pocas desgracias a todos aquellos a los que había
perjudicado y a quienes pudiera perjudicar en el futuro. Su muerte le sería
también de gran ayuda a Antonio, al que no profesaría lealtad en caso de que la
necesidad o la ocasión lo obligaran a recurrir a ella en busca de ayuda».[447]
Herodes reforzó sus razones de la manera habitual; como siempre, la mujer
pérfida era también la mujer sexual. Por si no bastara con lo dicho, explicó a
sus consejeros que aquella egipcia casquivana le había «tendido una
trampa» [448] al
confesársele vencida de amores e intentar gozar de él, «pues por su carácter
estaba acostumbrada a disfrutar sin reservas de esta clase de placeres».[449]Herodes
había visto que Cleopatra era una negociadora agresiva, y cuando un hombre se
ve en desventaja frente a una mujer, lo mejor es convertirla en una depredadora
sexual capaz de alcanzar cotas de depravación indescriptibles, en «una esclava
de sus propios apetitos». (No era difícil de ver: en latín, codicia y concupiscencia comparten
la misma raíz). Tras rehuir sus ruborizantes proposiciones, Herodes presentó su
ofendida sensibilidad ante el consejo. La lascivia de aquella mujer resultaba
escandalosa.
Los consejeros de Herodes le pidieron que recapacitase. Se estaba precipitando.
Los riesgos eran muchos, y Cleopatra —fuertemente escoltada y seguramente mejor
conocedora de las consecuencias políticas— sin duda lo sabía. El consejo le dio
a Herodes una pequeña lección acerca de la perversidad de las dinámicas
afectivas, lección que más tarde había de resultarle útil. En primer lugar,
Marco Antonio nunca daría el visto bueno al asesinato de Cleopatra, por mucho
que se le mostraran los beneficios que de él podían resultar. En segundo lugar,
«su amor se inflamaría con tanta más fuerza al pensar que la violencia y la
traición la habían apartado de su lado».[450] Antonio
se obsesionaría y Herodes estaría perdido sin remisión. Los consejeros de
Herodes insistieron en que todo era inútil con esa mujer, la más influyente de
su tiempo. ¿No sería mejor aceptarlo?
Cleopatra, por supuesto, era demasiado inteligente como para seducir —o
intentar seducir— a un soberano de tres al cuarto. No tenía nada que ganar con
ello. Era improbable que quisiera seducir a un subordinado de su valedor y, más
aún, que se arrojara en los brazos de Herodes estando —de forma evidente; ya
casi era verano— embarazada de Antonio. En Jerusalén había acuartelada una
legión romana para proteger el trono de Herodes. Sus hombres no habrían
callado. Herodes era un hombre astuto, pero como se vería más tarde, poseía una
capacidad limitada para comprender el corazón humano. Los consejeros lograron
finalmente disuadirlo de sus planes homicidas. Tratándose de una trama
«dirigida contra una mujer investida de una dignidad nunca vista en el mundo
entero en alguien de su sexo», [451] no
habría justificación posible. Herodes no podía permitirse ofender a Cleopatra
ni tampoco proporcionarle motivos para odiarlo. Sin duda, dijo por último el
consejo, Herodes encontraría la forma de soportar la deshonra infligida por el
descaro de la egipcia.[XLI][452]
Suponiendo que esas deliberaciones llegasen a oídos de Cleopatra, no es difícil
imaginarla riendo satisfecha. Contaba con la lealtad de Antonio y lo sabía.
Tenía mejores motivos para querer liquidar a Herodes, la única persona que se
interponía entre ella y la posesión íntegra de la costa oriental. Como ella
bien sabía, las tierras del de Judea habían pertenecido a los Ptolomeos en
determinados períodos. Al final, los consejeros de Herodes consiguieron
convencerlo, y éste, respetuoso y educado, terminó escoltando a su huésped bajo
el calor abrasador del Sinaí hasta la frontera egipcia. Si es verdad que
Cleopatra estaba al corriente de lo ocurrido —y cuesta creer lo contrario—,
aquel viaje a través de la arena incandescente debió de ser de lo más tenso y tedioso.
Para el resentido rey de Judea lo fue sin duda. En Pelusio se despidió de
Cleopatra, ya en estado de gravidez avanzada y cargada de regalos. Nada que ver
con el furtivo viaje de vuelta a casa emprendido en ese mismo lugar en el año
48.
A comienzos de otoño —un otoño favorecido por una copiosa crecida— dio a luz a
su cuarto hijo. En el mundo antiguo, el nombre de una persona tenía seguramente
una importancia mucho mayor que en cualquier otra época; Cleopatra llamó a su
nuevo hijo Ptolomeo Filadelfo, en alusión directa a los gloriosos días del
siglo III, cuando su familia había reinado por última vez sobre un imperio
comparable en grandeza al de Cleopatra, la Joven Diosa que Ama a su Padre y a
su Patria, en el año 36.
* *
*
Por
desgracia para Herodes, no iba a ser tan fácil sacudirse de encima a aquella
mujer codiciosa y pragmática. Durante su paso por la corte de Judea, Cleopatra
había hecho algunas amistades a las cuales no tardaría en resultar
diabólicamente útil. Poco después de su regreso a Egipto, recibió un mensaje de
Alejandra, la suegra de Herodes. La princesa asmonea había encontrado en la
reina egipcia un alma comprensiva, razón suficiente para que Herodes hallara
incómoda la presencia de su noble huésped. Herodes recriminaría a Cleopatra
haber ejecutado a sangre fría a buena parte de su familia —valiente acusación
en boca de quien había masacrado a todos sus rivales al trono y por varias
décadas seguiría dejando tras de sí una estela de sangre—, pero en el fondo quizá
era pura envidia. La mutua antipatía que Herodes y Alejandra se profesaban
respondía en buena medida a diferencias religiosas y de clase. Herodes no sólo
no era un judío puro, sino que además los idumeos eran conversos recientes al
judaísmo, por lo que no gozaban de muy buena fama entre el resto de judíos. La
esposa de Herodes y su familia, por el contrario, eran nobles pertenecientes a
una larga estirpe de altos sacerdotes judíos, dignidad que según la tradición
tenía su origen en el hermano de Moisés. En el año 37, Herodes osó designar a
un nuevo alto sacerdote a espaldas de la familia, aun cuando tenía a mano a un
candidato evidente y prometedor: el hermano de dieciséis años de Mariamne, el
alto y arrebatador Aristóbulo. Herodes, sin embargo, prefirió conceder a un
vulgar funcionario aquel lucrativo y poderoso cargo cuyos simples arreos
conferían a quien los llevaba una especie de poder ultraterreno. Con la frente
ceñida por una diadema bordada en oro, el alto sacerdote velaba por su pueblo
ataviado con una toga azul con borlas largas hasta el suelo y recamada con
piedras preciosas y cascabeles de oro. Dos broches sujetaban sobre sus hombros
un manto púrpura, escarlata y azul tachonado de gemas. Por baja que fuera la
condición del sacerdote, los accesorios bastaban «para dar a entender que se
estaba en presencia de un hombre perteneciente a otro mundo».[453]
Cuando se supo que Herodes había dejado de lado a su joven cuñado, se desató la
tempestad. Para Alejandra —hija de un sacerdote y viuda de un príncipe—, el
nombramiento representaba un insulto imperdonable. Con la ayuda de un músico
ambulante, informó secretamente a Cleopatra de la deshonra sufrida, con la
esperanza de que la reina se solidarizase con ella en tanto que mujer y, sobre
todo, en tanto que hija de una linaje real. Sabía que Cleopatra no podía sufrir
a Herodes y que gozaba de la confianza de Antonio. ¿Se dignaría a interceder
ante él, imploraba Alejandra, para que el sacerdocio recayera sobre su hijo? Si
Cleopatra aceptó, todo indica que Antonio tenía en la cabeza cosas más
importantes que las disputas privadas de la casa de Herodes. El triunviro se
mantuvo, pues, al margen, si bien más tarde, ese mismo año 36, el sagaz Delio
viajó a Jerusalén para tratar otros asuntos. Delio, el hombre que había
convencido a Cleopatra para que viajara a Tarso, poseía unas dotes de
persuasión que lo convertían en el complemento ideal para la maquinadora suegra
de Herodes. Los hijos de Alejandra poseían una belleza fuera de lo común, «como
si hubieran nacido no de hombres, sino de algún dios», según Delio. Como la vez
anterior, la hermosura puso en marcha la imaginación del legado. Delio
convenció a Alejandra de que encargase pintar sendos retratos de Mariamne y
Aristóbulo para mandárselos a Antonio lo antes posible. En cuanto el triunviro
pusiera la mirada en ellos, le prometió Delio, «no se opondría a ninguna de sus
demandas».[454]
Alejandra hizo lo que Delio le pedía, lo cual sugiere o bien algo de candidez
por su parte o bien algo más siniestro. No deja de ser extraño en una mujer
capaz de detectar una conspiración a la legua y, en su caso, de urdir una de la
noche a la mañana. Si hemos de creer a Josefo a pies juntillas, lo que Delio
pretendía era reclutar parejas sexuales de ambos sexos para Antonio. Al recibir
los retratos, Antonio vaciló, al menos en lo que respecta a Mariamne. Sabía que
Cleopatra montaría en cólera, aunque Josefo no especifica si por decoro o por
celos. En cualquier caso, no le sería fácil perdonarle algo así. En cuanto al
hermano de Mariamne, Antonio no se lo pensó dos veces antes de mandar por él.
En ese momento, Herodes recapacitó. Le parecía imprudente enviar a un gallardo
joven de dieciséis años al romano más poderoso de su tiempo «para satisfacer
sus deseos eróticos».[455]
En lugar de ello, Herodes convocó al consejo y a la familia para denunciar las
continuas intrigas de Alejandra. La acusaba de confabular con Cleopatra para
usurparle el trono de Judea y ponerlo en manos de su hijo, de modo que haría lo
correcto y nombraría sacerdote a Aristóbulo. Puede que la proposición de Delio
influyera de forma indirecta en esa decisión; con el nombramiento, Aristóbulo
permanecería en Judea, lejos de las garras de Antonio y a salvo de los complots
de Cleopatra. Alejandra respondió derramando lágrimas y suplicando clemencia a
su yerno. Lamentaba haberse «extralimitado en sus palabras, como de costumbre»,
y haber obrado con torpeza, sin duda una triste consecuencia de su rango. Se
sentía inmensamente agradecida y, en lo venidero, le prometía obediencia
absoluta.
Aristóbulo apenas había estrenado el atuendo sacerdotal cuando Alejandra quedó
bajo arresto domiciliario y fue sometida a vigilancia ininterrumpida. Herodes
seguía sospechando que su suegra maquinaba alguna traición. Alejandra estalló
de indignación. No tenía ninguna intención de vivir el resto de su vida «en
miedo y esclavitud» y recurrió a quien era de esperar. Envió a Cleopatra «un
largo lamento acerca del estado en que se encontraba, y la conjuraba a que
hiciera cuanto estuviera en su mano por ayudarla».[456] Recurriendo
una vez más a las páginas de Eurípides —«una mujer debe compartir las fatigas
de otra mujer»—, [457] Cleopatra
ingenió un brillante plan de fuga. Envió una nave para llevar a Alejandra y
Aristóbulo a lugar seguro. Ella misma les facilitaría asilo. Alejandra —ya
fuera por consejo de Cleopatra o por propia iniciativa— mandó construir dos
ataúdes. Con la ayuda de sus sirvientes, ella y Aristóbulo se introdujeron en
ellos y fueron llevados desde Jerusalén hasta la costa, donde aguardaba la nave
de Cleopatra.
Por desgracia, uno de los sirvientes traicionó a Alejandra, y, en el momento en
que los fugitivos se disponían a abandonar el palacio, fueron sorprendidos por
Herodes. Aunque ardía en deseos de castigarla, el rey se abstuvo de hacerlo por
miedo a incitar a Cleopatra. En lugar de ello, escenificó una gran ceremonia de
perdón, mientras, para sus adentros, juraba tomar venganza.
Para octubre del año 35, Herodes ya no sabía qué hacer con su esposa y su
familia. Su suegra se había coaligado con su mayor rival. Su cuñado, cuyas
aspiraciones al trono eran de todo punto legítimas, gozaba de cotas de
popularidad peligrosamente altas. La imagen de ese joven de porte noble y
apariencia exquisita ataviado con majestuosas vestiduras y tocado de oro frente
al altar en la fiesta de los tabernáculos se le hacía insoportable a Herodes,
que interpretaba la devoción de sus súbditos por el alto sacerdote como un
cuestionamiento de su soberanía. Por si fuera poco, la autoridad de Herodes en
su propia casa era cada vez menor a causa del odio que le profesaba su esposa,
«tan grande como el amor que éste sentía por ella».[458] Mariamne
no manifestaba el más leve asomo de la lascivia que Herodes censuraba en
Cleopatra y solía corresponder con gruñidos a los abrazos de su marido. Herodes
no podía tomar represalias, ni aun por vía indirecta, contra su suegra,
demasiado estrechamente vinculada a Cleopatra; sin embargo, sí podía
neutralizar la prometedora carrera de su cuñado. En cierto momento de aquel
otoño insólitamente caluroso, Herodes invitó a Aristóbulo a Jericó, donde
podría bañarse en la piscina del palacio, ubicada en medio de un jardín
geométrico.[459]Rodeados de
amigos y sirvientes, dejaron pasar el atardecer jugueteando en el agua fresca.
Al caer la noche, alguien —aprovechando el chapoteo— sujetó la cabeza de
Aristóbulo demasiado tiempo bajo el agua. El alto sacerdote había muerto a los
diecisiete años.
Hubo grandes muestras de falsa emoción por parte de ambos bandos. Herodes
organizó un costoso funeral durante el cual quemó grandes cantidades de
incienso, derramó abundantes lágrimas y lloró con amargura. Alejandra afrontó
la desgracia con coraje y serenidad, prefiriendo dejar para más tarde la
venganza por el asesinato de su hijo. (Mariamne fue la única que pecó de
ingenua al denunciar tanto a su marido como a la madre y la hermana de éste).
Alejandra no se dejó engañar por la versión oficial de los hechos y escribió
una vez más a Cleopatra, que la compadeció por lo ocurrido. Era una pérdida
trágica e innecesaria. Alejandra podía dejar el asunto en sus manos; ella misma
daría parte a Antonio. Nada más regresar de Partia, Cleopatra lo conminó a castigar
al asesino de Aristóbulo. Era inadmisible, arguyó, «que Herodes, a quien él
había nombrado rey de un país sobre el cual no tenía derecho a gobernar,
pudiera actuar con tanta iniquidad hacia quienes eran reyes auténticos».[460] La
reina abogaba por el respeto a las convenciones establecidas, por dar a cada
cual según su condición, por los derechos de los soberanos. Antonio le dio la
razón.
Los miedos de Herodes a la influencia de Cleopatra estaban bien fundados. Al
mismo tiempo, llegó una citación procedente de la costa de Siria; Antonio lo
instaba a rendir cuentas. Herodes, que había llegado donde estaba mediante el
soborno y la insolencia, no era de los que se arredran ante la autoridad; más
bien tendía a dar muestras de osadía. Y si bien su comparecencia ante el
triunviro fue, por lo visto, de lo más humilde, quedó probado que su capacidad
de reacción ante la adversidad no era menor que la demostrada por Cleopatra
seis años antes, en Tarso, de lo que se deduce que o bien llamar a consulta a
los reyes vasallos no era el fuerte de Marco Antonio, o bien que éste se sentía
desarmado en presencia de un experto sicofante. Esto evidencia asimismo que
Antonio no era en ningún caso un títere en manos de Cleopatra. Herodes se
presentó ante él bien pertrechado de espléndidos obsequios y prolijas excusas,
gracias a las cuales logró desbaratar los argumentos de la reina. Antonio
admitió que «era cosa impropia pedirle cuentas a un rey, pues en tal caso
dejaría de ser rey, y que quienes le habían conferido autoridad y poder debían
permitirle su ejercicio». Todo indica que se expresó de forma similar con
Cleopatra, a quien advirtió que haría bien si dejaba de preocuparse por los
asuntos de Herodes; al menos, eso es lo que afirmaría el propio Herodes al
vanagloriarse de los muchos honores que Antonio le había tributado. Habían
cenado juntos todos los días y Antonio lo había invitado a permanecer a su lado
mientras despachaba sus asuntos. Todo ello, «a pesar de las duras acusaciones
de Cleopatra».[461] Reinaba
entre ambos la mejor voluntad. El rey de Judea entendió, pues, que se
encontraba a salvo de aquella «mujer malvada» [462] y su
codicia insaciable.
Ahí se equivocaba ligeramente, aunque en cierto modo logró acabar con las
intrigas femeninas en el seno de la corte. Pasados unos meses de su regreso, su
vengativa hermana lo convenció de que su esposo y Mariamne habían mantenido un
romance durante su ausencia. Era la ocasión ideal para deshacerse de una cuñada
perversa y de un marido indeseado. La acusación resultaba perfecta para exaltar
los ánimos de un hombre despechado y enfermo de amor, y obró los efectos
deseados. (Como decía Eurípides en una de las obras que gozó de mayor
popularidad durante el período helenístico: «Es un placer para las mujeres el
no decir nada bueno unas de otras».) [463] Sin
mediar juicio alguno, Herodes ordenó ejecutar a su cuñado y, por si acaso,
apresar a Alejandra, so pretexto de que todo aquel desorden era, al menos en
parte, culpa suya. Herodes era un hombre venal y daba por supuesto que los
demás también. Su voluntad siempre estaba sujeta a revisión.
Aun sin la ayuda de Alejandra, Cleopatra seguiría provocándole dolores de
cabeza a Herodes —o al menos intentándolo— durante algunos años más. Se dice
que fue por el miedo que le tenía que fortificó Masada y la llenó de grano,
aceite, dátiles y vino.[464] Mi
entras ella reinara en el país vecino, no podía bajar la guardia.[XLII] La
complicada relación de Herodes con su mujer siguió deteriorándose. Se hizo
creer al rey que Mariamne había hecho llegar a escondidas un retrato suyo a
Antonio. Herodes «sólo estaba dispuesto a escuchar a los malvados» y únicamente
se mostraba favorable a quienes pensaban como él, ya que su mayor empeño era
que todos le dieran la razón en sus funestos delirios.[465] La
acusación «cayó sobre Herodes como si fuera un rayo» y renovó su obsesión por
Cleopatra y sus mortíferos complots.[XLIII] Todo
aquello tenía que ser obra suya: «Calculaba su peligro no en función de la
pérdida de su mujer, sino de su propia vida».[466] Sentenció
a muerte a su esposa. Mientras la llevaban al lugar de la ejecución, su madre
la abordó gritando y mesándose los cabellos. Alejandra imprecó a su hija
llamándola malvada e insolente, la acusó de haber sido ingrata con Herodes y
afirmó que merecía la suerte que le había tocado. Mariamne siguió adelante
impertérrita, sin prestar atención a su madre. Tenía veintiocho años. En un
giro digno de una tragedia shakesperiana, Herodes se vino abajo con su muerte.
Su deseo de Mariamne no hizo más que aumentar; se convenció de que seguía viva
y quedó físicamente incapacitado. Había caído presa de aquel mismo mal que sus
consejeros habían predicho que se abatiría sobre Antonio de verse privado de
Cleopatra. Herodes acabó abandonando Jerusalén para emprender un largo viaje
con el fin de recuperarse. Durante su ausencia, Alejandra promovió nuevas
conspiraciones. Al regresar, mandó ejecutarla.
* *
*
A lo
largo del año 36, Marco Antonio informó a Roma de sus rutilantes éxitos frente
a los partos, y en su honor se organizaron festejos y se ofrecieron
sacrificios. Puede, sin embargo, que Cleopatra estuviera mejor informada que
los romanos.[467] Más
de mil quinientos kilómetros la separaban del teatro de operaciones, pero en
cualquier caso la distancia era menor que desde la península Itálica. Le
interesaba tanto como a Roma que Antonio saliera victorioso y disponía de
recursos para enviar emisarios con regularidad. Con todo, no pudo dejar de
sorprenderse al recibir al mensajero que llegó a Alejandría a finales de año.
Traía una petición urgente. Debía de haber tardado un mes en llegar. Con ella
concluía un período de grandes euforias. Antonio y su ejército acababan de
regresar de su aventura parta. Habían llegado casi hasta el mar Caspio, en lo
que hoy en día es el norte de Irán. Era poco más que una excursión en
comparación con la campaña de Alejandro Magno, pero aun así habían recorrido
más de mil doscientos kilómetros. En ese momento se encontraban acampados en
una pequeña población al sur de la moderna Beirut, dotada de un excelente
puerto en el que Cleopatra podía recalar sin problemas. Antonio le imploraba
que se reuniera con él sin dilación alguna y que trajera consigo grandes
cantidades de oro, provisiones y ropa para sus hombres. Cleopatra no había
esperado volver a verlo tan pronto. Era imposible que hubiera conquistado
Partia en apenas unos meses. César había previsto una campaña de al menos tres
años.
Plutarco afirma que Cleopatra tardó en llegar, aunque no queda claro si se
retrasó o si fue tan sólo la percepción de Marco Antonio, para quien toda
espera debía de ser demasiada. Era invierno y las fuertes lluvias y los
vendavales azotaban el Mediterráneo. Cleopatra tenía que reunir las provisiones
y aparejar la flota, recaudar o acuñar denarios de plata.[468] Además,
había dado a luz pocos meses antes y sabía que le esperaban malas noticias.
Antonio, por su parte, estaba inquieto y agitado, aunque tal vez Plutarco se
lleva a engaño a la hora de relacionar causas y efectos y afirmar que Antonio
estaba fuera de sí debido al retraso de Cleopatra. Su supuesta tardanza poco
tenía que ver con el origen de aquella angustia. Antonio intentaba paliar la
ansiedad con la bebida —era cosa sabida que «¡no hay otra medicina para las
penas!»—, [469] pero
era incapaz de aguantar sentado toda una comida. A cada momento corría hacia la
orilla, desde donde oteaba el horizonte una y otra vez en busca de las velas
egipcias, comportamiento de lo más inaudito en un campamento romano, donde
imperaban el orden y la disciplina y donde todo el mundo comía junto. Plutarco
acusa a Cleopatra de demorarse, cuando la verdad es que la reina debió de
llegar con la mercancía solicitada poco después del cuadragésimo cuarto
cumpleaños de Antonio, en esa época del año en que los días aún son cortos y
las noches largas. Con ella traía «muchos vestidos y riquezas para los
soldados».[470] Tanto
Plutarco como Dión dan crédito a un insidioso rumor según el cual Cleopatra
habría llevado ropa y vituallas, pero que Marco Antonio habría pagado con su
propio oro a sus hombres, asegurándoles que el dinero era un donativo de
Cleopatra, cansada de su obsesión con Partia. Sea como fuere, el caso es que
Antonio habría comprado la buena disposición de sus hombres hacia Egipto, algo
que para él era prioritario, pese a no poder permitírselo.
Tardanzas reales aparte, Antonio tenía motivos para estar desesperado. La
campaña de Partia no había sido ni mucho menos un éxito rutilante, sino una
expedición desmoralizadora seguida de una retirada desastrosa. Antonio cometió
errores estratégicos desde buen principio. Dado el tamaño de su ejército y lo
largo de la marcha, optó por prescindir del material de asedio. No siempre supo
dar con los partos, pero éstos sí sabían cómo dar con él: hordas de arqueros y
piqueros tendían emboscadas continuas a las ordenadas unidades romanas. Antonio
confiaba en que los armenios —vecinos occidentales de los partos— le
suministrasen ayuda militar, pero resultaron menos fieles de lo esperado. No
por primera vez, atrajeron a los romanos hacia «un vasto y abismal
desierto» [471] y
allí los abandonaron. La retirada fue lo que tuvo un coste más alto. Tras
marchar cincuenta kilómetros en plena oscuridad, los hombres de Antonio,
exhaustos, se lanzaron a beber agua salobre. Medio muertos de hambre, empezaron
a alimentarse de plantas venenosas que les provocaron vómitos y un gran
debilitamiento. Siguieron las convulsiones, la disentería y los delirios. Lo
que no pudieron el agua estancada y las plantas venenosas lo pudieron el calor
armenio y las interminables nieves de Capadocia. El hielo se solidificaba en
las barbas y el frío congelaba manos y pies.
Para cuando alcanzó el litoral sirio y empezó a escrutar obsesivamente el
horizonte en busca de Cleopatra, Antonio había perdido casi un tercio de su
espléndido ejército y la mitad de su caballería. Tras dieciocho modestas
batallas se había asegurado unas cuantas victorias sustanciales, pero aquella
catastrófica retirada se había cobrado la vida de veinticuatro mil hombres. Más
tarde, a Cleopatra le cabría el dudoso honor de ser señalada como la causante
del fiasco de Antonio en Partia: «En efecto, Antonio, impaciente por pasar el
invierno con ella, inició la guerra apresuradamente antes de hora y llevó todas
las operaciones de manera desordenada, como si no estuviera bien de la cabeza,
sino bajo la influencia de algún tipo de brebaje o embrujo, para que estuviera
obligado a estar siempre con ella, la buscara ansiosamente y siempre estuviera
más preocupado por acudir a su lado antes que ocuparse de derrotar a los
enemigos», explica Plutarco.[472] Una
vez más, se culpaba a Cleopatra de interferir en los planes de Antonio. O mejor
dicho: una vez más, los planes de Antonio hacían aguas y Cleopatra cargaba con
la culpa.
La campaña fue tan reveladora como desastrosa. Una y otra vez Antonio se vio
burlado por la habilidad del enemigo y traicionado por sus amigos. Los meses
transcurridos en Partia estuvieron menos marcados por el amor a una mala mujer
que por la confianza en los hombres equivocados. Antonio era un general
compasivo, «compartía el dolor y los sufrimientos de los afligidos» [473] hasta
el punto de que casi le eran más leales los heridos que los ilesos. La
incompetencia de Antonio quedó patente en el apartado de las venganzas. El rey
armenio, Artavasdes, incitó a Antonio para que invadiera Media (la moderna
Azerbaiyán, tierra de fieras tribus e imponentes cadenas montañosas) y luego lo
traicionó. Sus hombres lo instaron a llamar a capítulo a Artavasdes, pero
Antonio se negó. Ni «le reprochó su traición ni depuso su acostumbrada cortesía
y respeto hacia él».[474][ Sabía
cómo tocar la fibra sensible de la gente; así, cuando fue necesario enviar a
sus hombres hacia una fortuna incierta, «pidió el manto oscuro para que se le
viera en un estado que inspirara compasión».[475] (Sus
amigos terminaron disuadiéndolo y Antonio arengó a las tropas con la túnica
púrpura de los generales). Podría decirse que la mayor víctima de la expedición
fue su paz de espíritu. En una ocasión al menos estuvo a punto de suicidarse.
Su dolor sólo es comprensible si pensamos en un comandante que en el pasado ha
dado claras pruebas de su argucia, valor y omnipresencia. Y lo que es peor,
después de aquella infortunada campaña —en la que, tras perder a decenas de
miles de hombres, distribuyó lo que quedaba de su fortuna y rogó que le dieran
muerte—, ya en Siria, se convenció, «por un increíble desvarío de su
mente», [476] de
que su huida constituía en verdad un victoria.
Tal era el grado de agotamiento y trastorno del hombre con quien Cleopatra se
encontró en la ribera siria. Pese a las acusaciones de que la reina no
satisfizo todas sus peticiones, su llegada fue un alivio para las hambrientas,
desmoralizadas y andrajosas tropas romanas. Cleopatra encarnó el papel de la
liberal y bondadosa Isis. De cómo reaccionó a los delirios de Antonio, no
tenemos la menor pista. Ciertamente debió de quedarse impresionada al ver en
qué se había convertido, en apenas nueve meses, aquel ejército tan bien
adiestrado y abastecido. Desde el primer momento, en el campamento sirio se
registraron roces y disparidad de opiniones. Fue por entonces que Cleopatra
conminó a Antonio a castigar a Herodes por el maltrato dispensado a Alejandra y
que Antonio ordenó a Cleopatra que no se entrometiera, respuesta que la reina
debía de haber oído bien pocas veces y que, sobre todo a la vista de las
circunstancias, debió de parecerle inmerecida. Se quedó con Antonio varias
semanas, en el centro de las ordenadas tiendas que formaban aquella improvisada
ciudad romana, mientras el triunviro meditaba cuál sería su siguiente paso. Le
habían llegado rumores de que los reyes de Media y Partia habían reñido tras su
retirada, y que el rey medio —cuyo territorio lindaba con Partia— se proponía
ahora juntar fuerzas con Antonio. Animado por las noticias, empezó a preparar
una nueva campaña.
Cleopatra no fue la única mujer que acudió al rescate de Antonio; también su
leal esposa, que solicitó permiso para acudir en ayuda de su esposo, permiso
que su hermano le concedió de buen grado. Octaviano podía permitirse mandar
suministros, ya que sus campañas sí habían dado fruto. El viaje de Octavia era
una emboscada. En el año 37, Octaviano le había prometido a Antonio veinte mil
hombres para hacerles la guerra a los partos, pero nunca llegó a entregárselos.
Con su hermana, envió un cuerpo de élite de dos mil guardias pretorianos
cuidadosamente elegidos y equipados con primorosas armaduras. Aceptarlos
suponía para Antonio renunciar a dieciocho mil hombres en un momento en que se
hallaba en la desesperada necesidad de reponer tropas. Rechazarlos equivalía a
ultrajar a la hermana de su rival. Para Octaviano, impaciente por hallar una excusa
plausible para romper la alianza, la oportunidad era inmejorable; Antonio
estaba en un callejón sin salida. Octavia partió enseguida para Atenas y mandó
informar de ello a su esposo. Dión sitúa para entonces a Antonio en Alejandría,
mientras que Plutarco da a entender que él y Cleopatra se hallaban todavía en
la costa siria. Dos cosas son seguras: una, que llegados a este punto, Antonio
y Cleopatra mantenían una estrecha relación; dos, que Antonio rehuyó a Octavia.
Mandó decirle que no prosiguiera su viaje, pues él debía regresar a Partia.
Octavia, que captó perfectamente el significado del mensaje, envió a un amigo
personal de Antonio para esclarecer el asunto y, de paso, recordarle a Antonio
las muchas virtudes de su esposa. ¿Qué debía hacer Octavia con los efectivos
que viajaban con ella?, inquirió el enviado, leal a ambos cónyuges. Aquello
ponía a Cleopatra en una situación difícil, que puede que fuera la intención. Y
es que Octavia no sólo llevaba consigo la guardia pretoriana equipada al
completo, sino también grandes cantidades de ropa, caballos y bestias de carga,
fondos procedentes de su fortuna personal, así como obsequios para Antonio y
sus oficiales. ¿Adónde debía enviarlos?
Octavia le había arrojado un guante a la reina, y ésta respondió, aunque no con
la misma moneda. Cleopatra veía en Octavia a una rival de peso y su proximidad
era motivo de preocupación. Su representante, de hecho, se hallaba en
territorio de Cleopatra. La reina había oído hablar de la belleza de Octavia.
Los hombres de Roma también sabían ser crueles, y aquellos que conocían a
Octavia se extrañaban de que Antonio prefiriera a la reina de Egipto, quien «no
estaba a la altura de Octavia —decían— ni en belleza ni en lozanía».[477] (En
realidad, ambas tenían la misma edad). Cleopatra temía que la autoridad de
Octavia, el prestigio de su hermano, «el placer de su conversación y de las
atenciones que le dirigía a Antonio» pudieran convertirla en una mujer
irresistible. La soberana, que hasta el momento se había caracterizado por su
atrevimiento y frialdad, intentó —o así se dijo— cambiar de estrategia y
recurrir al llanto y el gimoteo, primera arma —o última, según la ocasión— en
el arsenal de una mujer. Plutarco sospecha que Cleopatra fingía estar perdida
de amores por Antonio, o lo que es lo mismo, ni siquiera se le concede una
auténtica implicación sentimental. Si es verdad —el dato desentona como un
peplo en una película de vaqueros—, significa que era igual de efectiva como
mujer que como soberana. Fulvia podría haber aprendido mucho de ella. Cleopatra
no suplicó ni negoció en ningún momento. Tampoco alzó la voz. En lugar de eso,
renunció a comer y adoptó una actitud apática, como anulada por su pasión por
Antonio. (Ya entonces, la huelga de hambre era un truco de manual: también la
Medea de Eurípides lleva a cabo una para recuperar a un marido descarriado).
Cleopatra «hacía que su mirada estuviera en éxtasis cuando él venía hacia ella,
y lánguida y triste cuando se alejaba». Se arrastraba por el suelo y se
deshacía en lágrimas, que se secaba visiblemente cada vez que aparecía Antonio.
Por supuesto, lo último que deseaba era angustiarlo.
Cleopatra, que casi nunca actuaba en solitario, interpretó su papel de
plañidera con la ayuda de varios comparsas. Sus cortesanos empezaron a trabajar
horas extraordinarias reconviniendo a Antonio: ¿cómo podía tener el corazón tan
duro para despreciar «a una mujer que sólo vivía por él»? ¿Acaso no se daba
cuenta de lo distintas que eran ambas mujeres? «Porque Octavia, claro estaba,
se había casado por razones de Estado y a sugerencia de su hermano». A duras
penas podía comparársela con Cleopatra, quien, pese a ser soberana y reina de
millones de almas, «tenía que rebajarse a ser pregonada como la amante de
Antonio; pero ella no rehuía ese título ni lo consideraba indigno, si podía
verle y vivir a su lado».[478] El
suyo era el más noble de los sacrificios. Por él había desatendido su reino y
sus muchas responsabilidades y «se consume, a la manera de una concubina».[479] ¿Cómo
podía permanecer indiferente? Entre ambas mujeres no había color. Cleopatra
estaba dispuesta a renunciar a todo mientras pudiera «verle y vivir a su lado»,
ya que «apartada de él, no sobreviviría» [480],
conclusión que confirmaban su inapetencia y su convulsa llantera. Embelesados
por Cleopatra, y conocedores sin duda de las inclinaciones del triunviro,
incluso los amigos más íntimos de Marco Antonio tomaron cartas en el asunto.
Como todas las campañas, también ésta dio pie a escaramuzas, cuando no a
auténticas batallas; en torno a Antonio y Cleopatra el ambiente estaba muy
cargado. El factor estratégico también tuvo su parte: la actuación de Cleopatra
acabó ablandando a Antonio. Las recriminaciones de sus amigos lo hacían
sentirse halagado. Hombre de pasiones desordenadas, Antonio aceptaba los
reproches como algo natural y se alegraba con las acusaciones. Era un
subordinado feliz; es más, el papel parecía hecho a su medida.[481] Plutarco
asegura que no sólo le agradaban más las recriminaciones que los elogios, sino
que «no se daba cuenta de que con este aparente reproche era corrompido» [482]y de que,
al motejarlo de insensible, no hacían sino arrastrarlo hacia Cleopatra. Se
convenció de que si la abandonaba, ella se quitaría la vida. Conociendo su
pasado, amenazas como ésa no podían causarle indiferencia, ya que sobre su
conciencia pesaba ya la muerte de una mujer leal e inteligente. Antonio podía
tener muchas faltas, pero era un hombre compasivo y todos sus soldados podían
dar fe de ello. Al final, terminó rechazando a Octavia, que volvió a Roma
vejada a ojos de todos menos a los suyos propios. Se negó a que aquella afrenta
condicionara su vida, y, cuando su hermano le ordenó que abandonara la
residencia conyugal, ella se opuso, negándose a quedar como una segunda Helena
de Troya y pretextando que «no sería nada agradable tener que escuchar que de
los dos más grandes generales, uno había provocado la guerra civil entre los
romanos por el amor de una mujer y el otro por el excesivo celo en defensa de
otra».[483]
Cleopatra se mostró menos indiferente. El trono de Egipto iba ligado al amor de
Antonio. Si Octavia se lo arrebataba, lo perdería todo. La suya fue una
interpretación magistral y sus resultados fueron duraderos. A partir de
entonces, se hicieron inseparables, cosa que Dión atribuye a «la pasión y las
hechicerías de Cleopatra» y Plutarco a «la influencia de algún tipo de brebaje
o embrujo».[484]En cambio,
los hombres de Antonio —y Octavia— reconocen que el afecto de su general era
auténtico. El factor geográfico apunta en la misma dirección: Antonio
permaneció con Cleopatra en Alejandría todo el invierno. Tenía razones
prácticas para ello, pues planeaba marchar de nuevo hacia el este la primavera
siguiente. En invierno del año 35, resulta ya imposible negar que mantenían un
apasionado romance, si por romance entendemos un pasado feliz, una familia
común, un lecho compartido y una misma visión de futuro.
* *
*
Cleopatra
y su portentosa interpretación de la mujer enferma de amores distrajeron a
Antonio de la segunda ofensiva parta, que pospuso por permanecer a su lado. La
reina estaba pálida y delgada. Su estado mental era preocupante. En el año 35,
Cleopatra sí interfirió de forma intencionada en los planes de Antonio. El
triunfo en Oriente era para Antonio de vital importancia, quizá incluso más que
en el pasado, pues mientras él se lamía las heridas sufridas en Partia,
Octaviano no dejaba de acumular éxitos. Había aplastado a Sexto Pompeyo y
marginado a Lépido. (Mediante sobornos, consiguió incluso apoderarse de
dieciocho de las legiones de este último). Octaviano y Antonio eran los únicos
que seguían en pie, y sólo una victoria en Oriente podía asegurarle al segundo
el glorioso manto de César. Antonio, además, tenía cuentas pendientes con el
rey armenio, a quien, con algo de retraso, señalaba como responsable de su
catastrófica retirada. Se cree que Cleopatra no veía con agrado las ambiciones
militares de Antonio y que habría preferido que éste dedicara su atención a
otros asuntos. Partia, desde luego, la preocupaba menos que la política romana;
Egipto quedaba más o menos aislado en caso de una invasión desde el este,
mientras que frente a Roma su vulnerabilidad era total. La gloria militar no
era ni mucho menos la divisa de su reino, y la expedición contra los partos se
le antojaba fútil en más de un aspecto. Todo esto parece evidente, pero no hay
que perder de vista que no son más que conjeturas. Desde el punto de vista de
Antonio, lo más conveniente habría sido regresar a Roma, de la que llevaba
cinco años ausente. Cleopatra debió de oponerse a esa idea con todas sus
fuerzas. La expedición a Oriente era onerosa, pero, según sus cálculos, el
regreso a Roma —y el reencuentro con Octavia y Octaviano— podía salirle
infinitamente más caro.
Antonio necesitaba una victoria con urgencia, pero también deseaba saldar
cuentas pendientes. «En su empeño por tomar venganza del rey armenio con el
menor perjuicio posible para su propia persona», [485] envió
al astuto Delio hacia el este, a Armenia. Como de costumbre, Delio llevaba
consigo una propuesta. En esta ocasión se trataba de un arreglo diplomático
tradicional: ¿aceptaría Artavasdes, el monarca armenio, prometer a su hija con
Alejandro Helios, el hijo de seis años de Cleopatra y Antonio? Es probable que
Cleopatra viera con buenos ojos la propuesta, ya que con ella se abría la
posibilidad de instalar a un Ptolomeo en el trono armenio. Aparte, garantizaba
una alianza pacífica con aquel reino montañoso cuyo respaldo resultaba crucial
con vistas a invadir Partia y que hasta entonces había tenido divididas sus
lealtades. Pese a haberse aliado varias veces con Roma en el pasado, Armenia
era por afinidades y costumbres más próxima a los partos. La oferta, por lo
visto, no convenció a Artavasdes, que como político era un hombre hábil y
resuelto y no se dejó ablandar por las lisonjas ni los sobornos de Delio.
Antonio respondió en primavera invadiendo Armenia. En poco tiempo sometió el
territorio y lo declaró provincia romana. Fue un acto de venganza más que de
conquista; por su situación, Armenia constituía una barrera estratégica, pero
no era ni mucho menos una gran potencia. No obstante, Antonio sabía que aquella
ocupación satisfacía a sus hombres, que llevaban meses denunciando que
Artavasdes les había hecho perder Partia. En previsión de una campaña a mayor
escala, Antonio acuarteló el grueso de su ejército en Oriente durante el
invierno y regresó a Alejandría victorioso, llevando consigo no sólo el tesoro
armenio, sino también al rey, su esposa, sus hijos y los gobernadores
provinciales. En deferencia a su rango, mandó encadenar a la familia real con
grilletes de oro.
Por fin Cleopatra recibía buenas halagüeñas de su amante. La reina,
probablemente a instancias del propio Antonio, dio orden de preparar una
extravagante ceremonia para celebrar su retorno. Los parientes inmediatos de
Cleopatra no habían sido conquistadores, pero las procesiones eran una
especialidad ptolemaica. Las avenidas flanqueadas de esfinges de Alejandría
habían sido concebidas con ese propósito y en su modelo se inspiraba el propio
triunfo romano. La del año 34 hizo historia. Precedido por los cautivos,
Antonio entró en la ciudad a bordo de un carruaje y envuelto en su manto
púrpura. Lo más probable es que el desfile dejara atrás las columnatas de
mármol y los toldos de los comercios y que siguiera la vía Canópica, decorada
con estandartes de vivos colores y rebosante de gente aplaudiendo. Los
Ptolomeos descollaban en festejos como ése. Antonio y Cleopatra añadieron un
detalle adicional al desfile: tras exhibir el botín y los prisioneros por el
corazón de la ciudad, Antonio los presentó a la reina de Egipto, que, vestida
en traje ceremonial, presidía la escena desde su majestuoso trono de oro,
instalado en lo alto de una plataforma bañada de plata rodeada de sus fieles
súbditos.
Antonio era famoso por su generosidad con sus amantes; Cleopatra recibió de él
no sólo los despojos de la campaña, el tesoro real y sus funcionarios, sino
también al orgulloso rey armenio y su familia, con sus plumas doradas. El
protocolo, sin embargo, se rompió en cuanto Artavasdes llegó frente a ella. El
rey armenio no era un necio ni un filisteo; escribía narraciones y discursos
complejos. Durante años había conseguido que Partia y Roma vivieran
enfrentadas. Fiel a su fama de porfiado, se acercó a la reina pero ni la
reconoció como tal ni se arrodilló ante ella, antes bien, la interpeló por su
nombre. Toda coerción fue inútil; pese al maltrato al que fueron sometidos,
ningún miembro de la familia real armenia se prosternó ante la reina de Egipto.
(Resulta notable que, pese a sus muestras de desacato, Artavasdes sobreviviera
al desfile. En Roma, por ejemplar que fuera su actitud, un rey cautivo rara vez
tenía la misma suerte). Hasta entonces, Cleopatra nunca se había sentido
humillada ni había presenciado semejantes muestras de orgullo. Tenía razones
para quedarse impresionada. A continuación se celebró un opulento banquete para
todo el pueblo de Alejandría, seguido de festejos en el palacio y espectáculos
públicos. Cleopatra, además, distribuyó monedas y comida a manos llenas.[486]
Las procesiones de tema militar eran una rareza en Alejandría, aunque sus
raíces eran ptolemaicas. En cuanto a la espléndida ceremonia posterior, no se
recordaba ningún precedente. Pocos días después, la multitud abarrotó el
recinto de columnas del gimnasio de Alejandría, al oeste del principal cruce de
calles de la ciudad y a pocos minutos del palacio. Con sus ciento ochenta
metros, el gimnasio era la mayor estructura de la ciudad y representaba el
centro geográfico, intelectual y recreativo de ésta. Podríamos considerarlo el
teatro de la ópera de la época; la presencia de un gimnasio era lo que
convertía a una población cualquiera en ciudad de pleno derecho. Aquel día de
otoño, los alejandrinos encontraron en la pista al aire libre del complejo otra
plataforma de plata sobre la cual se habían colocado dos formidables tronos de
oro. Marco Antonio ocupaba el primero. Dirigiéndose a ella como «Nueva Isis»,
invitó a Cleopatra a sentarse en el otro. La reina apareció vestida con la
indumentaria de la diosa, envuelta hasta los tobillos en una larga túnica
plisada de estilo griego con rayas relucientes rematada con una orla.[487] Es
posible que luciese en la cabeza la tradicional corona tripartita o una corona
de cobras con la imagen de un buitre. Según un cronista, Antonio iba vestido
como Dioniso, con una toga bordada en oro y calzado con coturnos.[488] En la
mano sostenía el tirso del dios y ceñía su frente una corona de hiedra. Parecía
el segundo acto de la exultante función iniciada en Tarso, cuando —durante el
trayecto río arriba de Cleopatra— se corrió la voz de que Venus había llegado
para festejar con Dioniso por la felicidad de Asia.
Los hijos de Cleopatra ocupaban cuatro tronos de tamaño menor a los pies de la
pareja. Antonio se dirigió a la multitud allí reunida con su voz ronca. Por
orden suya, Cleopatra sería conocida en lo venidero como «Reina de Reyes». (En
las monedas era «Reina de Reyes, cuyos hijos son Reyes». Los títulos cambiaban
de un territorio a otro, de modo que en una estela del Alto Egipto fechada
cuatro años más tarde se refiere a ella como «Madre de Reyes, Reina de Reyes,
la Más Joven Diosa»). Por lo que respecta a su consorte, Cesarión, de trece
años, Antonio lo ascendió a «Rey de Reyes», reciclaje irónico de un título
armenio y parto. Antonio confirió aquellos honores en nombre de Julio César,
marido de Cleopatra y padre de Cesarión, vanagloriándose, cosa bien poco usual,
de la vida sexual previa de su amante. También en nombre de César, Antonio
confirió a sus hijos en común con Cleopatra el título de Reyes de Reyes. Por
turnos, fue llamándolos a todos para hacerles entrega de amplios territorios
que parecían elegidos a la medida de sus orientalizantes nombres. A una señal
suya, el pequeño Alejandro Helios, que iba vestido con las polainas y la túnica
con capa de los monarcas persas y lucía en la cabeza un turbante de forma apuntada
rematado con una pluma de pavo real, dio un paso al frente. Sus territorios se
extendían hasta la India: a él correspondían Armenia, Media y —en cuanto su
padre la hubiera conquistado— Partia. (De nuevo fue prometido en matrimonio,
esta vez con la hija del rey medo, un viejo enemigo de Artavasdes). Ptolomeo
Filadelfo, de dos años, fruto de la unión de Antonio y Cleopatra en Antioquía,
parecía un Alejandro Magno en miniatura: iba vestido con las botas ceñidas, la
capa corta de color púrpura y el sombrero de lana con ala —en este caso rodeado
con una diadema— de los macedonios. Para él eran Fenicia, Siria y Cilicia, las
tierras al oeste del Éufrates. Cleopatra Selene quedaba como señora de Cirene,
enclave griego en la actual Libia, a varios cientos de kilómetros desierto
adentro. Terminado el reparto, los dos varones se levantaron para besar a sus
padres. Los rodeaba una vistosa falange de guardias, armenios los de Alejandro,
macedonios los de Ptolomeo.
Así fue como Antonio parceló los territorios orientales, incluidos países que
no se hallaban todavía en su posesión. Sensacional vuelta de tornas para
aquella joven mujer que catorce años antes había penetrado a escondidas en
Alejandría para suplicar por su reino menoscabado. Cleopatra había ascendido a
niveles de divinidad indomable, era menos una reina que una emperatriz, y,
además, tenía a su lado al comandante supremo de Roma. Su mando se extendía
sobre una vasta porción de Asia, ahora pacificada y con fronteras bien
delimitadas. La protegían las legiones romanas; junto a sus hijos, reinaba, al
menos a efectos oficiales, sobre más tierras que ningún Ptolomeo en varios
siglos. Las monedas acuñadas para la ocasión —y gracias a las cuales se
convirtió en la primera reina representada en una moneda romana— la representan
con porte mayestático y autoritario.[489] También
algo envejecida. Tiene la boca más llena y, en general, parece más entrada en
carnes, sobre todo en la zona del cuello.
Nos es imposible saber quién concibió, con sus ambiciones, tan rutilante
ceremonia, que más tarde se conocería como las Donaciones de Alejandría.
Especialmente difícil resulta seguir las huellas de Cleopatra; Roma empañó para
siempre la verdad con sus manipulaciones. Queda claro, al menos en parte, cuál
era el mensaje que querían transmitir al mundo: sobre aquellos tronos de oro se
sentaban aquellos a quienes incluso un desapasionado historiador moderno ha
llamado, no sin razón, «las dos personalidades más magníficas del mundo».[490]Ambos
rescataban, cuando no ampliaban, el sueño de Alejandro Magno de promover un
imperio universal, un imperio que trascendiese fronteras nacionales y abrazase
una cultura común capaz de reconciliar a Europa con Asia. Se anunciaba un nuevo
orden. Cleopatra presidió la ceremonia y los banquetes que siguieron no sólo
como soberana, sino como diosa, con el divino hijo de César a un lado y al
dionisíaco Antonio al otro. Las viejas profecías recuperaban su vigencia. Los
judíos relacionaban el reinado de Cleopatra con una edad de oro y con la
llegada del Mesías.[491] La
reina de Egipto estaba dispuesta aceptar su papel de salvadora oriental. Se
impondría a Roma y lograría un mundo mejor. A la hora de aunar política y
religión, la imagen jugaba a favor de Cleopatra.
Marco Antonio tenía cierta tendencia a anticipar conclusiones, y en cierto modo
las Donaciones no eran más que el reflejo de sus deseos. A efectos prácticos,
no supusieron ninguna diferencia en el sistema administrativo de los
territorios en cuestión, muchos de ellos gobernados por procónsules romanos.
Por lo demás, el rey de Armenia seguía vivo, Antonio no tenía potestad sobre
Partia y un niño de dos años no estaba en condiciones de gobernar. La ceremonia
fue un ejercicio formidable de asimilación y apropiación, y su desmesura, un
rasgo del más puro estilo ptolemaico, lo que puede hacer pensar que su
destinatario no fuera tan sólo el pueblo de Alejandría. Las exhibiciones de
fastuosidad siempre eran bien recibidas en la ciudad, pero en el año 34 los
súbditos de Cleopatra no necesitaban que la reina diera pruebas de la solidez
de su gobierno, ni de su divinidad, ni de su supremacía, ni siquiera del papel
de Antonio en la corte. Entre los alejandrinos, de hecho, ya era más conocido
como Dioniso que como magistrado romano. Es posible que la intención fuera formalizar
los planes con respecto a un Oriente sometido pero aún desordenado; cabe
incluso la posibilidad de que Antonio sólo quisiera llamar la atención de
aquellos monarcas que lo habían desafiado en Partia. O quizá lo que pretendían
Antonio y Cleopatra era enviarle a Octaviano un mensaje rotundo y directo. Su
poder derivaba únicamente de Julio César. Él podía ser el hijo adoptivo de
César, pero éste, parecían subrayar Antonio y Cleopatra, tenía un hijo natural
de edad casi adulta que, de pronto, se había convertido en soberano de una
formidable extensión de territorio. El mensaje resultaba tanto más crucial en
un momento en que se decía que Octaviano, bajo mano, hacía lo imposible por
socavar los esfuerzos de Antonio en Armenia, donde había intentado sobornar a
Artavasdes [492] .
Aunque la intención de Antonio y Cleopatra no fuera transmitirle ningún mensaje
a Roma, de Roma procede la versión de los hechos que conocemos. Resulta
imposible esclarecer qué pretendían, qué fue lo que se supo en Roma o en qué
medida la propaganda magnificó o distorsionó la noticia. El estilo de la
ceremonia era tan oriental que difícilmente podía ser apreciado en otras
latitudes, máxime en el año 34. Antonio debió ser más cauto a la hora de
ensalzar la paternidad de Cesarión. (Acaso lo fuera; Plutarco no menciona que
se excediera en este sentido). Octaviano tenía tantos motivos para exagerar la
magnitud del insulto como para censurar aquel despliegue de lujo tan impropio
de un romano. Le interesaba desvirtuar el potente simbolismo de la ceremonia y
convertir así un triunfo militar y un acto regio en una jarana de beodos y un
ridículo y vulgar baile de disfraces. Después de todo, Alejandría no era lugar
para rendirle tributo a Julio César, y nadie tenía derecho a celebrar un
triunfo fuera de Roma, lejos de los dioses patrios. Además, ¿a qué tanto
jolgorio por una victoria contra los armenios cuando Partia seguía invicta?
Fuera cual fuese el mensaje, Antonio pretendía que las Donaciones revistieran
valor oficial y, a fin de obtener la ratificación del Senado, remitió informes
del triunfo y la ceremonia a Roma. Conscientes del revuelo que aquellas cartas
podían causar, los amigos de Antonio decidieron intervenir. Antonio se mostraba
en ellas «pomposo y teatral», [493] acusaciones
que a César le habían costado la vida. Si lo que pretendía era deslumbrar a sus
compatriotas con el relato de aquel ostentoso desfile, es que ignoraba el
funcionamiento de las leyes ópticas. Roma no era amiga de los tronos de oro.
Las cosas funcionaban de otra manera en esa ciudad, donde el doble papel de
Antonio como comandante en Occidente y monarca en Oriente desconcertaba a la
rígida mentalidad romana. Se había embarcado en un peligroso juego de
metáforas. Si Cleopatra era reina de aquellos territorios, ¿qué papel tenía el
comandante romano? Después de todo, Antonio no había reclamado territorios para
sí. Los títulos de Cleopatra eran de una arrogancia absurda e intolerable, y
constituían un insulto no sólo para Roma, sino para el resto de soberanos. La
reina venía ocupando desde hacía tiempo una posición excepcional dentro de la
constelación de reyes vasallos de Roma. Ahora los superaba a todos tanto en
riqueza como en influencia. La relación entre Antonio y Cleopatra también
resultaba problemática. ¿Qué hacía el perfil de una extranjera en una moneda
romana? Que Antonio compartiera los denarios con una mujer que no era su esposa
no era un buen augurio. La percepción general era que se había permitido
regalar territorios romanos a una extranjera.
