© Libro N° 6154.
El Universo Cuantico. Cox, Brian y Forshaw, Jeff. Emancipación. Junio 29 de
2019.
Título
original: © El Universo Cuantico. Brian Cox Y Jeff Forshaw
Versión Original: © El Universo Cuantico. Brian Cox Y Jeff Forshaw
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL UNIVERSO CUANTICO
Brian Cox Y Jeff Forshaw
CONTENIDO
Agradecimientos
Aquí
pasa algo raro
Estar
en dos lugares a la vez
¿Qué
es una partícula?
Todo
lo que puede suceder, sucede
El
movimiento como una ilusión
La
música de los átomos
El
universo en la cabeza de un alfiler
Interconectados
El
mundo moderno
Interacción
El
espacio vacío no está vacío
EpílogoLecturas
adicionales
Agradecimientos
Queremos
dar las gracias a los muchos colegas y amigos que nos ayudaron a «hacer las
cosas bien» y nos ofrecieron valiosos consejos y sugerencias. En particular,
queremos expresar nuestro agradecimiento a Mike Birse, Gordon Connell, Mrinal
Dasgupta, David Deutsch, Nick Evans, Scott Kay, Fred Loebinger, Dave McNamara,
Peter Millington, Peter Mitchell, Douglas Ross, Mike Seymour, Frank Swallow y
Niels Walet.
Tenemos para con nuestras familias —Naomi e Isabel, y Gia, Mo y George— una
enorme deuda de gratitud por su apoyo y su aliento, y por lidiar tan bien con
nuestras obsesiones.
Por último, queremos agradecer a nuestro editor y a nuestras agentes (Sue Rider
y Diane Banks) su paciencia, sus ánimos y su muy competente apoyo. Nuestro
editor, Will Goodlad, merece sin duda un agradecimiento especial.
Capítulo
1
Aquí pasa algo raro
Cuántico.
La palabra es al mismo tiempo evocadora, desconcertante y fascinante.
Dependiendo de cuál sea su punto de vista, es la constatación del profundo
éxito de la ciencia o un símbolo del limitado alcance de la intuición humana en
nuestra lucha con la innegable extrañeza del dominio subatómico. Para un
físico, la mecánica cuántica es uno de los tres grandes pilares en los que se
basa nuestra comprensión del mundo natural, junto con las teorías especial y
general de la relatividad de Einstein. Las teorías de Einstein abordan la
naturaleza del espacio y del tiempo, y la fuerza de la gravedad. La mecánica
cuántica aborda todo lo demás, y podría decirse que no importa en absoluto si
es evocadora, desconcertante o fascinante: es simplemente una teoría física que
describe cómo se comportan las cosas. Según esta pragmática vara de medir, su
precisión y su capacidad explicativa son deslumbrantes. Existe una prueba de la
electrodinámica cuántica, la más antigua y mejor comprendida de las teorías
cuánticas modernas, que consiste en medir el comportamiento de un electrón en
las proximidades de un imán. Durante años, armados de lápiz, papel y
ordenadores, los físicos teóricos trabajaron intensamente para predecir el
resultado de los experimentos. Los físicos experimentales construyeron y
llevaron a cabo delicados experimentos para dilucidar los detalles más menudos
de la naturaleza. Ambos bandos obtuvieron de forma independiente resultados de
una gran precisión, equivalentes a medir la distancia entre Manchester y Nueva
York con un margen de error de unos pocos centímetros. Sorprendentemente, el
número al que llegaron los experimentalistas concordaba de manera precisa con
el que habían calculado los teóricos: mediciones y cálculos estaban en perfecto
acuerdo.
Esto
es algo impresionante, pero también extravagante, y si el único objetivo de la
teoría cuántica fuese trazar un mapa de lo diminuto, sería razonable
preguntarse a qué viene tanto lío. La ciencia, como es evidente, no tiene
necesariamente por qué ser útil, aunque muchos de los cambios tecnológicos y
sociales que han revolucionado nuestras vidas tienen su origen en la
investigación fundamental que llevan a cabo los exploradores de nuestros días,
cuya única motivación es llegar a comprender mejor el mundo que los rodea.
Estas exploraciones movidas por la curiosidad a través de todas las disciplinas
científicas han dado lugar a un aumento de la esperanza de vida, a los viajes
aéreos intercontinentales y a las telecomunicaciones modernas, nos han
permitido liberarnos de las penurias de la agricultura de subsistencia y nos
han ofrecido una visión integradora e inspiradora, y toda una lección de
humildad sobre el lugar que ocupamos en el infinito mar de estrellas. Pero, en
cierto sentido, esto no son más que subproductos. Exploramos porque somos
curiosos, no porque tratemos de construir grandiosas representaciones de la
realidad o mejores artilugios.
La
teoría cuántica quizá constituya el mejor ejemplo de cómo lo infinitamente
extravagante acaba siendo profundamente útil. Extravagante, porque describe un
mundo en el que una partícula puede realmente estar en varios lugares al mismo
tiempo, y se mueve de un sitio a otro explorando de manera simultánea el
universo entero. Y útil, porque entender el comportamiento de los componentes
más pequeños del universo es la base sobre la que se erige nuestra comprensión
de todo lo demás. Esta afirmación raya en la arrogancia, porque el mundo está
repleto de fenómenos diversos y complejos. Pero, a pesar de esta complejidad,
hemos descubierto que todas las cosas están construidas a partir de un puñado
de diminutas partículas que se comportan según las reglas de la teoría
cuántica. Tales reglas son tan sencillas que se pueden resumir en unas pocas
líneas. Y el hecho de que no sea necesaria una biblioteca entera para explicar
la naturaleza esencial de las cosas es uno de los mayores misterios.
Aparentemente, cuanto más entendemos sobre la naturaleza fundamental del mundo,
más simple parece. A su debido tiempo explicaremos cuáles son estas reglas
básicas y cómo los minúsculos componentes se alían para formar el mundo. Pero,
para evitar que nos deslumbre la simplicidad fundamental del universo, conviene
dejar clara una cosa: aunque las reglas básicas del juego son sencillas, no
siempre es fácil calcular sus consecuencias. Nuestra experiencia cotidiana del
mundo está marcada por las relaciones entre enormes conjuntos de billones de
átomos, y tratar de derivar el comportamiento de las plantas y las personas a
partir de los principios fundamentales sería una locura. Reconocerlo no resta
importancia al hecho de que en la base de todos los fenómenos se encuentra la
mecánica cuántica de partículas diminutas.
Piense en el mundo que tiene a su alrededor. Tiene en sus manos un libro hecho
de papel, fabricado a su vez a partir de la pulpa machacada de un árbol.[1] Los
árboles son máquinas capaces de tomar un suministro de átomos y moléculas,
descomponerlos, y reordenarlos para crear colonias cooperativas compuestas por
muchos billones de partes individuales. Para hacerlo, utilizan una molécula
llamada clorofila, compuesta por más de cien átomos de carbono, hidrógeno y
oxígeno retorcidos en una intrincada forma, salpicada aquí y allá con unos
pocos átomos de magnesio y nitrógeno. Este conjunto de partículas es capaz de
capturar la luz que ha atravesado los 150 millones de kilómetros que nos
separan de nuestra estrella, un horno nuclear cuyo volumen es un millón de
veces mayor que el de la Tierra, y transferir esa energía al corazón de las
células, donde se emplea en fabricar moléculas a partir de dióxido de carbono y
agua, en un proceso en el cual se emite oxígeno, tan importante para la vida.
Son estas cadenas moleculares las que forman la superestructura de los árboles
y de todos los seres vivos, y también del papel de su libro. Puede leer el
libro y entender las palabras que contiene porque posee ojos capaces de
convertir la luz que reflejan las páginas en impulsos eléctricos que se
interpretan en el cerebro, la estructura más compleja de la que tenemos
constancia en el universo. Hemos descubierto que todas estas cosas no son más
que conjuntos de átomos, y que la gran variedad de átomos que existen están
compuestos únicamente por tres partículas: electrones, protones y neutrones.
También hemos descubierto que los protones y los neutrones están a su vez
formados por entidades más pequeñas llamadas quarks, y hasta ahí llega nuestro
conocimiento, al menos hasta donde sabemos a día de hoy. En la base de todo
esto se encuentra la teoría cuántica.
La representación que nos ofrece la física moderna del universo que habitamos
es, por lo tanto, una imagen de simplicidad subyacente: fenómenos elegantes que
escapan a nuestra mirada, y de los que emerge la diversidad del mundo
macroscópico. Este es quizá el culmen de la ciencia moderna: la reducción de la
tremenda complejidad del mundo, incluidos los seres humanos, a una descripción
del comportamiento de apenas un puñado de minúsculas partículas subatómicas y
de las cuatro fuerzas que actúan entre ellas. Las mejores descripciones con que
contamos de tres de estas fuerzas, las fuerzas nucleares fuerte y débil que
operan en las profundidades del núcleo atómico, y la fuerza electromagnética
que mantiene unidos los átomos y las moléculas, nos las proporciona la mecánica
cuántica. Únicamente la gravedad, la más débil pero probablemente también la
más conocida de las cuatro, carece a día de hoy de una descripción cuántica
satisfactoria.
Hemos
de reconocer que la teoría cuántica tiene cierta fama de rara, y en su nombre
se han escrito muchas tonterías. Gatos que pueden estar al mismo tiempo vivos y
muertos; partículas capaces de estar en dos lugares a la vez; Heisenberg
diciendo que todo es incierto. Todo esto es verdad, pero la conclusión que tan
a menudo se extrae de ello —que, puesto que algo raro sucede en el mundo
microscópico, estamos rodeados de misterio— en absoluto lo es. Percepción
extrasensorial, sanación mística, pulseras vibratorias que protegen de la
radiación, y tantas otras cosas por el estilo se introducen subrepticiamente en
el reino de lo posible bajo el manto de la palabra «cuántico». Estos disparates
nacen de una falta de claridad de pensamiento, voluntarismo, incomprensión
genuina o malintencionada, o alguna desafortunada combinación de todo lo
anterior. La teoría cuántica describe el mundo con precisión, utilizando leyes
matemáticas tan concretas como cualquiera de las que propusieron en su tiempo
Newton o Galileo. Esta es la razón por la que sabemos calcular la respuesta
magnética de un electrón con una precisión tan exquisita. La teoría cuántica
proporciona una descripción de la naturaleza que, como descubriremos, posee una
inmensa capacidad predictiva y explicativa para una enorme variedad de
fenómenos, desde los chips de silicio a las estrellas.
Al escribir este libro, nuestro objetivo es desmitificar la teoría cuántica, un
marco teórico que ha demostrado ser notoriamente confuso, incluso para sus
pioneros. Para ello, adoptaremos una perspectiva moderna, que aproveche un
siglo de experiencia y desarrollos teóricos. Sin embargo, para preparar el
terreno, nos gustaría comenzar nuestro recorrido a principios del siglo XX, y
repasar algunos de los problemas que llevaron a los físicos a abandonar de
manera tan radical la dirección anterior.
A la teoría cuántica se llegó, como sucede a menudo en la ciencia, por el
descubrimiento de fenómenos naturales que los paradigmas científicos de la
época no podían explicar. En el caso de la teoría cuántica, estos fenómenos
fueron muchos y variados. Una sucesión de resultados inexplicables generaron
excitación y confusión, y catalizaron un período de innovación experimental y
teórica verdaderamente digno del más usado de los clichés: fue una era dorada.
Los nombres de los protagonistas están grabados en la conciencia de cualquier
estudiante de física, y presiden los cursos universitarios en la materia
incluso a día de hoy: Rutherford, Bohr, Planck, Einstein, Pauli, Heisenberg,
Schrödinger, Dirac. Muy probablemente, nunca habrá otro momento en que tantos
nombres se asocien con la grandeza científica en la búsqueda de un solo
objetivo: una nueva teoría de los átomos y las fuerzas que componen el mundo
físico. En 1924, al recordar las primeras décadas de la teoría cuántica, Ernest
Rutherford, el físico de origen neozelandés que descubrió en Manchester el
núcleo atómico, escribió: «El año 1896 […] marcó el comienzo de lo que, con
razón, se ha denominado la era heroica de la Ciencia Física. Nunca antes en la
historia de la física se pudo asistir a un período de tan intensa actividad,
durante el que se sucedieron con vertiginosa rapidez descubrimientos de una
importancia fundamental».
Pero antes de viajar al París del siglo XIX y al nacimiento de la teoría
cuántica, ¿qué podemos decir de la propia palabra «cuántica»? El término entró
en la física en 1900, a través del trabajo de Max Planck. Planck estaba
interesado en la descripción teórica de la radiación que emiten los objetos
calientes —la denominada «radiación del cuerpo negro»—, al parecer porque había
recibido el encargo de estudiarla por parte de una compañía de iluminación
eléctrica; en ocasiones, las puertas del universo se abren por los motivos más
prosaicos. Hablaremos de la gran idea de Planck en detalle más adelante en este
libro, pero para los propósitos de esta breve introducción bastará con decir
que llegó a la conclusión de que solo podía explicar las propiedades de la
radiación del cuerpo negro si suponía que la luz se emite en pequeños paquetes
de energía, que llamó «cuantos». Así pues, la palabra significa literalmente
«paquetes» o «discretos». En un primer momento pensó que esto no era más que un
truco matemático, pero el trabajo posterior de Albert Einstein en 1905 sobre un
fenómeno denominado efecto fotoeléctrico aportó una mayor consistencia a la
hipótesis cuántica. Estos resultados eran sugerentes, porque los pequeños
paquetes de energía se podían entender como el equivalente de las partículas.
La
idea de que la luz está compuesta por un flujo de pequeñas balas contaba con
una historia larga e ilustre, que se remontaba a Isaac Newton y al nacimiento
de la física moderna. Pero parecía que el físico escocés James Clerk Maxwell
había disipado cualquier duda que pudiese existir al respecto cuando, en 1864,
publicó una serie de artículos que Albert Einstein describiría más tarde como
«los más profundos y fructíferos que la física haya conocido desde la época de
Newton». Maxwell demostró que la luz es una onda electromagnética que atraviesa
el espacio, por lo que la idea de la luz como una onda gozaba de un inmaculado
y, aparentemente, intachable pedigrí. Sin embargo, en una serie de experimentos
realizados entre 1923 y 1925 en la Universidad Washington en Saint Louis,
Arthur Compton y sus colaboradores lograron producir choques entre cuantos de
luz y electrones. Ambos se comportaban como bolas de billar, lo que constituía
una evidencia concluyente de que la conjetura teórica de Planck tenía una base firme
en el mundo real. En 1926, los cuantos de luz recibieron el nombre de
«fotones». La evidencia era incontrovertible: la luz se comporta como onda y
como partícula. Esto marcó el fin de la física clásica, y el final del
principio de la teoría cuántica.
Capítulo 2
Estar en dos lugares a la vez
Ernest
Rutherford señalaba 1896 como el comienzo de la revolución cuántica porque ese
fue el año en que Henri Becquerel descubrió la radiactividad en su laboratorio
de París. Becquerel estaba intentando utilizar compuestos de uranio para
producir rayos X, descubiertos tan solo unos meses antes por Wilhelm Roentgen
en Würzburgo. Pero lo que descubrió fue que los compuestos de uranio emiten
«les rayons uraniques», capaces de oscurecer placas fotográficas incluso
envueltas en papel grueso que la luz no podría atravesar. Ya en 1897, el gran
científico Henri Poincaré reconocía la importancia de los rayos de Becquerel en
un artículo en el que, refiriéndose al experimento, escribió premonitoriamente:
«Cabe pensar que nos permitirá acceder a un nuevo mundo cuya existencia nadie
sospechaba». Lo desconcertante de la desintegración radiactiva, que acabó
siendo una indicación de lo que estaba por venir, era que no había nada que
desencadenase la emisión de los rayos: simplemente surgían de las sustancias de
manera espontánea e impredecible.
En 1900, Rutherford indicó cuál era el problema: «Todos los átomos creados al
mismo tiempo deberían durar un intervalo determinado. No obstante, esto
contradice la ley de transformación observada, según la cual la vida de los
átomos toma todos los valores entre cero e infinito». Esta aleatoriedad en el
comportamiento que exhibía el micro mundo resultó muy sorprendente porque,
hasta ese momento, la ciencia había sido resueltamente determinista. Si, en
algún momento, uno conocía todo lo que es posible conocer sobre determinado
objeto, entonces se creía que podría predecir con una certeza absoluta lo que
le sucedería en el futuro. La destrucción de este tipo de predictibilidad es
una de las características fundamentales de la teoría cuántica: en lugar de
certezas, trata con probabilidades, y no porque carezcamos de un conocimiento
absoluto, sino porque ciertos aspectos de la naturaleza se rigen
intrínsecamente por las leyes del azar. Así pues, ahora sabemos que es
imposible predecir cuándo se desintegrará un determinado átomo. La
desintegración radiactiva supuso el primer encuentro de la ciencia con los
dados de la naturaleza, y provocó una duradera confusión en muchos
físicos.
Sin duda, en el interior de los átomos sucedía algo interesante, aunque su
estructura interna era completamente desconocida. Fue Rutherford quien en 1911
llevó a cabo el descubrimiento fundamental al utilizar una fuente radiactiva
para bombardear una finísima lámina de oro con un tipo de radiación conocida
como partículas alfa (que, ahora lo sabemos, son núcleos de átomos de helio).
Rutherford, con sus colaboradores Hans Geiger y Ernest Marsden, descubrió, para
su absoluta sorpresa, que aproximadamente una de cada 8.000 partículas alfa no
atravesaba el oro, como cabía esperar, sino que salía rebotada directamente
hacia atrás. Más adelante, Rutherford describiría ese momento con su
característico lenguaje expresivo: «Era lo más increíble que me había pasado en
toda mi vida. Era casi tan increíble como si disparásemos un proyectil de 15
pulgadas contra un trozo de papel y rebotase». Según quienes lo conocieron,
Rutherford era un individuo agradable y con sentido común: una vez describió a
un alto cargo que se las daba de importante como «un punto euclidiano: tiene
posición, pero no magnitud».
Rutherford calculó que sus resultados experimentales solo se podían explicar si
el átomo consistía en un núcleo muy pequeño en el centro, con los electrones
orbitando a su alrededor. Por aquel entonces, probablemente tenía en mente algo
parecido a las órbitas de los planetas alrededor del Sol. El núcleo contiene
casi toda la masa del átomo, y esta es la razón por la que era capaz de detener
sus partículas alfa «de 15 pulgadas» y hacer que rebotasen. El hidrógeno, el
elemento más simple, posee un núcleo formado por un solo protón, con un radio
de aproximadamente 1,75 × 10 –15 m. Por si no está
familiarizado con esta notación, equivale a 0,00000000000000175 metros, o,
expresado en palabras, a algo menos de dos milésimas de millonésima de millonésima
de metro. Hasta donde sabemos en la actualidad, el electrón es, como el alto
cargo al que criticaba Rutherford, puntual, y órbita alrededor del núcleo de
hidrógeno con un radio unas 100.000 veces mayor que el diámetro nuclear. El
núcleo posee carga eléctrica positiva, mientras que la del electrón es
negativa, lo que significa que entre ambos existe una fuerza atractiva análoga
a la fuerza de la gravedad que mantiene a la Tierra en órbita alrededor del
Sol. Lo cual a su vez significa que los átomos son en su mayor parte espacio
vacío. Si imaginamos que el átomo tuviese el tamaño de una pelota de tenis,
entonces el diminuto electrón sería más pequeño que una mota de polvo y
orbitaría a un kilómetro de distancia. Estos números son muy sorprendentes,
porque desde luego no da la impresión de que la materia sólida esté muy
vacía.
El átomo nuclear de Rutherford presentaba un sinfín de problemas para los
físicos de la época. Por ejemplo, era bien sabido que el electrón debería
perder energía al trazar su órbita alrededor del núcleo atómico, porque todos
los objetos con carga eléctrica irradian energía si describen una trayectoria
curva. Esta es la idea en la que se basa el transmisor de radio, que emite las
ondas de radio producidas al hacer que se agiten los electrones en su interior.
Heinrich Hertz inventó el transmisor de radio en 1887 y, cuando Rutherford
descubrió el núcleo atómico, ya existía una emisora de radio comercial que
enviaba mensajes a través del Atlántico desde Irlanda hasta Canadá. Así que,
claramente, la teoría de las cargas orbitales y la emisión de ondas de radio
funcionaba sin problemas, lo cual fue una causa de confusión para quienes
trataban de explicar cómo los electrones podían mantenerse en órbita alrededor
de los núcleos.
Otro fenómeno igualmente inexplicable era el misterio de la luz que emitían los
átomos al calentarse. Ya en 1853, el científico sueco Anders Jonas Ångstrom
provocó la descarga de una chispa a través de un tubo de hidrógeno gaseoso y
analizó la luz emitida. Se podría suponer que, al brillar, un gas produciría
todos los colores del arcoíris. A fin de cuentas, ¿qué es el Sol sino una bola
de gas brillante? En cambio, Ångstrom observó que el hidrógeno emitía luz de
tres colores muy distintos: roja, verde azulada y violeta, como un arcoíris con
tres arcos estrechos y puros. Al poco tiempo se descubrió que cada elemento
químico se comporta de esta manera, y emite un código de barras de colores
específico. Cuando Rutherford propuso su modelo del átomo nuclear, un científico
llamado Heinrich Gustav Johannes Kayser había publicado una obra de referencia
compuesta por seis volúmenes y 5.000 páginas, titulada Handbuch der
Spectroscopie, en la que documentaba las coloridas líneas brillantes de
todos los elementos conocidos. La pregunta de rigor, cómo no, era ¿por qué? No
solo « ¿Por qué, profesor Kayser?» (que debía de ser el alma de las fiestas),
sino también « ¿Por qué la profusión de líneas de colores?». Durante más de
sesenta años, la ciencia de la espectroscopia, como se la denominaba, había
sido al mismo tiempo un triunfo empírico y un páramo teórico.
En marzo de 1912, fascinado por el problema de la estructura atómica, el físico
danés Niels Bohr viajó a Manchester para reunirse con Rutherford. Más tarde
afirmó que tratar de descodificar los entresijos del átomo a partir de los
datos espectroscópicos había sido como intentar derivar los fundamentos de la
biología a partir de las coloridas alas de una mariposa. El átomo de
Rutherford, un minúsculo sistema solar, le dio a Bohr la pista que necesitaba,
y en 1913 publicó la primera teoría cuántica de la estructura atómica. Esta
teoría presentaba ciertos problemas, de eso no cabía duda, pero también
contenía varias ideas fundamentales que desencadenaron el desarrollo de la teoría
cuántica moderna. Bohr llegó a la conclusión de que los electrones solo podían
ocupar determinadas órbitas alrededor del núcleo, y de que las más cercanas a
él eran las de menor energía. También afirmó que los electrones podían saltar
entre esas órbitas. Saltaban a una órbita más elevada cuando recibían energía
(de una chispa en un tubo, por ejemplo) y, pasado un tiempo, volvían a caer a
órbitas inferiores, y al hacerlo emitían luz. El color de la luz estaba
determinado directamente por la diferencia de energía entre las dos órbitas. La
figura 2.1 ilustra esta idea básica: la flecha representa un electrón que salta
del tercer nivel de energía al segundo y que, al hacerlo, emite luz
(representada por la línea ondulada). En el modelo de Bohr, el electrón solo
puede orbitar alrededor del protón en una de estas órbitas especiales,
«cuantizadas»: se le impide caer en espiral hacia el núcleo. De esta manera, su
modelo le permitía a Bohr calcular las longitudes de onda (es decir, los
colores) de la luz que Ångstrom había observado: los atribuía a la caída de un
electrón desde la quinta órbita a la segunda (luz violeta), de la cuarta órbita
a la segunda (luz verde azulada) o de la tercera a la segunda (luz roja). El
modelo de Bohr también predecía correctamente que asimismo se debía emitir luz
cuando los electrones caían a la primera órbita. Esta luz se encuentra en el
rango ultravioleta del espectro, que no es visible para el ojo humano, por lo
que Ångstrom no pudo verla. No obstante, sí había sido detectada en 1906 por el
físico Theodore Lyman en Harvard, y el modelo de Bohr encajaba perfectamente
con los datos de Lyman.
Figura 2.1. El modelo atómico de Bohr ilustrando la emisión de un fotón (la
línea ondulada) cuando un electrón cae de una órbita a otra (indicado con la
flecha).
Aunque
Bohr no fue capaz de extender su modelo más allá del átomo de hidrógeno, las
ideas que introdujo sí se pudieron aplicar a otros átomos. En particular, si
suponemos que los átomos de cada elemento poseen un conjunto característico de
órbitas, cada uno emitirá únicamente luz de ciertos colores. Por lo tanto, los
colores que emite un átomo hacen las veces de huella digital, y los astrónomos
tardaron muy poco en sacar provecho de la especificidad de las líneas
espectrales de los átomos para determinar la composición química de las
estrellas.
El modelo de Bohr fue un buen comienzo, pero resultaba evidente que no era
satisfactorio: ¿qué impedía que los electrones cayeran hacia el núcleo, cuando
era bien sabido que debían perder energía por la emisión de ondas
electromagnéticas (una idea muy arraigada en la realidad con la llegada de la
radio)? ¿Por qué estaban cuantizadas las órbitas de los electrones? ¿Y qué
pasaba con los elementos más pesados que el hidrógeno?, ¿cómo se podía entender
su estructura?
Por incompleta que fuese la teoría de Bohr, supuso un paso crucial, y un
ejemplo de cómo los científicos suelen hacer avances. No se gana nada con
quedarse atascado frente a una evidencia chocante y con frecuencia
desconcertante. En casos así, los científicos suelen guiarse por una conjetura
razonable y a continuación proceden a calcular las consecuencias de esa
hipótesis. Si la hipótesis funciona, en el sentido de que la teoría que se
deriva de ella concuerda con el experimento, entonces, con algo más de confianza,
se vuelve a intentar entender la hipótesis con más detalle. Durante trece años,
nadie supo explicar el porqué del éxito de la conjetura de Bohr.
A lo largo de este libro repasaremos la historia de estas primeras ideas
cuánticas, pero de momento nos quedaremos con un conjunto de resultados
extraños y cuestiones a medio responder, porque ese fue el panorama al que
tuvieron que enfrentarse los pioneros de la teoría cuántica. En resumen,
siguiendo los pasos de Planck, Einstein introdujo la idea de que la luz está
compuesta por partículas, pero Maxwell había demostrado que la luz también se
comporta como una onda. Rutherford y Bohr dieron los primeros pasos hacia la
comprensión de la estructura atómica, pero el comportamiento de los electrones
en el interior de los átomos no encajaba con ninguna teoría conocida. Y los
diversos fenómenos agrupados bajo la denominación común de radiactividad, en
los que los átomos se dividen espontáneamente sin ninguna razón aparente,
seguían siendo un misterio, en buena medida porque introducían en la física un
incómodo componente de aleatoriedad. No cabía duda alguna al respecto: algo
raro pasaba en el mundo subatómico.
El primer paso hacia una respuesta consistente y unificada se le atribuye
generalmente al físico alemán Werner Heisenberg, y lo que hizo fue ni más ni
menos que introducir una nueva manera de entender la teoría de la materia y las
fuerzas. En julio de 1925, Heisenberg publicó un artículo que acababa con la
antigua mezcolanza de ideas y teorías a medio construir, incluido el modelo
atómico de Bohr, y presentaba una aproximación a la física completamente nueva.
Empezaba diciendo: «En este artículo se intentarán consolidar los cimientos de
una mecánica cuántica teórica que se base exclusivamente en las relaciones
entre magnitudes que, en principio, son observables». Fue un paso importante,
porque lo que Heisenberg estaba diciendo es que las matemáticas en las que se
basa la teoría cuántica no tienen por qué corresponder a nada a lo que estemos
acostumbrados. El objetivo de la teoría cuántica debería ser el de predecir
cosas observables directamente, como el color de la luz emitida por los átomos
de hidrógeno. No ha de esperarse de ella que proporcione algún tipo de
representación mental satisfactoria del funcionamiento interno del átomo,
porque esto no es necesario y quizá ni siquiera sea posible. De un plumazo,
Heisenberg acabó con la arrogancia que se ocultaba tras la idea de que el
funcionamiento interno de la naturaleza debería necesariamente ajustarse al sentido
común. Lo cual no quiere decir que no quepa esperar de una teoría del mundo
subatómico que se ajuste a nuestra experiencia cotidiana cuando de lo que se
trate sea de la descripción del movimiento de objetos grandes, como pelotas de
tenis o aeronaves. Pero hemos de estar dispuestos a abandonar nuestro prejuicio
según el cual las cosas pequeñas se comportan como versiones a escala reducida
de las más grandes, si así lo exigen nuestras observaciones
experimentales.
No cabe duda de que la teoría cuántica es complicada, como tampoco la hay que
el enfoque de Heisenberg es realmente complicado. Steven Weinberg, galardonado
con el premio Nobel y uno de los más grandes físicos vivos, escribió sobre el
artículo de Heisenberg de 1925:
Si
el lector se queda perplejo ante lo que hace Heisenberg, ha de saber que no es
el único. He tratado varias veces de leer el artículo que Heisenberg escribió
al volver de Heligoland y, aunque creo que entiendo la mecánica cuántica, nunca
he comprendido los motivos de Heisenberg para dar los pasos matemáticos que da
en el artículo. En sus obras más logradas, los físicos teóricos suelen adoptar
uno de estos dos papeles: son sabios o magos. […] No suele ser difícil entender
los artículos de los físicos sabios, pero los de los físicos magos son a menudo
incomprensibles. En ese sentido, el artículo de Heisenberg de 1925 es pura
magia.
Pero
la filosofía de Heisenberg no tiene nada de mágica. Es sencilla y constituye el
núcleo de nuestro enfoque en este libro: el objetivo de una teoría de la
naturaleza es hacer predicciones sobre magnitudes que puedan compararse con los
resultados experimentales. No estamos obligados a producir una teoría que
guarde relación alguna con la manera en que percibimos el mundo en general. Por
suerte, aunque seguiremos la filosofía de Heisenberg, aplicaremos la
aproximación de Richard Feynman al mundo cuántico, que es más
transparente.
En las páginas anteriores hemos utilizado la palabra «teoría» con laxitud y,
antes de proseguir con el desarrollo de la teoría cuántica, nos será útil
analizar con más detalle una teoría más sencilla. Una buena teoría científica
especifica un conjunto de reglas que determinan lo que puede pasar y lo que no
en cierta parte del mundo. Si se demuestra que las predicciones son falsas, la
teoría es errónea y debe sustituirse por otra. Si, por el contrario, concuerdan
con las observaciones experimentales, la teoría sobrevive. Ninguna teoría es
«verdadera», en el sentido de que siempre ha de ser posible buscar un hecho que
la contradiga. En palabras del biólogo Thomas Huxley: «La ciencia es sentido
común organizado, donde muchas hermosas teorías han muerto a manos de un hecho
desagradable». Cualquier teoría que no sea susceptible de falsación no es una
teoría científica. De hecho, se podría incluso afirmar que no contiene ninguna
información fiable. La dependencia de la falsación es lo que diferencia las
teorías científicas de los asuntos opinables. Este significado científico de la
palabra «teoría», por cierto, es diferente de su uso habitual, que a menudo
denota cierto grado de especulación. Las teorías científicas pueden ser
especulativas si aún no se han enfrentado a la evidencia, pero una teoría
establecida está respaldada por numerosas evidencias. Los científicos se
esfuerzan por desarrollar teorías que abarquen tantos fenómenos como sea
posible, y los físicos en particular se entusiasman ante la perspectiva de
describir todo lo que puede suceder en el mundo material en función de un
reducido conjunto de reglas.
Un ejemplo de buena teoría con un amplio campo de aplicación es la teoría de la
gravedad de Isaac Newton, publicada el 5 de julio de 1687 en sus Philosophiæ
naturalis principia mathematica. Fue la primera teoría científica y, aunque
posteriormente se ha demostrado que es inexacta en ciertas circunstancias, era
tan buena que aún se sigue utilizando a día de hoy. Einstein desarrolló una
teoría de la gravedad más precisa, la relatividad general, en 1915.
La descripción que Newton hace de la gravedad se puede plasmar en una única
ecuación matemática:
Esto
puede parecer sencillo o complicado, dependiendo de cuál sea su formación en
matemáticas. A lo largo del libro, haremos un uso ocasional de las matemáticas.
Para aquellos lectores que tienen dificultades con ellas, nuestro consejo es
que se salten las ecuaciones sin demasiadas contemplaciones. Intentaremos
siempre recalcar las ideas fundamentales sin basarnos en las matemáticas. Estas
se incluyen sobre todo porque nos permiten explicar por qué las cosas son como
son. De no hacerlo, tendríamos que recurrir a la mentalidad del físico-gurú y
sacarnos conejos de la chistera, y a ninguno de los autores nos agrada la
condición de gurú.
Volvamos ahora a la ecuación de Newton. Imaginemos que una manzana cuelga
precariamente de una rama. Cuenta la leyenda que el desencadenante para que
Newton llegase a su teoría fue una manzana particularmente madura que cayó
sobre su cabeza. Newton afirmó que la manzana está sujeta a la fuerza de la
gravedad, que tira de ella hacia el suelo, y dicha fuerza está representada en la
ecuación por el símbolo F. Así que, para empezar, la ecuación
permite calcular la fuerza sobre la manzana si conocemos el significado de los
símbolos que aparecen en la parte derecha de la ecuación. El símbolo r hace
referencia a la distancia entre el centro de la manzana y el centro de la
Tierra. Es r2 porque Newton descubrió que la fuerza
depende del cuadrado de la distancia entre los objetos. En lenguaje no
matemático, esto significa que, si se dobla la distancia entre la manzana y el
centro de la Tierra, la fuerza gravitatoria disminuye en un factor cuatro; si
se triplica la distancia, la fuerza cae en un factor nueve, y así
sucesivamente. Los físicos tienen un nombre para este comportamiento: es una
ley del inverso del cuadrado. Los símbolos m1 y m2 se
refieren a la masa de la manzana y a la de la Tierra y, con su presencia,
Newton reconoce que la fuerza de atracción gravitatoria entre dos objetos
depende del producto de sus masas. Lo cual suscita una cuestión: ¿qué es la
masa? Es una pregunta interesante en sí misma, y para llegar a la respuesta más
fundamental de que disponemos a día de hoy habrá que esperar hasta que hablemos
de una partícula cuántica conocida como bosón de Higgs. A grandes rasgos, la
masa es una medida de la cantidad de «materia» que un objeto posee: la Tierra
es más masiva que la manzana. Pero no nos basta con una afirmación de este
tipo. Por suerte, Newton también nos proporcionó una manera de medir la masa de
un objeto independientemente de su ley de la gravitación, contenida en la
segunda de sus tres leyes del movimiento, tan queridas por todo estudiante de
secundaria:
1. 1.
Todo objeto permanece en un estado de reposo o de movimiento rectilíneo y
uniforme salvo que una fuerza actúe sobre él;
2. Un
objeto de masa m experimenta una aceleración a cuando
sobre él actúa una fuerza F. En forma de ecuación, esta relación se
expresa como F = ma;
3. Para
cada acción existe una reacción igual y de sentido opuesto.
Las
tres leyes de Newton proporcionan un marco para describir el movimiento de los
objetos bajo la influencia de una fuerza. La primera ley describe lo que sucede
con un objeto cuando no actúa ninguna fuerza sobre él: permanece en reposo o
bien se mueve en línea recta y a velocidad constante. Más adelante trataremos
de encontrar una afirmación equivalente para las partículas cuánticas, pero no
nos adelantamos demasiado si decimos que las partículas cuánticas no se están
quietas, sino que saltan de un sitio a otro incluso en ausencia de fuerzas. De
hecho, la propia noción de «fuerza» no forma parte de la teoría cuántica, por
lo que la segunda ley de Newton está abocada a acabar en la papelera, y no es
una forma figurada de hablar: las leyes de Newton acabarán en la papelera
porque se ha demostrado que solo son aproximadamente correctas. Funcionan bien
en muchos casos, pero dejan de hacerlo por completo cuando de lo que se trata
es de describir fenómenos cuánticos. Las leyes de la teoría cuántica sustituyen
a las de Newton y ofrecen una descripción del mundo más precisa. La física de
Newton surge de la descripción cuántica, y es importante tener en cuenta que la
situación no es «Newton para los objetos grandes y la cuántica para los
pequeños». Todo es cuántica.
Aunque aquí no le prestaremos mucha atención a la tercera ley de Newton, sí
merece un par de comentarios por nuestra parte para sus entusiastas. La tercera
ley afirma que las fuerzas existen por pares: si me pongo de pie, mis pies
ejercen presión sobre la Tierra, y la Tierra responde ejerciendo presión sobre
mí. Esto implica que, en un sistema «cerrado», la fuerza neta que actúa sobre
él es cero, lo cual a su vez significa que el momento total del sistema se
conserva. A lo largo del libro utilizaremos el concepto de momento, que para
una sola partícula se define como el producto de su masa por su velocidad, que
escribimos como p = mv. Curiosamente, la
conservación del momento tiene sentido en la teoría cuántica, aunque no sucede
lo mismo con la noción de fuerza.
Pero, por el momento, lo que nos interesa es la segunda ley de Newton. F = masignifica
que, si aplicamos una fuerza conocida sobre un objeto y medimos su aceleración,
su masa viene dada por el cociente entre la fuerza y la aceleración. Lo cual a
su vez supone que sabemos cómo definir la fuerza, algo que no es muy difícil.
Una manera sencilla de hacerlo, aunque no muy precisa ni práctica, consiste en
medir la fuerza a partir del tirón que ejerce algún objeto de referencia, como
por ejemplo una tortuga corriente, que se desplaza en línea recta con un arnés
mediante el cual tira del objeto. Podríamos llamar a esta tortuga estándar
«tortuga SI» y mantenerla en una caja sellada en la Oficina Internacional de
Pesos y Medidas en Sèvres, Francia. La fuerza que ejercerían dos tortugas con
sendos arneses sería el doble; si fuesen tres, sería el triple, etcétera. Así,
siempre podríamos referirnos a cualquier tirón o empujón en función del número
de tortugas estándar necesarias para generarlo.
Con este sistema, que es lo suficientemente ridículo como para que lo apruebe
un comité internacional de estándares, [2] podemos
hacer que una tortuga tire de un objeto y medir su aceleración, lo cual nos
permitirá deducir su masa mediante la segunda ley de Newton. A continuación,
podemos repetir el procedimiento para deducir la masa de un segundo objeto,
para después introducir ambas masas en la fórmula para la ley de la gravedad y
determinar la fuerza que existe entre ellas debida a la gravedad. No obstante,
para asignarle una cifra de equivalentes-tortuga a la fuerza gravitatoria entre
ambas masas aún necesitaríamos calibrar todo el sistema respecto a la
intensidad de la propia gravedad, y aquí es donde entra en juego el
símbolo G.
G es un número muy importante, denominado «constante gravitatoria
de Newton», que representa la intensidad de la fuerza gravitatoria. Si
doblásemos el valor de G, también la fuerza sería el doble, lo cual
haría que la manzana se acelerase hacia el suelo el doble de rápido. Por tanto,
describe una de las propiedades fundamentales de nuestro universo, y viviríamos
en un universo muy diferente si tomase un valor distinto. Hoy en día creemos
que el valor de G es el mismo en cualquier lugar del universo,
y que ha permanecido constante a lo largo del tiempo (aparece asimismo en la
teoría de Einstein, donde es también una constante). En este libro nos
encontraremos con otras constantes de la naturaleza. En mecánica cuántica, la
más importante es la constante de Planck, llamada así en honor de Max Planck,
uno de los pioneros de la teoría cuántica, y cuyo símbolo es ћ.
También nos hará falta la velocidad de la luz, c, que no es solo la
velocidad a la que la luz viaja en el vacío, sino también el límite de
velocidad universal. Como diría Woody Allen: «Es imposible viajar a velocidad
mayor que la de la luz, y desde luego no es deseable, porque hay que sujetarse
el sombrero».
Las tres leyes del movimiento de Newton y la ley de la gravitación es todo lo
que necesitamos para entender el movimiento en presencia de la gravedad. No hay
otras reglas ocultas que no hayamos enunciado: nos basta con estas pocas leyes
para, por ejemplo, entender las órbitas que describen los planetas de nuestro
Sistema Solar. Juntas, restringen severamente los tipos de trayectorias que los
objetos pueden describir bajo el influjo de la gravedad. Partiendo únicamente
de las leyes de Newton, se puede demostrar que todos los planetas, cometas,
asteroides y meteoros de nuestro Sistema Solar solo pueden moverse a lo largo
de trayectorias conocidas como secciones cónicas. La más simple de estas
curvas, y la que, muy aproximadamente, traza la Tierra en su órbita alrededor
del Sol, es un círculo. En general, los planetas y las lunas se desplazan
siguiendo trayectorias orbitales conocidas como elipses, que son como círculos
estirados. Las otras dos secciones cónicas se denominan parábola e hipérbola.
Una parábola es la trayectoria que describe una bala de cañón. La última de las
secciones cónicas, la hipérbola, es la curva que está siguiendo actualmente el
objeto más distante jamás construido por el ser humano en su recorrido desde la
Tierra hacia las estrellas. Mientras escribimos estas líneas, la Voyager 1 está
a unos 17.610.000.000 km de la Tierra, alejándose del Sistema Solar a una
velocidad de 538.000.000 km por año. Este hermoso prodigio de la ingeniería se
lanzó al espacio en 1977 y aún mantiene contacto con la Tierra, tomando
mediciones del viento solar en una grabadora de cinta magnética y
transmitiéndolas a la Tierra con una potencia de 20 vatios. La Voyager 1, y su
sonda hermana, la Voyager 2, son admirables testimonios del deseo humano de
explorar nuestro universo. Ambas naves visitaron Júpiter y Saturno, y la
Voyager 2 pasó después junto a Urano y Neptuno. Navegaron a través del Sistema
Solar con precisión, utilizando la gravedad para tomar impulso en su recorrido
más allá de los planetas y hacia el espacio interestelar. Quienes las dirigían
desde la Tierra no utilizaron más que las leyes de Newton para trazar sus
trayectorias entre los planetas interiores y exteriores y hacia las lejanas
estrellas. La Voyager 2 pasará cerca de Sirius, la estrella más brillante en el
firmamento, dentro de algo menos de 300.000 años. Si hemos conseguido todo
esto, si hemos averiguado todo esto, es gracias a la teoría de la gravedad de
Newton y a sus leyes del movimiento.
Las leyes de Newton nos proporcionan una imagen del mundo muy intuitiva. Como
hemos visto, toman la forma de ecuaciones —relaciones matemáticas entre
magnitudes medibles— que nos permiten predecir con precisión cómo se mueven los
objetos. Implícita en todo este sistema subyace la suposición de que los objetos
están en cada momento situados en algún lugar, y que, a medida que pasa el
tiempo, se desplazan de manera continua de un sitio a otro. Esto parece tan
evidentemente cierto que casi no merece la pena ni comentarlo, pero hemos de
admitir que se trata de un prejuicio. ¿Podemos estar realmente seguros de que
los objetos están con certeza aquí o allá, y de que en realidad no están en dos
lugares distintos al mismo tiempo? Desde luego, la caseta de nuestro jardín no
está, en ningún sentido apreciable, en dos lugares a la vez, pero ¿y un
electrón en un átomo? ¿Podría estar tanto «aquí» como «allá»? Ahora mismo esta
sugerencia parece descabellada, sobre todo porque no podemos hacernos una
representación mental de ella, pero veremos que así es como son las cosas en
realidad. A estas alturas de nuestra historia, lo único que estamos haciendo
con esta extraña afirmación es señalar que las leyes de Newton se basan en la
intuición, y que, en lo que a la física fundamental se refiere, eso es como si
una casa estuviera hecha de arena.
Hay un experimento muy sencillo, que llevaron a cabo por primera vez Clinton
Davisson y Lester Germer en los Laboratorios Bell en Estados Unidos en 1927,
que demuestra que la representación intuitiva de Newton es incorrecta. A pesar
de que, desde luego, parece que las manzanas, los planetas y las personas se
comportan de una manera «newtoniana», desplazándose de un lugar a otro de forma
regular y predecible a medida que transcurre el tiempo, su experimento demostró
que los elementos fundamentales que constituyen la materia no se comportan así
en absoluto.
El artículo de Davisson y Germer comienza diciendo: «Se ha medido la intensidad
de la dispersión, en función de la dirección, de un haz homogéneo de electrones
de velocidad ajustable que se hace incidir sobre un único cristal de níquel».
Por suerte, se puede apreciar lo esencial de sus resultados empleando una
versión simplificada de su experimento, que se conoce como el experimento de la
doble rendija. Este consiste en una fuente que envía electrones hacia una
barrera en la que se han practicado dos pequeñas rendijas (o agujeros). Al otro
lado de la barrera hay una pantalla que brilla cada vez que un electrón la
alcanza. No importa cuál sea la fuente de electrones, pero a efectos prácticos
podemos imaginar un trozo de alambre caliente que se extiende en un extremo del
experimento.[3] Hemos
hecho un dibujo esquemático del experimento de las dos rendijas en la figura
2.2.
Figura 2.2. Un cañón dispara electrones hacia un par de hendiduras. Si se
comportasen como partículas «normales», cabría esperar que los impactos en la
pantalla se acumulasen formando un par de franjas, como muestra la figura.
Sorprendentemente, no es eso lo que sucede.
Imaginemos
que enfocamos una cámara hacia la pantalla y dejamos abierto el obturador para
tomar una fotografía de larga exposición de los pequeños destellos de luz que
se producen cada vez que, uno a uno, los electrones chocan contra ella. Estos
irán creando un patrón, y la pregunta es sencilla: ¿cuál es ese patrón?
Suponiendo que los electrones no son más que pequeñas partículas que se
comportan como manzanas o planetas, cabría esperar que la imagen que surja
tendría un aspecto similar al que refleja la figura 2.2: algunos electrones
atraviesan las rendijas, pero la mayoría no. Los que lo hacen pueden salir
ligeramente desviados al rozar los bordes de las mismas, lo que hará que se
dispersen un poco, pero la mayoría de los impactos, y por lo tanto los puntos
más brillantes en la fotografía, aparecerían sin duda directamente alineados
con las dos hendiduras.
Sin embargo, no es eso lo que sucede y la imagen resultante se parece a la que
muestra la figura 2.3. En su artículo de 1927, Davisson y Germer publicaron un
patrón similar. Posteriormente, Davisson recibió el premio Nobel en 1937 por el
«descubrimiento experimental de la difracción de electrones por cristales».
Curiosamente, no lo compartió con Germer sino con George Paget Thomson, que
observó el mismo patrón de manera independiente en experimentos realizados en
la Universidad de Aberdeen. Las franjas alternas brillantes y oscuras forman lo
que se denomina un patrón de interferencia, y la interferencia es un fenómeno
más relacionado con las ondas. Para entender por qué, imaginemos que llevamos a
cabo el experimento con ondas en agua en lugar de electrones.
Figura 2.3. En realidad, los impactos de los electrones en la pantalla no
están alineados con las rendijas, sino que, uno a uno, los electrones van
formando un patrón de varias franjas.
Imaginemos
un tanque lleno de agua dividido en dos por una pared en la que se han
practicado dos hendiduras. La pantalla y la cámara se podrían sustituir por un
detector de la altura de las olas, y el alambre caliente por algún objeto que
produzca olas: nos podría servir una tabla de madera situada al borde del
tanque y conectada a un motor que la sumerja repetidamente en el agua. Las olas
generadas por la tabla viajarán por la superficie del agua hasta llegar a la
pared. Cuando una ola choque con la pared, la mayoría rebotarán, pero dos
pequeñas porciones atravesarán las rendijas. Estas dos nuevas olas se
dispersarán desde las rendijas hacia el detector. Fijémonos en que hemos
utilizado aquí el verbo «dispersarse», porque las olas no se limitan a continuar
en línea recta tras atravesar las rendijas, sino que estas actúan como sendas
fuentes de nuevas olas que avanzan constantemente con forma semicircular. La
figura 2.4 ilustra la situación.
Figura 2.4. Vista aérea de las olas que emanan de dos puntos en un tanque de
agua (situados en la parte superior de la imagen). Las dos olas circulares se
superponen e interfieren entre sí. Los «radios» son las regiones donde ambas
olas se cancelan mutuamente, y en las que el agua permanece en calma.
La
figura nos ofrece una sorprendente demostración visual del comportamiento de
las olas en el agua. Existen regiones, que parecen irradiar desde las rendijas
como los radios de una rueda, en las que no hay ninguna ola, mientras que en
otras zonas se concentran todos los picos y los valles de las olas. Los
paralelismos con el patrón observado por Davisson, Germer y Thomson son
llamativos. En el caso de los electrones que impactan en la pantalla, las zonas
donde se detectan pocos electrones corresponden a los lugares del tanque donde
la superficie del agua permanece en calma, los radios de la figura.
En un tanque de agua es bastante fácil entender cómo surgen estos radios: se
deben a la combinación de las olas a medida que se alejan de las rendijas. Como
las olas tienen picos y valles, cuando dos de ellas se encuentran pueden tanto
sumarse como restarse. Si se encuentran de tal manera que el pico de una de
ellas coincide con el valle de la otra, se cancelarán mutuamente y en ese punto
no habrá ninguna ola. En otro lugar, puede que los picos de ambas olas
coincidan perfectamente, lo que hará que ahí se produzca una ola mayor. Para
los distintos puntos del tanque de agua, la distancia que los separa de cada
una de las rendijas variará ligeramente, lo que significa que en algunos
lugares los picos de las dos olas llegarán al mismo tiempo; en otros, los picos
de una coincidirán con los valles de la otra; y en la mayoría de los puntos se
producirá una combinación intermedia entre ambas situaciones extremas. El resultado
es un patrón alterno: un patrón de interferencia.
A diferencia de las olas en el agua, es muy difícil entender el hecho,
observado experimentalmente, de que los electrones también producen un patrón
de interferencia. Según Newton y el sentido común, los electrones surgen de una
fuente, se mueven en línea recta hacia las rendijas (porque no hay fuerzas que
actúen sobre ellos; recordemos la primera ley de Newton), las atraviesan (quizá
con una pequeña desviación si rozan sus bordes) y continúan en línea recta
hasta impactar en la pantalla. Sin embargo, esto no daría lugar a un patrón de
interferencia, sino a un par de franjas como las que se muestran en la figura
2.2. Ahora bien, podríamos suponer que existe algún ingenioso mecanismo por el
que los electrones ejercen los unos sobre los otros una fuerza tal que los
desvía de la trayectoria en línea recta al atravesar las rendijas. Pero esto se
puede descartar, porque podemos hacer el experimento de tal manera que, en cada
momento dado, solo haya un electrón yendo de la fuente a la pantalla. Habría
que esperar, si bien, a paso lento pero seguro, a medida que los electrones
fuesen impactando en la pantalla, se formaría el patrón de franjas. Esto
resulta muy sorprendente, porque el patrón de franjas es rotundamente
característico de ondas que interfieren entre sí, y sin embargo surge aun
cuando lancemos un electrón tras otro punto a punto. Un buen ejercicio mental
consiste en imaginar cómo podría suceder que, partícula a partícula, se formase
un patrón de interferencia si lanzamos partículas, como diminutas balas, hacia
un par de rendijas en una pantalla. Es un buen ejercicio porque es fútil, y
unas pocas horas devanándonos los sesos deberían bastar para convencernos de
que es imposible que se forme un patrón de franjas. Sean lo que sean las
partículas que llegan a la pantalla, no se comportan como partículas
«normales». Es como si, de alguna manera, los electrones «interfiriesen consigo
mismos». El reto que tenemos ante nosotros es dar con una teoría que permita
explicar lo que eso significa.
Esta cuestión tiene una interesante coda histórica que nos permite hacernos una
idea del desafío intelectual que supuso el experimento de las dos rendijas.
George Paget Thomson era hijo de J. J. Thomson, que había recibido el premio
Nobel en 1899 por el descubrimiento del electrón. J. J. Thomson demostró que el
electrón es una partícula, con determinadas carga eléctrica y masa; un
minúsculo y puntual grano de materia. Su hijo obtuvo el premio Nobel cuarenta
años más tarde por demostrar que el electrón no se comporta como su padre
habría esperado. Thomson padre no estaba equivocado: el electrón posee masa y
carga eléctricas bien definidas, y cada vez que observamos uno parece un
pequeño punto de materia. Simplemente, como descubrieron Davisson, Germer y
Thomson hijo, no se comporta exactamente como una partícula normal. Sin
embargo, es importante resaltar que tampoco se comporta exactamente como una
onda, porque el patrón no se forma como consecuencia de una acumulación continua
de energía, sino a partir de muchos puntos diminutos. Siempre detectamos los
electrones discretos y puntuales que descubrió Thomson padre.
Quizá ya vea la necesidad de tomar en consideración la manera de pensar de
Heisenberg. Los objetos que observamos son partículas, así que haríamos bien en
construir una teoría de partículas. Nuestra teoría debe ser también capaz de
predecir la aparición del patrón de interferencia que se crea a medida que los
electrones, uno tras otro, atraviesan las rendijas y llegan a la pantalla. Los
detalles de cómo los electrones se desplazan desde la fuente a las rendijas no
son algo que podamos observar, y por lo tanto no tienen por qué coincidir con
nada de lo que experimentamos en la vida cotidiana. De hecho, el «recorrido» del
electrón no tiene por qué ser algo de lo que podamos siquiera hablar. Lo único
que tenemos que hacer es encontrar una teoría capaz de predecir que los
electrones golpean la pantalla según el patrón observado en el experimento de
la doble rendija. Y eso es lo que haremos en el capítulo siguiente.
Para no caer en la tentación de pensar que esto no es más que un fascinante
ejercicio de microfísica poco relevante para el mundo en general, deberíamos
decir que la teoría cuántica de las partículas que desarrollamos para explicar
el experimento de la doble rendija permitirá también explicar la estabilidad de
los átomos, los colores de la luz que emiten los elementos químicos, la
desintegración radiactiva y en definitiva todos los grandes rompecabezas que
tenían perplejos a los científicos a comienzos del siglo XX. El hecho de que
nuestro marco conceptual describa la manera en que se comportan los electrones
cuando se encuentran atrapados en el interior de la materia nos permitirá
también entender los entresijos del que posiblemente sea el invento más
importante del siglo XX: el transistor.
En el último capítulo de este libro, veremos una asombrosa aplicación de la
teoría cuántica que constituye una de las grandes demostraciones del poder del
razonamiento científico. Normalmente, las predicciones más disparatadas de la
teoría cuántica se manifiestan en el comportamiento de los objetos pequeños.
Pero, como los objetos grandes están compuestos de objetos pequeños, hay
determinadas circunstancias en las que la física cuántica es necesaria para
explicar las propiedades observadas de unos de los objetos más enormes del
universo: las estrellas. El Sol libra una batalla continua contra la gravedad.
Esta bola de gas, cuya masa es más de 300.000 veces mayor que la de la Tierra,
posee una fuerza gravitatoria en su superficie que es casi veintiocho veces la
que experimentamos en la superficie terrestre, lo que constituye un poderoso
incentivo para que se derrumbe sobre sí mismo. El derrumbe lo evita la presión
hacia fuera generada por las reacciones de fusión nuclear que tienen lugar en
las profundidades del núcleo solar, donde 600 millones de toneladas de
hidrógeno se convierten en helio cada segundo. Por enorme que sea nuestra
estrella, este ritmo feroz de consumo de combustible debe tener consecuencias,
y llegará un día en que el Sol se quede sin combustible. En ese momento, cesará
la presión hacia el exterior y la fuerza de gravedad se impondrá sin oposición.
Podríamos llegar a pensar que no existe nada en la naturaleza capaz de detener
el catastrófico derrumbe.
Pero lo cierto es que es aquí donde entra en acción la física cuántica y evita
lo peor. Las estrellas que se han salvado gracias a estos efectos cuánticos
reciben el nombre de enanas blancas, y ese será el destino final del Sol. Al
final del libro aplicaremos nuestro conocimiento de la mecánica cuántica para
determinar cuál es la masa máxima de una estrella enana blanca. El primero en
calcularlo fue el astrofísico indio Subrahmanyan Chandrasekhar en 1930, y el
resultado es aproximadamente 1,4 veces la masa del Sol. Asombrosamente, este
número se puede calcular utilizando solo la masa del protón y los valores de
las tres constantes de la naturaleza que ya conocemos: la constante
gravitatoria de Newton, la velocidad de la luz y la constante de Planck.
El propio desarrollo de la teoría cuántica y la medición de estos cuatro
números podría haberse producido sin haber tenido que alzar los ojos hacia las
estrellas. Imaginemos una civilización especialmente agorafóbica que vive
confinada en profundas cavernas bajo la superficie de su planeta. No sabrían lo
que es el cielo, pero podrían haber desarrollado la teoría cuántica. Por mera
diversión, podrían incluso calcular la masa máxima de una esfera gigante de
gas. Imaginemos que un día algún explorador intrépido se aventura por primera
vez a la superficie y contempla asombrado el espectáculo sobre su cabeza: un
firmamento repleto de luces, una galaxia de 100.000 millones de soles que lo
atraviesa de un horizonte a otro. El explorador descubriría, como nosotros
desde nuestro mirador aquí en la Tierra, que entre los muchos vestigios
evanescentes de estrellas moribundas no hay ni una sola cuya masa supere el
límite de Chandrasekhar.
Capítulo 3
¿Qué es una partícula?
El
primero en emplear esta manera de aproximarse a la mecánica cuántica fue
Richard Feynman, neoyorquino, bongosero y ganador del premio Nobel, a quien su
amigo Freeman Dyson describía como «mitad genio, mitad bufón». Más tarde, Dyson
cambió de opinión: una descripción más precisa de Feynman sería «todo genio,
todo bufón». Seguiremos su aproximación en nuestro libro porque es divertida y
porque probablemente es el camino más sencillo para entender nuestro universo
cuántico.
Además de ser responsable de la formulación más sencilla de la mecánica
cuántica, Richard Feynman fue también un gran profesor, capaz de comunicar su
profundo conocimiento de la física por escrito o en una sala de conferencias
con una claridad incomparable y las mínimas complicaciones. Desdeñaba a quienes
trataban de hacer que la física fuese más complicada de lo necesario. Aun así,
al principio de TheFeynman Lectures onPhysics, un clásico entre los
textos universitarios, sintió la necesidad de sincerarse sobre la naturaleza
tan ajena a nuestra intuición de la teoría cuántica. Las partículas
subatómicas, escribió Feynman, «no se comportan como ondas, no se comportan
como partículas, no se comportan como nubes, o bolas de billar, o pesas en
muelles, o nada que hayamos visto antes». Construyamos, pues, un modelo que
refleje exactamente cómo se comportan.
Como punto de partida, supondremos que los componentes más fundamentales de la
naturaleza son partículas. Esto es algo que confirman no solo el experimento de
la doble rendija, en el que los electrones llegan a puntos específicos de la
pantalla, sino un sinfín de experimentos más. De hecho, si la «física de
partículas» tiene ese nombre es por algo. La cuestión que hemos de abordar
ahora es ¿cómo se mueven las partículas de un sitio a otro? Desde luego, lo más
sencillo sería suponer que lo hacen en línea recta, o siguiendo trayectorias
curvas si actúa una fuerza sobre ellas, como dicta Newton. Pero esto no puede
ser correcto, porque cualquier explicación del experimento de la doble rendija exige
que los electrones «interfieran consigo mismos» cuando atraviesan las
hendiduras, y para hacerlo deben ser extensos en algún sentido. Así pues, este
es el reto: construir una teoría de partículas puntuales tal que esas mismas
partículas sean asimismo extensas. No es tan imposible como parece: podemos
conseguirlo si permitimos que cada partícula esté en muchos lugares a la vez.
Evidentemente, esto también puede parecer imposible, pero la proposición de que
una partícula debe estar en muchos lugares al mismo tiempo es en realidad una
afirmación bastante clara, aunque suene ridícula. De ahora en adelante, nos
referiremos a estas partículas, contrarias al sentido común y extensas aunque
puntuales, como partículas cuánticas.
Con la proposición de que «una partícula puede estar en más de un lugar al
mismo tiempo», nos alejamos de nuestra experiencia cotidiana y entramos en
territorio desconocido. Uno de los grandes obstáculos a la hora de desarrollar
una comprensión de la física cuántica es la confusión que este tipo de ideas
puede generar. Para evitarla, debemos seguir a Heisenberg y aprender a
sentirnos cómodos con maneras de ver el mundo que chocan con nuestra
experiencia tangible. La sensación de «incomodidad» puede confundirse con
«confusión», y muy a menudo los estudiantes de física cuántica tratan de
entender lo que sucede recurriendo a conceptos de la vida cotidiana. Es la
resistencia a las nuevas ideas la que lleva a confusión, no la dificultad
intrínseca de las propias ideas. Por lo tanto, debemos mantener la mente
abierta y evitar que tanta extrañeza nos angustie. Shakespeare lo expresó
perfectamente en boca de Hamlet: «Por eso como a un extraño debéis hospedarlo y
tenerlo oculto. Ello es, Horacio, que en el cielo y en la tierra hay más de lo
que puede soñar tu filosofía».
