© Libro N° 6159.
A Cielo Abierto. Iturbe, Antonio. Emancipación. Junio 29 de 2019.
Título
original: © A Cielo Abierto. Antonio Iturbe
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Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
A CIELO ABIERTO
Antonio Iturbe
CONTENIDO
Aeródromo
de Le Bourget (París), 1922
Acuartelamiento
de aviación de Istres, 1921
París,
1923
Acuartelamiento
de aviación de Istres, 1921
Aeródromo
de Le Bourget (París), 1923
Istres,
1921
Hospital
Villemin (París), 1923
Istres,
1921
Fábrica
Tuileries de Bourlon (París), 1923
Palmira
(Siria), 1922
Fábrica
Tuileries de Bourlon (París), 1923
Palmira
(Siria), 1922
Fábrica
Tuileries de Bourlon (París), 1923
Palmira
(Siria), 1923
Fábrica
Tuileries de Bourlon (París), 1924
1er
Regimiento de Aviación de Caza de Thionville (Francia), 1923
Creuse
(interior de Francia), 1925
París,
1924
Montluçon
(Francia), 1924
París,
1924
Aeródromo
de Montaudran (Toulouse), 1924
París,
1925
Barcelona,
1925
París,
1925
Barcelona,
1925
Toulouse,
1926
Casablanca-Dakar,
1926
Toulouse,
1926
Casablanca,
1926
Toulouse,
1926
Dakar,
1927
Cabo
Juby (Marruecos), 1928
Casablanca,
1928
Río
de Janeiro, 1928
Cabo
Juby (Marruecos), 1928
Buenos
Aires, 1928
Cabo
Juby (Marruecos), 1928
Buenos
Aires, 1929
Cabo
Juby (Marruecos), 1929
Los
Andes (Chile), 1929
Cabo
Juby (Marruecos), 1929
Bahía
Blanca (Argentina), 1929
Cabo
Juby (Marruecos), 1929
uenos
Aires, 1929
Cabo
Juby (Marruecos), 1929
Cabo
Juby (Marruecos), 1929
Cabo
Juby (Marruecos), 1929
Buenos
Aires, 1929
Patagonia
(Argentina), 1930
Buenos
Aires, 1930
Base
de hidroaviones del lago Berre (sur de Francia), 1930
Buenos
Aires, 1930
Santiago
de Chile, 1930
Lago
Berre (Francia), 1930
Lago
Berre (Francia), 1930
Natal,
1930
Buenos
Aires, 1930
Buenos
Aires, 1931
Toulouse,
1931
Casablanca,
1931
Aeródromo
de Montaudran (Toulouse), 1932
Toulouse,
1932
Cabo
Juby, 1932
Casablanca
(Marruecos), 1932
París,
1932
Casablanca,
1932
París,
1933
París,
1933
París-Toulouse,
1933
Toulouse,
1934
Natal,
1934
París,
1935
París,
1935
París,
1935
Libia,
1936
Dakar,
1936
París,
1936
París,
1937
París,
1938
Toulouse,
1939
Orconte
(Francia), 1940
Orconte
(Francia), 1940
Lisboa,
1941
Nueva
York, 1942
Argel,
1943
Argel,
1943
Córcega,
1944
Córcega,
1944
Toulouse,
1945
Epílogo
Capítulo
1
Aeródromo
de Le Bourget (París), 1922
A
Susana, que vuela conmigo
Vivir
es nacer poco a poco.
ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY,
Piloto de guerra
Tira de la palanca doble hacia su pecho y el Caudron C.59 se
eleva en busca de un rebaño de nubes sobre París. El biplano vibra. El motor
Hispano-Suiza resopla. Planea un poco entre la niebla blanca y después tira de
la brida metálica y obliga al avión a escalar una montaña de aire hasta hacer
la vertical sobre el cielo. El temblor del fuselaje se transmite a sus manos y
de ahí a su cuerpo entero. El alférez Saint-Exupéry, embriagado por el vértigo,
sonríe con esa satisfacción infinita de los locos, la de los niños cuando están
absortos en sus juegos: sin noción del riesgo ni del tiempo, sumergidos en un
mundo que sólo les pertenece a ellos porque lo han construido a su medida.
En tierra, el Caudron C.59 es tan sólo una voluminosa pieza de
madera de setecientos kilos repleta de tornillería, remaches y soldaduras. Al
rodar arrastrando el pesado armazón sobre sus rueditas de bicicleta, resulta de
una fragilidad patética: un grandullón de pecho abombado que al echar a correr
por la pista traquetea inseguro en sus patas de alambre. Un simple guijarro en
su trayectoria lo desequilibraría haciéndolo capotar estrepitosamente. Pero
cuando llega al final, sucede el milagro: el pesado armario rodante se despega
del suelo, se aúpa sobre la línea del horizonte, se eleva y, de repente, se
torna ligero, diestro, incluso grácil en su vuelo de pájaro. Ha burlado a su
destino de cachalote varado en un hangar.
Tonio se siente un poco como el propio avión. Su corpachón lo
hace moverse habitualmente de manera torpe, incluso desgarbada, y su cabeza
soñadora, nada dotada para solventar los asuntos más triviales de la vida
práctica, lo convierte en tierra firme en un pingüino desorientado que se
bambolea, que bracea inútilmente, que no encuentra el mar. Pero allá arriba es
otro.
Se hace liviano.
Gira la palanca hacia la izquierda y el avión se escora
bruscamente hacia el ala contraria. Sonríe. Ha logrado el sueño de cualquier
niño: hacer que los juguetes sean verdaderos y que la verdad sea juego.
Dibuja una trenza en el aire. Le encanta sentir ese
estremecimiento vertiginoso y, sobre todo, la sensación de elevarse por encima
de la mediocridad. La suya y la del mundo que lo rodea. Notar que deja allá
abajo la ramplonería del cuartel y a esos oficiales que gritan hasta que se les
inflaman las venas del cuello. Gritar forma parte de la hombría militar.
Unos días atrás, al atravesar el patio de armas, vio a un
sargento impartir instrucción a unos reclutas recién llegados: les pedía que a
su requerimiento le respondieran inmediatamente: « ¡A la orden, mi sargento!».
El suboficial señaló a un recluta; en realidad, era casi un niño. « ¡Tú!» El
muchacho, amedrentado, le contestó un tímido: «A la orden, mi sargento», y el
superior, rojo de ira, lo agarró violentamente de la pechera de la guerrera y
lo zarandeó mientras le chillaba en la cara: « ¿Tú qué clase de hombre eres?
¡Grita más alto! ¡Contesta como un soldado!».
Se alejó, perplejo: lo primero que se pide a unos muchachos para
que sean buenos soldados no es que muestren sagacidad, mesura o sentido de la
estrategia, sino que griten lo más desaforadamente posible. El que más chille
recibirá la felicitación del sargento. Y siempre deben responder: « ¡A la
orden!». Para ser buen soldado, buen patriota, buen ciudadano, buen empleado...
hay una consigna infalible: decir siempre « ¡a la orden!». No plantearse nada,
no preguntarse por qué.
A él le desagradan los gritos. Cuando alguien inocente te mira y
tú le gritas, estás talando un árbol que nace. Él sólo eleva la voz alguna
noche alegre en la que toma demasiado borgoña o pastís y se arranca a cantar
canciones que empiezan risueñas y terminan melancólicas. Cuando se enfada, lo
que hace es quedarse callado.
Qué estéril es decir
lo que ya sabe el silencio ...
El avión cabecea sobre el aire y Tonio también cabecea para
darle la razón a Mallarmé. Él mismo, a veces, garabatea versos.
Ha hecho ya mil piruetas, pero no es suficiente. Nunca es
suficiente. La vida siempre le parece un traje demasiado estrecho. Mueve la
palanca del combustible y el aparato pierde su impulso hasta detenerse. Un
avión que se queda quieto en el aire se convierte en un pedazo de metal atraído
imperiosamente por una fuerza de la gravedad violenta. El avión entra en
pérdida. Cae en barrena. El picado escalofriante es seguido desde tierra por un
pequeño grupo de observadores con un « ¡Ohhh!» que quiere ser risueño pero es
nervioso porque Tonio está lanzándose hacia el suelo a toda velocidad en uno de
esos aviones tan poco fiables. Cuando faltan pocos metros para estrellarse, los
espectadores notan que la risa se les congela en la boca. Entonces, Tonio tira
del comando bruscamente y equilibra el Caudron C.59 en un vuelo rasante por
encima de un campo de amapolas.
Esa tarde de domingo ha aprovechado la ausencia de la mayoría de
los oficiales del 34º Regimiento para montar su teatrillo aéreo. Su juego
predilecto de infancia en aquel casón lleno de recovecos de
Saint-Maurice-de-Rémens eran, precisamente, las obras de teatro que él ideaba e
interpretaba para sus hermanos: era a la vez el dramaturgo que escribía el
libreto y el actor siempre excesivo que lo representaba. Su familia nunca sabía
decir si era un niño serio o un bufón, no eran capaces de asegurar cuál era el
verdadero Tonio: el que se quedaba las tardes de lluvia ensimismado mirando en
el cristal de la ventana las carreras de las gotas sobre el vidrio o el que
ponía patas arriba el zaguán y aparecía inesperadamente disfrazado de bucanero
o de explorador, declamando a gritos frases disparatadas para diversión de sus
hermanas y sus primos.
Él mismo se lo pregunta. ¿Quién es uno mismo? ¿El ser social con
cascabeles cosidos a la ropa que uno agita cuando se relaciona con los demás o
el ser silencioso, enroscado hacia adentro, en que nos convertimos cuando nos
quedamos solos?
Una excesiva vibración del ala lo saca de su ensimismamiento. No
debería distraerse mientras pilota, pero en el aire los pensamientos se
liberan. Vuelve la cabeza temerariamente durante un par de segundos para tratar
de atisbar al grupo de amigos que observa sus acrobacias. Son alfileres
clavados en la tierra.
Le encanta divertirlos. Ahí están Charles Sallès, Bertrand de
Saussine y Olivier de Vilmorin... Pero, en realidad, cuando encabrita al avión
y acomete sus más alocadas piruetas, lo hace para una sola persona, presente en
su pensamiento a todas horas.
Rememora la primera vez que su primo lo llevó de visita a la
suntuosa casa de la calle de la Chaisse, donde madame De Vilmorin tenía ya
entonces uno de los salones intelectuales más elegantes de París. Un mayordomo
con rostro de cera los hizo pasar a una sala de sofás capitonés y librerías de
nogal, mientras esperaban a que los dos hermanos Vilmorin terminasen de
arreglarse para ir juntos a una heladería de los Champs-Élysées. Entonces
escuchó la música. Era un violín tocado con una lentitud morosa, el arco
pasando por la cuerda muy poco a poco, sin que la nota se apagase del todo. Era
una composición que él había tocado con su madre al piano y sus hermanas al
violín en la vieja casona de Saint-Maurice de Rémens, aunque la recordaba más
alegre y desenfadada. Interpretada con esa nostalgia, más que una melodía,
parecía el eco de una melodía. Las notas estaban tan deshilachadas que se
quedaban prendidas en el aire. La música saturaba el ambiente, suspendía el
tiempo real e imponía otro mucho más acuoso. Si volar nos convierte en pájaros,
escuchar música nos transforma en peces, nos sumerge en el fondo del mar.
Las notas que descendían hasta la sala tiraron de él de manera
irresistible escaleras arriba. Las piernas se movían solas. La música lo atrajo
hasta el tercer piso en un estado de trance. La segunda puerta del pasillo
estaba entornada y, tras golpear muy levemente con los nudillos, asomó la
cabeza.
Sobre la cama cubierta por una colcha de raso azul, apoyada en
varios cojines enormes como globos de colores, tocaba, ensimismada, una
muchacha vestida con un pijama morado. Posaba la barbilla tan suavemente en la
mentonera que convertía el violín en una almohada. Al lado, sentada en una
silla, una gobernanta con cofia blanca clavó los ojos en aquel extraño que se
había colado en los aposentos de la joven, y cuando él, avergonzado, iba a
articular una disculpa y retirarse, la severa mujer le hizo un gesto con la
palma de la mano para que esperase. Se llevó un dedo a los labios para que
guardara silencio.
Le pareció que entraba en un castillo submarino y se quedó
absorto. Hipnotizado en la contemplación del pelo rojo, los ojos verdes, las
manos blancas. Tocaba con una parsimonia en la que se mezclaban una cierta
desgana y una rara concentración que la hacía mirar con fijeza el extremo del
mástil, justo donde sus dedos jugaban a saltar a la comba.
Recuerda cómo rogó fervorosamente al dios de las cosas hermosas
que parase el tiempo, que aquella melodía no acabase jamás, que durase la vida
entera. Pero los dioses duermen, no son otra cosa que nuestros sueños.
Al finalizar, la gobernanta, la señora Petermann, empezó a
aplaudir sin mucho afán y arqueó una ceja conminándolo a hacer lo mismo. Y lo
hizo, por supuesto, con unas palmadas tan ruidosas y un fervor tan excesivo que
la mujer exhibió una mueca de hastío. Después de dejar cuidadosamente el violín
sobre el estuche que estaba sobre la colcha, la muchacha se volvió y le sonrió.
Aquella sonrisa podía detener locomotoras, desvanecer tifones, apagar volcanes.
Una sonrisa que podía parar el mundo. Al menos, paró el suyo.
Todos los cronómetros de su vida se pusieron a cero.
— Creo que no nos han presentado... — le dijo ella.
Se ruborizó como si el cabello pelirrojo de la joven se
reflejara en su rostro y empezó a tartamudear.
— Le ruego que perdone mi intromisión, señorita. Ha sido la
música la que me ha hecho perder la prudencia...
— ¿Y usted es...?
— ¡Oh, sí, disculpe mi torpeza! Soy Antoine de Saint-Exupéry.
Usted debe de ser hermana de Olivier. Yo soy amigo suyo, estudiamos juntos en
la Academia Bossuet.
— Yo soy Louise de Vilmorin.
— Lamento haberme presentado de improviso en su habitación. Ya
me retiro.
— ¡Oh, no se preocupe! Una odiosa enfermedad en los huesos de la
cadera me obliga a guardar cama y mi habitación es el salón donde recibo a mis
visitas. ¡Me encantan las visitas!
Tonio abrió tanto esos ojos saltones que a punto estuvieron de
caérsele rodando por la alfombra.
— ¿Podría venir algún día a verla?
— Puede pedir una cita... — le respondió ella con desgana. Pero,
ante el rostro de desolación del joven, añadió con una sonrisa coqueta— : O
puede colarse durante mis prácticas de música.
Desde el fondo de la casa llegaron voces reclamándolo.
— ¡Saint-Ex!, ¿dónde demonios te has metido?
— Su hermano me reclama, debo marcharme. ¡Volveré! — Y, nada más
decirlo, su entusiasmo se tornó gesto de preocupación— . Pero... ¿se acordará
usted de mí cuando me vuelva a ver? ¿Sabrá que soy yo? ¡Mi rostro es tan
corriente!
Ella lo observó con una sonrisa indescifrable que tanto podía
significar complacencia como desdén.
— Quién sabe. Soy olvidadiza.
— ¡No importa! — se apresuró a contestar— . Yo sí me acordaré de
usted, mademoiselle De Vilmorin. ¡Me acordaré por los dos!
En la carlinga, niega con la cabeza y sonríe. Aprieta el
balancín con el pie, abre la entrada de la gasolina y mueve el comando para que
el avión trace un zigzag en el aire. A los pocos meses de conocerla, tuvo que
hacer frente a la obligación del servicio militar y se alistó en el ejército
del aire para hacer realidad el viejo sueño de volar. Tras varios traslados,
fue destinado a Casablanca, y durante aquel tiempo de aprendizaje e
incomodidades, lo acompañó el recuerdo de Loulou, un amor imposible que se fue
agigantando en la distancia.
Volver a París destinado al 34º Regimiento acuartelado en Le
Bourget lo alegró por el retorno a una ciudad de teatros, librerías y
bulevares, por el rencuentro con sus amigos... pero sobre todo por la
oportunidad de volver a la casa de la calle de la Chaisse. Necesitaba volver a
ver a aquella muchacha que se recostaba con un violín sobre una colcha azul y
parecía que flotara sobre el mar.
En un té en casa de la prima de su madre, Yvonne de Lestrange,
Antoine coincidió con uno de los hermanos Vilmorin y le pidió poder ser
recibido por su hermana:
— ¿Tú también, Saint-Ex? — le preguntó André de Vilmorin con un
sarcasmo un tanto teatral, como cuando en las obras escolares se representaba
el asesinato de Julio César a manos de su protegido y el emperador se quedaba
mirándolo con hondura y le decía: «¿Tú también, Bruto, hijo mío?».
André estaba cansado de ver cómo todos sus amigos balbuceaban de
manera patética y entraban en trance al conocer a su hermana, hasta acabar
haciendo cola en la salita de las visitas con la ilusa esperanza de mendigar
unas migajas de atención de aquella muchacha que se dejaba admirar, agasajar e
idolatrar sin perder la sonrisa entre irónica y enigmática con la que despedía
a sus rendidos pretendientes en cuanto llegaba la hora de lectura o de música o
cuando simplemente se cansaba de su presencia.
Después de recordárselo un par de veces más a André, cuando ya
no pensaba que fuera posible, un jueves por la mañana vino un soldado raso a la
oficina donde Tonio garabateaba versos en las horas libres, a traerle una nota.
En ella, André lo invitaba a tomar el té con su hermana y otros amigos al día
siguiente a las tres y media. Mientras él terminaba de leer el papel y daba un
salto sobre la silla como si tuviera un resorte, el soldado, muy novato, seguía
clavado en posición de firmes esperando medroso a que se le autorizara a irse.
— ¿Ordena alguna cosa más, mi alférez?
— Desde luego...
El muchacho esperó expectante.
— ¡Le ordeno que ame la vida!
Al día siguiente casi no comió, más bien mareó los fideos en el
plato, que dejó casi intacto. Se arregló con el máximo esmero: se puso su único
traje, que había logrado que le planchasen en la lavandería del cuartel a
cambio de medio paquete de cigarrillos, y arregló cuidadosamente su tupé, bien
levantado con fijador. Salió con antelación hacia la casa de los Vilmorin
porque necesitaba flores, muchas flores, las mejores flores de Francia. Le
habría gustado ser el rey merovingio Childeberto, que construyó un jardín de
rosas entero para la reina en el centro de París. Louise de Vilmorin no se
merecía menos.
Caminó hasta una floristería muy señorial de la Rue Charron,
cerca de Notre-Dame, que tenía un escaparate tan fantasioso como el de una
confitería. Le encantaba aquel olor dulzón a parque botánico en aquella
elegante peluquería de flores donde las tenazas cortaban el flequillo de las
rosas.
Pidió un gran ramo de orquídeas. Cuando la dependienta le dijo
el precio, la realidad demolió todas sus fabulaciones. Ese mes su madre le
había pagado la letra del abrigo que había comprado a plazos el pasado invierno
y de la paga militar apenas había conseguido estirar unas pocas monedas hasta
final de mes. Sin poder disimular su embarazo, le dijo a la dependienta que lo
había pensado mejor. En la calle, resopló, abatido. Había sido el hombre más
feliz del mundo durante veinticuatro horas y ya volvía a ser el más
desgraciado.
Al llegar a la esquina se le ocurrió que no quedaba lejos el
Mercado de las Flores, en la Isla de la Cité. Se apresuró hasta allí con ánimo
renovado. Recuerda fascinado aquel gran invernadero con aire de estación
ferroviaria y olor a musgo repleto de herramientas de jardinería y plantas de
los más variados tipos en medio del bullicio de carretilleros del mercado de
abastos y soldados de permiso que compraban ramilletes a las modistillas de la
orilla derecha del Sena.
Salió de allí con un pequeño ramillete de lilas, humilde pero
hermoso.
Tiene la misma frescura que Louise..., pensó.
El mayordomo, vestido con un chaleco de franjas doradas, le
abrió la puerta con profesional indiferencia y contestó a la amplia sonrisa
ilusionada del joven del sombrero y el ramillete en la mano con una rutinaria
inclinación de cabeza. Le señaló con la mano enguantada una habitación contigua
y, al entrar, se llevó una desagradable sorpresa: había dos jóvenes más. Le
vino a la cabeza la expresión hastiada de André al pedir ser recibido por su
hermana. Tenía razón. ¡Había cola para cortejar a Louise de Vilmorin! Los dos
caballeros, vestidos de manera impecable — uno con traje azul de mil rayas y el
otro con un traje claro y sombrero panamá, acicalados para la ocasión— ,
llevaban también presentes: uno traía un búcaro dorado repleto de flores
exóticas de colores y el otro portaba bajo el brazo una caja enorme de dulces
con el anagrama de Dalloyau, una exquisita pastelería de la Rue Faubourg
Saint-Honoré con las mejores pastas de chantillí de París.
Antes de que lo vieran, escondió su ramillete detrás de la
espalda. Ya no le parecía tan fresco, sino vulgar, absolutamente impropio para
una muchacha refinada como Louise de Vilmorin. Saludó a los dos muy cortés y
permaneció de pie apoyado en el quicio de la puerta con la pegajosa sensación
de ser un polizón y de que, en cualquier momento, sería arrojado por la borda.
Es verdad que su familia pertenecía a la vieja aristocracia de Lyon y que había
pasado la infancia en un pequeño castillo de mil puertas. Demasiadas puertas
para tan poca calefacción. Se sintió ridículo con su título de conde arruinado.
De repente, odió sus flores baratas. Las apretó aún más fuerte hasta escachar
sus tallos indefensos.
El mayordomo les anunció que la señorita De Vilmorin los
esperaba en su habitación, y allí subieron los tres en peregrinación. Tonio los
dejó ir delante y, cuando no miraban, estrujó las flores dentro del bolsillo de
la americana y se dio media vuelta para marcharse de la casa, cuando aún estaba
a tiempo de evitar hacer el ridículo. Pero al volverse vio que los seguía el
mayordomo con su rostro de esfinge y que tenía puesto el peso de sus ojos sobre
él con una indiferencia de mármol. Tonio le hizo una ligera inclinación a modo
de saludo y continuó hacia arriba tras los otros dos.
Louise estaba sentada en la cama, con la espalda contra el
cabezal y dos enormes cojines a modo de reposabrazos. Había algo en ella que
escapa a las palabras. Su belleza no estaba estrictamente en su rostro, tampoco
en su pelo rebelde ni en su talle esbelto. Era su ingravidez. Había algo en
ella que la hacía flotar por encima de las cosas.
El muchacho del traje azul se acercó con una sonrisa triunfal
para entregarle el pesado búcaro pletórico de lazos, cintas y flores. En vez de
estirar los brazos para cogerlo, ella le dijo un «gracias» que tanto podría ser
educado como indiferente, y se volvió hacia la señora Petermann, que se acercó
a recibirlo con cara de fastidio, para depositarlo sobre la mesilla junto a dos
jarrones de flores bastante similares. El otro caballero se acercó a darle los
dulces, ella le sonrió igualmente un instante y le dio las gracias. Sin hacer
el más mínimo ademán de tomar la caja con el gran lazo malva, miró a la
gobernanta, que tomó el paquete. Louise se apoyó en un codo para ver al tercer
visitante, que parecía ocultarse detrás de los otros dos, y proceder al protocolo
de recibir su regalo.
— ¿Juega usted al escondite inglés?
Tonio se puso un poco colorado y dio un par de pasos al frente.
— ¡Ah, es usted! El conde Saint... ¿Saint qué?
— ¡Saint-Exupéry! ¡Qué bien que me recuerde después de tanto
tiempo!
Ella miró hacia sus manos vacías y él las introdujo
apresuradamente en los bolsillos de la americana. Las palabras le salieron
aturulladas:
— Yo quería haberle traído un presente, pero...
Al querer gesticular, el nerviosismo hizo que sacara de golpe
las manos de los bolsillos, y con el movimiento de sus zarpas de gigante salió
volando una lluvia de pétalos de lila. Se esparcieron por la habitación hasta
crear una nube que quedó suspendida un instante en el aire y luego fue
posándose suavemente, como una nevada púrpura sobre la colcha.
Por primera vez, Louise cambió su gesto apático por otro de
asombro.
— ¿Es usted prestidigitador? — le preguntó.
— Lo siento... — balbuceó Tonio.
— No lo sienta — le dijo Louise con un brillo que hacía que sus
ojos fueran aún más verdes— , a mí me encantan los magos.
— En Casablanca, un cabo de la escuadrilla me enseñó algunos
trucos de cartas.
— ¡Pues háganos una demostración!
— Es que... no tengo baraja.
— Señora Petermann, ¿podría ir usted a buscar una baraja?
— Señorita, sabe que tengo órdenes de la señora Vilmorin de no
dejarla a solas con caballeros.
Louise, acostumbrada a mandar, se dirigió a los otros dos, que
observaban la conversación como convidados de piedra.
— ¿Por qué no van ustedes en busca del señor Dupont, el
mayordomo, y le piden que traiga unos naipes del salón de bridge?
Reducidos a la condición de secretarios, los dos jóvenes
salieron cabizbajos de la habitación y regresaron resignados, seguidos del
mayordomo, que traía una baraja en una bandeja de plata.
Tonio hizo los juegos de manos. Adivinó la carta que ella
depositó en medio del mazo y repitió el juego con uno de los caballeros, que
colaboró con gesto de resignación.
— ¿Sabe usted más magia? — le preguntó ella, cansada de los
juegos de cartas. Tonio estaba ya eufórico.
— Conozco la de Mallarmé... ¡Hace magia con las palabras!
— Dígame una cosa... ¿qué opina de Baudelaire?
— Que es capaz de lo más sublime y de lo más grotesco.
— ¿Por qué no me lo explica mejor?
Su sonrisa estaba llena de promesas.
Ojalá Loulou pudiera contemplar sus proezas aéreas esa tarde de
domingo, pero su cadera no está del todo bien por culpa de la coxalgia y debe
guardar reposo un tiempo más. Hace acrobacias para no dejar de asombrarla.
¡Ella no soporta el aburrimiento! Con una inconsciencia feliz, hace de
trapecista sobre el cielo de París.
Al tomar tierra, se desembaraza lo antes posible de las gafas y
el mono militar que se ha puesto encima de la camisa y los pantalones de
domingo. Se va arreglando apresuradamente la corbata mientras camina hacia el
grupo por el lateral de la pista. Sallès da unas zancadas hacia él con los
brazos abiertos.
— ¡Saint-Ex, has estado grandioso! — Y lo agarra por el hombro
con camaradería— . ¡Saludad a un as de la aviación!
Bertrand de Saussine aplaude y silba, y él corresponde con una
reverencia exagerada. Sin embargo, Olivier de Vilmorin, impecable con su
americana inglesa de tweed y su corbata de seda, permanece con los brazos
cruzados y el gesto severo.
— ¡Hay que celebrarlo! — grita Sallès. Pero Vilmorin no mueve un
solo músculo. Tonio se da cuenta de que algo no va bien y mira a su amigo y
futuro cuñado a los ojos.
— ¿Qué pasa, Olivier? ¿Por qué estás tan serio?
El pequeño de los hermanos Vilmorin suspira.
— Son esos vuelos tuyos...
— ¡Estuve bien! ¿A que sí? La última trazada con el looping de
trescientos sesenta grados era una «L»... ¿Lo visteis? ¡Era la «L» de Louise!
¡La hice en su honor! ¡Ojalá hubiera podido verlo! ¿Se lo contarás a tu
hermana? ¡Debes decírselo, a mí no me creerá!
— No deberías hacer eso.
El tono áspero le causa extrañeza.
— ¿Qué es lo que no debería hacer?
— Esas locuras. ¿No te das cuenta? ¡Te vas a matar cualquier
día!
Tonio lo toma del brazo con ternura...
— Olivier, no debes sufrir por mí. Piensa que un piloto que
muere en vuelo llega al cielo antes. ¡Ya tiene la mitad del camino hecho! — le
responde entre risas.
Pero el gesto de Olivier se endurece aún más.
— ¡Para ti no es más que un juego! ¡Eres muy egoísta! Tus
piruetas de gran aviador... ¿Y qué hay de mi hermana? ¿Qué futuro le espera?
¿Ser viuda con menos de treinta años?
Entonces es Tonio quien se queda serio. Bertrand trata de quitar
hierro al asunto.
— ¡Vamos, Olivier! Saint-Ex sabe lo que se trae entre manos...,
¿verdad? — Y mira a Sallès estirando su barbilla puntiaguda hacia él, esperando
una ratificación que no llega.
Charles Sallès hace un gesto ambiguo: una vez voló con Tonio y
la precaución no le pareció una de sus principales virtudes como piloto:
soltaba los comandos y se ponía a simular que tocaba las maracas mientras
cantaba una samba desafinada.
Tonio se ha quedado en silencio. Le sucede a veces: de repente,
las luces se apagan. Vilmorin se vuelve hacia Bertrand y su tono se suaviza,
como lamentando haber lastimado a su amigo. Le habla a Bertrand, pero es a
Tonio a quien dirige sus palabras.
— Mi madre está preocupada. ¿Sabes cómo lo llaman mis hermanos
mayores?
— No...
— El condenado a muerte.
Los Vilmorin son una fortaleza familiar. Descienden de Juana de
Arco, son aristócratas y millonarios. ¿Y quién es ese Antoine de Saint-Exupéry?
Es cierto que tiene un apellido rimbombante e incluso un título de conde, que a
él le da apuro utilizar. Pero es un aristócrata de provincias, huérfano de
padre, pobre de solemnidad, al que sólo se le conoce un traje de invierno y
otro de verano con brillos en los codos, que cumple el servicio militar en las
Fuerzas Aéreas y que dice querer dedicarse a una profesión tan improductiva
como inútilmente arriesgada: aviador. Olivier sabe que su madre está preocupada
por ese novio que se ha buscado su hija, cuando podría tener rendidos a sus
pies a futuros abogados del Estado, hijos de ministros o herederos de las
principales fortunas de Francia que han peregrinado hasta la casa de la calle
de la Chaisse para conquistarla. Ella los ha barrido con desdén y ha elegido a
ese joven desgarbado sin nada que ofrecer. ¡Los dichosos caprichos de Louise!
Charles Sallès interviene con su jovialidad habitual para
aliviar el silencio.
— ¡Si Saint-Ex es un condenado a muerte, tiene derecho a una
última cena! ¡Celebrémosla en el Café des Deux Magots!
Tonio sale de su letargo.
— ¡Buena idea! ¡Vayamos a visitar a esos dos viejos magos
chinos! ¡Invito yo! — grita feliz.
Justo al decirlo se ha dado cuenta de que en la cartera tan sólo
le quedan unos pocos francos para pasar el mes, pero, en ese momento, eso
carece de importancia. Puede llegar al día 30 comiendo y cenando el rancho del
cuartel y, en caso de necesidad, siempre le puede pedir algo de dinero a su
madre, que trabaja en Lyon como enfermera, y devolvérselo al cobrar la paga.
Olivier de Vilmorin mantiene su gesto de reprobación.
— Siempre hay demasiada gente. ¿Por qué ir hasta allí?
— ¡Porque el Café des Deux Magots es el templo del dios tabaco!
¡Eso dijo Théophile Gautier! Y nosotros somos sumos sacerdotes de esa religión.
Para subrayarlo, se saca del bolsillo un cigarrillo, lo enciende
con delectación y lanza una profunda bocanada al cielo de manera teatral.
Bertrand y Sallès ríen la ocurrencia, pero Olivier continúa reticente. Tonio
saca un cigarrillo y se lo ofrece.
— Una vez leí un reportaje que decía que los indios americanos
sellan sus tratados de amistad fumando. ¿Acaso no somos grandes amigos? ¿Acaso
no somos indios? ¡Fumemos!
Olivier de Vilmorin se da por vencido y sonríe. Tonio se acerca
a él y lo abraza.
Montmartre es el barrio de los pintores y escultores, pero el
territorio de los escritores está entre el Barrio Latino y Saint-Germain. Por
eso Sallès, para desatascar el momento sombrío a pie de pista, ha propuesto ese
café en el corazón de Saint-Germain-des-Prés, un lugar que, para Tonio y para
la propia Louise, que también escribe poemas, tiene un magnetismo irresistible.
Mientras cruzan el Sena por el Pont Neuf a bordo del Citroën B14 de los
Saussine, Tonio les ha contado lo mismo que les cuenta cada vez que van allí:
fueron clientes habituales Mallarmé, Oscar Wilde, Apollinaire...
— Pero sobre todo Verlaine..., ¡era el Sócrates del Deux Magots!
Aunque todos se lo han oído contar muchas veces, lo escuchan con
agrado. Saben que, mientras Tonio habla, todo va bien. Tiene una especial
capacidad para relatar las cosas, un poder de seducción que hace que sus
anécdotas de piloto se conviertan en relatos fascinantes.
Aunque la primavera todavía no ha conseguido caldear París, la
terraza del café está repleta de gente que toma sus consumiciones sin
despojarse de los abrigos y las gabardinas. Los cuatro saludan al camarero
ataviado con un mandilón hasta los tobillos y se aposentan en la mesa bajo una
de las dos figuras de los magos chinos que dan nombre al local. Cada vez que
entran allí, alguien se pregunta quién demonios serían esos dos venerables
ancianos orientales que presiden el café. Cuando, cincuenta años atrás, el
antiguo propietario decidió cambiar el negocio de tejidos y confección por el
establecimiento de hostelería, conservó las enigmáticas figuras de los dos
chinos en actitud meditativa. Nadie recordaba ya cómo habían llegado hasta allí
ni cuál era su significado. A Tonio le encanta el juego de inventarles una
biografía.
— Yo digo que eran los enlaces comerciales de Marco Polo en la
China cuando viajaba en busca de seda y telas de Oriente. ¿Qué decís?
— Pero, si sólo eran comerciantes de telas, ¿por qué los iban a
llamar magos?
— Yo digo que se trata de dos maestros del Si-Fan — aventura
Sallès.
— ¿Si-Fan? ¿Qué demonios es eso?
— ¿Cómo? ¿No habéis leído las novelas de Fu-Manchú? Pues andaos
con ojo con el peligro amarillo, porque su sociedad secreta del Si-Fan se
infiltra silenciosamente en todas partes. Sus miembros son asesinos que se
mueven como sombras, entrenados para matar de la manera más rápida, implacable
y silenciosa.
— Tienes que leer cosas serias, Charles — le reprocha Bertrand.
— ¡Eso es una atrocidad! — Tonio no puede evitar afirmarlo con
excesiva vehemencia, a la vez que se levanta de la silla y golpea la mesa— .
¿Cómo se puede pedir que la literatura sea seria? ¿Baudelaire es serio cuando
habla de su barco ebrio? ¡Si la literatura es seria se convierte en un acta
notarial! ¡Las palabras no son los números de esas modernas máquinas sumadoras!
Lo ha dicho de manera tan violenta que se hace un silencio
embarazoso. Los clientes los miran desde las otras mesas y Tonio se siente
avergonzado. Olivier cambia de tema y los otros siguen jovialmente sus
disquisiciones sobre los nuevos planes de urbanización de la orilla izquierda
del Sena. Pero Tonio se ha quedado taciturno. Se disculpa diciendo que sale un
momento a tomar el aire, que allí dentro hay demasiado humo.
En realidad, no necesita aire, lo que necesita es quedarse solo.
Afuera, todos los veladores de la terraza están vacíos con ese lánguido
desamparo de las tardes de domingo en las que anochece sin avisar. Se sube el
cuello de la americana y se enciende un cigarrillo tratando de calentarse con
la brasa. El tráfico ha disminuido por el bulevar, apenas quedan peatones y
algunos transeúntes caminan apresuradamente con las manos hundidas en los
bolsillos. Un aire frío levanta los faldones de las chaquetas. Un hombre muy
mayor vestido con un viejo chaquetón de dril y apoyado en un bastón delgado y
muy alargado, que a él le parece una lanza zulú, observa atentamente algo que
no atina a saber qué es. El hombre, que se percata de su mirada curiosa, se
vuelve hacia él.
— ¿No le parece extraordinario?
Mira hacia delante y sólo ve la acera vacía, algunos coches y un
ciclista que cruza de perfil.
— ¿Qué hay de extraordinario?
— ¡El farol!
Entonces se da cuenta: la gorra, el chaquetón de dril y ese palo
que en realidad es una pértiga, que en otro tiempo debía de llevar una mecha en
la punta.
— ¿Es usted farolero?
— Sí, señor.
— Pero hace años que no hay faroles de gas en París.
Entonces el hombre tuerce el gesto.
— Y bien que lo lamento. ¿Sabe una cosa? Cuando estaba en
activo, muchas veces el trabajo me resultaba agotador y sólo pensaba en llegar
a casa y dormir. El farolero era el último en irse a la cama para encender
todas las luces por la noche y el primero en levantarse al filo del amanecer
para volver a apagarlas.
— Encender y apagar...
— Eso es.
— ¿Y no era un trabajo aburrido?
El hombre se queda mirándolo con una sincera perplejidad.
— ¿Aburrido? ¡Qué idea tan extraña!
— Me refiero a si no se hacía repetitivo.
— Sí, repetitivo, claro. Así tenía que ser. Primero un farol y
después otro, y otro más. Primero una calle y luego otra, y otra, y otra. Y
así...
— ¿Y eso no le resultaba tedioso?
— ¿Tedioso? No entiendo qué quiere decir. Era mi trabajo, tenía
una misión: encender la luz y apagarla. Si yo no hubiera encendido la luz cada
noche, alguien podría haber caído en un socavón y partirse las piernas o algo
peor; un matrimonio honesto podría haber sido asaltado sin que nadie se diera
cuenta. Yo era el responsable de la luz. Primero un farol, después otro, y otro
más. Y así. Y al amanecer, el camino a la inversa: apagar una, después otra y
luego otra más...
— Pero ahora que ya está jubilado y que los faroles funcionan
con electricidad debería estar feliz: ahora puede dormir todo el tiempo que
quiera.
— No, ahora me doy cuenta de lo feliz que era cuando recorría la
ciudad. Primero un farol y luego otro, y después otro más..., y así.
— ¿Y qué hace a estas horas por aquí?
— Sigo recorriendo la ciudad y vigilo que todos los faroles
funcionen. Si hay alguna bombilla fundida o si un gamberro ha roto alguna, tomo
nota en una libreta y por la mañana informo en el Ayuntamiento para que la
reparen.
— ¿Y le hacen caso?
El hombre se entristece.
— Raramente.
Tonio siente el deseo de levantarse y abrazarlo, pero se
contiene porque en la escuela le enseñaron las normas de urbanidad y de pudor,
entre las cuales figura el no abrazar a desconocidos por la calle en plena
noche. No recuerda si en aquel libro de buenas costumbres se hacía alguna
excepción con los faroleros. En Francia nadie se inquieta si ve a dos hombres
pelearse en la calle, pero muchos se escandalizan si ven a dos hombres
abrazarse.
Le agradaría decirle a ese hombre de barba blanca que camina con
esa vara de pastor de luces que en realidad era un jardinero, porque regaba
farolas y las hacía florecer a su paso una detrás de otra.
— Voy a seguir mi ronda.
— Señor farolero...
— Dígame.
— Si me lo permite, me gustaría ser su amigo.
Capítulo 2
Acuartelamiento de aviación de Istres, 1921
Un pelotón de reclutas se afana en cavar una zanja bajo la
atenta mirada del subteniente Pelletier, esmirriado y muy moreno. Una sardina
dejada demasiado tiempo en la parrilla. Con su voz de trincheras embarradas y
alcohol barato, les exige que trabajen más y los amenaza con arrestarlos.
También con colgarlos por las pelotas del palo de la bandera.
— ¡Malditos vagos, niños de papá! En la guerra os habríais
cagado en los pantalones. Y yo os habría hecho comeros vuestra mierda.
Uno de los muchachos flaquea un momento con la pala. Pelletier
va hasta él y le suelta un bofetón que retumba en todo el campo.
— Cuatro días de arresto.
— Mi subteniente...
— ¡Seis!
Cuando han llegado holgadamente a los dos metros de profundidad,
el suboficial les hace una señal para que se detengan y salgan del agujero.
Algunos trepan con dificultad, exhaustos tras varias horas de trabajo de pico y
pala. El cabo los hace formar frente al rectángulo horadado en el suelo; los
jóvenes, la mayoría recién llegados al servicio militar, sienten chorrear el
sudor por la espalda y las sienes les laten por el esfuerzo. A alguno le
tiemblan las piernas. El jefe de la unidad observa detenidamente el hueco con
mirada profesional. Se planta delante de los soldados formados ante la zanja y,
por primera vez en toda la mañana, exhibe una sonrisa de satisfacción.
— Ahora, volved a llenarla.
Algunos cierran los ojos en un gesto de desesperación. Un
muchacho algo pasado de peso que está en la primera fila de la formación
resopla. El subteniente se planta delante de él en dos zancadas y le pide el
número.
— Cuatro días de arresto.
Pelletier escruta al resto del pelotón y los reclutas clavan la
vista en el horizonte para evitar tropezar con sus ojos rabiosos. Pero uno de
ellos lo mira de manera directa, con una quietud inflexible.
— ¿Tienes algún problema con la orden, recluta?
El aludido le responde con voz inesperadamente firme, incluso
demasiado rotunda, pero sin asomo de descortesía.
— ¡No, mi subteniente! ¡A la orden, mi subteniente!
El suboficial lee en su mirada y en su tono resuelto una forma
de desafío. Pero lo cierto es que el recluta no ha hecho ningún gesto punible y
su respuesta ha sido firme y varonil, como él les exige. Observa de arriba
abajo con desconfianza al joven aspirante a soldado: le saca más de un palmo de
alto y casi dos de ancho de espaldas, y se percata de que se aferra a la pala
con tal fuerza que sus bíceps se marcan en las mangas del uniforme. Siente una
inquina instintiva hacia ese recluta porque se da cuenta de que no le tiene
miedo.
— ¿Cómo te llamas, recluta?
— ¡Mermoz, señor! ¡Jean Mermoz!
No puede castigarlo por tener una actitud marcial. El
subteniente asiente con mirada de cazador que ve escaparse al conejo delante de
su escopeta, pero también con ese brillo goloso en los ojos del que espera
saborear más adelante el momento en que la pieza vuelva a ponérsele a tiro y la
reviente.
Mientras echan tierra con las manos llagadas por el mango de las
palas metálicas, Mermoz mira hacia la otra punta del campamento de Istres,
donde media docena de biplanos permanecen quietos sobre el asfalto del
aeródromo. Siente rugir el estómago porque el rancho del mediodía es incapaz de
sofocar su apetito, pero nota también otro vacío que le gruñe en las tripas: el
de volar. Para eso se alistó como voluntario en las Fuerzas Aéreas, dispuesto a
afrontar un larguísimo servicio militar de cuatro años.
Un día, sin haberse subido nunca a un avión, sintió ese impulso
interior que nos hace tomar un camino en las encrucijadas de los días. Tuvo una
juventud algo bohemia e incluso indolente, de largas tardes leyendo a poetas
que querían ser rebeldes y deambulando por las calles de Montparnasse alrededor
de la avenida del Maine, donde vivía con su madre, una buena mujer entristecida
por los tragos amargos vividos. Fue un atardecer acodado con desgana sobre el
Sena, que bajaba con una crecida que anegaba las orillas, cuando vio flotar un
madero enorme arrastrado por la corriente. Y en esa madera abotargada por el
agua vio el reflejo de su propia vida.
No iba a dejar pasar los años como un tronco a la deriva. Se
juró a sí mismo que, pasara lo que pasase, no se dejaría llevar: él remontaría
el río. Necesitaba echarle un pulso al futuro y demostrarle que él no era una
madera mojada. Le hacía falta un reto que alcanzar, algo que lo pusiera al
timón de su propio destino. Y fue entonces cuando alzó la vista al cielo en
busca de inspiración y vio las nubes. Asintió con la cabeza y rio
estrepitosamente sin importarle las miradas de los transeúntes que pasaban por
el puente a esa hora. No le importaba que lo creyeran borracho porque en verdad
estaba ebrio: lo que haría sería llegar allá arriba, más alto que nadie, más
deprisa, más lejos.
Se inscribió en el ejército del aire para ser piloto. Sin
embargo, la realidad no está acoplándose a sus sueños de aventuras. Istres es
una ratonera donde han destinado a muchos suboficiales de infantería
supervivientes de la Gran Guerra, finalizada tres años atrás: gente sin
vocación, algunos con los galones ganados por el único mérito de su crueldad.
Los sargentos chusqueros, acostumbrados a sentirse importantes en el lodazal
del campo de batalla, no son nadie en la normalidad aséptica de la paz. Algunos
de ellos, como el subteniente Pelletier, no soportan la altivez de los pilotos,
con sus ínfulas de héroes del aire. Durante la Gran Guerra jugaban allá arriba
con sus cacharritos voladores mientras ellos tragaban fango y sangre en unas
trincheras convertidas en mataderos. Por eso muestran un rencor agudo contra
los jovenzuelos que se alistan en esa unidad para ser instruidos como pilotos,
y vuelcan en ellos toda su bilis.
Mermoz trata de eludir el ambiente opresivo del cuartel, pero no
puede escapar a su propia frustración. Las semanas pasan y aún no han empezado
la instrucción aérea. Únicamente mueven piedras sin ningún propósito, cavan
zanjas inútiles que después han de volver a tapar o realizan marchas agotadoras
con pesadas mochilas llenas de trozos de metal que los dejan derrengados.
Muchos ven flaquear su vocación. Alguno ya ha renunciado y ha pasado al cuerpo
de infantería. Los ven por la mañana metidos en una garita haciendo la guardia,
liberados de cualquier trabajo que no sea el de espantar el aburrimiento.
Mermoz toma esas actividades de castigo con gesto imperturbable e incluso anima
a sus compañeros a sobrellevarlas con buen ánimo.
— Hacemos un ejercicio muy saludable. ¡Nos pondremos fuertes
como toros!
Aprovecha las tardes libres después de una jornada que para
otros es agotadora para practicar boxeo en el gimnasio del campamento. Muchas
veces está solo, nadie es capaz de acompañarlo. Golpea de manera metódica el
saco, salta a la comba y hace gimnasia con un entusiasmo que deja pasmados a
sus compañeros. La paga de cinco céntimos diaria llega para muy poco y hay que
ahorrar para la consumición del baile de los domingos en Istres. Pero su cuerpo
le pide más alimento que el sencillo rancho, que siempre le sabe a poco.
Por seis céntimos dan un cuarto de litro de chocolate en el
barracón de víveres. No es gran cosa, pero se puede mojar pan hasta quedar
saciado. Enseguida ve que el cuarto de litro no le llega más que para media
barra, e idea una treta. Una tarde se presenta ante del soldado que sirve las
raciones y le planta delante una lata de galletas vacía que ha encontrado en un
trastero. El otro mira la lata con extrañeza.
— Es que he extraviado la fiambrera reglamentaria. Hasta que
consiga otra en vestuarios he de apañarme con ésta.
El soldado mira de nuevo el recipiente metálico y lo mira a él.
La lata tiene el doble de capacidad que la fiambrera reglamentaria. Es tan
evidente que resulta obvio que no pretende engañarlo. Le está pidiendo su
complicidad sin emplear las palabras por favor y sin dar muestras de modestia.
Simplemente, es como si reclamara lo que le pertenece. El soldado asiente con
la cabeza y el recipiente se llena de un chocolate espeso. Esa tarde consigue
por fin acallar el cosquilleo de su estómago.
En el baile de la ciudad, trata de apagar otros cosquilleos
mientras una orquesta de cuatro músicos apergaminados espanta el sopor de los
domingos. No le resulta muy difícil llamar la atención de muchachas abrumadas
por el tedio de una ciudad donde nunca pasa nada. Es un muchacho guapo,
fornido, viril y siempre cortés. Cambia más a menudo de chica que de
calcetines.
En el salón de baile, donde unas y otros juegan al ratón y al
gato, una tarde se cruza delante de él una muchacha muy delgada, con los ojos
excesivamente pintados para lo que se estila en una timorata ciudad de
provincias y el pelo cortado a lo garçon. Las madres, abuelas o tías, que
ejercen de policía del virgo de sus hijas, nietas o sobrinas, juntan las
cabezas para cuchichear. No le gustan las chicas que están en los huesos, pero
ésta le agrada por su descaro, porque va a la contra de todos. Se acerca a ella
con la decisión con la que suele enamorar a las modistillas de la ciudad y ella
lo recibe con una leve sonrisa. La vanidad de una nueva conquista lo hincha por
dentro como a un pavo relleno. Lo que él no sabe es que ella lo ha visto desde
el momento en que ha entrado en la sala, y se ha contoneado delante de él justo
cuando ha decidido que, visto el mediocre panorama, le interesaba ese soldado
de pelo rubio cortado a cepillo.
Mermoz la toma del brazo y le susurra un piropo al oído. Ella
hace como que se ruboriza un poco, dejando que él crea que la está
conquistando.
La retreta en el cuartel los domingos es a las nueve. Hay poco
tiempo para conseguir llevarse a las muchachas a la pensión La Martinica, donde
el conserje le deja estar un rato por veinte céntimos. Algunos días que llega
sin dinero lo apunta al fiado, y jamás le reclama atrasos. Otros, no hay tiempo
ni de llegar a La Martinica, o las muchachas se escandalizan ante sus
pretensiones. A veces suele conseguir un desahogo manual tras asegurarles con
una carcajada que con eso no perderán la virginidad. Pero esa tarde, antes de
media hora, Madeleine cruza con él la puerta de la habitación de La Martinica y
un minuto después ya se ha quitado la ropa. Sin el menor pudor, camina desnuda
por la habitación para tomar el bolso y sacar una polvera.
— No es necesario que te maquilles, así ya estás preciosa.
Ella sonríe; los chicos ingenuos la enternecen. Le muestra la
caja metálica y lo que contiene no es colorete, sino un pequeño tubo de latón y
unos polvos blancos.
— ¿Qué es eso?
Ella lo mira con sarcasmo.
— Esto, cariño, es el pasaporte al paraíso.
Capítulo 3
París, 1923
El Génestin rueda a través del abarrotado bulevar de Clichy.
André, el hermano mayor de los Vilmorin, elogia el nuevo vehículo familiar y
les explica cómo el servofreno ideado por Paul Génestin puede detener un coche
que circule a cien kilómetros por hora en veintiséis metros. A su lado, Charles
Sallès asiente. Detrás, recostada en el asiento a causa de su coxalgia, Louise
observa el bullicio de la calle.
— Me encantaría ir al Moulin Rouge — exclama señalando al
cabaret, que a esas horas de la mañana tiene las aspas de su molino dormidas.
— ¡No te imagino en un anticuado espectáculo de cancán! — le
dice Charles.
— ¡Oh, Charles, querido..., tú sí que estás pasado de moda! — Y
todos dentro del coche ríen el desparpajo de Louise, que lleva la voz cantante—
. Hace años que no hay cancán. Se dedican al cabaret...
— No te gustaría, Loulou...
— ¿Por qué?
— Es un prostíbulo para los nuevos ricos más zafios de París.
— ¡Saint-Ex, no utilices ese lenguaje delante de mi hermana! ¡Es
ofensivo para una señorita! — le reprende André de Vilmorin.
— Vale, vale... retiro lo de prostíbulo. Es un salón de té donde
nadie toma té.
Mientras Charles y Louise ríen a carcajadas, y su hermano sacude
la cabeza como dándolo por un caso perdido, el cabriolé que va delante frena de
golpe. El caballo de tiro se levanta sobre las patas traseras y a punto está de
tumbar el camarín. André también ha de frenar bruscamente.
— ¡Cuándo quitarán de París estas tartanas! — grita furioso— .
¿Es que no se han enterado de que estamos en 1923?
Un carro lleno de melones ha volcado sobre la calzada y se ha
formado un tumulto de peatones en el que se mezclan los caballeros de sombrero
y botines que observan, la gente de un mercado de abastos cercano que se
apresta a ayudar al mozo con la mercancía derramada y los pícaros que
aprovechan la confusión para alejarse con un melón bajo el brazo.
— ¡Al ladrón! — se oye gritar.
El tráfico queda cortado y los cláxones empiezan a sonar.
— ¡París está imposible! El atasco va a durar una eternidad.
Daré la vuelta y trataremos de llegar por la plaza.
— ¡Espera! — le dice Louise— . Si ya estamos a un paso de la
Viennoise. ¡Nos bajamos aquí!
— El doctor ha dicho que no debes caminar.
— ¿Quién ha dicho que voy a caminar? ¿Es que no hay aquí
suficientes caballeros para llevarme?
Antes de que su hermano pueda abrir la boca para protestar,
Louise ya ha abierto la puerta del coche.
— ¡Espera! ¿Siempre has de ser tan impaciente?
— ¡No puedo perder un minuto! La vida es demasiado valiosa para
malgastarla, ¿verdad, Tonio?
Él asiente con vehemencia.
— Si pusieran a subasta un minuto de vida en Christie’s...,
¿hasta cuánto subiría la puja?
— ¡Yo creo que dos mil francos! ¿Qué decís?
— ¡Mucho más!
— ¡Yo ofrezco dos mil quinientos! — grita Sallès.
— ¡Tres mil! — Y Louise levanta la mano enérgicamente.
André de Vilmorin resopla, entre contrariado y divertido.
— ¡Vale, vale! Pero esperad un momento, que dejaré el coche a un
lado.
— ¡Deprisa, André, deprisa! — lo apremia Tonio— . ¡Estamos
perdiendo miles de francos!
En el maletero llevan la angarilla que han usado en alguna
ocasión cuando han llevado a Louise a pasear al campo en los peores momentos de
su coxalgia. Se trata de un palanquín portátil que los Vilmorin compraron a un
importador de productos orientales consistente en un grueso palo de cerezo
barnizado con una pieza rígida de tela que hace de toldilla en la parte
superior y del que cuelga una pequeña hamaca de bambú muy resistente. Charles
extrae el artilugio y lo coloca junto a la puerta. Louise acepta la mano de su
prometido para acomodarse hasta quedar recostada.
Él y su futuro cuñado tienen el honor de cargar con ella,
apoyando el tronco de cerezo en el hombro, uno delante y otro detrás, a modo de
porteadores. Charles Sallès es el encargado de abrir paso en medio del tumulto
hasta alcanzar la calle Lepic.
— ¡Abran paso! ¡Abran paso, por favor! — grita con enérgica
autoridad, interpretando teatralmente su papel de vocero— . ¡Llevamos a una
dama muy principal!
La gente se echa a un lado para dejar paso a esa comitiva donde
Sallès abre brecha de manera decidida y dos jóvenes caballeros llevan un
exótico baldaquino en el que viaja una joven dama de cabello rojo, con la
mirada ausente y la barbilla alta que deja ver su largo cuello de princesa.
Los camareros que atienden las mesas de la Brasserie La Place
Blanche se paran a mirar con las bandejas llenas de vasos de grosella, tazas de
café y dulces en el aire. Empleados con mandilones que empujan carros por la
calle, caballeros con sombrero hongo y empleadas de vestidos largos se
arremolinan, llenos de curiosidad, para observar a esa dama que se mueve por la
ciudad transportada en volandas por su séquito, como si fuera Cleopatra. Un
gendarme que ha llegado al lugar para tratar de organizar el desaguisado del
carromato de los melones ve llegar la litera y se acerca. El agente presenta
sus respetos a la dama del baldaquino con un saludo militar, persuadido de que
debe de tratarse de la hija de un diplomático de algún remoto país. Louise le
devuelve el saludo con una leve inclinación de cabeza y el policía se coloca
delante de Sallès para abrir paso, ordenando imperativamente a la gente que se
aparte. De ese modo, les franquea el camino hasta la esquina y los escoltas
hasta la calle Lepic, donde se encuentra la pastelería Viennoise, en los bajos
del hotel Beau Sejour, que expande un delicioso aroma a mantequilla y harina
tostada en varios metros a la redonda. Bajan con cuidado el palanquín. Tonio,
ceremonioso y con gesto regio, ofrece caballerosamente un brazo a Louise,
mientras Sallès le ofrece el otro. Los cuatro, que hasta ese momento han
contenido la risa para dar más realce a su llegada, entran en la pastelería
riendo a carcajadas.
Capítulo 4
Acuartelamiento de aviación de Istres, 1921
La semana ha durado cien días. Los días han durado cien horas.
El subteniente Pelletier les ha hecho barrer hasta tres veces diarias la pista
de aterrizaje que únicamente se usa una hora al día. Los ha hecho desfilar
arriba y abajo interminablemente: un-dos, un-dos, un-dos..., mar-quen,
mar-quen... ¡Dere-cha! Un-dos, un-dos... Un error en el paso puede suponer un
castigo que anule la salida del domingo, y todos sudan, haciendo esfuerzos por
no equivocarse. Pelletier, con los brazos en jarras, disfruta viendo sus gestos
de angustia.
Mermoz es impulsivo, pero no rencoroso. Sin embargo, esas
semanas ha ido espesándose en su interior una ira sucia que lo tapona todo.
También le sucede algo que nunca le había sucedido antes: le tiemblan las
manos.
El miércoles se les presenta la ocasión de elegir destino. De
los cuarenta que se alistaron como voluntarios al regimiento de aviación, sólo
cinco han querido seguir. Los demás han aceptado un destino en infantería que
los llevará a pasar el resto del servicio militar en alguna plácida dependencia
administrativa, tal vez en otro cuartel donde poder perder de vista a Pelletier
para siempre.
Mermoz no ha renunciado.
A él y a su compañero Coursault, el suboficial los hace formar y
les dice que tiene un trabajo especial para los señores aspirantes a pilotos.
Primero los hace marchar a paso ligero hasta el extremo del cuartel, cerca del
muro perimetral. Ordena que levanten una trampilla de hierro que hay en el
suelo y, al hacerlo, se descubre un pozo negro con una escalerilla que les
lanza una bofetada de un aire nauseabundo.
— La fosa séptica del cuartel lleva semanas sin ser vaciada. La
quiero limpia como el copón bendito. Si queda un solo resto de mierda, os haré
limpiarlo con la lengua.
Les señala con un gesto unos capazos y un carro, donde deberán
volcar los excrementos.
— ¿Alguna duda?
— A la orden, mi subteniente..., ¿dónde están las palas?
Y Pelletier suelta una carcajada.
— ¿Palas? No se puede malgastar material del ejército en estos
menesteres. Tienen ustedes las palas al final de sus brazos. ¡Vamos,
holgazanes!
Mermoz baja el primero y les grita a los otros que se cubran la
cara con un pañuelo.
— El metano que expulsa eso puede hacerte perder el
conocimiento. Y si te caes ahí dentro, igual no sales.
Para esquivar el asco y las arcadas, trata de repetirse que
estar ahí, en medio de todas esas heces, es un éxito. Porque no ha renunciado,
porque no ha dado un paso atrás. Recoger mierda a puñados es un reto.
De los cinco, tres se ponen enfermos y salen del pozo antes de
terminar. Pelletier les abre un expediente disciplinario por desobediencia y
pierden toda posibilidad de ser aceptados en los cursos de piloto. Coursault y
él resisten hasta el último capazo. Mientras aguantan la respiración, tratan de
evadir la mente con la esperanza de aprender a volar. Nunca pensaron que un
sueño tan limpio pudiera llevarlos a un lugar tan sucio.
Un capitán se acerca a ver qué andan haciendo y el subteniente
Pelletier le informa de que ha traído un par de soldados para limpiar la fosa.
Los ve salir con los capazos vacíos. Las manos negras, la ropa
negra, las caras negras. Apestan.
— ¿Han limpiado todo? — les pregunta.
— Sí, mi capitán.
Pelletier entorna los ojos negros.
— Si habéis mentido al capitán os voy a meter en el calabozo
hasta que os salgan canas.
Los dos soldados permanecen quietos en posición de firmes. No
creen que Pelletier vaya a bajar hasta abajo y pringarse su impoluto uniforme.
— Tengo una forma muy precisa de saber si de verdad habéis
limpiado todo como se os ordenó. — Y se sonríe de una manera que quiere ser
taimada— . Si es cierto que habéis limpiado todo tendríais que haber llegado al
fondo y entonces sabríais decirme de qué color son las baldosas del suelo.
— No podemos, mi subteniente...
Se hace un silencio en el que Mermoz mira a los ojos al
suboficial, que saliva, ansioso por morder su presa.
— No podemos decir el color porque no hay baldosas. El fondo es
de cemento.
La mirada de Pelletier se incendia.
— ¿Es así, subteniente? — pregunta el capitán, que frunce la
nariz ante el hedor de los soldados.
Aun con un gesto de amarga contrariedad, no le queda más remedio
que asentir.
— Pues mande a estos muchachos a la ducha y que los liberen de
cualquier servicio que tengan hasta mañana.
— A la orden — responde con mal disimulado fastidio— . Ya habéis
oído al capitán. ¡En marcha!
Los dos salen corriendo hacia las duchas y van riendo por el
camino. Los otros soldados miran perplejos a esos estercoleros ambulantes que
cruzan el cuartel dejando tras de sí un olor nauseabundo.
El viernes, Mermoz consulta la orden del día que cuelga impresa
de un gancho a la puerta de la residencia donde están las literas y encuentra
la anotación que lleva tanto tiempo esperando leer: «El soldado Jean Mermoz
iniciará el lunes las prácticas para el curso de piloto. Preséntese tras el
pase de diana en la furrielería del aeródromo». Su grito de júbilo se oye por
todo el cuartel.
Esa tarde se alía con Corsault para jugar al póquer con un
pardillo de buena familia recién llegado al cuartel, que se las da de gran
jugador. Van conchabados y, cuando reparte cartas, Corsault se las ingenia para
que los comodines y las figuras vayan a Mermoz, y él hace otro tanto cuando le
toca dar. De esa manera, a veces gana el uno y otras el otro, de forma que el
pipiolo no sospecha que le están sacudiendo el dinero por los dos flancos.
Como el sábado tiene pase de pernocta, aprovecha las ganancias
para invitar a cenar a Madeleine a un restaurante que le parece elegante, donde
preparan una trucha rellena de panceta deliciosa. Como ella se deja la mitad de
la trucha, Mermoz la pesca para su plato y vacía la botella de vino. Nada lo
sacia. Al preguntarle si quiere postre, ella lo mira con un mohín de niña buena
con esos ojos excesivamente pintados que le dan un aire de ultratumba. El
postre que ella desea no figura en la carta, se sirve en el callejón del gato,
que es como llaman a la calle oscura detrás de la fábrica de persianas, donde
suelen encontrar quien les venda el polvo blanco. Cuando, una hora más tarde,
llegan al hostal Bouches-du-Rhône, tienen los ojos brillantes y la sangre ardiendo.
El lunes, Mermoz se levanta de un salto en su camastro del
cuartel. Nota un ligero temblor en la mano. Será por el frío, o los nervios de
encarar su nueva vida como aspirante a piloto. Pensar en el inicio de su
aprendizaje compensa todo lo pasado. Sin embargo, las lecciones teóricas son
tediosas, la mayor parte de la mañana la dedican a fregar el suelo grasiento de
los hangares y a reparar los desperfectos de las piezas requemadas de esos
aviones supervivientes de la Primera Guerra Mundial. Los Nieuport y los
Morane-Saulnier son tumbas voladoras; una de las tareas que han de atender cada
pocos días es ir al entierro de algún alumno o piloto. Hay poco presupuesto
para combustible y los aviones están para pocos trotes, por lo que las
prácticas sólo pueden realizarse una vez a la semana. La tarea a la que se
dedica más tiempo, horas enteras cada día, es aplanar el suelo del campo de
aviación con un pisón de madera y barrer las hojas de todo el aeródromo con
unas escobas de brezo. No es que los mandos tengan un especial sentido de la
limpieza, sino que un ejército en tiempo de paz tiene otro enemigo contra el
que luchar: el aburrimiento. Mermoz espera con ansiedad el momento de subirse
al avión.
El coordinador de su grupo e instructor de vuelo tiene tan sólo
grado de cabo primero, algo poco habitual. Es bajo y enclenque, con unas cejas
espesas como escobones. Su edad es indefinible, es de esos hombres que a las
pocas horas de afeitarse vuelven ya a tener una sombra azulada de barba sobre
el rostro. A pesar de ello, hay algo en él que lo señala inequívocamente como
veterano, tal vez la manera en que lleva las mangas del mono militar dobladas
sobre el antebrazo, contraviniendo la normativa que los novatos siguen a
rajatabla, o quizá sea la manera pausada de moverse, como si nunca tuviera
prisa y no le importara envejecer en el cuartel.
Mermoz sube por primera vez a un avión, con el cabo primero
Berezovsky. Es un Caudron G.3 equipado como avión de instrucción con doble
comando en forma de medio volante. El cabo primero le advierte una vez más: «El
sonido del motor lo pía todo. Es un radial rotativo de ochenta caballos. Si el
régimen afloja, si tose, si el ruido se hace más agudo..., tú escucha. Si se
para y no estás prevenido, estás muerto».
Con Berezovsky detrás pilotando y él delante, despegan del
suelo. Por fin. Allá abajo quedan el cuartel de Istres y su ejército de
barrenderos, el odio sucio de Pelletier, la rutina insoportable... Desde el
momento en que se alzan y Mermoz siente las olas de viento romperle en el
rostro, sabe que es allí donde quiere estar: más alto, más libre. Le han dicho
que es difícil aprobar el examen, que apenas un tercio lo logra, si es que
llega con vida. Pero él cree ciegamente que será piloto. El instructor da pocas
indicaciones, apenas habla. Hay una que repite a cada poco levantando la voz
por encima del ruido ensordecedor de la máquina:
— Escucha el motor.
— ¡Ya lo oigo!
— ¡No te he dicho que lo oigas, sino que lo escuches!
Mermoz se impacienta y, pese a la diferencia de rango, responde
de manera destemplada.
— Pero ¿qué he de escuchar?
Otro superior lo habría amonestado por su insolencia. Berezovsky
tan sólo alza las cejas con incredulidad.
— ¡La música!
¿Qué música?, se pregunta. Él sólo oye un ruido de chatarra
infernal.
Berezovsky le hace un gesto autoritario para que se calle. Ya se
lo ha dicho en tierra a ese soldado obstinado: en un avión hay que hablar poco
y escuchar mucho.
Después de unas pasadas de muestra, el instructor le toca el
hombro y le ordena por gestos que tome la manija del doble comando del avión.
Sólo por la manera de tomar los cuernos, incluso antes de efectuar cualquier
maniobra, Berezovsky ya sabe si van a ser pilotos o si serán descartados. A los
incapaces les tiemblan las manos la primera vez que toman los mandos de un
avión. A Mermoz, en cambio, que lleva días con un temblor intermitente, le
sucede exactamente lo contrario: en cuanto toma los mandos del avión, se
serena. La ansiedad desaparece.
Los días siguientes le pesan menos las largas sesiones de
apisonado del campo y las tareas rutinarias de limpieza. Las clases de vuelo y
esas prácticas semanales compensan todas las escobas. Un día, en el momento de
su hora de práctica, Mermoz se acerca al aparato y Berezovsky da un paso atrás.
Con un movimiento de esas cejas enormes con las que habla tanto como con la
boca, le indica que ha llegado su momento. Pilotará solo por primera vez.
Mermoz hincha el pecho. No siente miedo por su vida, sino una cierta
preocupación por no defraudar a su instructor. Le gusta ese hombre callado que
parece un náufrago en medio de tantos militares presuntuosos.
Cualquiera estaría aterrorizado ante la idea de subirse a uno de
esos despojos con alas de un solo motor que se estropea una vez cada tres o
cuatro vuelos, pero él está feliz. Gira la llave de ignición del Caudron G.3 y
lo lanza a correr sobre la pista de macadán.
— ¡Arriba, campeón!
El grito queda ahogado por el ruido del motor, pero el aparato
se aúpa y Mermoz se siente poderoso. La vibración del fuselaje pasa de las
yemas de los dedos a los brazos, a las costillas, al cuerpo entero. Todo él
vibra con el avión como si fueran la misma cosa. Su euforia es extraordinaria:
grita, ríe, tiembla.
Es todavía muy inexperto; sabe lo justo para despegar, virar y
aterrizar. Y en el momento en que da la vuelta para acercarse al campo, el
motor se calla. Se hace un silencio extraño en el que sólo se escucha el
rasguño agudo del aire. El silencio es el peor enemigo de un piloto. Pero no
pierde la calma y continúa con la maniobra tal y como la había iniciado. El
avión planea empujado por la brisa chillona y Mermoz completa su primer vuelo
de la mejor manera posible.
Al poner un pie en el suelo, busca con la mirada a su
instructor. Berezovsky está apoyado con indolencia contra unos bidones de
combustible. Lo mira y no dice nada: asiente levemente en un gesto que Mermoz
descifra como una señal de satisfacción. Ha pasado una prueba crucial de su
aprendizaje. La siguiente será definitiva: pasar el examen oficial. Si lo
supera, recibirá el título de piloto. Ninguna otra posibilidad cabe en la
cabeza de Mermoz. Fracasar es un verbo que ni siquiera sabe conjugar.
Capítulo 5
Aeródromo de Le Bourget (París), 1923
En la modorra de domingo en el acuartelamiento del 34º
Regimiento de Aviación, a Tonio no le cuesta mucho convencer al joven teniente
Richaux en una cantina de oficiales desierta para que tomen un Hanriot HD.14
del hangar.
— Pilotaré yo y veremos el Sena desde el cielo — le dice.
— Habría que haberlo hecho constar en el plan de vuelo del día
visado por la comandancia.
— ¿Y si volamos igualmente?
— No es el procedimiento reglamentario.
— Lo reglamentario es lo que más me aterra del mundo, Richaux. —
Los ojos de pez del alférez Saint-Exupéry lo interpelan con un gesto entre
lastimero y seductor— . Los reglamentos asesinan la imaginación.
El otro se encoge de hombros.
— Como quieras.
Entonces el gesto tristón de Tonio se torna alegría infinita.
— ¡La vida nos sonríe!
Llegan hasta el robusto biplano que se usa habitualmente para
vuelos de instrucción, construido con madera y revestido de tela. Las cabinas
individuales, una detrás de la otra, son descubiertas, y el ala superior hace
de tejadillo. Tonio se sube detrás con la excitación de la travesura y despegan
con brusquedad, como si tuviera prisa. Enseguida ganan altura sobre la ciudad.
Tonio ríe. El teniente lo escucha escamado a través del tubo metálico de
comunicación que incorporan los aparatos de instrucción. Nadie ha explicado
ningún chiste. El viento de cara hace que tengan que hablar a gritos a través
de la trompa.
— ¿Por qué te ríes?
— Porque volamos...
Maniobra sobre el distrito décimo y los suburbios de la ciudad.
Ellos van subidos en su aparato tembloroso, metidos en una caja de ruido; desde
esa altura, París parece una ciudad dormida.
— ¡Saint-Exupéry, no vayas a sobrevolar el centro!
— ¿Temes que choque contra la Torre Eiffel?
— Temo que el coronel Bonnevie esté paseando por el Campo de
Marte con su familia en un día festivo y vea sobre su cabeza un Hanriot que
debería estar guardadito en el hangar.
Tonio hace como que no lo oye. Richaux opta por callarse. No
vale la pena desgañitarse en decirle a su compañero lo que ya sabe
perfectamente: que si los pillan, el coronel les va a meter un paquete muy
gordo.
No puede resistir la tentación de probar la versatilidad del
avión y lo hace volar sobre un ala, y después lo hace moverse en zigzag sobre
el cielo, como si esquiaran entre las nubes. Richaux siente que el estómago se
le encoge, que todo se le encoge. Pero no le va a dar el gusto a su compañero
de decirle que tiene miedo. Lo mira de reojo y ve con preocupación que el
piloto tiene los ojos brillantes. Abre la palanca del gas y el avión sale
disparado hacia delante. Tonio chilla de placer.
Cruzan el Sena como niños que saltan una acequia. Tonio
estabiliza el biplano y se queda serio. Richaux, que observa su actitud
ensimismada durante varios minutos, le toca en el hombro y le pregunta en qué
piensa. Tonio se vuelve y levanta la voz:
— ¿En qué va a pensar un hombre cuando vuela? ¡Pienso en mi
prometida!
Richaux asiente. Tonio añade:
— ¡Sentirte amado es lo más importante de todo!
De retorno a Le Bourget, inicia la maniobra de acercamiento al
aeródromo para tomar tierra y, al reducir el régimen del motor bruscamente, un
chasquido los llena de inquietud durante unos segundos. Se temen lo peor y es
justo lo que sucede: el motor se para a ochenta metros de altura cuando ya
descienden para el aterrizaje y no hay forma de abortar la maniobra. Richaux no
puede disimular el pánico.
— ¡Arranca! ¡Arranca, por Dios! ¡Arranca te digo!
Pero están ya casi en el suelo y Tonio decide no perder ni una
fracción de segundo en una maniobra inútil. Con la mano firme sobre el comando,
levanta ligeramente el morro hacia arriba para aterrizar, aunque les faltan aún
muchos metros para el campo de aviación y el perímetro exterior está lleno de
piedras y socavones.
Richaux grita. Tonio no despega los labios, toda su
concentración está en aguantar los mandos. Corrige un poco la inclinación hacia
arriba para tratar de arañar algunos metros más antes de tocar suelo y se
acercan al límite exterior de la pista, pero muy forzados. El morro toca el
firme y la hélice salta con violencia en el impacto, el avión vuelca, un ala
doble se quiebra, sienten una fuerte sacudida en medio del caos que los
zarandea. Sus cuerpos son golpeados sin control. Hay un estruendo, chirridos,
la chapa que se quiebra, el dolor. Después, todo se funde a negro y se hace el
silencio.
Capítulo 6
Istres, 1921
Esa mañana Mermoz se juega todo a una carta. Debe hacer un
despegue impecable y un aterrizaje perfecto para obtener el título de piloto.
Se ha levantado una molesta brisa del nordeste que empieza arreciar, pero aquí
no hay segundas oportunidades ni excusas. Se nota ansioso; aunque ha bebido un
litro de agua, tiene la garganta seca y las manos encabritadas. Berezovsky se
acerca con su mono militar descolorido. Levanta la ceja izquierda, la de las
advertencias, un par de veces.
— La música... — Y se aleja sin decir más.
Un molesto viento agita las mangas y banderolas, pero a pesar de
un cierto balanceo provocado por las rachas, el despegue es bueno. El vuelo se
produce sin imprevistos, aunque el viento va subiendo. Da las vueltas
reglamentarias y a los pocos minutos comprueba que la ventolera se ha
fortalecido hasta convertirse casi en un vendaval. El avión palmotea en el aire
y a Mermoz le cuesta dominarlo. El ruido del viento ni siquiera le deja
escuchar el motor como le pide Berezovsky y nota las gotas heladas de sudor resbalarle
bajo el mono. Siente miedo, un miedo atroz. No es miedo a estrellarse ni a la
muerte, es miedo al fracaso.
Encara lo mejor que puede el aparato para aterrizar cara al
viento en medio del temblor de terremoto allá arriba. El tren de aterrizaje se
posa en tierra en dos saltos, pero una ráfaga da un manotazo al avión y un ala
topa contra la pista y se destroza. El avión gira sin control hasta que se
detiene a escasos metros de la pared de uno de los hangares.
Los soldados del retén de asistencias llegan corriendo con la
camilla. Mermoz está con la cabeza sobre el tablero de mandos. Uno de ellos le
toca el hombro con aprensión.
— ¿Estás bien?
Mermoz alza la barbilla, rojo de ira.
— ¡Estoy muerto! ¡He suspendido!
Aprieta los puños.
No hay segundas oportunidades. Las ordenanzas son claras al
respecto. Un viento fuerte forma parte de las condiciones posibles de un vuelo,
no se considera causa de anulación de la prueba.
Cuando Mermoz llega al cuartel lo hace con el rostro
desencajado. Cruza la entrada sin apenas detenerse a saludar al cuerpo de
guardia. Las malas noticias corren más deprisa que las buenas. El subteniente
Pelletier también se ha enterado y lo está esperando en el centro de la calle
principal del cuartel con una sonrisa triunfal.
— ¡Oye, tú! ¡Deberías presentarte al curso de barrendero!
Y ríe a carcajadas como si fuera el día más feliz de su vida.
Tal vez lo sea.
Mermoz lo mira.
Ahora ya da igual que lo echen del ejército o lo metan en un
presidio militar...
Tira violentamente el petate al suelo. Cierra los puños y las
compuertas de la ira se abren. Sabe que tiene fuerza suficiente para matar a
una persona. Pelletier lo mira codicioso y su mano acaricia la funda de la
pistola reglamentaria que lleva al cinto. De pronto, aparece como un meteorito
Berezovsky de manera inoportuna. O quizá oportuna. Está enfadado, las cejas le
forman un ángulo agudo sobre el nacimiento de la nariz.
— Lamento haber fallado, Berezovsky. ¡Había un viento horrible!
El instructor lo mira con desdén.
— ¡El viento! ¡No diga tonterías! ¿Si estamos en guerra qué
hará? ¿Decirle al enemigo que vuelva otro día porque hace viento?
Mermoz no dice nada y asiente con pesar. Berezovsky se aleja con
las manos en su eterno mono lleno de lamparones y cuando Mermoz se vuelve,
Pelletier ya no está.
¡Al diablo con Pelletier!
Esa noche duerme mal. El viento sigue soplando dentro de su
cabeza. Le vienen repetidas en un bucle sin fin las imágenes de la mañana: la
pista creciendo ante sus ojos en el descenso, el viento que parecía que iba a
arrancar las alas. En las últimas semanas se ha mantenido alejado de la
cocaína, pero en ese momento siente de nuevo el ansia por esas rayas de tiza.
Ahora ya no sabe qué va a ser de su vida. Mermoz, el gallito, el hombre sin
miedo, está metido en su camastro con la cabeza tapada. Tiembla. Descubre
entonces que nada nos aterra tanto como la incertidumbre.
Capítulo 7
Hospital Villemin (París), 1923
La luz es blanca y el olor, agrio. Tonio sabe o intuye de alguna
manera que han pasado horas o días, o la vida entera. Que no es Le Bourget, que
su cuerpo ya no está entre los restos del avión. No se atreve a abrir los ojos.
¿Y si descubre que está muerto? Prefiere no saberlo. Uno no está muerto
mientras no sea consciente de su propia muerte. Y si ha muerto..., ¿lo habrán
mandado al cielo o al infierno? No resiste la curiosidad. Levanta poco a poco
las persianas de los párpados y ve sentado en un taburete a su lado a Charles
Sallès.
— Sallès...
— ¡Enfermera, el paciente de la cinco ha despertado!
— ¿Dónde estoy?
— ¿Tú qué crees?
— Si estás tú ahí, no puede ser el cielo. Debe de ser un
infierno bueno, con música y chicas guapas.
— ¡Has acertado! El hospital Villemin no es el cielo,
precisamente. ¡Apesta a desinfectante! Pero hay unas enfermeras cañón, ya
verás...
Tonio intenta reír, pero le duele todo el cuerpo en cuanto se
mueve. Una espina de preocupación se le clava y se pone serio de golpe.
— ¿Y el teniente Richaux?
— Se pondrá bien, pero le dolerá la cabeza unos cuantos días. Se
ha fracturado el cráneo.
— ¡Cómo lo siento!
Entra la enfermera y hace ademanes a Sallès para que salga de la
habitación.
— El paciente necesita reposo. El accidente ha sido grave.
Sallès le guiña un ojo a su amigo con un gesto pícaro en
dirección al trasero de la enfermera. Ella hace como que no se da cuenta y se
dispone a tomar la tensión al convaleciente. Mientras estruja la pera que infla
el brazalete, Tonio la mira con una sonrisa llena de ternura.
— ¿Por qué me sonríe?
— Porque usted me cuida.
— Es mi trabajo — le contesta con aspereza profesional.
Pero después de guardar el instrumental, la enfermera duda un
poco y entonces es ella la que se muestra más afable.
— Un accidente de aviación, ¿verdad?
— Un aterrizaje algo agitado.
Mueve la cabeza con desaprobación.
— Es usted el tercer piloto accidentado que atiendo. No les
entiendo. Parece que no les importe la muerte.
— La muerte... ésa parece la gran preocupación del mundo.
— ¿Y no debe ser así?
— Tal vez deberíamos preocuparnos menos por la muerte y más por
la vida.
La enfermera sale de la habitación negando con la cabeza,
rezongando: «Pilotos..., no hay quien pueda meterles un poco de sensatez en la
sesera».
A la mañana siguiente, más restablecido, escribe unas líneas
tranquilizadoras a su madre, donde no faltan palabras cariñosas, alguna broma
para que vea que de veras se encuentra bien y los dibujitos con los que siempre
adorna las cartas, o las emborrona. Y termina, como otras veces, prometiéndole
que se enmendará, pidiéndole algo de dinero y con un ruego: «Mamita, quiérame
mucho».
Tonio ha padecido una conmoción cerebral, múltiples traumatismos
y magulladuras. Pero ya empiezan a dolerle, más que las costillas, las
consecuencias: ha tomado un avión sin permiso, ha causado heridas a un oficial
y ha destrozado un aparato último modelo, propiedad del ejército. Prepara
mentalmente las alegaciones y escribe en su cabeza un informe que mueva a la
benevolencia a sus superiores.
Les diré que no tomé el avión por hacer una gamberrada ni por
frivolidad, sino porque amo tanto mi oficio que necesitaba volar...
Arma en su cabeza mil y una argumentaciones y todas le parecen
convincentes pese a la gravedad de su falta. Está tan preocupado por lo que
dirá el comandante de su escuadrilla que olvida que el tribunal más cercano
siempre es el que más severamente nos juzga.
Aparece en la habitación Marie-Papon de Vilmorin con una entrada
teatral: sin decir nada, con la cabeza exageradamente alta y plantándose a un
metro de la cama con los brazos cruzados sobre el pecho. Se parece a su
hermana, es igualmente alta, de ojos entre pardos y verdes, con el pelo oscuro
en vez de rojo, incluso sus facciones son más armónicas. Es guapa, pero le
falta esa capacidad de Louise de hechizar a una tribu entera con un gesto.
Trae un aire de contrariedad colgado bajo la nariz rectilínea de
los Vilmorin. Por el hueco que le deja el aparatoso vendaje de la cabeza, Tonio
trata de sonreírle, pero ella no le devuelve la cortesía. Llega montada en un
témpano de hielo.
— Vengo a traerte un mensaje en nombre de mi hermana.
— ¿Cómo está?
— Bastante afectada, gracias a ti. Mi hermana quiere comunicarte
que, después de haber tenido una conversación con mis padres y mis hermanos, ha
decidido que esto no puede volver a repetirse de ninguna manera. Si deseas
pedir su mano y continuar con el compromiso, debes dejar esa manía absurda de
ser aviador.
— ¿Qué estás diciendo?
Y se incorpora en la cama aunque le duela todo al moverse.
— Creo haberlo explicado claro.
— ¿Dejar de ser aviador?
— ¡Por supuesto!
— ¡Eso no es posible!
— Pero ¿qué clase de ocupación seria es ésa? Mi padre dice que
es un oficio de descerebrados, que ninguna persona respetable se dedicaría a
semejante asunto.
— ¿Y qué dice Loulou?
— ¡Te lo acabo de decir! ¡Es ella la que me ha pedido que venga
a comunicártelo! No quiere pasarse la vida angustiada esperando a ver si su
esposo se estrella hoy o mañana por la mañana.
Tonio se queda callado, ensimismado.
— O las locuras aéreas o mi hermana. Tú eliges.
Con la cabeza muy alta, se despide entre dientes y se marcha
dejando tras de sí el frufrú del vestido suspendido en el aire medicamentoso de
la habitación.
Tiene varios días de convalecencia en el hospital para meditar
su decisión. Pero ¿acaso hay algo que meditar? El amor que siente por Loulou es
como la fuerza de un río de alta montaña en primavera: pletórico, rebosante de
energía, imparable. Ese amor es todo. ¿Cómo va a renunciar al amor de su vida?
Imposible perder a Loulou...
Pero ¿se puede vivir sin volar?
No le parece posible encontrar en ninguna otra parte esa
felicidad que supone cortar las cadenas que nos atan al suelo y partir hacia
arriba, libre de peso.
Esa ligereza...
Se vuelve bruscamente en la cama y un pinchazo en una costilla
le recuerda que está magullado. Está vapuleado por fuera, pero ahora también se
ha roto por dentro. Se siente furioso. No con Loulou, porque seguramente tiene
razón en su lamento. Más bien, se siente incomprendido. Para él volar no
entraña inquietud alguna, no le resulta siquiera peligroso. Quien se queda en
tierra no sabe nada de las conexiones que uno establece allá arriba, lo dueño
que es de su aparato y de su momento, lo firme que se siente apoyado en miles
de metros cúbicos de aire... Cómo explicarle que se siente más seguro sobre un
avión a mil metros de altura que tomando el té en el palacete de la calle de la
Chaisse rodeado de los señores Vilmorin y sus solemnes amistades capaces de aplastarlo
con una frase maliciosa. No puede enfadarse con Loulou porque se preocupe por
él. De hecho, lo halaga. Pero se enfada con un destino tramposo.
¿Cómo se puede elegir entre dejar de comer o dejar de respirar?
Se le amarga la saliva en la boca porque el resultado es el mismo.
Desde que vio por primera vez a Loulou, rogó y rogó que ella se
fijara en él, que se produjera el milagro y aquella criatura se enamorase de un
tipo ordinario y pobretón como él. Sonríe con un deje de amargura. Dios nos
castiga escuchando nuestras más fervorosas plegarias. Ahora Loulou lo ama tanto
que no soporta la idea de que pueda matarse en un accidente y no tolera que
vuelva a subirse a un avión.
Se agita entre las sábanas revueltas de su cama del hospital,
tan desesperada e inútilmente como el rabo cortado de una lagartija.
Su amor por Louise de Vilmorin lo impulsa hacia arriba tanto
como volar. El pelo rojo de Loulou es un globo que lo eleva con ella. A su
lado, la vida deja de ser vulgar y adquiere un brillo que la hace
extraordinaria. No hay nada que decidir, está todo decidido. Loulou quiere
pasar la vida junto a él, lo reclama a su lado, sano y salvo. ¿Acaso no es una
noticia maravillosa? ¡Es el hombre más afortunado del mundo! ¿Cómo es posible
que hace un momento se sintiera tan desgraciado? Millones de hombres darían un
brazo o hasta los dos por estar en su lugar. Dejará de volar y hará feliz a
Loulou.
Su felicidad será mi felicidad...
Se dice a sí mismo que tiene mucha suerte. Y, sin embargo, caen
de sus ojos puños de agua.
Capítulo 8
Istres, 1921
Tras una noche de insomnio en la que se ha peleado a muerte con
las sábanas como si fueran espectros y se ha estrellado sobre la pista docenas
de veces, por la mañana Mermoz se dirige, después de pasar lista, a la oficina
de la compañía. Una vez que no ha prosperado su examen de piloto, será
destinado a cualquier unidad de tierra para tareas no especializadas. Está
seguro de que le encomendarán la peor labor posible, pero no le importa. Como
también le es indiferente el viento helado que barre el cuartel en ese inicio
de año de malos augurios. Si no va a ser aviador, le da lo mismo en qué emplee
los días. Únicamente se pregunta, apretando mucho los dientes, cómo va a
detener ese maldito serrucho que le está astillando el pecho.
En la oficina de la compañía, el cabo ni lo mira al llegar al
mostrador.
— Quiero saber mi nuevo destino. Me llamo Jean Mermoz.
Da un vistazo indolente a la orden del día.
— No hay nada.
— ¿Has mirado bien?
— ¿Crees que no sé leer?
— ¿Y entonces?
— ¿A mí qué me cuentas? ¿Te piensas que soy tu abuela?
Mermoz alarga la mano y lo agarra por el cuello. Lo atrae hacia
sí como si la silla de mimbre donde está sentado tuviera ruedas y lo alza por
encima del mostrador. Cuando tiene la cabeza del cabo furriel a cuatro dedos de
la suya lo encañona con la mirada.
— Voy a hacer como que eres mi abuela y así no tendré que
romperte la cabeza.
El otro, medio asfixiado, susurra una disculpa.
Mermoz se va hasta la unidad de preparación al vuelo, a la que
ha pertenecido hasta entonces, y se cuadra reglamentariamente al llegar al
despacho del teniente.
— Eres Mermoz, ¿verdad?
— Sí, mi teniente.
— Creo que ayer destrozaste un aparato.
— Sí, señor.
— ¿Tienes idea de lo que cuesta una reparación de esas
características?
Mermoz vacila y el teniente sigue hablando.
— Deberían descontártela de la paga, lo malo es que tardarías
cien años en cubrir los gastos.
— Lo lamento, señor.
— ¡Tienes suerte de no estar en el calabozo! Aún no sé por qué
me he dejado convencer por ese tozudo de Berezovsky. Dice que tienes madera de
piloto. — Y mueve la cabeza con desdén— . ¡Maldita sea! Me da igual si hay un
tifón o si baja san Pedro del cielo. Te juro por mis muertos que si vuelves a
cargarte un avión, te pasarás los años que te quedan de servicio limpiando los
retretes de todo el cuartel.
Mermoz se queda tan estupefacto que casi se olvida de saludar
cuando el oficial se da media vuelta y se aleja.
— ¡A la orden, mi teniente!
Llega hasta el hangar, donde Berezovsky está supervisando la
reparación de una hélice doblada. De repente no le parece un hombre tan menudo
ni tan apocado.
— Berezovsky...
El supervisor de vuelos se vuelve hacia él con gesto neutro.
— No sé cómo agradecer...
— Llegas tarde, Mermoz.
— Es que pensé...
Un gesto de la mano lo corta en seco. Le tiende una escoba de
brezo.
— El aeródromo de arriba abajo.
— ¡A la orden!
Nunca creyó que barrer las hojas sería para él una tarea tan
grata. Empieza a nevar sobre sus hombros, pero incluso la nieve la encuentra
hermosa y empieza a canturrear. Abre la boca y se le llena de copos de hielo.
Toma la escoba y se pone a bailar con ella.
El domingo llega a la ciudad más contenido que otras veces, con
la cabeza metida en el examen al que debe enfrentarse la semana entrante. Ha
decidido ir al cine de detrás de la plaza del Ayuntamiento, donde a veces es
posible encontrar chicas solas que acepten de buen grado la compañía de un
joven apuesto.
Conoce a dos muchachas morenas y una de ellas le resulta
atractiva. La otra es más simpática y aguda, pero con unas gafas horrendas,
unas piernas torcidas y una mandíbula de caballo. En esas situaciones Mermoz
aplica un riguroso sentido de la caballerosidad. Se acerca y coquetea con las
dos por igual: lanza piropos a ambas y se interesa por la conversación de las
dos. Finalmente, se ofrece a acompañarlas en la platea. Cuando enfilan el
pasillo del cine, las nota nerviosas y expectantes: no saben al lado de cuál de
las dos se sentará ese chico tan guapo y simpático. Lo que hace al llegar a la
fila que les conviene, es ceder el paso a una de ellas y sentarse en medio de
las dos. De esa manera, la que decida libremente ser cariñosa con él será bien
aceptada, sea una o la otra. Esa tarde le sucede que ambas descuelgan la cabeza
sobre su pecho.
Sale del cine con un brazo sobre el hombro de cada una de ellas
y la idea de visitar a su amigo de la pensión Lion d’Or y jugar los tres les ha
parecido emocionante. Al doblar la esquina, pasan por delante de cuatro mozos
del pueblo, recostados de manera indolente sobre un murete de piedra. Al llegar
a su altura, uno de ellos abre su bocaza:
— ¡Zorras!
Las muchachas le susurran a Mermoz que apriete el paso. A los
gallitos del pueblo no les hace gracia que las chicas del lugar se vayan con
los forasteros. No es buena idea pararse a discutir con cuatro jóvenes
despechados. Pero la lógica de Mermoz es otra. Aunque sea un mujeriego, él
nunca engaña a sus conquistas con falsas promesas y jamás ha tratado a una
mujer de manera irrespetuosa. Es algo que no tolera. Por eso se detiene delante
del cuarteto y se dirige a los jóvenes con absoluta calma.
— Creo que hay una confusión, amigos.
Los cuatro se ponen en pie amenazadoramente. Y sonríen
satisfechos: tienen al forastero justo donde querían, cayendo en la trampa de
la provocación y dándoles una excusa para desfogar su frustración.
— ¿Una confusión, recluta? — le dice uno con sarcasmo.
— Sí.
— ¿Y cuál es?
— Que estas amigas mías son unas señoritas y tienen cien veces
más clase que todos vosotros juntos. Y ahora mismo — se dirige con la mirada al
que las ha insultado— tú les vas a pedir disculpas.
El más alto del grupo, que le saca un par de dedos a Mermoz, se
ríe de manera ostentosa y los demás lo secundan.
— Recluta, te vas a enterar de quién manda aquí.
Echa el brazo hacia atrás para golpearlo con todas sus fuerzas.
Si hubiera practicado boxeo, sabría que un movimiento tan exagerado para tomar
impulso deja su cara completamente desprotegida durante unos segundos críticos.
Antes de que el grandullón pueda descargar el puño, ya tiene los nudillos de
Mermoz estrellados en la mandíbula. Se tambalea un momento y cae hacia atrás
como un árbol talado, de manera estrepitosa. Los tres compinches se quedan
parados mirando lo sucedido. Un error. Los brazos de Mermoz se convierten en un
autogiro y se les viene encima una avalancha de golpes. Dos salen corriendo,
pero agarra por el pescuezo al tercero, que se encoge para no recibir más.
— Hay aquí unas señoritas que están esperando una disculpa.
Con la cabeza baja y de mala gana, dice que lo siente mucho y,
al aflojar la mano, sale corriendo y se vuelve cuando se encuentra a cierta
distancia para lanzar amenazas que, dada su veloz retirada, parecen poco
consistentes. Mermoz ríe y las muchachas lo llenan de besos.
Es tarde cuando acompaña a las dos chicas hasta su casa. Siente
tentaciones de acercarse hasta cierto callejón donde suele estar apostado un
tipo que le presentó Madeleine. No ha vuelto a verla, desapareció tan
enigmáticamente como llegó. Pero se arriesga a llegar tarde al cuartel para
pasar retreta y no puede meter la pata en vísperas de su examen de piloto. Se
sacude de un manotazo esas tentaciones y se encamina a buen paso hacia el
recinto militar.
El lunes amanece tormentoso. Un viento racheado trae alfileres
de aguanieve que se clavan en la cara. Se suspenden todas las actividades
aéreas. El martes no mejora y el miércoles empeora. El invierno despliega todo
su furor en ese inicio del año 1921 y una escarcha sucia de barro lo empapa
todo.
Mermoz y sus compañeros han de estar todo el día en el hangar
apilando material, quitando grasa milenaria a piezas cochambrosas y secando las
goteras que generan charcos de grasa. En los ratos libres, da vueltas por el
hangar como una fiera enjaulada. Las manos le tiemblan y apura los últimos
restos de una cajita de polvos blancos que le ayudan a que sus manos y su
pesimismo se atemperen durante unas horas. No muchas, cada vez menos.
Los días pasan y no puede hacer su examen. Eso le da mala
espina. Berezovsky se le ha acercado por la mañana y le ha dicho que tenga
paciencia, que no se precipite, que deje pasar el mal tiempo.
Pero pasa la semana entera sin mejoría. Está tan abatido por esa
circunstancia que el domingo ni siquiera tiene ganas de salir del cuartel. Los
compañeros, que lo ven en día de permiso haciendo ejercicio febrilmente con
unas pesas que se ha fabricado con una barra y unos botes de pintura rellenos
de cemento, lo miran extrañados. Alguno se acerca a preguntarle con cierto
sarcasmo si está enfermo y Mermoz los espanta de un bufido.
Se va hasta la cantina a ver si le fían y puede tomarse un
coñac, o dos o tres. Como sólo se han quedado en el cuartel los que tienen
guardia y los arrestados, la sala está vacía y el cantinero dormita sentado en
una caja de gaseosas. Es un veterano a punto de licenciarse y parece alegrarse
de tener compañía en un domingo tedioso.
— Hola, compañero. Hace un frío del demonio y me preguntaba si
me podrías apuntar un copita de coñac. La vengo a pagar en cuanto cobre la
paga.
— A ver, asústame ¿Cuánto te queda?
— Treinta y siete meses.
Se sonríe satisfecho con ese juego constantemente repetido por
los veteranos.
— A mí me quedan cuarenta y seis... ¡días!
Mermoz pone una expresión de asombro para seguirle la corriente.
— ¡Qué suerte!
— Sí...
Las copas de coñac llevan una fina raya roja y la medida que se
sirve es un dedo por encima de la línea. Él le pone la copa llena hasta el
borde y se sirve otra igual.
— Te lo apuntaré en una barra de hielo.
Mermoz le ríe el chiste. Con eso basta, entre militares no es
correcto darse las gracias. Aprovechando el momento de complicidad, le pregunta
qué le parece el cabo primero Berezovsky.
— Un tipo raro, ¿verdad?
— Berezovsky es un héroe de guerra.
— Pero ¿qué dices? — Y Mermoz está a punto de atragantarse con
la copa— . ¡Si es un triste cabo primero de talleres que trabaja como
instructor de vuelo!
El cantinero niega con la cabeza.
— Se alistó como voluntario en las Fuerzas Aéreas durante la
Gran Guerra y dejó pasmado a todo el mundo por lo bien que pilotaba. Derribó
montones de aviones alemanes y se paseó por delante de todas las defensas
antiaéreas de la Línea Maginot. Acabó la guerra con grado de sargento y con
mención honorífica. Cuando lo iban a promover para sargento mayor, alguien
revisó sus papeles y se dio cuenta de que los había falsificado al alistarse.
Había modificado la partida de nacimiento para poder ser admitido porque le
faltaban dos años. Le retiraron la mención de honor, lo degradaron y lo
mandaron a pudrirse a este estercolero. Desde que llegó, no se ha hecho amigo
de nadie, no habla más que lo imprescindible ni quiere tratos con nadie. Es un
tipo raro, algo amargado, es verdad. Pero tiene sus razones para estarlo.
— Pero ¿cómo es posible? Si tenía tanto valor como para fingirse
mayor para servir a Francia, ¿cómo es que una acción tan noble y un piloto de
esa calidad fuera castigado tan severamente por un asunto burocrático? ¡Es algo
ruin e insensato!
— Bienvenido al ejército.
El lunes el tiempo sigue lluvioso y el viento racheado. Sabe que
es una temeridad, pero ya no puede aguantar más y entrega en la oficina de la
compañía su solicitud de examen para el día siguiente.
Al llegar al hangar, Berezovsky lo mira con la boca fruncida que
pone cuando está contrariado. Pero advierte que sus cejas no están en ángulo
agudo sobre el ceño como cuando está realmente enfadado. Sólo finge estar
enfadado. En el fondo, le agrada que Mermoz no se achique.
A la mañana siguiente, el cielo sigue negro y el viento también.
Las fuertes rachas hacen peligrosa la navegación aérea. Pero al teniente a
cargo de la unidad que autoriza el examen no le importa y a Mermoz tampoco.
Despega con alguna oscilación, pero gana altura sin novedad.
Hace las viradas programadas y recorre en línea recta la distancia requerida.
Las gotas de lluvia en las gafas dificultan la visibilidad. El cielo se cierra
y parece que se haga de noche. La pista se torna borrosa y sus límites se
desdibujan como si fuera un trazo de acuarela. Hace frío, pero Mermoz suda. Ha
de aterrizar y apenas ve la pista. Decide dar una pasada previa para situarse.
La pista le resulta un trazo muy difuminado. Se alza un momento las gafas, pero
la lluvia racheada lo obliga a ponérselas otra vez.
Hace una virada amplia y encara la cabeza de la pista. Aunque
apenas la ve, sí se distinguen bien las luces del hangar. Agradece en ese
momento todas las veces que Berezovsky lo mandó barrer la pista. La cortina de
agua tapa todo, y debe calcular intuitivamente la distancia entre el hangar y
la cabeza de pista y llevar hasta allí el avión. Es un aterrizaje casi a
ciegas. Desciende con la cabeza demasiado ocupada en los mandos como para
pensar en el miedo. Las ruedas encuentran la pista y el avión rueda de forma
estable hasta detenerse en su marca. El aterrizaje ha sido perfecto.
Apaga el motor y se queda unos instantes más en el asiento.
Quiere estar solo: saborear el momento, masticarlo, extraerle todo el jugo.
Pocos días más tarde, llega su orden de traslado a la
escuadrilla de Metz para incorporarse como piloto. Pero Metz le parece
demasiado pequeña y provinciana. ¡No me he hecho piloto para comer quiche
lorraine en Metz! Se va a la oficina de la compañía y pide una plaza de
voluntario en Siria. Un sargento le entrega un formulario que ha de rellenar y
firmar. En una de las casillas se le pide que explique el motivo de su
petición. Tiene varias líneas, pero él lo resume en una palabra: volar.
Con el petate al hombro y el título de piloto, sale por la
puerta del edificio de la compañía, que ahora que se marcha le parece un
edifico más viejo y decadente. Antes de encarar la puerta del cuartel para
dirigirse a la estación de tren, le queda algo importante por hacer.
El hangar del aeródromo está silencioso. Únicamente el roce de
las escobas de brezo delata la actividad de media docena de soldados que barren
arriba y abajo. Berezovsky se encuentra en su despacho minúsculo atestado de
piezas oxidadas y herramientas desordenadas, tratando de acoplar una arandela
abollada. Lleva el mono desgastado de siempre, con los cercos de manchas de
grasa recalcitrantes y lamparones como si fueran la sombra de las medallas que
le arrancaron. Al ver entrar a Mermoz de reojo, sin desatender su tarea, frunce
ligeramente las cejas.
— Berezovsky...
Antes de que pueda seguir, levanta la mano para cortarlo.
— Adiós y buen viaje — le dice sin despegar la vista de la
arandela, que se le resiste.
— Quería darle las gracias.
El cabo primero gruñe algo por lo bajo y sigue a lo suyo. Así
que, después de quedarse medio minuto plantado delante de él viendo cómo repara
muy concentrado la pieza defectuosa, recoge el petate del suelo y se va hacia
la puerta.
— ¡Mermoz!
Berezovsky lo mira fijamente con los ojos muy abiertos y las
cejas muy arqueadas, como cuando quiere decir algo importante.
— Allá arriba...
— Sí, mi primero.
— La música...
Mermoz asiente y Berezovsky vuelve a su tarea inútil de malear
una arandela que ya nunca volverá a ser redonda igual que hay vidas que ya no
pueden enderezarse.
Capítulo 9
Fábrica Tuileries de Bourlon (París), 1923
Sobre la mesa hay una pila de carpetas amarillas. La ventana del
despacho donde trabaja Tonio junto a tres contables más da a un patio interior.
Acostumbrado a ver el mundo desde mil metros de altura, esa minúscula ventana
no le parece que dé a ninguna parte. Se asoma desde su edificio de oficinas y
enfrente ve otro edificio igual que el suyo. La ciudad es un dominó de fichas
idénticas.
Piensa en los días que sucedieron a su salida del hospital. Si
lo hubieran expulsado del ejército por tomar un avión que no le correspondía
pilotar hubiera sido más fácil. Pero le comunicaron que su castigo consistía en
quince días de arresto. El menor posible, apenas una regañina cariñosa.
No se le borra de la cabeza el gesto de confusión del comandante
cuando le comunicó que renunciaba a continuar en el ejército.
— ¿Ha cogido usted miedo tras el accidente?
— ¡En absoluto, comandante!
— Pero usted ama con locura volar..., incluso hasta el exceso.
— Sí, mi comandante.
— ¿Y ha dejado de interesarle el vuelo?
— No, mi comandante. Nada me haría más feliz que subirme ahora
mismo a un aparato y despegar. ¡Amo volar!
— ¡Ya lo entiendo! Ha encontrado un empleo como piloto civil con
mejor salario.
— No, señor.
— ¿Entonces?
Recuerda cómo enrojeció al decirlo.
— Amo a una mujer con la que voy a casarme. No puedo amar dos
cosas al mismo tiempo.
Las semanas siguientes fueron extrañas. El médico decía que no
podía ser a causa de las magulladuras y la fisura en una costilla, pero lo
cierto es que le costaba caminar, le pesaban las piernas. Sentía que una fuerza
de la gravedad inusitada lo atrapaba y no le dejaba alzar los pies.
Tuvo que pedir ayuda a su madre porque el dinero se le agotaba.
De hecho, optó por aceptar la invitación de una prima de su madre, Yvonne de
Lestrange, para instalarse en su casa y ahorrase el precio de la habitación.
Louise, en cambio, estaba radiante, y la alegría de ella era su alegría. Se
pasaba el día elucubrando cómo sería la casa en la que vivirían algún día, que
ella imaginaba como una especie de castillo con muebles art déco a la última
moda y una buhardilla en la que organizarían recitales de poesía. Se enfadaba
cuando le preguntaba si prefería cortinas de seda o de paño y él contestaba al
tuntún.
Esas semanas tuvo que soportar una cierta hostilidad por parte
de alguno de los hermanos Vilmorin. Llegó a sus oídos que le llamaban «el
paquidermo holgazán». Su futura suegra recelaba que pudiera ser un cazafortunas
que quisiera vivir a costa de los Vilmorin. Así que trabajar se convirtió en
una necesidad que lo atormentaba. Pero contaba con Bertrand o Henri o Charles
Sallès, siempre dispuestos a invitarlo a un Grand Marnier en alguna coctelería
animada cuando la asignación que le mandaba su madre se esfumaba.
Louise se marchó unas semanas de vacaciones. Gracias a un
esfuerzo de su madre y a lo que obtuvo vendiendo su cámara fotográfica Kodak,
Tonio se pagó un pasaje para estar unos días en Ginebra con ella... y con la
señora Petermann. Viajó a Suiza con una maleta repleta de los poemas que le
escribe. Todos son apasionados, unos más tiernos y otros más desvergonzados y
hasta un poco eróticos.
Finalmente, un amigo de la familia Vilmorin muy bien relacionado
le consiguió un empleo de ochocientos francos al mes en una de las oficinas de
una empresa de fabricación de tejas.
Sobre la mesa tiene abierta una carpeta repleta de albaranes.
Debe comprobar que las cifras coincidan con las de los partes de compra, e ir
punteando las columnas. Fija la vista, pero le fatigan esos listados de
números. Empieza a odiar los números. Los cincos le parecen unos gordos
presuntuosos y los unos, flacuchos y engreídos. Sin darse cuenta, en vez de
puntear el estadillo lo que hace es trazar pequeños dibujos en las esquinas del
papel: primero un árbol y luego una serpiente y después, en el blanco de arriba
de todo, una nube. Ahí la cosa se complica. Dibujar nubes es lo más difícil de
todo. No cualquiera puede hacerlo. Considera que es un asunto muy serio que
únicamente han logrado solucionar los niños. Ellos dibujan las nubes como la
lana suave de un cordero.
Trata de imitarlos. Los cumulonimbos flotan sobre la parte
superior de la hoja. Después, se detiene a contemplar su obra y sonríe. Las
ristras verticales de cifras han dejado de ser números y se convierten en
lluvia que cae torrencialmente de las nubes. Debajo, dibuja un campo sembrado
de flores.
El jefe de departamento, un hombre vestido siempre con un traje
negro que convierte cada día en un funeral, entra en su minúsculo despacho
arrastrando la pierna, atascada por la artrosis de la rodilla. Se acerca hasta
la mesa cargando unas carpetas que parecen pesarle como si fueran lápidas.
Primero se muestra satisfecho al verlo concentrado en su tarea, pero luego
están a punto de caérsele las carpetas y hasta las canas.
— ¿Qué hace? — le pregunta alarmado.
— ¿A qué se refiere, señor Charron? — le responde con una
candidez que descoloca al viejo contable.
— ¡No puede llenar de garabatos los estadillos!
— ¿Por qué?
— ¡Eso es un disparate!
— Pero, señor Charron, precisamente es ahora cuando todo ha
cobrado un sentido. Todas esas cifras no decían nada. Ahora muestran el momento
en que la lluvia cae sobre el campo.
Por un instante el jefe siente que ese empleado nuevo, un
recomendado sin la más mínima traza de contable, le está tomando el pelo. Pero
le habla con tal seriedad e inocencia que no sabe qué pensar. No entiende a esa
juventud consentida y sin ganas de trabajar... ¡Quieren que se lo den todo
hecho! Pero se abstiene de decírselo porque las recomendaciones de su nuevo
empleado vienen de gente muy respetable. Al señor Charron la gente con dinero
siempre le parece respetable.
— Déjese de tonterías y concéntrese en el trabajo — le dice con
acritud— . Deje de ensuciar los estadillos o tendré que dar parte de su
comportamiento. Ésta es una empresa seria. Los números son algo muy importante,
representan dinero. Y con eso no se puede jugar. Así que puntee los estadillos,
compruebe las sumas, cuadre las cifras. Si quiere llegar a algo en esta
empresa, debe ser serio.
El jefe contable, un hombre que ha dejado entre el polvo de los
archivadores los mejores años de su vida, se aleja barriendo el suelo con su
pierna renqueante. Tonio se queda mirándolo con perplejidad. Después vuelve a
observar su listado de cifras con los dibujos añadidos y suspira.
Sólo son números. Pero la lluvia quita la sed, hace brotar las
cosechas y las flores en los campos. La lluvia sí es algo serio...
Mira con melancolía el estadillo. Borra con la goma los dibujos
hasta convertirlos en una sombra sucia y se adentra en el desierto de cifras.
A la hora de salida, las cinco, le espera una sorpresa en la
calle. Louise, muy recuperada en esas últimas semanas, o tal vez cansada de su
papel de dama doliente, lo espera en la Rue du Faubourg, junto a la señora
Petermann, a la que él llama a sus espaldas «cara de estatua». Loulou alza su
mano hacia él y es como si arrastrara una brocha invisible que barnizara la
realidad y la hiciera más brillante. Tonio se desprende de la sensación de
derrota como si se sacudiera la caspa de los hombros. Se planta ante ella y le
toma las manos. Hace ademán de acercar la cabeza a su mejilla, pero la señora
Petermann estira el cuello y emite un gruñido de bulldog. Tonio se abstiene de
besar a su prometida, pero tenerla allí hace que vuelva a ser feliz.
Los dos jóvenes se adelantan unos pasos entre risas. Llegan
hasta la plaza Montholon, que tiene una amplia zona ajardinada con tilos y
ciruelos, de la que sobresalen dos enormes plátanos orientales.
Todavía está en su retina el momento de unas semanas atrás, al
realizar la petición formal de mano. Su madre le envió voluntariosamente desde
Saint-Maurice una antigua joya familiar que había sobrevivido a los diferentes
empeños y catástrofes: una sortija con dos brillantitos modestos y necesitada
de un nuevo engarce. Recuerda cómo examinaron los Vilmorin el anillo, del
derecho y del revés, con un ahínco de profesionales que le pareció grosero. Su
visto bueno condescendiente dejaba a las claras que, por si les quedaba alguna
duda, los Saint-Exupéry les parecían unos aristócratas muy venidos a menos. Y
eso que no les ha contado que su madre, toda una condesa, ha de trabajar como
enfermera jefe en el hospital comarcal para ganarse el sustento. De ninguna manera
quiere que opinen de manera condescendiente sobre su madre.
Louise, en cambio, aceptó alborozada la sortija. Se la puso al
instante y extendió la mano muy teatralmente como si se sintiera muy favorecida
con ella. Si le pareció poca cosa, no lo dejó traslucir en ningún momento. Y él
la amó más que nunca. La voz de Loulou lo saca de sus pensamientos.
— Estás contento con el nuevo empleo, ¿verdad? Fue muy amable
monsieur Daniel-Vincent al conseguir con su influencia este puesto. Ya verás
cómo en poco tiempo te harán jefe de sección.
Él asiente. En realidad, le repatea que haya tenido que lograr
el trabajo con una recomendación de un amigo de la familia Vilmorin. El empleo
en Bourlon no le causa el más mínimo entusiasmo y, como no le agrada mentirle a
Louise, se queda callado.
— ¿No estás a gusto? ¿Acaso no se portan bien contigo? ¡Puedo
hablar con monsieur Daniel-Vincent!
— ¡Ni se te ocurra! No, no se trata de eso. Me tratan muy bien
en la empresa. Son amables y pacientes con mi torpeza. Es sólo que...
Sus palabras se quedan suspendidas en el aire.
— ¿Es bonita tu oficina? Tal vez por eso no terminas de estar a
gusto. ¿Y si compramos una maceta? ¡O mejor aún, una jaula para tener uno de
esos pájaros tropicales de tantos colores!
— No creo que a mi jefe le hiciese gracia que tuviera un pájaro.
No le parecería serio.
— ¡Qué hombre tan bobo! Es importante estar rodeado de belleza.
— Mi despacho es un cuarto de dos por dos metros. Bonito no
sería exactamente la palabra. Supongo que el señor Charron diría que es un
despacho serio.
— Pero me dijiste que tenías una ventana.
— Es cierto, tengo una ventana, pero, cuando me asomo, lo que
veo es la parte trasera de otro edificio de oficinas absolutamente idéntico al
mío. Eso no es una ventana, es un espejo.
— ¿Un espejo?
— ¡Odio los espejos! Son incapaces de inventar nada.
— También nos muestran quiénes somos.
Entorna los ojos un momento, pero agita negativamente la cabeza
para sacudirse las dudas.
— Los espejos son verdugos de la fantasía. Si yo fuera
presidente de Francia, prohibiría los espejos en los lugares públicos. En el
hueco de sus lunas haría poner fotografías de niños jugando. Cuando la gente se
mirase en ellos sería eso lo que vería: niños alegres.
— ¡Qué locura, Tonio! Eso sería un engaño.
— No, no, no... ¡No sería engaño, sería inspiración!
— Pero lo que verían en esa imagen no sería la verdad.
— La verdad está sobrevalorada. Es triste. Hemos de inventar
algo que sea mejor que la verdad.
— ¿La mentira?
— Tal vez...
— ¿La mentira es mejor que la verdad?
— Es más humana. La verdad es lo que no podemos cambiar. ¡La
verdad es la muerte! Morimos, nada puede alterar eso, nos lo han impuesto. La
mentira, en cambio, la podemos construir a nuestra medida.
— No sé si creo en eso que dices de la mentira, Tonio. Hay
mentiras horrendas. Pero sí creo en la inspiración. La inspiración es sublime,
por eso me gustan los poetas...
— Yo soy muy afortunado de tenerte porque tú me inspiras.
Ella le toma una mano entre las suyas. Detrás se oye toser a la
señora Petermann.
Louise le habla de cómo le gustaría que fuera su casa: con
balcones enormes y baranda de metal como se lleva ahora, y cortinas muy
ligeras, casi transparentes, que volaran agitadas por el viento. Tonio se ríe.
— ¡Tú no quieres una casa, quieres un velero!
Capítulo 10
Palmira (Siria), 1922
Un avión encara la pista de macadán eternamente salpicada por la
arena. A nadie le importa la arena, tampoco a los oficiales. Imposible pensar
en ver barrer a un veterano como si fuera una hacendosa ama de casa. En Siria
todos son veteranos desde el momento en que ponen un pie en esa base en pleno
desierto.
El viento de costado es fuerte, el aparato se cimbrea al tomar
tierra y traza eses sobre la pista, a punto de salirse y volcar. El piloto, un
sargento que lleva un uniforme adornado con un pañuelo amarillo chillón, sale
de la carlinga dando voces y manoteando imperiosamente.
Tiene una urgencia, pero no está relacionada con el aterrizaje
forzoso que acaba de realizar, porque eso es pura rutina.
— ¿Llego a tiempo para la timba?
Los jueves hay partida de póquer en la sala de suboficiales. Y
la cosa va en serio. Como el comandante mandó una circular prohibiendo jugar a
las cartas con dinero, lo que se apuesta son botellas de vino. Cuando el
sargento entra, el humo puede cortarse con un cuchillo y untarse sobre una
rebanada de pan.
— ¡Aquí hay peor visibilidad que en una tormenta de arena!
Mermoz lo saluda desde detrás de una pared de botellas de vino.
Alguna de ellas, vacía. Al día siguiente entra de servicio, así que decide
retirarse y dejar su sitio en la partida al sargento recién llegado. Sale de la
sala abrazado a media docena de botellas de vino y, a medida que va cruzándose
fuera con compañeros, se las va lanzando y han de atraparlas al vuelo.
— ¡Tómatela a mi salud!
Las acaba dando todas. El calor aplastante del mediodía ha
cedido algunos grados con el atardecer. Toma uno de los camellos de la
guarnición y se sube a él con destreza. Los camellos son animales poco
amigables, pero él se entiende bien con ellos: no les exige más de lo que están
dispuestos a dar.
Algunos compañeros se marean con el calor y la reverberación de
la luz en la inmensa lámina de arena. Pero a él el desierto le produce una rara
euforia: es un reto. Y allí es un enigma. Le fascina la enorme cantidad de
vestigios del antiguo reino de Palmira que se despliegan en varios kilómetros a
la redonda: murallas medio derruidas, arcos mutilados y columnas erguidas en
mitad de la nada hablan de un pasado glorioso.
Le fascina pensar en aquella reina Zenobia que, como una
Cleopatra babilónica, desafió a Roma y fundó un reino opulento. No sólo
consolidó el reino de Palmira, sino que extendió sus conquistas hasta Egipto y
se convirtió en una leyenda. Las crónicas elogian su sagacidad, su audacia y su
irresistible belleza. Cuando el emperador Aureliano logró por fin doblegarla,
la llevó a Roma y la exhibió por la avenida principal como trofeo de guerra,
atada con cadenas de oro.
La poderosa ciudad de Palmira, punto clave en las rutas
caravaneras, era un extraordinario oasis en medio del desierto más vacío
gracias a un acuífero de aguas sulfurosas. En el valle donde se acumulan las
suntuosas tumbas de piedra existe una galería subterránea que lo maravilla. A
la luz de las antorchas y por unas escaleras de piedra talladas en la roca viva
se desciende hasta unas piscinas naturales donde es posible bañarse en aguas
medicinales. Cualquier agua en el desierto lo es. Están autorizados a bañarse
allí todos los días, excepto los jueves, reservado a los sheijs beduinos de la
zona por la autoridad militar francesa, que no quiere soliviantar a las tribus
menos hostiles.
Es jueves. Mermoz conduce el camello hacia allí dando un rodeo
discreto. Deja su montura a medio kilómetro y se acerca sigilosamente hasta un
promontorio cercano. A la entrada del complejo termal hay media docena de
camellos y cuatro beduinos con alfanjes al cinto sentados a la sombra con
indolencia. Parece que montasen guardia. No es muy prudente saltarse las
exigencias de los árabes, pero ha decidido entrar y cuatro beduinos o
cuatrocientos no lo van a echar para atrás.
Da un rodeo y se cuela por una abertura lateral en la montaña.
Conoce tan bien el lugar que el tenue reflejo de algunas antorchas le resulta
suficiente para orientarse. Baja sin hacer ruido las escaleras de piedra y
escucha el chapoteo del agua abajo. En vez de entrar a la cámara de las fuentes
termales, se desvía por un pasillo paralelo hasta que encuentra un agujero de
un palmo en la roca y se asoma por él. Lo que ve lo deja tan petrificado como
esas rocas milenarias: una mujer desnuda, dolorosamente hermosa, se echa agua
sobre la piel morena. Quizá sea una de las esposas de un sheij, la favorita tal
vez. Mirarle el rostro sería ya una ofensa terrible: verla tal y como llegó al
mundo, disfrutar de la visión de su piel de aceite, de sus senos erguidos y su
pubis negro sería una condena a muerte. Aunque lo que de verdad lo deja
paralizado no es el miedo, sino la belleza de esa joven siria que incluso en la
manera delicada de echarse agua con un cuenco sobre el cuerpo resulta de una
elegancia asombrosa. Le parece estar viendo a la mismísima reina Zenobia en
aquellos baños subterráneos en los que los siglos se han solidificado.
Tal vez por el galope enloquecido de su corazón en el pecho o
porque ha sentido en la piel desnuda el ardor de su mirada, ella vuelve
instintivamente la cabeza un poco hacia arriba en la dirección en que Mermoz la
espía. Los agujeros de la pared hacen que lo vea. Sus miradas se encuentran. En
cuanto ella grite, los cuatro guardianes se abalanzarán corriendo hacia el
interior y tendrá menos de un minuto para volver a subir la escalera y tomar la
bifurcación hacia la salida lateral. Imposible que no lo atrapen, imposible que
la condena que reciba no sea la muerte. De cada segundo que tarda en arrancar a
correr puede depender su vida. Pero no echa a correr. Ni siquiera se lo
plantea. Está atrapado en la mirada de los ojos negros y brillantes, y por esa
intuición que sobrepasa la lógica racional, sabe que ella no va a gritar. Y no
lo hace.
A la luz de las antorchas, que hacen parecer su piel aún más
oscura, se aproxima hasta él caminando con unos pasos suaves, como si sus pies
descalzos fueran almohadillados como los de las panteras negras. Llega hasta el
hueco en el que Mermoz apoya el rostro contra la piedra y ella acerca el suyo.
Observa sus ojos azules y hay en su mirada una serenidad que no sabe
interpretar. La pared en esa zona está llena de agujeros de las piedras que han
ido desprendiéndose. Ella pega el cuerpo contra la pared y Mermoz, por uno de
los agujeros, alarga una mano hasta tocar la piel de su vientre. Tiene la
tersura de los afeites y resulta al tacto de una finura y una tibieza que le
erizan el vello. Llega hasta el promontorio de los senos y todo se le eriza.
Ella encuentra un agujero en la roca más abajo y atraviesa la pared con la mano
hasta tocarlo. Los dedos gatean sobre su vientre y descienden. Los ojos de
Mermoz arden con el brillo de las antorchas.
Desde entonces, esperará los jueves igual que los beduinos
esperan la lluvia.
En Palmira ha conseguido saciar al fin su hambre de volar.
Cuando se eleva con el avión siente que las cosas se ordenan. Vuela con un
mecánico adormilado sentado delante, y los mandos del aparato están en sus
manos. No hay nada más en el mundo, nadie a quien complacer, nadie a quien
obedecer, nadie a quien desafiar, nada que terminar. Volar es un hecho acabado,
perfecto, donde nada sobra ni nada falta. Sobrevuela la arena del desierto a
baja altura y mira su sombra proyectada en la arena. «Yo soy ése», se dice.
Capítulo 11
Fábrica Tuileries de Bourlon (París), 1923
En su despacho del tamaño de un ropero, Tonio observa de manera
ansiosa el reloj de pared. El segundero avanza lentamente. Tiene artritis.
Cojea igual que el señor Charron. Tarda un año en dar la vuelta de un minuto.
Tarda mil en llegar a las cinco de la tarde.
Lo espera Louise, acompañada por su hermano Olivier y varios
amigos. Camina a buen paso hasta la avenida Saint-Germain-des-Prés y en la
Brasserie Lipp se apretujan todos alegremente en una mesa de ese abigarrado
local art déco de techos decorados con motivos mitológicos y lámparas con
tulipas como mariposas aleteando sobre sus cabezas. Llega justo a la vez que el
camarero, al que conocen de otras ocasiones, que trae en una bandeja una jarra
de agua con limón y otra de vino alsaciano.
— ¡Nunca había llegado a un sitio tan a tiempo! — exclama
eufórico.
Le encanta Chez Lipp, con sus salchichas de Habsburgo, su
cerveza de espuma densa servida en copas enormes como trofeos y su animación
permanente.
— ¡Tráiganos arenques marinados! — le pide Henri al camarero.
— ¡Y salchichas con choucroute! — sugiere Olivier.
— ¡Que sean con doble de choucroute! — añade Tonio.
Loulou le susurra al oído:
— Tenemos que hablar.
— Sí, sí. Pero primero tenemos que brindar, ¿verdad, Bertrand?
— ¿Y por qué brindamos?
— Brindemos porque hoy es hoy.
— ¿Sólo por eso?
— ¿Te parece poco, Henri? ¡Es lo más extraordinario de todo!
Nada es mejor que el ahora.
— ¡Brindemos!
Tonio urge a que se sirvan todos.
— ¡Venga, deprisa! ¡No podemos perder ni un minuto! ¡Este tiempo
es oro! ¡No desaprovechemos ni un gramo!
Henri le da un codazo y señala con la barbilla al camarero.
— ¿Has visto su pelo?
— ¿Qué le pasa?
— ¡Fijaos bien! Se ha pintado tiras de cabello con carboncillo
en la parte de la calva para disimularla.
— ¡Eso sí es ser un dibujante de medio pelo!
Ríen a carcajadas. A Henri se le saltan las lágrimas y Bertrand
está a punto de derramar la copa de vino sobre Renée de Saussine.
Mira de reojo a Louise y la ve encenderse a cámara lenta uno de
sus cigarrillos Craven. Sólo ha visto algo parecido a esa manera enigmática de
encender un cigarrillo en las películas del cinematógrafo, a alguna de esas
actrices voluptuosas que hablan con los gestos y las miradas. Las actrices
imitan gestos, pero Louise los inventa...
Ella lo mira y levanta muy levemente la ceja. A continuación se
incorpora cautelosamente a causa de su frágil cadera y sale cojeando fuera con
una manera de moverse que resulta hipnótica. Él la sigue magnetizado.
Afuera la noche empieza a refrescar el final del verano. La
gente camina por Saint-Germain-des-Prés. Unos vienen y otros van.
— Tonio...
— Siempre me ha intrigado adónde va la gente que vemos pasar.
Pasan delante de nuestras vidas durante un segundo y después desaparecen.
¿Adónde irán, Loulou?
— Ni idea...
— No saben nada de nosotros. ¿No te parece increíble?
— Tonio...
— ¡Si desapareciésemos en este instante, ni siquiera se darían
cuenta!
— Tonio, los doctores no me ven recuperada del todo de la
coxalgia. Debemos retrasar la boda. Posponerla.
— Claro, lo primero es tu salud. ¿Cuánto la posponemos? ¿Dos
meses? ¿Tres?
Ella da una calada tan profunda a su cigarrillo inglés que
convierte una tercera parte del papel en ceniza.
— No sé...
Loulou tiene las pupilas fijas en el paso intermitente de coches
y bicicletas, pero en realidad no mira a ninguna parte. Tonio se da cuenta de
que no quiere mirarlo y algo se le quiebra por dentro. Siente que el pecho se
le llena de cristales rotos.
¿Qué quiere decir «no sé»? ¿No debería haber dicho que son los
médicos los que «no saben»? ¿Y esa manera de decirlo, como si ese retraso fuera
un alivio?
Todo eso lo piensa mientras ella calcina su cigarrillo sin decir
nada. Él asiente con la cabeza y no se atreve a abrir la boca. Podría pedirle
más explicaciones, pero le aterra que se las dé porque algo le dice que no iban
a ser buenas. Si formula la pregunta fatídica: « ¿Acaso no estás segura de
querer casarte conmigo?», podría llamar a una respuesta que no quiere oír de
ninguna manera. No sólo no dice nada, sino que aprieta los labios con fuerza.
Si abres la puerta, se escapa el gato.
Los dos retornan en silencio al interior. Mira a los espejos del
fondo y se ve a sí mismo, a Loulou y a los demás como si los viera desde fuera.
Un grupo de jóvenes alegres bien vestidos que comen pescado y beben vino en
copas de cristal. ¿Quiénes son?
Traen un milhojas al Grand Marnier especialidad de la casa que
le chifla y ni siquiera mira la bandeja. Ese presente feliz por el que estaban
brindando sólo unos minutos antes se ha esfumado. No sabe por qué la gente
tiene la maldita manía de soñar con el futuro: él lo hubiera dado todo por
detener el tiempo sólo unos minutos antes y quedarse a vivir para siempre en un
presente donde Loulou reía, no tenía la mirada tan lejos y no había dicho «no
sé».
Capítulo 12
Palmira (Siria), 1922
El mecánico, que parecía dormir, de repente alza la barbilla
como esos perros tumbados en las puertas de las casas cuando creen percibir un
intruso. Hay un intruso. Un levísimo sonido de rozamiento que no debería estar
ahí. Llama la atención del piloto.
— El motor..., hay un ruido.
Mermoz niega con la cabeza. El mecánico es hijo de un zapatero
de Nantes que se asusta con demasiada facilidad. No está acostumbrado a volar;
está deseando terminar el servicio militar y regresar al minúsculo taller
familiar donde huele a cuero viejo y a betún y todo está a ras de suelo. Él lo
tranquiliza con una carcajada.
— No es nada, Chifflet. Es el viento que ha rolado.
Mermoz sigue impertérrito observando la línea del horizonte en
la dirección sur-sudeste. En unos minutos verán aparecer la mancha oscura del
campamento allá abajo. Piensa con agrado en su tienda. Durante las semanas que
estuvo destinado en Damasco, se hizo en el zoco con un narguile, kilims y
tapices que ahora se apiñan de manera abigarrada y han convertido la austera
tienda de campaña militar en la jaima soñada por uno de esos pintores
orientalistas ingleses del siglo pasado.
El zumbido aumenta. Mermoz mira de reojo el cuadro y ve cómo la
aguja que indica la temperatura del radiador sube bruscamente. Un instante
después empiezan a salir llamaradas del motor. Un incendio a bordo es lo peor:
si alcanza el depósito de combustible, ya ni siquiera resulta necesario
estrellarse contra el suelo.
El mecánico da un chillido de espanto.
— Habrá que apagar la parrilla — le dice a gritos Mermoz, con el
mismo tono calmado que si pidiera una cerveza en una cantina— . Asegúrate de
llevar bien abrochado el cinturón.
Apaga el contacto del motor, le da una vuelta rápida de
trescientos sesenta grados al avión como si estuvieran en una exhibición
acrobática y logra que el fuego se apague con el golpe de aire, como si
hubieran soplado una vela. Han solucionado una parte del problema, pero están a
mil ochocientos metros de altitud, cayendo con el motor quemado encima de la
cadena montañosa que bordea la región de Palmira.
Chifflet balbucea algo parecido a un rezo, tan nervioso que las
palabras se le entrecortan. A Mermoz no le tiembla un músculo, tiene demasiado
trabajo para pensar en el miedo. Maneja los mandos con firmeza y planea en
círculo sobre la orografía escarpada hasta que ve una zona plana entre dos
montículos y decide que va a ser ahí donde traten de posarse. El área de
aterrizaje es amplia, pero el suelo lleno de guijarros es peligroso.
Allá vamos...
El suelo se aproxima y el avión bascula de lado a lado en el
aire. Cuando las ruedas se posan en el terreno pedregoso, empieza una carrera
con un temblor violento. Las ruedas sufren un enorme estrés y a punto están de
partirse las barras que las sujetan al fuselaje. Pero aguantan y poco a poco el
Breguet va perdiendo velocidad hasta detenerse.
— ¡Bien! — exclama Chifflet, eufórico.
Mermoz sonríe con sarcasmo. ¿Bien? Se nota que Chifflet no sabe
nada del desierto.
Las ordenanzas y el sentido común dictan que un piloto que sufre
una avería ha de quedarse en el lugar a la espera del rescate. Pero cuando caes
en una zona hostil en la que ciertas tribus están deseando ver caer un avión
del ejército ocupante para desfogar una rabia de siglos, quedarse esperando
dentro no es tan buena idea. También sopesa el hecho de haber aterrizado entre
montañas. La localización en la amplitud del desierto no es fácil, pero ver la
mancha minúscula del avión en medio de las mil manchas de la montaña puede
resultar aún más complicado, y no tienen víveres de ningún tipo. Calcula que
están a cien kilómetros del campamento. Son muchos kilómetros para recorrerlos
sin agua, el riesgo de no llegar es grande.
Es imposible saber qué opción los conducirá a la vida y cuál a
la muerte: quedarse en el avión o caminar. O puede que ambas los conduzcan al
mismo final. Sin embargo, Mermoz quiere jugar la partida hasta el final.
— Vamos a ponernos en marcha, Chifflet.
— Pero ¿tú sabes hacia dónde?
Tiene la orientación del sol, pero no sabe cuánto pueden
desviarse. Si empiezan a caminar en zigzag, los cien kilómetros se
multiplicarán. Pero no se lo va a decir a un zapatero asustado.
— Hacia el este todo recto, hasta llegar a las ruinas de la
ciudad antigua.
Y lo dice tan seguro que Chifflet asiente con una fanática
convicción. Está tan necesitado de creer que si le hubiera dicho que los
pasaría a recoger un carruaje de caballos blancos conducido por una chica rubia
en bañador, lo hubiera creído igualmente.
— ¡Vamos!
Hace calor, por encima de los cuarenta grados, aunque una leve
brisa los alivia un poco. Pero es una brisa engañosa, porque también reseca.