Sólo una persona quiso que se hicieran públicos los mensajes de Antonio. Al
final Octaviano no se salió con la suya, pero al menos consiguió silenciar los
informes de la victoria contra Armenia. Por nada del mundo le habría concedido
a Antonio un triunfo en Roma, cosa que habría disparado su popularidad. En su
momento, las Donaciones debieron de ser poco más que un ejercicio de
grandilocuencia alejandrina, una manifestación de la vanidad ptolemaica, un
provocativo desfile de símbolos, el equivalente, según Antonio, a la erección
de una estatua de oro de Cleopatra en el foro. En el mejor de los casos,
aquella celebración era una salida de tono. En el peor, un insulto a Octaviano,
una descarada demostración de fuerza. Lo importante era menos la intención que
su interpretación en Roma, donde se recibió como quería Octaviano: como un
gesto vacuo, un exceso grotesco protagonizado por una disoluta pareja de
lunáticos bebedores, «una fiesta dionisíaca presidida por una furcia oriental».[494] Durante
las Donaciones, Antonio repartió regalos a espuertas, pero ninguno tan
espléndido como el que le tocó en suerte a Octaviano.
Capítulo 8
Amores adúlteros, hijos bastardos
«Pues
la mala reputación es ligera y muy fácil de levantar, pero dura de soportar, y
es casi imposible quitársela de encima. Ninguna reputación desaparece
totalmente si mucha gente la corre de boca en boca. Sin duda que también ella
es un dios».
HESÍODO [495]
Cleopatra
cumplió treinta y cinco años sin grandes cambios en su considerable y creciente
buena fortuna; el año que comenzaba se auguraba uno de los más felices y
prometedores de su reinado. Su familia híbrida resolvía con ingenio el problema
romano, la cuestión consorcial y la progresiva disolución del imperio. Ya no
necesitaba el apoyo de tropas extranjeras. Las voces críticas de Alejandría no
podían echarle ya en cara su amistad con un romano, pues la reina no sólo había
domado su poder, sino que había aprovechado su generosidad para incrementar el
poder de Egipto. Las Donaciones le reportaron a Cleopatra un aumento de
popularidad; los astilleros funcionaban a pleno rendimiento con vistas a
duplicar el tamaño de la flota de Antonio. El flujo de ingresos era constante.
En todas las ciudades, desde Damasco y Beirut al este, hasta Trípoli al oeste,
se acuñaban monedas en su honor. Había triunfado como aquel Ptolomeo de quien
hablaba cierto poeta del siglo III, aquel que —sabiendo preservar y completar
su herencia— «en riqueza puede vencer a todos los monarcas, tanta llega a su
opulenta casa cada día de todas partes».[496]
Antonio satisfizo su mayor deseo: tras las celebraciones, no regresó a Roma,
donde habría podido engrosar su ejército con nuevos reclutas y neutralizar la
influencia de Octaviano. Ni siquiera viajó a Antioquía, base lógica para una
expedición a Oriente. En vez de ello, se permitió pasar un tercer invierno de
festejos en Alejandría, que cada vez más adquiría el aire de capital de un
nuevo imperio. Ejemplo de ello es que Cleopatra ultimó o inauguró para entonces
el Cesáreo, un vasto complejo adyacente al puerto proyectado sobre el modelo
del foro romano. Fusión de estilos egipcios y romanos, el recinto estaba
revestido de oro y plata, repleto de pinturas y estatuas, y embellecido con
«galerías, bibliotecas, pórticos, patios, vestíbulos, senderos y bosquecillos
sagrados, todo con la magnificencia que puede lograrse con dinero y arte».[497] Cleopatra
tenía las riendas de esa poderosa potencia en que, un siglo antes, un romano
inquieto había predicho que podía convertirse Egipto, «si algún día el reino
halla líderes capaces».[498]
A su alrededor se había formado un grupo compuesto de antiguos y fieles
consejeros, romanos leales y una extensa familia que para finales de año
incluía al adolescente Marco Antonio Antilo, el mayor de los hijos de Antonio y
Fulvia. Cleopatra se tomó muy en serio la educación de los pequeños. Tras las
Donaciones, encomendó parte de su formación a Nicolás de Damasco, un joven hijo
de diplomático, larguirucho, varios años menor que la reina, de tez rubicunda,
carácter afable y con cierta debilidad por Aristóteles. Nicolás era un lógico
con talento, la clase de persona persuasiva y elocuente capaz terminar el
discurso de uno en caso de que éste se dejase vencer por las lágrimas antes de
llegar a su conclusión.[499] Se
trasladó a vivir a palacio y, bajo su tutela, los hijos de Cleopatra leyeron a
los filósofos, a los rétores y, sobre todo, a los historiadores, que según su
preceptor era «el estudio más adecuado a un rey». Por bueno que fuera su
carácter, Nicolás también sabía ser mordaz y exigente cuando la ocasión lo
exigía. Su idea del ocio consistía en añadir veinticinco volúmenes a su
historia general del mundo antiguo, de la que llevaba ya ciento cuarenta y que,
a decir de su autor, podía equipararse a los trabajos de Heracles. Muchos
abrazaron con entusiasmo la vida cortesana. Lucio Munacio Planco, uno de los
consejeros más próximos a Antonio y antiguo gobernador de provincia, se
presentó a cierta cena desnudo y pintado de azul y entretuvo a los invitados de
Cleopatra fingiendo ser una ninfa marina y arrastrándose de rodillas por el
suelo vestido únicamente con una cola de pez y una corona de juncos.[500]
El gusto por el lujo era contagioso, o quizá hereditario. Cierta noche,
cenando, un médico del cortejo de Antilo empezó a pontificar de forma grosera e
interminable. Un segundo médico de la corte lo hizo callar —no era otro que el
antiguo estudiante de medicina que años antes había visitado la cocina de
Cleopatra—; Antilo soltó un grito de alegría y señaló un aparador. «Todo esto
te lo regalo a ti, Filotas», [501] exclamó
ofreciendo una colección entera de vasos de oro al más ocurrente de sus
invitados. Filotas no tomó demasiado en serio al muchacho, pero al momento se
encontró entre manos un gran saco de vasijas antiguas primorosamente
trabajadas. (Al final se llevó su equivalente en metálico). La música, los
mimos y las obras de teatro seguían representándose por toda la ciudad. Para un
agudo picapedrero, la feliz relación entre Antonio y Cleopatra merecía una
interpretación alternativa. Hasta nosotros ha llegado una inscripción en
basalto fechada a 28 de diciembre del año 34, perteneciente al parecer a una
estatua de Marco Antonio [502] . Al
margen de lo que hiciera Cleopatra con el ardiente afecto del romano, los
alejandrinos tenían su propia teoría: así, el generoso Antonio es saludado en
la piedra ya no como el «Vividor Inimitable», sino como el «Amante Inimitable».
Entre fiesta y fiesta también había tiempo para ocuparse de los asuntos
oficiales. Cleopatra siguió recibiendo a suplicantes y representantes, y en
ningún momento dejó de ocuparse de los ritos religiosos ni de impartir
justicia. Supervisaba las discusiones sobre las cuestiones económicas, se
reunía con sus consejeros y presidía los innumerables festivales que tenían
lugar en la ciudad. Las relaciones entre Roma y Egipto pesaban cada vez más en
los asuntos de Estado. Las legiones llevaban apostadas en Egipto media vida de
Cleopatra, y, según cierto autor, sus guardaespaldas romanos llevaban el nombre
de la reina inscrito en el escudo.[503] En
virtud de un acuerdo beneficioso para ambas partes, ciertos aspectos del futuro
de Roma se decidían en Alejandría, pero no a la inversa. En el año 33 Cleopatra
dictó una ordenanza a sus escribas por la cual concedía una exención de
impuestos sustancial a los generales de mayor rango de Antonio. A Publio
Canidio, que había servido en Partia y se había distinguido en Armenia,
Cleopatra le concedió en pago por sus servicios una exención arancelaria sobre
la exportación de diez mil sacas de trigo y la importación de cinco mil ánforas
de vino, y lo exoneró a perpetuidad de los impuestos de transporte por tierra,
privilegio que la reina hizo extensivo también a sus arrendatarios. Hasta los
animales de granja de Canidio quedaron libres de impuestos, requisa y
confiscación.[XLIV][504] Era
una manera ágil de asegurarse la lealtad y el interés de Antonio, en el caso
improbable de que los encantos de Alejandría se revelaran insuficientes.[505] También
era una manera de cortejar a un romano ambicioso mucho más efectiva que los
sobornos, que como es sabido «generan una codicia imparable».[506] El
triunviro y la reina despachaban juntos muchos de sus asuntos. Cleopatra
frecuentaba la plaza pública con Antonio «y en común con él organizaba las
fiestas y presidía los procesos».[507] A
instancias suyas, Antonio se hizo cargo del gimnasio de la ciudad, como ya
había hecho en Atenas. Como líder de facto de la comunidad
griega, Antonio ejercía el control sobre las finanzas, los profesores, las
reuniones y las competiciones atléticas del colectivo. Él y Cleopatra posaban
para pintores y escultores; Antonio como Osiris o Dioniso, y ella como Isis o Afrodita.
A mediados del año 33, Antonio marchó de nuevo hacia Armenia, donde pactó una
paz con el rey medo. En lo venidero serían aliados contra los partos y, en caso
de necesidad, contra Octaviano. En Asia reinaba la calma. Antonio regresó a
Alejandría con la princesa meda Iotape, prometida de Alejandro Helios.
* *
*
Con
las Donaciones, Antonio y Cleopatra le habían enviado a Octaviano un mensaje
inconfundible. Fueran cuales fueran los designios de la pareja para Oriente, él
no formaba parte de ellos. Los dos triunviros seguían manteniendo contacto de
forma constante y más o menos cordial. Entre ambas ciudades había un
intercambio frecuente de enviados e informantes. Mantenían la correspondencia
con amigos comunes, y el triunvirato se mantuvo vigente a lo largo de todo el
año 33. (Se habían liberado ya de Lépido y del intratable Sexto Pompeyo, a
quien habían optado por quitar de en medio. Derrotado por Octaviano, Sexto fue
ejecutado, seguramente por orden de Antonio). Éste tenía motivos para sentirse
invulnerable y hacia esa época le envió otro mensaje a Octaviano: estaba
dispuesto a renunciar a sus poderes y a restaurar la república en Roma, siempre
y cuando Octaviano aceptara hacer lo propio. Cabe pensar que la propuesta fuera
un farol por parte de Antonio. Podía permitirse apostar todo su capital
político, ya que las dignidades romanas y la pertenencia al gobierno de Roma lo
traían sin cuidado en Oriente, donde parecía decidido a quedarse. La respuesta
fue rotunda, y puede que así lo esperase. Desde hacía tiempo estaba claro
adónde conducían aquella prolongada demora en Oriente, el trato dispensado a
Octavia y el reconocimiento de Cesarión, y Antonio y Cleopatra debían de
conocer sin duda, gracias a sus amigos, cuál era el clima que se respiraba en
Roma. A principios de año, Octaviano se alzó en el Senado para proferir un
virulento ataque directo contra su colega. A partir de entonces, resulta
imposible saber qué fue más exagerado, si las extravagancias alejandrinas de la
pareja real o la versión que de ellas se daba en Roma; si la ambición de
Cleopatra o la idea que de ella se tenía en la ciudad itálica; si el afecto de
Antonio por Cleopatra o la percepción romana de ese afecto. El palacio de
Cleopatra era a buen seguro el edificio más lujoso del mundo mediterráneo en el
año 33, pero nunca su aspecto fue tan magnífico como a ojos de Roma aquel
invierno.
Antonio y Octaviano llevaban años haciéndose mala sangre. Cuando por fin se
abrieron las compuertas, la discordia fluyó como un torrente. Ambos se acusaron
de malversar territorios y Octaviano reclamó su parte del botín armenio.
Antonio replicó diciendo que sus hombres no se habían beneficiado de las
distribuciones de Octaviano en Italia. (Octaviano contestó que si Antonio
quería tierras era muy dueño de disponer de Partia, golpe bajo para Antonio).
Octaviano echó en cara a su colega el asesinato de Sexto Pompeyo, muerte que el
propio Octaviano había celebrado en Roma y tras la derrota de Sexto a manos de
éste, [XLV][508] y
Antonio acusó a Octaviano de haber marginado a Lépido de forma ilícita. Además,
¿qué ocurría con su derecho a reclutar tropas en Italia? Octaviano llevaba
tiempo impidiéndole hacer levas, pese a haberse comprometido en virtud de un
pacto, por lo que Antonio tuvo que reclutar a sus hombres en Grecia y Asia. Y
ya puestos, ¿dónde estaba el excedente de la flota que Antonio había cedido a
Octaviano cuatro años antes? ¿Y los dieciocho mil hombres que Octaviano le
había prometido a cambio? Antonio había cumplido escrupulosamente con los
acuerdos. No así Octaviano, que una y otra vez convocaba a Antonio a reuniones
a las que al final no se presentaba. Como de costumbre, lo más efectivo eran
las invectivas personales; cuanto más vejatorias fueran las calumnias, tanto
mejor. Antonio mortificaba a Octaviano recordándole sus orígenes humildes. Por
parte de padre, descendía de cordeleros y cambistas, y, por parte de madre, de
panaderos y vendedores de perfumes. Por si fuera poco, agregó Antonio, uno de
sus abuelos era africano. Y lo que es peor: Octaviano, el advenedizo, abrigaba
aspiraciones divinas. Cuando la carestía de grano asolaba Roma, él y su esposa
habían organizado un gran banquete. Sus invitados habían llegado disfrazados de
dioses y diosas, habían comido en cantidades obscenas y él mismo había
presidido la mesa ataviado a la manera de Apolo. Octaviano, además, era un
cobarde. En Filipos había desaparecido durante varios días. Su valioso
lugarteniente, Marco Agripa, libraba las batallas por él. Con la intención
quizá de desviar la atención de Cleopatra, y pasando por alto sus acuerdos con
los medos, Antonio ridiculizó a Octaviano por intentar casar a su hija con un
bárbaro en aras de una alianza política. Las acusaciones no siempre eran
falsas; muchas ni siquiera eran nuevas. Algunas estaban calcadas de las del año
44, cuando Cicerón había achacado a Antonio tan extenso repertorio de faltas
que, bien mirado, ningún hombre habría sido capaz de pagarlas todas juntas.[509]
Cada vez que Antonio mencionaba la cobardía de Octaviano, éste sacaba a
colación la afición del primero a la bebida. Ahí Octaviano jugaba con ventaja:
era un bebedor comedido, o por lo menos así se definía. Las fiestas
alejandrinas no podían compararse con las de Roma. Además, Octaviano tenía la
historia de su parte. Era relativamente fácil asegurar que Antonio vivía
perdido en sus bacanales, sobre todo gracias al hecho de que Octaviano estaba
en Roma mientras que Antonio, no. En su defensa, Antonio contraatacó con un
panfleto satírico titulado Sobre su ebriedad. El año 33 fue un gran
año para poetas, satíricos, apologistas, pintores de grafitos y en general para
todos los aficionados al rumor y la ficción extravagante. Las intrigas se le
daban mejor a Octaviano que a Antonio, pero ambos poseían un despiadado talento
para la difamación. Octaviano recurrió a los versos obscenos; Antonio, a la
distribución de folletos injuriantes. Cada uno reunió su propio equipo de
propagandistas. Muchas prácticas que hasta entonces habían sido aceptables, se
convirtieron de pronto en discutibles: se consideraba una cosa atroz que
Antonio se hubiera puesto al frente del gimnasio de Alejandría, mientras que
cinco años antes, con Octavia, se había hecho cargo del de Atenas sin que ello
suscitase comentarios. De forma parecida, la relación de Antonio con Cleopatra
había sido en el pasado fuente inacabable de procaces chistes de sobremesa. Por
ejemplo en el verano del año 39, durante las celebraciones cerca de Nápoles: el
nombre de Cleopatra salió a relucir cuando la conversación y la noche llegaron
a su punto álgido, «en el momento de apogeo del encuentro».[510] En el
año 33 la reina ya no era motivo de risa.
Hubo también mucho golpe bajo. Entre uno y otro, Antonio y Octaviano tocaron
todos los tópicos denigratorios de la época: afeminamiento, sodomía, cobardía,
hábitos de higiene personal poco —o demasiado— refinados. Octaviano era «un
alfeñique», [511] mientras
que Antonio ya no estaba precisamente en la flor de la vida y ya no era capaz
de vencer en ningún certamen, salvo en aquellos dedicados a las danzas exóticas
y las artes eróticas. Antonio comentó con sorna que Octaviano había yacido con
su ilustre tío abuelo. ¿Cómo explicar, si no, su inesperada adopción? Octaviano
contraatacó con una afirmación más demoledora y pertinente, aunque igualmente
falsa: la que no había yacido con su tío abuelo era Cleopatra.
Cesarión no era el hijo del divino César, y así se encargó de proclamarlo
Octaviano mediante la distribución de panfletos. Antonio condenó el apresurado
matrimonio de Octaviano con Livia, visiblemente encinta de otro hombre el día
de su boda; deploró la costumbre de Octaviano de desaparecer con las esposas de
los invitados a sus banquetes y devolverlas a la mesa con el pelo revuelto;
pregonó la conocida (y con toda probabilidad inventada) afición de Octaviano a
desflorar vírgenes. (Según Suetonio, las conquistas de Octaviano no estaban
exentas de método: seducía a las esposas de sus enemigos con el fin de
averiguar lo que hacían y decían sus maridos.) [512] En
punto de depravaciones, Octaviano no necesitaba recurrir a embustes; tenía la
mejor arma al alcance de la mano: Antonio había contravenido las costumbres
romanas e injuriado a su virtuosa esposa al retozar en una capital extranjera
con una reina avariciosa por la cual había perdido el juicio, renunciado a su
ilustre patria y echado a perder las viriles cualidades de todo buen romano.
¿Qué romano digno de tal nombre sería tan loco, como dijo Cicerón, de anteponer
«una autoridad inútil, un poder odioso, un impetuoso y equívoco deseo de
gobernar a la verdadera, trascendente y sólida gloria?».[513] En
muchos sentidos, la querella entre ambos se limitaba a una disputa entre
magnificencia y virilidad.
En algún momento de ese año, Antonio respondió a Octaviano en privado, con una
carta de la que ha sobrevivido un fragmento. Sus palabras no son las de alguien
que busca pendencia. Tampoco las de alguien que ha perdido el juicio por amor,
arrastrado por una pasión arrolladora. Las siete líneas dedicadas a Cleopatra
han sido traducidas de infinidad de maneras, a veces en estilo obsceno, otras
atrevido o provocativo. La última es la más precisa. El tono de Antonio no
tiene nada de extraño a oídos de un romano, para quienes las consideraciones
políticas y financieras eran determinantes en los matrimonios de clase alta. A
fin de cuentas, el sexo podía obtenerse en cualquier parte. ¿Qué le ocurre a
Octaviano?, pregunta Antonio en el año 33. ¿A qué tanto revuelo? ¿De veras era
tan importante que estuviera «follándose a la reina»? Octaviano tampoco era
precisamente un marido modélico, como ambos sabían muy bien.[XLVI] Ni tan
inocente. En tiempos se había divertido con las que Antonio denominaba sus
«aventuras amorosas y travesuras de juventud».[514] Después
de todo, sólo era sexo, no era nada nuevo; como Octaviano bien sabía, Antonio
llevaba ya nueve años de relaciones con Cleopatra. (Situaba su inicio en
Tarso). No queda del todo claro si pretendía legitimar el asunto o restarle
importancia. La línea que sigue a «follándome a la reina» puede traducirse
tanto como «es mi esposa» o como « ¿es mi esposa?». A juzgar por la rápida
sucesión de sus preguntas, Antonio parece decidido a quitarle importancia a su
unión con la reina. Después de todo, la carta va dirigida a su cuñado. Parece
que lo que da entender es: «No es mi esposa, ¿verdad?». En cualquier caso, se
trata de una pregunta retórica: « ¿Acaso importa —concluye Antonio— dónde o con
quién se desfoga uno?».[515]Se vierta
como se vierta esta última frase, el verbo es propio del reino animal. No está
claro hasta qué punto la vulgaridad de estas siete líneas se corresponde con la
realidad; lo que ha llegado hasta nosotros podría ser una paráfrasis más procaz
que el original. Aun prescindiendo de Octavia, según el uso romano Antonio y
Cleopatra no estaban casados, y ella lo sabía. Sea como fuere, el comentario
bastó para justificar la futura fama de la reina. Octaviano no necesitaba más
para poner a su rival contra las cuerdas. A juzgar por los fragmentos
conservados, fue Octaviano quien convirtió un idilio alejandrino en una
indecente relación amorosa.
Mientras el triunvirato —cuya renovación parecía improbable— avanzaba hacia su
fin, Antonio y Cleopatra partieron para Éfeso.[516] Ésta
había sido la primera ciudad en reconocer a Antonio como la encarnación de
Dioniso y en recibirlo a las puertas de la ciudad con vítores y música. Tras la
victoria de Filipos, Antonio había ofrecido en ella espléndidos sacrificios y
concedido generosas amnistías, ganándose así el favor de una ciudad de
doscientos cincuenta mil habitantes, hasta entonces acosada por los asesinos de
César. Su intención ahora era que los efesios recibieran a Cleopatra en calidad
de amante real. Poderoso centro financiero, Éfeso, de calles angostas y
umbrosas columnatas de mármol, ocupaba un emplazamiento privilegiado. Edificada
en un pronunciado valle, la ciudad miraba por un lado a una accidentada montaña
y por el otro al mar. Éfeso presumía de tener varios templos notables, el más
célebre de los cuales era el de Ártemis, donde habían buscado asilo tanto el
padre como la hermana de Cleopatra y ante cuyos delicados capiteles jónicos
había hallado su fin la hermana de la reina.
Dada su estratégica situación en el Egeo, en la ribera opuesta a Atenas, Éfeso
era también el enclave perfecto para establecer una base militar. Desde la
costa de Asia Menor, Antonio empezó a reunir una flota, enviando mensajeros a
tal efecto a todos los reyes vasallos de la región, quienes respondieron
enviando sus navíos y prestando juramento de fidelidad. Cleopatra fue quien más
efectivos aportó, con doscientas de las quinientas naves de guerra de Antonio,
más las correspondientes tripulaciones, 20.000 talentos y todas las vituallas
necesarias para mantener a un ejército de grandes dimensiones —en este caso,
75.000 legionarios, 25.000 soldados de infantería y 12.000 de caballería—
durante el curso de una guerra. No debió de pensárselo dos veces. Contra todo
pronóstico, Octaviano había ganado peso en Roma. Mientras Antonio haraganeaba
en Oriente, él había ido acumulando victorias. La coexistencia pacífica entre
ambos triunviros era difícil. Para el implacable y ambicioso Octaviano,
coexistir con Cesarión era imposible. A diferencia de la de Partia, la campaña
que ahora comenzaba sería vital tanto para Cleopatra como para Antonio. La
egipcia tenía razones sobradas para embarcar a su país en esa guerra. El último
día del año 33, el triunvirato expiró de forma oficial.
* *
*
A
principios de enero del año 32, un nuevo cónsul pronunció un enérgico discurso
a favor de Antonio ante el Senado de Roma. En él, arremetía fieramente contra
Octaviano. Nada más conocer la noticia, Octaviano visitó el Senado escoltado
por soldados y partidarios. Ninguno de ellos se tomó la menor molestia en
disimular las dagas que portaban bajo la toga. En el año 44, Cicerón se había
preguntado si lo que pretendía el hijo adoptivo de César era dar un golpe de
Estado; por fin había llegado la hora. Tras oírlo exponer sus brutales
acusaciones contra Antonio, la oposición, temerosa, guardó silencio. Octaviano
prometía demostrar «por medio de documentos» [517] que
Antonio constituía una amenaza para Roma. Fijó una fecha para aportar sus
pruebas. Los cónsules de la oposición, que habían visto las dagas, prefirieron
no esperar a la sesión señalada y abandonaron la ciudad en secreto. Los
siguieron casi cuatrocientos senadores, que zarparon con rumbo a Éfeso, donde
pusieron a Antonio al corriente del clima político de Roma. Antonio había
subestimado la fuerza y la posición de Octaviano. Su alianza con Cleopatra era
un gran peligro y comprometía seriamente su causa.
Muchos de los colegas de Antonio —al menos una tercera parte del Senado estaba
con él— abogaron por distanciarse de ella. Siguiendo los dictados de la razón,
Antonio aceptó y ordenó a Cleopatra «que volviera de nuevo a Egipto y allí
esperara el fin de la guerra».[518] Ella
se negó, quizá, como indica Plutarco, por miedo a que Octavia entrase otra vez
en escena con el fin de evitar una guerra que para Cleopatra era vital; quizá
porque desconfiaba del criterio de Antonio; o quizá porque lo contrario habría
sido una irresponsabilidad. Cleopatra no era una reina guerrera; los últimos
Ptolomeos no habían destacado precisamente en los asuntos bélicos. A diferencia
de otros monarcas orientales, ellos no habían muerto en el campo de batalla;
más bien suscribían la creencia de que es más fácil adquirir un imperio gracias
al dinero que obtener dinero gracias a un imperio.[519] Aun
así, Cleopatra era la comandante en jefe de sus hombres y la responsable de sus
operaciones y preparativos. También era la fuente de financiación de Antonio.
Se produjo un fuerte choque de voluntades. En esta ocasión, en vez de fingir
desmayos y huelgas de hambre, Cleopatra adoptó la estrategia contraria ayudada
por Canidio, el brillante general de Antonio, al que se supone que compró para
que secundara su causa, si bien la reina tenía cualidades suficientes para
impresionarlo sin recurrir al soborno. No era justo, protestó Canidio,
deshacerse de un aliado cuya colaboración era vital para la campaña. Cleopatra
daba de comer a las tropas. Aportaba la flota. Era tan capaz como cualquier
hombre. ¿No se daba cuenta Antonio de que las tripulaciones egipcias se
desmoralizarían si la dejaba marchar? Los egipcios conformaban la espina dorsal
de su flota. Estaban dispuestos a luchar por su reina, pero no necesariamente
por un general romano. Además, el rechazo de Antonio a Egipto podía desairar al
resto de sus aliados en Oriente. Cleopatra le dijo a Antonio que ella «podía
parangonarse a cualquiera de los reyes en inteligencia, pues por largo tiempo
ella sola había gobernado tan vasto reino y, después —añadía a modo de
cumplido— él mismo, tras un considerable período de estrecha convivencia, la
había instruido en la administración de las grandes cuestiones políticas».[520] Al
final, sus argumentos, o su tesoro, terminaron imponiéndose y se salió con la
suya.
En abril del año 32, Antonio y Cleopatra zarparon con todo el Estado Mayor
hacia la isla de Samos, frente a las costas de la actual Turquía. Samos era la
llave de entrada a Grecia y, por lo tanto, escenario probable de la lucha por
el control del mundo romano. La pareja se instaló en la montañosa isla,
mientras que sus tropas siguieron hacia el oeste, hacia el otro lado del Egeo,
en una operación que debió de durar más o menos un mes. Los veteranos de
Antonio habían vuelto de Armenia y, contando a los reclutas de las regiones
orientales, su ejército ascendía ya a diecinueve legiones. Si hubo
preocupaciones de tipo militar o político a lo largo de aquel verano, han quedado
tapadas por las descripciones que hace Plutarco de las fiestas organizadas en
Samos. La exuberante isla era el lugar ideal para una gran celebración, y
Antonio, el anfitrión perfecto. El tiempo estaba de su parte. Octaviano supo
sacar partido de aquella extravagancia, que nos ha sido transmitida como una
orgía dionisíaca. Reyes y príncipes del este de Atenas enviaron sus tropas a la
isla, adonde también acudieron en tropel actores de toda la región. Durante
varios días tañedores de laúd y flautistas, comediantes y bailarines, acróbatas
y mimos, arpistas y transformistas —«una gran comparsa de actores de
Asia»— [521] fueron
los protagonistas de un formidable festival multilingüe de música y teatro.
«Así cuando por casi toda la ecúmene resonaban los trenos y lamentos —señala
Plutarco torciendo el gesto—, en una sola isla durante muchos días sonó la
flauta y se expandieron los cánticos, llenándose los teatros de coros en
competición». Las ciudades de los alrededores enviaron también animales para su
sacrificio; los reyes vasallos «rivalizaron los unos con los otros en muestras
de reverencia y dones».[522] La
pregunta que se hacía todo el mundo era cómo pensaban celebrar Antonio y
Cleopatra un triunfo capaz de superar tan apoteósica celebración prebélica.
En mayo, Antonio y Cleopatra recorrieron el resto del camino hasta la montuosa
Atenas. Las fiestas continuaron en los teatros y los enormes estadios de
graderías de mármol de la ciudad, que había recibido a Antonio como Dioniso
nueve años antes, y donde ahora seguramente volvería a interpretar el papel.[523] Según
parece, nadie que pudiera permitírselo dejaba de pasar por Atenas sin ofrecer a
la ciudad una escultura, un teatro o un gimnasio de blanco mármol; cuando esto
no era así, eran los atenienses quienes les dedicaban estatuas a ellos.[524] (Los
antepasados de Cleopatra habían contribuido con un gimnasio, situado al este
del foro). Mientras Antonio se distraía asistiendo al teatro y a competiciones
deportivas, se produjeron dos hechos en rápida sucesión. Cleopatra pasó el
verano en la ciudad donde Antonio había vivido la mayor parte de sus años junto
a Octavia. La mujer de Antonio acudía con él a las asambleas. En Atenas habían
concebido a su segundo hijo. La presencia de Octavia todavía era tangible; sus
estatuas adornaban la venerable ciudad, lo mismo que las inscripciones en su
honor. Los atenienses la adoraban como si fuera una diosa y el festival
religioso anual le rendía tributo. Aquello era inaceptable desde el punto de
vista de Cleopatra, para quien mucho habían cambiado las cosas en los catorce
años transcurridos desde su discreto paso por Roma, a escasa distancia de la
mujer de César. Ya había oído hablar demasiadas veces de lo que Lucano
denominaría «amores adúlteros e hijos bastardos». Cleopatra era además la
primera reina ptolemaica que ponía los pies en Atenas, ciudad que tenía motivos
para verla con simpatía, ya que desde principios del siglo III había recurrido
a su familia por razones de toda índole: en busca de grano, de apoyo militar,
de asilo político. Atenas había erigido estatuas a Ptolomeos anteriores,
incluida la tía abuela de Cleopatra.[525] Pero
lo que preocupaba a Cleopatra era la otra mujer. Era muy consciente de los
tributos que se rendían a Octavia. Celosa, pasó a la ofensiva e intentó ganarse
al pueblo «con su liberalidad», [526] o, en
otras palabras, hizo cuanto pudo por borrar el rastro de su predecesora. Para
satisfacción de Antonio, los atenienses, pueblo realista y razonable, se
mostraron dispuestos a complacerla y le dedicaron toda clase de honores.
Erigieron estatuas de Cleopatra y Antonio en la Acrópolis, en pleno centro de
la ciudad. En cierta ocasión, Antonio se presentó con una delegación para
rendirle tributo a Cleopatra y pronunció un discurso en nombre de la ciudad.
En el verano del año 32 tuvo lugar otro hecho memorable: Antonio ofreció a
Cleopatra la biblioteca de Pérgamo, la única colección capaz de rivalizar con
la de Alejandría.[527] Las
cuatro salas de aquella pintoresca biblioteca sita en lo alto de una loma
albergaban unos doscientos mil rollos; durante siglos, los bustos de Homero y
Heródoto les habían hecho compañía. La historia ha convertido el obsequio de
Antonio en un regalo de bodas o en una compensación por los volúmenes
destruidos sin querer por César durante la guerra de Alejandría. Atendiendo al
contexto, no hay que buscarle mayor justificación al regalo de Antonio. Pérgamo
no distaba mucho de Éfeso. Es posible que Antonio y Cleopatra visitaran la
ciudad, a pocos días de marcha. Por otra parte, durante años, la mejor manera
de reunir una colección había sido saquear otras. Hasta en Roma, cuyas
bibliotecas todavía estaban en mantillas, empezaba a ser un recurso habitual.
En su mayor parte, los comentarios sobre la incomprensible y degradante pasión
de Antonio por Cleopatra se refieren a ese verano ateniense. Si en Alejandría
era él quien la distraía a ella de los asuntos de Estado, en Atenas se
invirtieron los papeles. Antonio sólo tenía ojos para ella. A menudo, «en medio
de las numerosas audiencias que se concedían en los tribunales a tetrarcas y
reyes, leía las cartas de amor escritas en ónice y cristal que había recibido
de ella», nos informa Plutarco.[528] (Antonio
no era el primero que recibía mensajes amorosos en ocasiones solemnes. También
César recibía «pequeñas notas» [529] durante
las sesiones del Senado, aunque por lo menos su amante no usaba tablillas de
ónice). Se dice que en cierta ocasión Cleopatra llegó a pasearse por delante de
los tribunales a hombros de sus sirvientes mientras Antonio se hallaba
presidiendo un proceso. Tenía la palabra en ese momento uno de los más
distinguidos oradores de Roma, o la tuvo hasta que Antonio vio a Cleopatra,
pues acto seguido «Antonio se levantó de un salto y abandonó la sesión para
acercarse a la litera y acompañarla».[530] Eran
conductas innobles; los romanos podían tener una vida sexual tan variada y
desenfrenada como quisieran, pero en lo tocante a los sentimientos debían
mostrarse desapasionados y discretos. Pompeyo se había convertido en el
hazmerreír de todo el mundo por su indecente costumbre de declarar el amor que
sentía hacia su propia esposa. En el siglo II, un senador llegó a ser expulsado
de la asamblea por besar a su mujer en público y a la vista de su hija.[531] El
propio Antonio había sido reprendido años antes por atreverse a acariciar a su
esposa. Se cuenta incluso que tenía por costumbre levantarse a mitad de los
banquetes, a la vista de sus invitados, para masajear los pies de Cleopatra,
«lo que constituía un código secreto entre ellos».[532] (La
relación se basaba en pactos, apuestas y competiciones, seguramente debidas a
Cleopatra. Antonio era poco aficionado a las formalidades). El acto era de por
sí ofensivo; para esas cosas ya estaban los sirvientes. Escenas como ésa —de lo
que en otra época podría haberse llamado galantería o fervor, consideradas en
Oriente muestras de auténtica devoción y, en Roma, manifestaciones indecentes e
indignas— eran continuas. Antonio adulaba a Cleopatra, que era lo que solían
hacer los eunucos, [533] y
acarreaba su litera por las calles, como uno más de sus ayudantes. Y todo ello,
mascullaban en Roma, a costa de la otra mujer, ¡y eso que ni siquiera era
hermosa!
Desde el punto de vista de Octaviano, las noticias procedentes de Atenas eran
demasiado buenas para ser ciertas, aunque todo parecía indicar que lo eran. A
pesar de los preparativos bélicos y de las irregularidades gubernamentales en
Roma, a pesar de que el choque parecía inevitable, no había causas que
justificasen una ruptura; Antonio y Octaviano seguían siendo dos hombres en
busca de un conflicto. Lo encontraron por fin en el año 32. Es evidente que
Antonio sentía cierto cariño por Cleopatra o que con ella se sentía invencible:
en mayo, se divorció de Octavia.[534] Desde
Atenas, le dio instrucciones para que abandonase el confortable hogar conyugal.
No sabemos hasta qué punto el gesto iba dirigido a Octavia o a su hermano. Si
pensamos que esto ocurría después de varios años de reconciliaciones insinceras
y frágiles acuerdos, y tras una larga campaña de difamación, es posible que a
fin de cuentas no hiciera más que anticiparse a las intenciones de su
contrincante. Octavia habría podido poner fin al matrimonio ella misma.
Divorciarse era sencillo, no era más que un proceso informal sin trámites
burocráticos. Sus consecuencias eran más complejas. Como señala Plutarco a
propósito de la muerte de la esposa de Pompeyo, hija de César, la alianza
familiar «que antes, más que controlar, encubría la ambición de los dos hombres,
se había roto» [535] .
Cleopatra tenía que estar encantada por fuerza; de hecho, ya tenía en nómina a
uno de los amigos de Antonio para que lo ayudara a olvidarse de su esposa.
Octaviano tampoco cabía en sí de contento. Octavia había sido repudiada. Entre
lloros, recogió sus cosas. Con ella se llevó a los hijos que había tenido con
Antonio, así como al segundo hijo de éste con Fulvia. No hubo recriminaciones.
A Octavia lo único que le preocupaba era que dijeran de ella que había
propiciado una guerra.
En la medida en que resulta posible establecer la sucesión de los hechos con
independencia de la propaganda, puede decirse que en el campamento de Antonio
la atmósfera ya era tensa antes del divorcio. Más tarde serán muchas las voces
que aseguren que los romanos de elevada cuna caían a sus pies hechizados e
indefensos, pero en el año 32 nadie loa ni ensalza la voz aterciopelada de
Cleopatra. Cada uno de los consejeros de Antonio tenía su propia opinión acerca
del inminente conflicto. Por razones diversas, en ocasiones legítimas, algunos
seguían viendo a Cleopatra como una carga. Un campamento militar no era lugar
para una mujer. Cleopatra distraía a Antonio. No debía participar en los
consejos de guerra; no era ningún general. Antonio no podía entrar en Italia
acompañado de una extranjera, y pretender lo contrario era una insensatez.
Antonio estaba echando a perder su ventaja por culpa de la reina de Egipto. A
Cleopatra no le sentaron muy bien esas críticas. En un momento dado, los
correligionarios de Antonio en Roma enviaron a su amigo Geminio a Atenas para
exponerle cuál era su postura. Antonio debía defenderse en Roma, donde
Octaviano arrastraba su nombre por el fango. ¿Valía la pena permitir que lo
tachasen de enemigo público por su sumisión a una extranjera? Geminio era la
persona indicada para llevar a cabo una misión tan delicada, pues sabía por
experiencia lo que era caer presa de un amor insensato e irresponsable.
Cleopatra daba por hecho que lo enviaba Octavia y trató a Geminio en
consecuencia. Lo mantuvo tan alejado de Antonio como pudo. A la hora de cenar,
lo hacía sentarse con los invitados más insignificantes y lo acribillaba a
ofensas. Geminio soportaba los insultos en silencio, esperando paciente que se
le concediera audiencia con Antonio. Antes de que le fuera concedida, Cleopatra
precisó a Geminio, en el curso de una accidentada cena, a exponer el motivo de
su misión. Él respondió que «habría otras cuestiones que sólo se podían
discutir estando sobrio, pero ya estuviera sobrio o ebrio, pensaría únicamente
en una cosa: que todo estaría mejor si estuviera Cleopatra lejos».[536] Antonio
montó en cólera. Cleopatra fue aún más dura y felicitó a Geminio por su
sinceridad; le había ahorrado tener que torturarlo. A los pocos días, Geminio
partió para Roma para unirse a Octaviano.
Los cortesanos de Cleopatra ahuyentaron también a otros romanos a los que
incomodaba «tanta alegre vanidad y tanto exceso» por parte de los egipcios. Por
razones que no están claras, Planco, la ninfa marina de la fiesta alejandrina,
desertó también y volvió a Roma hastiado. Es posible que su defección no estuviera
relacionada con Cleopatra ni con sus consejeros. Cortesano nato, Planco estaba
acostumbrado a tomar siempre por el camino más fácil, y su predisposición a la
deslealtad sólo podía compararse con su afición a prodigar reverencias y
parabienes. «Traidor por naturaleza», [537] se
diría de él más tarde. Con todo, era un hombre con un instinto político
impecable. Algo debió de hacerle dudar que Antonio —pese a su enorme poder y
prestigio y sus años de experiencia— pudiera vencer a Octaviano. Planco se
contaba entre los consejeros más próximos a Antonio y, habiendo estado por un
tiempo al cargo de su correspondencia, conocía sus secretos. Al pasarse al
bando de Octaviano, no sólo se llevó consigo los exagerados informes donde se
refieren los masajes en los pies, los fabulosos banquetes y la prepotencia de
la reina, sino también información relativa al testamento de Antonio, al que
Planco había asistido en calidad de testigo.[538] Lo
primero que hizo Octaviano fue consultar el documento, custodiado por las
vírgenes vestales, en cuyas manos se suponía que debía estar a salvo. En él
encontró, o afirmó encontrar, algunos pasajes controvertidos y tomó nota de
ellos para leerlos en voz alta ante el Senado. La mayoría de miembros de la
cámara no estaban dispuestos a participar de aquella irregularidad: los
testamentos sólo debían abrirse tras la muerte del testador; romper el sello de
uno de estos documentos antes de producirse el óbito iba contra la ley. Los
reparos de los senadores se esfumaron cuando Octaviano, hacia el final de su
ponencia, leyó una cláusula inaceptable: aun en el supuesto de que la muerte lo
sorprendiera en Roma, Antonio había dispuesto que su cuerpo «fuera llevado en
procesión por el foro y después fuera escoltado hasta Alejandría».[XLVII][539]
Genuina o no, la cláusula prendió la chispa de un fuego para el que Octaviano,
incansable, llevaba tiempo apilando leña. Con ocasión del golpe de Estado del
mes de enero, había prometido al Senado pruebas documentales contra Antonio. Al
fin podía presentarlas. De pronto, todo cuanto se había dicho sobre los excesos
cometidos en Atenas y el servilismo de Antonio hacia Cleopatra, cuyos
escandalosos y obscenos detalles se habían tenido por falsos hasta el momento,
adquirieron visos de verosimilitud. En un mundo dominado por la retórica
—adicto a «recubrir de mieles palabras y frases, hasta que todo, dichos y
hechos, queda como bajo un rocío de adormidera y sésamo»— [540] lo
plausible suplantaba con frecuencia a lo real. Octaviano tenía a su disposición
más de un rico filón susceptible de ser explotado. Los desmanes de Oriente —ese
reino irracional, embriagante, descomedido— bastaban para extraer abundante
materia prima. Como su reina, Egipto era hipócrita y voluble; al igual que hoy,
sexo y Oriente eran, ya en el siglo I, dos conceptos en estrecha relación.[541] África
era ya la región de la decadencia moral. De ahí a convertir al Antonio de las
Donaciones en un disoluto déspota oriental borracho de poder hay breve trecho:
«Cetro de oro en su mano, cimitarra en el costado, manto de púrpura ornado de
grandes gemas preciosas; le faltaba la diadema para que, también como un rey,
disfrutara de la reina».[542] Una
vez más la vieja historia de la diadema y las estatuas de oro; la parafernalia
regia enervaba a los romanos aún más que la propia autocracia, régimen que, en
una vertiente algo más sutil, toleraban desde hacía una década. Según
Octaviano, Antonio había quedado irremediablemente contagiado de la languidez y
los lujos de Oriente, impropios de un romano; acaso igual que César y Alejandro
Magno en el pasado. El propio Octaviano descubriría muy pronto que Egipto
concedía a sus conquistadores un dudoso galardón: una sobreabundancia literal
de riquezas. Como si fuera un prodigioso fondo en fideicomiso, los hombres, al
obtenerlo, se convencían de ser dioses.
Octaviano sacó el máximo partido posible de la relación de Antonio con
Cleopatra. La reina le permitía reciclar el más atávico de los terrores: la
aversión a las mujeres poderosas era si cabe mayor que a la monarquía o a las
depravaciones de Oriente. Fuera o no verdad que Cleopatra manipulaba a Antonio,
su presencia permitía a Octaviano manipular los hechos. Tenía a su disposición
el ejemplo de las imprecaciones de Cicerón contra Fulvia, aquella arpía
avariciosa y libertina. Diligente como de costumbre, Octaviano las adaptó a sus
fines. En sus manos expertas, la relación con la egipcia se trocó en una historia
de pasión ciega e irresponsable. Antonio vivía bajo la influencia de algún
poderoso narcótico, «hechizado por aquella abominable mujer».[543] Veleyo
Patérculo, nacido pocos años más tarde y transmisor de la versión oficial de
los hechos, se expresa en términos de mera causa y efecto: «Más tarde, al
enardecerse su pasión por Cleopatra —explica Veleyo, quien admite que Antonio
se había aficionado a los vicios orientales— decidió declarar la guerra a su
patria».[544] No es
tanto que Cleopatra corrompiera a Antonio como que «lo asediara y doblegara su
voluntad».[545] Según
Octaviano, ella manda y Antonio obedece, una versión de los hechos radicalmente
distinta de la descrita por el propio Marco Antonio unos meses antes. Los
cronistas, aunque conceden que los cargos son objetables, se atienen de forma
unánime a la línea del partido: Antonio queda «atrapado por el amor de
Cleopatra», «descuida el honor para convertirse en esclavo de la egipcia»,
entrega su autoridad a una mujer hasta el punto de que deja de estar «en su
ser». La invención es tan antigua que hasta tenía su correlato mítico, al que
Octaviano aludió desde un primer momento: Antonio se pretendía descendiente de
Heracles, y Octaviano se encargó de recordarle a todo el mundo que el héroe
había pasado tres años vencido y humillado como esclavo de la opulenta reina
asiática Ónfale, quien tras privarlo de la maza y la piel de león —con la que
se cubrió ella misma—, lo puso a hilar a sus pies.[546]
Octaviano supo dar un giro imaginativo a sus acusaciones. Después de todo, el
país estaba exhausto, hambriento y agotado tras casi dos décadas de guerra
civil. A los baños calientes y las redes para mosquitos, a los complementos de
oro y las cimitarras con pedrería, a los amores adúlteros y los hijos
bastardos, agregó una guinda final: «La egipcia, como precio para sus placeres,
requirió de un general ebrio el Imperio romano, y Antonio se lo prometió, como
si el romano fuese más asequible que el parto», relata Floro.[547] Dión
llega a la misma conclusión guiado por un razonamiento menos evidente:
«Embelesaba y cautivaba no únicamente a Antonio, sino a todos cuantos tenían
alguna influencia sobre él, por lo que esperaba gobernar algún día incluso en
Roma».[548] Cleopatra
se había adueñado ya de la biblioteca de Pérgamo. Poseía los jardines de
bálsamo de Herodes. Corrían rumores de que Antonio había saqueado las mejores
obras de arte de los templos de Asia —entre ellas los famosos colosos de
Heracles, Atenea y Zeus, que desde hacía siglos se hallaban en Samos— para
recompensar a la reina egipcia.[549] Si
Antonio estaba dispuesto a entregarle su cuerpo, ¿qué no podía concederle? ¿Y
qué le impedía a ella exigirlo?
Todo apunta a que fue Octaviano quien decidió que Cleopatra tramaba convertir
Roma en una provincia de Egipto, aunque es del todo improbable que a la reina
llegara a pasársele por la cabeza tal cosa. Octaviano tenía de su parte el
tópico de la mujer artera y derrochadora, para la que no existe diamante lo
bastante grande ni casa lo bastante espaciosa. Siglos después, Eutropio diría
que Antonio inició una guerra a instancias de la reina de Egipto, «pues ella
deseaba, con la pasión propia de una mujer, reinar incluso en la ciudad de
Roma».[XLVIII][550][551]Ya entonces
no era ninguna novedad decir «que las mayores guerras han acontecido por culpa
de las mujeres».[552] Familias
enteras habían ido a la ruina por su culpa. Las egipcias —como siempre, la
culpa era de la sensual, sinuosa y subversiva atmósfera de Oriente— ya habían
acarreado problemas en el pasado. Poseían un ardor insaciable y una energía
sexual fuera de lo corriente. No les bastaba con un marido. Atraían a los
hombres y los conducían al desastre. Octaviano se limitaba a constatar lo
evidente.
Acababa de encontrar un original disfraz para una guerra civil que cuatro años
atrás él mismo había dado por terminada y hacia la cual había prometido no
volver a conducir a sus hombres. Resultaba mucho más aceptable, amén de
creíble, que Antonio fuera destruido por un amor ilícito en vez de por sus
compatriotas. No fue difícil reunir legiones —ni gravar con impuestos a la
plebe, ni enfrentar a padres e hijos— alegando que Cleopatra se disponía a
conquistar Roma igual que había conquistado a Antonio. Un siglo más tarde,
Lucano dejaría escrita la consigna de aquella guerra: ¿había de adueñarse del
mundo «una mujer que ni siquiera era de las nuestras»? [553] La
situación era de una lógica aplastante: la reina de Egipto había sometido a
Antonio. Roma, advertía Octaviano, sería la siguiente. A finales de octubre se
declaró en guerra contra Cleopatra.
* *
*
No
fue una medida inesperada. Para muchos debió de ser incluso motivo de alivio.
Cleopatra, de todos modos, debió de extrañarse al conocer los términos de la
declaración. Ella jamás había participado en acciones hostiles contra Roma. Se
había portado como una perfecta reina vasalla, si bien una vasalla con
privilegios. Había mantenido el orden en su reino, había ayudado a Roma cuando
así se le había exigido, no había fallado a ninguna convocatoria y no habría
agredido a ningún vecino. Había hecho cuanto había podido por enaltecer la
grandeza de Roma, sin intentar socavarla en ningún momento. Tradicionalmente,
las declaraciones de guerra romanas se producían tras un proceso en tres fases:
el Senado presentaba una solicitud de reparación, a la que un mes después
seguía un comunicado solemne por el cual se recordaba que la demanda no había
sido satisfecha. Pasados tres días, un emisario viajaba a territorio enemigo
para dar comienzo oficial a las hostilidades. Octaviano, sin embargo, no
convocó a Cleopatra para pedirle cuentas ni para presentar cargos. Tampoco
recurrió a la diplomacia. En cambio, hábil como siempre en lo teatral, sí se
atuvo a la parte ceremonial del proceso y, vestido con la túnica militar, se
encargó en persona de arrojar una lanza manchada en sangre de cerdo en
dirección a Oriente desde una porción de terreno considerada «territorio
hostil» a efectos rituales. (Se ha discutido que este rito atávico pudo ser en
realidad un invento improvisado para la ocasión por Octaviano. Sin duda lo suyo
era restaurar tradiciones, aun cuando nunca habían existido.) [554] No se
presentaron cargos oficiales, por la sencilla razón de que no los había.
Cleopatra era acusada de albergar intenciones hostiles, pero se la condenaba
«por sus actos», que por comodidad era mejor no especificar. Octaviano estaba
seguro de que Antonio se mantendría fiel a Cleopatra, lo cual —dadas las
circunstancias— permitiría afirmar a Octaviano que su compatriota «había
emprendido por propia voluntad una guerra en defensa de una mujer egipcia y en
contra de su propia patria».[555] A
finales del año 32, el Senado privó a Antonio del consulado y lo despojó de
toda autoridad.[XLIX]
Antonio y Cleopatra se emplearon a fondo por dar la vuelta a aquella
provocación subrepticia. Ahora eran aliados a la fuerza. A la vista de las
circunstancias, se preguntaban, ¿quién podía depositar su confianza en un
canalla como Octaviano? « ¿Qué pretende amenazando con mover armas contra
nosotros y, a la vez, emitiendo un decreto donde declara estar en guerra con
unos y no con otros?» [556] Antonio
suplicó a sus hombres. Lo único que pretendía su traicionero colega era
fomentar el disenso para convertirse en rey. (Ahí sin duda llevaba razón;
Octaviano habría encontrado la manera de ir a la guerra contra Antonio aun
cuando éste hubiera repudiado a Cleopatra). ¿Quién estaría dispuesto a secundar
a alguien que había privado de sus derechos de forma sumaria a uno de los
suyos, alguien capaz de apropiarse ilegalmente del testamento de un amigo, un
compañero, un familiar? A Octaviano le faltaban agallas para declararse su
enemigo, tronaba Antonio, por más que «me haga la guerra y se comporte en todo
ya no como si me hubiera vencido, mas como si me hubiera matado».[557]La
experiencia, la popularidad y las cifras estaban de la parte de Antonio; era un
hábil comandante al que respaldaban los más poderosos monarcas de Asia y tenía
a sus órdenes quinientas naves de guerra y un ejército de tierra formado por
diecinueve legiones y más de diez mil hombres a caballo. Qué más daba si ya no
tenía autoridad en Roma. Un tercio del Senado estaba de su parte.
Durante doce años, Antonio había sostenido que Octaviano planeaba acabar con
él. Ya por convicción, ya por interés, Cleopatra no podía sino darle la razón.
Se demostraba al fin que la pareja estaba en lo cierto. Antonio también tenía
razón al afirmar que en un concurso de fingidores no podría rivalizar con su ex
cuñado. (Cleopatra tal vez sí, pero esta vez prefería mantenerse en un segundo
plano). Francamente era una desgracia que Antonio se hubiera convertido en
traidor a Roma, lamentaba Octaviano, quien se mostraba abatido por el cariz que
habían tomado los acontecimientos. Tanto afecto le había profesado que había
compartido gobierno con él y hasta le había confiado a su querida hermana.
Octaviano no le había declarado la guerra Antonio, ni siquiera cuando éste hubo
humillado a su hermana, abandonado a sus hijos y hecho entrega de las
posesiones del pueblo romano a la prole de otra mujer. Antonio, sin duda,
acabaría viendo la luz. (Octaviano no se mostraba tan confiado con respecto a
Cleopatra, a la que denigraba diciendo que era «de bien cierto enemiga nuestra,
no sólo por su condición de extranjera, sino por sus actos»). Insistió en que
Antonio, «si no de buen grado por lo menos de mala gana, se corregirá de
resultas de los decretos contra ella aprobados».[558] Octaviano
sabía muy bien que Antonio nunca haría semejante cosa. Ni él ni Cleopatra
podían ya volverse atrás. Sentimientos aparte, era un hombre de palabra. Cuesta
saber a quién beneficiaba más Cleopatra en el año 32, si al hombre que convivía
con ella o al que la utilizaba como pretexto. Sin ella, ni Antonio podía ganar
una guerra ni Octaviano emprenderla.