Una buena manera de empezar es pensar detenidamente sobre el experimento de las
dos rendijas con ondas en agua. Nuestro objetivo será determinar qué
característica de las ondas causa el patrón de interferencia. A continuación
habrá que asegurarse de que nuestra teoría de las partículas cuánticas es capaz
de encapsular este comportamiento para tener alguna posibilidad de explicar el
experimento de la doble rendija con electrones.
Hay dos razones por las que las ondas que atraviesan las dos rendijas pueden
interferir consigo mismas. La primera es que la onda cruza ambas rendijas
simultáneamente, creando así dos nuevas ondas que se superponen. Es evidente
que una onda puede hacer esto. No nos cuesta imaginar una gran ola marina que
se aproxima a la costa hasta romper en la orilla. Es como un muro de agua, una
cosa que ocupa un cierto espacio y que se desplaza. Por lo tanto, tendremos que
decidir cómo hacer que nuestra partícula cuántica sea algo «que ocupa un cierto
espacio y que se desplaza». La segunda razón es que, al superponerse, las dos
nuevas ondas que salen de las rendijas pueden tanto sumarse como restarse. Sin
duda, la capacidad de las dos ondas de interferir es fundamental a la hora de
explicar el patrón de interferencia. La situación extrema es cuando el pico de
una de las ondas coincide con el valle de la otra, en cuyo caso se cancelan
mutuamente por completo. Así pues, tendremos que permitir que la partícula
cuántica interfiera consigo misma de alguna manera.
El experimento de la doble rendija conecta el comportamiento de los electrones
con el de las ondas; veamos hasta dónde podemos llevar esa conexión. Fijémonos
en la figura 3.1 y, de momento, ignoremos las líneas que van de los puntos A a
E y B a F, y concentrémonos en las ondas. La figura podría entonces representar
un tanque con agua y las líneas onduladas, de izquierda a derecha, la manera en
que la onda recorre la superficie de un lado a otro del tanque. Imaginemos que
tomamos una fotografía del tanque justo después de que se haya golpeado la
superficie del agua en la zona izquierda del tanque con una plancha de madera.
En la imagen, extendiéndose de arriba abajo, se vería una onda recién formada.
Todo el resto del agua del tanque estaría en reposo. Una segunda instantánea,
tomada un poco después, revelaría que la onda se ha desplazado hacia las
rendijas, quedando el agua plana a su paso. En un instante aún posterior, la
onda atravesaría las rendijas y generaría las franjas del patrón de
interferencia que se representan mediante las líneas onduladas a la derecha de
la imagen.
Figura 3.1. Cómo la onda que describe un electrón se mueve desde la fuente a
la pantalla, y cómo debería interpretarse que representa todas las maneras en
las que el electrón se desplaza. Los caminos entre A y E pasando por C y entre
B y F pasando por D ilustran solo dos de los infinitos recorridos que sigue un
único electrón.
Releamos
ahora el párrafo anterior, pero sustituyendo «onda en el agua» por «onda del
electrón», signifique esto lo que signifique. Interpretada adecuadamente, una
onda de electrón que recorre el montaje experimental como una onda podría
permitir explicar el patrón de franjas que queremos comprender. Pero lo que sí
necesitamos explicar es por qué el patrón de los electrones está formado por
puntitos, uno por cada electrón que incide en la pantalla. A primera vista,
esto parece contradictorio con la idea de una onda continua, pero no es así. La
clave está en darse cuenta de que podemos ofrecer una explicación si
interpretamos la onda de electrón no como una perturbación material real (como
es la onda en el agua), sino como algo que simplemente nos informa sobre dónde
es probable que se encuentre el electrón. Fijémonos en que hemos dicho «el»
electrón, porque la onda debe describir el comportamiento de un solo electrón,
para poder explicar de dónde surgen los puntos. Esta es una onda de electrón,
no una onda de electrones: nunca debemos caer en la trampa de confundirnos. Si
imaginamos cómo sería una instantánea de la onda en algún momento del tiempo,
queremos interpretarla de manera que los puntos donde la onda sea mayor sean
donde más elevada es la probabilidad de encontrar el electrón, y aquellos donde
la onda sea más pequeña, los lugares donde menos probable sea encontrar el
electrón. Cuando la onda alcanza finalmente la pantalla, aparece un puntito que
nos informa sobre la posición del electrón. La única función de la onda de
electrón es permitirnos computar las probabilidades de que el electrón incida
en la pantalla en determinado punto. Si no nos preocupamos de lo que la onda de
electrón «es» realmente, entonces todo es sencillo, porque una vez que conocemos
la onda podemos decir dónde es probable que se encuentre el electrón. Lo
divertido viene a continuación, cuando tratamos de entender lo que esta
proposición sobre la onda de electrón implica para el recorrido del mismo desde
la rendija a la pantalla.
Antes de hacerlo, quizá merezca la pena leer de nuevo el párrafo de más arriba,
porque es muy importante. No es de esperar que resulte evidente, y desde luego
no es nada intuitivo. La proposición de la «onda de electrón» posee todas las
propiedades necesarias para explicar la aparición del patrón de interferencia
que se observa experimentalmente, pero no está muy claro cómo saldrán las
cosas. Como buenos físicos, tendremos que calcular las consecuencias y ver si
se corresponden con la naturaleza.
Volviendo a la figura 3.1, hemos propuesto que en cada instante el electrón
está descrito por una onda, de manera análoga a las ondas en el agua. En un
primer momento, la onda de electrón está a la izquierda de las rendijas. Eso
significa que el electrón está, en cierto sentido, situado en algún lugar de la
onda. En un momento posterior, la onda habrá avanzado hacia las rendijas, igual
que la onda de agua, y el electrón se encontrará ahora en algún lugar de la
nueva onda. Estamos diciendo que el electrón podría «estar primero en A y luego
en C», o podría «estar primero en B y luego en D», o «primero en A y luego en
D», etcétera. Quedémonos con esta idea, y pensemos en un momento aún posterior,
en que la onda ya ha atravesado las rendijas y ha llegado a la pantalla. El
electrón podría entonces encontrarse en E, o quizá en F. Las curvas que hemos
dibujado en el diagrama representan dos posibles recorridos que el electrón
podría haber seguido desde la fuente, a través de las hendiduras, hasta llegar
a la pantalla. Podría haber ido de A a E pasando por C, o bien de B a F pasando
por D. Estos no son más que dos de entre los infinitos recorridos posibles del
electrón.
Lo fundamental es que no tiene sentido decir que «el electrón podría haberse
aventurado por cada uno de estos caminos, pero en realidad solo lo ha hecho por
uno de ellos». Decir que el electrón realmente se ha aventurado por uno de los
recorridos en concreto equivaldría a haber bloqueado una de las rendijas del
experimento, privándonos así de la posibilidad de explicar el patrón de
interferencia. Debemos permitir que la onda atraviese ambas rendijas para
obtener el patrón de interferencia, y esto significa que hemos de permitir
todos los recorridos posibles del electrón entre la fuente y la pantalla. En
otras palabras, cuando hemos dicho que el electrón está «en algún lugar de la
onda», lo que en realidad queríamos decir es que está simultáneamente en toda
la onda. Es así como debemos pensar, porque, si suponemos que el electrón en
realidad está situado en algún punto específico, entonces la onda ya no será
extensa y perdemos la analogía con la onda en el agua. Lo cual nos impediría
explicar el patrón de interferencia.
De nuevo, quizá sea conveniente releer el razonamiento anterior, porque es el
que motiva buena parte de lo que viene a continuación. Aquí no hay truco
ninguno: lo que estamos diciendo es que necesitamos describir una onda extensa
que es también un electrón puntual, y una manera de hacerlo es decir que el
electrón parte de la fuente siguiendo simultáneamente todos los posibles
recorridos.
Esto indica que deberíamos entender que una onda de electrón describe un único
electrón que se mueve desde la fuente hasta la pantalla siguiendo una infinidad
de caminos distintos. Dicho de otra manera, la respuesta correcta a la pregunta
« ¿Cómo llegó ese electrón a la pantalla?» es «Siguiendo un número infinito de
rutas, algunas de las cuales atravesaban la rendija superior y otras, la
inferior». Claramente, la «cosa» que es el electrón no es una partícula normal
y corriente. Esto es lo que significa ser una partícula cuántica.
Una vez que hemos decidido buscar una descripción de un electrón que imite en
muchos sentidos el comportamiento de las ondas, necesitamos desarrollar una
manera más precisa de hablar de las ondas. Comenzaremos con una descripción de
lo que sucede en un tanque de agua cuando dos ondas se encuentran, se mezclan e
interfieren entre sí. Para hacerlo, hemos de encontrar una manera adecuada de
representar las posiciones de los picos y los valles de cada onda. En el
lenguaje técnico es lo que se conoce como fases. En el lenguaje coloquial,
decimos que las cosas están «en fase» si se refuerzan mutuamente de alguna
manera, y «desfasadas» si se cancelan entre sí. Estos términos también se
emplean para describir el movimiento de la Luna: a lo largo de aproximadamente
veintiocho días, la Luna pasa de ser nueva a estar llena, y nueva otra vez, en
un ciclo continuo de crecimiento y decrecimiento. La etimología de la palabra
«fase» procede del griego phasis, que significa «aparición y
desaparición de un fenómeno astronómico», y parece que la aparición y
desaparición periódica de la luminosa superficie lunar es la que ha inspirado
su uso en el siglo XX, en particular en la ciencia, como descripción de los
procesos cíclicos. Y este es un indicio de cómo podríamos encontrar una
representación gráfica de las posiciones de los picos y los valles de las ondas
en el agua.
Echemos un vistazo a la figura 3.2. Una manera de representar la fase es como
un reloj con una sola manecilla. Esto nos da la libertad de representar
visualmente 360 grados de posibilidades: la manecilla puede marcar las 12, las
3, las 9, y todos los puntos intermedios. En el caso de la Luna, podemos
imaginar que la Luna nueva se representa mediante un reloj cuya manecilla marca
las 12 en punto; el cuarto creciente, la 1.30; el primer cuarto, las 3; la Luna
gibosa creciente, las 4.30; la Luna llena, las 6, etcétera. Lo que estamos
haciendo aquí es utilizar algo abstracto para describir algo concreto; es decir,
la esfera de un reloj para describir las fases de la Luna. De esta manera,
podríamos dibujar un reloj cuya manecilla marcase las 12 y sabríamos
inmediatamente que representa una Luna nueva. Y aunque no se haya dicho
explícitamente, sabríamos que un reloj con la manecilla apuntando a las 5
indicaría que nos estamos acercando a la Luna llena. El uso de imágenes o
símbolos abstractos para representar objetos reales es fundamental en física;
es básicamente el uso que los físicos hacemos de las matemáticas. La potencia
de este enfoque se pone de manifiesto cuando las representaciones abstractas se
pueden manipular utilizando reglas sencillas para hacer predicciones firmes
sobre el mundo real. Como veremos a continuación, eso será precisamente lo que
nos permitan hacer los relojes, porque gracias a ellos podremos trazar las
posiciones relativas de los picos y los valles de las ondas. Lo cual a su vez
nos permitirá calcular si se cancelarán o se reforzarán mutuamente cuando se
encuentren.
Figura 3.2. Las fases lunares.
La figura 3.3 muestra un dibujo de dos ondas en el agua en un instante de
tiempo. Representemos los picos de las ondas mediante relojes que marquen las
12 en punto, y los valles con otros que señalen las 6. También podemos
representar puntos de las ondas intermedios entre picos y valles a través de
relojes que marquen horas intermedias, como hemos hecho con las fases lunares
entre la Luna nueva y la llena. La distancia entre dos picos o dos valles
sucesivos de la onda es un número importante: la longitud de onda.
Figura 3.3. Dos ondas dispuestas de tal manera que se cancelan por completo.
La onda superior está desfasada respecto a la inferior, es decir, los picos de
una se alinean con los valles de la otra. Cuando se suman ambas ondas, se
cancelan mutuamente, dando un resultado nulo, como se ilustra mediante la línea
recta en la parte inferior de la figura.
Las
dos ondas de la figura 3.3 están desfasadas entre sí, lo que significa que los
picos de la onda superior están alineados con los valles de la onda inferior, y
viceversa. En consecuencia, es bastante evidente que cuando las sumemos se
cancelarán mutuamente por completo. Esto se ilustra en la parte inferior de la
figura, donde la «onda» es una línea recta. Siguiendo la analogía de los
relojes, todos los que marcan las 12 en la primera onda, que representan sus
picos, están alineados con los que en la segunda onda marcan las 6 en punto, y
representan sus valles. De hecho, miremos donde miremos, los relojes en la
primera onda señalan en la dirección opuesta a los de la segunda.
A estas alturas, utilizar relojes para describir ondas es como matar moscas a
cañonazos. Desde luego, si queremos sumar dos ondas de agua, lo único que
tenemos que hacer es sumar las alturas de cada una de ellas, para lo cual no
nos hacen falta los relojes. Qué duda cabe de que esto es cierto para las ondas
de agua, pero no crea que estamos siendo retorcidos: si hemos introducido los
relojes es por algo. Enseguida veremos que la flexibilidad adicional que nos
ofrecen es absolutamente necesaria cuando los utilicemos para describir las
partículas cuánticas.
Con esto en mente, ahora dedicaremos un momento a idear una regla precisa para
la suma de relojes. En el caso de la figura 3.3, la regla debe dar como
resultado que todos los relojes «se anulen» entre sí, dando un resultado nulo:
el reloj que marca las 12 en punto se cancela con el que marca las 6; el que
señala las 3, con el que marca las 9 en punto, etcétera. Evidentemente, esta
cancelación perfecta se produce en el caso particular en el que las ondas están
completamente desfasadas. Tratemos de encontrar una regla general que permita
sumar ondas de cualquier forma y orientación.
La figura 3.4 muestra otras dos ondas, en esta ocasión alineadas de manera que
la primera está ligeramente desfasada respecto a la segunda. De nuevo, hemos
etiquetado con relojes los picos, los valles y los puntos intermedios. Ahora el
reloj que marca las 12 en punto en la primera onda está alineado con el que
marca las 3 en la segunda. Vamos a enunciar una regla que nos permita sumar
estos dos relojes. La regla consiste en tomar las dos manecillas y colocarlas
una a continuación de la otra. Acto seguido, completamos el triángulo dibujando
una nueva manecilla entre los extremos de las otras dos. Hemos representado el
procedimiento en la figura 3.5. La nueva manecilla tendrá una longitud distinta
de la de las otras dos, y señalará en una dirección diferente: es una nueva
esfera de reloj, suma de las otras dos.
Figura 3.4. Dos ondas desfasadas entre sí, que se suman para dar lugar a una
tercera.
Ahora
podemos ser más precisos y utilizar trigonometría básica para calcular el
efecto de sumar un par de relojes cualesquiera. En la figura 3.5 sumamos un
reloj que marca las 12 en punto con otro que señala las 3. Supongamos que ambas
manecillas tienen una longitud de un centímetro (lo que corresponde a ondas en
el agua cuyos picos tienen una altura de un centímetro). Si colocamos las
manecillas una a continuación de la otra tenemos un triángulo rectángulo con
dos lados de un centímetro de longitud. La nueva manecilla tendrá la longitud
del tercer lado del triángulo: la hipotenusa. El teorema de Pitágoras nos dice
que el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los
otros dos lados: h2 = x2 + y2.
Si introducimos los valores numéricos, h2 = 12 +
12 = 2.
Por lo tanto, la longitud de la nueva manecilla, h, será igual a la
raíz cuadrada de 2, que es aproximadamente igual a 1,414 centímetros. ¿Qué
dirección marcará la nueva manecilla? Para saberlo necesitamos conocer el
ángulo de nuestro triángulo, denominado θ en la figura. En
particular, para el ejemplo de dos manecillas de la misma longitud, una de las
cuales marca las 12 en punto y la otra las 3, probablemente podríamos obtener
el resultado correcto sin necesidad de saber nada de trigonometría. Obviamente,
la hipotenusa forma un ángulo de 45 grados, de manera que la nueva «hora» está
a medio camino entre las 12 y las 3; es decir, es la una y media. Claramente,
este ejemplo es un caso especial. Hemos escogido manecillas que tuviesen la misma
longitud y formasen entre sí un ángulo recto para que los cálculos matemáticos
fuesen sencillos. Pero, evidentemente, es posible calcular la longitud y la
hora que marcaría una manecilla que resultase de la suma de cualquier par de
relojes.
Figura 3.5. La regla para sumar relojes.
Fijémonos
de nuevo en la figura 3.4. Podemos calcular la altura de cualquier punto de la
nueva onda sumando los relojes mediante el procedimiento que acabamos de
describir y averiguando qué proporción del nuevo reloj señala en la dirección
de las 12 en punto. Cuando el reloj marca las 12, el resultado es obvio: la
altura de la onda es simplemente la longitud de la manecilla. Análogamente,
cuando marca las 6 en punto la onda tiene un valle cuya profundidad es igual a
la longitud de la manecilla. También es bastante evidente que cuando el reloj
marca las 3 en punto (o las 9) la altura de la onda es cero, puesto que la
manecilla del reloj forma un ángulo recto con la dirección de las 12 en punto.
Para calcular la altura de la onda que describe un reloj cualquiera, debemos
multiplicar la longitud de la manecilla, h, por el coseno del
ángulo que esta forma con la dirección de las 12 en punto. Por ejemplo, el
ángulo que existe entre la dirección de las 3 en punto y la de las 12 es de 90
grados, cuyo coseno es cero, lo que significa que la altura de la onda es
también nula. Asimismo, la una y media corresponde a un ángulo de 45 grados con
la dirección de las 12 en punto, cuyo coseno es aproximadamente 0,707, de
manera que la altura de la onda es 0,707 veces la longitud de la manecilla
(observemos que 0,707 es √2). Si su trigonometría no está al día y le cuesta
entender estas últimas frases, puede ignorar los detalles sin contemplaciones.
Lo importante es el principio, según el cual, basta con conocer la longitud de
una manecilla de reloj y su dirección para calcular la altura de la onda.
Incluso si uno no entiende de trigonometría, puede obtener un resultado muy
aproximado dibujando cuidadosamente las manecillas del reloj y proyectándolas
sobre la dirección de las 12 en punto utilizando una regla. (Queremos dejar
claro a todos los estudiantes que lean este libro que no recomendamos este
último método: es muy útil entender los senos y los cosenos).
Esa es la regla para sumar relojes, y funciona de maravilla, como se refleja en
la última de las tres imágenes de la figura 3.4, donde hemos aplicado
repetidamente la regla en varios puntos de las ondas.
En esta descripción de las ondas de agua, lo único que importa es la proyección
de la «hora» sobre la dirección de las 12 en punto, lo que corresponde a un
único número: la altura de la onda. Esta es la razón por la que los relojes no
son en realidad necesarios para describir ondas en el agua. Fijémonos en los
tres relojes de la figura 3.6: todos corresponden a una misma altura de la onda
y, por lo tanto, son maneras equivalentes de representar la misma altura del
agua. Pero son relojes claramente distintos y, como veremos, estas diferencias
son importantes cuando pasemos a utilizarlos para describir partículas
cuánticas, porque, para estas, la longitud de la manecilla del reloj (o, de
forma equivalente, el tamaño del reloj) tiene un significado muy importante.
Figura 3.6. Tres relojes distintos con la misma proyección sobre la
dirección de las 12 en punto.
En
algunos puntos de este libro, y en este en particular, las cosas son
abstractas. Para evitar caer en una confusión vertiginosa, no debemos perder de
vista la panorámica global. Los resultados experimentales de Davisson, Germer y
Thomson y su similitud con el comportamiento de las ondas en el agua, nos han
llevado a proponer una aproximación: deberíamos representar una partícula
mediante una onda, que a su vez se puede representar a través de un montón de
relojes. Imaginemos que la onda de electrón se propaga «como una onda de agua»,
aunque no hemos explicado en detalle cómo sucede esto. Pero tampoco hemos dicho
en ningún momento cómo se propaga una onda de agua. De momento, lo único
importante es que damos por buena la analogía con las ondas de agua, y la idea
de que el electrón se describe en todo momento mediante una onda que se propaga
e interfiere de la misma manera que las ondas de agua. En el capítulo siguiente
iremos más allá y seremos más precisos a la hora de describir cómo se mueve un
electrón de un sitio a medida que transcurre el tiempo. Esto nos permitirá
acceder a un sinfín de tesoros, entre los que estará el famoso principio de
indeterminación de Heisenberg.
Pero antes queremos dedicar un momento a hablar de los relojes que proponemos
como representación de la onda de electrón. Insistimos en que estos relojes no
son reales en ningún sentido, y su manecilla no marca nada remotamente
relacionado con la hora del día. La idea de utilizar toda una serie de relojes
para describir un fenómeno físico real no es tan extraña como pudiera parecer.
Los físicos emplean técnicas similares para describir muchas cosas de la
naturaleza, y ya hemos visto cómo se pueden usar para describir las ondas en el
agua.
Otro ejemplo de este tipo de abstracción es la descripción de la temperatura en
una habitación, que se puede representar mediante una serie de números. Como
nuestros relojes, esos números no existen como objetos físicos, sino que
constituyen, gracias a su vinculación con los puntos de la habitación, una manera
útil de representar la temperatura. Los físicos se refieren a esta estructura
como un «campo». El campo de temperaturas es simplemente una serie de números,
uno por cada punto. En el caso de una partícula cuántica, el campo es más
complicado, porque se necesita un reloj en cada punto, en lugar de un solo
número. Normalmente, a este campo se le llama función de onda de la partícula.
El hecho de que para describir la función de onda sea necesaria una nube de
relojes, mientras que para el campo de temperaturas baste con un único número
por cada punto, supone una diferencia importante. Los relojes son necesarios
porque, en la jerga de la física, la función de onda es un campo «complejo»,
mientras que tanto la temperatura como las alturas de la onda de agua son
campos «reales». No tendremos necesidad de utilizar estas expresiones porque
trabajaremos con los relojes.[4]
No debería preocuparnos que, a diferencia del campo de temperatura, no tengamos
manera de percibir directamente una función de onda. El hecho de que no sea
algo que podamos tocar, oler o ver directamente es irrelevante. De hecho, no
llegaríamos muy lejos en física si decidiésemos limitar nuestra descripción del
universo a las cosas que podemos percibir directamente.
En nuestra exposición del experimento de la doble rendija con electrones, hemos
dicho que la onda de electrón es mayor donde existe una mayor probabilidad de
encontrar el electrón. Esa interpretación nos ha permitido entender cómo
podrían generarse punto a punto las franjas del patrón de interferencia a
medida que van llegando los electrones. Pero ahora esta afirmación ya no es lo
suficientemente precisa para nuestro propósito. Queremos saber cuál es la
probabilidad de encontrar el electrón. Esa interpretación nos ha permitido
entender cómo podrían generarse punto a punto las franjas del patrón de
interferencia a medida que van llegando los electrones. Pero ahora esta
afirmación ya no es lo suficientemente precisa para nuestro propósito. Queremos
saber cuál es la probabilidad de encontrar un electrón en un punto determinado,
queremos ponerle una cifra. Es aquí donde necesitamos los relojes, porque la
probabilidad que buscamos no es simplemente la altura de la onda. Lo correcto
es interpretar el cuadrado de la longitud de la manecilla del reloj como la
probabilidad de encontrar la partícula en el punto donde se encuentra el reloj.
Esta es la razón por la que necesitamos la flexibilidad adicional que nos
proporcionan los relojes frente a los números sencillos. Tal interpretación no
es en absoluto evidente, y no podemos ofrecer ninguna explicación convincente
de por qué es correcta. En última instancia, sabemos que es correcta porque
conduce a predicciones que concuerdan con los datos experimentales. Esta
interpretación de la función de onda fue una de las cuestiones espinosas a las
que tuvieron que enfrentarse los pioneros de la teoría cuántica.
La función de onda (es decir, nuestra nube de relojes) se introdujo en la
teoría cuántica en una serie de artículos publicados en 1926 por el físico
austríaco Erwin Schrödinger. Su artículo del 21 de junio contiene una ecuación
que debería estar grabada a fuego en el cerebro de todo estudiante de física.
Naturalmente, se la conoce como ecuación de Schrödinger:
El
símbolo griego Ψ (que se pronuncia «psi») representa la función de onda, y la
ecuación de Schrödinger describe cómo varía con el tiempo. En lo que a nosotros
respecta, los detalles de la ecuación son irrelevantes, porque en este libro no
vamos a seguir la aproximación de Schrödinger. No obstante, lo que sí es
interesante es que, aunque Schrödinger escribió la ecuación correcta para la
función de onda, en un principio no la interpretó correctamente. Fue Max Born,
uno de los físicos de mayor edad de entre quienes trabajaban en la teoría
cuántica en 1926 quien, a la provecta edad de cuarenta y tres años, ofreció la
interpretación correcta en un artículo entregado para su publicación apenas
cuatro días después del de Schrödinger. Mencionamos su edad porque, a mediados
de la década de 1920, la teoría cuántica se ganó el sobrenombre de Knabenphysik («física
de niños») debido a la corta edad de muchos de sus protagonistas más
importantes. En 1925, Heisenberg tenía veintitrés años; Wolfgang Pauli, cuyo
famoso principio de exclusión veremos más adelante, tenía veintidós; igual que
Paul Dirac, el físico británico a quien debemos la ecuación correcta que
describe al electrón. Se suele decir que su juventud los liberó de las antiguas
maneras de pensar y les permitió adoptar completamente la visión del mundo
nueva y radical que representaba la teoría cuántica. Schrödinger, que tenía por
aquel entonces treinta y ocho años, era en comparación un viejo y lo cierto es
que nunca llegó a estar completamente cómodo con la teoría en cuyo desarrollo
participó de manera tan destacada.
La interpretación radical de la función de onda que ofreció Born, por la que
recibió el premio Nobel en Física en 1954, consistía en entender que el
cuadrado de la longitud de la manecilla del reloj en un determinado punto
representa la probabilidad de encontrar la partícula allí. Por ejemplo, si la
manecilla del reloj situado en un punto cualquiera tiene una longitud de 0,1,
su cuadrado será 0,01, es decir, una probabilidad del 1%. Podríamos
preguntarnos por qué Born no optó directamente por elevar al cuadrado las
dimensiones de los relojes, de tal manera que en el último ejemplo la propia
manecilla del reloj tendría una longitud de 0,01. Eso no funcionaría, porque
para dar cuenta de la interferencia querríamos sumar los relojes, y no es lo
mismo sumar, por ejemplo, 0,01 y 0,01(que da como resultado 0,02) que sumar 0,1
y 0,1 y luego tomar el cuadrado (cuyo resultado sería 004).
Podemos ilustrar esta idea clave en la teoría cuántica con otro ejemplo.
Imaginemos que le hacemos algo a una partícula de manera que podamos
describirla mediante una nube de relojes en particular. Imaginemos también que
tenemos un dispositivo que nos permite medir la posición de las partículas. El
dispositivo (fácil de imaginar, pero no tan fácil de fabricar) podría ser una
cajita que pudiésemos montar rápidamente alrededor de cualquier región del
espacio. Si la teoría dice que la probabilidad de encontrar una partícula en
determinado punto es de 0,01 (porque la longitud de la manecilla del reloj en
ese punto es 0,1), entonces cuando montamos la caja alrededor de ese punto
tenemos una probabilidad de una entre cien de encontrar la partícula dentro de
la caja. Eso significa que es poco probable que encontremos algo en su
interior. Sin embargo, si podemos volver a montar el experimento de manera que
la partícula esté descrita de nuevo por la misma nube inicial de relojes,
podemos volver a realizarlo tantas veces como queramos. Entonces, por cada cien
veces que miremos en la cajita deberíamos, en promedio, descubrir una partícula
en su interior una vez (estaría vacía las 99 veces restantes).
La interpretación del cuadrado de la longitud de la manecilla como la
probabilidad de encontrar una partícula en determinado lugar no es
especialmente difícil de asimilar, pero sí parece como si nos la hubiésemos (o,
para ser más precisos, Max Born se la hubiese) sacado de la manga. Y de hecho,
desde un punto de vista histórico, resultó muy difícil que la aceptaran varios
grandes científicos, entre ellos Schrödinger y Einstein. Al recordar el verano
de 1926 cincuenta años después, Dirac escribió: «El problema de entender la
interpretación resultó ser bastante más difícil que simplemente calcular las
ecuaciones». A pesar de esta dificultad, hay que mencionar cómo a finales de
1926 ya se había computado el espectro de la luz emitida por el átomo de
hidrógeno, uno de los grandes rompecabezas de la física a finales del siglo
XIX, utilizando tanto las ecuaciones de Heisenberg como la de Schrödinger (más
adelante, Dirac demostró que ambos enfoques eran, en todos los casos,
completamente equivalentes).
Son famosas las objeciones de Einstein a la naturaleza probabilista de la
mecánica cuántica, que se reflejan en una carta que le escribió a Born en
diciembre de 1926. «La teoría ofrece mucho, pero no nos acerca al secreto del
Viejo. De todas maneras, estoy convencido de que Él no juega a los dados». El
problema era que, hasta entonces, se daba por supuesto que la física era
completamente determinista. Desde luego, el concepto de probabilidad no es
exclusivo de la teoría cuántica: se suele utilizar en numerosas situaciones,
desde las apuestas en las carreras de caballos hasta la ciencia de la
termodinámica, sobre la que se basaron sectores enteros de la ingeniería
victoriana. Pero, en estos casos, el motivo para utilizar probabilidades era la
falta de conocimiento acerca de esa parte del mundo en concreto, no una
cuestión fundamental. Supongamos que lanzamos una moneda al aire (el juego de
azar por antonomasia). Todos estamos acostumbrados a utilizar probabilidades en
este contexto. Si lanzamos la moneda cien veces, esperamos, en promedio,
obtener cincuenta veces cara y cincuenta veces cruz. Antes de la teoría
cuántica, estábamos obligados a decir que, si tuviésemos toda la información
posible sobre la moneda (la manera exacta en la que la lanzamos al aire, la
fuerza de la gravedad, los detalles de las corrientes de aire que circulan por
la habitación, la temperatura del aire, etcétera), en principio podríamos
calcular si obtendríamos cara o cruz. Por lo tanto, en este contexto, la
aparición de las probabilidades refleja las carencias de nuestro conocimiento
del sistema, y no algo intrínseco al sistema en sí.
Las probabilidades en la teoría cuántica no son así en absoluto: son algo
fundamental. Si solo podemos predecir la probabilidad de que una partícula esté
en uno u otro lugar, no es porque seamos ignorantes. No podemos, ni siquiera en
principio, predecir cuál será la posición de una partícula. Lo que sí somos
capaces de predecir, con una precisión absoluta, es la probabilidad de que
encontremos una partícula en determinado lugar si la buscamos. Además, podemos
predecir con precisión absoluta cómo varía esa probabilidad con el tiempo. Born
lo expresó espléndidamente en 1926: «El movimiento de las partículas sigue
leyes de la probabilidad, pero la probabilidad en sí se propaga según la ley de
la causalidad». Eso es lo que hace la ecuación de Schrödinger: nos permite
calcular con exactitud qué aspecto tendrá la función de onda en el futuro,
partiendo de su aspecto en el pasado. En ese sentido, es análoga a las leyes de
Newton. La diferencia es que, mientras que las leyes de Newton nos permiten
calcular la posición y velocidad de las partículas en cualquier instante
futuro, la mecánica cuántica únicamente nos permite calcular la probabilidad de
encontrarlas en determinado lugar.
Esta pérdida de capacidad de predicción era lo que incomodaba a Einstein y a
muchos de sus colegas. Desde la perspectiva que dan los ochenta años
transcurridos desde entonces, y todo el trabajo que se ha llevado a cabo, el
debate resulta ahora un poco superfluo, y es fácil zanjarlo diciendo que Born,
Heisenberg, Pauli y Dirac, entre otros, tenían razón y que Einstein,
Schrödinger y la vieja guardia estaban equivocados. Pero en aquel entonces era
perfectamente posible creer que la teoría cuántica era incompleta, en algún
sentido, y que las probabilidades aparecían, como sucede en termodinámica o
cuando lanzamos una moneda, porque nos falta alguna información sobre las
partículas. Hoy en día esta idea tiene poca aceptación, ya que los avances
teóricos y experimentales indican que la naturaleza realmente utiliza números
aleatorios, y que la pérdida de certeza a la hora de predecir las posiciones de
las partículas es una propiedad intrínseca del mundo físico: las probabilidades
son lo máximo a lo que podemos aspirar.
Capítulo 4
Todo lo que puede suceder, sucede
Contenido:
§.
El principio de indeterminación de Heisenberg
§. Deducir el principio de indeterminación de Heisenberg a partir de la teoría
de los relojes
§. Breve historia de la constante de Planck
§. De vuelta al principio de indeterminación de Heisenberg
Hemos
establecido un marco dentro del cual podemos explorar la teoría cuántica en
detalle. Las ideas clave son muy sencillas en cuanto a su contenido técnico, si
bien su dificultad estriba en que nos obligan a enfrentarnos a nuestros
prejuicios sobre el mundo. Hemos dicho que representaremos una partícula
mediante un montón de pequeños relojes desperdigados y que la longitud de la
manecilla de cada reloj (elevada al cuadrado) representa la probabilidad de que
la partícula se encuentre en ese lugar. Los relojes no son lo más importante,
son un artefacto matemático que utilizaremos para llevar la cuenta de las
probabilidades de encontrar una partícula en cada lugar. También nos hemos
provisto de un procedimiento para sumar los relojes, necesario para describir
el fenómeno de la interferencia. Ahora necesitamos atar el último cabo suelto,
y buscar la regla que nos diga cómo cambian los relojes de un momento al
siguiente. Esta regla sustituirá a la primera ley de Newton, en el sentido de
que nos permitirá predecir cómo se comportará una partícula si la dejamos a su
aire. Empecemos por el principio e imaginemos que colocamos una única partícula
en un punto.
Sabemos cómo representar una partícula en un punto (es lo que se representa en
la figura 4.1). Habrá un único reloj situado en ese punto, con una manecilla de
longitud uno (porque uno al cuadrado es igual a uno, lo que significa que la
probabilidad de encontrar la partícula ahí es del cien por cien). Supongamos
que el reloj marca las 12 en punto, aunque esta elección es completamente
arbitraria. En lo que se refiere a la probabilidad, la manecilla puede señalar
en cualquier dirección, pero debe tomar algún valor inicial, y las 12 en punto
es tan bueno como cualquier otro. La pregunta para la que buscamos respuesta es
la siguiente: ¿cuál es la probabilidad de que la partícula esté situada en
algún otro punto en un instante posterior? Dicho de otra manera, ¿cuántos
relojes tendremos que dibujar y dónde tendremos que colocarlos en ese momento
posterior? Para Isaac Newton esta habría sido una cuestión muy poco
interesante: si colocamos una partícula en algún lugar y no hacemos nada con
ella, no se moverá de ahí. Pero la naturaleza afirma, de manera muy categórica,
que eso es simplemente erróneo. Newton no podía estar más equivocado.
Figura 4.1. El único reloj que representa una partícula que está situada en
un punto determinado del espacio.
Esta
es la respuesta correcta: en un instante posterior la partícula puede estar en
cualquier lugar del universo. Esto significa que tenemos que dibujar un número
infinito de relojes, uno en cada punto del espacio que podamos imaginar. Esta
frase merece más de una relectura. Y probablemente tengamos que decir algo más
al respecto.
Permitir que la partícula esté en cualquier lugar equivale a no suponer nada
respecto a su movimiento. Es lo menos sesgado que podemos hacer, lo cual tiene
su punto de atractivo ascético,[5] aunque
hay que reconocer que viola las leyes del sentido común, y quizá también las de
la física.
Un reloj es una representación de algo concreto: la probabilidad de que una
partícula se encuentre en la posición del reloj. Si sabemos que una partícula
está en un lugar determinado en un instante determinado, la representamos
mediante un único reloj en dicho punto. La propuesta es que, si partimos de una
partícula en reposo en una posición definida en el instante cero, en un
instante «cero más un poquito» tendremos que dibujar una cantidad enorme
(infinita, de hecho) de relojes en todos los lugares del universo. Esto supone
reconocer la posibilidad de que la partícula salte en un instante a cualquier
otro lugar del universo. Nuestra partícula se encontrará simultáneamente tanto
a un nanómetro como a 1.000 millones de años luz de distancia de la posición
inicial, en el núcleo de una estrella en una galaxia remota. Hablando en plata,
esto parece una tontería. Para aclarar las cosas: la teoría debe ser capaz de explicar
el experimento de la doble rendija y, al igual que provocamos que una onda se
expanda cuando metemos el dedo en el agua en calma, con el paso del tiempo un
electrón situado inicialmente en algún lugar debe propagarse. Lo que tenemos
que determinar con exactitud es cómo se produce esa propagación.
A diferencia de la onda en el agua, lo que proponemos aquí es que la onda de
electrón se propaga de manera instantánea hasta ocupar todo el universo.
Técnicamente, diríamos que la regla para la propagación de partículas es
diferente de la correspondiente a las ondas en el agua, aunque ambas se
propagan de acuerdo con una «ecuación de ondas». La ecuación para las ondas en
el agua es distinta de la de las ondas de partículas (que es la famosa ecuación
de Schrödinger que se ha mencionado en el capítulo anterior), pero ambas
codifican la física ondulatoria. Las diferencias están en los detalles de cómo
se propagan las cosas de un lugar a otro. Por cierto, si usted sabe algo sobre
la teoría de la relatividad de Einstein quizá le inquiete el hecho de que
hablemos de que una partícula atraviesa el universo en un instante, porque
podría tener la impresión de que hay algo que viaja más rápido que la luz. En
realidad, la idea de que una partícula puede estar aquí y, un instante después,
en algún otro lugar remoto no contradice por sí misma las teorías de Einstein,
porque lo que estas realmente dicen es que la información no puede viajar más
rápido que la velocidad de la luz, limitación que también constriñe a la teoría
cuántica. Como veremos, la dinámica correspondiente a una partícula que
atraviesa el universo de un salto es completamente opuesta a la transferencia
de información, porque no podemos saber de antemano adónde saltará la
partícula. Parece que estemos construyendo una teoría basada en la pura
anarquía, y es natural que haya quien piense que no es posible que la
naturaleza se comporte así. Pero, como veremos a lo largo del libro, el orden
que observamos en nuestro mundo cotidiano surge en realidad de ese comportamiento
increíblemente absurdo.
Si le cuesta aceptar esta anárquica propuesta (que debemos llenar el universo
de relojes para poder describir el comportamiento de una sola partícula
subatómica de un momento al siguiente), ha de saber que no es el único.
Levantar el velo que cubre la teoría cuántica y tratar de interpretar sus
mecanismos internos es algo que desconcierta a todo el mundo. Es famosa la
afirmación de Niels Bohr según la cual: «Si alguien no experimenta asombro al
entrar en contacto con la mecánica cuántica, es porque no la entiende», y
Richard Feynman, en la introducción al tercer volumen de sus Feynman
Lectures on Physics, escribió que: «Creo que puedo afirmar sin temor a
equivocarme que nadie entiende la mecánica cuántica». Por suerte, seguir las
reglas es muchísimo más sencillo que tratar de visualizar lo que significan en
realidad. La capacidad de extraer cuidadosamente las consecuencias de una serie
de hipótesis, sin dejarse distraer por sus implicaciones filosóficas, es una de
las habilidades más importantes para un físico. Esto encaja a la perfección con
el espíritu de Heisenberg: planteemos nuestras hipótesis iniciales y calculemos
sus consecuencias. Si llegamos a un conjunto de predicciones que concuerdan con
lo que observamos en el mundo que nos rodea, deberíamos dar por buena la
teoría.
Muchos problemas son demasiado complicados para resolverlos de un solo salto
mental, y el conocimiento profundo rara vez surge de momentos de « ¡eureka!».
El truco consiste en cerciorarse de que entendemos cada pequeño paso y, tras un
número suficiente de ellos, surgirá una representación más general. O eso, o
nos damos cuenta de que hemos tomado un camino equivocado y tenemos que empezar
de nuevo desde cero. Los pequeños pasos que hemos esbozado hasta ahora no son
complicados en sí mismos, pero la idea de que hemos decidido tomar un solo
reloj y convertirlo en una infinidad de ellos es sin duda un concepto chocante,
sobre todo si imaginamos que tenemos que dibujarlos todos. Como diría Woody
Allen, la eternidad se hace larga, sobre todo al final. Nuestro consejo es no
dejarse llevar por el pánico ni darse por vencidos y, en todo caso, lo del
infinito es solo un detalle. Nuestra siguiente tarea es determinar la regla que
nos diga qué aspecto deben tener todos esos relojes en algún instante posterior
al inicial.
La que buscamos es la regla fundamental de la teoría cuántica, aunque tendremos
que añadir una segunda regla cuando consideremos la posibilidad de que el
universo contenga más de una partícula. Pero lo primero es lo primero: de
momento, centrémonos en el caso de una única partícula sola en el universo
(nadie podrá acusarnos de ir demasiado rápido). Supondremos que sabemos
exactamente dónde se encuentra en determinado instante, lo que nos permitirá
representarla mediante un único y solitario reloj. Nuestra tarea específica
consiste en identificar la regla que nos dirá cuál habrá de ser el aspecto, en
un instante posterior, de todos y cada uno de los nuevos relojes, distribuidos
a lo largo y ancho del universo.
Empezaremos por plantear la regla sin ninguna justificación. Enseguida
expondremos por qué la regla tiene el aspecto que tiene, pero de momento la
trataremos como si fuese una de las reglas de un juego. Dice así: en un tiempo
futuro t, la manecilla de un reloj situado a una distancia x del
reloj original se ha desplazado en el sentido contrario a las agujas del reloj
en un ángulo proporcional ax2. El ángulo es también
proporcional a la masa de la partícula, m, e inversamente al
tiempo, t. En símbolos, esto significa que debemos girar la
manecilla del reloj en sentido antihorario un ángulo proporcional a mx2/t.
En palabras, significa que el ángulo será mayor para una partícula más masiva,
y también cuanto más alejado se encuentre el segundo reloj del original; y
menor cuanto mayor sea el tiempo transcurrido. Este es un algoritmo —o una
receta, si se prefiere— que nos dice exactamente qué hemos de hacer para
calcular el aspecto de una distribución de relojes en algún instante futuro. En
cualquier punto del universo, dibujamos un reloj cuya aguja señala en la
dirección que viene dada por nuestra regla. Esto refleja nuestra afirmación de
que la partícula puede saltar, y de hecho salta, de su posición inicial a todos
los demás puntos del universo, con la consiguiente aparición de nuevos
relojes.
Para simplificar la situación, hemos imaginado que al principio solo había un
reloj, pero, evidentemente, en cualquier instante del tiempo podría haber ya
muchos relojes, que representarían el hecho de que la partícula no se encuentra
en una posición definida. ¿Cómo podemos saber lo que hemos de hacer con toda
una nube de relojes? La respuesta es que haremos, para cada uno de ellos, lo
mismo que hemos hecho en el caso de un solo reloj. La figura 4.2 ilustra esta
idea. La nube inicial de relojes se representa mediante pequeños círculos, y
las flechas indican que la partícula salta de la ubicación de cada reloj inicial
al punto X. Obviamente, esto da lugar a un nuevo reloj en dicho punto por cada
reloj inicial, y debemos sumarlos todos para construir el reloj final y
definitivo en el punto X. El tamaño de la manecilla de dicho reloj nos dará la
probabilidad de encontrar la partícula en X en un instante posterior.
No es tan raro tener que sumar relojes cuando varios de ellos llegan a un mismo
punto. Cada reloj corresponde a una manera distinta en que la partícula podría
haber llegado a X. Esta suma de relojes tiene sentido si recordamos el
experimento de la doble rendija: solo estamos tratando de reformular la
descripción de la onda usando relojes. Podemos imaginar dos relojes iniciales,
uno en cada rendija. En un instante posterior, cada uno de ellos dará lugar a
un reloj en un punto determinado de la pantalla, y tendremos que sumar ambos
relojes para obtener el patrón de interferencia.[6] Por lo
tanto, en resumen, la regla para calcular el aspecto que tendrá el reloj en
cualquier punto consiste en transportar todos los relojes iniciales a dicho
punto, uno por uno, y a continuación sumarlos todos utilizando la regla para la
adición que hemos visto en el capítulo anterior.
Figura 4.2. Los saltos de los relojes. Los círculos indican las posiciones
de la partícula en cierto instante; debemos asociar un reloj con cada punto.
Para calcular la probabilidad de encontrar la partícula en el punto X tenemos
que permitir que la partícula salte hasta él desde todas las posiciones
iniciales. Las flechas representan algunos de los saltos. La forma de las
líneas no tiene ningún significado y, desde luego, no implica que la partícula
haya seguido alguna trayectoria entre la ubicación de un reloj y el punto X.
Puesto
que hemos desarrollado este lenguaje para describir la propagación de ondas,
también podemos utilizarlo para pensar en otros tipos de ondas más habituales.
De hecho, la idea se remonta a mucho tiempo atrás. Como es bien sabido, ya en
1690 el físico holandés Christiaan Huygens describió así la propagación de
ondas de luz. Él no hablaba de relojes imaginarios, sino que insistía en que
debíamos ver cada punto de una onda de luz como una fuente de ondas secundarias
(igual que cada reloj da lugar a muchos relojes secundarios). Después estas
ondas secundarias se combinan para producir la nueva onda resultante. El
proceso se repite, de manera que cada punto en la nueva onda actúa también como
fuente de más ondas, que de nuevo se combinan, y así es como avanza la
onda.
Ahora podemos volver sobre algo que, muy legítimamente, podría haber estado
resultando molesto. ¿Por qué diablos elegimos la cantidad mx2/t para
determinar el ángulo en que debe girar la manecilla del reloj? Esta cantidad
tiene un nombre: «acción», y su historia dentro de la física es larga y
venerable. Nadie entiende realmente por qué la naturaleza hace uso de ella de
una manera tan fundamental, lo que significa que nadie puede explicar por qué
las manecillas de los relojes se giran en los ángulos en que se giran. Lo cual
a su vez da pie a que nos preguntemos: ¿cómo se dio cuenta alguien de que esto
era tan importante? Apareció por primera vez en una obra inédita escrita en
1669 por el filósofo y matemático alemán Gottfried Leibniz, que sin embargo no
encontró la manera de utilizarla para realizar cálculos. El científico francés
Pierre-Louis Moreau de Maupertuis la volvió a introducir en 1744 y,
posteriormente, su amigo el matemático Leonard Euler la utilizó para formular
un nuevo y potente principio de la naturaleza. Imaginemos una bola que vuela
por el aire. Euler descubrió que la bola recorre una trayectoria tal que la
acción calculada entre cualesquiera dos puntos de la misma tiene siempre el
valor mínimo posible. En el caso de la bola, la acción está relacionada con la
diferencia entre su energía cinética y su energía potencial.[7] Es lo que
se conoce como el «principio de mínima acción», que se puede utilizar para
obtener una alternativa a las leyes del movimiento de Newton. A primera vista,
es un principio bastante extraño, porque parece que, para volar de manera que
se minimice la acción, la bola debería conocer de antemano adónde se dirige
antes de llegar allí. ¿Cómo si no podría viajar por el aire de manera que, al
final, la cantidad llamada acción sea mínima? Expresado así, el principio de
mínima acción parece teleológico (esto es, da la impresión de que las cosas
suceden para alcanzar un objetivo predeterminado). En general, las ideas
teleológicas tienen bastante mala reputación en la ciencia, y es fácil entender
por qué. En biología, una explicación teleológica de la aparición de criaturas
complejas sería equivalente a defender la existencia de alguien que las hubiera
diseñado, mientras que la teoría de la evolución a través de la selección
natural de Darwin ofrece una explicación más sencilla que cuadra perfectamente
con los datos de que disponemos. No hay un componente teleológico en la teoría
de Darwin: mutaciones aleatorias producen variaciones en los organismos, y las
presiones externas debidas al entorno y a otros seres vivos determinan cuáles
de estas variaciones se transmiten a la siguiente generación. Basta con este
proceso para dar cuenta de la complejidad que observamos actualmente en la vida
sobre la Tierra. Dicho de otro modo, no es necesario un gran designio ni la
ascensión gradual de la vida hacia algún tipo de perfección, sino que la
evolución de la vida es una caminata aleatoria, generada por la copia
imperfecta de genes en un entorno externo en constante cambio. El biólogo
francés Jacques Monod, galardonado con el premio Nobel, llegó al extremo de ver
en «la negación sistemática o axiomática de la posibilidad de que el
conocimiento científico se pueda obtener mediante teorías que impliquen,
explícitamente o no, un principio teleológico» uno de los cimientos de la
biología moderna.
En lo que a la física se refiere, no hay debate en torno a la validez del
principio de mínima acción, ya que permite efectuar cálculos que describen
correctamente la naturaleza, y constituye una de sus piedras angulares. Es
posible argumentar que el principio de mínima acción no es en absoluto
teleológico, pero en cualquier caso el debate queda neutralizado una vez que
uno entiende la aproximación de Feynman a la mecánica cuántica. La bola que
vuela por el aire «sabe» qué trayectoria elegir porque en realidad explora en
secreto todos los caminos posibles.
¿Cómo se descubrió que la regla sobre los ángulos de los relojes tenía algo que
ver con esa cantidad denominada acción? Desde un punto de vista histórico,
Dirac fue el primero en tratar de encontrar una formulación de la teoría
cuántica en la que interviniese la acción, pero, en un gesto de excentricidad,
optó por publicar sus resultados en una revista soviética para mostrar así su
apoyo a la ciencia de ese país. El artículo, titulado «El lagrangiano en
mecánica cuántica», se publicó en 1933 y permaneció muchos años en la
oscuridad. En la primavera de 1941, el joven Richard Feynman había estado
pensando sobre la manera de desarrollar una nueva aproximación a la teoría
cuántica utilizando la formulación lagrangiana de la mecánica clásica (que es
la formulación que se deriva del principio de mínima acción). En una fiesta
conoció a Herbert Jehle, un físico europeo que estaba pasando una temporada en
Princeton, y, como es habitual entre los físicos cuando han tomado unas copas,
empezaron a comentar las ideas que estaban investigando. Jehle recordó el
oscuro artículo de Dirac, y al día siguiente lo encontraron en la biblioteca de
Princeton. Feynman empezó inmediatamente a calcular utilizando el formalismo de
Dirac y, a lo largo de una tarde en compañía de Jehle, descubrió que podía
derivar la ecuación de Schrödinger de un principio de acción. Fue un gran
avance, aunque al principio Feynman supuso que Dirac ya lo habría hecho, porque
era muy fácil. Fácil, claro está, si uno es Richard Feynman. Más adelante,
Feynman le preguntaría a Dirac si sabía que, con unos pocos pasos matemáticos
más, su artículo de 1933 se podía utilizar de esa manera. Tiempo después,
Feynman recordaría cómo Dirac, tumbado en el césped en Princeton tras haber
impartido una conferencia más bien deslucida, respondió simplemente: «No, no lo
sabía. Es interesante». Dirac fue uno de los físicos más importantes de todos
los tiempos, pero también era un hombre de pocas palabras. Eugene Wigner, otro
de los grandes, decía que «Feynman es un segundo Dirac, pero humano».
Recapitulemos: hemos planteado una regla que nos permite plasmar toda la nube
de relojes que representa el estado de una partícula en un instante dado. Es
una regla un poco rara: llene el universo de un número infinito de relojes, la
dirección de cuyas agujas diferirá entre sí en una cantidad que depende de una
magnitud bastante extraña pero históricamente muy importante llamada «acción».
Si en un punto coinciden dos o más relojes, se suman. La regla se basa en la
premisa de que debemos darle a la partícula la libertad de saltar desde
cualquier lugar del universo a absolutamente cualquier otro en un instante
infinitamente pequeño. Hemos dicho al principio que, en última instancia, estas
extravagantes ideas deben someterse a prueba en la naturaleza para ver si de
ellas surge algo que tenga sentido. Para empezar a hacerlo, veamos cómo algo
muy concreto, una de las bases de la teoría cuántica, surge de esta aparente
anarquía: el principio de indeterminación de Heisenberg.
§. El principio de indeterminación de Heisenberg
El principio de indeterminación de Heisenberg es una de las partes de la teoría
cuántica más malinterpretadas, una vía a través de la que todo tipo de
charlatanes y mercachifles de sandeces pueden colar sus divagaciones
filosóficas. Lo presentó en 1927 en un artículo cuyo título, «Über den
anschaulichen Inhalt der quantentheoretischen Kinematik und Mechanik», es de
muy difícil traducción. En particular la palabra anschaulich, que
significa algo como «físico» o «intuitivo». Al parecer, le movía el profundo
disgusto que le producía el hecho de que la versión de Schrödinger de la teoría
cuántica, más intuitiva, gozaba de una mayor aceptación que la suya, a pesar de
que ambos formalismos producían los mismos resultados. En la primavera de 1926,
Schrödinger estaba convencido de que su ecuación para la función de onda
ofrecía una representación visual de lo que sucedía en el interior de los
átomos. Pensaba que su función de onda era algo que se podría visualizar, y que
estaba relacionada con la distribución de carga eléctrica dentro del átomo. Lo
cual resultó ser incorrecto, pero al menos hizo que los físicos se sintieran
bien durante los primeros seis meses de 1926, hasta que Born introdujo su
interpretación probabilista.
Heisenberg, por su parte, había construido su teoría utilizando matemáticas
abstractas, lo que permitía predecir con gran precisión los resultados de los
experimentos, pero no era susceptible de ofrecer una interpretación física
clara. Heisenberg expresó su irritación en una carta a Pauli de 8 de junio de
1926, pocas semanas antes de que Born pusiese sus palos metafóricos en las
ruedas de la aproximación intuitiva de Schrödinger. «Cuanto más pienso en el
aspecto físico de la teoría de Schrödinger, más me desagrada. Lo que escribe
sobre la Anschaulichkeit de su teoría […], yo lo
considero Mist». La traducción de la palabra alemana mist es
«basura», «mierda»… o «sandez».
Heisenberg decidió entonces explorar cuál debería ser el significado de la
«representación intuitiva», o Anschaulichkeit, de una teoría
física. Se planteó la siguiente cuestión: ¿qué puede decir la teoría cuántica
respecto a las propiedades familiares de las partículas, como la posición? En
el espíritu de su teoría original, propuso que solo tiene sentido hablar de la
posición de una partícula si se especifica también cómo se mide. Así, no
podemos preguntarnos dónde se encuentra realmente un electrón en el interior de
un átomo de hidrógeno sin describir con exactitud qué haríamos para obtener esa
información. Puede parecer una cuestión semántica, pero no lo es en absoluto.
Heisenberg se dio cuenta de que el mero acto de medir algo introduce una
perturbación, y como consecuencia de ello existe un límite a la precisión con
la que podemos «conocer» un electrón. En particular, en su artículo original
Heisenberg fue capaz de estimar cuál es la relación entre la precisión con la
que podemos medir simultáneamente la posición y el momento de una partícula. En
su famoso principio de indeterminación, afirmó que si Δx es la
incertidumbre con la que conocemos la posición de un partícula (Δ es el símbolo
de la letra griega delta, de manera que Δx se pronuncia «delta
de x») y la letra griega Δp es la incertidumbre
correspondiente al momento, entonces
Donde h es
la constante de Planck y el símbolo «~» significa «del orden de magnitud de».
En una palabra: el producto de la incertidumbre en la posición de una partícula
y la incertidumbre en su momento será aproximadamente igual a la constante de
Planck. Esto significa que, cuanto mayor sea la precisión con la que
determinamos la posición de una partícula, menos podremos saber sobre el valor
de su momento, y viceversa. Heisenberg llegó a esta conclusión al reflexionar
sobre la dispersión de fotones por electrones. Los fotones son el medio que
tenemos para «ver» el electrón, de la misma manera en que vemos todos los
objetos cotidianos cuando detectamos con los ojos los fotones dispersados por
dichos objetos. Normalmente, la luz que rebota en un objeto provoca en él una
perturbación imperceptible, pero eso no debe hacernos creer que podemos separar
por completo el objeto que estamos midiendo del propio acto de medida. Alguien
podría suponer que, mediante un experimento convenientemente ingenioso, es
posible superar las limitaciones del principio de indeterminación.
Demostraremos que no es así, y que este principio es fundamental, porque vamos
a llegar a él partiendo únicamente de nuestra teoría de los relojes.
§. Deducir el principio de indeterminación de Heisenberg a partir de la
teoría de los relojes
En lugar de partir de una partícula situada en un único punto, imaginemos una
situación en la que solo sabemos aproximadamente dónde se encuentra la
partícula. Si sabemos que una partícula se encuentra en algún lugar dentro de
una pequeña región del espacio, entonces deberíamos representarla mediante una
nube de relojes que cubra toda esa región. En cada punto de la misma habrá un
reloj, que representa la probabilidad de que la partícula se encuentre en dicho
punto. Si elevamos al cuadrado las longitudes de las agujas de los relojes en
cada punto, y las sumamos, obtendremos en total el valor uno; es decir, la
probabilidad de encontrar la partícula dentro de la región es del cien por
cien.
Enseguida utilizaremos nuestras reglas cuánticas para realizar un cálculo
complicado, pero antes hemos de confesar que hemos olvidado mencionar un
importante apéndice a la regla para calcular la dirección de las manecillas de
los relojes. No hemos querido introducirlo antes porque es un detalle técnico,
pero si lo ignoramos no obtendremos resultados correctos cuando calculemos
probabilidades reales. Está relacionado con lo que hemos dicho al final del
párrafo anterior.
Si partimos de un solo reloj, su manecilla ha de tener una longitud igual a
uno, porque la partícula debe encontrarse en la posición del reloj con una
probabilidad del cien por cien. Nuestra regla cuántica nos dice entonces que,
para describir la partícula en un instante posterior, deberíamos transportar
este reloj a todos los puntos del universo, lo cual corresponde a que la
partícula salte desde su posición inicial. Claramente, las manecillas de todos
los relojes no pueden tener longitud uno, porque entonces ya no podríamos
utilizarla para calcular las probabilidades. Imaginemos, por ejemplo, que la
partícula está descrita por cuatro relojes, correspondientes a cuatro posibles
posiciones. Si cada uno de ellos tiene longitud uno, la probabilidad de que la
partícula se encuentre en alguna de las cuatro posiciones sería del 400%, lo
cual evidentemente no tiene sentido. Para solucionar este problema, además de
hacer que las agujas giren en sentido antihorario, debemos reducir su longitud.
Esta regla de «reducción» dice que, una vez que han aparecido todos los nuevos
relojes, la longitud de cada uno de ellos debe dividirse por la raíz cuadrada
del número total de relojes.[8] Para
cuatro relojes, eso implicará que la longitud de cada manecilla debe dividirse
por √4, lo que significa que, para cada uno de los cuatro relojes finales, esta
medirá 1/2. Por lo tanto, hay una
probabilidad del (1/2) 2 =
25% de que la partícula se encuentre en la posición que ocupa cada uno de los
cuatro relojes. De esta manera tan sencilla podemos garantizar que la
probabilidad total de que la partícula se encuentre en cualquier lugar siempre
será del cien por cien. Evidentemente, el número de posiciones posibles podría
ser infinito, en cuyo caso los relojes tendrían un tamaño nulo, lo cual puede
parecer preocupante, pero las matemáticas saben cómo manejar la situación. Por
lo que a nosotros respecta, siempre podemos imaginar que existe un número
finito de relojes y, en cualquier caso, no necesitaremos saber nunca en qué
proporción mengua realmente el tamaño de un reloj.
Pensemos de nuevo en un universo que contiene una sola partícula cuya posición
no se conoce con precisión. Podemos tratar la siguiente sección como un pequeño
rompecabezas matemático (es posible que no le resulte fácil seguir el
razonamiento la primera vez que lo lee, y quizá merezca la pena releerlo, pero si
consigue entender lo que está sucediendo comprenderá cómo surge el principio de
incertidumbre). Por simplicidad, hemos supuesto que la partícula se mueve en
una dimensión, lo que significa que está situada en algún lugar de una línea.
El caso tridimensional, más realista, no es distinto en lo fundamental, pero sí
más difícil de dibujar. En la figura 4.3 hemos esbozado esta situación,
representando la partícula mediante una línea de tres relojes. Tenemos que
imaginar que hay muchos más relojes —uno en cada punto donde podría encontrarse
la partícula—, pero eso sería muy difícil de dibujar. El reloj 3 está a la
izquierda de la nube inicial de relojes, y el reloj 1 a la derecha. Insistimos,
esto representa una situación en la que sabemos que la partícula se encuentra
inicialmente en algún lugar entre los relojes 1 y 3. Newton diría que la
partícula permanece entre ambos relojes si nada actúa sobre ella, pero ¿qué
dice la regla cuántica? Aquí es donde empieza la diversión: vamos a jugar con
las reglas de los relojes para dar respuesta a esta pregunta.