Van buscando caminos que los hagan avanzar sin descender todavía de las
montañas. Podrían buscar una manera más directa de bajar, pero cuando lleguen
al desierto llano quedarán muy expuestos a la vista de las tribus hostiles y
prefiere que cuando salgan a campo abierto estén lo más cerca posible del
campamento.
Hasta la noche es brusca en el desierto; lo cubre todo a una
velocidad de mancha de tinta y la tierra se empieza a enfriar muy deprisa. El
mecánico se sienta, exhausto, sobre unas rocas.
— Descansaremos una hora — le dice Mermoz.
— ¿Cómo? ¿No vamos a dormir? ¡Moriremos de cansancio!
— Nadie se muere de cansancio. Pero cuando el cuerpo agote sus
reservas de agua, entonces sí moriremos de sed. Y eso no tardará en suceder:
dos, tres días tal vez. Y aún nos queda mucho por avanzar.
Las estrellas le sirven de guía y con el resplandor de la luna
siguen adelante. Chifflet resopla, pero no se atreve a quejarse.
— Mermoz...
— ¿Qué?
— Quería pedirte algo. Si tú te salvas y yo me muero aquí,
querría que te asegurases de que les mandarán mi paga de este mes a mis padres
en Nantes. Tal vez podrías visitarlos y decirles que me acordé mucho de ellos.
Los aliviaría.
— Maldita sea, Chifflet. No seas cenizo. En vez de pensar en
cómo morirte piensa en cómo salvarte. Y lo primero es tener la boca cerrada,
conservar energía y saliva.
— Bueno, pero prométeme que lo harás.
— Sí, hombre, sí. Ahora calla y camina.
Callar y caminar es lo que hacen durante toda la noche. Durante
dos días y dos noches más. Ya no hablan. No pueden. Los labios se les han
resecado y agrietado hasta sangrar, la boca se les ha quedado sin saliva.
Durante las horas de más calor han parado a descansar a ratos y, en el último
tramo nocturno, han tenido que ir parando cada pocos pasos por los calambres en
las piernas. Mermoz se ha alegrado de que estuviera oscuro porque así no ha de
ver la cara de sufrimiento de Chifflet. Nunca había visto llorar a un hombre
que no gimotea porque no puede articular sonidos y no derrama lágrimas porque
está seco por dentro. Mermoz se da cuenta de que no van a llegar y opta por
tomar ya el camino de descenso hacia el desierto para tratar de acercarse lo
más posible al campamento. Aunque no lleguen hasta allí, si pudieran conectar
con alguna de las rutas caravaneras y de reconocimiento habituales, tendrían
una posibilidad de que alguien amigo los rescatase. Bajan a trompicones.
Chifflet resopla detrás. Lo espera, le da la mano en un tramo difícil. Chifflet
se apoya en él, le fallan las fuerzas.
La salida del sol, la prueba de fuego, los encuentra ya en el
desierto. Caminar sobre la arena supone el doble de esfuerzo y el calor aumenta
hasta pasar de los cincuenta grados. Su avance se ralentiza y los minutos se
alargan, se dilatan con el calor, son como un chicle pegajoso.
Un kilómetro más adelante oye un roce en la arena detrás de él.
Chifflet se ha desplomado. Apenas ha hecho ruido al caer. Se acerca hasta su
compañero. Querría decirle algo, pero no puede, tiene la lengua hinchada como
el cadáver de un ahogado. Trata de alzarlo por los hombros, pero pesa
toneladas. Chifflet ha perdido el conocimiento. No puede dejarlo allí. Con gran
dificultad, lo carga al hombro y sigue adelante. Sabe que no va a ir muy lejos,
que su fortaleza humana no puede contra un desierto milenario. Pero sigue. Sabe
que no va a llegar, pero no se va a rendir. Nunca se ha rendido y si va a
morir, quiere hacerlo caminando. Si alguna vez alguien cuenta su peripecia
quiere que digan: el piloto Jean Mermoz nunca se rindió. Siente un ahogo en el
pecho y un dolor intenso en todas las articulaciones, pero aprieta los dientes
y sigue un paso más, y después otro. Otro más.
Se siente desfallecer, se detiene, hinca una rodilla en tierra,
deja caer rodando a Chifflet inconsciente. El desvarío le hace sentir una
alegría momentánea al pensar en la muerte porque se va a evaporar el dolor y la
incertidumbre, y todo el sufrimiento va a terminar. De repente, siente una
rabia interior que lo subleva. Él se merecía otra cosa, una oportunidad de
hacer algo grande, y lo hubiera hecho si tan sólo le hubieran concedido un poco
más de tiempo, si un estúpido azar mecánico no hubiera hecho que ese motor se
parase caprichosamente justo en medio del desierto.
No es justo...
Y las injusticias le hacen hervir la sangre más que todos los
soles de todos los desiertos. Y además tiene una responsabilidad: ese hombre
que yace inconsciente confiaba en él. Si se hubieran quedado en el avión quizá
los drusos no los habrían encontrado y tal vez habría vivido. Le cuesta mucho,
pero se levanta de nuevo. Las piernas le tiemblan, la piel de la cara le arde y
los labios le escuecen, pero sigue adelante unos metros más.
Empieza a ver lucecitas flotar en su retina, pero cree
distinguir unas marcas en el suelo a unos metros. Se acerca hasta allí
tambaleante y ve las huellas de paso de camellos. Podrían ser un espejismo.
Desde el suelo extiende la mano y borra el trazo de una de las marcas:
¡desaparecen! No son una ensoñación... ¡son reales!
Es la ruta de Deir ez-Zor a Palmira. Ya ha hecho todo lo que
estaba en su mano y sólo le queda esperar a que el destino decida qué cartas le
reparte: vivir o morir. Cierra los ojos sin saber si los volverá a abrir.
El viento del desierto trae remolinos de arena y, a veces,
también, seres humanos sobre camellos. Mermoz nota que lo zarandean. Abre los
ojos y un hombre de nariz afilada lo mira atentamente; es un cabo bretón de su
regimiento. Mermoz no puede abrir la boca, pero sus ojos sonríen.
Mermoz no sólo regresa vivo del desierto, sino que lo hace
fortalecido en sus convicciones. En los días siguientes alguno de los oficiales
habla de pedir una mención honorífica para él, aunque París está demasiado
lejos y los formularios se traspapelan. Le da igual. Las medallas que le
importan van colgadas por dentro.
Capítulo 13
Fábrica Tuileries de Bourlon (París), 1923
Tonio ha encontrado en las oficinas de la fábrica de tejas una
provechosa actividad con las facturas erróneas que se van a tirar: hace
barquitos de papel con ellas. En el cajón del escritorio tiene ya una flota
entera.
Esos días Loulou está muy ocupada con los estudios de música y
los ejercicios de fisioterapia. Él arde en deseos de verla, pero la llama y
nunca está; le deja notas al personal de servicio, pero siempre está muy
ocupada. A veces un amigo común le explica que la ha visto con sus amigas en la
cafetería del conservatorio o de compras en las Galerías Lafayette.
Una de esas tardes de otoño, llega a la casa de su tía con el
ánimo tan alicaído como el cigarrillo que le cuelga de los labios. Yvonne de
Lestrange lo toma del brazo y le dice que le va a presentar a unos invitados.
No tiene ganas de actos sociales, pero no le da opción a decir que no.
En la salita, lo acerca a un grupo de hombres que hablan con
cierta animación y uno de ellos es un joven editor de moda llamado Gaston
Gallimard. Otro es el escritor André Gide, el hombre del momento, que maravilla
con su prosa y escandaliza con su homosexualidad sin disimulo. Tonio se siente
cohibido y no abre la boca. El editor Gallimard toma una copa de coñac y lanza
a Gide puyas amistosas.
— André, ¿cómo pretende que le publique una autobiografía? ¡Toda
Francia sabe todo de usted!
— Pero en eso consiste el arte de la escritura. Cada historia es
la misma y es diferente. ¿No le parece a usted, joven sobrino de Yvonne?
Tonio se ruboriza.
— No sé..., quizá el escritor debería aspirar a explicar lo que
nadie ha contado.
— ¡Y tiene toda la razón! — exclama jocoso Gallimard.
Gide da una chupada a su puro habano y responde con parsimonia:
— Están ustedes completamente equivocados. Todas las cosas ya
fueron dichas, pero como nadie escucha, es preciso comenzar de nuevo.
Cuando se despide para retirarse a su cuarto, esas palabras
siguen tamborileando en su cabeza. Lo importante no es que los paisajes, los
objetos o las personas sean nuevos, sino que los miremos de una forma nueva.
A lo largo de esas semanas de inquietud, intenta escribir al
volver de la oficina. Una forma de dejar de pensar en que Louise no responde a
sus mensajes es ponerse manos a la obra con ímpetu. Su mejor pluma, un fajo de
cuartillas, una taza de té, un cigarrillo..., en una semana consigue reunir una
magnífica colección de tachaduras.
Quiere contar la historia de un piloto. Para él la escritura
está pegada a la vida. Es la misma cosa. Pero le cuesta mucho fijar en el papel
esa sensación de fuga que proporciona la aviación. Descubre que las palabras
son menos ligeras de lo que parecen, que pesan sobre la cuartilla, que cuesta
hacer que levanten el vuelo. En algunos momentos fugaces en los que la mano se
va sola, intuye el misterio irresistible de la escritura: sacar algo que ni
siquiera sabías que llevabas dentro. Lanzar un cubo a un agujero oscuro y sacar
agua del pozo.
Sin embargo, no tiene suficiente concentración para escribir.
Enseguida se levanta de la silla y empieza a dar vueltas. Baja a la calle y da
vueltas a la manzana. Una de esas tardes en que pasa por delante del escaparate
de una juguetería y ve un tren eléctrico girar en círculo eternamente se dice a
sí mismo: ése soy yo. Hace un par de días logró hablar con Loulou por teléfono
un minuto, pero ella no pudo extenderse porque tenía una gran urgencia: era la
hora de su clase de tenis. Tonio le decía que tenían que quedar y ella decía
que sí, pero que ahora debía irse corriendo a esto o lo otro. Está en una
tómbola benéfica, en un té en una casa elegante, en clase de canto, en el palco
de su familia en la ópera... Loulou va de un lado al otro sin quedarse mucho
tiempo en ninguna parte para que nada se marchite. Juega con él al escondite
por todo París.
Una tarde, sin poder resistir más, acude sin previo aviso a la
calle de la Chaisse. Es el prometido de la señorita, pero cuando pregunta por
Louise el mayordomo Dupont le sigue preguntando de parte de quién con un desdén
humillante. Todo en esa casa conspira contra él.
El mayordomo le informa de que la señorita De Vilmorin ha salido
de viaje y que ha dejado una carta para él. Le gustaría no poner cara de
asombro. Hace un esfuerzo sobrehumano para no mover un músculo que delate su
estado de zozobra ante el maldito señor Dupont, en el que cree detectar, tras
sus ademanes exageradamente corteses, cierto recochineo. Se despide con la
mayor naturalidad, o eso quiere creer, y en cuanto pone un pie en la calle y
dobla la esquina, rasga el sobre a toda prisa.
La letra levemente inclinada le cuenta que ha tenido que salir
urgentemente hacia Biarritz para estar cerca de su abuela, que se halla
indispuesta. Seguramente pasará allí una temporada. «Así tendremos tiempo de
ordenar nuestros sentimientos», le dice.
Ordenar nuestros sentimientos...
Ha de apoyarse en la pared. Siente vértigo.
Se pregunta si los sentimientos pueden ordenarse, como una pila
de toallas en un armario. Las piernas le flojean. Camina hacia casa como si
estuviera ebrio.
¡Loulou dice que necesita meses para saber cuáles son sus
sentimientos! Yo sólo necesito un segundo para saber que la quiero con
locura...
Se tira del pelo con nerviosismo, pero aleja los malos augurios.
Mi amor por ella es tan grande que tirará de los dos..., piensa.
El amor es capaz de soportar la distancia, la infidelidad, el
desplante, la impertinencia, las estrecheces..., pero se desmorona ante algo
mucho más insignificante: la duda.
Tarda tres noches de insomnio en escribir una carta a Louise.
Las bolas de papel con las hojas desechadas forman una montaña sobre el
escritorio de su habitación. Quiere decirle cuánto la quiere, pero tampoco
quiere resultar asfixiante. Sabe que Loulou necesita que corra el aire, que
nada la encierre. No quiere transmitirle la sensación de estar abatido porque
no quiere que piense que pretende culparla de su desánimo. Pero tampoco quiere
afectar una alegría impostada que haga parecer que su ausencia le resulta
indiferente. Escribir una carta es más difícil que escribir un poema: en la
poesía los sentimientos arrastran las palabras. En esa carta las palabras han
de moldear los sentimientos y construir ambigüedades.
Su tía Yvonne ya se ha acostumbrado a que cuando llega por la
tarde de la oficina lo primero que hace es abalanzarse sobre la mesita donde se
deposita el correo a hozar entre los papeles como un jabalí ansioso. Durante
varios días el jabalí retorna cabizbajo a su habitación.
Por fin, al paso de las semanas, llega la respuesta de Louise y
corre escaleras arriba con la carta. Suspira antes de rasgar el papel: ahí
dentro viaja su felicidad o su desgracia. Espera algo bueno o algo malo, un sí
o un no. Sin embargo, lo que recibe lo deja más confuso de lo que estaba: le
habla del tiempo que hace en Biarritz, de un paseo más allá de la playa
excavado en la roca viva donde llegan las olas en los días de temporal, de un
libro de Rimbaud que la está fascinando, de las tertulias que se organizan por
las tardes con vecinos y personas de buenas familias de la zona, de una criada
rumana que explica historias de terror..., pero no hay ni una sola referencia a
su situación sentimental. Y se despide con un neutral: «tuya afectísima».
Y así van pasando los días, esperando cartas que no llegan o que
sólo traen apuntes costumbristas que eluden lo primordial. Las semanas van
construyendo meses y su nerviosismo inicial se va tornando en melancolía. La
flota de barcos de papel ha quedado varada. Los albaranes de Tuileries de
Bourlon nunca han viajado al archivo tan lleno de garabatos y dibujos
distraídos.
Se acerca la Navidad y decide que ha de viajar a Biarritz.
Es ahora o nunca...
Ha de asaltar el castillo para rescatar a la princesa.
Ya sabe que los Vilmorin no son una familia accesible y que si
pregunta si es pertinente que acuda a hacer una visita puede encontrase algún
tipo de reticencia. Así que avisa a Loulou únicamente veinticuatro horas antes
con un telegrama, para que no puedan disuadirlo: «Te echo de menos. Llego
mañana domingo a la hora del té a pasar la tarde contigo. Tonio».
Viaja muchas horas en un tren que lo lleva lentamente desde
París en dirección a los Pirineos Orientales, hasta la estación du Midi, en el
centro de Biarritz. Piensa en lo fácil que habría sido ir volando. Sonríe sólo
de imaginarse el revuelo que armaría si aterrizase de repente en el jardín de
la casa de la abuela Vilmorin. Entorna los ojos y vuela con Louise en la cabina
de delante dejando que el viento alborote su cabello rojo sin dirección
precisa, con esa suavidad acolchada en la que transcurren los sueños.
Un murmullo lo saca de sus pensamientos. En el compartimento de
al lado una mujer se ha sentado con sus cinco hijos. Uno trata de seguir con la
mirada los árboles que pasan.
— ¿Por qué corren los árboles, mamá?
— Ellos no corren. Somos nosotros los que corremos.
— ¡Pero parece que son ellos los que corren! — exclama uno de
sus hermanos.
— Lo parece, sí. Pero nunca hay que fiarse de lo que te digan
los ojos. Si sabemos que los árboles tienen raíces y no pueden moverse del
suelo, es imposible que corran. Si los ojos os dicen que los árboles corren no
hagáis caso a los ojos.
Los niños asienten. Lo comprenden todo.
Tonio sonríe. Esa madre es Einstein. Los físicos han empezado a
darse cuenta ahora en este inicio del siglo XX de lo que siempre han sabido los
poetas y los niños: lo verdaderamente importante no puede verse con los ojos.
Llegará un día en que los físicos, sin saberlo, serán poetas.
Los lugares de veraneo como Biarritz tienen en invierno un aire
amodorrado. Los restaurantes clausurados y las casas de vacaciones con las
persianas echadas contagian una nostalgia de días bulliciosos y brillantes que
se han desvanecido. La casa de la abuela de Louise es una mansión en las
afueras rodeada por una valla enorme de piedra tapizada de hiedra. Le recuerda
un poco a la casa de su infancia. Le encantaría cruzar la verja y penetrar de
nuevo en el jardín enmarañado de Saint-Maurice y volver a tener diez años.
Porque cuando tienes diez años nada es imposible.
La sirvienta joven con cofia blanca que le franquea la entrada
le informa de que lo están esperando. Se pregunta si será la criada que cuenta
historias de terror. En su imaginación había pensado encontrarse a Louise en el
centro del jardín, sola, sentada frente a una mesita de hierro blanca donde
habría una tetera y dos tazas y quizá un ejemplar de la poesía de Rimbaud; al
verlo llegar, levantaría la cabeza y sonreiría de esa manera suya que todo lo
convierte en levedad.
El té, efectivamente, está servido, pero no en el jardín, porque
la tarde es fría, sino en un gran salón con una chimenea apagada y enormes
cuadros de caza atestados de ciervos y caballeros de casacas rojas. Loulou no
está sola. Le parece que hay un gentío: media docena de personas charlan
desenfadadamente. Rimbaud no está. Louise, en el centro, come una galleta
danesa y gesticula aparatosamente mientras lleva el peso de la conversación
animadamente.
Cuando se planta ante la mesa, se interrumpe la charla y ella se
levanta a recibirlo. Le da la impresión de que esas damas y caballeros lo
saludan con escaso entusiasmo, tal vez algo contrariados por haber interrumpido
un agradable momento. Le hacen un sitio cerca de Loulou y todas las miradas se
posan en él.
— ¿Qué tal por París? ¿Algún estreno interesante? — le pregunta
ella.
— Últimamente no salgo mucho...
Ante sus palabras dubitativas, un joven caballero con perilla
impecablemente recortada que se ha presentado con un título que ya no recuerda
se abalanza a hablar con entusiasmo:
— Lo que no podéis dejar de ver es la versión de Los miserables
en el teatro La Pléyade. Es soberbia.
Todos se muestran muy interesados y le piden más detalles. Y él,
sabiéndose el centro de atención, cuenta de manera ingeniosa los pormenores de
la obra y todos celebran mucho sus explicaciones. A Tonio le parece
insufriblemente esnob que para comentar una obra diga que es «soberbia». Mira a
Loulou y ella también mete baza para opinar de tal o cual obra y todos empiezan
a hablar animadamente de sus estrenos predilectos. Está en el medio de la mesa,
pero las palabras y conversaciones se cruzan delante de él sin que sea capaz de
atrapar ninguna. Ninguna soledad es tan acuciante como la que se siente en
medio de la gente. Echa de menos el tren que lo trajo acunándolo desde París,
donde podía acurrucarse en el asiento del compartimento vacío y soñar su
encuentro con Loulou en el jardín.
Ella trata de darle entrada en la conversación preguntándole por
asuntos que podrían interesar a sus amigos: si ha abierto algún nuevo
restaurante, si hay rumores sobre la convocatoria de elecciones municipales, si
conoce detalles del escandaloso divorcio de los duques de Luchon... Pero él
contesta con una parquedad que intenta que sea educada aunque disimula mal su
incomodidad. Las palabras no vienen a su boca, no están, no las encuentra. Lo
que él le querría decir a Loulou es otra cosa, se bajaría la cremallera del
pecho y le enseñaría su corazón ensangrentado, le mostraría cómo late por ella.
Le hablaría de sus sueños. Tal vez también de sus miedos. Pero se siente
atrapado en el cepo de ese salón elegante de personas locuaces y dicharacheras
donde hablar de algo profundo se consideraría una grosería. Por eso permanece
callado: ellos quieren burbujas de champán, pero él sólo puede ofrecerles agua
con sabor a musgo.
El tren de vuelta sale a las siete, un expreso nocturno que lo
dejará con el tiempo justo para ir, a la mañana siguiente, desde la estación a
su oficina sin siquiera pasar por casa. En eso anda pensando, cuando la
conversación deriva hacia el reciente estreno de una obra de Pirandello.
— Fue algo sensacional — apunta la señora sentada en la esquina
del tresillo.
— Sí — la secunda el joven de la perilla— , las obras de
Pirandello son filosofía pura.
Entonces Tonio sale de su ensimismamiento y se levanta
inesperadamente del sofá como un resorte. Tiene las mejillas rojas y al hablar
lo hace a gritos:
— ¡Pirandello practica una metafísica de portera!
Su exclamación colérica produce un silencio inmediato. Los
asistentes observan con prevención a ese individuo grandullón, con la cara
encarnada como una sandía, pero nadie dice nada. Alguno bebe de su taza de té.
Sólo Louise lo mira con cara de profunda desgana. Él espera que alguien le
rebata: no soporta que a los autores teatrales como Pirandello, que considera
hábiles entretenedores, se los ponga al nivel de los literatos que buscan
desentrañar el sentido de la vida.
— ¡Si me hubieran dicho Ibsen! ¡Ése sí es un autor que ha
escrito para hacer entender a la gente lo que no querían entender! Pero
¿Pirandello?
Deja la frase en el aire, nadie la recoge y de nuevo se hace un
silencio embarazoso. No se van a molestar en responder a alguien tan
impertinente. En un té, no es de buena educación llevar la contraria a la gente
de manera drástica ni defender ninguna postura con vehemencia. De repente, de
pie en medio del corro de gente callada sentada en ese salón de sofás capitonés
y alfombras gruesas, se siente ridículo.
— Disculpen mi apasionamiento — susurra mientras vuelve a
sentarse, encogido, mirando de reojo a Louise— . Discúlpenme, por favor. No sé
pasar por encima de las cosas.
Alguna media sonrisa de forzada cortesía es lo único que recibe.
— En realidad, mi tren saldrá en breve. Ya dejo de molestarles.
— Se vuelve hacia Louise— : ¿Me acompañas?
Los dos se levantan y son despedidos por los invitados con un
gesto distante. Salen al jardín y la noche atlántica enfría Biarritz.
Al fin solos. Tenía montones de frases preparadas para decirle,
había repasado en el tren sus argumentos durante horas, quería mostrarse el
hombre más seductor del mundo. Pero ahora se nota de mal humor tras esa tarde
insoportable y está dolido con ella, que no responde a su amor con el mismo
ahínco que él pone. Louise se detiene en el porche y tiene en la cara y en la
voz el frío de la noche.
— ¿A ti qué te pasa? ¿Por qué te comportas de esta manera tan
absurda?
— No me gusta esa gente.
— ¿No te gusta? ¡Son mis amigos! Podrías haber sido más amable.
Es gente de calidad. El conde y la condesa de Montluçon son propietarios de la
industria del acero más importante de la región, el señor Calmette es abogado
del Estado y se rumorea que puede ser próximamente ministro...
— Ministro...
— ¡Sí! ¡Ministro de Justicia!
— ¿Sabes una cosa? Cuando venía en el tren subió una mujer sin
sombrero, rodeada de cinco pequeños. Seguro que no tenía títulos ni
propiedades, pero les estaba enseñando cosas importantísimas a los chiquillos,
y a mí también. La gente de mundo nunca me ha enseñado nada.
— Eres tan intolerante...
— ¡Es verdad que no soy tolerante! ¡La tolerancia me disgusta!
No tengo esa capacidad mundana de tus amigos para tomármelo todo como un juego.
— Estás resultando ciertamente desagradable...
— ¡Soy un tipo desagradable, es verdad! La gente agradable que
hace un par de comentarios superficiales y se cree muy intelectual me saca de
quicio.
— Todo te saca de quicio...
— ¡He venido expresamente de París! He hecho setecientos
kilómetros para verte. Pensé que al menos pasaríamos la tarde tú y yo solos...
— Siento que hayas hecho tantos kilómetros para venir. Pero yo
no te pedí que lo hicieras.
Lo peor de todo es que Louise ni siquiera se lo dice enfadada,
como si en fondo le diera igual lo que hiciera o dejara de hacer. Y eso aún lo
irrita más.
— Creo que teníamos que hablar, ¿no? Tú y yo estábamos
prometidos, ¿o se te había olvidado entre tanta tertulia para ministros?
— ¿Has hecho tantos kilómetros sólo para traer reproches?
Y ella vuelve a mirarlo con esos ojos penetrantes de maga que lo
hipnotizan. Entonces él baja la cabeza, como los niños cuando los regañan. De
repente, la rabia lo abandona. Se da cuenta de que ha metido la pata, una vez
más. Se convierte todo él en un globo pinchado. Su voz se adelgaza.
— ¡Loulou, soy el tipo más ridículo del mundo! Perdóname, por
favor. Lo siento, lo siento, lo siento. No quería resultar impertinente, es que
estos meses alejado de ti han sido muy duros. Un tormento.
Entonces ella lo mira y por primera vez en todo el tiempo que la
conoce, la ve ponerse realmente seria.
— Tú no sabes nada de mi sufrimiento.
— Loulou...
— Nuestra relación ya no es posible.
— Pero ¿por qué?
— Para ti nunca hay nada perfecto si no es exactamente como tú
has pensado que iba a ser.
— ¡Cambiaré! ¡Te lo juro! Me gustará todo, estaré contento
siempre si tú estás conmigo. ¡Amaré a Pirandello!
— No puede ser.
— ¿Por qué no? ¡Yo te quiero con locura!
— No es cierto.
— ¡Pero cómo puedes decir eso! ¡Hasta el último átomo de mi
cuerpo está enamorado de ti!
— No, Tonio, tú no estás enamorado de mí. Estás enamorado de la
Loulou que has creado en tu imaginación. Hace un rato, cuando estaba ahí
sentada conversando y no te hacía caso, notaba que me mirabas con rencor. Yo no
era entonces quien tú querrías que fuese. Pero yo también soy así: me gusta
tener amigos divertidos, hablar de estrenos de teatro y de moda, y de
decoración...
— ¡Me encantarán tus amigos! ¡Déjame regresar ahí dentro y les
pediré disculpas a todos uno por uno! ¡Les haré juegos de cartas!
— Imposible...
— ¡Cambiaré! ¡No me enfadaré nunca, te lo prometo! ¡Seré un
marido ideal!
Entonces Louise se ríe brevemente como si tosiera.
— Pero es que yo no quiero ser una esposa ideal... ¡No puedo
imaginar nada más aburrido!
A Tonio se le cambia el semblante.
— ¿Casarte conmigo te parece aburrido? — le pregunta rabioso.
Ella suspira. Lo mira de arriba abajo, con un hastío nada
disimulado.
— Ahora mismo, me parecería francamente aburrido.
Su tono es cortante, hace daño. El azúcar se ha convertido en
sal. El oro se ha transformado en arena. Él asiente y baja la cabeza. La magia
de Loulou lo hizo parecer un príncipe, pero el hechizo se ha roto y vuelve a
ser el sapo que siempre fue.
Loulou se da media vuelta y regresa al interior de la casa, a su
mundo. Él no sabe ya cuál es el suyo. Piensa que ojalá fuera de verdad un sapo,
al menos podría quedarse en el estanque y la vería pasear por el jardín al
atardecer. Su charca es otra, está hecha de albaranes y tedio en una fábrica de
tejas.
Capítulo 14
Palmira (Siria), 1923
A tres mil metros de altura, penetrar en un bosque de cirros es
mal asunto cuando se transporta un pasaje delicado. Una turbulencia sacude el
avión bruscamente y un quejido de dolor resuena en la parte trasera. Después de
su aventura en el desierto, Mermoz ha sido promovido a sargento y le ha sido
concedido un destino reservado a pilotos curtidos. Ocuparse del avión médico es
un honor y uno de esos retos que son para Mermoz como el aire que respira. Pero
también una responsabilidad. Hay sólo dos médicos para dar servicio a un área
de cientos de kilómetros a la redonda y él es el responsable de llevarlos de
aquí para allá, trasladar a los enfermos que necesitan ser hospitalizados en
Damasco o surtir de medicinas a los pacientes que lo requieran. El trabajo es
agotador, no se acuerda de la última vez que durmió cinco horas seguidas.
Lleva a una mujer arrollada por un camello, con múltiples huesos
rotos y heridas infectadas que requiere ser operada urgentemente. No puede
permitirse nuevas turbulencias y sube por encima de las nubes aunque sea
peligroso y contravenga las ordenanzas. A esa altura la única orientación es la
brújula y pueden producirse desvíos de muchos kilómetros en la ruta que lleven
al extravío. Pero él ha vivido ya tantas horas de vuelo en esos cielos que le
parece reconocerlos y navega con una férrea convicción en dirección noroeste
hasta que superan la zona de inclemencias, desciende y de nuevo aparece bajo
sus pies el suelo ocre de Siria y, algo más adelante, la mancha de color de la
capital.
Aterriza tras haber despegado antes del amanecer y haber
completado entre ida y vuelta casi siete horas de vuelo. En cuanto toca tierra,
se apresuran hacia el aparato los camilleros. Mermoz silba a uno de los
empleados del aeródromo y le hace señas imperiosas para que se acerque con la
manguera del combustible.
— ¿A qué viene tanta prisa?
— Debo regresar para recoger al médico que quedó allí esperando
porque no cabía en el avión. ¿O vas a operar tú a esta señora?
— Pero ¿no tomas ni un té?
— Tomaré gasolina. ¡Vamos, no tengo todo el día!
Cuando regresa de vuelta a su campamento de Palmira con la
misión cumplida, el sol declina. Camina por delante de las tiendas del
campamento como un autómata y siente la cabeza a punto de explotarle. Debería
dormir algo, porque ocho horas más tarde vuelve a entrar de servicio, pero es
jueves. Y su hambre de sexo lo abrasa por dentro. En medio de un dolor de
cabeza se impone la visión de esa mujer que no habla, de la que no sabe el
nombre porque jamás le responde cuando se lo pregunta entre susurros, que le ofrece
su cuerpo desnudo con una prodigiosa mezcla de elegancia y desvergüenza y cruza
sus piernas por detrás de su cintura como una mantis religiosa mientras él la
penetra. La carne oscura, el pelo negro, los ojos como carbones. Después, él
nada un poco y ella se baña despacio frotándose el cuerpo con una esponja de
lana de cabra, y él vuelve a desearla. Su fuego no se apaga con el agua.
Sabe los peligros de colarse reiteradamente en los baños
subterráneos burlando a la guardia del sheij. ¿Acaso no podría suceder que
alguno de esos hombres sintiera la misma tentación y se adentraran hasta el
fondo para acechar a la mujer y descubrieran a un infiel tomando lo que no es
suyo? Él tiene una asombrosa capacidad para medir los riesgos. No ignora el
peligro; simplemente, lo asume. Cree en sus capacidades con una fe ciega que le
da siempre una ventaja sobre el adversario: mientras el otro vacila y se
detiene un momento a dudar, Mermoz ya ha avanzado tres pasos.
Pese a la fatiga y el dolor de cabeza, se va hasta el
promontorio lateral desde el que domina la entrada del recinto de los baños
para observar si la guardia está situada donde acostumbra. Y sí, allí están los
cuatro beduinos armados. Sabe que pronto será la hora de rezar. La valentía
requiere prudencia. Cuando los cuatro se vuelven hacia La Meca, él aprovecha
para dar un rodeo y escabullirse hasta su madriguera. Baja con viveza los
escalones de piedra y hasta el dolor de cabeza ha quedado olvidado. El chapoteo
del agua que llega hasta sus oídos levanta en su interior olas de calor al
anticiparle la tersura de su cuerpo. Echa un vistazo por una de las rendijas
para asegurarse de que está sola y la ve sumergirse en el agua oscura al
contraluz de las antorchas.
Llega hasta abajo y se planta en el borde de la piscina con una
mirada sedienta que lo dice todo. La mujer detiene su baño y levanta la cabeza.
Sólo entonces se da cuenta: no es su amante misteriosa, es otra mujer con los
ojos más redondos y el cabello más corto. No le importa. Sonríe de la manera
más seductora. Ella lo mira, pero no sonríe. Empieza a chillar de manera
histérica. Grita pidiendo socorro y su voz se amplifica en la cavidad de piedra
hasta convertirse en ensordecedora.
Mermoz deja de sonreír. Hace gestos con la mano para que se
calle, pero ya es tarde, no hay ademanes que valgan. Tiene veinte segundos
antes de que los guardias se planten allá abajo. Y necesita el doble para
llegar hasta la bifurcación que lleva al túnel donde tiene su entrada
clandestina.
La reacción instintiva sería salir zumbando desesperadamente
hacia arriba; en cambio, él enfila los escalones sin apresurarse, como si
correr fuese poco elegante. Ha tardado un segundo en tomar una decisión: correr
desaforadamente no le serviría para alcanzar la salida secreta y lo que
propiciaría es que se encontrase de cara a los cuatro guardias. Él cuenta con
una ventaja: sabe lo que hay y ellos no. Pueden pensar que la mujer ha gritado
porque se ha torcido un pie al salir del agua o ha visto una serpiente. Bajarán
deprisa, pero sin especiales precauciones, al menos no con la certeza de
enfrentarse a un intruso. No se esperarán que detrás de un recodo de la
escalera pueda haber un francés agazapado.
Ya oye el trote de los hombres. Bajan corriendo, al menos dos de
ellos, tal vez tres. Se pega a la pared tras el recodo y se prepara para
recibirlos. El primero gira la esquina a toda velocidad y a Mermoz le basta con
hacerle una fuerte zancadilla para que caiga rodando por los verticales
escalones de piedra. El segundo frena un poco al oír caer a su amigo, pero
tampoco espera que haya alguien pegado a la pared. Mermoz aprovecha ese
instante de sorpresa para arrancarle el rifle de las manos con un enérgico tirón.
El otro se queda parado sin saber qué hacer y Mermoz le asesta un culatazo y
cae también rodando justo cuando llega el tercero, que trata de levantar el
fusil, pero Mermoz ya le está apuntando con el suyo y no le da opción. El
bereber deja el arma en el suelo. Sin dejar de encañonarlo, Mermoz le indica
con un gesto imperioso que pase delante de él y baje un par de escalones. Se
coloca tras él, le asesta una patada en el culo y también cae rodando. Ve cómo
el primero que cayó sube sangrando por una ceja y cojeando dificultosamente con
un cuchillo en la mano. Pero ahora la ventaja es suya. Echa a correr escaleras
arriba y se pierde de su vista tras el recodo. Alcanza el pasillo del atajo y
llega hasta el agujero del túnel de entrada clandestina. Gatea sin hacer ruido
y al poco sale a la superficie. Lanza el rifle lo más lejos posible y echa a
correr hacia el campamento.
Llega con el corazón batiéndole como una biela enloquecida y
siente cómo el dolor de cabeza se hace más agudo. Se ha jugado el tipo para
nada y encima le quedan unas pocas horas para entrar de servicio y realizar un
traslado de medicinas urgente a la otra punta del país. Está de muy mal humor.
Entra en la tienda y los tapices morunos se le antojan grotescos. Demasiado
nervioso para dormir, apenas logra descabezar un par de horas de sueño y, al
despertar, se siente hastiado y sin energías.
Se echa mano al bolsillo del pantalón y saca una bolsita que
compró en el zoco de Damasco con el dinero que ganó en una partida de póquer
clandestina. El polvo blanco. Últimamente ha vuelto a utilizarlo como revulsivo
para superar los momentos bajos. Sabe que tal vez sea la cocaína la que hace
que tenga esos bajones de ánimo y se deprima más de la cuenta, pero es también
la que le hace seguir el ritmo. Le espera un día muy intenso y no tiene fuerzas
para afrontarlo. Así que se sirve un tiro largo y esnifa hasta aspirar la
última molécula.
Después de desayunar cuatro huevos revueltos y una barra de pan,
se siente eufórico.
— ¡Vamos, vamos, vamos! — grita a los mecánicos— . Hay una
misión que cumplir.
Al anochecer, de regreso al aeródromo, nota un temblor excesivo
al tomar la palanca para virar en dirección sureste. Mira el régimen del motor
y las revoluciones se mantienen constantes. Aparta la mano del comando y se da
cuenta de que no son los cuernos, sino su mano la que tiembla. La pone
horizontal y tirita.
Las ochenta millas que le quedan hasta la base se le hacen
eternas: trata de detener el movimiento nervioso, pero no puede. Al descender
para el aterrizaje lo hace con cierta brusquedad y el avión da un bandazo en el
aire. Grita un juramento y se siente rabioso. Odia cometer errores. Y esas
manos temblorosas lo convierten en un piloto fallón.
Uno de los asistentes de tierra acude a bromear con él. No
escoge un buen momento.
— ¿Es que no tenéis trabajo? ¡Ocupaos de lo vuestro!
Sus compañeros del aeródromo se quedan extrañados porque suele
ser siempre divertido y dicharachero. Él mismo se da cuenta de su actitud
huraña y aún se siente más frustrado. Se encierra en su tienda y pone la mano
plana: tiembla. Estampa un manotazo contra una mesita baja de madera y la
parte. La mano le arde del golpe, pero sigue temblando obstinadamente. Rebusca
en el interior de un jarrón de barro cocido y saca de su escondrijo la bolsa de
cocaína que aún contiene una ración generosa.
Sale del perímetro del campamento, saludando desganadamente al
pasar por el cuerpo de guardia. A unos cuantos pasos, se lo traga el desierto.
Desciende una duna y, una vez fuera de la vista de los centinelas, toma el
saquete y lo lanza con todas sus fuerzas, lo más lejos posible. Lo que lanza no
es un paquete de droga. Lo que en realidad arroja lejos de sí es la flaqueza.
La debilidad es algo que no soporta, ni en los demás ni en sí mismo.
Mira la luna, que ya ha salido en ese atardecer que se extiende
más allá de lo que alcanza su mirada y asiente satisfecho. Respira hondo el
aire refrescado por la noche.
Vuelve al campamento y se encierra en la tienda. Mira su mano
derecha, que crepita y sangra levemente. Se acurruca en el catre y, cosa rara
en él, siente frío. Duerme unas horas, pero pronto se desvela. Una ansiedad lo
agita bruscamente y nota en su interior una desagradable sensación de vértigo,
como si se hubiera abierto en alguna parte de su cuerpo un abismo sin fondo.
Siente que se le hiela todo por dentro, que la cama se agita como si durmiera
en el camarote de un barco azotado por una tempestad y se agarra a los bordes
de la colchoneta. Sigue sobre la cama, pero tiene la sensación de estar cayendo
y ha de contener el impulso de gritar: el síndrome de abstinencia lo absorbe
violentamente con sus giros de vórtice hacia un sumidero por donde se escurre la
cordura.
Con las primeras luces del amanecer, se levanta de la cama y se
viste precipitadamente. No lo resiste más. Ante la mirada perpleja del
centinela de puerta, sale del campamento en dirección al desierto. Le parece
que la duna es la primera de la izquierda, aunque en el desierto todo es
contingente, el viento lo cambia todo de sitio. Calcula el lugar donde lanzó la
bolsa y lo rastrea, el temblor lo apremia y se agacha para buscar. Camina a
gatas sobre la arena hundiendo las manos para sacarlas vacías una y otra vez.
Cuando el viento sopla un poco más, se detiene un momento, sudoroso y jadeante.
Aprieta los dientes, que crujen por la arena que ha tragado, y por un momento
ve su propia sombra. Podría ser la sombra de un animal que husmeara en el
suelo. Golpea el suelo blando con furia.
— ¿Qué hago aquí, a cuatro patas como un perro? Peor que un
perro...
Estira una mano y la pone plana. Es una hoja agitada por una
tempestad. Es el tronco podrido del Sena que se llevaba la corriente. Y eso no,
eso sí que no. Se levanta y, al fin, grita. Grita con toda la fuerza de su
garganta. Es un grito sin palabras precisas, pero en él está todo escrito: el
estrés de las últimas semanas, el orgullo de ser piloto, los miedos que siempre
ha tratado de mantener a raya, la frustración de verse convertido en un
monigote por la cocaína. El simún se lleva ese chillido interminable. Después,
se queda un poco más tranquilo y por fin siente el agotamiento, un cansancio
bendito después de las horas de agitación, angustia y ansiedad.
Recuerda la mirada sucia del individuo siniestro del callejón
del gato que le vendía polvo en Istres. Una noche, Mermoz le dijo que era la
última vez y el tipo se rio escupiendo perdigones de saliva: le contestó que
todos volvían. Él no.
— ¡No voy a volver, maldito hijo de puta!
Nunca más se arrastrará por el suelo. Ni por una bolsa de droga
ni por nada ni por nadie.
Jamás...
Aprieta los puños y su propia rabia se impone al frío y al
vértigo. Camina de vuelta al cuartel. El centinela lo ve llegar sucio y
rebozado de tierra, pero hay en su manera erguida de caminar y en su cuello
estirado tal dignidad que no osa hacerle ningún comentario más allá de
cuadrarse y saludarlo marcialmente. Mermoz le devuelve el saludo militar y se
va con paso resuelto hasta su tienda.
Va murmurando mientras aprieta los dientes.
Conmigo no podrán...
Se tumba en la cama y empieza a sudar. El temblor se le contagia
al cuerpo entero y el camastro entero tiembla. Un compañero que entra en el
dormitorio se alarma al ver cómo se agita con convulsiones violentas y va a
buscar a uno de los doctores. El capitán médico cree que es epilepsia y le
inyecta una cantidad de calmantes suficiente para dormir a un ejército.
Cuando se despierta a la mañana siguiente siente dentro del
cerebro un pulpo que le estruja la cabeza con sus ventosas gelatinosas. Todas
las células de su cuerpo le piden enloquecidas su ración de cocaína, es como si
todo su organismo se hubiera rebelado contra él y le chillase hasta
ensordecerlo. Podría haber pedido un ingreso hospitalario, pero prefiere
combatir el síndrome de abstinencia trabajando esos días el doble, jugando tres
veces más al póquer, vaciando algunas botellas de vino y acudiendo a los más
afanados tugurios de vida alegre de Damasco para fumar narguile y echar el lazo
a cuantas chicas se pongan a tiro, que no son pocas, porque a muchas las
fascina un aviador con cuerpo de atleta. Una cristiana maronita que trabaja en
un café-concierto cerca del zoco lo bautiza como «el ángel rubio».
Una noche regresa al cuartel después de un servicio de
transporte en su avión hospitalario de varios cientos de millas y de una tarde
de desenfreno en Damasco. En cuanto se avisa en cocina que regresa de misión el
sargento Mermoz, le preparan media docena de huevos revueltos con una barra
entera de pan. Sin embargo, para extrañeza de todos, les dice que está fatigado
y no tiene apetito, que se va directamente a dormir. No llega a la tienda. Cae
redondo en la puerta del barracón de recambios. No se despierta hasta dos días
después, en el hospital de campaña. Ha sufrido un colapso y ha estado a las
puertas de la muerte.
Le faltan ocho meses para terminar sus obligaciones con el
ejército y el alto mando decide repatriarlo a Francia, para que termine de
manera más tranquila su servicio militar, con la intención de que descanse
antes de reengancharse en el ejército. Pocas veces se podía contar con un
piloto de las capacidades extraordinarias de Mermoz.
Capítulo 15
Fábrica Tuileries de Bourlon (París), 1924
Tonio traza la pequeña hoja puntiaguda del casco prusiano del
barón de Münchhausen, subido encima de una bala gigante agarrado con unas
riendas como si fuera un caballo. Le pinta la nariz y las altas botas negras de
media caña. Cuando pasa cerca el señor Charron, disimula la hoja debajo de los
libros de caja. A ratos también cursa las facturas y albaranes y anota en los
libros y con eso basta para que lo dejen en paz.
A veces, alza la cabeza y mira por la ventana que da a otra
ventana de otro edificio donde otra cabeza se alza desde una mesa y mira.
¿Ventana o espejo?
Al día siguiente de su torpe excursión a Biarritz, le escribió
una carta larguísima a Loulou. Pasó la noche entera escribiéndola. Le explicaba
todo: lo importante que ella era, le detallaba los buenos momentos que habían
pasado juntos, le hacía todo tipo de promesas de felicidad, incluso de riqueza,
porque la buena fortuna siempre iba a estar de su parte, o eso quería creer.
Salió al amanecer de casa de su tía y esperó a que la oficina de correos
abriese para que su carta fuera la primera en ser despachada. Cuando iba camino
del trabajo, ya se estaba arrepintiendo del contenido: demasiado larga,
demasiado afectada, demasiado parecida a un sermón. Al día siguiente, el mismo
funcionario de correos con sus manguitos volvió a ver al mismo joven alto y
desgarbado que traía otra carta. Durante tres días seguidos estuvo llevando
distintas cartas al correo y cada una quería rectificar de alguna manera la
anterior.
Loulou se demoró bastantes días en contestar y respondió a las
tres en una sola. Por su tamaño, más que una carta era una nota.
Tras un encabezamiento donde le decía «Estimado Tonio», con una
cortesía distante, le explicaba que apreciaba mucho sus palabras, pero que su
compromiso había quedado «cancelado definitivamente». Después seguía diciendo
que «naturalmente, le agradaría que pudieran continuar siendo amigos».
Esas palabras, compromiso cancelado, le daban vueltas por la
cabeza como un tiovivo. No parecía la manera de hablar de Loulou. Quizá se la
hubiera redactado su hermano mayor, que era notario. Él había enviado cartas de
amor y le respondían con una instancia. Veía la mano de la familia Vilmorin, a
esa madre que siempre lo miró por encima del hombro y a esos hermanos mayores
que eran como una legión romana.
¿Y qué era eso de «ser amigos»? ¡Una calderilla!
Trata de alejar de su pensamiento sus ojos verdes, pero es como
borrar con la mano el reflejo de un rostro en el agua. Afloran las imágenes de
su viaje a Ginebra, con la señora Petermann de carabina, cuando los dos
escribían cartas muy locas, mano a mano, y se inventaban poesías arrebatadas.
Se pregunta cómo puede ser tan volátil el amor. ¿Volátil? A él le pesa
toneladas.
Sale de la oficina y se demora en el retorno a la casa de su tía
Yvonne, en el quai Malaquais. Nadie lo espera en ninguna parte. Como otras
tardes, prefiere pasar de largo el puente del Carrusel, demasiado transitado, y
cruzar el río por el de las Artes. Le parece un nombre demasiado pomposo para
ese puente tan frágil, más bien una pasarela de suelo de madera un poco
temblorosa.
Un pintor vende acuarelas con una visión acuosa del río. Es un
hombre de barba canosa muy tupida que le desea buenas tardes con una sonrisa a
la que le falta la mitad de los dientes. Siempre son los mismos cuadros, una
tarde tras otra, una semana tras otra. Hay varios que muestran perspectivas del
Sena algo borrosas, bodegones con limones que se han caído del frutero y
jardines enmarañados por un follaje opresivo.
— ¿Cómo va hoy la venta?
— Estable.
Tonio sonríe. Ojea los cuadros. Le gustan los pintores: conocen
el secreto, atrapan la luz.
— ¿Cuánto cuestan?
— Ochenta francos.
— Le pagaré cien.
El pintor se encoge de hombros.
— Éste es el país de la libertad.
Tonio se fija en uno de esos jardines de aspecto invernal. La
acuarela hace que las flores estén mojadas y tengan frío. Sobre los macizos de
margaritas sobresale un rosal con una rosa alta y espigada, que trata en vano
de reinar sobre la tristeza.
— Quiero el de la rosa.
— ¿Cuál?
Lo señala.
— ¡Ah! ¡El jardín de las margaritas!
— ¿Por qué lo llama «El jardín de las margaritas»?
El pintor lo mira con aire intrigado.
— ¿Cómo que por qué lo llamo «El jardín de las margaritas»?
¿Acaso no ve que es un jardín lleno de margaritas por todas partes?
— Pero hay una rosa...
El pintor vuelve a mirar el cuadro y lo estudia como si lo viera
por primera vez.
— ¡Ah, sí...! Hay una rosa. — Y al decirlo se encoge de hombros.
Le parece un detalle irrelevante.
— Resérvemelo y se lo pagaré a primero de mes.
— Lléveselo. Ya me lo pagará cuando pueda.
— ¡No! No puede ser. Es un cuadro valioso.
El pintor mueve su cabeza de greñas sucias.
— El cuadro no vale nada. Sólo es una tela con algo de pintura
barata. Es su manera de mirarlo la que lo hace valioso.
Tonio asiente. Los pintores saben. Se va con el cuadro bajo el
brazo para regalárselo a su tía y antes de llegar al final de la pasarela, se
detiene como si tuviera que consultar un mapa para saber cuál es el camino. A
un lado del Sena, en el edificio un poco vaticano con su cúpula solemne, está
el Instituto de Francia, donde se ubica la Academia Francesa. En la orilla
derecha, el Louvre. Y al fondo, surgiendo por encima de los edificios, la
jirafa metálica diseñada por Eiffel.
Un grupo de niños que cruza el puente saltando alegremente hace
que vibre toda la estructura y siente en sus pies un leve hormigueo. El temblor
que nota en sus piernas es el mismo que sentía a bordo de un avión, un
cosquilleo que se transmitía a través de la madera y el hierro. Suspira. Eran
otros tiempos, la vida temblaba.
En esos meses, las reuniones en los cafés y las brasseries de
siempre con sus amigos le han resultado insoportablemente largas y grises. Se
ve a sí mismo en encuentros ruidosos y formalmente alegres, en los que las
cerillas están mojadas. El champán es agua de estanque. Al desaparecer Loulou
de su vida siente que la función se ha terminado y las luces se han apagado.
Lleva en el estómago un teatro vacío.
Él, que siempre andaba garabateando versos en servilletas de
papel, pensó que ahora podría encontrar en la poesía un refugio. Al fin y al
cabo, la pena y los amores contrariados siempre han sido ingredientes jugosos
para la cazuela del poeta. Cuando regresó de su encuentro con Louise en
Biarritz, volvió a sentarse en su pequeño escritorio durante horas tratando de
hilar versos, pero la mano se le quedaba muerta y la pluma estilográfica
bombeaba charcos de petróleo sobre la hoja. Desde hace semanas, todos los
libros de poesía le parecen de un romanticismo de bisutería. No los soporta. Lo
que exhiben es una mercancía de palabras huecas. Le parece que la suya es una
pasión en formol, como de un depósito de cadáveres.
Ha decidido que no va a escribir más poemas. Nunca más. Está
harto de los poetas. Todo le suena burdo y gastado.
¡No se puede ser profesional de la belleza como se es del ramo
de la zapatería!
Empieza a escribir en prosa. La poesía describe el momento. La
prosa, lo construye.
Él ha levantado un hangar en el pequeño escritorio de su
habitación. Ha vuelto a despegar sobre unas cuartillas en las que escribe con
la punta de la pluma estilográfica al revés junto a una taza de té muy caliente
que alza nubes de vapor como las que atravesaba a tres mil metros de altitud.
Repasa cada día los anuncios clasificados del periódico. Se
buscan electricistas, comadronas, mozos de almacén, agrimensores, contables,
afinadores de pianos..., pero nunca se precisan pilotos. La aviación no es una
industria, únicamente un atrevimiento de algunos empresarios temerarios. De vez
en cuando se informa en el diario de la muerte de alguno de esos locos
empeñados en volar con aparatos de hojalata.
Un día encuentra una oferta de la empresa de camiones Saurer en
la que se requieren representantes para viajar por el interior del país. La
idea de volver a la Francia rural le lleva a la casa de Saint-Maurice de su
infancia, un lugar donde al atardecer olía a tierra mojada y a leña quemada.
Cuando le ha comunicado su marcha al jefe de contabilidad, el
señor Charron se ha echado las manos a la cabeza.
— ¡Pero, hombre de Dios! ¿Se va a ir a vender camiones a
comisión por villorrios de mala muerte? ¡Piénseselo bien! Aquí tiene la
oportunidad de tener un sueldo asegurado en una empresa solvente y trabajar en
una oficina donde nunca pasará frío en invierno ni calor en verano ni se mojará
si llueve.
— Señor Charron, le agradezco mucho su preocupación, pero es que
yo lo que quiero es mojarme cuando llueva.
Capítulo 16
1er Regimiento de Aviación de Caza de Thionville (Francia), 1923
El acuartelamiento de Thionville, muy cerca de la frontera con
Alemania, es el nuevo destino de Mermoz. Llega de Palmira con un petate lleno
de experiencias que lo hacen sentirse seguro de sí mismo y con los galones de
sargento. Nada más llegar al cuartel, va a presentar su documentación. Saluda
al capitán de la compañía llevándose la mano a la gorra de manera poco
enfática, tal y como hacían en Palmira, donde las jerarquías no se tomaban muy
a pecho. El capitán lo observa con mirada severa de arriba abajo.
Mermoz lleva un pañuelo amarillo alrededor del cuello, una capa
blanca oriental al modo de las tropas destacadas en el desierto y unas botas
militares anteriores a la Gran Guerra con herrajes dorados que le ganó a un
teniente en una partida de cartas. También se le descuelga por debajo de la
gorra una larga melena rubia. El capitán mueve la cabeza con un gesto de
contrariedad.
— ¿De qué se supone que va vestido?
Le ordenan pasar directamente por barbería y vestuarios y
presentarse más tarde «de manera reglamentaria». Mermoz ha creído que sería
recibido en el cuartel como un héroe de guerra, que lo invitarían a sentarse en
la cantina de oficiales a relatar sus aventuras, pero lo reciben con una
burocrática indiferencia.
Se presenta en su destino en el 1er Regimiento de Aviación de
Caza. Algunos compañeros lo saludan rutinariamente, pero otros se acercan hasta
él con curiosidad e incluso con devoción algo torpona.
— ¿Ha matado usted a muchos salvajes?
— ¿Es verdad que en Siria los soldados tutean a los oficiales y
hasta se van juntos de juerga?
— ¿Hay beduinos caníbales que se comen a los aviadores que
capturan?
Mermoz no está de humor para preguntas estúpidas de unos pilotos
que le parecen niños de teta arropados en la madre Francia, dedicados a sus
rutinarios vuelos semanales de turista.
— Pedid un traslado y sabréis lo que hay — les responde,
cortante.
El grupo de pilotos se deshace entre murmullos de decepción.
Niega con la cabeza. Él acumula casi seiscientas horas de vuelo;
ni aun sumando las horas de toda la escuadrilla junta lo alcanzarían.
Uno de los pilotos se ha quedado. Tiene cara de tendero, con sus
mofletes y su rostro corriente.
— Disculpe, sargento. Quería preguntarle qué tal se comporta el
nuevo Nieuport 29 en esas condiciones extremas.
— ¿Es que no tienen nada que hacer? — le responde destemplado
Mermoz.
El cabo primero murmura una disculpa y se retira. Lo irrita ese
enjambre de pilotos de tierra que no ha vivido una tormenta de arena en el
aire, que no ha visto morir pasajeros en su cabina ni sabe lo que es tener la
lengua tan hinchada por la sed que ya no cabe en la boca.
El comandante de la escuadrilla, un capitán joven recién salido
de la academia, le informa de que ese día se va a realizar un ejercicio de
vuelo en formación, el único de esa semana.
— Usted, sargento, será el líder. Todos tendrán que seguir su
trazada. Quiero que vayan y vengan hasta el cerro del norte a diez kilómetros
realizando grandes zigzags. Hágales alguna escora para que se espabilen en
seguirle.
— A la orden, capitán.
Se dirige sonriendo al Nieuport 28, un elegante biplano gris
acero con un fuselaje esbelto del que sobresalen dos ametralladoras
incorporadas en la parte delantera. El modelo 29 que él manejó en Siria todavía
no está disponible aquí. Se coloca el casco y se le dibuja una amplia sonrisa.
Estos pilotos domingueros hoy van a aprender alguna cosa.
Despegan siete aparatos, con Mermoz a la cabeza. Primero deja
que todos se sitúen en formación. Ve que eso lo saben hacer bien y todos se
mantienen equidistantes en el aire.
Todos juntitos, muy bien. Para rebaño, sirven. Vamos a ver si
también valen para pilotos...
Mermoz da gas a fondo y su Nieuport sale disparado, a la vez que
inicia una curva para trazar el primer zigzag muy cerrado. Realiza un eslalon
en el aire que descompone toda la formación visiblemente. Al menos tres de los
aparatos se han abierto demasiado en los quiebros y han perdido unos segundos,
que los hace ahora quedarse rezagados. Mermoz no baja el ritmo. Llega hasta el
cerro y pisa el pedal para virar hasta poner el avión horizontal para dar la
vuelta acrobáticamente. Se ríe. Ya sabe que cuando vuelva a estabilizar el
avión se habrá quedado solo. Cinco aparatos se han quedado atrás, retrasados y
descolocados, tratando de seguir su estela sin conseguirlo.
Al mirar a su izquierda, ve que un aparato lo ha seguido en la
virada.
Queda uno... por poco tiempo.
Hace la siguiente doble guiñada a toda velocidad, a la vez que
desciende. El otro Nieuport lo sigue. Estira de la palanca de comando hacia él
y asciende de golpe varios cientos de metros y se deja caer de improviso en
picado. Mientras cae, ve con el rabillo del ojo cómo el otro avión cae a su
lado manteniendo la distancia.
En el aeródromo se empieza a arremolinar gente que señala al
cielo. Los dos aviones celebran un duelo en el aire. El líder trata de
despegarse del segundo aparato y el otro lo sigue milimétricamente,
reaccionando con rapidez a las bruscas guiñadas y manteniéndose en formación de
a dos impecablemente.
Mermoz empieza a sudar. Su intención de despegarse de los demás
aparatos ya ha quedado clara. Si no deja atrás a ese novato, va a quedar en mal
lugar. Así que el siguiente zigzag lo hace abriéndose mucho, bajando velocidad
y, de repente, mete gas a fondo y cae a la izquierda. El otro avión llega a
completar la virada incluso antes que él.
¡Es como si me adivinara el pensamiento!
Hace dos picados y otro zigzag en ascenso, y el segundo Nieuport
lo sigue con precisión y elegancia. Ha consumido hace rato el tiempo de la
prueba, así que aterriza. En cuanto para el motor, desciende para ver llegar al
segundo Nieuport. Toma tierra con absoluta suavidad en medio de los aplausos de
los numerosos soldados congregados. Mermoz se siente herido en su orgullo, pero
lo primero que hace es dirigirse al avión que tan bien lo ha seguido. Espera a
que el piloto descienda y se quite el casco. Resulta ser el cabo primero de
rostro anodino al que antes dio un desplante.
— Ha estado magnífico. Permítame que lo felicite.
— Gracias, sargento.
— ¡Nada de sargento! Me llamo Jean Mermoz.
— Encantado. Yo soy Henri Guillaumet.
— Por cierto, Henri, sobre lo que me preguntaste del Nieuport 29
en Siria. Funcionaban de maravilla. El motor de trescientos caballos le dobla
la potencia a estos Nieuport 28. El fuselaje es más aerodinámico y el manejo,
mucho más suave. Te encantaría. Cuando pruebas un purasangre como el 29 todo lo
demás te parecen mulas.
— ¡Ojalá nos traigan pronto alguna unidad a Thionville!
Mermoz lamenta haber juzgado precipitadamente a su compañero.
Cuando aterriza el resto de los aviones, les da la mano uno por uno a los
pilotos y los felicita por su esfuerzo.
— ¡Estáis todos invitados a una cerveza en la cantina por cuenta
de un estúpido sargento!
Cuando camina hacia el hangar, le sale al paso el capitán.
— Capitán... ya sé que quizá me excedí allá arriba. Ya sabe, uno
se va animando...
El oficial lo mira impertérrito.
— No volverá a ocurrir, capitán.
— Eso espero. Esto no es el circo romano. — Pero, finalmente, el
jefe de la escuadrilla se echa a reír— . Sin embargo, un poco de diversión no
le viene mal a la gente de vez en cuando.
El oficial se marcha y Mermoz suspira aliviado.
Cuando se dirige a la cantina, alguien viene caminando deprisa a
sus espaldas.
— ¡Deténgase! ¡Es una orden!
El tono crispado, la voz rajada. Cierra los ojos maldiciendo su
suerte porque antes de volverse ya sabe a quién va a ver: el rostro moreno, el
bigote fino como pintado a carboncillo, los ojos negros rabiosos.
— Pelletier...
— ¡Cuádrese ante un oficial, imbécil!
Mermoz se fija en sus galones de teniente recién estrenados y se
cuadra de mala gana.
— ¡Sabía que debías ser tú! Lo que has hecho ahí arriba es
suficiente para llevarte ante un consejo de guerra. ¿Crees que puedes poner en
peligro la vida de los soldados y el material del ejército? ¿Qué pretendías
demostrar? ¿Tu absoluta estupidez?
Mermoz guarda silencio.
— ¿Te ha arrestado el capitán de la escuadrilla?
— No.
— ¡Querrás decir: no, teniente! Voy a dar parte de tu actuación
irresponsable y también de tu desacato hacia un superior.
Pocas veces Mermoz ha sentido tantas ganas de estrujar a
alguien, hacer con él una bola de papel y lanzarlo a la basura. Se muerde el
labio para no saltar sobre Pelletier, que se marcha moviendo la cabeza con una
profunda irritación.
En la cantina pide tres jarras de cerveza para él solo y se las
toma en tres tragos. La mitad de los pilotos de la escuadrilla no ha aceptado
la invitación, seguramente molestos por la manera en que los ha dejado en
evidencia ese sargento recién llegado. Los otros pilotos lo observan algo
amedrentados, excepto el cabo primero Guillaumet, que toma su cerveza a sorbos
muy cortos, como si bebiera té. Algunos compañeros felicitan por su vuelo al
cabo primero de aspecto apacible, pero él asiente con la cabeza sin darle mayor
importancia ni inmutarse.
— Guillaumet, ¿cómo hiciste para no perder la trazada del
sargento? — le pregunta uno, que mira de reojo a Mermoz deseoso de destacar la
victoria de su compañero sobre el suboficial recién llegado con tantos humos.
Mermoz sabe que es justo aguantar la euforia de esos pilotos
domésticos, que se sienten reivindicados por ese Guillaumet. Antes de
contestar, Guillaumet entorna los ojos un momento como si se fuera a quedar
dormido y responde con su voz baja:
— Lo que yo hice es fácil, no tiene mérito. Lo difícil es lo que
hacía el sargento. Él tenía que pensar cada movimiento, inventárselo sobre la
marcha y pilotar a la vez. Yo sólo tenía que imitarlo.
Mermoz, que ya se estaba bebiendo la cuarta jarra, detiene el
gesto y lo mira con curiosidad. Primero, le ha dado una lección de pilotaje.
Ahora le da una lección de humildad. Piensa que tal vez lo ha subestimado.
— Propongo un brindis por el cabo primero Guillaumet — alza la
jarra Mermoz. Todos se suman con entusiasmo y Guillaumet choca su jarra, casi
entera aún, con una sonrisa tímida.
* * * *
Mermoz ya no recordaba el frío del norte de Francia. Thionville
es una ciudad donde las gruesas murallas del siglo XV, que han contenido en
épocas diferentes a franceses o alemanes en una disputa centenaria por esa
región de Alsacia, no son capaces de detener la invasión del viento polar. Ha
salido de paseo con Guillaumet y otro cabo primero de la escuadrilla llamado
Garnet. En la plaza del mercado se cruzan con numerosos militares que deambulan
con sus abrigos grises. Él oculta con una bufanda sus galones de sargento para
evitarles a los jóvenes soldados la obligación de tener que saludarlo
militarmente cada vez que se cruzan con él. Hay jóvenes muchachas que van en
grupos de dos o tres, los miran de reojo al pasar y después sueltan unas
risitas. En ese momento, cruza delante de ellos un militar acompañado de una
mujer de cabello rubio rizado.
— Atentos, es el teniente Pelletier.
Los tres se cuadran al pasar por delante de él y el teniente
alza la barbilla con arrogancia mientras la mujer, no tan joven como quiere
aparentar, pero con unas curvas que se ocupa de remarcar con un contoneo
pícaro, parece divertirse con la pantomima de los saludos. Mermoz clava los
ojos con descaro en sus senos generosos, Pelletier parece no percatarse y ella
lo mira con coquetería.
— Larguémonos de esta plaza, hay demasiados pavos paseándose.
Se adentran por calles menos concurridas y, al poco, ven una luz
que sale de un portal y se acercan. Es un cafetucho bastante ruidoso, donde lo
que se toma es vino en vaso corto y anís en copa pequeña. Mermoz pide una
botella de vino para los tres, pero, con su sed de náufrago, ya se ha bebido
tres vasos cuando a los otros dos apenas les ha dado tiempo de empezar con el
suyo. Se vuelve hacia un grupo de hombres acodados a la barra y de manera
desenfadada les pregunta dónde se puede conocer en Thionville a chicas
decentes, pero sin exagerar. Allí sólo saben darle razón de los burdeles
locales. Él dice que no con la cabeza y se vuelve hacia sus camaradas.
— Pagar por el sexo es como comer lechuga. No te llena.
Uno de los parroquianos, con más anís que sangre en las venas,
se siente ofendido por su comentario.
— ¿Quién te has creído que eres tú para venir aquí a hablar de
la decencia de las chicas de Thionville, fanfarrón?
Mermoz se peina para atrás el cabello ondulado, bastante largo
para un militar. El parroquiano lo reta con unos ojos vidriosos. Como ve que
Mermoz no replica, se envalentona.
— ¿Qué pasa, grandullón? ¿Se te ha comido la lengua el gato? ¿Te
ha entrado ahora el canguelo? Sal afuera, si te atreves.
El hombre se va hasta la puerta. Guillaumet y Garnet se
revuelven en sus asientos, pero Mermoz les pone una manaza a cada uno en el
hombro y los sienta de golpe. A falta de un buen revolcón, siempre viene bien
una buena pelea.
— Esperadme aquí. Volveré en un minuto.
Va afuera y los dos cabos primeros se miran el uno al otro. No
saben si quedarse en el bar como les ha dicho o ir a ver qué pasa. Varios
clientes salen. Guillaumet y Garnet se bajan rápidamente del taburete y se van
hasta la puerta, pero no les da tiempo siquiera de llegar. Mermoz ya está de
vuelta con la misma sonrisa guasona con la que se fue. Al otro lado de la
calle, ven sobresalir del cubo de la basura las piernas del tipo que lo había
retado, que patalea infructuosamente en el aire tratando de salir.
Al llegar a la barra se dirige al propietario:
— Cóbreme el vino nuestro y lo que haya tomado mi nuevo amigo. —
Y señala con un gesto de cabeza hacia la calle.
Aún les queda una hora hasta el toque de retreta en el cuartel.
Garnet los conduce hasta un baile algo tronado. En la puerta, un hombre mayor
vestido con un esmoquin un poco usado les franquea la entrada. Una pequeña
orquesta de cuatro músicos toca algo que parece una polca. La pista está casi
vacía, pero junto al bar se arremolinan grupos de muchachas y chicos jóvenes,
la mitad de ellos militares. La experta mirada de Mermoz barre meticulosamente
el local, hasta que da con algo que le llama la atención. Al fondo hay una
mujer sola, de poco más de treinta años. Lleva un vestido azul oscuro por la
rodilla rematado con flecos, un collar de perlas de fantasía y bebe menta con
agua en un vaso largo. Hay algo en ella que le resulta familiar: el pelo rubio
rizado, los tacones altos, el pecho llamativo... Mermoz sonríe de una manera
que resulta enigmática. Guillaumet sabe que cuando ríe a carcajadas, todo va
bien, simplemente se está divirtiendo. Pero cuando sonríe, nadie sabe lo que
sucede en su cabeza. Sigue el trayecto de su mirada y topa con la mujer rubia a
la que dirige su atención descaradamente hasta que ella se percata y hace un
gesto de complacencia casi imperceptible.
— Disculpadme, chicos. Tengo un asunto al otro lado del bar.
Guillaumet lo coge de la manga del uniforme.
— No vayas. Es la novia de Pelletier.
— ¡Vaya! ¡No me había dado cuenta!
Y ahora sí que Mermoz se echa a reír con esa carcajada suya tan
contagiosa, que hace reír también a Garnet hasta doblarse.
— ¡Menuda cara iba a poner Pelletier si te ligas a su chica! ¡Se
le iba a caer hasta el bigote!
Pero Guillaumet permanece serio.
— No lo hagas. Pelletier puede estar cerca.
— Seguro que no — replica Garnet— . Siempre se retira muy
temprano al campamento, yo lo he visto cuando he estado de guardia. Es como un
reloj. A las siete en punto está de vuelta. Es para llegar a la hora de la sopa
y ahorrarse el dinero de la cena.
— Da igual si no está. Esto está lleno de militares. Si te
acercas a su chica, se enterará.
— Ya... Garnet, ¿tú cuánto darías por ver su cara cuando se lo
cuenten?
— ¡Un millón de francos!
Mientras Mermoz se acerca a la muchacha, ve cómo espanta a un
moscón que pretendía darle conversación. Para estas cosas, él tiene una
intuición que pocas veces le falla: sabe que lo está esperando.
Descubre en Cécile a una mujer divertida y desenvuelta.
Guillaumet observa con preocupación cómo se marchan juntos y su salida es
seguida con curiosidad por algunas miradas.
— Estoy harta de salir con Nazaire — le cuenta ella mientras
caminan.
¿Nazaire? Había llegado a olvidar que el miserable Pelletier
pudiera tener un nombre de pila como una persona normal.
— ¡Nazaire! ¡Para nosotros es Pelletier! Un teniente chusquero
mezquino y acomplejado. ¡En él ese nombre de buena persona suena ridículo!
— No le gusta ir al dancing. Además es un tacaño que sólo quiere
pasear por la plaza y sentarse en los bancos para no gastar.
— A mí me gusta mucho bailar.
— ¿Sí?
— Con música... y sin música.
Y al decirlo la toma por la cintura y la atrae hacia sí con
fuerza. Ella se separa riéndose.
Los días de paseo se convierten en citas. Ella bebe licor de
menta con mucho hielo escarchado y pronto él se aficiona también. Las citas se
transforman en una relación encendida que funde el hielo. Ella vive sola desde
que murió su madre unos meses atrás; su padre se fue a la guerra en el año 14 y
nunca regresó. Vive de una pequeña pensión y de la generosidad de los extraños.
No sabe qué siente exactamente por Cécile, pero le fascina su falta de pudor. A
veces llama al timbre y ella le abre la puerta desnuda, con una copa en la
mano, un tanto achispada.
— Estás un poco bebida.
— Pues bebe tú también.
— Estás desnuda.
— Pues desnúdate tú también.
Una tarde en que se dirige a la puerta para salir en el permiso
de paseo, se planta delante de él el teniente Pelletier. Tiene el blanco de los
ojos teñido de amarillo. El moreno del rostro, gris. Pelletier lo sabe. Mermoz
puede leerlo en su mirada arrasada de furia. No hay siquiera el atisbo de
sarcasmo de otras veces ni el sentimiento de superioridad. Se siente humillado
y esa humillación es un sudor agrio que le brota a chorros por todos los poros.
— Voy a acabar contigo, malnacido. Conseguiré que te expulsen
del ejército, te pondré delante de un consejo de guerra y pasarás el resto de
tu vida en un penal militar.
El teniente se aleja dejando detrás un rastro de hiel flotando
en el aire. Mermoz llevaba ya tiempo pensándolo, pero es entonces cuando decide
definitivamente que no quiere seguir en el ejército. No soporta esa jerarquía
absurda que hace que una rata de cloaca como Pelletier pueda pisotear a
muchachos cuyo único pecado es su inocencia. Hace ya tiempo que tiene anotadas
las direcciones de un par de empresas que se dedican a la aviación civil; por
la mañana escribirá ofreciéndose para trabajar en ellas como piloto. Sólo tiene
que aguantar unas pocas semanas para que expire su compromiso militar.
La siguiente semana le caen dos arrestos de dos días: por llevar
las botas sucias y por no saludar a sus superiores con la suficiente energía.
El fin de semana, Pelletier se planta en la puerta y en cuanto ve que se dirige
a la salida le ordena darse media vuelta.
— Se requiere un sargento de refuerzo de guardia en talleres.
— ¿Cómo? ¿Quién lo ha ordenado?
— ¡Lo ordeno yo! ¡Dos días más de arresto por desacato!
Respira hondo, aprieta los puños hasta clavarse las uñas en la
carne. Pelletier quiere desquiciarlo, quiere que salte. Agredir a un oficial de
servicio es pedir un palco en un consejo de guerra que te puede mandar a un
penal militar durante años. Le encantaría poder triturarle esos dientes
podridos, pero no le va a dar esa satisfacción.
— A la orden.
Da media vuelta y se va a talleres. En el hangar de talleres el
sargento que ya está de guardia echa pestes de Pelletier. No necesita ayuda
ninguna, le dice que haga lo que quiera, que se meta en la cantina y se
emborrache.
— Tal vez lo haga...
Pero antes se va al gimnasio a desfogar la rabia contra el saco
de boxeo. En algún momento, Pelletier se pondrá a tiro de sus puños, y cuando
llegue ese momento, lo destrozará. Nunca hasta ese día ha pensado en la
posibilidad de matar a alguien con sus propias manos, pero al golpear el saco
siente una sed insaciable de venganza. Una vez prendidos, el rencor y el carbón
ya no se apagan.
Pelletier se convierte en una sombra pegajosa. Le empiezan a
llover sanciones por las cosas más absurdas: no ponerse firmes durante la
subida de bandera, expresar opiniones políticas públicamente... Mermoz empieza
a convertirse en un surtidor de rabia. Al no poder desfogarla contra Pelletier,
si un soldado lo mira mal en la cantina, en vez de utilizar su rango para
amonestarlo, se quita la guerrera con los galones de sargento y se lía a
mamporros con él. Si le dicen que tiene que afeitarse dos veces al día, insiste
en no hacerlo. Si lo castigan a cortarse el pelo, más largo se lo deja. Si lo
penalizan por ebriedad, al día siguiente se va a la cantina y deja las
estanterías vacías.
Grita a los cuatro vientos su intención de no renovar su
contrato con el ejército y largarse de ese agujero. Ése es su error. Si había
mandos influyentes, como el coronel del mando aéreo, que podían ponerse de su
parte, al saberse la manera en que se jacta ruidosamente de su intención de
volver a la vida civil y sus burlas hacia el ejército, todos le dan la espalda.
Otros oficiales se unen a la causa de su crucifixión administrativa. Su
expediente se va engordando de pequeñas faltas y castigos. Debe andarse con
cuidado, porque ahora tiene muchos ojos encima y un tropiezo serio podría
llevarlo ante un tribunal militar, con consecuencias impredecibles.
El cuartel se ha convertido para él en un presidio. Ya no es un
militar, sino un rehén del ejército. Lo que más le duele de ese castigo
constante es que, al estar arrestado, lo han apartado de la escuadrilla y no
puede volar. El problema de la reclusión, en cambio, lo ha solucionado a su
manera: cuando le interesa, salta la valla del cuartel y se escapa hasta la
ciudad. Salir como un fugitivo, amparado en las sombras, añade más emoción a
sus escapadas para ver a Cécile.
Desde el primer momento la suya ha sido una relación basada en
la revancha y por eso no sabe hasta qué punto esa mujer le gusta de verdad. A
veces, cuando Cécile lo recibe entre sus piernas, le viene a la cabeza la cara
enfurecida de Pelletier y aún acomete con más placer. A veces, cuando ha tomado
varias copas, es ella la que le pide que le describa otra vez el rostro
desencajado de Pelletier al saberse burlado y se ríe desaforadamente. Hay en su
relación algo viciado: los une más el odio que el amor.
Una tarde llega a la casa de Cécile a la hora habitual, pero
ésta no abre al pulsar el timbre. El último día le dio una llave y la utiliza
para entrar. La encuentra tumbada en la cama, con la cara vuelta hacia la
almohada.
— No me mires...
Tiene un ojo amoratado y el pómulo hinchado. El labio, partido.
— Me dijo que de él no se reía nadie. Me dijo cosas muy feas...
A Mermoz algo le estalla por dentro. Las compuertas ceden y
siente que lo inunda la rabia. Camina en dirección al cuartel a toda velocidad.
Entra por la puerta principal como un tranvía sin frenos, tan obcecado que no
le importa que el cabo o el suboficial de guardia den parte de que un arrestado
entra y sale impunemente. Le da igual. Ya todo da igual. Sólo quiere coger
entre sus manos el cuello de Pelletier y estrujarlo hasta el final.
Al ver que es un sargento, el soldado de la puerta lo saluda.
Mermoz le pregunta dónde está el teniente Pelletier y el soldado le dice que se
encuentra en el campo de instrucción. Desde el cuarto de la guardia, el cabo de
servicio mira por la ventana. Lo ve detenerse un momento para tomar una barra
metálica oxidada y reemprender su paso apresurado. Tiene la mirada febril. Los
ojos, cegados.
El cabo de guardia se va hasta la sala donde descansan los
soldados que esperan turno de garitas y señala a tres.
— Tomad cada uno una cuerda y seguidme. Haced exactamente lo que
os diga y no hagáis preguntas. El sargento mayor se ha ausentado, así que yo
soy ahora la máxima autoridad. ¡Deprisa!
Mermoz está enfilando una calle lateral del cuartel para
dirigirse al campo de instrucción, que queda en la otra punta, armado con la
barra metálica. Lo que no se espera es que lo ataquen por detrás.
Le lanzan unas cuerdas como si quisieran cazar a una fiera. Uno
de ellos estira de uno de los cabos y, al pillarlo desprevenido, lo hacen
recular varios pasos.
— ¡Contra el mástil!
Los soldados se le echan encima. Mermoz asesta un puñetazo a uno
y lo tira al suelo. Los otros dos lo rodean enmarañándolo con las cuerdas
alrededor del palo metálico. Él forcejea y se queda un instante parado al darse
cuenta de que el cabo primero que le está agarrando los brazos para
inmovilizarlo es Henri Guillaumet.
— ¿Qué demonios estás haciendo, Guillaumet? ¿Te has vuelto loco?
Es el momento que necesita para darle otra vuelta a la cuerda y
que los otros dos soldados la aten por detrás al mástil metálico huérfano de
bandera.
Mermoz se ve atado y trata de desasirse.
— ¡Soltadme, imbéciles! ¡Os partiré la cabeza! ¡Os lo juro! ¡Y a
ti, Guillaumet, te patearé las tripas!
Guillaumet trata de acercarse a él, pero Mermoz da coces de
caballo. Se va por detrás y le ata un pañuelo a la boca, que le impide seguir
gritando. Aun así, trata de berrear, de desatarse, dando bruscas sacudidas que
los obligan a pasarle otra cuerda más por el pecho, con cuidado de no ser
alcanzados por sus patadas.
Al fondo, a medio kilómetro, se distingue en el campo de
instrucción la figura esmirriada de Pelletier, revoloteando alrededor de los
reclutas. Mermoz lo ve manotear en la distancia y aún se agita más. Quiere
gritar, trata de morder el pañuelo. Entre palabras ahogadas que se quedan
atascadas en la tela insulta a Pelletier, lo cita igual que un torero cita a un
toro, le jura que lo va a matar. Mermoz se sacude atado al poste con embestidas
rabiosas, intentando revolverse como una fiera salvaje caída en una red. Los
músculos tensos, el cuello poderoso con las venas del cuello hinchadas, la cara
roja, las sogas hincándose en la carne.
Los tres soldados contemplan atemorizados, también fascinados, a
ese coloso que trata desesperadamente de reventar las ataduras y arrancar de
cuajo el enorme mástil de acero. No están seguros de que no vaya a hacerlo.
Guillaumet les ordena que vuelvan al cuerpo de guardia y se marchan sin dejar
de mirar hacia atrás, hipnotizados por esa estampa mitológica.
— ¡Desátame! — murmura imperativamente a través del pañuelo con
los ojos desorbitados.
Guillaumet niega con la cabeza.
Gruñe y da otra serie de violentos tirones a las cuerdas para
tratar de que cedan. Al hacerlo se desuella la piel del cuello y empieza a
sangrar. Guillaumet lo mira con preocupación y ternura. Como un padre miraría a
un hijo enfermo.
— Si vas a por Pelletier...
— ¡Lo mataré! ¡Lo mataré! — grita entre dientes. Y trata de
zafarse con bruscas sacudidas.
— Claro, lo matarás, pero él te habrá ganado. Te encerrarán de
por vida.
— ¿Y qué más da? Yo habré ganado.
— ¡No! La partida la gana él. ¿No te das cuenta? Si le abres la
cabeza con esa barra de hierro, mientras se le estén saliendo los sesos se
estará riendo en tu cara. Él habrá conseguido lo que siempre quiso: que te
pudras en un calabozo, que dejes de volar. Al final, se habrá salido con la
suya.
Se hace un momento de silencio y, por fin, deja de agitarse
violentamente entre las cuerdas.
— No le des ese gusto. No se lo merece. Dentro de un mes,
saldrás por esa puerta y allá afuera te convertirás en un buen piloto civil. Él
se quedará para siempre en este cuartel siendo un amargado hasta el día que se
muera. Si quieres joder de verdad a Pelletier, hazlo con tu indiferencia.
Mermoz se ha quedado quieto sobre el mástil, agotado por el
esfuerzo. Su mano relaja por fin su crispación y los dedos se abren lentamente.
La barra cae hasta el suelo y rebota con un tintineo.
Guillaumet se acerca hasta él. Ya no patalea. Su expresión ya no
es la de un loco. Saca el machete reglamentario que se lleva durante las
guardias y corta las cuerdas. Mermoz, con la camisa rasgada salpicada de sangre
y el rostro desencajado por el esfuerzo, se deja caer exhausto hasta quedar
sentado en el suelo.
El cabo primero se da la vuelta y echa a andar, ha de volver al
cuerpo de guardia.
— ¡Guillaumet!
Se vuelve y su compañero lo mira intensamente. No hace falta que
se digan nada más. Hay un hilo que los une.
Mermoz es apartado definitivamente de la escuadrilla y destinado
a una sección marginal del taller de reparaciones. Lo hacen responsable de
media docena de soldados problemáticos, represaliados o directamente inútiles
cuya tarea es limpiar de grasa todo tipo de piezas inservibles. Los soldados
ven llegar con reticencia a su nuevo jefe, acompañado del capitán. El sargento
piruetas, lo llaman por lo bajini con sorna. Ellos son los desechados del
personal de tierra, sin orgullo militar ni de ningún tipo, y los pilotos les
parecen unos tipos finolis con muchas ínfulas.
— Cada día han de limpiar una caja de cojinetes.
El oficial señala la caja de bolas metálicas mugrientas que los
asistentes del capitán, dos cabos atildados, sin duda enchufados, depositan
sobre la larga mesa de tablón.
— Deberá tener mano dura con esta escoria. — Y mira con
desprecio a los soldados vestidos con monos grasientos, las caras sucias, mal
afeitados, despeinados, con aspecto rufianesco varios de ellos— . Tiene aquí lo
peor de cada casa.
Cuando el capitán y sus asistentes se marchan, Mermoz echa un
vistazo a la caja con una treintena de piezas.
— ¿Éste es todo el trabajo que hay que hacer aquí?
— Sargento, eso es muchísimo trabajo — le dice uno de los
soldados con desgana— . Dejar pulida una sola de ésas lleva un día entero.
Otro se une al compañero, usando un tono deliberadamente
condescendiente:
— Usted no sabe lo que son esas piezas.
— Es que — añade otro con retintín— ustedes los pilotos no
entienden de porquería, son caballeros.
Y se oyen unas risitas. Sólo duran un segundo. El tiempo que
tarda Mermoz en dar un puñetazo a la mesa tan fuerte que la caja de piezas
salta en el aire y los que están más cerca de la mesa han de apartarse para que
no les caiga ninguna encima.
— He repartido más hostias, me he emborrachado más veces y he
limpiado más mierda que todos vosotros juntos.
Los encañona con la mirada y todos se ponen firmes de golpe,
perfectamente tiesos y callados.
— Una pieza de éstas ha de estar reluciente en menos de una
hora. Cuando lleguen los ayudantes del capitán, esta caja va a brillar como si
llevara diamantes. — Y los mira con el ceño fruncido de manera que nadie
rechista. Entonces, relaja el gesto— . Pero vamos a dejar algo claro. Nos han
metido, a vosotros y a mí, en este trastero. Vamos a hacer lo que tenemos que
hacer, pero vamos a hacerlo a mi manera.
Ve las caras torcidas de los soldados, hastiados de limpiar
mugre, inadaptados a la rigidez de la vida militar, embrutecidos por la desgana
y los castigos.
— Por mucho que hayáis estado zanganeando y el capitán se lo
haya tragado, yo sé que con cuatro o cinco soldados trabajando a ritmo
tranquilo, esas piezas se despachan a diario sin apuro. Aquí sois seis. Cada
día descansará uno. Podrá pasarse el día rascándose las pelotas. Pero ese uno
tendrá que ganárselo.
— ¿Cómo?
— Esperad un momento y os lo diré.
Se va hasta su taquilla y regresa con una bolsa de papel. Saca
una baraja y una petaca de coñac.
— Cada mañana jugaremos media hora al póquer con tuercas. El que
más tenga a la media hora, quedará exento del trabajo todo el día y se llevará
de propina la petaca de coñac.
Los soldados abren mucho los ojos.
— ¡Viva el sargento! — grita uno.
Se entusiasman ante la idea. Ese primer día gana un tal
Biscarrosse, que es medio zíngaro. Los demás se ponen manos a la obra.
— ¡Biscarrosse, has tenido suerte, mañana será otra cosa!
— Eso seguro — apunta otro, pensando con fervor en la timba del
día siguiente.
Cuando llega el capitán por la tarde con los dos figurines que
tiene por ayudantes, encuentran todas las piezas relucientes. Pero aún se queda
más pasmado cuando ve por la mañana que los seis soldados de Mermoz son los
primeros en salir del comedor después del desayuno y van tan deprisa hacia su
destino en talleres que casi corren. No sale de su asombro al ver su repentino
afán por incorporarse puntuales a su unidad de trabajo por primera vez en toda
su vida militar. Se cuadran delante de la puerta en perfecta formación y
saludan respetuosamente a su sargento en cuanto llega. Cuando Mermoz pasa a su
lado y lo saluda llevándose la mano abierta a la gorra, el capitán está todavía
con la boca abierta.
Pero a Mermoz el uniforme le pesa sobre los hombros igual que
una manta mojada y ya sólo desea marcharse de allí cuanto antes. Ni aun en su
reducto de limpiador de cojinetes logra que lo deje en paz. Pelletier logra ir
colocándole algunos arrestos alegando poca marcialidad en el saludo o aspecto
desaseado. Tener a Pelletier delante de él y no poder estrellarle el puño en su
cara miserable lo enerva. Pero sabe lo que ha de hacer. Aguantar, sujetar la
ira, resistir, dejar que las hojas del calendario se caigan una tras otra.
Los días pasan, las partidas de póquer se suceden en el
barracón. Y un día, ya todo ha quedado atrás.
Una mañana se pone la camisa blanca de civil y el traje de mil
rayas que apenas puede abrocharse de lo mucho que se le han ensanchado los
hombros. En el negociado de vestuarios entrega correajes, botas, uniforme, el
mono lleno de manchas, sus galones de sargento... Un cabo le extiende un recibo
y en ese hatillo de ropa desgastada se resume su vida militar. Atrás quedan
cuatro años.
Se dirige hacia la salida del cuartel y los edificios de las
compañías, la furrielería, los víveres, los almacenes..., todo le resulta ya
ajeno. Cuando está llegando a la barrera blanca y roja de la entrada, se cruza
con una figura delgada, un bigote estrecho, los ojos de depredador. Pelletier
se detiene a unos metros. Mermoz sonríe. Y su sonrisa se convierte en esa
estruendosa carcajada suya cuando se siente dueño del mundo. Ríe y ríe.
Pelletier aprieta los dientes, agacha la cabeza y se marcha
derrotado. Contra un civil que ríe, nada puede hacer.
Mermoz se va hasta la salida. Una voz lo hace volverse.
— ¡Sargento piruetas!
Vienen hacia él Biscarrosse y los demás muchachos con sus monos
sucios y sus rostros de truhanes.
— ¿Qué hacéis aquí? Os van a castigar por salir de la unidad
fuera de horas.
— A ver si hay suerte y nos llevan al calabozo — responde otro
entre risas— , y así no tenemos que currar.
— Chicos, usad la cabeza. Pasad desapercibidos y dentro de poco
estaréis volviendo a casa.
— Sargento...
— ¡Ya no soy sargento! Ahora soy Jean.
— Jean..., queríamos decirle... ¿Qué decimos, tíos?
— Que tenga cuidado ahí fuera.
Les da un cariñoso abrazo uno por uno y los hace volver
corriendo al taller.
Cruza el puesto sin perder tiempo. La vida le espera. Se vuelve
y mira la puerta del cuartel, que a cada paso se hace más pequeña.
Llega hasta la ciudad y llama al timbre de la puerta de Cécile.
Abre vestida únicamente con unas sandalias y un collar de cuentas de coral.
— Me marcho a París.
— ¡París! Me voy contigo.
Saca una maleta de debajo de la cama. Se va hasta el primer
cajón de la cómoda y empieza a lanzar medias y culottes dentro de la maleta.
— Creo que deberías ponerte algo encima para el viaje.
Capítulo 17
Creuse (interior de Francia), 1925
Tonio conduce su auto de empresa, un modesto Sigma Zedal, a
través de una carretera de curvas sobre la que ha empezado a nevar. La nieve
tiene sus propios espejismos. A cada poco le parece ver a Loulou caminando
luminosa sobre la blancura destellante de los campos. Le viene a la cabeza una
frase de un pensador y paseante llamado Thoreau: decía que la luz que nos
deslumbra es nuestra oscuridad.
Cuando hace unos meses encontró este nuevo trabajo, sintió un
alivio extraordinario al abandonar el zulo de Tuileries de Bourlon. El empleo
en la empresa de automoción Saurer le permite viajar por varios departamentos
de Francia, disponer de un coche de la empresa, un fijo de doce mil francos al
año y comisiones por las ventas, que podían rondar los veinticinco mil francos.
Le habría gustado poder trabajar como piloto, pero todavía no
hay suficientes líneas aéreas lo bastante estables como para dar trabajo más
que a unos pocos aviadores. Al menos, este nuevo empleo le permite no tener que
asfixiarse entre las cuatro paredes de una oficina.
Acaba de visitar una empresa de transportes en Limoges. Lo han
recibido con amabilidad pero escaso interés. Apenas le han dejado dar su
discurso preparado sobre las virtudes de los vehículos Saurer. Sus camiones son
buenos, él lo sabe porque antes de empezar su tarea como representante ha
tenido que estar dos meses de prácticas en los talleres, pero no son los más
baratos. Trata de explicar cuál es el valor de los camiones, pero ya nadie
quiere conocer el valor de las cosas, tan sólo su precio.
Cuando llega a Guéret, donde tiene el cuartel general durante
las semanas que se dedica a hacer visitas en el departamento de Creuse, entra
en la habitación del Grand Hotel Central, arroja el sombrero en una silla y se
deja caer en la cama agotado. Aunque se llame Grand Hotel, es un hotelucho
pequeño y tristón, idéntico a cualquiera de los hoteles económicos en los que
se aloja en su itinerancia por el centro del país. Se asoma a mirar por la
ventana y la plaza Bonnyaud le parece minúscula.
Los árboles son escobas...
En recepción le han dicho que no tenía correspondencia y lo
lamenta. Las cartas lo salvan de la melancolía, o acaban de sumergirlo en ella,
que también es una forma de reconfortarse. A veces le escribe Charles Sallès,
pero sobre todo su madre y Renée, la hermana de su amigo Bertrand de Saussine.
Ella le escribe cartas cordiales de amiga que se interesa por su situación y él
la llama Rinette y la corteja educadamente. Le exige con ternura que ella le
escriba más a menudo. No ama a Renée, pero ama el amor. En esa fría soledad
provinciana las cartas son mantas con las que taparse.
Loulou es un recuerdo doloroso y trata de no pensar en ella,
pero es como pedirle a un pez que no piense en el mar.
En esos meses ha conocido a otras chicas, algunas en esos bailes
de provincias de Montluçon o Dompierre-sur-Besbre que se celebran en locales
parroquiales mustios decorados con banderitas de papel, en los que se sirve una
grosella empalagosa, donde no hay jazz, ni barman ni cócteles y las madres
sentadas en sillas alineadas en la pared vigilan que los galanes locales no se
arrimen demasiado a sus hijas en los valses. Y suspira. Se ve a sí mismo
flirteando torpemente, sin convicción, con alguna muchacha insípida, tratando
de espantar la soledad de los domingos a manotazos.
Cuanto más pequeñas son las habitaciones de los hoteles, mayor
es el desconsuelo. Por las noches, cuando apaga la luz y cierra los ojos, hace
los cálculos del dinero que debería ganar para poder comprarse un avión.
Primero hace sumas y multiplicaciones teniendo en cuenta las grandes comisiones
que va a ganar por la venta de docenas de camiones y se ve como propietario de
su pequeña flota aérea. Después ajusta un poco más los números. Al final, los
lleva a la realidad y ve que es imposible.
En las empresas, en cuanto el encargado ve llegar a ese hombre
grandullón vestido con un traje elegante pero muy gastado, titubeando,
excusándose por molestar con una insistencia obsesiva... ya sabe que no le va a
comprar un camión, que no le compraría ni una cajetilla de cigarrillos.
— Si usted lo tuviera a bien, yo expondría de manera
pormenorizada las características y ventajas de nuestros camiones Saurer...
Sonríe lo mejor que puede al decirlo, pero no logra disimular el
sudor que le corre por el cuello.
— Disculpe, ahora estamos muy ocupados. En otra ocasión.
Suele marcharse sin pedido alguno.
Mientras conduce, trata de afinar un discurso que casi nunca
llega a pronunciar en esas naves frías de empresas de transporte. A ratos
piensa en el aviador que va a protagonizar el relato que trató de empezar a
escribir en casa de su tía Yvonne. Será un tipo decidido. Ya que él no puede
serlo, al menos que lo sea su personaje. Mientras conduce, traza escenas y
despliega en su cabeza largas parrafadas filosóficas que lo llevan a las
preguntas cruciales: ¿quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Cómo vender un camión?
Pero escribe mejor con la cabeza que con la mano. Lo que acaba
en las hojas con membrete de los hoteles que usa para escribir es un
batiburrillo de frases deshilachadas. Cuando llega al final de esos días
estériles, cansado de kilómetros y negativas, agotado de soledad, la mano
amodorrada se le duerme sobre el papel. Su último pensamiento cada noche antes
de acostarse es para Loulou. Los recuerdos son sólo fiebre, pero hay gripes de
las que uno no querría curarse.
En Argenton-sur-Creuse, después de cruzar un puente de piedra
recoleto sobre el río al que dan las fachadas de las casas, encuentra un
estanco con olor a hojas de tabaco de las Américas. La dependienta es una
muchacha menuda, con el pelo rubio recogido en una cola de caballo y unas gafas
de estudiante eterna. Se queda prendado de su belleza en miniatura y sale de
allí con una cajetilla de cigarrillos. Después de dar una vuelta por ese pueblo
silencioso donde parece que nunca sucede nada, regresa al estanco a comprar
cerillas para que la muchacha se levante del taburete donde hojea una revista
de patrones y le sonría. En los dos días que pasa hospedado allí hace tantos
viajes al estanco que tiene la mesilla de noche llena de cajas de fósforos.
Cree que la última vez que ha vuelto a entrar a pedir otra caja de cerillas, la
muchacha lo ha mirado con recelo por encima de las gafas, como si pensara que
se trata de un pirómano. Tal vez lo sea. Se siente arder por dentro. Se marcha
de ese pueblo y deja atrás a la dependienta encantadora que vende tabaco y
fósforos en un estanco minúsculo. Todo en su vida es una cerilla que brilla un
instante y después se apaga. Luego queda ese rastro de humo negro.
Capítulo 18
París, 1924
París es una ciudad de calles que no cierran nunca, de cafés
innumerables, de hombres con sombreros fedora y relojes con cadena de oro, de
mujeres con collares largos y pelo corto que fuman pitillos en boquillas
kilométricas, de limpiabotas que dan consejos sobre cómo invertir en bonos
mientras lustran los botines y brasseries con aparadores repletos de ostras
sobre camas de hielo que gotean sobre la acera.
Lo primero que Mermoz hace al pisar la capital es pararse en una
tienda a comprarse un enorme sombrero negro de ala ancha y una chalina. Le
gusta aparentar un cierto aire bohemio, que lleguen a confundirlo con un
artista.
— ¿Y esa ropa? — exclama Cécile, divertida— . ¡Pareces un poeta
algo sonado!
— En París lo peor que uno puede ser es alguien corriente.
Sentado en la única silla de la habitación, mira de reojo su
sombrero colgado de un gancho de la pared y, apoyado en una cajonera, remata
con la mayor pulcritud de que es capaz una nueva carta ofreciéndose como
piloto. Otra más. En esta ocasión, dirigida a una compañía franco-rumana. Ha de
concentrarse en la hoja porque la luz que llega de la calle es tenue, filtrada
por unos cristales tan opacos que no requieren cortinas. No se dio cuenta hasta
un par de días después de estar allí de que no había cortinas. Preguntó al
recepcionista y éste se rio en su cara.
— ¿Cortinas?
En un primer momento, sintió el impulso de agarrarlo por el
pescuezo y cortarle la risa en seco, pero aquel infeliz que tenía unos dientes
como teclas de piano se reía con tan sincero alborozo, como si le hubieran
contado el mejor chiste de su vida, que lo dejó estar. Lo cierto es que las
cortinas estaban fuera de lugar en un sitio como el hotel Réumur, donde nadie
se quedaba nunca demasiado tiempo y el pudor era desconocido. A través de las
paredes de papel se escuchan broncas y reconciliaciones, jadeos de todo tipo,
de amor y de desprecio.
En su habitación hay poco ruido desde hace muchos días. La cama
que comparte con Cécile tiene las sábanas heladas.
Cécile da un portazo al entrar para que se note su presencia,
como si pudiera pasar desapercibida en una habitación de ocho metros cuadrados.
Del lavabo comunitario del pasillo trae los labios pintados de rojo y un rubor
artificial en las mejillas. Revuelve un poco por sus cosas como si en verdad
hubiera algo que revolver. Toma el chal y un monedero minúsculo donde sobra
espacio.
— Dame algo de dinero, Jean.
— ¿Dinero? No tengo un céntimo. Debemos ya una semana de hotel,
¿es que no lo sabes?
— ¡Maldita sea! ¿No decías que ibas a ser piloto y ganar mucho
dinero? ¡Si lo hubiera sabido me habría quedado en Thionville!
Mermoz se encoge de hombros.
— Puedes volver cuando quieras. Thionville sigue estando donde
siempre.
— ¡Maldita sea! Me marcho a cenar a algún sitio.
— ¿Sin dinero?
— Encontraré alguien que me lo pague. — Y lo dice con la misma
naturalidad con que le contaría a su médico que tiene tos. Para ella no es
difícil conocer hombres.
Toma de nuevo la puerta y se marcha. No le ha dicho adónde va y
ni siquiera le importa.
Cuando termina su carta, Mermoz dobla cuidadosamente el papel.
Por la mañana saldrá a buscar trabajo, algo provisional mientras llega una
respuesta de alguna de las compañías aéreas. Se acuesta en la cama y siente
frío por dentro. Su vida es una habitación sin muebles.
Por la mañana encuentra una oficina a unas calles de distancia
donde ofrecen trabajo copiando direcciones para hacer envíos. Se trabaja en un
sótano y se pagan quince francos por cada mil sobres. Hay una quincena de
parias como él encorvados escribiendo a destajo en completo silencio. No se
pierde un minuto. Cada palabra es una dirección menos, unos céntimos menos.
Pasa allí todo el día y cuando sale ya es de noche y está
cansado, pero tiene unos pocos francos en el bolsillo. Cuando llega con el pan
y los quesos para la cena, Cécile no está. Se come una parte y le deja la suya.
Pasa una hora, y después otra más. Cerca de las once, la única compañía que
tiene en la habitación helada es el plato con unas lonchas de queso y un pedazo
de pan. Decide comérselo y largarse a dar un garbeo a ver qué le depara la
noche.
Cuando regresa, son más de las cuatro de la madrugada y Cécile
lo espera despierta. Tiene el rímel emborronado sobre los ojos y la ropa
arrugada. El aliento le apesta a licor de menta.
Se planta delante de él hirviendo de furia.
— ¿Dónde has estado? ¿Con quién has estado? ¡Contesta!
Pero Mermoz no sólo calla, sino que retrocede un par de pasos
con gesto disgustado.
— ¿Me tienes miedo? — Y ella levanta una mano teatralmente como
si lo amenazara con pegarle.
Podría decir la verdad, pero le parece demasiado cruel. No es
que la tema ni le incomoden más allá del absurdo sus escenas de fiel esposa
afrentada. Lo que lo hace retroceder es ese olor alcohólico a menta que le
produce náuseas. No lo soporta. Ya no soporta nada de ella. Se pone a reunir
todas sus prendas y echarlas al petate militar que se trajo de Thionville.
Ella le grita:
— ¡Lárgate! ¡No te necesito!
Y cuanto más le grita, más lo inunda de ese aliento mentolado y
dulzón. Y más desea salir de allí cuanto antes. No tiene adónde ir, pero aun
así tiene prisa por irse. En París iba a empezar una nueva vida y lo único que
ha conseguido es estancarse. Pero, mientras baja las escaleras con su petate al
hombro, se jura a sí mismo que un día mirará las cosas desde arriba.
Despierta al recepcionista, con la cabeza caída sobre el
mostrador junto a un plato con migajas endurecidas.
— Carillon...
— Eh...
— Carillon, me marcho del hotel. Cécile se queda.
— Ahh...
Mermoz mira con desagrado a ese tipo extremadamente delgado con
esos largos dientes salientes que le dan un aire de castor.
— Escúchame, esto es muy importante. Si llega correo a mi
nombre, guárdamelo. Yo iré pasando por aquí a recogerlo. Espero cartas
importantes. — Y se acerca hasta el mostrador y le pellizca suavemente la
mejilla mientras lo mira a los ojos con una ternura que no oculta la fiereza de
su resolución— . No me falles.
Es demasiado tarde para ponerse a buscar pensión y no vale la
pena pagar una noche para unas pocas horas. Se acomoda en un banco y se
acurruca para no dejar entrar el frío húmedo de la madrugada. Duerme como un
mendigo, pero, pensando en su vida de piloto, sonríe como un califa.
Capítulo 19
Montluçon (Francia), 1924
París sabe a champán frío. Las pequeñas ciudades a las que se
llega por carreteras secundarias tienen el gusto del vino caliente. Siempre
hace demasiado calor o demasiado frío. Tonio siempre está demasiado solo en
esos hoteles de viajantes donde hay para cenar sopa de verduras en platos de
cerámica levemente desportillada.
Lleva casi un año en la empresa y ha vendido un solo camión. En
su última visita a la central, sus jefes han sido amables pero han movido la
cabeza con desaprobación. No pueden pagarle eternamente un sueldo a un vendedor
si no vende la mercancía. Son malos tiempos. El país no ha levantado cabeza
desde la guerra. Todos lo saben, todos asienten, nadie lo culpa..., pero debe
vender camiones o no van a poder mantener su empleo.
Después de la cena, prefiere acabar la jornada en algún café que
esté abierto para, al menos, estar rodeado de gente. Allí saca sus cuartillas y
tacha más de lo que escribe. El relato del aviador Bernis avanza muy
lentamente. Le pasa como a Penélope mientras esperaba a Ulises: lo que teje de
día lo desteje de noche. Lo que escribe un día lo rompe al otro. No le suena
verdadero. No puede contar la vida de un piloto siendo representante de
camiones.
Prefiere dedicar sus energías a escribir cartas, sobre todo a
Renée de Saussine, que sólo es amiga, pero que si ella quisiera podría ser algo
más. Más que cartas, son mensajes de un náufrago.
Cuando llega dos días después a Montluçon, la única
correspondencia que le espera es un telegrama del director financiero de
Saurer. Pregunta qué expectativas de ventas tiene.
Se tumba en la cama y su mirada se clava en el techo. Cuenta las
grietas. Si volara en un avión, su mirada no chocaría en ninguna parte, no
habría techos.
Me preguntan mi expectativa de venta. Ni siquiera sé cuál es mi
expectativa de vida...
Las carreteras de la Francia interior no lo llevan a ninguna
parte. Decide que es el momento de presentar la renuncia en su empresa y
regresar a París. No tiene ningún plan, ninguna idea. Cuenta con una sola
ventaja, la juventud que le permite volver a empezar, agitar de nuevo el
cubilete y volver a tirar los dados.
Capítulo 20
París, 1924
Mermoz encuentra trabajos ocasionales de vigilante de garaje o
mozo de almacén, pero dura poco en ellos. En una fábrica de piensos apreciaban
sus espaldas anchas y su fuerza para cargar sacos, pero en cuanto quisieron
hacerlo fijo, lo dejó estar. No podía caer en la tentación de echar raíces y
acomodarse en una vida gris porque lo que le da la fuerza para seguir buscando
es precisamente su precariedad.
En esos meses, ha pasado un par de veces a la semana por la
recepción del Réaumur. La cara chupada de Carillon le dice que no con la cabeza
cada vez que lo ve cruzar la puerta. La única novedad es que Cécile se marchó
del hotel sin avisar, dejando dos semanas a deber, y no han vuelto a verla.
Llegan dos cartas, una de la compañía franco-rumana y otra de
Aviones Henriot. En aquel momento no tienen disponibilidad alguna, pero
agradecen su interés con rutinaria amabilidad administrativa.
Una tarde va a merodear por el aeródromo de Le Bourget y se
acerca a una compañía aérea que hace traslados de mercancía. Quiere exhibir su
anotación con las seiscientas horas de vuelo y sus papeles militares, pero con
sólo verlo venir, la gente que está trabajando frunce el ceño.
Él parece no darse cuenta de su aspecto: ha adelgazado porque
muchas veces sólo le llega para comer una medialuna y un café con leche en todo
el día, el pelo le ha crecido hasta enmarañarse y su abrigo, que hace las veces
de manta sobre un banco en las noches en que no le llega para dormir bajo un
techo, está arrugado y más tieso de lo debido.
— ¿Y cuándo estará el jefe?
— Nunca.
Sabe que ha de trabajar para comprarse ropa nueva y pagar una
pensión. Pero a ratos lo vence el cansancio y cuando pasa por una taberna
siente esa sed que no se puede resistir. A veces muestra a un grupo de
parroquianos sus papeles militares, les habla de su mala suerte e improvisa un
discurso patriótico, y alguien lo invita a un aguardiente.
Precisamente, una tarde, saliendo de una tasca mugrienta, se
tropieza con un viejo compañero de armas de Siria.
— ¡Max Delty!
Mermoz le da una palmada en el hombro y el otro se tambalea como
un armario vacío. No es el mocetón fuerte que conoció en Damasco. Se ha quedado
en los huesos y al preguntarle con la mirada, Max Delty se encoge de hombros
con una mueca triste.
Lo invita a ir a su casa, un apartamento minúsculo de una sola
habitación. Allí le habla de su enfermedad, por la que percibe una escasa
pensión para ir tirando. En un momento de la conversación, Max se detiene, se
encoge y aprieta la mandíbula. El dolor ha regresado.
— Por favor, la botella de la mesa.
Mermoz le alarga el frasco y al destaparlo le taladra las fosas
nasales una vaharada de alcohol medicamentoso.
Max echa unas gotas de éter en un vaso de agua y se lo bebe. Al
poco se queda más tranquilo, pero le cuesta armar las palabras, como si se
hubiera emborrachado de golpe. A duras penas se levanta y, arrastrando los
pies, da tres pasos hasta la cama y se deja caer en ella.
El éter es transparente, pero tiene un brillo opaco. Como ha
visto hacer a su amigo, disuelve un poco en agua. Incluso así, el sabor es
amargo y ardiente, se pega a la lengua. Una oleada de calor lo invade por
dentro, el corazón se le acelera y la respiración se le ralentiza. Después,
todo se ralentiza y la cabeza le empieza a proyectar imágenes desordenadas.
Sueña, pero está despierto.
Sale de la casa hablando solo, presa de un desvarío que lo hace
imaginarse en Siria, conversando con otros pilotos. Gesticula enérgicamente, se
ríe de repente sin saber de qué. Nada es firme. Su cerebro es una esponja
mojada. La gente se cambia de acera al verlo venir. Siente de golpe un sueño
denso, todo se espesa, los párpados son de piedra. Se tumba en un banco de un
parque y se queda dormido a la intemperie.
Al paso de las semanas, su abrigo suma a las arrugas los restos
de excrementos de pájaros que limpia como puede con el agua de una fuente.
Encuentra un trabajo por horas en una empresa de limpieza, que lo envía a
fábricas y talleres cochambrosos a quitar inmundicia a capazos.
Visita varias veces por semana la recepción del Réaumur. La
cabeza de Carillon con la boca abierta y los dientes colgando se agita
negativamente. Nada.
También visita a Max Delty en encuentros silenciosos donde
comparten la soledad y el éter. Tiene en la boca un perenne regusto a
cloroformo. Es consciente de que se va hundiendo cada día un poco más en una
ingravidez sonámbula, pero no sabe la profundidad del agujero.
Lo averigua unas semanas más tarde, una mañana en que remueve un
tazón de ese café con leche de puchero muy caliente que impregna el ambiente en
el comedor social de la iglesia de San Agustín. La caridad tiene olor a leche
hervida.
La encargada pasa por su mesa llevando rebanadas de pan para
hacer remojones y se detiene un momento.
— Buenos días, Jean. ¿Tampoco esta semana ha salido nada?
— Poca cosa, señora Lagardere.
— No desespere.
— Nunca lo hago.
Cuando la mujer tan amable se aleja, piensa con pavor que cuando
las señoras del auxilio social lo tratan a uno como a un hijo y lo llaman por
su nombre, has tocado fondo. El director de la institución, el señor Agniel, ha
hablado con él. Ven que es un joven educado y de buena presencia. Están
dispuestos a contratarlo como transportista para llevar material a las
distintas sedes de la región. Sabe que no puede decir que no, pero no ha sido
capaz de decir que sí. El señor Agniel lo miraba con esa beatitud exigente de
quienes practican la caridad: esperan que el que la recibe muestre gratitud.
Debe aceptar sin reservas ni remilgos el trabajo que tan generosamente se le
ofrece. Pero tiene la intuición, tal vez una manía obsesiva aguzada por los
desarreglos mentales del éter, de que si acepta ese trabajo cubrirá sus
necesidades básicas, se conformará con el destino que se encuentra y dejará de
buscar el suyo.
Va pensando en todo eso mientras camina hacia la recepción del
Réaumur. Tal vez sea el momento de decidir qué hacer con su vida. Asoma la
cabeza en el angosto vestíbulo. Carillon está despachurrado sobre la silla con
los pies sobre el mostrador, dejando entrever sus canillas flacas por encima de
los calcetines deshilachados. Como no se despierta, Mermoz silba con todas sus
fuerzas y el otro está a punto de caerse de la silla.
— ¿Qué pasa?
El recepcionista lo mira molesto.
— ¡Maldita sea tu sangre! ¡Estaba soñando con una rubia con un
par de tetas enormes que me invitaba a entrar en su habitación! ¡Y justo cuando
iba para allá me despiertas!
— Lo lamento, amigo. No estamos de suerte con nuestros sueños.
El recepcionista asiente meditabundo, como si acabara de dejar
escapar al amor de su vida.
— No sufras, Carillon, la volverás a encontrar. Está dentro de
tu cabeza, así que no tiene mucho sitio donde esconderse. Sigue durmiendo, ya
me marcho.
— ¡Eso es! ¡Lárgate!
Se va hacia la puerta y el recepcionista vuelve a poner los pies
en el mostrador.
— ¡Espera!
— ¿Qué pasa ahora? ¿La rubia tiene una amiga?
— Hay una jodida carta a tu nombre.
Le tiende un sobre que lleva por remitente Líneas Aéreas
Latécoère de Toulouse. Rasga la carta con inquietud. Es una cita para
presentarse a una prueba en Toulouse una semana más tarde en el aeródromo de
Montaudran.
Toma aire y ensancha el pecho como si fuera una vela. Sale del
hotel pisando fuerte. Necesita dinero para el billete, un corte de pelo y
llevar el abrigo a la tintorería, pero ahora le parece un problema menor. El
destino le ha enviado la señal que esperaba y nada se puede oponer ya a su
fuerza. Llega jadeando hasta la empresa de limpieza y pide al encargado todos
los turnos que haya, todas las empresas pestilentes adonde nadie quiere ir, los
lugares más sórdidos. En los baños públicos de la estación de Lyon el público
se sorprenderá esos días viendo cómo el empleado de limpieza que mete el brazo
en inodoros repugnantes lo hace no sólo sonriente, sino silbando una tarantela.
Capítulo 21
Aeródromo de Montaudran (Toulouse), 1924
Mermoz va caminando desde la estación de Toulouse directamente
hasta las instalaciones de las Líneas Aéreas Latécoère en las afueras. El campo
de aviación es una enorme explanada de tierra con pistas trazadas con tiza en
diferentes direcciones para poder aterrizar siempre de cara al viento. Al
llegar al aeródromo se detiene un instante y ve elevarse un Breguet 14 hasta
bandearse en el cielo. Le parece un presagio de su nueva vida.
Le indican que debe dirigirse a las oficinas y un empleado lo
conduce hasta el despacho del director de explotación, Didier Daurat. Entra en
el despacho con paso decidido. Desde el otro lado de la mesa, bajo un mapa de
España y media África con rayas trazadas, lo mira un hombre con serena
indiferencia. Tiene la cara angulosa, un bigote oscuro y unos ojos negros
pequeños.
— Señor Daurat, he pilotado en Siria, he atravesado el desierto
docenas de veces... ¡Tengo seiscientas horas de vuelo!
El director lo mira sin alterar el gesto.
— Eso no es nada.
Lo ha dicho con una voz neutra, pero las palabras resuenan
dentro de la cabeza de Mermoz con estruendo.
— ¿Nada?
— Vaya a ver al jefe de talleres y le dará un mono de mecánico.
Empezará mañana.
— ¿Mecánico? Pero, señor director, ¡yo quiero pilotar un avión!
— Eso ya se verá.
Daurat se vuelve hacia sus papeles. La conversación ha
terminado.
El jefe de taller es más dicharachero. Le dice que otros dos
novatos empezarán al día siguiente con él y le indica un lugar donde alojarse.
— La mayoría de los pilotos y los mecánicos de la compañía se
hospedan en el Grand Balcon. Las habitaciones cuestan cuatro francos diarios y
la comida dos con cincuenta. Lo llevan tres hermanas solteronas, las señoras
Márquez, un poco beatas pero amables. ¡Y preparan el mejor cassoulet del mundo!
Esa noche hay guiso de jabalí para cenar. Una de las dueñas
sirve a Mermoz una ración abundante. El hambre de Mermoz, adormecida durante
meses de escasez, vuelve a despertarse de golpe ante ese manjar y devora el
plato antes de que la mujer haya terminado de dar la vuelta a la mesa con la
sopera para acabar de servir al resto.
— ¡Delicioso, señora Márquez! ¡Absolutamente exquisito!
La mujer sonríe satisfecha.
— ¿Desea usted un poco más?
— Si no es molestia...
La mujer le sirve otra abundante ración y lo mira con la
felicidad con que las madres ven comer con buen apetito a sus hijos. Sigue
sonriendo cuando repite por tercera vez. ¡Su apetito es insaciable! Y decide
dejarle la enorme sopera para que se sirva hasta que se harte.
El resto de los comensales, novatos que se han incorporado
recientemente a los talleres, lo miran con asombro. No parece tener fondo.
— ¡Si sigues comiendo así te pondrás como una saca de correo! —
le dice uno amistosamente.
Mermoz sonríe sin dejar de comer. Justo cuando rebaña,
completamente ahíto, el último suspiro del guiso, se abre la puerta del comedor
y entra en la sala un hombre no muy alto, cargado de espaldas, con una cazadora
de cuero que huele a frío y a noche y dos cercos marcados en la piel alrededor
de los ojos, producto de la presión de las gafas de pilotaje. Uno de los
novatos se apresura a levantarse para dejarle un sitio. «Es Debrien, hace la
ruta a Alicante», le susurra.
Otra de las hermanas Márquez se apresura a traer de la cocina un
nueva olla caliente. Se ha hecho un silencio expectante, todos están deseando
preguntarle y que cuente cosas de la Línea, pero nadie se atreve. Por fin, el
menos novato entre los novatos se dirige a él.
— ¿Cómo ha ido hoy allá arriba, señor Debrien?
El piloto se sirve despacio un vaso de vino y contesta
distraído:
— Nada especial.
— ¡Pero hemos oído en el hangar que había una fuerte tormenta
sobre los Pirineos!
— Sí, bueno, lo de siempre.
Debrien sigue comiendo con parsimonia y nadie se atreve a seguir
preguntando. Hay una docena de ojos observándolo, pero él no se inmuta, puede
que ni siquiera haya reparado en eso. Él no está allí. Sigue saltando a dos mil
metros de altura sobre las turbulencias, sintiendo el temblor del fuselaje en
todos los huesos del cuerpo, tratando de que las manos y los pies no se
entumezcan con el frío.
Varios de los que están alrededor de la mesa aspiran a ser
pilotos y sueñan, no sin cierto temor, con esas tormentas que zarandean los
aviones como si fueran hojas golpeadas por el viento. Querrían que Debrien les
contara todo, pero Debrien parece no tener nada que contar. Mermoz lo mira y
asiente. Se recuerda a sí mismo en Siria: cuando regresaba de las peores
misiones y aterrizaba, no deseaba hablar. Entiende perfectamente a ese piloto
veterano: has hecho tu trabajo, estás cansado, has vuelto. No hay nada más que
decir.
Sube hasta el tercer piso, porque hay una jerarquía en el Grand
Balcon: los pilotos se alojan en el primero, y el resto de los empleados y los
mecánicos en las plantas superiores. Se acuesta y, pese a la decepción, se
siente esperanzado y el sueño lo visita pronto.
En mitad de la noche, unas voces lo despiertan. Después se oye
un ruido apresurado de pasos en la escalera y la puerta de la calle. Abre la
puerta de la habitación y se asoma al pasillo. Otra cabeza se asoma de la
habitación de enfrente y los dos se preguntan qué pasa, pero ninguno lo sabe.
Otra cabeza se asoma más allá.
Por fin sube uno de sus compañeros, Marcel Reine, con los ojos
brillantes de alcohol y el gesto mustio.
— ¿Qué ha pasado? — le preguntan.
— ¡Las malditas señoras Márquez!
— ¡Pero, Marcel, si son unas benditas! — le susurran entre
risas.
— Más de la cuenta — responde con fastidio— . No hay forma de
subir con una chica a la habitación.
— ¿Trataste de meter a una?
— Y lo hice con cautela. Como siempre que oyen la puerta de la
calle, preguntaron desde su habitación quién era. Soy Marcel, les contesté y le
hice un gesto a mi chica para que guardara silencio. Duermen en la planta baja
con la puerta abierta, pero es imposible que vean nada acostadas en su cama con
todo a oscuras.
— ¿Y entonces?
— Pues al subir esta escalera tan vieja que cruje tanto habrán
contado los pasos y han echado cuentas. Una de ellas se ha asomado en camisón
por la escalera y me ha echado un rapapolvo tremendo. La muchacha ha salido
corriendo como si se le hubiera aparecido un fantasma. ¡Creo que no voy a verle
más el pelo!
Los tres compañeros se ríen de buena gana. Reine finge poner
cara de enfado, pero al momento se echa a reír también.
Aún no son pilotos, pero detecta en ese hotel una camaradería de
escuadrilla.
A las seis y media de la mañana, el jefe de taller los espera.
Son media docena de jóvenes mecánicos sin muchas trazas de mecánicos. Los
observa detenidamente.
— Bonitas manos. Lástima que esto no sea el conservatorio de
París. ¿Veis esos cilindros y esa potasa? Ése va a ser vuestro instrumento.
Mermoz suspira, pero lo hace con alegría. Si hay que frotar,
frotará. Más que nadie.
Durante semanas de duro trabajo y comidas opíparas en el Grand
Balcon, no vuelve a pensar en el éter. Los platazos de las señoras Márquez han
borrado los restos de sabor a cloroformo en su boca.
Después de tres semanas limpiando cilindros, el jefe de taller
reúne a todos los jóvenes recientemente incorporados: han terminado su tiempo
de limpiar cilindros. Se miran entre ellos con complicidad.
— Ha llegado el momento... de desmontar motores.
Las sonrisas vuelven a decaer, hay suspiros y algún reniego
entre dientes. El jefe de taller los mira bondadosamente.
— Ser mecánico es un buen trabajo. Y, de cualquier forma, no se
puede ser piloto si no se sabe cómo funciona un motor. Al menos, no en esta
compañía.
Mermoz asiente resignado. Si hay que desmontar, desmontará. No
importa, porque está convencido de que un día volará.
— ¡Será estupendo aprender a desmontar motores! — les dice a
todos.
Su buen humor sorprende a los demás, decepcionados por seguir en
el taller, y se miran entre ellos haciendo gestos de fastidio. Sin embargo,
cuando Mermoz echa a caminar tras el jefe de talleres en busca de su nuevo
cometido, los demás lo siguen. Él y su compañero Marcel Reine han estado viendo
esas semanas a dos telefonistas del Ayuntamiento y tienen una cita con ellas.
Después de bailar hasta fundir las botas en un dancing, Mermoz propone un fin
de fiesta en su habitación, donde tiene a buen recaudo una botella de licor que
guardaba para una ocasión especial.
— ¡La ocasión especial es ahora!
Las muchachas dicen que sí y sólo Reine tuerce un poco el gesto
y se acerca a su compañero para susurrarle:
— ¡Estás loco! ¡Somos cuatro! ¡Las hermanas Márquez se darán
cuenta enseguida!
Mermoz se ríe. Su carcajada apaga cualquier incendio.
Se van hasta la Rue Romiguières y llegan hasta la puerta del
Grand Balcon, aunque Reine se muestra reacio. Las propietarias del hotel los
tratan como a hijos, incluso en ese excesivo conservadurismo con sus amistades
femeninas, y no quisiera disgustarlas. Pero Mermoz encabeza la comitiva muy
decidido. Saca la llave de la puerta de la calle y, antes de abrir, se dirige a
Marcel en voz baja.
— Tú haz lo que yo haga.
Entra cautelosamente y los otros lo siguen de puntillas. Al
llegar al pie de la escalera se oye una voz adormilada desde la habitación de
las hermanas:
— ¿Quién va?
— Soy Jean Mermoz.
— Y Marcel.
— Regresamos los dos.
— Buenas noches, muchachos.
— Buenas noches.
Mermoz se pone en cuclillas delante de una de las chicas y le
hace un gesto para que se suba a caballito. Ella se encarama a su espalda y,
una vez la tiene afianzada, empieza a subir despacio la escalera marcando cada
paso. Reine sonríe y se apresura a hacer lo mismo.
De esa guisa, sin que en la escalera suenen más pisadas de las
precisas, los dos llegan con su cargamento hasta el tercer piso. El único
problema es contener las risas de las chicas.
* * * *
Cerca ya casi de dos meses de trabajo de mecánico en los
hangares de las Líneas Aéreas Latécoère empieza a resultar cansino para unos
jóvenes hambrientos de vuelo.
Esa tarde aparece remoloneando por allí, como otras veces, el
director Daurat. Lleva las manos a la espalda y su eterno cigarrillo en los
labios. Los aprendices de mecánico están con sus motores, apretando y aflojando
tuercas. Y, como de pasada, se dirige a ellos:
— Están ustedes convocados mañana a las seis y media en la
pista.
Daurat sigue su paseo sin inmutarse y los seis se miran unos a
otros. Primero uno de ellos deja caer la llave inglesa. Después, el de al lado,
y luego el otro... Se produce una escala musical de llaves inglesas contra el
suelo de cemento. La hora de la verdad ha llegado.
Por la noche, durante la cena, aparece uno de los pilotos más
veteranos de la Línea, Rozès, un hombre al que todos respetan con veneración.
— Señor Rozès, mañana vamos a pasar nuestra prueba de pilotaje —
le cuentan en cuanto se sienta a la mesa.
— Lo he oído...
— ¿Tiene algún consejo que darnos?
— Que pilotéis bien. El señor Daurat es muy exigente. No es
fácil de contentar. Los talleres de Latécoère están llenos de mecánicos que
fueron rechazados como pilotos.
— ¡Pero qué puede saber de pilotaje un directivo de despacho!
— ¡No sabéis nada de nada! — les dice con enojo.
Todos los presentes se quedan callados. Sólo se oye el sonido de
la sopa que sorbe el veterano piloto, hasta que deja la cuchara contra la loza
del plato.
— El señor Daurat sobrevivió a la batalla de Verdún, fue un
destacado piloto durante la Gran Guerra y condecorado por su valor. No os
equivoquéis con él: ha volado más y se ha jugado la vida más veces que nadie.
En el tranvía que los conduce al aeródromo cuando el sol todavía
no ha despuntado, ninguno de ellos habla.
Cuando llegan, todavía somnolientos, Daurat está a pie de pista
dando instrucciones tajantes a unos operarios que están llenando de combustible
los tanques. Los últimos trabajadores del turno de noche han dejado tras ellos
la luz del despacho del señor Daurat encendida. Los primeros empleados del
turno de mañana ya lo encuentra allí cuando llegan. Corre una leyenda entre los
empleados de la Línea que dice que el director duerme encima de la mesa de su
despacho y que, cuando hace frío, se tapa con el mapa de la pared.
El director se acerca a ellos, que se cuadran instintivamente.
— Quiero ver un buen despegue, un par de viradas a izquierda,
otro par a derecha y un buen aterrizaje.
Todos asienten. Los pilotos veteranos se apuestan recostados en
una valla a contemplar el evento.
El primer piloto despega titubeante, las alas manotean en el
aire, da unas viradas a empellones y aterriza haciendo eses. Los veteranos
sacuden la cabeza, más lamentando que negando. Daurat observa impertérrito,
fumando un cigarrillo, cómo el joven aspirante a piloto baja del avión con el
mismo nerviosismo que ha mostrado en la prueba y se planta ante él con una
sonrisa esperanzada.
— No es apto — le dice fríamente— . Recoja sus pertenencias y
pase por administración a recoger su salario.
Mermoz y los demás lo ven alejarse cabizbajo en dirección al
hangar de talleres donde tienen sus taquillas. Un escalofrío les recorre el
cuerpo.
El siguiente es un corso simpático y deslenguado. Les guiña un
ojo y se dirige con paso firme hacia el Breguet 14. Despega de manera impecable
y vira algo abierto pero aceptablemente bien. Al aterrizar, calcula mal. Se
posa algo tarde, a un tercio de pista, y el avión se detiene veinte o treinta
metros fuera de las trazas marcadas hasta rozar el descampado. Ha tenido un
error de cálculo, pero ha manejado bien los comandos, no saben cuál será el
veredicto. Se vuelven hacia Daurat, pero es imposible distinguir nada en su
rostro severo mientras fuma. Cuando el corso se acerca, Daurat lo mira con su
seriedad habitual:
— No.
— ¡Pero sólo he cometido un error!
— Un error es suficiente para perder un avión o la vida.
— ¡Todo el mundo puede tener un mal día!
Daurat apura la última calada del cigarrillo antes de responder:
— El prestigio de la Línea se fundamenta en que el correo llegue
todos los días. Aquí no existen los malos días. Ése es mi trabajo.
Pese a todo lo que ha visto y escuchado, Mermoz no tiene en su
cuerpo ni una sola hebra de duda. Camina muy erguido hacia el aparato y se pone
el casco y las gafas con parsimonia. Se acomoda en el habitáculo descubierto
del Breguet y se retrepa en el cojín de cuero del asiento: se siente de vuelta
en casa. Hasta un minuto antes había estado notando el mordisco de los nervios
en el estómago, pero ahora sólo siente serenidad.
Despega perfectamente equilibrado y se mantiene cerca del suelo
en línea recta hasta que hace un viraje a la americana y el avión, con el morro
apuntando al cielo, sube como un cohete pirotécnico elevándose con facilidad.
Se siente en pleno dominio del aparato. Vira a izquierda y derecha
enlazadamente, sube más arriba y realiza un ocho impecable. Realiza un
acercamiento en forma de «S» a la pista y el avión rueda mansamente hasta el
círculo blanco de manera milimétrica.
Desciende del avión feliz de haber vuelto a tener esa sensación
de plenitud en el vuelo. Marcel Reine le hace la señal de la victoria con dos
dedos.
Llega sonriente hasta Daurat, que está junto a su ayudante, un
joven de gafas redondas que parece eternamente asustado. Sin embargo, el
director lo mira con cara de perro.
— ¿Se ha creído que está en un circo?
A Mermoz la sonrisa se le corta de golpe.
— ¡Aquí no contratamos acróbatas!
Ha volado como el mejor profesional y ha demostrado de lo que es
capaz, no tiene por qué aguantar esto. Le parece injusto. Y la injusticia hace
aflorar la rabia oscura que lleva dentro. En otra compañía apreciarán su
talento.
Se arranca el casco de cuero y se lo endosa de malas maneras al
asistente del director, que lo amortigua contra el pecho como una pelota de
rugby lanzada desde el otro extremo del campo.
Se da media vuelta y se va a grandes zancadas hasta el taller
para recoger sus cosas y largarse con viento fresco. No sabe adónde, pero eso
no importa. Ya surgirá.
Abre la taquilla, furioso, y recoge un peine, una camisa y unas
botas viejas. Detrás, escucha unos pasos tranquilos.
— ¿Se marcha usted?
Daurat toma un cigarrillo de su pitillera y lo enciende con una
cerilla.
— Naturalmente que me marcho. Lo antes posible.
— Ya... Es usted indisciplinado, es usted arrogante, se muestra
usted satisfecho consigo mismo...
— Pues sí, señor — responde de manera crispada— . Estoy muy,
pero que muy satisfecho conmigo mismo.
— Tiene usted mal carácter...
— No, señor. Pero es que aborrezco las injusticias. Yo sé que he
pilotado bien. ¡Muy bien!
— Ya... Pretencioso, sí... Habrá que enderezarlo.
Entonces el gesto airado de Mermoz se torna en repentina
perplejidad.
— ¿Cómo? Pero ¿no me va a despedir?
— Ya se verá. Vuelva a la pista. Suba lentamente a doscientos
metros, vire con suavidad, descienda, tome desde lejos el aterrizaje. Pedal
para las viradas y control de la palanca para subir y bajar. Así es como se
trabaja en nuestra línea: ¡pedal y palanca! No somos trapecistas, somos
carteros.
Mermoz sale corriendo hacia la pista y en la puerta casi arrolla
al asistente de Daurat, que entra en ese momento con el casco en la mano. Lo
toma con frenesí y le da una amistosa palmada en la espalda con tanta fuerza
que al otro casi se le saltan las gafas.
En cuanto Mermoz sale hacia la pista, Daurat niega con la
cabeza. Su ayudante lo mira, pero no es capaz de entender lo que pasa por la
cabeza del jefe.
— Bouvet, prepáreme las facturas de proveedores de la semana.
— Pero ¿no se va a quedar a la prueba?
Daurat da una chupada a su cigarrillo y observa detenidamente el
brillo anaranjado de la brasa durante varios segundos. Mira de reojo a su
ayudante, más que con severidad, con ese cansancio que producen las personas
que necesitan que se les explique todo. Se da media vuelta y se dirige a su
despacho. No le hace falta quedarse a ver la prueba de ese Mermoz, ya sabe que
lleva la aviación en las venas.
Capítulo 22
París, 1925
Se ha despedido en Saurer y ha leído el alivio en el rostro de
sus jefes. Seguramente ha marcado un hito en la empresa como el peor vendedor
de su historia. No sabe qué hará después, pero lleva el sobre marrón que
contiene la paga abultándole el bolsillo superior de la camisa y el mundo se
ensancha. Camina a buen paso porque le espera la pandilla a la entrada de
Prunier, un restaurante que acaban de inaugurar donde sirven los mejores
mariscos de la ciudad. Cada vez cuesta más reunirlos, pero ahí están Charles
Sallès y su amiga rusa, junto a Renée de Saussine y otros amigos.
Ya ha advertido que invita él y eso le hace estar pletórico. Su
sobre se vaciará, pero eso no importa. La última vez que estuvo en París, Hervé
tuvo que pagarle todo porque estaba sin un céntimo.