Filipos le había valido a Antonio una década de indulgencia que de pronto
tocaba a su fin. En otoño, él y Cleopatra viajaron al oeste, a Patras, una ciudad
mediocre sita en la entrada del golfo de Corinto. Desde ahí distribuyeron
hombres desde Accio, en el norte, a Modona, en el sur, para establecer una
línea defensiva a lo largo de la costa oeste de Grecia. La intención parece que
era salvaguardar la línea de suministro con Alejandría y el propio Egipto, país
al que, a la postre, Octaviano había declarado la guerra. Cleopatra aprovechó
ese compás de espera para acuñar unas monedas en las que aparece como Isis.
Antonio envió cantidades considerables de oro a Roma para repartir sobornos a
diestro y siniestro. Por el momento contaba con ventaja numérica, pero de todos
modos intentó quebrantar la lealtad de los hombres de Octaviano. El grueso de
esos fondos procedía, muy posiblemente, de Cleopatra. Entretanto, las levas de
Octaviano habían provocado revueltas en Roma. Durante el invierno se registró
un constante ir y venir de espías y senadores de lealtades lábiles y efímeras.
Muchos de ellos ya se habían enfrentado a un dilema semejante al menos una vez:
¿a quién abandonar y a quién seguir? La cuestión era más de personalidad que de
principios. En el resto del Mediterráneo fue como si, atraídos por un imán, los
distintos reinos fueran ensamblándose hasta formar una fuerza que «excedía en
tamaño cuanto hubiera podido verse hasta entonces».[559] Los
soberanos nombrados por Antonio en el año 36 respondieron a su llamada. Los
reyes de Libia, Tracia, el Ponto y Capadocia, entre otros, se unieron a él con
sus flotas.
El invierno pasó con febril inercia. Por segunda vez, el impulsivo Antonio
parecía posponer el inicio de una campaña, cosa que no podía más que
impacientar a Cleopatra. Los gastos aumentaban cada mes. (Cada legión costaba
entre 40 y 50 talentos anuales, lo que significa que ese verano Cleopatra
desembolsó unos 210 talentos sólo para las tropas de infantería). Daba la
sensación de que Antonio, el más famoso soldado vivo, no deseaba librar una
batalla épica. A propósito de César, alguien diría que «no ambicionaba la
provincia sino la fama», [560]afirmación
que encajaba mejor aún con su protegido. Octaviano invitó a Antonio a un
enfrentamiento absurdamente orquestado. Antonio retó a Octaviano a duelo
singular. Ninguna de las dos cosas tuvo lugar y ambos bandos se limitaron al
insulto y la amenaza, a «espiarse y molestarse».[561] Todo
eran rumores, muchos generados por Octaviano. En el año 33 expulsó de Roma a
astrólogos y adivinos, en teoría para poner freno a la creciente influencia
oriental; en realidad, para afianzar su control sobre los acontecimientos. A
falta de augures, podía interpretar los presagios como mejor le conviniera;
sería el único facultado para hacer profecías. Poco después se dijo que las
estatuas de Antonio y Cleopatra en la Acrópolis habían sido tocadas por un rayo
que las había hecho pedazos; [562]se vieron
serpientes bicéfalas de veinticinco metros de longitud; de una estatua de
mármol de Antonio empezó a manar sangre; los niños de Roma se dividieron en
antonianos y octavianos, y tras dos días de batallas callejeras, el pequeño
Octaviano salió vencedor. La verdad se parece más a la anécdota de los dos
cuervos parlantes a los que su cuidador, por afán de equidad, había enseñado a
decir, a uno: «Ave, César, vencedor, imperator», y al otro: «Ave,
Antonio, vencedor, imperator».[563]
Cualquier romano astuto tenía motivos para cubrir sus apuestas, pero también, a
la vista de la incendiaria retórica y los proyectos de cada bando, para creer
que lo mismo daba Antonio que Octaviano. Hasta quienes estaban en buenos
términos con ambos concedían que «uno y otro trataban de ser el dueño absoluto
no sólo de Roma sino del orbe entero».[564]
Los fondos y la experiencia estaban del lado de Antonio y Cleopatra, pero
también las ambigüedades, empezando por la cuestión —no necesariamente más
transparente en el año 32 que hoy— de su matrimonio. Según la rey romana,
Cleopatra, en tanto que extranjera, no podía convertirse en esposa de Antonio,
ni siquiera tras el divorcio de éste. Sólo se los podía considerar casados
desde la perspectiva, más flexible y acomodaticia, del Oriente griego. Desde el
punto de vista egipcio, la cuestión era irrelevante. Cleopatra no necesitaba
casarse con Antonio, que no gozaba de dignidad oficial alguna en Egipto, donde
quienes gobernaban eran ella y Cesarión. Ahí Antonio era consorte y patrón de
la reina, pero no rey.[565] En
Egipto eso no tenía menor importancia. En Roma resultaba inconcebible. ¿Tenía
reservado Cleopatra algún papel en Occidente? No encajaba en ninguna categoría;
o mejor dicho, sí: si no era la esposa de Antonio, era, por definición, su
concubina. Entonces, ¿por qué Antonio había impreso su imagen sobre las monedas
romanas? El propósito de la unión entre ambos tampoco estaba muy claro.
¿Pretendían cumplir el sueño de Alejandro Magno y unir a los hombres más allá
de las fronteras nacionales bajo una única ley divina, como decía la profecía?
¿O lo que Antonio buscaba era convertirse en un monarca oriental y reinar con
Cleopatra como emperatriz? (Eso le ponía las cosas fáciles a Octaviano: los
romanos perdían la ciudadanía si creaban lazos formales con otro Estado). Es
posible que ellos tuvieran bastante claro su objetivo —probablemente establecer
una doble capitalidad—, pero que éste resultara incomprensible para la rígida
mentalidad romana, de aquí que Octaviano utilizara la condición de ella como
reina vasalla como arma arrojadiza: los extranjeros debían vivir supeditados a
los romanos, no en pie de igualdad con ellos. Eso le permitía a Octaviano
justificar sus acusaciones contra aquella mujer transgresora, insaciable y
dispuesta a ampliar sus dominios. Los argumentos de Octaviano se revelaron
convincentes y duraderos, tanto es así que uno de los grandes estudiosos del
mundo clásico del siglo XX sostiene que Cleopatra se aprovechaba de Antonio
como un parásito para perseguir metas a las que de otro modo nunca habría
aspirado.[566] También
sus intenciones militares resultaban opacas. ¿Por qué luchaba exactamente
Antonio? Quizá fuera cierto que deseaba restaurar la república como decía, pero
¿cómo explicar entonces el papel de la madre de sus tres hijos medio romanos?
Por lo que respecta a Octaviano, en cambio, todo estaba claro como el agua, o
por lo menos lo estuvo a partir del momento en que decidió hacer pasar por
guerra lo que no era sino una venganza personal. Sus motivos eran más evidentes
y estaban mejor definidos. La xenofobia era un recurso fácil: por nada del
mundo sus hombres —«romanos y señores de la mayor y más excelsa porción del
mundo»— [567] se
habrían dejado amilanar por una tropa de salvajes. El mundo —y no por última
vez— quedaba dividido entre un Occidente masculino y racional y un Oriente
femenino e indefinido contra el cual Octaviano declaró una especie de cruzada.
Su lucha tenía un enemigo, pero también un fin: reafirmar la probidad, la
piedad y el autocontrol de los romanos, cualidades de las que su ex cuñado
había abjurado al abrazar la causa de Cleopatra. Antonio ya no era un romano,
sino un egipcio, un mero tocador de platillos, un afeminado inconsecuente e
impotente, pues, en efecto, «resulta imposible que quien vive en el lujo como
un rey y complacido de sí mismo como una mujer piense o actúe cual corresponde
a un hombre» [L][568][569] Octaviano
atacó hasta el estilo literario de Antonio. Y por cierto, ¿nadie se había dado
cuenta de que Antonio bebía? Octaviano sustituyó las constantes referencias a
su condición de heredero de César por los relatos acerca de su propia
divinidad. Pocos en Roma ignoraban a esas alturas que descendía de Apolo, al
que consagró un gran templo de nueva planta.
Al rebajar a Antonio a la categoría de tocador de platillos, Octaviano logró
algo especialmente difícil. Reconoció en público lo que desde entonces han sentido
tantísimos hombres al enfrentarse a una mujer: que en ciertos lances es más el
honor que puede perderse que la gloria que se puede ganar.[570] Para
Roma, una mujer no era rival digno de consideración. Octaviano no tenía más
remedio que reiterar y amplificar sus acusaciones hasta conseguir que su voz se
convirtiera en un coro. Para lograrlo, atribuyó a Cleopatra poderes de toda
índole, hasta crear de ella una imagen grotesca y duradera. La brutal y
sanguinaria reina de Egipto no era una segunda Fulvia, sino un enemigo
despiadado con las miras puestas en los bienes de Roma, pero el glorioso pueblo
que había sometido a los germanos, pisoteado a los galos e invadido a los
bretones, el mismo que había vencido a Aníbal y quemado Cartago, no se echaría
a temblar ante «esta mujer, más temible que la peste».[571] ¿Qué
dirían sus gloriosos antepasados si supiesen que un pueblo capaz de tan
singulares gestas y vastas conquistas, al que todas las regiones del mundo se
habían rendido, se dejaba pisar por una furcia egipcia y su caterva de eunucos
y peluqueras? Octaviano admitía que se enfrentaban a un ejército formidable,
pero cuanto mayor fuera el riesgo más alta sería la gloria. En juego estaba el
honor de Roma. Quienes habían sido capaces de «vencer y dominar el mundo todo»
estaban obligados a defender su ilustre historia, vengarse de cuantos los
hubiesen ultrajado y «no permitir que ninguna mujer ose equipararse a un
hombre».[LI][572][573]
* *
*
A
principios del año 31, Agripa, el extraordinario almirante de Octaviano, cruzó
a Grecia por sorpresa. Antiguo amigo y mentor de Octaviano, poseía el talento
militar del que carecía su comandante. Agripa rompió las líneas de suministro
de Antonio y capturó su base meridional. A continuación, Octaviano transfirió
ochenta mil hombres desde la costa adriática al mar Jonio, cosa que obligó a
Antonio a desplazarse hacia el norte. Su infantería todavía no estaba
desplegada; la maniobra lo había cogido por sorpresa. Cleopatra intentó
tranquilizarlo restando importancia al hecho de que el enemigo se hubiera
apoderado de repente de un buen puerto natural (probablemente la actual Parga)
con un promontorio en forma de cuchara. «¿Por qué es tan terrible que César se haya
sentado sobre una cuchara?», preguntaba en tono de mofa.[574] Octaviano
se disponía a entrar en liza de inmediato, cosa para la que Antonio no estaba
preparado, pues no contaba todavía con todos sus efectivos. Una finta posterior
de éste obligó a Octaviano a retirarse. Siguieron varias semanas de
hostigamiento y escaramuzas. Octaviano se movía libremente por los puertos de
Grecia occidental, mientras que Antonio acuarteló sus legiones en una porción
de tierra arenosa en la boca sur del golfo de Arta. Accio disponía de un puerto
excelente, pero era una zona húmeda y desolada; Antonio y Cleopatra no debieron
de tardar en darse cuenta de que aquel terreno pantanoso, alfombrado de
helechos y hierbas, resultaba infinitamente más adecuado como campo de batalla
que como campamento.[575] Las
semanas siguientes hubo amagos de combate y varios cambios de decisiones.
Octaviano no conseguía atraer a Antonio hacia el mar, y Antonio no lograba que
Octaviano se decidiera a luchar en tierra. Éste parecía más interesado en
cortar las líneas de suministro de Antonio, y estuvo a punto de conseguirlo
entre primavera y principios de verano. Cleopatra se había fingido indiferente
a su llegada, pero tras una serie de inexplicables y lentas decisiones
—seguramente absurdas aunque no hubieran sido manipuladas por los panegiristas
de Octaviano—, Antonio y Cleopatra empezaron a ceder posiciones. Antonio dudaba
de su estrategia a cada momento: ¿debía enfrentarse a Octaviano por tierra o
mejor por mar? Ambos ejércitos pasaban la mayor parte del tiempo vigilándose a
través del estrecho, desde sus respectivos promontorios.
A distancia, el campamento de Antonio debía de ofrecer una imagen espléndida,
con sus vastos y abigarrados ejércitos y el centelleo dorado de las lentejuelas
de las togas. Los imponentes tracios de negras túnicas y relucientes armaduras
se mezclaban con los macedonios, vestidos con frescas capas de color escarlata,
y los medos, con ropillas de vivos colores. Las capas militares ptolemaicas,
tejidas en oro, representaban quizá imágenes de monarcas o escenas mitológicas.
El brillo de los cascos y los petos dorados, las bridas incrustadas con joyas,
los penachos de colores y las lanzas ornamentadas iluminaban aquella miserable
porción de suelo griego.[LII][576] El
grueso de los soldados era de origen oriental, al igual que un número cada vez
mayor de remeros, muchos de ellos recién reclutados. Entre todos formaban una
colección de armas de lo más variopinta: los escudos y aljabas de mimbre de los
tracios al lado de las jabalinas romanas, los arcos cretenses y las largas
picas macedonias.[577]
Cleopatra corrió con la mayor parte de los gastos, pero también contribuyó de
otras maneras; a diferencia de Antonio, ella podía comunicarse con los
dignatarios llegados de tierras orientales. Hablaba la lengua de la caballería
armenia, de la infantería etíope, de los destacamentos medos, así como la de la
realeza. Entre los soberanos helenísticos existía cierto código de conducta. La
mayoría había tratado ya antes con reinas poderosas. Canidio no se había
equivocado. Con su presencia, Cleopatra recordaba a los demás reyes que
luchaban por algo más que la república de Roma, en la que no tenían interés
alguno. Sentían tan poca simpatía por Antonio como por Octaviano, y no les
habría importado enfrentarse a ellos como se habían enfrentado a Roma en el año
89 al apoyar a Mitrídates. Si Cleopatra no se hubiera metido de lleno en los
asuntos de Roma al apelar a César en el año 48, su postura habría sido la
misma. Ella y Antonio sólo rechazaron a un soberano, naturalmente el más
entusiasta del grupo. Herodes llegó con dinero, un ejército bien adiestrado,
equipo, un cargamento de grano y un viejo consejo: si Antonio se decidía a
asesinar a Cleopatra y anexionarse Egipto, sus problemas habrían terminado.[578] El
ejército y las provisiones de Herodes fueron bien recibidas, pero su estancia
en el campamento fue breve. En pago por su valioso consejo fue enviado a luchar
contra Malco, el rey de los nabateos, acusado de deber varias remesas de betún.
Al mismo tiempo, Cleopatra ordenó a su general en aquella pedregosa región que
frustrase los esfuerzos de ambos monarcas. Era preferible que se destruyeran el
uno al otro.
En el campamento las cosas no eran tan fáciles. La espera —en un gran
campamento multiétnico sometido a condiciones insalubres— estaba teniendo
serias consecuencias. A medida que aumentaba la temperatura, las condiciones se
iban deteriorando. La presencia de Cleopatra tampoco ayudaba a subir la moral.
Herodes creía, acaso con razón, que lo habían expulsado por su culpa. No cabe
duda de que la reina ocupaba una posición prominente en el campamento; como
comandante en jefe de Egipto, consideraba su deber ocuparse de los preparativos
y las operaciones bélicas. Por lo visto, creía que Antonio era el único amigo
que necesitaba. No estaba dispuesta a dejar que nadie acallase su voz, cosa
irónica teniendo en cuenta cuán poco sobrevive de sus propias palabras; nada
que ver con la reina discreta Isabel de Castilla, cuando decía: «Disculpadme,
alteza, por hablar de asuntos que no comprendo».[579] Resulta
imposible saber qué fue antes, si la humillación de los romanos por la
presencia de Cleopatra o el desdén de ésta hacia ellos. Los oficiales de
Antonio se avergonzaban de ella y de su relación de igualdad con el general.[580] Los
más próximos a él ponían objeciones a la autoridad de la reina. Ella misma se
había puesto entre la espada y la pared. Si relajaba la guardia, la mandarían
de vuelta a Egipto; si perseveraba, ofendería a todo el mundo. Incluso es
posible que Antonio la reprendiera; de hecho, sabemos que tuvieron algún que
otro tormentoso desencuentro.
Una de las personas con quien menos congraciaba Cleopatra era Gneo Domicio
Enobarbo, tal vez el más destacado entre los partidarios de Antonio. Orgulloso
republicano, Enobarbo había guiado a los cónsules en su huida a Éfeso la
primavera anterior. Hombre resuelto e incorruptible, sus diferencias con la
reina no se hicieron esperar: él se negaba a dirigirse a ella por su título,
llamándola «Cleopatra» a secas. Ella, por su parte, intentó comprarlo, pero se
encontró con que la inflexibilidad de Enobarbo era proporcional a la ductilidad
de Planco. Fiel a su reputación, Enobarbo no tuvo reparos a la hora de afirmar
que, en su opinión, la reina representaba un lastre y que la guerra aún podía
evitarse. Implicado en el asesinato de César, por el que fue procesado y
proscrito, Enobarbo había luchado contra Antonio en Filipos. Más tarde, ambos
se habían reconciliado y desde entonces Enobarbo había ocupado multitud de
altos cargos y se había significado como uno de los más férreos partidarios de
Antonio. Su papel había sido clave en la oposición a Octaviano; había hecho lo
imposible por silenciar la delicada noticia de las Donaciones, e incluso tenía
un hijo prometido con una de las hijas de Antonio. Juntos habían vencido toda
clase de adversidades. Habían luchado codo con codo en Partia, donde Enobarbo
había demostrado ser un líder consumado.[581] Cuando
a Antonio le habían faltado los ánimos para arengar a sus tropas, Enobarbo lo
había hecho en su lugar. En Accio, no obstante, viendo que la moral empezaba a
decaer, el experimentado senador prefirió cambiar de rumbo y, a bordo de un
pequeño bote, se pasó a las filas de Octaviano. Aquél fue un duro golpe para
Antonio. Pese a todo, respetuoso a las formas, el general mandó enviar a su
antiguo compañero su equipaje, amigos y sirvientes. Cleopatra lo juzgó un
exceso de magnanimidad.
Se hace difícil creer que Cleopatra no cayera en la cuenta del malestar que su
presencia provocaba en ese caluroso campamento infestado de mosquitos, donde
tanto discordaban su séquito y sus tiendas y donde su inmenso buque insignia,
el Antonia, con sus diez bancadas de remeros y su proa labrada, no
contribuía precisamente a elevar los ánimos. Los hombres estaban hambrientos, y
el humor por los suelos. A los soldados romanos los reconfortaba ver a sus
generales comiendo pan duro y durmiendo en sencillos jergones.[582] Con
Cleopatra ahí, eso era impensable. Por todo el campamento se oían voces a favor
de expulsar a la reina, pero Antonio —cuya tienda ocupaba el centro exacto del
recinto— hacía oídos sordos. Hasta el fiel Canidio, hasta entonces favorable a
su permanencia, abogaba por alejarla. Se acordaba de la mala imagen que en su
momento había dado Fulvia. Ni siquiera en Egipto estaba bien visto que las
mujeres se arrogaran el papel de comandante, y la prueba era lo poco que había
durado al mando la hermana de Cleopatra durante la guerra de Alejandría.
Cleopatra no tenía experiencia en conflictos armados de esa magnitud, pero
Herodes estaba convencido de que Antonio no la apartaría de su lado porque sus
antojos «han tapado sus oídos».[583] ¿Por
qué, entonces, no se hacía a un lado ella misma, como había hecho con César?
Octaviano le había declarado la guerra sólo a ella; tenía derecho a exigir
venganza. Ya antes se había visto relegada por sus consejeros militares, y la
consecuencia había sido su expulsión al desierto del Sinaí, sin casa y sin
derechos. Tampoco había tenido buenas experiencias con intermediarios; tal vez
por eso recelase de dejar el destino de Egipto en manos de Antonio. Había mucho
en juego: el futuro de la dinastía ptolemaica pendía de un hilo. Si Octaviano y
Antonio pactaban una tregua, ella sería el precio del acuerdo. La verdadera
incógnita de ese año 31 no es tanto por qué Cleopatra se quedó, sino por qué
—ella, que había sabido evitar los conflictos culturales en Egipto y saciar el
ego de un romano— no intentó ganarse a los oficiales de Antonio. Su presencia
en el campamento crispaba los nervios a todo el mundo. Muchos de los compañeros
de Antonio fueron tratados con el mismo desprecio que Geminio, y tanto amigos
suyos como cónsules romanos reconocieron haber sido «el blanco de los insultos
de Cleopatra».[584] Se
comportaba de forma pendenciera, perentoria, exaltada. A pesar de la
experiencia, seguía teniendo el mismo carácter que de joven con los consejeros
de su hermano. Después de todo, estaba acostumbrada a ejercer la autoridad
suprema y no aceptaba órdenes de nadie. A todo eso, la moral seguía decayendo:
Octaviano estrechaba el bloqueo del golfo, los mosquitos plagaban el campamento
y acababa de estallar una epidemia, probablemente de malaria. Las condiciones
eran deplorables. El único momento de calma era hacia mediodía, cuando el
viento susurrante empezaba a soplar del oeste. Durante unas horas, llegaba una
brisa fresca y vivificante que pivotaba del oeste al norte hasta desaparecer
con el ocaso.
Pasaron varios meses marcados por los preparativos y la inacción, y poco a poco
la situación dio un giro. La idea inicial de Antonio y Cleopatra parecía ser
atrapar a Octaviano en el golfo de Arta, pero ahora que se encontraban presos
en aquella bahía azul les costaba reaccionar. Escribe Plutarco: «La principal
tarea de un buen general es, sin duda, forzar a combatir a los enemigos cuando
es superior a ellos, y no dejarse forzar cuando sus fuerzas son inferiores».[585] Antonio
había desperdiciado su oportunidad hacía tiempo. En agosto no tuvo más remedio
que conseguir que las ciudades de la región hicieran llegar provisiones por
tierra al campamento. El bisabuelo de Plutarco se hallaba entre quienes,
obligados a prestar ese penoso servicio, tuvieron que cruzar a pie las montañas
hasta el golfo con las sacas de trigo a hombros y el látigo restallando en la
espalda.
Lo que no pudieron el bloqueo, la enfermedad, la debilitadora inactividad y el
calor lo pudieron las deserciones. Esclavos y reyes vasallos por igual
abandonaron la causa. Antonio quiso dar ejemplo con dos desertores frustrados,
un senador y un rey sirio, que fueron torturados al objeto de desalentar a
quienes pretendiesen imitarlos. El propio Antonio estaba falto de moral, tanto
es así que durante un paseo en solitario por el perímetro de la fortificación
estuvo a punto de ser secuestrado por los hombres de Octaviano. La defección de
Enobarbo lo afectó mucho y disparó su paranoia. Según cierto autor, empezó a desconfiar
incluso de Cleopatra, de quien sospechaba que quisiese envenenarlo.[586] Se
cuenta que ella, para demostrar su inocencia, preparó una bebida letal que
interceptó justo cuando Antonio se la llevaba a los labios. Si hubiera querido
matarlo, le habría bastado con dejarlo beber. Acto seguido, mandó traer un
prisionero, al que entregó el bebedizo. El efecto fue el previsto. (La anécdota
es poco fiable, ya que Cleopatra no habría podido luchar sin Antonio, y éste,
por nublado que tuviera el entendimiento, no podía dejar de saberlo). Cleopatra
discutió también con Delio, que llevaba todo el verano reclutando mercenarios.
Ambos llegaron a las manos una noche durante la cena, al protestar Delio por el
vino. Estaba agrio, decía, mientras que en Roma los hombres de Octaviano
escanciaban las más deliciosas cosechas. La discusión terminó con Delio
convencido de que Cleopatra planeaba matarlo, cosa que, según el propio Delio,
confirmó uno de los médicos de la reina. Razón más que suficiente para
justificar su tercera y definitiva deserción. Su paso al bando de Octaviano
privaba a Antonio de la que para César era la más poderosa de las armas: el
efecto sorpresa. Delio se llevaba consigo los planes de batalla de Antonio.[587]
Hacia finales de agosto, Antonio convocó un consejo de guerra. Las dieciséis
semanas de bloqueo empezaban a pasar factura. La situación era precaria. Las
provisiones escaseaban y por la noche el aire era frío. Pronto se les echaría
encima el invierno. Antonio debía resolver la cuestión que llevaba todo el
verano posponiendo, pero, siendo mejor táctico que estratega, no acababa de
decidirse. Suponiendo que no se hubiera producido antes, ése fue el momento de
la ruptura entre Cleopatra y Canidio. Canidio prefería marchar hacia el norte y
dejar que la guerra se decidiera en tierra. A fin de cuentas eran romanos;
plantar batalla desde lo alto de las agitadas olas era, en su opinión, un
desatino. Antonio nunca había capitaneado una flota. Podía negarse a luchar con
Octaviano en el mar sin perjuicio para su honra. Además, en Macedonia y Tracia
podrían reclutar más hombres. Naturalmente, Canidio sabía que luchar en tierra
suponía prescindir de la flota de Cleopatra y, por extensión, de la reina; y
Cleopatra sabía que prescindir de ella significaba poner en peligro a Egipto.
Sus cofres de denarios de plata no podían acarrearse a través de las montañas.
Ella era una firme partidaria de la batalla naval. Sus razones eran sólidas: en
tierra, Antonio estaría en desventaja numérica. Por lo demás, sin una flota le
sería imposible cruzar hasta Italia, y mover a un ejército a través de las
montañas tampoco iba a resultar tarea fácil. Los cinco años transcurridos no
habían borrado el recuerdo de Partia. Pero había algo más, un paralelismo que
ninguno de los participantes en las deliberaciones de Accio pudo dejar de
notar. Y es que también Pompeyo, al enfrentarse a César en Grecia, se hallaba
al frente de un inmenso y ruidoso ejército formado por una babel de reyes y
príncipes asiáticos. La propia Cleopatra había aportado sesenta naves a su
flota. Enobarbo había estado ahí, lo mismo que su padre, muerto en la batalla.
Antonio se había distinguido al frente del bando contrario. En agosto del año
48, Pompeyo optó por prescindir de su flota, muy superior a la de César. El día
no había terminado aún cuando cayó en la cuenta de que había cometido un error
garrafal al decantarse por luchar en tierra.[588] La
escabechina fue brutal y dejó a Pompeyo atónito y sin habla; había perdido su
ejército, la cordura y el orgullo. Días después, era decapitado ante las costas
de Egipto.
* *
*
Antonio
optó por la campaña naval. Plutarco atribuye su decisión a un arrebato de
emoción, pero lo más probable es que el general más experimentado de su tiempo,
lejos de querer contentar a Cleopatra sacando a relucir su flota, se plegase
sin más a la necesidad. Octaviano no sólo tenía de su lado la propaganda, sino
una fuerza más cohesionada, un ejército de romanos bien adiestrados y que
solamente hablaban latín. En tierra, jugaría con ventaja; en el mar, ambos
bandos estarían más igualados. Ésa misma fue la explicación que Antonio dio a
sus agitados hombres, pocos de los cuales sabían nadar. Al parecer no le
importaba iniciar la campaña con una derrota: «He decidido empezar por mar,
donde somos más fuertes y gozamos de amplia ventaja sobre nuestro adversario,
para que, una vez vencidas sus naves, podamos caer tranquilamente sobre su
infantería».[589] (Octaviano,
dotado de algo más de psicología diría al respecto: «Pues suele ser rasgo común
a toda la naturaleza humana que, tras fracasar el individuo en el primer lance,
decaiga su esperanza con respecto a lo que ha de llegar».) [590] A
pesar de las explicaciones, uno de los veteranos se adelantó y se dirigió
elocuentemente a Antonio. Exhibió su cuerpo cubierto de cicatrices y preguntó
al general que cómo se atrevía a menospreciar aquellas heridas depositando sus
esperanzas «en estos viles leños. ¡Deja a los egipcios y los fenicios que
luchen en el mar —suplicó el soldado a su comandante—. Sólo danos una tierra
sobre la que podamos morir ante nuestros enemigos o podamos vencerlos!».[591] Antonio
—«dotado de un estilo más brillante que el de cualquiera de sus contemporáneos»
y capaz de guiar un ejército mediante un discurso— [592] le
lanzó una mirada comprensiva, pero no acertó a articular una respuesta.
En los últimos días de agosto, Cleopatra reconoció un olor familiar. La brisa
de la tarde propagaba por todo el campamento el olor acre del cedro y la resina
al arder. Era el mismo olor que había emanado del puerto de Alejandría
diecisiete años antes; Antonio, como cumpliendo con una suerte de tradición
romana, había remolcado unas ochenta de sus naves hasta la playa y les había
prendido fuego. Los hombres que habrían debido tripularlas no estaban ya con él
y no podía arriesgarse a que cayeran en manos de Octaviano. No fue una acción
encubierta; el fuego ardía vivo y brillante. Poco después cayó una tormenta que
sofocó las últimas volutas de humo; durante cuatro días, el viento y las
lluvias torrenciales azotaron la costa. Para cuando despejó, no quedaban más
que unas cuantas cuadernas retorcidas y espolones chamuscados. La noche del 1
de septiembre, al amparo de la oscuridad, los oficiales de Cleopatra cargaron
en secreto sus cofres del tesoro en el mastodóntico Antonia. El
resto del dinero y la vajilla real irían en naves de carga. Los barcos de
Cleopatra y Antonio subieron a bordo mástiles y velas. Al alba, Antonio había
embarcado a veinte mil soldados y miles de arqueros y honderos; apenas cabía un
alfiler. Cuando las naves zarparon en dirección a la boca del golfo, el cielo
brillaba cristalino y el mar parecía una lámina de vidrio, enturbiada apenas
por el crujido de los remos. Los tres escuadrones de Antonio se apostaron en la
boca en formación cerrada de media luna. Cleopatra y sus sesenta naves
restantes ocuparon la retaguardia para evitar deserciones y como medida de
protección. La reina no tenía previsto entrar en combate.
Franqueado el estrecho, los hombres de Antonio se encontraron con la flota de
Octaviano dispuesta en formación similar a apenas una milla. El golfo retumbaba
con el agudo clamor de las trompetas; los heraldos y los oficiales arengaban a
sus hombres. Con los remos a punto, las doscientas cuarenta naves de Antonio
apuntaron las proas hacia las cuatrocientas naves de Octaviano y aguardaron
toda la mañana sin moverse, casco con casco, a punto para la refriega. Los
ejércitos de tierra observaban desde la orilla. Por fin, hacia mediodía,
Octaviano ordenó retroceder al escuadrón situado en el extremo norte, en un
intento de atraer a Antonio. Las naves de éste avanzaron hacia mar abierto y,
al momento, el aire se llenó de gritos, tanto en tierra como en el agua. De la
flota de Antonio partió una densa lluvia de flechas y fragmentos metálicos. Los
de Octaviano hicieron crujir los remos y giraron los timones. Pese a las olas,
desde la posición de Cleopatra aquello parecía una batalla terrestre sobre agua
en la que los hombres de Octaviano imitasen a un regimiento de caballería y los
de Antonio los repelieran desde sus fortalezas flotantes, la mayor de las
cuales se alzaba diez metros sobre la superficie. Las embestidas y los
forcejeos continuaron sin resultados claros hasta última hora de la tarde.
Hacia las tres, el ala izquierda de Octaviano viró para flanquear a los de
Antonio, que a su vez se desplazaron hacia el norte. La parte central de la
línea quedó disuelta, y de repente, el escuadrón de Cleopatra izó las velas y
—aprovechando oportunamente el viento— traspuso con toda tranquilidad el
corazón de la batalla, dejando tras de sí los proyectiles, las lanzas y las
hachas de la línea enemiga y sembrando la confusión en ambos bandos. Los
hombres de Octaviano observaron sin dar crédito cómo el majestuoso buque
insignia de Cleopatra ponía proa al sur impulsado por las velas de color
púrpura, sin que el enemigo pudiera hacer nada por alcanzarla. La sorpresa fue
aún mayor cuando, momentos más tarde, Antonio pasó de su barco a una galera
ligera para ir tras ella seguido de cuarenta naves de su escuadrón personal.
Los hombres de Octaviano estaban, según Plutarco, más impresionados que
sorprendidos. Antonio y Cleopatra se habían puesto en fuga con un tercio de la
flota y el tesoro al completo. Se trataba sin duda de una huida premeditada; de
lo contrario, las naves de la reina no habrían ido cargadas de velas y objetos
de valor. La reina había calculado la jugada para aprovechar al máximo los
vientos rápidos y favorables. Octaviano conocía por Delio que el plan de
Antonio y Cleopatra consistía en romper el bloqueo evitando enzarzarse en una
larga batalla. A principios de mes ya habían intentado abrirse paso a la
fuerza. Para escapar hacia Egipto, debían atraer a las naves de Octaviano; ésa
había sido su intención de buen principio. Según Dión, durante la arenga anterior
a la batalla Octaviano había puesto a sus hombres en alerta contra esa
posibilidad: «Dado, pues, que admiten ser más débiles que nosotros y que
transportan abundante botín en sus naves, no permitamos que acudan a ninguna
parte, antes bien, derrotémoslos en este mismo lugar y hagámonos con sus
tesoros».[593] El 2
de septiembre, unas cuantas naves de Octaviano —galeras ligeras con una gran
capacidad de maniobra y dotadas de proa aerodinámica— salieron en su
persecución.
Ya en alta mar, Cleopatra hizo una señal a Antonio y éste, junto con dos de sus
compañeros, saltó sobre las olas para subir a bordo del Antonia. No
fue un reencuentro feliz; Antonio no vio ni habló con Cleopatra, parece que por
vergüenza más que por rabia. Algo había salido muy mal. Quizá no estaba
previsto que los hombres de Antonio quedasen atrás. Cleopatra ya había
propuesto con anterioridad que el grueso del ejército regresase con ella a
Egipto, pero la flota no había podido escapar o se había resistido a hacerlo.
Puede que prefiriesen enfrentarse a un romano que seguir a una extranjera; de
hecho, en el campamento no habían faltado los rumores acerca de un
amotinamiento. Cabe la posibilidad de que Antonio y Cleopatra planeasen la
maniobra para emplearla sólo en caso de necesidad, pero que al final se
hubiesen precipitado. Podría ser también que Cleopatra hubiera partido antes de
lo previsto. Debía de estar impaciente por zarpar para Alejandría, ciudad que
—si resultaba vencida frente a las costas de Grecia— sabía que no volvería a
ver nunca. Dión sugiere que Antonio huyó porque interpretó (equivocadamente) la
partida de Cleopatra como la admisión de una derrota.[594] Incluso
puede ser que todo saliera según lo planeado y que las consecuencias se
hicieran notar tan sólo a posteriori. En este punto nos vemos
obligados a encajar una decisión incomprensible con una serie de testimonios
más bien oscuros. Sea como fuese, resulta impensable que Antonio se creyera
vencido, ya que la batalla —que tuvo más de escaramuza que de carga— se mantuvo
equilibrada durante horas. Al final de la jornada, ni siquiera Octaviano sabía
quién había ganado. Tanto si el error fue de planificación como si fue de
ejecución, el aire salino destilaba cierto olor a reproche. Si hemos de creer a
Plutarco, a Antonio le pudo la impotencia y, desentendiéndose de Cleopatra,
«fue a la proa, donde se sentó en silencio cubriéndose la cara con ambas
manos». No se alzó hasta el anochecer, cuando dos de las galeras de Octaviano
aparecieron en la distancia. Antonio dio orden al buque insignia de que
volviera la proa para poder darle la cara al enemigo. Siguió una escaramuza de
la que el Antonia logró escapar, pero en la que Cleopatra tuvo
que sacrificar un barco de mando y un segundo navío con un cargamento de plata
y muebles.
Cuando hubo repelido a sus atacantes, Antonio regresó a la proa y, con la
cabeza gacha, se quedó observando el mar con apatía: el héroe de Filipos, el
nuevo Dioniso, huía encerrado a bordo de un gran casco de madera como si la
fuerza de sus poderosos brazos y hombros lo hubiera abandonado. El viaje de
vuelta al sur fue una travesía amarga, marcada por pérdidas personales y
suspicacias mutuas. Fue también un viaje tranquilo. Antonio pasó tres días solo
«ya fuera porque estaba enfadado con Cleopatra o se sintiera avergonzado».
Aunque hubiera sido dictado por la desesperación, en su momento le había
parecido un plan sensato. Ahora, Antonio no podía dejar de pensar que había
abandonado a sus hombres. Ellos se habían mantenido firmes incluso después de
que reyes, senadores y oficiales hubieran desertado, pero él les había dado la
espalda y ahora se hallaba en una posición insostenible al lado de Cleopatra.
El desenlace de la batalla de Accio seguía sin estar claro y no se conocería
hasta unos cuantos días más tarde, pero Antonio sabía cómo sería interpretada
su reacción y cuáles serían las consecuencias. Un comandante romano debía ser
capaz de soportar la derrota y perseverar frente a la adversidad. Marco Antonio
conocía la historia de primera mano: su lujosa casa de Roma estaba decorada con
noventa espolones capturados a Pompeyo en el mar. Sabía que la gloria acababa
de escurrírsele entre los dedos para siempre.
Tres días después Cleopatra recaló en Ténaro, en el extremo sur de la península
del Peloponeso, para abastecerse de víveres y agua. (Se trataba, curiosamente,
del cabo donde se decía que Hércules había buscado la entrada al inframundo).
Dos de sus sirvientas —Iras, su peluquera, y Carmiana, su doncella—
aprovecharon la parada para buscar una reconciliación y, con un poco de mano
izquierda, lograron persuadir a Antonio y a Cleopatra para que hablaran y,
finalmente, «para que cenaran y durmieran juntos».[595] Llegaron
varios cargueros con noticias de lo que habían visto al partir de Accio. La
batalla se había intensificado y se había prolongado durante horas. La flota de
Antonio había resistido, pero al final había sido destruida. Durante un tiempo,
las olas habían arrojado a tierra cuerpos y maderos adornados —y aquí puede que
los cronistas añadan algo de su cosecha— con las lentejuelas púrpuras y doradas
típicas de Oriente.[596] Las
fuerzas de tierra de Antonio habían mantenido sus posiciones. Tras conocer las
noticias, Antonio quiso distribuir obsequios entre sus hombres y acudió a una
de las naves de carga para entregarles piezas de oro y plata procedentes del
palacio de Cleopatra. Sus hombres, con lágrimas en los ojos, rechazaron los
regalos. A cambio, el comandante les ratificó su afecto y les prometió
seguridad hasta que pudiera llegar a un acuerdo con Octaviano. Poco después
continuó surcando el Mediterráneo con Cleopatra hasta las llanas costas de
Egipto. Tocaron tierra en un enclave desolado en el extremo noroeste del país,
donde, tras desembarcar en una gran playa de arena, siguieron caminos
separados.
Antonio se dirigió a Libia, donde tenía apostadas cuatro legiones, con la
intención de reagrupar su ejército. Cleopatra, con la flota hundida, el tesoro
menguado y su aliado vencido, zarpó rauda para Alejandría. Había sido la
primera en abandonar Accio y lo había hecho a bordo de una nave poderosa y bien
equipada. Si se apresuraba, todavía podía anticiparse a la noticia del fiasco.
Sabía que regresaba a Egipto en circunstancias catastróficas, de modo que tomó
precauciones y encargó ornar la nave con flores.[597] Cuando,
al día siguiente, su majestuoso barco y el resto de naves engalanadas con
coronas de flores pasaron junto al faro de Alejandría, reinaba la calma. En
cubierta, un coro entonaba cánticos de victoria al son de las flautas. Quienes
corrieron a su encuentro remando en barcazas oyeron cómo la reina anunciaba con
voz firme la noticia de su extraordinario triunfo. Casi al mismo tiempo, las
diecinueve legiones y los doce mil hombres a caballo de Antonio —perdida la fe
en el regreso de su comandante y tras una semana de duras negociaciones— se
rendían a Octaviano, que por fin empezaba a vislumbrar la magnitud de su
victoria.[598]
Capítulo 9
La mujer más perversa de la historia
«Yo
era semejante en todo a los dioses, a excepción sólo del morir».
EURÍPIDES [599]
¿Qué
amigos tiene un hombre desafortunado?, se preguntaba el clásico, [600] y
Cleopatra conocía muy bien cuál era la respuesta. Si su artimaña no había sido
descubierta todavía, pronto lo sería. La élite alejandrina ya le había
demostrado su animadversión con anterioridad. Cleopatra temía su reacción en
cuanto oyeran las noticias de la debacle de Accio; era el pretexto que
necesitaban para acusarla de dejar Egipto en manos de Roma. Pero la reina no
estaba dispuesta a ver cómo se regocijaban con su derrota ni a dejar que le
arrebatasen el trono [601] y,
nada más regresar, acometió una desenfrenada espiral de matanzas que resultó en
la muerte o la detención de sus más acérrimos detractores. Confiscó sus
propiedades y se apropió de todo el dinero que pudo encontrar, incluidos los
tesoros de los templos. Fuera lo que fuese lo que se avecinaba, iba a necesitar
una fortuna. El dinero podría apenas impedir lo inevitable; de una forma u
otra, Octaviano terminaría yendo a por ella. Reclutó tropas frescas y mandó, en
vano, buscar aliados. Artavasdes, el altivo rey armenio, que había quedado
preso en Alejandría, estaba a punto de cumplir sus tres años de cautiverio.
Cleopatra mandó cortarle la cabeza y enviarla dos mil kilómetros al este, a su
rival el rey medo. Era de esperar que bastase con eso para lograr que enviase
refuerzos. Se equivocaba.
Como en ocasiones anteriores, tanteó las regiones de Oriente, donde tenía
contactos de tipo comercial y partidarios de toda la vida, donde Octaviano no
tenía influencia y donde la realeza todavía despertaba simpatías. Cuando
Antonio regresó a Alejandría, la encontró «resuelta a llevar a cabo un
importante plan». Por entonces, el Mediterráneo y el golfo de Suez, en la
frontera oriental de Egipto, estaban separados por un istmo. Cleopatra, con la
ayuda de un gran grupo de hombres, se proponía sacar sus barcos del
Mediterráneo, transportarlos sesenta kilómetros por tierra y botarlos en las
aguas del mar Rojo. La intención era embarcarse con sus hombres y su fortuna en
busca de un nuevo hogar más allá de las fronteras de Egipto, tal vez incluso en
la India, donde pudiera escapar «de la guerra y la esclavitud».[602] Se
diría que la naturaleza de Cleopatra le impelía a concebir amplios horizontes
donde otros sólo habrían visto un callejón sin salida; su grandiosidad y su
audacia resultaban asombrosas, casi tanto como para sugerir que efectivamente
llegó a pensar en hacerse señora de Roma.
La empresa de Cleopatra hacia el mar Rojo no era imposible en un país que
durante siglos había trajinado inmensos bloques de piedra a lo largo de vastas
distancias. Siglos antes, un descomunal navío ptolemaico de doble proa —se dice
que medía casi ciento veinte metros de eslora y que sobresalía casi veinte
metros por encima del agua— ya había sido transportado sobre rodillos de madera
colocados a intervalos regulares a lo largo de una fosa junto al puerto.[603] A
veces se empleaban cueros embadurnados con grasa para el mismo cometido. Los
barcos, además, podían separarse en secciones. La empresa se complicó por culpa
de la enemistad de la reina con la tribu que habitaba el extremo del istmo.
Dicha tribu eran los nabateos, un pueblo de comerciantes astutos y bien
organizados que se había pasado un año luchando contra Herodes, en parte a
causa del sabotaje de Cleopatra.[604] De
todos modos, no necesitaban a Herodes —que por fin acababa de derrotarlos— para
recordar que Cleopatra era su enemigo común. Los nabateos prendieron fuego a
todas y cada una de las naves egipcias a medida que eran remolcadas a la
orilla. Para Cleopatra aquel fracaso fue especialmente amargo, ya que en el año
48 había partido desde ese mismo rincón del mundo decidida a cambiar su suerte.
Herodes era el aliado más obvio; si unían sus fuerzas, Octaviano no sería rival
para ellos en el desierto. Nadie, sin embargo, se regocijaba más con la
desgracia de Cleopatra que el rey de Judea. Al expulsarlo de Accio, Cleopatra
había dejado todos los triunfos en manos de Herodes, y éste no se lo había
pensado dos veces antes de formalizar una paz con Octaviano. Es probable que el
rey de Judea diera pruebas de contrición en Rodas aquel mismo otoño. Desembarcó
en ropas de privado, se quitó la diadema y se mostró franco y directo con el
nuevo señor del mundo romano: cierto, le había sido fiel a Antonio. Por
desgracia era su forma de ser; llevaba la lealtad en la sangre: por sus amigos,
un hombre debía «arriesgar cuerpo, alma y hacienda», [605] y de
no haberse visto obligado a luchar contra los nabateos, le aseguró a Octaviano,
en ese mismo instante habría estado junto a Antonio. Acto seguido, admitió que
si había abandonado a quien había sido buen amigo suyo durante más de dos
décadas, había sido por culpa de la egipcia, abrazando así la versión oficial
de Octaviano para su guerra contra Cleopatra. Él mismo le había propuesto a
Antonio que se deshiciera de ella. No sabemos cómo se las arregló Herodes para
soltar todo ese discurso de forma que resultara creíble. Cuando al fin terminó,
Octaviano se declaró agradecido hacia Cleopatra. La reina, confesó a su
interlocutor, acababa de proporcionarle un gran aliado. (Herodes tenía motivos
para estarle doblemente agradecido a Cleopatra; para empezar, debía la corona
al miedo que la reina inspiraba en los romanos). Como muestra de benevolencia,
Octaviano recolocó la diadema sobre la frente de Herodes. Al marcharse, el rey
se llevó consigo tropas romanas de refuerzo. Entretanto, Cleopatra seguía
intentando ganarse a las tribus vecinas y los reyes amigos, pero sólo consiguió
movilizar a una tropa de gladiadores, luchadores expertos que habían estado
entrenando para lo que se suponía debían ser las celebraciones por la victoria
de Antonio y Cleopatra. Al recibir su llamada, se dirigieron al sur desde la
actual Turquía. Herodes se encargó de que no pasaran de Siria.
A falta de aliados en Oriente, Cleopatra podía volverse en la dirección
contraria. Roma no había conquistado del todo la península Ibérica, una región
inquieta, muy fértil y rica en minas de plata. Aunque se le vedara el
Mediterráneo, aunque no fuera capaz de continuar la guerra contra Octaviano,
podía dirigirse hacia el oeste circunnavegando África por el océano Índico.
Quizá con sus riquezas, ella y Antonio encontrarían la manera de ganarse a las
nativas tribus hispanas y fundar un nuevo reino en la península. No era una
idea tan descabellada; Cleopatra tenía como ejemplo el caso de otro líder
carismático y con don de lenguas. En el año 83, un procónsul rebelde había
logrado hacerse con el control de Hispania, sembrando el terror entre sus
compatriotas romanos. Saludado por sus reclutas nativos como «el nuevo Aníbal»,
Sertorio [606] promovió
una revuelta y estuvo muy cerca de establecer un Estado romano independiente.[LIII] Cleopatra
consideró seriamente la posibilidad, y Octaviano temió que la reina lograse
repetir el golpe de Sertorio. Después de todo era poco probable que se
produjera una operación militar en terreno propio; con las defecciones de
Herodes y de las tropas cirenaicas de Antonio, sólo quedaba Egipto. El país
estaba con Cleopatra —en el Alto Egipto sus partidarios amenazaron con
levantarse en su favor, iniciativa que ella misma rechazó—, pero era improbable
que resistiera por mucho tiempo el embate de Octaviano. En el mejor de los
casos, disponía de una guardia personal formada por cuatrocientos galos
ferozmente leales, un modesto número de tropas y los restos de una flota.
La batalla de Accio no fue tan vistosa como el intercambio de invectivas que la
había precedido; la verdadera tragedia y el grueso de bajas se verificaron
pasados los hechos. La batalla fue en extremo estéril, cosa que no puede
decirse de los meses siguientes en Alejandría. Una vez más, los planes de
Cleopatra se habían malogrado, y una vez más removió cielo y tierra para
asegurarse de que no todo estaba perdido. El palacio era un torbellino de
actividad; según Plutarco, la atención de la reina no se dirigía tan sólo hacia
Hispania y la India, sino también a los experimentos con venenos letales. Con
un fin o con otro, reunió una buena colección de ellos y los probó con
prisioneros y animales venenosos para determinar qué toxinas proporcionaban
resultados más expeditivos y menos dolorosos. La reina no se sentía ni
humillada ni temerosa, sino presa de un arrebato de inventiva similar al que
había demostrado al aterrizar en el desierto tras sufrir el primer revés de su
vida. A Cleopatra antes o después termina aplicándosele el adjetivo
«formidable», y ciertamente, mientras duró ese compás de espera, se comportó
como una mujer formidable: llena de energía, disciplina e ingenio. Nada hace
pensar que estuviera desesperada. Dos mil años después de los hechos, todavía
podemos oír cómo bullen las ideas en el interior de su fecunda mente.
No puede decirse lo mismo de Antonio, que se dedicó a vagar sin sosiego por el
norte de África, casi siempre en compañía de dos amigos, un rétor y un hábil
oficial con una determinación de hierro. Antonio despidió al resto de su
séquito. Aquella soledad relativa le proporcionaba solaz. Confiaba en poder
agrupar refuerzos, pero en Cirene descubrió que sus cuatro legiones habían
desertado. Desmoralizado, intentó suicidarse, pero lo dos amigos lo impidieron
y se lo llevaron a Alejandría. Se presentó en palacio sin los refuerzos
esperados y, según Dión, sin «haber logado nada de provecho».[607] Debía
de ser ya finales de otoño, hacia el fin de la época de siembra. Cleopatra se
encontraba en mitad de su malhadada expedición al mar Rojo. Al final, tuvo que
conformarse con fortificar los accesos a Egipto, aunque no hay que descartar
que contemplase la posibilidad de asesinar a Octaviano.[608] Antonio,
por su parte, se apartó de la ciudad y de la vida social. Ordenó construir un
arrecife hasta el puerto de Alejandría, al final del cual levantó una modesta
cabaña, casi al pie del faro.[609] Se
declaró exiliado, cual un nuevo Timón de Atenas, «ya que ambos habían sufrido
la ingratitud y la injuria de sus amigos y, por ello, desconfiaban y odiaban a
toda la humanidad».[610] Dión
deja entrever una amarga nota de compasión al sorprenderse ante el gran número
de personas que —pese a haber sido colmados de honores y favores por Antonio y
Cleopatra— decidieron abandonarlos a su suerte.[611] Cleopatra
no se dejó afligir por esa injusticia. Quizá su concepto de la gratitud fuera
más realista que el de Antonio; en cualquier caso, encajó la cruda realidad
mucho mejor que él.
Antonio no tardó en cansarse de su recogimiento y volvió a palacio. Se dice que
Cleopatra lo invitó a salir y contemplar los exuberantes jardines y los
abigarrados pabellones de los que había renegado. De ser cierto, tampoco debió
de costarle un gran esfuerzo. A todo esto, seguían llegando malas noticias:
Canidio se personó en Alejandría para informar de que las fuerzas terrestres de
Antonio habían terminado rindiéndose a Octaviano. Muchos de sus soldados se
habían unido a su ejército y ahora Octaviano tenía más hombres de los que podía
utilizar. En cuanto a los barcos capturados, había mandado quemarlos. Antonio y
Cleopatra fueron avisados también de la defección de Herodes, especialmente
dolorosa considerando que habían enviado al más persuasivo de sus legados a
suplicar que siguiera siéndoles leal. (El mismo legado al que Cleopatra había
encomendado que le quitase Octavia de la cabeza a Antonio). Éste no sólo no
había conseguido convencer a Herodes, sino que, aprovechando el viaje, desertó.
El gobernador romano de Siria también se pasó al bando de Octaviano, y lo mismo
terminaría haciendo Nicolás de Damasco.
No hubo apenas recriminaciones. A Cleopatra le preocupaba más el futuro que el
pasado y sabía que habría sido inútil reconvenir a Antonio, cuyo amor por ella
parecía haberse debilitado. Prefirió seguir el consejo de Plutarco sobre los
reproches: en tiempos difíciles, resulta preferible la compasión a la crítica,
pues «no existe entonces la utilidad de la franqueza amistosa ni de las
palabras que tienen peso y censura».[612] Antonio
era un hombre distinto; Accio lo había despojado de su coraje y su «audacia
irresistible».[613] Cleopatra
tenía dos misiones: velar por su atribulado amante y planear su huida conjunta.
De una manera u otra, consoló, o insensibilizó, a Antonio para que no le
afectaran tanto las malas noticias; lo ayudó a sobrellevar la frustración y
aplacó sus sospechas. Ahora ella tenía que pensar por los dos.