Permitamos que el tiempo transcurra y calculemos lo que sucede con esta línea
de relojes. Empezaremos por pensar en un punto en particular (marcado con una X
en la figura), situado a gran distancia de la nube inicial. Más adelante
seremos más explícitos en cuanto a lo que significa «gran distancia», pero de
momento entenderemos simplemente que la aguja del reloj dará muchas vueltas.
Figura 4.3. Una línea de tres relojes que marcan la misma hora: esto
describe una partícula situada inicialmente en la región de los relojes.
Queremos calcular cuál es la probabilidad de encontrar la partícula en el punto
X en un instante posterior.
Si
aplicamos nuestras reglas, deberíamos transportar cada reloj de la nube inicial
al punto X, girando la manecilla y contrayéndolo como corresponda. Físicamente,
esto corresponde a que la partícula salte desde esa posición dentro de la nube
inicial al punto X. A dicho punto llegarán muchos relojes, uno por cada reloj
inicial en la línea, y habrá que sumarlos todos. Una vez hecho esto, el
cuadrado de la longitud de la aguja del reloj resultante en el punto X nos dará
la probabilidad de encontrar la partícula ahí.
Hagamos números y veamos cuál es el resultado. Supongamos que el punto X está a
«10 unidades» de distancia del reloj 1, y que la nube inicial de relojes tiene
una extensión de «0,2 unidades». Para responder a la pregunta evidente, « ¿Qué
distancia es 10 unidades?», es para lo que nos será útil la constante de
Planck, pero de momento dejaremos este asunto a un lado y diremos simplemente
que una unidad de distancia corresponde a una vuelta completa (doce horas) de
la manecilla del reloj. Eso significa que el punto X está aproximadamente a 102 =
100 vueltas completas de la nube inicial (recordemos la regla para calcular las
vueltas que da la manecilla). También supondremos que todos los relojes
iniciales tenían aproximadamente el mismo tamaño, y que marcaban las 12 en
punto. Lo primero equivale a suponer que la probabilidad de encontrar la
partícula entre los puntos 1 y 3 de la figura es uniforme. El significado de
que todos marquen la misma hora lo veremos cuando llegue el momento.
Para llevar un reloj del punto 1 al X, de acuerdo con nuestra regla, debemos
rotar la manecilla en sentido antihorario hasta que dé cien vueltas completas.
A continuación, hagamos lo propio con el reloj que inicialmente se encuentra en
el punto 3, a 0,2 unidades de distancia. Este tiene que recorrer 10,2 unidades,
por lo que la aguja girará algo más que antes: 10,2 2, que es
muy aproximadamente igual a 104 vueltas completas.
Ya tenemos dos relojes en X, correspondientes a que la partícula salte desde
los puntos 1 y 3, respectivamente, y ahora debemos sumarlos para comenzar a
calcular cómo será el reloj final. Puesto que ambos han completado muy
aproximadamente un número entero de vueltas, los dos marcarán poco más o menos
las 12 en punto, y su suma dará como resultado un reloj con una manecilla más
grande que marcará también esa misma hora. Fijémonos en que lo único que
importa es la dirección final que señalan las manecillas de los relojes. No
tenemos que llevar la cuenta de cuántas vueltas dan. Hasta ahora, todo bien,
pero aún no hemos terminado, porque hay muchos otros relojes entre los extremos
izquierdo y derecho de la nube inicial. Centrémonos ahora en el reloj que ocupa
la posición intermedia entre ambos extremos, es decir, el que está en el punto
2. Este reloj se encuentra a 10,1 unidades de distancia de X, lo que significa
que su manecilla tendrá que dar 10,12 vueltas, que es muy
aproximadamente igual a 102 rotaciones completas (de nuevo, un número entero de
vueltas). Tenemos que sumar este tercer reloj a los otros en el punto X y, como
antes, esto hará que la longitud de la manecilla crezca aún más. Siguiendo con
el razonamiento, hay un punto a medio camino entre los puntos 1 y 2, y si el
reloj salta desde ahí su aguja tendrá que dar 101 vueltas completas, lo que de
nuevo contribuirá al tamaño de la manecilla final. Pero he aquí la idea
importante: si volvemos a tomar el punto intermedio entre estos dos, obtenemos
un reloj que tendrá que dar 100,5 rotaciones para llegar al punto X, lo cual
corresponde a un reloj que marca las 6 en punto. Si lo sumamos al resto, hará
que disminuya la longitud de la manecilla final en X. Si lo pensamos un poco,
nos convenceremos de que, aunque a partir de los puntos 1, 2 y 3 obtenemos
relojes que marcan las 12 en el punto X, y aunque los puntos situados a medio
camino entre 1, 2 y 3 también dan lugar a relojes que marcan las 12, los puntos
situados a 1/4 y 3/4 de
camino entre los puntos 1 y 3, y 2 y 3, producen relojes que marcan las 6 en
punto. En total, son 5 relojes que señalan hacia arriba y cuatro que lo hacen
hacia abajo. Cuando los sumamos todos, obtenemos que el reloj en X posee una
manecilla minúscula, porque casi todos los relojes se cancelan entre sí.
Evidentemente, esta «cancelación de los relojes» se extiende al caso realista
en que consideramos cualquier punto posible situado en la región entre 1 y 3.
Por ejemplo, el punto que se encuentra a 1/8 de
camino desde el punto 1 aporta un reloj que marca las 9, mientras que debido al
punto situado a 3/8 del camino marca las
3; de nuevo, ambos se cancelan entre sí. El efecto neto es que los relojes
correspondientes a todas las maneras en que la partícula podría haber viajado
desde algún lugar de la nube inicial de relojes al punto X se cancelan entre
sí. Esta situación se ilustra en la parte derecha de la figura 4.3. Las flechas
representan las manecillas de los relojes que llegan a X procedentes de
distintos puntos de la nube inicial. El efecto neto de sumar todas estas
flechas es que se cancelan entre sí. Este es el mensaje fundamental con el que
debemos quedarnos.
Insistimos, acabamos de demostrar que, si la nube inicial es suficientemente
grande y el punto X está suficientemente alejado, entonces, para cada reloj que
llega a X marcando las 12 en punto, habrá otro que indique las 6 y lo cancele;
para cada reloj que llegue marcando las 3 en punto, habrá otro que señale las 9
y lo cancele, etcétera. Esta cancelación generalizada significa que la
probabilidad de encontrar la partícula en el punto X es prácticamente cero.
Este resultado es muy prometedor e interesante, porque recuerda mucho a la
descripción de una partícula que no se mueve. Aunque partimos de una propuesta
en apariencia extravagante, según la cual una partícula podía pasar de estar en
un único punto del espacio a encontrarse en cualquier lugar del universo un
instante después, ahora hemos descubierto que no es eso lo que sucede si
inicialmente tenemos una nube de relojes. Para dicha nube, debido a la manera
en que todos los relojes interfieren entre sí, la probabilidad de que la
partícula esté lejos de su posición es prácticamente nula. Hemos llegado a esta
conclusión como resultado de una «orgía de interferencia cuántica», en palabras
del profesor de Oxford James Binney.
Para que la orgía de interferencia cuántica y la correspondiente cancelación de
los relojes se produzcan, el punto X debe estar lo suficientemente alejado de
la nube inicial como para que las manecillas de los relojes puedan dar muchas
vueltas. ¿Por qué? Porque si el punto X está demasiado cerca podría suceder que
las manecillas de los relojes no tuvieran ocasión de dar siquiera una vuelta
completa, lo que significaría que no se cancelarían entre sí de manera tan
efectiva. Imaginemos, por ejemplo, que la distancia del reloj en el punto 1 al
punto X es de 0,3, en lugar de 10. Ahora el reloj en el extremo de la nube
inicial gira únicamente 0,32 = 0,09 vueltas, lo que significa
que marca poco después de la 1 en punto. Análogamente, el reloj del punto 3, en
el extremo opuesto de la nube inicial, gira 0,52 = 0,25, y marca
las 3 en punto. Por consiguiente, todos los relojes que llegan al punto X
marcan horas comprendidas entre la 1 y las 3, lo que significa que no se
cancelan entre sí, sino que se suman para dar como resultado un gran reloj que
marca aproximadamente las 2 en punto. Todo esto equivale a decir que hay una
probabilidad razonable de encontrar la partícula en puntos próximos, aunque
exteriores, a la nube inicial. Por «próximos» entendemos que las manecillas no
han girado lo suficiente para dar una vuelta completa. Esto empieza a tener un
aire a principio de indeterminación, pero aún es un poco vago, así que
aclararemos qué queremos decir exactamente con una nube inicial de relojes
«suficientemente grande» y con un punto «suficientemente alejado».
Siguiendo los pasos de Dirac y Feynman, nuestra aproximación inicial ha
consistido en suponer que el ángulo en el que las manecillas giran cuando una
partícula de masa m salta a una distancia x en
un tiempo t es proporcional a mx2/t.
No basta con decir que es «proporcional a» si lo que queremos es calcular
números reales. Necesitamos saber con precisión la magnitud del ángulo en el
que giran. En el capítulo 2 hemos hablado de la ley de la gravitación de Newton
y, para hacer predicciones cuantitativas, hemos introducido la constante de
gravitación de Newton, que determina la intensidad de la fuerza gravitatoria.
Con la constante, se pueden introducir números en la ecuación y calcular cosas
reales, como el período orbital de la Luna o la trayectoria que ha seguido la
cápsula Voyager 2 en su recorrido a través del Sistema Solar. Ahora necesitamos
algo parecido para la mecánica cuántica, una constante de la naturaleza que
«determine la escala» y nos permita partir de la acción y obtener un resultado
preciso sobre cuánto han de girar las agujas de los relojes cuando los movemos
a una cierta distancia de su posición inicial en un tiempo determinado. Esa
constante es la constante de Planck.
§. Breve historia de la constante de Planck
En un arranque de genio imaginativo durante la velada del 7 de octubre de 1900,
Max Planck fue capaz de encontrar la explicación para la manera en que irradian
energía los objetos calientes. A lo largo de la segunda mitad del siglo XIX,
uno de los grandes rompecabezas de la física fue encontrar la relación exacta
entre la distribución de longitudes de onda de la luz emitida por objetos
calientes y su temperatura. Todo objeto caliente emite luz y, a medida que
aumenta la temperatura, el carácter de la luz varía. Estamos acostumbrados a la
luz de la región visible del espectro, que corresponde a los colores del
arcoíris, pero también puede existir luz cuya longitud de onda sea demasiado
corta o demasiado larga para que el ojo humano la detecte. La luz con una
longitud de onda mayor que la del color rojo se conoce como «infrarroja» y se
puede ver usando gafas de visión nocturna. Las longitudes de onda aún mayores
corresponden a las ondas de radio. Por su parte, la luz cuya longitud de onda
es algo menor que la del color azul se denomina «ultravioleta», y aquella con
la menor longitud de onda se conoce genéricamente como «radiación gamma». A
temperatura ambiente, un pedazo de carbón que no esté ardiendo emitirá luz en
el rango infrarrojo del espectro. Pero si lo lanzamos al fuego empezará a
brillar con luz roja. Esto es porque, a medida que aumenta la temperatura del
carbón, disminuye el valor medio de la longitud de onda de la radiación que
emite. El aumento en la precisión de las medidas experimentales que se produjo
durante el siglo XIX evidenció que nadie sabía cuál era la fórmula matemática
correcta para describir esta observación. Es lo que en general se conoce como
«el problema del cuerpo negro», porque los físicos denominan «cuerpos negros» a
los objetos ideales que absorben y reemiten toda la radiación que reciben. Era
un problema grave, porque ponía de manifiesto la incapacidad para comprender el
carácter de la luz emitida por cualquier objeto.
Planck había estado pensando sobre este asunto y otros relacionados en los
campos de la termodinámica y el electromagnetismo durante muchos años antes de
ser nombrado catedrático de física teórica en Berlín. Antes de contactar con
Planck, les habían ofrecido el puesto a Boltzmann y a Hertz, pero ambos lo
habían rechazado. Lo cual resultó ser providencial, porque Berlín era el centro
de las investigaciones experimentales sobre la radiación del cuerpo negro, y la
inmersión de Planck en el corazón de los trabajos experimentales fue clave para
su posterior proeza teórica. A menudo se da la circunstancia de que los físicos
trabajan mejor cuando pueden tener conversaciones diversas y casuales con sus
colegas.
Conocemos con tanta precisión la fecha y la hora de la revelación de Planck
porque había pasado la tarde del domingo 7 de octubre de 1900 con su familia en
compañía de su colega Heinrich Rubens. Durante la comida, discutieron la
incapacidad de los modelos teóricos de la época para explicar los detalles de
la radiación del cuerpo negro. Por la noche, Planck garabateó una ecuación en
una postal y se la envió a Rubens. Resultó ser la fórmula correcta, pero era
verdaderamente muy extraña. Más tarde, Planck la describiría como «un acto de
desesperación», después de haber probado todo lo que se le ocurrió. En
realidad, no se sabe a ciencia cierta cómo se le ocurrió la ecuación. En su
magnífica biografía de Albert Einstein, El Señor es sutil, Abraham
Pais escribe: «Su razonamiento era disparatado, pero su locura poseía esa
cualidad divina que solo las más grandes figuras de momentos de transición
pueden aportar a la ciencia». La propuesta de Planck era tan inexplicable como
revolucionaria. Descubrió que podía explicar la radiación del espectro del
cuerpo negro, pero solo si suponía que la luz emitida estaba compuesta de un
gran número de pequeños «paquetes» de energía. Dicho de otra manera, la energía
total está cuantizada en unidades de una nueva constante fundamental de la
naturaleza, que Planck llamó «cuanto de acción» y que hoy conocemos como
constante de Planck.
Lo que la fórmula de Planck implica realmente, aunque él no fuese consciente de
ello entonces, es que la luz siempre se emite y se absorbe en paquetes o
cuantos. En notación moderna, estos paquetes poseen una energíaE = ћc/λ,
donde λ (lambda) es la longitud de onda de la luz, c es la
velocidad de la luz y hes la constante de Planck, que en esta
ecuación sirve como factor de conversión entre la longitud de onda y la energía
del cuanto correspondiente. Fue Albert Einstein quien propuso, sin demasiada
confianza en un principio, la idea de que la cuantización de la energía de la
luz emitida se debe a que la propia luz está compuesta de partículas. Lo hizo
durante su gran estallido de creatividad en 1905, el annus mirabilis que
también produjo la teoría de la relatividad especial y la ecuación más famosa
de la historia de la ciencia, E = mc2.
Einstein obtuvo el premio Nobel en Física en 1921 (que, por oscuras razones
burocráticas de la organización del Nobel, recibió en 1922) por su trabajo
sobre el efecto fotoeléctrico, y no por sus famosas teorías de la relatividad.
Einstein propuso que la luz se podía entender como un flujo de partículas (no
utilizó entonces la palabra «fotones») y entendió, de un modo correcto, que la
energía de cada fotón es inversamente proporcional a su longitud de onda. Esta
conjetura de Einstein es el origen de una de las paradojas más famosas de la
teoría cuántica: el hecho de que las partículas se comportan como ondas, y
viceversa.
Planck quitó los primeros ladrillos de los cimientos de la representación de la
luz de Maxwell al demostrar que la energía de la luz emitida por un objeto
caliente solo se puede describir si se emite en cuantos. Fue Einstein quien
retiró los ladrillos que hicieron que todo el edificio de la física clásica se
viniese abajo. Su interpretación del efecto fotoeléctrico obligaba a asumir no
solo que la luz se emite en pequeños paquetes, sino también que interactúa con
la materia en forma de paquetes localizados. Esto es, que la luz realmente se
comporta como un flujo de partículas. La idea de que la luz está compuesta de
partículas —es decir, que «el campo electromagnético está cuantizado»— suscitó
una gran controversia y tardó varias décadas en aceptarse. La reticencia de los
colegas de Einstein a asumir la idea del fotón se puede detectar en la
propuesta, coescrita por el propio Planck, para el ingreso de Einstein en la
prestigiosa Academia Prusiana en 1913, ocho años después de que este
introdujese la idea del fotón:
En
resumen, podría decirse que no hay ninguno de los grandes problemas en que la
física moderna es tan rica a cuya resolución Einstein no haya hecho una
contribución notable. No se le debería reprochar demasiado que en ocasiones
haya errado el blanco con sus especulaciones, como por ejemplo con su hipótesis
de los cuantos de luz, ya que no es posible introducir ideas realmente nuevas
incluso en la más exacta de las ciencias sin asumir ciertos riesgos.
En
otras palabras, nadie pensaba en realidad que los fotones fueran reales. La
creencia más extendida era que Planck pisaba sobre seguro porque su propuesta
tenía más que ver con las propiedades de la materia —los pequeños osciladores
que emitían la luz— que con la luz en sí. Sencillamente, todo era demasiado
raro como para creer que había que sustituir las hermosas ecuaciones
ondulatorias de Maxwell por una teoría de partículas.
Mencionamos esta historia en parte para dejar claro que aceptar la teoría cuántica
provoca verdaderas dificultades. Es imposible visualizar algo, como un electrón
o un fotón, que se comporta un poco como partícula, un poco como onda y otro
poco como ninguna de las dos cosas. Einstein nunca llegó a estar del todo
convencido al respecto. En 1951, apenas cuatro años antes de su muerte,
escribió: «Cincuenta años dándole vueltas y sigo sin tener respuesta para la
pregunta de qué son los cuantos de luz».
Sesenta años después, lo que es indiscutible es que la teoría que estamos
desarrollando mediante nuestras nubes de relojes describe, con precisión
infalible, los resultados de todos y cada uno de los experimentos que se han
ideado para ponerla a prueba.
§. De vuelta al principio de indeterminación de Heisenberg
Esta es, pues, la historia de la introducción de la constante de Planck. Pero,
en lo que a nosotros respecta, lo más importante es darse cuenta de que esta
constante es una unidad de «acción», lo que significa que es el mismo tipo de
magnitud que la cosa que nos dice cuánto han de girar las manecillas de los
relojes. Su valor moderno es 6,6260695729 × 10 −34 kg m2/s,
verdaderamente minúsculo a escala macroscópica. Esta es la razón por la que en
nuestra vida cotidiana no notamos sus ubicuos efectos.
Recordemos que hemos dicho que la acción correspondiente al salto de una
partícula de un lugar a otro era igual a la masa de la partícula multiplicada
por el cuadrado de la distancia del salto, todo ello dividido entre el
intervalo de tiempo durante el que se produce el salto. Esto se mide en kg m2/s,
las mismas unidades de la constante de Planck, por lo que si dividimos la
acción entre esta constante obtendremos un número puro, sin dimensiones. Según
Feynman, este número puro es la cantidad de giro de la manecilla del reloj
asociada al salto de una partícula de un lugar a otro. Por ejemplo, si ese
número es igual a 1, la manecilla deberá dar una vuelta completa; si es 1/2,
tendrá que dar media vuelta, etcétera. En símbolos, la cantidad precisa de giro
de la manecilla del reloj para dar cuenta de la posibilidad de que una
partícula salte una distancia x en un tiempo t es mx2/(2ћt).Fijémonos
en que ahora aparece en la fórmula un factor 1/2.
Podemos entender que es lo que se necesita para que los resultados concuerden
con los experimentos o que procede de la definición de la acción.[9] Cualquiera
de las dos posibilidades es válida. Ahora que conocemos el valor de la
constante de Planck, podemos cuantificar la cantidad de giro de las manecillas
y abordar el asunto que antes hemos dejado pendiente, a saber: ¿qué significa
realmente saltar una distancia de «10»?
Veamos lo que nos dice nuestra teoría sobre algo pequeño a escala macroscópica,
como un grano de arena. La teoría de la mecánica cuántica que hemos
desarrollado indica que, si lo colocamos en algún lugar, en un instante
posterior podría estar en cualquier lugar del universo. Pero, evidentemente,
esto no es lo que sucede con los granos de arena reales. Ya hemos vislumbrado
una manera de soslayar este posible problema porque, si existe suficiente
interferencia entre los relojes, lo que correspondería a que el grano saltase
desde múltiples posiciones iniciales, se cancelarían entre sí y el grano
permanecería en reposo. La primera pregunta que debemos responder es ¿cuántas
vueltas tendrán que dar las manecillas de los relojes si transportamos una
partícula con la masa de un grano de arena una distancia de, por ejemplo, 0,001
milímetros en un tiempo de un segundo? Aunque no podríamos distinguir una
distancia tan minúscula a simple vista, continúa siendo bastante grande a
escala atómica. Podemos hacer los cálculos fácilmente sustituyendo los números
en la regla de Feynman para los relojes.[10] El
resultado es aproximadamente un billón de vueltas completas de la manecilla.
Imaginemos cuánta interferencia sería posible. La consecuencia es que el grano
de arena permanece donde está y la probabilidad de que salte una distancia
detectable es prácticamente nula, aunque para llegar a esa conclusión hemos
tenido que considerar la posibilidad de que saltase en secreto a todos los
lugares del universo.
Este es un resultado muy importante. Si ha hecho los cálculos por su cuenta, ya
imaginará a qué se debe: la razón es el minúsculo valor de la constante de
Planck. Escrita con todas sus cifras, su valor es
0,00000000000000000000000000000000066260695729
kg m2/s.
Dividir
prácticamente cualquier número macroscópico por este valor resultará en un
montón de vueltas de la manecilla y muchísima interferencia, con la
consecuencia de que todos los exóticos recorridos de nuestro grano de arena por
el universo se cancelan entre sí, y percibimos a este viajero a través del
espacio infinito como una anodina mota de polvo inmóvil en una playa.
Por supuesto, a nosotros nos interesan en particular las circunstancias en las
que los relojes no se cancelan entre sí y, como hemos visto, esto sucede si las
manecillas no giran más de una sola vuelta. En ese caso, la orgía de
interferencia no se produce. Veamos lo que esto significa cuantitativamente.
Figura 4.4. Igual que la figura 4.3, salvo por el hecho de que ahora no nos
limitamos a unos valores particulares del tamaño de la nube de relojes o de la
distancia al punto X.
Volvamos
a la nube de relojes, que hemos dibujado de nuevo en la figura 4.4, pero en
esta ocasión nuestro análisis será más abstracto, en lugar de utilizar números
concretos. Supongamos que la nube de relojes tiene una extensión igual a Δx,
y que la distancia al punto X desde su extremo más próximo es de x.
En este caso, el tamaño de la nube de relojes, Δx, se refiere a la
incertidumbre con la que conocemos la posición inicial de la partícula: sabemos
que se encontraba inicialmente en algún lugar de una región de tamaño Δx.
Empezando por el punto 1, que es el más cercano a X dentro de la nube inicial
de relojes, tendremos que girar la manecilla del reloj correspondiente a un
salto desde este punto a X en una cantidad
Vayamos
ahora al punto más alejado, el punto 3. Cuando trasladamos el reloj desde aquí
hasta X, el giro de su manecilla será algo mayor; esto es
Vayamos
ahora al punto más alejado, el punto 3. Cuando trasladamos el reloj desde aquí
hasta X, el giro de su manecilla será algo mayor; esto es
Ahora
podemos ser más precisos y exponer la condición para que los relojes propagados
desde todos los puntos de la nube inicial no se cancelen mutuamente en X: debe
existir menos de una vuelta completa de diferencia entre los relojes
procedentes de los puntos 1 y 3, es decir,
W3 – W1 <
una vuelta,
lo cual, sustituyendo las expresiones anteriores, equivale a
Ahora
consideremos el caso específico en el que el tamaño del grupo de relojes, Δx,
es mucho menor que la distancia x. Eso significa que queremos saber
cuál es la probabilidad de que nuestra partícula salte lejos de su dominio
inicial. En este caso, la condición para que no se produzca la cancelación
entre los relojes, derivada directamente de la ecuación anterior, es
Con
algunos conocimientos matemáticos, no es difícil obtener este resultado
desarrollando el término entre paréntesis y haciendo caso omiso de todos los
términos en los que figure (Δx)2. Podemos hacerlo porque
hemos dicho que Δx es muy pequeño en comparación con x ,
y una cantidad pequeña al cuadrado es algo aún más pequeño.
Esta ecuación expresa la condición para que no se produzca la cancelación de
los relojes en el punto X. Sabemos que si los relojes no se cancelan en
determinado punto, existe una cierta probabilidad de encontrar la partícula
ahí. Así pues, hemos descubierto que, si la partícula se encuentra inicialmente
en una nube de tamaño Δx, en un instante posteriort habrá
una cierta probabilidad de encontrarla a una gran distancia x de
la nube si la ecuación anterior se satisface. Además, esa distancia aumenta con
el tiempo, puesto que en la fórmula estamos dividiendo por el tiempo t.
En otras palabras, cuanto más tiempo transcurre, mayor es la probabilidad de
encontrar la partícula lejos de su posición inicial. Esto empieza a parecerse
sospechosamente a una partícula en movimiento. Fijémonos asimismo en que la
probabilidad de encontrar la partícula a una gran distancia también aumenta
cuanto menor es Δx, es decir, cuanto menor es la incertidumbre sobre la
posición inicial. En otras palabras, cuanto mayor es la precisión con la que
conocemos la posición de la partícula, más rápido se aleja de su posición
inicial. Esto se parece mucho al principio de indeterminación de
Heisenberg.
Para relacionarlo todo finalmente, reordenemos un poco la ecuación. Tengamos en
cuenta que, para que una partícula llegue desde algún lugar en la nube inicial
de relojes al punto X en el instante t, debe saltar una
distancia x. Si midiésemos realmente la partícula en X, llegaríamos
naturalmente a la conclusión de que la partícula se había desplazado a una
velocidad igual a x/t. Además, recordemos que la masa de una
partícula multiplicada por su velocidad nos da su momento, por lo que la
magnitud mx/t es el momento medido de la partícula. Ahora
podemos simplificar la ecuación un poco más, y escribir
donde p es
el momento. Esta ecuación se puede reordenar así:
y
tiene la importancia suficiente para que la comentemos, porque se parece mucho
al principio de indeterminación de Heisenberg.
Dejemos aquí las matemáticas de momento, y aunque no haya seguido el desarrollo
con demasiado detalle, podrá reincorporarse al razonamiento a partir de
aquí.
Si partimos de una situación en la que nuestra partícula está localizada en una
región de tamaño Δx, acabamos de descubrir que, una vez transcurrido un
cierto tiempo, podremos encontrarla en cualquier lugar dentro de una región más
amplia x. La situación se ilustra en la figura 4.5. Para ser más
precisos, esto significa que, si hubiésemos tratado de localizar la partícula
inicialmente, lo más probable es que la hubiéramos encontrado en la región
interior. Si, por el contrario, no la hubiésemos buscado inicialmente y
hubiéramos esperado un poco, habría una cierta probabilidad de encontrarla en
un instante posterior en cualquier punto de la región más amplia. Esto
significa que la partícula podría haberse movido de una posición en la región
interna a otra dentro de la región más amplia. No tiene por qué haberse movido,
y aún hay una cierta probabilidad de que se encuentre en la región de dimensión
Δx. Pero es muy posible que una medición revele que la partícula se ha
alejado hasta el borde de la región más grande.[11] Si una
medida diese como resultado este caso extremo, llegaríamos a la conclusión de
que la partícula se mueve con un momento dado por la ecuación que acabamos de
deducir (si no ha seguido el desarrollo matemático, tendrá que confiar en
nosotros), esto es, p = ћ/Δx.
Podríamos empezar de nuevo desde el principio y organizarlo todo exactamente
igual que antes, para que la partícula se encontrase inicialmente en la región
más pequeña, de tamaño Δx. Si midiésemos la partícula, probablemente la
encontraríamos en algún lugar del interior de la región más grande, no en su
límite externo, y llegaríamos a la conclusión de que su momento es menor que el
valor extremo, ћ/Δ x.
Figura 4.5. Una pequeña nube crece con el transcurso del tiempo, lo que
corresponde a una partícula inicialmente localizada que se deslocaliza con el
tiempo.
Si
imaginamos que repetimos este experimento una y otra vez, midiendo el momento
de una partícula que se encuentra inicialmente dentro de una pequeña zona de
tamaño Δx, normalmente obtendríamos para p un rango de
valores entre cero y ћ/Δx. Decir que «si realizamos este
experimento muchas veces, predigo que obtendremos para el momento valores entre
cero y ћ/Δx» equivale a decir que «el momento de la
partícula posee una indeterminación de ћ/Δx». Como con la
indeterminación en la posición, los físicos le asignan el símbolo Δp a
esta indeterminación, y escriben ΔpΔx ~ ћ. El
símbolo «~» indica que el producto de las indeterminaciones en la posición y en
el momento es aproximadamente igual a la constante de Planck (podría ser algo
mayor, o algo menor). Si hiciésemos los cálculos con un poco más de precisión,
podríamos obtener la ecuación exactamente correcta. El resultado dependería de
los detalles de la nube inicial de relojes, pero no merece la pena dedicar más
tiempo y esfuerzo a hacerlo, porque esto es suficiente para recoger las ideas
fundamentales.
La afirmación de que la indeterminación en la posición de una partícula,
multiplicada por la indeterminación en su momento, es (aproximadamente) igual a
la constante de Planck es quizá la forma más habitual de expresar el principio
de indeterminación de Heisenberg. Lo que nos dice es que, sabiendo que la
partícula está localizada en cierta región en un instante inicial, una medición
de su posición en algún instante posterior revelará que la partícula se mueve
con un momento cuyo valor no se puede predecir con mayor precisión que «algo
entre cero y ћ/Δx». Es decir, si empezamos confinando la
partícula en una pequeña región, tiende a saltar cada vez más lejos de dicha
región inicial. Esto es algo tan importante que conviene insistir en ello una
tercera vez: cuanta mayor es la precisión con la que conocemos la posición de
una partícula en un determinado instante, menos sabremos sobre la velocidad con
la que se mueve y, por lo tanto, sobre dónde se encontrará en un algún instante
posterior.
Esta es exactamente la formulación de Heisenberg de su principio de
indeterminación. Constituye el núcleo de la teoría cuántica, pero debe quedar
muy claro que en sí misma no es una afirmación nada imprecisa. Es una
afirmación sobre nuestra incapacidad de seguir el movimiento de las partículas
con precisión, y no hay más espacio para la magia cuántica que el que existe
para la magia newtoniana. Lo que hemos hecho a lo largo de las últimas páginas
ha sido deducir el principio de indeterminación de Heisenberg a partir de las
reglas fundamentales de la física cuántica, plasmadas en las reglas sobre el
giro y el tamaño de las manecillas de los relojes, y sobre su suma. De hecho,
su origen radica en nuestra proposición de que una partícula puede encontrarse
en cualquier lugar del universo un instante después de que hayamos medido su
posición. La orgía de interferencia cuántica ha introducido cierta moderación
en nuestra extravagante propuesta inicial de que la partícula puede estar en
cualquier sitio del universo, y el principio de indeterminación es en cierto
sentido todo lo que queda de la anarquía inicial.
Antes de seguir adelante, tenemos que decir algo muy importante respecto a la
manera de interpretar el principio de indeterminación. No debemos cometer el
error de pensar que la partícula se encuentra realmente en un solo lugar
determinado y que la dispersión inicial de los relojes refleja en realidad
alguna limitación de nuestro conocimiento. Si pensásemos así, no habríamos
podido obtener correctamente el principio de indeterminación, porque no
reconoceríamos que debemos tomar los relojes de todos y cada uno de los puntos
de la nube inicial, trasladarlos al lejano punto X y después sumarlos todos. Ha
sido el hecho de hacer esto lo que nos ha permitido llegar a nuestro resultado.
Es decir, hemos tenido que suponer que la partícula llega a X a través de una
superposición de muchos recorridos posibles. Más adelante aplicaremos el
principio de Heisenberg a varios ejemplos del mundo real. De momento resulta
satisfactorio saber que hemos deducido uno de los resultados fundamentales de
la teoría cuántica usando nada más que manipulaciones simples de relojes
imaginarios.
Para hacernos una mejor idea de lo que significan, introduzcamos algunos
números en las ecuaciones. ¿Cuánto tiempo tendremos que esperar para que haya
una probabilidad razonable de que un grano de arena salte fuera de una caja de
cerillas? Supongamos que los lados de dicha caja miden 3 centímetros y que el
grano de arena pesa 1 microgramo. Recordemos que la condición para que exista
una cierta probabilidad de que el grano salte una determinada distancia viene
dada por
donde
Δx es el tamaño de la caja de cerillas. Calculemos cuál ha de ser
el valor de t si queremos que el grano salte a una distancia
de x = 4 cm, que excedería cómodamente el tamaño de la caja.
Con una sencilla operación algebraica, tenemos
que,
si introducimos los números, nos dice que t debe ser mayor que
aproximadamente 1021 segundos. Lo cual equivale a unos 6 ×
10 13 años, que es más de mil veces la edad del universo.
Así que es probable que no suceda. La mecánica cuántica es rara, pero no tanto
como para permitir que un grano de arena salte sin más fuera de una caja de
cerillas.
Para cerrar el capítulo y lanzarnos hacia el siguiente, haremos una última
observación. Nuestra deducción del principio de indeterminación se ha basado en
la configuración de relojes reflejada en la figura 4.4. En particular, hemos
organizado la nube inicial de relojes de tal manera que todos ellos tienen las
manecillas del mismo tamaño y marcan la misma hora. Esta disposición
corresponde a una partícula inicialmente en reposo dentro de cierta región del
espacio (un grano de arena en una caja de cerillas, por ejemplo). Aunque hemos
descubierto que lo más probable era que la partícula no permaneciese en reposo,
también hemos descubierto que para objetos grandes (y un grano de arena es de
hecho muy grande a escala cuántica) este movimiento es completamente
indetectable. De manera que en nuestra teoría hay cierto movimiento, pero es
imperceptible para objetos lo suficientemente grandes. Obviamente, no estamos
teniendo en cuenta algo muy importante, porque lo cierto es que las cosas
grandes sí se mueven de un sitio a otro y, recordémoslo, la teoría cuántica es
una teoría de todas las cosas, grandes y pequeñas. A continuación, abordaremos
este problema: ¿cómo podemos explicar el movimiento?
Capítulo 5
El movimiento como una ilusión
Contenido:
§.
Paquetes de ondas
En
el capítulo anterior hemos deducido el principio de indeterminación de
Heisenberg partiendo de una disposición particular de relojes (un pequeño
grupo, todos con las manecillas del mismo tamaño y señalando en la misma
dirección).
Figura 5.1. La nube inicial (ilustrada mediante los relojes marcados del 1
al 5) está formada por relojes que marcan distintas horas; cada uno de ellos
dista tres horas de sus vecinos. La parte inferior de la figura ilustra cómo
varía la hora que señalan los relojes a lo largo del grupo.
Hemos
descubierto que esto representa una partícula aproximadamente estacionaria,
aunque las reglas cuánticas implican que se agita un poco. Ahora dispondremos
una configuración inicial distinta: queremos describir una partícula en
movimiento. En la figura 5.1 hemos dibujado una nueva configuración de los
relojes. De nuevo se trata de una nube de relojes que corresponden a una
partícula situada inicialmente en las proximidades de los relojes. El reloj en
la posición 1 marca las 12 en punto, como antes, pero el resto de los relojes
marcan distintas horas posteriores. Esta vez hemos dibujado cinco relojes,
simplemente porque esto nos ayudará a hacer que el razonamiento sea más
transparente, aunque, como antes, debemos imaginar que hay más relojes en todos
los puntos intermedios. Como hemos hecho antes, apliquemos la regla cuántica y
traslademos estos relojes al punto X, muy alejado de la nube inicial, para
describir una vez más las muchas maneras en que una partícula puede saltar
desde la nube inicial a X.
Siguiendo un procedimiento que esperamos que se esté convirtiendo en una
rutina, tomemos el reloj del punto 1 y propaguémoslo al punto X, haciendo girar
su manecilla en un ángulo dado por
Ahora
hagamos lo propio con el reloj del punto 2. Está un poco más alejado, digamos
que a una distancia d, por lo que su manecilla tendrá que girar un
poco más
Esto
es exactamente lo que hemos hecho en el capítulo anterior, pero quizá ya pueda
ver que esta nueva configuración inicial de los relojes hará que suceda algo
distinto. Hemos organizado las cosas de manera que el reloj 2 marcaba tres
horas más tarde que el reloj 1, de las 12 a las 3 en punto. Pero, al llevar el
reloj 2 al punto X, hemos tenido que girar su manecilla en sentido antihorario
un poco más que la del reloj 1, debido a la distancia adicional d que
tiene que recorrer. Si disponemos las cosas de forma que la diferencia positiva
inicial entre la hora del reloj 2 y la del 1 es exactamente igual a la
diferencia negativa que se produce entre ambos al trasladarlos a X, llegarán a
este punto marcando exactamente la misma hora. Esto quiere decir que, lejos de
cancelarse, ambas manecillas se sumarán para dar lugar a un reloj más grande,
lo que a su vez significa que habrá una gran probabilidad de encontrar la
partícula en X. Esta situación es completamente distinta de la orgía de
interferencia que se producía cuando partíamos de una configuración en la que
todos los relojes marcaban la misma hora. Centrémonos ahora en el reloj 3, que
marca seis horas más que el reloj 1. Tiene que recorrer una distancia adicional
de 2 d para llegar al punto X y, de nuevo, debido a la
diferencia horaria inicial, llegará a X marcando las 12 en punto. Si disponemos
todas las diferencias horarias de la misma manera, esto sucederá con todos los
relojes de la nube inicial, y todos ellos se sumarán constructivamente en el
punto X.
Esto implica que habrá una elevada probabilidad de que la partícula se
encuentre en el punto X en un instante posterior. Es evidente que el punto X es
especial, porque es ahí donde todos los relojes de la nube inicial se ponen de
acuerdo para marcar la misma hora. Pero no es el único punto especial: todos
aquellos situados a la izquierda de X a una distancia igual a la extensión de
la nube inicial comparten la misma propiedad de que los relojes se suman de
forma constructiva. Para verlo, fijémonos en que podemos tomar el reloj 2 y
trasladarlo a un punto a una distancia d a la izquierda de X,
lo cual correspondería a desplazarlo una distancia x, exactamente
la misma en que hemos movido el reloj 1 cuando lo hemos llevado hasta X. A
continuación, podríamos trasladar el reloj 3 a este nuevo punto, situado a una
distancia x + d, que es exactamente la misma en la
que hemos desplazado el reloj 2. Estos dos relojes deberían entonces marcar la
misma hora (y por tanto sumarse) en dicho punto. Podemos hacer lo propio para
todos los relojes de la nube inicial, pero solo hasta que alcancemos una
distancia a la izquierda de X igual a la extensión de la nube inicial. Fuera de
esta región especial, los relojes prácticamente se cancelan entre sí, porque ya
no están protegidos de la orgía de interferencia cuántica habitual.[12] La
interpretación es clara: la nube de relojes se mueve, tal y como ilustra la
figura 5.2.
Figura 5.2. La nube de relojes se desplaza hacia la derecha a una velocidad
constante. Esto sucede porque la disposición inicial de las horas de los
relojes es la que se describe en el texto.
Este
es un resultado fascinante. Al organizar la nube inicial de manera que los
relojes marquen horas distintas, en lugar de hacer que todos estén
sincronizados, hemos llegado a la descripción de una partícula en movimiento.
Curiosamente, también podemos establecer una relación muy importante entre los
relojes que marcan horas distintas y el comportamiento de las ondas.
Recordemos que hemos introducido los relojes en el capítulo 2 para tratar de
explicar el comportamiento ondulatorio de las partículas en el experimento de
la doble rendija. Echemos un nuevo vistazo a la figura 3.3, donde esbozamos una
disposición de relojes que describen una onda. Es exactamente como la de
nuestra nube de relojes en movimiento. Hemos dibujado la onda correspondiente
debajo de la nube de relojes en la figura 5.1, utilizando exactamente la misma
metodología que antes: las 12 en punto representan el pico de la onda; las 6
señalan el valle; y las 3 y las 9 en punto marcan los lugares donde la altura
de la onda es cero.
Como podríamos haber supuesto, parece que la representación de una partícula en
movimiento tiene alguna relación con una onda. La onda posee una longitud de
onda, y esto corresponde a la distancia entre relojes que marcan la misma hora
en la nube de relojes. También lo hemos dibujado en la figura, marcándolo con
λ.
Ahora podemos calcular a qué distancia del grupo de relojes debe estar el punto
X para que los relojes adyacentes se sumen constructivamente. Esto nos
conducirá a otro resultado muy importante de la mecánica cuántica, y hará que
sea mucho más evidente la conexión entre las partículas cuánticas y las ondas.
Volvamos a las matemáticas.
Primero, tenemos que escribir la cantidad adicional de giro de la manecilla del
reloj 2 respecto al 1, debida a la distancia adicional que debe recorrer para
llegar al punto X. Utilizando los resultados del inicio de este capítulo, esto
es,
De
nuevo se puede llegar a este resultado simplemente desarrollando los paréntesis
y haciendo caso omiso de los términos en d2 porque d,
la distancia entre los relojes, es muy pequeña en comparación con x,
la distancia al punto X, que está muy alejado de la nube de relojes
iniciales.
También es fácil escribir la regla para que los relojes marquen la misma hora:
queremos que la cantidad de giro adicional en sentido antihorario debida a la
propagación del reloj 2 se cancele exactamente con el adelanto que le hemos
dado inicialmente. En el ejemplo que se muestra en la figura 5.1, el giro
adicional para el reloj 2 es 1/4, porque
hemos adelantado el reloj en un cuarto de vuelta. Análogamente, el reloj 3
tiene un giro adicional de 1/2, porque lo
hemos adelantado media vuelta. En símbolos, podemos expresar la fracción de
vuelta completa entre dos relojes como d/λ, donde d es
la distancia entre los relojes y λ es la longitud de onda. Si no consigue
verlo, piense en el caso en el que la distancia entre dos relojes es igual a la
longitud de onda. Entonces, d = λ y, por lo tanto, d/λ
= 1, que es una vuelta completa, de manera que ambos relojes marcarán la misma
hora.
Combinando todo lo anterior, podemos decir que para que dos relojes adyacentes
marquen la misma hora en el punto X, necesitamos que el desfase horario que
hemos introducido en el reloj inicial se compense con el giro adicional en
sentido antihorario debido a la diferencia en la distancia de propagación:
Podemos
simplificarlo, como ya hemos hecho antes, teniendo en cuenta que mx/tes
el momento de la partícula, p. Así, reordenando un poco lo
anterior, tenemos
Este
resultado tiene la suficiente importancia como para merecer un nombre propio:
se conoce como la ecuación de De Broglie, porque fue el físico francés Louis de
Broglie quien la propuso en septiembre de 1923. Es importante porque relaciona
una longitud de onda con una partícula de momento conocido. Es decir, expresa
una relación profunda entre una propiedad que se suele asociar a las partículas
(el momento) y otra normalmente propia de las ondas (la longitud de onda). De
esta manera, la dualidad onda-partícula de la mecánica cuántica surge de
nuestros manejos con relojes.
La ecuación de De Broglie supuso un gran salto conceptual. En su artículo
original, escribió que a todas las partículas, incluidos los electrones, se les
debía asignar «una onda ficticia», y que un flujo de electrones que atravesase
una rendija «debería manifestar fenómenos de difracción».[13] En
1923, esto era una especulación teórica, porque Davisson y Germer no observaron
un patrón de interferencia utilizando haces de electrones hasta 1927.
Aproximadamente en las mismas fechas, Einstein hizo una propuesta similar a la
de De Broglie utilizando otro razonamiento, y estos dos resultados teóricos
fueron los catalizadores para que Schrödinger desarrollase su mecánica
ondulatoria. En el último artículo antes de publicar su ecuación epónima,
Schrödinger escribió: «No significa otra cosa que tomarse en serio la teoría
ondulatoria de De Broglie-Einstein de las partículas en movimiento».
Podemos entender un poco mejor la ecuación de De Broglie si observamos lo que
sucede cuando reducimos la longitud de onda, lo que correspondería a aumentar
la cantidad de giro de las manecillas entre relojes adyacentes, o, lo que es lo
mismo, a reducir la distancia entre relojes que marcan la misma hora. Esto
significa que entonces tendríamos que aumentar la distancia x para
compensar por la reducción en λ. Es decir, el punto X debe estar más alejado
para compensar el desfase horario adicional. Esto representa una partícula que
se mueve más rápido: una menor longitud de onda corresponde a un momento mayor,
que es exactamente lo que dice la ecuación de De Broglie. Es estupendo que
hayamos conseguido «deducir» el movimiento ordinario (porque la nube de relojes
se mueve continuamente en el tiempo) partiendo de una nube estática de relojes.
§. Paquetes de ondas
Ahora nos gustaría retomar un asunto importante que antes hemos visto de
pasada. Hemos dicho que la nube inicial se desplaza en su totalidad a las
proximidades del punto X, pero que solo mantiene su configuración original
aproximadamente. ¿Qué queremos decir con esta afirmación tan imprecisa? La
respuesta nos llevará de vuelta al principio de indeterminación y nos permitirá
profundizar en nuestra comprensión.
Hemos estado describiendo lo que sucede con una nube de relojes, que representa
una partícula localizada en una pequeña región del espacio. Esa es la región
que representan los cinco relojes de la figura 5.1. Una nube como esta se
denomina paquete de ondas. Pero ya hemos visto que confinar una partícula en
una determinada región del espacio tiene consecuencias. No podemos evitar que
una partícula localizada sienta el impulso de Heisenberg (es decir, que su
momento sea indeterminado porque está localizada) y, con el transcurso del
tiempo, esto llevará a que la partícula «se fugue» de la región en la que
estaba inicialmente localizada. Este efecto se da en el caso de que todos los
relojes marquen la misma hora, y también en el de una nube en movimiento, y
tiende a hacer que el paquete de ondas se esparza al desplazarse, igual que una
partícula estacionaria se desperdiga con el tiempo.
Si esperamos el tiempo suficiente, el paquete de ondas correspondiente a la
nube de relojes en movimiento se habrá desintegrado por completo y perderemos
la capacidad de predecir dónde se encuentra realmente la partícula. Obviamente,
esto tendrá consecuencias para cualquier intento que pudiésemos hacer de medir
la velocidad de la partícula. Veamos cómo sucede.
Una buena manera de medir la velocidad de una partícula consiste en tomar dos
medidas de su posición en dos momentos distintos. Podemos entonces deducir la
velocidad dividiendo la distancia que la partícula ha recorrido entre el tiempo
transcurrido entre ambas medidas. No obstante, teniendo en cuenta lo que
acabamos de decir, hacer esto parece peligroso porque, si tomamos una medida de
la posición de una partícula con demasiada precisión, corremos el riesgo de
aplastar su paquete de ondas, lo cual alteraría su movimiento posterior. Si no
queremos darle a la partícula un importante impulso de Heisenberg (es decir, un
momento significativo porque hacemos que Δx sea demasiado pequeño),
debemos cerciorarnos de que nuestra medida de la posición es lo suficientemente
imprecisa. Por supuesto, «imprecisa» es un término impreciso, así que
trataremos de que no lo sea tanto. Si utilizamos un dispositivo para la detección
de partículas que sea capaz de detectarlas con una precisión de 1 micrómetro y
nuestro paquete de ondas tiene una extensión de 1 nanómetro, el aparato no
tendrá mucho impacto sobre la partícula. Puede que un experimentalista que
observe la lectura del detector esté satisfecho con una resolución de 1 micra
pero, desde el punto de vista del electrón, lo único que ha hecho el aparato es
informarle al experimentalista de que la partícula se encuentra en el interior
de una caja enorme, mil veces más grande que el paquete de ondas en sí. En este
caso, el impulso de Heisenberg inducido por el proceso de medición será muy
pequeño en comparación con el debido al tamaño finito del propio paquete de
ondas. Eso es lo que queremos decir con «suficientemente imprecisa».
Hemos esbozado la situación en la figura 5.3, donde d es la
anchura inicial del paquete de ondas y Δ es la resolución del detector. También
hemos dibujado el paquete de ondas en un instante posterior: su anchura, d',
es algo mayor que d. El pico del paquete de ondas ha recorrido una
distancia L en un intervalo de tiempo t a una
velocidad v. Le pedimos disculpas si esta floritura de formalidad
le trae recuerdos de sus días de colegio, sentado tras un pupitre de madera
sucio y desgastado escuchando cómo la voz del profesor de ciencia se desvanece
en la penumbra de una tarde de invierno mientras usted se deja vencer por una
inoportuna cabezada. Sin embargo, hay un buen motivo para que nos estemos
manchando los dedos con el polvo de la tiza: nuestra confianza en que la
sacudida que recibirá con la conclusión de esta sección le devuelva la
consciencia de una manera mucho más efectiva que los borradores que le lanzaban
en su juventud.
Figura 5.3. Un paquete de ondas en dos instantes distintos. El paquete se
desplaza hacia la derecha y se desperdiga a medida que el tiempo avanza. Se
mueve porque los relojes que lo componen señalan horas distintas entre sí (De
Broglie) y se desperdiga debido al principio de indeterminación. La forma del
paquete no es muy importante pero, por completitud, deberíamos decir que allí
donde el paquete es grande, los relojes son grandes, y donde es pequeño estos
son pequeños.
De
vuelta en el metafórico laboratorio, con renovados bríos, tratamos de medir la
velocidad v del paquete de ondas tomando dos medidas de su
posición en dos instantes distintos. Esto nos dará la distancia L que
el paquete ha recorrido en un tiempo t. Pero nuestro detector tiene
una resolución Δ, por lo que no podremos obtener un valor exacto de L.
En símbolos, podemos decir que la velocidad medida es
donde
el signo «más menos» aparece simplemente para recordarnos que, si tomamos dos
medidas de la posición, en general no obtendremos siempre L, sino «L más
un poco» o «L menos un poco», donde ese «poco» se debe al hecho de
que aceptamos que no realizaremos una medición muy precisa de la posición. Es
importante tener en cuenta que L no es algo que podamos
realmente medir: siempre medimos algún valor en el rango L ±
Δ. Recordemos también que necesitamos que Δ sea mucho mayor
que el tamaño del paquete de ondas, pues de lo contrario aplastaremos la
partícula y eso la perturbaría.
Reescribamos la última ecuación muy ligeramente para ver mejor lo que sucede:
Parece
que, si hacemos que t sea muy grande, obtendremos una medida
de la velocidad v = L/t con una
dispersión muy pequeña, porque podemos decidir esperar mucho tiempo, hacer
que t sea todo lo grande que deseemos y, por lo tanto, Δ/t tan
pequeño como queramos, mientras dejamos que Δ sea lo grande que necesitemos.
Así pues, tenemos una buena manera de obtener una medida tan precisa como
queramos de la velocidad de la partícula sin perturbarla en absoluto: basta con
esperar un tiempo suficiente entre la primera y la segunda medida.
Intuitivamente, esto tiene todo el sentido del mundo. Imaginemos que medimos la
velocidad de un coche que circula por una carretera. Si medimos cuánta
distancia ha recorrido en un minuto, obtendremos una medida mucho más precisa de
su velocidad que si solo observamos lo que ha recorrido en un segundo. ¿Nos
hemos librado de Heisenberg?
Por supuesto que no. Hemos olvidado tener en cuenta una cosa. La partícula está
descrita por un paquete de ondas que se desperdiga a medida que pasa el tiempo.
Si transcurre un intervalo suficientemente largo, este fenómeno deshará por
completo el paquete de ondas, lo que significa que la partícula podría estar en
cualquier lugar. Esto ampliará el rango de valores que obtenemos al medir L y
dará al traste con nuestra capacidad de realizar una medición de la velocidad
con una precisión ilimitada.
Si una partícula está descrita por un paquete de ondas, siempre estamos
limitados por el principio de indeterminación. Puesto que la partícula está
inicialmente confinada en una región de tamaño d, Heisenberg nos
informa de que la indeterminación correspondiente a su momento es igual a ћ/d.
Por lo tanto, solo tenemos una manera de configurar una disposición de relojes
para que representen una partícula que se desplaza con momento definido:
debemos hacer que d, el tamaño del paquete de ondas, sea muy
grande. Y cuanto más grande sea, menor será la indeterminación de su momento.
La lección es evidente: una partícula de momento bien definido está descrita
por una gran nube de relojes.[14] Para
ser más precisos, una partícula cuyo momento esté absolutamente definido estará
descrita por una nube infinitamente extensa de relojes, lo que equivale a un
paquete de ondas de longitud infinita.
Acabamos de argumentar que un paquete de ondas de tamaño finito no corresponde
a una partícula con momento definido. Esto significa que, si midiésemos el
momento de una gran cantidad de partículas, todas ellas descritas exactamente
por el mismo paquete de ondas inicial, no obtendríamos el mismo resultado en todos
los casos, sino que tendríamos una dispersión de respuestas. Y, por muy
brillantes que seamos como físicos experimentalistas, no podríamos hacer que
esa dispersión fuese menor que ћ/d.
Así pues, podemos afirmar que un paquete de ondas describe una partícula que se
mueve con un rango de momentos. Pero la ecuación de De Broglie implica que
podemos sustituir la expresión «longitudes de onda» por «momentos» en la frase
anterior, porque el momento de una partícula está asociado a una onda de
longitud de onda bien definida. Lo cual a su vez significa que un paquete de
ondas debe estar compuesto por muchas longitudes de onda diferentes. Del mismo
modo, si una partícula está descrita por una onda con longitud de onda
definida, esa onda debe necesariamente ser infinitamente larga. Parece como si
nos viésemos forzados a llegar a la conclusión de que un pequeño paquete de
ondas está compuesto por muchas ondas infinitamente largas de distintas longitudes
de onda. Se nos arrastra de hecho por ese camino, y lo que estamos describiendo
es algo que los matemáticos, físicos e ingenieros conocen bien. Se trata de un
área de las matemáticas conocida como «análisis de Fourier», en honor del
físico matemático francés Joseph Fourier.
Fourier fue un hombre notable. Entre sus muchos y destacados logros, fue el
gobernador de Napoleón para el Bajo Egipto y el descubridor del efecto
invernadero. Al parecer, le gustaba envolverse en mantas, lo que le llevó a una
muerte extemporánea un día de 1830 cuando, firmemente enrollado, cayó por las
escaleras de su casa. Su artículo fundamental sobre el análisis de Fourier
abordaba el asunto de la transferencia de calor en los sólidos y se publicó en
1807, aunque la idea básica tiene un origen bastante anterior.
Fourier demostró que cualquier onda, por complejas que sean su forma y
amplitud, se puede sintetizar como suma de un número de ondas sinusoidales de
distintas longitudes de onda. Es más fácil entender la idea mediante imágenes.
En la figura 5.4 la curva de puntos se crea al sumar las dos primeras ondas
sinusoidales de los gráficos inferiores. Casi podemos hacer la adición
mentalmente: las dos ondas alcanzan su altura máxima en el centro, por lo que
en esa zona se suman, mientras que tienden a cancelarse en los extremos. La
curva discontinua representa lo que sucede si sumamos las cuatro curvas que
figuran en los gráficos inferiores: ahora el pico central es más pronunciado.
Por último, la curva continua ilustra la situación cuando sumamos las primeras
diez ondas (esto es, las cuatro que se representan más otras seis de longitud
de onda gradualmente menor). Cuantas más ondas se añadan, mayor será el detalle
de la onda final. El paquete de ondas del gráfico superior, como el que se
ilustra en la figura 5.3, podría describir una partícula localizada. Así es
como se puede sintetizar una onda sea cual sea su forma, mediante la adición de
ondas sinusoidales sencillas.
Figura 5.4. Gráfico superior: Suma de varias ondas sinusoidales para
sintetizar un paquete de ondas con un pico destacado. La curva de puntos
contiene menos ondas que la discontinua, que a su vez incluye menos que la
curva continua. Gráficos inferiores: las primeras cuatro ondas utilizadas para
crear los paquetes de ondas del gráfico superior.
La
ecuación de De Broglie nos dice que cada una de las ondas en los gráficos
inferiores de la figura 5.4 corresponde a una partícula con momento definido, y
que este momento aumenta a medida que la longitud de onda disminuye. Estamos
empezando a ver por qué, si la partícula está descrita por una nube de relojes
localizados, debe necesariamente estar compuesta por un rango de
momentos.
Para ser más explícitos, supongamos que una partícula está descrita por la nube
de relojes representada por la curva continua en el gráfico superior de la
figura 5.4.[15] Acabamos
de aprender que esta partícula también se puede describir mediante una serie de
nubes de relojes mucho más extensas: la primera onda en los gráficos
inferiores, más la segunda, la tercera, etcétera. Según esta manera de pensar,
hay varios relojes en cada punto (uno por cada nube extensa), que debemos sumar
entre sí para producir la única nube de relojes representada en el gráfico
superior de la figura 5.4. La elección de cómo pensar sobre la partícula en
realidad nos corresponde a nosotros. Podemos suponer que está descrita por un
reloj en cada punto, en cuyo caso el tamaño del reloj inmediatamente nos
permite saber dónde es más probable encontrarla (por ejemplo, en las
proximidades del pico en el gráfico superior de la figura 5.4). O bien podemos
pensar que está descrita mediante una serie de relojes en cada punto, uno por
cada posible valor del momento de la partícula. Esto nos recuerda que la
partícula localizada en una pequeña región no posee un momento definido. La
imposibilidad de construir un paquete de ondas compacto a partir de una sola
longitud de onda es una característica evidente de las matemáticas de
Fourier.
Esta forma de pensar nos ofrece una nueva perspectiva sobre el principio de
indeterminación de Heisenberg. Nos dice que no podemos describir una partícula
en función de una nube localizada de relojes si estos corresponden a ondas de
una única longitud de onda. En cambio, para conseguir que los relojes se
cancelen fuera de la región de la nube, debemos necesariamente combinar distintas
longitudes de onda y, por lo tanto, diferentes momentos. Así pues, el precio
que pagamos por localizar la partícula en alguna región del espacio consiste en
reconocer que no sabemos cuál es su momento. Además, cuanto más restringimos la
partícula, más ondas necesitamos incorporar y peor conocemos su momento. En
esto consiste exactamente el contenido del principio de indeterminación, y
resulta muy satisfactorio haber encontrado una manera distinta de llegar a la
misma conclusión.[16]
Para finalizar este capítulo, queremos dedicarle un poco más de tiempo a
Fourier. Hay una manera muy potente de representar la teoría cuántica que está
íntimamente relacionada con las ideas que acabamos de discutir. Lo importante
es que cualquier partícula cuántica, con independencia de lo que haga, está
descrita por una función de onda. Tal y como la hemos presentado hasta ahora,
la función de onda consiste simplemente en una serie de pequeños relojes, uno
por cada punto en el espacio, y el tamaño de cada reloj determina la
probabilidad de encontrar la partícula en ese punto. Esta manera de representar
una partícula se conoce como «función de onda en el espacio de posiciones»,
porque trata directamente con las posibles posiciones de la partícula. Pero hay
muchas formas de representar matemáticamente la función de onda, y los pequeños
relojes de la versión espacial son solo una de ellas. También hemos mencionado
este detalle cuando hemos dicho que es posible pensar que la partícula está
representada por una suma de ondas sinusoidales. Si nos paramos un momento a
pensarlo, deberíamos darnos cuenta de que especificar toda la lista de dichas
ondas permite obtener una descripción completa de la partícula (porque al sumar
esas ondas podemos obtener los relojes asociados con la función de onda en la
representación espacial). Dicho de otro modo, si especificamos exactamente qué
ondas sinusoidales se necesitan para construir un paquete de ondas, y
exactamente cuánto de cada onda se necesita añadir para obtener la forma
precisa, tendremos una descripción del paquete de ondas diferente pero
completamente equivalente. Lo bueno es que cualquier onda sinusoidal puede
también describirse mediante un único reloj imaginario: el tamaño del reloj
codifica la altura máxima de la onda y su fase en algún punto se puede
representar mediante la hora que marca el reloj. Esto significa que podemos
optar por representar una partícula no mediante relojes en el espacio sino a
través de una nube alternativa de relojes, uno por cada valor posible del
momento de la partícula. Esta descripción es tan económica como la de los
«relojes en el espacio» y, en lugar de hacer explícito dónde es probable que se
encuentre la partícula, lo que estamos expresando explícitamente son los
valores del momento que es probable que tenga la partícula. Esta nube
alternativa es la función de onda en el espacio de momentos y contiene
exactamente la misma información que la correspondiente al espacio de
posiciones.[17]
Puede que esto parezca muy abstracto, pero es muy probable que usted utilice a
diario tecnologías basadas en las ideas de Fourier, porque la descomposición de
una onda en sus componentes sinusoidales es la base de la tecnología de
compresión de audio y vídeo. Pensemos en las ondas sonoras que componen nuestra
canción favorita. Esta onda compleja puede, como acabamos de aprender,
descomponerse en una serie de números que nos dan las contribuciones relativas
de cada una de un gran conjunto de ondas sinusoidales puras al sonido. Resulta
que, aunque podríamos necesitar una cantidad enorme de ondas sinusoidales
distintas para reproducir exactamente la onda sonora original, en la práctica
podemos descartar muchas de ellas sin una pérdida apreciable de calidad. En
particular, no se conservan las ondas sinusoidales que contribuyen a ondas
sonoras que los humanos somos incapaces de oír. Esto permite reducir en gran
medida la cantidad de datos necesarios para almacenar un fichero de audio, lo
que a su vez hace posible que nuestros reproductores de mp3 no sean muy
grandes.