Encabeza la alegre comitiva y se instalan ruidosamente en una de
las mesas reservadas. A todos les encantan las lámparas redondas tan modernas y
la barra dedicada a exponer caviar, cigalas y langostas. El camarero se acerca
y él le hace una seña para identificarse como jefe del risueño comando.
— ¿Qué va a ser, señor?
— ¡Qué pregunta, hombre de Dios! ¡Champán y caviar,
naturalmente!
Tonio ha traído su baraja de cartas. La prima de Hervé y la
amiga rusa de Charles son un público nuevo para sus viejos números de
prestidigitación. Un soldado le enseñó a manejar las cartas en Tánger y desde
entonces, cuando está de buen humor, le gusta sacar su mazo y divertir un rato
a la gente. A la gente le agrada y a él le gusta agradar.
Toma un naipe, un tres de diamantes, lo muestra con sonrisa de
artista de variedades y lo coloca en el centro del mazo. Entrega las cartas a
Renée y cuando ella está segura de tener la baraja a buen recaudo, él se acerca
teatralmente a Sallès y hace ver que saca del bolsillo de su americana el tres
de diamantes.
Sus amigos sonríen, absortos en los movimientos de sus manos.
Todos menos la amiga rusa de Charles, que lo mira absorta. Antes, en el momento
de las presentaciones, Sallès les ha pedido que de ninguna manera se dirijan a
ella como su novia, porque, según la teoría que les ha expuesto con desparpajo,
en cuanto empieza el compromiso, se acaba la diversión. La muchacha, que tiene
una belleza exótica pero un aire más de cupletista que de princesa, lo mira con
mucha atención y, al finalizar, con su francés sin música le dice que ella
también sabe manejar cartas. A continuación, saca una baraja del tarot y le
pregunta si quiere que se las eche. Todos elevan la voz divertidos y dicen que
sí alborozados.
Después de desplegar las cartas y sopesarlas con mucha
concentración, clava en él sus ojos oblicuos, probablemente tártaros, y le
informa de que él se va a casar muy pronto...
— ¡Pero si ni siquiera tengo prometida! — Y al decirlo mira de
reojillo, sonrojándose ligeramente, a Renée de Saussine.
— Será con una viuda joven a la que conocerás antes de ocho días
— le asegura la adivina.
Tonio abre tanto los ojos por el asombro que se le queda cara de
besugo y todos ríen.
— ¡Brindemos por la futura señora De Saint-Exupéry! ¡Sea quien
sea! — exclama Hervé.
— ¡Brindemos! — celebra él, ya también entre risas— . ¡Camarero!
¡Más champán!
Sallès le toca el brazo.
— Vente a echar un pitillo fuera.
La calle Duphot desemboca en Saint-Honoré, pero a esa hora está
tranquila y sólo pasa algún coche.
Su amigo da una profunda calada y deja perder la vista hacia el
fondo de la calle, donde se vislumbran las columnatas de la Madeleine.
— Es sobre Loulou... Estos días está por París.
— Bien...
— Hay más. He oído que tiene un prometido.
— ¡Bah, no pasa nada! Loulou siempre tiene prometidos.
Colecciona admiradores igual que otros coleccionan sellos. ¡Si lo sabré bien!
— Dicen que es algo serio.
— ¿Serio?
— Eso dicen.
Tonio se queda con la boca tan abierta que se le cae el
cigarrillo.
— ¿Quién es?
— Nadie lo conoce. Es un norteamericano amigo de la familia.
Tiene casi cuarenta años y al parecer es propietario de minas en Brasil.
Tonio echa a caminar calle abajo.
— ¡Pero adónde vas! ¡La cena!
Pero ya no lo oye. Se va. Necesita pensar.
Se pasa veinticuatro horas sin levantarse de la cama. Su tía
está alarmada y dispuesta a llamar al médico hasta que consigue que se quite la
almohada de la cabeza y le cuente. Contra el mal de amores, ninguna medicina
funciona. Lo deja estar.
Al segundo día, resucita.
¿Va a dejar que le dispute Loulou un carcamal de cuarenta años?
Seguro que es cosa de su familia, que sólo piensa en los negocios y el dinero.
¿Cómo va a haberse enamorado Loulou de un norteamericano? ¡Ella no soporta los
perritos calientes! No puede quedarse cruzado de brazos.
Traza diversos planes. Algunos son estrambóticos. Elige el más
extravagante de todos. Se levanta de la cama con mucha prisa, se viste a la
carrera y baja las escaleras del edificio de tres en tres.
Se acerca a los talleres de Saurer y a la hora del bocadillo
consigue hablar con un operario al que conoció durante su periodo de
aprendizaje. Primero lo ha mirado con extremo recelo sin dejar de morder un
emparedado de carne cuando le ha pedido que lo lleve a dar un paseo en el
camión más grande que haya disponible. Cuando empieza a sacar billetes, el
recelo se suaviza. Le hace un gesto con la cabeza para que se siente en el
banco a su lado y le cuente qué quiere exactamente. Cuando le explica que quiere
que se metan con el camión por el bulevar Raspail y giren por la calle de la
Chaisse, suelta el bocadillo y le hace un gesto con la mano para que afloje más
pasta.
Se ha puesto su mejor traje, afeitado y perfumado. Y ha comprado
el ramo de orquídeas que años atrás no pudo porque no le llegaba el dinero. El
plan es sencillo, pero cree que tendrá su efecto: hará detener el camión debajo
de la ventana de Loulou, el chófer tocará el ruidoso claxon varias veces, él
trepará a la parte superior de la cabina, y cuando se asome, se lo encontrará
delante de la ventana, entregándole un ramo de flores y pidiéndole que empiecen
de cero.
Todo se hace como ha planeado, pero el camión tiene más
dificultades de las previstas para circular por la calle de la Chaisse, que no
es muy ancha, y ha de invadir incluso la acera. Cuando se detiene frente a la
casa de los Vilmorin, Tonio empieza a trepar por el exterior de la cabina hasta
el techo de la caja. Le ha dicho al chófer que espere a que él llegue arriba y
golpee con el pie en el techo de la cabina para hacer sonar el claxon. No va a
ser necesario. El camión ha taponado la calle y son los otros vehículos los que
ya empiezan a pitar de manera estruendosa. Sube con agilidad. Desde arriba ve
cómo detrás ya hay una fila de tres coches y dos bicicletas. La calle se
convierte en un concierto de bocinas, más sonoro aún de lo que había planeado.
Un verdadero festival. Imposible que no lo oiga. Ve movimiento en la habitación
de Loulou. Ha temido por un momento que fuese la señora Petermann la que
anduviera trasteando, pero está de suerte: ve agitarse el pelo anaranjado. Es
ella la que va hacia el balcón alertada por el jaleo ensordecedor de la calle
para abrir y ver qué pasa. Se abre la puerta balconera. Tonio está temblando de
excitación.
— ¡Sorpresa! — le grita con todas sus fuerzas.
Loulou sale afuera y se encuentra a su altura, en el techo de un
camión, a Tonio con un ramo de flores. Pero lo que él se encuentra le resulta
infinitamente más inesperado y su sorpresa es mil veces mayor: Loulou va
vestida de novia. Detrás aparece una modista, con un metro y una almohadilla de
alfileres, que tiene unos ojos agigantados por unas gafas de muchas dioptrías.
Loulou niega con la cabeza y pone cara de fastidio.
— ¡Trae mala suerte ver el vestido de la novia!
— Entonces ¿te vas a casar?
— Sí.
Se lo ha dicho en un tono desafiante, incluso irritado. Se da la
vuelta, entra en la habitación y cierra de golpe las puertas de cristal. La
mujer de las gafas de concha se apresura a estirar unos pliegues.
Afuera arrecia el concierto de cláxones. Algunos propietarios de
vehículos han bajado de los autos y le lanzan todo tipo de insultos. Mira sus
flores: las orquídeas no le traen suerte. Estira el brazo, mete el ramo entre
los barrotes de la baranda y lo deposita en el suelo del balcón. Al menos, será
el primero en hacerle el regalo de boda. Se introduce de nuevo en la cabina del
camión, ajeno a los gritos de los conductores. El chófer, nervioso, arranca
enseguida.
— ¡Vaya lío hemos armado! ¿Le ha ido bien con su obsequio?
Él trata de decir algo, pero tiene un nudo en la garganta.
Intenta responder con una sonrisa y le sale un gesto de arlequín. El chófer lo
mira de reojo. Su pasajero está tan pálido que parece que haya visto a la
muerte misma. Y sí, algo se le ha muerto por dentro.
— ¿Adónde quiere ir ahora?
— Lejos. Lo más lejos que pueda.
Capítulo 23
Barcelona, 1925
Mermoz se para ante uno de los puestos de flores de las Ramblas
de Barcelona que tiñen la avenida de alegres colores y le pide a un tendero
ataviado con un delantal azul que le venda un clavel blanco. Como no sabe
español, lo señala con el dedo. Una vez puesto en su ojal, se detiene a mirar
el efecto de su traje nuevo delante del escaparate de la cristalera de una
fábrica de pastas alimenticias que muestra unas puertas de cobre repujadas de
manera fantasiosa y ese multicolor baldosín fragmentado en la fachada, tan
particular de la capital catalana.
Barcelona, en su trazado de cuadrícula rectilínea y edificios
modernistas primorosamente tocados por una arquitectura de fantasía, le parece
una ciudad de pequeños empresarios y comerciantes ordenados, que va perdiendo
la severa racionalidad a medida que se va acercando al mar y uno se adentra en
su barrio rojo, atestado de marineros, prostitutas, cabarets de pésima nota,
olor a callejón y garitos bulliciosos.
Tras un vuelo de prueba de ida y vuelta a Casablanca, Daurat lo
ha asignado a Barcelona para que cubra el tramo de la línea que sobrevuela
España. Un piloto hace el primer vuelo Toulouse-Barcelona con el correo. Al
aterrizar en una pista habilitada al sur de la ciudad, pasado el río Llobregat,
se traslada inmediatamente la saca al avión de Mermoz, que parte sin perder un
minuto hasta Málaga, haciendo escala en Alicante. En Málaga espera el siguiente
compañero, que cruzará el estrecho de Gibraltar para seguir una carrera de
relevos aérea, que finalizará con el correo en Dakar, en Senegal, en un tiempo
récord. Las cartas de Francia a África, que antes tardaban semanas o meses,
llegan en tres días.
Ahora que tiene más dinero, es cuando menos sale. Apenas bebe y
ha borrado definitivamente de su vida cualquier droga o substancia estimulante.
Volar le basta, templa su ansiedad, doblega su energía con el agotamiento de
ocho o nueve horas de vuelo seguidas, sacia su sed de retos.
Toma un tren de cercanías que lo traslada hasta el pequeño
pueblo de El Prat y desde allí llega en bicicleta hasta el hangar de las Líneas
Aéreas de Latécoère. Le da tiempo de sentarse despreocupadamente en una banca
de madera hasta que oye el susurro de un motor en el aire y se prepara para
recibir a su colega.
Cuando Rozès desciende de la carlinga, Mermoz se apresura a
estrecharle la mano. El piloto recién llegado se levanta las gafas y sus ojos
vivarachos sonríen. No hay tiempo para más. El correo es sagrado. Con ayuda del
mecánico traslada las sacas a la cabina del aparato de Mermoz, que se pone
inmediatamente a los mandos y hace un breve saludo antes de enfilar la pista de
despegue, con dirección a Málaga. Rozès, en cuanto su compañero haya tomado
altura, hará el camino en dirección opuesta para volver a Montaudran.
Mermoz ya está colgado del aire, peleando contra enemigos
invisibles: la baja temperatura, el viento, las bolsas de aire frío que causan
baches descomunales... en su estómago hay tensión, pero en su rostro se dibuja
la felicidad.
El vuelo hasta Málaga, con escala de repostaje en Alicante, son
casi ochocientos kilómetros a bordo de un Breguet descubierto, donde sólo el
ala superior del biplano y un pequeño parabrisas amortiguan la lluvia, el
viento o el granizo.
Por la mañana ha partido de los humedales de El Prat, una vez
más, envuelto en un revoltillo de estorninos y nubes tenues. En Barcelona el
tiempo es más inestable; la Andalucía soleada queda mil kilómetros al sur.
Hasta Valencia, el pasillo mediterráneo es plácido, pero ya llegando a Alicante
recibe los turbiones de aire que bajan desde la sierra de Aitana. Después ha de
pasar por encima de los promontorios que cierran el paso a la altura del cabo
Tiñoso. Aunque se mantiene pegado a la costa, le van dando empujones los golpes
de viento de la sierra Alhamilla y de la sierra de Gádor, que envían el
malhumor de la cordillera Penibética. Unos kilómetros después se le viene
encima el aliento gélido de la sierra Contraviesa, resfriada por los hielos
eternos de Sierra Nevada. Volar sobre España es hacerlo sobre el filo de un
serrucho.
Al sobrevolar Lújar, cerca ya de Motril, las nieves enfriadas en
el cercano pico del Mulhacén, a más de tres mil metros de altura, se espesan
hasta que pierde de vista el mundo. Recibe una metralla de granizo que
repiquetea con estruendo sobre el fuselaje y algunos perdigones de hielo se
estrellan contra su rostro. Siente el frío abrirse paso a través de la cazadora
de cuero y la camisa de franela. Le castañetean los dientes. Abre y cierra los
puños para que las manos no se entumezcan. La potencia ascensional del Breguet
no le permite auparse por encima de las masas borrascosas y pasar por encima de
ellas. Ha de penetrar el chubasco, atravesarlo, aceptar que es un gorrión dando
bandazos en un pantano de nubes. El avión tiembla, pero su mano es firme. De ninguna
manera puede odiar la tormenta, porque la tormenta es su aliada: ella saca lo
mejor de sí mismo.
Cuando aterriza en Málaga, llueve a cántaros. No importa, ya
estaba empapado. Observa cómo los operarios trasladan las sacas de correo al
avión del compañero bajo una toldilla y se siente satisfecho. Esas cartas las
están esperando personas que ansían noticias de sus seres queridos, conocer la
resolución de un negocio del que puede depender su bienestar o la respuesta a
una declaración de amor. Una carta puede cambiarlo todo. Daurat insiste
machaconamente en que el correo es sagrado. Mermoz sabe que tiene razón. Lo que
ellos transportan son pedazos de vidas metidas en un sobre.
* * * *
Desmarais, que trae el correo desde Toulouse, deposita a veces,
junto a la saca, algún presente para sus colegas destinados en España. A veces
es una botella de Pernod, otras un periódico francés.
Mientras espera por espacio de más de una hora la llegada del
tren que lo lleve de vuelta a Barcelona desde el aeródromo de El Prat,
aprovecha para leer de cabo a rabo un ejemplar de Libération dejado por
Desmarais. La política le interesa poco, pero le gusta estar informado. Le
llama la atención una noticia sobre el raid militar aéreo Military-Zenith, una
ruta de casi tres mil kilómetros que se celebra anualmente. Los raides son
competiciones para establecer récords y probar aviones. A la prensa le gusta mucho
ese tipo de demostraciones deportivas. No es algo que le interese demasiado,
pero se lleva una alegría al ver que el ganador es un sargento llamado Henri
Guillaumet. Se fija en la foto y sí, ahí está su camarada, vestido de uniforme
sosteniendo un ramo de flores, rodeado de media docena de oficiales más
sonrientes que él mismo. Guillaumet es lo único que echa de menos de sus años
en el ejército. Bueno, y aquella reina de Palmira de la que le habría gustado
saber el nombre. Ahora piensa en la locura de jugarse el pellejo para estar con
ella. Y también en cómo se lo jugaba ella, si la encontraban entregada a un
infiel. Arriesgaban la vida por estar juntos y ni siquiera llegaron a cruzar
nunca una palabra. Se miraban y lo sabían todo. En ese momento no fue
consciente de que la suya fue una gran historia de amor.
Es ya muy tarde cuando llega hasta la pensión Frascati, un lugar
de precio asequible, donde a partir de diez pesetas se puede tener pensión
completa, situada muy céntrica, en la calle de las Cortes, a unos cientos de
metros de la plaza de Cataluña y enfrente del moderno hotel Ritz, donde hace
guardia de manera perenne un portero con traje granate y chistera a juego. La
pensión le ofrece otra ventaja: la esposa del propietario es francesa.
Al entrar, el dueño le hace un gesto para que se acerque al
mostrador de recepción donde las llaves duermen en una colmena de madera.
— Le han telefoneado de su oficina central en Toulouse. Debe
llamar al señor Daurat a su despacho en cuanto llegue.
— ¿En cuanto llegue? ¡Pero si son las diez de la noche!
El señor Frascati se encoge de hombros.
En la pequeña cabina, llama a cobro revertido al número de su
jefe, aunque es demasiado tarde para que Daurat esté aún en la oficina. Suena
un tono, después otro. No llega a sonar el tercero.
— Diga.
— ¿Señor Daurat?
— Soy yo.
— Aquí Jean Mermoz. No pensé que estaría aún en el despacho.
— Escúcheme. Riguelle va a tomar un par de semanas de
vacaciones. Usted deberá cubrir su ausencia.
— Pero yo tengo mi turno.
— Ahora tiene dos.
Riguelle es el piloto que hace su misma ruta en los días
alternos. Eso significa que ha de doblar su turno de vuelo: ochocientos
kilómetros a Málaga; dormir allí en un camastro del aeródromo. Volver al otro
día a primera hora otros tantos kilómetros de vuelta a Barcelona con el correo
que llega de Casablanca.
Poca gente podría resistir ese ritmo infernal. Mermoz puede.
Cuando llega a Málaga o a Barcelona, ya no le sirven la cena en
platos, sino en bandejas. Su apetito es voraz. El encargado de la aeroplaza en
Málaga sabe que le encantan los cucuruchos de pescadito frito que venden en los
puestos ambulantes de la ciudad y algunas veces hace venir expresamente a uno
de ellos con su motocarro para montar el tenderete en el aeródromo. La primera
vez que lo hizo, el propietario, un andaluz bajito y muy moreno, con unas
patillas de hacha inmensas, le preguntó que para cuánta clientela iba a ser.
— Para uno — le contestó.
— ¡Pero tú estás mal de la azotea, chiquillo!
Al encargado le costó convencerlo de que se acercara a esas
horas de la noche hasta el apartado aeródromo con su freidora, su harina gruesa
y sus pescaditos para servir a un solo cliente. Cuando Mermoz bajó del avión
tras casi diez horas de dar saltos en el aire, con las manos tiesas y el
estómago vacío, y vio una freiduría en medio de la nada, le pareció que estaba
teniendo una alucinación. Pero los espejismos no huelen a aceite de oliva. Fue
hasta el puesto y el hombre le alargó uno de sus cucuruchos de papel encerado
caliente repleto de un surtido crujiente de acedías, boquerón pequeño, algún
trozo de cazón de los recortes... Mermoz casi se lo bebió. Lo volcó sobre su
boca como si fuera el agua de un botijo. Pidió más. Y luego, más. Cuando
llevaba siete cucuruchos, el hombre, perplejo ante aquella trituradora de
pescadito frito, tuvo que disculparse porque había terminado con las
existencias.
Después de haber llenado su depósito de proteínas, Mermoz se
tumbaba en el camastro que le tenían preparado en las dependencias del
aeródromo y caía en el sueño como una piedra que cayera en la poza de un río.
Una noche en que llegó especialmente tarde a la pensión Frascati
de Barcelona encontró un mensaje de Daurat. Debía llamarlo urgentemente. Eran
las once de la noche; una huelga del sindicato del transporte había convertido
el retorno desde el aeródromo de El Prat en una larga odisea con presencia de
los piquetes anarquistas de la CNT. A pesar de la hora, probó a llamar al
despacho de Daurat.
— Diga.
— Señor Daurat, tengo un recado para que le llame.
— El padre de Desmarais se está muriendo. Ha solicitado un
permiso para ir a verlo.
— Vaya, lo lamento. ¿Entonces se ha marchado?
— He dicho que ha solicitado el permiso, no que se lo haya
concedido. Tenemos un correo que entregar. No voy a autorizar a Desmarais hasta
no haber hablado con su substituto y saber si está en condiciones de asumir su
servicio momentáneamente.
— ¿Y quién es ese substituto?
— Usted.
— ¿Cómo? ¡Pero si ya estoy haciendo el servicio de Riguelle
además del mío!
— Ya veo...
Al otro lado de la línea se hace un silencio ensuciado por los
ruidos de la conexión.
— ¿Qué es lo que ve?
— Veo que no se siente usted capaz de hacerlo.
Barcelona-Toulouse es como un paseo en bicicleta, pero si no puede, no puede.
Le agradezco que sea sincero. La regularidad del correo es demasiado valiosa
para ponerla en peligro si no se siente uno seguro de que está capacitado para
transportarlo.
— Pero ¿quién ha dicho que no estoy capacitado para transportar
de manera segura el correo?
— He pensado que era usted quien lo decía.
— ¡Nada de eso! Yo sólo... ¡Maldita sea! ¡Claro que puedo llevar
ese correo a Toulouse!
— Madrugará más en Málaga, tendrá que salir con la primera luz y
deberá llegar a Toulouse antes de que se ponga el sol. La escala en Barcelona
será sólo para repostar. Al día siguiente, igual hasta Málaga.
— Ningún problema.
— Pasaré sus horas a contabilidad para que le sean puntualmente
abonadas.
— ¡Qué más me da el dinero, señor Daurat! ¡No tengo tiempo para
gastármelo!
— Buenas noches, Mermoz. Descanse.
Se despide y al colgar le queda la duda de si Daurat le anima a
descansar porque se preocupa por él o porque se preocupa por que el correo
llegue sano, salvo y a la hora a su destino. Aunque, pensándolo dos veces,
viene a ser lo mismo.
Hacer el trabajo de tres pilotos se convierte para Mermoz en
algo habitual. Cuando sus compañeros se reincorporen a sus puestos, será él
quien telegrafíe a Daurat solicitándole que le adjudiquen cualquier vacante, y
pilota con la misma glotonería con que come. O con la que hace el amor cuando
tiene ocasión. Mermoz quiere ampliar horizontes y le pide varias veces a Daurat
que lo destinen a la ruta de Casablanca, pero sus peticiones por escrito con
largas parrafadas son denegadas con un escueto «No».
Al menos, le dan una semana de vacaciones y aprovecha para
volver a París. La ciudad, con un buen traje y dinero en el bolsillo, es otra.
Tú eres el mismo, pero los demás te ven de otra manera.
Saborea en la terraza del Promenade un café con whisky. Es el
tercero que se toma, disfrutando de un par de días de vacaciones en medio de su
frenética tarea de cartero volante entre España y Francia, con alguna incursión
a Casablanca para cubrir bajas.
En vez de irse al teatro, se sienta en las terrazas a ver pasar
el mundo. Sobre todo le gusta mirar a las mujeres. Le encantan las muy delgadas
de media melena y cuello de cisne, también las rellenitas de busto generoso que
sonríen al pasar, igual que le maravillan las rubias de ojos azules que parecen
diosas de la mitología nórdica, y las de pelo castaño largo y ojos pardos de
gata... A todas las mujeres sin excepción les encuentra algo hermoso.
Desde su platea ve pasar por delante de los veladores a un
paseante que camina de una manera que le resulta familiar. No habría podido
reconocer su manera de vestir, ni su corte de pelo, incluso le parecía más bajo
en otro tiempo, pero su manera de andar es el trazo de su firma sobre la Rue La
Fayette.
— ¡Guillaumet!
Y cuando éste se detiene en seco y se vuelve sobre los talones
con la marcialidad de haber estado mucho tiempo marcando el paso, se
reencuentra con la misma cara bondadosa de entonces. Mermoz se levanta y lo
abraza aparatosamente. Antes de que pueda objetar nada, ya está sentado a la
mesa y tiene delante otro enorme café con whisky.
— Leí acerca de tu victoria en la Military-Zenith... ¡Bravo!
Debiste de dejar con un palmo de narices a un montón de engreídos oficiales.
— La verdad es que hubo un oficial, el teniente Challe, que fue
muy generoso y me prestó su avión cuando el mío había sufrido una avería
irreparable.
— No quiero saber nada del ejército... Está lleno de
injusticias.
— Eso es verdad. Por eso me licencié.
— La aviación civil es otra cosa.
— ¿Y qué ha sido de ti este tiempo? — Guillaumet observa su
impecable traje de lana, el abrigo de paño y el sombrero nuevo a la última
moda— . Bueno, ya veo que muy bien. Pareces un potentado.
— Me he salvado, sí. Pero he estado tirado en el arroyo.
— ¡No me lo creo!
— Pues así es, amigo. He pasado hambre, he comido en los
albergues de caridad y he dormido en la calle. En esta ciudad de miles de
personas llena de tantas cosas, he estado todo lo solo que un hombre puede
llegar a estar.
— ¿Por qué no viniste a buscarme a Thionville?
— ¿Volver a Thionville para darle a Pelletier la alegría de
verme derrotado? ¡Jamás! No fue fácil, pero finalmente me admitieron en las
Líneas Aéreas Latécoère. Ahora estoy viviendo entre Barcelona y Toulouse, me
ocupo de la línea de España. Tienen grandes planes, la línea del sur en África
se ampliará muy pronto.
— ¿Y qué transporta?
— La mercancía más valiosa del mundo: cartas. Cartas de
negocios, cartas de amor, cartas de padres a hijos, noticias sobre herencias,
traslados laborales, felicitaciones, defunciones... Ponemos al habla Francia,
España y África.
— Nunca he volado sobre África.
— Te encantaría: el cielo está vacío y la tierra también. Estás
en tu avión y es como si el mundo lo hubieran puesto ahí sólo para que tú
volaras sobre él.
Guillaumet sonríe con los ojos achispados, no tanto por el
whisky como por las palabras de Mermoz. Hay un tipo de embriaguez que sólo los
aviadores conocen.
— En casa Latécoère hacen falta buenos pilotos que amen su
trabajo... ¡Vente conmigo a la Línea!
Capítulo 24
París, 1925
Loulou se casó un 7 de marzo. No lo invitaron y eso le ahorró a
Tonio un mal trago. Hace tiempo que todos los tragos le saben a flores muertas,
como si se bebiera el agua de los floreros. Durante semanas, deambula por las
calles con zapatos de plomo. Sus bolsillos están agujereados. Ha de escribir de
nuevo a su madre para que le adelante algo y eso lo pone aún más melancólico,
se siente como un niño perdido en una ciudad enorme. Camina y camina sin un
propósito definido, con una vaga esperanza de que al doblar una esquina todo
cambie.
¿Y si al doblar la siguiente calle sucede algo? No sucede. Pero
¿y si ocurre en la siguiente?
Los pasos perdidos lo llevan a menudo a merodear por la calle de
l’Odéon, donde están las mejores librerías. Prefiere La Maison des Amis des
Livres y le gusta especialmente el cajón de madera que ponen en la calle, donde
se puede rebuscar sin detener apenas el vagabundeo.
Muy cerca está también Shakespeare and Company, de esa librera
norteamericana con cara de asustada, pero hay demasiados títulos en inglés. Un
día le fue a preguntar a alguien con boina y barba canosa y resultó ser un
americano con malas pulgas, escritor y reportero de guerra, que empezó a
insultarlo en inglés por haberlo confundido con un dependiente.
Una tarde en que regresa de uno de sus paseos, la casa de su tía
está de lo más concurrida. Él se dispone a escabullirse escaleras arriba, pero
ella lo llama y le pide que entre al salón a tomar un ponche. El cup de frutas
que le sirve un camarero con un cucharón de plata le sabe a gloria alcohólica.
Pensaba tomarse una copa, pero acaba tomando tres.
Entre los invitados hay un hombre alto y tan corpulento como él,
pero más atlético. Se llama Jean Prevost y no es jugador de rugby; es editor de
la influyente revista literaria Le Navire d’Argent, patrocinada por el editor
Gallimard. Tiene una voz recia y unos modales corteses pero rotundos. Se
adivina en sus ademanes bruscos y sus gestos cerrando los puños una afición al
pugilismo.
— ¿Y a qué se dedica usted? — le pregunta.
— Era piloto.
— ¿De coches?
— Era aviador.
— ¡Cuéntenos! ¿Se pasa miedo?
— Está uno muy atareado allá arriba. El miedo es un lujo.
— Entonces, ¿qué se siente en el aire?
Tonio se para a pensar. Sin darse cuenta, incluso cierra los
ojos.
— El temblor.
Prevost muestra un vivo interés.
— ¿Qué quiere decir?
— Los aviones son de madera, son juguetes de niño. Las planchas
son muy finas y el motor los hace vibrar todo el tiempo. El avión tiembla y tú
tiemblas con él..., y te sientes vivo. Discúlpeme, no sé cómo explicarlo.
— Pues a mí me gusta cómo lo explica.
Si algo ha desarrollado en su trabajo Jean Prevost es la
capacidad para distinguir a los charlatanes de los que tienen algo que
explicar. Y, sobre todo, de saber cuándo alguien tiene el don innato de contar.
Lo sabe: ese joven tiene el don. Cuando unos minutos más tarde estrecha su
manaza enorme para despedirse del sobrino de Yvonne, lo mira a los ojos y le
dice muy serio que debería ponerse a escribir.
— Lo hago a ratos, señor Prevost. Estoy trabajando en la
historia de un piloto.
— Me encantaría publicarla en mi revista.
Tonio asiente con vehemencia y una pequeña luz se enciende en su
interior.
Le Navire d’Argent acaba de nacer, pero es la revista literaria
más importante del momento. Ahí publica el propio Gide o ese irlandés
estrambótico que se llama James Joyce. Cuando sube a su cuarto, empieza a
danzar alrededor de la pequeña mesita de escritorio imitando patosamente una
danza de los pieles rojas e invocando a Manitú, igual que en las novelas de
James Fenimore Cooper. Desea ponerse a escribir cuanto antes para finalizar la
historia de su aviador Bernis. Pero está demasiado excitado para hacerlo. Mejor
que eso, se pone a escribir cartas a su madre, a Rinette y a varios de sus
amigos para contárselo. A su manera.
¡Los editores más importantes de París arden en deseos de leer
mis textos!
En los siguientes días, la euforia se va evaporando. Pensar las
historias es menos cansado que escribirlas. Vuelve el frío y sus pies, en lugar
de danzar, se arrastran indolentes en paseos erráticos por la ciudad.
Una de esas tardes, visita a un antiguo profesor de la Academia
Bossuet, donde cursó sus estudios de secundaria. El padre Abarnou siempre tuvo
simpatía por aquel estudiante aplicado a ratos y distraído casi siempre, con
una extrema timidez que a veces disfrazaba de una cierta petulancia.
Mientras toman un té con demasiada leche, le explica el
desaliento por haber perdido el hilo con la única profesión que realmente lo
llenaba, el páter arquea mucho las cejas, se frota la barba encanecida y,
finalmente, le dice que va a hablarle de él a un amigo suyo llamado Beppo. Es
el socio de George Latécoère en las Líneas Aéreas Latécoère.
— Se dedican al correo aéreo.
— ¡Lo sé! — exclama él.
— Son carteros.
— ¡Carteros del aire!
— No sé si ése sería un trabajo satisfactorio para ti.
— ¡Sería el mejor trabajo del mundo!
— Tendrías que desplazarte a Toulouse, incluso a España.
— Aquí ya nada me ata, padre.
Sale del solemne edificio de la Academia Bossuet y cuando pone
un pie en la calle respira hondo. Sólo es una posibilidad, sabe que no será
fácil ser aceptado, pero mira a un lado de la calle y no viene nadie, mira al
otro y tampoco. Aprovecha para dar unos cuantos pasos de la danza de los pieles
rojas, levantando mucho las rodillas y tamborileando con la mano sobre los
labios. Una señora que está regando los geranios lo mira y las gafas se le
resbalan hasta la punta de la nariz.
Capítulo 25
Barcelona, 1925
En el aeródromo de Barcelona, situado en una zona de humedales
del sur de la ciudad, Mermoz fuma un cigarrillo bajo el voladizo del hangar
mientras observa caer la lluvia. Un inspector de la Línea, que supervisa el
funcionamiento de los diferentes puntos de la ruta, asoma por el quicio de la
puerta su cabeza calva y sus abultadas bolsas bajo los ojos.
— ¡Pero métase dentro, hombre! ¡Hace frío ahí fuera!
Mermoz se echa a reír de buena gana.
El hombre lo mira sin entender nada y se vuelve hacia adentro.
Él no sabe que a dos mil metros de altura y ciento ochenta kilómetros por hora
se encuentran temperaturas quince y hasta veinte grados más bajas, que la
lluvia se convierte en nieve y el viento muerde, pero que nada de eso tiene
importancia.
El ronroneo de un motor en medio de la masa de nubes negruzcas
avisa de que llega el correo desde Toulouse. La visibilidad es pésima, de menos
de cincuenta metros, pero el avión aparece encarado a la pista de manera
milimétrica y, sin que las alas titubeen lo más mínimo, se posa suavemente
sobre el suelo. Mermoz asiente. No hay muchos aviadores que piloten con ese
dominio tan absoluto del aparato, por eso sabe que va a darle el relevo a
Guillaumet.
El mecánico sale corriendo hacia el avión con un paraguas negro.
— ¿Adónde va con el paraguas? — pregunta el inspector
financiero.
— Son órdenes de Daurat.
— ¡Ah! Veo que cuida de sus pilotos.
Mermoz hace una mueca. No conoce a Daurat. El paraguas no es
para Guillaumet, que se baja chorreando de una carlinga que es una poza de agua
de lluvia. El paraguas es para proteger la saca del correo. Recuerda la bronca
que le echó a un operario de tierra en Montaudran una vez que llovía a cántaros
y no acudió hasta el aparato con el paraguas. Mientras daba esa orden, el
propio Daurat estaba en medio de la pista, calado de arriba abajo, con un
chorro de agua cayéndole por el ala del sombrero en cascada.
Lo primero que hace Guillaumet, mojado y tiritando, no es buscar
el cobijo del barracón, sino ir a abrazar a Mermoz. Se contagian la humedad y
la breve alegría de cruzarse en un aeródromo.
— ¿Todo bien, Henri?
— Todo bien y en hora. El señor Daurat me ha dado una carta para
ti.
Se saca del bolsillo interior de la cazadora un sobre algo
arrugado y humedecido, y Mermoz lo lee sobre la marcha.
— El jefe me pide que mañana continúe con el correo hasta
Toulouse y me presente en su despacho.
Al día siguiente, el sol está dando la última boqueada por el
oeste cuando Mermoz aterriza en Montaudran. De nuevo con lluvia, de nuevo con
frío. Dos operarios corren para tomar la saca de correspondencia que viene
desde África y ha viajado en un tiempo récord que hace que la gente empiece a
tomar en consideración a esos carteros voladores. Pero Daurat no se cansa de
repetirlo cada vez que algún periodista quiere entrevistarlo para que explique
el milagro postal: «No hay milagro — refunfuña— , sólo trabajo».
El director tiene en su mesa un informe sobre el mecánico Marcel
Drouin, un veterano de los que lo saben todo sobre motores. Su asistente Bouvet
le anuncia que Drouin está en la puerta y le dice que lo haga pasar. Se
arrellana en su asiento y enciende un cigarrillo. El mecánico es un hombre que
ha cumplido los cincuenta, con una calvicie que avanza a grandes zancadas sobre
su cabeza, donde los cabellos rubios escasos se van blanqueando.
— Usted dirá, Drouin.
— He recibido notificación de que se me degrada de mi puesto de
primer oficial mecánico al de auxiliar.
— Así es.
— Señor Daurat, es cierto que cometí un error con unas
conexiones. ¡Le puede pasar a cualquiera!
— Pero le pasó a usted.
— ¡Llevo veinte años de mecánico! Usted sabe que conozco mi
oficio mejor que nadie. ¡No pueden degradarme a auxiliar! En el taller todos se
burlarían de mí. Es una injusticia y no voy a aceptarlo.
Daurat lo mira con una neutralidad que incomoda al operario. Ni
irritado ni contemporizador. Simplemente lo mira.
— ¡En 1910 monté el primer avión de Latécoère! Lo he dado todo
por esta compañía. Si me rebajan la categoría, me marcharé.
El director no mueve un solo músculo ni hace la más mínima
observación detrás de su mesa metálica. Por su parte, está todo dicho. El
hombre se da la vuelta y se retira, cabizbajo.
— ¡Pediré la cuenta al contable!
Cuando se marcha, Daurat toma la carpeta con el informe sobre el
incidente de Drouin y hojea de nuevo las notas, aunque las conoce de memoria.
Un momento antes de despegar se detectó que el cableado eléctrico del Breguet
estaba conectado al revés. Drouin dice que conoce su oficio mejor que nadie. Y
lo malo es que es verdad. Si un mecánico se equivoca por falta de conocimiento
es una mala cosa, pero ese mecánico puede aprender y no volverá a cometer el
error. Si un mecánico que lo sabe todo sobre un motor se equivoca, es que no ha
prestado atención o se ha distraído. Nada indica que no vaya a volver a cometer
la misma falta. El exceso de confianza hace bajar la guardia. Los años también
pesan más de lo que queremos creer.
Da vueltas a la hoja y le viene a la mente el rostro compungido
de Drouin. Es un buen trabajador, con más de veinte años de oficio y un
comportamiento impecable. Tal vez esté siendo injusto con él.
Un solo fallo...
Podría romper la orden de degradación que lo aboca, en un
encomiable gesto de orgullo profesional, a solicitar una renuncia. Una renuncia
que tal vez lo lleve al desempleo y sea el inicio de su caída. No hay tantos
lugares donde pueda trabajar un mecánico de aviones. Es posible que caiga en
una espiral que lo lleve a la desesperación, tal vez a la bebida y a la ruina.
Su decisión puede ser devastadora para Drouin y aún está a tiempo de romper esa
orden y lanzarla a la papelera. De ese modo, un buen hombre, honrado y
trabajador, recuperaría su dignidad. Pero lo único que estruja es el paquete de
tabaco vacío que hay sobre la mesa.
Bouvet pide permiso para entrar de manera apocada.
— Se trata de Drouin, señor Daurat. Ha pedido la liquidación y
el contable me la da por si usted la quiere firmar o manda otra cosa...
El asistente alza la mirada por encima de las gafas negras y
mira a su jefe con una ansiedad temerosa. Bouvet conoce a Drouin desde que
tenía pelo en la cabeza. Sabe que es un buen hombre. Daurat busca la pluma
estilográfica en el bolsillo de la chaqueta y el asistente, encogido en su
traje barato, hace acopio de valor para decirle algo.
— Señor Daurat...
El jefe le clava los ojos minúsculos y él agacha la cabeza. Se
va cabizbajo con los papeles.
Bouvet piensa que soy un tirano. Lo soy...
Aprieta las mandíbulas. ¡Hubiera sido tan fácil hacer feliz a un
buen mecánico! Si hubiera revocado la orden habría sido justo con Drouin y sus
años de dedicación. Pero habría sido injusto con el resto de los pilotos de la
Línea. Un circuito eléctrico mal armado puede provocar un corte de fluido a
cuatro mil metros de altura en plena noche, borrar todos los instrumentos de
navegación y llevar al piloto a la muerte. Es verdad que podría haberle dado
una segunda oportunidad. Una segunda oportunidad para esperar si cometía o no
un segundo error. Pero ¿y si por ese segundo error el avión se hubiera
estrellado y el piloto fallecido? ¿De quién sería la culpa de esa muerte?
¿Sería culpa de Drouin? ¿O sería culpa de quien lo autorizó a seguir
equivocándose?
No sabe si ha sido excesivamente severo.
— Quién sabe...
No es la culpa lo que preocupa a Daurat. Hace tiempo que hizo un
pacto con sus remordimientos. Muchos hombres de la Línea han muerto desde que
él es el director. Él es quien los manda a volar en condiciones extremas, quien
los sanciona si se retrasan aunque las condiciones sean adversas, quien los
amonesta si se arrugan ante un parte meteorológico dudoso. Él los empuja hacia
arriba. Y algunos caen.
No se culpa, en eso consiste su cometido. Tampoco olvida.
Recuerda con precisión milimétrica a cada uno los pilotos muertos bajo su
mando, los ve a todo ellos frente a su mesa con esa arrolladora presencia de la
vida. La lista de sus nombres y apellidos es una marca hecha con un hierro al
rojo vivo en su piel. Con eso vive.
El asistente lo avisa de que su siguiente visita es la del señor
Mermoz. Enciende otro cigarrillo y asiente. Bouvet quiere abrirle la puerta al
piloto, pero éste, poco amigo de ese tipo de servilismos, casi lo arrolla. Da
los buenos días mientras se planta en dos zancadas delante de la mesa como si
tuviera prisa. Daurat lo mira.
— Le he mandado llamar porque se ha producido una vacante en la
ruta Casablanca-Dakar. Tal vez le interese. La paga aumenta un cincuenta por
ciento.
Mermoz levanta la cabeza y mira el mapa con la línea roja
marcada. Antes se detenía en Casablanca, a mitad de Marruecos. Ahora continúa:
primero, Agadir. Después sigue hasta el aeródromo de la Línea en Cabo Juby en
la antesala del desierto. Después el mapa muestra un vacío geográfico: el
Sahara. Una plaza en medio de la nada llamada Port-Étienne y, finalmente,
Saint-Louis de Senegal, en el corazón de África. Una ruta con temperaturas de
cincuenta grados, arena por todas partes obturando los motores, aeródromos
improvisados en lugares desangelados en zonas de influencia de las desconfiadas
autoridades españolas y el acecho de tribus autóctonas muy hostiles. Ante esa
perspectiva, Mermoz se siente exultante.
— Habrá días malos y habrá días peores.
— Para mí serán todos buenos.
— Tendrán que serlo porque el correo ha de partir todas las
semanas.
— Partirá.
— La credibilidad de una compañía postal está en su regularidad.
La gente nos confía sus mensajes más importantes. No podemos fallarles.
— No fallaremos, señor Daurat.
Antes de salir hacia Casablanca, subido como pasajero encima de
las sacas de correo en el Breguet de Villeneuve, Mermoz ve llegar a un mecánico
que corre hacia el avión agitando un papel.
— ¡Señor Mermoz!
— ¿Qué pasa?
El muchacho se detiene a recuperar el resuello. Acaba de llegar
una comunicación del Aeroclub de Francia. Le han concedido una medalla por ser
el piloto que más millas ha recorrido en el pasado año 1925: ¡ciento veinte mil
millas!
— ¿Qué le parece, señor Mermoz?
— Que esto no ha hecho nada más que comenzar.
Capítulo 26
Toulouse, 1926
Tonio llega a la estación de tren de Toulouse en uno de esos
días de otoño en que el sol luce engañosamente. Brilla pero no calienta. Reina
en el cielo pero no manda. Los nervios le hacen temblar los intestinos como
cuerdas de guitarra. Un moderno tranvía eléctrico lo lleva a Montaudran. Camina
hasta llegar a los hangares altísimos y a la fila de aviones recién salidos de
la fábrica. El ruido lo hace volverse y ve aterrizar en la pista un Breguet 14
que se bambolea caprichoso y posa las ruedas en el suelo. Aún con la hélice en
marcha, se abalanzan sobre el avión dos operarios y abren el compartimento de
carga para tomar unas sacas.
Tras la gestión de su antiguo profesor con un amigo personal del
dueño de la línea aérea, se le comunicó que debía presentarse ante el jefe de
explotación, el señor Didier Daurat, y que el ingreso o no en la compañía
dependía exclusivamente de él.
El despacho es austero, sólo hay mapas y papeles. Las sillas son
duras, seguramente para que nadie permanezca sentado demasiado tiempo. El señor
Daurat irradia una seguridad que lo cohíbe.
— ¿Por qué quiere usted ingresar en esta compañía?
— Porque quiero volar...
— Ya..., pero esto no es una empresa de paseos aéreos.
— Lo sé.
— Una empresa de paseos aéreos no vuela cuando llueve. Cuando
hay niebla no vuela... — Daurat lo observa con sus ojos pequeños y penetrantes—
. Pero se escriben cartas con todos los climas. Y la gente las espera. Las
necesita. Nuestra misión es llevarlas. ¿Comprende?
— Perfectamente, señor Daurat.
El director de explotación examina sus credenciales de piloto.
— Su experiencia de vuelo es escasa...
— Estuve tres años en el ejército...
— El ejército en tiempos de paz es un balneario para reumáticos.
Tonio va a decir algo, pero se calla. La poca confianza que
tenía se le esfuma. Asiente dándole la razón: como piloto es bien poca cosa.
— Preséntese mañana a las seis al jefe de talleres. Necesita
gente para el mantenimiento de motores. Eso es lo que puedo ofrecerle de
momento, si le interesa.
— ¿Y más adelante?
— Más adelante, ya se verá.
Daurat empieza a sacar papeles de una carpeta y a examinarlos.
Tonio duda si ha de permanecer o la entrevista ha terminado. Se revuelve un
poco en la silla hasta que Daurat levanta los ojos algo contrariado.
— Buenos días — le dice secamente.
— ¡Oh, sí! ¡Disculpe, señor Daurat! Ya me marcho. ¡Buenos días!
Limpiar motores con potasa no es el trabajo más emocionante del
mundo. Pero a él le gustan esas catedrales de madera con techo de chapa
ondulada galvanizada donde la lluvia arma una escandalera que compite con la de
los martillos y las novísimas sierras radiales que nunca había visto antes y le
causan asombro con su corte preciso y voraz. Los aviones se construyen
manualmente, pieza a pieza, tornillo a tornillo. El jefe de talleres, el señor
Lefebvre, es un hombre con un mostacho austrohúngaro que se dobla hacia arriba.
Cuando los operarios con grasa hasta los codos ven aparecer a aquel muchacho
con camisa y corbata por debajo del mono, modales señoriales y apellido de
aristócrata se quedan perplejos. El mono le queda estrecho y mira las cosas con
una rara intensidad.
— ¿Qué mira usted con tanto interés? — le pregunta el primer día
el encargado.
— La manera en que trabaja la gente con sus manos. El ruido
preciso del trabajo, el movimiento de los brazos... Me parece que en vez de
estar en un taller estoy en una orquesta.
El señor Lefebvre pone cara de no haber entendido. Uno de los
mecánicos con el mono mugriento y grasa hasta las cejas que está cerca se echa
a reír de manera burlona. Antes de que los demás se sumen, el encargado le da
un manotazo en el pecho y lo corta en seco.
— Bienvenido al taller.
Cuando empieza a desmontar cilindros, sus manos no son hábiles,
pero conoce bien la manera de encajar las piezas de un motor. Esos motores
Renault de trescientos caballos no son muy distintos de los que aprendió a
desmontar en la fábrica de los camiones Saurer antes de convertirse en
representante.
Por la tarde llega cansado pero de buen humor a la pensión Grand
Balcon, que es el lugar que le han recomendado. Les ha pedido a las
propietarias una habitación con escritorio y le han adjudicado una de las
mejores, en la cuarta planta. Tiene un ventanal que, desde la esquina algo
encajada en que se encuentra la pensión, da a la enorme plaza del Capitole.
Muchas tardes empieza a escribir, pero la mirada se le escapa por la ventana
envuelta en una melancolía perezosa. Le gusta ver el movimiento de la gente que
va y viene a las cafeterías y brasseries de la plaza porticada por la que cruza
cada poco el tranvía. Desde el ventanal, espía a las muchachas, que pasean de
dos en dos o de tres en tres y ríen y se susurran confidencias y luego ríen
otra vez. También hay parejas que pasean tomadas del brazo, con sus abrigos de
domingo y esa mirada tranquila de quienes tienen el amor domesticado. Le dan
envidia. Llaman a la puerta. Una de las señoras Márquez trae un sobre para él.
Al abrirlo, contiene un ejemplar de la revista Le Navire
d’Argent y una nota de Jean Prevost que lo anima a seguir escribiendo. En ese
número aparece por fin publicado su relato «El aviador». Le agrada verlo
publicado y alimenta su vanidad, al menos por un minuto, ver su propio nombre
impreso en tinta. Pero a la vez le produce una sensación de distancia. Es una
obra acabada, no puede hincar más los dedos en su arcilla y darle forma. Ya no
pertenece a las manos del alfarero.
Uno de los mecánicos que trabaja en su sección se sienta a su
lado en la mesa común del comedor. Cuando la señora Márquez deja encima de la
mesa una sopera de loza, el aroma a caldo de pollo satura la habitación y el
mundo parece un lugar más acogedor. Un hombre entra en el comedor discretamente
y desea las buenas noches a los huéspedes. Lleva una cazadora de cuero con
cercos de humedad en los hombros y trae con él un frío de nubes altas.
— Es uno de los pilotos que hace la ruta a Alicante. Dicen que
es el piloto más seguro que hay en la Línea. Se llama Henri Guillaumet.
— ¿Qué tal el vuelo de hoy, señor Guillaumet?
Detiene la cuchara humeante a mitad de camino, alza la mirada y
sonríe amablemente. Después, continúa comiendo.
Nadie repite la pregunta. Ya les ha contestado. Todo ha ido
bien, se han cumplido los horarios previstos en las escalas. Si la humedad de
su cazadora se debe a un aguacero que le ha caído sobre Barcelona, si en los
Pirineos se le ha helado el aliento, si el motor ha tosido durante horas...,
todo eso carece de importancia.
Por la mañana, todavía está oscuro cuando Tonio se monta en el
tranvía hacia Montaudran. Detrás sube también Guillaumet.
— ¿Tiene usted hoy servicio, señor Guillaumet?
— Hasta Barcelona nada más.
— ¡Nada más! Lo dice usted como si fuera un paseo.
— Podría decirse así.
— Pero hay que cruzar los Pirineos...
Guillaumet sonríe con una dulzura algo somnolienta, incluso ha
de abortar un amago de bostezo. El tranvía se para en medio de una avenida y el
piloto mira ansiosamente su reloj de pulsera. Entonces, un gesto de
contrariedad le nubla la cara. No le inquieta cruzar los Pirineos, lo que le
preocupa de verdad es el trayecto al aeródromo en ese tranvía que avanza tan
lentamente que en cualquier momento parece que vaya a quedarse dormido sobre
los raíles.
— ¿Es usted piloto? — le pregunta Guillaumet.
— Ojalá. Por ahora sólo soy ayudante de mecánico.
— No se preocupe. Todos lo hemos sido en esta compañía. Son los
métodos de Daurat. Tendrá su oportunidad.
— ¿Usted cree?
— Seguro. Pero sólo tendrá una oportunidad. No falle. Daurat es
justo, pero implacable.
Hay algo indefinible en Guillaumet que le gusta. Tal vez que
tiene una sonrisa de niño.
Pasan varias semanas en las que se sucede el trabajo en el
taller. Su rutina empieza por las mañanas en el tranvía amodorrado que toma en
el centro de Toulouse. Se detiene antes de llegar a Latécoère para desayunar
café con leche y un cruasán en un cafetín minúsculo donde paran muchos
empleados de la compañía. Aunque no le gusta madrugar y le cuesta despejarse
por las mañanas, el olor a café y bollos lo anima. Más de una vez se alza sobre
uno de los taburetes de la barra y propone un brindis con su vaso de café con
leche:
— ¡A la salud de los que madrugamos!
Sus compañeros ríen.
— ¡Los brindis son con licor! — le grita alguno, jocoso.
— ¡Señora Martin, saque el coñac y bautice estos cafés! Invito
yo.
Aunque eso sucede siempre en los primeros días de la semana. Al
llegar el sábado a menudo ha de pedirle a la propietaria que le apunte el café
con leche y el cruasán hasta el lunes.
Capítulo 27
Casablanca-Dakar, 1926
Volver al desierto ha sido para Mermoz como volver a casa. El
vuelo semanal le permite tener más días libres y convivir con otros pilotos.
Casablanca está rendida ante esos aviadores del correo que parecen no tener
miedo a nada. Los cafetines más mortecinos se llenan de chispas cuando llegan
los jóvenes pilotos sedientos de cerveza y diversión tras días de ruta. Traen
con ellos la luz del desierto.
A veces el jolgorio de la ciudad oculta el silencio opresivo de
allá afuera. La angustia de sobrevolar esa arena hostil donde acechan gumías
afiladas deseando rebanar el cuello de infieles osados.
En uno de los trayectos el motor empieza a echar humo y ha de
aterrizar pasado Cabo Juby, en mitad de la nada. Cuando al poco tiempo llegan
unos hombres montados en camello les hace señas alegres. No se da cuenta de que
su intérprete, que en realidad apenas habla una docena de palabras en francés,
tiembla pese a estar a cincuenta grados.
Los que se acercan son hombres de azul, armados con viejos
fusiles y ojos milenarios. Mermoz requiere de su intérprete que hable, pero
éste se echa al suelo e implora clemencia de rodillas. Los bereberes descienden
de los camellos y le patean las costillas. Se van hasta Mermoz y le golpean en
la cara con la culata de un fusil. Se parapeta como puede de una lluvia de
golpes. En algún momento pierde pie y se ve en la arena. Patadas. Parecen
coces. Más golpes. Hay un momento en que las luces se apagan y todo se
desvanece.
Cuando recupera la conciencia está con las manos atadas a la
espalda, viajando encima de un camello como un fardo. Nota la costra de la
sangre seca taponándole la nariz y la boca llena de arena. Emite un gruñido,
que es todo lo que puede salir de su cuerpo. Los hombres del desierto se
vuelven hacia él y el que parece el jefe hace ademán para que se detengan y
dice unas palabras que le traen el sonido de las tormentas de arena.
Uno de los hombres del grupo se acerca a él. Lleva un turbante
azul y el rostro tapado hasta la nariz. Tiene los ojos perfilados con una raya
de kohl y en otras circunstancias le habrían parecido hermosos. Le gustaría
poder contarle qué hace allí, en su tierra, explicarle quién es. Ni Mermoz sabe
hacerlo ni el otro lo entendería. El afán de todos hombres de hacer y guerrear
durante millones de años les ha impedido sentarse a escuchar. Esos dos hombres
aman el desierto, pero no saben contárselo.
El tuareg le acerca a los labios una pequeña calabaza que
contiene un agua salada y amarga y le da a beber unas gotas. En ese momento
Mermoz sabe que no lo van a matar y siente una absurda sensación de
agradecimiento hacia esos hombres de ojos pintados que lo han vapuleado y
secuestrado.
Anochece cuando llegan a un minúsculo campamento consistente en
unas jaimas de tela pringosa y un par de camellos. Lo arrojan sin desatarlo a
una de las tiendas y Mermoz nota las magulladuras por todo el cuerpo. Unas
gotas de esa agua repugnante y el sueño son su único consuelo.
Por la mañana, le ponen a la altura de la cabeza un cuenco que
contiene un puñado de dátiles. Es su desayuno, tal vez la comida de todo el
día. Al tener las manos atadas, ha de comer metiendo la cara en el cuenco. El
hambre no sabe de modales, rebaña las últimas migajas con la lengua como haría
un perro. Al acabar, uno de los hombres, tal vez el mismo del día anterior,
porque todos le parecen iguales: altos, delgados y embozados de azul hasta los
ojos, le trae la calabaza de las gotas milagrosas. El agua ya no le sabe
amarga. Le sabe a champán.
Uno de los hombres llega corriendo, agitando los brazos y
gritando. El jefe lo distingue por las babuchas que un día debieron de ser
doradas y conservan algún hilacho brillante, da algunas órdenes y todos se
ponen a recoger apresuradamente las jaimas.
Lo toman en volandas y lo suben a un camello. La joroba se le
clava en el pecho. Pero lo peor es cuando el jefe ordena que se pongan al
galope. Con el traqueteo, siente que la piel se le va enrojeciendo, primero, y,
después, rasgando. La cabeza le cae por un costado y atisba cómo otro grupo de
beduinos los persigue. Algo le dice que el botín que buscan es él. Mala cosa
estar en disputa entre tribus para los que la vida de un infiel vale
infinitamente menos que la de una cabra.
Poco a poco dejan atrás a sus perseguidores y el grupo busca un
escondrijo detrás de unos promontorios de pedruscos y arena donde algún matojo
aislado sugiere que hay agua en alguna parte remota del subsuelo. Los tuaregs
conocen cada pliegue y cada agujero del desierto y saben dónde encontrar agua
en pozos que sólo ellos conocen.
Pasa las horas y los días con la piel desollada y la boca
sellada, sin saber cuándo va a terminar ese tormento. Un par de veces ha oído
un avión sobrevolar sus cabezas, pero nadie allá arriba sabe que en esa reata
de nómadas viaja Jean Mermoz. O lo que queda de él.
Una noche, al acampar, se repite la rutina de todos los días. La
cuerda que le ata las manos ha hecho ya una costra verdosa alrededor de la soga
y ha dejado de molestarle. La piel está ya tan requemada que tampoco le duele.
Ni siquiera el golpeo en el pecho del camello. Se da cuenta de que, al bajarlo
del animal y dejarlo bajo una carpa que sólo le protege de la luz de las
estrellas, no nota sed ni frío. Y ahí es cuando por primera vez siente pánico.
Es como si hubiera dejado de estar ahí, como si ya no fuera Jean Mermoz. Se
muerde salvajemente el labio y, agrietado como está, enseguida empieza a
sangrar. Nota el escozor, también el sabor dulzón de la sangre, y se siente
reconfortado. La vida tiene que doler.
Durante una de esas jornadas de nomadismo, tras varias horas de
ruta, cree atisbar una construcción geométrica, como una fortaleza. Los
espejismos levantan castillos en el aire que se desvanecen en cuanto quieres
tocarlos. Pero la construcción permanece y se hace más nítida a medida que
avanzan. Distingue incluso el movimiento de personas y, cuando ya están muy
cerca, pese al estado de semiinconsciencia en que vive, se da cuenta de qué
lugar es ése: el fuerte español de Cabo Juby. Es un establecimiento militar
paupérrimo y desolado, pero en ese momento le parece el palacio de un
emperador.
Los beduinos se detienen a unos centenares de metros de la
puerta del cuartel, que permanece cerrada y silenciosa. El jefe tuareg se
acerca hasta él; con la cabeza colgando a un lado del camello sólo puede ver
sus babuchas de oro cansado. El hombre da una orden y uno de los tuaregs lo
arroja a la arena y, desde el suelo, sí puede ver al jefe, al menos la franja
de sus ojos entre la tela azul. Desenfunda la gumía, que lanza destellos
afilados, y se acerca hasta él. Mermoz no cierra los ojos, cada segundo es una
eternidad. Cada gota es preciosa. Sus miradas se cruzan. No hay odio. El odio
es para los débiles.
El tuareg se agacha y corta la cuerda que le sujeta las manos. A
unos cientos de metros ve abrirse el portón del cuartel español y unos soldados
que escoltan al oficial al mando y a un civil no muy alto con un traje de mil
rayas, bigote fino y un sombrero de ala ancha más propicio para un café de
París que para esas tierras inhóspitas.
Daurat...
La Línea ha pagado el rescate y Daurat ha volado desde Toulouse
hasta Cabo Juby para asegurarse de que todo esté en orden. Cuando por fin
traspasa la puerta del cuartel llevado en una camilla, le tiembla todo el
cuerpo.
— ¡Señor Daurat!
— ¡Cierre la boca, Mermoz! — El jefe lo mira con su severidad
habitual, como si estuviera en el despacho de Montaudran— . ¡Está hecho una
piltrafa! Siga al oficial médico y hágale caso en todo. ¡Haga caso a alguien
por una vez! ¡Y cuando se reponga quiero un informe completo del aterrizaje!
Mermoz sonríe con los labios agrietados. Siente la felicidad
insuperable de recuperar su vida.
Un soldado de la enfermería lo ayuda a ducharse, el médico
castrense español le desinfecta algunas llagas y ya se siente mucho mejor. A
pesar de que debería pasar la noche en observación, Mermoz insiste en irse al
pequeño aeródromo de la Línea, situado al lado del cuartel. También le indican
que tome infusiones y una cena ligera.
En cuanto llega, salen a saludarlo los mecánicos y Mustafá, un
marroquí que aprendió a cocinar en la Legión española.
— ¿Qué tienes de cena, Mustafá?
— Estofado de cordero. Ya sé que usted no gusta mucho...
— ¿Que no me gusta el estofado de cordero?
Su risotada hace temblar los cristales de las ventanas. Se come
un plato hasta arriba. Después, otro. Y otro más. Tras el tercer plato pide el
postre.
— Hay dátiles.
— ¿Dátiles? ¡No!
Finalmente, de postre se toma otro plato de estofado. Los
mecánicos lo ven comer como si asistieran a un espectáculo deportivo.
Mermoz quería retomar su ruta al día siguiente de ser rescatado
en Cabo Juby, pero dada la insistencia de los médicos, Daurat le ha ordenado
que se tome unos días de permiso y decide ir a visitar a su madre a París.
Justo el día que llega, la alegría del encuentro se ve repentinamente
interrumpida por un dolor intenso en el oído. El dolor aumenta y la subida de
la fiebre de manera alarmante obliga a su inmediato ingreso en el hospital.
No saben lo que tiene. La fiebre no baja y el dolor sólo se
aplaca con dosis descomunales de morfina. El jefe de la sala de otorrinos
decide operar aunque eso ponga en riesgo su oído. Cuando el cirujano abre, se
encuentra arena en el conducto auditivo. Lleva medio desierto metido en la
cabeza. La operación es delicada y, al terminar, el médico cree haber eliminado
toda la arena, pero el tímpano ha sufrido mucho. Cuando se recupera de la
anestesia, el médico se acerca a la cabecera de la cama para hablar con él.
— Es probable que pierda la capacidad auditiva del oído
izquierdo.
— ¡No puede ser! ¡Eso es una tragedia!
— Bueno, no es tan grave. Tiene el otro oído intacto, podrá
hacer una vida normal.
— ¡Usted no lo entiende! Yo no quiero una vida normal. Si no
oigo por un oído me retirarán el título de piloto.
— No se puede hacer más que esperar...
— Opéreme otra vez, haga lo que sea. Me da igual el riesgo.
— Ha estado muy grave, habría podido morir con semejante
infección. ¡Debería estar feliz de conservar la vida!
— Pero es que yo no quiero la vida. Yo quiero volar.
La naturaleza de Mermoz es portentosa. La capacidad de
recuperación de su cuerpo asombra a los médicos. Su tímpano se va
restableciendo poco a poco. Aunque el oído vuelve a funcionar, tiene por
delante una larga convalecencia.
— Tres meses de reposo.
— ¡Tres meses! ¡Imposible! Necesito el alta para la semana que
viene.
— Los cambios de presión con el vuelo podrían ser muy
perjudiciales. El tímpano ha sufrido una fuerte agresión.
— ¡No puedo estar tres meses holgazaneando! ¡Hay mucho correo
por repartir!
Pero los médicos no ceden. Por eso, tras quince días dando
vueltas por París, Mermoz decide viajar en tren hasta Toulouse para tratar de
convencer a Daurat de que lo deje volar cuanto antes.
Capítulo 28
Toulouse, 1926
Una noche en el Grand Balcon, después de la jornada en el
taller, ven llegar a un hombre de espaldas anchas y cabello rubio con un abrigo
de cachemira.
— Es Jean Mermoz — murmura el mecánico.
Tonio arquea las cejas con perplejidad. Más aún cuando ve cómo
la señora Márquez, que se había quedado traspuesta sobre la silla de la
recepción mientras hacía calceta con dos enormes agujas de madera, abre los
ojos de golpe y empieza a gritar el nombre de su hermana.
— ¡Odile! ¡Deprisa, la sopa!
El recién llegado sonríe de una manera que a Tonio le resulta
enigmática. Hay en su gesto una afabilidad sin asomo alguno de desdén que
resulta irresistible. Las señoras, magnetizadas por la presencia de ese huésped
de un indudable ascendiente, corretean por la pensión tan aturulladas como
gallinas descabezadas en su afán de que su habitación esté lista y la cena se
sirva inmediatamente.
Entra en ese momento Guillaumet, con su cazadora manchada y el
pelo revuelto. Cuando ve al recién llegado se va hasta él y se dan un abrazo.
— ¿Cómo te encuentras, Jean?
— Magníficamente. Mi único problema es la terquedad de los
médicos. Creen que debo reposar...
— Pues entonces debes hacerlo.
— ¡Lo que me pone enfermo es reposar!
Tonio, llevado por un impulso de esos muelles que a veces se nos
sueltan por dentro, se pone en pie y se acerca hasta el tal Mermoz, muy
resuelto:
— Mi nombre es Antoine, Antoine de Saint-Exupéry.
— ¿Y hace mucho de eso?
Se lo ha dicho con un tono tan guasón y cortante que no sabe qué
responder. De repente, se siente ridículo por haber interrumpido ese encuentro
de manera tan poco procedente y haberse metido donde no lo llaman. Sus mejillas
empiezan a arder y no puede evitar tartamudear al tratar de pedir disculpas.
— Ustedes sigan, quiero decir que disculpen...
El nuevo huésped lo mira con una severidad algo burlona, pero
cuando empieza a recular torpemente, Guillaumet extiende la mano y lo toma del
antebrazo.
— Saint-Ex es piloto. Pronto terminará su periodo de prueba en
los talleres de la fábrica.
Podría haber dicho que era un simple ayudante de mecánico, o no
haber dicho nada y seguirle la burla a su arrogante amigo, pero empieza a
comprender de qué pasta está hecho Guillaumet.
— Saint-Ex, te presento a Jean Mermoz, uno de los pilotos de la
línea de África.
— África...
No puede evitar repetir como un eco y abrir mucho los ojos. La
palabra África evoca en él una luz interminable sobre un paisaje inmenso. Es
tal su ensimismamiento que los dos pilotos se miran entre sí y el gesto
displicente de Mermoz se afloja.
— ¿Conoce usted África? — le pregunta.
— Muy poco. Estuve unos meses destinado en Casablanca durante el
servicio militar.
— Casablanca es una ciudad que no se olvida.
— Yo no fui feliz en Casablanca, pero no la olvidaré nunca.
— Cuando lo destinen a Casablanca, yo le enseñaré algunos sitios
donde la infelicidad está prohibida. ¡Os llevaré a los dos!
Guillaumet sonríe con timidez. Tonio, en cambio, se siente
restablecido de su torpeza.
La señora Márquez se va hasta Mermoz, como si fuera el señor del
castillo, y le anuncia que la sopa está servida.
Guillaumet se ríe.
— ¡Cuando estás tú aquí, los demás nos volvemos invisibles!
Los tres entran de excelente humor en el comedor y se sientan
juntos. Guillaumet le pregunta por su tímpano.
— El único riesgo que tengo de recaída puede ser por algún grito
de Daurat.
— ¡Pero si Daurat no grita! — lo contradice Guillaumet.
— Grita a susurros — apunta Tonio.
— ¡Sí! ¡Eso es! ¡Grita susurrando! Habla bajito, pero cada
palabra pesa como una hélice de hierro.
Comen y hablan sin parar. Antes del segundo plato, ya es como si
los tres llevaran toda la vida juntos.
Capítulo 29
Casablanca, 1926
Mermoz cruza la puerta del Emporium, se le echan al cuello dos
de las chicas del local y sus compañeros se levantan a darle un abrazo. Antes
de que se haya sentado, el camarero ya ha traído una botella de champán en una
cubitera. La alegría del reencuentro con Mermoz los enloquece. Reine, que se ha
bebido él solo media botella de whisky, desaparece y retorna al poco rato con
los ojos muy brillantes.
— Salid al patio. Hay un amigo que quiere compartir la juerga.
En el patio de la entrada del local hay un caballo que nadie
sabe de dónde ha salido. Reine coge una botella de champán, la echa en un pozal
y se la da a beber. El animal no deja ni gota. Al terminar relincha con
excesiva alegría. Y al dar un paso más bien torpón, resbala ligeramente sobre
los cascos. Reine se ríe de manera tan exagerada que él mismo resbala y se cae
encima de una maceta. Dos chicas del local salen y lo toman en brazos. Él se
agarra con las manos al culo de cada una de ellas, que ríen su atrevimiento, y
se va para adentro cantando beodamente La Marsellesa.
La noche es pródiga en bebida, canciones y el relato de Mermoz
de su cautiverio, barnizándolo de comicidad para que todos rían.
En un momento dado, tapa con la mano el vaso vacío cuando el
camarero hace ademán de volver a llenárselo de whisky. El camarero marroquí lo
mira como si nunca terminara de entender a esos occidentales que despilfarran
el dinero y no temen a su dios.
— Se acabó por hoy.
Ville, Reine y otro par de pilotos, junto a varias chicas de
faldas breves y uñas largas, muestran su desolación. Una de ellas, egipcia, muy
menuda, talle de avispa y ojos emborronados de kohl, se abalanza sobre su
cuello para retenerlo. Mermoz se ríe y se levanta del asiento con ella colgando
como si fuera un amuleto.
— Mañana he de salir temprano para Cabo Juby.
Sus compañeros no insisten. Saben que sería inútil. Toma a la
chica de la cintura y la deposita sin esfuerzo sobre la mesa. En ese momento
llega otro piloto, Érable.
— Mermoz, llevo toda la noche buscándote.
— No buscaste en el lugar adecuado — le responde a la vez que le
guiña un ojo.
— Quiero pedirte un favor. Cambiarte el turno de mañana y que
hagas tú el mío del próximo viernes. Ya sé que es precipitado. Verás, tengo una
cita…
— No me tienes que explicar nada. Eso está hecho.
Érable le da efusivamente las gracias y se marcha. Mermoz se
vuelve hacia el grupo que, debido a la jarana del local, no ha podido oír la
conversación por más que todos han estirado los cuellos. Pone los brazos en
jarras.
— Señores, señoritas…
Todos abren mucho los ojos con la máxima expectación.
— ¡La noche es joven… y nosotros también! ¡Camarero! ¡Acabe lo
que había empezado!
Vítores, sombreros y hasta una liga vuelan para celebrarlo.
Antes de que ponga la espalda sobre el asiento ya tiene las cabezas de dos
chicas apoyadas en el pecho. Reine levanta una copa de ese pastís que bebe como
si fuera agua de un pozo y brinda por la vida. Mermoz aún no sabe el
significado secreto de ese brindis.
Las risas van a preceder a un largo silencio.
* * * *
Antes del silencio, el ruido. El ronroneo ensordecedor del motor
Renault de doce cilindros que palpita en la tripa del Breguet 14. Gourp con el
correo y Érable en tarea de escolta, con el intérprete árabe y Pintado, el
mecánico español, a bordo, parten el 11 de noviembre de Casablanca. Al
sobrevolar cabo Mogador, Gourp nota que falla el motor y se ve forzado a
aterrizar. Érable aterriza a su lado y transbordan el correo a su avión.
Pintado cree que puede arreglar la avería en unas horas y Gourp insiste a Érable
para que se marche y no retrasen la entrega del correo en Dakar. Despega.
Pero el destino siempre tiene sus propios planes.
Al caminar hacia el avión de su colega, asoma de detrás de las
rocas un grupo de beduinos comandados por un árabe formado en el ejército
francés. Se llama Ould-Aj-Rab. Entiende perfectamente las palabras de Érable
rogándole que no disparen en ese idioma que ha terminado por odiar después de
tantas humillaciones de esos blancos que los tratan peor que a perros. Un gesto
suyo y los fusiles disparan a bocajarro. Pintado y Érable caen muertos sobre la
arena del desierto. El intérprete se lanza a los pies del jefe de la partida y
le solicita con voz lastimera y aspavientos la gracia de morir de manera digna
y no como un infiel. A un gesto de Ould-Aj-Rab, uno de los beduinos saca un
alfanje enorme y, mientras el traductor reza con la cabeza agachada, alza el
filo y lo deja caer sobre el cuello con todas sus fuerzas. La cabeza rueda
sobre la arena dejando un rastro de coágulos de sangre. Gourp grita
aterrorizado y uno de los beduinos le dispara a bocajarro, pero el jefe hace un
gesto con la mano para que no lo rematen. Tal vez puedan cobrar un rescate.
Los pilotos no han llegado a la escala de Villa Cisneros como
estaba previsto. Cuando pasa el tiempo de vuelo posible según el combustible
que llevaban, se da la alerta. Se organizan rápidamente equipos de rescate,
pero ninguno tan veloz como el que forman Mermoz y Ville en Casablanca. Son los
primeros en despegar en su busca.
A unos cuantos kilómetros de donde aterrizaron sus compañeros
desaparecidos, falla el motor de Ville y ha de hacer un aterrizaje forzoso
sobre el desierto. Mermoz vuela hacia su posición y ve desde el aire que a un
par de kilómetros se dirige hacia el aparato de su compañero un grupo de
beduinos. Un destello metálico le hace saber que agitan fusiles mientras
cabalgan.
Alguien en su lugar se habría parado un momento a considerar la
situación. Mermoz actúa. Baja a toda velocidad en un picado rabioso, estabiliza
casi a ras de dunas y se lanza contra ellos. Hay que estar muy loco para volar
a esa velocidad a dos metros del suelo. O muy cuerdo. Algunos beduinos, a punto
de ser arrollados por esa máquina de picar carne que se les viene encima, se
lanzan al suelo desde los camellos, otros caen estrepitosamente al encabritarse
sus monturas.
Aprovecha la confusión para aterrizar un par de kilómetros más
allá junto al aparato de su compañero. Ville corre hacia el avión. También
corren los beduinos, que se han reorganizado y golpean los camellos con los
talones para lanzarlos sobre la arena. Un disparo agujerea el fuselaje en el
momento en que Ville se tira de cabeza dentro a la cabina trasera y el aparato
echa a rodar seguido por los camelleros furiosos. Un disparo en el depósito de
combustible sería su despegue hacia la vida eterna.
Pero se elevan.
Pocas cosas hacen tambalearse a Mermoz en su firmeza, pero
cuando se da cuenta de que era él quien debía hacer ese día la escolta a Gourp
y quien debía haber recibido aquellas balas, siente que se le aflojan las
piernas. Incluso, se encierra a escribir unos versos lúgubres, con aquella
afición de adolescencia por la poesía torturada. La ofuscación le dura unas
pocas horas. Después, hace lo que siempre ha hecho para salir adelante: meter
la fragilidad del poeta en una maleta debajo de la cama. Convertir su frustración
en combustible para quemar y rugir más fuerte. Rompe en mil pedazos las
cuartillas que ha garabateado y se pone a disposición del jefe de línea para
intervenir en todas las operaciones de rescate.
Un enviado del renegado Ould-Aj-Rab ha traído el mensaje de que
el único superviviente de la matanza está retenido a la espera de que paguen un
rescate. En realidad está medio muerto, con una herida de bala en una pierna
infectada que se ha convertido en una gangrena que le va subiendo como una
mancha de humedad en la sangre, echado a lomos de un camello, dando tumbos por
el desierto durante días, bajo un sol abrasador. Gourp sufre tanto que se ha
bebido los frascos de yodo y de ácido fénico que llevaba en el bolsillo para
tratar de terminar cuanto antes su agonía. Los captores piden un rescate de
unos cientos de francos, aunque saben que no podrá ser rescatado.
En Toulouse, el asistente llega al despacho del director de
explotación con el radiotelegrama que informa de la muerte de Pintado y de
Érable y el secuestro de Gourp. Daurat lee en silencio. Bouvet permanece de pie
frente a su mesa.
— ¿Qué quiere?
— Hay algo más, señor Daurat. Hemos recibido un mensaje de
Port-Étienne. Esperan instrucciones para saber si han de retener el correo.
Daurat se va hasta la ventana y mira hacia ese lugar que parece
ninguna parte.
— Tome nota: «Si el correo no llega a Casablanca a las 15.00
horas según horario previsto, el jefe de aeródromo y el piloto encargado de la
escala serán despedidos».
El asistente se retuerce las manos.
— El piloto es Lécrivain, señor...
Daurat se da la vuelta y lo mira sin dejar de fumar. Hay un
reproche cortante en sus ojos. Algo que podría estar cercano al odio. El
asistente se retira pronunciando unas embarulladas disculpas.
El director se ha quedado solo, una vez más. Sigue con la vista
fija en la tarde nublada que levanta pequeños remolinos de polvo sobre las
pistas grises.
Daurat ordena el pago del rescate. Esos días regresa a su casa
únicamente para cambiarse de camisa. Su esposa no le pregunta. Él la mira y
ella ya sabe: el trabajo, la responsabilidad. Ya ni siquiera siente amargura.
Lo ve entrar y salir como a un huésped de un hostal. Ha convertido la casa en
un hotel; su verdadero hogar es la oficina.
En su despacho hay luz día y noche. No ha sido posible recuperar
los cadáveres de Pintado y Érable, no ha habido noticias del intérprete, y sabe
que Gourp debe de estar viviendo un infierno en las profundidades del desierto.
Pero el correo llega a Dakar y vuelve camino de Francia sin novedad.
Todos creen que Daurat jamás vacila. Él cultiva ese mito. Deben
creerlo porque los hombres siempre necesitan creer en algo que esté por encima
de ellos. Daurat piensa en los pilotos muertos, en los que morirán. Mira su
imagen en el vidrio y se pregunta: ¿Vale la pena?
Un Daurat más difuminado no le responde.
No sabe si vale arriesgar la vida de esos chicos para llevar el
mensaje de las cartas a todas partes del mundo, pero sabe que el sacrificio, el
esfuerzo y la entrega los hace mejores. Piensa en ellos como en la pasta blanda
y sin substancia que sale de la amasadora. Sólo cuando se introduce en el horno
y sufre su calor abrasador se convierte en pan. La masa pegajosa no sirve de
nada, el pan salva a la humanidad entera.
Unos días después, llega la respuesta del trueque por parte de
Ould-Aj-Rab. Ha recibido tantas peticiones del piloto Mermoz para colaborar en
el rescate que ordena que sea él quien acuda a la entrega de Gourp.
Junto a Ville, Mermoz se desplaza a ochenta kilómetros de Cabo
Juby para ir al encuentro de la caravana. Cuando llegan allí se dan cuenta de
la temeridad que ha sido ir sin una escolta mayor, pero ya no hay vuelta atrás.
Mermoz lleva en la cintura, bajo la camisa, un revólver que ha comprado en el
zoco de Casablanca y Ville, en el bolsillo de la cazadora, una pistola alemana.
Un emisario se desgaja de la caravana y acude a su encuentro,
tirando de otro camello sobre el que yace, exangüe, Gourp. Mermoz camina,
después corre. Lanza al beduino la bolsa del dinero y toma a su amigo entre sus
brazos con extremo cuidado. Da gracias a Dios porque su corazón late. Pero mira
la piel desollada por el sol, la pierna putrefacta, la cara hinchada, los
labios azules de la muerte. Gourp agoniza. El beduino lo observa atentamente
desde la atalaya del camello. Mermoz aprieta la mandíbula. Muy fuerte. Hasta
que los dientes crujen. Le da igual si le explota la dentadura. Lo que no va a
hacer es darle el gusto a ese hijo de perra de verlo llorar.
Mermoz camina con él en brazos como si fuera una novia
traspasando el umbral de su nueva vida. Cuando los beduinos se empiezan a
alejar, Mermoz deja que las lágrimas le abran una carretera sobre el polvo de
las mejillas.
Gourp morirá en el hospital veinticuatro horas más tarde.
Capítulo 30
Toulouse, 1926
En esas semanas Tonio ha hecho un par de vuelos de prueba
alrededor del aeródromo de Toulouse y Daurat ha asentido con la cabeza. También
ha ido de pasajero en la ruta de España, pero todavía no ha recibido ni
aprobación ni desaprobación por parte de la compañía para desempeñarse como
piloto. Esa tarde, Daurat entra en el taller y se acerca al lugar donde está
preparando una bañera de potasa para sumergir un motor con problemas de óxido.
— Saint-Exupéry...
— Dígame, señor Daurat.
— Mañana a las seis llevará el correo a Barcelona.
— ¿Alguna consigna importante, señor Daurat?
— Sí.
Tonio se apresura a sacar su libreta de tapas de cuero para
tomar nota.
— Dígame.
— Pedal y palanca.
Daurat le alarga un mapa, da media vuelta y se aleja sin dar más
explicaciones. Ni siquiera le ha preguntado si se veía capaz de hacerlo.
¡Naturalmente que se siente capaz! Aunque en ese momento, empiezan a asaltarlo
las dudas.
En cuanto termina la jornada en el taller se quita el mono
precipitadamente y sale a la puerta de la nave a fumar un cigarrillo tras otro.
Observa el cielo con un inusitado interés: el atardecer se está emborronando de
nubes amoratadas hasta que la noche pinta todo de un negro sin fisuras. Para un
piloto, una noche sin estrellas es una mala noche.
En ese momento pasa por delante Guillaumet y se detiene un
momento.
— Ya me he enterado...
Tonio asiente con nerviosismo.
— Es más fácil de lo que parece. No tendrás ningún problema.
— ¿Y los Pirineos?
— Fácil.
— ¿Fácil?
Guillaumet le señala el hangar.
— Vamos, repasemos la ruta.
Sigue a Guillaumet hasta una pequeña sala desangelada. Lo
seguiría hasta el centro de la Tierra. Enciende la lámpara que cuelga del techo
y bajo su luz rancia despliega el mapa enorme sobre la mesa de tablón. Ahí
están Francia y España, el mar y las cordilleras.
— Mira...
Guillaumet tiene unos dedos gruesos que recorren el papel como
si pudieran leerlo al tacto. Busca algo que no está en las leyendas que marcan
las ciudades, los pueblos, los cabos y los golfos. La yema de su dedo recorre
la península ibérica hasta saltar Sierra Nevada y llegar a una zona en blanco
cerca de Guadix.
— Aquí hay un excelente campo para aterrizar en caso de
necesidad, pero es más peligroso de lo que aparenta. Cuidado con los tres
naranjos que bordean el campo. Sólo los ves cuando ya los tienes encima.
— Los tres naranjos...
— Márcatelos en el mapa.
Tonio lo apunta en el mapa obedientemente como un escolar
aplicado. Guillaumet sigue recorriendo el mapa, y se detiene cerca de Málaga.
— ¿Un campo de aterrizaje?
— No, nunca debes aterrizar ahí. Desde arriba se ve una hierba
maravillosa y dan ganas de posarse sobre ella. Crees que es como aterrizar en
un colchón de plumas. Pero la hierba esconde un arroyo que serpentea por el
campo. Si metieras ahí el avión, volcarías fatalmente.
Están tan enfrascados con la cabeza metida en el mapa que no se
percatan de una silueta que se mueve silenciosamente en la oscuridad de la
nave. Daurat los observa con sus ojos minúsculos. Escucha atentamente el
murmullo de la voz de Guillaumet. También escucha el silencio de Saint-Exupéry.
Daurat se marcha tan silenciosamente como ha llegado. Sabe todo lo que
necesitaba saber: que ese aristócrata medio poeta será piloto.
Cuando Tonio se tumba en su cama del Grand Balcon, no puede
dormir. Rememora cómo Guillaumet le ha advertido de un prado de montaña
aparentemente idílico para aterrizar en caso emergencia, pero donde acechan una
treintena de ovejas que pueden meterse entre las ruedas en el momento menos
pensado. Le ha señalado, en cambio, otras laderas menos a la vista pero óptimas
para aterrizar, e incluso le ha puesto un punto redondo allá donde podría
encontrar en medio del campo una granja en la que hallar una mano amiga. Y el
campo de los tres naranjos.
Los tres naranjos son lo importante...
Sonríe en la cama. Es la mejor lección de geografía que ha
recibido nunca. Piensa en el arroyo oculto y traicionero del que le habló
Guillaumet, escondido entre la hierba. Se estremece. Ese arroyo, culebreando
oculto entre las hierbas, lo asusta porque lo imagina como una serpiente.
Le viene a la cabeza un libro sobre la selva virgen que leyó
hace muchos años en el desván de la casa de Saint-Maurice titulado Historias
vividas. Había una lámina que le causaba desasosiego, pero a la vez lo atraía
de manera que no podía dejar de mirarla. Representaba a una enorme boa que se
enroscaba sobre una fiera aterrada, con la enorme boca abierta a punto de
devorarla. El libro explicaba que las boas tragan a sus presas enteras sin
masticarlas y, después, no pueden moverse y duermen durante los seis meses de
la digestión. Sólo de pensarlo se remueve nervioso en la cama. ¿Cómo es posible
que una serpiente delgada como un brazo se trague un animal diez veces más
grande? ¿Cómo de grande podría ser el animal que se tragase? Dormir le resulta
imposible, así que enciende la lámpara de la mesita de noche y toma alguno de
los papelotes que se acumulan allí y un lápiz, y trata de dibujar una serpiente
que se hubiera tragado un animal enorme.
Un elefante...
No es sencillo dibujar una boa que se ha tragado semejante
bocado. Las primeras luces que se filtran por el ventanal del balcón lo
encuentran dibujando serpientes y elefantes, también mariposas extravagantes y
poniendo sobre el cielo de papel las estrellas que la noche nublada ha
escamoteado al firmamento de Toulouse. Así amanece su primer día como piloto
del correo aéreo.
Capítulo 31
Dakar, 1927
Para Tonio han sido meses intensos de servicio en España.
Barcelona, Alicante, Málaga... Recuerda con especial placer Alicante: sus
noches calurosas, sus mujeres morenas y su paseo de palmeras frente al mar lo
hacían sentirse como en un cuento de Las mil y una noches. Barcelona le parece
una ciudad más gris e industrial. Le llama la atención que su exquisito y
burgués teatro de la ópera esté en pleno barrio rojo, donde campan a sus anchas
prostitutas y facinerosos que se pasan el día recorriendo arriba y abajo el
paseo de las Ramblas que lleva hasta los muelles. Se le agolpan los recuerdos.
Le viene uno reciente, de la última vez que se cruzó en Málaga con Mermoz en un
cambio de correo. Su amigo se fue hacia él con las manos en la cabeza:
— ¡A Guillaumet le ha sucedido una catástrofe!
— ¿Qué ha pasado? ¿Un accidente?
— ¡Mucho peor! ¡Se va a casar!
En su último encuentro en el aeródromo de Barcelona algo le
había contado de una muchacha suiza, pero no mucho.
— Jean, habrá que hacerle un regalo...
— ¡Una camisa de fuerza!
Cuando había empezado a acostumbrarse al clima de España y a su
cocina chorreante de aceite y ajo, lo han destinado a Dakar, la segunda ciudad
en importancia de Senegal, en pleno corazón de África.
Comparado con el calor de Senegal, España le parece ahora
Finlandia. Pero lo peor no es el calor, ni las moscas, ni los olores de la
gente que cocina al aire libre, ni esas calles sin asfaltar que hacen que uno
viva en una constante nube de polvo. Lo peor es que no acaba de habituarse a la
vida colonial africana. Por suerte, está allí Guillaumet.
Le presenta con cierta timidez a su esposa Noëlle, como si
temiera no recibir su aprobación. Y a Tonio le parece una mujer maravillosa. Si
las mujeres como ella gobernaran el mundo, le dice, sería un lugar mucho más
cuerdo y saludable. Y le gusta ver a Henri feliz. Son una de esas parejas que
cuando se sientan en la terraza de una cafetería elegante para europeos en
compañía de otra gente, se toman de la mano como si estuvieran solos, pero no
hacen sentir incómodo a nadie. No hay nada afectado en su manera de quererse.
Se alegra por Henri. Quizá sea el único piloto que conoce que es apto para el
matrimonio.
Los Guillaumet lo introducen en los ambientes del lugar, aunque
ellos son una pareja tranquila, poco dada a la vida noctámbula. A Tonio, en
cambio, le gusta la noche. De día manda la realidad, de noche se imponen los
sueños. También el insomnio. A veces se siente como un búho, recorriendo
cabarets llenos de humo, mucho ruido y mujeres, pero donde no encuentra lo que
busca. Hay piernas bonitas y labios pintados de rojo tan mullidos que uno
podría dormirse besándolos. Pero las chicas de alterne vistas de cerca le
contagian una gripe de tristeza. Ríen, pero es duro reír por contrato.
No acaba de encontrar su sitio en Dakar. Funcionarios mediocres
o representantes de empresas medianas, que con sus salarios llevarían en París
una vida anodina, aquí tienen grandes mansiones con cocinera, chófer y dos o
tres criados. El calor pegajoso parece haberse traspasado a las relaciones
sociales de esa colonia de franceses con una indigestión de grandeza.
Al principio le asignan pocos vuelos y tiene mucho tiempo libre.
Más del que quisiera. Los dancing de la ciudad le parecen toscos y el ambiente,
grosero. No es infrecuente verlo en medio del estruendo de la música de alguno
de los locales nocturnos, aislado en un rincón leyendo con mucha atención un
libro de Nietzsche o los Diálogos de Platón. A Platón le fascinaría esa caverna
donde suena la música y sólo bailan las sombras.
Guillaumet va a buscarlo a diario para dar un paseo por esa
ciudad de calles polvorientas y tomar una cerveza tibia. Escucha pacientemente
en los días en que la lengua de Tonio es un látigo de siete colas que no deja
de chascar. Pero permanece a su lado con idéntica fidelidad en esos días en que
su amigo parece haberse caído al fondo de un pozo.
Un paréntesis de unos días entre vuelos hace que, para matar el
aburrimiento, acepte la invitación a sumarse a una cacería de leones. Van
lanzados cruzando la sabana en dos coches ruidosos que espantan a cualquier
animal o humano en varios kilómetros a la redonda. Después de mucha arena
levantada, mucha escandalera y mucho combustible quemado en vano, una tarde en
que se queda solo a leer en uno de los coches descapotables mientras los demás
han salido de reconocimiento, se le aparece inesperadamente un león. El felino
se va directo hacia él. Busca con nerviosismo cómo bajar el techo descapotable,
pero no atina. Decide enfrentarse al león de una manera poco ortodoxa: pulsa
con fuerza el claxon. El imponente rey de la selva, ante el inesperado
bocinazo, abdica. Da media vuelta y huye despavorido. Le parece que debe de ser
uno de los episodios de cacería de leones más penosos de la historia de África.
Un aterrizaje forzoso cerca del río Senegal en el que encuentra
gente amistosa que nunca ha visto a un hombre blanco — tal vez por eso— , lo
hace recorrer docenas de kilómetros a caballo amablemente conducido por dos
indígenas. Pero no está preparado para las escuadrillas de mosquitos. Cuando
llega a Dakar tiene fiebre y es ingresado en un hospital, que es en realidad
una chatarrería de cuerpos. La fiebre amarilla hace estragos. Hay un calor de
toses estropeadas. Huele a carne corrompida. Pasa allí un mes, rodeado de gente
que muere todos los días. Tiene un vecino en el camastro de al lado con el
cuerpo recorrido por gusanos. O eso le parece, porque la fiebre lo deforma
todo.
Guillaumet se presenta allí una tarde y se queda pálido. Retorna
discutiendo con alguien vestido con una bata de médico que un día fue blanca, y
que no deja de hacer aspavientos. A regañadientes, firma el alta.
— Nos vamos — le dice.
Tonio no cree que vaya a tener fuerzas, pero asiente.
Guillaumet lo ayuda a incorporarse y hace que le eche un brazo
por encima del hombro para ayudarlo a caminar en dirección a la salida. En
cuanto nota el aire fresco en la cara, se siente ya un poco mejor. Su amigo lo
lleva a casa y lo acuesta en un camastro del minúsculo salón. Noëlle le prepara
un caldo de pollo y le pone compresas frías en la cabeza.
Dos días después, se siente mucho mejor. Aprovecha su primera
salida para ir a la única floristería de la ciudad y agotar las existencias de
flores. Todas son enviadas a casa de la señora Guillaumet con una tarjeta sin
palabras ni firma. Sólo hay una cara redonda dibujada con un círculo y la
medialuna de una sonrisa.
En cuanto comunica su alta a la central, recibe un telegrama de
Daurat. Debe presentarse en su despacho inmediatamente. Así que, como parte de
la valija, hace el recorrido de las escalas del correo hasta llegar a Toulouse.
Le maravilla atravesar el estrecho de Gibraltar, ¡desde el aire es idéntico a
como aparecía dibujado en los mapas de la escuela! La península ibérica acaba
en una barbilla puntiaguda. África y Europa están tan cerca que parece que
vayan a besarse. Lamenta que no lo hagan. El señor Daurat no le da un beso,
pero al menos le concede un par de días de permiso y Tonio se va a París
después de haber estado mucho tiempo ausente.
Sin embargo, en París no encuentra a ninguno de sus amigos. No
están en la ciudad o están ocupados. Nadie parece haberlo echado de menos.
Pasea como un extranjero por los puestos de libros del Sena y compra novelas de
misterio que lo distraigan de la soledad. Se sienta a mirar a los jubilados que
pescan con caña en las aguas turbulentas del río. Algunos operarios pasean por
la orilla. Las gabarras a vapor lanzan un humo que oscurece la tarde.
Deja a un lado Notre-Dame y se adentra en el barrio judío, donde
bulle el comercio en sus calles estrechas repletas de carnicerías, verdulerías
donde la fruta se ordena matemáticamente, pequeñas joyerías repletas de
brazaletes, pendientes y anillos de plata, sombrererías algo anticuadas... Le
gustan esas letras hebreas en los rótulos de los comercios. Entra en una
panadería y se compra una trenza espolvoreada con sésamo.
Al llegar a una esquina ve cómo se detiene un taxi a unos
cuantos pasos y una mujer con dos bolsas en la mano se apresura a subir. Lleva
el pelo más largo, un pelo suavemente anaranjado.
Loulou...
Está a punto de gritar para llamar su atención e inicia el gesto
de extender el brazo, pero algo lo paraliza. La mano se le congela en el aire.
La trenza de pan dulce cae al suelo y el sésamo se dispersa por la acera. Se ha
dado cuenta cuando se ha puesto de perfil para entrar en el taxi. Loulou está
embarazada.
Ve el vehículo alejarse y perderse entre el tráfico. Él se queda
de pie en la calle. La gente tiene que esquivarlo para poder avanzar. Le parece
que se queda parado en esa esquina tanto tiempo que envejece. Cuando echa a
caminar lo hace lentamente y siente que la juventud ha quedado atrás para
siempre.
Cuando regresa a Toulouse, Daurat lo recibe con la gabardina y
el sombrero puestos. Alguien podría pensar que acaba de llegar, pero lleva
horas en el despacho. Tal vez no le haya dado tiempo de quitárselos, quizá
simplemente le recuerdan lo provisional que es todo.
— Saint-Exupéry, es usted el nuevo jefe de aeródromo de la
escala de Cabo Juby.
— ¿Jefe de aeródromo?
— Eso es.
— Pero yo preferiría...
— No le he preguntado qué preferiría.
La boca le había quedado abierta a mitad de frase, así que
decide cerrarla. En realidad, todo le da igual.
— Bien. Pues es usted el nuevo jefe de aeródromo de Cabo Juby.
Pero va a hacer algo más que supervisar el tráfico del correo en su escala. Ha
de establecer las mejores relaciones posibles con los militares españoles, que
nos autorizan a estar allí pero no se fían de nosotros. Y ha de establecer
también las mejores relaciones posibles con los jefes de las tribus moras de la
región. Tenemos muchas caídas en el desierto. Necesitamos el máximo de aliados
posibles.
— ¿Y cómo lo haré?
— Su trabajo consistirá en descubrirlo.
— ¿Cuándo empezaré?
— Saldrá con el correo de mañana por la mañana. A las seis.
Capítulo 32
Cabo Juby (Marruecos), 1928
Los españoles lo llaman, con una euforia patriótica algo
desmedida, el Sahara español. En realidad, la presencia española se limita a
unos cuantos fuertes minúsculos desperdigados en miles de kilómetros de un
desierto que les es ajeno. Al atardecer, se baja bandera, se cierran los
portones de las fortificaciones y se abren las cantinas para que los soldados
beban vino malo, jueguen al dominó o al guiñote y arreglen el mundo apoyados en
la barra del bar. Raramente pasean fuera del recinto en esa tierra que dicen
española. Las tribus hostiles acechan, también las tormentas de arena y ese
pedregal áspero que se abre ante ellos. La región en la que se hallan desde ahí
hacia el sur, hasta cabo Blanco, es un área desértica que se empeñan en llamar
Río de Oro, con esa afición por lo grandilocuente de los españoles: allí ni hay
río ni hay oro.
Cabo Juby es un recodo entre dos desiertos, uno de secano y otro
de agua. En ese filo de África las olas se desperezan en la orilla de una playa
vacía de cinco mil kilómetros cuadrados. En medio de una soledad abofeteada por
el viento se alza el acuartelamiento del ejército español que, visto desde el
aire, parece una fortaleza. Mirado más de cerca, no resulta tan imponente: los
muros desconchados, las ventanas desportilladas, la corrosión pudriendo los
remates de metal.
Un kilómetro más allá, metido un centenar de metros en el mar,
se alza otro edificio cuadrado de piedra con una barba de musgo y mejillones
que chorrea con el romper de las olas. Fue un antiguo almacén construido por un
inglés visionario llamado MacKenzie, que quiso hacerse rico comprando las
plumas de avestruz, dátiles, marfil y oro que portaban las caravanas que
cruzaban el desierto. Pensó que, al construirlo sobre unos peñascos mar
adentro, evitaría el pillaje. En eso tuvo una visión tan certera como en el
plan que ideó para anegar el Sahara y convertir aquella costra seca en un
jardín. Sus sueños se los llevó el viento, que aquí es el que manda. Al
encontrarlo abandonado después de los saqueos constantes a que fue sometido,
los españoles lo convirtieron en un presidio al que llamaron Casa Mar.
Tonio camina despacio hacia la entrada del cuartel de Cabo Juby.
Los soldados españoles visten uniformes zarrapastrosos y todo tiene un aire de
dejadez: bidones oxidados, cajas rotas, mástiles sin bandera. Lo espera en su
despacho el comandante del acuartelamiento, el coronel De la Peña. Es su
segunda visita. La primera, unos días atrás, fue para presentarse. No podría
calificarla de eufórico recibimiento.
Cuando en la cena de despedida en el Grand Balcon explicó que se
iba como jefe de aeródromo para mediar con los españoles, un mecánico le dijo
que lo pasaría muy bien, que los españoles eran muy juerguistas. Pero ya
entonces él había estado meses haciendo la ruta entre Barcelona y Alicante, y
algo sabía. De sus esporádicos servicios hasta Málaga aprendió que en el sur de
España gusta mucho el rasgueo de guitarra y el compadreo, pero en el centro del
país hay un tipo de español que encaja más con esa idea del hidalgo viejo del
Quijote, que camina muy estirado para parecer más alto, que tiene una pose
altiva y se niega a reconocer que el imperio se esfumó mucho tiempo atrás. A
los españoles los emborracha más el orgullo que el vino.
Ese puñado de desierto africano y esas tribus díscolas, a veces
sanguinarias, son todo lo que les queda de aquel imperio suyo donde no se ponía
el sol. Pero allí los oficiales, siempre estirados, con uniformes impecables y
bigotes finos engominados, fingen no saberlo. Los soldados, en cambio, parecen
un hatajo de pordioseros: uniformes sucios, rotos, los pies arrastrando unas
botas polvorientas. Alguien le explica que a ese acuartelamiento remoto se
destina a soldados como castigo, a modo de un penal militar.
Un cabo primero lo conduce a la presencia de un teniente, frente
al que se cuadra con poco garbo. El teniente toca en la puerta del despacho
minúsculo de un capitán y la abre sin esperar que le digan que pase. El oficial
está fumando, mirando por la ventana. Mira a Saint-Exupéry con fastidio, como
si interrumpiera una tarea importante. Tal vez lo haga. Fumar es una de las
principales actividades en ese fuerte que a él le parece tan débil.
El capitán sale y le hace una seña para que lo acompañe hasta el
despacho del coronel. El conducto reglamentario es crucial. Aquí los militares
fuman y siguen el conducto reglamentario, en eso consiste su jornada.
De la Peña le indica que se siente. Desde la pared de detrás del
escritorio los observa una fotografía del rey Alfonso XIII y un crucifijo de
madera oscura. No tiene papeles sobre la mesa. No está haciendo nada. He ahí su
autoridad. Probablemente nadie tenga nada que hacer allí, pero su jefatura
consiste en no tener que disimularlo.
— He venido a pasarle el plan de aterrizajes y despegues de la
semana entrante, tal como usted me solicitó.
El militar asiente con un gesto neutro.
— Le vuelvo a reiterar nuestra colaboración. Quisiera que nos
viera como a unos amigos... — Y como el coronel alza la vista y lo mira con una
indiferencia absoluta, Tonio se pone algo nervioso— . Sí, ya sabe, españoles y
franceses, vecinos de toda la vida, somos la misma cosa.
El jefe de la plaza levanta la barbilla. Inclina las cejas como
toboganes. Parece que se le transparenta el pensamiento: ¿Qué es eso de que los
españoles sean lo mismo que esos gabachos que comen queso con olor a pies y
beben el vino caliente?
— Nuestro puesto es su casa, venga cuando quiera — insiste.
El coronel De la Peña estira el cuello hacia arriba y responde
con uno de esos refranes y frases hechas de los que en España tienen a capazos:
— Señor Saint-Exupéry, cada uno en su casa y Dios en la de
todos.
Se siente aliviado al dejar ese despacho desnudo, donde apenas
hay muebles, pocos archivadores, un crucifijo y ningún gesto amable. Camina
despacio hasta la caseta del aeródromo situada junto al cuartel, que ahora es
su casa. A Loulou le habría parecido cochambrosa. Aunque tal vez ella hubiera
sabido leer su encanto. Loulou quería ser poeta. Y este lugar rasposo encierra
el secreto de la belleza: todo es primigenio, nada ha sido alterado. Es como
asistir al primer día del mundo. Puestos a vivir sin Loulou, prefiere la
sinceridad árida de ese paraje desolado que no esconde nada a los espejismos de
París.
Capítulo 33
Casablanca, 1928
Sus amigos prefieren mil veces subirse con él en un avión en
medio de un vendaval que acompañarlo en el coche. Mermoz pisa con ahínco el
acelerador del Amílcar rojo que conduce temerariamente por Casablanca como si
el mundo fuera a acabarse.
Llega al aeródromo con mucha antelación antes de embarcarse para
llevar el correo con destino a Cabo Juby. Un asistente le alarga un diario
donde aparece un reportaje sobre la Línea y explican el rescate de unos
aviadores portugueses en el que ha participado Mermoz. Lo toman como emblema de
esa generación de pilotos que está poniendo Francia en la vanguardia mundial de
la aeronáutica. Piden para él la Legión de Honor. Arruga el diario y lo tira
con enfado.
— ¡Estupideces! ¡Yo sólo hago mi trabajo! ¡Me hacen parecer un
idiota!
Mientras pilota hacia el sur mastica su indignación. Lleva ya
tiempo pidiendo la incorporación a la extensión en Sudamérica de la Línea, que
ha pasado a llamarse Compañía General Aeropostal. Igual que lleva tiempo
pidiendo al coronel Denin, uno de los máximos responsables de la aviación
francesa, que el gobierno le proporcione un aparato capaz de atravesar el
Atlántico, pero mientras tanto se les ha adelantado el norteamericano Lindbergh
y ya otros preparan el gran salto. La burocracia y el politiqueo lo sacan de
quicio.
Y ahora esos periodistas... «La Legión de Honor.» ¡Menuda
idiotez! ¡No quiero medallas, quiero un avión!
Cuando aterriza en Cabo Juby, salta a la pista con una caja de
botellas de vino. Le espera un jefe de aeródromo de gran tamaño metido en una
chilaba. El aspecto de Tonio lo hace sonreír de nuevo.
— ¡Saint-Ex! ¿Has cambiado de fe?
— ¡Eso jamás! Nunca dejaré de adorar a las mujeres y al borgoña.
Mermoz ríe a carcajadas.
— Maldita sea. No sabes cuánta falta me hacía reír. ¿Has leído
los periódicos últimamente?
— Sólo leo a los filósofos.
— ¡Eres mi hombre!
Mermoz se queda dos días a la espera del correo de vuelta. Se
convierte en jefe de cocina y revoluciona los menús, que pasan a doblar su
tamaño. El cocinero Kamal le comunica a Tonio que no hay pollo.
— ¡Es una tragedia!
— ¿No hay un solo pollo en todo Río de Oro? — pregunta Mermoz.
— Sólo en el cuartel español — suspira Tonio. Antes de que
levante los ojos, Mermoz ya está saliendo por la puerta.
— ¿Adónde vas?
— Al cuartel.
Un cuarto de hora después Mermoz, Tonio y dos de los cocineros
españoles están enfrascados en una partida de cartas. Sobre la mesa está el
reloj de Mermoz, que le costó una fortuna en una relojería especializada de
París, y tres pollos. Tonio abre mucho los ojos cuando su compañero lo pone
sobre la mesa. ¡Es una valiosa herramienta de trabajo para Mermoz! Pero su
amigo le hace un leve gesto pidiéndole que confíe en él. Efectivamente, salen
de la cocina con los pollos.
Cuando llegan de vuelta al barracón, Kamal les pregunta cuántos
pollos asa.
— ¿Cuántos? — se pregunta escandalizado Mermoz— . ¡Todos!
Tonio se come uno casi entero. Mermoz se come dos y lo que le
sobra a su colega.
Para Mermoz, la siesta es sagrada. Se tumba en una hamaca y le
pide a Tonio que le lea algo mientras le va entrando el sueño.
— Lo que sea.
— Él le empieza a leer los discursos del viejo Zaratustra,
después de bajar de su montaña. Y con ese sonsonete, Mermoz se duerme. Tonio
sigue leyendo absorbido. Con una mano toma el libro y con otra una pala
matamoscas.
Cuando el sol baja, mientras Tonio pone al día los informes que
le reclama Daurat machaconamente, a Mermoz le gusta ir a la playa. Hace
ejercicio con fervor: esprinta como un caballo, hace cien flexiones, se baña
desnudo en el mar y nada hasta quedar exhausto. Después se tumba a tomar el sol
hasta que su cuerpo se tuesta y el pelo se le pone dorado.
Por las noches, los dos juegan al ahorcado con papel y un lápiz,
mientras discuten sobre literatura: Mermoz defiende la poesía como el máximo
arte literario y Tonio le replica que es en la novela y el ensayo donde las
ideas cristalizan. Discuten sobre cuáles son los nombres de mujer más hermosos.
Incluso aprenden a callar juntos y fumar en silencio.
Llega en un instante el momento de la partida. Tonio está
ocupado anotando el parte meteorológico. Mermoz se acerca y le pone una mano en
el hombro.
— Me marcho.
— Lo sé. ¡El correo espera!
— No es eso. Me voy a la nueva línea de América del Sur.
Se hace un instante de silencio.
— Ya sé que no vas a hacer ni puñetero caso, pero... sé
prudente. Si es que sabes lo que es eso.
Mermoz se ríe con esa carcajada suya que le resuena en la caja
torácica.
— Las personas prudentes llegan a viejas. Las imprudentes,
llegan a todas partes.
— Llega a todas partes... pero regresa aunque sólo sea para
contárnoslo.
Se miran. Todo está ya dicho.
Cuando a primera hora de la mañana se eleva con su avión, el
silencio se posa sobre las pistas y los enseres como si fuera polvo del
desierto.
Capítulo 34
Río de Janeiro, 1928
El nuevo accionista mayoritario de la compañía, el señor Marcel
Bouilloux-Lafont en persona, ordena organizar un raid aéreo a lo largo de la
línea: Toulouse-Saint-Louis de Senegal sin escalas. El primer viaje de una sola
tirada en la historia de la aviación entre el corazón de Europa y el corazón de
África. Antes de que se incorpore a su destino en América, Mermoz es designado
para conducir ese vuelo.
En Montaudran trabajan día y noche durante diez días para hacer
las últimas pruebas y poner a punto un avión con las más novedosas mejoras
técnicas.
Parte al amanecer del aeródromo de Montaudran sin apenas
protocolo. Daurat ni siquiera baja a la pista a desearles suerte. La suerte
queda fuera de las obligaciones de un piloto.
Han de cruzar la cordillera de los Pirineos, atravesar la larga
trazada de España, saltar el mar por el estrecho de Gibraltar, recorrer
Marruecos, sobrevolar mil kilómetros de desierto hostil sin escolta, superar la
noche, afrontar las inclemencias del tiempo...
Lo hará, eso sí, en un avión Latécoère 26, un Laté como le
llaman ellos. Un nuevo aparato de una sola ala, construido con madera, lona y
acero. Veinticuatro horas después, cuando amanece en África, el Laté 26 que
nació en Toulouse se posa en el aeródromo de Saint-Louis de Senegal. Mermoz
llega exhausto, incluso responde algo malhumorado a las felicitaciones de los
empleados del aeródromo.
— Hice lo que tenía que hacer — les dice.
Una reparación lo retiene unos días y regresa sin saber lo que
le espera en Francia: cámaras fotográficas que lanzan golpes de flash,
recepciones organizadas con ejércitos de camareros, medallas de clubs
aeronáuticos... Le gusta y no le gusta. Odia hablar en público. Aflora ahí toda
su timidez y le revienta mostrar sus debilidades. Pero la compañía le solicita
que acepte todas las distinciones porque acrecientan el prestigio de la
empresa, que está preparando su expansión en América.
Señoritas de muy alta sociedad deslizan discretamente en el
bolsillo de su americana notas con direcciones y horas convenidas para
encontrarse. Muchas sólo encienden la mecha y salen corriendo a contarlo a sus
amigas en salones elegantes donde se bebe té y limonada. Le divierte el juego,
pero Daurat no va a dejar que se distraiga mucho. Lo convoca en su despacho
urgentemente.
— Mermoz, en Sudamérica va a tener nuevas responsabilidades.
— ¿Responsabilidades?
— Será allí nuestro jefe de pilotos.
— ¿Jefe de pilotos? ¡No, no, no! Debe de haber un error, señor
Daurat. Yo no sirvo de jefe. En absoluto. Lo mío no es la oficina ni el
papeleo. Yo no quiero un despacho, quiero un avión. Sólo me iré a América para
ser piloto.
Daurat da una calada al cigarrillo sin inmutarse.
— Parte pasado mañana para Río de Janeiro.
— ¡Pero yo soy piloto y eso quiero ser!
Daurat lo mira con sus ojos de tejón.
— Pilotará hasta hartarse.
— ¿Volaré?
— Volará hasta que le salgan plumas en los sobacos.
Cruza el océano en un barco en compañía del Laté 26, amarrado en
la popa. Nunca ha visto tanto mar. Pasa muchas horas en cubierta. El desierto
del Sahara es una piscina de arena al lado de la inmensidad del Atlántico.
Incluso con mal tiempo, cuando no queda nadie en cubierta, él permanece
observando las olas. Hay algo en ellas que le resulta hipnótico, como si
tuvieran un mensaje para él y, en vano, se empeñara en descifrarlo.
Desembarca en el puerto de Río de Janeiro con el mismo aplomo
que en cualquier parte. Mermoz es recibido por Pranville, jefe de operaciones
en América. Es muy distinto a Daurat, y no sólo porque sea más alto y fornido.
Lo invita a cenar en un local desde el que se contempla el descomunal Cristo
del Corcovado y no deja de hablar desde que les traen la carta hasta que apuran
el tercer café y los camareros ya están empezando a barrer el comedor.
Le habla de la nueva línea Buenos Aires-Natal, que debe abrirse
con urgencia para que no les sea revocada la concesión por parte de los
gobiernos argentino y brasileño. Hay que asegurar un correo semanal.
— No parece difícil...
Pranville retira las tazas y extiende un mapa sobre el mantel:
con un dedo recorre el camino entre Natal y la capital argentina: cinco mil
kilómetros de costas de peligroso perfil rocoso y selvas espesas, con un cambio
de temperatura de la llegada a la salida de casi treinta grados, volando en
aviones descubiertos a la espera de que más adelante puedan incorporarse los
nuevos modelos.
— Por ahora hay que tirar con los viejos Breguet.
— Ya.
— En Natal embarcaremos el correo en los paquebotes de la
compañía y cruzarán por el espacio marítimo más corto hasta tocar Dakar, a tres
mil kilómetros. Allí estarán esperando nuestros colegas al otro lado para
llevar volando el correo franqueado en Argentina hasta Francia.
— Una operación hermosa.
— Pero hay que llegar hasta Natal desde Buenos Aires.
— Estoy preparado para ese vuelo.
Pranville levanta los ojos del mapa.
— No necesitamos un piloto, necesitamos una línea entera.
— Ya se lo dejé claro al señor Daurat. No seré jefe, no quiero
estar mareándome entre papeles. Quiero volar.
— Si no hay línea, nadie volará. El señor Daurat dice que usted
es el hombre que puede ponerla en marcha.
— Yo quiero volar.
— Volará cuanto quiera. Usted se asignará a sí mismo los
servicios que quiera. Nos espera la Patagonia, Bolivia, Chile..., hay miles de
kilómetros de espacio aéreo por recorrer. Está todo por hacer.
Mermoz va siguiendo sobre el mapa los trazos a lápiz de las
múltiples líneas que se quieren desplegar por toda Sudamérica y los ojos le
brillan. Si quería retos, ahí tiene uno mayor de lo que jamás hubiera podido
soñar. Aún le faltan unos días para cumplir veintiséis años. Tendrá que imponer
disciplina sobre los veteranos que han estado en la guerra con el doble de
horas de vuelo, deberá espolear a funcionarios de silla y reloj, será duro.
Está dispuesto.
Capítulo 35
Cabo Juby (Marruecos), 1928
El aparato de radio de Cabo Juby expulsa más ruidos que
palabras. Ha sido un gran avance disponer de radio y muchos aviones empiezan a
incorporar esta innovación. Pero las voces que traen son silbantes, los
mensajes se entrecortan, las palabras quedan sepultadas bajo tormentas de
parásitos.
— Toulouse, Toulou...,... ouse. Llaman... Agadir. Confir...
llega... correo J29... hora. Cambio.
— Agadir, A... dir, Aga... el correo... 29 ha... rrizado de...
nera satisfactoria... a las... ce cuarenta y cinco. ... bio.
— Repit... por favor, Agadir, hora... rrizaje. Cam... o.
— Quince cuarenta y cinc... cambio.
— Recibido, Agad... Gracias. Cam... o y cort...
La línea late a través de esas voces frágiles que rebotan a lo
largo de cuatro mil kilómetros.
Al cabo de un rato llega la comunicación desde Agadir.
— ¡Agad... Aga... adir... llamando a Cabo... by!
— Aquí Ca... Juby. Cambio.
— El... rreo J29 ha partido a las diecise... treinta y... co del
aeródro... de Aga... ir con desti... Cabo Jub...
— Recib... do. ¿Qué tal... osas, Pierrot?
— ... odo bien, Saint-Ex. Cuí... ate mucho.
— Ya... hago.
Aún quedan dos horas para la llegada del vuelo. Y esa noche los
pilotos pernoctarán en el aeródromo para seguir mañana hacia Villa Cisneros.
Así que aprovecha para instalarse en su escritorio. Consiste en dos bidones
vacíos de gasolina sobre los que apoya una puerta vieja.
Tiene desperdigadas sobre el tablón las páginas de su relato «El
aviador», publicado en la revista Le Navire d’Argent.
¡Bernis!...
El aviador que soñó en París cuando la grisura de los días le
caía encima como una manta mojada. El bueno de Bernis, ese instructor de vuelo
que llega a los locales nocturnos con su cazadora de cuero arrastrando consigo
el aire de soledad de quien ha estado remando en medio de la nada a tres mil
metros de altura. Lo curioso, piensa Tonio, es que dos años después él ha
conseguido correr más que su imaginación. Ahora es un aviador que vuela más
allá de donde siquiera pensó en hacer llegar a Bernis.
Todo escritor lleva dentro un vanidoso, con diferentes grados de
cortesía y disimulo. Lo que publicó entonces en la revista le pareció sublime.
Ahora le parece chatarra.
Lee la primera frase: las ruedas poderosas, la pista... Resopla
con impaciencia. ¡Todo suena a toque de muertos! Muchas veces ha pensado
convertir a Bernis en protagonista de una historia más larga. Una novela.
Vuelve a reescribir los primeros párrafos dedicados al vuelo.
Pero tras unas líneas da un palmetazo colérico contra la madera.
¡No, no es eso!...
No puede empezar por las hélices y las ruedas. La mecánica es
importante, la pericia es crucial..., pero lo que de verdad importa es el aire.
Y decide arrancar su relato contando cómo es navegar en un cielo donde las
estrellas titilan y la luna ilumina las dunas del desierto como una farola.
¡No, no, no! Las cosas no sólo han de ser bellas. La luz no
puede ser un pincelito de colores. Lo ha dicho ese doctor Einstein que ha
revolucionado no sólo la ciencia, sino también la poesía: asegura que la gente
cree saber lo que es la luz, pero se engaña. Él, que ha ganado el Premio Nobel
por ser la persona del planeta que más sabe sobre la naturaleza de la luz,
insiste en que es un enigma. Por eso ha de contar que la luz no sólo ilumina
las dunas, sino que las inventa.
Quiere en esas líneas contar el vuelo como trabajo, como reto y
como desafío, pero también como una trampilla abierta en el suelo que conduce a
un lugar más profundo.
Bernis es un hombre introvertido enamorado de una muchacha que
conoció en esa edad en que la vida es el escaparate de una confitería, donde
las maravillas siempre quedan del otro lado del vidrio. Esos días dedica
páginas enteras a explicar los escarceos amorosos de juventud con esa chica que
parece una ligera pompa de jabón. Explica cómo el azar que los unió de jóvenes
los fue alejando, hasta que ella se borró de su vida. Y la aviación ha sido
para ese piloto una ventana por la que saltar y lo ha hecho volar por encima
del paso de los años. Bernis se finge feliz con su vida de piloto, pero se
engaña: no ha dejado de pensar en ella un solo día en todos esos años. Tonio
suspira. El primer amor. La edad en que aún no ha nacido la indiferencia.
Con la misma paciencia con que liberaba de carbonilla un motor
en Montaudran, limpia y engrasa la vieja máquina de escribir Underwood con la
que escribe los partes para la compañía. Le gustan esas teclas redondas que
ceden al peso de sus dedos. Con la música del tableteo de las teclas, empieza a
escribir la historia de los años de amistad juvenil de Bernis.
Una cuartilla, dos..., a la tercera se detiene. Relee lo que ha
escrito. Enciende un cigarrillo. Da una calada intensa. Arruga los papeles y
arranca de cuajo la hoja del carro de la máquina. No quiere que las cosas se
expliquen como en un folletín por entregas. Primero A y luego B y después C.
Quiere que las cosas sucedan. Porque así es como pasan de verdad en la vida:
sin prolegómenos, sin un hilo lógico, sin que sepamos exactamente por qué. La
vida no avisa, te arrolla.
Lleva semanas acariciando la idea. Tal vez meses. Sus
herramientas de escritor le otorgan una potestad que resulta tentadora: él no
puede enderezar lo que se le ha torcido haciendo que regrese Loulou, pero puede
regalarle a Bernis un futuro mejor que el suyo. Puede hacer que ese piloto que
él trajo a la vida de las palabras cumpla los sueños que a él se le han
escapado.
¿Cómo será esa mujer a la que ama Jacques Bernis? Él lo sabe muy
bien. No se va a molestar en describirla. Que cada lector le ponga el color de
cabello, la estatura y la voz de la mujer que más amó.
Esa muchacha que Bernis conoce desde la adolescencia, de la que
ha estado enamorado siempre, está, en el momento en que arranca la acción,
casada con un extranjero y tiene un hijo. La realidad es mejor guionista que
él. Pero va a añadir al libreto algo de cosecha propia: ella es infeliz en su
matrimonio.
Da una profunda calada al cigarrillo, hasta consumirlo entre los
dedos.
¿Será Loulou feliz en su matrimonio?
Se ruboriza al pesar que le gustaría que su matrimonio
fracasara. Se siente profundamente mezquino. Pero sonríe. Sabe que desearle ese
mal a una persona a la que quieres no es razonable.
El amor no es razonable...
Es así como lo siente. Y no puede cambiar de sentimientos como
si se cambiara de calcetines. El fracaso del matrimonio sería una nueva
oportunidad para aquel primer amor que se quedó en la cuneta. Poco a poco
empieza a amueblar su impulso emocional de dudosa catadura moral con argumentos
que quieren ser racionales: en realidad, que su matrimonio vaya mal no es algo
descabellado conociendo a Loulou. Él sabe de su facilidad para aburrirse de
todo. Nunca comía más de medio plato, aunque fuera la mayor exquisitez cocinada
por el mejor chef: si alguien le preguntaba si es que no tenía apetito, decía
que se había cansado del sabor. La rutina y ella eran incompatibles. ¿Cómo iba
a soportar la rutina de ver todos los días de su vida al mismo tipo
cepillándose los dientes a la misma hora?
Y su pensamiento sigue desovillando el hilo. ¿Y si al fracasar
su matrimonio buscara el consuelo en un viejo amigo aviador?
¿Por qué no?...
Sonríe. Es tentador. Muy tentador.
Coloca los dedos sobre la máquina y pulsa con fuerza. Las bielas
del motor se empiezan a mover. Las teclas vienen y van. La música de piano
metálico llena el espacio. Los dedos bailan claqué.
Tonio abre mucho los ojos, como globos aerostáticos. Escribir es
otra manera de volar. El vértigo es otro.
Primero, el relato ha de hablar del Bernis el aviador. El vuelo.
El Sahara. Y la historia, no sabe por qué, arranca de noche, en el aire frío y
negro, bajo un techo infinito tachonado de estrellas.
Bernis y su sueño eterno. Pero va a tener la segunda oportunidad
que él no ha tenido... ¡Al menos, de momento! Si Bernis triunfa, será en parte
su propio triunfo. Si él lo consigue, ¿acaso no podría Tonio lograrlo también?
Escribe con un arrebato febril. Quizá esté escribiendo su propio
destino en esas hojas. Pero con idéntico arrebato arranca las hojas del carro
de la máquina, las arruga y las tira al suelo. Al momento, se levanta recoger
la bola de papel. Duda. La vuelve a abrir, deseoso de que las palabras sigan
ahí y no se hayan roto. Duda y duda. Escribe y rompe.
Sabe que el autor tiende a mostrarse condescendiente con sus
palabras; ningún padre consiente tanto a sus hijos como un escritor malcría a
sus frases. Todas le hacen gracia aunque sean estúpidas, todas las ve hermosas
aunque sean grotescas. Pero al final hay que ponerse serio. Algunas frases
sirven y otras no. El escritor es un agricultor que siembra sobre una tierra en
blanco. El esfuerzo, el ahínco y la dedicación de muchas jornadas no garantizan
nada; a veces se da una cosecha agusanada de palabras podridas.
Tonio se siente fatigado. La luz se inclina y con la caída del
sol llega el correo desde Agadir. Los mecánicos lo esperan fuera con aire
indolente, sentados sobre unas cajas de madera que han convertido en banquetas.
Tienen los monos tan llenos de manchas que es difícil saber su verdadero color.
— Os pediré monos nuevos a la central.
— ¡Oh, no es necesario, Saint-Ex! Mejor pídeles que nos aumenten
el sueldo.
Suspira. Los dos mecánicos desaparecen a menudo en dirección a
la ciudad mora, si es que puede llamarse ciudad a unas pocas casas de adobe,
cobertizos y jaimas mugrientas agrupadas a un par de kilómetros del cuartel,
que los españoles llaman Villa Bens en honor a uno de sus generales. Totó gasta
casi todo el salario en bebida y el resto en mujeres. Jean-Louis, en mujeres, y
algo en bebida.
Los dos Breguet aparecen en la visual del aeródromo y los
mecánicos siguen plácidamente sentados.
— ¡Vamos ¡Vamos! ¡El combustible!
Los mecánicos gruñen. Se levantan con parsimonia, de mala gana.
El avión se bambolea en el aire empujado por las rachas de
viento y toma tierra en la pista dando varios saltos. Para ellos el aterrizaje
forzoso es lo habitual.
Tonio corre hasta el aparato y llega en el momento en que salta
de la carlinga Riguelle.
— ¡Bienvenido a Cabo Juby!
— ¡El combustible!
— Ya viene.
Pero no lo oye, Riguelle ha salido corriendo para alejarse unos
metros y orinar. Regresa al poco, algo más tranquilo. El piloto que hace de
escolta y ha aterrizado detrás, se acerca también.
— Tenéis diez minutos. He preparado café y tengo tortas con
miel.
— Sólo el café, Saint-Ex. En cinco minutos tenemos que estar
saliendo, vamos con retraso.
Consulta el reloj y hace un gesto de quitarle importancia.
— Sólo unos minutos.
— Ya sabes cómo es el señor Daurat. Hace quince días me retrasé
quince minutos en Casablanca y me sancionó quitándome una semana de paga.
— Un poco excesivo.
— ¿Un poco? ¡Es un abuso! Me juego la vida todos los días para
llevar el correo por estos desiertos y por culpa de un viento de cara muy
fuerte llegué treinta jodidos minutos tarde. ¿Tengo yo la culpa del viento?
¿Qué puedo hacer si el viento me frena?
— ¿Se lo dijiste?
— Por supuesto. Le escribí un telegrama.
— ¿Qué te respondió?
— Que si el viento de cara es fuerte, que salga antes. ¡Maldita
sea! ¿Acaso no hacemos ya lo suficiente?
Tonio asiente y Riguelle cae en la cuenta de que es tarde.
— ¡Vamos, vamos, esa gasolina! ¿Qué les pasa a tus mecánicos?
¿Están dormidos?
Despegan y se pierden en el cielo. Atrás queda el petardeo del
motor, una brisa con olor a petróleo y una leve reverberación en el aire. En el
aeródromo todo vuelve a quedarse en silencio y la velocidad de las cosas se
ralentiza otra vez.
La tarde es todavía larga y su cabeza está espesa. Así que
decide caminar y hacer una visita a algunas de esas jaimas de los alrededores a
las que los españoles raramente se acercan. Echa a andar y se aleja de esa
extraña prisión flotante y el fuerte tan excesivamente rotundo en medio de la
liviandad de la arena. Se dirige hacia el sur y ya sus ojos empiezan a
distinguir los sutiles caminos del desierto.
Cuando dijo que se iba a trabajar al Sahara, algunos en Francia
le dijeron que tuviera cuidado con la vista, que el reflejo de la arena podía
dejarlo ciego. Es cierto que la luz de la arena es dañina durante las horas
centrales del día, pero los habitantes del desierto, en esa franja de la
jornada, se agazapan y se quedan quietos en sus guaridas. Y los que van a vivir
allí enseguida se acomodan a esas costumbres. En realidad, lo que observa
después de unos meses en Cabo Juby es que los ojos no sólo no enferman, sino
que empiezan a ver cosas que antes les pasaban desapercibidas.
Al llegar al desierto uno sólo ve arena y camellos. Al norte, al
sur, al este o al oeste, todo le parece lo mismo: monotonía. Poco a poco
empieza a distinguir ciertas señales. No existen las placas de las calles de
una gran ciudad, pero hay rocas mordidas por la erosión de determinada forma,
un leve promontorio que se alza como una joroba o el resto del esqueleto blanco
de un camello sobre la arena con la quijada señalando al este. Las huellas de
los pasos de las caravanas forman carreteras, con sus cruces y sus
bifurcaciones. Aquí una huella es algo importante. Puede durar días o semanas,
todo depende de las tormentas de arena. Y su trazo es un hilo en el laberinto
de la nada.
Le gusta visitar especialmente a uno de los sheijs, un tuareg
llamado Kafir Mugtar que comerció durante un tiempo con una guarnición francesa
en Argelia y habla su idioma. Para dirigirse a sus dominios hay que llegar al
esqueleto de camello, girar desde allí en dirección al oeste y caminar quince
minutos hasta alcanzar tres dunas muy altas. Dejándolas a la derecha y
caminando diez minutos más se llega a una mancha verdosa en medio del ocre.
Allí se alza una jaima remendada, un pequeño huerto protegido por una pequeña
valla de piedra y el brocal de un pozo. Unas cabras ramonean entre unos pocos
arbustos resecos y un par de niños corren a dar aviso de la llegada del
forastero.
— ¡Salam aleikum! — saluda Tonio.
Sale de la jaima Kafir Mugtar: alto, enjuto, vestido de azul de
pies a cabeza a la manera de los tuaregs.
— ¡Aleikum salam!
Tonio le sonríe. Recuerda la primera visita. Le habían dicho que
Kafir Mugtar era uno de los hombres más influyentes de la región, un tuareg
sedentario que poseía las dos cosas imprescindibles para sobrevivir en el
desierto: un pozo de agua y sentido común. Era un sheij, el líder de una
comunidad irregular de pequeños asentamientos, y entre las misiones que Daurat
le había encomendado a Tonio estaba la de establecer buenas relaciones con las
tribus locales para evitar sabotajes en los aviones o minimizar la hostilidad
hacia los aviadores cuando pudieran caer en mitad del desierto. La estadística
decía que cada cinco viajes, el motor del Breguet 14 sufriría una avería. Los
aterrizajes forzosos a mitad de camino eran constantes y el riesgo de
secuestro, alto.
La primera vez que llegó hasta la jaima del venerable tuareg, se
acercó confiado. Cuando le rogó que depositara sus armas antes de acercarse, él
le dijo que no llevaba. Eso dejó muy sorprendido al beduino. Hasta entonces,
jamás había visto a un occidental que no fuera armado. También le sorprendió
positivamente que aquel europeo grandullón chapurreara algunas frases en árabe.
Podía jurar por Alá que jamás había oído las palabras de su idioma tan mal
pronunciadas y con un acento tan raro, pero, hombre ponderado como era, supo
valorar el esfuerzo y la cortesía del extranjero al intentarlo. Sólo en ese
momento le habló en un francés muy correcto que dejó sorprendido a Tonio.
Tonio le pidió permiso para beber un poco de agua de su pozo.
— Te pagaré — le dijo.
El sheij lo miró y en sus ojos negros estaba el paso de muchas
generaciones de moradores del desierto.
— Págame con tu bendición.
Tonio todavía desconocía los códigos tuaregs.
Hay dos normas intocables. Una: la hospitalidad es una
obligación sagrada. Si su peor enemigo, al que desearía ver muerto cuarenta
veces, está en su jaima y en ese momento llega un tercero con intención de
atacarlo, el tuareg se dejará la vida por defender a su enemigo porque,
mientras esté bajo su techo, es su invitado. La segunda norma es que el agua es
un bien de Dios: no se deniega jamás a nadie que la necesite.
Después, ha habido otras visitas, como la de esa tarde en que el
sheij sale a recibirlo.
— Es una alegría verte, Kafir Mugtar. — Y se lleva una mano al
pecho.
— También para mí es una alegría verte, Saintusupehi.
— Te he traído un poco de azúcar para tus hijos.
— Te lo agradezco. Te llevarás una girba de leche de cabra.
Si se negara a aceptarla, aunque no haya otra leche en la casa,
lo ofendería.
— Pues muchas gracias. He venido, con tu permiso, a tomar un
trago de agua.
— ¿Por qué vienes desde lejos a beber esta agua turbia?
— El agua que nos trae el barco cisterna que viene de las islas
Canarias sabe a hierro y a detergente.
— Pero esta agua sabe a tierra.
— Por eso me gusta. De la tierra nacen todas las cosas.
El sheij asiente lentamente.
— Hablas como un sabio. No pareces europeo.
Y ambos se echan a reír.
A la hora de irse, Kafir Mugtar le hace un regalo especial: una
chilaba. Sencilla, algo desflecada en los bordes, no del todo limpia. En París
se reirían de semejante andrajo mugriento. No sabrían de su valor
extraordinario. Con esa prenda, el sheij le está diciendo: te aceptamos como a
uno de los nuestros. Cuando vaya a visitar a otros beduinos, esa prenda del
desierto le va abrir muchas jaimas. Y eso va a ser crucial en su misión de
predisponer favorablemente al mayor número posible de árabes hacia los pilotos
que caigan en sus manos y va a salvar vidas.
Mira al árabe. Les separa un mar, un continente, un dios. En
realidad, no los separa nada.
Capítulo 36
Buenos Aires, 1928
Mermoz se mete las manos en los bolsillos del abrigo de paño y
se detiene debajo de la placa con el nombre de la calle donde se hallan las
oficinas de la Aeropostale en Buenos Aires: calle de la Reconquista. Es una
premonición. Pasan dos muchachas con unas faldas largas, algo voladas, y les
dedica una de sus sonrisas.
Esos meses ha habido vuelos de reconocimiento, aterrizajes en
medio de pantanos infestados de mosquitos, en pampas inmensas donde la vista se
cansaba de mirar hacia delante, en poblados remotos en mitad de la selva donde
había indígenas que al verlo bajar del avión se arrodillaban y rezaban.