Antonio descubrió que cuando desaparece la esperanza, con ella parte la
angustia, de modo que volvió a palacio y —con un pretexto cualquiera— «llenó la
ciudad de banquetes, borracheras y juergas».[614] Juntos,
Antonio y Cleopatra escenificaron una elaborada fiesta para celebrar la mayoría
de edad de sus hijos de matrimonios precedentes: Antilo, que cumplía quince, y
Cesarión, que cumplía dieciséis. Según el uso griego, Cesarión ya tenía edad de
incorporarse al ejército.[LIV] Por su
parte, Antilo ya estaba preparado para dejar la toga púrpura de los niños
romanos. Fundiendo tradiciones, Antonio y Cleopatra introdujeron a los
muchachos en la vida adulta alistándolos a ambos en el ejército para elevar la
moral de los egipcios. Durante días, la ciudad se divirtió con banquetes,
fiestas y espectáculos. Dión asegura que el objetivo de Antonio y Cleopatra al
organizar las celebraciones era fomentar un nuevo espíritu de resistencia;
Cleopatra comunicó a sus súbditos que «debían continuar la guerra bajo el
caudillaje de los chiquillos en caso de que algo les ocurriera a los padres».[615] Independientemente
de en qué terminara todo aquello, la dinastía ptolemaica sobreviviría, y por si
fuera poco, con un soberano varón. De hecho, ese mismo otoño Cesarión es
llamado faraón en una serie de inscripciones.[616] A
efectos prácticos era un gesto tan desesperado como arrojar arena a la cara de
Octaviano. Antonio y Cleopatra tenían hijos, y en función de ellos calibraban
el futuro. Su rival no tenía ninguno.
Durante el otoño, hubo un goteo constante de enviados que viajaban de un lugar
para otro con sobornos y propuestas de un bando, y amenazas y promesas del
otro. Cleopatra, al principio, solicitó lo único que podía importarle: que el
reino pasara a manos de sus hijos. Perder la vida era una cosa; sacrificar a
sus hijos —y con ellos a su país— era inconcebible. Sus hijos tenían por
entonces entre siete y diecisiete años; la reina cifraba sus esperanzas sobre
todo en Cesarión, a quien ya había promovido para que pudiera reinar en su
ausencia. Más tarde, envió a Octaviano un cetro, una corona y un trono de oro.
Según Dión, la reina estaba dispuesta a abdicar a cambio de clemencia, «pues
esperaba que aunque odiase a Antonio, tendría piedad de ella por lo menos».[617] Antonio
sólo aspiraba a que se le permitiera vivir como privado en Egipto o —si eso era
pedir demasiado— en Atenas. Octaviano no tuvo tiempo para la propuesta de
Antonio, pero sí para contestar a Cleopatra. Mientras que en público la
amenazaba, en privado le aseguraba que sería razonable con ella con una
condición: debía ejecutar a Antonio, o cuando menos, desterrarlo. (Octaviano se
quedó los regalos). Antonio no se dio por vencido, defendió su relación con
Cleopatra, recordó a Octaviano sus vínculos familiares, sus «aventuras
amorosas» y las correrías compartidas en el pasado. Como prueba de su
sinceridad le entregó a uno de los asesinos de César, que por entonces vivía
con Antonio. Incluso estaba dispuesto a quitarse la vida «si de ese modo podía
salvarse Cleopatra».[618] De
nuevo, lo único que obtuvo fue un gélido silencio. El asesino de César fue
ajusticiado.
La triste verdad es que Antonio no tenía nada que ofrecer. Cleopatra tenía más
margen para negociar; su tesoro era el más grande de cuantos existían fuera del
control de Roma. Octaviano no podía triunfar sin aquella afamada colección de
oro, perlas y marfil que desde hacía tiempo era la gran motivación de sus
hombres. En cuanto a los de Cleopatra, el tesoro era lo único que evitaba un
amotinamiento.[619] Tan
solos estaban Antonio y Cleopatra —tan frecuentes se habían hecho las
deserciones— que no les quedaban emisarios a quienes confiar sus mensajes. La
única alternativa era enviar como legado a uno de los tutores de los niños.
Antonio envió su tercera oferta por medio de Antilo, de quince años, que viajó
con una enorme cantidad de oro. Octaviano se quedó el oro y mandó al muchacho
de vuelta. No sabemos a ciencia cierta hasta qué punto eran sinceras esas
ofertas; Dión sugiere que, en realidad, Antonio y Cleopatra intentaban ganar
tiempo para tramar su venganza. Sea como sea, sus ofertas no fueron menos
francas que las respuestas. Octaviano no podía ser tan ingenuo como para
esperar que Cleopatra asesinase a Antonio. El hermano de la reina se había
hecho un flaco favor a sí mismo al liquidar al desesperado y vencido Pompeyo
diecisiete años antes. Tampoco había garantías de que Octaviano fuera a cumplir
su parte del trato. ¿Cuáles eran las probabilidades de que otorgase su perdón a
una mujer a la que había declarado la guerra con tanta grandilocuencia?
Cleopatra podría haber accedido a distanciarse de Antonio, pero no tenía
motivos para ir más allá. Podía oler una emboscada a kilómetros. Si Octaviano
quería deshacerse de su ex cuñado, tendría que hacerlo él mismo.
Junto con el último mensajero de Cleopatra, Octaviano envió a Alejandría un
emisario propio particularmente astuto. (Es sabido, aunque a menudo se olvida,
que mediante este arreglo Octaviano buscaba engañar a Cleopatra). Tirso era
guapo, persuasivo y poseía cualidades más que suficientes para negociar con
«una mujer de altivo carácter y extraordinariamente orgullosa de su belleza»,
como dice Plutarco, [620] o
«convencida de que todo el mundo debía amarla», como prefiere Dión.[621] Este
último describe a una Cleopatra tan vanidosa que se engaña a sí misma, una
mujer tan pagada de sus propios encantos que permite que un emisario la
convenza de que Octaviano, un joven general que jamás ha puesto los ojos en la
reina, se ha encaprichado de ella. Le creyó porque ella misma deseaba creérselo
y porque en el pasado ése era el efecto que había causado en los comandantes
romanos. Cleopatra pasaba mucho tiempo encerrada con el sagaz Tirso, al cual
colmó con toda clase de honores. Tenía motivos para buscar su favor, y ambos
pasaban largas horas departiendo a solas. Nada sabemos de las reacciones de
Tirso, pero sí de las de Antonio, que loco de celos mandó aprehender a Tirso,
fustigarlo y devolverlo a Octaviano con una carta. El hombre de Octaviano lo
había provocado en un momento en que ya estaba especialmente irritable.
Bastantes preocupaciones tenía ya. Si Octaviano desaprobaba lo que le había
hecho a Tirso, podía desquitarse fácilmente con un hombre de Marco Antonio que
se encontraba en Asia con Octaviano. (Había desertado poco antes). Octaviano no
tenía más que «colgarlo y cubrirlo de latigazos para que estuvieran en paz».[622]
También Cleopatra tenía ya bastantes preocupaciones, pero su mayor deseo era
contentar a Antonio. No es fácil saber cómo veía éste la relación en esos
momentos, lo que convierte en tanto más apreciable la abnegación de Cleopatra.
Ella lo apaciguaba dedicándole todas las atenciones imaginables. A finales de
ese año, la reina celebró con discreción su trigésimo octavo cumpleaños, «en
consonancia a las circunstancias presentes», pero no reparó en gastos cuando
llegó el de Antonio en enero. Él seguía visualizando un futuro en el que se le
permitiera vivir alejado de los asuntos públicos, ya fuera en Atenas o en
Alejandría, perspectiva poco realista dadas las circunstancias. Cleopatra hizo
cuanto estuvo en su mano para que Antonio pasara su cuadragésimo tercer
cumpleaños rodeado de esplendor y toda clase de lujos y en compañía de amigos
que no tuvieran motivos para poner en duda su lealtad, ya que «muchos de los
que fueron invitados a cenar llegaron pobres y se fueron ricos».[623]
En todo lo demás, se percibía un ambiente melancólico en los asuntos de
Alejandría. Octaviano continuaba amenazando a Cleopatra en público, mientras
que en privado seguía manteniendo que si asesinaba a Antonio, se ganaría su
perdón. Mensajeros locuaces aparte, la reina no tenía ninguna intención de
aceptar su oferta y siguió experimentando con sus venenos, aunque seguramente
no con cobras, como asegura Plutarco. Buscaba una toxina que anulase los
sentidos de forma sutil e indolora. A la víctima debía darle la impresión de
ceder a un profundo sueño natural. Se trataba, en parte, de cuestiones de saber
general para un soberano helenístico, familiarizado, por lo común, con toxinas
y antídotos, y sabedor de que la picada de la cobra no se ajustaba a esa descripción.
Olimpio, el médico personal de Cleopatra, que estuvo a su lado durante esas
semanas, también debía de estar bien versado en la materia; no por nada, todo
aquel que por entonces deseaba obtener un buen veneno se lo procuraba en
Egipto, de manos de un médico alejandrino. Las cenas y los certámenes de bebida
continuaron celebrándose con la desmesura de siempre, pero bajo un nombre
distinto. Cleopatra y Antonio disolvieron la sociedad de la Vida Inimitable
para fundar otra, igual a la anterior «en lo que se refiere al lujo, al
dispendio y relajo».[624] Con
algo de humor negro, o de amarga desesperación, pusieron al nuevo círculo el
nombre de Compañeros en la Muerte. Los ocupantes de los lujosos triclinios del
palacio hicieron voto de morir junto a sus anfitriones. Cleopatra en persona
supervisó la construcción de un elaborado edificio de dos plantas contiguo al
templo de Isis, probablemente en una parcela de arena dentro del recinto
palaciego, desde el que se dominaba una buena vista del Mediterráneo, destinado
a convertirse en un mausoleo «cuya belleza y grandeza era sublime».[625]
* *
*
El
invierno trajo consigo una suerte de indulto, al hacerse evidente que Octaviano
no emprendería ninguna expedición hasta que el tiempo se templase. Le habían
surgido urgentes contratiempos. Desde Samos regresó a Roma, donde se sucedían
manifestaciones y disturbios de toda especie. Licenciar un ejército era siempre
un asunto delicado, y Octaviano —falto de fondos— tenía entre manos a miles de
veteranos amotinados. Hasta primavera no pudo permitirse un viaje relámpago al
este. La estación navegable no había empezado todavía, y la visita fue tan
fugaz «que Antonio y Cleopatra conocieron a un tiempo la noticia de su partida
y la de su regreso».[626] Su
nuevo amigo lo recibió en Siria; nada más desembarcar Octaviano y sus hombres
en la costa fenicia, Herodes acudió cargado de regalos y provisiones y alojó a
los fatigados viajeros en una residencia acondicionada a tal efecto. Se aseguró
de que no les faltase nada de cuanto pudieran necesitar para la marcha por el
desierto que les esperaba y se despidió de Octaviano como se había despedido de
Cleopatra seis años antes, sólo que en esta ocasión colmó a su visitante de
bendiciones y dinero. Herodes hizo a la causa de Octaviano una aportación
cuatro veces superior a los ingresos de Cleopatra en Jericó. (Su intención
salta a la vista: Herodes pretendía hacer notar a los romanos que su reino «era
demasiado pequeño en relación con lo que les había ofrecido».) [627] Sin
tiempo para visitas turísticas, Octaviano se dirigió a Pelusio, donde él y
Herodes se separaron a principios de verano. El plan era asediar Egipto por dos
puntos a la vez, desde Siria y desde Libia, con la ayuda de las antiguas
legiones de Antonio acuarteladas en el oeste.
En Alejandría, Cleopatra continuó su «extraña y salvaje vida» [628] junto
a Antonio, sin el que no habría sido capaz de reconstruir el Imperio ptolemaico
y por razón del cual se hallaba en ese momento en una tesitura nefasta. Es
posible que a lo largo del invierno se produjera una nueva ronda de
negociaciones bajo mano; aunque sus testimonios difieren de forma sustancial en
otros puntos, tanto Plutarco como Dión afirman que Octaviano llegó a Egipto con
facilidad y sin hallar resistencia en la frontera oriental porque Cleopatra, en
secreto, así lo había dispuesto. Es posible que ambos se basen en una misma
fuente hostil a la reina; la perfidia de Cleopatra fue un tema fecundo sobre el
cual los romanos volvieron una y otra vez durante siglos sin peligro de
agotarlo. Es muy posible que jugara a dos bandas, que se rindiese a lo
inevitable, que negociara confiando hallar indulgencia. Con anterioridad ya
había tenido ocasión de hacer gala de un despiadado pragmatismo. En ese
momento, sus intereses divergían sustancialmente de los de Antonio. Él no podía
aspirar a mucho más que a presentar batalla con dignidad por última vez. Ella,
en cambio, luchaba por una dinastía, cuando no por un país. (Según un autor,
Cleopatra pagó al general de Pelusio para que se rindiera y, a su vez, permitió
que Antonio asesinara a la familia del general en represalia por su cobardía.[629] Como
es natural, las acusaciones de connivencia no impidieron a Octaviano afirmar
más tarde que había conquistado Pelusio por asalto).[630]
Cleopatra se daba cuenta de que no podía competir con Octaviano en el terreno
militar, y por eso es posible que se mostrara aquiescente, cuando no desleal.
De la misma manera que había convencido a los habitantes del Alto Egipto para
que no se levantaran en su defensa (según ella, para que no los masacrasen sin
necesidad, pero lo más seguro es que todavía confiase en el éxito de las
negociaciones), convenció a los alejandrinos de que no opusieran resistencia.
Dión aduce un segundo motivo, infinitamente menos plausible. Según él,
Cleopatra habría creído a Tirso al asegurarle éste que Octaviano se había
prendado de ella. ¿Por qué iba a ser Octaviano distinto a César y Antonio? Dión
está tan obcecado con la vanidad de la reina que se olvida de que también ella
era una política experimentada. Afirma que Cleopatra rinde Pelusio con la
esperanza de «obtener no sólo el perdón y la soberanía sobre Egipto, sino
también el gobierno de Roma».[631] Por
lo común, Cleopatra actuaba siguiendo los dictados de la razón, pero Dión
pretende hacerla pasar por necia. Cleopatra luchaba por su vida, su trono y sus
hijos. Llevaba dos décadas reinando y no se hacía ilusiones. Sabía que
Octaviano estaba profundamente enamorado, pero no de ella, sino de su fortuna.
En el mausoleo se amontonaban gemas, joyas, obras de arte, cofres de oro, togas
reales y provisiones de canela e incienso, cosas que en el resto del mundo eran
un lujo, pero que para ella eran necesarias. Junto a todas esas riquezas, había
también una gran reserva de leña. Si ella desaparecía, el tesoro de Egipto
desaparecería con ella. Octaviano se atormentaba sólo con pensarlo.
A medida que Octaviano avanzaba hacia Alejandría, Antonio sentía crecer en sí
nuevas energías. Tras reunir una modesta fuerza, salió al encuentro de la
vanguardia enemiga en las afueras de la ciudad, varios kilómetros al este de la
puerta Canópica. El ejército de Octaviano estaba exhausto de la marcha; la
caballería de Antonio prevaleció, puso en fuga a los hombres de Octaviano y los
persiguió hasta las puertas del campamento. Antonio regresó a Alejandría veloz
como un rayo para compartir aquella alegre noticia: «Crecido por la victoria,
se presentó en el palacio y besó, aún en armas, a Cleopatra y ensalzó al
soldado que más coraje había mostrado en la lucha».[632] Cleopatra
recompensó el valor de aquel joven sucio de tierra haciéndole entrega de un
peto y un casco dorados. Respetuoso y agradecido, el soldado aceptó ambas cosas
y por la noche se pasó al bando de Octaviano. Impertérrito, Antonio intentó una
vez más sobornar a los hombres de Octaviano, algunos de los cuales, a fin de
cuentas, habían estado antes a sus órdenes. Asimismo, remitió a su ex cuñado
una invitación en la que lo desafiaba a combate singular. Esta vez sí obtuvo
respuesta. Octaviano observó con frialdad que había muchas maneras distintas en
que Antonio podía morir.
Antonio decidió emprender un ataque simultáneo por tierra y mar. La ofensiva
estuvo precedida por una macabra cena celebrada la noche del año 31 de julio.
Octaviano había acampado frente a la puerta oriental de Alejandría, cerca del
hipódromo de la ciudad. Su flota estaba anclada a la entrada del puerto. La
ciudad, por lo común efervescente, se hallaba hundida en una calma
fantasmagórica. Rodeado por sus amigos en palacio, Antonio animó a sus
sirvientes a beber copiosamente. Era su última ocasión de hacerlo, pues tal vez
al día siguiente tendrían un nuevo señor y él, en el mejor de los casos, habría
quedado «reducido a un esqueleto y a la nada».[633] Sus
amigos lloraron al oír sus palabras. Antonio los consoló asegurándoles que no
los enviaría a batallas inútiles. En cuanto a él, sólo aspiraba a una muerte
honorable. El 1 de agosto al alba, salió de la ciudad junto a los restos de su
infantería y los apostó en un lugar desde donde pudieran seguir la contienda
naval. A su alrededor, la ciudad callaba. Inmóvil, Antonio aguardaba en pie en
el plateado aire de la mañana, pensando impaciente en la victoria. Su flota
salió remando al encuentro de la de Octaviano y saludó al enemigo levantando
los remos. Las naves de Octaviano les devolvieron el saludo. Desde tierra,
Antonio contempló cómo ambas flotas entraban a puerto agrupadas en una sola
formación. Apenas se habían alineado las proas cuando la caballería desertó
también. La infantería luchó, pero sin orden ni concierto. Indignado, Antonio
huyó hacia el palacio «mientras insultaba a gritos a Cleopatra, diciendo que le
había traicionado y que le había puesto en manos de aquellos con los que
luchaba por su culpa».[634] La
acusación da fe del estado mental en que se encontraba Antonio, aunque Dión la
toma por lo literal para cargar una vez más contra Cleopatra. Para él es
evidente que la reina había traicionado a Antonio y motivado la deserción de
las naves. Luego, estaba aliada con Octaviano. No es imposible; tal vez
Cleopatra confiara más en sus métodos —al fin y al cabo ella estaba todavía en
posición de negociar, él no— que en los de Antonio. Sea como fuere, las
intenciones de la reina resultan menos problemáticas en este punto que la
personalidad de nuestros dos cronistas. Dión se aferra a la hipótesis de la
traición; Plutarco se pliega al sentimentalismo. Aterrorizada, la ciudad estaba
ya en manos de Octaviano.[635]
Fuera o no verdad que lo había traicionado, Cleopatra no esperó a que Antonio
regresase. Conocía sus arrebatos y no tenía intención de asistir a otro. Sabía
al fin que su amante estaba total, irrevocable e inconsolablemente perdido.
Decidida a evitar a Antonio, corrió hacia el mausoleo seguida de sus doncellas
y otros sirvientes. Cuando estuvieron dentro, bajaron las macizas puertas, a lo
que parece una especie de rastrillo. Una vez cerradas, no habría manera de
volver a abrirlas. Por si acaso, Cleopatra aseguró la entrada con trancas y
cerrojos. Para Dión, la huida al mausoleo fue puro teatro, ya que Octaviano no
habría dejado de enviarle mensajes tranquilizadores. El autor da por cierto que
Cleopatra accedió a sacrificar a su amante en pago por Egipto y que su reacción
no tenía otro fin que propiciar el suicidio de Antonio. El romano se olía la
traición, «mas tan encaprichado estaba de ella que no lo creyó, antes bien
sintió por ella más piedad que por sí mismo».[636] Motivos
para sentir piedad no le faltaban. Dión admite que Cleopatra hizo una última
concesión a los afectos de Antonio —podía ser hipócrita, pero no insensible—,
aunque una vez más tergiversa los motivos. Si Antonio la creía muerta,
seguramente no querría seguir viviendo. Atrincherada en su mausoleo, Cleopatra
envió un mensajero para que informara a Antonio de su muerte.
¿Fue un engaño deliberado? Se la acusa de tantas traiciones que se hace difícil
saber qué pensar sobre ésta, quizá la más humana y la menos sorprendente de
todas. A fin de cuentas, eran compañeros en la muerte, y Antonio ya había
ofrecido su vida una vez a cambio de salvarla. Octaviano podía prescindir
perfectamente de su ex cuñado, que a esas alturas suponía también un lastre
para Cleopatra. Alguien debía poner fin a su infortunio, algo que por tradición
los generales romanos vencidos hacían por mano propia. Es posible que el
mensaje se deformase durante su transmisión, aun antes de ser manipulado por
los historiadores. Sea como fuese, Antonio no perdió tiempo; faltándole
Cleopatra, no tenía razón para vivir, y en cualquier caso tampoco podía
permitir que una mujer lo dejara en evidencia. Recibió la noticia en sus
aposentos, junto a sus sirvientes. Al momento, cuenta Plutarco, se desabrochó
la coraza y gritó: « ¡Cleopatra! ¡Ah! No me duelo de tu pérdida, pues enseguida
yo me reuniré contigo, sino sólo porque un general como yo se muestre inferior
a una mujer en coraje».[637] Previamente
había designado a su criado Eros para que lo asesinase en caso de necesidad. El
momento había llegado. Eros desenvainó la espada y —dando la espalda a su amo—
se dio muerte. Cayó a los pies de Antonio. Antonio no pudo por menos de aplaudir
su valor y su ejemplo. Blandiendo su propia espada —la hoja debía de medir unos
setenta y cinco centímetros, con una larga punta de acero—, se la hundió entre
las costillas. Aunque se atravesó el abdomen, no acertó el corazón. Sangrando y
casi desmayado, se desplomó en un triclinio, pero, como había errado el golpe,
no tardó en recuperar el conocimiento. En cierto modo, era típico de Antonio
dejar la faena a medias. Imploró a quienes se hallaban con él que le dieran el
golpe de gracia, pero de nuevo, y por última vez, vio que lo habían dejado
solo. Su séquito había abandonado la estancia.
En ese momento se oyó un grito que atrajo a Cleopatra al piso superior del
mausoleo. Se asomó a las ventanas del segundo piso o por encima del techo
inacabado (sus hombres edificaban rápido, pero no tanto). Su aparición causó
una gran conmoción — ¡conque en verdad no estaba muerta!—, aunque, si Dión está
en lo cierto, el más sorprendido debió de ser Antonio. Una vez más, las
versiones de Plutarco y Dión son incompatibles. No queda claro si Antonio
averigua primero que Cleopatra está viva o si, por el contrario, es Cleopatra
la que descubre en primer lugar que Antonio está agonizando. O bien Antonio
ordena a sus sirvientes que lo lleven al mausoleo (Dión), o bien Cleopatra envía
a sus criados para que hagan lo propio (Plutarco). Para entonces, Antonio ya
había perdido mucha sangre. El secretario de Cleopatra lo encontró en el suelo,
retorciéndose entre gritos.
Los sirvientes de Antonio se lo llevaron a fuerza de brazos al mausoleo,
agonizando y medio desangrado. Desde las ventanas de la parte superior,
Cleopatra arrojó unas cuerdas que habían servido para subir los bloques de
piedra hasta lo alto de la estructura. Los sirvientes las amarraron al cuerpo
inánime. La propia Cleopatra izó a su amante con la ayuda de Iras y Carmiana,
familiarizadas con Antonio desde hacía tiempo. Resulta imposible mejorar la
descripción que hace Plutarco de aquella patética escena; ni el mismo
Shakespeare logra superarlo: «Los testigos presenciales dicen que no hubo
ningún espectáculo más lamentable que éste: Antonio encharcado en sangre y en
los estertores de la muerte tendiendo sus manos hacia ella ansioso, mientras
iba siendo izado. No era precisamente una labor fácil tratándose de una mujer.
Cleopatra, asiendo la cuerda con las dos manos, apenas podía subirlo
fatigosamente, mostrando con su cara contraída el esfuerzo, mientras que los de
abajo la animaban y compartían su angustia». En cuanto hubo izado a Antonio y
lo hubo tendido en un triclinio, Cleopatra empezó a desagarrarse las ropas.
Sólo tenemos constancia de dos momentos en que pierde su formidable
autocontrol, y éste es uno. La reina se entrega a la emotividad más descarnada;
«fue poco lo que le faltó para que olvidara sus desgracias por las de aquél».
Ambos habían pasado juntos la mayor parte del último decenio; Cleopatra limpió
la sangre de su cuerpo y se embadurnó la cara con ella. Se golpeó y se arañó
los pechos. Llamó a Antonio señor, comandante y marido; siempre supo cómo
hablarle a un hombre. Antonio silenció sus gritos y pidió una copa de vino, «ya
fuera porque estaba sediento, ya fuera porque pensase que así moriría más
rápido».[638] Cuando
se la hubieron servido, instó a Cleopatra a salvarse y colaborar con Octaviano
hasta donde se lo permitiese el honor, consejo que sugiere que Antonio podía
albergar dudas en cuanto a las intenciones de la egipcia. De los hombres de
Octaviano, le recomendó que se encomendase en especial a Gayo Proculeyo, [639] que
en el pasado también había sido amigo de Antonio. Le dijo que no debía apenarse
por su destino, sino alegrarse por la felicidad y los honores de que había sido
merecedor. Había sido el más ilustre y poderoso de los hombres y había hallado
una muerte noble: vencido sólo a manos de un compatriota romano. Fuera,
murmuraban las olas. Antonio falleció en brazos de Cleopatra.
* *
*
Mientras
Antonio recorría entre agonías la distancia que lo separaba del mausoleo, uno
de sus guardaespaldas salió corriendo —con la espada de Antonio oculta bajo la
capa— hacia el campamento de Octaviano, en las afueras de la ciudad. Ahí le
mostró la pesada hoja, manchada aún de sangre, y le refirió el torpe suicidio.
Octaviano se retiró de inmediato a su tienda para derramar las mismas lágrimas
de cocodrilo que César había vertido por Pompeyo, «su pariente, su colega en el
poder, su compañero en tantas empresas». Debió de exhalar un buen suspiro;
deshacerse de Antonio no había sido tan fácil. Mientras Antonio yacía moribundo
en brazos de Cleopatra, Octaviano, en una pequeña ceremonia auto justificativa,
sacó las cartas que él y su ex cuñado se habían intercambiado a lo largo de los
últimos años y las leyó en voz alta ante los amigos que con él se hallaban
reunidos. ¿No era inconcebible «cuán insolente y con qué ruindad le había
respondido por escrito a sus razonables y justas demandas»? [640] (Más
tarde se encargó de quemar la parte de correspondencia enviada por
Antonio.) [641] Terminada
aquella histriónica lectura, Proculeyo se ausentó. A los pocos minutos de la
muerte de Antonio, se encontraba ya frente a la puerta de Cleopatra.
Antonio se mostró confiado hasta el final. Proculeyo tenía una doble misión.
Debía hacer cuanto estuviera en su mano para que Cleopatra saliera del mausoleo
y asegurarse de que el tesoro que con tanta urgencia necesitaba Octaviano para
saldar sus asuntos no había desaparecido engullido por las llamas. La estancia
con Herodes le había servido a Octaviano para ir abriendo boca; no podía
permitirse sacrificar el fabuloso tesoro de Egipto, objeto de tantos sueños y
alabanzas desde tiempos de Homero, en la pira funeraria. Las deudas eran el
único escollo que se interponía en su camino. También necesitaba con vida a la
reina de Egipto, pues consideraba que «engrandecería su triunfo notablemente».[642] Dión
dedica casi toda su atención a los fingimientos y las artimañas de Cleopatra a
lo largo de los días siguientes, pero no pierde de vista que está escribiendo
acerca de dos personajes escurridizos y ampliamente experimentados en las artes
de la simulación. Octaviano quería aprehenderla con vida, admite Dión, «pero no
deseaba dar la impresión de haberla engañado él en persona».[643] El
afable Proculeyo sería el encargado de dar esperanzas a la reina y alejar su
mano del fuego.
Pese a las recomendaciones de Antonio, Cleopatra se negó a permitir que
Proculeyo entrase en el mausoleo. Si quería hablar con ella, tendría que
hacerlo a través de la puerta atrancada. Octaviano le había hecho promesas.
Ella quería garantías. De lo contrario, amenazaba con incendiar el tesoro.
Requirió una y otra vez que sus hijos —tres de los cuales se hallaban bajo
respetuosa custodia con sus sirvientes— pudieran heredar el reino. Una y otra
vez Proculeyo rehuyó sus demandas y le aseguró que no tenía nada que temer.
Podía confiar plenamente en Octaviano. Ella no las tenía todas consigo y había
tomado precauciones. Ceñida a la cadera llevaba una daga, acaso no por primera
vez, y había enviado a Cesarión Nilo arriba. Sabía que no podía interceder por
su hijo mayor. Con su preceptor, Rodón, y una pequeña fortuna, debía viajar por
tierra hasta la costa y zarpar para la India, de donde provenían el marfil, los
tintes, las especies y las conchas de tortuga de los Ptolomeos. Proculeyo no
avanzó en sus gestiones pero puso bajo vigilancia el mausoleo, adonde volvió
acompañado por Gayo Cornelio Galo —que había entrado en Egipto por el oeste al
frente de las legiones de Antonio— para una segunda entrevista. Galo ostentaba
un rango superior a Proculeyo. Intelectual y poeta, era hombre hábil con las
palabras y uno de los primeros cultivadores de la elegía amorosa. (Resulta
irónico que dedicara sus obras a la actriz que había sido amante de Antonio).
Una vez más, se hallaba ante una de las mujeres de Antonio. Confiaba con poder
negociar una rendición. Galo se reunió con Cleopatra a las puertas del mausoleo
y mantuvieron una larga conversación, que no debió de diferir mucho de la que
había tenido antes con Proculeyo. La reina se mantuvo enrocada.
Entretanto, Proculeyo arrimó una escalera a uno de los lados del edificio y
subió hasta la ventana del piso superior, a través de la cual había sido
introducido Antonio. Con él iban dos sirvientes. Una vez dentro, los tres
descendieron hasta la planta baja, donde vieron a Cleopatra ante la puerta del
mausoleo. Carmiana, o Iras, reparó en la presencia de los intrusos y gritó: «
¡Ay, desdichada Cleopatra, que te cogen viva!». Al ver a los romanos, Cleopatra
echó mano a la daga para apuñalarse, pero Proculeyo se le anticipó. Lanzándose
sobre ella, sujetó a la reina con ambos brazos. Le arrebató el puñal y registró
en los pliegues de su ropa en busca de veneno mientras con voz afable intentaba
tranquilizarla, tal y como se le había ordenado. Le dijo que no debía actuar de
forma irreflexiva, porque se hacía un flaco favor a sí misma y perjudicaba a
Octaviano. ¿Por qué se empeñaba en no darle ocasión de demostrar su generosidad
y su honradez? Después de todo, él era —Cleopatra había oído ya antes esa
afirmación, de labios de un mensajero que había desertado, referida a un hombre
cuyo cuerpo inerte yacía en el piso de arriba en un charco de sangre— «el más
benevolente de los generales».
Octaviano dejó con Cleopatra a un liberto llamado Epafrodito. Sus instrucciones
eran claras: que la reina de Egipto «estuviera estrechamente vigilada y con
vida; pero que, por lo demás, dispusiera de todo para que fuera más fácil y
agradable».[644] Todos
aquellos instrumentos con los que pudiera intentar quitarse la vida fueron
confiscados. Es de suponer que el tesoro fuera incautado también entonces. A
Cleopatra se le proporcionó, no obstante, todo lo que solicitó —incienso y
aceites de cedro y cardamomo— para preparar los funerales de Antonio. Se pasó
dos días purificando el cuerpo, cortesía que Octaviano, sin duda, le concedió
de buen grado. Ciñéndose a las leyes no escritas de la guerra y permitiendo, al
mismo tiempo, sepultar a Antonio de la escandalosa manera que él mismo había
dispuesto, podía ganar puntos. Octaviano no privó a Cleopatra ni de su séquito
ni de sus asistentas «a fin de reforzar más que nunca sus esperanzas y evitar
que pudiera lastimarse por su propia mano».[645] Sus
tres hijos recibieron un trato compasivo y acorde a su rango destinado a
suscitar la gratitud de la reina. Los hombres de Octaviano localizaron a
Antilo, a quien su preceptor, tentado por la valiosa gema que el muchacho
llevaba bajo la toga, había traicionado. El hijo de Antonio buscó refugio en un
santuario, probablemente dentro del perímetro de las gruesas murallas del
Cesáreo.[646]Rogó por su
vida, pero los hombres de Octaviano lo sacaron a rastras y lo decapitaron. Su
preceptor no dudó en arrebatarle la gema al cadáver, por lo cual más tarde
sería crucificado.
Cleopatra solicitó y obtuvo permiso para enterrar a Antonio ella misma.
Acompañada por Iras y Carmiana, lo sepultó «lujosamente y de una manera regia».
Las mujeres del siglo I exteriorizaban la pena profiriendo gritos rituales y a
base de golpearse y lacerarse la piel, y Cleopatra no fue una excepción: dio
tan extremadas muestras de dolor que al término del funeral, celebrado
seguramente el 3 de agosto, le quedó el pecho inflamado y lleno de úlceras.[647] De
resultas de ello, padeció una infección y fiebre. Nada más oportuno, pensó: si
se negaba a comer, podría procurarse una muerte serena y libre de intromisiones
por parte de los romanos. Para ello confiaba en Olimpio, quien la aconsejó y
prometió asistirla. La maniobra, sin embargo, no era muy sutil, y Octaviano, al
enterarse de la delicadeza de su estado, jugó una baza tan poderosa como el
tesoro de Cleopatra: «La amenazó y le inspiró temor con respecto a sus
hijos»; [648] otra
manera de hacer la guerra, según reconoce Plutarco, y de lo más efectiva.
Cleopatra aceptó comida y tratamiento.
A esas alturas Octaviano, había dado ya pruebas de su buena voluntad, lo que
quizá en parte tranquilizase a Cleopatra. Convocó una asamblea pública; hacia
última hora de la tarde del 1 de agosto, el día de la muerte de Antonio, entró
en la ciudad con un rollo bajo el brazo. Siempre llevaba escritos sus discursos
en latín; más tarde, ése sería traducido al griego. Octaviano subió a una tarima
construida expresamente en el gimnasio donde Antonio y Cleopatra habían
coronado a sus hijos. Aterrorizados, los habitantes de Alejandría se
prosternaron a sus pies. Octaviano les pidió que se alzaran. No pretendía
hacerles daño. Había decidido indultar a la ciudad por tres motivos: en honor a
Alejandro Magno; por la gran admiración de Octaviano hacia su ciudad, «con
mucho la más rica y grande de todas», [649] y
como muestra de gratitud hacia Areyo, el filósofo griego que se hallaba a su
lado. Aunque el verdadero motivo, admite Dión, era que no osaba «infligir un
castigo severo sobre tan numerosa masa de gente que en muchos sentidos podía
resultar útil al propósito de los romanos».[650]
Cleopatra se daba cuenta de que los acontecimientos se sucedían a una velocidad
vertiginosa, por lo que solicitó una entrevista urgente con Octaviano,
concedida el 8 de agosto. El esquema general de la reunión es parecido en
Plutarco y Dión, que, sin embargo, discrepan de manera flagrante en cuanto a la
puesta en escena. Plutarco escribe para Puccini; Dión, para Wagner. Es probable
que en ambas versiones haya más arte que verdad, pero en cualquier caso debió
de tratarse de una actuación magnífica. (En vivo contraste, además, con la
entrevista con Herodes). Plutarco levanta el telón y nos muestra a una
Cleopatra desaliñada y frágil tendida sobre un sencillo colchón y vestida nada
más que con una túnica, sin capa de ningún tipo. Octaviano pretende darle una sorpresa.
Al ver a su interlocutor, ella da un brinco y cae frente a él. Las desgracias
de la última semana se han cobrado su precio: «Se arrojó a sus pies,
mostrándole su terriblemente ajado rostro y sus cabellos revueltos y hablándole
con voz trémula y la mirada perdida; y aún eran muchas las laceraciones que
poblaban su pecho y daba la impresión de que su cuerpo no estaba mejor que su
ánimo».[651] Dión
prefiere una Cleopatra histriónica con todo su esplendor regio. La reina ha
preparado para su visitante una lujosa estancia y un triclinio ornamentado. Va
perfectamente acicalada y luce un precioso vestido de luto «que parecía incluso
favorecerla».[652] En
cuanto Octaviano hace su entrada, ella se levanta da un salto cual si fuera una
niña para encontrarse cara a cara con su enemigo, seguramente por vez primera.
Octaviano era un hombre de gran atractivo, o así opinaban sus panegiristas; las
mujeres lo encontraban cautivador y «agradable a la vista», como diría más
tarde Nicolás de Damasco.[653] Cleopatra
debió de sentir cierto alivio. «Estar tanto tiempo lleno de temor es peor mal
que aquel mismo que uno teme», observaba Cicerón.[654] Después
de todo, el que estaba frente a Cleopatra no era más que un hombre de un metro
setenta y tres de alto, de cabello rubio alborotado, semblante benigno, más
familiarizado con el griego que con el latín, seis años menor que ella,
cetrino, tenso e incómodo.
Uno de los dos falsea las fuentes, y cuesta creer que no sea Dión. Su relato
tiene tintes tan cinematográficos que resulta sospechoso; su grandilocuencia es
excesiva incluso tratándose de una reina helenística. Por otra parte, si
Cleopatra no hubiera tenido ciertas aptitudes teatrales, nunca habría llegado
tan lejos. A su lado, en un triclinio, tiene dispuestos varios bustos y
retratos de César. Junto al pecho, guarda sus afectuosas cartas. Saluda a
Octaviano como su señor, pero al mismo tiempo desea que tenga en cuenta su
dignidad pasada. Octaviano sabe en cuán alta estima la tenía el divino César,
padre de él, amante de ella. La reina procede a leer partes de su
correspondencia, escogiendo los pasajes más ardientes; Octaviano no era el
único en extractar documentos a conveniencia. Se muestra tímida, dulce, sutil.
Al fin y al cabo, ¡son familia! Sin duda Octaviano ha oído hablar de los muchos
honores que César le tributó en su momento. Cleopatra es amiga y aliada de
Roma; ¡el mismo César la coronó! A lo largo de su actuación, la reina «se dolía
y besaba las cartas, y una vez y otra se arrojaba ante las imágenes para
reverenciarlas». Al hacerlo, levanta los ojos hacia Octaviano y le lanza
miradas enternecedoras en un hábil intento de convertir a un César en el otro.
Se muestra seductora, elocuente, audaz aunque nada de ello sirve ante la
rectitud romana de Octaviano, que es seguramente el punto que le interesa
destacar a Dión. Octaviano no deja traslucir el más leve atisbo de emoción. Es
inmune a las miradas tiernas. Se jacta de la ardiente intensidad de sus ojos,
pero en ocasiones rehúye el contacto visual y se queda mirando el suelo.
Evitará comprometerse a nada. No hablará —era lacónico hasta la torpeza, y,
dadas las circunstancias, es de creer que no quisiera apartarse del guión que
tenía preparado— ni de amor ni del futuro de Egipto ni de los hijos de
Cleopatra. Dión subraya el desapasionamiento de Octaviano, pero en la
entrevista se echa en falta algo más: Cleopatra no reivindica mérito alguno por
la caída de Pelusio, ni por la rendición de la flota de Antonio, ni por haber
inducido a Antonio al suicidio, acaso porque no había nada que reivindicar. Si
hubiera tenido que reclamar su parte de un trato previo, lo más seguro es que
lo hubiera hecho en ese momento. Al final, rompe a llorar y se arroja a los
pies de Octaviano. Entre gemidos, dice que no tiene deseos de vivir. No le
quedan fuerzas. ¿Podría Octaviano, en atención a su padre, concederle un único
favor? ¿Le concedería morir con Antonio? «Concédeme recibir sepultura con él
—suplica—, pues por él muero; podremos, así, vivir también juntos en el Hades».[655] Tampoco
en esa ocasión consiguió suscitar en Octaviano piedad o un leve asomo de
promesa. Él se limitó a exhortarla para que levantase su ánimo y para ello no
dudó en alimentar sus esperanzas. La quería viva. Sería la guinda ideal para su
triunfo. Cleopatra presenta mayor desaliño desde el punto de vista físico y
mayor dignidad desde el punto de vista intelectual en la versión de Plutarco,
no necesariamente más fidedigna por el hecho de derivar del médico de
Cleopatra; a esas alturas ya no hay testimonios, sólo propagandistas. Octaviano
le pide con amabilidad que vuelva a su camastro. Él toma asiento a su lado.
Cleopatra despliega una retahíla de excusas semejantes a las aducidas en Tarso,
atribuyendo sus actos «a la necesidad y al miedo que le inspiraba Antonio».[656]Cuando
Octaviano rechaza sus argumentos uno a uno, ella cambia de táctica y se
encomienda a la piedad y la súplica. Al final, ruega por su vida. Lo que en
Dión es mera desesperación se convierte en Plutarco en una mezcla de desaliento
y magnificencia. No se habla de ningún intento de seducción, que parece un
añadido tardío, de cuando todos los cronistas pintaban a Cleopatra arrojándose
a los pies de todo el mundo. Todo lo que no suplicó en vida lo suplica en la
literatura.[657] Si
descartamos las invenciones más flagrantes y las distorsiones interesadas, Dión
y Plutarco coinciden en lo sustancial. Por penoso que fuera su estado,
Cleopatra conservaba su encanto: «El atractivo y la fascinación que causaba su
belleza al contemplarla no se habían desvanecido del todo», a pesar del trance
en que se encontraba; es más: «Brillaba desde su interior y salía a relucir
desde los gestos de su cara».[658] Sigue
siendo una mujer hábil e inteligente, capaz de modular sus argumentos con
«cadencia musical» y «tono enternecedor», según exija la situación.[659] Aun
medio muerta de hambre y parcialmente incapacitada, no pierde su natural
batallador. En ambas versiones consigue poner a Octaviano de mil colores.
Viendo que sus ruegos no lo conmovían, Cleopatra decidió echar mano de su
comodín. Tenía compilado un inventario de sus tesoros, del cual hizo entrega a
Octaviano a modo de rendición. Mientras Octaviano examinaba el listado, uno de
los sirvientes de Cleopatra dio un paso al frente; la situación parecía sacar
lo peor de cada uno. Seleuco señaló que Cleopatra había omitido varios
artículos de gran valor y ante Octaviano acusó a su reina de esconder y robar
algunas cosas. Al oír esas palabras, Cleopatra se levantó de su camastro,
«cogió al otro del cabello y le propinó muchos golpes en la cara». Incapaz de
reprimir una sonrisa, Octaviano se levantó para retenerla. La respuesta de ésta
es una auténtica muestra astucia y sutileza a la altura de la mejor Cleopatra:
« ¿No te parece terrible, César, que, cuando tú te has dignado a acudir a mí
para hablarme, a pesar de mi estado, mis esclavos me acusen de que me he
olvidado de algunos de mis efectos personales de mujer? Esto no para mí de
ninguna manera, desgraciada, sino para hacer un pequeño presente a Octavia y a
tu esposa Livia, y, por intercesión suya, hacer que seas más compasivo
conmigo».[660] La
Cleopatra de Dión también intenta conciliarse con la hermana y la esposa de
Octaviano, aunque sin recurrir a métodos de ópera bufa. Apelando a la
solidaridad femenina, Cleopatra promete apartar para Livia unas cuantas joyas
especialmente vistosas. La reina confía mucho en ella. En ambos casos, la
entrevista entre ambos no es más que fingimiento y farsa, un inventario de
reclamaciones espurias y de emociones artificiales. Discrepancias menores a un
lado, ambos testimonios logran retratar un intercambio de envites y pamemas.
Octaviano sólo desea pasear a Cleopatra por las calles de Roma en calidad de
prisionera, pero lo disimula. Cleopatra lo sospecha, pero ante él pretende
armarse de valor para seguir viviendo. En realidad no tiene la menor intención
de regresar encadenada a una ciudad donde tiempo atrás había sido la invitada
de honor de César. Para ella, una humillación como ésa habría sido «peor que
mil muertes».[661] Sabía
muy bien lo que Roma significaba para los soberanos cautivos. Los que
sobrevivían no volvían a salir de las mazmorras romanas. Más de un monarca
helenístico —tras perder el juicio— se había suicidado en ellas. Complacido con
la deferencia mostrada hacia Livia, Octaviano tranquilizó a Cleopatra
diciéndole que «confiara en recibir un tratamiento espléndido». Dicho esto, se
marchó satisfecho, «creyendo haberla engañado, cuando precisamente más engañado
había sido él por ella».[662]
* *
*
Cleopatra
logró una última conquista, pero no con Octaviano. Entre los hombres de éste se
hallaba un joven aristócrata llamado Cornelio Dolabela. Plutarco nos informa de
que Dolabela «se portaba de una manera amable» con Cleopatra, por quien
probablemente sentía compasión. Ella le había pedido que la mantuviera al
corriente de todo cuanto sucediera y Dolabela había accedido. El 9 de agosto
solicitó hablar con ella en privado. Octaviano se disponía a partir de allí a
tres días. Estaba previsto que Cleopatra y sus hijos fueran con él. Al
instante, Cleopatra envió un mensajero a Octaviano. ¿Le otorgaría permiso para
hacer ofrendas a Antonio? La solicitud fue concedida. A la mañana siguiente, la
reina, acompañada de Iras y Carmiana, se llegó en litera hasta la tumba de
Antonio. Una vez allí, cuenta Plutarco que pronunció un discurso desgarrador,
un ejercicio de retórica más propio de la tragedia griega que de la historia
helenística, pero a estas alturas nuestro autor hace diez capítulos que ha
dejado de ocuparse de Antonio, su protagonista aparente, llevado por su
entusiasmo por la reina, en principio una secundaria. Tras dejarse caer y
rodear el túmulo con sus brazos, la Cleopatra de Plutarco explica a su amante
fallecido que se ha convertido en una prisionera. Con los ojos bañados en
lágrimas, dice ser «una cautiva vigilada, sin que me pueda, ni con golpes ni
con lamentos, maltratar este cuerpo esclavo, custodiado para engrandecer los
triunfos que se celebrarán sobre tu cadáver». En vida nada ha podido separarlos,
pero ahora la muerte amenaza con conseguirlo. Antonio ha exhalado su último
suspiro en el país de la reina, y ella, «desgraciada», habrá de morir en el de
él. Los dioses celestiales los han abandonado, pero le ruega a Antonio que si
los dioses del inframundo poseen poder alguno, se encomiende a ellos. ¿Podrán
impedir que Octaviano la obligue a marchar frente a él en una procesión
victoriosa? Ruega a los dioses que la escondan y la entierren junto a Antonio
«pues de cuantos males se han abatido sobre mí no hay ninguno tan terrible y
grande como este breve tiempo que lejos de ti vivo».[663] Una
escena parca en venganzas y pródiga en afectos; la Cleopatra de Plutarco
moriría antes por amor que por animadversión. Tras coronar y besar el túmulo,
envuelto en una nube de mirra, la reina informa a Antonio de que ésas son las
últimas libaciones que será capaz de ofrecerle.
De vuelta al mausoleo esa misma tarde, ordenó que le preparasen el baño.
Después de bañarse, se sentó a la mesa, donde se hizo servir un suntuoso
banquete. Hacia el final del día, se presentó a su puerta un sirviente con una
cesta de higos recién recogidos. Los guardias examinaron con atención el
contenido. Los higos de Egipto eran famosos por su dulzura, y los romanos se
maravillaban de su sabor suculento. Sonriendo, el recién llegado regaló unos
cuantos a los guardias, tras lo cual lo dejaron pasar al interior del
monumento. Poco después, Cleopatra estampaba su sello en una carta que había
preparado y mandaba llamar a Epafrodito: ¿podría tomarse un descanso en sus
labores de vigilancia para llevarle un recado a Octaviano? Se trataba de un
asunto de poca importancia, no había de qué preocuparse. En cuanto Epafrodito
se hubo marchado, Cleopatra mandó retirarse a su séquito, a excepción de Iras y
Carmiana. Las tres mujeres cerraron las puertas del mausoleo tras de sí, aunque
seguramente las trancas y los cerrojos habían sido retirados en el momento de
trasladar el tesoro. Si no lo habían hecho todavía, las doncellas de Cleopatra
ayudaron entonces a la reina a ponerse el traje ceremonial y los adornos
propios de su cargo, el cayado y el mayal de faraón, y ciñeron su frente con la
diadema, cuyas cintas pendían junto a su cuello.
Octaviano abrió la misiva —no podía encontrarse muy lejos, seguramente en el
palacio—, donde Cleopatra le solicitaba con fervor que la sepultase al lado de
Antonio. Al instante adivinó lo que había pasado. Estaba atónito. Salió a toda
prisa, pero de pronto cambió de idea —su desconcierto era demasiado grande— y
envió a unos mensajeros a echar un vistazo en su lugar. Corrieron hacia el
mausoleo, donde los centinelas de Octaviano montaban guardia impertérritos e
ignorantes de lo ocurrido. Unos y otros franquearon las puertas, pero era
demasiado tarde. «Debió de ser rápido el fin de Cleopatra», presume Plutarco.[664] La
reina yacía en un lecho dorado, probablemente una cama de estilo egipcio con
patas en forma de garras de león. Adornada de forma solemne y meticulosa,
transmitía «toda su elegancia» [665] y
sostenía entre las manos el cayado y el mayal. Estaba muerta, e Iras, a sus
pies, agonizaba. Carmiana, incapaz apenas de tenerse en pie, intentaba con
manos torpes retocar la diadema que ceñía la frente de Cleopatra. Furioso, uno
de los hombres de Octaviano exclamó: « ¿Te parece esto bonito?». A ésta le
quedaban apenas fuerzas para una última réplica y, con una acritud que habría
enorgullecido a su señora, acertó a decir: « ¡Pues claro que me parece bien y
propio de quien es la última descendiente de una dinastía de prestigiosos
reyes!».[666] Acto
seguido, cayó derrumbada al lado de su reina.
La sentencia de Carmiana era un epitafio indiscutible. (E inmejorable:
Shakespeare lo reprodujo verbatim). «La virtud en los que son
desgraciados encierra una gran porción de respeto incluso entre los enemigos»,
señala Plutarco, [667] y en
efecto, en el campamento de Octaviano todo era admiración y piedad. Cleopatra
había demostrado una valentía fuera de lo común. Lo que no estaba claro era
cómo había logrado esa última hazaña. Octaviano tenía la impresión —o quiso dar
la impresión— de que se había servido de un áspid. Al llegar a la escena
después que sus mensajeros, intentó reanimar a Cleopatra. Llamó a los psilos,
unos libios de quienes se creía que gozaban de una mágica inmunidad a las
serpientes venenosas. Se decía que por el gusto eran capaces de determinar a
qué tipo de serpiente correspondía una picada, y que, succionando la herida y
recitando ciertos conjuros, podían devolver a la vida un cuerpo inerte.[668] Los
psilos que atendieron a Cleopatra no obraron milagro alguno y la reina de
Egipto no resucitó. No era de extrañar. Ni Dión ni Plutarco dan mucho crédito a
la teoría del áspid —que sin duda no se deslizó en la historia hasta más tarde—
oculto en la cesta de higos. Aun Estrabón, que llega a Egipto poco después de
ocurrida la muerte, se muestra escéptico.[669]
Son varias las razones que ponen en duda que Cleopatra emplease un áspid, o
cobra egipcia, para sus propósitos. Resulta dudoso que una mujer famosa por lo
categórico de sus decisiones y lo minucioso de sus planes confiara su destino a
un animal salvaje, sobre todo teniendo a su disposición multitud de
alternativas más rápidas e indoloras. Por lo demás, sería mucha casualidad que
la causa de su muerte fuera el emblema real de Egipto; más que práctico, la
serpiente tenía un valor simbólico. Ni aun la más fiable de las cobras podría
matar a tres mujeres de forma sucesiva, y el áspid es una serpiente conocida
por su pereza. El silbido de la cobra egipcia, así como su metro ochenta de
longitud, impiden que se la pueda esconder en una cesta de higos, al menos no
por mucho tiempo. Demasiada serpiente para tan poca cesta. El envenenamiento es
una alternativa más plausible, tal y como parece sugerir Plutarco al enumerar
los experimentos de Cleopatra. Lo más probable es que tomara un bebedizo letal
o que se aplicase un ungüento tóxico. Aníbal había recurrido al veneno al verse
acorralado ciento cincuenta años antes; Mitrídates había intentado quitarse la
vida del mismo modo. El tío de Cleopatra, el rey de Chipre, se había asegurado
de llevar veneno encima al saber que Roma lo reclamaba en el año 58. Dando por
hecho que falleciera por la misma causa que Carmiana, y que al morir quedase en
el estado en que fue encontrada, podemos colegir que Cleopatra no sufrió. No
padeció los paroxismos que en última instancia provoca el veneno de la cobra.
La toxina elegida tenía un efecto más narcótico que convulsivo y provocaba una
muerte placentera, rápida y básicamente indolora. «La verdad nadie la sabe»,
declara Plutarco, [670] pero
los siglos venideros no se iban a dar por enterados.
Tras casi doscientos años descartada, la serpiente reaparece en la historia e
hinca los dientes en ella con ahínco. El áspid de Cleopatra es uno de los
momentos estelares de la historia antigua, un instrumento, un comodín y, por
encima de todo, un regalo para los pintores y escultores de todos los siglos.