También podríamos preguntarnos qué utilidad podría tener esta versión distinta
e incluso más abstracta de la función de onda. Pensemos en una partícula
representada, en el espacio de posiciones, por un único reloj. Esto describe
una partícula situada en un lugar determinado del universo: el único punto
donde se encuentra el reloj. Pensemos ahora en una partícula representada
también por un único reloj, pero en este caso en el espacio de momentos. Esto
representa una partícula con un momento único y definido. En cambio, describir
una partícula como ésta utilizando la función de onda en el espacio de
posiciones requeriría una nube infinita de relojes del mismo tamaño, ya que,
según el principio de indeterminación, una partícula con momento definido se
puede encontrar en cualquier lugar. En consecuencia, a veces es más fácil
realizar los cálculos usando directamente la función de onda en el espacio de
momentos.
En este capítulo hemos aprendido que la descripción de una partícula a través
de la analogía de los relojes es capaz de representar lo que normalmente
llamamos «movimiento». Hemos aprendido que nuestra percepción de que los
objetos se desplazan continuamente de un punto a otro es, desde el punto de
vista de la teoría cuántica, una ilusión. Se aproxima más a la verdad suponer
que las partículas se mueven de A a B a través de todos los recorridos
posibles. Solo cuando sumamos todas las posibilidades surge el movimiento tal y
como nosotros lo percibimos. También hemos visto explícitamente cómo la
descripción mediante relojes es capaz de codificar la física ondulatoria,
aunque solo tratamos con partículas puntuales. Ha llegado el momento de
aprovechar las similitudes con la física ondulatoria para abordar una cuestión
importante: ¿cómo explica la teoría cuántica la estructura de los átomos?
Capítulo 6
La música de los átomos
Contenido:
§.
La caja atómica
El
interior del átomo es un lugar extraño. Si pudiésemos posarnos sobre un protón
y mirar hacia el espacio interatómico, solo veríamos el vacío. Los electrones
serían imperceptiblemente diminutos aun cuando se acercasen tanto que
pudiésemos tocarlos, cosa que rara vez sucedería. El diámetro del protón es
aproximadamente de 10–15 metros (0,000000000000001 metros), un
coloso cuántico en comparación con los electrones. Si estuviésemos sobre
nuestro protón en el extremo sur de Inglaterra, los acantilados blancos de
Dover, el límite impreciso del átomo se encontraría en algún lugar entre las
granjas del norte de Francia. Los átomos son inmensos y vacíos, lo que
significa que nosotros mismos, a escala real, somos también inmensos y vacíos.
El hidrógeno es el átomo más sencillo, compuesto por un solo protón y un solo
electrón. Parece que el electrón, minúsculo hasta donde sabemos, tiene un
territorio ilimitado por el que vagar, pero eso no es cierto. Está ligado al
protón, atrapado por su atracción electromagnética mutua, y son el tamaño y la
forma de esta espaciosa prisión los que dan lugar al característico código de
barras multicolor de la luz que tan minuciosamente documentó en su Handbuch
der Spectroscopie nuestro viejo amigo e invitado a las recepciones, el
profesor Kayser. Ahora estamos en disposición de aplicar el conocimiento que hemos
acumulado hasta este momento a la cuestión que tanto intrigó a Rutherford y
Bohr, entre otros, en las primeras décadas del siglo XX: ¿qué sucede
exactamente en el interior de un átomo? El problema, recordemos, era que
Rutherford descubrió que el átomo se comporta en cierto sentido como un Sistema
Solar en miniatura, con un núcleo denso en el centro, que hace las veces de
Sol, y los electrones como planetas que giran a su alrededor en órbitas
lejanas. Rutherford sabía que este modelo no podía ser correcto, porque si los
electrones orbitasen alrededor del núcleo deberían emitir luz continuamente. El
resultado sería catastrófico para el átomo, porque si el electrón emite luz
continuamente debería perder energía y caer hasta chocar inevitablemente con el
protón. Evidentemente, esto no sucede. Los átomos suelen ser estables. ¿Dónde
está el fallo?
Este capítulo marca un antes y un después en el desarrollo de este libro,
porque por primera vez vamos a aplicar nuestra teoría para explicar fenómenos
del mundo real. Todo nuestro esfuerzo hasta este momento se ha centrado en
desarrollar el formalismo básico para pensar sobre una partícula cuántica. El
principio de indeterminación de Heisenberg y la ecuación de De Broglie
representan el culmen de nuestros logros, pero por lo general hemos sido
prudentes y hemos imaginado un universo que contenía una sola partícula. Ha
llegado el momento de mostrar cómo afecta la teoría cuántica al mundo cotidiano
en el que vivimos. La estructura de los átomos es algo muy real y tangible.
Estamos compuestos de átomos: su estructura es nuestra estructura, y su
estabilidad es nuestra estabilidad. No sería exagerado afirmar que entender la
estructura de los átomos es una de las condiciones necesarias para entender el
universo en su conjunto.
Dentro de un átomo de hidrógeno, el electrón está atrapado en una región
alrededor del protón. Empezaremos por imaginar que el electrón está atrapado en
una especie de caja, lo cual no dista mucho de la realidad. Específicamente,
investigaremos hasta qué punto la física de un electrón atrapado en una caja
minúscula recoge las características principales de un átomo real. Procederemos
aprovechando lo que hemos aprendido en el capítulo anterior sobre las
propiedades ondulatorias de las partículas cuánticas, porque, cuando se trata
de describir átomos, la representación ondulatoria simplifica mucho las cosas y
podemos hacer grandes progresos sin tener que preocuparnos de los tamaños,
manecillas o la adición de relojes. No obstante, conviene que tengamos siempre
presente que las ondas son un sustituto práctico para lo que sucede «bajo el
capó».
Como el marco conceptual que hemos desarrollado es muy similar al que se
utiliza para la descripción de las ondas en el agua, las ondas sonoras, o las
que se producen en las cuerdas de una guitarra, primero reflexionaremos sobre
cómo se comportan estos tipos de ondas materiales, que nos resultan más
familiares, cuando están confinadas de alguna manera.
En general, las ondas son complicadas. Imaginemos que saltamos a una piscina
llena de agua. El agua salpicará en todas direcciones, y podría parecer fútil
tratar de describir lo que sucede de alguna manera sencilla. Sin embargo, bajo
la complejidad subyace una simplicidad oculta. Lo más importante es que el agua
en una piscina está confinada, lo que significa que todas las ondas están
atrapadas en su interior. Esto da lugar al fenómeno conocido como «ondas
estacionarias». Las ondas estacionarias quedan ocultas en el caos que
provocamos cuando perturbamos la piscina al lanzarnos a ella, pero hay una
forma de hacer que el agua se mueva de tal manera que oscile siguiendo los
patrones regulares y repetitivos de las ondas estacionarias. La figura 6.1
muestra el aspecto de la superficie del agua cuando experimenta ese tipo de
oscilación. Los picos y los valles suben y bajan, pero lo fundamental es que lo
hacen en el mismo lugar. Hay otras ondas estacionarias, incluida una en la que
el agua en mitad del tanque sube y baja rítmicamente. No solemos verlas, porque
es difícil producirlas, pero lo importante es que cualquier perturbación del
agua —incluso la que provocamos con nuestro poco agraciado chapuzón y posterior
chapoteo— se puede expresar como una combinación de distintas ondas
estacionarias. Ya hemos visto este tipo de comportamiento antes: es una
generalización directa de las ideas de Fourier que hemos comentado en el
capítulo anterior, en el que hemos visto que cualquier paquete de ondas se
puede construir a partir de una combinación de ondas, cada una de ellas con
longitud de onda definida. Estas ondas especiales, que representan estados de
la partícula con momento bien definido, son sinusoidales. En el caso de las
ondas confinadas en el agua, la idea se generaliza de manera que cualquier
perturbación se puede describir mediante una combinación de ondas
estacionarias. Más adelante en este capítulo veremos que las ondas
estacionarias poseen una importante interpretación en la teoría cuántica, y de
hecho son claves para entender la estructura de los átomos. Teniendo esto en cuenta,
analicémoslas con más detalle.
Figura 6.1. Seis instantáneas sucesivas de una onda estacionaria en un
tanque de agua. El tiempo avanza desde la imagen superior izquierda hasta la
inferior derecha.
La
figura 6.2 muestra otro ejemplo de ondas estacionarias en la naturaleza: tres
de las ondas estacionarias que pueden existir en una cuerda de guitarra. Cuando
pulsamos una cuerda, la nota que oímos normalmente está dominada por la onda
estacionaria de mayor longitud de onda (la primera de las tres que aparecen en
la figura), que se conoce, tanto en física como en música, como el «armónico
más bajo» o «fundamental». Normalmente, también están presentes otras
longitudes de onda, denominadas «sobretonos» o «armónicos superiores». Las
otras ondas en la figura son los dos sobretonos de mayor longitud de onda. La
guitarra es un buen ejemplo, porque es lo suficientemente sencilla como para
ver por qué sus cuerdas solo pueden vibrar a esas longitudes de onda especiales.
Se debe al hecho de que la cuerda está fija en ambos extremos (por el puente de
la guitarra y por el dedo que la pulsa contra el traste, respectivamente). Esto
significa que la cuerda no se puede mover en esos dos puntos, lo cual determina
las longitudes de onda permitidas. Si usted toca la guitarra, conocerá estos
efectos físicos de manera instintiva: si deslizamos el dedo por el mástil hacia
el puente, reducimos la longitud de la cuerda y, por lo tanto, la obligamos a
vibrar con longitudes de onda cada vez más cortas, que corresponden a notas
cada vez más altas.
Figura 6.2. Las tres ondas de mayor longitud de onda que caben en una cuerda
de guitarra. La mayor longitud de onda (en el extremo superior) corresponde al
armónico más bajo (fundamental) y las otras dos, a armónicos más altos
(sobretonos).
El
armónico más bajo es la onda que tiene solo dos puntos estacionarios, o
«nodos»: los dos extremos fijos. Como podemos ver en la figura, la longitud de
onda de esta nota es el doble que la longitud de la cuerda. La siguiente
longitud de onda es igual a la longitud de la cuerda, porque puede existir otro
nodo en el centro. A continuación, podemos tener una longitud de onda igual
a 2/3 de la longitud de la cuerda,
etcétera.
En general, igual que en el caso del agua confinada en una piscina, dependiendo
de cómo se toque, la cuerda vibrará con una combinación de las distintas ondas
estacionarias posibles. La forma real de la cuerda siempre se puede obtener
sumando las ondas estacionarias correspondientes a cada uno de los armónicos
presentes. Los armónicos y sus intensidades relativas le proporcionan al sonido
su tono característico. Diferentes guitarras tendrán diferentes distribuciones
de armónicos y, por lo tanto, sonarán distintas, pero un do central
(un armónico puro) en una guitarra es siempre el mismo que un do central
en otra. En la guitarra, la forma de las ondas estacionarias es muy simple: son
ondas sinusoidales puras cuyas longitudes de onda están determinadas por la
longitud de la cuerda. En la piscina, las ondas estacionarias son más
complejas, como se ve en la figura 6.1, pero la idea es exactamente la
misma.
Quizá se pregunte por qué estas ondas especiales se llaman «estacionarias». La
razón es que su forma no varía. Si tomamos dos instantáneas de una cuerda de
guitarra vibrando en una onda estacionaria, ambas imágenes solo diferirán en la
amplitud de la onda. Los picos siempre estarán en el mismo sitio, igual que los
nodos, porque están determinados por los extremos fijos de la cuerda o, en el
caso de la piscina, por sus bordes. Matemáticamente, podríamos decir que las
ondas en ambas instantáneas difieren solo en un factor multiplicativo. Este
factor varía periódicamente con el tiempo y refleja la vibración rítmica de la
cuerda. Lo mismo sucede con la piscina de la figura 6.1, donde cada instantánea
está relacionada con las demás por un factor multiplicativo general. Por
ejemplo, la última se puede obtener a partir de la primera multiplicando la
altura de la onda en cada punto por menos uno.
En resumen, las ondas que están confinadas de alguna manera siempre pueden
expresarse en función de ondas estacionarias (ondas cuya forma no varía) y,
como hemos dicho, hay razones de peso para dedicar tanto tiempo a entenderlas.
La primera de ellas es el hecho de que las ondas estacionarias están
cuantizadas. Esto es evidente en las ondas estacionarias en una cuerda de
guitarra: la fundamental posee una longitud de onda que es el doble de la
longitud de la cuerda, y la del siguiente armónico permitido coincide con la
longitud de la cuerda. No hay ninguna onda estacionaria cuya longitud de onda
esté entre las de esas dos, por lo que podemos decir que las longitudes de onda
permitidas en una cuerda de guitarra están cuantizadas.
Así pues, las ondas estacionarias ponen de manifiesto el hecho de que algo se
cuantiza cuando confinamos ondas. En el caso de la guitarra, es claramente la
longitud de onda. En el del electrón dentro de una caja, las ondas cuánticas
correspondientes al electrón también estarán confinadas, por lo que, por
analogía, cabría esperar que en la caja solo estén presentes algunas ondas
estacionarias y, por lo tanto, algo esté cuantizado. Otras ondas simplemente no
pueden existir, igual que la cuerda de una guitarra no toca al mismo tiempo
todas las notas en una octava, con independencia de cómo se pulse. Como sucede
con el sonido de la guitarra, el estado general del electrón estará descrito
por una combinación de ondas estacionarias. Estas ondas cuánticas estacionarias
empiezan a parecer muy interesantes. Así que vamos a comenzar ya nuestro análisis.
Para poder avanzar, debemos especificar la forma de la caja en cuyo interior
colocaremos nuestro electrón. Para simplificar, supondremos que el electrón es
libre de saltar de un sitio a otro dentro de una región de tamaño L,
pero tiene totalmente prohibido aventurarse fuera de ella. No necesitamos decir
cómo pensamos impedir que el electrón se escape, pero, ya que se supone que es
un modelo simplificado del átomo, podemos imaginar que la responsable de su
confinamiento es la fuerza que ejerce la carga positiva del núcleo. En la jerga
de nuestra disciplina, esto se conoce como un «pozo de potencial cuadrado».
Hemos esbozado la situación en la figura 6.3, que debería dejar claro por qué
lo llamamos así.
Figura 6.3. Un electrón atrapado en un pozo de potencial cuadrado.
La
idea de confinar una partícula en un potencial es muy importante, y la
volveremos a utilizar en el futuro, por lo que conviene cerciorarse de que
entendemos exactamente lo que esto significa. ¿Cómo atrapamos realmente las
partículas? Es una cuestión muy sofisticada: para llegar al fondo del asunto,
necesitamos entender cómo interactúan las partículas entre sí, algo que veremos
en el capítulo 10. No obstante, podremos seguir avanzando siempre que no nos
hagamos demasiadas preguntas.
La capacidad de «no hacer demasiadas preguntas» es una habilidad necesaria en
física, porque, para poder responder a cualquier pregunta, debemos trazar la
línea en algún lugar. Ningún sistema de objetos está perfectamente aislado.
Parece razonable pensar que, si queremos entender cómo funciona un horno
microondas, no necesitamos preocuparnos por los detalles del tráfico que
circula por la calle, que tendrá una pequeñísima influencia en el
funcionamiento del horno. Inducirá vibraciones en el aire y en el suelo que
sacudirán el horno muy ligeramente. También podría haber campos magnéticos
extraviados que influyan sobre la electrónica interna del horno, por muy bien
aislada que esté. Es posible cometer errores al ignorar estas cosas, porque se
nos podría escapar algún detalle crucial. Si ese es el caso, simplemente
obtendremos un resultado incorrecto y tendremos que volver a valorar nuestras
hipótesis. Esto es muy importante, y guarda una estrecha relación con el éxito
de la ciencia: todas las hipótesis son, en última instancia, refrendadas o
refutadas por los experimentos. La naturaleza es el árbitro, no la intuición
humana. Nuestra estrategia aquí pasa por ignorar los detalles del mecanismo que
confina el electrón y modelarlo mediante algo denominado potencial. En
realidad, la palabra «potencial» no significa más que «un efecto sobre la
partícula debido a algún sistema físico que no me molestaré en explicar en
detalle». Más adelante, dedicaremos un tiempo a describir en detalle cómo
interactúan las partículas, pero de momento emplearemos el lenguaje de los
potenciales. Si todo esto parece un poco arrogante, pongamos un ejemplo para
ilustrar cómo se utilizan los potenciales en física.
La figura 6.4 ilustra una bola atrapada en un valle. Si le damos una patada
rodará pendiente arriba, pero solo hasta cierto punto, y después volverá
rodando hacia abajo. Es un excelente ejemplo de una partícula atrapada por un
potencial. En este caso, el campo gravitatorio terrestre genera el potencial y
la inclinación de la colina da lugar a un potencial empinado. Debería estar
claro que podríamos calcular en detalle cómo rueda una bola por un valle sin
conocer los entresijos de la interacción del suelo del valle con la bola (para
lo cual necesitaríamos tener conocimientos sobre la teoría de la electrodinámica
cuántica). Si resultase que los detalles de las interacciones entre los átomos
de la bola y los del suelo del valle afectan demasiado al movimiento de la
bola, entonces nuestras predicciones serían incorrectas. De hecho, las
interacciones interatómicas son importantes porque dan lugar al rozamiento,
aunque también podemos modelarlas sin adentrarnos en los diagramas de Feynman.
Pero nos vamos por las ramas.
Figura 6.4. Una bola en reposo en el fondo del valle. La altura del terreno
por encima del nivel del mar es directamente proporcional al potencial que la
partícula experimenta cuando asciende.
Este
ejemplo es muy tangible porque, literalmente, podemos ver la forma del
potencial.[18] Sin
embargo, la idea es más general y asimismo vale para potenciales distintos de
los creados por la gravedad y los valles. Un ejemplo es el electrón atrapado en
un pozo cuadrado. A diferencia del caso de la bola en el valle, la altura de
las paredes no es la altura real de ninguna cosa, sino que representa lo rápido
que debe moverse un electrón para poder escapar del pozo. Para el caso del
valle, esto sería análogo a hacer que la bola rodase tan rápido que subiese
toda la ladera hasta salir del valle. Si el electrón se mueve lo
suficientemente despacio, entonces la altura concreta del potencial no tendrá
mucha importancia, y podremos suponer sin problemas que el electrón está
confinado en el interior del pozo.
Centrémonos ahora en el electrón atrapado dentro de una caja descrita por un
pozo de potencial cuadrado. Puesto que no puede escapar de la caja, las ondas
cuánticas deben hacerse cero en los bordes de la caja. Las tres ondas cuánticas
posibles con las mayores longitudes de onda serán entonces completamente
análogas a las de la cuerda de guitarra de la figura 6.2: la mayor longitud de
onda posible es el doble del tamaño de la caja, 2L ; la siguiente
es igual al tamaño de la caja, L; y la tercera tiene una longitud
de onda de 2L/3. En general, podemos encajar en la caja ondas de
electrón cuya longitud de onda sea 2L/n, donde n = 1,
2, 3, 4…
Por lo tanto, para la caja cuadrada en particular, las ondas de electrón tienen
precisamente la forma de las ondas en una cuerda de guitarra: son ondas
sinusoidales con un conjunto muy particular de longitudes de onda permitidas.
Ahora podemos hacer uso de la ecuación de De Broglie del capítulo anterior para
relacionar la longitud de onda de estas ondas sinusoidales con el momento del
electrón a través de la fórmula p = ћ/λ. En cuyo
caso, las ondas estacionarias describen un electrón cuyo momento solo puede
tomar determinados valores, dados por la relación p = nћ/
(2L), donde lo único que hemos hecho ha sido insertar en la ecuación de
De Broglie las longitudes de onda permitidas.
Y así es como hemos demostrado que el momento del electrón en un pozo de
potencial cuadrado está cuantizado. Esto es muy importante. No obstante,
debemos tener cuidado. El potencial de la figura 6.3 es un caso especial; en
general, para otros potenciales, las ondas estacionarias no son sinusoidales.
La figura 6.5 muestra las ondas estacionarias en un tambor. Sobre la piel del
tambor se ha echado un poco de arena, que se acumula en los nodos de las ondas
estacionarias. Puesto que la frontera de la piel del tambor vibrante es
circular, en lugar de cuadrada, las ondas estacionarias ya no son sinusoidales.[19] Esto
significa que, análogamente, en cuanto pasemos al caso más realista de un
electrón atrapado por un protón, sus ondas estacionarias tampoco serán
sinusoidales. Lo cual a su vez implica que se pierde la relación entre la
longitud de onda y el momento. ¿Cómo debemos entonces interpretar estas ondas
estacionarias? ¿Qué es lo que suele estar cuantizado en partículas atrapadas si
no es su momento?
Figura 6.5. Un tambor vibrando y cubierto de arena. La arena se acumula en
los nodos de las ondas estacionarias.
Obtendremos
la respuesta si nos fijamos en que, en el pozo de potencial cuadrado, si el
momento del electrón está cuantizado, también lo está su energía. Esta es una
observación sencilla y parece que no contiene información nueva importante,
puesto que entre la energía y el momento existe una relación simple. En
particular, la energía es E = p2/2m,
donde p es el momento del electrón atrapado y m es
su masa.[20] Sin
embargo, esta no es una observación tan trivial como podría parecer porque,
para potenciales que no sean tan simples como el pozo cuadrado, cada onda
estacionaria siempre corresponde a una partícula con energía bien
definida.
La diferencia importante entre energía y momento surge porque E = p2/2m solo
es cierto cuando el potencial es plano en la región donde la partícula puede
existir, lo que permite que la partícula se mueva libremente, como una canica
sobre la superficie de una mesa o, mejor aún, un electrón en un pozo cuadrado.
En general, la energía de la partícula no será igual a E = p2/2m,
sino que vendrá dada por la suma de la energía debida a su movimiento y su
energía potencial. Esto quiebra la sencilla relación entre la energía de la
partícula y su momento.
Podemos ilustrar la idea pensando de nuevo en la bola en un valle, representada
en la figura 6.4. Si al inicio la bola reposa tranquilamente en el fondo del
valle, entonces no sucede nada.[21] Para
hacer que suba por la ladera, tendremos que darle una patada, que equivale a
decir que habrá que proporcionarle energía. En el instante posterior a la
patada, toda su energía estará en forma de energía cinética. A medida que
ascienda por la pendiente, la bola se irá ralentizando hasta que, a cierta
altura por encima del fondo del valle, se detenga y empiece a rodar de nuevo
hacia abajo, para después comenzar a subir por la otra ladera. En el momento en
que se detiene a media ladera, no posee energía cinética. Pero la energía no ha
desaparecido como por arte de magia, sino que toda su energía cinética se ha
transformado en energía potencial, igual a mgh, donde g es
la aceleración debida a la gravedad sobre la superficie terrestre y h es
la altura de la bola por encima del fondo del valle. A medida que la bola rueda
de vuelta hacia abajo, esta energía potencial acumulada se convierte de nuevo
progresivamente en energía cinética mientras la bola va ganando velocidad. Así,
mientras la bola rueda de una ladera del valle a otra, la energía total
permanece constante, pero alterna periódicamente entre las formas cinética y
potencial. Sin duda, el movimiento de la bola varía constantemente, pero su
energía permanece constante (hemos supuesto que no hay rozamiento que ralentice
su movimiento; si lo incluyésemos la energía total seguiría siendo constante,
pero solo si incluyésemos también la que se disipa a través del
rozamiento).
Ahora analizaremos la relación entre las ondas estacionarias y las partículas
con energía definida desde otro punto de vista, sin recurrir al caso especial
del pozo cuadrado. Lo haremos utilizando nuestros pequeños relojes
cuánticos.
Pero antes fijémonos en que, si un electrón está descrito por una onda
estacionaria en algún instante, seguirá estando descrito por esa misma onda en
cualquier momento posterior. Entendemos por «la misma» que la forma de la onda
no varía, como sucedía con la onda estacionaria en el agua de la figura 6.1.
Por supuesto, no queremos decir que la onda no cambie en absoluto: la altura
del agua sí varía, pero lo importante es que la posición de los picos y los
valles no lo hace. Esto nos permite imaginar cómo debe ser la descripción
mediante relojes cuánticos de una onda estacionaria, que se ilustra en la
figura 6.6 para el caso de la onda fundamental. Los tamaños de los relojes a lo
largo de la onda reflejan la posición de los picos y nodos, y las manecillas
giran todas al mismo ritmo. Esperamos que se entienda por qué hemos dibujado
esta disposición de relojes en particular. Los nodos siempre deben ser nodos,
los picos siempre deben ser picos y deben permanecer siempre en el mismo lugar.
Esto significa que los relojes situados en las proximidades de los nodos deben
ser siempre muy pequeños, y los que representan los picos serán siempre los que
tengan las manecillas más largas. Por lo tanto, la única libertad de que
gozamos es la de permitir que los relojes permanezcan donde los colocamos y que
giren de forma coordinada.
Si estuviésemos siguiendo la misma metodología que en los capítulos anteriores,
ahora partiríamos de la configuración de relojes que aparece en la fila
superior de la figura 6.6 y utilizaríamos las reglas de la longitud y el giro
de las manecillas para generar las tres filas inferiores de la figura, que
representan sendos instantes posteriores.
Este ejercicio de calcular los saltos de los relojes es quizá excesivo para
este libro, pero se puede hacer, y es particularmente interesante porque para
hacerlo de un modo correcto es necesario incluir la posibilidad de que la
partícula «rebote en las paredes de la caja» antes de saltar a su destino.
Figura 6.6. Cuatro instantáneas de una onda estacionaria en momentos
sucesivos. Las flechas representan las manecillas y la línea de puntos es la
proyección sobre la dirección de las «12 en punto». Todos los relojes giran al
unísono.
Por
cierto, puesto que los relojes son más grandes en el centro, podemos concluir
inmediatamente que es más probable encontrar un electrón descrito por esta
disposición de relojes en el centro de la caja que en los bordes.
Así, hemos descubierto que el electrón atrapado está descrito por una serie de
relojes que giran todos al unísono. Los físicos no suelen hablar de este modo,
y los músicos aún menos: ambos dicen que las ondas estacionarias son ondas de
frecuencia definida.[22] Las
ondas de alta frecuencia corresponden a relojes cuyas manecillas giran más
rápido que las de los relojes de las ondas de baja frecuencia. Si un reloj gira
más rápido, disminuye el tiempo que tarda un pico en transformarse en valle y
en volver a ser un pico (representado por una sola rotación de la manecilla del
reloj). En términos de ondas en agua, las ondas estacionarias de alta
frecuencia suben y bajan a mayor velocidad que las de baja frecuencia. En
música, se dice que un do central tiene una frecuencia de 262
hercios, lo que significa que, en una guitarra, la cuerda vibra arriba y abajo
262 veces por segundo. El la por encima del do central
tiene una frecuencia de 440 hercios, lo que significa que vibra más rápido (por
convención, esta nota sirve de referencia para la afinación de la mayoría de
las orquestas y los instrumentos musicales del mundo). Pero, como hemos
comentado antes, solo en el caso de las ondas puramente sinusoidales estas
ondas de frecuencia bien definida poseen también una longitud de onda de onda
definida. En general, la frecuencia es la magnitud fundamental para describir
las ondas estacionarias.
Así pues, la pregunta del millón de dólares es ¿qué significa decir que un
electrón tiene determinada frecuencia? Recordemos que esos estados del electrón
nos interesan porque están cuantizados y porque un electrón que se encuentre en
uno de esos estados permanece en él indefinidamente (a menos que algo penetre
en la región del potencial y le dé un porrazo).
La última frase nos da la pista que necesitamos para establecer el significado
de la «frecuencia». Unas páginas atrás nos hemos topado con la ley de la
conservación de la energía, que es una de las pocas leyes indiscutibles de la
física. La conservación de la energía exige que, si un electrón dentro de un
átomo de hidrógeno (o de un pozo cuadrado) posee una determinada energía, esa
energía no puede cambiar hasta que «algo suceda». Es decir, la energía de un
electrón no puede cambiar espontáneamente sin motivo. Esto puede parecer poco
interesante, pero comparémoslo con el caso de un electrón del que sabemos que
se encuentra localizado en un punto. Como sabemos muy bien, el electrón saltará
a través del universo al instante, dando lugar a una infinidad de relojes. Pero
el patrón de los relojes correspondientes a una onda estacionaria es distinto.
Mantiene su forma, con todos los relojes girando alegremente para siempre a
menos que algo los perturbe. Por lo tanto, la naturaleza invariable de las
ondas estacionarias las convierte en claras candidatas para describir un
electrón de energía definida.
Una vez que damos el paso de asociar la frecuencia de una onda estacionaria con
la energía de una partícula, podemos sacar partido a lo que sabemos sobre las
cuerdas de guitarra para inferir que las frecuencias más elevadas deben
corresponder a energías mayores. La razón es que una frecuencia alta implica
una longitud de onda corta (puesto que las cuerdas cortas vibran más rápido) y,
por lo que sabemos del caso especial del pozo de potencial cuadrado, podemos
prever que una longitud de onda más corta corresponde a una partícula de mayor
energía a través de la relación de De Broglie. Por lo tanto, la conclusión
importante, y lo único que debemos realmente recordar de cara a lo que sigue,
es que las ondas estacionarias describen partículas de energía definida y
cuanto mayor es la energía, más rápido giran las manecillas de los
relojes.
En resumen, hemos deducido que, cuando un electrón está confinado por un
potencial, su energía está cuantizada. En la jerga de la física, decimos que un
electrón atrapado solo puede existir en determinados «niveles de energía». La
mínima energía que puede tener el electrón corresponde a un estado descrito
únicamente por la onda estacionaria «fundamental», [23] y ese
nivel de energía se conoce normalmente como «estado fundamental». Los niveles
de energía correspondientes a ondas estacionarias de frecuencia más elevada se
denominan «estados excitados».
Imaginemos un electrón de determinada energía, atrapado en un pozo de potencial
cuadrado. Decimos que «se encuentra en determinado nivel de energía» y su onda
cuántica estará asociada a un único valor de n. La expresión «se
encuentra en determinado nivel de energía» refleja el hecho de que, en ausencia
de influencias externas, el electrón no hace nada. En general, el electrón
podría describirse mediante la composición de muchas ondas estacionarias, igual
que el sonido de una guitarra está compuesto de muchos armónicos. Esto
significa que, en general, el electrón no tendrá una única energía.
Fundamentalmente, una medición de la energía del electrón siempre debe revelar
un valor igual al asociado con una de las ondas estacionarias componentes. Para
calcular la probabilidad de encontrar el electrón con determinada energía,
debemos tomar los relojes asociados con la contribución específica a la función
de onda total procedente de la correspondiente onda estacionaria, elevarlos al
cuadrado y sumarlos. El número resultante nos da la probabilidad de que el
electrón esté en dicho estado de energía en particular. La suma de todas esas
probabilidades (una por cada onda estacionaria componente) debe ser igual a la
unidad, lo que refleja el hecho de que siempre obtendremos que la partícula
posee una energía que corresponde a una onda estacionaria en particular.
Esto debe quedar muy claro: un electrón puede poseer simultáneamente varias
energías, y tal afirmación es tan rara como decir que posee múltiples
posiciones. Evidentemente, a estas alturas del libro esto no debería ser
ninguna sorpresa, pero sí resulta sorprendente para nuestra sensibilidad
cotidiana. Tengamos en cuenta que hay una diferencia fundamental entre una
partícula cuántica atrapada y las ondas estacionarias en la piscina o en la
guitarra. En el caso de la cuerda de guitarra, la idea de que estén cuantizadas
no resulta nada extraña, porque la propia onda que describe la cuerda en
vibración está simultáneamente compuesta de muchas ondas estacionarias
diferentes, y todas ellas contribuyen físicamente a la energía total de la
onda. Puesto que pueden combinarse de cualquier manera, la energía de la cuerda
puede tomar cualquier valor. Sin embargo, para un electrón atrapado en el
interior de un átomo, la contribución relativa de cada onda estacionaria
describe la probabilidad de encontrar el electrón con esa energía en concreto.
La diferencia crucial surge porque las ondas de agua son ondas de moléculas de
agua, mientras que las ondas de electrón no son en modo alguno ondas de
electrones.
Tales consideraciones nos han demostrado que la energía de un electrón en el
interior de un átomo está cuantizada. Esto significa que el electrón es
sencillamente incapaz de poseer cualquier energía intermedia entre los valores
permitidos. Lo cual es exactamente igual a decir que un coche puede ir a 16
kilómetros por hora o a 60 kilómetros por hora, pero no a ninguna velocidad
intermedia. Enseguida, esta fantásticamente extraña conclusión nos proporciona
una explicación sobre por qué los átomos no irradian luz continuamente mientras
el electrón cae hacia el núcleo. Es porque no hay forma de que el electrón
pierda energía de manera continua, poco a poco. La única manera de que pueda
emitir alguna energía es perdiendo un paquete completo de golpe.
También podemos relacionar lo que acabamos de aprender con las propiedades
observadas de los átomos, y en particular podemos explicar los colores
característicos de la luz que emiten. La figura 6.7 muestra la luz visible
emitida por el átomo más simple, el de hidrógeno. Está compuesta de cinco colores
diferentes: una línea de color rojo intenso, correspondiente a la luz con una
longitud de onda de 656 nanómetros; una línea de azul claro, con longitud de
onda de 486 nanómetros; y otras tres líneas violetas que se desvanecen hacia el
extremo ultravioleta del espectro. Esta sucesión de líneas de colores se conoce
como «serie de Balmer», en honor del físico matemático suizo Johann Balmer, que
en 1885 escribió la fórmula que las describe. Balmer no tenía ni idea de por
qué la fórmula funcionaba, porque la teoría cuántica aún no se había
descubierto, sino que se limitó a expresar la regularidad del patrón observado
mediante una sencilla fórmula matemática. Pero nosotros podemos hacerlo mejor,
y todo tiene que ver con las ondas cuánticas que encajan dentro del átomo de
hidrógeno.
Figura 6.7. Serie de Balmer del hidrógeno: esto es lo que sucede cuando la
luz del gas de hidrógeno pasa por un espectroscopio.
Sabemos
que la luz se puede ver como un flujo de fotones, cada uno de ellos con
energía E = ћc/λ, donde λ es la longitud de onda
de la luz [24] Por lo
tanto, la observación de que los átomos solo emiten ciertos colores de luz
significa que solo emiten fotones de energías muy específicas. También hemos
aprendido que un electrón «atrapado en un átomo» solo puede poseer ciertas
energías muy específicas. Basta con dar un pequeño paso más para explicar el
perdurable misterio de la luz de colores emitida por los átomos: los distintos
colores corresponden a la emisión de fotones cuando los electrones «caen» de
uno de los niveles de energía permitidos a otro. Esta idea implica que las
energías de los fotones observadas deberían corresponder siempre a diferencias
entre pares de valores permitidos de la energía. Esta manera de describir la
física ilustra a la perfección el valor de expresar el estado del electrón en
función de los valores permitidos de su energía. Si hubiésemos preferido hablar
de los valores permitidos del momento del electrón, entonces la naturaleza
cuántica no sería tan evidente y no llegaríamos tan fácilmente a la conclusión
de que el átomo solo puede emitir y absorber radiación a determinadas
longitudes de onda.
El modelo del átomo como una partícula en una caja no es lo suficientemente
preciso como para permitirnos calcular las energías del electrón en un átomo
real, algo que necesitamos hacer para comprobar esta idea. Pero se pueden
llevar a cabo cálculos detallados si modelamos con mayor precisión el potencial
en las proximidades del protón que atrapa al electrón. Baste con decir que
tales cálculos confirman, sin ningún lugar a dudas, que este es en realidad el
origen de esas misteriosas líneas espectrales.
Quizá se haya dado cuenta de que no hemos explicado por qué el electrón pierde
energía al emitir un fotón. A efectos de lo que nos interesa en este capítulo,
no necesitamos una explicación. Pero algo debe inducir al electrón a abandonar
la tranquilidad de su onda estacionaria, y a ese «algo» dedicaremos el capítulo
10. De momento, solo estamos diciendo que «para poder explicar los patrones
observados de luz emitida por los átomos es necesario suponer que la luz se
emite cuando un electrón cae de un nivel de energía a otro de menor energía».
Los niveles permitidos están determinados por la forma de la caja que confina
al electrón y varían de un átomo a otro, porque cada átomo confina a los
electrones en un entorno distinto.
Hasta ahora, hemos tenido bastante éxito al explicar cosas utilizando una
representación muy sencilla del átomo, pero en realidad no nos basta con fingir
que los electrones se mueven libremente en el interior de una caja que los
confina. Se mueven en las proximidades de un montón de protones y otros
electrones, y para entender realmente los átomos debemos pensar ahora cómo
describir este entorno con una mayor precisión.
§. La caja atómica
Armados con la idea del potencial, podemos ser más precisos en nuestra
descripción de los átomos. Empecemos por el más sencillo de todos, el átomo de
hidrógeno. Está compuesto únicamente por dos partículas: un electrón y un
protón. Este último es casi 2.000 veces más pesado que el electrón, por lo que
podemos suponer que está prácticamente en reposo, creando el potencial en el
que está atrapado el electrón.
El protón tiene carga eléctrica positiva y el electrón posee una carga de igual
magnitud pero de signo negativo. Por otra parte, la razón por la que las cargas
eléctricas del protón y el electrón son exactamente iguales y opuestas es uno
de los grandes misterios de la física. Probablemente hay un muy buen motivo
para ello, relacionado con alguna teoría fundamental de las partículas
subatómicas que aún no hemos descubierto, pero, en el momento de escribir este
libro, nadie sabe por qué es.
Lo que sí sabemos es que, puesto que las cargas de signo opuesto se atraen, el
protón tirará del electrón hacia él y, al menos desde el punto de vista de la
física pre cuántica, podría acercar el electrón a distancias arbitrariamente
pequeñas. Cuán pequeñas, dependería de la naturaleza precisa del protón: ¿es
una bola maciza o una nube difusa de alguna sustancia? La pregunta es
irrelevante porque, como hemos visto, existe un nivel de mínima energía en el
que se puede encontrar el electrón, determinado (a grandes rasgos) por la mayor
longitud de onda que quepa dentro del potencial generado por el protón (que se
esboza en la figura 6.8). El profundo «agujero» funciona como el pozo de
potencial cuadrado que hemos visto antes, salvo por el hecho de que la forma no
es tan sencilla. Se conoce como «potencial de Coulomb», porque está determinado
por la ley que describe la interacción entre dos cargas eléctricas, descrita
por primera vez por Charles-Augustin de Coulomb en 1783. Pero la dificultad es
la misma: debemos encontrar qué ondas cuánticas encajan dentro del potencial, y
estas a su vez determinarán los niveles de energía permitidos para el átomo de hidrógeno.
Figura 6.8. El pozo de potencial coulombiano alrededor de un protón. La
profundidad del pozo es mayor allí donde se encuentra el protón.
Yendo
al grano, diríamos que la manera de hacerlo pasa por «resolver la ecuación de
ondas de Schrödinger para el pozo de potencial coulombiano», lo que es una
manera de implementar las reglas para los saltos de los relojes. Los detalles
son muy técnicos, incluso para algo tan sencillo como el átomo de hidrógeno,
pero por suerte no aprenderíamos mucho más de lo que ya sabemos. Por eso
podemos saltar directamente a la solución, y la figura 6.9 muestra algunas de
las ondas estacionarias resultantes para un electrón en un átomo de hidrógeno.
Lo que vemos aquí es un mapa de la probabilidad de encontrar el electrón en
algún lugar. Las zonas más claras corresponden a las regiones donde es más
probable que esté el electrón. Evidentemente, en realidad el átomo de hidrógeno
es tridimensional, y estas imágenes corresponden a cortes a través del centro
del átomo. La figura en la esquina superior izquierda es la función de onda del
estado fundamental, y nos dice que, en este caso, el electrón se encuentra
normalmente a 1 × 10 −10 metros del protón. Las energías
de las ondas estacionarias aumentan de izquierda a derecha y de arriba abajo.
La escala también varía en un factor 8 desde la esquina superior izquierda a la
inferior derecha. De hecho, la región clara que cubre la mayor parte de la
primera imagen tiene aproximadamente el mismo tamaño que los pequeños puntos
claros en el centro de las dos figuras de la derecha. Esto significa que,
cuando está en niveles de energía más alta, es probable que el electrón se
encuentre más lejos del protón (y, por lo tanto, que esté ligado a él más
débilmente). Está claro que estas ondas no son sinusoidales, lo que significa
que no corresponden a estados de momento definido. Pero, como nos hemos
esforzado en destacar, sí corresponden a estados de energía bien
definida.
La apariencia característica de las ondas estacionarias se debe a la forma del
pozo, y algunas propiedades merecen que las comentemos con algo más de
profundidad. La característica más evidente del pozo alrededor de un protón es
que posee simetría esférica. Esto significa que su aspecto es el mismo con
independencia del ángulo desde el que lo veamos.
Para imaginarlo, pensemos en un balón de baloncesto sin estrías: es una esfera
perfecta que tiene el mismo aspecto con independencia de cómo se gire.
¿Osaríamos pensar en un electrón dentro de un átomo de hidrógeno como si
estuviese atrapado en un diminuto balón de baloncesto?
Figura 6.9. Cuatro de las ondas cuánticas de menor energía que describen el
estado de un electrón en un átomo de hidrógeno. El protón está en el centro, y
las regiones más claras son aquellas donde es más probable que se encuentre el
electrón. La escala de las imágenes de la esquina superior derecha e inferior
izquierda se ha reducido en un factor 4 respecto a la primera y la escala de la
imagen de la esquina inferior derecha en un factor 8 respecto a la primera.
Desde
luego, esto es más plausible que decir que el electrón está atrapado en un pozo
cuadrado y, sorprendentemente, hay una cierta semejanza. En la figura 6.10 se
muestran a la izquierda dos de las ondas sonoras estacionarias de menor energía
que se pueden producir dentro del balón. De nuevo, hemos tomado un corte de la
pelota, y la presión del aire en su interior varía entre el negro y el blanco a
medida que la presión aumenta. A la derecha se muestran dos posibles ondas
estacionarias del electrón en un átomo de hidrógeno. Las imágenes no son
idénticas, pero sí muy parecidas. Así pues, no es del todo ridículo imaginar
que el electrón en un átomo de hidrógeno está atrapado en algo similar a un
balón diminuto. Esta imagen sirve realmente para ilustrar el comportamiento
ondulatorio de las partículas cuánticas, y con suerte resuelve algo del
misterio de las cosas: entender el electrón en un átomo de hidrógeno no es más
complicado que entender cómo vibra el aire en el interior de un balón de
baloncesto.
Figura 6.10. Dos de las ondas sonoras estacionarias más sencillas dentro de
un balón de baloncesto (izquierda), comparadas con las correspondientes ondas
de electrón en un átomo de hidrógeno (derecha). Son muy parecidas. La imagen
superior del hidrógeno es una vista en detalle de la zona central de la que
aparece en la esquina inferior izquierda de la figura 6.9.
Antes
de dejar el átomo de hidrógeno, nos gustaría añadir algo más sobre el potencial
creado por el protón y cómo es que el electrón puede saltar de un nivel de
energía más elevada a otro de menor energía con la emisión de un fotón. Al
introducir la idea del potencial, hemos evitado, justificadamente, cualquier
discusión sobre cómo se comunican el protón y el electrón. Esta simplificación
nos ha permitido comprender la cuantización de la energía de las partículas
atrapadas. Pero si queremos entender bien qué es lo que sucede, deberíamos
tratar de explicar el mecanismo por el que las partículas acaban atrapadas. En
el caso de una partícula que se mueve en una caja real, podríamos imaginar una
pared impenetrable, presumiblemente hecha de átomos, que la partícula no puede
atravesar al interactuar con ellos. Una comprensión adecuada de lo que
significa «impenetrabilidad» se obtiene al entender cómo interactúan las
partículas. Asimismo, hemos dicho que el protón en un átomo de hidrógeno
«produce un potencial» en el que se mueve el electrón, que lo atrapa de una
manera similar a como una partícula queda atrapada en una caja. Esto evita
también profundizar en la cuestión, porque, sin duda, el electrón interactúa
con el protón, y es esa interacción la que determina cómo queda confinado el
electrón.
En el capítulo 10 veremos que necesitamos complementar las reglas cuánticas que
hemos articulado hasta ahora con otras nuevas que aborden la interacción entre
partículas. De momento, tenemos reglas muy sencillas: las partículas saltan de
un sitio a otro, llevando relojes imaginarios cuyas agujas giran en sentido
antihorario en cantidades claramente especificadas que dependen de la extensión
del salto. Todos los saltos están permitidos, por lo que una partícula puede
saltar de A a B a través de un número infinito de trayectorias. Cada una de
ellas aporta su correspondiente reloj cuántico al punto B, y debemos sumarlos
todos para calcular el único reloj resultante, que nos da la probabilidad de
encontrar la partícula en B. Resulta que incorporar las interacciones al juego
es sorprendentemente sencillo. Añadimos a las anteriores una nueva regla según
la cual una partícula puede emitir o absorber otra partícula. Si había una
partícula antes de la interacción, después puede haber dos; si había dos
partículas antes, tras la interacción puede haber solo una. Por supuesto, si
vamos a desarrollar los cálculos necesitamos ser más precisos sobre qué
partículas pueden fusionarse o dividirse, y tenemos que decir qué sucede con el
reloj asociado a cada partícula cuando esta interactúa. A eso dedicaremos el
capítulo 10, pero las consecuencias para los átomos deberían ser evidentes. Si
existe una regla que diga que un electrón puede interactuar emitiendo un fotón,
entonces cabe la posibilidad de que el electrón en un átomo de hidrógeno escupa
un fotón, pierda energía y caiga a un nivel de menor energía. También podría
absorber un fotón, ganar energía y subir a un nivel de mayor energía.
La existencia de las líneas espectrales indica que eso es lo que sucede, y tal
proceso normalmente está muy sesgado en una dirección. En particular, el
electrón puede emitir un fotón y perder energía en cualquier momento, pero solo
puede ganar energía y saltar a un nivel superior si existe un fotón (o alguna
otra fuente de energía) en condiciones de chocar con él. En un gas de
hidrógeno, esos fotones escasean, y es mucho más probable que un átomo en un
estado excitado emita un fotón que lo absorba. El efecto neto es que los átomos
de hidrógeno tienden a desexcitarse, esto es, la emisión se impone sobre la
absorción y, si dejamos que transcurra el tiempo suficiente, el átomo acabará
en el estado fundamental, para el cual n = 1. No siempre
sucede esto, porque es posible excitar continuamente los átomos
proporcionándoles energía de forma controlada. Esta es la base de una
tecnología que se ha vuelto ubicua: el láser. La idea fundamental de un láser
consiste en bombear energía a los átomos, excitarlos, y reunir los fotones que
se producen cuando los electrones pierden energía. Estos fotones son muy útiles
para leer datos con gran precisión de la superficie de un CD o DVD: la mecánica
cuántica afecta a nuestras vidas en infinidad de maneras.
En este capítulo hemos logrado explicar el origen de las líneas espectrales
utilizando la sencilla idea de la cuantización de los niveles de energía.
Podría parecer que nuestra manera de pensar sobre los átomos funciona, pero hay
algo que no cuadra. Nos falta la última pieza del rompecabezas, sin la cual no
podremos explicar la estructura de los átomos más pesados que el hidrógeno.
Dicho de manera más prosaica, tampoco podremos explicar por qué no atravesamos
el suelo, y esto constituye un problema para nuestra mejor teoría de la
naturaleza. La idea que buscamos la encontraremos en el trabajo del físico
austríaco Wolfgang Pauli.
Capítulo 7
El universo en la cabeza de un alfiler
(y por qué no atravesamos el suelo)
El
hecho de que no atravesemos el suelo es todo un misterio. Decir que el suelo es
«sólido» no ayuda demasiado, entre otras razones porque Rutherford descubrió
que los átomos son casi enteramente espacio vacío. La situación es aún más
desconcertante porque, hasta donde sabemos, las partículas fundamentales de la
naturaleza no tienen tamaño.
Tratar con partículas «de tamaño nulo» parece problemático, quizá incluso
imposible. Pero nada de lo que hemos dicho en los capítulos anteriores
presuponía o requería que las partículas tuviesen alguna extensión física. La
idea de objetos verdaderamente puntuales no tiene por qué ser errónea, aun
cuando choque frontalmente con el sentido común (si es que al lector aún le
queda algo de sentido común a estas alturas de un libro sobre teoría cuántica).
Desde luego, es muy posible que en el futuro algún experimento, quizá incluso
en el Gran Colisionador de Hadrones, revele que los electrones y los quarks no
son puntos infinitesimales, pero de momento los resultados experimentales no lo
exigen y no hay lugar para el «tamaño» en las ecuaciones fundamentales de la
física de partículas. Esto no significa que las partículas puntuales no
presenten sus propios problemas: la idea de una carga finita comprimida en un
volumen infinitamente pequeño es espinosa, pero hasta ahora se han podido
sortear los escollos teóricos. Quizá el mayor problema pendiente en la física
fundamental, el desarrollo de una teoría cuántica de la gravedad, apunte a una
extensión finita, pero simplemente no hay evidencias que obliguen a los físicos
a abandonar la idea de partículas elementales. Insistimos: el tamaño de las
partículas puntuales es realmente nulo, y preguntar « ¿Qué pasa si partimos un
electrón por la mitad?» no tiene ningún sentido, porque la idea de medio
electrón no significa nada.
Una consecuencia agradable de trabajar con fragmentos elementales de materia
que no tienen tamaño es que la idea de que todo el universo visible estuvo en
algún momento comprimido en un volumen del tamaño de un pomelo, o incluso de la
cabeza de un alfiler, no supone ningún problema. Por alucinante que parezca (si
ya es suficientemente difícil imaginar que se comprime una montaña hasta el
tamaño de un guisante, no digamos una estrella, una galaxia, o los 350.000
millones de enormes galaxias que existen en el universo observable) no hay en
absoluto ninguna razón por la que no debería ser posible. De hecho, las teorías
actuales sobre el origen de la estructura del universo tratan de sus
propiedades cuando se encontraba en un estado tan astronómicamente denso. Estas
teorías, aunque extravagantes, tienen a su favor una importante cantidad de
evidencias basadas en observaciones. En el capítulo final encontraremos objetos
con densidades que, si bien no alcanzan el grado del «universo en la cabeza de
un alfiler», sí están al nivel de la «montaña en un guisante»: las enanas
blancas son objetos con la masa de una estrella comprimida en el tamaño de la
Tierra, y las estrellas de neutrones tienen masas similares condensadas en esferas
perfectas del tamaño de una ciudad. Estos objetos no pertenecen a la ciencia
ficción: los astrónomos los han observado y han realizado mediciones de alta
precisión, y la teoría cuántica nos permitirá calcular sus propiedades y
compararlas con los datos de las observaciones. Como primer paso en el camino
hacia la comprensión de las enanas blancas y las estrellas de neutrones,
tendremos que abordar la pregunta más prosaica con la que abríamos el capítulo:
si el suelo es en gran medida espacio vacío, ¿por qué no lo atravesamos? Esta
cuestión tiene una historia larga y venerable, y la respuesta no se demostró
hasta fechas sorprendentemente recientes, en 1967, en un artículo escrito por
Freeman Dyson y Andrew Lenard. Ambos se embarcaron en la búsqueda de una demostración
porque un colega había ofrecido una botella del mejor champán a quien fuese
capaz de demostrar que la materia no debería simplemente hundirse sobre sí
misma. Dyson calificó la demostración de extraordinariamente complicada,
difícil y opaca, pero lo que probaron es que la materia solo puede ser estable
si los electrones cumplen el llamado principio de exclusión de Pauli, uno de
los aspectos más fascinantes de nuestro universo cuántico.
Empezaremos haciendo un poco de numerología. En el capítulo anterior hemos
visto que la estructura del átomo más sencillo, el de hidrógeno, se puede
entender buscando las ondas cuánticas que encajan dentro del pozo de potencial
del protón. Esto nos ha permitido entender, al menos cualitativamente, el
espectro característico de la luz emitida por los átomos de hidrógeno. Si
hubiésemos tenido tiempo, podríamos haber calculado los niveles de energía del
átomo de hidrógeno. Todo estudiante universitario de física realiza este
cálculo en algún momento, cuyo resultado concuerda a la perfección con los
datos experimentales. Para nuestro propósito en el capítulo anterior, la
simplificación de la «partícula en una caja» era suficientemente buena, porque
contiene todos los aspectos fundamentales que queríamos destacar. Pero ahora
necesitaremos una característica del cálculo completo, que se debe a que el
átomo de hidrógeno real es tridimensional. En nuestro ejemplo de la partícula
en una caja, solo consideramos una dimensión y obtuvimos una serie de niveles
de energía caracterizados por un solo número, que denominamos n.
Llamamos n = 1 al nivel de energía más baja, n =
2 al siguiente, etcétera. Como quizá era de esperar, cuando el cálculo se
amplía al caso tridimensional resulta que se necesitan tres números para
caracterizar todos los niveles de energía permitidos. Tradicionalmente, se
denominan n, l y m, y nos referimos a
ellos como números cuánticos (en este capítulo, no hay que confundir m con
la masa de la partícula). El número cuántico n es el
equivalente del número n para una partícula en una caja. Toma valores enteros (n =
1, 2, 3…) y, en general, la energía de la partícula aumenta cuanto mayor esn.
Los valores posibles del y m están relacionados
con n: l debe ser menor que n y
puede ser cero (por ejemplo, si n = 3, l puede
ser 0, 1 o 2; m puede tomar cualquier valor entero entre
menos l y más l. Así, si l = 2,
entonces m puede ser igual a –2, –1, 0, 1 o 2. No vamos a
explicar de dónde proceden estos números, porque no aportaría nada a lo que ya
sabemos. Baste con decir que las cuatro ondas de la figura 6.9 tienen los
siguientes pares de valores (n, l) = (1, 0), (2, 0), (2, 1)
y (3, 0), respectivamente (para todos ellos, m = 0).[25]
Como hemos dicho, el número cuántico n es el principal en lo
que a los valores de las energías permitidas para los electrones se refiere.
Las energías permitidas también dependen en una pequeña medida del valor
de l, aunque esto solo se refleja en medidas de alta precisión de
la luz emitida. Bohr no tuvo en cuenta esta ligera dependencia cuando calculó
por primera vez las energías de las líneas espectrales del hidrógeno, y su
fórmula original se expresa únicamente en función de n. La energía
del electrón no depende en absoluto de m, a menos que coloquemos el
átomo en el interior de un campo magnético (de hecho, m se
conoce como el «número cuántico magnético»), pero esto no significa en modo
alguno que no sea importante. Para ver por qué, continuemos con nuestro
ejercicio de numerología.
Si n = 1, ¿cuántos niveles de energía distintos hay? Aplicando
las reglas que acabamos de exponer, cuando n = 1, l y m solo
pueden tomar el valor cero, de manera que solo existe un único nivel de
energía.
Veamos qué sucede para n = 2: ahora l puede
tomar dos valores, 0 y 1. Si l = 1, entonces m puede
ser igual a –1, 0 o +1, lo que supone tres niveles de energía adicionales, para
un total de cuatro.
Para n = 3, l puede ser 0, 1 o 2. Para l =
2, m puede ser igual a –2, –1, 0, +1 o +2, lo que resulta en
cinco niveles. Así pues, en total hay 1 + 3 + 5 = 9 niveles para n =
3, etcétera.
Recordemos estos números para los tres primeros valores de n: 1, 4
y 9. Ahora echemos un vistazo a la figura 7.1, que muestra las cuatro primeras
filas de la tabla periódica de los elementos químicos, y contemos cuántos hay
en cada fila. Dividamos este número entre 2, y obtendremos 1, 4, 4 y 9. Pronto
veremos lo que significa todo esto.
Esta disposición de los elementos químicos se suele atribuir al químico ruso
Dimitri Mendeléiev, que la presentó a la Sociedad Rusa de Química el 6 de marzo
de 1869, unos cuantos años antes de que nadie supiese cómo calcular el número
de niveles de energía permitidos para el átomo de hidrógeno.
Figura 7.1. Las cuatro primeras filas de la tabla periódica.
Mendeléiev
dispuso los elementos en orden creciente de su peso atómico, lo que en el
lenguaje moderno corresponde al número de protones y neutrones presentes en el
interior del núcleo atómico, a pesar de que por aquel entonces, obviamente, él
tampoco sabía nada de esto. En realidad, el orden de los elementos corresponde
al número de protones en el núcleo (el número de neutrones es irrelevante),
pero para los elementos más ligeros no hay diferencia, razón por la cual
Mendeléiev acertó. Decidió colocar los elementos en filas y columnas porque se
dio cuenta de que algunos de ellos tenían propiedades químicas muy parecidas,
aunque sus pesos atómicos eran diferentes: las columnas agrupan dichos
elementos (helio, neón, argón y kriptón, en la columna de la derecha de la
tabla, son todos gases inertes). Mendeléiev no solo acertó con el patrón, sino
que también predijo la existencia de nuevos elementos que rellenarían los
huecos en su tabla: los elementos 31 y 32 (galio y germanio) se descubrieron en
1875 y 1886, y confirmaron que Mendeléiev había descubierto algo profundo sobre
la estructura de los átomos, aunque nadie sabía el qué.
Lo que resulta llamativo es que hay dos elementos en la primera fila, ocho en
la segunda y la tercera, y dieciocho en la cuarta, y estas cifras son
exactamente el doble de los números que acabamos de calcular al contar los
niveles de energía permitidos en el hidrógeno. ¿Por qué sucede esto?
Como ya hemos comentado, los elementos en la tabla periódica están ordenados en
filas y de izquierda a derecha según el número de protones en el núcleo, que
coincide con el de electrones. Recordemos que todos los átomos son
eléctricamente neutros (las cargas eléctricas positivas de los protones se
compensan exactamente con las cargas negativas de los electrones). Está claro
que aquí sucede algo interesante que relaciona las propiedades químicas de los
elementos con las energías permitidas para los electrones que orbitan alrededor
de un núcleo.
Podemos imaginar que creamos átomos más pesados a partir de los más ligeros
añadiendo protones, neutrones y electrones de uno en uno, teniendo siempre en
cuenta que cada vez que añadimos un protón adicional al núcleo tenemos que
hacer lo propio con un electrón en alguno de los niveles de energía. Nuestro
ejercicio de numerología generará el patrón que observamos en la tabla
periódica si mantenemos que cada nivel de energía puede contener dos y
solamente dos electrones. Veamos cómo funciona esto.
El hidrógeno posee solo un electrón, que se introduciría en el nivel n =
1. El helio tiene dos electrones, que encajarían ambos en el nivel n =
1. Ahora este nivel está lleno. Para crear el litio debemos añadir un tercer
electrón, que tendrá que ir en el nivel n = 2. Los siguientes
siete electrones, correspondientes a los siguientes siete elementos (berilio,
boro, carbono, nitrógeno, oxígeno, flúor y neón), también caben en un nivel
con n = 2, porque tiene cuatro huecos disponibles,
correspondientes a l = 0, l = 1, m =
−1, 0 y +1. Así obtenemos todos los elementos hasta el neón. Con este se
completan los niveles n = 2 y a partir del sodio debemos pasar
a n = 3. Los siguientes ocho electrones, uno por uno, empiezan
a rellenar los niveles n = 3; primero, los electrones
ocupan l = 0, y después pasan a l = 1. Así
completamos la tercera fila, hasta llegar al argón. La cuarta fila de la tabla
se puede explicar si suponemos que contiene los demás electrones con n =
3 (es decir, los diez electrones para los que l = 2) y
aquellos con n = 4 y l = 0 y 1 (que supone
ocho electrones), alcanzando en total el número mágico de dieciocho electrones.
En la figura 7.2 hemos representado cómo los electrones rellenan los niveles de
energía del elemento más pesado de nuestra tabla, el kriptón (que posee treinta
y seis electrones).
Figura 7.2. Relleno de los niveles de energía del kriptón. Los puntos
representan electrones y las líneas horizontales representan los niveles de
energía, definidos por los números cuánticos n, l y m.
Hemos agrupado los niveles con distintos valores de m pero valores idénticos de
n y l.
Para
elevar todo lo que acabamos de decir de mera numerología a la categoría de
ciencia, es necesaria una explicación. En primer lugar, necesitamos explicar
por qué los elementos de la primera columna poseen propiedades químicas
similares. Lo que está claro de nuestra disposición es que el proceso de
rellenar los niveles con valores crecientes de n comienza con
el primer elemento de cada una de las tres primeras filas. En particular, el
hidrógeno, con un solo electrón, es el primero del nivel n =
1, que está por lo demás vacío; el litio es el primer elemento de la segunda
fila, con un solo electrón en el nivel n = 2, y el sodio abre
la tercera fila con un único electrón en el nivel n = 3. Esta
tercera fila es un poco extraña porque no contiene dieciocho elementos, a pesar
de que ese es el número máximo de electrones que puede contener el nivel n =
3. Pero podemos imaginar lo que sucede: los primeros ocho electrones rellenan
los niveles n = 3 con l = 0 y l =
1 y después, por alguna razón, tenemos que saltar a la cuarta fila. Esta
contiene los diez electrones restantes de los niveles n = 3
con l = 2 y los ocho electrones de los niveles n =
4 con l = 0 y l = 1. El hecho de que no
exista una correlación perfecta entre las filas y los valores de n indica
que la relación entre la química y las cuentas de los niveles de energía no es
tan sencilla como creíamos. Sin embargo, ahora se sabe que el potasio y el
calcio, los dos primeros elementos de la cuarta fila, tienen electrones en el
nivel n = 4, l = 0, y que los siguientes diez
elementos (del escandio al zinc) tienen sus electrones en los niveles n =
3, l= 2 que aún estaban libres.