Pero de todas las montañas que ha tenido que remontar ninguna le
ha resultado tan ardua como la de las carpetas apiladas en la mesa de su
despacho de jefe de pilotos. Resopla. Han sido semanas de trabajo febril: la
llegada de aparatos desde Francia siempre con retraso, el mantenimiento de los
motores, los vuelos de reconocimiento para revisar aeródromos entre Argentina y
Brasil, pistas acechadas por una naturaleza exuberante que cierra con voracidad
los claros abiertos en la selva y un clima lluvioso que convierte la tierra en
fango. Aunque lo peor ha sido dar órdenes a los pilotos, algunos más veteranos
que él.
Los presupuestos, las facturas, los informes, las
reparaciones..., cuando todo eso lo agobia, se vuelve hacia el mapa que cuelga
de la pared y observa las líneas rojas que cruzan la geografía de Sudamérica:
Paraguay, Chile, Brasil, Bolivia, Patagonia... Una maraña de hilos. De momento
son líneas en un mapa, pistas de aterrizaje en lugares remotos que sólo son
charcos de barro, aviones por ajustar, jefes de aeródromo por formar, hangares
que parecen chatarrerías... Parece un trabajo imposible. Por eso le gusta.
La tarea es agotadora, pero se siente fuerte. En el asador al
que acude a mediodía devora chuletones descomunales de tres en tres y toma de
postre un matambre o una bandeja de empanadas de carne.
En marzo, después de semanas en las que se ha multiplicado para
estar en los aeródromos de la selva sin descuidar el papeleo, todo parece estar
preparado para inaugurar la línea y hacer historia: el primer envío de
correspondencia entre América y Europa a través del servicio de correo aéreo.
Desde Montaudran recibe una cascada de radiotelegramas de Daurat. Le pide
comprobaciones e informes de todo. Mermoz se alegra de tener a su jefe a miles
de kilómetros.
Para ese primer recorrido hay una etapa inicial larga, que
suelen hacer entre dos pilotos, y que va de Buenos Aires a Natal, la punta de
Brasil desde donde parten los barcos que cruzan el Atlántico hasta Senegal,
donde sus compañeros tomarán el correo y remontarán África hasta llevarlo a la
vieja Europa. No puede fallar nada, así que, aunque lleva dos días sin dormir,
el propio Mermoz se sube a un Breguet y arranca el primer tramo de ese vuelo
inaugural a cabina descubierta.
Parte a primera hora, pero ya el calor en Buenos Aires espesa el
aire. La ciudad queda atrás y enseguida lo recibe Montevideo sin novedad. La
única novedad son los gritos de Mermoz a los mecánicos para que se den prisa en
repostar. El hombre amable se transmuta en ogro cuando está concentrado en el
vuelo:
— ¡El correo! ¡El correo! ¡El correo!
Por eso se lo llevan los demonios cuando en Brasil sufre una
fuga de agua que lo retrasa en la escala varias horas y ha de hacer noche de
manera imprevista en Jaguarão. Cena solo. Mastica el arroz y los frijoles con
tal rabia que parece que los quisiera hacer explotar en la boca. Nadie se
atreve ni a dirigirle la palabra.
Su rostro se vuelve a iluminar cuando le comunican a primera
hora que el avión está reparado y parte a toda velocidad hacia Río de Janeiro,
donde le espera el siguiente relevo para llevar el correo hasta Natal, con los
motores del avión en marcha. Cuando aterriza, su mal humor se ha disipado. Con
algún retraso, la misión se ha cumplido y el correo se transborda al paquebote
de la compañía, que hace la ruta por mar hasta Dakar.
En un lejano despacho de las afueras de Toulouse, un hombre de
facciones angulosas apura un cigarrillo pendiente de los radiotelegramas. Va
recibiendo las notificaciones del paso de escalas con gesto impertérrito. De su
boca sólo sale un humo denso. Ningún comentario, ninguna expresión. La leyenda
en la compañía dice que Daurat es un hombre de hielo. Que carece de
sentimientos. Que sólo se apasiona con los reportes de puntualidad. Nadie sabe
que por dentro ríe.
Las cartas que se escribieron en Buenos Aires llegan a Toulouse,
a trece mil kilómetros de distancia. Mermoz ha inaugurado la línea aérea más
larga del mundo.
La gente lo felicita, lo quieren sentar a mesas enormes y darle
discursos interminables. Al tercer banquete, los manda a todos al diablo. En
uno de esos festejos, en cuanto se hacen los brindis de rigor, se levanta de la
mesa y se despide precipitadamente. Toma su sombrero y su abrigo a la carrera
de la mano de un camarero.
— ¿Adónde va tan deprisa, señor Mermoz? — le preguntan los
invitados, decepcionados.
— A volar.
A lo largo de los siguientes meses, Mermoz abre otro frente. En
algunas líneas, lo que el correo aéreo gana al transporte por tren durante el
día, lo pierde por la noche mientras los aviones duermen en los hangares. Es un
plan que Daurat lleva semanas — quizá años— madurando en su cabeza, y ha
convencido a Mermoz de que es el siguiente peldaño que hay que subir. Empieza a
recorrer los aeródromos de la línea de Brasil para dar instrucciones
personalmente a cada uno de los responsables de aeroplaza sobre el balizado de
las pistas. Ve cejas arqueadas, intentos de réplica, ademanes de estupefacción.
Los corta a todos con su gesto tajante y la seguridad que irradia.
— Vamos a volar de noche.
— Pero eso no es posible...
— Lo haremos.
— Pero, señor Mermoz...
— Lo haremos.
Saben que la tozudez del jefe de pilotos es olímpica. Y detrás
está el señor Daurat. Nada pueden objetarles a ellos sobre la Línea. Ellos son
la Línea.
El 14 de abril despega de Buenos Aires por la mañana en
dirección a Montevideo. Reposta y continúa. El sol se encoge sobre un horizonte
tímido, y él continúa volando. Se hace de noche y continúa. Se pierden las
referencias. La tierra ha desaparecido y las nubes han borrado el rastro de las
estrellas. Y continúa.
El mecánico Collenot permanece sentado en silencio. El rugido de
los motores y del viento apenas permite conversar durante los vuelos. Se han
acostumbrado a comunicarse por signos.
Unos días antes, le preguntó si quería ser su mecánico.
— Naturalmente, señor Mermoz.
— Volaremos de noche...
— Sí, señor Mermoz.
— Ensayaremos el vuelo nocturno para incorporarlo a la Línea.
Será como ir a ciegas.
— Me parece bien, señor Mermoz.
Hasta entonces sólo los militares han volado de noche en vuelos
acotados o de manera puntual. Nadie ha tenido la osadía de establecer una línea
regular que vuele a oscuras. Técnicamente, no se puede hacer. Técnicamente, los
sueños tampoco existen.
Los dos se lanzan a la noche. Llueve. Las cabinas de los Breguet
siguen siendo descubiertas. Pese al ala superior del biplano que les hace de
techo, el agua racheada los empapa. La referencia de la luna se pierde a ratos.
Mermoz mira el compás con una fe infinita. Volar de noche es nadar en un mar
negro, saber que, si el motor falla, tendrá que aterrizar a ciegas. Las
posibilidades de matarse se multiplican. No quiere ni oír hablar de eso. Cada
milla que avanzan es un triunfo.
Veintitrés horas después de haber despegado de Buenos Aires,
completan la ruta hasta Brasil. Helados. Agotados. Mermoz exultante y Collenot
callado, con esa aparente indiferencia de los que no tienen melancolía del
pasado ni fe en el futuro.
Mermoz entra como un tornado en la oficina con el traje
chorreando agua sobre la alfombra y pide a voces una conexión con Montaudran.
— En Toulouse es muy tarde, señor — le dice un administrativo
con condescendencia, sin levantar la vista de su libro de caja y sin dejar de
anotar con un lápiz unas cifras.
— ¿Tarde? — Da un puñetazo sobre el mostrador y saltan todas las
bandejas con formularios— . Póngame inmediatamente con el señor Daurat antes de
que agarre el lápiz que tiene en la mano y se lo meta por el culo.
En un minuto está al habla con Montaudran.
— ¡El primer vuelo de noche de la línea de Brasil, completado,
señor Daurat! ¡La línea nocturna es un éxito!
Del otro lado llega un silencio sólo quebrado por los ruidos del
cable submarino. Por fin, responde Daurat con su tono neutro:
— Complete veinte sin un incidente y empezaremos a hablar de
éxito.
Mermoz persevera. Continúa cada semana con su ruta nocturna, que
ahorra casi un día en el traslado del correo. Despega y aterriza durante cuatro
semanas sin ningún incidente. Desde Montaudran, Daurat sigue las evoluciones
jornada a jornada. Mermoz llama a Toulouse a cualquier hora del día o de la
noche y al otro lado siempre está el señor Daurat. Se pregunta si tiene algo
parecido a una vida privada.
Colegas de otras compañías, al acecho de los permisos de la
Aeropostale para hacerse con el transporte del correo aéreo, califican su
tentativa de regularizar el vuelo nocturno de absurda. Habrá noches claras,
pero también otras encapotadas en las que se pierdan las referencias fuera del
compás y sea imposible aterrizar a oscuras en caso de avería. El diario La
Tarde publica un duro artículo de un veterano aviador argentino que afirma que
volar de noche es suicida.
Un día que entra en la cantina de los pilotos del aeródromo de
Pacheco, el veterano Quedillac se le encara.
— No se puede volar de noche, Mermoz.
— ¿No se puede? Pues yo lo estoy haciendo.
— Pero eso es suicida. ¡Es una locura! Nos pone en peligro a
todos.
— Volar de noche será voluntario.
El piloto, curtido en la ruta de África, con aterrizajes en el
desierto, averías en España y docenas de idas y venidas sobre los Pirineos, lo
mira con irritación a duras penas contenida.
— Si usted vuela... ¿cómo vamos a decir los demás que no?
Mermoz se encoge de hombros. Ése no es su problema. No dejan de
mirarse a los ojos. Quedillac suspira.
— Pero ¿a qué viene ese capricho?
Entonces la irritación cambia de bando. Las venas del cuello de
Mermoz se inflan.
— ¿Un capricho? ¿Le parezco un imbécil caprichoso?
Quedillac se queda mudo por el acceso de ira del jefe de
pilotos.
— No, no es un capricho, Quedillac. Nuestro deber es entregar
esas cartas en su destino en el menor plazo posible. No podemos seguir
perdiendo de noche lo que ganamos de día. Tenemos ya miles de horas de vuelo,
conocemos la ruta..., sé que se puede hacer con un margen de seguridad
razonable. Peligro hay, claro... ¡Somos pilotos, hostia! Si alguien quiere un
oficio sin riesgo puede hacerse florista. ¿Usted quiere ser florista?
Mermoz acerca tanto la cara a la de Quedillac que puede contar
los pelos que le sobresalen de la nariz. Uno de los dos ha de recular. El
piloto se traga su ira y aprieta tanto los dientes que le rechinan en la boca.
Se da la vuelta y se marcha. Mermoz se queda donde está. Para él, dar un paso
atrás es perder el camino entero.
En las siguientes semanas, completa otros diez vuelos seguidos
sin un solo incidente.
Una de las veces en que retorna a Buenos Aires de noche y se
incorpora al día siguiente al papeleo de la oficina de la calle Reconquista
tras haber dormido tres horas, encuentra a dos hombres trajeados esperándolo de
pie dentro de su despacho y alguien sentado en su propia silla fumando un
cigarrillo.
— Mermoz, tiene usted el despacho desordenado. No he recibido
aún los gastos de la primera quincena.
— ¡Señor Daurat! ¿Cuándo ha llegado?
— Hace ocho minutos.
Parece que llevara allí ocho meses u ocho años. Trae bajo el
brazo un fajo de dosieres y lo secundan dos inspectores a la espera de sus
órdenes.
— Quiero un informe completo sobre los vuelos nocturnos.
— ¡Todo va sobre ruedas!
— No quiero su opinión. Quiero un informe.
— ¡A la orden! — Lo dice con un poco de guasa, pero de manera
tan risueña que el señor Daurat hace un gesto vago. Casi podría decirse que con
algo parecido a la complacencia.
No es la única visita. Esa mañana se presenta en su despacho el
piloto Quedillac. Se miran un instante en silencio. Quedillac se ofrece
voluntario para los vuelos nocturnos.
Mermoz salta de la silla, rodea la mesa y antes de que el
piloto, de complexión baja y delgada, pueda zafarse, le da un abrazo que lo
levanta medio palmo del suelo. Quedillac está resuelto, pero no está alegre.
Nunca lo ha confesado a nadie, pero desde pequeño, cuando estando metido en la
cama oía los gritos de su padre y el llanto de su madre, la oscuridad le da
miedo. Duerme siempre con una lámpara encendida para que no regrese su padre de
madrugada bebido y violento. El jefe de pilotos lo mira exultante cogiéndolo
virilmente de los antebrazos. Los dos saben que son demasiado frágiles para no
ser duros.
Después de Quedillac llega otro piloto, y después otro y otro
más. Muy pronto, el resto de los pilotos de la compañía en Argentina se pone a
disposición de los vuelos nocturnos. Mermoz asiente satisfecho.
Ya nadie se ríe de la pretensión de la Aeropostale de establecer
líneas aéreas civiles que vuelen de noche. Algunas compañías de otros países
incluso empiezan a considerarlo. Hay quienes lo ven como un camino de
sufrimiento que traerá más accidentes y más tragedias. Otros lo ven como un
paso firme hacia el futuro de la aviación comercial que está naciendo.
Ninguno se equivoca.
Capítulo 37
Cabo Juby (Marruecos), 1928
En los tiempos muertos que le quedan entre el control de
escalas, las operaciones de rescate y su tarea como diplomático entre españoles
y las tribus autóctonas, algunas en pie de guerra, Tonio sigue emborronando
hojas. A veces quiere escribir tan deprisa que las varillas de la Underwood se
encabalgan y la máquina se atora. Otras, se queda delante del teclado minutos y
horas sin ser capaz de poner una letra.
A veces lo lleva en volandas la imaginación. Otras, se arrastra
bajo el peso de la responsabilidad de estar escribiendo su propio destino.
Bernis, el piloto del desierto curtido en mil peripecias, que se
juega cada día la vida con la misma indiferencia con que se afeita por las
mañanas, está inquieto ante la perspectiva de volar a París y reencontrarse con
la mujer que nunca ha olvidado.
Geneviève...
El nombre le recuerda a Genève, Ginebra, la ciudad donde él y
Loulou fueron felices. Sonríe al recordar cómo burlaban la vigilancia de la
señora Petermann en aquel viaje que ahora parece soñado.
¡Parece que haga mil años!..
Se queda mirando por la ventana y sólo ve un vacío inmenso.
Es que hace mil años...
Su mano trota sobre las teclas. Geneviève está casada con un
extranjero, un alemán. ¿Cómo es? Se enciende un cigarrillo. Será un hombre que
en público gesticula con seguridad y contundencia. Primero piensa en hacerlo
tuerto, con un parche como un pirata. Después lo descarta, parecería impostado.
De nuevo, deja la descripción a la imaginación del lector.
El momento álgido de la narración tendrá lugar cuando Bernis
llegue a Francia tras una larga ausencia y le envíe un telegrama a Geneviève
para decirle que está de vuelta y le gustaría presentarle sus respetos. Ella lo
invita a una cena social, una manera de encontrarse sin encontrarse.
Se pregunta si él mismo aceptaría asistir a una cena de Loulou y
su marido... ¡La idea le repugna! Tener que ver cómo otro hombre le hace
caricias que ella le devuelve...
¡Insoportable!
Lanza su resoplido de cachalote. Dice que no, que no y que no.
Pero sabe que sí, que sí y que sí. Iría. Aunque sintiera por dentro explotarle
el hígado, iría. Naturalmente que iría. Al menos, sería una forma de estar
cerca de ella. Escucharía su voz otra vez. Robaría el olor de su perfume sin
que se diera cuenta.
Bernis aceptará la invitación de Geneviève, por supuesto.
¡Pobre Bernis!
Pero no va a ser cruel con su piloto. En la suerte de Bernis, el
dios del azar es él. Él es el destino de Bernis. La cena será en un restaurante
elegante, por supuesto. Pero no habrá carantoñas entre ella y su marido. Se
distrae de nuevo de la escritura.
¡Marido! ¡Qué horror! Amante es una palabra hermosa, habla del
amor. Pero marido suena como una profesión.
El marido ha de ser extranjero, eso lo tiene claro. Al trazarlo
piensa en el verdadero esposo de Loulou, un norteamericano rico al que ni
siquiera conoce. Ya sabe que no tiene culpa alguna de su dolor, pero aun así lo
detesta. Si el odio fuera lógico dejaría de ser odio, igual que si el amor
fuera razonable no sería amor.
El marido se llamará Herlin. Y hace una descripción de él
absolutamente demoledora: mezquino, falso, decadente, ignorante, sádico...
Disfruta mientras teclea.
Pasa el camarero y Herlin pone el pie para que tropiece. Después
de que se le caiga la bandeja y se rompa la vajilla estrepitosamente aún lo
abronca por su torpeza. El encargado despide al camarero, que tiene mujer y
cuatro hijos que mantener, y Herlin ríe zafiamente. Teclea la escena muy
rápido, en un trance gozoso. Incluso olvida el cigarrillo que se calcina solo
en el cenicero.
Al poco se detiene.
Suspira.
Se enciende otro cigarrillo y mira arder la punta.
Sabe que es una escena ridícula. Herlin no puede ser así. Loulou
jamás se habría casado con alguien grosero o tan siquiera vulgar. Aunque piensa
que, al fin y al cabo, también se enamoró de él, al menos un tiempo, siendo él
el tipo más zafio del mundo.
Pero yo soy conde...
Y al pensarlo, se ríe.
¡El conde más pobre e insignificante del planeta!
Se pone serio de nuevo. No puede convertir al marido de
Geneviève en un malo de radionovela. Sería una caricatura burda. No puede hacer
del marido un enemigo de la humanidad, ni siquiera un enemigo de Bernis. La
vida a veces puede ser disparatada, pero las novelas tienen sus propias reglas.
Herlin será un hombre educado, incluso respetable. Sin embargo, tampoco puede
dejar de verlo como un antagonista, alguien que levanta un muro frente a su
felicidad. Dos hombres que aman a la misma mujer no pueden ser amigos. Lo que
los une es lo que los separa.
Finalmente, decide que el marido sea un caballero de buena
posición, cultivado y mundano pero un tanto arrogante, cortés pero
intransigente. Bernis acude a esa cena del grupo de conocidos de Geneviève y su
marido en su discreto papel de viejo amigo, alguien que está de paso, que esa
noche está allí por azar.
Niega con la cabeza. No cree en el azar.
Si crees en el azar es que no crees en nada.
Y él cree. Tiene fe. Mucha fe. Únicamente ignora el nombre de su
dios.
Cuando lleva apenas tres párrafos de la escena, echa mano a la
hoja y la arranca del carro de la máquina drásticamente. El rodillo gira con un
sonido de carraca y la hoja sale volando hecha un rebullo.
Reescribe la escena del restaurante cien veces. Jacques Bernis
mira todo como si lo sobrevolara desde su avión. Geneviève brilla en medio de
esas señoras anodinas sin hacer aspavientos. Su brillo ciega a los comensales y
no les deja verla. Ven de Geneviève su hermosura, sus modales impecables, su
saber estar, su adorable frivolidad..., pero no ven lo esencial.
Las cosas importantes están ocultas a la mirada...
Bernis la conoce de antes, de cuando era poco más que una niña.
Detecta ciertas vibraciones invisibles en el movimiento impecable de sus
gestos. Nota unas determinadas inflexiones de voz cuando habla un momento de su
hijo. Los invitados a la cena la adoran, pero cambian rápidamente de tema; la
maternidad no les interesa, es un asunto aburrido, conservador. Les parece un
desperdicio que esa mujer elegante y sofisticada pierda el tiempo en esos
quehaceres domésticos. Adoran a Geneviève, no quieren saber nada de un asunto
tan vulgar.
«La aman como se ama la música, como se ama el lujo...»,
escribe.
Pero Bernis observa y se percata de que para ella no es un
asunto menor. Ser madre la sumerge en unas profundidades emocionales a las que
nunca la han llevado la cháchara de esas cenas insustanciales con mujeres de
clase alta. La vida social es una esgrima con espadas de madera. Y, además,
Bernis, que la conoce desde la adolescencia, ha notado en la brevísima
referencia al hijo un eco de preocupación. Él sabe que parece frágil porque su
cintura cabe en un puño, pero es fuerte. Las flores pueden soportar tifones. Si
hay preocupación en su timbre de voz es porque algo debe de ir realmente mal
con el hijo.
Con su marido también detecta una cierta distancia. Todo es
cordial, se ceden la palabra, no se llevan la contraria, él le sirve vino en
cuanto su copa se vacía..., pero hay en esa cortesía tan civilizada un cierto
sofoco de invernadero. En un momento en que los hombres están ocupados en el
ritual de encender los puros y las mujeres se han enzarzado en una conversación
sobre sombreros, Geneviève se vuelve hacia Bernis y le pide, en un susurro, que
le hable del desierto.
El desierto...
A Bernis le parece que no es adecuado llenar los salones de ese
lujoso bistró con toneladas de arena. Puede que sea una pregunta
intrascendente, para llenar un momento de silencio. O puede que sea una
invitación para seguir la conversación más adelante. En otro lugar y otro
momento. No sabe qué pensar. Mira a Geneviève: ahí están esos ojos tan
adorablemente caprichosos. También ve que trata de disimular un velo de
tristeza. Todo en ella es un enigma.
— Necesitaría mucho tiempo para contarte qué es el desierto.
— Cuéntame sólo lo importante.
No, no, no...
Aprieta la tecla «x» en modo ametralladora para tachar el último
diálogo. ¿Qué diría la verdadera Loulou en una situación así?
Imposible saberlo. Loulou es imprevisible. Por eso es imposible
no amarla.
Llega el zumbido familiar del Breguet 14. Es hora de volver a la
realidad del aeródromo. El avión bascula en el aire imperceptiblemente y se
posa con una inusual suavidad sobre la pista. Los mecánicos acuden sin la prisa
de otras veces porque avión y piloto se van a quedar hasta el día siguiente. Al
acercarse, Tonio siente que el corazón se le alegra.
— ¡Henri!
Guillaumet se quita el casco con las gafas y unos cercos
negruzcos sobre los ojos le dibujan un antifaz. La sonrisa de sus dientes
blancos resalta todavía más sobre la piel tostada de sol y carbonilla.
— ¡Esto hay que celebrarlo! Nada de cuscús y carne de camella
vieja. Todavía tengo tres huevos. Pediré a Kamal que te prepare una tortilla.
— ¡No, Tonio! Guárdalos para vosotros. Yo mañana cenaré en
Dakar, allí podré comer de todo, pero vosotros aquí tardáis semanas en recibir
suministros.
— ¿Guardar? ¿Qué significa esa palabra? Vamos abrir una botella
de Rioja. Me la regaló un militar español.
— ¿Qué tal te llevas con los españoles?
— Bastante bien. Se pasan el día jugando al dominó, ¡odio ese
juego de pueblerinos! Pero a algunos oficiales también les gusta jugar al
ajedrez.
Los dos entran en el barracón-vivienda.
— ¿Podría utilizar tu lavabo de lujo, si no te importa?
— ¡Cómo va a importarme!
En una pieza aparte, tiene una palangana sobre una estructura de
madera blanca. Un estante a juego con unos soportes con molduras para la
brocha, las cuchillas de afeitar, el jabón y algo que llama la atención de
todos los pilotos: un elegante botellón de colonia con un tapón de cristal. Y
lo que más agradecen siempre que visitan el aeródromo de Cabo Juby: las toallas
limpias.
— ¿De dónde sacas estas toallas de rizo americano tan
estupendas? ¡Son mejores que las del Ritz!
— Me las traen de las islas Canarias. Las cambio por dátiles.
— ¿Y cómo consigues los dátiles?
— Los cambio a los beduinos por un poco de gasolina.
— ¡Si el señor Daurat se entera de que gastas combustible de los
aviones para comprar toallas le dará un infarto!
— ¡El señor Daurat debe secarse las manos con papel de lija!
Después de cenar el ambiente dentro de la caseta está cargado.
Huele a pies, al tabaco negro de los mecánicos, a alientos cruzados. Toman las
cazadoras y salen fuera a tomar aire fresco. El viento ha amainado. Echan mano
al tabaco y a los fósforos y añaden dos estrellas a la noche. Permanecen más de
medio cigarrillo en silencio. Hace frío, pero les da igual. Una estrella fugaz
se desprende del cielo y desaparece.
— ¿Lo has hecho, Guillaumet?
— ¿El qué?
— Pedir un deseo. Dicen que cuando pasa una estrella fugaz
puedes pedir un deseo.
— No lo sabía.
— ¿Qué pedirás la próxima vez?
Guillaumet se incomoda un poco con esas preguntas íntimas.
— ¡Tal vez pediría un millón de francos!
— ¡Bah, no te creo!
— Es que no sé, tendría que pensarlo.
— Pues yo — y al decirlo abre mucho los ojos para que le quepa
dentro el firmamento entero— lo que le pediría es que nunca dejaran de caer
estrellas fugaces en la noche.
Se quedan callados. El silencio los adormece un poco. Guillaumet
disimula un bostezo. Está molido tras una larguísima jornada de vuelo, pero le
gusta estar con Tonio, aunque haga esas preguntas extravagantes. Son muy
diferentes: él prefiere hablar poco, decir sólo lo preciso. Tonio, en cambio,
cuando está animado abre sus pensamientos como el vendedor del zoco que
extiende sobre una manta en el suelo toda su mercancía de pequeños tesoros.
Del bolsillo del chaquetón, Tonio se saca unos papeles y una
linterna.
— Tienes que escuchar esto.
Empieza a leerle las últimas páginas que ha escrito de la
historia de Bernis y Geneviève. Relata el momento de plenitud de Bernis en su
avión, lejos del roce de la tierra, la cena en que se reencuentra con la única
mujer que amó, la manera en que lee en ella lo que los demás no pueden ver...
— ¿Crees que es verosímil que una mujer que ha dejado de amarte
te dé una segunda oportunidad?
— ¿Por qué no? Bernis también se la da a ella.
— ¡No es lo mismo! Bernis nunca ha dejado de amarla. En él nada
se ha enfriado. Lo difícil es saber qué podría llegar a sentir ella. No sé si
el amor es un plato que pueda recalentarse.
— Yo de esas cosas no sé, Tonio.
— ¡Cómo no vas a saber! ¿Es que tú nunca has tenido un desengaño
amoroso?
— No...
— ¿Nunca?
— Nunca.
— ¡Dios santo, Henri! ¡Eres un gigoló! ¡Las mujeres caen
rendidas a tus pies! ¡Ninguna se te resiste!
Sonríe.
— Qué va. No he tenido desengaños amorosos porque nunca me he
hecho ilusiones. Siempre he sabido que no iba a interesar a ninguna chica. Por
suerte conocí a Noëlle y, bueno... ya sabes.
— ¡No me digas más! ¡Lo puedo imaginar perfectamente! ¡Fue ella
la que tuvo que tirarte de las orejas para que le dieras un beso!
Guillaumet se ruboriza, incomodado, y su amigo estalla en
carcajadas.
— ¡El mejor piloto de la Línea! ¡El aviador al que no le tiembla
el pulso al aterrizar en medio de un desierto infestado de beduinos armados
hasta los dientes, no era capaz de pedirle un beso a una muchacha!
Guillaumet se pone aún más colorado y dibuja un gesto de
contrariedad. Tonio lo abraza con su corpachón de oso.
Capítulo 38
Buenos Aires, 1929
El logro de poner en marcha la conexión postal entre Sudamérica
y Europa ha sido celebrado con euforia en los periódicos argentinos. Los vuelos
nocturnos dan que hablar. Mermoz empieza a ser algo más que un cartero aéreo.
Lo reclaman de las radios y las revistas de moda para entrevistas, que él trata
de esquivar. Desde Francia le llega una oleada de premios y distinciones. Un
bar de Buenos Aires crea el cóctel Mermoz. Las mujeres le salen al paso y él
las devora con su hambre insaciable. A ratos le halaga y a ratos le incomoda
esa atención.
Buen sueldo, reconocimiento, comilonas, chicas risueñas. Los
fines de semana necesita ejercicio y se pone en forma practicando remo y
natación en el laberinto fluvial del Tigre, una extensión de humedales en torno
a la desembocadura del Paraná a las afueras de Buenos Aires. Toma el sol
desnudo y se come filetes enormes que parecen de dinosaurio en un restaurante
flotante cerca del Club Francés de Remo. Su cuerpo está saciado, pero su mente
no. Desde que bajó del barco de Europa y puso un pie en el muelle de Buenos
Aires, una idea le ronda la cabeza. En ese mapa de los sueños que hay en su
despacho falta una línea roja por trazar.
Una noche, se encuentra en una cena pantagruélica en la casa de
un rico empresario argentino accionista de la compañía: un asado en su honor.
Vino recio, hombres poderosos, mujeres bellas. Saluda a izquierda y derecha,
estrecha manos y asiente con cortesía. Pero está en otra parte. Toda esa gente
no le importa nada. Una muchacha rubia de ojos muy negros y labios mullidos se
le acerca gatuna. Él la recibe con su sonrisa de las grandes ocasiones. Ella le
dice su nombre y él le hace una petición que la deja intrigada: le pregunta si
tiene un pintalabios.
— ¿Me lo prestaría?
Ella asiente con un mohín de coquetería y saca uno de su bolso
minúsculo. Mermoz lo coge y, para decepción de ella y desolación de sus
anfitriones, anuncia en voz alta que debe retirarse. El organizador, un
empresario acostumbrado a tratar a la gente como empleados, se acerca muy
seguro de sí mismo.
— Nada eso. ¡Cómo se va a ir ahora que empieza lo mejor! Le voy
a pedir un coñac especial y le voy a presentar a unas personas muy importantes.
Pero entonces Mermoz se tensa. Mira a su interlocutor de manera
que éste, sin darse cuenta, retrocede un paso de forma inconsciente por esos
mecanismos remotos del cerebro que regulaban la supervivencia en tiempos
atávicos. Mermoz no soporta que le insistan. Nadie tiene derecho a apartarlo de
su camino. Da las buenas noches de manera escueta y se larga.
Es ya de madrugada y camina por calles vacías hasta Reconquista.
Abre con la llave el portal de las oficinas y llega hasta su despacho
atravesando una quietud de sillas vacías. Contempla el mapa de la pared con la
línea Buenos Aires-Natal ya consolidada y las demás líneas americanas que se
irán desplegando. Pero a ese mapa le falta la ruta crucial. La que ha de unir
América con África y, de esa manera, coser el hilo con Europa. Por más que
ellos corran por el aire contra cualquier inclemencia, por más que en las
escalas las sacas brinquen de un avión a otro y realicen en tan sólo horas el
transporte de las cartas, que solía tardar días, todo ese avance se atasca al
embarcar el correo en los paquebotes de la compañía que hacen la travesía
marítima en la que se pierde la espectacular ventaja adquirida. Los aviones
cubren diez mil kilómetros de la ruta en cuatro días. El barco que hace el
trayecto marítimo Natal-Dakar tarda diez días en recorrer los tres mil
kilómetros de distancia. El correo tarda en total catorce días en llegar a
África y retomar la conexión con los aviones que esperan en Saint-Louis de
Senegal. Si pudieran saltar el océano por el aire, podría llegar en cinco.
Saca del bolsillo el pintalabios y traza una línea entre Natal y
Dakar por encima del océano Atlántico. Se separa un poco y la observa. El
carmín ha dibujado una raya de un rojo tan reventón que tiene algo de
dramático.
En Francia, al otro lado del mundo, ya se habrán despertado.
Escribe al señor Daurat un largo telegrama en el que le pide un avión potente
para poder dar el salto sobre el Atlántico. La respuesta desde Montaudran es
rápida: «Hace tiempo que lo he pedido».
Existen aún pocos aviones con esa autonomía y son muy caros.
Latécoère ha pasado por problemas económicos; de ahí la entrada de nuevos
socios como Bouilloux-Lafont, y el cambio de nombre de la empresa, que pasa a
llamarse Aeropostale. No hay en la factoría de Latécoère ningún modelo de esas
características en fabricación. Es evidente que si Daurat está detrás, en
cuanto haya una mínima posibilidad, se pondrán manos a la obra.
Pero Mermoz no puede esperar. No sabe. No está en su naturaleza.
Mueve sus contactos al más alto nivel. Si tantas condecoraciones y tantas
buenas palabras han salido desde altas instancias del gobierno de su país,
decide apelar al máximo responsable de las Fuerzas Aéreas francesas para
solicitar un aparato para su causa.
— Se trata del honor de Francia, caballeros. Seremos los
primeros en establecer una línea de correo regular por encima del Atlántico,
inscribiremos el nombre de nuestro país en la historia en la aviación civil.
El honor es una de las motivaciones más estúpidas que existen.
Mermoz no cree en el honor militar ni le interesa la chatarra de las medallas.
Pero cree en el orgullo, en la satisfacción de ir siempre un paso por delante y
no quedarse nunca atrás.
Mientras sus peticiones chocan con los muros de la burocracia,
inicia la exploración de una nueva línea muy importante para la Aeropostale: la
conexión Buenos Aires-Chile. Las dos ciudades están separadas por un muro de
verdad, de roca, de hasta siete mil metros de altura en su zona central. Sus
aviones apenas pueden ascender hasta los cuatro mil trescientos.
Mermoz tantea una ruta desviándose hacia el sur, donde la
cordillera empieza a achicarse y pueden superarla.
A uno de esos primero viajes se apunta el conde de La Vaulx,
pionero de los vuelos en globo y presidente del Aeroclub de Francia, de visita
en Buenos Aires para conocer de primera mano los avances de la Aeropostale en
Sudamérica. Mermoz ya tiene la ruta bastante domesticada, pero precisamente en
ese viaje sucede un incidente. El motor decide pararse mientras sobrevuelan
picos de tres mil metros. Mala noticia. Se hace el silencio, hermoso y
aterrador, y quedan a merced de aristas mortales. Mira a Collenot. El mecánico
está tranquilo y Mermoz sonríe. Bien por Collenot, que deja su vida en sus
manos y no se plantea nada más.
— El vuelo sin motor no estaba previsto — anuncia a los
pasajeros— , pero lo haremos en honor suyo, señor La Vaulx.
Mermoz vislumbra rápidamente el mejor, tal vez el único lugar,
para aterrizar el avión planeando. Es una meseta amplia y bastante diáfana.
— Allá vamos.
Al acercarse se percata de que tiene una ligera pendiente.
Tampoco hay más opciones ni puede ya rectificar. El avión se posa en el punto
preciso, dando un par de saltos bruscos y decelerando suavemente. Todos dan un
suspiro de alivio. Sin embargo, cuando el avión va a detenerse por completo,
empieza a recular lentamente hacia atrás. La pendiente es pequeña pero lo hace
moverse lentamente hacia abajo, camino del precipicio.
Mermoz se quita el cinturón de un manotazo y salta de la cabina
antes de que los otros pasajeros puedan siquiera pestañear. Echa a correr
cuesta abajo a toda velocidad hasta adelantar al aparato y ponerse delante de
la cola. Para el avión con el pecho y los brazos.
— ¡Collenot! ¡Espabila! ¡Calza las ruedas, por Dios!
El mecánico salta de la cabina y va en busca de un par de
piedras que poner tras las ruedas. El conde asoma su regio bigote engominado y
observa asombrado a Mermoz aguantando el avión con los brazos abiertos como un
coloso. Collenot corre con un par de pedruscos para trabar las ruedas.
Cuando el conde baja del aparato, ya está firme. Le da la mano
al piloto de la manera más efusiva.
— Señor Mermoz, he de reconocer que esto es más apasionante que
montar en globo.
Collenot trabaja en la reparación mientras todos lo observan en
silencio. Encaja las piezas de recambio con unas manos de ardilla. Por fin,
levanta la cabeza negra de carbonilla y avisa que la avería está resuelta.
Despegan con las ruedas del tren de aterrizaje bailoteando sobre
los guijarros y parece que el avión vaya a desmontarse. Pero, milagrosamente,
ese montón de chapa alza el vuelo, una vez más. Y, con la primera virada, la
cordillera los saluda haciendo destellar el sol sobre el blanco de sus crestas.
En pocas horas aterrizan sin novedad en Santiago.
Buenos Aires y Santiago de Chile están conectadas. Mermoz
contornea los Andes como si vadeara un río revuelto. Las cartas van y vienen
entre Chile y Argentina. Y de Argentina a Brasil. Y de Brasil a Senegal. Y de
ahí a Marruecos, España y su destino en Francia. Parecería bastante para un
puñado de hombres y unos cacharros voladores con motores de juguete. Pero
alguien da vueltas y vueltas en su jaula de Montaudran. El hombre que no duerme
nunca, de vez en cuando, mira por la ventana hacia el cielo que se alza más
allá de las pistas.
Unas semanas más tarde llega a la mesa de Mermoz un telegrama de
Daurat: «Hemos establecido un trazado de línea entre Buenos Aires y Santiago.
Pero hemos de bajar muchos kilómetros al sur para rodear la parte más alta de
los Andes. Se pierden muchas horas. ¿Cree que sería posible encontrar un paso
seguro más al norte que atravesara la cordillera y fuera más directo?».
Las secretarias oyen la carcajada de Mermoz. Y, al momento, pide
a una de ellas que anote el radiotelegrama de respuesta:
— Señor Daurat, llevo semanas pensando lo mismo. Mañana por la
mañana me pongo en marcha.
Los aviones tienen un techo de vuelo cuando llegan a capas de la
atmósfera con menos oxígeno del que necesitan los motores de combustión interna
para funcionar. ¿Cómo puede un avión que sólo puede elevarse hasta los cuatro
mil quinientos metros traspasar una cordillera de crestas de casi siete mil?
Para Mermoz la respuesta es tan evidente como que el agua moja y el fuego
quema: hay que pasar por los pasillos entre montañas, colarse como mosquitos
entre las piernas de los gigantes.
Capítulo 39
Cabo Juby (Marruecos), 1929
Después de sobrevolar el desierto para mantener los aviones en
activo, atender el papeleo y solucionar los pequeños asuntos de ese aeródromo
en la arena, Tonio aporrea la máquina de escribir acompañado por el siseo del
viento y el olor de los guisos de cordero de Kamal mezclado con el de la
gasolina.
Vuelve una y mil veces al encuentro de Jacques Bernis en un
restaurante con Geneviève, su marido y esas amistades que a ella no parecen
interesarle nada. Ha visto que en el agua verde de sus ojos flota un musgo de
tristeza.
Geneviève no es feliz...
El diosecillo grandullón de la Underwood no quiere que lo sea.
Una amiga de la familia perdió a su bebé y ésa es una historia que le revolotea
por la cabeza como un cuervo de mal agüero. Y decide trasladar ese episodio al
libro: la dulce Geneviève, casada con ese hombre arrogante, extranjero, que
intenta mostrarse tierno sin saber lo que es la ternura, tiene un hijo que
enferma gravemente.
Ella hace lo que puede por cuidarlo, se agota en noches
interminables de fiebre y medicinas que sólo sirven para impregnar la
habitación de ese olor dulzón a enfermedad. Flota en la casa un silencio
pegajoso de hospital. Su marido, incapaz de ser útil y de afrontar la dolencia
del hijo, se muestra irritable.
Aunque hay una enfermera permanentemente, ella pasa muchas
noches en vela, dando vueltas por la habitación. Las ojeras se le van abultando
y los cercos violáceos parecen transparentar su sufrimiento. El médico de la
familia, que pasa visita todas las mañanas, habla con una gravedad que no anima
los buenos presagios. Al verla tan alicaída la insta a que salga de casa a
tomar un poco de aire y se distraiga un rato.
Y una tarde, sale de casa. Camina por los bulevares e incluso
entra en alguna de sus tiendas de anticuario favoritas. En esos abigarrados
gabinetes de las maravillas, que son como la cueva de Alí Babá, se extravía
entre alfombras persas, violines Stradivarius, sillones de terciopelo, mesas
estilo imperio con patas que son leones alados, capiteles jónicos de algún
templo griego... Se rodea de belleza para levantar una muralla que proteja su
frágil castillo del asalto bárbaro de la realidad. Cuando regresa a casa se
encuentra a Herlin con el reloj abierto en la palma de la mano y una mirada
desquiciada.
Su marido, acuciado por la angustia y el sentimiento de
impotencia, ha sufrido cada minuto de su ausencia como una tortura, primero, y
al paso de las horas, como una traición. Sus nervios son cables pelados. La
achicharra a reproches, le levanta la voz por primera vez, la acusa de ser una
mala madre, de pasearse mientras su hijo agoniza, la agarra de la muñeca con
brutalidad. Le hace daño. Ella lo mira y su mirada le escupe hielo a la cara.
Herlin la suelta de golpe, como si despertara de repente de un
trance. Se echa las manos a la cabeza. Se arrepiente.
¿Herlin se arrepiente?
Levanta un instante los dedos del teclado... Duda un momento,
pero no hay nada que dudar.
¡Sí, sí, se arrepiente, naturalmente!
Herlin también sufre. Su explosión es la desesperación causada
por un dolor que no es capaz de soportar. Le pide perdón a su esposa una y otra
vez. Pero su arrepentimiento es inútil. Ella ya no está allí. Geneviève mira a
Herlin y lo ve ya desde el otro lado de las cosas.
Esa noche el niño muere.
Geneviève siente un frío insoportable. Tanto que se le congelan
las lágrimas. Imposible llorar. El pequeño ahora descansa, le dice el doctor.
Es un consuelo, ¡pero tan y tan minúsculo! No se puede secar el mar con un
pañuelo.
Enseguida, su marido intenta recomponer los cascotes del
derrumbe: le dice que han de vender la casa. Ella le responde con silencios.
Como Herlin no sabe qué hacer con su dolor, sale de viaje a Bruselas para
supervisar allí unas propiedades y le pide a ella que se reúna con él para
empezar de nuevo desde cero.
¡Volver a empezar!
Pobre Herlin, no sabe nada del amor...
El amor es como esos maravillosos jarrones chinos tan delicados.
Si caen al suelo, se hacen añicos. Puedes emplear toda la paciencia del mundo
en pegar las piezas cuidadosamente y volverlo a poner en pie. Pero lo que
tienes es sólo un jarrón roto.
Cuando llaman a la puerta del pequeño piso de Bernis es casi de
madrugada. Al abrir la puerta, quien está en el umbral con una maleta es
Geneviève. Más pálida, con los ojos más brillantes y el pelo más rojo que
nunca. La mira y la mira. Se miran.
«Llévame contigo», le pide.
Llévame contigo...
Bernis lleva la vida entera esperando oír eso.
Hay momentos que justifican una vida entera.
Tonio deja los dedos suspendidos en el aire presto a iniciar un
tecleo arrebatador. Escribe sobre la máquina como si fuera un piano. Concede a
Bernis el deseo que él habría pedido para sí mismo: que en el momento preciso
el tiempo pudiera detenerse como en esas fotografías donde nunca se envejece.
Se levanta y observa el papel atrapado en el carro de la máquina. Asiente con
la cabeza y sale. Deja a Bernis y a Geneviève a solas. Es su momento.
Se va caminando hasta el hogar de Kafir. Siente sobre los
hombros la mirada del centinela del fuerte español, cansado de mirar a la nada.
Su amigo tuareg no está por allí cerca, ni tampoco sus cabras.
El viento agita la jaima de piel de camello y hace chirriar levemente la
roldana del pozo sobre la que cuelga el minúsculo cubo de madera. Un cubo de
juguete, como los que utilizan los niños en la playa para levantar castillos de
arena. El aire también le agita los mechones de pelo y, no sabe bien por qué,
en medio de esa nada mineral se siente acompañado. En medio del París más lleno
de gente y ajetreado se había sentido infinitamente más solo. La soledad del
desierto es otra.
Le saca de sus pensamientos una silueta que se recorta contra
los promontorios pelados del horizonte. Tiene cuatro patas de alambre, unos
cuernos minúsculos y un cuello de princesa rusa. La gacela se acerca
lentamente, probablemente atraída por las escasas hierbas que crecen alrededor
del pozo.
La lluvia es escasa, pero la tierra es fértil. Cuando los
tuaregs ven en la lejanía unas nubes, se dirigen hacia ellas, aunque hayan de
recorrer muchos kilómetros, porque si han descargado unas pocas gotas enseguida
crecerán unas briznas de hierba para sus camellos. El agua corre de manera
secreta bajo el suelo ardiente y se abren pozos en lugares inesperados del
desierto. Escasos, pobres, a veces insalubres, pero suficientes para que la
vida no se detenga. Para que sobrevivan las cabras y los camellos de los
beduinos, para que correteen gacelas, zorros, hienas, liebres, avestruces,
incluso cabras montesas, jabalíes y hasta guepardos en el sur. También puede
uno encontrarse alacranes de picadura mortal y serpientes silenciosas.
Pero en ese momento toda su atención está centrada en los
movimientos elegantes de la gacela que se acerca hasta el extremo contrario del
terreno de Kafir. Alza la cabeza y lo mira unos segundos con sus ojos grandes y
profundamente negros. Parece querer decirle: sé que estás ahí. Después baja la
cabeza y empieza a mordisquear algunos tallos.
Siente una presencia a su lado y se da la vuelta. Kafir Mugtar
mira en la misma dirección que él.
— Salam, amigo Saintusupehi.
— Salam, amigo Kafir Mugtar. ¡No te he oído llegar!
— Vine despacio porque las gacelas tienen un oído muy fino y se
asustan enseguida.
— Es hermosa.
— Es una gacela joven. Es raro que se haya separado de la
manada.
— Tiene unos cuernos de mentirijillas. ¡Se la ve tan indefensa!
— Su indefensión es su fortaleza. Como saben que no pueden
luchar, corren. Y no es fácil alcanzarlas a la carrera.
— Seguro que la peor bala del fusil más viejo puede alcanzarla
en un instante.
— ¿Estás pensando en cazarla?
— ¡No! ¡Querría protegerla! Me gustaría ser su amigo.
— Entonces, primero debes domesticarla.
Mira al beduino, que tiene sus pequeños ojos vivarachos clavados
en el animal.
— ¿Domesticarla? ¿Qué quiere decir domesticarla?
— Crear lazos.
— ¿Crear lazos?
— Sí, en eso consiste. Para ella no eres más que un ser extraño
que camina con dos patas igual que otras docenas de seres de dos patas que
habrá visto pasar. Y ella no es más que una gacela, como otra cualquiera de las
muchas gacelas que puede haber en una manada. Ella no te necesita y tú tampoco
la necesitas a ella. Pero si la domesticas, tendréis necesidad el uno del otro:
ella será para ti una gacela única en el mundo y tú serás para ella un hombre
único en el mundo.
— Ya..., pero ¿cómo se consigue domesticar una gacela?
— Hay que ser paciente. Al principio te sentarás en la arena a
una distancia prudente con un pequeño recipiente con agua. Ella seguro que se
dará cuenta de tu movimiento y te mirará de reojo, pero si te quedas quieto, no
se marchará.
— Le puedo hablar. Le puedo decir palabras tranquilizadoras...
— ¡No! Los europeos sobrevaloráis las palabras. Sólo traen
malentendidos. Os creéis muy sabios porque habláis mucho y leéis papeles. Pero
habéis olvidado el arte de escuchar los silencios y de leer las miradas.
— Vale, me siento a una cierta distancia. ¿Y después?
— Nada más. Te marchas en silencio y dejas allí el poco de agua.
La confianza es un fruto que madura lento. Deberás volver al otro día a la
misma hora y sentarte un paso más cerca. Y al siguiente día, repetir la misma
operación, otro paso más cerca.
— Ya veo...
El beduino se va hasta el pozo y lanza el cubo al fondo. Toma un
pedazo de corteza de coco y vierte un breve chorro de agua. Al acercárselo,
Tonio frunce un poco el ceño.
— ¡Eso es muy poca agua! ¡Así no va a saciar su sed!
— Y no debe hacerlo. Hay hombres que creen que se ganan el amor
de las personas haciéndoles suntuosos presentes. La gente les dice palabras de
mucha alabanza y ellos se hinchan como la tripa de un camello en un abrevadero.
Pero se engañan. No los quieren a ellos, sino sus regalos. ¿Deseas que la
gacela te quiera por tu agua o por ti mismo?
— Pues...
— ¿Sabes por qué los árabes ofrecemos a nuestros visitantes unos
vasos de té tan pequeños?
— No sé...
— No es porque seamos tacaños, sino porque nuestra intención no
es saciar al visitante. Si lo hiciéramos lo ofenderíamos, sería como echarle en
cara que es un pobre hombre que no tiene ni para hojas de té. Lo que queremos
con esa pequeña infusión no es apagar su sed, sino mostrarle nuestro deseo de
amistad.
Tonio asiente y se acerca un poco a la gacela portando con
cuidado su pequeña corteza de coco con un poco de agua. A continuación, se
aleja unos cuantos pasos. El animal levanta inmediatamente la cabeza y lo sigue
con la mirada hasta que lo ve sentarse y quedarse quieto. Todavía lo mira un
momento, y luego sigue ramoneando. Sólo mucho rato después, se va hasta el coco
y toma su sorbo de agua.
Durante una semana, repetirá el ritual cada atardecer. Cada día
un pasito más cerca. Y cada día la gacela levanta la cabeza y lo mira un
momento. Después, nada más.
Una de esas tardes, mientras está callado observándola, le viene
a la cabeza el nombre de Nefertiti, tal vez por su cuello largo y estilizado.
Tal vez porque es una reina del desierto.
El octavo día, se acerca tanto que puede escuchar la masticación
del animal. Ese día, la gacela ya ni siquiera ha levantado la cabeza para
mirarlo. No le hace falta. Sabe quién es. Siente la tentación de acercarse
hasta ella y acariciar su pelaje pardo, pero se contiene. Cuando ya ha pasado
un rato, se levanta y se marcha caminando lentamente hasta su barracón.
Al llegar a la puerta de la entrada, siente detrás una
presencia, igual que el día en que se dio la vuelta y de repente Kafir Mugtar
estaba a un palmo de él. Esta vez, al volverse descubre que la gacela ha ido
tras él. Se miran. Tiene un rostro hermoso, dos tiras de pelo blanco enmarcan
su hocico tapizado de pelaje del color del desierto. Sus ojos a esa distancia
resultan enormes bolas de cristal negro. Su gesto es tan vulnerable que no
resiste la tentación de dar dos pasos hacia ella y acariciarle la cabeza. Se
deja hacer durante unos segundos y después se da media vuelta y arranca a
correr alegremente.
Se abre de golpe la puerta y sale el mecánico Totó en
calzoncillos.
— ¿Te has fijado?
— ¿En qué?
— ¡Que se ha acercado hasta el barracón una gacela!
Tonio niega con la cabeza.
— No es una gacela... ¡Es Nefertiti!
Capítulo 40
Los Andes (Chile), 1929
Mermoz se dispone a buscar un camino entre moles de piedra de
siete kilómetros de altura. Partiendo desde Copiapó, al norte de Santiago de
Chile, va en busca de un pasillo entre los picos de los Andes a bordo de un
Laté 25. Desafía todas las leyes de la física y de la prudencia.
El jefe de aeródromo tiene canas en las cejas y los ojos
entornados por haber visto ya demasiadas cosas con el paso de los años. Observa
cómo mira Mermoz por la ventana hacia la cordillera con calma pero también con
avidez, como podría mirar a una mujer muy alta que alimentase su deseo de
manera secreta. Lleva un rato callado dando vueltas a su taza de café frío. No
le gusta la misión del jefe de pilotos, pero sabe que nada puede hacer para que
desista.
— Busca usted lo imposible.
— ¿Y qué otra cosa vale la pena buscar?
Mermoz lo mira y hay en sus pupilas un metal indestructible. El
jefe de aeródromo asiente. Sigue dando vueltas al café. Ve alejarse al piloto
hacia el avión seguido del silencioso Collenot, abrazado a su macuto de
herramientas. No sabe si ese hombre es un héroe o un loco. Difícil precisar la
frontera. Sorbe de la taza, pero la aparta con un gesto de desagrado. Por un
momento envidia a Mermoz, él nunca toma el café frío.
No vuelan sobre los Andes, sino contra los Andes.
Después de una planicie amable, les cierra el paso un ejército
de montañas. Vuelan en paralelo a las rocas. Caracolean. Zumban como moscas
ante una ventana cerrada. Hay pequeñas aberturas tramposas, como calles
cortadas de las que sólo se puede salir con maniobras de retroceso acrobáticas.
Los picachos están blancos de una nieve virginal y el sol los hace destellar
como si fueran de mármol. Pero su blancura y su paz inmaculada son la paz y el
silencio de la muerte.
Detecta un paso prometedor, pero está por encima de su umbral de
altitud. El Laté sólo puede subir hasta los cuatro mil doscientos metros y la
hendidura se abre por lo menos a cuatro mil quinientos. No se puede.
¿No se puede?
El cerebro le dice que no, pero el corazón le dice que sí. Hará
que se pueda. Algo que ha descubierto en sus horas de vuelo y de observación es
que el cielo es un mar de aire. Hay olas de viento, hay remolinos... y también
hay corrientes. Lee en las vibraciones de las alas igual que un marino leería
en la estela de espuma del barco. Sopla un ventarrón del noroeste. No es
constante. Ningún viento lo es del todo. Se trata de hacer como los surfistas
hawaianos que describía Jack London en una novela de aventuras que leyó en la
adolescencia, cuando prefería leer la vida que vivirla. Esperaban sobre sus
tablas a que llegase la ola. Él espera la suya a cuatro mil metros de altura.
Igual que un surfista, debes empezar a bracear antes de que la ola llegue si
quieres subirte a ella. Maniobra, cae unos metros para ser empujado mejor y al
poner el morro hacia el cielo nota el empujón. Se sube a caballo de una ráfaga
fortísima y la corriente ascendente lo eleva en medio de una violenta
agitación.
Se elevan... cuatro mil trescientos, cuatro mil
cuatrocientos..., el altímetro ya no tiene más números. El motor ronronea un
poco atragantado. Mermoz agarra el comando con los nudillos blancos y trata de
conducir el aparato hacia donde quiere. A uno y otro lado tienen los farallones
escarpados. No se pueden desviar. Un roce en un ala sería el final. Las nieves
eternas y la vida eterna.
Se van manteniendo en el centro del pasillo de aire.
— Sí, sí, sí...
Mermoz aguanta los bandazos de las turbulencias. Lo están
consiguiendo.
— Un poco más...
Ya no queda mucho para atravesar las crestas más altas, ya ven
la salida del túnel.
Pero lo que te salva siempre es lo que te condena. La dirección
del viento cambia caprichosamente. El que antes los subía, ahora los baja. Unas
violentas corrientes descendentes los empujan hacia el fondo igual que si un
gólem hubiera posado una manaza de piedra sobre ellos. El Laté cae de manera
imparable en dirección a unos picos escarpados unos cientos de metros más
abajo. Apenas puede controlarlo.
— ¡Imposible remontar el vuelo!
Los pilotos veteranos lo saben: si no puedes con el viento,
únete a él. Se deja empujar tratando de reconducir en el descenso el Laté, pero
está rodeado de montañas como serruchos descomunales. En diez segundos ha de
tomar una decisión. La toma en dos. Fuerza en pleno descenso vertiginoso una
virada hacia una meseta en medio de las puntas de piedra. Ha de ser ahí. Ahí o
en ninguna parte.
— ¡Collenot, agárrate!
Más que aterrizar, caen a peso sobre una pendiente no muy lisa.
El impacto es duro y el avión da un par de saltos nerviosos antes de posarse
definitivamente con un ruido de hojalata quebrada. Un eje del tren de las
ruedas cede y el aparato acaba de frenar con el costado, echando chispas contra
el suelo.
Cuando se hace el silencio, se miran. Ellos han salido ilesos,
pero saben que el avión no. Al bajar observan el desastre: el tren de
aterrizaje hundido, los herrajes de cola doblados, el motor con varias piezas
rotas. Es un milagro que hayan podido posarse en esa plataforma, rodeados de
paredes inmensas, pero de poco les va a servir si no pueden salir de ahí. Al ir
a hablar, a Mermoz le tiembla la voz. No por la situación desesperada, sino por
el frío: están a quince grados bajo cero.
— Collenot, hay que reparar el avión.
— No es posible, señor Mermoz.
— Pues entonces habrá que hacer lo imposible. Aquí no nos
podemos quedar a vivir. ¡No hay chicas!
Collenot no se ríe. Tampoco replica. Se va en busca de su cofre
de herramientas. Mermoz lo mira no sólo con afecto, sino con devoción. Sus
vidas están en las manos laboriosas del mecánico.
Collenot es un lutier. Sus violines son de madera y metal y
pesan dos toneladas. Sin apenas piezas de recambio, la reparación sólo es
posible para alguien como él, capaz de construir él solo un avión entero con
sus propias manos. Desmonta piezas secundarias para obtener chapas y tornillos.
Fabrica pasta para taponar conductos rotos con cola, astillas de madera y
trapos viejos. Se inventa un almacén de recambios en medio de la nada.
Dos días de trabajo incansable y dos noches gélidas tumbados en
la bodega del avión durmiendo lo más juntos posible. Han compartido todas las
provisiones que llevaban a bordo: una naranja y un paquete de caramelos de
menta. Agua no les falta, en forma de nieve. Son testigos de todo unos cóndores
que anidan en los riscos de enfrente y que los observan con una fijeza
inquietante. Parecería que en cualquier momento van a lanzarse sobre ellos.
Siguiendo las indicaciones de Collenot, Mermoz hace de herrero
usando una llave inglesa y las manos como tenazas para enderezar los hierros
del tren de aterrizaje. A la mañana del tercer día, el mecánico levanta la
cabeza del motor. Su expresión es tan neutra como la de cualquier día de
trabajo en el aeródromo.
— Señor Mermoz. Es todo lo que puedo hacer.
— Pero ¿funcionará?
— Es posible. No lo sabremos hasta probarlo. Y si funcionase,
seguro que no por mucho rato.
Ha utilizado trozos de cuerda para sujetar herrajes, ha
substituido bielas por alambres, ha rectificado piezas a golpe de martillo
usando una piedra como yunque.
— Sólo necesito que aguante diez minutos para salir de aquí. En
el valle puedo aterrizar durmiendo.
Los dos elevan la vista y ven las paredes altísimas que tienen
enfrente. La visión es sobrecogedora. Salir de ahí es como salir de una tumba.
No deja que Collenot sepa lo lúgubres que son sus pensamientos.
— ¡Muévete, Collenot! ¡Nos largamos!
Se acomodan en el avión. Mermoz se frota las manos para
desentumecer los dedos, abre el paso del combustible, acciona la ignición y...
¡arranca!
— ¡Funciona!
El rugido de león viejo del Laté desafía un vastísimo silencio.
Hasta Collenot sonríe. Pero una explosión agua la fiesta.
— ¿Qué ha pasado?
— El radiador ha estallado.
— Pues habrá que arreglarlo.
El mecánico asiente.
Recurre a cola, barniz, pedazos de cuero y trapos viejos. Pasa
horas para tapar las brechas. Si los maestros mecánicos vieran lo que está
haciendo se echarían las manos a la cabeza. Collenot nunca ha hecho una chapuza
semejante. Pero es la chapuza de un perfeccionista. Coloca los trozos de cuero
encolado con una precisión de cirujano. El señor Mermoz le ha pedido diez
minutos. Él va a dárselos. Se va el día y la temperatura cae aún más. Tienen
las manos rígidas, el hambre raspa dentro de las tripas, los labios se agrietan
por el frío. Están rodeados de un paisaje extraordinario, pero la belleza no
puede nada contra la angustia.
Collenot y él no han hablado esos días más de lo que solían
hacer habitualmente cuando volaban. Frases cortas. Largos silencios. No hay
nada importante que decir.
— Por la mañana nos iremos.
— Sí, señor Mermoz.
— A casa o al infierno...
Antes de subir al avión, Mermoz ve alumbrarse las primeras
estrellas. En esas soledades brillan con una intensidad de antorchas. No sabe
por qué, pero lo calma que las estrellas estén ahí, inmutables, donde siempre
han estado. No puede saber que a diez mil kilómetros, con la madrugada muy
avanzada, alguien piensa en él y vence la inquietud observando el cielo
estrellado.
La noticia de su desaparición ha corrido por toda la línea como
un fúnebre tam-tam. Sobre el desierto, la noche es negra, más diáfana. Tonio se
pregunta si su amigo seguirá con vida en alguna parte de los Andes. Le consuela
pensar que si no regresa habrá sido derrotado por un gigante, que habrá sido un
duelo a su altura. Lamenta no haber pasado más tiempo con él, no haber abierto
la armadura del gran Mermoz y haberse asomado dentro y haberle preguntado de
qué sentía miedo. Porque todos sentimos miedo.
— ¡Sin novedad!
La voz del centinela en el cuartel español puntea una noche muy
larga en Cabo Juby.
En la cordillera amanece sobre un avión minúsculo que es una
mota insignificante en medio de laberintos minerales. Por suerte, no ha nevado.
El aparato se encuentra en una estrecha franja de terreno algo pendiente, a
pocos metros del precipicio, sin espacio para tomar el impulso necesario para
el despegue. La única posibilidad es llevar el avión más arriba y dejarlo
resbalar por la pendiente para que tome la velocidad suficiente, aunque la
superficie no llegue ni a la mitad del tamaño de una pista convencional.
Han de despejar piedra a piedra el recorrido. Luego, tras tres
días sin comer, soportando el mal de altura y el frío, han de empujar un avión
cuesta arriba. Vacían el combustible sobrante del depósito, desmotan los
asientos traseros, dejan un bidón con cuatrocientos litros de gasolina y todas
las piezas no imprescindibles. Despojan a su globo de todo el lastre posible.
— ¿Y las sacas del correo, señor Mermoz?
Se acerca a la bodega y acaricia la tela áspera de los sacos.
— El correo va con nosotros. Somos carteros, Collenot. Hasta el
final.
Han de mover dos mil kilos. Empujan el avión como animales de
carga. Collenot tiene llagas en las manos al minuto de empezar a estirar de la
soga; Mermoz lo hace por los dos, o por cinco. No siente el frío. Convierte el
cansancio en energía y la resistencia en un juego. Cada paso es una victoria. A
Collenot le sangra la nariz. Está mareado por el mal de altura, tan extenuado
que le saltan las lágrimas. Mermoz hace como que no se da cuenta. Toma aire
para que su voz suene más firme de lo que es.
— ¡Collenot, necesito que hagas algo más importante que empujar!
Necesito que a cada tirón que dé, tú calces con una piedra el avión para que yo
pueda descansar.
En recorrer medio kilómetro tardan ocho horas, las ocho horas
más largas de sus vidas. Los cóndores, impasibles sobre el abismo, observan
todo como notarios. Atardece cuando logran colocar el avión en el punto más
elevado y le dan la vuelta para encararlo a la otra pared de piedra, algo más
alejada. La mala noticia es que la bajada en esa dirección muestra dos
escalones en el terreno. Uno de ellos de seis metros y el otro incluso algo
mayor. Se miran.
— Señor Mermoz, será un milagro que el tren de aterrizaje
aguante esos saltos.
— Nos hemos hecho expertos en milagros.
Mermoz se va para la carlinga. No pueden pensárselo. Pensar es
un lujo.
— ¡Arriba!
Collenot tiembla. Tiene un aspecto desolador: la cara quemada
por el frío, la sangre de la hemorragia nasal atrapada en la barba crecida, la
ropa hecha añicos.
No saben si el motor se encenderá tras esas horas de traqueteo
empujando el Laté hacia arriba. Mermoz gira la llave de ignición. No le tiembla
la mano. Un rugido sobresalta los acantilados y los cóndores se lanzan al aire
despavoridos.
— ¡Funciona!
Collenot y él se miran. Mermoz siente en ese momento por él un
afecto infinito, pero no se dicen nada. Está todo dicho. Todo sabido. Todo en
paz.
— Collenot, nos vamos a casa.
— Que Dios nos bendiga.
Cuando da avante y empiezan a avanzar, Collenot se tapa los ojos
con lo poco que queda de su cazadora de cuero. Mermoz lanza el avión por la
pendiente. Llegan a la primera grieta. Ha de ser muy preciso en hacerlo caer en
el lugar más liso de la roca. El Laté toca el suelo y ellos dan un salto brusco
en sus asientos, pero el tren de aterrizaje no se parte, continúa rodando. Otro
desnivel: más de seis metros, quizá ocho. Mermoz suspira. Pero no piensa, sólo
salta y se concentra en caer lo más estabilizado posible. Topan las ruedas
contra el suelo, pero la inercia del avance horizontal hace que el impacto sea
menos duro, que rebote y siga directamente hacia el final de esa pista
imposible: el gran precipicio. Y al llegar al vacío, tira de la palanca hacia
él con todas sus fuerzas. En lugar de caer, se elevan.
Volamos...
A Mermoz siempre le pareció maravilloso volar. Pero en ese
instante le parece sublime. No existe el frío, no existe el dolor. El aparato
toma altura, Mermoz aprieta contra su entrepierna la palanca para que el morro
se aúpe en el aire porque enfrente hay una pared inmensa. Pero eso le parece ya
una maniobra menor, casi deportiva. Pone el avión casi de pie y trepa por el
aire. La luz cambia, traspasan la cima del pico, recuperan la horizontalidad.
Vuelven a estar donde estaban tres días antes. Ahí está el
pasillo entre montañas unos cientos de metros por encima de ellos. Esta vez el
viento no es tan fuerte. Espera la ráfaga, que no es tan violenta como la
primera vez, pero suficiente para darles el empujón para meterse. Manotean en
el aire. Se meten en el túnel de piedra. Salen al otro lado y un sol radiante
borra todas las sombras.
Un par de minutos después, como había vaticinado Collenot, los
tubos estallan y el agua se escapa por todas partes. Pero desde tres mil
metros, Mermoz puede descender planeando. Eso para él es un problema menor,
casi un juego. Apaga el paso del combustible y enfila hacia el aeródromo de
Copiapó, que ya se divisa al fondo del valle. Se abre con una virada elegante y
encara el aterrizaje de manera tan precisa que los operarios del aeródromo ni
siquiera se percatan de que lo hace a motor parado.
Los empleados salen en estampida de las oficinas. Se corre la
voz y el radiotelégrafo echa humo. Están perplejos de ver que hayan regresado
de la nada Mermoz y Collenot tras darlos ya por perdidos, con el avión e
incluso las treinta y nueve sacas de correo. En Cabo Juby la noticia llega
entrecortada y cada palabra es una angustia en cuanto Tonio logra entender que
el mensaje se encabeza con Mermoz y Collenot hasta que estalla la alegría y
descorcha un vino tibio como si fuera sopa para celebrarlo.
Al apagar la ignición del motor, Mermoz observa a su mecánico.
Se le ve aún más escuálido que de costumbre y está pálido como la nieve. No ha
abierto la boca en todo el trayecto.
— ¡Collenot! ¡Alegra esa cara! ¡Lo hemos conseguido!
El otro asiente.
Mermoz alarga el brazo y le pone una mano en el hombro.
— Collenot... — le dice con gravedad— , me iría contigo al fin
del mundo.
— Señor Mermoz, lo hacemos cada semana.
Los empleados del aeródromo no dan crédito al relato de lo
acontecido en las cumbres. Mueven sus cabezas chilenas con incredulidad. La
cordillera no devuelve a los hombres. Los aviones no se reparan con alambres y
bolas de trapo. Los trenes de aterrizaje atornillados no resisten caídas de
varios metros. El director de aeródromo sabe del gusto de los pilotos por
adornar sus historias y observa todo con una cierta distancia. Una expedición
con mulos puesta en marcha al día siguiente llega hasta el lugar descrito por
Mermoz. Ante la estupefacción del jefe de aeródromo, la caravana regresa desde
cuatro mil metros con los asientos, el bidón de gasolina, el depósito de aceite
y la manga de la cazadora de Mermoz.
La historia corre como la pólvora. Jean Mermoz, el piloto de los
cabellos rubios, está tocado por la providencia. Lo llaman el Arcángel. La
gente modesta se santigua al escuchar su nombre. Cuando llega a Buenos Aires
tras haberse repuesto le espera un recibimiento apoteósico: está invitado a
todas las cenas importantes, hay bailes en su honor, se pone su nombre a
perfumes, chocolates y hasta una marca de cigarrillos.
Él sobrelleva con educada irritación toda esa atención. Una
llamada transoceánica le pone al habla con Daurat.
— Llega usted con retraso, Mermoz. Pero me alegra tenerlo de
vuelta.
— Gracias, señor Daurat.
— Tenemos que inaugurar esa línea a Santiago antes del verano.
Rechace todas las invitaciones y celebraciones. Ya lo propondremos para una
medalla del Aeroclub de Francia.
— ¡No quiero medallas, señor Daurat! ¡Quiero un avión para
cruzar el Atlántico!
Capítulo 41
Cabo Juby (Marruecos), 1929
Bernis y Geneviève se apean del taxi que los deja en la puerta
de la verja de una mansión en medio de la campiña del Périgord. A cien metros
se alza una magnífica casa de campo con grandes ventanales blancos y una
buganvilla granate sobre la fachada que Bernis heredó de una tía solterona. El
camino hacia la entrada, de piedras blancas de río, está flanqueado de
magnolios en flor. Juntos, recorren ese pasillo fragante mientras se acercan a
la suntuosa entrada. Ella le ofrece la mano y él se la toma calurosamente.
Caminan hacia una nueva vida envueltos en una felicidad que los hace flotar
sobre el sendero.
Una zarpa se abalanza sobre la hoja y la arranca bruscamente del
rodillo. La sostiene un segundo en las manos, como si se despidiera de ella, la
rompe en mil pedazos y los arroja hacia el cubo de pintura que le sirve de
papelera.
Es el séptimo borrador donde relata lo que sucede tras el
reencuentro de Bernis y Geneviève. Tonio lleva semanas dándole vueltas,
mientras sobrevuela Río de Oro en vuelos de mantenimiento o espera que mueva
ficha alguno de los oficiales españoles con los que juega al ajedrez. Lo ha
pensado de muchas maneras. Cada una más arrebatada que la anterior. Ha llegado
a situarlos viviendo su amor entre pintores en Montmartre, en un vuelo a la luz
de la luna sobre los rompientes de Normandía con los cabellos de Geneviève al
viento, los ha dibujado sorteando felices charcos bajo la lluvia en un
atardecer en el que París se llena de brillos.
Toma ese puñado de papeles que esperan a un lado de la mesa y
los rompe presa de un frenesí rabioso.
¡Son falsos!
Claro que su relato es una ficción. Pero la ficción también ha
de ser verdadera.
Él creyó que podría darle a Bernis el destino que a él se le
denegaba. El novelista puede crear historias y desplegarlas como si
desenrollara alfombras. Puede crear vida imaginaria donde sólo había la nada
del papel en blanco. Pero no debe hacerse ilusiones ridículas, tan sólo es un
dios de sala de estar.
Se enciende un cigarrillo, pone los pies sobre la mesa y estira
el cuello hacia atrás para tratar de calmar el dolor de cabeza.
Los escritores tramposos crean personajes perfectos:
exageradamente felices y heroicos, o exageradamente desdichados y vapuleados.
Escriben historias para un teatro de marionetas. Creen que los personajes les
pertenecen, pero los personajes sólo pertenecen a la propia historia. Por eso,
la de Bernis no puede ser perfecta. Ninguna lo es.
Rebusca entre las hojas la última versión de la llegada de
Geneviève, de madrugada, a la puerta del piso de Bernis. Rompe todo lo demás y
vuelve a empezar desde ese punto.
Ella le pide que la lleve con él. Bernis no dice nada. Ninguna
palabra puede mejorar el silencio. Geneviève ha acudido a él como en sus deseos
más febriles. Ha dejado atrás su casa, su marido y su mundo donde la
mediocridad está proscrita. Ha acudido al modesto apartamento de Bernis
decorado con fetiches morunos comprados apresuradamente en puestos baratos del
zoco de Casablanca. Ella viene a buscarlo como en sus mejores sueños y, sin
embargo, Bernis sabe que algo falla. Falta un ingrediente fundamental: la
alegría. Geneviève llega a él como un barco desarbolado por la tormenta. Desea
creer que lo que la ha llevado a él es el amor. Pero cuando la mira y la ve
temblar sabe que lo que la ha llevado a su playa es un naufragio.
Llueve y resulta difícil atisbar la carretera. Llevan en el
coche cientos de kilómetros recorridos sin una dirección precisa. «Lejos de
París», le ha dicho ella. Nada más. Después, el silencio. A su lado, Geneviève
se encoge en el asiento tratando de acurrucarse. Está agotada, tiembla
levemente, probablemente tenga fiebre. El vaho empaña los cristales. La
oscuridad y el frío de fuera también se han metido dentro.
Tonio suspira. Iba a escribir una historia de amor radiante y se
encuentra perdido en medio de una gélida oscuridad lluviosa. Iba a ser una
pareja chispeante y lo que está mostrando es un par de seres desamparados.
Querría alargar la mano y rasgar la hoja. Hacer brillar el sol. Poner música de
Bach. Pero la historia ha tomado su propio derrotero. Puedes plantar un árbol,
pero no puedes saber la dirección exacta que tomarán sus ramas. Puedes podarlo,
pero entonces convertirás el árbol en un arbusto. No quiere que su historia sea
una pequeña planta de jardín pequeñoburgués. Quiere que sea tan enmarañada y
salvaje como la vida.
Capítulo 42
Bahía Blanca (Argentina), 1929
Mermoz está aún aturdido por la excesiva atención que ha
recibido. Ha huido de los periodistas como de la lepra. Tras un vuelo a Bahía
Blanca, al sur de Buenos Aires, se queda en la ciudad un par de días. Un
conocido muy amable lo invita a una cena con familias de la colonia francesa de
la ciudad y, aunque preferiría un plan más emocionante, acepta para no
desairarlo.
Se pone su traje cruzado a cuadros, la corbata gris oscura y
entra en un restaurante que tiene pretensiones estéticas de bistró e incluso
cuelga de la pared un cuadro del Sena abrazando la Isla de la Cité, pero
enseguida se llega a un patio interior en el que humea una parrilla con asados
de tira y bifes. Su amigo Bertrand le presenta a un matrimonio que lleva muchos
años instalado en Argentina, que ha venido con su hija Gilberte.
Hay algo en Gilberte que atrapa su atención inmediatamente. No
es la muchacha más guapa que ha conocido, ni la más sensual, ni la más
ingeniosa. A sus diecinueve años tiene un aire serio, incluso solemne. Hay en
ella una elegancia natural, nada afectada, en su manera de gesticular, de
sonreír, de callar. Mientras le habla el señor Chazottes, él asiente sin
enterarse muy bien de lo que le dice. Nota algo extraño: por primera vez siente
deseos de quedarse a solas con una mujer y que permanezca vestida. Le parece
muy raro, una especie de trastorno. Quizá sea la tensión de los últimos meses.
No entiende una palabra de la conversación y empieza a sudar. Se pregunta si no
se habrá puesto enfermo. Malaria, tal vez.
La falta de costumbre hace que confunda el amor con una gripe.
Mermoz sólo tiene veintinueve años, pero siente que ha llegado
el momento de descansar. Después de tantas relaciones provisionales, lee en la
serenidad de Gilberte su futuro. Un futuro más sosegado, donde lo urgente no
arrolle en su estampida a lo importante.
Ella lo mira con una dulzura menos apasionada de lo que Mermoz
está habituado. A las mujeres les gusta o les repele, no suele haber término
medio. Pero Gilberte no trata de agradarle ni tampoco rehúye sus sonrisas. Como
si le leyera el pensamiento, ella le hace una seña muy leve, un gesto de
Gioconda, lo suficiente para decirle que no esté angustiado, que deje de
pasarse la mano por los cabellos ondulados, que ella le va a corresponder.
Mientras el señor Chazottes habla y habla de sus estrategias en
los campeonatos de bridge en el casino francés de Bahía Blanca, la señora
Chazottes no dice nada y por eso sabe más. En dos miradas a derecha e izquierda
lo sabe todo.
— Ernest — lo interrumpe suavemente— , el señor Mermoz ahora va
a tener que atender a otros invitados. ¿Por qué no lo invitas a tomar el té en
nuestra casa mañana y continuáis la conversación?
El señor Chazottes se queda perplejo mirando a su esposa. Su
mujer no es dada a invitar a gente a casa y es raro que lo haga con un extraño
a quien acaban de conocer. Ni siquiera parece muy procedente.
— Pero, Marguerite, el señor Mermoz tendrá docenas de
compromisos...
— Los anularé todos, señor Chazottes. Les visitaré mañana con
mucho gusto.
Gilberte sonríe complacida. También la madre y el propio Mermoz.
Sólo el señor Chazottes parece un tanto descolocado, no se imaginaba que un
piloto postal pudiera estar tan interesado en el bridge.
Capítulo 43
Cabo Juby (Marruecos), 1929
Sentado en su escritorio de tablón y bidones, Tonio está de
excursión por sus pensamientos hasta que lo saca de su ensimismamiento un
rugido que le parece de un león. Hay pilotos que dicen haber visto leones
pasado Villa Cisneros. Por un instante se imagina que abre la puerta del
barracón y fuera se despliega una selva virgen exuberante como la de aquel
libro que leía de niño en el desván de Saint-Maurice. Recuerda una lámina de un
león señorial, con una melena de senador.
Pero de repente se alarma: si en verdad hubiera leones
merodeando por Cabo Juby, ¿qué iba a ser de su gacela? Ha de construir un
cercado para proteger a Nefertiti. Hablará con Kamal para que consiga un par de
operarios. Comprueba con alivio y cierta decepción que el rugido se va
transformando en otra cosa más pedestre al acercarse y un chirrido que se
parece más a la risa de las hienas le hace saber que se trata de los frenos de
un vehículo impaciente. Aun así, construirá el cercado protector.
Nunca se sabe...
Del vehículo polvoriento baja un oficial del fuerte español.
Parece absurdo utilizar un vehículo para recorrer los cincuenta pasos que lo
separan de la entrada del fuerte. Pero son cosas del conducto reglamentario: se
trata de una visita oficial. Aunque cierta palabrería militar quiera
disimularlo, lo cierto es que han venido a pedirle un favor: que medie con el
jefe de una tribu con el que son incapaces de entenderse.
No le extraña. Los militares llegan a los poblados con las armas
en la mano, con una actitud entre temerosa y soberbia. Y además no pueden dar
un paso sin un intérprete. No es que él sea bueno con las lenguas extranjeras,
pero se ha dado cuenta de que los españoles son especialmente torpes con los
idiomas. En el castellano, las vocales, las erres, las jotas, la acentuación de
cada palabra..., todo es rotundo, nada es flexible. Tampoco quieren aprender el
árabe: ellos representan el imperio, la ley, la jerarquía, no van a rebajarse a
hablar esa lengua de cabreros. Tonio en esos meses se ha preocupado de aprender
algo de árabe. Son sólo unas cuantas frases, pero los beduinos las agradecen.
Los españoles quieren hacer saber a las tribus beduinas que un
convoy militar con escolta armada con destino a La Güera va a atravesar su
territorio. Quieren que el sheij sepa que no es una invasión ni un ataque, que
sólo estarán de paso. Y que ordene a su gente que no ataquen el convoy.
Es una patata caliente, pero no puede decir que no.
Se pone la chilaba, como hace otros días, y se hace acompañar de
su cocinero intérprete. Por el camino Kamal le avisa que el sheij tiene malas
pulgas, pero él no pierde el buen humor. Si algo ha aprendido en esos meses es
que si uno quiere ser bien recibido, el mejor discurso en el lenguaje más
internacional es una sonrisa.
Cuando llegan al campamento, un tuareg de guardia cubierto de
pies a cabeza les sale al paso. Tras comunicarle su intención de entrevistarse
con el jefe, les pide que esperen. Un rato más tarde regresa y les dice que el
sheij está ocupado.
— Esperaremos.
Tonio le hace una seña a Kamal para que se sienten allí mismo, a
cincuenta metros de la primera jaima. Algunos de los ancianos y niños que
trajinan con las cabras los miran de reojo. El hombre que les salió al paso
desaparece de la vista. Pasa mucho rato y ven asomarse disimuladamente al
vigilante del poblado desde detrás de una toldilla, pero ellos no hacen ademán
de llamarlo ni de quejarse. Continúan esperando. Tonio entretiene la espera
pensando en los avatares de Bernis y Geneviève, en imaginarles aventuras que
sabe que nunca escribirá porque no forman parte de la naturaleza de la propia
historia.
Una hora más tarde, el tuareg azul llega hasta ellos. Entre el
velo y el turbante ven brillar sus ojos negros.
— El honorable Abdul Okri os recibirá en su jaima.
Los espera sentado junto a un narguile del que emana un vapor de
menta y hachís. Tonio se toca el corazón con la palma, se lleva la mano a los
labios, a la frente y después la eleva al cielo.
— Salam aleikum.
— Aleikum salam.
El jefe no modifica su gesto, pero algo en su manera de mirar
indica que le ha complacido la manera respetuosa en que el extranjero se ha
presentado. Un asistente del sheij le alarga la boquilla en un gesto de
cortesía. En los tiempos en que frecuentaba los cafés del bulevar
Saint-Germain, más de una vez había hecho devolver una copa al camarero porque
no estaba impoluta. Si alguno de ellos lo hubiera visto aceptar esa boquilla
babeada por varias generaciones de beduinos no hubieran dado crédito.
Comparte gustosamente el narguile, aunque el hachís fortísimo lo
aturde un poco. El error de los occidentales cuando acuden a negociar con un
árabe es que quieren zanjar la cuestión con rapidez y plantean el asunto de
inmediato. Eso irrita a su interlocutor y lo predispone negativamente.
Cualquier acuerdo requiere de unos prolegómenos. La línea recta que tanto
agrada al racionalismo europeo, allí no lleva a ninguna parte. La suya es una
cultura de línea curva. Como la media luna. Como el filo de los alfanjes.
Tonio escucha con el máximo respeto las historias de pozos
anegados por la sequía extrema y de camellos tercos como camellos. Cuando el
jefe se ha dado por satisfecho, entonces cede la palabra al visitante. Él, a su
vez, le habla del asombro que producen algunos animales y les cuenta la
historia de un perro que tenían en casa cuando él era pequeño y que los días
que había un difunto en la población y las campanas lo anunciaban, ese día el
perro no comía, dejaba intacto todo lo que le echaban.
El sheij y sus colaboradores atienden con la máxima atención.
Unos se quedan callados como si meditaran sobre ese suceso extraordinario,
otros asienten, alguno hace aspavientos y afirma muy tajante que es imposible
porque los perros no tienen alma. Se embarullan en una discusión, hasta que el
sheij la zanja: consultará con un sabio intérprete del Corán que vive a una
jornada de viaje.
Una bella muchacha con la cara descubierta trae un cuenco lleno
de leche de cabra. Primero bebe un trago largo el sheij y éste cede a
continuación el recipiente a su invitado, que bebe y lo cede de nuevo al jefe
para que éste lo alargue a otro de los asistentes.
Entonces, Tonio le habla de su trabajo como aviador.
— No nos gustan los aviones. Hemos visto aviones lanzar bombas
sobre poblados — le dice el jefe.
— También hay camellos que lanzan coces y perros que muerden,
pero eso no quiere decir que no haya buenos camellos y perros nobles.
El jefe escucha la traducción con aire serio y hace un gesto
para que siga hablando.
— Nuestros aviones no llevan bombas, sólo llevan cartas.
— ¿Cartas?
Uno de los asistentes le susurra algo al oído y el jefe asiente.
— Palabras escritas en un papel... — Se queda pensativo, porque
las únicas palabras escritas que ha visto son las del Corán en las fachadas de
alguna mezquita— . Entonces ¿lo que llevas y traes son palabras sagradas?
Kamal traduce con un leve temblor. Si su jefe francés responde
que no, el sheij pensará que trabajan en una empresa banal, incluso impía,
porque sólo las palabras de los profetas son dignas de ser escritas. Si
contesta que sí, le estará mintiendo y mentir a alguien de la dignidad de su
anfitrión es una ofensa que si ellos la percibieran así acabarían con sus
cabezas rodando por la arena.
— ¿Si son palabras sagradas? ¡Sí, lo son!
Kamal traduce tratando de que no se note su titubeo ni su mirada
de reojo a las gumías afiladas que cuelgan a la entrada de la tienda. El sheij
se muestra satisfecho.
— Me sentiría muy honrado, honorable Abdul Okri, si un día
aceptaras mi invitación a volar en uno de nuestros aviones.
El árabe lo mira fijamente y después se vuelve hacia el hombre
más anciano.
— ¿El Corán acepta que los hombres puedan volar por los aires? —
le pregunta.
— El Corán habla de Salomón. He escuchado a los antiguos contar
que Salomón voló en una alfombra mágica de seda verde con toda su corte y eran
más de doscientos.
— Pero un infiel no cuenta con la protección de Alá — interviene
otro— . Sería muy peligroso. No debes aceptar ese riesgo.
El sheij asiente y no se sabe si ha dicho que sí o que no.
Tonio cuenta entonces que pertenece a la tribu de los franceses
y, al lado de donde vive, acampa la tribu de los españoles.
— Me han pedido, digno Abdul Okri, que os solicite humildemente
vuestra bendición para atravesar vuestro terreno en son de paz con un
transporte de camiones custodiado por soldados armados, para llegar hasta el
sur.
El jefe se queda un instante pensativo.
— Si caminan en son de paz... ¿por qué van a ir armados? Mostrar
sus armas en mi territorio es una ofensa.
— Entiendo tus palabras, sheij. Pero ellos son de la casta de
los guerreros en la tribu de los españoles y no pueden despojarse de sus armas
porque forman parte de su dignidad. Sería como solicitarle a un hombre
honorable que caminase desnudo.
El sheij frunce las cejas violentado ante la idea de que un
hombre pueda mostrar en público su desnudez total.
Se queda callado un instante y después habla de nuevo y Kamal
traduce:
— De acuerdo, no tienen que despojarse de sus armas. Pero no
deben mostrarlas, deben tenerlas ocultas en señal de respeto.
— Me parece una solución magnánima, que muestra al hombre sabio
y honorable que sois.
Los consejeros asienten y el sheij indica con un gesto
satisfecho que se sirva té.
Salen de la jaima mucho rato después, despidiéndose con saludos
efusivos y fuertes palmadas en el corazón.
Cuando se han alejado unos metros y encaran el camino de vuelta,
Tonio exhala un suspiro. Kamal hace otro tanto.
— Nos hemos jugado el cuello — le dice el árabe.
— ¿Por qué?
— Cuando el sheij te ha preguntado si transportabas palabras
sagradas has contestado que sí. ¡Le has mentido! ¡Y me has hecho mentir a mí!
¡Qué Alá me perdone! Si se hubieran percatado, a esta hora estaríamos muertos.
Se detiene y lo mira con gravedad.
— Estás equivocado, amigo. Yo no le he mentido. Nuestro gran
jefe espiritual, el señor Daurat, nos lo dejó claro desde el primer día: el
correo es sagrado.
Y tras decirlo, cambia el gesto grave por una sonrisa pícara.
— Si el honorable Abdul Okri se percata de que te estabas
burlando de él, nos corta el cuello como a las gallinas.
Tonio pone las manos en la cintura, mueve los codos
exageradamente y empieza a clocar como una gallina. Kamal acaba por reírse
también.
Deja a su cocinero arrodillado en la arena, rezando en dirección
a La Meca con la esperanza de purgar tanta herejía, y vuelve lentamente hacia
el acuartelamiento. Anochece cuando llega al portón de entrada. Los soldados
del puesto de guardia, sentados en una banqueta con el mosquetón en la mano, lo
dejan pasar con total familiaridad. Aunque dada su indolencia dejarían pasar al
diablo con tal de no levantarse.
El teniente Fajardo, que le hizo la visita, el capitán López y
el coronel De la Peña lo esperan en el despacho del comandante del cuartel.
Cuando entra, le ofrecen un café amargo y una silla. Las paredes desnudas y el
crucifijo en lo alto dan a la estancia un cierto aire de sacristía. Aquí no hay
prolegómenos.
— ¿Nos dejarán pasar sin darnos problemas? — le pregunta el
teniente.
Le parecen más divertidos los árabes. Al menos, las mujeres
tuaregs son hermosas. Aquí las cosas no son muy distintas de la jaima: hay que
convencer al jefe; si el jefe dice que sí, los demás asentirán. Le explica que
para un jefe árabe es un acto irrespetuoso que soldados armados crucen su
territorio.
— ¡Menuda tontería! — chilla el teniente con la audacia de la
juventud.
El coronel lo atraviesa con la mirada.
— ¿Le parecería una tontería que cruzara por en medio de Madrid
un batallón de soldados ingleses armados?
El teniente se pone colorado y responde en un tono más humilde:
— Pero este territorio nos pertenece. Esto es España.
— Ellos no leen la Gaceta de Madrid — zanja con brusquedad el
coronel— . Continúe, Saint-Exupéry.
— Tras una ardua negociación, han accedido a franquearles el
paso amistosamente, con una sola condición: que las armas no estén a la vista.
El coronel frunce el ceño.
— Eso no es posible. Las armas han de estar a mano para defender
el convoy en caso de un ataque. ¿Por qué habríamos de fiarnos de un moro?
— No ha pedido que tengan las armas alejadas de la mano, sólo
que no se vean. Entiéndalo, él es un jefe, como usted; ha de salvaguardar la
dignidad ante su gente.
— ¡Ustedes los franceses siempre nos han mirado por encima del
hombro a los españoles! — salta a gritos el capitán— . ¿Cómo se atreve a
comparar a nuestro coronel con un moro de mierda?
Tonio se revuelve incómodo en el asiento. Había olvidado el
orgullo español.
— No era mi intención establecer comparación alguna, capitán. Si
los he ofendido les ruego me disculpen. Ustedes me han pedido que interceda y
lo único que piden es que las armas no se muestren. No han de tenerlas
alejadas, es suficiente con que se camuflen un poco. Basta que envuelvan los
fusiles que lleven al hombro con una tela.
— ¿Una tela? ¿Y vamos a plegarnos a los caprichos de un
gerifalte loco de esos con chilaba? — se pregunta el capitán de manera
rimbombante— . Si lo hacemos demostrará que manda más que nosotros. ¡Es una
humillación a España!
— ¿Y si pasamos sí o sí, mi coronel? — pregunta ansioso el
teniente.
— Si me lo permite, coronel — los interrumpe Tonio— , me
gustaría hacer una observación.
El coronel le cede la palabra con un gesto de la mano.
— Todo el mundo sabe que aquí son ustedes los que mandan. El
sheij sabe que ustedes van a cruzar el territorio, lo autorice o no lo
autorice. Sabe que su armamento y su preparación militar es muy superior. No
puede ni quiere humillarlos en absoluto. Únicamente hace esa pequeña petición
solicitando por su parte un gesto de magnanimidad para no perder del todo su
dignidad en la tribu.
Todos se vuelven hacia su jefe, que deja unos segundos de
silencio antes de hablar:
— Si es como dice el señor De Saint-Exupéry, ese sheij parece
negociador y nos conviene tener en terreno hostil jefes dispuestos a pactar. Si
pasamos arrollando y les causamos bajas, ese jefe podría caer en desgracia y
ser substituido por otro más radical que nos causara más problemas. Si envolver
los fusiles en telas nos permite llegar hasta La Güera sin contratiempos tal
como nos pide el alto mando, no veo razón para no hacerlo. Si alguien pregunta
por qué se envuelven los fusiles, se les ha de decir que es para que la arena
no atasque los mecanismos y estén en mejores condiciones de disparar en caso
necesario. Si alguien explica que ha sido idea de un moro, me lo cargo.
Los otros asienten dócilmente.
— A la orden.
Tonio sale por la puerta del cuartel suspirando aliviado.
Capítulo 44
Buenos Aires, 1929
Una substitución de un piloto ha hecho que Mermoz no pudiera
estar esperándolo en el puerto de Buenos Aires el día anterior como le habría
gustado. Gira la esquina de la calle Valdivia a toda velocidad y deja el coche
en doble fila frente a la entrada del restaurante El Siglo. Le lanza las llaves
al aparcacoches y entra como una exhalación. Turbulencias, gritos a empleados
perezosos, desencanto por la mezquindad de los burócratas, frío, lluvia,
cansancio... todo queda atrás cuando ve en la mesa del fondo a su amigo.
Guillaumet se levanta y Mermoz, con la inercia de su entrada en
el local, lo abraza y casi lo arrolla.
Observa la piel pelada de la cara de su colega, su frente
quemada como si se la hubieran puesto en una parrilla.
— Guillaumet, estás muy tostado. — Y suelta una risotada.
— Tú estás estupendo. Te sienta bien Argentina.
— Ya verás. Esto te gustará. En Buenos Aires se vive muy bien.
¡Hay una carne estupenda! — Y al decirlo le guiña un ojo.
— Tú ahora eres el jefe.
— ¡Bah! ¡Si vuelves a decir eso te despediré!
Los dos ríen. Y Mermoz come por los dos o por cuatro.
— Tenemos aquí muchos retos, Henri.
— ¿Eso es malo?
— ¡Es lo mejor! Pero no te oculto que tampoco va a ser fácil.
El camarero viene con unas tazas de mate y Mermoz pone cara de
disgusto de manera un tanto cómica.
— ¡No quiero esta bebida de abuelas! — le dice en un español
rudimentario— . ¡Tráiganos café y coñac!
Le cuenta que necesitaba a un piloto como él para asegurar el
nuevo brazo de la línea hasta Chile. Las presiones políticas también llegan a
su despacho. Las concesiones administrativas para cruzar el espacio aéreo
tienen contrapartidas, básicamente la exigencia de establecer ciertas líneas
complicadas como la de Buenos Aires-Santiago para conectar Argentina y Chile, o
la línea en estudio hasta la Patagonia, probablemente deficitaria, pero muy
anhelada por el gobierno argentino, que tiene enormes dificultades para
vertebrar ese vasto territorio que se alarga hasta las barbas de la Antártida.
Aparta los platos usados y extiende ante Guillaumet un mapa de
América del Sur.
— Tenemos que volar de Buenos Aires a Santiago, la capital de
Chile.
— ¿Cuánta distancia?
— Seiscientas cuarenta millas. Pero el problema es atravesar los
Andes. Hay picos de entre seis y siete mil metros de altura. Yo he encontrado
un pasillo.
— Menudo susto nos diste.
Mermoz abre los brazos y sonríe.
Sobre el mapa señala un punto por donde cruzar.
— Los vientos dominantes son del noroeste. Sé que es
peligroso...
Guillaumet lo mira un poco intrigado. Algo no le cuadra.
— ¿Por qué voy yo?
— Eres el mejor.
Guillaumet arquea las cejas fingiendo incredulidad.
— ¿Qué te traes entre manos?
Mermoz se echa a reír y Guillaumet sacude la cabeza. Lee en su
risa como en la página de un libro. ¿Mermoz es el jefe de pilotos que reparte
las líneas y no se queda él la más peligrosa? Imposible.
— Henri, tengo un problema realmente grave, pero no sé si me vas
a querer ayudar...
— Ya sabes que puedes contar conmigo.
— Es muy grave. — Y hace una pausa intrigante— . He conocido una
chica... especial. Muy especial. Creo que me he enamorado de ella. Puede que
siente la cabeza.
— ¡Vaya! Pero eso es una buena noticia.
— El problema es que estos meses he volado a muchas ciudades
distintas...
— ¿Y cuál es el problema?
— ¡Tengo novias por toda Sudamérica y no sé qué hacer con ellas!
¿Tú no querrías quedarte con alguna? ¡Son todas encantadoras! María Helena en
Mendoza, Hallina en Natal, Flavia en Santiago..., ¿o es Cucha la de Santiago?
¡Si al menos pudiera no confundir sus nombres cuando las veo!
Guillaumet sonríe. Mermoz le cambia de tema. Pero aun así, le
parece una noticia sorprendente: Mermoz comprometido formalmente. Cuando se lo
cuente a Noëlle no se lo va a creer. De hecho, él mismo no se lo cree.
— Bueno, ¿y ahora me vas a decir por qué me cedes la línea más
divertida en vez de quedártela?
Mermoz se ríe.
— No quiero levantar la liebre, pero creo que ahora tengo la
influencia suficiente para lograr por fin un avión para que el correo cruce el
Atlántico volando. He de dedicar a eso toda mi energía.
Brindan por los retos del aire.
Mermoz se lleva a Guillaumet de copiloto en el primer cruce de
la cordillera aprovechando los abanicos de corrientes y las brechas entre
crestas. Desde su asiento, grita sin que su voz se imponga al estruendo del
motor, pero Guillaumet asiente. La ruta está clara. Tras varias pruebas
satisfactorias, el 15 de julio de 1929 se inaugura la línea regular de correo
aéreo entre Buenos Aires y Santiago de Chile con Guillaumet de cartero.
Mermoz se centra en su intento de conseguir un aparato para
cruzar el océano y evitar la demora de las cartas a bordo de los avisos, que es
como llaman a los barcos de la Línea que salvan el charco de tres mil
kilómetros. Necesitarían un avión con autonomía y estabilidad para un salto de
veinticuatro horas una vez por semana. Daurat está de su parte, pero el
Ministerio del Aire de Francia es reticente. Todavía hay quienes creen que se
trata de hazañas deportivas y sólo les parecen serios los vuelos militares. Le
irrita tener que pelear por lo evidente: Francia no puede quedarse atrás en la
carrera por el establecimiento de nuevas líneas aéreas civiles. El éxito de la
línea de los Andes no mitiga su rabia. Uno de los ejercicios que más lo calma
es escribir largas cartas a Gilberte. Ella le contesta en unos sobres muy
elegantes que tienen el reborde azul y escribe con una letra de estudiante que
enternece la piel de galápago de Mermoz.
Cubre regularmente cada semana la ruta entre Brasil y Buenos
Aires. Como cada miércoles, despega de Pacheco al filo de la medianoche y
aterriza en Río el jueves a las cuatro de la tarde. El sábado vuelve a lanzarse
al filo de la madrugada con el correo de vuelta. En Río podría dormir dos
noches para reponerse. A veces, no duerme ninguna; las mujeres brasileñas
hipnotizan a Mermoz con la samba de sus caderas. Vive en su propio frenesí:
pilotos que supervisar, nuevas líneas que abrir, su propio tramo de línea
asignado, las futuras líneas que hay que ir trazando, los vuelos nocturnos que
ya se van normalizando... Y aun así, no es suficiente.
Lleva meses enviando informes, peticiones al propio presidente
de la Aeropostale, Marcel Bouilloux-Lafont, propuestas a la embajada, a sus
contactos en la Administración francesa..., pero desde París no quieren
autorizar una línea de vuelos intercontinentales hasta que no haya un aparato
de eficacia probada. Son políticos: no quieren crear una expectación que acabe
en fiasco y que haga quedar en ridículo a las autoridades. Han rechazado todas
sus peticiones. Le han prohibido siquiera intentarlo.
Se reconcome.
Cuando un subsecretario del Ministerio del Aire de Francia pasó
por Buenos Aires, Mermoz pidió ser recibido, pero su petición fue denegada por
problemas de agenda. Así que consiguió que lo invitaran a una recepción en la
embajada e hizo que un importante empresario se lo presentase.
— El señor Jean Mermoz, jefe de pilotos de la Aeropostale en
Argentina...
— ¡Usted! — exclamó al verlo llegar. Le habían llegado ya tres
de sus obstinadas peticiones de apoyo para hacer la travesía del Atlántico.
Mermoz trató de usar sus buenas maneras y su magnetismo, pero no
funcionó. No pudo ni acabar su argumentación.
— No puede hacerse con los aviones convencionales — le dijo con
rictus glacial el subsecretario, bien seguro con su traje a medida y su cargo
también a medida— . No hay garantías de éxito. La prensa argentina está muy
pendiente de usted. Para asegurarnos de que no hará cualquier cosa que pueda
poner en entredicho la buena fama de la seguridad aérea francesa hemos
prohibido que se le sirva combustible por encima de los mil quinientos litros.
Se ajustó la montura y levantó la barbilla con suficiencia
ministerial. Dejaba el tema zanjado. Había dicho la última palabra. O eso
creía. La cara de Mermoz se puso tan al rojo vivo de ira que al señor
subsecretario se le empañaron las gafas.
— ¡Lo único que pone en entredicho la fama de Francia es su
falta de coraje!
Mermoz dio media vuelta con un giro tan brusco que dejó plantado
al político ante la mirada asombrada del embajador y sus invitados. El «buenas
tardes» con que se despidió sonó a tormenta. Una queja sobre el piloto de la
Aeropostale Jean Mermoz llegó a la mesa del señor Daurat en Montaudran. Su
asistente procedió a archivarla.
El jefe de explotación de la compañía le dice que ha de ser
paciente, que los asuntos políticos llevan su tiempo. No soporta esperar. En
los aeródromos donde hace escala, todos saben que cuando aterriza el señor
Mermoz no se le puede hacer esperar ni un segundo.
La ruta convencional desde Porto Alegre a la escala de
Florianópolis es por la costa, pero él opta por trazar una diagonal por encima
de la selva. El señor Daurat lo multaría si supiera que se sale de ruta y se
salta los protocolos, pero a él le da igual caerse a un mar de agua salada que
a ese mar verde de árboles inmensos. Y el viento en contra le ha hecho perder
la ganancia de tiempo que traía.
Está tan concentrado en arañar cada segundo que no tiene tiempo
de disfrutar a la luz del atardecer del espectáculo de las aguas torrenciales
del río Cubatão. Enseguida sale a la gran bahía de San José, junto al aeródromo
de Florianópolis, y aterriza. De un salto sale de la carlinga y su gesto se
crispa al percatarse de que no está el mecánico con el bidón de combustible
preparado.
Uno de los mozos que carga con las sacas se acerca con el correo
y Mermoz lo interpela a gritos:
— ¡Necesito la nafta! ¿Dónde demonios está el mecánico?
El criollo se encoge de hombros con desgana. Mermoz se quita el
casco con las gafas bruscamente y lo estrella contra el suelo. El jefe de
aeródromo se apresura corriendo a su encuentro haciéndole gestos de calma con
las manos.
— ¡Joder, Dacosta! ¿Dónde está la maldita nafta?
— El mecánico está al llegar.
— ¿Al llegar?
— Me ha dicho que vendrá enseguida.
— ¿Enseguida? ¿Cuándo es enseguida? ¡Me serviré yo mismo el
combustible!
— No es posible. Sólo él tiene la llave.
— ¡Echaré la puerta abajo!
— Es una puerta ignífuga muy cara.
— ¡No hay nada más caro que el tiempo! ¡Al diablo con la puerta!
Cuando Mermoz ha cruzado ya la pista en dirección al depósito de
combustible, aparece el mecánico trotando y blandiendo la llave. Mermoz se da
la vuelta y, tal como llega, lo agarra de la pechera del mono y lo zarandea.
— ¿Quién te has creído que eres? ¿Crees que puedes retrasar toda
la línea del correo de América? ¡Estás despedido! Pero antes, llena
inmediatamente ese depósito o te muelo a palos.
El operario, temblando, se va hasta el avión a repostar. Dacosta
se acerca y le habla con extrema cautela:
— Señor Mermoz, atajó por la selva, ¿no es cierto?
Mermoz lo mira un tanto sorprendido y asiente.
— Con este viento de cara pensamos que no llegaría a la hora...
— ¡Pues llegué! ¡Su obligación es estar aquí!
— Es un hombre muy cumplidor. Verá usted, su esposa está a punto
de dar a luz. Perdió el conocimiento al ponerse de parto y lo llamaron. Era una
emergencia. No todos los días se tiene un hijo. Y aun así ha regresado
corriendo para estar aquí a la hora de la conexión.
El mecánico acaba de repostar el tanque y todavía le tiemblan
las piernas. Cuando ve acercarse hacia él a Mermoz, un palmo más alto y dos
palmos más ancho, con el puño derecho cerrado, le empieza a temblar todo lo
demás. Antes de que pueda dejar de tartamudear para presentar sus excusas al
piloto jefe, Mermoz le habla con un tono suave:
— Dacosta dice que es usted un buen trabajador. Si ha terminado
el repostaje no pierda tiempo, vaya con su esposa.
Introduce el puño cerrado en el bolsillo del mono del mecánico y
deposita discretamente un billete de cincuenta francos.
— Hay que celebrar ese nacimiento.
Antes de que el pobre mecánico salga de su asombro, Mermoz ya
está subido a la cabina del Laté con la hélice dando vueltas.
Llega a Porto Alegre con la noche cerrada, exhausto, con un
cuarto de hora de adelanto con respecto al horario previsto. Un regalo de
quince minutos para el piloto que toma el relevo camino de Uruguay. Camina
hacia la caseta y le viene a recibir el jefe de aeródromo.
— Malas noticias, señor Mermoz.
Le tiende el radiotelegrama: un piloto argentino que estaba
trabajando en las nuevas rutas de la futura línea de Paraguay se ha estrellado
a media hora de la capital.
— Quiero hablar con Pranville.
— ¿No es un poco tarde, señor Mermoz?
Mermoz lo mira y con eso basta.
— Sí, señor Mermoz.
Tras varias llamadas, lo localizan en São Paulo.
— Sabía que no estaría usted durmiendo...
— Sabía usted bien, amigo Mermoz.
— Le llamo para pedirle que me conceda un favor.
El director técnico no duda ni un segundo.
— Sea lo que sea, concedido.
— Déjeme ir a traer de vuelta a casa el cadáver del compañero
caído en Paraguay.
— Pero en tren tardará mucho en llegar hasta allí y traerlo.
— Lo traeré en avión.
— ¡Pero no podemos! ¡No va a caber por el portón estrecho del
Laté!
— Me dijo que me lo concedía.
Un silencio plagado de interferencias se interpone un instante.
— Haga usted lo que crea conveniente.
El jefe del aeródromo de Porto Alegre ha estado atento a la
conversación.
— ¿Señor Mermoz, saldrá a primera hora?
— Por supuesto. Ahora es la primera hora. Llenen mi avión de
combustible y que me preparen unos huevos revueltos con café. Salgo en quince
minutos.
— El parte...
Mermoz ya ha echado a andar hacia la caseta de los pilotos. Lo
ve alejarse en la penumbra recortado por las luces del aeródromo. El jefe de
aeroplaza ni siquiera se molesta en insistir en que el parte meteorológico para
las próximas horas en la región es de fuertes vientos. Allá él.
Veinticuatro horas después, zumba sobre Pacheco su motor de
cuatrocientos caballos. El personal de tierra ve cómo encara la pista en plena
ventolera un aparato que se va escorado en el aire y se zarandea
peligrosamente. El Laté tiene un perfil extraño en la distancia. Al
aproximarse, los mecánicos, la gente de las oficinas, los de mantenimiento...
todos salen a ver eso que llega desde el cielo. En el lateral del fuselaje,
haciendo que el aparato se incline peligrosamente, lleva, en posición vertical,
amarrado a los contrafuertes del ala, un ataúd. Ante uno de los bandazos del
viento, el avión se escora hacia el lado contrario y Mermoz aguanta el ataúd
con su hombro mientras equilibra el avión y desciende para aterrizar con una
inclinación que a punto está de hacer que el ala roce la pista. Pero consigue
posarse y, tras un frenado en leve zigzag, se detiene con su extraña carga.
— Avisen a la familia. Díganles que sus compañeros han traído a
su hijo de vuelta a casa.
Capítulo 45
Cabo Juby (Marruecos), 1929
Nefertiti ya tiene su cercado. Ningún león podrá atacarla.
Tampoco beduinos ni soldados aburridos. Se acerca a ella y al alargar la mano
acude dócil a dejarse acariciar el hocico. Nunca ha visto a nadie mirar con la
intensidad con que lo hace ese frágil herbívoro. Le parece que los humanos nos
creemos importantes, pero tenemos mucho que aprender de la sabiduría de las
gacelas. Nunca ha habido una guerra de gacelas. En el cristal oscuro de sus
ojos alguien más sabio podría leer la historia de la Tierra.
Es día de correo, así que supervisa la pista, contacta por radio
para asegurarse de que todo está en orden y aprovecha el tiempo que queda hasta
la llegada de sus colegas para volver a encontrase con Bernis y Geneviève en su
mundo de papel.
La última vez los dejó subidos en el coche modesto de Bernis
camino de no se sabe dónde. Lejos de París, eso es todo lo que Geneviève le
dijo. Está agotada tras las semanas de insomnio y sufrimiento. Tiene fiebre.
Bernis preferiría cien veces estar pilotando un avión que ese coche en medio de
la noche y de la lluvia sin una pista en la que aterrizar.
Es tarde y ella está muy cansada, adormilada por la fiebre, así
que decide desviarse hacia la primera población que encuentran. La lluvia sigue
anegando las callejuelas. La neblina de fuera y el vaho en los cristales lo
desdibujan todo. Avanzan a ciegas por el fondo de un acuario. Bernis se baja a
preguntar en un café que permanece abierto y le indican un hostal muy cercano.
Allí se detienen. La recepción huele a comida recalentada. Un hombre muy pálido
y mal afeitado dormita tras un mostrador sobre el que se han ido formando
minúsculas montañitas de serrín producidas por la carcoma. El hombre lo mira
con los ojos muy abiertos, como si sólo hubiera fingido que dormía. Bernis duda
si pedir dos habitaciones o una con dos camas. Al ver su momento de indecisión
el recepcionista levanta una ceja y le pregunta si están casados.
— ¿Casados?
Bernis tarda tanto en contestar que el hombre ya sabe la
respuesta y mira a Geneviève de arriba abajo de una manera tan grosera que, de
no haber necesitado de manera imperiosa ese alojamiento, hubiera saltado tras
el mostrador y le habría roto su estúpida cara.
— Dos habitaciones, por favor.
— Sólo me queda una.
— Bien. De acuerdo. Ella y yo...
— No me interesa.
Le pide una cantidad exorbitada que ha de pagar por adelantado y
le tiende la llave.
La habitación está en sintonía con todo lo demás. Estrecha,
gélida, con sábanas húmedas y olor a tabaco enfriado. Le pregunta a Geneviève
si quiere que le vaya a buscar un té caliente y ella dice que no con la cabeza.
— Cansada...
Es todo lo que llega a decir. Se tumba en la cama de matrimonio
y se queda adormecida. Hay una manta, pero está sucia. La cubre con su abrigo y
se sienta en la única silla. La observa dormitar con cierta agitación. Se
siente rabioso consigo mismo por no haber sido capaz de llevarla a un sitio
mejor que ese cuchitril tan triste.
No es así como soñó que sería su primera noche con ella.
Nadie le explicó que la realidad se lleva mal con los sueños.
Tonio no puede seguir escribiendo. Necesita tomar el aire.
Se pone el casco, las gafas y los guantes. Toma un avión del
hangar y echa a volar. Le viene a la cabeza una de las múltiples circulares de
Daurat que traen los propios pilotos del correo: se prohíbe a los jefes de
aeroplaza alejarse del aeródromo en los vuelos de mantenimiento más allá de
quince millas.
El señor Daurat se preocupa demasiado...
Se eleva con algún cabeceo. Si Guillaumet lo viera despegar de
manera tan pedestre pondría ese gesto suyo de levantar las cejas, como si
quisiera juntarlas con el pelo de la cabeza. Le divierte pensarlo. Se cuela
entre las nubes, ese lugar que se parece a la eternidad. Se ríe.
— ¡En la eternidad sólo mueren los relojes! — grita.
El espectáculo de volar sobre el mar de nubes lo sume en la
euforia. Pero justo cuando se siente más feliz, le vienen los pensamientos más
lúgubres.
Loulou...
Recuerda con sorprendente precisión uno de sus gestos en
particular: la manera en que agachaba un poco la cabeza, como hacen las
gacelas, y después abría los ojos lentamente. Piensa que la felicidad es
redonda y se escapa siempre rodando calle abajo. En cambio, la tristeza es
cuadrada y se atraviesa en la garganta.
Decide empujar la palanca y descender. Bajar de las nubes.
¿Y Bernis? ¿Qué va a ser de Bernis?
Lleva varios días de apatía. Únicamente ha cambiado la dirección
del viento. Once veces ha puesto en el gramófono once discos distintos y todos
han hecho saltar la aguja, rayados y polvorientos. Ha tomado la pluma para
corregir y la tinta estaba seca. Ha cogido un lápiz, pero sólo ha podido
garabatear dibujos en los márgenes de las hojas: figuras, mujeres con el
cabello al viento, una «L» de Loulou, un niño vestido de príncipe... Por la
mañana ha puesto una coma y por la tarde la ha quitado.
Se posa sobre Cabo Juby una niebla sofocante, una calima pesada
que lo borra todo. Las voces de los centinelas en el fuerte suenan con un eco
fantasmagórico.
¡Sin novedad en el puesto cuatro!
¡Sin novedad en el puesto cinco!
¡Sin novedad en el puesto seis!
No ven nada. Nunca como entonces su vigilancia ha sido tan
estéril.
Durante esos días pastosos, vuelve con Bernis. Lo encuentra en
ese hotel barato de una ciudad de provincias donde Geneviève duerme un sueño
febril y él traza planes para el futuro. En su cabeza dibuja los planos de la
vida con Geneviève. Se imagina sus ojos cada mañana al despertar a su lado. Se
imagina cómo será llegar a casa tras un largo viaje y encontrarla esperándolo.
La ve sentada en una butaca acunando un violín. Piensa en una cama donde las
sábanas tengan su olor.
Durante una noche entera ella duerme y él sueña. Tonio escribe
páginas y páginas de sueños.
También aprovecha esos días de niebla para leer y releer los
pocos libros que tiene: Platón, Nietzsche, un tratado de prestidigitación del
que saca ideas para sus trucos de cartas...
Tras dos días de calma chicha, la niebla levanta, aunque queda
en el aire una cierta turbidez caliente. Esa noche lo despierta el zumbido del
motor de un avión.
Se pone en pie de un salto.
¿Un Laté 25 a estas horas?
— ¡Totó, Ferdinand! ¡Hay que encender la señalización de la
pista!
Los mecánicos, rezongando y adormilados, se van hasta los
bidones llenos de leña.
— ¡Vamos! ¡Vamos!
Tonio reconoce por el zumbido que el avión da vueltas en
círculo. No puede aterrizar a oscuras. No sabe quién puede haber llegado hasta
allí extraviado en la noche.
Se separan para cubrir antes la largura de la pista y prenden
fuego a los seis bidones que forman la marca. El avión cambia el régimen del
motor y aterriza a oscuras.
Buen piloto... ¿quién será?
— ¡Buenas noches, señor jefe de aeródromo!
— ¡Serres! — exclama Tonio al reconocer a uno de los veteranos
de la Línea— . ¿Qué demonios haces volando a estas horas? ¿Por qué nadie me ha
avisado?
— Salimos fuera de programación desde Agadir.
— ¿Y por qué?
— Porque lo ordené yo.
Por detrás aparece un traductor árabe y otro de los pilotos
veteranos, Reine, que le hace un gesto de resignación. A su lado el hombre que
ha hablado, un inspector de la compañía.
— El señor Daurat me ha mandado a supervisar los tramos y he
aprovechado la excelente noche en Agadir para experimentar un vuelo nocturno.
— ¡No volamos de noche!
— No hay razón para no hacerlo. En América ya se está haciendo.
La noche es excelente, hay una luna magnífica.
— Hemos estado con niebla hasta hoy...
El inspector no está muy interesado en sus reparos.
— La noche es tan buena que Serres y Reine seguirán hasta el
siguiente aeródromo.
— ¡Pero en Villa Cisneros se han ido a dormir pensando que no
habría más vuelos! Habrán apagado la radio, no hay nadie de guardia.
— Igual que usted, ellos oirán llegar el avión.
Aprieta los puños. Lo que más lo irrita no son las órdenes
caprichosas, sino la indiferencia con la que habla del vuelo. Para ese hombre
un vuelo es un trámite, un par de líneas en un informe. De buena gana lo
mandaría a paseo. Pero el señor Daurat los tiene advertidos sobre el trato
exquisito que han de dar a los inspectores: son sus ojos a miles de kilómetros.
Después de repostar, Reine y Serre despegan acompañados del
intérprete y Tonio se va a dormir enseguida con un humor de perros. Se levanta
al alba y oye los suaves ronquidos del inspector en el cuarto de los pilotos.
Lo primero que hace es conectar la radio y llamar a Villa Cisneros para
comprobar que sus compañeros hayan llegado bien.
Ni bien ni mal. No han llegado. Villa Cisneros está cubierto por
la niebla.
Maldice todo lo que sabe maldecir.
Se pone en contacto con Port-Étienne. Nada. En un intento
desesperado, contacta con Saint-Louis de Senegal, al extremo de la línea. Nada.
Siente el impulso de irse al cuarto y tirar al inspector de la
cama. Pero sus colegas son demasiado importantes como para perder un tiempo
valioso. Va a por su cazadora de cuero y despega en busca de sus compañeros. La
niebla es densa y tiene escasa visibilidad. Se aleja ochenta millas y al
volver, con el cielo más despejado, peina la zona costera hasta llegar de
regreso a Cabo Juby. Pero no hay ni rastro de ellos.
Cuando llega, ve un guirigay de gente alrededor del barracón. El
inspector sale seguido de algunos árabes harapientos y buscavidas que viven en
Villa Bens.
— ¿Sabe que tenemos un avión desaparecido?— le pregunta irritado
el inspector.
— No me diga...
— ¿Dónde estaba usted? ¿Por qué motivo ha abandonado su puesto
de responsable de la aeroplaza? ¿No sabe que abandonar su puesto es motivo de
sanción muy grave?
— He ido a tratar de auxiliar a los pilotos que usted mandó a
volar en contra de todos los protocolos de seguridad. Por cierto, ¿ha dormido
bien, señor inspector?
El inspector no pierde la compostura.
— He estado trabajando en organizar el rescate. Estoy negociando
con estos señores para que puedan ser localizados si han caído en poder de
alguna cabila.
Un mar de manos y de voces se alza reclamando dinero como en un
subasta de pescado. Tonio resopla. Da unas zancadas y se planta en medio del
tumulto dando voces. Su complexión parece aún mayor en medio de los beduinos
bajos y nervudos.
— ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!
Y al decirlo en su idioma resulta aún más eficaz y se dispersan
en todas direcciones a toda velocidad.
— Pero ¿qué hace? — se enoja el inspector.
— Despedir a todos esos mangantes. Ahora iré a hablar con los
jefes que nos ayudarán en el rescate.
— ¡Debe usted consultarme!
Tonio lo mira de arriba abajo.
— No voy a consultarle ni la hora. Organizaré el rescate a mi
manera.
El inspector arruga las cejas y se va hacia el barracón.
— ¡Mecánicos! ¡Pónganme en comunicación por radio con la central
de Toulouse!
El inspector se vuelve un instante a mirarlo con ojos retadores.
— Ahora va a saber usted quién está al mando.
Tras varios intentos, Totó consigue que Toulouse le responda en
medio de la lluvia de interferencias.
— Buenos días, señor Daurat.
— ¿Hay not... cias?
— No, señor. Lo llamo para que ordene al señor De Saint-Exupéry
que no ponga en cuestión mi autoridad.
— Diga... que... ponga.
— Aquí Saint-Exupéry, señor Daurat. Déjeme decirle algo: no voy
a obedecer a quien pone en peligro la vida de Reine y Serres.
— Déjeme decir... algo. Usted obe... cerá a quien yo le diga. Y
va a obedecer al insp... tor Giraud porque así se lo ordeno.
— ¡Pero cómo voy a obedecer al responsable de este incidente!
— Lo hará. Porque el responsable no es el ins... tor. Él seguía
mis órden... s de probar vuelos noctu... nos. Yo soy el respon... ble.
Tonio se queda un instante descolocado.
— Pero no se dio aviso a Villa Cisneros. Si lo hubiéramos hecho
nos habrían dicho que estaba cubierta por la niebla.
— Yo deci... ré si actuó correcta... te. Us... ed hará lo que
Giraud le ordene. Páseme al insp... tor.
Tonio siente que le arden las mejillas de indignación. El
inspector levanta la barbilla y dibuja una sonrisa de satisfacción.
— Señor Daurat, estoy a la escucha.
— Usted va a dar las órden... s.
— Sí, señor director.
— Ordene al ...ñor Saint-Exupéry que organice... rescate de
Rei... y Serres a su criterio. Ya se dirige hacia Ca... Juby desde Villa
Cisneros un jefe de aeródromo provisional... reemplazarlo mientras dure...
rescate y que no se interrumpa... tráfico de... línea.
El inspector se queda un momento callado y ahora es Tonio el que
levanta una ceja y sonríe.
— Señor Gira... espero su infor... completo del incidente.
La comunicación se corta sin poder despedirse, no saben si por
uno de los habituales fallos técnicos o porque Daurat ha cortado sin más.
El inspector mira a Tonio con furia.
— ¿Me echa la culpa del accidente delante del jefe? ¿Qué clase
de compañerismo es éste?
— Es que yo no soy su compañero.
Tonio sale apresuradamente del barracón. Hay mucho por hacer.
Se va a hablar con Kafir Mugtar y envía recados para los jefes
tribales de la zona con los que mantiene buenas relaciones: les ruega que le
avisen si tienen noticias del paradero de los dos pilotos y el intérprete.
Toma un Breguet y vuela hasta la siguiente aeroplaza,
Port-Étienne. Allí se une a dos pilotos más para peinar la zona. Deben volar a
una milla de distancia uno de otro para abarcar el mayor terreno visual
posible, pero sin perderse de vista. La zona es muy hostil y es fundamental que
permanezcan juntos.
Los tres aparatos recorren la zona cerca de la línea de la costa
aguzando la mirada. Pero allá abajo el desierto no quiere revelar su misterio.
El rastro de sus compañeros no aparece por ninguna parte.
A la altura de cabo Bojador, Tonio observa de reojo que a su
derecha el aparato de Riguelle pierde altura. Ve virar a Bourgat para ponerse
tras la estela de Riguelle y aterrizar detrás. Él procede de la misma manera.
No le gusta aterrizar ahí. No muy lejos está el lugar donde un año atrás Gourp,
Érable y el mecánico Pintado fueron asesinados por una tribu después de un
aterrizaje forzoso. Si Riguelle ha tenido problemas, deberán recogerlo a él y a
su mecánico y salir zumbando.
Al bajar de la carlinga ve acercarse a Riguelle.
— ¡Se me ha fundido una biela!
Al acercarse todos al aparato de Bourgat, Lefebvre frunce las
cejas. Todos siguen el hilo de la mirada hasta debajo del Breguet y descubren
una mancha oscura sobre la arena.
— ¿Y eso?
— Es aceite. Así no puedes despegar, Bourgat.
Los tres pilotos se miran.
— ¿Puedes arreglarlo? — pregunta Riguelle.
— Puede que sí. Más fácil que lo de tu biela.
— ¿Cuánto tiempo?
— No sé... ni siquiera sé si lo podré arreglar. Yo de vosotros
iría pensando en preparar la cena.
— Pues no es el mejor sitio para quedarnos a cenar.
— Convertiremos este arenal en el salón del Ritz.
No saben si alguna tribu ha detectado sus aterrizajes. De ser
así pronto verán caer sobre ellos una turba contra la que difícilmente puedan
hacer nada sus revólveres, que apenas saben disparar.
Si tienen suerte, va a ser una noche muy larga.
También lo va a ser a miles de kilómetros, en un pequeño
despacho donde las bombillas no se apagarán en toda la noche. Daurat ha
recibido la notificación de que los tres aviones de reconocimiento no han
regresado y las horas transcurridas respecto a su carga de combustible hacen
imposible que continúen aún en vuelo. Sabe que son pilotos experimentados, pero
todos lo son. Los aparatos son frágiles y el territorio, hostil. Y él sólo
puede esperar una información de la radio, un cable, una señal. Podrían estar
todos muertos. No puede saber si esa noche es un velatorio. Cinco aviones
perdidos en veinticuatro horas. Se va hasta el ventanal y mira. Es ya oscuro en
Toulouse. Pero sigue ahí con la esperanza vana de que la noche pueda revelarle
alguno de sus secretos.
En las cercanías de cabo Bojador, sus pilotos están eufóricos
porque ha caído el sol y no han recibido visita alguna. El ocaso se convierte
en su aliado. La noche los esconde.
Juntan las viandas de supervivencia y organizan lo más parecido
posible a una fiesta. No se sabe cómo, pero entre las latas de conserva de los
víveres de emergencia aparece una botella de vino y otra de coñac. Hay
aplausos. Improvisan un juego de las adivinanzas y Riguelle destapa todo su
ingenio. Tonio saca una baraja de cartas. A la luz temblona de un quinqué, sus
manos tienen algo de fantasmagórico y los demás se sienten fascinados ante el
aparecer y desaparecer de los naipes.
El mecánico empieza a trabajar desde la primera luz y en pocas
horas consigue poner a punto el Breguet de Bourgat. Se reparten en los dos
aviones operativos y despegan. Su llegada a Villa Cisneros es recibida con el
alborozo de los días grandes. El jefe de aeródromo sale corriendo. Una oleada
de alivio sacude toda la línea, desde Saint-Louis de Senegal hasta llegar a
Toulouse en un tableteo nervioso.
El operador entra corriendo con la transcripción del mensaje en
la mano.
— ¡Señor Daurat, sanos y salvos Riguelle, Saint-Ex, Bourgat y
Lefebvre!
El director lo mira con severidad.
— Tome nota. Quiero que le envíe el siguiente telegrama a
Riguelle a la central de Dakar: Estimado señor Riguelle, le informo por la
presente de que es el segundo avión que pierde en un mes. En consecuencia, se
le retiran todas las primas de vuelo de los últimos treinta días. Atentamente,
Didier Daurat, director de explotación.
En Villa Cisneros el tam-tam del desierto trae la noticia de que
Serres y Reine están vivos. Pero la noticia sólo es buena a medias. La tribu
que los ha secuestrado pide un millón de camellos, un millón de fusiles y la
liberación de todos los presos de guerra beduinos capturados por los franceses
en Mauritania.
— Esto es un zoco y el regateo va a ser largo — les dice Tonio.
No se equivoca. Regresarán vivos después de pagar una suma muy
inferior a la pedida inicialmente, pero no será hasta dieciséis infernales
semanas después.
Capítulo 46
Cabo Juby (Marruecos), 1929
Cuando Geneviève despierta, Bernis todavía no se ha dormido. La
luz de la mañana añade aún más desolación a esa habitación de paredes verdes de
humedad. Geneviève observa con aprensión la sábana sobre la que ha dormido. Se
vuelve hacia Bernis con un timbre de desamparo en la voz:
— ¿Dónde estoy?
Bernis tampoco recuerda el nombre de la población, pero no
importa. Sabe dónde no está Geneviève. Los dos los saben. No está en su mundo
donde los objetos son bellos y robustos y permiten que nos escondamos detrás de
ellos para ocultar la mediocridad de la vida. Allí no hay nada que le
pertenezca y a lo que ella pueda pertenecer.
Se levanta de la silla para acercarse y Geneviève da un pequeño
respingo hacia atrás. Lo mira con unos ojos de ciervo asustado en los que se
lee la confusión de quien se despierta tras la resaca.
— Soy yo...
Geneviève se vuelve hacia la ventana. El cristal está tan sucio
que la luz llega filtrada como si en vez de amanecer, atardeciera. Bernis creyó
que su amor por ella lo curaría todo, lo iluminaría todo. Se equivocaba.
Levanta un momento los dedos del piano. Rememora cuando vuela de
noche sobre los campos y allá abajo ve una luz minúscula, una casa aislada
iluminada en medio de un mar de oscuridad. El amor es sólo eso. Pequeñas
hogueras en la noche que sólo muestran la oscuridad que acecha fuera.
Bernis la mira, pero se da cuenta de que ella ya no está ahí.
Cuando habla, sabe lo que le va a decir.
— Llévame a casa.
Mientras las sacas de correo vienen y van en Cabo Juby y sigue
la lenta y dramática negociación para liberar a Serres y Reine, Tonio sigue
golpeando una máquina de escribir en el desierto. Resopla en su silla. Seguro
que a muchos lectores les gustaría que Bernis diera dos zancadas hasta ella, la
cogiera de la mano y, mirándola a los ojos con mucha intensidad, le dijera:
«Construyamos una casa juntos». Al menos, a él le gustaría.
Pero no puede hacerlo. Bernis no puede hacerlo. Ambos conocen el
tono de desdén, incluso de desprecio, que ha utilizado ella al pedir que la
lleve de vuelta a casa, como si Bernis tuviera alguna culpa de la terrible
tragedia a la que la ha arrastrado un destino cruel o fuese cómplice de la
mediocridad física y moral que los aplasta. Geneviève necesita volver a su
mundo. Vivir en su propio verano.
En el viaje de retorno a París ya no llueve y apenas hablan.
Ella, en su pesadumbre por la pérdida del hijo, levanta mucho el cuello
queriendo mostrarse desafiante y digna pese al dolor. Está dolida con el mundo,
con todo el mundo. También con Bernis, por no ser un mago y cambiar la rotación
terrestre. Nadie le sirve de nada. La devoción que Bernis muestra por ella le
parece inútil.
Únicamente al llegar al bulevar donde está el portal de su casa
y apresurarse él a bajar y abrirle la puerta, Geneviève sale de su mutismo y lo
mira. Por un momento abandona la cortina de ofuscación y le roza la mejilla con
el dorso de los dedos. Es su regalo de despedida.
Cuando escribe la última línea, Tonio siente que se queda solo.
Geneviève y Bernis se han marchado de su vida y se han llevado con ellos su
equipaje de sueños revueltos. Esa noche en que los mecánicos se han escapado a
Villa Bens a tratar de engañar su propia soledad, cena un cuscús reseco y se
pregunta qué está haciendo en esa caseta en medio de ninguna parte. Quizá sea
la tristeza que le ha contagiado terminar la novela. En contra de lo que
siempre había creído, no hay euforia ninguna al poner el punto final. Descubre
que el escritor no está en absoluto satisfecho cuando termina un libro. Lo que
tenía en la cabeza cuando lo empezó era música y arrebato; lo que tiene al
final es sólo un pentagrama que atrapa las notas en un tendedero de ropa.
Por la mañana continúa mustio y, cuando va a afeitarse, la mano
se le afloja porque no tiene a nadie para quien afeitarse. O eso pensaba.
Porque Totó entra en la caseta y le dice que tiene una visita.
— ¿Una visita?
Se imagina que una preciosa muchacha de largos cabellos rubios
ha cruzado el planeta para declararle su amor. Tampoco le importaría que fuese
morena, o castaña, o pelirroja... ¡o incluso calva! Y se ríe. Ve en el espejo a
ese Tonio guasón que se asoma haciendo pedorretas al Tonio solemne y
melancólico. Probablemente sea algún oficial español. Pero, por si acaso, se
acicala a toda prisa y se pone una camisa limpia.
Al poner un pie fuera ya sabe que su visita no es una
sofisticada muchacha pizpireta perfumada con Chanel porque es alguien que huele
a leche agria de cabra y a sudor añejo. En el suelo, con la espalda recta
apoyada en la pared de la caseta, manteniendo incluso en el suelo una dignidad
señorial, el jefe Abdul Okri lo mira. No hay en su mirada la ansiedad habitual
de un europeo cuando espera a alguien. Tonio ni siquiera está seguro de que lo
espere a él. Le da la impresión de que, simplemente, espera sin apuro el fin de
los tiempos.
Pero sí, lo espera a él. No abre la boca, pero los dos lo saben:
ha venido a que el hombre de la tribu de los que vuelan cumpla su palabra.
Le coloca el casco y le ajusta las gafas sin que el sheij
proteste. Se deja hacer como los niños cuando se quedan quietos para que su
madre les haga la raya en el pelo por las mañanas antes de ir al colegio. Le
dice con un gesto que lo siga y le indica que se acomode en la cabina delantera
de un Breguet.
El motor quiebra el silencio de dos hombres que no necesitan las
palabras.
El avión rueda y se aúpa en el aire con ese manoteo de nadador
torpe. Mientras toma altura, nota cómo se tensa el cuello de su pasajero. La
rectitud de sus hombros le hace saber que está apretando los puños. Para un
hombre que lo más alto que ha subido es la grupa de un camello, ha de ser una
experiencia terrorífica. Pero el jefe Abdul Okri no dice nada.
El avión se estabiliza y nota cómo sus hombros se van
destensando. Por fin, ve cómo vuelve la cabeza hacia el suelo. Al momento, mira
de nuevo al frente y los hombros vuelven a tensarse. Pero un minuto más tarde,
vuelve a mirar hacia abajo. Es la primera vez que atraviesa el desierto sin
sentir el ardor de la arena bajo los pies. La cabeza quieta. La mirada fija.