(Lo mismo que el pecho desnudo, que tampoco figura en el relato original). La
serpiente no tardó en multiplicarse: ya Horacio habla de «ásperas serpientes»
en una de sus odas.[671] Virgilio,
Propercio y Marcial no tardarán en seguir su ejemplo. El reptil —o los
reptiles— aparece en todos los relatos antiguos. Octaviano no haría sino dar
más fuerza a la hipótesis exhibiendo en su triunfo una estatua de Cleopatra con
un áspid. La serpiente no sólo era uno de los símbolos más famosos de Egipto,
donde las cobras enroscadas llevaban milenios ornando las frentes de los
faraones, sino que además reptaban por encima de las estatuas de Isis y se
habían insinuado en el culto de Dioniso. Iconografía aparte, no es difícil
entender qué es lo que se quiere comunicar cuando se equipara a una mujer con
una serpiente. La madre de Alejandro Magno —la princesa macedonia más
sanguinaria de cuantas hayan existido— tenía serpientes por mascotas y las utilizaba
para asustar a los hombres. Antes de ella, fueron Eva, Medusa, Electra y las
Erinias; cuando una mujer se une con una serpiente, en alguna parte se
desencadena una tormenta moral. Es posible que Octaviano sembrara la confusión
para toda la posteridad en el momento de llamar a los psilos. Sabemos que
controló la historia con la misma firmeza con que controlaba sus pulsiones
sexuales de adolescente. Es más que probable que por su culpa llevemos miles
años siguiendo una pista equivocada.
Incluso puede que lo hiciera de forma intencionada. Existe una versión
alternativa de la muerte de Cleopatra; desde hace tiempo parece evidente que
algo nos ha pasado inadvertido, que las falsedades acerca de aquel 10 de agosto
esconden lo que de verdad ocurrió, que acaso la más formidable escena de muerte
de la historia no es lo que parece. Según el más antiguo de los testimonios en
prosa, «Cleopatra, tras burlar a sus guardias», se procura un áspid para
orquestar su muerte.[672] Octaviano
está fuera de sí, la reina se le ha escurrido entre los dedos y eso lo
mortifica. Dispone, no obstante, de un nutrido y solícito equipo de ayudantes.
En el mes de agosto, pocas personas en Alejandría se habrían resistido a
colaborar con él, como prueba la reacción del sirviente de Cleopatra. Octaviano
tenía tanto de descuidado como Cleopatra de ingenua; alguien que señala tanto
la fecha como la hora en sus cartas [673] no es
la clase de hombre que deja escapar a una prisionera. Es muy posible que, en el
momento de separarse de ella aquel 8 de agosto, dejara creer a Cleopatra que lo
había engañado, orquestando, en definitiva, su muerte. Por nada del mundo se
habría dejado burlar por una mujer, a menos, por supuesto, que la alternativa
se le hubiera antojado más dañosa. Y Cleopatra resultaba igual de problemática
como prisionera que como enemiga. Octaviano había asistido a los triunfos del
año 46, incluso había desfilado en uno de ellos, y era muy consciente del
sentimiento de compasión que la hermana de Cleopatra había despertado en
aquella ocasión. Él mismo había condenado públicamente a Antonio por obligar a
desfilar Artavasdes preso en cadenas. Comportamientos como ése, había
protestado Octaviano, deshonraban a Roma. En el caso de Cleopatra había un
inconveniente añadido: aquella prisionera había sido la divina amante de César
y era la madre de su hijo. A ojos de algunos, era una diosa de pleno derecho.
Por otra parte, no parecía más dispuesta que su hermana pequeña a pasar el
resto de su vida retirada apaciblemente en algún lugar de Asia. Por dos veces
había intentado quitarse la vida. Era evidente que, a menos que se la sometiera
a una atenta vigilancia, tarde o temprano lo conseguiría.
Octaviano se vio obligado a sopesar qué humillación era mayor: verse burlado
por una mujer o presentarse en Roma sin la villana de la obra. No era fácil
calibrar la sensibilidad, en ocasiones exacerbada, de sus compatriotas. En
ocasiones, recibían a los hijos de los reyes vencidos con abucheos y escarnios.
En otras, la presencia de esos inocentes bastaba para provocar lágrimas y
aflicción entre los asistentes y estropear así el desfile. Cleopatra había sido
declarada enemiga pública, pero quizá en el triunfo podía ser sustituida por
una efigie, como las que se habían utilizado para representar a los adversarios
de Roma en el pasado. Aunque su muerte deslucía un poco la gloria de la gesta,
había que admitir que ahorraba muchas complicaciones. Octaviano prefería
seguramente barrer de escena a Cleopatra en Alejandría a dar un paso en falso
en Roma. Le daba auténtico pánico que la reina pudiera destruir el tesoro, pero
no que pudiera destruirse a sí misma, a lo cual es posible que Octaviano colaborara
de forma activa. En tal caso, el joven Dolabela no habría sido más que un peón
más en la estrategia de Octaviano. Después de todo, es poco verosímil que uno
de sus oficiales de más alto rango se arriesgase a trabar amistad con la reina.
Octaviano, por lo demás, no partió de Alejandría el 12 de agosto, como Dolabela
había advertido. Tal vez el mensaje —acaso aún más ominoso— tuviera como objeto
acelerar el curso de los acontecimientos. Tanto Dión como Plutarco consignan
que Octaviano daba órdenes de forma constante para mantener a Cleopatra con
vida, y en ningún momento aluden a que tuviera algo que ver en su muerte. Lo
cual no impide que fuera así. La verdad es quizá que Cleopatra se convirtió en
la cuarta víctima de Octaviano aquel 10 de agosto del año 30.
Los argumentos en sentido contrario son más o menos los siguientes: Cleopatra
había intentado apuñalarse y dejarse morir de inanición. ¿Cuál habría sido la
intención de Octaviano al frustrar esas tentativas? ¿Torturarla dirigiendo
amenazas a sus hijos? Entre la muerte de Antonio y la de Cleopatra
transcurrieron nueve días. ¿No habría sido preferible eliminarla de buen
principio? A fin de cuentas, había prestado juramento de morir junto a Antonio.
Seguramente Cleopatra era consciente de que Octaviano afrontaba un dilema;
sabía tan bien como él las reacciones que había provocado su hermana y a buen
seguro habría apostado a que Octaviano no querría correr el riesgo de
exhibirlos a ella y a sus hijos medio romanos por las calles de la ciudad.
Octaviano parece insólita y genuinamente turbado por la noticia de la muerte de
Cleopatra. No dio gran importancia al hecho de haberse mostrado misericordioso
con ella, quizá porque era lo esperable y lo que hacía de común. En sus
memorias, más bien, presume de haber hecho desfilar a varios reyes —y a nueve
hijos de reyes— ante su carro en el curso de tres triunfos.[674] Ningún
historiador posterior, ni siquiera los más hostiles a Octaviano, osa insinuar
su complicidad, aunque podría argüirse que para entonces el caso ya estaba
archivado y la verdad, en manos de unos pocos. Imposible sacar nada en claro.
Lo mejor que puede decirse de su última actuación es que Cleopatra interpretó
el papel de la heroína en una obra que en muchos aspectos podría ser ahistórica
y que, sin duda, debe algunas escenas a la invención de su oponente. Nos queda
el pobre consuelo de saber que la muerte de Alejandro Magno, pese a estar bien
documentada, constituye también un acertijo.
Plutarco nos presenta a un Octaviano que la noche del 10 de agosto se debate
entre dos emociones. Por una parte, está «dolido por el fin de esta mujer»; por
otra, le impresiona su dignidad.[675] También
Dión nos pinta a un Octaviano admirado y comprensivo, aunque «apenado
sobremanera» [676] por
motivos egoístas: su triunfo sería menos lucido. Había nacido una heroína, sólo
que no sabemos gracias a quién. Cleopatra tuvo una muerte honorable, digna,
ejemplar. Una muerte que ella misma presidió con orgullo y entereza hasta el
final. Para la mentalidad romana, por fin había hecho algo decente; el hecho de
comportarse de forma opuesta a la esperable por su sexo redundaba aún más en su
beneficio. En las historias romanas, las mujeres venerables son las que se
tragan carbones ardientes, se cuelgan de su propia cabellera, se arrojan de un
tejado o tienden el puñal ensangrentado a sus maridos incitándolos con dos
sencillas palabras: «No duele». (Tampoco el teatro griego se queda corto en
cuestión de mujeres muertas, la diferencia estriba en que en las obras griegas
las mujeres, además, tienen la última palabra). Para éstas, enseguida se
componían panegíricos. En una oda escrita poco después del suicidio de
Cleopatra, Horacio empieza censurándola por su temeridad y ambición, pero acaba
elogiándola: «No mostró un pavor mujeril», concluye, maravillado ante su
serenidad, su compostura y su valor.[677] La
última acción de Cleopatra fue posiblemente la más grande. Octaviano estaba
dispuesto a pagar a ese precio. La gloria de la reina era la suya propia. La
exaltación de su adversaria la convertía en una oponente digna.
Octaviano dispuso que Cleopatra fuera enterrada «de manera ilustre y digna de
una reina», [678] de lo
contrario habría corrido el riesgo de ofender a los alejandrinos, que sin duda
lloraron a su reina de forma pública a pesar de la presencia romana. Según
Plutarco, Octaviano respetó su voluntad de descansar al lado de Antonio. Iras y
la elocuente Carmiana recibieron funerales parecidos junto con su reina. No
sabemos a ciencia cierta si fueron momificadas. Se les erigió un monumento
conjunto decorado seguramente de forma exuberante y a todo color, a semejanza
de las tumbas reales de los ancestros de Cleopatra, con alguna que otra
influencia romana en la iconografía. Según un historiador, las estatuas de Iras
y Carmiana montaban guardia fuera.[679] Plutarco
da a entender que recibieron sepultura en el centro de Alejandría, al igual que
los Ptolomeos anteriores. Octaviano, además, dio orden de terminar el mausoleo,
cuya obra debió de completarse en una ciudad dominada y sumida en la incertidumbre;
los alejandrinos acababan de convertirse en súbditos de Roma. Que el monumento
de Cleopatra se hallase junto a un templo de Isis significa básicamente que
podía estar en cualquier parte. La teoría más reciente propone que el lugar de
reposo de Antonio y Cleopatra se encontraba a treinta kilómetros al oeste de
Alejandría, en una ladera abrasada por el sol en Taposiris Magna, con vistas al
Mediterráneo. Ni la tumba ni el mausoleo (pues es casi seguro que se trataba de
estructuras separadas) se han encontrado.
Cleopatra tenía treinta y nueve años y había gobernado durante casi veintidós,
una década más que Alejandro Magno, de quien heredó el cetro que, sin quererlo,
cedió al Imperio romano. Con su muerte, la dinastía ptolemaica tocó a su fin.
Octaviano se anexionó Egipto de forma oficial el 31 de agosto. Su primer año
fue el último de Cleopatra; el tiempo volvió a empezar el 1 de agosto, la fecha
en que había entrado en Alejandría. Se dice que Cleopatra marcó el fin de una
era, aunque desde la perspectiva egipcia lo mismo podría decirse de Antonio.
Con frecuencia se olvida que, si Cleopatra fue la ruina para Antonio, éste lo
fue también para ella.
Los preceptores ptolemaicos fueron volubles hasta el final. Cesarión se
encontraba ya en un puerto del mar Rojo cuando Rodón lo convenció de que
regresara a Alejandría, acaso para negociar con Octaviano en nombre de su
madre. En ocasiones, el mundo antiguo era un lugar incómodamente pequeño;
Octaviano no podía permitirse dejar vivir a su primo, pero tampoco exhibir al
hijo del divino César en un triunfo. El nombre de «Cesarión» suponía de por sí
un problema. La tan comentada ceremonia de mayoría de edad tampoco ayudaba. Los
hombres de Octaviano hicieron volver al muchacho a Alejandría, donde lo
asesinaron, quizá después de torturarlo. Dado que no planteaban un peligro
real, Alejandro Helios, Cleopatra Selene y Ptolomeo Filadelfo regresaron con
Octaviano a Roma, donde se criarían con su siempre dócil hermana. Crecieron en
su enorme y cómoda casa, junto a las hijas de Antonio y Octavia y los hijos que
quedaban con vida de anteriores matrimonios de Antonio. (Iotape, prometida con
Alejandro Helios, regresó a Media con su familia). Pasado un año de la muerte
de su madre, los hijos de Cleopatra desfilaron en el triunfo de Octaviano, en
lo que tuvo que ser un paso difícil para los tres jóvenes, de quienes se decía
que se criaban cual si fueran suyos propios. Más tarde casó a Cleopatra Selene
con Juba II, quien a los cinco años había desfilado en el triunfo africano de
César y posteriormente se había educado en Roma, donde desarrolló su pasión por
la historia. Marido y mujer habían recibido una formación y unas humillaciones
parecidas; las guerras civiles romanas los habían dejado huérfanos a ambos.
Hombre de cultura con aires de poeta y favorito de Octaviano, Juba fue enviado
con su mujer a Mauritania (actual Argelia) para reinar. La hija de Cleopatra
debía de tener unos quince años por aquel entonces; Juba, veintidós. En
deferencia hacia los jóvenes reyes, Octaviano mantuvo con vida a los hermanos
de Cleopatra Selene, quienes quizá viajasen también a África occidental. Con
posterioridad al triunfo, se pierde el rastro de ambos para siempre.
Cleopatra Selene retomó el legado de su madre en el trono mauritano; sus
monedas traen su retrato y están inscritas en griego. (Las de Juba, en latín).
La pareja transformó su capital en un centro cultural y artístico rematado con
una formidable biblioteca. En la zona ha sido hallada abundante estatuaria
egipcia —incluida una pieza fechada a 31 de julio del año 30, el día anterior a
la entrada de Octaviano en Alejandría—, lo cual indicaría que Cleopatra Selene
reunió una galería de bustos ptolemaicos. Perpetuó la asociación con Isis,
llamó a su hijo Ptolomeo y crio cocodrilos sagrados.[680] El
único nieto conocido de Cleopatra, Ptolomeo de Mauritania, sucedió a Juba en el
año 23 d. C. En su decimoséptimo año de reinado, visitó Roma a invitación de
Calígula. Ambos descendían de Marco Antonio; eran primos segundos. El emperador
romano recibió con honores al rey africano, hasta que un día Ptolomeo apareció
en un espectáculo de lucha de gladiadores con un manto púrpura particularmente
espléndido. Todos los rostros se volvieron a mirarlo, para indignación de
Calígula, que mandó matar a Ptolomeo, [681] final
adecuado para una dinastía sumida, desde el principio, en colores brillantes y
supersaturados.[LV][682]
Octaviano borró todo rastro de Antonio en Roma y Alejandría. El 14 de enero,
día de su cumpleaños, pasó a considerarse de mal agüero, por lo que no se
atendían asuntos públicos. Por decreto senatorial, se prohibía que los nombres
«Marco» y «Antonio» volvieran a aparecer juntos. Octaviano no mencionó los
nombres de Antonio ni de Cleopatra en su crónica de Accio y sentenció a muerte
a varias de las personas más próximas a Antonio, entre ellas Canidio y el
senador romano encargado de supervisar los molinos textiles de Cleopatra.[683] Cabe
suponer que quienes juraron morir con Antonio y Cleopatra fueron eximidos del
deber de cumplir por mano propia su promesa. Otros de los partidarios de
Antonio desaparecieron. El influyente sumo sacerdote de Menfis —nacido el mismo
año que Cesarión y unido a Cleopatra por vínculos personales— murió de forma
misteriosa unos cuantos días antes que ella. Era preciso que no sobreviviera
nadie capaz de ejercer la autoridad, cohesionar al pueblo y volver a unir el
reino de Cleopatra. Los hombres de Octaviano se hicieron con el tesoro de
palacio e impusieron multas por toda la ciudad, inventando delitos sobre la
marcha. Cuando les fallaba la imaginación, confiscaban sin contemplaciones dos
tercios de las propiedades de la víctima. Fue un auténtico robo de guante
blanco, y hay que decir que fue realizado a conciencia. Octaviano retiró de
Alejandría las estatuas y demás obras de arte que Antonio y Cleopatra habían
saqueado por toda Asia y las restituyó, en su mayor parte, a las ciudades a las
que pertenecían. Algunas de las mejores terminaron en Roma, destino de las más
excelsas obras artísticas desde el expolio de Corinto en el siglo II.
Diecisiete años después de la muerte de Cleopatra, Octaviano terminó el Cesareo
—maravilla de la arquitectura griega y faraónica— en honor de sí mismo.
A Cleopatra no le faltaron defensores tan fieles como sus doncellas, cuya
devoción estaba en boca de todo el mundo en Alejandría.[684] Por
regla general, los sirvientes no morían por sus amos. Quienes se habían
ofrecido a levantarse por su reina permanecieron leales a ella. Alejandría
debía de ser una ciudad de luto. Habría procesiones, himnos y ofrendas, los
gemidos y lamentos debían de sonar por doquier y seguramente las mujeres de
Alejandría se desgarraban las ropas y se golpeaban el pecho. En nombre de los
sacerdotes dedicados al culto nativo, un clérigo ofreció a Octaviano dos mil
talentos destinados a preservar las numerosas estatuas de Cleopatra. ¿Qué
importaba que quisieran preservar su nobleza, si estaba muerta? La oferta era
demasiado atractiva como para rechazarla y, al mismo tiempo, le brindaba a
Octaviano la oportunidad de esquivar la espinosa cuestión del culto de Isis, a
la que siguió adorándose durante un tiempo. En muchos casos, resultaba
imposible distinguir a Cleopatra de la diosa, y, dado lo volátil de la
situación en Alejandría, Octaviano no podía arriesgarse a ir por la ciudad
derribando la estatuaria religiosa. Las estatuas de Cleopatra, y su culto,
sobrevivieron, de hecho, durante cientos de años, sin duda gracias, en parte, a
la férrea resistencia demostrada frente a los romanos.
Octaviano no se demoró en Alejandría —que en lo sucesivo pasaría a ser
provincia romana—, país al que ningún romano prominente viajaba sin permiso
explícito. Fue uno de los pocos imperialistas de la historia a quienes trajo
sin cuidado emular a Alejandro Magno —de lo contrario, la suerte de Cleopatra
habría sido muy distinta— y para quienes el poder en sí contaba más que la
gloria de sus abalorios. Demostró escaso interés por la historia egipcia, lo
que causó la consternación de los antiguos súbditos de Cleopatra, impacientes
por enseñarle los restos de sus ancestros. Pero Octaviano no ardía en deseos de
ver Ptolomeos muertos, así que se contentó con presentar sus respetos a
Alejandro Magno, que fue sacado de su sarcófago para la visita. Se dice que
Octaviano, por accidente, se acercó demasiado al cuerpo —acaso por esparcir
flores sobre él— y le rompió un pedazo de la nariz momificada.[685]
Siendo como era proclive a las insolaciones —nunca salía sin un sombrero de ala
ancha—, es poco probable que Octaviano disfrutase con el pegajoso calor del
agosto alejandrino. En otoño se retiró a Asia. La muerte de Cleopatra no
benefició a nadie tanto como a Herodes, que volvió a ejercer de anfitrión de
los romanos durante el viaje de éstos al norte. Octaviano le restituyó sus
preciosos jardines de palmas y bálsamo, así como las ciudades costeras que
Antonio se había apropiado en nombre de Cleopatra, a las que añadió nuevos
territorios. El reino de Herodes creció hasta dimensiones acordes a su
diligencia. Convertido en el nuevo favorito entre los no romanos, heredó
asimismo los cuatrocientos robustos galos que habían integrado la guardia
personal de Cleopatra. Nicolás de Damasco se quedó con él en calidad de
preceptor y no tardó en convertirse en su confidente. Para Herodes compuso una
historia cortesana de la que Flavio Josefo —una de las fuentes principales para
la vida de Cleopatra y él mismo un converso tardío a la causa romana— se
serviría para su obra. Octaviano dejó en Egipto, en calidad de prefecto, a
Galo, quien también habría de descubrir que la provincia era difícil de
gobernar —en el año 29 sometió a los habitantes de los alrededores de Tebas, «terror
de todos los reyes»— [686] y que
sus riquezas se subían a la cabeza con facilidad: Galo cometió abusos de poder,
encargó multitud de estatuas de su persona, mandó grabar sus hazañas en las
pirámides y, tras ser acusado por el Senado, acabó suicidándose.
Casi un año exacto después de la muerte de Cleopatra, la efigie de la reina
desfiló por las calles de Roma, en el último y más suntuoso de los tres días
que duró el triunfo de Octaviano. Junto a ella, fluyó por la vía Sacra un
auténtico torrente de oro, plata y marfil que llegaba hasta el foro. Dión
asegura que la procesión egipcia sobrepasó a todas las demás «en coste y
magnificencia».[687] Tras
los cofres de oro y plata; los carros cargados de joyas, armas y obras de arte;
los carteles y banderines a todo color, y los soldados vencidos, marchaban,
encadenados, los codiciados prisioneros: los mellizos, de diez años, y Ptolomeo
Filadelfo, de seis. Cleopatra estaba representada en su lecho de muerte, en
yeso o pintura, junto con la serpiente que pudo haber dado pie a todo. Detrás,
rodeado por sus oficiales, iba Octaviano, envuelto en un manto púrpura.
Cleopatra se había equivocado en una cosa: curiosamente, no se hizo alusión
alguna a Antonio. En otra había acertado: él único soberano que desfiló en el
triunfo, uno de los aliados de Antonio, fue ejecutado poco después. La ciudad
relucía con los despojos de Egipto; toneladas de oro y plata ptolemaica,
armaduras y vajillas, muebles con incrustaciones de gemas, cuadros y estatuas,
así como varios cocodrilos, habían zarpado con Octaviano. Hay quien habla
incluso de un gran hipopótamo y un rinoceronte.[688] Octaviano
podía permitirse ser generoso y no escatimó en regalos. La victoria egipcia fue
objeto de una celebración especial, no sólo porque en sí lo mereciera, sino
porque había que camuflar una guerra civil.
La estatua de Cleopatra siguió en el foro. Era lo menos que Octaviano podía
hacer por la mujer cuyos triclinios de oro y jarras enjoyadas financiaron su
carrera. Gracias a Cleopatra pudo eximir a todo el mundo de sus obligaciones.
Con ella, la prosperidad de Roma estaba garantizada. Las inyecciones de fondos
de Octaviano fueron tan potentes que provocaron un aumento de los precios, y
los tipos de interés se triplicaron. Según el relato de Dión, gracias a las
riquezas de Cleopatra «todo el Imperio romano se enriqueció y se adornaron los
templos». Sus obeliscos y obras de arte decoraban las calles.[689] Pese
a haber sido derrotada con contundencia, se la exaltaba a través de la belleza
de una ciudad extranjera. Las riquezas originaron la fiebre de la egiptomanía.[690] Esfinges,
cobras, discos solares, hojas de acanto y jeroglíficos proliferaron por toda
Roma. Las flores de loto y los grifos decoraban incluso el despacho personal de
Octaviano. Cleopatra obtuvo un segundo tributo póstumo: siguiendo su estela,
empezó una edad dorada para las mujeres de Roma.[691] De
repente, esposas y hermanas de buena familia empezaron a tomar parte en la vida
pública. Trataban con embajadores, aconsejaban a sus maridos, viajaban al
extranjero y comisionaban templos y esculturas. Ganaron visibilidad en los
círculos artísticos y sociales e hicieron compañía a Cleopatra en el foro.
Ninguna mujer romana alcanzaría jamás la posición ni los inauditos privilegios
de que gozaron Livia y Octavia, y que éstas, al cabo, debían a una extranjera
de la cual fueron antagonistas. Livia poseía una nutrida lista de propiedades
que incluía tierras en Egipto y huertos de palma en Judea. Octavia pasaría a la
historia como la anti Cleopatra, mujer modesta, prudente y piadosa.[692]
Cleopatra también obtuvo una promoción y ascendió de pretexto a punto de
inflexión. Si buscamos una fecha para señalar el principio del mundo moderno,
la de su muerte aparece como la más apropiada. Con ella dieron a su fin
cuatrocientos años de república romana y el período helenístico. Octaviano, por
su parte, sería el artífice de una de las mayores añagazas de la historia:
restauró la República en todo su esplendor, sólo que —como se vería
aproximadamente una década más tarde— bajo el aspecto de una monarquía.
Aleccionado por el ejemplo de César, realizó el cambio de forma imperceptible.
Octaviano jamás llegó a ser «rey», sino que siguió siendo en todo momento
un princeps o «primer ciudadano». Cuando quiso un título
altisonante y a la vez carente de connotaciones monárquicas, se asesoró con el
que fuera amigo de Cleopatra, Planco, la ninfa marina pintada de azul. Él fue
quien acuñó el nombre de «Augustus», con el que daba a entender que el hombre
hasta entonces conocido como Gayo Julio César excedía la naturaleza humana y
era un ser extraordinario y digno de reverencia.
No deja de haber cierta ironía en el hecho de que, en poco tiempo, Occidente
empezara a parecerse al Oriente de Cleopatra, sobre todo considerando que
Octaviano había presentado a la reina como una amenaza para la República, algo
que ella nunca aspiró a ser. En torno a Octaviano se formó una especie de
corte. Riñó con casi todos los miembros de su familia inmediata. Los
emperadores romanos se convirtieron en dioses y pasó a representárselos bajo la
forma de Sérapis, de la misma manera que Antonio había tomado la de Dioniso.
Por lo demás, profesiones de austeridad aparte, el lujo lo invadió casi todo, y
aunque se dijo que Octaviano había mandado fundir las fabulosas vajillas de oro
de Cleopatra, [693] prevaleció
la grandiosidad helenística: «Pues parece justo que nosotros, que gobernamos
sobre gran número de pueblos —argumentaba uno de los consejeros de Octaviano—,
los superemos en todo a todos, y porque además esta clase de muestras de
munificencia inspiran respeto en nuestros aliados y temor en nuestros
enemigos».[694] El
consejero instaba a Octaviano a no reparar en gastos. Roma era el nuevo mercado
del lujo. Detrás venían los artesanos y la industria. Livia tenía más de mil
sirvientes. Tal fue la impresión que el mausoleo de Cleopatra causó en
Octaviano que se hizo construir uno similar en Roma; en buena medida, si Roma
cambió el ladrillo por el mármol fue gracias a Alejandría. Octaviano murió a la
edad de setenta y seis años en su cama, convirtiéndose así en uno de los pocos
emperadores no asesinados por su parentela más próxima, otra importación
alejandrina. Su gobierno duró cuarenta y cuatro años —el doble que el de
Cleopatra—, por tanto tuvo tiempo de sobra para reformular a voluntad los
acontecimientos que lo habían elevado al poder.[LVI][695] También
él tuvo motivos para decir «que no hay dignidad que se vea libre de envidias o
traiciones, y menos aún la de la monarquía».[696] Los
enemigos eran peligrosos, pero los amigos eran aún peor. Según él, pocos cargos
había más ingratos que ése.
* *
*
La
reescritura de la historia comenzó de forma casi inmediata. Marco Antonio no
sólo fue barrido de los archivos, sino que Accio se convirtió en una gran
batalla, una victoria apoteósica, un punto de inflexión histórico. Se cerraba
una etapa y se abría otra. Augusto había rescatado al país de un gran peligro.
Había acabado con la guerra civil y restaurado la paz mundial tras un siglo de
disputas. Era hora de empezar de nuevo. Leyendo a los historiadores oficiales,
se diría que su retorno a la península Itálica supuso —tras un siglo gris y
atroz plagado de violencia— un estallido de color, como si de pronto las
espigas de trigo dorado se hubieran hinchado y puesto enhiestas en los campos.
«Se restablecieron las leyes en su antiguo vigor, los jueces volvieron a
recobrar su autoridad, y el Senado, su dignidad suprema», proclama
Veleyo, [697] enumerando,
como quien dice, los estamentos a los que supuestamente César se había opuesto
en el año 46. Del ego de Augusto da buena cuenta el calendario, donde, hasta
hoy, su nombre conmemora la caída de Alejandría y la salvación de Roma de una
amenaza extranjera.[LVII][698] Los
calendarios de la época señalan la fecha como el momento en que Octaviano
liberó a Roma de un «peligro gravísimo».[699]
Cleopatra salió especialmente mal parada durante el proceso, ya que fueron los
renegados quienes escribieron la historia: Delio, Planco y Nicolás de Damasco
entre ellos. Los años que siguieron a Accio fueron un período de continuos
elogios y mitos desmesurados. La carrera de la reina coincidió con el
nacimiento de la literatura latina; la maldición de Cleopatra quiso que su
figura sirviese de inspiración a los grandes poetas, que disertaron a placer
sobre su suerte en una lengua poco clemente para con ella y todo cuanto
representaba. Horacio escribió con euforia sobre Accio; de hecho, fue el
primero en celebrar la espléndida victoria de Octaviano, pues escribió mientras
Cleopatra todavía intentaba fortificar Alejandría a toda prisa. El poeta
celebraba su derrota antes de que ésta tuviera lugar. Virgilio y Propercio
escribieron durante el triunfo egipcio, momento para el cual el áspid y la
perniciosa influencia de Cleopatra estaban ya labrados en piedra. En todos y
cada uno de estos textos, Antonio desierta de Accio a causa de Cleopatra. La
reina ilustra uno de los motivos favoritos de Propercio: el hombre enamorado
como hombre desvalido, vergonzosamente sometido a su dueña. Es como si
Octaviano hubiera librado a Roma también de ese mal. Gracias a él, quedaba
restaurado el orden natural de las cosas: los hombres gobernaban sobre las
mujeres, y Roma sobre el mundo. Cleopatra resultaba crucial en ambos casos.
Virgilio compuso la Eneida en la década siguiente a la muerte
de Cleopatra y puso serpientes hasta detrás de la estela de su barco en Accio.
Ciertamente, la egipcia tenía pocas posibilidades de salir bien parada en una
obra declamada en presencia de Augusto y Octavia, como ocurrió con determinados
pasajes de la epopeya. Por lo demás, su historia quedaría plasmada por un
romano al que conoció en la última semana de su vida, el cual la elevó a la
categoría de adversario peligroso, distinción que a menudo atrae negras brumas
y oscuras leyendas. Cleopatra figura entre los perdedores célebres de la
historia, si bien por razones equivocadas.[LVIII]
Los mitógrafos se alinearon todos en el mismo bando. Durante el siglo
siguiente, la influencia oriental y la emancipación femenina proporcionarían
abundante materia prima a los satíricos.
La fortuna de Cleopatra ha sufrido altibajos tan abruptos en muerte como en
vida. Se ha dicho que su poder derivaba de su sexualidad, por razones obvias;
como decía uno de los asesinos de César, « ¡cuánta mayor atención dedican las
personas a sus miedos que a sus recuerdos!».[700] Siempre
ha sido preferible atribuir el éxito de una mujer a su belleza antes que a su
cabeza, reducirla a la historia de su vida sexual. Contra una hechicera
poderosa no caben disputas. Contra una mujer que atrapa a un hombre con los
lazos de su serpenteante inteligencia —con sus collares de perlas— debería
existir, por lo menos, algún tipo de antídoto. En el caso de Cleopatra,
perturba más la sabia que la seductora; resulta menos amenazador creerla
fatalmente atractiva que fatalmente inteligente. (Cientos de años después de su
muerte, en las escuelas los niños seguían copiando el adagio escrito por
Menandro en siglo IV: «El hombre que enseña a escribir a una mujer sepa que le
procura veneno a la serpiente».) [701]Al mismo
tiempo le da sazón a la historia. Propercio marca el tono aquí. Para él
Cleopatra no pasaba de mujerzuela descocada, «la reina puta», que más tarde se
convertiría en «una mujer de sexualidad y avaricia insaciables» (Dión), una
pecadora carnal (Dante), «la furcia de los reyes de Oriente» (Boccaccio), el
emblema del amor ilegítimo (Dryden).[LIX] Propercio
la presenta en fornicio con sus esclavos. Cierto romano del siglo I afirmaría
(con falsedad) que «los autores antiguos hablan una y otra vez de la insaciable
líbido de Cleopatra».[702] En
una obra antigua, se muestra insaciable hasta el punto ser calificada de «mujer
prostituida».[703] (Tan
bella es, y a la vez tan perniciosa, que «muchos hombres compraron noches
pagando por ello con su vida».) [704] Para
cierta mujer del siglo XIX no era más que un «deslumbrante ejemplo de
brujería».[705] Florence
Nightingale se refería a ella como «la execrable Cleopatra».[706] De
Cecil B. DeMille se cuenta que le ofreció el papel a Claudette Colbert
preguntándole: « ¿Le gustaría ser la mujer más perversa de la historia?».[707] Cleopatra
aparece incluso en un libro de 1928 titulado Sinners Down the
Centuries (Pecadores a través de los siglos). La pugna entre la mujer
y la leyenda se decanta claramente a favor de la última.
Lo personal falsea, de forma inevitable, lo político, y lo erótico lo falsea
todo: recordaremos que Cleopatra se acostó con Julio César y Marco Antonio
mucho después de que hayamos olvidado lo que obtuvo al hacerlo; que, en nombre
de una orgullosa y cultivada dinastía, gobernó un extenso y opulento imperio
densamente poblado que avanzaba hacia su ocaso. Su nombre se recuerda por haber
seducido a dos de los mayores hombres de su tiempo, en tanto que su crimen
consiste en haberse beneficiado de «engañosas y sospechosas prendas de una
alianza basada en el interés», [708] cosa
habitual para cualquier hombre con poder. Ella invirtió los papeles y actuó en
su propio interés; eso la convirtió en una blasfema, una amenaza social, una
mujer contra natura. A ésas hay que añadir otras ofensas. Por su culpa, Roma
era una ciudad tosca, insegura y pobre, causa suficiente de por sí para
provocar ansiedades, como para además añadir la sexualidad a la mezcla. Durante
un tiempo fue tema recurrente en el imaginario de los antiguos, sobre todo en
tanto que ejemplo a evitar. Bajo el imperio de Augusto, la institución
matrimonial recibió nuevo lustre, lo que también descalificaba a Cleopatra por
su afición a romper hogares y robar maridos.
La reina suscitó burlas y envidias en igual e igualmente distorsionadora
medida; la suya es una historia urdida tanto a partir de los miedos como de las
fantasías masculinas. A Plutarco debemos el mayor cuento de amor de la
historia, a pesar de que la vida de Cleopatra no fue tan morbosa ni tan
romántica como se nos ha hecho creer. Por dos veces se convirtió en femme
fatale. Para que Accio se convirtiera en la madre de todas las batallas,
Cleopatra debía convertirse en una «reina salvaje» dispuesta a asolar Roma.
Para que Antonio no sucumbiera a manos de un compatriota romano, era preciso
presentar a Cleopatra como una irresistible seductora «que le había ocasionado
su ruina» y que no tardaría en darle «el golpe de gracia».[709] Se
hace difícil saber dónde acaba la venganza y comienza el homenaje. De buen
principio se realzó su poder, ya que, para los propósitos históricos de cierto
hombre, era necesario reducir a otro a la más abyecta esclavitud. Es cierto que
fue una hija constante y amante de su padre, una patriota y una protectora, una
protonacionalista, un símbolo del valor, una sabia legisladora con nervios de
acero y una maestra de la puesta en escena. No lo es que construyera el faro de
Alejandría, que supiera fabricar oro, ni que fuera la mujer ideal (Gautier), ni
una mártir de amor (Chaucer), ni una «muchachita tímida» (Shaw), ni la madre de
Cristo.[710] Un
obispo copto del siglo VII la llamó «la más ilustre y sabia de las
mujeres», [711] colocándola
por encima de los reyes que la habían precedido. Se ha dicho también que
Cleopatra murió por amor, lo cual tampoco es del todo cierto. Todo el mundo, de
Miguel Ángel a Gérôme, de Corneille a Brecht, ha intentado representarla. Los
renacentistas estaban obsesionados con ella, y los románticos, si cabe, más
aún. Catapultó incluso a Shakespeare, que gracias a ella creó su mejor
personaje femenino, su más alta poesía, un último acto sin Antonio y, a juicio
de la crítica, un alegre tributo al adulterio desacomplejado entre personas de
mediana edad.[712] Si
nuestra imagen de Cleopatra VII está distorsionada, Shakespeare tiene tanta
culpa como el calor alejandrino, la propaganda romana o los límpidos ojos lilas
de Elizabeth Taylor [713] .
Alejandría no perdió su vitalidad de forma inmediata, antes bien continuó
siendo un centro de disputas intelectuales y maratones filosóficas. Durante
aproximadamente un siglo más, siguió siendo el cerebro del mundo mediterráneo.
Luego empezó a descomponerse. Con ella se esfumó la autonomía legal de las
mujeres; se acabaron los tiempos en que era posible denunciar al suegro para
que devolviera la dote cuando un marido (insolvente) se fugaba y tenía hijos
con otra mujer. En el siglo V, el palacio de Cleopatra se hundió en el
Mediterráneo a consecuencia de un terremoto. El faro, la biblioteca y el museo
desaparecieron. El actual puerto alejandrino no guarda relación alguna con sus
proporciones en la época helenística. El propio Nilo ha cambiado su curso. La
ciudad se ha hundido más de seis metros. Incluso la costa de Accio —que
Cleopatra debía de conocer de memoria— ha cambiado. La Alejandría de entonces
resulta invisible, ya sea por haber quedado sumergida o por hallarse sepultada
bajo una ciudad ingente que hace ya tiempo olvidó su pasado helenístico. La
cultura ptolemaica se evaporó también. Muchas de las cosas que Cleopatra sabía
quedaron olvidadas durante mil quinientos años. Una mujer muy distinta, la
Virgen María, subsumiría a Isis tanto como Elizabeth Taylor ha subsumido a
Cleopatra.
De resultas de ello, nuestra fascinación por Cleopatra no ha hecho más que ir
en aumento; sus proporciones míticas se deben a su desaparición. Las lagunas de
su historia prolongan su hechizo. Aún hoy, sigue causando incomodidad. Su
figura combina todo aquello que arruina una plácida cena y se nos sube a la
cabeza como el veneno de una serpiente. Dos mil años después de que amenazase a
Octaviano con una hoguera de costo incalculable, nada nos fascina tanto como el
exceso de buena suerte y las catástrofes devastadoras. Seguimos librando la
guerra entre Oriente y Occidente; como Cicerón, seguimos debatiéndonos entre el
exceso y la austeridad. El sexo y el poder siguen siendo una mezcla explosiva.
La ambición, los éxitos y la autoridad de las mujeres nos inquietan como
inquietaban a los romanos, para los que Cleopatra era más monstruo que
portento, aunque sin duda tenía algo de ambos.
Dos mil años de mala prensa y prosa acalorada, de películas y óperas, no han
conseguido ocultar el hecho de que Cleopatra fue una reina muy capaz, astuta y
oportunista hasta el extremo, una estratega de primer orden. Su carrera empezó
con un descarado gesto de desafío y terminó con otro. « ¿Qué mujer, qué antigua
sucesión de hombres, alcanzó semejante grandeza?», se pregunta el anónimo autor
de un fragmentario poema latino que la sitúa como personaje principal de su
tiempo.[714] Cleopatra
tomó parte activa y directa en la política mundial y las consecuencias fueron
demoledoras. Convenció a su pueblo de que su ocaso era un nuevo amanecer y puso
todo su empeño en hacer que fuera realidad. Se enfrentó a situaciones
desesperadas que salvó a base de improvisaciones, para algunos la base del
genio. Su historia ya era grande y atractiva antes de que Octaviano o
Shakespeare echaran mano de ella. Su presencia siempre resultó atrayente; antes
de que, por su culpa, Plutarco perdiera durante varias páginas el hilo del
relato, obraba el mismo efecto con sus compatriotas. Desde la primera imagen
que tenemos de ella hasta la última, deslumbra por sus dotes de escenificación.
Hasta el último momento fue dueña de sí misma, astuta, vehemente, rica hasta
extremos inimaginables, consentida y, a la vez, ambiciosa.
Durante su vida adulta, Cleopatra conoció a pocas personas a las que
considerara a su altura. Para los romanos, era una mujer terca y la suprema
excepción a toda regla. Aún hoy resulta incomparable: tuvo muchos predecesores,
pero pocos sucesores. La época de las emperatrices llega con ella a su fin. A
lo largo de los dos mil años siguientes, sólo una o dos mujeres gozaron de
autoridad ilimitada sobre reinos de tan vastas dimensiones. Cleopatra sigue
siendo prácticamente la única capaz de sentarse a la mesa de los hombres, lo
que le reportó tantos beneficios como perjuicios. Hizo muchas cosas bien, y una
cosa crucial mal. Nos es imposible imaginar cómo debía de sentirse a finales
del verano del año 30, con Octaviano a las puertas, cuando cada vez estaba más
claro que la fortuna no iba a volver a girar, que se habían acabado los planes
brillantes de salvación, que en esa ocasión Egipto estaba irremisiblemente
perdido. « ¿Qué es el estar privado de la patria? ¿Tal vez un gran mal?», le
pregunta una reina a su hijo en una obra de Eurípides. «El más grande. De hecho
es mayor de lo que pueda expresarse», responde él.[715] Cleopatra
debió de quedar paralizada de miedo y furia al caer en la cuenta de que iba a
convertirse en la mujer «que había de destruir la monarquía egipcia», como dice
un cronista del siglo III.[716] Pérdida
tan monumental, no podía paliarla consuelo alguno, ni siquiera —aceptando que
creyera en ella— una vida excepcional más allá de la muerte.
«Hasta
aquí me he esforzado por resumir las pruebas disponibles sobre el caso con toda
la justicia de que soy capaz y sin extenderme en demasía; el resultado de todo
ello parece ser que el mundo por fuerza vibre sumido en la incertidumbre, al
menos por lo que hace referencia a cuál fuese la verdad», concluye Boswell a
propósito de Richard Savage, infundiendo esperanzas a generaciones de
biógrafos. Varios estudiosos han logrado reducir de forma sustancial las
vibraciones helenísticas dando respuesta a preguntas que iban de lo elemental a
lo descabellado pasando por lo irrebatible. Por su tiempo, sabiduría, paciencia
y buen humor, vaya aquí mi agradecimiento a Roger S. Bagnall, Mary Beard,
Larissa Bonfante, el difunto Lionel Casson, Mostafa El-Abbadi, Bruce W. Frier,
Norma Goldman, Mona Haggag, O. E. Kaper, Andrew Meadows, William M. Murray,
David O’Connor, Sarah B. Pomeroy, John Swanson, Dorothy J. Thompson y Branko
Van Oppen. Debo a Roger Bagnall un agradecimiento especial por su atenta
lectura del manuscrito; cualquier inexactitud que en él se halle corre de mi
cuenta.
Por su ayuda con y en Alejandría, estoy en deuda con: Terry Garcia, Jean-Claude
Golvin, Nimet Habachy, Walla Hafez, Mona Haggag, Zahi Hawass, Kate Hughes,
Hisham Hussein, William La Riche, Mohamed Abdel Maksoud, Magda Saleh y Marion
Wood. Jack A. Josephson, Shelby White y Rick Witschonke, de la American
Numismatic Society, quienes han tenido la gentileza de ayudarme a localizar o
identificar imágenes.
Es un placer dejar constancia al fin de mi admiración por el inigualable
Michael Pietsch, extraordinario editor, y sus colegas de Little, Brown, cuya
labor ha sido modélica en todo momento. Debo un agradecimiento especial a Mario
Pulice, Vanessa Kehren, Liz Garriga, Tracy Williams, Heather Fain, Heather
Rizzo y Betsy Uhrig. Jayne Yaffe Kemp ha leído estas páginas con mimo y las ha
corregido sin contemplaciones. Ha sido un privilegio trabajar con Eric
Simonoff, cuyo entusiasmo por este proyecto, en ocasiones, ha excedido el mío
propio. Mi agradecimiento asimismo para Jessica Almon, de William Morris, por
conducir a buen puerto tanto al libro como a la autora.
Estoy en deuda con Karina Attar, Matthew J. Boylan, Raffaella Cribiore, Kate
Daloz, Sebastian Heath, Inger Kuin, el infatigable Tom Puchniak y Claudia Rader
por su ayuda en la investigación y la traducción. Brandi Tambasco, de la New
York Society Library, obró como de costumbre su magia con los préstamos
interbibliotecarios. Doy las gracias asimismo al personal de la biblioteca
Rutheford de la Universidad de Alberta y a la Biblioteca Pública de Nueva York,
un monumento a la civilización de la talla de la antigua biblioteca de
Alejandría.
Cuando he necesitado buenos consejos, palabras amables y cafeína he podido
contar con la indulgencia de muchos amigos, pero sobre todo con Wendy Belzberg,
Lis Bensley, Alex Mayes Birnbaum, Judy Casson, Byron Dobell, Anne Eisenberg,
Benita y Colin Eisler, Ellen Feldman, Patti Foster, Harry Frankfurt, Azza
Kararah, Mitch Katz, Souad Kriska, Carmen Marino, Mameve y Howard Medwed, Helen
Rosenthal, Andrea Versenyi, Meg Wolitzer y Strauss Zelnick. Elinor Lipman sigue
siendo la más perspicaz, generosa y elocuente de mis primeras lectoras. Gracias
a ella, estas páginas y la vida de la autora han mejorado en todos los sentidos.
Sin ella estaría perdida.
En el apartado de los milagros —categoría que comprende desde sacarse lápices
de la chistera a comparar monedas de dos mil años de antigüedad, bucear por el
puerto de Alejandría y tener la paciencia de compartir casa con una escritora—
tengo contraída una deuda infinita con Marc de La Bruyère. Con él es más fácil
terminar la última línea, ya que sin él ninguna de las precedentes habría
llegado a escribirse.
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Reconstrucción de Alejandría, vista de la vía Canópica desde el este. La
columnata cruzaba la ciudad de extremo a extremo, lo que no solo protegía del
sol, sino que ayudaba a amortiguar el ruido. Edificada a orillas de un mar azul
perfecto, la Alejandría de Cleopatra se consideraba «la primera ciudad del
mundo civilizado», la capital de la moda y un gran centro de erudición.
Vista aérea de Alejandría, con el doble puerto en primer término y, a la
izquierda, el recinto real, que constituía una ciudad en si mismo. En el
interior se hallan el lago Mareotis y su importante puerto, de donde César y
Cleopatra debieron de zarpar en su crucero por el Nilo. Al fondo del dique
artificial que sale de la ciudad, se yergue el famoso faro, «cual montaña, casi
hasta las nubes», en palabras de un alejandrino. Así debió de parecerle a Julio
César, que nunca había visto una estructura de esa altura.
El mundo habitado, tal como lo conoció Cleopatra. Los conceptos de latitud y
longitud ya eran conocidos, así como la idea de que el mundo es redondo.
Los sospechosos habituales: cuatro bustos de Cleopatra, o de una mujer con
la que guarda gran parecido. El de la izquierda, tallado en costoso mármol de
Paros, tiene una gran similitud con la Cleopatra de las monedas y es el más
fiable. Si pensamos en el la frase de Pascal —Si Cleopatra hubiera tenido una
nariz más corra, toda la faz de la tierra sería distinta—, resulta irónico que
le falte precisamente esa parte.
El más halagador de los cuatro bustos. Cleopatra fue la única reina
ptolemaica que se retrató con el pelo apretado en un moño y rizos en la frente;
la nariz arqueada y la barbilla prominente coinciden con los retratos de las
monedas. No obstante, hay quien defiende que el busto no sólo no es de
Cleopatra, sino que ni siquiera es antiguo.
Una imagen menos complaciente de Cleopatra, sin diadema. El busto podría
representar a una mujer del entorno de Cleopatra en Roma o a Cleopatra vestida
al estilo romano. En cualquier caso, el parecido —nariz aguileña, mentón
fuerte, mechones de cabello en cuello y orejas— es notable.
Una Cleopatra mas severa, con la habitual boca con las comisuras bajas,
pómulos afilados y cierto aire de gravedad. Una vez más, la ausencia de la
diadema sugiere que podría ser una mujer acicalada a la manera de la reina
egipcia.
Las vidas de las mujeres corrientes se consideraban tema aceptable en el
arte helenístico, En esta imagen, dos mujeres del siglo III a. C.,
originariamente policromadas, juegan a las tabas o a los dados.
Una muchacha sujeta en el regazo un cuaderno de madera compuesto por varias
tablillas de cera para escribir. Muchas jóvenes alejandrinas eran letradas que
podían comprar casas, prestar dinero o gestionar molinos. Cleopatra, que había
gozado de una educación exquisita, es descrita por un cronista posterior «como
una mujer a la cual hasta las cartas de amor reportaban placer sensual».
Ptolomeo Auletes, padre de Cleopatra, con quien mantenía una buena relación.
Representado como Dioniso, luce aquí una guirnalda de hiedra sobre la diadema.
Auletes seria recordado por sus desenfrenados banquetes, pero en Roma se
distinguió como gran negociador llegando a empapelar el Senado con folletos y a
distribuir —de forma lujosa y eficaz— regalos por toda la ciudad.
Ficha de juego alejandrina labrada en marfil en la que se representa a uno
de los hermanos-maridos de Cleopatra, seguramente Ptolomeo XIV. FJ perfil es
egipcio, pero la indumentaria griega. Cleopatra y su hermano se casaron en el
arto 48 a. C., cuando este tenía unos once años. Se cree que lo asesinó unos
cuatro años mis tarde.
Un probable Cesarión, en granito, encontrado en el este de Alejandría. Luce
una tupida cabellera griega. Es posible que la pieza acompañase, en origen, a
la Cleopatra de la ilustración de abajo. Cleopatra esperaba poder dejar Egipto
en manos de Cesarión por cuya vida temía. Como dijo Séneca, las madres nunca
temen por ellas, sólo por sus hijos.
Cleopatra como la diosa Isis, procedente de un templo alejandrino. En su
cabeza, la corona con la cobra y el buitre, parte seguramente del uniforme de
Isis que lucía cuando le tocaba presidir las ceremonias alejandrinas al lado de
Antonio. La pieza es impresionante tanto por su tamaño (sólo las orejas miden
30,5 centímetros) como por la intensidad de su expresión.
Ptolomeo Filadelfo, el benjamín de Cleopatra y Antonio. Va tocado con un
gorro macedonio al que se ha añadido una cobra egipcia. Probablemente fue
esculpido para celebrar las Donaciones de Alejandría, entre el año 34 y el 30
a. C., cuando Ptolomeo contaba entre dos y seis años.
Cleopatra de basalto, representada, según la convención, con peluca y
diadema y con vestido transparente y ceñido. Tiene la cara algo rellena y
sujeta en la mano el tradicional cetro. En otras representaciones parecidas
sujeta una cornucopia. Las reinas ptolemaicas participaban en demostraciones
públicas de generosidad. Cleopatra se tomaba muy en serlo el bienestar de sus
súbditos.
Estatua alejandrina de un niño en actitud regia, muy posiblemente Alejandro
Helios, el hijo mayor de Cleopatra y Antonio, la indumentaria es de tipo
oriental, la tiara armenia y el chiquillo tiene unos cinco o seis años, con lo
que cabe suponer que se trata de Alejandro I Helios en el momento de las
Donaciones, por las que fue nombrado señor de Armenia, Media y Partía.
Cleopatra pudo encargar la estatua para conmemorar el acontecimiento. A camino
entre niño y querubín, la figura luce en la cabeza los rizos de Antonio.
Cleopatra, a la derecha, en traje masculino, lleva ofrendas a la diosa Isis,
que amamanta a un bebé, labrada durante sus primeros meses en el poder, esta
estela de caliza es la prueba más antigua del reinado de Cleopatra. En ese
momento compartía el trono con su hermano, cuyo nombre brilla por su ausencia;
el de Cleopatra puede leerse en la segunda línea. Es muy posible que la estela
representase al padre de ambos, pero que Cleopatra hubiera encargado
modificarla. En aquellos tiempos tan resueltos, los canteros eran especialistas
en rectificar sus obras sobre la marcha. Nótense las dos serpientes que cuelgan
de la parte superior.
Estela que conmemora la muerte del toro Bujis —encamación terrena del dios
de la guerra—, en febrero del año 180 a. C. De pie delante del toro, y a la
altura de sus ojos, vemos al tatarabuelo de Cleopatra, que pina una ofrenda; la
esposa del rey, Cleopatra I, aparece nombrada en los jeroglíficos, pero no está
representada. El toro había vivido casi quince años, pero el escriba se
equivoca y sin darse cuenta acorta la vida del sacro animal. La estela debía de
estar ya en su lugar cuando Cleopatra viajó al sur para instalar al nuevo toro
Bujis en el año 51.
César con una guirnalda de flores, una especialidad alejandrina, de las que
se confeccionaban cientos con ocasión de los banquetes de la ciudad. Asimismo,
luce una toga griega, prendida sobre el hombro, y una corona de laurel. Los
detalles del retrato —por ejemplo el hundimiento de las mejillas— suscribe la
hipótesis de que data de cuando las celebraciones que siguieron a la guerra de
Alejandría y la primavera del crucero por el Nilo.
Busto de César, insólitamente expresivo, labrado tras su muerte y en el que
se lo representa con más pelo del que tenía en el momento de conocer a
Cleopatra. La amplia frente aparece ya surcada de arrugas, y las mejillas,
hundidas, empiezan a formarle pliegues a los lados de la boca. Suetonio aplaude
las memorias de César por ser «escuetas, directas y llenas de encanto». También
son totalmente interesadas. En ellas menciona a la reina de Egipto, madre de su
único hijo varón, una sola vez.
Marco Antonio, cuyos varoniles rasgos confirman su supuesta descendencia de
Hércules. Audaz, e insensato, alegre y crédulo, ganó gran fama como comandante.
Sus hombres lo adoraban, nos dice Plutarco, «por su nobleza de casta, la fuerza
de convicción de su discurso, su sencillez, la afabilidad que mostraba en sus
bromas y en sus conversaciones».
Elegante retrato de Antonio en jaspe rojo, de sus tiempos con Cleopatra.
Destacan el poderoso cuello, la densa melena y la nariz de boxeador. Nos ha
llegado otro retrato similar hecho en amatista.
Las representaciones más exactas de Cleopatra se hallan en las monedas.
Tanto eran admiradas y examinados que hacían las veces de folleto de
propaganda.
Moneda
de bronce acuñada por Cleopatra en Chipre, en el año 47 o principios del 46 a.