Para entender por qué los niveles con n = 3 y l =
2 se retrasan hasta después del calcio, es necesario explicar por qué la
energía de los niveles n = 4, l = 0, que
contienen los electrones del potasio y el calcio, es menor que la de los
niveles n = 3, l = 2. Recordemos que el
«estado fundamental» de un átomo estará caracterizado por la configuración de
los electrones de menor energía, porque cualquier estado excitado siempre puede
rebajar su energía emitiendo un fotón. Así pues, cuando decimos que «tal átomo
contiene tales electrones situados en tales niveles» nos estamos refiriendo a
la configuración de menor energía de los electrones. Por supuesto, no hemos
hecho ningún intento de calcular cuáles son realmente esos niveles, por lo que
en realidad no estamos en posición de ordenarlos según sus energías. De hecho,
calcular las energías permitidas del electrón en un átomo de más de dos
electrones es una tarea realmente difícil, e incluso el caso de dos electrones
(el helio) no es tan fácil. La idea sencilla de que los niveles se organizan en
orden creciente del valor de n proviene de los cálculos para
el átomo de hidrógeno, que son mucho más fáciles, y donde se cumple que el
nivel n = 1 es el de menor energía, seguido de los
niveles n = 2, los de n = 3, etcétera.
La consecuencia evidente de lo que hemos expuesto es que los elementos del
extremo derecho de la tabla corresponden a átomos en los que se acaba de
rellenar algún conjunto de niveles de energía. En particular, para el helio
está lleno el nivel n = 1, mientras que para el neón es el
nivel n = 2 y para el argón el nivel n = 3
está completamente poblado, al menos para l = 0 y l =
1. Podemos desarrollar estas ideas un poco más y comprender algunos conceptos
importantes en química. Por suerte, no estamos escribiendo un libro de texto de
química, por lo que podemos ser breves, así que, aun a riesgo de despachar toda
una disciplina en un solo párrafo, allá vamos.
La observación clave es que los átomos pueden unirse al compartir electrones
(nos encontraremos con esta idea en el capítulo siguiente, cuando analicemos
cómo un par de átomos de hidrógeno pueden ligarse para crear una molécula). La
regla general es que a los elementos les gusta tener todos sus niveles de
energía perfectamente rellenos. En los casos del helio, el neón, el argón y el
kriptón, los niveles ya están llenos del todo, por lo que no «se molestan» en
reaccionar con nada. Los demás elementos pueden «intentar» llenar sus niveles
compartiendo electrones con otros. Por ejemplo, el hidrógeno necesita un
electrón adicional para rellenar su nivel n = 1. Puede
lograrlo compartiendo un electrón con otro átomo de hidrógeno. Al hacerlo,
forma una molécula de hidrógeno, cuyo símbolo químico es H2. Esta es
la forma común en la que puede existir el gas de hidrógeno. El carbono tiene
cuatro electrones de un total de ocho posibles en sus niveles n =
2, l = 0 y l = 1, y «querría» otros cuatro
para rellenarlos, si fuese posible. Puede conseguirlos uniéndose con cuatro
átomos de hidrógeno para formar CH 4, el gas que conocemos como
metano. Asimismo lo puede hacer vinculándose a dos átomos de oxígeno, cada uno
de los cuales necesita a su vez dos electrones para completar su conjunto de
niveles n = 2. Esto da lugar al CO2: dióxido de
carbono. El oxígeno también podría completar su conjunto de niveles con dos
átomos de hidrógeno, creando H 2O: el agua, etcétera. Esta es
la base de la química: desde un punto de vista energético, es preferible que
los átomos rellenen con electrones sus niveles de energía, incluso si para ello
tienen que compartirlos con un vecino. Su «deseo» de hacerlo, que en última
instancia tiene su origen en el principio según el cual las cosas tienden a su
estado de menor energía, es lo que conduce a la formación de todas las cosas,
desde el agua al ADN. Ahora podemos entender por qué, en un mundo rico en
hidrógeno, oxígeno y carbono, son tan abundantes el dióxido de carbono, el agua
y el metano.
Esto es muy prometedor, pero aún debemos explicar una última pieza del
rompecabezas: ¿cuál es la razón por la que solo caben dos electrones en cada
nivel de energía disponible? Esta es una formulación del principio de exclusión
de Pauli, que resulta claramente necesario para que todo lo que hemos estado
discutiendo se sostenga. Sin él, los electrones se acumularían alrededor del
núcleo en el nivel de menor energía posible, lo cual es peor de lo que parece,
porque entonces no habría moléculas y, por lo tanto, tampoco vida en el
universo.
La idea de que dos (y solo dos) electrones pueden ocupar cada nivel de energía
parece un poco arbitraria, y durante muchos años nadie sabía por qué tenía que
ser así cuando se propuso por primera vez. El avance inicial fue obra de Edmund
Stoner, hijo de un jugador de críquet profesional (que marcó ocho wickets contra
Sudáfrica en 1907, para los lectores del Wisden Cricketers’ Almanack)
y antiguo alumno de Rutherford que más tarde dirigiría el Departamento de
Física de la Universidad de Leeds. En octubre de 1924, Stoner propuso que en
cada nivel de energía definido por los números cuánticos (n, l, m)
deberían poder coexistir dos electrones. Pauli desarrolló la hipótesis de
Stoner y en 1925 publicó una regla que Dirac vinculó con su nombre un año más
tarde. El principio de exclusión, tal y como lo propuso originalmente Pauli,
afirma que dos electrones en un átomo no pueden compartir los mismos números
cuánticos. El problema al que se enfrentaba era que en apariencia dos
electrones sí podían compartir cada conjunto de valores de n, l y m.
Pauli sorteó esta dificultad introduciendo un nuevo número cuántico. Fue una
conjetura: no sabía lo que representaba, pero tenía que tomar uno de entre solo
dos valores posibles. Pauli escribió lo siguiente: «No podemos ofrecer un
motivo más preciso para esta regla». En 1925, un artículo escrito por George
Uhlenbeck y Samuel Goudsmit arrojó más luz al asunto. Motivados por las
precisas mediciones de los espectros atómicos, identificaron el número cuántico
adicional de Pauli con una propiedad física real del electrón, conocida como
«espín».
La idea fundamental del espín es muy sencilla, y data de 1903, bastante tiempo
antes de que apareciera la teoría cuántica. Unos pocos años antes de su
descubrimiento, el físico alemán Max Abraham propuso que el electrón era una
diminuta esfera giratoria cargada eléctricamente. Si fuese así, los electrones
se verían afectados por los campos magnéticos, dependiendo de la orientación del
campo respecto al eje de su espín. En su artículo de 1925, que se publicó tres
años después de la muerte de Abraham, Uhlenbeck y Goudsmit señalaron que el
modelo de la bola giratoria no podía funcionar porque, para explicar los datos
de las observaciones, el electrón tendría que girar más rápido que la velocidad
de la luz. Pero el espíritu de la idea era correcto: el electrón sí posee una
propiedad llamada «espín», que afecta a su comportamiento en un campo
magnético. Su verdadero origen, no obstante, es una consecuencia directa y
sutil de la teoría de la relatividad especial de Einstein que solo se
comprendió adecuadamente cuando Paul Dirac escribió en 1928 una ecuación que
describía el comportamiento cuántico del electrón. Para lo que nos interesa aquí,
solo necesitamos saber que hay dos tipos de electrones, a los que nos
referiremos como «espín hacia arriba» y «espín hacia abajo», que se distinguen
por tener valores opuestos del momento angular (es decir, es como si girasen en
direcciones opuestas). Es una lástima que Abraham muriese apenas unos años
antes de que se descubriera la verdadera naturaleza del espín, porque él nunca
renunció a su convicción de que el electrón era una pequeña esfera. En su
obituario, Max Born y Max von Laue escribieron: «Fue un adversario honorable
que luchó con armas honestas y que no reaccionó a una derrota con lamentos y
argumentos no factuales. […] Amaba su éter absoluto, sus ecuaciones de campo,
su electrón rígido, como un joven ama su primera pasión, cuyo recuerdo ninguna
experiencia posterior puede extinguir». Ojalá todos los adversarios fuesen como
Abraham.
Nuestro objetivo en lo que resta de capítulo es explicar por qué los electrones
presentan el extraño comportamiento que dicta el principio de exclusión de
Pauli. Y para ello, como de costumbre, utilizaremos nuestros relojes
cuánticos.
Podemos abordar la cuestión pensando qué sucede cuando dos electrones «rebotan»
entre sí. La figura 7.3 ilustra una situación concreta en la que dos
electrones, etiquetados como «1» y «2», parten de algún lugar y acaban en algún
otro sitio. Denominaremos A y B a sus posiciones finales. Las superficies
sombreadas están ahí para recordarnos que aún no hemos visto lo que sucede
cuando dos electrones interactúan (los detalles son irrelevantes a efectos de
esta discusión).
Figura 7.3. Dispersión de dos electrones.
Lo
único que debemos imaginar es que el electrón 1 salta de su posición inicial y
acaba en el punto A. Análogamente, el electrón 2 termina en el punto B. Esto es
lo que se refleja en la primera de las dos imágenes de la figura. De hecho, el
argumento que estamos a punto de presentar funciona bien aunque ignoremos la
posibilidad de que los electrones puedan interactuar. En ese caso, el electrón
salta hasta A sin importarle cómo deambule el electrón 2, y la probabilidad de
encontrar el electrón 1 en A y el electrón 2 en B es simplemente el producto de
dos probabilidades independientes.
Por ejemplo, supongamos que la probabilidad de que el electrón salte hasta el
punto A es del 45%, y la de que el electrón 2 llegue al punto B es del 20%. La
probabilidad de encontrar al electrón 1 en A y al electrón 2 en B es de 0,45 ×
0,2 = 0,09 = 9%. Lo único que estamos haciendo aquí es aplicar la lógica que
dice que la probabilidad de lanzar una moneda al aire y que salga «cruz» y al
mismo tiempo lanzar un dado y obtener un «seis» es un medio multiplicado por un
sexto, que es igual a 1/12, algo más del 8%.[26]
Como ilustra la figura, hay una segunda manera de que los electrones acaben en
A y B. Es posible que el electrón 1 salte hasta B mientras que el 2 lo hace
hasta el punto A. Supongamos que la probabilidad de encontrar al electrón 1 en
B es del 5% y la de encontrar al electrón 2 en A es del 20%. Entonces, la
probabilidad de encontrar al electrón 1 en B y al electrón 2 en A es de 0,05 ×
0,2 = 0,01 = 1%.
Por lo tanto, tenemos dos maneras de llevar nuestros dos electrones a A y B,
una cuya probabilidad es del 9% y otra para la cual es del 1%. La probabilidad
de tener un electrón en A y otro en B, si no nos importa cuál es cuál, debería
ser por tanto de 9% + 1% = 10%. Sencillo, pero erróneo.
El error está en suponer que es posible saber qué electrón llega a A y cuál lo
hace al punto B. ¿Y si los electrones son idénticos entre sí en todos los
sentidos? Quizá parezca una pregunta irrelevante, pero no lo es. Por cierto, la
posibilidad de que las partículas cuánticas podrían ser exactamente idénticas
se introdujo por primera vez en relación con la ley de la radiación del cuerpo
negro de Planck. Ya en 1911, un físico poco conocido llamado Ladislas Natanson
había señalado que la ley de Planck era incompatible con la suposición de que
los fotones se podían tratar como partículas identificables. Es decir, si
pudiésemos marcar un electrón y seguir sus movimientos, no tendríamos la ley de
Planck.
Si los electrones 1 y 2 son absolutamente idénticos, entonces debemos describir
el proceso de dispersión así: inicialmente hay dos electrones, un poco después
sigue habiendo dos electrones situados en otros lugares distintos. Como hemos
visto, las partículas cuánticas no describen trayectorias bien definidas, lo
cual significa que no hay manera de seguirles el rastro, ni siquiera al
principio. Por lo tanto, no tiene sentido afirmar que el electrón 1 aparece en
A y el electrón 2 en B. Sencillamente, no los podemos distinguir, por lo que es
inútil etiquetarlos. Esto es lo que significa que dos partículas son
«idénticas» en la teoría cuántica. ¿Adónde nos conduce esta línea de
razonamiento?
Fijémonos de nuevo en la figura. Para este proceso en particular, las dos
probabilidades que asociamos con los dos diagramas (9% y 1%) no son erróneas.
Pero tampoco reflejan toda la historia. Sabemos que las partículas cuánticas
están descritas por relojes, así que debemos asociar un reloj al electrón 1 que
llega al punto A, cuyo tamaño es igual a la raíz cuadrada de 45%. Análogamente,
hay un reloj asociado al electrón 2 que llega al punto B, de tamaño igual a la
raíz cuadrada de 20%.
Aquí aparece una nueva regla cuántica según la cual debemos asociar un único
reloj al proceso en su conjunto, es decir, que existe un reloj cuyo tamaño al
cuadrado es igual a la probabilidad de encontrar al electrón 1 en A y al
electrón 2 en B. Dicho de otra manera, hay un único reloj asociado a la primera
imagen de la figura 7.3. Podemos ver que este reloj debe tener un tamaño igual
a la raíz cuadrada de 9%, porque esa es la probabilidad de que se produzca el
proceso. Pero ¿qué hora marca? La respuesta a esta pregunta la trataremos en el
capítulo 10, e implica la idea de la multiplicación de relojes. En lo que
respecta a este capítulo, no tenemos que saber la hora, solo necesitamos la
importante nueva regla que acabamos de exponer, y que merece la pena repetir,
por tratarse de una afirmación muy general sobre la mecánica cuántica: debemos
asociar un único reloj a cada manera en que un proceso entero puede suceder. El
reloj que asociamos al hecho de encontrar una sola partícula en una sola
ubicación es el ejemplo más sencillo de esta regla, y hemos conseguido llegar
hasta aquí en el libro con él. Pero se trata de un caso especial, y en cuanto
empezamos a pensar en más de una partícula necesitamos ampliar la regla.
Esto significa que hay un reloj de tamaño igual a 0,3 asociado a la primera
imagen de la figura y otro cuyo tamaño es igual a 0,1 (porque 0,1 al cuadrado
es igual a 0,01 = 1%) vinculado a la segunda imagen. Por lo tanto, tenemos dos
relojes y queremos encontrar la manera de utilizarlos para determinar la
probabilidad de encontrar un electrón en A y otro en B. Si pudiésemos
distinguirlos, la respuesta sería sencilla: no tendríamos más que sumar las
probabilidades (y no los relojes) asociadas con cada posibilidad, y
obtendríamos un resultado del 10%.
Pero, si no hay manera de distinguir cuál de los diagramas sucede realmente,
que es lo que ocurre si los electrones son indistinguibles entre sí, entonces,
siguiendo la lógica que hemos desarrollado para el caso de una partícula que
salta de un sitio a otro, tendremos que combinar los relojes. Lo que buscamos
es una generalización de la regla según la cual, para determinar la
probabilidad de encontrar una partícula en un punto, debemos sumar los relojes
correspondientes a todas las maneras distintas en que dicha partícula puede
alcanzar ese punto. En un sistema de muchas partículas idénticas, para
determinar la probabilidad de que estas se encuentren en un conjunto
determinado de posiciones, debemos combinar todos los relojes asociados a cada
una de las maneras distintas en las que las partículas pueden alcanzar esas
posiciones. Esto es lo suficientemente importante como para que lo leamos
varias veces: debería quedar claro que esta nueva ley para la combinación de
relojes es una generalización directa de la regla que hemos estado usando para
una sola partícula. No obstante, puede que haya notado lo cuidadosos que hemos
sido a la hora de elegir nuestras palabras. No hemos dicho que los relojes
deban necesariamente sumarse, sino que deben combinarse. Nuestra precaución
está justificada.
Lo evidente sería sumar los relojes. Pero antes de proceder a ello deberíamos
preguntarnos si hay alguna razón de peso por la que esto sea correcto. Este es
un buen ejemplo de cómo en física no hay que dar nada por sentado, y de cómo
analizar nuestros supuestos a menudo nos permite profundizar en nuestra
comprensión. Detengámonos un momento y pensemos en la situación más general que
podamos imaginar, que consistiría en contemplar la posibilidad de que la
manecilla de uno de los relojes girase o cambiase de tamaño antes de sumarlos.
Analicémosla con mayor detenimiento.
Lo que estamos diciendo es «Tenemos dos relojes y queremos combinarlos para
crear uno solo mediante el cual saber cuál es la probabilidad de que los dos
electrones se encuentren en A y B. ¿Cómo deberíamos combinarlos?». No estamos
anticipando una respuesta, porque queremos entender si la regla que debemos
aplicar realmente es la de sumar los relojes. Resulta que no tenemos mucho margen
de maniobra, y que, sorprendentemente, sumar los relojes es una de las dos
únicas posibilidades existentes. Para simplificar la discusión, nos referiremos
al reloj correspondiente a que la partícula 1 salte al punto A y la partícula 2
salte a B como el reloj 1. Este es el reloj relacionado con la imagen superior
de la figura 7.3. El reloj 2 corresponde a la otra opción, en la que la
partícula 1 salta al punto B, mientras que la partícula 2 lo hace al punto A.
Esta es una idea importante: si giramos la manecilla del reloj 1 en determinada
magnitud antes de sumarlo con el reloj 2, la probabilidad final que calculemos
habrá de ser la misma que si optamos por proporcionar ese mismo giro al reloj 2
antes de sumarlo al reloj 1.
Para ver lo que esto significa, fijémonos en que intercambiar las etiquetas A y
B en nuestros diagramas claramente no cambia nada. Es solo otra manera de
describir el mismo proceso. Pero ese intercambio de A y B implica también un
intercambio de los diagramas de la figura 7.3. Esto significa que si decidimos
girar la manecilla del reloj 1 (correspondiente a la imagen superior) antes de
sumarlo con el reloj 2, esto debe corresponder exactamente a girar la del reloj
2 antes de sumarlo con el reloj 1, después de haber intercambiado las etiquetas.
Esta parte del razonamiento es fundamental, así que insistiremos en ella. Como
hemos supuesto que no hay manera de distinguir las dos partículas, podemos
intercambiar las etiquetas entre sí allí donde aparecen.
Esto implica que un giro de la manecilla del reloj 1 debe dar el mismo
resultado que cuando aplicamos ese mismo giro al reloj 2, porque no hay manera
de distinguirlos.
No se trata de una observación trivial, sino que tiene una consecuencia muy
importante, porque solo hay dos maneras posibles de juguetear con los giros y
contracciones de los relojes antes de sumarlos que permitirán obtener un reloj
final con la propiedad de que no dependa de sobre cuál de los dos relojes se
apliquen los cambios.
Figura 7.4. La parte superior de la figura ilustra el hecho de que sumar los
relojes 1 y 2 después de hacer girar 90° la manecilla del reloj 1 no es lo
mismo que sumarlos después de haber introducido un giro de 90° en la manecilla
del reloj 2. La parte inferior muestra la interesante posibilidad de hacer
girar 180° la manecilla de uno de los relojes antes de sumarlos.
Esta
situación se ilustra en la figura 7.4. La mitad superior de la figura muestra
cómo, si giramos 90° el reloj 1 y lo sumamos al 2, el reloj resultante no es
del mismo tamaño que el que obtendríamos si girásemos 90° el reloj 2 y lo
sumásemos al 1. Podemos verlo porque, si empezamos girando la manecilla del
reloj 1, la nueva manecilla, representada por la flecha de puntos, señala en la
dirección opuesta a la del reloj 2, y por tanto se cancela parcialmente. En
cambio, si giramos la aguja del reloj 2, acabaría apuntando en la misma
dirección que la del 1 y, por lo tanto, se sumarían para dar lugar a una más
grande.
Debería ser evidente que los 90 grados no tienen nada de especial, y que otros
ángulos resultarían también en relojes que dependerían de cuál de los dos
relojes originales, el 1 o el 2, decidiésemos girar.
La excepción evidente es un ángulo de cero grados, porque en ese caso daría
igual cuál de los dos relojes girásemos. Esto significa que sumar relojes sin
ningún giro previo es una posibilidad viable. Análogamente, también podríamos
girar ambos relojes en el mismo ángulo, pero en realidad esto es lo mismo que
no girarlos y corresponde a redefinir lo que entendemos por «12 en punto». Esto
equivale a decir que siempre tenemos la libertad de girar los relojes en un
ángulo, siempre que sea el mismo para todos, sin que afecte a las
probabilidades que estamos intentando calcular.
La mitad inferior de la figura 7.4 ilustra que existe, quizá sorprendentemente,
otra manera de combinar los relojes: podríamos hacer que uno de ellos girase
180 grados antes de sumarlos. Esto no produce exactamente el mismo reloj en
ambos casos, pero sí un reloj del mismo tamaño, lo cual significa que da lugar
a la misma probabilidad de encontrar un electrón en A y otro en B.
Un razonamiento similar permite descartar la posibilidad de encoger o agrandar
uno de los relojes antes de sumarlos, porque si encogiésemos el reloj 1 en
alguna proporción antes de sumarlo con el 2, normalmente no daría el mismo
resultado que si encogiésemos el reloj 2 en esa misma cantidad antes de sumarlo
al reloj 1, y esa regla no tiene excepciones.
De lo anterior podemos extraer una conclusión interesante. Aunque hemos
empezado permitiéndonos una libertad completa, hemos descubierto que, puesto
que no hay manera de distinguir las partículas, en la práctica solo tenemos dos
formas de combinar los relojes: podemos sumarlos directamente o bien hacerlo
después de haber girado uno u otro de ellos 180 grados. Lo verdaderamente
maravilloso es que la naturaleza aprovecha ambas posibilidades.
En el caso de los electrones, debemos incorporar el giro adicional antes de
sumar los relojes. Para partículas como los fotones, o los bosones de Higgs,
tenemos que sumarlos sin él. Así pues, en la naturaleza hay dos tipos de
partículas: las que necesitan el giro se llaman fermiones y las que no,
bosones. ¿Qué determina si una partícula es fermión o bosón? Su espín.
El espín es una medida del momento angular de una partícula, y resulta que los
fermiones siempre tienen espín de valor semi entero,[27] mientras
que los bosones siempre poseen espín entero. Decimos que el electrón tiene
espín1/2, que el fotón tiene espín 1 y que el
bosón de Higgs posee espín 0. Hemos evitado abordar los entresijos del espín en
este libro, porque en general es un detalle técnico. No obstante, cuando hemos
visto la tabla periódica sí hemos necesitado saber que hay dos tipos de
electrones, correspondientes a los dos valores posibles de su momento angular
(espín hacia arriba y hacia abajo). Este es un caso particular de una regla
general que afirma que existen 2s + 1 tipos de las partículas de
espín s. Por ejemplo, hay dos tipos de partículas de espín1/2 (como
los electrones), tres tipos de partículas de espín 1 y un solo tipo de
partículas de espín 0. La relación entre el momento angular de una partícula y
la forma en que hemos de combinar los relojes se conoce como «teorema de la
estadística del espín», que surge cuando la teoría cuántica se formula de
manera que sea compatible con la teoría de la relatividad especial de Einstein.
Más concretamente, es una consecuencia directa de garantizar que se respeta el
principio de causalidad. Por desgracia, la deducción del teorema de la
estadística del espín queda fuera del alcance de este libro (de hecho, del de
muchos libros). En The Feynman Lectures on Physics, Richard Feynman
dice al respecto:
Pedimos
disculpas por no poder ofrecer una explicación elemental. Pauli ha desarrollado
una explicación a partir de complicados argumentos de teoría cuántica de campos
y relatividad, y ha demostrado que ambas deben ir necesariamente de la mano,
pero no hemos sido capaces de encontrar la manera de reproducir sus argumentos
a un nivel básico. Parece que es uno de los pocos casos en la física en que,
aunque una regla se puede expresar de manera muy sencilla, nadie ha encontrado
una explicación sencilla y fácil de la misma.
Teniendo
en cuenta que Feynman escribió lo anterior en un libro de texto de nivel
universitario, no podemos por más que darle la razón. Pero la regla es
sencilla, y tendrá que confiar en nosotros cuando le decimos que se puede
demostrar: a los fermiones hay que propinarles un giro; a los bosones, no.
Resulta que este giro es la razón del principio de exclusión y, por lo tanto,
de la estructura de los átomos. Y, después de tanto esfuerzo, esto es algo que
ahora podemos explicar muy fácilmente.
Imaginemos que desplazamos los puntos A y B de la figura 7.3 de manera que cada
vez estén más juntos. Cuando estén muy próximos, los relojes 1 y 2 deben ser
casi del mismo tamaño y marcar prácticamente la misma hora. Cuando A y B
coinciden, los relojes deben ser idénticos. Esto debería ser evidente, porque
el reloj 1 corresponde a una partícula que acaba en el punto A y el reloj 2
representa, en este caso especial, exactamente lo mismo, porque ambos puntos
coinciden. No obstante, aún tenemos dos relojes, y hemos de sumarlos. Pero aquí
está el truco: para los fermiones, tenemos que girar la manecilla de uno de los
relojes 180 grados antes de sumarlos. Esto significa que ambos relojes marcarán
siempre horas «opuestas» cuando A y B estén en el mismo sitio (si uno marca las
12 en punto, en el otro serán las 6), por lo que al sumarlos siempre
obtendremos como resultado un reloj de tamaño cero. Este es un resultado
fascinante, porque significa que la probabilidad de encontrar dos electrones en
el mismo lugar siempre es nula: las leyes de la mecánica cuántica hacen que se
eviten mutuamente. Cuanto más se aproximan, menor es el reloj resultante, y
menor es también la probabilidad de que eso suceda. Esta es una manera de
expresar el famoso principio de Pauli: los electrones se evitan entre sí.
Al principio, tratábamos de demostrar que en un átomo de hidrógeno no podía
haber dos electrones idénticos en el mismo nivel de energía. Aún no lo hemos
demostrado con exactitud, pero la idea de que los electrones se evitan
mutuamente sin duda tiene consecuencias para los átomos y para el hecho de que
no atravesemos el suelo. Ahora podemos ver que no solo los electrones en los
átomos empujan contra los electrones del suelo porque las cargas del mismo
signo se repelen, sino que también lo hacen porque se evitan de manera natural,
según el principio de exclusión de Pauli. Resulta que, como demostraron Dyson y
Lenard, es esta propiedad de los electrones la que evita que atravesemos el
suelo, y también obliga a los electrones a ocupar los distintos niveles de
energía dentro de los átomos, proporcionándoles así su estructura y, en última
instancia, dando lugar a la variedad de elementos químicos que observamos en la
naturaleza. Claramente, este fenómeno físico tiene consecuencias muy
importantes para nuestra vida cotidiana. En el último capítulo del libro
veremos cómo el principio de exclusión de Pauli desempeña también un papel
fundamental a la hora de evitar que algunas estrellas implosionen bajo la
influencia de su propia gravedad.
Para finalizar, deberíamos explicar cómo del hecho de que dos electrones no
pueden estar a la vez en el mismo sitio se sigue que dos electrones en un átomo
no pueden tener los mismos números cuánticos, lo que significa que no pueden
tener la misma energía y espín. Consideremos dos electrones con el mismo espín;
queremos demostrar que no pueden ocupar el mismo nivel de energía. Si
estuviesen en el mismo nivel, entonces necesariamente cada electrón estaría
descrito con exactitud por la misma nube de relojes distribuidos por el espacio
(que representarían su correspondiente onda estacionaria). Para cada par de
puntos en el espacio —llamémoslos X e Y— hay, pues, dos relojes. El reloj 1
corresponde al «electrón 1 en X» y el «electrón 2 en Y», mientras que el reloj
2 representa el «electrón 1 en Y» y el «electrón 2 en X». Sabemos por nuestras
reflexiones anteriores que, para conocer la probabilidad de encontrar un
electrón en X y el otro en Y, hay que sumar estos relojes después de haber
girado uno de ellos 6 horas. Pero si los dos electrones poseen la misma
energía, entonces los relojes 1 y 2 deben ser idénticos antes del crucial giro
adicional. Después del giro, marcarán horas «opuestas» y, como antes, al
sumarlos darán como resultado un reloj de tamaño cero. Esto sucede para cualquier
ubicación particular de X e Y, por lo que la probabilidad de encontrar un par
de electrones en la misma configuración de onda estacionaria, y por lo tanto
con la misma energía, es absolutamente nula. Este hecho es, en última
instancia, lo que explica la estabilidad de los átomos que forman nuestros
cuerpos.
Hasta
ahora hemos concentrado nuestra atención en la física cuántica de partículas y
átomos aislados. Hemos aprendido que los electrones permanecen dentro de los
átomos en estados de energía definida, conocidos como estados estacionarios,
aunque el átomo puede encontrarse en una superposición de estos estados.
También hemos aprendido que es posible que un electrón haga una transición de
un estado de energía a otro con la consiguiente emisión de un fotón. Esta
emisión de fotones hace tangibles los estados de energía en un átomo:
observamos por todas partes los colores característicos de las transiciones
atómicas. Sin embargo, nuestra experiencia física es de inmensos conjuntos de
átomos unidos formando pegotes, y esto es motivo suficiente para que haya llegado
el momento de plantearnos qué sucede cuando juntamos átomos.
El análisis de los conjuntos de átomos nos llevará por un camino en el que nos
encontraremos con los enlaces químicos, las diferencias entre conductores y
aislantes y, por último, los semiconductores. Estos interesantes materiales
poseen propiedades que pueden utilizarse para fabricar diminutos dispositivos
capaces de realizar operaciones lógicas elementales. Se conocen como
transistores, y al enlazar millones de ellos juntos podemos fabricar
microchips. Como veremos, la teoría de los transistores es profundamente
cuántica. Cuesta imaginar cómo se podrían haber inventado y utilizado de no ser
por la teoría cuántica, y también es difícil imaginar cómo sería el mundo
moderno sin ellos. Son un ejemplo destacado de serendipity en ciencia: la
exploración de la naturaleza, a la que nos mueve nuestra curiosidad innata y
que tanto tiempo hemos dedicado a explicar con todo lujo de detalles tan
alejados de nuestro sentido común, acaba dando lugar a una revolución en
nuestras vidas cotidianas. Los peligros de tratar de clasificar y controlar la
investigación científica se resumen maravillosamente en las palabras de William
Shockley, uno de los inventores del transistor y director del grupo de física
del estado sólido en los Laboratorios Bell Telephone:
Me
gustaría expresar algunos puntos de vista sobre las palabras que se suelen
utilizar para clasificar los tipos de investigación en el ámbito de la física.
Por ejemplo: pura, aplicada, sin restricciones, fundamental, básica, académica,
industrial, práctica… Me parece que, con demasiada frecuencia, estas palabras
se utilizan en un sentido despectivo, por una parte para subestimar los
objetivos prácticos de producir algo útil, y por otra, para desdeñar el posible
valor a largo plazo de explorar nuevas áreas en las que es difícil prever la
obtención de resultados útiles. Con frecuencia, me preguntan si un experimento
que he planificado es investigación pura o aplicada. Para mí, es más importante
saber si el experimento proporcionará conocimientos nuevos y probablemente
duraderos sobre la naturaleza. Si es probable que genere esos conocimientos,
entonces, en mi opinión, se trata de investigación fundamental de calidad. Y
esto es mucho más importante que el hecho de si la motivación es, por una
parte, la exclusiva satisfacción estética del investigador o, por otra, la
mejora de la estabilidad de un transistor de alta potencia. Ambas son
necesarias para proporcionar a la humanidad el mayor beneficio posible. [28]
Puesto
que esto lo dice el creador del que quizá sea el invento más útil desde la
rueda, los políticos y altos cargos de todo el mundo harían bien en prestar
atención. La teoría cuántica cambió el mundo, y es prácticamente seguro que las
nuevas teorías que surgirán de la física de vanguardia actual volverán a
cambiar nuestras vidas.
Como siempre, empezaremos por el principio y ampliaremos nuestro estudio de un
universo que contiene una sola partícula a otro donde haya dos. Imaginemos, en
particular, un universo simple que contenga dos átomos de hidrógeno aislados:
dos electrones ligados en órbita alrededor de sus respectivos protones, a gran
distancia uno del otro. Más adelante empezaremos a acercar los átomos para ver
qué ocurre, pero de momento supondremos que están muy alejados entre sí.
El principio de exclusión de Pauli afirma que dos electrones no pueden ocupar
el mismo estado cuántico, porque los electrones son fermiones indistinguibles.
En un primer momento, podríamos sentir la tentación de decir que, si los átomos
están muy separados, los estados cuánticos de los electrones deberían ser muy
diferentes, y que no hay mucho más que decir al respecto. Pero las cosas son
muchísimo más interesantes. Imaginemos que ponemos el electrón número 1 en el
átomo número 1 y el electrón número 2 en el átomo número 2. Transcurrido un
tiempo, no tiene sentido decir que «el electrón número 1 sigue en el átomo
número 1». Puede que ahora esté en el átomo número 2, porque siempre cabe la
posibilidad de que el electrón haya dado un salto cuántico. Recordemos que todo
lo que puede suceder, sucede, y los electrones pueden ir en un instante de un
extremo a otro del universo. En el lenguaje de nuestros relojes, incluso si
inicialmente los relojes que describen a uno de los electrones se acumulasen
únicamente alrededor de uno de los protones, en el instante posterior
estaríamos obligados a introducir relojes también en las proximidades del otro
protón. E incluso si la orgía de interferencia cuántica implicase que los
relojes próximos al otro protón fueran diminutos, su tamaño no sería cero, y
siempre habría una probabilidad no nula de que el electrón estuviese ahí. La
mejor manera de entender las consecuencias del principio de exclusión pasa por
dejar de pensar en términos de dos átomos aislados para hacerlo en función del
sistema en su conjunto: tenemos dos protones y dos electrones y nuestra tarea
consiste en entender cómo se organizan. Simplifiquemos la situación ignorando
la interacción electromagnética entre los dos electrones (que no será una mala
aproximación si los protones están muy separados, y no afecta a nuestro
argumento en ningún aspecto importante).
¿Qué sabemos sobre las energías permitidas para los electrones en los dos
átomos? No necesitamos hacer ningún cálculo para tener una idea aproximada,
basta con utilizar lo que ya sabemos. Cuando los protones están muy separados
(imaginemos que están a muchos kilómetros de distancia), las menores energías
permitidas para los electrones deben con toda seguridad corresponder a la
situación en la que están ligados a los protones dando lugar a dos átomos de
hidrógeno aislados. En este caso, podríamos estar tentados de inferir que el
estado de menor energía para el sistema completo de dos protones y dos
electrones correspondería a dos átomos de hidrógeno en sus respectivos estados
de menor energía, ignorándose mutuamente por completo. Pero, aunque parece
correcto, no puede serlo. Debemos pensar en el sistema en su conjunto y, como
un átomo de hidrógeno aislado, este sistema de cuatro partículas debe tener su
propio espectro característico de energías permitidas para los electrones. Y,
debido al principio de exclusión de Pauli, los electrones no pueden estar ambos
exactamente en el mismo nivel de energía alrededor de cada protón, cada uno de
ellos ignorando alegremente la existencia del otro.[29]
Parece que debemos concluir que el par de electrones idénticos en dos átomos de
hidrógeno alejados entre sí no pueden tener la misma energía, pero también
hemos dicho que esperamos que los electrones estén en el nivel de menor energía
correspondiente a un átomo de hidrógeno ideal y completamente aislado. Ambas
cosas no pueden ser ciertas, y si lo pensamos un poco nos daremos cuenta de que
la manera de resolver el problema consiste en que haya no uno sino dos niveles
de energía por cada nivel del átomo ideal y aislado. De esa manera, podríamos
dar cabida a dos electrones sin violar el principio de exclusión. Para átomos
que están muy separados, la diferencia entre las dos energías debe ser
realmente muy pequeña, lo que permite hacer como si cada átomo ignorase la
presencia del otro. Pero en realidad no es así, debido al alcance de los
tentáculos del principio de exclusión de Pauli: si uno de los dos electrones se
encuentra en un estado de energía, el otro debe estar en el segundo estado, con
una energía diferente, y este estrecho vínculo entre los dos átomos persiste
con independencia de la distancia que exista entre ellos.
Esta lógica se extiende más allá de los dos átomos: si hubiese veinticuatro
átomos de hidrógeno desperdigados por todo el universo, por cada estado de
energía en un universo de un solo átomo habría ahora veinticuatro estados de
energía, todos ellos con valores muy similares pero no idénticos. Cuando un
electrón en uno de los átomos ocupa determinado estado, lo hace «conociendo»
perfectamente los estados de cada uno de los otros veintitrés electrones,
independientemente de la distancia a la que se encuentren. Y así, cada electrón
en el universo conoce el estado de todos los demás electrones. No tenemos por
qué detenernos aquí: los protones y los neutrones también son fermiones, de
manera que cualquier protón sabe de la existencia de cualquier otro protón, y
lo mismo sucede con los neutrones. Existe una relación íntima entre las
partículas que componen el universo que se extiende por todo el espacio. Es
efímera, en el sentido de que para partículas muy distantes los niveles de
energía son tan próximos entre sí que a efectos de nuestras vidas cotidianas no
hay ninguna diferencia.
Esta es una de las conclusiones más aparentemente extrañas a las que hemos
llegado a lo largo del libro. Decir que cada átomo en el universo está
conectado con todos los demás puede parecer una brecha a través de la cual
podría colarse todo tipo de charlatanería holística. Pero no hay nada aquí que
no hayamos visto antes. Recordemos el pozo de potencial que hemos tratado en el
capítulo 6. La anchura del pozo determina el espectro de niveles de energía
permitidos, y a medida que aquella varía también lo hacen los niveles
permitidos. Lo mismo sucede aquí, en el sentido de que la forma del pozo en el
que se encuentran nuestros electrones, y por lo tanto los niveles de energía
que pueden ocupar, está determinada por las posiciones de los protones. Si hay
dos protones, el espectro de energía está determinado por las posiciones de
ambos. Y si hay 1080 protones que forman un universo, entonces
la posición de cada uno de ellos afecta a la forma del pozo en el que se
encuentran los 1080 electrones. En todo momento, solo hay un
conjunto de niveles de energía y cuando algo cambia (por ejemplo, un electrón
pasa de un nivel de energía a otro) todo lo demás debe ajustarse inmediatamente
de manera que nunca haya dos fermiones en el mismo nivel de energía.
Parece que la idea de que los electrones «saben» de los demás instantáneamente
podría violar la teoría de la relatividad de Einstein. Quizá podríamos
construir algún tipo de aparato emisor de señales que sacase provecho de esta
comunicación instantánea para transmitir información a velocidades mayores que
la de la luz. Einstein, en colaboración con Boris Podolsky y Nathan Rosen, fue
el primero en poner de manifiesto esta característica en apariencia paradójica
de la teoría cuántica. A Einstein no le gustaba, y la denominó «fantasmagórica
acción a distancia». Tuvo que pasar un tiempo hasta que se dieron cuenta de
que, a pesar de su carácter fantasmagórico, es imposible sacar provecho de
estas correlaciones de largo alcance para transmitir información más rápido que
la luz, y eso significa que se respeta el principio de causalidad.
Esta decadente multiplicidad de niveles de energía no es solo un mecanismo
esotérico para evitar las limitaciones del principio de exclusión. De hecho, no
tiene nada de esotérico porque es la física que está tras los enlaces químicos.
Y es también la idea clave para explicar por qué algunos materiales conducen la
electricidad mientras que otros no lo hacen, y sin ella no comprenderíamos cómo
funciona un transistor. Para empezar nuestro recorrido hacia el transistor,
volvamos al «átomo» simplificado que hemos visto en el capítulo 6, cuando hemos
confinado un electrón en un pozo de potencial. Ciertamente, este sencillo
modelo no nos ha permitido calcular el espectro de energías correcto para el
átomo de hidrógeno, pero sí nos ha permitido aprender algo sobre el comportamiento
de un solo átomo, lo cual también nos será útil aquí. Utilizaremos dos pozos
cuadrados juntos para crear un modelo de juguete de dos átomos de hidrógeno
adyacentes. Primero trataremos el caso en el que un único electrón se mueve en
el potencial creado por los dos protones. La primera imagen de la figura 8.1
ilustra cómo lo haremos. El potencial es plano salvo donde se hunde para formar
los dos pozos, que imitan la capacidad de confinar electrones de los dos
protones. La separación central, si tiene la altura suficiente, ayuda a que el
electrón quede atrapado a la izquierda o a la derecha. En la jerga técnica,
decimos que el electrón se mueve en un pozo doble de potencial.
Figura 8.1. Arriba, el pozo doble de potencial y, debajo, cuatro
interesantes funciones de onda que describen el electrón en el potencial. Solo
las dos últimas corresponden a un electrón de energía bien definida.
Nuestro
primer desafío es utilizar este modelo de juguete para entender lo que sucede
cuando juntamos dos átomos de hidrógeno (veremos que cuando se acercan lo
suficiente se forma entre ellos un enlace y se crea una molécula). A
continuación, analizaremos la posibilidad de que haya más de dos átomos, lo que
nos permitirá imaginar lo que sucede en el interior de la materia sólida.
Si los pozos son muy profundos, podemos utilizar los resultados del capítulo 6
para determinar a qué deberían corresponder los estados de menor energía. Para
un solo electrón en un pozo cuadrado, el estado de menor energía está descrito
por una onda sinusoidal cuya longitud de onda es igual a dos veces la anchura
de la caja, y así sucesivamente. Si colocamos un electrón a un lado del pozo
doble, y si el pozo es suficientemente profundo, las energías permitidas deben
aproximarse a las del electrón atrapado en un solo pozo, y su función de onda
debería tener un aspecto muy similar a una onda sinusoidal. Es en las pequeñas
diferencias entre un átomo de hidrógeno completamente aislado y otro que forme
parte de un par de átomos distantes en las que debemos ahora centrar nuestra
atención.
Podemos prever, sin temor a equivocarnos, que las dos primeras funciones de
onda representadas en la figura 8.1 corresponden a las de un solo electrón
cuando está situado en el pozo izquierdo o en el derecho, respectivamente
(recordemos que, en este contexto, las palabras «pozo» y «átomo» son
intercambiables). Las ondas son aproximadamente sinusoidales, con una longitud
de onda igual al doble de la anchura del pozo. Puesto que las funciones de onda
tienen una forma idéntica, podríamos pensar que deberían corresponder a
partículas con la misma energía. Pero eso no puede ser, porque, como ya hemos
dicho, tiene que haber una mínima probabilidad de que, por muy profundos que
sean los pozos, y por muy separados que estén, el electrón pueda saltar de uno
a otro. Ya hemos insinuado esta posibilidad al dibujar cómo las ondas
sinusoidales se «infiltran» ligeramente a través de las paredes del pozo, lo
cual representa que hay una probabilidad muy reducida de encontrar relojes no
nulos en el pozo adyacente.
El hecho de que siempre haya una probabilidad finita de que el electrón salte
de un pozo al otro significa que las dos primeras funciones de onda de la
figura 8.1 no pueden corresponder a un electrón de energía bien definida,
porque, como hemos visto en el capítulo 6, dicho electrón estaría descrito por
una onda estacionaria, cuya forma no cambia con el tiempo, o, de forma
equivalente, por un montón de relojes cuyos tamaños nunca varían con el tiempo.
Si a medida que el tiempo transcurre aparecen nuevos relojes en el pozo que al
principio estaba vacío, esto sin duda hará que la forma de la función de onda
varíe. Así pues, ¿qué aspecto tiene un estado de energía bien definida en un
pozo doble? La respuesta es que los estados deben ser más democráticos y
reflejar que existe la misma probabilidad de encontrar el electrón en
cualquiera de los dos pozos. Esta es la única manera de crear una onda
estacionaria y de evitar que la función de onda salpique repetidamente de uno a
otro pozo.
Las dos últimas funciones de onda de la figura 8.1 poseen esta característica.
Representan el aspecto real de los estados de menor energía. Son los únicos
estados estacionarios que podemos construir que se parezcan a las funciones de
onda «de un solo pozo» en cada uno de los pozos individuales, pero que también
describen un electrón con la misma probabilidad de estar en cualquiera de los
dos pozos. De hecho, son los dos estados de energía que hemos deducido que
debían existir si queremos poner dos electrones en órbita alrededor de dos
protones distantes para crear dos átomos de hidrógeno casi idénticos de una
manera compatible con el principio de exclusión de Pauli. Si una de estas dos
funciones de ondas describe a uno de los electrones, la otra debe hacer lo
propio con el otro. Eso es lo que exige el principio de exclusión de Pauli.[30]
Si los pozos son lo suficientemente profundos, o si la distancia entre los
átomos es lo suficientemente grande, las dos energías serán prácticamente
iguales, y casi iguales también a la energía más baja de una partícula
confinada en un solo pozo aislado. No debería preocuparnos el hecho de que
parezca que una de las funciones de onda está parcialmente invertida:
recordemos que el tamaño del reloj es lo único que importa a la hora de
determinar la probabilidad de encontrar la partícula en algún lugar. En otras
palabras, podríamos invertir todas las funciones de onda que hemos dibujado en
el libro y el contenido físico no cambiaría en absoluto. Por lo tanto, la
función de onda «parcialmente invertida» (que en la figura se denomina «estado
de energía anti-simétrico») describe asimismo una superposición de un electrón
atrapado en el pozo izquierdo y otro confinado en el de la derecha. Pero, y
esto es importante, las funciones de onda simétrica y anti-simétrica no son
exactamente iguales (no podrían serlo, pues Pauli se molestaría). Para ver por
qué, necesitamos estudiar el comportamiento de estas dos funciones de onda de
mínima energía en la región situada entre ambos pozos.
Una función de onda es simétrica alrededor del centro de los dos pozos y la
otra es anti simétrica (tal y como se describen en la figura). Por «simétrica»
entendemos que la onda a la izquierda es la imagen especular de la onda a la
derecha. En el caso de la onda «anti simétrica», la onda de la izquierda es la
imagen especular de la onda de la derecha pero solo una vez que esta se ha
invertido. La terminología no es muy importante, lo que sí importa es que ambas
ondas son distintas en la región entre los dos pozos. Es esta pequeña
diferencia la que implica que describan estados de energías muy ligeramente
distintas. De hecho, la onda simétrica es la de menor energía. Así pues,
invertir una de las ondas sí que importa, aunque no mucho si los pozos son muy
profundos o están muy separados.
Desde luego, puede resultar confuso pensar en términos de partículas con
energía bien definida porque, como acabamos de ver, estas están descritas por
funciones de onda que tienen el mismo tamaño en cada pozo. Esto en realidad
significa que existe la misma probabilidad de encontrar el electrón en
cualquiera de los dos pozos, aunque estén separados por todo un universo.
¿Cómo deberíamos visualizar lo que sucede si colocamos realmente un electrón en
un pozo y un segundo electrón en el otro? Ya hemos dicho antes que esperamos
que el pozo inicialmente vacío se llene de relojes para representar el hecho de
que la partícula puede saltar de un sitio a otro. Incluso hemos insinuado una
respuesta cuando hemos dicho que la función de onda «salpica» a uno y otro
lado. Para ver lo que resulta, necesitamos tener en cuenta que podemos expresar
un estado localizado en uno de los protones como suma de las dos funciones de
onda de menor energía. Lo hemos ilustrado en la figura 8.2, pero ¿qué
significa? Si el electrón se coloca en determinado instante en uno de los
pozos, esto implicaría que en realidad no posee una única energía. En
particular, una medición de su energía daría como resultado un valor igual a
alguna de las dos energías posibles correspondientes a los dos estados de
energía bien definida que componen la función de onda. El electrón se
encuentra, pues, en dos estados al mismo tiempo. Esperamos que, a estas alturas
del libro, esta no le resulte una idea novedosa.
Figura 8.2. Arriba: un electrón localizado en el pozo de la izquierda se
puede ver como la suma de los dos estados de menor energía. Abajo:
análogamente, un electrón situado en el pozo de la derecha se puede entender
como la diferencia entre dichos estados de mínima energía.
Pero
aquí viene lo interesante. Puesto que estos estados no poseen exactamente la
misma energía, sus relojes giran a ritmos ligeramente distintos (como hemos
señalado en el capítulo 6). Esto tiene el efecto de que una partícula descrita
inicialmente por una función de onda localizada alrededor de un protón pasará,
una vez transcurrido suficiente tiempo, a estar descrita por otra cuyo pico
esté centrado alrededor del otro protón. No queremos entrar en detalles, pero
baste con decir que este fenómeno es muy análogo a la manera en que dos ondas
sonoras con frecuencias muy similares se suman para producir una onda sonora
que es inicialmente intensa (las dos ondas están en fase) y después, en un
momento posterior, débil (cuando las ondas están desfasadas). Este fenómeno se
conoce como «pulsos». A medida que la frecuencia de ambas ondas se aproxima,
aumenta el intervalo entre los momentos de máxima y mínima intensidad hasta
que, cuando ambas poseen exactamente la misma frecuencia, se combinan para dar
lugar a un tono puro. Esto debe resultar completamente familiar para cualquier
músico que, quizá sin saberlo, saca provecho de este fenómeno físico cuando
utiliza un diapasón. La situación es exactamente la misma para el electrón
colocado en el segundo pozo. También tiende a migrar de un pozo al otro de una
manera que imita exactamente el comportamiento del primer electrón. Aunque
hubiésemos empezado teniendo un electrón en un pozo y un segundo electrón en el
otro, al cabo de un tiempo suficiente ambos electrones habrían intercambiado
sus posiciones.
Ahora vamos a utilizar esto que acabamos de aprender. La física realmente
interesante se produce cuando empezamos a aproximar los átomos. En nuestro
modelo, acercar los átomos corresponde a reducir la anchura de la barrera que
separa ambos pozos. A medida que mengua el grosor de esta barrera, las
funciones de onda comienzan a fusionarse y aumenta la probabilidad de que el
electrón se encuentre en la región entre ambos protones. La figura 8.3 ilustra
el aspecto de la cuarta función de onda de menor energía cuando la barrera es
muy fina. Resulta interesante el hecho de que la función de onda de mínima
energía empieza a parecerse a la onda sinusoidal de menor energía que
obtendríamos si tuviésemos un solo electrón en un único pozo más ancho; es
decir, los dos picos se fusionan en uno solo (con un pequeño hoyuelo). Mientras
tanto, la función de onda con la segunda energía más baja se parece bastante a
la onda sinusoidal correspondiente al siguiente nivel de energía más baja para
un único pozo ancho. Esto es lo que cabría esperar, porque a medida que se
reduce el grosor de la barrera entre ambos pozos disminuye asimismo su efecto
hasta que, cuando su anchura sea nula, su efecto también lo será, y nuestro
electrón debería entonces comportarse exactamente como si estuviese en un único
pozo.
Una vez visto lo que sucede en ambos extremos —pozos muy separados y muy
juntos—, podemos completar la visualización investigando cómo varían las
energías permitidas a medida que se reduce la distancia entre los pozos.
Figura 8.3. Similar a la figura 8.1, salvo porque los pozos están más
próximos. La «filtración» en la región entre los pozos aumenta. A diferencia de
la figura 8.1, también se muestran aquí las funciones de onda correspondientes
al segundo par de estados de menor energía.
Hemos
esbozado los resultados para los cuatro niveles de energía más bajos en la
figura 8.4. Cada una de las cuatro líneas representa uno de esos cuatro
niveles, y a su lado hemos dibujado sus correspondientes funciones de onda. El
extremo derecho de la figura muestra las funciones de onda cuando los pozos
están muy separados (véase también la figura 8.1). Como esperábamos, la
diferencia entre los niveles de energía de los electrones en cada pozo son casi
inapreciables. Sin embargo, a medida que los pozos se aproximan, los niveles de
energía empiezan a separarse (comparemos las funciones de onda de la izquierda
con las de la figura 8.3). Curiosamente, la energía del nivel correspondiente a
la función de onda anti simétrica aumenta, mientras que la del que corresponde
a la función simétrica disminuye.
Figura 8.4. Variación de las energías permitidas del electrón a medida que
cambia la distancia entre los pozos.
Esto
tiene una importante consecuencia para un sistema real de dos protones y dos
electrones (es decir, para dos átomos de hidrógeno). Recordemos que en realidad
en el mismo nivel de energía caben dos electrones, porque pueden tener espines
opuestos. Esto significa que ambos pueden entrar en el nivel de energía más
bajo (simétrico) y, lo que es aún más importante, la energía de este nivel
disminuye a medida que los átomos se acercan. Lo cual implica que, desde un
punto de vista energético, es preferible que dos átomos distantes se aproximen.
Y esto es lo que de hecho sucede en la naturaleza:[31] la
función de onda simétrica describe un sistema en el que los electrones se
comparten de manera más homogénea entre los dos protones de lo que cabría
suponer al ver la función de onda para los protones alejados, y debido a que la
energía de esta configuración «compartida» es menor, los átomos se atraen
mutuamente. Llega un punto en el que esta atracción cesa, porque ambos protones
tienen carga positiva y, por lo tanto, se repelen (también existe repulsión
debido a que los electrones tienen cargas iguales), pero esta repulsión solo se
impone sobre la atracción interatómica a distancias menores de unos 0,1
nanómetros (a temperatura ambiente). El resultado es que un par de átomos de
hidrógeno en reposo acabarán arrimándose. Este par de átomos acurrucados tienen
un nombre: es una molécula de hidrógeno.
Esta tendencia a que dos átomos se junten como resultado de la compartición de
electrones es lo que se conoce como un «enlace covalente». Si nos fijamos de
nuevo en la primera función de onda de la figura 8.3, ese es aproximadamente el
aspecto que tiene el enlace covalente de la molécula de hidrógeno. Recordemos
que la altura de la onda corresponde a la probabilidad de que el electrón se
encuentre en ese punto.[32] Hay un
pico sobre cada pozo, es decir, alrededor de cada protón, lo que nos dice que
sigue siendo más probable que cada electrón se encuentre en las proximidades de
uno u otro de los protones. Pero también hay una probabilidad significativa de
que los electrones pasen tiempo entre los dos protones. Los químicos dicen que
los átomos «comparten» electrones en un enlace covalente, y esto es lo que
vemos aquí, incluso en nuestro modelo de juguete con dos pozos cuadrados. Más
allá de la molécula de hidrógeno, es a esta tendencia de los átomos a compartir
electrones a lo que nos hemos referido al hablar de las reacciones químicas
explicadas posteriormente a la figura 7.2.
Esta es una conclusión muy satisfactoria. Hemos aprendido que, para átomos de
hidrógeno muy separados, la minúscula diferencia entre los dos estados de
mínima energía tenía únicamente un interés académico, aunque nos ha llevado a
concluir que cada electrón en el universo está al tanto de todos los demás, lo
cual es ciertamente fascinante. Por otra parte, la separación entre ambos
estados aumenta a medida que los protones se acercan, y el de menor energía de
los dos acaba convirtiéndose en el estado que describe la molécula de
hidrógeno, lo cual dista mucho de ser algo que tenga solo interés académico,
porque los enlaces covalentes son la razón por la que no somos un montón de
átomos agitándose como un pegote informe.
Podemos seguir tirando de este hilo intelectual y empezar a plantearnos lo que
sucede cuando juntamos más de dos átomos. Tres son más de dos, así que
comenzaremos por aquí y consideraremos un triple pozo de potencial, como el de
la figura 8.5. Como siempre, debemos imaginar que cada pozo señala la ubicación
de un átomo. Debería haber tres niveles de mínima energía, pero al ver la figura
podríamos estar tentados de pensar que ahora habría cuatro estados por cada uno
del pozo sencillo. Los cuatro estados que tenemos en mente se ilustran en la
figura y corresponden a funciones de onda que son simétricas o anti simétricas
respecto al centro de las dos barreras de potencial.[33] Esta
cuenta debe ser incorrecta, porque si no podríamos poner cuatro fermiones
idénticos en esos cuatro estados y violar así el principio de exclusión de
Pauli. Para respetarlo, necesitamos solo tres estados de energía, y esto, por
supuesto, es lo que sucede. Para verlo, basta con que nos demos cuenta de que
siempre podemos escribir cualquiera de las cuatro funciones de onda de la
figura como una combinación de las otras tres. En la parte inferior de la
figura hemos representado un caso particular, en el que la última función de
onda se puede obtener mediante una combinación de las tres anteriores.
Una vez identificados los tres estados de mínima energía para una partícula
sometida a un triple pozo de potencial, podemos preguntarnos qué aspecto
tendría la figura 8.4 en este caso, y no debería sorprendernos que sea muy
similar, salvo por el hecho de que lo que antes era un par de estados de
energía permitidos ahora se convierte en un triplete.
Hasta aquí los tres átomos. Podemos ahora centrar nuestra atención en una
cadena de múltiples átomos. Esto será especialmente interesante porque contiene
las ideas clave que nos permitirán explicar gran parte de lo que sucede en el
interior de la materia sólida.
Figura 8.5. El pozo triple, que es nuestro modelo para una sucesión de tres
átomos, y las posibles funciones de onda de mínima energía. En el extremo
inferior ilustramos cómo se puede obtener la última de ellas a partir de las
otras tres.
Si
hay N pozos (para representar una cadena de N átomos), por cada energía del
pozo sencillo habrá ahora N energías. Si N es del orden de 10 23,
que es la cantidad habitual de átomos en un pequeño fragmento de material
sólido, eso son muchísimas divisiones. El resultado es que la figura 8.4 ahora
se asemeja a la figura 8.6. La línea de puntos vertical señala que, para átomos
separados por la distancia correspondiente, los electrones solo pueden tener
determinadas energías permitidas. Esto no debería ser ninguna sorpresa (si lo
es, lo mejor es que vuelva a leer el libro desde el principio), pero lo
interesante es que las energías permitidas aparecen en «bandas». Las energías
entre A y B están permitidas, pero las que se encuentran entre B y C, no; las
energías entre C y D vuelven a estar permitidas, etcétera. El hecho de que haya
muchos átomos en la cadena implica que en cada banda se amontonan muchas
energías permitidas. Tantas que, de hecho, para un sólido cualquiera, podemos
suponer perfectamente que las energías forman un continuo para cada banda. Esta
característica de nuestro modelo de juguete se cumple también en la materia
sólida real, donde los electrones tienen energías que forman bandas de este
estilo, lo cual tiene importantes consecuencias para determinar el tipo de
sólido del que se trata. En particular, estas bandas explican por qué algunos
materiales (metales) conducen la electricidad, mientras que otros (aislantes)
no.
Figura 8.6. Bandas de energía en un bloque de materia sólida y cómo varían
con la distancia entre los átomos.
¿Por
qué ocurre esto? Empecemos por pensar en una cadena de átomos (como siempre,
representada mediante una cadena de pozos de potencial), pero supongamos ahora
que cada átomo tiene varios electrones ligados a su alrededor. Por supuesto,
esta es la norma (solo el átomo de hidrógeno posee un único electrón, ligado a
un solo protón), lo que significa que estamos dejando atrás la discusión de una
cadena de átomos de hidrógeno para pasar al caso, más interesante, de una
cadena de átomos más pesados. También deberíamos recordar que hay dos tipos de
electrones: con espín hacia arriba y con espín hacia abajo, y que el principio
de exclusión de Pauli nos dice que en cada nivel de energía permitido no caben
más de dos electrones. De lo anterior se deduce que, para una cadena de átomos
cada uno de los cuales contiene un solo electrón (es decir, átomos de
hidrógeno), la banda de energía n = 1 está medio llena. Esta
situación se ilustra en la figura 8.7, donde hemos esbozado los niveles de
energía de una cadena de cinco átomos. Estos 5 niveles de energía pueden alojar
un máximo de 10 electrones, pero solo tenemos 5 de los que preocuparnos, por lo
que, en la configuración de mínima energía, la cadena de átomos contiene los 5
electrones que ocupan la mitad inferior de la banda de energía n =
1. Si tuviésemos 100 átomos en la cadena, entonces la banda n =
1 podría contener 200 electrones, pero para el hidrógeno solo tenemos que
tratar con 100, por lo que, una vez más, la banda n = 1 está
medio llena cuando la cadena de átomos se encuentra en su configuración de
mínima energía. La figura 8.7 también muestra lo que sucede en el caso en el
que hay 2 (helio) o 3 (litio) electrones por cada átomo. En el caso del helio,
la configuración de mínima energía corresponde a una banda n =
1 llena, mientras que para el litio dicha banda está llena y es la n =
2 la que está medio llena. Deberíamos tener bastante claro que este patrón de
bandas llenas o semi llenas continúa, de manera que los átomos con un número
par de electrones siempre dan lugar a bandas llenas, mientras que los que
poseen un número impar de electrones producen bandas a medio llenar. El hecho
de que una banda esté llena o no es, como enseguida descubriremos, la razón por
la que algunos materiales son conductores mientras que otros son
aislantes.