Despliega los brazos lentamente. El viento le echa hacia atrás
las mangas de la darrá y las convierte en un estandarte. Tonio no entiende qué
hace, hasta que recuerda la conversación de unas semanas atrás: «Ser un
pájaro...». El jefe Abdul ha hecho realidad el sueño de sus antepasados: ser un
águila sobre el desierto. No sabe si el jefe ríe, el ruido ensordecedor del
motor le impide saberlo. Pero él sí ríe con esa alegría por la felicidad ajena
que es una fuente que por fin nos sacia la sed.
Vuelan durante horas saltándose cualquier protocolo. Cuando ve
una bandada de gaviotas flotando indolentes, cerca de la playa interminable más
allá de cabo Bojador, desciende y las espanta como un chiquillo travieso. Los
pájaros se elevan de repente y la danza de la vida se despliega sobre el cielo
como si fuera el primer día de la creación.
Dejan atrás dunas y pequeñas cordilleras. De vez en cuando el
jefe señala con el dedo y se vuelve levemente para decir palabras que se lleva
el viento. Tal vez señale un lugar al que viajó alguna vez con alguna caravana
tras muchas jornadas de camino. Después, repliega la mano y deja de señalar.
Nunca se había adentrado tan lejos. Se queda en silencio. El desierto que creía
conocer resulta ser mucho más grande que su larga vida y que cualquier vida.
Cuando el jefe Abdul Okri y él mismo hayan muerto, cuando todos hayamos muerto,
el desierto seguirá ahí, viendo salir el sol por el este y poniéndose por el
oeste.
Alcanzan un pequeño rebaño de nubes al llegar al golfo de
Cintra. Toma altura para retozar un poco con ellas. Ve al jefe ponerse tenso de
nuevo al ver que el avión se dirige a toda velocidad a chocar contra los
cúmulos. Se ríe. ¿De qué creerá el jefe Abdul que están hechas las nubes? ¡Su
conocimiento de las nubes es el mismo que el de un recién nacido! El Breguet
alcanza los cúmulos blancos y entra en ellos como una cucharilla en un plato de
chantillí. El mundo se pierde de vista, un leve temblor sacude el aparato y los
hilachos de nube corretean a su lado. Ve cómo el jefe alarga la mano para
tratar de tocarlos y mueve la cabeza con asombro. Durante todas las noches del
resto de su vida, sentado ante el narguile, podrá contar que un día tocó las
nubes.
Sobrepasan Agadir y el desierto se va suavizando con una telilla
de matorrales y vegetación. Se encaminan hacia Saint-Louis de Senegal y el
paisaje va mudando el color. Abandona la piel áspera del desierto y se viste
con otra más fresca. El jefe Abdul señala los primeros árboles. Aquí hay uno.
Allá otros dos. Más allá un racimo. Son ceibas, palmeras, acacias, enormes
baobabs. Y empiezan a faltarle manos. Hasta que deja de gesticular y se queda
quieto con la cabeza fija, magnetizado por el paisaje. Los ríos se ensanchan,
la tierra se ha teñido de verde, el color con el que sueñan los musulmanes. Y
entonces, el jefe se vuelve hacia el piloto. El viejo saharaui endurecido por
el desierto, el jefe tribal intransigente, el guerrero feroz... derrama
lágrimas tras las gafas de aviador. Él lo mira desconcertado y su pasajero
señala insistentemente hacia abajo.
No atina a ver nada extraordinario. Solamente hay un bosque
minúsculo. Nada especial.
Un bosque...
El jefe Abdul Okri nunca pudo imaginar que existieran tantos
árboles en el mundo. Tal vez se acordara en ese momento de los polvorientos
arbustos que crecen junto a su jaima y sintiera pena por ellos, perdidos en
medio de la arena, tan lejos de su casa. Siente una ternura hacia ese hombre y
los suyos, gentes en tierra áspera, desperdigados por el desierto como matojos
resecos y, aun así, tal vez por eso, orgullosos.
Oye sollozar. Nunca creyó que vería llorar a un sheij tan altivo
como él.
Tonio suspira, contagiado por la emoción. El ser humano,
egoísta, odioso, mezquino, capaz de las mayores atrocidades, puede también ser
una criatura capaz de emocionarse al contemplar la paz milenaria de los
árboles. Se inclina hacia delante y posa su mano en el hombro del saharaui.
Cada persona es un milagro...
Capítulo 47
Cabo Juby (Marruecos), 1929
Tonio se va hasta el cercado de Nefertiti. En las últimas
semanas ha estado tan atareado con el rescate de unos pilotos españoles que la
ha desatendido. Ya es una gacela grande y esbelta. Al acercarse, se percata de
que está empujando los troncos de madera con la testuz. Intenta inútilmente
abrirse paso con sus cuernos de mentirijillas.
— Nefertiti...
Pero no atiende a su llamada. Empuja con insistencia la cabeza
contra la cerca.
— ¡No seas loca! Allí afuera hay cazadores. Hay serpientes
venenosas, zorros, tal vez algún león. Aquí tienes tu comida, tu agua, tu
seguridad... ¡Maldita sea!
Se percata de que habla como el señor Charron, el jefe de
contabilidad de la fábrica de tejas cuando le dijo que dejaba el puesto. Se va
hasta ella y la acaricia sin que ella deje de empujar tozudamente. Mira al
horizonte, que a esa hora del atardecer emborrona a lo lejos la tierra
oscurecida con el cielo.
— Lo sé. Lo sé. Has sentido la llamada. Nefertiti...
Le acaricia el hocico y ella lo mira con la belleza triste de
los ciervos. Se va hasta el cierre y levanta el tronco que barra la tosca
puerta de madera.
— Allá afuera sufrirás, deberás huir de felinos terribles,
tendrás que ganarte el sustento con el sudor de tus cuernos. Pero deseas ser
libre. Eres una chica valiente.
En cuanto alza la cancela, la gacela no duda un instante. Sale
galopando como el rayo. No se detiene. No vuelve la cabeza. No mira atrás. Al
poco, ya sólo es un puntito que se funde en la lejanía, que corre en busca de
su destino.
Empieza a anochecer y siente un poco de frío.
¿Y qué hay de mi propio destino?, se pregunta. ¿Acaso este
aeródromo alejado de todo no es también un cercado protector donde esconderme
de la verdadera vida?
¿Qué ha sido del amor? Loulou se ha escapado tan veloz como la
gacela. ¿Debería lanzarse a galopar tras ella? ¿Debería correr en la dirección
opuesta y buscar un nuevo amor? No sabe las respuestas, pero se pregunta si
debe conformarse con escribir la vida o decidirse a vivirla.
El sol se duerme en el horizonte por detrás de esa cárcel marina
desvencijada donde ya sólo montan guardia los marrajos y siente que ha llegado
la hora de regresar. Aunque no sepa adónde ha de regresar.
Por la mañana pone un telegrama al director de explotación
solicitando ser relevado de su puesto de jefe de aeroplaza en Cabo Juby.
Aunque nunca se lo haya dicho — nunca lo hace para que no bajen
la guardia— , Daurat está satisfecho con su trabajo y sabe que no va a
encontrar un reemplazo mejor: ha logrado ganarse la confianza y el respeto de
los españoles, ha establecido relaciones cordiales con tribus de la zona y su
personalidad ha conseguido que una de las estaciones más odiadas por los
pilotos, horrorizados ante la posibilidad de tener que quedarse un par de días
varados en aquel secarral, sea mejor valorada. Pero sabe que nadie ha aguantado
en el destierro de Cabo Juby más de tres meses y él lleva año y medio. No puede
arriesgarse a que la soledad y las tormentas de arena lo trastornen.
El mecánico en tareas de radiotelegrafista le lleva la
resolutiva respuesta de Daurat una hora más tarde: «Destinado a la ampliación
de la Línea en América del Sur como jefe de línea. Con efecto inmediato».
Tonio da saltos y pide la última botella de vino que les queda
en la despensa. Responde enseguida a Daurat: «¿Podrá darme un mes de vacaciones
para visitar a mi madre y mis hermanas antes de partir a América?».
La respuesta de Daurat es igual de veloz: «Una semana».
Empaqueta su chilaba, dos pantalones y un par de camisas que han
sobrevivido al desierto. Su equipaje más preciado son los doscientos folios
mecanografiados de esa novela que aún no sabe cómo va a titular.
Acude a decir adiós a Kafir Mugtar.
— ¿Recuerdas la gacela que domestiqué? — le dice.
— Sí.
— Finalmente quiso marcharse.
— Así ha de ser.
— Pero todo mi esfuerzo por domesticarla no sirvió para nada.
— Claro que sirvió. Ahora amarás siempre a las gacelas, a todas
las gacelas. Porque verás en todas ellas a tu gacela.
En el fortín español, los oficiales que compartieron tardes de
ajedrez con él se despiden amigablemente. Incluso los oficiales que lo habían
tratado con desdén se ponen sentimentales y todos pagan una ronda tras otra en
la cantina. Los españoles no conciben celebrar nada sin comer y beber. A todos
les empiezan a brillar los ojos. El coronel De la Peña le ofrece un inesperado
regalo de despedida: al dirigirse hacia la salida del cuartel haciendo eses por
la ebriedad, la guardia se cuadra a su paso y es saludado con honores militares
como si fuera un mariscal.
Llega a Toulouse como pasajero junto al correo del día. Al poner
un pie en Montaudran, vestido con su único traje, polvoriento pero digno, se
siente inquieto. Tiene pocos días para ver a su familia, visitar a los amigos
de París y conseguir editor para su novela. Observa el trajín de los operarios
con las sacas, que quedan momentáneamente en el suelo a la espera de una
carretilla, y observa el rótulo estampillado en la arpillera: «Correo Sur».
— Correo Sur...
Y decide que ése va a ser el título de su novela.
En París se siente como un fantasma. La mayoría de sus amigos
están ausentes, de viaje o se han ido a vivir fuera. La ciudad está repleta de
gente, pero no encuentra su lugar entre ellos. En una terraza de la plaza de la
Concorde espera a Jean Prevost, el editor de la ya desaparecida revista
literaria que le publicó su primer cuento y la persona que más lo ha alentado a
escribir. No puede evitar mirar con cierto disgusto a esos hombres que vienen y
van con sus sombreros oscuros y a esas mujeres con trajes estampados.
Cuando llega Prevost, corpulento y jovial, se planta delante de
él en postura de púgil de boxeo, esperando que Tonio se ponga también en
guardia. Lo hace, pero de manera mustia.
— ¿Contrariado en tu primer día de retorno en París?
— Mira esa gente, van de la madriguera de su casa a la de su
oficina...
— ¿Y eso es malo?
— ¡Terrible! Es una vida mediocre. ¿Esto es lo que ofrece París?
¿Una vida de burócratas?
— Brindaremos por eso — le dice burlonamente. Y lo hace sonreír.
— A veces me tomo demasiado en serio a mí mismo, ¿verdad?
— ¡Y a veces demasiado en broma! ¡Pero qué más da!
Prevost propone otro brindis por su regreso. Después Tonio
propone otro por las mujeres de pies pequeños. Prevost brinda por los aviadores
del correo y Tonio replica con otro por todos aquellos que no dejan de brindar.
El Calvados pone una tirita a la melancolía.
Prevost lee esa misma noche con entusiasmo Correo Sur y es él
quien recomienda su publicación al editor Gaston Gallimard. Sabe que no es una
narración bien hilada, resulta incluso inconexa en algunos momentos, está
emborrachada de un lirismo que convierte a Geneviève en reina de las hadas...
pero hay algo en esas páginas que hipnotiza irremediablemente a Prevost.
Capítulo 48
Buenos Aires, 1929
Tonio se embarca en el puerto de Burdeos con destino a Buenos
Aires. Ha comprado varios trajes, un par de sombreros Borsalino y un reloj de
pulsera Benrus con esfera segundera independiente. Con los ahorros que no ha
podido gastarse en Cabo Juby y su aumento de sueldo como jefe de línea en
América, siente que por primera vez el dinero le rebosa en los bolsillos. Pero
pese al montón de dulces que ha comprado a su familia y los que lleva en la
valija, el equipaje más valioso con el que parte son los mimos de su madre y el
contrato de publicación en Gallimard de Correo Sur.
Dedica los dieciocho días de travesía a fumar en cubierta, a
hacer un curso autodidacta de cata de cócteles y a divertir a los niños con sus
trucos de cartas. Mira a las chicas jóvenes en el salón, pero, de repente, ya
no se siente tan joven. El pelo le ha empezado a clarear y le cuesta mantener
el peso a raya.
— ¡Si Dios hubiera querido que los franceses fueran delgados no
hubiera inventado los cruasanes! — exclama alborozado en la mesa del desayuno
para diversión de los comensales.
En el vaivén de los días, dedica mucho tiempo a ver bailar las
olas. Desde el aire, el mar es otra cosa, más sólido, más uniforme. Desde la
mínima altura de la borda del transatlántico, es elástico y travieso. Alguna
gente mira con asombro a ese hombre grandullón de nariz respingona,
impecablemente vestido y un poco solitario que mira absorto el oleaje y, de vez
en cuando, se arranca a aplaudir ante un rizo de ola como si estuviera en un
espectáculo de danza.
En esos días, el recuerdo de Loulou es como una marejadilla.
Viene y va. Crece y se deshace.
Es en una de esas tardes cuando da vueltas a la dedicatoria de
Correo Sur. Ha dedicado la novela a Loulou. Sin embargo, ella no ha respondido
a su carta preguntándole si aceptaba que su nombre apareciera ahí. Se pregunta
si no resultará inconveniente ahora que ella es madre de familia. Duda mucho,
pero al final decide telegrafiar a su editorial y solicitar que quiten la
dedicatoria. De todas maneras, no importa. Ella lo sabrá. Todo el libro está
dedicado a ella.
Unos días después avistan tierra. El inmenso Río de la Plata los
conduce lentamente hasta el puerto de Buenos Aires, que se despereza al fondo
de unas aguas oscuras. La terminal de transatlánticos está en una dársena
apartada de tinglados algo deteriorados. El graznido de las gaviotas le parece
de mal agüero. Un grupo numeroso de personas espera a algunos de los pasajeros
y observa con melancolía los saludos apasionados, el brillo en los ojos, las
efusiones de los que reciben y de los que son recibidos. Llegar a un lugar y
que nadie te espere siempre contiene un deje de tristeza.
Un mozo lo sigue por la terminal empujando un carro con sus
maletas. Se fija en un soldado del ejército argentino que arroja el petate al
suelo y echa a correr hacia una muchachita adorable con un flequillo infantil
que también corre hacia él. Al encontrarse se detienen a unos centímetros el
uno del otro y se miran con tanta felicidad que ni se atreven a tocarse para no
quebrar el momento. A él le parece una boda improvisada a pie de muelle. Mejor
que una boda. Tan absorto está mirándolos que no se da cuenta de que alguien se
acerca al mozo maletero, le hace unas señas para que se esfume y le alarga un
billete. El mozo que lleva el carro pasa a ser otro, más alto y corpulento. Le
pregunta en español con un acento muy francés:
— ¿Dónde quiere el señor de los cojones las putas maletas?
Tonio da un respingo y se da la vuelta sobresaltado. El maletero
lleva una americana de tweed y una bufanda roja. Detrás le secunda otro secuaz.
Se le cae el cigarrillo de la boca.
— ¿Ordena algo más?
Mermoz se ríe con su carcajada explosiva y Guillaumet corre a
darle un abrazo.
— Maldita sea, Tonio, este carro pesa una tonelada. Llevas más
equipaje que un ballet de bailarinas rusas. ¿Qué demonios cargas en estos
maletones? ¿Arena del desierto?
— Algo mejor.
Baja una maleta del carro y la posa sobre los adoquines mojados
del muelle. La abre y, para estupefacción de sus amigos, está repleta de
botellas de champán Krug. Antes de que salgan de su asombro, extrae de un
estuche de madera un juego de copas y descorcha una de ellas. La gente se
vuelve con curiosidad a mirarlos.
El champán está caliente, pero les sabe a gloria.
Dos de los que se han quedado mirando son el apuesto militar y
la muchacha del flequillo. Tonio toma una botella y se va hasta ellos. En su
español rudimentario les ruega que la acepten.
— Es mi regalo de bodas.
— ¡Ha acertado! Pero ¿cómo ha adivinado que voy a casarme? — le
pregunta ingenuamente el soldado.
Tonio mira a la bella muchacha, divertida y ruborizada.
— ¡Porque estaría loco si no lo hiciera!
Los tres pilotos se montan en un taxi que va hasta arriba de
maletas. Le han reservado una habitación en el hotel Majestic.
Mermoz dirige esa noche una expedición por las salas de fiestas
más ruidosas de Buenos Aires.
— Jean, pero ¿tú no habías sentado la cabeza? — le pregunta
Tonio.
— Y así es. He sentado la cabeza. ¡Pero no el resto del cuerpo!
Por el camino les cuenta que cuando viaja a Brasil va a visitar
a Gilberte y es como si el mundo se pacificara y que ha encontrado en ella el
amor tranquilo que necesitaba en la vida. Pero Mermoz es tan voraz que vivir
una sola vida no le basta. En locales con luces tenues y botellas de licor en
las mesas, las mujeres se lanzan enloquecidas a sus brazos y él ríe a
carcajadas. Será por el whisky con soda que a Tonio le parece que él gira y
gira, y ellas vuelan a su alrededor agarradas a su cuello como en un tiovivo.
Cuando Mermoz está sepultado de mujeres, alguna se vuelve hacia sus
acompañantes con una sonrisa coqueta. Guillaumet le dice que no con una sonrisa
amable. Bajo el maquillaje y el rímel de las pestañas interminables esconden
una fragilidad conmovedora. Son flores silvestres en el arcén de una carretera.
Tonio se enamora de todas ellas en el mismo instante de verlas. Sale de los
locales con tatuajes de carmín en la frente.
Cuando han cerrado las coctelerías, llegan hasta Agüero y
tuercen en Corrientes hasta encontrar los boliches modestos alrededor del
Mercado de Abasto donde los transportistas caldean el arranque de la jornada
antes de que salga el sol. Sentado en un taburete sobre el que se sostiene en
precario equilibrio, Tonio señala el viejo espejo que hay detrás de la barra,
en el que el propietario tiene escritos los platos del día. Entre la lista de
precios de los estofados y las sopas, se adivinan tres cabezas algo borrosas.
— Ésos de ahí somos nosotros.
— ¡Un gran descubrimiento! — se mofa Mermoz.
— Quiero decir que los de verdad no somos los que estamos
sentados aquí, sino los que nos miran desde el espejo.
Guillaumet lo mira de reojo. No lo entiende y a esas horas no
tiene ganas de esforzarse en hacerlo. Mermoz, en cambio, lo observa con un
gesto intrigado exageradamente teatral. Pero Tonio se ha quedado callado,
metido en una de sus galerías subterráneas.
— Si los del espejo son los de verdad, ¿quién cojones somos
nosotros?
— Ésa es la pregunta, Jean. Pero no tengo la respuesta. Yo no sé
explicarlo, pero cada vez que me miro en el espejo veo a otro que no soy yo. Y
si él es Antoine de Saint-Exupéry, entonces yo soy un impostor. Porque yo no
soy él... ¿Me sigues?
— ¡Maldita sea, Tonio, me estás volviendo loco! Creo que voy a
pedir un aguardiente.
Mermoz ve pasar por la entrada a un grupo de mujeres jóvenes que
se dirigen a preparar los puestos de fruta y de pescado. Se levanta del
taburete y sale hasta la puerta para hacerles una reverencia. La mayor arruga
las cejas con severidad, pero las más jóvenes se ríen coquetas y aceleran el
paso ruborizadas.
El amanecer los encuentra a los tres caminando a trompicones.
Abrazados. Canturreando boleros mal traducidos al francés.
Pocos días después, Mermoz lleva a Tonio a la estancia de un
piloto argentino amigo suyo, donde se despliegan kilos y kilos de asado, litros
de cerveza, vino, coñac, puros, risas y el ardor de conversaciones banales para
impresionar a unas señoritas tal vez dispuestas a dejarse impresionar.
Un bandoneón melancólico y el alcohol hacen que los invitados
salgan a cantar con una emoción tan fervorosa como desafinada. El propio Mermoz
se arranca a cantar con la corbata atada a la cabeza como si fuera un indio.
Tonio está tratando de dar conversación a una muchacha inglesa muy rubia y muy
borracha. Trata de progresar en francés en su flirteo, pero ella sólo le toca
su nariz respingona y se ríe. Cree durante un momento feliz que puede
conquistarla porque ella ríe y ríe. Pero en realidad no entiende una palabra de
francés. Sin dejar de reír, la muchacha se va y lo deja plantado sin más
protocolo. Mermoz aparece justo a tiempo, cuando ya la soledad empezaba a
hacerle un agujero en la camisa.
Mermoz lleva la corbata en la frente, pero su tono es de
absoluta seriedad, como si ya estuviera fuera de la fiesta.
— Nos vamos.
— ¿Adónde?
— A la central.
La oficina a deshoras tiene un aire irreal. Al encender las
luces no puede evitar la sensación de visitar un decorado. Sillas vacías, mesas
llenas de papeles, calendarios estáticos, teléfonos dormidos, relojes que giran
para nadie. Una quincalla de albaranes, legajos y carpetas.
Mermoz lo conduce hasta su propio despacho. Saca del cajón un
objeto brillante que parece un encendedor y se acerca al enorme mapa de
Sudamérica. El presunto encendedor tiene en realidad una punta de carmín que él
coloca sobre Buenos Aires. Traza lentamente una línea vertical hacia el sur.
Una línea muy larga, de mil quinientos kilómetros, hasta Comodoro Rivadavia, al
filo del estrecho de Magallanes.
— ¿Y eso? — pregunta Tonio.
— La Patagonia... es tuya. Ahora sólo es una raya pintada.
Tienes que hacer que sea una línea de correo aéreo.
Tonio se acerca al mapa. La raya que ha trazado Mermoz tiene el
color dramático de la sangre, pero huele a dulzura de mujer.
— Yo he hecho algunos vuelos y apalabrado unos terrenos. Pero
también deberás ocuparte de la burocracia. Tendrás que supervisar los
aeródromos, despedir a los empleados inútiles y readmitirlos al día siguiente
porque es imposible encontrar personal preparado.
De un armario saca una botella de cristal y llena dos vasos de
whisky.
— Brindemos.
— ¿Por qué brindamos, Jean?
— Dilo tú...
— ¡Brindemos por las barras de labios!
Capítulo 49
Patagonia (Argentina), 1930
La Patagonia es, para los propios argentinos, un sinónimo de
lejanía, casi de destierro. Un millón de kilómetros cuadrados, una Francia y
media. Un territorio enorme batido por el viento donde vuelan las piedras.
Tonio ha ido yendo y viniendo para establecer la ruta: Bahía
Blanca, San Antonio Oeste, Trelew, Comodoro Rivadavia, Puerto Deseado, San
Julián... hasta llegar a Río Gallegos, al filo del estrecho de Magallanes. Por
su trabajo en esas soledades, en Francia lo han nombrado Caballero de la Legión
de Honor. Pero cuando está allá arriba, los honores de París son una flauta sin
agujeros.
Mira hacia abajo mientras atraviesa la región de Río Negro, a
ochocientos kilómetros de Buenos Aires. En las descomunales mesetas semiáridas,
ovejas con una melena rizada se mueven coreográficamente como bancos de
sardinas blancas. Las llanuras de un verde amarillento son un inmenso jardín
disecado que no se acaba nunca. Lleva en su regazo una pequeña saca porque la
pista de San Antonio se ha resquebrajado al poco de ser inaugurada. El jefe de
correos de San Antonio lo llamó desconsolado.
— ¡Esas cartas son tan esperadas!
No hay pista de aterrizaje, pero no tiene por qué no llegar el
correo. Así que, en el sendero de tierra que conduce al aeródromo, lo espera un
cartero a caballo. Desciende con el Laté hasta ponerse a muy poca altura y el
cartero se lanza al galope para ponerse a la par del avión. Tonio lanza la saca
y esa mañana la correspondencia llueve del cielo sobre la pampa. Da una virada
y el cartero se quita el sombrero para saludarlo.
Después de repostar en Trelew, se va adentrando en el profundo
sur, una zona donde la naturaleza intimida: el viento barre la nieve de los
picachos y las lagunas escondidas entre circos montañosos donde sobrevuelan los
cóndores. Cada mañana compra el diario La Razón antes de salir del aeródromo de
Pacheco, no tanto para enterarse de los líos interminables de la política
argentina como para meterse sus hojas por dentro de la camiseta de felpa en
cuanto sobrepasa Trelew. En la Patagonia la naturaleza reina y el viento es su
ministro más déspota. El Laté 25 pesa casi dos mil kilos, pero allí es tan sólo
un avión de papel. En la lejanía, la mole nevada del pico Fitz Roy le parece un
monte Olimpo y se siente muy poca cosa en medio de esas inmensidades que están
hechas a la medida de gigantes.
Ha repostado en Comodoro Rivadavia y Puerto Deseado. A medida
que añade grados a la latitud sur el mundo se hace más solitario. Aterriza en
la pista de tierra apisonada de Puerto San Julián. Las sacas de correo son
pequeñas, pero la expectación es enorme. Hay gente esperando su llegada y en
cuanto el avión se detiene corren hacia él con los pies descalzos y el
entusiasmo desatado. Cuando desciende de la cabina, forman un semicírculo a su
alrededor sin atreverse a acercarse demasiado, como si fuera un rey mago. Lo
es. Enseguida aparece el jefe de aeródromo, el señor Vitoco, con un agente de
la policía, tan descalzo como el resto de los vecinos, y lo invita a
acompañarlo a tomar un mate caliente. El responsable del aeródromo le dice que
se quede más tiempo, que lo llevará al burdel La Catalana, donde están las
mujeres con más coraje de toda Argentina.
— Cuando hace unos años mandaron de Buenos Aires una pandilla de
soldados con un coronel matarife a acabar con las huelgas obreras y fusilaron a
muchos paisanos padres y madres de familia, les dieron de premio ir a pasársela
en grande al burdel La Catalana. Pero las cinco mujeres se negaron a
empiernarse con los soldados. De ninguna manera. Imagínese la humillación para
esos huevones.
— ¿Y qué pasó?
— Que las llevaron presas. Pero luego las soltaron para que no
se montara más quilombo. Ellas fueron las únicas rebeldes que consiguieron
doblarles el brazo a esos porteños de mierda. ¡Tiene que conocerlas, che!
— Me encantaría... ¡Pero el correo ha de seguir ruta, señor
Vitoco!
Despega pensando en esas mujeres maravillosas que lo reconcilian
con la especie humana. El viaje hasta Río Gallegos desde Buenos Aires le lleva
dieciocho horas duras en la que las turbulencias son constantes y los Andes
lanzan puñetazos de aire que pueden noquear en cualquier momento su quebradizo
Laté 25.
Pero el cansancio se evapora cuando llega a unos playones grises
y desolados tapizados de blanco del guano de los cormoranes. Hay algo
inquietante y a la vez hipnótico en esas costas tan hermosas como ariscas. Al
volar sobre el mar, una cola descomunal de ballena lo saluda un instante antes
de desaparecer en unas aguas de un azul oscuro, casi negro, donde habita el
misterio de la creación. Corretea por las orillas de arena y cantiles
volcánicos una densa población de gente menuda. Los pingüinos le recuerdan a
Charlot. Le gustan las películas de Charles Chaplin. Cuando alcanza la Punta
Loyola y vira hacia el brazo de mar que conduce a Río Gallegos y sobre el que
riela el sol de la tarde, piensa que esa ciudad con calles desmesuradamente
anchas para sus casas precarias de madera, los dos cafés de tablón por donde se
cuela el frío y el cabaret donde las chicas se tiñen las canas, le recuerda al
Yukón que mostraba Chaplin en La quimera del oro. También en Río Gallegos hubo
una fiebre del oro décadas atrás que acabó llevando a un puñado de aventureros
y buscavidas a aquellas latitudes inhóspitas de pocas lluvias y mucho viento.
El aeródromo de Río Gallegos, como final de la línea, es el más
completo de la ruta, incluso han traído por barco desde Francia las chapas para
construir el hangar. Cuando aterriza con un bamboleo de equilibrista sobre las
ráfagas, lo espera toda una comitiva. Ha venido incluso la banda municipal: una
charanga descalza de tres músicos, un clarinete, un trombón y un bombo,
vestidos con pantalones y casaca roja de almirantes napoleónicos, interpreta
unas marchas ruidosas.
Esa noche se quedará a dormir en el hotel París, muy céntrico,
donde sirven unos pescados a la parrilla sabrosísimos. Al ir a entregar la saca
al jefe de correos, que ha venido con su uniforme de gorra de plato y
guardapolvo gris a recoger personalmente el envío, se planta delante de él una
mujer minúscula con una barbilla de la que sobresalen unos pelos como alambres
y una boca con muy pocos dientes. Apenas comprende lo que le dice, pero lo hace
con una resolución tenaz. Como él no la entiende, ella se echa al suelo de
rodillas para implorarle como si fuera un dios llovido de los cielos.
— ¿Qué quiere esta mujer, señor Erasmo?
— Quiere que mire a ver si hubiera carta de su hijo desde Buenos
Aires. ¡No haga usted caso! ¡Es una loca nomás!
Pero Tonio se agacha y la toma del brazo con delicadeza para que
se levante.
— ¡Tiene usted que esperar a que se clasifique el correo en la
oficina! Si hay carta ya se la llevarán a su casa cuando corresponda.
La mujer tiene un rostro arrugado, curtido por ese clima que
convierte la piel en cuero, pero en los ojos tiene una fuerza impetuosa. No se
mueve un centímetro.
— Por favor, señor aviador... Mi hijo. Se llama Lucho. Hace un
año que no sé de él. Ni siquiera sé si está entre los vivos. Usted no sabe mi
dolor...
Tonio mira al director de correos.
— Señor Erasmo, ¿podríamos hacer una excepción? No son muchas
cartas, en un momento podríamos mirar a ver si hay correo para esta señora.
— Señor Saintex, eso no es reglamentario...
— Estar un año sin saber de su hijo tampoco lo es.
El funcionario de correos alza los brazos como un cristo
patagónico. Y señala una mesa de tablón que hay a la entrada del hangar. Hasta
allí se va con la saca, seguido de la señora, la charanga, un policía
despeinado y media ciudad detrás. Tonio se sienta en una banqueta tras la mesa.
— ¿Cuál es su nombre?
— Mecha, señor.
Un vecino alza la voz detrás. Es la señora Mercedes Agregación
Galeano González.
Tonio abre la bolsa de piel y empieza a buscar entre las cartas,
todas ellas con una leyenda impresa en rojo que dice «Aeroposta». La mujer lo
observa agarrándose a la falda con las manos. A veces, la vida es benigna.
Tonio alza una carta:
— Señora Mercedes Galeano...
Tonio le extiende la carta, pero ella no suelta las manos de la
pollera. La mujer lo mira con los ojos muy brillantes.
— ¡Tenga su carta, mujer! — le dice el director de correos. Pero
ella no se mueve.
El vecino de antes da un paso adelante:
— La señora no sabe leer.
— Pues haga usted el favor — le pide Tonio en su rudimentario
castellano.
El hombre mira hacia el suelo.
— Yo tampoco sé, señor.
— ¡Pandilla de analfabetos! — El director de Correos se irrita,
pero al momento toma la carta— . Venga usted aquí. Yo se la leeré.
El señor Erasmo abre el sobre con esmero profesional y empieza a
leer unas pocas líneas escritas con una letra embarullada. Su hijo le dice que
está trabajando en una fábrica de pinturas, que come bien, que cuando tenga
plata ahorrada volverá a casa... La mujer va asintiendo con la cabeza y las
lágrimas corretean felices por los pliegues de sus mejillas.
— ¡Disculpe, señor! — Se acerca otro vecino— . ¿No podría usted
mirar si hay algo para Leandro Luchetti Sánchez?
Tonio mira de reojo al señor Erasmo y éste se encoge de hombros.
Así que empieza a rebuscar entre el correo con ímpetu. Se forma una fila
delante de la mesa y se convierte en una improvisada estafeta. Tonio no
entiende muchas de las palabras que le dicen, pero entiende sus gestos. Esas
cartas contienen algo más valioso que el oro. En esa mesa de tablón, arrebujado
en su zamarra de cuero de aviador, en el aeródromo más austral del planeta,
batido por una brisa de cuchilla, ve a personas de toda edad y condición
emocionarse. Siente que su vida se conecta a las demás vidas y las luces se
encienden en la noche.
Capítulo 50
Buenos Aires, 1930
Cuando regresa al aeródromo de Pacheco, ya ha oscurecido. Al
quitarse el casco y los guantes se va despojando poco a poco de la trepidación
de la Patagonia. Debajo del mono de vuelo aparece su traje cruzado. Enciende un
cigarrillo y enseguida llega su taxi. Titubea un instante al darle la
dirección. Está cansado y lo más sensato sería irse a casa. Pero más le cansa
la soledad. Da la dirección de los Guillaumet.
Está muy contento por Guillaumet. Y por ella. Son el tornillo y
la tuerca. Una vez, en Senegal, cuando Guillaumet se retiró temprano de la
cervecería en la que estaban porque lo esperaba Noëlle, un piloto bocazas
empezó a mofarse de él:
— ¡A casita, no vayan a regañarlo por llegar tarde! Sale con su
señora a pasear cogidos del brazo y los domingos compran un dulce de merengue.
¿Se puede ser más convencional?
Tonio casi se atragantó con su martini. Le entró una tos tan
fuerte que la aceituna del cóctel salió despedida y fue a parar al centro de la
mesa. Algunos empezaron a reírse, pero en cuanto vieron la cara colérica de su
compañero, cerraron la boca.
— ¡Tú no sabes nada del amor! No sabes ni la «a» — le gritó
incorporándose de la silla.
Todos se quedaron mudos. Los miró con sus ojos descomunales.
Después, su volcán se fue apagando. La ira enfriada se convierte en melancolía.
Se sentó y pidió al camarero una ronda para todos.
— La suya es la única verdadera historia de amor que he conocido
en toda mi vida.
Nadie se atrevió a replicar, pero hubo alzamientos de cejas y
gestos de incredulidad en la mesa.
— ¿Vosotros estáis casados? — Vio varios asentimientos de
cabeza— . ¿Y qué dicen vuestras parejas de que seáis pilotos?
— ¡Que me busque un oficio en tierra! — dice uno.
— La mía — dijo otro— no se queja, pero se echa a llorar cada
vez que tengo servicio.
— ¡Oh, mi novia también se pone enferma cuando vuelo!
Tonio niega con la cabeza.
— Os quieren mucho... pero no os aman.
— ¡Imposible!
— Noëlle ama a Guillaumet, por eso ella, cada vez que él tiene
servicio, lo despide riendo.
— ¡Será que le da igual que se estrelle! — saltó uno tratando de
provocar una risa a su favor.
— ¡No sabéis nada de Noëlle! Si Guillaumet se mata en un
accidente ella será infeliz. Por eso muchas mujeres reprochan a sus maridos que
vuelen, pueden morir y eso las hará infelices. Pero muy pocas hacen como
Noëlle: animarlo a jugarse el pellejo porque de ese modo su marido no será
infeliz. Cambia su felicidad por la de él: eso es amar. Todo lo demás es
acompañamiento de orquesta.
No los convenció. Es imposible convencer a quien no quiere ser
convencido. Camino de la casa de los Guillaumet, atravesando el tráfico intenso
de Buenos Aires, no puede evitar una vaga envidia al pensar en la felicidad
conyugal de su amigo. A él también le habría gustado tener a alguien a quien
esperar por las tardes. En esos años ha conocido algunas chicas, pero han sido
siempre citas inconexas, rezos sin fe.
El amor es algo raro. Incomprensible. Hay días en que se enamora
camino de la oficina mientras va por la calle. Ve una mujer con un boa de
plumas, un sombrero cloché y unos ojos negros asomando por debajo que le
parecen misteriosos y siente el impulso de pararla en mitad de la acera y
preguntarle quién es y pedirle que comparta su vida con él. También se enamora
durante días o semanas de algunas de las secretarias de la compañía. Le pasó
con una secretaria de la Aeropostale llamada Bibi. Era muy alta y algo rellena,
con senos como almohadones que se encargaba de resaltar con vestidos ceñidos
que le daban un toque sexy. Creyó que se había enamorado hasta que salieron un
par de tardes al cine. Ella pidió tomar una gaseosa y mientras sorbía
ruidosamente con su caña con un gesto grotesco la miró y quiso no estar allí.
Lo que le había parecido sexy tan sólo le resultaba vulgar. De repente se dio
cuenta de que no se parecía en nada a Loulou. Y ahí acabó todo.
Intenta no pensar en Loulou. Sabe que es su perdición: si busca
en cada mujer a Loulou acabará paranoico y, lo que es peor, acabará solo. La
soledad no le da miedo, pero pensar en una vida sin ser amado lo angustia.
Muchas noches, cuando no ha de volar al día siguiente, va hasta
Palermo y se deja caer por Les Ambassadeurs, un cabaret de gente bien que
ofrece servicio de restaurante y cafetería a seis pesos el cubierto. Ofrece más
cosas, además de música y baile. Hay reservados y señoritas que hacen de la
amabilidad su profesión. Trabaja allí una chica francesa con la que pasa buenos
ratos. Al portero del cabaret ya no le extraña verlo llegar con una aparatosa
caja redonda de una sombrerería o con ramos de flores descomunales. A veces se
cruza con otros pilotos y se percata de que se dan codazos con sorna. A él no
le importa que se rían porque trate a una chica de alterne como si fuera una
novia. Para él es su novia durante el rato que dura su boleto. Ya sabe que es
un parche. Pero los parches consiguen que las ruedas no se desinflen y sigan
girando.
Antes de llegar a casa de los Guillaumet hace parar al taxista
frente a una licorería. Le pide al dependiente una botella de vino tinto.
— ¿Cuál quiere?
— ¡El mejor!
El dependiente lo mira con escepticismo y vuelve al momento con
un vino español gran reserva de La Rioja.
— Cuesta cien pesos — le dice, y lo mira, esperando la reacción
negativa del cliente a ese precio exorbitante, la paga semanal de un empleado
medio. Pero la única reacción de Tonio es echarse mano a la cartera. Lo ve irse
hacia la puerta de la calle con la botella en la mano y dudar al llegar al
umbral. Se detiene y se vuelve al mostrador— . ¿Se lo pensó mejor?
— Sí — le sonríe con su cara de oso bonachón— . Quiero otra.
Guillaumet y Noëlle no lo esperan, pero no importa. Ellos ya han
cenado, pero tampoco importa. Mientras Noëlle le calienta un plato de sopa,
Tonio se acomoda en el tresillo junto a Henri y saca del bolsillo un puñado de
hojas dobladas.
— Tienes que escuchar esto. He empezado a escribir una novela
sobre la noche.
— ¿Sobre la noche?
— ¡Nunca viví nada interesante antes de las nueve de la noche! —
Después de que Henri ría, se pone serio otra vez— . En realidad, es un libro
sobre los vuelos nocturnos.
Los primeros párrafos no hablan de aviación. Hablan de las
noches en la casa de Saint-Maurice donde pasó su infancia. Recuerda el paso de
los candiles en la oscuridad del enorme caserón como un trasiego de antorchas.
Los niños miraban hipnotizados las sombras fantasmagóricas que proyectaban las
llamas en las paredes.
El calor hogareño del piso modesto de los Guillaumet le recuerda
a su infancia en Saint-Maurice. Los pasillos estaban helados, pero en la
habitación donde dormían los hermanos, una robusta estufa de hierro ahuyentaba
el frío y los fantasmas de la noche.
Henri sonríe con afectuosa resignación.
— Pero ¿no era un libro sobre los vuelos nocturnos?
— Esos fueron mis primeros vuelos. Aquella casa en la noche, mal
iluminada y poblada de sombras que danzaban por todas partes, era tan
misteriosa como el corazón de África.
Noëlle le advierte que se le va a enfriar la sopa. Se ata la
servilleta al cuello por encima del traje y la corbata. Extiende las hojas al
lado del plato y va leyendo entre cucharada y cucharada.
Son hilos sin coser. Es así como le gusta narrar. Más que contar
historias le gusta merodearlas. Se acerca a la literatura igual que a un
aeródromo desconocido, sobrevolando en círculos cautelosos. Henri lo escucha
con benevolencia y después de la cena Tonio se traslada de nuevo al sofá y
sigue leyendo hasta que él mismo empieza a bostezar.
Guillaumet ha de cargar con él hasta el portal. Los niños a
veces se duermen en el sofá, pero muchas veces se fingen más dormidos de lo que
están para que los lleven en volandas a la cama. Tonio se mueve torpemente, más
dormido que despierto y ha de ser Guillaumet quien le dé la dirección de su
apartamento en la calle Florida al taxista, porque él ya ronca plácidamente en
el asiento de atrás.
* * * *
La absorbente tarea en sus rutas les ha impedido coincidir
durante semanas hasta ese sábado en que sus aviones descansan en los hangares.
Los tres se encuentran en un figón de la avenida Avellaneda frecuentado por los
trabajadores de las pequeñas fábricas textiles de la zona y del sindicato
anarquista FORA, donde los ha citado Mermoz. Lo encuentran impecablemente
vestido con un traje de mil rayas y una corbata dorada, sentado a una mesa
desayunando una tortilla de seis huevos.
— ¡Hoy nos espera un gran día!
Tonio tiene el ánimo bajo. No acaba de saber cómo llenar el
vacío de su soledad.
— No me gusta Buenos Aires — susurra para que no lo oigan los
parroquianos— . Es una ciudad donde uno se siente prisionero, no se puede salir
de ella. En las afueras sólo hay campos cuadrados sin árboles con una triste
barraca en el centro y un molino de agua hasta hartar la vista.
— Pues yo os voy a enseñar otra cara de Buenos Aires.
Mientras conduce hacia las afueras, les cuenta que cuando tiene
algún día libre, suele irse hasta el Tigre, el inmenso delta donde la unión del
río Paraná y el Uruguay forman un laberinto de canales. Una Venecia de cabañas
de tablones y barcazas modestas que trasladan frutas y verdura entre las aguas
marrones de río turbio.
En el Club Francés de Remo se montan en unas piraguas, pero, a
la media hora, Tonio y Guillaumet están agotados y con ampollas en las palmas
de las manos. Mermoz maniobra arriba y abajo a su alrededor, más para reírse a
carcajadas de su torpeza que para animarlos. Ellos deciden echarse en las
tumbonas del solárium del club y Mermoz está todavía un par de horas más
ejercitando los músculos. Lo ven llegar chorreando después de haber rematado la
sesión de remo con un baño. Ve a sus dos camaradas amodorrados bajo las gafas
de sol.
— ¡Es hora de embriagarse! — No ha perdido su pasión juvenil por
los versos más exaltados de Baudelaire, al que cita con ardor— : «Para no ser
los esclavos martirizados del tiempo. / ¡Embriáguense, embriáguense sin cesar!
/ De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca».
Mermoz mira correr los ramajes que arrastra el río hacia el
océano y siente que el tiempo corre demasiado deprisa. Recuerda aquel tronco
abotargado como el cadáver de un ahogado que arrastraba el Sena corriente
abajo.
— Querría ponerme en mitad del río, abrir los brazos y parar la
corriente.
Tonio sonríe.
— A mí no me extrañaría que lo hicieras.
Como si esa frase hubiera pulsado un interruptor eléctrico,
Mermoz se levanta de un salto de la tumbona sin decir nada ante el gesto de
perplejidad de sus amigos, que lo observan cruzar la terraza a paso ligero. Se
paran un momento a ponerse los albornoces y van tras él. Atraviesa el pasillo
de los vestuarios y va hasta la elegante recepción del club, donde dos socios
con sombrero de copa y una señora con un sofisticado vestido de encaje rosa y
pamela blanca conversan educadamente.
— ¡Necesito papel de carta y una pluma!
Lo miran perplejo y el conserje traga saliva.
— Señor Mermoz... va usted sin ropa.
Ha olvidado el albornoz y las zapatillas. Un escueto bañador
deja al descubierto una piel tostada que la señora observa con un gesto de
disgusto, que solo es aparente.
— ¿Y...?
— Las normas del club...
— ¡No me haga perder el tiempo con etiquetas! ¡La dignidad de
Francia está en juego! He de escribir al Ministerio del Aire inmediatamente.
Se vuelve hacia sus compañeros, que desde la puerta de
vestuarios observan la escena divertidos.
— ¡Necesitamos cruzar el Atlántico volando antes de que lo hagan
otros!
Antes de esa carta hubo otras y después habría más. Al final, la
gota siempre agujerea la piedra. Sólo depende de la tenacidad de la gota. Una
mañana, Mermoz llega a las oficinas de la calle Reconquista y hay sobre la mesa
de su despacho un cable del señor Daurat esperándolo: «Tome el primer barco. Lo
esperamos en Montaudran para ponerse al frente de las pruebas del Laté 28
modificado como hidroavión para realizar el vuelo sobre el Atlántico».
Sus gritos hacen saltar de su mesa al personal, que, alarmado,
acude en tromba al despacho del jefe de pilotos. Lo encuentran tumbado sobre la
mesa aplastando papeles y carpetas con su espalda y sus zapatones, tan natural
como si estuviera en una de las tumbonas del club de remo del Tigre.
— ¿Le pasa algo, señor Mermoz?
Los mira con la máxima satisfacción.
— Me voy en barco a Europa..., pero regresaré volando.
Capítulo 51
Base de hidroaviones del lago Berre (sur de Francia), 1930
Mermoz llega a la base de hidroaviones conduciendo el
descapotable rojo furioso que se ha comprado en cuanto ha puesto un pie en
Francia. Tres hangares dobles se alinean frente a las aguas mansas y un soldado
le indica las oficinas centrales. También le señala dónde hay un aparcamiento,
pero ya no lo oye. Pasa la barrera y llega con el coche hasta la puerta de las
oficinas. Baja del auto en medio de soldados con ropa de faena y civiles con
monos manchados de grasa con su abrigo de cachemira, un traje azul marino y una
corbata de franjas. No pasa desapercibido. Lo está esperando un teniente.
— ¿Señor Mermoz?
— Aquí estoy, dispuesto para volar.
— Sabe usted que para pilotar un hidroavión necesita el carnet
de transporte comercial para hidroaviones.
— Sí, teniente. Ya me habían hablado de esa formalidad.
El teniente es un hombre joven, apenas un par de años mayor que
Mermoz, pero tiene una mirada severa.
— No es una formalidad, señor Mermoz. Un hidroavión tiene unas
características de pilotaje especiales distintas a las de un avión
convencional. Tendrá que hacer el curso correspondiente para pasar el examen.
Mermoz recuerda entonces el quebradero de cabeza con los
exámenes para sacar su primera licencia de vuelo en Thionville.
— ¿Y de cuánto tiempo es el curso? ¡Necesito salir con la luna
de marzo!
El teniente lo mira con una severidad amable.
— Depende del alumno. Calcule tres meses.
— ¿Tres meses?
Mermoz se quita el abrigo de golpe y lo tira encima de un sillón
como si quisiera pelea. Quiere pelea. Tiene que ganarle un combate a la
historia.
— ¿Podemos empezar ahora mismo?
Esa mañana ya se sube a un hidroavión para que un instructor le
explique el manejo. Una hora después aterriza el hidroavión pilotado por el
propio Mermoz. Los instructores están asombrados de la capacidad de su nuevo
alumno para adaptarse en cuestión de minutos a las variaciones de manejo del
aparato.
Una semana después tiene en el bolsillo su titulación de piloto
de transporte en hidroavión. Pero días antes de la luna llena de marzo se
levanta un temporal que hace peligrosa la navegación aérea. A Mermoz no le
asusta la meteorología, está acostumbrado al correo, que no entiende de climas
y que ha de salir todos los días. Pero sabe que hay muchas miradas encima de su
tentativa. Si fracasa, puede posponerse sine die un siguiente intento y causar
un daño de imagen grave a su línea aérea. Esperares uno de los verbos que más
odia. Pero no le queda más remedio que pensar en la luna llena de abril.
Le llega la noticia de un accidente mortal del avión del correo
entre Barcelona y Alicante. Tan sólo una semana antes se ha estrellado otro
aparato al cruzar los Pirineos.
A través de su ventanal de Montaudran, Didier Daurat muerde un
cigarrillo y mira hacia el infinito. Los pilotos más experimentados han sido
desplazados a África y a las líneas de Sudamérica y el tramo entre Toulouse y
Málaga, supuestamente más apacible, se está convirtiendo en un cementerio.
Tiene un par de pilotos para substituir a los dos fallecidos,
pero están algo verdes aún. Los quiere un par de semanas más subiendo y bajando
en Montaudran.
— Señor Bouvet.
Con una libreta enorme y las gafas resbalándole por el tabique
nasal, el asistente se presenta a la carrera.
— Mande el siguiente telegrama a Jean Mermoz a la base de Berre:
«Preséntese Montaudran mañana. Va a cubrir correo sobre España durante dos
semanas. Daurat».
Ya sabe que a Mermoz no le va a gustar. Ya sabe que va a llegar
a toda velocidad con su coche levantando una nube de polvo en el camino del
aeródromo y que dará un brusco frenazo rabioso frente a las oficinas. Sabe que
va a entrar en su despacho encendido como una centella. Que se va a poner
rígido como un soldadito de plomo gigante y le va a decir de manera respetuosa
pero crispada que está preparando el viaje transoceánico, la travesía más
importante de cuantas haya llevado a cabo. Sabe que no le dirá nada, tal vez le
dirá escuetamente que ninguna hazaña es tan importante como la de mantener la
normalidad de la línea. Sabe que Mermoz apretará la mandíbula, que irá a buscar
sus gafas y pedirá su plan de vuelo.
Y es así como sucede.
El tramo de la línea de España vive dos semanas de puntualidad
impecable, sin retrasos ni accidentes. Dos semanas en las que Mermoz dobla la
jornada y hace el trabajo de dos pilotos. Insulta a mecánicos ociosos, reclama
a gritos el combustible, araña minutos, en Alicante come paellas para cuatro él
solo, aparta las nubes tormentosas a manotazos.
Desde su despacho de Montaudran, Daurat recibe un día tras otro
los comunicados radiotelegráficos de los aeródromos: el correo en hora, el
correo sin novedad.
Dos semanas después, Mermoz aterriza ya al anochecer en
Montaudran después de recorrer mil trescientos kilómetros desde el sur de
España. La oficina de Daurat está iluminada y su silueta delgada se recorta
contra los cristales.
— Queda relevado de la ruta Málaga-Toulouse. Reincorpórese a su
tarea anterior.
El director de explotación se queda en silencio y los dos
hombres se miran. Mermoz tiene un brillo de desafío en las pupilas. Tiene ganas
de decirle que, por una vez, podría decir «gracias». Daurat, con el paso de los
años, lee en los ojos de sus pilotos como en un libro abierto. O eso cree.
— Tómese una semana de descanso.
— Me incorporaré pasado mañana a la base de hidroaviones para
seguir preparando el vuelo transoceánico.
Daurat no dice nada. Se echa mano al bolsillo, saca su pitillera
y extrae un cigarrillo. Antes de que eche mano al otro bolsillo, Mermoz le
alarga su encendedor dorado de gasolina con una flama de lanzallamas. Un gesto
aparentemente de cortesía, pero que a punto está de chamuscar las pestañas al
director de explotación. Cuando sale fuera del despacho se tropieza en el
pasillo con el asistente Bouvet.
— Voy a contarle un secreto — le dice entre risas— . La única
manera de conseguir que nuestro jefe agache la cabeza es acercarle un mechero
para que se encienda el cigarrillo.
Quiere volver cuanto antes a retomar el gran vuelo, pero ha
perdido tres kilos en dos semanas y necesita una buena mesa y una buena cama.
En París se aposenta en la Brasserie Nantes. Cuando el maître, un hombre menudo
con un bigote de tiralíneas, se acerca temeroso a preguntarle si se encuentra
bien después de cinco filetes con guarnición de verduras y patatas, si no
quiere unas hierbas digestivas, Mermoz se echa a reír y le sacude un palmetazo
en la espalda que hace que casi le salte el bigotillo. Le pide dos platos de
natillas y cuatro cafés.
Su viejo camarada de Siria, Max Delty, muy repuesto de sus
dolencias y liberado de la esclavitud del éter, lo viene a recoger con una
novia rebosante de maquillaje y lentejuelas. La muchacha ha traído una amiga
con unos ojos vivarachos enmascarados de rímel y la coquetería a flor de piel.
Se llama Sylvine y está acostumbrada a complacer a los hombres con facilidad.
Pero esa noche descubre una nueva dimensión de la carnalidad: nunca un hombre
la había complacido tanto a ella. Ni tantas veces. Sylvine no es fácil de
impresionar, pero ese hombre tan fornido y fogoso la ha dejado exhausta. La
noche se pega al día. Mermoz pide en recepción que les suban la comida. Comen y
cenan en la cama. Él cabalga sobre ella en un galope frenético.
Cuando Mermoz fuma mirando al techo con Sylvine reposando sobre
su pecho, se siente en equilibrio. El recuerdo de Gilberte no le nubla el
momento, sino que, al contrario, lo complementa. Son para él esferas distintas.
Cada mujer es para él un mundo diferente. Ha habido épocas en las que ha tenido
cuatro novias a la vez. Según sus códigos, las ha respetado profundamente a
todas, se ha entregado a fondo a todas, las ha adorado a todas sin reservarse
nada, únicamente que cada día a una distinta.
La deja durmiendo plácidamente. Regresa a Perpiñán en un tren
que sale antes del amanecer para trasladarse cuanto antes al lago Berre y
empezar la preparación del salto a América. Ha perdido ya demasiado tiempo. Se
ha propuesto partir el 15 de mayo como sea, con el tiempo que sea, sin más
demora.
Su aparato es un Laté 28, mucho mayor que el Laté 25. Es ya un
avión con la cabina cerrada y capacidad para tres tripulantes dotado con un
poderoso motor de 650 caballos. El Laté 28.3 que va a pilotar lleva
incorporados patines flotantes que lo convierten en un hidroavión. A primera
vista, a Mermoz su Laté, bautizado como Comte de La Vaulx, le parece un
pajarraco desgarbado y le da la impresión de que esos patines le cuelgan de las
alas como muletas. Pero reúne todos los avances de la aeronáutica francesa más
puntera.
Un teniente lo acompaña hasta el amarre en el que cabecea.
— No es un aparato de trato fácil, señor Mermoz.
— Mejor. Así puedo domesticarlo yo a mi manera.
Disfruta de antemano con el desafío. Ya arde en deseos de saltar
a la carlinga. Ese trasto volador puede ponerse todo lo encabritado que quiera
porque lo va a domar. Se va a subir encima y no va a bajar hasta convertir ese
aparato de aspecto tan poco grácil en una cometa.
Celebra el primer vuelo invitando a todo el mundo en la cantina,
casi medio centenar, hasta agotar las existencias de cerveza y vino. Incluso
los que eran reticentes con ese civil que viste trajes a medida y tiene una
seguridad irritante, al final, terminan cayendo bajo el magnetismo de Mermoz y
cantando con él canciones picantes.
Capítulo 52
Buenos Aires, 1930
Tonio conoce a Benjamin Crémieux de una reunión en París de La
Nouvelle Revue Française, la gran revista literaria del momento. Lo recuerda
perfectamente con su peinado con la raya en medio y la barba algo desordenada y
un poco asiria. Fue en la sede de la propia revista, en un local atestado de
manuscritos y resmas de papel en la Rue de Saint-Lazare, donde André Gide
ejercía de anfitrión, aunque quien de verdad mandaba era Gaston Gallimard,
editor con un gusto tan afinado como su habilidad empresarial.
En el barco que lo llevó de Francia a Buenos Aires, Crémieux
había conocido a una mujer singular, viuda del periodista, escritor y político
guatemalteco Enrique Gómez Carrillo. Era salvadoreña y se llamaba Consuelo
Suncín. Había en ella algo que causaba fascinación, una alegre desenvoltura y a
la vez una mirada desvalida, una energía agotadora en un cuerpo de gorrión, una
manera de comportarse caprichosa y a la vez entregada, siempre intensa, como
una eterna niña inquieta que cada cinco minutos necesitara un juguete distinto.
Crémieux llega a Argentina como presidente del PEN Club y una de
las primeras cosas que hace es localizar a Consuelo e invitarla a un cóctel
organizado por la Asociación de los Amigos del Arte.
Dada la amable insistencia de Crémieux, Consuelo Suncín acepta
la invitación, pero apenas conoce a nadie en ese enorme salón con lámparas de
cristal aparatosas. Le parece que las señoras van demasiado enjoyadas y los
caballeros son excesivamente serios. En los corrillos se habla de la crispada
situación política en el país. Sólo lleva cinco minutos allí y ya se está
asfixiando. Ha hecho acto de presencia, así que se dispone a marcharse para
tomar el café con un pianista español que ha venido a la ciudad a ofrecer una
serie de conciertos. Ricardo Viñes formaba parte de las tertulias que
organizaba su marido con Manuel de Falla y Debussy cuando coincidían en París.
Así que opta por no despedirse de Crémieux, no vaya a ser que quiera retenerla
en ese mausoleo, y se va discretamente hasta el guardarropa para recuperar su
abrigo y esfumarse.
En el momento de salir, es arrollada por un muro humano. Un
hombre grandullón y algo torpe, que casi la derriba. Ella chilla como un gato
al que le pisan la cola.
El hombre se encorva un poco para poner los ojos a la altura de
los suyos.
— ¡Discúlpeme! ¡Por favor, tiene que disculparme!
— No ha sido nada, sólo me asusté.
— ¡No puede usted marcharse!
Consuelo pone cara de perplejidad.
— ¿Por qué no puedo marcharme?
— ¡Porque ahora llego yo!
Y lo dice con un tono tan ilusionado que parece un escolar que
oye sonar la campana del recreo. Ella hace un gesto de desinterés, pero él no
se mueve un centímetro, bloqueándole el paso.
— Disculpe, me están esperando unos amigos.
— ¡Quédese unos minutos!
En ese momento llega Crémieux.
— ¡Qué bien que se hayan encontrado! ¡Precisamente quería
presentarlos!
— Pero, Crémieux, ¿quién es este señor?
— ¡Perdóneme, ni siquiera me he presentado!
El anfitrión se apresura a hacerlo.
— Es mi amigo Antoine de Saint-Exupéry. Escritor y aviador. Y
diría que también algo filósofo.
— Encantada — responde de mala gana— . Pero ahora he de
marcharme.
— ¿No se divierte, señora Suncín?
— No se lo tome a mal, Crémieux, pero creo que me divertiría más
en un monasterio franciscano.
En otra persona hubiera sonado como una grosería, pero en ella
suena como una inofensiva pataleta de niña malcriada. Tonio se ríe.
— ¡Yo haré que se divierta! Iremos en mi avión y veremos la
puesta de sol sobre el Río de la Plata.
Ante el momento de vacilación de Consuelo, Tonio tira de la
manga de su vestido y es tan ligera que la empuja hacia un sofá, sobre el que
cae sentada. Algunas personas de la sala se vuelven con gesto algo estirado a
observar el jaleo de la entrada.
— ¡Escúcheme, señor no sé qué! ¡No me gusta en absoluto volar!
¡Odio la velocidad!
Cuanto más arisca se muestra ella, más adorable le parece.
— Buenos Aires desde el cielo es una ciudad distinta. ¡Tiene que
verlo! ¡Ha de ser ahora!
— No puede ser. Hay unos amigos que me están esperando. Así
que...
— ¡Magnífico! Los telefonearemos. ¡Que vengan también!
— ¡Pero es un pianista y su grupo!
— ¡Vendrán también! Mozart nunca habrá sonado tan arriba.
Consuelo deja escapar una leve risa. Sólo es un instante y
enseguida vuelve a su pose circunspecta. Pero esa fracción de segundo le ha
mostrado a Tonio el camino. ¡Puede convencerla!
Insiste y cada vez las negativas de Consuelo son más débiles.
Finalmente, un camarero trae un teléfono con un hilo larguísimo sobre una
bandeja. Y Consuelo llama a Viñes. Él y otro colega aceptan la invitación.
Un par de músicos, el presidente del PEN Club con ojos miopes y
barba de rabino, una joven viuda y un aviador corpulento que no para de contar
historias de la Patagonia viajan hacia el aeródromo de Pacheco en uno de los
vehículos de la compañía conducido por un chófer que fuma tabaco de picadura.
Desde que Tonio ha asumido la dirección de la filial argentina tiene más
dolores de cabeza, pero también algunos privilegios.
Hay un Laté 28 de gran capacidad para los primeros vuelos con
pasajeros que van a iniciarse en breve. Acomoda a los músicos y a Crémieux en
la cabina del pasaje, corre la cortinilla separadora y señala a Consuelo el
asiento de copiloto. Despega y alcanza altura rápidamente, para después bajar a
gran velocidad, sobrevolar el tren de la costa y llegar hasta las aguas
turbulentas del Tigre. Consuelo siente que el estómago se le altera, y
palidece. Tonio está pletórico. Hoy manda el niño que lleva dentro; no pilota,
juega. Convierte el avión en el carrusel de un parque de atracciones.
De nuevo toma altura y da varias guiñadas en un zigzag nervioso.
Vienen quejas de la parte de atrás. Alguien dice que el señor Crémieux está
vomitando. Tonio ríe.
Cuando llegan al borde de las nubes y Buenos Aires es allá abajo
una ciudad de muñecas, se vuelve hacia Consuelo. La palidez hace que sus ojos
se vean todavía más negros. Le divierte que sea tan tozuda y no quiera
reconocer que está asustada. Estira el cuello y acerca el rostro al de ella.
— Por favor, deme un beso...
Ella pone cara de enfado.
— Pero ¿qué se ha creído? Soy una mujer viuda.
— Sólo le pido un beso inocente.
Consuelo resopla.
— En mi país no se besa a los desconocidos. Sólo se besa a la
gente que se quiere.
Tonio pone un gesto enfurruñado y después desvalido.
— No me quiere usted besar porque soy feo...
Ella vuelve a resoplar con impaciencia. Entonces Tonio deja el
avión en pérdida, mete la palanca adelante para bajar el morro y lo deja caer
en barrena hacia el suelo. Detrás se oyen gritos.
— ¿Qué hace? ¡Nos vamos a estrellar!
— Estoy esperando que me bese...
Consuelo alza las manos al cielo.
— ¡Usted está loco!
— Tal vez sólo estoy enamorado...
La aguja del altímetro se mueve inquietantemente deprisa y el
avión cae haciendo tirabuzones. Consuelo alarga el cuello y le da un beso fugaz
en la mejilla. Tonio da un grito eufórico y el avión remonta llevado de un
júbilo que hace que la propia Consuelo mueva la cabeza y sonría. En esa sonrisa
cree atisbar una promesa de algo.
Por la mañana se detiene en la floristería La Central y pide
cuatro ramos de flores para ser entregados en el hotel donde ella se aloja. Le
parecen pocos y encarga dos más. Le sigue pareciendo poca cosa. Finalmente,
encarga diez. Sale con un jazmín de regalo en el ojal de la americana y una
sensación de ebriedad. Para un taxi y se va hacia Pacheco para cubrir la baja
de un piloto.
No puede dejar de tamborilear con los dedos sobre el
reposabrazos de la portezuela. Se pregunta si en verdad se habrá enamorado o
será sólo una pasión de domingo por la tarde. Aparta esos pensamientos. El amor
no puede pensarse. Además, pensar es lo peor que puede hacer porque su baúl de
los recuerdos tiene una tapa que no cierra. No, no puede permitirse pensar en
Loulou. Es una cicatriz que ya sólo escuece cuando se la roza. Ha cumplido
treinta años y sabe que a partir de entonces la vida va empezar a caer en
barrena. Y necesita desesperadamente subirse al tren del amor antes de que pase
el último y no haya más. Piensa que vivir la vida sin ser amado es comerse la
cáscara de la naranja y tirar los gajos.
¡Pero está pensando otra vez!
Y no. Sentir es más importante que pensar. Está un paso más
allá.
Él notó una agitación en la chatarra oxidada dentro del pecho
cuando vio moverse a Consuelo con su cuerpo de bailarina. Ahí hay algo que
desbarata las construcciones de palillos del raciocinio. Las reacciones
temperamentales de Consuelo cargadas de coquetería lo enternecen. Le fascina su
francés de gramática inventada y esa osadía inconsciente de meterse en un avión
con un desconocido... Hay algo en ella que lo atrapa.
Lo primero que hará en cuanto aterrice de vuelta en Buenos Aires
será pedirle que se case con él. Puede que sea algo precipitado, pero el reloj
no se para. Todo ha de ser ahora.
Ha de presentársela cuanto antes a los Guillaumet. ¡Ojalá le
guste a Noëlle! Y necesita un traje nuevo. Y un corte de pelo. Ha de intentar
que los inviten a la fiesta de la embajada de la semana siguiente. ¡Será un
pájaro de colores en medio de un montón de urracas!
¡Cuántas tareas trae el amor! Siente un nerviosismo eléctrico y
al palparse el bolsillo en busca de cigarrillos encuentra unas hojas arrugadas.
Son los apuntes de Vuelo de noche.
Al llegar al aeródromo lo primero que ve al bajar del coche es a
un hombre solitario con una eterna gabardina algo gastada y el sombrero de ala
ancha plantado frente a los hangares observando el horizonte.
Daurat...
Ha venido unos días a supervisar la marcha de las cosas. Se
acerca hasta él.
— Buenos días, señor Daurat. ¿Todo bien?
— ¡Pues no! — le responde de manera irritada— . ¡Hace tres días
que debería haber entregado los informes de puntualidad de la semana anterior!
Tonio balbucea unas disculpas y se aleja algo molesto. Mientras
camina hacia las oficinas escucha en el cielo a sus espaldas el zumbido
familiar de un Laté que se aproxima; es el vuelo de Brasil, que debería haber
llegado hace horas. Daurat no espera a que aterrice para dar la bienvenida al
piloto. Únicamente recibirá de él una multa. El piloto tal vez odiará a ese
jefe intransigente y mezquino. Nunca sabrá con qué afán lo estuvo esperando en
la soledad de las pistas.
Tonio decide en ese momento que en su libro sobre los vuelos de
noche el protagonista no va a ser el que vuela, sino los que se quedan en
tierra. Ahora que debe hacer tareas administrativas y supervisar los vuelos, se
ha dado cuenta de que la incertidumbre del piloto, incluso con sus mil
incidencias y peligros, no es nada en comparación con la angustia del que mira
las agujas de un reloj.
Por la tarde no ha tenido aún respuesta de Consuelo, así que se
presenta en el apartamento con su flor en el ojal. La camarera que abre la
puerta relaciona la flor con la montaña de ramos que han llegado y le sonríe
con complicidad mientras le ruega que espere. ¡Pero no puede esperar!
Consuelo aparece con un vestido de volantes muy centroamericano.
— ¡Mi aviador loco! — ríe complacida.
— Vamos, debemos darnos prisa.
Consuelo hace un gesto cómico de enfado.
— No pienso volver a subirme a un avión en mi vida. ¡Y menos con
usted!
— Tenemos que ir a Saint-Germain, a la joyería Vauban.
— Pero ¿para qué?
— ¿Podemos tutearnos?
— Supongo que sí.
— Quiero comprarte un diamante.
Consuelo se echa las manos a la cabeza teatralmente.
— Pero ¿cómo?
— Es mi regalo de pedida.
— ¿De qué pedida?
— De mi pedida de matrimonio.
Tonio la mira con una ternura infinita y Consuelo abre mucho sus
ojos negros.
— ¡Pero si nos conocimos ayer!
— Por eso debemos darnos prisa. ¡Ya llevamos un día perdido!
— Eres el loco más loco de los que he conocido nunca. ¡Ahora no
puedo ir a ninguna parte! Me he citado con Viñes y Crémieux para cenar.
— Los recogemos y cenaremos los cuatro. Serán nuestros testigos
de pedida.
— ¡Dios mío! ¡Pensé que todo era broma! Pero entonces de veras
estás loco — dice riendo.
Tonio los recoge y los pone en antecedentes por el camino:
quiere pedir la mano de Consuelo. El pianista, con su bigotón con las puntas
puntiagudas vueltas hacia arriba como un tradicional caballero español, mira a
Consuelo con estupefacción. Ella se ríe como si todo fuera un carnaval.
Los lleva a la cervecería Münich, uno de sus tres o cuatro
despachos gastronómicos en Buenos Aires donde siempre puede ser localizado. ¡Le
encantan las salchichas blancas con sabor a nuez moscada! En el momento de
sentarse, un camarero lo avisa de que tiene una llamada, y vuelve a la mesa con
gesto preocupado.
— Está lloviendo mucho y hay problemas en el aeródromo. Me temo
que vamos a tener que trasladar allí la cena.
Un camarero carga en el maletero del taxi una abundante ración
de ostras y vino del Rin y salchichas. Se van de picnic nocturno a Pacheco bajo
una cortina de agua. Por un instante se siente como Bernis en su viaje nocturno
en medio de la lluvia. Pero Consuelo está alegre y él también. Esa noche la
melancolía tiene la entrada prohibida.
Tonio convierte su despacho del aeródromo en un reservado de la
cervecería Münich. En vez de lámparas de latón art nouveau hay flexos de
oficina y abren las ostras con abrecartas. Pero ese vino dorado les llena la
cabeza de valquirias. Él empieza a contarles la historia de un vuelo sobre la
Patagonia a la altura de Puerto Deseado en que el viento era tan fuerte que en
vez de avanzar retrocedía en el aire y volaba marcha atrás.
El tableteo del morse trayendo mensajes desde los cuatro puntos
cardinales de la línea y los teléfonos sonando en una noche mojada dan a esa
cena mundana un aire de irrealidad submarina.
— Éste es el lugar ideal para prometernos, Consuelo. Éste es el
mundo al que pertenezco.
— ¡Pero cómo vamos a comprometernos!
— Dígaselo, Crémieux, dígale que debe casarse conmigo.
— Bueno, ya sabe que la señora Suncín no es alguien fácil de
convencer. ¡Pero tampoco ha dicho que no!
— ¡Hablan como si fuera un juego! El matrimonio es una cosa muy
seria, yo soy una mujer viuda. No se puede tomar tan a la ligera. Creo que
estás tomándome el pelo, Antoine.
— ¡Jamás lo haría! ¡Hablo completamente en serio!
En ese momento escuchan el ruido de un motor y una luz llega
desde la oscuridad del cielo.
— Sabía que volvería. Ha dado la vuelta por la lluvia — murmura—
. ¡Raúl! ¡Voy a salir!
El encargado de vestuario se presenta con sus botas, guantes y
cazadora.
— Pero ¿adónde vas ahora? — le pregunta Consuelo.
— A repartir el correo.
— ¡Pero está diluviando!
El piloto se presenta chorreando en la puerta de la sala.
Tiembla.
— La tormenta...
— Querrá decir el chubasco, señor Mercier. No hay una gota de
aire ni se ha visto un solo relámpago.
— No se puede pasar...
— Yo intentaré pasar.
El piloto baja la cabeza.
— ¿Me van a despedir?
— Un buen jefe lo haría. Por desgracia, soy un jefe pésimo.
Márchese a dormir, Mercier. Mañana será otro día.
Tonio aún se da la vuelta y grita a Consuelo y a Viñes.
— ¡Os pido mil perdones! Seguid celebrando la petición de mano y
brindad por el presente. Un asistente os llevará de vuelta a la ciudad.
Consuelo se levanta y se va hacia él.
— Ten cuidado...
Él le toma la mano y se le ilumina el rostro.
— Tendré mucho cuidado. Ahora tengo una buena razón para
regresar.
Tonio despega entre la lluvia y cruza el chubasco. Ha sido
cuestión de suerte. También de voluntad. Una sin la otra no son nada.
Se suceden unas semanas ajetreadas. Ha tenido que hacer
malabarismos para atender sus tareas de coordinación, sus propios vuelos a la
Patagonia y hacer que cada encuentro con Consuelo fuera especial. Él supone que
están comprometidos, al menos ella no se ha negado, pero es cierto que se
muestra escurridiza cuando le habla de boda.
Baja del avión y se va quitando la cazadora de cuero camino de
la oficina del aeródromo. La tira encima de un sofá, firma de pie el parte de
entrega del correo que le tiende una secretaria con una tablilla para que se
apoye. Toma la americana y el sombrero del perchero y sale a la carrera.
— Señor Saint-Exupéry — le reclama una secretaria incapaz de
seguirle el paso— , ¡tiene que firmar los albaranes de combustible!
— ¡Ahora no tengo tiempo!
Daurat se cruza con él por un pasillo y frunce el ceño.
— ¿Adónde va tan deprisa? — le pregunta.
— ¡A vivir, señor Daurat!
Se sube al coche de la compañía e indica al chófer la dirección
de su casa. Necesita al menos cambiarse de camisa y de zapatos. El chófer le
dice que el jefe tiene una tarde de perros, el correo de Santiago de Chile está
demorado.
La fiesta en casa de un millonario coleccionista de arte
conocido de Consuelo resulta muy concurrida. La mansión, en las afueras de la
ciudad, dispone de unos suntuosos jardines por los que circulan camareros
uniformados paseando bandejas de empanada picante, pinchos de cochinillo y
copas de vino. Una orquesta de jazz ameniza desde un quiosco vivamente
iluminado y la música se confunde con las conversaciones y las risas. Consuelo
está radiante. Encabeza un grupo de media docena de amigos y admiradores que la
siguen risueños, con Tonio al frente. Pese a su baja estatura, ella detecta a
los conocidos como si tuviera un sonar para encontrarlos incrustados en los
corrillos y va hacia ellos para hacerse presentar a todo el mundo.
A Tonio le agrada esa energía que despliega. Genera un campo
magnético que hace que se vaya adhiriendo a su estela más y más gente. Ya son
una docena los que se mueven por los jardines de un lado a otro como una
orquesta de aprendices siguiendo la batuta.
Tonio se esfuerza en sumarse a la jarana elegante que los rodea
y que el torbellino de Consuelo alimenta. Pero algo lo amordaza por dentro. No
es nada y es todo.
Le dice a Consuelo que ha de ir al servicio. Ella ríe y le hace
un gesto displicente con la mano como si fuera un lacayo al que autoriza con su
benevolencia para que se retire. Se va hacia la casa y el vestíbulo está
igualmente tomado por los invitados. Busca a un mayordomo.
— Necesito hacer una llamada.
El mayordomo, enjuto y con la barbilla en ángulo recto, no mueve
un solo músculo ni articula palabra.
— Será sólo un minuto...
El mayordomo permanece con la misma pose rígida y los labios
apretados, como si no quisiera que entrara en ellos una sola molécula de aire.
Tonio conoce un sistema infalible para ablandar el almidón de los mayordomos.
Le coloca un billete de diez pesos en el bolsillo del uniforme. Como si fuera
un autómata de feria que se hubiera tragado la moneda, el mayordomo hace una
leve reverencia y señala con la mano enguantada una habitación lateral.
Pide a la telefonista que lo conecte con el aeródromo de
Pacheco. Seguro que no pasa nada, pero desde el momento en que el chófer le
dijo que el avión de Santiago no había llegado, algo se le enfrió por dentro.
— Soy Saint-Exupéry. Necesito que me informen de la llegada del
vuelo entre Rosario y Santiago de Chile.
— Está demorado.
— ¿Demorado? ¿Cuándo debía haber llegado?
— Hace cinco horas, señor.
— ¡Dios mío!
Sale de la casa y cruza el jardín a grandes zancadas sin
despedirse siquiera de Consuelo. Toma uno de los taxis que esperan al otro lado
de la verja.
— A Pacheco.
El camino se le hace interminable. Quiere llegar y no quiere.
Quiere saber y no quiere. Sobre el cristal dibuja un cordero.
Es el avión de Guillaumet.
Capítulo 53
Santiago de Chile, 1930
Antes de partir de Santiago, el jefe de aeródromo le pasó el
parte meteorológico que llegaba de Mendoza: «Cielo cubierto con agujeros».
Guillaumet se encogió de hombros.
— Me meteré por los agujeros.
Lleva el avión más moderno de la flota, un nuevo modelo capaz de
escalar por encima de los seis mil metros y saltar por encima de crestas que
antes eran imbatibles.
A la altura que vuela, los picachos de los Andes perforan un mar
de nubes y sobre el océano blanco emerge un archipiélago de islas nevadas. Todo
es perfecto. Hasta que el motor tose. Un constipado en esas alturas rodeado de
aristas es una enfermedad que te puede matar.
Empieza a perder altura y se sumerge en la gruesa capa nubosa.
Las nubes le golpean en la cara con sus cristales de hielo. Y el motor se para.
Cae. A ciegas. En cualquier momento la neblina de nubes ocultará una pared de
piedra y todo habrá terminado. Sigue en caída planeando. Pero ¿planeando hacia
dónde? Todo son puntas de cristal y riscos. Entre las paredes de roca vislumbra
una masa oscura más abajo. Un parche azuloso en la nieve en medio de un enorme
circo montañoso. El mapa se despliega en su cabeza.
La laguna Diamante...
Tal vez tuviera una oportunidad de aterrizar. La orilla de la
laguna es lisa y, si la nieve es lo bastante dura, el avión podría rodar.
Alabea. Maniobra para aterrizar.
Vaaamos...
Le cuesta muchísimo encarar el avión. El viento abusa de su
fuerza y las rachas lo zarandean de malas maneras. Aprieta con toda su rabia
los cuernos para que el avión guiñe a la izquierda y es como echarle un pulso a
un gigante. Aprieta los dientes. Lo logra a duras penas.
Casi...
Consigue encarar. Se estabiliza. Se posa sobre el contorno de la
laguna como uno de los flamencos que la visitan en la primavera. El avión rueda
con una vibración violenta que parece que vaya a desarmarlo, hasta que llega a
una zona donde la nieve es más tierna y se frena tan de golpe que clava el
morro y da media vuelta de campana estrepitosamente.
Pese al accidentado aterrizaje, que lo ha dejado sentado boca
abajo en la cabina agarrado por el cinturón, Henri se palpa y encuentra todos
los huesos en su sitio. Únicamente siente algunas magulladuras leves. Cierra
los ojos y, aliviado, piensa en Noëlle. Da gracias a Dios por no haberla dejado
sola.
Al salir a gatas del avión, lo abofetea el viento gélido. A
pocos metros se extiende la laguna, que refleja el gris acero del cielo. Había
oído decir que en verano venían a abrevar allí centenares de guanacos, pero en
este momento, a punto de empezar el invierno, un frío blanco y una soledad
sobrecogedora son los únicos dueños de ese paisaje a tres mil metros de altitud
rodeado de montañas descomunales.
Siente mucho frío y pronto oscurecerá. En la montaña el sol se
va deprisa y sin despedirse. Decide aprovechar los restos de luz para sacar el
paracaídas y envolverse en él al abrigo de una de las alas. Empieza a nevar. El
viento silba amenazador al colarse por los huecos del fuselaje y levanta
polvaredas de nieve. Parapetado lo mejor que puede, aguanta hasta el día
siguiente.
Una frase dicha por chilenos y argentinos experimentados orbita
sobre su cabeza: los Andes en invierno no devuelven a los hombres.
Durante todo el día nieva en silencio y permanece todo lo
abrigado que puede. Intenta no dormir profundamente para que el sueño no le
enfríe el cuerpo y muera de una hipotermia. Cuando la tormenta de nieve encalma
al segundo día, se desembaraza del paracaídas y estira los músculos
agarrotados. Tiene hambre y hace frío.
La ventisca ha dejado el avión medio sepultado por la nieve.
Mira en derredor: la enorme laguna refleja los colores del cielo, más azul que
gris al limpiarse el firmamento tras la borrasca. Puede por fin observar con
claridad el entorno: seis formaciones montañosas levantan un circo mineral
imponente. Cree que la montaña que se alza más cerca, al otro lado de la orilla
de la laguna Diamante, puede ser el volcán Maipo. Ante esa plaza gigantesca de
varios kilómetros cuadrados erigida por un arquitecto titánico se siente
desoladoramente minúsculo.
Oye un runrún lejano en las nubes y vuelve la cabeza con
alegría. Le cuesta verlo entre los flecos de nubes y cuando lo localiza se
queda sorprendido de su minúsculo tamaño. Los pilotos consideran sus aparatos
máquinas poderosas. Pero visto en la distancia, un avión es una pulga y
enseguida se emborrona entre las nubes. Domina sus nervios y enciende enseguida
una bengala. Pero en esas inmensidades, con la luz diurna y frente a las moles
gigantes que los rodean, no llega a ser ni una chispa. El avión se pierde entre
los pliegues de nubes. No cambia su régimen de motor ni su trayectoria. No ha
visto la bengala.
Guillaumet camina deprisa en círculos para entrar en calor. Le
queda algo de leche condensada, alguna lata de carne, una botella de ron. Agua
no falta. Podría resistir unos días, pero algo le dice que no lo van a
encontrar. Tienen cientos de kilómetros cuadrados para cribar, miles de
recovecos. Y ese avión que se ha marchado sin verlo descartará momentáneamente
esa zona, en la avidez de cubrir otras no exploradas. Antes de salir echó un
vistazo al parte meteorológico semanal. Después de la borrasca que ha pasado,
se sucedían tres o cuatro días de bonanza. Los aviones que lo estén buscando
tienen ahí una ventana de buen tiempo. Quizá a otro avión de rescate se le
ocurriera, entre las docenas de lagunas, valles, tarteras, altiplanicies y
rincones del laberinto de la cordillera, justamente descender para examinar de
manera precisa la laguna Diamante y diera con él. Podría ser. Pero ¿y si no
sucede?
Si no sucede, lo que pasará es que esa ventana de buen tiempo se
cerrará, porque están entrando en el invierno y el estado natural en esa época
es una climatología de nevadas y borrascas. Los aviones de rescate podrían
quedarse amarrados en los aeródromos de Santiago y Mendoza. O incluso salir,
pero carecer de visibilidad alguna. En el invierno el mal tiempo puede durar
semanas, quizá meses.
Vuelve a reconstruir en su cabeza el mapa de la región. Sabe que
había cruzado ya el grueso de la cordillera y que no está a mucho más de
sesenta kilómetros de la planicie argentina. No es una distancia excesiva. Pero
sabe que para ir en esa dirección va a tener que franquear el muro de montañas
que tiene enfrente. El más bajo debe de tener cuatro mil metros de altura.
Acometer esa ascensión sin conocimientos de montañismo, sin cuerdas, sin botas,
sin mapas precisos de las rutas... no es posible.
Los Andes no devuelven a los hombres.
Guarda los víveres en un pequeño zurrón, junto a unas cerillas,
la bengala que le queda y un pequeño infiernillo de alcohol. Un feliz hallazgo
ha sido un lápiz en el fondo de un bolsillo de la cazadora. Con él escribe
sobre el fuselaje, apretando tan fuerte como puede, un mensaje por si llegan
hasta el avión: «Parto hacia el este». Le tiembla la mano. Es verdad que hace
frío y que tiene las falanges entumecidas. Añade unas pocas palabras más:
«Adiós a todos. Mi último pensamiento será para mi mujer». Le tiembla todo al
pensar en Noëlle. No es capaz ni de escribir su nombre.
Empieza a caminar y a cada paso se hunde en la nieve hasta la
rodilla. Hasta la cintura. Hasta el ombligo. Avanza penosamente, desfondado por
la escasez de oxígeno a esa altitud. En una hora apenas ha avanzado unos
cientos de metros. Cuando se para unos momentos a recuperar el aliento,
aprovecha para darse la vuelta y contemplar el avión medio enterrado en la
nieve, cada vez más minúsculo, más borroso. La tentación de volver a él es
grande, pero ya ha empezado a caminar y debe seguir. No sabe si llegará. Aún no
ha recorrido un kilómetro y ya está agotado. Le quedan por lo menos sesenta
más.
La dificultad del avance en las estribaciones de la laguna, que
le pareció tan ardua, se le antoja un paseo cuando llega al pie de la montaña
que le barra el paso. Ni siquiera se ve la cima, metida entre las nubes. No es
un creyente fervoroso, pero cuando se agarra a una piedra y sube el primer
peldaño hacia arriba, se pone a rezar.
Tras el primer repecho, encuentra una inclinación cubierta de
hielo. Las manos le duelen del frío, pero no tiene otra herramienta para tratar
de agarrarse y gatear hacia arriba. Llega hasta casi la mitad de la rampa
arañando el hielo, pero resbala y desciende boca abajo en un tobogán hasta caer
justo donde empezó la ascensión. Le duelen las articulaciones, pero vuelve a
iniciar la subida con el máximo cuidado. Otra vez resbala y vuelve a caer.
Empieza de nuevo una tercera vez. Una cuarta. Una quinta. Tiene los dedos
insensibles y la cara escocida del roce con el hielo. Sexta. Séptima... y lo
logra. Cuando culmina la rampa está agotado. Trata de comer algo, pero la carne
está congelada, tiene los dedos agarrotados y no es capaz de encender el
hornillo. Da un trago a la botella de ron y continúa. La noche lo encuentra
ascendiendo como un caracol que tiembla.
El cansancio reclama su tributo y los ojos le pesan. El frío
también lo invita a acurrucarse. Sabe que si se queda dormido nunca más
despertará. Pero necesita una tregua. Se quita la mochila y la coloca en el
suelo a modo de almohada para apoyar la cabeza. Sin embargo, al momento cambia
de idea: demasiado confortable. Así que se recuesta en un repecho con la
espalda presionada por el canto de roca y la cara apoyada entre las manos. El
sueño ablanda las piedras, pero al adormecerse, los brazos ceden y la cabeza
cae y lo despierta. En ese estado de modorra, adormeciéndose y despertándose
bruscamente cada pocos minutos, pasa unas horas. Cuando la luna está alta en el
cielo, reemprende el camino, ayudado de la linterna.
La noche es un cuarto oscuro demasiado grande y frío. Guillaumet
camina. Está cansado y, sin embargo, camina. Siempre hacia delante. La vida
depende de que las bielas de sus piernas no se paren. Sabe que si no deja de
andar mantendrá la temperatura corporal suficiente para que el corazón bombee.
Si detiene las piernas se detendrá el corazón y todo habrá terminado.
Piensa en la muerte. Y en Dios. Piensa en todo en lo que uno no
piensa los días de diario, demasiado ocupado en la avalancha de las cosas
menudas que en ese momento nos parecen grandes. No añora cosas extraordinarias
sino lo más cotidiano y aparentemente rutinario: abrazar a tu esposa al
regresar de un viaje, tomar un café caliente en las mañanas frías a pie de
aeródromo, la charla intrascendente con algún colega, morder una barra de pan
crujiente... El estómago le gruñe y la boca se le hace agua. El pan recién
hecho... ¡qué no daría por algo tan modesto como un pedazo de pan! Tan sólo es
harina, y agua, y sal, y una pizca de levadura. Y, sin embargo, cuando ve que
la vida se le está escapando entre los dedos, que la noche es mucha noche, la
montaña demasiada montaña y el frío muy frío, lo que de verdad echa en falta es
el pan. Le viene a la cabeza la imagen de la boulangerie de su pueblo y el
olor..., ese olor a horno y trigo tostado, a la mantequilla de los cruasanes. Y
sin poder evitarlo se le saltan las lágrimas. Se va a morir oliendo a pan. El
dolor de los pies, el cansancio. Siente que desea enroscarse, tumbarse por fin.
No...
La vida es demasiado hermosa para no luchar por ella. La vida
huele a pan caliente. En su cabeza empiezan a confundirse las ideas, como si el
agotamiento y el ayuno lo llevasen a un cierto desvarío. Ha empezado pensando
en Dios y ha terminado pensando en el pan. ¿Será una asociación de ideas
cristiana? No lo sabe. En el mundo muchas razas y culturas tienen dioses
distintos y rituales diferentes. Puede imaginarse incluso tribus o grupos
humanos que no crean en algo como un dios. Pero no conoce ni es capaz de
imaginarse un solo rincón del planeta donde no amasen harina con agua y hagan
pan.
Dios es una hogaza de pan... Noëlle es una miga de pan...
Se está trastornando. Nota un dolor de cabeza intenso. Pero,
loco o cuerdo, no va a dejar de caminar. Adelante. Haciendo crujir el suelo
helado. Siempre adelante.
El amanecer lo encuentra caminando lentamente. La luz va
dibujando delante de él un valle y lo atraviesa dejando el sol a su espalda
para ganar el este. El espectáculo de la naturaleza no lo consuela. La belleza
puede ser despiadada.
Sufre para atravesar un terreno de nieve fundida que se ha
convertido en un barrizal. Tiene los pies mojados. Si se detuviera unos
minutos, se le helarían, así que ha de seguir. Al final del valle espera
encontrar un paso entre las montañas que lo circundan, pero al fondo sólo
encuentra una muralla mineral inmensa. No hay salida.
Se detiene. Cierra los ojos y suspira. Ni siquiera puede
permitirse el consuelo de la desesperación. Sabe que ha de volver sobre sus
pasos y desandar varias horas de ese camino que tan fatigosamente ha hecho,
hasta una bifurcación anterior. Duda si será capaz de resistir. Sabe que en
cualquier momento su cuerpo puede fallar, sus piernas doblarse, rodar por el
barro y no ser capaz de levantarse. Ese momento está ya cerca. Pero mientras
tanto él debe seguir. Y da media vuelta. Y sigue. Debe hacerlo aunque desee
desmoronarse sobre el suelo y descansar al fin. Se lo debe a su esposa, se lo
debe a sus amigos, que lo buscan aunque no puedan encontrarlo.
El único Potez 25, como el del propio Guillaumet, capaz de
alcanzar los seis mil quinientos metros lo pilota Deley, rastreando la cara
chilena. Tonio vuela por la zona de los Andes argentinos con un Laté que no
alcanza los cinco mil metros. Desesperado, ha tratado de convencer a un jefe de
contrabandistas, los únicos capaces de atravesar los pasos más insospechados de
la cordillera, para que monte una expedición. Incluso sin consultárselo al
señor Daurat, le ha ofrecido en una taberna de techo de chapa una cantidad
astronómica para ponerse en marcha. Y el contrabandista ha negado una y mil
veces con la cabeza para decirle que no: «¿Para qué dejarnos el pellejo? ¿Para
ir en busca de un muerto? Ustedes no lo saben: los Andes en invierno no
devuelven a los hombres».
Ha pasado dos días bamboleándose con el Laté sobre las montañas,
haciendo zigzags entre las crestas, pero ha regresado a Mendoza tiritando de
frío y de angustia. Con las manos vacías. Porque cada día el invierno avanza y
la llama de la esperanza se apaga. Deley le dice que los funcionarios chilenos
le piden que abandonen la búsqueda, que es inútil. Tonio niega con la cabeza.
No van a abandonar, todavía.
Guillaumet sigue en su propia pelea desesperada tratando de
contradecir a los que saben y lo han visto todo. Retrocede caminando sobre sus
propias huellas. El hueco de sus botas ha fabricado ya una fina capa de hielo y
cruje al pisarla. Trata de pensar en momentos agradables, en días luminosos,
para alejar los pensamientos funestos de su cabeza, pero se le han helado hasta
los recuerdos.
Los pies escuecen. Las ampollas revientan. La sangre empapa las
botas. Se detiene un momento y saca del pequeño macuto la camisa limpia. La
rasga con la navaja y la hace girones para improvisar unas vendas. Se envuelve
los pies con dificultad. El frío hace que le tiemblen las manos; las tiene tan
entumecidas que hacer fuerza para atar los nudos es un esfuerzo de colosos.
No puede andar, pero anda. Llega a la bifurcación, que lo lleva
por otro camino, menos en dirección este de lo que quisiera. Ya ni siquiera
sabe hacia dónde va, pero no puede elegir. Y sigue arrastrando los pies
desollados. El dolor no es malo. Las heridas lo hacen sentir vivo. Empieza a
avanzar la tarde cuando ve más adelante otra montaña que cierra el paso. Sabe
lo que se va a encontrar un hora más tarde, pero no se detiene. Detenerse no.
No puede hacerle eso a Noëlle.
Llega exhausto a una mole de piedra enorme, más de mil metros de
muralla vertical cerrándole el paso.
Se acabó.
No tiene fuerzas para franquear un pico así. Se da cuenta ahora,
demasiado tarde, de que nunca debería haber abandonado el avión. Ya qué más da.
Por fin, se sienta en el suelo con la espalda contra una roca plana a esperar
la muerte y siente alivio al pensar en el seguro de vida que contrató. Al
menos, le servirá a Noëlle para arreglarse un tiempo. Seguramente regrese a
Suiza y rehaga su vida. Se le hace extraño pensar que ella pueda tener otra
vida sin él. Le gustaría que la tuviera, pero también que no fuera capaz de
hacerlo. Son sentimientos extraños. Contradictorios, pero no tanto. El amor y
el egoísmo son viejos amigos.
De repente, siente una oleada de terror. Para cobrar el seguro,
han de encontrar su cuerpo. Si no lo encuentran, sólo figurará legalmente como
desaparecido y pasarán diez años antes de que certifiquen su muerte. Años de
incertidumbre y sufrimiento porque Noëlle se aferrará a creer que está vivo.
Para certificar su muerte deberían encontrar su cuerpo, pero con cualquier
tempestad del invierno puede caer una tonelada de piedras arrastradas sobre él
y que no lo encuentren nunca. Ese pensamiento lo subleva. Mira hacia arriba; a
unos metros de altura hay un repecho.
En esa plataforma más a la vista tal vez sería más fácil que
encontraran el cuerpo en verano. No le va a resultar nada fácil llegar ahí. No
tiene ninguna experiencia como escalador y sus energías están agotadas. Pero
invertirá lo poco que le queda en eso. Su último gesto de amor será morir para
Noëlle.
Abre y cierra las manos varias veces para recuperar un poco de
flujo sanguíneo y toma del bolsillo la botella de ron para dar el último trago.
No le gusta el ron. Es como beber queroseno. Pero calienta el estómago por un
instante. Aprovecha ese tirón momentáneo para ponerse en pie y tratar de llegar
al repecho. Empieza a trepar.
Lo cierto es que lo logra con menos dificultad de lo esperado. Y
unos cuantos metros más arriba hay otro repecho más despejado. Si se resbala,
caerá y se destrozará contra el suelo, pero como morir ya no le preocupa, no
hay inquietud en sus movimientos lentos de koala.
Se dirige al segundo repecho y llega en unos minutos. Pero en
vez de tumbarse mira hacia arriba. ¿Y si siguiera?
Un leve ronroneo en el cielo le hace alzar la cabeza. Una mota
en el cielo. Un avión lejano rozando temerariamente los pináculos de esa
inmensa catedral de las nieves eternas.
Tonio...
En un segundo lo tapan las franjas de nubes, lo borran. Lo sabe,
en los Andes un avión es un rastrillo de juguete arando en un desierto.
Y continúa hacia arriba.
Se pregunta qué nos hace subir. De dónde sacamos las fuerzas
para no dejarnos ir como una hormiga en un desagüe. Por qué luchamos tanto por
una vida que de todas formas vamos a perder. No lo sabe.
Resopla. Se detiene un momento. Empieza a anochecer y ha de
encender la linterna. Saca de nuevo la foto de su esposa. Le sonríe. Él sí sabe
por qué lucha: para estar otro día más con ella. Si sale de ésta, no habrá
cambiado aparentemente gran cosa, porque después llegará otro accidente, o una
enfermedad, o simplemente la vejez, y morirá de todas maneras. Pero en ese
momento comprende todo con la claridad que sólo da mirar la vida desde el borde
del precipicio final. Y sonríe como sonríen los moribundos. Cada minuto de vida
es la vida entera. Cada segundo es la eternidad.
Toma la última galleta. Ya sólo le quedan dos pequeñas latas de
carne. Se le saltan las lágrimas porque querría abrirlas y no puede. Oscurece y
trepa a cámara lenta montaña arriba. Los pies le arden. Eso es bueno; no se han
congelado aún. Rema.
Tiene la Cruz del Sur sobre su cabeza. La noche se hace eterna.
Cuando la luna se pone ya sólo cuenta con la linterna y el consuelo gélido de
las estrellas. Las estrellas son sus amigas: son la señal de que no hay nubes.
Con tiempo despejado hace más frío, pero una tormenta de nieve en plena
ascensión a oscuras sería la muerte. Por eso mira hacia arriba y siente que
ellas lo protegen de la nieve. Pero ¿quién lo va a proteger de despeñarse por
cualquier precipicio ascendiendo a ciegas? Reza a la Cruz del Sur.
Se para a descansar en un repecho. Está agotado. Le parece que
pierde el conocimiento un momento y luego empieza sutilmente clarear. El negro
se hace más azulado. Un azul de tinta oscura. Hay algo grandioso en ese
amanecer sobre los Andes. No sabe si sobrevivirá al siguiente repecho o si se
quedará allí para siempre. Ese amanecer bajo cero en medio de una montaña de
una crudeza mineral manchada de charcos de nieve le contagia una calma extraña.
Le hace sentir que forma parte de ese mundo; acaba de despertar y siente un
respeto reverencial por ese planeta que sabe más que nosotros mismos.
Una oleada de bienestar lo invita a acurrucarse y cerrar los
párpados. Se recuesta contra la pared. Lo recorre un escalofrío y a la vez un
leve calor al arrebujarse entre sus propios brazos, también una serenidad
pesada como si de repente su cabeza se hubiera llenado de lana. Si eso es la
muerte, no le parece tan mala. Es un algodón dulce. Se parece al sueño. Es el
sueño. Se muerde la lengua con todas sus fuerzas hasta que la punzada de dolor
lo hace dar un respingo y agita los brazos entumecidos y entonces siente todo
el frío de la cordillera en los huesos y empieza a tiritar compulsivamente. Es
una sensación horrible, desagradable, dolorosa..., una especie de ataque
epiléptico de frío y agotamiento físico y nervioso que parece que vaya a
hacerlo explotar por dentro. Convulsiona, tiene taquicardias..., el dolor que
lo desgarra por dentro es la vida, ha vuelto tras haber traspasado por un
instante la línea. Se mete un puñado de nieve en la boca.
Grita.
Es un grito sin palabras, sólo grita. La montaña lo escucha y le
devuelve su eco como si hubiera docenas de Guillaumets acompañándolo.
¡Seguir! ¡Seguir! ¡Seguir!
Su cerebro ordena a su cuerpo, le grita desde dentro.
¡Seguir! ¡Seguir! ¡Seguir!
Se pone en marcha tambaleándose como uno de esos carromatos de
buhonero cargado hasta los topes, tirado por un jamelgo viejo y cansado. Sigue
subiendo lentamente.
Asciende a cuatro patas una rampa y tiene las palmas de las
manos en carne viva. El sol tímido está alto cuando la montaña se suaviza y se
vuelve más dócil. El aire se engorda y se arremolina. La cima. Es una planicie
irregular desde la que la vista no es capaz de ver el final del mar de crestas
de piedra hacia el norte con las nieblas envolviendo los valles entre picachos.
Un riachuelo semicongelado desciende montaña abajo. El agua busca el valle. Ése
es su camino. Puede ser que descienda esta montaña y enfrente sólo haya otra
montaña. Pero no hay más opción.
El descenso resulta más difícil que la subida. Resbala y se
golpea un codo. Vuelve a resbalar y cae rodando unos metros hasta golpearse
contra una roca afilada que le abre una brecha en un muslo.
Llega a una angostura por la que pasa el río. La oquedad es muy
estrecha y forma un túnel natural que deja apenas unos centímetros entre el
agua y el techo de roca. La única posibilidad de pasar es ser él también río.
Se mete en el agua helada, que le llega por encima de la rodilla. Se acuclilla
y avanza metido en el agua hasta el cuello. El agua es hielo derretido. Muerde.
Le cuesta respirar. Da un traspié y está a punto de caerse. No siente los
miembros.
Así avanza por en medio del cañón casi sumergido hasta salir a
una zona más amplia. Cuando se puede poner de pie, es como si le clavaran un
millón de agujas. Necesita secar la ropa, si no lo hace se le congelará sobre
el cuerpo y morirá. Se la quita. Su cuerpo pálido muestra toda su
vulnerabilidad ante la dureza del paisaje andino. Allí un hombre desnudo es un
cachorro indefenso. Aprovecha los primeros matorrales que ve en mucho tiempo
para extender la cazadora, el jersey, los pantalones y la muda sobre unas
rocas. Se mueve haciendo una gimnasia desesperada para no quedarse frío. Decide
comer algo para entrar en calor y saca el hornillo de alcohol, pero se ha
mojado y está inservible. Va a comerse la carne de lata aunque esté helada.
Saca la navaja y logra cortar unas esquirlas congeladas. En su afán por golpear
la carne le da con el codo al guante apoyado en una roca y éste cae hacia el
precipicio. Como no puede masticar la carne helada que le quema en la lengua,
se la traga a trozos.
Sigue descendiendo. La herida del muslo le escuece y el golpe
del codo, al enfriarse, le duele mucho. El agotamiento lo hace estar más torpe.
Vuelve a caerse y ha de agarrarse con las uñas para no irse hacia un terraplén
que desemboca en el vacío.
Se levanta. Y sigue. Ya ni siquiera es capaz de hacerse
preguntas metafísicas. Su cerebro es como la carne congelada que ahora le
produce arcadas. Sólo sigue. Ya ni siquiera se acuerda por qué.
El sol empieza a batirse en retirada. No va a resistir otra
noche. Lo sabe. El organismo está a punto de reventar. Y aun así sigue
dejándose ir montaña abajo. Le parece que el camino es algo menos pronunciado,
pero no está seguro. Ya todo se está haciendo borroso. No sabe si anochece o se
está muriendo.
Y entonces lo ve en el suelo. O cree que lo ve. No está seguro.
Se ha de parar a mirar dos veces porque tiene los párpados hinchados. No se
agacha porque no cree que pudiera enderezarse, pero él se ha criado en el campo
y esos bultos oscuros son excrementos de burro.
Los excrementos trazan una especie de camino y él los sigue
mecánicamente. Es como Pulgarcito siguiendo un rastro de migas negras. A duras
penas se tiene en pie. Y unos cientos de metros más adelante lo ve:
Un burro.
— Âne!
La voz le sale fallona. El burro lo mira. Guillaumet trata de
sonreírle, pero tiene la piel de la cara momificada. Ese burro es como un
hermano.
Se acerca, trastabilla y el animal sale corriendo bruscamente. Y
al seguirlo con la mirada la ve. Una mujer lo mira desde el otro lado de un
riachuelo con unos ojos negros que contienen más extrañeza que aprensión. Al
momento, aparece un hombre de piel morena y pelo negro. Guillaumet, en un gesto
instintivo de un lenguaje universal guardado en los pliegues del cerebro desde
la noche de los tiempos, extiende sus brazos hacia ellos.
El hombre va hacia él, pero ya todo se viene abajo. Se derrumba
como una marioneta a la que hubieran cortado las cuerdas.
Después de una mañana infructuosa dando vueltas sobre montañas
vacías, Tonio retorna con su Laté a Mendoza con el ánimo por los suelos. No
tiene ganas de hablar con nadie y se va a tomar café a un restaurante que hay
al lado del aeródromo. Ya sabe lo que le dirán los argentinos: que la montaña
se lo ha quedado. Y a él ya le falla la fuerza de la convicción para
rebatírselo.
Aún está dando vueltas a un plato de sopa de manera desganada
cuando se abre de golpe la puerta del figón y un mecánico argentino asoma la
cabeza.
— ¡Guillaumet está vivo!
Los comensales dejan de masticar. Durante toda la semana ha sido
portada en todos los diarios la desaparición del aviador y ya su foto aparecía
en las imágenes con una tira negra de luto. El francés grandullón del traje
cruzado se levanta precipitadamente, tira el plato de sopa al suelo y no tumba
la mesa de milagro. Sale corriendo hacia la pista y el camarero, con gesto
iracundo, sale tras él. Pero la mano del dueño lo agarra por el hombro.
— ¿Vos visteis lo que hizo ese pelotudo?
El dueño, sin embargo, sonríe.
— ¡Che, qué loco! ¡Es un aviador!
En el aeródromo uno de los mecánicos le explica que se ha
recibido la llamada de la comisaría de San Carlos, una población más al sur. No
hay planos para llegar, pero le indican la carretera que llega en línea recta
hasta allá y se dispone a seguir su trazo volando a poca altura. Necesita saber
si es verdad. Tanto contradecir a los funcionarios cenizos, a los
contrabandistas, camareros y a cualquiera que le dijera que no podía estar vivo
y ahora que parece ser que, en efecto, está vivo, le cuesta creerlo. Se sube al
avión con dos mecánicos y despegan.
Unos kilómetros antes de llegar a San Carlos, ven venir en
dirección contraria una comitiva de coches y unos gauchos les hacen señales con
los brazos. Tonio no se lo piensa. Supera una línea de álamos, aterriza en un
minúsculo descampado y a punto está de meter el avión en una zanja de manera
fatal. Pero frena a tiempo y se bajan corriendo del aparato. El conductor que
encabeza la pequeña comitiva de autos le hace señas para que se acerque y abre
la puerta trasera. Un hombre con las mejillas hundidas, la piel requemada,
cortes y contusiones sale a duras penas del auto apoyándose en la puerta.
— Henri...
Tonio y él se abrazan. Lloran. Lloran como niños. Son niños. Los
mecánicos se quitan las gorras de manera respetuosa como si asistieran a un
milagro.
— Lo que yo he hecho — le susurra entrecortadamente Guillaumet—
, te lo juro, ningún animal lo hubiera hecho.
Lo llevan con delicadeza al avión entre los tres, mientras la
gente lanza hurras y vivas al aviador que ha logrado lo que nadie había
conseguido. Lo acomodan en un asiento y Tonio le ata el cinturón de seguridad.
Guillaumet lo mira con su rostro extenuado y aún logra susurrar unas palabras:
— Tonio, te vi allá arriba... pero tú no podías verme.
— Había más aviones buscándote... ¿Cómo podías saber que era yo?
— Sobre los picos, nadie habría volado tan bajo.
Capítulo 54
Lago Berre (Francia), 1930
Vibraciones al tomar altas velocidades, fallos en la radio o
consumos de combustible por encima de lo previsto son detalles importantes que
hay que ir corrigiendo en esos días, que se van escapando entre los dedos. De
lunes a viernes Mermoz está con los cinco sentidos metidos en las tripas del
hidroavión. Las cartas a Gilberte mantienen su amor espiritual candente. Le
escribe trozos de poemas que recuerda o trata de inventar otros y ella en su
papel de carta con olor a agua de rosas le habla de los preparativos de la
boda, del color de las flores junto al altar y del menú del banquete.
Hay una camarera del restaurante de su hostal de nariz larga,
ojos pequeños muy negros y muslos prietos que le apaga otro tipo de incendio
más físico. Sus manos no huelen a agua de rosas, sino a lejía. El sexo le sabe
a algas. Sus escarceos son intermitentes porque al confesarse la muchacha a la
mañana siguiente, el párroco la aterroriza de manera tan vívida con su
estrepitosa caída en el infierno, que durante varios días sirve a Mermoz la
sopa alargando el cucharón para no acercarse a su satánica influencia. Él
repite sopa hasta cuatro veces sólo por verla maniobrar con ese recato que aún
enciende más su deseo.
El viernes toma un tren nocturno que lo deja a la mañana
siguiente en París. Recoge con un taxi a Sylvine a la puerta del apartamento
que ésta comparte con una amiga y se instalan en la cama del hotel durante dos
días. Las semanas transcurren en esa rutina de concentración laboral y fines de
semana de olimpiadas sexuales con su chica de ojos pintados.
A primeros de mayo realiza un ensayo con un vuelo en círculos a
bordo del Comte de La Vaulx y bate el récord mundial de tiempo en vuelo. El
aparato está preparado. Todo está listo para el día crucial, un martes 14 de
mayo con la luna llena. Va a ser el examen de reválida de lo que ha sido hasta
entonces su vida de piloto. Su vida.
Es su último fin de semana en París antes de partir hacia
América y reencontrarse con Gilberte antes de la boda. Sylvine sabe que va a
partir, lo ha sabido desde el primer minuto porque él lo dejó claro. Pero es de
esas mujeres fantasiosas que creen que si no las nombras ni piensas en las
cosas malas, éstas no sucederán. Sabe desde la primera noche que Jean está
prometido y que se va a marchar a América, pero se niega a creer que algo tan
nefasto pueda suceder. Mermoz es su droga. No concibe ya la vida de otra manera
que con él.
Esa noche cenan con Max Delty. Al día siguiente Mermoz ha de
tomar el expreso a Marsella para partir desde allí con el Comte de La Vaulx y
tratar de hacer historia para la aviación francesa. Por eso ha optado por
reservar habitación en un hotel frente a la estación de Lyon, desde donde sale
su tren. Max Delty quiere despedir a su amigo a pie de andén, así que reserva
otra habitación en el mismo hotel.
— ¡No es necesario, Max! ¡Odio las despedidas!
— ¡Pero ésta es una despedida feliz!
— ¡Brindemos por eso!
Sylvine contiene una lágrima en el precipicio del párpado.
¿Feliz? El egoísmo de los hombres es un pozo sin fondo. Sylvine mira a Mermoz
con una furia que aún enciende más su deseo. Mermoz mira con fervor la botella
de champán helado. Max Delty los mira a los dos y cree que es buena idea
quedarse en el hotel por si ha de despertar por la mañana a su amigo con un
trombón. Delty conoce al Jean nocturno, mujeriego y excesivo. No conoce al
piloto Mermoz. Jamás, ni después de la mayor de las juergas, ha llegado un
minuto tarde a un servicio.
Tras la conversación distendida y risueña, Delty se despide en
la recepción del hotel. Mermoz cierra la puerta de la habitación y Sylvine se
abalanza sobre él. Se desnuda para él. Lo empuja sobre la cama y es ella la que
cabalga sobre él. Hacen el amor frenéticamente, como si el mundo se acabase. Se
acaba. Cuando, ya de madrugada, se hace la quietud en la cama revuelta,
Sylvine, con la cabeza recostada sobre su pecho velludo, le pregunta con un
hilo de voz:
— ¿Cuándo volverás, Jean?
Él resopla. Su pectoral sube y baja y levanta la cabeza de
Sylvine como si estuviera flotando sobre una ola.
— Esto ya lo hemos hablado. Si me estrello en el mar no iré a
ninguna parte más. Y si llego a América me encontraré con mi prometida y
después me casaré con ella — le dice con cierta irritación al tener que repetir
lo ya dicho y sabido— . Nuestra historia ha estado bien, pero termina aquí.
¿Acaso no lo habíamos hablado ya?
— Sí, sí, tienes razón. No te enfades conmigo.
La semana anterior, aunque ella protestó con un mohín de enfado
no exento de coquetería, Mermoz hizo un cheque a nombre de su casera por el
importe del alquiler hasta final de año. También le ha regalado una pulsera de
oro que podría sacarla de algún apuro en caso necesario. Cree que deja a
Sylvine en buena situación. Cree que no hay malentendido posible porque desde
el primer día le contó lo que él podía ofrecerle y ella lo aceptó. Cree que
entiende a las mujeres. En realidad, no entiende nada. Cree que por haber
conocido a tantas, sabe mucho de mujeres, pero es justo lo contrario. Ha estado
con tantas tan deprisa que nunca se ha quedado el tiempo suficiente para
conocer a ninguna.
Se duerme profundamente. No nota como Sylvine se levanta de la
cama y se encierra en el baño.
Cuando Mermoz se despierta por la mañana, Sylvine no está en la
cama. Algo no va bien. Sale al salón y está tumbada en el diván. Dos frascos de
pastillas vacíos sobre la mesita gritan la tragedia. Corre hacia ella, pero al
tocarla está helada, blanca, los labios, morados. Él se queda también blanco.
Sale corriendo en busca de Max Delty, que abre la puerta de su habitación en
pijama. Es su amigo quien baja a recepción para llamar a la policía.
Mermoz se queda a solas con ella. La mira y sólo entonces se da
cuenta de que no sabía nada de esa muchacha algo alocada que se ponía demasiada
pintura morada en los ojos, como un payaso triste. Durante un minuto cierra los
ojos. Ha sido educado en una familia atea, pero improvisa una oración inventada
dirigida a algún remoto infinito. Cree que sería procedente llorar, pero ha
olvidado cómo se hace. Lamenta esa vida joven perdida. Quiere sentir pena por
Sylvine y no puede. Va en busca de su documentación para poder aclarar el
incidente lo más rápidamente posible con la policía: tiene una misión
esperándolo. Una misión más importante que su dolor, más importante que sus
sentimientos confusos.
Después de declarar en comisaría, dar la dirección de la casa de
Sylvine y el nombre de su compañera de piso, Delty y él salen en silencio.
— La pobre Sylvine no quería dejarme ir. En cierto modo, lo ha
conseguido. Por muchos años que pasen, ya jamás podré borrarla de mi memoria.
— ¿Te quedarás al entierro, Jean?
Lo mira como si le preguntara algo disparatado.
— ¡Me esperan en Marsella! Ella ha muerto y nada va a cambiar
eso. ¿De qué le iba a servir que yo vaya o deje de ir al funeral?
— A ella, de nada. Pero quizá a ti te haría bien...
— ¡Maldita sea, Max! No necesito sermones, necesito un avión.
Mermoz levanta la vista buscando el firmamento pero sólo
encuentra el techo de hierro de la estación, donde revolotean a ciegas un par
de palomas desorientadas que no encuentran la salida. Se siente como esos
pájaros atrapados en una caja de metal y sabe que, igual que ellos, necesita
angustiosamente encontrar un agujero por el que salir a cielo abierto.
Saca su chequera y garabatea un talón.
— Por favor, encárgate de que tenga un buen entierro.
Delty asiente. Los dos llegan en silencio al andén de la
estación. Pese al trajín de viajeros, carretillas con equipajes y llamadas al
tren, Mermoz siente que todos los sonidos le llegan amortiguados. Ha cerrado la
coraza a su alrededor, una corteza en la que no penetra la tormenta del mundo.
Max Delty y él se dan un abrazo y Mermoz se sube al tren con destino a
Marsella. Si nada puede hacerse ya por Sylvine, sólo tiene sentido seguir
adelante. No se da la vuelta. No vuelve a mirar atrás.
Capítulo 55
Lago Berre (Francia), 1930
Al caer la noche en el lago Berre, todo lo demás ha quedado
atrás. Jean el noctámbulo se ha quedado en ese tren que viaja sin detenerse
nunca. Mermoz el piloto observa con su agudeza visual de ave rapaz, entre las
bolsas de oscuridad de los barracones, una figura que mantiene una brasa de
cigarrillo encendida.
— ¿Todo a punto, Mermoz?
— Preparados para hacer historia del correo aéreo, señor Daurat.
En la oficina se reúnen con ellos el radiotelegrafista Gimié y
el navegador Dabry. Saluda con sincera alegría a sus asistentes de vuelo. Son
dos técnicos con más de cincuenta travesías entre Marsella y Argel y, sobre
todo, es gente entregada a su oficio, con los que se ha entendido bien desde el
primer momento. Daurat viajará con ellos hasta Saint-Louis de Senegal.
Aprovechando que supervisa la primera parte del vuelo del nuevo aparato, hará
una inspección en las escalas.
El Comte de La Vaulx se comporta perfectamente: superan los
Pirineos como si levitaran por encima de las crestas, atraviesan España, cruzan
el estrecho de Gibraltar, recorren el perfil de Marruecos, el desierto del
Sahara y llegan al verdor de Saint-Louis, en Senegal, donde amerizan sin
novedad. Mermoz se siente cómodo a los mandos del Laté 28 y dispuesto a dar el
gran salto de tres mil kilómetros por encima del océano. Sólo se ha realizado
el trayecto con éxito en cuatro ocasiones antes y por primera vez se realiza no
con una intención deportiva, sino de establecimiento de una línea regular de
aviación civil, portando ciento treinta kilos de correspondencia.
Poco antes de mediodía, Mermoz tira de la palanca del comando
del avión y las cinco toneladas del aparato se elevan por encima del río
Senegal dejando atrás las barcazas somnolientas sobre las aguas marronosas y el
eterno cigarrillo de Daurat brillando bajo el ala de su sombrero. Dabry y
Gimié, cada uno en su asiento, permanecen en silencio.
Mermoz está concentrado. Tiene la cabeza llena de grados de
latitud y longitud. El Phocée, un barco de la compañía a novecientos kilómetros
de Dakar, es un minúsculo salvavidas lanzado al mar en caso de un amerizaje de
emergencia. Las señales de radio que recoge Gimié se convierten en datos
gonométricos con los que Dabry va calculando el rumbo correcto en medio de un
desierto azul.
Las primeras horas transcurren acompañadas de la monotonía
ruidosa del motor. Cuando está en tierra, Mermoz odia la rutina, pero cuando
vuela, el régimen constante del motor Hispano-Suiza de seiscientos cincuenta
caballos es una música gloriosa. Le maravilla la sinfonía perfecta de los
pistones a mil seiscientas revoluciones por minuto.
La placidez termina por la tarde, cuando llegan a la zona de
convergencia tropical que genera unas drásticas bajas presiones que los marinos
conocen como el Pot au Noiry han de adentrarse en una borrasca. El aparato
penetra en las turbulencias y empieza a traquetear como una atracción de feria.
Gimié tensa la mandíbula. Dabry se queda serio de repente. Mermoz está sereno.
Ha hecho cientos de horas subido al Comte de La Vaulx, ha revisado el avión de
arriba abajo, ha aprobado todos los test y él se siente en plenitud de sus
facultades. Volar es una partida de póquer, pero él llega a la mesa con la mano
llena de ases.
El hidroavión tiembla, pero su piloto no. Están envueltos en
cinco mil metros de nubes. Una pared que llega al techo del cielo. Las
turbulencias provocadas por los cambios de presión del aire llenan la atmósfera
de baches. Se pasan una hora en una montaña rusa. El calor es sofocante. Como
no puede pasar por encima, decide bajar y volar a cincuenta metros sobre el
mar, atento a cualquier pasillo. Se quita el casco, la chaqueta. Tiene la
camisa pegada al cuerpo. Dentro hay un vapor de sauna. Pero nada lo desconcentra.
Afuera todo es negritud, pero precisamente por eso hay que mirar más
atentamente. Más de tres horas de zarandeos, calor y concentración. Pero al
noroeste ve un destello de claridad. Tiene que desviarse ochenta kilómetros de
la ruta, pero sabe que es una inversión beneficiosa. Encuentra el pasillo hacia
el lugar en el que ha visto ese brillo que es un tesoro.
Y al poco salen del infierno de las tinieblas calientes y los
recibe el reflejo de una luna que arroja al mar hilos de plata. Mermoz siente
una rara intimidad con la noche. Ese momento de plenitud compensa las tres
horas de sufrimiento. Lo compensa todo. Lo justifica todo.
Después, más horas de vuelo. De mimar el régimen del motor para
no cansarlo, de resistir el cansancio tras muchas horas de concentración. Y,
finalmente, tras el amanecer, una punta de tierra. San Roque. América.
Mermoz ríe. Pero no celebra el éxito del primer vuelo de correo
aéreo transoceánico. Todavía no. Celebra la sorpresa de reencontrarse con la
tierra.
Y, por fin, Natal. Desde la carlinga, el caudaloso río Potengi
es una callejuela de agua que sale al océano. Una virada elegante sobre la
Fortaleza de los Reyes Magos en la punta de la ciudad y un aterrizaje suave
sobre el río: veintiuna horas desde Saint-Louis de Senegal. Los ciento treinta
kilos de cartas embarcados en Toulouse han tardado menos de cuarenta y ocho
horas en llegar a Brasil. Las cartas se trasladan de avión con premura. El
correo va a ser recibido en el extremo de la línea, en Santiago de Chile, a
trece mil kilómetros de distancia de Francia, en ciento ocho horas y cuarenta
minutos. Todos los récords mundiales del correo aéreo han quedado pulverizados.
Todos los fantasmas de la aviación civil, ahuyentados. Todos los prejuicios,
desmentidos. Se puede hacer y se va a hacer. La era de la aviación comercial ha
comenzado.
Mermoz suspira mientras cierra los contactos y las hélices
empiezan a ralentizarse. No hay en él euforia, más bien una satisfacción leve,
como la que se siente al conseguir descorchar el tapón de una botella que se
resistía a salir. La alegría de un instante. Viene a su mente la blancura
helada de Sylvine y la importancia de su logro le parece poca cosa.
En cuanto se apaga el motor, Gimié grita eufórico:
— ¡Mermoz, lo hemos conseguido!
— No hemos conseguido nada aún — le responde taciturno— . El
correo ha de volar de vuelta. De nada sirve una carta sin respuesta.
Cuando la barca que los recoge en medio del río los deja en el
pantalán, los espera el gobernador con una banda tocando música de pasacalles.
El gobernador tiene unos bigotes blancos y patillas blancas enormes de hacha
que en Europa ya no se llevan. Se adelanta para estrechar la mano de Mermoz
ante los aplausos de un séquito de curiosos que han seguido a la comitiva.
— Quiero que la municipalidad de Natal sea la primera en
felicitarlos en nombre del gobierno de Brasil.
— Gracias, señor.
Se siente agotado, como si de repente notara de golpe el
cansancio de tantas emociones, de la tragedia de Sylvine, del peso de llevar el
nombre de Francia sobre los hombros, de la responsabilidad hacia su compañía,
hacia sus tripulantes, pero también hacia la exigencia consigo mismo. Han
preparado banquetes y fanfarrias, pero alega agotamiento extremo y, pese al
desencanto de sus anfitriones, se marcha caminando, solitario y silencioso,
hacia el hotel.
Capítulo 56
Natal, 1930
A la mañana siguiente, mientras Mermoz se está afeitando,
aparece en el lavabo sin puerta de la habitación del hotel un enviado del
gobernador. Viene a informarle del programa de actos que le tienen preparado,
con recepciones y discursos. Lo lamenta, pero tiene una cita a doscientos
kilómetros.
Se va al encuentro del paquebote Mendoza, que hace escala en
Pernambuco, antes de seguir rumbo a Europa. Allí ha quedado citado con
Gilberte, que viaja en el barco con destino a Francia para empezar a preparar
la boda. La escala de Pernambuco es tan sólo de unas horas. Era una cita
arriesgada de cumplir con un viaje transoceánico experimental de por medio.
Pero mientras los marineros descargan bultos por la pasarela, un europeo con
traje gris marengo, corbata oscura y afeitado impecable se abre paso de manera
decidida en dirección contraria hacia la cubierta.
Gilberte lo recibe con lágrimas de emoción en los ojos y él la
abraza con firmeza. Ella es tan menuda que desaparece entre sus brazos.
— ¡Estaba tan preocupada por ti!
Él la mira con extrañeza.
— ¿Preocupada por mí?
La sonrisa de seguridad de Mermoz hace que cualquier prevención
parezca innecesaria.
— ¡Estoy hambriento!
— El capitán nos invita a almorzar en su mesa. Está deseando
conocerte.
— Entonces vamos a ver a ese capitán. ¡Vaciaremos el barco de
provisiones!
El barco zarpa hacia Francia y Gilberte le regala un pañuelo
impregnado con su perfume.
— ¡Cuando llegues, yo ya estaré allí esperándote! — le grita
desde el muelle.
Dos días después, Ville aterriza tras un vuelo desde
Florianópolis con los ciento cincuenta kilos de correspondencia destinados a
Francia procedentes de las diferentes estaciones de la línea. Acude a pie de
pista a darle la bienvenida Mermoz, vestido con camisa blanca y corbata
impecable bajo la chaqueta de cuero. Se abrazan. Se miran y asienten. Poco más
queda por decir.
Mermoz quiere partir enseguida. Desea demostrar que una línea de
correo aéreo semanal entre América y Europa no sólo es posible, sino
imprescindible. Una ligera brisa le agita el pelo. La brisa le quiere decir
algo que él no oye.
Una barcaza remolca el Comte de La Vaulx hasta más allá del
puente del ferrocarril. El viento es ligero, pero de costado. No es el adecuado
para el despegue, pero esperar un cambio de viento puede suponer días de
demora. Gimié y Dabry están en sus puestos y el cielo despejado, de un azul
inmaculado, los está esperando. Mermoz abre la llave del combustible y el
aparato empieza a resbalar sobre la superficie del Potengi. Pero no se eleva.
Mermoz tira de la brida, pero el caballo no salta. Al aumentar la velocidad, un
flotador del lado izquierdo se desprende aparatosamente. Para no volcar ha de
acelerar aún más. Antes de que la cabeza lo ordene, la mano ya está aumentando
las revoluciones del motor y así consigue equilibrar el aparato hasta dominarlo
y después frenar muy progresivamente.
El flotador es reparado con prontitud y Mermoz se dispone a
volver a iniciar la maniobra de despegue. De nuevo el Comte de La Vaulx se
acelera, pero no asciende. Sin viento frontal, no tiene apoyo sobre el que
aupar sus cinco toneladas. El intento es fallido. Un ingeniero aeronáutico
esperaría a que cambiase el viento. Pero él no es ingeniero. Es Jean Mermoz. Lo
intenta una tercera vez tomando el río a contracorriente. Una cuarta, cambiando
el sentido. Una quinta. Una sexta... A las dos de la madrugada hace el octavo
intento de despegar del río, infructuosamente. Sus maldiciones retumban por
toda la línea. Después de ocho intentos fallidos ha de repostar combustible y
hacer revisar el aparato.
— Nos vamos a dormir — les dice malhumorado a los otros dos
tripulantes.
— Como usted diga.
— Tres horas. A las cinco y media, preparados para el despegue.
Por la mañana, el viento de costado permanece inmutable. Prueba
a remolcar el hidroavión a otro punto del río y vuelve a iniciar la maniobra a
plena potencia. El avión no vuela. Lo intenta otra vez. Y otra, y otra más... A
mediodía han realizado dieciséis intentos y no han podido despegar. La marea
baja y los mecánicos han de volver a revisar el aparato. Al anochecer, vuelven
a intentarlo. Diez intentos frustrados. Es ya de madrugada cuando un Mermoz
furioso ordena que lo dejen por ese día. La brisa de costado le caracolea sobre
el pelo como un bromista impertinente.
Al día siguiente, los dos tripulantes desayunan en silencio. Lo
han intentado más de treinta veces y el viento permanece inamovible. Dabry y
Gimié han hablado entre ellos. Creen que es inútil seguir dándose de cabezazos
contra un muro y arriesgándose en una maniobra de despegue que las condiciones
han mostrado que no es posible y que podría hacerles tener un accidente. No
saben dónde está Mermoz. Durmiendo no, desde luego. La noche anterior se
conjuraron para hablar con su piloto jefe para disuadirlo de hacer más intentos
mientras no cambie el viento, pero enfrentarse a Mermoz no es algo que les
agrade. Están agitando las cucharillas de sus cafés cuando Mermoz entra en el
pequeño comedor. Los dos se miran y Dabry le hace un gesto diciendo que será él
quien hable. Pero es Mermoz quien dice la primera palabra:
— Tienen la mañana libre. No habrá intentos de despegue.
Los dos tripulantes cruzan una mirada aliviada. No es Mermoz tan
obstinado como habían creído. Tiene sus límites. Es humano.
— ¿Quiere usted acompañarnos a la ciudad?
Entonces él los mira con extrañeza, como si observase un
fenómeno incomprensible.
— No, no. Yo salgo ahora en vuelo con un Potez. Voy a sobrevolar
la región en busca de una laguna amplia que esté protegida del viento sudeste.
Me han hablado de una a doscientos kilómetros de aquí.
— ¿Y cómo llevaremos tan lejos el Comte de La Vaulx?
— Volando yo solo, sin el peso del correo y sin los dos mil
kilos de combustible es una pluma, saldrá de aquí aunque este maldito viento no
role.
Mermoz se da la vuelta y los deja callados agitando sus
cucharillas sobre un café que se les ha quedado frío. En las venas de Mermoz,
el café siempre está hirviendo.
Tras varias horas de vuelo, localiza una laguna que le parece
apta a sólo sesenta kilómetros de Natal. A mediodía ya tiene a los operarios
vaciando el tanque de combustible. Efectivamente, con menos de la mitad de
peso, el avión se eleva sobre el río con facilidad y antes del anochecer se
posa sobre la laguna que va a ser su nueva pista de despegue.
Al amanecer todo está preparado para alzar el vuelo. Todo, menos
el viento. Veinte de cada treinta días tienen el viento sur que necesitan. Pero
una brisa insulsa del oeste, prácticamente nada, se empeña en aparecer. Por la
mañana lo intenta ocho veces. La última de ellas, con un golpe de viento,
resbalando a cien kilómetros por hora, que casi los hace volcar. Por la tarde,
más intentos: todos fallidos. Al día siguiente, el mismo viento. Los mismos
fracasos.
Ha dejado el hidroavión a los mecánicos. Está sentado en una
roca y fija la vista en esa laguna inmóvil que empieza a odiar. Ni siquiera oye
el motor del coche y la llegada de un empleado que le trae un cablegrama de la
dirección. El señor Daurat le comunica que cincuenta y tres intentos son
excesivos. Que no pueden retrasar más el envío de la correspondencia, que suba
las sacas al primer barco hacia Europa.
El empleado se retira esperando instrucciones, pero no las
recibe. Mermoz se ha quedado absorto mirando las nubes sobre indolentes macizos
de árboles. El cablegrama le cuelga de dos dedos de la mano. Lo mira un
instante. Primero con rabia, después con extrañeza. La hoja rectangular de
papel se mueve nerviosa agitada por el viento. ¿Viento? Mermoz vuelve el rostro
para recibir el aire en la cara. Es viento y ha rolado. Viento sur.
Se levanta y empieza a gritar:
— ¡Deje el correo donde está! ¡Gimié, Dabry... a sus puestos!
El cambio del viento ha sido casi imperceptible. De un oeste
flojo, casi nulo, a una brisa sur que en Francia no valdría ni para que los
niños volasen cometas. Pero Mermoz arranca motores, toma velocidad y el Comte
de La Vaulx se desliza sobre la superficie mansa de la laguna hasta que se
levanta sin esfuerzo sobre el agua.
Dabry y Gimié gritan hurras que se filtran a través del ruido
ensordecedor del motor. Mermoz está ya concentrado. La partida ha vuelto a
empezar.
La noche es lluviosa y afuera sólo hay una oscuridad confusa.
Gimié es el oído que recibe las señales de los diferentes puntos de control y
el oficial de navegación. Dabry es el ojo que hace los cálculos para determinar
la posición y marcar el rumbo en unas notas que va pasando a Mermoz. Pasan
horas sacudidos por las perturbaciones atmosféricas. Sobre el parabrisas cae
primero la lluvia, después el granizo. También algunas gotas de aceite, y
Mermoz toma nota mental para pedir que no llenen tanto el depósito porque
rebosa. Él no puede ver en la negrura que los envuelve, pero en el panel de
instrumentos las agujas están tranquilas y en la música del motor lee la
regularidad de las vueltas. Todo está en orden.
Sin embargo, a veces la orquesta es capaz de tocar en las
circunstancias más adversas. Al amanecer, lo que ve en el parabrisas lo deja
estupefacto: está totalmente empapado de aceite. El motor sigue girando a mil
seiscientas veinte vueltas por minuto, pero debe de estar a punto de quedarse
sin aceite y, cuando eso suceda, empezará a calentarse hasta arder. Pasa los
treinta y cinco kilos de aceite de reserva al motor y sabe, a casi novecientos
kilómetros de la costa de Senegal, que no van a llegar a tierra. Gimié contacta
con el barco de socorro Phocée, que se halla a algo menos de cien kilómetros.
Avistan el barco tras una hora angustiosa, con la temperatura
del motor escalando peligrosamente hacia los cien grados. Amerizar en una mar
revuelta con olas de cerca de dos metros es desaconsejable. Pero no hay
elección. El agua está fría, pero la superficie está hirviendo. Sabe que ha de
posarse en el seno entre dos olas, justo en esos cinco o seis segundos de calma
antes de que la siguiente ola se rearme de nuevo. Los nervios son el enemigo,
la precipitación es la muerte. Su corazón sólo se desboca en las juergas,
durante las noches de dispersión y desenfreno. En las situaciones de alto
riesgo, en cambio, mantiene las pulsaciones bajas como si se adormeciera.
Mermoz desciende hasta poner el avión estabilizado a flor de agua. Ahora o
nunca. Se mete en una garganta entre paredes azules y pierde de vista el mundo.
Sólo tienen cuatro o cinco segundos. Empuja el comando hacia delante y se posa
entre dos olas. La siguiente ola llega inmediatamente y los eleva como un
corcho hasta mostrarles la luz borrosa del día y descubrir la chalupa que viene
a por ellos forcejeando con el océano.