C., para conmemorar el nacimiento de Cesarión. La imaginería remite a Afrodita
lo mismo que a Isis. Cleopatra luce una amplia diadema y sujeta en brazos a
Cesarión; el cetro sobresale algo torpemente por la espalda
Moneda de bronce de 50 dracmas acuñada en Alejandría. Cleopatra reintrodujo
este metal, que llevaba tiempo fuera de circulación, e incorporó por primera
vez marcas de denominación. Con independencia de su peso, la moneda valía lo
que ella decía que valía, medida que obraba en su beneficio.
Tetradracma de plata del año 36 a. C., acuñado en Antioquía, en la que se
anuncia la alianza política de Antonio y Cleopatra. Con un guiño a Isis, la
reina se identifica como «Reina Clcopatra, Nueva Diosa». Luce un magnífico
collar de perlas, así como perlas en el pelo, detalle con el que pone a prueba
la pericia del grabador. Presenta una asombrosa similitud con Marco Antonio, o
viceversa.
Tetradracma de plata de Ascalón, en Judea, ciudad que nunca estuvo bajo
gobierno de Cleopatra. Acuñada probablemente como prueba de adhesión a su
restauración, puede fecharse entre los años 50 y 49 a. C., los años de exilio
de la joven Cleopatra. La moneda da fe de su poder; fueron muchas las ciudades
de fuera de su reino que emitieron moneda en su honor. En los labios muestra
una leve sonrisa.
Rema ptolemaica con la tradicional corona con las cobras, el disco solar y
los cuernos de vaca. Luce varios collares y un sencillo vestido tubo. Se trata,
presumiblemente, de Cleopatra con las ropas de Isis, lo que explicaría la
perspectiva frontal del pecho derecho. Reproducidos en bustos y joyas, los
rasgos de Cleopatra eran bien conocidos por su pueblo.
Mujer con vestido griego, amplia diadema anudada y corona con cobra egipcia.
Aun cuando no revistiera estos rasgos ya familiares, sería difícil no tomarla
por Cleopatra. La imagen esta labrada en vidrio azul; las cobras portan discos
solares.
Cleopatra y (delante de ella) Cesarión con ofrendas para los dioses, en la
pared sur del templo de Hathor en Dendera. Se cree que Cesarión tiene aquí
entre ocho y once años; Cleopatra, astutamente, aparece detrás del hijo de
César Se ha señalado que no es casual que los dos acudan a Hathor: también la
diosa estaba casada con un dios no residente, cuyo reino se halla en otro
lugar. Eficaz instrumento de propaganda, este enorme bajorrelieve ocupa toda la
sección inferior de la pared trasera del templo.
Cicerón, el gran orador, a la edad en que debió de conocerlo Cleopatra.
«Detesto a la reina», dijo una vez ésta hubo abandonado Roma. Cicerón no
toleraba a las mujeres capaces de hacer «que la gente se riera de sí misma»
como él. En especial le molestaba su arrogancia, si bien para entonces Cicerón
era conocido como «el mayor fanfarrón vivo».
Estatua de bronce del joven Octaviano, el implacable y resuelto rival de la
reina, seis años menor que ella. Tras derrotar a la reina se encargó de que sus
estatuas reemplazaran a las de Cleopatra en todo Egipto.
Octavia, hermanastra de Octaviano y cuarta esposa de Antonio. «Portentosa
mujer», crio a los tres hijos vivos de Cleopatra tras el suicidio de esta.
Mosaico
del siglo II o principios del I hallado en un yacimiento
cerca del palacio de Cleopatra. Representa un perro doméstico (lleva collar) y
su expresión inocente tras haber tirado la jarra de bronce y madera es más o
menos la misma hoy que hace dos mil años.
Pendientes
del siglo II o III a. C. en forma de corona egipcia con discos solares de
los que sobresalen plumas blancas y negras. Las joyas de Cleopatra debían de
ser ostentosas piezas elaboradas en oro, con añadidos de coral y cornalina,
lapislázuli, amatista y perlas. Los Ptolomeos se esforzaban por superar en
riqueza a todos los monarcas, empresa sencilla gracias a los caudales que
llegaban «a su opulenta casa cada día de todas partes».
Moneda emitida para conmemorar la anexión de Egipto por parte de Roma.
Octaviano aparece en el anverso, la leyenda señala: «Egipto capturado».
Las
piezas y los cabos sueltos diseminados por la historia de Cleopatra han obrado
el paradójico efecto de provocarnos una avidez insaciable. A la literatura
acumulada durante siglos acerca de la última reina de Egipto hay que sumar el
impulso reciente de la erudición helenística; el simple compendio de las
fuentes secundarias requeriría todo un volumen de dimensiones considerables.
Nada más lejos de mi propósito escribirlo. Las notas de principio de capítulo
señalan los textos básicos donde se sintetizan materiales dispersos. Los
volúmenes que han determinado la forma final del presente libro —aquellos que
con mayor frecuencia he sacado del estante— figuran en la bibliografía selecta.
Dichos textos se citan por el apellido del autor y el año de publicación. Las
fuentes primarias y las revistas aparecen únicamente en las notas. Las notas al
pie se limitan a elaborar ciertos temas con mayor profundidad.
Salvo cuando se indica lo contrario, las traducciones del griego y el latín
proceden de la Loeb Classical Library, con tres excepciones de tipo general:
para Apiano y para la Guerra civil de César me he servido de
las fluidas versiones de John Carter (Penguin, 1996, y Oxford 1998,
respectivamente). Para Lucano, he recurrido a la de Susan H. Braund, aparecida
en Oxford University Press en 2008. Allí donde las traducciones se alejan del
texto publicado, estoy en deuda con Inger Kuin, quien ha esclarecido los
pasajes enrevesados y conciliado aquellos que parecían contradictorios.[LX] Abrevio
Cleopatra VII, Julio César y Marco Antonio como C, CR, y A. Las fuentes
principales aparecen citadas como sigue:
|
Adulador: |
Plutarco, «Cómo distinguir a un adulador de un amigo»,
en Obras morales y de costumbres (Moralia) |
|
AJ: |
Flavio Josefo, Antigüedades judías |
|
Apiano: |
Apiano, Historia de Roma |
|
Ateneo: |
Ateneo de Náucratis, Banquete de los eruditos |
|
Augusto: |
Augusto, Res gestae divi Augusti |
|
Cicerón: |
Cicerón, Cartas |
|
DA: |
Suetonio, «El divino Augusto», en Vidas de los doce
césares |
|
Dión: |
Dión Casio, Historia romana |
|
Diodoro: |
Diodoro Sículo, Biblioteca histórica |
|
DJ: |
Suetonio, «El divino Julio», en Vidas de los doce
césares |
|
Estrabón: |
Estrabón, Geografía |
|
Floro: |
Floro, Epítome de la historia de Tito Livio |
|
GA: |
Julio César, Guerra de Alejandría |
|
GC: |
Julio César, Guerra civil |
|
GJ: |
Flavio Josefo, La guerra de los judíos |
|
HN: |
Plinio, Historia natural |
|
JC: |
Plutarco, «César», en Vidas paralelas |
|
Lucano: |
Lucano, Farsalia |
|
MA: |
Plutarco, «Antonio», en Vidas paralelas |
|
ND: |
Nicolás de Damasco, Vida de Augusto |
|
Pausanias: |
Pausanias, Descripción de Grecia |
|
Pompeyo: |
Plutarco, «Pompeyo», en Vidas paralelas |
|
Quintiliano: |
Quintiliano, Sobre la formación del orador |
|
Valerio: |
Valerio Máximo, Dichos y hechos memorables |
|
VP: |
Veleyo Patérculo, Historia romana |
Nota Capíulo 2
Un cadáver no muerde
Sobre
el «extraño furor» (Cicerón a Tirón, 146 [XVI, 12], 27 de enero del 49) de las
guerras civiles romanas: Apiano, JC, Dión, Floro, Plutarco. El retrato de CR
está tomado de Suetonio. Para un punto de vista distinto sobre la remoción de C
del poder, véase Cecilia M. Peek, «The Expulsion of Cleopatra VII», en Ancient
Society, n.º 38 (2008), pp. 103-135. Peek sostiene que C no fue depuesta
hasta la primavera del año 48.
Entre las fuentes clásicas que tratan de Alejandría, me he basado
fundamentalmente en Amiano Marcelino, Aquiles Tacio, Arriano, Diodoro,
Estrabón, Filón (sobre todo La vida contemplativa, Sobre los sueños,
Embajada a Gayo), Plinio, Plutarco, Polibio, y Teócrito. Josefo procede a
la descripción del templo y el palacio de Herodes en GJ, 5, 173-225; el de C
sólo podía superarlo en opulencia. Ateneo (5, 195-197) facilita detalles sobre
la decoración. Con pinzas he tomado las descripciones palaciegas de Lucano y
Aristeas. Entre las reconstrucciones modernas pueden verse: Inge Nielsen, Hellenistic
Palaces: Tradition and Renewal, Aarhus University Press, Aarhus, 1999, y
Maria Nowicka, La maison privée dans l’Égypteptolémaïque,
Wydawnictwo Polskiej Akademii Nauk, Breslavia, 1969.
Para testimonios modernos sobre Alejandría: el sobresaliente libro de Pascale
Ballet, La vie quotidienne à Alexandrie, Hachette, París, 1999;
Diana Delia, «The Population of Roman Alexandria», en Transactions of
the American Philological Association, N.º 118 (1988), pp. 175-192;
Jean-Yves Empereur, Alexandria: Jewel of Egypt, Abrams, Nueva York,
2002; E. M. Forster, Alexandria: A History and aGuide, André
Deutsch, Londres, 2004 [traducción castellana de Ubaldo Gutiérrez Martínez y
Adolfo Torres Franco:Alejandría: Historia y guía, Almed, Granada, 2008];
Franck Goddio, Alexandria: The Submerged Royal Quarters, Periplus,
Londres, 1998; William La Riche, Alexandria: The Sunken City,
Weidenfeld, Londres, 1996; el exquisito libro de John Marlowe The
Golden Age of Alexandria, Gollancz, Londres, 1971; las conferencias del
Simposio J. Paul Getty, 22-25 de abril de 1993, aparecidas como Alexandria
and Alexandrianism, The J. Paul Getty Museum, Malibu, 1996; Justin Pollard
y Howard Reid, The Rise and Fall of Alexandria: Birthplace of the
Modern Mind, Viking, Nueva York, 2006; J. Pollitt, Art in the
Hellenistic Age, Cambridge, Cambridge University Press, 1986 [traducción
castellana de Consuelo Luca de Tena: El arte helenístico, Nerea,
San Sebastián, 1998]; Paul Edmund Stanwick, Portraits of the Ptolemies:
Greek Kings as Egyptian Pharaohs, University of Texas Press, Austin, 2002;
Theodore Vrettos, Alexandria: City of the Western Mind, Free Press,
Nueva York, 2001. Sobre el trazado de la ciudad, W. A. Daszweski, «Notes on
Topography of Ptolemaic Alexandria», Mieczysław Rodziewicz, «Ptolemaic Street
Directions in Basilea (Alexandria)» y Richard Tomlinson, «The Town Plan of
Hellenistic Alexandria», en Alessandria e il Mondo Ellenistico-Romano,
L’Erma di Bretschneider, Roma, 1995; y el iluminador ensayo de Barbara
Tkaczow, The Topography of Ancient Alexandria, Travaux du Centre
d’Archéologie Méditerranéenne, Varsovia, 1993.
Sobre la educación, «adorno en la prosperidad y refugio en la adversidad» según
Aristóteles: Cicerón, en especial Bruto y Sobre el
orador; Séneca, Epístolas morales a Lucilio; Suetonio, De
grammaticis et rhetoribus; Quintiliano, Ejercicios;
Luciano, Sobre los que están a sueldo. Sobre los asuntos aptos para
tratar en discurso, Quintiliano, 3, 8, 48-70y Séneca, Epístolas morales
a Lucilio, 88, 6-9. Entre las fuentes modernas: Stanley F. Bonner, Education
in Ancient Rome, University of California Press, Berkeley, 1977 [traducción
castellana de José M.ª Domènech:La educación en la Roma Antigua, Herder,
Barcelona, 1984]; Alan K. Bowman y Greg Woolf, eds., Literacy and Power
in the Ancient World, Cambridge University Press, Cambridge, 1994
[traducción castellana de Alcira Nélida Bixio: Cultura escrita y poder
en el mundo antiguo, Gedisa, Barcelona, 2000]; especialmente destacable por
su tratamiento de los ejercicios retóricos resulta M. L. Clarke, Higher
Education in the Ancient World, Routledge, Londres, 1971; las excelentes
obras de Raffaella Cribiore, en concreto Gymnastics of the Mind,
Princeton University Press, Princeton, 2001; Bernard Legras, «L’enseignement de
l’histoire dans les écoles grecques d’Égypte», en Akten des 21.
Internationalen Papyrologenkongresses, Berlín, 1995, Teubner, Stuttgart,
1997, pp. 586-600; el soberbio ensayo de H. I. Marrou, A History of
Education in Antiquity, University of Wisconsin Press, Madison, 1956
[traducción castellana de Yago Barja de Quiroga: Historia de la
educación en la Antigüedad, Akal, Tres Cantos, 2004]; Teresa Morgan, Literate
Education in the Hellenistic and Roman Worlds, Cambridge University Press,
Cambridge, 1998; Rawson, 1985.
Sobre los matrimonios ptolemaicos y la endogamia: Chris Bennett, «Cleopatra V
Tryphaena and the Genealogy of the Later Ptolemies», en Ancient Society,
n.º 28 (1997), pp. 39-66; Elizabeth Carney, «The Reappearance of Royal Sibling
Marriage in Ptolemaic Egypt», en La Parola del Passato, n.º XLII
(1987), pp. 420-439; a destacar Keith Hopkins, «Brother-Sister Marriage in
Roman Egypt», en Comparative Studies in Society and History,
vol. 22, n.º 3 (1980), pp. 303-354; Daniel Ogden, Polygamy, Prostitutes
and Death: The Hellenistic Dynasties, Duckworth, Londres, 1999; Brent D.
Shaw, «Explaining Incest: Brother-Sister Marriage in Graeco-Roman Egypt»,
en Man, vol. 27, Nº 2 (1992), pp. 267-99.
En relación con esto, sobre las mujeres en el Egipto ptolemaico: Roger S.
Bagnall, «Women’sPetitions in Late Antique Egypt», en Hellenistic and
Roman Egypt: Sources and Approaches, Ashgate Publishing, Burlington,
VT, 2006; Bagnall y Cribiore, 2006; J. P. V. D. Balsdon, Roman Women:
Their History and Habits, Bodley Head, Londres, 1962; Joan B. Burton, Theocritus’s
Urban Mimes: Mobility, Gender, and Patronage, University of California
Press, Berkeley, 1995, pp. 147-155; Elaine Fantham et al ., Women
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University of Pennsylvania, 2002; Pomeroy, 1990; Claire Préaux, «Le statut de
la femme à l’époquehellénistique, principalement en Égypte», Recueils
de la Société Jean Bodin III (1959), pp. 127-175; Rowlandson, 1998.
Sobre los matrimonios tardíos, Donald Herring, «The Age of Egyptian Women at
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Abstracts(1988), p. 85.
Para el título, Pompeyo, 77; Plutarco, «Bruto», 33.
Nota Capítulo 3
Cleopatra conquista al viejo con sus hechizos
Para
la guerra de Alejandría, véanse Apiano, Dión, CR, Lucano y Plutarco, con
precaución. La primera fuente moderna sigue siendo Paul Graindor, La
guerre d’Alexandrie, Société Anonyme Egyptienne, Cairo, 1931. Nótese que el
único relato contemporáneo de la guerra es el de CR y sus colaboradores.
Nadie se ha ocupado de Auletes y sus tribulaciones mejor que Mary Siani-Davies,
sobre todo en «Ptolemy XII Auletes and the Romans», en Historia, Nº
46 (1997), pp. 306-340; reimpreso, con modificaciones, en Cicero’s Speech:
Pro Rabirio Postumo, Clarendon Press, Oxford, 2001, pp.1-38. Véase asimismo
Dión, 39, 13-15 y 54-59; Herwig Maehler, «Egypt under the Last Ptolemies»,
en Bulletin of the Institute of Classical Studies, n.º 30 (1983),
pp. 1-19. Sobre la restauración: Dión, Plutarco y, más señaladamente, Cicerón;
el ejemplar «The Egyptian Question in Roman Politics» de Israel Shatzman,
en Latomus, n.º 30 (1971), pp. 363-369; Richard S. Williams,
« Rei Publicae Causa: Gabinius’s Defense of His Restoration of
Auletes», enClassical Journal, vol. 81, Nº 1 (1985), pp. 25-38.
Para la estancia de CR en Egipto y el crucero por el Nilo: Apiano, Diodoro,
Dión, Estrabón, Plinio, Suetonio y Tácito. Me he basado en gran parte en un
notable trabajo de Victoria Ann Foertmeyer, Tourism in Graeco-Roman
Egypt, tesis doctoral, Princeton University, 1989. Asimismo: Abdullatif A.
Aly, «Cleopatra and Caesar at Alexandria and Rome», en Roma e l’Egitto
nell’Antichità Classica, Atti del I Congresso Internazionale Italo-Egiziano
(1989), pp. 47-61; Lionel Casson, 1974, pp. 256-291; Casson, Ships and
Seamanship in the Ancient World, Johns Hopkins University Press, Baltimore,
1971; T. W. Hillard, «The Nile Cruise of Cleopatra and Caesar», en Classical
Quarterly, vol. 52, n.º 2 (2002), pp. 549-554; Louis E. Lord, «The Date of
Julius Caesar’s Departure from Alexandria», enJournal of Roman Studies,
n.º 28 (1930), pp. 19-40; J. Grafton Milne, «Greek and Roman Tourists in
Egypt», en Journal of Egyptian Archeology, vol. 3, Nº 2/3 (1916),
pp. 76-80; Neal, 1975, pp. 19-33; Thompson, «Hellenistic Royal Barges»,
conferencia inédita, Atenas, 2009. Sobre la finalidad del viaje: Willy
Clarysse, «The Ptolemies Visiting the Egyptian Chora», en Politics,
Administration and Society in the Hellenistic and Roman World , ed.
Leon Mooren, Bertinoro Colloquium, Peeters, Lovaina, 2000, pp. 33-40. Sobre
vientos, clima, flora y fauna, véase el vívido libro de Sophia Poole, The
Englishwoman in Egypt, The American University in Cairo Press, Cairo, 2003.
Sobre la narración de la visita de Lucio Mumio en el siglo II: George Milligan,
ed., Selections from the Greek Papyri, Cambridge University Press,
Cambridge, 1910, pp. 29-31.
El título es una variación sobre Lucano, v. 360.
Nota Capítulo 4
Nunca laedad deoro fue la edad presente
Cicerón,
Plinio y Plutarco son guías indispensables para entender Roma y a sus
habitantes. Por lo que se refiere a los viajes, me he servido de la erudición
de Lionel Casson y, sobre todo, de su libro Travel in the Ancient World;
véase asimismo el volumen profusamente ilustrado de Michel Reddé y Jean-Claude
Golvin, Voyages sur la Méditerranée romaine, Actes Sud, París,
2005. Sobre C en Roma, véase el demoledor ensayo de Erich Gruen, «Cleopatra in
Rome: Facts and Fantasies», en Myth, History and Culture in Republican
Rome, ed. David Braund y Christopher Gill, University of Exeter Press,
Exeter, 2003; Edmond Van’t Dack, «La Date de C. Ord. Ptol. 80-83 = BGU VI 1212
et le séjour de Cléopâtre VII à Rome», en Ancient Society, Nº 1
(1970), pp. 53-67. Eusebio testimonia la inevitable comitiva en 183, 30, lo
mismo que Horacio, quien se lamenta de la infranqueable barrera de asistentes
que rodea a una aristócrata en Sátiras, 1, 2, vv. 95-100.
Sobre la administración de Egipto y la maquinaria ptolemaica: Bagnall y Derow,
1981, pp. 253-255; Bingen, 2007, pp. 156-255; Bowman, 1986; R. A.
Hazzard, Imagination of a Monarchy: Studies in Ptolemaic Propaganda,
University of Toronto Press, Toronto, 2000; Maehler, 1983; Leon Mooren, «La
hiérarchie de cour ptolémaïque», en Studia Hellenistica, Nº 23,
Lovaina, 1977; Mooren, 2000; Dominic Rathbone, «Ptolemaic to Roman Egypt: The
Death of the Dirigiste State?», en Production and Public Powers in
Classical Antiquity, Cambridge Philological Society, Nº 26 (2000), pp.
4-54; Geoffrey Rickman, The Corn Supply of Ancient Rome, Clarendon
Press, Oxford, 1980; Michael Rostovtzeff, A Large Estate in Egypt in
the Third Century BC, University of Wisconsin Studies, Madison, 1922; Select
Papyri: Public Documents, vol. II, Harvard University Press, Cambridge,
1995; Raphael Taubenschlag, The Law of Graeco-Roman Egypt in the Light
of the Papyri, Panstwowe Wydawnictwo Naukowe, Varsovia, 1955; D. J.
Thompson, «Nile Grain Transport under the Ptolemies», enTrade in the Ancient
Economy, ed. Peter Garnsey et al., Chatto & Windus,
Londres, 1983, pp. 64-75. Ricketts, 1980, pp. 114-136, ofrece un preciso y
sabroso resumen de los papiros, ostraca e inscripciones del
reinado de C.
Sobre Roma y sus costumbres: Cicerón, Estrabón, Horacio, Juvenal, Marcial y
Plinio. Entre las fuentes modernas: Balsdon, Life and Leisure in
Ancient Rome, Bodley Head, Londres, 1969; Casson, Everyday Life in
Ancient Rome, Johns Hopkins University Press, Baltimore, 1998; el colorido
libro de Florence Dupont, Daily Life in Ancient Rome, Blackwell,
Oxford, 1993; Luc Duret y Jean-Pierre Neraudau, Urbanisme et
metamorphoses de la Rome antique, Belles Lettres, París, 2001; Otto
Kiefer, Sexual Life in Ancient Rome, Dorset Press, Nueva York,
1993; Thomas Wiedemann, Adults and Children in the Roman Empire,
Routledge, Londres, 1989; T. P. Wiseman, Catullus and His World: A
Reappraisal, Cambridge University Press, Cambridge, 1985.
Sobre CR: Matthias Gelzer,Caesar: Politician and Statesman, Blackwell,
Oxford, 1968; Adrian Goldsworthy, Caesar: Life of a Colossus, Yale
University Press, New Haven, 2006 [traducción castellana de Teresa Martín
Lorenzo: César: la biografía definitiva, Esfera de los Libros,
Madrid, 2008]; Christian Meier,Caesar: A Biography, MJF Books, Nueva
York, 1982; Stefan Weinstock, Divus Julius, Oxford University
Press, Londres, 1971; Maria Wyke, Caesar: A Life in Western Culture,
University of Chicago Press, Chicago, 2008; Zwi Yavetz, Julius Caesar
and His Public Image, Cornell University Press, Ithaca, 1983.
El título del capítulo está sacado del Poor Richard’sAlmanack de
Benjamin Franklin (1750).
Nota Capítulo 5
El hombre es por naturaleza un animal político
Sobre
el clima político de Roma en general, pueden verse Apiano, Dión, Floro, Nicolás
de Damasco, Plutarco y Suetonio, aunque el más elocuente, como de costumbre, es
Cicerón. Sobre Cicerón, véanse Plutarco y Suetonio; para una semblanza actual,
Everitt, 2003, y Elizabeth Rawson, Cicero: A Portrait, Bristol
Classical Press, Londres, 2001. Sobre la lluvia de honores, Apiano, Cicerón y
Dión. Para la geografía de la Roma oscura, la colina del Janículo, etcétera:
Homo, 1951; Aly, 1989. Sobre C y la ciencia, Monica Green, The
Transmission of Ancient Theories of Female Physiology and Desease through the
Early Middle Ages , tesis doctoral, Princeton University, 1985, pp.
156-161 y 185-189; Albert Neuberger, The Technical Arts and Sciencies
of the Ancients, Kegan Paul, Londres, 2003; Margaret Ott, Cleopatra
VII: Stateswoman or Strumpet?, tesis de máster, University of Wisconsin,
Eau Claire, 1976; Okasha El Daly, «“The Virtuous Scholar”: Queen Cleopatra in
Medieval Muslim Arab Writings», en Walker y Ashton, 2003, pp. 51-56.
Sobre los idus y su tradición: Ovidio, Fastos, 3, v. 523;
Marcial, Epigramas, 4, 64. Para los idus del año 44: Apiano, 2,
111-119; Dión, 44; Floro, 2, 13, 95; ND, 25, 92, fr. 130, 19 y ss.; JC, 66-67;
Plutarco, «Bruto», 14-18; MA, 13-14; DJ, 82; VP, 56. Cicerón refiere los datos
más antiguos en Sobre la adivinación, 2, 9, 23. Véase igualmente
Balsdon, «The Ides of March», en Historia, vol. 7 (1958), pp.
80-94; Nicholas Horsfall, «The Ides of March: Some New Problems», en Greece
& Rome, vol. 21, n.º 2 (1974), pp. 191-199.
Para el título del capítulo: Aristóteles, Política, 1253a.
Nota Capítulo 6
A menudo hay que girar las velas para llegar a puerto
Sobre
A, sus mujeres y sus matrimonios, véase el excelente ensayo de Eleanor Goltz
Huzar, «Mark Antony: Marriages vs. Careers», en Classical Journal,
vol. 81, n.º 2 (1985-1986), pp. 97-111; el indispensable Pelling, 1999, así
como su Plutarch and History: Eighteen Studies, Duckworth, Londres,
2002. Sobre la llegada de C a Tarso: Plutarco, complementado con Ateneo. La
imagen se completa con Apiano, que no obstante es parco en los detalles;
Estrabón y Jenofonte (Anábasis, 1, 2, 23) describen la ciudad. Françoise
Perpillou-Thomas compone un vivo retrato de las diversiones egipcias en «Fêtes
d’Égypte ptolémaïque d’après la documentation papyrologique grecque», en Studia
Hellenistica, vol. 31 (1993). La imagen de Herodes plasmada en el presente
capítulo y el siguiente proviene principalmente de las obras de Flavio Josefo,
tanto las AJ como la GJ. Algunas biografías modernas son: Michael Grant,Herod
the Great, Weidenfeld, Londres, 1971; el excelente estudio de A. H. M.
Jones, The Herods of Judaea, Clarendon Press, Oxford, 1967, y
Samuel Sandmel,Herod: Profile of a Tyrant, Lippincott, Filadelfia, 1967.
El título del capítulo está sacado de una carta de Cicerón a Léntulo Espínter,
20 (1, 9), en diciembre del 54, vertida a partir de la (laxa) traducción de
Boissier, 1970, p. 233. «Nunca en el gobierno de los grandes hombres de Estado
ha sido motivo de elogio la obstinación permanente en la misma idea», explica
Cicerón para justificar su cambio de filas.
Nota Capítulo 7
Objeto de habladurías en el mundo entero
La
mejor introducción al barroquismo oriental y su variopinta nómina de
gobernantes es Sullivan, 1990. Sobre la política de A en Oriente, véase Albert
Zwaenepoel, «La politique orientale d’Antoine», enÉtudes Classiques,
vol. 18:1 (1950), pp. 3-15; Lucile Craven,Antony’sOriental Policy Until the
Defeat of the Parthian Expedition, University of Missouri, Columbia, 1920;
Neal, 1975; A. N. Sherwin-White, Roman Foreign Policy in the East,
Duckworth, Londres, 1984. Como en el capítulo anterior, los datos acerca de
Herodes proceden de la vívida obra de Flavio Josefo. Sobre Antioquía, véase A.
F. Norman, ed., Antioch as a Centre of Hellenic Culture as Observed by
Libanius, Liverpool University Press, Liverpool, 2000; Libanio y Cicerón.
Sobre los títulos y el patrimonio de C, Jean Bingen, «Cléôpatre VII
Philopatris», en Chronique d’Égypte, vol. 74 (1999), pp. 118-123.
Para las Donaciones, K. W. Meiklejohn, «Alexander Helios and Caesarion»,
en Journal of Roman Studies, vol. 24 (1934), pp. 191-195.
Sobre Octaviano: G. W. Bowersock, Augustus and the Greek World,
Clarendon Press, Oxford, 1965; Everitt, 2006; Kurt A. Raaflaub y Mark Toher,
eds., Between Republic and Empire, University of California Press,
Berkeley, 1990.
Nota Capítulo 8
Amores adúlteros, hijos bastardos
Sobre
la guerra de propagandas: Dión, Plutarco y Suetonio. Entre los modernos
estudios de las pruebas conservadas, véase M. P. Charlesworth, «Some Fragments
of the Propaganda of Mark Antony», en Classical Quarterly, vol. 27,
n.º 3-4 (1933), pp. 172-177; Joseph Geiger, «An Overlooked Item of the War of
Propaganda between Octavian and Antony», en Historia, vol. 29
(1980), pp. 112114; y Kenneth Scott, «The Political Propaganda of44-30 BC»,
en Memoirs of the American Academy in Rome, xi (1933), pp. 7-49.
Nadie ha dado una interpretación satisfactoria de la batalla de Accio, pero
John Carter y William Murray son quienes más se acercan. Véase la concienzuda e
ingeniosa reconstrucción de los hechos según Murray en «Octavian’s Campsite
Memorial for the Actium War», en William M. Murray y Photios M. Petsas, Transactions
of the American Philosophical Society, vol. 79, Nº 4 (1989), p. 1172; y
Carter, 1970, así como las notas sobre el combate del mismo en Cassius
Dio: The Roman History, Penguin, Nueva York, 1987, p. 266. Sobre la
batalla, los vientos y el lugar: entrevistas con William Murray, 14 de octubre
de 2009 y 3 de marzo de 2010. Véase asimismo W. W. Tarn, «The Battle of
Actium», en Journal of Roman Studies, vol. 21 (1931), pp. 173-199;
Casson, 1991. Sobre ND: Plutarco, Charlas de sobremesa (Quaestiones
convivales), 8, 4, 723; Bowersock, 1965, pp. 124-125 y 134-138, y Mark
Toher, «The Terminal Date of Nicolaus’sUniversal History», en Ancient
History Bulletin, vol. 1, Nº 6 (1987), pp. 135-138. Angelos Chaniotis aborda
de forma magistral el tema de las mujeres y la guerra en War in the
Hellenistic World, Blackwell, Oxford, 2005, pp. 110 y ss.
Para la estancia en Grecia, véanse los trabajos de Christian Habicht, sobre
todo «Athens and the Ptolemies», en Classical Antiquity, vol. 11,
Nº 1 (abril de 1992), pp. 68-90. Séneca, Suasorias, 1, 7, se hace
eco de las sátiras contra A en Atenas.
El título procede de Lucano, 10, v. 76.
Nota Capítulo 9
La mujer más perversa de la historia
Para
los últimos días de C contamos casi exclusivamente con el testimonio de Dión y
Plutarco; las contribuciones de Eusebio, Eutropio, Horacio, Suetonio y Veleyo
son de tipo secundario. Por lo que respecta al tratamiento de la muerte de C en
Plutarco, el análisis de Pelling, 2002, pp. 106 y ss., es especialmente fiable.
Véase asimismo J. Gwyn Griffiths, «The Death of Cleopatra VII», en Journal
of Egyptian Archeology, vol. 47 (diciembre de 1961), pp. 113-118; Yolande
Grisé, Le suicide dans la Rome antique, Bellarmin, Montreal, 1982;
Saul Jarcho, «The Correspondence of Morgagni and Lancisi on the Death of
Cleopatra», en Bulletin of the History of Medicine, vol. 43, Nº 4
(1969), pp.299-325; W. R. Johnson, «A Quean, A Great Queen? Cleopatra and the
Politics of Misrepresentation», en Arion, vol. VI, Nº 3 (1967), pp.
387-402; Gabriele Marasco, «Cleopatra e gli esperimenti su cavie umane»,
en Historia, vol. 44 (1995), pp. 317-325; Francesco Sbordone, «La
morte di Cleopatra nei medici greci», en Rivista Indo-Greco-Italica,
vol. 14 (1930), pp. 1-20; la ingeniosa cronología del fin de C según T. C.
Skeat, «The Last Days of Cleopatra», en Journal of Roman Studies,
vol. 13 (1953), pp.98-100, y Tarn, 1931. Sobre el destino de los hijos de C,
véase Meiklejohn, 1934.
Para una descripción pormenorizada del triunfo y las consecuencias de Accio,
véase Robert Alan Gurval, Actium and Augustus: The Politics and
Emotions of Civil War, University of Michigan Press, Ann Arbor, 1998.
Sobre el carácter duradero y cambiante de la imagen de C, así como su
introducción en la mitología moderna: Mary Hamer, Signs of Cleopatra,
Routledge, Londres, 1993; Lucy Hughes-Hallett, Cleopatra: Histories,
Dreams and Distortions, Harper & Row, Nueva York, 1990; Richardine G.
Woodall, Not Know Me Yet? The Metamorphosis of Cleopatra, tesis
doctoral, York University, 2004; Wyke, 2002, pp. 195-320.
El título del capítulo remite a una cita de Cecil B. Demille aparecida en
Michelle Lovric, Cleopatra’s Face, British Museum Press, Londres,
2001, p. 83.
Notas
al pie de página
[I] Ni
siquiera los escritores de ficción se ponen de acuerdo acerca de César y
Cleopatra: la quiere (Händel), no la quiere (Shaw), la quiere (Thornton
Wilder). (N de la A.)
[II] Así
viene siendo desde tiempo inmemorial: «La investigación ha sido laboriosa
porque los testigos no han dado las mismas versiones de los mismos hechos, sino
según las simpatías por uno o por otros o según la memoria de cada uno»,
deploraba Tucídides casi cuatrocientos años antes de Cleopatra. (N. de la A)
[III] Ptolomeo
XIII presenció el asesinato desde la playa, pero, por su implicación en él,
Dante lo destinó al noveno círculo del infierno, en compañía de Caín y Judas.(N.
de la A)
[IV] No
fueron los únicos. Se cuenta que Alejandro Magno consultó a un famoso oráculo
acerca de sus padres, sobre quienes albergaba dudas, cosa lógica si se
considera que, según se decía, su madre se había apareado con una serpiente.
Muy hábilmente, dejó a su séquito fuera del templo y sobornó al oráculo, que lo
declaró al punto hijo de Zeus. (N. de la A)
[V] Dada
su congestionada genealogía, Ptolomeo VIII fue tres veces bisabuelo de
Cleopatra y dos veces tatarabuelo suyo. ( N. de la A.)
[VI] En
la familia de Alejandro el Grande figuran dos Cleopatras, la última esposa de
su padre y una hermana dos años menor que Alejandro. Ambas murieron a manos de
otros miembros de la familia. (N.de la A.)
[VII] Ni
siquiera se sabe a ciencia cierta si fue su madre, claro que, de haber sido
Cleopatra hija ilegítima, es poco probable que el dato hubiera pasado por alto
a sus detractores. (N. de la A.)
[VIII] Teódoto
escapó pero le siguieron el rastro. Para cuando se convirtió en tema de debate
escolar, había sido crucificado.( N. de la A)
[IX] Estados
Unidos presenta un caso paralelo en el uso del francés. En la América colonial,
la lengua del disipado Viejo Mundo era agente de contagio; allá donde se
introducía el francés, seguían invariablemente la depravación y la frivolidad.
En el siglo XIX el francés era el vehículo indispensable de la alta cultura,
dotado de una mayor expresividad y mayor riqueza de vocabulario, superior, al
parecer, a cualquier otra lengua en virtud de sus numerosos matices y gran
maleabilidad. Los casos extremos de admiración lindaban con el resentimiento,
al que terminaban sucumbiendo. Un siglo más tarde, el francés se consideraba
anticuado, prolijo, irrelevante y afectado. (N. de la A.)
[X] El equivalente helenístico del
dicho «en la cocina y con la pata quebrada» era romano: «Amó a su esposo en su
corazón. Le dio dos hijos […]. Llevó la casa e hizo labores de lana».
[XI] Ninguno
de estos testimonios es de primera mano. Sólo en una versión —una desaliñada
relación del siglo VI se osa aseverar que pudo ser César quien sedujera a
Cleopatra. (N. de la A.)
[XII] Nada
sabemos acerca de las motivaciones de Arsínoe, lo cual no ha frenado las
especulaciones del más acreditado intérprete moderno de la guerra de
Alejandría: si al ver cómo su hermana mayor atraía a César a su lado no hubiera
sentido celos, afirma cierto historiador, «no habría merecido el nombre de
mujer». ( N. de la A.)
[XIII] Partia
ocupaba el noreste del Irán moderno. El reino póntico partía de la costa sur
del mar Negro y se extendía hacia el interior de la actual Turquía. (N. de
la A.)
[XIV] Para
los romanos el culto egipcio a los animales era una práctica
indescriptiblemente primitiva y perversa. Un cristiano del siglo II no comparte
su parecer y opina que, comparadas con los dioses griegos, las deidades
egipcias conservan cierta dignidad: «Acaso sean animales irracionales —concede
Clemente de Alejandría—, mas no son adúlteros, ni lascivos, ni buscan placeres
contra natura». ( N. de la A)
[XV] Los
romanos de épocas posteriores matizan: siglos más tarde, Dión diría de los
alejandrinos que nadie los superaba «en blasonar por cualquier cosa, ni los
deja atrás en gusto por charlar sobre todo lo que se les ocurra, pero ante la
guerra y sus peligros son de lo más inútil». (N. de la A.)
[XVI] Al
mismo tiempo resulta interesante que el general que prosigue la narración de
César se astillero hacia la gran biblioteca. Tampoco menciona el uso que dio a
tejados y vigas ni las barricadas de madera de las que tome tantas molestias en
destacar —en su primera página y curiosamente fuera de contexto— que la ciudad
era resistente al fuego. Dicha afirmación contradice otras fuentes antiguas,
donde se nos asegura que el fuego se propagó de los barcos del habla César. Se
trata de una apología gratuita por una ofensa inexistente. (N. de la A.)
[XVII] El
regalo fue bienvenido, pero el momento no era el más adecuado. Julia debía
haberse casado pocos días más tarde con Quinto Servilio Cepión, que lo tomó
como una afrenta. En sustitución de Julia, Pompeyo ofreció a su propia hija,
comprometida a su vez con otro hombre. Las más de las veces, las mujeres
romanas eran intercambiadas como si fueran ganado, cosa que —pese a sus
creativas maquinaciones familiares— rara vez ocurrió entre los Ptolomeos.
[XVIII] Cierto
historiador moderno llega incluso a sugerir que lo callaron a conciencia.
[XIX] Es
casi seguro que la esfinge, que llevaba casi un millar de años enterrada entre
la arena, permaneció invisible para César y Cleopatra.
[XX] La
mayoría de las pintadas decían: «Lo he visto y me he maravillado»
[XXI] Al
igual que tantos otros hechos de su vida —el crucero del Nilo, la estancia en
Roma, su buena fe en Accio—, la paternidad de este hijo y el momento de su
nacimiento han sido objeto de disputa. Su entrada en escena parecía demasiado
oportuna para ser cierta. Los escépticos aducen, además, la supuesta
infertilidad de César, quien pese a su vigorosa vida sexual no había engendrado
ningún hijo en treinta y seis años. Ya Suetonio toca la cuestión de la
paternidad, sólo que, aparte de faltarle pruebas materiales, guarda silencio
ahí donde lo esperable sería un arrebato de indignación. Podemos interpretar su
silencio como un asentimiento: como si tan amarga hubiese sido la noticia del
nacimiento y tan grande la certeza de que Cleopatra había engañado a César que
lo mejor fuera correr un tupido velo. César, por supuesto, creyó que el hijo
era suyo, lo mismo que Antonio y Augusto.
[XXII] Dando
crédito a falsos rumores, cierto historiador contemporáneo de Cleopatra
atribuyó a Isis el que los egipcios tuvieran una jerarquía social invertida.
Según Diodoro, había sido en reconocimiento del sabio gobierno de la diosa que
los egipcios habían dispuesto que «la reina obtuviera mayor potestad y honor
que el rey y que, entre los particulares, mandara la mujer al hombre, aceptando
los novios, en el contrato de matrimonio, obedecer en todo a la novia».
[XXIII] Se
ha demostrado que la única excepción a esto era la policía. Pese a estar
formada por griegos en los niveles superiores y por egipcios en los inferiores,
constituía una fuerza igualitaria, de una eficiencia y una resolución
insólitas, llegando en ocasiones incluso a amonestar a otros empleados
públicos. Aparte de tomarse la ley en serio, la policía funcionaba de forma más
o menos autónoma para que los Ptolomeos no tuvieran que perder tiempo
ocupándose de «robos de burros y agresiones a ancianas».
[XXIV] En
una lista actual, Cleopatra figura como la vigésimo segunda persona más rica de
la historia, muy por detrás de John D. Rockefeller y el zar Nicolás II, pero
por delante de Napoleón y J. P. Morgan. Se le atribuye una fortuna neta de 95
800 millones de dólares, o lo que es lo mismo, más del triple que la reina
Isabel II. Por supuesto, resulta imposible equiparar con exactitud cantidades
correspondientes a épocas distintas.
[XXV] A
los reyes se les aconsejaba que permanecieran en su país, ya que los pobres
acusaban su ausencia mientras que los ricos, obligados a acompañarlos, se veían
obligados a exiliarse.
[XXVI] «Más
fácilmente habrá acuerdo entre los filósofos que entre los relojes», según la
observación de Séneca.
[XXVII] Sobre
el futuro rey Juba asegura Plutarco que «su captura resultó de lo más
afortunada para él», pues por obra del destino había sido arrancado de su
«bárbaro» país para aterrizar en Roma, donde recibiría una educación. Destacó
como historiador y trató multitud de temas, desde la Antigüedad romana y la
mitología al comportamiento de los elefantes.
[XXVIII] Otros
autores van aún más allá. Para algunos, de la destreza de un hombre con la
flauta se seguía su mediocridad como persona: «De lo contrario, no sería tan
buen flautista», señala convencido Plutarco. La máxima no dice mucho a favor
del padre de Cleopatra, de quien, pese a las abundantes pruebas en sentido
contrario, se diría que «no era hombre, sino flautista y charlatán».
[XXIX] La
literatura representa el ethos primordial de las mujeres. En
la Ilíada, las mujeres son las criaturas más perfectas de la
creación, aunque por regla general también son «propiciadoras de burlas,
regañinas, fiascos, discordias y embustes». En la dramaturgia griega, las
mujeres protagonizan los papeles principales; la literatura romana, en cambio,
no sólo no abunda en heroínas sino que suele presentar dos únicos tipos de
mujer: la tirana rica y la pobre derrochadora. La literatura romana es, además,
llamativamente parca en maridos engañados, recurso clásico en la comedia, desde
Aristófanes a Molière.
[XXX] Como
sentenció Blaise Pascal en el siglo XVII: «Si Cleopatra hubiera tenido una
nariz más corta, toda la faz de la tierra sería distinta».
[XXXI] Muchos
se han maravillado con la anécdota, pero sólo una persona ha sacrificado perlas
de Tiffany para verificarla en un laboratorio. Así, pues, ¿es verdad que las
perlas se disuelven en vinagre? Sí, aunque muy lentamente, asegura B. L.
Ullman, que en 1956 llevó a cabo el experimento: «Herví la perla durante 33
minutos y el vinagre se evaporó mientras yo leía una novela de detectives.
Todavía puedo oler el vinagre. La perla parecía estar intacta, aunque algo
descolorida» El autor obtuvo mejores resultados con un vinagre más fuerte, y
mejores aún al utilizar una perla machacada, que se disolvió tras hervir por
espacio de tres horas y veinte minutos. A la pregunta de por qué iba a querer
Cleopatra (o cualquiera) hacer una cosa semejante — ¿habría causado el mismo
efecto si se hubiera tragado la perla entera?—, Ullman nos recuerda que las
perlas se componen sobre todo de carbonato de calcio, que era para los antiguos
lo que el bicarbonato de sodio para nosotros: un antiácido eficaz, aunque
costoso.
[XXXII] Cicerón
no se avergonzaba por ello, tanto menos cuanto que la desgracia lo había
abocado a una productividad febril, y desafiaba a aquellas «almas felices» que
afeaban su luto al leer la mitad de las páginas que él, con toda su desgracia,
había escrito
[XXXIII] Se
la acusaría de excluir del reparto a los judíos de la ciudad, cosa poco
plausible, siendo éstos por norma partidarios leales de las mujeres de la
dinastía ptolemaica. Los judíos ejercían de guardianes del río, policías,
mandos militares y funcionarios de alto rango. Habían luchado al lado de
Auletes, habían formado parte del grupo leal a Cleopatra en el desierto en el
año 48 y se habían batido en la guerra de Alejandría, al término de la cual
César les había concedido el derecho de ciudadanía.
[XXXIV] Para
complicar un poco más las cosas, con el tiempo se les sumarían otros magnicidas
y aspirantes al título atraídos por la posibilidad de unirse a esa suerte de
ejército de resistencia. Para complicarlas más aún, se daba el caso de que
Lépido y Casio eran cuñados, y que ambos, a su vez, mantenían lazos con Bruto
por razón de matrimonio.
[XXXV] En
rigor, para merecer el apelativo de elocuente, el orador debe ser capaz de
argumentar con igual maestría a favor y en contra de un mismo caso. «Por eso,
si por casualidad me encontráis a un hombre cuyos ojos desdeñan la belleza del
mundo —declara Cicerón en el mismo discurso—, que no se siente cautivado ni por
el olor, ni por el tacto, ni por el sabor, que cierra sus oídos a toda clase de
armonías, este hombre será tenido quizá por mí y por unos pocos como un
favorito de los dioses; la mayoría lo tendrán por una víctima de su cólera».
Cicerón, por lo visto, vivía en una de las mansiones más exclusivas del más
exclusivo barrio de Roma, por la cual había pagado una suma astronómica. Y
aunque tenía a gran honra que su casa fuera «como la de un filósofo que censura
la locura de otras villas», no podía dejar de admitir lo mucho que le gustaban
ciertos añadidos.
[XXXVI] Una
mujer dio con una solución particularmente ingeniosa: llevó a escondidas a su
marido hasta la costa en un saco de cáñamo o cuero como el utilizado por
Cleopatra para entrar en palacio.
[XXXVII] Se
perdió por el camino.
[XXXVIII] Hay
que tener el corazón bien duro para sostener que Antonio se resistió a la
irresistible reina egipcia, pero ha habido quien lo ha hecho. El gran Ronald
Syme convierte a Cleopatra en una muesca más en el cabezal de la cama de
Antonio, relegándola a una lista de reinas vasallas más o menos
intercambiables. Según Syme, Antonio no se encaprichó de la reina: «Se entregó
a ella de buen grado, pero no sucumbió», y añade que, tras el invierno
Alejandrino del año 41, Antonio ya no sentía hacia ella más que indiferencia.
[XXXIX] Algunos
autores, en cambio, han visto en su grandilocuencia una reivindicación de su
herencia griega. Genuino o no, el regreso a las raíces no podía sino ser bien
recibido en un mundo que constantemente estaba midiéndose con el pasado. Quizá
haya que ver en su decisión un gesto inclusivo, pues de Macedonia procedían no
sólo los Ptolomeos, sino también sus rivales, los Seléucidas. Y la dinastía
Seléucida, otrora poderosa, había controlado buena parte del territorio ahora
en manos de Cleopatra.
[XL] También
Herodes es un soberano sin rostro. Que no conozcamos su aspecto se debe tal vez
al mandamiento bíblico que proscribe la talla de imágenes.
[XLI] Se
trataba de una acusación habitual. Tiempo después, Alejandro, uno de los hijos
de Herodes, justificó un complot contra su tía diciendo que «por la noche,
había entrado en su habitación y se había acostado con él contra la voluntad
del propio Alejandro».
[XLII] Se
produjo otra intriga, en la que se vio envuelto Costobar, gobernador de una
región vecina, al sur de Judea. Costobar debía su posición a Herodes, al que
despreciaba. Tampoco profesaba afecto ninguno a los judíos; tanto es así que
prefirió reinstaurar el politeísmo entre los suyos. Sabía a quién debía
dirigirse en busca de ayuda, por eso escribió a Cleopatra, el mejor medio de
acceder a Antonio. Le recordaba a la reina que sus antepasados habían sido por
largo tiempo dueños de las tierras que ahora él gobernaba. ¿Por qué no se las
reclamaba a Antonio? Por su parte, él le prometía lealtad. La iniciativa de
Costobar no obedecía tanto a su estima por Cleopatra como a su desprecio hacia
Herodes. El ofrecimiento no sirvió de nada, pues Antonio rechazó la reclamación
de la egipcia. Herodes barajó la posibilidad de vengarse de Costobar, pero una
vez más no se atrevió por miedo a Cleopatra. A fin de prevenir futuros
conflictos, Herodes prefirió casar a Costobar con su hermana, recién viuda, lo
que en cierto modo equivalía a condenarlo a muerte. La hermana de Herodes
terminaría traicionando a su segundo marido igual que había hecho con el
primero.
[XLIII] Su
hermana no cejaría hasta vengarse también de los hijos de Herodes y Mariamne, a
quienes Herodes terminaría asesinando. Fueron enterrados junto a Aristóbulo.
[XLIV] La
suerte de Canidio tiene su punto irónico. En sus años jóvenes había sido el
encargado de transportar a Roma el tesoro del tío depuesto de Cleopatra, el rey
de Chipre. En su momento hubo dudas de que Canidio fuera la persona indicada
para desempeñar de forma honesta tan lucrativa tarea.
[XLV] Sexto
Pompeyo complicaba la coyuntura por múltiples razones. Mantenía buenas
relaciones con varios monarcas tenidos por enemigos mortales de Roma, y
Cleopatra se mostraba bien dispuesta hacia él en atención a la relación entre
los padres de ambos. (Sexto, de hecho, intentó algunos acercamientos a la
reina, cosa que Antonio desaconsejó. También era lo bastante inteligente para
saber que no le convenía aliarse con una reina extranjera y un compatriota
endiosado que —pese a tener el favor del pueblo en Roma— se comportaba como un
pirata. Esta vez, el instinto no traicionó a Antonio: a sus espaldas, Sexto
había ofrecido sus servicios también a los partos). Según Apiano, Antonio se
negó a firmar la orden de ejecución de Sexto. Lo avergonzaba hacerlo personalmente,
pues sabía que su muerte disgustaría a Cleopatra y no quería que la reina lo
considerase responsable de ella. Apiano sugiere también que la sentencia era
deseable; mejor eliminar a Sexto, hábil comandante naval, que arriesgarse a
permitir que una eventual alianza con Cleopatra perturbase «el respeto
favorable existente entre Antonio y Octaviano»
[XLVI] Antonio
da nombres, cinco en total. En otro lugar señala que Octaviano se había
divorciado de su anterior esposa alegando «perversión moral»; por lo visto no
había asimilado que él tuviera una amante.
[XLVII] Nadie
vio el testamento aparte de Octaviano, quien pudo habérselo inventado. También
cabe la posibilidad de que Planco lo hubiera falsificado, ya que en casos de
fuerza mayor tenía potestad para firmar en nombre de Antonio y estampar su
sello. Parece obvio que el documento incluía la confirmación de las donaciones
otorgadas por Antonio a los hijos de Cleopatra, así como el reconocimiento de
la paternidad de Cesarión. Hasta donde sabemos, Antonio nunca se retractó en
este punto. Octaviano tampoco negó las afirmaciones acerca de Cesarión, que a
esas alturas lo mejor era ignorar. En cualquier caso, cuesta imaginar qué
motivos habrían podido mover a Antonio a plasmar por escrito las provisiones
que Octaviano leyó en voz alta.
[XLVIII] Se
trataba de un signo de debilidad proverbial. Ya Plauto, el comediógrafo más
popular de Roma, había sentenciado: «De esos buenos partidos, de sus ínfulas,
sus ricas dotes, sus gritos, sus órdenes, sus carros de marfil, sus mantos y su
púrpura, no quiero saber nada: sólo sirven para, a fuerza de gastos, convertir
en esclavos a sus maridos».
[XLIX] Privado
de sus poderes, Antonio perdía formalmente el derecho a solicitar asistencia de
los Estados vasallos y a distribuir territorios romanos. Con cierto
retorcimiento lógico, podría decirse que Cleopatra instigó a un ciudadano
privado hostil a Roma y que tenía en su posesión unas tierras que no le
pertenecían. Admitir esto, no obstante, supondría acusar también a Antonio,
cosa que nunca ocurrió.
[L] Nicolás de Damasco se apresuró a
afirmar que siendo apenas adolescente, todavía en la edad en que los jóvenes
«se dan al libertinaje», Octaviano se había abstenido del placer sexual por
espacio de un año entero. Además, y haciendo caso omiso de todas las pruebas
que señalan lo contrario, era un lugar común destacar su estilo de vida
sencillo y austero. En realidad Octaviano adoraba los muebles caros y los
bronces de Corinto tanto como cualquiera, y más aún los juegos de apuestas.
[LI] Como
diría más tarde el poeta Propercio: «¿De qué nos sirve ahora haber abatido la
tiranía de Tarquinio […] si hemos tenido que soportar a esa mujer?».
[LII] Roma
toleraba la ostentación tan sólo en el campo de las armas. Como explica
Plutarco: «En otros objetos, el lujo sugiere extravagancia y afeminamiento en
quienes usan de ellos, como si el ánimo recibiera una punzada o un cosquilleo
que lo inhabilitara para los altos propósitos; en los útiles de la guerra, sin
embargo, fortalece y exalta el espíritu».