Imaginemos ahora que conectamos los extremos de nuestra cadena atómica a los
bornes de una batería. Sabemos por experiencia que si los átomos forman un
metal fluirá una corriente eléctrica.
Figura 8.7. Ocupación de los niveles de energía más bajos disponibles en una
cadena de 5 átomos cuando cada átomo contiene 1, 2 o 3 electrones. Los puntos
negros son los electrones.
Pero
eso ¿qué significa en realidad?, ¿y cómo surge de lo que hemos visto hasta
ahora? Afortunadamente, los detalles del efecto de la batería sobre los átomos
no son algo que tengamos que entender. Lo único que tenemos que saber es que la
conexión a la batería nos proporciona una fuente de energía capaz de darle un
pequeño impulso a un electrón, y que ese impulso tiene siempre la misma
dirección. Una buena pregunta que podríamos plantearnos es ¿y exactamente cómo
lo hace la batería? Decir que «induce un campo eléctrico en el interior del
cable, y los campos eléctricos empujan los electrones» no es del todo
satisfactorio, pero será con lo que tendremos que conformarnos en este libro.
En última instancia, podríamos apelar a las leyes de la electrodinámica cuántica
y tratar de calcularlo todo en función de la interacción de electrones y
fotones. Pero hacerlo no aportaría absolutamente nada a nuestra discusión, por
lo que, en aras de la brevedad, no lo haremos.
Imaginemos un electrón que ocupa uno de estos estados de energía bien definida.
Empezaremos por suponer que la acción de la batería solo puede proporcionarle
al electrón impulsos minúsculos. Si el electrón está en un estado de baja
energía, con muchos otros por encima de él en la escala de energías (al usar
este lenguaje, tenemos en mente la figura 8.7), será incapaz de recibir la
dosis de energía de la batería. Está bloqueado, porque los estados de energía
superiores al que ocupa ya están llenos. Por ejemplo, la batería podría ser
capaz de hacer que el electrón ascendiese unos cuantos peldaños en la escala de
niveles de energía, pero si todos ellos están ya ocupados nuestro electrón
tendrá que dejar pasar la oportunidad de absorber energía simplemente porque no
tiene adónde ir. Recordemos que el principio de exclusión de Pauli le impide
unirse a los otros electrones si todos los huecos están ocupados. El electrón
se verá obligado a comportarse como si la batería no se hubiese conectado. La
situación es diferente para los electrones en los niveles de mayor energía.
Estos se encuentran cerca de lo más alto del montón y en principio podrían
absorber una pequeña dosis de energía de la batería y pasar a un estado aún
superior (pero solo si no están exactamente en el nivel más alto de una banda
ya llena). Volviendo a la figura 8.7, vemos que los electrones de mayor energía
serán capaces de absorber energía de la batería si los átomos de la cadena
contienen un número impar de electrones. Si contienen un número par, los
electrones del nivel más alto no podrán ir a ningún lado porque existe una gran
brecha en la escala de energías, y solo podrán superarla si reciben un impulso
suficientemente grande.
Esto implica que, si los átomos en un determinado sólido contienen un número
par de electrones, estos electrones podrían comportarse como si la batería
nunca se hubiese conectado. No puede fluir la corriente porque no hay manera de
que los electrones absorban energía. Esta es la descripción de un aislante. La
única manera de evitar tal situación es si la brecha entre el extremo superior
de la más alta de las bandas rellenas y el fondo de la siguiente banda vacía es
suficientemente pequeña (enseguida diremos algo más al respecto). Y, a la
inversa, si los átomos contienen un número impar de electrones, entonces los
electrones superiores siempre están en disposición de absorber el impulso que
les proporciona la batería. Como consecuencia, saltan a un nivel de energía más
elevado y, puesto que el impulso siempre es en la misma dirección, su efecto
neto es el de inducir un flujo de estos electrones móviles, que identificamos
como una corriente eléctrica. Por lo tanto, simplificando mucho, podemos
concluir que si un sólido está compuesto de átomos que contienen un número
impar de electrones está abocado a ser conductor de la electricidad.
Por fortuna, el mundo real no es tan sencillo. El diamante, un sólido
cristalino compuesto enteramente de átomos de carbono que tienen seis
electrones, es un aislante. Por otra parte, el grafito, que también es carbono
puro, es un conductor. De hecho, en la práctica, la regla de los electrones
pares o impares pocas veces funciona, pero la razón es que nuestro modelo de un
sólido basado en «pozos en línea» es demasiado rudimentario. Pero lo que sí es
absolutamente cierto es que los buenos conductores de la electricidad se
caracterizan por el hecho de que los electrones de mayor energía tienen margen
para saltar a estados de energía superiores, mientras que los aislantes lo son
porque sus electrones de mayor energía no pueden acceder a esos estados de energía
superiores debido a la existencia de una brecha en su escala de energías
permitidas.
Esta explicación aún da un giro más, un giro que será importante en el capítulo
siguiente cuando expliquemos cómo fluye la corriente en un semiconductor.
Imaginemos un electrón, libre para moverse de un sitio a otro en una banda
semivacía de un cristal perfecto. Cuando decimos «cristal» lo que queremos dar
a entender es que los enlaces químicos (posiblemente covalentes) actúan de tal
manera que los átomos están dispuestos según un patrón regular. Nuestro modelo
unidimensional de un sólido corresponde a un cristal si todos los pozos son
equidistantes entre sí y tienen el mismo tamaño. Si conectamos una batería, un
electrón saltará alegremente de un nivel al siguiente mientras el campo
eléctrico aplicado lo empuja con sutileza a hacerlo. Como consecuencia de ello,
la corriente eléctrica aumentará gradualmente a medida que los electrones
absorben más energía y se mueven cada vez más rápido. A cualquiera que sepa algo
de electricidad, esto le sonará un poco raro, porque no hay rastro de la «ley
de Ohm», según la cual la corriente (I) está fijada por la magnitud de la
tensión aplicada (V) de acuerdo con la fórmula V = I × R, donde R representa la
resistencia del cable. La ley de Ohm surge porque, a medida que los electrones
ascienden por la escala de energías, también pueden perder energía y caer al
fondo de la misma. Esto solo sucede si la red de átomos no es perfecta, ya sea
porque contiene impurezas (átomos díscolos, distintos de la mayoría) o porque
los átomos se agitan notablemente, algo que sucederá con toda seguridad si la
temperatura es distinta de cero. Por lo tanto, los electrones pasan la mayor
parte del tiempo jugando a una versión microscópica del juego de las serpientes
y las escaleras, tratando de ascender por la escala de energías pero volviendo
a caer una y otra vez como consecuencia de sus interacciones con una red
atómica imperfecta. El efecto promedio es el de producir una energía «típica»
del electrón que da lugar a una corriente fija. Esta energía típica determina
la velocidad con la que los electrones fluyen por el cable y es a lo que nos
referimos al hablar de corriente eléctrica. Hay que interpretar la resistencia
del cable como una medida de lo imperfecta que es la red atómica a través de la
cual se desplazan los electrones.
Pero ese no es el giro. Incluso sin la ley de Ohm, la corriente no crece
ilimitadamente. Cuando los electrones alcanzan el extremo superior de una
banda, se comportan de una manera realmente extraña, y el efecto neto de este
comportamiento es una reducción de la corriente eléctrica, que llega incluso a
invertir su sentido. Esto es algo muy raro: aunque el campo eléctrico empuja a
los electrones en una dirección, acaban desplazándose en la dirección opuesta
cuando se aproximan a lo más alto de una banda. La explicación de este extraño
fenómeno queda fuera del alcance de este libro, por lo que nos limitaremos a
decir que el papel de los núcleos atómicos, de carga positiva, es clave, y que
son ellos los que empujan a los electrones en la dirección opuesta.
Ahora, como habíamos anunciado, analizaremos lo que sucede cuando un supuesto
aislante se comporta como un conductor porque la brecha entre la última banda
rellena y la siguiente banda vacía es «suficientemente pequeña». Ha llegado el
momento de introducir algunas palabras técnicas. La última banda de energías
(esto es, la de mayor energía) que está completamente rellena de electrones se
conoce como «banda de valencia», y la siguiente banda en la escala de energías
(que, en nuestro análisis, puede estar vacía o medio llena) es la «banda de
conducción». Si ambas bandas se solapan (cosa que puede suceder realmente),
entonces no existe brecha alguna y el supuesto aislante se comporta como un
conductor. ¿Y si, aunque exista la brecha, esta es «suficientemente pequeña»?
Hemos indicado que los electrones pueden recibir energía de una batería, de
manera que podemos suponer que, si la batería es potente, podría proporcionar
un impulso suficiente para lanzar un electrón que se encontrase cerca del
extremo superior de la banda de valencia hasta la banda de conducción. Esto es
posible, pero no es la situación que nos interesa, porque las baterías típicas
no tienen capacidad de hacerlo. Vamos a poner algunas cifras sobre la mesa. El
campo eléctrico en el interior de un sólido es normalmente del orden de unos
pocos voltios por metro, y necesitaríamos campos de unos pocos voltios por
nanómetro (es decir, 1.000 millones de veces más intensos) para que proporcionasen
a los electrones el impulso suficiente para saltar el electronvoltio[34] de
energía que separa la banda de valencia de la de conducción en un aislante
típico. Mucho más interesante es el impulso que puede recibir un electrón por
parte de los átomos que forman el sólido. Estos no están rígidamente
localizados en un lugar, sino que se agitan un poco. Cuanto más caliente está
el sólido, más se agitan, y en esta situación un átomo puede proporcionarle a
un electrón mucha más energía que una batería real; suficiente para que este dé
un salto de varios electronvoltios. En la práctica, a temperatura ambiente, es
muy poco habitual que un electrón reciba un impulso de tal magnitud, porque a
20 °C las energías térmicas típicas son del orden de 1/4 de
electronvoltio. Pero esto es solo un promedio, y en un sólido hay una cantidad
enorme de átomos, por lo que sí sucede alguna que otra vez. Cuando ocurre, los
electrones saltan desde su prisión en la banda de valencia a la de conducción,
donde pueden absorber los pequeños impulsos de una batería y hacer posible así
el flujo de electricidad.
Los materiales en los que, a temperatura ambiente, un número suficiente de
electrones pueden saltar de la banda de valencia a la de conducción tienen un
nombre especial: se denominan «semiconductores». A temperatura ambiente pueden
permitir el paso de una corriente eléctrica, pero cuando se enfrían, y sus
átomos se agitan menos, también disminuye su capacidad de conducir la
electricidad, y vuelven a convertirse en aislantes. El silicio y el germanio
son los dos ejemplos clásicos de materiales semiconductores y, debido a su
naturaleza dual, son extremadamente útiles. De hecho, no es ninguna exageración
decir que la aplicación tecnológica de los materiales semiconductores ha
revolucionado el mundo.
En
1947 se fabricó el primer transistor. Actualmente, cada año se producen en el
mundo más de 10.000.000.000.000.000.000, una cifra que es cien veces mayor que
el número total de granos de arroz que consumen cada año los más de 7.000
millones de habitantes del planeta. El primer ordenador con tecnología de
transistores se fabricó en Manchester en 1953, y contenía 92 transistores. Hoy
en día, podemos comprar más de 100.000 transistores por el precio de un solo
grano de arroz, y nuestro teléfono móvil contiene alrededor de 1.000 de ellos.
En este capítulo describiremos cómo funciona un transistor, sin duda la
aplicación más importante de la teoría cuántica.
Como hemos visto en el capítulo anterior, un conductor lo es porque algunos de
los electrones están en la banda de valencia. Como consecuencia, gozan de mucha
movilidad y pueden «fluir» por el cable cuando se conecta una batería. La
analogía con una corriente de agua es útil aquí: la batería hace que fluya la
corriente. Podemos incluso usar el concepto del «potencial» para captar esta
idea, porque la batería genera un potencial en el que se mueven los electrones
de conducción, y el potencial es, en cierto sentido, «cuesta abajo». Así, un
electrón en la banda de conducción de un material «rueda» por el potencial
creado por la batería, ganando energía al hacerlo. Esta es otra manera de
entender los pequeños impulsos de los que hemos hablado en el capítulo
anterior: en lugar de pensar que la batería induce minúsculos impulsos que
aceleran el electrón a lo largo del cable, estamos invocando una analogía
clásica con el agua que fluye colina abajo. Esta es una buena manera de
entender la conducción de la electricidad por parte de los electrones, y es la
que utilizaremos a lo largo del resto del capítulo.
En un material semiconductor como el silicio sucede una cosa muy interesante,
porque la corriente no la transportan únicamente los electrones de la banda de
conducción, sino que también contribuyen a ella los electrones de la banda de
valencia. Para entender cómo lo hacen, fijémonos en la figura 9.1. La flecha
muestra un electrón, originalmente inmóvil en la banda de valencia, que absorbe
cierta cantidad de energía y salta a la banda de conducción. Sin duda, este
electrón tiene ahora mucha más movilidad. Pero hay otra cosa que también es
ahora mucho más móvil: en la banda de valencia ha quedado un hueco que permite
cierto margen de maniobra a los electrones, que hasta ahora no tenían
posibilidad de moverse. Como hemos visto, si conectamos una batería a este
semiconductor haremos que el electrón de la banda de conducción salte a un
nivel superior de energía, induciendo así una corriente eléctrica. ¿Qué sucede
con este hueco? El campo eléctrico creado por la batería puede provocar que un
electrón de algún estado inferior de energía en la banda de valencia salte
hasta ocupar el hueco vacante. El hueco original está relleno, pero ahora hay
otro «a mayor profundidad» en la banda de valencia. A medida que los electrones
de valencia saltan al hueco vacante, este se desplaza de un sitio a otro.
Figura 9.1. Un par electrón-hueco en un semiconductor.
En
lugar de seguir el movimiento de todos los electrones en la banda de valencia,
que está casi llena, podemos optar por seguirle la pista al hueco, y olvidarnos
de los electrones. Este «truco contable» es muy habitual entre quienes se
dedican a la física de los semiconductores, y a nosotros también nos facilitará
mucho las cosas pensar de esta manera.
La aplicación de un campo eléctrico induce un flujo de los electrones de la
banda de valencia, lo que produce una corriente, y nos gustaría saber qué
efecto tiene sobre los huecos de la banda de valencia. Sabemos que en dicha
banda los electrones no pueden moverse libremente, porque están atrapados casi
por completo por el principio de exclusión de Pauli, pero la influencia del
campo eléctrico sí hará que se reordenen y que el hueco se mueva con ellos.
Puede que esto no resulte nada intuitivo, y si le cuesta hacerse a la idea de
que si los electrones en la banda de valencia se revuelven hacia la izquierda
el hueco también hace lo mismo, quizá la siguiente analogía le ayude.
Imaginemos una fila de personas haciendo cola a un metro de distancia unas de
otras, salvo en la mitad de la fila, donde falta una persona. Las personas son
como los electrones y la persona que falta es el hueco. Imaginemos ahora que
todas las personas avanzan un metro, y acaban en la posición que ocupaba antes
la persona que tenían delante. Obviamente, el vacío en la cola también avanza
un metro, y lo mismo sucede con los huecos. Asimismo podríamos imaginar el agua
que baja por una tubería y una pequeña burbuja que se movería en la misma
dirección que el agua. En este caso, el «agua que falta» es análoga al hueco en
la banda de valencia.
Pero, por si esto fuera poco, hay una importante complicación añadida:
necesitamos recurrir al fenómeno físico que hemos introducido en el «giro» al
final del capítulo anterior. Hemos dicho que un campo eléctrico acelera los
electrones situados cerca del extremo superior de una banda llena en dirección
contraria a los que se mueven cerca del fondo de una banda. Esto significa que
los huecos, que están cerca de la parte superior de la banda de valencia, se
mueven en dirección opuesta a los electrones, que se encuentran cerca del fondo
de la banda de conducción.
El resultado final es que podemos imaginar un flujo de electrones en una
dirección y un correspondiente flujo de electrones en la dirección contraria.
Podemos entender que un hueco lleva una carga eléctrica que es exactamente
opuesta a la del electrón. Para verlo, recordemos que el material a través del cual
fluyen los electrones y los huecos es, en promedio, eléctricamente neutro. En
cualquier región normal no hay carga neta, porque la debida a los electrones se
compensa con la carga positiva correspondiente a los núcleos atómicos. Pero, si
creamos un par electrón-hueco al excitar un electrón de la banda y hacer que
pase de la banda de valencia a la de conducción (como hemos estado exponiendo),
entonces hay un electrón libre para moverse de un sitio a otro, lo que
constituye un exceso de carga negativa en relación con las condiciones promedio
en esa región del material. Análogamente, el hueco es un lugar donde no hay un
electrón y corresponde a una región donde existe un exceso neto de carga
positiva. La corriente eléctrica se define como el flujo de carga eléctrica
positiva por unidad de tiempo, [35][9.1] y
por consiguiente, si fluyen en la misma dirección, la contribución de los
electrones a la corriente es negativa, mientras que la de los huecos es
positiva. Si, como sucede en nuestro semiconductor, los electrones y los huecos
fluyen en direcciones opuestas, ambas contribuciones se suman para producir un
mayor flujo neto de carga y, por lo tanto, una mayor corriente.
Aunque todo esto resulta un poco complicado, el efecto neto es muy sencillo:
debemos imaginar que una corriente de electricidad a través de un material
semiconductor es representativa del flujo de carga, que puede estar compuesto
de electrones de la banda de conducción moviéndose en una dirección y huecos de
la banda de valencia que se desplazan en dirección opuesta. Debemos comparar
esta situación con el flujo de corriente en un conductor, donde la corriente
está dominada por el flujo de un gran número de electrones en la banda de
conducción, y la corriente adicional procedente de la producción de pares
electrón-hueco es inapreciable.
Entender la utilidad de los materiales semiconductores pasa por reconocer que
la corriente que fluye en ellos no es como la incontrolable avalancha de
electrones que circula por un cable de material conductor, sino que es una
combinación mucho más sutil de corrientes de electrones y huecos que, con un
poco de ingenio técnico, se puede utilizar para producir dispositivos diminutos
capaces de controlar con gran precisión el flujo de corriente en un
circuito.
Lo que sigue es un sugerente ejemplo de física aplicada e ingeniería. La idea
es contaminar intencionadamente un trozo de silicio o germanio puros para crear
nuevos niveles de energía al alcance de los electrones. Estos nuevos niveles
nos permitirán controlar el flujo de electrones y huecos a través de nuestro
conductor igual que podríamos controlar el flujo de agua por una red de
tuberías utilizando válvulas. Sin duda, cualquiera puede controlar el flujo de
electricidad a través de un cable: no hay más que desenchufarlo. Pero no
estamos hablando de eso, sino de crear diminutos interruptores que permitan
controlar dinámicamente la corriente que fluye por un circuito. Estos diminutos
interruptores son los elementos con los que se construyen las puertas lógicas,
que a su vez son los elementos constituyentes de los microprocesadores. Así
pues, ¿cómo funciona todo esto?
La mitad izquierda de la figura 9.2 ilustra lo que sucede si un pedazo de
silicio se contamina con fósforo. El grado de contaminación se puede controlar
con precisión, algo que es muy importante. Supongamos que en un cristal de
silicio puro se quita un átomo aquí y allá y se sustituye por otro de fósforo.
El átomo de fósforo se acopla perfectamente en el hueco donde iría uno de
silicio, con la única diferencia de que el fósforo posee un electrón más que el
silicio. Este electrón adicional está muy débilmente ligado a su átomo, pero no
es libre del todo, por lo que ocupa un nivel de energía situado justo por
debajo de la banda de conducción. A bajas temperaturas, la banda de conducción
está vacía, y los electrones adicionales donados por los átomos de fósforo
residen en el nivel del donante que se indica en la figura. A temperatura
ambiente, la creación de pares electrón-hueco en el silicio es muy poco
frecuente, y aproximadamente solo uno de cada billón de electrones recibe
energía suficiente procedente de las vibraciones térmicas de la red de átomos
para saltar de la banda de valencia a la de conducción. Por el contrario, como
el electrón donante en el fósforo está tan débilmente ligado a su átomo, es muy
probable que dé el pequeño salto del nivel donante a la banda de conducción.
Así pues, a temperatura ambiente, para niveles de dopaje superiores a un átomo
de fósforo por cada billón de átomos de silicio, la banda de conducción estará
dominada por la presencia de los electrones donados por los átomos de fósforo.
Esto significa que es posible controlar con gran precisión la cantidad de
electrones móviles que están en condiciones de conducir la electricidad,
simplemente basta con variar el grado de contaminación con fósforo. Puesto que
los electrones que deambulan por la banda de conducción son los que pueden
transportar la corriente, se dice que este tipo de silicio contaminado es de
«tipo n» (la ene significa «de carga negativa»).
Figura 9.2. Los nuevos niveles de energía creados en un semiconductor de
tipo n (a la izquierda) y en uno de tipo p (a la derecha).
La
parte derecha de la figura 9.2 muestra lo que sucede si en lugar de contaminar
el silicio con fósforo lo hacemos con aluminio. De nuevo se esparcen unos pocos
átomos de aluminio entre los de silicio, y de nuevo se acomodan en los espacios
donde, si no, habría átomos de silicio. La diferencia es que, en este caso, el
aluminio tiene menos electrones que el silicio, lo cual propicia que, donde el
fósforo añadía electrones, ahora aparezcan huecos en el cristal. Estos huecos
están situados en las proximidades de los átomos de aluminio, y se pueden
rellenar con electrones procedentes de la banda de valencia de los átomos de
silicio vecinos. El nivel aceptor, «lleno de huecos», que se ilustra también en
la figura, se encuentra justo por encima de la banda de valencia, porque un
electrón de valencia del silicio puede fácilmente saltar al hueco creado por el
átomo de aluminio. En este caso, resulta natural entender que son los huecos
los que propagan la corriente, y por ese motivo esta clase de contaminación del
silicio se conoce como «tipo p» (la pe aquí significa «de carga positiva»).
Como antes, a temperatura ambiente, si el nivel de contaminación de aluminio
supera una parte por billón, la corriente debida al movimiento de los huecos
procedentes del aluminio será la que domine.
Hasta ahora solo hemos dicho que es posible crear un pedazo de silicio capaz de
transmitir una corriente, ya sea al permitir que los electrones donados por el
fósforo se muevan sin problemas por la banda de conducción, o bien porque son los
huecos donados por el aluminio los que hacen lo propio en la banda de valencia.
¿Qué tiene esto de importante?
La figura 9.3 nos muestra que aquí hay algo interesante, porque representa lo
que sucede si juntamos dos pedazos de silicio, uno de tipo n y otro de tipo p.
Inicialmente, la región de tipo n está inundada de electrones del fósforo, y la
de tipo p está repleta de huecos del aluminio. Por lo tanto, los electrones de
la región de tipo n se desplazan a la de tipo p, al tiempo que los huecos de
esta última se mueven hacia la primera. Esto no tiene nada de misterioso: los
electrones y los huecos simplemente serpentean a través de la unión entre ambos
materiales igual que una gota de tinta se extiende en un recipiente con agua.
Pero, cuando los electrones y los huecos se desplazan, dejan atrás zonas de
carga neta positiva (en la región de tipo n) y negativa (en la de tipo p). Esta
acumulación de carga, debido al efecto por el que «cargas de igual signo se
repelen», se opone a que continúe la migración, y finalmente se alcanza un
equilibrio cuando termina la migración neta.
La segunda de las tres imágenes en la figura 9.3 ilustra cómo podríamos
entender la situación utilizando el lenguaje de los potenciales. Lo que se
muestra es cómo varía el potencial eléctrico a través de la unión. En el
interior de la región de tipo n, el efecto de la unión no se deja notar, y
puesto que se ha alcanzado un estado de equilibrio en la misma, no hay flujo de
corriente.
Esto significa que el potencial es constante dentro de esta región. Antes de
continuar, deberíamos dejar claro una vez más lo que nos aporta el potencial:
simplemente, nos dice qué fuerzas actúan sobre los electrones y los huecos.
Figura 9.3. Unión formada al juntar un pedazo de silicio de tipo n y otro de
tipo p.
Si
el potencial es plano, entonces, igual que una bola que se encuentra sobre una
superficie plana no rueda, un electrón no se moverá.
Si el potencial disminuye, podríamos suponer que un electrón situado en las
proximidades de la disminución de potencial «rodaría pendiente abajo». Pero,
para complicar algo más la situación, la convención es la contraria, y un
descenso de potencial significa «cuesta arriba» para un electrón. Es decir, los
electrones fluyen «pendiente arriba». Dicho de otro modo, un potencial
decreciente actúa como una barrera para un electrón, y eso es lo que hemos
dibujado en la figura. Como consecuencia de la acumulación de carga negativa
debida a la migración previa de electrones, existe una fuerza que aleja al
electrón de la región de tipo p. Esta fuerza es la que impide que continúe la
migración neta de electrones del silicio de tipo n al de tipo p. Utilizar
potenciales decrecientes para representar un desplazamiento «cuesta arriba» de
un electrón no es tan absurdo como pudiera parecer, porque ahora las cosas
tienen sentido desde el punto de vista de los huecos, que fluyen de manera
natural cuesta abajo. Así que ahora podemos ver que la manera en que hemos
dibujado el potencial (desde un nivel elevado a la izquierda a un nivel
inferior a la derecha) también da cuenta correctamente del hecho de que el
escalón de potencial evita que los huecos escapen de la región de tipo p.
La tercera imagen de la figura ilustra la analogía con una corriente de agua.
Los electrones a la izquierda están en disposición de fluir por el cable, pero
una barrera se lo impide. Análogamente, los huecos en la región de tipo p están
atrapados del lado equivocado de la barrera: la barrera de agua y el escalón de
potencial son solo dos maneras de hablar de la misma cosa. Esto es lo que
sucede si nos limitamos a juntar una pieza de silicio de tipo n y otra de tipo
p. En la práctica, el proceso de juntarlas es más delicado de lo que estamos
dejando entrever (no se pueden pegar, porque entonces la unión no permitiría que
los electrones y los huecos fluyesen libremente entre una región y otra).
Si ahora conectamos esta «unión pn» a una batería, empiezan a pasar cosas
interesantes. Esto nos permite aumentar o reducir la barrera de potencial entre
las dos regiones. Si reducimos el potencial de la región de tipo p, estamos
aumentando la altura del escalón, lo que dificulta aún más que los electrones y
los huecos fluyan a través de la unión. Pero elevar el potencial de la región
de tipo p (o disminuir el de la de tipo n) es como reducir la altura de la
presa que estaba conteniendo el agua. Al instante, los electrones fluyen de la
región de tipo n a la p, y los huecos lo hacen en dirección opuesta. Así es
como la unión pn puede utilizarse como un diodo: permite el flujo, pero solo en
una dirección. Sin embargo, hay algo que nos interesa aún más que los
diodos.
La figura 9.4 es un esbozo del dispositivo que cambió el mundo: el transistor.
Muestra lo que sucede si creamos un sándwich, con una capa de silicio de tipo p
entre dos de tipo n. Nuestra explicación del diodo nos será muy útil aquí,
porque las ideas son prácticamente las mismas.
Figura 9.4. Un transistor.
Los
electrones migran de las regiones de tipo n a la de tipo p, y los huecos lo
hacen en sentido opuesto, hasta que esta difusión se detiene debido a los
escalones de potencial en las uniones entre las capas. Por separado, es como si
hubiera dos depósitos de electrones separados por una barrera, entre los cuales
se encuentra un único depósito de huecos lleno a rebosar.
Lo interesante sucede cuando aplicamos voltajes a una de las regiones n y a la
región p intermedia. Aplicar voltajes positivos hace que suba el nivel de la
izquierda (en una cantidad Vc) y el de la región p (en una cantidad
Vb). Hemos representado esta situación mediante una línea continua
en el diagrama intermedio de la figura. Esta manera de disponer los potenciales
tiene un efecto espectacular, porque provoca una cascada de electrones que
desbordan la barrera central rebajada y llegan hasta la región de tipo n a la
izquierda (recordemos que los electrones fluyen «cuesta arriba»). Si Vc es
mayor que Vb, el flujo de electrones se produce en una sola
dirección, y los electrones de la izquierda siguen siendo incapaces de pasar a
la región de tipo p. Todo esto puede parecer un poco banal, pero acabamos de
describir una válvula electrónica. Aplicando un voltaje a la región de tipo p
podemos abrir y cerrar la corriente de electrones.
Y aquí viene el gran final: estamos preparados para apreciar todo el potencial
del humilde transistor. En la figura 9.5 se ilustra la acción de un transistor
trazando de nuevo paralelismos con una corriente de agua. La situación de la
«válvula cerrada» es completamente análoga a lo que sucede si no se aplica un
voltaje sobre la región de tipo p. Aplicar un voltaje equivale a abrir la
válvula. Debajo de las dos tuberías, también hemos dibujado el símbolo que se
suele utilizar para representar un transistor y, poniéndole algo de
imaginación, incluso se parece un poco a una válvula.
¿Qué podemos hacer con válvulas y tuberías? La respuesta es que podemos
construir un ordenador y, si estas válvulas y tuberías se pueden hacer lo
suficientemente pequeñas, incluso un ordenador potente. La figura 9.6
representa conceptualmente cómo podemos utilizar una tubería con dos válvulas
para construir una cosa llamada «puerta lógica».
La tubería de la izquierda tiene ambas válvulas abiertas, y en consecuencia el
agua sale por su extremo inferior. La tubería del medio y la de la derecha
tienen ambas una válvula cerrada, y obviamente el agua no puede salir por su
parte inferior.
Figura 9.5. Analogía entre el «agua en una tubería» y un transistor.
No
nos hemos molestado en representar la cuarta posibilidad, en la que las dos
válvulas están cerradas. Si representamos el flujo de agua que sale del extremo
inferior de las tuberías mediante el dígito «1» y la ausencia de flujo con el
«0», y si asignamos el dígito «1» a una válvula abierta y el «0» a una válvula
cerrada, entonces podemos resumir la acción de las cuatro tuberías (las tres
representadas y la que no lo está) mediante las ecuaciones «1 AND 1 = 1», «1
AND 0 = 0», «0 AND 1 = 0» y «0 AND 0 = 0». La expresión «AND» es aquí una
operación lógica y se utiliza en un sentido técnico: el sistema de tubería y
válvulas que acabamos de describir se denomina «puerta AND». La puerta recibe
dos valores de entrada (el estado de las dos válvulas) y devuelve un solo valor
de salida (si el agua fluye o no), y la única manera de obtener una salida de
«1» es introducir los valores «1» y «1» en la entrada. Esperamos que esté claro
cómo podemos utilizar un par de transistores conectados en serie para construir
una puerta AND (el diagrama del circuito se representa en la figura). Vemos que
solo si ambos transistores están encendidos (es decir, si se aplican voltajes
positivos, Vb1 y Vb2, en las
regiones de tipo p) es posible que fluya una corriente, que es precisamente lo
que se necesita para implementar una puerta AND.
Figura 9.6. «Puerta AND» construida utilizando una tubería de agua y dos
válvulas (izquierda) o un par de transistores (derecha). Esta última es mucho
más apropiada para la fabricación de ordenadores.
La
figura 9.7 ilustra otro tipo de puerta lógica. En esta, el agua fluirá por el
fondo si cualquiera de las dos válvulas está abierta, y la única forma de que
no fluya es cerrando ambas válvulas. Es lo que se denomina una «puerta OR» y,
utilizando la misma notación que antes: «1 OR 1 = 1», «1 OR 0 = 1», «0 OR 1 =
1» y «0 OR 0 = 0». También se representa en la figura el correspondiente
circuito de transistores, en el que la corriente fluirá en todos los casos,
salvo cuando ambos transistores están apagados.
Figura 9.7. «Puerta OR» construida utilizando tuberías de agua y dos
válvulas (izquierda) o un par de transistores (derecha).
Las
puertas lógicas como estas son el secreto de la potencia de los dispositivos
electrónicos digitales. A partir de estos modestos componentes podemos montar
combinaciones de puertas lógicas mediante las cuales implementar algoritmos tan
sofisticados como queramos. Podemos imaginar que especificamos una lista de
entradas en algunos circuitos lógicos (una serie de ceros y unos), y que
introducimos estos valores de entrada en alguna sofisticada configuración de
transistores que produce una lista de valores de salida (de nuevo, una serie de
ceros y unos). De esta manera, podemos construir circuitos que realicen
complicados cálculos matemáticos, o que tomen decisiones basadas en las teclas
que se presionan en un teclado, y transmitan esa información a una unidad que
muestre los correspondientes caracteres en una pantalla, o que active una
alarma si un intruso irrumpe en una casa, o que envíe un flujo de caracteres de
texto a través de un cable de fibra óptica (codificados como una serie de
dígitos binarios) a la otra punta del mundo, o… De hecho, cualquier cosa que se
nos pueda ocurrir, porque prácticamente cualquier dispositivo eléctrico que
tengamos está repleto de transistores.
El potencial es ilimitado, y ya hemos sabido sacar provecho del transistor para
cambiar el mundo. Probablemente no sea ninguna exageración decir que el
transistor es el invento más importante de los últimos cien años: el mundo
moderno está construido y modelado por las tecnologías de semiconductores. En
un sentido práctico, estas tecnologías han salvado millones de vidas: podríamos
destacar en particular la aplicación de los ordenadores en los hospitales, las
ventajas de tener sistemas de comunicaciones globales rápidos y fiables, y los
usos de los ordenadores para la investigación científica y para el control de
complejos procesos industriales.
William B. Shockley, John Bardeen y Walter H. Brattain compartieron el premio
Nobel en Física de 1956 «por sus investigaciones sobre semiconductores y su
descubrimiento del efecto del transistor». Probablemente ningún otro premio
Nobel ha reconocido un trabajo que haya afectado directamente a las vidas de
tantas personas.
Contenido:
§.
El problema de la medida cuántica
§. Antimateria
En
los primeros capítulos hemos establecido el marco para explicar cómo se mueven
de un sitio a otro las partículas más diminutas. Saltan de un lado a otro,
explorando la inmensidad del universo sin ningún prejuicio, llevando
metafóricamente a cuestas sus minúsculos relojes allá donde van. Cuando sumamos
la multitud de relojes correspondientes a las distintas maneras en que una
partícula puede llegar a determinado punto del espacio, obtenemos un reloj
final cuyo tamaño nos permite calcular la probabilidad de encontrar la
partícula «ahí». De este disparatado y anárquico despliegue de saltos cuánticos
surgen las propiedades más familiares de los objetos cotidianos. En cierto
sentido, cada electrón, cada protón y cada neutrón de nuestro cuerpo está
constantemente explorando el universo en su conjunto, y solo cuando se calcula
la suma total de todas estas exploraciones se llega a un mundo en el que los
átomos de nuestro cuerpo, por fortuna, tienden a permanecer en una disposición
razonablemente estable (al menos durante alrededor de un siglo). Lo que aún no
hemos abordado en profundidad es la naturaleza de las interacciones entre
partículas. Hemos hecho grandes progresos sin necesidad de entrar en detalles
sobre cómo hablan las partículas entre sí, en particular recurriendo al
concepto de potencial. Pero ¿qué es un potencial? Si el mundo está compuesto
únicamente de partículas, sin duda deberíamos poder sustituir la vaga noción de
que las partículas se mueven «en el potencial» creado por otras partículas, y
hablar en cambio de cómo las partículas se mueven e interactúan entre sí.
Esto es exactamente lo que hace la aproximación moderna a la física
fundamental, conocida como teoría cuántica de campos, al complementar las
reglas que dicen cómo saltan las partículas de un sitio a otro con un nuevo
conjunto de reglas que explican cómo interactúan entre sí. Resulta que estas
reglas no son más complicadas que las que hemos visto hasta ahora, y una de las
maravillas de la ciencia moderna es el hecho de que, a pesar de la intrincada
complejidad del mundo natural, estas reglas no son muchas. Como escribió Albert
Einstein: «El eterno misterio del mundo radica en su inteligibilidad. El hecho
de que sea comprensible es un milagro».
Comencemos por articular las reglas de la primera teoría cuántica de campos que
se descubrió: la electrodinámica cuántica, o QED (por sus siglas en inglés).
Sus orígenes se remontan a la década de 1920, cuando Dirac en particular
experimentó un gran éxito inicial al cuantizar el campo electromagnético de
Maxwell. A lo largo de este libro ya nos hemos encontrado varias veces con el
cuanto del campo electromagnético, el fotón, pero hubo muchos problemas
relacionados con la nueva teoría que, aunque evidentes, permanecieron sin
resolver durante las décadas de 1920 y 1930. Por ejemplo, ¿exactamente cómo
emite el electrón un fotón cuando se mueve entre los niveles de energía en un
átomo? Y, ya puestos, ¿qué le sucede a un fotón cuando es absorbido por un
electrón, lo que permite que este salte a un nivel de mayor energía?
Evidentemente, los fotones se pueden crear y destruir en los procesos atómicos,
y la manera en que esto ocurre no se aborda en la «antigua» teoría cuántica que
hemos visto hasta ahora en este libro.
En la historia de la ciencia ha habido un puñado de legendarios encuentros de
científicos, cuyas reuniones cambiaron el rumbo de la ciencia. Probablemente no
lo hicieron, en el sentido de que normalmente los participantes en ellas
llevaban años trabajando en los problemas, pero la Conferencia de Shelter
Island de junio de 1947, celebrada en el extremo de Long Island, en Nueva York,
tiene más motivos que muchas para vanagloriarse de haber propiciado algo
especial. Merece la pena recitar la lista de participantes porque, pese a su
brevedad, permite hacer un repaso a los grandes nombres de la física
estadounidense del siglo XX. Por orden alfabético: Hans Bethe, David Bohm,
Gregory Breit, Karl Darrow, Herman Feshbach, Richard Feynman, Hendrik Kramers,
Willis Lamb, Duncan MacInnes, Robert Marshak, John von Neumann, Arnold
Nordsieck, J. Robert Oppenheimer, Abraham Pais, Linus Pauling, Isidor Rabi,
Bruno Rossi, Julian Schwinger, Robert Serber, Edward Teller, George Uhlenbeck,
John Hasbrouck van Vleck, Victor Weisskopf y John Archibald Wheeler. El lector
ya se ha encontrado con varios de estos nombres a lo largo de este libro, y
cualquier estudiante de física probablemente ha oído la mayoría de ellos. El
escritor estadounidense Dave Barry escribió: «Si hubiese que identificar en una
palabra la razón por la que la raza humana nunca ha alcanzado, ni alcanzará
jamás, su pleno potencial, esa palabra sería “reuniones”». Lo cual es
indudablemente cierto, pero la de Shelter Island fue una excepción. La reunión
empezó con una presentación sobre lo que ahora se conoce como «efecto Lamb».
Utilizando técnicas de microondas de alta precisión desarrolladas durante la
Segunda Guerra Mundial, Willis Lamb descubrió que, en realidad, la antigua
teoría cuántica no describía perfectamente el espectro del hidrógeno. Observó
un ligero desplazamiento en los niveles de energía que no se podía explicar
mediante la teoría que hemos desarrollado hasta aquí. Es un efecto minúsculo,
pero supuso un reto fantástico para los científicos allí reunidos.
Dejaremos Shelter Island, en calma tras la charla de Lamb, y volveremos a la
teoría que surgió en los meses y años siguientes al encuentro. Y al hacerlo
revelaremos el origen del efecto Lamb, pero, para abrir boca, he aquí una
críptica formulación de la solución: el protón y el electrón no están solos en
el átomo.
La QED es la teoría que explica cómo las partículas con carga eléctrica, como
los electrones, interactúan entre sí y con partículas de luz (fotones). Es
capaz por sí sola de explicar todos los fenómenos naturales, a excepción de la
gravedad y los fenómenos nucleares. Estos últimos los analizaremos más
adelante, y al hacerlo explicaremos por qué el núcleo atómico puede mantenerse
unido, a pesar de que está compuesto por un montón de protones, de carga
positiva, y neutrones, sin carga, que saldrían disparados en un instante de
repulsión eléctrica de no ser por ciertas cosas que suceden en el interior del
núcleo. Prácticamente todo lo demás —desde luego, todo lo que vemos y sentimos
a nuestro alrededor— se explica al nivel más profundo que conocemos mediante la
QED. La materia, la luz, la electricidad y el magnetismo: todo es QED.
Empecemos por analizar un sistema que ya hemos visto muchas veces a lo largo de
este libro: un mundo que contiene un solo electrón. Los pequeños círculos en la
figura de los «saltos de relojes» en la figura 4.2 ilustran las varias
ubicaciones posibles del electrón en algún instante del tiempo. Para deducir la
probabilidad de encontrarlo en algún punto X en un instante posterior, nuestras
reglas cuánticas dicen que debemos permitir que el electrón salte hasta X desde
cualquier punto inicial posible. Cada salto trae consigo un reloj al punto X;
los sumamos todos y ya está.
Ahora vamos a hacer algo que al principio quizá parezca excesivamente
complicado, pero tenemos motivos de peso para hacerlo, por supuesto. Vamos a
usar unas cuantas aes, bes y tes. Es decir, volvemos a adentrarnos en el
territorio de las chaquetas de tweed y el polvo de tiza, pero
no por mucho tiempo.
Si una partícula va de un punto A en el instante inicial a un punto B en un
momento T, podemos calcular el aspecto del reloj en B girando la manecilla del
reloj en A en sentido antihorario en una cantidad determinada por la distancia
que existe entre A y B y por el intervalo de tiempo T. Podemos escribir que el
reloj en B viene dado por C(A,0) P(A,B,T),donde C(A,0) representa el reloj
inicial en A en el instante cero y P(A,B,T) refleja la regla para el giro y la
variación de tamaño de la manecilla del reloj correspondiente al salto de A a
B.[36] Nos
referiremos a P(A,B,T) como el «propagador» de A a B. Una vez que conocemos la
regla de propagación de A a B, tenemos todo lo que necesitamos para calcular la
probabilidad de encontrar la partícula en X. En el ejemplo de la figura 4.2,
tenemos numerosos puntos iniciales, por lo que habrá que propagar los relojes
desde todos y cada uno de ellos hasta X y sumarlos todos. En nuestra notación
en apariencia desproporcionada, el reloj resultante C(X, T) = C(X1, 0) P(X1, X,
T) + C(X2, 0) P(X2, X, T) + C(X3, 0) P(X3, X, T) +…, donde X1, X2, X3,
etcétera, indican todas las posiciones de la partícula en el instante cero (es
decir, las posiciones de los circulitos de la figura 4.2). Para que quede
claro: C(X3, 0) P(X3, X, T) significa simplemente «tome un reloj desde el punto
X3 y propáguelo hasta el punto X en el instante T». No caigamos en el error de
pensar que está pasando algo muy complicado. Lo único que estamos haciendo es
escribir en una notación especial algo que ya sabíamos: «tome el reloj en X3 en
el instante cero y calcule cuánto habrá que girar la manecilla y cuánto variará
su tamaño para reflejar el trayecto desde X3 hasta el punto X en un instante T
posterior, repita el mismo proceso para todos los demás relojes en el instante
inicial y por último sume todos los relojes según la regla de adición». Estamos
seguros de que coincidirá con nosotros en que la frase anterior no es
precisamente fácil de pronunciar, y un poco de notación nos facilita la
vida.
Ciertamente podemos entender el propagador como la encarnación de la regla para
el giro y la contracción de la manecilla de los relojes. También podemos verlo
como un reloj. Para explicar esta audaz afirmación, imaginemos que sabemos sin
lugar a dudas que un electrón se encuentra situado en un punto A en un instante
T = 0, y que está descrito por un reloj de tamaño 1 que marca las 12 en punto.
Podemos ilustrar el acto de la propagación mediante un segundo reloj cuyo
tamaño representa cuánto debe contraerse el reloj inicial, y cuya hora codifica
cuánto debe girar su manecilla. Si un salto de A a B requiere que el reloj
inicial se contraiga en un factor 5 y marque 2 horas menos, entonces el
propagador P(A,B,T) podría representarse mediante un reloj cuyo tamaño es 1/5=
0,2 y que señala las 10 en punto (esto es, 2 horas antes de las 12). El reloj
en B se obtiene simplemente «multiplicando» el reloj original en A por el reloj
propagador.
Un inciso para quienes se manejan con los números complejos: igual que tanto
C(X1, 0) como C(X2, 0) se pueden representar mediante un número complejo, lo
mismo se puede hacer con P(X1, X, T) y P(X2, X, T), y se combinan mediante las
reglas matemáticas para la multiplicación de dos números complejos. Para
quienes no saben utilizar los números complejos, no importa, porque la descripción
a través de la analogía de los relojes es igualmente precisa. Lo único que
hemos hecho es introducir una manera ligeramente distinta de entender la regla
para el giro de las manecillas: podemos hacer que un reloj gire y se contraiga
utilizando otro reloj.
Ahora estamos en condiciones de diseñar nuestra regla para la multiplicación de
relojes para que todo esto funcione: multiplicamos los tamaños de los dos
relojes (1 × 0,2 = 0,2) y combinamos las horas que marcan de tal manera que
retrasamos el primer reloj en 12 en punto − 10 en punto = 2 horas. Esto puede
parecer excesivamente enrevesado, y de hecho no hace falta cuando solo tenemos
que preocuparnos de una única partícula. Pero los físicos somos vagos, y no nos
complicaríamos tanto la vida si no nos permitiese ahorrar tiempo a largo plazo.
Esta notación es una manera muy útil de llevar la cuenta de todos los giros y
contracciones cuando pasemos al caso más interesante en que haya varias
partículas en nuestro problema (por ejemplo, en el átomo de hidrógeno).
Con independencia de los detalles, solo hay dos elementos clave en nuestro
método para calcular la probabilidad de encontrar una sola partícula en algún
lugar del universo. Primero, necesitamos especificar la distribución inicial de
relojes que codifican la información sobre dónde es probable encontrar la
partícula en el instante cero. Segundo, tenemos que conocer el propagador, P(A,
B, T), que es en sí mismo un reloj que codifica la regla para la contracción y
el giro cuando una partícula salta de A a B. Una vez que sabemos qué aspecto
tiene el propagador para cualquier par de puntos inicial y final, ya tenemos
todo lo que necesitamos, y podemos calcular con confianza la sublimemente
aburrida dinámica de un universo que contiene una sola partícula. Pero no
deberíamos ser tan displicentes, porque esta situación tan sencilla no se
complica mucho más cuando incorporamos las interacciones entre partículas.
Hagámoslo, pues.
La figura 10.1 ilustra gráficamente todas las ideas clave que queremos exponer.
Supone nuestro primer encuentro con los diagramas de Feynman, la herramienta de
cálculo del físico de partículas profesional. La tarea que se nos ha
encomendado consiste en calcular la probabilidad de encontrar un par de
electrones en los puntos X e Y en un instante T. Como punto de partida se nos
dice dónde se encuentran los electrones en el instante inicial (es decir, qué
aspecto tienen sus nubes iniciales de relojes). Esto es importante porque ser
capaces de encontrar la respuesta a esta cuestión equivale a poder saber «qué
sucede en un universo que contiene dos electrones». Puede que no parezca un
gran avance, pero una vez que sepamos cómo hacerlo, el mundo es nuestro, porque
sabremos cómo interactúan entre sí los componentes básicos de la naturaleza.
Para simplificar la representación, solo hemos dibujado una dimensión espacial,
y el tiempo avanza de izquierda a derecha. Esto no afectará en absoluto a
nuestras conclusiones. Empecemos describiendo la primera serie de imágenes en
la figura 10.1. Los puntitos en T = 0 corresponden a las posibles ubicaciones
de los dos electrones en el instante inicial. En la ilustración hemos supuesto
que el electrón superior puede estar en una de tres ubicaciones, mientras que
el inferior puede encontrarse en una de dos posiciones (en el mundo real
tendríamos que tratar con electrones que pueden estar en una infinidad de
ubicaciones posibles, pero si tuviésemos que dibujar esa situación nos
quedaríamos sin tinta). El electrón superior salta a A en algún instante
posterior, y al hacerlo ocurre una cosa interesante: emite un fotón
(representado por la línea ondulada). El fotón salta entonces a B, donde es
absorbido por el otro electrón. A continuación, el electrón superior salta de A
a X, mientras que el inferior lo hace de B a Y. Esta es únicamente una de las
infinitas maneras en que nuestro par de electrones originales pueden llegar a
los puntos X e Y. Podemos asociar un reloj a todo este proceso, que llamaremos
«reloj 1», o C1, para abreviar. El cometido de la QED consiste en
proporcionarnos las reglas del juego que nos permitan deducir este reloj.
Figura 10.1. Algunas de las maneras en que un par de electrones pueden
dispersarse mutuamente. Los electrones parten de la izquierda y acaban siempre
en el mismo par de puntos, X e Y, en el instante T. Estos gráficos corresponden
a algunas de las diferentes formas en que las partículas pueden llegar a X e Y.
Antes
de entrar en detalles, esbocemos cómo será el resultado. La imagen superior de
la figura representa una de las innumerables formas en que el par de electrones
iniciales pueden llegar a X e Y. Las otras imágenes representan otras cuantas
maneras. La idea fundamental es que, para cada manera en que los electrones
pueden llegar a X e Y, vamos a identificar un reloj cuántico (C1 es el primero
de una larga lista).[37]
Cuando tengamos todos los relojes, los sumaremos para obtener un solo reloj
«maestro». El tamaño de este reloj (al cuadrado) nos dará la probabilidad de
encontrar el par de electrones en X e Y. Así pues, de nuevo debemos imaginar
que, para llegar a X e Y, los electrones no siguen una única trayectoria, sino
que se dispersan mutuamente de todas las maneras posibles. Si nos fijamos en
las varias imágenes finales de la figura, veremos algunas maneras más
elaboradas en que los electrones se pueden dispersar. Los electrones no solo
intercambian fotones, sino que también pueden emitir un fotón y reabsorberlo
ellos mismos, y las últimas dos imágenes reflejan una situación muy extraña.
Estas representaciones incluyen el escenario en el que parece que un fotón emite
un electrón que «da una vuelta completa» para acabar en el punto de partida.
Enseguida diremos algo más al respecto, pero de momento podemos simplemente
imaginar una serie de diagramas cada vez más complicados que corresponden a
casos en los que los electrones emiten y absorben una cantidad enorme de
electrones antes de acabar finalmente en X e Y. Tendremos que considerar las
muy diversas formas en que los electrones pueden acabar en X e Y, pero hay dos
reglas muy claras: los electrones solo pueden saltar de un lugar a otro y
emitir o absorber un único fotón. Esto es todo lo que hay: los electrones
pueden saltar o pueden desintegrarse. Un análisis más detallado debería revelar
que ninguna de las imágenes que hemos dibujado contraviene estas dos reglas,
porque en ellas nunca se produce algo más complicado que una unión en la que
intervienen dos electrones y un fotón. Ahora debemos explicar cómo calculamos
los correspondientes relojes, uno por cada imagen en la figura 10.1.
Centrémonos en la imagen superior y expliquemos cómo determinar el aspecto del
reloj asociado a la misma (C1). Al inicio del proceso, hay dos electrones, cada
uno con su correspondiente reloj. Debemos empezar obteniendo su producto, según
la regla de multiplicación de relojes, para tener un único reloj, que
denotaremos mediante el símbolo C. Multiplicarlos tiene sentido porque,
recordémoslo, los relojes realmente simbolizan probabilidades, y si tenemos dos
probabilidades independientes la manera de combinarlas consiste en
multiplicarlas. Por ejemplo, la probabilidad de que en dos monedas salgan cara
es 1/2 × 1/2 = 1/4.
Análogamente, el reloj combinado, C, nos da la probabilidad de encontrar los
dos electrones en sus posiciones iniciales.
El resto es simplemente más multiplicación de relojes. El electrón superior
salta hasta A, lo que tendrá su correspondiente reloj, que llamaremos P (1, A)
(«la partícula 1 salta hasta A»). Mientras tanto, el electrón inferior salta a
B, y asimismo tenemos un reloj para esto, que denominaremos P (2, B). De manera
similar, hay dos relojes más, correspondientes a los saltos de los electrones a
sus destinos finales: los llamaremos P(A, X) y P (B, Y). Por último, también
tenemos un reloj vinculado al fotón, que salta de A a B. Puesto que el fotón no
es un electrón, la regla para la propagación de fotones podría ser distinta de
la correspondiente a los electrones, por lo que deberíamos utilizar un símbolo
diferente para este reloj: llamémoslo L(A, B).[38] Ahora
simplemente multiplicamos todos los relojes para obtener un reloj «maestro»: R
= C × P (1, A) × P (2, B) × P(A, X) × P (B, Y) × L(A, B). Ya casi hemos
acabado, pero nos quedan algunas contracciones más por hacer, porque la regla
de la QED para lo que sucede cuando un electrón emite o absorbe un fotón dice
que deberíamos introducir un factor de contracción, g. En nuestro diagrama, el
electrón superior emite el fotón y el inferior lo absorbe, lo cual requiere dos
factores g, es decir, g 2. Ahora sí que hemos terminado, y
nuestro «reloj 1» final se obtiene calculando C1 = g2 ×
R.
El factor de contracción g parece un poco arbitrario, pero su interpretación
física es muy importante. Evidentemente, está relacionado con la probabilidad
de que un electrón emita un fotón, lo cual representa la intensidad de la
fuerza electromagnética. En algún momento a lo largo de nuestros cálculos
teníamos que introducir una conexión con el mundo real, porque estamos
calculando cosas reales y, así como la constante de gravitación de
Newton, G, contiene toda la información sobre la intensidad de la
gravedad, g incorpora la relativa a la intensidad de la fuerza
electromagnética.[39]
Si estuviésemos realmente realizando el cálculo completo, ahora nos
centraríamos en el segundo diagrama, que representa otra vía por la que nuestro
par de electrones originales puede llegar a los mismos puntos, X e Y. Es muy
similar al primer diagrama, porque los electrones se encuentran inicialmente en
las mismas posiciones, pero ahora el electrón superior emite el fotón en un
lugar y tiempo diferentes, y el electrón inferior lo absorbe también en un
lugar y momento distintos. Por lo demás, la situación es exactamente igual que
la anterior y obtendremos un «reloj 2», que llamaremos C2.
Seguimos adelante, repitiendo el proceso completo una y otra vez para cada
lugar desde el que se puede emitir el fotón y cada posición donde se puede
absorber. También deberíamos tener en cuenta el hecho de que los electrones
pueden partir de una gran variedad de posiciones iniciales. La idea fundamental
es que hay que considerar todas y cada una de las maneras de llevar los
electrones a X e Y, y a cada una le corresponde su propio reloj. Una vez que
tenemos todos los relojes, «simplemente» los sumamos para obtener un reloj
final cuyo tamaño nos da la probabilidad de encontrar un electrón en X y un
segundo en Y. Con esto hemos terminado: hemos calculado cómo interactúan dos
electrones, porque no podemos hacer más que computar probabilidades.
Lo que acabamos de describir es la esencia de la QED, y el resto de las fuerzas
de la naturaleza permiten una descripción satisfactoriamente parecida.
Enseguida llegaremos a ellas, pero antes aún tenemos que descubrir alguna cosa
más.
En primer lugar dedicaremos un párrafo para describir dos detalles pequeños
pero importantes. Número 1: hemos simplificado las cosas al ignorar que los
electrones poseen espín, y por lo tanto los hay de dos tipos. No solo eso, sino
que los fotones también tienen espín (son bosones) y los hay de tres tipos.
Esto solo complica un poco más los cálculos, porque hemos de tener en cuenta
con qué tipos de electrón y de fotón estamos tratando en cada paso de los saltos
y las desintegraciones. Número 2: si ha estado leyendo atentamente, quizá se
haya percatado de la existencia de un signo menos delante de un par de las
imágenes de la figura 10.1. Está ahí porque estamos hablando de electrones
idénticos que saltan hasta X e Y, y las dos imágenes con el signo negativo
corresponden al intercambio de los electrones respecto a las demás imágenes, lo
que equivale a decir que un electrón que empieza en una de las nubes de puntos
superiores acaba en Y, mientras que el electrón inferior termina en X. Como
hemos argumentado en el capítulo 7, estas configuraciones debidas al
intercambio de partículas se combinan tras haber incorporado un retraso
adicional de 6 horas en sus relojes, de ahí el signo menos.
Quizá también haya detectado un posible fallo en nuestra exposición: hay
infinitos diagramas que describen cómo pueden acabar dos electrones en X e Y, y
sumar un número infinito de relojes puede resultar, como mínimo, engorroso.
Afortunadamente, cada suceso de una desintegración fotón-electrón introduce un
nuevo factor g en el cálculo, y esto reduce el tamaño del reloj resultante.
Esto significa que, cuanto más complicado sea el diagrama, menor será el reloj
que aporta y menor también su importancia cuando llegue el momento de sumarlos
todos. En la QED, g es un número bastante pequeño (alrededor de 0,3); por lo
tanto, la contracción es bastante pronunciada a medida que aumenta el número de
desintegraciones. Con mucha frecuencia, basta con considerar únicamente los
diagramas con los cinco primeros de la figura, donde no hay más de dos
desintegraciones, y eso nos ahorra mucho trabajo.
El proceso de calcular el reloj (que en la jerga técnica se denomina
«amplitud») para cada diagrama de Feynman, sumar todos los relojes y elevar al
cuadrado el reloj final para obtener la probabilidad de que el proceso tenga
lugar es el pan nuestro de cada día de la física de partículas moderna. Pero
bajo la superficie de todo lo que hemos estado diciendo subyace una cuestión
fascinante, una cuestión que preocupa mucho a algunos físicos y a otros nada en
absoluto.
§. El problema de la medida cuántica
Cuando sumamos los relojes correspondientes a los distintos diagramas de
Feynman, estamos permitiendo que se produzca la orgía de interferencia
cuántica. Como en el caso del experimento de la doble rendija, donde hemos
tenido que considerar cualquier trayectoria posible que la partícula puede
seguir en su recorrido hasta la pantalla, ahora debemos tener en cuenta
cualquier manera en que un par de partículas pueden llegar de sus posiciones
iniciales a las finales. Esto nos permite calcular el resultado correcto,
porque deja margen para la interferencia entre distintos diagramas. Solo al
final del proceso, cuando se han sumado todos los relojes y se ha tenido en
cuenta toda la interferencia, deberíamos elevar al cuadrado el reloj final para
calcular la probabilidad de que el proceso se produzca. Sencillo. Pero
fijémonos en la figura 10.2.
Figura 10.2. Un ojo humano observando lo que sucede.
¿Qué
sucede si tratamos de detallar lo que hacen los electrones cuando saltan hasta
X e Y? La única manera de analizar lo que está sucediendo es interactuando con
el sistema de acuerdo con las reglas del juego. En QED, esto significa que
debemos atenernos a la regla de las desintegraciones electrón-fotón, porque no
hay nada más. Así pues, interactuemos con uno de los fotones que se pueden
emitir desde uno u otro de los electrones, al detectarlo usando nuestro propio
detector de fotones: el ojo. Tengamos en cuenta que ahora estamos planteando
una pregunta distinta: « ¿Cuál es la probabilidad de encontrar un electrón en X
y otro en Y, y también un fotón en mi ojo?». Ya sabemos lo que debemos hacer
para obtener la respuesta: sumar todos los relojes asociados a los distintos
diagramas que empiezan con dos electrones y terminan con un electrón en X, otro
en Y, y también un fotón «en mi ojo». Más exactamente, deberíamos hablar de
cómo interactúa el fotón con el ojo. Aunque podría empezar siendo algo
relativamente sencillo, enseguida se descontrola. Por ejemplo, el fotón saldrá
dispersado al toparse con un electrón en un átomo en mi ojo, y eso
desencadenará una sucesión de acontecimientos que conducirán en última
instancia a mi percepción del fotón cuando tome conciencia del destello de luz
en el ojo. Así pues, describir completamente lo que sucede implica especificar
las posiciones de cada partícula en mi cerebro cuando responden a la llegada
del fotón. Estamos navegando en aguas próximas al denominado «problema de la
medida cuántica».
Hasta ahora hemos descrito con cierto detalle cómo calcular probabilidades en
física cuántica. Entendemos por ello que la teoría cuántica permite calcular la
probabilidad de obtener algún resultado en particular al realizar una medición
asociada a un experimento. No existe ambigüedad en este proceso, siempre que
respetemos las reglas del juego y nos limitemos a calcular la probabilidad de
que algo suceda. No obstante, hay algo que debería inquietarnos. Imaginemos que
un investigador lleva a cabo un experimento para el cual solo hay dos
resultados posibles, «sí» y «no». Imaginemos ahora que estamos realizando el
experimento. El investigador registrará un «sí» o un «no», pero evidentemente
no ambos al mismo tiempo. Hasta aquí todo bien.