La maniobra de rescate en pleno oleaje no va a ser sencilla.
Gimié se mueve con rapidez hacia la portezuela y Mermoz lo paraliza con la
mirada.
— ¡El correo, Gimié! Ayúdenme.
Los tripulantes dudan un instante. Cargar las sacas va a llevar
un tiempo precioso que pone en peligro sus vidas. Pero Mermoz, dando tumbos por
el movimiento del mar, ya está en la trampilla de la bodega. Antes de saltar
ellos a las barcazas pasan haciendo cadena las sacas con los ciento cincuenta
kilos de cartas, agarrándose unos a otros para mantener el equilibrio. Mermoz
pasa las sacas a Gimié y éste a Dabry, que se ha situado a horcajadas sobre uno
de los patines con los pies metidos en el agua. Si los marinos protestan por el
sobrepeso, ellos fingen que el viento y el oleaje no les dejan oír nada.
Después Gimié y Dabry pasan a la barcaza sobrecargada, que se agita
enloquecidamente al poner un pie encima. Mermoz es el último y, antes de pasar
a la chalupa, trepa por el hidroavión hasta anclar un cable de acero y embarcar
con la punta del cabo para que lo remolque el Phocée. El capitán ve llegar con
asombro la embarcación de salvamento con un sobrepeso peligroso de sacas de
correo empapadas de agua y a un piloto tozudamente agarrado a la punta de un
cable de remolque que cede a los marinos del barco antes que su propia mano.
El Phocée empieza a remolcar el hidroavión en dirección a la
costa de África, pero unos cientos de metros más adelante una ola descomunal lo
rebaña hacia su reino y desaparece bajo las aguas.
Capítulo 57
Buenos Aires, 1930
Tonio se abre paso con su corpachón por la acera estrecha de la
calle Corrientes, atestada de hombres con sombrero y mujeres con traje pulcro
de domingo. Detrás, Guillaumet camina de la mano de Noëlle. Está más serio que
de costumbre. Tonio se ha dado cuenta en cuanto ha pasado a recogerlos por su
apartamento. En la calzada se apiñan coches y tranvías en un desorden que
aturde, que tiene también algo de festivo y efervescente en esa ciudad que vive
un crecimiento enloquecido. Dejan atrás la peluquería italiana, también una
pulpería de la que sale olor a fritanga y la voz melosa de Carlos Gardel desde
una gramola temblona. Alcanzan por fin la entrada del Luna Park, que eleva sus
vistosas columnas de falsete vagamente moriscas, como de castillo de cuento, en
un solar en medio de la avenida. Una noria gira con lentitud de viejo
dinosaurio y todo tiene ese brillo decadente de los parques de atracciones.
Tonio se escabulle un momento y enseguida regresa con un enorme
cucurucho a rebosar de palomitas de maíz.
— Son para ti, Noëlle.
Guillaumet y ella ponen cara de perplejidad.
— Pero, Tonio. Ya te había dicho alguna vez que no me gustan las
palomitas.
Y él sonríe con esa picardía satisfecha de los niños golosos.
— ¡Entonces tendré que comérmelas yo!
Los parques de atracciones le producen una extraña mezcla de
euforia y tristeza.
— ¡Las montañas rusas son tan breves! Subes y bajas y te asustas
y te ríes... y, de repente, ya se ha terminado. ¡Todo pasa tan deprisa!
Alza la vista y Guillaumet tiene un gesto de preocupación. Busca
enseguida algo con que animarlo y ve que allí cerca hay un fotomatón con un
gran avión troquelado de cartón donde ponerse detrás de manera cómica como si
fueran montados en él.
— Noëlle, Henri... ¡Vamos a hacernos una foto en ese avión!
Guillaumet no está de humor esa tarde. También es cierto que él,
tan valiente para las grandes gestas, tiene pánico al ridículo. Hace amago de
resistirse. Tonio, que tiene un cuerpo tan enorme que caben dentro el tímido y
el bufón, corretea a su alrededor con los brazos en cruz como si quisiera
imitar el vuelo de un avión y la corbata minúscula le cuelga con poco garbo.
Guillaumet, avergonzado, mira de reojo para ver si alguien mira. Pero Noëlle le
hace un gesto cómplice de afecto. Acepta, aunque sólo sea para que su amigo
deje de hacer numeritos.
Tonio observa la compenetración de la pareja y no puede evitar
una cierta melancolía. Añora a Consuelo, que ha viajado a Europa a arreglar
asuntos. O, más bien, añora el amor. Echa de menos ese hilo de telaraña que le
permite a uno mecerse en el aire.
¿Y Consuelo es su hilo? Ha de serlo. Es una mujer sensual,
divertida y extravagante. No es una viuda de misa de ocho. Puede ser cambiante,
fantasiosa y también adorablemente caprichosa. Aún no sabe si ella lo ama. ¿Y
él? ¿Está enamorado de ella o lo que lo empuja es su necesidad de estarlo? ¿Y
acaso hay diferencia? El amor está hecho de un material poco flexible: si lo
estiras demasiado se rompe. Por eso no insistió más de lo debido cuando
Consuelo le dijo que tenía que ir a arreglar papeles de su herencia a París. Ni
siquiera cuando le dijo algo sobre un pretendiente que tenía allí y que era
también un asunto que debía arreglar. Él le pidió que no fuese a verlo
personalmente, que lo despachara con una carta. Y ella se rio a carcajadas como
si hubiera contado un chiste graciosísimo. Iría a verlo, por supuesto.
¿Y si surge de nuevo la chispa entre ellos? ¿Y si reanudan el
compromiso?
Noëlle ve que está absorto.
— ¿En qué piensas tan concentrado?
— En tonterías.
— ¿Tonterías? Pues tienes cara de misa de difuntos.
Baja un poco la cabeza y se sonroja ligeramente.
— Pensaba en Consuelo.
— ¡Eso está bien!
— Pensaba en que ha viajado a Francia. Allí tiene un
pretendiente, o algo así.
— ¡No me digas que estás celoso!
— ¿Celoso? — Y tarda en responderse a sí mismo un par de
segundos más de lo convincente— . ¡En absoluto!
Noëlle se ríe de buena gana.
— ¿Tú lo oyes, Henri? ¡Dice que no está celoso y desde que ha
empezado a pensar en ese pretendiente de Consuelo se le ha puesto cara de
vinagre!
Tonio, pudoroso, prefiere cambiar de tema:
— ¿No íbamos a hacernos una foto?
Los tres se colocan detrás del decorado de ese avión dibujado y
el fotógrafo les pide que se queden quietos un instante. Ellos no pueden saber
la paradoja: ese avión silueteado de cartón, el más insignificante al que los
dos pilotos se hayan subido jamás, los va a llevar mucho más lejos que
cualquier otro. El vuelo de esa tarde en el Luna Park impreso en el papel
fotográfico atravesará el siglo.
Dan vueltas en la noria y ven Buenos Aires con una perspectiva
nueva: el anochecer les muestra una ciudad punteada por la iluminación pública
y las manchas de colores de los nuevos anuncios de tubos de neón que proclaman
en su fulgor eléctrico una época de avances tecnológicos sorprendentes.
Convencen a Guillaumet para montarse los tres en un tiovivo sobre unos
caballitos de madera de melenas blancas inmóviles y herrajes dorados que suben
y bajan dócilmente. Noëlle se arrebuja en su chaqueta; ha refrescado y deciden
que es hora de marcharse. Cuando ya están llegando a la puerta, Tonio todavía
retrocede a toda prisa para acercarse a un tenderete y compra una cantidad
exagerada de dulces de leche, que trae a duras penas en el cuenco de sus
manazas con una sonrisa chispeante.
Noëlle mira a su marido de una manera significativa. Guillaumet
se agita incómodo dentro de su traje oscuro. Tonio los mira con los ojos
saltones de camaleón inquieto. Quieren decirle algo y no saben cómo.
— Tonio... Mermoz me escribió esta semana un telegrama. Quiere
que vuelva a Francia para probar los prototipos de la fábrica Latécoère. Ya
sabes, está trabajando intensamente en los nuevos hidroaviones para cruzar el
Atlántico.
— ¡Pero es una gran noticia! Ya sabes que no me gustan los
hidroaviones con sus patines de esquí, pero Mermoz está haciendo un trabajo
increíble.
Los mira con una sonrisa que no puede ocultar la tristeza, igual
que un limpiaparabrisas puede apartar la lluvia pero no detenerla.
— Entonces... ¿tú, Henri, vosotros... también os marcháis?
Guillaumet asiente.
— Te quedas de gran jefe. Bueno, ya lo eres.
— Jefe... — suspira abatido— . Un jefe indio es lo que soy. ¿De
qué me sirve ser jefe y ganar miles de francos si me quedo solo?
— Consuelo regresará enseguida — lo anima Noëlle.
— ¿Y si no regresa?
Noëlle nunca deja de asombrarse de la incapacidad de esos
hombretones valientes para enfrentarse a sus propios sentimientos.
— Entonces, si la quieres de verdad, tendrás que ir a buscarla.
Capítulo 58
Buenos Aires, 1931
Tonio lleva unas semanas concentrado en el trabajo. La línea de
la Patagonia se ha regularizado y ya hay una nómina de pilotos que van dándose
relevos en los diferentes tramos. Vuela hasta Puerto San Julián y lo recibe el
jefe de aeródromo, el señor Vitoco, con su mate bien caliente. Como sabe que es
goloso, siempre le lleva algunos dulces comprados en una confitería de la calle
Corrientes. En Río Gallegos comparte cenas y conversa con el señor Erasmo, que
pertenece a la Cooperativa Obrera y tiene sueños anarquistas. A veces llega con
el avión hasta el filo del estrecho de Magallanes y sobrevuela los volcanes
dormidos como si atravesara un planeta remoto.
Pero hay algo raro flotando en el aire. Quizá es la soledad, que
lo hace sentirse inquieto. El señor Daurat también ha regresado a Toulouse
antes de lo previsto, por los problemas financieros de la compañía, y los
magníficos proyectos de expansión se han ido estancando.
Tonio ha estado trabajando intensamente en la novela de los
vuelos nocturnos. Ha escrito ya más de cuatrocientos folios. Le parecen
demasiadas palabras. Como uno de esos pastores de la Patagonia que dejan un
rastro de pequeñas fogatas en la planicie, él dedica horas y horas a esquilar
el texto y quitarle la lana que le sobra.
No podría ser arquitecto. Hace reformas y no sólo tira los
tabiques y la mampostería, también derriba las paredes maestras y las vigas del
armazón de la novela. Pero le da igual porque odia el A + B + C. La vida es
desordenada, feroz, y lo que quiere es meter un turbión de vida en esas
páginas.
Ahora vuela con un radiotelegrafista, porque ya se ha impuesto
de manera regular que, junto al piloto, vaya un radiotelegrafista que dé
noticia constante de su posición y reciba indicaciones desde el control de los
distintos aeródromos que sobrevuelan. Volar ya no es tan solitario como antes;
aunque el ruido de los motores impida la conversación fluida, sí hay un
intercambio de mensajes garabateados a toda prisa en papeles minúsculos que le
alarga con la mano: «San Julián llovizna leve, viento noreste moderado».
En su novela, Tonio muestra el ingreso del avión en la noche con
la lentitud de una barcaza que deja atrás las luces del puerto. Al piloto
apenas lo ilumina el reflejo tenue de los relojes del cuadrante. Mira hacia
abajo y observa con ternura las luces lejanas en un campo a oscuras a esa hora
en que se extienden los manteles para la cena. Para él cada bombilla encendida
es una hoguera.
Cuando se sienta a escribir trata de atrapar en vano esos
instantes de ingravidez que escapan al lazo de las palabras..., ¡el fulgor de
las hogueras! Es ese momento en que todo se conecta y cobra un sentido, pero
que nunca se puede contar. No hay adjetivos que merodeen siquiera ese lugar
entre la levedad y el peso donde la luz se detiene. Por eso, de cada cien hojas
que escribe, rompe noventa y nueve. Indulta una más por piedad que por
convencimiento. Le parece que cualquier escritor que esté absolutamente satisfecho
de su suflé de palabras es un perfecto idiota.
Una tarde en que anda triturando páginas, llaman al timbre del
apartamento y, al abrir, aparece frente a él una torre de cajas de sombreros de
todos los colores con dos manos sujetándola por la base en difícil equilibrio.
Ese ser con piernas de hombre y cuerpo de cajas emite un «buenas tardes» desde
algún lugar impreciso y entra en el apartamento. Antes de que pueda articular
palabra, aparece otra muralla frente a la puerta. Es un carretón con algo que
parecen lienzos o al menos bastidores envueltos en papel de estraza, sin que
pueda verse de quien lo empuja otra cosa que las manos y luego, al pasar
delante de él hacia el interior, una espalda inclinada empujándolo.
— ¡Oiga!
Ha de apartarse para no ser atropellado por una carretilla
tapiada de baúles hasta la altura de la cabeza.
— ¡Pero...!
De nuevo ha de echarse a un lado porque llega otra, igual de
atestada, pero esta vez con maletas de viaje. Su perplejidad da paso a una
furia repentina y se dispone a entrar para pedir explicaciones a esos
individuos que han tomado su casa por un almacén, pero entonces aparece una
pequeña figura en la puerta con una pamela enorme.
— Hola, querido.
Su pequeña salvadoreña volcánica, con ese gesto tan suyo, entre
aristocrático y pícaro.
— ¡Consuelo!
— ¿No me vas a dar la bienvenida a Buenos Aires?
— ¡Pero cómo no me avisaste de tu regreso!
— Los telegramas son aburridos. ¡Paga a estos muchachos!
Tonio saca atolondradamente unos cuantos billetes.
— Pero ¿qué hacen aquí tus cosas?
— Se me olvidó escribir a mi hotel para reservar habitación. Les
diré que las vengan a buscar mañana.
— ¡Consuelo! ¿Cómo te vas a quedar aquí? ¡La gente va a
murmurar!
— ¡Murmurar! Me encanta esa palabra. ¿Sabes que en castellano es
prácticamente idéntica que en francés? ¡Murmurar! La palabra suena igual que el
sonido de la gente cuando comadrea en voz baja.
— Consuelo...
— ¿Qué, querido?
— Tenemos que casarnos.
— ¿Ahora mismo?
Tonio se echa a reír. La toma en brazos.
— Tenemos que preparar la boda enseguida. Pero ha de ser en
Francia.
— ¡Qué prisas! Yo sólo tengo prisa por darme un baño y tomarme
un buen dry martini. En el barco no había nadie en todo el servicio que tuviera
la más remota idea de cómo preparar un dry martini que no te hiciera explotar
la cabeza.
— Le he escrito a mi madre contándole nuestra relación. Está
deseando conocerte. Nos casaremos en Saint-Maurice. ¡Será una boda luminosa!
— Soy viuda, ¿recuerdas? Me tengo que casar de negro.
— ¿De negro?
— Por supuesto. En mi país sería inconcebible hacerlo de otra
manera.
— Será como tú digas.
Tonio se queda callado un momento.
— Consuelo... ¿Tú te quieres casar conmigo?
— ¡Ay, querido, siempre tan desordenado! ¿Después de haber
planificado la boda y hasta el color del vestido ahora me preguntas si quiero
casarme?
Y Consuelo se echa a reír como lo haría un pájaro exótico. Él se
ríe también, aunque no termina de tenerlas todas consigo. No se quedará
tranquilo hasta verla en el altar de la vieja iglesia de Agay.
Ella le hace ver que no hay prisa para pensar en bodas. Si se
casan perderá la asignación que tiene como viuda de Gómez-Carrillo. Finalmente,
deciden alquilar una casona con varias terrazas en la calle Tagle, en el norte
de la ciudad.
Son semanas en las que él trata de escribir a mano con su letra
menuda nuevas páginas de su historia de los vuelos nocturnos, pero también ha
de atender los asuntos de la Aeropostale. Cuando reciben a gente, sus invitados
se encuentran con unos anfitriones poco comunes. En la casa hay animales
disecados y dibujos de Consuelo, mezclados con muebles salidos de anticuarios
junto con otros que parecen llegados de algún desguace. Y un desorden de
papeles, carpetas y libros que se apilan por todas partes. Los conocidos le
hacen llegar a Consuelo el malestar de algunos amigos de su difunto marido,
escandalizados por su actitud indecorosa. Ella se preocupa un rato y luego se
olvida.
En esa casa los relojes son un adorno. Los horarios no existen.
Las comidas son un desbarajuste. Tonio llega a veces muy tarde después de una
ausencia de cuatro días en su ruta de ida y vuelta a la Patagonia, sin haber
apenas dormido, y saca apresuradamente de su macuto un puñado de hojas que
Consuelo ha de escuchar inmediatamente, sea la hora que sea. No importa que el
amanecer los encuentre en esa tarea y Consuelo incluso se haya dormido; él
sigue leyendo en voz alta para las sombras.
A Tonio le molesta llegar a casa y no encontrarla. A veces ella
le deja una nota: «Estoy en la ópera. Llegaré tarde». Él la espera despierto,
trabajando. El libro ha tomado un derrotero nuevo: el aviador es un personaje
cada vez más secundario y se eleva la figura del director de la Línea. Riviére.
Un personaje inspirado en Daurat, un jefe arisco y exigente hasta resultar
despiadado. Y, sin embargo, Tonio ve en él el camino de perfección: un
sacrificio que engrandece.
Esas semanas transcurren para él de una manera feliz pero
también algo sonámbula. Todo gira alrededor de Consuelo. Es un pequeño planeta
con una fuerza de atracción enloquecedora. Ella es una explosión de ideas, por
estrafalarias que sean: esculpir una escultura que quedará a medias en el
salón, hacer meditación encima de la mesa del comedor, asistir a las sesiones
de espiritismo que organiza una marquesa algo tronada, cambiar los muebles de
sitio cada día o varias veces al día.
Le cuenta a Guillaumet en una carta que lo suyo no es un
noviazgo, es un tango. Le parece que es feliz. Una mañana cae en la cuenta de
que lleva un tiempo sin acordarse de Loulou.
A veces la toma por la cintura y le pregunta a bocajarro:
— ¿Tú me quieres de verdad, Consuelo?
Y ella le hace un mohín seductor, lo toma por la barbilla y lo
besa apasionadamente. Tal vez sea por su francés de matices imprecisos, pero
siempre termina expresándose más con gestos, guiños o aspavientos que con
palabras. Y eso aún acrecienta más esa ambigüedad que a Tonio lo atormenta y lo
fascina. No lo hace sólo con él. Si en un hotel donde esté alojada, el camarero
le trae a la mesa la factura en una pequeña bandeja para que la firme y
cargarla a su habitación, ella le devuelve la bandeja sin abrir siquiera la
factura y le sonríe de cierta manera. El camarero duda, pero finalmente hace
una ligera inclinación y se retira. Ese gesto es su firma.
Él insiste en que han de casarse y, finalmente, ella accede. Le
dice que ha de ir a Europa a preparar las cosas y su ausencia lo desquicia.
Tonio se dedica a telefonearla a cualquier hora, desde cualquier parte. A
menudo no la encuentra en el hotel de París donde se aloja y otras veces las
líneas le devuelven el eco de la lejanía en forma de ruidos e interferencias
que dificultan cualquier entendimiento. En la oficina de la Aeropostale los
contables y las secretarias se habitúan a las voces del señor De Saint-Exupéry
preguntando a gritos al auricular del teléfono si lo quieren. Alguna vez que no
se ha percatado de la hora lo oyen llamar a berridos a Consuelo, como si fuera
a oírla al otro lado del océano incluso sin el concurso del cable telefónico
submarino, y al momento susurrar, también a gritos, millones de disculpas por
haberla despertado a las cuatro de la madrugada.
Finalmente, en una de esas conversaciones entrecortadas, él le
dice que así no hay manera de aclararse y que va a tomar el primer barco.
— ¿Y tu trabajo? — le pregunta ella.
Antes de que se corte la llamada le dice que ha pedido el
permiso por boda.
— ¡No te muevas de ahí! ¡Nos casamos en cuanto llegue!
— ¡Pero yo necesito un vestido nuevo, querido! ¿Dónde encuentro
un sastre que trabaje tan deprisa?
— ¡No lo sé! ¡Encárgalo en diez sastrerías y quédate el de la
primera que lo termine!
Esta vez es él el que cuelga. Tiene demasiadas cosas por hacer.
Debe hacer un último vuelo a Comodoro Rivadavia para substituir a un piloto,
preparar el equipaje, escribir a su madre, comprar regalos para sus hermanas...
El señor Daurat ha enviado un telegrama desde Montaudran
autorizando escuetamente su permiso. No puede negárselo: lleva dos años sin
hacer vacaciones. Además, Daurat tiene otras preocupaciones.
Tonio, que nunca tiene prisa para nada, al final siempre acaba
corriendo. Tanto tiempo pasa en la cafetería de la terminal brindando con
champán con amigos y colegas, varios de ellos pilotos argentinos, que casi
pierde el barco. En la dársena lo espera el mozo que le guarda la mascota que
ha comprado para regalársela a su hermana Gabrielle y que le entrega con
alivio.
— Ahí tiene su gatito, señor — le dice con una mueca de
fastidio.
No pasa desapercibido en el muelle de cruceros transoceánicos un
individuo grandullón trotando por la terminal vestido con un traje cruzado con
los faldones de la camisa por fuera del pantalón que tira con una correa de una
cría de puma y hace señales a los marineros de la pasarela para que esperen.
El viaje se le hace muy largo, especialmente porque tiene que
dar de comer y sacar cada día a pasear al felino, que crece a una velocidad
inquietante. En una de esas salidas, se cruzan con uno de los oficiales del
barco y el animal no tiene peor idea que lanzársele a la pantorrilla y darle un
mordisco. Tonio tira de la correa con que lo sujeta y se lo quita
momentáneamente de encima al marino. Pero lo hace con tanta fuerza que se le
resbala la correa y con el impulso cae estrepitosamente encima de una pila de
flotadores salvavidas. Entre los gritos del marino y el batacazo de su dueño,
el cachorro aprovecha la confusión para escapar.
Al colarse por la primera puerta que encuentra, lo que hace es
meterse en el casino. Cuando las primeras señoras enjoyadas de la mesa de
bacarrá se dan la vuelta y ven entrar al felino goteando sangre por los
colmillos, tiran las cartas y tratan de salir corriendo con tal torpeza que la
mesa cae al suelo y provoca una cascada de fichas.
Algunos clientes más preocupados por su dinero que por su vida
se ponen a cuatro patas a buscar sus fichas o directamente a arramblar con lo
que puedan, mientras el puma merodea como un toro en los sanfermines, haciendo
a la gente correr en bloque de un lado para otro. Uno de los empleados aparece
con una garrota y hace ademán de plantar cara al puma, pero en cuanto el animal
lo detecta en su campo visual y se encamina hacia él con largas zancadas, el
empleado arroja el palo y echa a correr. Alguien en medio del caos atina a
abrir una puerta que da al pasillo y empiezan a salir en tromba. El puma los
observa más divertido que hambriento, muchas señoras y señores tropiezan y caen
al suelo frente al atasco de la puerta. Cuando, a empellones, sale el último pasajero,
un marinero cierra la puerta y lo dejan enjaulado entre las ruletas y las mesas
de tapete verde.
El felino es requisado por el capitán, para ser encerrado y
entregado a las autoridades en cuanto recalen en las islas Canarias.
Esa noche escribe unas notas en su cuaderno. Esbozos de una
carta para Loulou que nunca le enviará: «En unos días me convertiré en un
respetable señor casado. Han pasado años desde que una vez estuvimos
prometidos. Ha pasado una vida entera. Ésta será ya otra vida. Nueva. Distinta.
A veces todavía pienso en cómo hubiera sido a tu lado... Ya sé que es ridículo,
pero no puedo evitar añorar las vidas que no he vivido».
El barco llega a la escala de Almería, una ciudad minúscula del
sur de España donde se ha citado con Consuelo. Alquilan un coche, el único taxi
que hay en muchos kilómetros a la redonda, que los lleva por una carretera en
la que adelantan a hombres bajos subidos a lomos de asnos. Llegan a un
promontorio pelado, en medio de un secano que le recuerda al paisaje africano,
y desde allí ven en el valle el fulgor de un pueblo encantado de casas blancas
que destellan una luz cegadora. Piden ir enseguida a ver ese pueblo de
orfebrería y entran con el coche, espantando gallinas y ancianos con gayatas
hechas de madera de olivo hasta plantarse delante de las primeras casas. De
lejos parecían de ensueño en su fulgor blanco; de cerca se revelan sencillas,
pobres la mayoría, menesterosas.
Tonio se queda callado.
— ¿Qué pasó, querido?
Suspira profundamente.
— Los sueños, Consuelo...
— ¿Qué les pasa a los sueños?
— No podemos tocarlos. Se deshacen. Mira estas casas que
parecían de oro blanco. Al tocarlo se convierte en cal.
— ¡Tonio! ¡Olvídate de los sueños! ¡Vive ahora!
Él asiente, apesadumbrado.
— ¡Señor Alfonso! — Se dirige al chófer— . ¡Llévenos a un
restaurante!
— Hay un mesón en el pueblo de al lado, pero no es de su
categoría.
— ¿Hay bandoleros?
— ¡No, señora! Es un sitio de gente pobre pero honrada. Acuden
agricultores y arrieros, gente de bien. Pero sólo podrán ofrecerles manteca
colorá, sopas de pan, tortilla de patatas y, si ha habido caza, quizá perdices.
— ¡La tortilla española! ¡Me encanta!
Atraviesan el país sin prisa, hasta llegar a Francia. Se
instalan en la casa que Consuelo ha heredado de Gómez-Carrillo en Niza. Allí
reciben a familiares y amigos. Su tía, Yvonne de Lestrange, acude una tarde a
visitarlos acompañada de André Gide, que ya entonces es uno de los escritores
más afamados de Francia.
Gide siente fascinación por las aventuras de aviación que Tonio
relata con su entusiasmo poético y se lleva bajo el brazo con gran satisfacción
una copia del manuscrito de esa novela de noche y sacrifico que se titulará
Vuelo nocturno.
Consuelo gesticula mucho, se sienta y se levanta muchas veces de
la mesa del jardín, trata de sacar nuevos temas de conversación, pero ni Yvonne
de Lestrange ni Gide le hacen demasiado caso y ella se va poniendo más y más
impertinente. Únicamente les interesa el trabajo de Tonio en Sudamérica y
hablar de literatura, y ella hace notar su aburrimiento con bostezos groseros.
Cuando se marchan, está rabiosa.
— ¡Son unos estirados y unos esnobs! — chilla mientras vuelven
hacia el interior de la casa— . ¡Yo sé más de literatura que ellos!
— ¿Ah, sí? — le dice con sorna Tonio, divertido por su pataleta
porque no le han hecho las reverencias que suelen dispensarle sus amigos.
— ¡Pues claro que sí! ¿A cuánta gente conoces que haya sido la
esposa de dos escritores?
— Ya...
— Además, tu tía me miraba de arriba abajo. ¡Es de esas mujeres
que no pueden soportar que otra mujer sea más atractiva que ellas!
— ¡Vaya! Pero ese despliegue de sensualidad no parece haberte
dado resultado con el señor Gide...
Pone los brazos en jarras.
— No me lo tomo como un desaire. Me temo que las mujeres le
interesan muy poco.
— ¡Pero si está casado! ¡Tiene una hija!
— Eso no quiere decir nada. Yo sé leer en la mirada de un
hombre. ¡Sólo se quedaba embobado mirándote a ti!
— ¿Me vas a decir que estás celosa de André Gide?
— ¡No seas ridículo, querido! ¡No soy una mujer celosa! ¡Pero la
próxima vez que vea a ese señor Gide mirarte tan intensamente le vaciaré la
copa de champán en los pantalones!
* * * *
El amanecer del día de la boda, Tonio suspira como el corredor
que ve la meta. Ella va vestida de negro, con velo y un ramo de claveles en la
mano. Él, de traje cruzado, exultante. En las fotos parece, más que un novio,
un niño enorme el día de su primera comunión.
Los días siguientes se siente pletórico. Si visitan
Saint-Maurice y en el pueblo se cruzan con cualquier conocido de su juventud,
lo agarra por los hombros y lo arrastra hasta la cafetería más próxima para
invitarlo a champán y que conozca a su esposa, que a veces habla por los codos
y otras no oculta su aburrimiento con el más descarado desdén.
Algunas noches, mientras ella pinta, él sale a fumar al jardín
y, a veces, cuando se queda solo se siente invadido por la tristeza. Una
tristeza espesa, sin motivo, que le pone los ojos húmedos sin saber por qué.
Igual que a otros les dan ataques de asma o se les desarregla el estómago, a él
se le desbarata el ánimo y tiene accesos de una melancolía que lo deja
derrengado.
Se pregunta de dónde surgirá toda esa tristeza. Además, no tiene
sentido... ¡Está en el mejor momento de su vida! Ha encontrado el amor, tiene
el reconocimiento laboral y sus perspectivas como escritor, alentadas por el
editor Gallimard y apoyado por André Gide, son magníficas. Debería estar dando
saltos de alegría, es el hombre más afortunado del mundo. Y, sin embargo, la
bailarina que da vueltas en la caja de música de repente se para. Querría
recuperar la pasión de unos años atrás, cuando el amor era un tizón al rojo
vivo, que lo abrasaba pero también lo iluminaba.
Si hubiera atendido más a las conversaciones de los corrillos en
el aeródromo de Pacheco o en las oficinas de la calle Reconquista, e incluso si
hubiera leído con algo de atención los periódicos, la noticia no lo habría
tomado tan por sorpresa. Algunos días ha visto ciertos artículos referidos a la
crisis en la Aeropostale y los ha ignorado. Cuando de pequeño se tumbaba en la
cama de su habitación de techos infinitos en el caserón de Saint-Maurice y
creía atisbar en la oscuridad cabezas de fantasmas que iban hacia su cama,
tenía un método infalible para combatir a los monstruos: metía la cabeza debajo
de la almohada y eso lo protegía de todo.
Recibe un comunicado informándole de la cancelación de todos los
proyectos de ampliación de las líneas americanas de la compañía y la venta de
la filial argentina. El suelo bajo sus pies se estaba hundiendo y él no se
había dado cuenta.
Capítulo 59
Toulouse, 1931
Mermoz observa en la pista de Montaudran el Laté 28 modificado
para convertirse en un avión transoceánico. La media docena de ventanillas le
dan cierto aire de pequeño autobús volador. Se sube la cremallera de la
cazadora de cuero y se ajusta del casco y las gafas antes de subir para un
nuevo vuelo experimental. Lleva semanas testando las modificaciones al Laté 28
con el objetivo de saltar hasta América, pese a la situación turbulenta de la
compañía.
Se acerca un mecánico con un bulto en la mano. Es ya un pequeño
ritual. El mecánico le trae el paracaídas y Mermoz se ríe. No quiere
paracaídas. Es incómodo y le parece más seguro tratar de aterrizar en cualquier
circunstancia que lanzarse desde cientos de metros con esa tela de gabardina.
El mecánico le sigue la guasa, al menos hasta que se da la vuelta y ve detrás
de él al director de explotación observándolos fijamente y se pone serio de
golpe.
— Mermoz, me parece que se olvida el paracaídas.
— ¡Pero, señor Daurat!
— Está usted realizando un vuelo de pruebas. Y las normas de
aviación vigentes exigen llevar paracaídas.
— Es un incordio inútil.
— Las normas son para todos. ¿Quiere que hagan una normativa
sólo para usted?
Mermoz hace una mueca de fastidio. Pero el mal humor se le pasa
en cuanto despega y toma altura. El aparato no nota las seis toneladas de carga
que le han puesto y alcanza los cinco mil metros con suavidad. Da un par de
guiñadas a derecha e izquierda y responde perfectamente. Inicia la prueba de
máxima velocidad y abre el paso de combustible. El Laté acelera bien hasta que
empieza a vibrar de una manera enloquecida, ni siquiera puede sujetar el mando
por el temblor. No le da tiempo ni a reducir la velocidad: como si fuera una
maqueta mal encolada, el avión se desgaja en el aire y saltan varias de las
chapas del fuselaje. El avión empieza a caer en barrena y la sangre se le
escarcha durante un segundo. Entonces recuerda el paracaídas y, boca abajo como
está por el picado del avión, trata de salir por la abertura del techo, pero
todas las piezas se han deformado y los hombros se le atascan. Con la cabeza
fuera, puede ver cómo se acerca el suelo a la vez que se parte un ala y se
desprende un depósito de combustible en ese avión que se deshace en el aire. El
propio desencaje de las piezas y la fuerza de sus hombros logran hacer saltar
la tapa de la cabina y consigue caer como otra más de la lluvia de piezas del
Laté. Está muy cerca del suelo. El paracaídas se abre y queda suspendido en el
aire unos instantes, pero la tornillería raja la tela del paracaídas y Mermoz
cae con mucha fuerza al suelo.
Los empleados del aeródromo llegan corriendo con una camilla sin
saber si habrá sobrevivido a la caída. Pero tienen la respuesta al verlo
levantar el brazo haciendo una «v» de victoria.
Sin embargo, está muy dolorido y ha de ser trasladado al
hospital. Allí le diagnostican un esguince en un tobillo y una costilla rota.
— Tendrá que quedarse aquí inmovilizado al menos cuatro días.
— Doctor, me casé hace unos meses.
— ¿Quiere que avisemos a su esposa?
— ¡No, no! ¡Lo que quiero es que no la avisen! Encima de que la
dejé sin viaje de bodas por mi trabajo en estos vuelos no voy a darle ahora un
disgusto.
— El protocolo del hospital obliga a que cuando se ingresa a
alguien hay que avisar a un familiar directo.
— Está bien, avísenla. Pero díganle que la semana próxima estaré
jugando al rugby.
Se casaron el pasado agosto. El propio presidente de la
Aeropostale, el señor Bouilloux-Lafont, aceptó ser su testigo. Tonio y
Guillaumet, desde una esquina, se daban codazos uno al otro y lo señalaban con
incredulidad como si no se creyeran lo que estaban viendo. Y aun así, no fue el
día luminoso que esperaba. Aquella misa tan solemne e incluso la propia
Gilberte, encantadora con su vestido blanco, pero con una sonrisa seria, le
contagiaron una cierta inquietud. Como si el matrimonio fuera una trampa para ciervos.
En estos meses Gilberte ha sido una esposa atenta que siempre
estaba en casa para recibirlo de manera afectuosa. Aunque la ve estrujarse las
manos cuando se despide, nunca le ha reprochado un viaje, ni una ausencia, ni
alguna de sus salidas a cenas que se dilatan hasta el amanecer o más. Nunca le
hace preguntas y cualquier explicación que él le da, ella la recibe sin
rechistar. Cualquiera pensaría que es una vida plácida. Pero él no acaba de
sentirse contento consigo mismo. Ella se merecería un marido más hogareño, más
entregado, que la hiciera sufrir menos. Se pregunta si Gilberte es feliz. Lo
parece a veces, pero ¿lo será de verdad? No es capaz de saber realmente qué hay
detrás de esos ojos marrones de ardilla y esa eterna complacencia.
Al día siguiente, la primera visita que recibe en el hospital es
la de unos compañeros pilotos.
— No te levantes — le dice con guasa Pichodou al verlo
inmovilizado.
— Es el maldito vendaje. ¿Cómo va todo por ahí?
— No muy bien. De hecho, venimos a contarte...
— ¿Otra vez con esas aprensiones sobre la Aeropostale? ¡Ya os he
dicho un montón de veces que no hay nada que temer en la Línea!
Bouilloux-Lafont es un hombre muy poderoso, con infinitos recursos: tiene
líneas de tren, minas, incluso bancos en Sudamérica. ¡Deberías ver cómo trata a
los ministros! ¡Como si fueran limpiabotas!
Pichodou suspira. Nada le gustaría más que creerlo.
— El tribunal ha dictado sentencia. Bouilloux-Lafont no ha
podido hacer frente a las deudas, el Estado le ha confiscado la compañía.
Por una vez, a Mermoz se le afloja la voz:
— Eso no es posible.
— La compañía ha estado meses con retrasos en el pago de los
salarios — se queja uno de los pilotos.
Mermoz lo encañona con la mirada. Si se pudiera mover le daría
una colleja.
— La culpa es del gobierno. ¿Se gastan fortunas en estupideces y
no son capaces de renovar el crédito de ochenta millones de francos a la
compañía? Las líneas de Sudamérica están consolidadas y hay proyectos avanzados
de nuevas rutas: la de las Antillas, la apertura de una línea del Atlántico
Norte... — Mermoz sacude la cabeza y vuelve a sonreír como si descubriera que
todo es una broma— . Seguro que es un farol, querrán tensar la cuerda,
presionar con su burocracia a Bouilloux-Lafont y a continuación autorizarán el
crédito. ¡Ya lo veréis!
Sólo Pichodou se atreve a contradecirlo.
— La sentencia es firme y han ordenado ejecución inmediata.
Bouilloux-Lafont ha tenido que irse a su casa y esta mañana han venido a las
oficinas unos empleados del ministerio con carpetas negras. Los administrativos
han dicho que son los liquidadores.
Mermoz trata de incorporarse y siente una punzada de dolor en el
costado.
— ¡No pueden tirar a la basura todos estos años! No pueden
deshonrar a los muertos.
Lo miran y asienten en silencio. Mermoz siente un brote de
rencor hacia esos compañeros dispuestos a resignarse. Su melena de león se
agita con rabia de animal herido.
— ¡No lo van a hacer! ¡No lo permitiré!
Ante la mirada estupefacta de sus compañeros, se levanta de la
cama apoyándose en el brazo del costado bueno y se va cojeando hasta el
armario. Abre la puerta y al tratar de sacar la chaqueta tira las perchas.
— Pero ¿qué haces, Mermoz? ¡Estás herido!
— ¡Pero no estoy muerto!
Una enfermera que llega en ese momento empieza a llamar a los
doctores. Harán falta dos médicos, tres enfermeras y un camillero para volver a
arrastrarlo hasta la cama.
Capítulo 60
Casablanca, 1931
Tonio ha vuelto a África, pero no ha regresado. Nunca podemos
regresar a donde fuimos felices. Incluso cuando los lugares permanecen
intactos, somos nosotros quienes hemos cambiado.
Piensa en eso en la carlinga abierta a cuatro vientos del
Latécoère 26. Le estalla en la cara el aire caliente, el sabor a arena abrasada
y el olor a minerales milenarios. El aeródromo de Casablanca se aparece en el
campo de visión con sus hangares de madera sucia, las pilas de bidones oxidados
y las pistas de macadán trazadas con cal.
Lo saca de su ensimismamiento el radiotelegrafista, que alarga
un papel escrito a mano con letra de sismógrafo. Esas indicaciones hacen el
vuelo más seguro. Pero no puede evitar cierto desánimo.
Volar se ha convertido en una tarea administrativa...
Toma tierra algo distraídamente y las ruedas brincan varias
veces antes de posarse en el suelo apisonado.
La llegada a Marruecos de Consuelo, que se quedó en Francia los
primeros meses, ha aliviado su soledad. Casablanca es una ciudad que se
pretende cosmopolita, pero a él le parece un sitio provinciano donde los
europeos juegan a ser exóticos.
Consuelo lo está esperando siempre con algún plan: cenas en casa
de funcionarios del gobierno, visitas a alguno de esos artistas amigos suyos,
tés en casa de señoras que mueven mucho sus abanicos de carey para espantar el
aburrimiento... Los hombres bromean con Consuelo y ella les sigue el juego
halagada. Se pregunta qué hará ella, tan necesitada siempre de juegos y
actividad, los días y las noches que él está ausente. Se pregunta qué habrá
hecho esos meses ella sola en París, siempre rodeada de hombres apuestos que la
halagan con sus atenciones.
Muchas de esas noches que vaga en un limbo oscuro entre Agadir y
Port-Étienne se ha preguntado si tendrá un amante. O varios. Las horas de vuelo
silencioso dan para pensar mucho. Algunos días desecha esa idea absurda y se
reprende a sí mismo por sus celos ridículos. Otros días sopesa un gesto o una
mirada que le ha visto cruzarse con un joven oficial de la guarnición o con un
ingeniero de minas inglés muy elegante y con unos modales exquisitos, que
visita a los Drillon. Consuelo, menuda y pizpireta, le parece un pájaro cantor:
lo cuidas, lo mimas, le pones la mejor hoja de lechuga para que picotee...,
pero si la puerta de la jaula está abierta echará a volar. Y nadie puede
enfadarse por eso. Volar está en su naturaleza.
Él también necesita volar. Cuando Loulou le pidió que se cortara
las alas para poder seguir queriéndolo, él aceptó. La paradoja es que, al
hacerlo, ella dejó de amarlo. Ahora se da cuenta de su trágica equivocación: no
se puede querer a un pájaro que deja de volar porque si no vuela ya no es un
pájaro. No puede dejar de pensar si, de haberse mantenido firme y haberse
convertido en piloto profesional en lugar de un gris oficinista, no habría
mantenido viva la hoguera de su pasión. Aunque también es cierto que Loulou
tenía algo de hada caprichosa. No soportaba que la contradijeran, pero aún
menos que le dieran la razón.
Trata de apartar esos pensamientos de su cabeza. Quiere pensar
en Consuelo y su cerebro le pone delante la figura voluptuosa de la muchacha
que hace las tareas de la casa. A veces, mientras él lee el periódico, ella
está limpiando por el salón y al agacharse para recoger algo deja entrever el
nacimiento de sus senos tiernos y redondos como pan de centeno.
Pensaba que cuando encontrase a la mujer de su vida, todas las
demás se borrarían. Cuando amaba a Loulou no era capaz de ver a otras mujeres,
se habían vuelto todas invisibles. Ahora, sin embargo, las ve, son carnales, ve
agitarse sus senos delante de él como maracas. Le preocupa que el brillo de su
relación con Consuelo no sea lo bastante poderoso para eclipsar al resto de
mujeres. Ningún código penal condena a nadie por un pensamiento. Pero él cree
que los actos no son más que un síntoma, el último compás ruidoso de una larga
sinfonía de instrumentos mudos. Cree que los pensamientos sí importan: si
deseas fervientemente matar a tu vecino incubas los mismos huevos de serpiente
que si ya lo hubieras asesinado. Le parece que él no podría ser severo si Consuelo
tuviera alguna ligereza porque él es el primero en cometer adulterio: no deja
de pensar en Loulou.
A veces no puede evitar preguntarse qué estará haciendo Loulou
en ese preciso instante. Mira su reloj: las cinco y cuarto o las ocho y diez...
¿Qué estará mirando? ¿Estará leyendo? ¿Estará componiendo uno de aquellos
poemas que le gustaba trazar con su letra muy redonda?
Busca al ordenanza del aeródromo; mientras se asea y se cambia
de ropa, lo envía a comprar flores a un pequeño puesto que hay en el bulevar de
la Gare.
— ¿Qué flores quiere?
— ¡Todas! — Y le alarga el dinero que lleva enredado entre los
bolsillos.
A Consuelo le encantan las flores. Las recibe con el mismo
alborozo con que las olvida un momento después encima de cualquier repisa.
Llega sosteniendo a duras penas el brazado de flores silvestres
que ha comprado a precio de orquídeas. Las flores en Casablanca son caviar. Su
pequeño volcán salvadoreño lo espera en Chez Zezé, una brasserie algo
destartalada cerca del puerto animada por dos pianos mecánicos que a ella le
parece encantadora. Cosa rara, ha llegado la primera y levanta su mano
minúscula con la copa de vino para darle la bienvenida.
— ¡Flores! Muchas gracias, Papou. ¡Son hermosas!
Las deposita formando una pila de colores sobre una silla.
— ¿Qué tal tu viaje?
— Sobre Port-Étienne vimos una bandada de flamencos. Ninguna
escuadrilla de ningún ejército dirigida por el comandante más riguroso habría
volado de manera más ordenada.
— Hemos quedado a cenar con los Vimeux.
— Me gustan ese doctor culto y su esposa.
— También vendrán los Bonner y los Desrosiers.
Tonio arruga su nariz respingona.
— No me gustan esos funcionarios del gobierno que creen que por
tomar el té con mucha menta en su porcelana de Sèvres ya son exóticos.
Ella le hace una carantoña.
— ¡Son gente influyente! ¿Serás bueno y te portarás bien con
ellos?
Él dulcifica el gesto. Imposible negarle nada a Consuelo.
— Seré el mejor.
Llega el doctor con su esposa y al momento los empleados del
gobierno francés destacados en Argelia. En los collares de perlas de ellas y
las chaquetas a medida y los gemelos de oro de ellos se lee su posición
acomodada. Él también lleva un traje cruzado y corbata, pero su chaqueta tiene
los bolsillos ajados y la camisa hace tiempo que perdió el apresto.
Tonio quiere hablarles de una bandada de flamencos. Pero los
Bonner y los Desrosiers prefieren que les cuente cómo están los asuntos
financieros en la Aeropostale. Han oído que está en bancarrota.
— Yo entiendo muy poco de todo ese asunto de los avales
bancarios y los ochenta millones de francos que dicen que deberían financiarse.
Pero lo que no me explico es cómo Francia puede dejar hundirse sin hacer nada
una compañía puntera mientras los competidores de Italia, Alemania o Gran
Bretaña se frotan las manos. Tenemos un gobierno que da vergüenza.
Consuelo lo mira fijamente tratando de frenar su lengua con
algún tipo de hipnotismo. Le daría una patada por debajo de la mesa, pero sus
piernas son muy cortas. Parece no darse cuenta de que a quien habla con tanto
desprecio del gobierno es un funcionario del Estado. En realidad, le da igual
su interlocutor; habla para sí mismo.
— Los récords batidos, las líneas abiertas en los lugares más
inhóspitos, los elogios de la prensa, los montones de medallas y
condecoraciones al mérito civil no significan nada para el Ministerio del Aire.
— ¡Ah, ya entiendo! — le responde Bonner con una sonrisa de
hielo— . Las condecoraciones, la prensa... ¡mantener esta línea aérea tan
costosa es una cuestión de vanidad!
— ¿Cuestión de vanidad? — Eleva la voz— . La cuestión, señor
Desrosiers, es el respeto a la memoria de los ciento catorce fallecidos en la
Línea. Gente que dio su vida por llevar el correo aéreo de todos los ciudadanos
de este país. Pero ustedes no pueden entenderlo. Lo más arriesgado que han
hecho nunca es asomarse desde el palco de la ópera.
— ¡Eso es ofensivo!
Se encoge de hombros. Le da igual.
Consuelo trata de apaciguar la tensión con un cambio de
conversación hacia la dificultad para encontrar gente de servicio que no se
largue de repente o acabe llenando la casa de parientes. En cuanto terminan el
mechui, sin esperar postre o café, las dos parejas de funcionarios
gubernamentales se levantan a la vez de manera muy coreográfica y se despiden
secamente.
El médico y su esposa levantan la vista. Consuelo echa una
mirada fulgurante a su marido:
— ¡Dijiste que te portarías bien con ellos!
— Lo he hecho — le responde— . Ellos me han preguntado y yo he
respondido. Habría sido una descortesía no hacerlo.
El doctor Vimeux sonríe y, finalmente, Consuelo también.
— ¡Olvidémonos de ellos!
Pide más vino al camarero y empieza a contarles una de sus
peripecias recientes:
— Fue en el trayecto entre Agadir y Saint-Louis de Senegal.
Volaba con mi radiotelegrafista, Neri, y perdimos las referencias. Dimos varias
viradas a ciegas, habíamos perdido el rumbo encima del mar. El combustible
empezaba a ser ya muy justo para llegar al aeródromo... ¡pero teníamos un mapa
de estrellas!
Tonio despliega sus vivencias como un comerciante del zoco que
extiende sobre una alfombra sus tesoros. Los Vimeux se marchan magnetizados por
sus historias. Pero al quedarse solos, Tonio mete sus manos de zarpa en esos
bolsillos de la chaqueta que son como sacas y se queda serio. No puede quitarse
de la cabeza los rumores de cierre de la compañía.
— El brillo de las estrellas es falso. La luz que vemos es la
que emitieron cientos de miles de años atrás. Las estrellas que vemos brillar
están muertas. El final de todo siempre es la oscuridad, la nada. Todo esto es
inútil, un disparate.
Consuelo le acaricia el pelo.
— Vamos, Papou...
Caminan despacio hasta su apartamento y al llegar encuentran en
el buzón un sobre amarillo de la editorial Gallimard. Dentro hay una nota del
editor, Gaston Gallimard: «Señor De Saint-Exupéry, la crítica está rendida a
Vuelo nocturno. Estoy deseando verlo en París para celebrarlo. G. G.».
La acompaña con una hoja del diario Le Matin donde el crítico
señala: «No es una novela, mejor aún: es un gran libro».
— ¡Esto es maravilloso, Tonio!
Él levanta los ojos con extrañeza, como si fuera de otro de
quien hablasen.
— ¿Realmente crees que habrán entendido que es una historia
sobre la noche y el deber?
— ¡Y eso qué importa! Lo importante es que les ha gustado, que
la ponen por las nubes y que ahora ya eres un escritor importante.
Se queda un momento pensativo.
— Entonces ¿antes no lo era?
— Pues no, querido.
Asiente sin estar muy seguro de haber entendido cómo funciona el
mundo. Sólo eres importante cuando los demás deciden que lo seas.
Capítulo 61
Aeródromo de Montaudran (Toulouse), 1932
El cierre de varias líneas en pocas semanas ha hecho que las
oficinas de Montaudran hayan perdido parte del ruido de las máquinas de
escribir y radiotelégrafos, del antaño incesante trajín de administrativos,
secretarias, mecánicos, pilotos e inspectores. El tecleo resulta monótono y
flota en el aire una pesadez de sobremesa. La única luz que nunca se apaga es
la del despacho de Daurat.
Con sus eternos ojos de espanto, Bouvet llama a la puerta y, al
ser autorizado, encuentra al director envuelto en una nube de humo y papeles,
como siempre. Daurat mira al hombrecillo menudo con calva de fraile. Con el
paso de los años ha desarrollado la misma capacidad para oler el miedo que los
perros. Y hay miedo en Bouvet cuando le acerca un telegrama. Está en vuelo el
correo entre Port-Étienne y Saint-Louis, con Gaston Mugnier de piloto y Sacha
Nimier de telegrafista. Y en dirección inversa hay dos aparatos: uno entre
Agadir y Casablanca con Guillaumet y Pourrat, y otro llegando a Barcelona
pilotado por Utrillo y Salacrou en las comunicaciones.
Antes de posar los ojos sobre el mensaje, Daurat dedica una
mirada hostil a Bouvet, que se ha quedado mirando con la mandíbula descolgada,
apabilado como si acabara de presenciar él mismo la caída contra el suelo de
alguno de los aviones, sonado por el golpe de la catástrofe. El asistente da un
par de pasos atrás murmurando unas disculpas atribuladas.
Daurat mira el comunicado y suspira aliviado. Es un mensaje de
la presidencia de la compañía. En sus oficinas de París no hay aviones cruzando
el desierto, tan sólo burócratas atravesando moquetas.
«Señor Didier Daurat, la compañía valora de manera
extraordinaria sus doce años de dedicación a la compañía...».
Esa línea lo alarma. Siempre desconfía de quienes lo alaban. Se
salta un par de párrafos y sus ojos pequeños se agrandan por la estupefacción.
«Lamentamos que las evidencias recabadas tras las denuncias
interpuestas por dos empleados de la compañía sobre las acciones intolerables
cometidas por usted al quemar sacas enteras de correo en las instalaciones de
Montaudran nos obligan a ejecutar de manera inmediata su despido y con efecto a
partir del momento de recibir esta misiva donde se le comunica que cesa en
todas sus funciones de director de explotación.»
Hay más párrafos legales y, debajo, la firma del nuevo director
general.
Bouvet, siempre apocado, tiene los hombros aún más caídos que de
costumbre, a la altura de los tobillos.
— ¡Bouvet! ¿Qué hace ahí parado como un pasmarote? ¡Estoy
esperando los presupuestos de combustible del trimestre! ¡Muévase!
Bouvet encaja con un gesto de estupefacción y felicidad el
rapapolvo. Entonces, nada ha cambiado.
Pero todo ha cambiado. Mientras camina hacia su mesa, Bouvet
vuelve a encogerse y siente la pesadumbre con más fuerza. Unos minutos antes de
que el cable haya llegado al despacho del señor Daurat, todos los empleados han
sido convocados por el jefe de personal a una reunión donde se les ha
comunicado el cese fulminante del director de operaciones. Todos saben que la
acusación de que el hombre que más ha cuidado del correo de los franceses
durante años haya quemado sacas enteras de cartas sin una razón de peso es
ridícula. Pero también saben que algo iba a suceder, que el actual propietario
de la compañía, agobiado por los problemas financieros, lo quería fuera desde
hace tiempo. Es cierto que Daurat ordenó unas semanas atrás que se hiciera una
hoguera fuera de pistas y se echaran unas sacas enviadas por un nuevo
proveedor. Unas sacas rellenas de papeles usados, para comprobar su resistencia
al fuego en caso de incendio. El pretexto es lo de menos. Hay una ventolera de
modernidad. Los nuevos jefes llevan chalecos hasta la mitad del pecho, tirantes
de colores y todos están de acuerdo en la liquidación de materiales obsoletos
como ese director que utiliza métodos de cuando la guerra.
A la mañana siguiente, Daurat llega, como siempre, una hora
antes que el primer administrativo. Perfectamente afeitado, con el pelo domado
hacia atrás con fijador, impecablemente vestido como de costumbre, con un traje
oscuro entallado de mil rayas, la corbata, el cuello de la camisa ceñido con un
sobrio prendedor y el sombrero de fieltro.
El ordenanza lo saluda con la cortesía y reverencia de siempre,
pero con un deje de extrañeza. Las secretarias lo ven pasar impertérrito hacia
su despacho con el portafolios de piel en una mano y el cigarrillo en la otra.
Van levantando la cabeza y las pestañas pesadas de rímel a medida que lo ven
atravesar sus mesas. Ninguna se atreve a decirle nada, murmuran apenas un
buenos días en voz baja. Han de obedecer las órdenes. Les han dicho que ya no
es el jefe, que ya no es nadie en la compañía... ¡Pero cómo no va a serlo si es
el señor Daurat!
Bouvet se queda pálido al verlo llegar. Hay un error. Pero esta
vez el error es el señor Daurat. Va hasta su despacho y todos hacen como si no
vieran. Es un espectro que sigue vagando por su castillo.
Llega hasta la puerta e introduce la llave, pero no gira. En su
ausencia, alguien ha cambiado la cerradura.
Se queda un instante parado delante de la puerta. Incluso da una
calada al cigarrillo. Los empleados hacen como que están enfrascados en sus
tareas. Sólo Bouvet se levanta de su silla y se pone en pie como si fuera a
decir algo. Le tiembla la barbilla. El jefe de personal asoma la cabeza desde
su despacho.
— ¡Bouvet, siéntese y siga con su trabajo! — le ordena colérico.
Bouvet es una persona de orden, que es como se llama a la gente
dócil. Tiene cuatro hijos, esposa y una suegra paralítica que mantener. Por
primera vez en su vida, Bouvet no se sienta.
Daurat lo mira. Los dos se miran. Lo que el administrativo ve en
su jefe de tantos años no es ira, ni siquiera pesar; únicamente una profunda
perplejidad, como si por una vez no tuviera una respuesta. Bouvet va a decir
algo, pero Daurat alza la mano:
— Por favor, siéntese, Bouvet.
— Pero...
— Es mi última orden.
Asiente. Daurat se da la vuelta. El silencio es tan espeso que
se oye el crujido de sus zapatos al enfilar la salida. Cuando se cierra la
puerta tras él, también se cierra una época.
Capítulo 62
Toulouse, 1932
Tonio llega a la puerta del Aimé, un café modesto de Toulouse,
estirándose la chaqueta horriblemente arrugada. Ha viajado de incógnito entre
las sacas de correo del avión que hacía la ruta hasta Toulouse, pero los tumbos
del Laté sobre el Mediterráneo no eran nada en comparación con los de su cabeza
dando vueltas al despido de Daurat. La noticia ha sido un mazazo y siente como
si tuviera fiebre. El nuevo equipo gestor de la compañía ha escrito a algunos
de los pilotos veteranos para explicarles que los cambios serán para mejor y
que expresen sus sugerencias para mejorar el funcionamiento de las líneas
postales. Tonio escribe inmediatamente a Guillaumet, que ha vuelto a ser
destinado a la línea de los Andes, aunque se rumorea su cierre inminente, y a
Mermoz, para ver cómo tienen que reaccionar ante la injusticia cometida con
Daurat.
Guillaumet se ha mostrado afectado por el despido de Daurat,
pero le responde que trate de olvidarse de esos asuntos de políticos y
directivos, que ellos son pilotos y lo suyo es volar. Sin embargo, él no puede
quitarse eso de la cabeza como el que se arranca una muela podrida.
Se ha citado con Mermoz en el Aimé para hablar del asunto. Pide
un café con leche y un bollo suizo; la angustia hace que se dispare su ansia de
comer. Mermoz se retrasa y empieza a ponerse nervioso. Pide otro café con leche
y otro bollo. Media hora después entra en el local un bólido con un traje
cruzado, demasiado elegante para ese modesto figón.
— ¡He oído la cosa más estúpida del mundo! — exclama sin
preámbulos ni excusas por el retraso.
Se sienta dejándose caer en la silla que queda libre y va a
empezar a hablar cuando el propietario lo interrumpe educadamente:
— ¿El señor tomará café?
— ¿Café? — Mira teatralmente las tazas— . ¡Tráigame un ron! ¡Si
no quiere hacer viajes, puede traer dos!
Ha llegado hace medio minuto, pero es como si llevara la tarde
entera allí.
— ¿Qué es eso tan estúpido que has oído?
— Que no va a haber un director, sino varios. Y que el que se
encargará de coordinarlos a todos se llama Dautry. Pero ¿sabes lo mejor? El tal
Dautry es un excelente gestor... ¡de líneas de ferrocarril!
Tonio agita la cabeza con desagrado.
— En París he oído cosas muy penosas. Un político de mierda que
han puesto en el consejo de administración dice que eso de las líneas aéreas es
muy costoso.
— Llevan tiempo con esa cantinela, pero ¿puede ser cierto?
— Maldita sea, es todo mentira. No se cubren, pero por muy poco.
Con una subvención de catorce millones de francos la Línea podría vivir. Y si
me hicieran puñetero caso ajustando los tonelajes de los aparatos, el déficit
sería nulo.
— ¿Qué propones, Jean?
— La velocidad postal tiene que ser de trescientos kilómetros
por hora. Hay que dar un servicio sin competencia. La gente necesita
comunicarse y hacerlo lo más deprisa posible, estarán dispuestos a pagar el
precio del franqueo que se les pida si hay garantía de entrega a tiempo. Con
todo el trabajo que hay hecho en rutas, aeródromos, personal formado..., lo que
hay que hacer no es desinvertir, sino invertir más en nuevos aparatos y el
correo se financiará solo y dará un servicio puntero como no lo hay en ningún
país del mundo.
— Tenemos que contestar a la carta de la dirección sugiriendo
mejoras, ¿les vas a contar eso?
Mermoz saca un puro y lo enciende.
— Ya les he contestado esta mañana. He sido muy breve: les he
dicho que si quieren mejoras lo que han de hacer es traer de vuelta el señor
Daurat y que él pondrá en marcha todas las que hagan falta.
— ¡Brindo por eso! — dice Tonio.
— Maldita sea, ¿vas a brindar por Daurat con una taza de café
vacía? — Se vuelve hacia la barra— . ¡Por favor, tráiganos la botella de ron!
Tonio sonríe, pero enseguida se pone serio de nuevo.
— Siento la humillación a Daurat como si me la hubieran hecho a
mí.
— Ha sido duro. Pero no podemos rendirnos. Yo no voy a hacerlo,
tengo que dar ese salto.
— ¿Salto?
— La línea del correo a América. Después del accidente del Laté
28 modificado, la nueva dirección quiere cancelar el programa de vuelos a
América porque no hay presupuesto. ¡Cretinos! Empiezan a sacar máquinas
sumadoras de los cajones y a echar cuentas. Sólo saben echar cuentas.
— Lo sé...
— Me asquean.
— Lo sé.
— Siempre me he preguntado: ¿cómo se puede vivir sin orgullo ni
pasión?
— No se puede. Están muertos, pero no lo saben. Se darán cuenta
el día que estiren la pata y entonces será tarde.
— ¡Tonio, vivamos!
Se miran a los ojos. Después de tantos avatares, por debajo de
las cicatrices, del pelo que se empieza a caer y las ilusiones descoloridas, se
reconocen en la fragilidad traviesa de los niños que siguen siendo.
— Vamos — dice Mermoz con una sonrisa.
Tonio se ríe. Cuando sube al coche deportivo de Mermoz ya sabe
adónde van. Enseguida dejan atrás el tráfico de la ciudad y enfilan hacia
Montaudran. Van a volar. Mermoz se ha comprado un Potez de segunda mano que el
bueno de Collenot le ha puesto a punto. Despegan juntos y contemplan la caída
del sol como si fuera la primera vez. La luz horizontal contra los edificios de
ladrillo convierte Toulouse en una ciudad anaranjada atravesada por la cinta
azul del Garona. Cuando todo lo demás se desgaste, siempre les quedará ese
temblor del aire.
Capítulo 63
Cabo Juby, 1932
Tonio ha escrito una carta al director general de la compañía
solicitando — podría decirse, por su tono, que exigiendo— el regreso del señor
Daurat. Pero no ha tenido ninguna respuesta; sólo el gélido silencio
administrativo.
Una tarde, le encomiendan una substitución en el vuelo a Cabo
Juby. Hace mucho que no aterriza en ese aeródromo desértico que fue su hogar.
Cuando ve en la distancia el acuartelamiento español a los pies de una playa
inmensa y el presidio ahogado al que llaman ampulosamente Casa Mar, siente que
ha volado en dirección contraria a las agujas del reloj. Visto desde el cielo,
nada ha cambiado en el mar azuloso, el secano, las jaimas y la construcción
militar, que en la distancia parece tan frágil como un castillo de arena.
Detrás, adosado al murete como un cobertizo destartalado, el hangar precario de
la Línea con un solo avión varado.
Aterriza sin fijarse apenas en las balizas, un poco sonámbulo, y
se pasa de la línea de final de pista unos metros. Viene a recibirlo un
mecánico al que no conoce. Un tuareg vestido de azul que trajina en el fondo
del hangar levanta la cabeza y sale corriendo en dirección al desierto. Nadie
más sale a recibirlo. Se acerca hasta su antigua vivienda-oficina y llama a la
puerta.
— Adelante.
La voz suena desganada. El jefe de aeródromo es un hombre muy
alto y delgado; mira de frente y parece que lo haga de perfil.
— Soy Saint-Exupéry...
— Sí, lo sé — responde molesto.
Después se queda callado, como si no hubiera nada más que decir.
— Usted debe de ser el señor Sentein.
Y el otro asiente.
— ¿Sabía que yo estuve en este puesto de jefe de aeródromo?
— Lo sé, lo sé...
Tonio detecta el fastidio poco disimulado. Aun así tiene ganas
de saber de su antiguo destino.
— ¿Cómo le va con las tribus? ¿Sigue al frente del
acuartelamiento español el coronel De la Peña?
Sentein pone cara de desagrado.
— Yo me ocupo de mis cosas.
— Ya...
— Esto ha cambiado desde que usted estuvo aquí. Ahora ya no es
posible el contacto ni con los moros ni con los españoles. Es difícil decir
cuáles son más salvajes o más estúpidos.
Tonio asiente apesadumbrado. El mecánico grita que el avión está
listo. Ni siquiera lo han invitado a una taza de té. No piensa pedirla. Se
dispone a marcharse en el momento en que el mecánico llega corriendo hasta la
puerta muy azorado:
— ¡Señor Sentein! ¡Nos atacan los moros! ¡Son muchos!
El jefe de aeroplaza abre nerviosamente un cajón y extrae un
revólver.
— ¡Deprisa! — ordena Sentein, muy alterado— . ¡Al cuartel
español!
Tonio asoma la cabeza por la puerta y los ve venir, poco más de
cincuenta beduinos. Se queda parado en la puerta, apoyado en el quicio, y
Sentein y el mecánico han de sortearlo para salir precipitadamente.
— ¿Qué hace ahí parado? ¿Quiere que le corten el cuello como
hacen con las cabras?
Sin esperar respuesta, los dos echan a correr hacia la puerta
del cuartel español. El grupo de musulmanes con un jefe al frente vestido con
una túnica azul y una lanza en la mano se acerca hasta la caseta. Tonio sonríe.
Se lleva una mano al pecho.
— ¡Gran sheij Abdul Okri!
El caudillo extiende los brazos y ordena detenerse a la partida.
Alguien emerge del grupo y al levantarse el velo de tela que cubre su rostro
resulta ser su antiguo traductor Kamal.
— ¡Bienvenido a tu casa! ¡Todos te han echado de menos!
A varios cientos de metros, Sentein se ha dado la vuelta un
instante en su carrera y observa los saludos. El mecánico también vuelve la
cabeza y se queda perplejo al ver en la distancia cómo los árabes hacen una
fila para saludar uno por uno al piloto. Se detienen jadeantes y observan la
escena a una prudente distancia.
Esperando su turno respetuosamente, quedándose el último para
poder demorarse más, se le acerca otro viejo amigo.
— ¡Kafir Mugtar!
— Saintusuperi...
— ¿Cómo está tu familia, amigo?
— Están bien. Se pondrán contentos cuando les diga que has
regresado.
— Sólo me he detenido a recoger el correo. Debo partir
enseguida.
Kafir Mugtar asiente imperturbable.
— No importa que te marches. Las personas que se aprecian nunca
se van del todo. Siempre queda algo suyo con nosotros.
Kamal traduce al sheij Abdul Okri, que ha estado observando el
diálogo en silencio. Por encima del velo azul sólo asoman los ojos negros
embellecidos por el kohl. Al saber que no ha venido para volver a ser el jefe
de los aviones, niega con la cabeza y frunce sus cejas en señal de disgusto. Su
mirada ha pasado a ser la del guerrero fiero, la del hombre implacable al que
no le tiembla la mano si ha de tomar su propia gumía para rebanar el pescuezo
de un enemigo. Suelta algunas palabras en un tono autoritario y Kamal asiente
sumiso.
— El muy honorable sheij dice que él es el señor de este
territorio y que todos deben obedecerle. Te ordena que te quedes aquí y seas su
visir para los tratos con los infieles.
Tonio se acerca a él con su sonrisa más tierna.
— Lo que me ofreces es un altísimo honor. Sabes, honorable
sheij, que respeto tu autoridad y que nada deseo más que cumplir tus órdenes,
siempre sabias.
— Entonces ¿te quedas? — traduce Kamal.
— No puedo de ninguna manera, magnífico Abdul Okri. Mi sheij de
Francia me exige que regrese. Así que las condiciones no son propicias para
quedarme.
El traductor esboza una mueca de preocupación.
— El sheij se disgustará. No puede ser desobedecido.
— Y yo no lo desobedeceré. Traduce esto al honorable sheij: mi
mayor deseo es obedecer de manera exacta tus órdenes, pero las condiciones no
son favorables para que pueda quedarme. En cambio, son extraordinariamente
propicias para que despegue. Así que sería una decisión muy sabia ordenarme
partir. De esa forma sería obedecido de manera absoluta.
Kamal traduce con una lluvia larga de palabras en el idioma del
desierto. Después, el sheij se queda un largo minuto pensativo en el que se
hace el silencio. Todos están expectantes y sólo se oye el rolar de las olas
encrespadas sobre la playa. Por fin, habla. Hay en sus palabras orgullo y en
sus ojos el brillo de las fogatas que iluminan la noche. El joven Kamal traduce
palabra por palabra:
— ¡Te nombro embajador volador de nuestra tribu por todo el
mundo! ¡Te ordeno que partas inmediatamente para cumplir tu cometido!
— Así lo haré y tu sabia voluntad será cumplida, gran Abdul
Okri.
Todos vitorean y aplauden el acuerdo. Unos metros más allá, el
jefe de aeroplaza y su mecánico se han quedado pasmados sobre la arena. Los
adelantan por la derecha y por la izquierda, sin ni siquiera saludarlos, como
si fueran invisibles, dejan atrás a varios oficiales españoles, que raramente
se aventuran fuera de las murallas del cuartel. También hasta allí ha llegado
la noticia. La gente del lugar dice que en el desierto las noticias corren
deprisa porque no hay paredes.
— ¡Es verdad! ¡Es Saint-Ex!
Caminan despacio para que los árabes los vean de lejos, tengan
tiempo de despedirse de su amigo y se replieguen dignamente hacia el desierto.
Al llegar los oficiales, se repiten las escenas afectuosas. Los
españoles, bigote delgado y risa fuerte, gustan de dar palmadas rudas de cariño
sobre los omóplatos, hablar a gritos, tan drásticos para los afectos como para
los odios. Sentein y su subalterno se hunden como piedras en la arena.
Capítulo 64
Casablanca (Marruecos), 1932
Los Saint-Exupéry han invitado a comer a su casa de Casablanca
al ingeniero Bouchard, que trabaja para una poderosa compañía petrolífera.
— ¡Querido Bouchard!
Consuelo lo saluda sin detenerse siquiera mientras regaña a un
criado. Es mediodía y el almuerzo aún no está preparado. En realidad, la
despensa está vacía. Aparece Tonio despeinado y sin afeitar como si se acabara
de levantar de la cama.
— ¡Tonio, no tenemos comida en casa!
Él sonríe. Ella también.
— El ingeniero Bouchard es un amigo comprensivo, ¿verdad?
El hombre asiente entre perplejo y divertido.
No sólo no hay comida. En el cuenco donde Tonio deja el dinero
de la paga semanal no hay una sola moneda. Consuelo se va al rincón desde el
que el criado observa, como si estuviera castigado, y ella le reprocha en
susurros que haya gastado todo. Sin detenerse, da una vuelta completa al
comedor, toma su sombrero y se acerca al invitado. Se cuelga de su brazo.
— Acompáñeme, señor Bouchard, hay aquí al lado una tienda de
quesos maravillosa. ¿Le gusta el queso?
— Sí, señora. Mucho.
— ¡Genial! — grita Tonio— . Yo iré abriendo el vino... ¡No
queda!
— Traeremos vino también.
Consuelo tiene una rara habilidad para moverse por las ciudades,
ir de compras e incluso comer en los más selectos restaurantes sin llevar un
franco encima. Es la condesa de Saint-Exupéry, naturalmente. Es ella la que les
hace un honor a los restaurantes y tiendas que visita. Ya vendrá a pagar su
marido. O, como en este caso, siempre hay un caballero encantado de ejercer
como tal ante una dama.
Consuelo sale de casa colgada del brazo del ingeniero.
— Es extraordinaria la ocupación de aviador de su marido — le
dice.
Ella suspira.
— ¡Yo lo que quisiera es que fuera ministro!
Al regresar al apartamento con un cargamento de quesos,
pastelillos de pistacho, dátiles, pan con sésamo y vino, coinciden en la puerta
con un recadero del servicio de correos y telégrafos que trae un telegrama.
Tonio lee en voz alta: «Señor Antoine de Saint-Exupéry. Por la presente le
comunicamos que su novela Vuelo nocturno ha sido elegida por el jurado reunido
en París como ganadora del Premio Femina de novela de 1931...».
— ¡Señor Bouchard! — exclama pletórica Consuelo— . Va a tener
usted que acompañarme de nuevo..., ¡necesitamos champán para brindar!
El del 31 es un clásico día de diciembre gélido en París. En el
lujoso hotel Lutetia un botones coloca en su sitio los butacones tapizados de
rojo sobre el brillante suelo ajedrezado mientras el estirado recepcionista
anota en el registro el nombre de los últimos clientes con una cuidadosa
caligrafía. Al ver que se acerca alguien al mostrador levanta la vista y se le
congela la sonrisa automática de bienvenida. No sabe si la persona que tiene
delante es un cliente o un vagabundo: un individuo grandón con ojeras y barba
de tres días ennegrecida por un musgo de carbonilla, una chaqueta arrugada como
un trapo, los pantalones rozados de grasa y las botas de aspecto militar
polvorientas.
— ¿En qué puedo ayudarle, señor? — le pregunta con recelo.
— Tengo una habitación reservada a mi nombre. Soy Antoine de
Saint-Exupéry.
El recepcionista no puede evitar arquear las cejas. No sólo
tiene una habitación, sino que se trata de la suite presidencial reservada para
el ganador del Premio Femina por la organización. Mira de arriba abajo al que
se supone que es el invitado de honor de la elegante gala de la noche presidida
por el alcalde de la ciudad. La compañía de correo le ha dado permiso para
recoger el premio, pero ha tenido que venir desde Casablanca a Toulouse con el
correo, tras veinticuatro horas de vuelo, siendo zarandeado por una tormenta
sobre el Estrecho, durmiendo apenas unas horas en Alicante, tiritando de frío
sobre los Pirineos, esquivando nubes de tormenta sobre Carcasona. Ha llegado a
Montaudran con el tiempo justo de tomar el tren hacia la capital para la cena
de entrega.
— Mándeme a la habitación un barbero. Y que el botones me vaya a
comprar dos camisas de cuello duro de la talla más grande y un par de corbatas.
Y que la gobernanta pase a recoger mi traje para plancharlo.
— ¡Papou! ¡Pareces un náufrago! — Consuelo, que ha llegado en
tren un día antes, se lanza a sus brazos.
— Lo soy. Pero ahora que estás aquí me siento rescatado.
Mientras lo afeitan trata de pensar en algo para decir en la
ceremonia. Odia ese tipo de eventos. Por mucho que trate de memorizar algunas
frases, las olvida en cuanto pone un pie sobre el estrado, se pone colorado y
se queda mudo. Nunca ha sabido cómo se dicen unas frases de cortesía. Puede
estar horas relatando historias larguísimas, pero no ve la manera de decir tres
frases formularias.
Se echa mano al bolsillo y lo siente crujir. Es el telegrama de
Mermoz. Lo ha leído diez o quince veces: «Felicidades de corazón por el premio.
Tu amigo. Jean Mermoz». La solidez de amigos como Mermoz lo redime de la
comedia de las apariencias que le espera esa noche, donde deberá sonreír a
gente que nada le importa y a quienes, por muchos aspavientos que hagan, él
tampoco les importa un pimiento. Es una tarantela estéril. Nada de todo eso
tiene que ver con su obra.
Mientras la gente bebe copas de ponche y lo escuchan con escaso
interés, deseosos de que termine pronto el trámite de la entrega del premio y
puedan volver a su conversación sobre conocidos comunes o negocios, ¿qué va a
decir? No puede explicarles la esperanza que se siente en el cielo, no puede
contar en un comedor abarrotado, iluminado por suntuosas lámparas de araña
sobre las mesas con manteles de hilo, cómo en la soledad oscura de la noche,
después de cien millas de planicies más deshabitadas que el mar, aparece una
granja perdida que parece llevar hacia atrás, en una marejada de praderas, su
carga de vidas humanas. Mejor dirá gracias, que se siente muy honrado, y nada
más. Un libro sobre la noche y sobre lo que nos hace eternos no significa nada
en esos actos deportivos que acompañan a la literatura.
Capítulo 65
París, 1932
Mermoz es un atleta incansable. Corre por el cielo. Una vez más,
corre más deprisa que sus sueños. Los deja atrás. El Bernard 18 atraviesa
cirros de mantequilla.
Tras el despido de Daurat, desde la cúpula de la compañía le han
mandado mensajes apaciguadores: tienen grandes planes de futuro para él. Pero,
una vez más, los que quieren halagar a Mermoz desde los despachos no saben nada
de él. No quiere cargos ni aumentos de sueldo, lo que quiere son aviones que
crucen el Atlántico. Es entonces cuando se acaban las sonrisas y la coba. Le
hablan de las dificultades económicas que atraviesa la compañía y le van dando
largas. Si creen que así lo van a desanimar, están muy equivocados.
Ha removido cielo y tierra hasta encontrar un constructor
llamado Adolphe Bernard, que ha visto la oportunidad de darse a conocer
internacionalmente poniendo en manos del piloto más famoso de Francia su nuevo
prototipo con un motor poderoso.
Mermoz regresa de Argelia, esa Francia que arde de luz blanca y
mezquitas. Quiere que se homologue el Bernard 18, pero para eso ha de conseguir
superar una prueba de larga distancia. No se lo van a poner fácil: para que el
ministerio autorice su raid París-Nueva York necesita mostrar la fiabilidad del
nuevo aparato en la prueba de circuito cerrado de Orán. No sólo no le ayudan
desde el ministerio con ninguna subvención, sino que le van poniendo palos en
las ruedas. Pero, en vez de cabrearse, ha decidido que cada vez que le pongan
un palo, él saltará por encima. Querían un test de resistencia homologable
internacionalmente y se vuelve de Orán con un nuevo récord mundial de distancia
en circuito cerrado, con cincuenta y siete horas de vuelo. Cincuenta y siete
horas de tensión son muchas horas, pero Mermoz no siente el cansancio. Esas
horas de vuelo frente a la burocracia no son nada. Ha saltado ese obstáculo y
ahora el camino hacia América vuelve a abrirse. Va a arriesgar el Bernard, su
récord y su propia vida para establecer un paso sobre el Atlántico por el que
las cartas vayan y vengan desde América.
Cuando baja del avión y salta sobre el asfalto de la pista, hay
algunos periodistas avisados del nuevo récord y se disparan unos flashes. Él no
hace caso a las voces que le piden que pose. Pese al éxito conseguido, no está
de humor. Para otros pilotos, un récord así es la meta de una vida; para él no
es más que una formalidad para llegar más lejos, para hacer algo que vaya más
allá de sí mismo, un triunfo para toda una sociedad, para todo un país. Mermoz
espanta con gestos ariscos a informadores, curiosos y pelotas, y se va a la
sala de pilotos, donde lo espera Gilberte.
Al verlo llegar con la cazadora de cuero por encima de la camisa
y la corbata y el pelo rubio revuelto, ella siente un enorme alivio y le parece
el hombre más guapo del mundo. Del banco se levanta otra persona que lo
esperaba junto a Gilberte. Es Pierre, su hermano pequeño, que ya ha cumplido
los dieciocho años.
— ¡Gilberte me ha dicho que podía acompañarla! Me ha dicho que
quizá me podrías enseñar tu avión.
Mermoz no disimula su contrariedad. Está cansado y la cabeza le
bulle con las noticias de la Línea.
— Otro día.
El muchacho asiente con vehemencia, temeroso de incomodar a su
cuñado y deseoso de agradarle.
— Claro, Jean. Disculpa. Otro día, claro.
Observa su peinado excesivamente acicalado, con todo el pelo
hacia atrás con mucho fijador para parecer mayor. Siempre que lo ve le suplica
que le cuente historias de vuelo y le confiesa con pudor que quiere ser piloto
como él. Mermoz se da media vuelta y empieza a caminar. Al cabo de unos pasos
se detiene y se da la vuelta. Gilberte y su hermano siguen clavados en medio
del pasillo mirándolo con perplejidad. Respira hondo y a continuación pone los
brazos en jarras para volver a ser el gran Mermoz que todos esperan:
— ¿Pierre, qué haces ahí pasmado? ¿No querías ver el Bernard?
El joven Chazottes casi echa a correr hacia él.
— ¿En serio vamos a ver el avión?
— Claro.
— ¿Sabes una cosa, Jean?
— ¿Qué?
— Empiezo la semana que viene el servicio militar. He pedido
plaza de voluntario en aviación como hiciste tú.
— ¡Eso es genial!
Mientras caminan hacia el Bernard, el muchacho baja la cabeza,
atribulado.
— Tienes que hablarle a Gilberte. Está contrariada conmigo. Dice
que soy demasiado joven para empezar a pilotar. ¿No se da cuenta de la edad que
tengo?
— Es tu hermana mayor. Lo será siempre; tengas la edad que
tengas, siempre le parecerás pequeño.
Le golpea suavemente con el puño en el brazo y Pierre sonríe.
Mermoz se pregunta qué mundo les espera a los futuros pilotos con gobernantes
que desprecian a sus trabajadores del cielo. Reconoce la ilusión en los ojos
del muchacho mientras se sienta en el asiento de piloto y acaricia las palancas
y las esferas.
— ¡Maldita sea! ¡Nos vamos!
— ¿Tienes autorización de vuelo?
— Acabo de dármela.
Despegan. En el momento en que el avión se levanta del suelo y
se produce ese momento de vacilación y temblor, mira de reojo a su joven
cuñado. Tiene la boca abierta por el asombro. Hay en él una mezcla de
adrenalina y enamoramiento. Lo tiene claro: dará la batalla por él y los
jóvenes como él, que no quieren un país de paniaguados y burócratas.
En las siguientes semanas se reúne con diputados, funcionarios
del Ministerio del Aire y directores de periódicos. Los invita a comer langosta
en restaurantes caros, les hace probar coñacs añejos, les habla del puente que
se puede construir sobre el océano, de la carrera aérea en la que Francia
estaba ya en cabeza por delante de ingleses y alemanes, de la escuela de
sacrificio y servicio que es el correo aéreo para los jóvenes...
Acepta invitaciones a cenas de la buena sociedad donde finge
divertirse, acude a tómbolas de caridad de las esposas de los políticos
influyentes. Aprovecha cada momento para contar su verdad. Todos lo oyen. Nadie
lo escucha.
Pasan las semanas y los meses. La situación en la Línea cada vez
es más caótica. Los aviones estropeados no se reparan, los sueldos se demoran,
el personal que se jubila no es substituido. Hay líneas que dejan de cubrirse y
en Sudamérica hay tramos que están a punto de perder la concesión
administrativa por incumplimiento de su explotación. Italianos, alemanes y
holandeses se frotan las manos ante la pérdida de fuelle de la aviación
francesa.
Escribe un telegrama a Tonio a Casablanca: «Muchas
conversaciones sin resultado. Nadie se responsabiliza de la Línea. La están
dejando caer. Estoy moviendo todos hilos, escaso éxito. No me rindo. J. M.».
Tonio le responde desde su obligado exilio marroquí, pero no
sabe escribir telegramas. Demasiado cortos, no caben las palabras necesarias.
Le manda una carta: «Es normal que estirar de los hilos de esos tipos no dé
resultado. Son marionetas. Tienen el corazón de trapo. No debes rendirte. Quizá
no ganes, pero si no te rindes, nunca serás derrotado». También le habla de
cómo se siente en Casablanca en mitad de ninguna parte. «Cuando estaba en Cabo
Juby en medio del desierto sentía que tenía un lugar, que era una estación en
un camino, que formaba parte de algo mucho mayor. Ahora que América se está
perdiendo, que dejan derrumbarse la Línea, uno no sabe ya dónde está.» Le manda
mil abrazos y montones de pequeños dibujos: zorros que ríen, viejos sabios que
fuman en pipa, aviones de juguete...
En medio del desbarajuste de la Línea, Mermoz es destinado al
tramo Toulouse-Alicante. Volver al Grand Balcon es una pequeña fiesta, las
propietarias lo reciben como el sobrino díscolo que llega de lejanas tierras.
En el modesto comedor del hotel, medio vacío por el descenso de la actividad en
el aeródromo, le sirven sopa de fideos en soperas de loza que parecen piezas de
museo y pastel de carne. En ninguno de los lujosos salones de París en los que
ha acudido a cenas de etiqueta cocinadas por los chefs de moda ha comido
manjares semejantes.
Pero nada le quita de la cabeza su obsesión de conseguir para
Francia la conexión del Atlántico Norte. Debe saltar. Su naturaleza no le
permite quedarse quieto. Si se queda quieto se pudre. Tiene la opción de ir por
libre, pero cuando visita al constructor, el señor Bernard le confiesa
apesadumbrado que no puede hacer las mejoras necesarias al Bernard 18 para el
vuelo transoceánico porque su empresa está en números rojos. Mermoz se ofrece a
pagarlas de su bolsillo. Vende su avión Potez y hasta su coche deportivo.
Gilberte asiente silenciosa a su manejo del dinero, no pone
objeción alguna. También observa con preocupación su nerviosismo de fiera
enjaulada cuando está en casa. Por eso no le parece mal que haga la línea de
Argel y pase tiempo fuera. Además, en Argel podrá visitar a su hermano Pierre,
que está allí haciendo el curso de piloto. Cuando le escribe, su hermano le
cuenta con emoción las ocasiones en que Jean acude a visitarlo. Le explica que
la guardia se le cuadra al entrar en el cuartel como si fuera un comandante.
Que su cuñado se sienta orgulloso de él es su máxima aspiración.
Mermoz es una cafetera encima del fuego. Puede soportar mucha
presión. Se contiene poniendo buena cara en las reuniones sociales y en los
encuentros con políticos que lo reciben con tanta cortesía que aún se irrita
más: le dan la razón en todo, le dicen que sí, le dicen que mirarán de hacer
algo. Pero lee en sus ojos que les da igual la Línea, el esfuerzo de la gente,
África, América... Les da igual la historia. Las cafeteras a veces explotan.
Una escuadra italiana comandada por su mariscal del Aire, Italo
Balbo, surca majestuosamente el Atlántico y son recibidos en Brasil como
héroes. Italia agita la bandera de la vanguardia en la aviación internacional
mientras Francia sestea en negociados y subsecretarías.
Pide una reunión urgente con el secretario general del
Ministerio del Aire. Y cuando entra en el despacho ni siquiera se sienta. Le
invita a que tome asiento y se niega. No ha venido ya a convencer, ha venido a
amenazar.
— ¡Están tirando por el suelo años de trabajo en la construcción
de las líneas aéreas! ¡Esto es una vergüenza para Francia!
— Esa Línea que tanto le agrada es enormemente deficitaria. Una
ruina. Francia tiene otras prioridades.
— Hay que aumentar la velocidad postal. Podríamos transportar el
triple de correo con sólo renovar la mitad de la flota. Los nuevos aviones
estarían amortizados en dos años.
El político hace un gesto de aburrimiento.
— El plan del ministro Cot para crear una alianza con la
Lufthansa es una bofetada al trabajo que han hecho los pilotos y mecánicos
franceses, que se han dejado la vida para poner en marcha la mejor línea de
correo aéreo del mundo. ¿Y todo ese esfuerzo se lo van a regalar a los
alemanes?
— Ése es un asunto de gran calado político. Hágase un favor a sí
mismo. Deje las decisiones estratégicas en manos de los expertos.
— ¿Expertos? — Y Mermoz pasea la vista por el despacho: buenos
cuadros, buenos muebles de caoba, buenos puros habanos sobre la mesa...— .
Quiere decir expertos en vivir bien a costa de los ciudadanos.
— ¡No tengo por qué tolerar sus groserías!
— Señor secretario, he de reconocer que es usted experto en
algo: en mediocridad.
El portazo de Mermoz retumba en todo París.
Capítulo 66
Casablanca, 1932
El Premio Femina ha levantado una polvareda de portadas de
revistas gráficas, entrevistas radiofónicas y banquetes en asociaciones de
postín. Tonio asiste a ese vaivén con una mezcla de perplejidad y benevolencia.
No es fácil resistirse a la amabilidad y las comilonas en restaurantes lujosos
y no contagiarse de la modorra de los halagos. Consuelo está pletórica con ese
no parar e invierte una parte del premio en renovar su vestuario. Cuando llega
el momento de reincorporarse a su puesto en Casablanca, le dice que ella no
puede marcharse de la ciudad.
— ¡Sólo en París resultan apropiados los vestidos que he
comprado!
Tonio regresa a su piso detrás de la Place de France, pero la
animación de la avenida, con las aceras atestadas y los cafés repletos, le
resulta ajena. Nunca se acabó de sentir a gusto en la ciudad, pero en esas
semanas todo va a ir a peor. No se da cuenta hasta la tercera o cuarta vez de
que, cuando entra en la sala de pilotos a tomar café, las conversaciones se
apagan, que todos tienen prisa de repente y se queda solo. Se le abren los ojos
una tarde en Casablanca en que un piloto llamado Allard lo espera para seguir
con el correo hasta Málaga y llega con veinte minutos de retraso.
Desciende de la carlinga con una sonrisa, pero su colega tiene
un gesto agrio.
— Le van a multar, Saint-Ex.
— Bueno — responde él sin pretender ser condescendiente— , ¡qué
más da!
Entonces, Allard lo mira y le habla con un desprecio que lo deja
helado:
— Claro, usted es aristócrata y escritor, puede permitírselo.
No atina a responderle siquiera. Allard se va hacia el aparato
mientras él se queda parado sobre la pista y deja que llegue el atardecer. En
la oficina se sienta junto al jefe de aeródromo, un piloto retirado, barbudo y
pasado de peso, que fuma en pipa y tiene un aire de marino antiguo. Le pide que
le cuente qué se dice de él. Se agita incómodo. Tarda una eternidad en elegir
las palabras.
— Lo entrevistan en la radio, su foto aparece en las secciones
de Sociedad de los periódicos... ¡Usted es una celebridad!
Intenta halagarlo, pero sólo consigue ponerle plomo en los
bolsillos.
— Pero yo no quiero ser «una celebridad», sino un piloto.
El veterano jefe de aeroplaza suda.
— Trate de entender a los chicos. No es que lo quieran mal, es
que lo ven diferente, de otra esfera.
Otra esfera. Suspira.
Cubre unas semanas la ruta Orán-Marsella. Allí se reencuentra
con Mermoz, destinado ahí entre prueba y prueba de los prototipos
transoceánicos. Una noche coinciden en Marsella libres de servicio. Recorren el
barrio portuario, entran en todas las tabernas y piropean a todas las chicas,
recitan poemas célebres y se inventan otros sobre la marcha, cierran los bares
más nocturnos e inauguran los más madrugadores, donde los estibadores desayunan
aguardiente. En una floristería recién abierta compran dos docenas de flores y
las van regalando a todas las mujeres que se cruzan. Es una de esas noches en
que vuelven a ser jóvenes.
Con un cierto grado de paranoia, piensa que la compañía lo
traslada de nuevo a Casablanca para alejarlo de Mermoz. Él pide un permiso para
ir a Francia a visitar a su madre y le es denegado. Vuelve a sentir la frialdad
de algunos de sus colegas. Hay días en que nadie se sienta a su mesa a
compartir el café. No puede entenderlo. No le parece justo.
En esos días grises, le llega un telegrama de Guillaumet
diciéndole que va a hacer escala en Casablanca llevando a un inspector de
ronda, y que estará en la ciudad unas horas. Tiene una alegría grandiosa. Por
la mañana incluso va a cortarse el pelo, como si se preparase para una cita
amorosa. Y en cierto modo lo es. El cariño y el afecto de Henri son para él una
de sus mayores conquistas.
Se citan en un cafetín que huele a menta hervida. Es un día
brillante y los ventanales enormes dan a una plaza repleta de tenderetes, donde
los vendedores vocean la mercancía. Guillaumet llega con un traje marrón que le
queda algo bailón. Tonio piensa al verlo que su elegancia es otra, la elegancia
moral de quien no falla en los momentos precisos. Se miran. Se abrazan.
En ese encuentro, sediento de compañía como está, Tonio habla y
habla sin parar.
— ¡Ojalá no hubiera escrito ese estúpido libro! ¿De qué me
sirven los premios literarios y los halagos de gente que no me importa nada si
mis propios compañeros me desprecian?
Le cuenta, quizá exagerando, las miradas torvas de los otros
pilotos o las conspiraciones a sus espaldas.
— ¿Tú crees eso que dicen, que soy un esnob? ¡Por favor, dime la
verdad!
— Pero ¿desde cuándo es un pecado ser esnob? — le responde
risueño Guillaumet— . ¿Acaso no puede cada uno ser lo que quiera?
— Entonces ¿sí crees que soy un esnob?
— ¡Naturalmente que no!
Tonio asiente. Suspira. Pide un coñac.
— Dime la verdad, Henri.
— Claro.
— ¿Prometes decirme la verdad?
— Por supuesto.
— Pero ¿la verdad?
— ¡Ya te he dicho que sí!
Da vueltas a su vaso ancho y mira moverse el licor.
— ¿Crees que he traicionado algo importante de nuestra profesión
al escribir mis libros?
— ¡Qué tontería!
— Pero algunos lo piensan. Creen que he escrito ese libro para
darme importancia, como si yo fuera más que ellos y naturalmente que no lo soy.
Cualquiera de ellos es mejor piloto que yo.
— No te atormentes. Ya se les pasará. Cuando te conozcan más,
sabrán cómo eres.
— ¿Y cómo soy, Henri?
— Alguien que se preocupa demasiado por lo que piensen los
demás.
Guillaumet debe continuar hasta la siguiente escala, así que se
encaminan al aeropuerto atravesando sinuosas calles sin iluminar donde se
refleja el brillo de la luna en las paredes encaladas.
— Henri, he hablado tanto de mí que ni siquiera te he preguntado
por Noëlle. ¿Cómo está?
— Está muy bien.
— ¡He estado todo el tiempo hablando de mí! No sé nada de tu
vida actual, Henri, y justo ahora tenemos que despedirnos. Debes disculpar a
este egoísta.
Gillaumet se ríe.
— No te preocupes, no te has perdido nada. Mi vida sigue siendo
la de siempre.
— ¿Y eres feliz?
— ¡Claro que soy feliz! ¿Por qué siempre me preguntas eso?
— Porque me importa. Si tú eres feliz yo también lo seré un
poco.
Una tarde en que debe ir al aeródromo, por primera vez en su
vida, desea no hacerlo. Ha perdido las ganas de subirse a su avión. Y eso es lo
que definitivamente lo subleva: le han arrebatado la ilusión. Por eso, rabioso
como está, envía una carta solicitando un nuevo destino de manera inmediata o
se verá obligado a presentar su dimisión, para que vean esos chupatintas de la
nueva dirección con quién se la están jugando.
Lo que sucede es que le mandan a vuelta de correo un cheque con
la rescisión de su contrato y un finiquito miserable. Han aceptado a velocidad
vertiginosa su renuncia, que sólo era una pataleta para llamar la atención.
Después de todos esos años, le dicen adiós con un talón bancario.
Su primera reacción es de incredulidad.
Se va al escritorio para redactar una carta a la dirección de la
compañía y deshacer el malentendido. Pero, al ponerse delante de la cuartilla,
su mano sólo es capaz de dibujar corderos tristes. ¿Qué va a decirles? ¿Que lo
de marcharse si no aceptaban su exigencia de traslado era una broma? ¿Va a
rogar que lo readmitan? ¿Hasta dónde va a tener que humillarse?
Mermoz y Guillaumet se ofrecen a interceder por él ante la
actual dirección, pero él los disuade, es demasiado orgulloso para aceptarlo.
De todas maneras tampoco está seguro de querer volver. Todo ha cambiado mucho
desde que se fue el señor Daurat y se nacionalizó la compañía, y han aparecido
de debajo de las piedras directivos y gestores que no quieren saber nada de
pioneros de la aviación, sino de finanzas. La aviación nació siendo una
aventura y ahora empieza a convertirse en un negocio.
Capítulo 67
París, 1933
Mermoz llega de un vuelo con el ruido del viento retumbándole
aún en los oídos. Son las ocho y Gilberte estará esperándolo con la cena
preparada. Y está hambriento. Al llegar a casa le extraña encontrar todas las
luces apagadas. La casa está fría. La mesa no está puesta. Llama a Gilberte en
voz alta, pero nadie contesta. Un leve crujido en el dormitorio lo hace
dirigirse hacia allí.
Enciende el interruptor de la luz y ella está sentada en la
mecedora. Se balancea muy lentamente y tiene los ojos desmesuradamente abiertos
de quienes han visto lo que nunca debe verse.
— ¿Qué te sucede? ¿Te encuentras bien?
— ¿Si me encuentro bien? — Hace una pausa muy larga que no
augura nada bueno— . ¿Ahora me preguntas si me encuentro bien?
Hace un amago de sonrisa, pero es una mueca de dolor. Mermoz se
fija que tiene un papel entre los dedos. Extiende una mano para que él lo lea.
Es un telegrama del Ministerio de Defensa. Hay fórmulas de
cortesía, lamentaciones rutinarias, formulismos. Pierre Chazottes ha fallecido
en el acuartelamiento de Guelma a causa de un accidente durante la realización
de un vuelo de prácticas.
Mermoz cierra los ojos. Arruga el papel con la rabia con que
estrujaría el cuello a Dios si lo tuviera delante. Pierre no había cumplido aún
los veinte años. Nunca los cumplirá.
— Gilberte...
Alza la mano y lo manda callar. Por primera vez va a hablar
ella. Su voz sale de un lugar cavernoso que no es su garganta:
— Éramos felices en Brasil. Pierre quería ser comerciante de
madera. Pero todo eso se fue. La aviación..., la dichosa aviación. No ha hecho
más que convertirme en una mujer que vive sola y ahora me ha quitado a mi único
hermano.
— Entiendo tu dolor.
— ¿Entiendes mi dolor? — Y lo mira con unos ojos desmesurados
que jamás había visto en ella— . ¡No entiendes nada! Tú vives en tu propio
mundo. ¿Qué sabes de mi dolor?
— Te prepararé una tila y te acuestas. Necesitas descansar. Yo
me ocuparé de todo.
— Ocuparte de todo...
Y empieza a hablar como nunca nadie le había hablado antes a
Mermoz. El largo nudo de silencio de Gilberte se desata en una riada de cieno
que lo arrasa todo. Reproches, dolor, rabia, insultos... todo mezclado. Mermoz
aguanta sus palabras con el estoicismo helado con que soporta a cuatro mil
metros una tormenta de granizo. Le echa en cara las ausencias y el sufrimiento
de las esperas en los vuelos, pero también las otras esperas. La cena fría en
los platos. Las manchas de carmín en la ropa. Y Pierre, tan impresionable, tan
vulnerable a sus hazañas..., él habría podido disuadirlo de alistarse como
piloto, pero no le dio la gana de hacerlo. Mermoz no dice nada. Por una vez es
él el que calla.
Respeta su dolor, pero no está dispuesto a asumir la muerte de
su hermano como una carga propia. La brecha que se ha abierto en su matrimonio
es un precipicio. Durante las siguientes semanas, la casa es un iglú. Volar es
su única escapatoria. Alzarse de la pista, despegar hacia arriba, dejar abajo
las miserias cotidianas, quedarse solo.
Y aferrarse tozudamente a su misión. La misión que da sentido a
todo lo demás. Abrir un pasillo sobre el océano. Seguir adelante. Adelante.
En Marsella, cuando regresa de un servicio de la línea a Argel,
alguien lo está esperando en la sala de pilotos tomándose un vermut rojo y
picoteando de un plato de olivas a las once de la mañana.
— ¡Henri! ¿Qué demonios haces tomando el aperitivo tan temprano?
— ¿Desde cuándo miras el horario para pasar un buen rato?
Mermoz se ríe. No recuerda el tiempo que hacía que no se reía.
Comen en un figón del puerto con olor a cerveza agria. En la
mesa del fondo, dos marineros con brazos enormes tatuados con anclas echan un
pulso mientras otros los jalean y cruzan apuestas. El cierre de la línea de
Chile ha traído a Guillaumet de vuelta a Europa.
— ¿Qué has sabido del señor Daurat?
— Siempre supe que no se vendría abajo. Es duro de pelar. Ha
puesto un pleito a la compañía por despido improcedente y si lo gana tendrán
que readmitirlo o darle un montón de dinero. El viejo Latécoère lo ha
contratado para trabajar de gerente en su fábrica de aviones.
— Me alegro.
— No es de los que se quedan cruzados de brazos. No es como
nuestros políticos de pitiminí. ¿Sabes una cosa? La pasada semana estuve en
Roma — le cuenta Mermoz.
— ¿Y eso?
— El mariscal del Aire, Italo Balbo, cursó una invitación a
todos los pilotos que hubiéramos cruzado el Atlántico. Fue sensacional.
Deberías haber visto cómo estaba todo organizado..., ¡a lo grande! Nos trataron
a los pilotos como a eminencias. Me hicieron dar una conferencia con un
traductor delante de cien personas. Hablabas y te escuchaban con un increíble
respeto.
— No sé qué pensar de ese partido fascista que ha subido al
poder...
— Puedes pensar lo que quieras, pero deberías haber visto la
escuela de pilotos de Orbetello, las fábricas de aviones... todo impecable.
— También aquí hay buenos fabricantes.
— ¡Claro que los hay! ¡Los mejores! Pero aquí a los pilotos se
nos escupe en la cara. Allí les hacen una escuela sin escatimar nada y las
autoridades te la muestran como si fuera un monumento nacional. ¿Sabes cuál es
la diferencia?
— Dímela.
— Allí se sienten orgullosos de sus aviadores. El máximo
representante de los asuntos aéreos del país, Balbo, es un piloto de primera
clase. Aquí sólo hay chupatintas y algún militar que ganó las medallas jugando
a las cartas en el club de oficiales.
— Puedes pedir la nacionalidad italiana. Las italianas son muy
guapas, aunque dicen que tienen un carácter endemoniado.
— ¡Qué mujeres! Son todo fuego. Deberías ver cómo hablan en voz
alta y gesticulan como hombres. ¡Pero me has cambiado de tema!
— ¿Acaso hay otro tema?
Consigue hacerlo reír. Ríen los dos. Necesitan reír. Mientras
rían, no los habrán vencido.
Capítulo 68
París, 1933
Tonio lleva un año sin volar, varado en las calles de París.
Prefiere escribir en los cafés en lugar de hacerlo en casa, donde Consuelo
despliega el desorden de sus aficiones: escultura, pintura, libros, ropa...
Todo le interesa y todo le cansa, y acaba siempre llegando gente al piso y no
hay manera de tener un poco de paz. Comparado con su casa, el trajín del café
es una música que lo ayuda a concentrarse. En los ratos en que se le escapa la
inspiración siempre hay periódicos que leer y clientes que mirar, hombres raros
y mujeres enigmáticas a las que él les idea vidas turbulentas tras su
respetable apariencia.
Su editor, Gaston Gallimard, le hizo un contrato para tres
libros, pero ni siquiera tiene trazas de acabar el primero. Por cada folio que
le parece aceptable, tira cinco. Por cada línea que escribe, hace cuatro
dibujos.
Tiene desplegados sobre la mesa varios folios arrugados y su
libreta de cuero en la que anota cualquier cosa. Muchos amigos y conocidos
saben que para allí, y acuden a visitarlo. Esa tarde una mano se posa sobre su
hombro. Es una mano de piedra.
— Mermoz...
El camarero llega rápidamente a ofrecerle una silla.
— ¿Qué tomará el señor?
— Absenta, por favor.
— Que sean dos — apunta Tonio.
— ¡Que sean cuatro!
Tonio observa el traje de cuadros a la última moda de su amigo.
— Se te ve bien.
— Estoy bien por fuera, pero estoy asqueado por dentro. Todo lo
de la Línea ha sido una jugarreta política. Al gobierno no le dio la gana de
renovar los créditos a la Aeropostale precisamente para hundirla.
— Pero ¿nos hemos vuelto locos? ¿El gobierno de la nación hunde
la mejor compañía aérea del país?
— Exacto. La Aeropostale era propiedad de Bouilloux-Lafont y no
querían que un particular tuviera todo ese poder en sus manos.
— ¿Y quién manda ahora?
— La dirección es un caos. No hay un jefe único, todo son
departamentos y subdepartamentos, secretarías y subsecretarías. He tratado de
llegar arriba del todo para hablar de tu caso.
— ¡Jean! ¡No debes hacerlo!
— Maldita sea, ¿cómo no voy a hacerlo? Pero me envían de un
sitio a otro, me dan largas.
Tonio asiente con esa tristeza repentina que se le pone en los
párpados de caparazón de tortuga.
— Pero al fin hablé con Faure, subdirector general de
explotación financiera. Es lo más parecido que he encontrado a un jefe
dispuesto a hacerme algo de caso. He logrado sacarle una cita. Te recibirá el
día 30 en su despacho.
— ¡Eso es una gran noticia! ¡Hay que celebrarlo!
Mermoz hace la señal de alto con su mano.
— No es un tipo fácil.
— Yo lo domesticaré.
Tonio entra en el nuevo edificio de la Aeropostale en París. El
mostrador de mármol de recepción brilla, el suelo de baldosas es un espejo, los
techos son enormes. Todo es tan nuevo que se siente viejo. La sala de espera
adonde lo envían, pese a los cómodos sofás y el surtido de revistas ilustradas,
es para Tonio la sala de tortura porque un rótulo ruega que no se fume. Justo
cuanto más necesitaría un cigarrillo en las manos para no hacerse un nudo con
los dedos. Tiene que echar mano a su libreta de tapas de cuero para trazar
algunos garabatos que le calmen los nervios.
Por fin, tras un tiempo que a él le parece una vida entera, le
indican que lo va a recibir el subdirector de explotación aérea. Lo que más le
sorprende del despacho al que lo conducen no son los cuadros de caza de las
paredes ni la mesa enorme de nogal. Lo que más le llama la atención en el
despacho de un jefe de explotación es el silencio. Le viene a la cabeza el
despacho de Daurat con la mesa tapada por mil carpetas e informes, con
teléfonos sonando, asistentes entrando con comunicados de radio, el ruido de
los trabajos en la pista al otro lado de la ventana. Aquí todo está ordenado.
Reina un aire de notaría.
Faure está con la cabeza descansando en el cómodo respaldo de su
sillón giratorio, mirándolo con un desinterés nada disimulado.
— Usted dirá.
— Querría que considerasen ustedes mi reingreso en la compañía.
— La plantilla se completó hace ya varios meses. El plazo de
admisión de solicitudes finalizó el pasado febrero.
— Nadie me informó...
— ¿Cree que podemos informar uno por uno a todos los ciudadanos
de Francia?
El tono ha sido condescendiente. El silencio se espesa como una
bechamel que se enfría en el plato.
— Señor Faure, yo he sido piloto de la línea del correo aéreo
sobrevolando España, África y Sudamérica. He aterrizado en el desierto, me han
disparado los rebeldes, he rescatado pilotos franceses, españoles, uruguayos,
he sido jefe de aeroplaza en un rincón del Sahara, he inaugurado una línea en
la Patagonia...
Faure lo observa con el mismo desinterés que el primer minuto,
quizá más.
— Sus viejas historias son muy entretenidas, pero ésta es una
compañía que no mira al pasado, sino hacia el futuro.
— Yo he sentido la Línea como mi casa. No pueden negarme que
vuelva a mi casa.
Faure se encoge de hombros.
— Envíe una solicitud por escrito.
— Ya he enviado cinco.
Faure se encoge de hombros otra vez.
— Envíe otra.
— ¿La mirará con especial interés?
— La mirará el comité de selección como todas, señor. ¿Acaso
pretende un trato de favor? — Y utiliza un tono de falsa indignación— . Debemos
tratar todas las solicitudes con exquisito respeto a la normativa de la
compañía aprobada por el Ministerio del Aire. Seamos serios.
— Disculpe, pero yo no quiero ser serio. Prefiero ser decente.
— Creo que no le entiendo, pero no me agrada su tono. Esperaba
otra cosa de un hombre de letras.
— Un hombre de letras... Tal como usted lo dice, suena como una
ofensa.
El subdirector tuerce la boca en un gesto de exasperación que
delata el deseo de terminar cuanto antes ese trámite engorroso.
— Soy un aviador, no lo olvide.
El hombre tras la mesa lo mira con sarcasmo. Tonio siente como
si se acabara de tragar una cuchilla de afeitar. Se levanta, alza tanto la
cabeza que su nariz señala a Marte, le da las buenas tardes sin mirarlo y sale
por la puerta. Trata de caminar dignamente, fingir que está por encima de todo,
pero sólo es capaz de barrer el suelo con los pies.
Capítulo 69
París-Toulouse, 1933
Nadie se atreve a acercarse al hombre al final de la barra que
bebe vasos de whisky como si fuera agua. El camarero le rellena el vaso sin
decir palabra, siguiendo las órdenes tajantes de sus gestos. Hay en su mirada
un incendio.
Mermoz agita el hielo para que tintinee contra el cristal y
acerca el oído como si fuera una caracola. Le gustaría escuchar algo, una
señal. Tanto con Gilberte como con su tarea de enlazar el correo de Europa con
América a través del Atlántico, ha llegado a un callejón sin salida.
En las pruebas de transporte con peso, el Bernard 18 resultó un
fiasco. Vacío, el avión iba como una flecha, pero al cargarlo, su estructura se
descompensó. A tres mil metros, se puso a temblar como un polluelo en invierno,
y se deformó en el aire peligrosamente. Deberían invertir mucho dinero en
modificaciones para conseguir hacer de ese purasangre un mulo de carga para el
correo, pero los grifos del dinero están cerrados. Él ya ha perdido en ese
avión todos sus ahorros y se encuentra en números rojos. Puede volver al
ministerio y rogar a secretarios y subsecretarios pero le asquea ese circo de
pulgas.
Sale a la calle. No quiere volver a casa. Cuando él y Gilberte
se hablan, las palabras dejan restos de vaho en el aire. Han acordado que él se
busque un apartamento en París y es lo que va a hacer sin más demora.
Pero incluso en esos momentos de sótano y desesperación, Mermoz
no se apea. En el nuevo organigrama aeronáutico que está diseñando, el
ministerio le daría con facilidad una plaza de inspector o de director de
cualquier cosa. El sistema tiene dos maneras de neutralizar a quienes se
revuelven contra él: a los revolucionarios de poca monta los castiga, los
penaliza, los aplasta; a los revolucionarios peligrosos les da un cargo.
Ha vuelto a visitar a alguna gente influyente, a mostrarse
hipócritamente amable con personas adineradas o bien situadas en el ministerio,
pero nadie le ofrece otra cosa que tazas de té y halagos que no valen nada. Le
dicen que es un héroe. Le gustaría preguntarles por qué, si es un héroe,
Francia lo está tratando como a un mendigo. Cada semana que pasa siente crecer
la amargura dentro.
Asqueado de París, solicita incorporarse a la línea de España y
regresa a Toulouse para volver a hacer el trayecto hasta Barcelona o Alicante.
En el Grand Balcon las señoras Márquez se hacen mayores y han cerrado una parte
del hotel porque les daba demasiado trabajo. Pero para él siempre hay sitio y
en esas comidas de guisos calientes compartidas con otros mecánicos y pilotos,
donde bastan pocas palabras para decírselo todo, siente por fin un calor
cercano al de un hogar.
Es una de esas tardes en que está leyendo el periódico en la
sala de estar del Grand Balcon cuando la señora Márquez lo avisa de que tiene
una llamada, una conferencia de París.
Uno de los responsables administrativos de la expropiación de la
compañía le propone una cita para conocer a un ingeniero aeronáutico que está
preparando, con el visto bueno del gobierno, un aparato que podría atravesar el
Atlántico con las garantías de seguridad que las nuevas normativas aéreas
francesas exigen para establecer una línea de correo transoceánica. Mermoz se
pone en pie. Por un momento piensa que pueda ser una broma. Levanta mucho las
cejas. Ha hecho cien gestiones sin ningún resultado, pero por fin parece que
alguien mueve ficha en las alturas. La persona con quien le indican que ha de
verse es un diseñador y constructor de prototipos llamado Couzinet.
Esa misma semana se ven en un bistró cerca de Notre-Dame. Al
principio parece reacio a dar explicaciones a Mermoz, como si no se fiara de
él. Y no se fía. Cuando le sugirieron en el Ministerio del Aire el nombre de
Mermoz frunció el ceño: «¡Necesito un piloto, no una celebridad!», les dijo.
Pero Couzinet ha accedido. Ya ha ido demasiado tiempo por libre y las deudas lo
atosigan.
Couzinet lo ha reconocido y le hace una seña para que se siente
a la mesa. No le da tiempo ni a decir buenas tardes.
— Necesito un piloto que sepa su oficio — le suelta de manera
abrupta.
— Y yo un constructor que sepa el suyo — le responde igual de
cortante Mermoz— . Si el avión cae usted pierde un aparato, pero yo pierdo el
cráneo.
La respuesta tajante descoloca a Couzinet, que únicamente se
expresa con brusquedad para disimular su timidez.
— Deme un buen avión y yo lo llevaré al fin del mundo. Pero
¿sabe lo más importante? Lo traeré de vuelta.
Couzinet asiente. Lee en esos ojos una resolución de hierro. Sus
reticencias ceden. Ya sólo quiere que pilote su avión Jean Mermoz.
A Mermoz, a primer golpe de vista, René Couzinet le parece uno
de esos estudiantes empollones, pálidos y reconcentrados, con mucho libro y
poca calle. Tiene un aire algo desaliñado: calza zapatos viejos sin lustrar,
lleva un traje bueno pero arrugado y con brillos en los codos. Cuando empieza a
hablar se da cuenta de que tiene enfrente a alguien aún más obsesivo que él.
Remueve la taza que les sirven durante un rato y sus ojos se quedan atrapados
en el remolino de café. Al principio parece tímido, pero cuando empieza a
hablar de motores radiales, cigüeñales, ángulos de ataque, calibración...
parece poseído. Lo está.
Couzinet cree que no tiene sentido construir aparatos para
largas distancias que al perder un motor caigan. Él ha diseñado un trimotor al
que ha bautizado como Arc-en-Ciel. No sólo puede continuar en vuelo con un
motor parado, sino que sus hechuras permiten al mecánico trabajar desde dentro
del avión para repararlo.
Hasta llegar ahí Couzinet ha visto estallar muchos prototipos,
ha pasado muchas penurias, incluso hambre, ha tenido que mendigar inversiones.
Pero todo eso es una minucia cuando saca una cuartilla y un lápiz y empieza a
dibujar un avión de dimensiones olímpicas. Mermoz se contagia de su entusiasmo.
Los fantasmas del desánimo que han llenado de sombras y oscuridades su interior
se disipan al abrirse esa nueva ventana a la aventura oceánica.
El febril Couzinet se empeña en que vayan a ver el avión al
hangar. El Arc-en-Ciel 3 es un aparato robusto, un toro plateado de triple
hélice. El constructor acaricia el fuselaje de manera sensual.
— Mermoz, podemos partir hacia América a primeros de enero.
— ¿Podemos?
— ¿Creía que me lo iba a perder?
Por esos vaivenes en los negociados de la política, cuyas
razones son siempre subterráneas, lo que durante meses han sido bloqueos y
negativas a la aventura transoceánica de la Aeropostale, se convierte de
repente en una puerta abierta de par en par. Los permisos se agilizan, el
dinero para la puesta a punto está disponible y se aprueba el plan de vuelo
para conectar Europa y América del Sur, retomando la línea entre
Francia-Senegal-Natal para cruzar el océano Atlántico por su paso más corto.
En pocas semanas, el Arc-en-Ciel ruge sobre el cielo de Brasil
con los dos mil caballos de sus motores. Es el primer vuelo de prueba sobre el
Atlántico cargados con el correo y con el propio Couzinet a bordo. No ha habido
forma de convencerlo de que añadía peso innecesariamente y Mermoz finalmente ha
accedido a que fuese con ellos. Al fin y al cabo, él es el padre de la criatura
voladora. Si lo culminan con éxito, habrán abierto una puerta que ya no se
podrá cerrar. Es el vuelo que lleva tantos años esperando y, al despegar, se
siente tan tranquilo como si hiciera remo en el Tigre.
Mil setecientas veinte revoluciones en el salpicadero. Todo
bien. Mira al frente, varios cientos de metros más arriba, un globo descomunal
avanza en la misma dirección, mucho más lentamente. Alza los dos brazos y sus
gritos se elevan por encima del estruendo de los tres motores:
— ¡Auf Wiedersehen, cabezas cuadradas!
La tripulación alza la cabeza, entre ellos Collenot, al que ha
elegido como mecánico para el primer vuelo Europa-América del Arc-en-Ciel.
Miran por las ventanillas y ven cómo primero dan alcance y después dejan atrás
al zepelín de la Lufthansa, que quiere quitarles el dominio de la línea con
América del Sur.
Desde su asiento, el constructor alza la voz para preguntarle si
alguna vez ha pilotado uno de esos dirigibles.
— ¿A eso le llama pilotar, Couzinet? ¡Eso es conducir un
tractor!
Catorce horas después de salir de Saint-Louis de Senegal,
aterrizan en Natal con placidez.
Mermoz está contento, pero rechaza las fiestas y las
celebraciones. Cuando llega para recibirlo el jefe de aeródromo con una banda
de música, manotea para espantar su concierto de grillos.
— ¡No quiero músicos, quiero mecánicos! Aún no hemos hecho nada.
Mañana hay que salir para Buenos Aires con el correo.
Y en Buenos Aires al día siguiente el recibimiento es
apoteósico, con un aeródromo atestado de gente y una nube de reporteros
gráficos esperando la llegada.
El gesto serio y la actitud preocupada del piloto-jefe en ese
primer viaje de prueba resultan premonitorios. Al regresar a Natal para hacer
el camino de regreso con el correo de vuelta, el Arc-en-Ciel rueda durante
mucho, demasiado rato en la pista sin elevarse, hasta que una rueda se hunde en
el terreno. Al escarbar descubren que la zona está minada de hormigueros y no
tiene consistencia. Pudieron despegar hacia Buenos Aires con el depósito a un
cuarto, pero con nueve mil litros de gasolina y un peso de quince mil
cuatrocientos kilos, el trimotor que tan seguro resulta en vuelo es una mole en
tierra que requiere pistas resistentes a su tonelaje. El Arc-en-Ciel se queda
varado como una ballena en Natal durante semanas hasta que la pista se
acondiciona.
En algunos diarios se habla de fracaso de la línea transoceánica
y a Mermoz se lo llevan todos los demonios. Los que alabaron de forma desmedida
un simple vuelo experimental con el objetivo de buscar, precisamente, ese tipo
de carencias y solventarlas, ahora le echan la caballería encima, dibujan
crueles caricaturas suyas subido a un avión que es un caracol gigante y
amenazan con espantar la voluntad cambiante de los políticos.
Aprovecha para distraerse haciendo ejercicio físico de manera
frenética. Vuelve a comer tortillas de seis huevos. Vuelve a reír a carcajadas
algunas noches en el barrio de Ribeira con copas de ron y mujeres de color del
ron. Fue en Brasil donde conoció a Gilberte, pero parece que haga mucho tiempo
de eso. A veces Mermoz siente vértigo de su propia vida, de viajar en un tren
tan rápido que al mirar por la ventanilla todo ha quedado ya atrás.
El correo ha tardado meses en ir y venir. Es el fallo que muchos
estaban esperando para cerrarle el paso.
Al poner un pie de vuelta en el aeródromo de Senegal, tras una
travesía con un motor parado sobre el océano que provoca el desasosiego de los
tripulantes hasta la llegada, recibe la noticia de que la compañía Aeropostale
ya no existe: el gobierno va a fusionar Air Orient, Farman, Air Union, CIDNA y
la Aeropostale. La nueva compañía única controlada por el Estado se llamará Air
France.
Trata de localizar a Tonio y a Guillaumet. Precisamente
encuentra al llegar una carta de Tonio llena de monigotes en la que le cuenta
que le piden prólogos para libros, artículos para revistas y hasta le han
ofrecido escribir un guion para el cine, pero él lo que más desea es volver a
volar. Guillaumet está destinado en la línea de Orán. Es de poco escribir, pero
a través de compañeros le manda saludos.
Las luchas administrativas se agravan. A Mermoz lo convocan a
reuniones de alto nivel con los nuevos administradores de la macrocompañía
estatal, lo invitan a cócteles de gala donde los hombres llevan chaqué y las
señoras se abanican, le conceden menciones honoríficas como piloto
transoceánico... pero no lo escuchan. Él no quiere honores, quiere aviones para
ir más allá.
Finalmente, lo colocan al frente del servicio postal entre
Francia y América, pero no lo dotan de una flota de aparatos eficaz: se reúnen
algunos hidroaviones junto a aviones convencionales retocados. Es una chapuza,
pero lo que más lo horroriza es que los políticos están encantados con su plan
de alianza con la Lufthansa alemana. En una de esas fiestas en que está el
ministro del Aire, Pierre Cot, se acerca al corro donde se encuentra y solicita
poder hablar con él un minuto a solas. Cuando una doncella cierra la puerta de
un gabinete de la casa y los deja solos, Mermoz cambia el gesto mundano por
otro mucho más agrio.
— Pero ¿cómo es posible que el gobierno se plantee un acuerdo
aeronáutico con la Lufthansa? ¡Van a entregar a los alemanes todo el esfuerzo,
todas las líneas abiertas con tanto esfuerzo durante años! ¡Señor Cot, eso es
intolerable!
— Su tono también es intolerable, señor Mermoz. Pero no se lo
tengo en cuenta porque sé que su intención es buena. A veces la política es
compleja, créame.
— Lo siento, no tengo nada personal contra usted, señor Cot.
Pero he dejado mi juventud arañando el aire metro a metro y no voy a aceptar
que se regale el sacrificio de tanta gente a cambio de no sé qué prebendas.
— Es usted libre de aceptar o dejar de aceptar.
Mermoz sale del gabinete y toma el abrigo y el sombrero. De la
casa se va directamente a Paris-Soir a ver a su amigo Joseph Kessel, periodista
que fue aviador durante la guerra. Kessel admira a Mermoz y rápidamente se pone
de su parte. De allí se va a la redacción de Le Matin. Recorre todas las
redacciones de los periódicos y empieza una campaña en contra del acuerdo con
la compañía alemana que genera una encendida polémica. Hay quienes reclaman que
al frente del Ministerio del Aire debe estar un militar y no un civil que ha
aprendido a volar tomando clases siendo ya ministro.
Mermoz no quería polémicas, sólo volar. Una tarde en que anda de
un humor de perros, se cruza en la plaza del Trocadero con un piloto de la
Línea ya retirado. Parece tener prisa, pero se detiene un momento a saludarlo.
Le dice que va a escuchar a una gente que trae nuevas ideas para regenerar el
país, que por qué no lo acompaña. Se encoge de hombros y decide ir con él.
En un ateneo de la calle Copérnico dejan atrás a la señora de la
recepción haciendo ganchillo, atraviesan unas mesas donde hay hombres que
juegan partidas de cartas y llegan hasta el salón de actos, con todas las
sillas ocupadas y gente de pie en la parte trasera. Sobre la tarima habla un
hombre trajeado, de frente despejada y pelo corto pulcramente peinado con
fijador.
— ¿Quién es?
— Es el presidente, el señor De La Rocque...
Alguien se vuelve para puntualizar: «Coronel De La Rocque».
Otros les chistan para que dejen de parlotear.
— La deshumanización del capitalismo en connivencia con un
Parlamento corrupto está minando los cimientos de la justicia social de este
país. ¿Para qué queremos un Parlamento que nos cuesta cientos de miles de
francos si no es capaz de defender los intereses de nuestros agricultores? Nos
está llevando a un precipicio. Y al fondo de ese precipicio nos están esperando
esos comunistas que no tienen conciencia, que convierten a las personas en
ganado, que no creen en la familia ni en la libertad. Tenemos que exigir a los
políticos más decoro y mano dura contra aquellos que atenten contra los
trabajadores, las empresas y la gente honrada que hace grande este país. No
podemos permitirnos más corrupción ni más distracciones de esos políticos que
desprecian los valores que han hecho grande Francia: libertad, justicia y ley.
Moscú tiene los tentáculos muy largos. Si no convertimos nuestra voz en una
sola voz y dejamos que el desorden se apodere de todo, seremos débiles. Y la
debilidad es la muerte para un país. Porque la debilidad trae la revolución y
trae la guerra. La gente honesta y trabajadora lo que quiere es un país fuerte
que se gane el respeto de sus vecinos y camine con la cabeza levantada hacia
futuro...
Los aplausos fervorosos interrumpen unos segundos su discurso.
— En Alemania, el Partido Nacionalsocialista ha conseguido poner
en marcha un país dormido. ¿Acaso no somos capaces de hacerlo también en
Francia? ¿Es que son mejores que nosotros? Aquí sobra talento y orgullo para
hacerlo y multiplicado por diez.
Más aplausos. Mermoz no aplaude. Está hipnotizado.
Capítulo 70
Toulouse, 1934
Tonio lleva dos años sin volar. Una tarde mustia en que relee
maquinalmente un libro de poesía que lo deja indiferente, recibe un telegrama
que le transporta de golpe al pasado: «Preséntese semana próxima en fábrica de
Latécoère en Toulouse. Empezará como piloto de pruebas para nuevos prototipos.
Atentamente. Sr. Daurat».
Tira al aire el libro.
— ¡Este telegrama del señor Daurat sin palabras rimbombantes sí
que es poesía!
Consuelo, enfrascada en una partida de bridge con sus amigos,
acude a ver qué sucede.
— ¡Daurat me reclama en Toulouse para ser piloto de pruebas!
¿Vendrás conmigo?
Consuelo abre los ojos como si fuera un búho.
— ¿Toulouse? En absoluto, cariño. Ya sabes que odio las ciudades
pequeñas. Odio todo lo pequeño.
Tonio mueve la cabeza con resignación: ¿cómo vas a odiar lo
pequeño si eres una personita de juguete?, le diría. Pero sólo suspira. Desde
el salón la reclaman insistentemente sus amigos.
— Salgo para Montaudran.
— ¿Ahora mismo?
— En realidad, ya me he ido.
El señor Daurat tiene algunas canas más y algún kilo más. Pero
su mirada es la misma. Arde.
En el hangar, Tonio se encuentra con un mecánico de la industria
Latécoère de los de toda la vida. Lleva la llave inglesa y el trapo de grasa
suspendidos del bolsillo trasero del mono de la misma manera en que lo vio
cinco años atrás. Mientras él y sus compañeros han ido y vuelto a África cien
veces, han volado a la Patagonia y a los Andes, ese hombre no ha recorrido más
que los treinta pasos de largo de la nave donde trabaja.
— Michelet... ¿Qué ha hecho todos estos años?
— Lo de siempre, señor Saint-Ex. Trabajar.
— Pero ¿se ha subido alguna vez a un avión?
— ¡Oh, sí, señor Saint-Ex! Yo soy personal de tierra, lo dice mi
contrato, pero por una urgencia me llevaron en una ocasión a Barcelona a hacer
una reparación.
— ¡Entonces ha cruzado los Pirineos!
— Ya lo creo.
— ¿Y qué sintió al hacerlo?
— Pues... no lo recuerdo, señor Saint-Ex. Iba durmiendo.
Hay cosas que para Tonio son incomprensibles. Se queda pensativo
mientras el mecánico se aleja con su paso blando de camello.
¡El día más importante de su vida, Michelet se queda dormido!
Aunque, por otro lado, ¿qué es lo importante? Para Michelet lo
importante es una tuerca que un día se le resiste. La lucha contra esa tuerca
que requerirá de toda su pericia, su energía, su paciencia y su habilidad será
para él una guerra. Michelet vive las aventuras del más atrevido de los pilotos
tumbado en un taller manchado de grasa.
Tonio despega el nuevo Laté 290 con motor de seiscientos
cincuenta caballos y Michelet lo ve alzarse de la pista. Sólo ha volado una vez
y se quedó dormido, pero ha visto partir a todos, ha visto regresar a unos y
morir a otros contra el suelo de la pista. Ve cómo despega el señor Saint-Ex
con el avión desequilibrado y mueve la cabeza a lado y lado. Es un milagro que
siga vivo.
Durante el vuelo ha de tomar nota de las características del
avión y tiene una libreta entre las piernas para los apuntes. Cuando aterriza,
el ingeniero y su ayudante, que han estado observando atentamente el vuelo
desde la pista, le piden sus impresiones:
— Mal al pasar de cierta velocidad.
— ¿De cuánta?
— De bastante, antes de llegar al máximo.
— ¿De cinco mil revoluciones?
— Puede ser. Y escora.
— Lo vimos.
— ¿Hacia qué ala escora?
— Pues... izquierda.
El ingeniero y su asistente se miran. A ellos les ha parecido
que escoraba a la derecha.
— ¿Está seguro del lado? ¿Por qué no consulta las notas de su
libreta de vuelo?
Saca la libreta y la abre. Ante las caras de estupefacción de
los ingenieros no puede evitar sonrojarse como un niño pillado con la mano en
el plato de las natillas. La hoja tiene apuntada la hora del despegue y, a
continuación, únicamente un montón de monigotes y dibujos. Hay magos con
capirote puntiagudo, cabezas de caballo y bocetos de un niño con el pelo rizado
y una capa de caballero. También la silueta curvilínea de un cuerpo de mujer
que parece una guitarra. Ni rastro de anotaciones técnicas. El ingeniero frunce
el ceño con enfado. Al parecer, no es muy amante del dibujo a lápiz.
Como el desarrollo de los Laté incluye su transformación en
hidroaviones, es enviado al aeródromo de Saint-Laurent-de-la-Salanque, en el
departamento de los Pirineos Orientales, a pie de la laguna de Leucate, para
hacer pruebas con aparatos en los que las ruedas de aterrizaje y despegue se
han cambiado por flotadores.
A Tonio no le gusta la laguna salada donde hacen los ejercicios,
tan falta de vida, y le aburre la modorra de Perpiñán. Alguna tarde de domingo
se sienta con un vaso de Oporto a escuchar la orquesta y mirar a las chicas que
pasan por delante en dirección a la música pintadas para la coreografía del
galanteo provincial. Le parecen un desfile torpe de soldaditos de plomo.
Unas modificaciones en los tres prototipos en preparación hacen
que se produzca un parón de tres días en las pruebas y aprovecha para tomar el
tren hasta París y darle una sorpresa a Consuelo.
Al llegar al apartamento de la calle de Chanaleilles lo
encuentra vacío. Por el comedor están desparramados los pinceles y las
cerámicas que Consuelo se dedica a colorear con esos motivos aztecas que tanto
le agradan. Pero hay en la casa una quietud como si llevara días deshabitada.
La espera angustiado todo el día y no aparece, ni tampoco por la noche. Empieza
a pensar que se ha puesto enferma y está hospitalizada. Antes de empezar a
llamar a todas las clínicas de la ciudad, telefonea a un par de amigos comunes
y uno le explica que está pasando unos días en el campo con unos amigos. ¿Qué
amigos? No le sabe decir bien, o no se lo quiere decir. En realidad es la casa
de un artista que se hace llamar Toboggan. Le deja sobre la mesa del salón una
nota enfadada pidiéndole que le mande aviso cuando regrese de sus vacaciones.
Dos días después Consuelo lo telefonea a su pensión. Le cuenta
que ha estado en casa de unos amigos pintores.
— ¿Amigos? ¡Querrás decir en casa de ese Toboggan!
— Querido, había más gente. También estaban los Calmette, y
Louis... Le tienes manía a Toboggan porque es pintor. No soportas a los
artistas.
— ¿Cómo puede tener una relación siquiera remota con el arte un
tipo que se hace llamar de manera tan zafia Toboggan?
— Querido, eres insoportable — le dice ella con tristeza, y él
suspira arrepentido.
— Discúlpame. Es que me siento solo.
— Pronto será Navidad y celebraremos todas las fiestas. Recuerda
que yo soy católica. ¡Dios mío, tengo que encontrar figuras para poner un
nacimiento! ¡O mejor, las modelaré y las pintaré yo misma! Nuestros amigos
nunca habrán visto un belén como éste.
Al final, consigue que Tonio se ría.
Recibe con alegría el encargo de llevar, justo antes de Navidad,
un nuevo prototipo para el ejército de Laté 293 torpedero hasta la base de la
Marina en Saint-Raphael, cerca de Saint-Tropez. Le encanta la Costa Azul, y a
Consuelo también. Le envía un telegrama y le pide que se encuentren en el hotel
Continental de Saint-Tropez.
Pensar en ella le aligera el mal humor. Aunque su matrimonio
tenga altibajos por las separaciones y la distancia y esos amigos que siempre
mariposean a su alrededor, los reencuentros fogosos compensan las ausencias.
Piensa en ella mientras despega de la laguna de Leucate con rumbo al mar. Lleva
como pasajeros a un ingeniero, un oficial de la Marina y al mecánico Vergès.
Elevarse por encima de esa superficie baldía, dejar los vuelos de rutina y
abrirse en una virada hacia los espacios abiertos lo iluminan. La vibración de
estos Latés es infinitamente menor a la de los viejos Breguet. La aviación ha
dado saltos técnicos asombrosos y ahora las averías de los motores en vuelo
resultan infrecuentes. Cruza el cielo de Francia como si se deslizara por la
nieve con un trineo.
Desciende junto a la base de la Armada mecido por la placidez
del vuelo. Maniobra tan relajado que olvida que el mar no es una pista de
tierra. Y que ese modelo en concreto de hidroavión requiere por su aerodinámica
un ángulo especialmente acentuado a la hora de contactar con la superficie del
agua. Al posarse, sufre un brusco frenazo que hace que se quiebre uno de los
patines y el morro se hinque en el agua. El hidroavión da media vuelta de
campana y queda boca abajo en el agua.