[LIII] Cleopatra
tampoco era la primera en Oriente a la que se le ocurría asociarse con un
general romano. Sertorio había unido fuerzas con Mitrídates, el rey del Ponto
que en el año 69 había denunciado con tanta elocuencia el auge de Roma.
Mitrídates ya había concebido la clase de imperio amalgamado que Cleopatra y
Antonio representaban. Invirtió varias décadas en su realización, pero
finalmente fue vencido por Pompeyo, quien derrotó también a Sertorio tras
cuatro años de feroz campaña.
[LIV] Por
entonces, en circunstancias normales, habrían empezado los preparativos para
desposarlo con su madre.
[LV] Calígula
descendía de Marco Antonio (que habría sido su bisabuelo paterno) y Octaviano
(su bisabuelo materno). Según le conviniera, se hacía pasar por descendiente de
uno u otro. Durante su reinado se hacía difícil saber a qué atenerse: un día se
consideraba inaceptable celebrar sacrificios en honor del derrocamiento de
Antonio, mientras que al siguiente lo era mostrarse reticente a ofrecer
sacrificios a la victoria de Augusto.
[LVI] Como
siempre, se sospechó de una mujer competente. Se murmuró que Livia lo había
asesinado. Curiosamente, se dijo que para hacerlo se había servido de higos
venenosos.
[LVII] La
costumbre de cambiar el nombre de los meses terminó con Tiberio, quien —instado
a apropiarse de noviembre— bromeó diciendo que, si llegaba a haber trece
césares, la costumbre empezaría a ser problemática.
[LVIII] Es
posible que la reina conociera la fábula de Esopo en la que el león le dice al
hombre: «Muchas son las estatuas de hombres matando leones, pero, si los leones
supieran esculpir, acaso las estatuas fueran distintas».
[LIX] Por
lo menos Dante la sitúa en su infierno siete círculos por encima de su hermano.
A fin de cuentas, el pecado de Cleopatra (lujuria) iba contra sí misma. El de
su hermano menor (traición) iba contra los demás.
[LX] Para
la versión castellana de éstos y otros pasajes de autores antiguos se ha
recurrido a las traducciones (y la numeración) de la colección Biblioteca
Clásica Gredos. Cuando la procedencia es otra, se indica de forma específica en
el lugar oportuno. Únicamente en aquellos pocos casos en que no existe versión
castellana, o no ha podido accederse a ella, se ha traducido a partir de la
versión inglesa citada por la autora. De las obras que la autora relaciona a
continuación, hay versión castellana, pero no en Gredos, de las siguientes:
Flavio Josefo, Antigüedades judías, ed. José Vara, Akal, Madrid,
2002; Augusto, Res gestae divi Augusti, ed. Juan Manuel Cortés,
Ediciones Clásicas, Madrid, 1994; Quintiliano, Sobre la formación del
orador, ed. Alfonso Ortega Carmona, Publicaciones Universidad Pontificia,
Salamanca, 1997. (N. del t.)
Notas
al fin del libro
[1] Eurípides, Helena,
v. 1615.
[2] AJ,
15, 101.
[3] Salustio, Carta
de Mitrídates, 4, 69, 21.
[4] AJ,
13, 408, cf. 13, 430.
[5] Rowlandson,
1998, p. 322.
[6] Dión,
58, 2, 5.
[7] Cicerón
no sentía la menor estima por los pueblos orientales, al contrario: «Me aburren
su ligereza, su adulación y sus espíritus, más pendientes de las circunstancias
que de sus obligaciones».
[8] James
Anthony Froude, Caesar: A Sketch, Scribner’s, Nueva York, 1879, p.
446.
[9] Pompeyo,
24.
[10] Más
de ciento treinta años después de C, Flavio Josefo atacó la veracidad y los
métodos de sus contemporáneos: «Recientemente algunos autores han escrito
historias sin haber estado en los lugares de la acción y sin acercarse a sus
actores, sino que, a partir de rumores, han reunido unos pocos datos y, con más
desvergüenza que un beodo, los han adornado con el nombre de historia» (Contra
Apión, 1, 46). Ahí mismo, arremete contra los antiguos griegos por
presentar versiones contradictorias de los mismos hechos, yerro que él mismo
comete poco después.
[11] La
observación es de K. R. Bradley, en su introducción a Suetonio, Lives
of the Caesars I, p. 14
[12] Andrew
Wallace-Hadrill, Suetonius, Bristol Classical Press, Londres, 2004,
p. 19. Véase asimismo Fergus Millar, A Study of Cassius Dio, Oxford
University Press, Oxford, 1999, p. 28. Sobre la práctica de extraer historias
brillantes a partir de «casi nada», T. P. Wiseman, Clio’s Cosmetics:
Three Studies in Greco-Roman Literature, Bristol Phoenix Press, Bristol,
1979, pp. 23-53. Véase también Flavio Josefo,Contra Apión, 1, 24-25. Un
lúcido Quintiliano apunta, en el siglo I d. C.: «[La historia] es la más
cercana a los poetas, y en cierta manera es un poema sin la forma vinculante
del verso».
[13] GJ,
1, 556.
[14] Daniel
Ogden define la Edad Helenística como «el mundo griego sin los griegos»,
en The Hellenistic World: New Perspectives, Duckworth, Londres,
2002, p. X
[15] Menandro, The
Doorkeeper, en Menander: The Plays and Fragments, Oxford
University Press, Nueva York, 2001, p. 264.
[16] Apiano,
2, 84. Sobre el fin de Pompeyo: Apiano, 2, 83-86; Dión, 62, 3-4; GC, 3, 103;
Plutarco, «Pompeyo», 77.
[17] La
comparación es de Floro, 2, 13, 5.
[18] Sobre
la llegada de CR a Egipto: Apiano, 2, 89; Dión, 42, 6-8; GA, 1; JC, 48;
Plutarco, «Pompeyo», 80, 5-6.
[19] GC,
3, 10.
[20] JC,
49; la mejor discusión acerca de la vuelta de C se encuentra en John
Whitehorne, «Cleopatra’s Caret», en Atti del XXII Congresso
Internazionale di Papirologia II (1998), pp. 1287-1293. Sobre la
geografía de la ruta costera, Alan H. Gardiner, «The Ancient Military Road
between Egypt and Palestine», en Journal of Egyptian Archeology,
vol. 6, n.º 2 (abril de 1920), pp. 99-116. Aquiles Tacio (3, 9) describe el
trayecto entre Pelusio y Alejandría por el Nilo; véase asimismo Polibio (5, 80,
3). Entrevistas con Lionel Casson (18 de abril de 2009), John Swanson (10 de
septiembre de 2008) y Dorothy Thompson (22 de abril de 2008). Roger Bagnall
(declaración a la autora, 8 de junio de 2010) señala que C también pudo cruzar
el delta por debajo de la línea costera, donde habría podido aprovechar la
existencia de una carretera.
[21] Diodoro,
1, 30, 7. De forma similar en MA, 3.
[22] Dión,
42, 34, 6.
[23] Dión,
42, 34, 5.
[24] MA,
27 Dión, 42, 34, 5
[25] Dión,
42, 56, 1
[26] Dión,
42, 34, 5
[27] Suetonio,
citando a Curión, DJ, 52, 3.
[28] Dión,
42, 3, 3.
[29] C
no es ni mucho menos la única que ha desarrollado una historia sexual con
efectos retroactivos. Como dice Margaret Atwood a propósito de Jezabel,
«resulta desconcertante el bagaje sexual que se atribuye a su figura, pues
según el relato original ninguno de sus actos tiene la más remota connotación
sexual, excepto el de maquillarse» («Spotty-Handed Villainesses: Problems of
Female Bad Behavior in the Creation of Literature», en:
http://gos.sbc.edu/a/atwood.html).
[30] Dión,
37, 55, 2.
[31] Hablando
por boca de César, escribe Lucano (9, vv. 1069-1071): «Hubiera podido yo
devolver al rey su favor y, a cambio de tal presente, habría enviado,
Cleopatra, tu cabeza a tu hermano».
[32] GA,
70.
[33] Véase
una inteligente reconstrucción de la tumba de Alejandro Magno y su localización
en Andrew Chugg, «The Tomb of Alexander the Great in Alexandria», en American
Journal of Ancient History, vol. 1, Nº 2 (2002), pp. 75-108.
[34] Sobre
las estatuas, véase Robert Wyman Hartle, «The Search for Alexander’s Portrait»,
en W. Lindsay Adams y Eugene N. Borza, eds., Philip II, Alexander the
Great and the Macedonian Heritage, University Press of America, Washington,
DC, 1982, p. 164.
[35] Sobre
la problemática genealogía ptolemaica, véase Bennett, 1997. Estrabón también
trata la cuestión con elocuencia. En cuanto a la rebatible afirmación de que C
podía descender de una familia de sacerdotes egipcios, véase Werner Huss, «Die
Herkunft der Kleopatra Philopater», enAegyptus, N° 70 (1990), pp.
191-203. Sobre el precario poder de los Ptolomeos, Brian C. McGing, «Revolt
Egyptian Style: Internal Opposition to Ptolemaic Rule», en Archiv für
Papyrusforschung, N° 43.2 (1997), pp. 273-314; Leon Mooren, «The Ptolemaic
Court System», en Chronique d’Égypte, N° LX (1985), pp. 214-222.
Anna Swiderek retrata los continuos atentados familiares con tintes casi
humorísticos en «Le rôle politique d’Alexandrie au temps des Ptolémées»,
en Prace Historyczne, N° 63 (1980), pp. 105-115.
[36] François
Chamoux, Hellenistic Civilization, Blackwell, Oxford, 2003, p. 135.
[37] También
es posible que el nombre se debiera a su devoción por Dioniso (Bianchi, 1988,
p. 156).
[38] Hopkins,
1980, p. 337.
[39] Para
los negocios de las mujeres, véase Pomeroy, 1990, pp.125-173. La estimación de
un tercio es de Bowman, 1986, p. 98, y se debe en parte a herencias y dotes.
[40] Herodoto,
2, 35. Sobre las paradojas de Egipto, Diodoro, 1, 27, 1-2; Estrabón, 1, 2, 22 y
17, 2, 5; la imagen del país como mundo al revés se remonta a Sófocles. En
general, para la imagen de Egipto en Grecia: Phiroze Vasunia, The Gift
of the Nile: Hellenizing Egypt from Aeschylus to Alexander ,
University of California Press, Berkeley, 2001.
[41] Filón
de Alejandría, Embajada a Gayo, 43, 338, traducción inglesa de C.
D. Yonge, The Works of Philo, Hendrickson Publishers, Peabody,
Massachusetts, 1993 [traducción castellana de Sofía Torallas Tovar: Obras
completas, ed. José Pablo Martín, Trotta, Madrid, 2010, vol. V].
[42] Según
la reconstrucción de Bennett, 1997, pp. 39-66, Cleopatra VI Trifena era prima y
no hermana de Auletes.
[43] Según
algunas interpretaciones, la opositora, Cleopatra Selene, era en realidad madre
de Auletes. Sea como fuere, el caso es que las mujeres de la saga no vacilaban
a la hora de hacer pública su opinión, aunque para ello tuvieran que cruzar el
mar.
[44] Ateneo,
citado en Tarn y Griffith, 1959, p. 307.
[45] La
observación es de Thompson, 1988, p. 78.
[46] La
observación es de E. M. Forster, 2004, p. 34.
[47] Citado
en Cribiore, 2001, p. 69.
[48] HN,
2, 4, 13.
[49] Heráclito, Alegorías
de Homero, 1, 5.
[50] Cicerón,
«Bruto», 15, 59. En palabras de Elizabeth Rawson: «El fin de la retórica tendía
a ser la persuasión más que la verdad, de aquí que los extravagantes ejemplos
escogidos por el orador en ciernes para demostrar su habilidad estimularan a
menudo la ingenuidad más que la reflexión seria acerca de problemas
importantes» (Cicero: A Portrait, Bristol Classical Press, Londres,
2001, p. 9).
[51] Sobre
el asesinato de Pompeyo como tema de composición: Quintiliano, 7, 2, 6 y 3, 8,
55-58.
[52] El
entrecomillado remite a Quintiliano, 2, 13, 16. Sobre el vocerío enloquecido,
Ibídem, 2, 10, 8.
[53] George
Bernard Shaw, «Notes to Caesar and Cleopatra», en Three Plays for
Puritans, Penguin, Nueva York, 2000, p. 249.
[54] Boccaccio, Famous
Women, Harvard University Press, Cambridge, 2001, p. 363 [traducción
castellana de Violeta Díaz-Corralejo: Mujeres preclaras, Cátedra,
Madrid, 2010, p. 319]. Boccaccio atribuye a C lo mejor de ambos mundos: dado
que «seducía a todos los que quería con el arte del brillo de sus ojos y su
facilidad de palabra, atrajo, en efecto, con poco esfuerzo al libidinoso
emperador [CR] a su contubernio».
[55] Sobre
los jeroglíficos: John Baines, «Literacy and Ancient Egyptian Society», Man,
vol. 18, N° 3 (1983), pp. 572-599.
[56] Las
estimaciones sobre población se mueven entre los tres (Thompson, 1988), los
seis (Walter Schiedel, Death on the Nile, Brill, Leiden, 2001) y
los diez millones (Grant, 2004); los editores del volumen de Diodoro en la
colección Loeb y Fraser (1972, vol. II, pp. 171-172) hablan de siete millones.
En el siglo I d. C., Josefo estima que la población de Egipto, excluyendo Alejandría,
era de 7,5 millones. Diodoro da para Alejandría una población de 500.000
habitantes, cosa plausible; Fraser prefiere un millón. Véase Roger S. Bagnall y
Bruce W. Frier, The Demography of Roman Egypt, Cambridge University
Press, Nueva York, 1994.
[57] Mostafa
El-Abbadi, The Life and Fate of the Ancient Library of Alexandria,
Unesco, París, 1990, p. 45 [traducción castellana de José Luis García-Villalba
Sotos: La antigua Biblioteca de Alejandría: vida y destino, Amigos
de la Biblioteca de Alejandría, Madrid, 1994].
[58] Herodoto,
4, 183
[59] MA,
XXVII.
[60] Sobre
la koiné de C y CR: entrevista con Dorothy Thompson, 22 de
abril de 2008; Geoffrey C. Horrocks, Greek: A History of the Language
and Its Speakers, Longman, Nueva York, 1997, pp. 33-108.
[61] Cicerón,
citando a su abuelo, en Sobre el orador, 2, 66.
[62] Andrew
Dalby, Empire of Pleasures: Luxury and Indulgence in the Roman
World , Routledge, Londres, 2000, p. 123.
[63] Juvenal, Sátiras,
6, v. 200.
[64] Quintiliano,
1, 8, 6. En concreto, se refiere a Horacio
[65] Citado
en Lionel Casson, Librairies in the Ancient World, Yale University
Press, New Haven, 2001, p. 78 [traducción castellana de María José Aubet
Semmler: Las bibliotecas del mundo antiguo, Bellaterra, Barcelona,
2003]
[66] Citado
en M. I. Finley, Aspects of Antiquity, Chatto, Londres, 1968, p.
142 [traducción castellana de Antonio Pérez-Ramos: Aspectos de la
Antigüedad, Ariel, Barcelona, 1975, p. 172].
[67] Pompeyo,
55, 1-2.
[68] Salustio, La
conjuración de Catilina, 25. Y Cicerón, elogiando a una buena matrona
romana: «Jamás hubo asunto del cual creyera saber suficiente». Clemente de
Alejandría da un listado de intelectuales femeninas en Los Stromata (4,
19), poniendo especial énfasis en destacar a las pasteleras.
[69] Sobre
la biblioteca y el museo: Roger S. Bagnall, «Alexandria: Library of Dreams»,
en Proceedings of the American Philosophical Society, vol. 146, n.º
4 (diciembre de 2002), pp. 348-362; El-Abbaddi, 1990; Andrew Erskine, «Culture
and Power in Ptolemaic Egypt: The Museum and Library of Alexandria», en Greece
& Rome, vol. 42, n.º 1 (abril de 1995), pp. 38-48; Fraser, I, 1972, p.
452; Roy MacLeod, The Library of Alexandria, Tauris, Londres, 2000.
Frederic C. Kenyon es autor de una excelente guía sobre los rollos en sí: Books
and Readers in Ancient Greece and Rome, Clarendon Press, Oxford, 1932.
Según Kenyon, un volumen del Banquete de Platón podía medir
siete metros de largo.
[70] Citado
en Marrou, 1956, p. 145.
[71] DJ,
47
[72] Manetón, Historia
de Egipto, traducción castellana de César Vidal: Alianza, Madrid, 2003,
frag. 21b (versión armenia de Eusebio).
[73] Lucano,
10, vv. 60-61.
[74] MA,
27, 3.
[75] Dión,
42, 34, 4. El escritor bizantino del siglo VI Juan Malalas también ensalza su
belleza.
[76] Boccaccio,
citado en Walker y Higgs, 2001, p. 147.
[77] Quintiliano,
5, 2, 27.
[78] Plutarco,
JC, 49
[79]Chronicle
of John Malalas, University of Chicago Press, Chicago, 1940, libros VIII-XVIII.
[80] Todas
las citas en Dión, 42, 34, 2-42, 35, 2.
[81] Plutarco,
JC, 49.
[82] Floro,
2, 13, 55-56.
[83] A.
B. Bosworth sugiere la idea de su agotamiento en «Alexander the Great and the
Decline of Macedon», en The Journal of Hellenic Studies, Nº 106
(1986), pp. 1-12.
[84] Dión,
42, 35, 4.
[85] Cicerón,
«Bruto», 80, 279.
[86] GC,
3, 109
[87] Dión,
42, 36, 3.
[88] Plutarco,
JC, 49.
[89] GC,
3, 104.
[90] GC,
3, 109.
[91] Según
un cronista (Estrabón, 17, 1, 11) las dos hermanas habían escapado juntas a
Siria durante la anterior insurrección.
[92] Graindor,
1931, p. 79: «Elle n’eut pas été femme —et une femme de la race des Lâgides— si
elle n’avait été à la fois jalouse et humiliée de la séduction qu’exerçait
Cléopatre sur César».
[93] Eurípides, Orestes,
v. 805.
[94] Sobre
la épica batalla de Mitrídates contra Roma, véase Philip Marzak, Mithridates
the Great: Rome’s Indomitable Enemy, Pen & Sword Library, Barnsley,
2008, y Adrienne Mayor, The Poison King: The Life and Legend of
Mithridates, Princeton University Press, Princeton, 2010.
[95] Salustio, Carta
de Mitrídates, 12, 17.
[96] Polibio,
5, 34.
[97] Ronald
Syme, The Roman Revolution, Oxford University Press, Nueva York,
2002, p. 260. [Traducción castellana de Antonio Blanco: La revolución
romana, Crítica, Barcelona, 2010.]
[98] Acerca
de Roma y los reyes vasallos, véase el espléndido ensayo de Richard D.
Sullivan, Near Eastern Royalty and Rome, University of Toronto Press,
Toronto, 1990. También David Braund, Rome and the Friendly King, St. Martin’s,
Nueva York, 1984; Anssi Lampela, Rome and the Ptolemies of Egypt: The
Development of Their Political Relations , 273-80 BC, Societas
Scientiarum Fennica, Helsinki, 1998; Mayor, 2010, que aborda la lucha paralela
de Mitrídates; Willy Peremans y Edmond Van’t Dack, «Sur les rapports de Rome
avec les Lagides», en Aufstieg und Niedergang der römischen Welt (1972),
pp. 660-667; Shatzman, 1971. Sobre el territorio de protección oficial, Hölbl,
2001, pp. 224-25.
[99] Dión
Crisóstomo, Discursos, 32, 69.
[100] GC,
3, 110.
[101] Clemente
de Alejandría, «Exhortación a los griegos», 2, 33p. Sobre el incidente con el
gato, Diodoro, I, 83. Por supuesto los gatos eran a la sazón una rareza en la
parte norte del Mediterráneo, y adorarlos, una invitación al escarnio. Véanse,
entre otros, Juvenal, 15, 1; Filón, «Sobre el decálogo», 16, 78-80 y «La vida
contemplativa», 8; Flavio Josefo, Contra Apión, 2, 81.
[102] Cicerón
a Léntulo, 13 (1, 2), 15 de enero del 56.
[103] Ibídem,
12 (1, 1), 13 de enero del 56.
[104] MA,
3.
[105] Sobre
la sucesión: Justino, Epítome de las «Historias filípicas» de Pompeyo Trogo,
16, 2 y ss.; Jean Bingen, «La politique dynastique de Cléopâtre VII», en Comptes
Rendus: Académie des Inscriptions et Belles-Lettres, N°1 (1999), pp.49-66;
Lucia Criscuolo, «La successione a Tolemeo Aulete ed i pretesi matrimoni di
Cléopâtre VII con i fratelli», en Egitto e storia antica dall’ellenismo
all’età araba, CLUEB, Bolonia, 1989, pp. 325-339. A partir del examen de
varios papiros con datación doble, Ricketts, «A Chronological Problem in the
Reign of Cleopatra VIII», en Bulletin of the American Society of
Papyrologists, vol. 16, N° 3 (1979), pp. 213-217, postula la teoría de que
C intentó eliminar a Ptolomeo XIII instalando a su hermano menor como consorte
en la primavera del año 50. No cabe duda de que para entonces las relaciones
con su hermano ya eran delicadas. Véase asimismo Ricketts, «A Dual Queenship in
the Reign of Berenice IV», en Bulletin of the American Society of
Papyrologists, N° 27 (1990), pp. 49-60; T. C. Skeat (quien rechaza la
corregencia de Auletes y Cleopatra), «Notes on Ptolemaic Chronology», en Journal
of Egyptian Archeology, N° 46 (dic. 1960), pp. 91-94; y (sobre el oscuro
reinado de Berenice) John Whitehorne, «The Supposed Co-Regency of Cleopatra
Tryphaeana and Berenice IV», en Aktendes 21. Internationalen
Papyrologenkongresses, B. G. Teubner, Stuttgart, 1997, II, pp. 1009-1013
[106] GA,
3, 110.
[107] Existe
otra explicación posible para que Auletes eligiera a los hermanos. Heinen,
2009, pp. 35-36, baraja como hipótesis que el padre de C supo advertir la
fuerte personalidad y las peligrosas ambiciones de su segunda hija y que
accedió a la protección de Roma precisamente con el fin de neutralizarlas.
[108] Sobre
Menfis, véase sobre todo El-Abbadi, 1990, p. 58, y Thompson, 1988.
[109] John
D. Ray, «The Emergence of Writing in Egypt», en World Archaeology,
vol. 17, N° 3 (1986), p. 311.
[110] Séneca
es el primero que menciona la quema de libros, que cifra en 40 000 volúmenes,
número que en relaciones posteriores aumenta hasta alcanzar los 700.000 en el
siglo IV d. C. Tanto Dión como Plutarco daban la biblioteca por desaparecida.
La cuestión es controvertida y los eruditos llevan siglos ocupándose de ella;
véase Fraser, 1972, I, pp. 334-335 y 476. Edward Alexander Parsons, The
Alexandrian Library: Glory of the Hellenistic World, Elsevier, Nueva York,
1967. Will, 2003, p. 533, considera que la destrucción fue menor de lo que dice
la leyenda. Para un compendio de las fuentes:
http://www.bede.org.uk/library.htm. Según las estimaciones, 500 000 rollos
requerirían 39,4 kilómetros de anaqueles o un edificio de dos pisos de 30,5 por
30,5 metros de planta.
[111] GA,
15.
[112] John
Carter, Introduction a Civil War, Oxford University Press, Nueva
York, 2008, p. XXIX. Véase asimismo John H. Collins, «On the Date and
Interpretation of the Bellum Civile», en American Journal of Philology,
vol. 80, n.º 2 (1959), pp. 113-132.
[113] GA,
3
[114] Dión,
39, 58, 1-2.
[115] Ibídem,
42, 2.
[116] GA,
24. Heinen, 2009, pp. 106-113, interpreta la liberación de Ptolomeo por parte
de CR como un acto de desesperación. Ignorante de que los refuerzos estaban en
camino, CR no sabía aún que las tornas estaban a punto de volverse e intentaba
ganar tiempo de forma desesperada. Sobre la constitución del ejército egipcio:
Polibio, 5, 35, 13 y 5, 36, 3; G. T. Griffith, The Mercenaries of the
Hellenistic World, Cambridge University Press, Cambridge, 1935; Marcel
Launey, Recherches sur les armées hellénistiques, 2 vols., Boccard,
París, 1949; Raphael Marrinan, The Ptolemaic Army: Its Organisation,
Development and Settlement , tesis doctoral, University College,
Londres, 1998. Marrinan sitúa un cuartel de tropas de élite en el perímetro del
palacio o en sus proximidades.
[117] GA,
24.
[118] GA,
32.
[119] Gaston
Boisser, Cicero and His Friends, Cooper Square Publishers, Nueva
York, 1970, p. 185 [traducción castellana de Antonio Salazar: Cicerón y
sus amigos, El Ateneo, Buenos Aires, 1944].
[120] Volkmann,
1958, p. 75.
[121] GC,
3, 107.
[122] Así
lo señala El-Abbadi, 1990, p. 151, quien se muestra plenamente convencido de
que la biblioteca fue una víctima más de la guerra.
[123] GA,
33.
[124] Dión,
44, 46, 2. Véase también Cicerón a Ático, 226 (11, 15), 14 de mayo del 47, y
230 (11, 18), 19 de junio del 47. En el siglo IV a. C. Eusebio volvió sobre el
tema, acusando a CR de restaurar a C en el trono «a cambio de favores sexuales»
(Eusebio, 183, 2).
[125] JC,
48.
[126] Dión,
42, 44.
[127] Pelling,
1999, p. 140.
[128] Como
señala Braund, 1984, p. 79: «El astuto rey no reparaba en gastos cuando los
romanos acudían a visitarlo»
[129] Dión,
42, 44, 3.
[130] Ibídem,
55, 15, 5-6
[131] Diodoro,
17, 52, 4. El propio Cicerón lo admite en Acerca de la ley agraria,
2, 16, 44.
[132] Aquiles
Tacio, 5, 1, 6. El autor era oriundo de la ciudad
[133] Dión
Crisóstomo, Discursos, 32, 20, citado en Gareth L. Steen,
ed., Alexandria: The Site and the History, New York University
Press, Nueva York, 1993, p. 58.
[134] Ateneo,
5, 196d
[135] Ibídem,
5, 453
[136] El
comentario es de Thompson en «Athenaeus’s Egyptian Background», en David Braund
y John Wikins, eds., Athenaeus and His World, University of Chicago
Press, Chicago, 2000, pp. 83-84. Véase Ateneo, 6, 229d.
[137] Ateneo,
4, 129b.
[138] Sobre
el vestuario de C: entrevista con Larissa Bonfante, 2 de febrero de 2009;
entrevista con Norma Goldmann, 19 de octubre de 2009; Casson, 2001, pp. 24-25;
Rowlandson, 1998, pp. 313-314; Stanwich, 2002, pp. 36-37; Dorothy Burr
Thompson, Ptolemaic Oinochoai and Portraits in Faience, Clarendon
Press, Oxford, 1973, pp. 29-30; Susan Walker y Morris Bierbrier, Ancient
Faces: Mummy Portraits from Roman Egypt, British Museum Press, Londres,
1997, pp. 177-180; Walker y Higgs, 2001, p. 65.
[139] DJ,
52. De forma parecida en Frontino, Strategematon, 1, 1, 5. Plutarco
presenta a CR bebiendo durante toda la noche para prevenirse contra cualquier
posible intento de asesinato, JC, 48.
[140] Sobre
el desfile dionisíaco: los mejores análisis de Ateneo, 5 197-203, se hallan en
Rice, The Grand Procession of Ptolemy Philadelphus, Oxford
University Press, Nueva York, 1983, y en Thompson, «Philadelphus’s Procession:
Dynastic Power in a Mediterranean Context», en Mooren, 2000, pp. 365-388.
Thompson recalca que procesiones como ésa tenían por objeto unir al pueblo y
promover un sentimiento de identidad cívica. Arriano, 28, señala las raíces
dionisíacas del triunfo.
[141] Apiano,
prólogo, 10 (traducción modificada).
[142] Ptolomeo
VIII había intentado, sin éxito, cortejar a una (rica) romana, Cornelia, madre
de los Gracos; así aparece en Plutarco, «Tiberio Graco», 1.
[143] Lucano,
10, vv. 359-360.
[144] Justino,
Epítome de las «Historias filípicas» de Pompeyo Trogo.
[145] Plutarco,
MA, 29.
[146] Plutarco,
«Demetrio», 3. Por definición, el imperio hacía befa de las relaciones
familiares e invitaba a «la desconfianza y al recelo».
[147] Dión,
38, 38, 2.
[148] Lucano,
10, vv. 189-190. Egipto ejerció una fascinación no menor entre los griegos,
tanto antes como después de C; para ellos era la tierra de los grandes
misterios. Véase E. Marion Smith, «The Egypt of the Greek Romances», en Classical
Journal, vol. 23, Nº 7 (abril de 1928), pp. 531-537.
[149] Robert
Graves, introducción a Lucano, Pharsalia: Dramatic Episodes of the
Civil Wars, Penguin, Nueva York, 1956, p. 13.
[150] Heinen,
2009, p. 127: «Diríase que el autor [de la Guerra de Alejandría] pretendía
engañar a conciencia a sus lectores no sólo al intentar encubrir el viaje por
el Nilo, sino al presentar la secuencia cronológica de los hechos de tal forma
que el episodio no hubiera podido acontecer jamás».
[151] Carta
del 112 a. C.; Select Papiry, II, 416 (traducido a partir de la
versión inglesa de George Milligan).
[152] La
fecha del crucero sigue siendo objeto de disputa. Lord, 1930, duda incluso de
que tuviera lugar.
[153] Carta
de Gustave Flaubert a su madre, 17 de noviembre de 1849 (traducción de Ricardo
Cano Gaviria, Cartas del viaje a Oriente, Laertes, Barcelona, 1987)
[154] Ateneo,
5, 204e-206d. Véase asimismo Nowicka, 1969.
[155] Foertmayer,
1989, p. 235.
[156] Cicerón
a Ático, 353 (13, 52), 19 de diciembre del 45.
[157] Nielsen,
1999, p. 136.
[158] Sobre
los yerros de los historiadores: Heródoto para el cráneo; Diodoro para el medio
ratón; Estrabón para los mellizos, los caparazones de tortuga, las serpientes
de hierba y los pasmosos índices de fecundidad (15, 1, 22-23). De forma
similar, NH, quien habla de ratones bípedos y de los embarazos abreviados (7, 3
y ss.). Muchas ideas proceden de Aristóteles ( Historia de los animales,
7, 4); Aulo Gelio recoge el tema en Noches áticas, 10, 2. Dión
Crisóstomo sitúa en el desierto a unas míticas devoradoras de hombres, medio
serpientes, medio sirenas, en sus Discursos, 5, 24-27. Amiano Marcelino, en
Historias, 22, 15, 14 y ss., se maravilla ante unas criaturas con aspecto de
delfín que halla en el Nilo, unos hipopótamos «de una sagacidad superior a la
de cualquier bestia irracional» y el ibis egipcio, ave que pone huevos con el
pico.
[159] Casson, Everyday
Life in Ancient Egypt, Johns Hopkins Uniersity Press, Baltimore, 2001, p.
142
[160] Cornelio
Nepote, «Eumenes», 3, 4.
[161] Apiano,
2, 90.
[162] Dión,
42, 45, 1
[163] Dión,
42, 47, 2.
[164] Eurípides, Andrómaca,
vv. 85-87.
[165] Sobre
el silencio de César: Dión, 42, 3,3. En Roma todo el mundo daba por hecho que
César perecería a manos de los egipcios, y de hecho algunos lo daban ya por
muerto. Cicerón se muestra especialmente preocupado ante las dificultades de CR
para abandonar África.
[166] Sobre
los partos: Soranos, citado en Rowlandson, 1998, pp. 286-289; Joyce
Tyldesley, Daughters of Isis: Women of Ancient Egypt, Viking, Nueva
York, 1994, pp. 70-74[traducción castellana de Roser Berdagué: Hijas de
Isis, Mr Ediciones, Madrid, 1998].
[167] Carta
del s. III a. C., citada en I. M. Plant, ed., Women Writers of Ancient
Greece and Rome, University of Oklahoma Press, Norman, 2004, pp. 79-80.
Dada la tasa de mortalidad infantil, no era difícil encontrar nodrizas.
[168] Véase
Keith Hopkins, «Contraception in the Roman Empire», en Comparative
Studies in Society, vol. 8, n.º 1 (1965), pp. 124-151; Angus McLaren, A
History of Contraception, Basil Blackwell, Londres, 1990 [traducción
castellana de Vivian Samudio: Historia de los anticonceptivos,
Minerva, Madrid, 1993]; Sarah B. Pomeroy, Goddesses, Whores, Wives, and
Slaves, Schocken, Nueva York, 1975, pp. 167-169 [traducción castellana de
Ricardo Lezcano: Diosas, rameras, esposas, esclavas: Mujeres en la
Antigüedad clásica , Akal, Tres Cantos, 1990]; John M. Riddle, Contraception
and Abortion from the Ancient World to the Renaissance , Harvard
University Press, Cambridge, 1992. También Juvenal, Sátiras, 6, vv.
595-596; HN, 6, 42 y Sorano de Éfeso, 1, 60-65.
[169] Para
un cuidado resumen de los argumentos contra el nacimiento de Cesarión, véase
Balsdon, «Cleopatra: A Study in Politics and Propaganda by Hans Volkmann»,
en Classical Review, vol. 10, n.º 1 (marzo de 1960), pp. 68-71.
Véase también la réplica de Heinen de 1969 al repudio de Cesarión por parte de
J. Carcopino en 1937, reimpresa ahora en Heinen, 2009, pp. 154-175. Aquí, como
en otros lugares, las fuentes antiguas son poco menos que inútiles: Suetonio
(DJ, 52) duda de la paternidad pero consigna que CR permitió que el niño
llevara su nombre.
[170] Diodoro
describe la crecida del Nilo en 1, 36, 7. Para la flora y la fauna he recurrido
a Poole, 2003. Sobre las condiciones del río: W. M. Flinders Petrie, Social
Life in Ancient Egypt, Houghton Mifflin, Boston, 1923, pp. 129-168; Amelia
B. Edwards, A Thousand Miles Up the Nile, Centrury, Londres, 1982,
pp. 319 y ss.
[171] Sobre
los regalos, véase Préaux, 1939, p. 394. Neal, 1975, sugiere que la
coincidencia fue tan perfecta que pudo ser la propia C quien eligiera la fecha
para anunciar el nacimiento. Ese año acuñó monedas de oro, hecho que sólo se
dio dos veces durante su reinado.
[172] Sobre
la asociación con Isis: Pelling, 1999, pp. 251-252; Ashton, 2008, p. 138. Véase
asimismo Claire Préaux, Le monde hellénistique, Presses
Universitaires de France, París, 1978, vol. II, pp. 650-655 [traducción
castellana de Juan Faci Lacasta: El mundo helenístico, Labor,
Barcelona, 1984]; Sarolta A. Takacs, Isis and Serapis in the Roman
World, E. J. Brill, Leiden, 1995; R. E. Witt, Isis in the
Graeco-Roman World, Cornell University Press, Ithaca, 1971. Sobre el
destino de Isis en la ribera norte del Mediterráneo, véase sobre todo Sharon
Kelly Heyob, The Cult of Isis among Women in the Graeco-Roman World,
E. J. Brill, Leiden, 1975.
[173] Así
en Valerio 1, 3, 41.
[174] Diodoro,
1, 27. Sobre Isis y las mujeres: Préaux, 1959, p. 127-175. Muchos autores han
señalado la relación entre Isis y la Virgen María; Foertmayer, 1989, p. 279,
refiere que todavía en el siglo XVI, un cardenal francés rompió una estatua en
pedazos y descubrió que se trataba de una representación de Isis y no de la
Virgen.
[175] Sobre
el atuendo ceremonial: declaraciones de O. E. Kaper a la autora, 16 de marzo de
2010.
[176] Sobre
el Estado y la clase sacerdotal: Thompson, 1988; Guy Weill Goudchaux,
«Cleopatra’s Subtle Religious Strategy», en Walker y Higgs, 2001, pp. 128-141.
Igualmente E. A. E. Reymond y J. W. B. Barns, «Alexandria and Memphis: Some
Historical Observations», Orientalia, 46 (1977), pp. 1-33. Sobre la
posibilidad de asilo, véase Kent J. Rigsby, Asylia: Territorial
Inviolability in the Hellenistic World, University of California Press,
Berkeley, 1996. Sobre la jerarquía del templo: Gilles Gorré, «Les relations du
clergé égyptien et des Lagides», en Royaumes et cités hellénistiques
des années 323-55 av. JC, ed. Olivier Picard et al., SEDES, París, 2003,
pp. 44-55.
[177] Sobre
el privilegio de la sinagoga: Rigsby, 1996, pp. 571-572.
[178] Sobre
la medición de las crecidas: HN, 10, 51, 60, donde trata del Nilo, y 5, 10, 58,
sobre los niveles. Sobre el comportamiento del Nilo: Lewis, 1983, pp. 105-115 y
Aquiles Tacio, 4, 11-15. A parte de éstos, Estrabón es el mejor guía del río.
[179] Véase
Jacques Vandier, La famine dans l’Égypteancienne, Arno Press, Nueva
York, 1979, pp. 35 y ss.; así como Dorothy Thompson, «Nile Grain Transport
under the Ptolemies», en Peter Garnsey et al., eds., Trade
in the Ancient Economy, Chatto & Windus, Londres, 1983, pp. 64-75.
Heinen, en su artículo «Hunger, Misery, Power», reimpreso en 2009, pp. 258-287,
señala que la clase dirigente también ganó puntos gracias a su benevolencia y
que la gravedad de las crisis fue a menudo exagerada. Hacer hincapié en la miseria
del pueblo equivalía a ensalzar la munificencia oficial.
[180] Plutarco,
«Sobre si el anciano debe intervenir en política», 790a. Siglos antes, Antígono
Gónatas, rey macedonio particularmente lúcido, había informado a su hijo de que
la realeza no era más que un «glorioso estado de esclavitud». Dión, 52, 10, 2,
se expresa en términos parecidos: el destino del soberano consiste en «siempre
velar y estar alerta, intervenir y sufrir en los asuntos más desagradables».
[181] Sobre
la correspondencia: AJ, 12, 148; 12, 166 y 14, 306.
[182] Adulador,
71d. El preceptor que despertó de un golpe al somnoliento Ptolomeo V Epífanes
recibió en agradecimiento un vaso de veneno.
[183] Sobre
la burocracia, véase Peter van Minnen, «Further Thoughts on the Cleopatra
Papyrus», en Archiv für Papyrusforschung, vol. 47 (2001), pp.
74-80, y Peter van Minnen, «An Official Act of Cleopatra», en Ancient
Society, 30 (2000), pp. 29-34.
[184] Thompson,
1983, p. 71; también Christopher Haas, Alexandria in Late Antiquity:
Topography and Social Conflict, Johns Hopkins University Press, Baltimore,
2006, pp. 40-44. Sobre el funcionamiento de la economía en general:
Rostovtzeff, 1998; Préaux, 1939; Tarn y Griffin, 1959; Thompson, 1988, y
Dominic Rathbone, «Ptolemaic to Roman Egypt: The Death of the Dirigiste
State?», en Cambridge Philological Society, vol. 26 (2000), pp.
44-54.
[185] Citado
en M. M. Austin, The Hellenistic World from Alexander to the Roman
Conquest: A Selection of Source Materials in Translation , Cambridge
University Press, Cambridge, 1981, p. 561.
[186] William
Tarn, Hellenistic Civilization, Edward Arnold, Londres, 1959, p.
195.
[187]Select
Papyri, 1995, vol. II, p. 204.
[188] En
el iluminador artículo de Dorothy Crawford, «The Good Official of Ptolematic
Egypt», en Das Ptolemäische Ägypten: Akten des interationalen
Symposions 1976 , Von Zabern, Mainz, 1978, p. 202.
[189] John
Bauschatz, Policing the Chora: Law Enforcement in Ptolemaic Egypt,
tesis doctoral, Duke University, 2005, p. 68.
[190] Bingen,
«Les tensions structurelles de la société ptolémaïque», en Atti del
XVII Congresso Internazionale di Papirologia, Nápoles, 1984, vol. III, p.
921-937; Rathbone, 2000.
[191] Bagnall
y Derow, 2004; Bevan, 1968; Maehler, 1983; Rostovtzeff, 1998. Sobre la
benevolencia: William Linn Westermann, «The Ptolemies and the Welfare of Their
Subjects», en American Historical Review, vol. 43, n.º 2 (1938),
pp. 270-287.
[192] Para
el caso de la hija negligente: Select Papyri, vol. II, p. 233. La
muchacha se había fugado con un novio sin oficio ni beneficio y —siempre a
decir del padre— se había desentendido de sus necesidades básicas, pese a la
existencia de un contrato que la obligaba a ello.
[193]Select
Papyri, vol. II, p. 266. Traducción a partir de M. Rostovzeff, «A
Large Estate in Egypt in the Third Century BC: A Study in Economic History»,
en University of Winsconsin Studies, 6 (1922), p. 120.
[194] Rostovzeff,
1998, vol. II, p. 1094.
[195] Citado
en Bagnall y Derow, 1981, p. 195
[196] Cicerón, La
República, 5, 1, 2 (traducción de Juan María Núñez González, La
república y Las leyes, Akal, Madrid, 1989).
[197] Sobre
Auletes y la fortuna familiar: T. Robert S. Broughton, «Cleopatra and “The
Treasure of the Ptolemies”», en American Journal of Philology, vol.
63, n.º 3 (1942), pp. 328-332. También en esto las opiniones están divididas:
Maehler, 1983, sostiene que eran tiempos de «imperturbable prosperidad».
Bowman, Casson, Ricketts y Tarn concuerdan con él. Rostovzeff, 1998, no duda de
la fortuna personal de C, pero se muestra menos optimista con respecto a la
economía de su reinado (vol. III, p. 1548). Thompson, Broughton y Will ven una
economía en declive, cuando no arruinada. Ateneo (5, 206d) acusa al padre de C
de haber dispersado la fortuna de Egipto. En el año 63, Cicerón ( Acerca
de la ley agraria, 2, 16, 44) todavía consideraba a Egipto un reino
floreciente.
[198] Sobre
la devaluación y las monedas de C, véase Guy Weill Goudchaux, «Was Cleopatra
Beautiful? The Conflicting Answers of Numismatics», en Walker y Higgs, 2001,
pp. 210-214. Chauveau, 2002, p. 86, define sucintamente la devaluación como «lo
equivalente en tiempos antiguos a acuñar moneda»
[199] Entrevista
con Roger Bagnall, 21 de noviembre de 2008.
[200] Sobre
los certámenes de bebida habla Ateneo, 10, 415, quien menciona asimismo (12,
522) que un filósofo ganaba doce talentos anuales, lo cual no es poco. El dato
sobre la fianza procede Casson, 2001, p. 35, para quien quince talentos
equivalen a varios millones de dólares actuales. Para los monumentos, véase
Peter Green, Alexander of Macedon, University of California Press,
Berkeley, 1991, p. 414. Marrinan, 1998, p. 16, afirma que era posible contratar
un ejército de diez mil hombres durante un año por mil talentos. Diodoro
refiere que para un humilde artesano de Roma, un talento equivalía al sueldo de
diecisiete años, y Flavio Josefo (GJ, 1, 483) que un príncipe con una renta
personal de cien talentos era un hombre al que había que tener en cuenta. En el
momento más dulce de las relaciones egipcio-romanas, a cierto dignatario romano
de visita en el país le fueron ofrecidos obsequios por valor de ochenta
talentos, cifra deslumbrante que sin embargo se negó a aceptar (Plutarco,
«Lúculo», 2). En términos más prosaicos, con un talento podía comprarse trigo
suficiente para alimentar a un hombre durante setenta y cinco años. Véase
también Tarn y Griffith, 1959, pp. 112-116.
[201] Véase:
http://en.wikipedia.org/wiki/Richest_man_in_history.
[202] Los
datos sobre el viaje a Roma se basan en la más solvente de las fuentes sobre la
materia: Casson, con quien la autora se entrevistó el 26 de enero de 2009 y el
18 de junio de 2009. Véase asimismo Casson, 1971; Casson, The Ancient
Mariners, Princeton University Press, Princeton, 1991; Casson, 1994. El
mismo autor describe los arduos preparativos del viaje en «The Feeding of the
Trireme Crews and an Entry in IG II2 1631», en Transactions of the
American Philological Association, vol. 125 (1995), pp. 261-269, y en «The
Isis and Her Voyage», en Transactions of the American Philological
Association, vol. 81 (1950), pp. 43-56. También en una entrevista con la
autora, 9 de diciembre de 2008. Compárese con Filón, Contra Flaco,
5, 25 y ss.; Embajada a Gayo, 250-253; GJ, 1, 280; Horacio, Sátiras,
1, 5; los viajes de Germánico en los Anales (2, 50) de Tácito,
y los comentarios de Casson sobre Cicerón y Plinio en 1994, pp. 149-153. C pudo
atracar en Ostia, opción que Bagnall y Thompson consideran como la más probable;
Casson prefiere Pozzuoli por no existir en Ostia a la sazón instalaciones
portuarias de ninguna clase (Casson, 1991, p. 199). No es imposible que C
embarcase o desembarcase en Brundisio, como Cicerón antes que ella (rumbo al
este) y Horacio después (al oeste). Desde ahí podría haber continuado por
tierra a través de las montañas siguiendo la vía Apia, distancia que puede
cubrirse en unos siete días (Casson, 1994, pp. 194-196).
[203] También
Aquiles Tacio (3, 2-6) da una lúcida descripción de un naufragio (ficticio),
cuyo destino último es Pelusio.
[204] Eusebio,
183, 3.
[205] Dión,
43, 23, 2-3. Véase también Estrabón, 16, 4, 16.
[206] Carta
de Aristeas, 249, citada por T. A. Sinclair, A History of Greek
Political Thought, Routledge, Londres, 1959, p. 292.
[207] Cicerón,
consternado, a Ático, 115 (5, 1), 20 de febrero de 50. De forma parecida,
Foertmayer, 1989, p. 224; Plutarco, «Craso», 21, 6; Préaux, 1939, p. 561.
[208] Sobre
el aire corrompido y la falta de higiene de Roma, y sobre el idílico Janículo:
Léon Homo, Rome impériale et l’urbanisme dans l’antiquité, Albin
Miochel, París, 1951 [traducción castellana de José Almoina: La Roma
imperial y el urbanismo en la Antigüedad, Uteha, México, 1956]; Dionisio de
Halicarnaso, Historia antigua de Roma, 3, 45; Horacio, Odas,
2, 29, vv. 9-12; Marcial, Epigramas, 4, 64. Exceptuando a éstos,
Cicerón sigue siendo el mejor guía para conocer Roma. El dato de la mano y el
buey procede de Suetonio, «Vespasiano», 5, 4.
[209] JC,
59.
[210] O.
Neugebauer, The Exact Sciences in Antiquity, Princeton University
Press, Princeton, 1952, p. 71. Para el calendario egipcio (de doce meses de
treinta días, a los que se añadían cinco días, o seis al final de cada período
de cuatro años), véase Estrabón, 17, 1, 29.
[211] Séneca, Apocolocintosis,
2, 2.
[212] DJ,
42
[213] Sobre
el triunfo romano: Apiano, Dión, Floro, Suetonio y el soberbio ensayo de Mary
Beard, The Roman Triumph, Harvard University Press, Cambridge, 2007
[traducción castellana de Tomás Fernández Aúz y Beatriz Eguibar Barrena: El
triunfo romano: una historia de Roma a través de la celebración de sus
victorias , Crítica, Barcelona, 2008].
[214] JC,
55, 2.
[215] Dión,
43, 19, 3-4.
[216] Sobre
los derechos políticos y jurídicos de las mujeres, véase Mary Beard y Michael
Crawford, Rome in the Late Republic, Duckworth, Londres, 2005, p.
41.
[217] Cicerón
a Quinto, 12, 2 (2, 9), junio del 56
[218] Juvenal, Sátiras,
9, vv. 100 y ss.
[219] Dión,
43, 43, 4.
[220] Dión,
43, 28, 1. Gruen, 1984, p. 259, rebate la fecha de la instalación de la estatua
y la retrasa unos quince años, de modo que no habría conmemorado a C, sino su
derrota.
[221] Cicerón,
En defensa de Lucio Murena, 13, citado en Otto Kiefer, Sexual Life in Ancient
Rome, Dorset Press, Nueva York, 1993, p. 166. Ateneo ilustra el caso contrario:
«Mencionas continuamente la flauta simple como cosa frecuente en nuestro país
[Alejandría]» (4, 176e).
[222] Plutarco,
citando a Antístenes, en «Pericles», 1, 5 (traducción modificada).
[223] Ateneo,
5, 206d.
[224] Juvenal, Sátiras,
3, v. 236, de donde procede también el ejemplo de las macetas (vv. 270 y ss.).
[225] Lucano,
8, 544.
[226] Casson,
1998, p. 104.
[227] HN,
36, 16, 75.
[228] Quintiliano
reconoce que las palabras tienen un sonido más áspero en latín, por carecer
éste de las letras más dulces de la lengua griega, en virtud de las cuales «el
discurso parece iluminarse y sonreír» (12, 10).
[229] Séneca, Epístolas,
87, 40.
[230] Dalby,
2000, p. 123. Dalby señala que sólo el acento griego ya emanaba cierto aroma
distinguido, p. 122. De forma similar en Dión, 57, 15, 3, y Valerio, 9, 1.
Diríase que era imposible describir el exceso sin recurrir al griego.
Nuevamente es Dalby quien observa que «el manual clásico sobre el
comportamiento sexual estaba escrito en griego» (p. 123).
[231] Acerca
del auge del lujo: Tito Livio, 39, 6; HN, 36; Plutarco, «Cayo Mario», 34;
Ateneo, 12; Horacio, Odas, 2, 15; Dalby, 2000; Wiseman, 1985, p.
102 y ss
[232] Catulo,
poemas 12 y 25; HN, 19, 2.
[233] La
imagen es de san Jerónimo, citado por Jasper Griffin, «Virgil Lives!», en New
York Review of Books (26 de junio de 2008), p. 24.
[234] Sobre
las mujeres en Roma: Richard A. Bauman, Women and Politics in Ancient
Rome, Routledge, Londres, 1992; Diana E. E. Kleiner y Susan B. Matheson,
eds., I Claudia: Women in Ancient Rome, Yale University Art
Gallery, New Haven, 1996; Barbara S. Lesko, «Women’s Monumental Mark on Ancient
Egypt», en Biblical Archeologist, vol. 54, n.º 1 (1991), 4-15
Rawson, 1985; el magnífico libro de Marilyn B. Skinner, Sexuality in
Greek and Roman Culture, Blackwell, Malden, 2005; Maria Wyke, The
Roman Mistress, Oxford University Press, Oxford, 2002. Entrevista con
Larissa Bonfante, 2 de febrero de 2009.
[235] La
cita es de Samuel Butler, The Humour of Homer, and Other Essays, A.
C. Fifield, Londres, 1913, p. 60. La observación sobre la ausencia de maridos
engañados procede de Edith Hamilton, The Roman Way, Norton, Nueva
York, 1993, p. 35.
[236] Juvenal, Sátiras,
6, vv. 289 y ss.
[237] Juvenal, Sátiras,
6, vv. 460-461.
[238] Séneca, Epístolas,
87, 16.
[239] B.
L. Ullman, «Cleopatra’s Pearls», en Classical Journal, vol. 52, N°
5 (1957), p. 196. Véase asimismo Prudence J. Jones, «The Cleopatra Cocktail»
(1999), en:
http://www.apaclassics.org/AnnualMeeting/99mtg/abstracts/jonesp.html, quien
asegura que las perlas se disuelven. Keats cita las perlas disueltas en «Modern
Love».
[240] Sobre
las perlas de marras: Suetonio, «Calígula», 37; Horacio, Sátiras,
2, 3, v. 239; Pausanias, 8, 18, 6; HN, 9, 58. Las dos perlas de C —«las dos más
grandes de todos los tiempos»— proceden de Plinio, 9, 119-121. También Lucano
(10, 139-140) asegura que C llevaba una fortuna en perlas colgada al cuello,
además de otras ensartadas en el pelo. Véase asimismo Macrobio, Saturnales,
3, 17, 14, texto mucho más tardío, según el cual la anécdota de la perla surge
de una apuesta entre C y MA que tiene lugar durante un extravagante banquete.
Ninguno de los dos sale ahí muy bien parado: «Presa de este vicio, [MA] quería
hacer del Imperio romano un reino egipcio». Planco tiene la deferencia de
ejercer de árbitro. Durante siglos el nombre de C se consideró sinónimo de
extravagancia. En el siglo V d. C., Sidonio (carta 8, 12, 8) equipara la más
espléndida de las cenas a «un festín de Cleopatra».
[241] Hesíodo, Trabajos
y días, vv. 680-681 (traducción modificada).
[242] DJ,
52, 2.
[243] Aly,
1989, p. 51.
[244] Dión,
51, 12, 3.
[245] Entrevista
con Roger Bagnall, 11 de noviembre de 2008.
[246] Cicerón
a Ático, 16 (1, 16), principios de julio del 61. Sobre la ampliación de la
cuota de partidarios de C: declaración de Andrew Meadows a la autora, 5 de
marzo de 2010.
[247] Sobre
C y su preocupación por la reorganización de Oriente: Gruen, 2003, p. 271.