Ahora imaginemos una medida futura de alguna otra cosa (la que sea) realizada
por un segundo investigador. De nuevo supondremos que es un experimento
sencillo cuyo resultado consiste en que algo haga clic o no. Las reglas de la
física cuántica dictan que debemos calcular la probabilidad de que el segundo
experimento haga clic sumando todos los relojes relacionados con todas las
probabilidades que conducen a este resultado. Esto podría incluir la situación
en la que el primer investigador mide «sí» y el caso complementario en el que
mide «no». Solo después de sumar las dos obtenemos el resultado correcto para
la probabilidad de que el segundo experimento haga clic. ¿Es esto realmente
correcto? ¿Debemos contemplar la posibilidad de que, incluso después de obtener
el resultado de alguna medida, deberíamos mantener la coherencia del mundo? ¿O
se da la circunstancia de que, una vez que hemos medido «sí» o «no» en el
primer experimento, el futuro depende únicamente de esa medida? Por ejemplo, en
nuestro segundo experimento esto significaría que, si el primer investigador
obtiene como resultado «sí», entonces la probabilidad de que el segundo
experimento dé clic debería calcularse no a partir de una suma coherente de las
posibilidades «sí» y «no», sino considerando solo las maneras en que el mundo
puede evolucionar desde «el primer investigador mide “sí”» hasta «el segundo
experimento hace clic». Claramente, esto último daría un resultado diferente
del que se obtendría si tuviésemos en cuenta tanto los casos en los que se ha
obtenido «sí» en la primera medida como en aquellos en los que se ha registrado
un «no», y, para poder afirmar que entendemos perfectamente la situación,
necesitamos saber cuál de las dos opciones es la correcta.
La manera de comprobar cuál de las dos posibilidades es la buena pasa por
determinar si el proceso de medida en sí tiene algo de especial. ¿Altera el
mundo y nos impide poder sumar amplitudes cuánticas o, por el contrario, forma
parte de una compleja red de posibilidades que permanecen eternamente en
superposición coherente? Como seres humanos, podemos tener la tentación de
pensar que medir algo ahora (obtener «sí» o «no», por ejemplo) modifica
irreversiblemente el futuro y que, si eso fuera cierto, ninguna medida futura
podría producirse a través de ambas vías, la del «sí» y la del «no». Pero no
está nada claro que sea esto lo que sucede, porque parece que siempre existe la
posibilidad de encontrar el universo en un estado futuro al que se puede llegar
bien por la vía del «sí», o bien por la del «no». Para estos estados, las leyes
de la física cuántica, interpretadas en un sentido literal, no nos dejan más
opción que computar la probabilidad de su manifestación sumando a través de
ambas vías, la del «sí» y la del «no». Por raro que resulte esto, no es más
extraño que la suma de todas las historias que hemos estado calculando a lo
largo de este libro. Lo único que sucede es que nos estamos tomando la idea tan
en serio que estamos dispuestos a hacerlo incluso a escala de los seres humanos
y de sus acciones. Desde este punto de vista, no existe un «problema de la
medida». Solo si insistimos en que el acto de medir «sí» o «no» altera
realmente la naturaleza de las cosas, nos topamos con un problema, porque
entonces estamos obligados a explicar qué es lo que desencadena esta alteración
y quiebra la coherencia cuántica.
La aproximación a la mecánica cuántica que hemos expuesto, que rechaza la idea
de que la naturaleza escoge una versión determinada de la realidad cada vez que
alguien (o algo) «realiza una medida», constituye la base de lo que normalmente
se conoce como la interpretación de los «universos paralelos». Es muy sugerente
porque es la consecuencia lógica de tomarse las leyes que rigen el
comportamiento de las partículas elementales lo suficientemente en serio como
para utilizarlas con el fin de describir todos los fenómenos. Pero las
consecuencias son sorprendentes, porque tenemos que imaginar que el universo es
en realidad una superposición coherente de todas las cosas que pueden suceder,
y que el mundo tal y como lo percibimos (con su realidad aparentemente
concreta) surge solo porque nos engañamos al pensar que la coherencia se pierde
cada vez que «medimos» algo. Dicho de otro modo, mi percepción consciente del
mundo está modelada por el hecho de que es en extremo improbable que las
historias alternativas (y potencialmente susceptibles de interferir) conduzcan
al mismo «ahora», y eso significa que la interferencia cuántica es
despreciable.
Si en realidad la medida no está destruyendo la coherencia cuántica, entonces,
en cierto sentido, vivimos nuestras vidas dentro de un diagrama de Feynman
gigante, y nuestra predisposición a pensar que suceden cosas concretas es en
realidad una consecuencia de nuestras burdas percepciones del mundo. En realidad,
es concebible que en algún momento futuro pueda sucedernos algo que exija que
en el pasado hubiésemos hecho dos cosas mutuamente opuestas. Sin duda, el
efecto es sutil, porque entre «conseguir el trabajo» y «no conseguirlo» hay una
gran diferencia en nuestras vidas, y no es fácil imaginar un escenario en el
que conduzcan a universos futuros idénticos (recordemos que solo debemos sumar
las amplitudes que llevan a resultados idénticos). Así pues, en este caso, el
hecho de conseguir o no conseguir el trabajo no interfieren mucho entre sí, y
nuestra percepción del mundo es la de que ha sucedido una cosa y no la otra.
Sin embargo, las cosas se vuelven más ambiguas cuanto menos distintos son los
dos escenarios alternativos, y, como hemos visto, para interacciones en las que
participa una cantidad pequeña de partículas, sumar a través de las distintas
posibilidades es algo absolutamente necesario. Las grandes cantidades de
partículas que intervienen en nuestra vida cotidiana implican que es muy poco
probable que dos configuraciones de los átomos sustancialmente distintas en un
instante dado (por ejemplo, correspondientes a conseguir el trabajo o no)
conduzcan a contribuciones a algún escenario futuro que interfieran
significativamente entre sí. A su vez, esto significa que podemos fingir que el
mundo ha cambiado sin remedio como consecuencia de una medida, aun cuando en
realidad no ha sucedido nada por el estilo.
Pero tales elucubraciones no son acuciantes cuando de lo que se trata es del
muy serio asunto de computar la probabilidad de que algo suceda cuando llevamos
a cabo un experimento en la práctica. Para ello, sabemos cuáles son las reglas
y podemos implementarlas sin problemas. Pero esta feliz circunstancia podría
cambiar algún día. De momento sucede que hasta ahora no ha habido manera de
poner a prueba mediante experimentos las cuestiones sobre cómo podría influir
nuestro pasado sobre el futuro a través de la interferencia cuántica. La medida
en que las cavilaciones sobre la «verdadera naturaleza» del mundo (o mundos)
descrita por la teoría cuántica pueden empañar el progreso científico queda
perfectamente recogida en la posición de la corriente de físicos que abogan por
el «cállate y calcula», que hábilmente desestima cualquier intento de hablar
sobre la realidad de las cosas.
§. Antimateria
Volviendo a este mundo, la figura 10.3 muestra otra manera en que los
electrones pueden dispersarse mutuamente. Uno de los electrones entrantes salta
desde A a X, y al hacerlo emite un fotón. Hasta aquí todo correcto, pero ahora
el electrón retrocede en el tiempo hasta Y, donde absorbe otro fotón, y a
continuación avanza hacia el futuro, donde podría llegar a ser detectado en C.
Este diagrama no contraviene ninguna de las reglas sobre los saltos y las
desintegraciones, porque el electrón emite y absorbe fotones tal y como la
teoría lo prescribe. De acuerdo con las reglas, puede suceder y, como indica el
título del libro, todo lo que puede suceder, sucede. Pero tal comportamiento
viola aparentemente las reglas del sentido común, porque nos estamos planteando
la posibilidad de que los electrones viajen hacia atrás en el tiempo. Esto
daría mucho juego en la ciencia ficción, pero violar la ley de la causalidad no
es manera de construir un universo. Además, también implicaría la existencia de
un conflicto directo con la teoría de la relatividad especial de Einstein.
Figura 10.3. Antimateria… o un electrón retrocediendo en el tiempo.
Sorprendentemente,
este tipo particular de viaje en el tiempo de las partículas subatómicas no
está prohibido, como constató Dirac en 1928. Podemos ver una señal de que quizá
todo no sea tan anómalo como parece si reinterpretamos lo que sucede en la figura
10.3 desde nuestra perspectiva de «hacia delante en el tiempo». Vamos a seguir
el rastro a los acontecimientos de la figura de izquierda a derecha. Comencemos
en el instante T = 0, donde hay mundo formado únicamente por dos electrones
situados en A y B. Seguimos teniendo solo estos dos electrones hasta el
instante T1, en el que el electrón inferior emite un fotón. Entre T1 y
T2, el mundo contiene dos electrones y un fotón. En el instante T2,
el fotón muere y es sustituido por un electrón (que acabará en C) y una segunda
partícula (que acabará en X). Dudamos si llamar electrón a esta segunda
partícula, porque es un «electrón que viaja hacia atrás en el tiempo». La
pregunta es ¿qué aspecto tiene un electrón que retrocede en el tiempo desde el
punto de vista de alguien (como nosotros) que avanza en el tiempo?
Para encontrar una respuesta, imaginemos que grabamos en vídeo al electrón
mientras se mueve en las proximidades de un imán, como se ilustra en la figura
10.4. Suponiendo que el electrón no se mueva demasiado rápido,[40]normalmente
describirá una trayectoria circular. Que un imán puede desviar la trayectoria
de los electrones es, como hemos dicho antes, la idea fundamental en la que se
basan los antiguos televisores de tubo de rayos catódicos y algo mucho más
glamuroso: los aceleradores de partículas, incluido el Gran Colisionador de
Hadrones. Imaginemos ahora que reproducimos el vídeo al revés. Así es como se
vería un «electrón que retrocede en el tiempo» desde la perspectiva de quienes,
como nosotros, «avanzamos en el tiempo». Ahora veríamos al «electrón que
retrocede en el tiempo» describir un círculo en la dirección opuesta a medida
que avanza el vídeo. Desde el punto de vista de un físico, el vídeo hacia atrás
en el tiempo tendría exactamente el mismo aspecto que un vídeo que avanzase en
el tiempo grabado utilizando una partícula que fuese exactamente igual que el
electrón en todos los aspectos salvo porque en apariencia tuviese carga
positiva. Ya tenemos la respuesta a nuestra pregunta: veríamos los electrones
que retroceden en el tiempo como «electrones de carga positiva». Por lo tanto,
si los electrones realmente retroceden en el tiempo esperamos observarlos como
«electrones de carga positiva».
Tales partículas existen y se denominan «positrones». Fue Dirac quien las
introdujo en 1931 para resolver un problema con su ecuación mecanocuántica del
electrón, a saber: que aparentemente la ecuación predecía la existencia de
partículas con energía negativa.
Figura 10.4. Un electrón dando vueltas cerca de un imán
Tiempo
después, Dirac ofreció una extraordinaria perspectiva sobre su manera de
pensar, y en particular sobre su firme convicción de que sus razonamientos
matemáticos eran correctos: «Me reconcilié con el hecho de que no se podía
excluir de la teoría matemática la existencia de estados de energía negativa, y
pensé: “Tratemos de encontrar una explicación física para dichos
estados”».
Apenas un año más tarde, aparentemente ajeno a la predicción de Dirac, Carl
Anderson detectó unos extraños rastros en su aparato experimental mientras
observaba partículas procedentes de los rayos cósmicos. Su conclusión fue que:
«Parece necesario suponer que existe una partícula de carga positiva cuya masa
es comparable a la del electrón». Una vez más, esto pone de manifiesto la
asombrosa potencia del razonamiento matemático. Dirac introdujo el concepto de
una nueva partícula —el positrón— y unos pocos meses después se descubrió,
producida en colisiones de rayos cósmicos de alta energía. El positrón
constituye nuestro primer encuentro con una de las materias primas de la
ciencia ficción: la antimateria.
Armados con esta interpretación de los electrones que viajan en el tiempo como
positrones, podemos terminar de explicar la figura 10.3. Diremos que, cuando un
fotón llega a Y en el instante T2, se divide en un electrón y un
positrón. Cada uno de ellos avanza en el tiempo hasta T 3,
cuando el positrón procedente de Y llega a X, tras lo cual se fusiona con el
electrón superior original para dar lugar a un segundo fotón. Este se propaga
hasta el instante T4, cuando es absorbido por el electrón
inferior.
Todo esto puede parecer algo descabellado: las antipartículas han surgido de
nuestra teoría porque estamos permitiendo que las partículas retrocedan en el
tiempo. Nuestras reglas de saltos y desintegraciones permiten que las
partículas salten tanto hacia delante como hacia atrás en el tiempo y, a pesar
de que nuestros prejuicios nos digan que esto no debería estar permitido,
resulta que no podemos (de hecho, no debemos) evitar que lo hagan.
Irónicamente, resulta que, si no permitiésemos que las partículas saltasen
hacia atrás en el tiempo, tendríamos una violación del principio de causalidad.
Esto es extraño, porque parece como si las cosas tuviesen que ser justo al
revés.
El hecho de que las cosas funcionen correctamente no es ningún accidente, y
apunta a la existencia de una estructura matemática más profunda. De hecho, es
posible que al leer este capítulo tenga la sensación de que las reglas de
desintegración y saltos parecen bastante arbitrarias. ¿Podríamos crear nuevas
reglas de desintegración, introducir ajustes en las relativas a los saltos, e
investigar sus consecuencias? Si lo hiciéramos, casi con toda seguridad
acabaríamos construyendo una mala teoría (que violaría, por ejemplo, el
principio de causalidad). Teoría cuántica de campos (QFT por sus siglas en
inglés) es el nombre de la estructura matemática más profunda en la que se
basan las reglas sobre los saltos y las desintegraciones, y destaca por ser la
única teoría posible de las partículas diminutas que también respeta la
relatividad especial. El aparato teórico de la QFT obliga a fijar las reglas
sobre saltos y desintegraciones, y perdemos la libertad de elegir otras nuevas.
Este es un resultado muy importante para quienes buscan las leyes
fundamentales, porque utilizar la «simetría» para eliminar opciones crea la
impresión de que el universo simplemente tiene que ser «así», lo cual
constituye un avance en nuestra comprensión. Hemos utilizado aquí la palabra
«simetría», y es apropiado hacerlo porque se puede entender que las teorías de
Einstein imponen ciertas restricciones de simetría a la estructura del espacio
y el tiempo. Otras «simetrías» limitan aún más las reglas de desintegración y
saltos, como veremos brevemente en el capítulo siguiente.
Antes de abandonar la QED, queda un último cabo por atar. Como hemos comentado,
la conferencia inaugural del encuentro de Shelter Island trató sobre el efecto
Lamb, una anomalía en el espectro del hidrógeno que no podía explicarse usando
la teoría cuántica de Heisenberg y Schrödinger. Menos de una semana después de
la reunión, Hans Bethe presentó un primer cálculo aproximado de la solución. La
figura 10.5 ilustra la manera en que la QED representa el átomo de hidrógeno.
La interacción electromagnética que mantiene ligados el protón y el electrón se
puede representar mediante una serie de diagramas de Feynman de complejidad
creciente, de forma análoga al caso de la interacción de dos electrones
representado en la figura 10.1. En la figura 10.5 hemos dibujado dos de los
diagramas más sencillos posibles. Antes de la QED, los cálculos de los niveles
de energía del electrón solo incluían el primero de los diagramas de la figura,
que recoge la física de un electrón atrapado en el pozo de potencial generado
por el protón. Pero, como hemos descubierto, pueden suceder muchas otras cosas
durante la interacción. El segundo diagrama de la figura 10.5 muestra cómo el
fotón fluctúa brevemente en un par electrón-positrón, y este proceso también se
debe incluir en el cálculo de los posibles niveles de energía del electrón.
Este, junto con otros muchos diagramas, se incorporan al cálculo como pequeñas
correcciones al resultado principal.[41]
Bethe incluyó correctamente los importantes efectos de los diagramas de «un
solo bucle», como el de la figura, y descubrió que modificaban ligeramente los
niveles de energía y, por ende, los detalles del espectro de luz observado.
Figura 10.5. El átomo de hidrógeno.
Su
resultado concordaba con las medidas experimentales de Lamb. La QED, dicho de
otra manera, nos obliga a imaginar un átomo de hidrógeno como una efervescente
cacofonía de partículas subatómicas que se crean y desaparecen continuamente.
El efecto Lamb supuso el primer encuentro directo de la humanidad con estas
etéreas fluctuaciones cuánticas.
No pasó mucho tiempo hasta que dos de los asistentes a Shelter Island, Richard
Feynman y Julian Schwinger, tomaron el testigo y, en cuestión de un par de
años, la QED se había desarrollado hasta ser la teoría que conocemos
actualmente: la precursora de las teorías cuánticas de campos, modelo para las
teorías de las interacciones débil y fuerte, que se descubrirían poco después.
Feynman, Schwinger y el físico japonés Sin-Itiro Tomonaga recibieron el premio
Nobel en 1965 «por su trabajo fundamental en electrodinámica cuántica, con
profundas consecuencias para la física de las partículas elementales». Sobre
estas profundas consecuencias centraremos ahora nuestra atención.
Capítulo 11
El espacio vacío no está vacío
Contenido:
§.
El modelo estándar de la física de partículas
§. El origen de la masa
No
todo en el mundo deriva de las interacciones entre partículas con carga
eléctrica. La QED no explica los procesos debidos a la fuerza «nuclear fuerte»
que mantienen unidos los quarks en el interior de los protones y los neutrones
o los relacionados con la fuerza «nuclear débil», responsable de la combustión
del Sol. No podemos escribir un libro sobre la teoría cuántica de la naturaleza
y dejar fuera la mitad de las fuerzas fundamentales, por lo que en este
capítulo subsanaremos nuestra omisión antes de sumergirnos en el espacio vacío
en sí. Como descubriremos, el vacío es un lugar interesante, repleto de
posibilidades y de obstáculos que las partículas han de sortear.
Lo primero en lo que debemos hacer hincapié es que las fuerzas nucleares fuerte
y débil están descritas exactamente por la misma aproximación basada en la
teoría cuántica de campos que la que hemos descrito para la QED. En este
sentido, el trabajo de Feynman, Schwinger y Tomonaga tiene profundas
consecuencias. En su conjunto, la teoría de estas tres fuerzas se conoce con el
modesto nombre de modelo estándar de la física de partículas. Mientras
escribimos, el modelo estándar se está llevando al límite en la máquina más
grande y sofisticada jamás construida: el Gran Colisionador de Hadrones (LHC
por sus siglas en inglés) del CERN. «El límite» es la expresión correcta,
porque, salvo que exista algo que aún no se ha descubierto, el modelo estándar
deja de hacer predicciones coherentes a las energías a las que tienen lugar las
colisiones de protones que se mueven a velocidades próximas a la de la luz en
el LHC. Utilizando el lenguaje que venimos empleando en este libro, las reglas
cuánticas empiezan a generar relojes cuyas manecillas tienen longitudes mayores
que la unidad, lo que significa que predicen que algunos procesos en los que
interviene la fuerza nuclear débil sucederán con probabilidades superiores al
100%. Esto claramente no tiene ningún sentido, e implica que el LHC está
abocado a descubrir algo nuevo. El desafío es identificarlo entre los cientos
de millones de colisiones que se producen cada segundo a cien metros bajo
tierra bajo las estribaciones del macizo del Jura.
El modelo estándar contiene la cura para el malestar de las probabilidades
disfuncionales, que se conoce con el nombre de «mecanismo de Higgs» y que
predice que los investigadores del LHC deberían observar una nueva partícula de
la naturaleza, el bosón de Higgs, y con ella desencadenar un profundo cambio en
nuestra manera de entender lo que constituye el espacio vacío. Llegaremos al
mecanismo de Higgs más adelante en este capítulo, pero antes debemos introducir
brevemente el exitoso aunque chirriante modelo estándar.
§. El modelo estándar de la física de partículas
En la figura 11.1 hemos catalogado todas las partículas conocidas. Son los
componentes del universo, pero esperamos que haya más (puede que observemos una
nueva partícula asociada a la abundante pero enigmática materia oscura que
parece necesaria para explicar el conjunto del universo). O quizá las
partículas supersimétricas previstas por la teoría de cuerdas, o incluso las
excitaciones de Kaluza-Klein características de las dimensiones adicionales del
espacio, o los tecniquarks, o los leptoquarks, o… La especulación teórica es
muy fértil, y corresponde a quienes llevan a cabo los experimentos en el LHC
limitar las posibilidades, descartar las teorías erróneas y marcar el camino a
seguir.
Todo lo que podemos ver y tocar, todas las máquina inanimadas, todos los seres
vivos, todas las piedras y todos los seres humanos que pueblan la Tierra, todos
los planetas y todas las estrellas en cada una de los 350.000 millones de
galaxias del universo observable están formados por las cuatro partículas de la
primera columna. Nosotros somos una combinación de solo tres de ellas: los
quarks up y down y el electrón.
Figura 11.1. Las partículas de la naturaleza.
Los
quarks componen nuestros núcleos atómicos y, como hemos visto, los electrones
se encargan de la química. Puede que la partícula restante en la primera
columna, llamada neutrino electrónico, le resulte menos familiar, pero
alrededor de 60.000 millones de ellos, procedentes del Sol, atraviesan cada
centímetro cuadrado de nuestro cuerpo cada segundo. La mayoría de ellos pasan
de largo, sin inmutarse, a través de nosotros y de la propia Tierra, motivo por
el cual nunca los hemos visto o sentido. Pero, como veremos a continuación,
desempeñan un papel fundamental en los procesos que generan la energía del Sol,
gracias a lo cual hacen posible nuestras vidas.
Estas cuatro partículas forman un conjunto conocido como «primera generación de
la materia» y, junto con las cuatro fuerzas fundamentales de la naturaleza, son
aparentemente todo lo que se necesita para construir un universo. Por razones
que aún no comprendemos, la naturaleza ha decidido ofrecernos dos generaciones
adicionales, clones de la primera salvo por el hecho de que las masas de las
partículas son mayores. Están representadas en la segunda y la tercera columnas
de la figura 11.1. El quark top, en particular, posee una masa mucho mayor que
el resto de las partículas fundamentales. Fue descubierto en el acelerador
Tevatrón del Fermilab, cerca de Chicago, en 1995, y se obtuvo para su masa un
valor 180 veces superior a la del protón. Por qué el quark top tiene esa masa
tan enorme, aun siendo una partícula puntual, es todo un misterio. Aunque estas
generaciones adicionales de la materia no desempeñan un papel directo en los
asuntos cotidianos del universo, sí parece que fueron actores fundamentales en
los momentos inmediatamente posteriores al big bang… pero esa es otra
historia.
También se muestran en la figura 11.1, en la columna de la derecha, las
partículas que transmiten las fuerzas. La gravedad no se representa en la tabla
porque no disponemos de una teoría cuántica de la gravedad que encaje
fácilmente en el marco del modelo estándar. Lo cual no quiere decir que no
exista: la teoría de cuerdas constituye un intento de meter en vereda a la
gravedad, pero, hasta la fecha, su éxito ha sido limitado. Como la gravedad es
tan débil, no tiene una influencia significativa sobre los experimentos de la
física de partículas, y por este motivo tan pragmático no diremos más al
respecto. En el capítulo anterior hemos aprendido que el fotón es responsable
de transmitir la fuerza electromagnética entre partículas con carga eléctrica,
y que su comportamiento está determinado por una nueva regla de desintegración.
Las partículas W y Z se encargan de la tarea análoga para la fuerza débil,
mientras que los gluones hacen lo propio para la fuerza fuerte. Las principales
diferencias entre las descripciones cuánticas de las distintas fuerzas tienen
que ver con las reglas de desintegración. Es (casi) así de sencillo, y hemos
dibujado algunas de las nuevas reglas de desintegración en la figura 11.2. Su
similitud con la QED permite apreciar fácilmente los elementos básicos de las fuerzas
débil y fuerte: solo necesitamos saber cuáles son las reglas de desintegración
y podremos dibujar los diagramas de Feynman como hemos hecho para la QED en el
capítulo anterior. Afortunadamente, en el mundo físico modificar las reglas de
desintegración supone una enorme diferencia.
Figura 11.2. Algunas de las reglas de desintegración para las fuerzas débil
y fuerte.
Si
este fuese un libro de texto de física de partículas, procederíamos a esbozar
las reglas de desintegración para cada uno de los procesos de la figura 11.2, y
de muchos otros más. Estas reglas, denominadas «reglas de Feynman», nos
permitirían (a nosotros o a nuestro programa informático) calcular la
probabilidad de que se produjese algún proceso, como hemos hecho en el capítulo
anterior para la QED. Las reglas recogen algo esencial sobre el mundo y es
maravilloso que se puedan resumir en unas pocas imágenes y reglas sencillas.
Pero este no es un libro de texto de física de partículas, así que nos
centraremos en el diagrama de la esquina superior derecha, porque esta es una
regla especialmente importante para la vida en la Tierra. Representa la
desintegración de un quark up en un quark down con la emisión de una partícula
W, un comportamiento que se produce en el núcleo del Sol y cuyos efectos son
espectaculares.
El Sol es un océano gaseoso de protones, neutrones, electrones y fotones, con
un volumen de un millón de Tierras, que se hunde debido a su propia gravedad.
La brutal compresión calienta el núcleo solar hasta los 15 millones de grados,
y a esas temperaturas los protones comienzan a fusionarse entre sí para formar
núcleos de helio. El proceso de fusión libera energía, que aumenta la presión
sobre las capas externas de la estrella, lo que contrarresta la fuerza de la
gravedad hacia el interior. En el epílogo profundizaremos en este equilibrio
precario, pero ahora lo que nos interesa es qué quiere decir que «los protones
comienzan a fusionarse entre sí».
Parece bastante sencillo, pero el mecanismo preciso de la fusión en el núcleo
solar fue una fuente de intenso debate científico durante las décadas de 1920 y
1930. El científico británico Arthur Eddington fue el primero en proponer que
la fuente de energía del Sol es la fusión nuclear, pero enseguida hubo quien
señaló que las temperaturas eran aparentemente demasiado bajas para que el
proceso pudiera producirse, teniendo en cuenta las leyes de la física que se
conocían por aquel entonces. Pero Eddington se mantuvo firme en sus ideas, y su
respuesta se hizo famosa: «El helio que manejamos debe de haberse formado en
algún momento y en algún lugar. No nos oponemos a los críticos que argumentan
que las estrellas no son suficientemente calientes para albergar un mecanismo
de fusión; les instamos a que encuentren un lugar más caliente».
El problema es que, cuando se aproximan dos protones que se mueven a gran
velocidad en el núcleo del Sol, se repelen entre sí debido a la fuerza
electromagnética (o, en el lenguaje de la QED, mediante un intercambio de
fotones). Para poder fusionarse, deben acercarse hasta que se superpongan y,
como Eddington y sus colegas sabían perfectamente, los protones solares no se
mueven lo suficientemente rápido (porque la temperatura del Sol no es lo
bastante elevada) para superar su repulsión electromagnética.
Para responder a este enigma, aparece al rescate la partícula W. De un plumazo,
uno de los protones en la colisión puede transformarse en un neutrón al
convertir uno de sus quarks up en un down, tal y como especifica la regla de
desintegración de la figura 11.2. Ahora el neutrón recién formado y el protón
restante pueden acercarse mucho, porque el neutrón no tiene carga eléctrica. En
el lenguaje de la teoría cuántica de campos, esto significa que no hay
intercambio de fotones que separe al neutrón del protón. Libres de la repulsión
electromagnética, el protón y el electrón pueden fusionarse (como consecuencia
de la fuerza nuclear fuerte) para producir un deuterón, y esto rápidamente da
lugar a la formación de helio, que libera la energía que sustenta la estrella.
El proceso se ilustra en la figura 11.3, que también indica que la partícula W
no tiene una vida muy larga: enseguida se desintegra en un positrón y un
neutrino (esta es la fuente de la enorme cantidad de neutrinos que atraviesan
nuestro cuerpo).
Figura 11.3. Conversión de un protón en un neutrón por desintegración débil,
con la emisión de un positrón y un neutrino. De no ser por este proceso, el Sol
no ardería.
La
feroz defensa que hizo Eddington de la fusión como fuente de energía del Sol
era correcta, aunque es imposible que él tuviese la más remota idea de por qué
lo era. La partícula W, crucial para entender el proceso, junto con su
compañera, la partícula Z, no se descubrieron hasta la década de 1980, en el
CERN.
Para concluir nuestro breve repaso del modelo estándar, veamos ahora la fuerza
nuclear fuerte. Las reglas de desintegración son tales que solo los quarks
pueden descomponerse en gluones. De hecho, es mucho más probable que hagan eso
que cualquier otra cosa. Esta predisposición a emitir gluones es la razón por
la que la fuerza nuclear fuerte recibe este nombre, y también el motivo por el
que la desintegración de gluones es capaz de vencer la fuerza de repulsión
electromagnética que, de no ser así, provocaría la explosión del protón, con su
carga positiva. Por suerte, la fuerza fuerte no llega muy lejos. Los gluones no
suelen desplazarse más de un femtómetro (10–15 m) antes de
volver a desintegrarse. La razón por la que la influencia de los gluones es de
tan corto alcance, mientras que los fotones pueden llegar a los confines del
universo, es que los gluones también pueden desintegrarse en otros gluones,
como se ilustra en las últimas dos imágenes de la figura 11.2. Este truco de
los gluones hace que la fuerza fuerte sea muy diferente de la electromagnética,
y en la práctica confina sus acciones al interior del núcleo atómico. Los
fotones no presentan esta auto desintegración, lo cual es muy afortunado, pues
de lo contrario no podríamos ver el mundo ante nuestros ojos, porque los
fotones que viajasen en nuestra dirección se dispersarían con los que cruzan
nuestra línea de visión. El hecho de que podamos ver lo que sea es una de las
maravillas de la vida, y un vívido recordatorio de que los fotones muy rara vez
interactúan entre sí.
No hemos explicado de dónde proceden todas estas reglas, ni tampoco por qué el
universo contiene las partículas que contiene. Tenemos un buen motivo: no
conocemos la respuesta a ninguna de estas preguntas. Las partículas que
componen el universo (electrones, neutrinos y quarks) son los actores
principales en el drama cósmico que se está desarrollando, pero hasta la fecha
no hemos encontrado una manera convincente de explicar por qué el reparto es el
que es.
Pero lo que sí es cierto es que, una vez que conocemos la lista de partículas,
entonces la manera en que interactúan entre sí, dada por las reglas de
desintegración, es algo que podemos prever parcialmente. Las reglas de desintegración
no son algo que los físicos se hayan sacado de la manga: todas y cada una de
ellas se deducen del hecho de que la teoría que describe la interacción de las
partículas debe ser una teoría cuántica de campos, complementada con algo que
se denomina «simetría de gauge». Discutir el origen de las reglas de
desintegración haría que nos desviásemos demasiado de la línea principal del
libro, pero queremos reiterar que las reglas básicas son muy sencillas: el
universo está compuesto de partículas que se mueven de un sitio a otro e
interactúan de acuerdo con varias reglas de salto y de desintegración. Podemos
utilizar estas reglas para calcular la probabilidad de que «algo» suceda
sumando un montón de relojes, sabiendo que habrá un reloj por cada una de las
maneras en que ese «algo» puede suceder.
§. El origen de la masa
Al introducir la idea de que las partículas pueden desintegrarse y saltar de un
punto a otro, hemos entrado en el dominio de la teoría cuántica de campos, y
los saltos y las desintegraciones son, en gran medida, todo lo que hay. No
obstante, hemos sido bastante descuidados en nuestra exposición de la masa por
la sencilla razón de que hemos preferido dejar lo mejor para el final.
La física de partículas moderna trata de dar respuesta a la cuestión de « ¿Cuál
es el origen de la masa?» y lo hace con ayuda de un fenómeno físico hermoso y
sutil y de una partícula nueva (nueva en el sentido de que, en realidad, aún no
la hemos visto en el libro, y también en el sentido de que los habitantes de la
Tierra probablemente tomaron conciencia de que se habían topado con ella «cara
a cara» por primera vez en 2012). La partícula se conoce como «bosón de Higgs».
Cuando escribimos la primera versión de este libro, en septiembre de 2011, en
los datos del LHC había sugerentes indicios de un objeto similar al Higgs, pero
el número de eventos[42] no era
suficiente para saber si realmente se había detectado o no. Escribimos entonces
que «cuando usted lea el libro, puede suceder perfectamente que la situación
haya cambiado y que el Higgs sea una realidad. O quizá un análisis en mayor
profundidad haya hecho que las señales interesantes se hayan desvanecido». Pues
bien, la situación ha cambiado y la evidencia se ha consolidado: se ha
descubierto una nueva partícula en el CERN, con todas las trazas de ser un
bosón de Higgs. La cuestión del origen de la masa es particularmente
emocionante porque la respuesta es extremadamente interesante, más allá del
deseo evidente de saber qué es la masa. Permítanos explicar esta críptica
frase, de tan ofensiva construcción, con más detalle.
Cuando hemos hablado de los fotones y los electrones dentro de la QED, hemos
introducido la regla de salto para cada uno de ellos y hemos apuntado que eran
diferentes (hemos utilizado el símbolo P(A, B) para la regla asociada a un
electrón que salta de A a B, y L(A, B) para la regla correspondiente a un
fotón). Ha llegado el momento de investigar por qué la regla es distinta en
ambos casos. Hay una diferencia debida a que existen dos tipos de electrones
(como ya sabemos, su espín puede tomar dos valores), mientras que hay tres tipos
de fotones, pero esta no es la que nos interesa aquí. Existe, no obstante, otra
diferencia debida a que el electrón tiene masa, mientras que el fotón no. Esta
es la que vamos a analizar.
La figura 11.4 ilustra una manera de entender la propagación de una partícula
masiva. La figura muestra una partícula que salta de A a B por etapas. Va de A
al punto 1, de ahí al punto 2, y así sucesivamente, hasta que finalmente salta
del punto 6 a B. Lo interesante es que, cuando se escribe así, la regla para
cada salto es la regla para una partícula con masa cero, pero con una
importante advertencia: cada vez que la partícula cambia de dirección debemos
aplicar una nueva regla de contracción, según la cual la magnitud de la
contracción es inversamente proporcional a la masa de la partícula que estamos
describiendo. Esto significa que, en cada tramo, los relojes de las partículas
pesadas reciben menos contracción que los de las más ligeras. Es importante
hacer hincapié en que esta no es una prescripción ad hoc. Tanto el
zigzagueo como la contracción proceden directamente de las reglas de Feynman
para la propagación de una partícula con masa, sin ninguna suposición
adicional.[43] La
figura 11.4 representa solo una de las maneras en que nuestra partícula pesada
puede ir de A a B, a saber: en seis etapas, con sus correspondientes factores
de contracción. Para obtener el reloj final asociado al salto de una partícula
con masa de A a B debemos, como siempre, sumar los infinitos relojes
correspondientes a todas las maneras posibles en que la partícula puede
zigzaguear de A a B. El camino más sencillo es el directo, sin tramos, pero
también hay que tener en cuenta los recorridos que consten de una enorme
cantidad de tramos.
Figura 11.4. Una partícula con masa que se mueve de A a B.
Para
partículas de masa cero, el factor de contracción asociado a cada tramo es
demoledor, porque es infinito. Es decir, tras el primer tramo, debemos contraer
el reloj hasta que sea nulo. El único recorrido que importa para partículas sin
masa es, por lo tanto, el recorrido directo: simplemente, no hay reloj
correspondiente a ningún otro camino. Esto es exactamente lo que cabría
esperar: significa que podemos utilizar la regla del salto para las partículas
sin masa cuando la partícula no tiene masa. Sin embargo, para partículas con
masas no nula sí están permitidos los tramos, aunque si la partícula es muy
ligera el factor de contracción impone una severa penalización a los recorridos
con muchos tramos. Los caminos más probables son, por lo tanto, los que consten
de muy pocos tramos. Y, a la inversa, las partículas pesadas no sufren tanta
penalización cuando recorren un nuevo tramo, y por tanto suelen zigzaguear
bastante. Esto parece indicar que las partículas pesadas se deberían entender
en realidad como partículas sin masa que zigzaguean en su trayecto de A a B. La
cantidad de zigzagueo es lo que identificamos como «masa».
Todo esto está muy bien, porque tenemos una nueva manera de entender las
partículas con masa. La figura 11.5 ilustra la propagación entre A y B de tres
partículas distintas de masa creciente. En cada caso, la regla asociada con
cada «zig» o «zag» del recorrido es la misma que para una partícula sin masa, y
para cada tramo debemos pagar una penalización consistente en la contracción
del reloj. Aún no deberíamos lanzar las campanas al vuelo, porque todavía no
hemos explicado realmente nada fundamental.
Figura 11.5. Partículas de masa creciente que se propagan de A a B. Cuanto
mayor es la masa de la partícula, más zigzaguea.
Lo
único que hemos hecho es sustituir la palabra «masa» por la expresión
«tendencia al zigzagueo». Podemos hacerlo porque son descripciones
matemáticamente equivalentes de la propagación de una partícula masiva. Pero,
aun así, parece algo interesante y, como descubriremos a continuación, podría
ser algo más que una mera curiosidad matemática.
En 2012, el LHC estaba ocupado haciendo colisionar protones con una energía
total de 8 TeV. «TeV» significa teraelectronvoltios, lo que corresponde a la
cantidad de energía que tendría un electrón si se acelerase a través de una
diferencia de potencial de un billón de voltios. Para hacernos una idea de la
magnitud de esta energía: 8 TeV es aproximadamente la energía que las
partículas subatómicas tendrían alrededor de una billonésima de segundo después
del big bang, y bastaría para crear de la nada una masa aproximadamente igual a
la de 8.000 protones (siguiendo la ecuación E = mc2 de
Einstein). Y esta es solo algo más de la mitad de la energía que el LHC puede
alcanzar. Aún le queda cuerda para rato.
Una de las razones principales por las que 85 países de todo el mundo se han
puesto de acuerdo para construir y operar este enorme y osado experimento es la
búsqueda del mecanismo responsable de la creación de las masas de las
partículas elementales. La teoría más ampliamente aceptada sobre el origen de
la masa proporciona una explicación para el zigzagueo: postula la existencia de
una nueva partícula elemental con la que las otras «se topan» mientras se
mueven por el universo.
Esta partícula es el bosón de Higgs. Según el modelo estándar, sin un Higgs las
partículas elementales saltarían de un lugar a otro sin ningún zigzagueo, y el
universo sería un lugar muy distinto. Pero, si llenamos el espacio vacío de
partículas de Higgs, estas pueden desviar las otras partículas y hacer que
zigzagueen, lo cual, como acabamos de ver, conduce a la aparición de la «masa».
Es como intentar atravesar un bar lleno de gente: el zarandeo de la gente hace
que acabemos describiendo una trayectoria en zigzag hasta la barra.
El mecanismo de Higgs recibe su nombre del físico teórico Peter Higgs, de la
Universidad de Edimburgo, y se introdujo en la física de partículas en 1964. La
idea estaba claramente a punto de caramelo, porque varias personas dieron con
ella al mismo tiempo: Higgs, por supuesto, y también Robert Brout y François
Englert, que trabajaban en Bruselas, y Gerald Guralnik, Carl Hagan y Tom
Kibble, que lo hacían en Londres. A su vez, su trabajo se basaba en el de
muchos otros, entre los cuales están: Werner Heisenberg, Yoichiro Nambu,
Jeffrey Goldstone, Philip Anderson y Steven Weinberg. La plasmación completa de
la idea, por la que Sheldon Glashow, Abdus Salam y Steven Weinberg recibieron
el premio Nobel en 1979, es nada menos que el modelo estándar de la física de
partículas. La idea es bastante sencilla: el espacio vacío no está vacío, y
esto da lugar al zigzagueo y, por lo tanto, a la masa. Pero, claramente,
tenemos que dar más explicaciones. ¿Cómo puede ser que el espacio vacío esté
lleno a rebosar de partículas de Higgs? ¿No deberíamos notarlo en nuestro día a
día? ¿Y cómo hemos llegado a esta extraña situación? Desde luego, parece una
proposición bastante extravagante. Tampoco hemos explicado cómo puede ser que
algunas partículas (como los fotones) no tengan masa, mientras que otras (como
los bosones W y los quarks top) tengan masas comparables a las de un átomo de
plata u oro.
La segunda pregunta es más fácil de contestar que la primera, al menos de
manera superficial. Las partículas solo interactúan entre sí mediante una regla
de desintegración, y las partículas de Higgs no son una excepción. La regla de
desintegración para un quark top contempla la posibilidad de que se acople con
una partícula de Higgs, y la correspondiente contracción del reloj (recordemos
que todas las reglas de desintegración tienen su factor de contracción) es
mucho menor que en el caso de otros quarks más ligeros. Este es el «motivo» por
el que un quark top es mucho más pesado que uno up. Evidentemente, esto no
explica por qué la regla de desintegración es la que es. La respuesta actual a
esta pregunta es un decepcionante «porque sí». Está al mismo nivel que
preguntas como: « ¿Por qué hay tres generaciones de partículas?» o « ¿Por qué
es tan débil la gravedad?». Análogamente, los fotones no tienen ninguna regla
de desintegración que los acople a las partículas de Higgs, y en consecuencia
no interactúan con él. Lo cual, a su vez, significa que no zigzaguean y carecen
de masa. Aunque hasta cierto punto hemos escurrido el bulto, esto sí parece una
cierta explicación, y sin duda es verdad que, produciendo partículas de Higgs
en el LHC, es posible comprobar que se acoplan con otras partículas de esta
manera.[44] Entonces
sí que podríamos afirmar legítimamente que hemos llegado a entender algo en
verdad apasionante sobre cómo funciona la naturaleza.
La primera de las cuestiones pendientes es algo más difícil de explicar, a
saber: ¿cómo puede ser que el espacio vacío esté lleno de partículas de Higgs?
Para ir calentando motores, necesitamos dejar una cosa muy clara: la física
cuántica implica que no existe el espacio vacío. De hecho, lo que llamamos
«espacio vacío» es en realidad un torbellino de partículas subatómicas y no hay
manera de barrerlas y limpiarlo. Una vez que tomamos conciencia de esto, es
mucho más fácil aceptar que el espacio vacío puede estar lleno de partículas de
Higgs. Pero vayamos por pasos.
Podríamos imaginar una minúscula región en las profundidades del espacio
exterior, un solitario rincón del universo a millones de años luz de una
galaxia. A medida que pasa el tiempo, es imposible evitar que aparezcan y
desaparezcan partículas de la nada. ¿Por qué? Porque el proceso de creación y
aniquilación de pares de partícula-antipartícula está permitido por las reglas.
Un ejemplo se puede encontrar en el diagrama inferior de la figura 10.5:
imaginemos que eliminamos todo salvo el bucle del electrón; si lo hacemos, el
diagrama correspondería a la aparición espontánea de un par electrón-positrón
de la nada, que después desaparece de vuelta a la nada. Puesto que dibujar un
bucle no viola ninguna de las reglas de la QED debemos aceptar que es una
posibilidad real (recordemos que todo lo que puede suceder, sucede). Esta
posibilidad en particular es solo una de entre las infinitas maneras en que el
espacio puede burbujear y estallar, y, puesto que vivimos en un universo
cuántico, lo correcto es sumar todas las posibilidades. En otras palabras, el
vacío posee una estructura extraordinariamente rica, compuesta de todas las
maneras en que las partículas pueden aparecer y desaparecer.
En el párrafo anterior se ha introducido la idea de que el vacío no está vacío,
pero hemos descrito un escenario muy democrático, en el que todas las
partículas tienen un papel. ¿Qué es lo que hace que la partícula de Higgs sea
especial? Si el vacío no fuese más que un burbujeante caldo de creación y
aniquilación de materia y antimateria, entonces todas las partículas
elementales seguirían teniendo masa nula (los bucles cuánticos por sí solos no
pueden proporcionarla).[45] Lo que
necesitamos es poblar el vacío con algo distinto, y aquí es donde entra en
juego el baño de partículas de Higgs. Peter Higgs simplemente estipuló que el
espacio vacío está repleto de partículas de Higgs,[46] y no se
sintió obligado a ofrecer ninguna explicación profunda al respecto. Las
partículas de Higgs en el vacío proporcionan el mecanismo de zigzagueo, y hacen
horas extras al interactuar con todas y cada una de las partículas masivas del
universo, ralentizando selectivamente su movimiento para crear la masa. El
resultado neto de las interacciones entre la materia ordinaria y un vacío lleno
de partículas de Higgs es que el universo pasa de ser un lugar sin estructura a
un mundo diverso y maravilloso de estrellas, galaxias y personas.
La gran cuestión, por supuesto, es ¿de dónde surgieron estas partículas de
Higgs? En realidad, no conocemos la respuesta, pero se cree que son los
vestigios de lo que se denomina una transición de fase que se produjo muy poco
tiempo después del big bang. Si somos pacientes y observamos el cristal de la
ventana mientras baja la temperatura en una noche de invierno, podremos
contemplar cómo, a partir del vapor de agua presente en el aire nocturno, surge
como por arte de magia la belleza estructurada de los cristales de hielo. La
transición del vapor de agua al hielo sobre un cristal frío es una transición
de fase: las moléculas de agua se reordenan en cristales de hielo; el descenso
de la temperatura desencadena una ruptura espontánea de la simetría de la
informe nube de vapor. Los cristales de hielo se forman porque eso es
energéticamente más favorable. Igual que una bola rueda pendiente abajo por la
ladera de una montaña hasta alcanzar un estado de menor energía en el valle, o
los electrones se reordenan alrededor de los núcleos atómicos para formar los
enlaces que mantienen unidas las moléculas, la esculpida belleza de un copo de
nieve es una configuración de las moléculas de agua de menor energía que una
nube de vapor informe.
Creemos que algo parecido sucedió en los instantes iniciales del universo. A
medida que el gas de partículas calientes que era el universo naciente se
expandió y se enfrió, se dio la circunstancia de que un vacío sin Higgs era una
configuración energéticamente menos favorable que un vacío lleno de partículas
de Higgs, que era el estado natural. El proceso es muy similar a la manera en
que el agua se condensa en gotitas o en que se forma el hielo sobre un cristal
frío. La aparición espontánea de gotitas cuando se condensan en un cristal crea
la impresión de que esas gotitas simplemente surgen «de la nada». Del mismo
modo, para el Higgs, en los instantes calientes inmediatamente posteriores al
big bang, el vacío burbujea con las efímeras fluctuaciones cuánticas (esos
bucles en nuestros diagramas de Feynman), partículas y antipartículas que
aparecen de la nada para desaparecer de nuevo al instante. Sin embargo, algo
extraordinario sucede cuando el universo se va enfriando y de pronto, de la
nada, igual que las gotas de agua que aparecen en el cristal, surge un
«condensado» de partículas de Higgs, que se mantienen unidas gracias a sus
interacciones mutuas en una suspensión efímera a través de la cual se propagan
las otras partículas.
La idea de que el vacío está repleto de material indica que nosotros, y el
resto del universo, vivimos nuestras vidas dentro de un enorme condensado que
surgió cuando el universo se enfriaba, como aparece el rocío con el amanecer.
Para que no pensemos que si el vacío está poblado es únicamente como
consecuencia de la condensación de la partícula de Higgs, deberíamos asimismo
señalar que tiene aún más que ofrecernos. Mientras el universo seguía
enfriándose todavía más, los quarks y los gluones también se condensaron para
producir lo que, como es natural, se conocen como condensados de quarks y de
gluones. Los experimentos confirman la existencia de ambos, y desempeñan un
papel muy importante en nuestra comprensión de la fuerza nuclear fuerte. De
hecho, es esta condensación la que da lugar prácticamente a toda la masa de los
protones y los neutrones. No obstante, el vacío de Higgs es responsable de
generar la masa de las partículas elementales: quarks, electrones, muones, taus
y partículas W y Z. El condensado de quarks entra en juego para explicar lo que
sucede cuando un conjunto de quarks se juntan para crear un protón o un
electrón. Curiosamente, mientras que el mecanismo de Higgs es relativamente
poco importante a la hora de explicar la masa de los protones, los neutrones y
los núcleos atómicos más pesados, no sucede lo mismo con la masa de las
partículas W y Z. Para ellas, la condensación de quarks y gluones daría una
masa de alrededor de 1 GeV en ausencia de una partícula de Higgs, pero sus
masas, medidas experimentalmente, son casi 100 veces más grandes. El LHC se
diseñó para operar en el dominio de energías de las partículas W y Z, donde se
puede investigar el mecanismo responsable de que tengan masas relativamente
grandes.
Si ponemos números en todo esto, nos llevaremos alguna que otra sorpresa: la
energía almacenada en un metro cúbico de espacio debida al condensado de quarks
y de gluones son unos pasmosos 1035 julios, y la energía debida
a la condensación del Higgs es cien veces mayor. Sumándolas, tenemos un valor
igual a la energía total que el Sol genera en mil años. Para ser exactos, esta
es energía «negativa», porque la energía del vacío es menor que la de un
universo que no contuviese ninguna partícula. Esta energía negativa se debe a
la energía de enlace asociada a la formación de los condensados, y en sí misma
no es nada misteriosa. No tiene mayor glamour que el hecho de
que, para hervir agua (e invertir la transición de fase del vapor al líquido)
hay que proporcionar energía.
Lo que sí es misterioso es que una densidad tan enorme de energía en cada metro
cuadrado de espacio vacío, si la tomásemos al pie de la letra, provocaría una
expansión del universo tan devastadora que nunca se habrían formado ni las
galaxias ni las personas. El universo habría literalmente saltado por los aires
instantes después del big bang. Esto es lo que sucede si tomamos las
predicciones para la condensación del vacío de la física de partículas y las
introducimos directamente en las ecuaciones de Einstein para la gravedad,
aplicadas al conjunto del universo. Este insidioso enigma es lo que se conoce
como el «problema de la constante cosmológica», y sigue siendo una de las
cuestiones principales de la física fundamental. Sin duda, indica que debemos
ser muy precavidos antes de afirmar que comprendemos realmente la naturaleza
del vacío y/o de la gravedad. Hay algo absolutamente fundamental que aún no
entendemos.
Con esta afirmación llegamos al final de nuestra historia, porque hemos
alcanzado el límite de nuestro conocimiento. El dominio de lo conocido no es el
ámbito propio de los investigadores. La teoría cuántica, como hemos señalado al
principio de este libro, tiene fama de ser difícil y obstinadamente extraña,
con su peculiar manera de controlar el comportamiento de las partículas que
componen la materia. Pero todo lo que hemos descrito, a excepción de este
último capítulo, es bien sabido y se entiende bien. Dejándonos guiar por la
evidencia, en lugar de por el sentido común, llegamos a una teoría
manifiestamente capaz de describir una inmensa variedad de fenómenos, desde los
nítidos arcoíris emitidos por los átomos calientes a la fusión en el interior
de las estrellas. La aplicación práctica de la teoría llevó al avance
tecnológico más importante del siglo XX, el transistor, un dispositivo cuyo
funcionamiento no se podría explicar sin la visión cuántica del mundo.
Pero la teoría cuántica es mucho más que un mero triunfo explicativo. En el
matrimonio forzado entre la teoría cuántica y la relatividad, la antimateria
surgió como una necesidad teórica y fue debidamente descubierta. El espín, la
propiedad fundamental de las partículas subatómicas que apuntala la estabilidad
de los átomos, fue igualmente una predicción teórica necesaria para preservar
la coherencia de la teoría. Y ahora, en el segundo siglo de la teoría cuántica,
el Gran Colisionador de Hadrones viaja hacia lo desconocido para explorar el
mismísimo vacío. Esto es el progreso científico: la construcción gradual y
minuciosa de un legado de explicación y predicción que cambia nuestra manera de
vivir. Y esto es lo que distingue a la ciencia de cualquier otra cosa. No es
simplemente otro punto de vista, sino que revela una realidad que no se le
podría ocurrir ni siquiera a la imaginación más retorcida y extravagante. La
ciencia es la investigación de lo real, y si lo real parece surrealista, pues
que así sea. No hay mejor demostración de la capacidad del método científico
que la teoría cuántica. A nadie se le podría haber ocurrido algo parecido, de
no ser por los meticulosos y detallados experimentos, y por los físicos
teóricos que fueron capaces de suspender y abandonar sus arraigadas y cómodas
creencias para explicar las evidencias que tenían ante sí. Quizá el enigma del
vacío marque el rumbo para un nuevo viaje cuántico, quizá el LHC obtenga datos
nuevos e inexplicables, y quizá todo lo que decimos en este libro resulte ser
una aproximación de una representación mucho más profunda. El emocionante viaje
para comprender nuestro universo cuántico continúa.
Cuando empezamos a pensar cómo escribir este libro, dedicamos un tiempo a
discutir cómo lo cerraríamos. Queríamos encontrar una demostración del
potencial intelectual y práctico de la teoría cuántica que convenciese incluso
al lector más escéptico de que la ciencia realmente describe, con exquisito
detalle, los entresijos del mundo. Estuvimos de acuerdo en que dicha
demostración existe, aunque requiere algo de álgebra (aunque nos hemos
esforzado por hacer que sea posible seguir el razonamiento sin analizar las
ecuaciones, este aviso no está de más). Así pues, aquí termina nuestro libro, a
menos que quiera un poco más: la demostración más espectacular, en nuestra
opinión, de la potencia de la teoría cuántica. Buena suerte, y disfrute del
viaje.
Epílogo
La muerte de las estrellas
Cuando
las estrellas mueren, muchas acaban como bolas superdensas de materia nuclear
entremezclada con un mar de electrones, denominadas «enanas blancas». Este será
el destino del Sol cuando se agote su combustible nuclear dentro de unos 5.000
millones de años. También lo será para más del 95% de las estrellas de nuestra
galaxia. Utilizando tan solo bolígrafo, papel y un poco de razonamiento,
podemos calcular la mayor masa posible para estas estrellas. Fue Subrahmanyan
Chandrasekhar en 1930 quien desarrolló por primera vez este cálculo, que
utiliza la teoría cuántica y la relatividad para obtener dos predicciones muy
claras. En primer lugar, el propio hecho de que debe existir tal cosa como una
estrella enana blanca, una bola de materia que resiste a la presión aplastante
de su propia gravedad gracias al principio de exclusión de Pauli. En segundo
lugar, que si levantamos la vista de la hoja de papel con nuestros garabatos
teóricos y miramos el firmamento nunca veremos una enana blanca cuya masa sea
mayor que 1,4 veces la masa del Sol. Ambas predicciones son espectacularmente
osadas.
A día de hoy, los astrónomos han catalogado alrededor de 10.000 estrellas
enanas blancas. La mayoría poseen masas de alrededor de 0,6 masas solares, pero
la mayor masa de la que tenemos constancia es ligeramente inferior a 1,4 masas
solares. Este único número, «1,4», es un triunfo del método científico. Se basa
en una comprensión de la física nuclear, la física cuántica y la teoría de la
relatividad especial de Einstein, tres áreas entrelazadas de la física del
siglo XX. Para calcularlo también son necesarias las constantes fundamentales
de la naturaleza que hemos visto a lo largo de este libro. Al final de este
capítulo veremos que la masa máxima viene determinada por la fórmula:
Fijémonos
bien en lo que acabamos de escribir: depende de la constante de Planck, la
velocidad de la luz, la constante de la gravitación de Newton y la masa del
protón. ¿No es maravilloso que podamos predecir el límite superior para la masa
de una estrella moribunda utilizando esta combinación de constantes
fundamentales? La combinación a tres bandas de gravedad, relatividad y el
cuanto de acción que aparece en la expresión (ћc/ G)1/2 se
denomina masa de Planck, y cuando introducimos los valores numéricos resulta
ser de unos 55 microgramos. Así pues, la masa de Chandrasekhar se obtiene,
asombrosamente, considerando dos masas: una del tamaño de un grano de arena y
la otra de un solo protón. A partir de números tan diminutos surge una nueva
escala de masas en la naturaleza: la masa de una estrella moribunda.
Podríamos presentar una visión muy amplia de cómo se llega a la masa de
Chandrasekhar, pero preferimos hacer algo más: nos gustaría describir el
cálculo en sí, porque eso es lo que realmente pone la piel de gallina. No
llegaremos a calcular realmente el número exacto (1,4 masas solares), pero nos
quedaremos cerca y veremos cómo se las apañan los físicos profesionales para
extraer conclusiones profundas aplicando una serie de pasos lógicos
cuidadosamente encadenados, recurriendo en el camino a principios físicos muy
conocidos. No habrá ningún acto de fe: mantendremos la cabeza fría y
llegaremos, lenta pero inexorablemente, a la más apasionante de las
conclusiones.
Nuestro punto de partida debe ser « ¿Qué es una estrella?». El universo visible
está compuesto principalmente de hidrógeno y helio, los dos elementos más
sencillos que se formaron en los primeros minutos tras el big bang. Después de
alrededor de 500 millones de años de expansión, el universo se había enfriado
lo suficiente para que las regiones ligeramente más densas de las nubes de
gases se empezaran a concentrar bajo su propia gravedad. Estos fueron los
embriones de las galaxias y, en su interior, alrededor de concentraciones más
pequeñas, se empezaron a formar las primeras estrellas.
El gas en estas primeras protoestrellas se fue calentando a medida que se
contraían sobre sí mismas, porque, como sabe cualquiera que haya usado una
bomba de bicicleta, cuando un gas se comprime, se calienta. Cuando el gas
alcanza temperaturas del orden de los 100.000 grados, los electrones ya no
pueden permanecer en órbita alrededor de los núcleos de hidrógeno y helio, y
los átomos se descomponen, dejando un plasma caliente de núcleos desnudos y
electrones. El gas caliente trata de expandirse y evitar que la contracción
continúe, pero cuando las concentraciones tienen masa suficiente la gravedad
gana la partida. Como los protones poseen carga eléctrica positiva, se
repelerán entre sí, pero, a medida que la contracción gravitatoria continúa y
la temperatura sigue aumentando, los protones se mueven cada vez más rápido.
Llega un momento, a una temperatura de varios millones de grados, en el que los
protones se mueven tan deprisa que llegan a aproximarse entre sí lo suficiente
para que la fuerza nuclear débil asuma el mando. Cuando esto sucede, dos
protones pueden reaccionar entre sí: uno de ellos se transforma espontáneamente
en un neutrón, con la emisión simultánea de un positrón y un neutrino (tal y
como se ilustra en la figura 11.3). Libres de la repulsión eléctrica, el protón
y el neutrón se fusionan bajo el influjo de la fuerza nuclear fuerte para dar
lugar a un deuterón. El proceso libera enormes cantidades de energía, porque,
como sucede también en la formación de una molécula de hidrógeno, el hecho de
enlazar cosas entre sí libera energía.
La energía liberada en un solo evento de fusión no es grande a escala
macroscópica. Un millón de reacciones de fusión protón-protón generan
aproximadamente la misma cantidad de energía que tiene un mosquito en vuelo en
forma de energía cinética, o lo que una bombilla de cien vatios irradia en un
nanosegundo. Pero esta es una cantidad enorme a escala atómica, y recordemos
que estamos hablando del denso núcleo de una nube de gas en plena contracción
en el que hay alrededor de 1026 protones por centímetro cúbico.
Si todos los protones en un centímetro cúbico se fusionasen en deuterones, se
liberarían 1023julios de energía, una cantidad suficiente para
cubrir las necesidades de un pueblo pequeño durante un año.
Con la fusión de dos protones en un deuterón da comienzo una bacanal de fusión.
El propio deuterón está deseoso de fusionarse con un tercer protón para
producir una versión ligera del helio (llamada helio 3) con la emisión de un fotón,
y estos núcleos de helio a continuación se emparejan y se fusionan para dar
lugar a helio normal (o helio 4) con la emisión de dos fotones. En cada
estadio, la fusión libera cantidades crecientes de energía. Y, por si no fuera
suficiente, el positrón que se ha emitido al principio de la cadena también se
fusiona rápidamente con uno de los electrones del plasma que lo rodea para
producir un par de fotones. Toda esta energía liberada contribuye a la
aparición de un gas caliente de fotones, electrones y núcleos que ejerce una
presión hacia el exterior que se contrapone a la de la materia atraída hacia el
interior hasta llegar a detener la contracción gravitatoria. Esto es una
estrella: la fusión nuclear consume combustible nuclear en el núcleo, y esto genera
una presión hacia fuera que estabiliza la estrella contra la contracción
gravitatoria.
Evidentemente, la cantidad de hidrógeno que se puede consumir como combustible
es limitada, y llegará un momento en que se agote. Si se deja de liberar
energía, cesa la presión hacia fuera, la gravedad retoma el control y la
estrella prosigue con la contracción pospuesta. Si la masa de la estrella es
suficientemente grande, el núcleo se calentará hasta alcanzar temperaturas del
orden de los 100 millones de grados. Entonces el helio, que se había producido
como residuo en la fase de combustión del hidrógeno, entra en ignición,
fusionándose entre sí para producir carbono y oxígeno, y de nuevo la
contracción gravitatoria se detiene temporalmente.
Pero ¿qué ocurre si la masa de la estrella no es suficiente para que se
desencadene la fusión del helio? Este es el caso de las estrellas cuya masa es
menor que media masa solar. La estrella se calienta al contraerse, pero, antes
de que el núcleo alcance los 100 millones de grados, otro fenómeno detiene la
contracción. Se trata de la presión que ejercen los electrones debida al hecho
de que están sometidos al principio de exclusión de Pauli. Como sabemos, el
principio de Pauli es fundamental para explicar por qué los átomos permanecen
estables, y es básico para entender las propiedades de la materia. He aquí otro
de sus méritos: explica la existencia de estrellas compactas que sobreviven a
pesar de que hayan dejado de consumir combustible nuclear. ¿Cómo lo hace?