El impacto lo deja aturdido. El mecánico logra escapar por el
hueco estrecho destinado a la ametralladora, pero justo por ahí empieza a
entrar agua a borbotones. Antes de que el avión volcara, el oficial de la
Marina logró abrir la trampilla de evacuación y salir catapultado. Quedan
dentro el mecánico y Tonio, mientras el Laté empieza a hundirse lentamente.
Vergès consigue llegar hasta el lateral y entreabrir la puerta de emergencia.
Logra salir y enseguida es izado por los marineros de la barca de la Marina que
estaba presta a recogerlos. El avión ya está hundido en sus tres cuartas partes
y Tonio no aparece.
Ha sufrido un golpe con el amerizaje y se encuentra confundido.
No sabe cómo ha llegado hasta ahí y el agua está inundando la cabina. En su
aturdimiento en medio de la penumbra acuática, avanza a ciegas agarrándose a
los salientes y tragando agua hasta llegar a la cola del avión, donde
afortunadamente encuentra una bolsa de aire y puede volver a respirar. El agua
sube de nivel y por un momento entorna los ojos y le sobreviene una placidez en
la que se ha ido el frío y se le aparecen visiones de hermosas sirenas con cola
de pez y senos redondos. Una de ellas nada hacia él y lo mira: es Loulou. Le
encantaría quedarse a vivir en esa alucinación. Pero el destello de luz de la
puerta abierta por Vergès le muestra que la vida está en otra parte. Toma aire
y bucea por una cabina convertida en un acuario hasta alcanzar la abertura y
bracear hasta la superficie.
Cuando ven asomar su pelo escaso y su boca de pez que demanda
aire angustiosamente, todos celebran su salvación. Todos excepto él. Si se
hubiera quedado con las sirenas no tendría que dar las embarazosas
explicaciones que va a tener que dar.
La suite del hotel Continental, que debía ser un nido de amor,
se convierte en una enfermería. Consuelo cuida de él un par de días hasta que
se restablece. Ordena que le preparen consomés de pollo y le lee las noticias
más extravagantes del diario para distraerlo. Él se deja mimar, a ratos incluso
se finge peor de lo que está para que le prepare infusiones de manzanilla con
coñac. Querría seguir enfermo más días, como cuando era niño y unas décimas de
fiebre eran el pasaporte para evitar la escuela y quedarse en casa con mamá
para él solo, flotando entre sábanas limpias y jarabes con sabor a grosella.
Pero con su recuperación llega la realidad, y no sabe
precisamente a grosella. Imposible que pasara desapercibido el haber hundido
por un descuido un avión sin estrenar y haber estado a punto de ahogar a varios
pasajeros, entre ellos un teniente. Se siente apesadumbrado. Le dan igual el
avión y el susto de los pasajeros. Lo que le duele en lo más profundo es haber
defraudado la confianza del señor Daurat.
Escribe una carta a su jefe. La rompe. Después otra. La arruga
como un acordeón. Otra más. Acaba en el cesto. Cuando la papelera rebosa y las
bolas de papel están ya esparcidas por el suelo se da cuenta de que ha de ir a
Toulouse a verlo en persona. Viajar en coche por Francia es sosegado. A los
lados se despliegan campos geométricos que a través de la ventanilla ocultan
los secretos de la dureza de la vida agrícola y sólo muestran la sábana
planchada de los sembrados. Cuando deja a un lado Toulouse y enfila por la
carretera el letrero que indica AERÓDROMO, tiene la sensación de que va a ser
su última visita. Al pasar por delante de las instalaciones de la antigua
Aeropostale, siente una nostalgia pastosa. Sigue hasta los talleres Latécoère,
un panal laborioso donde se construyen aviones.
Encuentra a Daurat en el despacho. Ahora ya no tiene una línea
internacional que supervisar, pero igualmente mira a través del ventanal desde
el que, de manera oblicua, se avista la pista del aeródromo como si siguiera
esperando el correo de la tarde.
— Señor Daurat...
El jefe lo mira en silencio. No se puede leer nada en su mirada.
Se ha pasado la vida jugando a un póquer de vidas humanas. Los sentimientos son
para él una infracción de las normas.
— He venido a presentar mi dimisión irrevocable. Y a decirle que
lo lamento, que la culpa del accidente sólo fue mía.
El director no mueve un músculo, ni siquiera da una calada al
cigarrillo que lanza señales de humo desde su mano. Pero no es un silencio
incómodo. Los dos se sienten comprendidos mutuamente. Daurat no va a
interpretar la comedia de amagar con rechazar su dimisión. Los socios
propietarios de la compañía van a exigir su despido. Y, aunque no lo hicieran,
lo despediría él mismo. Son las normas. La carta de renuncia es la manera que
Tonio tiene de evitar a Daurat tener que despedirlo y a él ser despedido.
— Saint-Exupéry, es usted un caballero.
Tonio sonríe con uno de esos gestos flojos de cuando nada hay
que celebrar. Que es un caballero es algo que le han dicho muchas veces las
mujeres antes de irse a la cama con otro.
— Soy un caballero, pero ya no sé en nombre de qué reino
combato.
Daurat lo mira sin responder. No cree en la melancolía. Es
improductiva. Y mala para el cumplimiento de horarios y de tareas. Tonio le
alarga la mano y Daurat se la estrecha con fuerza. Por un instante le parece
ver detrás de esos ojos negros de tejón un instante de ternura. Al momento,
Daurat vuelve a su mesa de manera enérgica y hace como que abre carpetas y que
está ya ocupado en otra cosa y da por terminada la visita. Tonio sale del
despacho negando con la cabeza.
El viejo señor Daurat...
Otra vez sin trabajo. De nuevo, regresa a París con las manos en
los bolsillos.
Capítulo 71
Natal, 1934
Aunque no ha conseguido que la compañía retire esos hidroaviones
pesados como elefantes y le proporcionen los medios adecuados, Mermoz ha
reunido un equipo de pilotos que mantiene la unión postal entre Europa y
América pedaleando vigorosamente sobre el Atlántico.
Una vez más, el faro de los Reyes Magos a la entrada de Natal le
guiña el ojo a Mermoz. Lo saluda con una virada en abanico por encima de los
acantilados y llegan al río Potengi en el horario previsto. Como de costumbre,
si no hay novedad, el Comte de La Vaulx repostará, será revisado durante la
noche y partirán con el correo de vuelta hacia Dakar por la mañana.
Al amerizar en Natal, los empleados que se acercan con la
chalupa para remolcarlos a la orilla traen malas noticias. Fernández, el piloto
que traía el correo de Argentina, Uruguay y Brasil desde Bahía con el mecánico
Nuno ha tenido un accidente.
— ¿Cómo están ellos?
— En el hospital. Se han salvado.
Mermoz resopla.
En cuanto pone un pie en la orilla, se sube a la furgoneta
destartalada que los lleva al aeródromo de Parnamirim. El aeródromo de Natal ha
crecido mucho en los últimos tiempos y Mermoz ha de abrirse paso entre una
docena de pasajeros traídos por un aparato de una línea italiana que hace la
ruta hasta Río de Janeiro. El jefe de aeroplaza le informa de que,
efectivamente, el avión del correo se ha estrellado en Caruaru. Él mismo se
pone al habla por radio con la base de Buenos Aires. Le informan de que van a mandar
otro aparato a recoger las sacas con destino a Europa retenidas en Caruaru,
pero que tienen el avión de reserva en reparación y tardará varios días, tal
vez una semana.
— ¡Una semana! ¡Imposible!
El operador de radio y Collenot entran y lo ven en la oficina
dando vueltas y tirándose del pelo como un león enjaulado.
— ¡No podemos estar una semana aquí parados! La gente ha pagado
para recibir su correspondencia a tiempo. ¡Yo mismo iré a Caruaru a buscar ese
correo!
— Con su hidroavión no, desde luego. Caruaru está en el
interior.
— Iré en automóvil.
— Estamos en época de lluvias. Las carreteras están anegadas. Es
imposible pasar.
— Pues iré volando. ¿Hay alguna compañía que opere aquí que me
pueda llevar a Caruaru?
— Me temo que no.
— ¿Y esos italianos?
— No sé...
Antes de que acabe de hablar, Mermoz ya ha salido por la puerta
como una exhalación y los otros lo siguen.
Un responsable de la compañía, con gorra y escudo de tela de los
colores del arcoíris cosido a una camisa mugrienta, se encarga de los trámites
de la Trans-Nortense, propiedad de un consorcio italiano. Mermoz le dice que
necesita ir a Caruaru, pero el otro lo mira sin interés y le dice que ellos van
a Río, que si quiere un pasaje ha de apuntarse porque hay lista de espera.
Insiste en que ha de ir a Caruaru, que pagará lo que sea. Pero el otro le
contesta de malos modos que eso no es una compañía de taxis. Que a Río o nada.
Mermoz da una patada a un bidón y se da la vuelta echando sapos
por la boca. Entonces ve en la pista un avión metálico de ala baja
completamente nuevo.
— ¿Y ese avión?
— Es norteamericano. Un prototipo que está haciendo una ruta de
prueba.
— ¿Y el piloto?
El jefe de aeródromo señala un par de piernas embutidas en un
mono blanco, que asoman por debajo del fuselaje junto a una manta de cuadros
con herramientas.
— Creo que está revisando el tren de aterrizaje...
Mermoz se va hasta allá y se planta delante de las puntas de las
botas que sobresalen de la panza del aparato. Alza la voz para que el piloto lo
oiga.
— Bonjour, boa tarde, buenas tardes...
Desde debajo del avión le devuelve las buenas tardes una voz
aguda algo distorsionada por el esfuerzo de apretar tuercas, en un francés con
acento de Kansas.
— Disculpe que lo moleste.
— Diga, lo escucho desde aquí abajo.
— Soy el jefe de pilotos del correo transoceánico de Air France,
Jean Mermoz. Un colega ha tenido un accidente en Caruaru y necesito llegar
hasta allí para recoger la correspondencia con urgencia. ¿Me prestaría usted su
avión?
— Señor Mermoz, ¿le prestaría usted su novia al primero que se
la pidiese?
Mermoz se queda chascado.
— Bueno, no, claro. Tiene usted razón. Pido algo imposible,
disculpe. Gracias de todas formas.
— Por supuesto que no voy a dejarle el avión. Pero no he dicho
que no pueda llevarlo.
Si la respuesta le sorprende, no es nada comparado con la
sorpresa que se lleva cuando el piloto encoge las piernas y sale de debajo del
fuselaje. Es una mujer alta y pecosa con el pelo rubio alborotado y cortado a
lo garçon, que lleva anudado al cuello por encima del mono un pañuelo granate.
— ¡Vaya! Disculpe, no sabía...
— ¿Que era una mujer? ¿Y eso cambia algo? ¿No se fía que lo
pueda llevar sano y salvo a Caruaru?
— En absoluto. Es solo que..., bueno, que no acostumbro a ver
muchas mujeres en los aeródromos.
— Pues cada vez va a ver más. En Estados Unidos en 1929 sólo
siete mujeres poseíamos licencia de vuelo del Departamento de Comercio. Ahora
ese número se ha multiplicado por diez.
— Ustedes los norteamericanos son un país de pioneros.
— Lo somos.
— No me dijo su nombre.
— Soy la señora Earhart. Amelia Earhart.
Mermoz abre mucho los ojos.
— ¡Pero usted estableció el récord femenino internacional de
velocidad en 1930! Y fue la primera mujer en volar Estados Unidos de costa a
costa en solitario sin escalas...
Ella sonríe con timidez.
— Necesito hacerle millas a este prototipo Lockheed. ¿Sigue
interesado en que lo lleve a Caruaru?
— ¡Será un honor!
Los cuatrocientos cincuenta caballos del motor levantan con
facilidad el avión sobre la pista y vuelan por encima del oleaje de Punta Negra
en dirección al sur.
— Es una suerte que hable usted francés — le dice Mermoz.
— Muy poco. Me matriculé en Literatura Francesa en la
Universidad de Columbia. A la vez también me matriculé en Medicina... Después
hice un curso de mecánica de automóvil. ¡Aún no sabía lo que quería!
— Hasta que descubrió volar...
— Volar lo cambia todo. Bueno, se puede ser piloto y llevar una
vida normal. Hay mujeres piloto que son madres.
— Llevar una vida normal... yo lo he intentado, pero todavía no
he descubierto cómo hacerlo.
— Yo tengo la suerte de que mi marido me apoya en mi carrera de
aviadora, nunca me pone pegas a ningún vuelo.
— Ya... — Y arrastra la voz con melancolía pensando en Gilberte—
. No ponen pegas, pero esos ojos de angustia de la persona que se queda en
tierra cuando te marchas son un arpón que se te clava.
— Bueno, nunca es fácil, claro. Pero ¿hay algo que valga la pena
y que sea fácil?
Recorren los cuatrocientos kilómetros sobrevolando la costa del
norte de Brasil. Sobrevuelan faros aupados sobre acantilados vertiginosos,
atraviesan el espectacular delta del río Mamanguape y se aúpan sobre las aguas
quietas de la paradisiaca laguna del Saco, rodeada de un almohadón de
vegetación verde. Al pasar por encima del estuario del río Paraíba, Amelia
Earhart pone un gesto pícaro y señala con el dedo la Isla de Restinga que se
forma en la desembocadura: desde su altura muestra un dibujo asombrosamente
perfecto en forma de corazón verde sobre las aguas marronosas que trae el río.
Los dos se miran risueños. Saben que son afortunados. Que, pase lo que pase,
nada les quitará ese privilegio de que el planeta desenvuelva para ellos todos
sus regalos. Aterrizan en la capital del estado de Pernambuco cuando ya el sol
se está poniendo por el interior. Mermoz en ese instante se siente en paz
consigo mismo y con el mundo.
— Señora Earhart...
— Llámeme Amelia.
— Amelia... ha sido uno de los mejores vuelos de mi vida.
— ¡Al menos habrá sido uno de los más descansados!
— Permítame que Air France la invite a cenar.
En una churrasquería del centro de la ciudad, los camareros no
paran de traer a las mesas espetos con todo tipo de carnes cortadas de mil
maneras posibles. Cuando aún no ha aterrizado un pedazo de pollo en el plato,
ya llega otro camarero con solomillos de buey y detrás espera otro con chorizos
criollos. Amelia nunca ha comido tanta carne, ni un postre de granos de tapioca
con vino dulce.
Mermoz le habla de los avatares de las líneas del correo y ella
le explica anécdotas de su trabajo en el departamento comercial de la
Transcontinental Air Transport. La compañía pensaba que las mujeres eran más
reticentes a volar que los hombres y que había que convencerlas específicamente
a ellas de las bondades del transporte aéreo, porque si mamá no volaba, la
familia no volaba.
— Me tocaba la atención al público. Yo quería ser piloto, pero
hay pocas plazas disponibles.
— ¡Pero usted es una piloto profesional muy cualificada!
— Pero siempre estoy en la cola. Soy mujer, no lo olvide.
— No lo olvido en absoluto.
Ella se ruboriza levemente.
Le cuenta la historia de una pasajera que pidió por teléfono
volar con su perrito, que era la cosita que más quería, y se lo aceptaron. Se
presentó en el aeropuerto con un descomunal mastín, pero fueron inflexibles:
había pagado un asiento, así que si quería viajar con el perro de cincuenta
kilos debía llevarlo con ella en el asiento desde Cleveland hasta Nueva York.
— ¡Y lo hizo! Debió de ser el peor viaje de su vida.
Mermoz la mira magnetizado.
— Un florista de Nueva York tuvo la feliz idea de expandir su
negocio mandando flores de una ciudad a otra en tiempo récord por avión.
¡Lástima que nuestro personal puso el ramo justo al lado de una salida de la
calefacción y lo que llegó fue un guiñapo de flores resecas! Alguien quiso
mandar un poni y le hicimos pagar dos billetes. El animal viajó en el pasillo
y, al llegar, un empleado del aeropuerto le puso unas gafas de aviador y le
hizo una foto.
Mermoz se ríe como hacía mucho que no se reía.
Ella se queda un momento callada.
— Pero lo que más me gusta es vagabundear por el aire.
Mermoz asiente. Pertenecen a la misma raza.
Acuerdan salir al día siguiente al filo del amanecer con el
correo en dirección a Natal. Se alojan en un pequeño hotel cerca de la iglesia
de Santa Isabel, una vez que ella se ha asegurado de que hay baño en las
habitaciones. En el descansillo, se despiden.
— Buenas noches, Amelia. Que descanse.
— Buenas noches, Jean.
— Amelia...
— ¿Sí?
Mermoz duda durante una fracción de segundo.
— Si por la noche se siente indispuesta, mi habitación es la
105.
Ella pone un gesto de falsa severidad.
— ¿Quiere usted decir indispuesta o predispuesta? ¡Por favor,
Jean, soy una mujer casada!
— Disculpe, Amelia, no piense usted mal. Yo sólo me preocupaba
porque esos rodiziosbrasileños a veces pueden resultar indigestos por la noche.
Ella sonríe de esa manera suya, como un chico travieso.
— Si me enfermo, le avisaré. Pero le advierto que tengo una
salud de hierro.
Mermoz se ríe de buena gana. No le importa la derrota cuando
tiene delante un jugador de primera.
Después de cargar el correo, regresan en el Lockheed Electra, un
prototipo recién salido de la fábrica de Detroit, que después de las probaturas
de Earhart empezará a fabricarse en serie. El amanecer sobre el mar los
encuentra volando. La luz tenue desdibuja las masas de árboles a sus pies y
confunde sus límites hasta convertirlos en un bosque infinito. Durante mucho
rato no hablan, absortos en el paisaje.
— Amelia — le pregunta cuando el sol ya empieza a blanquear el
mundo— , ¿usted por qué vuela?
Ella pone ese gesto suyo de felicidad inmensa.
— Por el placer de hacerlo.
Amelia despide al Comte de La Vaulx sobre la pista del aeródromo
de Parnamirim ondeando el pañuelo granate que lleva al cuello. Mermoz agita la
mano y empieza a rodar para despegar de regreso a Europa. Le habría encantado
subirse a ese avión metálico impregnado de su olor a jabón perfumado y dejarlo
todo para seguir a esa mujer hasta el fin del mundo. Pero el correo espera. Y
frente a todas las demás fantasías, ésa es la única verdad sólida que da
sentido a su vida.
Capítulo 72
París, 1935
Los artículos que escribe en la prensa son un ingreso esporádico
y sus gastos son siempre enormes. Consuelo no conoce la palabra ahorro y Tonio
tampoco. Ninguno de los dos sabe cocinar algo que no sean unas tostadas o una
ensalada. Comen y cenan fuera. O a veces no cenan y al otro día desayunan
filetes o bullabesa en el hotel Hilton. Muchas veces Consuelo sale y él se
queda escribiendo, o sale él por su cuenta. En la casa hay trozos de arcilla de
una escultura a medio hacer, un caballete en medio del salón, hojas de
borradores de artículos que nunca se terminan, paquetes de cigarrillos por
todas partes, libros desperdigados por el suelo como pistas de una ruta secreta
por el piso, un gramófono del que se encaprichó Consuelo que dejó de funcionar
el primer día.
Una tarde acude a casa de los Legrand en su palacete de la
avenida Champs-Élysées. Suelen reunir siempre a gente sofisticada que cita a
Montaigne de corrido y se sabe todos los cotilleos de los cantantes de ópera
del momento. Y su paté de pato es insuperable. Salir es una manera de combatir
el hastío de no saber hacia dónde virar.
Los últimos meses han sido confusos. Su relación con Consuelo se
ha normalizado en la anormalidad. Haber ganado el Premio Femina le dio una
cierta celebridad que ha tenido un efecto que nunca hubiera esperado en el
parnaso literario: para su perplejidad, algunas mujeres sienten una fascinación
venérea por el autor de un libro protagonizado por aviadores aguerridos que
seguramente imaginan guapos, viriles y algo truhanes, como si imbuyeran al
autor de las cualidades de sus personajes. No se explica de otra forma que
mujeres casadas de buena posición a las que conocía de vista o que incluso le
han presentado en un cóctel lo hayan recibido con las piernas abiertas. No le
agradan especialmente las relaciones esporádicas, pero le ha parecido una
descortesía desairar a las damas. Por su parte, Consuelo ha seguido con sus
entradas y salidas, algunas de fin de semana a casas de campo de esos amigos
suyos pomposos que a Tonio le parecen afeminados y rebosantes de un humor
malicioso que lo pone enfermo. Revolotean alrededor de Consuelo con un
servilismo que a ella le divierte. Sabe que a veces los convierte en sus
esclavos sexuales. Todos son artistas, aunque jamás los haya visto empuñar un
pincel o un instrumento musical y se pregunta si su destreza no será únicamente
la de convertir la indolencia y la dilapidación de fortunas familiares en un
arte.
Antes de que el mayordomo haya tomado su abrigo, Mimi Legrand
sale a recibirlo como un torbellino que despliega un leve aroma de Guerlain.
— ¡Tonio, querido! ¡Qué alegría que hayas venido! ¡Te presentaré
a todo el mundo!
En el salón enorme hay señoras con guantes por encima del codo
que fuman con boquillas larguísimas cigarrillos minúsculos, y hombres con
trajes de solapas estrechas a la última moda. Madame Legrand observa un par de
corrillos muy animados donde interrumpir sería un tanto impertinente. Le tira
de la manga de la chaqueta para dirigirlo hacia un ventanal donde una mujer
observa el trajín de la avenida a esa hora del anochecer.
— Te voy a presentar a la señora Hunt, tal vez tengáis amigos
comunes.
Y sí, tienen mucho en común. La anfitriona no imagina cuánto.
Al volverse, Tonio siente un acceso de vértigo y ha de agarrarse
del brazo de Mimi Legrand. La señora Hunt tiene los ojos verdes, la piel
blanca, el pelo rojo. Ella le sonríe y él se queda petrificado. Ha soñado
infinitas noches e infinitos días con el momento de volver a verla y ahora que
ella está ahí no sabe qué hacer. En vez de estar contento, está aterrado.
Cuando se lleva tanto tiempo esperando algo y ese algo sucede, uno siente la
responsabilidad de estar a la altura de sus propios sueños. Y nadie puede estar
a la altura de sus sueños.
La dueña de la casa los mira a uno y otro alternativamente. No
han dicho nada y, sin embargo, su silencio cómplice lo dice todo.
— Entonces, ¿os conocíais?
— Somos viejos amigos — responde ella con soltura, dado que
Tonio se ha quedado atónito.
El timbre de la casa que anuncia nuevas visitas hace que la
anfitriona se excuse y salga corriendo en dirección al recibidor.
Louise se acerca un paso más hasta él como si no quisiera que
nadie más oyera su conversación.
— ¿Cómo estás, Tonio?
— Loulou...
Ella sonríe. Esa sonrisa suya que detiene el mundo.
— ¡Hace años que nadie me llama así!
— Hace demasiados años de las cosas buenas...
— ¡No has cambiado! Sigues enfadándote con la vida en vez de
disfrutar de lo que te da en cada momento.
— ¡Tengo mucho que aprender de ti!
— No tienes nada que aprender de mí — le dice risueña— , basta
con que dejes de lamentarte durante un día. ¡Pero si ahora eres un escritor
premiado!
— Me gusta que me regañes.
— Te regañas tú solo.
— Tienes que contarme de ti, Loulou.
— ¡Eso me aburre!
— Tú tampoco has cambiado. Temes al aburrimiento más que a la
muerte.
— El aburrimiento es la muerte.
— Sigues hablando como los poetas. ¿Aún escribes poemas?
No llega a responder porque se les acerca un conocido común, un
abogado petulante llamado Chardin, que los saluda a los dos pero clava los ojos
en ella como si fuera un plato de nata. Louise le sigue la conversación con
aparente entusiasmo, incluso con coquetería. Tonio hace como que sonríe.
También se suma a la conversación un joven pintor de una de las mejores
familias de París al que Tonio sólo conoce de vista y en pocos segundos ya la
mira hipnotizado. Loulou es una hechicera.
Madame Legrand llega con un violín en la mano y Loulou hace un
gesto que nunca le había visto antes: coge el instrumento entre los brazos muy
cuidadosamente, como si acunara a un recién nacido. Es un gesto de la señora
Hunt.
— Querida, ¿por qué no nos amenizas con alguna pieza?
El resto de los comensales se acercan con desenfadada
curiosidad.
— Pero, Mimi...
— ¡Solías tocar de maravilla!
— Toco si alguien me acompaña.
— ¡Yo te acompañaré!
Todos se vuelven hacia ese escritor grandullón y algo desgarbado
que tiene fama de extravagante. Ella lo mira divertida.
— ¿Me acompañas?
La acompañaría al infierno si se lo pidiera.
— Tú tocas y yo canto.
No va a ser la primera vez. En casa de amigos habían montado a
veces un dúo medio en broma, tocando viejas canciones populares un poco
trasnochadas.
Loulou afina el violín con un par de pasadas de arco y empieza.
Ella toca y cantan los dos. Siente una enorme gratitud por no dejarlo solo con
su voz de gallo. Louise mira fijamente al mástil del violín y él la mira a
ella. Hay veinte personas en el salón, pero la música construye un castillo de
notas para ellos dos solos. En ese instante es feliz.
Después de la segunda canción, Loulou pierde el interés y deja
el violín sobre la bandeja de uno de los camareros que pasan por su lado.
Hay aplausos. Él es felicitado protocolariamente y Loulou es
rodeada con entusiasmo por hombres y mujeres. Las polillas acuden a su luz. Se
agitan a su alrededor. Levantan una muralla que lo aleja de ella.
Un matrimonio que conoce a su tía Yvonne lo felicita por su
libro e inician una conversación que él desearía acabar de la manera más rápida
posible, pero la amabilidad de esos señores es inexpugnable. Por fin, puede
deshacerse de ellos y se acerca hasta el corrillo de Loulou, pero hay una pared
de trajes. Un caballero le susurra algo al oído y ella ríe con una carcajada
que en cualquier otra mujer resultaría vulgar pero en ella es sensual. Tonio
vuelve a esperar remoloneando discretamente, fingiendo interés por la
conversación del corrillo de al lado sin dejar de mirarla de reojo. Necesita
llamar su atención como sea.
La ve despedirse de un matrimonio y quedarse sola por un
instante. Sabe que ése es su momento. Ahora o nunca. Da un par de zancadas
impetuosas hacia ella, pero no ve venir al camarero que cruza en ese momento en
dirección a la cocina con la bandeja cargada de platos y copas. En el choque de
trenes, el estruendo de la vajilla al despedazarse contra el suelo culmina con
un redoble de platillos de la bandeja rebotando en el suelo como una moneda
gigante. El camarero conserva su verticalidad a duras penas, pero Tonio sale
despedido de espaldas y cae encima de un sofá donde charlan dos señoras, que
son aplastadas por la mole que se les viene encima. Las señoras patalean debajo
de él. Si quería llamar la atención de Loulou, está claro que lo ha conseguido.
Dos amables caballeros le ofrecen la mano para ayudarlo a
incorporarse, principalmente para liberar a las dos mujeres, que aparecen
debajo despeinadas y levemente magulladas. Tonio les reitera sus disculpas de
la manera más contrita, pero no están de humor para aceptarlas y madame Legrand
indica a una muchacha del servicio que las acompañe a los aseos mientras dirige
el operativo de limpieza de cascotes de porcelana y cristal.
— Mimi, discúlpeme, lo siento mucho...
— No ha pasado nada, Tonio. ¡Por favor, sigan disfrutando de la
velada!
Pero el desaguisado ha sido el aldabonazo que empieza a
dispersar a los presentes y la reunión se disuelve. Los caballeros van en busca
de sus sombreros y las señoras de sus chales.
Tonio, que empieza a recuperarse del bochorno, localiza con la
mirada a Loulou, que ha vuelto al ventanal a mirar ensimismada el tráfico de la
avenida, ahora ya con las farolas encendidas.
— He tenido un pequeño traspié.
— Por el escándalo ha parecido un terremoto.
— Es que quería acercarme a hablar contigo. Llegar a ti es como
subir una montaña.
No lo dice con acritud, sino con devoción de alpinista. Está
entregado. Y ése es su más seguro pasaporte a la derrota con una mujer como
Loulou, que no soporta viajar con mochila. Aborrece que la quieran seguir a
todas partes.
— ¿Puedo acompañarte a casa?
— Estoy invitada a cenar aquí con los Legrand.
— ¿Cuándo volveremos a vernos, Loulou?
— ¿Cuándo me vas a presentar a tu esposa?
Enrojece. Tartamudea.
— Claro, en cuanto tenga ocasión.
— Eso está bien.
— ¿Y tu... marido?
— Está de viaje.
— Loulou...
— ¿Sí?
Tonio la mira y es como si viera con un telescopio un planeta
muy lejano.
— Ya me marcho — le dice sin poder evitar un deje de tristeza— .
Sólo quería decirte que me ha gustado mucho verte.
Por fin ella abandona su tono irónico y lo mira con dulzura,
como si en ese instante lo viera por primera vez esa tarde. La anfitriona de la
casa llega con otra señora y entre las dos tiran de ella, que se deja arrastrar
entre risas hasta la mesa de las bebidas. Se escandalizan de que aún no haya
probado el ponche. Louise se despide de él agitando la mano mientras se aleja,
como si zarpara en un barco. Él se ha quedado en tierra.
Cuando sale de la casa siente frío. Es un frío para el que no
tiene nada con que abrigarse. Mira la luz pobre y amarillenta de los faroles
construidos por los hombres. En vez de iluminar, lo ensucian todo.
Querría querer a Consuelo con esa intensidad con la que amó a
Loulou. Se pregunta si todavía la ama. No es posible, eso sería absurdo, sin
sentido. Aquello fue una tormenta de juventud. Amarla a estas alturas sería
ridículo, patético, imbécil. Y al pasar frente al escaparate de una tienda de
telas ya cerrada, el vidrio le devuelve su propia imagen oscurecida. Y reconoce
al individuo feo que lo mira desde el cristal: un tipo ridículo, patético y
completamente imbécil. No se compadece de sí mismo, es una mera constatación de
lo que es y, en el fondo, tampoco le desagrada. Pese a todos sus descalabros,
no querría renunciar a ser quien es por patético que resulte: alguien que sueña
con lo imposible.
Capítulo 73
París, 1935
Tonio camina deprisa por el perímetro octogonal de la plaza
Vendôme. Intenta fingir interés en el escaparate de la joyería fantasiosa de
los hermanos Cartier, pero lo delata el nerviosismo con el que apura el
cigarrillo y la mirada esquinada hacia la puerta del hotel Ritz. Quiere hacer
ver que es un peatón más, pero es un vigilante.
Tomando el té en casa de la tía Yvonne, un viejo conocido de los
tiempos de estudiante estuvo contando chismes. El frondoso bigote blanco de
escobón ejercía de cepillo que aventaba de manera eficaz una polvareda de
cotilleos vitriólicos. Algunos cuentos eran desternillantes, porque los
episodios de desvarío o de descalabro conyugal siempre son divertidos cuando
les suceden a otros.
Tonio se rio con ganas hasta que el pregonero empezó a contar
sobre Louise de Vilmorin, actualmente señora Hunt. Y ya pronunció Hunt con un
retintín que auguraba lo peor. Estuvo a punto de abrir la boca para detener la
apertura de la cloaca y afear que se ventilaran asuntos relativos a una dama
casada. Pero todas las trapacerías que se habían explicado antes y que él había
jaleado con sus risas también hacían referencia a señoras casadas o a jóvenes
casaderas burladas o burladoras. A falta de argumentos, podría haber dado un
caballeroso paso al frente y haber prohibido hablar de ella en aras de su
amistad con su familia. Pero la curiosidad nos hace mezquinos.
Según el vocero, el marido de la actual señora Hunt, el tal
señor Hunt, un hombre rico obsesionado con hacerse más rico, sufría graves
problemas de cervicales. Tras la pausa dramática y, a falta de que nadie
preguntase la causa de tal dolencia, se apresuró a contarla:
— ¡Es debido al peso de los cuernos!
Alguien del grupo, contento de tener su momento de protagonismo,
dijo haberla visto cenar en un restaurante detrás de Notre-Dame con un conocido
director de orquesta.
— Yo la he visto llegar con él a una tertulia en casa de los
Antagnac.
— Que es amante de Louis Guillot lo sabe todo el mundo — les
cortó desdeñoso el pregonero del bigotón— . El señor Hunt no sabe que su
esposa, de visita en París, lo engaña con Guillot. Pero lo que Guillot no sabe
es que ahora ella a su vez lo está engañando con un corresponsal inglés del
diario Time.
— ¿Y quién es?
— No lo conozco personalmente. Sólo sé que se llama Walker, que
se hospeda en el Ritz y que las mujeres lo adoran.
Ya había oído anteriormente comentarios maliciosos sobre Loulou,
pero siempre los ha atribuido a mediocres aburridos que han de fabular todo
tipo de urdimbres turbias para ser escuchados en los corrillos de esos saraos
que fingen ser reuniones de intelectuales, pero donde lo que más gusta es el
baño de fango. Podría no haber hecho caso a ese tipo que barría la basura de la
ciudad con su bigote de escoba. Y, sin embargo, lleva ya tres tardes sentado en
la terraza de un café desde el que se domina la puerta del hotel Ritz, o
paseando como un zombi por esa plaza octogonal donde la tienda de la perfumería
Chanel no puede aplacar los humos del tráfico intenso que esquiva la columna
altísima sobre la que han desterrado por última vez a Napoleón.
Anda pensando en Napoleón y su imperio inútil, cuando ve una
mujer delgada caminar por la acera con un extravagante vestido largo de rayas
verdes horizontales y, en lugar del sombrero de rigor, un pañuelo anudado de
manera graciosa en la cabeza y unas gafas de sol enormes, al estilo de las
actrices americanas que aparecen en las revistas ilustradas. Es Loulou. La ve
meterse en el carrusel de las puertas giratorias del hotel y desaparecer.
Se queda fumando en la calle, quieto en la acera como un árbol
podado. Se va a sentar en el que ya es su sitio habitual en uno de los
veladores de la cafetería Le Midi y pide un ron. Se pregunta qué demonios hace
ahí. Tomar un vaso de ron, claro. Observa con una mezcla de ansiedad y fastidio
la fachada enorme del Ritz, que ocupa uno de los lados de la plaza, y se
pregunta por qué hay tantos hombres que le gustan a Loulou, excepto él.
Se abre uno de los balcones del segundo piso del Ritz y aparece
una mujer que se quita un pañuelo y deja que lo agite la brisa. Está algo
alejado, pero distingue su vestido de franjas horizontales de abeja reina. Un
hombre se asoma por detrás y parece susurrarle algo al oído. A él no lo
distingue bien, pero no le cabe duda de que es el tal Walker. Es bastante más
alto que ella; se lo imagina también atlético, tal vez con la mandíbula
cuadrada. A él le habría gustado tener la mandíbula cuadrada en vez de esa
cabeza de globo terráqueo.
Los dos miran un momento el tráfico y regresan dentro al calor
de su confortable nido de cinco estrellas. El balcón se queda vacío. Tonio
golpea la mesa con un palmetazo que hace que los otros clientes y el camarero
que atiende la terraza se den la vuelta.
— Disculpe — le dice titubeante al camarero, que se ha quedado
con la bandeja a medio movimiento de servir una mesa— , la cuenta, por favor.
Camina de vuelta a su apartamento y siente un calor dentro que
no es producto del pequeño vaso de ron, sino una rabia que lo abrasa. En su
cabeza empiezan a encenderse unas luces que por fin iluminan todo. De repente,
se da cuenta de que se ha pasado los mejores años de su juventud amando a una
mujer que siempre se ha burlado de él. La había idealizado como si fuera un
hada de una forma grotesca cuando en realidad sólo es una frívola. La ha dotado
en sus pensamientos de un aura virginal, como si fuera una eterna doncella
pubescente, cuando su sexo es más visitado que el museo del Louvre.
Su cerebro, iluminado con esa luz de quirófano, le muestra que
ha malgastado la vida esperándola inútilmente y ahora se da cuenta de que de
haberse casado con ella habría sido otro señor Hunt, con la cabeza de ciervo.
Va por la calle hablando solo como un majareta. Susurra contra ella todo tipo
de invectivas, como si él mismo y Consuelo fueran un prodigio de costumbres
conyugales modosas. No va a reconocerse a sí mismo que lo que lo amarga es que
lo que a él le niega con tanta inquina, lo concede a otros recién llegados con
prodigalidad. En ese trayecto hasta su casa el corazón se le queda helado.
Nunca creyó que pudiera sentir hacia ella lo que ahora siente: odio.
Nunca creyó que lamentara el día que la conoció. Tal vez de no
haberse obcecado con ella habría podido amar de manera entregada a otras
mujeres, incluso a Consuelo, y formar una pareja formal en vez de esa noria en
la que viven. Querría entrar a una papelería y comprar una goma que borrase
todos los recuerdos de Louise de Vilmorin. Aunque ya ha empezado a hacerlo. Tal
vez ese Walker le haya hecho un favor al abrirle los ojos y permitirle de una
vez por todas demoler el pedestal sobre el que alzó a una mujer que nunca
existió, que — en eso ella siempre tuvo razón— se había inventado a la medida
de sus fantasías.
Por esos retorcidos mecanismos de nuestro cerebro cuando está
macerado por el rencor, al día siguiente a la misma hora, los pasos de Tonio lo
llevan de nuevo a la plaza Vendôme bajo la mirada impertérrita de Napoleón, y
merodea a distancia de la puerta del hotel Ritz. Tal vez busca fustigarse,
llegar a la náusea con la visión de la felicidad de Louise y ese amante, para
así curarse definitivamente de cualquier rescoldo de enamoramiento.
Se refugia detrás de la columna de unos porches y esta vez ve en
primer lugar al tal Walker que sale del Ritz y avanza unos metros por la acera
donde ella está parada unos metros más allá. Louise le parece más baja de
estatura. Lleva una pamela descomunalmente grande. Una pamela como la de
Consuelo.
— ¡Dios mío! ¡Oh, no!
Consuelo y Walker se encaminan hacia el interior del Ritz. Él
sale de la columna y entra detrás de ellos hecho una furia.
— ¡Consuelo! — grita desencajado— . ¿Qué estás haciendo aquí?
— ¿Y tú? ¿Tú a quién buscas aquí?
Tonio se queda un momento dubitativo y mira a Walker, que,
efectivamente, tiene la mandíbula cuadrada como un Tarzán urbano y no parece
entender qué pasa.
— Me enteré de que te viste con Louise de Vilmorin — le suelta
Consuelo rabiosa.
— ¿Con Louise? La vi en casa de los Legrand, pero nada más...
— ¿Nada más?
— ¡Nada más, Consuelo!
— Pero tú habrías querido que hubiera algo más. Si ella hubiera
hecho un gesto con una uña me hubieras dejado por ella.
— ¡Consuelo, estás loca! ¿Pretendes juzgarme después de
encontrarte con un hombre en su hotel?
— Sí.
— Pero ¿te has acostado con este hombre?
— Por supuesto, querido.
— ¡Consuelo, me estás poniendo en ridículo!
— Eres tú el que has querido tener esta conversación en el hall
del Ritz.
Tonio baja la voz.
— Pero ¿cómo puedes decirme que te has acostado con este
periodista y quedarte tan ancha?
Walker hace ademán de irse.
— Yo mejor me marcho...
— Usted quédese ahí.
— Tonio, Walker no es un hombre cualquiera... — Y el
corresponsal se encoge de hombros complacido— . Es el amante de Louise de
Vilmorin. ¿No te das cuenta? Le he demostrado a esa niñata malcriada que yo
también puedo pisarle los hombres si me lo propongo.
Dos lágrimas recorren las mejillas de Consuelo. Tonio y Walker
se miran con un gesto de sorpresa que los hermana. Sus mentes se parecen mucho
más entre sí de lo que se parecen a las de Louise o Consuelo. De hecho, ellas
dos se parecen también entre sí de alguna manera. Tonio está exhausto.
— Maldita Loulou — suspira— . Nos ha arruinado la vida.
Se vuelve hacia su esposa.
— Consuelo, vámonos a casa.
— Por supuesto, Papou. Adiós, señor Walker, ha sido un placer.
El americano, atónito, los ve marcharse cogidos del brazo. Ha
estado en dos guerras y tres revoluciones latinoamericanas, pero nunca había
visto un caos semejante.
Capítulo 74
París, 1935
Tonio parte con el canto del tenedor una tortilla a las finas
hierbas. En la mesa se sientan varios amigos que discuten ruidosamente sobre
política mientras Tonio mira de reojo hacia los dos chinos de madera del Deux
Magots. Desde la otra mesa, uno de sus amigos intenta ser amable.
— Me he enterado de que estás trabajando para Air France. ¡Qué
estupendo!
Levanta los ojos de la tortilla y lo mira. Clermont era un
muchacho rollizo en su época de estudiante y ahora empieza a tener una papada
que parece una bufanda de carne. Una leche agria le sube por los intestinos y
está a punto de decirle algo sarcástico, hacer un chiste a costa de su aspecto
de obispo. Seguro que los otros le reirían la ocurrencia. Pero en el último
momento se contiene.
No es culpa del bueno de Clermont. No tiene por qué saber que,
en medio de una situación económica angustiosa, adeudando tres meses del
alquiler de su apartamento de la calle de Chanaleilles, una tarde vino a verlo
un representante de Air France, que tantas veces desatendió sus solicitudes de
ingreso como piloto. Antes de empezar a hablar le lanzó tantas alabanzas que
supo que a continuación iban a tirarle encima una montaña de mierda. Le
ofrecieron un puesto... ¡de relaciones públicas! Lo peor no es que se hubieran
limpiado los mocos con su hoja de servicios de diez años como piloto
profesional..., lo más trágico de todo es que aceptó.
No puede hacerles entender a esos conocidos que la entrada en
Air France que tanto anhelaba ha sido una derrota.
— ¿Es cierto que volaste en ese artefacto de los rusos tan
alucinante?
— ¡Artefacto! — se anima Tonio— . ¡Un Túpolev! ¡Pero sí, un
artefacto extraordinario! Aunque demasiado grande. ¡Cabían ochenta pasajeros!
¿Os podéis imaginar qué locura? Ahora el empeño es hacer compañías estatales
más y más grandes. Construir aviones más y más grandes. Están equivocados: un
avión grande no planea, no vuela, tan sólo salta de un aeródromo a otro como si
lanzaras una piedra de una esquina a otra con una catapulta.
Aunque había sido reticente al principio a aceptar escribir para
los diarios, al final le está cogiendo el gusto al periodismo. El director de
Paris-Soir le propuso un viaje a esa Rusia comunista que en Europa deslumbra a
unos y repele a otros para contar lo que allí viera. Vio salones elegantes,
fábricas que funcionaban como relojes, pero también a un juez que le hizo ver
que la vida como valor individual no contaba, como un médico que desea curar,
pero si no puede atajar el mal curando, fusila. También había logrado
autorización para ser el primer extranjero en subir a bordo de la joya aérea
del país, un enorme avión de pasajeros que dejaba boquiabierto al mundo entero.
— El Máximo Gorki no era un avión, sino un hotel volador de
cuarenta y dos toneladas. Me paseaba por dentro del avión y era como si
recorriera un edificio. Había habitaciones con camas, salas donde secretarias
tecleaban sobre máquinas de escribir... podías caminar por dentro del ala como
si fuera el pasillo de un castillo.
— Pero cayó...
— Yo debía ir en ese vuelo inaugural, pero finalmente decidieron
que fuese en el vuelo de prueba del día anterior. Hay algo extraño en ese
accidente..., chocó contra él un avión pequeño que acompañaba su despegue y se
precipitó contra el suelo. Fallecieron todos los ocupantes.
Les sigue contando de Rusia y Clermont lo escucha fascinado
hasta que atardece sobre Saint-Germain. Cuando salen fuera, se despide con esas
vagas promesas de verse más a menudo, de celebrar tal o cual comida, que nunca
se cumplen porque la vida es una maleta muy pequeña donde no cabe casi nada.
Mientras camina hacia casa vuelven a su cabeza los problemas
económicos. El sueldo de relaciones públicas de Air France es sólo una propina.
Consuelo, y también él aunque le remuerda la conciencia hacerlo, necesitan
salir, cenar en restaurantes buenos, pagar el alquiler de su piso tal vez
demasiado grande, ir a los estrenos del teatro..., incluso reparar el Bugatti,
que lleva semanas con una puerta desencajada atada con una cuerda. Desde que
dejó su puesto y un buen salario en la Aeropostale, lleva tiempo atando las
puertas rotas de su vida con cuerdas.
Cuando llega a casa, Consuelo lo está esperando. Tiene un gesto
de enfado que la hace aún más adorable, porque es demasiado voluble para saber
cómo enfadarse de verdad. Fuma con nerviosismo.
— ¡Es casi de noche, Tonio! — le grita en cuanto traspasa la
puerta.
— Sucede todos los días, amor.
— ¡Odio tu ironía!
— Pero ¿qué te sucede?
— Pídele al conserje que vaya a comprar velas. Nos han cortado
el suministro eléctrico por falta de pago. ¡Y tengo una pintura maravillosa a
medias!
Le fabrica a Consuelo una carantoña.
— Dentro de tres días salgo para Saigón. Todo se solucionará.
Ella asiente. Sonríe.
— ¿No puedes pedir un adelanto mientras tanto?
— Ya pedí un adelanto a Paris-Soir por el artículo. No puedo
pedir otro.
— Lo haré yo.
— ¡No puedes ir al diario a pedir otro adelanto!
Ella lo mira con ojos pícaros. Naturalmente que puede hacerlo y
seguro que obtiene el doble que su marido.
Ha pactado con el director una serie de artículos exclusivos
sobre su reto aéreo París-Saigón para batir el récord del mundo de velocidad.
No siente un especial interés en esas disputas por los récords, pero a ese
gobierno de mentecatos les agradan y ofrecen un premio de ciento cincuenta mil
francos al ganador. Ha conseguido que el señor Daurat, que ahora trabaja con
unos inversores en una nueva línea de aviones ligeros, le acondicione en la
factoría un Simoun que ha pagado con los últimos ahorros. La idea no le agradó
en absoluto a su antiguo jefe, le dijo que esas carreras eran un circo, que no
era aviación seria. Pero él insistió. Necesitaba ese dinero y estaba seguro de
llevarse la bolsa con un Simoun ligero como una pluma.
Baja a comprar velas antes de que se haga más tarde. No le gusta
caminar, pero necesita que le dé el aire. Llega hasta el río y lo cruza por el
Pont Royal. Camina para alejarse. En la Place des Pyramides ve a un grupo de
gente que exhibe unos símbolos que no le gustan y gritan consignas crispadas
por el orgullo de Francia y contra los políticos mentirosos. Al acercarse ve
que son los Cruz de Fuego, el partido fundado por el coronel De La Rocque, que
le recuerda demasiado a otros partidos fascistas que están floreciendo por
Europa siguiendo el modelo italiano del partido de Benito Mussolini. Quieren
cambiar el mundo, pero quieren hacerlo a patadas si hace falta. Colocan una
pequeña tarima para que suba alguno de sus líderes a arengarlos. Alguien le
cuenta que se trata de un homenaje a Juana de Arco, pero es ese tipo de
homenajes que no se hacen a favor del homenajeado, sino en contra de alguien.
No se hacen para celebrar, sino para reprochar. Sube un hombre corpulento
metido con calzador en un traje cruzado con un brazalete con la insignia negra
del partido.
— No nos merecemos los políticos que tenemos. Han abandonado a
la gente trabajadora, han bajado los brazos frente a las potencias extranjeras
y están dejando que el país pierda su orgullo. No lo podemos permitir. ¡Y no lo
vamos a permitir!
Hay gritos contra los políticos, contra la corrupción, contra el
desempleo. Tonio se ha quedado mudo. No puede dejar de mirar al hombre que
desde la improvisada tribuna gesticula con energía y habla de decencia, de
honor, de valentía, de patriotismo... Está tentado de dar unos pasos para
acercarse más y cerciorarse, pero en realidad no lo necesita. Lo está viendo
ahí arriba. Mesiánico. Rotundo.
¡Mermoz!
Ha oído otras veces a su amigo hablar con la indignación de los
que ven en los políticos unos individuos escondidos en el caparazón de sus
despachos, dolido porque hayan dejado morir de manera tan poco honrosa el gran
sueño volador de la Aeropostale. Lo ha visto dar puñetazos en la mesa de los
cafés que han hecho temblar hasta los percheros. Le ha escuchado todas esas
palabras. Pero de repente le parece oírselas por primera vez. Dichas con ese
acompañamiento de estandartes, con esa parafernalia de brazaletes y señores
vestidos de civiles con boinas militares, las palabras parecen otras. Son
otras.
Se queda hasta el final. Hasta los vivas a Francia.
Mientras la gente va siguiendo a los abanderados que se mueven
para seguir su recorrido, su amigo está rodeado de adeptos que lo felicitan,
que le palmean la espalda, que tratan de llevárselo. En un giro de cabeza,
llevado de esa intuición prodigiosa de Mermoz, sabe que alguien lo mira desde
el otro extremo de la plaza.
Se sacude de encima a los admiradores con una suave firmeza,
como si se sacudiera los copos de nieve de una gabardina.
— Tonio...
— ¡Jean! No sabía que estabas con... este grupo.
— De La Rocque nos ha devuelto la fe en Francia que la gente
había perdido.
— La fe...
— Aquí me he reencontrado con la verdadera Francia: obreros,
estudiantes, militares, comerciantes..., la gente que hace grande este país
frente a esos políticos vendidos y esos banqueros cegados por el dinero.
Cambiaremos las cosas.
— ¿Y cómo, Jean?
— ¡Haciéndolo!
— Interviniendo en política.
— Ya sabes que odio la política.
— Pero tu partido se presenta a las elecciones. Eso es hacer
política. Necesitará dinero para financiar la campaña y tendrá que recurrir a
los bancos..., lo de siempre.
Mermoz incendia los ojos y endurece la mandíbula.
— ¡Cállate! ¡Tú eres un intelectual! ¡Con vuestros eternos
razonamientos y vuestro escepticismo lo volvéis todo estéril!
Mermoz nunca le había hablado en ese tono airado y Tonio, como
les pasa a los niños cuando los regañan, baja la cabeza por el peso de la
tristeza. Varias personas acuden a buscar a Mermoz para conducirlo al frente de
la comitiva. Entre ellos hay un hombre de gesto avinagrado con la pechera del
traje forrada de medallas. Es el coronel De La Rocque. Los acólitos envuelven a
Mermoz como una bandada de pájaros y se lo llevan en volandas. Tonio no levanta
la cabeza. Sabe que si mira ya no podrá distinguirlo de ellos.
Cuando la nube de miembros de la Cruz de Fuego se aleja, Mermoz
se descuelga del grupo y vuelve en cuatro zancadas hasta Tonio, que se ha
quedado solo en la plaza vacía. Se va hasta él y casi lo arrolla. Le da un
abrazo de oso. No lo suelta. De alguna manera, es como si una parte de Mermoz
quisiera quedarse ahí con él, irse a una cervecería y guiñar el ojo a alguna
chica como hacían antes.
— ¡Nos esperan, señor Mermoz! — le dice alguien que ha venido a
por él.
Los dos amigos se miran. Se sonríen todavía tomados por los
antebrazos. Se dicen adiós con una sonrisa muy leve, con esa complicidad del
comedor de los pilotos donde todas las tempestades del cielo han quedado atrás
y todo lo importante se dice sin hablar.
Lo ve alejarse y Mermoz todavía se vuelve una vez más.
— ¡Tonio! ¡Pedal y palanca!
— ¡Pedal y palanca, Jean!
Tonio echa a caminar y no puede evitar la preocupación por
Mermoz. Por la radio ha escuchado algún discurso del coronel De La Rocque y es
verdad que transmite una fe contagiosa en sus palabras. La duda te detiene, te
hace titubear, dar rodeos; es la fe la que moviliza. La fe hace caminar a los
hombres hacia delante. Y los va uniendo. Primero unos pocos, luego más, al
final forman una colosal hermandad entera que mira en la misma dirección y
avanza alegremente para hacer un mundo mejor. Cuando aparece algún obstáculo a
su paso, lo arrollan sin inmutarse; si es un árbol el que se cruza en el
camino, lo talan con evangélica felicidad y siguen adelante porque todo es por
el bien de la humanidad que ellos representan. Porque los equivocados,
naturalmente, siempre son los otros.
El fascismo se ha convertido en una religión sin iglesias. Tan
sólo desea que Mermoz no se ofusque y no olvide que su única patria es el aire.
Cuando regresa a casa, Consuelo está en la puerta de la calle
esperándolo dentro de un taxi, abrazada a su perrito.
— ¿Dónde has ido a comprar las velas?
— ¿Velas? — Tonio se lleva una mano a la boca al darse cuenta de
que se ha olvidado.
— ¡No importa! ¿Cómo demonios vas a escribir y cómo voy a pintar
en una casa a oscuras? Nos mudamos al hotel Pont Royal hasta que se arregle el
suministro. Ya he arreglado la reserva.
— ¿Al Pont Royal?
— ¡Ya sé que prefieres el Excelsior! Pero no soporto esas
puertas giratorias tan estrechas.
Durante un instante piensa que no tienen dinero para pagar la
cuenta, pero la verdad es que allí estarán muy bien. Sube al taxi y le da un
beso a Consuelo en la mejilla. Los dos se echan a reír. Niños traviesos que
juegan en la ciudad de los hombres.
Capítulo 75
Libia, 1936
Los raides son una forma de ganar algún dinero y poder seguir
remando en el aire. El Aeroclub de Francia o el ministerio ofrecen premios en
metálico por conseguir ciertos récords. Son epopeyas gaseosas, seguramente
inútiles, pero cuando las compañías aéreas te cierran las puertas, es una forma
de seguir en la brecha para un piloto que va por libre.
Se ha hecho demasiado oscuro para ver siquiera detrás a su
mecánico Jean Prévot. Va dando palmadas a la palanca del combustible para que
el Simoun no baje de las dos mil trescientas revoluciones. Vuelan en ese avión
de habitáculo tan minúsculo que ha tenido que elegir entre radiotelegrafista o
mecánico. Vuelve a navegar con brújula y estrellas. Han dejado atrás Europa, el
Mediterráneo, la escala de Túnez, pero Tonio siente durante un rato una carga
mayor que la de los cientos de litros de gasolina: la de los problemas
económicos que en París no le dejan despegar del suelo. Tener dinero no te hace
rico, pero no tenerlo sí te hace pobre. Aunque toda esa cochambre queda atrás
ahora que por fin ha echado a volar. Vuela sobre el cielo negro de Libia en
dirección a Egipto. Y ya nada pesa. No tiene ni hambre ni sed. Todo se ha hecho
liviano de nuevo.
La noche les da una bienvenida que no desean: el parpadeo de la
bombilla roja de posición situada en la punta del ala lanza a la oscuridad
hilachos de algodón teñidos de rojo. Están atravesando un tupido bosque de
cúmulos y las nubes dormidas se despiertan para recibirlos agitando ramos de
luz. Se asombra. En esa tierra negra cosechan haces de rosas. Pero las
guirnaldas de luces no cesan. Primero durante minutos, luego durante horas. El
envoltorio de nubes los priva de toda referencia. La brújula marca una dirección,
pero no saben cuántos kilómetros pueden estar desviándose de su objetivo
preciso en El Cairo, porque alrededor de esa gota de agua que es la ciudad hay
una inmensidad de desierto. Navegan a ciegas.
Cuando han transcurrido más de tres horas, Tonio intenta perder
altura para escapar a su cárcel de algodón, pero las nubes caen hasta muy bajo.
Es peligroso descender a menos de cuatrocientos metros, pero no hay
alternativa. Al salir de la opacidad esperan ver luces de ciudades, pero todo
es una gran mancha negra. Ni siquiera saben si vuelan sobre tierra o sobre el
mar.
En esa incertidumbre avanzan a tientas demasiado bajo, a
doscientos setenta kilómetros por hora. La incógnita se resuelve en un instante
con un impacto violento que los sacude como un terremoto. Tonio ve saltar los
cigarrillos del bolsillo de su camisa. Todo sucede muy deprisa, pero a la vez
es capaz de percatarse de todos los detalles: el estruendo, la brusca bajada de
velocidad, el crujido de chatarra del avión quebrándose. El ruido. La vibración
enloquecida de las planchas. El depósito de gasolina preparado para explotar...
No explota. El avión se detiene por fin.
Prévot sólo tiene una rodilla magullada cuando salen del
aparato. El crujido de la suela de las botas les dice que están en el desierto.
También el frío de la noche y la soledad inmensa. El aparato ha topado contra
el suelo de una meseta de varios cientos de metros y han hecho un improvisado
amerizaje sobre la arena. Es un milagro que estén vivos.
Un vistazo con la linterna les permite ver las alas rotas, las
piezas del fuselaje desperdigadas, los tanques de combustible agujereados. Lo
peor es que comprueban que los depósitos de reserva de agua han reventado.
El amanecer les da una idea más aproximada de su situación. Han
caído en medio del desierto entre Egipto y Libia, una cuadrícula de miles de
kilómetros cuadrados. Tienen para subsistir un termo con medio litro de café,
un cuarto de litro de vino blanco y una naranja. Pueden tardar días en
encontrarlos, o semanas, o nunca. Investigan los alrededores: arena y piedras.
Y un sol que cuando se alza hace que todo arda. Regresan al avión aturdidos y
agotan el escaso líquido que tenían. Buscan la sombra del fuselaje hasta que
cae la tarde.
Por la mañana, antes de partir, dejan escrito con grasa en el
costado del Simoun la dirección hacia la que se encaminan: noreste. Prévot deja
también un mensaje de despedida para su mujer: le pide disculpas por tantas
ausencias. Tonio no quiere que vea el suyo y se va al otro lado del avión a
escribir una nota final para Consuelo.
Te amé lo mejor que supe...
Y caminan. Por el desierto se anda despacio. Los pies se hunden,
la moral se hunde. Tras una duna hay otra, y luego otra y luego cien mil más,
todas idénticas. El cuerpo se seca. Uno empieza a echar de menos como nunca su
saliva. La lengua se empieza a hinchar y parece que no vaya a caber en la boca.
Los labios se sellan. Los ojos se llenan de mariposas. Los ritos de la muerte
empiezan a desplegarse en vida.
En París, los diarios de la tarde dan la noticia de la
desaparición del piloto Antoine de Saint-Exupéry y su mecánico Jean Prévot.
Consuelo está en casa de un amigo pintor que le ha pedido que haga de modelo.
El teléfono trae la noticia. Se va corriendo hacia la puerta y él ha de
recordarle a gritos que va desnuda. Llega al hotel pálida y en la recepción ya
hay un par de amigos caminando arriba y abajo preocupados. No hay indicios, no
hay nada. Tan sólo que debería haber aterrizado en El Cairo y no lo ha hecho.
Consuelo se acerca a uno de los tresillos del hall y se desmaya
sobre él. Varios amigos la llevan a la habitación, que se convierte en sala de
espera, pendientes todos del teléfono. En París no se pueden imaginar que a
tres mil kilómetros de allí Tonio y Prévot están jugando al pillapilla.
Persiguen fantasmas por el desierto.
Tonio ha visto una cascada de aguas rugientes y se le ha
iluminado el rostro. Al dar unos pasos hacia ella, se ha deshecho en la calina.
Cuando empieza a atardecer, Prévot dice que ve un lago a un par
de kilómetros.
— No hay lago — le dice.
El mecánico se enfada. ¿Cómo es posible que no lo vea? Discuten,
pero tampoco mucho. No tienen ya apenas fuerzas. Tonio se encoge de hombros y
le da la linterna. Su compañero se va en busca de su lago. Más de una hora
después es ya casi noche cerrada y no ha regresado. Tonio está intranquilo, los
primeros hilos de la noche lo hacen temblar, no sabe si de frío o de miedo.
Observa fijamente el punto en el horizonte por el que se marchó Prévot, pero ya
sólo hay una oscuridad cada vez más densa. Está tiritando cuando ve varios
haces de linternas que se mueven a medio kilómetro.
¡Una partida de rescate que llega con Prévot!
Mueve los brazos en la penumbra.
— ¡Aquí, aquí!
Le sorprende lo ronca que es su voz. Se pone en pie y va al
encuentro de las luces con las últimas fuerzas.
— ¡Saint-Ex!
— ¡Prévot! ¡Estamos salvados!
Tienen las lenguas de estropajo y las palabras les salen
pastosas. Por fin llega hasta la linterna y los brazos del mecánico.
— ¿Salvados, Tonio?
— Las demás linternas, ¿dónde están?
— ¿Qué linternas?
— Había tres linternas más contigo.
Prévot suspira y le habla en ese lenguaje desarticulado de
hombres primitivos.
— No más linternas.
Tonio ya no tiene más saliva. No le sale la voz. Mueve la cabeza
arriba y abajo violentamente acuciado por el frío que ha vuelto a calarlo.
Quiere decirle que claro que hay más luces, que estaban ahí mismo. Pero al
darse la vuelta sólo hay una inmensa oscuridad bajo un cielo agujereado por mil
estrellas de hielo.
Vuelven en silencio hasta las telas de paracaídas con las que
improvisan unos sacos y tratan de descansar. Prévot llora, pero ya no le salen
lágrimas, sólo un ronroneo de desamparo.
— No lloro por mí — le dice torpemente.
Tonio le hace un gesto afectuoso para que no hable. Ya lo sabe.
A ellos la muerte ya sólo puede traerles alivio. Lo que los tortura es el dolor
que su muerte causará en las personas que quieren. Trata de animarlo: tal vez
al amanecer puedan lamer unas gotas de rocío sobre la tela.
Con tres gotas y el primer destello del sol se ponen en marcha.
El calor va aumentando a una velocidad insoportable. Por la mañana ya no hacen
caso cuando ven en la lejanía manadas de caballos, ciudades con murallas
almenadas, caravanas de docenas de camellos. Tonio cree ver sobre las dunas a
un niño con capa de príncipe y cabellos dorados que camina sobre la arena como
si paseara sobre un prado de hierba.
Ya ni siquiera saben si llevan el rumbo con el que salieron.
Tonio piensa en lo desierto que está el planeta. Creemos que somos muchos, pero
si caminas en línea recta enseguida te quedas solo. ¿Dónde están los hombres?,
se pregunta una y otra vez en esa inmensidad vacía. No hay respuesta.
El sol estruja sus cabezas. La arena es hierro colado. Nadan en
una piscina de aire caliente. Arrastran los pies llagados como autómatas.
Otro espejismo: un beduino montado en un camello aparece sobre
un promontorio, avanza sin percatarse de su presencia y continúa sin detenerse.
¿Y si no fuera un espejismo? ¿Y si fuera de verdad un habitante del desierto?
Como en una pesadilla, quieren gritar, pero de sus bocas secas no sale sonido
alguno. Todo está perdido. Su voz no sale, pero algo llega al beduino, que tira
de la brida del camello y se detiene un momento y se vuelve hacia ellos como si
en verdad los hubiese oído. En ese momento lo saben: no es un espejismo, es un
hombre de verdad.
Al relajar la tensión de seguir adelante para salvar la vida, la
adrenalina se va por el desagüe, las piernas de trapo se aflojan y caen al
suelo. El beduino ha aprendido medicina en los saberes ancestrales que se
imparten alrededor de las fogatas en las noches del desierto. Sabe que dar
excesivo líquido a alguien deshidratado podría causarle la muerte. El hombre
del desierto tiene unas manos ásperas como sarmientos, pero actúa con ellos con
la suavidad de una geisha. Con una pluma de ave les vierte unas gotas del caldo
de legumbres que lleva en una girba para humedecerles la lengua. El paraíso
sabe a lentejas.
Tonio levanta los ojos con dificultad. Los párpados le pesan
como persianas de madera. En esos días de extravío en medio de la nada había
pensado que los seres humanos no existían. Que la humanidad era otro espejismo.
Mira al beduino que los alimenta con delicadeza y siente hacia ese desconocido
un amor infinito. Piensa en ese instante de turbidez luminosa que alguien que
se detiene a compartir lo poco que tiene con unos desconocidos no sólo salva a
dos náufragos de las arenas, se salva él y salva a la humanidad entera.
En el hotel Pont Royal de París la noticia causa un enorme
alborozo. Consuelo encarga botellas del mejor champán al servicio de
habitaciones. Tonio logra comunicarse en una llamada entrecortada un día
después y le pide que le mande ropa y cigarrillos. El director de
L’Intransigeant envía a un redactor para asegurarse de que, al llegar a París,
el aviador no se dispersa como le sucede a menudo y deje escrita la crónica de
ese rescate en el desierto de Libia. Días más tarde, Tonio se encogerá de
hombros y sonreirá en el hospital de Trípoli donde se recupera cuando
desenvuelva el paquete que le envía Consuelo desde Francia con una única camisa
de gala, como si su vida fuera una recepción diplomática.
Capítulo 76
Dakar, 1936
Guillaumet lleva un tiempo viviendo en Dakar como piloto
adscrito a la línea Dakar-Natal. Hace meses que no ve a Mermoz y siente una
especial alegría al atravesar la ciudad dormida en su coche para llegar al
aeródromo de Ouakam. Mientras los mecánicos somnolientos se ponen perezosamente
los monos azules, se posa con suavidad un Dewoitine de ala baja. Henri camina
hacia el aparato por la pista iluminada por las luces de sodio anaranjadas que
dan a la noche un brillo deshilachado.
Al abrirse la portezuela, el primero en descender es Mermoz.
Enérgico, impecable con su traje cruzado, sonriendo radiante, como si fuesen
las dos de la tarde en lugar de las dos de la madrugada. Se va hasta Guillaumet
y lo toma por los antebrazos con sus manos de alicates.
— Te llevaré a descansar un rato hasta que salgas para Natal.
— ¿Descansar? He venido durmiendo en ese avión como si hubiera
estado en una cama del Hilton.
El jefe de aeródromo se acerca para darle la tablilla con el
plan de vuelo. Parte en menos de dos horas hacia Brasil en el hidroavión Comte
de La Vaulx. Al echar un vistazo a la tripulación arquea una ceja. Hay un
nombre que no conoce.
— ¿Quién es el tal Lanata que va de segundo piloto?
— Es un joven piloto argentino muy capaz. Se harán buenos
amigos.
— Mire usted, yo ya no tengo edad para hacer amigos.
A un piloto no le permitirían alterar la lista de tripulación
hora y media antes de una partida sólo porque le apetece tener a un amigo con
el que charlar durante la travesía. Pero Mermoz no es un piloto, es una
leyenda. Y cuando las leyendas hablan, los jefes de aeródromo callan.
— Está de reserva Pichodou...
— Un veterano. ¡Gran tipo! Ha cruzado el Atlántico varias veces.
Es perfecto.
— Pero señor Mermoz, son las dos de la madrugada...
— ¡Ideal! Así será fácil encontrarlo en casa.
Con el coche de Guillaumet van hasta la vivienda del piloto.
Cuando llaman al timbre con insistencia, la voz de Pichodou responde
somnolienta e irritada:
— ¡Joder! ¿Quién es?
Da vuelta a la llave y abre de golpe con el torso desnudo,
despeinado y con un rostro iracundo dispuesto a morder a quien sea que ha
estropeado su sueño. Lo que no esperaba es encontrarse enfrente al mismísimo
Jean Mermoz.
— Pichodou, tenemos correo que entregar.
Al piloto se le suaviza el gesto. Sonríe. Su mujer pregunta
desde la habitación qué sucede.
— Cosas del trabajo. Prepárame el termo de café. Salgo de viaje.
Guillaumet mismo conduce la pequeña lancha que lleva a la
tripulación hasta el amarre donde cabecea levemente el hidroavión. Junto a
Mermoz y Pichodou van un navegador, un mecánico y un radiotelegrafista. Los
espera la noche.
Los motores rugen en la madrugada y, con el reflejo de la luna
llena, Guillaumet ve alzarse majestuosamente el poderoso trimotor, rumbo al
océano. Alza la mano para decirles adiós aunque no puedan verlo. No sabría
explicarlo, pero siente que, de alguna manera, él también ha despegado con
ellos.
Arriba, la noche se muestra complaciente. Mermoz observa el
reguero de estrellas que corrobora el tiempo despejado que anunciaba el parte.
Sin embargo, al cabo de unos minutos de escuchar atentamente la música del
avión, algo no le acaba de sonar bien.
— Lavidalie...
El mecánico aguza las orejas como un perro perdiguero.
— Es cierto. Hay algo. Es la hélice...
La hélice vibra ligeramente más de lo debido. Mermoz sabe que el
valor es un edificio que se construye sobre la prudencia.
— Cruveilher, avisa a Ouakam. Damos media vuelta por problemas
en la hélice.
Al amerizar, lo está esperando el jefe de aeródromo. Mermoz pide
otro aparato disponible para la travesía, pero no hay ninguno.
— Pasado mañana llegará un Potez 300...
Mermoz lo mira y eso debería bastar, pero el jefe de aeródromo
parece no entender.
— El correo no puede esperar. Que reparen la hélice lo antes
posible.
Dos mecánicos se ponen a la tarea y despegan de nuevo, esta vez
acompañados del amanecer. Van hacia el oeste y el sol los persigue, rojizo y
perezoso. El día es despejado. El mar es tan azul que ningún hombre es capaz de
entender por qué su planeta es tan hermoso. Mermoz se para a escuchar la
música. El Comte de La Vaulx vuela de manera apacible. El mecánico hace sus
comprobaciones de niveles con rutinaria parsimonia. Pichodou dormita en el
asiento de al lado. Y, sin embargo, hay algo en el fondo de la música. Algo muy
leve. Una nota desafinada.
— Pichodou, tenemos correo que entregar.
Al piloto se le suaviza el gesto. Sonríe. Su mujer pregunta
desde la habitación qué sucede.
— Cosas del trabajo. Prepárame el termo de café. Salgo de viaje.
Guillaumet mismo conduce la pequeña lancha que lleva a la
tripulación hasta el amarre donde cabecea levemente el hidroavión. Junto a
Mermoz y Pichodou van un navegador, un mecánico y un radiotelegrafista. Los
espera la noche.
Los motores rugen en la madrugada y, con el reflejo de la luna
llena, Guillaumet ve alzarse majestuosamente el poderoso trimotor, rumbo al
océano. Alza la mano para decirles adiós aunque no puedan verlo. No sabría
explicarlo, pero siente que, de alguna manera, él también ha despegado con
ellos.
Arriba, la noche se muestra complaciente. Mermoz observa el
reguero de estrellas que corrobora el tiempo despejado que anunciaba el parte.
Sin embargo, al cabo de unos minutos de escuchar atentamente la música del
avión, algo no le acaba de sonar bien.
— Lavidalie...
El mecánico aguza las orejas como un perro perdiguero.
— Es cierto. Hay algo. Es la hélice...
La hélice vibra ligeramente más de lo debido. Mermoz sabe que el
valor es un edificio que se construye sobre la prudencia.
— Cruveilher, avisa a Ouakam. Damos media vuelta por problemas
en la hélice.
Al amerizar, lo está esperando el jefe de aeródromo. Mermoz pide
otro aparato disponible para la travesía, pero no hay ninguno.
— Pasado mañana llegará un Potez 300...
Mermoz lo mira y eso debería bastar, pero el jefe de aeródromo
parece no entender.
— El correo no puede esperar. Que reparen la hélice lo antes
posible.
Dos mecánicos se ponen a la tarea y despegan de nuevo, esta vez
acompañados del amanecer. Van hacia el oeste y el sol los persigue, rojizo y
perezoso. El día es despejado. El mar es tan azul que ningún hombre es capaz de
entender por qué su planeta es tan hermoso. Mermoz se para a escuchar la
música. El Comte de La Vaulx vuela de manera apacible. El mecánico hace sus
comprobaciones de niveles con rutinaria parsimonia. Pichodou dormita en el
asiento de al lado. Y, sin embargo, hay algo en el fondo de la música. Algo muy
leve. Una nota desafinada.
Capítulo 77
París, 1936
Tonio tiene invitados en su apartamento. Hay un par de
escultores o pintores o no sabe qué que revolotean alrededor de Consuelo. Le
habría encantado decirle que no los invitase o, mejor aún, echarlos escaleras
abajo. Los ve con sus cabellos largos de bohemios que desayunan caviar. Sabe
que tal vez sean sus celos los que le hacen ver a ese par de individuos peor de
lo que son en realidad.
Preferiría que Consuelo fuese más discreta con sus amistades y
con sus excesos. El día anterior tuvieron una fuerte discusión. No pudo más y
entró en una batalla penosa. Le reprochó de manera destemplada sus salidas
nocturnas. Las noches en que no regresa y él espera dando vueltas como un oso
en la jaula de un circo.
— ¡Nuestra relación es una farsa! — le dijo él amargamente.
Ella estuvo varios minutos sin dejar de pintar un jarrón con un
pincel fino y cara de concentrada, como si no lo oyera. Las últimas semanas
había descubierto en la alfarería su verdadera vocación. Al menos para un par
de meses. Su indiferencia todavía sulfuró más a Tonio, que empezó a gritar:
— ¿Has oído hablar de la palabra respeto? — le chilló.
Consuelo miró el último trazo sobre el jarrón y pareció
aprobarlo con gesto profesional. Tomó la pieza, alzó los brazos sin brusquedad
y la dejó estrellarse contra el suelo en mil pedazos.
— ¿Me hablas de respeto? — empezó ella— . ¿Cuál es tu amante
este mes? ¿O son varias?
Entonces él enrojece y se encoge como el niño pillado con la
mano en el tarro de la mermelada.
— No se trata de eso...
— ¿De qué se trata, entonces?
— Me duele que cuentes por ahí nuestras intimidades.
— ¿Es eso lo que en verdad te preocupa, lo que piense la gente
del gran escritor? ¡Qué decepción!
— ¡No, no es eso! Se trata de no tirarlo todo por la ventana.
¿No podríamos no hacernos daño? — Bajó la cabeza con timidez y también la voz
hasta un susurro donde había un ruego en sus palabras— . ¿No podrías ser tú mi
gatita y yo tu oso de peluche?
Consuelo lo miró. Sonrió. Se acercó a él y le dio un beso en la
mejilla.
Una discusión como tantas otras.
Lo cierto es que sí se siente celoso de los amigos de Consuelo.
Amantes, ¿por qué no llamarlos por su nombre?
Pero a cada poco ella también estalla en algún ataque de celos
por las amantes de él. Su relación se ha convertido en un absurdo raid de
infidelidades. Busca en otras mujeres la dulzura o la atención que ya no halla
en Consuelo. Pero tal vez Consuelo no sea dulce o esté pendiente de otros
hombres porque él está con otras mujeres. Tratar de saber si fue primero la
gallina o el huevo ya poco importa. Los huevos están podridos.
Entre los invitados de esa noche están el compositor suizo Vigny
y su esposa. Le gusta esa mujer con su cabello liso dorado y su flequillo de
cortinilla. Ella le sonríe. Se interesa vivamente por sus escritos. Dice que le
fascina Correo Sur. De repente le parece la mujer más encantadora del mundo. No
quiere ser infiel otra vez a Consuelo. Odia serle infiel. Pero si no atiende a
esa llamada emocional que podría darle un momento feliz en medio de la grisura
afectiva de su vida, estaría siendo infiel consigo mismo. Él quiere que las
cosas con Consuelo se arreglen, ser una pareja que se acaricia los pies en la
cama al irse a dormir. A veces tienen noches memorables, es verdad. Pero ambos
son inconstantes. No tienen paciencia para el matrimonio.
Piensa que quizá esa señora Vigny, culta y sensible — y muy
atractiva— , tal vez querría que una tarde le leyera algunos fragmentos de un
libro que está preparando, para conocer su opinión. Lleva mucho tiempo tomando
notas que no le llevan a ninguna parte. Ya que no logra encauzar un libro,
quizá le puedan servir para encauzar una conquista.
Consuelo lleva la voz cantante. Habla de cómo la cerámica es el
arte divino porque se hace con barro, el mismo material con el que Dios hizo a
los hombres. Tonio mira hacia arriba, burlándose discretamente de ese
catolicismo extravagante de Consuelo, además de extremadamente liberal, y busca
la complicidad de la mirada de la señora Vigny, que le devuelve el gesto
risueño.
El teléfono ha sonado varias veces. Ahora se da cuenta, en medio
de la jarana de las conversaciones. Estaba tan abstraído que no había oído el
timbrazo insistente. Consuelo no lo coge, naturalmente. Tiene una teoría sobre
no coger el teléfono después de la puesta de sol por una especie de
superstición aprensiva, como si las malas noticias sólo pudieran darse de
noche.
Levanta el auricular. Lo llama de Air France un amigo piloto que
trabaja ahora en el centro de control de vuelo. Es raro que lo llame tan tarde.
— ¡Saint-Ex! ¡Soy Tailler!
— Tailler, ¿qué pasa?
— Es Mermoz. Su avión, el Comte de La Vaulx...
— ¿Qué?
— Ha desaparecido.
— ¿Cómo? ¿Cuándo?
— Hace unas horas, volaba sobre el Atlántico. A novecientos
kilómetros de Dakar. No sé nada más.
Tonio regresa al comedor ya con la gabardina puesta.
— Lo siento, debo ir a la oficina.
— ¡Pero, Tonio! — explota Consuelo delante de todos— . ¡Tenemos
gente en casa!
— Debo irme.
— ¿Te vas a la oficina a las nueve de la noche? ¿No será que te
ha llamado alguna de tus mujerzuelas?
Sin mirar a Consuelo, se dirige a los invitados, abochornados.
— Discúlpenme. Hay un amigo piloto muy querido cuya vida corre
peligro.
Abre la puerta y cierra despacio. Está demasiado preocupado por
Mermoz para enfadarse con Consuelo.
Al llegar al edificio de Air France, muestra su tarjeta al
guarda y entra. Pero en la primera planta, donde está el centro operativo, le
cierran el paso.
— Soy Saint-Exupéry.
El vigilante examina la tarjeta que le muestra.
— Lo siento, el personal del Departamento de Relaciones Públicas
no está autorizado para entrar en esta área.
— ¡Pero necesito tener noticias sobre el Comte de La Vaulx!
— No puede ser.
— ¡Avise a Jean-Luc Tailler! Él me autorizará.
— No puede hacerlo.
— ¡Pues avise al director de vuelos, el señor Travert! ¡O al
director técnico, Vauqueline!
— Me temo que no se encuentran aquí.
— ¿Que no se encuentran aquí? — Tonio se pone rojo, la rabia lo
hace gritar y tartamudear a un tiempo— . ¿Cómo es posible? ¿Está en peligro la
vida del mejor piloto de Francia y no están aquí?
El vigilante cruza los brazos en señal hostil y Tonio siente que
se apodera de él un enorme cansancio. Un fatiga moral que lo deja derrotado. Se
aleja un par de pasos y se escurre hasta sentarse en el suelo con la espalda
apoyada en la pared.
— Si no me dejan entrar, me quedaré aquí hasta saber algo. No me
puede echar de aquí, soy empleado de la compañía, aunque sea el último mono.
Se toma la cabeza entre las manos.
Jean, Jean, Jean..., ¿dónde estás?
En ese momento se oyen pasos. Es un grupo de hombres trajeados,
el director técnico Vauqueline con sus ayudantes. Detrás, llega el ministro del
Aire, Pierre Cot. Los demás pasan de largo, pero Cot se detiene y hace que
todos se detengan también.
— Pero, señor De Saint-Exupéry..., ¿qué hace usted ahí en el
suelo? — le regaña.
— Espero noticias de Mermoz.
— ¿En el suelo?
— Señor ministro, del suelo no me voy a caer. — El ministro Cot
lee la angustia en su rostro— . ¿Se sabe algo, señor Cot?
— Me temo que no hay novedades. ¿No prefiere pasar a la sala de
control?
— No estoy autorizado a entrar. Sólo soy un relaciones públicas.
— ¿Cómo no va a estar autorizado un caballero distinguido con la
Legión de Honor y con su trayectoria como aviador?
El ministro lanza una severa ojeada a su alrededor. Los
directivos de la compañía se miran las puntas de los zapatos.
— Si no estaba autorizado, ahora lo está. ¡Usted! — se dirige al
vigilante con tono enfadado— , éste es el señor De Saint-Exupéry. Entrará y
saldrá de esta sala tantas veces como quiera.
— Sí, excelencia — responde atemorizado el vigilante.
— ¿Ha quedado claro?
— Desde luego, excelencia. A sus órdenes, excelencia.
Dentro de la sala, el coordinador del operativo se quita el
auricular y se levanta de la silla al ver llegar al ministro.
— Excelencia, el Comte de La Vaulx partió de Dakar con cinco
tripulantes a las siete horas diez minutos. A las 10.47 se recibió una
comunicación que decía: «Cortamos motor trasero derecho». Después, nada más.
Tonio calcula: más de nueve horas. Mermoz ha aguantado en los
Andes dos días. Puede aguantar nueve horas en el mar. Durante la noche se
suspenden las tareas de reconocimiento hasta el amanecer, así que Mermoz y su
gente tendrán que resistir veinticuatro horas. Si no hay oleaje fuerte, el
Comte de La Vaulx es una balsa.
— ¿Qué dice el parte meteorológico de alta mar?
— Mar plana. Mañana empezará a subir el viento y por la tarde
habrá mar rizada.
— ¿Cuántos efectivos están buscándolos?
— Hay tres Potez en misión de salvamento y un aviso con
dieciocho tripulantes ha zarpado desde Dakar.
Tonio, aprovechando su altura, se aúpa a preguntar por encima
del ministro.
— ¿Está Henri Guillaumet en el operativo de rescate?
— Fue el primero en salir.
Asiente. Ya que no puede estar él, lo alivia que esté Guillaumet
en la búsqueda. Son miles de kilómetros cuadrados de océano. Es como vaciar una
playa con una cucharilla de postre. Pero Guillaumet buscará debajo de cada
espumón de cada ola.
Que el mensaje quedara cortado tan bruscamente es un dato
desasosegante. Hacer especulaciones de por qué la radio quedó muda de golpe es
tan inútil como inevitable en la larga espera. Un incendio, una explosión a
bordo..., quién sabe.
Cuando el ministro se va, la comitiva de autoridades lo sigue
como un rebaño. Tonio toma una silla vacía y se sienta al lado del técnico de
comunicaciones. Durante dos horas hay mensajes meteorológicos, comunicados de
cambios de turno, de salidas y entradas, pero nada del Comte de La Vaulx.
— Las operaciones de rescate no se reanudarán hasta mañana, ¿por
qué no se retira a descansar? — le dice amablemente el coordinador.
— Porque lo que me agota no es el cansancio, sino la
incertidumbre.
— Pero estará más tranquilo en casa con su mujer.
— Usted no conoce a mi mujer.
Trata de sonreír, aunque sólo consigue trazar un gesto blando
con los labios. Ha participado en muchas operaciones de rescate. Sabe que los
técnicos tienen razón. Nada podrá hacerse hasta la mañana siguiente y allí
estorba más que otra cosa.
Regresa a casa caminando muy lentamente. A cada poco se para a
mirar hacia el cielo. No hay estrellas. Ninguna luz allá arriba.
Ninguna luz al otro día. Ninguna luz al siguiente. Ninguna luz.
Tonio duerme en el sofá del salón, al lado del teléfono. Cada
día llama al centro de operaciones y la respuesta siempre es la misma. Nada.
Pasan dos días más. Nada. Al quinto día suena el teléfono, lo llaman de la
oficina de relaciones públicas: lleva días sin presentarse en el despacho ni
justificar su ausencia.
— No me esperen.
— ¿No le esperamos hoy?
— No me esperen nunca más.
Al séptimo día, suena el teléfono. Lo mira un instante y el
timbre le parece un sonido que forma parte del mundo de los sueños. Lo coge con
una mezcla de temor y ansiedad. Pero no es nadie de Air France. Es el director
de L’Intransigeant. Lo llama para pedirle que escriba un artículo en memoria de
Jean Mermoz. Primero no entiende, como si le hablasen en un idioma desconocido.
El director le insiste suavemente: usted lo conoce, podrá explicar a Francia
las virtudes de Mermoz.
— ¡No me interesan sus virtudes! — le responde con aspereza— .
Mermoz está lleno de defectos. Cuando quedamos, él siempre llega tarde y jamás
se disculpa. Es tozudo, muy tozudo, incluso intransigente.
El director se queda mudo al otro lado de la línea.
— No le entiendo...
— ¡De ninguna manera puedo considerarlo con esa fría perfección
de los muertos!
Le cuelga indignado. ¿Cómo pueden esos imbéciles pensar que
Mermoz esté muerto?
Él sigue al lado del teléfono. Duerme en el sofá y come y cena
en la mesita baja las viandas que le suben de la brasserie bretona de la
esquina: crepes saladas y mejillones. Los periódicos que va leyendo han formado
en el suelo una montaña de noticias caducadas. Consuelo le hace compañía a
ratos. A veces se tumba con él en el sofá y le hace mimos. Otras, se pinta los
labios con una carmín tan oscuro que de lejos parece negro y se va al teatro o
a alguna cena que se alarga hasta muy tarde sin darle explicaciones.
Después de una semana, pasa otra. La pila de diarios aumenta. Ya
sólo toma filetes con patatas y tortilla; aborrece las crepes. Nada. Mermoz
desapareció un 7 de diciembre. La Navidad nunca le ha pasado tan desapercibida.
Se niega a salir en Nochevieja y Consuelo, desairada, se va sola, con un
vestido descocado que le deja toda la espalda al aire. Él recibe el nuevo año
1937 en batín en el sofá. Espera un milagro de Navidad, pero no llega.
Una noche de primeros de enero Consuelo invita a unos amigos a
casa para enseñarles unas vasijas que ha pintado en ese estilo geométrico que
ella dice que es azteca. Pero en cuanto llegan riendo y montando jaleo, Tonio
los echa de casa. Necesita estar solo, que haya silencio por si suena el
teléfono.
Ha pasado un mes. Su barba ya es la de un náufrago. El teléfono
no suena.
Una mañana, suena el timbre de casa. Tonio se levanta de mala
gana para abrir. No está para visitas, lleva días sin ducharse, la ansiedad le
ha hecho comer a todas horas y ha engordado varios kilos. Abre la puerta y
quien está allí con un gesto serio es Guillaumet.
Se miran. Henri mueve la cabeza a uno y otro lado. La operación
de rescate se ha dado por finalizada. Mermoz no ha vuelto. Los dos lo saben: no
volverá nunca. A Tonio le tiembla el labio. Y, por fin, le empiezan a brotar
unas lágrimas calientes como si salieran desde el centro de la Tierra. Se
abraza a Henri y, por fin, los dos juntos, pueden llorar al amigo y dejarlo ir
en paz.
Guillaumet saca del bolsillo un pañuelo para cada uno. Después,
de debajo de la gabardina se saca una botella de coñac.
— Hay que brindar por él.
Tonio asiente. Mermoz odiaba las despedidas tristes.
— ¿Sabes, Henri? Brindaremos y cantaremos las viejas canciones,
hablaremos de mujeres con muchas curvas y contaremos historias picantes y nos
reiremos. Y así él seguirá estando con nosotros.
Capítulo 78
París, 1937
El piso de los Saint-Exupéry se ha convertido en un lugar donde
las puertas nunca se cierran y las luces nunca se apagan. Una fiesta es el
preámbulo de otra. Hay días en que algunos invitados se quedan a dormir en los
sofás y esperan ya hasta la fiesta que arranca la tarde siguiente y se alarga
hasta la madrugada. A los visitantes ocasionales, Tonio y Consuelo les parecen
el matrimonio más compenetrado del mundo. Una casa donde siempre hay canapés,
champán, canciones, anécdotas divertidas y ruido hasta la madrugada. Alguien
que observara distraídamente o con demasiado chardonnay encima podría pensar
que son felices.
Para Tonio la jarana es una máscara para ocultar la tristeza que
lleva dentro desde la desaparición de Mermoz. Tiene una parálisis absoluta para
escribir. Le piden artículos que no entrega. Ha cobrado adelantos de libros que
no ha escrito. Consuelo es una peonza que viene y va. Cada vez tiene menos
paciencia con ella.
Una tarde reciben la invitación para ir a tomar el té a casa de
los Vigny. Consuelo le dice que está muy ocupada. Está absorbida por un libro
sobre cartomancia y se pasa horas practicando con la baraja del tarot. Acude él
solo y cuando Nicole Vigny lo recibe, le explica que su esposo ha tenido que
salir de viaje de manera urgente.
— Lo lamento — le dice él con cortesía.
— No lo lamente.
Ella le pregunta si ha traído apuntes de algo que esté
escribiendo. Tonio siempre lleva papeles por los bolsillos. En uno de ellos
lleva un par de cuartillas con unas notas para uno de los episodios que va a
contar en su nuevo libro sobre momentos luminosos durante los cerca de quince
años de andar dando tumbos por los aires. Él lee y ella escucha con mucha
atención, con la mirada perdida.
Cuando termina de leer, es la hora del té y ella le pregunta si
desea algo.
— Un poco de té.
— ¿No desea nada más? — Y lo mira con mucha intensidad. A Tonio
le encanta su flequillo rubio y sus ojos inteligentes. Acaban tomando el té en
la cama. Cuando él sale del cuarto de baño vestido sólo con un albornoz sin
estrenar que le ha prestado, ella lo espera metida dentro de las sábanas.
Se sienta sobre la colcha y, algo ruborizado, toma una de las
tazas de la mesita.
— Nunca había tomado el té antes de hacer el amor.
— Oh, Antoine. El té es muy saludable.
— Desde luego. Es un antioxidante natural fabuloso.
— Habrá que probar si es cierto.
Nicole se destapa de un manotazo y deja al descubierto su cuerpo
de piel blanca sombreada apenas por el fino vello rubio del pubis. Tonio ha de
hacer equilibrios para que no se le caiga la taza de la mano.
Las visitas a casa de la señora Vigny, ahora que el señor Vigny
parece haberse evaporado, son un paréntesis agradable de literatura y sexo en
una época de desasosiego.
Cuando alguna mañana, en pijama y con migraña, se pone a repasar
la correspondencia del banco repleta de recibos impagados, lo inunda el
desánimo. Le alarga las cartas a Consuelo y ella las lanza con indiferencia a
la papelera. Tonio se echa las manos a la cabeza.
Conde, escritor, caballero de la Legión de Honor... ¿Cómo es
posible que estemos en números rojos?
La única solución es hacer otro de esos raides aéreos. Ha de
conseguir patrocinadores y vender la exclusiva del reportaje a L’Intransigeant.
— ¿Por qué no escribes un libro? — le dice ella.
— Tengo plomo en la cabeza.
El periodismo es un clavo ardiente al que agarrarse. Le
proporciona ingresos, le permite viajar y escribir. En medio de la guerra civil
española, ha sido enviado como corresponsal. Cuando regresa a Barcelona, que
visitó tantas veces mientras hacía la ruta de España del correo, no la
reconoce. La pensión frente al hotel Ritz en la que se hospedaban los pilotos
ha sido tomada por los milicianos y se ha convertido en un cuartel
destartalado. Viaja al frente de Madrid y se horroriza de contemplar una guerra
tan desordenada y cruel.
Sus crónicas tienen un gran éxito, pero él regresa de España con
un sabor amargo en la boca. El país alegre que conoció es ahora un pantano
negro de rencores y violencia. Después de ver lo que ha visto, su fe en la
humanidad se tambalea. Llega a la conclusión de que cuando el ser humano no
tiene una brújula, se extravía. Pero no sabe cuál es esa brújula. ¿La política?
La ve como un ejercicio de charlatanes y equilibristas. Le parece más
importante la religión, pero una religión que sea espiritual y no un rito hecho
a medida de señoras aburridas y predicadores hipócritas. España es un atroz
ejemplo. Extremistas anarquistas queman conventos y fusilan a sacerdotes
católicos. Para defender las enseñanzas de Cristo del perdón y la misericordia,
los militares católicos cogen a esos anarquistas, y de paso a otros mil más, y
los fusilan a todos contra las tapias de los cementerios. Las religiones
proclaman la paz y siempre acaban, en nombre de ese Dios tan pacífico,
quemando, degollando o fusilando. Y aun así hay personas dispuestas a seguirlas
fervorosamente porque hay una sed de creer que se hace insoportable. La
incertidumbre produce vértigo en los seres humanos. Preferimos una mentira
segura a una verdad incierta.
Tonio también siente esa sed de creer, pero no sabe en qué.
Creía en el ser humano, pero es un agua que empieza a parecerle corrompida.
Necesita irse. Lejos.
Empieza a mover cielo y tierra y despachos para poner en marcha
un raid aéreo. En Air France, una vez más, se lo quitan de encima. Sin embargo,
logra convencer al ministro del Aire Cot de la importancia de situar de nuevo a
Francia en la cima del prestigio aéreo internacional perdido. En Francia el
prestigio es muy importante. Donde no llega la verdad, siempre puede llegar el
prestigio.
Propone establecer un récord en la ruta vertical de América de
norte a sur, de Montreal a Punta Arenas. Francia ha perdido por su desidia las
rutas del correo aéreo en América. Por cada avión que fabrica Francia, Italia
fabrica tres y Alemania, seis. A Francia ya sólo le quedan los gestos. En París
quieren parar un tsunami levantando la mano como un guardia de tráfico.
Pero ese raid inútil sí tiene una importancia capital que los
políticos ignoran. Que él vuelva a volar.
Los preparativos son complejos. Estirar el dinero tampoco es
sencillo, pero lo consigue. Es un viaje de cierto riesgo y algunos amigos han
intentado disuadirlo. Pero nadie puede convencerlo de que se quede en París en
esa casa que comparte con Consuelo como si fuera un hostal donde todo el tiempo
entra y sale gente que no le importa nada. Ha de vencer esa apatía que lo está
oxidando por dentro.
El avión y él llegan a América en barco y completan sin novedad
las primeras etapas norteamericanas. En el aeropuerto de Managua encara el
Simoun hacia la pista de despegue. Todos los indicadores son correctos y el
tanque del combustible está lleno. Al tomar velocidad el avión, sin embargo, no
alcanza la fuerza habitual. Cuando se percata de que no deberían haber llenado
tanto el tanque de combustible en un aeródromo a mil seiscientos metros de
altitud ya es demasiado tarde para abortar el despegue fallido antes de chocar
contra el talud que hay al final de la pista. Atrae hacia sí el comando para
que se eleve. Tira de él con todas sus fuerzas como si quisiera arrancarlo de
cuajo. El avión levanta pesadamente el morro y esquiva a duras penas el talud,
pero al momento cae a peso y se estrella violentamente contra el suelo.
El aparato queda destrozado y él es trasladado urgentemente al
hospital. Ocho fracturas y una herida muy fea en una mano. No llega a entrar en
estado de coma, pero la herida de la mano se infecta de manera preocupante. Los
médicos deciden que hay que amputarla.
Tonio se niega. Sin fuerzas, con su limitado castellano de
apenas unas cuantas frases, trata de negarse. Pero los médicos no ven otra
solución.
Una mañana se oyen voces en la planta. Discuten en castellano.
Consuelo entra como un torbellino seguida de dos enfermeras. Trataban de
convencerla de que el doctor no puede venir ahora, que está pasando visita en
otro pabellón. Tonio entiende a medias lo que les dice, pero utiliza el título
de condesa de Sant-Exupéry y lo hace de manera tan altiva que las dos
enfermeras acaban escabulléndose susurrando unas disculpas.
Tonio tiene la mandíbula fracturada, pero aun así sonríe.
— Consuelo, no las asustes. Son buenas chicas. Me tratan bien.
— ¡Siempre pensando en las chicas! ¡Pensé que te morías!
— Pero ya te dije en el telegrama que dicté que estaba fuera de
peligro...
— ¿Y desde cuándo dices una sola verdad?
Razonar con Consuelo es como querer apagar un incendio con una
regadera. Ni se molesta. Además le duele la quijada al hablar.
— Consuelo, explícale al médico que no voy a permitir que me
amputen la mano.
— ¿Y por qué habrían de hacerlo?
— Dicen que la infección no remite, que me podría causar una
septicemia.
— Ha habido personajes ilustres mancos, querido. Pero realmente
no es muy agradable.
— ¡No se trata de que sea agradable! ¿Cómo voy a pilotar y a
escribir si me falta una mano?
— ¡Siempre pensando en tus cosas!
El médico entra y Consuelo se presenta. No le deja abrir la
boca. Le dice que su marido es un famoso escritor, una celebridad en París.
— No pueden ustedes privar a Francia de una de sus plumas más
ilustres.
— Pero, señora, la infección...
— Denle penicilina.
— No ha funcionado...
— Pues denle friegas de ungüento de papaya caliente con salvia y
recen diez padrenuestros. Mi abuela curó así a una tía mía a la que atropelló
un carro.
— Señora, yo soy doctor...
— ¡Entonces, cúrelo!
El médico opta por decir que tiene unas visitas que atender y
que volverá más tarde.
— ¡Consuelo, lo has espantado! — le dice divertido desde la
cama.
— La única manera de que un médico no sea arrogante contigo es
que tú lo seas más que él.
Consuelo permanece varios días junto a la cama de su marido, que
va mejorando de sus fracturas, pero la mano empeora. Una mañana le dice que no
soporta el olor de ese hospital, que se va a visitar a su familia a El
Salvador, y que, en cuanto esté mejor, se reúna con ella. Con la misma
velocidad vertiginosa con que llegó, se marcha. Consuelo nunca puede permanecer
quieta mucho tiempo en el mismo sitio. Es un girasol. Si se queda quieta, se
marchita.
Pide que le traigan un teléfono a la habitación y llama a casa
de los Vigny. Le pide a Nicole que haga las gestiones con el seguro que
contrató para su viaje porque en Managua no se aclaran con él. Ella toma nota y
cuarenta y ocho horas más tarde un médico francés lo visita y aconseja su
traslado a Estados Unidos. Son necesarias varias semanas de trámites, pero
finalmente el seguro corre con los gastos. En el hospital se sienten aliviados
de quitarse de encima a ese enfermo problemático que no quiere operarse y puede
sufrir un colapso por su tozudez, y es embarcado en un vuelo de línea a Nueva
York.
El hombro se le ha soldado, pero nunca podrá volver a alzar el
brazo por encima de la cabeza. Siente vértigos y le preocupa la mano. Un
empleado de la compañía aérea lo ayuda a sentarse en una silla de ruedas al
aterrizar y lo conduce hasta la terminal de llegadas.
Allí se lleva una sorpresa. La propia Nicole lo está esperando.
Lleva una enorme falda con dibujos geométricos a la última moda de Nueva York
como si llevara meses en la ciudad, un jersey negro estrecho y una elegante
gargantilla de oro sobre el cuello esbelto. Lo mira con afectuosa preocupación
al observar las cicatrices en la mandíbula, el brazo vendado y el caminar
dificultoso.
— ¿Cómo estás?
— Feliz de verte.
Llegar a Nueva York desde el aeropuerto tiene algo de efecto de
prestidigitador. Después de esos descampados con aire desolador, aparece de la
nada un bosque de rascacielos. Le parece que la gente no va tan arreglada como
en París, incluso hay hombres que no llevan sombrero. Las calles son nerviosas,
con un flujo de taxis amarillos, trolebuses y muchachos voceando las noticias
del fajo de periódicos que llevan bajo el brazo. Por algún motivo que nunca
acabará de entender bien, de las tapas de alcantarilla brota un vapor de agua
que añade una cierta sensación de irrealidad y neblina a ese ir y venir de
gente apresurada.
Al llegar al apartamento, en una calle elegante detrás del Museo
de Historia Natural, lo recibe un conserje vestido con un absurdo traje
granate, gorra de plato a juego y unos exagerados galones dorados de almirante
de alguna armada imposible.
— El seguro te quería adjudicar un apartamento en Brooklyn — le
dice Nicole mientras abre las cortinas de un ventanal enorme— , pero les hice
cambiar de opinión a mi manera. Si no estás en Manhattan no estás en Nueva
York.
— ¿De qué manera les hiciste cambiar de opinión?
Le pone un dedo en los labios como cuando se quiere hacer callar
a los alumnos rebeldes.
Los médicos norteamericanos también opinan que hay que amputar
la mano. Pero él insiste en que no lo va a permitir. Finalmente, una punción
libera una enorme cantidad de pus y la herida empieza por fin a cerrarse.
Tardará varias semanas en recuperarse y deberá ir cada día a sesiones de
rehabilitación. Nicole no se separa de él. Al contrario que Consuelo, es una
mujer organizada y resolutiva, muy dotada para resolver cuestiones prácticas.
Que sea muy rica también ayuda. Combina las mañanas de compras con las tardes
acompañando a Tonio a las cafeterías elegantes donde ella le traduce en voz
alta los diarios en inglés.
De la dirección de San Salvador que le dio Consuelo, las cartas
le llegan devueltas. En el piso de París, después de muchas llamadas, un día
descuelga el teléfono la señora que va a hacer la limpieza y dice que no ha ido
nadie a la casa en semanas.
En Estados Unidos sus editores han mostrado interés en
publicarle un nuevo libro y el generoso adelanto que le han dado le permite
pagar algunas deudas y tirar durante una temporada. Ha decidido recuperar
algunas de esas historias que se ha pasado la vida contando a sus amigos en las
sobremesas del Deux Magots o la Brasserie Lipp y convertirlas en un libro. Son
historias que llevan tantos años viajando en sus bolsillos que al sacarlas son
fruta madura. Está en ellas la aventura, pero también esa mirada moral de
predicador laico. El deber, la amistad o la entrega son materia de su religión
civil. Los vaivenes y la anarquía de su vida personal son un caballo
encabritado que deja atado a la puerta de su gabinete. Cuando se sienta y
escribe le parece que la vida se clarifica, que todo adquiere un sentido, que
hay un orden. Vive como un vagabundo emocional, pero escribe como un buda de
piedra.
Capítulo 79
París, 1938
Regresa a Francia después de una larga ausencia. Hace más de dos
meses que no sabe nada de Consuelo. En el buzón de casa encuentra una carta
donde le dice que no sabía dónde dar con él y que, como se sentía sola, se ha
ido a pasar una temporada a la casa de las afueras de Toboggan...
¡Ese pintamonas!
Él le envía un par de telegramas y ella por fin una noche lo
llama por teléfono muy afectada por la muerte de un gato que cuidaba.
— ¡Cada noche venía al porche a tomar el plato de leche que le
preparaba!
— Consuelo, hace más de dos meses que no nos vemos, ¿y lo único
que te preocupa es un gato callejero?
— Papou, nunca has tenido mano para los animales.
La deja por imposible. Él se ausenta también por un viaje a
Alemania para escribir una serie de artículos que le han encargado.
Parecía imposible conseguir autorización para entrar en Alemania
en esos días de máxima tensión, pero Nicole tiene tan buenos contactos en los
lugares más inaccesibles que consiguió autorización para los dos y se fueron al
país vecino en su coche. Nicole es una bella incógnita incluso para él mismo.
Hay algo en ella a lo que nunca se puede acceder, una puerta cerrada con llave
donde guarda sus secretos.
— Nicole..., ¿cómo conoces tanta gente importante en Alemania?
— Ay, Antoine. Conozco gente hasta en el infierno.
Fueron a casas opulentas de amigos suyos, pasearon en un avión
alquilado y contemplaron con preocupación la actividad frenética de un país que
se está preparando para algo de grandes dimensiones. Alemania niega sus malas
intenciones, pero se agiganta en el centro del continente y arroja sombras
amenazantes sobre Europa.
Al volver a París ve circular los mismos coches y los mismos
tranvías. Se cruza con mujeres que visten faldas por la rodilla. Hay sobre los
veladores de las terrazas de las avenidas humo de puros y vasos de Orangina.
Sifones de cristal con picos de loro plateados. Hombres de sombrero de fieltro
leyendo el periódico frente a tazas de café. Coches con faros redondos como
ojos de búho. Gabardinas y paraguas. Limpiabotas que llevan cajas de madera con
un asa en forma de suela de zapato. La ciudad parece la misma, pero es otra.
Las conversaciones son ahora más vehementes, los amantes que se despiden en una
esquina lo hacen con más urgencia, los guardias regulan el tráfico con gestos
más impacientes. A menudo no se habla explícitamente de la guerra, pero su amenaza
flota en el aire como el virus de una gripe. París está llena de toses.
Unas semanas atrás, el primer ministro de Francia, Édouard
Daladier, participó junto al primer ministro inglés, Chamberlain, en una
reunión en Múnich con el canciller de Alemania, Adolf Hitler. Ese hombre,
insignificante hasta en el tamaño de su bigote, proyecta una sombra monstruosa
sobre Europa. Quería anexionarse a Alemania la región de los Sudetes,
perteneciente a Checoslovaquia, porque la mayoría de los habitantes son de
habla alemana. No era una petición, porque Hitler no pide; exige. Los periódicos
lo llamaron el Acuerdo de Múnich, pero no fue un acuerdo, sino una
claudicación. Ni siquiera se permitió la presencia del presidente checo en una
reunión donde se decidía arrebatar parte del territorio de su país. Chamberlain
y Daladier querían aplacar la furia del Führer. Apagar el fuego echándole
carbón.
Cuando Daladier aterrizó en el aeropuerto de París lo hacía
sabiendo que llegaba con el peso de la vergüenza sobre los hombros y vio una
multitud que lo esperaba. Estaba resignado a soportar con el mayor estoicismo
posible el desprecio de los franceses. Pisó la terminal y la gente empezó a
aplaudirle y vitorearle. Se quedó asombrado. Era tanto el miedo a la guerra que
creían que su primer ministro había conseguido evitarla. Daladier asentía.
Nadie quería aceptar lo que todos sabían: si a un lobo hambriento le echas una
costilla de cordero no lo sacias, lo que haces es mostrarle el camino hacia la
despensa.
Nicole es un apoyo crucial en ese momento en que el ambiente en
el país es tenso y su relación con Consuelo está desmoronada. No sabe muy bien
cuál es plan. Nicole no se plantea de ninguna manera divorciarse de su esposo,
aunque hace mucho que llevan vidas separadas de mutuo acuerdo. Los divorcios
resultan caros y los burgueses son gente práctica.
Tonio y ella salen a cenar a sitios lujosos, se toman de la mano
en privado, ella lo escucha con admiración cuando él le lee las páginas que
escribe, practican el sexo entre risas. Parece amor, pero es juego. Un juego al
que hay que seguir jugando para no envejecer.
Empieza a llover cuando camina por la orilla izquierda del Sena
y escucha las noticias que vocea un vendedor que lleva unos periódicos
protegidos bajo el chaquetón. Alemania ha declarado la guerra a Polonia. Tan
sólo seis meses atrás el ejército de Hitler entró en Praga paseándose, ante la
pasividad de Inglaterra y Francia. La conquista de Checoslovaquia fue un
desfile. Hitler quiere seguir desfilando y el Tercer Reich se ha puesto en
marcha. La oruga de sus tanques y el taconeo de sus botas no se van a detener
hasta pisotear toda Europa.
Tonio llega a su apartamento bajo la lluvia, con la ropa pegada
al cuerpo. Tira las llaves en el desorden de la mesa del recibidor y ve que en
el suelo, bajo la puerta, hay una carta. Lleva sellos oficiales. La estaba
esperando desde el día que vio en Alemania aquella enorme cantidad de aviones
de caza alineados en aeródromos al aire libre porque no cabían en los hangares.
Nadie hace más aviones que hangares salvo que piense ponerlos a circular. La
guerra se ha colado en su casa por la rendija de la puerta. La carta le
comunica que ha sido movilizado y ha de presentarse con su uniforme de oficial
en la reserva en el aeródromo militar de Toulouse-Francazal en el plazo de una
semana.
Capítulo 80
Toulouse, 1939
La mancha de odio del Tercer Reich se extiende por Europa. Desde
que declararon la guerra a Polonia, los alemanes sólo han tardado una semana en
plantarse a las puertas de Varsovia. Las van a tirar al suelo de un soplido.
Tonio fuma y emborrona hojas en su habitación del Grand Hotel,
donde hospedan a los oficiales. Con lo que él ha amado Toulouse, ahora se
encuentra enjaulado en la ciudad. Los médicos que le hicieron el reconocimiento
se mostraron reacios a su incorporación a filas. A punto de cumplir cuarenta
años, hombro izquierdo semiparalizado, sobrepeso... Le dijeron que su grado iba
a ser el de capitán, pero su lugar en la guerra sería detrás de un escritorio.
Se indignó, aulló, dio puñetazos en las mesas que hicieron temblar los
fonendoscopios. Pidió estar en el frente para luchar en primera línea por la
defensa de la libertad. Pero no logró impresionar a los doctores.
Lo han destinado en Toulouse como instructor de pilotos en la
retaguardia.
Da vueltas por la habitación como un animal enjaulado. Tira
cigarrillos a la mitad y enciende otros. Escribe un par de líneas y rompe la
hoja. Se asoma por sexta o séptima vez a la ventana. Mira el reloj ansioso,
Nicole se retrasa. Lleva varias semanas sin verla. Incapaz de contener su
nerviosismo, baja al hall a esperarla. Lleva los pantalones y la camisa del
uniforme militar con una chaqueta de lana de estar por casa. No es nada
reglamentario, pero le da igual. El vestíbulo del hotel está muy concurrido, pero
también da igual, la suya es la relación clandestina menos clandestina de
Francia.
Justo llega ella en ese momento con un elegante tocado en la
cabeza y un abrigo ceñido con los puños de visón. Le invade una gran alegría al
verla y Nicole le sonríe con una dulzura que reserva únicamente para él.
— ¿Cómo estás, Tonio? ¿Estás escribiendo?
Sonríe coqueto. Se le encoje la cicatriz de la barbilla.
— ¿Por qué siempre me preguntas si estoy escribiendo? ¿Vas a ser
mi editora?
— Si estás escribiendo sé que estás bien. Cuando estás
desanimado no escribes.
— Ahora no estoy desanimado sino muy cabreado. Tienes que
ayudarme.
— Invítame a un Jerez.
Nicole observa, entre escandalizada y divertida, el desorden de
la habitación. Ya sabe que Tonio es incapaz de no convertir sus espacios de
trabajo en cachivacherías. Hay cuartillas desperdigadas por todas partes: sobre
el sofá, sobre la cama, incluso en el cuarto de baño. El lugar donde hay menos
hojas es el escritorio, atestado de objetos: unas gafas de sol, una maquinilla
de afeitar, varios libros sobre aeronáutica, una bufanda, periódicos atrasados,
un par de tazas sucias y hasta una flauta.
Tonio despeja una butaca para que se siente.
— Nicole, tienes que sacarme de aquí.
— ¿De esta leonera? Pareces estar a tus anchas.
— Hablo en serio. Necesito un destino fuera de Toulouse.
— Te ofrecieron trabajar en el gabinete de propaganda del
ministerio y los mandaste a paseo...
— ¿Propaganda? ¡No puedo hacer eso!
— Pero es una tarea importante contar lo peligrosa que es la
amenaza del nazismo y animar a la gente a alistarse para defender la libertad.
— ¡Maldita sea! ¡Claro que es importante! Pero ¿cómo voy a
animar a la gente a combatir por Francia mientras yo estoy a cubierto en un
despacho de la retaguardia bebiendo Jerez y fumando puros? Yo no quiero ser uno
de esos intelectuales que se mantienen en la despensa como tarros de mermelada.
Tienes que ayudarme para que me destinen a una unidad de combate. No puedo
estar aquí de brazos cruzados.
— ¡Pero no estás de brazos cruzados! Estás enseñando a chicos
jóvenes.
Tonio se coge la frente con la mano en la que no tiene el
cigarrillo. Tiene una de esas migrañas que se han hecho frecuentes después del
accidente de Guatemala.
— Es verdad que está bien enseñar, pero no es mi oficio. Yo soy
piloto. No puedo dejar que la gente joven se juegue la vida por defendernos a
todos y yo estar aquí haciendo dibujitos con una tiza.
— Pero me dijiste por carta que ya has hecho algunas solicitudes
y te las han denegado.
— ¿Lo puedes creer? Instancias, documentos, alegaciones...
Solicito luchar en el frente por mi país y me dicen que rellene un formulario
con tres copias. La guerra aniquila todo menos la burocracia. Y después me
responden con una nota firmada por un subsecretario que mi petición ha sido
denegada. ¡Imbéciles! Tú conoces a mucha gente en el Ministerio de la Guerra.
Nunca te he pedido un favor, ahora te lo pido...
Su cara refleja esa contrariedad impaciente de los adolescentes
cuando no se salen con la suya.
— Me estás pidiendo que consiga que te manden al frente.
— ¡Exacto!
Nicole suspira. Extiende la mano y le acaricia la mejilla con la
yema de los dedos. No es en absoluto una mujer frágil, sino todo lo contrario.
Pero en ese momento se siente con los pies en el aire. Quizá sea eso lo que le
atrae tanto de él: la saca de su dominio de las cosas, hace que la vida sea de
un cristal muy delgado a punto de quebrarse y que cada minuto sea crucial.
— Tonio, normalmente las mujeres lo que hacen es proteger a sus
hombres.
— Dentro de esa aula cerrada con la estufa de carbón puesta
desde primera hora de la mañana, me consumo. Ese polvo de tiza que se te mete
en la garganta me asfixia. Las paredes me oprimen... Yo sólo sé vivir a cielo
abierto.
— ¿Me estás pidiendo que pida que te manden al frente a que te
maten?
— Te estoy pidiendo que pidas que me manden al frente para que
me salve.
Ella le arrebata el cigarrillo. Da una profunda calada y expulsa
una nube que flota unos segundos en la habitación. Los dos miran en silencio
cómo el humo se estira, se contorsiona, se deshilacha.
— Nicole...
— ¿Qué?
— ¿Lo harás?
— No puedo decirle a un secretario de Estado lo que ha de hacer.
— Pues díselo a un ministro. Seguro que tú puedes hacerlo...
Ella sonríe con un gesto de coquetería. Asiente lentamente.
Claro que puede.
En Orconte, el teniente Laux está de un humor de perros. Cuando
el comandante Alias le comunicó días atrás que iba a incorporarse al Grupo de
Reconocimiento II/33 el oficial De Saint-Exupéry le hizo tanta gracia como una
patada en sus partes. Entra un asistente con unos comunicados del Estado Mayor
y le dice a gritos que cómo ha tardado tanto en traerlos. Cuando el soldado
empieza a farfullar unas excusas, lo despacha de malas maneras.
— ¡Largo de mi vista!
Alias le comunicó personalmente en una visita para despachar
asuntos la llegada de Saint-Exupéry. Tampoco a su jefe le hacía gracia. No se
fía de los pilotos civiles obsesionados con los raides, los halagos de la
prensa y acostumbrados a volar de cara a la galería. Y encima es una celebridad
literaria.
Laux está actualmente a cargo del escuadrón y lo que menos
necesita es tener ahí a un figurón arrogante complicando más una situación ya
de por sí complicada. También le incomoda otro detalle. Él es el jefe del
escuadrón por el traslado del anterior responsable, pero sólo tiene rango de
teniente y Saint-Exupéry llega con un rango superior de capitán. Alias le ha
dicho que él está al mando al margen de los galones. Pero no las tiene todas
consigo.
Asoma la cabeza el teniente Israël.
— ¿Ya ha llegado la estrella? ¿Te ha dicho si va a pilotar o a
rodar una película?
— ¡No me fastidies, Israël! No estoy de humor.
— He oído que tiene cuarenta años. ¿Le damos un avión o una
silla de ruedas?
— ¡Lárgate!
Laux oye el motor de un coche y al mirar por la ventana ve un
elegante DeSoto algo polvoriento. Se baja de él un hombre corpulento con una
nariz respingona e insignias de capitán. Oye la breve conversación con su
asistente y al poco unos pasos que conducen al oficial hasta su despacho. Se
levanta para recibir a su nuevo piloto con estrellas de capitán. Lleva dos días
preparando el discurso para decirle de manera correcta pero tajante que él
tiene la confianza del comandante Alias para dirigir el escuadrón pese a su
rango inferior y que deberá seguir sus órdenes como cualquier otro oficial de
la unidad. Suspira un segundo antes de que entre por la puerta y se levante a
recibir a ese hombre que, visto de cerca, tiene la cara marcada de cicatrices.
— Teniente Laux, comandante jefe de la escuadrilla.
— Saint-Exupéry, piloto.
Laux se relaja y Tonio le tiende la mano con una sonrisa.
— No estábamos seguros de si llegaría hoy o mañana. Voy a avisar
al teniente Gandard para que vacíe la habitación del palacete y se la deje
libre.
— ¿Cómo? Han de mover a un compañero de sitio. ¡De ninguna
manera! Donde fueran a acomodarlo a él, ahí iré yo.
— Pero es una habitación pequeña en una granja destartalada...
— Será perfecta.
Durante la comida, en la sala de oficiales miran con curiosidad
y cierta desconfianza a ese escritor con traje de capitán. Tonio siente que
vuelve a Montaudran y llega al cuarto de los pilotos veteranos que lo miran con
prevención. Les pregunta con prudencia sobre la vida allí, pero le responden
con desgana. Cuando se hace un incómodo silencio, saca del bolsillo un mazo de
cartas.
— Mire usted la carta y no me diga el número.
Uno de los subtenientes la toma con escepticismo y, después de
colocarla en el mazo y que otro compañero baraje hasta cansarse, Tonio gira el
primer naipe y allí está. El resto mira de reojo con un interés disimulado; no
deja de ser otra cosa que un grupo de jóvenes aburridos por la inactividad
momentánea. Se acercan y forman un corro.
— ¿Podría usted volver a hacerlo, capitán?
— ¡Desde luego!
Las primeras semanas hay calma chicha y pocas misiones en
Orconte. Los alemanes están replegados, pero eso sólo es un signo de que están
reordenando sus fuerzas para golpear más duro. Cuando llegue el ataque con la
fuerza de su maquinaria militar y la rabia de su orgullo supremacista, el mundo
que han conocido será una campana de cristal golpeada por un martillo. En esos
días de invierno en que las misiones se reducen, sus juegos de cartas alivian
la tensión en el barracón de oficiales. También resulta muy exitosa su
propuesta de jugar a las palabras encadenadas, que se convierte en una fiebre:
— Contra...
— Traca...
— Camastro...
— Trozo...
— Zo, zo, zo...
— ¡Sargento, le toca pagar cerveza!
— Pero se ha terminado — apunta el soldado camarero.
— Pues apúntensela para después de la guerra — clama Tonio.
— Ya lleva siete apuntadas.
— ¡Mejor! Así nos las beberemos todas de golpe para celebrarlo.
A veces le cansa el confort de la sala de oficiales, con sus
sofás capitonés y la calefacción de la estufa de leña que amodorra. Necesita
salir y dar vueltas por las pistas y los hangares. Invita a tabaco al personal
de mantenimiento y les cuenta algún cotilleo de la sala de oficiales. En su
hora de descanso del mediodía, ve al sargento Farget tratando de recomponer una
pieza de radiador destrozada.
— ¡Ese radiador está hecho polvo, sargento!
— Lo está, capitán. Querían tirarlo a la chatarra, pero estoy
intentando recuperarlo.
El mecánico aprieta la mandíbula mientras hace palanca con un
destornillador para desdoblar una varilla. Tiene los nudillos blancos y los
dientes apretados. Se le resiste. Pero persevera.
Tonio lo observa con admiración. Los hombres como Farget nunca
reciben medallas ni honores ni están en los libros de historia, pero son ellos
quienes hacen que el mundo sea un lugar habitable.
— Farget, no se rinda.
Una tarde, los oficiales de la unidad se encuentran esperando
que caiga la noche en esa indolencia intranquila de las esperas. Las
conversaciones se han apagado y reina una cierta apatía. El capitán
Saint-Exupéry se ha marchado tres días de permiso a París y su ausencia se
nota. Ya se han acostumbrado a su presencia, a veces alegre, relatando
historias de Sudamérica y del desierto y gastando bromas; otras, silencioso y
pensativo, repentinamente callado. La puerta de la sala de oficiales se abre y
entra una ráfaga de invierno. Todos se dan la vuelta mecánicamente. En la
puerta Tonio sonríe con gesto de travesura. Lleva en los brazos una caja de
madera.
— ¿Qué trae ahí?
No responde. Tan sólo sigue sonriendo mientras se va hacia la
mesa que utilizan para comer, jugar al ajedrez, escribir cartas a sus familias
o extender mapas. Todos están intrigados y se levantan tras él. Cuando abre la
caja ven que se trata de un gramófono. Le acopla una manivela para darle cuerda
y el plato empieza a girar. Saca de un estuche un disco de baladas de Tino
Rossi.
La aguja resbala al principio. El sonido sale del pequeño
altavoz empotrado en la caja como si llegara de muy lejos. Pero para esos
militares que esperan el arreón de la guerra lejos de sus casas, de sus
familias y de aquello que da sentido a sus vidas, la música tiene el efecto de
activar zonas emocionales del cerebro que permanecían aletargadas. La música
los conecta con la vida dejada atrás. El subteniente Aron siente cómo los pies
se le mueven solos sin que nadie los mande y toma una escoba apoyada en la
pared. Baila con ella de manera lenta, amorosa, mientras los demás ríen y
silban.
Entra en ese momento el teniente Laux. El bailarín se pone
firmes y hay un instante de silencio donde sólo suena la canción un poco
demasiado aguda. Es Tonio el que da un paso hacia él y le habla con un respeto
afectuoso:
— Teniente, traje un gramófono y no resistí la tentación de
ponerlo en marcha.
— Un gramófono en la sala de oficiales...
— Si no le parece bien podemos apagarlo...
Laux lo mira.
— ¿Sabe qué vamos a hacer?
Todos observan expectantes. Y Laux, generalmente tan serio,
esboza una gran sonrisa:
— Vamos a abrir una botella de coñac que guardaba para un día
especial.
— ¡Viva el teniente Laux! — grita alguien, y todos responden con
un entusiasmo de gorras lanzadas al aire.
El ambiente de animado compañerismo de la base se torna en
silencio por las noches, cuando Tonio se dirige a su lugar de pernoctación en
el pueblo. Es una habitación modesta en una pequeña casa algo desvencijada.
Cuando la propietaria, una mujer minúscula de edad indefinible calzada con unos
toscos zuecos de madera, le mostró por primera vez el cuarto, bajó la cabeza
avergonzada: «No es sitio para un señor capitán...». Y al decirlo se estrujaba
las manos sobre el delantal. Unas manos enrojecidas por la lejía y el trabajo a
la intemperie. Tonio adoró sus manos como sarmientos. La adoró a ella.
— Éste será un sitio perfecto.
La mujer levantó la vista. Dentro de unos párpados cansados le
brillaban unos ojos menudos muy vivos que contaban la niña que un día fue.
Tonio le sonrió. Le sonríe cada noche al llegar y la saluda con la ceremonia
con que lo haría con una duquesa. Los primeros días a la mujer parecía
incomodarla un poco ese tratamiento al que no estaba acostumbrada, pero después
era ella la que salía de la cocina a recibirlo con un gesto de satisfacción
dispuesta a ese ritual desacostumbrado que la hacía sentirse una señora
importante.
— Señora Digne, es un enorme placer verla de nuevo. Espero que
usted y su familia hayan pasado un buen día. Le ruego presente mis respetos a
su esposo. Tenga usted buenas noches.
— Buenas noches, capitán. Que Dios lo bendiga.
La mujer se marchaba feliz secándose las manos en el delantal.
Las ventanas no ajustan bien y se cuela por las rendijas un frío
polar. Por la mañana, para poder lavarse la cara con el agua de la palangana
que tiene en la habitación para su aseo, ha de quebrar antes la capa congelada.
Le agrada romperla con la punta del abrecartas y jugar a entrechocar los
icebergs como barquichuelos de cristal. Por las mañanas le da pereza salirse
del cobijo de las mantas y poner un pie en esas baldosas de hielo, pero hay
algo inspirador en ese lugar de paredes desnudas. Es la habitación de un monje.
Palpa en el silencio un sentimiento de trascendencia que le hace no añorar las
comilonas de París que tanto le han gustado siempre ni los encuentros sociales.
A veces los echa de menos, desde luego. Pero en otros momentos de soledad y recogimiento,
mientras garabatea líneas en el papel con su pluma estilográfica, tiene la
impresión de traspasar una frontera detrás de la cual ya no hay ansiedad ni
frustración y uno siente que por fin está en el camino.
Algunas noches, antes de acostarse, cuando todavía los dedos no
se le han quedado entumecidos del frío, escribe líneas empapadas de un
misticismo afiebrado: lo importante no son los hechos, ni siquiera las
personas, lo crucial son los nudos de relaciones, las conexiones, la red de
capilares que teje el palpitar de la vida en el planeta. También escribe cartas
larguísimas que son manifiestos: a Nicole, a Consuelo, a su madre, a sus
amigos... Un día, en un momento con las barreras bajadas, incluso pensó en escribirle
una carta a Loulou. Pero no, esa mujer le ha traído la ruina. Traza un aspa en
el aire como si la tachara de su vida. A veces se le espesa la melancolía. Para
esos casos, tiene una botella de whisky que cada vez ha de reponer más a
menudo. Se dice a sí mismo que es para calentarse por el frío. Ese frío que se
te mete dentro.
Capítulo 81
Orconte (Francia), 1940
La inactividad invernal del grupo II/33 ha convertido el
edificio de oficiales en un club de hombres ociosos que miran la nieve sobre
las pistas del aeródromo. Parece que el invierno haya adormecido la guerra
igual que a un oso.
Tonio ha pasado semanas dedicado a hacer trucos de magia y jugar
al ajedrez, pero también a dar vueltas al problema del encasquillamiento de las
ametralladoras de los Potez por el frío en los vuelos a gran altura y ha
encontrado una solución técnica que presenta al Ministerio de la Guerra. En
esas semanas ha recibido un par de visitas de Nicole. Ella tenía un amigo que
le dejaba una casa en el vecino pueblo de Arrigny. Nicole siempre tenía esa
facilidad para conseguir cualquier cosa en cualquier sitio que fascinaba a
Tonio. La casa llevaba meses cerrada, pero antes de su llegada la persona de la
aldea que se encargaba del mantenimiento había llenado de troncos la leñera, y
una jarra enorme de leche y un cesto de fruta convertían la mesa del comedor en
un bodegón.
Frente a la chimenea encendida, Tonio le lee los apuntes de una
obra de teatro que trata de escribir adaptando algunas de las historias de
aviación que ha reunido en el volumen que en Francia se ha publicado comoTierra
de hombres y en Estados Unidos con el título Viento, arena y estrellas. Un
libro dedicado a Henri Guillaumet, de quien relata su asombrosa aventura
andina.
— ¿Y cómo vas a mostrar aviones volando en el escenario de un
teatro?
— ¡Nicole, eres tan pragmática! ¿Cómo llevas los picos de los
Andes a las hojas de papel de un libro? ¡El invento más antiguo de la humanidad
es la imaginación!
— ¡El invento más antiguo de la humanidad es el sexo!
— No sé cómo hacerlo...
— ¿Has olvidado cómo se practica el sexo?
— No sé cómo hacer avanzar esa obra de teatro — exclama con
amargura— . Todo me suena acartonado. Debo de ser el peor escritor del mundo.
Nicole lo estrecha entre sus brazos y lo acurruca.
— Tienes un enorme talento, sólo has de encontrar la manera de
encauzarlo hacia el fin que te propones.
— ¡Cuando tú lo dices, la vida parece fácil!
— Tú eres especialista en hacerla más difícil de lo que es.
Un día llega la buena noticia desde Estados Unidos de que Tierra
de hombres ha ganado el prestigioso National Book Award que concede la
asociación de libreros. La prensa francesa se ha hecho eco del tema en un
momento en que las buenas noticias escasean. Eso ha provocado que arrecie la
insistencia desde el Ministerio de Información de que se incorpore a su
gabinete en un puesto destacado.
A finales de febrero tiene que ir a París para atender una
invitación del propio ministro Giraudoux. En su despacho, Giraudoux le insiste
en que en ningún sitio va a ser tan útil a su patria como en ese ministerio
alentando a sus compatriotas, manteniéndolos unidos con la fuerza de las
palabras. Le dice que piensan en él para encabezar una misión diplomática en
Estados Unidos. Tras el National Book Award, es la voz francesa más apreciada
en Norteamérica. Todos los argumentos de Giraudoux son impecables. Y Tonio lo
sabe. Pero no lo saca de su negativa enfurruñada. El ministro le ruega, lo
amenaza... Tonio, incómodo, le explica de la manera más educada que en la
Oficina de Información nada podía informar sobre el sufrimiento de Francia sin
antes haber puesto su vida al servicio del país.
Acude ahora a otra cita en el bulevar de Montparnasse, una
comida en la Brasserie Le Dôme. Lo hace en compañía de un oficial de su
destacamento al que le ha pedido que lo acompañe. Le ha dado indicaciones
claras: no debe atender a nada de lo que se diga en la mesa, sólo debe repetir
machaconamente que el capitán Saint-Exupéry ha de regresar inmediatamente a la
base de Orconte. El oficial vuelve a preguntarle sobre la necesidad de que lo
acompañe a un encuentro privado.
— ¡Es fundamental, teniente! La persona con la que voy a
encontrarme es alguien a quien nunca he sido capaz de decirle «no». Es alguien
que odia la vida social, que es rarísimo que me insista en quedar a almorzar.
Así que imagino que quiere algo y ya me imagino qué.
La Brasserie Le Dôme es conocida como el café angloamericano. No
es un detalle que le pase por alto. ¿Desde cuándo se le escapa un detalle al
señor Daurat?
Cuando llegan, está esperándolos. Con su bigote recortado
impecable, su sombrero panamá y su traje sobrio, con algún kilo más, pero con
el mismo fulgor en los ojos. Su jefe — para él siempre será su jefe— le
extiende la mano. Le agradaría abrazarlo, pero ya sabe que al señor Daurat no
le gustan esas efusiones. Le estrecha la mano calurosamente.
— Señor Daurat..., no sabe cuántas veces me acuerdo de usted.
Él asiente. Incluso sonríe. Sus ojos dicen que está feliz de que
vuelvan a encontrarse. Daurat saluda con cortesía pero cierta frialdad al
teniente que lo acompaña. No entiende muy bien por qué Saint-Exupéry le
insistió en que debía venir acompañado de un compañero del escuadrón, pero en
su cabeza de zorro lo intuye.
Es uno de los cafés más célebres de la ciudad, pero apenas hay
cuatro mesas ocupadas. París es una ciudad cabizbaja. Pero en esa mesa se
levanta una fortaleza de recuerdos que los protegen del frío.
Daurat y Tonio tienen un pasado agridulce detrás. Sembrado de
tragedias, de muertes jóvenes. Pero lo vivieron con tal intensidad que eso
borra incluso la amargura de las ausencias irremplazables como la de Mermoz,
que ha dejado un boquete inmenso. Es con el café cuando Daurat enciende un
cigarrillo y lo mira a los ojos.
— Francia lo necesita aquí, en París.
— Señor Daurat, soy aviador...
— Tiene usted cuarenta años y un montón de huesos quebrados.
Tonio arruga el ceño.
— ¿También cree usted que estoy demasiado viejo para volar?
— Sí.
Un silencio se instala en la mesa y Tonio toma otro cigarrillo.
Está molesto con Daurat. Pero sólo durante medio minuto. Podía haber
argumentado, como han hecho otros amigos, Consuelo o Nicole, o decirle que es
más útil en los servicios diplomáticos o incluso apelar al alto riesgo que
corría su vida, pero Daurat le dice la verdad que más le fastidia: si fuera el
jefe de escuadrilla lo dejaría en tierra porque no se pone a un piloto que no
está en plenitud de condiciones si tienes otro al cien por cien. Sería lo más
sensato.
— No puedo marcharme de Orconte.
Antes de que Daurat diga nada, Tonio se vuelve hacia el
teniente, que apenas ha abierto la boca en toda la comida.
— Dígaselo, Levesque.
El teniente hace como que se aclara la garganta.
— Señor, el capitán De Saint-Exupéry no puede abandonar en estos
momentos el grupo por razones operativas que no me está autorizado revelar.
Daurat da una calada al cigarrillo y sus ojos minúsculos se
entornan aún más.
— Es usted tozudo, Saint-Exupéry. La tozudez mata.
— Lo que mata es no vivir, señor Daurat.
— Yo no soy literato, no me venga con esos argumentos. Usted
sabe que hay muchos que podrían pilotar un avión, pero sólo usted podría
cerrarle el pico al bocazas de Lindbergh.
— Un gran piloto.
— Y un completo idiota. Lidera la idea de la neutralidad de
Estados Unidos e incluso dice que Hitler es un señor que adora el orden y que
no tiene nada en contra de los americanos.