[248] Eurípides, El
cíclope, v. 185.
[249] Cicerón
a M. Curio, 200 (12, 28), c. agosto del 46.
[250] Cicerón
a Rufo, 203 (4, 4), c. octubre del 46.
[251] Cicerón
a Torcuato, 245 (6, 2), abril del 45.
[252] Sobre
el peinado de C: Peter Higgs, «Searching for Cleopatra’s Image: Classical
Portraits in Stone», en Walker y Higgs, 2001, p. 203. Sobre la egiptomanía de
la época: Carla Alfano, «Egyptian Influences in Italy», Ibídem, pp. 276-291.
Véase también Kleiner, 2005, pp. 277-278.
[253] Aulo
Gelio, citando a Varrón, en Noches Áticas, 13, 11, 2-5, pasaje
extraído de Balsdon, 1969, p. 46.
[254] Sobre
las conversaciones de sobremesa, véase Plutarco, Charlas de sobremesa (Quaestiones
convivales), 2, 3 (635)-5, 9 (684).
[255] Dión,
43, 28, 1.
[256] Ibídem,
46, 26, 2.
[257] Cicerón
a Gneo Plancio, 240 (4, 14), c. finales del 46.
[258] Cicerón
a Ático, 393, 2 (15, 15), c. junio del 44.
[259] Cicerón, Acerca
de la ley agraria, 2, 42, 17.
[260] Cicerón
a Ático, 25 (2, 5), c. abril del 59.
[261] Cicerón
a Ático, 393 (15, 15), c. 13 de junio del 44.
[262] Ibídem,
38 (2, 17), c. junio del 59.
[263] Plutarco,
«Demóstenes y Cicerón», 2, 1.
[264] Dión,
38, 12, 7.
[265] MA,
56.
[266] Según
sus propias palabras en una carta Ático (117 [6, 3]) de verano del año 50:
«Nunca he tolerado la altivez de los más poderosos».
[267] Atribuida
a Salustio, Carta a César, 13, 5.
[268] Apiano,
2, 150 (traducción modificada).
[269] Dión,
44, 3, 1-2.
[270] Apiano,
2, 117.
[271] Ibídem,
3, 35.
[272] Dión,
44, 20, 3.
[273] ND,
25.
[274] La
comparación con Helena de Troya aparece en Cicerón, Filípicas, 2,
12, 55. C tampoco figura en el catálogo de las faltas de CR incluido por Floro
en su libro segundo.
[275] Dión,
44, 7, 3-4.
[276] Fuente
anónima citada por Suetonio, DJ, 52.
[277] Ibídem,
79.
[278] Collins,
1959, p. 132.
[279] DJ,
56.
[280] ND,
19.
[281] Apiano,
2, 144-146.
[282] Dión,
45, 23, 4-5.
[283] Sobre
el carácter «voluble y frívolo» (Dión, 51, 17, 1) que los romanos atribuían a
los alejandrinos, véase: Reinhold, 1988, pp. 227-228; Dión Crisóstomo, Discursos,
32; Polibio, Historias, 15, 33; Filón (hijo de Alejandría), Flaco,
5, 32-35. Filón opinaba que el talante sedicioso de sus compatriotas no tenía
parangón, «pues acostumbra a provocar de la mínima chispa grandes
levantamientos» (Flaco, 4, 17). El emperador Adriano acusaba a los
alejandrinos de ser «un pueblo de rebeldes, ineptos y difamadores» preocupado
únicamente por el lucro. Para Florence Nightingale, que desembarcó sin mucha
fortuna en Egipto en 1849, los alejandrinos eran «el pueblo más alborotador y
escandaloso del mundo» (19 de noviembre de 1849, citada en Gérard Vallée,
ed., Florence Nightingale on Mysticism and Eastern Religions,
Wilfrid Laurier University Press, Waterloo, 2003, p. 144). Sobre las relaciones
entre Roma y Alejandría, véase también M. P. Charlesworth, «The Fear of the
Orient in the Roman Empire», en Cambridge Historical Journal, vol.
2, Nº 1 (1926), pp. 9-16; así como Jasper Griffin, Latin Poets and
Roman Life, Duckworth, Londres, 1985.
[284] Dión,
44, 15, 2.
[285] Cicerón
a Ático, 393 (15, 15), c. 13 de junio del 44.
[286] Apiano,
2, 133 (traducción modificada).
[287] Hircio
a Cicerón, citado en Cicerón a Ático, 386 (15, 6), c. junio del 44.
[288] Dión,
45, 8, 4.
[289] JC,
59.
[290] VP,
2, 75.
[291] Plutarco,
«Lúculo», 2, 5. Herodes también llega a Alejandría escoltado por las
autoridades (GJ, 1, 279).
[292] Por
ejemplo en Arriano, 6, 28, 3.
[293] Citado
en Siani-Davies, 2001, p. 105 (En defensa de Rabirio Póstumo, 13, 35). Respecto
a Alejandría, prosigue Cicerón: «En sus habitantes se inspiran para sus tramas
quienes escriben farsas».
[294] Cicerón
a Planco, 407 (10, 20), 29 de mayo del 43
[295] Plutarco,
«Demetrio», 3, 3.
[296] Entrevista
con Norma Goldman, 19 de octubre de 2009; Judith Lynn Sebesta y Larissa
Bonfante, The World of Roman Costume, University of Winsconsin
Press, Madison, 2001; Dorothy Burr Thompson, 1973, p. 30; Elizabeth J.
Walters, Attic Grave Reliefs that Represent Women in the Dress of
Isis , American School of Classical Studies at Athens, Princeton,
1988; Apuleyo, El asno de oro, 11, 3-4.
[297] Citado
en Michael D. Calabria, ed., Florence Nightingale in Egypt and Greece,
SUNY Press, Albany, 1997, p. 31.
[298] Goudchaux,
«Cleopatra’s Subtle Religious Strategy», 2001, pp. 138-139; Bingen, 2007, p.
73; Kleiner, 2005, pp. 85-88; Jan Quagebeur, especialmente «Cléopâtre VII et le
temple de Dendara», en Göttinger Miszellen, vol. 120 (1991), pp.
49-73. Casi mil novecientos años más tarde, Florence Nightingale visitó
Dendera. Nightingale, que nunca profesó gran simpatía hacia los Ptolomeos,
permaneció impertérrita ante sus «cientos y cientos de metros cuadrados de
bajorrelieves» y sus varios kilómetros de esculturas. El complejo le pareció
más bien vulgar y la contrarió el hecho de que «el nombre más antiguo que aquí
figura es el de aquella despreciable C» (Vallée, 2003, p. 397). Nightingale, en
efecto, lo tenía difícil para eludir a la reina: C aparece no menos de setenta
y tres veces en el templo y las paredes de la capilla.
[299] Sobre
el Cesareo: Filón, Embajada a Gayo, 43, 338, traducción inglesa de
C. D. Yonge, The Works of Philo, Hendrickson Publishers, Peabody,
Massachusetts, 1993, p. 150-151[traducción castellana de Sofía Torallas
Tovar: Obras completas, ed. José Pablo Martín, Trotta, Madrid,
2010, vol. V]. Véase también: Ferdinando Castagnoli, «Influenze alessandrine
nell’urbanistica della Roma augustea», en Rivista di filologia e di
istruzione classica, vol. 109 (1981), pp. 414-423; Amiano Marcelino, 22,
16, 12.
[300] Véase
el interesante estudio de Gabriele Marasco, «Cléopâtre et les sciences de son
temps», en Sciences exactes et sciences appliquées à Alexandrie,
ed. Gilbert Argoud et al. (1998), pp. 39-53; Fraser, 1972, I, pp. 87, 311-322,
363 y 490.
[301] Séneca, Epístolas,
88, 37. Véase asimismo Ateneo, 4, 139. Sobre Dídimo: Quintiliano, 1, 8, 20-21;
Amiano Marcelino, 22, 16, 16, H. A. Russell, «Old Brass-Guts», en Classical
Journal, vol. 43, n.º 7 (1948), pp. 431-432.
[302] Rawson,
1985, p. 81.
[303] Galeno,
citado en Ott, 1976, apéndice C, 33.
[304] MA,
71.
[305] Citado
en Ott, 1976, apéndice C, 35, aunque es posible que el pasaje aluda a otra
reina C. Sobre C y su interés por la ciencia, véase también Plant, 2004, pp.
2-5 y 135-147.
[306] Citado
en Monica Green, 1985, p. 186. Sobre las incursiones alquímicas de Cleopatra,
véase F. Sherwood Taylor, «A Survey of Greek Alchemy», en Journal of
Hellenic Studies, vol. 50, n.º 1 (1930), pp. 109-139. La palabra alquimia
—de origen árabe— es posterior a C. No ayuda mucho el hecho de que varios
alquimistas rubricaran sus obras con el pseudónimo de «Cleopatra». Véase Plant,
2004, p. 145.
[307] Plutarco,
MA, 25, 6.
[308] 12
de Abril del 41, citada en Marie-Thérèse Lenger, Corpus des ordonnances
des Ptolémées, Palais des Académies, Bruselas, 1964, pp. 210-215.
[309] Plutarco,
«Cicerón», 46.
[310] Plutarco,
«Catón el Joven», 35, 4.
[311] Apiano,
5, 8 (traducción modificada).
[312] Ibídem,
2, 88. Su carácter violento era proverbial. Agrega Apiano (4, 59) que los
arqueros partos a caballo se unieron a Casio por voluntad propia, atraídos por
su reputación.
[313] Plutarco,
«Bruto», 28.
[314] Apiano,
5, 8.
[315] Sobre
Quinto Delio: Séneca el Rétor, Suasorias, 1, 8; AJ, 14, 394 y 15, 25; GJ, 1,
290; Séneca, Sobre la clemencia, 1, 10, 1.
[316] No
está claro si es Plutarco o el propio Delio quien aduce el símil homérico,
véase MA, 25.
[317] MA,
25.
[318] Apiano,
3, 12.
[319] Dión,
45, 4, 4.
[320] Apiano,
3, 13-14
[321] Ibídem,
3, 17.
[322] Floro,
2, 15, 2.
[323] Apiano,
3, 19.
[324] Apiano,
3, 21; Dión, 45, 11, 3-4; 46, 40, 4 y 46, 41, 1.
[325] Quinto
Fufio Caleno, citado en Dión, 46, 8, 3-4.
[326] Cicerón
a Ático, 419 (16, 9), 4 de noviembre del 44.
[327] Cicerón
a Ático, 369 (14, 15), 1 de mayo del 44.
[328] Cicerón
a Dolabela, 371A (14, 17A), 3 de mayo del 44.
[329] Cicerón
a Ático, 373 (14, 18), 9 de mayo del 44.
[330] Henry
Adams, The Education of Henry Adams, Library of America, Nueva
York, 1990, p. 13 [traducción castellana de Javier Alcoriza y Antonio
Lastra: La educación de Henry Adams, Alba, Madrid, 2001]. Adams se
refería a la política de Massachusetts.
[331] Suetonio, Gramáticos
y rétores, 5 (29).
[332] VP
a propósito de Curión el Joven, 2, 48, 4, traducido a partir de la nota del
editor en: Cicerón a Ático, 14 (1, 14), 13 de febrero del 61.
[333] Apiano,
3, 28.
[334] Dión,
46, 41.
[335] Ibídem,
46, 41, 29.
[336] Apiano,
3, 39. Séneca también describe el carácter de Octaviano en Sobre la
clemencia, 1, 11, 1.
[337] Cicerón
a Ático, 425, 1 (16, 14), c. noviembre del 44 (traducción modificada).
[338] Cicerón
a Planco, 393 (10, 19), c. mayo del 43.
[339] Cicerón, Filípicas,
6, 3, 7.
[340] Los
entrecomillados proceden, respectivamente, de Cicerón, Filípicas,
2, 12, 30; Cicerón a Cornificio, 373 (12, 25), c. 20 de marzo del 43, y Cicerón
a Casio, 344 (12, 2), c. finales de septiembre del 44.
[341] Cicerón, En
defensa de Celio, 12, 29.
[342] Cicerón
a Quinto, 21, 5 (3, 1), septiembre del 54 [traducción castellana de Tomás
Hernández Cabrera: Correspondencia con su hermano Quinto, Madrid,
Alianza, 2003]
[343] Cicerón, Filípicas,
6, 2, 4. ¿Por qué iba a hacer A tal cosa? Porque, responde Cicerón, «disfruta
tanto con los delitos privados como con los parricidios públicos».
[344] Apiano,
4, 2.
[345] Floro,
2, 16, 6.
[346] Dión,
47, 6, 1
[347] Apiano,
4, 5.
[348] Dión,
47, 3, 1. A los muertos se les cortaba la cabeza para obtener el pago de
recompensas previamente acordadas; en cuanto al resto del cuerpo, se dejaba que
se pudriera en la calle. Cuando la cabeza no era separada del cuerpo, era señal
de que se había matado a la persona equivocada, así en Apiano, 4, 15. Sobre la
esposa ingenios, Apiano, 4, 40.
[349] Plutarco,
«Cicerón», 47, 3
[350] Sobre
la muerte de Cicerón: Apiano, 4, 19-20; Plutarco, «Cicerón», 47; Dión, 47, 8;
Eusebio, Crónica, 184-3; Tito Livio, Fragmentos, 120.
[351] Sobre
la muerte de Bruto: Floro, 2, 17, 14-15; VP, 2, 70; Apiano, 4, 135; Plutarco,
«Bruto», 52-53.
[352] Dión,
44, 2, 1.
[353] Apiano,
5, 58.
[354] Aristóteles, Política,
1269b.
[355] Apiano,
4, 129.
[356] MA,
25.
[357] Pelling,
1999, p. 186.
[358] MA,
25, 4-26, 1. C no se sentía amedrentada ni impresionada por A, pero la tardanza
también podría tener otra explicación de carácter menos estratégico: el sumo
sacerdote de Egipto había muerto el 14 de julio; es posible que C se hubiera
visto retenida por sus responsabilidades religiosas.
[359] Para
reconstruir el viaje por el Mediterráneo, se ha contado con la ayuda de Lionel
Casson, entrevistado el 26 de enero de 2009. De acuerdo con él, «la única
conclusión posible es que Cleopatra decorase una de las barcas que las gentes
del lugar utilizaban para navegar por el río», carta a la autora fechada a 22
de marzo de 2009.
[360] MA,
26.
[361] Adulador,
51e (traducción modificada). France LeCorsu arguye, de forma no muy
convincente, que C se hizo pasar en Tarso por Isis en vez de por Afrodita:
«Cléopâtre-Isis», en Bulletin de la Société Française d’Égyptologie,
Nº 82 (1978), pp. 22-33.
[362] MA,
26, 4.
[363] Ibídem.
[364] Thompson,
1973, p. 29; declaraciones de O. E. Kaper a la autora, 6 de marzo de 2010
[365] Ateneo,
4, 147f.
[366] Ibídem,
4, 148b.
[367] MA,
26, 4.
[368] Ibídem,
24.
[369] Ibídem,
27
[370] Apiano,
5, 8.
[371] MA,
27.
[372] Ibídem.
[373] Ibídem,
10.
[374] Dión,
48, 4, 1
[375] El
apóstol Pablo, en Hechos de los Apóstoles, 21, 39.
[376] Sobre
los abusos cometidos en Tarso: Casio de Parma a Cicerón, 419 (12, 13), 13 de
junio del 43; Apiano, 4, 64 y 5, 7. Dión (47, 26, 2) sostiene que los tarsos
eran tan devotos de CR que llegaron a cambiar el nombre de la ciudad por el de
Juliopolis. Véase asimismo Dión Crisóstomo, Discursos, 33.
[377] JC,
49, 3.
[378] Apiano,
5, 8.
[379] Syme,
2002, p. 214. Sobre las reservas de Syme, Ibídem, pp. 274-275. Se trata de una
conjetura, aunque con la misma certeza ha habido quien ha sostenido lo
contrario a propósito tanto de A como de CR. Véase la C de Anatole France,
en On Life and Letters, Bodley Head, Londres, 1924: «Cierto es que
César amó a Cleopatra» (p. 114), y compárese con Froude, 1879: «Ni resulta
creíble que, en situación de tan gran peligro y dificultad como en la que se
hallaba [CR], engrosara sus cuitas complicándose en intrigas» (p. 456). Froude
pone igualmente en duda la visita de C a CR en Roma. Gruen niega que la
estancia obedeciese a motivos románticos.
[380] Plutarco,
«Alejandro», 47, a propósito del útil matrimonio de Alejandro con una princesa
bactria.
[381] AJ,
14, 324.
[382] AJ,
15, 93.
[383] Véase,
por ejemplo, Floro, 2, 21, 11.
[384] MA,
6, 5.
[385] HN,
36, 21; Tito Livio, Historia de Roma, 1, 44. Plinio incluye una
buena descripción de la construcción del templo. Las dificultades para colocar
el dintel principal fueron tales que el arquitecto a punto estuvo de
suicidarse.
[386] GJ,
1, 360. De forma parecida en AJ, 15, 89. Y continúa Josefo: habiéndose quedado
sin parientes tras asesinarlos uno a uno, C «se dedicó entonces a matar a los
extranjeros».
[387] Véase
P. J. Bicknell, «Caesar, Antony, Cleopatra, and Cyprus», en Latomus,
vol. 36 (1977), pp. 325-342, donde se argumenta de forma pormenorizada que
Arsínoe habría sido rehabilitada y designada gobernante segunda, para
complementar a su hermana, tras el triunfo del año 46. Green, 1990, p. 669,
también suscribe la teoría, y, de hecho, Estrabón (14, 6, 6) sostiene que A
entrega Chipre a ambas hermanas.
[388] Apiano,
5, 9.
[389] GA,
65 (traducción modificada).
[390] Apiano,
5, 10.
[391] MA,
28.
[392] Apiano,
5, 2.
[393] MA,
28.
[394] Ibídem.
[395] Sobre
el caos reinante en la cocina: Ateneo, 10, 420e.
[396] Plutarco,
MA, 28.
[397] Cicerón
a Quinto, 1, 36 (1, 1), c. 60-59 [traducción castellana de Tomás Hernández
Cabrera: Correspondencia con su hermano Quinto, Madrid, Alianza,
2003].
[398] Sobre
las habilidades de C como amazona: Pomeroy, 1990, pp. 20-23; entrevista con
Branko Van Oppen, 27 de febrero de 2010. Arsínoe III ayudó a aprestar el
ejército ptolemaico, supuestamente a lomos de un caballo (Polibio, 5, 79-80).
[399] MA,
29. Existe otra explicación para la mascarada. Herodes tenía fama de pasearse
por las noches entre la gente del pueblo al efecto de tantear el clima
político. Por lo visto no sería el único.
[400] Dión
Crisóstomo, Discursos, 32, 1.
[401] MA,
29.
[402] Apiano,
5, 11.
[403] Plutarco,
«Demetrio y Antonio», 90, 4.
[404] MA,
29
[405] Adulador,
61b. Shakespeare presenta la misma fórmula con distinto envoltorio: «Otras
empalagan al saciar los apetitos, mas ella renueva el hambre cuando más la
satisface».
[406] Apiano,
5, 21.
[407] Dión,
48, 27, 1.
[408] MA,
10.
[409] Apiano,
5, 55.
[410] Ibídem,
5, 19.
[411] Ibídem,
5, 59.
[412] Dión,
48, 28, 3.
[413] Balsdon,
1962, p. 49.
[414] Apiano,
5, 59. De forma parecida Dión, 48, 28, 3-4.
[415] Dión,
48, 27, 2.
[416] Apiano,
5, 73.
[417] Los
entrecomillados anteriores proceden, con alguna modificación, de MA, 31. Tácito
(Anales, 1, 10) sugiere que el matrimonio de A con Octavia fue una
trampa desde el primer momento.
[418] Boccaccio, Concerning
Famous Women, Rutgers University Press, New Brunswick, 1963, p. 265
[traducción castellana de Violeta Díaz-Corralejo: Mujeres preclaras,
Cátedra, Madrid, 2010].
[419] Apiano,
5, 74.
[420] Sobre
el rescate de Octaviano por parte de Antonio: Apiano, 5, 67-68.
[421] Ibídem,
3, 43.
[422] DA,
71.
[423] MA,
33. De forma parecida en «Sobre la fortuna de los romanos», 319-320, donde
Plutarco convierte en amigo de A a un soldado con dotes para la adivinación que
«le hablaba con frecuencia con toda franqueza». Tras ponderar la superioridad
de A en edad, experiencia, fama y ejército, el augur aficionado le aconseja que
se aleje de Octaviano. Según Neal, 1975, p. 102, lo que en realidad le está
aconsejando es que no rompa abiertamente con Octaviano. C prefería que A se
ocupase de los asuntos de Oriente y evitase así la confrontación.
[424] Ateneo,
4, 148c.
[425] Dión,
48, 54, 7.
[426] MA,
36. El libro de Plutarco es una obra moral con la que pretende demostrar que
«las naturalezas sublimes, sacan a la luz tanto grandes defectos como grandes
virtudes» («Demetrio», 1).
[427] Sobre
las monedas: Walker y Higgs, 2001, p. 237; Jonathan Williams, «Imperial Style
and the Coins of Cleopatra and Mark Antony», en Walker y Ashton, 2003, p. 88;
Agnes Baldwin Brett, «A New Cleopatra Tetradrachm of Ascalon», en American
Journal of Archaeology, vol. 41, n.º 3 (1937), p. 461. Tal como señala
Theodore V. Buttrey («Thea Neotera: On Coins of Antony and Cleopatra»,
en American Numismatic Society Notes, vol. 6 [1954], pp. 95-109),
las parejas ptolemaicas nunca aparecen representadas en caras opuestas de la
misma moneda.
[428] Tucídides, Historia
de la guerra del Peloponeso, 2, 45 (traducción modificada), citado por
David Markson, The Last Novel, Shoemaker and Hoard, Berkeley, 2007,
p. 107. Observa Markson que Tucídides les hace un gran favor a las mujeres al
no mencionar a ninguna.
[429] Estrabón,
16, 2, 46.
[430] Sobre
el poder de Herodes: GJ, 1, 238-240 y 1, 429-430; para la milagrosa huida: GJ,
1, 282-284; 1, 331-334; 1, 340-341, entre otros; sobre sus formidables
talentos: AJ, 15, 5; para la confirmación del Senado: GJ, 1, 282-285; AJ, 14,
386-387.
[431] MA,
36.
[432] Everitt,
2006, p. 148.
[433] Shakespeare, Antonio
y Cleopatra, 5, 2, vv. 111-113.
[434] MA,
36.
[435] Ibídem,
43.
[436] Ibídem,
37.
[437] Ibídem,
43.
[438] Entrevista
con Casson, 11 de junio de 2009. Estrabón (14, 5, 3) relaciona la entrega de
los territorios exclusivamente con los cedros.
[439] Plutarco,
MA, 36.
[440] Según
nuestra forma de contar, sería el año decimoquinto, pues los antiguos no
conocían el cero.
[441] Bingen,
1999, p. 120.
[442] Véase
Plutarco, «Demetrio y Antonio», 1, donde niega un posible matrimonio entre A y
C, «aunque esta mujer superase en poder y prestigio a todos los reyes de su
tiempo», a excepción tan sólo —como señala Plutarco con acierto— del rey de los
partos.
[443] Sobre
A y su compromiso con las mujeres: Apiano, 5, 76. Dión (48, 24, 2-3) asegura
que A queda totalmente prendado de C.
[444] Sobre
Jericó: Estrabón, 16, 1, 15; Justino, 36, 3, 1-7; Floro, 1, 40, 29-30; GJ, 1,
138-139 y 4, 451-475; HN, 12, 111-124; Diodoro, 2, 48. Sobre el incienso, el
bálsamo, el betún y sus aplicaciones, véase A. Lucas, Ancient Egyptian
Materials and Industries, Edward Arnold, Londres, 1962.
[445] AJ,
14, 484; de forma parecida en GJ, 1, 355.
[446] AJ,
15, 107. Josefo atribuye a C la muerte de Malco, así como la de un rey sirio,
en GJ, 1, 440.
[447] Ibídem,
15, 99-100
[448] Ibídem,
15, 98.
[449] Ibídem,
15, 97.
[450] Ibídem,
15, 101.
[451] Ibídem,
15, 101.
[452] GJ,
1, 498. Al acusar a ND de haber manipulado la historia, refiere Josefo sus
«falsas acusaciones de impudicia» contra Mariamne, inventadas para justificar
su injustificable asesinato (AJ, 16, 185).
[453] Carta
de Aristeas, 99. Véase asimismo GJ, 5, 231; Filón, Sobre la migración
de Abraham, 102-105, para el atuendo del alto sacerdote.
[454] AJ,
15, 26-27.
[455] Ibídem,
15, 29.
[456] Ibídem,
15, 45-46.
[457] Eurípides, Helena,
v. 325.
[458] GJ,
1, 437.
[459] Véase
Nielsen, 1999, para los palacios de Herodes. También AJ, 15, 54-55.
[460] AJ,
15, 63.
[461] Ibídem,
15, 76-77.
[462] Ibídem,
15, 91.
[463] Eurípides, Fenicias,
v. 200.
[464] GJ,
7, 300-301
[465] Ibídem,
1, 534.
[466] Ibídem,
1, 440.
[467] Según
Cicerón, las cartas tardaban cuarenta y siete días en viajar desde Capadocia
hasta Roma.
[468] Declaraciones
de Andrew Meadows a la autora, 24 de mayo de 2010.
[469] Eurípides, Bacantes,
vv. 282-283.
[470] MA,
51. El insidioso rumor aparece tanto en Plutarco como en Dión, 49, 31, 1.
[471] Plutarco,
«Craso», 22, 4. Sobre el penoso estado de los hombres de Antonio, véase Floro,
2, 20.
[472] MA,
37; Tito Livio, Períocas, 130.
[473] MA,
43.
[474] Ibídem,
50.
[475] Ibídem,
44.
[476] Floro,
2, 20. Véase asimismo VP, 2, 82 y Dión, 49, 32.
[477] MA,
57.
[478] Ibídem,
53.
[479] Adulador,
61b.
[480] MA,
53. Sobre el efecto de C sobre los compañeros de A, Dión, 50, 5, 3.
[481] Dión,
48, 27, 2.
[482] Adulador,
61b.
[483] MA,
54.
[484] Dión,
49, 34, 1. Sobre los «brebajes», MA, 37.
[485] Dión,
49, 39, 2.
[486] Sobre
Artavasdes: Dión, 49, 40, 1-3; VP, 2, 82, 4; MA, 50, 6; Plutarco, «Craso», 33;
Tito Livio, Períocas, 131. Sobre el triunfo que no era tal, véase
Beard, 2007, pp. 266-269.
[487] Ashton,
2008, pp. 138-139; Baudoin Van de Walle, «La Cléopâtre de Mariemont», en Chronique
d’Égypte, vol. 24 (1949), pp. 28-29; entrevista con Branko Van Oppen, 28 de
febrero de 2010.
[488] VP,
2, 82, 4.
[489] Buttrey,
1954, pp. 95-109.
[490] Marcudy,
1932, p. 205. Bevan, 1968, p. 377, describe aún mejor la edad de oro de C: por
segunda vez en una década, «se encontraba a escasos pasos de convertirse en
emperatriz del mundo».
[491] Sobre
los judíos bajo el reinado de Cleopatra, véase W. W. Tarn, «Alexander Helios
and the Golden Age», en Journal of Roman Studies, vol. 22, II
(1932), p. 142. Sobre los judíos en general en tiempos de Cleopatra, véase
Victor Tcherikover, Hellenistic Civilization and the Jews,
Hendrickson, Peabody, 1999.
[492] Dión,
49, 41, 6.
[493] MA,
54, 3.
[494] Huzar,
1985-1986, p. 108.
[495] Hesíodo, Trabajos
y días, v. 760. Véase también Virgilio, Eneida, 4, vv. 240-265
y Aquiles Tacio, 6, 10: «Calumnia tiene más filo que una espada, más ímpetu que
el fuego y más capacidad de persuasión que las Sirenas; Rumor es más
escurridizo que el agua, más veloz que el viento, más rápido que las alas de
los pájaros».
[496] Teócrito, Idilios,
17.
[497] Filón
de Alejandría, Embajada a Gayo, 151, traducción tomada de Forster,
2004, p. 133
[498] Diodoro,
33, 28b, 3.
[499] AJ,
17, 99-100. Sobre ND habla también Plutarco, Charlas de sobremesa
(Quaestiones convivales), 8, 4, 723.
[500] VP,
2, 83.
[501] MA,
28.
[502] Véase,
P. M. Fraser, «Mark Antony in Alexandria. A Note», en Journal of Roman
Studies, vol. 47, nº 1-2 (1957), pp. 71-73.
[503] Dión,
50, 5, 1.
[504] Sobre
el joven Canidio, véase Plutarco, «Bruto», 3.
[505] Sobre
las exenciones de impuestos, véase Peter Van Minnen, «An Official Act of
Cleopatra», en Ancient Society, n.º 30 (2000), pp. 29-34; Van
Minnen, «Further Thoughts on the Cleopatra Papyrus», en Archiv für
Papyrusforschung, n.º 47 (2001), pp. 74-80; Van Minnen, «A Royal Ordinance
of Cleopatra and Related Documents», en Walker y Ashton, 2003, pp. 23-42.
[506] Ibídem,
p. 79.
[507] Dión,
50, 5, 1-2.
[508] Apiano,
5, 144. Sobre Sexto Pompeyo en general, Apiano, 5, 133-145.
[509] Dión,
46, 10, 3.
[510] MA,
32.
[511] Dión,
50, 18, 3.
[512] DA,
69. Lo mismo se diría, mucho tiempo después, de Sejano, quien «manteniendo
relaciones ilícitas con las mujeres de casi todos los hombres ilustres,
averiguaba lo que sus esposos decían y hacían» (Dión, 58, 3).
[513] Cicerón, Filípicas,
5, 18, 50.
[514] Dión,
51, 8, 2.
[515] DA,
69 (a partir de la desenfadada traducción inglesa de Andrew Meadows, en Walker
y Higgs, 2001, p. 29).
[516] Acerca
de Éfeso: Keith Hopkins, A World Full of Gods, Plume, Nueva York,
2001, pp. 200-205; Estrabón, 14, 1, 24; HN, 5, 31, 15. Craven, 1920, p. 22,
señala que Éfeso era la sede del procónsul romano en Asia; ahí se alojaban los
archivos públicos y el tesoro. Es lógico que A la utilizara como sede de gobierno.
[517] Dión,
50, 2, 6.
[518] MA,
56.
[519] Plutarco,
«Paulo Emilio», 12, 9.
[520] MA,
56.
[521] Ibídem,
24.
[522] Ibídem,
56.
[523] Sobre
el poder de la mitología, véase H. Jeanmarie, «La politique religieuse
d’Antoine et de Cléopâtre», en Revue Archéologique, vol. 19 (1924),
pp. 241-261.
[524] Cornelio
Nepote, 25, «Ático», 3, 2.
[525] Sobre
la estatuaria ptolemaica: Pausanias, 1, 8, 9; Habicht, 1992, p. 85; HN, 34, 37.
[526] MA,
57.
[527] Acerca
de la biblioteca de Pérgamo, véase Casson, 2001, pp. 48-50. Casson sugiere que
se trata de una hábil estratagema para quitarse de encima una carga económica.
La biblioteca de Pérgamo estaba en manos de Roma desde hacía un siglo.
[528] MA,
58.
[529] Plutarco,
«Bruto», 5; «Catón el Joven», 24.
[530] MA,
58
[531] Plutarco,
«Marco Catón», 17, 7.
[532] MA,
58.
[533] Dión,
50, 25, 2; Horacio, Epodos, 9.
[534] Neal,
1975, p. 110, aborda el asunto del divorcio con especial lucidez.
[535] Plutarco,
«Pompeyo», 53.
[536] Para
esta cita y la siguiente, MA, 59. Para el mal de amores de Geminio, véase
Plutarco, «Pompeyo», 2
[537] VP,
2, 83. Para las deserciones, véase asimismo Dión, 50, 3, 2-3; para la blandura
de corazón de Delio, véase Apiano, 5, 50; 5, 55 y 5, 144.
[538] O
bien Dión maneja una cronología errónea o bien lo es la que ha manejado el
resto del mundo: parece dar a entender (en 50, 20, 7) que Octaviano perseguía
el testamento desde hacía un año, antes de las Donaciones, cosa que alteraría
por completo el carácter de la ceremonia.
[539] MA,
58.
[540] Petronio, Satiricón,
1 (traducción modificada).
[541] Sobre
la «relación casi uniforme entre Oriente y sexo», su «promesa (y amenaza)
erótica, su sensualidad incansable, su deseo ilimitado y sus profundas energías
generadoras», véase Edward W. Said, Orientalism, Vintage, Nueva
York, 1994, p. 188 [traducción castellana de María Luisa Fuentes: Orientalismo,
Debate, Barcelona, 2002] y Adulador, 56e. En el siglo XIX, para Flaubert, las
cortesanas de antaño eran como «la víbora del Nilo, pronta al abrazo y al
estrangulamiento».
[542] Floro,
2, 21, 11.
[543] Dión,
50, 26, 5.
[544] VP,
2, 82.
[545] MA,
53.
[546] Las
tres citas anteriores corresponden, respectivamente, a Floro, 2, 21, 11; Dión,
48, 23, 2, y MA, 60. Plutarco alude a Ónfale en «Demetrio y Antonio», 3, 3.
[547] Floro,
2, 21, 11
[548] Dión,
50, 5, 4.
[549] Estrabón
(13, 1, 30; 14, 1, 14) acusa a A de saquear en beneficio de C las mejores obras
de arte que pudo encontrar, tanto en los templos de Samos como en muchos otros
lugares; véase asimismo HN, 34, 8, 19, 58.
[550] Eutropio,
7, 7.
[551] Ateneo,
13, 560b, quien agrega que las mujeres egipcias eran conocidas por ser «mucho
más amorosas que otras mujeres».
[552] Plauto, La
comedia de la ollita, vv. 167-169 [traducción castellana de José Román
Bravo: Comedias, vol. I, Cátedra, Madrid, 1989].
[553] Lucano,
10, 67.
[554] Sobre
la declaración de guerra: Tito Livio, 1, 32, 5-14. Para el procedimiento
tradicional: Meyer Reinhold, «The Declaration of War Against Cleopatra»,
en Classical Journal, vol. 77, n.º 2 (1981-1982), pp. 97-103;
también R. M. Olgivie, A Commentary on Livy, Books 1-5, Clarendon
Press, Oxford, 1978, pp. 127-128, así como Thomas Wiedemann, «The Fetiales: A
Reconsideration», en Classical Quarterly, vol. 36, n º 2 (1986),
pp. 478-490, quien conjetura que el rito es una invención de Octaviano.
[555] Dión,
50, 6, 1.
[556] Ibídem,
50, 21, 3.
[557] Ibídem,
50, 21, 1.
[558] Ibídem,
50, 26, 3.
[559] Ibídem,
50, 6, 2-3.
[560] Floro,
1, 45, 19.
[561] Dión,
50, 11, 1.
[562] Ibídem,
50, 8, 1-5 y 50, 15, 3
[563] Macrobio, Saturnales,
2, 4, 29.
[564] Cornelio
Nepote, «Ático», 20, 4.
[565] En
general, las categorías eran más flexibles en Egipto, donde Alejando Magno
podía convertirse en faraón, las mujeres podían llegar a reinar y las
divinidades tendían a confundirse. Roma prefería hacer separaciones más claras.
No por azar, el latín «es mucho menos acogedor que el griego en lo que se
refiere a palabras compuestas y neologismos», Rawson, 2001, p. 232.
[566] Tarn
(y Charlesworth), 1965, pp. 96-97.
[567] Dión,
50, 24, 3.
[568] Ibídem,
50, 27, 4. Podría estar citando a Cicerón, que lo denuesta diciendo que es «un
inmoral, un desvergonzado, un afeminado, uno que nunca, ni siquiera en
situaciones de peligro, está sobrio», Filípicas, 3, 5, 12.
[569] ND,
fr. 129. Sobre el costoso mobiliario, DA, 70.
[570] Dión,
50, 28, 6.
[571] Dión,
50, 24, 5.
[572] Ibídem,
50, 28, 3-4.
[573] Propercio, Elegías,
3, 11, vv. 47-49 [traducción castellana de Alfonso Cuatrecasas: Elegías,
Lumen, Barcelona, 1990]. Sobre C como enemigo indigno, Elegías, 4,
6, vv. 64-66. Nourse, 2002, p. 128, señala que los griegos tenían a las mujeres
por «peligrosamente emotivas y destructivamente mezquinas en cuanto se les
permitía acceder al poder». El comisario que se encara con Lisístrata en la
obra de Aristófanes lo hace por razones distintas: «¡Pero los hombres no
debemos dejarnos derrotar nunca por las mujeres!» [traducción castellana de
Francisco Rodríguez Adrados: Las avispas. La paz. Las aves. Lisístrata,
Cátedra, Madrid, 1994], exclama, allanando así el camino para Lucano y
Propercio.
[574] MA,
62.
[575] Dión,
50, 12, 8.
[576] Plutarco,
«Filopemen», 9, 3, 7
[577] Para
las ropillas de los medios, Plutarco, «Paulo Emilio», 18 y 30-32; la capa
militar ptolemaica se describe en Ateneo, 5, 196f. Según Salustio, el ejército
armenio era famoso por su espléndida armadura. Sobre las armas ornamentadas,
Mayo, 2010, pp. 11-12 y 206; Walker y Higgs, 2001, p. 264. Plutarco describe
por encima el campamento en su vida de Bruto, y Josefo evoca con viveza el
orden que en él reinaba, en GJ, 3, 77-102. Existe cierto debate acerca de las
velas de color púrpura del Antonia, a pesar de lo dicho en HN, 19,
5, y la convicción de Casson al respecto, en entrevista del 26 de enero de
2009. William Murray cree que puede tratarse de un adorno literario, en
entrevista del 3 de marzo de 2010. Sea como fuere, debía de ser una nave
magníficamente tallada.
[578] GJ,
1, 389-390.
[579] Citado
por Antonia Fraser, The Warrior Queens, Knopf, Nueva York, 1989, p.
190.
[580] Suetonio,
«Nerón», 3; Apiano, 4, 38.
[581] Sobre
la presencia de Enobarbo y A en Partia: MA, 58.
[582] Plutarco,
«Cayo Mario», 7. Es poco probable que A durmiera sobre un jergón con C en el
campamento.
[583] GJ,
1, 390.
[584] MA,
58.
[585] Plutarco,
«Agesilao y Pompeyo», 84.
[586] HN,
21, 12.
[587] VP,
2, 84; Dión, 50, 13, 8.
[588] Plutarco,
«Pompeyo», 76; Apiano, 2, 71. Sobre el lamentable desenlace, JC, 45.
[589] Dión,
50, 19, 5.
[590] Ibídem,
50, 3, 2-3.
[591] MA,
64.
[592] Ibídem,
40.
[593] Dión,
50, 30, 3-4.
[594] Ibídem,
50, 33, 3-4.
[595] MA,
67. Es muy probable que Plutarco invente o anticipe el distanciamiento entre
ambos. Igualmente es posible que sea una añadidura posterior, lo mismo que la
traición de C. Véase también VP, 2, 85.
[596] Floro,
2, 21
[597] Dión,
51, 5, 4.
[598] Murray,
1989, p. 142, arguye de forma convincente que antes y después de Accio
Octaviano capturó unas trescientas cincuenta naves, entre ellas varias tan
grandes como el buque insignia de C.
[599] Eurípides, Hécuba,
vv. 371-372 (traducción modificada).
[600] Eurípides, Heracles,
v. 560.
[601] Dión,
51, 5, 5.
[602] MA,
69. Puede leerse un intrigante análisis de los planes de A y C tras los hechos
de Accio en Claude Nicolet, «Où Antoine et Cléopâtre voulaient-ils aller?»,
en Semítica, vol. 39 (1990), pp. 63-66.
[603] Ateneo,
5, 203e-204d
[604] Estrabón
(16, 4, 21-26) extiende su territorio desde el sur del Jordán hasta el extremo
del golfo de Eilat.
[605] AJ,
15, 190. De forma parecida, aunque menos exagerada, GJ, 1, 388-394.
Contempladas en retrospectiva, las lisonjas de Herodes para con Octaviano
adquieren un carácter más noble: «Y cuando los romanos hubieron vencido en la
guerra a todos los reyes, sólo a los nuestros, merced a su lealtad, los
mantuvieron como aliados y amigos», explica Flavio Josefo, Contra Apión,
2, 134.
[606] Sobre
Sertorio: Plutarco, «Pompeyo», 17-19; «Catón el Joven», 59; Dión, 51, 8, 6.
[607] Dión,
51, 5, 6.
[608] Ibídem,
51, 6, 4.
[609] Estrabón,
17, 1, 9.
[610] MA,
69.
[611] Dión,
51, 7, 2-3.
[612] Adulador,
69a.
[613] Apiano,
4, 112.
[614] MA,
71
[615] Dión,
51, 6, 1.
[616] Walker
y Higgs, 2001, p. 175.
[617] Dión,
51, 6, 6.
[618] Ibídem,
51, 8, 2-3.
[619] Ibídem,
51, 3, 4.
[620] MA,
73.
[621] Dión,
51, 8, 7. Plutarco (MA, 25, 4) no se lo piensa dos veces al añadir, sin
fundamento, a Cneo Pompeyo al elenco de conquistas de C.
[622] MA,
73.
[623] Ibídem
(traducción modificada).
[624] Ibídem,
71.
[625] Ibídem,
74.
[626] Dión,
51, 5, 2.
[627] GJ,
1, 394-396. Véase también AJ, 15, 199-202.
[628] Marcudy,
1932, p. 221
[629] MA,
74.
[630] Dión,
51, 9, 5.
[631] Ibídem,
51, 9, 6.
[632] MA,
74.
[633] Ibídem,
75.
[634] Ibídem,
76.
[635] Pablo
Orosio, Historias, 6, 19, 17.
[636] Dión,
51, 10, 5-6; Tito Livio, 133, 30; MA, 76
[637] MA,
76.
[638] Ibídem,
77.
[639] Por
lo visto A no se engañaba acerca de él: Proculeyo demostró una generosidad
notable para con sus hermanos (Horacio, Odas, 2, 2). Tácito (Anales,
4, 40) también da testimonio de su carácter; Juvenal (Sátiras, 7, v. 94)
lo menciona como patrón de las artes.
[640] MA,
78.
[641] Dión,
52, 43, 8.
[642] MA,
78.
[643] Dión,
51, 11, 3.
[644] MA,
79.
[645] Dión,
51, 11, 5.
[646] Goudchaux
estima que medían entre 2,5 y 3,5 metros de grosor: véase «Cleopatra’s Subtle
Religious Strategy», en Walker y Higgs, 2001, p. 136.
[647] Para
más información acerca de los lamentos rituales, véase Branko Fredde Van Oppen
de Ruiter,The Religious Identification of Ptolemaic Queens with
Aphrodite , Demeter, Hathor and Isis, tesis doctoral, The City
University of New York, 2007, pp. 274-370.
[648] MA,
82.
[649] Pablo
Orosio, Historias, 6, 19, 19.
[650] Dión,
51, 16, 3-4.
[651] MA,
83.
[652] Dión,
51, 12, 1.
[653] ND,
5.
[654] Cicerón
a Ático, 206 (10, 14), 8 de mayo del 49.
[655] Dión,
51, 12, 3-7.
[656] MA,
83.
[657] Dión
la representa arrojándose a las rodillas de Octaviano, lo mismo que Floro al
referirse a la llegada de CR en el 48 (2, 13, 56) y, de nuevo, al hablar de
Octaviano (2, 21, 9).
[658] MA,
83.
[659] Dión,
51, 12, 4.
[660] MA,
83.
[661] Dión,
51, 13, 2.
[662] MA,
83.
[663] Ibídem,
84. Es posible que Cornelio Dolabela sea el hijo de P. Cornelio Dolabela, casi
aliado de C en el 44-43( Prosopographia Imperii Romani, 2.ª ed.).
[664] MA,
85.
[665] Dión,
51, 13, 5. Para una descripción del lecho y los emblemas reales: declaraciones
de O. E. Kaper a la autora, 18 de marzo de 2010. Para el cayado y el mayal:
entrevista con Roger Bagnall, 3 de mayo de 2010.
[666] MA,
85.
[667] Plutarco,
«Paulo Emilio», 26, 12. Al igual que se decía de la madre de Alejandro Magno
—quien también se suicidó—, por la muerte de la madre podía colegirse la
grandeza del hijo.
[668] Sobre
los psilos: Lucano, 9, v. 920-938; HN, 7, 2, 13-15. También Plutarco, «Catón el
Joven», 56, 3-4, y Dión, 51, 14, 4. Más información sobre el áspid en
Nicandro, Poems and Poetical Fragments, Cambridge University Press,
Londres, 1953.
[669] Estrabón,
17, 1, 10.
[670] MA,
86
[671] Horacio, Odas,
1, 37.
[672] VP,
2, 87.
[673] DA,
50.
[674] Augusto,
4.
[675] MA,
86.
[676] Dión,
51, 14, 6.
[677] Horacio, Odas,
1, 37.
[678] MA,
86.
[679] Lindsay,
1998, p. 337.
[680] HN,
5, 51.
[681] Suetonio,
«Calígula», 35; Dión, 59, 25. Puede leerse una hipótesis algo intrincada y
especulativa de esta muerte en Jean-Claude Faur, «Caligula et la Maurétanie: La
fin de Ptolomée», en Klio, vol. 55 (1973), pp. 249-271.
[682] Sobre
el doble linaje de Calígula: Dión, 59, 20, 1-2; Suetonio, «Calígula», 23, 1.
[683] Sobre
la muerte de las personas vinculadas a A: Pablo Orosio, Historias,
6, 19, 20.
[684] Hölbl,
2001, p. 249.
[685] DA,
18; Dión, 51, 16, 5.
[686] Dedicatoria
de Galo del 15 de abril del 29, citada en Robert K. Sherk, Rome and the
Greek East to the Death of Augustus, Cambridge University Press, Cambridge,
1993, p. 94.
[687] Dión,
51, 21, 7-8. Sobre los niños: Eusebio, 187-194.
[688] Gurval,
1998, p. 29.
[689] Dión,
51, 17, 8. Para el obelisco: HN, 36, 14, 70-71.
[690] Sobre
la egiptomanía: Carla Alfaro, «Egyptian Influences in Italy», en Walker y
Higgs, 2001, pp. 286-288. Ya Cicerón (Las leyes, 2, 2) se había mofado
de los paisajes pretendidamente egipcios de moda en Roma. A diferencia de
Octaviano, futuros emperadores romanos abrazarían la cultura egipcia; véase
René Preys, «Les empereurs romains vus de l’Égypte», en Les Empereurs
du Nil, Éditions Peeters, Lovaina, 2000, pp. 30-33.
[691] Véase
Reinhold, 1988, p. 72, y Kleiner y Matheson, 1996, pp. 36-39.
[692] Sobre
la condición de Livia: Dión, 57, 12. Las siguientes son buenas
caracterizaciones hechas en época actual: Anthony A. Barrett, Livia:
First Lady of Imperial Rome, Yale University Press, New Haven, 2002; Ruth
Bertha Hoffsten, Roman Women of Rank of the Early Empire in Public Life
as Portrayed by Dio, Paterculus, Suetonius, and Tacitus , tesis
doctoral, University of Pennsylvania, 1939. Para el personal de Livia, véase
Balsdon, 1962, pp. 93 y 276. Kleiner, 2005, pp. 251-257, asegura que Livia tomó
a C como ejemplo durante su ascenso.
[693] DA,
71. A decir de Dión, Octaviano no se quedó ninguno de los efectos de C, a
excepción de «un solo cáliz de ágata».
[694] Dión,
52, 30, 1-2. C fue superada incluso en lo que respecta al consumo de perlas.
[695] Tácito, Anales,
1, 5.
[696] Dión,
55, 15, 1-2.
[697] VP,
2, 89.
[698] Dión,
57, 18, 2.
[699] J.
H. C. Williams, «spoiling the egyptians: octavian and cleopatra», en walker y
higgs, 2001, p. 197.
[700] Bruto
a Cicerón, 25 (1, 16).
[701] Menandro,
citado en Lefkowitz y Fant, 1992, p. 31.
[702] Obra
pornográfica de autoría incierta: Hughes-Hallett, 1991, p.68
[703] Propercio, Elegías,
3, 11, 30 [traducción castellana de Alfonso Cuatrecasas: Elegías,
Lumen, Barcelona, 1990]. Skinner, 2005, p. 167, señala que el de la prostituta,
censurada por su avaricia y célebre por su ingenio, era ya un tipo de mujer
conocido en la escritura histórica y biográfica.
[704] Aurelio
Víctor, De Viris Illustribus, 86, 2. Pushkin parte de aquí para sus
entusiastas «Noches egipcias».
[705] Anna
Jameson, Memoirs of Celebrated Female Sovereigns, Harper, Nueva
York, 1836, p. 55.
[706] Carta
de Nightingale de enero de 1850, citada en Vallée, 2003, p. 244. El crimen de C
fue inmortalizarse a sí misma —y a Cesarión— en los bajorrelieves de Hermontis.
En The Way We Live Now, la irrefrenable Matilde Carbury de Trollope
se permite resumir la vida de C con un simple: « ¡Valiente mujerzuela ésa!».
Lady Carbury está intentando publicitar su nuevo libro, Reinas
criminales.
[707] Cecil
B. DeMille, en Lovric, 2001, p. 83.
[708] Plutarco,
«Pompeyo», 70, 7. Como bien sabía el padre de Alejandro Magno, que contrajo
múltiples nupcias, salía más barato un matrimonio que una guerra.
[709] MA,
66. Flavio Josefo la censura con vehemencia y da una prolija enumeración de sus
crímenes en Contra Apión, 2, 57-59: C, «que cometió toda clase de
injusticias y de crímenes contra sus parientes, contra sus maridos, que además
la amaban, o contra los romanos en general y los emperadores, benefactores
suyos; que incluso llegó a matar en el templo a su hermana Arsínoe que no le
había causado ningún daño; que asesinó traidoramente a su hermano y despojó a
los dioses patrios y las tumbas de sus antepasados; que a pesar de haber
recibido el reino del primer César, tuvo la osadía de rebelarse contra su hijo
y sucesor, y seduciendo a Antonio con su pasión amorosa, lo convirtió en
enemigo de su patria y traidor a sus amigos, despojando a unos de su rango real
y empujando a otros hasta el crimen».
[710] Véase
Jack Lindsay, Mark Antony: His World and His Contemporaries,
Routledge, Londres, 1936, p. 231.
[711]Chronicle
of John, Bishop of Nikiu, 67, 5-10, citada en Lindsay, 1998, p.
333, donde se nombra a C como uno de los más grandes entre los Ptolomeos,
aunque también se le atribuyen logros que no le corresponden.
[712] René
Weiss, Decoding a Hidden Life: Shakespeare Unbound, Holt, Nueva
York, 2007, pp. 355-358. Weiss señala que Shakespeare escribió la obra cuando
tenía cuarenta y tres años. La misma edad que A en el momento de alzarse el
telón.
[713] De
hecho, Antonio y Cleopatra fue tachada de indecente durante
buena parte del siglo XIX. Pese a contar con el que muchos consideran el mejor
papel femenino de todo Shakespeare, es cosa sabida que la obra no ha sido
objeto de grandes producciones ni anda sobrada de admiradores. En 1938,
Somerset Maugham explicaba así su impopularidad: «El público considera que
renunciar a un imperio por una mujer es reprensible. A decir verdad, de no
basarse en una leyenda que goza de aceptación general, habría unanimidad en que
algo así resulta inverosímil» (The Summing Up, Doubleday, Garden City,
1938, pp. 138-139 [traducción castellana: Recapitulación, Plaza
& Janés, Barcelona, 1968]). La arrebatadora y desesperada pasión de A y C
no conmueve a los británicos, que no son «una raza amorosa», antes bien, por
regla general, según Maugham, fruncen el ceño ante todo lo que se refiere al
sexo. No eran de los que se arrojan a la perdición por una mujer. Eso explica,
o no, por qué era la obra favorita de Emily Dickinson; véase Judith Farr,
«Emily Dickinson’s “Engulfing” Play: Antony and Cleopatra», en Tulsa
Studies in Women’s Literature, vol. 9, n.º 2 (1990), pp. 231-250. Samuel
Johnson y William Hazlitt también emitieron juicios variados acerca de la obra;
Johnson la encontraba ampulosa y mal construida. A George Bernard Shaw le hacía
venir dispepsia. Coleridge es el único que cuenta Antonio y Cleopatra entre
las mejores obras de Shakespeare.
[714] Citado
en Hebert W. Benario, «The “Carmen de Bello Actiaco” and Early Imperial Epic»,
en Aufsteig und Niedergang der römischen Welt, II, 30.3 (1983), p.
1661. Para más información acerca del fragmento, véase Bastien Pestel, «Le De
bello Actiaco, ou l’épopée de Cléopâtre», tesis de máster, Université de Laval,
2005.
[715] Eurípides, Las
fenicias, vv. 388-390.
[716] Ateneo,
4, 229c. Generación y media después de la muerte de C, Filón reflexionaba sobre
lo efímero de las riquezas y el poder. Su país ofrecía un ejemplo palmario:
«Egipto una vez tuvo la soberanía sobre muchos pueblos, pero ahora no es sino
esclavo […]. ¿Dónde quedó la estirpe de los Ptolomeos y dónde la fama de cada
uno de los diádocos, que resplandecían hasta los límites de la tierra y el
mar?», Sobre José, 135-136.

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