A medida que la gravedad aplasta la estrella, los electrones en su interior
quedan confinados en un volumen cada vez menor. Podemos imaginar un electrón
dentro de la estrella en función de su momento, p, y, por lo tanto,
de su correspondiente longitud de onda de De Broglie, ћ/p. En
particular, la partícula solo puede describirse mediante un paquete de ondas
que tenga un tamaño al menos igual a su longitud de onda asociada.[47]
Esto significa que, cuando la densidad de la estrella es suficientemente
elevada, los electrones deben superponerse entre sí, es decir, no podemos
imaginar que están descritos por paquetes de onda aislados. Lo cual a su vez
implica que los efectos mecanocuánticos, y el principio de Pauli en particular,
son importantes a la hora de describir los electrones. En concreto, se están
aplastando juntos hasta el punto de que dos electrones están intentando ocupar
la misma región del espacio, y sabemos que, debido al principio de Pauli, se
resisten a hacerlo. Así pues, en una estrella moribunda los electrones se
evitan mutuamente, y esto proporciona una rigidez que se opone a la contracción
gravitatoria.
Este es el destino de las estrellas más ligeras, pero ¿qué hay de las que son
como el Sol? Las hemos dejado un par de párrafos arriba, quemando helio para
producir carbono y oxígeno. ¿Qué sucede cuando se les acaba el helio? También
deben entonces empezar a contraerse bajo su propia gravedad, lo que implica que
sus electrones se apiñarán. Y, como sucede en las estrellas más ligeras,
llegará un momento en que el principio de Pauli entre en acción y detenga la
contracción. Pero, para las estrellas más masivas, incluso el principio de
exclusión de Pauli tiene sus límites. Al mismo tiempo que la estrella se
contrae y los electrones se apiñan, el núcleo se calienta y los electrones se
mueven cada vez más rápido. Si la masa de la estrella es suficientemente
grande, los electrones acabarán moviéndose tan rápido que se aproximarán a la
velocidad de la luz, y es entonces cuando sucede algo nuevo. Cuando se acercan
a la velocidad de la luz, la presión que los electrones son capaces de ejercer
para resistirse a la gravedad se reduce hasta el punto de que dejan de estar a
la altura de su cometido. Sencillamente, ya no pueden vencer a la gravedad y
detener la contracción. Nuestra tarea en este capítulo consiste en calcular
cuándo sucede esto, y ya hemos destripado el final. Para estrellas con masas
superiores a 1,4 veces la del Sol, los electrones pierden y la gravedad
gana.
Esto completa la visión general que servirá de base a nuestros cálculos. Ahora
podemos seguir adelante y olvidar todo lo relativo a la fusión nuclear, porque
las estrellas que aún arden no son las que nos interesan. Lo que queremos
entender es lo que sucede en el interior de las estrellas muertas. Queremos ver
cómo la presión cuántica de los electrones apiñados contrarresta la fuerza de
la gravedad, y cómo esa presión disminuye si los electrones se mueven demasiado
rápido. La esencia de nuestro análisis es, por lo tanto, un juego de
equilibrios: la gravedad contra la presión cuántica. Si podemos hacer que se
compensen, tendremos una estrella enana blanca, pero si la gravedad vence, lo
que tendremos será una catástrofe.
Aunque no es relevante para nuestro cálculo, no podemos quedarnos con este
suspense. Cuando una estrella masiva implosiona, aún le quedan dos opciones. Si
no es demasiado pesada, seguirá apiñando los fotones y los electrones hasta que
también estos puedan fusionarse para producir neutrones. En particular, un
protón y un electrón se convierten espontáneamente en un neutrón con la emisión
de un neutrino, de nuevo a través de la fuerza nuclear débil. De esta manera,
la estrella se transforma inexorablemente en una diminuta bola de neutrones. En
palabras del físico ruso Lev Landau, la estrella se convierte en «un núcleo
gigantesco». Landau escribió estas palabras en su artículo de 1932 titulado
«Sobre la teoría de las estrellas», que se publicó el mismo mes en que James
Chadwick descubrió el neutrón. Probablemente sea algo exagerado decir que
Landau predijo la existencia de las estrellas de neutrones, pero, con gran
clarividencia, desde luego sí imaginó algo parecido. Puede que el mérito haya
que atribuírselo a Walter Baade y Fritz Zwicky, que al año siguiente
escribieron: «Con toda cautela, proponemos la idea de que las supernovas
representan las transiciones de estrellas normales a estrellas de neutrones,
que en sus etapas finales consisten en cúmulos de neutrones extremadamente
compactos». La idea se consideró tan extravagante que incluso fue objeto de una
parodia en Los Angeles Times (véase la figura 12.1), y las
estrellas de neutrones siguieron siendo una curiosidad teórica hasta mediados
de la década de 1960.
Figura 12.1. Viñeta de la edición del 19 de enero de 1934 de Los Angeles
Times.
En
1965, Anthony Hewish y Samuel Okoye encontraron «evidencia de una fuente
inusual de ondas de radio de alta intensidad en la nebulosa del Cangrejo»,
aunque no supieron identificarla como una estrella de neutrones. La
identificación positiva llegó en 1967, por parte de Iósiv Shklovski y, poco
después, tras observaciones más detalladas, por Jocelyn Bell y el propio
Hewish. El primer ejemplo de uno de los objetos más exóticos del universo
acabaría recibiendo el nombre de «púlsar de Hewish Okoye». Curiosamente, los
astrónomos habían observado mil años antes esa misma supernova que creó el
púlsar de Hewish Okoye. La gran supernova de 1054, la más brillante de la que
se tiene constancia en toda la historia, fue observada por astrónomos chinos y,
como demuestra un famoso dibujo del borde sobresaliente de un acantilado, por
los pueblos del cañón del Chaco, en el sudoeste de Estados Unidos.
Aún no hemos dicho cómo logran estos neutrones contrarrestar la gravedad y
evitar que continúe la contracción, aunque probablemente ya imagine lo que
sucede. Los neutrones (como los electrones) están sujetos al principio de
Pauli. Y también son capaces de detener la contracción, por lo que, como las
enanas blancas, las estrellas de neutrones representan un posible estadio final
en la vida de las estrellas. Las estrellas de neutrones suponen una digresión
en nuestra historia, pero no podemos abandonarlas sin señalar que son objetos
realmente especiales dentro de nuestro asombroso universo: son estrellas del
tamaño de una ciudad, tan densas que una cucharadita pesa tanto como una
montaña, y que perduran debido únicamente a la aversión natural que las
partículas de espín semientero sienten las unas por las otras.
Solo queda una opción más para las estrellas más masivas del universo,
estrellas en las que incluso los neutrones se mueven a velocidades cercanas a
la de la luz. A esos gigantes les espera el desastre, porque los neutrones ya
no son capaces de generar presión suficiente para resistir a la gravedad. No
existe mecanismo físico conocido que pueda impedir la implosión de un núcleo
estelar cuya masa sea superior a unas tres masas solares, y el resultado es un
agujero negro: un lugar donde las leyes de la física tal y como las conocemos
se vienen abajo. Suponemos que las leyes de la naturaleza no dejan de operar,
pero para entender debidamente el funcionamiento interno de un agujero negro
sería necesaria una teoría cuántica de la gravedad que a día de hoy no
existe.
Retomemos ahora el hilo y centrémonos en nuestro doble objetivo de demostrar la
existencia de las estrellas enanas blancas y calcular la masa de Chandrasekhar.
Sabemos cómo hemos de proceder: debemos compensar la presión de los electrones
con la gravedad. Este no va a ser un cálculo que podamos hacer mentalmente, por
lo que convendría tener un plan de acción, como el que exponemos a
continuación. Es bastante extenso, porque primero queremos aclarar algunos
detalles previos para preparar el terreno para el cálculo en sí.
Paso 1 : Necesitamos determinar cuál es la presión en el interior
de la estrella debida a los electrones altamente comprimidos. Alguien podría
preguntarse por qué no nos preocupa el resto de las cosas que hay dentro de la
estrella, como los núcleos y los fotones. Estos últimos no están sujetos al
principio de Pauli y además, si transcurre un tiempo suficiente, abandonarán la
estrella. No tienen ninguna posibilidad de resistir a la gravedad. En cuanto a
los núcleos, los que poseen espín semientero sí están sujetos a la regla de
Pauli, pero (como veremos) el hecho de que tengan más masa implica que ejercen
una presión menor que los electrones, y podemos ignorar tranquilamente su
contribución al juego de equilibrios. Esto simplifica enormemente la situación:
lo único que necesitamos es la presión de los electrones, y en eso debemos
concentrar nuestros esfuerzos.
Paso 2 : Una vez que hayamos calculado la presión de los
electrones, necesitaremos determinar el equilibrio. Puede que no sea evidente
cómo habrá que proceder. Una cosa es decir: «La gravedad tira hacia dentro y
los electrones empujan hacia fuera» y otra muy distinta es expresarlo en
números.
La presión variará dentro de la estrella, será mayor en el centro y menor en la
superficie. El hecho de que exista un gradiente de presión es crucial.
Imaginemos un cubo de materia estelar situado en algún lugar en el interior de
la estrella, como se ilustra en la figura 12.2. La gravedad actuará para
atraerlo hacia el centro de la estrella, y queremos saber cómo hace la presión
de los electrones para contrarrestarla. El gas de electrones ejerce una presión
sobre cada una de las seis caras del cubo, y la fuerza es igual a la presión en
esta cara multiplicada por el área de la misma. Esta afirmación es exacta.
Hasta ahora hemos utilizado la palabra «presión» suponiendo que todos tenemos
una idea intuitiva de que un gas a alta presión «empuja más» que otro a una
presión más baja. Es algo que cualquiera que haya tenido que hinchar un
neumático de coche con un pinchazo sabe.
Figura 12.2. Un pequeño cubo en algún lugar del corazón de la estrella. Las
flechas indican la presión ejercida sobre el cubo por los electrones en el
interior de la estrella.
Puesto
que vamos a necesitar comprender la presión correctamente, se impone un breve
desvío hacia un territorio más familiar. Siguiendo con el ejemplo del
neumático, un físico diría que está pinchado porque la presión del aire en su
interior es insuficiente para soportar el peso del coche sin que el neumático
se deforme: por eso a los físicos nos invitan a las mejores fiestas. Ahora
podemos calcular cuál debería ser la presión correcta para un coche de 1.500
kilos de masa si queremos que haya 5 centímetros de neumático en contacto con
el suelo, como se ilustra en la figura 12.3. Y nos toca volver a usar la tiza.
Figura 12.3. Un neumático se deforma ligeramente al soportar el peso de un
coche.
Si
el neumático tiene 20 centímetros de ancho y queremos que una extensión de 5
centímetros esté en contacto con la carretera, el área del neumático en
contacto con el suelo será de 20 × 5 = 100 centímetros cuadrados. Aún no
sabemos cuál es la presión que requiere el neumático —esto es lo que queremos
calcular—, así que la vamos a representar mediante el símbolo P. Necesitamos
conocer la fuerza vertical hacia el suelo que ejerce el aire en el interior del
neumático. Esto es igual a la presión multiplicada por el área del neumático en
contacto con el suelo, es decir, P × 100 centímetros cuadrados. Deberíamos
multiplicar este resultado por cuatro, porque nuestro coche tiene cuatro
ruedas: P × 400 centímetros cuadrados. Esta es la fuerza total que ejerce sobre
el suelo el aire contenido en los neumáticos. Pensémoslo así: las moléculas de
aire dentro del neumático están golpeando el suelo (están, si queremos ser
pedantes, golpeando la goma del neumático en contacto con el suelo, pero esto
no es importante). Normalmente, el suelo no se deforma, y empuja de vuelta
hacia arriba con una fuerza de igual magnitud pero en dirección opuesta (así
que acabamos utilizando la tercera ley de Newton). El suelo empuja el coche
hacia arriba y la gravedad lo empuja hacia abajo y, puesto que no salta en el
aire ni se hunde en el suelo, sabemos que ambas fuerzas deben compensarse.
Podemos, por lo tanto, igualar los P × 400 centímetros cuadrados de fuerza
hacia arriba con la fuerza hacia abajo debida a la gravedad. Esta fuerza no es
más que el peso del coche, y sabemos cómo calcularlo usando la segunda ley de
Newton, F = ma, donde a es la
aceleración debida a la gravedad en la superficie terrestre, que es de 9,81 m/s2.
Así pues, el peso es 1.500 kg × 9,81 m/s2 = 14.700 newtons (un
newton es igual a 1 kg m/s2, que es aproximadamente el peso de una
manzana). Igualando ambas fuerzas, tenemos que
P ×
400 cm2 = 14.700 N.
Esta
es una ecuación fácil de resolver: P = (14.700/400) N/cm2 =36,75
N/cm2. Una presión de 36,75 newtons por centímetro cuadrado
probablemente no sea una manera muy habitual de expresar la presión de un
neumático, pero podemos convertirla a una unidad más familiar, el «bar». Un bar
es la presión atmosférica estándar, y es igual a 101.000 newtons por metro
cuadrado. Hay 10.000 centímetros cuadrados en un metro cuadrado, por lo que
101.000 newtons por metro cuadrado es equivalente a 10,1 newtons por centímetro
cuadrado. La presión del neumático que buscamos es, por lo tanto, 36,75/10,1 =
3,6 bares. También podemos utilizar nuestra ecuación para deducir que, si la
presión del neumático disminuye un 50%, hasta 1, 8 bares, tendremos que doblar
el área en contacto con el suelo, lo que hace que el neumático esté más plano.
Después de este curso de repaso sobre la presión, podemos volver al pequeño
cubo de materia estelar de la figura 12.2.
Si la cara inferior del cubo está más cerca del centro de la estrella, la presión
sobre ella debería ser un poco mayor que en la cara superior. Esta diferencia
de presión da lugar a una fuerza sobre el cubo que trata de alejarlo del centro
(«hacia arriba» en la figura) y eso es exactamente lo que queremos, porque, al
mismo tiempo, la gravedad tirará del cubo hacia el centro de la estrella
(«hacia abajo» en la figura). Si pudiésemos calcular cómo equilibrar ambas
fuerzas, habríamos aprendido algo sobre la estrella. Pero es más fácil decirlo
que hacerlo, porque, aunque el paso 1 nos permitirá calcular cuánto empuja al
cubo la presión hacia fuera de los electrones, aún tendríamos que averiguar
cuánto tira de él la gravedad en sentido opuesto. Por cierto, no necesitamos
preocuparnos por la presión sobre las caras laterales del cubo, porque estas
son equidistantes del centro de la estrella, por lo que la presión en la cara
izquierda se compensa con la que experimenta la cara derecha, y eso garantiza
que el cubo no se moverá a la izquierda o a la derecha.
Para calcular la fuerza de la gravedad sobre el cubo tendremos que hacer uso de
la ley de la gravitación de Newton, que nos dice que cada pedazo de materia
dentro de la estrella tira de nuestro pequeño cubo con una intensidad que
disminuye con la distancia al cubo. Así, los pedazos más alejados tiran menos
que los más próximos. Tener en cuenta el hecho de que el tirón gravitatorio
sobre el cubo es distinto para diferentes pedazos de materia estelar,
dependiendo de la distancia a la que se encuentren, parece un problema
complicado, pero hay una manera de abordarlo, al menos en principio: deberíamos
trocear la estrella en un montón de pedazos y después calcular la fuerza que
cada uno de ellos ejerce sobre el cubo. Por suerte, no necesitamos imaginar que
troceamos la estrella, porque podemos sacar partido de un resultado muy
elegante. La ley de Gauss (llamada así en honor del legendario matemático
alemán Carl Friedrich Gauss) nos dice que: (a) podemos ignorar la gravedad
debida a todos los pedazos que están más alejados del centro de la estrella que
nuestro cubo; (b) el efecto gravitatorio neto de todos los pedazos que están
más cerca del centro de la estrella es exactamente el mismo que si todos esos
pedazos estuviesen apiñados en el mismísimo centro de la estrella. Utilizando
la ley de Gauss en combinación con la ley de la gravitación de Newton, podemos
decir que el cubo experimenta una fuerza que tira de él hacia el centro de la
estrella, cuya magnitud viene dada por:
donde Min es
la masa de la estrella que se encuentra dentro de una esfera cuyo radio solo
llega hasta donde se encuentra el cubo, M cubo es
la masa del cubo y res la distancia del cubo al centro de la
estrella (y G es la constante de Newton). Por ejemplo, si el
cubo se encuentra en la superficie de la estrella, entonces Mines
la masa total de la estrella. Para cualquier otra ubicación, Min tiene
un valor menor.
Estamos haciendo progresos, porque para equilibrar las fuerzas sobre el cubo
(que, recordémoslo, significa que el cubo no se mueve, lo que a su vez implica
que la estrella no va a explotar o a implosionar) [48] necesitamos
que
donde Pinf y Psup son
las presiones que ejerce el gas de electrones sobre las caras inferior y
superior del cubo, respectivamente, y A es el área de cada
cara del cubo (recordemos que la fuerza ejercida por una presión es igual a
dicha presión multiplicada por el área). Hemos marcado esta ecuación como «
(1)» porque es muy importante y nos referiremos a ella más adelante.
Paso 3 : Preparémonos una taza de té y congratulémonos porque,
después de haber llevado a cabo el paso 1, habremos calculado las
presiones, Pinf y Psup, y el
paso 2 nos dice exactamente cómo equilibrar las fuerzas. Pero aún nos queda
hacer el trabajo serio, porque aún tenemos que aplicar realmente el paso 1 y
determinar la diferencia de presión que aparece en el lado izquierdo de la
ecuación (1). Esta es nuestra siguiente tarea.
Imaginemos una estrella repleta de electrones y de otras cosas. ¿Cómo están
distribuidos los electrones? Centrémonos en un electrón «típico». Sabemos que
los electrones cumplen el principio de exclusión de Pauli, lo que significa que
la probabilidad de encontrar dos electrones en la misma región del espacio es
nula. ¿Qué implica esto para el mar de electrones al que nos hemos estado
refiriendo como «gas de electrones» en nuestra estrella? Puesto que existe
necesariamente una separación entre los electrones, podemos suponer que cada
uno de ellos ocupa un diminuto cubo imaginario en el interior de la estrella.
En realidad, esto no es del todo correcto porque sabemos que hay dos tipos de
electrones (con «espín hacia arriba» y con «espín hacia abajo») y el principio
de exclusión de Pauli solo prohíbe que las partículas idénticas se acerquen
demasiado, lo que significa que podemos meter dos electrones en un solo cubo.
Podemos comparar esta situación con la que se daría si los electrones no
cumpliesen el principio de Pauli, en cuyo caso los electrones no estarían
localizados de dos en dos en «contenedores virtuales», sino que se dispersarían
y disfrutarían de un espacio vital mucho mayor. De hecho, si ignorásemos las
varias maneras en que los electrones pueden interactuar entre sí y con las
otras partículas de la estrella, el espacio que podrían ocupar sería
ilimitado.
Sabemos lo que ocurre cuando confinamos una partícula cuántica: salta de un
sitio a otro según el principio de indeterminación de Heisenberg, y cuanto más
confinada está, más salta. Esto significa que, a medida que nuestra aspirante a
enana blanca se contrae, los electrones se encuentran progresivamente más
confinados, lo que hace que se agiten cada vez más. Es la presión debida a su
agitación la que detendrá la contracción gravitatoria.
Podemos hacer algo mejor que expresarlo en palabras, porque podemos utilizar el
principio de indeterminación de Heisenberg para determinar el momento típico de
un electrón. En particular, si lo confinamos a una región de tamaño Δx,
saltará de un lado a otro con un momento típico de p ~ ћ/Δx.
De hecho, en el capítulo 4 hemos argumentado que esto es más bien un límite
superior para el momento, y que el momento típico se encuentra entre cero y
este valor. Conviene recordar este hecho para más adelante. Conocer el momento
nos permite inmediatamente saber dos cosas. En primer lugar, si los electrones
no cumpliesen el principio de exclusión de Pauli, entonces no estarían
confinados en una región de tamaño Δx, sino en otra de un tamaño mucho
mayor. Lo cual a su vez resultaría en una agitación mucho menor, y menos
agitación significa menos presión. Así pues, está claro cómo interviene el
principio de Pauli: estruja los electrones de forma que, a través de Heisenberg,
experimenten una agitación turboalimentada. A continuación plasmaremos esta
idea de la agitación con turbo en una fórmula para la presión, pero antes
deberíamos mencionar la segunda cosa que podemos aprender. Puesto que el
momento es p = mv, la velocidad de la agitación
también es inversamente proporcional a la masa, de manera que los electrones
saltan de un lado a otro con mucha más intensidad que los núcleos más pesados
que también componen la estrella, y esta es la razón por la que la presión que
ejercen los núcleos es irrelevante. Entonces, ¿cómo pasamos de conocer el
momento de un electrón a calcular la presión que ejerce un gas de electrones
similares?
Lo primero que tenemos que hacer es calcular el tamaño que deben tener los
pequeños volúmenes que contienen los pares de electrones. Su volumen debe ser
(Δx)3 y, puesto que debemos meter dentro de ellos a
todos los que hay en la estrella, podemos expresarlo en función del número de
electrones dentro de la estrella (N) dividido por el volumen de la
estrella (V). Necesitaremos exactamente N/2 contenedores
para acomodar todos los electrones, porque puede haber dos en cada contenedor.
Esto significa que cada contenedor ocupará un volumen de V dividido
entre N/2, que es igual a 2(V/N). Usaremos mucho la
cantidad N/V (el número de electrones por unidad de volumen en
el interior de la estrella) en lo que sigue, por lo que le vamos a dar su
propio símbolo: n. Podemos entonces escribir cuál debe ser el
volumen de los contenedores para que puedan caber en ellos todos los electrones
de la estrella, esto es, (Δx)3 = 2/n. Tomando la
raíz cúbica de la parte derecha, podemos concluir que
Si
ahora introducimos este resultado en nuestra expresión del principio de
indeterminación, tendremos que el momento típico de los electrones debido a su
agitación cuántica es
donde
el signo significa «del orden de». Claramente, esto es un poco impreciso,
porque no todos los electrones se agitarán en la misma medida: algunos lo harán
más rápido que el valor típico y otros más despacio. El principio de
indeterminación de Heisenberg no es capaz de decirnos exactamente cuántos
electrones se mueven a tal velocidad y cuántos a tal otra, sino que ofrece una
expresión «a grandes pinceladas» y afirma que, si apretujamos un electrón se
agitará con un momento del orden de ћ/Δ x. Tomaremos este
momento típico y supondremos que es el mismo para todos los electrones. Al
hacerlo, perdemos un poco de precisión en nuestro cálculo, pero a cambio
ganamos mucho en simplicidad, y no cabe duda de que estamos pensando en la
física de la manera correcta.[49]
Ahora conocemos la velocidad de los electrones, y esta información es
suficiente para calcular cuánta presión ejercen sobre el pequeño cubo. Para
verlo, imaginemos una flota de electrones que se mueven todos en la misma
dirección y a la misma velocidad (v) hacia un espejo plano. Chocan con
él y rebotan, desplazándose de nuevo a la misma velocidad pero en sentido
opuesto. Calculemos la fuerza que ejercen estos electrones sobre el espejo. Una
vez hecho esto, podremos tratar de efectuar un cálculo más realista, en el que
no todos los electrones se mueven en la misma dirección. Esta metodología es
muy habitual en física: primero imaginamos una versión más sencilla del
problema que queremos resolver, lo cual nos permite aprender cosas sobre la
física que interviene en él sin complicarnos demasiado la vida, y ganar
confianza antes de abordar el problema más complejo. Imaginemos que la flota de
electrones consta de n partículas por metro cúbico y
supongamos que tiene una sección transversal circular de un metro cuadrado de
área, tal y como se ilustra en la figura 12.4. En un segundo, nv electrones
chocan con el espejo (si v se mide en metros por
segundo).
Sabemos que es así porque todos los electrones que se encuentren a una
distancia de hasta v × 1 segundo (esto es, todos los dibujados
en la figura) chocarán con el espejo cada segundo. Puesto que el volumen de un
cilindro es igual al área de su sección transversal multiplicado por su
longitud, el tubo tiene un volumen de v metros cúbicos y,
puesto que hay n electrones por metro cúbico en la flota, se
deduce que nv chocan con el espejo cada segundo.
Figura 12.4. Una flota de electrones (los puntos) que se desplazan todos en
la misma dirección. Todos los electrones contenidos en un tubo de este tamaño
chocarán con el espejo cada segundo.
Cuando
cada electrón rebota en el espejo, se invierte su momento, lo que significa que
varía en una cantidad 2mv. Igual que se necesita una fuerza para detener
un autobús en movimiento y hacer que se mueva marcha atrás, también hace falta
una fuerza para invertir el momento de un electrón. Aquí aparece de nuevo Isaac
Newton. En el capítulo 1 hemos escrito su segunda ley como F = ma,
pero este es un caso particular de una formulación más general que afirma que
la fuerza es igual al ritmo de variación del momento.[50] Así
pues, la flota de electrones en su conjunto aplica sobre el espejo una fuerza
de F = 2mv × (nv), porque esta es la
variación neta del momento de los electrones en un segundo. Debido al hecho de
que el haz de electrones tiene un área de 1 metro cuadrado, esto es también
igual a la presión ejercida por la flota de electrones sobre el espejo.
Solo un pasito separa la flota de un gas de electrones. En lugar de suponer que
todos los electrones se desplazan en la misma dirección, debemos tener en
cuenta que algunos se mueven hacia arriba, otros hacia abajo, otros hacia la
izquierda, etcétera. El efecto neto es que la presión en cualquier dirección se
reduce en un factor 6 (pensemos en las seis caras de un cubo), hasta 2(mv)
× (nv)/6 = nmv2/3. Podemos sustituir v en
esta ecuación por el valor estimado de las velocidades típicas de los
electrones que ha resultado de aplicar el principio de indeterminación de
Heisenberg (esto es, la ecuación (2)) para obtener el resultado final para la
presión que ejercen los electrones en una estrella enana blanca: [51]
Como
hemos dicho, esta no es más que una estimación. El resultado completo,
utilizando muchas más matemáticas, es
Es
un buen resultado. Nos dice que la presión en algún lugar de la estrella varía
proporcionalmente con el número de electrones por unidad de volumen en este
punto elevado a la potencia 5/3. No debería
preocuparnos el hecho de no haber obtenido el valor correcto de la constante de
proporcionalidad mediante nuestro desarrollo aproximado: lo importante es que
todo lo demás sí es correcto. De hecho, ya habíamos dicho que era probable que
nuestra estimación del momento de los electrones fuera un poco demasiado grande,
y esto explica por qué nuestra estimación de la presión es mayor que el valor
correcto.
Conocer el valor de la presión en función de la densidad de electrones es un
buen punto de partida, pero nos convendría más expresarla en función de la
densidad de masa de la estrella. Lo podemos hacer si suponemos (cosa que es muy
poco arriesgada) que la inmensa mayor parte de la masa proviene de los núcleos
y no de los electrones (la masa de un solo protón es 2.000 veces mayor que la
de un electrón). También sabemos que el número de electrones debe ser igual al
de protones, porque la estrella es eléctricamente neutra. Para obtener la
densidad de masa necesitamos saber cuántos protones y neutrones hay por metro
cúbico, y no nos deberíamos olvidar de los neutrones, porque son un producto
derivado de la fusión nuclear. En las enanas blancas más ligeras, el núcleo
estará compuesto predominantemente por helio 4, el producto final de la fusión
del hidrógeno, y esto significa que habrá una misma cantidad de protones y de
neutrones. Vamos a introducir un poco de notación. El número de masa
atómica, A, se utiliza normalmente para contar el número total de
protones y neutrones que hay en un núcleo, y A = 4 para el
helio 4. El número de protones en un núcleo se representa mediante el
símbolo Z; para el helio, Z = 2. Ahora podemos
escribir la relación entre la densidad de electrones, n, y la
densidad de masa, ρ, como
n = Zρ/(mρA)
donde
hemos supuesto que la masa del protón, mρ, es la misma
que la del neutrón, lo cual es más que correcto para lo que nos interesa. La
magnitud mρ Aes la masa de cada núcleo; ρ/mρ A es
entonces el número de núcleos por unidad de volumen, que, multiplicado
por Z, da como resultado el número de protones por unidad de
volumen, el cual debe ser igual al número de electrones, que es lo que dice la
ecuación.
Podemos emplear esta ecuación para sustituir n en la ecuación
(3) y, puesto que n es proporcional a ρ, la
consecuencia es que la presión varía proporcionalmente a la densidad elevada a
la potencia 5/3. La notable relación física
que acabamos de descubrir es que
y
los valores absolutos de presión, cosa que abstraemos utilizando el símbolo κ.
Conviene señalar que κ depende de la relación entre Z y A,
por lo que tendrá distintos valores para diferentes tipos de enana blanca.
Agrupar varios números en un símbolo nos ayuda a «ver» lo que es importante. En
este caso, los símbolos podrían distraernos de la idea principal, que es la
relación entre la presión y la densidad en la estrella.
Antes de seguir adelante, fijémonos en que la presión debida a la agitación
cuántica no depende de la temperatura, sino solo de cuánto estrujamos la
estrella. También habrá una contribución adicional a la presión de los
electrones correspondiente simplemente al hecho de que estos se mueven
«normalmente» de un sitio a otro debido a su temperatura, y cuanto más caliente
esté la estrella, más rápido se moverán. No nos hemos molestado en hablar de
esta fuente de presión porque no tenemos mucho tiempo y, si la calculásemos,
veríamos que su magnitud es muchísimo menor que la de la presión cuántica.
Por fin estamos en disposición de introducir nuestra fórmula para la presión
cuántica en la ecuación clave (1), que se merece que la repitamos aquí:
Pero
no es tan fácil como parece, porque necesitamos conocer la diferencia de
presiones entre las caras superior e inferior del cubo. Podríamos reescribir
por completo la ecuación (1) en función de la densidad en el interior de la
estrella, que a su vez varía de un punto a otro (como debe ser, pues de lo
contrario no habría diferencia de presión entre las caras del cubo) y, a
continuación, podríamos tratar de resolver la ecuación para determinar cómo
varía la densidad con la distancia respecto al centro de la estrella. Hacer
esto supone resolver una ecuación diferencial, y queremos evitar este nivel de
matemáticas. Así que vamos a ser más ingeniosos y a pensar más (y calcular
menos) para poder sacar provecho de la ecuación (1) para deducir una relación
entre la masa y el radio de una enana blanca.
Obviamente, el tamaño de nuestro pequeño cubo y su ubicación dentro de la
estrella son completamente arbitrarios, y ninguna de las conclusiones que vamos
a extraer sobre la estrella en su conjunto puede depender de los detalles del
cubo. Empecemos por hacer algo que podría parecer inútil. Tenemos todo el
derecho de expresar la ubicación y el tamaño del cubo en función del tamaño de
la estrella. Si R es el radio de la estrella, entonces podemos
escribir la distancia del cubo al centro de la estrella como r = aR,
donde a es simplemente un número sin dimensiones entre 0 y 1.
Sin dimensiones quiere decir que es un número puro, sin unidades asociadas.
Si a = 1, el cubo se encuentra en la superficie de la
estrella, y si a = 1/2 ,
está a medio camino entre el centro y la superficie. Análogamente, podemos
escribir el tamaño del cubo en función del radio de la estrella. SiLes
la longitud de una cara del cubo, podemos escribir L = bR,
donde de nuevo b es un número puro, que será muy pequeño si
queremos que el cubo sea pequeño en comparación con la estrella. Todo esto no
tiene absolutamente nada de profundo y, a estas alturas, debería parecernos tan
evidente que podríamos pensar que es inútil. Lo único digno de mención es
que R es la distancia natural que hemos de utilizar, porque no
hay otras distancias relevantes para una estrella enana blanca que hubieran
podido servir como alternativas razonables.
Del mismo modo, podemos seguir con nuestra extraña obsesión y expresar la
densidad de la estrella en la ubicación del cubo en función de la densidad
media de la estrella. Es decir, podemos escribir κ = fρ donde f es,
una vez más, un número a dimensional, y ρ es la densidad media de la estrella.
Como ya hemos señalado, la densidad del cubo depende de su posición dentro de
la estrella (si está más cerca del centro, será más denso). Puesto que la
densidad media ρ no depende de la posición del cubo,f sí tiene que
hacerlo (esto es, f depende de la distanciar, lo cual
evidentemente significa que depende del producto aR). Esta es la
información clave en la que se basa el resto de nuestro cálculo: f es
un número adimensional y R no lo es (porque mide una
distancia). Esto implica que f solo puede depender de a,
pero no de R. Este es un resultado muy importante, porque nos dice
que el perfil de densidad de una enana blanca es «invariante de escala». Esto
significa que la densidad varía con el radio de la misma manera, con
independencia de cuál sea el radio de la estrella. Por ejemplo, la densidad de
un punto situado a ³⁄₄ de camino desde el centro de la estrella a la superficie
será la misma proporción de la densidad media en todas las enanas blancas,
independientemente del tamaño de la estrella. Hay dos maneras de valorar este
resultado fundamental, y hemos decidido presentarlas ambas. Uno de nosotros lo
explicó así: «Es porque cualquier función de r que carezca de
dimensiones (como es el caso de f) solo puede ser adimensional si
es función de una variable también adimensional, y la única que tenemos
es r/R = a, porque R es la única
magnitud con dimensiones de distancia que tenemos a nuestra disposición».
El otro, en cambio, cree que lo siguiente es más claro: «f puede en
general depender de una manera complicada de r, la distancia del
cubo al centro de la estrella. Pero supongamos en este párrafo que es
directamente proporcional a r; esto es, f ∝ r. Dicho de otro
modo, f = Br, donde B es una
constante. Aquí la idea fundamental es que queremos que f sea
un número puro, mientras que r se mide en metros (por
ejemplo). Esto significa que B debe medirse en 1/metros, para
que las unidades de distancia se cancelen mutuamente. Así pues, ¿qué valor
debería tener B? No podemos elegir cualquier cosa arbitraria, como
“1/metro”, porque esto no tendría sentido ni guardaría relación alguna con la
estrella. ¿Por qué no elegir “1/año luz”, por ejemplo, y obtener así un
resultado muy distinto? La única distancia que tenemos entre manos es R,
el radio físico de la estrella, y estamos, por lo tanto, obligados a utilizarla
para asegurarnos de que f siempre será un número puro. Esto
significa que f depende únicamente de r/R.
Usted debería ser capaz de ver que se puede llegar a la misma conclusión si
partimos de la suposición de que f ∝ r2, por
ejemplo». Que es justo lo que él decía, solo que más largo.
Esto significa que podemos expresar la masa de nuestro cubo, de tamaño L,
volumen L3 y situado a una distancia r del
centro de la estrella, como Mcubo = f(a) L3ρ.
Hemos escrito f(a) en lugar de únicamente f,
para recordarnos que en realidad f solo depende del valor
de a = r/R, y no de las propiedades a gran escala
de la estrella. Puede utilizarse el mismo argumento para decir que podemos
escribir Min = g(a) M,
donde g(a) es de nuevo función únicamente de a.
Por ejemplo, la función g(a) evaluada en a = 1/2 nos
da la proporción de la masa de la estrella en una esfera cuyo radio es la mitad
del de la propia estrella, y nos dice que es igual para todas las enanas
blancas, independientemente de cuál sea su radio, según el argumento del
párrafo anterior.[52] Puede
que se haya dado cuenta de que estamos repasando uno por uno los distintos
símbolos que aparecen en la ecuación (1) y sustituyéndolos por cantidades
adimensionales (a, b, f y g)
multiplicadas por magnitudes que dependen únicamente de la masa y el radio de
la estrella (la densidad media de la estrella se puede expresar en función
de M y R, porque ρ= M/V y V =
4π R3/3, el volumen de una esfera). Para completar la
tarea, solo necesitamos hacer lo mismo para la diferencia de presión, que
podemos escribir (gracias a la ecuación (4)) como
(Pinf − Psup) A = ћ(a,
b) π ρ5/3
donde ћ(a, b)
es una cantidad adimensional. El hecho de que ћ(a, b)
dependa tanto de a como de b se debe a que la
diferencia de presión no solo depende de la posición del cubo (representada
por a), sino también de su tamaño (representado por b):
un cubo más grande experimentará una mayor diferencia de presión. Lo importante
es que, igual que f(a) y g(a), ћ(a, b)
no puede depender del radio de la estrella.
Podemos utilizar las expresiones que acabamos de deducir para reescribir la
ecuación (1):
cuyo
enunciado es muy complicado. Cuesta creer que estemos a una página de alcanzar
nuestro objetivo. Lo más importante es darse cuenta de que esto expresa una
relación entre la masa de la estrella y su radio, una relación concreta entre
ambos que está a nuestro alcance (aunque, si las matemáticas le han parecido
muy complicadas, aún tendrá que hacer un esfuerzo adicional para entenderla).
Después de sustituir la fórmula para la densidad media de la estrella (esto es,
ρ = M/ (4πR3/3)), esta ecuación tan liosa se
puede reordenar hasta dar:
Donde
Ahora
solo λ depende de las cantidades adimensionales a, b, f, g y ћ,
lo que significa que no depende de las magnitudes que describen la estrella en
su conjunto, M y R, y, por lo tanto, debe tomar el
mismo valor para todas las enanas blancas.
Si le preocupa lo que sucedería si cambiásemos a y/o b (que
equivale a cambiar la ubicación y/o tamaño de nuestro cubo), entonces no ha
captado la potencia de este argumento. Si se toma en sentido literal, desde
luego parece que modificar ay b alteraría el valor
de λ, lo que daría un resultado diferente para RM1/3.
Pero esto es imposible, porque sabemos que RM1/3 es
algo que depende de la estrella, y no de las propiedades específicas de un
pequeño cubo que podamos o no habernos molestado en imaginar. Esto significa
que cualquier variación en a o bdebe compensarse
con los correspondientes cambios en f, g y h.
La ecuación (5) nos dice, muy específicamente, que las enanas blancas pueden
existir. Lo dice porque hemos logrado establecer un equilibrio entre la
gravedad y la presión (ecuación (1)). Esto no es nada trivial: podría haber
sucedido que la ecuación no se cumpliese para ninguna combinación de valores
de M y R. La ecuación (5) también predice que la
magnitud RM1/3 debe ser constante. Es decir,
que, si observamos el firmamento y medimos el radio y la masa de las enanas
blancas, deberíamos ver que el radio multiplicado por la raíz cúbica de la masa
da el mismo número para todas las enanas blancas. Una predicción realmente
osada.
El argumento que acabamos de presentar se puede refinar, porque es posible
calcular exactamente cuál debería ser el valor de λ, pero para hacerlo
necesitamos resolver una ecuación diferencial de segundo orden en la densidad,
algo que queda fuera del alcance de este libro. Recordemos que λ es un número
puro: simplemente «es lo que es» y podemos, con unas pocas matemáticas de un
nivel más alto, calcularlo. El hecho de que no vayamos a hacerlo explícitamente
aquí no resta ningún mérito a nuestros logros: hemos demostrado que las enanas
blancas pueden existir y hemos conseguido hacer una predicción que relaciona su
masa con su radio. Después de calcular λ (cosa que puede hacerse con un
ordenador personal), y de sustituir los valores de κ y G, la predicción
es que
RM1/3 =
(3,5 × 1017 kg1/3 m) × (Z/A) 5/3
que
es igual a 1,1 × 1017 kg1/3 m para
núcleos de helio, carbono u oxígeno puros (Z/A = 1/2).
Para núcleos de hierro, Z/A = 26/56 y el valor de 1,1 se
reduce ligeramente hasta 1,0. Hemos rastreado la literatura académica y
recopilado los datos de las masas y radio de 16 estrellas enanas blancas
distribuidas por la Vía Láctea, nuestro vecindario galáctico. Para cada una de
ellas, hemos calculado el valor de RM1/3 y
el resultado es que las observaciones astronómicas revelan que RM1/3 ≈
0,9 × 1017 kg1/3 m. El grado de acuerdo
entre las observaciones y la teoría es alucinante: hemos conseguido predecir la
relación entre masa y radio de las enanas blancas utilizando el principio de
exclusión de Pauli, el principio de indeterminación de Heisenberg y la ley de
la gravedad de Newton.
Evidentemente, existe una cierta discrepancia entre estos valores (el valor
teórico de 1,0 o 1,1 y el obtenido a partir de las observaciones de 0,9). Un
análisis científico formal pasaría ahora a discutir cuál es la probabilidad de
que concuerden teoría y experimento, pero para lo que a nosotros nos interesa
este nivel de análisis es innecesario, porque el grado de acuerdo ya es
extraordinariamente bueno. De hecho, es asombroso que hayamos sido capaces de
obtener este resultado con un margen de error de alrededor del 10%, y es una
prueba convincente de que comprendemos medianamente bien las estrellas y la
mecánica cuántica.
Los físicos y astrónomos profesionales no dejarían las cosas aquí. Querrían
poner a prueba nuestra comprensión teórica con el mayor nivel de detalle
posible, y hacerlo implica mejorar la descripción que hemos presentado en este
capítulo. En particular, un análisis mejorado tendría en cuenta que la
temperatura de la estrella sí tiene cierta influencia sobre su estructura.
Además, el mar de electrones se mueve de un sitio a otro en presencia de los
núcleos atómicos, de carga eléctrica positiva, y en nuestro cálculo hemos
ignorado por completo la interacción entre los electrones y los núcleos (y de
los electrones entre sí). Despreciamos estas cosas porque hemos dicho que
producirían correcciones bastante pequeñas a nuestro tratamiento más sencillo.
Esa afirmación se basa en cálculos más detallados, y es la razón por la que
nuestro enfoque simplificado concuerda tan bien con los datos.
Evidentemente, ya hemos aprendido mucho: hemos determinado que la presión de
los electrones es capaz de sostener a una estrella enana blanca, y hemos sido
capaces de predecir con cierta precisión cómo varía el radio de la estrella si
aumenta o disminuye su masa. Observemos que, a diferencia de las estrellas
«normales», que consumen ávidamente combustible, las enanas blancas poseen la
característica de que, si se les añade masa, su tamaño decrece. Esto sucede
porque la materia adicional hace que aumente la gravedad de la estrella, lo que
provoca su contracción. En sentido literal, la relación que se expresa en la
ecuación (5) parece implicar que necesitaríamos añadir una cantidad infinita de
masa para que el tamaño de la estrella se redujese hasta cero. Pero no es eso
lo que sucede. Lo importante, como hemos comentado al principio de este
capítulo, es que llega un momento en que entramos en un régimen en el que los
electrones están tan empaquetados que la teoría de la relatividad especial de
Einstein cobra relevancia porque la velocidad de los electrones empieza a
aproximarse a la de la luz. El efecto sobre nuestro cálculo es que debemos
dejar de utilizar las leyes del movimiento de Newton y sustituirlas por las de
Einstein. Esto, como veremos, supone una gran diferencia.
Lo que estamos a punto de descubrir es que, a medida que crece la masa de la
estrella, la presión que ejercen los electrones dejará de ser proporcional a la
densidad elevada a una potencia de 5/3 y
pasará a aumentar más lentamente con la densidad. Haremos el cálculo a
continuación, pero podemos ver directamente que esto podría tener consecuencias
catastróficas para la estrella. Significa que, cuando añadimos más masa, se
producirá el habitual incremento de la gravedad pero un menor aumento de la
presión. El destino de la estrella depende de hasta qué punto la presión varíe
«más lentamente» con la gravedad cuando los electrones se mueven rápido.
Claramente ha llegado el momento de calcular cuál es la presión de un gas de
electrones «relativista».
Afortunadamente, no necesitamos sacar la maquinaria pesada de la teoría de
Einstein porque el cálculo de la presión en un gas de electrones que se mueven
a velocidades próximas a la de la luz sigue un razonamiento muy similar al que
acabamos de presentar para un gas de electrones «lentos». La diferencia
fundamental es que no podemos escribir que el momento es p = mv,
porque esto ya no es correcto. Lo que sí es correcto, no obstante, es que la
fuerza que ejercen los electrones sigue siendo igual a la variación de su
momento por unidad de tiempo. Anteriormente, hemos deducido que una flota de
electrones que rebota en un espejo ejerce una presión de P = 2mv ×
(nv). En el caso relativista, podemos escribir la misma expresión,
siempre que sustituyamos mv por el momento, p. También estamos
suponiendo que la velocidad de los electrones es cercana a la de la luz, por lo
que podemos sustituir v por c. Por último, aún tenemos que dividir entre 6 para
obtener la presión en la estrella. Esto significa que podemos escribir la
presión para el gas relativista como P = 2p × nc/6 = pnc/3. Como antes, ahora
vamos a utilizar el principio de indeterminación de Heisenberg para decir que
el momento típico de los electrones confinados es de h(n/2)1/3, y así
De
nuevo, podemos comparar esto con el resultado exacto, que es
Por
último, podemos seguir la misma metodología que antes para expresar la presión
en función de la densidad de masa en la estrella y deducir la alternativa a la
ecuación (4):
P =
κρ4/3,
donde
κ' ∝ ћc ×
(Z/ (Amρ)) 4/3. Como hemos
prometido, la presión crece más lentamente con el aumento de la densidad que en
el caso no relativista. En concreto, la densidad aumenta proporcionalmente a
potencia de 4/3. La razón para esta variación más lenta tiene su origen en el
hecho de que los electrones no pueden ir más rápido que la velocidad de la luz.
Esto significa que el factor «de flujo», nv, que utilizamos para
calcular la presión se satura en un valor de nc y el gas no es
capaz de llevar electrones hasta el espejo (o a la cara del cubo) a un ritmo
suficiente como para mantener el comportamiento proporcional a ρ 5/3.
Ahora podemos explorar las consecuencias de este cambio, porque podemos
reutilizar el mismo argumento que en el caso no relativista para derivar la
ecuación homóloga a la (5):
κM4/3GM2.
Este
es un resultado muy importante, porque, a diferencia de la ecuación (5), no
depende en absoluto del radio de la estrella. La ecuación nos dice que la masa
de este tipo de estrella, repleta de electrones que se mueven a la velocidad de
la luz, solo puede tomar un valor muy específico. Si sustituimos el valor de κ'
del párrafo anterior, obtenemos la predicción de que
Este
es exactamente el resultado que hemos presentado al principio de este capítulo
para el valor máximo posible de la masa de una enana blanca. Estamos a punto de
reproducir el resultado de Chandrasekhar. Lo único que nos queda por entender
es por qué este valor en particular es el máximo posible.
Hemos aprendido que, para las enanas blancas que no son demasiado masivas, el
radio no es demasiado pequeño y los electrones no están demasiado apretujados.
Por lo tanto, su agitación cuántica no es excesiva y sus velocidades son
pequeñas en comparación con la de la luz. Hemos visto que estas estrellas son
estables, con una relación entre masa y radio de la forma RM1/3 =
constante. Imaginemos ahora que añadimos más masa a la estrella. La relación
entre masa y radio nos dice que la estrella se contrae y, en consecuencia, los
electrones están más comprimidos, lo que significa que se agitan más rápido. Si
seguimos añadiendo masa, la estrella se contrae aún más. Así pues, añadir masa
hace que aumente la velocidad de los electrones, hasta que llega un momento en
que se mueven a velocidades comparables a la de la luz. Al mismo tiempo, la
presión pasará lentamente de P ∝ ρ−5/3 a P ∝ ρ−4/3 y, en este
último caso, la estrella solo es estable para un valor concreto de la masa. Si
la masa aumenta por encima de dicho valor, la parte derecha de κ'M4/3 ∝ GM2 se
vuelve más grande que la izquierda, y la ecuación se descompensa. Esto
significa que la presión de los electrones (que reside en la mitad izquierda de
la ecuación) es insuficiente para contrarrestar el tirón hacia el centro de la
gravedad (que se plasma en la mitad derecha) y la estrella debe desmoronarse
inexorablemente.
Si fuésemos más cuidadosos en nuestro tratamiento del momento del electrón y
nos hubiésemos molestado en sacar las matemáticas avanzadas para calcular los
números que faltan (de nuevo, una tarea perfectamente al alcance de un
ordenador personal), podríamos hacer una predicción precisa respecto a la masa
máxima de una enana blanca, según la cual:
donde
ahora hemos expresado la combinación de constantes físicas en función de la
masa del Sol (Mq)
Fijémonos, por cierto, en que todo el trabajo adicional que nos hemos ahorrado
sirve simplemente para obtener la constante de proporcionalidad, cuyo valor es
de 0,2. Esta ecuación nos proporciona el límite de Chandrasekhar que
buscábamos: 1,4 masas solares para Z/A = 1/2.
Este es realmente el final de nuestro recorrido. El cálculo que hemos llevado a
cabo en este capítulo ha sido de un nivel matemático superior al del resto del
libro, pero es, en nuestra opinión, una de las demostraciones más espectaculares
de la potencia de la física moderna. Desde luego, no es algo «útil», pero sí se
trata, sin duda, de uno de los grandes logros de la mente humana. Hemos
utilizado la relatividad, la mecánica cuántica y un cuidadoso razonamiento
matemático para calcular correctamente el tamaño máximo de un pegote de materia
que el principio de exclusión puede sostener contra la gravedad. Esto significa
que la ciencia es correcta, que la mecánica cuántica, por extraña que pueda
parecer, es una teoría que describe el mundo real. Y esta es una buena manera
de terminar.
Para
la preparación de este texto hemos recurrido a muchos libros, pero algunos de
ellos merecen una mención especial y los recomendamos encarecidamente.
Para la historia de la mecánica cuántica, las fuentes definitivas son dos
libros soberbios de Abraham Pais: Inward Bound y El
Señor es sutil: la cienciay la vida de Albert Einstein. Ambos son bastante
técnicos, pero su nivel de detalle histórico es incomparable.
El libro de Richard Feynman Electrodinámica cuántica: La extraña teoría
de la luz y la materia es de un nivel similar al nuestro, pero se
centra más, como su título indica, en la teoría de la electrodinámica cuántica.
Su lectura resulta muy grata, como sucede con la mayoría de los escritos de
Feynman.
Para quienes buscan un mayor grado de detalle, el mejor libro sobre los
fundamentos de la mecánica cuántica sigue siendo, en nuestra opinión, The
Principles of Quantum Mechanics, de Paul Dirac. Para abordarlo es necesario
un alto nivel de conocimientos matemáticos.
En la red, nos gustaría recomendar dos cursos disponibles en iTunes University:
«Modern Physics: The Theoretical Minimum – Quantum Mechanics», de Leonard
Susskind, y «Quantum Mechanics», de James Binney (Universidad de Oxford), de un
nivel más avanzado. Ambos exigen un bagaje matemático razonable.
Notas:
[1] A
menos, claro, que esté leyendo una versión electrónica del libro, en cuyo caso
tendrá que recurrir a su imaginación.
[2] Aunque
no tan ridículo si tenemos en cuenta que una unidad de potencia muy utilizada
todavía hoy es el «caballo de vapor».
[3] En
otra época, el funcionamiento de los televisores estaba basado en esta idea. Un
flujo de electrones generado por un alambre caliente se recogía y se focalizaba
para formar un haz, que después era desviado por un campo magnético hacia una
pantalla que brillaba cuando los electrones impactaban contra ella.
[4] Quienes
estén familiarizados con las matemáticas pueden intercambiar las expresiones
así: «reloj» en lugar de «número complejo», «tamaño del reloj» por «módulo del
número complejo» y «dirección de la manecilla» por «fase». El procedimiento
para sumar los relojes no es más que la regla para la suma de números
complejos.
[5] O
estético, según el punto de vista.
[6] Si
tiene problemas para entender esta última frase, sustituya la palabra «reloj»
por «onda».
[7] La
energía cinética es igual a mv2/2 y la energía potencial
es mgh cuando la bola se encuentra a una altura h por
encima del suelo, g es la aceleración que experimentan todos
los objetos en las proximidades de la Tierra. La acción es la diferencia entre
ambas integrada entre los tiempos asociados con los dos puntos de la
trayectoria.
[8] Esta
reducción de la longitud de todos los relojes en la misma medida solo es
estrictamente correcta si ignoramos los efectos de la teoría de la relatividad
especial de Einstein. En caso contrario, algunos de ellos se reducirían en
mayor medida que otros. Pero en este libro no nos preocuparemos por tal
detalle.
[9] Para
una partícula de masa m que salta una distanciax en
un tiempo t, la acción es (1/2) m(x/t)2tsi
la partícula viaja en línea recta a velocidad constante. Pero eso no significa
que la partícula cuántica se desplace de un lugar a otro en línea recta. La
regla para el giro de las manecillas se obtiene al asociar un reloj con cada
trayectoria posible de la partícula entre dos puntos, y el hecho de que, al
sumar todas las trayectorias, el resultado sea igual a este resultado sencillo
es una casualidad. Por ejemplo, la regla para el giro de las manecillas no es
tan simple si incluimos las correcciones necesarias para garantizar la
coherencia con la teoría de la relatividad especial de Einstein.
[10] Normalmente,
un grano de arena tiene una masa de alrededor de 1 microgramo, que es una
milmillonésima de kilogramo.
[11] Hay
una cierta probabilidad de que la partícula se desplace incluso más allá de la
situación «extrema» denotada por la región más grande en la figura, pero, como
hemos visto, en ese caso los relojes normalmente se cancelan entre sí.
[12] Quizá
quiera comprobarlo explícitamente por su cuenta.
[13] El
término «difracción» se utiliza para describir un tipo particular de
interferencia, y es algo característico de las ondas.
[14] Por
supuesto, si d es muy grande podríamos preguntarnos si podemos
siquiera medir el momento. Evitaremos esta preocupación si nos aseguramos de
que, por grande que sea d,L es aún mucho mayor.
[15] Recordemos
que las representaciones de las ondas son en realidad una manera práctica de
plasmar cuáles son las proyecciones de las manecillas de los relojes sobre la
dirección de las 12 en punto.
[16] No
obstante, esta forma de llegar al principio de indeterminación se basa en la
ecuación de De Broglie para establecer un vínculo entre la longitud de onda y
su momento.
[17] En
nuestra jerga, las funciones de onda en el espacio de momentos que corresponden
a partículas con momento definido se conocen como estados propios del momento.
[18] El
hecho de que el potencial gravitatorio reproduzca exactamente la forma del
terreno se debe a que en las proximidades de la superficie terrestre el
potencial gravitatorio es proporcional a la altura sobre el suelo.
[19] De
hecho, están descritas por funciones de Bessel.
[20] Esta
fórmula se obtiene utilizando el hecho de que la energía es igual a (1/2)mv2 y
que p = mv. En relatividad especial, estas
ecuaciones sufren algunas modificaciones, pero el efecto es pequeño para un
electrón dentro de un átomo de hidrógeno.
[21] Es
una bola grande y no debemos preocuparnos por la agitación cuántica. Pero si se
le había ocurrido, es buena señal: su intuición se está cuantizando.
[22] En
realidad, los músicos probablemente tampoco dicen eso. Desde luego, seguro que
los baterías no lo hacen, porque «frecuencia» es una palabra de más de dos
sílabas.
[23] Es
decir, n = 1 en el caso de un pozo de potencial cuadrado
[24] Por
cierto, si sabemos que E =cp para partículas sin
masa, que es una consecuencia de la teoría de la relatividad especial de
Einstein, entonces E = hc/λ se deduce
inmediatamente haciendo uso de la ecuación de De Broglie.
[25] Técnicamente,
como hemos mencionado en el capítulo anterior, dado que el pozo de potencial
alrededor del protón posee simetría esférica en lugar de ser una caja cuadrada,
la solución de la ecuación de Schrödinger debe ser proporcional a un armónico
esférico. La correspondiente dependencia angular da lugar a los números
cuánticos l y m. La dependencia radial de la
solución da lugar al número cuántico principal n.
[26] En
el capítulo 10 aprenderemos que tener en cuenta la posibilidad de que los dos
electrones interactúen entre sí significa que necesitamos calcular la
probabilidad de encontrar el electrón 1 en A y el electrón 2 en B «al mismo
tiempo», porque no se reduce a la multiplicación de dos probabilidades
independientes. Pero, para lo que queremos ver en este capítulo, esto no es más
que un detalle.
[27] En
unidades de la constante de Planck dividida por 2π
[28] Extracto
del discurso de aceptación del premio Nobel de 1956.
[29] En
el contexto de esta discusión, estamos ignorando el espín del electrón. Lo que
hemos dicho sigue siendo válido si imaginamos que se refiere a dos electrones
con el mismo espín.
[30] Recordemos
que estamos pensando en dos electrones idénticos; es decir, que tienen el mismo
espín.
[31] Siempre
que los protones no se muevan demasiado rápido uno respecto al otro.
[32] Esto
es cierto para ondas estacionarias, en las que el tamaño del reloj y su
proyección sobre la dirección de las 12 en punto son proporcionales entre sí.
[33] Podríamos
pensar que hay cuatro funciones de onda más, correspondientes a las que hemos
dibujado pero invertidas. No obstante, como hemos dicho, estas son equivalentes
a las que hemos representado.
[34] El
electronvoltio es una unidad de energía muy práctica para hablar de electrones
en átomos y se utiliza mucho en física nuclear y física de partículas. Es la
energía que ganaría un electrón si se acelerase mediante una diferencia de
potencial de 1 voltio. La definición no es importante, lo que sí importa es que
es una manera de cuantificar la energía. Para que nos hagamos una idea de su
magnitud, la energía necesaria para liberar completamente un electrón a partir
del estado fundamental del átomo de hidrógeno es de 13,6electronvoltios.
[35] Esta
definición es simplemente una convención, fruto de un accidente histórico.
Podríamos igualmente definir que la corriente fluye en la dirección en la que
se desplazan los electrones de la banda de conducción.
[36] El
propagador también reduce el tamaño del reloj, para asegurarse de que la
probabilidad total de encontrar la partícula en algún lugar del universo en el
instante T es igual a la unidad.
[37] Ya
hemos visto esta idea cuando nos hemos enfrentado al principio de exclusión de
Pauli en el capítulo 7
[38] Este
es un detalle técnico, porque la regla de giro y contracción de la manecilla
que hemos utilizado a lo largo de este libro hasta ahora no incluye los efectos
de la relatividad especial. Tenerlos en cuenta, como deberíamos hacer siempre
que describamos fotones, significa que las reglas de giro y contracción de la
manecilla son distintas para el electrón y el fotón.
[39] g
está relacionada con la constante de estructura fina:
[40] Este
es un detalle técnico para asegurarnos de que el electrón experimenta una
fuerza magnética de intensidad aproximadamente constante a lo largo de su
recorrido.
[41] Que
fue el que Bohr predijo en 1913.
[42] Un
«evento» es una única colisión protón-protón. Como la física fundamental es
cuestión de números (y trabaja con probabilidades) es necesario seguir
generando colisiones de protones para acumular una cantidad suficiente de los
eventos tan poco habituales en los que se produce un bosón de Higgs. Qué se
entiende por una cantidad suficiente, depende de la habilidad de los
investigadores a la hora de eliminar con confianza señales falsas.
[43] Nuestra
capacidad para tratar una partícula masiva como si fuera una partícula sin masa
a la que se le aplica una regla «de tramos» se debe al hecho de que P(A, B) =
L(A, B) + L(A, 1) L(1, B)S + L(A, 1) L(1, 2) L(2, B)S2 + L(A,
1) L(1, 2) L(2, 3) L(3, B)S 3 + …, donde S es el factor de
contracción asociado a una etapa y se entiende que debemos sumar sobre todos
los puntos intermedios: 1, 2, 3, etcétera.
[44] Cuando
escribimos estas líneas, los datos no son inconsistentes con esta afirmación,
pero aún es necesario continuar con los análisis antes de poder determinar los
acoplamientos.
[45] Este
es un detalle sutil que se deriva de la «simetría de gauge» en la que se basan
las reglas de salto y de desintegración de las partículas elementales.
[46] Higgs
era demasiado modesto para llamarlas así
[47] Recordemos
del capítulo 5 que las partículas con momento bien definido se describen
mediante ondas de extensión infinita y que, si permitimos una cierta dispersión
de momentos, podemos empezar a localizar la partícula. Pero esto tiene un
límite, y no tiene sentido hablar de una partícula de determina longitud de
onda si está localizada en una distancia menor que la longitud de onda.
[48] Podemos
generalizar para toda la estrella porque no estamos especificando dónde se
encuentra realmente el cubo. Si somos capaces de demostrar que un cubo situado
en cualquier lugar de la estrella no se mueve, eso significa que ningún cubo
similar se mueve y que la estrella es estable.
[49] Sin
duda, es posible calcular con mayor precisión cómo se mueven los electrones,
pero a costa de introducir más matemáticas.
[50] La
segunda ley de Newton se puede escribir como F = dp/dt.
Cuando la masa es constante, esto toma la forma más habitual: F = mdv/dt = ma.
[51] Aquí
hemos combinado los exponentes de acuerdo con la regla general: xa xb = xa
+ b.
[52] Una
tarea para quien tenga inclinaciones matemáticas: demuestre que
esto
es, que en realidad la función g(a) ya está definida una vez
que conocemos la función f(a)

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