— No dudo que eso sea importante... — Y se vuelve hacia el
teniente con ojos de súplica.
— Señor, el capitán De Saint-Exupéry no puede abandonar en estos
momentos el grupo II/33...
Daurat da un puñetazo a la mesa y los platillos y las tazas, ya
vacíos, dan un salto y vuelven a posarse sobre el mantel. El teniente se queda
mudo.
— No soy sordo, ya lo he oído.
— Disculpe, señor, yo...
— Señor Daurat, debemos irnos.
— ¿Qué espera conseguir en ese escuadrón de reconocimiento que
va a pasearse por encima de las líneas nazis armado con una cámara de fotos?
— No lo sé, pero no puedo dejarlo ahora. No he hecho una sola
misión de guerra. Aquellos muchachos..., ¡debería usted conocerlos! ¡Seguro que
los metería en cintura! Pero le gustarían. Son pilotos dispuestos a todo a
cambio de nada. No puedo ahora, cuando va a empezar lo duro, recoger mi maleta
de celebridad y dejarlos allí. No puedo defraudarlos.
Daurat apura la última calada del cigarrillo.
— ¿A quién intenta no defraudar? ¿A ellos o a sí mismo? ¿Qué es
más importante, Francia o un grupo de muchachos?
— Señor Daurat, esos muchachos son Francia.
Hay un silencio sólo roto por la cerilla de Daurat al rasparse y
dejar en el aire un olor picante a fósforo.
— Mire, señor Daurat, aquí en París creen que soy Moisés, que
iré a Estados Unidos y se abrirán las aguas a mi paso. Pero yo no soy nadie. Yo
no puedo salvar a Francia entera. Nadie puede, usted lo sabe. — Y se vuelve un
momento hacia el teniente y le advierte de que todo lo que se dice en esa mesa
es confidencial— . Usted sabe que Francia está perdida.
Daurat lo mira sin contestar. No afirma, pero no niega.
— Alemania lleva diez años con las fábricas más eficientes y los
trabajadores mejor cualificados del mundo produciendo armamento día y noche.
Por cada avión francés hay doce alemanes.
— Más razón para ir a Estados Unidos a reclamar su ayuda.
— Quiere decir a reclamar el sacrificio de sus jóvenes, a
reclamar que preparen enormes campos de avena del Medio Oeste para ser
transformados en cementerios de chicos americanos. A reclamar el dolor de sus
familias, de sus madres, de sus esposas, de sus hijos... ¿Cómo quiere que les
pida el sacrificio de sus hijos para defender mi país si yo antes no lo he
hecho? ¿Con qué autoridad moral puedo hacerlo?
Daurat apaga el cigarrillo contra el cenicero aunque está a
medias. Lo estruja como una culebra.
— Saint-Exupéry, no comparto su punto de vista. Creo que ni
siquiera lo entiendo. Ya sabe que yo soy un técnico, no un moralista. Pero le
voy a decir algo: lo respeto. Se despiden con otro apretón de manos fuerte
mientras se miran a los ojos intensamente. Se sube el cuello del abrigo de
paño, se da la vuelta y echa a andar por el bulevar hasta perderse entre los
sombreros de la tarde.
Se despide del teniente hasta el día siguiente, en que
regresarán a Orconte. Tiene una segunda visita importante que hacer. Hace
semanas que no ve a Consuelo.
La ha telefoneado varios días atrás para evitarse el chasco de
la última vez, en que, coincidiendo con la visita al Ministerio de Información,
se fue hasta la casa para darle una sorpresa y no había nadie. Abrió con su
llave y sólo encontró un gran desorden de revistas gráficas tiradas por todas
partes, chaquetas acumuladas sobre el sofá, zapatos desperdigados y vasijas a
medio pintar en la habitación que reconvirtió en su taller. Pasó la noche, se
levantó al día siguiente, desayunó y se marchó sin que Consuelo hubiera
aparecido. Tres días después lo llamó a la base y le dijo que estaba haciendo
un jarrón para él para que lo llenara de flores en primavera. Habló de amigos
que preguntaban por él y de lo insoportablemente estirados que eran los
camareros del Café de Flore. Ni una palabra de su ausencia. Él tampoco le pidió
explicaciones.
Cuando llega, llama al timbre y nadie responde. Llama una
segunda vez, y tampoco. No sabe si probar una tercera o echar mano de la llave
de la casa, pero oye girarse el pestillo y se abre la puerta.
— Disculpa, querido, estaba en la bañera.
Ella está en el umbral, chorreando.
— Consuelo..., ¡estás desnuda!
— Claro, Papou. Odio bañarme vestida.
El agua le resbala por el cuerpo menudo pero muy bien
proporcionado y el cabello negro le brilla.
— Siempre has sido una mujer muy hermosa...
Ella sonríe.
— ¿Te preparo una bebida?
Y se dirige a un armario botellero muy surtido saludándolo con
sus nalgas de muñeca de porcelana.
— ¿No vas a vestirte?
Revuelve entre las botellas y sus senos pequeños se mueven
rítmicamente.
— ¿Tú quieres que me vista?
Tonio se ríe.
— En realidad, no.
— ¿Sabes? Yo también quiero colaborar con el ejército francés.
— ¡Vaya! ¿Y cómo?
Se acerca con dos copas de Pernod, con unos hielos que
tintinean.
— Ahora lo vas a ver, señor capitán.
Tonio ríe mientras ella lo empuja suavemente para que se
recueste en el sofá. Va a protestar risueñamente porque estarían más cómodos en
la cama, pero ya conoce las manías de Consuelo: nunca hacer el amor en el mismo
sitio donde se duerme.
Capítulo 82
Orconte (Francia), 1940
En abril, despierta el mal. Los nazis son tan calculadores que
han dejado pasar el invierno, incluso han dejado confiarse a los franceses, que
ante las semanas de inactividad han relajado la disciplina. Lo que parecía
calma han sido unos meses de trabajo enloquecido en las fábricas alemanas.
Cuando su maquinaria bélica se pone en marcha camino de Francia, las barreras
caen una tras otra como un dominó. La guerra es un juego de niños crueles.
El grupo de reconocimiento entra en ebullición. El alto mando
solicita informes sobre la posición de las tropas enemigas a diario. Los vuelos
se hacen cada vez más peligrosos, cada vez más trágicos.
Tonio se acerca a la ventana y observa la pista de aterrizaje.
El comandante Alias da vueltas con las manos en la espalda. Hace frío pero no
lleva tabardo. No se acuerda de que hace frío. El aparato del piloto Charron,
el observador fotógrafo Renaudot y el artillero Courtois no ha regresado.
La misión encomendada era llegar hasta Frankfurt cruzando todas
las líneas enemigas para fotografiar las fábricas de armamento y generar mapas
de ataque para la aviación francesa. A cuatro mil metros de altura no llegan
las defensas antiaéreas. Pero sí los cazas alemanes. Rápidos, precisos,
implacables. Sus aviones de reconocimiento son como vacas acosadas por lobos
hambrientos.
Cuando ha pasado la hora máxima de retorno por el combustible
que llevaban, ya todos saben que no van a volver. Alias mira su reloj, traza un
último círculo y se va recto hasta el barracón que utiliza de despacho y cierra
dando un portazo. Al poco ven a su asistente cruzar la calle asfaltada que
separa su cubículo de la sala de pilotos. Viene a por más carnaza para echar a
los nazis. El subteniente Favre entra en la sala y todos se vuelven a mirarlo.
Alguien será el siguiente leño que hará arder la hoguera.
— Teniente Vinsonneau, le espera el comandante.
Vinsonneau toma su gorra y se va hacia la puerta sin el menor
gesto ni aspaviento. Va a volar hacia las líneas alemanas a asarse en el centro
de una parrilla, pero no parece en absoluto impresionado. La guerra hace que el
riesgo se convierta en una rutina más, como sacar lustre a las botas o
recortarse el pelo por encima de las orejas. Vinsonneau sabe que tiene un
cincuenta por ciento de probabilidades de volver. Es un cara o cruz con su
vida. Puede que ésa sea la última mañana que vea. Pero no hay en él el más
mínimo síntoma de contrariedad, menos aún de rebeldía. Tampoco de euforia; en
su unidad no se estilan el estilo patriotero ni las arengas.
Alias es un comandante que raramente grita. Mira mucho a los
ojos. Lee en las pupilas de sus soldados. Si detecta miedo, da la oportunidad
al piloto de rehusar la misión. Cuando entra Vinsonneau en su despacho, empieza
a darle las instrucciones precisas. El teniente lo observa sin mover un
músculo, sin tamborilear los dedos sobre la mesa o fumar afanosamente. Aparenta
una calma absoluta. Pero hay un detalle que no pasa desapercibido al comandante
Alias: la nariz le ha enrojecido. Vinsonneau puede controlar todo su lenguaje
corporal y ordenarles a sus dedos que permanezcan impasibles. Pero el rubor,
ese mar de fondo que avanza en silencio desde algún remoto rincón del sistema
nervioso, tiñe de encarnado su nariz. Un semáforo rojo es una señal que Alias
no pasa por alto. Se para en sus explicaciones técnicas y mira a su piloto.
— Teniente, si cree que no está en perfectas condiciones para
afrontar la misión, podemos reemplazarlo...
Vinsonneau ahora sí gesticula: alza los antebrazos con las
palmas hacia arriba y en su rostro hay ese gesto de decir: esto es lo que hay,
no hay marcha atrás.
Alias asiente. Continúa su explicación.
Desde la sala de pilotos oyen despegar a Vinsonneau con su
observador y artillero. Misión a baja altura: atrapado entre los fuegos
antiaéreos de tierra y los cazas. Una de esas misiones que sólo pueden
calificarse como envenenadas. Pasan las horas. Demasiadas horas. Ha anochecido
y Vinsonneau y su tripulación no han regresado. Siempre queda la esperanza de
que se hayan lanzado en paracaídas y estén camino de un campo de prisioneros.
En la guerra la esperanza es un clavo ardiendo al que uno se agarra tantas veces
que acaba por enfriarse.
Otros compañeros desaparecidos. No hay cadáveres ni velatorios.
No hay tiempo para ceremonias. Al día siguiente saldrá otra misión de
reconocimiento.
En la sala de oficiales cada vez hay más butacas libres. El
comandante Alias se traslada hasta el centro de mando, que va moviéndose por la
región. Es como un juego del ratón y el gato, sólo que aquí el ratón es gigante
y persigue al gato. Las carreteras están atestadas de convoyes que parecen ir y
venir sin ton ni son. Hay camionetas descubiertas con ancianas de luto,
bicicletas que llevan torres de maletas en equilibrio, mulos viejos que empujan
de mala gana carros cargados de niños, calabazas y herramientas de labranza. Se
entreveran de vehículos militares que van en una dirección y en otra,
estorbándose. Francia no sabe si ataca o si se defiende.
Alias se ha puesto sobre el traje todas sus medallas. Pide al
centro de mando más pilotos para rotar más las misiones. No hay. Pide aparatos
nuevos más veloces. No hay. Pide que le expliquen cuál es el plan del ejército
francés. No hay. Pero le ordenan que siga mandando misiones de reconocimiento.
— Necesitamos que identifiquen la posición exacta de las
baterías alemanas en la frontera con Francia.
La frontera ha dejado de ser un término claro. Antes eran algo
muy serio, con barreras que barraban el paso y policías serios custodiándolas.
Su trazado en los mapas era de una precisión milimétrica, pero la guerra las ha
convertido en líneas de tiza. Los nazis borran cada día la frontera de Francia
con la suela de sus botas.
— ¿Quieren que situemos la posición de un ejército que avanza?
Para cuando llegue aquí la información de la posición de las baterías y
nuestros bombarderos partan hacia allí, los alemanes ya no estarán.
Un general le habla con irritante condescendencia.
— Querido comandante Alias, no debe usted expresar esas
opiniones. Ese tipo de pensamientos minan la moral de la tropa. No son
procedentes.
El alto mando cree que lo procedente es preocuparse por el ánimo
de los soldados. Su vida les preocupa menos. Se puede aceptar que un soldado
pierda una pierna, que se quede sordo por el impacto cercano de una explosión o
que muera; sin embargo, es inadmisible que se desmoralice. Alias hierve por
dentro.
— Para evitar los cazas hemos de volar a diez mil metros de
altura a quinientos kilómetros por hora. ¿Cómo vamos a detectar los nidos de
ametralladora?
— Sabrán su posición cuando les disparen.
Alias se queda mirando al general. Esos informes serán inútiles.
Alias lo sabe. El general también lo sabe. Uno no replica la orden y el otro
hace como si fuera un gran plan estratégico.
Es rara la semana en que una tripulación despega y regresa.
Hombres jóvenes, risas que hasta un momento antes eran cascabeles ya sólo son
cuerpos descomponiéndose. Tonio ve partir a sus camaradas y piensa en esa
primavera que se despliega en los campos que han quedado vacíos. Está llegando
el verano con su brisa cálida y su dulzura de flores, pero ellos quizá ya no
estarán en el planeta para verlo. No verán crecer el trigo. No verán crecer a
sus hijos. Hay que ser muy imbécil para creer que hay algo épico en una guerra.
Mientras la estación avanza con su parsimonia astronómica, el
caos se apodera de Francia. Las rutas que conectan la base con el alto mando
están cada vez más colapsadas, las líneas de teléfono, caídas, sin nadie que
las ponga en su sitio. El Estado Mayor juega a la rayuela por la región de las
Ardenas. Los traslados son cada vez más frecuentes y en cada mudanza se pierden
maletas por el camino. Y el grupo B-23 sigue alzando el vuelo con el objetivo
de realizar misiones a baja altura para que los alemanes practiquen el tiro al
pichón. Si hay suerte, regresarán con unos informes que se perderán en el caos
de las comunicaciones. Tonio escribe en su cuaderno de tapas arrugadas: «Se
lanzan hombres al combate igual que se arrojan vasos de agua a un incendio».
Alias llama al capitán Saint-Exupéry a su despacho.
A Tonio le gusta el porte elegante de su jefe, con su corte de
pelo blanco impecable y su aire de actor de cine. Lee en el rostro grave del
comandante que no tiene buenas noticias. Ha llegado hace menos de una hora del
Estado Mayor y su conductor ha explicado que los rumores dicen que van a volver
a trasladar la posición del alto mando unos cuantos kilómetros hacia el
interior porque el avance alemán no se detiene. Alias está de pie con las manos
a la espalda, pero le pide que tome asiento. Se acerca hasta un mapa de la
región que empieza a mostrar inoportunos desgarrones. Señala una zona
trescientos kilómetros al norte, cerca de la frontera con Bélgica.
— Se trata de una misión jodida. Hay que sobrevolar Arrás a baja
altura, sobre setecientos metros, para situar las columnas de blindados
alemanas. Le acompañarán un observador y Dutertre de artillero.
Alias ha trabado una cálida amistad con ese capitán suyo
escritor e inventor. Se sienta en su silla y se remueve inquieto.
— ¿Alguna pregunta?
— ¿A qué hora partimos?
— Mañana antes del amanecer. A las cinco y media han de estar en
el aire.
Tonio asiente. Mientras camina hacia los edificios anexos va
pensando que ese atardecer puede ser el último. En misiones convencionales
regresa una misión de cada tres; en una misión «jodida», la estadística
empeora. Hay pilotos que antes de salir en misión de guerra van en busca de
camaradas, beben cerveza, cuentan sus peripecias, rememoran ese tiempo remoto
de tal vez un año atrás cuando eran civiles y el reto más arriesgado era
convencer al padre de una chica para que lo dejara acompañarla al baile. Necesitan
distanciarse de la orden recibida, no pensar en que unas horas después van a
partir hacia un sacrificio tal vez inútil.
Tonio prefiere dedicar esas horas a meditar, a tomar notas que
traten de aclararle el sentido de morir una mañana sobre el cielo de Arrás. El
Estado Mayor está moviéndose de un lado a otro, las transmisiones no
funcionan... Va a rifar su vida para buscar un dato inservible en medio del
caos que se vive. Pero llega a la conclusión de que en eso consiste hacer la
guerra: cuando es tu turno, has de mover ficha. Lanzas un peón contra una fila
de alfiles y torres. Ése es el juego.
Cuando abre los ojos, todavía noche cerrada, quien le toca en el
hombro es el comandante Alias. Lo mira con el mismo gesto serio de la tarde
anterior.
— Si no se siente en plena forma para esta misión, yo podría
substituirlo...
Tonio se incorpora en la cama. El comandante es como una madre
que consiente que el niño acatarrado se quede acurrucado en cama en lugar de ir
a la escuela. Los niños tienen sus privilegios.
— Estoy preparado, comandante.
Alias lo mira con una severidad afectuosa.
— Esta tarde, comandante, nos tomaremos uno de esos cafés con
sabor a calcetines que preparan en cocina.
— Pediré que venga un asistente a ayudarle con el traje.
Vestirse es un ritual farragoso. Además, él necesita asistencia
porque los problemas en su hombro dificultan que pueda ponerse las tres capas
de ropa que llevan. Ha de ajustar el circuito de calefacción, el circuito de
oxígeno ajustado a la mascarilla y el circuito de comunicaciones para hablar
con el observador fotográfico y el artillero. Cuando termina, se siente como
uno de esos buzos con zapatos de plomo que describía Julio Verne en 20.000
leguas de viaje submarino.
Se dirige bamboleante al avión con el casco en la mano. En ese
momento desea que suceda algo que aborte la misión, algún problema técnico en
el avión, ese termómetro en la boca del niño que señale las décimas de fiebre
precisas para no ir al colegio. No es miedo, el miedo es otra cosa: es
nerviosismo, ansiedad, susto. Lo que siente es una aplastante pereza, una
modorra que hace que su mayor anhelo sea dejarse caer en uno de los butacones
con el cuero gastado del salón de oficiales, acurrucarse y dormir. El destino
no nos deja dormir.
Los laringófonos de comunicación funcionan, los circuitos de
oxígeno están abiertos, los indicadores de presión del aceite son correctos. La
máquina está preparada, la tripulación está en sus puestos, no hay demora
posible. Sólo queda que dé la orden.
— Despegamos
— Bien, mi capitán.
Casi hubiera preferido un gesto de rebeldía o algún suspiro a
través de los auriculares de sus subalternos. Pero aceptan la misión con una
entereza que resulta absolutamente demencial. Saben que es muy posible que
vayan a morir y todo lo que tienen que decir es «Bien, mi capitán». Puede
parecer absurdo, pero ama a esos hombres. No porque sean patriotas o porque
sean temerarios. Ese «Bien, mi capitán» no ha sido en absoluto eufórico, ni
siquiera entusiasta. Todos saben que su sacrificio no va a ayudar en absoluto a
Francia en su pelea imposible contra el nazismo. Van a hacer unas fotos que
seguramente no llegarán de vuelta a la base, y si lo hacen no llegarán al alto
mando o no serán tenidas en cuenta en medio del desbarajuste de traslados y
movimientos constantes. No piensan en Hitler, ni en la patria cuando aceptan su
sacrificio, simplemente piensan en cumplir su misión.
A Tonio su inteligencia racional le dice que debería renunciar,
fingirse enfermo, regresar. Pero una pulsión interior le dice que ha de seguir.
Se siente como un tornillo microscópico en una máquina descomunal. Una gota de
agua no es nada. El mar es maravilloso.
Todos esos pensamientos se le apelmazan en la cabeza cuando
llegan a los diez mil metros de altura. La somnolencia es dulce. La escasez de
oxígeno convierte el cerebro en mermelada.
— Capitán, brújula.
Dutertre tiene razón, en su despiste se ha desviado algunos
grados de la ruta hacia Arrás. Necesita pisar el pedal para poder habilitar las
viradas, pero el balancín está congelado. Presiona y patalea sobre él para
doblegarlo. Se lo llevan los demonios. En ese momento no odia a los nazis, no
odia a Hitler, no odia la guerra, no odia a esos generales que juegan al
ajedrez con peones de diecinueve años. Sólo odia ese balancín atascado. Sólo
eso importa. Ésa es su guerra. Lo aprieta. El esfuerzo a esa altitud lo sumerge
en un mareo y sus ojos se llenan de luces. No puede desbloquear el balancín y
no puede permitirse otro esfuerzo así o se desvanecerá. Ha de compensar con el
comando del avión lentamente en un juego de zigzags. El cansancio añade más
modorra a su estado. En la base se sentía más ansioso. Incluso la noche
anterior apenas pudo conciliar el sueño. En cambio, ahora, cuando se acercan a
las líneas alemanas, le parece que podría quedarse dormido en un instante.
— Capitán..., cazas alemanes a cuarenta y cinco grados.
Vuelve la cabeza y ve las avispas. Son seis. Viran. Van a por
ellos.
— Preparado, artillero.
— Preparado, capitán.
De nuevo, la pantomima. Una representación en un teatro de
provincias sobre la guerra sería más verídica que la propia guerra. Artillan su
ametralladora de avión fotográfico como si sirviera de algo frente a aviones de
caza armados hasta los dientes. Un solo avión de caza sería un enemigo
imposible de enfrentar con su arma de mentirijillas. Seis...
No hay miedo. Tonio, más que asustado, está irritado por lo
inoportuno de la aparición de los cazas, justo cuando el pedal está congelado.
Le molesta la acumulación de circunstancias negativas por un capricho de la
suerte. Le parece de mal gusto que el destino sea un casino del azar.
Presiona la pieza encallada. No cede. Tendrán que seguir en
línea recta en dirección al sol. No ha podido calcular con precisión a qué
distancia tiene los cazas, pero sí tienen una ventaja: volaban mil metros por
encima de ellos. Remontar esa velocidad les obliga a trepar en el aire. Y subir
ralentiza la marcha.
— Distancia, Dutertre.
— Estable, capitán.
Van a plena potencia de motor. La aguja de revoluciones en la
línea roja. Los cazas escalan.
— Distancia, Dutertre.
— Eh... sí. ¡Ganamos un poco de distancia!
Medio kilómetro es una distancia minúscula, pero contada en
vertical, resulta crucial.
Tonio aprieta los dientes, susurra palabras de ánimo a su avión
como si fuera un purasangre. Mantienen la velocidad.
— ¡Quedan atrás, capitán!
Hay en la voz de Dutertre una alegría juvenil. No se para a
pensar en que los dejan ir porque tienen la seguridad de que unas millas más
allá caerán en la red de la siguiente patrulla. Tonio no siente euforia alguna,
de hecho está sudando aunque fuera del traje la temperatura es de cuarenta
grados bajo cero. Siente un mareo que a punto está de hacer que se desmaye y
caigan en picado. Frunce el ceño. Ahora ya no lucha contra los Stuka de la
Luftwaffe sino contra sí mismo. Al final, siempre luchamos contra nosotros
mismos. De repente, le viene a la cabeza el olor del café. Ese olor a mañanas
abrigadas y tostadas con mantequilla. Siente que el mareo cede y que la presión
afloja en el fondo de su nervio óptico.
— Capitán...
Dutertre está extrañado por su silencio. Su voz a través del
laringófono tiene un tono submarino.
— Estoy aquí, Dutertre.
— Lo sé.
Tonio sonríe. Ni la Legión de Honor ni la Academia..., esas dos
palabras le parecen el mayor halago que ha recibido nunca.
— Querido Dutertre, nos vamos a Arrás.
— Bien, mi capitán.
Quiere bajar la aceleración del avión, que pone los motores en
riesgo de ruptura, pero las llaves del gas se han congelado y no puede girarlas
para reducir la entrada masiva de combustible. Van a más de ochocientos
kilómetros por hora. De nuevo, no le afecta tanto la preocupación por que los
motores se gripen como la irritación por que las llaves de paso de la gasolina
no funcionen.
¡Se fabrican aviones para volar a diez mil metros y nadie es
capaz de darse cuenta de que a esa altura las piezas se hielan y se convierten
en inútiles!
Lo enerva la desidia, el descuido, la dejadez de los ingenieros
de una fábrica que fuman sus puros mientras sus tres vidas se van por el
desagüe de la incompetencia.
No necesita ver dosieres clasificados como secretos del alto
mando francés. En ese momento, tratando de girar una llave atascada, no tiene
la más mínima duda de que la guerra está perdida. Si una llave del paso del
combustible de un avión volando en el mapa de Europa no se abre cuando debe,
ese país sucumbirá a su atasco.
Su propio enfado hace que saque una fuerza que no tiene y dé
vuelta a la llave, que por fin cede. Él suda del esfuerzo. El régimen del motor
se apacigua. Inician el descenso hacia Arrás.
Los reciben desde tierra unos pájaros que suben veloces a su
encuentro. Son balas trazadoras. De repente hay una fiesta de pequeñas
explosiones en el aire. Un golpeo de hojalata señala un impacto en el fuselaje.
Superan esa andanada. Empieza otra. Dutertre desenfunda la cámara y lanzan
ellos su contraataque. Los alemanes les lanzan balas explosivas y ellos
responden con disparos fotográficos. Ni don Quijote fue tan mal pertrechado
cuando atacó a los molinos de viento. Las balas zumban a su alrededor. Algunas
impactan contra el avión, pero no aciertan en el tanque del combustible.
— Un minuto más, mi capitán.
Tonio se encoge de hombros. Bailotea entre esos cohetes malignos
sin especial angustia. No hay nada que esté en su mano. De nuevo, es la ruleta
del destino. Rojo, impar y pasa. Él ha puesto la ficha en el tablero, lo demás
ya no es de su incumbencia.
— Treinta segundos, mi capitán.
Escucha un suspiro a través de los auriculares. Se le ha
escapado al artillero.
— Aubriot...
— ¿Sí, capitán?
— ¿Está usted casado?
— Aún no, mi capitán. Mi novia me espera para casarnos cuando
regrese.
— ¿Cómo se llama?
— Sophie.
— Dutertre...
— A la orden, mi capitán.
— Acabe de una maldita vez. Sophie espera.
— Sí, mi capitán. La última... ¡Ya está!
— Regresamos.
Dos impactos más de bala en el fuselaje del avión intentan
abortar el vuelo, pero empiezan a ascender. De regreso, algún milagro ha hecho
que no se encuentren a la banda de avispas. Quizá tuvieron que regresar a la
base a repostar. A veces la ruleta del destino puede ser maravillosa.
Aterrizan en Orconte y mientras ruedan por la pista ve salir de
su caseta al comandante Alias. Han regresado, sí, con un avión lleno agujeros y
las fotos solicitadas. Pero no hay en él orgullo ninguno. Han de defenderse de
ese enemigo que quiere convertir Francia en una pasarela para que desfilen
psicópatas rubios. Pero la guerra le parece un descomunal malentendido.
El comandante lo espera cuando baja la escalerilla del avión con
dificultad por su cuerpo torpe y entumecido.
— ¡Capitán Saint-Exupéry, lo ha conseguido!
Está dolorido, exhausto y sin resuello al llegar a su altura.
— ¿Conseguido dice usted? Yo creo que está todo perdido.
Capítulo 83
Lisboa, 1941
Lisboa es una ciudad que huele a sal y a gaviotas. También a
exilio. Ha llegado a la capital de Portugal a esperar el barco que lo lleve a
Estados Unidos, donde tanto le han insistido que vaya sus editores americanos.
Tonio fuma un cigarrillo frente al océano Atlántico. A sus pies
hay un cementerio de colillas. Se sentó ahí a media tarde y pronto se pondrá el
sol.
Pocos días después de su misión a Arrás, los alemanes
adelantaron las líneas y se colaron por todo el país como una inundación. El
gobierno en funciones presidido por Pétain, instalado en la balnearia ciudad de
Vichy, se rindió a Alemania. Tuvieron el tiempo justo de salvar el mayor número
posible de aviones y llevarlos hasta Argel para ponerlos fuera de la zarpa
nazi, al otro lado del Mediterráneo.
No había otra decisión posible. A los que se sentían desolados
en un Argel atestado de zombis desnortados con uniforme del ejército francés,
les decía que de esa forma podrían reagruparse y contraatacar. Si hubieran
tratado de frenar la avalancha, las orugas de los tanques alemanes habrían
aplastado todo. El Tercer Reich se habría quedado con los aviones y aún se
habrían reforzado más. Uno se siente raro cuando trata de convencer a los demás
con una explicación impecable que no es capaz de convencerlo a uno mismo.
El desánimo es una bola de hierro atada a los pies. En contra de
la opinión del general De Gaulle, que sigue soñando con una Francia invencible
capaz de derrotar ella sola a los nazis, una Francia que sólo existe en sus
ensoñaciones nacionalistas, Tonio está convencido de que sólo la entrada de
Estados Unidos podría cambiar el rumbo de la guerra.
Ha estado profundamente abatido pensando que en unas pocas horas
de desbarajuste, retirada y desconcierto, han perdido su propio país hundido en
una siniestra Europa de cruces gamadas. Y, sin embargo, sentado frente al
océano en la zona de los muelles de descarga de Lisboa, ésa le parece una
pérdida insignificante al lado de la noticia devastadora que le han comunicado.
Al fin y al cabo, los países no son más que una invención, un juego de niños
mayores malcriados y posesivos que para no compartir sus juguetes trazan rayas
sobre el mapamundi. Esa mañana ha recibido un telegrama que permanece arrugado
en el fondo de su bolsillo. Un telegrama que lo ha golpeado con violencia.
Perder un país le parece ahora una migaja; él ha perdido un mundo entero.
Lo vuelve a leer como si esperase no haber comprendido bien y
que todo fuese un inmenso malentendido. El telegrama le informa de que en un
vuelo sobre el Mediterráneo en dirección a Siria el Farman 220 pilotado por
Henri Guillaumet en vuelo de transporte ha sido abatido por aviones de caza
italianos. El alto mando certifica su defunción. Ni los restos del aparato ni
los cuerpos han podido ser recuperados.
Mira temblar el mar. O quizá es él quien tiembla. El sol débil
de otoño cabrillea sobre la superficie y la brisa hincha el pecho de nubes que
forman velas blancas de barcos invisibles. Es un lugar hermoso, pero a él le
parece horrendo. Que los tranvías sigan cruzando la avenida con su bamboleo de
maracas, las barcas cabeceen amarradas a estacas de madera y la gente siga
paseando por el malecón de manera indolente, le parece un malentendido. Un
asqueroso malentendido. Hace ademán de levantarse, pero las piernas no lo
impulsan. Querría gritar, pero no tiene voz. Tira el cigarrillo que tiene a
medias y enciende otro. Mueve la cabeza y mira los adoquines del suelo.
¿Cómo puede ser que haya muerto Guillaumet y el mundo no se
pare?
Está tan triste que no puede ni llorar. No tiene suficientes
fuerzas. La naturaleza es tan sabia que hace que el corazón bombee la sangre y
los pulmones actúen sin que intervenga en ello la voluntad. Si tuviera él que
encargarse de esas tareas, ni siquiera respiraría. Siente un cansancio que
convierte su cuerpo en puré. Lleva mucho rato sentado porque no cree que las
piernas vayan a sostenerlo. No sabe si podrá volver a levantarse alguna vez de
ese poyete de cemento frente a la bahía de Lisboa. No encuentra tampoco ninguna
razón importante para hacerlo.
Por la mañana trató de contactar con Noëlle. No sabía qué podría
decirle, tan sólo compartir la nada. Pero las conexiones telefónicas fallaron
una y otra vez. Y, en el fondo, sintió un alivio. Se sentía sucio y mezquino
por sentir alivio de no hablar con Noëlle. Prefería volver a volar a Arrás en
medio de todo el ejército alemán que intentar consolar a Noëlle cuando no sabía
cómo consolarse a sí mismo. Pero así era, un cerdo egoísta.
Viene caminando por la avenida un hombre muy mayor con un
acordeón colgado de los hombros que le aplasta la barba canosa contra el pecho.
Camina muy lento y algo bamboleante sobre sus pies calzados con algo que un día
debieron ser unas botas, pero que ya sólo parece un atadijo de harapos
mugrientos. Unos cuantos metros antes de llegar a donde se encuentra Tonio, se
detiene. De un macuto de cuero negruzco saca un vaso de metal y lo pone en el
suelo por si algún transeúnte se anima a echar una moneda.
Tonio no se percata hasta un rato después de que hay alguien
tocando. La música lo irrita. ¿Cómo puede seguir existiendo la música si ha
muerto Guillaumet? El mundo le parece un lugar estúpido.
Nada puede consolarlo de la pérdida de Guillaumet. Piensa de
nuevo en Noëlle y saca del bolsillo una libreta y su pluma. Las hojas son
demasiado pequeñas para la carta que le tiene que escribir. Tal vez deba mandar
la libreta entera. Y, sin embargo, después de escribir «Querida Noëlle» no
encuentra una sola palabra que poner a continuación. Todas le parecen gastadas,
impostadas, inútiles. Tal vez le escriba una carta que diga «Querida Noëlle»
con la fecha y la firma. Nada más. ¿Qué más se le puede decir a Noëlle que no
sea baladí? Ella rellenará la hoja en blanco. A partir de ahora tendrá que
aprender a rellenar un hueco enorme como sea. ¿Y cómo lo va a rellenar él? No
lo sabe. Tal vez tampoco quiera. Prefiere que las tumbas de sus amigos queden
abiertas.
Unos días después, sí es capaz de mirar al mar. Lo hace desde la
popa del transatlántico Siboney de la American Export Lines, con el cuello del
abrigo vuelto hacia arriba para tratar de parapetarse de la fuerte brisa helada
que viene del Atlántico Norte. El barco está atestado de gente que huye de la
guerra, pero la cubierta está vacía. Mojada y vacía. Observa hipnotizado la
brecha de espuma que abre el casco en su avance. La quilla del barco es un
arado sobre el océano. Ve en esos campos de agua de una belleza fugaz e inútil
su propia vida. Todas las vidas. Un surco que se abre y se cierra en silencio
como si nunca se hubiera abierto. Se pregunta si tiene sentido arar el mar.
Lo único que lo rescata momentáneamente de la tristeza es
escribir. Escribir es un espejismo, una forma de levantar ciudades de palabras
con muros de aire. Los libros acabarán deshaciéndose como todo lo demás. Porque
al paso del tiempo, las hojas se desmenuzarán, las palabras se perderán. Nada
permanecerá.
Y, sin embargo..., todo permanecerá. Porque quiere creer que la
historia de la humanidad, si es algo, es un nudo de relaciones.
Tonio ha empezado a escribir notas de algo que puede ser un
libro. Hay una ciudadela y un señor que gobierna a sus súbditos con una firmeza
de tronco de árbol. Hay en él un sentido de la justicia tajante que tal vez
mucha gente encontraría anticuado. La guerra le ha mostrado cómo la pereza y la
falta de responsabilidad en la misión de cada uno ha llevado a la comunidad a
la quiebra y al triunfo del mal. Porque el mal siempre está mejor organizado
que el bien.
En paralelo a ese libro filosófico que va creciendo en notas
sueltas, escribe también apuntes sobre el grupo de reconocimiento aéreo y sus
peripecias. Escribe en su pequeño camarote, compartido con un francés afectuoso
y algo bocazas llamado Renoir. Escribe a la misma velocidad a la que fuma. Las
palabras y la ceniza se le caen en cascadas del minúsculo escritorio pegado al
mamparo. Necesita escribir muchas páginas para luego tirarlas casi todas y
quedarse con lo imprescindible: una frase, un párrafo, una sola palabra. A
veces mira por el ojo de buey y trata de atisbar lo esencial. Algo que esté más
allá de esa vida temporal y ese sabor a nicotina en la boca.
A veces, en el salón de fumadores del barco, se lamenta junto a
otros compatriotas de su condena al exilio: critican a Alemania, a Francia, a
Estados Unidos y se compadecen de su destino. Retorna al camarote sintiéndose
peor que cuando salió, asqueado de su propia mezquindad de exiliados de lujo
que lloriquean camino de América mientras toman sopa de langosta para la cena y
les organizan torneos de bridge. No sabe si hace bien marchándose. Le han
insistido tantas veces que en América será más útil, que es importante
involucrar a Estados Unidos en la guerra, que al final ha querido creérselo.
Sabe que tampoco es bien recibido en el ejército francés reagrupado fuera de
Francia a las órdenes del general De Gaulle. No le gusta De Gaulle. No le gusta
su arrogancia militar. No se fía de los militares que aspiran a la política.
Convierten las naciones en cuarteles.
Llega a Nueva York un 31 de diciembre. Desde el barco los
rascacielos de Manhattan se alzan majestuosos, son las torres de un castillo
del siglo XX. Le alivia que se marche ese año 1940. El año de la guerra. El año
en que ha cumplido cuarenta años. El año que despidió a Guillaumet.
Los muelles viven una actividad febril, de trasiego de pasajeros
y mercancías entremezclados, muchas de ellas estibadas en toneles redondos que
esperan en las dársenas. No cesan de llegar transatlánticos de Europa. Pisa el
suelo de Norteamérica con otros cientos de personas que desembarcan en un
trajín de equipajes que cargan mozos con gorras de paño y colillas de
cigarrillo pegadas al labio. Lo esperan algunos periodistas, ansiosos de
conocer las impresiones del ganador del prestigioso National Book Award para
libros de eso que los anglosajones llaman «no ficción», que no ha de ser
exactamente el ensayo sesudo, académico y campanudo que tanto gusta en la vieja
Europa. Le preguntan por la política, por el mariscal Pétain que ha creado en
Vichy un gobierno francés que es agua con gas en una Francia alemana donde
ondea la esvástica. Él se zafa incómodo de las preguntas. Le asquean esos
franceses que se han quedado a lamer las botas a los oficiales de la Gestapo,
pero también le asquean los franceses que hacen aspavientos patrióticos contra
Vichy mientras se toman una copa de coñac en los mullidos sofás de los salones
de Estoril, Londres o Nueva York.
En Nueva York hay más de siete millones de habitantes. Nunca se
ha sentido tan solo. Nota en el cuerpo la misma sensación de años atrás, cuando
recorría el interior de Francia vendiendo camiones que nadie quería comprar.
Sus editores le han reservado habitación en hotel Ritz y su cuenta corriente
está mejor que nunca, pero su sonrisa está en números rojos.
Durante las primeras semanas lo invitan constantemente a
fiestas. Todo el mundo quiere tener en su salón a ese escritor aviador e
incluso a veces, cuando se lo ruegan mucho, improvisa sesiones de hipnotismo.
Siempre elige a alguna de las señoras más solícitas, dispuesta a ser
hipnotizada antes de que dé el primer pase de su mano.
Una tarde, al regresar a su hotel hay alguien esperándolo en los
sofás del vestíbulo. Espléndida, vestida a la última moda con un vestido
estrecho ceñido por un cinturón, y su mirada penetrante bajo el flequillo
rubio.
— ¡Nicole! Me dijiste que te instalabas en Londres. ¿Qué haces
en Nueva York?
— ¡Todo el mundo está en Nueva York!
Quiere que le enseñe sus trabajos.
— ¿Has avanzado en el libro de la Ciudadela?
— Muy poco.
— No lo dejes.
— No lo dejaré.
— Hay una persona que quiero que conozcas. La he citado en la
cafetería.
— ¡No pierdes el tiempo! ¿Quién es? ¿Alguna jovencita exótica?
— Mucho mejor.
Cuando llegan a la cafetería, un hombre corpulento con un traje
blanco toma café en una mesa.
— Te presento a Eric Perrot.
Tonio siente una oleada de desagrado subirle desde el estómago y
mira a Nicole con desesperación. Le agradaría salir corriendo. Perrot es el
responsable de propaganda de De Gaulle. Más gaullista que el propio De Gaulle,
con todos los defectos del general y ninguna de sus virtudes.
— ¡Amigo Antoine! Es un placer conocerlo.
Tonio le da la mano de mala gana. Durante media hora
interminable, Perrot, discretamente apoyado por Nicole, trata de convencerlo de
que debe asociarse al grupo del general. Con su estilo, entre dicharachero y
mafioso, lo amenaza veladamente si no lo hace.
— No son tiempos de medias tintas, amigo Antoine. Usted ya me
comprende...
— Quiere decir que ustedes son de los que creen que si no estás
conmigo, estás contra mí.
— Y así es, amigo Antoine. Usted ha cometido algunos deslices...
— ¿Deslices?
— Visitó Vichy...
— Naturalmente. Que no comparta los criterios del gobierno de
Pétain no quiere decir que no crea que haya que hablar con ellos y tratar de
intercambiar opiniones.
— No se puede intercambiar nada con esa gente.
— ¡Pero ellos también son franceses!
— Amigo Antoine..., éste es el tipo de afirmaciones que ponen su
prestigio en peligro.
— Señor Perrot, puede usted decir todo lo que quiera del señor
Pétain... ¡pero no puede decir que no sea francés! Francia lo condecoró como
héroe en la Primera Guerra Mundial.
— Tiene usted ideas confusas. Venga con nosotros y le
mostraremos la verdad...
Al despedirse Perrot y quedarse a solas con Nicole, Tonio está
furioso.
— ¿Qué es esto, Nicole? ¿Una encerrona?
— Antoine...
— No me llames Antoine igual que hace Perrot. ¿Tú también crees
que soy un traidor porque no le beso el culo a De Gaulle?
— Bueno, simplemente quería que escucharas su punto de vista...
De repente mira a Nicole Vigny como si la viera por primera vez.
— Nicole... ¿quién eres?
— Tonio, por Dios. ¿Qué quieres decir?
— Tus contactos en los ministerios, en el ejército, en Alemania,
con la cúpula de De Gaulle...
— Conozco gente, sí.
— Hay algo más, ¿verdad?
— Creo que estás alterado. Es mejor que sigamos la conversación
mañana.
Nicole se da media vuelta para irse.
— ¡Nicole! Estoy harto de medias verdades. Si te marchas ahora,
no regreses.
Ella lo mira fijamente.
— ¿Qué quieres?
— Que me digas la verdad. ¿Tu verdadero nombre es Nicole?
La mujer más segura que ha conocido en su vida duda un instante.
— Eres injusto — le dice. Se da la vuelta y se marcha del hotel.
Escuchó un comentario semanas atrás que le pareció una broma,
pero ahora ya no se lo parece. En un corrillo, una persona que había trabajado
en la embajada francesa en Washington años atrás afirmó que Nicole Vigny no se
llamaba en realidad Nicole Vigny. Y añadió algo más: que trabajaba para los
servicios secretos norteamericanos.
Se queda deshinchado. Se siente traicionado. Él le había
entregado toda su confianza a Nicole, o como sea que se llame. Ahora ya no sabe
si de verdad ella sentía algo por él y se interesaba por sus libros o era una
manera de tener otra fuente más de información disponible. La decepción con
Nicole lo deja aún más solo.
Él no habla nada de inglés, se niega tozudamente a aprender una
sola palabra porque teme contaminar el francés con el que escribe, pero tampoco
le es necesario. La colonia de exiliados franceses es numerosa, y rica. Y tiene
ganas de divertirse para olvidar lo que ha quedado atrás. Sus anfitriones
celebran con banquetes y tertulias a ese hombre tan extravagante y divertido.
No saben que necesita hablar, gesticular, ponerse a cantar, hacer juegos de
prestidigitación..., lo que sea para que no se haga el silencio y notar que a
su alrededor hay un vacío inmenso.
En una de esas fiestas en las que se refugia, se le acerca una
periodista diez años más joven, con un pelo rubio liso y unos ojos de cielo de
verano. Se llama Sylvia Hamilton. Habla francés perfectamente y se siente
inmediatamente atraída por ese hombre lleno de recovecos. Él, una vez más, se
deja querer. No sabe si está enamorado de Sylvia Hamilton, pero hace como si lo
estuviera. Tonio ama el amor.
Su relación con Sylvia Hamilton le hace pensar de nuevo en
Loulou, aunque no quiera. Le han ido llegando noticias de ella. A veces oye
conversaciones en las que alguien la nombra y él finge un interés rutinario,
casi aburrido, pero anota cada uno de los detalles. Alguien explica que ha
vuelto a casarse, que cambia de amante como de fondo de armario. También que ha
iniciado una prometedora carrera de escritora.
En esos años ha tratado de entender, y no lo ha logrado, por qué
Loulou ha aceptado a tantos amantes fallidos y rechazó al único que no le
habría fallado nunca. Una noche compartió sus cábalas con el viejo Mermoz en un
antro de Montmartre que olía a periódicos viejos y absenta, y su amigo soltó
una de aquellas carcajadas que hacían vibrar las vigas del techo. «¡Estás loco!
¡Quieres convertir el amor en una ecuación matemática!»
Tampoco ha funcionado ninguna aritmética en su relación con
Consuelo. Lamenta que no hayan podido encarrilar mejor su amor. Tal vez se
encontraron demasiado tarde, cuando ya no tenían la edad de hacer volar la
cometa.
Cuando llega la noticia de que en Francia va a cerrarse el
tráfico de transatlánticos, Tonio se preocupa por ella. Está viviendo en una
villa en el sur de Francia con un grupo de artistas, o así los llama ella.
Alguno de ellos es el amante de Consuelo. Ya ni siquiera siente celos, sino más
bien lástima de la pequeña Consuelo, que necesita ser admirada y sentirse la
flor más llamativa del jardín. Ella y él no son tan diferentes: los dos
necesitan ser amados, pero son incapaces de amar de una manera constante. Los
dos aman demasiado el amor para no perseguirlo con un cazamariposas montaña
arriba y montaña abajo. Los dos se engañan: cuanto más corren detrás de él para
atraparlo, más se aleja de ellos. Seguramente Einstein lo explicaría por las
leyes del magnetismo, porque lo que atrae, a la vez repele. Pura física.
¡Maldita física!
El encargado de la minúscula oficina de correos y telégrafos del
Ritz es un hombre menudo con un bigote tan largo que las puntas se le enrollan
como una alfombra. Escribe un telegrama a Consuelo. Después otro. Y al día
siguiente, otro más. Intenta ordenarle, sugerirle, rogarle... que tome el
último barco que parte de la Bretaña. En unos telegramas le dice que la echa de
menos. En otro le advierte que él en Nueva York ha de concentrarse en la
escritura y que cuando llegue deberán vivir en sitios separados.
Una mañana, al filo del amanecer, justo cuando acaba de meterse
en la cama después de haber estado corrigiendo páginas de su nueva novela, un
relato de su vuelo de guerra a Arrás, suena el teléfono de la habitación.
Atiende malhumorado y la recepcionista le dice que no lo habrían molestado de
no tratarse de una conferencia a cobro revertido desde Europa de la condesa de
Saint-Exupéry.
Tonio se incorpora en la cama de un salto.
— ¡Consuelo! ¡En Nueva York son las seis de la mañana!
— En Nueva York siempre quieren parecer extravagantes.
Tonio se ríe.
— ¡Consuelo, tienes que venir inmediatamente! No habrá más
visados ni más barcos.
— Después de semanas sin tener noticias tuyas, ¿ahora quieres
que deje todo corriendo para ir a tu lado? ¿Qué te ha pasado, Papou? ¿Estás
enfermo?
— ¡Maldita sea, Consuelo! Esto va en serio.
— Entonces ¿quieres que volvamos a vivir juntos?
— ¿Yo he dicho eso?
— ¡No lo sé! ¡Dices tantas cosas! No puedo acordarme de todas.
Ayer terminé un espantapájaros arlequín inspirado en un cuadro de Picasso. ¡Te
encantaría!
— Consuelo, sabes que te quiero, pero no quiero vivir contigo y
tus amigos.
— Nunca te gustan mis amigos...
— Yo tampoco les gusto a ellos.
— Y si voy a Nueva York, ¿dónde viviré?
— Te buscaré una habitación en el mismo hotel.
Como se hace un silencio sólo manchado por las interferencias
del cable submarino, Tonio suspira. Suaviza un poco el tono.
— Consuelo, no sé qué porcentaje de intimidad he de dedicarte.
— ¿Porcentaje? ¡Soy tu esposa, no un bono!
— Ya...
— Todo quieres resolverlo con las matemáticas... ¿Ahora vas a
ser contable?
— Es verdad que desde que estuve en el grupo de observación
fotográfica pienso más en los cálculos. ¡Pero me ofende que creas que quiero
ser contable! En todo caso, sería astrónomo.
— Contables, astrónomos..., son lo mismo.
— ¿Cómo demonios van a ser lo mismo? ¿Qué forma de razonar es
ésa?
— ¿Ves como eres intransigente?
— ¡Consuelo! Aún no estás aquí y ya estamos discutiendo.
Otro silencio acuático y esta vez es Consuelo la que suaviza la
voz y adopta esa forma dulce de hablar de la que no se puede escapar.
— Papou, la culpa de todo es de la guerra, que nos desquicia.
Iré a Nueva York y te prepararé un maravilloso remedio para los estados de
ánimo confusos: una infusión de salvia con coñac que me ha enseñado a hacer un
médico naturista amigo mío.
— ¿Un médico que receta coñac? ¡Me encantaría ser su paciente!
Los dos se ríen.
— Consuelo, ya he hablado con un amigo en la embajada para
arreglar tus papeles. Compraré unos billetes a tu nombre en la naviera.
— Entonces, ¿de veras quieres que vaya?
— Pero ¿no te lo estoy diciendo?
— ¡Una oye tantas cosas! Ahora voy a colgar, porque preparar el
equipaje es una cosa terrible. ¿Crees que estaremos mucho tiempo fuera de
Francia?
— Imposible saberlo.
Cuando entra en el café, el maître acude rápidamente con su
traje negro y el pelo engominado para conducirlo a la mesa de los Reynal. Su
editor, copropietario de la editorial Reynal & Hitchcock, que publica sus
libros en Estados Unidos, es un hombre de sonrisa fácil y su esposa es una
mujer cultivada, con la que le resulta agradable hablar sobre obras de teatro y
novelas.
A Tonio le pone de buen humor el vermut Palatine servido con un
poco de soda y una gota de angostura. Bajo su aspecto mundano y desenfadado,
los ojos un poco rasgados de Reynal escrutan atentamente a Tonio, que trata de
disimular su confusión interior con una encendida diatriba en contra de un
comportamiento inadmisible:
— Estuve hace unos días en un restaurante que quería ser
refinado y me sirvieron un plato de natillas con caramelo. ¿Se da cuenta, miss
Reynal? ¿Cómo pueden estropear una crema de natillas con la pasta empalagosa
del caramelo quemado? En España me sucedió algo aún peor: en el norte del país,
donde presumen de ser más avanzados que en ninguna otra región, queman azúcar
encima de las natillas y forman una capa dura. ¿Se imagina semejante atrocidad?
La mujer asiente levemente, sin atreverse a llevarle la
contraria. El marido observa la escena con su sonrisa habitual, pero a él no
puede engañarlo. Esa verbosidad no es más que una cortina de humo. Le han
contado sobre las andanzas nocturnas de su autor, que se distrae por las noches
en fiestas insustanciales alejadas de los centros de discusión política, donde
bebe y trasnocha, y después se pasa el día durmiendo o dormitando en su
habitación de manera indolente.
Su nuevo libro ya está camino de la imprenta. No le ha resultado
nada fácil tratar de que introdujera algunos cambios en Vuelo sobre Arrás. El
relato tiene fuerza, pero le parece que las digresiones filosóficas pesimistas
le restan gancho para el público norteamericano, que lo que quiere es acción,
héroes sin fisuras a los que admirar. Pero él no estaba dispuesto a hacer
concesiones. Reynal le hablaba de las preferencias de los lectores
norteamericanos y él insistía en que le daba igual lo que dijera el público.
Los escritores son artistas y siempre dicen que les da igual lo que opine el
público, pero cuando su editor los invita no les da igual alojarse en una
pensión barata atestada de cucarachas que en el hotel Ritz. Pero eso, el
siempre prudente Eugene Reynal se lo calla.
El editor se interesa por sus nuevos proyectos literarios. Tonio
sonríe y se demora revolviendo las judías verdes que acompañan el filete, como
si fuera a contar una travesura.
— Llevo algunas hojas escritas. Material en bruto, claro. Pero
son mi tesoro más preciado. — Hace una pausa dramática y levanta la vista hacia
ellos— . Estoy escribiendo mi obra definitiva.
— ¿Definitiva?
— Bueno, todo lo definitivo que puede ser algo en un universo
donde lo único permanente es el cambio.
— Pero ¿de qué se trata? ¿Es una novela?
— ¿Novela? No, no sabría decirle. Es un mensaje.
— ¿Un mensaje para quién?
Tonio muestra la extrañeza de que le pregunten lo evidente.
— Un mensaje para la humanidad.
Reynal se queda un momento atascado, buscando la frase adecuada.
— ¡Muy interesante!
Los tres se quedan callados. Reynal lo ha dicho con un
entusiasmo tan exagerado que nadie se lo ha creído. La señora Reynal cambia
hábilmente de conversación.
Al llegar la hora de los licores, el camarero se dispone a
tomarles nota. Tonio solicita una copa de Grand Marnier. El camarero se queda
mirándolo primero a él y después a la señora que ha ejercido de traductora.
— ¡Dios mío, un camarero que no conoce el Grand Marnier! ¡En
París sería despedido inmediatamente!
Los Reynal deducen que se trata de un licor y se apresuran a
pedirle al camarero que enumere los diferentes licores disponibles. Pero
ninguno satisface a Tonio, que enmudece y se pone a mirar su plato vacío como
un niño contrariado. Es un detalle insignificante y lo sabe, pero ha roto el
espejismo: no están en Francia. Francia queda al otro lado del océano. Mientras
otros luchan en la Resistencia, él está en Estados Unidos haciendo no se sabe
qué.
Como hace otras veces que está turbado, saca la pluma del
bolsillo interior de la americana y empieza a dibujar monigotes sin ton ni son
sobre el mantel blanco. Uno de los dibujos que le sale de manera más automática
es el de un niño con el cabello rizado que lleva una capa principesca. Dibuja
árboles de ramas como muelles y trenes como hormigas que suben montañas
picudas. Los editores lo observan de reojo.
A Reynal le preocupa que ese hombre de talento se diluya entre
la disipación nocturna y la melancolía, que se extravíe en la metafísica. Lo ve
concentrado poniendo perillas y bigotes a sus dibujos infantiles y le viene a
la cabeza una idea:
— Antoine, ¿por qué no escribe un libro para niños? Podríamos
publicarlo para la Navidad.
Tonio levanta sus ojos pesados y lo mira. Él está metido en una
obra de la máxima profundidad intelectual que trata de encender una luz en
medio del oscuro caos de la sociedad contemporánea que se ha enzarzado en dos
guerras mundiales en menos de veinticinco años y lo que le propone su editor es
que haga un libro infantil. Es una idea banal. Sigue haciendo monigotes como si
no hubiera oído nada. Pero siente que le sube desde los pies un cosquilleo
antiguo, como de otra era. Quizá no sea una idea tan descabellada. Sería la
oportunidad de escribir a ese hijo que nunca tuvo y de dejar hablar al niño que
lleva dentro acurrucado. Les dice a los Reynal que lo pensará.
Camina hacia el apartamento con las manos en los bolsillos de la
gabardina. Cuando lleva mucho rato andando, se da cuenta de que no sabe adónde
va. Nueva York es una ciudad donde nadie pasea. Durante el día las calzadas
están llenas de coches y la gente camina muy deprisa por las aceras,
esquivándose unos a otros, siempre con una dirección precisa. Por la noche
siguen circulando vehículos, pero nadie camina. No tienen una razón para
hacerlo.
Al girar la esquina de la Cuarta Avenida ve a unos metros una
pequeña figura humana que camina muy despacio y en la semipenumbra le parece
que su cuerpo tiene una forma extraña, como si tuviera una barriga desmesurada.
Al acercarse se da cuenta de que lo que deforma su figura es una bandeja que le
cuelga con dos correas desde los hombros llena de galletas. Quien la lleva es
un chiquillo con el pelo castaño desordenado que al ver a un posible cliente
dibuja una sonrisa que le arremolina las pecas.
— Señor, ¿quiere usted barquillos? Media docena por diez
centavos.
Como ve que ese hombre grandullón con aspecto de extranjero se
queda mirándolo con extrañeza, le repite la oferta en español con el acento
mexicano de sus padres.
— Pero, muchacho, muy tarde ahora. Esto es frío. ¿Qué haces
aquí? — le responde en su castellano atropellado.
— Busco a los hombres, señor.
Tonio enarca las cejas con perplejidad. Siete millones de
habitantes y las aceras vacías.
— Por aquí no hay nadie.
El muchacho asiente con un gesto de tristeza a la vez que mira
su bandeja repleta de canutos de galleta crujiente. Tonio lo mira con más
detenimiento. Tendrá doce años. Su ropa es la de un mendigo, pero sus ojos
verdes son los de un príncipe. Ese niño que busca a los hombres en el cemento
helado de la gran ciudad le parece la persona más solitaria del planeta.
— A mí me gustan barquillos...
— ¿De verdad, señor? Media docena por diez centavos...
— Yo muy comilón. ¿Cuántos te quedan?
— Pues, veinte papelinas de seis, señor.
— Míos todos.
Saca de su cartera dos billetes de dólar que el chico mira con
los ojos muy abiertos. Él se acomoda los cucuruchos de papel que contienen los
barquillos por todos los bolsillos y aún ha de agarrar unos cuantos con el
brazo como si fueran un ramo de flores.
— ¿Vives lejos de aquí?
— Lejos, señor.
— Te acompañaré.
Entonces ve cómo el muchacho arruga el gesto y da un paso atrás.
Se aleja como esos animales acostumbrados a vivir en libertad que no aceptan
ser domados.
— Muy tarde para andar solo...
El muchacho hace ademán de irse.
— ¡Espera!
Justo en ese momento pasa un taxi y Tonio lo para.
— ¿Has ido alguna vez en taxi?
El chico vuelve a relajar el gesto y niega con la cabeza. Mira
de reojo al imponente vehículo amarillo con la luz verde. Tonio se acerca a la
ventanilla y le da al taxista medio dólar para que lo lleve a donde le diga.
El muchacho, con su bandeja vacía bajo el brazo, abre la
portezuela con una risita, como si fuera un juego, y se monta detrás de un
salto. Le hace reír que los asientos sean tan mullidos. Tonio le alarga un
cucurucho de barquillos.
— Para el camino.
El chico no le da siquiera las gracias; tiene modales de
aristócrata. Mientras el taxi parte con él, se pregunta si en verdad no será un
príncipe extraviado.
Sale del despacho vestido con un batín granate y un puñado de
folios en la mano y se va hacia el salón, del que proviene una insoportable
música de trompeta. Le parece increíble que los amigos de Consuelo se vuelvan
locos con ese Louis Armstrong y su música de circo. Al entrar ve que nadie hace
caso del fonógrafo a todo volumen y están sentados en un corro alrededor de
Consuelo, que está echando las cartas del tarot a una joven tan pálida que
parece haberse bañado toda su vida con leche. Él no soporta las supercherías.
Le parece que Consuelo tampoco cree en esas cosas, pero echar las cartas del
tarot o montar una sesión espiritista le parecen asuntos de lo más
entretenidos.
— Consuelo, necesito que leas esto...
Alguien le chista de manera imperativa para que guarde silencio.
Tonio se vuelve hacia él con gesto furioso: ¿es que esos haraganes que se beben
su vino de Borgoña le van a mandar callar en su propia casa?
Consuelo levanta medio segundo la vista de las cartas.
— Querido, ahora estoy ocupada. Me lo cuentas más tarde.
Tonio está tan enfadado que no contesta nada y se da media
vuelta hacia su despacho. Allí levanta el auricular y marca el número de uno de
sus amigos franceses, un escultor llamado Martin. Martin responde con la boca
pastosa de sueño.
— Martin, necesito que escuches esto que he escrito.
— ¿Antoine?
— Se trata de un episodio en el que mi personaje llega a un
jardín...
— ¿No puede ser mañana?
— ¿Por qué mañana? — se extraña Tonio.
— Son las tres de la madrugada...
— ¡Mañana! ¿Cómo voy a esperar tanto tiempo?
Le empieza a leer el momento en el que ese muchacho de cabello
rizado llegado del asteroide B-612, enfadado con una rosa muy altiva que se
cree muy importante, se encuentra un campo entero de rosas. Se queda pasmado
porque su flor le había dicho que era única en el universo y, sin embargo, ahí
hay miles de flores iguales. Y siente una inmensa pena por su rosa, siempre tan
presuntuosa, haciéndose la importante, tal vez solo para esconder su
fragilidad. Consuelo es como esa rosa del asteroide B-612: caprichosa,
presumida, coqueta, inestable. Pero él siente por ella, en los momentos en que
no lo saca de quicio, la misma ternura que siente el pequeño príncipe por su
rosa impertinente.
Martin balbucea diciéndole que le parece todo muy bien, aunque
en realidad está grogui por el sueño y no se ha enterado de nada. Tonio cuelga
dándole las gracias muy contento con el veredicto de su amigo como si fuese el
dictado de un gran jurado literario. En realidad, no es al escultor dormido a
quien estaba leyendo, sino a sí mismo. Está llegando a un punto de su vida en
el que ya no necesita la aceptación de los demás como antes y el mundo a su
alrededor empieza a interesarle ya muy poco. Él es como ese principito que
busca un planeta para ser feliz pero no lo encuentra. Los amigos con los que
podía compartir los recuerdos de la juventud ya no están: Mermoz, Guillaumet,
Pichodou... Da vueltas por un planeta vacío.
Desde el salón sigue llegando la jarana de Consuelo y sus
acólitos. Sus amantes sólo lo irritan a veces por la falta de tacto de ella,
que necesita exhibirlos como brazaletes de zíngara y los agita como cascabeles,
pero ellos no lo ponen realmente celoso. Sabe que ella no los ama, que los
olvida con misma facilidad con que pierde los abanicos en cualquier parte. Le
da pena Consuelo. Ha cambiado un pequeño diamante puro por una tonelada de
bisutería.
Capítulo 84
Nueva York, 1942
A medida que avanza en la finalización del texto de su personaje
llegado de otro planeta y empeñado en una búsqueda imposible, se siente más y
más agobiado por la respuesta negativa a sus insistentes peticiones para
reincorporarse a la defensa de Francia como piloto de observación aérea, una
vez que se ha reorganizado el frente aliado contra los alemanes.
Se pasea nervioso por una sala enorme del hotel Shoreham de
Washington, con docenas de sillas apiladas en una esquina, más propia de un
banquete de boda que de una reunión política. Pero el asistente del general
Béthouart ha sugerido que era mejor un encuentro en un sitio discreto.
Béthouart es el brazo derecho del general Giroux, que está al mando de las
tropas francesas reorganizadas en Argelia y ha venido a Estados Unidos a
solicitar armamento. Sin embargo, hay tanta tensión dentro de las propias facciones
francesas que ha de andar con cuidado. De Gaulle considera a Giroux un enemigo
mayor que los propios nazis porque cree que su acatamiento inicial de las
órdenes del gobierno de Vichy, que aceptó la rendición frente a los alemanes,
es signo de su connivencia con el fascismo.
Lleva meses tratando de que lo readmitan como piloto en el
ejército. Ha repetido su cantinela una y otra vez, en Nueva York y en los
salones más influyentes de Washington, para perplejidad de los pragmáticos
norteamericanos: no va a animar a alistarse a nadie ni hacer propaganda del
reclutamiento si él mismo no se alista antes.
Accedió, eso sí, a escribir y locutar un mensaje radiofónico de
gran impacto, titulado «Carta abierta a los franceses del mundo». Hizo una
encendida arenga sobre la necesidad imperiosa de que todos los franceses
aparcaran sus diferencias para ofrecer un solo frente común: «Seamos
infinitamente modestos. Nuestras discusiones políticas son discusiones de
fantasmas y nuestras ambiciones son cómicas — les decía— . Nosotros no
representamos a Francia, sólo podemos servirla».
Pero incluso un discurso a favor de todos fue interpretado por
unos y otros maliciosamente. Los gaullistas, con su oficina central en Gran
Bretaña, se indignaron porque no los consideraba como la única representación
legítima de Francia. ¡Ellos eran Francia! Acusaron a Saint-Exupéry de apoyar al
gobierno colaboracionista de Vichy y su vergonzoso armisticio.
El mando aliado comandado por Estados Unidos le dice que ha
superado la edad. Que todos los exámenes físicos revelan que su salud es
frágil, su capacidad pulmonar, escasa, y la movilidad de su hombro derecho,
limitada. Los asesores militares de la facción de De Gaulle le niegan cualquier
apoyo, lo acusan de fascista, de espía, de marioneta al servicio del gobierno
germanófilo de Vichy. Él se ha jugado la vida por su país viendo zumbar las
balas trazadoras a centímetros de su carlinga, pero eso carece de importancia.
La propaganda dice que De Gaulle es el salvador de Francia, aunque esté
atrincherado con su séquito en Londres y sean los estadounidenses, como en un
calco de la Primera Guerra Mundial, quienes tengan que ir al rescate de una
Francia derrotada. Pero eso un patriota francés no puede admitirlo. La
propaganda tiene sus propias reglas. De Gaulle tiene sus propias reglas: estás
con él o estás contra él. Saint-Exupéry es un enemigo de Francia porque es su
enemigo. Esa gente a los que llaman líderes actúan así. Muchos los aplauden.
«El fin justifica los medios» es una de las frases más miserables de la
historia de la humanidad.
Por fin entra en la sala el general Béthouart con gesto muy
serio.
En cuanto superan las cortesías de rigor, Tonio le lanza su
andanada: quiere pelear por su país, ha oído que se ha reorganizado su grupo de
observación aérea II/33 y desea volver con ellos, puede aportar su experiencia
y su compromiso. Tiene preparadas respuestas y argumentos a todas las pegas que
vaya a poner el general sobre su edad, sus limitaciones físicas o el manejo de
aviones de caza. Sin embargo, lo que hace Béthouart es pedirle un cigarrillo y
encenderlo con parsimonia.
— Me encargaré personalmente de firmarle una autorización para
que se presente en la comandancia de Argel como oficial re movilizado.
Durante meses ha enviado docenas de cartas, ha hecho exámenes
médicos, ha asistido a cócteles latosos para relacionarse con franceses y
americanos influyentes y no ha conseguido nada. Y en un minuto, el general
Béthouart lo manda de vuelta al frente.
En cuanto regresa a Nueva York, lo primero que hace es tomar un
taxi que lo lleve a una tienda de uniformes. No le resulta tan sencillo
encontrar un uniforme de piloto de las Fuerzas Aéreas francesas. De hecho,
recorre las tres tiendas de efectos militares más prestigiosas de Manhattan sin
éxito. Le proponen hacerle uno a medida, pero no hay tiempo.
Entra en el hotel Continental y empieza a llamar por teléfono a
esos amigos a los que despertaba por las noches para leerles fragmentos de su
libro. Son abogados, físicos o profesores de historia. Abren los ojos como
platos cuando la voz desaforada de Tonio, con esa urgencia que a veces tiene
por las cosas, les pregunta a gritos que dónde puede comprar en Nueva York un
uniforme de oficial del Ejército del Aire francés con la máxima celeridad.
Denis de Rougemont recibe también su consulta estrambótica, pero su vinculación
al mundo artístico le hace pararse a pensar: tal vez podría tener algo el
sastre que trabaja para la Metropolitan Opera.
Rougemont y Tonio se citan en el taller del sastre, que tiene un
almacén lleno de baúles repletos de trajes de fantasía de las caracterizaciones
más sorprendentes. El hombre, menudo y de aspecto frágil, tiene una memoria
prodigiosa y extrae una enorme maleta de mago de debajo de tres baúles. De allí
saca un uniforme azul marino de una talla suficiente para un oficial del tamaño
de su cliente. No lleva los botones grabados con la insignia del ejército
francés y los galones excesivos le dan cierto aire de conserje de hotel de
lujo. Pero Tonio está entusiasmado. Tras unos pequeños arreglos, sale de allí
vestido de comandante.
Cuando llega a su nuevo apartamento de Beekam Place, es casi la
hora de la cena y se oyen unos acordes. Consuelo ha comprado un arpa.
— No sabía que supieras tocar el arpa.
— Y no sé. Pero siempre quise tener un arpa.
— Ya...
Consuelo levanta la vista del instrumento y se fija en él.
— ¿Qué haces con ese uniforme?
— Me reincorporo a mi grupo de reconocimiento en el norte de
África.
Consuelo vuelve a posar las manos sobre el arpa y trata de sacar
algunas notas.
— Papou..., ¿por qué tienes que irte a la guerra? La guerra es
cosa de los jóvenes.
— ¡Ésa es una idea absurda! Los jóvenes tienen toda su vida por
delante, ¿por qué han de malograrla? Sólo debería permitirse ir a la guerra a
los viejos. Sería más justo.
— Me entristece que hables así. Es como si ya no te interesara
tu vida.
— Estoy agotado, Consuelo. Ya no aguanto más quedarme en esta
ciudad estancado. Siento que me pudro por dentro. Necesito irme.
— Siempre te estás yendo, Papou.
Nota cómo una tenue lágrima se asoma a los ojos de Consuelo. Él
se pasa la mano por la cabeza.
— Siento no haber sido un buen marido...
— Hablas de ser marido como de un oficio.
Los dos sonríen.
— Salgo en barco dentro de tres días.
— Intentaré aprender a tocar el arpa antes de que te marches.
Quiero despedirte con un concierto de arpa que suene en todo Nueva York.
¡Invitaremos a todo el mundo! ¡Deberías haberme avisado con más tiempo! ¡Si no
avisas con una semana en Falcon’s no te sirven sus pasteles de carne al oporto!
Ve cómo Consuelo corre al teléfono a hacer sus encargos
disparatados y eso, que otras veces le irritaba, en ese momento le produce una
gran ternura.
Cuando tres días después se embarca en el transatlántico, se
siente como su pequeño príncipe, que deja atrás su planeta y se va lejos de su
rosa, con la que no hay forma de vivir sin sentirse herido por sus espinas.
Pero al alejarse no puede evitar también una opresión en el estómago de
responsabilidad y tristeza por no haberse quedado a cuidar de ella. Se pregunta
si lo que siente por Consuelo es amor. No lo sabe a ciencia cierta. Ni siquiera
está seguro de en qué consiste el amor. Todos los diccionarios fracasan a la
hora de encontrar una definición verdadera.
Capítulo 85
Argel, 1943
Hacía muchos años que no había vuelto a Argel. Está sentado en
un cafetín donde dos tenientes norteamericanos fuman de un narguile y, por su
risa tonta, deduce que la pipa lleva algo más que tabaco. Mira la calle
tortuosa donde se venden alfombras, especias de colores chillones en sacas
enormes, babuchas de piel de cabra, cestos o baratijas. Un comerciante intenta
vender a un grupo de marinos ingleses unas esteras con su parloteo de carraca.
Ellos regatean y él se lleva las manos a la cabeza teatralmente para jolgorio
de los soldados, que no tienen ningún interés en la estera, pero que tal vez
acaben comprándola sólo por el placer de habérsela sacado por la mitad de
precio, como si ése no fuera un ritual perfectamente calculado por el vendedor,
que siempre propone un precio exorbitado para iniciar el juego.
Toma un café. Lo preparan corto y muy cargado porque el agua
escasea. Se puede tomar con unas gotas de leche de camella.
En realidad, da vueltas a la taza dejando que el humo se pierda
en el cielo caluroso de la ciudad. Por un momento piensa que a Consuelo le
horrorizaría la mugre del mantel que le han puesto, incluso el sarro de la
taza, que deben de limpiar solamente con un trapo de un uso al otro. Es de esos
momentos en que de repente uno da vueltas a un café que en realidad no tiene
ganas de tomar.
En Nueva York estuvo soñando con regresar a combatir por
Francia. Pero las cosas no han salido como esperaba. Logró ser destinado al Ala
de Reconocimiento Fotográfico del norte de África e incluso consiguió superar
el periodo de prueba de esos complicados Lockheed P-38 Lightning, de los que
los norteamericanos habían cedido cinco aparatos a su grupo. Aviones muy
veloces, con más de doscientos controles y cuadrantes en la carlinga,
laringófonos de comunicación, mascarillas de oxígeno, un habitáculo estrecho como
un ataúd. Los aviones no estaban en un estado óptimo y uno de los mejores
pilotos de la escuadrilla se mató durante los entrenamientos. Pensar en su
propia muerte no le afecta, pero la muerte de otros pilotos lo desmoraliza.
Sonríe al pensar en la primera misión. Agotador atravesar el
Mediterráneo en una misión de seis horas con temperaturas bajo cero a nueve mil
metros para sobrevolar objetivos fuertemente custodiados en un avión sin
armamento. Pero se sintió feliz de volver a casa. Cruzar el cielo de Francia
fue como caminar por un sendero de la infancia. No se alteró al sentir las
salvas en su honor disparadas por las baterías alemanas en Sicilia, Córcega y
Cerdeña, pero al volver a ver la costa francesa desde el aire, el corazón le
dio un vuelco. Marsella a nueve mil metros es un pueblecito de pescadores. Su
misión consistía en fotografiar fábricas y centros logísticos enemigos, pero se
desvió unos kilómetros para sobrevolar la zona donde nació, cerca de Lyon. Y
allí, en una leve loma, estaba el casón de Saint-Maurice donde vivió esa
infancia que le ha servido siempre de refugio. Vuela demasiado alto, pero aun
así le parece distinguir el sendero flanqueado de abedules de detrás de la
casa. Allí, durante muchas tardes, pedaleaba con todas sus fuerzas sobre una
bicicleta a la que un primo mayor le ayudó a acoplar una sábana cogida con
alambres. Creía que, si pedaleaba lo bastante deprisa, aquella vela improvisada
lo haría despegar del suelo y correr por el aire. Agay es el paraíso perdido.
Da una pasada, y luego otra más, como si se meciera sobre los territorios en
los que fue feliz. No se le ocurrió que cuando se revelasen las fotos de la
misión, los oficiales norteamericanos iban a fruncir el ceño al ver que, entre
las imágenes de aeródromos y fábricas, tenían un montón de fotos inútiles de un
pequeño castillo.
En la segunda misión había tenido problemas mecánicos en uno de
los motores y tuvo que dar media vuelta. La pista improvisada en el aeródromo
de La Marsa era muy corta, de apenas quinientos metros. Tenían la indicación de
activar los frenos hidráulicos antes de tomar tierra para que actuasen en el
instante en que tomasen contacto con el suelo y poder detener el avión en los
márgenes precisos. Pero lo recordó demasiado tarde, cuando ya rodaba sobre la
pista. Pese a sus esfuerzos por apretar los frenos, se pasó del final y dio con
el avión en unos viñedos con el resultado de un ala dañada y el tren de
aterrizaje roto.
El coronel norteamericano al mando puso el grito en el cielo.
Estaba harto de esos franceses desordenados que se pasaban el tiempo
discutiendo entre ellos y le parecían unos aventureros indisciplinados. Cuando
vio en la ficha que el tal Saint-Exupéry superaba en trece años la edad
reglamentaria para pilotar ese tipo de aviones, pidió que llevaran a ese piloto
descuidado ante su presencia. Tonio llegó con ese gesto suyo de niño que ha
hecho una travesura. A algunas personas las conmueve; a otras, las saca de
quicio. El coronel norteamericano era de las del segundo tipo. Después de
armarle una bronca descomunal que Tonio aguantó en posición de firmes, dictó la
orden que ahora descansa en su bolsillo como una condena: quedaba relevado del
grupo y se le enviaba a Argel, pendiente de destino. O sea, a ninguna parte. Ya
había estado en la capital de Argelia cuando desembarcó desde América y pasó
unos días espantosos: una ciudad mustia por la escasez de suministros y
enrarecida por las zancadillas constantes entre gaullistas y anti gaullistas.
El castigo le parece excesivo. Cada día hay accidentes y se
estropean aparatos. ¿Acaso no saben lo que es la aviación? Hubiera estado de
acuerdo con una suspensión, incluso, si hubieran querido, podían haberle
quitado alguno de esos galones de comandante que sólo son unas rayas doradas en
las mangas del uniforme. Pero prohibirle luchar por la libertad... Eso no le
parece un castigo, sino una venganza.
Tiene dos opciones: quedarse en la charca de intrigas de Argel
como un paria sin destino ni amigos o volverse a Nueva York, donde lo tratan
como a una eminencia, come rosbif y langosta y se disputan su presencia en las
fiestas más selectas.
Da vueltas y más vueltas al café, que ya se le ha enfriado.
Juega a hacerse el indeciso como si coqueteara consigo mismo. Sabe y lo ha
sabido desde el minuto uno que no va a volver a Nueva York. Prefiere sufrir en
la verdad sucia de Argel que vivir en el brillo artificial de Manhattan.
Capítulo 86
Argel, 1943
Escribe una carta a su madre desde el salón del Club de Francia
de Argel, un centro con esa elegancia provinciana de cortinas de terciopelo y
sofás orejeros donde cada vez se siente más incómodo. Le habla del ambiente
tóxico que se vive.
La división de los franceses entre partidarios del gobierno de
Vichy condescendiente con Berlín y los seguidores de De Gaulle es ahí aún más
palpable que en Nueva York. De Gaulle no traga a los anglosajones, no soporta
que encabecen la liberación de Francia. Pero también hay un fuerte recelo de
los norteamericanos hacia los franceses, a los que consideran un ejército
desordenado incapaz de ponerse de acuerdo ni entre ellos mismos. El calor
empeora los odios, los convierte en un queso fundido pegajoso que lo empasta
todo.
Tonio ve proyectarse sobre la mesa una sombra y levanta la
cabeza. Es Voirin, el director de L’Arche, una revista literaria que se había
interesado amablemente por publicar su último texto, Carta a un rehén, una
emotiva reflexión sobre el trágico disparate de la guerra dedicada a su amigo
Léon Werth, un judío pacifista atrapado bajo la bota de los nazis en su aldea
francesa cerca del Jura.
— Señor De Saint-Exupéry...
— Amigo Voirin, siéntese.
El hombre se queda de pie. Suda. Juega nerviosamente con el filo
del ala del sombrero entre los dedos.
— Verá... finalmente no vamos a poder publicar su texto.
— ¿Cómo? Pero fueron ustedes quienes me lo pidieron.
El hombre mira al suelo.
— El consejo editorial ha creído conveniente no hacerlo.
— Pero no entiendo por qué...
Voirin levanta la mirada. Su idea era comunicarle la decisión
del consejo, disculparse y salir de allí lo antes posible. Pero no puede
hacerlo.
— Verá. Se publicó una lista de escritores patriotas que habían
elegido el exilio antes que la colaboración con los alemanes. Usted no figuraba
en esa lista...
— ¡Conozco esa lista de los superpatriotas de De Gaulle! No
estaba en la lista de los que se marcharon y, sin embargo, me he pasado tres
años en Nueva York. ¡Es absurdo!
— Yo lo sé. Siento por usted una profunda admiración, pero en el
consejo hay miembros que consideran muy importante esa lista... De hecho,
alguno de esos miembros del consejo de redacción participó en su confección.
Tonio se da cuenta de que a dos mesas de distancia un grupo de
oficiales y prohombres de la colonia francesa gaullista observan de reojo la
escena. Alguno sonríe con satisfacción bajo el fino bigote engominado. Tonio
siente subir la temperatura de su motor hasta el rojo, se levanta y se planta
delante de ellos:
— Así que ahora se dedican a confeccionar listas... ¿Eso es todo
lo que piensan hacer por Francia?
Uno de los hombres, vestido con un traje a medida del que cuelga
la cadena de un reloj de oro, se levanta furioso.
— Nosotros vamos a hacer por Francia lo que ustedes los
petainistas no han hecho: salvarla de los alemanes en vez de entregársela.
Un coronel llamado Cordier se suma.
— El armisticio con Alemania ha sido la mayor vergüenza de
nuestra historia. No sé cómo tiene usted arrestos de defender esa traición.
— Para ustedes — les responde Tonio con rencor— la guerra es un
juego al que se dedican mientras toman café. Yo estuve en Orconte en el 41. Vi
los tanques nazis aplastar los campos de las Ardenas. Vi morir a mucha gente,
escapar de sus casas a familias enteras con lo puesto. ¿Cómo pueden decir que
se regaló Francia a los alemanes?
— Pétain nunca debió rendirse a los alemanes y entregarles
Francia. ¡Es un traidor!
— Yo, coronel, no soy petainista, como ustedes me llaman. Nunca
acepté formar parte de los apoyos al gobierno de Vichy. Yo nunca aplaudí a
Pétain, es un personaje que nunca me interesó especialmente. Pero ¿acaso usted
no aplaudió nunca al que bautizaron como el gran mariscal Pétain, el héroe de
Verdún en la Primera Guerra Mundial? Usted dice que yo soy petainista... Pero
yo nunca lo he jaleado como seguro que hizo usted en alguno de los muchos
homenajes y medallas que le impuso el ejército francés.
El militar hierve de rabia y da un puñetazo en la mesa.
— ¡No le tolero que insinúe que pueda tener cualquier simpatía
por el mariscal Pétain! Lo que hiciera hace treinta años no nos incumbe. Ahora
ha entregado Francia a los nazis y si usted está de acuerdo con eso es tan
miserable como él.
— ¿Se han parado a pensar por un momento que Francia en 1941
estaba invadida de facto por los alemanes? El ejército francés estaba derrotado
en todos los frentes. ¿Cuál hubiera sido la alternativa a firmar la rendición
con los alemanes?
— ¡La de salvar el honor de Francia, caballero! — grita el
coronel.
— El honor... Quiere decir lanzar una población civil armada con
escopetas de caza a combatir contra la maquinaria militar del Tercer Reich.
¿Sabe cuántas vidas habría costado su honor? ¿Sabe cuántos niños se hubieran
quedado sin padre? ¿Sabe cuánto sufrimiento?
— En la guerra hay que sufrir para conseguir la victoria. ¿Qué
son mil bajas para salvar Francia?
Tonio sacude la cabeza.
— No se puede usar la aritmética para medir el sufrimiento. Hay
que salvar a cada ser humano uno por uno. Todos son importantes. Cada hombre es
una conciencia entera. ¡Cada individuo es un imperio!
— Usted no sabe nada sobre estrategia militar ni sobre nada.
Se levanta otro capitán que echa fuego por los ojos.
— ¡Esta claro que está usted dispuesto a defender el honor del
mariscal Pétain y el deleznable gobierno de los nazis instalado en Vichy! ¡Deje
que los verdaderos patriotas nos ocupemos de salvar la Francia que ustedes han
prostituido!
Todos están de pie. Todos se han levantado contra él crispados.
Lo llaman fascista. De repente, Tonio siente una tristeza pesada como una losa
y recuerda su viaje como reportero a la guerra española donde había familias en
que se mataban hijos contra padres, vecinos que denunciaban a sus vecinos para
que fuesen fusilados. Hermanos contra hermanos. Se da media vuelta para
marcharse de ese club de patriotas y no volver. Pero no se puede resistir y
cuando ha dado dos pasos hacia la salida, aún se vuelve un momento.
— En esa lista de los escritores y artistas que dicen que no se
fueron al exilio, también se han olvidado de incluir a André Maurois, que se
tuvo que refugiar en Nueva York y ahora se ha alistado como capitán en el norte
de África para luchar por Francia. Pero ya sé, no le agrada De Gaulle y es
judío. Otro mal patriota.
Sale oyendo detrás una lluvia de insultos.
Va pensando en la paradoja: su obra Piloto de guerra(publicada
en Estados Unidos como Vuelo a Arrás), había sido prohibida por los nazis en la
Francia ocupada y vetada por De Gaulle en los territorios de la llamada Francia
Libre del norte de África.
Tonio camina por las calles caóticas de Argel masticando la
palabra patria. Le amarga la boca. Los patriotas se creen moralmente superiores
porque por su tierra están dispuestos a morir. Pero también están dispuestos a
matar. Los himnos nacionales los hipnotizan; se ponen en posición de firmes y
rezan un mantra ridículo sobre la gloria nacional. Asustan. Son un ejército de
robots.
Los pacientes que esperan en la sala de la casa del doctor
Vimeux que hace las veces de sala de espera se extrañan al ver llegar a un
francés grandullón que a veces lleva la guerrera militar encima del pantalón
del pijama y que susurra al médico que necesita verlo.
— ¿Se trata de una urgencia? — le pregunta una señora con un
brazo en cabestrillo.
— ¡Desde luego, señora! ¡Discúlpenme! Necesito que el doctor vea
algo.
Cuando el médico asoma la cabeza pone cara de disgusto.
— ¡Ahora no puedo! ¿No ves que tengo pacientes esperando?
— Doctor, el señor tiene una urgencia. Por mí no hay
inconveniente en que lo atienda.
Los otros pacientes asienten.
— ¿Ve, doctor? Sus pacientes son gente sensible.
— ¡Ustedes no saben de qué tipo es su urgencia! — grita Vimeux
con enfado.
Al mirar la gente con extrañeza, Tonio agita las hojas que lleva
en la mano.
— Necesito que el doctor escuche estas páginas. ¿Cómo voy a
saber si estoy en el buen camino?
— Pero ¿de qué páginas habla? ¿Está usted enfermo o no? —
pregunta un hombre de edad avanzada. Otro hace un gesto discreto a su vecino de
silla girando el dedo índice en la sien como diciendo que sí está enfermo, pero
de la cabeza.
— ¡La literatura es una enfermedad! Sólo me llevará unos
minutos. ¡Podrían escuchar todos!
La gente se mira entre sí y el doctor va a hablar para oponerse,
pero Tonio ya ha empezado a leer en voz alta.
— ¿Está usted bien de la cabeza?
Tonio mira al médico, que se encoge de hombros. Dobla las hojas
y regresa algo atribulado al cuarto que su amigo le ha cedido amablemente
durante el tiempo que haya de pasar en Argel.
Dos noches atrás, cuando el doctor llegó de su jornada en el
hospital, aprovechó para arrastrarlo hasta su cuarto y leerle unos pasajes.
Estaba cansado y de mal humor, quizá por eso le dijo que le sonaba como un
sermón dominical, donde aparece un dios que no acaba de entenderse a qué
religión pertenece. Eso no le desagradó. Le gustó menos que le dijera que ese
protagonista suyo que rige el destino de sus súbditos con un riguroso ideal de
justicia y equidad le sonaba elitista, que era paternalista. Lo peor fue cuando
le sugirió si un tipo de gobierno así no podía caer en el autoritarismo y
entonces sí que Tonio se indignó. Saltó de la silla de mimbre en la que escribe
a todas horas y del impulso estuvo a punto de quebrarla.
— ¡Cómo confunde usted la moral con el autoritarismo! ¿Acaso es
inmoral el capitán cuando ordena a su destacamento que eche cuerpo a tierra
porque de no hacerlo la metralla segará sus vidas como una guadaña? — le
contestó.
— Pero cuando se empieza a ordenar... ¿cuándo hay que parar? —
opuso Vimeux.
— ¡No se trata de ordenar por ordenar! No hablo de la soberbia
de muchos militares que creen que mandar consiste en gritar más fuerte. Hablo
de la extrema humildad del que gobierna: ha de escuchar a su gente, ha de
mirarla, ha de entenderla..., sobre todo ha de quererla más que a sí mismo.
Sólo el bien de la comunidad es importante.
El doctor Vimeux, exhausto, acabó asintiendo y dándole la razón.
No restó valor a su victoria que el médico bostezara y al tercer cabezazo de
asentimiento se quedara dormido sobre la silla.
Vimeux, en su labor médica, ha visto de cerca la fragilidad del
ser humano, el pánico a la muerte que mueve al egoísmo más extremo, la
desesperación ante el dolor. Entiende e incluso comparte esa utopía del
gobierno mundial por encima de razas, religiones y fronteras, pero cree que ese
líder perfecto sin una sola fisura moral con el que sueña Tonio no pertenece a
la raza humana, sino a la de la literatura.
Tonio está en el cuarto corrigiendo y desbrozando sus laberintos
de palabras, cuando alguien llama a la puerta.
Es su viejo amigo artista de los días de Nueva York, al que
apodaban en broma Richelieu. Levanta los brazos y sonríe.
— ¡Vaya sorpresa! El mismísimo Richelieu en Argel en lugar de
estar triunfando en Broadway. ¿Qué haces tú aquí?
— Hago la guerra, como tú.
— Yo sólo haraganeo en este cuarto. Quiero dar la vida por
Francia, pero ellos no me quieren dar a mí un avión. ¿Te parece justo?
Tonio se fija en la pequeña maleta de piel, muy lujosa, que
lleva en la mano y la reconoce. ¡Es la maleta que compró Consuelo en uno de sus
arrebatos! Richelieu sonríe.
— Te la envía desde Nueva York alguien que se acuerda de ti.
Toma la maleta y la abre precipitadamente, como hacen los niños
con los regalos el día de Navidad. Contiene algunos libros que le había dicho
por carta a Consuelo que deseaba leer y setecientas páginas dactilografiadas
por su secretaria de sus notas y dictados de ese libro que es como una
larguísima reflexión que aún no tiene nombre, al que él llama «Caid». También
hay un frasco de caviar al que se le ve una telilla de moho y una botella de
vino de Burdeos. Y una nota de Consuelo contándole que ha empezado a hacer
animales de cerámica inspirados en un bestiario medieval que ha comprado en una
librería de la Quinta Avenida.
— ¡Tenemos que brindar!
— Pero, Tonio, no abras ahora el Burdeos. Guárdalo para una
ocasión especial.
— ¿Cómo va a haber una ocasión más especial que la de celebrar
la llegada de un loco que cruza el mundo cargando con una maleta llena de
páginas y caviar!
Vacían la botella mientras le va leyendo fragmentos de sus
páginas con su voz profunda y un poco impostada. En ese momento la guerra queda
lejos, ni siquiera existe.
Le cuenta a Richelieu que lleva meses tratando de encontrar un
apoyo entre sus contactos para poder reincorporarse a su grupo y luchar por la
libertad.
— En Argel no se lucha contra Hitler, sino contra la burocracia
militar.
Richelieu quiere saber cómo es la vida social de Argel.
— ¡Es peor que la última ciudad de provincias del último rincón
del norte de Francia! La gente cree que es de buen tono levantar el dedo
meñique cuando beben un cóctel.
Pero reconoce que, aunque no tiene ganas de hacer vida social,
tampoco soporta la soledad. Acepta todas las invitaciones que le hacen a
comidas, cenas y encuentros. Lleva su baraja de cartas y divierte a la gente.
Explica historias de sus vuelos con el correo aéreo y la gente las recibe con
una alegría impostada.
— Un oficial amigo mío hizo una gestión con un teniente coronel
muy cercano a De Gaulle, que mueve ya casi todos los hilos. Pero la petición
vino denegada con una nota de su puño y letra: «Manténgase sin destino».
— Vaya...
En ese momento llega otra visita acompañada de la asistenta del
doctor.
— Tonio, hay alguien que tenía muchas ganas de conocerte. Es un
prestigioso fotógrafo de la revista Life. Ha llegado a Argel y desea ser
recibido por el célebre piloto escritor.
— Pero, Richelieu, podías haberme avisado... ¡Voy medio en
pijama! ¡Esto está muy desordenado!
John Phillips es alto, delgado, y habla un francés excelente.
— Para mí es un honor aún mayor que me reciba con esta
familiaridad.
A Phillips, el famoso escritor nadando en su marasmo de papeles
y hundido en su silla de mimbre le parece un oso atrapado en una jaula de
gorriones.
— Si viene usted en busca de héroes militares, se ha equivocado
de sitio. Yo estoy de vacaciones en la guerra.
De repente, Tonio se activa:
— ¿Sabéis qué? Podría hacer para vosotros un combinado que he
inventado. Todavía no le he puesto nombre.
Toma de una estantería una botella de vino moscatel y otra de
aguardiente. Mezcla un poco de cada y en el pequeño hornillo de alcohol donde
se prepara el té, pone a calentar la bebida, que vierte en tres tazas.
— Proponga un brindis — le pide al fotógrafo.
Y siente fijos en él los ojos enormes de batracio de su
anfitrión. Phillips se da cuenta de que está poniendo su ingenio a prueba.
— Brindemos... por el amor.
Tonio arquea las cejas a la vez que asiente con la cabeza.
— ¡Brindemos!
Después de dar un buen trago a su copa vuelve a escrutar al
fotógrafo.
— Dígame una cosa. ¿Cómo definiría usted el amor?
— Yo sólo soy un fotógrafo que a veces redacta cables de prensa.
¡Usted es el escritor! Defínalo usted.
— Pero yo le he preguntado antes...
Richelieu le hace un gesto de resignación: Tonio nunca renuncia
a una pregunta una vez la ha formulado. Phillips sonríe. Le agrada jugar.
— No soy capaz de describir el amor. Es demasiado difícil. Pero
puedo tratar de definirlo a la inversa: si puede explicarse con palabras, no es
amor.
Tonio se queda callado unos instantes y el fotógrafo espera
expectante su veredicto. Da un palmetazo en la mesa y se va con los vasos para
una segunda ronda.
— ¡Me gusta! ¿Sabe una cosa? Yo de joven empecé a escribir
poesía, pero lo dejé y nunca más he vuelto a hacerlo. Era como cuando pegaba
flores frescas en un álbum y al volver a abrirlo al cabo de unos días sólo
había hojas marchitas. ¿Usted se ha enamorado, señor Phillips?
— Pues sí. Tres veces.
— ¿Y tú, Richelieu?
— Creo que más de cien.
— Sois afortunados. Yo sólo me he enamorado una y media.
Pero Tonio no quiere abrir más puertas y regresa al relato de su
situación de estancamiento militar.
— Soy íntimo amigo de un coronel del Estado Mayor norteamericano
en el norte de África que asesora al general Eaker — le dice Phillips.
— ¿Al gran jefe?
— Sí. O yo lo conozco poco o no creo que le deje indiferente el
afán de un oficial francés por luchar por su país contra los nazis.
Diez días más tarde una carta oficial del Mando Aliado en el
norte de África llega a su nombre al domicilio del doctor Vimeux:
Se le concede la reincorporación al Grupo 4 del Ala de
Reconocimiento Fotográfico, pero atendiendo a su edad e historial médico, se le
autoriza a realizar un máximo de cinco misiones de guerra, después de las
cuales pasará a la reserva con todos los honores como teniente coronel. Firma
la carta el mismísimo general Ira Eaker.
Salta del sillón de mimbre, cruza la casa, pasa por delante del
salón que su amigo médico utiliza como sala de espera de su consulta privada e
irrumpe en el despacho del doctor para horror de una paciente tendida en la
camilla desnuda de cintura para arriba, que grita al ver entrar a ese intruso.
A Vimeux no le da tiempo ni de enfadarse. Tonio se le lanza al cuello y casi lo
tumba.
Capítulo 87
Córcega, 1944
El verano en Bastia, al sur de Córcega, es caluroso y la luz,
cegadora. Pero le gusta llevar su chaqueta de cuero de aviador y las gafas de
sol de varilla dorada. Lo aprendió cuando era cartero: uno es piloto con todos
los climas. Camina hacia el barracón que sirve de pabellón de oficiales del IV
Grupo de Reconocimiento Fotográfico. Está donde quería estar tras ocho meses
varado en Argel. Le ha costado un esfuerzo atroz llegar a donde quería llegar.
Y, sin embargo, no siente ninguna euforia. Ha ganado una guerra personal, pero
ahora empieza la guerra de verdad, la de las risas jóvenes ensangrentadas y los
padres que nunca más volverán a ver a sus hijos.
No es feliz. Nadie decente puede ser feliz en una guerra. Pero
se acuerda entonces del gran Mermoz. Recuerda una noche lejana en París, ya de
madrugada, cuando estaban acodados mirando pasar el Sena a sus pies y sentían
esa tristeza vaga del amanecer cuando la luz diluye el espejismo de la noche de
risas y alcohol. Le preguntó a Mermoz si era feliz. Se volvió hacia él como
hacia siempre, mirando a los ojos con esa seguridad suya que intimidaba: «¡Por
supuesto que no! Eso sería una tragedia. Si eres feliz, ya no queda nada que
perseguir». Echa mucho de menos a Mermoz y a Guillaumet. Sin ellos el mundo se
ha convertido en un lugar siniestro.
Cuando llega a la casa encalada que hace las veces de residencia
de oficiales, un asistente se adelanta para decirle que tiene una visita. No
hace falta que le diga quién es. Su perfume de Chanel habla por ella.
— Hola, comandante.
— Nicole..., tú siempre sabes dónde encontrarme. — Se da un
golpe en la cabeza como si de repente todo cobrase sentido— . Lo de Bastia...
lo moviste tú, ¿verdad?
Ella sonríe con ternura.
— Me sobrevaloras.
Salen a la calle y dan un paseo por la avenida salpicada de
almendros.
— ¿Has venido a decirme quién eres?
— Antoine, eres un bobo. Yo soy yo. Mi cariño por ti es
verdadero. Tal vez lo más verdadero de mi vida.
— Entonces, ¿todo lo demás en tu vida no lo es?
Los dos se paran y se miran.
— Maldita sea, Nicole, empezaba a enamorarme de ti.
— Bueno, eso no es tan malo.
— No puedo enamorarme de alguien que aparece y desaparece. Eso
también lo hace Consuelo, pero a ella siempre sé dónde encontrarla: con esos
artistas soplagaitas.
— Deberías haber dejado a esa mujer hace tiempo.
— Tú nunca has querido divorciarte de tu marido. ¿Es tu marido
verdaderamente o es una pantalla para tu trabajo?
— No soy una espía..., o no, exactamente.
— ¿Entonces?
— Soy una mujer que ayuda a su país.
— Nicole, eres una caja de enigmas.
— Todos lo somos. Una persona sin secretos no tiene ningún
interés.
— Sé que no puedes contestar a muchas preguntas, pero sólo te
voy a pedir que me respondas a una y lo hagas con sinceridad porque para mí es
muy importante.
— De acuerdo.
— ¿Realmente te importaba el libro que estaba escribiendo?
— ¿La Ciudadela? ¡Desde luego! ¡Había imágenes tan poderosas!
Le pide que lo acompañe a su alojamiento.
— ¿Quieres que hagamos el amor?
— Lo que quiero es mucho más íntimo.
Cuando llegan a su cuarto, de entre el desorden saca de dentro
de una caja de zapatos el manuscrito de la Ciudadela.
— Falta mucho trabajo todavía, pero quiero que guardes tú estas
páginas. Son lo único importante que tengo. Con la guerra, nunca se sabe...
Ella toma el pliego de hojas y lo estrecha contra su pecho.
— Antoine... nunca te mentí.
— Nunca me dijiste la verdad.
— La verdad también engaña.
Tonio la toma por la cintura y la estrecha contra su corpachón.
Ella va a decir algo, pero antes de que pueda hablar, él la besa. Sabe que en
un beso de Nicole hay más verdad que en mil de sus palabras.
— Sigue trabajando..., ¡volveré a por el resto del manuscrito!
— Lo sé.
Ya ha realizado dos misiones en el Lockheed P-38 Lightning. Es
verdad, como dice su nombre, que es un relámpago. Un avión de caza innovador
con una cola bifurcada y dos poderosos motores de mil caballos. Pero en su
carlinga en forma de burbuja se pasa un frío polar a nueve mil metros. Las
subidas y bajadas de altitud provocan punzadas de dolor en sus articulaciones
remendadas. Su corpachón consume con avidez el hilo de oxígeno que transmite la
mascarilla y a veces teme desmayarse. Hay a bordo doscientos aparatos que
atender. Volar ya no le produce el mismo placer de antes.
Pasea por las pistas circundadas de tiendas de campaña y
barracones prefabricados, tan ensimismado como si lo hiciera a través de un
bosque. Se acerca hasta un Lockheed con el motor abierto donde un operario
tiene medio cuerpo metido y sólo se ven las piernas de su mono azul. Cuando
saca la cabeza, siente una inmensa alegría.
— ¡Farget!
El sargento mecánico esboza un gesto de alegría en su cara negra
de grasa.
— ¡Capitán!
Tonio ríe.
— ¡Parece un zulú!
Entonces el suboficial repara en los galones de la guerrera y se
siente embarazado por el error.
— ¡Disculpe, comandante! La costumbre...
— Maldita sea, Farget, olvídese de esa parafernalia militar. Yo
me hice un uniforme en Nueva York en el taller de un sastre que hacía ropa para
el teatro. Me preguntó cuántos galones quería. Hubiera podido ponerme galones
hasta en la entrepierna.
— Tiene usted razón — se anima el sargento— . Son más
importantes los cojones que los galones.
Los dos ríen.
— ¿Cómo le ha ido en este tiempo, Farget?
— Aquí no para de haber rumores, que si los nazis avanzan, que
si retroceden, que si Hitler ha hecho un pacto con el diablo... Pero yo no le
puedo contar nada importante, yo sigo a lo mío: me ocupo de los motores
Allison, me peleo con las hélices contrarrotatorias...
Tonio asiente despacio, como hace cuando se le revelan las cosas
importantes.
— ¿Sabe una cosa, Farget? El Estado Mayor se reúne, se
despliegan mapas sobre un corcho y se clavan alfileres de colores, se discute
durante horas. Pero la guerra la gana la gente como usted.
— ¡Usted siempre tan exagerado! Yo sólo ajusto tuercas.
Observa con ternura a ese joven suboficial manchado de grasa de
arriba abajo que planta cara al ejército del Reich armado de una llave inglesa.
Está convencido de que si todos los franceses se hubieran aplicado cada uno en
apretar sus tornillos con el esmero que lo hace ese hombre, los alemanes nunca
los habrían derrotado. Ése es el sentido de la responsabilidad que le importa,
el que está convencido de que salvará Francia y salvará la humanidad entera.
— No, Farget, usted no ajusta tuercas. Usted amasa pan.
El sargento lo mira sin entender muy bien qué quiere decir y lo
ve alejarse por el aeródromo bamboleándose como una carretilla mal cargada. Se
pregunta qué hace alguien como el oficial Saint-Exupéry en una guerra como esa.
Y después se pregunta qué hacen todos ahí.
Cuando Tonio empuja la puerta de la sala de oficiales, dos
pilotos del grupo que están jugando una partida de ajedrez se levantan a toda
prisa.
— Comandante, ¿cómo fue la misión de ayer? Nos han dicho que los
boches lo invitaron a merendar.
Él sonríe de manera pícara para seguirles el juego y los otros
ríen a carcajadas.
— ¡Chico! — grita uno de los jóvenes tenientes— , saca el whisky
bueno para el comandante.
Al oír el ruido sale de una sala adjunta un capitán que estaba
leyendo un diario atrasado y se une a la reunión. Entra por la puerta otro
oficial de talleres y se junta. Va entrando gente y se va sumando al corro. Con
un cigarrillo en una mano y el vaso de whisky en la otra, Tonio les relata el
vuelo del día anterior.
— Cuando estaba llegando al lago de Annecy, el motor izquierdo
empezó a toser como un viejito resfriado. Primero despacio, después resultó ser
una gripe. El fuselaje empezó a temblar con unas vibraciones enloquecidas y
aquello parecía que iba a desmontarse, así que tuve que cortar el motor.
— Mala cosa andar con un solo motor en medio de los boches; si
te pesca un caza en un momento...
— Por eso viré hacia los Alpes. Hay menos bases y podía
escabullirme aunque fuese a baja velocidad, escondiéndome por los valles. Debía
atravesar el paso de Galibier y el de Mont Cenis y salir al mar.
Todos asienten.
— Pero en algún punto de los Alpes me desvié. — Y se encoge de
hombros— . En vez de salir al mar salí a una llanura y, para mi sorpresa, al
final de la llanura veo una gran ciudad con montones de pistas de aterrizaje
alemanas... ¡Estaba en Génova! Me vino a la cabeza ese mapa que tenemos en la
sala de pilotos donde marcamos las bases enemigas con banderitas: encima de
Génova hay tantas que parece una de esas almohadillas donde las costureras
clavan los alfileres.
— ¡Pero cómo es posible! Génova es una de las ciudades blindadas
por los alemanes.
— ¡Es un avispero!
— Pues allí me planté. Cuando me di cuenta, me entró un
escalofrío. Pero me dio otro mayor cuando vi por el espejo detrás de mí un
punto negro en el aire a unos cientos de metros: un Messerschmitt me tenía en
su visual. Y yo flotando allí sobre la ciudad a velocidad de tortuga con mi
único motor. Me dije: «Ya está, esto se ha terminado, aquí acaba todo. Ahora
habrá una explosión y ciao». Cerré los ojos, no me preguntéis el porqué de esa
inutilidad. Quizá para irme acostumbrando a la muerte que me llegaba. Pasó un
segundo, dos, tres, cinco, diez..., abrí los ojos ¡y el caza se alejaba! No lo
podía creer, pero así era. Entonces lo entendí: en la distancia me había tomado
por un avión alemán, ni siquiera se molestó en acercarse. No se le pasó por la
cabeza que un avión aliado sobrevolase abiertamente Génova a baja altura y a
velocidad de paseo de domingo por la mañana.
Todos escuchan hipnotizados como si ellos mismos no se hubieran
jugado igualmente la vida docenas de veces.
— Lo que hice fue no acelerar, mantener rumbo pausadamente hasta
adentrarme en el mar y virar hacia aquí.
— ¡Salvado!
— Aún no. Con la emoción de haberme escapado en medio de cientos
de baterías antiaéreas y cazas que me vieron pasar sin mover un dedo, se me
olvidó conectar la señal Friend or Foe para que me identificaran los nuestros y
a punto estuvieron en Borgo de mandarme una escuadrilla a achicharrarme. Por
suerte di un aviso por radio, aunque mi inglés es tan bueno como una patada en
el culo.
— ¡Parece increíble!
— También se lo pareció a los oficiales de información cuando
aterricé. ¡Deberíais haber visto la cara de asombro de los dos capitanes
americanos! Uno de ellos se quedó con la boca tan abierta que casi se le cae el
chicle. Pero tuvieron que creerme porque la cámara fotografió Génova a ocho mil
pies como si hiciera postales de recuerdo.
Hay risas, palmetazos en la mesa y brindis por el comandante.
Hay rumores de un desembarco de tropas de tierra en Francia que
podría ser el golpe final que decantara definitivamente el signo de la guerra,
que desde la entrada de los norteamericanos ha cambiado radicalmente. El
ejército alemán se ha desgastado en el frente ruso, los italianos cambiaron de
bando tras colgar a Mussolini y, después de cuatro años de guerra, los aliados
empiezan a ver luz al final del túnel.
Tonio ha superado las cinco misiones autorizadas, pero no hay
forma de convencerlo de que se quede en tierra. El comandante Gavoille, que
teme por su vida, idea un plan para que deje de volar. Los soldados que son
informados del plan secreto de invasión que se está ultimando para lanzar el
ataque definitivo con un desembarco en las playas de Normandía son retirados
del servicio activo: si fueran hechos prisioneros podrían poner en riesgo la
operación. Dos oficiales del grupo que han sido convocados a una reunión
secreta en el alto mando porque participarán de manera activa en el desembarco
han sido retirados del pilotaje de reconocimiento. Gavoille los cita en su
despacho y les pide que le cuenten al comandante Saint-Exupéry algunos datos
para que de esa manera quede invalidado para el servicio.
Durante varios días, en la base de Bastia observan cómo los dos
oficiales tratan de llevarse a ese comandante grandullón a algún lugar discreto
y cómo él se zafa y sale trotando, casi corriendo en dirección opuesta con las
manos en los oídos.
— ¡No quiero saber nada! ¡No quiero saber nada!
Capítulo 88
Córcega, 1944
El sargento Farget ve venir deambulando por la base al
comandante Saint-Exupéry. Se toma un respiro en la tarea y le hace una señal
con la mano. Tonio llega hasta él con el gesto pensativo que, salvo puntuales
explosiones en la cantina animadas por el whisky americano, ya casi nunca lo
abandona.
— Comandante, quería pedirle algo.
— Pues claro. De algo han de servir estos absurdos galones.
¿Necesita ser relevado de algún servicio? Puedo hablar con el capitán
Forment...
— ¡No, no es nada de eso! Usted es una persona que ha leído
mucho y ha viajado mucho, así que sabe mucho de las cosas. Quería pedirle un
consejo.
— Farget, estás anticuado. Todo el mundo pide dinero,
recomendaciones... ¡ya nadie pide consejos!
— Entonces ¿le parece mal?
— Me parece que soy el peor consejero del mundo. Pero me agrada
que me tenga esa confianza. ¿En qué cree que puede ayudarle un viejo piloto
como yo?
— Verá, en Argel me saltó ácido de una batería a las manos y me
llevaron al hospital militar. Allí conocí a una enfermera. Se llama Camille.
Tonio observa que al mecánico se le iluminan los ojos.
— Cuando terminó de darme la medicación y hacer las curas volvió
junto a mi camastro. No sé por qué. Tomó una silla y se sentó a mi lado. Me
dijo que era de un lugar de Bretaña llamado Pont-Aven. Yo tengo novia, ¿sabe
usted? Estoy prometido con Amandine desde los diecisiete años. Crecimos juntos
en el pueblo. Su padre le compraba los quesos a mi padre para venderlos en el
mercado. Amandine es un encanto, yo la quiero mucho y al acabar la guerra
tenemos intención de casarnos. Pero yo nunca había conversado con una chica
como Camille. Debería verla, comandante: toda de blanco, con aquella sonrisa.
Sentí algo... diferente. Se me olvidó el dolor de las manos. No podía dejar de
mirarla a los ojos. No podía, comandante. No sé si le ha pasado alguna vez...
— Hace años...
— Entonces ¿me comprende?
— Es como si el mundo hubiera quedado en otra parte y no te
importara.
— ¡Exacto! ¡Ni me acordaba de que Francia había sido tomada por
los alemanes! — Y al decirlo se da cuenta de la gravedad del comentario poco
adecuado al espíritu patriótico que exige el alto mando— . Bueno, claro que me
importaba nuestro país, comandante...
Tonio lo mira con afecto.
— ¡Siga, siga contando lo importante! ¿Qué pasó con su
enfermera?
— Un avión se había estrellado en el aeródromo. Había muchos
heridos y los médicos empezaron a dar gritos. Ella se levantó de golpe y se
marchó. Hacían falta camas y enseguida vino el médico, me tomó la fiebre y,
como no tenía, me dio el alta. Casi me saca de la cama a empujones. La busqué
por el hospital, pero no di con ella. No paraba de entrar y salir gente,
llegaban ambulancias, había un lío tremendo, nadie sabía nada de nadie. Me fui.
Los dos hombres se miran con fingida seriedad.
— Pero volvió.
— ¡Volví!
Y los dos sonríen con la complicidad de viejos amigos que se
leen el pensamiento.
— Aquellos días, ya sabe usted cómo fue aquello, todo era un
caos. Volví al día siguiente para tratar de verla y estaba todo el hospital
patas arriba. Fue ella la que me vio y vino enseguida. Me dijo que estaba muy
contenta de que hubiera vuelto porque les habían dado la orden de traslado
inmediato y tenían unos camiones a punto de partir. Su jefa la estaba llamando
y no dio tiempo de más. Nos cogimos un momento de la mano. Nos miramos a los
ojos. No sé cómo explicarlo..., me sentí muy cerca de ella, más cerca de lo que
nunca he estado en todos estos años de Amandine. Le dije que podríamos
escribirnos y ella hizo que sí con la cabeza. Yo no había sido asignado a
ninguna parte, se estaba desmovilizando a casi todo el personal y a los
sanitarios no les habían revelado el destino. Ella abrió la boca para decir
algo, pero llegó un capitán médico con muy mala hostia y le dio un tirón del
brazo y le gritó que los camiones iban a salir y la vi alejarse en el follón
del desalojo y ya no la volví a ver.
El sargento se queda callado y Tonio acompaña su silencio. Los
dos callados en medio del ruido de la base militar que nunca descansa. Ellos
dos, lejos de allí, viendo perderse a una muchacha en el remolino de la guerra.
— Comandante, ¿qué debo hacer?
— ¿Qué debe hacer?
— Cuando acabe la guerra, digo. Un día, antes o después, esto se
acabará. Y si esos locos alemanes no nos han matado a todos, volveremos a casa.
¿Cree usted que debo volver a Perpiñán y casarme con mi novia de siempre?
Amandine es una muchacha estupenda.
— Farget, está usted metido en un lío enorme.
— ¡Pero si con Camille no hubo nada! Le juro que no le puse la
mano encima. No nos dimos ni un beso. No hay nada que Amandine pudiera
reprocharme.
Tonio niega con la cabeza y da una profunda calada al
cigarrillo.
— El problema es lo que usted pueda reprocharle a Amandine.
— ¿Cómo? Ella es una santa.
— Los matrimonios son contratos para toda la vida que se firman
cuando todo está nuevo y sin estrenar pero que sobreviven al paso de los años
cuando el tiempo va desgastando todo. Cuando asome la rutina tal vez sentirá la
tentación de proyectar en la buena Amandine la frustración de no haber ido en
busca de ese posible amor que surgió durante la guerra. Y Amandine no se merece
eso, ¿verdad?
— ¡Claro que no! Pero eso no sucederá porque lo que yo he de
hacer es olvidar a Camille y todo será como antes. Yo seré feliz con Amandine.
Tonio niega de nuevo con la cabeza.
— Ahí está el problema. Olvidar no está en nuestras manos,
Farget. Usted nunca olvidará a esa enfermera encantadora y, con el paso de los
años, protegido del desgaste de la cotidianidad, de los disgustos y las
pequeñas derrotas de cada día, ese recuerdo se mantendrá intacto, incluso
idealizado.
— ¿Usted cree?
— Los recuerdos no envejecen, Farget, no crían arrugas, ni
barriga, ni tienen reuma. Yo lo sé. Hace muchos años, mi enfermera tocaba el
violín. Esa melodía ha sonado en mi cabeza todos los días de mi vida. Y no le
oculto que me arruinó la vida.
— ¿Y qué fue de ella?
— Se me escurrió entre los dedos como un pez de colores. Después
ya nunca pude volver a ser feliz.
Se quedan los dos callados, cada uno con la mirada perdida en un
lugar lejano. Ese lugar donde nos quedamos solos, tan remoto al que nadie puede
acompañarnos. Se despide de Farget, que duerme en los barracones de una unidad
de mantenimiento al otro lado de la ciudad. Tonio lo toma de los antebrazos y
lo aprieta fuerte.
Es ya muy tarde. Al día siguiente hay una misión que cumplir. El
general Eaker le autorizó cinco y ésta va a ser la octava. El comandante en
jefe Gavoille intenta evitarle todos los servicios posibles y él ha de estar
atento para reclamar su lugar en el cuadrante. Agradece que se preocupen por su
integridad física, pero de nada le sirve vivir sin volar. ¡Palanca y pedal!
Tonio prefiere no cenar en el cuartel. Toma en una taberna de
mesas de madera recia y jarras de vino tinto unos calamares y algo de queso de
oveja macerado, fuerte y picante. La propietaria de la taberna se acerca hasta
su mesa con su pelo canoso recogido de manera algo astrosa en un moño y un
delantal blanco, muy limpio pero un poco desflecado en los bordes. Le trae a la
mesa una botella de aguardiente de castañas y un vaso.
— Confiamos en ustedes — le dice con sus ojos cansados.
Él asiente. Ese comentario hace que la guerra tenga sentido, que
sepan por lo que luchan.
Es tarde, pero no le apetece irse a dormir. El sentido común le
dice que debería acostarse para estar al día siguiente descansado para afrontar
una de esas misiones agotadoras de varias horas: ha de fotografiar el área de
Annecy, Chambéry y Grenoble. Pero hay otra parte del cerebro que le pide que no
se duerma, que no desaproveche la noche.
La media botella del aguardiente de castañas le produce en el
estómago un calor interior de caldera y una vaga sensación de irrealidad.
Deambula por el barrio antiguo de la ciudad a través de calles estrechas con
casas encaladas de pescadores y pequeños comercios que permanecen cerrados. Hay
un local iluminado que tiene las ventanas abiertas para que entre el frescor de
la noche y se detiene delante. Dentro hay montones de flores de un dorado
pálido y tres operarios con guardapolvos grises trabajan trenzando ramos.
— ¿Qué hacen, amigos? — les pregunta desde fuera, con esa
camaradería que da encontrarse despiertos en la noche.
El trabajador de más edad, con el pelo blanco cortado a cepillo,
se vuelve hacia él y le dice que preparan centros de flores secas.
— ¿A estas horas?
— Cuando no alcanza con el día hay que echar mano de la noche.
— ¿Y qué flores son ésas?
— Pero ¿no conoce la siempreviva?
Al poner cara de avergonzada ignorancia, como el niño que no se
sabe la pregunta del maestro, el hombre le señala la puerta para que entre en
el almacén. Hay montañas de esas flores de una belleza humilde. Los
trabajadores dejan un momento su tarea y se presentan risueños. El encargado
del pelo canoso le cuenta que es una flor que nace salvaje en los campos de
Córcega, a lo largo de todo la isla
— Es la flor más asombrosa del mundo.
Él las mira en las cajas de madera y lo que ve son unas flores
corrientes, nada llamativas, de un amarillo pajizo. El hombre observa su gesto
involuntario de escepticismo.
— ¿Sabe por qué se llaman siemprevivas? Porque una vez cortadas
no se marchitan ya nunca más. Permanecen siempre igual, eternamente.
Entonces Tonio vuelve a mirar las flores con renovado interés.
Su belleza es discreta, pero cuando todas las flores rutilantes desfallecen,
ella permanece.
— ¡Entonces sí es realmente asombrosa!
Se queda callado y se sume en una de sus reflexiones. Primero
despreció la flor porque no era tan bonita como otras y ahora le parece una
flor milagrosa. Una vez más, se da cuenta de que los ojos no bastan para mirar
las cosas.
— Por favor, ¿me dejarían que los ayudase?
Los operarios se sonríen divertidos. Es la primera vez que
tienen un aprendiz con uniforme de comandante. Le acercan un haz de flores y
unos cordeles finos. Nunca pensó que a su edad, una noche aprendería el oficio
de florista.
Falta poco para el amanecer cuando baja caminando hasta el
puerto. Unas chalupas cabecean amarradas frente al edificio de la cofradía de
pescadores. Ve desplegarse la ciudad al otro lado de la dársena, con los
edificios casi a ras de agua y las dos torres de la iglesia de San Juan
Bautista que sobresalen por encima de los tejados. Todo está en silencio y la
tinta negra del cielo se va haciendo más azulosa. Como si fuera un gran
espectáculo teatral que se pone en escena para él solo, se sienta en un murete
de piedra y se dispone a ver amanecer sobre el mar. ¡Ese sol de mandarina de
las mañanas! Se siente afortunado de haber caído en este planeta.
Mientras camina por las calles de una ciudad que empieza a
llenarse de luz, va dando los buenos días al cartero y al lechero con una
sonrisa en los labios. Siente la ligereza de los niños camino del colegio. De
regreso a la residencia de oficiales, siente algo que podría parecerse a la
felicidad.
Aparece recién duchado a una hora muy temprana en el comedor y
sólo hay un capitán tomando café y vestido con la cazadora reglamentaria como
dispuesto al vuelo.
— ¿Qué haces aquí tan temprano, Tosti?
— Vimos la puerta de tu cuarto abierta y que no estabas.
— Estuve haciendo ramos de flores.
Tosti lo mira con recelo.
— Pero ¿has dormido algo? Si estás fatigado yo estoy preparado
para substituirte...
Tonio se acerca y le pone una mano en el hombro.
— Eres un buen tipo, Tosti. Pero es mi misión.
El verano luce espléndido en Córcega. Un soldado lo lleva en
jeep hasta las pistas. En el aire flota el aroma de la lavanda y el romero, el
cielo despliega un azul bíblico, las casas de piedra que hay camino del
aeródromo están cubiertas por buganvillas y lanzan por la ventana un olor a
café y queso fresco. La guerra es una anomalía. Los hombres se matan incluso en
los días más hermosos.
Un soldado del personal de tierra lo ayuda con el ritual de
ponerse el traje doble. Levantar los brazos por encima del hombro para poder
meterse la ropa ignífuga y el traje térmico es un suplicio. Subir hasta el
avión con los conductos del oxígeno y de la radio incrustados en esa armadura
es un trabajo que lo deja extenuado en ese día caluroso. Y todavía va a tener
que pasar al menos diez minutos de agobiante calor durante el chequeo de los
comandos antes de poder despegar. Un mecánico encaramado a la cabina lleva en
la mano una carpeta con un formulario donde va marcando cruces:
— Laringófonos...
— Correcto.
— Presión del aceite.
— Correcto...
Llega otro mecánico y le pide la carpeta para terminar el
chequeo.
Al mirar de reojo, encajonado en la carlinga en forma de
burbuja, reconoce al sargento Farget.
— Creí que no estaba de servicio.
— Ahora sí. ¿Paso de oxígeno?
— Correcto. ¿Farget?
— Diga, comandante.
— ¿Sigue en su cabeza esa enfermera encantadora?
— A todas horas.
— ¿Sabe una cosa, Farget? Durante muchos años de estar
vagabundeando por ahí arriba he observado a los pájaros. Para ellos el vuelo no
tiene misterios, el mejor aviador cargado de condecoraciones es un torpe
aprendiz al lado de la más novata de las golondrinas. Se aprende mucho de
ellos. Yo he visto las bandadas migratorias adentrarse en el mar hasta perderse
de vista. Pájaros minúsculos, frágiles, que se sustentan en el aire con unas
alas de alambre sobre un océano inmenso y todo el viento en contra. Siempre me
he preguntado cuántos de ellos desfallecen y se los traga el oleaje.
Seguramente, muchos. No saben si llegarán a la otra orilla, pero en su cabecita
de pájaro bailotean imágenes de sol y arena caliente, y eso, amigo Farget, los
hace seguir volando.
El sargento levanta los ojos de la tablilla.
— Farget, perseguir espejismos puede no llevar a ninguna parte,
pero el camino está lleno de esperanza.
Los dos se quedan un momento en silencio.
— Comandante...
— ¿Qué?
— Tenga cuidado ahí fuera.
— ¿Sabe una cosa, Farget? Si me bajan de ahí arriba no lo
lamentaré nada. Me inquieta el termitero del futuro y su ética de robots.
Mira los doscientos controles de su avión y sus manos viejas.
Cumplirá su misión. Hará la guerra. Pero no entiende la guerra. Se vuelve un
momento hacia el sargento y le habla por el laringófono por última vez antes de
hacer la señal de que todo está en orden para el despegue.
— Yo estoy hecho para ser jardinero.
Farget le sonríe y cierra la cabina.
Es una misión de tres horas y media hasta Grenoble. Aunque no ha
querido escuchar confidencias no ha podido dejar de oír frases sueltas aquí y
allá, sabe que hay una invasión terrestre en marcha. Desconoce el día, pero
sabe que será pronto, probablemente en las playas de Normandía y que está todo
decidido. Las fotografías que ahora capte ya no serán tomadas en consideración,
todo está ya planeado y preparado. Pero eso le da exactamente igual. No le
importa si tiran sus fotografías a una papelera. Él cumplirá su misión, aunque
sólo sea distraer a los alemanes, hacerles creer que no sucede nada y los
aliados siguen con la rutina de sus vuelos de reconocimiento sobre las líneas
enemigas haciendo cabriolas delante de los colmillos de los cazas de la
Luftwaffe.
El sol lanza brillos cegadores sobre el Mediterráneo. Ya no
podrá contarles a Mermoz y a Guillaumet que esos P-38 no tienen sonido de
motor, sino de abejorro. Intuye que éste puede ser su último vuelo. Sólo una
ausencia del comandante Gavoille le ha permitido, gracias a sus galones, que el
capitán que asigna los servicios no lo sacara a última hora de la programación.
Tiene cuarenta y cuatro años. Su tiempo de piloto está agotado. Podría
comprarse una avioneta y pasearse los domingos, pero pensar en eso lo irrita.
Convertir la aviación en un pasatiempo de domingueros le parece una ofensa a su
oficio. La gente le dice que si deja la aviación tendrá más tiempo para
escribir. Suspira dentro de la mascarilla y se empaña todo. No entienden nada.
Escribir es una consecuencia. ¿Cómo va a escribir si antes no vive?
Le queda, eso sí, un último reto: finalizar laCiudadela, ese
libro que quiere ser un legado que poder dejar cuando llegue la hora de partir.
El termómetro marca treinta grados bajo cero. El altímetro, ocho
mil metros. Allá abajo se recorta la costa de Francia.
Hace unos días escribió a su madre. Sigue siendo una mujer
fuerte que trabaja como enfermera jefa voluntaria. Le pidió que si alguna vez
Consuelo llamaba a su puerta pidiendo cobijo, la acogiera. Consuelo se cree muy
fuerte, pero es frágil. Lo enternece su obstinada fe en enfrentarse al mundo
con sus inofensivas espinas.
Desciende un poco más para ver respirar la tierra. Recuerda la
primera lección de geografía que le dio Guillaumet en aquel hangar de Toulouse:
tres naranjos, un riachuelo oculto entre la hierba... Ésas son las cosas
importantes.
Con el rabillo del ojo ve una mancha oscura en el cielo a su
izquierda y el corazón se le acelera. La mancha aminora. Lo ha visto. Vira para
ponerse a su estela. Viene a por él. Es un Messerschmitt alemán.
No tiene dónde guarecerse, el avión alemán está demasiado cerca.
No puede verlo pero lo sabe, lo siente acercarse por detrás, agigantarse. No
hay escapatoria, no puede saltar en paracaídas sobre el mar.
Siente una barra de hielo en la espalda. El miedo lo paraliza.
Su primera intención es dar gas a fondo y tratar de dejarlo atrás, aunque sabe
que ya no hay margen. Ya no. El avión alemán está demasiado cerca, viene a
mucha velocidad. Podría intentar hacer toneles y dar guiñadas en el aire a la
desesperada, pero decide que no. No quiere ser cazado como un ratón que huye
despavorido. Si ése ha de ser el final de la función, lo acepta. Si ha de caer
el telón, que caiga. Al final, acabará cayendo de todas formas. En ese momento
decisivo en el que las percepciones se agudizan tiene la certeza clarividente
de que la muerte es únicamente un trámite, que la verdadera derrota es el
miedo. Y entonces, libre ya de toda incertidumbre, la ansiedad se evapora. Todo
se equilibra.
El piloto alemán lo tiene casi a tiro. Coloca el dedo sobre el
percutor del cañón MG de veinte milímetros.
En ese momento último, se le aparece la imagen de Loulou. Su
pelo rojo, su carne blanca, sus ojos verdes. Y entonces tiene una revelación.
¡Durante toda su vida ha estado equivocado! ¡Ahora ve el error! Siempre creyó
que lo más importante era ser amado..., pero se da cuenta en ese instante
crucial de que lo más importante es amar. El amor que ha sentido por Loulou ha
iluminado su vida. ¡Cómo va a odiarla! Nunca la ha odiado por mucho que
fingiera hacerlo, la ha adorado y la sigue adorando. Tanto buscar el amor tan
afanosamente por todas partes y lo tenía en la palma de la mano, porque el amor
que nos salva no es el que pedimos, sino el que damos. El farolero lo sabía: el
regalo no es la luz, es encender los faroles.
Tonio oye el motor del caza alemán. Está a tiro de su
ametralladora. Lo sabe. Siente el culebreo de la serpiente oscura en su espalda
preparada para morderlo con su veneno. Es su destino. Suelta los mandos y
sonríe con una paz que no recuerda desde las noches de la niñez en que su madre
venía a la cama a arroparlo. Ha llegado el momento de partir.
Un relámpago amarillo.
No gritó.
Cayó suavemente como cae la hoja de un árbol.
* * * *
El comandante De Saint-Exupéry no regresó ese mediodía del 31 de
julio de 1944 a la base de Bastia, como estaba previsto. Nunca regresó. Su
cuerpo nunca ha sido hallado.
Capítulo 89
Toulouse, 1945
Un redactor de un periódico local de Toulouse agarra con una
mano la libreta y con la otra empuja la puerta de las oficinas de la clausurada
compañía Air Bleu. Todo tiene un aire silencioso y algo desvencijado. Un cartel
que empieza a rizarse en las puntas informa: «Air Bleu: Servicio postal aéreo
rápido. Para las localidades que se especifican en el panel de horarios (París,
Le Havre, Lille, Nantes, Toulouse y Burdeos) en los envíos postales remitidos
por la mañana se garantiza su entrega en el mismo día. Son 2,50 francos la
carta ordinaria de diez gramos».
La pequeña compañía aérea, como tantas otras cosas, debió
suspender sus actividades por la guerra y sólo queda en el despacho su
impulsor, un hombre experimentado en el oficio. Por la mañana ordena los
papeles y por la tarde los desordena. En un sillón, su esposa acerca mucho los
ojos a una labor de ganchillo. Su marido no tiene ningún trabajo que hacer en
la oficina desde que cesó la actividad tres años atrás, pero no soporta estar
en casa. Así que ella se viene por las tardes al despacho para no estar sola.
— ¿El señor Daurat?
El bigote está canoso y el traje, algo gastado. Pero sí, es
Daurat.
— ¿Quién es usted? La compañía está cerrada.
— Soy Bouffard, periodista del Écho du Midi.
— ¿Qué quiere?
— Supongo que se ha enterado usted de la desaparición del
aviador y escritor De Saint-Exupéry en Córcega.
Daurat no asiente ni niega. Sólo lo taladra con la mirada, que
sigue siendo igual de penetrante que siempre.
— Tengo entendido que usted lo tuvo como empleado durante un
tiempo.
— Es una forma bastante burda de decirlo.
— ¡Ha sido una tragedia! — exclama de manera impostada ante la
cara cada vez más malhumorada de su interlocutor.
— No tengo nada que decirle.
— Pero — insiste el periodista— , ¿no le conmueve la muerte de
esos pilotos a una edad joven: Saint-Exupéry, Guillaumet, Mermoz?
— En absoluto.
— ¿Cómo es posible?
— Ellos eligieron su propio destino.
— Pero, aun así..., ¿no le apena que hayan desperdiciado sus
vidas?
— ¡Usted no comprende nada! — Daurat da un puñetazo en la mesa y
los lápices saltan. Su esposa levanta un instante la mirada por encima de las
gafas, y al momento continúa concentrada en su punto de cruz— . ¡Lárguese!
El periodista se marcha y Daurat se levanta, observado de reojo
por su mujer. Se va hacia el ventanal, se pone las manos a la espalda y escruta
el cielo del anochecer. Ellos no van a volver, pero su obligación es seguir
esperándolos.
Su mujer se acerca hasta él.
— Didier..., yo sé que sí lamentas la muerte de tus chicos.
— Tal vez.
— ¿Realmente valió la pena?
— Vivieron cada año como si fueran diez. Vencieron sus miedos,
llegaron a lugares asombrosos donde nadie había llegado, superaron retos que
parecían imposibles, se sacrificaron para que la gente recibiera su correo en
lugares remotos... No sé si valió la pena, pero de algo estoy seguro, ellos
hicieron que sus vidas fueran extraordinarias.
Epílogo
Bretaña (Francia), agosto de 1945
Farget acarrea su macuto de lona con el ala de aviación cosida
en la tela. Su propia ropa de civil le resulta extraña y hasta le roza la
chaqueta de pana después de cinco años de uniformes y monos militares. Se
detiene un momento en el pretil de un puente de piedra que cruza un río
estrecho pero bullicioso frente a un molino de agua con una rueda enorme
rodeado de macizos de flores. Es de esos rincones en los que uno querría
quedarse para siempre. El rótulo le indica que ha llegado a Pont-Aven.
En la primera calle del pueblo avanza unos metros por delante de
unas casas con un minúsculo jardín delantero y se detiene indeciso. Se ha
parado delante de un taller de bicicletas y, mientras piensa qué hacer, sale el
dueño limpiándose la grasa de las manos con un trapo.
— ¿Forastero?
— Sí, señor.
— ¿Y qué le trae por aquí?
— Busco a una persona. Una muchacha que fue enfermera durante la
guerra. Se llama Camille.
El propietario, en esa edad cercana a la jubilación pero aún
fuerte, lo mira de arriba abajo con mucho detenimiento, pero no abre la boca.
— ¿No la conocerá usted, por casualidad?
— La bonita hija del albañil...
Los ojos de Farget se iluminan.
El hombre señala con la mano hacia el cobertizo lleno de
manillares, cuadros y ruedas de bicicleta.
— Necesito un ayudante. Pronto tendré que pensar en dejar el
negocio.
Farget repasa con la vista los juegos de llaves inglesas,
martillos y alicates perfectamente ordenados en las estanterías del taller y
sonríe.
— ¿Usted sabe arreglar bicicletas?
— En la guerra arreglaba bicicletas que volaban.
El hombre asiente.
— Iba a preparar café. ¿Por qué no pasa a tomar una taza y me lo
cuenta?
Cuando Farget traspasa el umbral del taller, se le viene a la
cabeza aquel comandante desgarbado y soñador que le hablaba de pájaros. Le
agradaría poder decirle: «Mi comandante, he echado a volar».
F I N

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